coolCap12

LOS sensibles oídos del ciego percibieron el sonido de los pasos de Berta Cool en medio de la barahúnda callejera. No volvió la cabeza hacia ella, pero una sonrisa suavizó sus facciones.

—¡Hola! —dijo—. Esperaba que usted viniese por aquí. Vea lo que tengo para mostrarle.

Abrió un saquito y extrajo una caja de música de madera a la que dio cuerda con un ligero chirrido. Abrió la tapa, y con notable afinación y dulzura, la caja dejó oír los melodiosos compases de «Campanillas de Escocia».

En el rostro del ciego apareció una expresión beatífica.

—Una vez le dije a esa muchacha que me agradaban estas antiguas cajas de música, y que en otro tiempo había tenido una que tocaba «Campanillas de Escocia». Apostaría que ésta le ha costado bastante cara. En la actualidad no son fáciles de encontrar, y las que se encuentran, no están en buenas condiciones. En ésta no falta una sola nota, y el tacto me dice cuán bien terminada y qué fina es esta caja. ¿No es maravilloso?

Berta Cool convino en que lo era.

—¿Se la envió Josefina Dell?

—Por supuesto. Me la trajo un mensajero, y dijo que ella le había dado instrucciones para que me dijera que me la enviaba un amigo. Pero yo sé muy bien quién es el amigo. Esto no es todo —añadió—. También me envió un ramo de flores.

—¡Flores!

—Sí.

Berta estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo a tiempo.

—Sí, comprendo —dijo Kosling—. Es un poco raro remitir flores a un ciego, pero de todos modos, puedo aspirar su fragancia. Opino que lo que ella deseaba principalmente era hacerme llegar la carta que mandó con ellas, y pensó que lo mejor era enviármela con unas flores. La caja de música es cara, y no habrá querido que yo supiera lo que había hecho por mí.

—¿Qué dice la carta? —inquirió Berta.

—La tengo aquí —repuso el ciego, sacándola del bolsillo.

La misiva decía:

Estimado amigo: Le agradezco muchísimo que se haya acordado de mí, y más todavía que haya gastado dinero para encargar a la señora Cool que me buscara. Le envío estas flores como un pequeño testimonio de aprecio y amistad.

JOSEFINA DELL.

Berta Cool adoptó bruscamente una decisión. Dijo al ciego:

—Usted podría prestarme un señalado servicio.

—¿De qué se trata?

—Permítame que me lleve esta carta.

—¡Oh! Es un recuerdo… No puedo leerla claro está, pero…

—Se la pido sólo por algún tiempo. Se la devolveré dentro de un día o dos, pero quisiera tenerla —aclaró Berta.

—Siendo así, no tengo inconveniente alguno… lo que sí le ruego es que me la devuelva lo antes posible. Puede llevármela a mi domicilio… avenida Fairmead mil seiscientos setenta y dos, siempre que eso no le presente una molestia.

—Así lo haré —prometió amablemente Berta.

Metió la nota en su bolso, y fue a ver a un perito en caligrafía, conocido suyo.

—Vea —le dijo—. No quiero que me tome por una boba, ni que saque una cantidad de fotografías, envolviendo su opinión en una alharaca de palabras confusas. Tengo aquí la fotocopia de un testamento. Uno de los testigos que presenciaron la firma del mismo es la señorita Josefina Dell. Aquí hay una nota firmada realmente por Josefina Dell. Sé perfectamente que ésta es su firma. Ahora bien, la firma que aparece en el testamento puede ser apócrifa. Quiero que usted me lo diga con exactitud. Examine además la primera parte de la segunda página. El lenguaje empleado parece distinto en cierto modo al del resto del documento.

El perito en caligrafía cogió la fotocopia y la estudió detenidamente, pensando en voz alta mientras lo hacía.

—¡Hummm! Todo a máquina… parece haber sido escrito en la misma máquina… Muy bien. La firma en la carta, con un espaciamiento entre las letras peculiar… Una forma desusada de hacer la D… Lo mismo en la firma del testamento. Si es una falsificación, es perfecta. Parece exactamente la misma… Preferiría tener el original en lugar de esta fotocopia.

—No me será posible conseguir el original. Tendrá que conformarse con esto.

—Muy bien. La llamaré a su oficina y le haré conocer los resultados. Le advierto que será solamente una opinión. Si tuviera que jurarlo…

—Lo sé —dijo Berta Cool—. Lo único que pretendo es que me dé su parecer, asegurándome que eso quedará entre los dos.

—De acuerdo.

—Llámeme a mi oficina dentro de una hora.

—Es demasiado pronto.

—No importa… llámeme de todos modos.

Volvió a su oficina, y a la hora recibía la llamada telefónica.

—Ambas firmas han sido escritas por la misma persona —dijo el perito.

Berta Cool reflexionó un instante.

—¿Está todavía ahí? —preguntó aquél.

—Sí.

—Como no la oía, pensé que hubiera cortado la comunicación.

—Estoy pensando —dijo Berta— si ese testamento es genuino. Tengo mis dudas.

—El testamento es auténtico —declaró él.

Berta Cool colgó el auricular.

Al cabo de unos segundos, apretó el timbre del zumbador de la oficina de Elsie Brand.

—Vamos a escribir una carta, Elsie —dijo Berta—. Para Donald Lam. Voy a referirle en detalle todo lo que ha ocurrido. Hay algo completamente absurdo en este asunto. Están lloviendo dólares, y en lugar de disponer de una canasta para recogerlos, lo único que he conseguido es un déficit neto de veinticinco «machacantes».

Berta Cool terminaba de dictar una extensa carta, cuando Christopher Milbers entró en la oficina.

—¡Hola! —dijo Berta—. ¿Cómo está usted? Pase, pase… —y a Elsie—: Cuide de que la carta salga esta misma noche, Elsie. Por vía aérea, con mención de entrega especial.

Elsie Brand asintió con una inclinación de cabeza, sentóse ante su escritorio, volvió las hojas de su bloc de taquigrafía, y convirtió el teclado de la máquina de escribir en un remachador automático.

Christopher Milbers se arrellanó en el sillón de los clientes, juntó las puntas de los dedos, y sonrió de modo beatífico a Berta Cool.

—He venido —manifestó— para arreglar nuestra cuenta.

—¿Quiere decir que se da por vencido? —preguntó Berta—. ¿Ha llegado a un convenio con ellos?

—¿Convenio? ¿Acerca de qué? —dijo Milbers enarcando las cejas.

—Acerca del testamento.

—Todavía no he resuelto en definitiva lo que haré respecto a ese asunto —dijo él.

—Bueno… ¿Por qué no aguarda por lo menos hasta que hayamos aclarado las cosas?

—De nada serviría —manifestó Milbers—. De todos modos, eso no afectará a su compensación. La empleé para que me ayudara a localizar los diez mil dólares que faltaban. Encontramos el testamento mientras nos dedicábamos a la busca, pero eso es lo que podríamos llamar un incidente accesorio.

—Sí, comprendo —dijo secamente Berta Cool.

—Creo —pronunció Milbers apretando tanto las manos que los dedos se arquearon— que ha dedicado algo menos de medio día al asunto. Sin embargo, deseo mostrarme generoso. Si usted no divide sus días, le abonaré un día entero.

Sonrió Berta con aire complaciente.

—Bien. Son cien dólares.

—¡Pero mi estimada señora Cool! ¡Eso es inconcebible, ridículo! Estoy al tanto de lo que cobran, poco más o menos, otras casas que se dedican a asuntos similares, y que determinan legalmente la tarifa básica razonable. Me sorprende usted sobremanera. No esperaba nada parecido. Había pensado que su compensación no excedería de diez dólares diarios, y había preparado una pequeña sorpresa para usted.

Extrajo del bolsillo un cheque a la orden de Berta Cool, por la cantidad de veinticinco dólares. Al dorso del documento, había una nota escrita a máquina: «Este cheque es ofrecido y aceptado como única compensación de cualquier reclamación que el que lo recibe pueda presentar al librador, de cualquier suerte, naturaleza y descripción, hasta la fecha inclusive del endoso de este cheque, y el que lo recibe, mediante el endoso del mismo, descarga al librador de cualquier otra reclamación, desde el comienzo del mundo hasta la fecha de dicho endoso».

—Hecho por un abogado —gruñó Berta tras haberlo leído de nuevo.

—Bien —dijo Milbers—, naturalmente, tuve que consultar con un abogado para la protección de mis intereses en relación con todo el asunto.

Berta sabía muy bien cuándo estaba derrotada. Suspiró, cogió el cheque, y dijo:

—Lo depositaré.

Milbers se puso de pie, hizo una reverencia y extendió la mano:

—He tenido un verdadero placer en conocerla, señora Cool.

Berta Cool apretó sus dedos regordetes en torno a la mano larga y delgada de Milbers.

—Lo mismo digo —manifestó, añadiendo luego con cierto despecho—: Tal vez en otra oportunidad tendremos más suerte.

Cuando Milbers hubo salido de la oficina, Berta se dirigió a Elsie, y tiró el cheque sobre el escritorio.

—Agrega una posdata a la carta de Donald. Dile que hasta el presente no he obtenido un solo centavo de beneficio en este condenado asunto. Pagué veinticinco dólares, y percibí veinticinco dólares. Y gracias todavía que no he perdido dinero.