11
Nunca nos había sucedido nada semejante
Shorer acababa de echar el cerrojo de la puerta de su casa cuando sonó el teléfono. Como quien se teme lo peor, palideció y levantó el auricular a toda prisa. Sus facciones se relajaron al cabo de un instante.
—Está aquí —le oyó decir Michael con un suspiro—. Acabamos de llegar. Creía que llamaban del hospital —explicó, y le hizo una seña a Michael para que cogiera el teléfono.
Convocaron la reunión para las siete de la mañana, de manera que Michael tuviera tiempo de ir luego a Jolón a ver a Dora Zackheim y de asistir al seminario musical del centro Beit-Daniel, en Zichron Yaakov. Después de darse un buen afeitado por primera vez en varios días, Shorer subió al coche diciendo:
—Nos tomaremos el segundo café en la reunión —y, en efecto, lo primero que hizo al llegar fue inclinarse para examinar los dos termos de plástico colocados en el centro de la mesa.
—Antes era un finyán —gruñó Shorer, forcejeando para abrir la sofisticada tapa de uno de los termos—. Nos traían un gran finyán con café turco y sólo con oler el cardamomo ya te despertabas. Pero eso queda en la prehistoria, antes de vuestros tiempos —logró por fin retirar la tapa y aspiró el aroma del café—. Instantáneo —dijo con asco—. Como en el hospital. ¿Quién bebe café instantáneo? —se quejó sin dirigirse a nadie en particular mientras abría el otro termo.
—Yo —replicó Tzilla desde la puerta, con voz somnolienta y frotándose los ojos nublados. Meneó la cabeza y sus largos pendientes de plata se balancearon—. Balilty llegará enseguida. Viene del laboratorio de Criminalística. Ha ido allí por lo del cuadro. Quería llevarlo personalmente. Ni siquiera a los técnicos se lo podía confiar. —Tzilla lo dijo haciendo un alarde de objetividad, como si hubiera decidido reservarse su opinión, no delatar sus verdaderos sentimientos. Encajó la mano en el cinturón de sus pantalones—. He preparado dos tipos de café porque no he dormido más que hora y media, aquí, en la oficina —luego, con repentina premura, le preguntó a Michael—: ¿Sabes que hemos encontrado el cuadro? Balilty dijo que te iba a llamar. Le expliqué dónde estabas.
—Llamó anoche, en cuanto llegamos a casa —la tranquilizó Shorer.
Michael se preguntaba cómo Shorer habría logrado convencerlo, la noche anterior, de que ni siquiera se bajara del coche una vez que hubo depositado dócilmente las llaves de su piso en la mano que le tendía. Su jefe se limitó a decir:
—Será mejor que no entres, así evitaremos conflictos y arrepentimientos. Te sugiero que de aquí vayamos directamente a mi casa —pero no lo dijo con la voz con que se sugiere algo, sino con la que se dan órdenes—. Entro yo, recojo lo que te va a hacer falta para hoy y mañana y más adelante preparas una lista y yo me ocupo de que te lo lleven todo.
Michael se había quedado solo unos minutos en el polvoriento Ford Fiesta, peleándose con las imágenes del rostro desconcertado de Nita y de la cuna vacía. Se lamentaba de la pérdida de la niña, acongojado por una intensa tristeza.
—Aquí tienes —le dijo de pronto Shorer, y borró la imagen de la nena al abrir la puerta del coche y ponerle en el regazo un par de camisas azules y una bolsa de ropa interior—. En casa te daré un cepillo de dientes y demás. No podemos perder tiempo con los detalles —dijo, y tomó asiento al volante.
Michael contempló la habitación blanca y rosa donde iba a dormir. Shorer retiró de la estrecha cama infantil de su hija mayor una fila de koalas de peluche y los colocó cuidadosamente junto a la colección de frasquitos de perfume que reposaba en un estante. Luego exhaló un suspiro, abrió la ventana y la movió adelante y atrás para ventilar el ambiente cargado y perfumado.
—Ésta es ahora la habitación de invitados, y no es que recibamos muchas visitas. ¡Los hijos! —exclamó al tiempo que corría de un tirón las floreadas cortinas—. Un día los tienes aquí, correteando por toda la casa, y antes de que te des cuenta, la casa se queda vacía y tus hijos empiezan a tener hijos propios.
Michael estaba convencido de que no iba a pegar ojo aquella noche, pero se quedó dormido tan pronto como se cubrió la cabeza con la fina manta. Despertó sobresaltado, los flecos de una pesadilla aleteando en su cabeza. Había soñado con un casón destripado y abierto a los cuatro vientos. Caminó sobre las puertas caídas que le obstaculizaban el paso hasta llegar a una habitación interior, enorme y vacía, una especie de salón en cuyo extremo había una cuna. Se acercó a ella, y a sus pies, en un rincón, vio un cuerpo enroscado y reseco, la minúscula momia de un bebé. Sólo recordaba eso. Encendió la lámpara de la mesilla de noche, que tenía la forma de un gnomo de gorro rojo.
Encendió un cigarrillo con dedos trémulos y se dirigió a la ventana. Farolas recién instaladas iluminaban los restos de los huertos al pie del barrio de Bayit VeGan. Cuando Yuval era pequeño, solían salir de paseo por los huertos abandonados y trepaban por la colina hasta el hotel Tierra Santa. Los árboles habían sido talados y los bulldozers habían aplanado la cima de las colinas, privándolas de sus suaves curvas. Las luces instaladas sobre postes plateados alumbraban el esqueleto de las casas que habían comenzado a levantar en aquellos terrenos, sobre los que se habían abalanzado las constructoras tan pronto como salieron al mercado. A lo lejos, en medio de lo que en su día fuera un huerto de manzanos, se alzaba ya un pseudo castillo español de cuatro plantas, con balcones redondeados y columnas de piedra. No había esperanza, se dijo Michael. Cerró la ventana y volvió a la cama. Tendría que acostumbrarse a la idea de que la niña no era suya. No sería él quien modelaría su vida. Se encargarían otros. Una familia adoptiva. E, inmediatamente, se formó una imagen mental de dicha familia: vivía en una casa con una habitación muy parecida al dormitorio que él ocupaba en esos momentos, una casa con tejado de tejas rojas y vistas a un jardín. La expresión «familia adoptiva» le sonaba dura, cruel. Sin embargo, quizá, quién sabe…, pensó testarudo; aplastó el cigarrillo en un platito y apagó la luz. «No, no hay sin embargos ni quizás que valgan», pensó mientras daba vueltas en la cama. Lo cierto es que uno no se va encontrando niños por la calle. El rostro de Nita, relumbrante, desdichado, perdido, lo estuvo llamando hasta que volvió a conciliar el sueño.
La puerta de la sala de reuniones se abrió de golpe.
—Bueno, ¿qué me decís ahora? —tronó la voz de Balilty, reventando de orgullo. Repitió lo que ya le había dicho a Michael por teléfono—: ¡No entiendo cómo han podido dejarlo así! ¡Si vale medio millón de dólares! Estaba enroscado en el armario de la cocina. Envuelto en un papel. Ese tipo de papel blanco satinado que se usaba antes para forrar los estantes de la cocina. Si no hubiera buscado bien, detrás de las botellas y del cacao, habría pensado que no era más que un rollo de papel. Imaginaba que tardaríamos meses en encontrarlo, si es que lo encontrábamos, y mira tú por dónde, así de pronto —tenía los ojos enrojecidos y parpadeaba continuamente, como si le dolieran. Una barba de uno o dos días le daba un aire de descuido. Los faldones de su camisa de rayas colgaban en parte por encima del cinturón, sobre su protuberante barriga, y tras sus anchas espaldas apareció Dalit.
Michael se sintió rebosar de ira al ver a la chica. Apretó las mandíbulas y fijó la mirada en Shorer, que estaba sentado a su lado, examinando la taza de café con gran concentración, como si no hubiera reparado en Dalit ni en la mirada de Michael. Por un instante, Michael pensó en levantarse. Incluso se le ocurrió tirar la silla y salir de la sala pegando un portazo, para no volver hasta que aquella cara pálida y radiante se hubiera esfumado. Renunció a esa posibilidad y a otras que le vinieron a la cabeza por estimarlas melodramáticas y absurdas, y optó por arrellanarse en el almohadillado asiento, estirar las piernas, cruzar los tobillos y abandonarse a un sentimiento de desesperación mientras contemplaba las manecillas del reloj de pared que tenía enfrente y se ponía a frotar tenazmente una mancha de grasa del contrachapado de formica de la mesa de reuniones.
Balilty tomó asiento a la cabecera y prodigó elogios, a sí mismo, a Dalit y también a Tzilla; luego hizo a regañadientes un comentario sobre el buen trabajo realizado por Eli. Zippo lo observaba con humilde expectación, hasta que bajó los ojos cuando quedó claro que Balilty no iba a mencionar su nombre. A Michael le pareció percibir una expresión de alivio en los rostros de Eli y Tzilla, motivada por la presencia de Shorer y por la supuesta resolución de los problemas de Michael. Tzilla se sentó frente a él y evitó mirarlo a los ojos. Balilty dirigía sus palabras hacia la esquina de la mesa ocupada por Michael y Shorer. Consagró algunos minutos a recapitular el curso de los acontecimientos, «para poner en situación al jefe de Investigaciones Criminales», dijo mirando a Shorer, «pese a que ya sé que Ohayon le informó anoche». Luego Balilty pasó a describir en detalle el estado en que se encontraba el piso de Herzl. («Un sótano apestoso de Beth HaKerem, con dos palmos de mierda en el suelo; se te quedan pegadas las suelas al andar, si es que encuentras algún sitio donde poner el pie; haría falta una excavadora para limpiarlo. Es increíble lo que se puede acumular. El tipo no tiene ni sesenta años y hay que ver todo lo que ha amontonado ahí. Instrumentos musicales incluidos. No sé nada de estas cosas, pero me da la impresión de que algunos son valiosos. Aquello parece una chatarrería»). Pese al escepticismo de los peritos, Balilty se había tomado la molestia de registrar a fondo el armario de la cocina. Y allí estaba el cuadro, bien escondido. («Detrás de un montón de botellas baratas de vino tinto y de coñac medicinal. ¿Quién bebe esas cosas hoy día? Y de un bote prehistórico de cacao holandés. Parecía que no habían abierto el armario desde hacía años y, sin embargo, las puertas no tenían ni una mota de polvo. El que escondió el cuadro las limpió a fondo. ¡Y yo que no he parado de hablar a la Interpol de los dos gabachos a los que les echamos el guante!»). A continuación, Balilty explicó que en ninguno de los picaportes de aquel piso asqueroso había una sola huella digital, muy en especial en la cocina.
—Un buen contraste con el revoltijo y la suciedad que había por todos lados, y eso nos indica que no fue Herzl quien escondió el cuadro. ¿Para qué iba a borrar sus huellas? Es su casa, es lógico que sus huellas estén por todas partes —concluyó pensativo.
—¿Cómo lo sabes? —le rebatió Eli Bahar—. Puede que alguien escondiera otra cosa allí. Tal vez él escondió el cuadro y luego llegó otra persona buscando algo y fue ella la que borró las huellas.
—Podría ser —dijo Balilty, torciendo la boca en un gesto desdeñoso—. Pero te garantizo que las cosas sucedieron como yo he dicho.
—¿Qué garantiza el que lo digas tú? —se quejó Eli. Miró a Michael, y éste apoyó la barbilla en la mano sin decir nada.
—Os lo repito —insistió Balilty enfático—, creedme —levantó un brazo y abrió la mano—. Los armarios de la cocina estaban muy limpios. ¿Para que perder el tiempo hablando de eso? —hizo notar que no se veían indicios de que hubieran allanado el piso y que en el picaporte de la puerta principal, como en todos las demás, no había ni una huella—. A fin de cuentas, Herzl vive ahí y no se pasea por su casa con los guantes puestos —resumió con satisfacción—. No le hace falta borrar sus propias huellas, ¿no es así? —se volvió expectante hacia Shorer.
Shorer carraspeó, desmenuzó sobre su taza vacía de café la cabeza de una cerilla quemada que había sacado del cenicero y la tiró.
—Eso parece —reconoció a regañadientes, y escuchó con atención la gráfica descripción de Balilty sobre cómo había despertado a media noche a un especialista en pintura para que confirmase la autenticidad del cuadro.
—Porque según he podido saber —dijo Balilty dándose importancia—, gracias a mis conversaciones con la Interpol y con toda clase de expertos, en el mercado circulan muchas falsificaciones. Debíamos asegurarnos de que era el cuadro auténtico. Tendríais que haberlo visto. Alucinó.
—¿Quién? —preguntó Zippo, que hablaba por primera vez.
—El especialista, el profesor Livnat. Al coger el cuadro, le temblaban las manos. En confianza os digo que a mí no me pareció nada del otro jueves. Si no me hubieran contado que era tan importante, del siglo XVII y todo eso, ni me habría parado a mirarlo.
—En la fotografía se ve muy bonito —dijo Tzilla titubeante—, sobre todo la cara de la mujer.
—¿Y qué ha opinado al respecto el señorito Van Gelden? —preguntó Shorer.
—Pues sí, lo primero que hicimos fue ir a buscarlo. Zippo lo fue a buscar al psiquiátrico y lo trajo a casa de Herzl. Y, por cierto, antes de que se me olvide: él y su hermana irán a Zichron Yaakov en un coche de la policía. No vamos a correr ningún riesgo. Les haremos creer que es por su propia seguridad —dijo Balilty, y miró a Michael—. No puedo arrestarlos, ni retenerlos a la fuerza. Yo no les digo lo que pienso y ellos no me lo preguntan —añadió pensativo.
—Así que Zippo llevó a Theo a casa de Herzl —dijo Michael sombrío—, y le enseñaste el cuadro. ¿Qué dijo?
—Casi se desmaya —repuso Balilty riéndose—. Zippo no lo preparó de antemano, le pedí que no le dijera nada.
—¿Qué le iba a decir? —masculló Zippo al tiempo que se aplicaba a sacar brillo a su mechero—. Si yo no sabía nada.
Por un instante, Balilty pareció confuso. Pero se recuperó de inmediato, sin darse por enterado de la interrupción.
—Lo llevé a la cocina y le enseñé el cuadro. Se quedó mudo. Extendí el cuadro sobre una toalla. Está todo tan asqueroso… A fin de cuentas, ¡son medio millón de dólares! Le pedí que lo identificara. Lo identificó. Eso fue antes de que llegara el especialista en pintura y después del examen pericial. No había huellas dactilares en el cuadro. Usaron guantes. Hasta entonces no se descubrió que Van Gelden tenía una llave del piso de Herzl —dijo Balilty en tono teatral—. Y su padre tenía otra. Le pregunté por qué no nos lo había dicho antes, y me saltó con: «No me lo habían preguntado». —Balilty hizo una pausa para crear un efecto dramático; luego dijo—: Y no son los únicos que tienen esa llave.
—¿Quién más la tiene? —preguntó Shorer al ver que Balilty esperaba que se lo preguntasen.
—Gabriel van Gelden también tenía una —repuso Balilty—. Eso tampoco lo sabíamos. Tú mismo oíste —dijo volviéndose hacia Michael— que a Herzl le obsesionaba proteger su intimidad. A mí no se me había ocurrido, pero Dalit lo descubrió anoche. Fue el padre quien les dio las llaves a los hermanos. Por lo visto, Herzl confiaba en el viejo. Y supongo que él sacó copias de su llave y se las dio a sus hijos. Puede que Gabriel hiciera a su vez una copia. Theo van Gelden dice que no recuerda quién le entregó la llave. Fue hace mucho tiempo.
—Yo no me tomaría muy en serio nada de lo que dice Theo van Gelden —refunfuñó Eli Bahar—. No daría crédito ni a una de sus palabras. Ni a una sola.
—Lo verifiqué con la hermana —dijo Balilty—. Y Dalit descubrió que en casa de Gabriel había una llave del piso de Herzl… es decir, en casa de Izzy Mashiah. Dalit se enteró anoche. ¡Lo descubrió todo en una sola noche! ¿Qué te parece? —le preguntó triunfante a Michael—. Está bien, ¿eh?
—Muy bien —convino Michael mirando la pared que tenía enfrente—. Todo está muy bien.
—Y Nita dice que su padre tenía colgada una llave del piso de Herzl junto a la nevera, en un llavero donde también estaban las llaves del piso de Nita y del de Gabi. —Balilty se pasó la punta de la rosada lengua por los labios hasta que relucieron de humedad, luego los chasqueó un par de veces.
—Muy bien, Danny —dijo Shorer—. ¡Enhorabuena!
—Y eso no es todo. Aún queda otro bombazo.
—¿Sí? —dijo Shorer.
—Aunque no sé cómo interpretarlo. ¿Dónde está la carpeta de las fotos? —le preguntó a Dalit.
—En tu despacho. ¿Voy a buscarla? —Dalit se apresuró a ponerse en pie.
—Es igual, no tenemos tiempo. Me creerán. Hemos encontrado el pasaporte de Herzl. Y está sellado en Amsterdam, hace seis meses.
—¿El pasaporte de Herzl Cohen? —preguntó Michael—. ¿En Amsterdam? ¿Qué iría a hacer en Amsterdam?
—Todos los demás también fueron, así que ¿por qué no puede haber ido él? ¿Os habéis fijado? El padre estuvo en Holanda, Gabriel estuvo en Holanda, Izzy Mashiah estuvo en Holanda. Los dos únicos que no han estado allí son Theo van Gelden y Nita. ¿Os habéis preguntado a qué viene tanto interés por Holanda?
—Estamos esperando a que nos lo expliques —replicó fríamente Eli Bahar—. Seguro que tú lo sabes.
—Pues no —reconoció Balilty—, pero puede ser una pista. El cuadro también es holandés, no lo olvides.
—¿En qué situación está Herzl en estos momentos? —preguntó Michael.
—Lo han ingresado en un hospital normal —dijo Balilty—. Abraham está con él. Herzl ha recobrado el conocimiento.
—¿Y? —le apremió Tzilla.
Balilty suspiró.
—A todos los implicados en este caso hay que tratarlos con mucho tiento. Herzl está consciente, pero de momento —echó una ojeada al reloj—, no ha querido hablar. Y como es un paciente psiquiátrico, no podemos arrestarlo. Si Herzl cambia de opinión, Abraham aprovechará el momento. Nos llamará si sucede cualquier cosa. Terminará por hablar —concluyó Balilty esperanzado.
—Puede que sí y puede que no —remachó Eli Bahar mirando a su alrededor con desaliento.
—Veamos cómo están las cosas —empezó a resumir Balilty—. Tenemos un cuadro robado que vale medio millón de dólares. Un cuadro que quizá nadie pretendía vender. Tenemos un trozo de esparadrapo y una cuerda de chelo, pero no sabemos de dónde ha salido la cuerda. Tenemos un par de guantes y sabemos a quién pertenecen, aunque eso no nos indique gran cosa. Tenemos un par de cadáveres y muchos viajes a Amsterdam. Y una casa en Rehavia que vale millones, y una tienda que también vale mucho, puede que más que la casa. Dinero, posesiones y dos herederos. Y también nietos y un maricón que va a heredar de su… ¿Sabéis que Gabi van Gelden aumentó la póliza de su seguro de vida hace un par de meses y que el beneficiario es Izzy Mashiah?
—No hables así —le reprendió Tzilla.
—¿Cómo?
—Lo que has dicho de Izzy Mashiah.
—¿Qué he dicho? Le he llamado maricón. Te pido disculpas, perdóname. —Balilty unió las manos como si fuera a rezar—. Pido que me perdonen todos los liberales y progresistas, pero no me gustan los maricones. Ésa es la verdad. ¿Qué le voy a hacer?
—¡No deberías hablar así! —le espetó Tzilla—. Es mejor que esas opiniones te las guardes.
—A los que no soporto es a los que juegan a ser mujercitas —los ojos de Balilty recorrieron la sala y se detuvieron en la cara de Tzilla—. Los que, ya sabes… —dijo esbozando un guiño.
Tzilla tironeó de un mechón de pelo entrecano de su sien e hizo ademán de replicar, pero se quedó en silencio.
—Lo que pretendes decir —intervino Shorer, rompiendo el opresivo silencio—, y no nos queda mucho tiempo —añadió a la vez que echaba una ostentosa ojeada a su reloj—, ¿¿es que vas a exonerar a Herzl? ¿Es eso lo que quieres decir? ¿Te vas a concentrar en Izzy Mashiah y en Theo y Nita van Gelden?
—Más o menos —asintió Balilty—. Con ella hablé ayer por la tarde. Durante varias horas. Dos, por lo menos. Mientras registraban su casa —añadió pensativo.
—¿Hablaste con Nita? —preguntó Michael.
—Pues sí —dijo Balilty, que de pronto parecía avergonzado—. Fue antes de que Ruth Mashiah… llegara con su equipo para… —le dijo delicadamente a Michael—. Me fui antes de que… créeme, no sabía nada de eso…
—Olvídate de eso ahora —lo interrumpió Michael impaciente—. ¿Qué averiguaste hablando con Nita?
—Le volví a explicar que sabe algo más de lo que cree saber, y que si hablara con nosotros, puede que ese algo, sea lo que sea, saliera a la luz. Pero lo cierto es que no lo sabe, por decirlo suavemente. Es como si estuviera en otra parte. No sabe nada de nada. Le hemos hecho una prueba poligráfica —se apresuró a añadir.
—¿Cuándo? —preguntó Michael, tratando de dominar su voz—. ¿Anoche?
—Sí. No descubrí ninguna incongruencia. Ni siquiera cuando le pregunté quién estaba con Gabriel detrás del pilar. Probé con varios nombres, y la aguja no se movió. Ni cuando dije: «Theo estaba con Gabriel», ni cuando dije: «Era Herzl el que estaba allí». Nada. Lo único que le saqué que no supiéramos es que Herzl la ha asustado siempre, desde que era pequeña. Es por el aspecto que tiene —continuó Balilty—. Antes de la prueba, Nita me contó algo que sucedió cuando tenía unos tres años, es uno de los primeros recuerdos de su infancia. Salió de debajo de una gran mesa que utilizaban para hacer las cuentas en la tienda de música; estaba jugando allí debajo y su padre la llamó para que fuera a saludar al tío Herzl. Salió de debajo de la mesa y recuerda, lo podéis oír en la cinta, que lo miró y la simple visión de sus zapatos la asustó, a pesar de que al verle la cara se diera cuenta de que en realidad no era como para sentir miedo. Su pelo revuelto la asustaba, y ahora sabe que también Herzl tenía miedo. No de ella, miedo porque acababa de llegar a Israel y todo le intimidaba.
—Eso es incongruente —dijo Michael—. Nita sólo tiene treinta y ocho años. Herzl llegó a Israel en el cincuenta y uno. Nita ni siquiera había nacido, y lo conoce desde que nació. Cuando conoces a alguien desde siempre, no te asustas de él repentinamente a los tres años, a menos que haya hecho algo.
Balilty estaba desconcertado. Hizo el cálculo y dijo:
—Pues sí, yo qué sé. No tiene importancia. Es lo que ha dicho y ya está.
—Sí que tiene importancia —intervino Shorer—. Estamos hablando de Herzl Cohen, el empleado de su padre, en cuya cocina has encontrado el cuadro robado. Según tengo entendido —prosiguió señalando con un gesto a Michael—, hay muchos misterios relacionados con él, y el hecho de que inspirase miedo a Nita es uno de ellos.
—Quién sabe, puede que no hubiera reparado en él antes. Tal vez fue la primera vez que lo vio de verdad. Podéis escuchar la cinta vosotros mismos —dijo Balilty con desaliento—. En todo caso, lo importante es que la asustó. Pero ella dice que sabía muy bien que era inofensivo. Que es una buena persona. Pero le daba miedo. Está convencida de que no ha hecho daño a nadie, y menos que a nadie a su padre.
—¿Y qué me dices de la persona que sí hizo daño a su padre? ¿La persona que lo asfixió? ¿Cabe la posibilidad, en opinión de Nita, de que a esa persona sí le hiciera daño Herzl? Dicho de otra forma, ¿que haya castigado al asesino del viejo Van Gelden? —preguntó Eli Bahar—. ¿Se lo preguntaste?
—Aunque te sorprenda, sí —repuso Balilty—, se lo pregunté. Y me dijo que no se atrevía a opinar, pero que le resultaba difícil imaginar a Herzl cometiendo un acto violento. Aunque sabemos, y ella también lo mencionó, que ha sufrido varias crisis.
Dalit le tocó el brazo a Balilty y él se inclinó hacia ella. Mientras Dalit le susurraba algo al oído al jefe del equipo, Michael se enfureció por las familiaridades que se le permitían a aquella chica y por la dependencia de Balilty hacia ella.
—Sí, Dalit ha tenido el acierto de recordarme a Meyuhas, el abogado —dijo Balilty con una solemnidad rayana en lo cursi—. Aún no hemos logrado ponernos en contacto con él. Está de vacaciones. Es el único que puede saber algo. Estamos tratando de averiguar el motivo de la pelea del viejo Van Gelden y Herzl —le explicó a Shorer—. Meyuhas vuelve mañana. Él nos aclarará las cosas. Entretanto, sí hemos dado con la canadiense. Nuestro representante en Nueva York la ha interrogado. Dalit ha hablado con él.
—¿Qué canadiense? —preguntó Shorer.
—La que estuvo con Theo van Gelden el día en que robaron el cuadro y asesinaron a su padre. Theo estuvo con dos mujeres —prosiguió Balilty, suspirando— en una sola tarde, antes de dar un concierto por la noche. Hay gente que está hecha de acero. ¡Qué os parece, todo en un solo día! Y ahora tiene una coartada sólida.
—Tenemos que mantener bien vigilada a la señorita Van Gelden —dijo Shorer—. ¿Hay alguien con ella en estos momentos?
—Solamente la canguro, el policía de guardia a la puerta del edificio y su hermano —repuso Tzilla.
—Están preparándose para ir a Zichron Yaakov —le recordó Eli Bahar.
—Está bien, hay que ponerlos bajo vigilancia desde que salgan, si no antes. No me gusta nada este asunto de que no sepa lo que sabe. Es peligroso. No queremos encontrarnos con otro cadáver hoy —dijo Shorer.
—Lo haremos —dijo Balilty frunciendo la boca—. Enseguida.
—¿Qué se sabe de la partitura de la que habló Herzl? ¿Alguna novedad? Es necesario que un experto escuche la melodía —soltó Michael de pronto.
—¿Qué melodía? —preguntó Balilty sorprendido.
—La que Herzl le tarareó a Theo en el psiquiátrico —dijo Michael—. Tenemos que ponerle la cinta a un músico.
—Entendido —dijo Balilty—. Dalit, toma nota de eso. ¿Has pensado en alguien?
—El meollo de la conversación fue la referencia a esa partitura, y no sabemos cuál es. Hay que recurrir a un musicólogo. Consulta a Nita o a Theo, sin decirles de qué se trata.
—¿Por quién me tomas? —preguntó Balilty enfadado. Echó un rápido vistazo a Zippo, que en ese momento se cubría el rostro con las manos—. Ya se lo he consultado, indirectamente. Tanto a Nita como a Theo. Y ahora que estamos en ello —añadió de pronto—, tú vas a ir a un sitio que estará lleno de músicos. ¿Por qué no te llevas una cinta? Dalit te hará una copia.
—Ya la he hecho —intervino Dalit.
—Excelente —dijo Balilty—. Dásela para que se la ponga a los genios, que la identificarán después de oír un par de notas. Quizá éste sea otro de esos casos donde todo se deduce a partir de una frase.
—Tengo que irme —dijo Michael, y, evitando mirar a Dalit, recogió la cinta que le puso delante—. No se puede hacer esperar a una señora de ochenta y seis años.
—Un caballero siempre es un caballero —señaló Zippo.
—Y necesitaré un casete —dijo Michael—, con pilas nuevas.
—Zippo va a llevar a Theo y a Nita a Zichron Yaakov —dijo Balilty—. Pensé enviar a Tzilla, pero está demasiado cansada después de la noche que ha pasado.
—Zippo también ha pasado en pie toda la noche. Manda a Eli —dijo Michael autoritariamente, antes de caer en la cuenta de que no era él quien estaba al frente del equipo—. Lo único que necesitamos es un chófer —se disculpó. Y vio que la expresión de Eli se ensombrecía de nuevo tras haberse animado fugazmente.
—Los puedo llevar yo —afirmó Zippo ofendido.
—Aquí hay un millón de cosas pendientes —comentó Michael en un intento de calmar los ánimos—. ¿Por qué obligarte a ir hasta Zichron Yaakov?
—No me causa ningún problema conducir hasta Zichron Yaakov. Cuando mi abuela aún vivía, hacía ese trayecto en un par de horas. Bueno, no iba hasta Zichron Yaakov, me quedaba un poco antes, justo pasado Hadera. Iba cada dos días. En unas condiciones mucho peores.
—Como quieras —dijo Michael, y vio que Eli bajaba la cabeza—. Había pensado que, a la vuelta, Eli podría pasarse por el laboratorio a recoger los documentos —explicó—. Piénsatelo —le dijo a Balilty—. Me marcho.
En ese momento apareció en la puerta la secretaria de Shorer.
—Izzy Mashiah quiere hablar con el superintendente jefe Ohayon —le dijo a Balilty—. Ha tratado de llamarte directamente —le explicó a Michael—, pero no respondías. Tiene que decirte algo urgente.
—Deberías tener el móvil encendido —le reprochó Balilty a Michael—. ¿Cómo quieres que me ponga en contacto contigo cuando me hace falta? Y no me vengas con que les tienes alergia. Uno no se puede permitir tener alergias que interfieren en el trabajo.
Michael salió de la sala de reuniones y siguió a la secretaria de Shorer. Iba mirando los minúsculos pasitos que daba. Como una mujer china de pies vendados, se bamboleaba enfundada en su falda de tubo, sobre los finos tacones.
La secretaria se detuvo a la puerta del despacho y miró a Michael con afecto maternal.
—No tienes muy buen aspecto —dijo—. ¿Te encuentras bien?
—Eso creo —sonrió con esfuerzo—. Ya se me pasará —aseguró. Al comprender que ella esperaba una explicación más concreta y que su silencio la heriría, añadió—: No lo he tenido fácil últimamente —y levantó el auricular del teléfono.
—¿Puedo hacer algo por ti? —le preguntó la secretaria antes de retirarse con aparatosa discreción.
Sin soltar el auricular, Michael trató de poner cara de agradecimiento mientras decía:
—Ahora mismo no se me ocurre nada, gracias —ella asintió gravemente, ajena por completo a la ironía de las palabras de Michael. Él se sentía como si estuvieran recitando un diálogo de una novela rosa.
—Si se te ocurre algo, lo que sea, no dejes de decírmelo. Te ayudaré con mucho gusto —concluyó ella, y salió.
—Tengo que comentar un par de cosas con usted —dijo Izzy Mashiah, la respiración rasposa y silbante, como si le faltara el aire—. Tengo varios motivos de preocupación. Me dijo que me pusiera en contacto con usted en caso de necesidad.
—Claro, cómo no —repuso Michael. Se preguntó si Izzy habría reparado en la vigilancia a que lo tenían sometido, en el coche de la policía aparcado frente a su casa, o en que tenía intervenido el teléfono—. ¿Ahora? ¿Por teléfono?
—¡No, no! —exclamó Izzy Mashiah horrorizado—. Es un asunto delicado.
—¿Es urgente? —preguntó Michael al tiempo que echaba una ojeada al reloj.
—No sé qué importancia le atribuirá usted —dijo Izzy con desconsuelo—. A mí me parece bastante urgente.
—¿Se trata de la llave? —aventuró Michael.
—¿Qué llave?
—La llave de casa de Herzl Cohen, la que tenía Felix van Gelden.
—No sé de qué me está hablando. —Izzy se quedó en silencio y su respiración se volvió más jadeante, el silbido más estridente.
—La llave que la sargento Dalit encontró en su casa —explicó Michael.
—¿Quién es la sargento Dalit? —dijo Izzy alarmado—. No conozco a ninguna sargento Dalit.
—La policía con quien habló usted anoche —repuso Michael impaciente—. ¿No ha hablado con una mujer llamada Dalit sobre la llave del piso de Herzl?
—No conozco a ninguna Dalit —aseguró Izzy Mashiah en tono quejumbroso—. No comprendo qué me quiere decir.
—Está bien, quizá no fuera Dalit. Pero ¿qué hay de la llave?
—¿Qué llave? No sé nada de llaves. —Izzy expectoró y resolló.
—Tranquilícese —dijo Michael, aparentando calma—. ¿No recibió una visita de la policía ayer noche?
—Anoche no recibí ninguna visita —replicó Izzy Mashiah.
—¿Está seguro?
—¡Cómo no voy a estarlo! —dijo Izzy a voz en grito—. Puede que me esté volviendo loco, pero no tanto —añadió con amargura.
—Está bien. Entonces, ¿de qué quería hablar conmigo?
El resuello asmático de Izzy remitió un poco cuando dijo:
—De muchas cosas, pero no por teléfono.
—¿Podemos dejarlo para esta noche?
—Supongo que sí —suspiró Izzy Mashiah—. Aunque sería mejor ahora mismo.
—Ahora no puedo, es imposible —explicó Michael como si hablara con un niño—. ¿No podría contárselo a otra persona?
—Preferiría hablar con usted, si no le importa. Gabi lo admiraba, me sentiría más cómodo con usted. Si tengo que esperar hasta la noche, esperaré.
—Será tarde —le advirtió Michael.
—No pienso ir a ningún lado —repuso Izzy con tristeza—. Lo estaré esperando.
—Hay algo que no comprendo —dijo Michael desde la puerta de la sala de reuniones—. Concededme un minuto, por favor.
—¿Todavía no te has ido? —preguntó Tzilla sorprendida.
—Concededme un minuto —repitió Michael—. ¡Un momento de atención, por favor! —todos quedaron en silencio y lo miraron expectantes.
Michael se esforzó en mirar a Balilty y sólo a Balilty. Vio por el rabillo del ojo el movimiento de la mano de Shorer, que garrapateaba con una cerilla quemada sobre un papel en blanco sujeto cuidadosamente con la otra mano, como si sus pensamientos vagaran muy lejos de allí. Pero Michael sabía que estaba muy atento.
—Acabo de hablar con Izzy Mashiah —dijo quedamente, sin retirar la vista de Balilty.
—¿Y? —replicó Balilty impaciente—. ¿Qué pasa?
—Lo que pasa —dijo Michael despacio— es que nadie ha hablado con él sobre la llave de casa de Herzl. No conoce a ninguna policía llamada Dalit.
A Balilty se le abrió la boca y se le achicaron los ojos.
—¿Es eso lo que ha dicho? —preguntó asombrado. Se volvió vivamente hacia Dalit, quien, con expresión de desconcierto, se encogió de hombros, abrió los brazos en un ademán de impotencia y no dijo nada.
—¿Qué historia es ésta? —le preguntó Balilty severo—. ¿Estuviste ayer con él o no?
—Claro que sí —repuso Dalit, y abrió de par en par sus ojos azul claro. El aleteo de sus pestañas pareció arrojar sombras sobre la pálida tez de la chica.
—¿Y hablasteis de la llave?
—Pues claro —contestó Dalit con deliberada serenidad. Se atusó una fina ceja con el dedo y entrelazó las manos.
—¿Y la llave?
—La llave… —por un instante fue como si se abriera una brecha en su seguridad—. La entregué con el informe al laboratorio de Criminalística, junto con el resto de las pruebas. Anoche lo guardé todo y lo he llevado allí personalmente.
—¿Fuiste al laboratorio anoche?
—He ido esta mañana, antes de venir aquí —replicó Dalit a la defensiva, mirando a Balilty con gesto dolido—. La he dejado allí, en un sobre —añadió.
Balilty entornó los ojos. Miró a Michael.
—Alguien no está diciendo la verdad —dijo al fin. Sus palabras resonaron en el silencio de la sala—. Es decir que alguien está mintiendo a lo grande. ¿Qué dicen los vigilantes en el informe de ayer? Deben de mencionar la visita de Dalit. ¿Qué pretende al decir que no conoce a ninguna sargento Dalit?
—Aún no hemos recibido el informe de ayer —explicó Tzilla con inquietud—. Llegará al mediodía.
—Quizá no me vieron —intervino Dalit vacilante.
—¿Por qué no iban a verte? ¿Es que fuiste a escondidas o qué? —inquirió Balilty, y sin esperar a que le respondiera, volvió a decirle a Michael—: ¿Qué pretende diciendo que no conoce a ninguna sargento Dalit?
—Yo me he limitado a repetir lo que he oído —dijo Michael a la vez que se reclinaba contra la puerta, que había cerrado hacía rato—. Si quieres, puedes escuchar la grabación de la conversación en el despacho de Shorer. ¿Por qué se iba a inventar Mashiah una cosa así? ¿Qué podría sacar de ello?
—Habrá que volver a hablar con él —dijo Balilty nervioso—. Nunca nos había sucedido nada semejante. Es una verdadera locura. ¿Por qué iba a negarlo si ya ha entregado la llave?
—Eso digo yo —comentó Michael—. Eso mismo me pregunto yo.
—No tengo ni idea —insistió Dalit cuando Balilty volvió a mirarla.
Dalit se había ruborizado. Michael estaba perplejo. No sabía qué pensar. Se arrepentía de haber hablado en público. No porque pusiera en duda la palabra de Izzy Mashiah, en quien por algún motivo confiaba, sino porque estaba convencido de que iba a aflorar algo desagradable y sórdido, algo turbio, y era él quien lo había rescatado de las profundidades. Sin reflexionar, sin pensar en las consecuencias. Había transgredido sus propias normas. Porque iba a llegar tarde a la cita con Dora Zackheim. Y también por haber querido saldar las cuentas con Dalit. Pero ya no sentía la menor ansia de venganza, ni ninguna satisfacción. ¿Adónde había ido a parar la ira que lo inflamaba hacía un instante? ¿Cómo no se habría parado a pensar en sus resquemores y en el deseo de devolverle la jugada a Dalit? ¿Cómo no había reconocido que ésa había sido su motivación? Quizá albergara sentimientos de los que no era consciente.
—Ponme al habla con el laboratorio —le dijo Balilty a Zippo, impaciente.
Eli Bahar salió de la sala detrás de Michael con el encargo de ir a buscar a Izzy Mashiah. Dalit se encogió de hombros y recogió sus papeles con movimientos nerviosos, espasmódicos.
—¿Qué está pasando? —le dijo Michael a Eli una vez que hubieron salido del edificio—. ¿Qué te parece a ti?
—Esa chica me ha dado mala espina desde el principio —reconoció Eli—. Pero pensaba que serían imaginaciones mías, por eso de que Balilty me había relegado a un segundo plano, dejándome de chico de los recados. Ahora ya no sé si sería por eso. Creo —prosiguió, mordiéndose el labio inferior— que también habrá que verificar lo de nuestro hombre en Nueva York. ¿Cómo podemos saber si ha hablado realmente con él sólo porque lo diga?
—Dicho de otro modo, ¿crees que está mintiendo? —preguntó Michael, y le sorprendió sentir que la ansiedad le trepaba a la boca del estómago.
—Tengo presente que pasó mucho tiempo desde que encontró a Herzl hasta que informó de ello. Por más vueltas que le doy, no encuentro una explicación —dijo Eli Bahar.
—Pero ¿qué motivos podría tener? —reflexionó Michael. Ya estaban junto a la puerta del coche. Contempló las cúpulas de la iglesia rusa, y, una vez más, lo conmovió su belleza ingenua, inalterada. Parecía una ilustración de un viejo libro colocada entre los aparcamientos, la valla de las dependencias policiales, los remolinos de gente, el quiosco que había junto a la iglesia. De pronto, le llamó la atención su color marrón oscuro—. ¿No eran verdes? —preguntó perplejo.
—¿El qué? ¿Qué era verde?
—Las cúpulas de la iglesia. Antes de que me fuera de permiso eran verdes. Estoy seguro.
—Sí —dijo Eli con una repentina sonrisa en los labios—. Eran verdes. Pero son marrones desde hace mucho. No sé por qué, tal vez las han pintado.
—Dalit debía de saber que al final lo descubriríamos. ¿Qué sentido tiene? ¿Qué puede mover a cualquiera a hacer algo así, sobre todo si sabes que te van a descubrir? —perseveró Michael.
—En otros tiempos habrías dicho: «La realidad nunca dejará de sorprendernos» —replicó Eli, la vista fija en las puntas de sus negras zapatillas de deporte—. Hace mucho que no lo dices. Si es verdad, sencillamente es que está loca.
—Aquí no hay nada sencillo —dijo Michael, el oído atento al runrún del motor del coche—. Y además eso no es una explicación sino una descripción. Es obvio que aquí hay un elemento de locura. Pero ¿cuál? Hazme un favor —recordó de pronto—. Ve a Zichron Yaakov con los Van Gelden, que no vaya Zippo. ¡Es importante!
—¿Cómo? —dijo Eli sombrío—. ¿Quieres que se lo pida a Balilty? ¿Por qué iba a hacerlo? No pienso pedirle nada. Que me mande él si quiere —su rostro moreno, de ojos verde oliva, adquirió una expresión taciturna. Se mordió el labio inferior.
—Hazme ese favor —rogó Michael—. No lo hagas por ti, sino como un gesto de amistad hacia mí. ¿De qué nos valdría que fuera Zippo? En primer lugar, es necesario que alguien se entere de lo que hablen en el viaje. Y, en segundo lugar, es realmente peligroso.
—Se grabará todo. Van a ir en la furgoneta del laboratorio. Hay micrófonos, lo sé muy bien porque me he encargado de la instalación. Ya ves el tipo de encargos que me hacen ahora. Balilty no me considera apto para otra cosa.
—Necesito que vaya alguien en quien pueda… alguien que comprenda… alguien que… Ya me entiendes. Necesito que vaya alguien que no le quite la vista de encima a Nita. Nunca se sabe…
Eli agachó la cabeza, examinó de nuevo la punta de sus zapatillas y trazó un pequeño círculo con el pie derecho.
—Está bien, lo intentaré —dijo a regañadientes—, haré lo que pueda.