/ / Language: Español / Genre:thriller

Ladrón De Almas

Yrsa Sigurðardóttir

Jónas, el propietario de un moderno complejo hotelero especializado en terapias alternativas, acude a Þóra, una ahogada de Reykiavik, para que investigue una serie de sucesos relacionados con lo sobrenatural, pero el mismo día de su llegada a Snæfellsnes encuentran el cadáver de Birna, la arquitecto a la que Jónas había encargado la construcción de un ala del hotel.

Yrsa Sigurðardóttir

Ladrón De Almas

Þóra y Matthew, 2

© 2006, Yrsa Sigurðardóttir

© Título original: Sér grefur gröf

© 2006, de la traducción: Enrique Bernárdez

Febrero, 1945

La niña notó cómo el frío le iba subiendo por la pierna y serpenteaba por su espalda. Intentó acomodarse en el asiento delantero para poder mirar mejor hacia el exterior. Se concentró en escudriñar el blanco paisaje nevado pero no distinguió ser vivo alguno. Hace demasiado frío fuera, pensó, con ganas de salir del coche y volver a entrar en casa. Pero, al mismo tiempo, no se atrevía a decir nada. Una lágrima se deslizó por su mejilla mientras el hombre que estaba sentado a su lado se esforzaba por poner el coche en marcha. Ella apretó los labios y apartó los ojos de él, para que no viera la lágrima. Se enfadaría mucho. Miró la casa junto al coche e intentó encontrar con los ojos a la otra chica, pero el único ser vivo que se veía era Snúður, el perro. Estaba acostado, durmiendo, en las escaleras de la puerta de la calle. Se puso en pie de repente y la miró fijamente. Ella le dirigió una débil sonrisa. El perro volvió a tumbarse y cerró los ojos.

El coche se puso en marcha con una sacudida, y el hombre se irguió en su asiento.

– Ya era hora -dijo con una voz profunda y áspera, y abandonó el lugar en el que estaba aparcado. Miró un instante a la niña, que se había vuelto de espaldas-. Bueno, vamos a hacer un viajecito. -La niña se vio zarandeada en su asiento cuando abandonaron el abrupto y desolado camino que conducía a la casa-. Procura sentarte bien -le advirtió el hombre sin mirarla.

El coche alcanzó por fin la carretera. Ambos guardaron silencio durante un buen rato. La pequeña iba mirando por la ventana con la esperanza de ver algún caballo, pero por todas partes reinaba un idéntico vacío. De pronto, su corazón dio un brinco al darse cuenta de lo que pasaba.

– ¿Vamos a mi casa? -preguntó con un hilo de voz y los ojos muy abiertos.

– Podríamos decir que sí.

La niña se estiró más para observar mejor el paisaje que se deslizaba ante sus ojos. Por delante estaba el terreno conocido, a lo lejos se veía el promontorio rocoso que su madre decía que era una ogresa convertida en piedra. Se inclinó hacia delante, para ver mejor. Encima de una diminuta colina apareció un coche que se dirigía hacia ellos. El hombre se acomodó en el asiento y le ordenó que se agachara. Lo hizo sin vacilar, pues ya estaba habituada a esconderse. Sin duda el hombre pensaba lo mismo que solía decir el abuelo, que el ejército no había traído nada bueno. Su madre le había dicho en voz baja que los militares eran unos hombres normales, lo mismo que el abuelo. Sólo que más jóvenes. Y más guapos. «Como tú». La niña recordaba la bonita sonrisa que le había dirigido su madre al decirlo.

La chiquilla oyó el ruido del otro coche al aproximarse, que fue aumentando progresivamente hasta que los dos vehículos se cruzaron, y luego disminuyó a medida que se alejaba de nuevo. Volvió a acomodarse en el asiento.

– Puedes sentarte recta -dijo el conductor, y ella se irguió-. ¿Sabes cuántos años tienes?

– Cuatro -respondió ella, esforzándose por vocalizar bien, como le había enseñado su abuelo.

El hombre rezongó algo.

– Estás bastante enclenque para tener cuatro años. -La niña no comprendió la palabra pero pudo percibir que no debía de ser nada bueno. No respondió. Silencio-. ¿Quieres volver a ver a tu mamá?

La chiquilla abrió mucho los ojos y miró al hombre. ¿Iban a ver a su madre? Aquella idea la hizo sentirse mejor. Asintió enérgicamente con la cabeza.

– Ya me lo imaginaba -replicó el hombre, con la mirada fija en la carretera-. La verás más tarde.

La niña ya no sentía el frío en los muslos. Ahora todo volvería a ir bien. Torcieron por un camino que ella conocía perfectamente. Vio su granja y sonrió por primera vez en mucho tiempo. El coche se fue acercando lentamente hasta detenerse. La niña miró encantada hacia la imponente casona. Había algo que parecía solitario y triste. No había luces ni salía humo por la chimenea.

– ¿Está mamá aquí? -preguntó extrañada. Notó algo raro desde que había visto a su madre acostada en la cama del dormitorio en casa del hombre. Enferma. Igual que había pasado con el abuelo. Estaba enferma, y nadie parecía querer ayudarla, sólo ella. A lo mejor su madre había vuelto a casa, la noche en que desapareció de la cama. ¿Pero por qué la había dejado con aquel hombre? Ella no podía haber hecho algo así.

– Tu mamá no está aquí, exactamente. Pero la verás. Podréis estar juntas todo el tiempo. -En sus labios apareció una media sonrisa que hizo desaparecer la alegría de la pequeña, que ni siquiera se atrevió a preguntar. El hombre abrió la portezuela del coche y salió. Pasó por delante del morro del coche y le abrió la otra puerta-. Ven. Tienes que hacer un viajecito antes de poder ver a tu madre. -La niña salió del coche con mucho cuidado. Miró a su alrededor con la esperanza de ver a alguien, o algo, que pudiera confortarla, pero no encontró nada.

El hombre se inclinó y tomó la mano de la niña, cubierta con unas manoplas.

– Ven, voy a enseñarte una cosa.

La agarró de la mano, de modo que la niña tuvo que correr para seguirle el paso. Se dirigieron a la parte trasera de la casa, hacia los establos, de donde surgía un hedor horrible, que iba aumentando a medida que se acercaban a la vaquería. La chiquilla tenía ganas de taparse la nariz con la mano, pero no se atrevió. El hombre hizo una mueca que indicaba con toda claridad que también él notaba aquella pestilencia. Cuando llegaron a la puerta del establo, el hombre dio un rodeo al edificio para mirar por una ventana. La niña era demasiado pequeña para imitarle. El hombre se apartó del establo y se cubrió la boca con la mano. La chiquilla esperaba que no les hubiera pasado nada malo a las vacas. Se dio cuenta de que no se oía ruido alguno en el establo. Probablemente estarían durmiendo. El hombre se la llevó otra vez, a rastras.

– Qué asquerosidad -dijo. Se alejaron un trecho del establo hasta que el hombre se detuvo y miró la capa de nieve. Aflojó su presión sobre la mano de la niña-. ¿Dónde demonios estaba? -farfulló, irritado, arañando la nieve con los zapatos.

La niña permaneció inmóvil mientras el hombre seguía excavando a su alrededor. Ya no se sentía contenta. Mamá no estaba allí. No podía estar debajo de la nieve. Estaba enferma. Hizo un puchero y le preguntó al hombre a media voz:

– ¿Dónde está mamá?

– Está con Dios -respondió él sin dejar de escarbar.

– ¿Con Dios? -preguntó Kristín, aturdida-. ¿Y qué está haciendo allí?

El hombre dejó escapar un gruñido.

– Está muerta. Cuando uno se muere se va con Dios.

La niña no sabía lo que significaba aquello. Nunca había visto a nadie que estuviera muerto.

– Dios es bueno, ¿verdad? -No estaba segura de por qué le preguntaba aquello al hombre. Sabía perfectamente la respuesta. Su mamá y su abuelo se lo habían dicho muchas veces. Dios era bueno. Buenísimo-. ¿Volverá después de estar en casa de Dios? -preguntó esperanzada.

El hombre soltó un grito de alegría y dejó de escarbar.

– Aquí está. Por fin. -Se inclinó y se puso a quitar la nieve del suelo con sus manos enguantadas-. No, nadie vuelve de la casa de Dios. Tendrás que ir tú también si quieres ver a tu madre.

La niña se puso rígida. ¿Qué quería decir? Observó cómo el hombre despejaba la trampilla de hierro que estaba en medio del patio, donde su madre le tenía prohibido jugar. ¿Estaría Dios allí abajo?

El hombre se estiró antes de inclinarse hacia el suelo y abrir el pesado portillo. Echó una mirada a la niña y sonrió de nuevo. Ella habría preferido que no lo hiciera. Le hizo señas para que se acercara. Vacilante, la pequeña se dirigió hacia él, y hacia el gran agujero negro que había aparecido debajo de la trampilla.

– ¿Ahí abajo está Dios con mamá? -preguntó con voz temblorosa.

El hombre seguía sonriendo.

– No, no está ahí, pero luego vendrá a buscarte. Ven. -Aferró a la niña por sus delgados hombros y la empujó hasta el borde del agujero-. Qué bien que estés bautizada. Dios no da la bienvenida a los que no lo están. Pero esperemos que Él se acuerde de ti, por si no puede mirar tu nombre en el registro de la iglesia. -La sonrisa del hombre se hizo aún más fría-. Quizá sea mejor asegurarse bien, así que vamos a repetir la ceremonia para mayor seguridad. No quiero que Dios se niegue a llevarte con él. -El hombre rió en voz baja.

La niña no comprendía a qué se refería y siguió con la mirada clavada en aquel hoyo misterioso, como hipnotizada. Su madre nunca bajaría a un agujero como aquél. Oyó al hombre murmurar algo confuso sobre un «bautismo abreviado», pero no levantó la mirada hasta que él se dirigió a ella, puso una mano llena de nieve sobre su frente, cerró los ojos y dijo:

– Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El hombre abrió los ojos y miró fijamente a la niña. Aunque a ella le dolía terriblemente la frente a causa del frío, más daño aún le hizo aquella mirada. Apartó los ojos y metió las manos en los bolsillos de su chaquetón. Estaba helada y las manoplas no servían de mucho ante aquel viento gélido. Notó que había algo en el bolsillo derecho y recordó el sobre. La dominó una gran preocupación que suavizó por un momento el miedo a aquel hombre. Había prometido a su madre que se encargaría del sobre y ahora, seguramente, no iba a poder cumplir aquella promesa. Era lo último de lo que habían hablado, y la niña recordaba bien cuánto había recalcado aquello su madre. Sintió que una lágrima descendía por una de sus mejillas. No podía dejar que el hombre se apoderara del sobre, porque mamá le había dicho muy clarito que no eso no podía ocurrir. La chiquilla se mordió el labio inferior sin saber si decir algo o callar. Volvió a cerrar los ojos con fuerza deseando no estar allí, sino acostada al lado de su madre, y que todo fuera como antes. Luego abrió los ojos y allí seguían los dos, ella y el hombre. La desesperación se adueñó de ella y lloró sin ruido, dejando que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas hasta el cuello de su jersey.

El hombre la agarró por los hombros.

– Ahora, Dios te llevará con él. ¿Sabes alguna oración? -La niña asintió intranquila-. Estupendo. -Miró al agujero-. Ahora te meteré ahí abajo y Dios vendrá a buscarte dentro de un rato. Será mejor que vayas diciendo tus oraciones hasta que llegue. Tendrás frío, pero te dormirás tranquilamente y antes de que te des cuenta estarás con tu madre en el cielo.

La pequeña dejó escapar un sollozo, aunque se esforzó todo cuanto pudo por evitarlo. Aquello no estaba bien. ¿Por qué no podía ir a buscarla Dios ahora mismo, si era tan bueno? ¿Por qué tenía que bajar a aquel agujero tan negro? Le daba miedo la oscuridad y aquel agujero era malo. Se lo había dicho su madre. Miró al hombre y supo que tendría que bajar allí, quisiera o no. No podía moverse. El hombre la tomó en brazos y la levantó en el aire, bajándola al agujero. La criatura giró la cabeza para ver la granja por última vez, y vio, extrañada, la ventana de la buhardilla, que estaba justo enfrente. Había alguien allí, mirando. La ventana estaba demasiado sucia y demasiado lejos para poder reconocer quién era. Cuando estuvo dentro del agujero ya no pudo ver nada, e intentó no dejarse dominar por el pánico. Dios era bueno. Lo que había en la ventana no era un fantasma. Dios era bueno. Y el callado y lastimero gemido que se oyó de pronto en el fondo del agujero no era el de los niños muertos. Dios era bueno. Lo había dicho mamá.

Hacía mucho más frío dentro del agujero que fuera. La niña intentó sentarse pero el suelo estaba más helado que el asiento del coche. Se envolvió en sus propios brazos. La trampilla volvió a rechinar y antes de que se cerrara, la niña oyó al hombre decir:

– Que te vaya bien. Dale recuerdos a tu mamá. Y a Dios. Reza muchas oraciones.

Todo se volvió negro. La niña intentó respirar, pero le resultó difícil por los sollozos. Lo peor era que no podría entregar nunca el sobre. Apretó otra vez los ojos porque se sentía más tranquila imaginándose que había luz. Quizá viniera alguien a buscarla, seguramente la persona de la ventana la salvaría. Ojalá, ojalá, ojalá. No quería seguir allí más tiempo. Apretó las manos:

Cierro mis ojos, confiada

que siempre será guardada

mi vida por Tu Gracia.

Mas si quieres llevarme contigo,

que tu ángel sea mi amigo

para proteger mi infancia.

MARTES 6 de junio de 2006

Capítulo 1

Bocacarta -corrigió Þóra [1], con una sonrisa cortés-. En el reglamento se denomina bocacarta. -Señaló la hoja impresa que tenía delante de ella sobre el escritorio, y le dio la vuelta para que el texto apuntase al matrimonio sentado al otro lado de la mesa. Sus arrugas se hicieron más profundas y Þóra se apresuró a continuar antes de que el hombre plantease más objeciones-. Cuando la norma número 505/1997 sobre el servicio de correos fue derogada por la norma número 364/2003 sobre servicio y prestación del servicio de correos, se anuló la parte del artículo 12.° que trataba de buzones de correos y bocacartas.

– ¡Vaya! -exclamó el hombre con una mirada triunfante a su mujer-. Es lo que yo decía. No pueden dejar de traernos el correo. -Se volvió hacia Þóra, se irguió y cruzó las manos.

Þóra carraspeó un poco.

– Desgraciadamente, no es tan sencillo. El nuevo reglamento hace referencia a la normativa de construcción en todo lo relativo a las bocacartas y su ubicación. De acuerdo con dicha normativa, las bocacartas tienen que estar colocadas de modo que la distancia de la parte inferior del marco de la boca hasta el suelo no sea inferior a 1.000 milímetros, ni superior a 1.200 milímetros. -Þóra hizo una brevísima pausa en sus explicaciones para tomar aire, pero tenía que hablar rápido antes de que el hombre la interrumpiera-. En la ley n° 12/2002 sobre el servicio de correos dice también que los carteros están autorizados a devolver los envíos postales si una bocacarta no está construida conforme al reglamento.

No pudo continuar, porque el hombre ya estaba furioso otra vez.

– ¿Me está diciendo que ya no me van a traer el correo y que lo único que me queda es el derecho al pataleo ante esa normativa absurda? -bufó teatralmente, agitando las manos como si estuviera defendiéndose de las acometidas de invisibles chupatintas.

Þóra se encogió de hombros.

– Naturalmente, puede poner más alta la abertura.

El hombre la miró con ojos asesinos.

– Tenía la esperanza de que usted me fuera de más utilidad, especialmente porque me prometió tener bien estudiado el asunto cuando llegáramos.

En lugar de agarrar el reglamento y tirárselo al hombre a su rostro enrojecido, Þóra se contentó con apretar los dientes.

– Y lo he hecho -afirmó con tranquilidad y una sonrisa artificial.

Había esperado que la pareja se hubiese quedado asombrada ante la minuciosidad con que había estudiado el asunto y de lo bien que sabía recitar los números de los artículos. También habría podido decirse a sí misma que aquél era uno de esos casos fastidiosos en los que no hay nada que sacar. La excitación palpable en la voz del hombre cuando había llamado al bufete dos días atrás tendría que haberle servido de campanilla de advertencia. Casi sin dejarla hablar, había solicitado asesoramiento legal para un pleito que tenían su mujer y él con el cartero y el servicio de correos. Acababan de trasladarse a una casa unifamiliar que se habían hecho traer enterita desde América, hasta la última tabla… incluyendo, entre otras cosas, una puerta exterior con una bocacarta no reglamentaria. Un día, la mujer llegó a casa y se encontró en la puerta de la calle una nota manuscrita que decía que no volverían a traerles el correo, pues la abertura estaba demasiado baja. A partir de entonces, tendrían que ir a la estafeta a recoger su correo.

– Lo único que puedo aconsejarle es que lo más adecuado será cambiar la posición. Un litigio contra el Servicio de Correos de Islandia sólo servirá para acarrearle más gastos. Tampoco le recomiendo que se meta en pleitos contra el supervisor de construcciones.

– También cuesta dinero cambiar una puerta, la bocacarta no se puede mover. Ya se lo dije. -El hombre y la mujer se miraron, triunfantes.

– Una puerta cuesta menos que un pleito, de eso no hay duda. -Þóra alcanzó la última carpeta del montón que había preparado antes de reunirse con la pareja-. Aquí hay una carta que he escrito en su nombre. -Marido y mujer echaron mano hacia el papel al mismo tiempo, pero el hombre llegó primero-. La oficina de correos o el cartero no actuaron correctamente. Tendrían que haberle enviado a usted, mejor dicho, tendrían que haberles enviado a ustedes dos, una carta certificada con la notificación de que la bocacarta estaba a una altura ilegal, y les tendrían que haber dado un plazo para realizar las modificaciones necesarias. La suspensión del servicio no podría producirse hasta que hubiera transcurrido el plazo.

– Una carta certificada -chilló la mujer-. ¿Cómo van a entregarla si no pueden traérnosla a casa? -Miró a su marido, satisfecha consigo misma. Sin embargo, la reacción no fue la que esperaba, y el gesto de su rostro cambió enseguida, transformándose en la mueca que traía al entrar en el despacho.

– Ay, cariño, no nos vengas con más complicaciones -dijo el hombre con brusquedad-. Las cartas certificadas no las meten en el buzón… hay que firmar el recibo cuando las entregan. -Se volvió hacia Þóra-. Continúe.

– En la carta se solicita que la oficina de correos realice los pasos exigidos, que se atenga a la normativa y les conceda un plazo razonable. Nosotros proponemos dos meses. -Señaló la carta que el hombre acababa de leer y se la estaba entregando a su mujer-. Transcurrido ese tiempo quedarán muy pocas opciones, y les aconsejo que alteren debidamente la altura de la bocacarta antes de que acabe el plazo. Si no es posible cambiarla y optan por conservar la misma puerta, tienen la opción de colocar un buzón. Tendrá que tener la boca dentro de los mismos límites de altura de la bocacarta. Si se deciden por esta opción, les recomiendo que lo coloquen utilizando un metro, para evitar nuevos problemas. -Dirigió una seca sonrisa a la pareja.

El hombre se quedó con la mirada fija, pensando. De pronto sonrió con un gesto perverso.

– De acuerdo, ya comprendo. Enviamos la carta, recibimos una carta certificada y entonces tenemos dos meses durante los cuales el cartero tiene que traernos las cartas a pesar de la altura de la boca. ¿No es así? -Þóra asintió. El hombre se puso en pie con gesto triunfal-. Quien ríe el último, ríe mejor. Ahora envío la carta y mientras dura el plazo coloco una bocacarta en la parte más baja de la puerta. Pasado el plazo, colocaré un buzón. Vamos, Gerða.

Þóra les acompañó hasta la puerta, donde dieron las gracias y se despidieron, el hombre excitado ante la idea de enviar la carta para poder empezar la segunda parte de su lucha contra el cartero. Al volver a su mesa, Þóra sacudió la cabeza, asombrándose, una vez más, ante lo retorcido que podía ser el espíritu humano. Lo que se les ocurría a algunas personas. Confiaba en que los carteros tuvieran buenos sueldos, aunque lo dudaba mucho.

No había hecho más que sentarse cuando Bragi, el copropietario de su pequeño bufete de abogados, asomó la cabeza por el umbral. Era un hombre de edad madura, especializado en separaciones matrimoniales, un tipo de casos al que Þóra nunca había tenido intención alguna de dedicarse personalmente. Su propio divorcio le resultaba suficiente para toda una vida. Pero Bragi se encontraba como pez en el agua en ese terreno, se le daba especialmente bien solucionar los casos más difíciles y conseguir que la gente se pusiera de acuerdo sin tener que llegar demasiado a las manos.

– Bueno, ¿qué tal la boca del buzón? ¿Crees que llegará a establecer jurisprudencia en el Tribunal Supremo?

Þóra le sonrió.

– No, van a pensarse el asunto y nosotros tendremos que recordar que hay que mandarles la factura por mensajero. No está nada claro que vayan a seguir recibiendo el correo.

– Pero ojalá se divorcien-dijo Bragi frotándose las manos-. Imagínate lo que sacaríamos de eso. -Sacó una nota amarilla y se la entregó a Þóra-. Esta persona llamó mientras estabas con los buzoneros. Pidió que le telefonearas en cuanto estuvieras libre.

Þóra miró la nota y suspiró al ver el nombre. Jónas Júlíusson.

– Pues qué bien -exclamó, mirando a Bragi-. ¿Y qué es lo que quería?

Hacía un año, Þóra había asesorado a aquel millonario de mediana edad en la tramitación de un contrato de compraventa de una granja agrícola en Snæfellsnes. El tal Jónas se había enriquecido muy deprisa en el extranjero, donde se especializó en la compra de emisoras de radio en dificultades, que desmantelaba y vendía con enormes beneficios. Þóra no sabía si siempre había sido raro o si se había convertido en lo que era al mismo tiempo que crecía su riqueza. Se metió hasta el cuello en la new age desde que había comenzado, y tenía planes de construir una especie de hotel-balneario donde la gente pudiera alojarse, aliviando todos sus males físicos y psíquicos mediante terapias tradicionales. Þóra agitó la cabeza al recordar todo aquello.

– Defectos ocultos, imagino -respondió Bragi-. No está del todo contento con la propiedad. -Le sonrió-. Llámale, conmigo no quiso hablar. Según él, tú tienes a Venus en Cáncer, y eso te convierte en una buena abogada. -Bragi se encogió de hombros-. Una carta astral favorable quizá no sea peor acreditación que unas buenas calificaciones en la facultad de derecho. ¿Qué sé yo?

– Menudo rollo -dijo Þóra, alargando el brazo hacia el teléfono.

Jonas había empezado su relación con ella haciéndole la carta astral, que le había salido muy favorable. Þóra sospechaba que los grandes bufetes se habrían negado a darle datos sobre la hora de nacimiento de sus abogados, y por eso había tenido que buscar asesores de menor calado, de otro modo no se podía entender muy bien por qué un hombre de su nivel llevaba sus asuntos a un bufete de abogados que sólo constaba de cuatro personas. Marcó el número escrito en la infame caligrafía de Bragi y se aclaró la garganta mientras esperaba respuesta.

– Diga -se oyó decir a una voz masculina-. Soy Jónas.

– Hola, Jónas, soy Þóra Guðmundsdóttir, de Abogados Centro. Me han dicho que habías llamado.

– Sí, en efecto. Me alegro mucho de oírte. -El hombre suspiró.

– Bragi, el que habló antes contigo, mencionó un defecto oculto. ¿De qué va el asunto? -preguntó Þóra, mirando a su colega, que asintió con la cabeza.

– Es tremendo, te lo juro. Están apareciendo graves defectos ocultos que seguramente los vendedores conocían, pero de los que no me dijeron ni media palabra. Me temo que esto va a arruinar de raíz todos mis planes.

– ¿En qué consiste el defecto? -preguntó-Þóra, extrañada. La propiedad había sido examinada por peritos reconocidos antes de la compra, y ella en persona había leído su informe. No había surgido nada fuera de lo habitual. El terreno tenía la extensión que decía el vendedor, contaba con todos los derechos enumerados en el inventario, y las dos viviendas que pertenecían a los terrenos estaban en tan mal estado que no había más remedio que pensar en una renovación total.

– Una de las casas en la que he construido, el hotel, la granja Kirkjustétt, ¿recuerdas?

– Sí, la recuerdo -dijo Þóra, que añadió-: Ya sabes que cuando se trata de compra de bienes inmuebles, el defecto tiene que ascender al menos a un 10% del precio de compra para que se puedan exigir compensaciones. No me puedo imaginar ningún defecto oculto en una casa tan vieja que llegue a ese límite, por muy grande y grave que sea. Además, un defecto oculto tiene que ser precisamente eso: oculto. En el informe de los peritos se indicaba de forma explícita que esas casas necesitaban una renovación completa.

– Este defecto deja la granja totalmente inútil para mis actividades -replicó Jónas con decisión-. Y no hay duda alguna de que es oculto y de que los tasadores no pudieron descubrirlo.

– ¿Y en qué consiste el defecto, entonces? -preguntó Þóra, intrigada. Lo más que podía imaginar es que se hubiera abierto un geiser en el suelo, como decía la historia que había sucedido en Hverargerði hacía mucho tiempo, aunque no recordaba que en la propiedad en cuestión hubiera calefacción geotérmica.

– Ya sé que no eres muy receptiva en materia espiritual -dijo Jónas con tranquilidad-. Seguramente te quedarás asombrada cuando te diga lo que hay aquí, pero te ruego que me creas. -Hizo una pausa antes de soltarlo-: Aquí hay fantasmas.

Þóra cerró los ojos. Fantasmas. Nada menos.

– Ah, vaya -dijo mientras hacía girar uno de sus dedos sobre la sien para indicarle a Bragi que el asunto de Jónas era de lo más peculiar. Su colega se aproximó con la esperanza de oír algo de lo que decía el cliente.

– Sabía que te mostrarías escéptica -murmuró Jónas-. Pero, sin embargo, es verdad, y en la comarca lo sabe todo el mundo. Los propietarios también estaban al tanto, pero no dijeron nada al efectuar la venta. Lo considero un engaño, sobre todo porque sabía cuáles eran mis planes para la granja y las tierras. Tengo gente muy perceptiva y lo mismo pasa con mis clientes y mis empleados. Lo están pasando mal.

Þóra le interrumpió.

– ¿Cómo se manifiestan esos fantasmas?

– Hay un espíritu endemoniado en la casa. Puedo mencionar como ejemplo cosas que desaparecen, que se oyen sonidos inexplicables a medianoche y que la gente ha visto aparecer a un niño.

– ¿Y? -preguntó Þóra. Aquello no era tan extraño. En su casa las cosas desaparecían un día sí y otro también, se oían ruidos de día y de noche, y los niños aparecían inesperadamente con excesiva frecuencia.

– Aquí no hay ningún niño, Þóra. Ni tampoco en ningún sitio cercano. -Calló un momento-. Ese niño no es de este mundo. Lo vi aparecer detrás de mí cuando estaba mirándome en el espejo y no hay palabras que puedan explicar lo poco vivo que está.

Þóra sintió un ligero escalofrío en la espalda. Había tal convicción en la voz de Jónas que le llevó a pensar que él creía en todo aquello, que estaba convencido de haber visto algo sobrenatural, por muy increíble que a ella le pudiera parecer.

– ¿Qué quieres que haga yo en este asunto? -preguntó-. ¿Quieres demandar a los vendedores para que te hagan una rebaja en el precio de compra? ¿Se trata de eso? Una cosa sí que está clara… yo no puedo librarte de los fantasmas ni hacer un exorcismo en la casa.

– Ven por aquí el fin de semana -dijo Jónas de repente-. Me gustaría enseñarte ciertas cosas que hemos encontrado, y discutir contigo si afectan al asunto. Tengo una suite libre y, de paso, puedes disfrutar un poco. Masajes con piedras y otras cosas por el estilo. Volverás a casa renovada. Naturalmente, te pagaré bien.

Þóra pensó que no le vendría nada mal un par de días de descanso, aunque creyó percibir cierta ambigüedad en la relajación que Jónas prometía, teniendo en cuenta aquellas supuestas apariciones. En aquellos momentos, su vida daba vueltas en una especie de espiral vertiginosa, principalmente en lo tocante al futuro nieto que su hijo había engendrado antes de cumplir los dieciséis, y la tensa relación con su ex marido, a quien se le había metido en la cabeza que la culpa de todo ello la tenía ella por ser una mala madre. Según él, las hormonas de su hijo no habían tenido nada que ver en el asunto. La culpa era de Þóra, única y exclusivamente. Aquella opinión la compartían los padres de la pequeña futura mamá, que tenía quince años. Þóra suspiró. Harían falta muchísimas piedras poderosísimas para arrancar de las ruinas de su alma tantas preocupaciones.

– ¿Y qué quieres que vea yo? ¿No puedes enviarme las cosas a Reikiavik?

Jónas rió con frialdad.

– No, desde luego que no. Hay montones de cajas de libros viejos, dibujos, fotos y toda clase de cachivaches.

– ¿Por qué crees que esos trastos viejos tienen alguna relación con el «defecto»? -preguntó Þóra escéptica-. ¿Y por qué no los miras tú mismo?

– Yo no puedo. Lo he intentado, pero hay algo en todo esto que me llena de espanto. No puedo ni acercarme a esas cosas. Pero tú eres mucho más terrenal y seguramente podrás echarles un vistazo sin sentirte afectada.

Þóra no podía menos que estar de acuerdo. Auras, elfos, fantasmas y cosas por el estilo no habían ocupado demasiado su mente hasta aquel momento. Lo tangible se había convertido para ella en una cadena que la mantenía suficientemente atada como para que no sintiera necesidad de buscar ninguna otra cosa más allá de los límites de la realidad.

– Dame un poco de tiempo para pensarlo, Jónas. Lo único que puedo prometerte es que haré lo posible por ir, si puedo. Te llamo mañana por la tarde. ¿Te parece bien?

– Sí, sí, claro. Pero llámame sin falta, estaré aquí todo el día. -Jónas vaciló antes de volver a hablar-. Me preguntaste en qué afectaban al tema los trastos viejos que he encontrado.

Þóra respondió afirmativamente.

Jónas guardó de nuevo silencio un momento.

– En una de las fotos está la niña que vi en el espejo.

JUEVES 8 de Junio de 2006

Capítulo 2

Þóra buscó la carpeta con los trámites de la compra de terrenos en Snæfellsnes. Había poco que sacar, al menos no encontró nada que pudiera indicar la existencia de aquel peculiar «defecto oculto». Había sido una operación de compra de propiedades bastante convencional, con la salvedad de que Jónas había hecho toda una serie de exigencias en lo tocante a las fechas en las que se debía hacer ciertas cosas, por ejemplo, el contrato de compraventa tenía que firmarse en sábado. Þóra solamente había preguntado por miedo a que pidiera un aplazamiento para adaptarse a la posición de los astros. Al terminar el sábado en cuestión, volvió a pensar lo mismo. Pero, por otra parte, en la venta en sí no se había producido nada de especial. Se habló de la propiedad y de lo que contenía, incluyendo los bienes muebles y otras cosas existentes en los terrenos. Los vendedores eran dos hermanos de entre cincuenta y sesenta años de edad, Börkur y Elín, hijos de Pórður. En realidad actuaban en representación de su madre, que había heredado las tierras de su padre mucho tiempo atrás. Consiguieron un precio de lo más ventajoso por la propiedad, y Þóra recordaba bien la envidia que le produjo todo aquel dinero en su momento.

Sonrió para sí al pensar en cuánto dinero habría que tasar al fantasma para que pudiese afectar a la propiedad en un 10%. Pero, de inmediato, la sonrisa desapareció cuando se imaginó intentando entablar un pleito con los propietarios para que abonaran una compensación por daños y perjuicios. El hermano era el que había llevado la mayor parte del trato en nombre de su madre. Þóra sólo había visto a la hermana una vez, cuando se firmó el contrato. La madre no había aparecido nunca, ya que tenía una edad muy avanzada y no podía moverse de la cama, según contaba Börkur, que parecía muy orgulloso de ella. Su hermana Elín, en cambio, se había mostrado silenciosa y retraída. Þóra tuvo entonces la sensación de que ella no estaba tan interesada en vender como su hermano. Teniendo en cuenta todo aquello, dudaba mucho que él aceptara la reclamación de una compensación sin poner objeciones. Trató de ignorar aquella cuestión momentáneamente y cruzó los dedos con la esperanza de que Jónas cambiara de idea. En caso contrario, se vería obligada a echar mano de todos sus recursos para quitársela de la cabeza

Se concentró en otros asuntos, que eran pocos y de escasa relevancia. Por desgracia, el bufete estaba tranquilo. Suspiró y maldijo su estupidez en cuestiones monetarias. A finales del año anterior había trabajado para unos alemanes muy ricos que le habían pagado espléndidamente, y si hubiera tenido una pizca de sentido común habría utilizado el dinero para aligerar la hipoteca de la casa. En lugar de eso, se lo había gastado en una caravana y un todoterreno. No acababa de entender por qué lo había hecho. Encima había pedido un préstamo para cubrir lo que faltaba, con lo que se había metido en más problemas económicos todavía. Recordaba vagamente haber imaginado viajes por el país con el sol de un cálido verano, una familia numerosa moderna de vacaciones de verano: una madre divorciada con sus dos hijos… en su caso una hija de seis años y un hijo de dieciséis que, precisamente, estaba camino de ser padre. El nieto aún no tenía cabida en aquel sueño de color de Rósa, pues, probablemente, sólo lo vería uno de cada dos fines de semana. Ojalá no fueran los fines de semana que sus hijos pasaban con su padre. Sería un buen tema de estudio para los sociólogos analizar la situación de un padre de fin de semana que seguía siendo suficientemente joven para pasar dos fines de semana al mes con su propio padre.

Cuando Þóra hubo acabado todos sus asuntos entró en la red e intentó, para entretenerse, encontrar información sobre los terrenos o las casas que había en ellos. Buscó por los nombres de las casas que figuraban en el contrato de compraventa, Kirkjustétt y Kreppa, pero no encontró nada: ni en el pasado ni en el presente. Se encogió de hombros y renunció. Decidió echar un vistazo a su correo electrónico y vio con cierto pesar que Matthew le había enviado un mensaje. Había conocido a aquel alemán durante la investigación del asunto que había acabado por proporcionarle la caravana y el todoterreno, sin pagar la hipoteca. En realidad había hecho algo más que conocer a aquel hombre (lo había conocido «íntimamente», como diría su madre), y ahora pretendía venir de visita para renovar su «íntimo» conocimiento. Matthew le preguntaba si le vendría bien que fuera a Islandia para unas breves vacaciones. Þóra se moría de ganas de que fuera a verla, pero sabía que la mejor fecha sería en torno al año 2020, cuando su hija cumpliera los veinte. No estaba nada segura de que Matthew pudiera esperar tanto. Así que cerró el correo y decidió esperar hasta el día siguiente para contestarle.

Se levantó, puso un poco de orden en el escritorio y suspiró. Pensó si había suspirado a causa de algún profundo y reprimido deseo de una vida con menos preocupaciones, inocente y sin nietos precoces, pero llegó a la conclusión de que no era tan complicado. Si suspiraba era sencillamente porque ahora tenía que pasar por delante de Bella al salir. Bella era la secretaria de la oficina que ella y Bragi se habían dejado encasquetar en el contrato de alquiler del local cuando abrieron el bufete. Þóra hizo acopio de valor y salió del despacho.

– Bueno, me voy -dijo al pasar por delante del mostrador de recepción. Pensó en la idea de subir el mostrador para que aquella joven tan poco atractiva quedara un poco más oculta, pero enseguida se avergonzó de semejante pensamiento y una falsa sonrisa brotó en sus labios-. ¡Hasta mañana!

Bella levantó sus espesas cejas y miró de reojo a Þóra. Para completar el gesto de desagrado, torció la boca.

– Ah. Estás aquí.

– ¿Ah? ¿Qué quieres decir con «ah»? -preguntó Þóra extrañada-. ¿Y dónde iba a estar, si no? Me viste entrar después del almuerzo, y no me has visto salir. No tengo costumbre de escaparme saltando por la ventana.

– No, por desgracia -se oyó rezongar a Bella, aunque no pudo estar segura de que fuera eso lo que había oído, porque lo que dijo la joven en voz alta fue-: Tu ex marido llamó por no sé qué y le dije que no estabas. No quiso dejar ningún recado.

Þóra se sintió agradecida por aquel detalle, pues las llamadas telefónicas de Hannes no le solían reportar demasiadas alegrías. No le apetecía lo más mínimo que Bella tuviera oportunidad de divertirse con todo lo negativo de su vida. Decidió dejar las cosas como estaban, resuelta a no buscar pelea con aquel monstruo. Así que se limitó a enviarle otra sonrisa y descolgó su chaquetón del perchero. Cuando estaba a punto de salir abriendo la puerta… más aún, cuando tenía ya la mano derecha sobre el pomo, la chica carraspeó indicándole que había algo más.

– Bueno, también llamó Lýsing. No has cumplido los plazos de pago de la caravana.

Þóra ni siquiera la miró. Salió tranquilamente al pasillo y cerró la puerta. En aquel momento, habría aceptado sin dudarlo el masaje al que la había invitado Jónas, sin importarle qué piedras pudieran emplearse.

* * *

Birna miró a su alrededor y respiró hondo. Observó a través de los jirones de neblina que flotaban sobre el mar y vio una pareja de gaviotas que descendían en picado compitiendo por la comida. Ninguna de las dos aves consiguió vencer y volvieron a elevarse con gran griterío y batir de alas. Desaparecieron en la espesa capa de niebla que flotaba sobre la orilla. Había bajado la marea y un fondo de algas húmedas se extendía por toda la playa de guijarros. Era un lugar poco corriente, no se veía arena en ningún sitio, sólo montones de cantos rodados de todas las formas y tamaños. El entorno de la playa también era peculiar: una pequeña ensenada rodeada de altos farallones de columnas basálticas, diseñados sin duda por alguna fuerza poderosísima para servir de residencia colectiva a las aves. Cada cornisa estaba aprovechada, y de ella surgía un alboroto de gaviotas. Birna se dirigió hacia un extremo en la parte interior de la playa, donde los acantilados formaban una ensenada más pequeña que la que ella iba bordeando. El mar entraba allí a través de un arco de piedra que se abría al mar abierto y la cala estaba completamente rodeada de rocas. Solamente se podían ver los altos acantilados de piedra, pero el graznido de los pájaros que habitaban en ellos resonaba en la playa entera.

Birna se detuvo. La niebla se había ido espesando rápidamente y sólo veía a escasos metros de distancia. Volvió a respirar hondo, ahora por la nariz, y disfrutó del peculiar aroma de la playa. Le habría gustado mucho quedarse a dormir allí al aire libre, envuelta por la niebla. No le apetecía nada volver al hotel. Pero no tendría por qué ser así. El edificio le gustaba, y cada vez que lo miraba sentía un orgullo infantil, sobre todo durante la época de su construcción, cuando apenas tenía forma. Incluso le gustaba el agujero que habían excavado cuando empezaron a echar los cimientos. El terreno en el que iba a edificarse el hotel le había llamado la atención de alguna forma desde la primera vez que había ido a ver la parcela. Estaba ante el mar abierto, al sur de Snæfellsnes, y en sí mismo no parecía diferente a las otras fincas de la comarca. Desde luego estaba bastante más apartado, pues la granja no se veía hasta que uno se aproximaba. El antiguo edificio estaba construido en un terreno cubierto de hierba oculto en medio de un desolado páramo que llegaba casi hasta el mar. El imponente entorno la había inspirado. Igual que la antigua casa. Tenía que diseñar un edificio desproporcionadamente grande que estaría conectado a ella, sin empequeñecerla ni asfixiarla. Le había causado muchos quebraderos de cabeza: la sencillez era frecuentemente la virtud más difícil, al contrario que la exuberancia. Pan comido.

Las ideas que surgieron a medida que avanzaba el proyecto resultaron una novedad para ella. Aunque le gustaba su profesión, otras casas que había diseñado no habían despertado las mismas sensaciones. En realidad, sabía perfectamente a qué se debía. El hotel era, con mucho, su obra más perfecta. Ya desde que había empezado a dibujar los primeros bocetos en su estudio de Reikiavik, se había dado cuenta de que estaba en el camino correcto. Aquel edificio era mucho mejor que los que había diseñado antes. Comprendió que ahora, por fin, empezaría a ser alguien. Sería cotizada.

Muchas veces había tratado de comprender por qué aquel proyecto se había apoderado de ella tan rápidamente y cuál había sido el motivo que la había llevado a una conclusión tan extraordinaria. Tal vez porque estaba increíblemente bien conservado, pese a que nadie había vivido allí durante cincuenta años. Para ella, estaba claro que alguien se había estado ocupando de la casa todos aquellos años, quizá con idea de utilizarla como residencia de verano o como refugio de la vida urbana, sin llegar nunca a conseguirlo. Dentro del edificio no había nada que indicase que el presente hubiera chocado con el pasado. Una espesa capa de polvo se había depositado por encima de todo, algunas ratoneras esparcidas por todos lados indicaban, sin embargo, que alguien se había preocupado de que el mobiliario no sufriera un daño innecesario. Cuando Birna entró por primera vez, sintió un cierto estremecimiento al ver los diminutos esqueletos que había en algunas de las trampas, pero por lo demás la casa le causó buena impresión, por dentro y también por fuera.

Miró la hora. ¿Qué pasaba con ese hombre? ¿Se había entretenido en aquella estúpida sesión de espiritismo? El mensaje era bien claro. Buscó su teléfono y revisó los mensajes. Sí, no había error. Nos vemos a las nueve en la cueva. Vaya estupidez. Antes de volver a guardar el móvil en el bolsillo, comprobó que no había cobertura en aquella ensenada. Para ella, aquello era lo más fastidioso de la zona. Nunca estaba segura de que hubiera cobertura.

Decidió volver a la cueva. Podía ser que él estuviera ya allí. Aunque la cueva estaba en lo más alto de la playa, la bruma se había hecho tan espesa que podría llevar un rato allí esperando sin que ella se hubiera dado cuenta. Además, el ruido de los pájaros no permitía oír nada más, de forma que ni siquiera habría podido oírle llegar. Se puso en marcha teniendo mucho cuidado de mirar dónde pisaba, porque era muy fácil dar un traspié en el pedregal. A su paso, los guijarros chasqueaban cuando su peso los hacía rodar. Ojalá hubiera cambiado finalmente de opinión y se hubiera dejado convencer por sus razonamientos. Pero había tenido que gastar mucha pólvora en el asunto. En realidad, lo dudaba, tan empecinado estaba en aquello. De todos modos, esperaba que hubiera adoptado la decisión correcta, aunque también sabía que, de ser así, el cambio de opinión habría sido gracias a ella. Había cedido y se había acostado con él. Al menos sacaría algo de aquello, porque no había experimentado placer alguno. Era importante tener varios proyectos en marcha al mismo tiempo, la competencia era dura. Aunque en cierto modo ya tenía asegurado el éxito allí, no era cosa de limitarse a aquello con exclusividad. Se estaba exigiendo demasiado. ¿Pero qué importancia tienen unas relaciones sexuales en el contexto de la victoria entre sus colegas? Todos hablarían de ella. Birna sonrió para sus adentros sólo de pensarlo.

Un griterío desacostumbrado en la roca de los pájaros la arrancó violentamente de sus ensoñaciones. Parecía como si todos los pájaros de la tierra se hubieran puesto de acuerdo en alzar la voz. Quizá querían recordar su existencia al mundo que se ocultaba detrás de la niebla. Birna suspiró. Había empezado a hacer frío y se envolvió en el abrigo. ¿Qué clase de verano era aquél? Al llegar a la cueva, no vio a nadie. Llamó en voz alta por si estuviera allí aunque no pudiera verlo, pero nadie respondió. Diez minutos. Le daría diez minutos y luego se iría. Menudo rollo. La ira enrojeció sus mejillas y con ello sintió algo de calor. ¿Cómo tenía la desfachatez de hacerla esperar de aquel modo? No era lo mismo que llegar tarde a una cita en algún café de Reikiavik. Allí podía dedicarse a leer periódicos para pasar el rato, pero aquí no había nada que hacer. Y aunque el lugar fuera tan extraordinariamente hermoso, como otros sitios de Snaefellsnes, en aquel momento no se veía nada por culpa de la niebla.

Cinco minutos. Le daría solamente cinco minutos. Aún tenía que regresar y le habían entrado unas ganas terribles de hacer pis. Un pensamiento extraño se deslizó por su mente. No tenía relación con su presencia en la playa o con el enfado por hacerla esperar allí sola en medio de aquella niebla asquerosamente fría. De pronto, se sintió triste por no conocer mejor la geografía de la comarca y de otros lugares de Snaefellsnes. ¿Cómo se formó, por ejemplo, el Kirkjufell, una montaña por la que siempre se había sentido atraída? Estaba aislada justo delante del mar al norte de la península, y aún recordaba suficiente geografía para saber que no se trataba de un volcán. Por eso, echaba en falta haber prestado más atención a la asignatura en sus años de instituto. Cuando volviera a casa lo consultaría. Como decidió hacer, en realidad, la primera vez que vio la montaña, aunque después se olvidara de ello.

De nuevo, los chillidos de los pájaros estallaron en las paredes del acantilado en el que Birna estaba apoyada. Sufrió un sobresalto y se alejó dos pasos de la pared. Tuvo una sensación de náusea y se estremeció. No era la primera vez. Era algo relacionado con aquel lugar. No solamente con lo que estaba a la vista, y con aquellos personajes insoportables que trabajaban en el hotel y se creían auxiliares espirituales de los huéspedes. Por no hablar de estos últimos. Eran otro montón de chiflados. Aunque algo menos malos. No, había algo más. Algo que había ido creciendo poco a poco, calladamente, que había empezado la primera vez que vio aquel lugar, con el escalofrío que le produjo la imagen de los esqueletos de los ratones, y que había acabado por convertirse en una permanente sensación de náusea, sensación que le provocaba una ira difícil de dominar. No era aquel estúpido cuento de fantasmas lo que ejercía su influencia sobre ella. Estaba segura de que los empleados del hotel se lo habían inventado, movidos por algún extraño impulso que iba más allá de su capacidad de comprensión. Volvió a estremecerse, aunque ahora, más que nada, para volver en sí. ¿Qué estúpido juego melodramático era aquél? Ella, que era conocida entre sus amigos por su apego a lo terrenal, que en ocasiones llegaba al aburrimiento. Aquí había un trabajo que hacer. Jónas quería más. Había mucho potencial en un hotel para chiflados, pero no había sido aquello lo que había sorprendido a Birna, sino todo el dinero que parecían tener todos aquellos desequilibrados. El alojamiento no era precisamente barato en el establecimiento de Jónas, por no hablar de la guía espiritual que proporcionaban sus empleados.

Birna intentó sonreír al recordar, de pronto, cómo se había comportado Eiríkur, el especialista del hotel en la lectura de auras, cuando ella había llegado hacía una semana. La había aferrado con fuerza por el brazo y le había susurrado que tenía el aura negra. Debía tener cuidado. La muerte le seguía los pasos. Frunció el ceño ante aquel recuerdo, pero también ante el desagradable aliento del hombre y su mal olor.

Habían pasado los cinco minutos. Se las pagaría. Habría podido estar trabajando, tenía mucho que hacer y el plazo para terminar el proyecto no era eterno. Si no le hubiera llegado aquel mensaje, habría seguido enfrascada en los planos del terreno para la construcción del nuevo edificio, y quién sabe si no habría llegado ya a la solución. Tenía que edificarse separado de la casa principal, a cierta distancia de ella. Por algún motivo, aún no había conseguido determinar la localización exacta. Había algo en el lugar donde debería hacer el edificio, algo que se le escapaba. Pero no se trataba en absoluto de una cuestión de buena o mala elección, sino algo que le molestaba en aquella parcela, algo que no encajaba, pero que no lograba comprender. A lo mejor no era más que una tontería, estaba ya más que harta de todos los plazos que tuvo que ir cumpliendo a lo largo del año y medio anterior. Jónas quería un arquitecto que dedicara toda su vida al trabajo (aparte de tener el horóscopo adecuado), y sin discutir, ella había aceptado vivir en el lugar. Había preguntado a algunos empleados del hotel si habían notado algo extraño en aquella parte de la propiedad, pero no le habían dicho nada especialmente útil. La mayoría habían contestado a su pregunta con otra más clara: ¿Por qué no eliges otro sitio si éste no te acaba de gustar? Aquí hay terreno de sobra. Pero esa gente no la comprendía. Eso sí, sabían perfectamente todo lo relativo a la situación de las estrellas y los planetas. Por su parte, Birna era una experta en la ubicación de los edificios. Aquél era el solar, no se podía hablar de ningún otro.

Los pájaros incrementaron su griterío, pero Birna estaba demasiado concentrada en sus pensamientos para darse cuenta. Fue moviéndose lentamente entre las piedras en dirección a la parte superior de la playa. De pronto, se detuvo a escuchar. Se oían crujidos en las piedras de la playa detrás de ella. Se dispuso a darse la vuelta, contenta de poder liberarse por fin de la irritación que había ido acumulándose en su interior desde que había empezado la espera. Maldita sea. Ya había llegado. Birna no consiguió darse la vuelta por completo. A pesar del ruido de los pájaros que llegaba desde las rocas, oyó claramente el silbido del objeto que atravesaba el tranquilo aire del mar en dirección a su cabeza, y vio la roca gris en el mismo instante en que impactaba violentamente en su frente. No vio nada más en esta vida. Pero sintió algunas cosas. De una forma vaga e irreal notó cómo era arrastrada por la áspera tierra. Sintió la carne de gallina que la fría niebla causó en su carne desnuda cuando le arrancaron las ropas y percibió en la boca el sabor metálico de la sangre, y la tristeza que lo acompañó. Le quitaron los calcetines y notó un terrible dolor punzante en las plantas de los pies. ¿Qué estaba pasando? Todo sucedía como en un sueño, intangible. Una voz que conocía bien llegó hasta sus oídos, pero aquello no podía tener nada que ver con lo que estaba pasando, no podía ser. Birna intentó decir algo pero no consiguió articular una sola palabra. Un sorprendente suspiro brotó de su cuello, pero ella no había suspirado. Qué extraño era todo.

Antes de sumergirse en la negrura, por su mente cruzó la idea de que nunca podría leer nada sobre el origen de Kirkjufell. Aunque resultara chocante, aquello le pareció lo peor de todo.

La misma pareja de gaviotas que Birna había visto arrojarse hacia el mar en busca de alimento, estaba esperando en la playa, vigilando lo que sucedía entre la bruma. Esperaban pacientes a que acabara la agresión. La playa y el mar cuidaban de los suyos. Aquí nadie debe pasar hambre.

VIERNES 9 junio de 2006

Capítulo 3

– No comprendo qué puede haberle pasado a Birna -refunfuñó Jónas, alargando la mano hacia una taza floreada con el brebaje cuya composición acababa de explicarle pomposamente a Þóra. Se trataba de un té de elaboración propia, a base de hierbas de la vecindad inmediata y que, según Jónas, curaba toda clase de males y enfermedades. Þóra había aceptado la taza, había sorbido un poquito con algo de ruido y, a juzgar por el sabor, aquel té debía de ser especialmente saludable-. Me habría gustado que os conocierais -añadió después de beber un sorbo de la infusión y dejar la taza con mucho cuidado sobre el platillo.

Había algo tremendamente ridículo en todo aquello. La taza y el platillo eran finísimos, de exquisita porcelana, con una elegante asita que parecía aún más pequeña en las grandes manos de Jónas. Era lo menos parecido a un hombre de aspecto delicado, ya que poseía una gran corpulencia sin ser gordo, estaba bronceado, y a fin de cuentas era el tipo de hombretón capaz de beberse el café más fuerte directamente de la cafetera cuando estaba a bordo de un arrastrero y, sin embargo, no hacía el más mínimo ruido cuando tomaba a sorbitos un imbebible té de hierbas en una taza de señorita, nada más salir de la clase de yoga.

Þóra sonrió y se acomodó en la silla. Estaban en el despacho de Jónas en el hotel, y le dolía la espalda del largo rato que se había pasado conduciendo hasta llegar allí. El tráfico de viernes era muy denso, e incluso se vio empeorado porque había tenido que llevar a los chicos a casa de su padre, en Garðabær, al salir de la ciudad. Los coches avanzaban a paso de tortuga y daba la sensación de que todos los habitantes del área metropolitana de la capital iban en la misma dirección. Aunque aquel fin de semana, en realidad, no le correspondía, Hannes le había pedido que hicieran un cambio pues el fin de semana siguiente tenía que ir al extranjero a un congreso médico y no podía quedarse con los niños. Þóra había decidido, sin la menor vacilación, tomarle la palabra a Jónas y pasar el fin de semana en el hotel new age de Snæfellsnes. Tenía intención de aprovechar la ocasión para desconectar, darse unos masajes y aprovechar el relax que Jónas le había prometido, aunque el objetivo del viaje era quitarle de la cabeza la idea de reclamar una compensación por las apariciones fantasmales. Þóra quería terminar lo antes posible la conversación, para poder irse a su habitación a echar una siestecita.

– Ya aparecerá -dijo Þóra al aire, no sabía nada sobre aquella arquitecta, la mujer bien podría ser una alcohólica compulsiva que anduviera tirada por allí y que no se dejaría ver en un par de semanas.

Jónas resopló.

– No es propio de ella, íbamos a repasar los bocetos para el edificio nuevo esta mañana. -Rebuscó entre unos papeles que había encima de la mesa, visiblemente irritado con la arquitecta.

– ¿No habrá ido al pueblo a algo? -preguntó Þóra, esperando que no siguiera hablando de aquella mujer. Los dolores de la espalda, debidos al cansancio, estaban extendiéndose a los hombros.

Jónas sacudió la cabeza.

– Su coche está ahí fuera. -Golpeó la superficie de la mesa con las dos manos-. En fin, vale. Finalmente, tú has venido. -Sonrió a Þóra-. Estoy impaciente por contarte lo de las apariciones, pero eso tendrá que esperar un poco. -Miró su reloj de pulsera y se puso en pie-. Tengo que ir a hacer la ronda. Suelo hablar con la gente al acabar la jornada. Tengo mejores vibraciones con la empresa y con la marcha de todo si me entero de los problemas desde el principio. Así es más fácil tomar medidas.

Þóra se puso en pie, feliz de su liberación.

– Sí. Hablaremos mañana. No te preocupes por mí. Pasaré aquí todo el fin de semana y habrá tiempo de sobra para repasar el asunto. -En el momento en que Þóra se estaba colgando el bolso al hombro, notó un olor espantoso y arrugó la nariz-. ¿Qué peste es ésa? -le preguntó a Jónas-. La noté también en el aparcamiento. ¿Hay alguna fábrica de aceite de hígado de bacalao por aquí cerca?

Jónas levantó la nariz y respiró por ella varias veces. Luego miró a Þóra, impasible.

– Yo no huelo nada. Supongo que me habré acostumbrado a esa maldición -respondió-. En la playa de ahí abajo quedó varada una ballena. Cuando el viento sopla en determinada dirección, el hedor llega hasta aquí.

– ¿Y te quedas tan tranquilo? -dijo Þóra-. ¿Te limitarás a esperar a que el cadáver desaparezca? -Hizo una mueca cuando volvió a percibir el olor. Ojalá el defecto oculto fuera algo parecido a aquello, entonces el caso estaría cerrado al momento.

– Te acostumbras -dijo Jónas. Levantó el teléfono y marcó un número-. Hola. Te envío a Þóra. Llévala a su habitación y dale hora para un masaje esta tarde. -Se despidió y colgó-. Acompáñame a la recepción, te voy a dar una de las mejores habitaciones, con una vista espléndida. No te decepcionará.

Una chica joven acompañó a Þóra desde la recepción. No se diferenciaba mucho de un muchacho, y le llegaba a Þóra justo a los hombros. No se sentía cómoda dejando que aquella chiquilla le llevara su maleta, pero no hubo otra opción. Dio gracias de que no fuera demasiado pesada aunque, como siempre, había metido en ella demasiadas cosas. Þóra estaba segura de que en los viajes regían leyes distintas a las válidas para los días normales, y que se podría poner ropa que, en otras circunstancias, ni siquiera miraba en el armario. A pesar de todo, acababa siempre poniéndose los mismos trapos de costumbre. Þóra siguió a la chica por un largo pasillo que daba la sensación de ser más ancho de lo que era en realidad, debido a la extraordinaria claridad que entraba por un enorme tragaluz que ocupaba el techo de un extremo al otro. El sol de la tarde brillaba sobre el fino cabello de la chica, que iba delante de ella.

– ¿Es agradable trabajar aquí? -preguntó Þóra, intentando entablar conversación.

– No -respondió la chica sin volver la cabeza-. Me estoy buscando otro empleo. Lo malo es que no hay.

– Ah -dijo Þóra. No había esperado una respuesta tan espontánea-. ¿No son buena gente los empleados? -La chica se dio la vuelta un instante sin perder el paso por el corredor.

– No y sí. La mayoría están bien. Algunos son unos verdaderos pelmas. -La muchacha se detuvo delante de una de las puertas, sacó del bolsillo una tarjeta de plástico y abrió-. A lo mejor la culpa es mía, quién sabe. Yo no soy demasiado buena para este rollo de atender clientes.

Por el bien del hotel, Þóra confió en que aquella chica no tuviera demasiado que ver con las terapias. No era precisamente lo que podía llamarse una buena vendedora.

– ¿Y por eso quieres irte? -preguntó.

– No. No exactamente por eso-respondió la chica, indicándole a Þóra que entrase en la habitación por delante de ella-. Es otra cosa. No puedo explicarlo bien. Este lugar es malo.

Þóra ya había cruzado el umbral y por eso no llegó a ver el rostro de la chica al decirlo. No sabía muy bien si estaba seria, aunque la voz parecía indicar que lo que había dicho era de verdad. Þóra miró la bonita habitación y se dirigió a una gran pared de cristal que daba hacia el mar. Fuera había una terracita solarium.

– ¿Qué quiere decir eso de que es malo? -preguntó, volviéndose hacia la muchacha. La vista indicaba todo lo contrario: destellos en un mar suavemente rizado y pacífico más allá de la playa.

La chica se encogió de hombros.

– Pues que es malo. Este sitio siempre ha sido malo. Todo el mundo lo sabe.

Þóra enarcó las cejas.

– ¿Todo el mundo lo sabe? ¿Quién es todo el mundo? -Si aquel lugar tenía mala fama y los propietarios la conocían pero prefirieron no mencionar, sería ya una base (muy débil) para un posible pleito.

La chica la miró como sólo saben hacerlo los jóvenes a los que todo les fastidia.

– Pues todos. Todos los de por aquí.

Þóra sonrió para sí. No tenía ni idea del número de habitantes del sur de Snæfellsnes, pero sabía que la palabra «todos» no tenía ninguna relación con él.

– ¿Y qué es lo que saben todos?

De repente, la chica se puso nerviosa. Metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros demasiado grandes y bajó los ojos.

– Tengo que volver al trabajo. No puedo seguir hablando con usted de este asunto. -Dio media vuelta y salió al pasillo-. Quizá más tarde. -En el quicio de la puerta se detuvo y miró suplicante a Þóra-. No le diga a Jónas que he estado charlando de esto. No le gusta que hable demasiado con los clientes. -Se frotó la mano izquierda entre el pulgar y el índice-. Si quiero encontrar otro empleo necesitaré informes positivos. Quiero trabajar en un hotel en Reikiavik.

– No te preocupes. No soy una huésped corriente. Le expondré a Jónas que has sido muy útil y le pediré permiso para hablar contigo tranquilamente. Jónas me pidió que viniera para investigar una serie de cosas. Creo que tú puedes ayudarme, y a él también, de paso. -Þóra sonrió a la chica, que la miró escéptica-. ¿Y cómo te llamas, por cierto? -preguntó Þóra, para poder buscarla al día siguiente.

– Sóldís -respondió la muchacha. Se quedó callada un momento en el umbral, como si no supiera adonde dirigirse, pero sonrió débilmente, se despidió y se fue.

* * *

Bergur Ketilsson caminaba a paso tranquilo, aunque sabía que su mujer le estaba esperando en casa con la cena. Prefería pasar la noche solo, en medio de la naturaleza, antes que en casa con ella, en un silencio opresivo, en una artificial felicidad matrimonial. Suspiró al pensarlo. Llevaban casados veinte años, aparentemente en buena armonía y compenetración, pero la pasión nunca había sido excesiva, ni siquiera durante el breve noviazgo. No eran así, al menos ellos no. Él se había dado cuenta hacía muy poco de que a ella le pasaba algo parecido. Un poco tarde, descubrirlo a los cuarenta. La vida se habría comportado, sin duda, de una manera diferente si se hubiera dado cuenta antes de casarse con la zombi de Rósa. Entonces quizá se habría ido a la capital a estudiar. Cuando era joven adoraba la lengua islandesa, aunque nunca se lo había mencionado a nadie. La gente no era muy aficionada a aquella disciplina, con la soledad que acompaña a las tareas de una granja. Con gesto triste, iba buscando nidos de éider. La reciente ola de frío había jugado una mala pasada a los polluelos. Ese año habría menos éideres.

Continuó. A lo lejos veía el tejado del hotel sobresaliendo por encima de las rocas de la playa. Lo miró en silencio, concentrado en imaginarse lo que sucedía allí dentro. Pero no pudo. Se encogió de hombros y siguió adelante. No se encontraba bien y decidió seguir el camino más largo, que pasaba por la ensenada. No era un simple rodeo, pues quería averiguar cómo habían aguantado la ola de frío las puestas de aves marinas. Avivó el paso y continuó pensativo. El hotel era el culpable del estado depresivo que se había adueñado de él. Si no lo hubieran construido, él habría seguido viviendo su vida tan conforme, ni feliz ni infeliz. Por eso nunca podía formarse una opinión clara sobre él: le había producido, en cierto modo, una felicidad excesiva y una tristeza demasiado grande como para ser capaz de pensar las cosas con claridad. Se dio cuenta de la presencia de un nido y se dirigió tranquilamente hacia él. Dos polluelos diminutos estaban muertos en el centro. La hembra de éider no se veía por ningún sitio, quizá el frío también había acabado con ella.

En la ensenada la situación parecía la misma. Vio pocas crías en los nidos que descansaban en cada terraza. Los éideres estarían, dentro de un año, igual que el zorro. Se alejó del acantilado y se dirigió hacia la granja. Sus pasos eran lentos, porque no tenía ganas de llegar. El hedor del cadáver de la ballena ni siquiera le molestaba, le resultaba indiferente, en el estado en que se encontraba en aquel momento. Bergur aceleró el paso. Quizá lo que tenía que hacer era ir a casa y decirle a Rósa que había encontrado otra mujer. Una mujer más divertida, más lista, más guapa y encima más joven. En cualquier caso, una mujer mejor que ella. Por un instante, la idea le pareció razonable. Se lo dejaría todo a Rósa, la granja, el ganado, los caballos, los pollos de éider. Él tendría suficiente con su recién descubierta felicidad. Pero aquella visión era irreal. Rósa no podría encargarse ella sola de la granja, y la noticia no le haría ni la menor gracia. A fin de cuentas, la comarca y las tierras no le gustaban demasiado, reaccionaba siempre exactamente igual ante todas las cosas, con aquel gesto inexpresivo que rozaba la indiferencia. Lo que más la emocionaba era el gato. Lo mismo sucedía en todos los aspectos de su vida en común. Lo raro era que él había sido exactamente igual. Pero ahora era un hombre completamente diferente.

En el borde de la playa tropezó con algo y miró hacia abajo, extrañado. Por lo general, caminaba con mucha seguridad, sabía moverse sobre los redondeados guijarros de la playa y las resbaladizas algas. Pero aquel montón de algas era mucho mayor que cualquiera de los que había visto llegar a la playa traídos por la marea, a lo largo de los años. Además, se quedó petrificado cuando la luz iluminó un brazo humano en medio de las algas. No cabía duda alguna. Los dedos estaban tan apretados que a ningún fabricante de muñecas o maniquíes se le pasaría ni siquiera por la cabeza construir una mano semejante. Bergur se agachó y notó el hedor de la sangre inundando sus sentidos. Se asustó. La pestilencia se había abierto paso entre las algas cuando Bergur movió con el pie el blando cieno, y el metálico olor de la sangre resultó tan fuerte que ahogaba por completo la fetidez de la ballena muerta. Se cubrió la nariz y la boca con el antebrazo para no aspirar aquel olor repulsivo. Volvió a erguirse, pensando en lo que podía hacer por aquella persona que había allí, debajo de las algas. Vio que un rayo de luz llegaba hasta el cuerpo y brillaba sobre una piel blanca. Se extrañó de no haberse percatado antes de la presencia del cuerpo pues, cuando lo vio, su posición resultó evidente. Nunca llevaba teléfono móvil, por eso lo único que podía hacer era llegar a casa lo antes posible y llamar desde allí a la policía. Quizá también fuera necesario llamar al servicio de urgencias médicas. Seguramente también los necesitarían. Tomó aire a través de la manga del abrigo para evitar el olor de la sangre, pero de pronto se quedó agarrotado. Sus ojos se clavaron en la mano. Conocía el anillo del hinchado dedo anular.

Bergur cayó de rodillas al lado del cadáver. El hedor ya no le molestaba. Agarró aquella helada mano para asegurarse. Sí, era el anillo. Boqueó para respirar. Con manos rápidas empezó a apartar las algas en el lugar donde calculaba que estaría la cabeza, pero enseguida se detuvo. No había rostro. Pero vio suficientes cabellos para darse perfecta cuenta de que su sueño de una vida nueva, emocionante y feliz acababa de terminar.

* * *

Þóra trataba de mostrarse tranquila. Estaba tumbada sobre el estómago intentando relajarse, aunque, en realidad, estaba concentrada en aparentar relajación, porque no quería que la masajista creyera otra cosa. Era una mujer musculosa y nervuda, más joven que Þóra. Iba vestida con unos pantalones blancos de lino y una camiseta de manga corta, de color verde claro, sin medias y con sandalias lisas. Las uñas de los dedos de sus pies estaban pintadas de laca azul claro. Por regla general, Þóra no solía mirar mucho esa parte del cuerpo de la gente, pero aquellos dedos de los pies se le aparecían constantemente mientras estaba tumbada boca abajo sobre la camilla, con la cara inmóvil, metida en un agujero que había al final de la misma.

Lo peor había pasado, la mujer había dejado de masajear y había empezado a colocar piedras calientes sobre la columna vertebral de Þóra.

– Ahora notarás cómo la fuerza de las piedras se va disolviendo por tu espalda. Luego se moverá por los nervios hacia todos los rincones y los huecos más oscuros. -Por debajo de la voz sonaba música relajante de un disco que la masajista le había dicho que se podía comprar en la recepción. Þóra estaba decidida a mirar el nombre de aquel grupo, para evitar que algún día pudiera comprar un disco suyo por despiste.

– ¿Falta mucho? -preguntó Þóra, con la esperanza de que terminara ya-. Creo que la fuerza ha llegado ya hasta el último rinconcito. Estoy empezando a sentirme estupendamente.

– ¿Sí? -A la masajista le resultaba difícil de creer-. ¿Estás segura? Aún queda bastante.

Þóra reprimió un suspiro.

– Desde luego que sí. Estupendamente. Noto perfectamente que ya estoy lista.

La masajista iba a poner reparos pero se detuvo cuando sonó un teléfono en algún lugar de la salita.

– Espera un momento -le dijo a Þóra, y los dedos de los pies desaparecieron.

– Diga. -Þóra la oyó responder al teléfono-. Estoy con la terapia. -Se produjo un largo silencio y luego se oyó a la mujer decir con la voz excitadísima-: ¿Qué dices? ¿No será una broma?… Dios mío… Ya voy.

La mujer dejó el auricular con un golpe.

– Ha pasado algo. Horrible, más bien. De lo más horrible.

Þóra se incorporó a medias sobre un brazo.

– ¿Y? -preguntó, y esta vez no tuvo que fingir curiosidad-. ¿Algo relacionado con los fantasmas?

La mujer puso cara de susto y se cubrió la boca con la mano.

– Oh, no, nada de eso, qué va. Han encontrado un cadáver en la playa. Vigdís, la de la recepción, cree que es alguien de aquí, porque ha venido la policía para hablar con Jónas.

Þóra saltó de la camilla, desnuda, y se envolvió en un albornoz. Se apresuró a cubrirse con él, porque nunca le había gustado demasiado estar completamente desnuda delante de desconocidos, aunque no se avergonzaba en absoluto de su propio cuerpo.

– Tú ve para allá, yo ya me las arreglo. -Se colocó el cinturón del albornoz e hizo un nudo-. ¿Ha sido un accidente?

– No lo sé -respondió la masajista, sin poder ocultar su impaciencia. Era evidente que ardía en deseos de enterarse de algo más.

– Recojo mis cosas y voy -dijo Þóra, animando a la mujer a que saliera-. Prometo que no robaré ni una sola piedra.

La mujer no necesitó que se lo repitieran dos veces, se dio media vuelta y desapareció por el pasillo. Þóra fue hasta la cortina detrás de la cual se había desnudado y empezó a ponerse la ropa a toda prisa. Sonó su teléfono en el bolso y lo sacó.

– Hola -saludó, intentando ponerse los calcetines con la otra mano. La cobertura era horrible, y el teléfono hacía toda clase de ruidos y chasquidos.

– Hola, Þóra. -Era Matthew-. Sigo esperando alguna respuesta a mi correo.

– Ah, sí -replicó ella, dejando de pelearse con los calcetines-. Te aseguro que iba a contestarte.

– Pues di cuándo ahora mismo. Así no tendrás que seguir buscando el momento adecuado -dijo Matthew. Era obvio que tenía intención de ir, dijera ella lo que dijese-. Da luz verde a mi viaje.

– Éste no es el mejor momento -respondió Þóra-. Estoy trabajando y ha pasado algo.

– ¿Qué? -preguntó Matthew, convencido claramente de que ella estaba inventándose alguna excusa-. Dime lo que ha pasado.

– Bueno, es bastante raro -explicó Þóra, intentando recordar la palabra alemana para «fantasma»-. Estoy trabajando en un caso referente a apariciones fantasmales y todo parece indicar que las cosas se están complicando. La policía acaba de encontrar un cadáver y podría tratarse de algo relacionado con el asunto.

– ¿Dónde estás? -preguntó Matthew.

– ¿Yo? -preguntó Þóra, como una tonta-. Estoy en el campo.

– No te marches. Llegaré pasado mañana por la tarde. -El tono de voz de Matthew indicaba que iba en serio.

– Espera, espera, todo está bien. No vengas aquí -dijo Þóra desesperada-. No es un crimen, sólo un cadáver. -Vaciló-. Como otro cualquiera.

– Estaré encantado de verte pasado mañana por la tarde -se oyó al otro lado de la línea.

– Pero si ni siquiera sabes dónde estoy, y no pienso decírtelo. Espera unos días y déjame que encuentre un momento más adecuado. Te prometo que lo haré. Tengo ganas de verte. Pero ahora precisamente, no.

– No necesitas decirme dónde estás. Ya te encontraré. Nos vemos.

Þóra no consiguió hacer más advertencias… Matthew había colgado.

Capítulo 4

Después de vestirse a todo correr, Þóra decidió acercarse inmediatamente a la recepción con la esperanza de obtener detalles más precisos sobre el hallazgo del cadáver. Mientras se dirigía hacía allí vio un llavero que, con las prisas, la masajista se había dejado. Decidió llevárselo, le serviría de excusa para presentarse. Salió al corredor con pasos rápidos, contenta consigo misma.

No vio a la masajista por ninguna parte. Una mujer joven estaba inclinada sobre el mostrador de la recepción, enfrascada en una conversación en voz baja con una amiga. Era desagradablemente flaca y la corta bata, inmaculadamente blanca, que llevaba puesta sobre unos pantalones del mismo estilo apenas lograba ocultar algo sus escasas carnes. Þóra se situó a su lado y les sonrió a las dos con la esperanza de ser admitida entre ellas. Le costó un poco, pero finalmente le prestaron atención, en el gesto de ambas se dibujó el rechazo, pero, en una fracción de segundo, consiguieron reprimirlo y devolverle la sonrisa. Durante un breve instante, fingió estudiar un cartel que colgaba en la recepción para anunciar una sesión, celebrada la noche anterior, con un famoso médium de Reikiavik. Se volvió entonces hacia ellas y sonrió.

– Hola -dijo Þóra para romper el hielo. La curiosidad superó a todo lo demás, de modo que olvidó la excusa del llavero-. Me he enterado de lo del cadáver de la playa.

Las dos mujeres se miraron y con un gesto acordaron permitir que Þóra participase. La más delgada se volvió hacia ella.

– Espantoso -exclamó con énfasis, abriendo mucho los ojos-. ¿Sabes que ha venido la policía? -Levantó el brazo del mostrador y le dio la mano a Þóra-. Me llamo Kata y soy esteticista. -Sus blancos dientes destellaron.

Þóra saludó y sintió extrañeza por la fuerza del apretón de manos de aquella mujer tan flaca.

– Yo soy Þóra. Me encargo de algunos asuntos de Jónas. En realidad no estoy aquí como huésped.

La mujer de la recepción asintió con la cabeza.

– Es verdad, me lo dijo él. Yo me llamo Vigdís, jefa de recepción. Tú eres abogada o algo así, ¿no?

Sin tener muy claro lo que querría decir aquel «o algo así», Þóra asintió.

– Justo. -Miró a su alrededor, y a través de las grandes puertas de cristal de la entrada vio que el coche de la policía seguía allí delante-. ¿Adónde ha ido la policía?

Vigdís señaló hacia la derecha y habló en voz baja en tono de complicidad, aunque no había nadie cerca.

– Querían hablar con Jónas. -Se echó hacia atrás en la silla y levantó las cejas-. No se sorprendió lo más mínimo cuando se lo dije.

– Pero ¿qué dijo la policía, exactamente? -preguntó Þóra-. A lo mejor, él no comprendió de qué tema se trataba.

Vigdís se ruborizó un poquitín.

– Sí, no, no -dijo con vacilación-. A mí no me dijeron nada, sólo preguntaron por Jónas.

– ¿Cómo sabes entonces que se trata de un cadáver? -preguntó la esteticista Kata, que claramente no estaba enterada de todo.

El rubor inundó las mejillas de Vigdís.

– Les oí decirlo. Les estaba acompañando al despacho de Jónas y, cuando se presentaron, le dijeron de qué querían hablar con él.

Þóra estaba totalmente segura de que la mujer había pegado la oreja a la puerta.

– ¿Dijeron algo sobre cómo murió la persona en cuestión? -preguntó-. ¿El cadáver llegó a tierra arrastrado por el mar, o qué pasó?

– ¿Y era una mujer o un hombre? -interrumpió la esteticista-. ¿Lo mencionaron?

– Desde luego, era una mujer -respondió Vigdís, el rubor de sus mejillas empezaba a desdibujarse. Evidentemente, disfrutaba de disponer de una información privilegiada, y cuando siguió hablando, procuró alargar las palabras para sacarles el máximo jugo posible-. No dijeron nada directamente sobre la causa de la muerte, pero, a juzgar por lo que les oí decir, estoy convencida de que la muerte no fue por causas naturales. -Tomó aire por la nariz, muy teatralmente. Kata se tapó la boca con la mano. Aquella tontería había logrado su objetivo, evidentemente.

– ¿Por qué vinieron aquí? -preguntó Þóra-. ¿Han encontrado el cuerpo en la playa del hotel?

Vigdís movió lentamente la cabeza en señal de asentimiento y señaló con el dedo hacia una ventana que daba hacia mar abierto.

– No lo sé con exactitud, pero fue por aquí cerca. Ahí abajo, en algún sitio. -Þóra y Kata miraron por la ventana. El viento estaba calmado y aún había plena claridad, aunque fuera ya bastante tarde. No se veía la playa porque había cierta diferencia de altura entre la explanada que se extendía por delante de la ventana y el nivel del mar.

– No habrá sido justo ahí debajo, ¿verdad? -dijo Þóra, apartando la vista de la ventana-. Os habríais tenido que dar cuenta si la policía hubiera recorrido esa zona.

Vigdís se encogió de hombros.

– La vieja granja posee un terreno enorme, y no toda la playa se ve aquí abajo. Incluye, entre otras cosas, aquella península. -Señaló una elevación que se veía por la ventana-. La tierra llega por el oeste hasta el otro lado del brezal y desde aquí no la vemos. Además, a la propiedad se puede acceder desde varios sitios.

Þóra y Kata se quedaron con la mirada fija en el brezal, con la esperanza de ver algo más allá. Entonces, Þóra movió lentamente la cabeza.

– ¿No eran originalmente dos granjas con dos terrenos distintos? -Vigdís se encogió de hombros. Þóra continuó-: Recuerdo que eran dos terrenos, propiedad de unos hermanos, uno de los cuales murió sin descendencia de modo que el terreno pasó al otro. Luego los fundió en uno solo. Eso explicaría su extensión. Por regla general sólo existe una vivienda en cada terreno, no dos. Me pregunto si la divisoria pasaría por esa loma de ahí. -Volvió la cabeza y pudo comprobar que ninguna de las dos mujeres tenía la más mínima idea al respecto.

– Seguramente -dijo Kata, que se volvió inmediatamente hacia su amiga-. Pero ¿quién era? ¿Dijeron algo de eso?

– Creo que no tienen ni idea. Porque cuando llegaron me preguntaron cuántos huéspedes estaban registrados en el hotel y si habíamos echado de menos a alguno. -Sonrió, cómplice, a sus interlocutoras-. Yo sólo dije la verdad: que no tenía ni idea. Esto es un hotel, no una cárcel. -Se dirigió entonces a Þóra-: los huéspedes tienen una llave que se pueden llevar al salir. No me la dejan a mí, y sólo por pura casualidad me puedo enterar de si van o vienen. No suelen decirme nada. Como mucho, si salen a caminar me piden información sobre los mejores sitios para visitar.

– Pero podía tratarse de la pareja alcohólica de la habitación 18. En dos días no se les ha visto a ninguno -dijo Kata sin poder ocultar su indignación.

Vigdís sacudió la cabeza.

– No, la cocina acaba de llevarles comida a la habitación. Y bebida. -Puso gran énfasis en este último detalle-. La mujer llamó hace un rato y pidió que la pusiera con el servicio de habitaciones. Dijo que estaban un poco cansados y que se habían pasado el día durmiendo.

Kata dejó escapar un bufido.

– Cansados, cansados. Tendrían una buena cogorza.

Þóra notó que poco más podría sacar de aquellas dos mujeres. No le gustaban demasiado los cotilleos, y menos aún cuando trataban de personas a las que no conocía ni de oídas. Así que decidió despedirse. Metió la mano en el bolsillo para coger las llaves.

– Tengo unas llaves que se olvidó mi masajista. -Þóra les dio el llavero, que tenía la bandera islandesa pintada sobre una plaquita metálica.

– Te refieres a Sibba -señaló Vigdís, pasando el brazo por encima del mostrador para agarrar el llavero-. A veces es de lo más despistada. -Se fijó en el tarjetón de plástico que colgaba del patriótico llavero-. Dios mío, si es nada menos que la llave maestra. Es que es… -No se pudo saber lo que era, porque sonó el teléfono. Vigdís se dio la vuelta hacia el aparato.

Þóra tiró enseguida de las llaves y miró a Kata.

– Pues voy a devolverle el llavero yo misma. Olvidé pedirle una nueva cita, así que de todos modos tengo que hablar con ella. -Sonrió a la joven con cara inocente-. ¿Sabes dónde puede estar?

La esteticista se encogió de hombros.

– A lo mejor en la cafetería. -Señaló un pasillo que se abría a la derecha-. Está en la misma dirección que la cocina.

Þóra le dio las gracias y luego añadió:

– ¿Tienes idea de cuál es la habitación de Birna? La arquitecta. Me gustaría pasar a saludarla.

Kata sacudió la cabeza, pero alargó la mano hacia un libro que había detrás del mostrador. Vigdís seguía ocupada en el teléfono y no les hacía ningún caso.

– Birna, Birna… -Unos dedos finos con uñas largas pintadas de blanco recorrieron la página-. Ah, ya; aquí está. -Volvió a cerrar el libro-. En la habitación 5. Está en la misma dirección. Tiene que estar aquí, seguro, porque su coche sigue en el aparcamiento. No pasa precisamente desapercibido.

– Ah, qué bien -replicó Þóra, que no era demasiado aficionada a los coches-. Muchísimas gracias. A lo mejor mañana te hago una visita. No me vendrá mal depilarme. -La joven asintió enérgicamente con la cabeza; en realidad demasiado enérgicamente, pensó Þóra.

Mientras iba por el pasillo, varias ideas se le pasaron por la cabeza. ¿Qué demonios pretendía? No podía ni imaginar que la muerta fuera la arquitecta de la que Jónas se había quejado de que no estaba por ningún sitio. A juzgar por todas las apariencias, se trataba de una mujer completamente distinta. ¿Y qué, si era Birna? Eso no justificaba que se colara en su habitación a espiar. Þóra iba pensando en esto por el pasillo, pero cuanto más cerca estaba de la habitación 5, tanto mayor era su decisión de entrar a echar un vistazo. Si la mujer de la playa resultaba ser Birna, aquélla sería probablemente la única ocasión de la que dispondría para registrar la habitación. Si había algo sospechoso en su muerte, la policía la precintaría. Intentó convencerse a sí misma de que se merecía aquella oportunidad como abogada de Jónas. ¿Sospecharían de él? Se repitió mentalmente a sí misma que no estaba haciendo nada malo. Se limitaría a meter la cabeza y mirar. Nada más.

Se detuvo ante la puerta de la habitación. Miró hacia atrás rápidamente y vio a las mujeres de la recepción, que estaban ensimismadas charlando sin mirarla. Pasó la llave de plástico por el lector, abrió la puerta y se coló en el interior.

* * *

Jónas intentaba comportarse como lo haría un inocente director de hotel, pero se dio cuenta de que se le hacía cada vez más difícil desempeñar el papel. Desde siempre, no soportaba a la policía, y el sentimiento parecía ser mutuo en las escasas veces que se habían cruzado sus caminos. Aquellos policías tenían una habilidad especial para mirarle fijamente a los ojos mientras le interrogaban, y Jónas supuso que habrían recibido algún curso para sacarle la verdad a la gente a través de las reacciones de sus pupilas. Por ese motivo, parpadeó varias veces, y le salió aceptablemente bien. Carraspeó.

– Como les he dicho, esa descripción podría encajar con Birna, la arquitecta, pero es demasiado genérica como para poder tener una absoluta certeza. ¿Esa mujer no llevaba nada que sirviera para identificarla, una cartera o algo así? -Alargó un brazo hacia la ventana que había detrás de él-. ¿No les parece que aquí hace mucho calor? ¿Abro la ventana? -Jónas tenía miedo de que el sudor empezara a resbalar por su frente, creando así la típica imagen del culpable.

Los agentes de policía se miraron, parecían estar de lo más frescos a pesar de llevar su uniforme negro completo, con hombreras ribeteadas de amarillo. No se habían quitado los chaquetones aunque allí dentro hacía un calor indescriptible. Conservaban puestas sus gorras de policía. No respondieron a las preguntas de Jónas sobre la ventana ni sobre la identificación, sino que continuaron preguntando.

– ¿Cuándo vio por última vez a Birna?

– Bueno, no lo sé exactamente -respondió Jónas, intentando hacer memoria-. Ayer estuvo aquí. De eso estoy completamente seguro.

– ¿La vio ayer, entonces? -preguntó el más joven. Tenía facciones duras, y a Jónas le gustaba aún menos que el mayor, que parecía más flexible

– ¿Cómo? -preguntó Jónas con torpeza, pero enseguida añadió-: Sí, sí. La vi. Varias veces, además. Ella estaba intentando acabar el proyecto del edificio anejo que tiene que construirse aquí, y vino a verme a cada rato para mostrarme algunos detalles.

Los policías asintieron al unísono. El mayor se rascó la mejilla durante un momento, y luego preguntó:

– ¿Y hoy? ¿Vino a su despacho hoy en algún momento?

Jónas sacudió la cabeza con energía.

– No. Con toda seguridad, no. Teníamos que vernos esta mañana pero no apareció. He estado buscándola por todas partes, pero no la he encontrado ni la he visto. Intenté localizarla en el móvil, pero estaba apagado. Sólo conseguí acceder al buzón de voz.

– ¿Qué teléfono móvil usaba? ¿Puede describirlo? -preguntó el más joven.

Jónas no tuvo que pensarlo mucho. El teléfono de Birna era muy llamativo. La había visto con él muchas veces.

– Es de color granate, uno de esos que se cierran. Brillante. Bastante pequeño, aunque no sé de qué marca es. En la parte delantera había un dibujo pacifista plateado, pero creo que no era la marca, sino un simple adorno. -Los policías se miraron de reojo y se pusieron en pie a la vez. Jónas siguió pegado al asiento. Se había quedado más tranquilo al haber podido responder algo, por fin, de modo concluyente-. La mujer que han encontrado… ¿murió accidentalmente?

Ninguno de los dos policías respondió.

– ¿Sería tan amable de acompañarnos a la habitación de Birna Halldórsdóttir?

* * *

Þóra miró a su alrededor por última vez. No había descubierto nada interesante en la habitación. Sin duda, era distinta a cualquier otra habitación de hotel, pues saltaba a la vista que la arquitecta se había instalado durante un período de tiempo más largo de lo habitual. Había pegado en las paredes bocetos de edificaciones, que Þóra imaginó serían proyectos del nuevo edificio que, según le había contado Jónas, faltaba por construir todavía. En algunos de los dibujos había garabateadas toda clase de notas, algunas de ellas fácilmente comprensibles, otras no. En otros, había cálculos con números subrayados en tinta roja. Eran cifras muy elevadas, y Þóra confió en que, por el bien de Jónas, no fueran aproximaciones presupuestarias.

Abrió el armario, más que nada por curiosidad, pues difícilmente podría esperar encontrar allí nada significativo. Había metido un lápiz por el tirador de la puerta al abrir el armario, porque no quería dejar sus huellas dactilares. También podía haberlo dejado cerrado, ya que en el armario no había encontrado nada interesante, aparte de desvelarle que Birna era una persona muy elegante. No había demasiadas prendas: blusas, pantalones de vestir y chaquetones colgaban de las perchas, mientras que el resto de la ropa estaba pulcramente ordenada en los estantes. Le dio la sensación de que aquella mujer podría haber trabajado antes en una boutique de moda, porque todo estaba perfectamente doblado. Birna tenía buen gusto para la ropa, sencilla pero elegante, y todas las prendas parecían tener en común su alto coste. Þóra intentó mirar la etiqueta de la marca en el cuello de un jersey que estaba situado en la parte superior de uno de los montones, pero no consiguió leerlo. Cerró el armario y se dirigió al teléfono de la mesilla, que había recibido algunas llamadas poco antes. Anotó los números en una hoja en blanco del bloc del hotel que estaba al lado del teléfono. Eran tres. Plegó la hoja y se la metió en el bolsillo.

Echó un vistazo a la habitación pero no vio nada que le apeteciera examinar más detenidamente, con la excepción del cajón del escritorio. Ya había movido un poco los papeles que había encima de la mesa, pero no había sacado nada en claro. Todos parecían estar relacionados con el nuevo edificio, principalmente folletos de fabricantes de diversos materiales de construcción. Empujó con el pie la silla del escritorio para llegar al cajón. Pero se encontró con un problema, porque no tenía tirador. Se cubrió la mano derecha con la manga y lo abrió agarrándolo por la parte inferior. Dentro había dos libros, el Nuevo Testamento y una agenda encuadernada en piel con el nombre de Birna. Por fin algo interesante. Utilizó la manga para sacar el libro del cajón. Lo sacudió un poco para abrirlo. Bingo. Una escritura muy cuidada llenaba las páginas. Þóra sonrió, pero la sonrisa duró poco. Desde el pasillo le llegó un ruido, que parecía proceder de la puerta. Sobresaltada, miró a su alrededor. No le dio tiempo a pararse a pensar, tenía que salir. No había forma de explicar lo que estaba haciendo allí dentro… incluso le resultaba difícil explicárselo a sí misma. Levantó la cortina, que llegaba hasta el suelo, pidiendo a Dios que las habitaciones fueran todas iguales. Para suerte de Þóra, resultó ser así, y con mano temblorosa levantó el tirador de la puerta de la terraza y salió al jardín. Luego volvió a empujar la puerta hasta que encajó, con todo el cuidado que pudo, y se marchó a paso rápido.

Cuando llegó a la esquina del edificio, respiró hondo. Su corazón parecía querer salírsele del pecho. ¿Pero en qué estaba pensando? Obviamente, tenía algún tornillo suelto. Había escapado por un pelo. Estaba segura de haber oído la puerta de la habitación abrirse en el mismo momento en que ella cerraba. Volvió a respirar hondo. Las palpitaciones volvieron a calmarse pero luego su corazón volvió a dar otro salto. ¡El cajón de la mesa! Se lo había dejado abierto. Intentó calmarse. ¿Y qué más daba? Nunca se imaginarían que había sido ella quien lo había dejado así. Se sintió más tranquila, y mentalmente dio gracias a Dios por su buena suerte. Y en el mismo instante dio un respingo al ver que en sus manos seguía la agenda con el nombre de Birna Halldórsdóttir, miembro del Colegio de Arquitectos de Islandia.

Capítulo 5

El coche de policía se alejó despacio por el camino de acceso, y Jónas pensó que las fuerzas de la ley deberían hacer sus visitas a otras horas menos inconvenientes. Tendrían que pensar un poco antes de ir, para procurar molestar lo menos posible a los clientes con su presencia. Respiró más tranquilo cuando el coche se perdió de vista, por fin, y confió en que no tuvieran que volver. En realidad, sabía que no había muchas probabilidades de que fuera así. Habían precintado la habitación de Birna después de echar un vistazo al interior para convencerse de que no estaba. A continuación, le habían ordenado a Jónas que se ocupase de que no entrara nadie hasta que hubieran realizado un registro. Por eso, todo indicaba que aquélla no sería la última vez que Jónas les tendría que ver. La única escapatoria sería que se comprobase que la muerta no era Birna, pero también aquello era un deseo sin fundamento. Antes de abandonar los terrenos, los policías le habían pedido a Jónas que les indicara cuál era el coche de la arquitecta. Estaba en el aparcamiento y era un Audi deportivo de color azul oscuro, que debía de haber comprado muy recientemente y que se encontraba en un extremo de la explanada. Birna aparcaba siempre lo más lejos posible de los demás coches para evitar que algún conductor descuidado le abollara las puertas de su tesoro. Los policías se acercaron al coche y uno de ellos sacó del bolsillo una bolsita de plástico. Sin abrir la bolsa, el agente apuntó hacia el vehículo y apretó lo que llevaba en ella. El deportivo hizo sonar el claxon y parpadeó. Al verlo, los policías intercambiaron una mirada muy significativa.

Jónas suspiró. Era una situación de lo más incómoda. ¿Tenía que poner cara de pena? Le había tomado aprecio a Birna pese a sus defectos, y si procuraba no engañarse a sí mismo era obvio que incluso estaba un poco enamorado de ella, aunque el sentimiento no hubiera sido mutuo. ¿Tenía que poner cara de desilusión? Aquello representaba un contratiempo para la ampliación del hotel. ¿Debía contárselo a los empleados del hotel, o aparentar que no pasaba nada? La policía no había sido muy explícita. Tenía que estar alerta, pues, sin duda, muchos leerían cualquier cosa en sus reacciones y las interpretarían como mejor conviniese a la historia que inevitablemente pondrían enseguida en circulación. Aquel lugar era pequeño y sus empleados no se caracterizaban precisamente por su discreción. Suspiró otra vez. A lo mejor, la policía llegaba a la conclusión de que se trataba de un accidente, aunque nada apuntase en esa dirección. Jónas se dio media vuelta y entró. Pasó rápidamente por la recepción para que no le hiciesen ninguna pregunta. Consiguió el resultado deseado, pero el gesto de Kata, que seguía holgazaneando junto al mostrador de entrada, reflejaba con claridad que ardía de impaciencia por saber lo que había dicho la policía. La esteticista abrió la boca en el momento en que Jónas entró por la puerta, pero volvió a cerrarla cuando él apartó rápidamente la mirada y aceleró el paso. Ella y Vigdís, la recepcionista, siguieron decepcionadas las rápidas zancadas con que cruzó por delante de ellas, sin decir una palabra ni preguntar nada. Aquella situación no duraría mucho, al final la curiosidad las empujaría a preguntar, aunque para ello tuvieran que echar a correr detrás de él por el pasillo. «Pero mientras tanto…», pensó Jónas, entrando a toda prisa en su despacho y cerrando la puerta con llave. Se sentó sumido en oscuros pensamientos. Quizá las cosas podían dar un vuelco. ¿Quién sabe si aquel terrible suceso acabaría por resultar beneficioso para el hotel y para él mismo? Agarró el teléfono y marcó un número.

* * *

Þóra estaba sentada a los pies de la cama de su habitación, abochornada. El diario de Birna descansaba en su regazo. Aún no había decidido qué hacer con él, si podría volver a entrar a escondidas en el cuarto de Birna para dejarlo otra vez allí o si sería mejor abandonarlo en algún otro lugar. Pensó en el tiempo que tenía: ¿debía librarse del diario inmediatamente, o esperar hasta haberlo estudiado? El rubor cubrió sus mejillas al recordar que, a fin de cuentas, Birna podía seguir estando entre los vivos. ¿En qué estaba pensando? ¿Se había hartado tanto de bocacartas y otras estupideces como para lanzarse a la caza de casos más emocionantes, puesto que éstos no venían por sí solos? Había ido allí para quitarle de la cabeza al chiflado dueño de un hotel un pleito sin perspectiva alguna, no para entrometerse en una investigación policial que a ella no le atañía en lo más mínimo. Sonó su teléfono y se estiró hacia él, encantada de tener algo distinto en que pensar.

– ¿Podrías pasarte un momento por mi despacho? -preguntó Jónas en un tono misterioso-. Ha sucedido algo inesperado y no sé si estará relacionado con los fantasmas.

– ¿Qué me dices? -preguntó Þóra, extrañada.

– Te lo explicaré cuando vengas, pero creo que el cadáver que ha aparecido es de Birna, la arquitecta.

– Estoy allí en diez minutos -le cortó Þóra, y se despidió.

Vaya. Apartó la mirada del teléfono y la dirigió al diario. Se sintió aliviada. Por lo menos no le había robado el diario a una mujer viva. Abrió la agenda con la manga y utilizó el pulgar para pasar las páginas. Era un dietario poco convencional, eso estaba bien claro. En lugar de tener una anotación aquí y otra allá, cada página estaba cubierta de escritura apretada, y bien aprovechada. Había muchos dibujos de casas, edificios y partes de edificios. Algunos esbozos parecían surgidos de la mente de Birna, pero otros, más probablemente, correspondían a ejemplos reales. Obviamente, Birna no había dedicado una página a cada día, porque tenía llenas las páginas hasta bien entrado septiembre… cuatro meses más tarde. Þóra miró las últimas anotaciones, con la esperanza de encontrar una frase del estilo de: Cita con X en la playa – tengo que andar con cuidado. Pero no había nada de eso. En la mayor parte de las hojas ponía cosas como: Aniversario Bergur – no olvidar, Arreglo de cuentas de abril, y una legión de nombres de empresas que Þóra desconocía por completo. Al lado de cada nombre estaba escrito un número de teléfono y algunas indicaciones en milímetros, y al final de todo en coronas. Al final de cada línea había series variables de abreviaturas que Þóra fue incapaz de descifrar: Sv, Hv, R, Gr, Sil, etc. Por encima de estas líneas aparecía: Revestimiento, la palabra estaba subrayada. Birna parecía haber estado buscando datos sobre distintos tipos de revestimiento y había escrito la línea que mostraba uno de los presupuestos más bajos. Los revestimientos no podían tener relación alguna con la muerte de la mujer, de modo que Þóra abrió el siguiente par de páginas. Allí había un esquema que mostraba, por lo que ella podía ver, la parcela que rodeaba el hotel y la ubicación del nuevo edificio. Estaban escritas en letra apresurada las dimensiones y distancias principales, y una flecha cuidadosamente dibujada señalaba el norte. Alrededor del esquema, se encontraban diversas observaciones, la mayor parte de ellas referentes a las pendientes del terreno y las luces. Pero una cosa llamó la atención de Þóra: ¿¿¿Qué sitio es ése??? ¿¿¿Planos antiguos??? Por debajo estaba escrito con otra pluma Toma. Detrás de la palabra había también tres signos de interrogación. No entendía nada.

Aunque lo que más le apetecía era seguir examinando la agenda, tenía que ir a ver a Jónas, que debía de saber que Þóra no tenía ninguna ocupación especial, de modo que sería difícil explicar un retraso tan largo. Sin embargo, pasó unas cuantas páginas más, hasta que llegó a unas que eran similares a las que contenían los esquemas. Se encontraba allí bocetos del plano de una casa, dos cuadrados parecidos, uno al lado del otro, que representaban una habitación cada uno. Se mostraba una escalera en el mismo lugar, en el interior de ambos. Se trataba, claramente, de una casa de dos pisos. Las habitaciones estaban cuidadosamente indicadas: sala, comedor, cocina, despacho, dormitorio, retrete, etcétera. Había diversas cosas garabateadas en los espacios. Entre otras cosas se podía leer: ¿Año de construcción 1920? ¿Humedad en la pared exterior SO? ¿Zócalos? Birna también había escrito una pregunta que, evidentemente, le resultaba inquietante, porque la había enmarcado y subrayado varias veces: ¿Quién era Kristín? Þóra volvió a mirar el plano de la casa. Una de las habitaciones del piso superior estaba marcada Dormitorio, como las otras dos, pero en aquella estaba escrito con letra más pequeña: ¿Kristín? Pasó páginas en busca de algo que indicase que aquellos esquemas correspondieran a una casa vecina, pero no vio nada. En lo más alto de la página anterior ponía, en cambio, Kreppa que, si recordaba bien, era el nombre de la granja, y no una especulación de Birna sobre el futuro económico de Islandia. Aunque ese fuera el significado de la palabra, aquello no iba de ninguna «crisis». Cerró el libro y lo dejó encima de su maleta. El personal de limpieza no se pondría a cotillear.

* * *

Jónas parecía preocupado y menos satisfecho de sí mismo que de costumbre. Le pidió a Þóra que se sentara en una de las incómodas sillas para visitantes que había delante de su mesa de escritorio, mientras él se reclinaba en su mullido sillón de cuero detrás de la mesa. Esta vez no le ofreció té de hierbas, para gran alivio de Þóra.

– ¿Qué quería la policía, Jónas? -preguntó Þóra para romper el hielo.

Jónas suspiró.

– ¿Todo el mundo sabe que estuvieron aquí?

– Bueno, yo no puedo hablar por los demás, pero no creo que sea la única que lo sabe. La gente más inverosímil es capaz de reconocer a la policía en cuanto la ve -respondió Þóra-. ¿Qué querían?

Jónas suspiró de nuevo, aunque ahora el suspiro fue más profundo que la primera vez. Sacó de su muñeca izquierda un reloj de pulsera de acero con una gran piedra marrón, y se puso a frotarlo pensando en otra cosa antes de responder a la pregunta.

– Han encontrado un cadáver en la playa. El cuerpo de una mujer. Creen que se trata de Birna, la arquitecta de la que te hablé ayer. -Volvió a centrar su atención en el reloj de pulsera, acariciándolo tranquilamente, ahora con los ojos cerrados.

– Vaya -dijo Þóra-. ¿Mencionaron algo sobre la causa de la muerte? Puede haber razones muy diversas para la aparición de personas muertas en una playa. Con frecuencia se trata de suicidios.

– No creo que se haya suicidado -replicó Jónas, abatido-. No era de ese tipo de persona.

Þóra no pudo objetar que no eran sólo las personas de un tipo determinado quienes se quitaban la vida.

– ¿Qué te ha dicho la policía? Eso es lo más importante. Es de suponer que habrán estado en el lugar donde la encontraron.

Jónas apartó los ojos de su reloj y miró a Þóra

– No dijeron nada directamente. Fue más su forma de comportarse y lo que no dijeron. -Se concentró de nuevo en el reloj-. Por ejemplo, si se hubiera ahogado, si se hubiera golpeado contra una piedra o cualquier otra cosa que apuntara a un accidente, seguramente me habrían interrogado sobre sus costumbres. ¿Pasaba mucho tiempo en la playa? ¿Paseos en barca? ¿Nadaba en el mar? Pero no me preguntaron absolutamente nada. Lo único que querían saber era si habíamos echado a alguien en falta y si reconocía a una mujer que describieron a muy grandes rasgos. -Jónas miró repentinamente a Þóra-. Ahora que me doy cuenta, fue muy extraño que no describieran ningún rasgo del rostro. ¿Le faltaría la cabeza? -Se apresuró a añadir, antes de que Þóra consiguiera responder algo-: No, seguro que no, describieron el pelo. -Abrió mucho los ojos-. ¿A lo mejor alguien le cortó la cabeza, le quitó el cuero cabelludo y lo puso encima del cadáver?

Þóra puso fin a aquella sucesión de ideas absurdas.

– Me parece que estás dejando volar la imaginación, pensando toda clase de disparates. Pero sí que estoy completamente de acuerdo en que todo parece indicar que lo sucedido es algo más que un simple accidente. -Þóra hizo un esfuerzo para añadir lo que dijo a continuación-: ¿Los policías han registrado su habitación?

– Uno de ellos echó un vistazo al interior. El otro esperó conmigo en el pasillo. Sólo estuvo dentro un minuto o algo así, y cuando volvió se limitó a sacudir la cabeza.

– ¿No dijo nada de si había pasado algo anómalo en la habitación, ni preguntó quiénes tenían llave? -Un leve rubor recorrió las mejillas de Þóra.

– No, ni una palabra de todo eso. Prohibieron taxativamente que nadie entrase allí hasta que la policía científica hubiera terminado de hacer su trabajo en ella, y luego me pidieron que les enseñara el coche de Birna. Llevaban en una bolsita una llave electrónica que lo abría.

Þóra asintió pensativa. Realmente no parecía haber duda sobre la identidad de la muerta.

– Vaya, venga. -Miró a Jónas y esperó, incómoda, a que terminase de juguetear con aquel dichoso reloj. Sin duda tendría algo que ver con las terapias no convencionales, los campos de energía o algo por el estilo-. ¿Alguien deseaba la muerte de Birna? ¿Estaba metida en algún lío?

Jónas sacudió la cabeza lentamente.

– No, era una persona normal. -Þóra fue incapaz de imaginarse lo que aquel hombre podía considerar normal, pero concluyó que su escala de valores sería distinta a la suya propia-. Una persona excelente y una arquitecta brillantísima. -Jónas sonrió con dificultad-. Era Capricornio, constante y sincera. Sobre todo, una persona estupenda. Toda una persona de honor.

– ¿Pero nadie tuvo nunca un problema con ella? -preguntó Þóra-. ¿No se te ocurre nadie que hubiera podido tener algún enfrentamiento con ella que pudiera desembocar en semejante barbaridad?

Jónas volvió a ponerse el reloj en la muñeca y ahora dedicó a Þóra toda su atención.

– Hombre. Se me pasó por la cabeza si podía tener alguna relación con las apariciones.

Þóra ni siquiera sonrió.

– ¿Estás insinuando que uno de los fantasmas que aparecen por aquí ha cometido un crimen?

Jónas se encogió de hombros y levantó las manos abiertas.

– ¿Qué sé yo? Sencillamente, todo esto parece demasiada casualidad. Esta casa está embrujada. Birna aparece muerta justo ahí delante. Ella estaba trabajando en las reformas. Los fantasmas quieren mantener su entorno exactamente igual a como era cuando fallecieron. Luchan con uñas y dientes contra cualquier clase de alteración. ¿Qué va a pensar uno?

Þóra nunca había oído nada semejante ni tenía ningún interés especial en los fantasmas.

– Jónas, creo que está completamente excluida la posibilidad de que aquí hayan participado fantasmas.

– ¿Estás segura? -preguntó el propietario del hotel-. Birna estaba muy intrigada con la historia de este lugar. Decía que tenía que conocerlo bien porque, de otro modo, le resultaría difícil establecer relaciones afectivas con el espacio. No puede excluirse que haya removido las iras reprimidas de algún difunto y que haya acabado pagándolo con la vida. Quizá no directamente… pero quizá sí indirectamente. -Al ver que Þóra no sabía qué decir, continuó-: Puede que no exista una relación directa entre una cosa y otra. Y además tenemos que tener en cuenta este lugar. Esto está embrujado y los vendedores no dijeron nada al respecto. Una mujer ha muerto trágicamente… tal vez por algo relacionado con las apariciones. Será difícil no pensar en esta posibilidad, porque no sería ni mucho menos imposible que el asesino hubiera estado dirigido por fuerzas del más allá. ¿Comprendes?

Þóra no pudo menos que negar con la cabeza.

– Claro que sí, ¿no lo ves? Tú les cuentas a los vendedores que una mujer ha fallecido y que corren rumores de que ha sido el fantasma quien lo ha hecho. Toda esa cuestión puede llegar a dilucidarse en un juicio. Pero algo me dice que esa gente no tendrá el más mínimo interés en verse envuelta en un caso de asesinato, aunque sea de forma indirecta. ¿Tú querrías ser testigo en un caso de asesinato en el que el defensor del asesino dé a entender que callaste los hechos que acabarían por dar lugar al crimen? -Jónas sacudió la cabeza-. No, no te gustaría ni pizca. A ellos tampoco. Quizá así se consiga que acepten pagar compensación.

Þóra le interrumpió.

– ¿Qué más da si consigues una compensación? Tú tendrás que seguir con el hotel, ¿no pretenderás volverte atrás en la compra por este motivo? Si dices en serio lo del fantasma, dudo que consigas sobornarlo para que se largue.

Jónas sonrió.

– Naturalmente que no puedo hacerlo. Pero preveo que tendré que aumentar el sueldo de los empleados para que no se despidan y se larguen. Éste es un pueblo espiritual, sensible con las cosas sobrenaturales. Ya he empezado a preocuparme porque algunos han dado a entender que están pensando en dejar el trabajo. Mi presupuesto de operaciones se está viniendo abajo, y bien podría resultar que se evapore el escaso beneficio que tenía calculado. Los huéspedes de sitios como éste son también sensibles. No les interesa para nada tener que vérselas con seres del otro mundo. Y mucho menos, si puede costarles la vida.

Þóra tenía que digerir todo aquello. No le apetecía lo más mínimo intentar forzar a la gente a llegar a un acuerdo amenazándoles con involucrar sus nombres en un caso de asesinato, pero las palabras de Jónas sobre sus empleados eran un argumento de peso.

– Permíteme que lo piense más tranquilamente. -Hizo ademán de ponerse en pie, pero se detuvo-. Aunque todavía tienes que decirme algo sobre esas apariciones fantasmales. ¿Cómo se manifiesta el fantasma, en realidad?Jónas resopló.

– Puf. No sé por dónde empezar.

– Por el principio, por ejemplo -dijo Þóra un poco molesta.

– Sí, seguramente es lo mejor -respondió Jónas, a quien las palabras de Þóra no parecían haberle afectado en lo más mínimo-. Como ya te he dicho, la mayor parte de los empleados perciben más de lo que se ve a primera vista. -Þóra asintió-. Empezaron a sentir una presencia desagradable. Recuerdo que el lector de auras, que se llama Eiríkur, fue el primero que la notó. Luego fueron otros quienes la percibieron, y posteriormente todos los demás. Yo tardé mucho en darme cuenta, al principio pensé que serían simples imaginaciones. -Jónas miró a Þóra con cara de preocupación-. En realidad, es imposible explicárselo a quienes no son receptivos a estas cosas, pero sí que puedo afirmar que es algo que dista mucho de ser una sensación placentera. A lo que mejor se puede comparar es a cuando sientes que hay alguien siguiéndote. Como si estuviera ahí sentado mirándote desde algún rincón oscuro, por ejemplo. Eso es lo que me pasó a mí, al menos.

Aquel relato no hizo más que confirmar la opinión de Þóra de que se trataba de un caso de histeria colectiva. Uno había empezado con una historia confusa y luego fueron siguiendo los demás, uno tras otro, hasta que la imaginación de la gente acabó convirtiéndola en un hecho real y palpable.

– Jónas -dijo Þóra-. Tendrás que buscar algo mejor. Este pleito no tiene muchas posibilidades de salir adelante, si voy a ver a los vendedores y les repito lo que me has estado contando. Tendremos que contar con algún buen argumento, no basta con una historia de miedo por aquí y otra por allá.

Jónas la miró escandalizado.

– Pero es mucho más que eso. Una historia de miedo te hace temblar un momento. Esta sensación es permanente. Opresiva, es quizá la palabra más adecuada. La mayoría, por no decir todos, han oído llantos por las noches, gemidos de niños. -De pronto puso un gesto triunfante-. Y yo he visto un fantasma auténtico. Más de una vez, además. Su presencia ha ido aumentando últimamente.

– ¿Y dónde has visto ese fantasma? -preguntó Þóra escéptica.

– Fuera, sobre todo. Aquí delante -Jónas agitó la mano hacia la ventana que había detrás de él, sin mirar hacia allí-. No me resulta fácil explicar exactamente dónde estaba situado el fantasma, pues siempre que lo vi había neblina. Algunos fantasmas sólo aparecen en determinadas condiciones atmosféricas, y éste viene cuando hay niebla.

– Así que, me imagino, no podrás describirlo con detalle, ¿verdad?-preguntó Þóra.

– No, en realidad no. Excepto que sé perfectamente que se trata de una niña o una mujer. El ser era demasiado pequeño para ser un varón. -Jónas se echó hacia atrás en el sillón-. Aparte de que la vi aparecerse en el espejo de mi habitación. Entonces no me cupo duda alguna de que se trataba de una chica. Sucedió bastante rápido, pero…

– Dijiste que habías reconocido a la chica en una foto que encontraste. Difícilmente sucedería tan deprisa como para que no pudieras conservar en la memoria los rasgos de su rostro, ¿no?

– Ya, no sé exactamente cómo explicarlo. Estaba cepillándome los dientes y oí un leve crujido. Me quedé como petrificado, me incorporé y entonces vi al ente en el espejo, pasando por delante de la puerta. Mi subconsciente consiguió percibir suficientemente los rasgos de su cara, aunque me resultaría muy difícil describirla, pero reconocí el rostro en una de las fotos. -Jónas abrió uno de los cajones del escritorio y se puso a rebuscar algo mientras seguía hablando-: Ni siquiera pude seguir con la foto en la mano después de aquello. La metí en la caja y la cerré. Para ti no representará problema alguno mirarla, pero yo no puedo.

– Dudo que me quite el sueño -dijo Þóra, sonriéndole-. Me gustaría hablar con alguno de tus empleados sobre este asunto. Con ese tal Eiríkur, el lector de auras, por ejemplo.

– Ningún problema. En este momento no está aquí pero volverá mañana, creo. -Jónas encontró por fin lo que estaba buscando en el cajón. Le entregó a Þóra una llave vieja y pesada, metida en un gran aro metálico-. Ésta es la llave del viejo sótano. Las cajas de las que te he hablado están allí abajo. Échales un vistazo. Hay muchas cosas curiosas que pueden explicar las apariciones.

Þóra agarró la llave.

– ¿No me engaña la memoria si la vieja granja se llamaba Kreppa? -preguntó con gesto inocente.

El dueño del hotel la miró extrañado.

– Sí, es cierto. Originalmente eran dos terrenos que se fusionaron. Uno se llamaba Kreppa, el otro Kirkjustétt. -Jónas se encogió de hombros con indiferencia-. Birna se pasó mucho tiempo estudiando las peculiaridades de la propiedad.

– ¿Sí? ¿Y por qué? -preguntó Þóra, con más curiosidad todavía-. ¿Sigue en pie la vieja granja?

– Sí, está todavía en su sitio. Originalmente íbamos a construir el nuevo edificio al lado, como hicimos aquí, pero a Birna no le pareció bien. Pensaba que había demasiada distancia de un sitio a otro, y además le parecía que la casa estaba demasiado deteriorada. Puedes echarle un vistazo mañana, si quieres. Las llaves están debajo de una piedra, al lado de la entrada de la casa. Es interesante de ver, porque aún tiene todo el mobiliario antiguo.

– ¿Cómo es posible? -preguntó Þóra-. Cuando se realizó la venta, nadie vivía en las tierras.

– Ni idea -respondió Jónas-. En realidad, puede ser que ya se hayan llevado parte de esos trastos viejos, porque la hermana… -Jónas buscó en los recovecos de su memoria el nombre de la mujer. Hizo un círculo tras otro con el dedo mientras pensaba.

– ¿Te refieres a Elín Pórðardóttir? ¿La que te vendió las tierras? -intervino Þóra.

– Sí, justo -exclamó Jónas. El dedo índice se detuvo en mitad de un círculo-. ¡Elín, la hermana! Llamó aquí hace un par de meses y dijo que por fin podrían llevarse los trastos. Yo estaba en el pueblo, así que no hablé personalmente con la mujer, sólo recibí el recado, me lo dio Vigdís, la de recepción. Su hija vino un poco después y le explicaron dónde podría encontrar la llave. Quizá lo mejor haya sido que ninguno de los dos se reuniera conmigo, porque yo les habría soltado unas cuantas cosas sobre las apariciones.

Þóra se sentía incapaz de seguir hablando de fantasmas.

– ¿Cómo es que querían el mobiliario? -preguntó-. No recuerdo que se discutiera ese asunto al cerrar la venta.

– Ya, fue cosa de palabra -explicó Jónas-. Lo discutieron conmigo en algún momento del proceso, y yo les dije que se llevaran lo que quisieran. -Y añadió triunfante-: En realidad, les indiqué que prefería que lo hicieran lo antes posible, porque quería utilizar la casa o derribarla.

Þóra asintió con la cabeza. Miró el reloj de la pared.

– Quizá vaya a verla durante el fin de semana. Quién sabe si me encuentro a la tal Elín o a su hermano. -Echó un vistazo a su reloj de pulsera-. Creo que esperaré hasta mañana para revisar las cajas. Ya se ha hecho demasiado tarde.

Jónas estuvo de acuerdo.

– No son cosas que convenga mirar antes de dormir, te lo aseguro. -Sonrió estúpidamente-. Crea uno en fantasmas, o no.

* * *

La ropa de cama era la mejor que Þóra había usado nunca. Bostezó y se estiró, decidida a disfrutar al máximo del sueño. El grueso almohadón de plumas encajaba perfectamente en su cuello, y se propuso preguntarle a Jónas dónde había comprado aquella maravilla. Alargó la mano hacia la mesilla para agarrar el mando a distancia y apagó la televisión. Sintió cómo el sueño la iba invadiendo mientras cerraba los ojos, y poco después su respiración era ya regular y sus pensamientos habían perdido todo contacto con lo terrenal. Por eso, ni siquiera se despertó por un instante cuando un débil gemido infantil penetró por la ventana abierta.

SÁBADO 10 de junio de 2006

Capítulo 6

Pocas cosas le disgustaban más a Gauti que trabajar en una autopsia un sábado por la mañana temprano, y peor aún si había tenido que hacer los preparativos la noche anterior. Las noches de los viernes se podían dedicar mil veces mejor a cualquier cosa que no fuera el olor de desinfectante y la compañía de los muertos en el sótano del Hospital General. A esas horas tenía que estar en un bar rodeado de mujeres fáciles, envuelto en una espesa nube de humo de los cigarrillos. Gauti pensó si debería cambiar de trabajo de una vez por todas. Ahora todos parecían encontrar empleos bien pagados. Más o menos. No estaba seguro de que el gremio bancario fuera a aceptar sin más sus cinco años de experiencia como ayudante de autopsias, pero todos sus colegas parecían haber conseguido algún trabajo. Intentó imaginarse a sí mismo con chaqueta y corbata detrás de una mesa, un ejecutivo dedicado a hacer la autopsia de la situación financiera de los clientes y a darles después buenos consejos que, a fin de cuentas, les conducirían al aumento de sus deudas. No, de momento, la convivencia con los muertos era más variada y entretenida. Examinó la bandeja del instrumental y comprobó que todo estaba en su sitio, también el cadáver, cubierto con una sábana blanca. Sólo faltaba el forense. Gauti miró el reloj que colgaba en la pared detrás de él. El médico llegaba tarde. Hrannar Pétursson. Suspiró. Todo lo malo siempre podía empeorar. Era un engreído de lo más fastidioso y que, encima, era un especialista poco serio. Sus descuidos en el trabajo no le habían acarreado nunca ninguna consecuencia, pero algunas veces Gauti había tenido que señalarle algunos errores tan evidentes que incluso él se había percatado de ellos. Que Gauti le indicara sus equivocaciones ponía de los nervios a Hrannar, pero hacía como si nada, e incluso se divertía sacándole de quicio.

La puerta de la sala de autopsias se abrió y Hrannar entró con grandes aspavientos. Iba acompañado de un joven al que Gauti ya conocía, pero cuyo nombre no recordaba. Había estado haciendo algo en el departamento la semana anterior, pero Gauti sabía que nunca había asistido a una autopsia.

– Buenos días -saludó Hrannar con altanería, señalando con la mano a su acompañante-. Éste es Sigurgeir, estudiante de quinto año de medicina, al que he autorizado a acompañarme. No todos los días podemos examinar un cadáver como éste.

Gauti hizo una señal con la cabeza dirigida a Sigurgeir, que sonreía tenso, y levantó la sábana que cubría el cuerpo. Observó la reacción del estudiante. El joven apenas pudo contener las ganas de vomitar que se adueñaron de él. Hrannar hizo como si no se diera cuenta, inclinándose tanto sobre la cabeza de la muerta que su nariz casi la rozó. Luego se incorporó, sacó el dictáfono y comenzó la clase.

– Sobre la mesa yace una mujer desconocida que fue hallada muerta en una playa del sur de Snæfellsnes. Los rasgos del rostro son irreconocibles a causa de considerables heridas que pueden haber sido infligidas post mortem por algún animal…

* * *

– Papá no es nada divertido. Lo único que hace es dormir. Y Gylfi, lo mismo. Quiero irme contigo.

Þóra se quitó las legañas de los ojos y se incorporó en la cama, apoyada en la almohada. Había agarrado el móvil que estaba sobre la mesilla de noche, respondiendo sin haber conseguido despertar del todo, y carraspeó antes de contestar a su hija. Recordaba muy vagamente algo sobre un sueño de fantasmas y niños que lloraban, pero aquella imagen se le escapaba y no consiguió recuperarla.

– Hola, Sóley. ¿Te has despertado ya? -Miró el reloj y vio que eran las ocho menos veinte-. Uf. Pero si es tempranísimo, cariño. Hoy es sábado. Papá y Gylfi quieren dormir bien para poder ser más divertidos el resto del día.

– Puf. -La suave vocecita estaba llena de reproche-. No serán nada divertidos. Sólo me lo paso bien contigo. Tú sí que eres divertida. -La conexión era tan mala que la voz de Sóley parecía salir del interior de un barril.

«Las cosas son como son», pensó Þóra, que conocía por propia experiencia que aquella admiración tardaría en desaparecer. Sóley sólo tenía seis años, y aunque estaba a punto de cumplir los siete, quedaban por delante bastantes años en los que Þóra desempeñaría el papel primordial en su vida.

– Regresaré a casa pasado mañana por la tarde. Entonces haremos algo divertido. Te llevaré conchitas de la playa, si quieres.

– ¡La playa! ¿Estás en la playa? -Sóley suspiró-. ¿Por qué no puedo estar contigo? Tengo muchísimas ganas de ir a la playa.

Þóra se mordió el dorso de la mano por haber mencionado la playa. Como vivían cerca del mar, ni siquiera se le había ocurrido pensar que una playa pudiera llamarle la atención.

– Ay, cariño, sabes que tienes que pasar el fin de semana con papá. A lo mejor podemos venir aquí juntas este verano.

– ¿Con la caravana? -preguntó Sóley entusiasmada.

Þóra suspiró para sus adentros.

– A lo mejor. Ya veremos. -No conocía nada más horrible que conducir con aquel trasto a remolque, y ni siquiera había aprendido aún a dar marcha atrás. Los escasos viajes que habían hecho con la caravana los había organizado de tal forma que no había tenido necesidad de dar marcha atrás-. Ahora pon la tele, porque acaba de empezar el programa infantil. Papá y Gylfi se despertarán enseguida. ¿Vale?

– Vale -dijo Sóley con voz muy mustia-. Adiós.

– Adiós, cariño. Te echo de menos -se despidió Þóra, y colgó. Se quedó un rato mirando el teléfono, preguntándose cómo había llegado a aquella situación. Su matrimonio se había ido al garete relativamente pronto, pero ella se había obstinado en no reconocerlo, impidiendo así un final decente. Durante once años todo había transcurrido más o menos normal, pero el final del camino había llegado rápidamente muy poco después. Hannes y ella se separaron año y medio más tarde. Ella sentía ciertos remordimientos de conciencia al ver a los niños siempre de un lado a otro, y de que tuvieran dos casas. Pero no había mucho que se pudiera hacer al respecto, y jamás volvería con Hannes, aunque fuera campeón mundial en dar marcha atrás con una caravana. Se levantó de la cama, se quitó de encima aquellos opresivos pensamientos y se metió en la ducha. Después se vistió con unos vaqueros, unas deportivas y un gastado jersey con capucha, preparada para bajar a cualquier sótano polvoriento. Al mirarse en el gran espejo, comprobó que sólo le faltaba la mascarilla de motonieve para ponerse a atracar bancos como Dios manda.

En el comedor la esperaba un bufé de desayuno muy bien surtido. Þóra no estaba acostumbrada a comer mucho por las mañanas, pero todo estaba tan bien presentado y resultaba tan apetitoso que no pudo resistirse, y llenó un plato grande con huevos revueltos, beicon y pan tostado. También se decidió por algunas frutas para darle un toquecito de color. La dieta que se había impuesto había quedado definitivamente olvidada. En el restaurante estaban ocupadas la mitad de las mesas. Þóra sintió curiosidad por saber qué clase de gente se alojaba en un hotel como aquél, que no sólo era carísimo sino que encima ofrecía todos aquellos elementos new age. No consiguió descubrir ninguna característica peculiar en los huéspedes. Eran de todas las edades y de distintas nacionalidades, aunque la mayoría parecían islandeses.

En tres de las mesas había personas solas, como Þóra: dos hombres, uno joven y el otro anciano, y una mujer de mediana edad. Þóra supuso que todos debían de ser compatriotas. El hombre mayor parecía fuera de lugar entre los huéspedes. Þóra imaginó que sería abogado o inspector de hacienda. La mujer parecía encajar todavía menos, tan silenciosa y con un aspecto tan triste, con los ojos clavados en la taza de café que tenía ante ella sobre la mesa. En el plato había un montón de comida que no parecía haber tocado. Aquella mujer tenía un aspecto tan penoso que Þóra no pudo evitar sentir compasión por ella. El joven, en cambio, era como una parte más del entorno y Þóra dejó que sus ojos se detuvieran en él. Lo hizo única y exclusivamente porque era guapísimo, moreno, bronceado, y con todo el aspecto de practicar culturismo de competición sin necesidad de esteroides. Þóra sonrió para sí, nostálgica, pero cambió el gesto en cuanto el joven miró hacia ella y le devolvió la sonrisa. Avergonzada, se bebió el café de un sorbo y se puso en pie. El muchacho hizo lo mismo. Llevaba una pierna vendada, y agarró una muleta que tenía apoyada sobre la silla de al lado. Se dirigió cojeando detrás de ella hacia la salida.

– ¿Eres islandesa? -oyó Þóra que decían detrás de ella.

Þóra se dio la vuelta y vio que, a corta distancia, el joven no era, en absoluto, más feo que de lejos.

– ¿Yo? Sí, claro -respondió ella, deseando no ir vestida de atracadora de bancos-. ¿Y tú? -añadió con una sonrisa.

Él devolvió la sonrisa y le tendió la mano.

– No, yo soy chino, interesado por la lengua islandesa. Me llamo Teitur.

– Þóra. -Aferró la mano que le tendía el joven.

– Tienes que ser recién llegada -dijo él, mirándola directamente a los ojos-. Si no, me habría dado cuenta de que estabas por aquí.

«Así que ésas tenemos», pensó Þóra, aunque sin dejar traslucir nada.

– Llegué ayer. ¿Y tú? ¿Llevas mucho aquí?

El joven volvió a sonreír.

– Una semana.

– ¿Y te gusta? -preguntó Þóra como una tonta. Siempre se comportaba de una forma un tanto patosa en la relación con el sexo opuesto, sobre todo si se trataba de hombres más jóvenes que ella.

Levantó las cejas con gesto alegre.

– Ah, sí. Esto es estupendo. Estoy realizando una especie de viaje de trabajo y de placer, y me parece estupendo poder unir las dos cosas. Con la excepción de esto. -Se apoyó en la muleta y levantó la pierna enyesada.

– Oh -dijo Þóra-. ¿Qué te ha sucedido?

– Me caí de un caballo como un auténtico burro -respondió-. Puedo con todo lo que hay aquí excepto con los paseos a caballo. En realidad no me caí, el caballo se desbocó y me tiró al suelo. Y así me torcí el tobillo, aunque puedo considerarme afortunado de que gracias a ello pueda librarme de los caballos antes de que las cosas fueran a peor. Mantente lo más alejada que puedas de ellos.

Þóra sonrió.

– No te preocupes. No pienso ni remotamente acercarme por allí. -Þóra se dedicaría a los trineos tirados por perros antes que a hacer una excursión a caballo-. Has dicho que estabas trabajando. ¿A qué te dedicas? -preguntó, más que nada, por mera curiosidad. No le parecía muy probable que aquél fuera un lugar muy cómodo para trabajar, excepto si el hombre era escritor.

– Soy corredor de bolsa. Un trabajo bastante estresante, pero que tiene la gran ventaja de que se puede practicar en cualquier sitio donde estés, lo único que hace falta es un ordenador y una conexión a Internet. ¿Y tú? ¿Qué haces?

– Soy abogada -explicó Þóra, afirmando con la cabeza como para asegurarse de que la creyera. Dios mío, que poco refinada era a veces.

– Bueno -dijo Teitur-. Oye, ¿qué te parece si te enseño la zona? Después de la semana que llevo aquí, me conozco hasta el último rincón.

Þóra le sonrió. Dudaba de que, en sólo una semana, se hubiera podido convertir en un especialista en aquel lugar, Además, el joven no parecía capaz de pasear mucho con un solo pie.

– ¿Quién sabe? Ya veremos.

– Estoy más o menos libre -dijo Teitur sonriente-. No tienes más que darme un toque.

Þóra le devolvió la sonrisa y se despidió. En aquel momento, iba a dedicarse a algo muy distinto que a pasear tan contenta por los alrededores en compañía de aquel hombre tan guapo: tenía que encerrarse en un sótano polvoriento a ver viejas fotos. Por muy despacio que pudiera caminar el chico. Pues sí.

* * *

La mayor parte de los órganos internos de la muerta reposaban en las bandejas metálicas. El cerebro estaba en una, los pulmones en otra mayor, el hígado en la tercera y así sucesivamente. El bufé de la muerte, que hacía ya mucho tiempo que había dejado de incomodar a Gauti. Sin embargo, tuvo que rebobinar su pasado hacia atrás muchos años para recordar un cadáver tan maltratado como aquél. Confiaba en que la mujer hubiera muerto rápidamente, o que hubiera perdido la consciencia antes de que le hicieran todo aquello.

Hrannar se dirigió hacia el lavabo, quitándose los guantes.

– Bueno. La mujer fue violada brutalmente pero su muerte puede achacarse a golpes reiterados en el rostro. A causa de ellos, los rasgos de la cara son irreconocibles y también por la agresión post mortem de algún animal, seguramente un zorro. No es posible determinar si la mujer conservaba la consciencia mientras se producía la violación, pero en el cuerpo no se encontraron heridas que pudieran indicar que había opuesto resistencia. Probablemente recibió un golpe antes del inicio de la violación y está claro que falleció antes de la conclusión de ésta. Igualmente puede suponerse que los golpes se propinaron en el transcurso de la misma. Presencia de semen, presumiblemente del autor, en la vagina, y cuyo análisis, así como el de unos cabellos hallados al rasurar sus genitales, podrán indicar en su momento quién es el culpable. No me parece posible otra cosa. La cantidad de semen es realmente sorprendente, lo que da pie a pensar que se trata de más de un culpable. -Sus palabras iban dirigidas al estudiante de medicina, que estaba pálido y silencioso al lado de Gauti-. Y es necesario redactar con mucho cuidado la descripción de los alfileres en el informe de la autopsia. No todos los días nos traen un cadáver con algo semejante en las plantas de los pies. Algo me dice que el asesino quiso indicar algo con tal acción. Lo único que se me ocurre es que se trate de un enfermo mental o algún sádico. Al menos, no puedo imaginar ninguna razón simple que pueda explicar por qué actuó de semejante forma. -Señaló diez alfileres sanguinolentos que había extraído de las plantas de los pies de la mujer y había metido en un frasco de plástico transparente. Se quitó la bata pringosa y se pasó los dedos por el pelo-. ¿Podríais redactarlo todo bien y enviar el informe inmediatamente a investigación? La policía está esperando impaciente las conclusiones. -Dicho esto, se dirigió hacia la puerta.

– Uno se acostumbra, no te preocupes -le dijo Gauti al muchacho, dándole una palmadita en la espalda para animarlo. Dejó los guantes ensangrentados en la batea de plástico blanco-. Te has portado muy bien.

– Asqueroso -balbuceó el estudiante en voz muy baja para que sólo llegara a oídos de Gauti-. ¿Cómo pudo ocurrírseme que esto sería mejor que el servicio de salud de Hvammstangir?

* * *

Þóra miró fijamente las estanterías llenas de cajas en el sótano que acababa de iluminar. Un resplandor mortecino surgía de una araña rusa en medio de la habitación, y había una diminuta ventana, tan sucia que la escasa luz que se filtraba por ella era de color parduzco. El olor a moho se le metía por la nariz y la boca. Vaya. Estaba tentada de pedirle a Jónas que le subiera las cajas a su habitación. Para colmo de males, los puntales de madera que sostenían el techo parecían estar carcomidos y a punto de desplomarse. Þóra hizo una mueca al pensar en la cantidad de animalillos que, sin duda, vivirían allí, pero se serenó y se acercó al estante más bajo. Le pareció que se trataba en total de doce cajas de madera, grandes y antiquísimas, pero era difícil ver con claridad su número, por la forma en que estaban colocadas. Levantó con cuidado la tapa de la caja superior y tuvo la precaución de echarse un poco hacia atrás por si algo saltaba de ella. No pasó nada, de modo que miró con cuidado.

Abrió los ojos de par en par. Había esperado de todo, menos aquello.

Capítulo 7

En lo más alto de la caja había una bandera doblada, con la cruz gamada. El círculo blanco que rodeaba la cruz estaba un poco amarillento y la tela áspera al tacto. Þóra no pudo evitar una mueca de asombro cuando la levantó con mucho cuidado y la puso a un lado. Debajo de la bandera había un montón de periódicos y revistas, aún más amarillentos que la bandera. La primera revista se llamaba Island y tenía el símbolo nazi justo en el centro, debajo del nombre. Jónas no le había mencionado nada de eso en su ridículo discurso sobre los fantasmas y las historias tenebrosas de la casa. Levantó la revista y vio que otros ejemplares del montón eran similares. Estaba editada por el Partido Nacional. Þóra sacudió la cabeza. Recordaba que en Islandia había existido un reducido grupo, simpatizante de los nazis, antes de la guerra, pero era incapaz de acordarse de lo que habían hecho. Evidentemente, habían editado algunas cosas, aunque las revistas tenían pocas páginas y no incluían nada demasiado interesante, a juzgar por aquellos ejemplares. Al hojear el montón, vio también algunos números de la revista estudiantil Mjölnir, editada, según se indicaba en la portada, por la Asociación de Estudiantes Nacionales. Þóra sacó de la caja el montón de revistas para ver lo que se escondía debajo, y encontró una camisa doblada, un brazalete con la cruz gamada y un cinturón unido a una correa de cuero que parecía destinada a cruzarse sobre el hombro. Eso era todo. Había llegado al fondo de la caja, cuando descubrió un objeto de latón, que resultó ser otra esvástica, y una especie de vaina, cuya función, si es que tenía alguna, Þóra no alcanzó a comprender. Allí había también una multitud de recortes de periódico con anuncios de bailes, acampadas y reuniones, aparentemente organizados por los nacionalistas, junto con cosas que no tenían mucho que ver con la política, como una billetera vieja, zapatos y fotos de personas que no parecían llevar ninguna cruz gamada. En las fotos no se veía ningún niño, pero eran casi todas del mismo estilo, con personas endomingadas y en la flor de su edad, unas veces sentados sobre mantas en excursiones campestres, otras veces de pie, al lado de la pared de una casa. Þóra no supo discernir si la pared que se veía en varias fotos formaba parte de la vieja granja en la que estaba en aquel momento, pues sólo se veía una pequeña parte. A juzgar por las ropas, las fotos habían sido tomadas antes de la guerra.

Þóra intentó volver a colocar las cosas en el mismo orden en que las había sacado. Estaba segura de que la caja no había sido abierta desde hacía muchos años, y que daría igual el orden en que lo dejara todo. Pero pensó que lo más correcto sería dejarlo tal y como lo había encontrado. En la siguiente caja que examinó encontró pocas cosas que le llamaran la atención. Allí había principalmente paños de ganchillo con dibujos de flores y cenefas doradas. En la tercera caja, en cambio, había un viejo álbum de fotos. La abuela de Þóra tenía un álbum parecido y quizá por ello la invadió una cierta sensación de tristeza, haciéndole pensar en la brevedad de la vida y lo rápidamente que se borran los recuerdos. Por ejemplo, sería difícil encontrar a alguien que hubiera conocido a las personas de las fotos del álbum, y dentro de muy poco sería prácticamente imposible. Se sentó sobre una de las cajas para poder mirar las fotos con tranquilidad.

Levantó la gruesa tapa de la cubierta. En la primera página, y debajo de una especie de guarda, que más bien parecía papel cebolla, aparecían fotografías relacionadas con la antigua granja. La casa, que en ellas tenía un aspecto casi nuevo, no había cambiado prácticamente nada, y en una placa de madera grabada delante de la entrada se podía leer Kirkjustétt. Þóra tomó con mucho cuidado una esquina de la foto y la sacó de la bolsita que la protegía. Detrás de ella había un sello que indicaba que había sido tomada, o revelada, en el año 1919. Con una caligrafía muy cuidada, que tenía que pertenecer a una mujer, estaba escrito: Bjarni Pórólfsson y Aðalheiður Jónsdóttir. Þóra estudió la foto con más detenimiento y vio que el fotógrafo estaba de espaldas al sol, porque la pareja intentaba como podía poner un gesto natural al tiempo que se protegían de la luz. Eran gente apuesta, un hombre de elevada estatura con cabello espeso y abundante, que le caía por detrás del cuello, y una mujer joven y delgada vestida con una falda hasta los tobillos, zapatos de domingo de tacón bajo y un sombrero de estilo antiguo que le cubría la cabeza completamente. Bajo el sombrero asomaba su cabello rubio. Por su parte, él vestía unos pantalones anchos de color claro, con grandes y llamativas vueltas, camisa y tirantes. Estaban los dos bien envarados uno junto al otro, frente a la pared de la casa, con los brazos a los costados. Posiblemente serían los dueños de la casa en otra época.

En la misma página había otra foto con el mismo tema aunque ahora se había sumado otra pareja. Þóra volvió a colocar la primera foto en su lugar y sacó la otra. Con la misma caligrafía se podía leer que además de Bjarni y Aðalheiður, estaban allí también Grímur Pórólfsson y Kristún Valgeirsdóttir. No hacía falta comprobar que tenían el mismo patronímico para darse cuenta de que Bjarni y Grímur eran hermanos. Había escasa diferencia en su aspecto, aunque vistieran ropas bastante diferentes. Observó detenidamente la imagen, pero no pudo leer nada en el gesto de aquellas personas, porque el sol les hacía tener la cara arrugada. Sí que vio, sin embargo, que la que debía de ser la esposa de Grímur era muy distinta a la rubia Aðalheiður. Parecía mayor en edad y bienestar, si tal descripción existiera. Era más gruesa y una cabeza más baja, e iba vestida con una falda de diario, un grueso jersey y zapatos planos. El cabello oscuro estaba recogido detrás de forma muy sencilla. Þóra se preguntó cómo habrían acabado juntas aquellas dos mujeres tan distintas. Pasó página.

En la plana siguiente había tres fotos de la joven pareja, Bjarni y Aðalheiður, todas en el exterior. Había pocas variaciones con respecto a las primeras fotos, con la excepción de que la joven ya no llevaba sombrero en la cabeza. Þóra siguió pasando páginas y estudió dos fotografías en las que el hermano mayor y su esposa estaban junto a la pareja más joven, pero al grupo se había añadido un niño pequeño: una muchachita de cabello oscuro, gordita, como era costumbre en aquellos tiempos. Þóra miró detrás de la foto y vio que la niña se llamaba Edda Grímsdóttir, hija del hermano mayor. La foto había sido tomada el año 1922, y la criatura parecía tener un año de edad. Las fotos siguientes habían sido tomadas con intervalos de varios años. En una, que tenía la indicación del año 1923, Þóra tuvo la clara sensación de que Aðalheiður, la más joven de las dos mujeres, se encontraba en estado, pero en las fotografías posteriores no había ni huella de un niño. Nada hasta que dio con una foto del año 1924. Había allí una foto de una pareja joven con un bebé de meses en brazos. Había sido tomada en un taller de fotografía. El bebé estaba envuelto en un mar de puntillas, y en la parte de atrás de la foto se comprobaba que era una niña de nombre Guðný. A continuación, venía otra foto de una niña, pero era extrañísima. La pequeña parecía dormida, vestida con un gorro de ganchillo que le cubría la coronilla, y un vestidito de ganchillo. El cuerpo estaba en una posición sorprendente, si es que la niña estaba realmente dormida. Ninguno de los dos hijos de Þóra había dormido jamás en aquella postura, con las manos cruzadas sobre el pecho y las piernas estiradas. Þóra despegó la foto y miró lo que ponía detrás. Estaba escrito el nombre de la niña, Edda Grímsdóttir, y dos años, con una cruz negra trazada delante del segundo. Había muerto el mismo año que Bjarni y Aðalheiður habían tenido a su pequeña. Þóra volvió a colocar la foto en su sitio y resopló. Sabía que en aquella época se tenía por costumbre fotografiar a los difuntos, pero nunca había visto una imagen como aquélla, y mucho menos la había tenido en las manos. Pensó si se trataría de la fotografía a la que se refería Jónas cuando dijo que había visto una foto del fantasma.

Tuvo la sensación de que ya había empezado a conocer a la gente de la granja cuando hojeó el resto de las páginas. En realidad, aquella imaginada familiaridad tuvo el efecto de que se quedara un tanto mustia al ver lo mal que se había portado el tiempo con aquella familia. Por ejemplo, no se veían fotos del hermano mayor posteriores al año 1925. Seguramente él y su esposa se habían trasladado a otro lugar o habían desaparecido de la vida del matrimonio más joven, por algún motivo. Tal vez la pérdida de su hija Edda había sido la causa de su abandono del hogar. Aðalheiður desaparecía también de las fotos a partir de 1927. La última foto en la que se la veía mostraba claramente que estaba en estado de buena esperanza, pero era de 1926. La caligrafía del dorso de las fotos cambiaba también a partir de esa fecha; era una escritura mucho más descuidada y no hacía falta ser un experto grafólogo para comprender que se trataba de escritura masculina. Þóra creyó vislumbrar un gesto apenado en Bjarni, el marido de ella, a partir de entonces. En las fotos, sin embargo, estaba siempre sonriendo cariñosamente a Guðný, quien, a juzgar por las fotos, iba creciendo estupendamente, bella como su madre y, al mismo tiempo, muy parecida a la familia de su padre.

El álbum de fotos no estaba lleno. Las últimas dos imágenes de Guðný la mostraban de pie frente a la pared de la casa, que parecía el lugar favorito de la familia a la hora de sacarse fotos. Ahora se había convertido en una muchachita adolescente, de formas bien marcadas y con el cabello rubio ondulado. Þóra se imaginó que debían de haberla considerado una preciosidad, ya que su aspecto no desmerecía en lo más mínimo del de las poquísimas estrellas de cine que Þóra recordaba de aquella época. Las dos fotos eran del año 1941, y habrían sido deliciosas si Guðný hubiera estado sola en ellas. No era así, porque la muchacha estaba flanqueada por dos hombres jóvenes, con la espalda tiesa como un palo y rostro solemne. No era la estúpida pose de los jóvenes lo que hacía extraña aquella foto, sino sus ropas. Los dos llevaban unos sencillos pantalones oscuros y camisas blancas, y en el brazo una banda con la cruz gamada. En el pecho se cruzaba un extraño cinturón con una correa, y en una mano sujetaban un gran mástil de bandera, que no ondeaba, sino que colgaba inmóvil. Pero no hacía falta verla para sacar la conclusión de que sería la bandera del partido nazi, porque lo más alto del mástil estaba coronado por la cruz gamada que Þóra había encontrado en la primera caja. La vaina estaba destinada, evidentemente, a insertarla en aquel lugar. El nombre de aquellos hombres no estaba anotado en la parte posterior de la foto, solamente el año y el nombre de Guðný.

A continuación venían solamente tres planas vacías. En la primera de ellas resultaba evidente que habían quitado una foto, la superficie oscura que marcaba el lugar donde había estado pegada llamaba la atención con sus bordes levantados y las bolsitas triangulares de las esquinas aún pegadas. Þóra sacudió el álbum con la esperanza de que alguien hubiera metido alguna otra foto entre las páginas, pero nada cayó. Lo dejó a un lado.

Se puso en pie. La luz de aquel sótano en tinieblas era tan mortecina que, sin duda, estudiaría mejor las fotos en su habitación. Además, quería preguntarle a Jónas si alguna de las niñas del álbum era el fantasma que decía haber reconocido en una foto. Se produjo un chirrido en cada escalón de la escalera de madera que llevaba al exterior, y Þóra dio gracias por no tener sobrepeso. Cuando llegó al nivel del hotel respiró hondo, contenta de haber dejado atrás el olor a moho. Disfrutó del aire fresco unos instantes y luego dirigió sus pasos hacia la puerta de entrada.

Delante de una ventana del pasillo vio a Sóldís, la muchacha que la había acompañado a la habitación a su llegada, el día anterior. Estaba fumando, apoyada en la pared de la casa. Þóra decidió dar un rodeo para charlar con ella un poco más tranquilamente sobre las historias que, según había insinuado, circulaban sobre la casa o el terreno.

– ¡Hola, Sóldís!

La muchacha se dio la vuelta. Su gesto era tan inexpresivo que Þóra no pudo distinguir si se alegraba o se sentía molesta de volver a verla. En todo caso, no huyó.

– ¿Sí?

Þóra se dirigió hacia la muchacha.

– Hola, ¿no me recuerdas?

– Sí, sí, claro que sí. Estás alojada aquí. Una amiga de Jónas.

– Exacto. -Þóra sonrió amistosa-. Oye, ayer mencionaste algo sobre unas viejas historias acerca de este lugar, y dijiste que en otro momento me las contarías. ¿Tienes tiempo ahora?

La muchacha torció el gesto pero consiguió no mirar a Þóra a los ojos.

– Tengo que volver al trabajo.

– A Jónas le parecerá bien. Estoy intentando ayudarle, y aunque pueda parecer improbable, puede ser que esas historias sobre este lugar me faciliten las cosas para hacerlo. -Þóra esperaba que aquello funcionara.

La muchacha se removió en el sitio, incómoda, pero se encogió de hombros con indiferencia.

– Vale. A mí me da completamente igual.

– Magnífico -exclamó Þóra-. ¿Te parece que entremos? -El tiempo seguía un tanto desapacible aunque la niebla se hubiera despejado un poco. En realidad, era como si sólo hubiera subido unos cuantos metros, porque aún se veía únicamente la parte más baja de los montes cercanos

La muchacha volvió a encogerse de hombros.

– Vale. Como te he dicho, a mí me da igual. -Se puso en marcha y Þóra la siguió. Entraron por la puerta destinada a los empleados y desembocaron en una gran cocina que seguramente servía al restaurante. Allí, Sóldís se sentó al lado de una mesita de cocina destinada a los empleados y le hizo una seña a Þóra para que hiciera lo mismo. Extendió la mano hacia un termo de considerable tamaño y agarró dos tazas de un enorme montón de tazas y vasos que estaban en un extremo de la mesa.

– Yo me crié aquí, y mi abuela me contó toda clase de historias sobre la comarca. Trols y todo eso, ya sabes. La mayor parte son simples tonterías, pero algunas tienen una base verdadera, por lo que me contó -explicó Sóldís, dándole a Þóra una humeante taza de café.

Þóra asintió.

– ¿Como qué? -Alargó el brazo hacia un pequeño cartón de leche y vertió unas gotitas en su café.

– Bueno, como lo de estas tierras de aquí. Mi abuela me dijo que sobre ellas pesa una maldición.

– ¿Una maldición? -Þóra no pudo evitar enarcar las cejas con un gesto de sorpresa.

– En otros tiempos, este malpaís era conocido por sus expósitos. Las mujeres de la región que no podían mantener a sus hijos se los llevaban y los abandonaban aquí. -Miró a Þóra y se estremeció-. Horrible. La gente todavía puede oírlos. Más aún, yo misma los he oído.

Þóra tuvo que hacer lo posible por no atragantarse con el café. Se inclinó para acercarse a ella.

– ¿Me estás diciendo que has oído el llanto de un niño, o de varios niños, que fueron abandonados en la lava hace cientos de años? -preguntó.

Sóldís miró a Þóra con gesto pensativo.

– No soy la única que lo ha hecho, créeme. Casi todo el mundo de por aquí ha oído el llanto. Incluso ha sucedido hace poco. Nunca lo había oído hasta que empecé a trabajar aquí.

– ¿Y cómo es posible? -preguntó Þóra.

– Eso no lo sé. Mi abuela me dijo que pasa y luego llega un momento en que deja de suceder. Ella recordaba historias de un llanto espantoso que salía de aquí mismo, en los años cuarenta. Uno de los granjeros vino a intentar averiguar qué era, porque pensaba que sería un niño de carne y hueso, y llegó a oírlo llorar débilmente justo a su lado, pero no pudo encontrarlo por ningún lado. Se fue pitando a su casa y nunca se atrevió a acercarse a esta granja otra vez. Mi abuela me contó que poco después terminó la guerra y quizá los niños abandonados lo notaron y estaban manifestando su alegría. O su furia. A lo mejor está a punto de pasar algo malo. Claro, o algo bueno, también puede ser.

Þóra llamaba a aquello rezar a Dios y al diablo. Estaba claro que siempre pasan cosas y, en consecuencia, siempre hay algo a punto de suceder. Da igual que sea bueno o malo. Por esa regla de tres siempre se podría explicar por qué volvían a llorar los niños abandonados, los expósitos. No era de extrañar que las apariciones del fantasma se hubiesen extendido como el fuego entre los empleados, pues la explicación servía tanto para un roto como para un descosido.

– ¿Has visto algún expósito? -preguntó Þóra-. ¿O alguna otra cosa en el hotel?

– No, por Dios -exclamó Sóldís-. Afortunadamente no. Son espantosos. A lo mejor hasta me volvía loca al verlos, compréndeme.

– Tranquila -dijo Þóra, maternalmente-. Esa historia de que el malpaís era un sitio habitual para abandonar a los niños… ¿la conoce todo el mundo?

– Sí, desde luego -respondió Sóldís-. Se dice que ningún niño de aquí ha llegado a adulto. Todos lo saben. -Vio que Þóra tenía dificultades para digerir aquello-. Mira en el cementerio. Mira las lápidas. Verás que no es ningún bulo.

Þóra pensó involuntariamente en la foto de la niña muerta, Edda Grímsdóttir.

– Digamos entonces que la aparición del fantasma está relacionada con los expósitos -dijo Þóra-. ¿Cómo explicas la aparición que vio Jónas, y también otros más, según tengo entendido? Ese fantasma no era un bebé.

– Ese espectro no es un niño abandonado -afirmó Sóldis-. Podría haber sido la madre de alguno de los niños, condenada a buscarlo hasta el fin de los tiempos. O quizá sea el fantasma de la vieja errante.

– ¿El fantasma de la vieja errante? -repitió Þóra sin comprender nada en absoluto-. ¿Así que hay otros fantasmas en la región, no sólo los de los niños abandonados?

– Sí-respondió Sóldís-. Un montón. Pero los niños abandonados y el espectro de la vieja errante son los únicos que conozco que son exactamente de estas tierras. Esa historia sucedió aquí, pero antes de que se construyeran las dos granjas, cuando aquí había un perchel.

– ¿Un perchel? -preguntó Þóra.

– Bueno, esas chabolas de pescadores. Marinos y demás -respondió Sóldís-. Un montón de trabajadores, sabes. Marineros, en realidad.

– ¿Y qué tiene que ver eso con el encantamiento? -preguntó Þóra cautelosa.

– Muchísimo -dijo la chica de sopetón-. Mi abuela me dijo que los percheleros de allí mataron a una mujer errante y encima utilizaron su carne como carnada.

– ¿Como carnada? -dijo Þóra con una mueca.

– Sí, carnada -repitió la chica, feliz con su reacción-. Con ella pescaban estupendamente y decidieron no volver a tierra, sino seguir remando en la oscuridad, para pescar más. Cuando la noche los envolvió del todo, el bote volcó. Sólo se salvó uno de los hombres, el que se había opuesto a todo aquello. Explicó que el barco había sido volcado desde abajo, ya sabes, como si hubiera en el mar algo que lo hizo zozobrar, y él creyó siempre que había sido el espectro de la mujer.

– Ya -dijo Þóra extrañada-. ¿Y es ése el fantasma? ¿La mujer que utilizaron como carnada?

Sóldís negó con la cabeza.

– También podría ser el espectro de uno de los pescadores a los que mató, porque los cuerpos de los otros marineros fueron arrojados a la costa y seguramente fueran condenados a vagar por aquí. -Se inclinó hacia Þóra en plan confidencial-. ¿Y sabes una cosa?

– No. ¿Qué? -preguntó Þóra.

– Los cuerpos llegaron a la playa que acaba de registrar la policía. Donde han encontrado el cadáver -Sóldís se irguió.

– ¿Cómo sabes que la policía ha estado allí? -preguntó Þóra.

Sóldís miró desconcertada a Þóra.

– Conozco a todo el mundo. Una prima mía me llamó por teléfono y me lo contó. ¿Crees que la gente no se da cuenta de que la policía anda investigando?

– Claro, claro -replicó Þóra-. Claro que se dan cuenta. -Reflexionó un instante-. Pero esos marineros eran hombres, imagino. ¿En este sitio no hay ninguna historia sobre el fantasma de un niño? ¿De una niña, más exactamente?

Sóldís hizo memoria con gesto pensativo.

– ¿Quieres decir, el fantasma del que habla la gente del hotel?

– Sí, eso es -respondió Þóra esperanzada-. ¿Qué opinas de ese fantasma? ¿Tu abuela te contó algo sobre él?

– Bueno, le pregunté, pero ella no sabía nada. Sí que he oído hablar de otra mujer que a lo mejor podía ser una hija del granjero que vivía aquí antes. Se llamaba Bjarni, si recuerdo bien. -Sóldís hizo una pausa antes de continuar-. Todo el mundo hablaba de que abusaba de su hija. Incesto.

– Anda -exclamó Þóra. A su memoria acudieron las imágenes del álbum, sobre todo de Guðný y su padre Bjarni. Ni se le había pasado por la cabeza algo así.

La chica se encogió de hombros.

– Murieron los dos. De tuberculosis.

Þóra asintió moviendo la cabeza lentamente.

– Ya, ya veo. Pero ¿tú qué piensas? ¿Qué el fantasma es esa chica de la granja?

Sóldís miró a Þóra a los ojos.

– Yo he visto al fantasma, pero a ella no la he visto nunca, de modo que ¿qué sé yo?

– ¿Tú has visto al fantasma? -preguntó Þóra, atónita.

– Sí -fue la engreída respuesta. La mirada de Sóldís era provocadora, como si estuviera retando a Þóra a que osara poner en duda la veracidad de aquello.

– Comprendo -dijo Þóra con prudencia-. ¿Dónde viste el fantasma, si puedo preguntar?

– Ahí fuera. En la niebla. No la vi con detalle, pero estoy totalmente segura de que se trataba de una niña. Þóra asintió.

– ¿No sería el niño de alguno de los vecinos? -preguntó con prudencia.

Sóldís rió burlona.

– ¿De alguno de los vecinos? ¿Qué vecinos? Hay cinco kilómetros hasta la granja más cercana, y ellos tienen un chico, ¿entiendes? Y no creo que se le pase por la cabeza venir aquí a pasear entre la niebla. ¿Para qué?

Þóra tuvo que confesar que sería poco lógico. Estaba pensando en hacerle alguna pregunta más, cuando sonó su móvil.

– Hola, Þóra -dijo la familiar voz de Matthew-. ¿Ya has decidido si me dices dónde estás, o tengo que organizar un equipo de búsqueda? Estoy en el aeropuerto de Keflavík. Acabamos de aterrizar.

Capítulo 8

– Te estoy diciendo que alguien ha asaltado mi almacén -dijo Stefanía, golpeándose furiosa los muslos con las manos. Intentaba que la maliciosa risita de Vigdís, la recepcionista, no la pusiera aún más nerviosa. Ya estaba bien. Alguien había forzado el candado del pequeño almacén donde guardaba sus artículos, y aunque no parecía haber desaparecido nada, ese detalle no alteraba la seriedad del caso. Stefanía estaba acostumbrada a que las mujeres no la comprendieran. No estaba segura de si se debía a su aspecto, o si tenía algo que ver con su especialidad laboral: consejera sexual. Muchas veces tenía la sensación de que sus compañeras de género pensaban que había optado por aquella disciplina única y exclusivamente para poder ligar, lo que, efectivamente, sucedía de vez en cuando. Pero eso no era culpa suya. Hizo una mueca de furia-. No es broma. El candado está destrozado. Puedes venir y verlo tú misma si no me crees.

Vigdís enarcó las cejas.

– No es necesario ponerse tan alterada. Tienes que comprender que no existe ningún motivo para montar este numerito sobre el asalto, porque no han robado nada. -Se volvió nuevamente hacia el ordenador. No aguantaba a Stefanía y su rollo sexológico. Fuese a donde fuese aquella mujer, siempre había algún lío, y esa estupidez del asalto se la había inventado nada más que para llamar la atención. Pero esta vez no creía que fuera a conseguirlo, pues tenía que competir con el hallazgo de un cadáver. Apartó los ojos de la pantalla para mirar a Stefanía, y los clavó en ella-. De modo que no sé qué buscas aquí, en realidad.

A Stefanía le habría encantado más que nada en el mundo que aquella idiota de Vigdís se tirara a un estanque lleno de pirañas, pero decidió no mostrarse afectada.

– ¿Qué busco? No lo sé. ¿Pero no sería correcto, por lo menos, que Jónas se enterase de que alguien ha forzado el candado de un almacén cerrado bajo llave? ¿Quién sabe si era algún drogadicto en busca de droga? Podría volver.

– ¿De droga? -exclamó Vigdís escandalizada-. ¿Quién iba a ponerse a buscar droga en ese cuartucho tuyo? Esto es un hotel especializado en terapias naturales y temas espirituales. No hay en todo Snæfellsnes un sitio más improbable para almacenar estupefacientes o medicinas.

Stefanía respiró hondo.

– Perdona, pero los que están metidos hasta las cachas en las drogas puede que no estén enterados de la especialidad del hotel. Aparte de que podría haber sido alguno de los huéspedes. -Y añadió con una sonrisa empalagosa-: O algún empleado.

La reacción de Vigdís fue bronca:

– ¿Un empleado? ¿Estás loca?

– Lo digo por decir. Si no ha sido un drogadicto, entonces tuvo que ser una persona normal y corriente. Quizá se moría de ganas por poseer alguna de las cosas que vendo, pero le daba vergüenza pedirla de modo normal. ¿Quién sabe? -Stefanía abrió mucho los ojos en artificial asombro.

Vigdís estaba decidida a no dejarse enredar en charlas sobre cremas sexuales e instrumentos auxiliares de la vida amorosa. Stefanía sabía que aquel tema de conversación le resultaba desagradable, y Vigdís no quería hacerle el favor de ponerse colorada.

– Y entonces, ¿por qué no robaron nada?

Stefanía vaciló por un momento.

– Bueno, no lo sé. Naturalmente no he mirado en todas las cajas ni he comprobado si estaba absolutamente todo. A lo mejor se llevaron algo. -No llegó más allá en sus especulaciones.

– Es excesivo, con lo que está pasando, empeñarse en darle vueltas a un asalto en el que «quizá» pueden haber robado algo. -Vigdís hizo un gesto con los dedos dibujando las comillas en el aire, al tiempo que decía «quizá».

– ¿Y entonces? -preguntó Stefanía inquisitiva-. ¿Qué ha pasado? -Le fastidiaba la frecuencia con que sucedía algo cuando ella no estaba. Por las noches se iba a Hellnar, a su casa, y rara vez trabajaba en festivo. A lo mejor ésa era la única razón por la que encajaba tan mal con los demás los empleados, que en su mayoría se alojaban en unos bungalós que Jónas había hecho construir al lado del hotel.

– Han encontrado un cadáver en la playa. Ahí abajo, en la playa, justo al lado de las rocas. -Vigdís hizo un silencio dramático antes de continuar-. Seguramente se trata de Birna, la arquitecta. -Volvió a quedarse en silencio por un momento-. Probablemente la asesinaron. -Se llevó una alegría al ver que Stefanía palidecía y se ponía las manos en el pecho.

– ¿Te lo estás inventando? -preguntó Stefanía, articulando las palabras con dificultad.

– Noooo. Tal como te lo cuento. Muerta, probablemente asesinada. -Vigdís se volvió de nuevo hacia el ordenador y cambió de tema para fastidiar a Stefanía-. ¿Te sobra alguna caja vacía para la abogada? Necesita una grande para meter unas cosas.

– ¿Eh? Sí, sí, claro -respondió Stefanía con la cabeza en otro sitio. ¿Qué demonios había pasado? Pensó en los consejos que le había dado a la pobre mujer muy poco tiempo atrás. ¿Habrían sido la causa de que perdiera la vida? Stefanía farfulló algo incoherente, haciendo que se despedía, y se apresuró a marcharse. No quería que vieran cómo le había afectado la noticia. Pero había algo que sí precisaba saber exactamente. Se dio media vuelta-. ¿El sexo tuvo algo que ver en el asunto? ¿Sabes si la violaron, o algo por el estilo?

– Sí, creo que sí -respondió Vigdís sin tener ni idea al respecto. Algo le decía que aquella respuesta le sentaría como un mazazo.

Stefanía fue directamente, con el rostro completamente rojo, hacia su despacho. No necesitaba más datos.

* * *

Þóra dejó caer la pesada caja sobre la cama recién hecha de su habitación del hotel. No entendía muy bien las indicaciones que llevaba en los laterales. Cuando recogió la caja en recepción pensó, en un principio, que serían objetos de broma, cámaras fotográficas de pega o cosas por el estilo. En todos los laterales de la caja ponía en grandes letras negras: Vibrating Dildo – Genuine Rubber – New Aloe Vera Action! Para quienes no tuvieran buenos conocimientos de inglés, debajo del texto había un dibujo del contenido. Þóra se había puesto colorada hasta la raíz de los cabellos cuando, en la recepción, tomó la caja de manos de Vigdís, que le dijo, aprovechando la ocasión:

– Ésta me pareció más apropiada que la de vulvas artificiales. -Sonrió y continuó-: La única persona que tenía una caja vacía era la sexóloga. Perdona.

A Þóra le había llevado la mayor parte de la mañana revisar el resto de los trastos del sótano y reunir lo que le pareció más interesante. Se quedó únicamente con los documentos viejos, cartas y fotos, y dejó el resto: tazas, un reloj, candelabros y otros objetos decorativos. Los papeles que no tenían relación directa con el caso quedaron también en su sitio, en las tinieblas de las cajas, pero se llevó todas las fotos, independientemente de lo que representaba cada una, pues nunca se podía saber lo que podía aparecer después de estudiarlas con mejor luz. No resultaron ser muchas, pero una de ellas atrajo especialmente su atención: una imagen, en un bonito marco antiguo, de la muchacha que Þóra estaba convencida que era la chica de la vieja granja, Guðný Bjarnadóttir. Aparecía sentada sobre las rodillas, encima de la hierba, sonriendo, hermosa y jovial, al fotógrafo. Llevaba puesta una blusa blanca de cuello ancho, sujeta con una larga cinta que bajaba desde el cuello. Aquella blusa mostraba, de alguna forma inexplicable, que se trataba de una chica, no de una mujer joven. Þóra estaba más o menos segura de que la sensación que quería provocar con aquella prenda debía de ser muy distinta. Colocó la foto en la mesilla de noche al lado de la cama. Le llevó largo tiempo equilibrarla, porque el soporte que tenía pegado a la parte trasera del marco no había resistido bien el almacenaje. La miró un momento y deseó de todo corazón que lo que le había dicho Sóldís sobre el incesto en la granja fuera una simple invención. De otro modo, aquélla sería, muy probablemente, la víctima.

Las tripas de Þóra hicieron ruido. Miró el reloj y vio que ya era la una. Llamó a la recepción y le dijeron que la cocina estaba abierta hasta la una y media, así que tenía que darse prisa. Se lavó las manos a todo correr y se cepilló un poco el cabello desordenado. Su estancia en el sótano no había favorecido precisamente su aspecto, pero no quiso cambiarse aquellas ropas polvorientas para poder llegar al comedor antes de que cerraran. Siempre se podría poner de punta en blanco para la cena, pensó al salir.

En el salón sólo había un huésped cuando entró Þóra. Era un hombre mayor, el que ella había pensado en el desayuno que debía de ser inspector de hacienda o abogado. No la miró ni dio señal alguna de que tuviera intención de saludarla. Estaba absorto, mirando tristemente por la ventana y no pareció darse cuenta de que en el comedor, los comensales se habían duplicado con la llegada de Þóra. ¿De qué conocía a aquel hombre? Þóra eligió una mesa bastante distanciada de la suya. No había hecho más que sentarse cuando un joven con sonrisa fingida apareció de la nada y le entregó el menú. Þóra le dio las gracias y pidió agua con gas para empezar. Mientras el camarero iba a buscarla, leyó el menú de mediodía y eligió una tortilla con ensalada verde. Según la descripción, la ensalada incluía diente de león y acedera, y la curiosidad la impulsó a elegir aquel plato. El camarero apareció con la bebida en el momento en que ella volvía a dejar la carta sobre la mesa, y alabó su elección cuando ella le dijo lo que deseaba. Þóra sospechaba que habría hecho lo mismo aunque hubiera elegido una chuleta de cerdo cruda, si hubiera habido algo similar en el menú. No parecía precisamente sincero.

– ¿Se sabe algo más del hallazgo del cadáver? -preguntó mientras el camarero le servía agua en el vaso. Éste se sobresaltó, dejando caer un poco de agua sobre el mantel.

– Ay, perdón. Mira que soy torpe -se disculpó mientras agarraba una servilleta de la mesa vecina.

– No pasa nada -respondió Þóra con una sonrisa-. No es más que agua. -Esperó a que terminara de secar la mancha-. Pero ¿se sabe algo?

El camarero arrugó la servilleta entre las manos y se movió inquieto.

– Dios mío, es de lo más incómodo. En realidad, no sé qué debo decir y qué no. El dueño se reunirá con nosotros dentro de un rato y nos indicará exactamente lo que podemos decir a los clientes. No queremos dar pábulo a historias que puedan provocarles un estrés innecesario. La gente viene aquí a descansar.

– Yo no soy un huésped corriente. Puede decirme lo que hay. Trabajo para Jónas. Soy su abogada. Así que lo que me mueve no es la mera curiosidad.

El camarero parecía escéptico.

– Ah. Comprendo. -Obviamente no comprendía del todo, porque no dijo nada más.

– ¿Así que no sabe nada más del asunto? ¿Ya se sabe quién era?

– No, oficialmente no. Pero todo el mundo dice que se trata de Birna, la arquitecta. -Se encogió de hombros-. Pero todo son rumores, y bien puede ser que al final se trate de otra persona.

– ¿La conocía usted? -preguntó Þóra.

– Un poco -respondió el camarero con gesto impenetrable-. Estaba mucho aquí, y uno no podía evitar tener trato con ella.

– No parece que le resultara demasiado simpática. -Þóra bebió un sorbo de agua y notó cómo el polvo del sótano que se le había quedado en la boca bajaba con el líquido.

Resultaba evidente que el camarero ya se había cansado de aquella conversación.

– Tengo que llevar el pedido a la cocina. El cocinero se enfadará si tiene que seguir aquí después de la una y media. -Le sonrió-. A decir verdad, no la aguantaba. Era una mala bruja y eso no cambia aunque esté muerta. Era una bruja. -Se marchó.

Þóra miró su espalda hasta que desapareció en la cocina con el pedido. Estaba claro que no todos estaban de acuerdo con Jónas en que Birna fuera una persona de honor. Si se trataba de Birna.

* * *

Después del almuerzo, Þóra regresó a la habitación. No había logrado sacarle nada más al camarero, excepto que se llamaba Jökull. Y había acabado comiendo sola en el salón, porque poco después de que el camarero desapareciera con su pedido, el anciano se había levantado y había abandonado la sala sin prestarle la más mínima atención. En cambio, Þóra le había mirado mientras se marchaba, y no pudo evitar la sensación de que había algo conocido en el rostro de aquel hombre. Pero no conseguía recordar de quién se trataba. Podía haber sido cualquiera, un conductor de autobús de los tiempos de su infancia, o cualquier otro, pero siguió teniendo la sensación de que lo conocía.

Comprendió que lo más juicioso sería dedicarse a estudiar a fondo el contenido de la caja, o ponerse a leer la agenda de Birna, pero la tentación de darse una ducha era demasiado fuerte: quitarse de encima el polvo del sótano, y luego tumbarse un ratito a descansar. La siesta era un placer que podía practicar en muy pocas ocasiones. En casa siempre tenía mucho que hacer y la cama no era tan atractiva ni tan mullida, ni estaba tan bien hecha ni era tan estupenda. No renunció a ninguna de las dos cosas.

* * *

Þóra dio un respingo. Había puesto la alarma del móvil para que la despertara una hora después, pero no había sonado. Miró extrañada a su alrededor, pero sólo cuando llamaron a la puerta volvió realmente en sí. Se puso el albornoz que había utilizado tras la ducha y dijo en voz alta:

– ¿Quién es? -Nadie respondió, pero volvieron a golpear la puerta. Se acercó a la puerta. La entreabrió y asomó la cabeza-. ¿Sí?

– Hola, cariño -saludó Matthew-. ¿No me dejas entrar?

Þóra se maldijo a sí misma por no haberse pintado, por tener el pelo mojado y, además, por haber dormido con el pelo sin secar. Se pasó la mano por la cabeza en un fallido intento de dominar los enmarañados rizos.

– Anda, hola. Has encontrado el sitio.

Matthew entró sonriente.

– Naturalmente. Tampoco ha sido tan complicado. -Miró en torno suyo-. Bonita habitación. -Sus ojos se detuvieron en los envoltorios de la sexóloga.

Þóra no tuvo tiempo de darle un empujón a la caja para hacerla desaparecer. Sonrió incómoda.

– Ya veo que no podía retrasarme más -dijo el alemán.

Capítulo 9

Þóra nunca había probado nada similar a lo que aquella caja estaba destinada a contener en su vida anterior. Pero sí que estaba bastante segura de que aquellos artilugios no resistirían la comparación con el original, como suele suceder en este mundo con todas las imitaciones. Sonrió para sí y se sentó en la cama. El albornoz estaba allí todo arrugado y extendió una mano para cogerlo. Qué extraño que no lo hiciera más, pensó al tiempo que se lo ponía por encima y buscaba sus ropas. Aunque hasta aquel momento no le había importado ni lo más mínimo, prefería tener algo de ropa encima cuando Matthew volviera a aparecer. Había salido un momento al coche de alquiler a recoger su equipaje, que pensaba dejar en la habitación que había tomado para él. Þóra opinaba que no tenía mucho sentido haber hecho otra reserva, pero le agradecía la cortesía que demostraba al no querer dar la impresión de que se metía en su habitación de buenas a primeras… aunque realmente eso era lo que había pasado. Volvió a sonreír cuando se dio cuenta de que estaba contentísima de volver a verle, y feliz de que hubiera ido allí a pesar de sus objeciones. Lo peor de su relación, en realidad, era la falta de costumbre. Él era extranjero y seguramente sería incapaz de instalarse en Islandia. Cuando apareció, ella, en su torpeza, había intentado hilar algún tema intrascendente de conversación, y le preguntó si le había gustado el Festival de Eurovisión. Él la miró incrédulo y le preguntó si estaba bromeando. Una persona que no tenía interés por Eurovisión no conseguiría vivir en aquel país más de siete días. Se vistió a toda prisa.

Matthew apareció justo cuando se estaba poniendo los calcetines.

– Ay -exclamó él, decepcionado-. Había olvidado que tienes el récord mundial en vestirte deprisa. -Le sonrió-. Lo que evidentemente tiene sus ventajas, porque también eres un rayo a la hora de desnudarte.

– Muy gracioso -dijo Þóra-. ¿Qué te parece el hotel?

Matthew miró a su alrededor y se encogió de hombros.

– Está bien. Un poco apartado. Pero, por cierto, ¿qué estás haciendo tú aquí? -Se apresuró a añadir-: No protesto. En absoluto.

– Trabajo para el propietario, está pensando en entablar un litigio contra los que le vendieron la propiedad.

– Ajá. ¿Lo han engañado? -preguntó Matthew. Se acercó a la ventana y descorrió la cortina para contemplar el paisaje-. Muy bonito -dijo, y se volvió hacia Þóra.

– Bueno, es una estupidez total. Está convencido de que este lugar está embrujado y que los antiguos dueños tenían que haberle informado de ello.

– Embrujado, vaya por Dios. -Matthew puso la misma cara que Þóra esperaba que pondría el juez si el caso llegaba hasta él-. Nada menos.

– La actividad del hotel va muy acorde a todas esas cosas, de modo que no es tan absurdo como se podría pensar. -Þóra le sonrió-. Éste es uno de esos hoteles new age. Aquí se da especial énfasis a cosas como las terapias alternativas, la relajación, los alimentos biológicos, la lectura de auras y cosas por el estilo. La mayor parte de los empleados son muy espirituales o algo aún peor. Por eso no les hacen ninguna gracia los fantasmas.

– Así que es eso -declaró Matthew con una mueca-. Todo de lo más natural, claro.

– Por Dios, qué va -respondió Þóra a toda prisa-. A decir verdad, no resulta tan absurdo en este lugar, porque desde hace mucho tiempo existe la creencia en lo sobrenatural, si se puede expresar así. Hay una historia que dice, por ejemplo, que dentro del glaciar vive un hombre llamado Bárður que se marchó allí tremendamente deprimido después de que su hija fuese arrastrada hasta Groenlandia en un témpano de hielo. Se le considera el protector de la comarca. Naturalmente, se dice que el glaciar posee poderes sobrenaturales. Aunque, en realidad, no sé si esas fuerzas tienen que ver con el tal Bárður, o con el glaciar mismo.

– ¿Las fuerzas sobrenaturales del glaciar? -Era obvio que Matthew no creía en esas cosas-. Una montaña cubierta de nieve que no se derrite, ¿no?

– Ja, ja -dijo Þóra-. Sólo estoy contándote cómo están las cosas. No mi opinión. La creencia en las fuerzas de este glaciar es muy antigua en Islandia, aquí vino gente de todas partes para recibir a los extraterrestres a fines del siglo pasado.

– Y naturalmente no hubo ningún mensaje, ¿verdad?

Þóra se encogió de hombros.

– No están todos de acuerdo al respecto. El portavoz del grupo dijo que sí se había recibido un mensaje. Aunque sólo espiritualmente. No hubo ninguna nave espacial ni nada por el estilo. Una especie de viaje espiritual.

– ¿O una fantasía, quizá? -Matthew sonrió.

Þóra devolvió la sonrisa.

– Seguramente, aunque hay que decir que es una montaña espléndida.

– ¿Y qué relación tiene todo esto con el cadáver?

– Ah, eso. No creo que el cadáver tenga nada que ver con estas historias sobrenaturales. En mi opinión, al menos. El dueño no está completamente de acuerdo conmigo en esta cuestión. Piensa que el fantasma está involucrado en el caso. -Sonrió con embarazo-. Es un personaje bastante peculiar.

– No me digas -repuso Matthew alzando las cejas-. ¿Encontraron el cadáver aquí en el hotel?

Þóra le contó en pocas palabras dónde habían encontrado el cuerpo, que se trataba de una mujer que trabajaba para Jónas, y que pensaban que había sido asesinada.

– ¿Y hay algún sospechoso? -preguntó Matthew.

– No, que yo sepa -respondió Þóra-. Dudo que la policía haya llegado a formarse una opinión todavía. El caso está aún dando los primeros pasos.

– Por tu bien, espero que no sea Jónas -dijo Matthew.

– No, seguramente no fue él -replicó Þóra, distraída. Y añadió, con cautela-: En realidad tengo algo que quizá podría arrojar alguna luz en el caso. -Sonrió incómoda.

– ¿Que tienes algo? ¿A qué te refieres? -preguntó Matthew, mirándola atentamente.

– Bueno, tengo un diario de la mujer que, según todos los indicios, es la víctima. Un dietario, en realidad -respondió Þóra con la cara roja como un tomate, aunque intentando sonar lo despreocupada posible.

– ¿Qué? -preguntó Matthew-. ¿Conocías a esa mujer?

– Nunca la he visto -respondió Þóra.

– Pero tienes su agenda. ¿Cómo es posible?

– Me la encontré -contestó Þóra, pero enseguida decidió ser sincera y añadió-: En realidad la robé, aunque sin darme cuenta.

Matthew sacudió la cabeza.

– Sin darte cuenta, vaya. -Abrió las manos y miró al cielo-. Dios mío, que no haya sido ella quien mató a la arquitecta a causa de esa agenda. Aunque haya sido sin darse cuenta.

* * *

Jónas estaba en la puerta principal observando a tres policías vestidos de civil, dedicados a investigar el coche de Birna. Habían venido en una furgoneta especial que habían aparcado en un rincón apartado. Allí bajaron y, sin anunciarse a nadie del hotel, empezaron a fotografiar el pequeño automóvil deportivo y el terreno a su alrededor. Vigdís, la de recepción, avisó a Jónas para informarle tan pronto se dio cuenta de la llegada del vehículo, y él acudió a toda prisa a la entrada.

– ¿Qué están haciendo? -preguntó Vigdís.

Jónas dio un respingo. Estaba tan enfrascado en mirar lo que hacían los policías, que no había notado la presencia de Vigdís. Se puso una mano en el corazón y la miró.

– Uf, vaya susto. -Se dio la vuelta para seguir mirando al exterior-. Están examinando el coche de Birna, me parece. Dios sabe por qué.

Vigdís entornó los ojos para ver mejor.

– ¿Será que sospechan que la mataron en el coche, a lo mejor?

Jónas sacudió la cabeza.

– No creo. Hace días que el coche no se ha movido de allí. Recuerdo que se lo dije.

– ¿Y eso qué cambia? -preguntó Vigdís-. Quiero decir, la podrían haber matado en el coche ahí fuera.

Jónas se volvió hacia ella enfadado.

– ¿Qué estupideces dices? Ante todo, no tenemos ni idea de si se trata de un crimen, de modo que no nos tenemos que preocupar lo más mínimo sobre el lugar donde haya podido cometerse.

Vigdís se encogió de hombros.

– ¿Quién crees que puede ahogarse en esa playa? Es así de honda. -Marcó un centímetro de distancia entre el índice y el pulgar-. Tienen que haberla asesinado.

Jónas iba a responder a Vigdís y a pedirle que no exagerase tanto, cuando vio a uno de los policías sacar un teléfono del bolsillo. El débil sonido de la llamada llegó hasta ellos. El policía respondió y pudieron ver que hablaba con alguien. Enseguida levantó los ojos y miró hacia la puerta de entrada. Se quedó con los ojos fijos en Jónas, que estaba al lado del cristal y empezó a notar un desagradable cosquilleo en el estómago. El agente de policía concluyó la conversación sin apartar los ojos del propietario del hotel, y se dirigió a la entrada.

– ¡Jo! -le susurró Vigdís a Jónas-. ¿Lo has visto? Parece que viene a hablar contigo.

* * *

Þóra se dirigió a toda prisa a la oficina de Jónas. La había llamado requiriendo su presencia, diciéndole únicamente que la policía estaba preguntándole unas cosas de las que no tenía ni idea. Las palabras de Matthew acerca de Jónas parecían haber sido premonitorias, y ella no pudo evitar pensar en que, a fin de cuentas, quizá el glaciar sí poseía una fuerza sobrenatural.

– Perdón -dijo después de tocar en la puerta del despacho y abrir. Jónas estaba sentado detrás de su escritorio, frente a otro hombre con el rostro enrojecido. Éste se encontraba de espaldas a ella, pero se giró cuando la oyó decir, en tono tranquilizador-: ¿Va todo bien?

– No, no va todo bien, en absoluto -bramó el propietario del hotel, que se levantó para arrastrar una tercera silla hacia su mesa.

El agente de policía era de mediana edad y con aspecto rudo. Se levantó cinco centímetros en su silla y le dio la mano a Þóra. Aquello fue suficiente para que ella pudiese comprobar que era un hombre extraordinariamente grande y fuerte.

– Hola. Me llamo Pórður Kjartansson. Policía de investigación.

– Hola. Þóra Guðmundsdóttir, abogada. -Se estrecharon la mano-. ¿Cuál es el problema? -preguntó a Jónas.

– Pues que resulta que creen que yo tuve algo que ver con la muerte de esa mujer -exclamó Jónas fuera de sí. Hizo un gesto con la mano para señalar al hombre que tenía delante, y añadió-: Les dejo revisar mi ordenador y mi impresora, y ahora dice que también tiene una orden para llevarse mi teléfono móvil. -Jónas estaba tan furioso que hasta le faltaron las palabras adecuadas y se contentó con mirar a Þórólfur con los ojos cargados de odio.-Comprendo -dijo Þóra con tranquilidad-. ¿Puedo ver la orden? Soy la abogada de Jónas y él ha solicitado mis servicios legales.

Þórólfur le entregó el papel sin decir una sola palabra. Þóra leyó rápidamente el texto y vio que era una orden del Juzgado de Distrito de Vesturland para requisar el teléfono móvil de Jónas Júlíusson. La justificación era el interés del mismo para la investigación del asesinato de Birna Halldórsdóttir. El corazón de Þóra dio un brinco. Ahora ya lo sabía con toda claridad.

– ¿Puedo preguntar por qué es necesario el teléfono? -preguntó con tranquilidad.

– Consideramos que el teléfono puede contener información que pueda sernos de utilidad -respondió Pórúlfur sin gesto alguno.

– En un teléfono como éste hay información de muchos tipos -replicó Þóra con tranquilidad, intentando recordar qué clase de secretos podría tener Jónas. Si hubieran querido averiguar a quién había telefoneado, lo hubieran conseguido en la compañía telefónica. De modo que tenían que andar detrás de alguna otra cosa, el calendario o quizá las fotos, si disponía de cámara. Lo que era realmente extraño en la orden era que la policía tuviera interés sólo en el teléfono. No iban a realizar el típico registro domiciliario, a menos que existiera otra orden diferente-. Aquí dice que pueden llevarse el teléfono, pero no menciona para nada la tarjeta. ¿Puede conservarla? -preguntó Þóra con la débil esperanza de que lo que querían tuviese relación con la tarjeta telefónica y no con el propio teléfono.

Þórólfur le arrebató la orden.

– Dice «el teléfono móvil de número…». -Pasó la página y cuando encontró lo que buscaba se volvió victorioso hacia Þóra y puso un dedo sobre el texto-. «667-6767». Ya ve, es el número de Jónas. Además, se indica que él es el usuario registrado del mismo. Si me entrega el teléfono sin la tarjeta, no estará entregándome lo que aquí se estipula. -Se echó atrás en la silla, satisfecho, y se dirigió a Jónas-: No tiene más remedio que entregarme el teléfono.

Þóra miró a Jónas.

– ¿No te parece conveniente hacerlo?

Jónas resopló como una ballena.

– Por supuesto que no. ¿Qué voy a hacer sin teléfono? Claro que la cobertura en este sitio no da para mucho, pero me es igual. Este teléfono es mío.

– Le recomiendo que aconseje a su cliente que me entregue lo que estipula la orden. No hacerlo sería un gravísimo error. -Þórólfur no podía disimular que tanto tira y afloja le estaba poniendo nervioso.

– Yo no maté a Birna. -Jónas dio un puñetazo sobre la mesa-. ¿Cómo puede habérseles pasado semejante cosa por la cabeza?

– Nadie afirma tal cosa. Y yo, menos que nadie -respondió Pórúlfur, algo más tranquilo-. Pero su forma de comportarse suscita ciertas dudas.

– Pero ¿qué está insinuando? -bramó Jónas, dando otro golpe en la mesa, ahora con tanta fuerza que el soporte de plumas y algunos otros objetos saltaron sobre la superficie-. Yo no tengo nada que ver con este crimen y exijo que me hagan la prueba del detector de mentiras para demostrarlo. El teléfono no se lo llevan.

Þóra se inclinó hacia Jónas y le agarró la mano suavemente.

– Querido Jónas, en Islandia no se utiliza el detector de mentiras. En este país carece de toda fuerza probatoria. Te aconsejo que le entregues el teléfono. Sobre todo si no has hecho nada malo.

– Ni hablar -se negó Jónas con vehemencia. Cruzó los brazos sobre el pecho y se echó atrás en su silla como para enfatizar todavía más su decisión. Luego se inclinó hacia Þóra y le susurró al oído-: No se pueden llevar el teléfono. Créeme, de verdad, sería terrible. -Volvió a echarse atrás y sonrió al policía.

– Perfecto. Comprendo. Dame tu teléfono. -Le miró fijamente a los ojos-. Confía en mí.

Jónas la miró confundido.

– No. Tú no se lo darás a la policía.

– Jónas. Te repito que confies en mí. -Þóra extendió la mano abierta hacia arriba.

Jónas la miró sin saber muy bien a qué atenerse. Tras una breve reflexión sacó su teléfono de un bolsillo de la chaqueta que colgaba en el respaldo del sillón, pasándoselo a Þóra, pero sin soltarlo-. No puedes dejar que se lleve el teléfono.

La abogada asintió.

– Ya lo sé. Puedes soltarlo. -Dio un suspiro de alivio cuando Jónas se lo entregó, por fin. Se alegró al ver que el móvil no tenía cámara de fotos.

– Haga el favor de entregarme el teléfono -ordenó Þórólfur, alargándole el papel como confirmación de sus derechos en el caso.

– Un momento -dijo Þóra, poniendo su propio teléfono sobre la mesa. Lo abrió y sacó la tarjeta. Después hizo lo mismo con el de Jónas, e intercambió las tarjetas-. Aquí tiene. El teléfono con el número 667-6767, usuario legal Jónas Júlíusson. -Entregó su propio móvil al policía-. Totalmente conforme con la orden judicial, si no he entendido mal. -Sonrió a Þórólfur.

* * *

– ¡Magnífico, espléndido! -exclamó Jónas cuando entraron a todo correr en la habitación de Þóra. Había salido hacia allí con el teléfono en la mano en cuanto Þórólfur hizo una llamada y recibió la confirmación de que podía considerarse que Jónas había satisfecho las exigencias de la orden judicial. Pero se estaba redactando una nueva orden que expresaría las cosas mejor. En el intervalo, Þóra podría enterarse de la razón que había impulsado a Jónas a negarse a entregar su móvil a la policía.

– Matthew, Jónas; Jónas, Matthew. -Þóra se limitó a presentarlos con brevedad porque ella y Jónas no tenían mucho tiempo. Matthew asintió con la cabeza, visiblemente extrañado de todo aquello, pero no preguntó nada. Þóra se volvió hacia Jónas-. ¿Por qué demonios no dejaste que ese hombre se llevara el teléfono sin más?

– Contiene números que no estoy dispuesto a que sean descubiertos. Y también mensajes de SMS. -Jónas se inclinó hacia Þóra y susurró-: De vez en cuando me fumo un porrito. Hay dos vecinos con los que trapicheo y sus números están en mi teléfono. Además, en él hay probablemente algún mensaje que les envío cuando no contestan. En ellos se puede comprobar exactamente de qué naturaleza son nuestras relaciones.

Þóra asintió con la cabeza, anonadada ante aquella estupidez de Jónas. En realidad, veía en ello una prueba clara de que era inocente de la muerte de Birna. En comparación con la compra de hachís, habría hecho falta un papel con su nombre encima del cadáver. Le entregó el móvil.

– No puedo aconsejarte que hagas nada ilegal, pero aquí está el teléfono. Te recuerdo que apenas hay tiempo. Mi PIN es 4036.

Jónas encendió el teléfono y marcó el PIN. Fue de inmediato a su propia agenda y borró dos números que Þóra se ocupó de no mirar. Luego fue al archivo de SMS y eliminó varios mensajes recibidos. Cuando se puso a mirar los mensajes enviados, dejó escapar una exclamación y alejó el móvil de su cara para enfocar mejor.

– ¿Pero qué demonios es esto?

Þóra se inclinó sobre él y agarró el teléfono.

– ¿Qué es? ¿Qué hay ahí?

Jónas soltó el teléfono.

– Esto está mal. -Estaba visiblemente alterado.

Þóra leyó el título de los mensajes de más arriba, que debían de ser los últimos. «Ns vmos en la playa…». En la pantalla no se veía más, de modo que Þóra decidió examinarlo más detenidamente. Quedó asombrada al ver el mensaje en su totalidad. «Ns vmos en la playa dnde la cueva a Is 9 sta noxe tngo q discutir tu idea – Jónas». Þóra vio que el mensaje había sido enviado el jueves pasado, a las 19:25 de la tarde anterior al hallazgo del cadáver.

– No me digas que éste es el número de Birna -dijo Þóra asustada, devolviéndole el teléfono a Jónas.

Éste miró el teléfono, luego a Þóra y asintió moviendo lentamente la cabeza.

Capítulo 10

– ¿Algo va mal? -preguntó Matthew en inglés, mirando alternativamente a Þóra y a Jónas, que estaban en pie con los ojos clavados en el teléfono.

Transcurrió un rato hasta que ambos recuperaron el uso de la palabra. Matthew había estado observando lo que hacían sin entender nada, aunque pudo darse cuenta de que no todo iba como debiera.

Jónas, que seguía boquiabierto y sin poder articular palabra, se volvió hacia él.

– ¿Y quién eres tú, en realidad? -preguntó, visiblemente contento de poder pensar en algo que no fueran sus propios problemas.

– Es un amigo mío de Alemania. Trabajó en la policía, y ahora lleva los asuntos de seguridad de un banco alemán. Le conocí en otro caso -respondió Þóra-. Puedes confiar en él, no le contará nada a nadie.

– Eso dices tú -repuso Jónas, que parecía ponerlo en duda-. No entiendo nada. Yo no envié ese mensaje. Lo juro.

Þóra jugueteó con el teléfono, pensativa.

– Alguien lo hizo, Jónas, y no puede negarse que tú eres quien más posibilidades tenías de hacerlo. -Se volvió hacia Matthew y le explicó el asunto. Jónas asistía en silencio, moviéndose intranquilo. Cuando Þóra concluyó sus explicaciones, volvió a intervenir él.

– Te repito que yo no envié ese mensaje. Punto. -Jónas dirigía sus palabras a Matthew, esperando recibir su apoyo.

– ¿Dejó el teléfono en algún sitio esa tarde? -preguntó Matthew-. Si no fue usted quien envió el mensaje, alguna otra persona tiene que haber utilizado el móvil para hacerlo. Con la intención de hacer recaer las sospechas sobre usted o para atraer a Birna hasta la playa. Quizá se trate de alguien con quien ella no habría querido citarse, de otro modo.

– Cualquiera de esas dos posibilidades explica que se trata de un asesino que actuó con total sangre fría. Alguien que tenía intención de asesinar a Birna y que lo planificó todo -dijo Þóra-. Hay que decir que eso es bastante infrecuente en Islandia. Por regla general, los asesinatos se producen en la cocina, cuando unos cuantos borrachos acaban a palos y alguno echa mano de un cuchillo. Así que lo de Birna viene a ser un caso muy excepcional.

Þóra y Matthew se volvieron hacia Jónas.

– Es de extrema importancia que recuerdes dónde estabas cuando se envió el mensaje de SMS -dijo ella-. Por ejemplo, ¿tienes costumbre de dejar el móvil por ahí?

– Ése es el problema -respondió Jónas-. La cobertura de móvil en esta zona es muy variable, y por eso resulta inútil llevarlo encima a todas partes.

– Pero ¿adónde fue usted? ¿Lo recuerda? -preguntó Matthew.

Jónas se rascó la coronilla.

– No lo recuerdo. En este momento, no. Necesito algo de tiempo para poder recordarlo con tranquilidad. Desgraciadamente, no sé lo que estaba haciendo entonces. Tampoco tengo costumbre de fijarme mucho en esas cosas.

– El hachís no es bueno para la memoria, Jónas -advirtió Þóra-. Tienes que conseguir recordar dónde estuviste, fue hace sólo dos días. ¿No fue la tarde en que hubo aquí una reunión con un médium? Vi el cartel en la recepción.

Jónas se dio una palmada en la frente.

– Sí, sí. Claro. El jueves por la tarde. -Pero miró a Þóra con un gesto tan vacío como antes-. Pero sigo sin recordar nada de lo que estuve haciendo. Yo no asistí a la reunión, hasta ahí está claro.

– Estupendo -dijo Þóra-. Pero intenta hacer memoria. Es muy importante. -Le quitó el teléfono y volvió a repasar la lista de mensajes-. Hay algo que me resulta extraño en todo esto -dijo pensativa después de volver a leerla-. ¿Por qué iba a hacer caso Birna a estos mensajes? Si yo recibiera un mensaje tuyo, Jónas, para que nos viéramos en una playa, te llamaría para preguntarte qué quieres.

– No le habría extrañado demasiado. Acababa de recomendarme la construcción de un pequeño restaurante en ese lugar pero yo no estaba excesivamente entusiasmado con la idea. Se habría ido para allá sin pensarlo, con la esperanza de que yo hubiera cambiado de opinión -explicó Jónas.

– ¿Y eso lo sabían todos? -preguntó Matthew.

– Prácticamente sí -respondió Jónas-. Birna hablaba un montón. La discreción no era su principal virtud, que digamos.

Þóra miró preocupada a Jónas.

– Dime una cosa. Ya que tú no la mataste, ¿quién podría haberlo hecho? Tú me la describiste como un angelito que se llevaba bien con todo el mundo. No puedo creer que hubiera mucha gente con motivos para matar a una arquitecta relativamente normal.

Jónas miró turbado a Matthew y a ella alternativamente.

– Hummm. Lo que dije quizá no fuera la pura verdad. Era una fiera tremenda. No conozco a ningún empleado que la aguantara. Les hablaba en tono condescendiente, no otorgaba importancia alguna a lo que teníamos por delante, y así sucesivamente. De modo que existe una larga lista de personas que se llevaban mal con ella. Pero no sé cuántos de ellos habrían llegado al punto de matarla. -Después de pensar un instante, añadió-: No se me ocurre nadie, es demasiado rocambolesco.

– Por su bien, espero que esté pasando por alto algo muy evidente -dijo Matthew-. De otro modo, la policía dirigirá su atención hacia usted y nadie más.

– Ve a intentar recordar dónde estuviste el jueves por la tarde -le pidió Þóra-. Mientras tanto, Matthew y yo intentaremos enterarnos de algo más sobre Birna. Vete haciendo a la idea de entregarles el teléfono. No te resistas. Seguramente habrán conseguido ya la lista de mensajes de Birna y querrán tu móvil como confirmación. No los borres, bajo ninguna circunstancia. Lo único que conseguirás es aumentar las sospechas en tu contra.

– Vaya, ¿así están las cosas? -dijo Jónas con los ánimos por los suelos.

– Ahora dame mi tarjeta SIM. No hay ninguna necesidad de que acabe en manos de la policía.

* * *

– Por algún motivo, estoy totalmente segura de que el crimen tiene relación con la casa o con los terrenos -dijo Þóra, arrancando ensimismada una brizna de hierba.

– ¿Por qué piensas eso? -preguntó Matthew, tomando un sorbo de su café. Estaban sentados en unas hamacas en el patio de la parte posterior del hotel, gozando de las vistas sobre la bahía de Faxaflói-. Es mucho más probable que el motivo se encuentre en el presente y no en el pasado: amor, dinero, locura. A lo mejor, ella ni siquiera conocía al asesino, quizá vio a una mujer caminando sola por la playa y perdió el control.

Þóra se metió la brizna de hierba en la boca.

– El SMS apunta a otra cosa. -Mordisqueó la hierba y luego añadió-: Sencillamente, tengo la sensación de que existe alguna relación con el hotel. Es algo relacionado con esta casa. También con la agenda. No hay una sola palabra sobre dinero o amor. Si nos atenemos a ella, Birna no pensaba nada más que en el trabajo.

– ¿No podía tratarse simplemente de la agenda que utilizaba para su trabajo? ¿A lo mejor tenía otra para las cosas de su vida privada? -Matthew vio que la brizna de hierba subía y bajaba en la comisura de la boca de Þóra-. No sabía que las mujeres islandesas fuerais herbívoras -dijo, haciendo una mueca-. ¿Está buena?

– Pruébala. Ayuda a pensar -respondió Þóra, arrancando otra pajita. Se la pasó y sonrió cuando él puso un gesto raro, pero se decidió a probar-. Seguramente, en ese diario hay algo que puede ayudarnos a descubrir al asesino. -Observó a Matthew masticar la hierbecita-. ¿No te gusta? Sólo te faltan unas botas de goma para convertirte en todo un granjero islandés.

– La goma la usamos en mi país para tapas, cintas elásticas y pelotas. No para el calzado. -Matthew se quitó la hierba de la boca con aprensión-. ¿Echamos un vistazo al diario?

Þóra se sentó en la hamaca con el respaldo inclinado.

– A lo mejor tendríamos que hacer una cosa. En el librito había un dibujo de la otra granja que hay en este terreno, acompañado de toda clase de anotaciones que quizá podríamos entender si visitamos el lugar.

Matthew se incorporó también.

– Tú decides. Yo te sigo y ejerzo de guardaespaldas. -Le guiñó un ojo-. Tengo la sensación de que esta investigación tuya va a acabar llevándote a toda clase de caminos indeseados. Ya has empezado violando la habitación de la difunta, saqueando sus pertenencias y obstaculizando la justicia al permitir a Jónas que destruyera datos sospechosos de su teléfono. Ardo en deseos de ver adonde conducirá todo esto.

* * *

– Aquí pone Kristín, con un signo de interrogación detrás del nombre. ¿Qué tal si empezamos por aquí? -Þóra señaló la hoja con el plano de la casa. Estaban los dos en la habitación a la que se accedía desde la entrada de la vieja granja y estaban decidiendo si seguir por la escalera hasta el segundo piso o inspeccionar la planta baja, donde, según el plano, tenía que haber dos salas, cocina, despensa, retrete y despacho.

– ¿Eso no está arriba? ¿No deberíamos hacer un recorrido por el piso inferior, primero? -preguntó Matthew, mirando por la puerta que daba a la izquierda.

– Pues muy bien -asintió Þóra, cerrando de nuevo el libro de golpe. Había dejado de preocuparse por no dejar huellas dactilares en él, pues no tenía intención de abandonarlo excepto en caso de absoluta necesidad-. ¡Uf, aquí apesta! -La casa exhalaba un olor extraño, que Þóra era incapaz de identificar. Era como una combinación de moho, polvo seco y bolitas antipolilla. Por lo menos, estaba claro que no habían aireado aquel lugar en años-. Caray -dijo poniéndose una mano sobre la boca.

Matthew respiró hondo.

– Si yo fuera tú, intentaría acostumbrarme. Dentro de un rato, dejarás de notar el olor. -Pese a sus grandilocuentes palabras, torció el gesto al hablar-. ¡Uf! ¿No podemos abrir una ventana?

Entraron en la habitación situada a mano derecha que, de acuerdo con el plano de Birna, era una biblioteca. El tirador de la puerta era prehistórico, un picaporte de madera, grueso y corto, que había que sujetar con fuerza. La puerta parecía abombada, y a Þóra le llamó la atención que las puertas interiores actuales fueran mucho más gruesas. Entró detrás de Matthew y echaron un vistazo alrededor sin decir una palabra.

– Aquí no hay mucho que ver -masculló Matthew después de repasar unos estantes vacíos colocados a lo largo de las paredes, y de abrir los cajones de una gran mesa de escritorio debajo de una ventana tremendamente sucia, y que resultaron estar tan vacíos como las estanterías, con la única excepción de un lápiz antiquísimo. Le habían sacado punta con cuchillo, y el extremo no tenía goma de borrar.

– Pero fíjate -observó Þóra-. Es como si hubiera habido libros en estas estanterías hasta no hace demasiado tiempo. -Señaló el polvo de los estantes. Era espeso en los bordes, pero la capa que cubría la parte interior era mucho más fina, apenas distinguible.

Matthew se acercó a las estanterías y miró.

– Tienes razón. ¿Sería Birna quien se habrá llevado los libros? A lo mejor había algo valioso en ellos. -Þóra se encogió de hombros-. No me parece lógico. No mencionaba libros en su plano. Claro que a lo mejor no los mencionaría si tenía intención de robarlos. Seguramente se los habrán llevado los anteriores propietarios. Jónas dijo que le habían avisado de que pensaban llevarse los enseres.

Salieron de aquella estancia y se dirigieron más al interior de la casa. Encontraron dos salas adyacentes con muebles antiguos, unos desgastados sofás, que en tiempos habían tenido adornos, un inmenso carrito de té y una mesa y sillas de comedor en madera oscura, con filigranas doradas en el respaldo. Había mesitas auxiliares aquí y allá, pero no se veían objetos. En las paredes colgaban dos cuadros, uno de un barco, otro del glaciar Snæfelssjökull. Los dos estaban tan sucios que no se podía distinguir el nombre del pintor. El aparador estaba vacío, lo mismo que la alacena.

– Te reto a que te dejes caer en el sofá -dijo Matthew, indicando la polvorienta tapicería. A través de la suciedad, se apreciaban las formas de unos dibujos floreados en colores pálidos-. Me encantaría ver la nube que se alzaría, formando graciosas volutas.

– No, gracias -contestó Þóra-. Hazlo tú mismo. Te daré cien coronas.

Matthew la agarró suavemente por el brazo.

– Ahora estoy pensando en algo muy diferente al pago en dinero en efectivo.

Þóra le sonrió.

– Siempre es posible llegar a un acuerdo. -Volvió a mirar el sofá e hizo una mueca-. Pero me temo que eso tendrás que olvidarlo, no estoy segura de que el polvo se asentara antes de la llegada de la noche, y entonces quizá no seríamos capaces de desenterrarnos. Ven, vamos a ver la cocina.

No estaba tan vacía como las otras habitaciones, pero era igual de anticuada, con armarios sencillos y pintados de blanco, el fregadero pequeño y poco profundo. El lugar de trabajo no era muy grande en comparación con una cocina actual, pero el espacio para la mesa de la cocina era mucho mayor de lo que Þóra estaba acostumbrada. De unos ganchos colgaban cucharones y espumaderas de acero, una cafetera antigua de peltre reposaba sobre del fogón.

– Qué raro, abandonar todo esto -dijo Þóra, mirando a su alrededor.

Matthew abrió uno de los armarios de cocina y se encontró ante toda una colección de tazas y vasos, todos diferentes.

– Quizá todo esto sea indicativo de alguna otra cosa mucho más desagradable. Es probable que pensaran hacer algo, pero que luego no resultó posible. A lo mejor murieron y por eso no necesitaron llevarse todas estas cosas. Los herederos, sin duda, ya tenían cafeteras y utensilios de cocina, y no necesitaron recoger lo que había aquí. -Se calló y señaló una caja de cartón que había sobre una de las sillas de la cocina-. Mira, ¿qué es eso?

Se acercaron a la caja y vieron que contenía objetos envueltos en hojas de periódico. Al lado de la caja había también un montón de hojas. Þóra cogió una de ellas y buscó la fecha.

– Esto es de mayo. Parece que los antiguos propietarios estuvieron aquí hace poco, empaquetando. Pero ¿qué es esto? -dijo, señalando un termo que estaba colocado a la sombra de la caja-. Esto no es antiguo -agarró el termo y lo agitó. Dentro sonó el líquido al moverse, y Þóra abrió la tapa. Olió con precaución el contenido-. Café -reveló-. Esto tiene que ser de Elín y Börkur, o de la persona que enviaron aquí para llevarse sus pertenencias. -Volvió a dejar el termo en el suelo.

– ¿Quiénes son Elín y Börkur? ¿Los antiguos propietarios? ¿Vivían aquí? -preguntó Matthew.

– Son hermanos, los herederos de las tierras, un hombre y una mujer de mediana edad. Si vivían aquí, lo ignoro, pero lo dudo, a la vista de lo antiguo que es todo lo que hay aquí dentro. -Þóra observó el anticuado mobiliario-. Como mucho andarán por los cincuenta. Todos estos utensilios son mucho más antiguos, de modo que no pudieron criarse aquí.

– Pero ¿por qué han decidido llevarse todo esto ahora? -preguntó Matthew-. La venta de la propiedad se tuvo que realizar hace algunos años. La parte nueva del hotel no puede haberse levantado en unos pocos meses.

– No, no, eso es cierto. Supongo que la idea de Jónas de construir en esta casa no les llamó la atención al principio, pero luego cayeron en la cuenta. -Þóra abrió los cajones de la cocina uno tras otro y los examinó. No contenían nada que despertara su interés.

Terminaron de examinar el piso inferior sin encontrar nada. En la despensa había diversos objetos que habían pasado años y años en las estanterías, pero también algunas cajas de cartón recientes, con viejos libros polvorientos. No abrieron más que dos cajas, pensando que las que estaban cerradas contendrían objetos de la sala que habían quitado para llevárselos, igual que el resto de los libros de las estanterías. Þóra dejó que Matthew inspeccionara el cuarto de baño y, a juzgar por el gesto que puso al volver, no se había perdido nada al no ir ella también.

– Vamos arriba -dijo él con cara de asco, dirigiéndose hacia la escalera.

Primero miraron por la puerta que daba al sótano pero no había luz y Þóra decidió que allí no tenían necesidad imperiosa de ir. De modo que se dirigieron al piso superior. En el rellano encontraron cinco puertas, todas ellas cerradas. La primera que Matthew intentó abrir resultó estar cerrada con llave. Dejó de intentarlo en la siguiente puerta, cuando ya tenía la mano sobre el picaporte.

– Mira un momento el plano y dime qué puerta da al cuarto de baño.

Þóra miró el diario de Birna y propuso entonces que mirasen la habitación marcada con la palabra Kristín.

– Creo que es la que más le interesaba a Birna -dijo Þóra, indicándole a Matthew la puerta correspondiente.

– Nunca te perdonaré si me estás tomando el pelo y esta puerta da a otro cuarto de baño -exclamó Matthew antes de abrir.

– Mira y ya está -dijo Þóra, que empujó la puerta mientras él ponía la mano sobre el tirador. Entraron en una habitación infantil, que seguramente habría pertenecido a la niña. Sobre la cabecera de la cama de listones de madera pintados de blanco estaba apoyado un desgarbado oso de peluche al que le faltaba un ojo. Era de color marrón claro y peludo por todas partes excepto en el vientre, que era de tela grisácea. Las costuras que unían el tronco a los miembros estaban descosidas, de modo que se veía un alambre negro en los hombros y los muslos del osito. Al cuello tenía atado un descolorido lacito rojo. Þóra sintió una punzada en el corazón al ver cómo, con el paso de los años, el lazo había ido sufriendo los efectos de las leyes de Newton y ahora colgaba en mitad del pecho. Al lado del oso había una muñeca zarrapastrosa, mirando con sus ojos pintados hacia la pared de enfrente.

– Pero qué extraño es todo esto -dijo Þóra, muy afectada.

– Sí -asintió Matthew-. Evidentemente, esta gente se fue a toda prisa. Mira. -Se acercó a una estantería sobre la que estaban colocados varios libros polvorientos. Debajo de ella había una mesa de escritorio pintada en laca blanca con una hoja de papel en la que había un dibujo a medio acabar. Sobre ella y el resto de la mesa había unos lápices de colores de cera. Matthew levantó el dibujo y lo examinó. Las esquinas estaban retorcidas y una capa de polvo grisáceo cubría el papel. Matthew sopló con fuerza sobre la hoja de papel y se levantó una nube de polvo que alejó con la mano. Luego le dio el dibujo a Þóra-. La niña ni siquiera tuvo tiempo de acabar su dibujo.

Þóra miró el papel. Se apreciaba claramente que era de una niña poco mayor que Sóley, su hija de seis años. El dibujo representaba una casa ardiendo, con unas espesas llamas que se alzaban hacia el cielo desde el tejado. La casa tenía una gran puerta y una ventana. Sólo la mitad estaba coloreada.

– Curioso motivo para un dibujo -dijo Þóra, dejando el papel-. ¿Estaría dibujando esta casa?

Matthew sacudió la cabeza.

– No, no lo creo. Aunque el dibujo lo haya hecho una niña pequeña, parece claro que se trata de una casa de una sola planta. -Torció el gesto-. Tiene una puerta curiosamente grande.

Þóra señaló la ventana.

– ¿Es eso un ojo? -Se inclinó para ver el dibujo más de cerca-. Anda, la niña dibujó a alguien dentro de la casa. Mira, aquí hay también una boca abierta. Pero nariz no hay.

Matthew se inclinó también.

– Y que lo digas, si que es un motivo extraño para un dibujo. A lo mejor, esa niña era algo rara.

– O vio algo espantoso -señaló Þóra, apartándose de la mesa-. Creo que tendríamos que intentar averiguar quién vivió aquí y cuándo se trasladaron. Sé que el dueño se llamaba Grímur, pero creo que tuvo una única hija, que murió tan joven que difícilmente habría podido hacer este dibujo. Puede ser que después de él y su mujer viviera aquí alguna otra familia.

Se dirigió hacia una puertecita disimulada en la pared. La abrió con cuidado y vio que se trataba de un armario ropero. De la barra colgaban muchas perchas. En dos de ellas había ropas finas, un elegante jersey y un delicado vestido de algodón sin costuras. Las dos prendas eran demasiado grandes para haber pertenecido a Edda, que murió a los cuatro años de edad, según el álbum de fotos del sótano del hotel.

– ¿Qué es eso de ahí detrás? -preguntó Matthew señalando el fondo del armario.

Þóra metió más la cabeza y vio que en el fondo del armario había unos listones que rodeaban un espacio que no coincidía del todo con el resto de la pared. Empujó y aquel espacio cedió.

– ¡Anda! -exclamó-. Es una puertecita disimulada. Mira, hay unos escalones que suben. -Se alternaron para mirar por la oscura abertura, y Matthew sacó la llave del coche. Tenía una bombillita que servía de linterna. Iluminó la escalera.

– Mira -dijo Matthew, señalando el escalón con la linterna-. Huellas de pasos en el polvo. Alguien ha subido por aquí.

– Birna. Sin duda alguna, Birna -declaró Þóra con decisión-. En la agenda señaló la posición de vigas y demás. Querría ver en qué estado se encontraba el armazón del tejado. Esto tiene que llevar a una especie de desván. Ven, ¿allanamos también esa parte de la residencia? -Miró a Matthew, que le sonrió.

– Bueno, espera aquí mientras bajo a buscar un cuchillo. Sólo tendré que quitarme un brazo y probablemente también el hombro. -Señaló la abertura-. Es totalmente imposible que yo consiga pasar por ahí.

– Dame la llave, entonces -pidió Þóra. Se la puso en la boca mientras entraba encogida por el armario y atravesaba el estrecho agujero. Antes de empezar a subir las escaleras se volvió hacia Matthew y le regaló una amplia sonrisa-. Hasta ahora. Te mataré si me encuentro a una rata. -Subió el primer escalón, se lo pensó mejor y retrocedió hacia el agujero-. O un ratón. Te mataré también si piso un ratón.

El desván estaba totalmente vacío. Þóra pasó el débil rayo de luz por el suelo y vio que Birna había estado por allí. Þóra no pisaba con demasiada confianza, porque no tenía ni idea de si el entablado soportaría su peso. La arquitecta debía de ser más pequeña que ella, o al menos sus pies eran muy pequeños en comparación con los de Þóra. Por eso habría preferido examinar el desván desde la escalera en la que se encontraba, pero cuando el rayo de luz dio con algo que brillaba en una viga, no pudo resistir la tentación. Puso un pie sobre el suelo del desván con mucho cuidado. A cada paso que daba, se oían crujidos y chirridos, y temió que si se abría el suelo caería encima de Matthew, en el piso de abajo. O peor aún… en un cuarto de baño. Pasó el rayo de luz por el suelo y vio que Birna -o quien hubiera dejado aquellas huellas- también había pasado por allí. Eso la hizo respirar más tranquila, y por fin pudo llegar a la viga. Se inclinó e iluminó el suelo.

Oro. Un juguete, en realidad. Þóra sonrió y recogió una insignia con alas. Sin duda se trataba de una insignia de aviador. La examinó a la débil luz. Volvió a dejarla en su lugar y agarró una taza de porcelana descascarillada. Había más objetos: una cuchara de plata que se había vuelto negra, dos blancos dientes de leche, un collar con una cruz y unas cuantas fotos de estrellas de cine colocadas en un cuidadoso montón. Þóra se levantó, pero se detuvo al instante cuando estaba a punto de estirar las rodillas. Iluminó la viga de madera del techo y se inclinó sobre ella. Había algo grabado. Se percató de que podía leer lo que ponía.

– ¡Matthew! -gritó-. ¡Aquí está el nombre de Kristín!

– ¿Eh? -oyó su respuesta en la lejanía.

Volvió a inclinarse y leyó la inscripción por última vez, para fijarla en su memoria y poder repetírsela a Matthew. Él no la oía con claridad:

papá mató a kristín

odio a papá

Capítulo 11

– Sí, por fin decidieron llevarse todos los cachivaches que había en la casa, como te dije -explicó Jónas, reclinándose sobre el respaldo de la silla. Estaban muy cómodos junto a la chimenea del bar, rodeados de fotos antiguas que decoraban las paredes-. Le pedí a Birna que les avisara de que habíamos decidido construir en la vieja granja, para que pudieran recoger lo que quisieran antes de empezar las obras de remodelación. Lo del anexo estaba descartado, en realidad, pero de todos modos se pusieron a ello. No tengo ni idea de lo que se han llevado. Al menos, nadie le comunicó a ella, ni tampoco a mí, que hubieran terminado.

Matthew tomó un sorbo de su cerveza.

– ¿Se alojaron aquí?

– No, nunca pidieron una habitación. Pero sí vinieron varias veces a comer al restaurante.

– ¿Vinieron los dos hermanos a retirar las cosas, o sólo Elín? -preguntó Þóra.

– Ni idea -respondió Jónas-. Recuerdo que una vez vinieron varios a la vez, el hermano y su mujer, la hermana y dos jóvenes, el hijo de él y la hija de ella. No sé si fue un viaje de un día, o si se alojaron por aquí cerca. Aún poseen varios terrenos en la península, creo recordar, de modo que bien podrían haberse hospedado por allí. Creo que tienen también una casa en Stykkishólmur o en Ólafsvík, que utilizan como residencia de verano.

– ¿Tuvieron quizá alguna discusión seria con Birna?-preguntó Þóra.

– No, ni puedo imaginármelo -contestó Jónas-. Sé que discutió de algo con el hermano, pero tengo entendido que todo se desarrolló por cauces estrictamente amistosos. Ella estuvo buscando datos sobre las características del terreno durante la construcción del hotel. Creo que esperaba que tuvieran planos antiguos o algo por el estilo.

– ¿Y los consiguió? -preguntó Þóra.

– No, creo que no -respondió Jónas-. Recuerdo que el hombre no tenía nada, aunque sí le dio algunas cosas que podían ser de utilidad. Sé que le permitió buscar entre los trastos viejos, los que están en el sótano de Kirkjustétt, y también los del otro sitio, Kreppa.

– ¿Recuerdas si Birna mencionó alguna vez el nombre «Kristín»? -preguntó Þóra-. ¿O que preguntara por alguien con ese nombre?

Jónas sacudió la cabeza.

– No, no recuerdo nada de eso. ¿Quién es esa Kristín?

– Ni idea -respondió Þóra-. Sin duda, no tiene nada que ver con esto. Encontramos el nombre en… -Þóra consiguió contenerse justo a tiempo, antes de mencionar la agenda de Birna-… grabado en una viga de la granja. A lo mejor no es más que el nombre de algún animalito de compañía, una gata o quizá el corderito criado en la casa. Creemos que lo escribió un niño.

– Pues Kristín es un nombre bastante raro para un gato -dijo Jónas-. No recuerdo que Birna mencionara nunca a una Kristín, ni a una mujer con ese nombre ni tampoco a un gato.

Guardaron silencio durante un instante. Þóra tomó un sorbito del vino blanco que Jónas había pedido para ella y echó un vistazo a su alrededor. La sala de la chimenea era muy confortable, de estilo antiguo, aunque formaba parte de un ala del hotel de estilo moderno.

– ¿Son de aquí? -preguntó, señalando las viejas fotos de las paredes.

– No, las compré en anticuarios. No tengo ni idea de quiénes son. Birna se ocupó de eso -Jónas miró alrededor-. Esas cosas se le daban muy bien

Matthew y Þóra movieron la cabeza en señal de acuerdo.

– Quizá podrías conseguir el permiso de la familia para utilizar alguna de las fotos que hay en las cajas del sótano. Hay varios álbumes y algunas fotos enmarcadas, y creo que son de los antiguos habitantes. Podrían darle aún más encanto al lugar. Me llevé un montón a la habitación para examinarlas mejor. Puedes echarles un vistazo, si quieres.

Jónas se sobrecogió.

– No, muchas gracias, ni hablar. No quiero saber nada de ellas.

– ¿En qué foto exactamente creíste reconocer al fantasma? -preguntó Þóra-. Las he revisado todas y hay varias posibles candidatas.

– Era una foto enmarcada de una chica jovencita -respondió Jónas-. Rubia. Hasta el último cabello, era igual al ser que se me apareció.

– De modo que no se trata de una niña -dijo Þóra-. Tenía entendido que se trataba de una niña. -La única foto enmarcada que había encontrado Þóra era la de Guðný, la que había colocado en su habitación. En ella, Guðný no era una niña, sino una adolescente bastante crecidita.

– Niña o no -replicó Jónas decidido-. Una chica joven, mucho más joven que yo. Para mí, eso es una niña.

– Y sigues manteniendo que eso sucedió realmente -interrumpió Matthew. En su gesto aparecía claramente su opinión sobre aquellos sucesos-. ¿No lo habrás soñado?

– No -exclamó Jónas con decisión-. En absoluto. Volví a casa cansado y eso puede explicar mejor la situación. Cuando estás en ese estado, descienden las barreras de la mente y puedes contactar más fácilmente con lo que no es de este mundo. Sucedió, os lo puedo jurar.

– Estupendo -dijo Þóra-. Dejémoslo así de momento. Pero ¿has conseguido recordar dónde estuviste el jueves por la tarde?

– Ya, eso -contestó Jónas-. Sólo de forma muy fragmentaria. Recuerdo que estaba aquí al empezar la reunión con el médium, pero luego me marché. Me daba miedo lo que podía pasar.

– ¿Miedo? -exclamó Matthew sin poderse contener-. ¿A qué?

– A lo que podía pasar. Este es un sitio maligno y no me apetecía lo más mínimo oír a los difuntos confirmarlo -explicó Jónas como si no hubiera nada más natural-. Así que decidí irme a dar un paseo a pie y renovar mis energías espirituales. Había bancos de niebla, una condición atmosférica que siempre me viene estupendamente para hacerlo.

Þóra se apresuró a quitarle la palabra a Matthew antes de que fuera a preguntar por la renovación de las energías espirituales.

– ¿Te encontraste con alguien durante el paseo?

– No -dijo Jónas-. A nadie. Hacía un tiempo bastante desagradable y aquí no hay ahora mucha gente, de modo que no había más alma viviente que yo mismo ahí fuera.

– Olvidas a Birna -apostilló Þóra-. Y al asesino. Seguramente estarían por ahí a la misma hora. -Miró a Jónas con ojos implorantes-. No me irás a decir que bajaste a la ensenada en donde encontraron el cuerpo de Birna.

– No, no fui allí -dijo Jónas-. Tomé esa dirección pero no llegué hasta allí. Tenía un cabreo fenomenal y, en realidad, iba sin rumbo fijo. Había venido un tipo del ayuntamiento porque tenía que hacer una obra en la carretera de acceso, y precisamente había elegido ese día para hacer la zanja, y al final se marchó dejándolo todo sin terminar. Por eso, los que acudieron esa tarde a la reunión espiritista tuvieron que dejar sus coches en la carretera y hacer a pie el resto del camino. Dos kilómetros. Estoy seguro de que muchos no asistieron por ese motivo, por no mencionar lo molestos que estaban los clientes del hotel cuando se enteraron de que no podían sacar los coches.

– ¿Cuándo se solucionó el problema? -preguntó Matthew.

– Bueno, a la mañana siguiente -dijo Jónas, que seguía enfadadísimo con el operario-. Aquel tipo no se atrevió a no hacerlo, después de la bronca que le solté.

– ¿Eso significa que del hotel no salió ningún coche hacia la playa en la que apareció Birna esa misma noche? -preguntó Þóra.

– No, fue totalmente imposible -respondió Jónas-. Era una zanja de mil demonios.

– ¿Llevabas el teléfono cuando saliste a pasear? -preguntó Matthew.

Jónas no necesitó pensarlo mucho.

– No, con total y absoluta seguridad, no. Emite unas ondas que me alteran siempre en la renovación de las energías espirituales.

Matthew se incorporó de una forma que daba a entender claramente que iba a interrogar más detenidamente a Jónas sobre el particular. Pero, de pronto, apareció Vigdís y se dirigió directamente a ellos con unas hojas impresas en las manos.

– Aquí está lo que me pediste -dijo, entregándole dos hojas de papel a Jónas-. En la primera página están los nombres de los que se alojaron aquí las noches del jueves y el viernes, y en la otra los que habían hecho una reserva pero no pudieron venir o la cancelaron. -Sonrió servicial a Þóra y Matthew-. Tengo que volver a la recepción para atender el teléfono. -Se marchó y Jónas le gritó «gracias» mientras se iba. Echó un breve vistazo a los papeles y después se los dio a Þóra.

– Ésta es una lista impresa del archivo informático, aunque probablemente nos resultará de escasa ayuda. No me puedo imaginar que a Birna la asesinara ningún cliente. Me parece bastante absurdo.

– Nunca se sabe -respondió Þóra, mientras empezaba a leer. La lista no era muy larga-. ¿Hay pocas reservas? -preguntó-. No son muchos nombres.

– Desde luego que no -respondió Jónas, un poco dolido, ante su expresión incrédula-. No es posible pretender que tengamos todo reservado, excepto justo antes de pleno verano. El periodo turístico es tan breve que casi no se puede denominar así. He pensado en toda clase de eventos para atraer visitantes en invierno. O de lo contrario, esto va a resultar de lo más deprimente.

Þóra asintió sin apartar la mirada de la lista.

– A juzgar por esto, hubo ocho habitaciones ocupadas la noche del jueves y diez la del viernes.

– Si ahí lo dice -respondió Jónas-. Naturalmente no guardo esas cosas en la memoria, pero probablemente ésa es la proporción. -Agarró su vaso de cerveza y tomó un trago-. Esta cerveza procede de agricultura biológica -explicó mientras dejaba el vaso sobre la mesa y se quitaba la espuma del labio superior.

Þóra se dio cuenta de que las cejas de Matthew se levantaron un poco, y que olía su vaso con gesto receloso. Se apresuró a tomar la palabra antes de que consiguiera preguntar por el cultivo en cuestión.

– ¿Conoces a alguno de los clientes? -preguntó inclinándose hacia Jónas con la lista por delante-. Por ejemplo, ¿la lista contiene nombres de clientes estables?

– Hace tan poco tiempo que empezamos, que aún no nos hemos hecho con clientes estables, por desgracia. Pero, de todas formas, creo que podré recordar quiénes eran. -Jónas puso un dedo sobre el primero de los nombres y empezó con él-. Veamos, el señor y la señora Brietnes, no, éstos eran un matrimonio mayor, de Noruega. Es muy poco probable que tengan relación alguna con este asunto. Siguen aquí, por si queréis hablar con ellos. -Desplazó el dedo-. Karl Hermannsson. No le recuerdo, parece que sólo se alojó aquí esa noche. Pero de esta pareja sí que me acuerdo, Örn Friðriksson y Ásadís Henrýsdóttir, ya habían venido antes, son gente interesada por lo que hacemos aquí y saben disfrutar de lo que ofrecemos. No pueden estar relacionados con esto de ninguna forma. Espera un momento. ¿Quién era éste? Pröstur Laufeyjarson. -Reflexionó un momento-. Sí, claro que sí, el del kayak. Ha venido a remar, a entrenar para un campeonato de remo. Tiene reserva hasta el miércoles. Muy distante y gruñón. Así que podría perfectamente ser un asesino.

– O no -dijo Þóra. Nunca había oído que los asesinos fueran más distantes que el resto de la gente en las relaciones personales-. ¿Y estos extranjeros? -Señaló los nombres siguientes.

– El señor Takahashi y su hijo. -Jónas levantó los ojos para mirar a Þóra y sonrió-. Demasiado educados como para matar a nadie. Muy tranquilos los dos, y el padre está convaleciente de un tratamiento contra el cáncer. Su hijo no se separa de él. Olvídalos. -Dirigió la mirada a los siguientes nombres-. No sé quiénes son éstos, Björn Einarsson y Guðný Sveinbjörnsdóttir, no caigo. Pero a éste tendrías que conocerle, Þóra: Magnús Baldvinsson, viejo político de izquierdas.

Cuando Þóra oyó el nombre, se le vino a la mente el rostro del hombre que había visto en el comedor a la hora del almuerzo.

– Sí, claro. Le vi hoy a mediodía. Precisamente estuve leyendo un artículo sobre él en un periódico. Es el abuelo de Baldvin Baldvinsson, del que dicen tiene un gran futuro. ¿Pero qué está haciendo aquí ese hombre?

– Descansando simplemente, creo. No es precisamente muy hablador, pero me dijo que se había criado en la comarca. Supongo que el corazón y la mente buscan la tierra de la infancia cuando llega la vejez -dijo Jónas. Continuó bajando por la lista-. No me acuerdo de esta Pórdís Eggertsdóttir, no tengo ni idea de quién es. Pero a este sí que le recuerdo, Robin Kohman, es fotógrafo y ha venido a hacer fotos para un artículo sobre las provincias de Vesturland y Vesturfjörður para una revista de viajes. Le acompañaba un periodista que ya se marchó. Se fue el martes, no el miércoles. Este Teitur es un corredor de bolsa que lleva aquí varios días, parece bastante simpático, aunque un poco esnob. Se lesionó montando a caballo al poco de llegar, y pensé que se iría en cuanto sufrió el accidente, pero aquí sigue. El resto de los nombres no los conozco. Ni los que llegaron el viernes ni los que cancelaron las reservas. -Dejó los papeles sobre la mesa delante de él, y Þóra los recogió.

– ¿Hay algún problema en que intente charlar con estas personas? -preguntó Þóra.

– En absoluto -afirmó Jónas poniéndose en pie-. Pero procura tratar bien a los clientes. No los ahuyentes. -Miró por un instante a Matthew y luego añadió a media voz, en islandés-: Que ése no se ponga a interrogar a nadie. Haz todo lo posible para que parezca una conversación intrascendente. -Se incorporó, se dio una palmada en los muslos-. Voy a ver qué tal le va a la policía. Ahora están registrando la habitación de Birna, no sé qué creen que puede esconder allí.

Matthew le guiñó un ojo a Þóra y dibujó una fugaz sonrisita.

– No, seguramente no encontrarán nada -dijo tan tranquilo.

– Pero ahora ya tienen mi teléfono -dijo Jónas-, y por lo menos pueden entretenerse en hacer una lista de todo lo que contiene.

* * *

Steini estaba sumido en oscuros pensamientos, con la mirada fija en el camino de acceso, al otro lado de la ventana. Habría podido estar solo, a juzgar por el tráfico. Ni un solo coche, ni una sola persona. Había pasado el rato viendo la televisión como un tonto. Y eso que sólo tenía veintitrés años. Si su vida hubiera transcurrido de la forma habitual, las cosas serían distintas. No tenía que ser así. No podía ser. En realidad, aún seguía confiando en que alguien fuera a decirle que todo era un malentendido. Que aquello no le había pasado a él, sino a alguna otra persona. Perdona, amigo, que te hayamos hecho pasar por esto sin necesidad, pero son cosas que suceden, a veces. Levántate. Puedes hacerlo. No ha sido más que un malentendido. Tu coche no es un desastre total. Era el coche de otro. Y tú no ibas en él. Un borbotón de risa absurda y extraña surgió de su interior. Seguro.

Se irguió y al hacerlo apareció la imagen de su rostro reflejada en la ventana. Se asustó y se cubrió más la cabeza con la capucha para que se viera lo menos posible. Nunca se acostumbraría a aquello. Nunca. Steini aferró, con sus manos ya expertas, las ruedas de la silla y se apartó de la ventana. ¿Dónde estaba Bertha? Había prometido venir, y siempre cumplía lo que decía. Querida, preciosa Bertha. Sin ella, sería incapaz de hacer nada. Enfermeras, médicos, psicólogos y como se llamara toda esa gente, se empeñaban en insistir en que se fuera a la capital, que se matriculara en la universidad, que hiciera algo. Que la vida no se acababa allí, aunque, en aquel momento, se sintiera tremendamente mal. Con la rehabilitación adecuada era posible que se viese prácticamente libre de la silla de ruedas, aunque el proceso fuese laborioso y doloroso. Esa gente no le comprendía. Tenía que quedarse allí. Allí estaba su casa, aquél era su hogar. Por aquella zona pasaba poca gente y casi todo el mundo le conocía. Nadie se asustaba cuando le veían aparecer con aquella horrible máscara que se suponía era su rostro. En Reikiavik, en cambio, sucedería un día sí y otro también. Se consumiría y acabaría matándose en un tiempo récord. Tenía tanto que agradecer a Bertha. Ella era la principal responsable de que pudiera seguir allí, con las dificultades que tenía para valerse por sí solo.

¿Quizá Bertha le había abandonado? ¿Ya se había hartado? ¿No iba a ayudarle más? Steini se acercó en su silla hasta la televisión y agarró el mando a distancia. Prefería ver aquellos espantosos programas que seguir con sus negros pensamientos. Subió el volumen y fijó la mirada en la pantalla. No pensar. No pensar.

* * *

Þóra y Matthew hicieron un brindis.

– Realmente, espero que esto no proceda de agricultura ecológica-dijo él antes de tomar un trago.

Þóra le sonrió.

– No, esperemos que se haya cultivado con la habitual porquería de los pesticidas, mejor aún si se les ha añadido algo de mercurio. -Bebió un sorbo de vino-. Da igual cómo se ha cultivado, el resultado es muy bueno. -Dejó su copa sobre el mantel blanco y comió un bocado de pan para tener algo que morder-. Estoy muerta de hambre. Muerta.

– Mmmm -dijo Matthew-. Me alegro mucho de que eso no haya cambiado. Y de que tú no hayas cambiado. -Le guiñó un ojo-. Además, tu forma de vestir sigue siendo tan… cómo decirlo…

Þóra se miró su sencillo jersey y sacó la lengua.

– ¿No irías a pensar que habría venido aquí con vestido largo esperando que alguien me invitara a comer?

– Me permito dudar que te hubieras puesto vestido largo aunque te hubieran invitado. -Se recolocó la corbata con gran ceremonia.

– Ja, ja. -Þóra se rió-. Tengo demasiada hambre para responder a los chistecitos de un tarugo como tú. ¿Y dónde está la comida? -Miró el reloj-. Maldita sea. Tengo que llamar a casa antes de que se duerma Sóley. -Alargó la mano para agarrar su bolso, pero antes de abrirlo recordó que su teléfono estaba en poder de la policía-. Vaya, ¿me puedes dejar tu móvil?

– Claro -dijo Matthew, ofreciéndole un elegante teléfono-. ¿Algo no va bien con tus niños? Casi ni me atrevo a preguntar, pero… ¿ya eres abuela?

Þóra alargó la mano para tomar el móvil.

– Puedes respirar tranquilo, aún estás cenando con una mujer joven. -Era un teléfono con tapa, y lo abrió. En la pantalla apareció la foto de una niña negra con montones de trencitas en el pelo-. ¿Quién es ésta? -preguntó extrañada, dirigiendo el teléfono hacia Matthew. Nunca había mencionado que estuviera casado o viviendo con alguien.

Matthew sonrió.

– Es mi hija.

– ¿Ah, sí? -dijo Þóra-. No se te parece mucho. -Volvió a contemplar la foto-. Excepto en el pelo, quizá. -No sabía muy bien qué más decir.

Matthew se rió y se pasó la mano por el cabello, con perfecto corte de caballero.

– No, no somos parientes consanguíneos. La adopté a través de una ONG.

– Oh, qué bonito. -Þóra bebió un sorbo para disimular el peso que se le había quitado de encima-. Por un momento creí que estabas casado o que vivías con alguien. No me gustan demasiado los hombres casados. En la escala de atractivo del cero al diez, les pongo un menos dos.

– Qué raras sois las mujeres -dijo Matthew-. A mí, tú me pareces atractiva y eso no cambiaría, estuvieras casada o no.

– Tienes la suerte de que estoy divorciada -dijo Þóra, mirando de nuevo la foto-. No vive contigo, ¿no? -Era totalmente incapaz de imaginarse a Matthew lavando las ropitas de un niño, y mucho menos haciendo una serie de apretadas trenzas en una cabecita.

– No, no -respondió Matthew-. Vive en Ruanda. Conozco a una mujer que trabaja en ese pueblo con la Cruz Roja, ayudando a los necesitados. Fue ella quien me convenció.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Þóra.

– ¿La mujer, o la niña? -preguntó Matthew.

– La niña, claro -contestó Þóra.

– Laya -dijo Matthew.

– Un nombre muy bonito -afirmó Þóra, poniendo sus manos sobre una de las de él, que descansaba sobre la mesa-. Voy a hacer una llamada breve, porque cuando llega la hora de comer le cuelgo hasta a mis propios hijos. -Marcó el número de su hijo-. Hola, Gylfi, ¿qué tal estás?

– ¿Estás en el extranjero? -preguntó la voz extrañada de su hijo.

– No, no -dijo Þóra, que se apresuró a añadir-: He tomado prestado un móvil a un extranjero que está aquí en el hotel, porque tuve que dejar el mío. Pero ¿qué tal todo?

– Una mierda. Esto es espantosamente aburrido. Quiero irme a casa -respondió Gylfi convencido.

– No, no -respondió Þóra, maternalmente-. Si es muy divertido. ¿Está contenta Sóley?

– Ella está siempre contenta, no tienes que preguntar -replicó Gylfi cabreado-. Pero yo me voy a morir de aburrimiento aquí. Papá se ha puesto como loco a jugar con el Sing Star de los 80, de Sóley, y si vuelvo a oírle otra vez cantando Eye of the Tiger, me largo. De verdad.

– Venga, hombre -dijo Þóra-. Ya queda poco. Déjame hablar un momentito con Sóley, cariño. -No se atrevía a decir nada en favor del karaoke de su padre.

– Habla con ella pero no te alargues mucho. Tengo que llamar a Sigga. Antes se puso el teléfono en la barriga para que el niño me mandara un SMS con sus pataditas.

– ¿Ah, sí? -dijo Þóra, que ya no se asombraba por nada-. ¿Y qué escribió?

– jt -respondió Gylfi orgulloso. Le pasó el teléfono a su hermana sin más preámbulos, y una vocecita gritó:

– ¡Mami, hola, mami!

– Hola, ratoncito -saludó Þóra-. ¿Te lo pasas bien?

– Sí, sí, muy bien. Pero tengo ganas de estar en casa contigo. Papá y Gylfi siempre están peleándose.

– Ya queda poco, cariño. Tengo muchísimas ganas de que volvamos a estar juntos los tres. Dile hola a tu padre de mi parte, nos vemos mañana. -Þóra se despidió. Cerró el teléfono y se lo pasó a Matthew.

– No entendí ni una palabra -dijo éste, volviendo a meter el teléfono en el bolsillo de la americana-. ¿Piensas hablarme en islandés luego? ¿En la cama?

– Claro que sí, corderito mío -dijo Þóra lo más cariñosamente que pudo, y levantó un pie del suelo para ponerlo en un lugar mucho más cálido. El vino blanco estaba empezando a hacerle efecto-. ¿No te alegras, al menos, de que no lleve zapatos de tacón?

* * *

Rósa estaba junto a la cocina colando café al estilo antiguo. No necesitaba estar muy pendiente y dejó vagar sus pensamientos, pero, por desgracia, su mente iba demasiado rápido y lo único que consiguió fue desencadenar ideas aún más negras sobre todas las cosas que ella no podía cambiar. Hizo un esfuerzo por pensar en su corderito, Stubbur, y lo fuerte que había chupado el biberón aquella mañana, pero aquella tierna visión se disipó enseguida. En su lugar, se interpuso el recuerdo de la vuelta a casa de Bergur la noche anterior, y el gesto que tenía cuando le habló del cadáver que había encontrado en la playa. Ella intentó alejar aquella imagen, obligándose a pensar en la inminente visita de su hermano. Seguramente, serviría para alegrar la vida doméstica, porque era un hombre muy simpático y siempre estaba de broma. No cabía la menor duda de que les vendría estupendamente, la casa era tan silenciosa que los desconocidos debían de pensar que ella y su marido eran mudos. Sonrió triste e irónica ante semejante idea. Como si por allí pasara algún desconocido. A aquella casa no iban ni siquiera los conocidos. Sólo a los parientes más próximos se les pasaba por la cabeza ir de visita. Era lógico. La gente no visitaba un lugar donde incluso las plantas de las macetas se habían vuelto tan tristonas como ellos dos.

Rósa suspiró. No tenía ni una amiga íntima a la que recurrir cuando necesitaba consejo. Bergur era desdichado porque vivía con ella y no la quería. Y ella también era desdichada porque vivía con él y le quería, sin que su amor se viera correspondido. No sabía exactamente cuándo había dejado de quererla, si hubiera podido hablarse de amor alguna vez, pero recordaba bien cuándo empezó a quererle ella a él. El día en que se conocieron. Aún podía recordar lo guapo que era y tan distinto a los demás jóvenes que había tratado hasta entonces. Había llegado a la comarca para ayudar en los trabajos de primavera en las granjas, y en un abrir y cerrar de ojos la había embrujado hasta la médula. Trabajaron juntos, ensangrentados hasta los codos en la época de nacimiento de los corderos, y su fascinación fue creciendo a medida que descubría, a lo largo de sus conversaciones, lo culto que era el joven y cuánto sabía de todo. Además, él hablaba con mucho más cuidado que el resto de la gente, y seguía haciéndolo. Aquello le daba un cierto aire cosmopolita, aunque nunca hubiera puesto un pie fuera de la región. En esa época, y en realidad todavía hoy, ella se sentía como una palurda a su lado. Siempre había sabido que no le llegaba a la suela de los zapatos. Llegaría el momento en que se marcharía, y aquello la llenaba de una tristeza y un pesar que contribuían a asfixiar aún más su relación. ¿Qué fue primero, el huevo, o la gallina?

Uf. Se estremeció ligeramente y se maldijo a sí misma por su cobardía y su autocompasión. Notó el aroma del café ascender hasta su nariz y sólo con ello se sintió mejor. Quizá vinieran tiempos mejores, con las flores llenando los prados. Fue a buscar el bizcocho y un cuchillo para cortarlo. Bergur estaba a punto de llegar y quería tenerlo todo dispuesto para cuando apareciera en casa, cansado de las labores de la tarde. Estaba arreglando el techo del granero, que estaba lleno de goteras, y ella sabía perfectamente que aquel trabajo no le gustaba nada y le resultaba muy difícil. Estaba claro que no era precisamente un manitas. Pero a ella le daba igual. No era su destreza en el trabajo lo que la atraía de él.

Había echado a cocer la última morcilla congelada que quedaba del otoño anterior, y unas patatas. Pensándolo bien, no era una cena excesivamente apetecible, y por eso se le ocurrió alegrar un poco la existencia ofreciéndole a su marido un bizcocho. Miró el puchero y vio que el hervor estaba subiendo. De pronto, una lágrima empezó a correr por su rostro. Maldita zorra del demonio. Se secó la lágrima, sorbió por la nariz y blandió el cuchillo. Maldita zorra del demonio. Él pertenecía a otra, ¿eso no significaba nada para ella? La tapa del puchero tintineó, y Rósa dio un respingo. Sonrió brevemente al tiempo que la levantaba y bajaba el fuego.

Maldita zorra del demonio muerta. Muerta, muerta, zorra muerta. Rósa recuperó el buen humor y amenazó al bizcocho con el cuchillo. Muerta, y muy pronto enterrada. Ella no había oído de nadie que abandonara a su esposa por una zorra muerta.

* * *

Matthew se sentó en la cama. Estaba sediento y se preguntó si había sido la sed lo que le había despertado, o algo procedente del exterior. Sonrió para sí ante aquella tontería cuando se dio cuenta que desde el otro lado de la ventana abierta no llegaba otra cosa que silencio. Bostezó y se levantó con todo cuidado para no despertar a Þóra. Le resultó un tanto complicado, porque ella había conseguido, de una forma admirable, ocupar tanto espacio en la cama que él se las vio y se las deseó para no caer encima de ella al salir. Fue al baño y dejó correr el agua mientras sostenía un vaso. Lo había puesto debajo del chorro cuando llegó a sus oídos un sonido extraño. Cerró el grifo inmediatamente y aguzó el oído. Era el llanto lastimero de un niño. Matthew salió receloso del baño e intentó identificar la procedencia del sonido. Éste cesó de pronto y él levantó las cejas, extrañado. Quizá en el hotel había huéspedes con un niño que no podía dormir. Tenía que ser eso. Sonrió por su sandez y fue hacia la ventana para cerrarla mejor. Þóra prefería tenerla abierta de par en par, pero la habitación se había quedado ya bastante fría. No estaba habituado a dormir con tanto frío.

Cuando estaba colocando el cierre de la ventana, el llanto volvió a comenzar. Ahora no cabía duda de que llegaba de fuera. Matthew abrió más la cortina y observó atentamente la clara noche. No vio nada y el ruido cesó otra vez, tan de repente como la primera vez. Esperó largo rato junto a la ventana por si volvía a oírse, pero no sucedió nada y finalmente regresó a la cama, tan seguro de que había oído un llanto como de que ese llanto no procedía de ningún niño del más allá.

Capítulo 12

Los dos japoneses, padre e hijo, eran tan exageradamente corteses que Þóra se sintió como un camionero borracho en su presencia. Hizo todo lo posible por comportarse debidamente, habló despacio, se movió sin brusquedades y evitó gestos y muecas, pero no lo consiguió. Matthew seguramente lo haría mejor, y Þóra empezó a sospechar que su experiencia en el banco alemán podría venir estupendamente. De modo que hizo una pausa en la conversación y dejó que fuera él quien hablara con los japoneses. Les habían abordado a la entrada del hotel cuando volvían del breve paseo que, según Vigdís, acostumbraban a dar todas las mañanas. Ahora estaban sentados en unas sillas de madera instaladas delante del hotel, gozando del excepcional sol.

– ¿De modo que no la conocían? -preguntó Matthew en voz baja pero clara. Aún estaba un poco molesto con Þóra por haber reaccionado con una burlona sonrisita de conmiseración ante la historia del llanto del niño aquella noche, añadiendo que debía de haberlo soñado.

El hijo tradujo las palabras de Matthew al japonés para su padre. Luego se volvió de nuevo hacia ellos.

– No, lo sentimos. No sabemos bien a quién se refieren.

– Era arquitecta, trabajaba para el dueño del hotel. Una mujer joven, de cabello oscuro -añadió Matthew.

El hombre mayor puso una delgada mano sobre el hombro de su hijo y dijo algo incomprensible. El hijo escuchó con gesto de conformidad, y luego asintió con la cabeza. Su mirada se trasladó del padre a Matthew.

– Es posible que mi padre haya visto a la mujer de que hablan. Estaba aquí mismo, en las dependencias del hotel charlando con un hombre en silla de ruedas y una muchacha joven. Dice que la mujer sostenía en la mano unos dibujos y que se los estaba mostrando. ¿Es posible que sea ella?

Matthew miró a Þóra y puso gesto interrogante.

– ¿Tenía ella relación con alguien en silla de ruedas?

Þóra sacudió la cabeza.

– No, que yo sepa.

Matthew le pidió al hijo que preguntara a su padre si sabía de qué personas se trataba.

Se produjo un nuevo intercambio de palabras entre padre e hijo, que este tradujo enseguida para Matthew y Þóra.

– No, mi padre no conocía a esas personas pero había visto a la mujer antes en el hotel, y a los jóvenes en el sendero. -Inclinó la cabeza ligeramente antes de continuar-. Mi padre dice que prestó cierta atención a la joven pareja por la especial amabilidad que mostraba la muchacha hacia el inválido. Por lo demás, no sabe nada de esas personas, ni tampoco de la arquitecta. Yo personalmente nunca me encontré con esa mujer, de modo que no puedo ayudarles.

Matthew y Þóra se miraron brevemente. No había motivo para seguir importunando a aquellas personas, y se dispusieron a levantarse.

– Señor Takahashi, muchísimas gracias por su amabilidad -agradeció Matthew inclinando la cabeza. Þóra le imitó-. Esperamos que su estancia aquí sea placentera.

– Muchas gracias -respondió el hijo, poniéndose en pie. Ayudó a levantarse a su padre convaleciente-. Este lugar es agradable. Mi padre ha estado enfermo, pero el aire fresco le fortalece.

– Espero que se mejore -intervino Þóra, dedicando una de sus sonrisas al anciano. Éste se la devolvió y se despidieron. Cuando estuvieron ya dentro del hotel, Þóra se volvió hacia Matthew-. Desgraciadamente, no hemos sacado mucho en claro.

Matthew se encogió de hombros.

– ¿No esperarías que supieran quién es el asesino? -Frunció el ceño-. Pero sí que me parece extraño que el hijo afirmara no tener ni idea de quién era Birna hasta que el padre dijo que la había visto. ¿Recuerdas lo que dijo Vigdís sobre los japoneses? Que el hijo seguía a su padre como una sombra. ¿Dónde estaba cuando el padre vio a a la arquitecta y a la pareja de jóvenes?

– A lo mejor, el padre los vio por la ventana -respondió Þóra-. El hijo nos lo habría dicho si la recordara. ¿Por qué no iba a hacerlo?

– No lo sé -replicó Matthew pensativo-. Pero es curioso todo lo que hablaron padre e hijo en comparación con la brevedad de las respuestas en la traducción del hijo. También me pareció extraño que no preguntaran por qué nos interesamos por Birna.

– ¿No tendrá algo que ver con las normas de cortesía en Japón? A lo mejor, curiosear y robar son dos cosas igual de mal consideradas en ese país. -Þóra tenía hambre y miró el reloj que colgaba en la pared por encima de ellos-. Ven. Vamos a comer algo antes de que retiren el desayuno.

Matthew la miró extrañado, y luego miró su propio reloj de pulsera.

– No cerrarán el comedor a las ocho, ¿verdad?

– Ven -dijo Þóra, moviéndose impaciente-. Me moriré si no me tomo un café. Además, allí habrá algunos huéspedes más con los que podemos hablar. -Se habían levantado tempranísimo, con la esperanza de ver a todos los clientes posibles antes de que se fueran.

– No quiero que te mueras -dijo Matthew, siguiéndola-. Aunque no hayas creído lo del llanto.

– Uuuh -bromeó Þóra con voz cavernosa-. Fantasma… uuuh. -Se rió del agrio gesto de Matthew-. No te pongas así. Estaremos mucho mejor después de desayunar.

En el comedor sólo había tres mesas ocupadas. Un matrimonio mayor, que Þóra no había visto hasta entonces, estaba sentado en una de ellas, en la otra se encontraba Magnús Baldvinsson, el viejo político del que había hablado Jónas, y en la tercera estaba un hombre joven enfrascado en sus pensamientos. Estaba bronceado y parecía una persona acomodada, pero sus ropas juveniles trataban de ocultarlo. Þóra decidió hablar primero con el joven. Le dio un codazo a Matthew y le dijo en voz baja sin que se notara mucho:

– Ése debe de ser, seguramente, el del kayak, Þröstur Laufeyjarson, el que según Jónas bien podría estar relacionado con la muerte de Birna. ¿Ves lo enfadado que está? Vamos a sentarnos a una mesa al lado de la suya. -Se acercaron al mostrador y Þóra colocó algo al azar en su plato. Se sintió molesta de que Matthew pareciera tener intención de tomarse el tiempo necesario para examinar todo lo que había en el bufé, pasando lentamente por delante de los alimentos expuestos. Þóra volvió a darle otro codazo-. Rápido. No puede marcharse antes de que nos sentemos nosotros. -Matthew la miró frustrado, pero sin pensárselo más agarró un yogur. Se dirigieron hacia la mesa que estaba justo al lado de la del piragüista. Þóra le sonrió cuando se estaban sentando-. Buenos días, un tiempo estupendo.

El hombre no la miró, ni pareció darse cuenta de que se estaba dirigiendo a él. Bostezó y tomó un sorbo de zumo de naranja. Þóra volvió a intentarlo.

– Perdona -dijo en voz alta para que no cupiese duda alguna de que dirigía sus palabras a alguien que no era su compañero de mesa-. ¿Sabes si se pueden alquilar barcas por aquí cerca? Estábamos pensando en alquilar una. O un kayak.

El hombre tragó el zumo y miró extrañado a Þóra.

– Perdona, ¿me hablabas a mí? Desgraciadamente, no comprendo el islandés.-Oh. -Þóra se quedó confusa. Evidentemente no se trataba de Þröstur Laufeyjarson. Sonrió para disculparse-. Lo siento, creía que eras otra persona. -Intentó hilar algún otro tema de conversación para no perder a aquel hombre-. ¿Has llegado hace poco?

Él sacudió la cabeza.

– No, llevo aquí un tiempo, aunque con interrupciones, pues he estado viajando.

Þóra fingió interés por sus viajes, intentando parecer natural.

– ¿Y por dónde has estado? Aquí hay mucho que ver.

El hombre pareció alegrarse de tener compañía. Se giró un poco en la silla para ver mejor a Þóra y Matthew.

– Principalmente por Vestfjörður. Trabajo para una revista de viajes que trata de destinos interesantes y cosas similares.

– No parece un trabajo aburrido -comentó Þóra, bebiendo el primer sorbo de café. No recordaba cómo se llamaba aquel hombre, pero tenía que tratarse del fotógrafo que Jónas había reconocido en la lista de clientes.

El joven se rió.

– Bueno, puede resultar cansado, como todo. Soy fotógrafo y mis días se me hacen a veces de lo más largos y difíciles.

Þóra extendió la mano derecha.

– Pero qué torpe soy. Me llamo Þóra. -Señaló a Matthew con una inclinación de cabeza-. Y éste es Matthew, de Alemania.

El joven se levantó un poco para saludar.

– Hola. Yo me llamo Robin. Robin Kohman. De Estados Unidos.

Þóra fingió un auténtico gesto de curiosidad.

– Oye, espera, ¿puede ser que te haya visto con Birna?

Robin se encogió de hombros.

– ¿Con Birna?

– Sí, con Birna, la arquitecta que vivía aquí… -Se le quedó mirando esperanzada.

– Ah sí, Birna, la arquitecta -dijo Robin contento. Pronunció el nombre de forma completamente diferente a como lo había hecho Þóra-. Sí, claro que la conozco, sólo que no entendí el nombre cuando lo dijiste. Soy totalmente incapaz de pronunciarlo bien. Todas esas palabras vuestras suenan igual. -Robin se tomó el último sorbo de zumo y se secó los labios con la servilleta-. Sí, nos conocemos. Me encargó que le hiciera algunas fotos, y me indicó algunos sitios de los alrededores en donde podría encontrar material interesante para mis fotografías.

– ¿Recuerdas cuándo la viste por última vez? -preguntó Matthew. Aún no había tenido ocasión de abrir el yogur.

Robin reflexionó un momento.

– Bueno, hace varios días. ¿Pasa algo?

– No, creo que no -mintió Þóra-. Sólo que queríamos verla. -Vio por el rabillo del ojo que Magnús Baldvinsson se levantaba y salía.

– Si os tropezáis con ella, decidle por favor que aún tengo sus fotos. -Robin se puso en pie.

– Lo haremos, si se da el caso -dijo Matthew con una sonrisa ambigua. Cuando Robin se hubo marchado, levantó el yogur en el aire y lo blandió ante el rostro de Þóra-. ¿Ahora ya puedo ir a buscar algo decente para comer?

* * *

Magnús Baldvinsson iba por el terreno del hotel en busca de un lugar donde hubiese buena cobertura para el móvil. Desde su habitación era imposible intentar conectar, y no quería charlar por el teléfono delante de extraños en el pasillo o el comedor, donde sabía que también era mala la cobertura. Estuvo a punto de caer dos veces a causa de las piedras sueltas. Era difícil tener la mirada puesta a la vez en la pantalla del teléfono y en el suelo. Respiró más aliviado cuando el móvil mostró que había cobertura, y se apresuró a marcar el número de casa. Estaba en el aparcamiento y suponía que enseguida empezaría a aparecer gente. Esperó impaciente mientras sonaban las llamadas. Por fin hubo respuesta.

– Mi querida Fríða. ¿Te he despertado?

– ¿Magnús? ¿Pero qué hora es? -La esposa de Magnús acompañó sus palabras con un sonoro bostezo.

– Son las ocho, más o menos -respondió él, molesto.

– ¿Pasa algo? -preguntó Fríða preocupada. El sueño había desaparecido de su voz.

– No, nada. Sólo quería decirte que voy a quedarme aquí algunos días más. -Magnús vio que se abría la puerta del hotel, y salía un hombre joven en chándal. Respiró tranquilo al ver que se dirigía hacia la playa en vez de al aparcamiento-. Por aquí hay unas personas preguntando por Birna.

– ¿Preguntando? ¿Qué es lo que están preguntando? ¿Han hablado contigo? -Fríða habría seguido bombardeándole a preguntas si Magnús no la hubiera interrumpido. Casi se palpaba la angustia en la voz de la mujer.

– Fríða, estate tranquila. -Respiró hondo e hizo un esfuerzo por no perder el control. A medida que pasaban los años, Fríða se iba haciendo cada vez más débil de los nervios, y no era necesario un crimen para desequilibrarla. Pensándolo bien, la verdad es que había reaccionado increíblemente bien, cuando tuvo que enfrentarse a algo realmente serio-. No sé lo que anda husmeando esa gente, aún no han venido a hablar conmigo. Llamaba solamente para decirte que pienso quedarme un poco más aquí. Si echo a correr, puede resultar de lo más sospechoso. La policía ha venido dos veces y estoy esperando a que vengan a hablar conmigo de un momento a otro. -Suspiró-. Supongo que querrán hablar con todos los que estaban aquí.

Fríða calló un momento y luego volvió a tomar la palabra con voz más suave.

– Ha llamado Baldvin.

– ¿Y qué quería? -preguntó Magnús. No podía evitar sentirse henchido de orgullo cada vez que oía el nombre de su nieto. Estaba seguro de que su abuelo había sentido algo parecido cuando él era joven. Para rematar, se parecían como dos gotas de agua, y un periodista había publicado incluso una foto de Magnús joven en una entrevista que le hicieron a Baldvin, para poner de relieve el gran parecido que existía entre los dos. Magnús sonrió para sí, ahora ya sería difícil que alguien los confundiera, él era un viejo y Baldvin un apuesto joven.

– Preguntó por ti. Quería saber cuándo volvías a casa -respondió Fríða-. Creo que tiene intención de ir por ahí.

– ¡No! -exclamó Magnús enfadado-. Bajo ninguna circunstancia debe venir aquí. Eso sólo serviría para empeorar las cosas. Hubiera sido mejor que se hubiera quedado en casa el otro día en vez de pretender echarme una mano.

– Sus intenciones son buenas -respondió la esposa-. Quizá no tenga importancia. Si esa Birna hubiese hablado con alguien, ya lo habrías sabido. Tal vez todo haya muerto con ella. -La mujer suspiró-. ¿No será mejor dejar las cosas como están?

Magnús dejó escapar un débil suspiro.

– De eso no podemos estar seguros, Fríða. He invertido ya demasiado como para detenerme ahora en los últimos metros. Y no digamos Baldvin. Yo seguiré aquí y veré por dónde sopla el viento. En los próximos días, esto se aclarará. No puede ser de otro modo.

– ¿Quieres que vaya yo? ¿Te has llevado medicinas suficientes? -Fríða estaba a punto de perder el control.

– No vengas. De ninguna manera. Y por todos los dioses, deten a Baldvin para que no vuelva a entrometerse. -Magnús respiró hondo-. Mi querida Fríða, la cobertura es muy mala aquí y no creo que consigas contactar conmigo por el móvil. Pero no me llames tampoco al teléfono del hotel. Nunca se sabe quién está escuchando. Yo me encargaré de contactar contigo.

Cortó la conversación. Miró a su alrededor, hacia la bella línea de la costa, y se dio la vuelta para contemplar las montañas al norte. Albergaba la esperanza de sentirse lleno de felicidad y paz, pero no fue así. Una ira de profundas raíces se inflamó de repente en su interior. Con sus intrigas y su infamia, Birna había destruido lo que él más amaba: las tierras de su infancia. Ahora no sentía más que ansiedad. Ya era demasiado viejo para dominar el miedo, y su confianza en sí mismo había desaparecido. Aquello acabaría mal. Para él y para Baldvin. La ira fue diluyéndose, para dejar paso a una enorme tristeza. Quizá Birna había sido la raíz del problema, y su asesinato marcara el principio del fin. Pero si miraba las cosas realmente a fondo, él era el único que tenía la culpa.

Una vez había leído que las sombras de los viejos pecados son infinitas, que uno no puede esconderse de ellas. Debería haberlo pensado bien en su momento.

Capítulo 13

Desde su asiento tras del mostrador de recepción, Vigdís siguió con la vista a Þóra y Matthew, que caminaban en dirección al despacho de Jónas. Pensó si debía informarles de que Jónas no estaba, pero decidió no hacerlo. Ya se darían cuenta ellos solos. Se volvió hacia la pantalla del ordenador y se puso de nuevo a leer las noticias en la red. En realidad, los artículos que leía tenían poco de noticias propiamente dichas, pero Vigdís hacía mucho que había dejado de interesarse por las cuestiones de Oriente Próximo, la política, las tonterías de la inflación y ese tipo de cosas que ocupaban la mayor parte del tiempo de los periodistas. Esa clase de informaciones eran una especie de círculo vicioso sin fin, mientras que las noticias que leía Vigdís era diáfanas y tenían principio y fin. Siempre estaba claro quién era el malo y quién el bueno, e iban acompañadas de fotografías que resultaba entretenido mirar. Y estaban centradas, sobre todo, en los ricos y famosos. Fue leyendo emocionada una pantalla tras otra y se enteró, sin ningún género de duda, de que Nicole Ritchie y Keira Knightly tenían anorexia. Estudió a fondo la fotografía ampliada de las costillas de las dos, que asomaban por el escote de sus vestidos de noche. Vigdís sacudió la cabeza con gesto entristecido.

– Perdona -se oyó, y aquello la desvió durante un rato de su preocupación por la salud de las jóvenes actrices.

La recepcionista levantó la mirada.

– ¿Sabes algo de Jónas? -preguntó Þóra.

Vigdís cerró la ventana del ordenador para que la pantalla mostrara las reservas.

– Jónas hizo una escapada a la capital. Estará de vuelta por la tarde. -Puso un gesto servicial-. ¿Puedo ayudaros?

Þóra miró a Matthew y luego de nuevo a Vigdís.

– Sólo queríamos saber si estaban aquí algunas personas. Estamos intentando contactar con todos los que pudieran conocer a Birna. El piragüista, por ejemplo.

– ¿Prostur Laufeyjarson? -preguntó Vigdís, que tenía gran facilidad para recordar nombres. Era una aptitud de la que hacía gala en su trabajo en la recepción, y una de las razones por las que Jónas estaba tan satisfecho con ella. Además, Vigdís conocía estupendamente la red informática, así que Jónas ni se planteaba cambiarla de puesto de trabajo.

– Sí, justo -respondió Þóra-. ¿Está ahora en el hotel?

– No, siempre sale muy temprano a entrenar. Y vi el kayak en la playa de abajo ayer por la tarde. Quizá esté remando en esa zona. Si el kayak no está en el pequeño embarcadero, es que está en el mar. Siempre lo deja ahí.

Þóra le tradujo a Matthew lo que había dicho y decidieron bajar a la playa con la esperanza de encontrar a Pröstur. Antes de salir, Þóra se volvió hacia Vigdís.

– ¿Y a Magnús Baldvinsson? ¿Lo has visto?

Vigdís se encogió de hombros.

– No sé adónde ha ido. Hace poco estaba dando vueltas por aquí. No suele ir muy lejos. Sale a pasear, pero nunca pasa fuera más de una hora. Ya es bastante mayor.

– ¿Es viudo? -preguntó Þóra-. Jónas dijo que había venido él solo.

– No, creo que no -respondió Vigdís-. Su esposa le ha llamado varias veces.

– Qué raro que no le acompañara.

– A lo mejor está enferma -señaló Vigdís-. O no puede salir de casa por alguna razón.

– Quizá nos encontremos con él en cualquier sitio, más tarde -dijo Þóra.

Vigdís asintió con un gesto que delataba que sabía más de lo que había dicho.

– Sí, no dejéis de intentarlo.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Bueno, por nada. El conocía a Birna -respondió Vigdís. Dejó pasar un momento de silencio antes de añadir-: O creo que la conocía. Por lo menos, al registrarse preguntó expresamente por ella.

– ¿Ah, sí? -preguntó Þóra extrañada. Jónas no había mencionado ninguna relación entre Magnús y Birna-. ¿Sabes de qué se conocían?

Vigdís sacudió la cabeza.

– Ni idea. En realidad, no sé nada de nada. Él preguntó por ella y yo le contesté. Nunca vi que hablaran ni nada por el estilo. Pero él no volvió a preguntar por ella, y ella nunca preguntó por él.

* * *

Þröstur Laufeyjarson colocó el remo de doble pala sobre el kayak y miró el cronómetro que rodeaba su muñeca. Aunque llevaba ya un buen rato de entrenamiento, aún no le apetecía volver. El bote se mecía tranquilamente en el mar mientras él pensaba en cómo mejorar el plan de entrenamiento, que no parecía dar los resultados apetecidos. Respiró hondo y dejó escapar un pesado suspiro. Tenía que reconocer que el entrenamiento no marchaba bien, no conseguía aprovechar al máximo su potencial. El pequeño gimnasio del hotel no tenía mucho que ofrecer y eso hacía difícil mantener la masa corpóral en el nivel óptimo, y mucho menos aumentarla. Þröstur giró los hombros haciendo tres círculos para disolver la tensión y notó que una gota de sudor le bajaba por la espalda, por dentro del traje de neopreno. La idea de una ducha caliente, e incluso un masaje a continuación, fue suficiente para hacerle llevar el kayak tranquilamente hacia la orilla. Aún tenía tiempo. Volvería después del mediodía y lo aprovecharía mejor.

Cuando la proa del kayak se dirigió hacia el hotel, vaciló un momento antes de mover el remo. Aflojó un poco la presión sobre éste y aguzó la vista. ¿Quiénes eran aquellas personas que estaban en la playa? Era evidente que le estaban haciendo señas; suspiró. Turistas. No había nada más fastidioso que los turistas y sus estúpidas preguntas: ¿Cazas ballenas con eso? ¿Has ido a remo hasta Groenlandia? Consideró la situación. ¿Iba a dejarse atrapar por aquellos imbéciles, o sería mejor desembarcar en otro sitio? Así le dejarían en paz, aunque tardaría mucho más en llegar al hotel. Se humedeció los labios resecos y notó un fuerte sabor a sal en la lengua. Aquella gente seguía saludando con la mano, más enérgicamente incluso que antes, y Pröstur tuvo la sensación de que conocía a la mujer, una huésped del hotel, recién llegada. Ojalá no fuera la que estaba preguntando por la arquitecta en la recepción cuando pasó por allí el día anterior. No tenía ninguna gana de charlar con ella. En absoluto. Era imposible adivinar qué clase de preguntas se le iban a ocurrir. Dio la vuelta al kayak con toda tranquilidad. Antes de empezar a remar con fuerza, miró sin querer el remo, como si esperase verlo todavía manchado de sangre. Naturalmente, ésta había desaparecido. Él mismo la había quitado, y lo había hecho a conciencia. Se alejó remando vigorosamente.

* * *

– ¿Qué pasa? -gritó Þóra hacia el mar cuando el kayak dio repentinamente la vuelta y se alejó con rapidez impulsado por el remo. Había hecho todo lo posible por llamar la atención del deportista, pero tuvo que bajar el brazo-. Nos ha visto con toda claridad. ¿Qué le pasa?

Matthew se puso una mano sobre la frente y siguió con la mirada el decidido recorrido de ía embarcación hacia el oeste, a lo largo de la playa.

– Sí, claro que nos ha visto. O su entrenamiento le deja poco tiempo para hablar con nosotros, o simplemente lo ha hecho para evitarnos. -El kayak desapareció de su vista detrás de unas rocas y Matthew se volvió hacia Þóra-. Creo que no ha querido hablar con nosotros. A lo mejor es muy tímido.

– ¿Nos quedamos por aquí a esperarle? -preguntó Þóra, ansiosa por hablar con aquel tipo fastidioso lo antes posible. Jónas podía tener muchos defectos, pero era bastante intuitivo con las personas, y Pröstur le había parecido sospechoso-. Me parece evidente que esconde algo, o no tendría problema para hablar con nosotros.

– No del todo -repuso Matthew-. A lo mejor sencillamente está cansado y no tiene ganas de charlar. No creo que pueda saber qué queremos de él. ¿Qué tal si volvemos? Ya le veremos luego. Venga, vamos a buscar al anciano, a ese tal Magnús.

Þóra tenía que reconocer que era un plan mucho más razonable que quedarse en la playa por si acaso, de modo que regresaron al hotel. Vigdís les dijo que no había visto a Magnús, pero que posiblemente estaría en su habitación, así que se dirigieron al piso de arriba.

– Yo hablaré -dijo Þóra en voz baja mientras llamaba a la puerta con decisión. Oyeron movimiento en el interior-. Es tan mayor que no estoy segura de que pueda manejarse bien en otros idiomas que no sean el islandés y quizá el danés. -Se abrió una rendija en la puerta y por ella asomó Magnús Baldvinsson-. Buenos días, Magnús, me llamo Þóra y éste es Matthew. ¿Podríamos hablar con usted un momentito?

– ¿Por qué? -respondió él con voz ronca-. Quiero decir, ¿quiénes son ustedes?

– Perdone, yo soy la abogada de Jónas, el propietario del hotel, y éste es mi ayudante. -Þóra reprimió su deseo de meter el pie en el umbral para obligarle a dejar la puerta abierta-. Sólo le robaremos unos minutos. Quizá pueda ayudarnos usted un poco.

La rendija se hizo más pequeña pero luego Magnús abrió la puerta del todo.

– Pasen. Están en su casa.

– Muchas gracias -dijo Þóra, sentándose-. No le entretendremos mucho.

Magnús la miró rígido.

– No tengo mucho que hacer, de modo que no tiene que preocuparse. La experiencia me ha enseñado que el tiempo sólo se considera valioso cuando uno es joven. Ya se darán cuenta ustedes mismos.

– No estoy del todo segura de estar de acuerdo con ese proverbio -replicó Þóra cortésmente-. Pero desearíamos hablar un poco con usted sobre Birna, la arquitecta, que fue encontrada muerta en la playa. -Observó con atención la posible reacción de Magnús.

– Sí, me he enterado. Espantoso -dijo Magnús sin mostrar gran emoción-. Me dijeron que con casi total seguridad se trata de un crimen, lo que lo hace aún más doloroso.

– Sí, eso parece -dijo Þóra a Magnús con una sonrisa-. Estamos intentando averiguar quiénes podrían desear su muerte.

– ¿Y creen que yo soy uno de ellos? -preguntó Magnús secamente.

– No, de ninguna manera -se apresuró a responder Þóra-. Tenemos entendido que usted la conocía, y confiábamos en que a lo mejor podía saber algo que nos sirviera de ayuda.

– ¿Qué yo la conocía? -dijo Magnús extrañado, aunque sin poder disimular del todo su enfado-. ¿Quién ha dicho que la conocía? No es cierto.

– Conocerla es quizá un término excesivo -explicó Þóra-. Tengo entendido que preguntó por ella en la recepción. Creí que lo había hecho porque la conocía.

Magnús guardó silencio un momento.

– Pues no lo recuerdo, aunque mi memoria ya no está para muchos trotes. Si pregunté por ella tuvo que ser porque había visto su nombre en alguna lista en el mostrador, por ejemplo. Mi mujer y yo estamos buscando un arquitecto, y a lo mejor el nombre hizo sonar alguna campanita en mi cabeza. Recuerdo muy vagamente algo así, pero no estoy nada seguro de que ésa sea la explicación. ¿No podría ser que la recepcionista se refiriese a otra persona?

Þóra se dio cuenta de que estaba mintiendo. Trató de calcular su edad, y llegó a la conclusión de que no podía tener menos de ochenta años. ¿Desde cuando una pareja de más de ochenta años se pone a buscar un arquitecto? Sus padres acababan de cumplir los sesenta y la simple idea de cambiar de coche se les hacía tremendamente cuesta arriba, así que ni hablar de un proyecto de construcción.

– ¿Piensan construir? -preguntó.

– ¿Cómo? No, no -respondió Magnús con cierta vacilación-. Tenemos una vieja residencia de verano en Pingvallavatn que querríamos transformar en casa de reposo. Necesitamos asesoramiento. -Miró a Þóra con cara inexpresiva-. No ha habido forma de encontrar un arquitecto. Vivimos ya en un tiempo de cuenta atrás.

– Supongo que no habrá venido aquí con idea de buscar un arquitecto -preguntó Þóra, decidida a no dejar escapar tan fácilmente al anciano.

Magnús la miró con gesto cansado.

– No, naturalmente que no. El motivo de mi estancia aquí no es de su incumbencia, y preferiría concluir esta conversación ahora mismo. -Guardó silencio, a la espera de su reacción. Ellos siguieron sentados, con gesto inexpresivo, Matthew porque no entendía ni una sola palabra, y Þóra porque no quería asustar más al buen hombre. Cuando vio con claridad que no pensaban decir nada, Magnús volvió a tomar la palabra. Parecía que se le había pasado un poco el enfado-. Aunque, a decir verdad, sí que puedo decirles por qué estoy aquí. A lo mejor con eso me dejan en paz. Si no, pensarían que tengo algo que ocultar, y no hay nada más lejos de la realidad.

– No, por supuesto que no pensamos tal cosa -dijo Þóra con cordialidad-. Simplemente estamos intentando averiguar lo que pasó. Nada más. -Le sonrió-. Perdónenos si parecemos demasiado insistentes o acusadores, no era ésa nuestra intención. Sólo estamos intentando hacernos una composición de lugar sobre lo sucedido. Es lo único que nos interesa.

– Eso es lo que usted dice -repuso Magnús con vacilación-. Pues la explicación consiste en que he estado enfermo y quería descansar un poco. La experiencia me ha enseñado que la soledad es lo más beneficioso para el alma. Pero ésta no es fácil de conseguir. La sociedad contemporánea es demasiado ajetreada.

– ¿Pero por qué eligió este hotel? Esta empresa se basa en las terapias de medicina alternativa y en cuestiones espirituales, y espero no ofenderle diciendo que ninguna de esas cosas debe de atraer demasiado a una persona de su generación.

Magnús sonrió por primera vez desde que abrió la puerta.

– Tiene toda la razón. Yo no tengo fe alguna en todo lo que ofrecen aquí. Vine simplemente porque éstas son las tierras de mi infancia. Crecí en una granja no muy lejos de aquí. Los lazos que te arrastran a la patria de tus padres son muy poderosos.

Þóra abrió mucho los ojos.

– ¿Ah, sí? ¿Conocía usted a la gente de la granja?

Magnús vaciló un momento.

– Sí, desde luego. ¿Tiene eso alguna importancia?

– Probablemente no. Sólo sé que Birna estaba muy interesada por la historia de la granja, y creo que eso tiene alguna relación con su muerte. Pero lo cierto es que no tengo demasiada base para sostener semejante idea.

Magnús palideció.

– ¿No es demasiado arriesgado hacer semejantes conjeturas sin fundamento? -Su voz temblaba ligeramente.

Þóra decidió aparentar que no tenía importancia.

– Claro, claro, sin duda. Pero es estupendo que usted conociera a los habitantes de este lugar. Tal vez pueda informarme usted sobre la historia. Pero no me refiero a las historias de fantasmas y apariciones.

Magnús parecía incómodo. Carraspeó como si quisiera recuperar la compostura.

– No me van mucho los fantasmas, y esa clase de cosas no me ha vuelto a preocupar desde que era niño. Aquí han circulado historias durante mucho tiempo, pero para conocerlas será mejor que pregunten a cualquier otro, no a mí. -Magnús estaba hundido en la silla, pero se estiró antes de continuar-: No soy historiador, y en mis tiempos no tenía suficiente interés por la genealogía y cosas similares como para prestar atención a los cuentos de lo que había pasado aquí con anterioridad. Por eso no creo que pueda decirles demasiado.

– Pero conoció a los propietarios, ¿verdad? Cómo se llamaba… -Þóra intentó recordar los nombres escritos en la parte de atrás de las fotos que había en la caja-… Björn algo.

Magnús seguía sentado como una estatua.

– Bjarni. Bjarni Þórólfsson de Kirkjustétt.

– Eso es -exclamo Þóra, contenta-. ¿Y el hermano habitaba la granja de al lado?

– Sí, Bjarni era hermano de Grímur de Kreppa. -Magnús apretó los labios-. Grímur tenía título de médico y era mayor que Bjarni. Lo que les pasó a los dos fue lamentable. Pero cada uno tiene su cruz.

– ¿Y eso? -Ahora se había despertado la curiosidad de Þóra. Las fotografías transmitían una cierta imagen de personas golpeadas por el destino, pero Þóra pensó que se debía a que habían desaparecido en las brumas del tiempo, y que sus victorias y sus derrotas habían caído ya en el olvido. Era de lo más desagradable tener ante los ojos, impreso en imágenes, la velocidad con que se cae en las sombras del olvido. Pero quizá detrás de aquella sensación de inutilidad había algo más-. ¿A qué se refiere?

Magnús dejó escapar un profundo suspiro.

– El padre de esos dos hermanos fue uno de los armadores más importantes de la península. Incluso construyó un par de percheles, con los que salían a faenar, entonces eran barcos de remo, y ganó bastante dinero. Por supuesto, nada comparable a lo que se ve hoy día en los grandes accionistas y en esa nueva generación de banqueros, pero en su tiempo consiguió una posición muy acomodada. No recuerdo cuántos barcos tenía, pero en todo caso eran muchos. Era propietario de la factoría en Stykkishólmur.

– ¿Los hermanos continuaron con el negocio de su padre? -preguntó Þóra.

– No -respondió Magnús-. Antes de llegar a adultos, él ya había dejado la pesca y había invertido en tierras. Adquirió una buena extensión de tierras por aquí, en el sur de la península. Fue una decisión muy inteligente, pues poco después la pesca empezó a ir mal. Aparecieron los arrastreros y todas las viejas empresas desaparecieron.

– ¿Sabía que iban a torcerse las cosas? -preguntó Þóra.

– No, no era ningún adivino, si se refiere usted a esto. Sencillamente, no quería que sus hijos salieran al mar. Había visto perecer a demasiados hombres jóvenes para desear que sus hijos corrieran la misma suerte. Así que mandó a los jóvenes a la capital, a estudiar. Grímur era un buen estudiante y se hizo médico, como ya le dije, pero a Bjarni no le iban mucho los libros. Era un tipo extraordinariamente alegre y divertido, y también caprichoso. No era tan serio como el hermano mayor. Casi podría decir que es raro encontrar a dos hermanos tan diferentes. Claro que hay que tener en cuenta que desconozco los detalles sobre aquellos jóvenes, todo lo supe por mi padre, que nunca mentía y que tampoco era dado a inventarse historias.

– ¿Grímur ejerció como médico en la provincia? -preguntó Þóra.

– Sí, se instaló aquí y construyó la granja llamada Kreppa. Se dedicaba, en parte, a la agricultura además de su trabajo como médico, pues éste no le daba para mantenerse adecuadamente. Aquí vivía poca gente, al igual que ocurre hoy en día. Así que probó con los trabajos agrícolas como ocupación principal, pero no le fue del todo bien. Bjarni, en cambio, se consagró totalmente a la granja. Y le funcionó espléndidamente. De modo que fue enriqueciéndose, con eso y con sus inversiones.

– ¿Y dónde está la desgracia de todo esto? -preguntó Þóra. En conjunto, lo sucedido parecía bastante positivo.

– La desgracia, sí -dijo Magnús muy serio-. En realidad estaba en los asuntos del amor, como tantas veces sucede. Bjarni se casó muy joven con una mujer de excepcional belleza. Aðalheiður, se llamaba. -A Magnús se le puso un gesto casi de ensoñación-. Yo era un chaval entonces pero nunca la olvidaré. Quizá por el contraste tan enorme entre ella y este entorno. Era bellísima, alegre y divertida. También hacendosa. Bjarni la había conocido en Reikiavik, y cuando se trasladaron aquí, ella no sabía absolutamente nada de las labores de un ama de casa. Siempre iba vestida como si fuera a asistir a una fiesta. Como es comprensible, la gente de la comarca no tenía demasiada confianza en ella como ama de casa, pero las cosas acabaron resultando muy distintas a lo esperado. Se empeñó en aprender, y lo hizo estupendamente. Con laboriosidad y a costa de mucho esfuerzo, hizo callar enseguida a los murmuradores, se lo aseguro. Kristrún, la esposa de Grímur, era completamente distinta. Ella era de aquí, espléndida trabajadora igual que Aðalheiður, pero de una manera diferente. Ella cumplía sus obligaciones con total adustez, a conciencia y en silencio, y Aðalheiður siempre con una sonrisa en los labios, y siempre se echaba a reír de forma encantadora si algo sucedía como no debía. Se llevaban muy bien con sus maridos, eso seguro. Bjarni alegre y superficial, Grímur siempre como un cielo de tormenta.

– ¿Aðalheiður murió joven? -preguntó Þóra, recordando que había desaparecido de las fotos.

– Sí -respondió Magnús con gesto apenado-. Tuvieron una hija, una niña que bautizaron con el nombre de Guðný. Una chiquita preciosa, la viva imagen de su madre. Grímur y su mujer habían tenido también una hija poco tiempo antes, pero murió. Aquella combinación de dolor y felicidad tuvo el efecto de que se abriera un abismo entre las dos mujeres, la esposa de Grímur acusó a Aðalheiður de envenenar a su hija, lo que no tenía el mínimo asomo de verdad, pero la mujer estaba destrozada por el dolor y seguramente fue incapaz de controlar sus palabras cuando lanzó semejante acusación. Como consecuencia de todo ello, la relación entre los dos hermanos se enfrió. De modo que habían dejado de hablarse cuando sobrevinieron las desgracias.

– ¿Desgracias?-preguntó Þóra.

– Sí, Aðalheiður murió de una septicemia, y en cuanto a la mujer de Grímur, todo parece indicar que enloqueció. Durante años, no volvió a saberse de ella, y quedaron sólo los hermanos, uno convertido en joven viudo con una hija pequeña, y el otro con una mujer trastornada, y sin hijos. No podían ir a buscar consuelo uno en el otro por culpa de su orgullo, y cada uno tuvo que bregar con sus propios demonios. En realidad, Grímur se casó más tarde con Kristrún y tuvieron otra hija, Málfríði, que nació justo antes de la guerra. La mujer murió de fiebres puerperales, aunque se dice que se quitó la vida después del nacimiento, pero Grímur falsificó el certificado de defunción. Lo firmó él mismo. De todas formas, creo que esas cosas son invenciones sin ningún fundamento; Kristrún era ya entonces de muy débil constitución, y a las mujeres, según se van haciendo mayores, se les va haciendo todo cada vez más difícil, como saben ustedes.

– Ya, claro -dijo Þóra-. ¿Y los hermanos nunca se reconciliaron?

– No, aunque empezó a ver cierto contacto entre las dos casas cuando Bjarni enfermó.

– ¿De tuberculosis? -preguntó Þóra.

– Sí, en efecto -respondió Magnús-. Se encerró, negándose a ir a Reikiavik para someterse a tratamiento. Murió varios años más tarde. -Magnús respiró hondo-. Pero no antes de haber contagiado a Guðný, su hija, que le estuvo cuidando. No pasó mucho tiempo entre la muerte del padre y la de su hija. El hermano de él se encargó de todo lo necesario durante su enfermedad, pero no sirvió de nada. Todo habría sido completamente distinto si Bjarni hubiera ido a la capital para que le curasen allí. -Magnús sacudió su canosa cabeza con gesto apesadumbrado-. Grímur recogió las cosas poco después y se mudó a Reikiavik con su hija Málfríði. Heredó de su hermano y por eso no tuvo que vender las tierras ni otras propiedades que tenían en la península. Aunque no vivió mucho tiempo, falleció unos años después de instalarse en la capital. Tuvo muchos problemas psicológicos, más o menos como su esposa.

– ¿Y Kristín? -preguntó Þóra. Magnús se puso rígido. Abrió la boca como para decir algo pero la cerró inmediatamente-. ¿Había alguna Kristín en alguna de las granjas? -repitió.

Magnús puso un gesto duro.

– No. No hubo ninguna Kristín -carraspeó-. Creo que hemos terminado.

– Pero ¿sabe por casualidad quién de los de estas granjas estuvo relacionado con el Partido Nacional? -se apresuró a preguntar, antes de que los invitaran a abandonar la habitación.

– No tengo nada más que añadir a lo que ya he dicho -repuso Magnús poniéndose en pie. Se tambaleaba sin moverse del sitio, y Þóra temió por un momento que se fuera a desmayar, pero recuperó el equilibrio y se quedó tieso, rígido, señalando con el dedo la puerta de la habitación-. Por favor.

Þóra se dio cuenta de que no serviría de nada gastar más energías en aquel hombre. Pero ¿qué conexión existía entre los nazis y las cosas que habían pasado en aquel lugar? ¿O con Kristín? ¿Y quién era, en realidad, aquella Kristín?

Capítulo 14

– Le aconsejo que aplace sus actividades de los próximos días -decía desde Reikiavik Þórólfur, el comisario, con voz reposada-. Es decir, si tiene intención de proteger los derechos de su cliente.

– Puf -resopló Þóra-. No sé si podré hacerlo. Tendría que volver a Reikiavik hoy mismo.

– No, es preferible que no lo haga -dijo Þórólfur secamente-. Quería que supiera que en los próximos días estaremos en el hotel para tomar declaración a la gente, sobre todo a los clientes que no podamos localizar más tarde. Puedo asegurarle que tendremos que hablar bastante con Jónas. Usted se presentó como su abogada, y por eso queríamos dejar las cosas bien claras. Pero, naturalmente, puede usted hacer lo que mejor le parezca.

– No me diga -respondió ella malhumorada. Si había algo que la ponía frenética era que le hablaran en plan condescendiente. Pero, por otra parte, tenía que mantener buenas relaciones con la policía por el bien de Jónas, así que trató de dejar a un lado su enfado-. Muchas gracias por proporcionarme la información. Veré si puedo solucionar el asunto. -Se despidieron y Þóra marcó el número de Jónas. Naturalmente se trataba del número de Vigdís, la recepcionista, que le había prestado su móvil al dueño del hotel, pues la policía seguía teniendo el suyo retenido. Jónas le había dejado a Þóra un teléfono prehistórico que parecía más bien una cinta de vídeo, en el que ella había metido su tarjeta SIM. Þóra tenía el presentimiento de que la policía no se daría demasiada prisa en devolverle su móvil, después de lo sucedido.

Jónas respondió al cabo de varias llamadas, y sonó como si estuviera en un coche en marcha. Le dijo que la policía tenía intención de hablar con él la semana siguiente y que tomarían declaración a los huéspedes.

– ¿Hablar conmigo? -Jónas sonaba realmente extrañado.

– Sí, contigo -respondió Þóra-. ¿Ya has olvidado el mensaje de SMS? Probablemente estás bajo sospecha.

– Pero yo no lo envié. Ya te lo he dicho. -Jónas parecía dolido.

– Sé perfectamente lo que me dijiste. Pero eso no cambia nada en el hecho de que parezcas sospechoso por varios motivos. -Þóra oyó a Jónas soltar un silbido al otro lado de la línea-. ¿Quieres que yo te ayude en la declaración, o te ocupas tú solo?

– No puedo estar solo -dijo Jónas, y su voz dejaba traslucir el miedo-. No sé nada de todas esas cosas. Tienes que ayudarme. -Se llenó de alegría al añadir-: Te pagaré.

Þóra no pudo evitar una sonrisa.

– La policía encontrará al asesino, Jónas. No te preocupes. Si eres inocente, no te pasará nada.

– No estoy tan seguro -dijo Jónas dudoso-. Insisto en que necesito que estés a mi lado en los interrogatorios.

– Estupendo -dijo Þóra-. Entonces tengo que hacer una serie de diligencias para prolongar mi estancia. ¿Hay espacio libre en el hotel?

– Sí, no hay problema. No estará completo hasta el mes de julio.

– Tendré que pensar qué hacer con los niños -anunció Þóra-. Este fin de semana estaban con su padre, pero hoy es domingo y tienen que volver a casa.

– Cariño, mándalos para aquí -exclamó Jónas con voz alegre-. A los chicos les encanta la naturaleza y en la playa encontrarán muchas cosas que hacer.

Þóra sonrió. Gylfi se lo pasaría de miedo en la playa si hubiera ordenador y conexión a Internet.

– Espero que no sea necesario. Ya te diré. -Se despidieron, y Þóra se volvió hacia Matthew y suspiró.

– ¿Qué pasa? -preguntó él, lleno de curiosidad-. Me temo que ese suspiro no anuncia nada bueno.

– No -dijo Þóra, blandiendo el pesado teléfono-. Jónas desea que le asista profesionalmente en los interrogatorios que se avecinan.

Matthew sonrió de oreja a oreja.

– ¿Y no es estupendo? Yo no tengo ninguna prisa.

Þóra no devolvió la sonrisa ni siquiera a medias.

– Claro, claro. Sería estupendo si no tuviera un problema con los niños. Están con su padre, pero tengo que ir a recogerlos.

– Ajá -dijo Matthew en tono de sabelotodo, lo que indicaba que era totalmente incapaz de identificarse con la situación-. ¿No puedes llamar y preguntar si pueden quedarse más tiempo?

– Sí, si no me queda más remedio -contestó Þóra con fastidio. No soportaba tener que pedirle un favor a Hannes, porque sabía que él disfrutaba cuando ella necesitaba hacerlo y, sobre todo, porque a ella le sucedía exactamente lo mismo, pero en sentido contrario.

Tras un prolongado tira y afloja en el teléfono, Þóra y Hannes acordaron que los niños se quedaran otra noche en casa de su padre. Pero no más. Hannes tenía que ir al gimnasio y hacer otras muchas cosas que había tenido que aplazar por la visita de sus hijos. Þóra no tuvo más remedio que soltarle que lo entendía perfectamente, mintió diciendo que le había dado muchas vueltas al asunto, porque estaba segura de que él ya había hecho un esfuerzo enorme. Colgó con la esperanza de que se estampara contra el trampolín del gimnasio. Incluso se permitió sacarle la lengua al teléfono antes de dejar el aparato.

– Me encanta ver lo madura que eres en la relación con tu ex marido -bromeó Matthew-. No todo el mundo tiene una ex esposa tan magnífica.

Þóra le hizo una mueca.

– ¿Hablas por experiencia? -Pero añadió entonces en otro tono-: Los niños pueden quedarse solamente una noche más. Así que tengo que buscar otra solución o marcharme a casa.

– Yo no estoy separado, he tenido problemas para encontrar una mujer que me agradara -explicó Matthew-. En realidad nunca se me han dado muy bien estos asuntos. -Dio una palmada al ver en la cara de Þóra que no se había tragado ni una sola palabra-. Bueno, vale. Ya que no tenemos demasiado tiempo, deberías intentar aprovecharlo al máximo. Ya basta de paseos. ¿Qué te apetece hacer?

– Una de las pocas cosas que tengo claras es que cuanto más sepa, en mejor situación estaré para apoyar a Jónas en los interrogatorios -dijo Þóra, reflexionando-. Deberíamos intentar hablar con otros huéspedes más, o buscar a Eiríkur, el lector de auras, que es la persona de referencia en historias de fantasmas. Jónas dijo que ayer no había venido.

Matthew puso gesto de pena.

– Yo no me refería precisamente a eso. Y en lo que pensaba no tienen cabida otros huéspedes del hotel, ni tampoco los lectores de auras.

Þóra se ruborizó, pero fingió que no le había oído.

– Ven, pongámonos en marcha. Como dijiste tú mismo, tenemos que aprovechar bien el tiempo.

* * *

Eiríkur se quedó mirando la baraja del tarot que había extendido delante de él. Dinero… bueno. Muerte… malo. Pasó el dedo índice por los bordes de la carta de la Parca y dejó vagar la mente. Habían salido las mismas cartas dos veces seguidas, y aunque él distara de ser un especialista en el tarot, sabía que la probabilidad de semejante repetición era realmente mínima. ¿Qué trataban de decirle aquellas cartas? Pensó si debería recurrir a alguien que supiese interpretar mejor el tarot, pero llegó a la conclusión de que sería una complicación tremenda. Tendría que entrar en el hotel, abandonar las agradables viviendas de los empleados y, sencillamente, no le apetecía hacerlo. Allí no se podía utilizar el teléfono, y la cobertura de los móviles era la misma que aquí. En realidad, Eiríkur nunca utilizaba teléfono móvil. Leía las auras de la gente y sabía que las ondas emitidas por aquellos aparatos podían tener efectos nocivos sobre ellas, lo que impedía decir nada a ciencia cierta. Prefería ir al teléfono público más cercano en vez de dedicarse a parlotear con el aparatito sabiendo que el aura se oscurecía con cada palabra. No, tenía que ser capaz de interpretar aquello por su cuenta y riesgo. Apoyó la frente sobre la palma de su mano y fijó los ojos en las cartas. Dinero. Muerte.

Estiró la espalda. ¿Quizá la muerte no significaba su propia muerte o la de alguien próximo, sino simplemente la muerte de la arquitecta? Movió la cabeza en una señal de asentimiento dirigida a sí mismo. Naturalmente. Aquello significaba que el suceso tendría una gran influencia en su vida. Por eso habían salido las mismas cartas dos veces seguidas. ¿Y el dinero? ¿Qué relación había entre éste y la muerte de la arquitecta? Se lo había advertido. El aura de Birna parecía una nube de carbón, y estaba más que claro que aquello no podía anunciar nada bueno. Tal vez pudiera aprovechar aquella predicción para hacerse publicidad. Se maldijo por no habérselo dicho a alguna otra persona además de a ella. Ahora sólo quedaba él para contarlo.

Le entraron ganas de fumar un cigarrillo y suspiró. Jónas no veía buenos ojos que los empleados fumasen, y él no aguantaba verse obligado a hacerlo en secreto como un adolescente cualquiera. Ya era demasiado viejo para eso. Apoyado sobre una pared del edificio con la esperanza de que nadie se diera cuenta de que estaba allí. Lo ridículo que sería hacer algo así. Tal vez era justificable prohibir a los dietistas y a los asesores individuales que echaran un cigarro de vez en cuando, pero ¿qué cliente iba a ponerse a señalar con el dedo a un lector de auras? Nadie, claro que no. Eiríkur se quedó rígido. Sus reflexiones sobre el tabaco habían tocado algún resorte oculto en lo más profundo de su mente. ¿Qué era aquello que había dicho Vigdís? ¿Que el cadáver lo habían encontrado el viernes y que nadie había visto a Birna desde el jueves por la tarde? La tarde que él se escapó a escondidas de la reunión espiritista para echar un cigarrito en una esquina sombría donde nadie pudiera verle. Ahora entendía lo que no logró comprender entonces, y supo qué hacía aquella persona buscando algo a tientas. La persona que vio aquella noche era el asesino. Naturalmente. «Así que fumar no vale para nada», pensó satisfecho de sí.

Recogió las cartas y sonrió. Por supuesto. Ahora sabía cuál era la relación entre el dinero y el crimen. El dinero era para él, porque todo tiene su precio. El precio estaría estipulado en el contrato, ya que el silencio también se paga. Pero era una persona optimista por naturaleza, y no le preocupaba mucho la posibilidad de no llegar a un acuerdo satisfactorio. Sólo tenía que pasar un momentito al hotel para llamar. Y luego también tendría que tener unas palabritas con su jefe, Jónas. Sería divertido charlar con él sin tener que ser siempre el que decía a todo que sí, para no quedarse sin trabajo. Ahora tenía al alcance de la mano la independencia económica tanto tiempo deseada y, por eso, no había motivo alguno para humillarse ante aquel hombre, para hacer de felpudo ante él.

Guardó la baraja, se puso en pie y salió. No tenía tiempo que perder, porque tenía que redactar el contrato. Tenía tanta prisa que no tuvo tiempo ni para detenerse un momento a mirarse en el espejito que colgaba junto al perchero de la puerta. Aunque su aura tenía un aspecto denso y oscuro. Casi negro.

* * *

Þóra dejó escapar un suspiro.

– ¿O sea que están todos fuera?

Vigdís la miró sin emoción alguna.

– Bueno, no digo tanto, pero la mayoría siempre hacen alguna excursión o bien ocupan su tiempo en alguna actividad durante el tiempo que permanecen aquí. Es rarísimo que tengamos un huésped que se registre y luego se quede sin hacer nada en su habitación esperando a que vayas a verle.

Matthew dirigió una hermosa sonrisa a Vigdís, pues no había entendido ni una palabra de lo que ésta había dicho.

– Bonito día -le soltó en inglés.

– Sí, mucho -respondió Vigdís-. Por eso hay tan poca gente dentro del hotel ahora. -Miró a Þóra-. No lo digo con mala intención, pero no puedo hacer nada por vosotros. Lo siento. La gente volverá a aparecer a la hora de la cena. Los que quieran abandonar el hotel pasarán antes por aquí, naturalmente, pero creo que no va a haber nadie en esa situación.

– Maldita sea -exclamó Þóra-. ¿Y tampoco hay empleados libres de servicio que estén dispuestos a charlar un poco?

Vigdís sacudió la cabeza.

– Como hay poca gente, no tienen mucho trabajo, y estarán descansando un poco en sus habitaciones hasta la hora de la cena. -Les miró desconfiada-. ¿Qué estáis buscando, en realidad?

– Nada concreto -dijo Þóra-. Sólo queríamos preguntar algunas cosas relativas a Birna. Lo que hacía y a quiénes trataba. Ver si alguien tiene alguna información que pudiera aclararnos su muerte.

– Su asesinato, querrás decir -interrumpió Vigdís-. Si andáis perdidos podéis ir a la iglesia. Sé que Birna iba allí a veces, porque yo le di la llave.

– ¿Una iglesia? -preguntó Þóra, sorprendida-. ¿Qué iglesia?

– Bueno, una iglesita que está justo aquí al lado. En realidad no pertenece a estas tierras, pero nosotros tenemos las llaves. A veces llegan autocares con gente que quiere verla. A los extranjeros les encanta, les parece una monada. -Vigdís estiró un brazo por debajo del mostrador de recepción y sacó una llave antigua-. Tenéis que empujar un poco la puerta al girar la llave.

Matthew la tomó y Vigdís les indicó el camino que debían seguir.

– Aunque la iglesia sea del año 1864, sigue siendo utilizada por los habitantes de las granjas de los alrededores, de modo que sed cuidadosos. -Vigdís bostezó-. Recuerdo que Birna estaba tremendamente interesada en el cementerio. Creo que estuvo buscando cierta lápida.

* * *

La habitación era un desastre. Lo había puesto todo patas arriba pero sin encontrar nada. ¿Qué había hecho aquella mujer con aquello? Suspiró para dar una vía de escape a su frustración, pero procuró hacerlo de forma casi inaudible. ¿Por qué no podía encontrarlo y acabar aquella miserable historia? Pegó la oreja a la puerta y escuchó. Todo parecía en silencio en el pasillo. Volvió al interior de la habitación. ¿Debía seguir registrando o contentarse con la situación? Aquello no estaba allí. No tenía sentido seguir buscándolo. Se dirigió hacia la puerta que daba al patio y miró atentamente entre las cortinas. Nadie. Abrió la puerta con mucho cuidado y salió al aire libre. Luego cerró la puerta tras de sí y se marchó. En el sendero se quitó los guantes y los metió en el bolsillo. ¿Pero qué era aquello?

Capítulo 15

La iglesia estaba en un terrenito cubierto de hierba, a poca distancia de la playa. Estaba encaramada en lo más alto de una loma de escasa altura; era pequeña y negruzca, de madera, y a Þóra le recordó, sobre todo, a las iglesias que solía dibujar en la escuela infantil: una casita con una pequeña torre y una cruz en lo alto. Aunque tenía que decir que los templos de sus dibujos eran bastante más alegres y coloridos, pero había que reconocer que el negro le iba muy bien a aquella iglesia. Las ventanas y la puerta pintadas de blanco proporcionaban el contraste necesario, y el conjunto ponía de manifiesto que el edificio estaba bastante bien conservado. Þóra no recordaba haber visto nunca una iglesia de aquel color negro, y se preguntó si sería su color original. Tampoco sabía mucho sobre la historia de la arquitectura en Islandia, pero las paredes parecían embreadas, lo que probablemente indicaba que cubrían alguna pintura original. Decidió para sí que aquélla tenía que ser la explicación, y transmitió a Matthew su idea como si se tratase de un hecho perfectamente constatado. Él lo aceptó sin más.

En torno al edificio se extendía un amplio atrio cubierto casi completamente de hierba y musgo, de modo que sólo se veía el pavimento de piedra en algunos lugares. Frente a la puerta había un portón de hierro que daba acceso al atrio. Abrieron el portón, que chirrió horriblemente, y lo cruzaron.

– Mira -dijo Þóra, señalando algo con la mano-. El cementerio. -Se veían algunas lápidas.

– Claramente, aquí han muerto menos personas de lo que cabría de esperar -observó Matthew al ver un espacio vacío entre la iglesia y las tumbas.

– Sí -respondió Þóra-. Es extraño. Vigdís dijo que la iglesia seguía siendo utilizada por los habitantes de la comarca, con lo que quizá esto debería estar más lleno.

– Pues parece que no -dijo Matthew.

Miró la cerradura de la puerta de la iglesia.

– ¿Qué es lo que tenía que hacer? ¿Empujar o tirar?

– Empujar, creo. O tirar. Una de dos -respondió Þóra con la mente en otro lugar, sin prestar atención a los forcejeos de Matthew, con la vista puesta en el cementerio y las lápidas-. ¿Crees que encontraremos la tumba de esa Kristín? -preguntó, volviéndose hacia Matthew, que peleaba frenéticamente con la puerta-. Birna debió de estar buscándola cuando estuvo aquí.

– No lo sé -respondió él, molesto-. ¿Qué le pasa a esta puerta? -Apoyó un hombro sobre la gruesa puerta e hizo girar la llave. Se escuchó un débil chasquido-. Na endlich! -exclamó triunfante, empujando la puerta para abrirla-. Si es usted tan amable, señora.

La puerta se abrió repentinamente de par en par. Pudieron ver entonces la nave, con su altar, sus bancos y su púlpito. Prácticamente todo era de madera, y aunque el interior estaba pintado con tonos apagados, le daba un ligero colorido un friso floreado a lo largo del techo y en los laterales de los bancos. El resultado era elegante y acogedor, excepto el retablo del altar, en el que aparecía Cristo crucificado sobre la colina del Gólgota.

– ¿Por qué son tan estrechos estos bancos? -preguntó Matthew al sentarse. Apenas le cabía el trasero en el asiento, y por si fuera poco las piernas le chocaban con el banco de delante.

– Seguramente para asegurarse de que la gente no se quedaba dormida -respondió Þóra-. O para ahorrar sitio. No creo que haya otra explicación más probable.

– O eso, o que muchísimos islandeses eran enanos -dijo Matthew poniéndose en pie. Se dirigió hacia Þóra, que estaba junto a la escalera que conducía al coro-. ¿Echamos un vistazo por arriba? -preguntó-. Me temo que tardaremos quince segundos en ver todo lo de aquí abajo.

Subieron por una angosta escalera y llegaron al coro. Todo estaba pintado en los mismos colores suaves. Por encima de la balaustrada se veía toda la nave de la iglesia, y lo primero que llamó la atención de Þóra fue una gran araña de latón en medio del techo. Miraron a su alrededor, pero no parecía que hubiera mucho más que ver; allí había un órgano excelente sobre el que descansaba una partitura abierta y una cajita de madera que Þóra abrió y vio que guardaba libros de himnos y otras cosas para el coro. No había nada más.

– Pero qué mísero es esto -dijo Þóra desilusionada-. Esperaba algo más historiado.

– ¿Como qué? -preguntó Matthew-. Difícilmente habrá aquí algo relacionado con el crimen. Seguramente, a Birna sólo le interesaba la iglesia como edificio. A fin de cuentas, era arquitecta.

Þóra hizo una mueca.

– ¿No tendría que haber aquí una sacristía o algo semejante? No creo que los curas tengan que acarrear todo lo necesario para la liturgia cada vez que vengan a celebrar misa.

Matthew se encogió de hombros.

– Hay una Biblia en el altar, ahí abajo. Quizá les baste con eso. Y también candelabros.

– ¿Y los registros parroquiales? ¿No tienen todas las iglesias obligación de llevar registros parroquiales? -Þóra volvió a asomarse a la balaustrada para echar un vistazo más detallado a la iglesia. Quizá hubiera algún armarito colgado de la pared, o un arcón. Pero no vio nada parecido-. Hay que registrar todo lo que sucede.

Matthew la miró sin comprender.

– ¿A qué te refieres?

– Bodas, bautizos, confirmaciones. Todo se recoge en los registros parroquiales. -Þóra se dirigió hacia la pared interior del estrado, junto a la escalera. Fue caminando junto a ella con la esperanza de encontrar alguna puertecilla disimulada-. ¡Lo sabía! -exclamó emocionada al descubrir una trampilla cuadrada en el techo, justo en mitad de la pared-. Aquí hay algo.

Matthew se dirigió hacia donde estaba ella y miró hacia arriba. El techo era allí bastante bajo, de modo que no tuvo problema ninguno para empujar la trampilla y abrirla. Los dos miraron el negro agujero.

– Me parece que hay un escalón -dijo-. Tiene que haber alguna forma de iluminar este espacio.

Þóra presionó una anticuada pera que había al lado de la escalera. Con ello se encendieron varias bombillas en la pared.

– ¿Está mejor?

– Sí y no -respondió Matthew-. Es mejor porque me permite ver el interior, pero es peor porque veo que no hay nada.

– ¿Nada? ¿No hay libros? -preguntó Þóra decepcionada mientras intentaba ponerse de puntillas para mirar el interior del agujero.

– No -dijo Matthew-. Esto no es más que un hueco que da al campanario, creo. Me permito dudar que aquí haya algún libro guardado. -Agarró con ambas manos el borde del agujero y se aupó-. No. Totalmente vacío. Aquí no hay nada. -Se dejó caer al suelo y dio una palmada para quitarse el polvo de las manos-. Quizá Vigdís sepa dónde se guardan esos registros parroquiales. Ella tiene las llaves y quién sabe si la han encargado de algo más.

– Voy a mirar mejor junto al altar -dijo Þóra-. Tiene que estar aquí, en algún sitio. -Se alejó de Matthew en dirección al Jesús crucificado. A primera vista no parecía haber nada más que la Biblia, dos candelabros grandes y macizos y un paño de color púrpura, delicadamente bordado, colocado sobre una mesita auxiliar adosada a la pared debajo de la tabla de altar. Levantó el paño y vio que la mesita era en realidad una arqueta-. Matthew, mira -dijo en voz alta-. Esto es un arcón. -Se inclinó y tiró del asa con ambas manos. No estaba cerrado con llave, y la tapa se abrió con un leve crujido. Þóra levantó la cabeza con gesto victorioso. Extrajo tres grandes libros encuadernados en piel. El de la parte superior tenía aspecto reciente, y cuando Þóra lo abrió, vio, por las fechas de las anotaciones, que no merecía la pena perder el tiempo en investigarlas. La nota más antigua, en la primera página, era de 1966. Abrió el siguiente libro y fue pasando hojas hasta encontrar los años cuarenta del siglo XX.

– Yo diría que Kristín debió de vivir durante los años de la guerra -le dijo a Matthew-. Las fotos de las estrellas de cine que encontré allí, debajo de las vigas del desván, eran de aquella época. -Fue pasando todas las páginas de aquellos años pero no encontró nada. Aunque había habido algunos nacimientos, bautizos, bodas y fallecimientos, por ningún sitio aparecía ninguna Kristín. Había una laguna extraña en el registro del año 1941, cuya página terminaba con el nombre de una novia, mientras que en la página opuesta, el registro anotado parecía tener más que ver con un entierro. Þóra hizo una mueca-. Qué raro -dijo, forzando la apertura del libro para ver mejor si había algo junto al margen interior. -Le pasó el libro a Matthew-. Mira. Han quitado una página. Quizá dos.

Matthew examinó el libro y se mostró de acuerdo.

– Es evidente -asintió, devolviéndole el libro a Þóra-. ¿Quién haría algo así? ¿Alguien deseoso de borrar toda huella de su propio matrimonio?

– O alguien que quería borrar el bautismo de un niño -conjeturó Þóra-. En aquella época, si eliminabas a un niño de los registros parroquiales, en cierto modo habías conseguido borrarlo de los documentos de la historia. No sé si existían registros estatales en esos años, ni si ese tipo de registro se llevaba en las zonas rurales. No debe de haber sido difícil hacerse desaparecer a uno mismo o a otro cualquiera.

Volvieron a dejar en su sitio los libros una vez que Þóra los hubo hojeado todos sin encontrar tampoco ninguna referencia al entierro de la misteriosa Kristín.

Se desplazaron al cementerio y no tuvieron que pasar delante de muchas lápidas para darse cuenta de cuánto habían cambiado los tiempos. En las cruces de aquel pequeño cementerio se hallaban inscripciones de lo más conmovedoras, del estilo de: Un muchacho – nacido muerto, Una muchacha – sin bautizar. Por regla general, había varios hijos de los mismos padres uno al lado del otro, o bien varios hermanos difuntos yacían bajo la misma losa. Þóra examinó a conciencia todas las inscripciones con la esperanza de hallar nombres conocidos. Encontró dos lápidas con el nombre de Kristín. Ambas habían muerto a edad avanzada. Þóra consideró improbable que aquellas mujeres guardaran alguna relación con la inscripción de la viga del desván.

Finalmente, se dirigieron hasta dos sepulturas adyacentes, rodeadas por una verja. Ambas mostraban lápidas de tamaño y calidad mayores de lo habitual. Las losas eran sencillas, de piedra y metro y medio de altura. Un musgo o una planta de color anaranjado se había extendido sobre las dos. En una de las piedras estaba grabada una serpiente que se retorcía sobre sí misma y se mordía su propia cola, y una lámpara de Aladino. Þóra no reconoció ninguno de los dos símbolos, pero recordó que en el Nuevo Testamento de la sociedad de los Gedeones había una lámpara de Aladino. Preguntó a Matthew si los conocía, pero él no sabía mucho más que ella. Leyó la inscripción en su totalidad. En la piedra estaban escritos los nombres de los habitantes de Kirkjustétt, que ahora formaba parte del complejo hotelero de Jónas. En la parte superior estaba escrito el nombre del granjero: Bjarni Þórólfsson, terrateniente de Kirkjustétt, n. 1896 – … 1944. Debajo ponía: Su esposa Aðalheiður Jónsdóttir, n. 1900 – … 1928. Debajo de estos dos había dos nombres más: Bjarni n. 1923 – … 1923 y Guðný n. 1924 – … 1945.

– Estas son las personas de las fotos de que te hablé, las que conoció Magnús Baldvinsson. -No hacían falta conocimientos de islandés para comprender lo que ponía en las piedras, y Matthew se inclinó para leerlas. Þóra prosiguió-: Según lo que contó Magnús, el granjero y su hija murieron de tuberculosis, y su mujer de una septicemia, cuando era aún muy joven. -Le indicó con el dedo las fechas que había debajo del nombre de Aðalheiður-. Según cuenta una de las chicas que trabaja para Jónas, en la granja hubo prácticas incestuosas. Probablemente se trataba de Bjarni y su hija Guðný.

– Si lo que ella dijo es cierto -dijo Matthew-. ¿Cómo puede saber algo una chica de hoy sobre unos incestos que tuvieron lugar hace setenta años?

– Se lo contó su abuela -respondió Þóra-. No creo que la abuela le mintiera.

– La abuela puede ser de la misma cuerda -dijo Matthew con una sonrisa irónica-. Por lo menos, yo no me arriesgaría a creer sin más esa clase de historias, aunque procedan de una ancianita.

– Naturalmente -asintió Þóra-. Más aún, espero, por el bien de Guðný, que fueran simplemente habladurías. -Señaló la inscripción con el nombre del hijo que no había alcanzado el año de edad-. En las fotos me di cuenta de que Aðalheiður parecía estar embarazada, pero no vi fotos de ningún niño. Quizá sólo viviera unos pocos días.

– Él y la mayoría de los niños de por aquí -dijo Matthew señalando las tumbas a su alrededor-. Más de la mitad de los muertos son niños que no lo consiguieron.

– Todo indica que esta gente no tenía mucho éxito en criar a sus hijos para que llegaran a adultos -dijo ella mirando en torno suyo-. A menos que la mortalidad infantil fuera igual de elevada en todo el país. -Þóra sintió un escalofrío-. Afortunadamente esos tiempos han pasado ya -dijo acercándose a la piedra de al lado, que era aún más sencilla-. Qué extraño. -Señaló la piedra, que estaba medio vacía-. Sólo dos inscripciones: Su esposa Kristrún Valgeirsdóttir n. 1894 – … 1940, y debajo: Edda Grímsdóttir n. 1921 – … 1924. -Þóra miró a Matthew-. No dice quién es él.

– ¿No será el padre que mató a Kristín? -preguntó Matthew-. Obviamente sigue vivo o, por lo menos, no está enterrado aquí.

Þóra sacudió la cabeza.

– No, no puede ser. Magnús dijo que Grímur murió varios años después de irse a vivir a la capital.

– ¿Pero quién era, entonces? -preguntó Matthew-. Se supone que se trataría de él. Y aquí tiene un estupendo espacio libre para su nombre. Es raro, verlo tan vacío.

Þóra miró a su alrededor.

– No creo que esté enterrado aquí, pues no se le menciona en la lápida. -Dieron una vuelta para mirar el resto del cementerio pero no encontraron la lápida de Grímur ni la de Kristín-. A lo mejor, al final resulta que la dichosa Kristín no es más que una gatita -dijo Þóra decepcionada cuando salieron del cementerio cruzando el chirriante portón.

– ¿Y qué pasa con la página que falta en el libro de registro? Creo que en estos momentos, lo más sensato será ir a ver a esos hermanos que le vendieron las tierras a Jónas -dijo Matthew-. Podrías utilizar el asunto del fantasma como excusa para interrogarles a fondo sobre la historia del lugar, sobre Grímur, Kristín y demás.

Þóra asintió, pensativa. No era ninguna tontería.

* * *

Elín Þórðardóttir colgó el teléfono sin quitar la mano del auricular. Exhaló un profundo suspiro, luego volvió a descolgar y se lo puso en el oído. Con ágiles dedos marcó un número y esperó impaciente la respuesta.

– Börkur-dijo rápidamente-. ¿Qué pasa?

– No lo sé, Elín. No tiene buena pinta. -Börkur estaba enfadado, como siempre que su hermana le llamaba por teléfono-. Ha pasado algo en casa.

– ¿Qué? -preguntó Elín con curiosidad. Tenía que tratarse de Svava, la mujer de Börkur, que no salía de una crisis para entrar en otra, siempre perdiendo los nervios por cualquier nimiedad.

– Nada que quiera discutir contigo -respondió Börkur, más enfadado aún que antes-. ¿Qué querías?

Elín no se dejó intimidar por el tono de frialdad, al que ya estaba más que acostumbrada. En realidad, estaba deseosa de poder agitar un poco la vida de su hermano. Ella siempre se había opuesto a vender las tierras, pero tuvo que acabar cediendo ante su insistencia. Lo peor fue que su madre no se había negado, y todo era de ella, aunque el dinero fuera a parar al bolsillo de los dos hermanos. Börkur había conseguido convencerla con su labia. Pero ahora podría vengarse de la codicia de su hermano.

– Þóra, la abogada del dichoso Jónas, el que compró Kirkjustétt y Kreppa, acaba de llamar. -Disfrutó de la pausa que introdujo, para que él tuviera que pedirle que continuara.

– ¿Y? -preguntó Börkur con malos modos pero intrigado-. ¿Qué quería?

– Ha surgido una pega, hermanito -informó Elín, sonriendo para sí-. Quiere vernos por un defecto oculto que dice que ha encontrado Jónas.

– ¿Qué estupidez es ésa? ¿Un defecto oculto en los terrenos? ¿Esa gente está mal de la cabeza? ¿Qué demonios puede ser? ¿Contaminación del humus?

Elín le dejó desahogarse antes de intervenir.

– No entramos en detalles. Sólo quería que fuéramos a una reunión. A Vesturland, a ser posible.

– ¿A Vesturland? ¡Como si uno no tuviera nada mejor que hacer que echar a correr a Snæfellsnes! -exclamó Börkur, casi gritando-. ¡Tengo mucho que hacer! ¡Muchísimo que hacer!

– Ay, qué fastidio -dijo Elín fingiendo compasión-. Entonces será mejor que vaya yo sola.

Börkur calló por un momento antes de responder.

– No. Yo también iré. ¿Cuándo tenemos que vernos?

– Mañana -respondió Elín-. Quizá lo más fácil sea acercarnos a Stykkishólmur esta noche en vez de viajar mañana por la mañana.

– Ya veré lo que hago. Llámame más tarde, esta noche. Quizá lo haga, si puedo solucionar unos compromisos aquí esta tarde.

– Börkur -dijo Elín-. Una cosa más para acabar. Estoy prácticamente segura de que eso que llaman defecto oculto debe de tener relación con algo extraño. La abogada me sonó realmente rara al teléfono.

– ¿Y eso? -preguntó Börkur.

– Pues nada, rara -respondió Elín-. Debe de haber algo, eso está claro, aunque no sé qué es.

– ¿Piensas que puede tratarse de algo relacionado con el cadáver del que han hablado en las noticias? -preguntó Börkur con una voz repentinamente más suave.

– No, eso ni se me había ocurrido -replicó Elín extrañada. El cambio en la voz de su hermano la pilló desprevenida.

Se despidieron y Elín se quedó sentada junto al teléfono, pensativa. Intentó recordar lo que había visto y oído acerca del hallazgo de aquel cadáver, que había salido en el informativo justo antes del fin de semana. Enarcó las cejas. Había coincidido con un viaje relámpago a Snæfellsnes que Börkur había tenido que hacer para no sé qué tontería. Qué extraño.

Capítulo 16

– Este tiene que ser el lugar. -Þóra miró a su alrededor, por la playa-. En realidad no hay mucho que sacar de aquí.

Los guijarros brillaban a sus pies. Estaba bajando la marea y las piedras seguían húmedas después de la pleamar. Nada en el majestuoso paisaje dejaba traslucir que allí mismo había sido encontrado un cadáver poco tiempo atrás, y Þóra pensó que no sabía lo que había esperado descubrir allí. ¿Quizá carteles amarillos de advertencia colocados por la policía?

Matthew miró su reloj.

– No, lo único que podemos sacar en claro es que estamos exactamente a treinta y cinco minutos a pie del hotel.

– Pero no hemos caminado deprisa -dijo Þóra-. ¿Cuánto es el mínimo que habríamos podido tardar?

Matthew se encogió de hombros.

– No lo sé. Tal vez podríamos haber llegado en veinticinco minutos. En menos tiempo es difícil, excepto corriendo.

– Así que alguien pudo haber venido aquí desde el hotel, matar a Birna y regresar en menos de una hora -apuntó Þóra pensativa.

Matthew sonrió.

– Sí, pero eso no le deja mucho tiempo al asesino para empezar y terminar el trabajo, porque significaría que habría tenido que venir hasta aquí ex profeso para matar a la mujer, no para una charla que acabara complicándose de mala manera.

– Qué ruido tan espantoso hacen esos pájaros -dijo Þóra, volviéndose hacia el acantilado-. Pobres polluelos. -Contempló la frenética vida de las aves un ratito antes de volverse de nuevo hacia Matthew-. Nadie habría podido oír gritos ni llamadas de auxilio con ese estruendo infernal.

Matthew movió las manos señalando a su alrededor.

– ¿Y quién iba a oír nada? No creo que esta zona sea muy concurrida.

Þóra miró en torno suyo, y ya estaba a punto mostrarse de acuerdo, cuando notó la presencia de dos personas en lo más alto del borde del acantilado.

– Pues… -dijo, señalando con la barbilla en dirección a las dos figuras. Observaron el pausado descenso de la pareja por la pendiente pedregosa. Una mujer joven empujaba una silla de ruedas, pero no se podía distinguir al pasajero, porque una gran capucha ocultaba su cabeza y su rostro. La mujer parecía hacer considerables esfuerzos para hacer avanzar la silla por los cantos sueltos de la ladera-. Ésos deben de ser los jóvenes que mencionó el anciano japonés -dijo Þóra-. Los que vio charlando con Birna. ¿Vamos a hablar un poco con ellos? -Miró a Matthew.

– ¿Y por qué no? -dijo Matthew con una sonrisa-. No será una tontería mayor que otras de esta peculiar investigación tuya. -Se apresuró a añadir-: Pero no me malinterpretes. No me estoy quejando, en absoluto. Todo esto me encanta, aunque no tenga ni la menor idea de adonde nos lleva.

Þóra le dio un codazo.

– ¿De pronto te has vuelto ácrata, ahora de viejo? Vamos. -Se alejaron lentamente cuesta arriba en dirección a la pareja.

Cuando se acercaron, Þóra creyó al principio que tenía algo en el ojo. Era incapaz de enfocar el rostro que asomaba apenas por la capucha. Pero a cada paso iba confirmando más y más que a su vista no le pasaba nada. Su estómago se encogió involuntariamente, y tuvo que luchar contra el deseo de echar a correr para escapar de aquello. Pero ¿qué sucedía realmente con el rostro de la persona de la silla? Se concentró en la chica, que tenía las mejillas coloradas y sonreía. Pero sus ojos volvían una y otra vez, en contra de sus deseos, hacia el rostro bajo la capucha y a la reluciente piel, pálida y tensa, que cubría toda su parte izquierda. Þóra no era capaz de mirar mucho tiempo el desfigurado contorno de los ojos, los escalofriantes restos de nariz y la piel llena de cicatrices y con un aspecto como de plástico, que llegaba desde la barbilla hasta la frente, que era lo que podía verse por debajo de la capucha. Confió en que aquel desgraciado ser humano, que parecía aún joven, no se percatara de la impresión que causaba en quienes le veían, aunque en el fondo de su alma sabía que era una esperanza inútil. Þóra deseó que Matthew soportara mejor que ella aquella inesperada situación, pero no se atrevía a mirarle por miedo a hacer algún gesto que delatara su propio horror. Se obligó a esbozar una sonrisa.

– Buenos días -saludó a la muchacha.

– Hola -respondió la chica, con una cálida sonrisa. Era rubia, con el espeso cabello recogido en una cola que se movía cuando hablaba. Þóra tuvo la sensación de que había en ella algo familiar, pero no fue capaz de recordar de qué podía conocerla-. No estoy segura de que consigamos bajar -añadió la muchacha-. Y desde luego no va a ser fácil subir.

– Por aquí no hay mucho que ver -dijo Þóra-. Si queréis, Matthew puede ayudaros a bajar. -Señaló al alemán con el dedo sin mirarle-. Y luego a volver a subir, claro.

– Sí, mejor -respondió la muchacha, inclinando la cabeza sobre la silla-. ¿Tú qué dices? -preguntó al hombre que iba allí sentado-. ¿Aceptamos su ayuda, o damos la vuelta y ya está? No hay nada que ver. -El joven farfulló algo que Þóra no captó, pero que la muchacha pareció comprender-. Vale, tú mandas. -Miró a Þóra-. Creo que nos damos la vuelta. ¿Me podría ayudar? -Matthew agarró los brazos de la silla y subieron hasta el final de la cuesta.

– No me habría venido mal esa ayudita el jueves pasado -dijo la muchacha sonriendo.

– ¿Estuvisteis aquí el jueves? -preguntó Þóra extrañada-. ¿Por la noche, quizá?

¿Sería posible que la chica y el joven hubiesen sido testigos de algo inusual sin darse cuenta de su importancia? ¿O podía ser que estuvieran involucrados de alguna forma en el asesinato de Birna? Þóra aguardó expectante una respuesta que cuando llegó trajo consigo una decepción.

– No, no estuvimos aquí -replicó la chica, aún un tanto cansada por el esfuerzo-. Pensábamos ir juntos a la reunión espiritista del hotel, pero al final acabé yendo yo sola porque no conseguí hacer pasar la silla por un agujero enorme que habían excavado a través del camino de acceso. Fue un auténtico fastidio, porque aquí no hay muchos sitios a donde ir y a Steini le apetecía mucho. -Miró a Þóra y torció el gesto un poco-. Aunque, en realidad, no se perdió mucho. Fue un rollo espantoso, y el médium me pareció de lo más falso.

Þóra no se atrevió a preguntar si otros médiums no estarían también cortados por idéntico patrón. Volvió la cabeza para mirar la playa y la bahía.

– ¿Estáis de excursión? -preguntó.

– Sólo queríamos ver dónde habían encontrado el cuerpo -explicó la muchacha como si fuera lo más normal del mundo-. Conocíamos a la mujer que murió.

En el fondo de su alma, Þóra respiró aliviada. Ahora no tendría que andar dando rodeos para conseguir llegar hasta Birna.

– Ah, eso -dijo con toda la despreocupación de que fue capaz-. Nosotros hemos venido por el mismo motivo. Queríamos ver el lugar de los hechos con nuestros propios ojos.

La muchacha abrió mucho los ojos.

– ¿Sí? ¿Vosotros también la conocíais?

Þóra sacudió la cabeza.

– No, no es eso. Tenemos cierta relación con ella. Me llamo Þóra.

La muchacha extendió la mano.

– Bertha. -Se dio la vuelta para mirar la playa-. Espantoso -dijo con voz apagada-. En las noticias dijeron que la habían asesinado. -Miró a Þóra-. ¿Por qué iba a querer alguien matarla?

– Bueno, no lo sé -replicó Þóra como quien no sabe nada-. A lo mejor no fue por nada especial que tuviera que ver con ella misma. Puede que sólo tuviera la mala suerte de encontrarse con un psicópata.

– ¿Tú crees? -preguntó Bertha, de cuyo gesto aún no había desaparecido el gesto de temor-. ¿Aquí?

– No, seguro que no -respondió Þóra-. Es absurdo. Pero mejor eso que pensar que es culpa de un fantasma.

– Un fantasma -repitió Bertha con el semblante tenso-. ¿Quizá los marineros? Ésta es precisamente la playa a la que llegaron sus cuerpos. -Se estremeció-. Siempre me ha dado escalofríos este lugar.

Þóra miró extrañada a la muchacha. Había esperado que sonriera o que hiciera alguna mueca irónica al oír sus palabras, no que se tomara con total seriedad lo del fantasma. Era evidente que en esa comarca no había que tomarse a broma las apariciones.

– ¿Tú crees en fantasmas? -preguntó con cautela.

– Sí -respondió Bertha, su rostro dejaba bien claro que lo que decía era cierto-. Esto está maldito. Sin ningún género de dudas. Muchas veces me muero de miedo en la oscuridad.

Þóra no supo qué decir, pero se le pasó fugazmente por la cabeza la idea de que podría servir de testigo si se llegaba a un pleito por las apariciones. Estaban ya casi en lo alto de la cresta cuando Þóra decidió dejarse de fantasmas e ir directamente al grano.

– ¿De qué la conocías?

– Era la arquitecta del hotel. Está en unas tierras que pertenecieron a mi madre, y yo la ayudé un poco. -Miró a Þóra y desplazó luego los ojos hacia la silla de ruedas, que Matthew se esforzaba en empujar cuesta arriba-. Era muy simpática.

Þóra no preguntó más detalles, pero no le resultó fácil imaginar que Birna se hubiera llevado bien con el joven de la silla de ruedas. En cambio, se dio cuenta por fin de por qué le había resultado conocida la muchacha, y es que era igual a su madre Elín, a la que Þóra conoció cuando habían cerrado el contrato de compraventa. De modo que no sería muy práctico utilizarla como testigo contra su propia familia ante un tribunal, y Þóra decidió que no lo haría. Pero no vendría mal recabar de ella algo de información.

– ¿En qué ayudaste a Birna? -preguntó.

– Estaba interesada en la historia del lugar, y ni mi madre ni mi tío Börkur tenían tiempo ni ganas de hablar mucho con ella. Yo le conté lo que sabía y busqué planos antiguos para ella. En realidad no los encontré, pero sí que le pude dar algunas fotos viejas. Estaba encantada con ellas.

– ¿Recuerdas de qué eran? -preguntó Þóra sorprendida. En el sótano había fotos de sobra, y resultaba extraño que a Birna no le hubieran parecido suficientes. A lo mejor los temas eran demasiado repetitivos, la misma pared… distintas personas.

– Bueno, eran sobre todo fotos de la antigua granja, del bisabuelo y la bisabuela. También había en las fotos algunas otras personas que yo no conocía. -La muchacha calló de pronto y miró a Þóra con gesto preocupado-. ¿Me las devolverán? Ni mi madre ni Börkur saben que se las presté.

– Seguro que sí-dijo Þóra-. Díselo a la policía. Tienen que venir por aquí mañana. ¿Vives por aquí cerca?

– No. Tenemos una casa en Stykkishólmur donde me quedo cuando vengo. Intento venir todo lo que puedo. -Miró a Þóra y añadió en voz más baja-: Por Steini. Él no quiere estar en Reikiavik.

Þóra asintió con la cabeza.

– ¿Sois parientes? -preguntó. Estaban a cierta distancia de los otros dos, pero no suficientemente lejos como para que Þóra se atreviera a preguntar qué le había sucedido al joven. Bajo ningún concepto quería que se percatara de la curiosidad que le despertaba su aspecto.

– Sí, somos primos. -Y añadió-: Por parte de padre.

Más adelante, Matthew se detuvo y miró alrededor, con aspecto cansado. Habían llegado a lo más alto de la cresta. Þóra se apresuró a cambiar de tema de conversación, y volvió al hallazgo del cuerpo.

– ¿Tienes alguna idea de quién puede haber matado a Birna? ¿Estaba liada con alguien, o peleada con alguna persona?

La chica sacudió la cabeza.

– No estaba peleada con nadie, creo. Por lo menos, nunca habló de eso. Pero nos vimos varias veces, yo estoy recogiendo las cosas que dejó la familia en la vieja granja de Kreppa, justo ahí al lado, y ella iba bastante por allí. Era muy entretenido charlar con ella. No sé si tiene importancia, pero me dijo que tenía un novio o algo por el estilo.

– ¿Un novio? -preguntó Þóra intrigada-. ¿Sabes algo más sobre él?

Bertha puso gesto de inseguridad y pensó por un momento antes de responder.

– Bueno, no sé si debería contarlo. Él está casado, de modo que lo llevaban en secreto. Me lo dijo confidencialmente, era obvio que quería contárselo a alguien. No quiero traicionar la confianza de Birna, aunque esté muerta.

Þóra sintió que la arquitecta debía de sentirse tremendamente sola para confiar sus secretos a una chica tan joven. No creía que Bertha tuviera más de veinte años.

– Me temo que todo esto acabará saliendo a la luz. Aunque pueda parecer una tontería, muchas veces son precisamente esas relaciones amorosas las que conducen a sucesos como éste. ¿No querrás que escape el que lo hizo?

Bertha sacudió enérgicamente la cabeza.

– No, por Dios. -Se movió inquieta. Estaban ya al lado de Matthew y Steini.

– Vamos -se oyó decir ásperamente a una voz por debajo de la capucha-. Quiero irme ya.

Bertha se dirigió hacia la silla y la agarró para empujarla.

– Muy bien, Steini -dijo, y le dio las gracias a Matthew por su ayuda. Luego se volvió hacia Þóra-. A lo mejor nos volvemos a ver. ¿Vivís aquí?

– No, estamos en el hotel -informó Þóra, decepcionada por no haber conseguido el nombre del amante. Vio a la muchacha despedirse con la mano y empezar a caminar lentamente con la silla por delante.

Cuando Bertha había caminado unos pasos, se detuvo y se volvió bruscamente.

– Se llama Bergur. Es granjero, en Tunga. -Y continuó adelante sin decir nada más.

Þóra y Matthew se quedaron quietos mirando la trabajosa marcha de la joven con la silla por aquel irregular terreno. Cuando se hubieron alejado suficiente, Matthew se volvió hacia Þóra.

– ¿Qué demonios puede haberle pasado a ese chico?

* * *

Vigdís sacó la cabeza por encima del mostrador de recepción y miró a su alrededor. Nadie. Miró el reloj de la pared y vio que los huéspedes aún tardarían un rato en llegar. A pesar de sus diferencias de nacionalidad y de aficiones, la mayor parte de ellos parecía llevar a cabo la misma rutina una vez se habían inscrito: levantarse entre las ocho y las nueve y salir al aire libre a gozar de la naturaleza después del desayuno. De modo que no había que esperar que estuvieran de vuelta hasta tarde. Sabía que aquello le había acarreado a Jónas cierta preocupación, pues su idea original era que la gente pasara más tiempo (y gastara más dinero) entre las paredes del hotel. Masajistas, terapeutas, sexóloga, lector de auras y como se llamaran todos esos especialistas, no estaban menos decepcionados porque les pagaban según los servicios prestados. Era sobre todo por las tardes y los fines de semana cuando estaban realmente ocupados, y la mayoría de ellos habían empezado a hacer publicidad de su trabajo para no morirse de hambre. Pero Jónas estaba empeñado en que empezarían a tener más actividad en cuanto los islandeses se quedaran más tiempo dentro de casa, cuando el día se hiciera más corto y comenzaran a celebrarse las habituales fiestas. El verano estaba llegando a su fin, y era obvio que algunos empleados se irían a la calle si no aumentaba la demanda por sus servicios.

Pero aunque el futuro laboral de aquellos hechiceros fuese bastante negro en aquellos momentos, el de Vigdís parecía estupendo. Pero la curiosidad la estaba matando. Una vez que la policía obtuvo de ella y de Jónas la promesa de que nadie entraría en la habitación de Birna, le habían entrado unas ganas insoportables de desobedecer la orden. Jónas echó un fugaz vistazo cuando les abrió la puerta a los policías, y dijo que allí dentro no había nada interesante. Pero Vigdís tenía que verlo con sus propios ojos. A lo mejor había sangre por todas partes, o algo aún más desagradable, que Jónas no pudo ver desde el lugar en el que se encontraba. O algo de lo que no podía o no quería hablar.

Vigdís se puso en pie y cogió la llave maestra. Echó un vistazo al pasillo y se marchó decidida. Se detuvo ante la puerta de la habitación y metió la llave sin vacilar. La empujó con manos rápidas, se coló adentro y cerró la puerta a sus espaldas. En cuanto oyó el clic de la cerradura se dio cuenta del error que había cometido. Allí dentro todo estaba patas arriba. De sangre, nada, pero había ropas como árboles caídos por todas partes, y todo un caos de papeles. Vigdís se dio cuenta de que tenía que informar inmediatamente a la policía de que alguien había entrado en la habitación. ¿Pero cómo les iba a explicar que había ido ella a hacer allí? ¿A limpiar? A lo mejor podía contarles la trola de que había oído ruidos, pero aquello complicaría la investigación… podrían pensar que había sucedido justo en ese momento. Dejó escapar un pesado suspiro y echó las manos hacia atrás para tantear en busca del pomo de la puerta. Mientras salía a hurtadillas, intentó desesperadamente encontrar una justificación plausible para su irregular presencia allí dentro. Tendría que inventarse algo.

* * *

– ¿Es una broma? ¿Pero quién se ocupó del escenario? -Þórólfur se arrellanó en la silla y se volvió hacia su subordinado. Agitó las manos, señalando una serie de estanterías de acero en las que tenía que guardarse todo lo encontrado en el lugar de aparición del cadáver de Snæfellsnes-. ¡Conchas y cangrejos muertos! -Cerró los ojos y se frotó con el dedo una de las sienes. Sintió que lo peor de la jaqueca todavía no había llegado.

– Puf, fue Guðmundur. Es nuevo -respondió Lárus con voz apagada.

– Igual que unos chavales de diez años de excursión con el colegio. ¿Qué se creía ese Guðmundur que tenía que hacer? ¿Limpiar la playa para tumbarse un rato? A lo mejor hasta tengo que agradecer que no me echaran toda la arena encima de mi mesa. -Dio la vuelta al escritorio y miró el contenido de varias bandejas.

– Piedras -murmuró Lárus, pero enseguida procuró arreglarlo, al ver que Þórólfur le ponía mala cara-. La playa es pedregosa… no de arena.

– ¿Piedras, arena, qué más da? -gritó Þórólfur fuera de sí, y siguió mirando cosas-. Guðmundur parece haberse confundido radicalmente de oficio. Supongo que primero le habrá parecido que tenía que revisar un escenario inmenso, pero luego parece que se dedicó a recoger piedrecitas y cosas ligeras. -Þórólfur metió el bolígrafo en una lata de cerveza vieja y retorcida-. Como esto -dijo, levantando la lata-. Cualquier imbécil puede ver que una lata como ésta lleva meses a la intemperie. Y esto… -Þórólfur se desplazó hasta la siguiente bandeja y levantó las manos desesperado-. ¡Un pez lobo muerto! -Se volvió hacia Lárus-. ¿Has visto las fotos del cadáver? ¿Qué relación podía tener un pez lobo muerto con lo que le sucedió a esa mujer? ¿Acaso cree Guðmundur que la mujer resbaló sobre el cadáver del pez y se cayó sobre las piedras? ¿Crees tú que eso podría explicar las lesiones?

Lárus se limitó a sacudir la cabeza. Þórólfur había empezado a gritar y aquello no presagiaba nada bueno. Se movió incómodo y abrió la boca para decir algo pero, antes de pensar en nada coherente, su jefe volvió a hablar, aunque ahora mucho más calmado.

– ¿Qué es esto? ¿Un vibrador? -Lárus se acercó a Þórólfur y se colocó a su lado para poder ver lo que había en la bandeja. Exacto. En la viscosa boca del pez lobo se podía ver un estropeado cilindro de plástico que parecía un pene artificial.

Capítulo 17

Þóra le dio un golpecito con el codo a Matthew y señaló con la cabeza en dirección a un hombre joven que pasaba delante de ellos

– Ése es el camarero, Jökull, que me habló tan mal de Birna -explicó a media voz, poniéndose en pie-. Tengo mis sospechas de que sabe algo. -Estaban tomando café en el vestíbulo de entrada del hotel, donde habían estado planificando los siguientes pasos a dar, sin llegar a ninguna conclusión, aparte de que tenían que encontrar al amante de Birna, Bergur, dueño de una granja en Tunga. Habían estado discutiendo cómo abordarlo, y Þóra había acabado por aburrirse de tanto darle vueltas a las cosas. Por eso, el camarero le pareció una tabla de salvación, y se acercó a él con rapidez. Iba hacia el comedor, pero Þóra consiguió darle un golpecito en el hombro antes de que se escapara.

– Hola -le dijo sonriente-. ¿Me recuerda?

El joven se dio la vuelta extrañado.

– ¿Eh? Ah sí, claro. Usted es la abogada, ¿no?

– Eso es, me llamo Þóra. ¿Tendría cinco minutos? Querría preguntarle un par de cositas más sobre Birna.

El camarero miró su reloj.

– Bueno, venga. Aunque no es mucho lo que puedo contar. Ya le dije la opinión que tenía de ella. En realidad, no tengo mucho más que añadir.

– Nunca se sabe -respondió Þóra-. ¿Nos sentamos aquí? -Señaló un sofá colocado en el pasillo y que parecía estar allí simplemente como decoración. Aquélla sería probablemente la primera vez que se utilizaba, pensó al sentarse. Dio un golpecito en el asiento del sofá a su lado, para indicarle al joven que tomara asiento junto a ella. Una nubécula de polvo se elevó en volutas a ambos lados de la palma de su mano cuando golpeó la tapicería-. ¿Cómo la conoció? ¿Sólo en el comedor?

El camarero se sentó en el borde del sofá.

– Para ser sincero, yo no la conocía, pero éste no es un lugar tan grande como para que uno no acabara conociéndola. Pero lo cierto es que llevo poco tiempo trabajando aquí y además procuraba evitarla, de modo que nunca llegamos a establecer contacto. Sacará usted mucho más hablando con cualquier otro empleado antes que conmigo.

Þóra frunció el ceño.

– Pero sigo sin entender que, aunque ponga de relieve que prácticamente no conocía a Birna, parecía haberse formado una opinión muy clara sobre ella. Muy clara y negativa. Tendría que haber algún motivo para ello.

En el rostro del camarero se dibujó un gesto de ira.

– Yo conozco a la gente -exclamó, sin dar más detalles.

Þóra decidió dirigir sus preguntas por otros derroteros, con la esperanza de no espantar a aquel hombre.

– ¿Me equivoco al pensar que se llama Jökull?

– No, no, es cierto -respondió el camarero, que aún sabía controlarse-. Jökull Guðmundsson.

– Muy apropiado para estos lugares, eso de llamarse «glaciar» -dijo Þóra amistosamente, con una sonrisa-. ¿Es usted de la zona?

– Sí, en efecto -respondió Jökull-. Crecí en una granja muy cerca de aquí. Pero me fui a Reikiavik a estudiar hostelería y estuve allí mucho tiempo. Pero luego me encontré con una oportunidad de regresar cuando Jónas publicó un anuncio pidiendo personal.

– Comprendo -dijo Þóra-. Esta región es extraordinariamente hermosa, y estoy segura de que si has nacido aquí tienes que estar siempre deseando volver.

– Sí, esto es muy distinto a Reikiavik -respondió Jökull, que sonreía por primera vez.

– Y supongo que conocerá la historia de la zona -pregun-tó Þóra-. ¿Sabe, por ejemplo, algo sobre las apariciones que dicen que hubo en estas granjas?

El rostro de Jökull se ensombreció.

– No me apetece lo más mínimo hablar de fantasmas con gente de Reikiavik -dijo-. Allí no entienden estas cosas. Cuando no se trata de asfalto o cualquier otra cosa tangible, no son capaces de comprender nada y se burlan de todo esto.

Þóra torció el gesto.

– Yo no tenía intención alguna de reírme de la creencia en fantasmas. Estoy preparando a cuenta de Jónas un pleito en el que los fantasmas tienen un papel importante. Eso es todo. Cualquier testimonio sobre ese asunto en estas tierras me vendrá muy bien.

– Puede ser. -Jökull dudó-. Pero tendrá que ir a buscarlo en otro sitio. No puedo ayudarle. Yo no soy especialista en historias de fantasmas, aunque conozco algunas y creo que el mundo es demasiado complejo como para que los de Reikiavik puedan saber todo lo que se puede saber.

– Pero ¿conoce algo de la historia del lugar, aparte de espíritus y fantasmas? Por ejemplo, ¿sabe algo sobre las personas que vivieron en estas granjas?

Jökull sacudió la cabeza.

– No, nada. No soy suficientemente viejo para interesarme por la historia.

«No deja de tener sentido», pensó Þóra, que decidió intentar obtener la información de los ancianos que conocieran la comarca.

– ¿Aún tiene parientes aquí?

– Una hermana -respondió Jökull.

– ¿Sus padres se marcharon a la ciudad? -preguntó Þóra.

– No, murieron -respondió Jökull, con más sequedad aún que antes.

– Ah -dijo Þóra, que no quiso preguntar nada más al respecto-. Tiene que perdonar mi insistencia sobre la historia del lugar, pero ¿sabe si el movimiento nazi estuvo actuando aquí, o algo por el estilo?

Jökull abrió mucho los ojos, y Þóra supo que no mentía cuando contestó al instante:

– No, jamás he oído nada al respecto. Aunque no me interese demasiado el pasado, eso lo recordaría, seguro. Debe de tratarse de alguna tontería de esas que se cuentan.

– Sí, supongo -respondió Þóra-. Pero ya que está usted aquí y es el único que puede informarme… quisiera hacerle otra pregunta que no tiene relación alguna con el pasado.

– ¿Cuál? -preguntó Jökull con suspicacia.

– Esta mañana me encontré con un joven que creo que es de por aquí. No pude enterarme de los años que tenía, pero yo diría que es más o menos de su misma edad. Iba en silla de ruedas y posiblemente ha sufrido quemaduras de algún tipo. ¿No sabrá qué le ha pasado?

Jökull se levantó sin decir una sola palabra.

– Tengo que volver al trabajo. Los cinco minutos han pasado ya de sobra. -Apretó con fuerza los labios, como para asegurarse de que su boca no se pondría a soltar nada por su cuenta.

– ¿De modo que no sabe nada de él? -preguntó Þóra, que se puso también en pie.

– Tengo trabajo. Hasta luego -dijo Jökull, y se marchó. Þóra le miró pensativa mientras se alejaba. Evidentemente, había tocado un punto débil.

* * *

– Es muy extraño -dijo Þóra, dejando el café, que ya se le había quedado completamente frío. Al tragar un sorbo había hecho una mueca involuntaria.

– ¿Crees que puede estar relacionado con el crimen? -preguntó Matthew-. ¿O simplemente que es un muchacho raro?

– No puedo decir a ciencia cierta si está involucrado en el tema de alguna manera. Está claro que Birna le resultaba odiosa, pero no quiso confesar el motivo, sólo dijo que conocía bien a las personas. ¿No será un antiguo amante al que ella abandonó por el campesino?

– O un conocedor de la gente tan bueno como afirma ser -observó Matthew, encogiéndose de hombros-. Estoy desfallecido de hambre, ¿qué hora es ya?

Þóra ignoró la pregunta.

– No, hay algo en todo esto. Le puse en un buen aprieto al preguntarle por el joven de la silla de ruedas.

Matthew hizo un gesto de indignación.

– ¿Le preguntaste por él? ¿Cómo se te ocurrió?

– Por nada -dijo Þóra-. Es que soy tremendamente curiosa y no me esperaba en absoluto una reacción como la que tuvo. Ni se me pasó por la cabeza que le pudiera resultar incómodo. Ahora, por lo menos, está claro que tengo que averiguar qué es lo que pasó.

– A mí me parece total y absolutamente improcedente -señaló Matthew, tan indignado como antes-. Preguntar por las desgracias de una persona totalmente desconocida que, por si fuera poco, está inválido.

– ¿Y qué? ¿Está prohibido preguntar sobre los inválidos? -se defendió Þóra-. Lo que te pasa es que tienes hambre y eso te pone de mal humor. Vamos a comer algo. -Se levantó del sofá.

Aquello alegró a Matthew.

– ¿Qué tal si vamos a comer algo distinto? -preguntó-. ¿No hay más restaurantes por aquí cerca?

– Sí -respondió Þóra-. Por ejemplo, podemos acercarnos a Hellnir. Tal vez podamos encontrar a alguien que conozca a los fantasmas de la comarca o que sepa algo sobre el tal Bergur de Tunga.

Matthew suspiró pesadamente.

– Ay, espero que no.

* * *

Eiríkur hizo un enorme esfuerzo y abrió los ojos. El especialista en lectura de auras tenía el peor dolor de cabeza que había sufrido en muchos años. Intentó moverse, pero enseguida abandonó el intento cuando sintió tales náuseas que no tuvo más remedio que volver a cerrar los ojos antes de conseguir enfocar lo que había a su alrededor. Cuando lo peor hubo pasado, intentó concentrarse en cómo le había entrado aquella jaqueca. ¿Qué había sucedido? ¿Había estado bebiendo? No recordaba nada que apuntara a semejante cosa, ni percibía en la boca el gusto del alcohol. Enseguida se le apareció en la memoria el brumoso recuerdo del tarot en el alojamiento de empleados del hotel, había estado echándose las cartas a sí mismo. ¿O había sido para algún otro? Creía recordar que había tenido una fuerte discusión con Jónas, pero no sabía por qué motivo. ¿Por el trabajo, o por el tarot? Su mente estaba en blanco. Sus pensamientos se dispersaron cuando sintió un espantoso pinchazo. Subía desde sus pies, y era de tal magnitud que, al principio, Eiríkur tuvo dificultad para darse cuenta con exactitud de cuál era el origen. No sabía si se había roto los tobillos o se trataba de alguna otra cosa. El dolor fue disminuyendo en intensidad y entonces pudo darse cuenta de que las punzadas procedían de la planta de los pies. ¿Pero qué había pasado? ¿Estaba en el hotel?

Tuvo la sensación de estar tumbado sobre algo cálido pero duro. Tanteó con ambas manos a sus lados y pensó que tenía que tratarse de hierba o de heno. El desagradable olor que se le metía por la nariz, sin embargo, no indicaba en absoluto que estuviera al aire libre. Un sonido extraño llegó además hasta él, pero no pudo identificarlo. ¿Era una respiración? ¿Había quizá alguien a su lado? Con mucho cuidado, Eiríkur entreabrió un ojo y vio que se encontraba en el interior de un edificio. Estaba sumergido en la oscuridad, pero desde algún lugar detrás de él llegaba un débil resplandor. No había fuerza humana capaz de hacerle darse la vuelta para comprobar de dónde procedía la luz. En aquellos momentos, le resultaba ya suficientemente difícil respirar. Se concentró en hacerlo con mucho cuidado: dentro, fuera, dentro, fuera. Luchaba contra la náusea que no dejaba de acosarle. Aunque fuera una estupidez, no podía ni pensar en vomitar antes de saber dónde estaba y qué le había sucedido. Enseguida vio las cosas más claras.

Dinero. Dinero y muerte. El corazón dio un salto en su pecho y movió la cabeza tan despacio como fue capaz con la esperanza de que todo fuera una alucinación. Pero no. Estaba en una caballeriza. No había dinero alguno, y le fue invadiendo la sospecha de que, en cambio, era la muerte la que estaba allí a su lado. Perdió el control de su respiración y al mismo tiempo el control de la náusea. Vomitó con todas sus fuerzas, y toda su atención estuvo centrada en ello durante un rato. Pero pasó pronto, y el miedo volvió a apoderarse de él. Se oyó un poderoso relincho, seguido por el estampido de unos cascos. ¿De dónde procedía aquel ruido? ¿A qué lado estaba el animal? Quiso sentarse y abrir los ojos. Al intentarlo, volvió a vomitar, pero el primer acceso había sido tan violento que prácticamente nada más pudo salir de él. Cuando pasó lo peor, logró incorporarse sobre los codos y mirar cautelosamente a su alrededor. Su mirada recorrió su propio pecho y, a pesar de su extraño estado, se pudo dar cuenta al instante del lugar de donde procedía aquel hedor insoportable. Luchó consigo mismo para reprimir el alarido que se formó en su garganta, y lo logró. Se obligó también a apartar los ojos de aquel pellejo ensangrentado y de aquellas fauces abiertas en aquel cráneo que se movía sin control, para concentrarse en lo que tenía encima. El instinto de supervivencia fue más fuerte que el deseo de quitarse de encima aquella porquería, aunque le ardiera en la piel la cuerda basta con la que estaba atado a su cuerpo aquel horror. Miró despacio por encima de su propio cuerpo.

Patas. Cuatro patas finas pero robustas. ¿Qué le habían dicho? Que nadie se lo imaginaría, que todos dirían que había sido un accidente. Un accidente mortal muy desgraciado provocado por él mismo. No podía ser. La gente tenía que saber que era un asesinato, y no una simple estupidez por su parte. Eiríkur ya había tenido que aguantar suficientes burlas un día tras otro a causa de su trabajo como lector de auras. Tendría que hacer lo que fuera para que las bromas no le acompañaran hasta más allá de la tumba. Al poco, aquello le llegó a parecer más acuciante que conservar la vida. Ahora que se había dado perfecta cuenta de la situación, tenía que hallar algún medio de darla a conocer. Intentó concentrarse. Estaba en la cuadra de una caballeriza, así que no había mucho donde escoger. No serviría de nada colocar la paja a su alrededor, porque cuando alguien apareciera finalmente por allí volvería a quedar desperdigada. No, tendría que garabatear alguna cosa en algún sitio llano que no pudieran pisotear los animales. Recorrió el espacio a su alrededor con ojos atentos y vio que la pared no estaba lejos. Con una decisión que ignoraba poseer, consiguió sobreponerse a su sufrimiento y arrastrarse hasta ella. Por el camino rogó a Dios que le permitiera escribir unas pocas letras en la pared con el anillo antes de que todo acabara. El ritmo del jadeo del animal creció, y Eiríkur se quedó agarrotado. ¿Qué era lo que le habían dicho? Que en cuanto aquel semental se percatara de lo que había en el suelo, se llenaría de miedo, empezaría a cocear y lo mataría a patadas. Cuando el ritmo de la respiración se calmó, esperó para mayor seguridad un momento más y luego siguió avanzando hacia la pared con extremada lentitud. No había forma de que se pudiera poner en pie, el dolor en las plantas de los pies era como si los estuvieran quemando con agua hirviendo.

Eiríkur notó que su hombro tocaba la pared y extendió hacia ella la mano con el anillo. Empezó a raspar el revestimiento, pero, en ese mismo instante, el caballo resopló al oír el chirrido del anillo rasgando la pared. Eiríkur vio con horror cómo la bestia dirigía sus ojos pardos hacia él y relinchaba. Se apresuró todo lo que pudo para grabar en la pared, pero sin atreverse a apartar los ojos de aquella bestia enfurecida. El caballo agitó sus patas delanteras, giró luego sus cuartos traseros hacia Eiríkur y le golpeó. Lo único que pasó por la mente del hombre fue si la pareja conseguiría descubrir al asesino. Si hubiera tenido un poco más de tiempo… Nadie entendería aquello. Un ruido espantoso surgió del semental y Eiríkur se cubrió la cabeza con la mano casi instintivamente.

Pero, en realidad, era algo tan inútil como creer que habría alguien capaz de leer lo que había escrito en la pared:

RER

Capítulo 18

– El potro es de mi mujer. A mí no me gustan mucho los caballos -dijo Bergur mirando al suelo. Þórólfur se inclinó sobre la vieja mesa de la cocina, procurando no meter la manga de la chaqueta en la mancha de café que se formó cuando Bergur se llenó la taza con mano temblorosa.

– ¿Y qué estaba usted haciendo ahí dentro? Si tan poco le gustan los caballos, según acaba de decir.

– Les damos de comer por la tarde. Yo me encargo de eso -respondió Bergur sin levantar los ojos-. Para eso no hace falta tener afición a los caballos.

Þórólfur había aprendido muchas cosas a lo largo de los años pasados en la policía, y una de ellas era que podía fiarse de sus propias intuiciones acerca de las personas a las que interrogaba. Tenía una clara sensación de que el hombre inclinado delante de él tenía algo que ocultar. Sólo Dios sabía lo que era, pero Þórólfur se propuso averiguarlo.

– No, desde luego que no -asintió, y empezó a preguntar apuntando bien-: ¿Cómo siguen teniendo el caballo en la cuadra, en vez de libre en el campo? Por lo que sé, eso no es nada habitual en junio.

– Alquilamos caballos -respondió Bergur-. En realidad es mi mujer la que se ocupa de los animales y yo echo una mano en lo que es necesario. Me encargo de alimentarles y poco más. -Bergur se mordisqueó una uña de la mano izquierda-. En realidad, ese semental está aquí de paso, apareció por aquí.

Þórólfur anotó algo en su cuaderno y cuando hubo terminado levantó la vista.

– ¿Cómo se dio cuenta de que había algo que no iba como debía?

Bergur se encogió de hombros.

– No sé la hora con exactitud, si es a eso a lo que se refiere. No llevo ni reloj ni móvil. -Señaló con el dedo el teléfono móvil de Þórólfur, que estaba en medio de ambos, sobre la mesa-. Pero sí que está claro que lo vi muy poco después de entrar en la caballeriza. -Bergur calló y tragó saliva ruidosamente.

– Ah, ya -dijo Þórólfur como si entendiera-. ¿Cómo se dio cuenta tan rápidamente? Esa cuadra está en el otro extremo del edificio. ¿Había algún motivo especial para que fuera directamente hasta allí?

Bergur volvió a tragar con esfuerzo.

– Siempre empiezo dándole al macho. Es medio salvaje todavía y es impetuoso y molesto. Y está siempre a la expectativa mientras estoy yo dentro. Si le doy primero a él, se queda tranquilo mientras atiendo a las otras caballerías.

– Comprendo -dijo Þórólfur-. Está en la cuadra más grande, la que tiene las paredes más altas. ¿Me equivoco? -Bergur asintió con la cabeza sin decir una palabra y Þórólfur continuó-: ¿Y eso por qué? ¿Es porque ese caballo es, cómo dijo usted, impetuoso y molesto?

– No, no exactamente. Los machos sin castrar siempre se encierran mejor que los demás. Así se evita que puedan acercarse a los demás caballos… eso podría tener pésimas consecuencias.

– ¿De modo que el semental en cuestión quizá no era especial? -preguntó Þórólfur-. Quiero decir, ¿todos son iguales, los demás caballos siempre les tienen miedo a este tipo de animales?

– Sí, los sementales son más agresivos que los castrados y que las yeguas -respondió Bergur en voz baja-. Pero ese potro en particular es más fiero de lo habitual. Puedo asegurarlo casi sin ninguna duda, aunque no soy especialista en estos temas.

– Perfecto -dijo Þórólfur sin referirse a nada en particular-. Y al ir usted, como acaba de decir, directamente hasta el corral…

– La cuadra -interrumpió Bergur.

– A la cuadra, entonces -se corrigió Þórólfur un poco molesto-, al momento ve que hay un hombre en el suelo, ¿no?

– Sí, así es -respondió Bergur-. Me resulta tan inverosímil que no me es fácil explicarlo en detalle.

– Inténtelo, de todos modos -alentó Þórólfur.

– Creo que antes que nada vi al zorro, luego al hombre. Recuerdo que vi sangre en las tablas y primero pensé que el caballo se había hecho daño. Luego vi al zorro y pensé que la sangre era suya, pero luego… -Bergur jadeó apresuradamente mientras intentaba controlarse-. Fue horroroso. Estaba allí tumbado y pensé si estaría vivo, pero cuando me incliné para ver mejor comprendí enseguida que tenía que estar muerto. -Respiró hondo y repitió-: Fue horroroso. Y aquellos pies. Dios mío.

– ¿De modo que uno no se acostumbra a estas cosas? -preguntó Þórólfur, dando un golpecito en el borde de la mesa.

Bergur levantó la vista, extrañado, y con gesto de miedo.

– ¿Cómo?

– Es el segundo cadáver que se encuentra usted por casualidad en pocos días. Pensaba que sería menos malo la segunda vez, quizá -dijo Þórólfur-. Resulta una casualidad bastante sorprendente, ¿no cree?

– Yo no decido qué cosas me voy a encontrar -replicó Bergur con voz apagada-. Nunca me habría imaginado que volvería a vivir algo parecido, ojalá no me hubiera pasado a mí. Ninguna de las dos veces. -Levantó los ojos y miró a Þórólfur a la cara-. Yo no tengo nada que ver con esto, si eso es lo que cree usted.

– No, no. Quizá no. Pero no deja de ser curioso -señaló Þórólfur, devolviendo la mirada de Bergur con expresión decidida.

– Tiene que haber sido un accidente -dijo Bergur en tono dolorido-. ¿Sospechan de alguien?

– ¿Cómo explicaría usted un accidente así? -preguntó Þórólfur.

– Bueno, no sé -dijo Bergur, que reflexionó por unos momentos-. Quizá fue ese cazador de zorros quien trajo al animal. O quizá fue por alguna otra cosa aún más rara.

– ¿Qué quiere decir, con «más rara»?

– Ha habido casos de hombres que entran en los establos para aliviar sus necesidades. Quizá ese hombre entró para eso -respondió Bergur, ruborizándose un poco.

– Pero entonces habría llevado una banqueta, o una caja, o algo a lo que subirse, ¿no? ¿Y cómo encaja el zorro en todo esto? ¿Y los alfileres? -preguntó Þórólfur con gesto duro-. Esas explicaciones suyas son demasiado rebuscadas.

Bergur se incorporó y se sentó con la espalda bien estirada.

– No soy yo quien investiga el caso. Usted me preguntó y yo le he respondido. No tengo ni idea de cómo llegó ahí ese hombre. Sólo sé que yo no tengo nada que ver.

– Muy bien, pero es su establo…

– Caballeriza. Los establos son para las vacas -dijo Bergur, irritado. Enseguida se le disipó la ira y añadió, ya más calmado-: No estoy seguro de querer seguir hablando de esto por ahora. Aún no tengo superado este horror. -Bajó la cabeza y volvió a mirar el suelo.

– Enseguida terminamos -anunció Þórólfur, su voz no mostraba el menor asomo de simpatía hacia el hombre que estaba sentado delante de él-. He visto que hay un rifle en esa pared. ¿Es suyo?

– Sí -dijo Bergur-. Es mío. Dudo mucho que encuentre por estas tierras un solo granjero que no tenga un rifle. -Levantó la mirada enfadado-. A ese hombre no lo mataron a tiros. ¿A qué viene esa pregunta?

Þórólfur sonrió con fingida inocencia.

– No, pero al zorro sí que le pegaron un tiro, si no me equivoco. ¿Mató usted al zorro?

Bergur pellizcó el borde del mantel de plástico coloreado de la mesa.

– No. O sí. No lo sé.

– ¿Cómo? -preguntó Þórólfur extrañado-. ¿Puede explicármelo mejor? No estoy seguro de haberle entendido bien. ¿No sabe si fue usted quien le pegó un tiro a ese zorro?

Bergur dejó de juguetear con el mantel y miró a Þórólfur.

– Mato a los zorros en cuanto los veo. Tenemos una zona de puesta de eideres, y no podemos permitirnos el lujo de dejar que ande por ahí una alimaña suelta. Pero resulta que hace varios meses que no le disparo a ninguno, con la excepción de un día en que se me escapó uno. Le alcancé, porque encontré sangre y algunos jirones de pelo, pero no conseguí hallar el cadáver por ningún sitio. Pesé que había escapado vivo, pero ¿quién sabe? A lo mejor aquel zorro es éste.

– Sí, quién sabe -dudó Þórólfur-. Tal vez nos lo pueda explicar más detenidamente y, por supuesto, hay muchísimas cosas más que necesitaremos repasar mejor.

– Ahora no puedo -dijo Bergur claramente molesto con la idea-. Sencillamente, no puedo.

– No tiene importancia -dijo Þórólfur, poniéndose las manos abiertas sobre los muslos-. Sólo dos cosas más para terminar y ya volveremos a hablar más tarde. En primer lugar… ¿la caballeriza suele estar habitualmente abierta, o cerrada con llave? En segundo lugar… ¿conocía usted al difunto?, ¿pudo reconocerle?

Bergur no levantó la mirada.

– Nunca cerramos la caballeriza con llave. Hasta ahora jamás ha sido necesario. -Levantó los ojos y los clavó cansinamente en Þórólfur-. No tengo ni idea de si conocía o no a ese hombre. Podría ser cualquiera… ya vio lo desfigurado que estaba.

– Tiene toda la razón -dijo Þórólfur, disponiéndose a levantarse-. Ay, perdone, una cosa más, la última.

Bergur miró al hombre con gesto de resignación.

– ¿Qué es?

– Encontramos algo escrito en una pared de la cuadra, más exactamente, algo grabado. Eran unas letras y estuvimos dándole vueltas a si llevarían allí mucho tiempo o si serían algo reciente.

– ¿Unas letras? -preguntó Bergur con extrañeza-. No recuerdo que hubiera allí ninguna letra grabada. ¿Qué ponía?

– Bueno, creo que era R-E-R. ¿Le dice eso algo?

Bergur sacudió la cabeza.

– Nada. No lo he visto nunca, y no sé qué puede significar. -A juzgar por su gesto, parecía responder con total sinceridad. Pero Þórólfur no pudo evitar la sensación de que Bergur tenía algo que ocultar. ¿Pero qué?

* * *

– Si no tuviera tanta hambre, propondría que siguiéramos buscando -dijo Matthew mientras abría la puerta del restaurante para dejar pasar a Þóra. Aquel local estaba especializado en comida vegetariana y pese a la burda traducción de Þóra de toda clase de recortes de periódico enmarcados que había en la ventana, alabando la excelencia del lugar, Matthew no estaba demasiado ilusionado.

– La cerveza es vegetal -dijo Þóra, enviándole una sonrisa-. O está hecha con vegetales, por lo menos.

Matthew sacudió la cabeza, escandalizado.

– No sé qué información tendrás sobre la cerveza, pero créeme, estás equivocada. -Entró tras ella-. La cerveza es, si acaso, de cereales.

– Cereales… vegetales -dijo Þóra mientras le hacía señas a un camarero para que les diera una mesa-. No hay diferencia-. Descubrió una mujer a la que reconoció, sentada en la barra. Le dio un codazo a Matthew-. Esa mujer trabaja en el hotel. Quizá deberíamos charlar un poco con ella.

– Yo no me acerco a esa barra a menos que me den una carta y que pueda pedir desde allí -declaró Matthew-. Y con la condición de que den galletitas.-De acuerdo -asintió Þóra, sonriéndole al camarero que llegaba en aquel mismo instante-. Nos apetece empezar en la barra, si no hay problema -le dijo-. Pero tenemos bastante hambre, así que preferiríamos que nos trajera ya la carta. -Entraron en el bar, que era pequeño en relación con el tamaño del local, y Þóra se sentó en un taburete alto al lado de la mujer. No había más que cuatro asientos, y Matthew se instaló junto a Þóra, justo delante de un pequeño cuenco con frutos secos.

– Hola -saludó la abogada, inclinándose para que la mujer le viera la cara-. ¿No te conozco del hotel? ¿Del de Jónas?

Saltaba a la vista que la mujer ya había bebido demasiado. Delante de ella había un vaso de lo más rococó lleno de un cóctel de venenoso color verde, y a su lado descansaban varias varillas rojas, todas coronadas por una pequeña cereza de cristal. La mujer necesitó un poco de tiempo para hacerse cargo de la pregunta, y aprovechó para controlar unos ojos que parecían nadar dentro de unas grandes órbitas pintadas. Cuando empezó a hablar, no sonaba en absoluto tan borracha como Þóra había pensado.

– Espera, ¿te conozco? -preguntó con voz considerablemente potente.

– No, no nos conocemos, pero te he visto. Me llamo Þóra y estoy haciendo un trabajito para Jónas. -Þóra extendió su mano.

El apretón de manos de la mujer fue bastante flojo.

– Ah, sí, es verdad. Ahora te recuerdo. Yo soy Stefanía, asesora sexual.

En el fondo, Þóra se quedó asombrada, pero no se atrevió a dejar traslucir ningún gesto. Estaba bastante segura de que a la mujer no le gustaría en absoluto.

– Ah, vaya. ¿Tienes mucho trabajo? -preguntó.

La mujer se encogió de hombros y bebió un sorbito de cóctel.

– A veces sí. A veces no. -Dejó el vaso y se pasó la lengua por los labios pintados de rojo-. Jónas se empeña en que todo llegará. Pero, a decir verdad, esto ha empezado de una forma demasiado tranquila.

– No me digas -dijo Þóra compasiva-. Pero, por lo demás, ¿es agradable trabajar allí? Es un lugar con un encanto muy especial.

La mujer resopló mientras hacía una mueca.

– Pues no, no es agradable. -Miró a Þóra y se esforzó por mirarla a los ojos.

– ¿Lo dices por las apariciones del fantasma? -preguntó Þóra-. ¿Te preocupa eso?

Stefanía negó enérgicamente con la cabeza.

– No, por suerte nunca estoy allí de noche. Yo no he percibido ningún fantasma, porque sólo aparecen en el turno de noche. Nunca he oído hablar de apariciones que asusten a la gente durante el día. -Se echó hacia atrás un mechón de pelo que le había caído sobre un ojo-. No, mi problema en ese bendito centro de trabajo son las mujeres. -Suspiró profundamente-. Las mujeres siempre son un fastidio. El sitio sería estupendo si sólo trabajaran hombres. -Soltó un hipo-. Y yo, claro.

– Sí, claro -dijo Þóra-. Pero ¿qué mujeres son esas que tan insoportables te resultan? No he conocido a muchas, pero sí que he charlado con Vigdís de recepción.

– Vigdís, dichosa Vigdís -murmuró Stefanía-. Es un bicho.

– Ah -exclamó Þóra extrañada-. Naturalmente, yo no la conozco, pero parece buena chica. A lo mejor me equivoco.

– Da lo mismo -dijo Stefanía irritada-. Por lo menos, a mí no me aguanta, aunque yo nunca le he hecho absolutamente nada. -Miró preocupada a Þóra y añadió-: He estado analizando el asunto y ya sé qué es lo que le pasa. -Hizo un silencio breve pero teatral-. Me tiene un miedo cerval… miedo sexual. -Miró triunfante a Þóra.

– ¿Y eso? -preguntó Þóra sin comprender-. ¿Tiene miedo a que la violes?

Stefanía se echó a reír. Su risa era ligera y sin afectación, completamente distinta a la persona misma.

– No, tonta. Como mujer, su temor primigenio va dirigido hacia las mujeres que son más atractivas que ella. -Sonrió de una forma empalagosa-. No hace falta tener rayos X en los ojos para darse cuenta de que yo soy sexualmente mucho más atractiva que ella. -Bebió un trago-. Siempre llego a la misma conclusión. Conozco a esa clase de gente como la palma de mi mano.

Matthew le dio un tironcito de la manga a Þóra.

– ¿Podríamos pedir algo? Yo ya he elegido y te recuerdo que soy capaz de asesinar cuando el hambre me acucia.

Þóra miró el vacío cuenco de las almendras.

– No importa, llama al camarero y pide tú. -Iba a darse la vuelta hacia Stefanía, pero Matthew la detuvo.

– ¿Y tú? ¿Tú, qué quieres comer? -Matthew señaló la carta, que le puso a Þóra delante de la cara, y que ella ni siquiera se dignó mirar.

– Cualquier cosa -respondió Þóra-. Pídeme algo. -Se dio la vuelta hacia Stefanía y Matthew hizo señas al camarero-. Hablando de mujeres -siguió-, ¿conocías a Birna, la arquitecta?

El gesto de Stefanía cambió como si le hubieran dado un bofetón. Se encogió y, en una fracción de segundo, Þóra notó cómo se le descomponía el rostro.

– Dios mío santísimo -dijo Stefanía, que parecía tener un nudo en la garganta-. Es espantoso.

– Desde luego -asintió Þóra-. ¿Ella no era una de esas mujeres tan fastidiosas?

– No, en absoluto. Era un cielo -afirmó Stefanía. Echó un largo trago, hasta vaciar el vaso. Después quitó la varilla con la cereza, se la metió en la boca y la chupó un momento. Luego la dejó con todo cuidado en el borde de la barra, junto a las demás-. Estoy tan afectada por todo esto, que ya no sé qué me pasa. -Miró a Þóra-. No tengo costumbre de venir por aquí los domingos por la tarde. Aunque vivo cerca.

– Comprendo -dijo Þóra, que no comprendía nada en absoluto-. Parece que tú conocías muy bien a Birna, ¿tienes alguna idea de quien habría podido albergar malos deseos hacia ella?

Stefanía levantó el vaso vacío y lo movió formando un pequeño anillo. Las pocas gotas que quedaban cayeron hasta el fondo.

– Sí, tengo una idea -dijo con tranquilidad.

– ¿Sí? -Þóra no pudo ocultar su excitación-. ¿De quién se trata?

Stefanía miró a Þóra.

– Estoy atada por un juramento de silencio. Los sexólogos somos como los médicos en ese aspecto. Y como los abogados.

Þóra procuró no echarse a reír con la comparación. Aunque tampoco resultaba tan absurda: a Bragi, su socio y copropietario del bufete, no le vendría nada mal aproximarse a las fronteras de la asesoría sexual cuando tenía entre manos uno de sus pleitos de divorcio.

– Yo soy abogada, y esa norma tiene sus excepciones. El bien general, por ejemplo.

Stefanía reflexionó un momento, pero sólo un momento.

– Si eres abogada, entonces puedo hablarte a ti del asunto, ¿verdad? Pero no son más que nombres, y no se los dirás a nadie. Aquí no se ve afectado ese bien general.

Þóra no podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Había contado con una larga sesión en la barra, pendiente de que Stefanía se emborrachara lo suficiente para olvidar el juramento de silencio de los sexólogos.

– No se lo puedo decir a nadie. De eso puedes estar segura.

– Estupendo -exclamó Stefanía-. Se me puso un nudo en el estómago cuando me enteré, porque no le puedo contar nada a nadie. Ahora quizá podré sentirme mejor. -Miró a Þóra-. ¿Lo prometes?

– Lo prometo -aseguró Þóra. Cruzó los dedos en la espalda porque sería incapaz de no contárselo a Matthew-. ¿Quién le deseaba algo malo a Birna?

Stefanía había sido sincera, sin duda, al decir que se sentiría más aliviada. Cuando empezó a hablar, lo hizo tres veces más rápido de lo normal.

– Tenía una relación con un granjero casado de por aquí. Se llama Bergur y vive en Tunga. Eran de lo más desenfrenados en su relación sexual, y ella vino a pedirme consejo. Pensaba que las cosas habían llegado demasiado lejos.

– ¿Y pudiste ayudarla? -preguntó Þóra-. ¿Tal vez le recomendaste que dejara de verse con él? -La ruptura de una relación podría ser motivo suficiente para que un hombre enloquecido cometiera un crimen.

Stefanía apartó el vaso.

– No. -Se metió en la boca una uña pintada de rojo y la mordió con fuerza. Volvió a sacar la uña; en el extremo se veía una mancha blanca: había arrancado el esmalte con los dientes-. No, no lo hice. -Se quedó mirando el vaso como absorta-. Le dije que dejara las cosas seguir su curso. Que el sexo duro no hace daño alguno, por regla general.

– Oh -exclamó Þóra-. Comprendo que te sientas mal.

Stefanía asintió con un lento movimiento de la cabeza. Miró a Þóra y sus ojos dieron al mismo tiempo con Matthew. Hasta aquel momento, había estado tan ensimismada en sus propios sufrimientos que no se había fijado bien en él. Sonrió y puso un gesto que a Þóra no le hizo ninguna gracia.

– ¿Quién es ése? ¿Tu amigo? -preguntó melosa.

Þóra decidió garantizar su derecho exclusivo a él, escudándose en el idioma.

– Es extranjero. Está aquí para descansar. -Se inclinó hacia Stefanía, bajando el tono de voz-. Sida. -Luego movió la cabeza con gesto cómplice y se echó hacia atrás en su taburete.

La sexóloga abrió los ojos de par en par.

– ¡Jo! -exclamó decepcionada-. Si queréis puedo daros algunos consejos que os podrán ayudar. Hay muchas cosas divertidas que se pueden hacer en el sexo sin llegar a la penetración.

– No, gracias -dijo Þóra con una sonrisa cortés-. Te lo agradezco de todos modos. -Se volvió hacia Matthew-. Vamos. La comida estará a punto de llegar.

Stefanía le sonrió al alemán.

– Es muy importante que comas bien y no te saltes ninguna comida -le recomendó amistosa.

– Desde luego -dijo Matthew sorprendido.

Þóra agarró por el hombro a Stefanía un instante.

– Muchísimas gracias. Seguramente nos volveremos a ver más tarde, porque tengo que seguir haciendo algunas cosas más para Jónas.

Stefanía la miró con extrañeza.

– ¿No quieres saber quién es el otro?

– ¿El otro qué? -preguntó Þóra desconcertada.

– Bueno, el otro hombre que desearía perjudicar a Birna -explicó Stefanía medio disgustada.

Þóra asintió moviendo enérgicamente la cabeza:

– Sí, por supuesto.

Stefanía se inclinó para hablarle al oído. Cuando estuvo tan cerca que Þóra quedó convencida de que la había manchado de lápiz de labios, dijo en un susurro:

– Jónas.

* * *

Þóra siguió con la vista los coches de policía uno detrás del otro. Tres coches… Evidentemente, allí pasaba algo muy grave. Entraron tranquilamente en la explanada de grava delante del hotel y aparcaron uno junto al otro en una esquina. Los golpes de las puertas al cerrarse resonaron en la oscuridad cuando seis agentes de policía salieron de ellos; uno era una mujer.

– ¿Y ahora? -preguntó Þóra, mirando extrañada a Matthew-. Dijeron que no pensaban venir por aquí hasta mañana. -Luego miró silenciosa a aquella pequeña tropa, que se acercaba a paso ligero hacia la puerta principal, donde Matthew y ella estaban sentados al sol vespertino, cada uno con su vaso de vino. Ella seguía con hambre, pues Matthew se había vengado de su indiferencia ante la carta del restaurante encargándole única y exclusivamente una ensalada verde. Tampoco es que él hubiera salido mucho mejor parado, con la lasaña vegetariana que había pedido. No le había dado para nada. Repitieron pan dos veces más, pero tampoco quedaron demasiado satisfechos.

Þóra reconoció a dos de los policías. Se trataba de los que habían hablado con Jónas y se llevaron su teléfono. Recordó que el mayor se llamaba Þórólfur.

– Buenas tardes -dijo, dirigiendo a éste su saludo.

– Buenas -fue la seca respuesta.

– Tenía entendido que no volverían hasta mañana -dijo Þóra-. ¿Sucede algo malo?

Þórólfur respondió brevemente sin detenerse ni siquiera a mirarles hasta que llegó delante de su mesa.

– Todo es efímero en este mundo. -E inmediatamente desapareció con el resto del grupo en el interior del edificio.

Capítulo 19

Þóra carraspeó.

– Hay una cosa que no consigo comprender en todo esto. -Miró a Jónas, que estaba sentado, pálido, a su lado, antes de continuar-: ¿Por qué quieren hablar con mi cliente? Él no tiene caballeriza y no puedo imaginarme que haya surgido en su investigación inicial nada que pueda indicar que él tuviera parte alguna en lo que parece haber sucedido allí. -Dirigió una dura mirada a Þórólfur a los ojos-. ¿O hay algo más?

Le llegó entonces a Þórólfur el turno de carraspear, y lo hizo con ganas.

– Ahora mismo se lo explico bien claro. El cadáver encontrado cerca de aquí resultó que se trataba de una mujer que trabajaba para su cliente. En vista de que han pasado sólo muy pocos días, las cosas parecen indicar que aquí hay algo que no va como debería. Tenemos motivos para sospechar que es la misma persona la que ha intervenido en las dos ocasiones.

Jónas se inclinó hacia adelante en su silla.

– Hagan el favor de referirse a mí por mi nombre. Estoy harto de que me llamen cliente.

Þóra suspiró, pero miró a Jónas y asintió con la cabeza. Luego se dirigió de nuevo a Þórólfur.

– En todo caso, ustedes están aquí exclusivamente para preguntar a Jónas si el difunto era cliente o empleado del hotel, no porque consideren que esté relacionado de alguna otra forma con este caso, supongo.

Þórólfur abrió las manos.

– No he dicho nada de eso, pues la investigación se encuentra en una fase preliminar en estos momentos. Pero es evidente que por ahora sólo estamos intentando averiguar quién es el difunto. Lo que suceda al final no lo podemos predecir.

– Y esa caballeriza -dijo Þóra-, ¿puedo preguntar quién es el dueño?

– Pregunte lo que quiera -respondió Þórólfur molesto-. Yo le responderé si lo considero oportuno. -Hizo crujir los huesos de las manos-. Pero, por otra parte, no es ningún secreto que la cuadra en cuestión pertenece a la granja llamada Tunga.

Þóra dio un respingo, pero confió en que Þórólfur no se hubiese dado cuenta.

– ¿Esa granja está cerca de aquí? -preguntó Þóra, intentando aparentar que no sabía nada.

– Es la siguiente granja al oeste de aquí -respondió Jónas, feliz de poder decir algo.

– Comprendo -dijo Þóra-. Entonces debe de estar bastante próxima a la playa, donde apareció el cadáver de Birna, ¿no? -Dirigió su pregunta a Þórólfur. Al ver que éste no respondía, prosiguió-: ¿No deberían estar en la granja hablando con sus propietarios, en vez de haber venido aquí? -Resolvió esperar antes de contarle a la policía la relación entre el granjero y Birna, hasta que ella misma hubiera hablado con él. Tomó la determinación de reunirse con Bergur inmediatamente, a la mañana siguiente, antes de que la relación hubiera salido a la superficie. En cuanto esto sucediera, no estaría nada claro que fuera a tener la más mínima oportunidad de hablar con él.

– Vayamos al tema -dijo Þórólfur irritado, volviéndose hacia Jónas-. Supongo que usted conoce la cuadra en cuestión, ¿no?

– Sí, desde luego -respondió Jónas-. Sé perfectamente dónde está y he entrado en ella.

– ¿Entiende usted de caballos? -preguntó Þórólfur.

– No, en absoluto -respondió Jónas-. Sólo soy algo aficionado. Pero tengo intención de meterme en ello más a fondo en el futuro. Ahora tengo más que suficiente con la construcción del complejo.

– ¿Y qué fue a hacer a la caballeriza? -preguntó Þórólfur.

– Rósa tuvo la amabilidad de enseñarme los caballos -dijo Jónas, que se apresuró a añadir-: Rósa es la dueña de la granja, la esposa de Bergur. Habíamos estado hablando algo de caballos las pocas veces que nos habíamos visto, y dijo que quería enseñarme un joven semental que tenían. Eso fue hace bastante tiempo, medio año o más.

– ¿Se acuerda del nombre del caballo en cuestión? -preguntó Þórólfur.

– Sí -dijo Jónas-. Recuerdo que se llamaba Hielo. -Sonrió-. Pero más bien habría debido llamarse Fuego, porque nunca he visto un caballo con un genio tan vivo.

Þórúlfur se tomó su tiempo antes de hacer la siguiente pregunta, y aprovechó para contrastar algo que había escrito en el cuaderno que tenía delante. Þóra se empezó a intranquilizar. En aquellas preguntas sobre el caballo había alguna cosa que apuntaba a que, en el fondo de todo, se ocultaba algo más que una simple búsqueda de información. Pero decidió no dejarse alterar, y esperar a ver el curso que tomaban los acontecimientos. Þórólfur apartó finalmente los ojos de su cuaderno de notas y los clavó en Jónas.

– En otras palabras, usted afirma que hace aproximadamente seis meses, en la caballeriza en cuestión, había un caballo bastante temperamental o difícil. ¿Me equivoco?

– Eso es -asintió Jónas, enarcando las cejas-. ¿Por qué lo pregunta?

– Por nada especial -dijo Þórólfur, anotando algo-. ¿Y zorros? -preguntó-. ¿Puede decirme algo sobre la presencia de zorros en la comarca?

Jónas miró a Þórólfur y luego a Þóra, con cara de extrañeza.

– ¿Tengo que contestar a eso? -preguntó desconcertado. Þóra asintió. Estaba deseosa de ver adonde iba a parar todo aquello. Jónas se volvió de nuevo hacia Þórólfur-. No comprendo la pregunta, en absoluto. ¿Quiere saber algo en general sobre los zorros, o si yo tengo un zorro?

– Bueno -dijo Þórólfur-, sería estupendo, por ejemplo, saber si hay zorros por aquí cerca, o si usted tiene zorros, también estaría bien que me lo dijera.

Jónas se echó hacia atrás en su silla y frunció el entrecejo.

– No tengo ningún zorro. ¿Por qué iba a tener zorros? Ésta no es una granja de animales de peletería. -Se dirigió a Þóra, que se encogió de hombros y le hizo una seña de que continuara respondiendo. Jónas aceptó, aunque muy a desgana-. Pero por aquí sí que hay zorros. Lo sé porque saquean los nidos de eider y los granjeros están siempre quejándose. A decir verdad, es lo único que sé sobre esos animales. -Jónas calló y reflexionó un momento antes de continuar-. Bueno, aparte de que eran los únicos mamíferos que vivían en Islandia cuando la colonización.

Þórólfur sonrió con frialdad.

– No le he pedido una lección de ciencias naturales. -Se pasó la mano derecha por el pelo-. Dígame otra cosa, ¿las letras R-E-R tienen algún significado para usted?

Jónas sacudió la cabeza.

– No. Me temo que no. -Miró a Þóra-. ¿Qué significan?

– Ni idea -respondió ella, mirando a Þórólfur-. ¿Qué significado tiene?

– No importa -dijo sin añadir nada más-. ¿Tienen ustedes sala de costura en el hotel? -preguntó luego.

– No -contestó Jónas-. ¿Tiene algún botón suelto o algo descosido? -preguntó un momento después, aparentemente con total sinceridad.

Þórólfur no respondió, sino que continuó con sus preguntas.

– ¿Practican aquí la acupuntura?

– Yo personalmente, no, pero, en alguna ocasión, hemos hablado de traer temporalmente algún especialista en esa materia -respondió Jónas con extrañeza-. Con esa antiquísima forma de terapia se pueden conseguir resultados increíbles en algunas afecciones. Sé de un hombre que había estado fumando un paquete de Camel sin filtro al día durante treinta años… -No consiguió terminar.

– No sé si se habrá dado cuenta de que ésta no es una simple charla amistosa -le interrumpió Þórólfur enfadado-. Yo pregunto y usted responde. Preferiblemente sí y no, siempre que sea posible. -Se frotó un hombro mientras hablaba, y Þóra rogó a Dios que Jónas no fuera a ofrecerle un masaje con piedras-. La pregunta es ésta: ¿Existe aquí sala de costura, hay agujas de acupuntura o se ofrece algún servicio que precise la utilización de agujas o alfileres?

Jónas pensó un momento y luego contestó, de acuerdo con las instrucciones de Þórólfur:

– Sí -dijo, y luego calló.

Þórólfur suspiró.

– ¿Sí, qué? ¿De qué servicios se trata?

Þóra le hizo una señal a Jónas para que respondiera.

– En todas las habitaciones hay unos pequeños costureros del tamaño de una caja de cerillas. Están para los huéspedes que necesiten hacer algún arreglo en sus ropas. Puedo ir a buscar uno, si quiere. Contienen unos rollitos de hilo de colores, una aguja, dos o tres botones y un imperdible, si no recuerdo mal. Es lo único que hay.

– ¿Alfileres, no?

– No -negó Jónas, sacudiendo la cabeza-. Creo, casi con total seguridad, que no.

– Me gustaría ver uno antes de irme -solicitó Þórólfur-. Y ver dónde los almacena. -Hizo una breve pausa y miró fijamente a Jónas a los ojos-. Una última cosa, para terminar. Me han informado de que alguien ha entrado en la habitación de Birna.

– ¿Cómo? -exclamó Jónas asombrado-. No tenía ni idea. ¿De dónde ha sacado esa información?

– Eso no le afecta a usted. Lo que sí le afecta es la pregunta de si sabe quién lo hizo o cuándo sucedió.

– No sé nada de nada. No he entrado allí desde que ustedes hicieron cerrar con llave la habitación el viernes por la noche y prohibieron que nadie entrara. Puedo responderle que yo no fui. -Jónas hablaba deprisa-. No se me ha perdido nada allí.

– Eso lo dice usted -repuso Þórólfur, apartando la mirada de Jónas y dirigiéndola a su cuaderno de notas-. Alguien pensó que tenía motivo para entrar allí. Eso está claro. Si no fue usted… ¿quién, entonces? -Volvió a mirar a Jónas.

– Bueno, no lo sé. El asesino, o alguien -respondió Jónas con torpeza.

– ¿Hemos acabado ya? -intervino Þóra-. Dijo que una última cosa para acabar, y Jónas ya ha respondido. ¿Podemos irnos ya?

Þórólfur agitó la mano.

– Por favor. Pero seguramente tendré que volver a hablar con usted mañana -le dijo a Jónas-. No se marche.

Jónas abrió mucho los ojos, desconcertado, así que fue Þóra la que habló en su lugar:

– No, no. Claro que no. Pero le recuerdo que deseo estar presente en todos los interrogatorios de Jónas, y confío en que eso no planteará problema alguno.

– No, no -dijo Þórólfur-. ¿Por qué iba a resultar un problema?

Þóra y Jónas salieron del despacho que Jónas les había prestado a los agentes de policía. Si se podía llamar despacho. Era un almacén de material de limpieza, en donde había también un escritorio para el que no habían encontrado hueco en ningún otro sitio. Habían traído unas sillas y las habían colocado lo mejor que permitía el escaso espacio disponible, pero el resultado no era nada convencional, en ningún sentido de la palabra. Cuando habían comenzado, a Þóra le llamó la atención lo poco amenazadora que resultaba la habitación, y se preguntó si le serviría a la policía para sus primeros interrogatorios. Después de llevar allí un ratito, se dio cuenta de que el olor a desinfectante era tan insoportable que compensaba por completo el aspecto inocente de la habitación. Al salir se sintió total y absolutamente encantada. Y pensativa. ¿Zorros? ¿Alfileres? ¿R-E-R?

* * *

Jónas tomaba su coñac a grandes sorbos, contraviniendo todas las reglas de la moderación. Había invitado a Þóra y a Matthew a ir a su apartamento cuando ella le dijo que tenía que hablar con él, después del interrogatorio. El apartamento, que era bastante pequeño pero acogedor, formaba parte del edificio del hotel. La vista hacia el oeste, en dirección al glaciar, era espléndida desde el lugar en donde estaba sentada Þóra, al lado de Matthew, en un mullido sofá de cuero, con un vaso de agua en la mano.

– ¿Sabes algo más de lo que le dijiste a la policía? -preguntó Þóra-. Por ejemplo, ¿qué era eso del zorro y las agujas? ¿Y las letras?

– No tengo ni la más remota idea. Puedo jurarlo -aseguró Jónas-. No sé nada en absoluto sobre ese hombre y mucho menos sobre zorros, alfileres o letras. Flipaba. Pensé que se trataba de una trampa.

– No, no lo creo -dijo Þóra-. Pero sí que resultó todo un tanto raro, de eso no hay duda. -Esperó mientras Jónas apuraba su vaso y alargaba una mano hacia la botella para servirse un poco más-. Dime una cosa, Jónas. -Éste la miró-. ¿Sabes que Birna tenía una relación con un campesino de por aquí cerca? ¿Un campesino casado?

Jónas se ruborizó.

– Sí, lo sospechaba -dijo con un gesto extraño.

– Y te habrás dado cuenta, supongo, de que se trata del granjero de la caballeriza de la que estuvo hablando la policía -señaló Þóra.

– Sí, me he dado cuenta -afirmó Jónas-. Pero no quise decir nada.

– ¿Por qué no? -preguntó Þóra.

– Bueno, no sé -respondió Jónas, que bebió un largo trago.

– ¿Es quizá porque tú también tuviste una relación con ella y no querías arriesgarte a verte más involucrado en el asunto?

– Tal vez -respondió Jónas, con un rencor en la voz que recordaba totalmente al de un chaval.

– ¿Por qué no me contaste que habíais estado juntos? -preguntó Þóra enfadada.

– No fue nada, nada en absoluto -respondió Jónas-. En todo caso, no fue motivo suficiente para querer hacerle daño.

– ¿Así que rompisteis la relación por las buenas? -preguntó Þóra. Miró de reojo a Matthew, que en aquel momento bostezaba. Þóra estaba llevando la conversación en islandés para que las reacciones de Jónas fueran lo más naturales posible. De modo que Matthew estaba allí sentado como un inútil, contemplando el glaciar. Þóra estaba asombrada de la calma con que se lo estaba tomando, su ex marido habría estado dándole codazos todo el rato para dejarle bien claro que ya estaba harto.

– Pues sí -contestó Jónas. Tenía los ojos un poco vidriosos, pero Þóra no sabía si era por el cansancio, pues ya era medianoche, o por el alcohol-. Desde luego, yo habría preferido que siguiéramos juntos, pero ella prefirió buscar nuevos aires. Dijo que era demasiado viejo para ella.

– Suena como si no te hubiera resultado demasiado agradable -observó Þóra-. ¿Se fue de tus brazos a los de Bergur?

– Sí -afirmó Jónas cariacontecido-, realmente se puede describir así.

– Me parece que todo eso no te gustó ni pizca -dijo Þóra-. Quizá no tenga derecho a mencionarlo, pero me resulta extraño que quisieras que ella siguiera trabajando aquí después de eso. Da igual que os hubierais separado por las buenas o por las malas.

– Fue por las buenas. No miento -replicó Jónas-. ¿Qué podía hacer? Ella ya no me quería, ¿y qué? Así es la vida a veces. Era una buena arquitecta y comprendía mis ideas sobre el resto de las construcciones del complejo. Soy suficientemente maduro como para saber separar negocios y vida privada.

– Suerte que tienes -dijo Þóra-. Esperemos que no aparezca ninguna versión distinta en los interrogatorios de los demás testigos. -Miró a Jónas-. Eso no te favorecería mucho.

– ¿Por qué? -preguntó Jónas extrañado-. ¿Es que no puedo ser amigo de una mujer?

– Claro que sí -dijo Þóra molesta-. Sabes perfectamente a lo que me refiero. Y luego está lo otro. ¿Quién es el hombre de la cuadra? A lo mejor es el tal Bergur. ¿Y entonces?

Jónas palideció.

– Bueno, no sé.

Þóra se dio una palmada en el muslo y se dispuso a ponerse en pie.

– Yo no me habría puesto a escribir cosas en las paredes. No dijeron nada que indicara si se trata de un accidente o de algo peor.

Jónas la miró.

– ¿Tú crees que la policía se pondría a hacerme preguntas sobre zorros y letras si un caballerizo se hubiera caído en el granero? No, detrás de todo eso hay algo más.

* * *

Matthew había pasado el brazo por el hombro de Þóra mientras miraban el ir y venir de las olas en la orilla del mar. Ella le había pedido que fueran a dar un paseo antes de acostarse, pues seguía con el olor de los productos de limpieza inundándole la nariz, anunciando una jaqueca si no un ataque de nervios. Cerró los ojos y estaba a punto de decir algo bonito cuando sonó su móvil.

– Todo parece indicar que el hotel es el único lugar de la zona que carece de cobertura -dijo Matthew suspirando.

Þóra se apresuró a responder.

– Hola, Þóra, perdona por llamarte tan tarde -dijo una voz femenina-. Soy Dísa, tu vecina.

– Ya, hola -dijo Þóra extrañada. ¿Se le habría incendiado la casa?

– Intenté localizarte antes, pero probablemente tenías el móvil apagado -dijo Dísa para disculparse.

– No, estoy en Snæfellsnes y la cobertura es infame por aquí -explicó Þóra, confiando en que la mujer fuera por fin al grano-. Viene y va todo el rato.

– Sí, sabía que estabas en el campo. Por eso te llamo. Es que he visto que alguien se llevaba tu todoterreno con la caravana a remolque, hacia las once. Me pareció de lo más extraño. ¿Se lo has prestado a alguien?

– No -dijo Þóra irritada-. Oye, Dísa, muchas gracias. Voy a comprobar si alguien se lo ha llevado prestado. Si no, tendré que llamar a la policía. Gracias otra vez.

Colgó y vio que tenía seis mensajes esperándola. Abrió el más reciente. Decía: llámame enseguida – Gylfi se ha largado llevándose a Soley.

Þóra dejó escapar un profundísimo suspiro. Miró a Matthew y dijo con voz fúnebre:

– Nunca tengas hijos. Conténtate con la niña africana.

LUNES 12 de junio de 2006

Capítulo 20

Þóra caminaba en círculos por el aparcamiento en busca de una buena conexión para su móvil. Matthew la seguía extrañado.

– ¿Por qué no usas el teléfono de la habitación? -preguntó, tiritando para quitarse el frío. La mañana era bastante desapacible y Þóra no sabía muy bien si estaban en medio de un banco de niebla o simplemente había nubes bajas. Había intentado contactar con su hijo Gylfi la noche anterior sin conseguirlo, y quería comenzar el día sabiendo dónde estaban él y la caravana. El muchacho no tenía aún carné de conducir, aunque ya había hecho los cursos. Þóra estaba espantada pensando que podía haberles ocurrido algo. Los mensajes de su móvil habían eliminado de un plumazo el bienestar de que estaba disfrutando hasta entonces. Primero llegaron tres de Gylfi. En el primero, la informaba de su enfado al no poder irse a casa como habían acordado, en el segundo que se marchaba de casa de su padre, y el tercero decía solamente: Eye of the Tiger – me fui. A continuación, habían llegado varios mensajes de su ex, en los que explicaba que Gylfi era inaguantable e indisciplinado y que todo era culpa de ella. Þóra los borró. Gylfi era un estudiante bastante tranquilo y aplicado, y muy lejos de los defectos que le achacaba su padre. Pero era joven y a veces le resultaba difícil controlarse cuando se le obligaba a hacer algo que no le gustaba y, sobre todo, si tenía que asistir calladito a las espantosas canciones de su padre. Eye of the Tiger había sido, evidentemente, la gota que colmó el vaso. Þóra no recordaba que Gylfi se hubiera sentido nunca encantado de ir a casa de su padre. Fueran acompañados o no por la consola de juegos de Sóley y su Sing Star. Después del divorcio, Hannes había comenzado una relación con una mujer a la que le enloquecían los caballos, manía que él había empezado a compartir. Ni Gylfi ni Sóley compartían la afición, y además Gylfi les tenía miedo a los caballos, miedo que había mamado con la leche de su madre. Por eso, le fastidiaba siempre muchísimo ir con su padre, con la amenaza constante de un paseo a caballo en cualquier momento. Hannes era incapaz de comprenderlo, por mucho que Þóra se esforzó en explicárselo, y decía que «había que quitarle esa manía al chico».

Þóra suspiró y esperó respuesta. Estuvo pensando si llamar a los padres de la novia, en caso de que Gylfi no respondiese, pero no le apetecía nada. Evidentemente, Gylfi se la había llevado en su fuga con la caravana, porque a Þóra le había llegado también un mensaje de la madre de la chica, y lo último que quería era dar pie a sus explosiones de soberbia. Pero podía comprender perfectamente que la mujer estuviera furiosa, a ella misma no le habría hecho ninguna gracia si Sóley estuviera a punto de dar a luz a los dieciséis años, y anduviera en un todoterreno, con una caravana a remolque, en compañía de un novio poco mayor que ella. Agradeció que los padres de Sigga no supieran que Gylfi no tenía carné. Por fin respondieron, y la somnolienta voz de su hijo sonó al otro lado de la línea.

– ¿Sí?

– ¿Dónde estás? -bramó Þóra a pesar de que intentaba mantener la compostura.

– ¿Qué? ¿Yo? -preguntó Gylfi como un tonto.

– Sí, claro que tú. ¿Dónde estás?

Gylfi bostezó.

– En algún sitio cerca de Hveragerði, creo. Pasamos ayer por ahí.

Þóra echó sapos y culebras contra sí misma por no haberse aplicado más en viajar con sus hijos por el país. Sabía por experiencia propia que toda la región sur del país era, en la mente de su hijo, por Hvergarði, igual que toda la región norte era por Akureyri.

– ¿Estás en la caravana? -preguntó Þóra, que se apresuró a añadir-: ¿Y con quién estás?

– Ah, Sigga y yo-dijo Gylfi, que añadió arrastrando las palabras-: bueno, y Sóley.

– ¡Sóley! -gritó Þóra-. ¿Cómo se te ha podido pasar por la cabeza llevártela a ella? Ni siquiera tienes carné de conducir, y aunque lo tuvieras, mucho me temo que no estarías autorizado para llevar una caravana durante los primeros meses. ¿Cómo se te ocurre llevarte el coche con una novia embarazada y con tu hermana de seis años?

– Conducir no tiene ningún truco -respondió Gylfi con seguridad varonil-. Y para que lo sepas, Sóley está aquí porque se negó a decirme dónde guardas las llaves del todoterreno si no me la llevaba a ella también. Además, ya estaba más que harta de los alaridos de papá. La pobre ni siquiera podía jugar con su propia consola.

Þóra exhaló un profundo suspiro.

– Mira, Gylfi, cariño -dijo con toda la calma de que fue capaz-. No muevas la caravana ni un metro más. Esta tarde iré a buscaros. ¿Estáis en un camping?

– Ah, no -respondió Gylfi-. Creo que no. Estamos en un sitio en el que he parado.

– Comprendo -dijo Þóra. Cerró los ojos y sacudió la cabeza para quitarse de encima las ganas de chillar-. Entérate de dónde estás exactamente y dímelo. Envíame un SMS, porque la cobertura aquí es terrible. No sigas viaje. No querrás acabar herido en un accidente, tú o cualquier otra persona.

Una vez que Gylfi lo prometió, se despidieron. Þóra tenía que confiar en que la obedeciera. Por regla general, su hijo era obediente, pero si habían aparcado a un lado de la carretera o en lugar igual de inteligente acabarían por tener hambre o se verían obligados a desplazarse a algún sitio mejor. Se metió el móvil en el bolsillo y se volvió hacia Matthew.

– Repito lo que te dije anoche. No tengas hijos.

* * *

Þóra dio rápidos golpecitos en el borde de la mesa con la pluma que sostenía entre el pulgar y el índice.

– ¿Eso te ayuda a pensar? -preguntó Matthew-. Eso espero, al menos, porque yo no consigo hilar ni una sola idea hasta el final con ese golpeteo en los oídos.

Þóra dejó la pluma, se volvió hacia Matthew e hizo una mueca.

– Esto es importante. Estoy intentando mantener la concentración, pero mis hijos metidos en la caravana se me vienen una y otra vez a la cabeza. -Cerró los ojos y respiró hondo-. ¿Cómo se me pudo ocurrir comprar semejante monstruosidad?

– Porque en cuestiones de dinero eres tan previsora como un pececito dorado -dijo Matthew sonriéndole. Se encontraban en la habitación del hotel, Þóra a la mesa y Matthew sentado en la cama. Estaba apoyado contra la cabecera, disfrutando de la vida. Ella estaba sentada en una silla estilo new age elegida, sin ningún género de dudas, por su aspecto y no por su utilidad o su comodidad-. Ponte a escribir lo que ya sabes a ciencia cierta -le ordenó suavemente Matthew, acomodándose aún mejor-. Lo demás vendrá después.

Þóra empuñó la pluma y estuvo pensando un ratito. Se había empeñado en que Matthew y ella repasaran las circunstancias para preparar su reunión con Börkur y Elín, los hermanos que le habían vendido los terrenos a Jónas. Tenía la sensación de que no tendría ninguna otra oportunidad de interrogarlos a fondo, y quería tener las cosas bien claras.

– Vale -asintió, y empezó a escribir.

Cuando levantó la vista, había llenado tres hojas de tamaño DIN-4. Claro que había bastante espacio entre las líneas, así que no era un texto demasiado largo, pero había querido separar bien los detalles que recordaba. Se volvió hacia la cama, encantada consigo misma.

– Despierta -dijo en voz alta al comprobar que Matthew estaba echando una cabezadita.

Matthew se despertó con un respingo.

– Estaba despierto -dijo inmediatamente-. ¿Has acabado?

– Sí -afirmó Þóra, enarbolando sus papeles-. Por lo menos, de momento no recuerdo nada más.

– Cuéntame -pidió Matthew, adoptando una postura más erguida. Al dormirse había ido escurriéndose por la cabecera abajo.

– En primer lugar, están las apariciones del fantasma. He hablado con bastante gente y todos están de acuerdo en que el lugar está embrujado. Aunque la mayoría de la gente de la zona cree en esas cosas, me inclino a pensar que aquí está pasando algo, efectivamente…

Matthew la interrumpió.

– ¿Bromeas? -preguntó-. ¿Crees que la historia de los fantasmas tiene cabida en la realidad?

– No, claro que no-respondió Þóra molesta-. No me has dejado explicarme. Lo que iba a decir era que seguramente se trata de algo que tiene una explicación natural. Gran parte de los habitantes de la zona creen en lo sobrenatural y a lo mejor interpretan de esa forma algún fenómeno extraño: un fenómeno que seguramente se podría explicar de otra forma más racional. Creo que deberíamos intentar descubrirlo. Fantasmas en el jardín, gritos a medianoche, apariciones en las habitaciones.

– Pero fue precisamente en la de Jónas donde apareció el espíritu -dijo Matthew, para aportar más detalles-. Y aunque eso no afecte a lo principal, ¿cómo explicarías esos sucesos? -preguntó entonces-. ¿No será sencillamente cosa de extraterrestres?

– Ja, ja -se rió Þóra-. Lo que yo pensaba era que, a lo mejor, se trataba de Birna y Bergur haciendo el amor por ahí. La sexóloga dijo que practicaban el sexo duro. Quién sabe si soltaban unos gritos tremendos, y los fantasmas que se vieron fugazmente no eran más que ellos buscando lugares apropiados.

– Yo oí esos gritos, y no tenían nada que ver con relaciones sexuales de ningún tipo -dijo Matthew, ruborizándose un poco, porque sabía que Þóra estaba convencida de que habían sido simples imaginaciones suyas-. Además, cuando llegaron a mis oídos, Birna ya estaba muerta.

Þóra lo miró con gesto impenetrable.

– No sé qué decir, pero me permito dudar de que hayas oído nada. Más bien, sospecho que debes de haberlo soñado. -Vio que Matthew estaba a punto de poner algún reparo, y se apresuró a continuar-: Sea como fuere, estoy segura de que aparecerá alguna explicación plausible, y estoy decidida a encontrarla, porque es posible que tenga alguna relación con los crímenes.

– ¿No estarías arruinando al mismo tiempo el pleito de Jónas? Me refiero al del defecto oculto -preguntó Matthew-. Si explicas las apariciones, no habrá nada en lo que basar la reclamación de daños y perjuicios.

– No, naturalmente eso cambiaría todo de forma radical -respondió Þóra-. Pero, en cambio, creo que a Jónas, en realidad, lo que más le saca de quicio en este asunto es que el fantasma ejerce una influencia negativa sobre sus empleados, con las correspondientes consecuencias económicas. Si consigo explicar las apariciones y demostrar que en todo esto no hay nada sobrenatural, se habrá obtenido el resultado deseado. Los empleados recuperarán la tranquilidad y Jónas podrá dejar de preocuparse por las dimisiones y las exigencias de aumento de sueldo.

– Si te creen -señaló Matthew-. Aunque te escuchen, no está claro que te oigan.

Þóra dejó el papel que tenía en las manos, y agarró otro.

– No importa. Al menos, creo que eso lo clarificará todo. -Pasó los ojos por el texto y después levantó la vista-. Y lúego está el asesinato de Birna. En ese asunto hay una serie de cosas que tenemos que ver con más detalle.

– ¿Como qué? -preguntó Matthew-. ¿Ese peculiar cliente tuyo?

Þóra estuvo pensando si lanzarle a la cabeza el cenicero que había sobre la mesa, pero renunció a ello.

– Sí, desde luego. Entre otras cosas -respondió, conteniéndose-. Bien puede ser que esté más involucrado de lo que quiere reconocer. Por ejemplo, nunca me habló de su relación con Birna. No estaría nada mal saber algo más sobre sus relaciones y sobre su ruptura por culpa de una tercera persona.

– ¿Qué opinas sobre el mensaje que le enviaron a Birna desde el teléfono de Jónas? -preguntó Matthew-. ¿Crees que lo hicieron sin que él lo supiera?

Þóra se encogió de hombros.

– No lo sé, realmente no lo sé. Me cuesta mucho creer que Jónas haya asesinado a Birna, le enviase el mensaje o no. Naturalmente, no estará dispuesto a reconocer que ha sido él quien lo escribió, a la vista de lo sucedido. No tiene por qué haberse reunido con ella en ese lugar, aunque haya sido él quien le enviara el mensaje. Quizá sucedió algo que se lo impidió, sencillamente -reflexionó Þóra, que hizo una breve pausa-. De ser así, se podría pensar que Jónas mencionó ante el asesino la cita prevista, y que éste aprovechó la ocasión.

– ¿Quién pudo ser?

– Eso no lo sé, pero quizá pueda recordarlo Jónas -Þóra sacudió la cabeza-. No, qué va. No lo dirá a menos que se vea obligado a reconocer que fue él mismo quien envió el mensaje. No resultará nada fácil obligarle.

– La otra posibilidad es, naturalmente, que el asesino se apoderase del teléfono y enviara el mensaje como si fuera Jónas. Dijo que solía dejarse el móvil en la habitación -recordó Matthew-. Hubo bastantes personas que tuvieron ocasión de hacerlo. Huéspedes del hotel, empleados e incluso asistentes a la reunión espiritista. El problema de esta hipótesis es que la gente del hotel, al menos los que estaban en la reunión, no habrían tenido tiempo de ir hasta allá abajo andando o corriendo y matar a Birna. Es imposible si el crimen se produjo hacia las nueve, como indica la lista de mensajes.

– De acuerdo -dijo Þóra, volviendo a mirar su papel-. Pero también está el granjero, Bergur. Lo he puesto en la parte de abajo del papel, porque está implicado, no sólo por su relación con Birna sino también por ese hombre que encontraron muerto en sus caballerizas. -Miró a Matthew-. Me parece una casualidad muy extraña. Dos cadáveres en tres días, uno el de su amante, y el otro aparece en una de las dependencias de su granja. Me gustaría mucho conocer a ese hombre.

Matthew se limitó a levantar las cejas.

– ¿Has pensado en la mujer de Bergur? Ella tiene un motivo más que suficiente para querer librarse de Birna, ya que convirtió su matrimonio en una pura farsa.

Þóra asintió lentamente con la cabeza.

– Sí, sí que es verdad. Quizá deberíamos ir a visitarla. ¿Qué excusa podemos alegar?

– Podríamos ir con el pretexto de hacer una excursión a caballo -propuso Matthew sonriendo-. Supongo que estará encantada de prestar ese tipo de servicios.

Þóra devolvió la sonrisa.

– Eso podría funcionar si la mujer fuera ciega y tonta. Nadie creería que tú vas preparado para embadurnarte de estiércol. Lo mismo podrías ofrecerte a impartir clases de islandés. -Dirigió los ojos hacia los pantalones perfectamente planchados y la camisa blanca que Matthew llevaba puestos-. O tal vez podrías presentarte como misionero mormón. Ni siquiera tendrías que cambiarte de ropa.

Matthew hizo como si no oyera aquellas palabras.

– ¿Y decir la verdad, sencillamente? -prosiguió-. Reunirnos con ellos sobre esa base, aunque los dos por separado.

– ¿Y cuál es la verdad? ¿Que sospechamos de ella como culpable de un asesinato? -Þóra sacudió la cabeza-. No, gracias. Eso no sirve.

– La verdad tiene muchas caras -dijo Matthew-. Le dices simplemente que estás investigando las apariciones. Eso no es mentira.

Þóra meditó un instante.

– Pues es verdad. Además, es bastante posible que sepan algo sobre la historia de la granja y de la comarca. No es una idea tan disparatada.

– ¿Qué más has escrito? -preguntó Matthew-. ¿No habrás pensado solamente en esas tres personas?

Þóra leyó rápidamente el papel.

– No, qué va. El piragüista, Þröstur Laufeyjarson, me parece muy misterioso. -Miró a Matthew-. Tendremos que hablar con él.

Matthew se encogió de hombros.

– ¿Lo dices porque se escapó al vernos en la playa?

– Entre otras cosas, sí -respondió Þóra-. Y también los dos japoneses resultan un tanto extraños, pero seguramente son simples imaginaciones mías. -Bajó los ojos hacia el papel-. El camarero, Jökull, es también increíblemente negativo en lo tocante a Birna. -Deslizó la mirada por el texto-. Luego está el viejo político, Magnús. Está claro que oculta algo. Por ejemplo, ¿por qué no reconoció que preguntó por Birna al registrarse en el hotel?

– Estás bromeando -dijo Matthew-. Ese hombre es tan anciano que no sería capaz de matar ni a la planta de una maceta. Puede ser que tenga algo que ocultar, por qué no, pero yo no le veo enviando un SMS y luego bajando a gatas hasta la playa con la intención de matar a esa mujer. ¿Y por qué tienes la fijación de que se trata de un hombre? El asesino podría ser perfectamente una mujer.

– ¿Como quién? -preguntó Þóra-. ¿Vigdís, la de recepción? O la sexóloga beoda, Stefanía?

– Sí, precisamente -contestó Matthew-. O la mujer de Bergur, como señalé antes. Sólo estoy indicando que sabes demasiado poco para poder excluir a nadie.

Þóra suspiró.

– Lo sé. Lo siento. -Agarró la última de las hojas-. Y luego hay cosas que quizá no afecten para nada al asesinato de Birna pero que, sin embargo, merece la pena que las tengamos en cuenta.

– Suéltalas -dijo Matthew-. Esto empieza a resultar divertido.

– Deseo saber quién era Kristín -dijo Þóra-. Su nombre está en la agenda de Birna, de modo que es posible que tenga algo que ver con el crimen.

Matthew rió, pero se detuvo de inmediato al comprobar que Þóra le miraba con mala cara.

– Sigue.

– Otra cosa que quiero saber es dónde estaba el estudio de Birna. Estuve en su habitación del hotel, y aunque no soy arquitecta es evidente que no trabajaba allí, o si lo hacía era de forma muy limitada. Ni siquiera había ordenador, por ejemplo.

– ¿Le preguntaste a Jónas por ese detalle?

– Pues no. Sólo pensé en ello cuando estaba poniendo estas cosas por escrito. Pero lo haré, de eso puedes estar seguro. Y si alguien registró su habitación fue porque tenía que andar detrás de algo.

– En eso estoy de acuerdo -dijo Matthew-. Pero si su estudio está en Reikiavik, seguramente la policía lo habrá precintado.

– En realidad, estoy segura de que trabajaba en algún sitio aquí, a juzgar por algunas cosas que dijo Jónas, al menos -señaló Þóra, blandiendo la última hoja-. Y tengo más cosas -dijo mientras leía lo último que había anotado-: Me habría gustado saber dónde está enterrado Grímur. -Levantó la vista para mirar a Matthew-. Y me muero por saber qué le sucedió al joven de la silla de ruedas.

– Cielo santo -exclamó Matthew-. No empieces por ahí.

– Pues sí que lo haré, tengo que saberlo -dijo Þóra con determinación-. Aunque sólo sea porque el camarero se alteró terriblemente cuando mencioné al muchacho. Me pareció muy extraño. -Volvió a mirar el papel-. También tenemos que enterarnos de por qué le preguntó la policía a Jónas por zorros y alfileres y, naturalmente, lo que es ese R-E-R. Y también necesito saber dónde encaja, en todas estas cosas, el hombre muerto.

– Siempre es una ventaja saber lo que quieres -afirmó Matthew-. Algunos no llegan más que a eso.

Þóra no le escuchaba.

– También me gustaría saber un poco más sobre los nazis en Islandia -dijo mientras plegaba los papeles.

El suspiro de Matthew fue tan fuerte que Þóra tuvo la sensación de que le había dado un ataque de apendicitis.

– Nazis -repitió Matthew con cara de pocos amigos-. Tampoco podían faltar.

Capítulo 21

Þóra tuvo la sensación de haber retrocedido en el tiempo cincuenta años por lo menos. Estaba sentada en una sala repleta de muebles de madera barnizados.

– Digamos que Jónas está bastante disgustado por el hecho de que no mencionaran este asunto al realizar la compraventa -decía Þóra ligeramente recostada en el respaldo, haciendo crujir los muelles del viejo sofá. Era un armatoste, con asientos más profundos de lo habitual, de modo que cuando por fin consiguió encontrar el respaldo, se dio cuenta de que estaba estúpidamente echada hacia atrás, y se apresuró a incorporarse. Lo peor era que su estatura le habría permitido inclinarse hacia el respaldo del sofá sin que los pies se le quedaran colgando en el aire, pero ya importaba poco. Los dos hermanos, Börkur y Elín, la habían llamado aquella misma mañana para rogarle que fuera a su casa de Stykkishólmur. Þóra decidió aceptar en lugar de hacerles acudir al hotel. En realidad, acogió aquel cambio con satisfacción, pues estaba deseando salir del entorno del hotel, aunque sólo fuera para aclararse las ideas.

La alta casa era una de las más señoriales de la ciudad. Resultaba evidente que habían invertido en ella mucho dinero, y estaba bien conservada. Þóra pensó que probablemente se trataría de la casa del bisabuelo, el que se había enriquecido como armador de barcos de pesca y había conseguido sacarle todo el jugo posible a aquel negocio antes de la llegada de los tiempos de los arrastreros. Matthew se había quedado admirado por aquella casa de chapa de zinc. Estaba elegantemente pintada y el frontispicio, las paredes y los aleros, todos blancos, llamaban la atención. Había preferido quedarse fuera para que la conversación pudiera llevarse a cabo en islandés y para tener, además, ocasión de echar un vistazo a la ciudad. De modo que Þóra estaba sola, bajo la mirada escrutadora de Börkur y Elín, sentados frente a ella, con las manos sobre los imponentes brazos de sus sillones, en actitud autoritaria.

– Eso no son más que viejas habladurías. Jamás se me habría ocurrido pensar que tuvieran nada que ver con el presente. Sandeces. Es que no sé ni qué decir -exclamó secamente Börkur-. Y lo único que puedo pensar es si mencionarlo hubiera cambiado algo. -Prosiguió-: Ese hombre tenía unas ganas terribles de cerrar la compra. Ni siquiera mostró interés alguno por la licencia de pesca de salmón en el río, ni otras cosas que podían haberle sido útiles.

– Teniendo en cuenta la clase de actividad a la que se dedica, estoy segura de que a Jónas le habría parecido importante, de haberlo sabido -dijo Þóra con una sonrisa de cortesía-. Y mucho. Los salmones y otras cosas similares están en un segundo plano en este contexto, pero lo sobrenatural no.

Börkur resopló.

– ¿Y qué piensa hacer con esta estupidez? ¿Conseguir una rebaja en el precio de compra?

– Por ejemplo -respondió Þóra-. Esa sería una posibilidad.

– Jamás he oído una cosa semejante -dijo Börkur indignado-. ¿Deberíamos buscarnos un abogado? -Miró a su hermana, en cuyo rostro parecía haber una nube de tormenta.

Elín estaba sentada al lado de su hermano, sin hacer un solo gesto.

– Quizá debiéramos hablar del asunto un poco más. A ver si es posible encontrar alguna salida. -Se dirigió a Þóra-: ¿O no? ¿O a lo mejor Börkur tiene razón?

– Si yo pensara que la única solución es una rebaja o una compensación por daños y perjuicios, me habría limitado a enviarles una carta -respondió Þóra-. He venido para discutir el asunto y ver si podemos solucionarlo de alguna otra forma.

– Daños y perjuicios -refunfuñó Börkur-. Soy yo quien tendría que reclamar daños y perjuicios. Tendría que estar trabajando, en vez de estar aquí sentado hablando de estas estupideces.

– Venga, hombre -dijo su hermana Elín, molesta-. Tus empleados estarán contentos de librarse de ti durante un rato. A lo mejor hacen un fondo común para que no vuelvas.

El rostro de Börkur se puso rojo como la sangre, pero decidió no responder. En lugar de eso, volvió a dirigirse a Þóra.

– Tengo una propuesta -bramó-. Dígale a Jónas que nos reímos de esta estupidez suya y que todo el mundo hará lo mismo. Dudo mucho que haya un solo juez hoy en día que esté dispuesto a admitir un pleito por daños y perjuicios basado en apariciones fantasmales. -Jadeó durante un momento antes de continuar-: Tiene que ser bastante difícil encontrar abogados como usted, dispuestos a aceptar casos tan estúpidos como éste.

A Þóra no le hizo ninguna gracia que la consideraran una abogaducha de. tercera, pero decidió controlarse. Sabía por experiencia propia que quien pierde los estribos en una discusión, acaba derrotado.

– Naturalmente, ustedes son muy libres de decidir qué prefieren hacer -dijo imperturbable-. Pero me permito señalarles que a los jueces les pone muy nerviosos que la gente no haga un esfuerzo por solucionar sus asuntos antes de llegar hasta ellos. Los tribunales son el último recurso, no el primer escalón, para casos como éste.

Elín puso la mano sobre los dedos de su hermano, que apretaban con fuerza el tapete de la butaca.

– Entiendo -le dijo a Þóra sin mirar a su hermano-. Pero ¿de qué otra manera se puede solucionar? ¿Tiene usted alguna propuesta que hacernos al respecto? -Miró a su hermano y le sonrió con calma-. Estamos abiertos a todo.

– ¿Contratar un exorcista, quizá? -gruñó Börkur-. ¿No sería lo más práctico?

Þóra fingió no haberle oído, y se dirigió a Elín:

– Quizá una forma de empezar sería que me contasen, por ejemplo, si ustedes mismos vieron apariciones en el lugar.

– Sí, ¿por qué no? -respondió Elín, aflojando un poco la presión sobre los dedos de su hermano-. Porque a eso es muy fácil responder. Yo jamás he notado absolutamente nada extraño allí, aunque no haya vivido mucho tiempo en la casa. Nuestra madre creció en Kreppa con el abuelo Grímur. Nuestro tío abuelo Bjarni era el dueño de Kirkjustétt, donde se construyó el hotel, pero murió hace mucho. Si hubo historias asociadas a la propiedad, no hay muchas posibilidades de que nosotros llegáramos a oírlas.

– ¿Y usted? -preguntó Þóra a Börkur-. ¿Percibió alguna cosa u oyó hablar de algo relativo a apariciones en cualquiera de las granjas, o en la comarca?

Börkur sacudió la cabeza.

– Claro que no. Allí no hay nada que notar ni que oír. Yo no me pliego a hablar de semejantes estupideces. -Y añadió tormentoso-: Y además, yo he vivido allí menos aún que Elín.

Þóra se volvió de nuevo hacia la hermana.

– ¿Y cómo es posible que las granjas estén en tan buen estado de conservación? Yo no vi Kirkjustétt antes de que se construyera el hotel, pero estuvimos visitando Kreppa y puedo imaginar que la casa estará en un estado similar al que tenía Kirkjustétt.

– Sí, es cierto -respondió Elín con calma-. Nos ocupamos de que se atendiera al mantenimiento de las casas. -Movió en círculo una mano para llamar su atención al salón en el que se encontraban-. Esta casa pertenece a la familia desde que la construyó mi bisabuelo. La utilizamos como segunda residencia cuando venimos a la región. Es mucho más grande y no está tan aislada como las dos viejas granjas. Mi hermano y yo no visitamos este lugar con tanta frecuencia como para que resultara conveniente dividirla.

– Pero entonces, ¿por qué mantener las otras granjas? ¿No era un gasto superfluo? -preguntó Þóra.

– Bah-dijo Elín-. Para nuestra madre eran importantes cuando tenía salud y energía para ello. No quería deshacerse de nada, su intención era volverse al campo cuando envejeciera, y estaba empeñada en que todo siguiera como había estado siempre. Pero no pudo hacerlo, porque aquí no hay tantos servicios como en las ciudades para los ciudadanos de la tercera edad. -Levantó la cabeza con orgullo-. Pese a todo, conservamos las casas incluso después que nuestra madre enfermase, porque se nos ocurrió la idea de que, con el tiempo, los hijos de Börkur y los míos tuvieran cada uno su granja. Aunque mi hermano y yo no hemos tenido problema para compartir la casa, pensamos que tal vez más adelante nuestros hijos desearían poder venir aquí con sus familias.

– ¿Y por qué las vendieron, entonces? -preguntó Þóra-. Conservaron las granjas durante decenios para sus hijos, pero cuando éstos se hicieron adultos, decidieron deshacerse de ellas. -Añadió, para explicarse-: He conocido a su hija Bertha, y calculo que el resto de sus hijos tendrán edades similares.

Elín sonrió de forma calculada.

– Sí, así son las cosas. Yo sólo tengo una hija, pero Börkur tiene dos hijos. Ninguno de los dos ha mostrado interés alguno por Snæfellsnes, de modo que es inútil seguir conservándolo todo.

– Pero ¿y su hija Bertha? -preguntó Þóra-. La conocí aquí y he creído entender que viene bastante por la región.

En el rostro de Elín volvió a dibujarse la misma sonrisa fría.

– Bertha viene mucho por aquí, tiene razón. Pero Börkur y yo hemos acordado que yo le compraré su parte de esta casa, y no es necesario que mi hija y yo tengamos dos residencias en la comarca. En realidad, ya nos estamos deshaciendo de algunas cosillas.

– ¿Así que tienen más tierras en la península? -preguntó Þóra.

– Sí -respondió Börkur, muy satisfecho-. Sí que las tenemos.

Þóra frunció el entrecejo.

– ¿Pero entonces por qué le vendieron a Jónas sólo una parte? -preguntó extrañada. Siempre había pensado que lo último que se vende es lo que tiene valor sentimental para la familia.

– Jónas estaba buscando tierras con antiguas edificaciones -respondió Börkur, tan enfadado como antes-. Se quedó entusiasmado con esos terrenos en cuanto supo que no había una, sino dos granjas.

– Nos hizo una oferta muy buena, como sabe usted perfectamente -añadió Elín-. Había llegado el momento de tomar una decisión definitiva, y el resultado fue el que todos conocemos.

Þóra meditó si debía indagar más sobre las circunstancias de fondo de la venta. Todo aquello le resultaba bastante inverosímil, y su impresión se vio reforzada por la frialdad con que Elín le respondía. Por miedo a que la mujer se molestara por tantas preguntas sobre el mismo asunto, Þóra decidió cambiar de tema.

– ¿Conocen bien la historia de las dos granjas?

– ¿Bien? -exclamó Elín con tono de sorpresa-. Naturalmente que la conocemos, pero, por desgracia, yo soy pésima en genealogía e historia. -Levantó las manos y volvió las palmas hacia Börkur-. Y lo mismo puede decirse de mi hermano.

Börkur se limitó a erguirse y carraspear.

– Siempre he pensado dedicarme más a fondo a esos asuntos, pero estoy tan ocupado que nunca encuentro el tiempo para hacerlo.

– Pero tienen que haber oído historias a lo largo de los años; de su madre, por ejemplo -indagó Þóra-. ¿No recordarán algo concerniente a las granjas?

– Nuestra madre no hablaba mucho de su vida aquí -respondió Elín-. Se trasladó a Reikiavik con el abuelo cuando era todavía muy joven. -Elín bajó la vista hacia su regazo-. Su vida no fue precisamente un camino de rosas. La abuela Kristrún se murió cuando ella no era más que un bebé, y tenemos entendido que el abuelo Grímur no fue un padre, digamos, modélico. Tuvo que bregar con muchos problemas, nunca volvió a ser el mismo tras la muerte de la abuela. -Elín levantó los ojos y miró de nuevo a Þóra a la cara-. Pero, por desgracia, no le recuerdo, de modo que no puedo juzgar si era o no una mala persona.

Þóra torció el gesto.

– ¿Por qué habla así de él? ¿Le hizo algo malo a su madre?

– A su manera, sí -contestó Elín-. Se suicidó. Mamá tenía sólo diecinueve años, y lo único que sé es que nunca dejaría que un hijo mío descubriera que he muerto de esa forma. En mi opinión, no fue un buen padre, a pesar de todo lo demás que se pueda decir de él.

– No seas así -intervino bruscamente Börkur-. Sabes perfectamente que el buen hombre estaba enfermo. No puedes pretender que un hombre psicológicamente hundido vaya a cumplir hasta la última norma moral de la sociedad. Eso son puros y simples prejuicios, nada más.

Elín le miró con enfado, pero no le respondió. Se volvió hacia Þóra.

– Naturalmente, mi hermano ve las cosas de forma diferente. Yo quiero tanto a mi madre que no puedo evitar la ira al pensar en el daño que le hizo. -Echó un vistazo a su alrededor-. Estoy segura de que mamá tenía un enorme aprecio a las tierras de la península, pues mientras vivió aquí todo iba a pedir de boca. Pero, cuando se trasladaron a la capital, el abuelo enfermó. Ella quiso conservar en la memoria sus recuerdos de una infancia llena de felicidad.

– Comprendo -dijo Þóra-. Sería difícil. -Dirigió una sonrisa de simpatía a los dos hermanos, y continuó-: Estuve viendo la lápida de su abuela en el cementerio próximo al hotel, y su abuelo Grímur no parece estar enterrado a su lado. Si me permiten la pregunta, ¿a qué se debe?

Los labios de Elín se apretaron un poco.

– Mamá siempre dijo que había tomado esa decisión tras su muerte. Él nunca expresó deseo alguno sobre el lugar dónde quería ser sepultado, y ella tampoco tenía el menor deseo de que lo enterraran en la región. Yo diría que prefirió tenerlo cerca de ella, y por entonces vivían en Reikiavik.

Þóra pensó que era una explicación extraña. Se acomodó en el sofá.

– Y díganme, ¿saben algo sobre la historia de su tío abuelo Bjarni, que vivió originalmente en Kirkjustétt?

– Murió joven, de tuberculosis -respondió Börkur, contento de ser el primero en responder-. Perdió a su mujer también joven, de modo que la historia de los dos hermanos no deja de ser parecida.

– Ella también murió -dijo Þóra-… me refiero a su hija Guðný. De tuberculosis, ¿no?

– Sí. -Elín se apresuró a intervenir. A juzgar por su gesto, no le gustaba nada que su hermano le quitara la palabra-. Los dos enfermaron y se negaron a ir a la capital a recibir tratamiento al hospital. A saber si aquello hubiera podido cambiar las cosas. No sé prácticamente nada sobre la tuberculosis. Sé que nuestro abuelo les estuvo tratando lo mejor que pudo, porque era médico. Pero, desgraciadamente, no sirvió de nada.

Þóra se inclinó un poco hacia delante.

– Sé que les parecerá una pregunta muy incómoda, pero tengo que hacerla, de todos modos. -Hizo una breve pausa. Los hermanos se quedaron inmóviles, tensos-. He oído hablar de que en la granja hubo prácticas incestuosas, que Bjarni abusaba de su hija. ¿Puede ser cierto eso?

– No -replicó Elín con voz dura-. Todavía siguen con esa cuestión. Es una demostración de lo poco que había que hacer aquí en aquellos tiempos. La gente no tenía otra ocupación que inventarse chismes sobre las personas respetables que ya habían muerto y no podían defenderse de las habladurías. -Elín calló, con el rostro púrpura. Evidentemente, no era la primera vez que oía aquello.

– ¿Cómo puede estar tan segura? -preguntó Þóra con toda la cautela que pudo-. Quizá su madre no hablaba de ello por lo joven que era ella en aquella época y, como usted misma dijo, usted no conoció a su abuelo, de modo que difícilmente se lo habría podido contar él.

Elín miró fijamente a Þóra, con furia en los ojos.

– Oí a mi madre rechazar esa historia con tal determinación, que no me cabe la más mínima duda de que es un puro y simple infundio. -Apretó los labios-. Pero no veo el objeto de esta conversación. Si no tiene usted nada más inteligente que preguntarnos, creo que deberíamos concluir esta entrevista ahora mismo.

– Le pido mil disculpas -dijo Þóra, compungida-. No necesito seguir hablando de estas cosas. -Intentó desesperadamente sacar a colación cualquier otra cosa para evitar que la echaran sin más-. ¿Saben ustedes si los hermanos tuvieron algún desencuentro? -preguntó a toda prisa-. Tengo entendido que estuvieron años sin hablarse.

Elín estaba aún demasiado enfadada para responder, así que quien lo hizo fue Börkur.

– Fue cosa de sus esposas. Chocaron entre ellas y arrastraron a los dos hermanos. Creo que nadie sabe exactamente cuál fue el motivo de la disputa entre la abuela y su cuñada, pero fue suficientemente serio como para que no pudieran solucionarlo entre los hermanos, incluso después de la muerte de las dos mujeres. La familia es conocida por su intransigencia y su afán de venganza.

Elín intervino.

– Mamá me dijo que la abuela Kristrún perdió un niño, y que en su desesperación le echó la culpa de haberle matado a su cuñada Aðalheiður. Semejante acusación carecía del más mínimo fundamento, el niño enfermó y murió, ya está, pero el estado psíquico de la abuela empezaba ya a ser delicado en aquel entonces. Bjarni, el hermano del abuelo, se sintió enormemente ofendido al ver a su mujer acusada de semejante atrocidad, y tuvieron los dos un enfrentamiento tremendo, aunque creo que se habían reconciliado cuando murió Bjarni, pues tengo entendido que el abuelo se portó muy bien con él, y lo atendió durante su enfermedad, en una época en que nadie se atrevía a acercarse por miedo al contagio.

Þóra asintió.

– ¿Saben si hubo un incendio en alguna de las granjas? -preguntó; ante sus ojos veía el dibujo de una casa en llamas que habían encontrado en la mesa de la habitación infantil de Kreppa.

– ¿Un incendio? -dijeron los hermanos a coro. Elín sacudió la cabeza-. No, jamás he oído nada al respecto. Las granjas son las originales.

Þóra asintió.

– ¿Y les suena el nombre de Kristín en relación con las granjas?

– No había ninguna Kristín, que yo recuerde -dijo Börkur sin alterarse lo más mínimo con la pregunta-. Pero tiene que haber existido alguna Kristín en el vecindario. Sólo que no recuerdo haberla oído mencionar nunca. -Elín se contentó con sacudir la cabeza.

Þóra se esforzó todo cuanto pudo en la formulación de la siguiente pregunta, que preveía que sería la última.

– ¿Saben si alguno de los dos hermanos, o los dos, fueron miembros del Partido Nacional durante los años de la guerra?

– ¿El Partido Nacional? -repitió Börkur con el rostro enrojecido-. ¿Se refiere a los nazis?

– Sí -dijo Þóra.

– Esto ya es demasiado -dijo Elín, que golpeó las manos contra los brazos del sillón y se puso en pie-. Me niego a seguir perdiendo el tiempo con estas imbecilidades.

Þóra se levantó también.

– Para hablar de otra cosa, finalmente, supongo que habrán oído hablar de la mujer que asesinaron allí cerca justo antes del fin de semana. Ahora se ha cometido otro crimen. Todo parece indicar que ayer por la tarde. ¿Estaban ustedes de camino hacia aquí la noche en cuestión?

En el fondo, los dos hermanos eran exactamente iguales. El gesto de ira que se dibujó en ambos rostros casi al mismo tiempo puso de relieve su enorme parecido.

– La única respuesta educada que se me ocurre a esa pregunta tan ambigua es «no»: ninguno de nosotros tiene nada que ver con esos crímenes. Es mejor que se marche -dijo Elín con sequedad-. Fantasmas, incesto, nazis y asesinatos. No aguanto más majaderías.

* * *

Matthew se encontraba esperando en la calle delante de la casa, apoyado confortablemente sobre una farola, pero se enderezó cuando Þóra apareció en la puerta. Oyó un sonoro portazo cuando llegó a la escalera de la calle, lo que provocó que una amplia sonrisa se dibujara en los labios del alemán.

– ¿Preguntaste por el muchacho quemado? -dijo mientras caminaba hacia ella.

– No -contestó Þóra decepcionada-. Desgraciadamente no me dio tiempo.

La sonrisa de Matthew se hizo aún más amplia.

– No importa -dijo-. Ven. Tengo que enseñarte una cosa.

Capítulo 22

– ¿Qué es eso? -preguntó Þóra, dándose media vuelta delante del pequeño escaparate de la tienda. No le resultaba fácil comprender la sincera alegría de Matthew al enseñarle aquellos cachivaches dispuestos sobre las polvorientas y blancas estanterías de madera del escaparate-. Un montón de tazas viejas, ¿y qué?

– Mira -dijo él decepcionado, señalando un objeto pequeño que estaba entre la figurita de una perdiz nival y un florero con una Rósa pintada.

Þóra se acercó más al escaparate y pudo ver que se trataba de una medalla de plata con un casco y dos espadas. Por el lugar de la estantería en que se encontraba, Þóra apenas podía verla sin ponerse de puntillas.

– ¿Qué es eso? -preguntó.

– Es una condecoración alemana de la Segunda Guerra Mundial -explicó Matthew satisfecho de sí.

– ¿Y? -preguntó Þóra-. ¿Quieres comprarla?

Matthew se echó a reír.

– En realidad, no -dijo, señalando la puerta de la tienda-. Pero he visto pasar al vendedor y parece más viejo que los trastos que vende. Se me ocurrió que podríamos entrar y preguntarle sobre los nazis de Snæfellsnes. Seguramente él sabrá algo de cualquier cosa que le preguntemos. Esa condecoración nos proporcionará una excusa estupenda para hablar con él.

– Ajá -exclamó Þóra-. Ya voy comprendiendo.

Al entrar en la tienda, les recibió un sonoro timbrazo, procedente de una campanilla que había en la puerta. Þóra no comprendió para qué hacía falta un timbre, pues la tienda era tan pequeña que difícilmente pasaría desapercibida cualquier persona que entrara. No había un palmo de espacio que no estuviese repleto de cosas, con lo que el lugar parecía más pequeño todavía. Las atiborradas estanterías que cubrían todas las paredes casi llegaban al techo. Había una escalera apoyada sobre una de ellas. Los objetos estaban llenos de polvo, lo que no indicaba precisamente que el negocio fuera viento en popa. En la parte interior de la tienda estaba un anciano canoso detrás de una mesa igual de vieja, sobre la que se apoyaba una caja registradora tan antigua que Þóra dudó que cumpliera las normas del Ministerio de Hacienda. Después de echar un vistazo, se fueron aproximando al mostrador, pasando por el medio de toda clase de mueblecitos viejos que estaban amontonados por el suelo para aprovechar al máximo el reducido espacio.

– Buenos días -saludó Þóra, sonriendo al vendedor, cuando llegaron por fin hasta el mostrador sin romper nada milagrosamente.

– Buenas -respondió tranquilo el hombre, sin sonreír-. ¿En qué puedo ayudarles?

– Este amigo mío es de Alemania, y ha visto en el escaparate una insignia que le ha llamado la atención -respondió Þóra-. ¿Podríamos echarle un vistazo?

El anciano asintió y fue hasta el escaparate, abriéndose paso entre los trastos.

– Sí, esto lleva aquí mucho tiempo, se lo aseguro -dijo mientras alargaba un brazo para coger el objeto-. En realidad es una condecoración, no una insignia. -Se dio la vuelta con la plaquita de plata en la mano y la puso sobre el mostrador-. Una condecoración que se concedía a los heridos.

– Ah -exclamó Þóra levantando el objeto. La condecoración, como había podido ver, tenía grabado un casco y dos espadas, pero ahora se daba cuenta de que en el casco había una cruz gamada. La medalla estaba orlada con hojas de laurel-. ¿Así que se la concedían a los soldados que resultaban heridos en la guerra? Pues habrá muchas en circulación, supongo.

El anciano puso un gesto de reproche y Þóra se arrepintió de haberlo dicho. Sin duda, el hombre pensaría que estaba regateando. Le quitó la medalla.

– Sí que se concedieron muchas, es cierto. En el momento álgido de la guerra empezaron a honrar también a civiles heridos en los bombardeos. Pero ésta es especial, porque es de plata. De acuerdo con la gravedad de las heridas, había tres clases. Normal, plata y oro. La normal se solía conceder por heridas en el campo de batalla. Era la más corriente.

– ¿Qué clase de herida había que tener para conseguir la de plata? -preguntó Þóra.

– Había diversas heridas que proporcionaban la condecoración en plata, por ejemplo la pérdida de algún miembro. También por daños cerebrales leves. -El hombre levantó la medalla e hizo que la luz del sol cayera sobre ella-. Esta condecoración no es de las que más codiciaba la gente, se lo aseguro.

– ¿Y la de oro, entonces? -añadió Þóra-. Creo que prefiero no saber lo que había que sufrir para ganarse una de oro. -Sonrió al anciano-. Mi amigo está muy interesado en comprarla. -Señaló a Matthew con el dedo-. ¿Sabe algo sobre su origen?

El anciano sonrió.

– Desgraciadamente, no. La conseguí hace varios decenios con otras pertenencias procedentes del legado de un difunto. No iba acompañada de historia alguna sobre cómo llegó a él.

– Pensaba que quizá pudiera haber pertenecido a algún islandés -dijo Þóra-. Eso la haría aún más interesante.

– No tengo ni idea -explicó el anciano-. Puede ser, pero lo pongo en duda. Creo que sólo la recibían los alemanes, al menos si se trataba de civiles.

– ¿No hubo islandeses que lucharon junto a los alemanes? A lo mejor esta medalla se la dieron a uno de ellos -señaló Þóra, confiada en que aquello le diera pie a hablar de los nazis de Snæfellsnes.

– Creo que fueron muy, muy pocos. Un puñado de locos fue a la guerra junto a los alemanes en Noruega, e incluso en Dinamarca, pero creo que ninguno de ellos puso jamás un pie en el campo de batalla. -El hombre dejó la insignia sobre el mostrador-. No fueron héroes precisamente los que hicieron esas grandes hazañas en este país. Unos tontos de cuidado. Creo que les atraía sobre todo el uniforme.

– ¿Ah, sí? -dijo Þóra-. Tengo que reconocer que no sé prácticamente nada sobre lo que pasó en Islandia. ¿Acaso hubo un movimiento nazi en este país?

– Sí, sí que lo hubo -informó el anciano-. Eran los nacionales, sobre todo chicos jóvenes que se divertían desfilando con banderas y pegándose con los socialistas. Creo que estaban movidos, mucho más que por algún ideal, por puros sentimientos infantiles.

– ¿Ese movimiento estuvo extendido por aquí, en Snæfellsnes? -preguntó con cara de inocente.

El anciano se rascó la cabeza. Þóra se percató de que tenía el pelo bastante espeso para un hombre de su edad, aunque ya estuviera todo canoso.

– Afortunadamente, aquella locura nunca se asentó con fuerza en esta zona -dijo, mirando a Þóra con unos ojos incoloros y acuosos-. Hubo un hombre aquí, al sur de la península, que se impuso la misión de hacer proselitismo y reunir gente, pero enfermó antes de conseguir nada. Los jóvenes de esta región con los que intentó formar un grupo de nacionales perdieron el interés enseguida, en cuanto él dejó de intervenir directamente. Nunca se llegó a nada.

Þóra sintió ganas de gritar hurra, pero se contentó con decir, con tono de indiferencia:

– Sí, tiene razón. ¿No sería quizá Grímur Pórólfsson, granjero de Kreppa? -dijo, cruzando los dedos con la esperanza de acertar. Aquello explicaría los objetos nazis de la caja, si el individuo en cuestión había sido el abuelo de Börkur y Elín.

El anciano entornó los ojos y miró dubitativo a Þóra.

– Yo creía que usted no sabía nada de esto -dijo-. A la vista de lo que sabe, me parece que estoy haciendo el tonto.

– Bueno, sólo sé algo sobre esa familia -se apresuró a responder Þóra-. No sé nada sobre el movimiento nacional. -Se volvió hacia Matthew y le guiñó un ojo en tono cómplice que el hombre no vio-. ¿Bueno, qué, compramos la insignia?

– Condecoración. -La corrigió, sacando su cartera con reticencia-. ¿Cuánto cuesta?

El vendedor mencionó una cantidad que, a juzgar por el gesto de Matthew, no era ninguna ganga. Pero pagó sin decir nada y se dio la vuelta hacia Þóra mientras el hombre empaquetaba la condecoración, y le preguntó:

– ¿Cuándo es tu cumpleaños? Tengo un regalo para ti.

Þóra le sacó la lengua y se volvió entonces hacia el hombre para recoger la medalla empaquetada.

– Muchas gracias -dijo, y se dirigieron a la salida por una escalera que crujió bajo su peso. Cuando llegaron a la puerta, Þóra se volvió, decidida a hacer un último intento de sacarle el nombre del campesino. Pero no tuvo ni que abrir la boca.

El anciano seguía en su lugar, detrás del mostrador, sobre el que tenía apoyadas las manos. Miró fijamente a Þóra, con gesto impenetrable, pero habló antes de que surgiera la pregunta.

– Bjarni -dijo el anciano en voz alta y clara-. El hermano de Grímur. Bjarni Pórólfsson, que vivía en Kirkjustétt.

* * *

– No hay duda de que Bjarni fue un tipo simpatiquísimo -dijo Matthew, dejando la medalla sobre la mesa que les separaba-. Abusa de su hija y difunde el nazismo. -Dio la vuelta a la medalla para que el casco y las espadas apuntaran en dirección contraria a Þóra-. Creo que estarás realmente guapa con esto al cuello.

Þóra empujó la medalla a un lado.

– ¿Estás loco? -preguntó-. Nunca me pondría eso. Es un objeto maldito. Podría hacer creer que he sufrido daños cerebrales leves. -Agitó las manos hacia el plato que estaba delante de Matthew-. Come, no suelo invitar nunca a nadie. -Estaban en un pequeño restaurante, al que Þóra había invitado a Matthew como compensación por el dinero gastado en la compra-. Esto es por la medalla, recuerda.

Llenó de pasta su tenedor y se lo metió en la boca. Después de tragar, levantó la vista y dijo:

– Pues sigo sin tener clara la relación de todo esto con Birna. En realidad, estoy igual que antes.

– Tengo que decir que no se puede construir mucho sobre la foto de una cruz gamada.

– No, quizá no -respondió Þóra-. Pero tengo la sensación de que todo esto tiene importancia.

– A veces vale la pena hacer caso a las intuiciones -señaló Matthew-. Pero por desgracia no siempre es así. -Tomó un sorbo de agua con gas-. Lo mejor sería que pudieras proporcionar alguna base a tu intuición. Preferiblemente algo tangible.

Þóra jugueteaba en la pasta con el tenedor. Levantó los ojos con gesto alegre.

– ¿Sabes lo que tendría que hacer?

– Ummm, ¿dejar de darle vueltas a todas estas cosas y que la policía se encargue de la investigación?-respondió Matthew esperanzado.

– No -contestó Þóra-. Tendría que entrar en la red y sentarme más rato a leer el diario de Birna. No lo estudié demasiado a fondo porque tenía mala conciencia. Puede ser que haya pasado por alto alguna cosa. -Chocó su vaso de agua con gas con el de Matthew-. Brindo por ello.

* * *

Þóra estaba en la recepción delante de un ordenador que los huéspedes utilizaban para conectarse a Internet. Tenía un portátil en la habitación, que debía permitir la conexión inalámbrica a la red, pero después de diez intentos inútiles de conectarse, se rindió y arrastró consigo a Matthew. Señaló la pantalla.

– Éste tiene que ser. Grímur Pórólfsson nace el año 1890 en Stykkishólmur y muere el año 1957 en Reikiavik. -Había entrado en la página web de los registros de enterramientos de los cementerios de Reikiavik y allí había encontrado el nombre de Grímur. Hizo clic en el nombre y leyó en la pantalla-: Cementerio de Fossvogur. Parcela H-36-0077. -Miró triunfante a Matthew.

– No tengo ninguna intención de destruir tu felicidad, pero ¿qué sacamos de eso? -preguntó.

– Me guía la curiosidad de saber lo que pone en su lápida. Quién sabe si a su lado está enterrada Kristín. Desgraciadamente, no se puede buscar en los números de parcela, de modo que tengo que enviar a alguien a averiguarlo.

– ¿A quién? -preguntó Matthew-. Espero que no sea a los fugados de la caravana.

– No -respondió Þóra-. Al ángel de la guarda, Bella.

* * *

– Sí, Bella. Te estoy pidiendo que vayas al cementerio de Fossvogur y me busques una lápida. -Þóra suspiró en silencio y puso cara de desesperación para que la viera Matthew-. Sí, y que me digas lo que pone en la lápida y si hay enterrada alguna Kristín con él o a su lado. -Guardó silencio un momento mientras escuchaba las objeciones de la secretaria, pero enseguida acabó por interrumpirla-. Claro que me doy cuenta de que no puedes estar al mismo tiempo en la oficina y en el cementerio de Fossvogur. No te llevará mucho tiempo. Puedes desviar las llamadas a tu móvil, y antes de que te des cuenta estarás de vuelta en tu sillita. -Þóra tenía la mano en la frente mientras escuchaba-. Estupendo. Y dime lo que encuentras. -Colgó-. Puf ¿Por qué no podré tener tina secretaria normal, de las que se alegran de salir al aire libre de vez en cuando? Aunque sea para ir a un cementerio.

Matthew sonrió.

– Es una chica estupenda. Sólo tienes que darle una oportunidad. -Estaba tumbado en la cama y feliz con la creación y todas sus criaturas, Bella incluida. Gracias a ella, Þóra y él dispondrían de un tiempo para ellos mismos, pues de otro modo le habría tocado a él hacer la comprobación. Bella no respondió al teléfono cuando Þóra intentó localizarla por primera vez. Tampoco a la segunda ni a la tercera. Así que Þóra decidió darle media hora antes de realizar el cuarto intento.

Þóra tenía el albornoz puesto y estaba bebiendo café que había preparado en una diminuta cafetera que había en la habitación del hotel. Delante de ella, en una mesita auxiliar, estaba la agenda de Birna. Movió el dedo con energía sobre una de las páginas.

– Esto resulta un tanto extraño. -Miró a Matthew, que estaba adormilado debajo del edredón de la gran cama.

– ¿Estás asegurándote de que tus huellas dactilares queden bien visibles en la agenda, por si cae en manos de la policía? -preguntó somnoliento.

– No, escucha -dijo Þóra excitada-. En esta plana, debajo de la cruz gamada, ha estado apuntando cosas de las cajas que yo estuve mirando en el sótano. Reconozco las descripciones de algunos objetos que había en ellas. -Levantó el librito y le enseñó a Matthew las páginas en cuestión-. Mira, aquí hay una lista en la que apuntó los objetos que contenían. Quizá anotó lo que pensaba que podría utilizar, o las cosas que le interesaron por el motivo que fuera. Tiene que haber visto lo mismo que yo, incluyendo la bandera nazi. Aunque aquélla fue la primera caja que abrí, ella no tuvo por qué ir viéndolas en el mismo orden.

– ¿Y? -preguntó Matthew-. ¿Qué significa este espléndido descubrimiento que has hecho?

Þóra dejó la agenda.

– No lo sé -respondió, pasándola la página en la que estaba dibujada la cruz gamada-. Pero lo que está perfectamente claro es que tenía algo muy metido en la cabeza, a la vista del cuidado con que dibujó el símbolo y las veces que lo repasó. Mira. -Levantó la agenda y se la puso a Matthew delante de los ojos.

– Espera a cumplir los cuarenta -dijo él sentándose en la cama para ver mejor el librito. Entornó los ojos y luego volvió a recostarse en la almohada-. Sí, se esforzó mucho en ese dibujo, eso es totalmente cierto. ¿Qué escribió ahí, alrededor de él?

– Cosas diversas -dijo Þóra-. Parte no resulta legible porque ha hecho unos garabatos, pero veo que pone ¿¿Cruz gamada?? Y después ¿¿Y quién era ése?? Luego hay un número de teléfono, pero desgraciadamente no puedo leerlo bien, porque lo tachó.

– Quizá después de llamar -dijo Matthew.

– Cinco, ocho, algo más -leyó Þóra, con la nariz encima del libro. Se incorporó entonces y se dio una palmada con las manos en los muslos-. Espera, anoté los números de teléfono a los que llamó Birna desde el teléfono de su habitación. Podría intentar llamar. -Þóra sacó la lista del bolsillo. Se levantó y se dirigió al teléfono. Marcó el primer número y esperó mientras sonaban las llamadas. Finalmente contestaron ¡Banco BK, buenos días!, se oyó al otro lado de la línea. Þóra colgó-. De ahí no sacaríamos nada. -Le dijo a Matthew, y probó el número siguiente. Se llevó el dedo a los labios para indicarle que guardara silencio mientras llegaba la respuesta.

– Reykjalundur, buenos días -respondió una cálida voz femenina.

– Buenos días, mi nombre es Þóra.

– Hola, ¿en qué puedo ayudarla? -preguntó la mujer.

– Llamo porque estoy buscando información sobre Birna Halldórsdóttir, arquitecta. Tenía anotado este número, y me preguntaba si usted sabría algo o podría dirigirme a alguna otra persona. -Þóra se sintió un tanto descorazonada, porque seguramente así no conseguiría nada.

La mujer del otro lado pensó cuidadosamente el asunto.

– Desgraciadamente, no llevamos una lista de visitas de los residentes, ni tampoco de llamadas telefónicas. Tenemos un elevado número de enfermos, y no hay modo de acceder a toda esa información.

– Pero no tiene por qué ser un enfermo -señaló Þóra con una débil esperanza de que a quien Birna había intentado localizar fuera un empleado.

– Entonces me lo pone todavía más difícil -respondió la mujer-. Siento no poder ayudarla. Discúlpeme, pero tengo que atender otra llamada. Adiós.

– Reykjalundur -le dijo a Matthew, con un suspiro-. Un sanatorio. No hay forma de averiguar a quién llamó allí. -Volvió a levantar el teléfono-. Bueno, el tercer número, el último. Qué mal lo escribí. ¿Es esto un cinco, o un seis? -Levantó el auricular y marcó-. Cuatro, uno, uno… -Concluyó el número y esperó mientras sonaban las llamadas. Cuando se aproximaban a la decena, estuvo a punto de abandonar toda esperanza. En ese mismo instante, se escuchó una voz mecánica decir que la llamada se desviaba. Un solo timbrazo antes de que sonara la respuesta.

– Ayuntamiento, buenos días.

– Buenos días -dijo Þóra-. ¿Con quién hablo, por favor? ¿El ayuntamiento de Reikiavik?

– Sí -dijo la chica-. ¿Quería hablar con Baldvin? -preguntó entonces. Al ver que Þóra dudaba, la muchacha continuó-: Veo que ha marcado su número privado. Sus horas de atención telefónica son de cuatro a seis, todos los miércoles. Tendrá que volver a intentarlo. -Se despidió con amabilidad.

Þóra se volvió hacia Matthew.

– Era el número de teléfono del despacho de Baldvin Baldvinsson, en el ayuntamiento. Es concejal y parece ocupar un cargo de cierta importancia.

– ¿Y quién es ese Baldvin? -preguntó Matthew sin mucho interés.

– El nieto del viejo Magnús -respondió Þóra, echando mano a la agenda. Estudió el número tachado-. Es uno de los políticos más prometedores de la actualidad. Me permito dudar que Birna le haya llamado para discutir la transformación de la residencia de verano de su abuelo en una casa de reposo. Además estoy segura de que este número es uno de los que Birna anotó en la agenda. -Siguió hojeando el diario-. Recuerdo que en algún sitio encontré una dirección de Internet que podría ser la suya. -Pasó rápidamente las páginas de la agenda hasta encontrar una en la estaba escrito en el margen: baldvin.baldvinsson@reykjavik.is-. Aquí está. No puede tratarse de ningún otro.

– ¿Para qué crees que le querría? -preguntó Matthew.

– No lo sé, pero veo que tendremos que volver a charlar con el viejo -dijo Þóra. Volvió a la agenda y pasó las páginas rápidamente-. Realmente está repleto de descripciones importantes, ojalá consiguiera separar el trigo de la paja.

– ¿Puedes imaginarte lo feliz que estaría la policía de tener esa agenda? -preguntó Matthew-. A lo mejor ya tendrían al asesino entre rejas.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Þóra-. ¿Estás diciendo que la policía es más lista que yo?

– No, no -respondió Matthew-. Sólo que tú tienes menos gente a tu disposición y estás menos preparada para investigar estas cosas.

Þóra cogió la agenda y hojeó algunas páginas. No tenía respuesta posible a aquello y se limitó a elegir una plana al azar. Resultó ser la que mostraba la elección de solar para la construcción. ¿¿¿Qué es este punto??? ¿¿¿Planos antiguos??? A continuación, ponía: Tiene que haber planos – hablarlo con Jónas.

Þóra se levantó y se dirigió hacia la ventana. Desde allí miró el terreno que tanto interesaba a Birna, e intentó comprobar si sería posible distinguir algo extraño en aquel solar. Abrió la cortina totalmente y miró la verde extensión de hierba. El terreno era relativamente llano, y a Þóra le pareció espléndido para construir. Volvió a concentrarse en la página e intentó hacerse una idea de la situación del nuevo edificio. El solar estaba en el lado este de la parcela, suficientemente alejado como para no entorpecer la vista al mar de las habitaciones ya construidas.

– No hay nada especial en ese terreno -señaló, hablando para sí misma más que para Matthew-. Es un prado normal y corriente como el que hay en todas las granjas. No muy bien segado.

Entornó los ojos. Lo único que destacaba en aquella superficie de hierba que se mecía con el viento era una piedra gris.

– Vamos -le dijo a Matthew, lanzándose hacia el borde la cama-. Vístete enseguida. Tenemos que ir a ver una piedra.

Capítulo 23

– ¿Pretendes decirme que me has sacado de la cama para venir a ver esto? -dijo Matthew mirando a su alrededor. Estaban en medio de la alta hierba de la explanada que había detrás del hotel-. Esto es hierba -dijo, avanzando unos cuantos pasos.

– No estoy mirando la hierba -replicó Þóra, inclinándose sobre una piedra que destacaba en medio del campo-. Sino esto.

– Ah, entonces es muy distinto -bromeó Matthew, acercándose a Þóra y sacudiendo la cabeza-. Esto, Þóra, es una piedra gris -dijo, y añadió al momento-: no necesitas tocarla para confirmarlo.

– Sí, pero no es de aquí -dijo Þóra, que empezó a arrancar la hierba de la raíz de la roca. Tenía el aspecto de una imagen en miniatura del pico Toblerone… o una imagen ampliada de la chocolatina-. Mira a tu alrededor -señaló-. ¿Ves alguna otra piedra en la explanada?

– No -respondió Matthew tras echar un rápido vistazo en torno suyo-. Eso es lo más misterioso de todo -añadió, irónico.

– No, en serio -dijo Þóra levantando la vista y dejando su tarea un instante-. La gente tenía mucho cuidado en quitar las piedras de las explanadas en los viejos tiempos. ¿Por qué iban a dejar una piedra tan enorme en medio de la hierba?

– ¿Porque pesaba demasiado? -la interrumpió Matthew, inclinándose sobre ella-. ¿No será una de esas piedras debajo de las cuales viven los elfos?

Þóra sacudió la cabeza.

– No, esas piedras tienen que ser mucho mayores; rocas de verdad. -Se incorporó y se dirigió al otro lado de la piedra-. No soy ninguna especialista, pero me da la sensación de que este lado está pulido. Mira. -Matthew se asomó por encima de Þóra y vio que tenía razón. En el otro lado, la superficie era basta e irregular, pero allí la piedra parecía cortada o rota, y además estaba lisa y pulida. Þóra pasó la palma de la mano por la superficie.

– Vaya -exclamó, mirando excitada a Matthew-. Hay algo grabado. -Apartó la alta hierba y vieron unas letras medio desgastadas en mitad de la piedra.

– ¿Qué pone? -preguntó Matthew.

Þóra se inclinó y estudió la inscripción. Lo primero que pensó es que se trataba de una lápida, pero enseguida comprobó que la inscripción era un poema, no un nombre con sus fechas correspondientes. Murmuró:

La tona habría de cuidar,

familia crear debía

un esposo, mi destino

igual que el tuyo sería

– ¿Qué significa? -preguntó Matthew intrigado-. ¿Es algo especial?

Þóra se incorporó.

– Pues no lo sé -dijo-. Me parece que es un poema, pero no lo entiendo del todo. Hay una palabra que no sé lo que significa. -Þóra volvió a inclinarse sobre la piedra para cerciorarse de que había leído correctamente la palabra tona. Se incorporó y miró a Matthew-. ¿Sería esto lo que tanto molestaba a Birna de este lugar?

– ¿Esta piedra? -dijo Matthew riendo-. Me parece absurdo. Sería facilísimo quitarla, así que no veo de qué forma podría impedir las obras de construcción en este solar. -Volvió a pasar la vista por la explanada-. Éste es un prado de lo más normal, con una piedra. A lo mejor ese poema es de los dueños, que tenían en mucho aprecio su propia poesía. Tal vez había aquí un macizo de flores, o la tumba de algún animalito doméstico. ¿El poema tiene que ver con animales?

– No -dijo Þóra, que se puso en pie-. Tona. -Se quedó pensativa-. ¿A lo mejor la palabra toma de la agenda de Birna se refería, en realidad, a ésta?

– Pues no sé -replicó Matthew-. ¿Pero por qué no siegan el césped aquí? -preguntó de repente, mirando al suelo. La hierba era tan alta que no se veía sus zapatos.

– ¿Eh? -dijo Þóra-. ¿Por qué iban a hacerlo? Está muy bien así. Muy natural.

– Si miras la explanada del otro lado del hotel, allí la hierba está segada -indicó Matthew, señalando con el dedo en esa dirección.

– Tienes toda la razón -señaló un montoncito de tierra marrón a poca distancia de donde se encontraban-. ¿Qué es eso? -preguntó mientras se aproximaba.

– Tus pasmosos descubrimientos no concluyen nunca -se burló Matthew, mirando fijamente el montón de tierra a sus pies-. Has descubierto el mantillo.

– Ya sé que es mantillo -dijo Þóra-. La pregunta es ¿qué hace ahí, encima de la hierba?

Matthew miró a su alrededor.

– Parece que alguien ha estado excavando por el prado -dijo-. Hay más montones como éste por otros sitios.

– ¿Y eso? ¿Tendrá algo que ver con el edificio nuevo? -Se alejó-. Quizá Vigdís sepa algo al respecto, y por qué no siegan este lugar.

– De paso puedes preguntarle también si Birna trabajaba en algún otro sitio que no fuera su habitación -apuntó Matthew al echar a andar detrás de Þóra.

Þóra se dio la vuelta.

– ¿Ya empiezas a darte cuenta de que voy por buen camino? -preguntó s onriente.

Matthew le devolvió la sonrisa.

– Vas tan bien como un cojo bailando el vals.

* * *

Vigdís estaba sentada en su lugar habitual en la recepción, con las mejillas encendidas. Al principio, Þóra creyó que tenía fiebre. Además, tenía los ojos vidriosos y le temblaban los dedos. Para colmo, estaba tan fuera de sí que no se dio cuenta de su presencia hasta que recurrieron a un violento carraspeo para llamar su atención. Vigdís les miró por fin, con la boca abierta, apartó la mirada del auricular del teléfono que sostenía en la mano y lo colgó con violencia.

– ¡Jesús! -exclamó mientras se incorporaba en su silla.

– ¿Hay algún problema? -preguntó Þóra.

Vigdís la miró con los ojos desmesuradamente abiertos.

– No, qué va -respondió con asombro en la voz-. Todo está tan perfectamente que ni sé qué decir.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Þóra, preocupada-. ¿No habrán encontrado otro cadáver?

– No, en realidad, no -contestó Vigdís-. Sólo que acabo de enterarme de quién era el muerto de las cuadras. -El rojo de sus mejillas se hizo más intenso-. Eiríkur -anunció, sacudiendo la cabeza con gesto triste.

– ¿Eiríkur? -repitió Þóra en tono interrogante-. ¿Quién es?

– Era -corrigió Vigdís-. Ahora habrá que acostumbrarse a hablar de él en pasado. Dios mío, qué extraño. Primero Birna, ahora Eiríkur.

– ¿Pero quién es? -repitió Þóra, que se apresuró a corregirse ella sola-: Quién era, quiero decir.

– Era el lector de auras del hotel -respondió Vigdís-. Delgado, alto y medio calvo. -Suspiró.

Þóra le explicó la situación a Matthew. No tenía ni idea de cómo se decía «aura» en alemán, de modo que utilizó un gesto muy teatral que Matthew interpretó como anillo de rayos. Þóra dijo impaciente que luego le explicaría mejor a qué se dedicaba el muerto. Se volvió de nuevo hacia Vigdís.

– ¿Y cómo lo sabes? -preguntó-. ¿Alguien te llamó para decírtelo?

– Sí -replicó Vigdís, jadeante-. Su hermana. Encontraron un recibo de una tarjeta de crédito en un bolsillo, y así dieron con el nombre. Llamaron a su hermana y le pidieron que fuera a reconocer el cuerpo. Era la más cercana a él. Lo han llevado a Reikiavik. -Dejó escapar un hondo suspiro, como si aquello fuera lo peor de todo-. Su hermana estaba totalmente destrozada, dijo que le habían matado a coces.

– ¿Fue un caballo, entonces? -preguntó Þóra-. Cuando los policías hablaron con Jónas, no mencionaron cuál había sido la causa de la muerte.

– Eso no lo dijo. Me quedé tan muda que no fui capaz ni de preguntárselo -Vigdís miró a Þóra con cara de susto-. ¿Crees que será peligroso continuar aquí? ¿Qué es lo que está pasando?

– Cada uno tendrá que decidir por sí mismo -dijo, pero añadió enseguida, para animarla-: Pero no creo que por aquí ande suelto ningún asesino en serie, si te refieres a eso. Ni siquiera se sabe si ese hombre murió por un accidente o por alguna otra causa. Puede tratarse de una simple casualidad. -Þóra reflexionó un instante-. ¿Su hermana mencionó si había algo que le hubiera parecido sospechoso a la policía?

– No, no dijo nada. -Vigdís vaciló-. Aunque sí que mencionó algo. Por ejemplo, al despedirse me dijo que tuviera mucho cuidado. Era como si estuviera dando a entender que las cosas no estaban nada claras. -Vigdís puso cara interrogante-. ¿Pero quién iba a querer matar a Eiríkur? -preguntó-. No era el hombre más gracioso del mundo, pero tampoco era mala persona. Uf, pobre hombre. -Apretó los ojos, y Þóra lo interpretó como que se estaba esforzando por detener las lágrimas-. A lo mejor tenía que haberme portado mejor con él. Pero era tan raro, y tenía la manía de venírseme encima de improviso, cuando yo estaba adormilada.

Þóra no tenía ganas de seguir con juegos melodramáticos ni de perder el tiempo consolando a Vigdís.

– ¿Le gustaba montar a caballo?

– Qué va, no puedo ni imaginármelo -respondió Vigdís-. Estaba siempre tan pálido y macilento que me parece imposible que saliera al aire libre si no era para fumarse un pitillo. -Y añadió decidida-: él, de caballos, nada.

– ¿Y le gustaban los zorros? -preguntó Þóra, intentando no pensar en lo estúpida que sonaba aquella pregunta.

– ¿Los zorros? -preguntó Vigdís asombrada-. ¿Y eso?

– Nada, no es nada -dijo Þóra. Lanzó otra pregunta sobre zorros, ya que había empezado con el tema-. Su hermana no mencionó nada sobre zorros, ¿verdad?

– No -dijo Vigdís, mirando a Þóra de una forma tal que parecía haber empezado a poner en duda su equilibrio mental-. Ya te he dicho todo lo que me contó.

– ¿Crees que Eiríkur fue a la caballeriza por algún motivo en especial? -preguntó Þóra, decidida a no seguir preguntando por los zorros-. ¿Era amigo del dueño, Bergur?

Vigdís arqueó una de las cejas.

– No era amigo de Bergur -afirmó, añadiendo enseguida, con gesto de chismorreo-: En cambio, Birna… Birna y Bergur eran amigos… muy íntimos.

– Sí, eso he oído -dijo Þóra, que vio cómo se esfumaba la satisfacción de Vigdís, que ya se veía confiándole un secreto-. ¿Eiríkur hablaba mucho con Birna, o sobre ella? ¿Eran amigos, o colegas?

– En absoluto -dijo Vigdís con total seguridad-. No había en toda la región dos tipos más distintos que ellos dos. Él era más bien, vaya, cómo decirlo… -Se quedó pensando.

– Dime la verdad -la interrumpió Þóra-. No vas a hacer ningún favor a nadie dorando la imagen del muerto.

Aquello pareció alegrar a Vigdís.

– Tienes toda la razón -dijo-. Si tengo que hablar claramente, Eiríkur era un auténtico guarro. Iba sucio y muchas veces mal afeitado. Si había algo de especial en su forma de vestir es que vestía con un descuido absoluto. Era bastante prepotente y exigente. -Obviamente, no era preciso decirle a Vigdís dos veces que no adornara demasiado sus descripciones-. En cambio, Birna era elegantísima, guapa y cuidada por fuera. Por dentro era muy diferente. Simpatiquísima si quería utilizarte para algo, pero enseguida enseñaba su otra cara, en cuanto se daba cuenta de que no le servías para sus intereses. Tenía a Jónas bailando en la punta de un dedo. -Vigdís se calló para recuperar el resuello-. En realidad, tenía en común con Eiríkur que ambos eran despiadados. Pero en el resto, eran como el agua y el aceite.

Þóra movió la cabeza para asentir, con gesto muy serio, intentando dejarle ver a Vigdís lo asombrada que la había dejado aquel vapuleo tan terrible.

– ¿De modo que no se trataban? -preguntó-. Digamos, ¿Eiríkur no sabría más que los demás sobre los líos en que podía andar metida ella?

– No, imposible -replicó Vigdís categórica-. Birna no se habría mezclado con Eiríkur aunque hubieran estado solos en una isla desierta.

– Comprendo -dijo Þóra-. Dime otra cosa, ¿Eiríkur o Birna habían cambiado de alguna forma antes de morir? ¿Recuerdas si hicieron o dijeron algo poco habitual en ellos?

Vigdís reflexionó un momento, pero enseguida sacudió la cabeza.

– No, no recuerdo nada de eso. Pero en realidad tampoco recuerdo cuándo vi por última vez a Birna; aunque si hubiera habido algo extraño, seguramente me acordaría. La última vez que hablé con Eiríkur fue cuando vino por aquí buscando a Jónas. -Se tapó la boca con la mano-. Huy, eso debió de ser justo antes de morir.

Þóra respiró hondo.

– ¿Y estuvo con Jónas? -preguntó tranquila.

– Bueno, no lo sé -respondió Vigdís-. Le dije que fuera a mirar a su despacho. Pero no me fijé en lo que hacía, ni vi si se reunían.

Þóra no sabía si preguntar algo más sobre Eiríkur. Sólo se le ocurrió volver a lo que les había llevado allí inicialmente.

– Oye, detrás del edificio parece que han segado la parte de poniente del prado, pero no la de levante. ¿Sabes por qué?

Vigdís abrió mucho los ojos.

– No, ni idea. -Entornó la vista-. ¿Por qué lo preguntas?

– No, por nada -contestó Þóra-. Simple curiosidad. -Se apresuró a añadir-: ¿Y sabes si Jónas hizo perforaciones en esa misma zona? ¿O quizá Birna?

Vigdís la miró sin comprender.

– ¿Perforaciones? ¿Te refieres a agujeros normales y corrientes que se cavan en la tierra?

Þóra asintió.

– Unos agujeros pequeños. Que yo sepa, no se deben de haber hecho con máquinas, seguro.

Vigdís sacudió vehemente la cabeza.

– En absoluto. Si le hubieran dicho a alguien que fuera a excavar en ese lugar, yo lo habría sabido. Sé todo lo que se hace aquí. Jónas está empeñado en que vigile.

– ¿Birna tenía algún estudio en las proximidades? -interrumpió Matthew-. Aparte de su habitación.

– No lo sé, pero no sería extraño -respondió Vigdís-. Solía salir por las mañanas o por las tardes y no se quedaba por aquí cerca, de modo que debía de tener su refugio. -Vigdís miró con complicidad a Þóra-. A lo mejor sólo se iba a ver a Bergur.

– ¿Quién sabe? -dijo Þóra, sonriéndole con picardía. Miró su reloj-. Una última pregunta, de verdad, y dejamos de molestarte. ¿Quién siega el prado?

Vigdís la miró escéptica, pero se encogió de hombros y respondió sin pensarlo dos veces.

– Jökull. Trabaja también de camarero.

* * *

– ¿Es una broma? -preguntó Jökull, mirando a su alrededor como si buscara alguna cámara oculta-. ¿Quiere saber por qué no está segada esa parte?

– Sí -dijo Þóra con una sonrisa-. Me han dicho que usted se encarga de eso.

Jökull puso una cara de mal humor que no encajaba nada con su uniforme blanco y negro de camarero.

– Sí, así me gano un dinero extra. No hay nada que hacer fuera de las horas de las comidas, así que puedo sacarme un extra haciendo eso.

– Chico trabajador -dijo Þóra-. Pero ¿cuál es el motivo para que esté así? ¿Esa piedra tan grande que hay?

– No, eso no es problema -balbuceó Jökull-. Hay alguna otra cosa rara en la hierba que hace que la segadora no corte bien. Irregularidades. No hace más que pararse y estoy harto de tener que empujarla a la fuerza. Nadie se fija en ese sitio. ¿Se ha quejado Jónas?

– No, en absoluto -dijo Þóra con una sonrisa. Iba a marcharse, pero se detuvo de pronto-. ¿Podría prestarnos una pala?

* * *

– Lo digo totalmente en serio -protestó Matthew, arrojando una palada de tierra a su espalda-. No se puede negar que eres una mujer especial. No hay muchas personas de tu sexo capaces de hacerme empuñar una pala.

– Baah -dijo Þóra-. Menos charlar. Más cavar. -Habían vuelto al prado, donde Þóra estuvo atareada hasta que encontró una irregularidad en la tierra, y allí puso a Matthew a cavar-. Sin duda, aquí hay algo interesante.

Matthew suspiró.

– Estupendo. -Clavó con energía la pala en la tierra y se puso las manos en las caderas-. Aquí tiene usted.

Þóra se puso a su lado y miró el estrecho agujero.

– ¿Es una trampilla?

Matthew se rascó la frente.

– ¿No serán unos cimientos? ¿No habrá habido una casa en este sitio? -Aferró de nuevo la pala y excavó más a los dos lados-. Anda.

– ¿Ves tú lo que estoy viendo yo? -dijo Þóra, inclinándose. Se incorporó y le enseñó la mano abierta-. Ceniza. -Miró a Matthew-. Esta casa se quemó.

– ¿Igual que en el dibujo? -preguntó Matthew. Calló por un momento-. ¿En el dibujo, no había unos ojos dentro de la casa incendiada?

Capítulo 24

– Ha colgado -dijo Þóra con una mueca, mirando la pantalla de su móvil-. A menos que se haya ido la conexión. -Apartó la vista de la pantalla y sacudió la cabeza-. No, ha colgado.

– ¿Esperabas otra cosa? -preguntó Matthew-. ¿Esta mañana te echan de su casa, y ahora esperabas que estuvieran encantados de hablar contigo por teléfono?

– No, claro -dijo Þóra, decepcionada, metiendo el teléfono en el bolsillo-. Pero habría sido estupendo que supieran qué edificio había en este lugar. -Matthew y ella seguían en el prado, en realidad en un extremo del mismo, pues cerca de la piedra no había cobertura para el móvil-. A lo mejor, Bertha, la hija, sabe algo -añadió Þóra pensativa-. Esperemos que no esté molesta conmigo ella también.

– Imagino que no -declaró Matthew-. Pero enseguida te pondrá mala cara si te pones a hacer preguntas sobre su amigo, el de la silla de ruedas.

– No, no -dijo Þóra-. De momento, ese tema no lo voy a tocar. Lo que quiero ahora es saber algo sobre esta casa. -Se dirigieron hacia el hotel. Al pasar por el lugar donde Matthew había cavado hasta encontrar los cimientos, Þóra se detuvo-. ¿Y si Birna no tenía ni idea de esto? Aunque parece que le dio muchas vueltas al lugar, a juzgar por lo que pone en su diario.

– ¿Hay algo claro? -dijo Matthew-. Jökull, el que se encarga de segar esta zona, debería ser el único que supiera algo. Pero no te dijo ni pío cuando hablaste con él sobre Birna. Es de suponer que tampoco le habría dicho nada a ella, si los dos hubieran llegado a hablar.

– Pero alguien ha estado excavando por el prado. Si esa misma persona ha estado buscando los cimientos, no tenía las ideas muy claras. Ninguno de los agujeros está cerca.

– A esas cosas no se les puede llamar realmente agujeros -observó Matthew-. Pero estoy de acuerdo contigo en que si el desconocido excavador estaba buscando la casa quemada, no se puede decir que acertara.

– Creo que me apetece volver a echar un vistazo al sótano, para registrar las cajas más detenidamente -dijo Þóra con la mente en otro sitio-. A lo mejor hay algo que pueda indicarnos qué había aquí. Una foto, o algo por el estilo.

Matthew miró su reloj.

– No sé si será muy recomendable. ¿No tenías que ir a buscar a tus hijos a la caravana?

– Eso puede esperar hasta la tarde -respondió Þóra-. Llamé a Gylfi hace un rato y, de momento, están bien. Van a ir a una tiendecita no muy lejos de donde aparcaron. -Cruzó los dedos-. Sólo espero que Sigga, su novia, avise a sus padres. Yo no pienso llamarlos, lo tengo muy claro. No consiguen asumir que Gylfi haya causado un problema semejante a su niña. Y luego siempre acaban remachando que todo ha sido culpa mía.

– ¿Y qué pasa con tu ex marido? -preguntó Matthew-. ¿Crees que Gylfi le avisará?

– Espero que no -exclamó Þóra-. A mí me da igual si Hannes lo pasa mal. Fue culpa suya que se fugaran. -Dio una palmadita en el bolsillo donde guardaba su móvil, y sonrió-. Tengo como un centenar de mensajes suyos sin leer. Les echaré un vistazo cuando tenga oportunidad, o cuando… -Sonó su teléfono y dejó de hablar mientras lo sacaba del bolsillo.

Era Bella.

– Hola -saludó Þóra-. ¿Qué tal te ha ido? -Mientras hablaba con la secretaria, sacó una pluma del bolsillo del chaquetón y un papel-. ¿Ninguna Kristín, dices? -Escuchó y fue anotando lo que le contaba Bella. Luego se despidió y se volvió hacia Matthew-. Está enterrado allí él solo. No hay ninguna Kristín, ni en su tumba ni en las cercanas. -Suspiró decepcionada-. En la lápida está el nombre, sus fechas de nacimiento y defunción, y un breve poema.

– Qué bien -dijo Matthew-. Más poemas. Recítamelo.

Þóra leyó el papel en el que había escrito lo que le había dictado Bella:

El hogar es mejor,

aunque sea pequeño,

en casa se es el rey.

Sangra el corazón

de quien debe limosnear,

a toda hora, la comida.

Levantó los ojos hacia Matthew.

– Pero este poema sí me resulta familiar, a diferencia del otro, que no lo he oído nunca. A lo mejor puedo encontrar su origen en la red. Es posible que sea del Hávamál.

Matthew tocó el hombro de Þóra e indicó con la mano en dirección al hotel.

– Parece que te llegan refuerzos -dijo, señalando un coche de policía que se dirigía hacia el hotel-. Me parece que, por el momento, no vas a poder volver al sótano.

* * *

– ¿Por qué no quieres salir? -preguntó Bertha extrañada, y corrió la cortina de la ventana. Al instante, la oscura habitación se llenó de claridad-. Hace un tiempo realmente espléndido. -Miró fugazmente hacia el exterior y luego se volvió de espaldas a la ventana-. Vamos, te vendrá bien.

– Ve tú -dijo Steini secamente, tirando con la mano sana de un trozo de goma que se había soltado en la cubierta de una de las ruedas de la silla-. A mí no me apetece.

– No seas así -rogó Bertha, dirigiéndose hacia él. Se puso en cuclillas y sus rostros quedaron a la misma altura. Bertha sentía que le era más fácil conseguir que se abriera un poco cuando se miraban a los ojos-. Te prometo que te encontrarás mejor si sales a tomar un poco el aire. Hay algo que te atormenta y quién sabe si se te irá si consigues pensar en cualquier otra cosa.

– No se irá -dijo Steini agobiado.

Bertha estaba ya más que acostumbrada a las cortantes respuestas de Steini, que tenía dificultad para hablar a causa de las quemaduras que le rodeaban la boca. Era como si tuviera los labios quemados, y Bertha seguía tan extrañada como al principio de que los médicos no se lo hubieran arreglado un poco mejor. En realidad, tenía la sospecha de que Steini se había negado a someterse a más operaciones; al menos, cuando Bertha le preguntaba, nunca quería hablar de las que le quedaban todavía. Era imposible que siguiera aún en lista de espera, como le dijo en una ocasión. Mucho más probable era que aún no hubiera superado los dolores y las molestias que siguieron a las primeras operaciones, y no tenía el menor deseo de pasar otra vez por lo mismo. La semana anterior había oído un mensaje de la fisioterapeuta en su buzón de voz. Le pedía a Steini que la llamara, y le animaba a reincorporarse a la rehabilitación. Pero cuando Bertha le pidió que hablara con la enfermera, Steini se negó tajantemente. Necesitaba más tiempo para recuperarse, física y psicológicamente.

– Podemos ir a dar un paseo en coche, si lo prefieres -dijo Bertha con una sonrisa-. Estoy dispuesta a ir a cualquier sitio, pero tenemos que salir.

– ¿A cualquier sitio? -preguntó Steini, mirándola a los ojos sin pestañear.

– Casi -dijo Bertha con tranquilidad forzada, incorporándose. Sabía perfectamente adonde quería ir Steini, pero aquello no le parecía nada bien. Ahora no, y mejor nunca-. Sabes a lo que me refiero. -Le puso una mano sobre la rodilla-. Venga. Anímate.

Steini arrancó la tira de goma con un tirón violento.

– ¿Nunca tienes miedo? -preguntó.

– ¿Miedo? -preguntó Bertha con extrañeza-. ¿Por qué iba a tener miedo? -Sonrió-. Se acerca el verano.

Steini la miró un momento en silencio. Luego se cubrió la cara con las manos.

– Me siento mal.

Bertha sintió una punzada en el estómago. No soportaba verle así. Pero así eran las cosas. Todo era tan injusto. ¿Por qué no había salido mejor parado de aquel accidente? Mucha gente tenía accidentes sin que las consecuencias fuesen tan graves como las del suyo. Si no le hubiera telefoneado… Hizo lo posible por mantener la sonrisa.

– Ya lo sé -dijo con gesto alegre-. Vamos a Kreppa. Aún me quedan muchas cosas que empaquetar, y quién sabe si encontramos algo curioso. Recuerda lo bien que te lo pasaste la última vez.

Steini rió fríamente.

– ¿Bien, dices? -repuso con un suspiro-. Me da igual. Vamos.

– Estupendo -exclamó Bertha-. Te prometo que no te arrepentirás. -Respiró aliviada. En cuanto salieran, él recuperaría su alegría. Así sucedía siempre. Se sobresaltó cuando de repente la aferró con fuerza por la muñeca.

– ¿Podrás perdonarme? -preguntó con voz apagada.

– ¿Perdonarte? -se extrañó Bertha-. ¿Perdonarte qué?

– Bueno -dijo él-. Si todo sale mal, ¿podrás perdonarme?

Bertha sacudió la cabeza, molesta. Era la frase más larga que le había oído pronunciar en meses.

– ¿Qué tonterías dices? -Con cara alegre quitó su mano de la muñeca y se colocó detrás de la silla de ruedas-. Eres un pelma. Te perdono -dijo, empujando la silla-. Qué tonto eres. -Y añadió amistosa-: ¿Qué es lo que me has hecho?-Espero que nada -dijo Steini echándose la capucha del jersey sobre la cabeza mientras Bertha abría la puerta de la calle y pasaba la silla por el umbral-. Eso espero.

* * *

Þórólfur torció el gesto y se apoyó sobre la puerta que daba a la oficina provisional en el hotel.

– Hemos progresado bastante. Dejaremos las cosas así.

Þóra estaba en el pasillo delante de él, con los brazos cruzados. Hablaba en voz baja para que no les oyera Jónas, que esperaba al otro lado de la puerta. El dueño del hotel había expresado su deseo de que Þóra estuviera presente cuando Þórólfur le convocó. No pudieron ponerse de acuerdo hasta que Þórólfur recordó a Jónas que tenía que decir la verdad y añadió que como acusado no tenía obligación de testimoniar sobre los asuntos objeto de acusación. Cundo el policía acabó, Þóra se puso en pie y expresó su deseo de hablar con él en privado. Allí estaba ahora, discutiendo con el policía.

– Pero no ha respondido a mi pregunta. ¿Por qué se da a Jónas, de pronto, tratamiento de sospechoso? -preguntó-. ¿Qué es lo que ha cambiado?

Þórólfur imitó a Þóra y cruzó los brazos sobre el pecho él también, con gesto serio.

– Hemos hablado con varios testigos, tanto ayer como hoy mismo. El cuadro que se ha ido formando no es muy favorable para su cliente.

Þóra respiró hondo.

– ¿Y eso qué quiere decir? ¿Tiene intención de detenerle?

– Eso dependerá de lo que diga en el interrogatorio -respondió Þórólfur, encogiéndose de hombros-. Quién sabe, quizá lo pueda aclarar todo sin problema.

– ¿Aclarar? -preguntó Þóra-. ¿Aclarar qué? No se le ha pedido ninguna aclaración hasta el momento.

– Como acabo de decirle, han salido a la luz una serie de cosas, ayer y hoy, que se desconocían la última vez que hablamos con él. No es que lo que nos ha explicado hasta ahora me parezca insuficiente -contestó Þórólfur-. ¿Pero no será mejor ponernos manos a la obra, para que usted pueda saber también a qué queremos que nos responda?

– Déjeme dos minutos a solas con él -solicitó Þóra-. Tengo que explicarle el cambio de la situación.

A Þórólfur no pareció gustarle mucho la idea, pero accedió. Dijo a su ayudante que saliera del despacho para que entrase Þóra. Ésta se apresuró a sentarse al lado de Jónas, que la miraba enfadado.

– ¿Qué pasa? -preguntó preocupado-. ¿Por qué has salido?

Þóra le puso una mano sobre la rodilla.

– Jónas, las cosas han cambiado. Hasta ahora te han estado interrogando como testigo, y en los primeros interrogatorios te trataron en consecuencia. Ahora te has convertido en sospechoso, o imputado.

– ¿Qué? -bramó Jónas-. ¿Yo?

– Sí, tú -respondió Þóra-. Tenemos muy poco tiempo, de modo que es mejor no perderlo en tonterías. Escúchame. -Miró a Jónas a los ojos-. Þórólfur acaba de decirme que han salido a la luz ciertas cosas, en las declaraciones de los testigos, que te sitúan a ti como sospechoso.

– ¿Qué? Yo no he hecho nada, ya se lo he dicho -exclamó Jónas, casi gritando-. Tienen que ser falsos testimonios. – Þóra notó que le temblaba la pierna.

– Siempre puede ser que los testigos no hayan dicho la verdad, Jónas -dijo Þóra, que apretó su presión sobre la rodilla de Jónas, con la esperanza de calmarlo un poco-. Lo que importa en estos momentos es que recuerdes bien adónde has ido y dónde has estado, y que puedas responder de manera convincente a las preguntas que te pueda hacer Þórólfur. Si no está satisfecho o de acuerdo con tus respuestas, corres el peligro de que te detengan.

La pierna de Jónas se puso rígida. Su rostro palideció.

– ¿Que me detengan? ¿Qué quieres decir?

– Que te lleven preso, Jónas -explicó Þóra, inclinándose sobre él-. Que te metan en el coche de la policía y te lleven a la comisaría, te conduzcan al día siguiente ante el juez y le pidan que decrete prisión provisional. -Þóra sólo había asistido tres veces a casos en los que se había procedido a decretar prisión preventiva de corta duración, de modo que no tenía un conocimiento en profundidad del procedimiento. Los casos en cuestión no habían sido especialmente importantes, así que Þóra decidió que aquél no era el mejor momento para recordarle a Jónas las posibles limitaciones de su defensa.

– Yo no puedo ir a la cárcel -dijo Jónas, estremeciéndose de tal forma, que Þóra no tuvo la menor duda sobre sus palabras-. No puedo. Hoy es lunes.

Þóra enarcó las cejas.

– ¿Lunes? ¿Es peor un lunes que cualquier otro día?

– No, no -dijo Jónas, que parecía ensimismado-. Pero no quiero acabar así. Los lunes son días malos para mí.

Þóra le interrumpió antes de que se pusiera a disertar sobre estrellas y auras.

– Escúchame con atención. Ahora les diremos a los agentes que entren para interrogarte. Y, si eres capaz de explicar todo lo que ellos creen que hace recaer sus sospechas sobre ti, te prometo que podrás salir de aquí conmigo.

– ¿Pero y si no lo consigo? -preguntó Jónas, aferrando la mano de Þóra-. ¿Entonces, qué?

– Entonces haremos lo que se pueda -dijo Þóra, dándole una palmada en el hombro-. Anímate e intenta parecer tan natural como puedas, dadas las circunstancias. -Se puso en pie y se dirigió a la puerta-. ¿Estás listo? -preguntó con una mano sobre el pomo. Jónas asintió con la cabeza. Pero no parecía ni remotamente preparado para lo que le esperaba.

* * *

– Hum… no lo sé -dijo Jónas, mirando de reojo a Þóra, sentada a su lado.

Þórólfur puso cara de enorme asombro.

– ¿Cómo que no? Si a mí me preguntaran si había tenido relaciones sexuales con una mujer joven y guapa el jueves pasado, no tendría dificultad alguna en recordarlo. ¿O es que usted sólo piensa en el trabajo?

Þóra suspiró en su interior.

– Prefiere no responder a la pregunta -dijo sin cambiar el gesto.

– Perfecto -dijo Þórólfur-. Practicaremos análisis de ADN, de modo que su respuesta tampoco es totalmente necesaria.

No hacía falta prueba de ADN para hallar la respuesta a la pregunta. Jónas estaba sentado a su lado, completamente tenso, y la culpabilidad se leía en todos los rasgos de su rostro. No cabía duda alguna de que había tenido relaciones sexuales con Birna el jueves en cuestión… que, por desgracia, era también el día en que la mujer encontró la muerte.

– ¿Se encontró semen en la vagina de Birna? -preguntó Þóra-. Les recuerdo que tendré acceso a todas las diligencias si le detienen y se decreta prisión provisional, ya que pueden estar seguros de que recuriremos, y si hace falta llegaré hasta el Tribunal Supremo. -Oyó a Jónas suspirar. Þórólfur sacó un lápiz y lo mordió mientras pensaba.

– No puedo negar que se encontró semen en la vagina de la difunta.

– ¿Puedo preguntar si sus investigaciones han sacado a la luz la relación de Birna con un granjero vecino? -preguntó Þóra, con la esperanza de que la policía no se hubiera enterado aún-. El semen en cuestión podría corresponder a ese hombre.

– Lo sabemos todo al respecto -afirmó Þórólfur, y un gesto extraño apareció en su cara.

– ¿Y? -preguntó Þóra-. ¿No sería más práctico interrogarle a él en vez de a Jónas?

– Ya lo hemos hecho -explicó Þórólfur, haciendo girar el lápiz entre sus dedos con gran habilidad-. Independientemente del resultado que obtengamos con las muestras biológicas de ese hombre, necesitamos también las de su cliente.

– ¿Y por qué? -preguntó Þóra-. Si el semen resulta pertenecer al granjero, no puede ser de Jónas. -Þórólfur dejó traslucir una sonrisita perversa, lo que encendió una lucecita en la mente de Þóra-. ¿O quizá había semen de dos hombres en los órganos sexuales de Birna?

Þórólfur dejó inmediatamente de juguetear con el lápiz.

– Tal vez -respondió tras un instante de vacilación.

Þóra no necesitó más precisiones. Birna había tenido relaciones sexuales con dos hombres el día que fue asesinada. Seguramente Jónas era uno de ellos, y el otro sería Bergur o el asesino, a menos que ambos fueran la misma persona. Sintió que Jónas se ponía tenso a su lado, y sabía suficiente sobre los hombres para saber qué le había molestado. Se inclinó hacia él y le susurró al oído, para que los agentes no la oyeran:

– Seguro que tú fuiste el primero. -Aquello no podía poner a Jónas más nervioso de lo que ya estaba. Þóra notó que se relajaba un poco-. Pero hay que dejar bien claro que no es lo mismo tener relaciones sexuales con una persona que matarla, ¿no es así? -le dijo a Þórólfur, y añadió enseguida-: Supongo que no se está acusando a Jónas de semejante cosa en estos momentos.

– No, no, no de modo definitivo -contestó Þórólfur-. Pero si la difunta revela, por la presencia de lesiones internas y externas en los órganos sexuales, que ha sido violada, el caso, naturalmente, es distinto, ¿no es cierto?

Þóra decidió no responder.

– ¿Hay algo más que quieran aclarar, o sólo querían una explicación sobre el semen de Jónas?

– Hay más cosas -señaló Þórólfur-. Vamos a estudiar los mensajes enviados desde su teléfono, Jónas. ¿Puede explicarlos? ¿Decirnos, por ejemplo, dónde estaba usted entre las nueve y las diez de esa noche?

Jónas se volvió hacia Þóra, con gesto de desesperación. Ella movió la cabeza con energía y parpadeó, indicándole así que debía responder.

– No puedo explicar ese mensaje. Yo no lo envié, de modo que alguien tiene que haberme robado el móvil y haberlo utilizado. Yo fui a caminar un rato hacia las siete y me dejé el teléfono. Alguien lo robó mientras yo estaba fuera.

– Robado, claro -dijo Þórólfur, pero su voz dejaba traslucir cierta burla-. Lo robaron y luego lo volvieron a dejar en su sitio, ¿no?

– Sí -replicó Jónas con énfasis-. No siempre lo llevo encima, ni mucho menos, me lo dejo aquí, de modo que no tuvo que ser nada difícil. -Se masajeó las sienes, nervioso-. El hotel estaba repleto de gente. Había una reunión espiritista, y cualquiera habría podido hacerlo.

– Qué curioso, que recuerde precisamente eso -observó Þórólfur pensativo-. Esa circunstancia en particular nos ha causado ciertas dificultades. Como dice usted, esto estaba lleno de gente, pero nadie recuerda haberle visto a usted esa noche. ¿Hasta dónde llegó en su caminata? ¿Hasta la playa?

– ¡No! -exclamó Jónas, a la vez que daba un fuerte golpe con las manos abiertas sobre la mesa, para poner más énfasis en sus palabras-. Deambulé sin rumbo fijo. Empecé por acercarme a la zanja del camino de acceso, para comprobar si habían avanzado en el arreglo, y luego caminé una hora más o menos. Cuando volví, fui directamente a mi despacho y luego a mi apartamento. Alguien me habrá visto en el hotel, con toda seguridad. No iba por ahí con la cabeza tapada. Volví justo antes de las diez. La reunión continuaba, si recuerdo bien.

– Pues resulta que nadie dice haberle visto a usted. Ni dentro del hotel ni en el exterior, en todo ese rato. Hubo una pausa en la reunión a las nueve y media, y ciertamente duró hasta las diez. La gente de la reunión estaba por todas partes, algunos salieron a fumar, otros fueron a tomar un café, pero nadie le vio. Sin embargo, debió regresar en ese intervalo -dijo Þórólfur-. Pero pasemos a otro asunto. Ayer por la noche encontraron otro cadáver en unas caballerizas cerca de aquí. ¿Puede decirme dónde estaba ayer domingo hacia la hora de la cena?

– ¿Yo? Estaba en Reikiavik -dijo Jónas.

– ¿Cuándo salió para la capital?

– Me marché hacia las dos, más o menos. -La voz de Jónas temblaba un poco.

– Y supongo que habrá pasado por los túneles, ¿no?

– Sí -dijo Jónas antes de que Þóra consiguiera detenerle. Había algo que a ella no le gustaba nada.

– Supongo que viajaba en su propio coche, ¿verdad? -preguntó Þórólfur entonces. Tenía el gesto de un niño ante una gran fuente de dulces.

– Prefiere no responder a esa pregunta -se apresuró a decir Þóra. Puso la mano sobre el muslo de Jónas y apretó con fuerza.

– Perfectamente -dijo Þórólfur, con una sonrisa burlona-. Pero ya sabemos que fue a Reikiavik por los túneles. En ellos está terminantemente prohibido circular a caballo, a pie o en bicicleta, de modo que habrá que pensar que fue en un vehículo de alguna clase.

– Fui en mi propio coche -afirmó Jónas como un tonto, a pesar de la fuerza con que Þóra le apretaba en la pierna. No pudo resistir la tentación de clavarle las uñas por aquella estupidez. Jónas se quejó un poco y miró molesto a Þóra, que aparentó que no había hecho nada.

En el rostro de Þórólfur apareció la sonrisa más amplia que les había dedicado hasta entonces. Y el gesto de desprecio de su rostro se hizo más marcado. Cogió unos papeles que tenía en un montón, y los dejó caer sobre la mesa, delante de Jónas.

– Tengo aquí un listado de todos los vehículos que pasaron ayer por los túneles de Hvalfjörður. Pero entre ellos no está la matrícula de su coche. -Guardó silencio y miró a Jónas a los ojos-. ¿Cómo lo explica?

Esta vez, por fin, Jónas supo contenerse.

– Opta por no responder a esa pregunta -dijo Þóra-. Es evidente que Jónas se encuentra en un estado de considerable nerviosismo, lo que sin duda hace que su anterior respuesta se pueda explicar como un error de memoria.

– Eso pasó ayer -dijo Þórólfur. Se encogió de hombros cuando ni Þóra ni Jónas reaccionaron ante sus palabras-. En todo caso, pasemos a otro tema.

¿Otro más? Þóra intentó aparentar una calma total, pese a la angustia que la dominó, y al miedo por Jónas. ¿Qué más cosas tenían contra él?

* * *

– Y encima resulta que se había peleado con Eiríkur, el que encontraron muerto en la caballeriza -le dijo Þóra a Matthew-. Justo antes de que Eiríkur saliera del hotel. Y encima, se descubrió que tenía una cantidad enorme de somnífero en la sangre, el mismo somnífero que tenía Jónas en su mesita de noche. -Dejó escapar un suspiro-. Tenían una orden de registro, maldita sea.

Matthew soltó un silbido.

– ¿No será que es simplemente culpable? -preguntó.

– No lo sé, no sabría decirte -dijo Þóra-. En el cinturón de Birna se encontraron huellas dactilares suyas, y él había tenido relaciones sexuales con ella el día que la asesinaron, o esa misma noche, aunque él lo negó. Encima mintió diciendo que ayer había ido a Reikiavik. -Suspiró y le dio a Matthew la lista con las matrículas-. Mandaron hacer un listado de todos los coches que pasaron por los túneles. Habrán empleado a mucha gente toda la noche comprobando las cámaras de seguridad. Se dejaron la lista, de modo que me la quedé.

– ¿Y luego? -preguntó Matthew-. ¿Adónde se lo han llevado?

– A Borgarnes -respondió Þóra-. Mañana por la mañana comparecerá ante el Tribunal de Distrito de Vesturland. -Se pasó los dedos por el pelo-. Y conseguirán lo que quieren, a menos que el juez esté borracho.

– ¿Ese juez suele estar borracho? -preguntó Matthew escandalizado.

– No, es sólo una forma de hablar -explicó Þóra, que se acomodó en su butaca-. Pero no nos vendría nada mal.

– Ah, olvidé decirte lo que pasó mientras estabas fuera -informó Matthew de repente-. Me estaba tomando un café en el bar, y cuando fui a buscar el dinero en el bolsillo para pagar, encontré la condecoración que te compré en Stykkishólmur. La puse en la mesa, con las monedas, y el que estaba sentado a mi lado se puso frenético. Era el viejo, Magnus Baldvinsson.

– ¿Sí? -dijo Þóra asombrada-. ¿Qué dijo?

– No tengo ni idea -contestó Matthew-. Habló en islandés, pero no sonó nada amistoso. Acabó agarrando la medalla y tirándola al suelo en el otro extremo del bar. Luego se levantó y se largó. El camarero se quedó boquiabierto, y me dijo que el viejo había gritado que yo estaba provocándole. Me devolvió la medalla, tan asombrado como yo.

– Pues sí -dijo Þóra, extrañada-. También se puso muy raro cuando le preguntamos por los nazis, ¿recuerdas? No son reacciones nada normales aquí en Islandia. El nazismo tuvo muy poca influencia en este país, aunque a la gente no le parece nada bien lo que hicieron. ¿No sería conveniente que volviéramos a charlar con él? -Alargó la mano para coger el teléfono, que estaba encima de la mesa-. Pero ahora necesito arreglar todo lo necesario para que mi hijo vuelva a casa. Me parece que yo no voy a poder regresar por el momento. -Marcó el número de su hijo.

– Hola, Gylfi, soy mamá. ¿Te lo pasas bien en Selfoss?

Capítulo 25

– Ve tú delante -dijo Þóra, dándole un empujoncito a Matthew-. Puedes hacerte pasar por un aficionado a los caballos. Se lo creerán a pies juntillas porque eres alemán. -Estaban en la explanada de la alquería de Tunga, donde Þóra esperaba poder hablar con Bergur. Aquélla le pareció la excusa más aceptable para poder llegar hasta los crímenes de los que acusaban a Jónas.

Se encontraban ya junto a la vivienda, de construcción práctica y sencilla. Parecía una de tantas casitas unifamiliares de los años setenta, con la diferencia de que se encontraba en un pésimo estado de conservación. Había desconchones en el revestimiento, pues la pintura se había desprendido; regueros de orín bajaban por las sucias paredes blanquecinas desde los soportes de hierro forjado.

– Venga, no seas tímido -le animó Þóra.

– Ni hablar del peluquín, cariño -dijo Matthew, arrugando la nariz-. Qué mal huele aquí -añadió, y miró a su alrededor con la esperanza de encontrar la fuente de tanta fetidez.

– ¿No será puro y simple olor a campo? -dijo Þóra, respirando hondo por la nariz-. A menos que el viento venga de la ballena muerta. Yo hablaré por los dos. De todos modos, lo mejor es no fingir demasiado. -Llamó a la deteriorada puerta exterior. Sobre la jamba había una plaquita de madera en la que estaban pintados, con bonitas letras, los nombres de los dueños: Bergur y Rósa. Þóra esperaba de todo corazón que no fuera la señora quien abriese. Necesitaban hablar con Bergur, y Þóra no tenía ni idea de si la esposa conocía su relación con Birna. No le apetecía nada tener que ser ella quien le diese la noticia, y no tendrían muchas opciones de hablar con el marido sin que saliese a relucir el tema. Cruzó los dedos.

Se abrió la puerta y apareció un hombre entre los treinta y los cuarenta años de edad. Era bastante delgado pero parecía robusto, con hombros anchos y grandes bíceps. Þóra pudo comprender que Birna se hubiera sentido atraída por aquel hombre, pues en los marcados rasgos de su rostro y en su rizado cabello oscuro había algo que le hacía resultar tremendamente atractivo.

– Buenos días -saludó Þóra-. ¿Es usted Bergur?

– Sí -respondió el hombre, mirando interrogante a los recién llegados.

Þóra sonrió.

– Yo me llamo Þóra, y soy abogada de Jónas, el del hotel. Éste es Matthew, de Alemania, que me está ayudando en el trabajo, por así decirlo. -Indicó con el dedo a Matthew, que inclinó la cabeza con cortesía-. Nos gustaría hablar un momentito con usted. -Le miró a los ojos-. Sobre el asesinato de Birna y el reciente hallazgo del otro cadáver.

Bergur les clavó los ojos. Como Þóra sospechaba, no se alegraba, precisamente, de su visita.

– No sé si debo hablar con ustedes -replicó secamente-. La policía me ha sometido a interminables interrogatorios y estoy exhausto. ¿No pueden solicitar las declaraciones de los testigos, y ya está? No tengo nada que hablar con ustedes.

Þóra borró la sonrisa.

– En realidad, prefiero hablar yo misma con la gente en vez de leer en un papel lo que han contado. Además, seguramente, muchas de las preguntas que más me interesan no se las habrán hecho todavía. -Dejó escapar un leve suspiro-. Pero si no quiere hablar con nosotros, intentaremos hacerlo mañana con su mujer. Espero que ella no esté tan cansada como usted.

Bergur se puso nervioso.

– No creo que ella tenga más interés que yo en hablar con ustedes.

– Ya se verá en su momento, ¿no? -dijo Þóra-. La llamaré por teléfono y le explicaré por qué quiero hablar con ella. Estoy segura de que querrá verme. -Þóra esperaba que bastara con aquello, y puso cara de poker para que Bergur no sospechara que estaba echándose un farol.

El granjero miró hacia atrás, al interior de la casa. Luego se volvió y le dirigió a Þóra una furiosa mirada. Hizo como que no veía a Matthew.

– De acuerdo -asintió irritado-. Hablaré con ustedes, pero no aquí. Hay un cuartucho en las caballerizas, podemos sentarnos allí. -Entró en la casa y se puso los zapatos mientras decía en voz alta-: ¡Rósa! Salgo un momento. -Luego cerró sin decir nada más, aunque su mujer le respondió algo, que Þóra no llegó a distinguir. Bergur echó a andar en silencio.

– La caballeriza… -dijo Þóra en voz bien alta mientras le seguía casi corriendo en dirección a un edificio con un recubrimiento de chapa recientemente construido-… ¿es la misma en la que encontró el cuerpo de Eiríkur? -Bergur no respondió, así que Þóra miró a Matthew y abrió mucho los ojos para indicarle que el asunto no iba del todo bien, y que tendría que participar él también en la conversación. Matthew se limitó a sonreír y a sacudir la cabeza.

Siguieron al granjero hasta el portón, que abrió con gran esfuerzo.

– Entren -dijo.

– Gracias -respondió Þóra, que no pudo evitar una sonrisa al ver la mueca de Matthew cuando el olor a excrementos de caballo les golpeó como una violenta coz-. Qué rico olor -dijo sin que Bergur la oyera, guiñando un ojo. Matthew tenía los labios tan apretados que no pudo ni sonreír. Su gesto sólo se relajó al entrar en el cuarto.

– Pueden sentarse aquí -dijo Bergur, señalando tres sillas de lona colocadas alrededor de una vieja mesa de cocina. Él se apoyó contra un pequeño fregadero en el que había una cafetera roñosa y una caja de cartuchos.

– Muchas gracias -dijo Þóra al sentarse. Vio la extrañeza con que Bergur seguía los movimientos de Matthew, que no se sentó en la silla hasta haberle quitado el polvo con las manos-. No sé si me oyó antes -continuó-, ¿es ésta la misma cuadra en la que se encontró el cadáver de Eiríkur?

Bergur asintió con la cabeza.

– Sí.

– Y fue usted quien lo encontró, ¿no? -preguntó Þóra. Él volvió a asentir en silencio con la cabeza, así que continuó-: Y también fue usted quien se topó con el cadáver de Birna. Qué curioso -añadió, con un gesto de extrañeza.

Bergur no respondió al momento, sino que fijó en ella sus ojos enmarcados por unas espesas cejas negras, hasta que Þóra se vio obligada a pestañear. Entonces habló.

– ¿Está insinuando algo? -preguntó secamente-. Si es así, le diré lo mismo que le dije a la policía: que no tengo absolutamente nada que ver con esas dos muertes.

– Esos asesinatos -le corrigió Þóra-. Porque a los dos los asesinaron. En todo caso, sabemos perfectamente que usted tenía una relación amorosa con Birna. ¿Iba todo bien entre ustedes?

Bergur se sonrojó ligeramente, pero Þóra no supo si era de indignación o de vergüenza por tener que hablar de su adulterio con unos desconocidos. Pero cuando por fin habló, su voz indicó que se trataba más bien de esto último

– Iba bien -dijo, volviendo a cerrar los labios con fuerza.

– ¿Su mujer estaba al tanto? ¿Cómo se llama…? -dijo Pora, que prosiguió al momento-: Ah, sí, Rósa. ¿Estaba Rósa al tanto?

El rubor se hizo ahora muy evidente.

– No -respondió Bergur-. No estaba enterada, y aún no se ha enterado, creo. Por lo menos, yo no se lo he dicho.

– De modo que era una aventura temporal -preguntó Þóra-. Se lo pregunto en vista de que prefirió ocultárselo a su mujer.

– Ya era más que eso -respondió Bergur, irritado-. Tenía intención de separarme de Rósa. Pero aún no había llegado el momento de decírselo.

– Comprendo -dijo Þóra-. Entonces quizá no sea conveniente tener que hablarlo con ella precisamente ahora, ¿no?

– Eso a usted no le importa -declaró Bergur con el rostro encendido.

– No, claro que no -repuso Þóra. Se sentó mejor en la incómoda silla, que soltó un crujido-. Hoy me he enterado de algo sobre Birna que me parece bastante raro, a la vista de lo que me está contando usted. -Calló como si estuviera reflexionando sobre la conveniencia de confiar a Bergur aquel dato.

– ¿De qué se trata? -preguntó Bergur con curiosidad.

– No, quizá no sea más que una tontería -dijo Þóra, mirándose las uñas. Luego levantó los ojos y los clavó en los de Bergur-. El día en que fue asesinada, Birna había tenido relaciones sexuales con dos hombres. Con usted, supongo, y con otro. Quizá con el asesino… quizá no. Puede ser que la relación que tenían ustedes dos no fuera más que una aventura pasajera, para ella.

Bergur se irguió y exhaló con fuerza.

– No sé de dónde habrá sacado sus informes, pero a mí me dijeron que la habían violado. Creo que no hace falta ser demasiado listo para comprender que ese último coito fue en contra de su voluntad -bramó fuera de sí.

– ¿De modo que reconoce que fue usted uno de los dos? -preguntó Þóra.

Bergur se dejó caer de nuevo sobre el fregadero.

– Sí. Fue con pleno consentimiento de ella y mucho antes de que la asesinaran. Lo hicimos por la tarde, y la asesinaron por la noche.

Þóra reflexionó un momento.

– ¿Quién cree que puede haber matado a Birna? -preguntó-. Eran muy íntimos, tendrá que haberle dado muchas vueltas al asunto.

– Jónas -vociferó fuera de sí-. ¿Quién si no?

Þóra se encogió de hombros.

– Él asegura que es inocente. Exactamente igual que usted -reveló-. ¿Y por qué iba a desearle él la muerte? Birna trabajaba para él en algo que le resultaba especialmente querido. Ahora todo se ha ido a hacer gárgaras, o por lo menos se ha complicado muchísimo. Además, tengo entendido que acababan de acordar poner fin a su relación amorosa, de modo que no debía de haber problema de celos. ¿O no es así?

– No tenían ninguna relación amorosa -explicó Bergur muy enfadado-. Se habían acostado, pero no tenían una relación. -Se detuvo un instante para respirar-. Pero él estaba loco por ella y es mentira que hubiera aceptado la ruptura, porque era ella quien le había rechazado.

– ¿Cómo sabe usted eso? -preguntó Þóra.

– Me lo contó Birna -respondió Bergur, ingenuo-. Él la perseguía como si fuera su sombra. Ésa fue la razón de que Birna dejara de usar su habitación del hotel como estudio. No la dejaba en paz.

Þóra era todo oídos.

– ¿Y adónde iba, entonces? -preguntó-. Supongo que a algún sitio cerca, ¿no?

Bergur comprendió al instante la causa del interés de Pora. Aprovechó para dejar pasar un tiempo antes de responderle, pero finalmente lo hizo.

– Se trasladó a Kreppa -dijo-. La granja pertenece al hotel pero allí no vive nadie. Se instaló allí.

– Sé a qué granja se refiere -replicó Þóra-. Y he estado allí, pero no vi nada que indicara que alguien hubiera estado trabajando allí recientemente -dijo con un gesto de duda-. ¿Sabe quizá qué habitación utilizaba?

– Una de las del piso de arriba -contestó Bergur, sin dar más detalles.-Comprendo -dijo Þóra, que decidió volver a la granja lo antes posible. Tenía que haber allí algo que perteneciera a Birna, quizá algo que arrojara luz sobre su muerte, aunque el deseo era quizá demasiado optimista-. Dígame una cosa -continuó-. ¿Conoce usted la historia de las dos granjas, Kreppa y Kirkjustétt?

Bergur sacudió la cabeza.

– No. Yo soy de Vestfjörður. Vine aquí a los veinte años.

– ¿Nunca ha oído hablar de algún incendio en Kirkjustétt? -preguntó Þóra con escasas esperanzas.

– No, nunca-respondió Bergur-. Las granjas no han sufrido renovaciones, de modo que no puede haber habido un incendio allí, a menos que la reconstrucción se hiciera muy rápidamente y se reparasen todos los daños. Pero lo dudo, porque Birna estaba muy interesada en la historia de las granjas y nunca me lo mencionó.

– ¿Habló con usted sobre la historia de las granjas? -preguntó Þóra, con la esperanza de obtener una respuesta positiva-. ¿Y le mencionó alguna vez a los nazis en relación con ellas?

Bergur levantó las cejas.

– Sí -contestó-. En realidad no dijo nada, pero me preguntó si yo sabía algo sobre la historia de los nazis en esta zona. Naturalmente, yo no sabía nada, pero cuando le pregunté por qué quería saberlo, me dijo que no me preocupase, que no era nada importante. Qué extraño que usted vuelva a mencionarlo ahora. Ya casi lo tenía olvidado por completo.

– ¿Y Kristín?-preguntó-. ¿Mencionó alguna vez el nombre de Kristín?

Bergur rió con frialdad y sonrió burlón.

– Dígame un solo islandés que no ha tenido en los labios el nombre de Kristín al menos una vez en la vida. -Borró la sonrisa-. Pero no recuerdo nada especial que tuviera relación con ese nombre.

– Muy bien -asintió Þóra-. Si no le importa, me gustaría preguntarle por Eiríkur, el lector de auras. -No esperó a su respuesta, sino que prosiguió-: ¿Se conocían?

– No -respondió Bergur-. Sabía quién era. Eso era todo. Nunca hablé con él.

– ¿Podría decirme, quizá, cómo lo encontró y, tal vez, cómo es el lugar?

– ¿No prefieren verlo con sus propios ojos? -dijo Bergur.

Matthew y Þóra se levantaron y le siguieron hasta la caballeriza propiamente dicha. Þóra se había acostumbrado al olor, de modo que no le afectó mucho, pero Matthew hizo grandes aspavientos nada más abandonar el cuartucho. Caminaron hasta una de las cuadras, que tenía paredes más altas que las demás.

– Es aquí -indicó Bergur, con el rostro un tanto pálido-. El semental estaba en el pesebre y lo había matado a coces. Al menos ésa es la impresión que tuve. -Abrió el cubículo-. El caballo no está aquí ahora.

Þóra echó un vistazo al interior. No había mucho que ver, pues lo habían quitado todo, dejando el suelo libre.

– Supongo que la policía habrá registrado el escenario a fondo.

– Sí, se pasaron aquí toda la noche-respondió Bergur-. No dejaron las cosas muy ordenadas, precisamente.

– Me lo imagino -dijo Þóra-. ¿Por qué entró usted aquí?

– A darles de comer -respondió conciso-. Por desgracia.

– ¿Por desgracia? -preguntó Þóra-. ¿Qué quiere decir?

– Ojalá no hubiera tenido que ver aquella atrocidad -contestó Bergur con sinceridad-. El cuadro era espantoso. El zorro, las agujas y la sangre, por no hablar del hombre destrozado.

– ¿El zorro? -Þóra no pudo evitar un gesto de sorpresa-. ¿Había un zorro aquí dentro?

– Sí -respondió Bergur-. Atado al pecho del cadáver. Al principio pensé que se trataba de una estola de piel, pero luego me di cuenta de lo que era realmente. Me quedé como petrificado un buen rato antes de reaccionar. Mirando. -Cerró la puerta de la cuadra.

– ¿Por qué va alguien a atarse al pecho un zorro, a sí mismo o a otra persona? -pensó Þóra en voz alta-. ¿Tienen algún significado especial los zorros en esta comarca?

– No, no que yo sepa -respondió Bergur-. No tengo ni la menor idea de qué podría significar o representar. A lo mejor era sólo para hacerlo todo más horrible aún. El olor del zorro era repulsivo. Llevaba muerto mucho más tiempo que Eiríkur.

Þóra asintió, pensativa. No conseguía imaginar ninguna explicación.

– ¿Y qué agujas son ésas que mencionó? ¿Se había estado inyectando algo ese hombre? -A lo mejor era aquél el motivo de las extrañas preguntas de Þórólfur sobre agujas y costura.

Bergur entornó los ojos, visiblemente contrariado por tener que recordarlo. Tragó saliva antes de hablar.

– El cadáver tenía alfileres clavados en las plantas de los pies. -Vaciló un momento, pero prosiguió-: A Birna le habían hecho lo mismo. -Tuvo un estremecimiento y añadió-: Quienquiera que fuese el que les clavó aquello en los pies, no les tenía ninguna simpatía, eso está claro.

– ¿Alfileres? -preguntó Þóra desconcertada-. ¿Alfileres?

– Sí -dijo Bergur, volviendo a apretar los labios-. Prefiero no hablar de eso. No tengo ganas de recordar todos esos detalles.

Þóra lo dejó correr, pues estaba tan confusa que no tenía ni idea de qué más preguntar. ¿Qué podía llevar a alguien a clavarles alfileres en los pies a unas personas a las que quiere matar? ¿Quizá habían torturado a Birna y Eiríkur para sacarles información? Þóra dejó de darle vueltas a la idea y pasó a otro asunto.

– ¿Puedo preguntarle si consiguió explicarle a la policía dónde estaba usted a la hora en que creen que murieron Birna y Eiríkur?

– Sí y no -respondió Bergur-. Pude explicar dónde estaba, pero por regla general voy solo, de manera que nadie puede confirmarlo excepto mi mujer. -Miró a Þóra como advirtiéndole que no debía poner en duda lo que le estaba diciendo. A Þóra ni se le pasó por la cabeza hacerlo, y pensó que había sido más sensato que Jónas, que se inventó unas ausencias que se pudieron desmontar con facilidad-. No creo que ella le vaya a mentir a la policía -añadió secamente, como si aquello fuera un inconveniente.

– Una cosa más -se apresuró a decir Þóra-. ¿Qué significa RER?

Bergur alargó una mano al pestillo de la cuadra y volvió a abrirlo.

– No tengo ni idea de su significado. -Señaló con el dedo la pared del fondo de la cuadra del semental-. Eiríkur lo grabó en la chapa antes de morir.

Þóra entró, y Matthew detrás de ella; le explicó lo que había dicho Bergur, y los dos se agacharon sobre la porquería para mirar mejor. Matthew sacó su móvil e hizo una foto.

– RER -dijo Þóra, saliendo de la cuadra detrás de él-. ¿Qué palabra querría escribir? A lo mejor la segunda R es en realidad una B.

Bergur se encogió de hombros.

– Como ya le dije… no tengo ni la más remota idea de lo que puede significar. -Cerró la cuadra-. Tendría que volver a mis obligaciones. ¿Tienen ya suficiente?

Se escuchó un leve crujido y la puerta de la caballeriza se abrió. Entró titubeante una mujer de edad similar a la de Bergur. Su aspecto le llamó la atención a Þóra. No era ni fea ni desgarbada, pero había algo en su forma de moverse y en su ropa, que la hacía tremendamente poco atractiva. Su cabello estaba como muerto y descolorido, sujeto por detrás de la cabeza con una cinta que no contribuía demasiado a su belleza. En sus cortas pestañas no había ni huella de rímel. Era una mujer a la que no sería fácil describir cinco minutos después de que se hubiera marchado, y daba la sensación de que ella misma era también consciente de su aspecto, y prefería pasar desapercibida. Þóra hizo un intento de sonreír para tranquilizarla un poco, pues se la veía nerviosa e indecisa en medio de la puerta abierta. La mujer carraspeó y dijo luego en voz baja:

– ¿No vienes? -Había dirigido sus palabras a Bergur, como si no viera a Þóra y Matthew.

– Ahora mismo -respondió Bergur. En su voz no había ni un mínimo asomo de cariño-. Vuelve a casa. Ya voy yo.

– Ah, vaya -dijo Þóra con alegría-. Es hora de irnos. -Se volvió hacia Bergur-. Muchísimas gracias. Ha sido muy amable al dejarnos ver el escenario de los hechos. -Apartó la mirada de Bergur y dirigió sus ojos hacia la mujer, que suponía era Rósa-. Su marido ha sido muy amable al enseñarnos la cuadra en la que se encontró el cadáver. Soy abogada y estoy en el caso por mi cliente.

Rósa asintió indiferente.

– Adiós, Rósa. -Tendió la mano a la vez que se presentaba. Los ojos de la mujer sólo se detuvieron en Þóra por una fracción de segundo, volviéndose inmediatamente hacia su marido.

– ¿Vienes ya? -repitió. Bergur no respondió.

Þóra intentó romper aquel difícil momento con una pregunta final, aprovechando que Matthew no comprendía.

– Una última cosa. Vi a un chico joven en silla de ruedas muy cerca del hotel. Creo que es de aquí. ¿Sabe usted qué accidente le causó esas heridas? -Bergur y Rósa se quedaron mirándola, petrificados-. Ya saben, un muchacho que tiene unas quemaduras horribles -añadió para ser más precisa. No tuvo que decir nada más, porque los insultos que empezaron a salir como escupitajos por la boca de Rósa le indicaron sin asomo de duda que sabían de quién estaba hablando. Þóra se quedó atónita y vio, sin decir una sola palabra, cómo Bergur agarraba a su esposa por el brazo y se la llevaba a rastras.

Matthew le puso la mano sobre el hombro a Þóra.

– Tengo tantas ganas de largarme de este lugar apestoso, que no te puedes ni imaginar. Pero he de reconocer que me gustaría saber qué barbaridad acabas de decirle a esa buena mujer.

* * *

Magnús Baldvinsson sonrió para sí. Aunque ya estaba viejo y cansado, había momentos en los que se olvidaba de la decadencia de su cuerpo y se sentía como en sus años mozos. Y aquél era uno de esos momentos. Marcó el número de su casa y esperó de buen humor a que su esposa respondiera, se tomó un generoso trago del coñac que había comprado en el bar y disfrutó al sentir el líquido dorado calentar su boca antes de pasar a la garganta.

– Hola, Fríða -saludó-. Ya se acabó.

– ¿Qué? -se oyó preguntar a su mujer-. ¿Vuelves ya a casa? ¿Qué ha sucedido?

– La policía acaba de detener a un hombre por el asesinato de Birna -informó Magnús, haciendo girar la copa ante sus ojos-. Puedes decirle a Baldvin que venga a buscarme cuando mejor le convenga.

– Está en el este, preparando el congreso del partido. Si recuerdo bien, no estará en su casa hasta por la noche, tarde -respondió su mujer con miedo en la voz-. ¿Quieres que le pida a alguien que vaya a recogerte?

– No, no -respondió Magnús, aún contento. A la alegría que acompañaba a la relajación de la tensión y el miedo de los días pasados, se sumaba el orgullo por su nieto-. Me apetece ir con él, y también que me cuente qué tal fue la reunión.

– Siempre está preguntando por ti, desde que te llevó a Snæfellsnes -dijo su mujer-. Se alegrará de traerte él a casa. -Aquellas palabras fueron seguidas por un breve silencio, pero luego añadió, desconfiada y asustada a la vez-: ¿Tenéis algún plan?

– No -contestó Magnús sin dudarlo-. Bueno, no puedo alargar esto. Dile a Baldvin que venga cuando mejor le convenga. Yo estaré aquí.

Se despidieron, y Magnús colgó. Dejó la mano encima del teléfono un breve instante, antes de retirarla. No supo si fue la visión de su mano avejentada lo que le devolvió de golpe a la realidad, o el alcohol, pero, de repente, volvió a sentirse como un anciano. Notó con extrañeza cómo una lágrima se deslizaba por su mejilla llena de arrugas, y la vio caer sobre la pernera del pantalón. Se quedó mirando la manchita, mientras le invadía una sensación de culpa y de malestar. Kristín.

* * *

Þóra se masajeó las sienes.

– No sé si servirá de mucho o de poco el saberlo, pero la estrofa de la lápida de Grímur Pórólfsson es del Hávamál -anunció, reclinándose sobre el respaldo de su silla, delante del ordenador. Miró orgullosa a Matthew, sabiendo que él no tenía ni idea de qué le estaba hablando-. El Hávamál es una serie de versos aforísticos medievales que se suponen compuestos por Odín. Muchas de las cosas que se dicen en el poema siguen siendo increíblemente sensatas hoy día. -Þóra reconoció en el gesto de desinterés de Matthew el suyo propio en los años de instituto, cuando oyó hablar del Hávamál en serio por primera vez-. De verdad -continuó-. Aquí pone que esta estrofa en particular se refiere a las desgracias que le sobrevienen a quien acaba viéndose obligado a depender de otras personas.

– Lo que no nos aclara nada en sí mismo -señaló Matthew-. Eso lo sabe todo hijo de vecino.

– Pues a mí me parece que es muy revelador -repuso Pora-. Por ejemplo, me parece evidente que lo grabaron en la lápida de Grímur por algún motivo. No lo eligieron al azar, estoy segura. -Volvió de nuevo a la red e intentó encontrar la estrofa que estaba en la piedra del prado del hotel. No fue fácil sacar nada en claro, lo único que consiguió fue una referencia a los cuentos populares de Jón Árnason, en una página que trataba del abandono de niños y, a pesar de varios intentos, no consiguió hallar la colección de historias en la red en forma accesible-. Esta estrofa tiene que ver con el abandono de niños -dijo Þóra, explicando lo que había encontrado-. Aquí pone que los niños sin bautizar que eran expuestos se convertían en fantasmas y que sus lamentos, el lamento de los expósitos, se oye cuando el viento sopla sobre su pira, que es el lugar donde fueron abandonados. Incluso se cuenta aquí que los expósitos pueden viajar apoyándose en una rodilla y empujándose con una mano. -Apartó la vista de la pantalla y miró a Matthew-. ¿Tú viste algo así por la ventana? -Matthew le puso muy mala cara y Þóra se giró de nuevo hacia la pantalla, con una sonrisita-. Pero la próxima vez que te encuentres con un expósito debes tener cuidado de que no haga tres círculos a tu alrededor, porque entonces perderás la razón. Intenta que se aleje, así se marchará en busca de su madre. -Miró de nuevo a Matthew, con una sonrisa de oreja a oreja.

– Eres muy graciosa -dijo Matthew enfadado-. Lo de aquel ruido no era broma, lo oí de verdad.

– Tendría que localizar la colección de cuentos y leyendas populares y buscar allí. -Þóra bostezó-. Pero eso puede esperar.

– Estoy de acuerdo contigo en que no corre ninguna prisa -asintió Matthew-. Algo me dice que eso no te va a aproximar al asesino.

– Nunca se sabe, amigo mío -dijo Þóra, que inició una nueva búsqueda, ahora sobre la tuberculosis. Leyó algunas de las pocas páginas que encontró sobre el tema-. Eso se llama mala suerte -dijo-. El antibiótico contra la tuberculosis llegó al mercado en 1946. Un año después de la muerte de Guðný. -Siguió leyendo y luego cerró el navegador y se puso en pie-. En realidad, después lo que he leído, puedo comprender por qué ni Guðný ni su padre, Bjarni, quisieron ir al hospital para tuberculosos. Según lo que he encontrado, los intentos que se hacían para detener el avance de la tuberculosis, o para curarla, eran de todo menos agradables. Comprimir por completo un pulmón, extirpar costillas y cosas por el estilo, pero no servían de nada y en muchos casos el enfermo quedaba mutilado.

Matthew le dio un golpecito en el hombro.

– Todo eso es terriblemente apasionante, pero creo que deberías darte la vuelta y ver quién acaba de entrar.

Þóra se giró hacia la entrada principal, pero enseguida se volvió otra vez hacia Matthew.

– ¿Qué querrá? ¿Crees que me habrá visto?

– ¿No será que viene a darte una paliza? -le susurró Matthew al oído-. Pero creo, a pesar de todo, que deberías hablar con ella.

Þóra no respondió, pero se volvió de nuevo a mirar. Vio cómo Jökull, el camarero y segador, se acercaba a la señora de Tunga, visiblemente nerviosa delante del mostrador de recepción, que estaba vacío. Iba vestido con un chaquetón y botas y trató a Rósa con gran afabilidad antes de salir los dos juntos. Ninguno de ellos pareció fijarse en la presencia de Matthew o de Þóra. Ésta se volvió hacia Matthew.

– ¿Qué demonios de relación hay entre esos dos?

Capítulo 26

– Sé que tu jornada laboral está a punto de acabar, Bella -dijo Þóra con el cansancio en la voz-. Y no te estoy pidiendo que trabajes esta noche. Puedes hacerlo mañana por la mañana. -Sacudió la cabeza para comunicarle su desesperación a Matthew, mientras escuchaba las protestas de su secretaria-. Mi querida Bella, yo pensaba que ésta era una tarea que te venía que ni pintada, por lo aficionada que eres a los caballos. -Þóra no acababa de comprender que Bella, con sus abundantes carnes, lograra subirse a lomos de un caballo-. Lo único que tienes que hacer es averiguar si existe alguna relación entre caballos y zorros, o entre zorros y asesinatos. -Suspiró y cerró los ojos cuando Bella la interrumpió-. Bella, no sé cómo puedes encontrarlo. Intenta comprobar si los zorros y los caballos, especialmente los sementales, tienen algo en común. -Þóra se daba perfecta cuenta de que tendría que explicarlo un poco mejor-. La cuestión es que han encontrado en una caballeriza a un hombre, al que un semental había matado a coces. El cadáver tenía atado al pecho un zorro muerto. Me imagino, y quiero comprobarlo, que lo hicieron con alguna intención.

Matthew le guiñó el ojo a Þóra y sonrió. Conocía perfectamente lo tensa que era la relación de Þóra con su secretaria y se divertía mucho oyéndolas, aunque no comprendiera una sola palabra de lo que hablaban.

– Dale recuerdos de mi parte -interrumpió.

Þóra hizo una mueca.

– Sí, Bella, sí. Lo encontrarás. Hiciste muy bien el encargo del cementerio, y estoy segura de que lo mismo pasará ahora con esto. Matthew te envía recuerdos. -Miró a Matthew y sonrió-. Le apetece mucho ir contigo a visitar unas caballerizas en cuanto volvamos. Ya hemos estado en unas, y le han encantado. En estos momentos, su mayor ilusión es tener la oportunidad de dar de comer a los caballos y recoger el estiércol. Ya sabes cómo les gustan a los alemanes los caballos islandeses. -Se despidió y se volvió hacia Matthew-. Bella quiere invitarte a ir con ella a ver una caballeriza cuando volvamos -dijo, con una sonrisa de oreja a oreja-. Dice que te dé las gracias por la última vez que os visteis.

– Ja, ja -exclamó Matthew-. Muy graciosa. Supongo que le habrás contado lo bien que lo pasaste tú en la cuadra. ¿Conseguiste decir tres palabras seguidas antes de que Rósa se pusiera hecha un basilisco?

– Tienes que reconocer que reaccionó de una manera muy extraña -observó Þóra-. Da igual que la pregunta fuera o no agradable. Pero tengo que descubrir qué relación existe entre ella y Jökull.

– Su reacción en la cuadra fue un poco exagerada -dijo Matthew-. Pero ya te advertí que no debías meter las narices en ese asunto.

– Lo divertido es que yo intentaba ser amable, porque me dio la sensación de que Bergur estaba muy molesto con ella -dijo Þóra-. Lo del joven de la silla de ruedas fue lo único que se me ocurrió.

– Por desgracia -señalo Mathew-. ¿No se podrá encontrar algo al respecto en la red? Está tan destrozado que no puede haber nacido así, tiene que haber estado en un incendio y los incendios suelen ser noticia casi siempre. Sobre todo cuando alguien sale herido -añadió-. Tiene que poderse acceder de alguna forma a las noticias antiguas en las páginas de los periódicos.

– Sí, probablemente -dijo Þóra-. Pero sería muchísimo más sencillo si alguien de aquí pudiera contármelo. No sé qué buscar, ni siquiera sé si sucedió hace diez años o hace un mes. Los periódicos no suelen especificar las heridas, se contentan con decir si alguien está grave o de pronóstico reservado, y cosas por el estilo. Aparte de que ni siquiera sé si fue el incendio de una casa o si el joven se cayó sin más dentro de un geiser. -Dejó escapar un hondo suspiro-. Además de que tendría que dedicarme más bien a intentar hacer algo por el pobre Jónas.

Matthew gruñó.

– Si se puede -dijo-. Tienes que reconocer que podría ser culpable.

– Sí, desgraciadamente -asintió Þóra-. Pero de alguna forma, estoy segura de que no fue él quien cometió esos crímenes.

– ¿Y quién, entonces? -preguntó Matthew-. Todo tendría mejor pinta si hubiera algún sospechoso más.

Þóra reflexionó un momento.

– El siguiente sería Bergur, pero no tendría, aparentemente, ningún motivo para matar a Eiríkur. -Se mordió el labio inferior. Estaban en la explanada frente al hotel, adonde habían ido porque Þóra quería hablar con Bella. Se encontraban uno al lado del otro, apoyados en el coche de alquiler de Matthew-. ¿No podemos excluir a todos los que estaban en la reunión espiritista? -preguntó Þóra-. Se estaba celebrando justo en el lapso de tiempo en que fue asesinada Birna, a juzgar por lo que dijo la policía.

– ¿Se ha sabido algo más preciso sobre la hora de la muerte? -preguntó Matthew.

– Þórólfur dijo que entre las nueve y las diez del jueves por la noche -respondió Þóra-. Tenía que basarse en las conclusiones de la autopsia. Coincide además con el mensaje en el que la citaban a las nueve. -Þóra suspiró-. La reunión empezó a las ocho. Nosotros tardamos media hora en llegar a la playa, así que si el asesino fue allí desde la reunión, no habría podido estar de vuelta antes de la pausa, que fue a las nueve y media. El acceso estaba cortado, de modo que nadie habría podido llegar en coche… habría tardado demasiado tiempo en llegar a la carretera general.

– ¿Sabes quienes estuvieron en la reunión? -preguntó Matthew-. De nada sirve excluir a un montón de gente si no tienes más información sobre quiénes eran.

– No, pero estoy segura de que, de una u otra forma, Vigdís sabrá quiénes asistieron. Ella cobraba la entrada -dijo Þóra-. Y además, muchos debieron de pagar con tarjeta, de forma que podremos encontrar los nombres de algunos de ellos.

– ¿Pero no deberías concentrarte en los posibles sospechosos, en lugar de en los que no son sospechosos?-señaló Matthew.

– Sí, pero de esta forma podré descartar a bastantes. Y al mismo tiempo, tendré una lista de los que pudieron haber visto a Jónas paseando durante la pausa, y que podrían servir como testigos de su ausencia -dijo Þóra. Observó una gaviota que volaba por encima de ellos-. A menos que el asesino se haya marchado volando -dijo pensativa, pero de repente se irguió y se apartó del coche-. ¿Y por qué no en barco? ¿No podría haber tenido el asesino una motora con la que entró en la ensenada?

Matthew no parecía igual de entusiasmado con la idea.

– ¿No es un poco absurdo? -la contradijo-. Tú y yo estuvimos en la ensenada y viendo la playa no me pareció que fuera posible desembarcar allí. Las piedras del fondo no hacían más que moverse. -Y añadió pensativo-: Aunque, en realidad, había un posible embarcadero. A lo mejor sí que se puede. -Siguió reflexionando-. Pero la barca habría tenido que estar amarrada aquí al lado, en el embarcadero del hotel, antes de la reunión. Quizá haya alguien que recuerde si fue así. Vamos allá y veamos cómo es.

Bajaron desde el hotel al pequeño muelle que había al este de los terrenos. Matthew se volvió y miró al hotel, cuando ya estaban casi llegando al lugar.

– Aquí no se nos ve mucho -dijo, señalando con el dedo. Desde donde estaban se veía el tejado del hotel, pero ni las puertas ni las ventanas-. Sería fácil hacer cualquier cosa aquí sin que te molesten. -Miró a su alrededor-. Y eso que me da la sensación de que este embarcadero no parece usarse mucho. No hay cabos ni postes para amarrar botes.

Þóra miró por debajo de los lados de la pasarela pero no vio nada que pudiera indicar que el muelle estuviera en uso.

– De acuerdo -dijo-. Pero de todos modos le preguntaré a Vigdís si recuerda alguna barca esa noche. -Se levantó viento, envolviéndoles en el olor de la ballena muerta-. Dios mío -exclamó Þóra, mirando el borde de la playa en dirección al lugar de donde soplaba el viento-. ¡Allí está el cadáver, mira! -señaló con el dedo hacia una gran masa negra, informe, a bastante distancia.

Matthew se cubrió la boca y la nariz con la mano, pero aguzó la vista en dirección al lugar que señalaba Þóra.

– ¿Pero qué es eso? No puede haber en el mundo un olor más horrible.

– ¿Vamos a echar un vistazo? -preguntó Þóra-. Si atajamos por esa pequeña ensenada, estaremos allí en poco tiempo.

Matthew dejó de mirar la línea de la playa, y se concentró en Þóra.

– ¿Estás hablando en serio? ¿Quieres ir hasta allí para ver esa monstruosidad asquerosa?

– Pues, claro -dijo Þóra, pero en ese momento sonó su teléfono. Suspiró al ver el número-. Hola.

– ¿No se te ha pasado por la cabeza contestar a los mensajes que te he estado enviando ininterrumpidamente, o te limitas a borrarlos? -gritó su ex marido, furioso-. No sé dónde diablos estás, pero esta eterna falta de comunicación se ha vuelto un tanto fastidiosa. No me chupo el dedo, y sé perfectamente que tienes apagado el móvil para poder enredarte con el primero que te encuentres.

Þóra intentó contenerse, pero no pudo mantener del todo la prudencia ante semejante perorata.

– Cállate, Hannes -le ordenó-. Estoy aquí trabajando, y si alguna vez hubieras llegado más allá de la circunvalación de Reikiavik, sabrías que no en todas partes hay cobertura para el móvil. -Esto último lo dijo con toda frialdad, aunque ella misma lo había descubierto muy pocos días atrás-. Lo único que tengo que decirte es que Gylfi y Sóley están justo a las afueras de Selfoss y que hay que ir allí a buscarles. Sigga está con ellos.

– ¿Y a mí qué me cuentas? -vociferó Hannes-. Yo también trabajo y no puedo andar de un lado para otro según a ti te convenga.

– ¿Puedes ir a buscarles, o no? -preguntó Þóra-. Si no puedes, llamo a mis padres y les pido que vayan ellos. Pero quiero recordarte que es culpa tuya. Si no hubieras estado cantando Eye of the Tiger una vez tras otra, no se habrían marchado. -Þóra subió el volumen, porque le parecía oír música-. Estoy oyendo Final Countdown -dijo, escandalizada-. ¿Aún estás con el Sing Star?

Se despidieron cuando Hannes aceptó ir a buscarles, y Þóra colgó, enfadada por haberse irritado. Abrió el teléfono y llamó a Gylfi para decirle que su padre iría a buscarles. Tuvo que hacer un buen esfuerzo para calmarse del todo.

– Drama familiar -le dijo a Matthew, que la miraba con mucha curiosidad-. Iremos a Kreppa a buscar el estudio de Birna.

– Por fin -exclamó Matthew-. Estoy dispuesto a todo menos a estudiar el cadáver de la ballena. ¿Y quién sabe? A lo mejor encontramos más nombres de personas asesinadas grabados en esa casa.

Subieron al muelle y volvieron hacia el hotel, donde Þóra vio un hombre que les hacía señas con las manos. Era el fotógrafo de la revista de viajes, Robin Kohman. Þóra respondió a sus señas, y él se dirigió hacia ellos.

– Hi -les gritó-. Os estaba buscando.

– ¿Y eso? -le gritó Þóra, a su vez, acelerando el paso-. Estábamos echando un vistazo por ahí.

– Me marcho esta noche -anunció el fotógrafo después de los saludos-, y quería daros las fotos de Birna. -Y añadió con un gesto mucho más triste-: Me he enterado de lo sucedido, y quería entregárselas a alguien que la conociera. -Sacudió la cabeza, apesadumbrado-. Ha sido tan repentino y, desde luego, me resulta enormemente sorprendente en este país.

– Sí, es espantoso -dijo Þóra-. Esperemos que capturen pronto al culpable.

– ¿Ha hablado contigo la policía? -preguntó Matthew-. Supongo que desearán entrevistarse con todos los huéspedes antes de que se vayan.

Robin asintió.

– Sí, charlaron conmigo esta mañana, pero no pude decirles nada.

– ¿No les quisiste dar las fotos a ellos?-preguntó Þóra-. Aunque nosotros sí las queremos, por supuesto.

– No; pensé que estas cosas no tenían nada que ver con el asunto -dijo Robin-. No creo que las fotos tengan ninguna relación con el asesinato de Birna. Son de lo más inocentes. -Sonrió cordial-. Quizá con excepción de una, la de un zorro muerto.

* * *

Matthew dejó la foto. Estaban sentados con Robin en el bar, y sobre la mesa, delante de ellos, había un montón de fotografías que el hombre había extraído de un sobre grande con el nombre de Birna.

– ¿Dónde tomaste ésta? -preguntó Matthew, señalando el zorro muerto que ocupaba el centro de la imagen. La esbelta criatura yacía de lado sobre la hierba. La lengua colgaba por un lado de la boca, y la piel rojiza estaba desgarrada y ensangrentada en un costado.

– Estaba al lado del sendero que llevaba a la vieja granja, que está justo ahí al lado -respondió Robin-. Birna me pidió que la acompañara hasta allí a hacer algunas fotos y nos encontramos con el pobre bicho. Me pidió ella que la hiciera, le parecía de lo más triste. En esta foto no se ve, pero todo lo que había alrededor indicaba que el zorro se había arrastrado hasta allí gravemente herido. -Robin señaló la herida en el costado del animal-. Escapó al cazador, pero el disparo resultó ser mortal.

– ¿Os llevasteis el zorro? -preguntó Þóra.

– No, ¿estás loca? -dijo Robin-. Ni lo tocamos. Olía espantosamente mal, y no teníamos el menor deseo de recoger el cadáver.

– ¿Crees que alguna persona, o algunas personas, habrían podido pasar después de vosotros y habérselo llevado? -preguntó Þóra.

Robin miró alternativamente a uno y otro, extrañado.

– No acierto a comprender este interés, pero claro que es posible. El zorro estaba a la vista de todos los que pasaran por allí. -Se irguió-. Sólo que no puedo imaginarme que nadie pueda tener interés en recoger un cadáver como ése. A menos que la piel sea muy valiosa. -Miró a Þóra-. ¿Tienen los islandeses debilidad por los zorros?

Þóra sonrió.

– No, no como para ponerse a recoger cadáveres. El interés que tenemos Matthew y yo por el zorro tiene otra motivación, muy diferente, pero sería demasiado largo de explicar. -Agarró las fotos y empezó a mirarlas-. ¿Birna no te dijo por qué eligió estos temas precisamente? -le preguntó a Robin-. Veo que muchas fotos son de la vieja granja y del terreno que hay detrás de hotel, pero también hay una de una trampilla de metal y otras de paredes interiores, al parecer. ¿Te explicó algo? -Le enseñó a Robin las fotos en cuestión.

El fotógrafo las miró y asintió con la cabeza.

– Recuerdo bien que había esa trampilla en el prado de la vieja granja, ahí al lado de las rocas -explicó-. La foto de las paredes, en cambio, la tomé aquí, en el sótano, en la parte vieja del hotel. Me pidió que la tomara un día después de las otras, pero no me dio más explicación sobre su interés por la trampilla. Pensé que tendría algo que ver con la arquitectura, pero no entendí del todo por qué quería precisamente esas fotos.

– ¿Te comentó algo sobre esta piedra? -preguntó Matthew, señalando tres fotos de la roca con la inscripción que habían encontrado detrás del hotel.

Robin estudió las fotos.

– Sí, qué curioso. Le pregunté por ella, mientras la fotografiábamos por delante y por detrás. Me tradujo el poema y, como me pareció bastante raro, le pregunté si era una costumbre islandesa escribir poemas en las piedras. -Dejó las fotos sobre la mesa-. Contestó que no, y se mostró bastante extrañada de encontrar allí una piedra con inscripción.

– ¿Se le ocurrió alguna explicación, o estuvo pensando cómo habría llegado allí la piedra? -preguntó Þóra.

– No directamente -respondió Robin-. Estuvo intentando comprobar si el poema lo podían haber grabado los habitantes, o si en la casa habría podido vivir algún artista. Luego pensó que tal vez se tratara de la tumba de algún animal doméstico, aunque el poema no le parecía que encajara con eso. Que yo sepa, no llegó a ninguna conclusión.

Matthew le dio un golpecito a Þóra.

– Aquí hay una interesante -dijo, dándole una foto de Birna hablando con un anciano en la explanada de delante de la puerta principal del hotel. Þóra la tomó-. A lo mejor estaban hablando de la remodelación de su residencia -dijo Matthew con una sonrisa.

Robin se inclinó sobre Þóra para ver lo que tanto les había llamado la atención.

– Sí, esta foto -dijo-. Se la tomé por mi cuenta. Estábamos yendo hacia la vieja granja, cuando ese hombre salió del hotel y se puso a hablar con Birna. Sé que es un cliente, porque le he visto varias veces en el comedor.

Þóra asintió.

– ¿Sabes de qué hablaron?

– No, ni idea -dijo Robin-. Hablaban en islandés. Pero no hacía falta entender nada para darse cuenta de que no era una charla de amigos normal y corriente. Sólo hice esta foto, porque enseguida empezaron a discutir y no me pareció muy apropiado.

– ¿Te dijo ella algo sobre el motivo de la discusión? -preguntó Matthew.

– Sí, dijo algo sobre que la gente tendría que darse cuenta de una vez por todas de que cada uno era responsable de sus propios actos -reveló Robin-. Estaba bastante enfadada, así que no pregunté más. -Se lo pensó mejor-. Pero luego añadió algo así como que los viejos pecados crecían igual que las viejas deudas. No comprendí a qué se refería, y me limité a cambiar de tema.

Þóra y Matthew se miraron a los ojos. Magnús Baldvinsson. ¿Viejos pecados?

* * *

La enfermera se dirigió hacia la cama de la anciana y le dio un amable golpecito en el hombro para despertarla.

– Malla, bonita-dijo suavemente-. Despierta. Tienes que tomar tus medicinas.

La anciana abrió los ojos sin decir una palabra. Miró al aire, parpadeó varias veces y tosió débilmente. La enfermera la miró en silencio. Sabía que, a veces, la anciana necesitaba mucho tiempo para volver en sí. Se limitó a permanecer tranquila a su lado, con una mano aún sobre el flaco hombro y un vasito de plástico en la otra. El vasito contenía pastillas blancas y rojas que iba a darle a la mujer.

– Vamos -dijo con voz alegre-. Dentro de un momentito podrás volver a tumbarte.

– Ha venido -dijo de repente la anciana. Seguía con los ojos en el aire, y aún no había mirado a la mujer que esperaba, paciente, al lado de la cama.

– ¿Quién ha venido? -preguntó la enfermera sin mucho interés. Ya hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a toda clase de desvarios de los ancianos, sobre todo cuando se debatían entre el sueño y la vigilia. Era como si regresaran a los largos días del pasado, cuando eran más jóvenes, más ágiles y no tenían que depender de otros para las cosas más insignificantes.

– Ha venido -repitió la anciana, sonriendo-. Me ha perdonado. -Miró a su interlocutora por primera vez, aún con la sonrisa en los labios-. No estaba enfadada. Siempre tan alegre.

– Estupendo -respondió con alegría la enfermera-. No es nada bueno estar enfadado. -Agitó el vasito de las medicinas-. Venga, incorpórate y tómate las medicinas.

La anciana no miró el vaso de pastillas, sino a la joven, directamente a los ojos

– Le pregunté si estaba enfadada -dijo-. Ella me preguntó que por qué iba a estar enfadada. -Se incorporó sobre los codos con gran esfuerzo-. Siempre tan alegre.

– ¿Quieres que te sostenga el agua, o lo puedes hacer tú sola? -preguntó la enfermera, echando mano al vaso que había en la mesilla de noche. Le dio agua a la anciana.

– Naturalmente, le dije que por qué iba a que estar enfadada -continuó la anciana, sin prestar la más mínima atención al agua o a las medicinas-. Y eso que siempre pensé que lo sabía todo sobre mí. -Sacudió la cabeza extrañada, agitando su cabello blanco-. Parecía que nunca había estado enfadada -dijo luego, y cerró los ojos-. Pero lo importante es que me ha perdonado a pesar de todo.

– Pues eso es estupendo -dijo la enfermera, dejando en la mesilla el vaso de medicinas y el agua-. Vamos. -Sujetó por debajo de los brazos a la anciana-. Tienes que incorporarte mejor. -Alzó a la mujer para que se pudiera sentar bien. Tenía la espalda torcida y no podía esperarse que se sentara perfectamente recta, pero aquello sería suficiente-. Ahora nos tomaremos las medicinas. -Agarró las pastillas-. Hay otras personas esperando, así que tendremos que darnos un poquito de prisa. -Llevó el vaso a los finos y descoloridos labios de la mujer.

La anciana abrió la boca y dejó que la joven le introdujera las pastillas. Conocía el procedimiento y esperó a que le diera un poco de agua para tragar. Las píldoras bajaron por su garganta con unos ruidos que la mujer no hizo nada por reprimir. Finalmente se secó la boca con el dorso de la mano y miró a la enfermera.

– Era buena y alegre. Imagínate.

– ¿Imagínate qué, cariño? -preguntó la enfermera por cortesía, sin acabar de aclararse de si la anciana estaba plenamente consciente.

– Me perdonó -repitió una vez más, con la misma voz de extrañeza de antes-. Y yo que no hice nada por ella.

– ¿Estás segura, cariño? -dijo la enfermera con una sonrisa-. Estoy convencida de que hiciste muchísimo por ella. Sólo que ya no te acuerdas.

La anciana frunció el ceño.

– Claro que me acuerdo. Murió. ¿Como podría olvidarlo?

La enfermera sonrió en su interior y acarició afable sus cabellos grises. Era lo que se temía, la pobre anciana estaba delirando. ¿La visita de una mujer muerta? No se preocupó por mantener la sonrisa, sino que volvió a acostar a la mujer en una postura más cómoda.

– Venga, Malla. Ahora intenta volver a dormir.

La anciana cerró inmediatamente los ojos, en el mismo momento en que su cabeza caía sobre la almohada.

– Asesinada. La maldad está por todas partes. -Chasqueó los labios y luego musitó, adormilada-: Querida mía. Mi querida Kristín.

Capítulo 27

– Debe de tratarse del mismo animal que le ataron a Eiríkur -dijo Matthew-. Por lo menos, no veo al zorro por ninguna parte. -Þóra y él habían ido siguiendo los pasos de Birna y Robin hasta Kreppa, y estaban en el lugar donde él les dijo que habían encontrado el zorro. No se le veía por ningún sitio.

– Tal vez otros animales han dado buena cuenta de sus restos, pero seguramente tienes razón -dijo Þóra-. Los únicos animales que se ven por estos alrededores son ovejas, y dudo que se dediquen a comer zorros. -Miró al cielo-. Quizá los pájaros, pero entonces habrían dejado los huesos.

– De modo que el asesino pasó por aquí -conjeturó Matthew, revolviendo un poco la hierba del borde del sendero, con una rama que había cogido mientras estaban buscando el cadáver.

– O eso, o mató al zorro y lo siguió hasta aquí, cuando Birna y Robin ya se habían ido -dijo Þóra-. Ya me gustaría saber qué significado tenía ese zorro.

– Quién sabe, a menos que Bella, tu ángel de la guardia, consiga descubrirlo -observó Matthew-. El zorro debería significar algo, supongo.

– ¿Transmitir algún mensaje, quieres decir? -repuso Þóra dubitativa-. ¿De las asociaciones de defensa de los animales, o algo por el estilo?

– No, del asesino -dijo Matthew-. A lo mejor es un perturbado que intenta decir algo con todo esto. ¿Sabemos con toda seguridad que no había nada atado a Birna?

– No, que yo sepa -respondió Þóra-. Al menos, nunca se ha mencionado. Los dos tenían alfileres en las plantas de los pies, pero nadie ha mencionado ningún zorro, ni ningún otro animal, en relación con ella.

Se detuvieron en el patio de grava de delante de la casa.

– ¿De quién es ese coche? -preguntó Matthew, señalando un Renault Mégane nuevo, aparcado en el patio.

Þóra se encogió de hombros.

– Ni idea -dijo-. No debería haber nadie aquí. -Miró las ventanas de la casa y vio que dentro había haz-. A lo mejor han venido los hermanos a acabar de llevarse sus pertenencias. Eso espero. -Sacó la llave de la casa y se dirigieron hacia la puerta, que no estaba cerrada con llave. Þóra abrió y metió la cabeza-. ¡Hola! -gritó-. ¿Hay alguien?

– ¡Hola! -gritaron como respuesta, y se oyeron unos pasos que se aproximaban-. Ah, hola -se oyó decir a una voz alegre al tiempo que aparecía Bertha, la hija de Elín. Se había recogido el pelo en una coleta, y llevaba en la mano una bayeta de quitar el polvo-. Me asusté. Bienvenidos, estoy empaquetando cosas para mamá y el tío Börkur. -Agitó la bayeta-. Hay tanto polvo que intento ir limpiando cada cosa antes de guardarla, aunque me eternice.

Matthew le devolvió la sonrisa, feliz de encontrar a alguien que recordaba que era extranjero y aceptaba hablar con él en inglés.

– Hola -le dijo tendiéndole la mano-. Gracias por el otro día.

– Lo mismo digo -respondió Bertha-. He tenido la gran idea de traer una cafetera y estaba sirviéndome un café. Llegáis que ni pintados, porque Steini no quiere café y siempre hago de sobra.

La siguieron hasta la cocina, donde estaba el joven, sentado en su silla de ruedas. Como la vez anterior, ocultaba el rostro con la capucha cubriéndole la cabeza, aunque al entrar se le vio dirigir sus ojos hacia ellos. Pero no dijo nada.

– Invitados, Steini -dijo Bertha, a lo que él respondió con un murmullo inaudible-. Servios, por favor -invitó Bertha, señalando unas tazas de porcelana colocadas junto al fregadero-. Acabo de limpiarlas -añadió con una sonrisa.

– Gracias -dijo Þóra-. Ni me había dado cuenta de lo que me apetecía un café. -Se llenó la taza y luego sirvió a Matthew-. ¿No es una barbaridad de trabajo para vosotros? -preguntó después de tomar un primer sorbo.

– Sí que lo es -dijo Bertha sin dudarlo-. No sé en qué estaba pensando cuando me ofrecí a encargarme yo. Aunque en realidad no deja de ser entretenido. Es una sensación especial, tocar estos objetos a los que los bisabuelos Grímur y Kristrún les tuvieron tanto aprecio.

– Me lo imagino -dijo Þóra-. A decir verdad, hemos venido a echar un vistazo al estudio de Birna. Tenemos entendido que se había preparado un refugio aquí arriba. ¿Es cierto?

– Sí -respondió Bertha-. ¿Queréis que os lo enseñe? No hay muchas cosas, sólo dibujos, pero no hay ordenador. Utilizaba un portátil y no lo quería enchufar aquí. -Señaló el cable de la cafetera-. Los enchufes son tan viejos que hace falta siempre un conector especial, Birna tenía miedo de que la corriente no fuera estable y no quería correr el riesgo de estropear su portátil. Siempre lo cargaba a tope en el hotel antes de venir.

– No importa -dijo Matthew-. Tampoco estamos buscando un ordenador a toda costa. Sólo queríamos ver en qué andaba trabajando.

Bertha entornó los ojos.

– ¿Pensáis que el crimen pueda tener algo que ver con el edificio que estaba diseñando? -El tono de su voz indicaba que albergaba dudas de que pudiera ser así-. ¿No está ya claro que el asesino era un psicópata sexual?

– No, eso no está nada claro -respondió Þóra, aunque decidió no mencionar la detención de Jónas. La muchacha podría pensar que Þóra y Matthew estaban apoyando al asesino, y negarse a colaborar con quienes torturaron a su amiga-. Pero es absurdo pensar que sus bocetos tengan algo que ver con el crimen. Sólo estamos interesados en ver si aquí puede haber algo que arroje alguna luz sobre el caso.

– Comprendo -respondió Bertha-. No he vuelto a entrar desde que se cometió el crimen -añadió-. Esperaba que la policía registrase el cuarto, por eso no quise tocar nada. Pero, hasta ahora, no han venido, así que probablemente esa habitación no tendrá ninguna importancia. -Se volvió hacia Þóra-. Tú eres abogada, ¿verdad? ¿La abogada de Jónas y del hotel? -preguntó.

– Sí -respondió Þóra, cruzando los dedos para que la chica no fuera a preguntar sobre la situación de su cliente.

– Entonces no habrá problema para que entres tú -dijo-. No irás a entorpecer la labor de la policía, ¿verdad?

– No, por Dios. -Mintió Þóra con aire inocente-. Nunca haría algo así. No nos llevaremos nada. Sólo miraremos. -Tomó un sorbo de café-. Este café está riquísimo -dijo con una sonrisa.

– Gracias -respondió Bertha-. A algunos, mi café les parece demasiado fuerte. -Señaló con la barbilla a Steini.

– Es demasiado fuerte -se oyó debajo de la capucha-. Demasiado fuerte.

Matthew no se sentía tan incómodo como Þóra con aquella situación, pues respondió a Steini enseguida:

– Ponle leche. Ése es el truco -dijo con total naturalidad-. Tendrías que probarlo. Con crema es aún más rico.

– Quizá -dijo Steini-. Pero prefiero los refrescos.

Bertha sonrió a Matthew con alegría y Þóra pensó que ojalá se le ocurriera a ella algo que decirle al joven. Había algo doloroso en el afecto que sentía la muchacha por él.

– ¿Os lo enseño? -preguntó Bertha de pronto-. Steini y yo tendríamos que ir acabando esto. -Se dirigió a la puerta que daba al pasillo.

– Sí, desde luego -respondió Þóra, dejando la taza. Matthew hizo lo mismo-. Os podéis quedar aquí abajo, si queréis -dijo Þóra, caminando detrás de Bertha-. No nos llevaremos ni estropearemos nada.

– No hay problema -respondió Bertha-. Todavía tengo cosas por organizar.

Los tres subieron en fila india por la escalera y llegaron hasta la puerta del cuarto de Birna. Resultó ser la habitación que Þóra y Matthew no habían podido abrir cuando fueron a la casa por primera vez.

– Cerré con llave en cuanto me enteré del asesinato -explicó Bertha mientras peleaba con una llave que se atascaba en la cerradura. Finalmente, consiguió introducirla bien, la hizo girar y empujó la puerta. Sobre el escritorio había una lata de refresco, en el alféizar de la ventana un cenicero y por diversos lugares de la habitación había otros restos de época actual. Había unos dibujos clavados en la pared, igual que en la habitación de Birna en el hotel, la mayor parte eran bocetos a mano, pero también había otros a ordenador.

Þóra contempló los dibujos, que mostraban la configuración prevista del nuevo edificio y varios cortes en distintos lugares.

– ¿Qué es esto? -preguntó, señalando el boceto de una casa con un bosque de pinos al fondo. Junto a la casa había autocares y gente paseando-. No creo que éste fuera el proyecto del nuevo edificio de Jónas. -La construcción era una estructura de cristal y no resultaría nada fácil organizar habitaciones para huéspedes detrás de semejantes paredes transparentes.

Bertha se acercó.

– No, no lo creo -dijo-. Bertha me enseñó sus proyectos del edificio, y no se parecían nada a éste. -Se inclinó hacia una esquina del dibujo-. Tiene fecha de hace una semana -anunció con una mueca-. La última vez que Birna me invitó a entrar, no estaba aquí.

– Pero sí que estaba cuando cerraste con llave, ¿no? -preguntó Matthew-. No lo pusieron después de morir ella, ¿verdad?

Bertha enarcó las cejas mientras intentaba hacer memoria.

– Realmente, no lo sé -dijo-. Metí la cabeza antes de cerrar y no recuerdo si estaba ahí el dibujo. -Les miró preocupada, como si aquello hubiera sido una tremenda estupidez por su parte-. Pero nadie ha entrado aquí desde que cerré con llave. De eso no hay duda.

– ¿Cuándo fue eso, exactamente? -preguntó Þóra.

– El sábado -respondió Bertha-. No sé qué hora sería, pero fue por la tarde. ¿Importa mucho? -preguntó con gesto de preocupación-. ¿Creéis que el asesino ha podido venir aquí?

– No -dijo Þóra-. Claro que no. No parece que mucha gente supiera de la existencia de este refugio de Birna. -Se dirigió a la mesa. Sobre ella había varios bosquejos y en medio de todo varios recibos de tarjetas de crédito. No parecían revelar nada especial, aparte de que Birna compraba en Esso y en Spöl. Tuvo que hacer fuerza para abrir los cajones de la mesa, que estaban bastante arqueados. Dos estaban completamente vacíos, uno contenía material de escritorio y cuadernos, y en el tercero había una llavecita en un llavero con una placa de metal en la que estaba grabada una marca comercial que Þóra no conocía. Levantó la llave. Era pequeña y no servía para una puerta ni para un coche, ni para ninguna otra cosa que se le pudiera ocurrir a Pora-. ¿Sabes de qué es esta llave? -preguntó a Bertha, que negó con la cabeza.

– Ni idea -dijo-. Pero tiene que ser de Birna, seguro, porque en ese cajón no había ninguna llave cuando se instaló en la habitación. Los vacié antes de que se viniera para aquí con sus cosas.

Þóra se guardó la llave en un bolsillo.

– Me la llevo prestada -le dijo a Bertha-. No te preocupes por la policía. Si la quieren, se la daré.

– A mí me da igual -replicó Bertha-. Lo único que quiero es que encuentren al asesino. Me da lo mismo quién lo haga.

– Pues nada, estupendo -dijo Matthew poco después, cuando acabaron de examinar el cuarto-. ¿Hay en la casa algo más que perteneciera a Birna?

– Quizá un vaso, abajo -dijo Bertha-. Sí, y unas botas que hay en el zaguán. ¿Queréis esas cosas?

Þóra sonrió.

– No, no. Pero dime una cosa. Birna parece que estaba especialmente interesada por una trampilla que había aquí. ¿Sabes algo?

Bertha sacudió lentamente la cabeza.

– No, pero se me ocurre que debió de ser cuando estaba pensando si hacer el edificio al lado de esta casa -respondió-. Fue hace casi dos meses, cuando me encontré con ella aquí la primera vez.

– No, es algo de mucho más tarde, algo muy reciente -dijo Matthew-. ¿Sabes de qué trampilla estamos hablando?

– Sí -asintió Bertha-. O, más exactamente, creo que sí. Por aquí sólo hay una trampilla. ¿Queréis verla?

Þóra miró a Matthew y se encogió de hombros.

– ¿Por qué no? -dijo.

Salieron de la habitación con Bertha y se quedaron junto a ella mientras cerraba concienzudamente la puerta con llave. Al salir, Þóra aprovechó la ocasión para preguntarle a la muchacha si se había encontrado objetos nazis al preparar las cajas para llevárselas, o si Birna había mencionado algo al respecto en alguna ocasión.

Bertha se dio la vuelta en la escalera de salida del edificio y miró a Þóra con cara de extrañeza.

– No, ¿cómo se te puede ocurrir semejante cosa?

– No es nada -dijo Þóra-. Las cajas que hay en el sótano del hotel sí que contienen algunas cosas de ésas.

– ¿Sí? -exclamó Bertha, sin poder ocultar su asombro-. Me parece rarísimo. ¿Quizá pertenecían a otros, no a mi familia?

– Puede ser -dijo Þóra, aunque estaba convencida de lo contrario-. Y otra cosa -añadió-, ¿te suena el nombre de Kristín?

– ¿Kristín Sveins? -preguntó Bertha sin volverse a mirarla. El corazón de Þóra dio un vuelco-. Estuvo en mi misma clase durante muchos años. Hace tiempo que no la veo. -Se volvió a Þóra con un gesto de extrañeza-. ¿La conoces?

Þóra intentó disimular su decepción.

– No, pensaba en otra Kristín. Alguien que vivió aquí, o por aquí cerca, hace mucho, mucho tiempo.

Bertha sacudió la cabeza

– No, no recuerdo a nadie con ese nombre. Pero yo no soy la persona adecuada para preguntar por gente de otra época. Quizás mamá pueda ayudarte.

«Segurísimo», pensó Þóra.

– ¿Es ésta la trampilla? -preguntó, señalando una tapa metálica con el asa levantada, que Bertha agarró con fuerza. Estaban a unos veinte metros detrás de la casa.

– Sí -dijo Bertha-. No tiene nada de especial. ¿Queréis abrirla? -preguntó, y le hizo una señal a Matthew para que abriera él mismo si quería. Matthew se inclinó e hizo un esfuerzo para levantar la pesada trampilla. Los viejos goznes chirriaron cuando el alemán intentó infructuosamente abrirlo.

– ¿Qué hay aquí abajo? -preguntó.

– Nada -dijo Bertha-. Es un almacén anejo, si recuerdo bien. Hay acceso desde el sótano. Creo que guardaban ahí el carbón para la calefacción. Ni se sabe cuándo lo abrieron por última vez. Desde que tengo memoria, la casa siempre ha tenido calefacción eléctrica.

– ¿Podríamos echar un vistazo al sótano? -preguntó Matthew, limpiándose en la hierba las manos, que se le habían ensuciado.

Bertha asintió, pero insistió en que allí no había nada. Les acompañó y después de entrar por una puertecita que había en un extremo del sótano y atravesar un pequeño pasillo, que en realidad parecía un túnel, llegaron a una puerta metálica que Bertha abrió de un empujón. Allí delante no había nada más que oscuridad. Con el escaso resplandor que llegaba desde el sótano, se podía ver, sin embargo, que la carbonera estaba cubierta de polvo negro y que en el suelo había aún algunos pedazos de carbón negro.

– Bastante desagradable -dijo Bertha, cerrando la puerta-. Birna no era precisamente el tipo de gente que se interesa por estas cosas -añadió luego-. El caso es que no recuerdo que bajara nunca a este sótano. -Empezó a subir la escalera-. Claro que muchas veces estaba aquí sola, y pudo bajar alguna vez a echar un vistazo. Para qué, ni idea.

Cuando estuvieron de nuevo en la superficie, Þóra y Matthew decidieron que ya era suficiente. Se despidieron de Bertha y le dieron las gracias por su ayuda. Matthew le pidió que les despidiera de Steini, y Þóra luchó contra el deseo de preguntarle qué le había sucedido. Pero no fue capaz de guardarse la pregunta

– Bertha, no te lo tomes a mal, pero ¿qué le pasó a tu amigo? -dijo en voz suficientemente baja para que no se la pudiera oír desde la cocina.

Bertha sopló ruidosamente.

– Tuvo un accidente. Otro coche chocó contra el suyo, y se incendió. Iba fumando -dijo Bertha, también en voz baja.

– Dios mío -exclamó Þóra-. Qué horror. ¿Está inválido?

– No -respondió Bertha-. Al menos no tiene afectada la médula. Lo que pasa es que tiene tan mal las piernas que no puede andar con normalidad. Se le quemaron varios músculos, y el injerto de piel sigue doliéndole mucho. Espero conseguir pronto que vuelva a empezar la fisioterapia. Pero hace falta tiempo. -Miró fugazmente hacia la esquina para asegurarse de que Steini no estuviera por allí cerca-. Lo peor es que el hombre que chocó con él estaba borracho. Steini estaba completamente sobrio.

– ¿Y qué le pasó al otro? -preguntó Þóra-. ¿No le condenaron?

Bertha sonrió con frialdad.

– Puede decirse que recibió su merecido. Pereció en el accidente. Su mujer también. -Calló un momento como para decidir si debía contarles algo más o dejarlo allí-. Eran unos granjeros de la comarca. Los padres de Rósa, la mujer de Bergur.

«Nada menos», pensó Þóra. Parece que todos los caminos llevaban a Bergur y a su granja, Tunga.

Capítulo 28

Þóra estaba sentada delante del ordenador que estaba en la mesa de despacho de Jónas, con el auricular del teléfono en el oído.

– La policía explicará las diligencias al juez, así como cualquier otra cosa que apunte a tu culpabilidad, y yo intentaré quitarles fuerza o demostrar que no son suficientes. A continuación, el juez te hará unas preguntas y tú tendrás oportunidad de responder. No es imprescindible que lo hagas, pero yo te recomendaría que no te negaras a responder excepto en casos excepcionales.

– ¿No tendré oportunidad de decir que soy inocente? -preguntó Jónas, amedrentado-. Estoy totalmente seguro de que el juez se dará cuenta de que digo la verdad. Los jueces tienen que ser extraordinariamente intuitivos para esas cosas.

Þóra no pudo evitar echarse a reír, aunque apartando el aparato.

– Mi querido Jónas -empezó-, los jueces son personas normales y pueden tomar decisiones equivocadas, como todo el mundo. Además, el juez ha de tener en cuenta las diligencias que se le presentan. Si apuntan inequívocamente a tu culpabilidad, o si tú pareces cómplice de algo, entonces tiene que tomar su decisión basándose en esas cosas, por muy convincente que puedas parecer al declararte inocente.

– Todo esto me da un miedo horroroso -dijo Jónas, hablando con el corazón en la mano. Þóra esperaba que fuese capaz de causar una impresión semejante cuando se declarase inocente la mañana siguiente. Nunca se podía saber cómo iban a reaccionar los jueces.

– Lo comprendo perfectamente, Jónas -dijo Þóra-. Pero no te derrumbes. Recuerda que yo estaré a tu lado mañana por la mañana, y esperemos que todo vaya lo mejor posible.

– ¿Qué piensas decir? -preguntó Jónas-. ¿Sacarás algo nuevo?

– Nos espera una noche muy larga. Te conducirán ante el juez a las diez, y dudo que para esa hora haya podido encontrar algo. -La desesperación no se disimulaba en el silencio que se produjo al otro lado de la línea-. Pero haré todo lo que pueda. Te lo prometo.

– Algo, cualquier cosa -suplicó Jónas-. ¿No puedes encontrar al asesino, o a alguien que finja serlo?

– Puedo hacer cualquier cosa menos contratar a un actor que acepte acusarse a sí mismo de un crimen delante del juez. -Þóra movió el ratón, y la pantalla del ordenador se encendió-. ¿Cuál es la clave de tu ordenador, Jónas? Lo he encendido pero no puedo entrar sin la clave.

– Hachís -dijo Jónas-. Todo en minúsculas.

Þóra suspiró.

– ¿Estás mal de la cabeza? -le regañó-. La voy a cambiar. Si la policía te requisa el ordenador, no es ésa precisamente la clave que nos gustaría que hubiera. Pondré algo más inocente.

Se despidieron y Þóra cambió inmediatamente la clave.

– Amnesty -dijo para sí-. Todo en minúsculas.

– ¿Con quién hablas? -preguntó Matthew al entrar-. ¿Con el fantasma?

Þóra apartó los ojos de la pantalla y sonrió.

– Sí, no estaría mal. A lo mejor él podría decirme quién es el asesino, antes de la diez de mañana.

Matthew se sentó solemne en la silla frente a Þóra. Dejó caer sobre la mesa un grueso montón de papeles.

– He encontrado algunos de los coches -anunció.

Þóra agarró los papeles. Matthew había salido al aparcamiento con la lista para comprobar si algunos de los vehículos pertenecientes a los huéspedes y a los empleados habían circulado por los túneles el día que Eiríkur murió coceado.

– ¿Cómo conseguiste repasar toda esa cantidad de matrículas y de nombres? -preguntó Þóra-. ¿Y cuántos son, en realidad?

– Unos cinco mil, pero la bienaventurada policía se entretuvo señalando en la lista todos los coches que pudieran tener alguna relación con el crimen. Entre ellos están los de algunos empleados de la zona -informó Matthew-. El problema radicaba en los coches de alquiler, en ellos la que aparece como dueña es la empresa, de modo que de ésos no se puede sacar mucho.

– ¿Y te has dedicado a comprobar las listas con los coches del aparcamiento? -preguntó Þóra.

– Sí, encontré ahí delante varias matrículas de coches alquilados, que figuraban en la lista. Así que le pedí a Vigdís que me echara una mano -respondió Matthew-. Salió conmigo al aparcamiento y me dijo de quién era cada coche. Parecía saberlo a las mil maravillas. -Agarró la lista de nuevo y pasó las páginas-. Por desgracia, no pudimos sacar mucho en claro. Los de los coches de alquiler son todos extranjeros, y ninguno de ellos está directamente bajo sospecha. Pero es bastante evidente que ni el coche de los japoneses ni el de Robin, el fotógrafo, pasaron ese día por los túneles.

– Robin dijo que estuvo en Vestfjörður -recordó Þóra-. Que él no pasara por los túneles encajaría con su historia, porque Vestfjörður está en dirección contraria. Los dos japoneses nunca salen, según dice Vigdís, de modo que no me extraña nada que no viajaran. ¿Y los demás?

– No sé si servirá de mucho, pero en uno de los coches que la policía tenía marcados viajó Bergur ida y vuelta a lo largo de la mañana, de forma que él parece excluido -explicó Matthew, que siguió pasando hojas-. El corredor de bolsa, el que está lesionado, no viajó tampoco, o por lo menos no he podido encontrar su nombre en la lista. Pero dudo mucho que pueda conducir muy lejos en el estado en que está. El del kayak, Pröstur, sí que salió hacia las seis, y el crimen se perpetró hacia la hora de la cena, de forma que parece tener coartada. Regresó mucho más tarde.

– ¿Cuánto tiempo pasó de la ida a la vuelta? -preguntó Þóra-. Porque se puede bordear Hvalfjörður, sin atravesar los túneles, volver, matar a Eiríkur, volver otra vez rodeando el fiordo y luego regresar por los túneles. -Hizo una mueca-. Suena demasiado complicado. Si pasó por los túneles una hora antes de la hora en que se cometió el crimen, es bastante improbable que en ese tiempo pueda llegar hasta aquí, arrastrar a Eiríkur hasta la cuadra, dejarlo allí y volver a rehacer el círculo. No sé cuál es el margen de error al calcular la hora de la muerte, que dicen tuvo lugar en torno a las seis. Pero no es demasiado preciso.

Matthew comparó la hora de salida y de regreso de Pröstur.

– Volvió dos horas y media después de pasar por primera vez.

– Pues entonces excluido -dijo Þóra-. Habría tenido que correr muchísimo. Pero de todos modos deberíamos ir a verle. A lo mejor sabe algo. ¿Qué más tienes por ahí?

– Los empleados parece que se quedaron aquí en su mayoría, por lo menos en la lista hay pocos coches pertenecientes a ellos. Naturalmente, no descarto que se me haya pasado algo por alto, pero creo que sólo dos cruzaron los túneles ese día. El coche de Jökull, el camarero, fue por los túneles hacia las dos y regresó dos horas más tarde, de modo que aún no se le puede excluir. Y está un coche señalado por la policía, que Vigdís dice que pertenece a la masajista. Se fue hacia el mediodía y no volvió. Y también hay otra mujer que la policía tenía marcada y que Vigdís me dijo que trabajaba aquí. Se llama Sóldís y se dedica sobre todo a la limpieza, pasó poco después de la hora en que se perpetró el crimen. Vigdís dice que iba a llevar el coche a un taller de Reikiavik el domingo, y que alguien la iba a traer de vuelta. Yo no conozco a esa mujer, pero puede haber regresado a cualquier hora, porque no se sabe quién la trajo.

– Sóldís no es más que una chica jovencita. Es poco probable que tenga nada que ver con todo esto -afirmó Þóra-. Hablé con ella antes de que tú llegaras, y parecía buena gente. Y creo que el culpable difícilmente habría podido ser una mujer -dijo Pora-. Al menos si pensamos que el asesino fue el mismo en los dos crímenes. Recuerda que Birna fue violada.

– Quizá la policía haya marcado los coches de mujeres y hombres por un igual -dijo Matthew-. Porque no se puede saber si el que conducía era el dueño. A lo mejor, las mujeres podían haberle prestado a alguien el coche, y entonces el asesino utilizó un vehículo que no era de su propiedad. Lo mismo puede decirse de los coches propiedad de hombres, claro. Nada garantiza que quien iba al volante fuera su propietario oficial.

– No, en eso tienes toda la razón -asintió Þóra-. Eso no nos ayuda demasiado, ¿verdad?

– Bueno -dijo Matthew-. Revisé otros nombres de la lista, porque no se sabe qué estaba buscando la policía. -Pasó varias hojas-. Encontré a los dos hermanos que le vendieron las tierras a Jónas, y que vimos en Stykkishólmur, Börkur y Elín; pasaron por los túneles en dirección hacia aquí poco antes de cometerse el crimen. No volvieron. También está esa chica, Bertha, que fue hacia el sur una hora antes del asesinato y no regresó ese día.

– ¿Crees que esos dos podrían ser los asesinos? -preguntó Bertha-. ¿Los dos hermanos? -Frunció los labios-. No había pensado en esa posibilidad. En realidad es difícil imaginar por qué iban a querer matar a esas personas.

– Nunca se sabe -dijo Matthew-. Y bueno, también le pregunté a Vigdís por el anciano, Magnús Baldvinsson, y me dijo que no había venido en coche, que le había traído su nieto. Así que el día en cuestión no se movió ni un milímetro, aparte de que no resulta un buen candidato a asesino.

– Hay una pregunta sobre la mujer de Bergur -dijo Þóra, pensativa-. Me parece totalmente inverosímil que pudieran suceder todas esas cosas prácticamente delante de la puerta de su casa sin que ni ella ni su marido se enterasen de nada. Él es el amante de Birna, se encuentra con su cadáver y luego matan a Eiríkur en su caballeriza. Su mujer tenía motivos suficientes para desear la muerte de Birna, pero no acabo de imaginar qué podría haberla llevado a matar a Eiríkur. -Þóra miró a Matthew-. ¿No sería ella quien mató a Birna? Hoy en la cuadra se la veía tremendamente alterada.

Matthew se encogió de hombros.

– Sí, sin duda, pero la pregunta es quién era el hombre que estuvo con ella. ¿Quizá Jökull?

Þóra dejó escapar un suspiro y se volvió hacia el ordenador.

– Estoy muerta de hambre -dijo, mirando el reloj que aparecía en una esquina de la pantalla-. ¿Y si vamos a comer algo? Me temo que si esperamos mucho más, nos encontraremos la cocina cerrada. Y el ordenador no se nos va a escapar.

Se pusieron en pie y salieron del despacho. Matthew dejó la lista y Þóra tuvo la precaución de cerrar con llave, para que no entrase nadie a llevársela. No tenía nada claro si la policía le daría otra copia si aquélla desaparecía, sobre todo en vista de que ella no tenía ninguna razón para tenerla. Además, era improbable que le entregaran una copia que incluyera aquellas marcas, y volver a empezar desde el principio sería un trabajo enorme.

– Ojalá haya marisco -dijo Þóra cuando le sonaron las tripas-. O aunque sea albóndigas.

– Yo votaría por un sándwich y una cerveza -replicó Matthew-. Pero nada de ballena, y tampoco tienes necesidad de compartir conmigo tu marisco. -Se calló cuando Þóra la dio un tironcito de la manga. Hizo una señal con la cabeza en dirección a una chica delgada que iba hacia la puerta principal, acompañada de una mujer mayor.

– Ésa es Sóldís -comentó Þóra en voz baja-. La que no reconociste en la lista. -Pasaron cerca de ellos y Þóra saludó amigablemente a la muchacha-. Hola, Sóldís -dijo, y se detuvo.

Sóldís y la mujer que iba con ella se detuvieron también, y la muchacha puso un gesto que se parecía a una sonrisa.

– Ah sí, hola.

Þóra se presentó a la anciana, tendiéndole la mano.

– Soy abogada y trabajo para el dueño del hotel. Sóldís me ayudó bastante en diversos asuntos. -La anciana se presentó, dijo que se llamaba Lára. Þóra sonrió a la muchacha-. Me gustaría preguntarte una cosa más, si no tenéis demasiada prisa.

– Yo no, por lo menos -repuso la anciana-. Sólo he venido a buscarla a ella, y no tengo ninguna prisa. Respóndele, Sóldís, anda.

– Sí, claro. A mí me da igual -dijo Sóldís con un gesto de indiferencia que sólo los adolescentes son capaces de reflejar. Estaba mascando chicle, evidentemente un trozo grande, lo que le hacía hablar de forma un poco inarticulada-. ¿Qué quieres saber?

– No es nada especialmente importante -respondió Pora-. Tenemos una lista de los coches que pasaron por los túneles de Hvalfjörður el domingo, y nos encontramos con que tú ibas en uno de ellos hacia Reikiavik, a un taller.

– Exacto -afirmó Sóldís. Utilizó el pulgar para señalar a la anciana-. No me lo devuelven hasta el miércoles, y por eso viene mi abuela a buscarme.

– La pregunta es -dijo Þóra- con quién regresaste. Estamos intentando aclarar las idas y venidas de la gente ese día, y quiénes se quedaron por aquí cerca.

A Sóldís, aquella pregunta le resultó extraña, a juzgar por el gesto que puso.

– Volví con Próstur -respondió.

– ¿El piragüista? -preguntó Þóra sorprendida.

– Sí, le había oído decir que tenía que pasarse por Reikiavik y yo tenía un buen lío encima, así que le pregunté si me podía traer a casa. Dijo que sin problema. -Hinchó un gran globo de chicle y dejó que explotara en su cara. Luego volvió a meterse los restos de chicle en la boca con la lengua, con gran habilidad-. Steini me dejó colgada y tuve suerte de que Pröstur me rescatara.

– ¿Steini? -preguntó Þóra-. ¿Quién es Steini?

– Mi novio -respondió Sóldís-. O algo así. Iba a ir a buscarme pero se echó atrás a última hora. En realidad es bastante raro. Antes no lo era, pero tuvo el accidente y… -Movió el dedo índice haciendo un círculo junto a la sien.

– ¿Te refieres al chico de la silla de ruedas, ese que está todo quemado? -preguntó Þóra, asombrada-. ¿Puede conducir?

– Sí, claro -respondió Sóldís-. Sólo está quemado en el costado derecho, y tiene una mano en perfecto estado. Los pies están bastante mal, pero lleva un chisme en el coche que le facilita el uso de los pedales. El coche está adaptado.

– Debe de ser muy importante para él -dijo Þóra, intentando ocultar su asombro. Estaba convencida de que el chico sería incapaz de manejar un coche. Había creído que era completamente dependiente, ya que se desplazaba en silla de ruedas-. ¿Cómo os conocisteis? -preguntó entonces.

– Fuimos a la misma clase desde los seis años -explicó Sóldís-. Sólo había un grupo ese año, sabes, de modo que teníamos que coincidir porque nacimos el mismo año. Luego se trasladó a vivir cerca de aquí, justo después del accidente, y empecé a fijarme en él. Primero porque me daba lástima, sabes, pero luego porque me gustaba charlar con él.

– ¿Así que es un buen chico? -preguntó Þóra, intentando disimular su extrañeza. Añadió, para explicarse-: Las dos veces que coincidí con él, me pareció una persona de muy pocas palabras.

– Sí, es majo, aunque no le gustan mucho los forasteros -respondió Sóldís, explotando un globo de chicle-. Creo que se siente incómodo cuando la gente le mira. En realidad, sólo somos dos las que tratamos mucho con él. Su prima Bertha y yo.

– La conozco -repuso Þóra-. ¿También sois amigas?

– Sí, claro -respondió Sóldís-. Antes no la trataba, porque ella es de Reikiavik. La conocí en casa de Steini. Es muy buena con él y se porta de miedo.

– Creo que la culpa del accidente fue de una pareja mayor, de una granja muy cerca de aquí -explicó Þóra.

– Sí, fue algo terrible -intervino la anciana-. Lo más lamentable de todo fue que Gvendur condujera borracho. No habría pasado lo que pasó si Baco no hubiera sido su copiloto. Todo aquello afectó muchísimo a su hija Rósa. Se quedó un poco trastornada. Tampoco es que fuera una persona demasiado sociable, pero después del accidente, se encerró en su concha. Y fue una completa tontería, porque nadie iba a culparla de lo sucedido.

Þóra asintió.

– Usted es de la comarca, ¿verdad? -preguntó a Lára.

– Sí, nací y me crié aquí -respondió sonriente. Þóra vio que Sóldis se parecía bastante a ella. Pese a los sesenta años de diferencia, los rasgos faciales eran los mismos-. Me trasladé a Reikiavik hace años, cuando era joven, pero enseguida me di perfecta cuenta de que me encontraba mucho mejor aquí. Y ya nunca he querido buscar ningún otro sitio. Cada día que pasa lo tengo más claro.

Þóra sonrió.

– He encontrado una serie de cosas que me han llamado mucho la atención. ¿Conocía usted a los propietarios de las dos granjas que pertenecen a estos terrenos?

– ¿Los de Kreppa y Kirkjustétt? Claro que los conocí -afirmó Lára, orgullosa-. Yo era muy amiga de Guðný, la chica de Kirkjustétt. Por eso me encanta venir por aquí, aunque sea difícil distinguir dónde acaba lo antiguo y dónde empieza lo nuevo.

– ¿Recuerda bien esa época? -preguntó Þóra mientras trataba de formular preguntas que pudieran resultar significativas.

– Sí; claro que mi memoria, como todo lo demás, ha empezado a deteriorarse, pero es curioso que los recuerdos que mejor se mantienen son los más antiguos. Pregunta todo lo que quieras. Grímur y su hermano Bjarni no fueron nunca gente normal, así que no me extrañaré ni pizca de que las preguntas sean raras. La vida en estas granjas era extraña, así que no se puede esperar otra cosa.

Þóra le habría dado un beso a la abuela de Sóldís.

– Vaya, cómo me alegro de oír lo que está diciendo. No he tenido mucha suerte cuando he intentado hablar con la gente sobre este asunto, algunos se niegan en redondo o simplemente prefieren no hablar de ello. -Þóra tomó aire y fue directa al grano-. ¿Recuerda si la granja tuvo algo que ver con los nazis, de una forma o de otra? Vi una bandera y otros objetos que me llamaron muchísimo la atención, por eso me resultó extraño encontrármelos en el sótano de una granja aquí en Islandia. ¿Sabe algo relacionado con ese asunto?

Lára exhaló el aire con un gesto de cansancio.

– Sí, desgraciadamente tiene razón. Bjarni estaba fascinado con eso. No hay que olvidar que desde que murió su mujer, Aðalheiður, a finales de los años veinte, nunca volvió a ser el mismo. Ella significaba todo para él, e incluso se puede decir que al perderla a ella, el buen hombre perdió también el juicio o la sensatez. -La anciana sonrió, socarrona-. Aunque hay que decir que no le vino del todo mal, porque se enriqueció gracias, precisamente, a lo raro que se había vuelto. Se puso a invertir en toda clase de empresas descabelladas, que, en realidad, tendrían que haberle llevado a la ruina, pero que acabaron por darle oro a espuertas, gracias al momento histórico. Estalló la guerra justo en el periodo en que estaba haciendo esas inversiones, y la suerte le acompañó. Fue por pura casualidad, pues la economía mejoró muchísimo inmediatamente después, con todos los militares extranjeros y el crecimiento de la población en el país. Pero el pobre Grímur no tuvo la misma suerte, él fue siempre la voz de la razón.

– ¿Se arruinó?-preguntó Þóra.

– No, las cosas no llegaron a tanto, pero yo creo que no anduvo muy lejos. Era médico, y como médico de distrito no tenía nunca trabajo suficiente en la comarca, y se dedicaba cada vez más a la agricultura. Al final dejó de trabajar como médico y se dedicó plenamente a la granja, pero no consiguió gente que trabajara para él. Todos se habían ido a Reikiavik, porque allí los salarios eran mejores, trabajando para el ejército inglés. Bjarni acabó salvando de la bancarrota a su hermano, compró todas sus propiedades pero le permitió seguir como si aún fuera él el propietario. Bjarni lo hizo a pesar de las tensiones que seguían existiendo entre él y su hermano, de modo que para Grímur tuvo que ser difícil aceptar su ayuda. Para colmo de males murió Kristrún, la mujer de Grímur, al igual que su hija. Kristrún no andaba muy bien de la cabeza, de manera que prácticamente no la llegué a conocer. No se relacionaba mucho con la gente -continuó la anciana, tras detenerse un minuto a tomar aliento-. Por lo que respecta al nazismo, Bjarni recibió la visita de unos hombres de Reikiavik que estaban empeñados en transformarlo en una especie de jefe del movimiento nacional islandés en la provincia de Vesturland. Tenía que reunir un grupo de hombres jóvenes para convertirlos en una fuerza política importante en estas tierras. Algo así pasó en la capital, y creo que también en el norte, aunque nunca tuvieron el viento muy a favor.

– ¿Y lo hizo? -preguntó Þóra-. ¿Entró en el partido y reunió gente?

– Empezó. Y hay que decir que hizo bastantes progresos. -Lára volvió a sonreír-. Pero no era la ideología, ni el partido, ni la cruz gamada lo que atraía a los hombres que venían aquí. Todos venían por la hija de Bjarni, Guðný.

– ¿La amiga que mencionó antes? -preguntó Þóra.

– Sí, Guðný. En aquellos tiempos las amistades eran muy diferentes a como son ahora. Nos veíamos mucho menos que las amigas de hoy día. Pero, en cambio, a esa amistad no le faltaba nada, no podía ser mejor, ni más estrecha. -La anciana miró al infinito, en una ensoñación-. Era tan bonita. Una niña preciosa que se convirtió en una muchacha preciosa. Exactamente como su madre. Los jóvenes de la comarca bebían los vientos por ella desde que había entrado en la pubertad. Así que aprovechaban la menor oportunidad para entrar en su casa, aunque se pensara que estaban con los nacionales por una noche. No creo que supieran una palabra de nazismo. Lo único que querían era estar cerca de Guðný.

– ¿Asistía ella a las reuniones o los encuentros? -preguntó Þóra.

– No, cariño -respondió la anciana-. Ella preparaba el café y se lo llevaba a la mesa a los otros. A veces la ayudaba yo. Estudiábamos a los chicos por delante y por detrás y nos lo pasábamos fenomenal. -Un gesto de tristeza se dibujó en el rostro de Lára, que sacudió la cabeza-. No sé adónde habría llegado todo aquello, pero se frenó en seco y luego pasó lo que pasó.

– ¿Se refiere a la tisis? -preguntó Þóra.

– Sí, y a otras cosas más -contestó ella-. Bjarni enfermó y se aisló… y Guðný también. -Suspiró-. Yo me trasladé al sur con mi prima en esa misma época y perdí el contacto con ella, aparte de algunas cartas que nos escribimos. Todo aquel lío del partido nacional se derrumbó como un castillo de naipes.

– ¿Qué piensa de los rumores que afirman que Bjarni abusaba de Guðný?-preguntó Þóra.

Lára miró a Þóra a los ojos. Dejó escapar él aire y entornó los ojos.

– Dios mío, hace tanto tiempo. Aunque he pensado mucho en Guðný últimamente. -Señaló a Sóldís, que estaba concentrada en su chicle a su lado, sin hacerles mucho caso-. Cuando Sóldís empezó a trabajar aquí, se me vino todo a la memoria a la vez. -Vaciló, pero luego miró a Þóra con determinación-. Creo que Bjarni nunca le puso una mano encima a su hija, ni por enfado ni por ningún otro motivo que no fuera decente. Era un buen hombre, por muy raro que fuera, y en las cartas de Guðný se podía ver que ella le quería muchísimo. Por eso no puedo dar crédito a semejantes habladurías. -Bajó los ojos-. Pero algo sí que sucedió. Cuando Guðný enfermó, las cartas se hicieron más espaciadas, pero en la última me confió un secreto, dijo que había tenido un niño. La carta la había escrito poco después de morir su padre, y cuando el niño tenía ya cuatro años. Dijo que no se había atrevido a contármelo antes. En esos años, aquello era un escándalo tremendo. Sólo tenía dieciséis años cuando nació su hijo. No mencionaba al padre de aquel niño ni directa ni indirectamente, pero me dijo que más tarde me contaría toda la historia. Nunca pudo hacerlo, porque lo siguiente que supe es que había muerto.

– ¿Quién pudo ser el padre -preguntó Þóra- si no fue su propio padre?

– Hay otros posibles candidatos, se lo aseguro -respondió Lára-. La tisis no era una enfermedad que comprendiera mucha gente, porque es contagiosa, y en esa época no tenía cura. Se quedaron totalmente aislados cuando su padre decidió quedarse en casa en vez de ir a la capital. Ella no quería dejarlo, pasara lo que pasara. La única persona que los visitaba era Grímur, el hermano de Bjarni. Siempre he sospechado que abusaba de Guðný, aunque no lo puedo asegurar, porque no hay forma de probarlo. Excepto quizá por el hecho de que no era una buena persona.

– ¿Qué fue del hijo? -preguntó Þóra-. ¿Era niño, o niña?

– Era una niña. No sé qué fue de ella, porque cuando volví a la región nadie parecía conocer su existencia. El cura que la había bautizado había fallecido hacía poco, al parecer, y las personas a las que pregunté no sabían nada de ninguna niña. Pero algunos reconocieron que Guðný había encargado algunos productos que sólo podrían explicarse de haber habido un niño en la granja. Los rumores en el pueblo se inclinaban a pensar que la niña había muerto, que la habían abandonado o que había enfermado de tuberculosis como la madre. La historia del incesto sólo empezó después de la muerte de Guðný y Bjarni. A lo mejor fue el resultado de los esfuerzos que hice por encontrar a la niña.

– ¿Se lo comentó a Grímur? -preguntó Þóra.

– Lo intenté, pero él no quiso hablar conmigo. Se trasladó a Reikiavik poco después de mi regreso. Nadie quiso ayudarme a descubrir nada, porque del incesto ni se hablaba: se consideraba algo terriblemente bochornoso.

– ¿Cómo se llamaba la niña? ¿Lo sabe? -preguntó Þóra.

– Kristín. En la carta me dijo que se llamaba Kristín -respondió Lára-. He removido cielo y tierra buscando una lápida con ese nombre, pero no la he encontrado. Así que ignoro qué fue de ella.

– Kristín-dijo Þóra-. Existió.

– ¿Existió? -repitió Lára-; yo aún albergo la esperanza de que esté viva. Todo este tiempo he creído que Guðný se la debió de dejar a algunas buenas personas, en secreto. No quería que la gente tuviera miedo de que la niña les pegara la tuberculosis. Me imagino que habría pensado hacerlo desde que nació la niña, y que le pediría a Grímur que no enviara el certificado de nacimiento a las autoridades, o que lo falsificara de algún modo. Supongo que su tío se encargaría de la niña cuando nació, pues toda relación de otras personas con Guðný y su padre había cesado. -El rostro de Lára se había endurecido-. Guðný era temerosa de Dios y si la niña hubiera muerto sólo habría aceptado que fuera enterrada en tierra consagrada, de modo que estaría en el cementerio de ahí al lado.

Þóra asintió. Ninguna madre en su sano juicio abandonaría en cualquier sitio el cadáver de un hijo suyo, habiendo un cementerio tan cerca. Kristín debió de haber sobrevivido a su madre. No quiso comentarle a la mujer lo que estaba grabado en la viga del tejado, y le dijo que seguramente debían de haber matado a Kristín. Era mejor que la mujer pensara eso, y no que seguía con vida. Así que Þóra cambió de tema.

– ¿Sabe quizá si ahí detrás había una casa? Debió de quemarse hasta los cimientos hace mucho tiempo.

– ¿Una casa? -preguntó Lára con extrañeza-. Aquí no había más que una casa y sigue en pie, aunque ahora pertenezca al hotel. -Frunció el entrecejo, pensativa-. A menos que se refiera al almacén -dijo de pronto-. Ahora que lo dice, me doy cuenta de que ha desaparecido. -Volvió la cabeza en busca de la ventana que daba a la parte trasera del hotel, pero no vio nada-. Aquí al lado de la casa había un almacén y un establo. A lo mejor se quemaron esas dependencias, pero eso sucedió antes de que yo volviera, porque no sé nada de ningún incendio. Tampoco puedo decir si los edificios seguían en pie cuando volví a la comarca.

– Sé que puede sonar extraño, pero ¿recuerda algo especial sobre la carbonera de Kreppa? -preguntó Þóra-. Es subterránea y se accede a ella desde el sótano y también a través de una trampilla que hay en el patio.

Lára hizo una mueca, pensativa.

– No, no lo recuerdo. ¿Es importante?

– ¿Qué hace esa gente? -se oyó de pronto a Sóldís, antes de que Þóra consiguiera responder-. ¿No saben que aquí está prohibido acampar? Hay un cartel bien grande en el desvío. Esta es una reserva natural.

– ¡Oh, no! -exclamó Þóra. A través del cristal de la puerta vio un todoterreno con una caravana a remolque, que entraban entre una nube de polvo en el aparcamiento, justo frente a ellos.

Capítulo 29

La caravana llamaba mucho la atención en medio del aparcamiento. Þóra se quedó allí parada viendo a Gylfi salir del todoterreno y abrir la puerta a su hermanita y a Sigga, que iban en los asientos de atrás. Evidentemente no había querido que el cinturón de seguridad de delante pudiera causar daño alguno a su aún nonato heredero, en caso de accidente. Debería haber tenido en cuenta también la seguridad en otras cuestiones, ya que conducía ilegalmente. Sigga se dobló, molesta, al bajar, y la barriga resultó todavía más desproporcionada con su cuerpecito. Þóra esperaba, por bien de ella, que en la criatura no primaran los genes de su padre: al nacer, las cabezas de Gylfi y Sóley tenían el tamaño de calabazas. Pensó cómo podría mandarles de vuelta a casa, pero recordó que eran casi las diez de la noche, demasiado tarde ya para buscar un chófer que les viniera a buscar.

– ¿Por qué no habéis ido con vuestro padre? -le dijo a gritos a Gylfi mientras corría hacia ellos por el aparcamiento-. Tenía que ir a buscaros a Selfoss.

– Puaj -exclamó Gylfi, cerrando cuidadosamente el coche con la llave-. Ninguno de nosotros tiene ganas de volver a su casa, ni a la de los padres de Sigga, así que decidimos largarnos de acampada. Se lo dije a papá para que no hiciera un viaje inútil si te ponías nerviosa.

A Þóra aquello le habría importado bien poco. Por ella, Hannes podía hacer todos los viajes inútiles hasta el fin del mundo si era preciso, que no por eso iba a preocuparse ni lo más mínimo. Pero no sabía cómo iba a arreglárselas con Jónas, Matthew y sus dos hijos, sin olvidar a su nuera con su avanzadísimo embarazo, para hacer lo que tenía que hacer sin fastidiar a alguno de ellos… o a todos.

– ¿Cómo estás, Sigga, cariño? -saludó a la muchachita embarazada, mientras abrazaba a Sóley, que envolvió a su madre entre sus brazos, con una sonrisa luminosa.

– Bueeeno -respondió Sigga-. Me duele la espalda.

Þóra notó que una mueca de temor recorría su rostro.

– ¿Crees que el niño está a punto de llegar? -preguntó-. Porque si es así no podemos quedarnos aquí.

– No, mamá -dijo Gylfi, escandalizado-. Aún no ha cumplido los nueve meses.

Evidentemente, su hijo nunca había oído hablar de los partos prematuros.

– Entrad -dijo Þóra, dirigiendo a aquella tropa hacia la puerta principal-. Gylfi, tú y yo tenemos que hablar de este viajecito tuyo en coche; pero eso tendrá que esperar a otro momento -le susurró a su hijo al oído-. Estoy tremendamente decepcionada contigo; ¿cómo se te ocurrido semejante idea? -Luego añadió, para que todos pudieran oírla-: Voy a ver si consigo una habitación para vosotros. Se acabaron las acampadas. Para eso habrá que esperar a que el niño haya venido al mundo. -Se imaginó a Gylfi con un bebé en brazos, intentando colocar la carpa de la caravana, y añadió a toda prisa-: Y a que haya empezado a ir al colegio. -Matthew esperaba sonriente en la puerta. Þóra hizo una mueca que sólo él pudo ver-. Chicos, os acordáis de Matthew, ¿verdad? Está aquí ayudándome en un caso relacionado con el hotel. Tendréis que portaros muy bien, porque tengo que trabajar. No iréis a ningún sitio ni romperéis nada. -Pensó añadir «y no pariréis», pero se contuvo en el último momento. Ya iba a resultar suficientemente difícil que cumplieran las dos primeras órdenes.

* * *

– No te preocupes-dijo Matthew cuando acababan de sentarse delante del ordenador, en el despacho de Jónas-. Todo va bien. Me encantan tus chicos. Aunque no sean, de ninguna manera, las vacaciones que yo esperaba, creo que esto se está poniendo interesante. -Le hizo un guiño cómplice-. Quizá puedas contratar a una canguro en Reikiavik, para que podamos irnos a un restaurante donde no ofrezcan sólo hierbas de cultivo biológico.

Þóra apartó los ojos del monitor.

– ¿Cómo es posible que los Cuentos y Leyendas de Jón Árnason no estén disponibles en la red? -farfulló.

– ¿Puedo tomar eso como un «sí»? -preguntó Matthew.

– ¿Eh? -dijo Þóra con la mente en otro sitio, bajando por la página que estaba viendo-. Sí, sí -añadió, sin tener la menor idea de a qué estaba accediendo-. Por mucho que busco, no encuentro la historia en cuestión, sólo el poema. Tengo que ir a una biblioteca.

Matthew miró su reloj.

– Va a ser difícil a estas horas -afirmó-. ¿Crees en serio que la inscripción de la piedra tiene alguna relación con el caso?

Þóra levantó los ojos y le miró.

– No -respondió-. Tengo que reconocer que lo que pasa es que no hay nada más que pueda hacer. Estoy buscando un último recurso para mañana, y no tengo mucho donde elegir.

– Si el asesino es Bergur, o su mujer, como parecías inclinada a pensar, seguramente la piedra no presente ningún interés para esta historia -dijo Matthew-. El sentido común dice que deberías concentrarte en algo más cercano en el tiempo -Matthew se acercó a la ventana y miró un coche que se acercaba al hotel. Se fue aproximando al edificio hasta detenerse justo delante de la ventana. Los faros se apagaron y el sonido del motor calló-. Conozco esa matrícula -aseguró Matthew mientras descorría la cortina-. ¿Dónde está la lista?

Þóra le miró incrédula.

– ¿Estás diciendo que recuerdas una matrícula entre los miles que repasaste? -preguntó, alargando una mano hacia la lista.

– Es una matrícula especial -respondió Matthew-. Además no eran tantas, y ésta destacaba totalmente entre el resto. -Pasó las páginas de la lista-. Aquí está. Una hora antes de que mataran a Eiríkur, este coche pasó por los túneles procedente Reikiavik. -Le devolvió la lista a Þóra e indicó una línea-. Ahí. veritas -señaló-. Recuerdo esta matrícula porque estuve pensando a qué trabajo podía dedicarse el dueño. No se me ocurrió nada relacionado con la verdad, sino algo que tuviera que ver con la enseñanza de las matemáticas.

Þóra agarró la lista y leyó el nombre del propietario.

– Nada menos -dijo, poniendo la hoja sobre la mesa-. Es un político. Baldvin Baldvinsson, nieto del viejo Magnús, con el que estuvimos hablando. -Þóra se puso en pie-. ¿A qué vendrá tanto por aquí?

– ¿Tal vez a recoger a su abuelo? -propuso Matthew-. ¿O quizá a la caza de votos?

– Lo mejor es preguntárselo -dijo Þóra-. A juzgar por su matrícula, nos responderá la verdad y nada más que la verdad.

* * *

En la recepción se encontraba Baldvin dando golpecitos rítmicamente sobre el mostrador mientras aguardaba. Vigdís estaba de espaldas a él, delante del ordenador. Þóra esperaba que tuviera un sueldo decente, porque aquella chica parecía pasarse de guardia en la recepción las veinticuatro horas del día.

– ¿Nadie te releva? -preguntó cuando ella y Matthew llegaron junto a Baldvin. Þóra no quería abordar directamente al hombre, y le pareció estupendo poder empezar hablando con Vigdís. Él parecía esperar algo, de modo que no se iría enseguida.

Vigdís miró a Þóra por encima del hombro.

– Sí, sí. Jónas iba a encargarse de este turno, pero… -Vaciló-… ya sabes. Tenía idea de sustituirme, pero no ha podido ser. -Introdujo algún dato en el ordenador y se volvió hacia Baldvin-: Le puedo dar el la habitación 14. Está al lado de la de su abuelo. -Alargó la mano para agarrar una llave, y se la dio.

Þóra miró a Baldvin.

– ¿No es usted el nieto de Magnús? ¿El concejal?

Baldvin miró a Þóra, extrañado. Tenía aspecto cansado y pareció no darse cuenta del enorme parecido que tenía con su abuelo. Þóra recordaba las fotos de Magnús de joven, y pensó qué sensación se tendría al saber, con toda exactitud, cómo te tratarían los años.

– Ah, sí, sí -respondió-. ¿Nos conocemos?

Þóra le ofreció la mano.

– No, pero conozco a su abuelo. Yo era amiga de Birna. -No interrumpió su afectuoso apretón, pero lo aflojó un poco y preguntó sin más-: Usted la conocía, ¿no es así?

Pareció como si Baldvin se hubiera tragado una mosca. Se aclaró la garganta y consiguió quitársela.

– ¿Amiga de Birna, dice? Me temo que no conozco a ninguna Birna.

– ¿No? -dijo Þóra, sin intención de discutir el asunto. Aún no había soltado la mano de Baldvin y notó cómo ésta empeza a sudar-. ¿Y eso? ¿No estuvo usted aquí el domingo?

Se dio cuenta de que Baldvin se sentía inseguro, ya fuera por la larga duración del apretón de manos o por la pregunta.

– ¿Yo? No, tiene que haber alguna confusión -contestó con una sonrisa viscosa.

– ¿De verdad? -exclamó Þóra, aparentando sorpresa-. Me pareció que iba detrás de usted por los túneles, justo hasta aquí. Seguramente me confundo. -Le soltó la mano y Baldvin se la acercó al cuerpo como si la mujer fuera una leprosa.

– Sí, debe de ser eso. Lo cierto es que estaba en otro sitio. -Apartó los ojos de Þóra y miró a Vigdís-. Muchas gracias -dijo, apartándose del mostrador-. Encantado de conocerla -se dirigió luego a Þóra, dejando ver sus brillantes dientes. Un auténtico hombre público.

– Lo mismo digo -respondió Þóra, sonriéndole a su vez. Se volvió hacia Matthew-. Miente como un descosido -dijo en voz baja. Se volvió entonces hacia Vigdís-. ¿Recuerdas si estuvo aquí el domingo por la noche?

Vigdís sacudió la cabeza y bostezó.

– No; sólo le he visto dos veces antes -explicó-. El día que trajo a su abuelo y la noche que se celebró la reunión espiritista.

Þóra se agarró al borde del mostrador.

– ¿Estuvo aquí ese día?

– Sí, ya te lo he dicho -respondió Vigdís, sorprendida-. Vino a cenar con su abuelo y luego fueron los dos a la reunión. Creo que enseguida se dieron cuenta de que no era cosa para ellos, porque desaparecieron en cuanto llegó la pausa.

Þóra abrió mucho los ojos, mirando a Matthew, que hizo un rápido movimiento del dedo en dirección a Vigdís, que parecía estar a punto de marcharse. Þóra comprendió al momento a qué se refería Matthew. La chica tenía en la mano una llave muy parecida a la que habían encontrado en el escritorio de Kreppa.

– ¿Pasa algo? -preguntó, extrañada de que no se hubieran ido ya-. ¿Algún problema con la habitación de los chicos?

– ¿Eh? No, no -contestó Þóra, con los ojos fijos en la llave-. ¿Me dejas ver esa llave? -Sacó la que tenía ella-. Es que tengo una exactamente igual, y me preguntaba de dónde sería.

– Es la llave de mi taquilla en la zona de empleados -informó, dándosela con desgana-. Si has encontrado una llave como ésta, tiene que ser de alguien que trabaja aquí. No sería la primera vez que alguien la pierde.

Þóra cogió las llaves y las comparó. Eran casi exactamente iguales. Miró a Vigdís y le devolvió su llave.

– Creo que no es de ningún empleado -dijo-. ¿Sabes si Birna tenía acceso a alguna taquilla?

Vigdís torció la boca mientras pensaba.

– No, que yo sepa, pero podría ser perfectamente. No hace mucho tiempo que las pusieron. Ella se encargó de elegirlas. A lo mejor se quedó con una. -Pasó al otro lado del mostrador-. No hay muchas, así que no os costará demasiado comprobar a dónde pertenece.

Þóra y Matthew siguieron a Vigdís a la zona reservada a los empleados, donde había una hilera de armaritos metálicos junto a una pared.

– ¿Podemos empezar ya? -preguntó Þóra, blandiendo la llavecita.

– Cuando quieras -dijo Vigdís-. Puedes olvidarte de la número siete, que es mi taquilla.

Þóra probó las cerraduras. No tuvo que hacer muchos intentos porque la llave encajó en el tercer armario. Oyó un débil chasquido al girar la llave. Agarró con mucho cuidado la manija metálica y abrió. Respiró hondo, miró a Matthew y observó el interior de la taquilla. Se volvió casi al momento, decepcionada.

– Vacío. Maldita sea. -Dejó sitio a Matthew para que mirase. Al ver que no se apartaba enseguida, sino que metía la cabeza más adentro, le dio un golpecito en la espalda, impaciente-. ¿Qué? ¿Ves algo?

Matthew estaba mirando el techo del armarito.

– Hay algo pegado aquí -dijo con voz cavernosa desde el interior del armario metálico-. ¿Tienes unas pinzas? -preguntó irguiéndose-. No será muy inteligente dejar nuestras huellas aquí, por si este papelito resulta ser importante.

Þóra miró a Vigdís.

– ¿Hay un botiquín aquí? -Metió la cabeza en el armario y vio un pequeño cuadrado blanco pegado con cinta adhesiva. Los bordes del papel no eran lisos, sino que estaban un poco arrugados-. ¿Pero qué es eso? -se preguntó a sí misma, mientras agarraba las pinzas que le pasaba Vigdís.

Matthew y Vigdís miraron cómo iba soltando la cinta adhesiva, aunque apenas podían ver nada más que su espalda.

– ¡Bingo! -exclamó Þóra, que se volvió de espaldas al armario con el rectángulo blanco sujeto con las pinzas-. Es una foto. -Dio la vuelta a la fotografía para poder ver qué representaba-. ¡Oh! -fue lo único que pudo decir antes de enseñársela a Vigdís y Matthew.

– ¡Válgame el cielo! -exclamó Vigdís-. ¡Baldvin Baldvinsson! No sabía que fuera neonazi.

– Este no es Baldvin -explicó Þóra, poniendo la foto sobre la mesa de la cocina-. Es su abuelo Magnús. Esta foto fue tomada hace muchos años.

– ¡Pues cómo se parecen, Dios mío! -dijo Vigdís-. Yo habría destruido esta foto si fuera Magnús. O Baldvin.

– A lo mejor no tuvieron ocasión de hacerlo -conjeturó Þóra, girándose hacia la recepcionista-. No hables de esto con nadie en absoluto.

– Dios mío, qué va -respondió Vigdís-. Claro que no. -Por su mente pasaron al instante el número de teléfono de su amiga Gulla y el momento en que apareciera Kata por el salón de belleza a la mañana siguiente. A ellas se les podía confiar un secreto. Todo el mundo sabía que los mejores amigos de uno, por definición, no eran «nadie». Se dirigió hacia su armario, recogió su monedero y volvió a la recepción. Al pasar delante de Matthew le puso una mano en el hombro y le dijo amistosamente que en Islandia todo el mundo estaba muy bien informado, y que no debía tener miedo a los prejuicios. Matthew se quedó mirándola asombrado mientras se marchaba.

– ¿Qué ha querido decir con eso? -preguntó a Þóra, boquiabierto.

Þóra tuvo la sospecha de que Stefanía, la sexóloga, no era tan reservada como había querido dar a entender. Þóra se encogió de hombros.

– Aquí son todos muy raros -dijo con cara de inocencia, sonriendo débilmente-. Me parece que va siendo hora de meter a Sóley en la cama. Yo no creo que pueda dormirme en un rato, después de todo lo que ha pasado.

* * *

Þóra estaba otra vez sentada al ordenador de Jónas.

– Todo encaja -dijo mientras leía lo que el buscador de la red había encontrado sobre Baldvin Baldvinsson. Abrió varios enlaces, pero pocos de ellos le parecieron interesantes. Fue mirando algunos, por si acaso, mientras charlaban.

– ¿Y qué? -preguntó Matthew-. Te concedo que esa foto en ese lugar indica que Birna pretendía evitar que la encontrasen. La única persona que podría tener interés en conseguir esa imagen es Magnús, pero es demasiado viejo para matar a nadie. Y no tengo nada claro, en absoluto, el motivo que tendría para a matar a Birna, aunque supiera que ella la tenía en su poder.

– Creo que él no es el único, en realidad -dijo Þóra-. El joven Baldvin tiene mucho más que perder. Resulta que va a participar en unas primarias para las elecciones al parlamento, y hace poco salió en los periódicos un artículo sobre lo parecidos que eran, tanto en lo que decían como en lo que hacían, su abuelo y él. Una foto del abuelo con uniforme nazi, que habría podido ser perfectamente una foto suya, haría muchísimo daño a su candidatura. -Apartó los ojos de la pantalla y miró a Matthew-. El buen hombre conduce un coche matriculado veritas. Puedes imaginarte perfectamente la imagen que quiere que tenga de él la gente. Los nazis no encajan demasiado bien en ella. Su rápida ascensión en la política se debe, en parte, a su abuelo. Si el prestigio del abuelo sufre un duro revés, afectaría también a Baldvin, aunque él no existiera ni como embrión en aquella época.

– ¿Pero qué le importaba eso a Birna? -preguntó Matthew-. ¿Por qué no le dio la foto, sin más? ¿Quizá pensaba chantajearles? Ninguno de los dos parece particularmente rico.

– Cuando encontró la foto, supongo que en el viejo álbum del sótano, en el que faltaba una, lo más probable es que quisiera mirarla mejor y por eso se la llevó. Naturalmente le llamaría la atención, porque es una cara conocida. De modo que se daría cuenta de que tenía en las manos algo que podría utilizar en provecho propio, pero dudo mucho que tuviera intención de sacarle dinero a ninguno de los dos -dijo Þóra, abriendo otro enlace. Leyó un momento y levantó la mirada-. Aquí hay algo interesante. Baldvin está en el comité de selección, como miembro del ayuntamiento, para una nueva estación de autobuses que van a construir en Oskjuhlíð. -Apartó la mirada de la pantalla-. ¿Recuerdas el dibujo de la casa de cristal que había en una pared de Kreppa? En Islandia no hay muchos sitios con bosque. Oskjuhlíð es uno de ellos. En la foto había autocares. -Juntó las manos-. Obviamente, quería conseguir a toda costa ese encargo. Eso podría explicar, además, la llamada telefónica que le hizo.

Matthew parecía dudoso.

– ¿Estás diciéndome que iba a chantajear a Baldvin para que influyera en la decisión, de forma que el encargo se lo hicieran a ella? -Sacudió la cabeza-. Me permito poner un gran signo de interrogación a tu teoría.

– Para un arquitecto en Islandia, un encargo como ése es el premio gordo de la lotería -explicó Þóra-. Es un edificio grande en un lugar muy transitado, y el nombre de su arquitecto pasaría a ser conocido al momento. Luego llegarían más encargos uno detrás de otro. Así funcionan las cosas aquí, y seguramente también en otros muchos sitios.

– Pero ¿cómo puede tener una sola persona una influencia tan determinante en una decisión como esa? -preguntó Matthew-. Tendrá que haber más personas que decidan.

– Naturalmente -contestó Þóra-. Pero él tiene acceso a información que no es accesible a los concursantes, y podría sacarles a otros miembros del comité información adicional sobre lo que a ellos les parece más importante, y otras cosas por el estilo. Aunque hay que cumplir todos los requisitos para optar a esos concursos, lo más normal es que a la hora de decidir se tenga en cuenta algo que sólo cumple algún proyecto que venía recomendado desde el principio. Si el arquitecto sabe que los miembros del comité prefieren, por ejemplo, un edificio algo más grande de lo que estipulan las condiciones… -Þóra se encogió de hombros-… entonces tiene una ventaja decisiva. Además, estoy segura de que una persona puede convencer a las demás si se ve en clara necesidad de hacerlo… y está segura de lo que quiere. En una de estas páginas, acabo de ver que Baldvin fue elegido en su tiempo el mejor orador en una competición de debates de bachillerato durante dos años consecutivos. Tiene que poseer un gran poder de convicción.

– ¿Y qué piensas hacer? -preguntó Matthew-. No es una explicación demasiado firme y además no explica el asesinato de Eiríkur.

– ¿Recuerdas la página web de Baldvin en la agenda de Birna? -preguntó Þóra.

– Sí -asintió Matthew-. ¿Piensas mandarle un correo?

– No -replicó Þóra-. Estoy pensando en hacer una apuesta. -Echó mano al teléfono-. Voy a pedirle a la policía que investigue los correos de Birna a Baldvin en el ordenador de ella. Deben de tenerlo, y seguramente no se habrán fijado demasiado en el mensaje que le envió.

Cuando recibió respuesta, tras una larga espera, Þóra dijo quién era e intentó sonar lo más respetable que pudo.

– ¿Puede hacer el favor de ponerme con Þórólfur Kjartansson? Es respecto al caso de asesinato de Snæfellsnes. Tengo que hacerle llegar un mensaje urgentemente, o, mejor aún, hablar con él en persona.

Se puso a silbar la chabacana melodía que sonaba en el sistema telefónico público mientras esperaba. Tras un rato considerable, se dejó de oír al sonar la voz cansada de Þórólfur:

– ¿Diga?

* * *

Þóra se encontraba tumbada en la cama, abrazada a su hija. La había sacado de la habitación de Gylfi y Sigga completamente dormida y se la había llevado a la suya, más por miedo a que Sigga se pusiera de parto y soltara el niño encima de Sóley, que por cualquier otro motivo. Matthew se había vuelto a su propia habitación sin más discusión. Comprendió perfectamente su posición y no se sintió incómodo con ella en absoluto. Þóra se mostró profundamente agradecida de que la dejara un rato sola para seguir dándole vueltas a las cosas. Lo que más le dolía era lo que podría suceder a la mañana siguiente; tenía miedo de que Þórólfur no mordiera el anzuelo, y entonces no habría mucho que pudiera hacer por Jónas, aparte de atenerse a algún formalismo. Y aquella idea no le agradaba demasiado.

Pero había más cosas que la atormentaban. Si Magnús o Baldvin eran los asesinos de Birna, no había modo de entender por qué habían matado también a Eiríkur, ni qué relación tenía éste con ellos. ¿Quizá era cómplice de Birna? ¿Qué objeto tenía entonces el zorro, y qué significaba aquel rer? Si es que aquella inscripción tenía alguna importancia.

La cuestión de Kristín la preocupaba igualmente. Había conseguido averiguar que era hija de Guðný Bjarnadóttir, pero al mismo tiempo había quedado claro que difícilmente podía relacionarse con el caso. Había todavía más cosas que danzaban por su mente, acosándola, pero estaba demasiado cansada como para poder fijar su pensamiento en ninguna de ellas, y al final todo se fue mezclando hasta convertirse en un batiburrillo: carbón, paredes, caballos, contratos, depreciación de las acciones, rotura de una pierna…

Se despertó de aquellas reflexiones oníricas con un llanto infantil. Extrañada, apartó de su brazo la cabeza de su hija, que seguía dormida, y se sentó en la cama. El sonido volvió a oírse. Salió de la cama y se acercó a la ventana, pero en la penumbra no consiguió distinguir nada. El extraño llanto empezó de nuevo en algún lugar, en el exterior. Pero cesó tan repentinamente como había comenzado. Þóra cerró la ventana y se apartó de la cortina, de forma que no podía ver nada fuera. Un niño aún sin bautizar, pálido como un cadáver, arrastrándose con una mano ensangrentada sobre la tierra, dejó de parecerle, de pronto, una idea tan absurda como le había dicho a Matthew para burlarse de él. Regresó al lado de su hija, decidida a no hablar de aquello con nadie. Seguramente se trataba de una jugada de su imaginación. A través de la ventana cerrada, oyó que el débil y lastimero gemido comenzaba de nuevo.

Capítulo 30

El juez estaba sentado, vestido con su toga negra orlada en raso, y los ojos clavados en Þóra. Tenía las manos juntas delante de la boca, como si quisiera evitar que en algún momento se le escapara sacarle la lengua o hacer algún gesto de aburrimiento.

– Si la señora letrada tiene la amabilidad de continuar -dijo con voz profunda-. Esto se está poniendo interesante.

Þóra le sonrió cortésmente.

– Como acabo de indicarle, di con este objeto de modo totalmente casual e inmediatamente informé a la policía de su existencia. En consecuencia, no se puede alegar que habría tenido que informar antes de despegar la foto, pues hasta que la miré no pude saber la importancia que podría tener para el caso. Para ello tuve que sacarla. Pero, por si acaso, tuve la precaución de no alterar nada innecesariamente y sólo la toqué con pinzas.

– ¿Técnicas del CSI Miami? -preguntó el juez, apartando la mano de la boca, mientras sonreía a Þóra.

– En realidad, sí -respondió Þóra, devolviéndole la sonrisa.

El juez se volvió hacia el fiscal, que había solicitado prisión provisional para Jónas.

– Me parece que el ministerio fiscal no ha investigado el caso como es debido. En lugar de oponerse a los argumentos de la defensa, deberían agradecerle su colaboración. No está claro en absoluto que la fotografía en cuestión hubiera llegado a manos de las autoridades de otro modo.

El fiscal pidió la palabra y se puso en pie.

– Ciertamente nos alegramos de haber podido acceder a este objeto, y procederemos a estudiar este nuevo aspecto del caso. La sección de investigación envió de inmediato a una persona en cuanto se tuvo conocimiento del hallazgo ayer por la noche, y la foto está siendo estudiada en estos mismos momentos. -Carraspeó-. Por otra parte, no vemos motivo alguno para desestimar nuestra petición de prisión provisional para el sospechoso, sobre esta única base. El imputado no ha explicado las circunstancias de modo suficiente y aún existen sospechas muy fundadas de su participación en los hechos delictivos.

– ¿Qué responde usted, letrada? -preguntó el juez, mirando a Þóra.

– Es absurdo considerar que la foto es lo único nuevo que tenemos. El vehículo de Baldvin Baldvinsson pasó por los túneles de Hvalfjörður el domingo a las 17:51. Eso quiere decir que estuvo en la zona con tiempo suficiente para perpetrar el segundo de los asesinatos, aunque ante mí no haya querido reconocer dicho viaje. Supongo que la policía dispondrá de una lista semejante del tráfico en el día en que Birna fue asesinada, y de acuerdo con mis fuentes, el mencionado Baldvin estaba también en la zona. Participó en una reunión espiritista que se celebró esa noche, pero salió antes de la pausa, lo que quiere decir que tuvo posibilidades de llegar hasta Birna y matarla. La policía dispone también, sin duda, del correo electrónico cruzado entre Baldvin y Birna, aunque yo no he sido autorizada a acceder a él todavía, como tampoco a las demás diligencias de la investigación, con excepción de la lista del tráfico de vehículos por los túneles el domingo, que la policía tuvo la amabilidad de dejarme. -Þóra vio a Þórólfur removerse en su asiento en la sala de audiencias. Ansiaba, visiblemente nervioso, poder corregir aquel error, pero la única forma de hacerlo era admitir que se habían olvidado la lista encima de la mesa. Se dominó. Þóra continuó-: También he hecho notar que quizá Eiríkur tuvo intención de escribir abreviadamente «Reikiavik» en la pared, pero no consiguió grabar el último trazo correctamente. La K puede haber resultado escrita como R. Es preciso recordar que mientras estaba intentando escribir, un semental furioso estaba a punto de matarle a coces. REK podría haber sido una alusión a la ocupación de Baldvin como concejal.

El juez movió lentamente la cabeza, asintiendo.

– He de reconocer que no podemos apresurarnos a sacar conclusiones. Baldvin Baldvinsson es concejal y su abuelo Magnús fue alcalde. Por ello, es muy arriesgado airear unas confusas ideas en el sentido de que sea culpable de violar tan gravemente las leyes. No necesito extenderme mucho para señalar cuáles podrían ser las consecuencias si estas cosas llegaran a los medios de comunicación sin ser verificadas debidamente.

– Para mi cliente no es menos grave encontrarse en esa misma situación -afirmó Þóra-. También se está atentando contra su reputación. -Dio gracias a Dios de que la contraseña del ordenador de Jónas no fuera conocida por todo el mundo-. Mi defendido ha reconocido que tuvo relaciones sexuales con la difunta el jueves de autos, pero mucho antes de la hora a la que se calcula tuvo lugar el crimen. Eso explica sus huellas dactilares en el cinturón de la interfecta; pero ésta no se cambió de ropa a lo largo del día, al menos no se me ha informado de que lo hiciera. Mi defendido explicó, además, sus viajes en ambos días, aunque no haya habido tiempo de confirmar su relato. Al prestar declaración ante la policía, se equivocó acerca de su viaje a Reikiavik el domingo pasado, pero eso es algo que le puede suceder a cualquiera.

El juez miró al fiscal del distrito y le otorgó la palabra.

– Lo único que ha quedado claramente establecido en esta discusión -dijo el fiscal- es que la investigación de los escenarios está lejos de haber sido concluida, en vista de que aún están apareciendo nuevas pruebas. Pero eso, de ningún modo, puede llevar a la puesta en libertad del sospechoso en estos momentos. No sabemos si será exculpado por las nuevas diligencias. Esa teoría de Baldvin, sin duda, es interesante, pero resulta demasiado rebuscada y no libra de sospecha al imputado. Por ejemplo, no se ha demostrado relación alguna entre Baldvin y Eiríkur. Por todo ello, nos mantenemos en la solicitud de catorce días de prisión preventiva.

– En referencia al párrafo primero del artículo ciento tres de la ley de procedimiento -dijo Þóra-, consideramos que las sospechas sobre mi cliente no están suficientemente fundadas, teniendo en cuenta, además, que no obran las excepciones establecidas en el mencionado artículo. A la luz de las dudas que despierta la incompleta investigación de la policía, quiero señalar especialmente, en este contexto, que es totalmente imposible que el imputado pueda dificultar la investigación destruyendo pruebas, como se estipula en el apartado (a) del mencionado artículo. Si mi cliente hubiera conocido la existencia de la foto en cuestión, habría tenido tiempo suficiente para destruirla o entregarla. Por ello, no se puede aducir que exista peligro de que destruya pruebas ni cualquier otra cosa, pues habría podido hacerlo en los días pasados. Pero no lo ha hecho, como demuestra esta fotografía, y por ello solicitamos que no se atienda a la solicitud de la policía o que, en su caso, se señale un periodo de prisión preventiva más breve del solicitado. En caso de tomarse esta decisión, sigo solicitando el acceso sin restricciones a todas las diligencias policiales en el caso.

– Si puedo intervenir, señor juez -interrumpió el fiscal-, está claro que dos personas han muerto a manos de un asesino, y existen sospechas razonables de que ese asesino puede haber sido el detenido. Delitos como éstos, obviamente, despiertan una gran alarma social, pues no está claro si el homicida elige a sus víctimas empujado por sus propios deseos irracionales, o por algún otro motivo. De forma que cualquier persona podría ser la próxima víctima. Si se considera que no se cumplen las condiciones establecidas en el párrafo primero, solicitamos que se decrete prisión preventiva en base al párrafo segundo, por la alarma social causada.

El juez dio por concluida la vista y se puso en pie. Dijo que se tomaría un tiempo para deliberar hasta el mediodía, que sería entonces cuando daría a conocer su decisión, y que no se marcharan muy lejos. Salió seguido por el secretario judicial. Þóra se volvió hacia Jónas.

– No podemos hacer más que esperar -le dijo en voz baja.

– ¿Qué crees que dirá? -le susurró Jónas-. Me parece que lo hiciste estupendamente, y la alineación de los astros es favorable, para hablar sin exageración alguna. Estoy convencido de que rechazará esa absurda solicitud de prisión preventiva. -La miró orgulloso-. Fue tremendo cuando mencionaste los números de los artículos.

Þóra sonrió a Jónas. Por fin había alguien que sabía valorar sus enumeraciones. Þóra llevaba mucho tiempo esperando aquel momento. Lo único que estropeaba la alegría ligeramente era que quien tanto la había alabado mencionase la posición de los astros en el mismo contexto, y que encima fuera sospechoso de asesinato.

– No ha sido nada -replicó-. Tendrías que oírme recitar los números de los artículos del reglamento de Correos y de las disposiciones sobre las bocacartas.

* * *

Þóra se dejó caer sobre una de las sillas de madera delante de la puerta del hotel, y puso la gruesa cartera con los documentos del caso sobre la mesa, mientras suspiraba cansinamente. El juez de distrito había ordenado que se la entregaran, metida en una bolsa de supermercado.

– Desgraciadamente, no fue todo lo bien que esperaba -le dijo a Matthew, que estaba sentado a su lado-. Han decretado siete días de prisión preventiva. -Miró a su alrededor-. ¿Dónde están los niños?

– Se fueron a ver la ballena muerta -informó Matthew-. Pero no estoy seguro de que hayan comprendido mis explicaciones, de modo que a lo mejor aparecen en el momento más inoportuno.

Þóra no tenía duda alguna al respecto.

– Seguro que no te entendieron -dijo. Conocía suficientemente bien a sus hijos como para saber que ninguno de ellos iría jamás a ver un animal en estado de descomposición, y mucho menos si se trataba de una ballena gigantesca. Pero no conocía a Sigga lo bastante para saber si a ella le iban ese tipo de cosas. Þóra dio un golpecito sobre la bolsa de plástico de color naranja-. Pero me han entregado las diligencias. Þórólfur intentó impedirlo, diciendo que mandaría gente a copiarlas en Reikiavik a la primera oportunidad, pero el juez solicitó la ayuda de su secretario, les quitó la carpeta y mandó que lo fotocopiaran todo para dármelo. El fiscal tenía, naturalmente, su propio ejemplar. -Sonrió ante aquella victoria, pequeña pero dulce-. Tengo que revisar todo esto sin perder ni un minuto, a ver si aquí hay algo que no sepamos.

– Espero que no sea nada que perjudique a Jónas -deseó Matthew-. ¿Puede ser que la policía tenga contra él algo más de lo que os hayan dicho a ti o a él?

– Te aseguro que lo expusieron todo en el juzgado -dijo Þóra-. Lo han hecho por precaución, te lo aseguro. -Confiaba en que sus conclusiones no fueran exageradas, pero el hecho de que el juez hubiera acortado el tiempo de detención provisional, del medio mes solicitado a una sola semana, tenía que significar que había sido por su causa. Por lo menos, eso es lo que tenía que pensar-. El pobre Jónas no se tomó nada bien la noticia -añadió.

– No creo que se pudiera esperar otra cosa -dijo Matthew-. ¿Dónde está ahora?

– Lo han llevado a la prisión de Litla-Hraun con escolta policial. Es un fastidio que los presos preventivos estén retenidos allí. Se tarda un montón en llegar desde la capital-dijo Þóra-, y no digamos desde aquí.

– ¿Y no tendrías que volver ya a Reikiavik? -preguntó Matthew.

– Por el momento, estoy mejor aquí -respondió Þóra-. Þórólfur dijo que no interrogarían a Jónas en los dos próximos días. Pensaban concentrarse en la investigación del escenario y acabar de tomar declaración a los testigos, y otras cosas que no especificaron. No estaba demasiado contento con el juicio que mereció su investigación del escenario.

– ¿Hay algo más que ver aquí? -preguntó Matthew-. La verdad es que encontramos la llave de la taquilla por pura casualidad. Difícilmente volverá a tocarnos la lotería.

– Yo no estoy tan segura. Hay algo que me preocupa. Y no me refiero a todos los cabos sueltos del caso. -Se puso en pie y colocó la bolsa entre los brazos-. Voy a echar un vistazo rápido a todo esto, a ver si encuentro algo que pueda darle la vuelta al caso. También estuve en la biblioteca y me he traído un ejemplar de los Cuentos y Leyendas, por si la historia que hay detrás del poema puede explicar algo. No tardaré mucho, pero sería estupendo que mandaras a mis chicos a otra excursión en cuanto aparezcan; si aparecen.

* * *

Dos horas más tarde, Þóra salió del despacho de Jónas. Estaba un poco desalentada, ya que no había avanzado mucho. Había leído hasta el final cada referencia de la carpeta, donde había innumerables declaraciones de testigos, algunos resúmenes sobre la investigación del escenario, dos informes de autopsia y los resultados de los análisis de sangre y otros fluidos corporales. Los resultados de las pruebas de ADN sobre el semen hallado en los órganos sexuales de Birna no estaban incluidos en la carpeta, pero la solicitud de dichos análisis sí se encontraba entre las diligencias. También estaban los resultados del análisis del grupo sanguíneo del que había dejado el semen, que indicaban que se trataba de semen de dos hombres distintos. A Þóra no le quedó claro si este hallazgo había sido pura casualidad o si alguien había solicitado los análisis impulsado por alguna sospecha concreta. Estuvo pensando en si sería habitual que una mujer tuviese relaciones sexuales con dos hombres diferentes el mismo día sin que se dedicara al oficio. Hubo un detalle que no comprendió con exactitud. Se trataba de una explicación que señalaba que, además del semen, se había encontrado otra sustancia biológica en los órganos sexuales de Birna; se le daba el nombre de A. Barbadensis Mili, A. vulgaris Lam. Þóra lo anotó con la esperanza de que Matthew lo conociera, aunque lo dudaba. Seguramente se trataba de algo que Birna había utilizado por su cuenta, aunque Þóra no sabía con qué finalidad.

Le hizo una seña a Matthew, dirigiéndose hacia él, que se encontraba tranquilamente en el bar bebiendo una cerveza. Dejó la carpeta sobre la mesa y se sentó.

– ¿Sigue habiendo sólo tres niños?

– No está del todo claro -dijo Matthew-. Tus dos hijos tenían la cara verde cuando volvieron de su paseo a la playa. La chica embarazada era la única con buen aspecto. Los invité a tomar un refresco en el bar y se lo llevaron a la habitación, tenían intención de ver una película.

– Me refería a si el grupo no ha aumentado todavía -bromeó Þóra, que hizo una señal al camarero para pedirle un refresco.

– Aún no eres abuela, así que disfruta de la vida -dijo Matthew, haciendo chocar su vaso de cerveza con el refresco de Þóra-. ¿Has encontrado algo interesante? -preguntó, inclinando un poco el vaso hacia la carpeta antes de beber un trago.

– No, en realidad, no. Hay varias cosas que confirman lo que hemos oído o encontrado nosotros. A los dos cadáveres les clavaron agujas o alfileres en las plantas de los pies, a Eiríkur le ataron un zorro y según la autopsia que le hicieron al animal, éste llevaba ya muerto algún tiempo de un tiro de rifle. Desgraciadamente, no aparece ninguna explicación de por qué el zorro estaba atado al pecho de Eiríkur.

– ¿Has sabido algo de nuestra preciosa Bella? -preguntó Matthew-. ¿No iba a encargarse ella de averiguártelo?

– Maldita sea, se me había olvidado -dijo Þóra. Sacó su teléfono y marcó el número del bufete.

– Diga -se oyó decir a Bella al otro extremo de la línea. Nada de Bufete Centro, buenos días ni ninguna otra cosa que indicara que quien había llamado estaba en comunicación con un respetable bufete de abogados y no con una casa particular.

– Hola, Bella, soy Þóra. ¿Has descubierto algo sobre el asunto de los zorros y los caballos? -Þóra no se atrevió a reñirle de nuevo por su forma de responder al teléfono.

– ¿Qué? -se oyó decir a una voz zafia y torpe-. Ah, ya, eso. -Guardó silencio un momento y Þóra tuvo la sensación de que se oía un ruido como si inhalara e inmediatamente después soltara el aire con rapidez.

– Bella, ¿estás fumando en la oficina? -preguntó Þóra, enfadada-. Ya sabes que está prohibido.

– No -respondió Bella-. ¿Estás loca? -Þóra creyó estar oyendo con toda seguridad el chisporroteo de un cigarrillo al arder. ¿A lo mejor aquella chica había empezado a fumar en pipa? Antes de que pudiera preguntárselo, Bella continuó-: Los caballistas con los que contacté nunca habían oído mencionar ninguna relación. Pero también hablé con un cazador de zorros que conozco y de ese tío pude sacar algo más.

Þóra olvidó completamente el tabaco.

– ¿Qué te ha dicho? -preguntó interesadísima. ¿A lo mejor aquella secretaria servía finalmente para algo?

– Bueno -dijo Bella-. Dijo que los caballos se ponían rabiosos de miedo si percibían el olor a zorro muerto. Y que se dedicaban a darle coces a la carroña.

– ¿Eso es algo que sólo saben los cazadores de zorros? -preguntó Þóra en suspense-. ¿Ningún caballista suele saberlo, o crees que los caballistas con los que hablaste eran particularmente ignorantes?

– ¿Ignorantes sobre los zorros? -preguntó Bella burlona-. No tengo ni idea. Yo diría que, en general, no lo saben. ¿Cuándo se encuentra uno con un zorro?

– Gracias, Bella -dijo Þóra, seguramente por primera vez con total sinceridad-. Puedes tomarte el resto del día libre. -Aquello no era una generosidad exagerada, ya que la ausencia de la secretaria no alteraría en lo más mínimo la actividad del bufete. Colgó y le contó a Matthew la conversación telefónica.

– Así que el asesino ató el zorro a Eiríkur para excitar al caballo, seguro de que el pobre hombre no sólo resultaría herido, sino muerto. -Matthew frunció el ceño-. Qué frialdad.

– En general, los caballistas no saben lo furiosos que se ponen los caballos con las carroñas de zorro -dijo Þóra, pensativa-. Lo saben sobre todo los cazadores de zorros. -Pensó un momento y luego añadió-: ¿No será Bergur cazador de zorros? Tiene nidos de eider. -Miró a Matthew a los ojos-. Había una caja de cartuchos de fusil en la salita de la caballeriza.

Matthew la miró a ella también a los ojos, fijamente.

– A lo mejor rer tenía que ser ber o, más exactamente, bergur, pero Eiríkur empezó a recibir coces y no pudo seguir. -Matthew sacó su móvil y recuperó la fotografía que había tomado de las letras grabadas en la pared. Estuvo un ratito ampliando la foto y situando las letras en mitad de la pantalla-. Vaya -dijo después de mirar con todo detenimiento la fotografía, pasándole el teléfono a Þóra-. El trazo descendente de la primera erre no es tan recto como el de la segunda.

* * *

Þóra colgó el teléfono y se volvió hacia Matthew.

– Me parece que a Þórólfur no le ha disgustado la noticia -dijo-. Aparentaba estar perfectamente tranquilo pero noté que se alegró cuando se lo conté. Puedo predecir que Bergur recibirá una visita de la policía dentro de poco.

– Bueno, o su mujer -apostilló Matthew-. Nunca se sabe.

– Sí, claro -asintió Þóra-. Pero algo sí que se sabe. Leí el informe de la autopsia, y está bastante claro que Birna fue violada brutalmente. En eso no encajan las mujeres, excepto como cómplices, quizá. Podría ser que Rósa participara en el asesinato, pero no en compañía de su marido. Dudo mucho que hayan sido capaces de ponerse de acuerdo en la hora, y no creo que fueran capaces de meterse juntos en semejante lío. -En ese momento, Sóldís apareció dirigiéndose hacia ellos.

– Mi abuela quiere hablar contigo -dijo incómoda-. Pregunta si puedes llamarla. Se trata de algo relacionado con vuestra conversación de ayer. -Sóldís se miró los pies-. No estás obligada a hacerlo, pero éste es su número. -Le dio a Þóra una nota en un papelito amarillo. Þóra le dio las gracias muy sinceramente y sacó inmediatamente el teléfono. Sóldís se dio media vuelta y desapareció del bar a toda prisa. Respondieron después de una sola llamada.

– Hola, Lára, aquí Þóra. La abogada del hotel. Sóldís me dijo que quería que la llamara.

– Sí, hola. Me alegro mucho de que me llames. No he podido pensar más que en Guðný desde que charlamos ayer. Creo que te gustaría que el destino de la niña quedara aclarado finalmente. -Þóra tuvo la sensación de que la mujer estaba muy alterada, aunque su voz no lo dejaba traslucir-. Tengo aquí la carta de Guðný de la que te hablé ayer -dijo la mujer, dejando escapar un débilísimo sollozo-. La estuve buscando por todas partes y al final la encontré guardada con algunas otras cosillas que conservo de esa época. La he leído una y otra vez y ahora creo poder decir que he conseguido leer entre líneas.

– ¿Y eso? -preguntó Þóra.

– Dice en un sitio que la niña es igualita a su padre, y que me daré cuenta del parecido enseguida -explicó Lára-. En su época, cuando empezaron las habladurías sobre el incesto, estuve casi a punto de creérmelo y pensé que ella se había acostado con su padre o con su tío. Ahora soy una persona más madura y veo que eso nunca lo diría una mujer sobre su propio hijo si se encontrara en tal situación. En otro lugar, pregunta por un muchacho del que había estado enamoriscada antes de que yo me marchara de la comarca, y me pide su dirección. Quería enviarle unas líneas -Lára calló y respiró hondo-. Creo que ese joven era el padre. Se fue a vivir a Reikiavik poco después que yo, y recuerdo que reaccionó de forma muy rara cuando me lo encontré un año más tarde, y no quiso hablar mucho conmigo. Entonces no lo comprendí, y aún sigo sin entenderlo. Tal vez la niña podría explicar su reacción. A lo mejor pensaba que yo conocía la existencia de la pequeña, o que Guðný se había quedado embarazada y no le apetecía hablar de ello. Llevaba del brazo a una mujer joven.

– ¿Quién era? -preguntó Þóra-. ¿Está vivo todavía?

– Desde luego que está vivo -respondió Lára-. Se habló mucho de él cuando se retiró. Fue alcalde hace unos años.

Þóra notó que sus dedos se aferraban con fuerza al aparato telefónico.

– ¿Magnús Baldvinsson? -preguntó con toda la tranquilidad de que fue capaz.

– Sí, ¿cómo lo sabes? -preguntó Lára, asombrada-. ¿Le conoces?

– Está alojado en el hotel -respondió Þóra-. Pero podría haberse marchado ya, su nieto vino a buscarle ayer por la noche.

– Qué extraño -dijo Lára-. En todos estos años, desde que se trasladó a Reikiavik, no ha venido a la región más que en algún viaje relámpago.

– Ya, vaya -fue lo único que se le ocurrió a Þóra-. Se puede pensar que la llegada de la niña le hizo tan poca gracia, que… -Þóra vaciló mientras buscaba las palabras apropiadas. Los adultos son una cosa y los niños otra muy distinta-… que se las debió de ingeniar para darla en adopción tras la muerte de Guðný, o que simple y llanamente la mató. -Confió en que así resultara más fácil de digerir.

– No lo sé -replicó Lára. La anciana voz se quebró de nuevo-. Dios mío, es imposible creer que pueda pasar algo así. Magnús no tenía mucha personalidad. Pero ¿podría haber sido tan mezquino? De verdad, no lo sé. No puedo ni imaginarme que alguien pueda ser tan malvado. En nuestra sociedad ni nos damos cuenta de que están entre nosotros. Ni hoy ni en aquella época. -Lára calló y se sonó-. Y también está la otra cosa que me preguntaste. Lo de la carbonera. Me puse a darle vueltas y recordé que se pasaron a la calefacción eléctrica en las dos granjas antes de que yo me marchara a Reikiavik. Decían que era estupenda, pero Bjarni mandó instalar un generador en un hoyo en el ala norte, junto a la carretera. No sé si te servirá de algo, pero después de eso, el carbón dejó de usarse en las dos granjas, y abandonaron las carboneras. -La voz de Lára se había vuelto más fuerte al hablar de cosas cotidianas como la calefacción, aunque se notaba cierta melancolía en sus palabras-. En la caja en que estaba la carta encontré una foto antigua en la que estamos Guðný y yo detrás de la granja, y recordé todo eso mientras estaba mirándola. Porque en la foto se ve la entrada a la carbonera, y eso me desató los recuerdos.

Þóra interrumpió a Lára.

– Cuando dice que estaban detrás de la granja, ¿a cuál de las dos se refieres?

– A Kirkjustétt -contestó Lára-. No subíamos mucho a Kreppa en esos años. Bjarni y Grímur casi no se hablaban, y creo poder afirmar con cierta seguridad que la única relación que seguían manteniendo era por el generador, que utilizaban ambos.

– ¿Así que había una carbonera igual detrás de Kirkjustétt? -preguntó Þóra-. No hay rastro de semejante cosa detrás del hotel. ¿Puede ser que la carbonera acabase debajo del edificio anexo?

– No, eso no puede ser -dijo Lára-. Si no recuerdo mal, estaba bastante lejos de la casa, y no es el sitio donde se construyó el anexo. La trampilla de entrada tendría que estar en el prado que hay detrás del hotel. Era igual en las dos granjas. Se consideraba de lo más moderno tener la carbonera lejos de la casa, aunque era más caro que guardar el carbón en el sótano. Era mucho más refinado hacer una entrada a la carbonera desde el sótano, aunque estuviera tan lejos de la casa.

Þóra miró a Matthew con los ojos muy abiertos. Cortó la conversación con Lára, sintiendo de pronto la necesidad de bajar al sótano a buscar la puerta que daba a la carbonera. Antes de despedirse, le dijo a la anciana que la informaría de cualquier cosa que llegara a averiguar sobre el destino de la misteriosa niña.

– Tengo que hacer una breve llamada -le dijo Þóra a Matthew mientras marcaba el número de la prisión de Litla-Hraun-. Prometo que te lo explico todo enseguida. Lo que recordaba de la foto de una pared del sótano que Birna había mandado hacer al fotógrafo extranjero no contenía nada que pudiera indicar la existencia de una puerta allí abajo. En cuanto Jónas se puso al teléfono, Þóra fue directamente al grano-: Jónas, probablemente tendré que tirar un trozo de una pared del sótano debajo de la parte antigua del hotel. Sólo quería que lo supieras. Por lo demás, ¿todo bien?

* * *

Þóra, Matthew y Gylfi estaban delante de una de las paredes del sótano; habían llegado al acuerdo de que aquélla era la que daba hacia el prado de la parte posterior del edificio. Les había llevado un tiempo considerable orientarse y decidir cuál era la pared adecuada, pues tuvieron que ir haciendo pruebas mientras levantaban en el aire a Sóley para que mirase por las sucísimas ventanas; al final decidieron que la pared de la foto de Birna debía de ser la correcta. Matthew dejó la fotografía y aferró el mazo. Þóra se echó para atrás, reuniéndose con Sigga y Sóley, que estaban esperando emocionadísimas. Gylfi estaba al lado de Matthew, dispuesto a relevar al alemán.

Gylfi había exigido acompañarles cuando los vio salir al prado con las palas, para cerciorarse de que la carbonera estaba realmente allí antes de poner manos a la obra y hacer el agujero, y las chicas se empeñaron en acompañarles, encantadas con la novedad. La carbonera había aparecido a unos 30 centímetros de profundidad, justo al lado de la piedra grabada, pero en lugar de malgastar el tiempo excavando para liberar toda la trampilla, se dirigieron inmediatamente al sótano a buscar la puerta, que tenía que estar allí oculta. Matthew se temía que abrir una trampilla que llevaba decenas de años enterrada no sería más fácil que cuando lo habían intentado en Kreppa.

– ¿Qué pensáis que vais a encontrar ahí detrás? -preguntó Gylfi, no del todo seguro de que fuera demasiado divertido ponerse a tirar abajo una pared.

– A decir verdad, no tengo ni idea -dijo Þóra-. Pero, a juzgar por el cuidado con que disimularon la puerta, alguien debía de querer que no se acercara nadie. No hay ninguna razón plausible para tapiar una puerta en el sótano. Se habría podido cegar de otro modo si la intención no hubiera sido ocultarla.

– ¿Y si no hay nada? -preguntó Gylfi-. ¿Qué dirá el dueño de todo esto?

– Nada -respondió Þóra-. Acabo de contarle lo que sucede, y en el peor de los casos sólo tendrá que gastar un poco en unos cuantos metros cuadrados de pared. -Le hizo señas con las manos para que se pusiera delante-. ¡Empieza!

Empezaron a golpear la pared. Þóra y las niñas miraban expectantes, pero enseguida pudieron comprobar que las cosas no irían tan deprisa como esperaban. Media hora más tarde, cuando Sóley se haba dormido ya de aburrimiento sobre un montón de cajas, y los bostezos de Sigga se sucedían sin pausa, el agujero a través del revestimiento de la pared, la madera y la piedra, había alcanzado unas dimensiones considerables como para poder acceder al otro lado. Matthew y Gylfi estaban sucios y sudorosos con las mangas remangadas, recuperando el resuello.

– Yo no entro la primera -dijo Þóra, sacando la cabeza del agujero-. El aire está viciadísimo ahí dentro. Huele a quemado, ¿no?

– Ya voy yo -dijo Gylfi. Þóra le conocía suficientemente bien para saber que no lo decía de verdad.

– Matthew, ve tú delante -dijo, empujándole hacia la abertura-. ¿Dónde está la linterna?

Tras meterse a duras penas los tres por el agujero, Þóra y Gylfi siguieron a Matthew por el estrecho túnel. La débil luz de la linterna sólo iluminaba al alemán, que iba en primer lugar. Madre e hijo se acercaron a él cuando se detuvo delante de la puerta que había al final del túnel. Se volvió hacia ellos, con la linterna colocada debajo de la barbilla. Þóra y Gylfi se llevaron un susto terrible, mientras Matthew se echaba a reír. Se quitó la linterna de la cara e iluminó la puerta.

– ¿Abro?

Deberían haber dicho que no.

Capítulo 31

– Y, naturalmente, fue por pura casualidad, igual que la foto -preguntó Þórólfur-. ¿Bajaron al sótano armados, casualmente, de unas mazas y les apeteció tirar abajo justo esa pared, porque sí?

Þóra se quitó una astilla del pelo, contenta de comprobar que no era un diente, como había temido.

– No -respondió-. Creía que había hablado con suficiente claridad. Queríamos asegurarnos de que no los íbamos a avisar para cualquier estupidez, malgastando con ello el dinero público. No había forma de comprobar lo que había ahí abajo sin derribar la pared. Tengo que reconocer que no me esperaba esto.

Se estremeció cuando dos hombres de la sección de investigación pasaron con unas carretillas llenas de huesos. Un penetrante olor a quemado las acompañaba. Había policías pululando por todo el hotel; habían acudido de las comisarías cercanas pero también un grupo de especialistas llegados de Reikiavik. Þóra sospechaba que la mayoría carecía de una función específica, y que estaban allí movidos más bien por la curiosidad. Hizo una mueca.

– Como ya le dije, esperaba encontrar el esqueleto de un niño, y no un montón de huesos de la altura de una persona.

– ¿No se dio cuenta de que eran huesos de animales? -preguntó Þórólfur-. ¿Era difícil ver claramente las cosas en la oscuridad de ahí abajo?