coolCap10

EL hombre alto y muy bien trajeado que hablaba en el tono suave y la voz bien modulada de un universitario, aproximóse al escritorio de Elsie Brand.

La cartera que llevaba en la mano derecha era una obra de arte, de cuero negro y reluciente bronce. La mano que apoyó ligeramente en el extremo del escritorio de Elsie Brand era suave, bien cuidada, con las uñas muy bien cortadas y brillantes.

—¿La señora Cool? —inquirió con la inflexión de voz más correcta.

—No ha llegado aún.

El hombre miró su reloj de pulsera no como si le interesara comprobar la hora para sí mismo, sino como si quisiera hacer un sutil reproche a Berta Cool por su tardanza.

—Son las nueve y quince —expresó.

—A veces la señora Cool no llega antes de las diez o las diez y treinta —dijo Elsie Brand.

—¿De veras?

Como la joven no respondiera en forma alguna a este comentario, el visitante añadió:

—Represento a la Compañía Intermutual de Indemnizaciones. La señora Cool, según tengo entendido, ha insertado un anuncio en los periódicos solicitando informaciones acerca de cierto accidente automovilístico.

Elsie Brand le miró con fijeza y repuso:

—No podría decírselo.

—¿Quiere decir que no está enterada? —inquirió el visitante con acento de cortés sorpresa.

—Quiero decir que no podría decírselo. Estoy en esta oficina para atender la correspondencia. La señora Cool se halla a cargo de la sección de informaciones. Yo…

En ese instante se abrió la puerta.

Berta Cool al entrar en la habitación con paso rápido preguntó:

—¿Hay alguna noticia de Donald, Elsie? —Antes de que su vista se fijara en el visitante.

—Todavía no —respondió Elsie Brand.

El hombre alto avanzó hacia Berta Cool.

—¿La señora Cool, presumo?

Berta, enérgica y resuelta, miró los ojos lánguidos del visitante, y dijo:

—Soy yo. Puede presumir todo lo que quiera.

El hombre enrojeció ligeramente.

—No quería decir eso, señora. Empleaba meramente una expresión que me es familiar. Represento a la Compañía Intermutual de Indemnizaciones.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Berta.

—P. L. Fosdick —respondió el visitante, haciendo rodar el nombre sobre la lengua como si recitara algo muy agradable. Su mano muy bien cuidada se introdujo en el bolsillo de su chaleco y extrajo un tarjetero que se abrió automáticamente, presentando una tarjeta. Con una pequeña reverencia, Fosdick entregó la tarjeta a Berta Cool.

Ésta la cogió, examinándola con curiosidad, frotó la uña del pulgar por las letras en relieve con un gesto de rápido cálculo financiero, y dijo:

—Muy bien. ¿Qué desea?

Fosdick contestó:

—Usted investiga un caso de accidente automovilístico, señora Cool. Ha insertado un anuncio por el cual pide testigos del mismo. Como es natural, mi compañía observa esa actividad con cierta preocupación.

—¿Por qué?

—Porque esas actividades dan la impresión de que usted se apresta a entablar un juicio.

—¿Y qué? —preguntó agresivamente Berta, con toda su personalidad cuadrangular irritada por las suaves maneras de aquel individuo afectado y lleno de remilgos—. ¿Tiene algo que objetar? Tengo pleno derecho para iniciar un juicio si se me antoja, ¿verdad?

—Sí, sí, señora Cool. Le ruego que no interprete mal mis palabras. No se ofusque… no es necesario.

Berta no quiso invitarle a pasar a su despacho. Quedóse allí, contemplándole con ojos agresivos.

La puerta del corredor se abrió y volvió a cerrarse.

Elsie Brand tosió significativamente.

Berta no se volvió para ver quién había entrado.

Con el tono de una persona que trata de ser deliberadamente impresionante, Fosdick manifestó:

—Tal vez no sea necesario iniciar un juicio, señora Cool. Es muy posible que la Compañía Intermutual de Indemnizaciones, que asegura al conductor del automóvil involucrado, aceptara la responsabilidad, admitiera la culpabilidad, e hiciera un arreglo adecuado.

Elsie Brand tosió de nuevo. Al ver que Berta no se volvía, dijo:

—La señora Cool está ocupada en este momento. ¿No le sería posible volver un poco más tarde?

El tono de la voz de Elsie Brand hizo girar sobre sus talones a Berta.

El individuo indolente y apático que había acudido por el anuncio, ofreciéndose como testigo y que se había negado rotundamente a dar su nombre, contemplaba sonriente la escena.

—Pase a mi despacho —dijo Berta a Fosdick, y dirigiéndose al testigo, añadió: Mucho me temo que hoy no me sea posible hacer nada por usted.

—Aguardaré de todos modos —contestó el otro sonriendo, y sentándose cómodamente en una de las sillas.

—Le digo que nada tendré para usted.

—Muy bien. Esperaré.

—No tengo el menor interés.

—Muy, bien, señora Cool. Muy bien, muy bien.

Cogió una revista de la mesa, la abrió al azar, y al parecer, se interesó instantáneamente en lo que decía aquella página.

Fosdick adelantóse galantemente para abrir la puerta del despacho privado de Berta Cool, y luego, inclinándose con refinada cortesía, se hizo a un lado para dejar libre paso.

Después de entrar en el despacho, Berta observó cómo el visitante cerraba la puerta y se quedaba de pie junto al sillón situado junto a la ventana, esperando ostensiblemente que Berta Cool tomara asiento.

La cólera que la embargaba hizo que permaneciera de pie varios segundos innecesarios antes de sentarse en las profundidades del sillón giratorio.

—Comprenderá usted, por supuesto —manifestó suavemente Fosdick—, que la Compañía Intermutual de Indemnizaciones no admite culpabilidad alguna. Iniciamos solamente una discusión preliminar con miras al arreglo satisfactorio de un asunto que, eventualmente, puede motivar un juicio. Sabrá asimismo que hay jurisprudencia sentada por la Corte Suprema al efecto de que ninguna declaración efectuada en estas circunstancias es admisible como prueba de cargo, ya que la ley tiende a propugnar y estimular los acuerdos privados de los casos litigiosos cuando quiera que esto sea posible.

Berta Cool nada dijo.

—Ahora bien —prosiguió Fosdick, tan melosamente como jarabe que corre por una suave pendiente—, en todo momento tratamos de ser justos, señora Cool. Muchas personas consideran que una Compañía de Seguros es una institución despiadada, sin alma, que tiene por única finalidad cobrar la mayor cantidad posible de primas y pagar lo menos que pueda a los damnificados. La Compañía Intermutual de Indemnizaciones procura siempre ser generosa y equitativa. Cuando nuestro cliente es responsable, hacemos todos los esfuerzos posibles e imaginables para lograr un arreglo a satisfacción del interesado, sin tener en cuenta el importe de las extorsiones que ello signifique para la Intermutual.

Fosdick alzó la cartera que tenía sobre las rodillas, la abrió y extrajo un fajo de papeles, haciendo ver a Berta Cool las variadas expresiones de su semblante mientras sus dedos bien «manicurados» volvían las hojas: un levantamiento de cejas con interés, un pequeño mohín de escéptica sorpresa, la contracción de semblante de quien se conduele de la penas y sufrimientos ajenos.

—Bien. Adelante, y diga lo que tenga que decir —dijo Berta impaciente.

Fosdick levantó la vista.

—Señora Cool —manifestó—, si consigue usted un descargo en debida forma, firmado por la persona damnificada, la Compañía de Seguros aceptará abonar la suma de mil dólares contantes y sonantes, en efectivo.

—¡Qué buenos son ustedes para mí! —murmuró sarcásticamente Berta.

—Por supuesto —añadió cautelosamente Fosdick—, parece ser que los daños sufridos por la persona accidentada no fueron graves. Es evidente que la persona a la que usted representa debió cruzar la calzada sin tener debidamente en cuenta las condiciones del tránsito. Hasta es posible que lo haya hecho cuando había una luz roja. En el tribunal se plantearía una defensa basada en negligencia cooperante, y es probable que la misma fuese aceptada. Sin embargo, la Compañía Intermutual de Indemnizaciones tiene siempre por norma invariable de conducta conceder el beneficio de la duda a cualquier persona que haya sido embestida por un automóvil guiado por uno de sus asegurados, hasta el momento en que esa persona inicia un juicio por daños y perjuicios. Una vez que el juicio se ha iniciado, nos mostramos inflexibles e inexorables. Raras veces perdemos un juicio. Una vez en los tribunales, no pedimos ni damos cuartel. En estas circunstancias, señora Cool, prescindiendo del hecho que los daños parecen haber sido puramente nominales, la Compañía de Seguros, por mi intermedio, le hace llegar este ofrecimiento: mil dólares cantantes y sonantes, en efectivo.

Fosdick puso en orden los papeles, volvió a colocarlos cuidadosamente en la cartera, hizo funcionar el cierre automático, insertó las correas en las hebillas de bronce, ajustándolas minuciosamente, y se puso de pie. Su expresión era la de quien ha hecho algo muy noble y hermoso, y espera ser felicitado y aplaudido.

—Mil dólares no son nada para lo que esa mujer ha sufrido —dijo Berta Cool.

—Mil dólares —proclamó Fosdick— constituyen un ofrecimiento muy generoso para llegar a un arreglo.

Saludó con una inclinación de cabeza, abrió la puerta, y deteniéndose en la oficina exterior, declaró:

—Tenga en cuenta que no sólo es nuestro primer ofrecimiento, sino también el último. La Compañía Intermutual de Indemnizaciones no lo mejorará en un solo centavo.

La irritación de Berta no le permitió contenerse por más tiempo.

—¡Muy bien! ¡Haga todos los condenados ofrecimientos que se le ocurran… pero no necesita ser tan estúpidamente erudito y pedante!

Cerró con violencia la puerta de su despacho y volvió a sentarse en el sillón giratorio, temblando de rabia. De pronto, recordó al otro visitante que aguardaba. Se puso de pie, fue hacia la puerta y la abrió, justo a tiempo para ver que la puerta que daba al pasillo se cerraba de un golpe.

—¿Dónde está «Párpados Caídos»? —preguntó a Elsie Brand, adelantándose hacia la silla en la que había estado sentado el individuo.

—Salió detrás del representante de la Compañía de Seguros —contestó la mecanógrafa.

El rostro de Berta se ensombreció, como si comprendiera el significado de aquel movimiento.

—¡Maldita sea su alma deshidratada! —exclamó rencorosamente—. ¡El canalla! ¡Chantajista del infierno! ¡Ya le ajustaré las cuentas! Voy a ir a ver a Josefina Dell para arreglar el asunto, antes de que ese condenado bribón pueda meter las narices.

Cogió su sombrero, se lo plantó firmemente sobre sus cabellos grises, y marchaba hacia la puerta cuando ésta se abrió. Un mensajero uniformado se detuvo en el umbral, con un grueso sobre en la mano.

—Telegrama para Berta Cool —anunció—, pagadero en destino.

—¿De quién es? —inquirió Berta.

El mensajero consultó su memorándum.

—De Donald Lam, y ha sido enviado desde San Francisco.

Berta le arrebató el sobre de la mano y señalando con un movimiento de cabeza a Elsie Brand, dijo al mensajero:

—Cóbrale a la señorita. Dele el dinero de la caja chica, Elsie.

Berta Cool fue rápidamente a su despacho y rompió el sobre. El telegrama que el mismo contenía decía lo siguiente:

Recibí carta, también fotocopia testamento. Llámole atención sobre marcado cambio en estilo literario entre ciertas partes testamento. Primera página indica expresión inconfundible de individualidad positiva. Segunda página contiene algunos conceptos indudablemente copiados de algún otro documento, pero lenguaje utilizado en relación con legados a Dell, Cranning y Hanberry es forma de expresión persona cierto modo poco ilustrada emplearía para tratar disponer sus bienes. Lo mismo refiérese toda cláusula instituye albacea testamentaria. Estas partes no concuerdan con articulada y fácil redacción que caracteriza expresiones en conjunto documento. Averigüe posibilidad háyase recurrido borratintas especial para alterar parte testamento insertando términos modificados. Recuerdos y afectuosos saludos.

DONALD LAM.

Berta Cool quedóse mirando el telegrama, mientras decía entre dientes:

—¡Que me aspen! ¡Qué cuervo avispado!

La puerta se abrió, y Elsie Brand, asomando la cabeza, preguntó:

—¿Hay respuesta?

—Sí —exclamó indignada Berta Cool—. Envíe una carta a Donald Lam a esa dirección en San Francisco. Pregúntale qué diablos se propone al agregar todas esas palabras innecesarias de recuerdos afectuosos saludos cuando envía un telegrama pagadero a su destino.