12
La distancia correcta
Michael llegó a Jolón mucho después de lo previsto. Un aspersor danzaba tras el seto en una estrecha franja de césped. Tiestos de arcilla roja rebosantes de petunias salpicaban el verde de rosa brillante, púrpura y blanco delante de una fila de modestos edificios de apartamentos estucados en blanco. Un camino pavimentado, corto y recto como una regla, conducía a la entrada. Mientras zigzagueaba por las callejuelas de detrás de la calle mayor, Michael había hecho caso omiso un par de veces de las señales que indicaban CALLEJÓN SIN SALIDA. Se había guiado por el mapa trazado por Theo. «Sigue viviendo en el apartamento de tres palmos que le dieron cuando llegó a este país después de la guerra. En uno de esos vecindarios de los años cincuenta, donde los edificios parecen trenes. ¡Y, para colmo, en Jolón! Es muy indicativo de la clase de persona que es», había dicho Theo, alzando la vista del papel sobre el que estaba dibujando. «En cualquier otro lugar del mundo se habría hecho rica. ¡Una profesional de su calibre! Montones de primeros violines de todo el mundo le deben su carrera. Sigue en Jolón por voluntad propia. No es que no le hayan hecho otras propuestas, no se vaya a creer», dijo Theo a la vez que meneaba el índice, «pero ella siempre decía que lo importante no eran ese tipo de cosas. No tenía fuerzas para mudarse. El piso le parecía adecuado, el que tenía en Budapest no era mejor. Aunque antes de la guerra ya era una violinista de mucho renombre, a punto de iniciar su trayectoria internacional. Luego estalló la guerra, y cuando terminó, no volvió a tocar. Estuvo internada. No sé muy bien dónde, creo que en Auschwitz. Cuando nos daba clase, a veces hacía alguna demostración, y recuerdo que tocaba de maravilla. A los veinte años, tuvo una hija de su primer marido. La hija vive en Cleveland. También se dedica a la música, es cantante. Dora Zackheim ha tenido tres maridos. Los ha sobrevivido a todos», dijo Theo riendo. Luego se puso serio de nuevo y señaló, entre paréntesis, que, según creía, el primer marido, el padre de la niña, había muerto en el Holocausto; retomó la sonrisa para hablar del tercero: «Arrastró a Israel al último de sus maridos. Me acuerdo de él. Tenía bigote y usaba sombrero, siempre con un pie en la calle. Se libró de él enseguida. Y nunca quiso mudarse. Durante la guerra apenas se permitía soñar con tener un metro cuadrado propio donde vivir. Por eso se conformaba con lo que tenía, o, como ella dice, las cosas son un milagro tal como están. Es imposible tacharla de esnobismo cuando se ve cómo vive. Como si en el mundo no existiera nada aparte de la música, sus alumnos, y tal vez un puñado de libros. Gabi también trató de convencerla de que se mudara, pero como si nada».
Michael se tomó un descanso al llegar a la puerta del piso, tras haber subido sesenta y cuatro peldaños estrechos y empinados, hasta la cuarta planta. Se maravilló de que una mujer tan mayor realizara aquella ascensión todos los días. Del otro lado de la puerta llegaba el sonido de un violín. Era la zarabanda de la Partita n.º 2 de Bach, la primera obra musical que había aprendido a amar por sí mismo, sin que nadie se la enseñara, un descubrimiento propio. Lo que hacía que le gustara aún más. La música se oía nítida, en toda su exquisita belleza. Michael esperó a que el intérprete hiciera un alto para llamar a la puerta. Un par de veces, al creer que la música había cesado, levantó el dedo en dirección al timbre, pero ambas veces lo dejó suspendido en el aire porque la música se reanudó de inmediato.
Al fin se atrevió a pulsar el timbre. La música no se interrumpió, pero unas pisadas rápidas se aproximaron a la puerta y ésta se abrió. Vio ante él a una mujer menuda. Tenía el cabello de un castaño deslustrado, como si se hubiera volcado encima un frasco de tinte. Sus ojos, claros y azules en un rostro casi sin arrugas, relucían de expectación y vitalidad, como si cualquier puerta abierta pudiera dar paso a una gran aventura. La primera reacción de Michael ante el inesperado aspecto juvenil de aquella mujer, a la que de no haber sabido su edad no habría echado más de sesenta años, fue de perplejidad. Se presentó en un susurro, mientras el violín continuaba sonando, y ella movió vigorosamente la cabeza arriba y abajo y le tendió una mano nudosa. Michael comprendió que el temor que Dora Zackheim inspiraba a Theo lo había llevado a imaginarla como una mujer muy alta, de semblante arrugado y labios fruncidos. Nunca habría pensado que fuera tan menuda, tan llena de gracia y vitalidad, y que incluso irradiara alegría. Hasta ese momento no reparó en el fino puro que sujetaba entre los dedos de la mano izquierda, y a punto estuvo de sonreír al recordar que el viejo profesor Hildesheimer insistía muy serio en llamar cigarrillos a esos puritos. Dora Zackheim señaló que llegaba muy tarde, y que era mejor así, añadió con marcado acento húngaro, porque aún no había terminado la clase. Exhaló una nube de humo blanco azulada y dio media vuelta para conducirlo al interior de la casa. Al ver una pequeña protuberancia entre sus omóplatos y las flacas piernas enfundadas en medias ortopédicas asomando bajo la falda del vestido marrón de rayas, Michael se convenció de que Dora Zackheim tenía ochenta y seis años.
Una mampara metálica de color negro separaba el pequeño vestíbulo de la sala donde un adolescente espigado estaba en pie ante un atril, de espaldas a ellos. El chico no dejó de tocar. Dora Zackheim no dijo nada, se limitó a menear la cabeza y a chasquear la lengua con disgusto mientras se aproximaba al violinista y le señalaba a Michael una silla situada junto a la mesa del vestíbulo. Podría hacer las veces de mesa de comedor, pero en aquel momento estaba cubierta con un tapete amarillo bordado con flores azules. Encima había una máquina de escribir muy vieja y un florero de cristal veneciano con tres gladiolos rojos. De pronto aquel lugar le recordó a Michael una casa de su pequeña ciudad natal donde vivía una familia de inmigrantes polacos recién llegados, cuyo único hijo, un chaval de su edad llamado Adán, le había sido encomendado en «adopción», lo que quería decir que debía ayudarle a hacer los deberes hasta que se familiarizara con la nueva lengua. El padre era bajo y delgado, de mirada movediza y melindrosa, y la madre, alta y aristocrática. Adán no tardó en ponerse al nivel de sus compañeros y, ya sin requerir la ayuda de Michael, se convirtió en el primero de la clase. En casa de aquella familia también había una mesa cubierta con un tapete bordado y un jarrón con flores rojas encima.
—La mano izquierda no está suficientemente suelta, ni tiene bastante fuerza. Está rígida —oyó decir a Dora Zackheim con una voz rebosante de severa censura. Y luego, casi en un grito—: ¡Ya basta! ¡Ya basta! ¡Para! —el chico se retiró el violín del hombro y se volvió hacia su profesora—. ¡Es una zarabanda! —exclamó ella con disgusto—. ¿Qué hay del tempo? ¡Andante y vivo a la vez! ¡Desde el principio!
El chaval comenzó a tocar de nuevo y ella lo interrumpió con unas palmadas.
—A la mano izquierda le sigue faltando flexibilidad —le regañó—. Los dedos no tienen suficiente fuerza —agarró el brazo del chico y lo sacudió hasta que la mano se balanceó libremente—. ¡Ni siquiera así! —se quejó—. Esta mano está envarada. Y no has trabajado suficiente con el índice. Probablemente, hoy no has practicado bastantes escalas —el chico musitó algo—. No somos esclavos del reloj —dijo mirándolo enfadada—. Una hora no significa nada. La mano está rígida y a los dedos les falta fuerza. ¡No dominas el instrumento! ¡Ni que fuera un trozo de madera! ¡Y menudo tono! —aplastó la colilla de su puro en un gran cenicero de cristal y pegó una palmada—. ¿Qué tono es ése? ¡Terrible! Nada que ver con como debería ser —dijo disgustada. Miró al chico, quien aguantaba el chaparrón como si estuviera acostumbrado, y luego miró a Michael, que se apresuró a desviar la mirada; luego dijo en un susurro dramático—: La semana pasada, en un acto de homenaje al compositor Paul Ben Haim, mi alumno Shmulik interpretó esta zarabanda muchísimo mejor —el muchacho la miró sin despegar los labios—. Sí, ya lo sé —prosiguió ablandándose—, tampoco es que él sea Jascha Heifetz, pero lo hizo mucho mejor de lo que lo estás haciendo tú hoy —el chico bajó la cabeza como para esquivar un golpe. Al fin, la profesora se quedó en silencio, volvió a refunfuñar para sí, y luego posó la mano en el brazo de su alumno y dijo quedamente—: No me gusta verte así. Estás triste. ¿Tienes problemas en el colegio? ¿Tomas bastante el aire? Ya llevas así algún tiempo —el chico permaneció en silencio y se encogió de hombros. Dora se acercó una cajita metálica amarilla, extrajo de ella un purito, lo encendió con un gran mechero de plata, ladeó la cabeza y miró al chico. Él seguía sin decir nada. Dora le retiró delicadamente el violín de las manos. Y el chico se volvió a mirar a Michael. En sus ojos azules, casi transparentes, ardía una franca curiosidad; sus cejas, espesas y oscuras, se enlazaban sobre la nariz y hacían resaltar la palidez de su rostro, con pelusa en las mejillas—. Basta por hoy. Te espera un largo viaje. Muy largo —dijo la profesora preocupada. El chico guardó el violín en el estuche—. Zichron Yaakov. ¿Queda a una hora o a dos? —le preguntó ella a Michael mientras el chico se encaminaba a la puerta.
Por un instante, Michael meditó si estaba dispuesto a prescindir de la hora de soledad que tanto le apetecía, pero al ver la sonrisa amistosa del chico no pudo menos de anunciar que él iría después al Beit-Daniel, y que si el muchacho podía esperar hasta que terminase de hablar con la señora Zackheim, lo llevaría en coche.
—¡Qué buena suerte, Yuval! —exclamó Dora Zackheim encantada, acentuando erróneamente la primera sílaba del nombre—. Se lo agradecemos mucho. Trabaja demasiado, sin descanso —le dijo a Michael como si Yuval no estuviera presente—. Y en estos tiempos los autobuses son peligrosos —reflexionó en voz alta—. Nunca se sabe lo que puede pasar. Corren tiempos muy difíciles —continuó, meneando la cabeza—. Y hemos empezado a las siete de la mañana —dio una larga calada al puro, tosió y añadió en tono confidencial—: Por lo general me veo obligada a decir que no se esfuerzan demasiado. ¿Pero él? ¡Demasiado! —cabeceó de nuevo—. Demasiado trabajo y demasiada poca vida. Los chicos de su edad tienen que disfrutar de la vida. ¿Cuándo volverán a tener dieciséis años?
Como si no hubiera oído nada, Yuval echó un vistazo al anaquel inferior de una gran estantería de madera que cubría la pared y sacó una revista.
—¡Es el Musical America donde viene un artículo sobre usted! —dijo emocionado a la vez que buscaba la página donde aparecían fotografías de Dora—. Shmulik me lo había dicho. ¿Lo puedo leer ahora, Dora?
Ella hizo un ademán desdeñoso.
—Paparruchas, un montón de paparruchas —masculló—. Se han caído algunos libros —añadió, y Yuval se agachó a recoger tres libros de bolsillo.
—Es muy amable de su parte que se ofrezca a llevarlo, viene desde Haifa —explicó Dora Zackheim—. Y ya es la tercera vez que viene esta semana. Cada clase nos ocupa mucho tiempo. Salió de casa a las cinco de la mañana. —Yuval se ruborizó.
—Pero tengo que hablar con usted en privado —dijo Michael, y miró la gran puerta corredera que dividía en dos la sala. Estaba entreabierta y dejaba ver una cama que ocupaba casi todo el espacio de la otra mitad.
—Podemos cerrar la puerta —repuso ella jovialmente—. No hay ningún problema. No se oirá nada —añadió, y luego declaró muy animada—: Pero antes vamos a tomar un zumo o un café.
Yuval se sentó junto a Michael y empezó a leer la revista mientras jugueteaba con el borde del tapete que cubría la mesa. Dora Zackheim entró en la cocina y Michael la vio maniobrar con gran decisión en el pequeño espacio rectangular, verter líquidos y removerlos con estrépito. Yuval levantó la cabeza y a Michael le pareció que hacía grandes esfuerzos para reprimir una carcajada. Sus ojos titilaban.
—No sabía si hoy me había merecido el chocolate —comentó jocoso cuando la profesora apareció cargada con una bandeja de madera sobre la que reposaban unos vasos encajados en soportes de plata—, como he tocado tan mal; y resulta que hasta voy a tomar galletas.
Ella ladeó la cabeza y le dirigió una mirada crítica, aunque también afectuosa.
—Me alegro de verte contento al fin —dijo—, porque ayer y hoy me has tenido preocupada con ese humor tan mustio.
Una vez acabado el tentempié, Dora Zackheim le hizo un gesto a Michael, quien la siguió a la otra mitad de la habitación. Ella forcejeó en vano con la puerta corredera, que por lo visto no solía cerrar.
—Permítame —dijo Michael.
Dora Zackheim se apartó y le dio las gracias con un gesto. Luego abrió una ventanita que daba a una calle estrecha e indicó a Michael que se sentara en la única silla de la habitación. Ella tomó asiento en la cama y puso las piernas vendadas sobre un taburete. Su expresión se había tornado seria. En sus ojos azules había una mirada intensa.
—Estoy muy apenada por lo de Gabi —dijo sin ningún preámbulo—. Qué tragedia tan horrible, horrible.
Michael pretendía dejarla explayarse, pero ella no dijo nada más y se quedó mirándolo expectante, esforzándose en levantar los arrugados párpados de cortas pestañas. Michael había dado por hecho que le inspiraría desconfianza, miedo tal vez, y le sorprendió que no hiciera los habituales comentarios sobre la policía. Pensó satisfecho que su ofrecimiento de llevar a Yuval a Beit-Daniel le había valido para ganarse la estima de la anciana profesora de violín.
—He venido para que hablemos de él —dijo Michael titubeante—. Me gustaría que me hablara de él, y también de Theo.
—¿Theo? —exclamó ella sorprendida—. Vaya, vaya, Theo. Theo es totalmente diferente. Totalmente —le aseguró—. Un gran talento —añadió.
—¿Quién? —preguntó Michael.
Por un instante se la vio confusa.
—Gabi —repuso, y añadió de inmediato—: Y Theo también. Pero Theo es diferente.
—¿En qué sentido?
—Gabi estudió conmigo de los siete a los dieciocho años. Luego fue a Juilliard, en Nueva York. Theo dejó de estudiar conmigo a los catorce o quince años y, ¡presto!, se fue directamente a Nueva York.
—¿Y se ha mantenido en contacto con él todos estos años?
—¿Con Gabi? Claro, en todo momento. Una relación muy estrecha. Siempre me escribía, me llamaba, venía a verme cuando estaba en Israel. Sigo en contacto con muchos de mis alumnos, pero Gabi se tomaba un interés especial.
—¿Y Theo?
—Theo es completamente diferente —insistió Dora Zackheim—. Un gran talento, pero no para el violín. No tenía suficiente paciencia. Había que obligarlo a trabajar. A diferencia de Gabi, que trabajaba demasiado. Usted conoce a Theo, ¿verdad?
Michael asintió con un gesto.
—¿Es imposible ser a la vez un gran violinista y director de orquesta? —preguntó.
—Es muy posible —repuso ella, sorprendida por la pregunta—. O pianista. Barenboim, por ejemplo, ha alcanzado un gran virtuosismo al piano y también es un magnífico director. Es posible, desde luego —dijo de mala gana—. A veces. Hay otros ejemplos.
—Pero el caso de Theo ¿es distinto?
—¿Y usted? Es usted policía, ¿no? —de pronto sus ojos y su frente se nublaron—. ¡Terrible! ¡Terrible! Tanto trabajo y tanto talento. Y de pronto… ¡adiós!
—¿Le gustaba mucho Gabi?
—¡Gustar! —exclamó con desdén—. ¿Gustar? Lo quería mucho. Para mí —dijo mirando por la ventana—, mis alumnos son como hijos. Tantas horas juntos, durante años y años. ¡Ay! —exclamó desgarradamente—. ¿Qué puedo decir?
Michael le pidió que le hablara de la personalidad de Gabriel.
Ella hizo un par de intentos de arrancar y al fin dijo:
—Es imposible describir a un ser humano. Y aún más imposible cuando se le conoce. Gabi empezó a estudiar conmigo a los siete años. Ya era muy meticuloso, un perfeccionista, pero tenía muchísimo talento. Y era tan serio. E ingenuo. Lleno de ideales. Era muy especial. Discreto pero especial.
—¿Ya le interesaba la música antigua de joven?
—¿A Gabi?
Michael asintió con la cabeza.
—Sí —repuso Dora Zackheim vacilante—. No tanto como en estos últimos años, pero sí, se podría decir que sí. La música barroca era su preferida incluso de niño.
—¿Y Theo? —por un momento, Michael pensó que volvería a repetir que Theo era totalmente diferente. Pero ella se quedó callada y frunció los labios; de pronto en su barbilla se marcaron unas arrugas en las que Michael no había reparado antes. Tras un instante de reflexión, dijo:
—Pensar en Theo y en Gabi me lleva a pensar en Thomas Mann, por lo distintos que son.
Michael callaba. Le daba la impresión de que Dora Zackheim alcanzaba a oír la grabadora, en marcha dentro de su bolsillo. Pero Dora estaba ensimismada.
—Gabriel estaba más interesado en el aspecto interno de las cosas. Él, y no Theo, era una especie de Adrian Leverkühn.
—¿Quién? —susurró Michael.
—De la novela de Mann Doktor Faustus. ¿No la ha leído?
—Lo intenté, hace mucho tiempo —reconoció Michael.
—Es un libro difícil para quien no tiene grandes conocimientos musicales —le disculpó ella—. ¿Entiende usted de música?
—No entiendo nada —repuso Michael—. Pero me encanta.
—Eso es lo principal —le aseguró ella—. Pero no para un artista, para un músico —se apresuró a añadir—. A él no le basta con el sentimiento. A veces puede convertirse en un obstáculo. Un artista tiene que ser bastante frío. Casi tiene que ser un monstruo —dijo sonriente—. Cuando toca, debe mandarlo todo al infierno, incluso el amor. Debe tocar con sentimiento sin sentirlo. ¿Lo comprende? Necesita… ¿cómo podría expresarlo?… distancia, la distancia correcta —dijo al fin, y se relajó después de haber dado con la expresión correcta—. Pero para la vida necesita… —abrió los brazos, ladeó la cabeza y escudriñó a Michael—. ¿Ha estudiado en la universidad?
Michael asintió.
—Historia y derecho. Pero aún no me he licenciado.
—¿Qué tipo de historia? ¿Historia del arte?
—No, historia medieval fundamentalmente —repuso Michael nervioso, y su malestar se acrecentó al ver que ella subía y bajaba la cabeza cortésmente.
—¿Está relacionado eso con su trabajo en la policía? —era una pregunta cortés, pero también contenía un deje de sorpresa.
—Eso lo estudié antes… antes de saber que iba a ingresar en la policía —trató de explicar con pocas palabras. Le resultaba difícil calibrar hasta qué punto podría Dora Zackheim seguir interesada en él al saber que no era músico ni un entendido en música. Ojalá pudiera contarle la historia de su vida, hablarle de la combinación de circunstancias que lo abocaron a convertirse en policía en lugar de proseguir con sus investigaciones históricas, ojalá pudiera hacerla comprender que no era un policía cualquiera, que él también anhelaba las cosas del espíritu. El disgusto de no ser apreciado en su valía le hacía sentirse infantil. ¿Cómo vencer la barrera erigida por una persona incapaz de comprender el sentido de una vida ajena a la música, y que, por tanto, lo encontraría a él totalmente anodino? Si Dora Zackheim supiera de su relación con Nita, si supiera cómo lo conmovía escucharla cuando tocaba, tal vez lo valoraría más. Puede que incluso llegara a apreciarlo. Así sería capaz de llegar a ella. Aquella mujer le inspiraba un gran respeto y un hondo deseo de que también ella lo respetara un poco. Al mismo tiempo, ese deseo lo avergonzaba. Reprimió la necesidad de dar explicaciones y se quedó en silencio.
—¿De qué hablábamos? ¡Esta vieja cabeza mía! —dijo ella, dándose golpecitos en la frente—. Ah, sí, del doctor Fausto. En esa novela hay un compositor que se vende al diablo. Gabriel no se vendió, pero se sentía como si hubiera vendido su alma. No componía, pero aspiraba a la pureza, sí, a la pureza… hubiera dado lo que fuera por ella. Siendo todavía un niño, le pregunté: «¿Qué tiene de impuro Mendelssohn?». Ni siquiera Mendelssohn le gustaba —sonrió con tristeza y se palmoteo los muslos.
Michael titubeó antes de hacerle la siguiente pregunta, pero al mirarla a los ojos supo que no había nada que temer.
—¿Sabía usted que era homosexual?
Dora Zackheim ni siquiera pestañeó.
—Eso me parecía. De los doce a los dieciocho años aún es demasiado pronto para saberlo con seguridad. Ni siquiera el propio interesado lo sabe a veces a esa edad. Pero siempre me pareció que podía serlo. Luego se casó y creí que me había equivocado. Pero a medida que pasaban los años, cuando venía a verme, me daba cuenta de que no me había equivocado. Y también me han llegado rumores.
—¿Pero nunca hablaron de eso?
—Nunca —replicó; meneó la cabeza y se mordió el labio como una jovencita.
—¿Siempre venía a verla solo?
—Siempre solo.
—¿Y vino a verla hace unas semanas?
—¿Ya han pasado varias semanas? —dijo sorprendida—. No lo recuerdo con exactitud. Hacía mucho calor. Creo que vino en agosto. A principios de agosto. Sí, ya ha pasado mes y medio desde que estuvo aquí.
—¿Tuvo algo de especial esa visita?
Dora Zackheim pareció esforzarse en recordar.
—No, su padre seguía vivo. Gabi estaba muy emocionado, muy contento. Iba a darme una sorpresa, según me dijo, pero de momento la quería guardar en secreto. Prometió contármelo pasados un par de meses.
—¿Y no insinuó nada? ¿No dijo nada fuera de lo común?
La profesora meditó un momento y luego murmuró:
—Estaba contento, pero además se le notaba, ¿cómo diría yo?, una gran tensión.
—¿Nada más?
—Bueno —parecía que se le iba agotando la paciencia—, sólo estuvo aquí una hora. Me trajo regalos de Europa. Siempre me traía algún detalle. Bombones, queso de Holanda, que era donde había estado, un bonito pañuelo. Yo todavía sigo poniendo los viejos vinilos —dijo con sonrisa infantil—. Aunque le había dicho que me despediría de este mundo sin modernizarme, me regaló un reproductor de compactos y algunos CD de Heifetz. No siempre le gustaban las interpretaciones de Heifetz, pero a mí sí me gustan. A veces me traía grabaciones suyas. La Misa en si menor de Bach, que dirigió hace tres o cuatro años en Jerusalén. No me gustó su manera de dirigirla, pero era interesante.
—¿Le dio la impresión de que había venido a pedirle consejo? ¿De que estaba pasando por una crisis?
Dora Zackheim titubeó.
—Siempre me pedía consejo. Antes de un concierto importante, cuando estaba trabajando en algo nuevo. Hablábamos durante horas y horas, hablábamos y reflexionábamos. Gabriel era muy inteligente, un auténtico músico. Hablaba mucho sobre la interpretación. Por ejemplo, sobre la manera de reconstruir la música barroca. Y no siempre estábamos de acuerdo.
—Usted lo ha conocido desde que era niño —la presionó Michael—. ¿No hubo nada especial, fuera de lo común, en su última visita?
—Bueno —repuso ella con manifiesta inquietud, y a sus ojos afloró una gran tristeza—. No sabíamos que era su última visita, es evidente. Ni tampoco sabíamos que él se iría antes que yo. Y de esa manera.
Michael guardó silencio.
Una vez más, se vio tensión en el rostro de la profesora.
—No estoy segura de si lo que voy a decir es así o ahora me lo parece por el deseo de colaborar —se disculpó—. Pero quizá… recuerdo que hablamos de Vivaldi. En estos últimos años, Gabi siempre hablaba de Vivaldi. Pero esta vez habló más de lo habitual. Y se le veía especialmente… sí, feliz.
—¿Qué comentaron sobre Vivaldi?
—Me preguntó —sonrió de nuevo— si creía que Vivaldi podía haber compuesto un réquiem —se echó a reír, fue una carcajada breve, contenida, sin alegría—. Tiene gracia.
—¿Qué es lo que tiene gracia? —preguntó Michael.
—¡Que pueda existir un réquiem de Vivaldi! ¡Es imposible! ¡Es absurdo! ¿Conoce la música de Vivaldi?
—Todo el mundo la conoce. Las cuatro estaciones, muchos conciertos suyos que se oyen a todas horas. Pero no sé…
—Vivaldi no compuso música fúnebre. Su música tal vez sea la más alegre del mundo, de toda la historia. Vivaldi no compuso ningún réquiem. Sería una paradoja que lo hubiera compuesto. ¿Comprende?
—Al preguntarle eso, ¿querría decir Gabi que Vivaldi había compuesto un réquiem que luego se perdió? ¿Como tantas tragedias griegas?
—Es del dominio público —repuso ella desdeñosa— que muchas de sus composiciones se han perdido.
—¿Y se han recuperado algunas? —preguntó Michael, poniéndose alerta.
—Se descubren cosas continuamente. Piezas de Vivaldi también. Unas cuantas, pero no se ha encontrado ninguna en los últimos tiempos.
—¿Así que le preguntó si usted creía que Vivaldi había compuesto un réquiem?
—Sí —dijo Dora Zackheim con un suspiro—. Y yo me eché a reír. Le dije: «Lo creo tanto como creo que Brahms compuso una ópera». Hay las mismas probabilidades.
Michael supo que pidiendo una explicación de esa analogía se ganaría el absoluto desdén de la profesora de música. En lugar de pedírsela, le preguntó si estaba dispuesta a escuchar un pasaje de una composición musical para identificarla. Como precaución para que nadie oyera lo que no debía, en el coche había localizado el lugar exacto de la cinta donde Herzl tarareaba aquel retazo de música durante su conversación con Theo.
Dora Zackheim pidió que se lo pusiera una y otra vez. Frunció el ceño.
—Es difícil saber qué es —dijo al fin, y se quedó en silencio.
—¿Podría ser una pieza barroca?
Ella se encogió de hombros.
—¿Podría ser Vivaldi?
Dora Zackheim titubeó.
—No sabría decirlo. Nunca lo había oído. Y es muy breve.
—Pero ¿podría ser Vivaldi?
—Podría ser —reflexionó ella en voz alta—, pero ¿por qué le interesa tanto? Es un pasaje muy breve, y sin conocer los acordes, la armonía, es difícil identificarlo. También podría ser algo de Scarlatti o de Corelli. Podría pertenecer incluso a una obra clásica o romántica. Podría ser cualquier cosa, quizá no sea más que una cancioncilla.
—¿Cómo interpreta la pregunta de Gabi sobre Vivaldi?
La profesora frunció la boca, confusa.
—No la comprendo —confesó.
—¿Y no hay ningún réquiem de Vivaldi?
—Ninguno —aseguró.
—¿Y si se hubiera descubierto hace poco? —aventuró Michael.
—Lo sabríamos —repuso Dora Zackheim secamente—. Un descubrimiento de esa relevancia no pasa desapercibido.
Michael tenía la impresión de haber llegado a un punto muerto.
—Según tengo entendido, entre Theo y Gabriel hubo problemas de celos desde que eran pequeños.
—¡Y que lo diga!
—¿Estaba Theo celoso de Gabriel?
La profesora vaciló.
—Y viceversa —dijo al fin—. Cuando eran pequeños… dos hermanos, los dos violinistas. Mal asunto. Y también tienen una hermana. Se llama Nita, le pusieron ese nombre por una de las Bentwich, esa familia tan musical. ¿Está al tanto de estas cosas? —echó una ojeada a Michael y él asintió—. Beit-Daniel también era de la familia Bentwich —explicó con satisfacción—. La hermana es una buena chelista. Estudió en Juilliard, como ellos. Los Van Gelden son otra familia musical —se quedó en silencio, replegada en sí misma.
—Pero, llegado a cierta edad, Theo dejó de estudiar con usted. Antes que Gabriel.
—Creía que yo no lo apreciaba como se merecía —sus ojos se entornaron reflexivamente—. Claro que… no soy una persona fácil —se disculpó.
—Él me ha dicho que fue usted quien sugirió que dieran por finalizadas las clases.
—Ya no lo recuerdo —se excusó de nuevo—. Han pasado más de treinta años. Puede que fuera así. ¿Para qué perder el tiempo en algo que no funciona?
—¿Trabajar con Theo era para usted una pérdida de tiempo?
Dora Zackheim titubeó una vez más.
—Es una manera muy dura de decirlo. Un elemento importante para ser un buen violinista, o cualquier otro instrumentista, pero quizá sea más importante para los violinistas, es la personalidad. Es una cuestión de fortaleza. Y de la manera en que se emplea esa fortaleza. No se trata sólo del talento. Puede que alguien tenga mucho talento y no le sirva de nada. O que lo use de una manera errónea. Conmigo, los alumnos no aprenden a tener éxitos internacionales. Sólo les enseño a trabajar. El éxito internacional carece de interés.
—Señora Zackheim —dijo Michael con delicadeza—, los mejores violinistas del mundo han estudiado con usted. Son figuras de fama mundial.
Ella lo miró enfadada.
—¿De fama mundial? —fue como si escupiera esas palabras; se le entrecortó la respiración—. ¿La fama? ¿El éxito? ¿Qué importancia tienen? —se quedó callada y lo miró iracunda—. ¡Estupideces! —exclamó de pronto; retiró los pies del taburete y agitó los brazos con furia—. ¡Es una mera casualidad! ¡Aprendieron a trabajar! ¡A trabajar! ¡A trabajar cada vez más! Día y noche, en verano y en invierno. Lo demás no tiene sentido. Y si alguien es famoso, ¿qué? ¡Eso no significa nada, nada de nada! —jadeante, recobró la compostura, sonrió y añadió con dulzura—: A decir verdad, el éxito no es malo si no corrompe. Se puede subir a la cabeza. ¿Cómo evitarlo? —la última frase la dijo en un susurro. Desvió la vista y se quedó mirando la pared con gesto melancólico y testarudo.
—¿Y Theo?
—Theo carecía de paciencia. Tenía talento. Mucho talento. Pero quería convertirse instantáneamente en director. Si no podía ser un violinista como Heifetz, sería un director de la talla de Bernstein. Así era Theo. Es un buen crítico musical, además, ¿sabe? Lo he visto en la televisión hablando de la música romántica. Un análisis de primera. Pero a pesar de todo su talento, le fallaba la paciencia, tenía demasiadas ansias de conseguirlo todo. Fama internacional, dinero. Y, según dicen, también mujeres —dijo sonriendo, y sus ojos chispearon traviesos—. Pero no la capacidad de trabajo y la paciencia para tocar el violín —meneó la cabeza y chasqueó la lengua, entrechocando los dientes—. ¿Ha visto a Yuval? —su respiración se aquietó poco a poco, parecía que se estaba recordando a sí misma dónde estaba. Su pecho subió y bajó como si estuviera haciendo un esfuerzo—. Es disciplinado y paciente. Tiene el potencial para ser un gran artista. Hace falta un gran ego. Un ego gigantesco. Hay personas con apetitos insaciables. Siempre insatisfechas de lo que tienen. Los artistas —prosiguió inclinándose hacia delante— necesitan tener grandes apetitos, aspirar a la perfección y a la disciplina. Pero también es necesario que sean humildes.
—¿Era Gabriel humilde?
—Sí, era humilde —repuso Dora Zackheim—. Dos hijos de los mismos padres y tan diferentes… como la noche y el día. No se sabe si atribuirlo a la genética o a la psicología. Se nace teniendo una personalidad, antes de que actúen las influencias externas. Uno es así y el otro asá. Gabriel estaba muy unido a su padre. Theo era el favorito de su madre. Una buena pianista.
—¿Sabe si había alguien que odiara a Gabriel?
Ella hizo un vehemente gesto negativo.
—Claro que no —dijo con voz ahogada—. Usted no sabe cómo era. Era duro, pero duro consigo mismo. Y había llegado a un punto importante de su carrera con su replanteamiento de la música barroca. Iba a poner en marcha un conjunto israelí de tendencia histórica.
—¿Conocía usted a su compañero?
—No —dijo Dora Zackheim con tristeza—. Algunos alumnos me hablan de su vida, de su familia, de todo. Gabriel era discreto en lo referente a su vida personal. Había mucha confianza entre nosotros, pero nunca hablábamos de esas cosas. Ni siquiera conocí a su mujer. Theo, por su parte, era como un niño. Muy abierto. Theo le da mucha importancia a caer bien a la gente. Tiene una gran libido, como suele decirse.
—Wagner —reflexionó Michael en alta voz.
—Wagner —convino ella—. Creo que Theo tiene la intención de celebrar un festival Bayreuth aquí en Israel. En mi opinión, puede ser un acto de rebeldía contra su padre.
—Su padre ya no está entre nosotros —le recordó Michael.
La profesora de música suspiró y se estremeció.
—¡Qué brutalidad! —dijo—. Da miedo. ¿Todo por un cuadro? Es mejor no tener nada. Mire —extendió los brazos—, a mí no me falta de nada. Pero aquí no hay nada que merezca la pena robar.
—¿Diría usted que la relación de Theo con su padre era difícil?
—No —repuso Dora Zackheim con seguridad—. He conocido a Felix van Gelden durante muchos años. Era un buen padre. Y Theo lo quería, pero no era su favorito. Y, si comprendo bien a Theo —añadió un tanto titubeante—, no es de los que se rinden fácilmente. Había tensiones entre ellos.
—¿Podría haberlo matado?
—¿Quién? —preguntó atónita.
—Theo, a su padre.
—¡Ah! —dijo desdeñosamente—. ¡Claro que no! ¡Es imposible! —volvió a subir los pies al taburete y dirigió una mirada penetrante a Michael.
—Pero ese asunto de Wagner —insistió él.
—Es complicado. Felix van Gelden era partidario de boicotear a Wagner. Yo no estoy de acuerdo, pero mientras haya personas a quienes les molesta, en Israel no se podrá interpretar a Wagner en directo. Pero era un gran compositor —un brillo malicioso asomó a sus ojos mientras proseguía—: En la radio el boicot ya ha terminado. Últimamente ponen a Wagner a todas horas. Pero se hace con discreción. Theo comprende la erótica de la música wagneriana, y para él eso tiene gran importancia desde el punto de vista musical. Según Thomas Mann, el antisemitismo de Wagner es falso, y además su música no tiene nada que ver con eso. Y Theo también piensa así —le temblaron los labios—. La gente olvida al cabo de cincuenta años. Está bien y, a la vez, está mal.
—¿Qué opinaba Gabriel de Wagner?
—¡Ah! —agitó una mano y sonrió—. Gabriel no sentía el menor interés por Wagner. Conocía su música, claro está, pero no le decía nada. Y no sólo por su padre, sino porque él seguía un camino muy distinto, mucho más orientado hacia la música antigua.
—¿Podría explicarme la cuestión de las interpretaciones históricas? ¿Y por qué obsesionaban a Gabriel?
Ella asintió vigorosamente.
—Desde luego, ¿por qué no? —luego recordó algo—. Pero Yuval está esperando. ¿Tenemos tiempo?
—Un poco —repuso Michael, acallando la ansiedad que le venía corroyendo toda la mañana. Si al menos pudiera telefonear para asegurarse de que no le habían hecho nada a Nita. Pero telefonear supondría dejar que se le escapara aquel momento, y Dora Zackheim quizá ya no hablara más después.
La anciana profesora bajó los pies al suelo y recostó el peso de su delgado cuerpo en las manos.
—No es una cuestión sencilla. Le daré una explicación breve, ¿de acuerdo? —y, sin esperar a que le respondiera, se lanzó a hablar.
La fluida conversación de la profesora de música y la necesidad de concentrarse en sus palabras le distraían del gran vacío que lo abrumaba desde que Shorer le había explicado lo sucedido con la nena. Le permitían olvidarse de su preocupación por Nita, de la nostalgia de su voz, de sus movimientos, de su presencia; del deseo de tocar su piel, de abrazarla. Y en todo momento era consciente de que el tiempo de que disponía Dora Zackheim era escaso y valioso.
Su voz de anciana había perdido volumen, llegando casi a ahogarse, y ella continuaba fumando en cadena los puritos que guardaba en la cajita metálica amarilla decorada con el dibujo de una pantera.
—No debe olvidar —dijo la profesora a la vez que estiraba el borde del largo y estrecho vestido marrón sobre sus piernas vendadas— que las interpretaciones históricas son algo muy reciente. El redescubrimiento de la música renacentista y barroca lleva en marcha muchas generaciones. Pero cuando en el siglo pasado se comenzó a tocar de nuevo la música barroca, se interpretaba a la manera romántica de la época —a continuación, Dora Zackheim habló de la recuperación, a comienzos de este siglo, en diversos países, del clavecín, instrumento relegado hacía una centuria en favor del recién inventado piano. Algunos intérpretes, como Wanda Landowska y, más adelante, Ralph Kirkpatrick, habían comenzado a interpretar a Bach, Haendel y Scarlatti con el instrumento para el que habían compuesto sus obras originalmente, y a tocarlas con una fidelidad cada vez mayor a lo que revelaba la investigación no sólo sobre la construcción de los instrumentos, sino también sobre el tempo, la antigua notación musical y el estilo interpretativo de la época. La profesora apagó su purito y observó meditabunda sus piernas vendadas antes de proseguir—: Luego, después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo dejó de ser lo que era. Nada de lo de antes, de las cosas a las que estaba acostumbrada la gente, valía de nada —dijo sumergida en una gris nube de humo y emitiendo una tos profunda y seca—. Ya se sabe, cuando la situación está muy mal, la gente vuelve la vista hacia el pasado lejano. Y, por fin, en los últimos veinte años, se han creado orquestas con instrumentos de época; violines con cuerdas de tripa, trompetas y trompas sin válvulas ni pistones, instrumentos de viento que son réplicas exactas de los antiguos, timbales con la membrana de piel y no de plástico; orquestas que interpretan no sólo a Monteverdi y Rameau, Corelli y Vivaldi, Telemann, Bach y Haendel, sino también a Haydn y Mozart, Beethoven y Schubert. Siempre siguiendo el tempo correcto, con la dinámica auténtica, y con el número de músicos original. Y así en todo —concluyó.
—¿Diría usted que para interpretar la música barroca a la manera original hay que restringir las dimensiones? —preguntó Michael con cierta vergüenza.
—Eso es demasiado simple —repuso Dora Zackheim, didáctica—. Pero se diría que sí. Entonces todo era distinto. Los auditorios más pequeños, los instrumentos muy diferentes. Las trompetas no tuvieron válvulas hasta después de Beethoven.
Michael se palpó el bolsillo de la camisa, con súbito pánico ante la perspectiva de que la grabadora se parase. Sabía que habría de escuchar varias veces la cinta para comprender a fondo lo que le estaban explicando.
—Plasmar la música —continuó Dora Zackheim— presenta muchos problemas.
—¿En qué sentido? —preguntó Michael, todavía palpándose el bolsillo.
—¿Qué pretende indicar Bach, por ejemplo, al anotar un trino? —dijo la profesora con satisfacción—. Es decir, el signo que representa un sonido determinado. ¿Quería indicar lo mismo que Schubert? ¿Sabe lo que es un trino? —preguntó de pronto.
Desalentado, Michael hizo un gesto negativo. La profesora se puso en pie con pasmosa agilidad, abrió la puerta trabajosamente y llamó a su alumno:
—Ven un momento, Yuval, y trae el violín.
Yuval se detuvo en el umbral, el estuche del violín en la mano, y miró a Dora con expectación y perplejidad.
—Toca unos cuantos compases donde haya un trino, ¿de acuerdo?
Michael no logró identificar lo que tocó Yuval. La profesora lo interrumpió en cuanto terminó de tocar dos notas que se alternaban velozmente.
—Eso es un trino —miró a Yuval como si acabara de recordar su existencia—. ¿Qué estás haciendo? Come algo, si quieres.
—Estoy leyendo, estoy bien —repuso Yuval mientras guardaba el violín—. ¿Van a…? —titubeó—. ¿Van a tardar mucho más? —tenía la vista baja.
—No, no mucho más —lo tranquilizó Michael—. Unos minutos más y nos vamos.
Dora Zackheim volvió a sentarse al borde de la cama.
—Eso era un trino, un adorno. Se puede tocar de muchas maneras; más deprisa o más despacio, empezando por una nota o por la otra, y todas las variaciones que se le ocurran. La notación no lo explica. Además, hay que decidir diversas cosas, por ejemplo, si añadir adornos o no, y, en caso de añadirlos, si a lo largo de toda la pieza o sólo en las repeticiones. La música barroca es un asunto muy delicado. Hay muchas opiniones sobre cómo interpretarla hoy día y sobre cómo sonaba realmente en el pasado. E incluso se debate si hay que tocarla como entonces.
—Gabriel pensaba que sí —concluyó Michael.
Ella asintió vigorosamente.
—Y no sólo la música barroca. El movimiento por la autenticidad musical está trabajando sobre Schumann y Berlioz y Brahms, por ejemplo.
—¿Gabriel también se dedicaba a eso?
—Sí, a veces —dijo Dora Zackheim en tono de censura—. Como todo en la vida, es una cuestión de grado. ¿Cuándo te conviertes en un fanático?
—¿Lo era Gabriel?
—A veces —reconoció la profesora de mala gana—. Y a veces hacía cosas que no me gustaban nada, como la Misa en si menor de Bach con un coro minúsculo. Por otra parte, la grabación de Gabi del concierto de Vivaldi, opus 8, es muy buena, se nota que es Vivaldi y no una especie de Elgar. Tiene el auténtico estilo barroco, y está llena de vida.
—¿Era Vivaldi su compositor preferido?
Dora Zackheim frunció el ceño.
—No se puede hablar así de estas cosas. ¿Le gustaba más Vivaldi que Bach? No. Pero esto es excelente —dijo a la vez que sacaba un disco compacto de un estante y posaba el dedo sobre la foto de Gabriel van Gelden que lo decoraba—. Es el maravilloso concierto de Vivaldi La tempesta di mare, «Tempestad en el mar», y gracias a la interpretación de Gabi, como director y violinista, el lirismo de las melodías de Vivaldi se aprecia muy bien. Y qué inventiva ponía en su música, era un mago de la forma y de la creación de atmósferas —dejó el disco sobre la cama. Sus labios temblaron y se pasó un dedo bajo los ojos para enjugar una lágrima—. Creo —dijo tras unos segundos de silencio— que Gabriel estaba en el buen camino. Si no lo hubieran… si siguiera vivo, se habría convertido en un músico verdaderamente auténtico, sin fanatismo. A veces era, en el fondo de su ser, una maravillosa combinación del artista de finales de este siglo y del artista del XVIII. En él se daba un hermoso diálogo entre las distintas épocas históricas. Tiene que escuchar La tempesta di mare —dijo tocando la funda del CD—, porque el veneciano Antonio Vivaldi conoce el mar, y en la obra se refleja su intimidad con él, además de la grandiosidad barroca. Gabi habría impulsado un renacimiento musical en Israel. Gabi todavía tenía mucho que decir —dijo con voz seca, contenida a duras penas.
—¿A qué sorpresa se referiría? ¿De verdad cree que tenía algo que ver con Vivaldi?
—No lo sé. Podrían ser tantas cosas.
—¿Usted también le atribuye tanta importancia a Vivaldi?
—Pues claro —dijo Dora Zackheim, sorprendida—. Toda la música barroca es importante. Pero el clasicismo, Haydn, Mozart, Beethoven, también lo es. Y lo era para Gabi. Es muy difícil saber a qué se refería. Si he de ser sincera —prosiguió con aire conspiratorio—, yo me siento más próxima al periodo romántico. Al siglo XIX, los conciertos de Mendelssohn y Chaikovski, tal como los interpretan Heifetz o Erica Morini. ¿Me comprende?
—¿Nunca le había preparado otras sorpresas?
Dora Zackheim sonrió y bajó la cabeza. Cuando la levantó, tenía un gesto duro en la cara, y su voz sonó fría y queda al decir:
—He vivido tantos años, he visto tantas cosas, que para mí todo es una sorpresa. Cada visita de Gabi era una sorpresa. Todos y cada uno de los buenos conciertos o grabaciones de mis alumnos son una sorpresa. Despertarme por la mañana y respirar es una sorpresa —consultó su reloj, se levantó con esfuerzo y, prácticamente renqueando, se dirigió a la puerta corredera, que Michael se apresuró a abrir.