LOS rayos del sol, directos y abrasadores, caían sobre Redlands. El follaje verde oscuro de los naranjos, dispuestos en hileras simétricas, contrastaba con el azul profundo del cielo límpido, y los picos dominantes que se levantan a más de tres mil metros sobre el nivel del mar en el fondo del paisaje. Había una limpia tibieza en la brisa, que resultaba eminentemente vigorizante, pero el pesar y las preocupaciones de Berta la tornaban insensible a las bellezas de la Naturaleza y a la sana tibieza del aire.
Bajo lentamente del automóvil, cruzó la acera con la cabeza gacha y los brazos caídos, subió los escalones del sanatorio, entró en el vestíbulo y dijo con tono cansado, monocorde, a la joven sentada ante el escritorio de informaciones:
—¿Se halla aquí por casualidad una joven llamada Josefina Dell?
—Un momento, por favor…
La muchacha revisó un fichero de tarjetas y contestó:
—Sí. Tiene una habitación particular. La doscientos siete.
—¿Está enferma?
—No. Se halla aquí para tomarse un descanso completo.
—Muchas gracias —dijo Berta y se alejó arrastrando un poco los pies por el largo corredor. Encontró el ascensor, subió al segundo piso y buscó la habitación 207. Golpeó suavemente en la puerta y luego abrió.
Una joven rubia, de unos veintisiete años, de ojos azules, labios sonrientes y nariz ligeramente respingona, permanecía en un cómodo sillón junto a la ventana. Vestía una bata de seda. Tenía los tobillos cruzados sobre un almohadón colocado en otra silla frente a ella y leía un libro con muestras de interés, pero levantó la cabeza con cierto sobresalto cuando Berta entró en la habitación.
—¡Oh! Me ha asustado un poco…
—Llamé a la puerta.
—Estaba muy interesada en la lectura de esta novela policíaca. ¿Lee esta clase de novelas?
—De vez en cuando —dijo Berta.
—Yo nunca lo había hecho antes. No tenía tiempo. Pero me parece que a partir de ahora voy a convertirme en una lectora asidua. He llegado a la conclusión de que las novelas policíacas son sumamente interesantes. ¿No cree lo mismo?
—Presumo que todo depende de la forma en que se considere —dijo Berta.
—Bien… Tenga la bondad de sentarse. ¿A qué debo el gusto de su visita?
Berta dejóse caer pesadamente en un sillón tapizado y preguntó:
—¿Es usted Josefina Dell?
—Servidora de usted.
—¿Y es la persona amiga del ciego que vende lápices y corbatas?
—¿Se refiere al ciego de la esquina del banco? —preguntó la muchacha, con vivacidad.
Berta asintió con un movimiento de cabeza.
—Es un hombre muy bueno y amable. Creo que es el hombre más agradable y simpático que he conocido. Tiene opiniones completamente sanas de la vida. No es un amargado. Muchos ciegos tratan de aislarse del mundo, pero él no es así. Parece conocer mejor el mundo ahora que es ciego, que tal vez cuando tenía vista. Pienso que es realmente feliz, aunque, por supuesto, su existencia es bastante restringida; quiero decir, físicamente, y en lo que se refiere a las posibles relaciones con otros seres humanos.
—Posiblemente tenga razón —admitió Berta sin entusiasmo.
Josefina Dell añadió:
—Además, era una persona relativamente poco instruida y pobre cuando perdió la vista. Si hubiese aprendido a leer por el tacto y se hubiese dedicado a estudiar, a educarse… pero no pudo hacerlo. Carecía de dinero entonces y no contaba con apoyo alguno.
—Comprendo.
—Después tuvo suerte. Hizo una inversión muy afortunada en acciones petroleras y ahora le es posible vivir como más le agrade; pero tiene la impresión de que ya es demasiado tarde, que es muy viejo.
—Sí, debe ser así —asintió Berta—. ¿Usted le envió una caja de música?
—Sí… pero no deseaba que supiera quién se la enviaba, sino simplemente que era un regalo de un amigo. Temí que no aceptara un objeto caro de una muchacha que se ganaba la vida con su trabajo, aunque ahora puedo permitirme esos lujos. Cuando la encargué, tenía la impresión de que jamás podría pagarla.
—Ya veo —dijo Berta con aire de cansancio—. Bien… Parece que no puedo dar una en el clavo. Supongo que usted no sabrá una sola palabra de la Josefina Dell que sufrió el accidente, ¿verdad?
—¿Qué accidente? —preguntó la otra con curiosidad.
—El que ocurrió en la esquina del banco, alrededor de las diecisiete y cuarenta y cinco, el viernes pasado. Un hombre que conducía un automóvil particular atropelló a una joven, derribándola en el pavimento. No pensó que hubiera sufrido daño alguno, pero…
—¡Pero esa joven soy yo!
El rostro de Berta cobró de improviso animación y energía.
—Usted, ¿qué? —preguntó Berta, poniéndose en pie de un salto.
—Soy yo esa joven.
—Una de nosotras dos, en ese caso, está loca —anunció Berta.
Josefina Dell rió con una risa musical, tintineante.
—Pues la loca debo de ser yo —dijo—. Ha sido una experiencia muy curiosa. Ese hombre me atropelló y derribó, como usted acaba de decir. En ese momento creí que estaba perfectamente bien, aunque muy impresionada y nerviosa, como es lógico, pero a la mañana siguiente, cuando me levanté, comencé a sentirme mareada y con un fuerte dolor de cabeza. Llamé al médico y éste me dijo que, al parecer, se trataba de un principio de conmoción cerebral. Me prescribió reposo absoluto, y…
—Un momento —interrumpió Berta—. ¿Ese hombre la llevó en automóvil a su casa?
—Quiso hacerlo, y se lo permití. No me imaginaba haber sufrido daño alguno, pero me sentía un poco trastornada y avergonzada… aunque, después de todo… bien, después de todo, la culpa no había sido mía en lo que se refiere a la señal de tránsito, pero fui un poco descuidada. Ese día estaba un poco preocupada, y… bueno, el hombre insistió en que debía ir a un hospital para que me examinaran, y cuando me negué, se ofreció para llevarme a mi domicilio.
—¿Qué ocurrió luego?
—Aquel hombre parecía correcto y educado, pero a los pocos minutos, advertí que estaba ebrio. Su caballerosidad desapareció pronto y comenzó a hacerme insinuaciones ofensivas y finalmente a tocarme. Le di un bofetón, bajé del automóvil y regresé a casa en tranvía.
—¿Le había dicho dónde vivía?
—No; le indiqué solamente la dirección que debía seguir.
—¿Y no le dio su nombre?
—Sí, pero como estaba tan borracho, con seguridad debió olvidarlo. Me consta positivamente.
Berta restregóse los ojos con el dorso de las manos.
—Bien —manifestó—; todo lo que necesita hacer ahora para que las cosas sean absolutamente confusas e inteligibles para mí es decirme que vivía en los Apartamentos Bluebonnet, en la calle Figueroa.
—¿Cómo lo sabe?
Berta se llevó las manos a la cabeza.
—¿Qué le sucede? —inquirió Josefina Dell.
—¡Que me aspen! ¡Que me ahúmen, como a los arenques, o me metan en una lata, como a las sardinas!
—No entiendo…
—Ya le explicaré… Termine de contarme su historia.
—Eso fue todo… Al otro día me levanté, me sentí mal, llamé al médico y me recomendó reposo absoluto. Yo no tenía dinero en ese momento, pero sabía dónde conseguirlo… Bien, para serle franca, sabía que la señora Cranning, el ama de llaves de mi patrón, disponía siempre de dinero para pagar las cuentas de la casa, y pensé que tal vez me pudiera adelantar algo, a cuenta de mi salario. Olvidaba decirle que el hombre para el cual trabajaba había muerto casi repentinamente, y…
—Sé todo eso. Adelante.
—Fui a ver a la señora Cranning. No tenía la cantidad que yo necesitaba, pero me dijo que fuese a acostarme, y ya vería lo que podía hacer por mí. Debo confesar que hizo algo espléndido. La Compañía de Seguros me indemnizó muy bien.
—¿En qué forma?
—Convino con mi médico en que lo que yo necesitaba era un descanso completo por un mes o seis semanas, y que debía ir a algún sitio donde no tuviese la menor causa de preocupación, lejos de mis amistades y relaciones, para que permaneciera completamente tranquila. Mi jefe había fallecido y yo iba a quedar sin empleo. Bien; la Compañía de Seguros resolvió enviarme aquí, con todos los gastos pagados y abonarme el sueldo durante los dos meses que estaré en este sanatorio. Cuando salga, me darán un cheque por quinientos dólares y me han prometido ayudarme para que consiga un nuevo empleo. ¿No es maravilloso?
—¿Firmó usted algo?
—Sí, un acuerdo en regla… un descargo, creo que lo llaman.
—¡Dios mío!
—No comprendo. ¿Por qué se muestra tan agitada? ¿Qué ocurre? Lo que le digo parece consternarla profundamente.
—¿La Compañía de Seguros se llamaba Compañía Intermutual de Indemnizaciones y el agente era P. L. Fosdick? —preguntó Berta.
—No, de ninguna manera.
—¿Cuál era, entonces?
—Un Club del Automóvil… He olvidado el nombre exacto, pero creo que era el Auto Parity Club… El nombre del representante es Milbrans. Fue quien hizo todos los arreglos.
—¿Cómo cobró el cheque?
—Me dieron dinero en efectivo, porque era sábado por la tarde; los bancos estaban cerrados y el señor Milbrans me aconsejó que viniese directamente aquí, para estar tranquila muy pronto. Dijo que el arreglo era tan generoso debido a las circunstancias especiales del asunto. ¿Sabe qué agregó después de haber firmado el acuerdo, por supuesto?
—No. ¿Qué?
La joven echóse a reír.
—Que su cliente estaba tan ebrio que no sabía en realidad que hubiera atropellado a una persona. Admitió que había bebido en exceso antes de volver a su casa en el automóvil, pero no recordaba siquiera haber estado en la parte de la ciudad donde me atropelló, ni el accidente… Fue un verdadero, terrible choque para él cuando…
—Un minuto —interrumpió Berta Cool—. ¿Entonces cómo logró ponerse en contacto con la Compañía de Seguros?
—Por intermedio de la señora Cranning.
—Lo sé… Pero, ¿cómo lo consiguió ella?
—Yo recordaba el número de la patente del automóvil.
—¿Lo anotó?
—No, pero lo conservaba en la memoria y se lo dije a la señora Cranning. Cuando volví a casa, lo anoté, por supuesto. Al principio, no había dado importancia al asunto, pero luego… ¿Qué le sucede ahora?
—¡Ha hecho usted un disparate!
—¿De veras?
—Sí.
—¿Por qué? No comprendo…
—Anotó usted un número equivocado —afirmó Berta—. Y por pura coincidencia, resultó que ese número equivocado era el de un hombre que también conducía su automóvil en el momento del accidente y también estaba borracho.
—¿Quiere decir que… ese hombre… que el Club…?
—Eso es, exactamente. Hizo responsable a un hombre que estaba demasiado ebrio en ese momento para darse cuenta de lo que hacía, pero comprensivo de que podía haber atropellado a alguien. Cuando la señora se puso en contacto con él y le habló del accidente, habló por teléfono a su Compañía de Seguros para dar cuenta del asunto, y la Compañía envió inmediatamente a uno de sus representantes para que hiciera el mejor arreglo posible.
—¿Es decir, entonces, que ese hombre no me atropelló?
—Ése no.
—¡Pero eso es imposible!
—Sé que es imposible —afirmó dogmáticamente Berta—; pero es exactamente lo que ocurrió.
—¿Y en qué situación quedo yo?
—En las nubes —dijo Berta.
—Temo no entenderla bien.
Berta Cool abrió su bolso, sacó una de sus tarjetas y se la ofreció con una sonrisa.
—Ésta es mi tarjeta… Cool y Lam. Investigaciones Confidenciales. Yo soy Berta Cool.
—¿Quiere decir… que es un detective?
—Sí.
—¡Qué emocionante!
—No mucho.
—Pero usted… ¡Oh, debe haber tenido aventuras magníficas! Debe trabajar a deshoras, tal vez pase noches sin acostarse…
—Sí —interrumpió Berta—. Pasamos por situaciones poco comunes y tenemos noches de vigilia… Ayer estuve en un trance poco usual, y pasé la noche sin pegar los ojos. Y ahora la he encontrado a usted.
—Pero… ¿por qué me buscaba?
—Voy a obtener algún dinero para usted. ¿Acepta cederme el cincuenta por ciento de lo que consiga?
—¿Dinero…? ¿De quién y para qué?
—De la Compañía de Seguros, por haber sido atropellada por un conductor ebrio.
—Pero ya he cobrado, señora Cool. Ya he firmado un arreglo.
—No; no lo ha hecho con el hombre que conducía el automóvil. ¿Cuánto le pagarán en total? ¿Lo ha calculado ya?
—¿Se refiere a esa Compañía de Seguros?
—Sí, a la compañía que hizo el arreglo con usted, ese Automóvil Club.
—Pues me pagarán mi sueldo por dos meses… eso representa doscientos cincuenta dólares. Además, todos mis gastos aquí… No sé lo que cobran, pero calculo alrededor de diez dólares diarios, es decir, seiscientos dólares por dos meses y me entregarán quinientos dólares más cuando salga de aquí. Dios mío, señora Cool… ¿se da cuenta cabal de lo que representa todo esto? Mil trescientos cincuenta dólares…
—Muy bien. Usted firmó un descargo a favor del cliente de esa Compañía de Seguros, lo que cubre cualquier reclamación que pudiera hacer contra esa persona o la Compañía. No firmó descargo alguno para la Compañía Intermutual de Indemnizaciones. Usted me cederá el cincuenta por ciento de lo que perciba y le garantizo que su parte no será inferior a dos mil dólares.
—¿Dos mil dólares en efectivo?
—Eso es —aseguró Berta—. Ésa será su parte, y para que no haya equivocación alguna, querida, le diré que yo recibiré otros dos mil dólares. Tenga presente que hablo del mismo. Tengo la idea de que se puede obtener más, tal vez tres o cuatro mil dólares para usted.
—Pero, señora Cool, eso sería deshonesto.
—No veo por qué.
—Porque ya he firmado un descargo a la Compañía de Seguros.
—A otra Compañía de Seguros, que nada tiene que ver con lo que le digo.
—Lo sé, pero, sin embargo, he aceptado ese dinero, y…
—Ellos se lo ofrecieron. Peor para ellos.
—No, no puedo hacer eso. Sería incorrecto y deshonroso.
—Escuche —insistió Berta—. Las Compañías de Seguros tienen millones; nadan en oro. Ese hombre conducía un automóvil. Estaba tan borracho que no sabía lo que hacía. Cuando la señora Cranning le llamó por teléfono y le dijo que la había atropellado a usted, faltándole luego al respeto cuando la llevaba a su casa, creyó que ésa era la pura verdad. Le dijo a la señora Cranning que avisaría a su Compañía de Seguros para que arreglara el asunto satisfactoriamente. Luego habló a su compañía, dando los detalles del caso y pidiendo que le sacaran del apuro.
—Bien —dijo Josefina Dell—. Supongamos que lo hizo.
—¿No comprende lo que ocurrió? Él no la había atropellado, y que usted les haya dado un descargo nada significa. En otras palabras, si yo fuera lo suficientemente tonta para ofrecerle mil dólares por un descargo completo de cualquier reclamación que usted pudiera presentarme por haberla atropellado con un automóvil, eso no impediría que usted cobrase la indemnización correspondiente de alguien que en realidad la hubiese atropellado.
Una arruga surcó la frente suave y tersa de Josefina Dell. Sus cabellos rubios brillaron a la luz del sol cuando se volvió para mirar por la ventana, mientras reflexionaba. Finalmente, dio su respuesta a Berta Cool; un firme y resuelto movimiento negativo con la cabeza.
—No, señora Cool. No puedo hacerlo. No sería correcto.
—En ese caso, si quiere ser en absoluto correcta, llame por teléfono al representante de ese Automóvil Club y dígale que era una equivocación, que tomó mal el número de la patente del automóvil.
En los ojos de Josefina Dell apareció instantáneamente una expresión de sospecha.
—No creo haberme equivocado al tomar el número —le contestó.
—Le aseguro que se equivocó.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque sé muy bien cuál es la Compañía de Seguros que se ocupa del asunto.
—Perfectamente —dijo Josefina Dell—. Si usted sabe tanto, dígame cuál era el número de la patente del coche que me atropelló.
Berta Cool trató de evadir la respuesta.
—He conversado —dijo— con el representante de la Compañía de Seguros a que hago referencia. Me dijo que si usted…
—¿Cuál era el número de la patente del coche que me atropelló? —interrumpió Josefina Dell.
—No lo sé.
—Eso me imaginaba —dijo Josefina Dell—. No me explico cuál es su propósito al venir a verme, señora Cool, pero me temo que trate de hacer algo que no esté de acuerdo con mi criterio. En lo que a mí se refiere, estoy del todo satisfecha con la situación tal como es.
—¿Pero no quiere usted cobrar dinero de una Compañía de Seguros que…?
—Hace un momento argüía usted que las Compañías de Seguros nadaban en oro y que era lógico sacarles lo que se pudiera.
—Bien; eso es lo que haría yo —dijo Berta—. Claro está que si usted desea mostrarse moralista…
—Entonces, eso es exactamente lo que haré: quedarme con lo que me han dado y lo que me darán.
—¿Pero no intentará siquiera cobrar a la otra compañía?
Josefina Dell movió la cabeza de modo negativo.
—Por favor —suplicó Berta—. Permítame que me haga cargo del asunto. Le aseguro que puede conseguir bastante con suma facilidad.
Josefina Dell sonrió:
—Temo, señora Cool, que trate de… Bueno, he oído hablar mucho de la forma en que las Compañías de Seguros tratan de aprovecharse de las personas. Me sorprendió sobremanera la afabilidad y la consideración que mostró el señor Milbrans. Tal vez el arreglo que concertó conmigo disgustó a la gerencia, y ahora procuran que yo lo rechace… ¿No es así?
Berta replicó con aire de cansancio:
—No es eso. Le he dicho la pura verdad. Se equivocó usted al tomar el número.
—Pero usted no sabe cuál es el otro número.
—No. Ni siquiera sé nada acerca del hombre. Conozco solamente la Compañía de Seguros.
—¿No sabe cómo se llama ese hombre?
—No tengo la menor idea —repuso Berta, enfadada.
Josefina Dell levantó el libro.
—Lo siento mucho, señora Cool, pero no deseo discutir más el asunto. Buenos días.
—¿Pero no sabe usted que Myrna Jackson se ha estado haciendo pasar por usted? ¿Sabe que…?
—Lo lamento, señora Cool. No quiero hablar más de esto. ¡Buenos días!
—Pero…
—¡Buenos días, señora Cool!