Capítulo 21

Lo primero que vi a la mañana siguiente fue la jeta inexpresiva de Scudamore que me observaba sin un ápice de humanidad.

—Podrías estar muerto —constató.

—Pues no es la primera vez —contesté obstinadamente-. Y ya ves que sigo vivo, como siempre. Haz que me quiten esta chatarra de los pies y que me pongan algún trapo encima. Así no puedo estar.

—Siento tener que decírtelo, pero sólo tienes derecho a eso.

—Pero ¿qué diablos quieres decir?

Le miré fijamente a los ojos, pero no se amedrentó en absoluto.

—Órdenes del capitán Butterworth —dijo Scudamore con una expresión que no diría yo que no escondiera una cierta sonrisa.

—¡Al infierno con el capitán Butterworth! —grité—. No tiene ningún derecho a tratarme como a un perro. Soy un experto marinero y exijo que se me trate con dignidad.

—Pues parece ser que Butterworth es de otra opinión —dijo Scudamore, y entonces sí que sonrió abiertamente.

Aquella expresión hizo que me pusiera en guardia.

—¿Y en qué basa su opinión? —pregunté sin alterarme.

—Bueno —contestó Scudamore—, en un poco de todo. Encontraron el redondel de Robin en uno de tus bolsillos.

—Así que de todas maneras los pillaron —interrumpí—. Me gustaría verle la jeta a Butterworth cuando le diga que fue idea mía entregarle el papel para detener el motín.

—No creo que te convenga —comentó Scudamore.

—¡Vaya! ¿Por qué no?

—Por el sencillo motivo de que tu nombre aparece en el redondel de Robin.

—¡Y unos cojones! —grité desaforado—. Butterworth miente para poder acusarme.

—No —dijo Scudamore muy despacio—, en este caso de verdad que no. Nos enseñó el papel. Encima de todos los demás aparece tu nombre, John Silver, con las letras grandes y claras. No debiste hacerlo.

—Pero, ¿qué ha pasado? —fue lo único que me salió con el aturdimiento—. Yo no he firmado ningún papel.

—Como he dicho, parece que hay división de opiniones.

—Pero tú sabes —respondí recuperando mi tono de voz normal— que no soy tan tonto como para firmar mi propia condena de muerte.

—¿Y cómo voy a saberlo? —preguntó con una expresión inocente.

—Es una falsificación —aseguré— y lo puedo demostrar en cuanto me permitan subir y hablar personalmente con ese cerdo. Es él quien ha escrito mi nombre, él o cualquier otro que quiera hacerme daño.

De repente me vino una idea a la cabeza.

—Es Roger Ball —grité—. Es él quien lo ha hecho. Me odia más que a la peste.

—Es posible, y seguro que a estas alturas no es el único. Lo siento, pero John Silver no está muy cotizado a bordo de este barco.

—Pero te estoy diciendo que puedo demostrar que yo no escribí mi nombre. Dame papel y lápiz y te lo demostraré.

—¿Y enviar a otros ocho a la horca? ¿Es eso lo que quieres? Butterworth necesita a toda la tripulación posible, y tal y como están las cosas se conforma contigo como si tuviera toda la obediencia de los demás. Y ni siquiera a ti te va a quitar la vida, aunque debo añadir que ha sido gracias a mi consejo. No, no es necesario que me lo agradezcas. No lo hice por ti, sino porque no es sensato matar a los hombres blancos cuando hay negros a bordo. Tarde o temprano acaban enterándose y pueden empezar a pensar que no es tan difícil cortarle el cuello a un blanco, a un simple cirujano de a bordo, por ejemplo, que por casualidad se pone a tiro para administrar medicinas y ayudarles a salvar el pellejo. Dicho de otro modo, le propuse a Butterworth una solución menos drástica, que tuvo un efecto mucho mejor para todos, y que a ti, amigo mío, te salvó la vida. Mi propuesta fue sencillamente que te encerrasen aquí abajo entre los demás mientras dure el periplo, y que después te sometan a juicio.

Hice lo único que pude: lancé un escupitajo bien dirigido que alcanzó a Scudamore en toda la frente. Dio un respingo, pero recobró enseguida el aplomo y se limpió con el pañuelo.

—Entiendo que estés indignado —dijo tranquilamente, pero con una mirada suspicaz—. De todas formas, te aconsejo que estés a buenas conmigo. Por tu propio bien.

—¡Por mi propio bien! —dije echando chispas y con toda la ironía burlesca de que fui capaz.

—Claro que sí. Si quieres demostrar en el juicio que no estabas detrás del motín, necesitas a una persona fidedigna que pueda hablar en tu defensa. Arriba, en cubierta, hay ocho hombres con Roger Ball al frente que podrían jurar sobre la Biblia y por la memoria de sus santas madres que fuiste tú, y nadie más que tú, quien instigó el motín, cosa que a grandes rasgos es verdad. Te quieren ver colgado para librarse ellos mismos de la horca. Soy el único que puede declarar algo diferente y ser creído.

—¿Por qué? —pregunté todavía cargado de ira pero predispuesto a la reflexión—. ¿Por qué iban a creer a una serpiente como tú?

—Porque fui yo quien reveló a Butterworth los planes del motín. Mi estrella nunca había brillado tanto como ahora.

—¿Tú? —exclamé sin poder gritar, escupir ni atragantarme.

Me quedé sin palabras, así de fácil.

—¿No creerás —continuó Scudamore— que soy tan tonto como para apostarlo todo a un caballo? Al margen de cómo hubiera salido el motín, yo estaba a salvo. Lo que importa en la vida es arreglárselas de la mejor manera posible, Silver; quizás aprendas algo de todo esto en lugar de ir dando vueltas como si fueras una gallina mareada y pasar por encima de la raya blanca, cuando se puede rodear si quieres. Tienes columna vertebral, Silver, lo reconozco más que nadie. Pero una columna vertebral se puede romper. Yo sólo soy cartílagos y músculos, que se estiran pero que siguen juntos.

—Eres un cobarde, una carroña traicionera —escupí.

—Es muy posible, pero ¿de qué te sirve a ti en estos momentos ser otra cosa? ¡Contéstame!

Esta vez la voz de Scudamore sonó combativa y peligrosa. Pérfida ya lo era de por sí.

—Bueno —continuó—, tienes tiempo de reflexionar antes de que se te ocurra una nueva tontería. La vida es un juego, Silver. Yo jugué con sensatez y gané. Tú lo apostaste todo a una carta y perdiste. Así son las cosas. Necesitamos a tus ocho juramentados para gobernar esta carraca hasta su destino y para mantener a raya a los negros, para que no se nos mueran y para sacar mi comisión habitual. Y si empiezas de nuevo a hablar de firmas falsas seré yo quien revele aquí y ante el juez quién robó mis herramientas para abrir un agujero en el mamparo, quién cogió la llave para hacer una copia. Sería suficiente para que te balancearas en la horca varias veces. Espero que esta jerga sí la entiendas.

—Desde luego —dije con fuerza y humillación, porque a pesar de todo Scudamore tenía razón.

Scudamore dio media vuelta y se fue. El cuerpo y el alma me pesaban como el plomo y me sentí como si ya tuviera una soga alrededor del cuello. Estaba preocupado por la piel aún tierna de mi espalda, sintiendo las tablas sin pulir que me laceraban el cuerpo desnudo, cuando noté una mano en el hombro.

—¿Hermanos? —preguntó Jack con una especie de súplica en la voz.

Me volví hacia él.

—De todas maneras, esclavos —contesté—. Ya es algo.

Y por todos los diablos que se le iluminó la cara; como si aquello tuviera alguna importancia allí donde estábamos.