coolCap28

PASOS lentos, rítmicos, resonaban en el corredor, flanqueado por puertas de barrotes de acero. Berta Cool, sentada en el borde de la cama de hierro, hirviendo de indignación, oyó el entrechocar de llaves, y luego una mujer de aspecto duro abrió la puerta y le dijo:

—Vamos…

—¿Quién es usted?

—Una celadora.

—¿Qué quiere?

—La necesitan en la oficina.

—¿Para qué?

—No sé.

—Bueno. ¡Que se vayan al demonio! No me moveré de aquí.

—Si estuviese en su lugar, yo no haría eso.

—¿Por qué no?

—Nada va a conseguir.

—¡Que vengan y me lleven si quieren! —exclamó Berta.

—No se impaciente. No lo harán. Pero yo de usted, iría. Creo que van a ponerla en libertad.

—De todos modos, me quedaré aquí.

—¿Cuánto tiempo?

—Desde ahora.

—Eso no la beneficiará en nada. Muchas personas se han sentido lo mismo que usted, pero quedándose aquí no molestan ni perjudican a nadie. Usted tendrá que marcharse alguna vez, y entonces, ellos reirán.

La celadora hablaba en un tono bajo, monocorde, lento, como si el esfuerzo de hablar la cansara demasiado y consumiera demasiada energía.

—Recuerdo que una mujer dijo lo mismo, que iba a quedarse… Me indicaron que dejase la puerta abierta y le dijera que podía marcharse cuando le viniese en gana. Se quedó toda la mañana. Pero a media tarde, salió, y todos se rieron de ella.

Sin pronunciar una sola palabra, Berta se puso en pie y siguió a la celadora por el corredor donde resonaba el eco; entraron en un ascensor, cuya puerta se cerraba con llave, y bajaron hasta otra oficina, donde otra matrona, que era una extraña para Berta, examinó algunos papeles y dijo:

—¿Es usted Berta Cool?

—Soy Berta Cool, y le aconsejo que me mire bien ahora, porque va a tener muchas ocasiones de verme en lo sucesivo. Voy a…

La matrona abrió un cajón, extrajo un gran sobre de tela sellado y dijo:

—Aquí están sus pertenencias personales, que le fueron quitadas cuando entró anoche, señora Cool. ¿Quiere usted tener la amabilidad de ver si está todo?

—Voy a deshacer este condenado lugar hasta sus cimientos —dijo Berta—. No hay derecho a que hagan cosas como ésta. Soy una mujer respetable, que se gana la vida honesta y decentemente, y…

—Sí, pero entretanto… ¿quiere tener la bondad de comprobar el contenido del sobre?

—Voy a entablar juicio contra la ciudad. Voy a denunciar al sargento Sellers, y…

—Ya lo sé, señora Cool. No dudo que lo hará. Pero eso no corresponde a mis funciones. Si tiene a bien examinar sus pertenencias…

—Usted puede imaginarse que no corresponde a sus funciones, pero cuando yo haya terminado con todos ustedes, se dará cuenta de que eso no significa gran cosa… No voy a dejar títere con cabeza.

—¿Cuándo se propone iniciar el juicio, señora Cool?

—Tan pronto como pueda ver a un abogado.

—Me permito hacerle notar que no podrá verlo hasta que haya salido de aquí, y no puede salir hasta no haber comprobado sus pertenencias personales, de modo que le ruego lo haga.

Berta Cool abrió el sobre, sacó su bolso, lo abrió con manos temblorosas de ira, miró al interior, lo cerró y dijo:

—Bueno… ¿Qué más, ahora?

La matrona hizo una seña a la celadora.

—Por aquí, señora.

Berta Cool, de pie frente al escritorio, exclamó:

—He oído mencionar infinidad de atropellos cometidos contra los ciudadanos, pero éste es…

—Fue detenida anoche por sospecha de robo con violación de domicilio, señora Cool. Ignoro si se mantendrá esa acusación contra usted, pero ha llegado la orden de ponerla en libertad mientras se efectúa una investigación más amplia.

—Sí, ya veo —dijo Berta—. Ahora me amenazan. Si hago algo contra ustedes, sacarán a relucir esa acusación de robo, ¿verdad? Pues bien, yo…

—No estoy enterada de otros pormenores, señora Cool. Le digo simplemente lo que figura en el sumario provisional. Acostumbramos hacerlo con las personas sospechosas de haber cometido algún delito. Buenos días, señora Cool.

Berta no se movió.

—Soy una mujer de negocios. Tengo que hacer cosas importantes relacionadas con mis asuntos profesionales. Impedir que dedique mi atención a mis ocupaciones, retenerme aquí toda la noche bajo una acusación fraguada, es…

—¿Tan valioso es su tiempo?

—Claro que lo es.

—En ese caso, yo no lo desperdiciaría aquí, señora Cool.

—No se preocupe, que no lo desperdiciaré. Sólo quiero dejarle un mensaje para el sargento Sellers. Dígale que su amenaza no me arredra, ¿entiende? Dígale que no pararé hasta conseguir su cabeza, y ahora, ¡buenos días!

Berta Cool encaminóse hacia la puerta.

—Una cosa más, señora Cool.

—¿Qué se le ofrece?

—No le será posible golpear la puerta —dijo la matrona—. Hemos hecho colocar un dispositivo especial para impedirlo. Buenos días.

Berta Cool fue acompañada hasta una puerta de barrotes de acero y, después de franquearla, encontróse bajo el sol de la mañana, como si hubiera sido un criminal vulgar. Comprobó asimismo que el aire fresco, la libertad de movimiento, la sensación de que podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera y como quisiera, era mucho más agradable de lo que jamás hubiese imaginado hasta entonces.

Eran las 8.45 cuando llegó a su oficina.

Elsie Brand estaba abriendo la correspondencia.

Berta entró como una tromba, arrojó el bolso sobre el escritorio y dijo con voz temblorosa de rabia:

—Llame por teléfono al sargento Sellers, Elsie. Me importa un ardite si tiene que sacarle de la cama, o lo que ocurra. Quiero hablar con él ahora mismo.

Elsie Brand, al ver a Berta pálida y estremecida de cólera, dejó las cartas, abrió el listín telefónico y llamó inmediatamente.

—¡Hola! Tengo que decirle algo. He tenido bastante tiempo para pensarlo… demasiado tiempo, sentada en su infame cárcel. Quiero decirle que voy a…

—No haga eso —respondió el sargento, sonriendo.

—Voy a…

—… va a tranquilizarse y a recobrar la calma —interrumpió de nuevo el sargento, perdiendo de pronto el tono risueño—. Hasta hace cierto tiempo, su oficina de Investigaciones era poco más o menos como las demás, con ciertos límites en cuanto a rectitud de procedimientos; luego, se vinculó usted a ese cartucho de dinamita, Donald Lam, y comenzó a descarriarse. Lo ha hecho en todos los casos en que intervino últimamente. Como Lam es un individuo muy ducho y despierto, salió con bien de esos asuntos. Pero ahora, depende de sus propios medios y va de traspié en traspié. Ha sido sorprendida en un acto delictuoso. Todo lo que tiene que hacer la policía es presentar la acusación contra usted, y ello dará por resultado la pérdida de su licencia, y…

—¡No crea que puede intimidarme, pedazo de alcornoque! —gritó Berta—. No quisiera más que ser hombre para ir a buscarle y desorejarlo. Ahora sé cómo se sienten las personas que cometen un asesinato. Sólo desearía ponerle las manos encima por unos minutos, y entonces… ¡Puerco, bribón del infierno! ¡Ya vería quién…!

La rabia no le permitió continuar.

—Lamento mucho que se sienta de esa manera, señora Cool —añadió el sargento Sellers—; pero pensé que era necesario mantenerla a buen recaudo por una noche, mientras efectuaba unas investigaciones interesantes. Tal vez le convenga saber que como resultado de esas investigaciones hemos realizado progresos sustanciales para la solución del caso.

—¡Me importa un ardite lo que hayan hecho! —exclamó Berta.

—Bien, bien —prosiguió el sargento—. Pero en el caso de que tenga usted prisa por volver a Riverside para ir a buscar a su anciana madre, que ha sufrido un ataque, señora Cool, ahórrese la molestia, porque su mamá se encuentra en mi oficina en este momento. Me está informando de todo lo que ha sucedido. Cuando el procurador fiscal del distrito vea sus declaraciones, es probable que se le aplique a usted otro período de encarcelamiento un poco más extenso. Opino que por fin comprenderá usted que a la larga da mejores resultados respetar las leyes y cooperar con la policía. Y, entre paréntesis, hemos encontrado su automóvil y lo hemos devuelto al garaje donde usted lo guarda. Después de revisarlo detenidamente, por supuesto. La próxima vez que desee trasladarse a algún sitio, le sugiero la conveniencia de que vaya al garaje y salga directamente en su automóvil. No es asunto de mi incumbencia, pero eso de cambiar tranvías y automóviles podría convencer a un Jurado de que usted se proponía perpetrar algún delito cuando salió ayer para San Bernardino. Ése es un asunto bastante feo, como no escapará a su perspicacia. Buenos días, señora Cool.

El sargento Sellers dejó caer el auricular sobre la horquilla en el otro extremo de la línea.

Estupefacta y anonadada, Berta Cool hizo dos tentativas infructuosas para dejar el auricular en su ranura, antes de lograrlo.

—¿Qué le ocurre? —inquirió Elsie Brand, alarmada.

La cólera de Berta había desaparecido. La reacción emocional la dejó blanca como el papel y temblando nerviosamente.

—Estoy en un enredo terrible —dijo, yendo a sentarse en la silla más próxima.

—¿Qué ha sucedido?

—Fui en busca del ciego. Le saqué del hotel donde se hallaba. Tenía la plena seguridad de que la policía no podría seguir mis pasos por mucho que se empeñara. Pero han dado con él y me tienen entre la espada y la pared. Ese condenado, maldito y cochino sargento tiene razón. Estoy a merced de ellos.

—¿Tan malo es el asunto? —preguntó Elsie.

—Peor todavía —repuso Berta—. Bien… a nada conduce dar marcha atrás ahora. Es preciso seguir adelante. Es lo mismo que patinar cerca del centro de un lago, donde el hielo empieza a resquebrajarse. Si uno se detiene, está perdido. Es necesario seguir deslizándose.

—¿Y adónde irá ahora?

—A Redlands, sin perder un minuto.

—¿Por qué a Redlands? —preguntó Elsie—. No comprendo…

Berta le contó lo de la caja de música, la conversación que el sargento Sellers había mantenido con el propietario y, en un repentino e inesperado arranque de confianza, todas las aventuras de la noche anterior.

—Bueno —dijo Berta por último, levantándose de la silla—. Esta noche no he cerrado los ojos. Estaba demasiado furiosa. Nunca sentí tanto como anoche haber rebajado de peso.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —exclamó Berta—. Se lo diré. Había una condenada matrona que no hacía más que llamarme querida. Era recia, de hombros anchos y muy fuerte, pero antes de perder mi peso, hubiera podido darle una paliza y sentarme encima de ella. Y eso es exactamente lo que hubiese hecho. Sentarme encima de ella y quedarme toda la noche. Estoy en un lío terrible, Elsie. Es preciso que salga de la oficina y me quede en algún lugar tranquilo hasta que las cosas se hayan apaciguado. Tienen al ciego en su poder y se lo contará todo. El sargento Sellers tiene razón. Debí haber continuado en la rutina antigua. Pero Donald es un tipo tan audaz y tan listo, y se metió en cosas tan arriesgadas, que me hizo adquirir malos hábitos. Tengo que reflexionar y descansar un poco, Elsie. Voy a beber algo… y luego iré a Redlands.