SYRAH
Toda la mañana fue una completa tortura, tomé cuatro tazas de café y a consecuencia de ingerir tanta cafeína me puse más nerviosa si es que se podía llegar hasta ese punto. Hablé con Ruth cerca de media hora, hablamos de cualquier cosa y aunque intentaba reírme era imposible, la presión en el pecho me seguía atormentando.
Shuarma se comunicó conmigo cerca del medio día, me platicó sobre la gira que estaba haciendo por ciudades del sur al parecer le estaba yendo bastante bien, le aseguré en varias oportunidades que Daniel se estaba portando muy bien conmigo.
—Te creo pequeña, por cierto el próximo fin de semana me pasaré por allí.
—¿En serio? Pero que no se supone que estás por Valencia, mentiroso.
—Sí pero a media semana tengo que presentarme en Santander, ya sabes que está muy cerca de Gijón —aseguró.
—Genial, aunque no es necesario que te vengas a constatar que la cabaña sigue en pie — intenté hacer una broma.
Soltó una carcajada, quise hacer lo mismo pero me fue imposible, hablamos un poco más y al despedirse me recordó una vez más su visita para el fin de semana, una parte de mí se puso a brincar de alegría ya que Shuarma había estado a mi lado en el momento que más había necesitado un hombro para poder llorar, había aceptado que amaba a Daniel y aunque estaba enterada sobre lo mucho que había sufrido por lo que sentía me motivó a seguir adelante. Finalicé la llamada con Shuarma y solté un suspiro.
Me percaté que apenas tenía el tiempo justo para llegar con el doctor por lo que tomé mi chaqueta, cartera y llaves pero antes de cerrar la puerta no pude evitar voltear hacia el interior y una vez más sentí un miedo atroz pero me obligué a hacer a un lado aquel sentimiento.
Conduje a la velocidad permitida y en completo silencio, no tenía ganas de escuchar música algo completamente anormal porque lo primero que solía hacer al subir era encender el estéreo, el único sonido era mi respiración y un poco el aire que se colaba por la ventanilla, después de casi dos horas llegué hasta la clínica, busqué un sitio cercano a la entrada y bajé, conocía el camino debido a mis visitas anteriores por lo que me acerqué a la ventanilla que decía: información.
—¡Hola! —le dije a la enfermera.
—¡Hola! ¿En qué le puedo ayudar? —contestó amablemente.
—Tengo cita con el doctor Méndez.
—¿Cuál es su nombre?
—Syrah Ardani —contesté mientras miraba la pantalla del celular.
Se entretuvo algunos minutos con la computadora para después indicarme a que consultorio tenía que dirigirme, le di las gracias y caminé hasta el ascensor.
El hospital era grande, imaginé que el doctor me estaría esperando pero al llegar otra enfermera me informó que tomara asiento y ya me llamarían, aproveché ese tiempo para mandarle un mensaje a Daniel porque no quería interrumpirle, no tenía idea de cuanto tiempo estaría reunido con los alemanes.
―¡Hola cariño! Ya me encuentro en el hospital pero ahora estoy esperando que el doctor se digne a atenderme. ¿Regresarás temprano a casa? Te amo‖
Esperé una respuesta pero no llegó nada, estaba por marcarle cuando la enfermera dijo mi nombre así que apagué el aparato y tomé valor, había llegado la hora de que me quitaran el maldito yeso.
—¡Hola Syrah! ¿Cómo has estado? —dijo el doctor desde su escritorio.
—¡Hola! Bien aunque ahora mismo estoy ansiosa.
—No te preocupes, te aseguro que no dolerá —aseguró. —Antes de quitarte el yeso vamos a revisar los estudios que te pedí te realizaras.
Abrió el sobre pero no pensé en nada porque fuera del yeso no me dolía absolutamente nada hasta que comenzaron las preguntas.
—¿Te has sentido mareada últimamente?
Lo pensé y lo pensé, hace dos días me mareé de la nada pero se me pasó rápidamente así que no le presté atención.
—Hace dos días pero no fue nada.
—¿Has sentido nauseas?
—¿Nauseas? —asintió. —No, nada de nauseas.
—¿Has perdido el apetito y bajado de peso?
Se había ganado toda mi atención, hice memoria pero no, nada de lo que decía había sentido.
—No, ¿qué es lo que pasa? —le pregunté preocupada.
—Felicidades Syrah, estás embarazada.
Joder, sentí que una cubeta de agua fría me calló en la cabeza. ¿Embarazada? ¿había escuchado bien?, pero la sonrisa del doctor me indicó que no había ningún error. Mierda, mierda, no podía estar embarazada, era una maldita broma.
—No hay ningún error, Syrah.
No contesté, el doctor seguía hablando pero no entendía nada de lo que decía, estaba aterrada, ¿cómo le diría a Daniel?, aunque la pregunta correcta era: ¿cómo lo tomaría Daniel?, aunque no estaba en nuestros planes ser padres y quería darme de golpes en la pared en el fondo rogaba porque se lo tomara bien o estaría perdida.
—Syrah, vamos a quitarte ese yeso.
De forma mecánica me levanté, me quitaron el yeso en poco tiempo y es cierto que no fue nada mal, me dolió un poco pero mi mente seguía en otro lado, mierda iba a ser mamá.
—Listo, mañana vienes para que hagamos la rutina de los ejercicios y puedas volver a tener movilidad —seguía diciendo el doctor.
No supe de contesté algo o simplemente salí pero necesitaba tomar aire, llamarle a Daniel pero antes de cualquier cosa gritar porque mi vida iba a cambiar por completo, grité en el estacionamiento y cuando tomé valor para llamarle a Daniel después de todo teníamos que regresar juntos a casa, ese era el plan.
Le llamé pero nunca respondió, imaginé que seguía en la junta y necesitaba calmarme así que me decidí a ir a tomar un té porque en la información que me dio el doctor indicaba que no podía tomar café, aquello iba a ser tan malo pero resignándome rápidamente me senté en una mesa que se encontraba afuera desde allí se veía a la gente transitar e inconscientemente coloqué mi mano sobre el vientre plano.
—¿Siempre pondrás de cabeza mi vida, renacuajo? —susurré y solté una carcajada, estaba loca hablándole a mi vientre.
Estuve allí por bastante tiempo, cayó la noche y yo seguía consumiendo té aunque no sabía nada bien, siempre había odiado el té y saber que todavía me quedaban cerca de ocho meses, no, no, no.
Cuando me iba a levantar sonó el celular, imaginé que se trataba de Daniel pero el número era desconocido y con el ceño fruncido contesté, ojalá nunca hubiera contestado aquella llamada.
—¿Hola? —dije con voz insegura.
—¿Syrah Ardani? —dijo un hombre del otro lado de la línea.
—Si, soy yo, ¿quién habla?
Pero antes de que contestara mi pregunta un escalofrío me recorrió el cuerpo, algo no iba nada bien y una vez más el miedo atroz se sentaba en la silla que tenía a un lado.
—Le hablamos del hospital de Jove, se trata del señor Taylor.
Apenas dijo su nombre y una lágrima recorrió mi rostro, me levanté de golpe y un dolor punzó en mi pierna pero no me importó.
—¿Qué le pasa? ¿Se encuentra bien? —casi grité.
—Podría venir cuanto antes al hospital, señorita Ardani.
—Por favor, dígame que se encuentra bien, por favor —le supliqué mientras ponía en marcha el auto.
—No le puedo dar informes por teléfono, en cuanto llegué el doctor le informará —dijo tajante.
—Estoy a cinco minutos.
Colgué y conduje más de prisa, maldije cuando el semáforo se puso en rojo, necesitaba llegar con Daniel, no le podía pasar nada, mierda ¿por qué estaba en el hospital?, en cuanto cambió el semáforo salí disparada cuando llegué al hospital dejé de cualquier manera estacionado el auto, bajé lo más rápido que me permitía la pierna y al entrar pregunté a la primera persona que me encontré.
—Vaya derecho y allí le darán información —contestó el enfermero que detuve.
Llegué y de forma milagrosa al instante salió un doctor de aproximadamente cuarenta años acompañado con otro doctor más joven, ambos me miraron con lastima y los odié.
—¿Cómo se encuentra mi novio? ¿Qué sucedió? —me dirigí al doctor mayor.
—Le ingresaron hace una hora, tuvo un accidente cerca en Cimadevilla —allí es donde trabaja, pensé. —Un auto se quedó sin frenos y se fue contra él.
—Pero, ¿está bien? ¿se va a recuperar, verdad? —ya no podía dejar de llorar. —Por favor, dígame que se encuentra bien, por favor —le supliqué.
Se quedó callado y esquivó mi mirada, caminé hacia el otro tipo, alguien tenía que decirme cómo se encontraba pero nadie decía una palabra hasta que comencé a golpear a uno de ellos escuché cuando decía.
—Lo lamentamos pero recibió muchos golpes, intentamos operarlo pero no resistió.
Dejé de respirar por varios minutos y cuando volví a hacerlo solté un grito atormentado.
No, Daniel no podía haberme dejado.
—No, eso es mentira, Daniel está bien, vamos a tener a nuestro bebé… —mis piernas cedieron, las palabras se atoraron en la garganta y no podía ver nada.
Sentí un piquete y varias horas después desperté en una camilla, me habían sedado porque iba a perder la razón pero cuando examiné la habitación Shuarma se encontraba a mi lado.
—Lo siento, Syrah —fue lo único que dijo.
Volví a llorar pero con todas mis fuerzas me obligué a tranquilizarme, deseaba ver a Daniel por última vez, que irreal se escuchaba aquello, ¿en qué dimensión me encontraba?, rogaba por despertar de esa horripilante pesadilla.
—Quiero verlo por última vez —le dije a Shuarma.
Me ayudó a levantarme de la camilla, me apoyé en él o caería al suelo, no tenía fuerzas, después de casi una hora entré en una habitación fría, había dos tipo camas y en una de ellas se encontraba Daniel, me acerqué y le pedí a Shuarma que me dejara a solas, asintió y se retiró.
—Te ves tan tranquilo, cariño —comencé a llorar, deseaba que se levantara, que me abrazara y besara, verlo sonreír al decirle que sería papá pero ahora nunca se enteraría. — Hace unas horas me enteré que tengo un renacuajo creciendo en mi interior, vamos cariño no puedes dejarme sola, ¿cómo podré continuar sin ti?
Lo abracé, le pasé la mano por el cabello pero el seguía estático.
—Te añoraré cada segundo, sin ti nada volverá a ser igual, nunca habrá nadie más, sabes que te amo tanto.
Las puertas se abrieron y apareció Shuarma con el doctor, le di un último beso y sin que dijeran nada salí del lugar, todo se había perdido, ya nada me importaba.
La verdad ya no deseo vivir y si no intento desaparecer de este mundo es por la vida que crece dentro de mí pero en cuanto nazca no estoy tan segura de no partir junto a Daniel.
Llegué con Shuarma a la cabaña al instante me metí al dormitorio cuando ya no escuché ningún ruido salí al patio.
—Cariño, en pocos meses nos volveremos a ver, no te librarás de mí.
La muerte me ha quitado lo más preciado que alguna vez tuve, quien guiaba mi vida así que ahora ella será la encargada de volver a reunirnos, mi bebé se desarrollará, llegará al mundo pero en ese momento perderá a su madre así como hoy a perdido a su padre. Ya nada tiene sentido.
Sabe Dios que haré todo por esforzarme en conservar todas mis facultades intactas desde hoy, que el dolor no me gane pero esto no puede ser más que otro adiós, un adiós definitivo. ¡Hasta siempre!
**EPILOGO**
Diez meses después
Después de que mis padres llegaran a Gijón y con muchas súplicas llegué a México ahora la pequeña Marlen tiene un mes de vida, he intentado por todos los medios sonreír pero parece imposible, sé que es apresurado pero tiene los mismo ojos de su padre, estoy segura que Daniel estaría feliz de poder abrazarla, besarla, hablarle raro, cargarla y hasta desvelarse porque simplemente a la pequeña no le da la gana dormir pero todo esto no es así, cada día que pasa tengo la certeza de abandonar este mundo, sé que Marlen podrá salir adelante ella sola o la ayuda de sus abuelos.
Fueron casi cinco semanas que Daniel y yo vivimos en el edén, en ese tiempo nos cambio la forma de percibir el mundo, cada día nos regalábamos hermosas sonrisas y hasta la forma de actuar modificamos pero no hay duda que fuimos un par de cobardes porque cada uno tenía una vida trazada, Daniel se tenía que alejar de mi lado.
Ahora sé que Daniel era una estrella fugaz que se detuvo en mi vida pero le han rescatado a la fuerza, le arrancaron de mi lado pero también sé que ha valido la pena llegar hasta aquí y aunque le tuve solo un instante me regaló una preciosa niña pero que instante más inalcanzable.
Por varios días tuve la esperanza que la despedida se arrepentiría y que en cualquier momento el timbre de la cabaña volvería a sonar, tal vez nos volveríamos a amar por última vez pero no fue así.
Daniel no tengo duda que eres la envidia de los ángeles que vinieron a buscarte, joder no soportaban verte tan feliz a mi lado, con aquella luz que le gritaba a todo el mundo que no existía nada sobre la faz de la tierra que fuera mejor.
Sé que tengo que levantarme de esta cama, obligarme a hacerlo porque aunque en ella ahora mismo duerma Marlen es triste y grisácea, allí ha estado el dolor le ha gustado tu lugar y lo único que hace es recordarme a ti, tan solo a ti.
Una vez en la sala prendí el televisor aunque no hago nada más que ir cambiando sin cesar los canales ya que nada es suficientemente bueno para prestarle atención pero también es cierto que espero una señal o algo doloroso que me acerque a ti pero una vez más vuelvo a fracasar.
En tu ausencia he descubierto que soy débil, antes de que llegarás a mi vida siempre había ganado las batallas y aunque el sol no era mi gran aliado ahora sé que no volverá a brillar así me vaya a la punta del planeta.
A la mañana siguiente dejé a Marlen con mi madre, conduje hasta el pueblo mientras iba recordando la última noche que dormí acompañada por Daniel y recordé que escuché voces, una de ellas era fría, sin emoción ahora entiendo que era la muerte que venía a visitarle, hoy he vuelto a oír su voz aunque no me hablaba a mí en realidad se dirigía a la persona que se encontraba en la mesa contigua del café, escuché toda la conversación y a continuación vi su luz desaparecer.
Ahora no sé que opinar de la muerte, en realidad no me asusta aunque algunas o muchas noches no me deja dormir por lo que he decidido esperarla sentada y sonriendo en la cocina con una buena taza de café, ¿por qué no?
—¡Háblame! —le digo porque sé que está allí. —Dime, ¿por qué te lo tuviste que llevar? — silencio. —Muerte, ¡háblame! —vuelvo a intentarlo. —Te juro que no te logro comprender ya que te lo has llevado ahora llévame a mí, te lo suplico.
Pero no me habló simplemente dejé de sentirla, sola en esa enorme habitación tomé la decisión de dejar de existir después de todo ya había cumplido con mi promesa: traer al mundo a Marlen.
La mañana brillaba, el sol se veía espectacular en el punto más alto del firmamento pero antes de salir escribí una nota donde intentaba explicarle a mis padres, mi hermano y Marlen el porqué de mi decisión, pidiéndoles perdón, la dejé en un lugar visible donde estaba segura la encontrarían.
Tomé las llaves del auto y conduje hasta el lago donde solía ir con mi padre, allí donde me refugiaba donde algo salía mal y donde mi padre me contaba lo más hermoso de su vida pero hoy no iría para llorar o reír, hoy estaría allí para volver a encontrarme con el amor de mi vida, en el fondo del lago nos encontraremos, lo sé, porque un segundo después de que haya muerto espero ese beso que nos permita estar siempre juntos.
Mi madre Syrah murió en el otoño, me han contado la historia de amor de mis padres pero una parte de mí sigue preguntándose porque todo tuvo que suceder así, porque no pudieron compartir ese gran amor conmigo aunque hace unos días mi tío Shuarma me entregó un papel que encontró de mi papá y decía: ―Olvidé decir adiós‖
No sé que signifiquen aquellas palabras o a quien se dirigía pero supongo que eran para mi mamá.
Esta es la historia de Daniel Taylor y Syrah Ardani donde se puede constatar que no todas las historias de amor terminan con un final feliz.
Marlen Taylor.
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