15
—Si no recuerdo mal —dijo Klein, despejando de librotes y papeles su mesa—, anoté el teléfono en la agenda que usábamos en Estados Unidos; la dirección no, sólo el teléfono. Sabe Dios dónde la he puesto —masculló mientras abría el cajón de la mesa.
Iba examinando todos y cada uno de los papeles que extraía del profundo cajón, que a veces le arrancaban una sonrisa o un gesto de sorpresa.
—Por regla general —le dijo a Michael—, sé dónde están las cosas, pero no he tenido tiempo de ordenar los papeles desde que volvimos, con tanto revuelo, y el ajetreo de que mi mujer y mis hijas volvieran el sábado por la noche; pero recuerdo haberla visto, la agenda, y sé con seguridad que la dejé en algún lugar de esta habitación. Pero no recuerdo dónde.
Eran las tres de la tarde y Michael fumaba y aguardaba a que Klein diera con el teléfono del abogado que Iddo Dudai había conocido en Estados Unidos. La casa estaba en calma. Michael aguzó el oído, pero no captó el rumor de voces femeninas ni notas musicales.
—Me extraña que no me enseñara los poemas; creía que había mucha confianza entre nosotros —dijo Klein, irguiendo la cabeza por encima del cajón—. Tal vez pensó que no querría herirla, que le haría una crítica benigna —concluyó, y reanudó la búsqueda.
Mientras contemplaba al hombre recio que iba acumulando papeles sobre la mesa, Michael pensó en la primera reacción de Klein al ver los poemas una hora antes, en el barrio ruso, cuando regresó de acompañar a Yael a la salida. Recordaba el rostro amplio, sudoroso y congestionado por el calor, inclinado sobre la negra carpeta de cartón, la manaza que volvía las páginas con delicadeza, la mueca con la que había dejado violentamente los poemas sobre la rayada superficie de madera de la mesa, y la expresión impaciente de sus ojos mientras esperaba que Michael le diera una explicación. Ahora, fumando en la casa silenciosa mientras observaba la lenta búsqueda de la agenda, Michael rememoró su conversación.
—¿Conoce estos poemas?
Klein volvió a hojear las finas páginas, negó con la cabeza y dijo:
—No. ¿Se supone que debería conocerlos?
—Pensé que quizá se los habría enseñado.
—¿Quién?
—Yael Eisenstein; los ha escrito ella.
Klein lo miró con manifiesta incredulidad y volvió a examinar los poemas. Cuando al fin alzó la cabeza, Michael vio en sus ojos el oprobio y la afrenta de no haber sabido nada de los poemas.
—¿Está seguro? —preguntó.
—Puede preguntárselo a ella.
Klein se enjugó el rostro con las manos, bebió un sorbo de agua de la taza amarilla de plástico que Michael le había traído cuando llegó y lo miró con tristeza.
—La tenía por una persona de talento —señaló Michael.
—De mucho talento —dijo Klein con entusiasmo—. Es seria, concienzuda, perceptiva, de buen gusto y muy inteligente.
—En ese caso, ¿cómo se explica esto? —preguntó Michael escéptico.
Klein pegó un golpe sobre la mesa con la taza de plástico, de la que salieron despedidas gotas de agua, y replicó:
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Tiene talento para la investigación, no para la escritura creativa. Son dos cosas distintas.
—Sí, ya me doy cuenta. Evidentemente, no era eso a lo que me refería.
—¿A qué se refería? —preguntó Klein, cansino.
—Me refería a su gusto: ¿cómo es posible que no apreciara por sí misma lo malos que son los poemas?
Klein bajó la cabeza y sonrió.
—Eso no tiene la menor relación con el talento —sentenció—. Nadie puede juzgar el valor de su propia obra, salvo, en algunos casos, con la perspectiva que da el tiempo. Hay excepciones, desde luego, pero hablando en términos generales, y sobre todo en el terreno literario, y en especial cuando es la primera obra, no hay manera de saberlo. El escritor se embebe demasiado en la escritura, está inmerso en sus sentimientos… Sólo un cierto distanciamiento permite juzgar las creaciones propias. Pero no se apresure a sacar conclusiones —le advirtió secándose la frente—. Yael es una intelectual muy dotada y no es ningún desdoro —tomó otro sorbo de agua— que, como todos nosotros, aspire a crear —su voz se fue apagando gradualmente y volvió a alzarse para afirmar con pasión—: Soy un convencido del valor de los estudios académicos en el terreno del arte en general y de la literatura en particular, pero todo buen académico lleva dentro un artista frustrado; o lo que es lo mismo, todo buen crítico literario sueña con escribir «verdadera» literatura.
Michael reprimió el impulso de preguntarle si también él, Klein, había hecho algún intento de escribir algo «verdadero».
—A veces lo intentan, casi siempre en la juventud —prosiguió Klein—, y suele darse una proporción inversa: cuanto más profundo es un estudioso, cuanto más dedicado está a la investigación, más difícil le resulta crear. Eso era lo que me asombraba tanto de Shaul. Su criterio artístico, su capacidad de discriminación, su profunda comprensión de la literatura…, que iban unidos al don de crear una poesía magnífica. ¿Qué más se podría desear? —contempló con melancolía la ventana que estaba a espaldas de Michael.
—¿Por qué dice que le asombraba?
Klein manoseó la taza amarilla. Despegó los labios un par de veces y tomó aliento, como para arrancar a hablar. Por fin dijo lentamente:
—Conocía a Shaul desde hacía más de treinta años. En nuestros tiempos estudiantiles compartimos piso durante un año entero. Es innegable que durante una época había confianza entre nosotros, mucha confianza —inclinó la cabeza y se examinó las manos—. Quiero que sepa que, si digo esto, es precisamente porque lo apreciaba. Shaul tenía mucho encanto, ese tipo de encanto de las personas que usan el mundo entero a modo de gran espejo en el que confirmar su existencia, y por eso se preocupan tanto de encantar al mundo. Pero, al mismo tiempo, poseía un sorprendente sentido de la autocrítica. Era capaz de no tomarse en serio. Pese a esa fachada de gestos teatrales, a pesar de su absoluto nihilismo, poseía la rara habilidad de criticarse con ironía. Recuerdo momentos en que estábamos los dos solos, cuando todavía éramos jóvenes. «No nos engañas, Shaul, amigo mío», se decía a sí mismo en mi presencia. «Le cantarás una serenata al pie de su ventana sólo para verte rondando a una mujer al pie de su ventana». Y no olvide, tampoco, que era una persona muy interesante y erudita, de un gusto exquisito. Pero esto no era de lo que quería hablar. ¿De qué estábamos hablando? —hizo una pausa para reflexionar—. Ah, sí, estábamos hablando de esa singular combinación, un estudioso eminente, un crítico de la poesía contemporánea con un profundo conocimiento literario, que a la vez es un gran poeta. En mi opinión, es, por principio, una contradicción…, y piense, para colmo, en su nihilismo.
—Nihilismo —repitió Michael meditabundo.
—Su relación con las mujeres, por ejemplo —dijo Klein, y enmudeció.
Michael aguardó.
—Se dice que Shaul amaba a las mujeres. Pero no es cierto. Nunca he comprendido… las raíces psicológicas del fenómeno, pero de algo estoy seguro: Shaul no amaba a las mujeres. Qué podría decir, después de todo lo que se ha dicho sobre don Juan…, salvo que en su caso tampoco se puede hablar estrictamente de odio a las mujeres. Cualquiera sabe, yo diría que para él era una búsqueda constante de estímulos nuevos, había en ello cierta voracidad, el anhelo de que le confirmaran su propio valor. A veces le agobiaba la sensación de que no existía. El gran enigma es su poesía. No comprendo cómo a partir de ese abismo, de ese vacío y esa negatividad, podía crear esa poesía maravillosa.
Michael le preguntó a continuación si había visto el testamento de Tirosh.
—No —repuso Klein—, pero Yael me lo acaba de contar, mientras la acompañaba al taxi.
—Y ¿qué le parece?
—En fin, me ha sorprendido, como es natural, pero sólo pasajeramente. Pensándolo bien, no tiene nada de sorprendente. Me es difícil creer que Shaul realmente sintiera remordimientos por lo que le hizo a Yael, pero de tanto en tanto tenía gestos generosos, arranques de generosidad que a veces te abrumaban. Cuando nació mi primera hija, nos regaló todos los muebles para su cuarto. Y también pagó de su bolsillo la publicación de las obras completas de Nathaniel Yaron, nunca he comprendido por qué.
Luego pareció caer en la cuenta de lo que insinuaba Michael, y dijo con cautela:
—Por si le interesa mi opinión, yo procuraría no sacar conclusiones precipitadas.
—Me interesa su opinión.
Klein meneó enérgicamente la cabeza.
—Yael es incapaz de concebir nada ni remotamente semejante a un asesinato. Si pasara unas horas con ella en circunstancias normales, se daría cuenta de que tengo razón.
—¿Ni siquiera si él arremetió contra su poesía? ¿Ni siquiera si la humilló?
—No. Sólo es capaz de hacerse daño a sí misma, daño físico; de hecho, lo ha intentado más de una vez.
—Profesor Klein —dijo Michael despacio—, ¿siempre entabla unas relaciones tan íntimas con sus alumnas?
Klein no se sobresaltó; la cara no le cambió de color; sonrió afablemente y dirigió al policía una mirada paternal, casi compasiva.
—Yo tampoco sacaría conclusiones precipitadas de eso. Creo que en las raras ocasiones en que nuestra vida entra en contacto con la vida de los demás, hay que aceptar esa proximidad con alegría. ¿Qué da sentido a la vida aparte de nuestras relaciones con los demás? Me refiero a las relaciones auténticas, al afecto, la comprensión, la amistad, ese tipo de consuelos —volvió a enjugarse la frente—. No me propongo convencerlo de la «pureza» de mi relación con Yael. Es una persona importante en mi vida por muchos motivos, y no tengo intención de analizarlos en estos momentos. Supongo que no está insinuando que he cometido un asesinato por ella. Evidentemente, podría decirme que no soy objetivo con ella, pero usted tampoco es objetivo, si me permite que se lo diga.
—¿Le parece que alguien sería capaz de cometer un asesinato por ella?
Klein hizo una mueca y un comentario sobre la soledad de Yael, sobre su aislamiento.
—Y, en realidad —dijo con impaciencia—, no tengo la menor idea de quién ha podido asesinar a Shaul. Y, desde luego, no se me ocurre quién ha podido asesinar a Iddo. Estoy totalmente desorientado, no sé qué pensar.
«¿De verdad?», caviló Michael en silencio. «¿De verdad no sabe qué pensar? ¿No será que le da miedo pensarlo?». Luego pasó a comentar los detalles del caso de Iddo Dudai. Klein sabía que Shaul Tirosh tenía estudios médicos, pero no les atribuyó importancia.
—Y por lo que se refiere a la prueba poligráfica —dijo Michael con desenfado, pese a que el comentario de Balilty, del que había tomado buena nota para luego verificarlo con el técnico, le había estado preocupando todo el día—, ¿sabe que no se ha demostrado de manera conclusiva que haya dicho usted la verdad?
Klein hizo un gesto afirmativo.
—Me lo ha dicho, el hombre que me hizo la prueba, que los resultados no eran concluyentes. —Michael lo miró a los ojos sin encontrar rastro de ansiedad ni tensión—. No sé cómo explicarlo —prosiguió Klein confuso—, pero, como es natural, ni que decir tiene que no pondré ninguna objeción a que me repitan la prueba.
Michael inclinó instintivamente la cabeza para escudriñar la cara ancha, el lenguaje corporal, y llegó a la conclusión de que no veía nada fuera de lo común. «Puedo dejarlo para mañana, después de que repitan la prueba», se dijo.
Cuando Michael le pidió el teléfono del abogado al que Iddo Dudai había conocido en Estados Unidos, Klein lo miró sobresaltado.
—Ay, se me había olvidado —dijo aturdido—. Qué despiste. ¿Realmente es tan urgente? —preguntó acentuando el «tan».
—Usted mismo me dijo que Dudai había vuelto muy trastornado —le recordó Michael poniéndose en pie—, y que cuando regresó a Israel se portaba de una forma rara. Es obvio que allí sucedió algo que, de algún modo, está relacionado con su muerte. Eso sin contar con que no hay una cinta de la entrevista con el abogado.
—¿Cinta? —preguntó Klein desorientado, y luego recordó—: Ah, se refiere a esa cinta.
—Fue usted quien me dijo que grababa todas las entrevistas. Hemos encontrado siete casetes, todas con rótulos especificando cuándo se grabaron, quién participó en la entrevista y dónde se desarrolló. Las hemos escuchado todas. Y en ninguna aparece el abogado de Carolina del Norte ni ningún amigo de Ferber. —Klein se disponía a decir algo, pero Michael prosiguió—: Y no sólo eso. Dudai tenía un par de estuches para casetes, con espacio para cuatro casetes en cada uno…, esos estuches protectores…, y en uno sólo hay tres casetes. Falta la cuarta.
Klein permaneció en silencio, pensativo.
—Entre otras cosas, quería preguntarle si tiene noticia del encuentro entre Dudai y Tirosh.
—¿A qué se refiere? —dijo Klein sorprendido, volviendo en sí—. Hubo muchos encuentros. ¿Se refiere a alguno en concreto?
—Me refiero a la visita de Dudai a casa de Tirosh. Dudai le dijo que en primer lugar quería hablar con Tirosh, ¿no es así? ¿Sabe si llegó a hablar con él?
Klein negó con la cabeza.
—Yo no estaba aquí; tendrá que preguntárselo a los demás.
«Ya se lo he preguntado. Creía que a lo mejor a usted le habrían contado algo que a mí me han podido ocultar», volvió a pensar Michael cuando ya estaban en el coche, camino de Rehavia, de la casa de Klein. Ahora oyó la voz de Klein retumbando en su despacho.
—¡No lo entiendo! —exclamó desesperado—. ¿Dónde he podido meterla? Es una agenda pequeñita, con las tapas rojas, y no la mandé por avión con el resto del equipaje. Recuerdo que Ofra, mi mujer, se empeñó en que la conserváramos. Estaba en una de mis maletas. La deshice aquí mismo, en esta habitación. Era la maleta donde metí los papeles que no quería mandar por delante. Y recuerdo que la dejé en algún lugar de esta habitación.
Michael siguió la mirada de Klein, y la visión de los libros desparramados por doquier, los estantes abarrotados, la vieja máquina de escribir, con un papel enrollado, reposando en el suelo junto a la mesa, lo llenó de aprensión.
Klein no recordaba el nombre del abogado.
—Pero ¡Ruth Dudai lo sabrá! —exclamó con repentina animación.
Michael le explicó que la mujer de Dudai no sabía nada sobre aquel encuentro, y recordó las lágrimas que le había provocado al preguntarle agresivamente: «¿Cómo interpretó su cambio de comportamiento? ¿El cambio de su actitud hacia Tirosh?». Ruth Dudai le había respondido llorando que había atribuido el cambio a su relación con Tirosh y había preferido no comentar nada ni indagar en el tema.
—¿Y entre sus papeles? ¿Los papeles de Iddo?
—No hemos encontrado nada, ni la menor pista —replicó Michael, y se arrodilló junto a un montón de libros.
No les quedaba otra posibilidad, insistió; tenían que encontrar la agenda.
—Puede que esté en algún estante, entre los libros —sugirió Klein esperanzado, y Michael echó un vistazo a las estanterías—. Podría ayudarme —le indicó Klein.
Y propuso que comenzaran por los estantes cercanos a la mesa. Dedicaron toda una hora a pasar la mano sobre las hileras de libros polvorientos, entre los que no había ninguna agenda que encontrar.
Klein propuso hacer un alto, «para beber algo», y se dirigieron a la espaciosa cocina pintada de blanco. Klein sacó la mano por la ventana hasta las ramas de un gran limonero del que arrancó una hoja; la frotó entre sus dedos y los olisqueó sonoramente. Luego cogió unos cuantos limones y abrió un cajón. «Para estos limones hace falta un cuchillo especial», dijo, y comenzó a describir la limonada que iba a preparar. Luego echó un vistazo al cajón y estalló en una carcajada espontánea y potente, mientras agitaba en el aire una agenda roja del tamaño de un libro pequeño.
—¿Lo ve? ¿Se lo puede creer? —preguntó asombrado, y comenzó a volver las páginas de la agenda—. Todos mis contactos de Estados Unidos.
Michael apuntó el teléfono en un trozo de papel que le dio Klein y se lo guardó cuidadosamente en el bolsillo.
—Nos tenemos merecido un vaso de limonada fresca —y Klein colocó ante Michael, en la gran mesa de madera, un vaso alto en el que flotaban rodajas de limón y hojas de menta.
Sin saber por qué, Michael preguntó repentinamente:
—¿Cómo supo nada más verlos que los poemas no eran buenos?
—Y usted ¿no lo supo nada más verlos? —le replicó Klein a la vez que cortaba gruesas rebanadas de una barra de pan negro.
—Sí, pero ¿qué necesitan tener para ser buenos? —persistió Michael, sabiendo que deseaba escuchar la voz de su profesor de antaño. Quería dejarse llevar por los sutiles matices de la conversación, olvidarse de la vigilante actitud policiaca. Necesitaba un descanso.
—En otras circunstancias, podría explicarle los criterios aplicables —dijo Klein, revolviendo tres huevos en un cuenco con mano experta—, pero no es eso lo que le interesa en estos momentos.
—No —reconoció Michael—, no es de lo que quería hablar con usted hoy. Pero ya que ha salido el tema… Siempre he querido comprender qué debe tener un poema para ser bueno.
—¿Quiere una clase de poesía? ¿Ahora? —Klein le echó una ojeada y puso un pegote de margarina en una sartén.
Michael no veía la expresión de su cara. Klein echó los huevos en la sartén, los salpicó de trocitos de queso y se inclinó sobre la cocina para bajar el fuego. «¿No le importa ir untándolas de mantequilla?», preguntó; y, sin esperar respuesta, colocó en la mesa las rebanadas de pan, un cuchillo y un platito de mantequilla, y se aplicó a picar hortalizas.
—¿Qué le parecería que le preguntase si es el hombre quien hace la historia o la historia la que hace al hombre? Una pregunta, por cierto, sobre la que reflexiono a menudo. Es decir, que estoy dispuesto a decirle algunas cosas con la condición de que no olvide que seguramente serán superficiales. Éste es un tema para todo un curso, un tema que han abordado los más eminentes estudiosos de la estética —le advirtió mientras pelaba una cebolla y se frotaba los ojos.
Michael asintió cuando Klein ya había arrancado:
—Ante todo, debe comprender que, en el fondo, todo lo que diga es susceptible de tener un sesgo subjetivo, lo que no quiere decir que todo lector sea libre de interpretar un poema como mejor le parezca; sino que los criterios evaluativos universales son relativos —su voz se tornó didáctica, incluso autoritaria. Mientras partía pepinos en rodajas, prosiguió—: Los criterios dependen del contexto; se fundan en que los lectores compartan con el poema un entorno cultural y político cuando menos muy similar.
Michael volvió a asentir con la cabeza, un gesto gratuito, ya que Klein le daba la espalda y no reparó en él.
—Los poemas de Yael son malos porque carecen de ciertas cosas —se acercó a la cocina, dio la vuelta a la tortilla, colocó un gran plato vacío ante su invitado, partió la tortilla en dos y se sentó, de cara a Michael, a la gran mesa de madera, que había conocido mejores tiempos. Entre ellos había una fuente de ensalada: cuadraditos de tomate y rodajas de pepino decorados con aros de cebolla y aceitunas griegas.
Klein masticó un trozo de pan y continuó:
—En primer lugar, comprender un buen poema requiere un proceso comparable al de la investigación policial, al que algunos académicos denominan hermenéutica; es decir, un buen poema permite que el lector descubra y descifre sus significados ocultos, que se esclarecen a medida que penetra más profundamente en el texto. Este proceso se hace posible merced a la presencia de determinados elementos básicos en el texto; elementos que no son exclusivos de la poesía, por cierto, sino comunes a todas las obras de arte. El primero es el simbolismo o, lo que es lo mismo, el uso de ideas o imágenes que se intersecan, incorporan o son contiguas a otras ideas o imágenes. ¿Le apetece un café? —preguntó Klein, mojando pan en el aliño de la ensalada. Luego se levantó y llenó la pava eléctrica que reposaba en un extremo del mostrador de mármol—. Ya me entiende —dijo al retomar asiento—, cuando Alterman escribe: «Tus pendientes muertos en su estuche», el lector capta resonancias en esa expresión, que le habla de la desaparición de la alegría de vivir, de la feminidad que existió en su día y hoy está exánime, muerta. Le habla de la soledad, de la larga espera en una casa que se percibe como una cárcel… ¡Le habla de muchísimas cosas!
Klein miró a Michael como si lo viera por primera vez.
—Y hay otro componente —continuó— que se denomina «condensación». Una gran obra de arte sintetiza diversas ideas, diversas experiencias universales, en una idea. Leah Goldberg definió el poema como una «expresión densa» —dijo moliendo pimienta negra sobre su tortilla—. Y ambos elementos, el simbolismo y la condensación, están relacionados —cortó un trozo de queso curado y le pegó un mordisco—. Una frase como «al caballito de madera Mijael le llegó la muerte», del poema de Natán Zaj, contiene una personificación de la muerte, asociaciones con la niñez a través del caballito de madera y también posee la necesaria condensación merced a la alusión a la famosa cancioncilla infantil sobre un niño llamado Mijael. En virtud del simbolismo y de la condensación se logra la abstracción y la apertura hacia otros ámbitos.
Klein respiró hondo.
—Preste atención ahora. El tercer elemento básico de toda buena obra de arte se denomina desplazamiento, es la transferencia de la emoción de un área a otra. Gracias a esto, el artista puede generalizar. Tenemos un ejemplo maravilloso de desplazamiento en «Mira el sol» de Ibn Gabirol. ¿Lo conoce?
Michael se apresuró a tragar un trozo de tomate empapado en aceite de oliva y asintió. En el semblante del profesor de poesía hebrea medieval apareció un gesto de satisfacción cuando su antiguo alumno recitó el poema de cabo a rabo:
Mira el sol al atardecer: rojo,
como si se vistiera de escarlata.
Desviste al norte y al sur,
cubre el oeste de púrpura.
Y la tierra, despojada,
busca refugio en las sombras de la noche y duerme.
Se oscurece luego el cielo, bajo un manto de arpillera,
doliente por la muerte de Yecutiel.
—Incluso recuerdo las diferencias entre rima y ritmo —dijo Michael, alborozado.
—Ya ve —dijo Klein— se describe la puesta de sol como un proceso mediante el cual el sol deja huérfana a la tierra, y luego, al final, en pocas palabras, se establece una conexión entre el duelo del mundo y el dolor del poeta…, ¡eso es un desplazamiento! Y eso es lo que otorga unas dimensiones colosales a la experiencia del poeta.
Klein rebañó con glotonería los restos de tortilla y se sirvió una generosa ración de ensalada.
—Así pues —dijo al cabo, inclinándose hacia delante después de posar el tenedor junto a su plato—, todo está entrelazado. En todas las metáforas acertadas se encuentran estos tres factores, entre los que debe existir un delicado equilibrio. Una metáfora, un símbolo, no debe alejarse en exceso del objeto al que representa; por ejemplo —tosió cavernosamente—: «La mantequilla tiene coloradas las mejillas, robusto es el invierno». Puede que esta expresión encierre algún simbolismo, pero no lo sé interpretar porque es una metáfora demasiado abierta, que permite unas asociaciones casi ilimitadas.
Se levantó de la mesa para preparar café.
El molinillo hacía un ruido ensordecedor y Klein terminó de moler los granos antes de continuar hablando.
—Por otro lado, una metáfora, o un símbolo, siempre deben ser originales, innovadores, para que el lector vea las cosas conocidas bajo una luz nueva, diferente. Al fin y al cabo —empuñó un finyán de cobre— los temas que interesan al artista siempre son los mismos; nunca cambian. ¿Se ha preguntado alguna vez sobre qué giran las obras de arte? Sobre el amor, el sexo, la muerte, el significado de la vida; la lucha del hombre contra su destino, contra la sociedad; la relación del hombre con la naturaleza y con Dios. ¿Qué más? —vació una tacita de agua en el finyán, le añadió cuidadosamente varias cucharadas de café y de azúcar, revolvió la mezcla y colocó el finyán al fuego. Una vez más le daba la espalda a Michael mientras se afanaba en revolver el café—. La grandeza del arte radica en la posibilidad de abordar una vez más, desde un punto de vista distinto, los temas que preocupan a toda la humanidad. Si el artista crea símbolos demasiado alejados del referente, metáforas «abiertas» en exceso, los procesos que he descrito no tendrán lugar. Y lo mismo ocurre en el caso contrario, cuando son banales. Y hablando de metáforas banales, hay que decir que también me estoy refiriendo a las analogías, la rima, la sintaxis, la estructura gramatical, la secuencia de versos, todos los materiales que construyen el poema. El «talento» poético es la habilidad de lograr un delicado equilibrio, tan difícil, entre lo original y lo conocido, lo oculto y lo manifiesto, el símbolo y el objeto simbolizado.
Con rápido ademán, Klein retiró el finyán del fuego y lo colocó sobre el mostrador; luego sirvió el café, con pulso seguro, en dos tacitas minúsculas de porcelana blanca ribeteadas con una franja dorada.
—Las metáforas empleadas por Yael eran terriblemente banales, «cerradas», comentó Shaul, lo que significa que no dejan espacio a la imaginación, a la asociación. Además de ser expresiones trilladas, carecen del necesario diálogo entre lo concreto y lo abstracto. La poesía de Amijai, por ejemplo, se basa precisamente en ese tipo de juego. Piense en un verso como: «En el lugar donde tenemos razón, no crecerán flores en primavera», o valga como ejemplo particularmente sutil del contrapunto entre lo concreto y lo abstracto la poesía de Dan Pagis, en un verso como: «Y Él en su misericordia no dejó en mí nada perecedero». Aquí no se hace explícita la interrelación de concreto y abstracto, pero es inherente al texto, y le confiere un impacto más poderoso; es una de las afirmaciones poéticas más contundentes que nunca he leído.
Klein apuró el humeante café y se pasó la lengua por los labios.
—En los poemas de Yael no hay indicios de ninguna de las cosas que he mencionado, y lamento decir que aparentemente nunca los habrá.
A las cinco en punto Michael Ohayon se marchaba de casa de Klein, que lo acompañó hasta el coche, tarareando una conocida melodía. Al llegar al cruce de Terra Sancta, donde confluyen las calles Agron, Aza y King George, mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde, Michael al fin identificó la música tarareada por Klein como el aria de Sarastro de La flauta mágica, una ópera que le gustaba mucho a Maya.
Todavía hacía calor y las calles estaban llenas de gente que no andaban en busca de cadáveres ni de asesinos.
—Tu hijo te ha dejado un recado. Ha venido por aquí y ha dicho que, si regresabas a tiempo, podías ir a verlo a la Sociedad Protectora de la Naturaleza. Junto al Banco de Créditos e Hipotecas, ¿sabes? —Avraham, del Centro de Control, fue bajando el tono de voz.
Michael lo sabía, pero ¿qué era «regresar a tiempo»? ¿Hasta cuándo estaría allí Yuval?
—Hasta las seis, ha dicho. Se acaba de marchar ahora mismo —explicó Avraham, y concluyó asegurándole a Michael que no había «ningún problema».
Michael regresó a su coche y se dirigió a la Sociedad Protectora de la Naturaleza.
Aparcó junto al banco y entró en el amplio patio de otro de los palacios construidos por el príncipe Sergio. «Un transeúnte poco familiarizado con Jerusalén nunca podría imaginar lo que ocultaban esos imponentes edificios», pensó Michael. Una vez franqueada la gran verja del muro que daba a la calle, te adentrabas en otro mundo, sumido en aquel patio, y parecía que los fantasmas te atrajeran por señas hacia el espléndido edificio.
Michael se sentó en un tocón a la entrada del palacio y esperó a que Yuval terminara sus asuntos en el bungaló del patio, que alojaba la oficina de la Sociedad Protectora de la Naturaleza. Luego empezó a pasearse por el patio, dando puntapiés a la tierra reseca. Un ala del palacio albergaba el Ministerio de Agricultura, pero Michael se sintió atraído por la otra ala, abandonada, donde se encontró contemplando las ventanas cegadas con tablones cubiertos de telarañas. Aunque el interior estaba en penumbra, alcanzó a distinguir el fresco, de diseño similar al de una alfombra rusa, que decoraba el techo del gran salón. En un antiguo cuarto de baño había restos de azulejos armenios y una bañera con cuatro patas rematadas en garras, que parecía descansar sobre los lomos de un tigre de hierro. Las suelas de sus sandalias rechinaron sobre las grandes baldosas. Entró en otra sala y contempló perplejo los papeles allí olvidados y desparramados por el suelo. Cogió una hoja amarillenta y examinó los caracteres cirílicos manuscritos que la cubrían. Se había lamentado muchas veces de no haber proseguido sus estudios de ruso, pero el latín necesario para la historia medieval no le había dejado tiempo que dedicar a otras lenguas. Dejó caer la hoja, que aterrizó sobre la alfombra de papeles desechados.
Salió del palacio a la luz del día. Eran casi las seis y había una claridad tenue, pálida. Junto a la puerta de la Sociedad Protectora de la Naturaleza Yuval miraba en torno suyo. Cuando Michael se le acercó, el gesto de preocupación se borró del rostro del chico.
—No sabía si conseguiría pescarte. Necesito dinero para la excursión de la que te hablé, a los Montes de Judea.
—¿Eso es todo? —preguntó Michael, posando la mano en el hombro que iba ensanchando día a día.
Entraron juntos en la oficina. Un joven en pantalón corto peroraba muy animado sobre un ave muy curiosa que había avistado recientemente. Michael recordó a su amigo Uzi Rimon, del Club de Buceo, mientras extendía el cheque y se lo entregaba a una chica vestida con vaqueros. Ella le sonrió dulcemente y le dio un recibo a Yuval. El muchacho lo dobló y se lo guardó en el bolsillo trasero a la vez que una expresión de alivio se extendía por su cara tensa.
Michael se sentía mal. Llevaba varios días sin ver a su hijo.
—Vamos a dejar el coche en el barrio —le dijo ya fuera de la oficina— y a sentarnos en algún lado.
Frente al Banco de Créditos e Hipotecas, junto a la puerta trasera de las dependencias policiales, montaba guardia un policía que abrió la verja servicialmente.
Al apearse del polvoriento Ford Escort de Michael, Yuval exclamó:
—¡Menudos cochazos se ven por aquí ahora! —posó una mano cautelosa en el parachoques de un elegante coche blanco—. ¿Qué es? Mira, si hasta los asientos tienen estilo.
Michael se inclinó sobre el coche.
—Un Alfa Romeo GTV; sólo hay dos en todo el país. No es de nadie de aquí.
—¿De quién es entonces? —preguntó Yuval vivamente.
—De alguien que ya no lo usará más. —Michael suspiró y giró el tirador de la puerta. El seguro no estaba echado—. No puedo creerlo —masculló—. Dejan el coche abierto y con la llave puesta.
Yuval le dirigió una mirada suplicante y abrió la puerta del lado del conductor. Michael se sentó a su lado y encendió un cigarrillo. Yuval giró a medias la llave de contacto y examinó el salpicadero, presionó el botón de la guantera, se asomó a ella y dijo desilusionado:
—Está vacía.
Michael sonrió. Yuval siempre había sido un apasionado de los coches. Ya de muy pequeño, recortaba diligentemente las fotografías de coches de las revistas ilustradas que había en casa de sus abuelos. La ex suegra de Michael, Fela, se sentía en la obligación de leer la prensa alemana e inglesa. En el cesto de paja de colores, junto al magnífico piano, nunca faltaban los últimos números de Time y Newsweek, ni tampoco Burda y otras revistas de moda. Yuval se le colgaba a la abuela de la bata para preguntarle:
—¿Puedo recortar ésta ahora, abuelita, puedo?
Yuval encendió la radio y se oyó una música de piano.
—¡Qué petardo! —exclamó, y oprimió otro botón—. ¡Sería un desperdicio oír música clásica!
Pero ya Michael se abalanzaba sobre la radio después de arrojar el cigarrillo por la ventana.
—Se les ha pasado por alto esta cinta —le explicó a Yuval, que lo miró desconcertado.
Michael puso la cinta y luego la rebobinó. No emitió ningún sonido.
—Espérame aquí un momento, y no toques nada —le dijo a Yuval.
Echó a correr hacia su coche y encendió el transmisor. Volvió jadeante al Alfa Romeo.
Yuval no decía riada, pero su expresión de júbilo se había trocado en otra de serena preocupación.
—¿De quién es el coche, papá? —preguntó al fin.
Pero Eli Bahar ya estaba junto a la ventanilla, sacándose un fino guante del bolsillo.
—Perdona un momento —le dijo a Yuval.
El chico salió del coche y Eli, con la mano enguantada, extrajo la cinta y la guardó cuidadosamente en una bolsa de nailon.
—Ven conmigo, si quieres —dijo Michael—. Vamos al Cuartel General.
—¿Hasta cuándo? —preguntó Yuval con desconfianza—. ¿Cuánto vamos a tardar?
—Poco —le prometió Michael—. Y después quizá podamos hacer algo.
—No tengo mucho tiempo —replicó Yuval—. He prometido echarle una mano a una amiga.
Michael escudriñó el rostro serio de su hijo y, al ver la pelusa que le cubría las mejillas, sonrió. Se preguntó qué ayuda tan urgente sería esa que tenía que prestar a su amiga, cuando acababan de comenzar las largas vacaciones, pero no dijo nada.
—A las ocho habremos terminado más que de sobra —le prometió solemnemente.
Eli Bahar agarró a Yuval del codo y, delicadamente, lo condujo hacia el Ford.
—Me pillas aquí por casualidad —dijo Shaul, del laboratorio de Criminalística, empolvando con esmero la cinta. Se ausentó un largo rato y al volver le comunicó—: No tiene ni una sola huella. Es como si nadie la hubiera tocado nunca. ¿Qué te parece?
—Me gustaría saber cómo han quitado la etiqueta sin dejar rastro —comentó Michael—. Han hecho un trabajo concienzudo. Y, a simple vista, puedo decirte que es exactamente como las cintas que Iddo Dudai se trajo de Estados Unidos.
—O sea que, en tu opinión, es la cinta desaparecida.
—Eso parece, pero vamos a tratar de escucharla. ¿Tienes un casete a mano?
—Cómo no —dijo Shaul, sacando un casete del cajón de su mesa.
—Papá, tardaremos una hora en oírla, y yo quiero llegar a las ocho.
—Yuval, no pretendo oírla entera; sólo nos llevará unos minutos, vas a ver —le aplacó Michael, reparando en los labios fruncidos y el gesto de desengaño que había visto tantísimas veces.
Eli Bahar puso en marcha el casete. No se oyó nada. Al cabo de unos minutos de silencio, apretó la tecla de avance rápido durante unos diez segundos antes de reanudar la escucha. Ningún sonido. De esta forma, probó la primera cara en poco tiempo. La segunda cara tampoco emitió el menor sonido, hasta el momento en que Yuval abrió la boca con intención de quejarse y Michael le posó una mano tranquilizadora en el brazo para indicarle: «Un segundo más». Justo entonces, en la habitación retumbó la voz cavernosa de un anciano declamando en hebreo con pronunciado acento ruso: «Al alba, se marchitaron en tu piel las violetas». Se oyó una sílaba entrecortada pronunciada por otra voz y de nuevo el silencio. Nadie dijo nada durante un rato. Incluso Yuval tenía la vista clavada en el aparato.
La cinta terminó. Michael la rebobinó y volvió a ponerla en marcha, y las palabras se repitieron, seguidas por la sílaba cercenada que pronunciaba una voz distinta.
—¿Qué era eso? —preguntó Yuval.
—Es un verso de un poema de Shaul Tirosh —respondió Michael, y continuó oyendo la cinta en blanco—. Ya está —dijo cuando terminó—. Ni una palabra más. Por lo visto no hay nada más en la cinta, pero alguien tendrá que escucharla entera para cerciorarse.
Shaul la examinó y dijo:
—Es una TDK. Se pueden comprar aquí, pero las hacen en el extranjero, en Japón.
—Todo se hace en el extranjero —dijo Michael vagamente—, hasta las investigaciones criminales.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Eli Bahar, mirando a Michael con aprensión, como si hubiera perdido el juicio.
—Esto es la grabación de una charla entre Iddo Dudai y un viejo ruso, realizada en Estados Unidos, y no hace falta ser un genio para deducir que tiene muchas posibilidades de ser la cinta desaparecida. La grabó Iddo Dudai en Carolina del Norte y alguien la ha borrado. ¿Por qué?
Volvió a hacerse el silencio. Eli Bahar abatió la cabeza y Michael exclamó furioso:
—Después de encontrar el coche de la víctima de un asesinato, creo que habría sido lógico registrarlo a fondo.
Eli no respondió.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Shaul con sonsonete talmúdico.
—Eso me gustaría saber —repuso Michael—. Vamos, Yuval. Ya son las ocho menos cuarto, y mañana es un día importante.
El teléfono sonó cuando ya estaban en la puerta. Michael no pensaba detenerse, pero Shaul, que había respondido a la llamada, dijo:
—Un segundo, está aquí; lo has pescado de milagro. Es para ti —y dejó el auricular sobre la mesa.
Mientras se encaminaba a la mesa, Michael oyó a sus espaldas el suspiro de desesperación de su hijo, pero las palabras emocionadas que oyó pesaron más que el descontento de Yuval.
—Muy bien, tráelo ahora mismo —dijo al final, y restregó alternativamente ambas manos contra los costados de sus pantalones.
Eli Bahar lo miró con inquietud.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber Shaul—. ¿Por qué te has puesto lívido?
Michael no respondió.
—Te dejaré por el camino —le dijo a Yuval—. Tengo que volver al trabajo.
El gesto de su hijo reflejaba una mezcla de rabia y resolución: iba a comportarse con dignidad, sin dejar entrever su desengaño, pero a la vez quería asegurarse de que su padre captara cómo le había sentado que pasara lo de siempre…, el tiempo para relajarse juntos era una promesa que nunca llegaba a cumplirse. Expresó todo esto torciendo la comisura de la boca, un gesto más que conocido para Michael, como la amplia gama de emociones que expresaba. Pero no era capaz de ver más allá de la bruma que le empañaba la mente. La voz de Shorer reverberó en sus oídos: «¿Cuántas veces te he dicho que tengas cuidado con las corazonadas, que nunca te guíes por ellas sin cubrirte las espaldas?». Más tarde, de camino hacia el barrio ruso, oyó la risa cascada de Ariyeh Levy y vio el relumbrar de sus ojillos. «¡Así que ha vuelto a meter la pata! Ya le había dicho yo que esto no es la universidad. ¿O es que no se lo había dicho?».