Capítulo 12
Así que abro un nuevo capítulo, como se suele decir, sin pensarlo.
El Dana iba rumbo a Francia con su infatigable tripulación, sin darse ningún respiro. Tampoco había lechos donde descansar ninguno de nosotros. No cabía pensar que England y Deval volvieran a Irlanda sin tener que jugar al escondite de continuo, y por lo menos England de eso ya había vivido más que suficiente. Para mí, volver significaría lo mismo, por sacar un parecido, que dormirme en el puesto de guardia por culpa de unas flores.
Naturalmente, fuimos a Francia. Nos imaginábamos que allí jugaríamos con cierta ventaja. A falta de otras facultades, Deval nos serviría para que nos entendiéramos, siempre y cuando comprendiera lo que England y yo queríamos decir. England había tenido tiempo de hacer con Dunn unos veinte viajes a distintos puntos de la Bretaña, así que conocía las aguas como la palma de su mano, y le tocó por tanto ser el capitán. Por mi parte, seguía siendo marinero, y pese a ser un experto me conformé con ello. Enseñar los dientes en cualquier momento, a tiempo y a destiempo, con tal de mandar, no era mi plato favorito. Quería ser dueño de mi destino y de mis aventuras, pero no de las de los demás. Nadie podría destituir a John Silver, ésa era mi norma. Sin embargo, y por seguridad, propuse que formáramos un consejo que decidiría las cuestiones importantes a bordo, es decir, de todo aquello que se saliera del cotidiano cuándo, dónde y cómo debíamos arriesgar nuestra única vida para ganarnos unas perras.
Deval estuvo acostado en su catre toda la primera noche. Mientras England y yo hicimos lo que debíamos hacer para salvar el pellejo —navegar, cambiar de bandera y de nombre, inventariar las armas y las provisiones—, Deval lloraba por Dunn. Si fuera preciso creer al mismo Deval, y en ese punto era difícil afirmar lo contrario, Dunn era el único que había demostrado con Deval esa pizca de amabilidad y consideración a que tiene derecho la mayor parte de la gente, aun sin saber de dónde lo ha sacado. Con un punto de magnanimidad dejé que Deval apoyara la cabeza en mi hombro y que llorase, y fue buena idea; teniendo en cuenta las circunstancias, era lo mínimo que podía hacer. Cuando se calmó le ordené en serio que se fuera al catre. Lo necesitábamos descansado y con la mente clara cuando llegáramos a la Bretaña al día siguiente, porque realmente no podíamos componérnoslas sin él. Aquellas palabras bien elegidas dieron velocidad a sus piernas y desapareció bajo la cubierta.
England y yo nos quedamos por tanto con la noche ante nosotros.
—Vaya lío has armado, John —dijo England y escupió un buen gargajo al lado, dedicado al mar inmenso.
Claro que ahora era el capitán y tenía derecho a mear a barlovento, pero de todas maneras era absurdo escupir con el viento de cara, porque el gargajo trazó un arco en el aire y le cayó en el pie. Miró incrédulo sus pies y luego me miró a mí.
—Pero... —empezó y yo le interrumpí, como es de imaginar.
—... podía haber sido peor —concluí.
—No mucho —contestó England acobardado—. ¿Qué podría ser peor que esto?
—Te podría haber caído el gargajo en la jeta.
—John —dijo sin sonreír siquiera—, le puse precio a Dunn.
—¿Y quién diablos no lo había hecho? —respondí enérgicamente.
—Tenía sus más y sus menos, naturalmente —añadió England como era de esperar—. Una de ellas era su hija. ¿Sabes lo que le ocurrió a ella?
Di un respingo. Elisa, sí, me había olvidado de incluirla en mi historia.
—No quiero decir nada malo —añadió England, solícito—. Hasta yo mismo entiendo de sobra que no es fácil.
—No —dije despacio, sin ganas de decir nada malo, aunque a mi manera—, no es fácil. Supongo que los ingleses se encargaron de ella antes de que llegáramos nosotros. Pero no sin más, quiero decir. Ya sabes... Dunn encontró un trozo de su vestido manchado de sangre.
—Los muy cerdos... —exclamó England—. Si le tocaron un pelo, por todos los demonios que...
Se calló y yo esperé tenso a ver con qué salía, pues ¿qué se le podía ocurrir contra una nación entera?
—... declararé la guerra a los ingleses, se encuentren donde se encuentren en este mundo —concluyó muy decidido.
—¿Como tus padres? —pregunté.
—Sí, que se los lleve el diablo. Siempre se salen con la suya. No se puede hacer nada. Y tú, John, ¿qué piensas hacer?
—¿Con qué?
En la mirada de England vi que debía andarme con pies de plomo si quería que me creyera.
—Con Elisa, naturalmente —dijo tal como me imaginaba, sólo que demasiado tarde.
—¿Qué puedo hacer? —suspiré—. No es a ella a quien quieren. Lo único que me da miedo es lo que haga cuando se entere de que Dunn está muerto.
Tan pronto pronuncié estas palabras me di cuenta de lo bien que había hablado. Si Elisa creía que fueron los ingleses los que habían matado a Dunn estaba todo arreglado, no para los ingleses, claro, ni para ella misma. Si creía que había sido yo... Pero intenté persuadirme de que no tenía motivos para sospechar de mí, un hombre de honor y efe manos suaves que, a pesar de los pesares, tanto le gustaban.
England interpretó mi silencio como un signo de emoción.
—No hablemos más de eso —dijo para mi alivio—. Cuando se hayan calmado las cosas —continuó—, le enviaremos mensaje de que seguimos vivos, de que nos va bien y gozamos de buena salud, que cuidamos del Dana como si fuera un niño y, sobre todo, que puede venir y recoger su parte de nuestras ganancias. Y a su prometido, claro. Es lo justo.
«Teniendo en cuenta —pensé, no fuera a olvidarlo en medio de tanta agitación—, que Dunn había pensando realmente en matarme y en dar por terminada mi presencia en este mundo.»
—Supongo que tienes razón —dije tan sólo—. Si hay algo que repartir, claro.
—Has dicho una verdad, John —dijo England—. ¿Cómo vamos a ganarnos el pan? Además, ¿todo esto por un poco de vino y de ron? —Meneó la cabeza—. Ya te he dicho, John, que has armado un buen lío. No me malinterpretes, no te reprocho nada, ni mucho menos. Es que pensé que había encontrado mi sitio, es cierto que con un poco de diversión y algunas tensiones, pero de todas formas tranquilo y apacible. Me había fijado incluso en una apetecible muchachita de Kinsale, la hija del carnicero. ¿Te puedes imaginar algo mejor para llevar una vida tranquila? ¡Y ahora esto!
Abrió los brazos.
—Ahora hay que empezar desde el principio —continuó—. Y todo por tu culpa, John Silver. Yo te aprecio, bien lo sabes, pero eres una compañía peligrosa, o eso me parece a mí.
—Todos tenemos nuestros más y nuestros menos —dije.
—De todas maneras, al menos escuchas —concluyó England y por fin sonrió—. La verdad es que así es. Todos tenemos nuestros más y nuestros menos.
—¿Cuáles son los tuyos? —pregunté.
—Bueno —dijo England, y calló mientras le echaba un vistazo a la vela—. A veces tengo dificultades en diferenciar lo bueno de lo malo, babor y estribor, arriba y abajo, listo o tonto, elige la pareja que te dé la gana, que yo mezclaré las dos partes.
—¿Qué pasa con la vida y la muerte? —pregunté.
—Eso sí acostumbro a diferenciarlo. Casi siempre.
—Entonces, ¿no nos vamos a convertir en piratas?
England se echó a reír en voz alta.
—¿Con esto? ¿Con tres hombres a bordo? Me puedo rebajar mucho, pero no pienso hacerme más tonto de lo que soy, eso no. ¿No te imaginas a los marineros del bergantín más pequeño cuando nos señalen con el dedo tras decirles que vamos a abordarlos nosotros tres, tú y yo con Deval para colmo? No, propongo seguir con el contrabando, pero desviarlo hacia Bristol quizás. O a Glasgow.
—Preferiría evitar Glasgow —dije—. Y también Bristol.
—Ah, claro. Me olvidaba. ¿Y adonde demonios vamos a ir?
No quisiera recordar la continuación del asunto, pero en honor a la verdad no se puede pasar por alto haciendo un silencio. Hemos debido de ser los contrabandistas más ridículos que hayan intentado hacer estragos en el canal de la Mancha, una burla para el gremio y una vergüenza para el viejo Dana. England quizá supiera navegar, y desde luego fue mejorando con los años, pero no demasiado, porque tardó mucho hasta saber distinguir babor de estribor. Iba bien en viajes largos, cuando la brújula le marcaba el rumbo, pero en las vías estrechas y revueltas o en las maniobras rápidas era un perfecto inútil. Llegó a conocérsele, con razón, como el patrón que hacía lo que le venía en gana. A veces tenía sus ventajas, lo reconozco, no seré parco en elogios. No sé cuántas persecuciones de los guardacostas despistó England sin saber ni él mismo de qué manera.
Saltaba a la vista que Deval era un completo inútil; además, se ponía melancólico y lloroso cada dos por tres, sobre todo cuando empinaba el codo. Lloraba a moco tendido por el fallecido Dunn y por su hija Elisa, que habían sido tan buenos con él. Me ponía nervioso, e intenté convencer a England que lo mejor sería que devolviéramos a aquel hijo de puta en brazos de su puta madre. ¡Como si yo no tuviera suficiente trabajo para olvidar a Elisa durante el resto de mi vida sin tener que soportar los gemidos y los lamentos de Deval! Pero England se negaba en redondo. Mantuvo hasta el final que el Dana tenía una cuarta parte que era de Elisa y que ella no hubiera aceptado nunca que dejáramos a Deval por el camino. Pensé incluso en deshacerme de él por mi cuenta, pero comprendí que England me descubriría, por muy bien que pensara de los demás.
A pesar de todo, el Dana era la mejor oferta para la vida de un tipo como yo en aquellos tiempos. Pero para que Deval cerrara el pico le expliqué a espaldas de England cómo estaban las cosas, y se lo conté todo casi con pelos y señales: que era hijo de una puta que lo había vendido a Dunn a cambio de ciertos servicios, de cuya naturaleza podría fácilmente hacerse una idea, y que Dunn después no tuvo arrestos para deshacerse de él. Deval se puso pálido como un muerto y no quiso creer mis palabras hasta que me metí en detalles y picardías. A partir de ahí cerró la boca en lo tocante a Elisa y a Dunn, pero perdonarme, lo que se dice perdonarme, no lo hizo nunca.
Lo peor de todo a bordo del Dana, no era sin embargo Deval, sino que ninguno de nosotros tenía olfato para los negocios. O nos pasaban por delante de las narices, por así decirlo, o bien nos engañaban de mala manera una vez tras otra. Vender y comprar, traficar y mercadear, atracar y zarpar, engatusar y convencer, no, nada de eso sabíamos. Por todos los demonios que éramos demasiado honrados para eso. Pero ¿lo comprendimos a tiempo?
Naturalmente, hubiera preferido no tener que ir a Inglaterra, pero si queríamos sobrevivir no había mucho donde escoger. Invertimos en mercancías la mitad de nuestros beneficios, un poco de todo lo que, según England, estaba permitido entre contrabandistas: té, azúcar, tabaco y encajes, además del coñac, claro. Soltamos amarras y nos dirigimos hacia Bideford, en la costa de Cornualles. Anclamos en Lundy Island y puse los pies en la isla con cierto bamboleo, ya que había sido uno de los atracaderos de mi padre, sí, el que se ahogó en el puerto. Pero si hubiera creído que había dejado huellas tras de sí, estaba muy equivocado. Un tipo como aquél ¿qué podía dejar tras de sí, aparte de las botellas vacías y una reputación, buena o mala, en boca de la gente?
A cubierto de los vientos del oeste, detrás de Lundy Island, encontramos a otros contrabandistas que esperaban mejor viento y peor tiempo antes de poner curso hacia Francia. Nos dieron nombres de gente de confianza allá en tierra, pero cuando encontramos a Jameson, el hacendado, que era un alegre y orondo hombre de negocios, y cuando le contamos qué mercancías llevábamos a bordo, no pudo contener su alegría.
—Señores míos —dijo cuando había acabado de darse palmadas en las rodillas—, no voy a ser mezquino. Compro el brandy por un buen precio, para que puedan volver sin grandes pérdidas.
—¿Pérdidas? —pregunté sorprendido.
—Pero ¿y el tabaco, el azúcar y los encajes? —preguntó England—. Son de la mejor calidad.
—Lo sé —dijo Jameson—, lo sé muy bien.
—¿Cómo puede saberlo? —pregunté con lógica desconfianza.
—No es nada raro —dijo con mayor regocijo aún—. Es el tabaco que yo mismo he exportado a Francia no hace mucho a través de delegados como ustedes. Y no creo equivocarme al pensar que el azúcar y el té han llegado a Francia de la misma manera.
Naturalmente, nos miramos unos a otros con incredulidad.
—Señores míos —continuó Jameson—, deduzco que son nuevos en la profesión. Éstas son mercancías que pasan de Inglaterra a Francia, no al revés. Les aconsejo que vuelvan a Saint Malo y lo vendan todo por el mismo precio que pagaron por ello.
—¡Por todos los demonios del mundo! —exclamó England y se dio un puñetazo en la palma de la mano.
Cuando contamos nuestros medios para la vuelta, tras la venta de nuestras mercancías doblemente pasadas de contrabando, disponíamos exactamente del mismo capital que antes, no más, pero tampoco menos. No era suficiente para vivir. Otros viajes como aquél y acabaríamos en el fondo.
El siguiente viaje lo hicimos a Falmouth con la bodega llena de coñac y de vino. Nos adentramos en Helford River escondidos. Servimos a un comprador y conseguimos un buen precio en monedas de oro. Sin embargo, antes de que el dinero llegara a nuestras manos el comprador alertó a los guardacostas, así que tuvimos que huir a toda prisa.
Así estaban las cosas. Una vida libre probablemente sí que era, pero lucrativa o sublime desde luego que no. Tras seis viajes teníamos lo mismo que cuando empezamos, menos lo que habíamos gastado para vivir durante ese tiempo. Al séptimo teníamos la mitad que al principio y entonces fue cuando dije que se acabó. Si había que vivir, eso pensaba yo, tendríamos que recibir por lo menos algo a cambio, otra cosa que no fuera el ridículo y las equivocaciones. Teníamos que obtener algo con que alegrarnos, era lo mínimo que se podía pedir.
Así pues, convoqué el consejo, fue fácil, y expuse mis pensamientos. Dije que deberíamos llevarnos lo que se nos ofreciera en lugar de traficar y mercadear con el resultado conocido. Propuse que viajáramos a comisión, decididamente, y señalé que al cabo de poco ninguno de nosotros tendría nada que perder, y que cualquier cosa era mejor que lo que hacíamos, ya que no nos llevaba a ningún sitio.
—¿Adonde nos iba a llevar? —preguntó Deval, en la que fue seguramente la única pregunta aguda que hizo en toda su vida.
No respondí, sino que me volví hacia England.
—¿Y tú qué dices? —pregunté—. ¿Que podría ser peor?
—Sí —contestó England—, podría serlo.
Les llamé de todo, pero no sirvió de nada.
—Te puedes ir cuando quieras —dijo England.
A pesar de todo tenía razón. Siempre podía largarme.
Sin embargo, parece que no iba a ser así durante mucho tiempo. En las ciudades de la costa de Bretaña corría el rumor de paz, aunque no sé de qué iba a servir para la gente como yo. Los precios del vino y otras mercancías de contrabando iban a bajar, y también los salarios de los marineros embarcados, como pasaba siempre que la Marina empezaba a despedir y a desmantelar, y entonces yo ya no estaría tan seguro de los brazos de la ley.
Cuando después llegó la paz en los pasquines, en las proclamas de las trompetas y en las declaraciones de todas las pequeñas poblaciones costeras, England empezó a hablar de volver con el Dana a Irlanda y a Elisa. Sólo de pensarlo me entraban todos los males. Estaba seguro de que encontrarme con Elisa sería lo mismo que cavar mi propia tumba, como quiera que fuese.
Con cuidado, para no despertar sospechas en England ni en Deval, intenté hacerles entender lo insensato o lo manifiestamente peligroso que sería la vuelta para mi integridad física e incluso mi vida. Supliqué, rogué y pedí por favor, pero no sirvió de nada. Mi riqueza verbal, de la que tanto me enorgullecía, no bastó para doblegar una honradez como la de England. Tampoco logré nada con Deval. A pesar de todo, yo le había quitado lo poco que tenía, tanto la honra como el honor.
Así que no tenía mucho donde elegir, aparte de arreglar las cosas a mi modo. No quería que les ocurriera nada malo, porque yo no era de ésos. No podía tener nada contra ellos sólo porque no opinaran como yo. Si fuera por eso, estaría obligado a odiar a la mitad de la humanidad. Mi pensamiento era simplemente dirigir a aquellos dos hombres hacia otros derroteros, al menos durante unos años, hasta que la mayor parte de lo ocurrido cayera en el olvido y las aguas volvieran a su cauce.
En aquel tiempo había en Saint Malo un barco que se estaba preparando para ir a las colonias. Toda la ciudad estaba llena de carteles con unas ofertas tentadoras: viaje gratis y ayuda para ponerse en marcha en un país con un clima incomparable y unas posibilidades ilimitadas de ganar dinero a cambio de tres años de trabajo en las plantaciones. Naturalmente, tres años eran mejor que cinco, como en Inglaterra, pero yo sabía por mis viajes en el Lady Mary cómo eran. El viaje era sencillo, el trabajo de esclavo, y había mil y una formas de alargar el contrato. El contrato de un trabajador blanco era por lo menos igual de valioso que el de un esclavo negro, o quizá más, ya que el blanco había firmado su contrato de esclavo. Por eso se podía pensar que tendría menos intenciones de fugarse o de amotinarse.
No obstante, por lo que oí en la ciudad supe que a los trabajadores franceses contratados efectivamente los dejaban libres a los tres años. En pocas palabras, lo que querían era contar con hombres que pudieran labrar la tierra, casarse, tener descendencia, llevar un arma y todo lo que fuera necesario para mantener las colonias con vida. Sí: fletaban incluso barcos cargados de mujeres con rumbo a las islas para que los hombres se quedaran. Ogeron, el anterior gobernador de Tortuga, había disfrutado de sus días de grandeza cuando sorteó a las mujeres, prostitutas o mujeres de mal vivir, casi todas curtidas y con mucha labia. Y se insinuaba que los matrimonios celebrados con la mediación de la diosa Fortuna en lugar del Espíritu Santo aguantaban tanto como los otros. Ahora recapacito que de eso tendría que haber hablado con Defoe, el que escribió una obra entera de cuatrocientas páginas para demostrar las excelencias de los matrimonios cristianos.
Eso de que los franchutes dejasen libres a sus trabajadores hizo que me decidiera. Me puse en contacto con un contratista. Le ofrecí cincuenta libras de entrada si hacía que England y Deval estuvieran a bordo del Saint-Pierre como trabajadores contratados el día que se hiciera a la mar.
No me importa cómo lo consiguiera, pero la verdad es que los dos Hombres estaban a bordo cuando el Saint-Pierre soltó amarras un claro día de verano con viento del este. Los vi acodados en la amura, escrutando el Dana e intentando divisarme, ya que seguramente no sospechaban nada del buen compañero que podía ser yo cuando era necesario. Según el contratista, cuando le di sus cincuenta, England y Deval no tenían la menor sospecha de que fuera yo quien había movido los hilos de su futuro, un futuro nuevo y rico en promesas, en un país con un clima incomparable y posibilidades ilimitadas. Se habían dejado engañar con toda confianza y con no poco licor y coñac, sin contar con la ayuda de los compañeros de cuerda que llevaba el engatusador. En fin, como siempre. Así me libré de Deval y de England, o eso creía yo, aunque tal vez me precipité, ya se sabe.
Unos días después vendí el Dana y recuperé las cien libras, todo mi capital, para pensar después, ya en serio, en mi propio destino y aventuras. No me podía quedar donde estaba, con todas las relaciones e intercambios entre Irlanda, Inglaterra y Francia en nombre de la paz. Empecé a creer, ya que lo oía en los bares y en las tabernas, que las Antillas eran un buen lugar para hacer fortuna, incluso para alguien como yo. Al cabo de unos meses, cuando un barco de bandera danesa apareció en el puerto con destino a las Antillas, me enrolé sin dudarlo. Por lo que supe después, era un capitán inglés que había sido despedido de su barco, pero que creía que aún estaba en la Marina. Y el barco, que navegaba bajo el nombre de Libre de penas, por lo visto iba a las Antillas, aunque antes recalaría en Guinea para comprar esclavos. Sin embargo, no lo sabía cuando en el año de gracia de 1714 subí a bordo con mis trastos, avalado por cien libras, para iniciar una nueva vida, seguramente la tercera, como un hombre libre de surcar los siete mares de la tierra.