LA matrona escoltó a Berta Cool hasta la puerta del despacho privado del sargento Sellers y golpeó con los nudillos. A través de la puerta se oían débilmente los compases tintineantes de «Campanillas de Escocia».
—Adelante —dijo el sargento.
La matrona abrió la puerta.
—Por aquí, querida —dijo a Berta Cool.
Berta Cool se detuvo en el umbral. Las dos mujeres, de aspecto áspero y mandíbulas de bulldog, se miraron fijamente.
—Muy bien, querida —respondió Berta.
—¿Qué encontró? —preguntó Sellers.
—Nada —contestó la matrona.
El sargento Sellers alzó las cejas.
—Bien, bien… No me dirá usted que fue allí por puro gusto, ¿verdad, señora Cool?
—Se olvida de «Freddie» —repuso ésta—. ¿No tiene un cigarrillo? Su novia me quitó el paquete.
—¡Oh, lo siento! —dijo la matrona—. Los puse en…
—Está bien, querida. Guárdeselos, con mis mejores deseos —respondió Berta.
La matrona miró al sargento Sellers y pareció confusa.
—Podía habérmelo recordado antes, señora Cool.
—No me imaginé que tuviese que hacerlo —dijo ésta—. Pensé que era un privilegio de esta oficina, como el de los agentes de policía que se apoderan de unas manzanas en los puestos de fruta.
—Nada más, señora Bell —dijo el sargento Sellers.
La matrona miró a Berta y retiróse sin decir palabra.
—Tome asiento —dijo Sellers a Berta—. Quería un cigarrillo… aquí lo tiene.
Abrió un paquete de cigarrillos y alargó uno a Berta. Sacó un cigarro negro del bolsillo superior del chaleco, cortó la punta, lo introdujo en su boca, y por un momento, no hizo movimiento alguno para encenderlo.
—Hay algo en esta caja de música —dijo.
—¿De veras?
—Usted entró, abrió la caja, la cerró y se dispuso a marcharse. No se llevó nada. Me pregunto si colocó algo dentro de ella.
Sellers extrajo una lupa de un cajón, y examinó detenidamente la caja de música, inspeccionándola tanto por fuera como por dentro, buscando algún intersticio o recoveco que pudiera servir para ocultar algo. Al no hallarlo, cerró la caja y miró el retrato de la bella.
—¿Será esto?
—¿Qué?
—El retrato. ¿No será una heredera desaparecida?
Berta, que se sentía más a gusto después de haber ganado su encuentro verbal con la matrona, echóse hacia atrás en la silla y empezó a reír.
—¿De qué se ríe?
—Pensaba en esa belleza del siglo diecinueve —manifestó Berta—. Una mujer gorda, mofletuda y redonda por todos lados, que usaba corsé y debía desmayarse a la menor sugestión un poco picante… ¿Y usted se imagina que hice todo el camino desde…?
—Sí, sí —dijo el sargento al ver que se interrumpía—. Ahora me interesa… ¿El camino desde dónde?
Berta apretó los labios.
—Estuvo a punto de dejar escapar algo, ¿verdad? —dijo el sargento Sellers.
Berta, que comprendía lo cerca que había estado de decir: «Todo el camino desde Riverside», limitóse a chupar con fuerza el cigarrillo y lanzar bocanadas de humo, manteniendo un silencio irritante.
El sargento miró el reloj que estaba encima del escritorio.
—Las dos y diez —murmuró—. Es un poco tarde, pero se trata de un caso de urgencia.
Consultó el rótulo del interior de la tapa, buscó en la Guía telefónica, luego levantó el receptor y dijo:
—Deme una línea para fuera.
A los pocos segundos, marcó un número en el disco.
—Lamento molestar a esta hora —dijo cuando le contestaron—. Habla el sargento Sellers, desde el Departamento Central de Policía. Llamaba porque trato de comprobar una pista importante en un caso de asesinato. ¿Hablo con el señor Britten G. Stellman? ¿Sí? Bien… Le ruego me informe si recuerda una caja de música, de las antiguas, con un peine de metal y un cilindro… En un costado tiene un paisaje, y en el otro, el retrato de una joven. Toca «Campanillas de Escocia»…, y… ¿Recuerda, eh? Sí. ¿Cómo se llamaba? ¿Josefina Dell?
El sargento Sellers permaneció en silencio unos segundos, escuchando, y luego dijo:
—Perfectamente. Veamos si he comprendido bien. Esa Josefina Dell fue a su establecimiento hace cosa de un mes, vio la caja de música y dijo que le agradaría adquirirla, pero que no disponía de suficiente dinero. Dejó señal, para que se la reservaran durante noventa días. Luego, el miércoles pasado le habló por teléfono, le dijo que tenía el dinero, y que se lo iba a enviar por giro postal. Le pidió que entregara la caja de música al ciego por medio de un mensajero, sin decir quién la remitía, sino simplemente que era un regalo de un amigo. ¿Es así?
Sellers quedó en silencio otro rato, mientras escuchaba. Luego dijo:
—Bueno. Otra pregunta, por favor. ¿Desde dónde le enviaron el giro? Redlands, ¿verdad? ¿No sabe si esa joven vive en Redlands? ¡Ah, comprendo! Vive en Los Ángeles, y usted supone que estaba de paso en Redlands. ¿No cree que tenga relación alguna de parentesco con el ciego? ¿Nada dijo de eso? La vio solamente cuando dejó la señal, ¿verdad? ¿Le dijo dónde trabajaba? Ya veo… Muy bien. Muchísimas gracias. No le habría molestado a esta hora de no tratarse de un asunto de urgencia. Puedo asegurarle que agradecemos infinitamente su cooperación. Sí, el sargento Sellers, de la Sección de Homicidios. Iré a verle en cualquier momento que pase cerca de ahí. Mientras tanto, si ocurriese algo en el intervalo, le ruego que me lo comunique por teléfono. Muchas gracias de nuevo.
El sargento Sellers colgó el auricular, volvióse hacia Berta y la miró como si fuese la primera vez que la veía.
—¡Muy hábil y astuta! —comentó.
—No comprendo.
—Me pregunto, señora Cool, si esa llamada telefónica a su cargo que usted recibió esta tarde, no procedía de Redlands.
—Claro que no —afirmó Berta.
—Me perdonará si efectúo una pequeña investigación respecto a eso.
—Adelante. Investigue todo lo que se le ocurra.
—Me parece que no me entiende, señora Cool. Durante la investigación que voy a realizar, será necesario que usted se halle donde yo pueda encontrarla en cualquier momento.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Exactamente lo que digo.
—¿Va a ponerme vigilancia?
—¡Oh! Eso sería un gasto innecesario para la ciudad, señora Cool. No he pensado en nada semejante. Y además, eso la molestaría mucho.
—Bien… ¿qué quiso decir, entonces?
—Si usted sigue viajando de un lado a otro, trasladándose adonde se le antojara, nos causaría una serie de inconvenientes seguirle la pista; pero si permaneciera en algún sitio, no sería difícil ni mucho menos encontrarla.
—¿Se refiere a mi oficina?
—O a la mía.
—¿Qué se propone usted hacer? Vamos a ver.
—Bien… Pensé que si se quedara aquí algún tiempo, eso simplificaría de un modo considerable las cosas.
—Usted no puede mantenerme en custodia de esa manera.
—Cierto que no —dijo Sellers—. Soy el primero en admitirlo.
—¿Entonces? —dijo triunfalmente Berta.
—Un momento —advirtió el sargento, al ver que Berta se ponía en pie como para marcharse—. No puedo retenerla de esa manera, pero en cambio, puedo detenerla por haber entrado en esa casa esta noche. Eso es un delito.
—¡Pero si no me llevé nada!
—Todavía no estamos seguros de eso.
—¡Me han registrado!
—Pero usted puede haber ocultado cualquier cosa de la que se haya apoderado, o podría haber intentado cometer un delito. Creo que estoy facultado para detenerla a usted por cierto tiempo, bajo esa acusación y, al mismo tiempo, hay un par de cosillas que me agradaría poner en claro.
—¿A qué se refiere? —preguntó Berta, indignada.
—Bien… Por ejemplo, a la forma en que salió de su oficina esta tarde. Tomó un tranvía en la calle Siete. Bajó a la altura de Grand Avenue. Mis dos agentes secretos que la siguieron, pensaron que era un asunto fácil. Usted iba a pie, dependiendo, al parecer, de los tranvías y taxis. El hombre que guiaba el automóvil hizo bajar al detective que iba con él y dio la vuelta a la manzana para detener el coche en un lugar vacío que había visto al pasar, antes de que usted bajara del tranvía. Entonces apareció su automóvil, la recogió, y se la llevó con tanta limpieza y celeridad como las de los juegos de manos de los prestidigitadores.
El sargento Sellers apretó el botón del timbre para llamar a la matrona.
Cuando ésta llegó, le dijo:
—Señora Bell… La señora Cool va a quedarse con nosotros, por lo menos hasta mañana. ¿Quiere tener la bondad de ocuparse de que esté cómoda?
La sonrisa de la matrona fue amplia, maliciosa y triunfal.
—Será un verdadero placer, sargento —dijo, y volviéndose belicosamente hacia Berta, añadió—: Venga conmigo, querida…