“La vida es un constante proceso, una continua transformación en el tiempo, un nacer, morir y renacer.”

Hermann Keyser

 

   Damian emprendió la caminata mirando de soslayo en mi dirección de cuando en cuando, atragantado por algo que aún no lograba comprender, ¿cómo era que yo estuviera arriesgándolo todo por algo diferente a Max?, de seguro estaba maquinando su próximo golpe era obvio que no confiaba más en mi de lo que yo confiaba en él, despedí a Pegaso pidiéndole que regresara a la biblioteca y seguí a Damian manteniendo mi distancia e intenté caminar sobre sus pisadas para evitar resbalar en la nieve a la que no estoy acostumbrada, agradecí interiormente a Alain por la gruesa capa con que ahora me protegía del frío inclemente, voltee hacia abajo para verificar a que altura estábamos y pude divisar el magnífico lago que hacía minutos había sobrevolado, de aguas diáfanas como un espejo, continué moviéndome con un poco de dificultad hasta llegar a un risco desde donde no era posible humanamente continuar la travesía.

-¿Y ahora qué? –Pregunté intentando sonar más agresiva que asustada.

-Ahora querida haz tu magia para que podamos llegar hasta esa explanada de allá –Mostrándome con la mano la parte más alta de la montaña que tenía enfrente.

-¡Sí que estás loco!, ¿y cómo se supone que yo haga  m i   m a g i a?

-¿No me digas que tu novio no te enseño a usar el medallón? –Entre risitas.

-¡Que no es más mi novio!

-En serio Zoe, ¿ni siquiera pudiste aprovechar en algo los conocimientos de Max?, es el colmo que sea yo quien te enseñe.

-¿Y por qué no lo haces tú si tienes el tercero?

-Porque no quiero excederme en su uso, no soy su heredero ¿recuerdas?, ¿para que arriesgarme cuando te tengo a ti con el tuyo propio?

-¡Cobarde!.

-Cobarde o no he llegado hasta aquí contigo, ahora ven, voy a explicarte como se usa.

   Lo miré con desconfianza pero tenía que jugármelo todo si quería a Max de vuelta, así que me acerqué a Damian despacio y con cautela.

-No te voy a comer linda aunque ya quisiera, toma eso entre tus manos –Señalando el colgante, hice lo que me pidió pero sin soltarlo de mi cuello –El medallón funciona con órdenes, tú le dices lo que quieres que haga y él obedece, hará cualquier cosa que le pidas, nadie sabe con certeza hasta donde alcanza su poder pero sé que ya en el pasado se ha usado para trasladarse de un lugar a otro sin problema e incluso para volar, así que ahora ordénale que nos lleve hasta ese lugar debajo de la estatua de ese pajarraco de hielo.

-¿Hará cualquier cosa?

-Técnicamente sí.

-Está bien –Recordaba la clave en latín que Max me había dado apuntada en un papel, pero no iba a hacerle el viaje agradable a Damian, no iba a abrir el portal para darle gusto, así que invoqué mentalmente los poderes de la joya haciendo que se produjera una pequeña tormenta de nieve localizada a nuestro alrededor elevándonos del suelo violentamente y arrojándonos en el sitio que Damian había señalado, me aseguré de lanzarlo con tal fuerza que fuera a parar contra las garras petrificadas del águila quedando totalmente inconsciente bajo la sombra del imponente animal, me apresuré a comprobar su estado e invoqué de nuevo a la tormenta para lanzarlo ladera abajo, ahora tenía que encontrar a Max, si tan solo pudiera hacerlo venir a mí –pensé –pero ¿cómo?... ¿y si le enviara un mensaje, uno que él pudiera ver desde cualquier parte del valle o de las mismas montañas? Me partía el cráneo pensando qué hacer, fue entonces cuando se me ocurrió que podría hacer algo como una explosión de modo que levante mi mano hacia el cielo y ordené mentalmente una gran exhibición de fuegos artificiales como los que se ven en año nuevo esperando que eso llamara la atención de Max.

   Agotada me quedé bajo el descomunal monolito de hielo de las garras del ave y tuve tiempo suficiente para observar a las otras cuatro efigies que se aferraban a las cumbres de los picos montañosos, las horas pasaron tardas y pesadas mientras en mi interior iba aflorando la zozobra, esperar y esperar estaba al borde de un ataque de nervios cuando divisé la silueta de un hombre que venía hacia mí con paso cansado, funcionó él había podido ver donde estaba, corrí a su encuentro lanzándome en sus brazos,  Max traía el rostro descompuesto y apenas si podía mantenerse en pie, levantó la mirada y los hermosos ojos verdes que me habían cautivado la primera vez que lo vi volvieron a ejercer su hechizo sobre mí y fui consciente una vez mas de mi traición, no tuve el valor de mirarlo a los ojos e hice acopio de mis fuerzas para no dejar escapar las lágrimas de arrepentimiento que estaban ahogándome en lo más profundo, atisbé una nota de curiosidad en su semblante así que supuse que debía cambiar mi cara antes de que me preguntara si me pasaba algo, imposté la mejor sonrisa que pude y dije:

-Estoy feliz de que estés bien.

-Y yo de verte, pero no debiste venir te estás arriesgando demasiado –Sin desviar su mirada.

-Ven hay que terminar de llegar… todo va a estar bien, yo voy a estar en la caverna que está debajo del águila y cuándo todo haya terminado regresaremos juntos, te esperaré ahí no voy a moverme ¿está bien? –Su bello rostro se ensombreció y mantuvo silencio por unos instantes una idea fatal rondaba por su mente sin atreverse a develarla, al cabo de un rato dibujó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Está bien, pero prométeme que vas a regresar si algo sale mal.

-Te lo prometo.

   Llegamos a cima y nos adentramos en la caverna, él quería asegurarse de que yo estuviera a buen resguardo, además Alain había dicho algo a cerca de las inscripciones en las paredes, se suponía que encenderíamos un fuego y con él se despertaría a las águilas pero  yo no sabía cómo debía hacerse, una red de galerías talladas en piedra con escrituras antiguas similares a las que había visto en otros lugares de Líber nos dirigía hacia una cámara con dibujos de las cinco águilas blancas y del águila de fuego en medio de ellas, busqué unas ramas secas en un rincón y encendí una hoguera con el medallón, Max hizo una antorcha con retazos de tela de su capa y una rama.

-¡Lux! –Gritó con fuerza y las llamas saltaron desde la hoguera directo a su antorcha.

-¿Qué haces?

 -Quiero ver bien esas tallas –Contestó pensativo –No sé, algo que tenga que ver con el águila de fuego ¿qué sabes de eso?

-No mucho, que puedes invocarla… -Contesté confusa, se suponía que Alain le había hablado de eso ya, algo no estaba bien.

-Dame el medallón –Extendiendo su mano –No perdamos más tiempo.

   Obedecí y coloqué el medallón en su mano mirándolo contrariada pero entonces algo cambió, sus ojos se tornaron vacíos, oscuros, profundos… tomó mis brazos con brusquedad y me lanzó contra la pared de la caverna –¡No! esto no podía estar pasando acababa de darle el único medallón que estaba en poder de Líber a Damian, ahora todo estaría perdido, con todos los colgantes en su poder quién sabe de lo que sería capaz, se cumplió exactamente lo que me dijo recibió la joya de mi mano y por mi propia voluntad, patán me había engañado, y yo me creí toda su actuación.

   Me tomó por los brazos con tanta fuerza que días después aun tendría los hematomas visibles en mi piel, ató mis manos a una bola de metal que hizo aparecer en el suelo quise levantarla pero su peso me lo impidió, Damian iba como bestia enjaulada de un lado al otro de la cueva tratando de interpretar los grabados.

-Dime cómo es que iban a despertar a las águilas, ¡habla! –Lazó con un chillido a escasos centímetros de mi rostro.

-No sé,  ¡yo no tengo el poder de hacerlo!

-¡Mentira!,  ¡más te vale que hables o pasarás el resto de tu vida amarrada al cepo!

-¡Pues aquí me quedo maníaco troglodita!

-¿Troglodita? Jajaja ¿es el mejor insulto que tienes? es muy acogedora esta cueva y me imagino que de noche debe tener una temperatura muy agradable, no llegarías viva al amanecer, ¿vas a hablar  o no?

-No sé nada pero aunque lo supiera no te lo iba a decir –Con toda la determinación de la que fui capaz.

 

   Las runas comenzaron a brillar, al principio apenas chispeaban y luego su fulgor fue haciéndose cada vez más fuerte, sin embargo su luz no era como la de las otras inscripciones, blanco azulado, sino uno similar a las ascuas de fuego, comenzó recorriendo las finas líneas del gravado del águila del centro hasta extenderse hacia las otras cinco paulatinamente.

-¿Qué está pasando? ¿Qué hiciste? –Gritó Damian palideciendo.

-Nada, ella no ha hecho nada soy yo –Me giré para ver cuando Max entraba en la caverna sus dedos despedían el mismo destello de la pared y sus ojos llameaban, un ligero temblor sacudía todo su cuerpo y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

-¡Max! –Grité y su mirada se encontró con la mía desviándose luego a las amarras que me mantenían cautiva, de pronto estas comenzaron a incendiarse derritiéndose como si fueran de cera y dejándome libre.

-¡Corre! –Ordenó –¡Corre ya!

   Lo hice, corrí con todas mis fuerzas buscando la salida a través de los pasadizos, dejando atrás el ruido de la pelea entre ambos hombres, la tierra tembló bajo mis pies haciéndome tropezar y caer de bruces en el suelo, un fuerte dolor recorrió mi labio inferior y parte de mi barbilla me levanté con dificultad y continúe moviéndome hacia la salida, la tierra se estremeció de nuevo y me giré bruscamente hacia un lado para evitar que una descomunal garra de hielo me aplastara, estaba sucediendo, las águilas estaban despertando, Damian pasó por mi lado sin verme siquiera y siguió ladera abajo gritando algo que no entendí, unos segundos después la entrada de la cueva colapsó en frente de mi pero antes una llama de fuego salió disparada de su interior dejando solo su celaje y fue a dar unos metros más allá, me asomé sigilosa y vi como una figura humana comenzaba a cambiar, sus brazos  se cubrían de enormes plumas encendidas torciéndose en un ángulo extraño con un movimiento ágil a medida que su tamaño iba en aumento, el torso adoptaba la forma de un ave, sus piernas se quebraron hacia atrás y unas potentes garras remplazaron los pies, el cielo tornose ocre dorado y naranja rojizo mientras las nubes se arremolinaban y comenzaban a caer relámpagos majestuosos llenos de energía y de una luz tremendamente cegadora, uno de ellos impactó sobre el organismo en metamorfosis haciendo que las llamas se elevaran hacia el cielo en un espectáculo de luces soberbio y temible, en medio de los truenos ensordecedores el cuerpo de Máximo  seguía creciendo más y más mientras las llamas lo lamian todo sin consumirlo, levantó lentamente la cabeza y me miró con cautela esperando mi reacción, no tuve ninguna, no pude mover un solo músculo de mi cuerpo, aquel ave descomunalmente aterradora y hermosa esperó unos instantes antes de perderse en el firmamento, ya no era él, lo único que no había cambiado era el verde de sus ojos que todavía se distinguía en medio de las flamas, asentí con la mirada comprendiendo que aún debajo de todo aquello en algún lugar seguía estando mi Max, respiré de alivio al percatarme de que me había reconocido, seguía siendo él,  la imponente criatura lanzó un graznido poderoso y se remontó sobre las cumbres uniéndose a las cinco águilas blancas que ya surcaban los cielos.

   Estudié la ladera por unos instantes para ver mis posibilidades de descenso, recordé algunas de mis clases de andinismo y rapel y bendije a mi tío mentalmente por haber puesto todo su empeño en que practicara tanto deporte de montaña, ahora todo ese conocimiento iba ser mi mejor amigo, me decidí por lo seguro y comencé a descender ayudándome de las rocas y las salientes.  La caminata fue dura y larga y el día comenzaba a oscurecer, pronto no iba a poder ver nada y ni siquiera tenía el medallón conmigo, por suerte ya había llegado a terreno seguro pero el frío estaba causando estragos en mí, se me agarrotaron los dedos de las manos y las piernas me respondían con lentitud, me adentré en medio de los árboles rodeándolos y buscando algo que me sirviera de refugio cuándo advertí el olor a humo, miré al cielo pero no había rastro de las águilas así que no podía ser Max, mi corazón se aceleró al pensar en la otra posibilidad, el dragón, pero era demasiado ruidoso y no había escuchado nada hasta ahora que sostuviera esa nueva tesis, así que lo único que quedaba era que alguien estuviera acampando cerca, me llené de valor y sin hacer el menor sonido decidí seguir el olor pronto divisé no muy lejos una hoguera y a dos hombres calentándose junto al fuego, me acerqué con cuidado para ver si era seguro, corrí tras un árbol y me arrastré debajo  de otro hasta tenerlos lo suficientemente cerca, me oculté y esperé al cabo de unos minutos de vigilancia noté ciertos movimientos conocidos, la manera de caminar, la forma de cepillarse el cabello con los dedos, el corazón saltó de alegría en mi pecho al descubrir que uno de los hombres era mi tío Aurelio, me levanté torpemente y eché a andar hacia él, se giró y sus sorprendidos ojos me escrutaron de arriba abajo.

-¿Zoe? ¡Mi niña! –Mientras corría a mi encuentro y me envolvía con sus fuertes y paternos brazos, cuan necesitada estaba de un abrazo así, no pude contener las lágrimas y las dejé salir raudas, me desplomé contra él y dejé caer todas mis defensas, todas mis fortalezas, la careta de la Zoe arriesgada que puede ir contra el mundo, no necesitaba hacerme la fuerte con él, no con él, me conocía demasiado bien en muchos aspectos sería siempre mi padre y estaba aquí para protegerme, para susurrarme al oído que todo iba a estar bien.

-Papá –Solté sin pensar mientras las lágrimas salían de mis ojos sin control -¿…puedo seguir diciéndote así verdad?

-¡Claro princesa, que cosas dices!, ¿estás bien?, y ¿Máximo dónde está? Hay no, estas temblando, ven acércate al calor antes de que te dé hipotermia –Llevándome hasta la hoguera.

   Me senté lo más cerca que pude del fuego y extendí mis manos para calentarlas, el otro hombre permanecía de pié junto a los caballos con el rostro gacho y cubierto por el grueso capuchón de su capa.

-¿Quién es él? –Pregunté en voz baja.

-Es Lucio hija, ha sido él quién me trajo hasta aquí Alain no quería que él viniera para no arriesgar la prosecución de la dinastía de los Aquila en caso de que… bueno ¿tú me entiendes verdad?, pero escapó del lugar en donde lo mantenía encerrado y fue a buscarme para que viniéramos por ti, yo también tuve que hacer lo mío para salir, entiendo su preocupación por mantener a los reyes en nuestros tronos pero ¿si Líber es destruida para que hemos de servir?

   Luc descubrió su rostro con lentitud y unos ojos acerados me miraron tímidos.

-Hola –Dijo con un hilo de voz.

-Hola –Respondí sintiendo sequedad en la boca, no puedo describir lo incomodo que fue volver a verlo, la mezcla de sentimientos encontrados, la admiración y el cariño que sentía por él junto a la inmensa vergüenza y el arrepentimiento de haberle fallado a Max, atisbé un rubor en sus pálidas mejillas y me pareció que se secaba una lágrima disimuladamente.

-¿Y Max, dónde está? –Al fin articuló.

-Él… bueno…

-¿Ya cambió?

-Sí, despertó a las águilas y se fue con ellas no sé a dónde, y hay otra cosa que tengo que decirles y es grave…

-¿Qué? –Preguntaron ambos al unísono.

-Damian tiene los tres medallones –Largos suspiros se dejaron escuchar, uno soltó una maldición y el otro se haló por los cabellos.

-¡No puede ser posible! –Dijo Lucio con desesperación y maldijo de nuevo.

-¿Cómo paso? –Preguntó Aurelio más centrado.

-Fui yo, yo le di mi medallón, me engañó, me hizo creer que era Max y se lo di por mi propia voluntad tal como dijo que sucedería, después de eso Max apareció y su forma cambió a pesar de no tener ninguno de los colgantes…

-Eso es porque ya la joya estaba ahí –Apuntó mi tío, y así continué relatando punto por punto todo lo que había pasado hasta el momento de encontrarme con ellos.

-Hay que descansar y pensar con cabeza fría –Anunció Aurelio – Toma un poco de esto –Me dijo alcanzándome un pequeño odre de cuero- Saldremos al amanecer sé dónde van a estar.

   Tomé la bolsa de piel y apuré un largo trago –¡Iuhg! ¿Qué es esto? –Lancé haciendo caras y respirando para no devolver el brebaje que acababa de tragar.

-Es vino especiado –Contestó mi tío.

-¡Sabe raro!

-Se supone que te haga entrar en calor, la temperatura está peligrosamente baja –Continuó Luc –Y… es casi lo único que pude robar de la cocina de Alain, eso y esto –Mostrando una hogaza de pan.

-Eso bastará por hoy, gracias por haber pensado en eso, yo he estado tanto tiempo lejos que ni si quiera me cruzó la idea por la cabeza.

-¿A dónde iremos? –Pregunté para desviar el tema de la bendita bebida y evitar que me hicieran tragarla de nuevo.

-Al portal más cercano, en el Reino del Norte. Damian necesitará estar ahí para abrirlo con los tres medallones –Prosiguió Aurelio, mientras repartía la cena.

-Pero estamos muy lejos ¿cómo llegaremos a tiempo? –Argumentó Luc incrédulo.

-El tiempo no importa, Damian no podrá abrir el portal a menos que tenga la sangre de un heredero no podrá hacer nada sin uno de nosotros –Dijo convencido -Conozco el camino fui ahí muchas veces y por él cruzamos al otro lado cuándo cayo el Reino. Iremos por el río –Totalmente resuelto.

 

   Partimos muy temprano el sol aun no despuntaba y tuvimos que hacer turnos para montar ya que había solo dos caballos, al principio viajé con mi tío y luego de un par de horas monte con Luc, advirtió mi labio herido y llevó su mano cerca de mi rostro pero se detuvo antes de tocarlo.

-¿Cómo te hiciste eso? –Preguntó en un susurro.

-Me caí –Contesté sin devolverle la mirada.

   Él mantuvo su distancia conmigo y yo sin mediar palabra se lo agradecí, ya las cosas estaban bastante complicadas como para tener que sumarle nuestra pequeña secreta historia, me concentre en su respiración acompasada tras mi oreja y traté de no pensar en nada más por un rato. En el río Leucosia exquisita y hermosa cual diosa griega se recostaba sobre una piedra tejiendo su cabello, en la orilla nos aguardaba una embarcación, una galera de unos 90 pies de eslora aproximadamente con una banda de 16 remos a cada lado, dijo que era una especie de ofrenda de paz entre el mundo de los seres mágicos y los Señores de Líber y que nos escoltaría hasta nuestro destino, sin embargo, ni para Luc ni para mi estaban claras sus intenciones, ella no haría algo así sin pedir algo a cambio, sin embargo nuestra situación no estaba como para despreciar su ayuda, subimos a bordo junto con los caballos, al recorrer la nave con la mirada me percaté de la presencia de la tripulación, una veintena de hombres cansados de mirada ausente y vestidos con andrajos que se movían por la cubierta haciendo su trabajo sin siquiera notar nuestra presencia, caminé hasta una rejilla en el suelo y me arrodillé para mirar el interior de la galera en cuyo vientre unos 30 infelices encadenados unos a otros comenzaban a remar enérgicamente para poner el barco en movimiento, de inmediato fuertes arcadas atacaron mi estómago y desee no haber subido a esa sombría nave.

-¿Te sientes bien querida? –Preguntó tras de mi la inconfundible voz de la sirena.

-¿Quiénes son ellos? –Dije intentando no soltar el poco contenido de mi estómago sobre ella.

-Hombres que no pagaron su deuda con las hadas.

-¿Y eso significa…?

-Significa que pidieron un favor y se les concedió a cambio de un pago que nunca entregaron, y ahora estarán aquí hasta que su deuda sea saldada o hasta que mueran, en cuyo caso algún familiar debe asumirla.

-Eso es… ultrajante, inhumano…

-Inhumano, si, no somos humanas, y en cuanto a ultrajante yo diría que las ultrajadas fuimos las hadas al hacer un favor que nunca nos fue pagado –Y sin dar más explicaciones se dio la vuelta y se lanzó al agua con un movimiento ágil y lleno de gracia.

   La embarcación surcó la corriente seguida a nado por la ninfa de cola plateada que de vez en cuando nos dejaba oír su exquisito y engañoso  canto.

-No confío en ella Zoe –Me susurró Luc al oído –Su canto puede volver loco a cualquier hombre, no te olvides de Odiseo.

-A cualquier hombre, la mitología no habla de las mujeres, creo que en la nave de Odiseo solo iban hombres y yo soy mujer –Dije con una risita impostada y autosuficiente intentando aligerar en algo el mal humor del viaje.

-Muy graciosa, no veo la diferencia tus oídos son exactamente igual que los míos.

-¡Qué bueno que ya estés siendo tú otra vez! –Dije satisfecha –¡Todo un postre de limón!

-¿Me estás queriendo decir que soy ácido? Algunas mujeres me encuentran muy dulce ¿sabes? –Bajé la vista hacia el agua sintiendo una oleada incomoda de arrepentimiento –Perdón no debí decir eso, es que no sé cómo estar contigo después de… bueno no sé cómo tratarte créeme que sé que amas a mi primo pero eso no cambia lo que siento, aunque debería mantenerme alejado de ti por el bien de todos.

-Sí, eso es lo mejor, trátame como antes, vuelve a ser el pesado insufrible que eras cuando te conocí, eso puede ayudar.

   Me senté junto a mi tío y recosté mi cabeza sobre su pecho como cuando era niña, me sumí en un profundo sueño, el mismo que se ha repetido una y otra vez a lo largo de los años, esta vez pude ver el rostro del hombre con la espada, era Aurelio, también vi cuándo me sacó de entre los escombros y cómo me llevó a cuestas a través de unos túneles mal iluminados, la gema refulgía en su pecho mientras daba órdenes a sus hombres en medio de un caos de gritos y un tropel de gente que corría lejos de la muerte.

-Hija despierta tienes que ver esto -Su voz me sacó del mundo onírico.

   Levanté la vista hacia la lejana montaña en las que se distinguían las regias ruinas de una ciudadela amurallada que desde la distancia y a pesar de haber sufrido ataques devastadores aún mantenía briznas de su antiguo esplendor.

-Ese era el castillo de tu padre Zoe, bueno lo que queda de él –Explicó Aurelio.

-Es enorme, ¿puede restaurarse?

-Si tal vez, primero tenemos que resolver algunas cosas neurálgicas ¿no crees?

-Lo resolveremos, el Norte volverá a ser todo lo que era Alteza –Aseguró Lucio quien se había acercado a nosotros.

-Esta zona está plagada de Oscuros, es necesario ocultarnos –Anunció Leucosia sacando la cabeza del agua.

-Estamos en medio de un río ¿cómo se supone que nos escondamos? –Contestó Luc con brusquedad.

-De eso me encargo yo –Prosiguió la ninfa, e inmediatamente la nave comenzó a hundirse en medio de las aguas que se mantenían firmes alrededor formando una especie de burbuja bajo la superficie del ancho y caudaloso río.

-¡Va a ahogarnos! –Gritó Luc.

-No, no lo hará espera… observa, el agua nos envuelve y deja aire dentro –Lo tranquilizó mi tío.

   Toqué la pared de agua con un dedo dejando una estela mientras la burbuja seguía su curso oculta bajo litros y litros de agua, miré de cerca como por un cristal las aguas diáfanas, los colores no eran del todo naturales, había mucha luz y peces de todo tipo nadaban a nuestro alrededor acercándose curiosos por la intromisión de los seres sin escamas que estaban de visita, no eran los únicos, Leucosia y otras tres sirenas nos acompañaban nadando a los lados de la bolsa de aire, una de ellas de cola celeste y ojos violeta se quedó mirando a Lucio y después de un rato se aventuró a hablarle.

-¿Le parezco hermosa alteza? –Luc la miró y se encogió de hombros, la criatura se recogió el cabello en un moño apretado por unos segundos y al soltarlo su densa melena oscura tornose del color de las brasas ardientes, pasó la mano sobre sus ojos y estos adoptaron un tono azul claro, era casi como verme al espejo pero con cola en vez de piernas -¿Y ahora? –Prosiguió –Entiendo que le gustan más las pelirrojas –Mostrando una sonrisa sugerente.

   El joven estaba visiblemente turbado, sin embargo rápidamente se repuso y no dejó que la provocación lo sacara de sus casillas, en cuanto a mi hube de invocar a todas las fuerzas de autocontrol y a todos los métodos de los libros de autoayuda para no lanzarme fuera de la burbuja y propinarle un corte de cabello gratis a esa intento de mujer con escamas, ¿cómo se atrevía a imitar mi apariencia para molestar a Lucio? y… ¿cómo supo a quién imitar?, de pronto me sentí enferma y las arcadas regresaron con toda su fuerza estaba a punto de vomitar, nuestro pequeño y secreto desliz ya no era tan secreto, ¿cómo lo habían averiguado las sirenas, y cómo iban a usarlo a su favor?.

-Ya déjalos –Ordenó Leucosia a su hermana con voz cantarina –Vas a hacer que devuelvan el estómago. 

-¿Qué es lo que está pasando? –Preguntó confundido Aurelio.

-Nada – Luc cortó rápido –Es un juego entre nosotros ¿verdad?.

-Exactamente eso –Contestó la sirena regresando a su propia apariencia y sin perder su pícara sonrisa –Cuándo quiera su Alteza podemos seguir con nuestro juego.

   Respiré hondo y me dejé caer sobre los tablones de madera que formaban el balcón de popa de la embarcación, tejí mi cabello en una trenza y me sequé el sudor de la cara con la amplia manga de mi blusa, necesitaba urgentemente aire fresco este viaje tardaba más de la cuenta y estaba desesperada por saber de Max y lo que había sido de él. Salimos a la orilla cerca del medio día hambrientos y mareados por los movimientos de la nave y la falta de oxígeno bajo el agua, Aurelio despidió a las sirenas rindiéndoles mil agradecimientos por su oportuna colaboración y se dispuso a ir de cacería para que pudiéramos comer, el frío había amainado un poco al habernos alejado tanto de las montañas heladas, aquí la vegetación era verde y aunque no hacía calor al menos caminábamos sobre tierra y no sobre hielo. Me acurruqué contra el tronco de un viejo roble abrazando mis rodillas y tratando de mantener la calma, mi mente era un remolino de imágenes y sentimientos encontrados, y ahora se sumaba la preocupación por lo que las sirenas habían descubierto, no pensaba mentirle a Max sobre eso, pero tampoco había decidido como o en qué momento decírselo, por otro lado estaba consciente de que al hacerlo tal vez estaría condenando nuestra relación a la extinción, pero debía ser honesta, él se lo merecía y yo hubiera querido que él lo fuera conmigo si el caso fuera al contrario, no había tenido tiempo de pensar en todo esto hasta ahora y mientras más le daba vueltas al asunto más cabos sueltos afloraban, como por ejemplo que tal vez Max y Lucio terminaran enemistados y que yo ya no pudiera acercarme a ninguno de los dos, además, eventualmente algunos de nosotros tendríamos la responsabilidad de liderar nuestros respectivos reinos y ¿cómo llevaríamos las relaciones diplomáticas después de que todo saliera a la luz?.

   Esto era más de lo que podía soportar, era la primera vez que me permitía pensar en mí como una de las soberanas de Líber y mi futuro pintaba en negro, casi podía sentir el peso de la corona cernirse sobre mis hombros, una carga que no se si podría llevar después de mi terrible comportamiento, todos sabrían que su reina era una traidora, que no se podía confiar en su palabra, que no tenía honor.

-¿En qué piensas? –Su voz profunda me regresó de mis cavilaciones.

-En la calamidad de persona que soy y el más grande desastre que voy a ocasionar por mi estupidez.

-No eres una calamidad Zoe, eres valiente y decidida.

-¿Valiente?, ¡no!, creo que estás hablando de otra Zoe no de mí.

-No, estoy hablando de ti –Dijo sentándose a mi lado.

-Estoy aterrada Luc, por todo, tiemblo por la vida de Max, me preocupa el bienestar de Líber y además está ese problemita con las sirenas y lo que saben y… en algún momento debemos decírselo a Max, eso puede desencadenar muchas cosas desagradables…

-No pienses ahora en eso, concéntrate en el plan de tu tío y después ya veremos, no estás sola yo también tengo responsabilidad, de hecho todo es mi culpa fui yo quien te besó, yo seré quien se lo diga a mi primo.

-No puedo dejar que ustedes se peleen por mi culpa…

-Siempre peleamos no será la primera vez –Dijo intentando esbozar una sonrisa –Y ahora a descansar, voy a ayudar a tu tío está tardando mucho.

   Después de un rato regresaron con un par de conejos desollados listos para el almuerzo.

-¿Cómo haremos una fogata si todo está húmedo? –Pregunté mirando a Aurelio. 

-No la haremos, llamaríamos la atención de los Oscuros hacia nosotros de inmediato.

-¿Y entonces por qué ustedes dos tenían una encendida anoche? –Volví a preguntar viendo lo obvio, que tendría que comer conejo crudo.

-Vimos a las águilas volar hacia el Norte y ellas están buscando a Damian así que era lógico que no hubiera peligro para nosotros en el lugar en donde nos encontraste –Aclaró Luc.

-Disculpa hija, esto es muy desagradable pero tienes que comer necesitas fuerzas –Extendiéndome algo de la carne de conejo, la tomé entre mis dedos tibia, húmeda y babosa, el pobre animalito ni siquiera había tenido tiempo de enfriarse mi primera reacción fue voltear la cara hacia otro lado intentando no vomitar, respiré hondo y sin pensarlo dos veces introduje el trozo completo en mi boca y lo tragué sin masticar.

-¿Ves? era tan fácil como eso, acabas de perder el glamour princesa –Dijo Luc entre risitas, haciéndonos reír también a mi tío y mi que por un momento olvidaba todo mi drama existencial.

 

   Retomamos la marcha después del almuerzo, caminamos hasta la falda de una montaña cuyo risco rocoso y elevado descendía como una pared hasta el río.

-Tenemos que llegar hasta allá –Anunció Aurelio señalando una plataforma de piedra y un arco de entrada tallado en la roca del risco.

-Habrá que nadar –Contestó Lucio.

-No es necesario, vengan –Prosiguió el Rey poniendo un pie dentro del agua –No es profunda.

   El agua no llegaba arriba de sus pantorrillas sin embargo, desde fuera parecía ser mucho más profundo, Luc se aventuró antes que yo halando los caballos hasta el otro lado, mientras me quité las botas y me levanté el ruedo de la falda enganchándolo en el pasador de la pretina de mis jeans de los que nunca me quise deshacer. Me enrollé los pantalones y crucé dando saltitos al sentir el agua fría en mis piernas, Luc me ayudó a subir a la plataforma al llegar al otro extremo.

-¿Qué es esto? –Le pregunté a Aurelio poniendo mi ropa y calzado de nuevo en su lugar.

-Es una de las entradas a la ciudadela y al castillo de tu padre.

-Al suyo Señor –Aclaró Lucio.

-Sí, bueno no me acostumbro todavía a la idea… hay que abrirla.

   Y comenzó a empujar las gigantescas puertas de piedra, que enmarcadas con gruesas columnas coronadas con un capitel labrado, evocan a las Puertas de Hierro del Danubio. El joven se apresuró a ayudarlo a empujar hasta lograr mover el monolito unos centímetros, los suficientes como para que pudiéramos pasar, ya del otro lado un par de pebeteros encendidos a los lados del pasadizo despedían una cálida luz.

-¿Por qué están encendidos, se supone que no hay nadie aquí desde hace siglos? –Interrogué.

-Deben ser los Oscuros –Contestó Luc.

-No, este fuego es mágico, se creó con el fin de que iluminara estas cavernas desde el principio de los tiempos y nunca se ha extinguido, me alegra ver que algunas cosas no han cambiado, vengan hay mucho que recorrer todavía.

   Cada tramo era iluminado por dos pebeteros uno a cada lado del túnel, el suelo estaba recubierto de lozas de barro cocido  y a cierta distancia se ubicaban a los lados abrevaderos  para los caballos, esta era una de las tantas rutas de acceso a la ciudadela, había sido construida pensando en la protección de los viajeros que las transitaban comerciando mercancías o los ejércitos del Rey, mi tío me explicaría a lo largo del viaje que por una de estas vías habíamos logrado escapar cuándo la fortaleza fue tomada por los Oscuros.

-Fuimos un hueso duro de roer –Recordaba con un brillo duro en sus ojos y una sonrisa de satisfacción –A esos estúpidos les llevó mucho tiempo encontrar los accesos al castillo, solo encontraron uno y entraron por él pero cuando lo hicieron la mayor parte de la gente se había ido, solamente quedábamos unos pocos resistiendo para dar oportunidad a que el pueblo y buena parte del ejercito saliera de los túneles con vida. Esta fortaleza fue construida para no caer jamás, era virtualmente imposible de invadir por ejército humano alguno, pero claro, los Oscuros no son humanos…

   Sus palabras me hirieron en lo más profundo, nunca lo había visto con esa expresión de añoranza y odio juntos que ensombrecían su rostro, me acerqué a él y tomé su mano por largo rato hasta salir del otro lado del túnel.

   La luz comenzó a abrirse paso entre las sombras y lentamente emergimos de la caverna a un amplio camino de piedra en regular estado, la maleza se elevaba alta y se derramaba hacia los lados ocultando parte de la vía, seguimos por ella durante varios kilómetros algunos tramos a caballo y otros muy largos a pie, notamos que la temperatura descendía conforme acortábamos camino, mi tío recordó que la última vez que estuvo aquí el invierno era de los más fríos que jamás se hubieran visto en el reino y que aunque estábamos en verano actualmente la presencia endemoniada de los Oscuros no permitía que hubiera calor.

   Tuve de nuevo esa sensación de estar siendo vigilada, se la comuniqué a mis compañeros quienes hicieron turnos para reconocer el terreno antes de continuar, me senté a la orilla del sendero agotada y entumecida, mis ropas húmedas no me estaban ayudando mucho a mantenerme cálida, escuché un ruido que provenía de los árboles, me incorporé y traté de ocultarme en la maleza pero fue demasiado tarde un brazo fuerte como un roble me asió por la cintura halándome hacia el bosque y apenas tuve tiempo de gritar pues ya la criatura me llevaba en hombros a todo correr por entre los árboles mientras yo luchaba por zafarme y seguía llamando a gritos a Luc y a mi tío que no tardaron mucho en aparecer tras de mi blandiendo sus espadas hacia el Oscuro que no tenía la menor intención de dejarme ir.

   Mi tío se abalanzó primero y recibió un empujón que lo elevó al menos un metro del suelo lanzándolo lejos, Luc se aventuró espada en mano propinándole al hombre una estocada en el costado haciendo que me dejara caer al suelo, rodé colina abajo hasta ir dar contra un árbol mientras el joven salía despedido de un golpe contra una roca, el soldado que parecía todo menos humano, pálido y de extremidades demasiado fuertes y largas corrió hacia mí de nuevo pero Aurelio que ya se había levantado lo interceptó y de un golpe con un tronco lo hizo caer de bruces al suelo, el Rey se acercó y acercó la espada a su barbilla.

-¿Dónde están los demás? –Preguntó airado -¿Dónde?

-Por todas partes, no podrán entrar al castillo –Respondió con un sonido gutural.

   Entonces se agachó sobre él para decirle algo más pero el otro lo tomó por sorpresa desarmándolo con dificultad y poniéndole el filo al cuello.

-¿Quiénes son? –Preguntó la criatura -¿Cómo han llegado hasta aquí y por qué?

-Porque tengo todo el derecho de estar en mi casa –Escupió Aurelio intentando soltarse del fuerte agarre.

-Ya no más, ahora es nuestra –Ya se disponía a rebanarle el cuello, dejé escapar un grito ahogado cuando un dardo vino a incrustarse en medio de sus ojos, contra una roca y aun en el suelo estaba Luc con la ballesta levantada. La cosa se desplomó contra la tierra húmeda y mi tío se levantó sacudiendo sus ropas y recogiendo su espada.

-Buen tiro –Dijo –Ven Zoe hay que seguir. Y adoloridos regresamos por los caballos retomando el sendero de piedra. Nos tomó tres días llegar a la fortaleza esquivando campamentos y puestos de vigilancia del ejercito de Damian pero al arribar se nos presentó otro problema, el Príncipe Oscuro tenía a su mascota apostada a las puertas del palacio, el Leviatán protegía la entrada principal y las otras puertas estaban atestadas de soldados.

 

   El aspecto de la fortaleza desde este punto reflejaba los años de desidia, el musgo había cubierto buena parte de las paredes de piedra y pequeñas plántulas crecían en las hendiduras entre bloque y bloque, el paisaje adoptaba ese aire interesante y hermoso de los lugares abandonados.

-¿Y ahora qué? –Preguntó Luc escaneando el sitio con la mirada -¿Hay alguna otra entrada majestad?

 -Si hay otra pero no sé si podamos usarla, los muros cedieron mucho con los ataques –Pensativo –Aunque podríamos intentarlo.

-Hay que hacerlo no tenemos otra opción… ¿por dónde?

-¿Ves aquella torre? –Contestó señalando con su mano hacia una torreta elevada de donde colgaban los pingajos que alguna vez habían sido dos pendones celeste y dorado con el blasón del reino.

-Sí.

-Por ahí.

 

   Nos colamos como pudimos rodeando la muralla hasta llegar a un trecho en donde los bloques habían caído unos sobre otros, tuvimos que escurrirnos por entre los escombros hasta hallar una verja de hierro retorcido cuyo arco apenas si lograba contener el peso de lo que quedaba de la pared, pasamos a través de ella y estuvimos en un amplio salón escasamente iluminado por la poca luz del día que lograba filtrarse desde las grietas en la pared.

-Esta es la sala de armas –Comentó Aurelio –Gracias al desplome de la pared no la hallaron aun está como la dejé antes de subir a la torre con Abelardo  -Ese nombre retumbó en mis oídos.

-¿Ese era el nombre de mi padre? –Me aventuré a preguntar.

-Si –Contestó y sus tiernos ojos se humedecieron.

-Bueno aquí tenemos todo lo que necesitamos –Dijo Luc observando a su alrededor.

   Ambos hombres rebuscaron por aquí y por allá entre la pila de fierros armas y armaduras que pudieran serles útiles, aproveché para descansar un poco mientras ellos escogían espadas y flechas y se vestían para lo que ya era inminente, un enfrentamiento con los Oscuros.

-Disculpa ¿podrías ayudarme con esto? –Dijo el joven príncipe acercándose con la pesada cota de malla sin ajustar –Tienes que amarrar las correas a los lados y ajustar la cofia en la base de mí cuello –Un poco incómodo. Comencé a atar los cordones de cuero según él me iba indicando para luego repetir todo el proceso con mi tío, eso puso en perspectiva mi idea de incomodidad de las prendas que me había visto obligada a usar desde que pisé Liber, nunca más me quejaría de ponerme las enaguas bajo la falda, la larga sobrevesta azul de mi tío ostentaba, bordada con hilos de oro, una elegante A coronada en el centro de pecho mientras que la que Luc se puso llevaba el león de la casa del Norte, al terminar ambos se habían transformado en dos cruzados perfectamente armados hasta los dientes, yo por mi parte me sentía absolutamente inútil pues no era capaz siquiera de usar un abrelatas correctamente, todo mi entrenamiento tenía una enorme agujero, nunca había recibido instrucciones sobre cómo usar un arma.

-Creo que ya estamos listos –Anunció el Rey –Vamos.

   Seguimos a mi tío a través de pasillos y escaleras ocultas tras los falsos muros del castillo, él estaba fascinado de que no los hubieran descubierto y nos permitieran movilizarnos en su interior sin problema, hicimos un recorrido de reconocimiento del lugar para evaluar los daños de la construcción antes de ir a dar al otro lado en donde se hallaban los túneles por donde hacía veinte años, humanos no liberianos, había escapado en brazos del príncipe Aurelio, nos introducimos por un recodo angosto y oscuro oculto tras una columna simulada pues la entrada principal había sido destruida y no había forma de que alguien entrara por allí. Mucho después mi tío me confesaría lo difícil que fue para él recorrer ese corto trayecto de unos dos kilómetros, cada paso estaba impregnado de recuerdos desgarradores, instantes vividos en los que no se había permitido siquiera derramar una lágrima porque el deber así  lo regía, ser fuerte por los demás, por quienes iban a su lado y por la vida de la heredera que aún no tenía edad para entender lo que a su alrededor ocurría.

   Cayó la noche y ambos hombres convinieron en que era mejor descansar en un sitio seguro para retomar la marcha con la luz del sol, acampamos en la boca del túnel que oculta entre la maleza nos ofrecía el espacio perfecto para dormir sin preocupaciones ni peligros, la travesía nos tomaría todo el día hasta la entrada del portal así que no podíamos haber tenido lugar mejor en semejante situación. Mi tío me acomodó un lecho improvisado con las bolsas de tela y mi gruesa capa de algodón, la temperatura estaba bastante baja pero soportable, me acomodé poniendo la cabeza en su regazo y soñé con los gritos de la gente que corría por el túnel para salvar su vida, la pulida armadura que brillaba a la luz de la luna y un rastro de sangre dejado sobre la nieve.

   Tal como habíamos previsto la marcha a través del bosque fue dura, subiendo peñascos rodeando los abetos y otras coníferas durante horas hasta llegar al atardecer ante una fisura de amplias dimensiones en la montaña.

-Hemos llegado –Anunció el Rey con voz cansada –Allá detrás de las estatuas está la entrada –Señalando a dos impresionantes efigies de piedra apostadas a los lados del camino. Pasamos por debajo de ellas, dos leones alados del tamaño de un edificio de cinco pisos con sus patas delanteras levantadas justo como mi marca de nacimiento, en medio de ellos en el suelo se encontraba el escudo de armas de la casa real del Norte. Avanzamos por las escaleras y estuvimos frente a una imponente estructura que como Petra, la antiquísima ciudad, había sido tallada en la viva roca hermosa y colosal, sin ceder a los embates del clima ni de las edades. Esculpidas a los lados las columnas sostenían un elaborado capitel cincelado con las más exquisitas formas, y dentro nos aguardaba la arquitectura de un palacio de frescos en las paredes y suelos marmoleados.

-Hay que tener cuidado –Recordó Lucio –Damian puede estar cerca.

-Sí, es raro que no nos lo encontráramos ya y a ninguno de sus soldados, no deben estar lejos –Comentó Aurelio.

-O él no sabe la ubicación del portal –Esgrimí.

-Si lo sabe pero debe estar tramando algo –Mientras buscaba algo en la pared.

-¿Qué busca Alteza?

-El sello.

-¿Qué sello? –Esta vez fui yo quien preguntó.

-El sello con el cual deben unirse los tres medallones, mientras Damian no lo encuentre tendrá problemas para hacerlos funcionar, debo haberlo guardado por aquí… pero no recuerdo exactamente donde, después de tantos años este lugar luce igual pero yo obviamente no estoy en mis mejores tiempos.

-¿De qué hablas? ¡Eres muy joven! –Dije.

-Hay hija no querrás saber mi edad créeme –Y Luc me miró asintiendo con la cabeza.

-¿Bueno, donde te ayudamos a buscar? –Dije al final de su cruce de miradas cómplices.  

-Golpeen suavemente las paredes y cuándo sientan algún vacío me llaman.

   Hicimos como él dijo y pronto Luc dio la voz de aviso, había encontrado el lugar en donde mi tío lo escondió, Aurelio se precipitó y golpeó con la empuñadura de su espada la tapia de arcilla que durante siglos, liberianos no humanos, había protegido al sello de las manos inescrupulosas del enemigo, lo sacó y desempolvó, un frío glacial se adentró cortando el aire viejo y polvoriento de la sala y al instante se escucharon los aplausos de victoria de Damian, ya me estaban fastidiando sus “entradas triunfales” ciertamente tenía un don para aparecer de la nada y cuando uno menos se lo esperaba.

-Gracias Majestad por haberme hecho el favor de buscar el sello por mí, ha sido usted muy amable –Dijo con sorna acercándose a Aurelio y arrancándole el objeto de las manos –Ahora lo único que necesito es la sangre de un heredero y eso es lo que aquí sobra, tengo tres por falta de uno.

   Luc salto frente a mi tío empujándolo con fuerza hacia fuera.

-¡Corran! –Gritó –¡Los dos!

-¡Luc no! –Lancé aterrada.

-Mi sangre no le servirá mientras Max esté vivo ¡hagan lo que les digo!

   El Rey me llevó a rastras hasta la entrada en medio de un caos de lucha a cuerpo contra varios soldados del ejército Oscuro.

-Hay que volver por él –Chillé –Por favor.

-Ahora no, busquemos la forma de convocar a las águilas.

-Pero ¿Cómo?

   Seguíamos corriendo por las escaleras y Aurelio se enfrentaba a los soldados atravesándolos con el acero, al llegar bajo las efigies levantó su espada y la introdujo en una ranura en la base del escudo de armas, la hoja entró hasta la empuñadura que destelló emitiendo un cegador rayo de luz a cielo, segundos después un viento gélido recorrió el paraje y pronto todo comenzó a cubrirse del hielo despedido por el blanco plumaje de las monstruosas águilas blancas que volaban en nuestra dirección.

-¡Hay que correr hacia dentro o nos congelaran! –Me dijo con voz ahogada y tomó mi mano para arrastrarme de nuevo escaleras arriba hacia dentro.

   Las magníficas criaturas sobrevolaron el área limpiándola de soldados oscuros quienes como la esposa de Lot quedaban convertidos en estatuas, no de sal, de hielo.

   Instantes después una sexta águila surgió en el firmamento brillando sobre el dorado lienzo del atardecer con su lujoso plumaje encendido en fuego, hizo un vuelo rasante sobre las copas de los árboles derritiendo las estatuas y dejando un pozo de agua en su lugar, Damian aprovechó la distracción para salir arrastrando a Luc mal herido y atarlo a un tronco  en una pequeña explanada cerca de la entrada.

   De inmediato Aurelio sacó una daga de su armadura y se arrojó decidido en su dirección pero el Oscuro lo previno mostrándole quien estaba a su espalda.

-Es mejor que se detenga Majestad –Señalando tras él –No querrá que esta belleza convierta en antorcha al Príncipe Lucio.

   Damian nunca jugaba limpio, esta vez tenia al Leviatán justo en frente de Luc quien parecía haber perdido la conciencia a causa de los golpes y amenazaba con ejecutarlo si no hacíamos lo que pidiese.

-Haré lo que quieras –Cedió al fin Aurelio.

-En principio que me des un poco de tu sangre –Lanzándole una pequeña botella de cristal.

   Aurelio atrapó el envase en el aire y hundió la daga en su piel, el líquido carmesí brotó de la herida a la boca del frasco, colocó luego la tapa en su lugar.

-Ya está –Arrojándola de vuelta.

-Falta algo –Dijo enarcando una ceja sobre sus ojos de ónice –Llévame hasta la cámara  del portal en todos estos años no he podido dar con la correcta.

-¡Fiat judicium per ignem in virtute Máximo! –Contestó mi tío con resolución,  y yo traduje para mis adentros sin problema: “que se haga el juicio por el fuego en virtud o por el poder que tiene Máximo”, lo miré desconcertada y Damian que no era ningún ignorante comprendió el significado de la frase cuando desde el cielo se precipitó sobre su cabeza el águila de fuego con sus afiladas garras listas para arrancarlo del suelo, el Leviatán se interpuso en su camino colisionando una bestia contra la otra en un estruendo ensordecedor.  

   Ambas criaturas se elevaron del suelo tomadas de las garras volando en círculos y gruñendo, los crujidos y quejidos insoportables del Leviatán y los graznidos del ave me invadieron de temor, las llamaradas de fuego del Leviatán no hacían el menor daño al águila que parecía henchirse con ellas y fortalecerse, Damian que veía el pavoroso espectáculo con ojos desorbitados pronunció en voz baja su conjuro de control sobre la bestia y ésta al instante de un golpe se deshizo de Max y regresó en picada en nuestra dirección escupiendo flamas ardientes a nuestros pies. Corrimos hacia las columnas para ponernos a resguardo, el dragón se elevó y cargó de nuevo contra nosotros que apenas si habíamos logrado salir ilesos de ambas arremetidas.

   El águila voló directo hacia el Príncipe Oscuro quien sin pérdida de tiempo puso una espada en la nuca de Lucio.

-¡Alto! –Grito – O le rebano el cuello.

   El ave disminuyó la velocidad hasta casi detenerse y dejarse caer con suavidad sobre el suelo.

-Tienes las de perder Príncipe, tengo a tu novia y al Rey acorralados y a tu primo en mis propias manos, no hagas nada que puedas lamentar.

   El águila de fuego lanzó un graznido aterrador y caminó lentamente hacia él abandonando su espectacular forma para recobrar la figura humana bañada en fuego dejando incendiado cada paso sobre la tierra aún húmeda.

-Me tienes ante ti –Dijo con una voz retumbante e inhumana –Déjalos ir y quizás cuándo esto acabe te permita conservar la vida.

-¿Crees que puedes hacer algo todavía Máximo? –Contestó el otro con desprecio.

-No, estoy absolutamente seguro de ello –Y su voz me hizo temblar hasta la médula.

-¡A él! –Ordenó Damian y el Leviatán se arrojó sobre el hombre encendido en llamas y lo atrapó entre sus garras elevándose por los aires y desapareciendo en la oscuridad de la noche.

-¡Máximo! –Grité desesperada y las lágrimas corrieron sin permiso por mis mejillas.

   Salí de mi escondite y sin pensar fui a estrellarme con todas mis fuerzas contra ese desgraciado que había sido capaz de atentar contra todo lo que amaba en la vida, había hecho que esa bestia se llevara a Max pero no dejaría que matara también a Luc, era lo único que me quedaba que me uniera realmente a Líber, lo empujé con todas mis fuerzas y lo envié de bruces al suelo, la espada voló unos cuantos metros más allá y en medio del forcejeo Lucio, quien había vuelto en sí y tubo tiempo suficiente para soltar sus amarras, alcanzó a arrancarle del cuello dos de los tres medallones. Giramos sobre el suelo hasta el borde de un barranco, traté de zafarme de los musculosos brazos de Damian que me tenían aprisionada contra la tierra teniendo casi la mitad de mi cuerpo en el aire a cientos de metros de caída libre, no pude escapar, él me haló por las ropas y me empujó al vacío.

   Logré asirme con dificultad de unos juncos que pegados a la roca crecían varios metros hacia abajo mientras Lucio arremetía contra él con las fuerzas que le quedaban, el acero chirrió, y las ramas que acababan de salvarme la vida cedieron desprendiéndose de la tierra y dejándome de nuevo abandonada al vacío.

-¡Zoe no! –Escuche un grito a lo lejos y un chico de cabellos revueltos y hermosos ojos grises asomó desde la orilla con un brazo extendido hacia mí.

   Floté sobre la nada, en el vacío esperando en cualquier momento el golpe de gracia que acabaría con mi existencia cerré mis ojos y evoqué en mis recuerdos los momentos más hermosos de mi vida si iba a morir al menos me llevaría eso conmigo, pero el destino no quiso que muriera, un viento cálido y perfumado me envolvió girando a mi alrededor con miles de flores y hojas, y frente a mi tuve de nuevo el rostro perfecto y etéreo de aquella aparición de los jardines del Reino del Sur.

-No tema Alteza –Con tono dulce y angelical –Usted al fin ha aceptado su destino y ha probado ser digna del poder con el que se le ha honrado. Los habitantes de Líber estaremos a su lado, las tropas ya vienen –Y me elevó por los aires depositándome de nuevo en la cima con cuidado y desapareciendo en un remolino de hojas y flores en el viento.

-¡Zoe!, mi Zoe –Luc se abalanzó sobre mi cerrando sus brazos con fuerza en un abrazo, sus lágrimas corrían por su rostro manchado de tierra y sangre –¡Estas viva! ¡Estás viva! –No paraba de repetir.

   No sé cuánto tiempo pasó antes de poder separarnos pero la reacción de ambos había sido demasiado obvia como para que mi tío no se diera cuenta de que había algo más que una simple amistad entre nosotros, sinceramente a esta altura y con todo lo que estaba sucediendo ya no me importaba lo que pensara, sin embargo él fue lo suficientemente prudente como para no preguntarme, solamente se limitó a levantar una ceja en señal de interrogación a lo que yo contesté encogiéndome de hombros. 

-Pensé que te había perdido –Dijo con alivio en su voz –Eres todo lo que tengo hija –Estrechándome contra su pecho.

-Aquí estoy papá –Besando su mejilla.

-¿Qué era eso que te trajo de regreso? –quiso saber.

-Es un hada o algo así, ya la había visto en los jardines reales del Sur la primera vez que vine a Líber, en ese entonces me demandó el deber que tenía de aceptar quién soy, y ahora me dijo que los habitantes de Líber estarían de nuestro lado y que las tropas estaban en camino.

-¿Qué tropas? –Inquirió Luc.

-No sé, no tengo idea.

-¿Y Damian? –Interrogué notando que no estaba.

-Ese cobarde huyó en cuanto tuvo la primera oportunidad –Me informó.

-El único sitio en donde podría librarse una batalla cerca de aquí es en el Valle de la Decisión –Apuntó mi tío señalando a lo lejos –Allá abajo en donde se dieron las batallas de los antiguos y también donde se firmaron los pactos, si algún ejército va a ayudarnos se congregará ahí.

-Entonces es hora de ir bajando –Habló Lucio decidido –Majestad esto es suyo –quitándose del cuello el medallón de agua marina y extendiéndoselo al Rey del Norte.

-¡Lo recuperaste muchacho! –Palmeándole la espalda –Pero ella es la heredera, ella debe portarlo.

  

   Un viento helado agitó nuestros cabellos cuándo desde la orilla intentamos divisar la vastedad del valle.

-¡En marcha! –Ordenó Aurelio, tomamos un sendero escarpado surcando las salientes rocosas en el declive montañoso, el tiempo apremiaba Damian y los suyos no tardarían en volver. Al llegar a la gran explanada los dedos de Aurora empezaban a colorear débilmente el oscuro cielo, ocultas entre los árboles y la maleza se encontraban las tropas formadas por los ejércitos del Reino del Sur y extraordinariamente también por los sobrevivientes del Reino del norte, caballeros, soldados, campesinos, artesanos todos los que fueron convocados se presentaron voluntarios para defender la tierra con su vida. Según fuimos informados el hada había hecho correr la voz de que se llamaba a una guerra decisiva contra los Oscuros y que se unirían las fuerzas de ambos reinos encabezadas por sus legítimos reyes.

   Las tropas del Rey Virgilio, estaban muy bien organizadas, sus estandartes ondeaban al viento y sus hombres con armaduras relucientes montaban sobre corceles acorazados cuyas largas gualdrapas ocre dorado llevaban bordado el escudo de armas en rojo sangre, las nuestras menos engalanadas dirigidas por un puño de nobles sobrevivientes se presentaron tan pronto nos vieron llegar.

Antes de unirnos a los demás Luc detuvo el paso para hablarme, quizás era la última oportunidad que tendríamos de estar a solas antes de enfrentarnos a Max con nuestra confesión y él quería dejar bien clara su posición a pesar de lo que pudiera ocurrir luego.

-Lo que siento por ti –Dijo inhalando profundamente- Es tan grande que no halla espacio en mi pecho, es como…como un río cuyo cauce trae consigo emociones nuevas, intensas cual aluvión que arrastra a su paso todas las ideas preconcebidas que he tenido a cerca del amor, uno no decide de quien enamorarse, solo sucede, y después hay que ver que se hace con todo ese torrente, infernal porque he puesto los ojos en la mujer equivocada, y celestial porque sin saber cómo, ni en qué momento enamorarme de ti ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, el instante más fugaz ha quedado para siempre impreso en mi mente y en mi corazón.

De todos los momentos en que podía haberme dicho eso, éste era el peor, a punto de emprender un enfrentamiento armado contra los Oscuros, y sin saber en dónde estaba Max mi cabeza estaba a punto de explotar, además, ¿es que lo de poetas les venía de familia? No podría haberme sentido peor.

 

-Majestad –Dijo un hombre de aspecto inteligente –Al principio no creí que fuera cierta la noticia de vuestro regreso, aquí tiene a disposición a lo mejor que hay en el Norte, ¡En los corazones de todos estos hombres arde el celo por nuestro reino!

-¡Mi buen amigo Plauto! –Dijo mi tío emocionado –¡Que alegría tengo de verte con vida!, ponme al día con los detalles –Adentrándose en medio de la masa humana palmeando hombros, prodigando abrazos y reconociendo después de tantos años a algunos de aquellos compañeros de lucha. Luc me acompañó hasta el lugar, y si levantar su mirada se despidió haciendo una corta reverencia cuidando el protocolo en público y dirigiéndose hacia la carpa real de su tío. 

   No tuvimos que esperar mucho para ver aparecer en el horizonte la avanzada enemiga que se precipitaba en nuestra dirección sobre los pastos verdes y húmedos del Valle de la Decisión, banderas negras agitadas por el viento venían al frente de soldados armados hasta los dientes y bestias salidas de los cuentos de terror que junto a demonios y seres de las tinieblas formaban las nutridas filas del Príncipe Oscuro.

-Son demasiados –Alguien dijo.

-Nos aplastarán en breve –Respondió otro.

   Y entonces Aurelio cual héroe heleno pasó revista a sus filas arengando a  sus tropas y enardeciendo el ánimo en el corazón de ellos como lo hiciera el gran Leónidas antes de la batalla de las Termopilas.

-Escuchad mis valientes –Gritó con voz de trompeta –¡Hemos librado cientos de batallas juntos, el destino nos ha favorecido y mantenido con vida para poder tener el honor de luchar una vez más por Líber, la tierra en donde todo es posible, el éxito no depende de nuestro número sino de nuestro valor y coraje, y si el hado decide cortar el hilo de nuestras vidas en este día entonces moriremos con honor!

   Y la muchedumbre gritó con tal ímpetu que mis entrañas se estremecieron.  Los hombres se alinearon juntando fuerzas con sus vecinos del otro reino y ambos bandos cabalgando como el viento arremetieron uno contra otro en ensordecedora acometida atinando sus golpes a lo que fuera, humano o no, mi tío no había querido que me integrara así que me había puesto como guardas a dos caballeros, Luc por su parte envío también a otro par de los suyos, así que mientras ellos se batían en batalla jugándose el pellejo yo aguardaba sobre mi caballo a la sombra de un ciprés flanqueada por cuatro grandulones fuertemente armados. Enfurruñada por ubicar el lugar de espectadora probé a darle ordenes al medallón desde la distancia, situé como blanco a una docena de oscuros que intentaron rodear el terreno burlando las filas de los liberianos he hice que la tierra literalmente se abriera en una zanja y se los tragara, emocionada por mi pequeño triunfo repetí la hazaña cuantas veces pude. El sol del mediodía se elevó desde el Este sobre nuestras cabezas y luego comenzó a ponerse en el Oeste al morir el día, la acometida se prolongó hasta bien entrada la tarde convirtiéndose en un baño de sangre para nuestras tropas en el momento en que hizo su aparición en los aires el Leviatán quién se encargó de diezmar nuestras fuerzas incinerando a montones de soldados a la vez, los desventurados corrían de un lado al otro huyendo de las llamas para caer presa de las espadas de los Oscuros, Damian se regodeaba con placer desde su sitio de comando, nuestros hombres cansados y sedientos invocaban sus últimas fuerzas para no abandonar la empresa que los había traído hasta aquí.

   Parecía no haber salvación, nada nos podía sacar de esta, pero en la hora más oscura cuando todo parecía perdido se vislumbraron en el firmamento las siluetas de seis aves majestuosas y gigantescas que volaban desde los lejanos picos de los montes sagrados de Líber, pensé que mi mente estaba jugando conmigo, había visto a esa bestia llevarse a Max entre sus garras y ahora era tal mi deseo de verle con vida que estaba imaginando cosas, o ¿quizás no? ¿era posible? tal vez…

-¡Ahí en el cielo! –Gritaron los hombres al ver al firmamento –Las águilas de las leyendas ¡son reales, son reales! –Una lágrima de felicidad asomó en mis ojos sorprendidos e incrédulos.   

-Máximo –Susurre para mis adentros aliviada.

   Como en el portal las cinco águilas blancas dejaban caer sobre los Oscuros su plumaje glacial convirtiéndolos en piezas de hielo que luego de un golpe los hombres volaban en mil pedazos reduciéndolos a nada, el águila de fuego embistió al Leviatán en el aire en encarnecida lucha cuerpo a cuerpo despidiendo llamaradas de fuego peligrosamente cerca del lugar de la batalla, giraron en el cielo y se estrellaron contra un peñasco cayendo sobre el bosquecillo a unos doscientos metros de distancia de mi posición, los caballos asustados se desbocaron y echaron a correr como poseídos  a través del campo hacia el fuego encontrado, una lluvia de saetas volaban por los aires cayendo a nuestro alrededor matando a dos de mis guardias he hiriendo a un tercero por lo que solo me quedaba uno para protegerme en medio del caos. La muerte se cernía sobre ambos bandos con la guadaña en la mano.

   Los hombres apretando los dientes arremetían contra el enemigo embistiéndolos con palos y mazos, espadas y flechas mientras el suelo y la nieve seguían manchándose de carmesí y yo corría en medio del desastre. Las pérdidas fueron incalculables pero ésta vez la batalla fue pareja, las filas de los Oscuros también eran disminuidas al haber sido sorprendidas por nuestra ayuda aérea.

   Divisé a Luc más adelante a la cabeza de un pelotón redirigiendo sus lanzas en un ángulo más elevado de manera que su alcance fuera mayor, así lograron atinar cerca del puesto en el que Damian daba las órdenes. Cabalgué como pude hacia él gritándole que usara la gema como yo lo había estado haciendo pero el ruido del chocar de las armas era atronador y no pude hacer que me escuchara hasta que estuve a unos pasos de él.

-¡La joya! –Grité mostrándole la mía con una mano -¡Úsala!

-¿Qué? –Sin dejar de blandir su espada.

-¡Que la uses! –Repetí haciéndole señas, al comprender lo que trataba de decirle tomo el colgante con una mano y barrió literalmente a una veintena de Oscuros estrellándolos contra los árboles más cercanos, se impresionó tanto del poder del que ahora gozaba que en un descuido un hombre lo hizo caer del caballo, el joven rodó por el suelo empapado de escarlata. Dos bestias fortachonas se abalanzaron sobre él con palos y con mazos y yo desee mentalmente que el tiempo se detuviese lo suficiente para lograr llegar hasta él y poder hacer algo antes de que tuviera que lamentarlo, de pronto todo se detuvo excepto mi caballo y yo, no había sido consciente de que al pedir ese deseo había estado sosteniendo el agua marina en mi mano, sin perder la oportunidad cabalgué hasta Lucio en medio de los cuerpos congelados en el tiempo desarmando a los Oscuros que tenía en el camino y arrastrando al príncipe por la capa con dificultad en el instante en que todo volvía a la vida, y él sin entender lo que sucedía apenas pudo asirse de la gualdrapa de la cabalgadura y subir a mi lado, había logrado sacarlo del medio. 

-¿Qué paso? –Dijo con tono ahogado -¿Cómo hiciste eso? estabas a mucha distancia.

-No sé, creo que lo pensé con el medallón en la mano y… bueno pasó, quise que todo se detuviera y sucedió.

-Esos trucos podrían sernos útiles, gracias por sacarme de ahí –Y no había terminado de decirlo cuándo el Leviatán sobrevoló nuestras cabezas escupiendo fuego sobre las tropas, dio un giro en el cielo y cargó contra nosotros que corrimos a todo galope alejándonos de la batalla para evitar más ataques sobre nuestros hombres, Luc tomó el control de las riendas y esquivó los ataques por un  milagro, dejando atrás el rugir de la batalla para adentrarnos en las amplias estepas libres de soldados.

   La bestia se acercó peligrosamente en intento fallido de cargar con Lucio entre sus garras y un dardo de hielo afilado y sólido impactó sobre uno de sus ojos haciéndolo sucumbir contra el suelo delante de nosotros, una de las águilas blancas venía en nuestra ayuda haciendo llover sobre el dragón una montaña de hielo y sepultándolo por completo.

   Lucio detuvo el caballo a una distancia prudencial, hubo silencio y tranquilidad por unos momentos antes de que el hielo comenzara a resquebrajarse dejando libre a la temible criatura, pero antes de que esta pudiera elevar el vuelo una vez más un rayo de fuego impactó con furia contra ella dejando un gigantesco y profundo cráter en la tierra chamuscada y negra, sucedió tan rápido que apenas pude discernir que la bola incandescente podría haber sido Máximo, mi corazón saltó dentro de mi pecho. Bajé del caballo apresuradamente hacia el borde del hoyo que aún humeaba, el calor era insoportable y Lucio luchaba tratando de sacarme del lugar, miré hacia el fondo, el Leviatán parcialmente quemado yacía sin vida pero no había señal de lo que lo había golpeado, me zafé de los brazos de Luc y rodee el borde buscando cualquier cosa, cualquiera que me diera idea de lo que había pasado, cuando lo vi, débil y aun encendido en llamas, caminaba con dificultad hacia fuera del cráter arrastrando con pesadez las alas heridas, corrí con todas mis fuerzas hacia él seguida de su primo que me gritaba algo que no pude entender.

-¡Detente Zoe, para! ¡Puede matarte! –Con desesperación.

   Llegué hasta donde las flamas y el intenso calor me lo permitieron y me quedé ahí en el suelo viendo cómo cambiaba dolorosamente a su forma humana y se desplomaba  mientras sus llamaradas iban menguando poco a poco hasta extinguirse, las lágrimas corrían por mi rostro y mi pecho parecía que iba a explotar, era demasiado verlo en esa pobre condición, sin fuerzas, sin una pizca de su grandeza, sin ser capaz siquiera de levantar la cabeza.

   Me aventuré a acercarme con lentitud, Max estaba boca abajo respirando con dificultad sobre la tierra quemada, una de las águilas dejó caer sobre él un suave rocío refrescando su cuerpo que aun despedía vapor, lo cubrí con mi capa e intenté tocarlo pero quemaba al tacto, retiré mi mano por instinto al sentir el pinchazo del calor en mis dedos, Luc me sorprendió por la espalda y quiso reconfortarme pero lo último que quería era que intentaran hacerme sentir mejor, quería acompañar a Max en su dolor, en su heroísmo, en su valentía. Si él había podido ser fuerte, yo también lo sería, por los dos.

   Al cabo de un largo rato, y en medio de grandes espasmos, sus ojos se entreabrieron e intentó decirnos algo, pero su voz sonó más a un murmullo.

-Lucio –Alcanzó a articular –Cuídala, más que a tu vida, me lo debes…

-¡No! Max que dices, no por favor –Sollocé.

-Sé que la harás feliz incluso más de lo que yo la hubiera hecho…

-Máximo no hables de ese modo en serio me estas asustando –Contestó Lucio visiblemente angustiado.

-Sé que la amas tanto como yo –Con un hilo de voz –He visto como la miras, y estoy feliz por eso, no podría haber encontrado mejores manos en quienes dejarla.

-Max por favor –Seguí clamando.

-Prométemelo Lucio –Ordenó.

-Lo juro, lo juro por mi vida Max, viviré para cuidar de ella –Y terminando de decirlo un hilo de fuego apareció en su cuello trazando, no más bien quemando sobre su carne la palabra Aquila de la misma manera como Virgilio y su hijo la tenían, Luc intentó llevarse la mano al cuello pero era como una braza ardiendo a vivo fuego y dejando la piel tatuada negra en su lugar mientras el joven se retorcía de dolor en el suelo sin soltar la mano del que en muchos sentidos había sido su hermano.

 

 

 

 

 

 

 

 

Almas de papel: liber primus
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