Al almirantazgo

Señor:

Le escribo esta carta a toda prisa para notificarle el resultado de la expedición que tenía como objetivo arrestar al pirata John Silver y trasladarlo a Inglaterra para que le fuera impuesto un castigo justo. El informe oficial tardará todavía algunos días, hasta que el barco haya atracado en Londres. Esta carta se envía, por tanto, por mensajero desde Plymouth.

Desgraciadamente tengo la obligación de comunicarle que no fue posible traer al llamado Silver con vida. Sin embargo, con absoluta certeza puedo transmitir la buena nueva de que está muerto y que el mundo, por tanto, ha quedado libre de uno de los peores enemigos de la humanidad. Por ello, existen motivos para creer que la piratería quedará exterminada en un futuro no muy lejano. Sin un tipo como John Silver que seduzca a los marineros a hacerse lo que llamamos «piratas», será fácil detener la sangría en las filas de la Marina mercante.

Antes de morir, John Silver me dejó personalmente un manuscrito que contiene, según mi opinión, un completo informe sobre su ignominiosa vida. Me pidió que se lo entregara al caballero Jim Hawkins, quien, como quizás usted recuerde, fue el que nos descubrió la posibilidad de encontrar y castigar a John Silver. Naturalmente, le hice entender a Jim Hawkins que no podía disponer libremente del informe de Silver sin consultar con el Almirantazgo, y él se declaró partidario a respetar esta petición. Después de haber leído el informe en cuestión durante el viaje le recomendaría encarecidamente y con toda humildad que no se publicase oficialmente sin una importante corrección. Naturalmente, muy bien puede servir de escarmiento para nuestra juventud, pero también contiene algunos capítulos calumniosos para la nación, entre otros la penosa historia del gobernador Warrender en el fuerte Charles de Kinsale y el caso omiso que hacían los capitanes de barco respecto a las ordenanzas relacionadas con las esclavas. A esto hay que añadir el hecho irritante que John Silver no demuestre el más mínimo arrepentimiento por su vida pecaminosa y criminal. Todo lo contrario: parece reivindicar que la suya fue la vida recta y auténtica de un tipo como él, y que además acabó sus días como un hombre acomodado, atrincherado en su fortaleza, rodeado de esclavos a quienes había comprado la carta de libertad. Naturalmente, leer esto no resulta conveniente para nadie, máxime cuando Silver afirma haber llevado una vida libre, y en ningún caso criminal. Sólo queda lamentar profundamente no haber podido castigarle como merecía mientras vivía, ahorcándolo en el cadalso y expuesto al escarnio público.

Sin embargo, creo que no había elección. En primer lugar, a medianoche nos sorprendió una tropa bien armada de piratas a sus órdenes, y perdimos a catorce hombres antes de que, con mucho valor, consiguiéramos ponerlos en fuga. Silver afirma en su escrito que el ataque fue cosa de un solo hombre, pero ¿qué otra cosa cabía esperar de un mentiroso y un traidor como él? En segundo lugar, Silver amenazó con matar a cincuenta de nuestros soldados de la Marina y después quitarse la vida si asaltábamos su fortaleza. No cabe ninguna duda de que hablaba en serio y de que era capaz de ambos extremos.

Mientras negociábamos llegó incluso a prender la mecha del pañol de la pólvora y la apagó en el último momento ante mis propios ojos. Que mi juicio sobre la situación y el estado de ánimo de Silver eran acertados quedó confirmado más tarde con toda la claridad deseable. Después de haber recogido su informe y haberme reunido con los soldados, se oyó una fuerte explosión: Silver y su acantilado saltaron por los aires, de modo que quedó destrozado en mil pedazos. Murieron dos de los nuestros bajo las rocas que se precipitaron tras la explosión, y otros cuantos fueron levemente heridos. Desgraciadamente, quedó muy poco del botín robado por Silver a lo largo de su vida, probablemente apenas lo suficiente para sufragar los gastos de la expedición. Por tanto, la misión no se ha coronado con el provecho que predecía el señor Trelawney. Se adjunta la carta que John Silver envió a Jim Hawkins. De ella ya se deduce con toda claridad que el informe de Silver debe tratarse con absoluta discreción y, si es posible, declararlo secreto según el artículo sobre amenazas contra la seguridad del Reino.

Respetuosamente le saluda

Capitán William Cunningham

A Jim Hawkins:

Jim,

Te entrego y te confío estas páginas. Podría decirse que son mi cuaderno de bitácora. En mis últimos días me divertí recordando como hacen los viejos, y he escrito qué fue ser Long John Silver. Si tengo un deseo antes de morir, Jim, es que leas estas páginas. Sé que no he sido el mejor de los hijos de Dios a los ojos de la gente como tú, pero he sido a pesar de todo una persona cabal, un buen compañero de barco. Te salvé la vida, como sin duda recordarás. No pido que a cambio me salves la mía, tal como queda escrito en estas páginas, pero sí te pido que no mates la única vida que John Silver tuvo. Ponla a buen recaudo. Un día quizás haya quien necesite saber que realmente existió y que a pesar de todo fue una persona cabal. Entonces no habrá vivido inútilmente, como muchos otros, para nada.

Es mi último deseo.

John Silver