Benjamín Disraeli
Me levante temprano, salí al balcón a desperezarme y disfrutar por unos minutos de la espectacular vista que tenía desde ahí, había llovido toda la noche y el amanecer ya despejado comenzaba a abrirse paso, me quede observando las eternas cumbres blancas como el algodón, como diría uno de los hijos más ilustres de estos lares cubiertas de las “nieves de antaño”, aquellas cuyas cimas se pierden de vista entre las nubes, las que han inspirado tantos cantos y poemas, las mismas que, según los antiguos nativos, fueron surcadas por las cinco águilas blancas. Allá arriba sus lagunas cristalinas e inigualable paisaje hacen al Pico codiciable al ojo humano, los rayos del sol se abren paso a medida que el día avanza inundando las laderas de una cálida luz que pronto lo baña todo a su paso, los frailejones despiden su aroma perfumando el aire, los montes se levantan como vigilantes sobre la ciudad andina, haciéndote mirar hacia arriba para divisar las estaciones del teleférico; allí de pié frente a tanta majestad, recordaba los eventos del fin de semana, la visión en mi mente de aquella espada reluciente tenía algo de familiar, como si no fuera la primera vez que la hubiera visto, como si por alguna razón estuviera más ligada a mí de lo que yo suponía.
Me perdí en mis pensamientos y apenas pude llegar a tiempo a clases, esperaba ver a Max allí pero no estaba, me senté sola en mi puesto aguardando a que llegara, repitiéndome a mí misma que ya vendría, que tal vez el tráfico a esta hora de la mañana lo habría retrasado pero nunca llegó.
El Sr. Torres comenzó la clase diciendo que en vista de algunos contratiempos para leer el texto que nos había mandado, nos daría unos días más para prepararnos mejor, así que lo pautó para el jueves y nos recordó que teníamos un trabajo pendiente para la semana siguiente, a Johanna le pareció genial –¡Sería capaz de darle un gran abrazo al profesor por esto! -Me confesaría después de haberse cambiado a mi lado para hacerme compañía.
-¿Cómo estuvo tu fin de semana? –Decía la nota que acababa de pasarme por debajo de la mesa.
-Muy bien, fui al páramo con papá, ¿y tú? –Garabatee de vuelta.
-Aburrido, Julián y yo terminamos es un completo estúpido, ¿Sabes algo de Max?, no vino hoy.
No, no sabía nada desde que lo dejamos en el centro de la ciudad la noche anterior.
- ¿Terminaste con él? ¿Por qué? –Mascullé en baja voz.
-De verdad ya no lo soportaba, ¿Cómo que no sabes nada de él?
-¡Baja la voz nos van a escuchar!
-Es que después de haber pasado las últimas semanas estudiando juntos supuse que habría pasado algo, no sé, una cita al menos…
-No lo veo desde el viernes –Mentí, no tenía caso decirle de nuestro pequeño encuentro en el páramo, no había mucho que contar salvo lo que ya comenzaba a aflorar en mí, cosa que no pensaba decirle a Johanna, no por ahora, la necesidad urgente que sentía de verlo, de escuchar su voz con aquel exquisito acento suyo, de respirar una vez más su fresco aroma a pino y a brisa… -¡Contrólate!- pensé, -¡que no se te note!- o la conversación con Johanna va a durar más de la cuenta.
Al salir de clase me topé con el tono burlón y la sonrisa retorcida y autosuficiente de Andriana en el pasillo.
-Estas muy sola hoy… ¿Y tú… a m i g o? -Claramente sabía algo que yo no, o solo estaba haciendo lo que mejor sabe hacer… molestar a los demás y sembrarme una duda.
-No sé, no tengo por qué saber todo lo que él hace -Respondí para quitarle peso al asunto.
-Mmm… es bueno saber eso -Dijo riendo por lo bajo.
-Ahora si no te importa… -Dije señalando al pasillo -Tengo cosas más importantes que hacer -Haciendo énfasis en “más”.
Caminamos hasta la siguiente clase, Johanna no dejaba de parlotear sobre el comentario de Andriana.
-¿Esa qué se creé?, ¿acaso que puede meterse en la vida de los demás?, ¡seguro que ya le puso el ojo a Max! ya lo debe tener apuntado en su lista de prospectos para este semestre, ¿a cuántos crees que ha engatusado?, yo creo que al menos a la mitad de los muchachos de la Facu…
-Si tal vez –Comenté sin mucho ánimo.
-Lo que no entiendo es ¿para qué lo quiere? ¿No le basta con el monumento de novio que tiene? ¡Si él fuera mi novio no lo dejaría solo ni un segundo! –Recordé el primer día de clase cuándo la pillé de arrumacos con un chico alto y musculoso en plena biblioteca.
-Es que no sé qué hace ella aquí –Prosiguió- no le importan las clases, no le interesa la universidad en lo más mínimo y menos el arte o las letras, debería estar en donde no se tiene que aparentar estudiar porque solo con pagar apruebas, para eso su familia tiene dinero.
-Humm –Suspiré, mi amiga tenía razón, Andriana era hija del dueño de una joyería su papá tenía un local muy lujoso y vivían en la mejor zona de la ciudad, es del tipo de las que solo asistían a clase para calentar el asiento, nunca hacía nada pero se las arreglaba de alguna forma para tener oportunidad de entregar sus labores al final del semestre, además se rumoraba que todos los trabajos los mandaba a hacer, era lo que llamaríamos una ignorante con estilo, buen cuerpo, ropa a la moda y excelentes tácticas para embobar hombres.
Pasé el resto del día pensando en Max, haciendo garabatos en mis cuadernos con sus iniciales entrelazadas con las mías, lo extrañé… y mucho, me parecía que llevaba mucho tiempo acostumbrada a él, como si lo conociera de antes, como si estuviera ligada a él de algún modo, esperé durante cada clase a que llegara, a que apareciera de repente como el primer día, pero fue inútil, solo se hacía más grande el vacío. Al día siguiente lo mismo, y al próximo igual, amanecía con la habitación impregnada a humo, hacia un tiempo que no tenía mis acostumbradas pesadillas pero durante esas dos noches las tuve de nuevo y más intensas y vívidas que nunca aunque con una variación, me veía en el castillo de siempre pero ya no era una niña, era yo tal y como soy ahora y a mi lado estaba Max, vestido con armadura y un yelmo en la cabeza parado junto a mí con una pica en la mano esperando a quien fuese que estuviera a punto de cruzar por la puerta, una bruma oscura comienza a filtrarse por las hendijas inundándolo todo y es ahí cuando me sumo en la negrura.
Comencé a pensar que tal vez se había devuelto a cualquier lugar de donde fuera que hubiera venido, que su plan de intercambio no había funcionado, me recriminé a mí misma por no haber insistido en averiguar más de él, ahora eso hubiera servido un poco… ¿le habría pasado algo?… -¡ya!- me dije a mi misma -¡suficiente!- e intenté despejar mi mente estaba mezclando mis emociones, mis temores, mis pesadillas y a Max todo en un mismo guiso, no era buena señal.
-¿Por qué no lo llamas? –Me dijo Johanna el miércoles por la tarde -Es que ya no aguanto más tu cara, ¡me aburres!
-No tiene celular –Contesté sin levantar mi vista de la taza de café que tenía frente a mí.
-¿Estás segura?, ¿o es que no quiso darte su número? –¿Será posible?, dije para mis adentros, ¿habré sido tan tonta de creerme toda su galantería? y ¿sus pésimas relaciones con la tecnología incluyendo la parte de no tengo teléfono?, pero… no le he visto uno en todo este tiempo, reflexioné.
-Bueno… nunca le vi ningún teléfono y cuándo le pedí su número para ponernos de acuerdo para estudiar me dijo que no tenía -Expliqué.
-Ni modo, habrá que esperar hasta que aparezca –Continuó ella sin mucho ánimo- ¿Cómo puede alguien vivir sin un celular? -Dijo mirando el suyo como si su vida dependiera de él.
Que apareciera era lo que más deseaba, verlo, tenerlo cerca de nuevo, escucharlo leer poesía me erizaba cada vello del cuerpo, empezaba a ser… adictivo, pero por ahora solo me quedaba conformarme con la película de horror nocturna en la que lo había visto durante dos noches seguidas, patético.
-Amiga no te pongas así… ¿Qué tal si hacemos algo hoy, como ir al cine o a comer? –Propuso Johanna de pronto más animada.
-Es que… mañana es la prueba sobre el Cid y no quiero salir mal…
-Bien, ¿y si estudiamos juntas esta noche?
-¿En tu casa o en la mía? –Pregunté.
-¡En la mía! –Dijo- y antes iremos de compras, hay un par de cosas que necesito para la fiesta del viernes, ¿vas a venir al cumpleaños de Carlos verdad? ni se te ocurra hacerle un desplante, él es de los pocos chamos a los que una podría llamar amigos.
-No se Johanna, no me siento como para fiestas.
-Bueno de aquí al viernes ya estarás convencida, ahora vemos que te puedes poner, creo que lo único que decía el mensaje que me enviaron era que había que llevar antifaz, debe ser con tema de carnaval o algo.
Y así sin más ella decidió nuestra rutina de esa tarde, llamé a papá y le expliqué mis planes de quedarme en casa de Johanna, luego nos fuimos al centro a ver tiendas y a probarnos cada par de zapatos que había en las vitrinas, al anochecer ya estábamos en su casa. Llegamos abriendo paquetes y bolsas con las compras y viéndonos al espejo para definir qué era lo que nos quedaba mejor de todo lo que habíamos comprado.
-Te queda bien ese color –Me dijo- ¡qué bueno que me hiciste caso! –Mientras me media una camiseta azul sin mangas y con encaje en el pecho, de esas que puedes usar sola o debajo de un suéter con cuello V.
-Sí, me gusta a mí también, déjame ver tus zapatos.
-Son muy altos –Comentó al ponérselos y tratar de caminar con ellos -Pero me encantan.
Yo no podría caminar con tacones tan altos, soy más del tipo de ropa cómoda, además ¿para que querría unos zapatos así? Ciertamente no para ir a la universidad, además esa clase de idioteces le quedan solo a la pesada de Adriana, y tampoco es que yo sea de las que se van de rumba los fines de semana, en ese grupo si estaba Johanna.
-Pruébate este –Lanzándome un vestido de raso champagne de hombros descubiertos.
-¿Pero para qué? –Protesté.
-Para ver cómo te queda Zoe, ¿qué vas a usar en el cumpleaños?
-Todavía no sé si voy a ir…
-Pruébatelo de todos modos y si te va bien te lo llevas, a mí me queda muy largo.
Me puse el vestido y me miré en el espejo de cuerpo entero del armario, me quedaba mejor de lo que habría querido, ceñido a mi cintura y cadera y un poco suelto debajo de las rodillas.
-¡Perfecto! Se te ve súper, y no te arrastra tanto como a mí, solamente faltan los zapatos –Dijo escaneándome de arriba abajo mientras yo me sentía como maniquí de vitrina, nunca me pondría algo así por gusto propio pero no quería desairar a mi amiga, ella siempre hace lo mejor que puede para mantenerme el ánimo. Rebuscó entre sus cosas y sacó un par de zapatillas doradas de tacón medio y me las extendió.
-Póntelas –Me ordenó, arrugue la cara y me las ajusté.
-Listo ¿algo más? –Le dije fastidiada.
-Mmm tal vez unos accesorios…
-¡Ni se te ocurra! No tengo complejo de arbolito de navidad.
-Bueno pero esto es indispensable –Y sacó de entre las bolsas de las compras dos máscaras –Toma, para ti la dorada.
Luego de nuestra pasarela privada en la habitación, pasamos a la cocina a comer una cena criolla que su mamá nos había preparado, un par de arepas con huevos revueltos, perico como llamamos a la omelet con tomate y cebolla, y dos tazas de chocolate esperaban sobre la mesa del comedor.
-¡Que sabroso cocina tu mamá! –Tratando de ser gentil, aunque de verdad estaba exquisito.
-¡Oh, gracias! Zoe –Contestó la señora Carmen -A Johanna no le gusta mucho, come por obligación.
-Es que no quiero engordar mami –Refunfuño la hija haciendo un gesto con las mejillas simulando estar hinchada.
De vuelta a la habitación nos pusimos cómodas en ropa de dormir, Johanna me prestó una camiseta y un pantalón de algodón muy suave que llegaba unos centímetros más arriba de mis tobillos. Saqué de entre mis cosas los apuntes de las clases, así como aquellos que entre lectura y lectura había tomado gracias a las explicaciones de mi tutor privado y me acomodé en una esquina de la cama para comenzar, Johanna saltó sobre mí y me arrancó de las manos mi libreta, abrí los ojos como platos al ver que la lanzaba sobre una pila de cosas al suelo, el sobre que había estado atesorando por varias semanas salió despedido por los aires.
-¿Qué es eso?
-¡Nada! –Me apresuré a contestar guardándolo de nuevo en mi cuaderno- ¿Qué te pasa? –Increpándola a la cara.
-¡Qué!, ¿pensaste que realmente íbamos a estudiar? ¡No amiga!, no antes de que me cuentes tu historia, ¡con d e t a ll e s!
-¿Y ya sabes lo que vas a contestar mañana en el e x a m e n? –Dije imitando su mismo tono de voz.
-¿Para qué te tengo a ti?, me lo explicas más tarde, ahora a lo nuestro.
Tomé aire y comencé a relatarle punto por punto todos los momentos que había pasado con Max, y tuve que disculparme con ella por haberle mentido cuándo llegué a la parte del domingo en la laguna.
-Es muy galante –Dijo- Mira que regalarte un capullo de rosa y lo del poema eso sí que te lo envidio… esos detalles caballerosos han pasado de moda, parece salido de un libro de cuentos… -Suspiró- hazme el favor de no dejarlo ir Zoe.
Terminamos por darle un repaso al material del examen y nos fuimos a dormir.
Llegamos temprano, por lo que aprovechamos a leer un poco en el salón antes de la prueba.
Escuché risas que venían de fuera pero no quise prestar atención, estaba con la nariz metida en mis apuntes pero de nuevo sentí esa bendita corriente eléctrica en mi muñeca justo como el día que conocí a Max, Adriana entró hablando y riendo con alguien, me llevé la mano hasta la muñeca y revisé mi lunar, noté que ya no era rosa como siempre ahora había adoptado un tono café.
-¿En serio?, ¡no te creo! –Dijo entre risas.
-De verdad, soy bastante clásico –Contestó aquella voz… un frío golpeó mi estómago, esa voz, ese acento, ¿sería posible?, no, no puede ser, ¿Estaría él con ella? ¿Precisamente con ella?, no daba crédito a lo que mis oídos escuchaban, tal vez había oído mal, dirigí mi vista hacia la puerta y esperé…
El corazón me dio un vuelco al ver la escena, Adriana en compañía de Max, lo traía tomado del brazo, me miró con aire de triunfo mientras entraban al salón, clavé mis uñas en el brazo de Johanna y ésta hizo un gesto de dolor y me devolvió un golpe en la pierna por debajo de la mesa. ¿Qué estaba sucediendo?, ¿el intachable e incorruptible Máximo ya había caído en las redes de esa viuda negra?
-Buenos días –Saludó alejándose de Adriana y viniendo hacia mí.
-Hola respondió Johanna con sequedad.
Me lo quede mirando tratando de escrutar en su rostro algún vestigio que me aclarara lo que acababa de presenciar.
-No habías venido –Al fin dije -Pensé que abandonarías el semestre –Continué en tono casual, tratando de no dejar ver mi decepción, que digo decepción, mi enojo.
-Estuve ocupado… trabajo –Contestó.
El profesor llegó con unos papeles bajo su brazo, los tomo y movió al aire haciendo señas a los que estaban fuera para que entraran.
-¡El día “D” ha llegado! –Dijo en voz alta -Ojalá que los resultados sean los esperados, y procedió a repartir las pruebas.
Aunque sabía las respuestas, porque había tenido al mejor tutor, tenía un lío en mi cabeza, no por el contenido de la prueba, sino porque seguía escuchando en mi mente la risa de Adriana, tan autosuficiente, tan pagada de sí misma como diciéndome entre líneas: “ya lo tengo en mis manos, olvídate de él”. Sin embargo, me esforcé por sacar aquello de mi cabeza y comencé a resolver el examen –haré lo mejor que pueda- me alenté a mí misma- ¡no puede afectarme, mi vida no puede reducirse a un hombre, particularmente a uno que apenas conozco!
Entregué mi intento de examen al profesor antes de salir, corrí hacia los sanitarios y me encerré, me picaban horriblemente los ojos, y las lágrimas contenidas pronto se abrieron paso surcando mis mejillas –al menos no estoy maquillada, no quedaré como un payaso- bufé mientras me lavaba el rostro en el lavamanos.
-¿Cómo estas amiga…? –Tras de mí.
-Bien, no pasa nada… ¿me prestas tu polvera? –Le dije mientras trataba de poner en orden mi cabello.
La chica rebuscó en su bolso y me extendió una pequeña caja rosa, la abrí y me apliqué un poco para aminorar el tono carmesí que había adoptado mi rostro, respiré profundo y miré a través del espejo, como me gustaría ser como ella, tan despreocupada, tener un poquito más de amor propio y no dejarme pisotear tan fácilmente por los demás, nos conocíamos desde niñas y siempre ella ha sido quién lleva la batuta en las relaciones sociales, siempre sabe que vestir, que decir y a quién encarar, ahora necesitaba un poquito de su personalidad en mi vida, los únicos momentos en que me sentía fuerte y bien conmigo misma era cuando practicaba algún deporte arriesgado con mi papá, como aquella vez en que me lancé en parapente y una corriente de aire frío que no supe de donde salió me lanzó al lado contrario al que iba, y de pronto me vi luchando con todas mis fuerzas para controlar el paracaídas y colocarlo de nuevo en posición antes de ir a estrellarme contra el filo de la montaña, me había sentido más viva que nunca y capaz de enfrentarme a cualquier cosa, claro, en ese momento no estaba pesando en que era más fácil controlar una caída libre de no sé cuántos metros de altura que tomar las riendas de mis emociones.
Me distraje dándole vuelta a mi taza de café, Johanna escuchaba música en su reproductor, el aire fresco perfumaba el ambiente a pino silvestre cuándo él rompió el silencio.
-Hola… -Dijo con tono cuidadoso- ¿puedo acompañarlas?
-¿Qué quieres? –Respondió Johanna de modo amenazante.
-Solo quiero hablar con Zoe.
-¿Sobre qué?, ¡ella no está sola sabes! –Johanna es de esas se agarrarían con cualquiera por defenderte.
Le clavé una mirada fría como el hielo, tampoco era mi intención dejar que jugara conmigo.
-¿Podemos hablar?... –Dijo.
-¿Sobre qué? –contesté secamente.
-Sobre por qué me estás evitando.
-Yo no te estoy evitando –Mascullé, aunque la verdad si lo había estado haciendo, todo el día me había sentado en cualquier lugar, al lado de cualquier otra persona para no tener que estar cerca de él.
-Creo que si lo haces, y no sé por qué, ¿qué hice mal? –Dijo con ojos suplicantes.
¡Como era tan cínico!, ¿cómo podía aparentar tanta inocencia?, yo estaba que chispeaba de la rabia, siempre me ha gustado ser transparente, no me gustan las mentiras y realmente estaba molesta por su actitud; y pensar que lo comparamos con un caballero de cuento.
-Nada, no has hecho nada –Contesté, ¿qué más podría decirle?, no era como si tuviéramos algo, ¿o sí?, bueno no algo formal, y ahora estaba confundida, me debatía entre dos supuestos: si habría mal interpretado sus atenciones y pensé que esa recién nacida amistad podría ir más allá… o si ya no me encontraba tan interesante al lado de los tacones y minifaldas de Adriana, así que decidí jugarme una carta más y cambiar de estrategia de modo que me suavicé un poco para poder descifrar lo que en realidad pensaba a cerca de mí, necesitaba claridad.
Movió con cuidado unos libros de la silla y se sentó, acercó tanto su rostro al mío que pude sentir su aliento cálido y dulce sobre mi cara, cuándo levanté la vista lo tenía a escasos centímetros de mí.
-Aún no me has dicho si podemos hablar –Susurró acercándose un poco más, sentí un río de calor en mi cuello y sus ojos se enfocaron en los míos, mientras yo me perdía en el verde de los suyos hundiéndome en ellos por un instante, moví la cabeza hacia un lado y respiré profundo para poner en orden mis pensamientos.
-Está bien, habla –Logre articular al fin.
-Pensándolo bien… quizá si hubo algo que no te gustara… solo hablé con ella por cuestión de negocios, solo eso –Y esperó mi reacción pero traté de no dejarle ver que su comentario no me convencía, ¿qué clase de negocios podrían tener ellos dos?
-Negocios –Dije- ¿y los días de ausencia?
-Tal vez podríamos salir y… así hablar más en privado sobre eso -Contestó tomando un riso de mi cabello. –No quiero sonar grosero –Continuó, observando de soslayo a mi amiga- Pero necesito hablar contigo a solas, es importante, hay algo que debes saber –Johanna le lanzo una mirada de pocos amigos.
Lo observé en silencio tratando de decidir si era prudente seguir con esto, pensé que podría darle otra oportunidad para confirmar sus verdaderas intenciones.
-¡Bien! –Respiré- ¿Cuándo y dónde?
-¿Qué te parece mañana después de clases?
Mañana viernes… sonaba como una cita.
-Ya tenemos planes para mañana amigo –Atacó Johanna.
-¿Qué planes?
-Vamos al cumpleaños de Carlos –Aseguró.
-Muy bien entonces nos vemos allá –Sin quitar sus ojos de los míos.
-Está bien.
-Y mientras… ¿somos amigos de nuevo? -Guiñándome un ojo.
-Amigos… –Contesté, amigos… eso era algo por dónde empezar…
Ya en la parada de autobuses me despedí de los chicos y abordé el primer bus que pasó, me dejó a un par de cuadras de mi casa, ya anochecía así que apreté el paso por aquella calle solitaria, me dio la sensación de que me estaban siguiendo, ya antes había tenido esa impresión, como cuando alguien te mira pero no sabes quién es o donde está, miré hacia los lados y escanee la calle de arriba abajo pero no vi nada más que las sombras que se apresuraban a apagar el día, no me di cuenta que estaba demasiado cerca de un enrejado hasta que el estridente ladrido de un enorme mucuchíes ¡me hizo saltar del susto!, lance un grito y eché a correr hasta la esquina donde me detuve respirando con dificultad -estoy paranoica- dije para mí misma intentando calmarme, no era la primera vez que ese bendito perro me asustaba parecía no caerle bien a aquel montón de pelo con pulgas, en una ocasión se había escapado y me había hecho correr tres cuadras hasta una tienda de víveres donde tuve que refugiarme y esperar hasta que su dueño lo llevara de vuelta a casa, me mostraba su bien afilada línea de dientes y colmillos acompañada de una mirada canina de “espera a que te tenga cerca”.
¡Uff que susto!, al cabo de un momento comprobé que el animal seguía tras la reja y que no podía llegar hasta mí, no pude contener el deseo infantil de sacarle la lengua, respiré y seguí caminando, me pareció ver una sombra que acababa de cruzar la esquina pero no presté mucha atención porque aún hacía esfuerzos por controlar mi ritmo respiratorio, inhala… exhala… inhala… exhala…
Seguí hasta mi casa, llegué sudorosa y cansada, es increíble lo que puede hacerte un buen susto, te roba las energías y te agota, subí las escaleras y me dispuse a quitarme la ropa para ducharme, ya me había sacado la camiseta cuándo la silueta de un hombre al fondo de mi habitación ¡me petrificó en el acto!, quise gritar pero él se acercó haciéndome señas con la mano para que no hiciera ruido.
-¡Shiss! –Me dijo- no grites por favor soy yo, no tengas miedo no te haré daño.
Pasé mi mano por la pared buscando a tientas el interruptor de la luz para verle mejor el rostro aunque su voz ya lo había delatado, pero no podía creer que fuera él, en mi mente él no encajaba como ladrón o acosador.
-Por favor Zoe no grites –Me repitió estando ya frente a mí- no enciendas la luz, alguien te ha estado siguiendo corres peligro, ¡debemos salir de aquí ya!
Max me tomó de la mano y me arrastró hasta en pasillo, pero me detuve antes de bajar las escaleras.
-Un momento, ¿Qué está pasando?, ¡no creas que iré contigo a ninguna parte hasta que me expliques qué haces en mi casa, como entraste y por qué casi me matas del susto! –Las palabras salían de mi boca como un tropel desordenado dejando el miedo al descubierto, mi voz temblorosa sonaba más a chillidos que a palabras.
-Solo confía en mí, por favor –Rogó- Jamás te haría daño y… vístete…
¡Hay no!, con todo esto había olvidado ese pequeño detalle miré al piso buscando mi camiseta, volví a mi habitación y la encontré en el suelo me la puse rápidamente y justo cuándo iba a salir Max entró y cerró la puerta tras él, me puso un dedo en la boca y me indicó que no hiciera ruido. Escuché la madera de las escaleras crujir bajo las pisadas que se iban acercando hacia el pasillo, él me dirigió hasta el armario de mi ropa y me pidió que me escondiera allí –yo me esconderé en el baño -me dijo- no hagas ningún ruido.
Entré en el armario y cerré suavemente la puerta del closet dejando apenas una luz para poder ver hacia fuera, lo vi a él meterse en el baño y hacer lo mismo que yo, chirriaron las bisagras de la puerta de mi habitación y sonaron unas botas sobre el piso de parquet, el desconocido comenzó a abrir las gavetas de los muebles, a revisar cada repisa y a volcar todo, estaba claro que buscaba algo, después de rebuscar por todo el cuarto se dirigió hacia el armario en donde yo me encontraba y cuándo estuvo a punto de abrirlo se escuchó el sonido del motor del auto de mi padre que estaba llegando, el desconocido se detuvo y con él mi corazón, temblé ante la idea de que le hiciera daño a mi papá, comencé a calcular si tendría tiempo de darle un portazo y huir para avisarle lo que estaba ocurriendo y evitar que él entrara en la casa pero sopesé mis opciones y me di cuenta de que no había visto bien a aquel hombre, no tenía idea de lo agresivo o fuerte que podría ser, por otro lado Max aun esperaba oculto, si las cosas se ponían feas contaba con su ayuda, el ladrón no sabía que ambos estábamos ahí.
Esperé rogando mentalmente a Dios que no sucediera nada que lamentar, el intruso se dio vuelta hacia la ventana y luego de comprobar que estaba muy alta para saltar decidió trepar a la rama de un árbol que estaba muy cerca del marco, así logró bajar por allí y escapar.
Salté del armario y logré divisarlo mientras corría calle abajo era un joven alto y de cabello oscuro, Max se acercó a mí y trató de tranquilizarme.
-Ya pasó princesa, todo va a estar bien –Sosteniendo mi rostro entre sus manos.
-No entiendo –Dije lloriqueando y aferrándome a su cuello- ¿Qué quería?, es que… no vi que se llevara nada, y… -Lo solté de golpe- Explícame como es que sabías que me estaban siguiendo, ¿cómo entraste a mi casa? –Tenía mil preguntas que hacerle, había sido demasiado oportuno.
-Tranquilízate y siéntate –Me dijo suavemente- ¿Recuerdas que te dije que hay cosas que debes saber?
-Sí, ¿y que tienen que ver con lo que acaba de pasar aquí?
-Mucho –Me contestó, pero en ese momento mi padre gritaba mi nombre abajo en la primera planta.
-¡No te muevas de aquí! –Dije con determinación- Cuándo vuelva quiero una muy buena explicación.
Corrí escaleras abajo y me colgué del cuello de papá, se me quedó mirando extrañado por mi euforia.
-¿Estas bien? … te siento alterada.
-Muy bien papi, ¿Cómo estuvo tu día? –Disimulando lo mejor que pude.
-Igual que todos los días, trabajo y más trabajo, estudiantes buenos y otros… no tan buenos –Con rostro cansado.
-¿Vas a cenar? –Pregunté dirigiéndome hacia la cocina.
-Solo un sándwich –Mientras se lanzaba sobre el sofá.
Me apresuré a preparar unos panes rellenos y pensé que podría llevarle uno a mi oculto visitante del segundo piso, así que le serví a papá su cena y me disculpé con él por no acompañarlo a comer, me miró extrañado y me excusé diciéndole que cenaría en mi habitación porque estaba muy cansada.
Al entrar en mi cuarto Max estaba sentado en la silla junto a la mesita de mi computadora, ya había recogido el desastre que había dejado el ladrón y esperaba jugueteando con algo en sus manos.
-Te traje algo –Dije acercando el plato con el sándwich.
-Gracias, no era necesario –Poniendo sobre la mesa lo que tenía en su mano para tomar el plato. Dirigí mi vista hacia la mesa, el brillo me llamó la atención.
-¿Qué es eso? –Pregunté -Se parece mucho a mi medallón, ¿es tuyo?
-Sí, es una joya de familia –Mientras daba un mordisco a su pan.
-¿Puedo verlo? –Acercándome más a la mesa, aquella piedra ejercía una extraña fascinación, colgaba de una cadena de plata justo como la mía, me la saqué de la camiseta y comparé los cristales observé que los grabados de ambas eran muy parecidos salvo algunas pequeñas diferencias, las dos estaban sujetas por una pieza de plata muy ornamentada, no eran joyas comunes, de hecho parecían muy antiguas y lo más raro de todo es que hubiera dos prácticamente idénticas.
-¿De dónde lo sacaste? –Resoplé, pensé que si había entrado a mi casa con tanta facilidad quizá lo haya hecho en otras casas y de alguna de esas provenía el medallón.
-Es una joya de familia, ya te lo dije, confía en mí –Tomando su medallón de mi mano y colocándoselo -El tuyo también lo es.
-¿Y cómo sabes eso? nos conocemos hace poco.
-De Hecho… no es así, nuestras familias se conocen hace mucho tiempo, más del que te puedas imaginar, y los grabados que ves en las piedras son los escudos de armas familiares, son muy parecidos mira –Se acercó y juntó ambos colgantes- el tuyo tiene un león en el lugar donde el mío tiene un águila.
-No entiendo…-Dije observando el parecido -Nunca antes había visto otra prenda como la mía… ¿y esta piedra que es? –Contemplando la gema que refulgía como una flama en la palma de mi mano -La mía es una agua marina.
-Es un ópalo de fuego, ¿bella no crees?
-Si es hermosa
-Igual que la tuya
-Y… ¿Cómo es eso de que nuestras familias se conocen si jamás te había visto antes de las clases, y no recuerdo haber escuchado tampoco tu apellido? –Repitiéndolo en mi mente Aquila Ignis…
-Es una historia un poco larga…-Dando otra mordida a su pan -Algunas cosas te parecerán imposibles pero… créeme todo es completamente real.
-Entonces comienza ya, quiero oírla.
Terminó de comer y se puso de pie, dio algunas vueltas en la habitación y luego me pidió que me pusiera cómoda y abriera mi mente y valla que tuve que hacerlo para creer la sarta de cosas imposibles y de ciencia ficción que tenía que decirme.