Capítulo 9

Cuando acabé de explicarles a Elisa y a Dunn lo relativo a mi, hasta entonces, corta vida, Dunn fue hacia uno de los cofres que estaban repartidos por toda la casa, y que hacían de mesas o de sillas, según se conviniera. Volvió con una botella de coñac.

—Recién llegada de Francia —dijo al dejar la botella y tres vasos.

—¿No estamos en guerra? —pregunté.

—¿Quiénes? ¿Nosotros? —contestó Dunn—. Yo no he firmado ninguna declaración de guerra. Prefiero tomarme un vaso de vino o de coñac de vez en cuando. Y no soy el único, ni en Irlanda ni en Inglaterra.

—Desde luego, son tantos que a lo mejor se puede vivir de eso —insinué.

—Quizá. Los ingleses dicen que Kinsale y Cork son nidos de contrabandistas, pero no saben qué hacer para solucionarlo. No me extrañaría que un día nos prohíban pescar o ser propietarios de los barcos. Porque tienes que saber, John, que a los ojos de los ingleses, Irlanda no vale más que cualquiera de sus colonias en África o en la India. Mi abuelo estuvo en la batalla de Kinsale, en 1601. Seis mil quinientos irlandeses a las órdenes de O'Neill y un millar de españoles en el mismo Kinsale resistieron frente a cuatro mil ingleses que habían cercado a los españoles durante tres meses. Estalló la Nochebuena entre truenos y lluvia. En tres horas lo perdimos todo: el honor, la fe en nosotros mismos, nuestras antiguas tradiciones, nuestra forma de vivir. Si O'Neill hubiera vencido a Mountjoy quizá todo habría sido diferente.

—Mi padre era irlandés —dije.

—Lo sé —contestó Dunn y sonrió ante mi aire de desconcierto—. No me interpretes mal, no he estado por ahí fisgoneando. Pero cuando me dijiste tu nombre, y que el dinero del cinturón era herencia del contrabando, até cabos. Había un tal Silver en Cobh, y solía navegar hasta Francia. Era un hombre aventurero, admirado por muchos. Mi propio padre navegó con él durante un par de años, cuando yo aún era demasiado joven para recordarle. Pero recuerdo que mi padre acostumbraba decir que era difícil encontrar a un hombre mejor que Silver.

Dunn y Elisa me miraron como si estuvieran contentos de que yo hubiera tenido un padre al que admirar. ¡Y yo que siempre lo había mirado por encima del hombro, hablando literalmente y también en otros sentidos!

—Está muerto —comenté simplemente—. Se mató con la bebida. O casi.

—¡Qué lástima! —dijo Elisa. Yo guardé silencio.

—Bueno, ahora se trata de saber qué vamos a hacer con John Silver —dijo Dunn cambiando de tema, creo que por consideración—. En realidad deberías quitarte de en medio hasta que Wilkinson haya desaparecido de Kinsale.

Miré a Elisa. Dunn acompañó mi mirada y sacudió la cabeza.

—Me imagino que se hará lo que diga Elisa, como siempre, aunque no sea lo que más nos convenga. No me extrañaría que Wilkinson tenga a gente por ahí buscando tu cadáver, para estar seguro de que no hay supervivientes, porque si se hubiera salvado alguien de la tripulación, no quisiera estar en el pellejo de Wilkinson, eso seguro.

Dunn se detuvo. Probablemente a los tres se nos ocurrió pensar que yo sí había sobrevivido, y que tenía todo el derecho del mundo de vengarme ante Dios y ante los hombres.

—Déjalo vivir —dije—. Llegará un día en que se entere de que John Silver sobrevivió al naufragio. Eso será suficiente castigo, porque a partir de entonces siempre tendrá miedo de que la verdad salga a la luz.

Noté cierto alivio tanto en la cara de Dunn como en la de Elisa.

—Está bien —dijo Dunn—. Es más que suficiente que mi hija se haya prendado de un amotinado.

—Me puedo ir —sugerí—. Puedes estar seguro de que John Silver no es de esos que navega como si fuera una mercancía.

—Dices muchas tonterías —respondió Elisa.

—No hablemos más del asunto —replicó Dunn—. El caso es que yo tengo un barco y además me dedico al comercio, no sé si me explico. Es un balandro de Kinsale llamado Dana, de veintiún metros de eslora, un cúter rápido y capaz como pocos, hecho para cualquier excursión a Morlaix, Brest y Saint Malo. Tendrías que ver cómo hiende su afilada proa en las olas del Atlántico, como si fueran de mantequilla, o sentir cómo se escora, y la velocidad que alcanza cuando el mar se lo permite. Es muy diferente a los balandros de Galway, que flotan como un corcho en las ensenadas cabrilleantes de allá arriba. No, el balandro de Kinsale está hecho para alta mar, y cuanto más carga mejor navega. Es una auténtica satisfacción gobernarlo. ¿Tú qué dices, Silver?

No entendí lo que se proponía. Yo nunca había oído hablar a nadie con afecto de un barco. A bordo del Lady Mary, al menos lo que se avistaba desde el mástil, todo era ataúd, barco de sangre, montón de leña, barco de la muerte, infierno flotante, cedazo rezumante, matadero, puta rebelde, navegante torcido, cáscara de caracol o cosas peores.

—Te ofrezco un sitio a bordo —dijo Dunn, algo impaciente—. No te obligo —añadió—. Puedes elegir tú mismo si quieres navegar con participación o a sueldo.

—¿Con participación? —pregunté—. ¿Como los piratas?

—Quizá. O a la vieja usanza. Antes, ningún tripulante iba a sueldo. Todos tenían una participación mayor o menor, desde el grumete hasta el capitán. Las ganancias y las pérdidas se repartían por igual, casi siempre por cupos. No había trampa ni cartón. No se obligaba a nadie. El mundo marcha hacia delante, Silver, pero si inviertes cuarenta libras en el Dana tendrás un cuarenta por ciento, más un cinco por ciento de bonificación en honor a Elisa —añadió tras una corta pausa.

De nuevo me quedé con la boca abierta. Aquí estaba el padre, y poco menos que me ofrecía un pago por forzarme a gozar de su hospitalidad y de su hija. Dicho de otro modo, recibía una compensación por estar con Elisa.

—No te quedes ahí como un pasmarote —se impacientó.

—Sí, sí las tengo. Máximo cuarenta libras —dije.

A Elisa le resplandecía la cara.

—¿Por qué te sonrojas? —preguntó.

—No me sonrojo —contesté.

—Brindemos, pues, por nuestra sociedad —ofreció Dunn—. No te arrepentirás.

Pero ¿por qué me iba a arrepentir? «A lo hecho, pecho.» Y con eso era suficiente: ése era mi lema.

—Sólo falta una cosa —añadió Dunn—. Enterrar a John Silver.

—No sería suficiente con una crucifixión si quiero estar seguro de resucitar de entre los muertos —repliqué.

—De cualquier forma, necesitas otro nombre —dijo Dunn.

—¿Qué os parece Jesús? —apuntó Elisa—. En Portugal conocí a un marinero que había nacido en Brasil. Se llamaba Jesús, pero parecía un diablo y se comportaba como tal.

—¿Qué os parece John Long? —replicó Dunn—. Hay muchísimos John, así que no significa gran cosa. Y Long no te obliga a nada.

Elisa se apretó las manos.

—Lo aceptamos —dijo en mi nombre—. John Long está bien, porque así puedo continuar llamándote John. Y Long tampoco está mal, aunque no eres largo en exceso, menos de donde más se necesita.

Y así fueron las cosas. En manos de Elisa, yo no era más que una masa que ella moldeaba a su antojo. Cuando me escondía en su cuerpo cálido y tierno era como si me convirtiera en otro, en John Long, el recién resucitado, que no tenía mucho que ver con el marinero John Silver, el que había mirado a la muerte cara a cara.

Eso por un lado. Aparte, Elisa tenía la lengua más rápida, atrevida y desvergonzada que yo había oído nunca. Con pocas palabras podía quitarle a cualquiera toda la soberbia y presunción, hasta que le empezaban a temblar las piernas y se quedaba como si tuviera que volver a aprender a andar de nuevo. Y todos sabían el espectáculo que era. Con ella, creía yo, podía hablar con sentido común y sensatez no porque aceptara todo lo que yo dijera, sino porque no la podía engañar por más que quisiera.

Sí: tal y como estaban las cosas, creía que ella me resultaba tan útil como mis guantes de piel, que ya creía no necesitar, porque estaban destinados a marcarme para la vida, no para la muerte. Realmente, era como si tuviese una vida nueva en todos los sentidos. Era John Long, marinero, socio de Dunn, novio de su hija Elisa, venido de las colonias; así fue como me presentaron y así fui conocido en Lazy Cove. Por tanto, ya no necesitaba mis guantes, aunque me los enfundaba cuando ayudaba a Dunn con el Dana. ¡Por Elisa! ¿Cómo se puede ser así tan tonto?

Me escondía del capitán Wilkinson, que según los rumores no tenía ninguna prisa por coger el primer barco de vuelta a Glasgow. Supongo que esperaba que alguien hubiera sobrevivido a la catástrofe, alguien que, ante el fiable testimonio y la honorable palabra de Wilkinson, pudiera ser juzgado y ahorcado por motín. Entonces Wilkinson estaría seguro de que podría volver con la cabeza bien alta y tener de nuevo el mando sin necesidad de soportar la vida en tierra firme.

De manera que yo estaba preso en Lazy Cove. Mi camino se cerraba sólo una milla más al norte, donde estaba el fuerte Charles, con una guarnición de más de cuatrocientos ingleses peleones, reclutas torpes y oficiales arrogantes y desconfiados, que veían un enemigo traidor en cada irlandés, idea en la que no andaban tan equivocados. Después de la batalla de 1601, Kinsale estaba lleno de soldados ingleses porque era el mejor puerto de aguas profundas para los españoles y los franceses que pretendieran sorprender a Inglaterra por la espalda.

Sí, estaba encerrado y con las alas cortadas, como un pájaro herido. Empecé a sentir nostalgia de hacerme a la mar con Dunn para tener aire bajo las alas. Tras unas semanas de idilio, amabilidad y cosas por el estilo, no estaba ya tan seguro de que me quisiera llevar a Elisa. Pensaba en ella a todas horas, desde luego, y no tenía otras cosas más importantes en la cabeza. La tenía en cuenta y cumplía todos sus deseos, y le daba el placer que quisiera, por no decir placeres. Su bondad y sus cuidados me hacían perder la cabeza y ser diferente. A veces me sentía como si me atara de pies y manos, y notaba que su amor por mí era como una soga atada al cuello.

Al principio no me daba cuenta, porque los dos queríamos lo mismo y hacíamos lo que más nos apetecía. Pero después empecé a reprocharle que estuviera tan a menudo en mis pensamientos. No es que me enfadara con ella o que no me gustara. Ella era como era, pero había momentos en los que yo apenas existía. No era justo ni correcto que se apropiara de mí como lo hacía. Al final, yo ya veía toda mi vida, una vida entera, sin ser yo mismo.

Hacer unos cuantos viajes solo con Dunn, pensaba, podría curarme de una cosa y de la otra, pero en cuanto hablaba de navegar, Elisa siempre declaraba con suma firmeza que ella nos acompañaría. Por una parte, decía, para controlarme, no fuera a esfumarme como el viento. Según ella, yo era capaz de desaparecer en cuanto me perdiera de vista. Por otra parte, tenía que cuidar de su padre. Temía que se equivocara a cada paso. Su talante generoso le impulsaba a confiar en un simple apretón de manos y a fiarse de las apariencias, sin observar el verdadero carácter de las personas. Por eso lo amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo.

—Aunque sabe hacer las cosas —dijo Elisa—. No es tonto, como ya te habrás dado cuenta, si tienes algo más que serrín en la mollera. Por suerte, yo no he heredado su bondad, porque con un corazón así es difícil vivir.

Y en parte tenía razón; en este mundo era difícil vivir con un corazón tan bueno y bienintencionado como el de Dunn. Si se quiere ser persona, claro. Si no, da lo mismo.

Aprendí a navegar el Dana, es decir, a navegar, porque aquello no tenía nada que ver con la vida como marinero en el Lady Mary. Tuve que desarrollar sensibilidad para los remos, volver la mejilla o la cara hacia el viento para percibir la fuerza de una borrasca, valorar la velocidad antes de volcar, esperar la ola adecuada para no quedar encallado y descontrolado a merced del viento, mirar la estela para determinar la deriva... Resumiendo, tendría que pensar por mí mismo. Así me hice rápidamente el más entusiasta desparramador de alegría que pudiera verse a bordo de un barco. Por el rabillo del ojo veía a Elisa y a Dunn intercambiar miradas, que, a mi entender, manifestaban su alegría por tenerme cerca, aunque no fuera por el mismo motivo.

Un día Dunn me pidió que pusiera rumbo al sur, pasando Eastern Point y los arrecifes que llamaban The Bulman.

—Tienes que tomarle el pulso al mar en un barco pequeño —dijo Dunn—. No es lo mismo que en un pesado buque mercante. Y después quiero enseñarte algo que quizá sea de interés.

Nos metimos primero en el Pitt, la embocadura de Sandy Cove; nos situamos de forma que pudiéramos anclar y almorzamos mientras Dunn me daba explicaciones sobre el clima, los vientos y tormentas en esa parte de Kinsale. Con el dedo señalaba puntos en tierra y explicaba cómo se debían embocar en la oscuridad o con tormenta. Después nos deslizamos a lo largo de Old Head con un viento firme y suave.

—Me gustaría que aprendieras cómo es esto de por aquí —dijo Dunn—. Para salir con bien en nuestro negocio, tenemos que saber más que los de aduanas. Astucia y conocimientos, ése es nuestro seguro.

—En realidad, nada nuevo para ti —añadió Elisa.

—¿Ves aquella pequeña bahía que se abre a babor? —preguntó Dunn—. Es Cuis an Duine Bhaite, la bahía del Ahogado. Los que viven cerca aseguran que todavía se oyen los gritos y las llamadas de socorro cuando hay tormenta.

Aquello me sentó como una patada. Dunn no tenía mala intención, pero podría haber pensado un poco. Para un alma como la mía no era agradable que te dijeran de sopetón, sin más preámbulos, con cuánta facilidad un cuento de viejas se convierte en realidad. Con una vez es suficiente cuando se quiere vivir como yo quería.

—La bahía grande se llama Bullen's Bay —continuó Dunn tan campante, sin darse cuenta de mi malestar—. Aquí se puede fondear con vientos del este y del sur, pero hay que ir con cuidado con las rocas de la banda sur. Las evitas cuando vas alineado con Bottom Point, allá abajo, ¿lo ves?, un cabo abovedado.

—Llamado así —apuntó Elisa— porque parece un culo al revés. Es traicionero; por lo tanto, siempre pensaré en él como si fuera un soldado británico con los pantalones bajados. Siempre viene bien cuando uno empieza a estar cansado, de vuelta a casa, y tiene dificultades para mantener los ojos abiertos.

Navegamos muy cerca de un islote y nos deslizamos hasta la siguiente bahía.

—Esto es la bahía de Holeopen, el mejor sitio para anclar desde el suroeste al noroeste. Aquí se puede dejar una taza de té en la mesa aunque el viento sople del otro lado del istmo. Se mueve algo, porque un poco de marejada siempre llega hasta aquí. Te lo enseñaré.

Dunn se acercó a las rocas suavemente y entonces comprendí lo que quería decir. En la montaña, justo a través de la montaña, vi la parte baja del sol que se estaba poniendo en el mar, al otro lado.

—El mar ha logrado colarse a través del istmo —prosiguió Dunn—. Cuando sube la marea se puede incluso atravesarlo remando sin peligro. Por eso la bahía recibe el nombre de «agujero abierto».

No contesté. Sentía un murmullo en la cabeza, el pecho me estallaba. Me había visto morir una vez y creía que jamás tendría que volver a pasar por una experiencia igual, pero en ese momento comprendí que nada puede hacerse si la muerte nos ronda, que al menos por esa vez me había librado de la tumba. Había sido Elisa la que me hizo olvidar que sólo se tiene un pellejo que cuidar mientras uno sigue con vida.

—No es imposible que alguien pudiera salvar la vida yendo por ese camino en lugar de ser aplastado contra las rocas del otro lado —continuó Dunn—. Lo he pensado mucho, John, y tiene que haber sido así. Puedes dar gracias al Cielo por haber sobrevivido.

—¿Y a quién tengo que darle las gracias por los que no sobrevivieron? —dije, y me salió del alma.

—No era eso lo que yo pensaba —replicó Dunn tranquilamente—. Pero tienes que aprender a vivir sabiendo que eres tú quien sobrevivió, y no hacerte reproches.

—Sí —dije—. Claro que sí. Yo... y el capitán Wilkinson.

Ya de regreso iba triste, y ni siquiera Elisa lograba animarme, pero les dije tanto a ella como a Dunn que no se preocuparan por mí, que me había ido bien volver a ver mi propia muerte y que pronto olvidaría que alguna vez había creído que me había llegado el fin.

Amén. Lo que no comprendía es que era como hablar con una pared. Probablemente se imaginaban que me enseñarían a vivir de nuevo. No entendían que ya era suficiente enseñanza estar a un paso de la muerte, y que no necesitaba a nadie en este mundo para saber que seguía vivo.

De nuevo en Lazy Cove, les dije a los dos que quería estar solo y subí hasta el fuerte. Alcancé los muros altos e inclinados y vi algunos soldados de uniforme rojo chillón dibujarse en el mojinete. Se me ocurrió saludarles con la mano, pero no me devolvieron el saludo. Estaba prohibido, supuse. Según Dunn, el gobernador del fuerte, Warrender, era un prodigio de decretos y estipulaciones y tenía una sola religión a la hora de vivir la vida: disciplina y más disciplina.

«Están ustedes aquí para aprender a obedecer sin pensar», ésas eran siempre sus primeras palabras a los nuevos reclutas que iban allí para aprender antes de que, ya formados y obedientes como pocos, se les enviara a las colonias o se les convirtiera en soldados de la Marina, los únicos para los que era un honor cumplir órdenes.

Rodeé el fuerte por la parte oeste y me senté en una roca con la espalda apoyada contra el muro. El sol se había puesto detrás de Compass Hill, pero todavía había luz, y hacía ese calorcillo tan característico de Irlanda en los primeros días de verano. A proa estaba la ciudad de Kinsale, prohibida para mí, y a babor veía el Atlántico, que tenía el brillo más intenso del rubí con la última luz del sol; a estribor se ocultaban las casas de Summer Cove detrás de las verdes y fértiles colinas que le hacían a uno desear, pensándolo con tranquilidad, haber nacido vaca o quizás oveja. Era precioso, como lo que escribían los poetas cuando se hartaban de las personas, cosa que ocurría con facilidad, diría yo, y quizás a mí también me producía cierto alivio.

Me quedé adormecido como si me hubiera vuelto imbécil, porque ¿qué es uno si deja de pensar? Pero como si no me estuviera concedido ese deseo, me desperté de la somnolencia con un disparo de un mosquete. Agucé el oído y al principio no oí nada, pero después me llegaron una o dos órdenes bruscas seguidas por un silencio que se rompió con el alarido penetrante de una mujer que me puso los pelos de punta.

Un instante después oí un nuevo ruido que me hizo levantar la cabeza y mirar hacia la parte de arriba del muro, justo encima de mí. Y ¿qué ven mis ojos, sino una novia con faldas blancas y diadema, a punto de lanzarse al vacío? No sé si dudó en el último y enloquecido segundo, o si no era más que una perturbada mental, pero no hubo vuelo artístico. Se tambaleó, dio un traspié en la cumbre y con un grito que me llegó hasta la médula de los huesos cayó por el escarpado y empinado muro de más de nueve metros de altura.

Me entraron las prisas y apenas me dio tiempo de esquivarla cuando aterrizó con un crujido amortiguado de huesos rotos y salpicaduras de sangre. Arriba, en la cima, se asomaron varias cabezas que gritaban y maldecían, se lamentaban y blasfemaban, lloraban y se quejaban. Me acerqué a la mujer de blanco, me arrodillé y le tomé el pulso. Estaba tan muerta como las piedras contra las que se había aplastado.

No supe qué hacer, si poner los pies en polvorosa o quedarme. Pero antes de decidirme por una u otra opción oí unos pasos apresurados que se acercaban, y al instante apareció un uniforme rojo a mi lado, un oficial a juzgar por las charreteras y otros oropeles.

—¿Cómo está? —preguntó con voz temblorosa.

—No sé qué decir. Yo creo que muerta del todo.

El oficial suspiró profundamente.

—¡Qué desgracia! —clamó—. Será tremendo para el gobernador.

—¿Por qué? —pregunté.

—Es su hija.

Dos soldados rasos aparecieron sin aliento y le saludaron sin echar ni una mirada a la muerta. Probablemente no se atrevían a hacerlo sin una orden expresa.

—¿Serán tan amables de comunicar al mayor Smith que la señorita Warrender está muerta? —dijo el oficial—. Pídanle que envíe a dos hombres con una camilla aquí abajo. ¡En marcha!

Los dos soldados le saludaron de nuevo, dieron media vuelta y salieron corriendo sin haber recobrado el aliento.

—No quisiera estar en la piel del gobernador cuando le den la noticia —comentó el oficial mirando a la señorita.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—Algo increíble —contestó un poco confuso y ausente.

Si no hubiéramos tenido a la dama muerta a nuestros pies, el oficial probablemente nunca se hubiera confiado a un desconocido andrajoso como yo, pero al parecer necesitaba descargar el corazón.

—Hoy era el día de la boda de la señorita Warrender —dijo—. Esta mañana se casó con sir Trevor Ashurt, capitán de infantería. Después del ágape parece que se fueron a pasear a lo largo del muro por el bastión del Diablo, que dado lo sucedido se ha hecho merecedor del nombre. Sí, la señorita Warrender, o señora Ashurt, que así se llama en realidad, o se llamaba, descubrió unas flores bonitas en el prado, a los pies del muro. Caballerosamente, Ashurt se ofreció a hacerle un ramo. Le indicó que esperase en casa del gobernador. Después dijo a uno de los soldados que estaban de guardia en el bastión que bajaran corriendo a buscar un buen ramo y él tomó la guardia de la torre. Como estaba cansado de tanto festejo de la boda, se sentó en un banco y se durmió en el puesto, el peor delito que puede cometer un militar. ¿Y qué ocurrió? El mismísimo gobernador pasó haciendo la inspección diaria, día de boda o no, descubrió a sir Ashurt durmiendo y allí mismo le pegó un tiro al hombre que acababa de desposar a su hija.

Yo no daba crédito a mis oídos.

—Pero por todos los demonios... —empecé.

—El gobernador siempre ha sido inexorable en cuestiones de disciplina. En todo el Ejército inglés no hay quien se pueda medir con él en este asunto. No es ninguna casualidad que los nuevos reclutas sean enviados aquí antes de confiarles ningún servicio en las colonias o en la Marina.

—Disciplina de cadáveres con todos los honores —añadí mientras interiormente sentía una rara alegría—. Pero... ¿en el día de la boda de su propia hija?

—Sí —dijo el oficial mirando hacia el cadáver de la recién desposada—, pero ha tenido que pagar un precio muy alto. Su hija amaba a su marido más que a su padre.

—No me extraña —dije—. ¿Pero por qué no le disparó a su padre? Seguro que yo lo hubiera hecho si hubiera estado en su pellejo.

El oficial me miró detenidamente, y ya iba a abrir la boca cuando oímos el segundo disparo del día desde el fuerte, un silencio y un tumulto, gritos, llamadas y órdenes confusas. Por la cima del muro apareció una cara.

—El gobernador está muerto —nos gritó una voz—. Se ha pegado un tiro en la sesera.

—¡Oh, no! ¡Oh, no! —exclamó el oficial.

Sin embargo, sentí cómo se abrían todas las puertas. «En este mundo, —pensé—, uno se tiene que comportar con buenos modales, como un marinero, como un soldado, como un súbdito, y cumplir las órdenes. ¿Para qué?»

Me eché a reír. No podía hacer otra cosa. Fue como si la risa se llevara todas las rémoras que se habían acumulado en el casco de mi navío desde que subí a bordo del Lady Mary diez años atrás.

Naturalmente, no me fijé en el cambio de expresión del oficial, ni pensé tampoco en la impotencia que le embargaría tarde o temprano.

—¿Quién diablos es usted? —me preguntó con rencor cuando mi risa se iba calmando.

Y yo, idiota de mí, aunque no tanto, a la hora de la verdad contesté con total naturalidad.

—John Silver, también llamado John Long, experto marinero y mucho más. Para servirle a usted —añadí, tras lo cual me di la vuelta y me largué con mi alegre carcajada tañendo en mi interior como unas campanas de boda.