3

El teléfono sonó junto al oído de Ruchama con formidable estrépito. Se precipitó a descolgarlo todavía medio dormida. Luego advirtió que Tuvia no estaba en la cama y supuso que, como tantas veces, se habría quedado dormido en el sofá de su despacho. Una voz trémula, histérica, le habló desde el otro lado de la línea. «Hola», repitió Adina Lipkin, afianzando la voz, y Ruchama respondió con un fatigado «¿Sí?».

—¿Señora Shai? —inquirió Adina, y Ruchama vio en su imaginación las rígidas ondas del cabello de la secretaria del departamento y sus manos gordezuelas revolviendo trozos de pepino dentro de un recipiente con yogur.

—Sí —dijo Ruchama. Confinaba sus relaciones con Adina a un terreno estrictamente formal, sin nunca intercambiar con ella recetas de cocina, información sobre su salud o experiencias personales, por lo que Adina no osaba llamarla por su nombre de pila.

—Soy Adina Lipkin, la secretaria del departamento —dijo Adina, pronunciando las mismas palabras que venía diciéndole casi todas las mañanas desde hacía diez años.

—Sí —repitió ella con seca brevedad, confiando en que su tono evitara todo intento de entablar una conversación.

—Querría hablar con el profesor Shai —dijo Adina en un tono rayano en la desesperación.

—Está durmiendo —replicó Ruchama, y quedó a la espera de la inevitable explicación.

—Ah —dijo Adina, y, como era de prever, se lanzó a explicar que si llamaba tan temprano era porque tenía muchísimo trabajo que hacer durante el día—, y más tarde todas las líneas están ocupadas, ¿sabe?

Ruchama no dijo nada.

—¿Quizá me podría ayudar usted? —y, sin esperar respuesta, prosiguió—: Estoy buscando al profesor Tirosh. Llevo llamándolo sin parar desde ayer y no responde. Necesito hablar con él urgentemente, y pensé que tal vez usted me podría ayudar diciéndome dónde puedo encontrarlo.

—No —respondió Ruchama.

Al empezar a despabilarse, volvió a apoderarse de ella la inquietud opresiva de los últimos días. Cuando Adina Lipkin decía que algo era «urgente», Ruchama sabía muy bien que la resolución de la urgencia podía y solía dejarse para varias semanas después.

—Bueno, gracias de todas formas. Siento haberla molestado. Es que pensaba que tal vez el profesor Shai sabría decirme dónde encontrarlo. En cualquier caso, si el profesor Shai tiene que venir hoy, y creo que así es, ¿hará el favor de decirle que antes de salir se ponga en contacto conmigo?

—Sí —replicó Ruchama, y colgó.

Adina no podía saber que desde lo del seminario, desde el miércoles por la noche, el mundo de Ruchama se había venido abajo. Ni siquiera Shaul Tirosh, que había roto con ella sin previo aviso el jueves, al día siguiente del seminario, podía saberlo. Le había comunicado la noticia sin apenas prestarle atención. Un extraño fuego llameaba en sus ojos mientras se examinaba las uñas cuidadas y después alzaba la mirada hacia ella, ladeando la cabeza, y en un tono despreocupado que no concordaba con el ardor de su mirada, le decía que ya se habría dado cuenta de que desde hacía algún tiempo su relación había perdido el encanto, convirtiéndose en algo rutinario, en esa rutina que él había tratado de esquivar toda su vida.

—Así son las cosas —concluyó—. Como dijo el poeta, al principio «el amor que me inspirabas no podía expresarse con palabras», pero al final «vinimos a la ciudad y caí en manos de Havasélet»; ya sabes a qué me refiero.

Ruchama no lo sabía, pero pensó en Ruth Dudai. Ni conocía al poeta citado por Tirosh ni imaginaba de qué podía tratar el poema en cuestión. Su expresión debió de traslucir su desconcierto porque, a modo de respuesta, Tirosh señaló el libro de David Avidán que tenía sobre la mesa, e indicándole el poema «Problemas personales», dijo que la poesía a veces resultaba muy útil en la vida y que debería tratar de aficionarse a ella.

Ruchama había imaginado muchas veces cómo llegarían a separarse, una perspectiva que le horrorizaba. Pero no había supuesto que le dolería tanto y, pese a todo lo que le habían contado, a pesar de que no le habían faltado indicios, no concebía que Tirosh pudiera ser tan cruel. «¿Qué he hecho mal?», quiso preguntar, pero se tragó sus palabras al ver cómo él volvía a enfrascarse en la inspección de sus uñas, indicándole que su presencia estaba de más.

Contó para sí los días transcurridos desde entonces: «Jueves, viernes, sábado, domingo…, y el domingo sólo acaba de empezar».

Apenas se había movido de la cama desde el jueves por la tarde. Tuvia comunicó a sus jefes que estaba enferma y la cuidaba con fría solicitud. Tras los gestos hogareños de siempre, ella intuía una energía nueva, algo que nunca había percibido en él hasta entonces. Algo que hablaba de cólera y desesperación.

Ninguno de los dos mencionó el nombre de Shaul. Tuvia salía de casa y sus ausencias eran prolongadas. Ella no sabía dónde estaba. El viernes acudió a una reunión de departamento a las ocho de la mañana y no regresó hasta la madrugada.

Desde el ritual de despedida de Shaul, los días de Ruchama habían transcurrido en un continuo dormir, tan sólo interrumpido para beber agua o ir al cuarto de baño. Cuando se despertaba un momento, el sentimiento de pérdida volvía a torturarla con una intensidad tal que le parecía que su cuerpo no iba a soportar la separación. El placer que había sentido desde que conoció a Shaul, el placer físico, se había convertido en una adicción y no sabía cómo superarla.

Cuando Tuvia la instaba distraídamente a comer algo, sacudía la cabeza. Le costaba hablar y Tuvia no intentó arrancarle confidencias.

Esta vez Ruchama habría querido que él franqueara el muro que los separaba y la ayudase. Precisamente esta vez, entre todas, Ruchama notaba que a él le agradaba que estuviera ensimismada y no demostrara interés por sus actividades. Tuvia había pasado el sábado encerrado en su despacho. Ahora, después de la llamada de Adina, Ruchama se dirigió a esa habitación que no pisaba desde el viernes y lo encontró tendido en el sofá con los ojos abiertos, clavados en el techo. A su lado, sobre la alfombra raída, estaban desparramados todos los libros de poesía de Tirosh.

Ruchama comenzó a sospechar que quizá Tuvia estuviera participando activamente en su duelo íntimo por haber sido expulsada de la vida de Tirosh.

Le dio vueltas a esa idea recién concebida; no podía creer que Shaul se lo hubiera contado a Tuvia; no se habría atrevido a contárselo. Era imposible que Tuvia lo supiera. Se quedó observándolo. Tuvia continuaba con los ojos fijos en el techo; después, los volvió lentamente hacia ella. Y aquellos ojos la aterrorizaron. Estaban inertes. Extraviados.

—Era Adina —le dijo quedamente. Fue la frase menos comprometida que se le ocurrió.

—¿Qué Adina? —preguntó Tuvia, y entonces Ruchama reparó en que había desconectado el teléfono de su escritorio.

—Adina. Ha llamado por teléfono, preguntando por Shaul —explicó Ruchama vacilante.

—¿Y por qué ha llamado aquí? —inquirió Tuvia.

—No lo sé. Lleva buscándolo desde ayer. ¿Habrá salido de viaje?

—No lo sé —repuso Tuvia, incorporándose en el sofá.

—¿Qué te pasa? —quiso saber Ruchama, pero no obtuvo respuesta—. En fin, Adina ha dicho que la llames antes de ir a la universidad. Ha dicho que tenías que ir hoy. ¿Tienes clase?

—Es la clase más importante del curso —confirmó Tuvia, con una voz más cansina de lo normal—. Es la última semana. Sólo me quedan por dar un par de clases.

—Estupendo. Pues llama a Adina. Creo que hoy voy a ir a trabajar.

Tuvia no reaccionó. Continuó con la mirada fija y perdida.

Ruchama lo miró con alarma creciente. Debe de habérselo contado; no hay otra explicación.

Tuvia se desperezó y estiró las piernas. En el pequeño despacho había libros por todas partes; en las estanterías, sobre la mesa, en el suelo. Algunos estaban abiertos, de otros asomaban tiras de papel. Se veía que todos y cada uno de ellos habían sido consultados repetidas veces. «Libros acariciados… acariciados una y otra vez», le había dicho afectuosamente Tirosh en cierta ocasión.

Ruchama vio que había dormido sin quitarse la ropa y aspiró el olor acre que impregnaba la habitación. Con el semblante pálido y descompuesto, Tuvia dijo:

—Está bien, la llamaré. Si no, estará persiguiéndome todo el día. Pero no me siento con fuerzas para hablar con ella.

El teléfono que había junto al blanco sofá desfondado comenzó a sonar ensordecedoramente en cuanto lo conectó. Tuvia levantó el auricular y se lo colocó a distancia de la oreja. Su pelo ralo y descolorido estaba revuelto y dejaba entrever el cuero cabelludo. Una visión que repugnó a Ruchama.

Una voz masculina, que Ruchama reconoció, se desgañitaba desde el otro extremo de la línea. Sin apartarse de la puerta, captó casi toda la conversación.

—¿Dónde está Tirosh? —chilló Aharonovitz, y, sin esperar a que le respondiera—: ¿Has hablado hoy con Adina?

Tuvia musitó que aún no había hablado con nadie.

—¿Así que no sabes lo que ha pasado? —berreó Aharonovitz.

Tuvia preguntó con inquietud qué había pasado. Se apretó el auricular contra la oreja y las venillas de su cara se tiñeron de azul mientras escuchaba en silencio lo que le decía por el teléfono.

—De acuerdo. Dile que voy ahora mismo —dijo, y colgó de un golpetazo.

Dirigió vivamente la mirada hacia Ruchama, como si ésa fuera la primera vez que la veía. La miró con perplejidad, con un distanciamiento que ella nunca había visto en sus ojos, y dijo:

—Iddo Dudai ha muerto en un accidente de submarinismo.

Ruchama lo miró de hito en hito, desconcertada.

—Sí. Estaba haciendo un curso de submarinismo y le faltaban un par de inmersiones para terminarlo. Fue a Eilat anteayer, justo después de la reunión de departamento. Sucedió ayer… no sé los detalles. Si alguien pregunta por mí, di que estoy en la secretaría. Lleva buscando a Shaul desde anoche.

—¿Quién? ¿Quién lo está buscando? —preguntó Ruchama, presa de un tenebroso temor.

—Al final, Ruth Dudai se lo notificó a Adina, y Adina lo estuvo llamando anoche desde su casa, pero no estaba.

Tuvia empezó a buscar frenético las llaves del coche y al fin las encontró bajo las páginas mecanografiadas del primer capítulo de la tesis doctoral de Iddo Dudai. Se estremeció, masculló algo acerca de las paradojas de la vida y se marchó.

Ruchama permaneció inmóvil unos instantes y luego se sentó en el sofá. Desde el jueves no se había quitado la larga camiseta que hacía las veces de camisón. Dirigió la mirada ausente hacia sus huesudas rodillas, que quedaban al descubierto. Lenta, abstraídamente, como si estuviera sedada, posó las manos sobre las rodillas y fijó la vista en sus dedos cortos y finos. «Una mano de niña», decía a veces Shaul, y plantaba un beso en la verruguita que se le había formado de tanto chuparse el pulgar. Se llevó el pulgar a la boca. Había perdido su reconfortante sabor dulzón. Después empezó a examinar lo que la rodeaba, como si estuviera en un lugar desconocido.

Los títulos de los poemarios de Shaul Tirosh, desperdigados junto a un extremo del sofá, fueron perfilándose poco a poco: El dulce veneno de la madreselva, Pertinaz ortiga, Poemas necesarios.

Resonaron en sus oídos sin que captara su significado. Los colores de las cubiertas de los libros, dos de ellos ilustrados por Yaakov Gafni, el pintor preferido de Tirosh, se le antojaban insufriblemente chillones.

Sin saber por qué, comenzó a apilarlos. Se arrodilló y divisó otro libro asomando por debajo de un almohadón. Ése no era de Tirosh. Poemas de la guerra gris, era el título; debajo figuraba el nombre de Anatoli Ferber y, en la parte inferior de la cubierta se leía: «editado y prologado por Shaul Tirosh».

«Se lo ha dicho», pensó de pronto. Shaul se lo había dicho todo. Había confesado. Y Tuvia estaba planteándose si debía romper sus relaciones con él. Y quizá también con ella. Ruchama se puso en pie. Tenía las rodillas llenas de polvo. Hacía meses que Tuvia no limpiaba el despacho. Las pelusas se acumulaban en los rincones y junto al escritorio. Distraídamente, comenzó a reunirías en una gran bola.

El teléfono la sobresaltó. No lo cogió; sonó persistentemente y luego se detuvo, para volver a sonar de nuevo, como si no fuera a callarse nunca. Al final levantó el auricular, todavía húmedo y pegajoso por el contacto con la mano siempre sudorosa de Tuvia.

—¿Qué tal te encuentras, Ruchama? —preguntó Tzipporah con celo maternal.

—Mejor —dijo Ruchama, y estiró el borde de la camiseta, se arrodilló y empezó a formar otra bola de pelusas con la mano libre. Imaginó el teléfono negro, la recepción del hospital Shaarei Tzedek, Tzipporah frotando el mostrador de formica mientras hablaba.

—¿Todavía tienes fiebre? —inquirió, y Ruchama vio su cuerpo grandote, los pies inflamados, los tobillos azulados por el esfuerzo de soportar todo aquel peso («Varices, las tengo desde que di a luz por primera vez, para eso valen los hijos», le dijo Tzipporah una vez, en la época en que su hijo le había presentado a su novia, anunciando su intención de casarse con ella. «Qué prisa tendrá, casarse ya, si sólo tiene veintitrés años. ¿De qué le va a servir? ¿De qué me sirvió a mí?»), y respondió que no, ya no tenía fiebre.

—¿Estás tomando algo? Aspirinas, hazme caso, aspirinas, té con limón y mucho caldo de pollo —sentenció Tzipporah, y aspiró por la nariz. Ruchama no respondió nada. Decidió que prefería no ir a trabajar todavía. Se quedaría en la cama—. Bueno, no quiero molestarte más. Vuelve a la cama, eso es lo principal, no levantarse antes de tiempo; no imaginas las complicaciones que puede acarrear. ¡Lo que hemos tenido que ver aquí estos últimos días! Sin ir más lejos, ayer ingresó una chiquita, casi una niña, que está en el ejército; no sé en qué estarán pensando los militares.

Y Ruchama comenzó a hojear el libro de poemas de Anatoli Ferber, «uno de los disidentes soviéticos más destacados desde la era de Stalin», afirmaba Shaul Tirosh en el prólogo. «Nacido en Israel, que a la sazón era Palestina, en 1930, emigró a Moscú con su madre a la edad de dieciséis años, y murió en 1955, en circunstancias aún por esclarecer, en un campo de trabajos forzados de la ciudad de Perm, en los Urales», leyó, y de pronto oyó la voz de Shaul Tirosh tonando por debajo de la de Tzipporah, como si estuviera leyéndole el prólogo en voz alta.

El terrible sobresalto la impulsó a decir, con un hilo de voz que milagrosamente se abrió paso entre el torrente de palabras de Tzipporah:

—Estoy cansada; hablaremos mañana en el trabajo. Hasta pronto, Tzipporah.

Colgó el auricular con suavidad, soltó la gran bola de pelusa que tenía en la mano y se tendió boca arriba, mirando al techo. Cerró los ojos al cabo, y cuando se despertó, eran las tres de la tarde.

No se oía ningún ruido, las ventanas estaban cerradas y el olor a polvo la sofocaba. Tuvia había desaparecido. No estaba en la cocina, ni en la ducha, ni en el dormitorio, ni en el pequeño salón, escuetamente amueblado con cuatro trastos traídos del kibbutz, de cuya elegancia se había sentido satisfecha hasta que conoció a Shaul Tirosh. Recordó de pronto que Iddo Dudai había muerto; Tuvia se lo había dicho antes de irse. El eco de la frase «Iddo Dudai ha muerto» retumbó en su cabeza sin llegar a fundir el bloque de hielo que encerraba sus pensamientos. Luego le vinieron a la memoria las palabras «en un accidente de submarinismo», y se ciñó la garganta con la mano al imaginar las aguas insondables y la sensación de que te falte el aire. Estaba en la cocina, empuñando el cuchillo del pan con la otra mano, pero no tenía fuerzas para cortar una rebanada de aquel pan rancio y reseco. Tuvia no había hecho la compra. Echó un vistazo al gran reloj de pared, regalo de los padres de Tuvia. Eran las cuatro menos diez; se le ocurrió que quizá, después de la confesión de Shaul, Tuvia no volvería nunca. Esa idea ya no le causaba ansiedad. De nuevo, se palpó la garganta. Algo, que no era la ausencia de Tuvia, le inquietaba. No sabía identificar ese algo; pero le costaba respirar y hubo de tomar asiento en la silla de vinilo. Sepultó la cara entre los brazos, apoyados en la mesa de la cocina, sobre la plancha de formica cubierta de polvo, y trató de rechazar la imagen de Shaul Tirosh, cuya sonrisa sardónica se fue torciendo más y más hasta que sus labios se separaron profiriendo un alarido y su rostro se transformó en el semblante sin vida de Iddo Dudai.