Capítulo 5
Hoy, cuando me he despertado tras la salida del sol, no podía apartar la vista de mis manos, y eso que he olvidado para qué servían. Mis manos siempre han estado limpias, siempre las he tenido suaves como muslos de mujer. Por la parte de dentro, se entiende, cerca del regazo.
Fui a parar a Glasgow, a un antro en Greenock que estaba en el barrio marinero, después de la descabellada huida de la escuela, y allí empecé a entender cómo estaba ordenado el mundo; por ejemplo, supe que no había marinero que no pudiera ser reconocido por sus manos.
Cuando llegué a Glasgow ya había decidido enrolarme. En el mar uno podía estar tranquilo respecto a los de tierra adentro; lo sabía bien, o al menos lo intuía. Allí nadie se tomaba muy en serio lo de los Mandamientos. Allí no era preciso aguantar la ira de los rectores, ni a los padrastros que echaban mano de la vara a la primera de cambio. En el mar había vida y movimiento, y yo podría dar la vuelta al mundo y visitar lugares en los que nadie me conocería, sitios en los que seguramente se estaría muy bien, o al menos bastante mejor que en mi terruño. Eso pensaba yo, pues ¿qué sabía yo del mundo y de la Marina? Nada de nada.
Pero tampoco quería embarcarme en el primer navío que encontrase.
Muchas vueltas había dado yo en Bristol entre marineros y estibadores, y así había aprendido una cosa: que había capitanes que odiaban a los marineros y que había que huir como de la peste de aquellos que odiaban a la gente. Que los capitanes odiaran a los marineros era lo habitual, ya que los marineros odiaban a los capitanes de la misma manera. Era su privilegio y su obligación.
Yo acababa de traspasar el umbral del antro en cuestión cuando oí que una voz rasposa me llamaba como un trallazo.
—Siéntate aquí, muchacho. Soy incapaz de matar a una mosca, pero he vivido mucho y me sentaría bien un vaso de cerveza. A cuenta de otro, como bien puedes entender y suponer. A mucho más no llego.
Tardé unos segundos en acostumbrarme a la poca luz del anochecer, y vi una cara arrugada y cobriza, bien puesta sobre un par de hombros hundidos pero anchos. Dos grandes manos; creo que nunca había visto unas manos tan grandes y tan llenas de cicatrices, que se movían como para demostrar a las claras lo que eran. Así era él, en eso se había convertido, y con eso se acabó. Pero entre todas aquellas arrugas retorcidas brillaban unos ojos bondadosos.
—Un poco de compañía no hace daño a nadie —dijo el viejo, mirando la cerveza.
Cavilé y llegué a la conclusión de que no tenía nada que temer. A mis quince años, y con un corpachón de la misma edad, lograría hacer frente a un viejo cansado si fuera preciso. No era miedoso, ya lo he dicho. Nutsford, el rector, era el único, el primer y el último hombre que en algún momento consiguió que me flaquearan las rodillas, eso sin contar a unas cuantas mujeres, claro. También me dije que necesitaba hablar con alguien que supiera cómo se llevaba eso de ser marinero y cómo era Glasgow.
—Y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó el viejo en cuanto me senté y dejé el morral en el banco.
—John, John Silver —contesté sin avergonzarme.
—Silver —dijo el viejo despacio, masticando cada letra como si fuera tabaco de mascar—. No, nunca he conocido a nadie con ese nombre. ¿De dónde eres?
—De Bristol —dije.
—Y tu padre, ¿qué hace en la tierra?
—Aquí en la tierra no hace nada que yo sepa. Si acaso, algo estará haciendo debajo de la tierra. Murió en el puerto, y bien empleado que le estuvo.
—¿Bien? —preguntó el viejo—. ¿Por qué?
—No sé. Pero así es. No sacábamos mucho provecho uno del otro —añadí como aclaración.
—De acuerdo, John —dijo el viejo—. En eso no me meto. Tú sabrás. Pero de todas maneras, me invitas a una cerveza, ¿no? ¡William Squier! —gritó el viejo sin esperar respuesta—. ¡Cerveza para dos marineros sedientos! —añadió con una voz que resonó por todo el local.
Una cara viva y angulosa, con una boca de labios delgados, apareció al punto tras la cortina que apartó hacia un lado.
—¡La cerveza no es gratis! —dijo el tabernero.
—Ya lo sé, avaro. Yo no he vivido nunca de limosnas, no lo olvides, pero aquí mi compañero y yo tenemos recursos.
El tabernero me miró fijamente, pero dio media vuelta y desapareció por la trastienda.
—¿Verdad que sí? —preguntó el viejo en voz más baja.
—Sí ¿qué?
—Recursos para dos cervezas.
«Claro que sí —pensé—, y mucho más.» Tenía once libras y diez chelines. Me los había dado mi madre cuando me fui a Escocia, a escondidas de mi padrastro. «Es tu herencia —me había dicho mi madre—. De tu auténtico padre.» Pero nunca podría decirle a nadie que lo tenía, y ni siquiera que ese dinero había existido. «En realidad, tu padre nunca tuvo dinero», había añadido mi madre por toda explicación. Fue después cuando comprendí que existía dinero que no existía, y que no se puede encontrar en este mundo mejor dinero que el invisible. Estaba seguro de que mi dinero provenía del estraperlo y de otros turbios negocios realizados en Lundy Island. Allí en Glasgow aún no lo sabía, pero le tomé la palabra a mi madre. El dinero no debía enseñarse, y por eso había cosido diez libras en el interior de la cintura del pantalón, mientras que llevaba el resto suelto, en calderilla, repartida por todos los bolsillos y faltriqueras.
—Claro que sí —contesté—. Tengo suficiente para un par de cervezas, pero no para más. Por eso estoy aquí. Tengo la intención de enrolarme.
—¿Tú? —dijo, como si no creyera lo que oía—. ¿Con esa ropa? Si no me engaña la vista, llevas el uniforme del colegio. ¿Y por qué te quieres hacer a la mar? ¿No has oído lo que dicen? Los que se hacen a la mar por gusto deberían ir al mismísimo Infierno a pasar el rato.
—No quiero hacerme a la mar por gusto —repliqué yo.
—Ah, ¿no? Bien, porque, si no, me habría visto obligado a pensar que no estás cuerdo, y tú no pareces uno de ésos. Entonces, ¿por qué te quieres enrolar? ¿No será por dinero?
Me miraba con picardía. ¿Acaso no se creía que sólo disponía de unas cuantas monedas?
—Claro que sí —contesté con precaución—, por el dinero que no tengo.
El viejo rió y dio un puñetazo en la mesa.
—Es una buena respuesta —dijo—. De auténtico diplomático. Llegarás lejos.
El tabernero volvió y sirvió dos jarras de cerveza salpicando con la espuma.
—Has tenido suerte —le dijo con enfado a mi compañero de mesa— al encontrar a quién dar un sablazo.
—¡Cuidado! —dijo el viejo con una voz que no era para tomarse a broma—. ¡Ándate con cuidado, Squier! Seguramente estoy viejo y cansado, pero ¡mira mis manos!
Contra su voluntad, el tabernero miró las manos del viejo y... ¡zas! Con una sola mano, y tan deprisa que no alcancé a verlo, el viejo había agarrado al tabernero por el gaznate y le apretaba. ¡Con una sola mano! El descaro burlón del tabernero había desaparecido como por ensalmo y se había convertido en miedo.
—Te podría romper la crisma con tan poco esfuerzo como el que me haría falta para matar una mosca —dijo el viejo tranquilamente—, pero soy hombre de paz. A mi edad quiero vivir tranquilo, pero no a cualquier precio. Que no se te olvide. Mientras yo siga vivo, aquí nadie maltrata al capitán Barlow. ¿Queda claro?
A la vez que hablaba, soltó lentamente el cuello del tabernero.
—Ya ves, John —dijo el viejo que se autodenominaba capitán, volviéndose hacia mí—. No soy tan diplomático como tú. «Directo al grano», ése ha sido mi lema. No había pensado sablearte, ¿a que no? ¿No dije bien claro y desde el principio qué quería? Directo al grano.
Asentí con la cabeza. El tabernero se llevó la mano al cuello y tosió para recobrar el aliento.
—Creo que nuestro querido tabernero necesita un poco de ánimo —dijo el capitán Barlow—. Tú, John Silver, como tesorero de los dos, quizá podrías retribuir al señor Squier por su amabilidad y por la molestia que se ha tomado al servirnos estas dos cervezas.
Abrí los ojos como platos, me rasqué unos chelines del bolsillo y los puse sobre la mesa, pero el capitán Barlow se hizo cargo de uno y lo empujó hacia mí.
—Aquí no hace falta propina, ¿verdad, Squier?
El tabernero asintió con un gesto, recogió deprisa lo que le debíamos y desapareció del local.
—Cada uno tiene que hacer lo que debe —explicó el capitán Barlow—, pero nada más.
Yo escuchaba y aprendía. Siempre he sido buen alumno; si no recuerdo mal, me he pasado toda la vida aprendiendo. Nada me entraba por una oreja y me salía por la otra. Creo que cualquier cosa de la que pudiera extraer algún provecho se me quedaba dentro de la mollera. Del capitán Barlow aprendí a no pensar que los demás no sirven para nada, a no ser que lo demuestren. ¡Y yo que había pensado que con mis quince años le habría vencido si hubiera sido necesario!
—¿Es usted un capitán de verdad? —pregunté a mi compañero de mesa.
—Tú... ¿qué crees? —preguntó como respuesta, aunque con la misma amabilidad que mostró antes de estar a punto de romperle el cuello al tabernero.
—No sé —contesté yo honestamente.
—¿Sabes una cosa, John Silver? Me caes bien. Seguro que te puedo enseñar unas cuantas cosas. He navegado durante veinte años por los siete mares, he navegado más que la mayoría. No hay muchos marineros que hayan estado por ahí tanto tiempo como yo, y menos aún que puedan estar en una taberna bebiendo cerveza en grata compañía, caso de que se tenga buena compañía, toma nota. Porque tú sabrás escribir. Ya me lo imaginaba. Y leer. Leer es lo primero. Te digo que no hay muchos marineros que sepan escribir, y eso es lamentable, porque luego van y firman cualquier contrato. Creen que van a llevar tabaco desde Charleston hasta quién sabe dónde, pero nadie les dice que primero tienen que ir a recoger un cargamento de esclavos en África. Y después se pudren en Accra o en Calabac. Se pueden tardar hasta seis meses en cargar un barco de esclavos. Lo de los esclavos es lo peorcito, John, que no se te olvide. Deserta, hazte pirata, tira al capitán por la borda, cualquier cosa es preferible a eso. Si no, te engañarán y dejarás la vida en tierra antes de que te des cuenta. Lo sé porque he tenido que arrojar a los tiburones a marineros muertos en los barcos de esclavos. Sin gorigoris ni zarandajas. Los esclavos de día y los marineros de noche, para que los negros no se enterasen de que la tripulación menguaba con tantas muertes, y así uno tras otro, hasta que fuimos tan pocos que no habríamos sido capaces de hacer frente a los negros si se les hubiera ocurrido amotinarse. Así es, créeme. En esa ruta mueren tantos marineros como esclavos, y eso no lo dice nadie, ¿entiendes?
Yo asentía, inseguro. De una parte, nunca había estado tan cerca de un capitán de barco; de otra, nunca había oído hablar de ningún capitán que defendiera el bienestar de los marineros.
—¿De verdad es usted capitán? —pregunté de nuevo con cuidado, y supongo que con no poco respeto.
—En el fragor de la batalla —contestó el capitán Barlow—. En el fragor de la batalla no había ningún capitán que me igualara. Por lo demás, yo no era más que cualquier otro a bordo.
La respuesta no me puso nada en claro.
—Yo fui uno de esos que se eligen —añadió el capitán Barlow.
—No puede ser —solté sin pensar—. No se puede elegir a uno que va a ser dios.
Que el capitán era dios en el barco lo sabía todo el mundo, aunque más bien fuera dios y Satanás a la vez, si es que existe alguna diferencia. En la mar, a los marineros Dios no tiene que decirles mucho más que el Diablo.
—Claro que sí —contestó el capitán Barlow—, claro que se elige a quien va a ser dios. Si supieras cuántos dioses hay no entenderías nada. Hay montones de ellos en todos los rincones de la tierra.
—En ese caso quiero que me elijan dios —decidí.
El capitán Barlow apoyó su ruda mano sobre mi hombro y me miró profundamente a los ojos.
—Claro —dijo—, claro que a uno le puede parecer bueno ser dios a la hora de la verdad. Pero si el señor Silver quiere un buen consejo de alguien que tiene alguna experiencia en casi todo, ser dios no es algo por lo que valga la pena luchar. Además, uno tiene que navegar con participación si te van a elegir capitán, y no creo que sea eso lo que tú quieres.
—¿Con participación? ¿Y eso qué es?
—Aventurero, pirata, bandido, bucanero, forajido, corsario, secuestrador, filibustero, hombre de bien, caballero de fortuna... Llámalos como quieras, que sólo ellos eligen quién será su dios a bordo. Y son ellos los que despiden a dios cuando les da la real gana. Y doy fe de que lo hacen.
Y entonces caí: el capitán Barlow era capitán pirata, ni más ni menos. Mi sorpresa iba en aumento. Y lo raro era, o eso me pareció, que no tenía el aspecto que yo entonces atribuía a un capitán pirata. Por ejemplo, yo no le tenía miedo... Bueno, excepto por sus manos. Naturalmente, el capitán Barlow se había dado cuenta de que yo había abierto los ojos de par en par, como un navío de guerra cuando abre las portezuelas de los cañones al prepararse para la batalla.
—Sí, John —empezó—. Así es y así ha sido siempre, desde hace mucho tiempo. Pero te voy a decir una cosa: yo no soy peor que cualquier otro por ese motivo. Si lo pienso detenidamente, quizá sea incluso mejor. Ya lo creo. He hecho todo lo que ha estado a mi alcance para vivir tranquilamente en la tierra, y fue como fue. No canto victoria ni tampoco me avergüenzo de ello. Salí a la mar con un navío fantástico, el Onslow, sin saber lo que hacía. Durante el periplo pusieron a los carpinteros a construir camarotes en cubierta, y tan pronto como estuvieron listos nos dieron la orden de que nos pasáramos allí. Los que eran perros viejos sabían qué se estaba mascando. Hacían sitio para los esclavos. Yo, que era joven, tonto e ignorante, subí hasta donde estaba el capitán y le pregunté directamente qué pasaba. Yo soy así, ya te lo he dicho. Nuestro destino era Charleston, y no Ouidah, en el golfo de Benín, ni cualquier otro agujero inmundo y olvidado de la mano de Dios. El capitán se me quedó mirando como si apenas hubiera oído lo que yo le había dicho, pero de repente preguntó si había a bordo alguno más que opinara como yo. Seguramente que sí, pero yo no quería comprometer a nadie. Tonto de mí, porque en cuanto dije «no, señor, yo sólo digo lo que pienso», el capitán agarró un gran madero y me dio tal mazazo en la sien que caí rodando por cubierta. Durante semanas estuve mareado y vomitaba cada vez que tenía que subir al palo mayor. No sé cuántas veces estuve allí arriba, con los brazos y las piernas colgando como las hojas de un álamo, con la cabeza a punto de estallar y con calambres en todas partes, hasta que al final no sabía qué estaba arriba y qué abajo. Y si había infierno allende el mar, te lo digo en serio, John, no podía ser mucho peor que aquello. Y si había Dios, era ciego, sordo y flojo como una de esas cervezas desbravadas y tibias, como meados de burra. Debajo de mí estaba el timonel, que gritaba en cuanto yo recobraba el aliento. Como ves, sobreviví. Gracias a mis manos, ya has visto qué aspecto tienen y lo que pueden conseguir, y también porque quería vivir para darle al capitán una lección que no olvidara en mucho tiempo. Y así fue, porque tiré al capitán por la borda, como lo oyes, una noche de tormenta. ¿Tú qué hubieras hecho?
No contesté. ¿Cómo iba a saber qué habría hecho en su lugar?
—Y después pasó lo que pasó. Otros se pusieron de mi parte, incluso el segundo de a bordo, aunque no fue con su beneplácito. Podía elegir entre la tabla o nosotros. Después me enseñó a navegar y me eligieron capitán. Ésta es mi historia. ¿Qué te parece, amigo mío?
Murmuré algo inaudible. Estaba impresionado y no poco orgulloso. Había conocido a un auténtico capitán pirata y estaba sentado con él, bebiendo cerveza y charlando como si fuéramos viejos amigos.
—Pero cuidado, muchacho, con todo lo que pasa a tu alrededor. Tú eres como yo, lo supe desde que te vi. No es tan fácil como parece. Cuando te has convertido en un corsario ya no se puede dar marcha atrás aunque lo desees con toda tu alma, máxime si has sido capitán pirata. Si no tienes suficiente sed de sangre es como caminar por la cuerda floja, junto a un precipicio, con la horca esperando en uno de los cabos de la cuerda y un cuchillo en la espalda. He sido testigo del asesinato de muchos capitanes elegidos por la tripulación porque no se atuvieron a la decisión del consejo, por muy disparatada que ésta fuera. Y hubo otros elegidos, los listos, que renunciaron ala gloria justo a tiempo de que no les dieran más hachazos por sus servicios. Así somos los hombres, lo mismo los piratas que la gente normal. Sin chivos expiatorios no se puede vivir y ser independiente, así que acepta un buen consejo, mi joven amigo: no seas nunca capitán, ni siquiera elegido.
—Pero usted sigue con vida —respondí yo.
—Sí, en efecto, aunque depende de a qué llamemos vivir. Supongo que tuve suerte. Me acogí a la amnistía de Morgan. Al fin y al cabo, tuve miedo de que me arrancaran el pellejo. Y aquí estoy. Conseguí un trabajo de estibador. Nunca más me haría a la mar, pues en serio te digo que una vez hayas sido libre en el mar, y libre sólo se es como caballero de fortuna, peor que la muerte sería ser primero siervo y luego esclavo. En el fondo, eso es ser lobo de mar de la flota mercante o en la Marina de guerra.
El capitán Barlow se quedó callado unos instantes. Por la expresión de sus ojos vi que tenía el pensamiento en otra parte, y que quizás era todo lo feliz que podía llegar a ser. Fue eso, creo, lo que más me impresionó. Yo no sabía lo que era la libertad. ¿Quién lo llega a saber nunca? En cambio, sí sabía qué era la obligación y en qué consistía quedar liberado de ella; si fuera posible, de buena gana dedicaría a eso mi vida entera. Eso creía yo, aunque no era exactamente eso lo que yo había pensado. Si no hubiera visto con mis propios ojos cómo se extraviaba el capitán Barlow en agradables recuerdos, quizás hubiera pesado más su relato sobre la horrible vida que llevaban los marineros y lo poco que vivían casi todos ellos.
Sería mentir —y ahora escribo la verdad, por lo menos tal y como yo creo que es— si afirmara que decidí ser hombre de bien, caballero de fortuna y todo lo que acostumbran llamarse los piratas y corsarios, pero la sola idea de poder vivir, y además vivir libre de trabas, hizo que el corazón me latiera más deprisa.
Si hay algo en la vida que de veras tenga sentido, lo he comprendido después, debe de ser no obedecer a las leyes de otros y no estar atado de pies y manos. Y entonces lo de menos es cómo se ha trenzado la cuerda o quién haya hecho el nudo. Lo único malo es justamente la cuerda. Con ella al final te haces el nudo o te cuelgan los otros. Eso es lo que he pensado, y todavía sigo vivo y coleando.
Los recuerdos del capitán Barlow se vieron violentamente interrumpidos cuando la puerta de la taberna se abrió de una patada y entraron tres hombretones con otro que parecía un avestruz vestido de oficial al mando.
—Paso a los hombres de la flota —gritó el oficial—. Venimos a apresar a los desertores.
—Vienen a presionar —susurró el capitán Barlow—. Déjame a mí, si no te verás enrolado en la flota antes de que te des cuenta.
El oficial se paró en medio del local y miró alrededor con asombro, pero sin descubrirnos allí sentados en nuestro oscuro rincón.
—¡Que me parta un rayo! —dijo el oficial a sus hombres—. Si esto está vacío. Alguien ha advertido de nuestra llegada.
En ese mismo instante asomó la cara de Squier por detrás de la cortina.
—¿Dónde demonios está la gente, tabernero? Esto está más tranquilo que una tumba. Parece que todo Greenock ha achicado a los marineros.
Esperamos nerviosos, callados como ratones, según se dice, aunque los ratones, según mi experiencia, no son en absoluto silenciosos.
Squier no dijo nada, no se atrevió por miedo al capitán Barlow, pero miró con intención hacia nuestro rincón.
—El negocio podría ir mejor —dijo Squier—. Anteayer estaba lleno, pero ayer fue como si se los hubiera tragado la tierra. Creía que se habían ido todos al puerto para admirar el buque de la Marina.
—No lo creo —dijo ácidamente el oficial.
—Pero hoy no ha ido el negocio como de costumbre —continuó Squier con una voz insinuante—. Sólo vienen los viejos y algún chaval.
Y al decirlo miró intensamente sobre el hombro del oficial hasta que éste al fin se dio la vuelta y nos descubrió. Se le iluminó la cara y tras él vi a Squier deslumbrante de alegría. Todo era por venganza, pensé, y aprendí que no tiene importancia guardarse bien la espalda contra los que claman venganza. Y hay muchos de esa calaña.
—Y... ¿quiénes son ustedes? —preguntó el oficial sonriendo, muy seguro de sí mismo y completamente convencido de que el capitán Barlow y yo muy pronto íbamos a estar en la cubierta de uno de los buques de Su Majestad anclados en los muelles de Glasgow.
—El capitán Barlow, si se me permite, y a sus órdenes —dijo mi compañero con una voz que probablemente llegó hasta la calle.
El oficial parpadeó, pero no perdió su arrogancia.
—¿De qué barco, señor? —preguntó.
—De momento, de ninguno. He llegado a la respetable edad en que los jóvenes capaces, como usted mismo, deben hallar su sitio en la escala de los ascensos.
La adulación no surtió el efecto previsto, porque el oficial todavía miraba al capitán Barlow con manifiesta suspicacia, como si estuviera calculando el daño que podría hacerle un capitán retirado y con la mitad del sueldo si el oficial no supiera evaluar la categoría, protección y carrera del capitán Barlow. Al final decidió que el riesgo era mínimo, teniendo en cuenta el aspecto de Barlow y su presencia en un local como aquél.
—Muy bien, capitán —dijo el oficial mientras me miraba—. No tenemos nada contra usted, nada en absoluto. Pero ¿no será que está usted en mala compañía? Su compañero de mesa es uno de los desertores que buscamos.
Miré al oficial, atónito. Era un hombre que sin temblarle el pulso y sin pedir perdón pretendía estafar a la gente. Si no hubiera tenido al capitán Barlow a mi lado, habría estado de acuerdo con lo que había dicho el oficial sólo por ver hasta dónde llegaba. Quizá mi vida se habría desarrollado de una forma totalmente distinta si hubiera seguido mi impulso, sólo por algo tan simple, porque así es la vida. El guardia se duerme en el timón quizá sólo un minuto; sueña con aquella tal Kate que conoció en el último puerto, y un segundo después el barco encalla y cambia la vida de toda la tripulación. Pero no dije ni mu, cerré el pico por consejo de Barlow, aunque a pesar de todo tengo que admitir que estaba un poco irritado, porque el oficial mintió ante mis propias narices cuando hubiera podido preguntarme para que yo le respondiera, aunque no le dijera la verdad.
—Señor teniente —dijo el capitán Barlow como si hablara con un grumete—, todos podemos cometer errores, pero no creía yo que los hombres de la Marina Real fueran ciegos como gallinas. Mire las manos del chico. ¿Cree que las han tocado alguna vez el sol o la sal, la polea o la cuerda? ¿Verdad que no? Y mire la ropa del chico. ¿Desde cuándo ha empezado la Marina a vestir a sus marineros como espantapájaros, como si hubieran de ir a la escuela o a la iglesia?
Sin embargo, el oficial no daba su brazo a torcer y no parecía dispuesto a retractarse. Era evidente que temía quedar mal ante sus subordinados, que, curiosos, esperaban en el fondo.
—Con todos los respetos, capitán, ¡si usted supiera lo que llegan a hacer los desertores para salirse con la suya! Los he visto quemarse con vitriolo para que pareciera escorbuto, los he visto cortarse las carnes y romperse los huesos con tal de quedar inútiles para el servicio.
—¿Y nunca se le ha ocurrido pensar en los motivos, teniente? —interrumpió el capitán Barlow.
El teniente arqueó las cejas. El capitán Barlow de nuevo había ido al grano —de eso, pese a mi juventud e ignorancia, me di perfecta cuenta—, aunque sin percatarse de que lo dicho era una clara apología de los desertores.
—Respondo por el chico como si fuera mi propio hijo —continuó Barlow.
Incluso yo comprendí que el capitán no entendía a la gente, y me preparé para lo peor. ¿Por qué no había dicho sencillamente que yo era hijo suyo? Por lo visto, no le gustaba mentir ni siquiera cuando era realmente necesario. «Al grano», ése era su lema, desde luego, aunque ya me diréis qué provecho sacábamos con ello, por muy razonable que fuera.
—Capitán —dijo el teniente, que había recobrado la seguridad en sí mismo—, lo cortés no quita lo valiente. Si usted responde por el chico será porque es un espléndido material para la Marina, supongo.
El capitán Barlow enderezó todo el cuerpo. Quizá comprendió que había sido manipulado, que había perdido su posición a barlovento por culpa de un error. Distinguí con toda claridad cómo se abría camino la ira entre todas sus arrugas, cómo se le estiraba la piel alrededor de la boca y se le tensaban las mandíbulas. El teniente cometió el error de creer que el resto era una cuestión de mera formalidad. Alargó el brazo hacia mí, pero antes de que la mano llegara a rozarme, la muñeca del teniente quedó sujeta en la presa que le hizo el capitán Barlow; al instante siguiente el brazo colgaba desarticulado. De golpe y porrazo estaba quebrado, y un trozo de hueso debía de sobresalir por la manga del uniforme del oficial, porque parecía una tienda de campaña. La expresión del teniente fue todo un espectáculo para los dioses. Sorpresa, dolor, incredulidad, rabia, humillación, miedo, todo a la vez.
—¡Señores! —dijo el capitán Barlow a los marineros, que no habían tenido tiempo de ver y entender lo que había ocurrido—. El teniente ha sufrido un accidente. Se despistó al irse a reclinar sobre la mesa. Por desgracia, es algo que suele ocurrir si no se va con cuidado.
¡Por fin! El capitán Barlow no era peor que otros. Cuando era necesario también sabía inventarse unas cuantas cosas.
—Creo que será mejor que el cirujano de a bordo examine el brazo del teniente. ¿Quién sabe si no será necesario amputar?
El teniente se puso todavía más pálido.
—Capitán Barlow —se esforzó en decir con los labios sin color—, levantaré atestado del incidente.
—Hágalo —contestó el capitán Barlow alegremente—. Ojalá pueda escribir con la mano que le queda entera. Por lo demás, poco es lo concedido. Y sobre todo, no olvide decir que tuvo la desgracia de tropezar cuando le iba a estrechar la mano a un anciano de bien y a un chiquillo.
¿Es posible que viera una sonrisa en los labios de los marineros cuando se llevaban al teniente? Los marineros destinados a presionar probablemente habían sido elegidos con cuidado, pero no por eso se privaron de entender y valorar la humillación y la derrota de un superior.
—Por poco —dijo el capitán Barlow cuando se hubieron alejado—. Habría podido salir mal. Mucho tengo que agradecer a mis manos, más que a mi sentido común, que la verdad no vale gran cosa.
—Pero ¿no vamos a huir? —le pregunté acalorado—. ¿No van a volver?
—No creo. ¿Qué puede alegar ese pobre teniente en su defensa? ¿Que le venció un pobre viejo como yo y además con una sola mano? No, no sirve. Y supongamos que a pesar de todo el Estado Mayor quisiera investigar y nos encontrara a ti y a mí aquí. Estaría obligado a demostrar que tú eres un desertor. ¿Y qué pasaría con tus manos?
Me miré las manos. ¿Qué tenían de raro? El vio mi mirada y soltó una carcajada cloqueante.
—Tus manos son blancas como ovejas, delicadas como el culito de un bebé —dijo—. Ni una cicatriz, un arañazo, un callo, ni la menor huella de los libros que habrás llevado arriba y abajo. Así no son las manos de un lobo de mar, ni siquiera las de un grumete. ¡Mira las mías!
Puso sus manos sobre la mesa para mi contemplación. Y las miré fijamente. Eran un amasijo de cicatrices grandes y pequeñas que se cortaban unas a otras, y de curiosos dibujos que componían rizos y hendiduras, colinas y cerros. El color, marrón cobrizo como una piel recién desollada, daba a entender que se las había quemado con un hierro candente.
—Esto —dijo el capitán Barlow— son marcas de quemaduras de un marinero, que nunca se pueden ocultar ni hacer que desaparezcan. En la India llevan una marca en la frente para que se sepa a qué casta pertenece uno y otro y a qué tienen derecho. Nosotros no lo necesitamos. Tenemos nuestras manos. Y el que nos busca nos encuentra. Siempre puede reconocer a un marinero. Por eso, amigo mío, si no llegas a tener al capitán Barlow a tu lado, y no va a ser siempre así, cuando seas marinero has de saber que sólo hay un camino. No te emborraches nunca cuando la Marina esté cerca y apártate de ellos. Como marinero estás marcado, no lo olvides, no por la vida, sino por la muerte, incluso aunque haya quien sobreviva, como yo mismo.
Todo aquello recordé yo aquel día cuando empecé a mirarme las manos y olvidé para qué estaban hechas. Después de recordarlo todo lo escribí en un papel a la luz de la vieja lámpara de cardán colgada en el camarote del Walrus. Y después, cuando las últimas palabras del capitán Barlow quedaron plasmadas por escrito, comprendí también lo que había aprendido, lo más importante de todo: que iba a estar marcado para la vida, no para la muerte. Por eso decidí que mis manos nunca me delatarían. Me hice a la mar con guantes de piel untados en grasa. Se rieron de mí antes de temerme, pero cuando llegaba a tierra era yo quien disfrutaba de libertad. Cuando los demás eran vigilados, cazados y engañados por los delatores, los soplones, los confidentes y los vigilantes, yo me sentaba tranquilamente y saboreaba mi cerveza. Nadie entendía a John Silver, eso era seguro. Ante Dios afirmo que nadie lo ha conseguido nunca.