Capítulo 2

Todavía siento el cuchillo del cirujano de a bordo hundirse en la carne como si fuera mantequilla. Iban a sujetarme entre cuatro hombres, pero les dije que volvieran a sus faenas, que yo me ocuparía de hacer bien la mía. Me miraron asombrados, aunque sin atreverse a replicar. El cirujano cambió el cuchillo por la sierra.

—Tú no eres un ser humano —dijo cuando acabó de amputarme la pierna sin que de mis labios hubiera salido ni un quejido.

—¿Ah, no? —pregunté. Y haciendo acopio de mis últimas fuerzas esbocé una sonrisa que debió de asustarle todavía más—. Entonces, ¿qué es lo que soy? —añadí.

A la mañana siguiente me arrastré hasta cubierta. Quería vivir. Había visto a demasiados hombres pudriéndose entre los vapores que salían de la carlinga, en medio de vómitos, sangre y gangrena. Recuerdo perfectamente lo que vi cuando saqué la cabeza por la escotilla del camarote de la tripulación. Todo se interrumpió como si Flint hubiera dado una orden con su voz ronca y penetrante. Algunos, yo lo sabía porque no era tonto, tenían la esperanza de que hubiera muerto. A ésos los miré fijamente hasta que apartaron la vista o se echaron hacia atrás. Charlie Pichalarga —le habían puesto este mote porque tenía, sin punto de comparación, el miembro más grande de a bordo— se levantó con tantas prisas que se dio contra la horda y cayó al agua haciendo aspavientos con los brazos como si fuera un molino. Entonces solté una carcajada que incluso a mí me sonó como si saliera de debajo de la tierra o de ultratumba. Reí hasta que los ojos se me anegaron de lágrimas. Dicen que una buena carcajada alarga la vida. Puede ser... luego, por todos los demonios, que me hagan reír antes de que llegue la hora. Cuando estás tumbado en el banco y te cortan la pierna ya es demasiado tarde.

De golpe descubrí que nadie más que yo reía. Treinta terribles piratas estaban en el barco quietos como estatuas, con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salírseles de las órbitas.

—¡Reíd, cobardes! —rugí, y los treinta se pusieron a reír.

Sonó como si todas aquellas bocazas quisieran superarse unas a otras. Era tan absurdo que volví a soltar una risotada. En cierto modo, podría decirse que nunca me había divertido tanto en toda mi vida. Pero al final me harté de sus graznidos.

—¡Por todos los diablos! ¡Callaos! —les grité, y todas las bocas se cerraron tan de golpe que hasta se oyó el ruido al entrechocar los dientes.

En ese mismo instante Flint bajó del castillo de popa. Lo había presenciado todo sin mover una pestaña. Se me acercó con una sonrisa socarrona pero a la vez respetuosa.

—Da gusto verte de nuevo, Silver —dijo.

No contesté. Nunca daba gusto ver a Flint. Se volvió hacia la tripulación.

—¡Necesitamos hombres de veras a bordo! —gritó.

Entonces se agachó, me cogió el muñón de la pierna y apretó para que todos lo vieran bien.

Se me nubló la vista, pero no me desmayé, y tampoco salió de mi boca un solo gemido.

Flint se enderezó y miró a sus hombres: paralizados de terror, habían quedado en extrañas posturas y hacían muecas de lo más singular.

—¿Lo veis? —dijo Flint tranquilamente—. Silver es un hombre de verdad.

Aquello era lo más próximo a la amabilidad y al calor humano que estaba al alcance de Flint.

Estuve todo el día sentado al sol, tostándome. El dolor iba y venía como un corazón palpitando. Pero yo estaba vivo.

Lo único que importaba era estar vivo. Israel Hands había sacado una botella de ron, como si el ron fuera la savia de la vida, pero no la toqué en toda la jornada. Nunca he necesitado el ron, y mucho menos aquel día.

Por la noche le pedí a John, el joven grumete, que trajera una lámpara y tomara asiento a mi lado. Siempre he sentido debilidad por los muchachos. No para tocarlos, no. Al revés. No tengo la menor inclinación por la figura ni por la piel, sean del cuerpo que fueran, quizá porque a mí me queda muy poco de ambas. Cuando me he acostado con mujeres, porque uno tiene que hacerlo a veces si no quiere volverse loco, lo he hecho en un visto y no visto, si se me permite la expresión. Pero los muchachos son otra cosa. Son limpios como un suelo recién fregado, brillantes como el latón pulido, más inocentes que las monjas. Es como si nada pudiera afectarles, ni siquiera lo peor. Mira Jim, Jim Hawkins, a bordo del Hispaniola. Disparó contra Israel Hands y bien que hizo, y estuvo allí mientras los demás morían y gritaban de dolor, y a pesar de todo se portó como si no hubiera pasado nada cuando abandonamos aquella isla maldita. El estaba convencido de que tenía toda la vida por delante.

John era igual. No se encogió, no se apartó de mí cuando le pasé el brazo por los hombros como a un viejo amigo en la cálida noche caribeña.

—¿Le duele al señor Silver? —se atrevió a preguntar.

«Gracias por preguntar», pensé. No supe qué contestar. No podía explicar que me dolía un pie que ya no era mío, y que probablemente flotaba no muy lejos del viejo Walrus. A menos que los tiburones se lo hubieran comido. Me arrepentí de no haberle pedido al cirujano que me guardara la pierna amputada. Habría podido quitarle la carne y guardarla como recuerdo; eso es lo que debería haber hecho. En cambio, lo que veía con mis propios ojos era el momento en que algún negro la encontrase en la playa sin imaginarse que me había pertenecido a mí, a nadie más que a Long John Silver.

—No —le dije simplemente a John—, el señor Silver nunca siente dolor.

¿Qué iban a pensar los demás? ¿Quién me respetaría si lloriquease por tener una pierna de menos? ¿Quién, digo yo?

John me miraba con los ojos llenos de admiración. Vaya si me creía.

—Ahora quiero que me cuentes la batalla —le dije.

—¡Pero si el señor Silver estuvo presente!

—Sí, estuve presente, pero quiero oírtelo contar. Es que no tuve tiempo de ver todo lo que pasaba. Tenía las manos ocupadas, por decirlo de alguna manera.

Parecía que John lo admitía. Naturalmente, no terminaba de entender qué pretendía yo.

—Capturamos rehenes —dijo—. Diez. También había una mujer.

—¿Y dónde está ahora?

—Creo que la tiene Flint.

Seguro que sí. A Flint las mujeres le volvían loco, no podía quitarles las manos de encima. He estado con muchos capitanes y he navegado con unos cuantos, a cual peor. Pero ninguno, ninguno excepto Flint, se permitía apropiarse de una rehén. Muchos habían sido destituidos porque se empeñaron en disponer de una dama para su uso y disfrute personal. Yo mismo estuve presente cuando añadimos en las disposiciones de a bordo que nadie le pondría la mano encima a una mujer, a menos que esa mujer estuviera al alcance de todos. Pero Flint sí podía. Ni siquiera recuerdo qué decía en las normas del Walrus. Probablemente nada. Flint tenía sus propias reglas, y con eso bastaba.

—Vaya, conque la tiene él —le dije a John—. ¿Y tú qué crees que hará con ella?

El pobre muchacho se sonrojó. Era emocionante verlo.

—¿Y el combate, qué? —añadí para cambiar de tema—. ¿No me ibas a contar cómo fue?

—¿Por dónde quiere que empiece, señor Silver?

—Por el principio. Un relato empieza siempre por el principio.

Quería que aprendiera. Cualquier joven tiene que saber contar una historia para que le vaya bien en la vida. Si no, te engañan una y otra vez.

—El vigía divisó un barco al amanecer —empezó John—. Hacía buen tiempo, así que tenía gran visibilidad. Navegábamos a toda vela, pero tardamos ocho campanadas hasta darles alcance. El segundo de a bordo izó la bandera roja.

—Eso... ¿qué significa? —pregunté.

—Que no habrá clemencia —contestó John con presteza.

—Y eso... ¿qué quiere decir?

John parecía confundido.

—No lo sé con certeza —dijo finalmente, avergonzado.

—Entonces te lo voy a explicar. Significa que se piensa combatir a vida o muerte. Y que el que salga victorioso decidirá si los derrotados pueden vivir o si han de morir. ¿Entiendes?

—Sí, señor Silver.

—¡Continúa el relato!

—Israel Hands dijo que Flint era un capitán implacable. Dijo que el capitán Flint había procurado que el sol le diera en los ojos al enemigo y quedara parapetado del viento por nosotros. Hands dijo que no tenían ninguna posibilidad, que deberían haberse rendido en lugar de desafiar a una tripulación como la nuestra. Les rondamos primero por popa y les disparamos de costado. Después dimos la vuelta rolando con el viento y disparamos de nuevo todos los cañones a la vez. Les hicimos un montón de agujeros en el velamen y uno de sus mástiles se cayó.

—¿Se cayó?

Era muy poco descriptivo. Una bala había dado en la base del palo mayor y lo había hecho astillas, de tal manera que cayó derribado por la borda con un ruido ensordecedor. Cuando se rasgó la vela mayor, restalló como un enorme latigazo. Varios de sus artilleros dieron su último grito cuando la vela los arrastró al mar.

—Sí, bueno, se rompió —añadió John, como si estuviese mejor dicho.

—¿Y después? —dije.

—Después, toda la tripulación del Walrus se aprestó en la borda. Todos llevaban mosquetes, sables y ganchos para el abordaje. Todos gritaban.

—¿Por qué gritaban?

—Para asustar al enemigo —dijo John muy seguro de sí mismo.

Aquello era algo que creía saber con seguridad.

—Bien —contesté—. Pero pudiera ser que chillaran como gallinas porque tenían tanto miedo que se estaban cagando encima.

John me miró sorprendido.

—¿No son valientes todos los del Walrus? -preguntó.

No le contesté. También tenía que aprender a pensar por sí mismo.

—¿Y después? —le pregunté de nuevo—. ¿Qué pasó después?

John dudó.

—Después no sé exactamente lo que pasó. El otro barco viró de pronto antes de que pudiéramos lanzarnos al abordaje. Alguien dijo que les hizo virar de proa su mástil caído al agua. Y entonces nos dispararon también en un costado. Murieron varios de los nuestros, y al señor Silver le alcanzaron en la pierna. Después, nosotros nos lanzamos al ataque y todos nuestros hombres saltaron a bordo para luchar cuerpo a cuerpo. No tardaron mucho en arriar la bandera.

—Espera un poco —le interrumpí—. Esto es importante, así que escucha con atención. Has dicho que todos los hombres del Walrus estaban en el abordaje. ¿Estás seguro de que estaban todos, absolutamente todos?

—El segundo de a bordo no, el señor Bones. Controlaba el timón y estuvo gobernando el barco en todo momento.

—Sí, es verdad. Pero aparte del señor Bones, que estaba en el puente, ¿no había nadie más que estuviera en cubierta, detrás de nosotros? ¡Piénsalo bien!

—No —empezó John, pero se detuvo—. Sí, en realidad había uno que no estaba en el abordaje.

—¿Quién era? —pregunté intentando ocultar lo que sentía.

—Deval, el francés —dijo John.

—¿Estás seguro? —pregunté, aunque yo ya sabía que John estaba en lo cierto.

El muchacho debió de notar algo en mi voz porque tardó un poco en responder.

—Sí, estoy seguro —añadió después.

Suspiré profundamente y lo envolví en un abrazo.

—Así me gusta, como hombres de verdad —dije, mientras él resplandecía de orgullo. Luego lo solté y enseguida añadí—: Ha sido un bonito relato. Ahora vas a oír un consejo del viejo Silver, que ha vivido mucho. Aprende a relatar historias. Aprende a inventar y a mentir. Así, siempre te irá bien. Quedarse callado y sin respuesta es lo peor que le puede pasar a una persona... si es que aspiras a ser una persona, naturalmente. Si no, no tiene demasiada importancia.

John asintió con la cabeza.

—Ahora quiero estar solo un rato —continué—. Quiero quedarme sentado aquí yo solo y mirar la luna y las estrellas. Te puedes acostar. Hoy has trabajado mucho, tan cierto como que me llamo Silver.

—Gracias —dijo John sin saber en realidad por qué daba las gracias.

Le miré y me eché hacia atrás. Supongo que me había salvado la vida. No sé si a la larga hubiera podido soportar no saber quién había intentado matarme por la espalda. Todos creían que había sido el costado del barco enemigo el que había destrozado mi pierna. Sólo yo sabía que la bala me había dado después de golpearme contra el costado del barco enemigo. Fue quizá cuestión de segundos, pero ocurrió más tarde. Deval, esa rata cobarde, ese que una vez quiso ser amigo mío, me disparó por la espalda. Fue una suerte para Long John Silver que el viejo Walrus se inclinara cuando nos lanzamos al abordaje. De lo contrario, hubiera muerto yo y conmigo mi historia, como les ha pasado a tantos de nuestro gremio, por una tontería de nada.

Cerré los ojos y esperé a que llegara el día.

A la mañana siguiente fui cojeando hasta el camarote de Flint y entré sin llamar. Estaba acostado con la dama.

—¡Pero bueno, si es Silver! ¿Qué, de paseo? —preguntó con su habitual humor macabro.

—Se hace lo que se puede, Flint —me limité a responder.

Flint esbozó una sonrisa y echó una mirada intencionada a la mujer que estaba a su lado.

—Silver es el único de a bordo que tiene lo que hay que tener —dijo Flint—. Por suerte no sabe de navegación, sino él sería el capitán y yo el contramaestre. ¿No es verdad, Silver?

—Quizá. Pero venía para otro asunto que nada tiene que ver con mis excelencias.

Flint se dio cuenta de que hablaba en serio y se incorporó en la cama. Su pecho velludo parecía más bien la piel de un zorro. Le expliqué tranquilamente lo que había pasado, aunque tuve buen cuidado de que no se me notase la ira. Flint escuchó con la misma tranquilidad, mientras la mujer no podía apartar la vista del muñón enrojecido de mi pierna. La sangre había vuelto a empapar el vendaje que me había puesto el médico aquella misma mañana.

—Pienso castigarlo yo mismo —dije para acabar—. Con la venia, naturalmente.

—Claro —dijo Flint sin pensarlo, cosa que en él no era de extrañar—. Claro —repitió—. Pero ¿cómo? Eso sí me gustaría saberlo.

Vi dibujarse en sus labios una sonrisa esperanzada.

—¿Con esa pierna? —añadió Flint extrañado.

—¡No te preocupes! Se trata de un cobarde del que podría dar cuenta sin una pierna y con un solo brazo, si hiciera falta.

—Estoy seguro —dijo Flint sinceramente.

Para él no era nada anormal imaginar que una persona pudiera vivir y luchar sin brazos ni piernas.

—¿Desembarcamos por la tarde, como estaba previsto? —pregunté más bien afirmándolo.

—Sí —dijo Flint—, tal como se decidió en la reunión. Desembarcamos con toda la comida y el ron que saqueamos del Rose. Y después comemos y bebemos hasta caernos redondos. Como siempre. Ningún cambio.

—Bien. Yo me encargo del espectáculo.

Flint le dio un empujón con el codo a la delgada y desnuda mujer.

—No te decepcionará —le dijo—. Te lo prometo. Conozco a mi Silver.

Ella seguía mirando fijamente mi pierna, aunque lo que de verdad me asombraba fue que no estuviera aterrada por haber pasado la noche con Flint. Quizá tuviera a pesar de todo alguna cualidad. En tal caso sería la única, aparte de que sabía navegar y dirigir como nadie una banda de abordaje. Todavía no entiendo cómo pudo aprender navegación. Flint era astuto, ya lo creo que lo era, pero pensar no era lo suyo, a menos que se tratara de un asunto de vida o muerte.

Desembarcamos a última hora de la tarde en tres barcazas y un bote. Íbamos todos. Para recuperar fuerzas, yo me había pasado el día tranquilamente tumbado en la cubierta, que baldearon mientras tanto para limpiar la sangre del día anterior. Los cadáveres ya habían sido arrojados por la borda. Un grupo se dedicó a transportar el botín del Rose of Walrus. Había un vocerío tremendo por cada moneda de oro y por cada joya que llegaba a bordo. Yo estaba tumbado, con los ojos entornados, pero siguiendo todos los movimientos. Deval pasó por delante de mí varias veces sin querer verme, sin honrarme con una mirada.

—Deval —lo llamé una de las veces que pasaba por allí cerca.

Se paró y me miró con los ojos llenos de odio. Pero a la vez tenía miedo, como suele pasarles a esos individuos que no carecen sin embargo del valor de ser independientes.

—Buen botín, Deval —le dije y le dediqué mi mejor sonrisa, una de esas que pueden fundir el hielo.

No contestó, sino que siguió su camino.

El Rose era un barco con un buen botín, uno de los mejores, aunque el oro y las piastras eran lo último que yo tenía en mente. Ni siquiera las piedras preciosas, que eran mi debilidad, podrían hacerme variar de rumbo.

Lo dispuse de modo que fui en el mismo barco que Deval. Creo que fue Pew quien me ayudó, aunque había perdido la vista con una mecha que le explotó en la cara cuando íbamos a abordar el Rose. Y no porque yo le importara lo más mínimo, sino porque él seguía siendo tan endemoniado como siempre. Estábamos en cubierta y me bajó como si yo fuera un saco de patatas. El bastón que el carpintero de a bordo me había hecho aquella misma mañana lo arrojó a la buena de Dios, detrás de mí, como si fuera una lanza. De haber sido por Pew, habría perforado el cráneo a alguno de los hombres. Ésa era la idea de la diversión que tenía Pew, tanto ciego como cuando veía como un lince. Alguien podía morir antes incluso de que decidiera si valía la pena vivir. Me estiré cuanto pude y cogí el bastón en el aire. Dicho sea de paso, yo a Pew le hacía la vida imposible. A pesar de todo, no me odiaba. Supongo que eso superaba su limitada inteligencia.

Cogí el bastón con la mano derecha y a Deval, que estaba delante de mí, le di un ligero golpe en el hombro.

—Por poco, Deval —dije—. Podía haberte dado. Pero hace un buen día, ¿verdad, Deval? ¡No podía haber sido mejor!

Sin volverse, gruñó algo inaudible por toda respuesta. Supongo que no se atrevía a mirarme a los ojos. Sospecho que tenía miedo de que yo llegara a adivinar qué pasó en realidad cuando me dejaron la pierna hecha trizas.

—Una buena recompensa, con ron en abundancia —continué con voz alegre—. Un aventurero no necesita mucho más para pasar un buen día. ¿Qué más podría desear? ¿Mujeres? Sí, quizá. Pero el oro y el ron son más fáciles de compartir. Entre compañeros, se entiende.

Se oyó un murmullo de aprobación entre los hombres. Estaban contentos, se relamían sólo de pensar en la juerga que les esperaba. A los hombres les sonreía la vida. En tierra no existía nada que se llamara disciplina. Cada uno era como le daba la gana, y ni siquiera Flint podía hacer nada al respecto. Ahora iban a demostrar que tenían derecho a vivir como cualquier otro. Siempre la misma canción desesperada. Ron y alaridos, vocerío y ron, ron y más gritos, borrachera y ron, ron y diversiones, peleas y ron, todo condenadamente revuelto.

Miré hacia el barco de Flint; estaba a proa, a un cable de distancia. Él iba en popa con su sombrero rojo sangre, y daba las órdenes a gritos. A bordo de un barco, con la tripulación, Flint sólo tenía un tono de voz. Daba lo mismo que se tratase de un bote o de una fragata. Flint tenía una bocaza como una bocina. A la rehén la había dejado a bordo, señal de que todavía la quería para él solo durante un par de días más. Busqué al cirujano. Sí, también estaba allí. Su calva, como si fuera un pavo recién desplumado, sobresalía dos bancadas delante de Flint.

Nunca he entendido a los cirujanos y mucho menos al del Walrus. ¿Qué era lo que les hacía mantener con vida a gente como nosotros, si a nosotros, en definitiva, nos daba igual y encima los aborrecíamos como a la peste? Nunca me había encontrado con un marinero al que le importara el médico. Una vida entre sangre, ¿para qué? En cualquier caso, tampoco eran muy religiosos; no podían pasar por samaritanos compasivos. Entonces, ¿por qué? No lo entendía entonces y sigo sin entenderlo. Además, eran hombres cultos. En el Walrus, aparte de mí, el cirujano era el único que había leído un libro de verdad. Y no me refiero a la Biblia, aunque eso tampoco le habría servido de mucho. En realidad era un diablo siniestro. Ese día por lo menos iba a trabajar para ganarse su parte del botín. Además, me había salvado la vida. Quizá me decidiera a darle las gracias. Para variar.

Bordeamos la isla por espacio de una milla, hasta llegar al cabo del Nordeste, y en su banda sur amarramos las embarcaciones. No era la primera vez que estábamos allí. Los restos de nuestras antiguas hogueras seguían visibles en la playa, igual que las botellas de ron vacías. La arena era blanca y brillaba como los diamantes que los locos del Cassandra rompían en mil pedazos para repartir las piedras a partes iguales. Las cimas de las palmeras formaban grandes y negras sombras estrelladas, que se balanceaban cuando el viento mecía las hojas de palma. A veces caía un coco como una bala de cañón. La última vez, a uno de los nuestros le cayó un coco en la cabeza y murió en el acto con gran regocijo de todos los demás. Nadie creía que se pudiera morir así. Pero a partir de entonces no han vuelto a sentarse cerca del tronco de las palmeras. En el fondo, no tuvo tanta gracia.

Aquel cabo no había sido elegido al azar. Cuando su propio pellejo estaba en juego, Flint era un capitán precavido, o lo fue al menos hasta que perdió la razón por completo, ya en su último año. Flint había descubierto hacía tiempo las excelencias de aquel lugar. El cabo se adentraba unas doscientas varas en el mar, como un dedo alargado con la cresta elevada. Desde la cresta se tenía una buena vista, tanto hacia el norte como hacia el sur, y se divisaban todos y cada uno de los barcos que se dirigieran a la isla. Además, el pasaje a través de los arrecifes llegaba a tal distancia que siempre tendríamos tiempo de subir al Walrus y preparar el barco para la batalla... sino estábamos completamente borrachos, claro.

Apenas saltamos a tierra, unos cuantos hombres agujerearon una cuba de ron. Otros no tenían tanta prisa. Se echaron en la arena con los brazos bajo la cabeza y se quedaron tumbados como si estuvieran muertos. Yo, como pude, fui brincando con mi única pierna, charlando con todos como el buen camarada que sabía ser, sólo con proponérmelo, cuando era menester. Repartí tanto buen humor como pude, para que nadie olvidara nunca que Long John Silver tenía buen corazón y que todo lo hacía porque tenía sus buenas razones.

Algunos empezaron a fanfarronear de sus bravuconadas, como si fueran mayores por aullar como lobos al contarlas. Morgan, que no sabía contar más allá de seis, había sacado los dados e intentaba persuadir a todos y a cada uno de los hombres a jugarse su parte del botín. Así era Morgan. Podía poner en peligro su vida con tal de jugar a los dados. Un día le propuse que nos la jugásemos directamente en una partida. «Sería más rápido», le dije. Pero Morgan no entendió la gracia.

Pew iba arriba y abajo buscando pelea, como siempre, aunque más atolondrado de lo normal. Black Dog acechaba a los jóvenes recién llegados a la tripulación. Al primero que cayera borracho se lo llevaría con él a los matorrales. Sabe Dios qué placer sacaba con aquello. Teniendo en cuenta su reputación, Flint estaba sentado como siempre, con un tonelete de ron para él solo, como debía ser. Antes de que llegara la noche se lo habría ventilado. Flint podía beber ron como nadie. Cuando los demás se habían derrumbado, Flint todavía seguía en pie, con los ojos brillantes, mirando el fuego. Cuanto más bebía más quieto estaba. Al final no decía ni pío y se quedaba sentado, mirando. Y puedo asegurar que yo le he visto en tardes como ésas derramar lágrimas que no eran de cocodrilo. «¿Por qué?», le pregunté una vez.

—Por todos los buenos marineros que han muerto —contestó lloroso—. Por nada —añadió.

—Sí, pero tú y yo seguimos vivos, llenos de vigor —le repliqué para animarlo.

—¿Y de qué me sirve? —contestó al viento.

Fue la única vez, creo, que no entendí a Flint. Pero el diablo sabrá si él mismo se entendía.

Aquella tarde vi que se reservaba el ron para más adelante. Sabía lo que estaba esperando, pero no me apresuré. Primero tenía que salir la comida, que llegó justo después del anochecer. Job, Johnny y Dirk vinieron con dos cabras a las que habían dado caza antes de que se pusiera el sol. ¡Menudo jaleo se organizó con el vocerío y el jolgorio correspondientes a un momento así! A mí me fue de perlas, porque así sería más emocionante lo que yo tenía en el pensamiento.

—¡Deval! —gritó Dirk—. Viejo cazador de cabras, tú serás el maestro asador.

Era justo lo que yo estaba esperando. Sólo porque era franchute se le consideraba todavía como un bucanero de los viejos tiempos. Por eso sería el encargado de asar las cabras en la barra, lo que los franchutes llaman barbe-au-cul, en lugar de lo correcto, es decir, barbacoa en el idioma de los indios. Pero no era de extrañar que los franchutes hubieran entendido mal, porque en realidad se le cortaba el rabo a la cabra y se le introducía una barra puntiaguda por detrás. A veces, a mí me daba la impresión de que a la cabra, con el trozo de rabo que le quedaba, le había salido barba en el trasero, barbe-au-cul en francés. Bueno, así estaban las cosas, aunque todo eso ya se ha olvidado. Me parece que no quedan muchos que lo sepan, pero mi apodo, Barbacoa, significa «barba en el trasero».

Deval esbozó su sonrisa más torcida y burlona, como sólo él sabía hacer. Claro que no tenía otra. Después sacó su cuchillo y cortó los rabos debidamente. Dirk le dio los espetones y Deval atravesó a los animales de un solo tajo. Así se hacía. Los hombres, como buenos gastrónomos que eran, gritaron de la emoción que sentían. Mientras tanto, Johnny había hecho unas horquillas a cada uno de los lados de la hoguera y enseguida el aire se llenó de un intenso olor a carne de cabra asada. Algunos hombres empezaron a babear como perros. Y no era de extrañar. Era la primera carne fresca que veían en muchas semanas.

Yo esperé hasta que todos estuvieran servidos y la grasa les chorreara por las comisuras de los labios. Me había colocado detrás de Deval con el mosquete calado.

—¡Camaradas! —grité—. ¿Puedo pedir un poco de atención para un buen compañero que quiere decir unas palabras?

Creo que todos alzaron la mirada, aunque ninguno dejó de masticar ni de hacer ruidos con la boca.

—Estáis comiendo buena carne —proseguí—. Estáis fuertes y sanos. Hay ron para todo un escuadrón. Tenéis un capitán duro que os puede hacer hombres ricos si de veras lo deseáis. ¡Propongo un brindis por Flint!

Todos estuvieron de acuerdo en vitorearle con cuerpo y alma. Sabían que sin Flint no valían un comino.

—Todos os lo merecéis —dije, retomando la palada-. Ayer conseguisteis un buen botín. Todos hicisteis lo que debíais.

»Podéis estar orgullosos —añadí tras un instante Je silencio—. Todos vosotros.

Y aquí de nuevo guardé un instante de silencio, pero más corto.

—Todos menos uno.

Vi por el rabillo del ojo que Flint había puesto una mano sobre el hacha. Supuso que podría haber pelea si yo me metía con alguien en quien confiaba la tripulación. Pero una serpiente de cascabel como Deval nunca había merecido la confianza de nadie.

Era evidente que había algunos que no las tenían todas consigo, al menos por la forma en que se removieron y apartaron la vista.

—En el combate de ayer perdí una pierna. Son cosas que pasan cuando se lucha por una causa justa. Incluso puede decirse que tuve suerte, ya que aún estoy vivo y todavía puedo poner en tierra una pierna por lo menos. Imaginaos si las dos hubieran volado. ¿Qué parecería? ¿Os lo podéis imaginar?

Por lo visto, todos lo imaginaron, pues más de uno se echó a reír a carcajadas. Y tengo que reconocer que un Long John Silver sin piernas, que estuviera perorando con el tronco clavado directamente en la arena, habría sido un espectáculo bastante divertido para todos menos para mí, claro. Porque era precisamente eso lo que estaban imaginando. Su fantasía no llegaba a más.

—Propongo un brindis por el cirujano —grité en medio del vocerío y todos brindaron de nuevo de todo corazón.

El cirujano no demostró ninguna alegría —nunca lo hacía, claro— y se secó el sudor de la calva con la mano. ¿Creía que le estaba tomando el pelo y que le acusaba por no haberme salvado la pierna? Si ni siquiera me molestaba.

—Y por eso al cirujano le vamos a hacer otro encargo de honor. Va a tener que serrar otra pierna con el mismo brío y bravura que demostró con la mía.

De repente el miedo asomó a sus ojos. Ahora sí creía de verdad que le iba a obligar a que se cortara la suya porque yo estaba descontento con sus artes médicas. Pero en ese mismo momento yo había sacado mi mosquete de cañón doble y lo apreté contra la cabeza de Deval.

—Aquí está nuestro honorable asador sin inmutarse —dije yo con una voz tal que consiguió detener incluso los ruidos del masticar de las bocas—. Los aventureros somos socios libres. Repartimos las recompensas y los peligros con todas las de la ley. Hemos escrito en las disposiciones lo importante que es que te corten una pierna, un brazo o incluso un dedo en el combate. Elegimos a nuestros capitanes. Estamos de acuerdo. Si alguien tiene algo que decir, puede pedir deliberación, como dicta la costumbre. Si alguien guarda algún rencor lo soluciona en tierra. Tenemos nuestros defectos, desde luego, pero a bordo uno está a bordo tanto si llueve como si luce el sol. ¿No es así, camaradas?

Se alzaron murmullos de aprobación aquí y allá. Eran almas salvajes y toscas, desde luego, pero tenían sus reglas para que nadie se tomara ciertas libertades, para evitar que uno fuera más que otro.

—Sin embargo —continué con la misma voz— esta rata que tengo a mi lado, llamada Deval, me disparó por la espalda cuando estábamos a punto de abordar al Rose. ¿Qué decís, camaradas?

Murmuraron de nuevo, pero no demasiado. Ya sabía que nadie iba a montar en cólera ni a sentir compasión por mi causa, aunque por otra parte a nadie le hace gracia que le disparen por la espalda sin más ni más.

—¡Pruebas!

Era una voz de bocina, la voz de Flint, la que cortaba el aire.

—¿Cuáles son las pruebas?

Típico de Flint. De todas maneras, cuando se trataba de algo importante sí tenía la cabeza en su sitio. Si yo no hubiera tenido pruebas, todos habrían dudado.

—El Rose nos disparó de banda —dije—, pero nunca he visto que las balas y el hierro den la vuelta en el aire y regresen al mismo sitio del que salieron. ¿No es así, cirujano? ¡Diles que la bala me entró en la pierna por detrás!

El cirujano murmuró algo inaudible. Todavía estaba muerto de miedo.

—Lo sabes hacer mejor. ¿Entró la bala por detrás, sí o no? —grité.

—Sí —dijo atropelladamente el cirujano—. Sí, sin ninguna duda.

—¿Y qué decís ahora? ¿Es suficiente prueba?

Unos cuantos gritaron que sí y que, por ellos, Deval debía morir. Por lo que dijeron, eso no les quitaría el apetito.

—¿Cómo sabéis que Silver no estaba de espaldas al Rose?

—¿Quién ha dicho eso? —grité yo enfurecido—. ¿Hay alguien que alguna vez haya visto a Long John Silver darle la espalda al enemigo?

Se hizo silencio. Todos sabían que eso era imposible. Me volví hacia Deval.

—¿Qué tienes que decir? —le pregunté en tono burlón.

El odio le salía por los ojos. Nunca había imaginado que alguien fuera capaz de odiar con tanta pasión, ni siquiera pensando que yo fuera el objeto de su odio.

—Que fue una pena que sólo me llevara la pierna —dijo Deval sin pensar en la estupidez que estaba diciendo.

Sólo tendría que haber preguntado cómo sabía yo que era él y no otro el que había disparado. Pero, por supuesto, Deval no podía saber que yo jamás habría llamado a John como testigo. Eso habría significado tarde o temprano la muerte segura de John.

—Lo siento por ti —le dije a Deval, riéndome—, pero no por nosotros. ¡Cirujano, ven aquí!

Muy a su pesar, se acercó.

—Ahora, señor cirujano —ordené—, vas a enseñar a toda la tripulación del Rose y al capitán Flint cómo se sierra una pierna. Así de simple.

—No, eso no —gritaba Deval, que se había puesto pálido como un muerto.

—Sí, eso sí. Pierna por pierna, es lo justo. Dirk, George, venid aquí y sujetad a esta escoria hasta que se desmaye. Porque valor no tiene para aguantar.

Dick y George vinieron corriendo. Yo saqué la sierra de la chaqueta, donde la había tenido escondida desde que me apoderé de ella a bordo, mientras el cirujano dormía.

—¡Aquí tiene, doctor! Manos a la obra. Una vez puede ser un éxito, pero esperemos que no se repita con Deval.

—Señor Silver, no puedo hacerlo. Este hombre no está herido ni enfermo. Soy un médico, no un carnicero.

Le caían gruesas gotas de sudor por la cara.

—Doctor —contesté—, ¿acaso no estaba yo sano cuando Deval me disparó por detrás? Según todas las reglas tengo derecho a rematarlo como a un perro, ya que lo es. Pero yo no voy por ahí matando a la gente sin necesidad. Así no se gana nada. ¿Qué provecho sacas de un cadáver? Además, mi querido doctor, usted no tiene elección.

Deval gritó cuando el médico le apretó el torniquete, aunque me parece que se desvaneció antes incluso de que el médico empezara.

¡Qué cabronada! —oí decir a Black Dog tras de mí—. Así le quita toda la gracia.

También noté hasta qué punto aborrecía el cirujano lo que estaba haciendo. A pesar de todo, tenía un punto débil en su turbia conciencia. Era un descubrimiento que podía ser provechoso algún día.

Cuando la pierna de Deval estuvo desprendida de su cuerpo, la levanté y fui hacia la hoguera. Todo estaba en silencio, a excepción del lloriqueo del cirujano. Bajé una de las barras del asador y atravesé la pierna de Deval de arriba abajo y de un solo golpe, como era costumbre. Pero esta vez ninguno me vitoreó, a pesar de lo glotones que eran. Después colgué la pierna sobre el fuego.

—A esto le llamo yo una buena barbacoa —grité.

Durante un instante nadie dijo nada, pero después oí de nuevo la voz cascada de Pew, ¿quién si no?, cuando descubrió lo que yo había hecho. Su olfato no había sufrido daño con el accidente.

—¡Viva Silver! —voceó de buen humor—. ¡Viva Barbacoa!

Sonaron algunos hurras apagados desde distintos puntos, pero no manifestaban cordialidad, sino temor. Sobre todo tenían miedo. ¿Y no era eso precisamente lo que yo quería? ¿Qué me importaba a mí Deval? Podría haberlo matado allí mismo. En el fondo, hubiera preferido meterle una bala en el cuerpo. Habría sido más misericordioso para Deval. Pero ahora estaba seguro de que nadie se atrevería a meterse conmigo durante una buena temporada, ni siquiera por la espalda. Me dejarían en paz. Así de sencillo.

Le eché un vistazo a Flint. Estaba sentado y tenso, con los ojos clavados en la pierna carbonizada. Después me miró e hizo un gesto de aprobación, pero sin decir nada. Con todo respeto.

Después de aquel día, mi nombre ha sido Barbacoa. Cuesta imaginar que Trelawney, Livesey, Smollett y compañía creyeran que era debido a mis artes culinarias.

Me senté con pesadez en la playa y, cuando al final me dormí, noté el olor de carne humana asada y de suela de zapato quemada.

Una sola.