22 Domingo, 19 de marzo

 

 

Daniel estaba en comisaría, apoyado sobre su mesa, contemplando la pizarra en la que estaban expuestas las fotografías y notas referentes al caso. Un resumen bastante completo de todo lo que habían averiguado hasta el momento. Apenas había ruido, por lo que estaba completamente concentrado, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Casi todo el mundo estaba disfrutando de la festividad del Día del Padre en compañía de la familia, aprovechando el soleado día con el que habían amanecido, aún no había llegado la primavera y parecía un día propio del verano. Aparte de él y Cardenete —que seguía buscando a las posibles víctimas de violación de Felipe Jiménez, quien aún seguía encerrado en el calabozo—, solo había unos pocos policías más vestidos de uniforme.
Miró el gran reloj colgado en la pared, que ya marcaba las diez de la mañana, y decidió intentar contactar de nuevo con el novio de Ángels Balaguer, la primera víctima. Llevaba llamándolo desde que la madre de la chica le diera su teléfono, pero en todo momento le saltaba el contestador, y aunque había dejado un par de mensajes para que le devolviera las llamadas, todavía no se había puesto en contacto con él.
Marcó el número y volvió a concentrarse en el tablero que tenía delante, mientras que de fondo sonaba la señal de llamada, parecía que hoy tampoco iba a poder comunicarse con él, pensó después de escuchar varios tonos. Estaba a punto de colgar, cuando en el otro lado se escuchó una voz con un fuerte acento catalán.
—Arnau Ripoll, digui?
—Buenos días, soy el inspector Suárez. Quería hablar con Arnau Ripoll.
—Soy yo. Esperaba su llamada, inspector, la madre de Ángels me dijo que se pondría en contacto conmigo.
—Sí, le he dejado varios mensajes en el contestador.
—Lo siento, están siendo unos días de locos. Como este fin de semana es puente, hemos tenido muchos accidentes de tráfico, y los pocos que nos hemos quedado en el hospital, hemos tenido que cubrir las guardias. —Al caer el festivo en domingo, había sido trasladado al lunes, convirtiendo el fin de semana en un puente en el que mucha gente había aprovechado para hacer una escapada fuera de sus ciudades.
—Me imagino. Quería saber si conoce o conoció a un tal Felipe Jiménez. —A Ripoll ese nombre le sonaba mucho, se quedó pensando unos instantes de qué, hasta que cayó en la cuenta.
—Sí, claro. Era un chico joven, de veintimuchos, un paciente de Ángels al que trató durante un par de años. —El inspector sonrió, por fin buenas noticias.
—Me puede contar lo que recuerde de él.
—Claro, fue un caso muy feo. Sufrió un accidente de moto, en el que se fracturó casi todos los huesos, tuvo que estar ingresado bastante tiempo, pero el resultado fue mejor de lo esperado, se le soldaron de forma adecuada. Recuerdo que todos los doctores estaban gratamente sorprendidos. Nosotros estábamos en prácticas por aquella época. —Volvió a quedar en silencio, pero esta vez fue al acordarse de Ángels sonriendo cuando le dio la noticia, estaba contenta por el logro en el que había participado. Intentó borrar esas imágenes de su cabeza, ahora no era el momento, se dijo. Todavía le dolía cuando pensaba en ella, estaban muy enamorados y su pérdida había resultado tremendamente dolorosa—. Lo peor de todo, fue el estado en el que quedó su cara, aparte de las múltiples fracturas, también sufrió quemaduras de segundo grado, aunque fueron quemaduras menores, es decir, inferiores a siete centímetros de ancho. Le dejaron la cara en muy mal estado. Tras varias cirugías de estética, la reconstrucción fue completa, él estaba muy satisfecho con el resultado. Recuerdo que no hacía más que darnos las gracias por nuestro gran trabajo. Era un chico simpático. Ángels fue la que trató más con él, se llevaban bien, ella tenía asignado el caso. Durante los dos años que tuvo que venir al hospital de forma regular, para las diferentes cirugías, era ella la que se ocupaba de él, le hacía las curas, lo lavaba con ayuda de alguna enfermera y ese tipo de tareas que conllevan contacto diario. ¿Por qué me hace estas preguntas, inspector? ¿Creen que es él el asesino online?
—¿Tendrían alguna fotografía de su nuevo aspecto? —le interrogó el inspector, ignorando la pregunta que le acababa de hacer. Ahora Daniel entendía por qué la fotografía que había obtenido el técnico informático, no les había llevado a ningún sitio. Había cambiado de cara.
—Claro, tiene que haber alguna en su informe médico.
—¿Podría enviárnoslas, doctor Ripoll?
—Oh, lo siento, inspector. Pero los casos médicos son confidenciales. Necesitaremos una orden. —«Mierda», se dijo a sí mismo Daniel. Sabía que tendría que seguir el circuito oficial, pero era un problema, los juzgados estarían cerrados hasta el martes, teniendo en cuenta el largo fin de semana que tenían por delante.
—De acuerdo, pediré la orden, pero quizás no la tenga hasta el martes.
—Lo siento, inspector, pero aquí se sigue un protocolo muy estricto que no podemos romper.
—Lo entiendo.
Después de su charla con el doctor Ripoll, Daniel colgó encantado y contrariado a la vez. Por un lado, en breve tendría una fotografía del actual Felipe Jiménez, esperaba que eso les ayudara en el caso, pero por otro lado, no podría hacer nada hasta el martes, lo que retrasaría un par de días la investigación. Se le ocurrió llamar al juez Cobo, quizás estuviera de guardia ese fin de semana, o al menos, le diría con quién podría contactar.
—Quería hablar con el juez Cobo.
—Sí, soy yo —la voz del juez sonó grave y potente.
El inspector lo conocía, había tenido que ir a testificar al juzgado en multitud de ocasiones, muchas veces ante él. Lo consideraba una persona eficiente e íntegra. Suárez le explicó lo que necesitaba, fue claro y conciso, mientras el juez escuchaba al otro lado de la línea sin interrumpirle.
—De acuerdo. Mañana me acercaré al juzgado y le tramitaré la orden. Hoy estoy fuera de Madrid, por lo que no puedo hacer nada. Acérquese a las nueve a mi despacho y tendrá los papeles.
—Muchas gracias, señoría.
—No hay problema, como sabrá estamos todos muy afectados por el caso que está llevando. Solo espero que detenga al culpable antes de que vuelva a actuar.
—Eso intentamos. —Se escuchó un click, el juez había colgado dando por finalizada la conversación.
Daniel se sentó en la silla de su mesa, estaba agotado, solo esperaba que esa pista les reportara algo, y que no fuera otro camino sin salida, no se lo podía permitir.
Se levantó y salió de comisaría, necesitaba tomarse un buen café para despejar su mente y pensar con claridad.
Estaba sentado en la barra del bar de Antonio, apurando el café con leche, cuando su teléfono comenzó a vibrar.
—Inspector Suárez.
—Jefe, han encontrado a otra chica. —Cardenete era el que le estaba dando la noticia, informándole de los pocos detalles que conocía.
—Llama a Huertas y a Candelas para que vayan hacia allí. Yo me ocupo de la subinspectora de la Vega. —Colgó, sin esperar más explicaciones por parte de Cardenete.
El inspector miró el reloj mientras dejaba unas monedas encima de la barra. «Poco más de las doce del mediodía, la han encontrado pronto», se dijo muy a su pesar. Había esperado que el asesino, después de conocer lo que en verdad le había ocurrido a su madre, dejara de asesinar. Pero estaba claro, que sus perfiles de manual eran más efectivos que su optimismo.

 

Al llegar a la casa de la cuarta víctima, se encontró con el doctor Mena en la puerta, quien se estaba poniendo un buzo como los que llevaba la Científica.
—Buenos días, inspector. Parece que no nos da tregua.
—Sí, eso parece. —El médico le pasó otro buzo, por lo que él también se lo colocó sobre la ropa.
—La Científica ya está dentro haciendo su labor. —Daniel asintió.
Dentro del piso, los policías estaban muy ocupados, buscando huellas, fibras y cualquier otra cosa que les sirviera en la investigación. Recibieron algunos movimientos de cabeza a modo de saludo, pero nadie abrió la boca.
El inspector observó a la mujer, que como el resto se encontraba desnuda, en una posición antinatural. Su cabello era castaño claro, no tan rubia como las otras víctimas, y sus ojos, azules. Contempló su rostro, esa cara ya la había visto antes, le llevó unos segundos reconocerla.
—Yo la conozco. —Todos se giraron para mirar al inspector, sorprendidos por esa afirmación.
—¿Cómo dice, Suárez? ¿Está seguro? —Fue el doctor el que abrió la boca, tan asombrado como el resto de los presentes.
—Sí, es la señorita Martín, la abogada de Montes, el periodista. —Recordó su pose estirada en la sala de interrogatorios, y ahora, en el salón de su casa, tumbada en el sofá, le había desaparecido toda la arrogancia y engreimiento.
Uno de los policías de la Científica se acercó y le mostró el DNI de la víctima—. Beatriz Martín —le confirmó.
—Eso es, Beatriz Martín —recordó Daniel.
El doctor Mena se acercó a examinar a la víctima, mientras el inspector se mantenía a distancia, observando los detalles de su alrededor y haciendo alguna que otra fotografía con el móvil. Como en el resto de escenarios del crimen, estaba todo ordenado e impoluto. Se fijó en la posición del cuerpo, intentando reconocer el cuadro que el asesino quería mostrarles. La chica se encontraba tumbada sobre el sofá, en una pose muy parecida a la de la señorita Victoria Alonso, que representaba La maja desnuda de Goya. Había colocado una gran manta roja sobre el mueble, pero ella estaba colocada sobre una sábana blanca y acomodada sobre un cojín también blanco. Lo único que lucía era una gargantilla. Le llamó la atención que no estuviera depilada en las axilas, puesto que en la actualidad, todas las mujeres se depilaban esa zona. El doctor debía de haber pensado lo mismo, porque estaba observando esa parte.
—Es falso —dijo el forense.
—¿Perdón?
—El vello de las axilas no es de ella. El asesino debió de ponerlo ahí.
Entonces, Daniel lo comprendió. «¡Los desnudos en el escaparate de la galería mostraban pelos!», recordó esa frase en particular, esa frase que había leído en algún artículo de arte, en el que hablaban de una exposición organizada en la galería Berthe Weill en 1917, la cual fue cerrada por orden del gobierno, por ser demasiado indecente para la época. Debido a este escándalo, el pintor no vendió ni un solo cuadro. Era una pintura de Amedeo Modigliani.
Como otros muchos pintores, se había instalado en el barrio de Montmartre, en París. Su pintura estuvo influenciada por Toulouse-Lautrec y Picasso. Incluso recordó haber leído que para la realización de sus desnudos recostados, se había nutrido del arte del pasado, mencionaban el cuadro de Goya en particular, de ahí la similitud. Sus desnudos se fueron haciendo cada vez más sensuales y naturales, alejándose de cualquier contenido moralista, cargados de un fuerte carácter erótico. Mostraban la libertad de la que se hacía gala en el bohemio barrio francés, donde las modelos miraban sin ningún pudor al pintor, capaces de asumir su cuerpo y su sexualidad. Y eso era lo que quedaba plasmado en sus pinturas.
—Doctor Mena, la gargantilla que lleva, ¿es de coral?
—En efecto, inspector. —El forense lo miró sorprendido por la apreciación—. Lleva un collar de coral. ¿Le dice algo?
Desnudo con un collar de Modigliani —dijo para sí.

 

Cristina acababa de dejar en casa a su padre. Habían ido a comer al Mercado de la Reina, un restaurante en la Gran Vía de Madrid, para celebrar el Día del Padre. A él le gustaba ir allí, como vivía a un par de manzanas, iba a menudo, por lo que lo conocían y lo trataban como si fuera de la familia. Habían comido demasiada cantidad, se sentía muy pesada e incómoda, en cuanto llegara a casa se tomaría algo que le aliviara el ardor de estómago. Para bajar la comida, había decidido volver a su casa dando un paseo, le encantaba deambular por la ciudad, disfrutando del arte que decoraba las fachadas y cornisas de los edificios, sobre todo, de los del centro.
Se encontraba en la Plaza de Cibeles, detenida en un semáforo, contemplando el Palacio de Comunicaciones, antiguo edificio de Correos y que en la actualidad albergaba el Ayuntamiento. Cada vez que lo miraba, le parecía más impresionante, con su torre central con reloj, y dos gemelas en los laterales. En medio de la plaza, la preciosa Fuente de Cibeles, diosa romana, símbolo de la tierra, la agricultura y la fecundidad. Sentada sobre un carro tirado por leones, que representan a los personajes mitológicos Hipómenes y Atalanta. Transformados en fieras por la propia diosa cuando demostraron su amor en uno de sus santuarios. Recordaba que su padre le había contado que la fuente había sido construida con dos caños. Uno de ellos surtía a los aguadores que llevaban agua a las casas, y del otro caño se abastecían el resto de madrileños. También había habido un pilón, que se utilizaba para los caballos.
En cuanto el semáforo cambió a verde, cruzó el Paseo de Recoletos encontrándose de frente con el Palacio de Linares, en el que según se dice, se encuentran los fantasmas de los marqueses, así como el de su hija. Cristina recordaba la primera vez que su padre le había relatado la leyenda, se había asustado mucho al escucharla, de hecho, estuvo mucho tiempo sin atreverse a pasar por delante de la puerta. Aun recordaba su dulce voz mientras le detallaba la trágica historia: «El joven marqués, enamorado de la hija de una cigarrera de Lavapiés, Raimunda, le expresa su amor a su padre. Este, al enterarse, envía a su hijo a Londres para que olvide a la chica, puesto que Raimunda es su propia hija, nacida de un escarceo amoroso con la cigarrera. Tiempo después, el joven regresa y con su padre ya muerto, se casa con la muchacha, sin conocer que son medio hermanos, de lo que se entera más tarde, al encontrar una carta de su padre en la que le confiesa su desliz. Pero un día, Raimunda da a luz a una niña, Raimundita, a la que según cuenta la leyenda, matan y emparedan en el Palacio para evitar el escándalo. Dicen que su espíritu anda libre por las diferentes salas, cantando canciones infantiles y buscando a sus padres». Cristina sintió un escalofrío al recordar la historia, que le acompañó el resto del camino a casa.
Nada más atravesar la puerta, después de dejar el bolso y la chaqueta en el perchero de la entrada, se dirigió a la cocina a prepararse una infusión de menta, a ver si lograba aliviar la pesada digestión.
Se sentó con la taza delante del ordenador, comenzó a leer su correo pendiente y a responderlo. Cuando terminó la tarea, entró en el navegador, quería ojear los periódicos a ver si encontraba información de algún asesinato de última hora. Era domingo, y si el asesino había actuado de nuevo, tenía que haber sido la noche anterior. Al acceder, se encontró con un aviso, que se mostraba intermitente, y que le anunciaba mensajes sin leer en la página de conecta.com. Por curiosidad, pulsó el ratón sobre el icono y comprobó que, en efecto, tenía varias comunicaciones de otros usuarios, pero una en especial la dejó perpleja. Parpadeó delante de la pantalla en varias ocasiones, no se podía creer quién le había escrito, Felipe Jiménez. Si el violador estaba en la cárcel, este tenía que ser el asesino, pensó. Se tensó en el asiento y empezó a leer la nota que le había enviado, no sin cierta aprensión. En cuanto terminó, después de dudar unos segundos, se decidió a contestarle, y para su sorpresa, estaba conectado, por lo que recibió respuesta al instante. Respiró hondo y empezó una conversación con el posible asesino online.

 

Los inspectores salían del bar de Antonio, se habían acercado a comer un bocadillo. No habían tenido oportunidad de bajar a degustar el menú especial que tenían hoy en la carta, aunque tampoco lo hubieran saboreado, todos se encontraban bastante afectados debido a los últimos acontecimientos. Iban en silencio, frustrados, cada uno concentrado en sus pensamientos, todos dándole vueltas a lo mismo, por dónde continuar, cómo encontrar al asesino. Él seguía matando y ellos parecían estar atados de pies y manos, no podían hacer nada.
En cuanto Daniel se acomodó delante de su ordenador, comprobó que tenía un correo electrónico del juez Cobo, en el que le adjuntaba la orden que estaba esperando. El juez también le comunicaba que se había puesto en contacto con el juez Millán, que era quien se encontraba en los juzgados de guardia, por ese motivo había conseguido la orden antes de lo previsto en un principio. El inspector se había alegrado con la noticia, esperaba encontrar algo en el Hospital de Barcelona que lo guiara, que le indicara qué paso había que seguir a continuación.
Llamó al doctor Ripoll, que, para su sorpresa, esta vez le cogió el teléfono enseguida. Le informó que ya tenía la orden en su poder, el médico, a su vez, le indicó cómo proceder, dónde tenía que enviar la orden judicial. Le pidió también, que le enviara una copia a él, para ver si podía acelerar el proceso. En Administración, con los festivos que había por delante, el inspector no localizaría a nadie, pero quizás él podría ir adelantando el trámite, le dijo.
La siguiente hora la pasó pendiente del correo electrónico, esperando que el doctor Ripoll le enviara una copia del informe médico de Felipe Jiménez. Confiaba en su buen hacer y que consiguiera avanzar con las gestiones. Estaba deseando ver una imagen con la cara actual del asesino, quizás lo habían tenido delante de las narices todo este tiempo.

 

Cristina continuaba chateando con el recién aparecido Felipe Jiménez, intentaba obtener similitudes entre la persona que estaba al otro lado de la línea y el perfil que habían creado ella y Daniel. Por ahora, había llegado a la conclusión de que era un hombre meticuloso, encantador y poco empático, lo que no era mucho. Como psicóloga, sabía hacer preguntas que le advirtieran cómo era el comportamiento de una persona, pero también se daba cuenta de que él cada ver era más escurridizo. Sabía salirse por la tangente y evitar contestaciones a cuestiones que se le antojaran inadecuadas. No le sorprendía ni lo más mínimo, de hecho, no esperaba menos de él, se suponía que era una persona con un alto coeficiente intelectual, y no le estaba defraudando.
Mientras hablaban, había estado indagando en su perfil de la página web. En él, no indicaba interés por el arte, eso la había desilusionado al principio, aunque era posible que ocultara ese dato adrede. Justo esa falta de información era la que le había hecho decantarse por el Felipe Jiménez con el que había quedado a cenar la noche anterior. Hasta ahora, había mantenido contacto con hombres que declaraban abiertamente su pasión por la pintura, tal vez, había sido un craso error por su parte.
Se fijó en la fotografía que había colgado en el perfil. Lo habitual era que los hombres mostraran un primer plano, o el torso, en la mayoría de casos descubierto, enseñando sus pectorales bien formados y la tableta de chocolate de sus trabajados abdominales, muchas de esas imágenes modificadas con el Photoshop. Sin embargo, en este caso, el sujeto aparecía montando a caballo, y no se apreciaba su físico, se le veía a lo lejos, detrás de una valla. Aunque intentó agrandar la imagen en el ordenador para ver sus facciones, lo único que logró fue que la fotografía quedara pixelada y no se distinguiera nada en ella.
Miró la hora, preguntándose dónde estaría Daniel, llevaba llamándolo desde que se había puesto a chatear con Felipe Jiménez, pero no lograba localizarlo. Volvió a intentarlo, pero nada, al otro lado saltaba el contestador. Lo intentó con la subinspectora, pero ocurrió lo mismo.
Llevaba más de dos horas parloteando con el posible asesino, prolongando una conversación sin sustancia. Como si estuvieran manteniendo un ten con ten para ver cuál de los dos hablaba sobre temas menos relevantes. No podría alargarlo mucho más, habían comentado todo lo que se suele comentar en este tipo de chats, sin entrar en temas personales.
Justo cuando ya estaba pensando en dar por zanjada la conversación, él le propuso quedar a cenar esa misma noche. Un escalofrío le recorrió la espalda, se daba cuenta de que ese hombre podía ser el asesino que tan atemorizadas tenía a las jóvenes madrileñas. El asesino que había matado a su amiga Vicky. Sintió un sudor frío en las manos, no sabía qué hacer. Seguía sin localizar a Daniel, pero no podía perder esa oportunidad que se le había presentado.
Le sugirió ir a cenar al restaurante Florida Retiro, y aunque dudó, a ella le pareció un buen lugar. Había oído que lo habían vuelto a abrir y se había puesto muy de moda, por lo que habría mucha gente a su alrededor. Allí el asesino no podría actuar con facilidad, se sintió segura con esa idea, por lo que aceptó.
—En el restaurante hay un espectáculo, me han hablado muy bien de él —le escribía Felipe Jiménez—, llevaba tiempo queriendo ir. Yo me encargo de la reserva, si no te importa. Después, si nos apetece tomar una copa, nos podemos quedar allí, puesto que el restaurante se convierte en discoteca.
Recordó a Vicky diciéndole algo muy parecido hacía un par de meses, aunque nunca llegaron a concretar esa salida, y ya era tarde, se dijo.
Al final, quedaron a las nueve, dentro de algo más de dos horas. Todavía tenía tiempo de dar con Daniel.
Cuando apagó el equipo, se dio cuenta de algo, no le había preguntado por embarazos, adopciones, ni nada por el estilo. El modus operandi del asesino online era matar a mujeres que se habían deshecho de su bebé, mujeres que habían rechazado a sus hijos por uno u otro motivo. Ella no cumplía ese perfil a ojos de este Felipe Jiménez. Como consecuencia, dedujo que tampoco era el asesino que buscaban, otro paso en falso.
Como ya habían quedado, pensó en cancelar la cita, no le apetecía cenar con otro desconocido que no aportara nada a la investigación. Volvió a encender el portátil e intentó contactar de nuevo con él, pero ya no estaba en línea, no había posibilidad de cancelación. «Bueno, una cena y ya está, parecía simpático, no será una cena desagradable», se dijo para convencerse.
Fue a llamar a Javi para que la acompañara, como en las anteriores ocasiones, pero recordó que no estaba. Se había ido a pasar un par de días fuera, con sus padres, para celebrar la festividad del Día del Padre. Habían pensado en ir a dar una vuelta por la sierra y hacer alguna visita turística. Recordaba que le había mencionado que lo más probable es que acabaran visitando el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Haciendo una de las visitas guiadas que ofrecían y que incluían los lugares más importantes del recinto, incluso le había mostrado varias fotografías en el móvil. Ella se había sorprendido por la espectacular Biblioteca, que según le contó Javi, contenía unos códices cedidos por Felipe II, además de las obras más importantes que habían pertenecido a otras bibliotecas de la época. Tendría que copiarle y realizar ella también esa visita que tanto interés le había causado. Además, le había comentado, que continuarían con una ruta gastronómica por la zona y una reserva en un bonito hotel rural con spa.
Como había resuelto que no era el asesino que buscaban, después de pensarlo y ordenar sus ideas, no le preocupó ir sola a la cena.
De todas formas, seguiría intentando contactar con Daniel.

 

El inspector se sobresaltó al escuchar el fuerte sonido del teléfono fijo, lo cogió de inmediato, era el doctor Mena. Se levantó de la silla y chascó los dedos para que su equipo le prestara atención, cosa que consiguió, porque todos ellos se giraron. Les indicó que cogieran sus teléfonos y les dio el número de línea, de forma que todos pudieran escuchar lo que el forense tenía que decir.
—Dígame, doctor, ¿ha encontrado algo? —Sus compañeros ya estaban con los auriculares en la oreja, pendientes de la conversación, no querían perderse ningún detalle.
—He encontrado restos de burundanga y un pequeño orificio debajo de la axila, por donde le fue inyectado aire en la arteria subclavia, produciéndole un infarto.
—Por favor, doctor, dígame que hay algo nuevo. —Suárez sonó desesperado.
—Un par de cosas. Por un lado, esta chica no ha dado a luz. —El inspector se sorprendió al escuchar esa afirmación—. Y por otro lado, el vello pegado a la axila es del tipo que se utiliza para hacer cejas y bigotes falsos, pero de calidad, es pelo real. No hay muchos lugares en Madrid que ofrecen estas características de calidad en este tipo de producto. Estamos investigando el origen, pero el territorio se amplía si la compra fue realizada desde internet.
—Gracias, doctor. Avíseme si encuentran algo más.
—Por supuesto, inspector. —Daniel colgó y se quedó observando a sus compañeros, como él, estaban desconcertados.
—¿Por qué no ha asesinado a una mujer que abandonó a su hijo? A estas alturas, ¿ha cambiado su modus operandi? —Verónica fue la que hizo las preguntas en voz alta, estaba descolocada, creía que los asesinos no modificaban su conducta de un día para otro.
—Supongo que ahora que sabe que su madre no lo abandonó, le sirve cualquier mujer. Antes las asesinaba por venganza, ahora lo hace por placer. —Todos observaron al inspector consternados, si lo que acababa de decir era cierto, el abanico de posibles víctimas se había visto incrementado de forma exponencial.
—Esperemos que el pelo encontrado en la víctima nos lleve a alguna parte —dijo Candelas, aunque su voz no sonó nada optimista.
—Teniendo en cuenta que ha sido dejado a propósito ahí por el asesino, lo dudo mucho —le respondió Huertas, y todos asintieron, porque opinaban como él.

 

Cristina estaba a punto de salir de casa cuando intentó ponerse de nuevo en contacto con Daniel, aunque esta vez no fue diferente al resto, le volvió a saltar el contestador. Empezaba a preocuparse y a ponerse nerviosa. Lo intentó con el teléfono de la subinspectora, pero tampoco ella se lo cogió.
Salió de su casa procurando tranquilizarse. Estaba convencida de que no había quedado con el asesino, no le había preguntado por hijos abandonados, y ella nunca había dado a luz, por lo que no cumplía el perfil. Además, el asesino únicamente mataba los sábados, y era domingo. Por lo que por más nerviosa que estuviera, sabía que la posibilidad de ser la siguiente víctima era ínfima. Pero esa lógica aplastante no la relajó.
Se dirigió con paso firme hacia El Retiro. Anduvo por Claudio Coello, hasta que llegó a la calle de Alcalá, donde giró para acceder al parque por la puerta de la Plaza de la Independencia. Cruzó por el semáforo, mientras observaba a diferentes turistas haciéndose fotos con la impresionante Puerta de Alcalá de fondo, una de las puertas que daban acceso a la ciudad en el pasado.
Como aún era temprano, y estaba haciendo un día soleado y caluroso —daba la impresión de que la primavera se había adelantado—, decidió no ir directa al restaurante, sino dar antes un paseo por el parque. Fue hacia el estanque donde se encontraba el imponente monumento a Alfonso XII. A menudo se sentaba en una de las terrazas a tomar un refresco o una cerveza. Allí se relajaba contemplando a la gente que remaba en las barcas o a los niños corriendo de un lado a otro para ver los diferentes espectáculos de marionetas o, simplemente, disfrutaba del momento en soledad, en esos casos, solía aprovechar para leer.
Continuó caminando hacia el Palacio de Cristal. Ese edificio siempre le había recordado a un lugar de cuento de hadas. Una preciosa estructura de metal y cristal que daba a un pequeño lago con una bonita cascada, un lugar precioso que en mayo se llenaba de niños que hacían la comunión e iban allí a fotografiarse. Cuando era pequeña, se preguntaba cómo la gente podía vivir en un palacio de ese tipo, transparente, en el que todo el interior era visible desde el exterior. Recordaba que una vez se lo había preguntado a su padre, quien no pudo dejar de reír durante un buen rato, en el cual ella se sintió bastante incómoda, no entendía qué le había hecho tanta gracia. Hasta que este le explicó, que en otra época había sido un invernadero de plantas tropicales, no una casa de reyes, aunque se llamara palacio. «Qué cosas se te ocurren», le había dicho entonces. Sonrió al recordarlo.
Miró el reloj, y consideró que ya era hora de dirigirse al restaurante, no le gustaba llegar con retraso.

 

Cardenete se acercó con un listado de nombres de mujeres que dejó encima de la mesa del inspector. Él levantó la mirada, orgulloso del joven policía.
—Jefe, aquí tiene el listado que me pidió. —Revisó los nombres, pero ninguno le dijo nada.
—¿Alguna ha denunciado una agresión sexual?
—No, jefe. No existe ninguna denuncia en el sistema.
—Buen trabajo, Cardenete. Contacta con ellas y entérate de si sufrieron algún tipo de abuso por parte de Felipe Jiménez. Huertas, con él. No lo hagáis por teléfono, tenéis que ganaros su confianza para poder abordar un tema tan delicado para ellas, teniendo en cuenta que creen que consintieron. Lo más seguro es que ni siquiera sepan que fueron drogadas.
—Por ese motivo ninguna habrá denunciado. —Cardenete lo dijo para sí, confirmando lo evidente.
Tanto Cardenete como Huertas salieron de comisaría con un listado de las posibles víctimas y sus direcciones. Por la hora que era, no les daría tiempo más que a hablar con una o quizás dos de ellas.
Daniel se quedó pensando en la combinación de circunstancias que se habían dado para detener a un violador, «es increíble las vueltas que da la vida». Sin la investigación del asesino en serie y sin la intromisión de Cristina en el caso, las probabilidades de haberlo pillado in fraganti hubieran sido mínimas, por no decir, nulas. Aunque aún tenían que verificarlo, necesitaban testigos si querían encerrarlo.
Pero ahora tenía que volver a concentrarse en otro Felipe Jiménez, su asesino.
Observó en la pantalla del ordenador, cómo en ese momento, le entraba un mensaje con un adjunto que parecía ser muy pesado, por el tiempo que estaba tardando en descargarse. En cuanto vio su contenido, avisó a Candelas y a de la Vega para que se acercaran. Ambos se colocaron detrás de su jefe, donde podían contemplar el monitor.
Era un email de Arnau Ripoll en el que iban varios ficheros adjuntos. Daniel abrió el informe médico, un documento en formato pdf, que revisaron por encima. No contenía ninguna información que no le hubiera contado esa misma mañana el doctor Ripoll. Abrió la primera fotografía enviada, en ella aparecía un primer plano de un joven, que le recordó a la imagen que había creado Miguel, el técnico informático, con su programa. Y por último, abrió otra fotografía con el retrato del actual Felipe Jiménez, o por lo menos, el de hacía unos pocos años. Los tres se quedaron observando el rostro que tenían delante, todos ellos boquiabiertos.
—¡No me jodas! —Candelas fue el único que acertó a decir algo.

 

Los tres habían salido disparados de comisaría en cuanto consiguieron la dirección a la que debían acudir.
Daniel había llamado de nuevo al juez Cobo para que les enviara una nueva orden judicial, esta vez necesitaban entrar en la vivienda del sospechoso. Este le dijo que el juez Millán se ocuparía de enviársela de inmediato. Parecía estar tan excitado como el propio inspector después de enterarse de las novedades. Por fin todo empezaba a encajar, por fin tenían un sospechoso.
En cuanto le hubo colgado, llamó al comisario Reyes para informarle de los últimos acontecimientos. El comisario se quedó tan estupefacto como ellos al conocer la noticia.
La imagen enviada por Arnau Ripoll mostraba el rostro de Ignacio Soler, el abogado del creador de conecta.com, Félix Santos. Eso explicaba muchas cosas, el acceso a las bases de datos y a cualquier otra información de la compañía y de las usuarias, sobre todo teniendo en cuenta que debía de ser un experto informático.
Aun lo recordaba de aquella vez que había estado con su cliente en la comisaría, ayudando, según les dijo. Era un hombre alto, con cuerpo fibroso, se notaba que pasaba mucho tiempo en el gimnasio, castaño, ojos verdes. Recordaba que Verónica le había puesto ojitos en el breve momento que se habían cruzado. Así que se imaginó lo sencillo que le resultaría que las mujeres quedaran embobadas por su atractivo físico. También recordó su voz y su forma de hablar, era una persona habituada a relacionarse con la gente, con confianza en sí mismo. Podía embaucar y engañar sin mucho esfuerzo a cualquiera que se le pusiera por delante, y a mujeres que tenían la esperanza de conocer a alguien interesante del que enamorarse, personas frágiles de las que aprovecharse, le resultaría todavía más sencillo.
—Trabajó en Barcelona, como abogado en una agencia de adopción. —Candelas rompió el silencio existente en el interior del vehículo con la información que estaba obteniendo en ese mismo momento en el móvil—. El muy cabrón tiene su currículum colgado en internet. Por lo que veo, esa agencia tiene su sede en Barcelona, pero además cuenta con sucursales en varias ciudades de España, entre ellas, Madrid. —Daniel asintió, otra pieza del puzle encajada.
En cuanto llegaron a la casa de Soler, Daniel comprobó su correo electrónico, confirmando que le había llegado una copia de la orden judicial. Llamaron a la puerta, esperando que el abogado estuviera allí, sin imaginarse lo que se le venía encima. Les abrió una mujer de unos cuarenta años, algo aturdida al ver a tres desconocidos en la puerta con caras de pocos amigos.
—Buenas noches —le dijo el inspector mientras los tres le mostraban sus identificaciones—, somos el inspector Suárez, la subinspectora de la Vega y el inspector Candelas. Queríamos hablar con el señor Felipe Jiménez. —La mujer mostró desconcierto al oír ese nombre, aunque se relajó, comprendiendo que se habían confundido de casa. Pero antes de que pudiera decirles nada, el inspector volvió a hablar—. Perdón, con el señor Soler, Ignacio Soler.
—El señor Soler no se encuentra aquí en este momento. Ha salido. Supongo que no tardará en llegar.
—Tenemos una orden judicial para registrar la casa. —El inspector le mostró el móvil con el documento en la pantalla, aunque ella no fue capaz de distinguir nada de lo que allí ponía. De todas formas, se apartó de la puerta para dejarlos pasar.
Los tres inspectores, con grandes zancadas, se dirigieron hacia la primera puerta que encontraron a su paso. La mujer se apresuró a colocarse a su altura, sin entender por qué se dirigían derechos a la cocina.
—Pero, ¿no sería mejor que esperaran a que el señor Soler llegara? Seguro que está a punto de regresar.
—Por favor, ¿nos puede indicar dónde está el despacho? —le dijo el inspector, consciente de que no sabía a dónde dirigirse.
Aunque todos habían entrado muy decididos al interior de la casa, comprendían que hasta que no llegaran los refuerzos, no podrían registrar todo el lugar. El despacho solía ser la habitación donde se lograba encontrar más información de utilidad, y viendo las dimensiones de la casa, lo más lógico es que alguien les orientara. La mujer los guio, mientras ellos se ponían unos guantes de látex que acababan de sacar de los bolsillos de sus chaquetas.
En cuanto accedieron a la sala, la mujer se dirigió a un teléfono que había sobre el escritorio, con la intención de llamar a su jefe e informarle de la intrusión.
Daniel se fijó en una estantería llena de libros de arte, era una gran colección, de hecho, algunos de ellos los tenía él mismo en casa. Cogió uno que versaba sobre pinturas de desnudos, era el más manoseado y se veían sobresalir entre sus páginas varios marcadores. Lo abrió por el primero, y descubrió una imagen a todo color de La gorda María de Toulouse Lautrec. Pasó las páginas hasta el siguiente separador y aparecieron varias reproducciones de Degas, entre ellas los dibujos de la colección Después del baño: Mujer secándose su pierna y Mujer secándose los pies. Daniel dejó el libro sobre una mesa y siguió repasando los estantes. Le llamó la atención una balda repleta de libros de Mitología e Historia. Reparó que en uno de ellos emergía otro marcador, lo cogió y lo abrió donde estaba la señal, que cayó al suelo, pero Daniel en ese momento estaba concentrado en lo que allí había escrito, ya que se hablaba de la historia de Danae. Después de leerla por encima y observar las imágenes a color de diferentes escenas, se agachó a recoger el separador, que en realidad era una postal. Cuando la levantó para dejarla en el interior del libro, pudo apreciar que mostraba el cuadro de Gustav Klimt.
—Jefe, venga. He encontrado algo. —Daniel se acercó a Candelas que se encontraba al lado de un mueble en cuyo interior había una gran televisión de pantalla plana—. Es más ancho que la profundidad del hueco de la televisión. —Daniel comprobó que tenía toda la razón, debía de haber un falso fondo. Candelas dio un par de golpes con los nudillos de la mano derecha, confirmando que estaba hueco. Entre ambos, comenzaron a buscar cómo acceder a esa parte del mueble—. Me he dado cuenta porque mi hermana tiene uno igual en casa, y ella tiene una televisión de tubo en ese hueco. Mi cuñado siempre está hablando de comprar una televisión de plasma, pero ella no le deja. Aquí, claramente, no cabría una que no fuera plana. —Cuando Candelas ya estaba pensando en romper el fino contrachapado, Daniel pasó el dedo por un pequeño botón que había bajo la balda que sostenía la televisión, oculto detrás de uno de los soportes. Entonces, la parte trasera comenzó a abrirse hacia los laterales, quedando recogida a modo de persiana en ambos lados.
Los dos hombres se quedaron pasmados con lo que allí se encontraron. Verónica, que se acababa de acercar a ellos con curiosidad por el hallazgo, abrió la boca al ver lo que estaban contemplando.
La mujer, que había permanecido ese rato tras el escritorio de su jefe, sin lograr dar con él, se acercó a ver qué era lo que había sorprendido tanto a los inspectores. Al principio, le parecieron bonitos marcos con fotos en su interior de famosas pinturas. Ella no entendía de arte, pero uno le recordó a La maja desnuda de Goya, lo había visto en varias ocasiones en el museo del Prado. Tanto cuando era pequeña y el colegio la había llevado de excursión, como en los últimos años, que había llevado a su hijo de visita en varias ocasiones. Pero notó que había algo diferente, algo que le costó percibir durante unos segundos, lo que estaba viendo no eran pinturas como las que había visto en el museo, eran escenas reales, chicas jóvenes, desnudas, que aparentaban estar posando para ser retratadas. Cuando se dio cuenta de que sus ojos estaban apagados, sin brillo, se percató de que todas ellas estaban muertas. Su mirada pasó rápidamente de una imagen a otra, y sus manos subieron a toda velocidad a la boca para intentar frenar el grito que salió de su garganta y que no pudo evitar.
Los inspectores se giraron al oír el chillido. A la asustada mujer, parecía que se le iban a salir los ojos de sus órbitas mientras contemplaba la exposición que tenían ante ellos.
—Yo me ocupo —les dijo Verónica mientras que con suaves empujones la hacía salir de la habitación. Al principio no logró moverla, parecía encontrarse clavada al suelo, la pobre no era capaz de dejar de observar la espeluznante visión que tenía delante. Pero, al final, reaccionó y se dejó llevar por la subinspectora.
—Su altar —dijo Daniel rompiendo el silencio que se había formado, y recordando las palabras de Cristina, cuando en comisaría había elaborado un perfil muy completo del asesino. «Estos homicidas son fetichistas, se llevan alguna prenda de la víctima para recordarla, una pulsera o un anillo es lo más habitual. Suelen tener un rincón, una especie de altar donde dejar estos trofeos o bienes de la víctima». Él guardaba su propia obra.
Daniel volvió a llamar al juez Cobo para informarle de lo que habían encontrado en la casa del sospechoso y solicitar una orden de busca y captura. Después de la conversación con el juez, llamó a comisaría para organizar a todo el equipo. Tenían que dar con él.
—Avisad al aeropuerto, las estaciones de tren y autobuses, que los controles policiales estén informados y atentos. Creo que sabe que lo hemos pillado y por eso no ha vuelto a su casa, lo más seguro es que intente salir de Madrid o incluso del país. —Huertas al otro lado de la línea asentía.
Estaba resultando un día muy productivo, por fin conocían la identidad del asesino, solo era cuestión de horas el atraparle. Y por si eso fuera poco, además, Cardenete y él tenían a dos víctimas de violación que habían accedido a testificar.
Al regresar a comisaría para dar las buenas noticias, se habían encontrado con que Suárez y el resto se habían ido a casa del abogado de Félix Santos. Se habían quedado de piedra al enterarse de lo que habían encontrado sus compañeros. En ningún momento se les había pasado por la cabeza que el abogado de Santos tuviera algo que ver, aunque ahora muchas cosas empezaban a tener sentido. El acceso a los datos para poder borrar sus conversaciones con las víctimas, estar tan cerca de la investigación para poder seguirla desde un segundo plano y demás.
—Repartid fotografías entre la Policía Nacional y la Guardia Civil —continuaba organizando Suárez—. Quiero un coche de policía en la puerta de su casa las 24 horas del día por si apareciera, y otro en la casa del padre. No quiero que se nos escape. Este individuo es nuestra máxima prioridad.
—De acuerdo, jefe. Nos ponemos a ello. —Daniel sabía que podía confiar en el buen hacer de Huertas. Solo esperaba que lo encontraran en pocas horas, no podía haber huido ya de la ciudad, si fuera así, las probabilidades de localizarlo disminuían vertiginosamente.
—Le he preparado un té, parece que está más tranquila —dijo Verónica mientras entraba de nuevo en la habitación.
La subinspectora se acercó al escritorio, donde había estado apostada la mujer que trabajaba para Soler. Se fijó en que el ordenador estaba encendido, así que encendió la pantalla, movió el ratón, y para su sorpresa, apareció la página web de conecta.com, con la última conversación mantenida por Soler con otra chica, otra posible víctima.
—Daniel, es mejor que vengas a ver esto.
El inspector anduvo el corto trayecto que los separaba, seguido de Candelas, ambos esperaban encontrar más pruebas incriminatorias. Sin embargo, lo que vieron, les dejó mudos. En el monitor aparecía una conversación mantenida por Soler con una mujer hacía escasas horas, en ella quedaban a cenar. Pero lo malo era, que la mujer, la posible nueva víctima del asesino, era Cristina.
—Tengo un par de llamadas perdidas de Cristina —le dijo Verónica que estaba comprobando sus mensajes.
Daniel sacó su móvil y se encontró con varias llamadas perdidas, además de un mensaje en el contestador. Había puesto el móvil a cargar y no le había prestado ninguna atención, ya que había estado utilizando el fijo de su mesa. Se maldijo por ello y por no comprobar que tuviera mensajes al recuperarlo. Activó el manos libres para que sus compañeros pudieran escuchar el mensaje que había dejado Cris.
«Daniel, te estoy llamando pero no te localizo. Quiero que sepas que he quedado a cenar con otro Felipe Jiménez, pero tranquilo, no es el asesino, no ha mostrado interés en saber si había dado en adopción a algún bebé, así que no cumplo el perfil. Hemos quedado en el restaurante Florida Retiro. Un beso».
Después de escuchar el mensaje de Cristina, los tres policías salieron corriendo de la casa. En cuanto Daniel arrancó, dejando la mitad de los neumáticos en el pavimento de la entrada, pidió a Verónica que llamara a Javier Núñez, esperaba que hubiera ido a cenar con Cristina como era su costumbre.
—Hola, Daniel. ¡Qué sorpresa! —El inspector interrumpió su saludo.
—¿Está contigo Cristina?
—No, estoy en un spa en Mataelpino, con mis padres, ¿sucede algo? —Javi había notado el tono apremiante y de angustia del inspector, le preocupó que Cristina hubiera cometido una locura.
—No, claro que no, no te preocupes. Tenía una cita esta noche, con otro tío de internet y yo llego tarde, quería saber si estaba contigo —mintió, quería tranquilizar a Javi, sabía que él poco podía hacer.
—¡Ah, vale! Me habías asustado.
—Ya voy yo. Disfruta en el spa. —Verónica colgó el teléfono del inspector.