DANIEL
La fuerza de voluntad en muchas ocasiones deja de existir sobre todo cuando los sueños siguen siendo los mismos cada noche e interfieren con la perspectiva de la realidad.
Mi abuelo siempre ha dicho que los varones de la familia Taylor nacen con una maldición: ―Cuando comiences a soñar con una mujer de forma consecutiva significa que es la elegida, no puedes escapar de tu destino‖.
Si te lo dicen al instante te parecerá una patraña y soltarás una carcajada pero desde hace unos meses tengo el mismo sueño, y termina de la misma manera: nunca puedo mirarle la cara. Ese sueño ha hecho que comience a cuestionarme si lo que dice mi abuelo es cierto o no, tal vez todo es fruto de mi imaginación, ¿quién puede creer que en un sueño conocerás a la mujer de tu vida?
—¿Daniel vamos a comer? —esa es la voz de mi mejor amigo Richard.
—Sí, me parece bien, vamos.
—¿Te encuentras bien? ¿sucede algo? —me dijo una vez que estaba frente al escritorio.
—Todo en su lugar —le digo con un tono relajado.
La verdad es que tranquilo es lo último que estoy, desde que inició este semestre mi vida se encuentra desbocada y todo comenzó cuando aquella chica de cabello castaño y ojos café claros irrumpió en el salón de clases a toda prisa, fue tal el impacto que recibí porque no podía creer el parecido que tenía con la chica que últimamente ronda por mis sueños.
¡Tenía que ser un chiste!
—¿Qué tal te ha ido en estas semanas? —Richard intentaba conversar un poco. —¿Te has podido adaptar?
—Bien, todo tranquilo —agradecía su interés por intentar animarme.
Una de las cualidades de Richard es que sabía perfectamente hasta donde llegar, nos conocíamos tan bien que sin decir demasiado sabíamos cuando el otro no estaba en su mejor momento, es una de las consecuencias por decirlo de algún modo que se dan cuando creces con tu mejor amigo.
Comenzamos a bajar tranquilamente, no había muchas personas por los pasillos por lo que nos facilitó el bajar en silencio mientras recordaba lo bien que encajaba mi mano en la cintura de Syrah, su perfume y hasta el tono de su voz.
—¿Podrías dejar de contestar con monosílabos? —vale, tal vez Richard había perdido la paciencia.
No me había dado cuenta que no le prestaba la mínima atención por seguir pensando en…
—No, espera, no tan de prisa Ruth, todavía me cuesta apoyar el pie —aunque la escucho hablar a diario todavía mi corazón comienza a latir más de prisa cuando sé que está cerca de mí y su voz llega hasta mis oídos.
—Sy, si continuamos así nunca lograremos bajar —noté como Ruth intentaba ahogar una carcajada.
Apresuré el paso para poder llegar hasta ella y poder ayudarle, podía sacrificarme un poco pero justo al girar de pronto apareció de la nada.
—¡Auch! —gritó al recibir el impacto pero mis reflejos no me decepcionaron y pude reaccionar a tiempo para rodear su cintura con mi brazo, mi cerebro se disparó en un segundo.
—Lo siento, Syrah —siempre que estaba cerca de ella mi juicio se iba de vacaciones.
—Espero no morir en estos días —soltó una carcajada para quedarle peso a la situación, sobre todo para que no me percatará que su respiración ahora era irregular como la mía.
Su comentario no me hizo ninguna gracia, saber que se encontraba en constante peligro, que su tobillo estaba lastimado y no poder estar cerca de ella más tiempo para poder cuidarla me estaba volviendo loco, en verdad sentía que tenía que estar a su lado, una extraña fuerza me guiaba hacía ella cada segundo del día.
—No digas tonterías —vale, tal vez no empleé el tono adecuado porque su expresión al momento cambió.
—¿Nos podemos ir, Sy? —dijo Ruth e intentó que la soltara pero no se lo permití.
—Gracias de nuevo, señor Taylor.
Me encantaba como sonaba mi apellido en sus labios pero imaginar como sonaría mi nombre en su boca hacía que otra parte de mi anatomía se despertara, por eso la solté, no deseaba que notara mi deseo por ella, que haría cualquier cosa que me pidiera para poder hacerla gritar mi nombre, volverla loca, acariciarla y explorar cada centímetro de su cuerpo.
—¿Necesitas ayuda, Sy? —preguntó mi inoportuno amigo.
—Sí —dijo Ruth
—No —replicó Syrah.
—Sí profesor, muero de hambre y Sy baja a paso de tortuga —replicó Ruth. —Por favor, Syrah —volvió a mirar a Richard. —Hoy anda completamente distraída y no puede coordinar el cerebro con sus pies, como diría ella activó el modo zombi.
—Cállate, Ruth —respondió Syrah mientras se sonrojaba por las palabras de Ruth, me encantaba ver como sus mejillas se teñían de rojo.
Sin que le dijeran nada más Richard tomó a Syrah en sus brazos y bajó rápidamente los pisos restantes, sobra decir que iba echando humo por las orejas. Syrah tendría que estar en mis brazos, no en los de Richard, ¿por qué no le ofrecí mi ayuda?
—Nosotros también vamos a desayunar, ¿quieren venir? —preguntó Richard.
—No —respondimos Syrah y yo al unísono.
No hace falta explicar que dos pares de ojos nos miraron de forma desconcertante, sobre todo Ruth.
—A lo que me refiero es que tenemos poco tiempo… Mmmm… Tenemos una conferencia.
—Intentó explicar Syrah.
—¿Cuál conferencia? —preguntó Ruth.
—La conferencia, aquella de liderazgo, la conferencia Ruth, ¿recuerdas? —le suplicó con la mirada que le siguiera la corriente, internamente sonreí al verla tan nerviosa.
Richard se dio cuenta de la divagación en la cara de Ruth intentando entender un poco de lo que quería explicar Syrah sin mucho éxito, como si de pronto Syrah se hubiera vuelto loca. Ruth volvió a dudar pero al ver más detenidamente a Syrah sonrió disimuladamente.
—Claro la conferencia —dijo con un tono de diversión pero calló por un momento y pude notar como el cerebro se le encendía. —Cierto, la conferencia, inicia en media hora y muero de hambre, vamos Syrah —su expresión cambió totalmente.
Sonreí internamente, me encantaba saber el efecto que causaba en Syrah, las miradas intensas que me dirigía comprendía que no le era tan indiferente aunque tuviera como novio aquel estúpido y no lograra comprender cómo podían estar juntos.
—Mierda Ruth en verdad no puedo caminar más rápido —su voz me regresó a la realidad.
—Sy, ¿has notado lo tarde qué es?
Así continuaron hasta que llegaron a la cafetería y de pronto recibí un golpe en la cabeza.
—¿Qué te pasa? —casi le grité a Richard.
—Deja de babear y comienza a mover ese culo —dijo en voz baja para que sólo yo le pudiera escuchar además de una sonrisa burlona.
—Idiota —le respondí mientras caminábamos hacia el estacionamiento.
Camino al estacionamiento fue difícil poder continuar con la conversación porque muchos alumnos saludaban a Richard algunos preguntándole sobre alguna actividad o simplemente para saludarlo e invitarnos a comer, he de admitir que con la mayoría fui demasiado cortante todo a consecuencia que seguía pensando en Syrah, y en ese tiempo estuve analizando los pros y contras de mandarle otro mensaje para asegurarme que se encontraba bien pero en todas fracasé y terminé más frustrado de lo que pretendía.
—¿Puedes dejar de jugar con ese maldito celular? Me estás volviendo loco.
—¿Perdona? —en ese momento me percaté que nos encontrábamos junto a su auto.
Pero me dedicó una sonrisa cómplice como sí hubiera descubierto los secretos del universo, sin más salimos de la escuela, todas las mañanas íbamos al mismo sitio ―El Baúl‖
así que ya no era necesario decir nada, comencé a entrar a la sección de mensajes y a escribir: ―¡Hola! Espero que lograras desayunar…‖
No, aquello seguía siendo mala idea no podía mandarle nada, al contrario tenía que alejarme de ella y…
—Dime de una vez por todas lo que te sucede.
—Asuntos pendientes que dejé en Liverpool.
—Vale no te creo pero no te voy a presionar —asentí débilmente. —Pero si quiero dejarte algo en claro.
—¿Qué? —le miré por el espejo retrovisor.
—Syrah es una estudiante, no te arriesgues, olvídala —me regresó la mirada. —No querrás que te despidan y que la expulsen de la universidad.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría, era cierto no podía seguir avanzando, los dos teníamos demasiado que perder, cerré los ojos mientras me decía una y otra vez que Syrah estaba fuera de mi alcance sin importar cuánto deseara que estuviera entre mis brazos, sin importar cuánto me resistiera en no sonreír cada mañana al verla llegar. Cuando estaba a punto de replicar y decirle que se equivocaba ya nos encontrábamos en el café.
Richard no volvió a tocar el tema y le agradecí su discreción, el tema se concretó en mi estancia en México, era extraño estar en un país donde las costumbres son tan diferentes a las que te han inculcado desde pequeño pero la adaptación es importante y no sólo cuando se muda hacía otro país.
—Me han estado platicando sobre un trabajo en Monterrey, ¿te interesa?
—¿Monterrey? —repliqué.
—Sí, es un proyecto muy atractivo, podríamos conseguir un contrato por dos años.
—Claro, suena bien, avísame cuando tengas una idea más concreta sobre el proyecto.
Sé que no soy justo con Richard, al final lo único que busca es animarme pero joder no logro enfocarme en nada.
—Daniel, está sonando tu celular.
Usualmente siempre reviso quién me llama pero estaba tan distraído que no le presté la menor atención y conteste sin más.
—¡Hola! —dije sin ánimo.
—¿Cómo conseguiste mi número? —abrí los ojos de golpe y casi me caí de la silla, esa voz la reconocería en cualquier lugar.
—¿Perdona? —mierda Daniel puedes decir algo más inteligente.
—¿Cómo conseguiste mi número? —volvió a decir con voz más baja.
Richard me miraba de forma expectante, no tenía ni idea de quién se encontraba del otro lado de la línea, ni yo podía creer que Syrah me hubiera llamado y aunque no estuviera viendo sus preciosos ojos mi respiración comenzó a volverse irregular, reuní todas mis fuerzas para poder levantarme de la mesa sin que Richard me notara vacilar.
—¿Sigues ahí? —sonaba cada vez más desesperada.
Cuando me aseguré estar lo suficientemente alejado de Richard e inhalé varias veces, me aclaré la garganta.
—Sí, aquí estoy —escuché como inhaló fuertemente.
—Bien, entonces me podrías responder.
—¿Por qué me has llamado Syrah? —intenté contraatacar. —Está pregunta podría haber esperado hasta mañana.
Silencio. Le escuché balbucear algo.
—Tengo que colgar sigo en la conferencia, adiós Daniel.
Expulsé todo el aire que había retenido, no era posible que estuviera tan nervioso a su lado o entender cómo el sonido de su voz puede voltear todo mi mundo. Hace bastante tiempo que me prometí no volver a perder la cabeza por nadie, justamente cuando Adam Gibbs se interpuso en mi camino y se llevó lo mejor de mi vida. Lo último que deseaba hacer era enamorarme de alguien, sería el peor error que podría cometer.
—¿Quién era? —preguntó Richard con el ceño fruncido.
—Mmmm, Jane. —respondí sin vacilar para sonará real.
Es difícil mentir a tu mejor amigo pero en algunas ocasiones no se tiene otra opción, salimos del café y justo al entrar al auto me llegó un mensaje: ―No puedes tener mi número, si me prometes borrarlo yo haré lo mismo con el tuyo, ¿no tienes suficiente con acelerar mi corazón? Syrah.‖
**CAPITULO CUATRO**