EL sargento Sellers titubeó sólo un momento. Luego dijo «perdóneme», y apartó la linterna.
—¿De manera que este hombre se llama Bollman?
—Sí.
—¿Y cuánto hace que le conoce?
—Alrededor de… una semana.
—¡Ah, sí! —dijo el sargento—. ¿Y cuánto hace que conoce usted a Kosling?
—Seis o siete días.
—En otras palabras, conoce usted a Kosling y a Bollman desde hace poco más o menos el mismo tiempo.
—Sí.
—¿Qué relación tenían entre sí?
—Ninguna.
—¿Pero usted conoció a Bollman por el asunto que Kosling le dio para investigar?
—En forma indirecta.
—¿Y Bollman trató de beneficiarse de alguna manera?
—No en eso. En otra cosa.
—¿En qué?
—Nada que tenga que ver con Kosling, nada que pudiera explicar su muerte.
—¿De qué se trataba?
—No estoy segura de que vaya a decírselo.
—Creo que lo hará, señora Cool. ¿Qué era?
—Se relacionaba con un accidente de automóvil, un asunto en el que estoy trabajando, y no creo que mis clientes deseen que se haga pública ninguna información sobre ello en los momentos actuales.
—Usted no la hace pública. Simplemente me la comunica a mí.
—Lo sé, pero ustedes tienen una forma de hacer los informes que llegan a conocimiento de los periódicos.
—Esto es un caso de asesinato, señora Cool.
—Lo sé, pero lo que sé acerca de este individuo nada tiene que ver con su asesinato.
—¿Cómo puede saberlo?
—No se trataba de algo por lo que alguien pudiera asesinarle.
—Pero usted dijo que era un vividor y un chantajista.
—Sí.
—¿Qué motivos tiene para calificarlo así?
—Sus métodos.
—¿Qué había de malo en ellos?
—Todo.
—Muy bien —dijo el sargento Sellers—. Salgamos y hablaremos un rato en el automóvil. ¿Ésta es la dirección que Rodney Kosling le dio?
—Sí.
—¿Sabe usted algo que le haga pensar que este hombre, Bollman, vivía aquí?
—No.
—¿No sabe cuál era su domicilio?
—Por supuesto que no —replicó Berta Cool, llena de impaciencia—. ¿Por qué me hace todas estas preguntas? ¿Qué hay de la patente de conductor del hombre? ¿Y de su tarjeta de registro? ¿Qué hay de…?
—Eso —dijo el sargento Sellers— es precisamente lo que deseo poner en claro. Alguien le ha registrado para sacarle todo lo que pudiera ser un medio de identificación, o esta persona no llevaba otra cosa encima que algún dinero. Al parecer, no han tocado el dinero, que ha sido sacado de su cartera y vuelto a colocar apresuradamente en sus bolsillos. Usted no sabe nada de eso, ¿verdad, señora Cool?
—¿Qué podría saber?
—No lo sé —dijo Sellers—. Esto da pie para algunas conjeturas interesantes. El hecho de que el asesinato haya sido perpetrado con una trampa preparada con una escopeta indica que el asesino deseaba encontrarse lejos, estableciendo una buena coartada. Pero es evidente que después de la muerte del individuo, alguien le registró los bolsillos… a menos que el muerto hubiera ocultado todo lo que llevaba encima en alguna parte. No puede haber habido un margen de tiempo apreciable, y usted admite que estuvo aquí. Por consiguiente, le pregunto si sabe usted algo acerca de lo que contenían los bolsillos de la víctima.
—No, absolutamente nada.
—Bueno. Volvamos al automóvil. ¡A ver, muchachos! Tú, Charlie, quédate aquí y abre bien los ojos. Las instrucciones habituales… No permitas entrar a nadie sin debida autorización, hasta que los encargados de tomar impresiones digitales hayan cumplido su cometido; luego diremos algo a los periódicos y trasladaremos el cadáver. Muy bien, señora Cool. Venga usted ahora con nosotros un rato.
En el automóvil, Berta Cool contestó preguntas con monosílabos, o a veces con un obstinado silencio. Negóse firmemente a dar cualquier información en cuanto a sus relaciones con Jerry Bollman, o a los motivos por los que habíale calificado de vividor y chantajista.
Al cabo de cierto tiempo, el sargento se dio por vencido.
—No puedo obligarla a contestar mis preguntas, señora Cool —manifestó—, pero en cambio, un jurado podrá hacerlo.
—No lo creo. Tengo pleno derecho a considerar ciertas comunicaciones como estrictamente confidenciales.
—No en la forma en que usted lo juzga.
—Mi negocio es una agencia de investigaciones. Las personas vienen a mí para que realice averiguaciones por su cuenta. Si quisieran confiar sus asuntos a la Ley, irían en primer término a la policía.
—Muy bien —respondió Sellers—. Ya que piensa tanto en el porvenir de sus negocios, recuerde asimismo que la buena voluntad de la policía es algo de inapreciable valor para una agencia de detectives privados, y que la mala voluntad de la policía no le reportará la menor ganancia.
—Le he dicho ya absolutamente todo lo que sé para ayudarle a resolver el caso. Las cosas que me reservo son asuntos privados, que nada tienen que ver con todo este asunto.
—Preferiría que contestara usted todas mis preguntas y me permitiera juzgar lo que es pertinente y tiene alguna relación, y lo que no lo es y no la tiene.
—Lo sé —dijo Berta—, pero prefiero continuar llevando el asunto a mi manera.
El sargento Sellers se reclinó en el respaldo del asiento.
—Muy bien —dijo al chófer—. Llevaremos a la señora Cool a su casa. Telefonearé al departamento central, y daremos una orden general para que busquen a ese ciego. Es extraño que no esté en su casa. Indudablemente podría arrojar alguna luz sobre lo que ha ocurrido.
Berta Cool mantuvo un silencio discreto hasta que el sargento Sellers la dejó ante la puerta de su domicilio.
—Buenas noches —le dijo el sargento.
—Buenas noches —contestó Berta, como si mordiera las palabras, antes de dirigirse con aire de hostilidad manifiesta a la puerta de su casa. El automóvil policiaco se alejó.
Casi instantáneamente, Berta salió de la casa de apartamentos, caminó con rapidez hasta la farmacia de la esquina, pidió un taxi por teléfono, y una vez en su interior, dijo al chófer:
—Vamos a los Apartamentos Bluebonnet, en la calle Figueroa. No tengo tiempo que perder.
En los Apartamentos Bluebonnet, Berta Cool apretó resueltamente el botón del timbre de Josefina Dell, y con una sensación de alivio, oyó la voz de la joven en el auricular, que decía:
—¿Quién es, por favor?
—La señora Cool.
—Temo no disponer de tiempo para hablar con usted, señora Cool. Estoy preparando las maletas.
—Es preciso que hablemos inmediatamente.
—He conseguido un empleo y debo partir en avión. Yo…
—Hablaré mientras usted prepara sus cosas —dijo Berta—. Sólo le pido unos pocos minutos, y…
—¡Oh! Muy bien…
El zumbador eléctrico anunció que se podía entrar en la casa.
Berta Cool subió, y encontró a Josefina Dell en medio de esa confusión y desorden que se producen indefectiblemente cuando uno se apresta a marcharse definitivamente de un lugar.
En el centro de la habitación había un baúl, lleno hasta las dos terceras partes. Sobre la cama se veía una maleta ya atestada, y otras ropas, al parecer, las que se pondría la joven. En el suelo, junto a la cama, había una maleta pequeña, y una gran caja de cartón medio llena de diversos objetos y artículos diversos.
Josefina Dell, en pijama de seda azul, iba de un lado a otro.
—¡Hola! —dijo al ver a Berta—. Tengo que arreglarlo todo antes de medianoche. Voy a enviar a un depósito la mayor parte de mis cosas, y a dejar el apartamento. Nunca hubiera creído que esto me daría tanto trabajo. Dispondré lo restante de alguna manera, tomaré un baño, me vestiré, y a medianoche saldré en avión. No ha sido mi intención mostrarme brusca, pero si alguna vez ha tenido usted que mudarse de casa sin que nadie la ayudara, comprenderá exactamente cómo me siento.
—Lo sé muy bien —le aseguró Berta—, y sólo deseo que me dedique usted un minuto.
Miró a su alrededor, buscando una silla desocupada. Josefina Dell vio la mirada, rió nerviosamente, y dijo: «Perdóneme», y se apresuró a retirar algunas prendas de una silla colocada junto a la ventana.
—Voy a ir directamente al asunto —manifestó Berta—. ¿Le agradaría recibir quinientos dólares en efectivo?
—¿Y me lo pregunta?
—Estoy en condiciones de conseguírselos.
—¿Cómo?
—Todo lo que tiene que hacer es firmar un descargo y…
—¡Ah, eso!
—¿Qué tiene de particular? —inquirió Berta.
—Usted es la segunda.
—¿Debo entender que ha firmado ya algo?
—No.
—¿Quién fue el primero?
—Un testigo que presenció el accidente. Me buscó para decirme que, sin duda alguna, yo no había tenido la menor culpa de lo que ocurrió, y que era perfectamente factible cobrar de la Compañía de Seguros. Expresó que haría un contrato conmigo por el cual costearía todo el asunto enteramente por su cuenta y riesgo, y me daría el cincuenta por ciento de lo que percibiera, garantizándome que mi parte no sería inferior a quinientos dólares. Pensé que era un ofrecimiento muy generoso. ¿No le parece?
Berta Cool guardó silencio.
—Pero no me era posible hacerlo —añadió Josefina Dell—. Simplemente, no podía hacerlo. Le dije que había estado pensando sobre el asunto, y que era tanto culpa mía como del hombre que conducía el automóvil. Tal vez más mía que suya. Trató de convencerme de que eso no tenía importancia alguna, que la Compañía de Seguros quería poner término definitivo al asunto, y que todo lo que yo tenía que hacer era cooperar y cobrar el dinero con suma facilidad.
—¿Entonces… se negó?
—Me reí de él. Le dije que eso estaba fuera de la cuestión, que me parecía que robaba el dinero. El hombre que me atropelló era muy amable y simpático… y además, sólo gasté diez dólares, los que pagué al médico…
—¿Se enteró usted de cómo se llamaba el hombre que conducía el automóvil? —preguntó Berta.
—No. Ni siquiera anoté el número de su patente. Estaba tan aturdida y nerviosa, al principio, y luego…
En ese instante sonó el zumbador.
Josefina Dell exhaló un suspiro de exasperación.
—Supongo —dijo dominándose con dificultad— que será algún otro que pregunta por Myrna Jackson.
—¿Su compañera de apartamento? —inquirió Berta Cool—. Me agradaría mucho hablar con ella.
—Lo mismo ocurre con infinidad de personas.
—¿Dónde se encuentra actualmente esa joven?
—Sólo Dios lo sabe. No ha sido un arreglo muy satisfactorio para mí. Era amiga del señor Milbers, y él sugirió que ambas podíamos gastar menos compartiendo este apartamento. A mí no me hacía muy feliz la idea, pero usted puede imaginarse lo que sucede cuando el jefe hace una sugerencia. Bien… vino aquí. ¡Es una mujer imposible! Ayer le dejé una nota, comunicándole que el alquiler vencía mañana, lunes. Le dije que yo iba a marcharme esta noche y cuando me habló por teléfono… ¿sabe lo que me dijo?
—¿Qué? —preguntó Berta, mientras el timbre de la puerta sonaba de nuevo.
—Que había estado aquí esta tarde, y ya se había mudado. Vino aquí hace poco tiempo, y no tenía muchas cosas, pero resulta que hay una cuenta adicional de cinco dólares por limpieza del apartamento, y no dijo una sola palabra de pagar su parte. No pensé en eso cuando todavía era tiempo.
Josefina Dell acercóse al teléfono de la puerta y dijo:
—¿Quién es, por favor?
Y luego, con aire de fastidio:
—No, soy su compañera de apartamento. No sé dónde está. Se marchó esta tarde… se ha mudado. Yo también voy a mudarme. No, no puedo recibirle. Estoy embalando mis cosas, no estoy vestida, y tengo que partir en avión a medianoche. No me interesa que sea importante o no. No está aquí. No sé dónde está, y durante toda la noche no he hecho más que atender llamadas de personas que querían verla.
Josefina Dell colgó violentamente el auricular y volvió al centro de la habitación, contemplando la escena que la rodeaba con aire abatido.
—No puedo dejar de hacerme preguntas acerca de esa joven y de su vinculación con el señor Milbers —dijo—. ¡Oh! No es que piense mal… Nada de eso. Pero tengo una impresión muy definida de que no hacía otra cosa que espiarme. Hace dos semanas desapareció mi diario. Luego volvió a aparecer, en el sitio donde acostumbraba dejarlo, pero con algunas marcas. ¡Como si yo fuera tan tonta para pensar que había buscado mal! Es la única que puede haberlo sacado. Puedo imaginar que a muchachas de cierto tipo especial les agrade leer a hurtadillas las cosas de los demás. Pero ¿por qué lo cogió, y adónde lo llevó?
—¿Le preguntó usted algo?
—No. El daño ya estaba hecho. No podía probarle nada, de modo que decidí callarme y mudarme a otro apartamento. Uno más pequeño. Estoy aburrida y hastiada de vivir con compañera. Bien —dijo, cambiando de pronto el tema—. No se puede hacer más que meter lo que sobra en alguna parte. Me siento cansada y enferma de tanto elegir todas las benditas cosas que deseo llevarme. Ahí va todo eso.
Levantó montones de prendas plegadas y las arrojó sin orden alguno dentro del baúl y la caja de cartón.
—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó Berta Cool.
—No —respondió Josefina Dell, añadiendo luego, como un segundo pensamiento—: Gracias.
Su voz y sus ademanes indicaban que Berta podía ser de mayor ayuda saliendo de allí.
—¿Qué se propone hacer respecto al testamento? —inquirió Berta—. Quiero decir, acerca de prestar testimonio…
—¡Oh! Estaré a disposición de quienes me necesiten, cuando requieran mi presencia. Me han dicho que posiblemente deberé pasar una temporada en el trópico. Eso es distinto de una excursión de fin de semana. Tendré que arreglarme con una maleta. No puedo llevar un baúl, porque la mayor parte del viaje será por vía aérea. Parecía maravilloso cuando…
Berta Cool, mirando a Josefina Dell con aire reflexivo, manifestó:
—Hay algo que usted pueda hacer por mí.
—¿De qué se trata?
—Deseo saber algo acerca de Harlow Milbers, la forma en que se produjo su fallecimiento.
—Fue algo repentino… aunque hacía dos o tres días que no se sentía muy bien.
—¿Puede decirme algo más acerca de los síntomas?
—Sí, por supuesto… Comenzó a descomponerse poco más o menos una hora después de haber llegado a la oficina. Sentía un terrible dolor de cabeza, y de pronto empezó a vomitar. Le sugerí que se tendiera en el diván por un rato, para ver si de esa manera se sentía mejor. Pensé que se quedaba dormido, pero a los pocos minutos volvió a vomitar, y eso le despertó. Se quejaba de una sed devoradora y de gran sequedad en la boca y la garganta. Le dije que iba a llamar a un médico, pero me contestó que sería mejor que fuese a su casa, y que el médico le visitara allí. Entonces, llamé al doctor Clarge, y le dije que el señor Milbers estaba muy enfermo y que salía para su domicilio en un automóvil, rogándole que fuese allí inmediatamente para verle en cuanto llegara.
—¿Acompañó usted al señor Milbers?
—Sí.
—¿Qué sucedió luego?
—Durante el viaje en el automóvil continuó descompuesto. Tenía el estómago y los intestinos sumamente sensibles y doloridos. Cuando llegamos a la casa, tuvimos que ayudarle a bajar. El chófer sonreía. Se imaginaba que el pobre hombre había estado en alguna fiesta y se había embriagado.
—¿Qué hicieron ustedes?
—Le ayudé a entrar en la casa. La señora Cranning salió y ayudó también. El doctor Clarge no estaba cuando llegamos, pero vino a los pocos minutos, antes de que hubiésemos acostado al señor Milbers.
—¿Qué ocurrió entonces?
—El médico permaneció alrededor de media hora con él, y le dio una inyección, dejándole algunos medicamentos. El señor Milbers se sentía un poco mejor, aunque continuaba quejándose de una sed espantosa y decía que le dolía terriblemente el estómago. Sin embargo parecía haber mejorado algo, y quedó amodorrado.
—¿Y después?
—El doctor Clarge regresó a eso de las dieciséis. Le dio otra inyección y nos dijo que lo mejor sería que llamáramos a una enfermera o le lleváramos al hospital para que pasara la noche allí si no mejoraba. Dejó más medicamentos, con algunas instrucciones, y anunció que volvería a la mañana siguiente alrededor de las ocho si le era posible.
—¿Qué pasó entonces?
—El señor Milbers dejó de existir unos veinte minutos después de ausentarse el médico.
—¿Quién estaba en su habitación en ese momento? ¿Usted?
—No. Le acompañaba la señora Cranning. Yo había bajado para beber una copa de leche y comer un emparedado. Con todo lo ocurrido, estaba tan trastornada que no había comido nada. Nos imaginábamos que en realidad el señor Milbers estaba bien.
—¿Qué sucedió después del fallecimiento? ¿Avisaron al doctor Clarge?
—Naturalmente. El doctor Clarge llegó en seguida, pero no pudo hacer más que comprobar la muerte. Llamó al empresario de Pompas Fúnebres y nos indicó que lo notificásemos a Christopher Milbers. Yo envié el telegrama.
—¿Y entonces?
—Bien… con la excitación y con todas las cosas que había que hacer, era tarde cuando salí de allí. Tenía que volver a la oficina para cerrar la caja de hierro. Estaba muy nerviosa. Fue por eso, creo, que me atropelló el automóvil. No había desayunado, limitándome a beber una taza de café, y el vaso de leche y el emparedado era todo lo que había comido hasta esa hora. Ni siquiera había terminado el emparedado, porque la señora Cranning me llamó cuando estaba por la mitad.
—¿Cuál fue la opinión del médico en cuanto a la causa del fallecimiento?
—¡Oh!, usted sabe cómo son los doctores… Le espetan a uno una serie de términos científicos, y hablan con solemnidad, sin preocuparse de que sus oyentes les entiendan o no. No creo que el doctor Clarge tuviera la menor idea segura… Recuerdo solamente que empleó una cantidad de palabras raras, pero la única que puedo repetir es «gastroenteritis», que resultaba de una cosa u otra que terminaba con «itis».
—¿Nefritis? —insinuó Berta.
—No lo sé… Tal vez sí… Suena parecido. Pero afirmó que la causa primordial de la muerte era una perturbación gastrointestinal. Lo demás, como le digo, era un galimatías para mí, y creo que él mismo no sabía muy bien lo que decía.
—¿Dónde desayunó el señor Milbers? —inquirió Berta.
Josefina Dell la miró sorprendida.
—En casa, por supuesto… Es decir, supongo que lo hizo allí. Para eso tenía a su servicio a Nettie Cranning y Eva… —y añadió con énfasis—: con lo que les pagaba, hubiera tenido derecho a pedir que le atendieran a cuerpo de rey, en vez de tener que esperar las comidas, como ocurría con mucha frecuencia. Claro está que eso no es de mi incumbencia, y que yo he terminado con ellos. Pero me pone enferma pensar que les dejó casi todo lo que poseía.
—Y diez mil dólares a usted —observó Berta.
—Ya que se proponía dejarla mayor parte de sus bienes a personas que no eran de su familia, yo tenía perfecto derecho a esos diez mil dólares.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted con él?
—Casi dos años.
—Eso representaba cinco mil dólares anuales.
—Muy bien —exclamó Josefina Dell, con repentina y fría irritación—. Cinco mil dólares por año. Una compensación generosa, ¿verdad, señora Cool? Pero usted no sabe todas las cosas, y seguramente no se ha detenido a pensar que… ¡Oh! ¿De qué sirve esto ahora? ¿No me hará el señalado servicio de marcharse ahora y dejarme que termine de arreglar mis cosas?
—Ese individuo que se ofrecía de testigo —manifestó Berta—, ¿no se llamaba Bollman?
—Eso es. Jerry Bollman. Presenció el accidente, y presumo que trata de beneficiarse de alguna manera. Parece que se dedica a esa clase de actividades. Bueno… perdóneme, pero tengo que sacar algunas cosas de esta maleta.
—Jerry Bollman —anunció Berta— ha muerto.
La joven levantó las prendas que estaban en la parte de arriba de la maleta, las depositó en la cama y dijo:
—Vaya… lo cierto es que tendré que arreglarme con sólo otro par de zapatos.
Sacó un par de zapatos de la maleta, fue hacia el baúl y luego, bruscamente, volvióse, fijó la mirada en Berta y preguntó:
—Le ruego que me perdone… ¿Qué me dijo?
—Que Jerry Bollman ha muerto.
Josefina Dell sonrió.
—Temo que esté equivocada. Hablé con él ayer por la tarde y hace un par de horas volvió a llamarme. Ahora, veamos… Si pongo…
—Está muerto —afirmó Berta—. Fue asesinado hace cosa de una hora y media.
—¡Asesinado!
—Sí.
Un zapato cayó de las manos de Josefina Dell; luego el segundo.
—¡Asesinado! Hace una hora y media… ¿Cómo fue?
—No lo sé muy bien —dijo Berta—. Había ido a visitar a su amigo, el ciego. ¿Significa esto algo para usted?
—Sí, me parece que lo comprendo. Le dije al señor Bollman que tenía la impresión de que la luz de tránsito había cambiado cuando yo empezaba a cruzar la calzada. Entonces me comunicó que podía conseguir un testigo para que declarara que había oído el ruido del accidente, y que el sonido de los frenos se produjo antes de que se oyera el timbre de la señal. No lo comprendí en ese momento, pero ahora me doy cuenta de que el testigo podía ser el ciego. Es un encanto… siempre tan amable y alegre… Le envié un regalito. ¿Está segura de que el señor Bollman fue asesinado?
—Sí. Fue muerto cuando iba a visitar al ciego.
—Señora Cool… ¿está usted absolutamente segura?
—Por completo —afirmó Berta—. Yo misma descubrí el cadáver.
—¿Han apresado al autor del crimen?
—Todavía no.
—¿Se sabe quién es?
—No. Están buscando al ciego.
—¡Oh! —exclamó Josefina—. Ese hombre sería incapaz de hacer daño a una mosca. Está absolutamente fuera de la cuestión.
—Eso es lo que creo.
—¿Cómo descubrió el cadáver?
—Fui a visitar al ciego.
—Usted simpatizaba con él ¿no es cierto?
—Sí.
—También yo. Opino que es un hombre maravilloso. Debo hablar con él acerca de Myrna Jackson. La vi hablando con él la semana pasada. En realidad, es un crimen lo poco que sé de ella. Ese Bollman, ¿no cree usted…?, sé que no debería decir esto ahora que ha muerto, pero… ¿no cree usted…?
—Tiene perfecta razón —dijo Berta—. Me importa un rábano que haya muerto. Era un sinvergüenza y un bribón de siete suelas.
—Bueno… No tengo más remedio que arreglar mis cosas. Lo siento, señora Cool, pero ya le he dicho lo que pienso acerca del accidente, y aunque se quede usted aquí hasta medianoche, no cambiaré de opinión.
Lentamente, a disgusto, Berta Cool se puso en pie y encaminóse hacia la puerta.
—Muy bien —dijo—. Buenas noches, y que tenga suerte en su nuevo empleo.
—Gracias, señora Cool. Buenas noches, y que lo pase usted muy bien.