11

—Están todos ahí dentro —dijo Tzilla con gesto preocupado—. Quería que le explicásemos lo de la grabación que vimos anoche, y dijo que ya estamos a miércoles, e hizo pasar a todos a su despacho. Le dije que venías de camino, pero no está de humor, y ahora está leyendo la documentación.

Estaban parados a la puerta del despacho de Michael y la tensión que revelaban la voz y los movimientos de Tzilla lo llevaron a apretar el paso en dirección al despacho del comisario jefe. La pequeña antesala estaba vacía, la máquina de escribir tapada, y Tzilla entró sin detenerse.

—Vamos allá —dijo Michael en voz alta, en un tono que delataba su humor negro, y entró en el despacho de Ariyeh Levy.

Otra reunión matinal de todo el equipo, leyendo una vez más con silenciosa concentración el pormenorizado material preparado por Tzilla: el informe pericial, las fotografías, los comentarios de Criminalística, las listas de preguntas para las pruebas poligráficas, las transcripciones de los interrogatorios, las declaraciones firmadas de los testigos.

Raffi Alfandari dejó sobre la mesa el papel que tenía en la mano y observó atentamente la fotografía del cadáver de Tirosh y luego la de la estatuilla india que habían encontrado en el Alfa Romeo.

—¿Qué es esta estatuilla? —preguntó y, llevándose a los labios un vaso de papel, bebió un largo trago.

—Es el dios Shiva —repuso Michael—, y los peritos dicen que no hay en ella la menor huella. Está impoluta. Pero alguien la llevó al coche desde el despacho de Tirosh, una ocurrencia muy extraña; como si pretendieran darnos una pista, indicarnos que había sido el arma del crimen. Y si lees detenidamente el informe pericial, verás que se descubrieron rastros de metal en la piel de la cara y que, por lo visto, le golpearon con esa estatuilla. En el coche tampoco hay huellas, pero en el despacho las hay por todas partes. Las han verificado todas. En general son de Tuvia Shai, pero también hay algunas de Yael Eisenstein…, ella asegura que no entró allí ese día y, de hecho, es posible que estuvieran ahí desde la víspera; y del limpiador, el tipo con el que hablamos ayer…

—¿Te refieres a ese árabe? ¿Al que interrogó Bahar? —interrumpió Balilty con desconfianza.

Michael hizo un gesto afirmativo y prosiguió:

—Pero creo que ahora deberíamos hablar de Ariyeh Klein.

—Es un poco pornográfica para tenerla en un despacho, ¿no os parece? —señaló Balilty, alzando la vista desde la foto de la estatuilla y dirigiéndola hacia Tzilla, que no respondió a su guiño malicioso.

—No sé lo que es pornográfico y lo que no lo es, pero desde luego es literalmente… significativa, podría decirse —comentó Michael, e hizo una mueca.

Ariyeh Levy, comandante del subdistrito de Jerusalén, levantó los ojos de la documentación que estaba examinando y se quitó las gafas de leer, pero su mirada reprobatoria no hizo mella en su objetivo; con lo que volvió a calarse las gafas exhalando un suspiro y se concentró de nuevo en el contenido del legajo. Michael pensó en las incontables horas que había pasado con esas personas en circunstancias similares y se preguntó por qué esta vez la intimidad que había entre ellos, los gestos familiares, las reacciones predecibles, no le reportaban el bienestar al que estaba acostumbrado. Hoy todo le irritaba. Tal vez se debía a la ausencia de Emanuel Shorer, que siempre actuaba como amortiguador entre Ariyeh Levy y él, pensó; pero hoy ni siquiera Emanuel lo habría rescatado de la soledad que sentía. Consultó su reloj ostensiblemente y, para su sorpresa, Balilty captó su estado de ánimo y masculló:

—No son más que las ocho de la mañana, Ohayon.

Tzilla se abanicaba con el informe que tenía en la mano.

En el amplio despacho, cuyas ventanas daban a la entrada principal, hacía un calor sofocante pese a que era temprano; la polvorienta hiedra que cubría la fachada del edificio y se colaba por la ventana tan sólo creaba una ilusión de sombra.

Gilly, el portavoz de la policía de Jerusalén, preguntó con voz ronca si podía «facilitar la fotografía a la prensa»; «Todavía no», respondió Michael en tono quedo pero firme, que no admitía réplica. Balilty suspiró y Raffi comenzó a informarles del interrogatorio al que había sometido a Ariyeh Klein. El comisario jefe pegó un carpetazo sobre la mesa y miró a su alrededor en silencio. Cuando su mirada se detuvo sobre Michael se le agrió el gesto. Se bajó las gafas de leer hasta la barbilla y comenzó a mordisquear una patilla.

—Si echáis un vistazo a su declaración —continuó Raffi Alfandari—, veréis que regresó el jueves por la noche y decidió no decírselo a nadie de fuera de su familia. Alquiló un coche en el aeropuerto y se fue directamente a Rosh Pinna, donde vive su anciana madre. Volvió a Jerusalén el sábado por la noche, después de haber recogido a su mujer y a sus tres hijas en el aeropuerto. Ellas regresaron el sábado por la noche; lo hemos verificado. De manera que, en mi opinión, Klein está libre de sospecha.

—¿Cómo lo han verificado? —quiso saber Ariyeh Levy.

—Pues…, se lo preguntamos a su madre, una de esas pioneras de los viejos tiempos; se le ve en la cara que es incapaz de mentir. En fin, eso fue lo que nos dijo —se retiró un mechón invisible de la frente, bajó la vista nervioso y prosiguió—: Lo interesante es…, de momento no hemos transcrito esa parte…, que Klein vio a Dudai un par de veces en Estados Unidos; la primera justo después de que llegara Dudai y la segunda cuando iba a marcharse. Y me ha dicho que Dudai estaba de muy mal humor antes de regresar a Israel.

Balilty miró a Raffi Alfandari y dijo con una sonrisa:

—Es el discurso más largo que te he oído pronunciar en todo el año.

—¿Por qué? —preguntó Michael sin hacer caso a Balilty.

Y Raffi, que desde su primer día de trabajo en el equipo había demostrado a Michael una admiración y una lealtad sin reservas, y que, por así decirlo, mantenía un diálogo privado con él, repuso con una timidez que le daba un aire juvenil e inocente:

—Klein dijo que Dudai estaba viviendo una crisis muy seria con respecto a su doctorado, pero no quiso entrar en detalles; me consultó si podría hablar contigo de ese asunto.

Levy dejó sus gafas de leer sobre los documentos.

—¿Qué es esto, una cafetería? ¿Es que cada uno puede pedir lo que se le antoje? —se quejó Balilty.

Pero Michael lo atajó preguntando si también habían citado a Klein para que realizara ese mismo día la prueba poligráfica.

Tzilla asintió vigorosamente con la cabeza y dijo:

—Sí, a las cuatro. Y preguntó si estarías aquí a esa hora, pero no supe qué responderle.

—No sé si estaré aquí —dijo Michael—, pero puedes decirle que me pondré en contacto con él.

Ariyeh Levy apoyó las manos sobre la mesa y enarcó las cejas, dando a entender que no podía soportar más tonterías. Michael captó la señal y supo que se avecinaba un estallido, pero prefirió hacer caso omiso y se dijo: «Hoy no es un buen día para estar con el equipo; será mejor que te largues; estás tan rimbombante como Ariyeh Levy y más o menos igual de agradable».

Pero en ese momento Balilty preguntó por sorpresa:

—¿Os he dicho ya que estuvo casado? —y dirigió una mirada triunfante en torno a la mesa hasta que sus ojos toparon con la expresión furibunda de Michael; entonces añadió en tono serio y formal—: En 1971, el profesor Tirosh se fue a pasar un año sabático a Canadá. Por lo visto debía de sentirse muy solo, porque un mes más tarde se le unió la señorita Eisenstein, que tenía en aquel entonces dieciocho años y medio; y quiero recordaros —y aquí sonrió lascivamente— que él tenía cuarenta y uno; y cuando llegó a Canadá se casó con ella, aunque no fue más que una ceremonia civil, sin rabino. Y exactamente seis meses después se divorció de ella.

Con gesto de satisfacción, Levy los miró a ambos, primero a Balilty y luego a Michael, como si quisiera decirles: Ni siquiera vosotros sois capaces de controlarlo, y volvió a concentrarse en los documentos.

—Ponte en contacto con Criminalística y diles que añadan eso a la prueba poligráfica de Eisenstein —le dijo Michael a Tzilla.

—Pero ¿qué importancia tiene eso? —era la primera vez que Eli Bahar abría la boca esa mañana—. ¿Qué más da si estuvo casado con ella hace mil años? ¿Por qué iba a reaccionar ahora de pronto?

—Lo cierto es que había huellas suyas en el despacho de Tirosh, y el árabe lo había limpiado el jueves, porque, como es natural, el viernes lo tiene libre —dijo Balilty—. ¿Quién dice que las relaciones se terminan cuando uno se divorcia? En este mundo se ven cosas increíbles, y lo que ahora nos interesa es que entre ellos había una relación rara de la que nadie sabía nada; tenemos que hablar de eso con ella.

—Pero yo verifiqué su coartada después de que la interrogara Raffi; y es cierto que cogió un taxi en la universidad a las doce y media del viernes; y no tiene carné de conducir —dijo Eli Bahar agresivamente.

—¿Cómo lo sabes? —le replicó Balilty.

Una vez más descendió el silencio. Ariyeh Levy lo rompió diciendo en tono paternal:

—Si no sabíamos que habían estado casados, es posible que haya otras cosas de las que no estemos enterados, como un carné de conducir canadiense; además se puede coger un taxi y volver más tarde. —Eli Bahar despegó los labios para decir algo, pero Levy lo detuvo levantando la mano—: Estoy seguro de que lo ha comprobado…, no hace falta que me cuente los detalles; pero vuelva a comprobarlo a la luz de lo que acabamos de oír. Recuerde el caso de Dina Silver, que aseguraba que no sabía coger una pistola y luego resultó que había ganado el primer premio en un concurso de tiro al blanco en el extranjero. Hay quienes piensan que lo que hacen fuera del país queda en secreto. Es evidente que hay que verificar los datos de nuevo. Y, en general, debo decirles que están faltando a su deber al tener tantos miramientos con ellos —alzó la voz y el tono paternal se desvaneció—. No entiendo por qué no arrestan a Tuvia Shai y a su señora; en mi opinión, esto lo han tramado entre los dos. Se han dado casos así, con personas ricas y solitarias. Y no sé qué pensará usted —lanzó una mirada sarcástica a Michael—, pero, desde mi punto de vista, Tirosh era un hombre rico, y esta pareja, los Shai, quisieron echarle el guante a través de ella, de la mujer, para sacarle el dinero, y luego Tirosh la deja plantada y les estropea los planes.

Michael señaló que los Shai no se habían beneficiado económicamente de la muerte de Tirosh y que, aparte de eso, la teoría del comisario no explicaba la muerte de Dudai. Mientras hablaba, vio un destello de ira en los ojos de Levy y adivinó lo que iba a decir a continuación.

—¡Aquí no estamos en la universidad, piensen lo que piensen algunos! —bramó Ariyeh Levy, descargando un puñetazo sobre la mesa, y nadie osó sonreír—. No le ordeno arrestarlo ahora mismo sólo porque no hay pruebas, pero cualquier juez entendería que el hecho de que estuviera tirándose a su mujer es motivo suficiente, y también tuvo todas las oportunidades del mundo…, y su coartada no vale para nada.

—Tengo la intención de volver a hablar con él hoy —dijo Michael.

—¿Cómo vas a conseguir que venga? Da clases durante todo el día; lo tengo aquí anotado —intervino Tzilla.

—El Monte Scopus no es la luna —terció Balilty—, y ¿qué más da que tenga clases? ¿Es tan grave que se fume las clases durante un par de horas? ¿Preferiría tal vez que lo detuviésemos? ¿O no volver a dar clase en toda su vida?

—¿Y qué hay de los laboratorios químicos? —preguntó el comandante pragmáticamente, olvidado de su arrebato—. Por lo que ha dicho la señora de Dudai, guardaban las botellas y el equipo de buceo en el sótano del edificio. Ella tiene la llave, pero según dice aquí, la puerta se quedaba abierta muchas veces, y cualquiera podría haber manipulado las botellas; y por lo que yo sé, Dudai no tenía la menor relación con ningún laboratorio químico ni sabía nada sobre gases. No es que crea que tengamos que resolverles el trabajo en lo que respecta a Dudai, dejemos que los de Negev se devanen los sesos; pero aun así, después de llegar a la conclusión de que los dos casos están relacionados, no hemos logrado descubrir la menor pista sobre las botellas.

—Aharonovitz —dijo Eli Bahar.

—¿Qué pasa con Aharonovitz? —preguntó Michael.

—Quería ser director del departamento, y Tirosh se oponía; los profesores se reunieron el viernes por la mañana para tratar ese asunto. Pero Aharonovitz me ha dicho que al principio de la reunión les advirtió que tenía que estar en casa a la una. Lo repitió un montón de veces. Cuando le pregunté por qué tenía que volver a casa no me lo quiso explicar. Al final me dijo que su mujer estaba enferma. Así que fui a su barrio…, vive en Kiryat Haovel, en la calle Rabinovitz, esa que está llena de mansiones…, y hablé con los vecinos. Está casado y tiene dos hijos mayores, el hijo no les da problemas, estudia Medicina, un chico normal. La hija sufre un trastorno mental; lleva años ingresada en Ezrat Nashim, y la llevan a casa a pasar los fines de semana. Por su aspecto, me había imaginado que Aharonovitz viviría en un tugurio, pero… —la voz de Eli se fue apagando a la vez que bajaba la vista—. Es igual, no tiene importancia —dijo vacilante.

—Cuéntanoslo —le animó Balilty.

—No, da igual. Es que vive en una casa bonita, con un jardín del que se ocupa su esposa, y ella tiene muy buena facha. No se puede decir que sea guapa, ya habrá cumplido los cincuenta…, pero es toda una señora.

—¿Y bien? —dijo Balilty—. ¿Qué pretendes decir?

—No he tenido tiempo de decírtelo —prosiguió Bahar dirigiéndose a Michael, sin prestar atención a Balilty—, pero no sé por qué eso ha cambiado por completo la imagen que me había formado de él. Y, además, no es ningún estúpido.

—Nadie ha dicho que fuera un estúpido; lo que nos interesa es si hay que considerarlo sospechoso —indicó Ariyeh Levy con desconfianza.

—No lo sé, pero después de la reunión del viernes fue al hospital para llevarse a su hija a pasar el fin de semana en casa. Lo hemos verificado. Pero es que detestaba a Tirosh. ¡Caray, cómo lo detestaba!

—Pero ¿tuvo la oportunidad de ir al despacho de Tirosh o no? —inquirió Levy impacientándose.

—No sé qué decirle. En el hospital dicen que llegó sobre la una, siempre llega sobre la una. No tiene coche. Me ha dicho que cogió un par de autobuses…, no le gustan los taxis. Me da la impresión de que no pudo darle tiempo.

—¿Le interrogaste sobre el cuaderno que estaba en la mesa de Tirosh? ¿Sobre esas palabras que habían traspasado el papel? —le preguntó Michael.

Eli asintió.

—¿Y bien? —dijo Balilty.

Eli no le hizo caso.

—Me dijo que la primera palabra debía pronunciarse a la manera asquenazí antigua, y no como hablamos hoy. No es sirá, poesía; sino Shira, un nombre de mujer. Y luego… —Eli se ruborizó y alargó el brazo para coger su taza de café.

—¿Qué galimatías es ése? ¿A dónde quieres ir a parar? —preguntó Balilty.

—Dijo: «Jovencito, el saber no ocupa lugar. Preocúpese de enterarse de los cambios que introdujo Agnón en Shira». No comprendí de qué me estaba hablando.

Se hizo un silencio tenso. Ariyeh Levy tamborileaba con los dedos sobre la mesa. Michael miraba la pared que tenía enfrente.

—¿De qué se trata? —graznó Levy al fin, dirigiéndose a Michael—. ¿No pueden explicárnoslo nuestros colegas cultos?

—Es una novela de S. Y. Agnón —repuso Michael de mala gana— publicada después de su muerte. Está sin terminar. Creo recordar que le falta el último capítulo.

—¿Le preguntaste qué se proponía Tirosh, en su opinión? —le dijo Ariyeh Levy a Eli.

—Comentó algo sobre la lepra y la corrupción. No entendí la mitad de lo que me decía. La verdad es que no sé qué decirle… —contestó Eli abochornado.

—¿Trata sobre la lepra? ¿Sobre la corrupción? ¿Ha leído ese libro? —preguntó Levy cada vez más atropelladamente, y miró a Michael.

—No lo recuerdo, pero sé que escribió una historia sobre leprosos —replicó Michael pensativo.

Con ominosa expresión en el rostro congestionado, Ariyeh Levy dijo en tono amenazador:

—No es eso lo que le he preguntado, no es momento para recibir conferencias.

—No lo recuerdo, de verdad. Es un libro de quinientas páginas —protestó Michael, mirándose las sandalias.

—Y, además, ¿qué tiene que ver con esto? —exclamó Ariyeh Levy—. No veo la relación.

—Quizá estuviera escribiendo un artículo sobre ese libro —dijo Michael sin mirar a nadie.

—¿Y no dejó ninguna nota? —terció Balilty, escéptico—. Cuando se escribe algo se tiran cosas a la papelera, se hacen borradores y se rompen, así es como funciona. ¿No? —le preguntó a Michael, que le dio la razón con un gesto.

—Así que, por lo que veo, nuestros colegas cultos tampoco saben por dónde se andan. Menos mal que no desperdicié allí cinco años de mi vida —dijo el comisario con ostentosa satisfacción.

—Pero el odio que le tenía a Tirosh… —Eli echó una mirada a su alrededor, abrió la boca, recapacitó y la cerró.

Michael lo miró y dijo irritado:

—Bueno, ¿qué quieres decir?

—Qué sé yo —repuso Eli despacio, titubeando—, pero echa un vistazo a la foto del trastero de Tirosh; no se ve muy bien…

—¿Y bien? —le animó Michael.

—A mí me parece —dijo Eli— que detrás de las herramientas hay algo que podría ser una bombona de gas. Creo que deberíamos volver a comprobarlo.

—¿No registraron el trastero? —preguntó Ariyeh Levy amenazadoramente.

Michael se encogió de hombros, lo miró a los ojos y replicó:

—Quizá no lo registramos bastante a fondo.

—Pues vuelvan a registrarlo hoy, si no es mucho pedir —le espetó Levy, y Michael asintió.

—Primero aseguraos de que no la tenía para inflar un globo aerostático normal y corriente —dijo Balilty—. Probablemente, ese personaje aficionado a las salchichas húngaras —añadió con desdén, supuestamente imitando el acento húngaro— guardaba un globo aerostático a mano.

Eli Bahar lo miró con gesto beligerante y susurró:

—No recibo órdenes de ti.

—Verificadlo esta misma mañana, por favor —dijo Michael en tono conciliador.

—¿Qué puedo decirles entretanto? —inquirió desesperado Gilly, el portavoz, enjugándose el sudor bajo el cabello rubio que le caía sobre la frente.

Ariyeh Levy le dijo con impaciencia: «Un momento», y centró su atención en Michael, que había comenzado a resumir las tareas del día.

—Están esperando ahí afuera; y se están hartando. Hay hasta un corresponsal extranjero; el tío éste era una figura internacional… ¿Ha visto los titulares de los dos últimos días? —insistió Gilly.

—Cómo no los voy a haber visto —respondió Balilty, aunque la pregunta no iba dirigida a él— «Literatura letal», ¡ése sí que es bueno!

—Déjales que rellenen unas cuantas páginas más —le dijo Michael, tajante—. Entretanto, los libros de Tirosh se están vendiendo como rosquillas…, aunque no sé a quién irá a parar el dinero.

—El artículo «Muertes en serie en el Departamento de Literatura» es más preocupante —comentó Eli—. ¡Están todos temblando como hojas! Kalitzki ha solicitado un guardaespaldas. Zellermaier dice que el miedo no le deja dormir por la noche. No tiene ninguna gracia…, ¿no os parece que a lo mejor sí es necesario proteger a alguno? ¿Quién será el siguiente? Eso es lo que se están preguntando.

Se quedaron cavilando, y como siempre fue Balilty quien rompió el silencio.

—Alguna gente cree —dijo, pensativo— que no va a morirse nunca. Me queréis decir cómo es posible que, teniendo tanto dinero, ese tipo que estaba solo en el mundo no se preocupara de hacer testamento.

—¿Lo han comprobado? —inquirió Levy, y Eli Bahar mencionó el nombre del abogado de Tirosh.

—Cabe la posibilidad de que lo tenga otra persona —aventuró Ariyeh Levy.

Pero Ely repitió tercamente:

—Lo he verificado. Tampoco he encontrado ningún testamento entre sus papeles.

—¿Y no tiene familia? —preguntó Levy incrédulo.

—Una anciana tía en Zurich —dijo Michael, y una vez más se hizo el silencio.

—¿Y sobre qué pista está trabajando ahora? —preguntó Levy.

—Estamos buscando a alguien —repuso Michael con cautela— que haya salido del Monte Scopus entre las dos y las seis, conduciendo el Alfa Romeo de Tirosh y llevándose una estatuilla del tamaño de un antebrazo. No cabría en la cartera de Tuvia Shai, y además él dice que esa mañana ni siquiera la llevaba. Pero sí puede haber cabido en un bolso grande, y no debía de estar muy manchada de sangre. Es posible que se la llevaran en un bolso de plástico. Hemos examinado todos los bolsos de la mujer de Shai, de Ruth Dudai, de todo el mundo, sin encontrar ni rastro de sangre. El guarda del aparcamiento no recuerda haber visto ningún coche saliendo de allí, pero hay que pensar que hacía calor, que estaba sentado en su caseta y que quizá levantase la barrera sin mirar. En resumen, esto no va a ser fácil; y como habrá visto en la documentación, hay montones de candidatos, muchísimas personas que se habrían alegrado de verlo muerto. Basta con pensar en los dramones que montaba en ese café —concluyó amargamente.

—¿Qué café? —preguntó Tzilla, extrañamente silenciosa esa mañana.

—¿No te lo he contado ya? —repuso Michael con impaciencia; y añadió al reparar en su expresión preocupada—: Durante los últimos años realizaba una especie de rito. Llegaba a un café de Tel Aviv que se llama Rovall, creo…, pero está todo escrito; tú misma lo has pasado a máquina.

—No lo he pasado todo yo —objetó Tzilla.

—¿Y qué ocurría en ese café? —se exasperó Ariyeh Levy.

—Todos los lunes se instalaba en ese café de cuatro a seis de la tarde, y muchos poetas jóvenes acudían a enseñarle sus manuscritos. Sentado ante una taza de café, él iba leyéndolos uno tras otro y tomaba una decisión sobre la marcha…, luz verde o luz roja.

—¿Qué quiere decir con eso de luz verde o luz roja? —preguntó Levy.

—Tirosh dirigía una prestigiosa revista literaria…, se llama Criterios…, y era en ese café donde decidía lo que iba a publicar en la revista.

—Pero si ya te he dicho que acudían en manada al café, y no había discriminación que valiera…, los humillaba a todos; nadie tenía trato preferente —dijo Balilty con brusquedad—. Tengo la lista, y estamos estudiándola; la mayoría eran mujeres, chicas jóvenes, también unos cuantos hombres, pero ninguno habría tenido la fuerza necesaria para levantar esa escultura.

—No lo entiendo —intervino el comandante sin dirigirse a nadie en particular—. ¿Cómo puede prestarse alguien a que le hagan eso? A mí nadie me habría obligado…

—En fin, es un mundo distinto —respondió Michael—, con normas diferentes, el mundo de los poetas. Consideraban a Tirosh un crítico de poesía de primera fila —miró a Ariyeh Levy a los ojos en son de desafío, pero Levy no replicó.

—Esa gente está en otro nivel —señaló Balilty venenosamente—. A nosotros nos toman por analfabetos o algo así.

—Esto tiene su importancia —dijo Michael, pensativo—. Es importante para nosotros porque lo es para ellos. Igual que hay que informarse sobre los diamantes cuando se comete un asesinato relacionado con ellos, ahora hay que tratar de meterse en su mundo y…

—¡No tengo la menor intención de ponerme a leer revistas de poesía! —exclamó Ariyeh Levy pegando un puñetazo sobre la mesa—. ¡Ya puede ir olvidándose de esa idea!

—La cuestión es que para un poeta que publiquen su obra en esa revista supone darse a conocer, obtener el reconocimiento y el respeto públicos, y todas esas cosas que también existen en los demás mundos, y Tirosh tenía la última palabra en ese terreno —explicó Michael sosegadamente.

—Muy bien, lo hemos comprendido, y ahora quiero preguntarles de nuevo —dijo Levy, pasándose los gruesos dedos por el dorso del cuello mientras se levantaban para irse—: ¿Han descartado los motivos políticos?

—Sí —aseguró Balilty, y Levy le dirigió una mirada escéptica.

Ya en la puerta, Michael les recordó que debían tener listos los resultados de las pruebas poligráficas esa misma tarde, a última hora.

—¿Dónde vas a pasar todo el día? —le preguntó Tzilla con inquietud una vez fuera del despacho.

—Primero en el Monte Scopus —repuso Michael—, para ver otra vez a Tuvia Shai; quizá nos revele alguna novedad —vaciló un instante y, enjugándose la cara, añadió—: Te llamaré desde donde esté cuando haya terminado.

—¿No te va a acompañar nadie? ¿Para quedarse en el coche y grabar el interrogatorio?

—Alfandari, espera —dijo Michael elevando la voz hacia el fondo del pasillo—. Te vienes conmigo.

Alfandari se puso al volante de la camioneta, que estaba provista de un equipo de grabación a larga distancia.

—¿Por qué no le pondrán aire acondicionado? ¿Es que quieren que se estropee este equipo tan delicado? —preguntó retóricamente mientras se acomodaban en la camioneta, donde hacía un calor sofocante.

Michael, a quien la luz deslumbrante le hería los ojos, no dijo nada. Contempló por enésima vez la majestuosa entrada del barrio ruso, maravillado por los contrastes: la fachada del palacio, cuyo interior había sido dividido en despachos mediante finos tabiques, y enfrente, centelleando silenciosa bajo el sol, la iglesia. Los domingos, salían de ella las voces de las monjas ortodoxas; a veces las oía cantar al pasar por delante. Esos cánticos siempre lo conmovían, y tardaba un rato en caer en la cuenta de que era domingo. Cuando alcanzaba a oírlos desde al lado de la caseta del guarda, se fijaba satisfecho en el estupor que paralizaba a los transeúntes, hasta que reaccionaban y seguían su camino. Observó ahora los grandes barriles que cercaban el aparcamiento, la garita de madera del guarda y la cúpula verde de la iglesia, brillando al sol, y frente a él, el albergue que el príncipe Sergio de la casa Romanov había construido para los peregrinos rusos, un edifico que ahora albergaba la oficina de la Sociedad Protectora de la Naturaleza y una sección del Ministerio de Agricultura. Echó una ojeada de conjunto al barrio, a los enormes y suntuosos palacios que habían sido adaptados sin mayores dificultades a las necesidades de la burocracia israelí, y la yuxtaposición de las oficinas con la imagen del príncipe Sergio le hizo asombrarse una vez más de la capacidad de la gente para vivir el día a día de una existencia prosaica en Jerusalén sin pararse a pensar.

Encontró en la guantera unas gafas de sol y siguió distraídamente el recorrido.

Estaban en el pasillo, junto a la secretaría del departamento. Tuvia Shai se secó con la mano el sudor de la frente. En la otra mano llevaba un archivador de cartón y un folleto.

—Es la última clase del año —dijo con impaciencia—, no puedo cancelarla.

—¿Ni siquiera después de lo que ha ocurrido? Cancelan ustedes las clases por motivos mucho más triviales… ¡eche un vistazo al tablón! —Michael señaló el tablón de anuncios colgado en la pared junto a una curva del pasillo y dijo—: Razones familiares y a veces no se alega ningún motivo. ¿Por qué no puede cancelarla? ¿Y si se hubiera puesto enfermo de repente?

—No diga «ustedes» —replicó Shai enfadado—. No nos meta a todos en el mismo saco; yo nunca cancelo una clase sin una razón de peso. No se lo he notificado a los estudiantes por adelantado. ¿Por qué iba a tener de pronto esa falta de consideración con ellos?

—Porque dos compañeros suyos han muerto asesinados —dijo Michael con sencillez, y el enfado de Tuvia Shai se desvaneció bajo aquella ducha fría que parecía haberlo devuelto a la realidad.

—Se supone que hoy iba a enlazar los temas tratados a lo largo del año. Llevo todo el curso trabajando con vistas a esta clase —dijo Shai—. Haga el favor de esperar una hora y media, no durará más. Mientras tanto puede hablar con otra persona…, ¿a qué vienen tantas prisas por hablar conmigo? Ayer me pasé el día hablando con usted.

—Es usted la última persona que lo vio con vida —le recordó Michael, y al cabo de un instante añadió—: Y además estaba especialmente unido a él, no paran de decírmelo.

Shai hizo un ademán displicente y dijo:

—No me puede obligar a cancelar mi última clase. Ayer suspendí la clase de poesía por su culpa.

—¿Qué le lleva a pensar que van a acudir sus alumnos? Ellos también deben de estar muertos de miedo.

—Me llamaron para preguntarme si iba a haber clase y les dije que sí. Hemos decidido no suspender nada, ni las clases ni los exámenes. Estamos a final de curso.

—Está bien —concluyó Michael tras un instante de silencio—, asistiré a su clase mientras lo espero, si no le importa.

—No entiendo por qué quiere asistir a una clase en la que no se va a enterar de nada. He tratado de explicarle que voy a sacar una conclusión de lo que hemos estado estudiando todo el curso. Y, además, nos ocuparemos de un texto particularmente difícil… En fin, haga lo que quiera.

Michael lo siguió en silencio. Descendieron al piso de abajo y echaron a andar pasillo adelante. Había puertas en los tramos donde menos se lo esperaba uno y Michael imaginó que conducirían a angostos laberintos, pero la puerta que abrió Tuvia Shai daba paso a un espacio pentagonal bien iluminado, donde varios estudiantes aguardaban en sus puestos. Al abrirse la puerta se elevó un murmullo; los estudiantes observaron a Michael con curiosidad durante un instante y él creyó percibir miedo en sus rostros.

Quince mujeres, contó Michael, la mayoría jóvenes, dos con la cabeza cubierta a la manera de las judías practicantes y otra con esa especie de turbante (se le había torcido ligeramente) que llevan las mujeres casadas ultraortodoxas. Había asimismo dos hombres jóvenes y otro mayor, éste con la barbilla apoyada en la mano y aspecto fatigado. Los estudiantes ocupaban varias filas de mesas rectangulares dispuestas en forma de herradura y tenían abiertos ante sí folletos y una Biblia. Michael tomó asiento junto al hombre mayor, en la segunda fila, en una silla con un brazo para escribir; sobre él descansaba un folleto, y Michael leyó en la cubierta: Elementos de la poesía lírica. Cuando Tuvia Shai ocupó su puesto en la mesa del profesor, en el centro de la boca de la herradura, el hombre que estaba junto a Michael se enderezó, abrió su folleto y comenzó a ojear la Biblia que reposaba en sus rodillas. Michael le imitó y leyó en su folleto: «El cabello de Sansón», y los versos que venían a continuación:

Nunca he logrado comprender el cabello de Sansón: su inmenso secreto, su ascético misterio, la prohibición (muy comprensible) de referirse a él, el miedo constante a perder mechones, el eterno pavor a las suaves caricias de Dalila.

Mas el cabello de Absalón no me plantea problemas.

Es a todas luces hermoso, como el sol en su cenit, como la roja

luna de la venganza.

Su fragancia es más dulce que los perfumes de las mujeres. El frío e intrigante Ajitófel desvía la mirada

cuando ve ante sí el motivo del amor de David:

Es el cabello más espléndido del reino, el motivo perfecto

de toda rebelión y, después, el terebinto.

Tuvia Shai dirigió la vista al frente y dijo: «La clase ha comenzado», y a continuación leyó el poema en voz alta. En el silencio reinante en el aula no se oía más sonido que el de su voz. Michael observó el rostro del profesor mientras leía. Enseguida le llamaron la atención el color que le afluía a las mejillas y su voz, que ya no era monótona. Michael comprendió que Shai amaba aquel poema, y pronto supo que también amaba la docencia.

Shai concluyó la lectura y se volvió hacia los estudiantes. El tono prosaico en que había iniciado la clase había desviado la atención de los alumnos, según advirtió Michael, de los sucesos de los últimos días, permitiéndoles concentrarse de inmediato en el material.

—¿En qué se apoya este poema? ¿Cuál es su estructura profunda? ¿De qué depende en el fondo? —preguntó Tuvia Shai.

Una mano se alzó vacilante y uno de los hombres jóvenes, el que llevaba gafas, rompió a hablar sin esperar a que le concedieran permiso.

—Aquí hay dos referencias a historias bíblicas, dos alusiones —dijo con voz animada, entusiasta.

—Jueces trece al dieciséis y libro segundo de Samuel —intervino una chica—, capítulos trece al diecinueve.

Tuvia Shai asintió y dijo:

—¿Cómo lo analizamos entonces? No es la primera vez que nos enfrentamos a poemas con alusiones, pero en esta ocasión tenemos dos textos bíblicos en un poema; ¿por dónde debemos encaminarnos? Hemos identificado las alusiones, ¿y ahora qué?

—Deberíamos comentar las interpretaciones de los textos a los que se alude —dijo una de las mujeres mayores después de examinar los papeles que tenía extendidos ante sí.

—Refrésquenme la memoria —dijo Shai, y durante un instante su semblante adoptó la expresión vacua e inanimada que tan bien conocía Michael—. ¿Quién se había encargado de preparar algo?

Bajó la vista hacia los papeles que tenía delante y Michael consultó su reloj. Sólo habían pasado diez minutos. Volvió a mirar el poema; despertaba su curiosidad, le gustaba, pero no sabía por qué. Apenas si alcanzaba a entender nada de lo que decía, pero siempre le había atraído la historia del rey David y de la revuelta de Absalón. Las palabras del lamento: «¡Ay, hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Dios quisiera que hubiera muerto yo en tu lugar, ay, Absalón, hijo mío, hijo mío!», le acudían con frecuencia a la memoria en momentos de melancolía inexplicable, mucho antes de que se hubiera convertido en padre.

Como a través de un velo, oyó la voz de la mujer de mediana edad, con ecos de un acento indefinido, de algún lugar de la Europa del Este, leyendo sus notas sobre la historia del nacimiento de Sansón y los acontecimientos de su vida. A continuación, la mujer se quitó las gafas de leer y preguntó:

—Y ahora ¿las interpretaciones?

Shai hizo un gesto afirmativo y Michael percibió la tensión del profesor, la emoción que iba apoderándose de él a medida que la mujer seguía leyendo. Citó a los exégetas rabínicos con voz pausada, y mientras lo hacía, Tuvia Shai apretaba los puños con fuerza creciente. Al final, concluyó así: «Eso es todo en lo relativo a Sansón», y Tuvia Shai dijo en el tono que hubiera empleado para contar un cuento a un niño:

—¿De qué trata en realidad la historia de Sansón? ¿Lo han pensado alguna vez?

Michael siguió la mirada de los alumnos. Algunos miraron hacia la puerta y otros se revolvieron nerviosos, pero Shai no esperó a que le respondieran.

—¿Han reflexionado alguna vez sobre las contradicciones de su carácter? ¿Han pensado en el hecho de que es un nazareo consagrado en secreto a Dios, un juez y un hombre que oculta su luz bajo un celemín? Quiero recordarles —alzó la voz y levantó un dedo— que no les habla a sus padres del león, no alardea del asunto ante nadie —dirigió la vista hacia los alumnos y luego hacia la ventana, que debería haber dominado un horizonte lejano pero, en realidad, sólo daba a otro edificio—. ¿Han pensado en que es un adúltero que sufre la misma traición a manos de dos mujeres distintas, su esposa y Dalila, y que sus contradicciones alcanzan el clímax…, cuándo? ¿Cuándo se nos revela el clímax de las contradicciones de su carácter?

—En su muerte —dijo en voz baja uno de los jóvenes, mirándose los pies; luego levantó sus ojos azul claro hacia Shai, que le sonrió con afecto, confirmó sus palabras con un gesto y dijo—: Sí, al morir su figura adquiere unas proporciones casi míticas. Piensen en ello, el gigante ciego, rodeado de filisteos que se burlan de él, rogando que se le conceda un último consuelo antes de morir. Imagínenlo: es una escena que ciertamente contiene un elemento sublime, trágico.

Miró a sus alumnos como queriendo confirmar que le habían entendido. Michael no retiraba la vista de él, pero no logró que le devolviera la mirada; Shai actuaba como si Michael no estuviera presente.

—Lo que quiero que pensemos llegados a este punto es que, en la Biblia, la figura de Sansón, el héroe, se presenta por un lado como si fuera un Hércules y, por otro, con un cariz levemente ridículo.

Michael observó a los alumnos. Tomaban notas frenéticamente. El hombre que tenía al lado seguía con la barbilla apoyada en la mano, sin apuntar nada.

—Lo que quiero que tengamos presente —la voz de Shai se alzó de nuevo tras una breve pausa— es que la Biblia presenta el cabello de Sansón a modo de metonimia, como una parte que representa un todo, debido a su especial vinculación con Dios; es el vínculo que le otorga su fuerza sobrenatural. Para el lector, el cabello en sí mismo llega a representar la fuerza. El vínculo de Sansón con Dios, y su debilidad ante las mujeres, una debilidad que se expresa en necedad o al menos en ingenuidad, constituyen una pasmosa contradicción. Dos veces, dos —Tuvia Shai levantó dos dedos—, le traicionan las mujeres a quienes ama. Esto no sólo denota estupidez; también es una muestra de vanidad…, a Sansón nunca se le ocurre que puedan arrebatarle su fuerza. La Biblia nos describe a un hombre que ha sufrido un proceso a lo largo de los años. Un proceso cuyo resultado es llevarlo a identificar la fuerza divina que hay en él con su propia personalidad, olvidándose de su origen divino.

Shai volvió a mirar en derredor y Michael observó las manos en reposo de los alumnos, que habían dejado de escribir, y la luz que chispeó en los ojos azules del estudiante joven.

—Para Sansón —prosiguió Shai en voz baja—, la pérdida del cabello significa la pérdida de su unión con Dios, la ruptura de sus votos ascéticos; eso es lo que supone para él la pérdida del cabello y, en consecuencia, señoras y caballeros, también supone la pérdida de su fuerza sobrenatural, sobrehumana.

Tuvia Shai dirigió en torno suyo una mirada que, más que triunfante, era de orgullo; la mirada de alguien que ha resuelto un complejo enigma y ha arrojado luz sobre su entorno.

—No veo la relación —objetó una mujer joven. Su ancha espalda, la única parte de su cuerpo a la vista de Michael, se agitó con desasosiego, y la luz que iluminaba el semblante de Tuvia Shai se desvaneció durante un instante.

—Paciencia —le dijo sonriendo—. No nos marcharemos de aquí hasta que haya usted visto esa relación. Estamos descifrando una estructura multidimensional, vamos a examinar el tercer texto. Esto requiere su tiempo.

—¿Puede decirnos el nombre del poeta? —preguntó una mujer joven tocada con un pañuelo verde.

El rostro de Tuvia Shai volvió a animarse mientras replicaba en tono regocijado:

—Todavía no; para evitar los prejuicios, lo diré al final; aunque estoy convencido de que algunos de ustedes ya lo saben.

Luego prosiguió hablando sobre Absalón. El vecino de silla de Michael revolvió febrilmente los papeles extraídos del maletín que reposaba en el suelo, entre sus piernas y, a continuación, con voz sosegada y lenta, leyó un resumen del desarrollo de la revuelta de Absalón. En Michael se despertaron ecos de otros tiempos, ecos de cosas que creía conocer y ahora sabía que nunca había comprendido. Escuchó sobresaltado los pormenores relativos al «consejo de Ajitófel» y comprendió el significado de las palabras: «Se levantó, pues, una tienda para Absalón sobre el terrado y Absalón se unió a las concubinas de su padre a la vista de todo Israel»; miró de reojo el folleto abierto sobre el brazo de la silla de su izquierda y una vez más vio las palabras: «el frío e intrigante Ajitófel», y el poema comenzó a cobrar vida, a vibrar gracias a algo que Michael no había descubierto en él hasta entonces. Algo maligno y terrible que deseaba comprender.

La voz de Tuvia Shai también sonó intrigante cuando dijo:

—Ahora ya está en su poder toda la información; sólo les queda formarse una imagen de conjunto clara —y miró a sus alumnos con severidad.

Ellos esperaban, empuñando los bolígrafos. Cuando no examinaba un punto invisible de la pared o el texto que tenía sobre la mesa, Tuvia Shai iluminaba los ojos del estudiante de ojos azules al mirarlo.

—Absalón —dijo Shai— mató a Amnón porque había violado a Tamar. Fue un acto meditado durante largo tiempo; no es la venganza de un hombre de sangre caliente. Medita su plan durante dos años y, al fin, venga a su hermana Tamar, y sólo entonces se demuestra cuánta cólera albergaba. Pero ¿no se entiende también que ha hecho algo que le habría correspondido hacer a su padre, el rey David? —echó una ojeada al poema y musitó—: ¡Tres años! El amado hijo de David vive en el exilio en Guesur durante tres años, y después es Joab quien toma la iniciativa para que regrese a Jerusalén, ¡Joab y no David! La reconciliación entre ellos es especialmente fría, tal como se subraya mediante el uso repetido de las palabras «el rey» en la descripción de esta gélida reconciliación.

Michael palpó el minúsculo micrófono que llevaba en el bolsillo de la camisa. Se preguntó qué estaría pensando de todo esto Alfandari mientras grababa las voces desde la furgoneta. Luego pensó en la voz monocorde del Tuvia Shai que creía conocer, el hombre al que había interrogado en su despacho. Y ese mismo hombre estaba ahora pletórico de vida, de emoción. ¡Y de qué cosas hablaba! Claro que tenía la clase preparada mucho tiempo antes de que nadie hubiera sido asesinado, se recordó. Pero mira cómo está: ¿no sería capaz de aplastarle a alguien la cara durante un arrebato de ira? ¿Era éste el hombre sin atributos? ¿Y de verdad no era consciente de la presencia de Michael? ¿No se daría cuenta de que estaba revelando otra faceta de su personalidad? ¿Una energía desconocida? Como si le hubiera leído el pensamiento, Tuvia Shai miró directamente a Michael con sus ojos pálidos y acuosos. No había miedo en ellos; la emoción que reflejaban era inconfundible: alegría, entusiasmo por haber dado con la solución, por tener la habilidad de expresarlo todo con palabras.

—La muerte de Absalón es una muerte trágica y paradójica —dijo Tuvia Shai—. Quien tanto ama su cabello muere precisamente por culpa de su cabello.

—Hay un midrás relativo a eso —dijo una mujer madura que había guardado silencio hasta entonces. Estaba sentada en el centro de la herradura y Michael vio emoción en su cara.

—Sí —confirmó Shai alegremente—. ¿Lo recuerda?

—Los sabios dicen, en el tratado Sotá, según creo —repuso la mujer con voz agradable—, que Absalón se enorgullecía de su cabello y por eso quedó colgado de él.

Tuvia Shai asintió vigorosamente. No había lugar a duda: su cara irradiaba literalmente felicidad.

—Ahora podemos pasar al poema —dijo Shai, y Michael se encontró escuchando una larga disertación sobre una figura de construcción. «Ceugma», escribió Shai en la pizarra, y explicó con todo detalle por qué el significado del poema derivaba de su sintaxis y estructura—. Pese a los elementos sintácticos, con los que a todas luces se pretende subrayar la presencia de la voz poética en el texto —dijo Shai, sacudiéndose los restos de tiza de las manos—, la impresión que recibimos es que el sujeto del poema se encuentra precisamente en la parte subordinada de la frase: el pelo de Sansón, la vida de Sansón. Y el lector se olvida de la existencia del yo poético. En otras palabras, las proposiciones adjetivas del poema se sustantivan, es decir, se convierten en sustitutos del nombre.

Michael no acababa de entender lo que estaba explicando Shai. Se sentía perdido y su interés por el poema decayó. A los demás se les veía absortos en un mundo que él había creído comprender, donde ahora la gente hablaba una lengua totalmente distinta de la suya. Tuvia Shai disertaba con entusiasmo y los alumnos escribían con energía. Una chica levantó la cabeza, hizo una mueca, vaciló y después alzó la mano.

—Un momento —dijo Shai—, enseguida termino —y prosiguió casi a ritmo de dictado—: El cabello de Sansón es el referente y todo lo demás se relaciona con él. Gramaticalmente, todo está subordinado a la expresión inicial: «Nunca he logrado comprender…»; gracias a esa expresión se impide que se agote la energía de la frase.

A continuación, se volvió hacia la alumna y, con un gesto, le concedió permiso para hablar.

Era una veinteañera guapa de cara que estaba sentada frente a Michael. Tenía la nariz cubierta de pecas y, cuando se retiró un mechón de pelo de la frente, se le vieron los ojos, oscuros y brillantes.

—No sé qué pensarán los demás —dijo con voz agitada—, pero, desde mi punto de vista, hablar tanto de la sintaxis echa a perder el poema.

Tuvia Shai no sonrió. Dijo con expresión absolutamente seria:

—En primer lugar, aún no hemos terminado; y, en segundo lugar, Tamar —era la primera vez que se dirigía a alguien por su nombre—, llevamos todo el año hablando de sintaxis; y, tercero, le prometo que si este poema posee algún valor, no habrá nada que lo eche a perder, ni siquiera el análisis sintáctico. Pero ¿tal vez querrá volver a darnos su opinión al final?

Hubo algún suspiro y alguna sonrisa benigna. Las dos mujeres tocadas con pañuelos intercambiaron una mirada cómplice y observaron a la joven con indignación y desprecio. Ella se sonrojó, puso mala cara y dijo malhumorada:

—No lo sé —y bajó la vista hacia su bolígrafo.

—Es la voz del poeta, Tamar, la voz del poeta —dijo Shai como si estuviera revelando un gran secreto. Michael lo miró y, poco a poco, comenzó a comprender—. Es el poeta quien se enfrenta a las historias bíblicas y las pone en tela de juicio. En último análisis, el poema se refiere a quien habla en primera persona, y lo hace mediante la elección de algunos detalles de las historias bíblicas para situarlos entre las expresiones contrapuestas: «Nunca he logrado comprender…, no me plantea problemas…». Así descubrimos cómo es el yo poético, su personalidad, merced al cambio que se opera en la alusión y al hecho de que el yo poético la comprenda o no la comprenda. ¿Recuerdan el ensayo de Culler? —el joven de ojos claros asintió y Tuvia Shai dijo mirándole—: Cuando la voz del poeta declara sus intenciones, nos ofrece un centro de gravedad, que pasa a dominar la interpretación —en el aula se había hecho un silencio indicativo de la concentración general. Tuvia Shai señaló el folleto, respiró hondo y continuó—: El poema plantea una disyuntiva entre varios datos que en apariencia, y quiero subrayar que sólo en apariencia, se derivan necesariamente unos de otros. En otras palabras, al analizar cómo se transforma la alusión en su paso de la Biblia al poema y su ubicación en la estructura arquitectónica del mismo, podemos comprender lo que el poeta no está diciendo de sí mismo.

«¿Y usted qué está diciendo de sí mismo?», preguntó Michael mudamente, y una vez más su mirada topó con la del profesor, quien, sin pestañear, se embarcó en la larga disertación a la que, con toda evidencia, se había encaminado la clase desde el principio.

—Ahora que hemos acabado de desbrozar el terreno…, después de indagar en todas las alusiones y sus posibles interpretaciones, de examinar el uso de la sintaxis y la estructura del poema, así como la selección de datos de las historias bíblicas…, al fin estamos en situación de descifrar cómo se transforma la alusión en el contexto del poema. El único elemento bíblico de la historia de Sansón que incorpora el poema es «el inmenso secreto, el ascético misterio» de su cabello.

Y al volver a oír términos como «significante» y «significado», Michael se preguntó cansinamente a dónde querría ir a parar Shai. Pero recuperó el interés cuando Shai dijo:

—«El miedo constante a perder mechones», un miedo que no se expresa en la Biblia, ni directa ni indirectamente. La mención de ese miedo deriva de la opinión del yo poético, a quien le parece lógico que si la fuerza de Sansón se basaba por completo en su cabello, él sintiera miedo a perderlo. El poema transforma la debilidad de Sansón ante las tentaciones femeninas en un miedo real a las mujeres, un miedo que está en contradicción con los peligros arrostrados por el Sansón bíblico. El poema no interpreta la debilidad de Sansón con respecto a las mujeres como una incapacidad para resistir a la tentación, ¡sino como miedo a la castración! ¡Se presenta a Sansón como un hombre que teme por su propia virilidad! —una vez más la mirada triunfante, muy parecida a la de Balilty cuando descubría alguna información y se sentía un detective de éxito. Michael nunca habría imaginado a Tuvia Shai capaz de albergar ese sentimiento—. El motivo de la castración —prosiguió Shai— aflora con claridad en una segunda lectura: ¿a qué viene el tabú de hablar sobre el cabello de Sansón? ¿Acaso es un órgano sexual? Y su espanto cada vez que Dalila le acaricia suavemente el cabello lo identifica como un hombre preocupado en todo momento por proteger su pelo. O lo que es lo mismo, el poeta percibe la fortaleza de Sansón como algo primitivo, infantil, pese al elemento místico que le es inherente.

Hasta la poseedora de la nariz pecosa miraba a Tuvia Shai con intensa concentración, haciendo un esfuerzo para comprender.

—Discúlpeme —dijo la mujer enturbantada—. ¿Le importaría repetir la última frase?

—¿Qué última frase? —preguntó Tuvia Shai con expresión perpleja, como si acabara de despertar de un trance hipnótico.

—No la he comprendido bien —insistió la mujer del turbante.

Tuvia Shai repitió las palabras «miedo a la castración» y «metonimia» un par de veces y repasó las últimas frases que había pronunciado. La mujer hizo un gesto de asentimiento mientras tomaba notas con energía y decía: «Ya lo entiendo», en un tono del que Michael dedujo que no había entendido nada pero desistía de intentarlo.

Una de las mujeres con pañuelo a la cabeza le musitó algo a su vecina de asiento, que sonrió y le dio una réplica que le hizo sonrojarse y enmudecer. Shai reanudó su exposición.

Michael escuchó atentamente la descripción del «cambio de condición de la historia bíblica de Absalón efectuado en el poema». Tuvia Shai hizo hincapié en que el cabello de Absalón era rojo, lo que le ponía en relación con David, que era «rubicundo y de hermosa presencia» y concluyó diciendo:

—Todos los sentimientos y cualidades atribuidos al cabello en el poema son añadiduras a la fuente original. En el texto bíblico no se menciona nada de eso —y añadió—: Al relacionar entre sí las asociaciones evocadas por la alusión a la actitud de Ajitófel hacia Absalón, manifestada en cómo desviaba la vista para no ver su cabello, el poema crea un vínculo erótico explícito entre Absalón y Ajitófel.

—¡Otra vez el erotismo! —protestó la mujer del pañuelo.

Sin prestarle atención, Shai continuó:

—Otro resultado de la discontinuidad sintáctica es el atributo adicional que se le otorga a Absalón, «el motivo del amor de David», que se equipara a su pelo o, lo que es lo mismo, a la belleza de Absalón. En otras palabras: ¡David ama a Absalón por su belleza! Después se dice que ese «cabello espléndido» es «el motivo perfecto» para cualquier cosa… la rebelión y, después, la muerte.

Llegado a ese punto, Tuvia Shai cruzó las manos a la espalda y se volvió hacia la ventana. Sus palabras habían quedado profundamente grabadas en la mente de Michael, que las oiría reverberar a lo largo de todo el día. «¿Qué has aprendido hoy?», se preguntó después de oír una y otra vez la grabación, y sobre todo las últimas frases: «El poema desvela un sustrato profundo relacionado con el formidable efecto de la belleza sobre la gente. Tanto en la historia bíblica como en el poema, se pone el énfasis en la belleza de Absalón, considerándola un rasgo que en apariencia explica el terrible crimen, la amenaza de parricidio, el incesto… y que, en apariencia, justifica el incomprensible comportamiento de David. La explicación emana del poder especial poseído por la belleza que se admira a sí misma sin ambages, sin vacilaciones, sin dudas. Las personas normales tienen una capacidad limitada para relacionarse con la plasmación de su belleza física. Y, al propio tiempo, sienten la atracción de la belleza concreta, la anhelan. Este anhelo las lleva a suspirar por las manifestaciones de tal belleza y a tratarlas con un respeto exagerado. La gente desea identificarse con esa belleza, en parte porque así se crea la ilusión de que la belleza del objeto de la identificación se transmite a quien se identifica con él. Quien se cobija a la sombra de esa belleza y se identifica con ella siente que se le ha contagiado un poco. —Tuvia Shai tomó asiento, inclinó la cabeza y prosiguió con voz monótona—: Es decir, la voz de este poema considera que la belleza de Absalón posee una fuerza avasalladora más poderosa que cualquier otra cosa…, más poderosa que la maldad y la frialdad de Ajitófel, más poderosa que el padre y rey, y capaz de arrastrar lo que se le ponga por delante. Se trata de una belleza inhumana; no sobrehumana, sino inhumana, y por eso es imposible resistir ante ella. La revuelta se presenta en este contexto como el poder de la carne. Es como si la revuelta fuera lo opuesto a lo humano. Estamos hablando de una belleza que escapa al control de los valores morales. Una belleza que desata fuerzas primordiales. La revuelta contra el padre y rey se presenta en el poema como la consecuencia inevitable de la superioridad de la belleza de Absalón. El carácter sublime de su belleza lo sitúa por encima de los valores humanos. El terreno de lo absoluto es inhumano. “Y, después, el terebinto”…, el triunfo de la belleza y la juventud culmina en un galopar hacia la perdición».

Irguió la cabeza y miró a sus alumnos, que dejaron de escribir, y después dirigió una mirada particularmente conmovida a la muchacha pecosa, quien lo miró a su vez con entusiasmo. Michael se preguntó si, a su edad, la chica habría logrado comprender lo que acababa de decir Shai. Por su parte, se sentía colmado de respeto hacia el poeta Natán Zaj y hacia Tuvia Shai. Mientras escuchaba su interpretación, el corazón le había dado un vuelco. Además Michael sabía que lo que había expuesto Shai estaba íntimamente relacionado con su persona, aunque no acababa de comprender cómo.

—El yo poético nos revela su personalidad a través de lo que comprende y lo que no comprende. La incongruencia existente entre la fuerza milagrosa de Sansón y su debilidad no le conmueve. Lo que le conmueve es la belleza destructiva, devastadora, pero no la emanación de poderes divinos desde los seres humanos. La fuerza de Sansón no está dotada de ese impulso hacia la destrucción y, por tanto, no impresiona al poeta, no le dice nada. La fuerza de Sansón no destruye las relaciones básicas, como las que hay entre un padre y un hijo, un rey y su súbdito, etcétera. El poder destructivo que atrae al yo poético es una fuerza aniquiladora irrefrenable, que cala hondo, hasta un nivel primordial, en los corazones de las personas que, por lo general, se ajustan a un código moral, y, sin embargo, ante esa fuerza arrolladora son incapaces de resistir y se dejan arrastrar a la perdición. Dicha perdición —dijo Tuvia Shai mirando a los ojos a Michael— no es sólo la de Absalón. Recordemos los veinte mil hombres muertos en la batalla del bosque, recordemos a Ajitófel, que se suicida, recordemos la sobrecogedora lamentación de David, la más ardiente de toda la Biblia, por la muerte de su hijo amado. Para atajar los lamentos de David, Joab se ve obligado a reconvenirle diciéndole que él habría dado por buena la muerte de todos sus súbditos con tal de que Absalón viviese —tras una pausa, Shai continuó—: ¿Lo comprenden, señoras y caballeros? Éste es el tercer texto. Gracias —y se sentó.

—Pero ¿quién lo ha escrito? —preguntó la mujer del turbante.

—Zaj —respondió el joven de ojos claros, mirando amorosamente el folleto que tenía ante sí.

La mujer del turbante comenzó a escribir.

—¿Natán Zaj? —preguntó de nuevo.

Nadie le respondió.

Michael permaneció sentado. Vio que la chica guapa y pecosa se inclinaba sobre la silla de Tuvia Shai y le oyó decir: «El trabajo sobre la alusión», y luego el hombre de edad le pidió al profesor que le firmara un certificado de asistencia para presentarlo en el Ministerio de Educación; alguien preguntó algo sobre una clase del primer semestre, y alguien más pidió bibliografía. Tuvia Shai había vuelto a asumir su gesto inexpresivo, inanimado. Michael se preguntó cuál sería la fuerza de belleza devastadora y destructiva que adoraría Shai. De pronto comprendió por qué Shai podía justificar la relación entre Tirosh y su mujer. Bajó la vista hacia el poema del folleto que seguía abierto sobre el brazo de la silla; Tuvia Shai continuaba ocupado con el hombre mayor, rellenando un impreso que éste le había entregado. A Michael le vino otra idea a la cabeza. «Sí», pensó, «pero no todo el mundo admira la belleza de esa forma que usted ha descrito. No es del todo cierto lo que ha dicho. Joab, por ejemplo, no la admira ni pierde la cabeza por ella. ¿Por qué? Porque es capitán del ejército. Es un héroe, sin complejos de inferioridad. No hay en él debilidad ni sentimiento de fracaso».

Volvió a mirar a Shai, que recogía sus papeles escuchando al hombre de edad. Michael veía las cosas más claras. El tiempo que había pasado en la clase le había servido ante todo para formarse una idea de la concepción del mundo de Tuvia Shai.

«¿Quién la admira, esa belleza? El rey David, y Ajitófel, y el yo poético, y tú también, Tuvia. ¿Por qué? Porque te espantan las miserias de la existencia, eres consciente de ellas, ése es el fondo del asunto. La identificación con la belleza, el anhelo de lo sublime, eso es lo que te permite defenderte de lo que no es hermoso. Ahora entiendo el papel que desempeñaba Tirosh en tu vida. Todavía me queda por descubrir si fuiste capaz de asesinar a la fuente de tu identificación con la belleza. Me da la sensación de que no fue así. Pero vete tú a explicarle todo esto a Ariyeh Levy. Ni siquiera se lo podría explicar a Shorer. O tal vez sí».

Michael salió del aula sin darle tiempo a Shai para levantarse y dirigirse hacia él. Renunció a someterlo a un interrogatorio. Acelerando el paso, se encaminó al teléfono público que había visto en el pasillo.