IV
En vano había procurado Gladys, al salir de su conversación con Katy Vickery, imitar la serena resignación de su amiga, en presencia de la peligrosa situación en que sabía comprometido a Florencio. Sobreexcitada por la revelación de Katy acerca de la causa del viaje precipitado del Mayor Fairfield, irritada contra la suerte por la ausencia de Almafuente, la joven, turbado el normal funcionamiento de su espíritu, no se sentía dueña de sí misma. El inmediato porvenir la parecía un arcano henchido de amenazas; las insidiosas traiciones de la suerte eran ocultos enemigos empeñados en anular su acción, para conjurar la catástrofe probable. Apartada de la calmante influencia de Mrs. Vickery, su robusta organización moral sobrepúsose pronto a los consejos de la resignación, que le parecieron más bien un acto de cobardía. Fue en ese estado de ánimo y resuelta a luchar por todos los medios posibles, que bajó dos horas después al comedor. Fue también exasperada por la constante imposibilidad de hablar a solas con Almafuente, que después de la comida arrostró la observación de los otros para dar al joven la cita temeraria, en el corto diálogo al que ella misma puso fin, de miedo de arrepentirse, un instante después, de su loca imprudencia.
Pretextando cansancio, Rafaela se quedó muy poco rato más en el hall cuando su marido y Gladys volvieron del corto paseo. Katy la acompañó declarándose también cansada. Siguiólas Almafuente, bien a pesar suyo, después de despedirse de Gladys con perfecta naturalidad. Mr. Vickery condujo galantemente a Mrs. Fairfield hasta la puerta de la sala. Ella le tendió la mano, fingiendo un bostezo mal reprimido, y con terror de que el ingeniero llevase su galantería hasta querer hacerle una visita. Su deseo de encontrarse sola y de pensar sobre el paso decisivo en que, por un arrebato de impaciencia, se hallaba expuesta a comprometer para siempre su porvenir, había llegado ya en ella al grado de un superlativo enajenamiento.
En el salón de los Almafuente, a poco de la entrada de estos y de Katy, los muchachos se abalanzaron sobre las señoras y sobre Florencio con repetidas exclamaciones, abandonando a la institutriz alemana que les explicaba, con eruditos comentarios, los grabados de un álbum de viajes.
—¡Qué bueno! exclamaban, qué bueno que hayan venido temprano; papá, juguemos juegos de prendas.
Rafaela recibía los besos con el semblante de una persona en la que cesasen de repente agudos sufrimientos y se sintiese en plena salud. Volaron los muchachos de los brazos de ella a los del padre y rodearon en seguida a tía Katy con sus caricias, alborozados:
—¡Vamos a jugar!, ¡vamos a jugar!
La institutriz se retiraba en medio de la algazara, con la dignidad erguida de un oficial de ulanos.
—¡No! ¡No! gritaron los muchachos, que se quede Fraulein; no se vaya, Fraulein, quédese a jugar con nosotros.
Mediante ese acto de aparente amabilidad, los malignos muchachos esperaban tener ocasión de vengarse de los castigos de la maestra, con alguna pesada jugarreta.
Florencio explicó entonces el nuevo juego que iba a enseñarles. Todos tuvieron que sentarse menos él. Hubiérase dicho que por divertir a sus hijos el joven había vuelto a la infancia. El juego exigía una agilidad en la que solamente los niños podían seguirlo, y era maravillosa la lucha de carreras en que se agitaban, sin lograr hacerse imitar por Rafaela ni por Katy. Los muchachos conseguían por momentos arrastrar a Fraulein en sus complicadas revueltas, haciéndola salir de su rígida compostura. El ruido de las voces había ido aumentando a medida que la animación crecía.
Rafaela y Katy mientras tanto, al contemplar ese cuadro de inocente expansión, se habían aislado poco a poco en sus propias preocupaciones, admirando el entusiasmo casi infantil con que Almafuente rivalizaba con sus hijos. En ambas, un drama de emoción profunda las había ido aislando insensiblemente de lo que pasaba delante de ellas. Katy, por la ley infalible de los contrastes, sentía repercutir en su alma los fatídicos temores de Gladys, que pocas horas antes ella trataba de visionarios. Se decía que el empeño de Florencio en identificarse con la alegría de sus hijos, era como una despedida mental, en la que él trataba de refrenar las asechanzas de lúgubres presentimientos, inevitables en un hombre que va a exponer al día siguiente, su vida en un combate.
Rafaela, perdida en el ardiente tumulto de las tristezas que acibaraban su vida, seguía maquinalmente las peripecias del juego sin comprenderlas. El hombre a cuya fascinación había tratado vanamente de sustraerse estaba allí, encadenándola sin saberlo, al misterioso secreto de su alma. «¿La había amado alguna vez?». La facilidad con que emprendía sus intrigas galantes ¿era un pretencioso pasatiempo de vanidad insaciable, o era acaso ese impulso de adoración siempre renovado, que despierta en el corazón de casi todos los hombres una provocadora mirada de mujer hermosa? En ese quemante lecho de Procusto, al que la sujetaban sus celos veladores, antes que hubiera transcurrido un año después de su casamiento, su corazón afligido seguía revolcándose entre amargos desengaños y ficticias esperanzas, desde aquella fecha que tantas veces había maldecido en su interminable tribulación. ¿Qué hablaba con Gladys Fairfield cada vez que conseguía separarla de sus amigos? ¿Qué le decían con sus miradas provocadoras tantas otras mujeres que no podían ocultar la peligrosa fascinación de la hermosura de Florencio? ¡Todo!, ¡ella hubiera querido saberlo todo! poder arrojar de sí la tormentosa duda, vivir en paz alguna vez sin la torcedora rabia del amor despreciado, aferrada como una oculta víbora a su pecho.
El juego se acababa. Florencio, sentado junto a ella le había tomado una mano y contábale con palabras de cariño las sortijas. Los muchachos quisieron tomar parte en la demostración afectuosa y disputaban al papá las manos de la madre, besándolas a porfía. Un bálsamo de bienestar, discurriendo por entre las mal cicatrizadas huellas que el continuo paso del dolor había dejado en su alma, calmaba el ánimo de Rafaela con engañosas promesas de futura paz.
Florencio se alzó del sofá exclamado.
—Me voy, me voy; estos chicos y el placer de estar con la mamá y la prima, me hacen olvidar mi compromiso.
—¿Dónde te vas? le preguntó Rafaela con un eco de tímida ternura en la voz.
—Tenemos una partida de bridge en el hotel de Pablo Peñaltar y he prometido que no faltaría.
Ocultando su íntima emoción, el mozo dio un beso en la frente a Rafaela, acarició a los niños como jugando y al estrechar la mano a Katy y a su marido:
—Buenas noches, voy a tratar de volverme temprano.
Algunos instantes después el ingeniero y su mujer se despedían de Rafaela. Apenas se hallaron solos, Mr. Vickery dijo en voz confidencial a su mujer:
—Todo está convenido, es para mañana a las once; lo supe temprano por el mismo Redline y me fui a la villa donde van a batirse. Con una buena propina al jardinero conseguí que me señalase un escondite, desde donde podremos ver perfectamente. Será preciso sí que nos vayamos temprano para poder ocultamos sin que nadie nos vea entrar.
—¡Pobre Rafaela! suspiró Katy, sin darse bien cuenta si se apiadaba por su prima, o más bien por ella sobre todo.
Había querido presenciar el peligroso trance inevitable ya, para el caso en que Florencio fuese herido y poder prodigarle sus cuidados desde el primer momento.
A esa hora, después de reparar con su habitual refinamiento el desorden en que habían quedado su traje y su peinado en el juego con sus chicos Almafuente salió a reunirse con su amigo en un hotel vecino al Montreux Palace. En su espíritu versátil de hombre de placer, aplaudíase de haber encontrado, mientras jugaba con los niños, un medio muy sencillo de evitarse reproches de conciencia en la singular situación en que los acontecimientos lo estrechaban. Ante un lance de honor para el siguiente día y una cita amorosa para esa misma noche ¿qué actitud tomar al encontrarse con su mujer y sus hijos, en ese regazo de paz y de virtud, que él se veía obligado a profanar con su presencia de marido infiel? Tranquilizábase su ánimo, poco accesible a fuertes preocupaciones, diciéndose que no carecía de ingenio el desenlace que había dado a la dificultad. Si se hubiese tratado de la cita únicamente, sus escrúpulos de pecador reincidente le habrían hecho abstenerse de acompañar a su mujer y jugar con sus hijos, cuando pocos momentos después juraría amor a la hermosa americana. Pero concurriendo, en la ocasión, el encuentro que podría costarle la vida, Florencio pensó ingenuamente que todo lo conciliaría, mostrándose padre jovial y tierno esposo en el seno de su familia. De ahí sus alegres juegos con los chicos y la sincera ternura con que creyó adormecer el ánimo inquieto de Rafaela por medio de esa afectuosa despedida.