/ / Language: Español / Genre:thriller

Ceniza

Yrsa Sigurðardóttir

La violenta erupción de un volcán en Islandia obliga a desalojar una pequeña isla. Las cenizas y la lava sepultan una población. Sus habitantes se ven en la necesidad de iniciar una nueva vida en duras condiciones, y muchos abandonan la isla.

Yrsa Sigurðardóttir

Ceniza

Þóra & Matthew, 3

© Yrsa Sigurðardóttir 2007

Título original: Aska

© De la traducción: Enrique Bernárdez

Nota del editor

Querido lector:

Nos encontrábamos acabando ya la traducción de Ceniza cuando las radios comenzaron a informar de la paralización del tráfico aéreo en toda Europa y las televisiones y las portadas de los periódicos nos hacían llegar imágenes del inesperado responsable de tal caos: un volcán que había entrado en erupción precisamente en Islandia, un lugar que no suele ocupar páginas en los medios. La tremenda casualidad que suponía la coincidencia entre la insólita noticia y el tema de esta novela nos impactó extraordinariamente. Es curioso que la raramente indomable naturaleza sea la protagonista de ambas circunstancias. Aunque ya en sus dos anteriores libros (El último ritual en 2006 y Ladrón de almas en 2007) Yrsa Sigurðardóttir nos había sorprendido muy gratamente con su originalidad, su sentido del humor y la cercanía de sus personajes.

Nuestras expectativas no se han visto defraudadas: Yrsa sabe jugar como nadie con los elementos literarios y manejar diestramente personajes y trama para conseguir, al mismo tiempo, mantener el interés, sorprender con su desarrollo argumental y hacer cómplice al lector de los descubrimientos de su abogada protagonista: Þóra Guðmundsdóttir. Esperamos que su lectura os haga disfrutar tanto como a quienes formamos Suma de Letras.

EL EDITOR

Agradecimientos

Quiero dar las gracias a todas las personas de Heimaey que me ayudaron mientras escribía este libro. He de mencionar especialmente a Kristin Jóhansdóttir, que me fue de enorme ayuda. También doy las gracias a Sigurmundur Gísli Einarsson, Ólafur M. Kristinsson y Árni Johnsen por su apoyo, así como a Gísli Baldvinsson, oriundo de las Vestmann aunque viva fuera de las islas. Ninguno de ellos ha servido de modelo para ningún personaje de este libro.

Dedico el libro a mi editor, Pétur Mar Ólafsson, con mi agradecimiento por su magnífica colaboración y su infinita paciencia.

YRSA

Introducción

Muchas veces había sentido la muerte como una opción apetecible. En cambio, en esos momentos la sensación era muy distinta, se sentía muy desdichada por lo que estaba pasando. Cuando murió su padre tras una difícil lucha contra el cáncer, pensó en lo que aquello significaba. Había reflexionado sobre la brevedad y la fragilidad de la vida humana cuando todo se trastoca. Su padre había sido como un ancla para la pequeña familia pero, un mes después de su muerte, no conseguía recordar su aspecto sin la ayuda de una fotografía. Y eso que ella era una de las personas más cercanas al difunto. ¿Con cuánta rapidez habría sido olvidado por los demás? En cuanto su madre abandonara este mundo, y ella misma y su hermana, nadie le recordaría ya, y sería como si nunca hubiese puesto un pie en la tierra. Aquel pensamiento la llenó de pena y desesperanza. Ahora se estaba enfrentando a su propio destino y se daba perfecta cuenta de que su propia historia estaba también a punto de terminar. Nunca podría limpiar su imagen como había deseado. Ninguna otra persona podría solucionarlo todo como era debido, y mucho menos explicar lo que le había tenido tan ocupada la mente en los últimos tiempos. Sus ojos se oscurecieron pero logró salir de aquel estado. Sabía que en cuanto sucediera tal cosa, ya no sería capaz ni de mover las piernas.

Ojalá no tuviera la mente tan confusa, ojalá no estuviera tan exhausta. Al menos podría intentar llevarse una mano a la cabeza en vez de seguir allí tumbada sin hacer nada. Sabía que tenían que haberle dado alguna droga. Ese sopor no se producía por sí solo. Sobre la mesilla había un frasco de pastillas que no recordaba haber puesto allí, pero cuando entreabrió los ojos vio que eran unos analgésicos muy fuertes que se había llevado a casa después de la última intervención. Ese frasco llevaba meses sin que lo hubiera tocado en su botiquín, no entendía cómo se había tomado las pastillas, pero lo más probable era que se las hubieran puesto en la comida, un rato antes. Conocía bien el sabor de las pastillas y el vino que tomó no pudo disfrazarlo. El mal sabor de boca después de los vómitos no se debía a las pastillas. Pero en sí, aquello no significaba nada. Volvió a sentir náuseas y cerró los ojos, aunque tenía miedo de no poder abrirlos otra vez. Su preocupación resultó inútil porque los ojos se le abrieron de golpe, involuntariamente, cuando quedo sin respiración porque una fuerte presión la estaba aplastando. Al mismo tiempo, una mano helada le tapaba los ojos con fuerza y le impedía ver.

Los latidos de su corazón se hicieron más fuertes, y no se calmaron cuando una segunda mano le abrió la boca a la fuerza y nos dedos se introdujeron en ella. Agitó las piernas, pero aquello fue lo único que pudo hacer para resistirse ante la agresión. Le sacaron la lengua de la boca y poco después sintió un fuerte pinchazo. Calor y un dolor punzante brotaron del pinchazo en la lengua y se fueron extendiendo por toda la boca, y se dio cuenta de que le habían inyectado algo en el blando músculo. Al final le soltaron la lengua y al instante le taparon la nariz.

Sus pensamientos se iban haciendo cada vez más confusos y nebulosos. ¿Tal vez estaba en un hospital, al cuidado de un médico? No podía abrir los ojos y no podía oler nada por la nariz, que seguía tapada, pero esperaba que fuera eso. Un tenue susurro en su oído: «Todo acabará enseguida…, relájate». ¿Era un médico o una enfermera? Intentó sin éxito recordar quién había ido a su casa y la había drogado, y cómo empezó a vomitar. Lo sabía perfectamente, pero le era imposible pronunciar el nombre de su visitante, ni siquiera dibujar mentalmente su rostro. Recordó de pronto que aún no había comprado el regalo para el cumpleaños de su hermana. ¿Qué podía regalarle? ¿Quizá un jersey? Había tantos jerséis bonitos en las tiendas… Pero de pronto comprendió que no era ni el momento ni el lugar para pensar en eso. No solo era incapaz de comprender dónde estaba, sino también la hora que podía ser. ¿Era de noche o de día? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que le pusieron aquella inyección en la lengua…, si era eso lo que había sucedido? Se aflojó un poco la presión sobre su nariz y la boca se abrió de nuevo. Los mismos dedos de antes volvieron a entrar en ella. Reconoció entonces el sabor del jabón. Un dedo llegó hasta su lengua y tuvo la clara sensación de que eso no debía ser así. Intentó mover la lengua pero no pudo. ¿Quizá había sufrido un derrame cerebral? Podía ser. Y si no, ¿qué era? No recordaba. Los dedos se apretaron fuerte contra su lengua, la doblaron y la empujaron hacia la garganta. De nada sirvió resistirse para intentar liberar la lengua de aquella horrible presión… era incapaz de moverse. La rodilla de la persona que estaba encima de ella le mantenía los brazos inmovilizados a los costados. En su desesperación, intentó recordar lo que sabía sobre derrames cerebrales, pero no conseguía recordar que el dolor de lengua tuviese nada que ver con ellos.

Unas maldiciones que parecían salidas de un barril o de un túnel resonaron en su mente. No lograba entender si era solo su imaginación o si aquellas palabras brotaban de la garganta de quien le estaba manipulando la boca. Intentó decir algo, creyendo que su voz sonaría como cuando intentaba decirle alguna cosa al dentista, y eso le recordó que tenía que pedir cita para la consulta, pero lo único que se oyó fue un gruñido que parecía brotar del fondo de su vientre. La lengua seguía inmóvil pese a las reiteradas órdenes enviadas por el cerebro, le era imposible transformar los sonidos en palabras. Los dedos apretaron la lengua con más fuerza. Era perfectamente consciente de su lengua, aunque no podía moverla lo más mínimo, y sintió arcadas al notar que volvían a empujársela hacia la garganta. Sus ojos se abrieron de par en par y se quedó mirando fijamente el techo.

Los dedos le soltaron la nariz y la presión sobre su vientre y sus brazos se aflojó. Ni siquiera pudo alegrarse, porque estaba intentando respirar desesperadamente. Loca de terror, intentó pensar con claridad, pero fue inútil. La lengua estaba encajada en la garganta y no conseguía moverla.

Pateó, se agitó violentamente sobre la cama como en un ataque de furia. Las manos fueron hacia el cuello y la mandíbula, los dedos arañaron la piel y la rajaron. ¿A lo mejor conseguiría abrir un agujero para que pasara el aire?

Luego todo se volvió negro y ella desapareció igual que su padre. Pero él había podido disfrutar una vida plena…, al contrario que ella. Las maldiciones que habían brotado de ella y que se esforzaron por salir de su cuerpo mientras intentaba respirar desaparecieron. Su cabeza cayó lentamente a un lado y al final descansó sobre un charco de sangre con los ojos fuera de las órbitas. Todo quedó en silencio durante un momento, hasta que se encendió el CD de la otra mesilla de noche y empezó a sonar música.

Poco después, el visitante de la mujer cerró la puerta del dormitorio en un gesto de cortesía de la que no había hecho gala hasta aquel momento.

Capítulo 1

Lunes, 9 de julio de 2007

– ¿Qué estará haciendo Markús en el sótano? ¿No es absurdo que no quiera que entre nadie antes que él, todo para coger algún trasto que se le quedó allí?

La abogada Þóra Guðmundsdóttir [1] sonrió cortésmente al arqueólogo Hjörtur Friðriksson, que estaba a su lado, pero no respondió. Aquello se estaba prolongando demasiado. No se sentía del todo bien allí dentro; el olor a quemado y el sabor a ceniza le hacían daño en los ojos y la nariz, y tenía miedo de que en cualquier momento se hundiera el techo. Al atravesar la casa para llegar a la puerta del sótano, los tres tuvieron que esquivar una enorme acumulación de ceniza encima de la moqueta de cuadros, en un lugar donde el tejado había cedido y, al verlo, Þóra se ajustó el barboquejo del casco para asegurarse de que no se le cayera. Se agitaba inquieta mirando el reloj con preocupación. Un golpe sordo llegó desde el sótano. ¿Qué le pasaba a aquel hombre? Markús había dicho que necesitaba sólo un momentito, pero ni ella ni el arqueólogo acababan de entender cuál era su sentido del tiempo.

– Tiene que estar a punto de volver -dijo Þóra sin mucha convicción mientras miraba fijamente la puerta con la esperanza de poder abandonar pronto aquella casa y de que todo acabase de una vez. Sin querer, miró de reojo el techo, lista para echar a correr en cuanto apareciera la más mínima señal de que se les fuera a caer encima.

– No te preocupes -dijo Hjörtur señalando con el dedo-. Si el tejado fuera a hundirse lo habría hecho hace mucho tiempo -suspiró y se pasó la mano por la barbilla sin afeitar-. ¿Tienes alguna idea de lo que está haciendo ese hombre ahí abajo?

Þóra dijo que no, aunque tampoco tenía especial interés en discutir las intenciones de su cliente con una persona a quien no le afectaban.

– Algo habrá dicho. No hemos hecho más que pensar en qué podía querer recoger de allí -Hjörtur miró a Þóra-. Creo que debe de ser pornografía, o algo así.

Þóra se encogió de hombros. También a ella se le había pasado lo mismo por la cabeza. Aunque no tenía la imaginación lo suficientemente loca como para adivinar lo que podía haber de embarazoso o molesto como para que no pudieran verlo unos desconocidos. ¿Peliculitas de polvos caseros? Seguro que no. Muy poca gente tenía cámara de cine en los años setenta, y era dudoso que las películas que se usaban entonces hubieran podido sobrevivir a la calamidad que se les vino encima. Además, Markús Magnusson, el que estaba en el sótano, solo tenía quince años de edad cuando la casa desapareció bajo la lava y la ceniza, que habrían destruido los materiales con que se fabricaban. Sin embargo, allí abajo había algo que estaba empeñado en llevarse antes de que nadie lo viera. Þóra suspiró. ¿Por qué tenía que estar siempre metiéndose en un lío tras otro? No sabía de ningún abogado que tuviera tantos casos raros y tantos clientes extraños. Decidió preguntarle a Markús qué le había llevado a telefonear a su pequeño bufete, en lugar de acudir a alguno de los grandes, para solicitar una prohibición legal de excavar la casa. Si es que volvía a salir de aquel sótano algún día. Se tapó la boca y la nariz con el cuello del jersey e intentó respirar a través de él. Fue peor aún. Hjörtur sonrió ante sus intentos.

– Acabas acostumbrándote, te lo aseguro -dijo-. Aunque no lo vas a conseguir en un momento. Hacen falta unos cuantos días.

Þóra puso cara de extrañeza.

– Maldita sea, parece que se piensa quedar a vivir allí dentro -refunfuñó a través del cuello del jersey. Incluso se forzó a sonreírle a Hjörtur. Fue gracias a él que se llegó a aquel arreglo sin tener que litigar para conseguir la suspensión de las excavaciones. Claro que el pleito no habría llegado demasiado lejos, pues Hjörtur y su familia ya no tenían derechos de propiedad sobre la casa. Pertenecía al municipio de Heimaey, junto con todo su contenido, y no habría habido posibilidad alguna, por mucho que Hjörtur lo intentara. Había dirigido sus dardos muy especialmente contra Hjörtur Friðriksson, que ahora estaba allí al lado de Þóra y que era el director del proyecto Pompeya del Norte, que consistía en excavar y sacar a la luz algunas de las casas que habían sido cubiertas de ceniza en la erupción del volcán de la isla de Heimaey el año 1973. Þóra había tenido bastantes tratos con él por teléfono y correo electrónico, y tenía buena opinión de él. Tenía la costumbre de hablar mucho, pero era sincero y no se dejaba provocar con facilidad. Esta virtud se vio sometida a duras pruebas, porque Markús se había comportado más de una vez de forma totalmente impertinente. Se negó rotundamente a decir ni una sola palabra de por qué le molestaba tanto que desenterraran la casa de sus padres, empecinado como estaba en la inviolabilidad de su vida privada, y no había hecho más que complicarle el caso a Þóra de todas las maneras posibles. Cuando se comprobó que no existía posibilidad alguna de llegar a un arreglo, por la cabezonería de Markús, Þóra preguntó a Hjörtur, como último recurso, si no podrían excavar cualquier otra casa en vez de aquella. Había mucho donde elegir. Pero resultó que la casa de la infancia de Markús era una de las pocas casas de cemento de aquel lugar, y que por eso era más probable que se encontrara en mejor estado que las demás. El objetivo de las excavaciones no era desenterrar casas que no fueran más que una pura ruina.

Cuando Þóra empezó a leer en busca de algún motivo que le permitiera obtener la interdicción legal de la excavación, resultó que Markús, en realidad, solo estaba interesado por el sótano de la casa. Finalmente fue posible discutir una solución factible, y Markús insistió en llegar a un trato. La casa sería desenterrada, aireada y a continuación se permitiría que Markús fuera la primera persona en bajar al sótano, y que se llevara lo que quisiese. Tras una breve reflexión se aceptó el arreglo y Þóra suspiró aliviada. Porque Markús habría tenido serias dificultades si se empeñaba en continuar un litigio sin esperanza alguna de victoria, pues su situación era claramente perdedora. Su familia era propietaria de una de las empresas de pesca más grandes de las Islas Vestmann, y aunque Þóra no lamentaba en absoluto que se le pagara bien, le disgustaba trabajar en contra de su propia conciencia y para intentar algo que jamás podría conseguir. Þóra se alegró mucho, porque Markús se mostró de acuerdo con la propuesta de Hjörtur y ella pudo dedicarse a ultimar los detalles del acuerdo, cómo bajaría Markús al sótano, cómo podía evitarse que otras personas entraran antes que él, y cosas por el estilo. Se firmó el acuerdo y todo quedó a la espera de que terminaran de desenterrar la casa.

Por eso estaban allí los dos, el arqueólogo y la abogada, con los ojos clavados en la torcida puerta del sótano mientras aquel hombre, que en 1973 era todavía un adolescente, rescataba el terrible secreto, debajo de los pies de ambos.

– Aleluya -dijo Þóra cuando se oyeron unos pasos procedentes de la escalera del sótano.

– Espero sinceramente que lo haya encontrado -dijo Hjörtur con tono de cansancio-. Mejor ni pensar en lo que pasará si vuelve con las manos vacías.

Cruzaron los dedos y miraron fijamente la puerta.

Observaron en tensión mientras el manillar giraba, y el asombro les cambió el gesto al instante, porque solo se abrió una rendija de la puerta. Se miraron el uno al otro antes de que Þóra se inclinase hacia la rendija.

– Markús -dijo tranquila-, ¿pasa algo?

– Tienes que venir -fue la respuesta de una voz extraña al otro lado de la puerta. Era imposible comprender por qué estaba Markús tan excitado, tan desilusionado o tan triste. El débil resplandor de su linterna iluminó brevemente el suelo y los pies de Þóra.

– ¿Yo? -respondió Þóra extrañada-. ¿Ahí abajo? -miró a Hjörtur, que frunció las cejas.

– Sí -dijo Markús, todavía con aquel tono impenetrable en la voz-. Tengo que enseñarte algo para lo que necesito tu opinión.

– ¿Mi opinión? -repitió Þóra. Cuando se quedaba sin palabras tenía la costumbre de repetir lo que decía su interlocutor, lo que le permitía, sin pretenderlo, un instante más para reflexionar.

– Sí, una opinión legal -se oyó detrás de la puerta.

Þóra estiró la espalda.

– Te daré todas las opiniones que quieras, Markús -dijo ella-. Pero el caso es que los abogados no tenemos necesidad de probar en carne propia las cosas sobre las que opinamos. No hay razón alguna para que yo tenga que bajar ahí contigo. Cuéntame de qué se trata y aquí mismo te doy mi opinión por escrito.

– Tienes que bajar -dijo Markús-. No necesito una opinión por escrito. La oral es suficiente -calló-. Te lo ruego. Baja, es solo un momento.

Þóra jamás había oído tan lastimera la voz de Markús. Solo la conocía con un tono de superioridad y prepotencia.

Hjörtur miró a Þóra, parecía de todo menos divertido.

– ¿Quieres darte un poco de prisa, por favor? No corres ningún peligro, y yo ya estoy hasta las narices de esperar a que se acabe este asunto.

Þóra vaciló, inquieta. ¿Qué demonios podía haber allí abajo? No le apetecía ni lo más mínimo, consciente de que abajo había todavía menos aire que arriba y que todo estaba más oscuro. Pero al mismo tiempo coincidía con Hjörtur en que tenían que resolver aquello sin más demora. Se armó de valor.

– Pues venga -dijo, y cogió prestada la linterna de Hjörtur-. Ya voy.

Abrió la puerta lo justo para entrar por el hueco. Markús estaba en la escalera, pálido como un muerto. Su rostro tenía casi el mismo color que el casco blanco que llevaba en la cabeza. Þóra no pudo sacar de ese hecho demasiadas conclusiones, pues la única luz procedía de las linternas, que daban a todo un tinte irreal. Carraspeó. Allí había todavía más polvo y el aire estaba aún más enrarecido.

– ¿Qué querías enseñarme? -preguntó cuando consiguió calmarse-. Vamos a acabar ya con esto.

Markús empezó a bajar las escaleras hacia la oscuridad. El chorro de luz de su linterna apenas se abría paso a través del polvo y la ceniza, y era imposible ver dónde terminaban los escalones.

– No sé qué decir -dijo Markús de una forma de todo menos normal y tranquila, mientras descendía-. Tienes que creerme, no he bajado a buscar eso. Pero es obvio que tendrás que solicitar que se prohíba la excavación y que vuelva a enterrarse la casa.

Þóra dirigió la luz de su linterna hacia el suelo, delante de sus pies. No le apetecía nada dar un tropezón en las escaleras y caer rodando hasta el sótano con la cabeza por delante.

– ¿Algo malo que ignorabas?

– Sí, puede decirse que es eso -respondió Markús-. Nunca habría dicho nada sobre la excavación si hubiera sido esto lo que quería ocultar. Eso está más que claro -ahora estaba ya en el suelo del sótano-. Me parece que se viene encima un asunto de lo más feo.

Þóra descendió el último escalón y se detuvo al lado de Markús.

– ¿Qué es ese «esto»? -preguntó dirigiendo la luz a su alrededor. Lo único que podía distinguir parecía de lo más inocente: un viejo trineo, una pajarera retorcida, un montón de cajas y trastos diversos por todas partes, todo cubierto de polvo y ceniza.

– Ven -dijo Markús. La llevó al final de un tabique y le dijo que tenía que creerle… que no sabía nada en absoluto de aquello. Dirigió la linterna hacia el suelo.

Þóra aguzó la vista sin ver lo que había causado tanto desasosiego a Markús. Solo pudo distinguir lo que parecían tres montones de polvo gris. Pasó la luz de la linterna a un lado y otro. Necesitó un tiempo considerable para distinguir lo que era… y tuvo que echar mano de toda su entereza para que la linterna no se le cayera de las manos.

– ¡Dios mío! -exclamó. Sin querer, dirigió la luz hacia los tres rostros, uno tras otro. Las mejillas hundidas, las cuencas de los ojos vacías, las bocas abiertas de par en par; le recordaban a unas fotos de momias que había visto hacía mucho tiempo en Investigación y Ciencia-. ¿Quién es esta gente?

– No lo sé -dijo Markús desconcertado-. Pero eso no cambia nada. Lo que está claro es que llevan muertos bastante tiempo -se llevó una mano a la nariz, aunque en el aire no había olor alguno a cadáver, tosió y apartó la vista.

En cambio, Þóra no podía separar los ojos de los cadáveres. Markús tenía toda la razón: aquello no tenía buena pinta.

– ¿Y qué es lo que querías llevarte, si no era esto? -preguntó Þóra, confundida-. Más vale que tengas una buena explicación para cuando esto se haga público -al ver que Markús iba a objetar algo, se apresuró a añadir-: Puedes olvidarte de lo de volver a enterrar la casa como si no hubiera pasado nada. Te aseguro que no existe la más mínima posibilidad de semejante cosa -¿por qué no había nunca nada sencillo? ¿No podía haber salido ese hombre del sótano con un montón de prehistóricas fotos pornográficas? Dirigió su linterna hacia Markús-. Enséñamelo -le dijo, y sintió una cierta aprensión cuando su rostro dejó ver a las claras que no podía esperar nada bueno-. No podrá ser peor que esto -añadió.

Markús calló un momento. Luego tosió e iluminó un hueco justo al lado de donde estaban.

– Era esto -dijo sin seguir el rayo de luz con los ojos-. Puedo explicarlo todo -añadió con dificultad, con los ojos bajos.

– Pero no… -exclamó la abogada Þóra Guðmundsdóttir, y la linterna se le cayó de las manos.

Capítulo 2

Lunes, 9 de julio de 2007

– A decir verdad, no sé muy bien si tengo que alegrarme de que este extraño hallazgo de cadáveres y otros restos humanos que habéis hecho haya sucedido antes de mi retiro.

El policía fue mirándolos a uno tras otro. Þóra Guðmundsdóttir, el arqueólogo Hjörtur Friðriksson y el cliente de Þóra, Markús Magnusson, sonreían con apuro. Estaban todos en la comisaría de policía de Heimaey, donde les habían hecho esperar durante un tiempo interminable la llegada del comisario jefe, que era quien estaba sentado delante de ellos. Evidentemente había pasado bastante rato en el sótano, pues quiso ver con sus propios ojos de qué iba todo antes de hablar con ellos.

– Ya estoy llegando a la edad -añadió después de presentarse como Guðni Leifsson-. Después de casi cuarenta años de trabajo -cruzó las manos-. Y que otros lo hagan mejor.

Þóra hizo todo lo posible por mostrarse interesada en los éxitos de su carrera, pero no le resultó fácil. Lo único que le interesaba de verdad era saber la hora, porque no podía perder el último avión de Reikiavik. Aquello no se acababa nunca.

– Pero así es, así son las cosas.

El comisario movió la cabeza lentamente adelante y atrás y chasqueó la lengua contra las encías.

– Al menos yo, nunca he visto nada semejante -sonrió para sí-. ¿Tal vez mi destino sea competir con la comisaría de Reikiavik?

Þóra puso cara de extrañeza y preguntó a qué se refería, aunque lo que menos le apetecía en aquel momento era prolongar aquel peculiar interrogatorio:

– ¿Qué quieres decir?

– No me extraña que preguntes. Una abogada de Reikiavik no debe de tener mucha idea de cómo son las cosas en un lugar aislado como este -el anciano la miró con un gesto de embarazo, pero Þóra aparentó que no se daba cuenta-. Hace poco se llevaron a tierra firme todas las plazas del servicio de investigación: una medida de ahorro. Claro que aquí el número de delitos graves era demasiado reducido como para justificar el coste -sonrió abiertamente-. Hasta ahora -miró a Markús a los ojos, con familiaridad, antes de continuar-: Tres cadáveres y una cabeza -chasqueó otra vez la lengua contra las encías-. Eras muy avispado de muchacho, mi querido Markús, pero ¿no es esto pasarse un tanto? Hay un salto bien hermoso de afanar ruibarbos al asesinato en serie.

Markús se inclinó sobre la mesa, con gesto de buena persona.

– Puedo garantizarte que no sé nada de esos cadáveres. No tienen nada que ver conmigo -volvió a recostarse, tan contento. Se sacudió el polvo de la manga de su chaqueta.

Þóra suspiró en silencio. Interrumpió a Markús antes de que dijera que solo estaba relacionado con la cabeza:

– Antes de continuar con esto me gustaría saber cómo están las cosas. ¿Estamos en un interrogatorio formal? -no añadió que, de ser así, sería de todo punto absurdo hacerlo estando todos juntos, especialmente Markús y Hjörtur. Los intereses de ambos eran completamente opuestos-. De ser así, querría indicar que como abogada de Markús pongo un gran signo de interrogación a la forma en que se está llevando a cabo.

El comisario Guðni apretó los labios y sorbió el aire a través de los dientes, como si quisiera limpiarse los intersticios.

– Puede ser que vosotros lo hagáis distinto en Reikiavik, señora abogada -dijo con frialdad-. Allí probablemente seguís el libro al pie de la letra, como suele decirse, aunque en realidad nunca se sabe bien de qué libro se trata. Aquí, yo hago las cosas de otro modo. Si quiero charlar con vosotros como en este mismo momento, pues lo hago. No le hace daño a nadie. Y menos que a nadie a tu cliente, el bueno de Markús -sonrió a Þóra pero su sonrisa no llegaba a los ojos-. A menos que creas que tiene algo malo en la conciencia -miró a Markús-. Me parece que esos cadáveres tienen ya unos cuantos años. ¿Es posible que él matara a esos individuos cuando era un muchachete imberbe? -volvió a mirar a Þóra-. Algo me dice que no puede ser. Creo que habrá alguna explicación razonable, y eso es lo que intentaba sacar en limpio sin grandes formalidades. Me da igual que piensen que hago mal.

Þóra puso la mano sobre el hombro de Markús para indicarle que estuviera tranquilo.

– Pero querría hablar con mi cliente antes de continuar, para que, cuando se empiece a seguir el famoso libro, todo esté bien claro.

Guðni se encogió de hombros. Era bastante apuesto para un hombre de su edad; delgado y aún conservaba su cabello. Þóra pensó que se parecía muchísimo a Clint Eastwood y le vinieron deseos de ponerle un mondadientes en la comisura de los labios para rematar el efecto. Guðni se quedó un momento con los ojos clavados en Þóra, como si supiese lo que se le había pasado por la cabeza a aquella mujer, pero luego se volvió hacia Markús.

– ¿Es eso lo que quieres, Markús? -le preguntó; estaba allí sentado al lado de la mujer, petrificado.

Markús se revolvió incómodo en la silla. Delante de él estaba el comisario de su infancia, que aún recordaba que él robaba verdura de los huertos, o cualquier otra de las muchas cosas que el viejo comisario había mencionado al principio de la conversación.

– Yo no he hecho nada -dijo entre dientes mirando a Þóra de reojo-. ¿Hay algún motivo para que tenga que haber formalidades?

Þóra respiró hondo.

– Querido Markús -dijo con tranquilidad, confiando en que la palabra «querido» tuviera sobre él el mismo efecto que cuando la utilizaba el policía-, en el sótano me pediste que te ayudara, y eso es lo que estoy haciendo. Sal conmigo un momento y hablaremos en privado. Después, tú verás lo que quieres hacer. Serás libre de irte a casa con Guðni y dejar que te interrogue junto a la mesa de la cocina en presencia de su esposa y del gato.

– Mi mujer murió -dijo Guðni con frialdad-. Y tengo perro. No gato.

Entretanto, Hjörtur estaba al margen, esperando y observando tranquilo lo que pasaba. Finalmente tomó la palabra para explicarle a Þóra que él era una de esas personas a quienes les disgustan las discusiones, incluso como mero espectador silencioso.

– ¿No es mejor para todos que salgáis ya? Así podré decirte lo que me preocupa -dijo, mirando esperanzado a Guðni-. Me vendría de miedo poder acelerar esto, porque tendría que volver a mi despacho lo antes posible, no sea que mis colaboradores vayan a creer que me ha pasado algo malo. Sabían que estaba en la casa que acabáis de precintar. Tienen que haberse enterado de que allí ha sucedido algo raro.

Guðni se quedó mirando a Hjörtur sin responder. Þóra tuvo la impresión de que aquellos silencios eran su arma secreta en los interrogatorios. Quizá esperaba que la gente siguiera hablando, que no aguantara un silencio embarazoso y lo llenase de palabrería inconsciente. El arqueólogo no cayó en la trampa. Enseguida desapareció del rostro de Guðni su fría sonrisa y volvió a hablar:

– Perfecto. No quiero ser responsable de que tus colegas afilen la pluma y escriban tu obituario, querido Hjörtur-apartó los ojos del rubicundo arqueólogo y miró a Þóra-. Haced el favor. El pasillo de ahí delante es muy tranquilo -con un teatral movimiento de la mano les señaló la puerta-. Nosotros nos quedamos, por si luego decidís concedernos el honor de vuestra presencia -cuando Þóra y Markús estaban llegando a la puerta, oyeron decir a su espalda-: Pero no pienso invitaros a comer a mi casa.

– ¿En qué estás pensando? -farfulló Þóra con los dientes apretados-. Entras a buscar una cabeza y luego te pones a charlar con la policía sin preocuparte lo más mínimo de tu situación legal. ¿Te das cuenta de que te puedes acabar enfrentando a serias dificultades?

Parecía que el semblante de Markús se ensombrecía, pero luego la furia se calmó, y se contentó con exhalar un profundo suspiro.

– No sabes cómo funcionan las cosas aquí. Ese hombre es la policía de Heimaey. Él solo. Puede haber otros policías aquí, pero es él quien manda. Muchas veces termina los casos sin que las personas afectadas tengan problema alguno. Yo creo que lo más correcto sería hablar con él, así de simple. Cuando haya oído lo que tengo que decir, cerrará el caso. Y no me pasará nada.

Þóra sintió unas ganas enormes de golpear el suelo con el zapato, pero se contentó con golpear la pared para dar más énfasis a sus palabras.

– Este caso se lo van a quitar enseguida a Guðni. Cadáveres y cabezas no son cosas que correspondan a pequeñas comisarías, da igual la autoridad de que goce cada policía en su entorno inmediato. Él puede ser capaz de resolver delitos a su manera cuando se trata de robar ruibarbos, pero este asunto es algo muy distinto. Por lo que yo sé, y a la vista de la seriedad del caso y de lo peculiar de las circunstancias, ni siquiera se encargará a la brigada criminal de la comisaría de Selfoss, que muy probablemente es la que se encarga de los casos importantes en las Vestmann. Llamarán a la policía de Reikiavik y a la sección de policía científica, y puedes apostar a que se comportarán de un modo muy distinto que el bueno de Guðni. A mí me da lo mismo si hiciste algo o no…, pero a ti te vendrá mucho mejor poner tus cosas en orden. Si participas en un interrogatorio informal, él podrá dar testimonio de todo lo que hayas dicho. Y para que todo sea aún más claro, ahí está Hjörtur para confirmar sus palabras. Es una locura total y absoluta.

– ¿Pero no ha dicho que la policía de investigación de Heimaey ha cerrado la tienda? -preguntó Markús, que parecía ya preocupado, para considerable alivio de Þóra.

– Las Islas Vestmann no quedan fuera de la jurisdicción de la brigada criminal y la policía científica, aunque los funcionarios se hayan marchado. Sencillamente, se subirán todos a un avión y se harán cargo del caso.

– Comprendo -dijo Markús con un hilo de voz.

Þóra suspiró aliviada. No podía por menos que sentirse cercana a aquel hombre tan distinto a ella misma. Parecía haber desaparecido su tendencia a perder el control, y la prepotencia que hasta entonces había caracterizado su comportamiento. Sin duda, en el sótano se llevó una terrible sorpresa, y Þóra le creyó plenamente cuando dijo que era la primera vez que veía aquellos cadáveres, y que lo único que iba a buscar era la cabeza. Þóra no había tenido tiempo de preguntarle por la extraña reacción de Markús cuando le informaron, al subir a la superficie, de que era necesario llamar a la policía. A Þóra le dio tal sensación de claustrofobia al ver el rostro deformado de la cabeza sin cuerpo, que parecía tener la lengua fuera, que no fue capaz de hablar con Markús antes de salir del sótano.

– ¿Qué tal si me dices por qué tenías tanta prisa por entrar en el sótano a buscar una cabeza que afirmas que ni siquiera sabías que estaba allí? He intentado encontrar una explicación pero he acabado dándome por vencida -hizo una pausa y miró a Markús a los ojos-. En cuanto me hayas dado tu versión de los hechos, entramos y que Guðni decida si quiere interrogarte formalmente o dejarlo y que sean los de Reikiavik quienes se ocupen del asunto.

– Perfecto -respondió Markús, respirando hondo-. Tienes razón.

Þóra se sintió satisfecha con el cambio, aunque no estaba segura de adonde conduciría.

– Tiene que quedar perfectamente claro que si le dices algo a Guðni y yo intervengo, deberás callarte y dejarme hablar a mí. Aunque lo que yo diga es que no contestarás a una determinada pregunta.

– De acuerdo -dijo Markús-. Tú mandas -la miró y sonrió con embarazo-. ¿Dónde estabas cuándo se produjo el enorme caso del ruibarbo? Me obligaron a arrancar las malas hierbas del patio del colegio por las tardes durante un mes entero.

Þóra devolvió la sonrisa. Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había ningún subordinado de Guðni escondido por allí.

– Háblame de la cabeza que fuiste a buscar, pero de la que no sabías nada.

Guðni se echó hacia atrás y sacó la última página de una máquina de escribir eléctrica bastante antigua. La puso boca abajo con mucho cuidado, encima de las demás hojas que se habían ido acumulando, las cogió todas y ordenó el montón. Finalmente colocó las hojas sobre el escritorio, con el texto dirigido hacia Þóra y Markús.

– Todo tal y como estipulan las leyes. Leeros esto, y me gustaría que confirmaras tu declaración, Markús, a fin de cumplir con todas las formalidades y que tu abogada pueda respirar tranquila.

Þóra sonrió para guardar las apariencias. Le resultaba totalmente indiferente que al policía no le gustara cómo hacían las cosas, con tal de que los intereses de su cliente quedaran asegurados. Todo había acabado estupendamente. Markús había sido interrogado, de hecho, como sospechoso, pero no podía esperarse otra cosa tal como estaban las cosas. Lo principal era que no se había metido en más complicaciones hablando demasiado o hablando demasiado pronto. Þóra señaló la declaración con un movimiento de la barbilla.

– ¿Coincide todo con lo dicho? No habrás añadido nada, ¿verdad? -preguntó para vengarse, aunque solo fuera un poco.

– Claro, claro, en lo esencial es todo exacto -respondió Guðni con ironía. Abrió las manos y se inclinó sobre la mesa-. En términos más breves, pero así entiendo que deben ser las declaraciones ante la policía -dijo mirando a Markús-. A última hora de la tarde del 22 de enero de 1973, Alda Þorgeirsdóttir se puso en contacto contigo para pedirte que te llevaras una cajita y la escondieras. Tú estabas enamorado de Alda, que era la chica más preciosa de Heimaey en esa época, y te llevaste la caja sin pedir más explicaciones. Y la pusiste en el sótano de tu casa, con la idea de buscar más tarde un escondite mejor. No pudo ser, porque esa noche empezó la erupción y te despertaron tus padres, que te metieron en un barco que te llevó a tierra firme con tu madre y tus hermanos. En el barco volviste a ver a Alda, que te preguntó si te habías librado de la caja y dónde la habías metido, y tú le contaste la verdad. Con el pánico, te olvidaste la caja en el sótano. No le preguntaste a Alda lo que contenía aquella caja porque no querías asustarla con lo linda que era y demás -Guðni sonrió a Markús, que se ruborizó-. Luego no pasó nada durante treinta años, aproximadamente, hasta que apareció en las noticias la Pompeya del Norte, y Alda se puso en contacto contigo. Te pide por todo lo más querido que impidas que saquen tu casa de la ceniza, porque la caja sigue allí, y esta vez tú tampoco le preguntas por su contenido. ¿A lo mejor sigues enamorado de Alda?

Markús volvió a ruborizarse.

– No, no es ese el asunto. Sencillamente, es que el tema no había salido en nuestras conversaciones anteriores.

– Vaya -dijo Guðni, continuando con su resumen-. Al final del todo pone que te autorizan a bajar al sótano y a que te lleves lo que quieras, para tranquilizar a Alda. Te dispones a buscar la caja y llevársela a Alda, tal como ella te había pedido. Entonces se produce el bombazo: cuando estás en el sótano, decides averiguar, por fin, lo que hay en la caja, pero de ella sale rodando una cabeza momificada. Y en ese mismo instante tus ojos descubren tres cadáveres que no estaban allí aquella noche fatal.

– En realidad, la cabeza no salió rodando -respondió Markús, ya bastante molesto-. Me llevé tal susto al ver lo que había en la caja que la solté. La cabeza se cayó y aterrizó en el sitio donde está ahora. No rodó. En realidad, creo que le di una patada cuando eché a correr para salir de allí, pero no estoy seguro. Terminó justo al lado de los cuerpos y así condujo mi atención hacia ellos. No los había visto hasta aquel momento, porque allí dentro todo estaba oscuro y lleno de polvo.

Þóra interrumpió a Markús antes de que siguiera con sus explicaciones sobre el recorrido de la cabeza por el suelo del sótano.

– Bueno, creo que es mejor que lo dejes ahí por ahora, Markús, con el estupendo resumen de Guðni, y más vale que nos demos prisa. La policía tendrá otros botones que tocar a la luz de tus declaraciones. Imagino que querréis hablar con esa tal Alda, que parece saber más que Markús sobre el origen de la cabeza -Þóra miró el reloj de la pared. Si Dios y la fortuna estaban de su parte, aún podía alcanzar el último avión para volver a su casa. Todo parecía indicar que Markús estaba libre de toda sospecha, aunque, seguramente, la sección de criminalística querría volver a hablar con él. Confiaba en que Alda confirmaría las declaraciones de Markús. De no ser así, las cosas se complicarían, tanto en lo referente a la cabeza como en lo tocante a los tres cadáveres. Pero no, Alda confirmaría la historia y explicaría el origen de la cabeza. Þóra dirigió los ojos a su reloj de pulsera, luego miró a Markús. Aún se estaba peleando con la primera página del informe policial. Þóra suspiró en silencio, confiando en que el avión saldría con retraso.

Capítulo 3

Martes, 10 de julio de 2007

Algunos días, en la vida de la abogada Þóra Guðmundsdóttir era peores que otros; por ejemplo, cuando se tenía que volver, ya a medio camino de la oficina, para apagar la cafetera, o cuando la llamaban del colegio para que fuera a recoger a su hija Sóley, que había tenido una hemorragia nasal durante el recreo. Luego, había otros días que eran incluso peores, como cuando se cumplía el plazo de pago de las facturas grandes, cuando se atascaba el botón del cajero, cuando tenía que llenar el depósito de su coche, y así sucesivamente. En esos días nada marchaba como debía, ni en casa ni en el despacho. No era aún ni mediodía cuando Þóra comprendió que aquel era uno de esos días nefastos. Había empezado con una larga búsqueda de la llave del coche, que finalmente apareció entre las cosas de su hijo Gylfi. El refrigerador resultó estar prácticamente vacío, y el pan que Þóra pensaba aprovechar para el almuerzo de su hija había empezado a llenarse de moho. La tarde anterior, Þóra había pensado en pasarse por la tienda de camino a casa desde el aeropuerto, pero el avión de Heimaey aterrizó tan tarde que ya estaba cerrada. En el despacho, las cosas no empezaron mejor, todo estaba patas arriba, la red estaba interrumpida por «trabajos de renovación del router» de la empresa encargada, según la explicación oficial, y no había conexión telefónica por culpa de un electricista que trabajaba en las obras de la planta y que, sin darse cuenta, se había cargado un cable que habría sido mejor no tocar. De modo que buena parte de la mañana transcurrió en completo aislamiento del mundo exterior, aparte de los teléfonos móviles. Aquello le atacó los nervios a Bella, la secretaria, que se negó a utilizar su móvil para el despacho, ya que era ella quien pagaba la factura. Bragi, el socio de Þóra, le dejó su propio teléfono, con la desesperación en los ojos. Dios sabe las barbaridades que les soltaría la chica a los que llamaran, pues no era conocida precisamente por su afabilidad.

Nada más quedar reparado el teléfono, llamó Markús. Después de los saludos de rigor, fue directamente al tema.

– Alda no responde -dijo. La incomodidad era palpable en su voz.

– No deberías hablar con ella hasta que la policía haya acabado de interrogarla, Markús. Podría parecer que estás intentando influir sobre ella, y eso no nos beneficia nada. -Þóra comprendía perfectamente que él quisiera asegurarse de que Alda confirmaría su historia. Pero dudaba, al mismo tiempo, de que una llamada telefónica suya fuera a cambiar nada en el comportamiento de la mujer, que diría la verdad o mentiría para salvar su propia piel. Y a la hora de la verdad la gente prefería ocuparse de sí misma.

– Pero es muy extraño -dijo Markús-. Últimamente manteníamos un contacto bastante continuo, y siempre que la llamaba, me contestaba. Además, las pocas veces que no contesta, enseguida llama ella. Nunca me ha hecho un desplante como este -vaciló por un instante antes de continuar-: ¿No estará evitándome porque no quiere confirmar mi versión? ¿Tú qué crees?

Þóra estaba más o menos segura de que por ahí debía de andar el asunto, pero no quiso aumentar más la preocupación de Markús. Naturalmente se podía pensar que hubiera alguna otra explicación, pero resultaba improbable.

– Bueno, creo que deberías guardar la calma hasta que sepamos algo a ciencia cierta -miró el reloj de la pared-. Supongo que la policía ya se habrá puesto en contacto con ella, aunque es posible que aún no haya declarado oficialmente. Si no confirma tu versión, te volverán a llamar a ti. Entonces tendrás derecho a que esté yo presente para apoyarte y asesorarte. Naturalmente, querrán volver a hablar contigo, confirme ella tu declaración o no, de modo que no tienes que preocuparte si la policía quiere volver a hablar contigo.

Markús respiró hondo.

– Alda no es de esas personas que te dejan tirado.

– Probablemente no -respondió Þóra, aunque pensando que algo parecido habría dicho Androcles sobre los romanos en tiempos remotos, justo antes de que lo arrojaran a las fieras, en el circo-. Naturalmente puedo llamar a mi amigo Guðni y enterarme de cuál es la situación. No está claro que me vaya a decir nada, pero en vista del poco aprecio que tiene a las formalidades, nunca se sabe.

– ¿Crees que seguirá él a cargo del caso? -preguntó Markús esperanzado-. También puedo llamarle yo.

– No, de ninguna manera -se apresuró a responder Þóra-. No quiero que hables con él a solas. A saber cómo acabaría. Seré yo quien hable con él. Aunque la policía de Reikiavik se haya hecho cargo del caso, es seguro que le permitirán participar. Es su jurisdicción.

– ¿Sigo intentando ponerme en contacto con Alda, entretanto? -preguntó Markús esperanzado.

– Olvídate de eso -respondió Þóra con decisión. Reflexionó un instante y luego añadió-: ¿Cuándo hablaste con ella por última vez?

– Hablé con ella un momento anteanoche -respondió Markús-. La noche antes de ir a Heimaey tú y yo. Le dije que por fin me habían autorizado a entrar el primero en la casa.

– Comprendo -dijo Þóra-. Una última pregunta antes de llamar a Guðni -añadió-. ¿Crees que Alda sabía algo de esos tres cuerpos, o que tuvo alguna participación en la muerte de esos hombres, o del dueño de la cabeza? -Þóra no estaba segura de haberle hecho jamás a nadie una pregunta tan rara.

– Eso es de todo punto imposible -dijo Markús-. Tenemos la misma edad, de modo que cuando la erupción ella tenía quince años. Nunca le habría hecho daño ni a una mosca. Ni entonces ni ahora. Y además, no creo que pensara que cuando yo bajara al sótano me podría llevar tres cadáveres, además de la caja. De haber sabido que estaban allí o de haber tenido cualquier relación con ellos, me habría insistido aún más para que se prohibiera la excavación. Por lo menos me habría avisado.

– Sí, eso sería lo lógico -dijo Þóra pensativa-. Pero ya es demasiada casualidad que en el mismo sótano aparecieran una caja con una cabeza cortada y tres cadáveres.

– Sí, es muy extraño -dijo Markús, que parecía enfadado.

– ¿Estás seguro? -preguntó Þóra con toda sinceridad. Tampoco a ella se le ocurría nada que pudiera explicar algo así. Se despidieron y Þóra se dispuso a servirse un café. No pudo aprovechar mucho el rato de descanso antes de llamar a Guðni, el comisario.

El comisario de policía de las Islas Vestmann, Guðni Leifsson, apagó la linterna al bajar al sótano. Los reflectores que había instalado la sección de criminalística de Reikiavik iluminaban el lugar donde se habían encontrado los cuerpos, y su luz era suficiente para ver la totalidad del espacio. Guðni se colocó al lado del que dirigía la investigación, un joven bastante antipático que se había presentado como Stefán cuando el grupo apareció a toda prisa, a última hora de la tarde del día anterior, en una avioneta. Evidentemente, ya era hora de retirarse. Ya había conocido a demasiados colegas que aún estaban en el vientre de su madre cuando él empezó a trabajar. Guðni miró fijamente lo que tenía ante los ojos.

– ¿Qué pensáis? -preguntó tranquilo, sin malgastar palabras en formalidades ni mirar a su interlocutor.

Stefán se volvió para comprobar quién le preguntaba. Apareció por un instante un asomo de irritación en el gesto, lo que a Guðni le pareció un anuncio de algo que ya conocía: los policías de Reikiavik siempre quieren que el poli rural abandone el caso inmediatamente, para poder investigar ellos el escenario en paz. Aquel tal Stefán apenas había tenido tiempo para que Guðni le explicara las circunstancias cuando llegó a la casa la noche anterior, acompañado de otros policías anónimos y aún más jóvenes. Los acompañantes no dijeron una sola palabra en todo el rato, por lo menos que Guðni pudiera oír.

– ¿No es un poco menos malo de lo que podría parecer? -preguntó Guðni sin dejarse afectar por la irritación del joven.

– Todavía no sabemos nada -respondió Stefán volviéndole la espalda a Guðni para seguir observando la actividad de los otros policías-. ¿En qué sentido podría ser mejor de lo que parece?

– Hombre -dijo Guðni tranquilo, encogiéndose de hombros-, se me ocurrió que podía tratarse, quizá, de restos mortales de unos desdichados ladrones que se quedaran aquí encerrados durante la erupción y se asfixiaran. Unos individuos que quizá quisieron aprovecharse de la situación de emergencia para robar sin que les molestaran. Esta casa no quedó cubierta de ceniza la primera noche, de modo que unos tipos sin escrúpulos habrían tenido tiempo de llegar hasta aquí desde algún sitio del extranjero y rebuscar por el barrio. La erupción apareció en las noticias del mundo entero.

Stefán miró indignado a Guðni.

– No lo dirás en serio -objetó señalando los tres cadáveres que estaban en el suelo de espaldas, uno al lado del otro-. ¿En qué te basas? ¿El aire está tan enrarecido que unos asaltantes se meten en un sótano a echar la siesta? ¿Por qué iban a pensar que aquí podía haber algo de valor? -se dio la vuelta de nuevo para supervisar el trabajo de sus subordinados-. Cuando alguien se asfixia se le suele encontrar boca abajo, a menos que muera durante el sueño. Intenta escapar arrastrándose. No se tumba de espaldas, y mucho menos se le cae la cabeza -señaló el lugar donde cayó la cabeza, que ya había sido retirada del escenario.

– Ya te darás cuenta de que no todo es absoluto en esta vida -respondió Guðni de lo más tranquilo. Aquel no era el primer presumido de Reikiavik con el que había tenido que lidiar-. Por otro lado, esperemos que Alda nos lo pueda explicar con detalle. Al menos, lo que a la cabeza se refiere. ¿Ya habéis hablado con ella?

– Por las noticias que tengo, no se ha podido comunicar con ella -respondió Stefán sin mirar a Guðni-. Seguiremos intentándolo y esperemos localizarla hoy mismo. Pero yo prefiero hablar con ese Markús Magnusson que vino a por la calavera.

– Te refieres a la cabeza, supongo -le corrigió Guðni-. Es una cabeza, no una simple calavera.

Stefán miró a Guðni con gesto de todo menos de contento.

– Cabeza, calavera, coco…, ¿qué más da? Dudo mucho de que ese Markús haya dicho toda la verdad sobre lo sucedido. Su conducta durante la declaración me pareció fingida y estúpida.

– Será porque es un estúpido -respondió Guðni-. Siempre lo ha sido -encendió la linterna y fue hacia la escalera sin despedirse.

Dís tocó el claxon del coche y se inclinó sobre el volante para mirar por el cristal delantero. El pequeño adosado parecía vacío. Dís volvió a apoyarse en el respaldo. ¿En qué estaba pensando Alda? No había ido a trabajar dos días seguidos. No es que hubiera nada misterioso en ese hecho, cualquiera podía tener una gripe, pero no era propio de ella no dar señales de vida y no responder tampoco a los mensajes. Alda era la escrupulosidad en persona, siempre llegaba a su hora y, más aún, siempre estaba dispuesta a hacer horas extra cuando era necesario. Sería más que difícil encontrar otra enfermera parecida, y Dís sabía que, sin Alda, Ágúst y ella misma tendrían muchas dificultades para sacar adelante la clínica. Por eso le pagaban bien y hasta ese momento nunca había habido la menor sombra en su trabajo. No conseguían encontrar explicación a por qué no había llamado la mañana anterior para avisar de que no podía ir, precisamente cuando había cuatro intervenciones previstas. Dís y Ágúst se habían tenido que ayudar mutuamente, realizar las operaciones juntos (dos médicos a la vez) en lugar de alternarse con ayuda de Alda. En consecuencia hubo que cancelar unas cuantas citas y el anestesista tuvo que echarles una mano, lo que no favorecía la reputación de la clínica. No, aquello era de lo más extraño. Por eso Dís decidió pasarse a mediodía por casa de Alda para visitarla. Volvió a mirar por el parabrisas temiendo que le hubiera pasado algo. Vivía sola y no tenía hijos, de modo que era perfectamente posible que hubiera caído enferma sin que nadie se diera cuenta. Dís se bajó del automóvil.

Fue hacia la entrada de coches que separaba el chalet de Aída y el contiguo, y entró por una puertecita entreabierta en medio de la puerta del garaje, pintada de marrón. Le pareció vislumbrar el nuevo Toyota verde de Alda, pero no pudo verlo lo suficientemente bien para estar segura. En todo caso, era un mal augurio. Difícilmente podría haberse marchado Alda muy lejos sin el coche, y si estaba en casa era de lo más extraño que no hubiera dado señales de vida. Dís fue hacia la puerta exterior de la casa. Dentro se escuchó el sonido del timbre, que Dís pulsó varias veces. Dejó el timbre y puso la oreja en la puerta con la esperanza de oír a Alda, pero no pudo percibir sonido alguno que indicara la presencia de alguna persona. En cambió, se dio cuenta de que la radio estaba en funcionamiento. Apretó la oreja todavía más sobre la puerta y se tapó la otra. Sí, sí. Incluso pudo reconocer la melodía. Era una canción antigua de Vilhjálmur Vilhjálmsson sobre un niño que llama a su padre. Dís se incorporó y frunció las cejas. Enseguida pasó por su mente la idea de que era muy extraño que, después de trabajar con Alda durante siete años, no tuviera ni idea de sus gustos musicales. Por algún motivo, nunca se había presentado la oportunidad de hablar de ello. Cogió el picaporte de la puerta e intentó abrirla. No estaba cerrada con llave.

– ¡Alda! -la llamó Dís desde el umbral.

No hubo respuesta…, solo la llorosa voz de Vilhjálmur pidiéndole a su «papá» que le esperase. Dís empujó hasta que la puerta se abrió por completo. Entró y volvió a llamarla.

– ¡Alda! ¿Estás en casa?

No hubo respuesta. La canción terminó, pero pocos segundos más tarde volvió a empezar. Tenía que ser un CD, con el reproductor puesto en repetición. Las emisoras de radio aún no habían llegado tan bajo como para dedicarse a poner la misma canción una vez tras otra. Dís se dirigió lentamente hacia la escalera que llevaba al piso superior. Si Alda se encontraba enferma, seguramente estaría acostada arriba, en su dormitorio. Dís no había entrado en la casa nada más que una vez, cuando Alda los invitó a cenar a ella y a Ágúst, con sus parejas respectivas, un año antes, pero estuvieron todo el tiempo en el piso de abajo. La cena había sido inmejorable, como era de esperar: buena comida y un vino exquisito, todo preparado con el mejor gusto. Dís recordó que le había extrañado que Alda no hubiera tenido una relación estable después de su divorcio, que realmente ya había superado por completo cuando empezó a trabajar en la consulta. Era una mujer muy simpática, cercana ya a los cincuenta, y que se conservaba estupendamente; amable, divertida y sensata. Dís pronunció el nombre de Alda una vez más antes de pisar el primer escalón. No hubo respuesta. La música se oía con mayor claridad según subía la escalera. Dís procuraba no hacer ruido, con la esperanza de que Alda estuviera dormida al son de aquellas tristes notas.

La voz de Vilhjálmur Vilhjálmsson surgía de una puerta entornada. Dís repitió el nombre de Alda, ahora en voz más baja que antes. No quería que se llevara un susto si estaba solo dormida, o vistiéndose, cosa improbable. Vio más allá de la puerta la colcha bordada sobre la cama. Dís abrió la puerta con un pie y se llevó la mano a la boca al ver el dormitorio de la dueña de la casa. La música surgía de un reproductor de CD que había en la mesilla de noche, y a su lado había una botella vacía de vino, un frasco de medicinas abierto y una jeringuilla. En mitad de la cama estaba Alda. Dís no necesitó recurrir a sus conocimientos médicos para darse cuenta de que era totalmente inútil intentar recurrir a los procedimientos de reanimación.

Capítulo 4

Martes, 10 de julio de 2007

Þóra se reclinó de nuevo en la silla y suspiró. Intentaba imaginar a quién podía recurrir para que la salvara yendo a recoger a su hija Sóley… por segundo día consecutivo. De su madre, ni hablar. Ya la había salvado la tarde anterior, cuando Þóra se retrasó en las Vestmann, y, además, sus padres estaban de camino al teatro. Menuda regañina le esperaba si su madre se perdía la representación que llevaba meses esperando emocionada. La función era, naturalmente, casi un documental sobre la injusticia a la que se ven sometidas las mujeres en el mundo actual. Þóra sonrió. Su padre le quedaría agradecidísimo si le salvaba de la visita al teatro, pero pese a todo decidió no molestarles demasiado. La desesperación de su madre duraría mucho más que el agradecimiento de su padre.

Þóra decidió llamar a su ex. Hannes estaría encantado, o más bien todo lo contrario. El trabajo de especialista en medicina de urgencias no era, en absoluto, menos exigente que el ejercicio del derecho, y los días se hacían largos y agotadores. Se llevaba los niños en fines de semana alternos y a veces en otros momentos, cuando todo iba bien, pero en general no le gustaba mucho hacerse cargo de ellos cuando le avisaba con tan poco tiempo: Hannes tenía una nueva mujer y una nueva vida que se circunscribía habitualmente a ellos dos y a sus propias necesidades. La vida de Þóra, en cambio, tenía muy poco que ver con ella misma; en aquellos días, todo el tiempo se le iba en el trabajo, los dos niños y el nieto, que acababa de cumplir un año. Con el nieto iba, en realidad, una cuarta niña…, la nuera. Aún no había cumplido los diecisiete…, un año menos que Gylfi, el hijo de Þóra, aunque su madurez no iba pareja con sus edades. Por algún motivo extraño, los jóvenes padres habían conseguido conservar intacta su relación pese al amaraje forzoso en las profundas aguas de la edad adulta. Vivían juntos en casa de Þóra en semanas alternas, y la otra semana la chica se iba a casa de sus padres… sin Gylfi. Saltaba a la vista la frialdad existente entre su hijo y los padres de Sigga, que parecían incapaces de perdonarle la precoz maternidad de la hija. No se le escapaba a nadie, menos que a nadie a Gylfi, de modo que Þóra se quedó encantada con su decisión de no salir de casa cuando Sigga estaba con ellos. Así podía tener a su hijo más tiempo para ella y continuar con su educación, que se había visto muy afectada cuando este, sin haberlo pretendido, se dedicó a engrosar las filas de la humanidad.

Þóra sujetó el auricular con la barbilla y recolocó la foto de su nieto mientras marcaba el número. A la criaturita la habían bautizado Orri, después de que los jóvenes padres se dedicaran a buscar nombres que a Þóra seguían poniéndole los pelos de punta. Era precioso, rubio y de ojos grandes, todavía con las hinchadas mejillas del lactante aunque hacía mucho que había empezado a tomar el biberón. Þóra sentía una profunda ternura al mirarle, y estaba siempre esperando que llegara la siguiente semana para tenerlo con ella, aunque el desbarajuste de la casa aumentaba muchísimo cuando llegaba la madre con su hijo. Sonrió al niño de la foto y cruzó los dedos cuando por fin le contestaron al otro extremo de la línea.

– Hola, Hannes. ¿Podrías hacerme un favorcito? No llego a recoger a Sóley…

La niña del parque de juego se quedó mirando cuando la ambulancia llegó hasta la casa. Se acomodó en el columpio y lo hizo balancearse en semicírculo. Se alegraba de que la sirena no estuviese puesta, porque entonces no podía tratarse de nada grave. A lo mejor, la señora solo se había caído y se había roto una pierna. Una amiga suya se había roto una pierna una vez, y entonces fue a buscarla una ambulancia. Tinna sopló desde las mejillas hinchadas haciendo jugar al aire mientras pensaba en todas estas cosas. Mejillas gordas. Mejillas flacas. Mejillas gordas. Mejillas flacas. De pronto dejó de hinchar el rostro y se quedó quieta, pensativa. Esa era la demostración de que no hacía falta comer para engordar. El aire engorda. Se quedó rígida. Todo estaba lleno de aire. Y encima, estaba en todas partes y no había lugar alguno donde protegerse de él. Tendría que intentar respirar menos.

Sonó un ruido sordo en la ambulancia y Tinna volvió a dirigir su atención a ella. Estaba esperando que alguien saliera de la casa para poder hacerse una idea de lo que había sucedido, pero el ajetreo que había alrededor de la ambulancia era mejor que nada. La casa se volvió más interesante. A lo mejor habían detenido a un delincuente entre esas paredes que le impedían ver lo que pasaba. Si las paredes fueran finas podría ver a través de ellas, igual que un día se podría ver a través de ella misma. Aguzó la vista con la esperanza de ver mejor, pero no vio nada. Sin embargo algo tenía que estar pasando, el coche de policía que llegó el primero de todos llevaba la sirena encendida. Cuando su amiga se rompió la pierna en el patio del colegio no llegó ningún coche de policía, de modo que no era muy probable que hubiera ido a casa de la señora por un simple accidente. Si se trataba de un ladrón, Tinna esperaba que la policía lo metiera en la cárcel. Aquella señora era muy buena y no merecía que le hicieran ningún daño. Sonó un crujido en el columpio, que seguía balanceándose hacia los lados. La niña observó a dos hombres que salían de la ambulancia y sacaban una camilla. Suspiró bajito. Aquello no anunciaba nada bueno. ¿Cuándo iba a ver ahora a la señora? A lo mejor se pasaría meses en el hospital. La última vez que la ingresaron, Tinna tardó cuarenta días en volver a casa. Claro que aquello no cambiaba nada. Aquello podía esperar. Muchas veces había tenido que pasarse meses enteros esperando algo. Cosas que le importaban mucho menos.

Tinna se puso de pie en el columpio para ver mejor. Se agarró con fuerza al notar que se mareaba por haberse incorporado tan deprisa. Cerró los ojos y la molesta sensación pasó, como siempre. Se recordó a sí misma que marearse era una buena señal, se recuperó justo cuando estaba a punto de desmayarse y sintió que el cuerpo había empezado a quemar grasa. Cuando Tinna volvió a abrir los ojos, los hombres de la camilla habían entrado ya en la casa, fuera no se veía movimiento alguno. La ambulancia estaba justo delante de la casa y tapaba la puerta. Se estiró todo lo que pudo y miró con la esperanza de ver si estaba abierta, pero sin éxito. ¿Qué era mejor: irse a casa a toda prisa o esperar a que sacaran a la señora? No tenía mucho sentido volver a casa porque no había nadie, su madre trabajaba hasta las cinco y no la dejaban salir del trabajo aunque en el colegio no hubiera clases. No había nada esperándola en casa.

Dobló las rodillas y se columpió de pie sin especial intención de hacerlo. Era agradable sentir el aire jugando en su cabello, y aceleró, solo para volver a frenar en cuanto recordó que el aire no era amigo suyo. El corazón le dio un brinco en el pecho por la preocupación que la invadió, mientras intentaba contrarrestar la velocidad que había adquirido el columpio. Una vez que el columpio se hubo detenido, se sintió mejor y pensó en qué podría decirle a la señora, en cómo podría expresar con palabras que sabía quién era. Tinna sonrió. La señora se quedaría asombrada, y probablemente también se alegraría. Aún tenía grabada en la memoria lo mustia que se puso cuando su padre soltó aquellas barbaridades sobre lo que le estaba diciendo la señora. Su papá también era un burro. Un burro malo y feo que no comprendía a Tinna, igual que su mamá. Ella era aún peor, en verdad, no hablaba más que de comida y más comida y de que Tinna tenía que comer, y a veces se ponía a llorar, encima. Por eso Tinna se alegraba de ir a casa de su padre un fin de semana de cada dos, porque él no la vigilaba. Le decía que tenía que comer pero no se fijaba, como hacía su mamá. Eso le venía muy bien. Papá tenía tan poco interés por Tinna que ni se enteró de que estaba escuchando todo lo que hablaron esa mujer y él una vez que vino a su casa. Tinna había entrado en casa sin que su papá ni la forastera se dieran cuenta, pero el tono violento y enfadado de la voz de su papá hizo que más tarde le dieran ganas de llamar la atención. Podría haber hecho como si no estuviera, porque, a fin de cuentas, eso es lo que intentaba conseguir, llegar a ser invisible. Si hubiera conseguido ya alcanzar su meta se habría podido colocar tranquilamente en medio de los dos y ver los gestos de la cara y los movimientos del cuerpo de ambos mientras discutían. Pero tuvo que contentarse con ponerse al lado de la puerta de la sala y limitarse a escuchar la conversación. Cuando esta concluyó, volvió a salir a la calle y aparentó que acababa de llegar cuando vio a la mujer abandonar la casa. Su papá estaba de un malhumor desacostumbrado y la recibió sin siquiera fijarse en ella, pero Tinna hizo como que no pasaba nada y al final él volvió a ser el de siempre, interesado única y exclusivamente por el partido que echaban en la televisión.

La mujer, igual que el papá de Tinna, no sabía que la niña había estado escondida, a lo mejor ni siquiera tenía la menor idea de su existencia. A diferencia de su papá, esa mujer estaría encantada si se enterase de que había oído lo que hablaban, y sin duda querría conocerla mejor. Tinna encontró su nombre y su número de teléfono en un papel que había dejado sobre la mesa para que su padre pudiera ponerse en contacto con ella. Había sido un trabajo de mucha paciencia, porque su padre había roto la hoja de papel y la había tirado al suelo, de modo que Tinna tuvo que juntar los pedazos como si fueran un puzle antes de poder leer lo que ponía. Teniendo el nombre de la mujer y su número de teléfono, para Tinna fue un juego encontrar su dirección. Iba allí algunas veces para observar la casa sin saber muy bien por qué ni qué esperaba conseguir. La noche anterior por fin había pasado algo y Tinna observó con atención. Sin duda no había pasado nada del otro mundo, y se enteraría más tarde. Pensó en la hoja de papel que había salido volando con el viento y se había quedado sujeta al seto. Tinna la había cogido y la había guardado en su casa. Era importante. Lo sabía perfectamente…, aunque no sabía por qué lo era. Pero algún día se sabría.

Volvió a sentarse en el columpio y sujetó débilmente con los codos la cadena. El olor a hierro que desprendían las palmas de sus manos le recordó el verano anterior, cuando intentó dar un giro completo en el columpio, convencida de que así quemaría mil calorías. Aún tenía una cicatriz muy fea en la pierna derecha, por haber fracasado lamentablemente en su intento. Entonces el aire no la había engordado, sino que la había hecho más flaca. Eso es lo que lo hacía todo tan difícil…, las leyes cambiaban y Tinna tenía que estar constantemente alerta si no quería ponerse gorda, más gorda, gordísima.

Tinna aguzó los oídos. Desde el otro lado de la calle llegaban voces de hombres. Volvió a ponerse de pie en el columpio para ver cuando metieran a la señora en la ambulancia, pero lo hizo con mucho cuidado, por miedo a caerse si se mareaba. No quería perderse nada. Primero apareció un policía que iba delante de los hombres de la ambulancia y abrió la puerta. Los otros iban detrás llevando la camilla, y la niña se puso rígida. Aguzó la vista y tembló. ¿A lo mejor aquello tenía una explicación? ¿A lo mejor la mujer estaba resfriada y no podía coger frío? Saltó del columpio y se acercó rápidamente a la acera. El policía, que estaba sujetando la puerta trasera de la ambulancia, se percató de su presencia y le hizo señas para que se alejara.

– Aquí no hay nada que ver. Márchate a tu casa -gritó a la niña.

Tinna no respondió. Por lo general le daban miedo los hombres adultos con autoridad, se tratara de médicos, directores de escuela, conductores de autobús o cualquier otro que le diera órdenes. Pero ahora fue como si el policía no estuviera allí, como si no tuviera nada que ver con ella. También era posible que no fuera más que un holograma tridimensional en una pantalla invisible, no una persona real como los enfermeros a los que estaba mirando fijamente. Tinna estaba boquiabierta, sin apartar los ojos de la sábana blanca que cubría a la mujer de la camilla. No se movía ni lo más mínimo. La señora no estaba resfriada, qué va. Estaba muerta y con ella habían muerto las esperanzas de Tinna de una vida mejor, en la que ella sería bella y admirada. Esa mujer sabía hacer bella a la gente. Lo había dicho ella misma. Tinna se dio media vuelta y se marchó a todo correr sin pensar hacia dónde. Si corría lo suficientemente deprisa, quizá iría más rápida que los pensamientos y podría librarse de la desagradable sensación de que a lo mejor su padre había hecho daño a la señora. No sería la primera vez. O el visitante que salió a escondidas de la casa, el visitante del papel. Tinna apartó todo de su mente, excepto que ahora tendría que quemar calorías.

Quemar, quemar, quemar.

– «Muerta», dices -dijo Guðni, y frunció las cejas, pensativo. Cerró los ojos y se dio un suave masaje en la frente. Su interlocutor estaba al teléfono, de modo que no tenía que guardar las formas con los gestos del rostro. Al principio de su carrera le habían enseñado que nunca debía dejar ver gesto alguno y que nunca debía dar pistas de su estado de ánimo. A Guðni aquello no le había costado ningún esfuerzo, pero de vez en cuando era bueno poder mostrar sus sentimientos y permitir que la desesperación o, más raramente, la alegría salieran al exterior. Respiró hondo-. ¿Cómo murió?

– Aún no se ha realizado la autopsia, pero todo parece indicar que se suicidó -respondió Stefán. Por su tono de voz era imposible saber si aquello le resultaba lamentable o triste, o si no le afectaba de ninguna forma. A lo mejor ese género de cosas era algo cotidiano para la policía de Reikiavik-. La autopsia será mañana, espero. Acabo de enterarme y me pareció que debía informarte. Naturalmente, no hice personalmente el trabajo en el lugar de los hechos, y de momento no sé nada más. Salgo mañana por la mañana, y para entonces espero tener más datos.

– ¿Dónde la encontraron? -preguntó Guðni. No había pensado nunca que Alda pudiera recurrir a soluciones tan extremas, pero en realidad solo la conocía de niña y de adolescente. En esa época lo tenía todo, era guapa y con muy buena cabeza. Claro que las cosas podían haber cambiado, y tal vez su vida hubiera discurrido por un mal camino. Deseó que no fuera así, pero si resultaba que sí, confiaba en que su fin no tuviera relación alguna con aquellos sucesos acaecidos en las islas tanto tiempo atrás.

– En su casa -respondió Stefán-. Una colega suya del trabajo fue a verla, según tengo entendido. Fue a saber por qué no daba señales de vida.

– Eso complica considerablemente el caso de los cadáveres -dijo Guðni. Calló un momento y luego añadió-: Al menos, Alda no confirmará la versión de los hechos que ofreció Markús.

– En efecto -fue la breve respuesta-. No logramos interrogarla. Se intentó sin éxito alguno contactar con ella, pero en cuanto se haya determinado la hora de la muerte podremos empezar a hacernos una idea de si se suicidó para escapar del interrogatorio.

– Si así fuera, habría que pensar que dejaría una carta, o algo que librase a Markús de cualquier sospecha -dijo Guðni-. No es nada bueno eso de dejarle en mitad del jaleo, en el caso de que ella tuviera algún esqueleto en el armario. Eran muy buenos amigos, según tengo entendido, y debió de darse perfecta cuenta de que solo ella podía confirmar la historia de Markús. A menos que no supiera nada de su declaración y del hallazgo de los cadáveres.

– De eso no tengo ni idea -respondió Stefán con frialdad-. Más bien procuro evitar forjarme historias al principio de una investigación. Ni siquiera conocemos la causa de la muerte. A primera vista parece que murió por su propia mano, pero quién sabe si se trata de cualquier otra cosa, un accidente o algo mucho peor. Mañana registraremos la casa y quién sabe lo que puede aparecer entonces.

– Esperemos que no más cadáveres -dijo Guðni-. A menos que se trate de un cuerpo sin cabeza -sonrió para su fuero interno-. No os olvidéis de bajar al sótano -colgó y se quedó mirando el teléfono sobre la mesa. Nada de todo eso encajaba.

Þóra dejó la bolsa de la compra y se tanteó el bolsillo en busca del móvil. El timbre sonaba amortiguado e intentó recordar si había colocado el teléfono en el bolsillo derecho o en el izquierdo de la chaqueta, o si se lo había metido en el bolso. Finalmente lo encontró en el bolsillo izquierdo, entre monedas y viejos recibos de la VISA. Vio el número de Markús en la pantalla y decidió no responder. Podía esperar hasta el día siguiente. Dejó el teléfono encima de la mesa y fue a poner en su sitio la comida que había comprado de camino a casa. Se acercaba la hora de que llegase Hannes con Sóley. El ex de Þóra la había salvado, incluso no planteó objeciones a su ruego y se ofreció a llevar a la niña a la piscina. Þóra esperaba que en adelante siguieran así las cosas, que la relación de unos ex esposos empezara a ser amistosa, por fin.

Su móvil dejó oír un pitidito. En lugar de cogerlo y leer el SMS, Þóra terminó de ordenar las comprar y encendió el horno. Leyó las instrucciones de preparación de la lasaña y metió el paquete en el horno frío, contraviniendo así las indicaciones del fabricante. Al final todo acabaría en lo mismo, la comida se calentaría la metiese con el horno frío o caliente. Luego buscó el teléfono, entró en la sala y se tumbó en el sofá.

El mensaje era de Markús: «Alda ha muerto. Policía quiere verme mañana x la mañana. Llama». Þóra dejó escapar un suspiro. Todo indicaba que Markús sería cliente suyo por más tiempo del previsto. Se sentó y marcó su número. O era el hombre más desdichado del país o en el fondo de todo había algo mucho peor.

Capítulo 5

Miércoles, 11 de julio de 2007

Markús se frotaba la frente con la mano. Þóra ya había tenido sesiones con otros clientes que se encontraban en estado de desesperación y había empezado a cogerle el tranquillo. De nada servía soltar unas palabritas para asegurarles que todo iría bien, que no tenía por qué preocuparse, que aquello acabaría enseguida y que pronto estaría totalmente libre. Eso distaba mucho de resultar efectivo, y lo único que se conseguía con ello era posponer medidas inevitables. Acababan de regresar del interrogatorio en la comisaría. En realidad podría haber ido peor, pero también podría haber ido mejor. Markús había reaccionado con mucho malhumor cuando le pidieron muestras para el análisis, pero al final se calmó y dejó que la policía le tomara muestras de saliva y pelo.

– Lo positivo de esto, Markús, ha sido que apenas hicieron preguntas sobre tus relaciones con Alda en el pasado. O bien piensan que su muerte se produjo de manera natural, o que tú no eres sospechoso de haber causado su muerte -le miró muy seria-. Lo negativo, en cambio, es que ahora Alda ya no podrá confirmar tu versión sobre la cabeza de la caja.

– ¿Me lo dices o me lo cuentas? -exclamó Markús.

Þóra no prestó atención al exabrupto.

– ¿Estás totalmente seguro de que no habéis tratado este asunto por correo electrónico y de que nadie ha podido oíros? Compañeros de trabajo, por ejemplo.

Markús dirigía una empresa dedicada a toda clase de productos para la maquinaria de barcos, y aunque Þóra no entendía en absoluto a qué se dedicaba la tal empresa, sabía que iba bien y que tenía varios empleados. Sin duda eran unos trabajadores espléndidos, porque Markús no parecía ser insustituible, nunca había tenido que aplazar citas ni disculparse por cuestiones de trabajo.

– Nadie oyó nada -respondió Markús con convicción-. Alda y yo solíamos hablar por teléfono, y eso siempre lo hago en privado. Nos veíamos de forma esporádica y rarísima vez había alguien más con nosotros, y cuando había alguien presente nunca hablábamos de este asunto. Y el correo electrónico solo lo utilizo para temas relacionados con la empresa. Yo no soy de esos que están siempre enviándose chistes o fotos de gatitos.

A Þóra nunca se le habría pasado por la cabeza pensar que aquel hombre se pudiera dedicar a semejante género de cosas.

– ¿Y no hay testigos de vuestras conversaciones?

Markús sacudió la cabeza con gesto de enfado.

– No.

– Cuando le dijiste a la policía que Alda te llamó la tarde del día antes de ir a Heimaey, les interesó mucho. A juzgar por lo que preguntaron sobre esa conversación, debió de tener lugar poco antes de su muerte -Þóra hojeó la fotocopia de la declaración que le habían dado al acabar el interrogatorio. Leyó por encima la parte del texto en que se trataba ese asunto-. Dijiste que Alda estaba rara, de peor humor que lo habitual, y distraída, y que pensaste que estaba nerviosa por tu viaje de la mañana siguiente, o que había alguien en su casa y no podía hablar contigo con total tranquilidad. Además ibas conduciendo y no pudiste hablar mucho rato con ella.

– Solo fueron sensaciones que tuve. No dijo nada que pudiera indicar que había alguien en su casa, aunque sí sonaba como si lo hubiera.

– La razón por la que te lo pregunto es que a lo mejor hubo alguien que fue testigo de vuestra última conversación y que podría confirmar que ella estaba enterada de que ibas a entrar en el sótano. Eso podría ayudarnos, en especial si mencionó la caja y si dijo algo así como que ella te había encargado que la recogieras -Þóra envió a Markús una débil sonrisa.

Markús hizo una mueca.

– Naturalmente, no recuerdo la conversación en todos sus detalles, pero juraría que no dijo nada por el estilo. Me pidió que no estropease las cosas y yo entendí que debía llevarme una bolsa por si la caja estaba podrida -Markús se estremeció-. Podía haberme dicho qué era lo que tenía que ir a buscar. No comprendo cómo pudo pasársele por la mente que iba a meter la cabeza en la bolsa y subir como si no hubiera pasado nada. Ni siquiera habría sido capaz de tocarla.

– Teniendo en cuenta todo lo que, al parecer, fuiste capaz de hacer por ella hasta ese momento sin preguntar nada, seguramente imaginó que llegarías hasta el final -respondió Þóra.

– En aquella época yo no era más que un chaval -dijo Markús con suficiencia-. Desde entonces han cambiado bastantes cosas -se irguió en la silla; no era necesario consultar la prensa para cerciorarse de que él no era el recadero de nadie. Aquel hombre tenía un indudable encanto varonil. Sus rasgos eran de todo menos delicados, pero su dureza no sobrepasaba el punto en que empezaría a convertirse en tosquedad. Þóra tuvo la sospecha de que se teñía el pelo, pues no se veía ni un cabello gris aunque ya debía de haber cumplido los cincuenta. Eso indicaba que Markús presumía de su apariencia física, lo que ciertamente estaba en consonancia con la ropa, indudable y evidentemente cara, que usaba en todo momento.

– Sí, ya imagino -dijo Þóra-. Pero tal vez ella no se había dado cuenta del todo -dejó el informe sobre la mesa-. Le preguntaré a la policía si tienen alguna información sobre posibles visitantes de la casa de Alda esa tarde. A lo mejor la suerte nos acompaña -miró a Markús-. Queda, obviamente, tu afirmación de que no sabías nada de los cuerpos del sótano. ¿Cómo podemos plantear ese asunto? -se echó para atrás en la silla-. La única persona que planteó objeciones cuando se iba a excavar la casa fuiste tú. Se podría pensar que quien dejó allí los cuerpos habría intentado impedirlo a toda costa -preparó con mucho cuidado lo que iba a decir a continuación-: Tengo entendido que tus padres viven todavía. ¿Tal vez alguno de ellos te animó a no cejar en tus esfuerzos por detener la excavación?

Markús calló un instante y miró a Þóra fijamente.

– Si estás insinuando que ellos pudieron tener cualquier participación en eso, estás total y absolutamente equivocada.

– No has contestado a mi pregunta -dijo Þóra con tranquilidad-. ¿Te animaron o te disuadieron?

Markús sonrió irónico.

– Mi padre tiene Alzheimer. No está en disposición de animar ni disuadir a nadie. En cuanto a mi madre, ella está en pleno uso de sus facultades, pero se mostró total y absolutamente contraria a mis intenciones. Más aún, estaba encantada con la idea de la excavación. Esperaba recuperar una batería de cocina que tuvieron que dejar en la casa. Aunque mi padre consiguió recuperar la mayor parte del mobiliario antes de que la casa desapareciera, se quedaron dentro muchísimas cosas. La batería de cocina no le debió de parecer entonces especialmente importante.

Þóra asintió. Sin duda, el buen hombre gastaría toda la pólvora en el aparato de música y cosas por el estilo. El interés de la madre de Markús por la excavación no excluía, naturalmente, a su marido: podría haber llevado allí los cuerpos sin que su mujer lo supiera.

– Alguien colocó allí los cuerpos, eso está claro. ¿Se te ocurre quién?

Markús sacudió la cabeza.

– No recuerdo a todos y cada uno de los habitantes de Heimaey en esos días, pero es ridículo pensar que cualquiera de los que recuerdo pudiera matar a esas tres personas. Eran todos gente muy normal, familias ejemplares de pescadores islandeses -Markús volvió a pasarse la mano por la frente-. Recuerdo especialmente a los de mi pandilla, que no eran más que unos críos, igual que yo.

– ¿Estás completamente seguro de que tu padre no puede tener relación alguna con el asunto? -preguntó Þóra -. Era vuestra casa, y me parece improbable que alguien la forzara para entrar y esconder unos cadáveres.

– ¿Que la forzara? -Markús repitió las palabras de Þóra-. No había ninguna necesidad de forzar una casa. No había nada cerrado con llave. Se pidió a la gente que no cerrara las casas con llave para que los del equipo de rescate pudieran entrar y salir según necesitaran -se le alegró el semblante-. Naturalmente, después de la noche de la erupción todo se llenó de forasteros. No sé el número, pero el trabajo de rescate exigió mucha mano de obra y solo una pequeña parte de los que se hicieron cargo eran de la isla. Nuestra casa no quedó cubierta de ceniza enseguida.

Þóra pensó un momento.

– De modo que crees muy improbable que alguno de ellos hubiera llevado los cuerpos hasta allí.

Markús se encogió de hombros.

– ¡Yo qué sé! Lo único que está total y absolutamente claro para mí es que yo no tuve nada que ver.

Þóra confió en que así fuera. Siempre era más agradable luchar por una causa justa.

– Quizá sea mejor dejarnos de especulaciones. Esperaremos los resultados de la autopsia de los cadáveres y de la cabeza -dirigió a Markús una sonrisa apagada. ¿Cómo se haría la autopsia de una cabeza?-. ¿Quién sabe si esos hombres murieron sencillamente de muerte natural o si se asfixiaron en el sótano? ¿No fue así como se produjo la única muerte en la erupción?

– En la erupción no murió nadie -dijo Markús ofendido, casi como si Þóra le hubiera echado a él la culpa de la erupción.

– ¿Y eso? -preguntó Þóra, extrañada-. Siempre he estado convencida de que hubo un muerto. Y precisamente en el interior de un sótano.

– Ah, sí, ese -dijo Markús-. Ese no cuenta. Era un alcohólico -el gesto de asombro de Þóra obligó a Markús a explicarse un poco mejor-. Bajó al sótano de la farmacia en busca de alcohol de 90°. No fue culpa de la erupción.

A menos, naturalmente, que los gases tóxicos que lo mataron se hubieran producido en la erupción. Pero Þóra prefirió no perder el tiempo en razonar. Cogió de nuevo el informe y pasó las páginas.

– ¿Y esto? ¿Estoy en lo cierto de que no te han preguntado si habías visto antes a alguno de esos hombres?

Markús movió la cabeza, extrañado.

– No preguntaron, pero es que los cuerpos estaban en tal estado que era bastante difícil reconocerlos. Además, no los pude ver bien en el sótano.

– ¿Así que crees que no los habías visto nunca? -si se pudiera averiguar quiénes eran, resultaría más sencillo saber qué les había sucedido.

Markús sacudió la cabeza con tranquilidad.

– No, realmente no lo creo -respondió-. Pero, como ya he dicho, podría tratarse perfectamente de personas conocidas. Tendría que volver a verlos en mejores condiciones, pero realmente dudo de que eso tenga demasiada importancia.

Þóra vio de nuevo aquellos cuerpos resecos y llenos de ceniza y comprendió que sería difícil reconocerlos si no era con los métodos de la ciencia forense.

– Tienen que ser extranjeros. Aunque hay casos de islandeses desaparecidos sin dejar huella, es imposible que les pueda suceder a tres hombres al mismo tiempo -se apresuró a añadir-: Cuatro, quiero decir -la cabeza le resultaba todavía algo tan irreal que una y otra vez no la tenía en cuenta. Reflexionó un instante-. ¿Tal vez se pueda tratar de marinos? -preguntó-. ¿Podría tratarse quizá de la tripulación de un barco que hubiera naufragado?

– ¿Y cómo acabaron esos tripulantes en nuestro sótano? -preguntó Markús, indignado.

– Sí, claro -dijo Þóra con una sonrisa-. Tendremos que esperar a la autopsia. Supongo que la policía volverá a llamarte para interrogarte otra vez cuando esté terminada la necropsia y tengan el informe del forense. Hasta entonces intentaré rastrear la existencia de testigos o de cualquier cosa que pueda apoyar la versión tuya y de Alda sobre la caja en cuestión.

Markús se puso en pie y dejó escapar un bufido.

– Ya está bien -dijo comprendiendo la situación-. Ella era la única que podía hacerlo.

Þóra intentó sonreír para darle ánimos, pero sin éxito. Aquello tenía mala pinta; la única esperanza de que Markús pudiera escapar del todo de aquel asunto era que se descubriese que aquellos hombres se habían asfixiado en el sótano. Había olvidado la cabeza otra vez. ¿Cómo demonios explicar eso?

Stefán dejó el teléfono, cerró los ojos, contó hasta diez y se estiró.

– Era el forense -le dijo al agente que estaba sentado delante de él, esforzándose por conservar la calma-. Duda que Alda se haya suicidado. La autopsia puso de manifiesto ciertos detalles que precisan de explicaciones más exactas -borró de sus labios una sonrisa antes de entrar en materia-. ¿Cómo es que no examinasteis nada más que el dormitorio? Es imposible confiar en vosotros si me ausento un momento -Stefán golpeó con el dedo índice el montón de papeles que había encima de la mesa, para prestar mayor énfasis a sus palabras. El joven agente de policía enrojeció, aunque Stefán no supo exactamente si era de vergüenza o de furia. Prosiguió-: ¿Cómo dejasteis la casa? ¿Hay alguna advertencia para que los deudos de la difunta comprendan que no pueden entrar u os limitasteis a echar la llave y marcharos?

– Uf -dijo el policía joven, con las mejillas aún más rojas.

– ¿Uf? -le imitó Stefán-. ¿Qué significa «uf»?

– No marcamos la casa de ninguna forma especial -respondió el joven-. Todo parecía indicar que se trataba de un suicidio. Yo ya he estado en varios -añadió con cara de triunfo.

– No me vengas con gilipolleces -exclamó Stefán con aspereza-. A mí me da igual si has estado en mil suicidios o solo en tres. Es con este caso concreto con el que no estoy nada satisfecho, y no estoy dispuesto a tener que soportar broncas del forense por culpa de los métodos de trabajo de mis hombres -se calmó un poco-. Según él, faltan varias cosas: prácticamente no hicisteis fotos del escenario y vuestro informe de la inspección de la casa no cubre más espacios habitables que el dormitorio. Dice además que en el informe no se hace mención alguna de sangre, pero el cadáver indica que tenía que haber sangre en algún lugar.

– Había sangre -dijo el joven policía con un hilo de voz y el rostro tan rojo que parecía ensangrentado-. Había unos charquitos a ambos lados de la cabeza, correspondientes a unas pequeñas heridas en las mejillas y el cuello de la mujer.

– ¡Qué me estás diciendo! -exclamó Stefán en voz muy alta-. ¿Es que tengo que explicarte cómo se hace un informe? Estoy tan asombrado que casi no tengo ni palabras -el estado psíquico de Stefán en esos momentos tenía varias características, pero quedarse sin palabras no era una de ellas.

– Nos dijeron que las heridas que tenía la mujer se las había producido ella misma. Y ciertamente, debajo de las uñas tenía sangre y restos de piel -el joven se irguió-. Quiero poner de relieve que el médico que llegó en la ambulancia lo calificó, allí mismo, de suicidio. También fue él quien explicó lo de la sangre, por eso no me pareció necesario mencionarlo en el informe. Actuamos en consonancia con que se trataba de un suicidio y que no había nada que apuntara a otra cosa -miró a su superior con ojos expectantes-. ¿Y qué se ha averiguado realmente en la autopsia?

Stefán carraspeó.

– Según parece, la causa de su muerte no fue un envenenamiento. El forense analizó la sangre y el contenido del estómago para identificar los componentes de los medicamentos que se encontraron en la mesilla de noche. No había nada que pudiera poner en peligro una vida.

El policía joven arqueó las cejas.

– ¿Y de qué murió entonces?

Stefán estaba ya completamente tranquilo. Se sintió aliviado al oír que el médico que estuvo en el escenario había afirmado que se trataba de un suicidio, lo que liberaba a sus hombres de buena parte de las acusaciones de fastidiar el caso.

– Naturalmente, harán falta exámenes más detallados antes de que se pueda determinar, pero el forense dijo que muy probablemente la mujer murió de asfixia.

– ¿De asfixia? -repitió el policía joven, como un eco-. ¿Estrangulada?

Stefán sacudió la cabeza.

– Aún no está claro. El forense no excluía que hubiera podido deberse a una enfermedad, pero dijo que quería que examinaseis mejor la casa de la difunta para comprobar si alguien pudo haber estado implicado en su muerte.

– Comprendo -dijo el joven, feliz a más no poder de que Stefán volviera a ser el de siempre-. El turno está acabando, ¿quieres que volvamos allí mañana por la mañana o…?

Los ojos de Stefán se cerraron.

– No. Iréis ahora. Ahora mismo -desafió al joven a que le contradijera mirándole fijamente a los ojos-. Examinaréis cada centímetro cuadrado y escribiréis un informe decente, como si se estuviera hablando del escenario de un crimen. Quiero encontrar una fotocopia esperándome en mi mesa mañana por la mañana -señaló la puerta con la mano-. En tu lugar, yo me daría prisa, no vaya a ser que tus compañeros se hayan marchado ya a casa…, dejándote todo el trabajo para ti solo -el joven abrió la boca como para responder, pero se contuvo. Fue hacia la puerta. Cuando estaba en el umbral, Stefán añadió-: Comprueba todas las llamadas entrantes y salientes del teléfono de la casa, así como del móvil de la difunta. Está claro que murió el domingo por la noche, de manera que las llamadas de entonces son, naturalmente, las más importantes.

– Eso haré -respondió el joven con un toque de rencor en la voz. Menudo lío. Estaba ya cansado de todo el día, dispuesto a tumbarse en el sofá y quedarse mirando la tele atontado. No era una idea nada atractiva tener que dedicarse a peinar todo un chalé adosado en busca de Dios sabe qué.

– Sí, y otra cosa -le dijo Stefán con voz fuerte cuando la puerta estaba a punto de encajar en los goznes.

– ¿Eh? -el joven introdujo la cabeza por el hueco de la puerta.

– Tengo especial interés en saber si Alda telefoneó al móvil de Markús Magnusson esa misma tarde, y cuánto duró la conversación. ¿Entendido?

– Entendido.

La puerta se cerró. Stefán se quedó mirando las claras maderas llenas de vetas mientras reflexionaba. Sabía que tendría que llamar a su colega de las Vestmann para ponerle al tanto de la marcha del caso. Pero no le apetecía lo más mínimo. Eso podía esperar. Ahora tenía que pasarse por el Hospital Nacional, reunirse con el forense y echar un vistazo al cadáver de Alda. Se puso en pie. Tenía que confesarse a sí mismo que no era solamente su trabajo lo que le empujaba a hacerlo. El forense había mencionado que la mujer estaba excepcionalmente retocada…, una palabra que Stefán no comprendió hasta que le dieron una explicación más precisa. La mujer de Stefán estaba siempre dando la vara con que quería aumentarse el pecho, por eso quería ver unos pechos de esos con sus propios ojos. ¿Quién sabe si a lo mejor, en caso de que le gustaran, acababa dando luz verde?

Capítulo 6

Sábado, 14 de julio de 2007

Los únicos asistentes a la entrega de premios aquella mañana de sábado eran los niños ganadores y sus padres. Sóley estaba sentada entre su madre y su hermano Gylfi, con una sonrisa de oreja a oreja. El concurso se había celebrado en la semana del arte de la biblioteca infantil, y consistía en dibujar algún utensilio doméstico que hiciera más fácil la vida de la familia, y Sóley se había pasado la tarde dibujando y coloreando muy concentrada. Para gran asombro de Þóra, su hija ganó, aunque hasta aquel momento Sóley había mostrado una capacidad bastante limitada para las actividades artísticas. La chica que había conseguido el premio del grupo de más edad volvió a su asiento con un ramito de flores y un cheque regalo del patrocinador del concurso, una de las mayores empresas de electrodomésticos del país. La directora de la biblioteca municipal llamó a continuación a Sóley, que se colocó al lado de la señora con los mofletes muy colorados.

– Enhorabuena por tu premio -dijo la bibliotecaria cogiendo la manecita de Sóley. Señaló el dibujo de la niña, que colgaba en un lugar destacado, al lado de las demás obras de arte que se habían presentado. No eran demasiadas, tal como había sospechado Þóra al enterarse de que Sóley había ganado-. Debo decir que es un dibujo precioso de una plancha -dijo la bibliotecaria al tiempo que entregaba a Sóley un sobre grueso y un ramo de flores.

Þóra arqueó las cejas. ¿Por qué había pintado Sóley una plancha? Su ex marido se la había llevado cuando se separaron, porque la ropa que usaba Þóra no necesitaba plancha. Puso muy en duda que Sóley supiera cómo era, aunque la había representado bastante bien pese a no disponer de modelo. Þóra dejó de mirar el dibujo y, llena de orgullo, dirigió los ojos hacia su hija, que tenía las mejillas aún más rojas que cuando llegó al lado de la bibliotecaria, con el premio en las manos y los ojos bajos. Sóley parecía estar a punto de echarse a llorar, pero tenía los dientes apretados.

– Es un trineo, no una plancha -dijo Sóley, que empezó a morderse el labio inferior.

Ahora le tocó a la bibliotecaria el turno de enrojecer un poco, pero para gran alivio de Þóra, solucionó muy bien el malentendido diciendo que se había expresado mal. La carcajada que soltó Gylfi no ayudó mucho, sin embargo, y cuando volvieron a ponerse delante del dibujo no dejó de soltar risitas.

– Es verdad que es igualito a una plancha -dijo él-. ¿Cómo se te ocurrió pintar un trineo? ¿Crees que es un utensilio doméstico?

Þóra se lanzó en defensa de su hija:

– Sí, sí. En el campo se considera a los trineos utensilios domésticos -apretó la mano de su hija, que seguía mustia-. No le escuches. No sabe cómo son los trineos -en realidad, lo mismo podía decirse de Sóley-. Os voy a invitar a un helado para festejar el premio -apartó la mirada del trineo y contempló los demás dibujos-. Sóley, el tuyo es el más guay de todos. Chulísimo.

– No, es feo -dijo la niña-. Tenía que haber pintado una puerta, como pensé al principio.

Þóra se dio cuenta de que tendría que explicarle a su hija en algún momento lo que significaba la palabra «utensilio doméstico».

– Basta de tonterías -dijo-. Has ganado y no ha sido por casualidad. El dibujo más guay de todos. «Trineo» y «plancha» se escriben con ene. Por eso se confundió la señora -le dio un beso a Sóley en la mejilla y miró enfadada a su hijo, que parecía a punto de echarse a reír otra vez-. Hazme un favor y búscame un libro sobre la erupción de las Islas Vestmann -le dijo. Así Gylfi tendría algo en qué pensar en vez de en la plancha-trineo, y a ella no le vendría mal leer algo sobre lo sucedido en 1973, de lo que en realidad sabía bastante poco. Þóra aprovechó la oportunidad, mientras su hijo buscaba el libro, para animar un poco a su hija, aunque su humor no empezó a mejorar hasta que no estuvieron sentados delante de unas copas enormes llenas de helado con nata. El móvil de Þóra sonó en el mismo momento en que estaba terminando su helado, pero decidió no contestar por miedo a que el mundo se le derrumbara a su niña. Cambió de opinión cuando vio en la pantalla que quien llamaba era Markús. El mundo de él sí que se estaba derrumbando, y un helado no le serviría para recuperar la normalidad.

Þóra colgó tras hablar con Bragi, su socio del bufete, y suspiró. Estaba agotada tras un día que había ido muy distinto a como esperaba. Habían vuelto a llamar a Markús para otro interrogatorio, sospechoso ahora de haber participado en la prematura muerte de Alda y de cooperación en la muerte de los hombres del sótano. La llamada telefónica de Markús había sido una llamada de auxilio y Þóra acabó en la comisaría después de haber renunciado a ir al cine o hacer cualquier otra cosa con sus hijos. Había tenido que escuchar cómo hacían a su cliente las mismas preguntas que en anteriores interrogatorios, aunque ahora se añadían varias sobre Alda. Todas giraban en torno a si Markús había estado en casa de ella el domingo por la tarde, que es cuando se calculaba que había muerto. Markús afirmó que no, manteniendo la versión de que solo habían hablado por teléfono. Al principio afirmó que no había ido a su casa en varias semanas, pero luego reconoció que había estado allí recientemente, aunque no la tarde sobre la que le preguntaban, sino la anterior. Había pasado por allí solo un momento y tomó un vaso de vino.

Cuando Markús desveló esa información, Þóra sintió enormes deseos de echarse a gritar. Sobre todo experimentaba un sentimiento de decepción con su cliente por intentar ocultar su visita, más aún teniendo en cuenta que su encuentro con Alda había tenido lugar antes del periodo de tiempo que interesaba a la policía. Aquello no hacía más que aumentar las sospechas sobre él. Þóra imaginó que se había negado a confesar su visita por miedo a que le acusaran de conducir bajo los efectos del alcohol. Había ya algunos ejemplos, algunas personas habían ocultado detalles parecidos y al final eso se había convertido en la prueba principal de la acusación, aunque fueran sospechosas de delitos mucho más serios. Los intentos de la policía de relacionarle con algún crimen no generaban en él ninguna reacción, pero al mismo tiempo se ponía nervioso en cuanto la atención se dirigía hacia alguna posible contravención de las normas de tráfico. Probablemente tenía la infantil creencia de que su nombre quedaría limpio por fin de cualquier acusación de asesinato sin tener que poner él nada de su parte.

Cuando la policía hubo agotado su lista de preguntas sobre la visita de Markús a casa de Alda, Þóra tuvo la sensación de que habían gastado ya toda la pólvora que tenían para el interrogatorio, de modo que pensó que lo peor ya había pasado. Estaba equivocada. Markús se sobresaltó y se quedó sin saber qué decir cuando la policía dijo finalmente que interrogaría a sus parientes más cercanos. En ese momento, Þóra pensó que si seguía así acabarían por detenerle, pero finalmente consiguió calmarle antes de que las cosas empeoraran aún más. Cuando salieron, Þóra arremetió contra él y le preguntó qué era lo que había provocado aquella reacción tan desproporcionada. Markús dijo que le preocupaban sus padres, ya muy ancianos, aunque en realidad no eran ellos los únicos a los que pensaban llamar a declarar; la policía tenía intención de hablar también con Leifur, su hermano mayor, que dirigía la empresa de la familia en Heimaey. Markús exigió que Þóra asistiera a todos y cada uno de sus parientes durante sus interrogatorios, y le costó comprender que aquello era imposible porque se produciría un conflicto de intereses. Intentó también explicarle a Markús que la policía se limitaba a echar anzuelos y que no iba solamente detrás él, sino también de cualquiera que estuviera relacionado. El objetivo de la investigación era explicar los hechos; no se trataba de una ofensiva estatal contra él como único culpable de todo. Þóra dudaba que Markús se quedara conforme, pero al final pareció comprender sus explicaciones.

Pero era otra cosa la que tenía a Þóra fastidiada: su inmediato viaje a las Islas Vestmann. Iba dispuesta a buscar hasta debajo de las alfombras a alguien que pudiera arrojar la más mínima luz sobre los cadáveres del sótano y que hubiera sido testigo de las relaciones entre Markús y Alda en los días que precedieron a la noche de la erupción. En torno a dos tercios de la población de las islas regresó tras el final de la erupción, de modo que allí tenía que haber un montón de gente que pudiera ofrecer testimonios útiles. Aunque el plan no ofrecía demasiadas garantías, ir allí fue lo único que se le ocurría a Þóra en esa fase del caso. Markús se mostró de acuerdo con ella sin vacilar, e incluso le pareció una buena idea. Estaba desesperado por librarse de la situación en que se encontraba y, como ya se había hablado del asunto en los medios de comunicación, tenía claro que era una simple cuestión de tiempo que su nombre apareciera también en las noticias. Aunque, a decir verdad, los periodistas parecían haber recibido de la policía bastante poca información, a pesar de que el asunto había despertado mucho interés, como es natural. Þóra se sintió obligada a seguir la información que iba apareciendo, y no pudo menos que asombrarse del arte con que algunos periodistas conseguían mantener vivo el asunto en sus artículos sin decir nada nuevo. Eso no podría mantenerse por mucho tiempo, naturalmente, y muy pronto la policía tendría que informar algo más detenidamente sobre sus investigaciones, al menos para salvar la cara. El nombre de Markús no aparecía en las noticias, pero era inevitable que al final dijeran que con los interrogatorios habían podido identificar ya a una persona como sospechosa. Entonces se acabaría la tregua y su nombre acabaría por filtrarse. De ahí que fuera perentorio limpiar su nombre de cualquier sospecha, y lo antes posible. Pero poco podía hacer Þóra para acelerar la investigación hasta que se dispusiera de las autopsias y los resultados de la investigación del escenario. Sin embargo, cuando tuviera en las manos esas actuaciones, apenas quedaría tiempo para desplazarse a las islas a charlar con los posibles testigos. Por eso no era el viaje en sí lo que la molestaba, las Vestmann gozaban de grandes bellezas naturales y era agradable visitarlas. No, lo que la tenía enojada era que Þór, el abogado más joven de su bufete, estaba demasiado atareado para poder acompañarla. Þóra consideraba fundamental disponer de otro par de ojos y oídos durante su visita a las islas, pero los únicos disponibles pertenecían a Bella, la secretaria. Bragi, el socio de Þóra, señaló muy justamente que daba igual si Bella estaba al lado del teléfono o en cualquier otro sitio, de ahí que fuera la persona ideal como ayudante. Los demás del bufete tenían cosas que hacer cuando se incorporaban al trabajo a su hora, cada mañana; de forma que era ella o nadie.

Þóra suspiró y marcó el número de teléfono de la secretaria. Habría preferido recurrir a Matthew y pedirle que fuera corriendo a Islandia. Seguro que venía, si podía, pero aquello contradiría su decisión de dejarle en paz mientras decidía su futuro. Un banco islandés acababa de adquirir el banco alemán para el que trabajaba, y habían ofrecido a Matthew el puesto de responsable de seguridad en la central de Islandia. En consecuencia, tenía que tomar una decisión bastante seria. El trabajo era similar al que desempeñaba en el banco alemán y el sueldo era considerablemente mayor, lo que a Þóra le extrañó menos que a él mismo. De ahí que su decisión no era tanto sobre el puesto de trabajo en sí como sobre la obligación de trasladarse a Islandia. Allí no conocía a nadie, aparte de Þóra y sus hijos, y ella no quería inmiscuirse en su decisión. Si Þóra le animaba a venir, se sentiría moralmente obligada a continuar la relación. Si le desalentaba, podría entenderse como que ella no tenía ningún interés. Hacía tiempo que tenía muy claro que el posible compañero de su vida tendría que vivir en Islandia, por eso la continuidad de su relación con Matthew dependía de la decisión que él tomara. Si Matthew no se iba a Islandia, significaría un punto final. Apenas podían estar juntos rarísimas veces, y las cosas no podían seguir así. Þóra se ruborizó al pensar en el sexo telefónico que habían intentado practicar… sin ningún éxito. Era evidente que ella necesitaba un hombre de carne y hueso a su lado para gozar del amor con él, de ahí que fuera mejor unirse a alguien que no viviera a muchos miles de kilómetros de distancia. Por eso confiaba en que viniese, porque le quería y le encantaba estar a su lado. Además, parecía existir una gran escasez de hombres atractivos con la edad adecuada en todos los sitios adonde iba, de manera que Þóra nunca tenía demasiado donde elegir. No le acababa de gustar ninguno de los hombres que habían intentado ligar con ella, ni siquiera después de cinco copas. Y encima, no había mucho sitio al que agarrarse. Los que le llamaban la atención eran demasiado jóvenes, tenían novia o eran gays. Antes de apartar estos pensamientos de su cabeza, se le pasó fugazmente por la mente que a lo mejor en las Islas Vestmann había una provisión enorme de hombres. Siempre podía soñar, y no le importaba tener a Bella a su lado pues en comparación con ella Þóra parecía una chica del desplegable central del Playboy. Dejó a un lado todas sus fantasías y marcó el número de la secretaria.

Cuando Sóley se quedó dormida y quedó claro que en los programas de las diversas cadenas de televisión no había nada que pudiera despertar el interés de Þóra, cogió el libro Noticias memorables de 1971-1975, de la colección Nuestro Siglo, para echarle un vistazo. Se había quedado con la colección a la muerte de su abuelo y, aunque no abría esos libros con mucha frecuencia, tenerlos a mano resultó ser muy conveniente. El libro no era muy grueso, de modo que no recogía de manera exhaustiva los sucesos noticiables de ese periodo, pero Þóra pensó que la desaparición de cuatro hombres tendría que estar allí, si es que tal cosa había aparecido en las noticias de la época. Hojeó rápidamente el año 1973 hasta llegar al verano y el final de la erupción de las Vestmann. La casa de la infancia de Markús quedó cubierta de ceniza en algún momento del primer mes de la erupción, pero Þóra no quería de ningún modo que se le pasara nada por alto en la lectura, por eso no paró hasta llegar al artículo «¡Termina la erupción!», del 4 de julio.

La lectura no le proporcionó mucho que pudiera tener alguna relación con los cadáveres del sótano. Una avioneta con matrícula TF-VOR con cinco personas a bordo se estrelló a finales de marzo al norte del Langjókull, y en el primer artículo sobre ese suceso todavía no se habían localizado los restos. En el último artículo sobre el accidente se indicaba que el grupo de rescate había encontrado el avión, así como a sus pasajeros, todos los cuales perecieron. Otra cosa que llamó la atención de Þóra fue, a finales de enero, la desaparición del yate británico Cuckoo, con su tripulación de cuatro personas. Había salido de Þórlakshöfn a mediados de mes y desde entonces no se había vuelto a saber de él ni de la tripulación. Þóra estaba sentada en el sofá cuando sus ojos dieron con esta noticia, pero se tumbó cuando, varias páginas más tarde, descubrió que el barco había sido arrastrado hasta la costa junto con los restos mortales de un miembro de la tripulación. Se supuso que el yate había zozobrado con todos sus hombres a bordo durante una tormenta que estalló poco después de que hubiera salido del puerto. El interés de Þóra no volvió a despertar hasta unas páginas más adelante, donde decía que seis hombres de un grupo de montañeros habían desaparecido después de salir de Landmannalaugar. Se mencionaba a cuatro geólogos extranjeros acompañados de dos guías islandeses, supuestamente grandes conocedores del terreno. No llegaron a ningún sitio los esfuerzos de Þóra por imaginar cómo una parte del grupo habría podido refugiarse en un sótano de las Islas Vestmann a causa de las pésimas condiciones climatológicas reinantes en tierra firme, pues ya en la siguiente página se contaba que habían encontrado a los montañeros, perdidos y helados, en una cabaña de las tierras altas. Se habían extraviado en medio de una espesa tormenta de nieve y podían dar gracias por haber encontrado casualmente aquel refugio. Encontró una sola noticia que hablara de personas desaparecidas que nunca aparecieron. En febrero se fue a pique al sudeste del país la nave Sjöstjarnan, con una tripulación de diez personas. Los ocupantes del barco se lanzaron al mar a bordo de dos botes salvavidas de goma y nunca se les encontró. Eran cinco islandeses y cinco oriundos de las islas Feroe, y pese a una prolongada búsqueda Þóra no fue capaz de encontrar nada que indicara que la tripulación hubiera sido finalmente localizada. Se hablaba de nueve hombres y una mujer. Pero lo que lo estropeaba todo era que la casa de Markús estuviera ya cubierta de ceniza cuando se hundió el barco, y además había una distancia considerable desde las islas al lugar donde zozobró el barco.

Þóra continuó, decepcionada, pero encontró otro artículo que volvió a despertar sus esperanzas. Trataba de la gran cantidad de periodistas extranjeros que habían llegado al país para informar de la erupción. Ciertamente no decía que hubiera desaparecido ninguno de ellos, y no digamos cuatro. Aunque fuera improbable que unos periodistas o reporteros decididos hubieran ido hasta Islandia y luego no hubieran regresado a sus países sin que eso apareciese en las noticias, era posible pensar que las cosas podrían ser distintas en el caso de los freelance. Algunos podían haber viajado a Islandia sin informar a nadie. Por eso quizá no les habrían buscado aquí cuando en sus países de origen se denunció su desaparición.

Poco más de lo sucedido en la primera mitad del año habría podido encajar con el hallazgo de los cadáveres. La Guerra del Bacalao parecía estar ya totalmente olvidada, pero Þóra no encontró por ningún sitio nada sobre desaparición de personas en relación con los enfrentamientos entre británicos e islandeses por la extensión de las aguas territoriales del país de las doce a las cincuenta millas. En algún sitio se mencionaba una muerte o una desaparición, pero nunca se trataba de un grupo de personas, sino de un individuo aislado en todos los casos. Þóra pensó que era excesivamente inverosímil que los cadáveres fueran un revoltijo de personas muertas o desaparecidas en momentos y circunstancias diversas.

Repasó también el año 1972, pues existía la posibilidad de que los cuerpos hubieran llegado allí antes del comienzo de la erupción. Prefirió no pensar mucho en dónde los habrían podido tener guardados entretanto, el caso era ya lo suficientemente absurdo como para tener que ponerse a buscar explicaciones a cuál más rara. En ese año había tan pocas noticias útiles como en 1973. La fotografía de un barco hundiéndose le llamó la atención, pero el artículo explicaba que se trataba de un arrastrero que se pensaba que había chocado con una mina. La investigación del asunto, sin embargo, puso de manifiesto que los armadores habían hecho estallar una carga de dinamita en la bodega con la intención de cobrar el seguro. No parecía que nadie hubiera resultado herido ni desaparecido en aquel suceso.

Otra cosa que le llamó la atención a Þóra fue un artículo que relataba que ochenta arrastreros británicos se dirigían a toda máquina hacia Islandia. El artículo estaba fechado a finales de agosto de 1972, lo que caía un poco pronto, pero se hablaba de un gran número de hombres y era posible imaginar que cuatro de ellos hubieran podido desaparecer sin que se llegase a mencionar. Ciertamente no se hablaba de desapariciones, aunque se indicaba cómo eran las relaciones entre la gente durante la Guerra del Bacalao. Al final del artículo se decía, citando como fuente a los capitanes de los arrastreros ingleses, que si los islandeses intentaban abordar los barcos ingleses entre las cincuenta y las doce millas, les recibirían con agua hirviendo y sacos de pimienta. Þóra pensó que, en comparación con el agua hirviendo, la pimienta resultaba un tanto pintoresca, pero la cita indicaba claramente que aquellos hombres estaban dispuestos a todo: incluso al enfrentamiento físico.

Después de la lectura, Þóra no había progresado mucho, aunque pensaba que lo más probable era que los cadáveres tuvieran alguna relación con la Guerra del Bacalao de alguna forma más bien vaga y difusa. A fin de cuentas, se la llamó «guerra», palabra que en su mente iba asociada a la pérdida de vidas humanas.

Þóra cerró el libro bruscamente y se dispuso a preparar el equipaje para la mañana siguiente.

Capítulo 7

Domingo, 15 de julio de 2007

Þóra se acomodó en el asiento del avión al lado de Bella. Dio gracias a Dios por que el avión tardara solo media hora: sufría enormemente por tener que dedicarse a charlar con aquella chica a tan corta distancia. Y efectivamente, Bella habló sin interrupción y lo que mejor se le entendió es que pretendía que Þóra iniciara un pleito contra el gobierno por la prohibición de fumar en lugares públicos. Þóra sonrió incómoda sin atreverse, por nada en el mundo, a contradecir una sola palabra de las que brotaban de Bella. Más aún, asintió con la cabeza cuando la secretaria explicó que desde que se había prohibido fumar en los aviones la mayoría de los pasajeros enfermaba tras un vuelo de larga duración, porque el aire de a bordo se renovaba con mucha menos frecuencia. En lugar de respirar humo, los pasajeros aspiraban bacilos y bacterias de toda clase de las demás personas, que, según Bella, podían ser portadoras del ébola o de la fiebre aviar. Þóra puso en duda que las personas que habían caído enfermas por esos motivos viajaran demasiado a las Islas Vestmann, aunque, sin embargo, sí procuró respirar menos de lo que tenía por costumbre. Por eso absorbió el aire fresco en la puerta del avión cuando aterrizaron, y disfrutó sintiendo la cálida brisa juguetear en su rostro. Bella salió del aeropuerto a toda prisa, por delante de Þóra, para fumarse un pitillo.

– Bueno -dijo Þóra cuando llegó arrastrando las maletas de las dos hasta donde estaba Bella, que disfrutaba de su cigarrillo al lado de un almacén-, ¿qué tal si cogemos un taxi? -paseó la vista a su alrededor, pero no se veía ninguno. Se le puso mala cara en cuanto comprobó que buena parte de los pasajeros de su avión se dirigían a la ciudad a pie. ¿Es que no había taxis en Heimaey?

Justo en el momento en que iba a darse la vuelta para preguntar en la terminal, un reluciente todoterreno Range Rover se acercó a donde estaban las dos. Hacía cierto tiempo, Þóra había oído el precio de ese coche, y la cantidad era tan elevada que seguía convencida de que tenía que tratarse de un error. El cristal oscuro de una ventanilla descendió, y un hombre de mediana edad asomó la cabeza y las llamó.

– ¿Tú eres Þóra? -dijo con voz apagada, mirando a Bella.

– No, soy yo -se apresuró a responder Þóra en voz bien alta, bastante molesta por que la hubieran confundido con su secretaria. Þóra estaba convencida de ir bastante elegante, unos vaqueros de marca y un chaquetón deportivo que le había costado un ojo de la cara, mientras que la secretaria parecía estar camino del teatro para representar alguna obra sobre los terroristas de la Baader-Meinhof. Para empeorar aún más las cosas, la chica se había pintado como si quisiera parecer un vampiro. Þóra se aproximó al coche.

– Hola -dijo el hombre, estirándose para abrir la puerta del copiloto-, me llamo Leifur, soy el hermano de Markús. Me llamó y me dijo que llegabas ahora, de modo que decidí venir a recogerte.

– Muchas gracias -respondió Þóra, encantada-. Me acompaña mi secretaria, ¿hay algún problema?

– Ninguno, faltaría más -respondió el hombre, que salió del coche y metió el equipaje en la parte de atrás-. Os alojáis en el Þórshamar, según creo -dijo cuando todos estaban dentro del coche.

– Así es -respondió Þóra, que aprovechó la ocasión para estudiar mejor a aquel hombre. Þóra observó un gran parecido entre los dos hermanos, y pensó que seguramente los dos habrían sido muy apuestos en su juventud. Este era algo mayor que Markús, ya debía de haber cumplido los sesenta. Llevaba muy bien los años, igual que su hermano, y además tenía el porte de quien está habituado a mandar y a conseguir lo que quiere. Pensó que por lo menos ambos tenían muy buena pinta, aunque a ella no le fueran demasiado los hombres mayores. La ropa impecable indicaba que se trataba de alguien que apreciaba lo mejor, lo que estaba muy en consonancia con el coche. Pero Þóra sabía perfectamente que la ropa no lo decía todo. Por ejemplo, Bella no era ni una terrorista ni una vampira, aunque algunos pudieran creer otra cosa.

– El hotel tiene una situación espléndida -dijo Leifur mientras arrancaba-. En pleno centro y a poca distancia del puerto.

– Ah, estupendo -dijo Þóra, sin saber muy bien qué más decir. No tenía ni idea de lo que podía saber ese hombre sobre el caso y prefería no hablarle de cosas que ignorase. No vendría nada bien para un interrogatorio, si la policía lo llamaba como testigo. Así que se dedicó a mirar a su alrededor en busca de algo a lo que agarrarse-. Hace un tiempo estupendo -dijo, aunque sintió vergüenza por recurrir a un tópico tan manido-. ¿Siempre hace tan buen tiempo aquí?

Leifur se volvió hacia ella y sonrió.

– Digamos que sí.

Para gran alivio de Þóra, no comenzó entonces una animada charla sobre el clima. Estuvieron un rato en silencio y Þóra aprovechó para mirar a su alrededor. En las calles no había prácticamente nada de tráfico, exactamente igual que la última vez que había estado allí. El entorno era también igual de majestuoso, y estaba a punto de decir algo al respecto cuando Leifur volvió a tomar la palabra, ahora en voz más baja que antes:

– Menuda locura eso de los cadáveres -dijo mirando un instante a Þóra-. Supongo que no habrá ningún problema en hablar del caso aunque esté delante tu secretaria.

– Por supuesto que no -dijo Þóra-. Aunque a decir verdad prefiero no hablar mucho contigo sobre ese tema. Al menos en lo tocante a detalles que aún desconoces.

– No, no tengo intención de sonsacarte -respondió el hombre-. No era esa mi intención. Es solo que me siento realmente molesto porque todo eso se haya tenido que encontrar precisamente en nuestra casa. La familia ya tiene problemas de sobra.

Þóra aguzó los oídos.

– ¿Y eso? -miró el interior del todoterreno y recordó que también Markús parecía disfrutar de una posición bastante acomodada. Seguramente, los problemas que agobiaban a la familia no serían económicos.

– Bueno… -respondió Leifur; su voz no ocultaba la frustración-. Hay muchas cosas insignificantes junto con algunos problemas más serios. La enfermedad de nuestro padre es el mayor de estos últimos.

– Sí, Markús me lo comentó -dijo Þóra. Siempre le costaba hablar de muertes y enfermedades con desconocidos-. Os compadezco. Es una enfermedad terrible.

– Gracias -respondió el hombre mientras seguía hacia el centro-. No, no tienes que preocuparte por mí. Markús me ha contado su parte del caso y he de reconocer que, aunque su historia pueda sonar improbable, yo le creo. No era ningún misterio que en esa época bebía los aires por Alda. Nada parecido a lo que había sentido por otras chicas. Habría hecho cualquier cosa por ella… ¡Ya hacía suficientes tonterías sin que ella tuviera nada que ver!

– Sí, todo es de lo más extraño -dijo Þóra-. Confiaba en poder arrojar alguna luz sobre los hechos mientras estoy aquí, aunque quizá sea una esperanza poco realista. Ha pasado tanto tiempo…

– Sí y no -respondió Leifur-. La erupción y todo lo relacionado con ella sigue siendo un recuerdo vivo para la mayoría de quienes la vivieron. Fue una experiencia absolutamente aterradora.

– Puedo imaginármelo perfectamente -dijo Þóra. Señaló con una mano un arco de piedra delante de la entrada al cementerio-. ¿No es esa la puerta que aparecía en esa fotografía tan famosa? -se refería a una foto tomada durante la erupción. El cementerio había quedado completamente cubierto de cenizas y lo único que asomaba por encima de la extensión negra era aquel arco, con su inscripción: «Yo vivo y vosotros también viviréis». Al fondo había un río de fuego procedente del cráter, que se elevaba hacia el cielo. La foto era muy impresionante y, con ella, el fotógrafo había sido capaz de narrar una gran historia-. No tenía ni idea de que ya habían desenterrado el cementerio.

– Se excavó muchísimo en las cenizas después de la erupción. Por aquel entonces, cada día se sacaban de la ciudad casi diez mil metros cúbicos de ceniza. La iglesia estaba medio enterrada -dijo Leifur señalando en dirección a un templo de aspecto noble, pese a su sencillez, que se alzaba al lado del cementerio-. Había un montón de casas enterradas en ceniza al lado de las que están siendo excavadas ahora.

Era evidente que Þóra tendría que leer bastante más sobre la erupción si no quería perder el tiempo enterándose de lo que todos sabían. Se había llevado el libro que Gylfi sacó de la biblioteca, y seguramente podría empezar a repasarlo en el hotel esa misma tarde. Leifur continuó:

– En realidad, ignoro por qué no se desenterraron las casas de nuestra calle en aquel momento. Seguramente habría buenas razones para hacerlo en unos casos y no en otros. Seguramente, y con razón, pensarían que era inútil. Nadie se iba a poner a trabajar en las ruinas que son las casas que han excavado ahora para volver a hacerlas habitables.

– A mí al menos no me apetecería nada vivir en una de ellas -dijo Þóra dirigiendo una sonrisa al conductor-. Mi visita del otro día me encantó. A pesar de lo que encontramos en el sótano.

– A mi mujer y a mí nos gustaría invitarte a cenar una noche de estas -dijo Leifur cuando llegaron a la puerta del hotel-. A las dos, claro -añadió en cuanto se dio cuenta de que se había olvidado de Bella-. Nada especial, pero sin duda será menos aburrido que tener que iros a cenar a un restaurante. No hay muchos en la ciudad, de modo que también os vendrá bien el cambio.

Þóra miró a Bella, que estaba en el asiento trasero y se encogió de hombros sin interés. Se volvió entonces hacia Leifur.

– Estupendo, muchas gracias -respondió-. ¿A qué hora?

Cuando tuvieron organizados los detalles de la invitación, Þóra y Bella se despidieron. Leifur no dijo nada más y se limitó a acompañarlas al interior del hotel con las maletas. Después de recoger las llaves de sus habitaciones, Leifur se despidió de ellas.

– No dudéis en llamarme si puedo ayudar en algo -dijo-. Aquí me lo conozco todo como la palma de la mano y puedo conseguir lo que necesitéis. Como es fácil entender, estoy dispuesto a hacer todo lo que haga falta por mi hermano -dio a Þóra su número de móvil, luego se dio media vuelta y se marchó.

– Este hombre esconde algo -dijo Bella mientras le veían subir a su coche, desde los grandes ventanales del vestíbulo del hotel.

– ¿Por qué lo dices? -preguntó Þóra, extrañada. A ella le había parecido de lo más agradable, aunque fuera algo frío.

– Nada, que tiene algo espeluznante-dijo Bella, y fue hacia la escalera sin dar más explicaciones.

Adolf se volvió sobre un costado y el estómago se le revolvió. En plenas náuseas, antes de abrir los ojos, se dio cuenta de lo que había sucedido en su cama. El olor que surgía de su boca era una mezcla de perfume y alcohol agrio. El revuelo de su estómago aumentó e hizo cuanto pudo por contrarrestarlo, respirando por la boca para no vomitar. Cuando lo peor de las náuseas había pasado, pensó que debía hacer lo posible para no vomitar sobre la mujer que estaba en la cama, y que era incapaz de recordar cómo se llamaba, pero también, sobre todo, para que se marchara lo antes posible y no volviera a dar señales de vida. La miró e intentó recordar qué atractivo había encontrado en ella. No era la nariz, que a tan corta distancia era un puro pegote. El espeso rímel se había corrido, de modo que lo mismo habría podido despertar al lado de Alice Cooper. Adolf consideró la idea de separarse con precaución de la cama para contemplar el cuerpo desnudo de la mujer, porque era posible que tuviera buenas curvas. El bulto que se podía observar bajo la sábana no parecía indicar que estuviera gorda, parecía más bien flacucha. En realidad no cambiaba nada que fuera gorda o flaca, habérsela llevado a casa había sido una completa estupidez. Nunca había sido tan importante mantener el control. Adolf apretó otra vez los ojos lleno de desprecio hacia sí mismo. ¿Por qué nunca conseguía mantener sus decisiones? Dos cervezas y basta. A casa. Solo.

La chica se movió y Adolf contuvo el aliento con la esperanza de que no se despertara. Necesitaba más tiempo para recuperarse antes de verse obligado a hablar con aquella tipa que recordaba vagamente pero que no podía identificar de ninguna manera. ¿A qué se dedicaba y cuántos años tenía? Le importaba una mierda ser incapaz de recordar su nombre. Cuando se está ligando, los nombres no suelen mencionarse. Lo sabía por su larga experiencia en situaciones parecidas. Pero tenía que prepararse para las memeces que le iba a decir, seguro, y también para ver cómo librarse de ella sin herirla ni ofenderla. Como era domingo, no servía fingir que se iba a trabajar y otras excusas por el estilo. Adolf se preguntó qué hora sería ya. ¿Se despertaría pronto la chica? Intentó ver el despertador que había en la mesilla de noche detrás de la muchacha, pero para ello tenía que levantar la cabeza. Así que lo hizo con el mayor cuidado, a fin de que el colchón no hiciera ruido. No eran más que las diez y media. Respiró más aliviado. No recordaba exactamente cuándo habían vuelto a casa, y mucho menos cuándo se habían dormido. El olor del dormitorio demostraba que no llevaban demasiado tiempo allí metidos. Recordó vagamente que bebió el último trago a muy altas horas de la noche.

¿Por qué demonios no había seguido el consejo de su abogada? ¿Tan tremendamente difícil era mantenerse alejado de las chicas durante unos cuantos meses? Pasarían enseguida, y en realidad no lo echaría mucho en falta. Lo curioso era que había empezado a aburrirse de lo fácil que le resultaba ligar. Solo tenía que salir de marcha, colocarse en la barra de un bar y simular que estaba enfrascado en tristes pensamientos. Y entonces se le acercaba alguna chica un poquitín bebida y se ponía a parlotear sobre cualquier gilipollez. De ahí que ya ni siquiera resultara emocionante, aunque, a decir verdad, nunca lo había sido. No tan emocionante como pescar con cucharilla en el estanque de una piscifactoría. El psicólogo que le habían forzado a visitar dijo que él era uno de esos que resultaban imprescindibles a cierto tipo de mujeres, lo que conllevaba una responsabilidad considerable que se le hacía difícilmente soportable. Justo él, vaya. ¿Por qué tenía que cargar con ninguna responsabilidad? Que cargaran ellas. No era culpa suya si estaba constantemente emitiendo un mensaje primitivo que atraía locamente al otro sexo.

Fuera como fuere, lo que estaba claro era que lo peor que podía pasarle era que una serie de tías se pusieran a contar cotilleos sobre él o, incluso, a colgarlos en sus blogs. De todos modos, no conseguía resistir la tentación. Tenía que controlarse. El dinero estaba ya al alcance de la mano, tan cerca que lo oía crujir. ¡Si consiguiera ser capaz de reprimirse cuando se le venía encima el deseo de estar con una mujer! Si perdía el caso, se quedaría sin un céntimo enseguida. ¿Y cómo iba a conseguir mujeres en esas circunstancias? ¿Gastarse todo el dinero en putas? El desprecio hacia sí mismo le dominó por completo, y el dolor de cabeza aumentó. Dejó escapar un gemido y vio con espanto que se movían los párpados de aquella maldita chica. Adolf contuvo la respiración y esperó que pasara lo que tuviera que pasar. Ella no se despertó, y él se tranquilizó. El alivio duró poco, porque de pronto la chica abrió los ojos de par en par y miró al infinito, todavía borracha de sueño. Él miró los ojos de la muchacha, que se movían deprisa de un lado a otro, arriba y abajo, mientras intentaba recordar dónde se encontraba. Se detuvieron por fin en los ojos de él y una amplia sonrisa se dibujó sobre el rostro de la chica mientras se desperezaba bajo las sábanas.

– Buenos días -dijo ella con una voz un poquito ronca.

– Buenos días -repitió él como un loro-. ¿Qué tal? -preguntó luego, haciendo lo posible para que la voz no dejara traslucir demasiado que le importaba un bledo.

– Ya me encuentro mejor -respondió la muchacha con ingenuidad-. ¿Tienes una coca? -le envió un gesto que sin duda debía de ser sugerente, pero que no despertó en él otro sentimiento que el malhumor. Quizá le habría podido parecer atractiva si hubiera sido más guapa, pero la pintura corrida y el sueño pegado al rostro no hacían mucho en su favor. A lo mejor hasta era bonita en circunstancias normales, al menos eso esperaba, por el bien de la chica.

– Probablemente -dijo sentándose en la cama.

Movió las piernas hacia el borde de la cama, pero tuvo que esperar un momento antes de levantarse, mientras se le pasaba el mareo. Tenía que dejar de beber. Por lo menos, de beber tanto. Se levantó y volvió a tener que esperar un momento más antes de dirigirse con paso inseguro hacia la cocina. Notó que la chica estaba mirando atentamente su cuerpo desnudo, y eso le excitó pese al malestar que sentía. Al atravesar la sala miró alrededor en busca de cigarrillos y vio una cajetilla medio arrugada sobre la mesa del sofá, al lado de un cenicero rebosante. Mientras sacaba del paquete un cigarrillo doblado, grabó en su memoria que tenía que comprar un cenicero más grande. El encendedor estaba sobre la mesa, en medio de una mancha reseca de vino. Tras muchos intentos consiguió finalmente sacar llama y encendió el pitillo. Chupó con fuerza y dejó que el humo escapara por las comisuras de la boca sin soplar. Ya solo faltaba una coca, y entonces todo empezaría a ir algo mejor y el mundo volvería a ser como debía. Entró en la cocina con el cigarrillo encendido en la boca y abrió de golpe la puerta del refrigerador. Una coca era de esas cosas que siempre convenía tener, de modo que pudo elegir entre botellas de distintos tamaños. Desenroscó el tapón de una botella de dos litros y bebió a morro un frío trago que aplacó el malestar del estómago.

Cuando volvió a cerrase la puerta del refrigerador, le saltó a los ojos una nota que había pegado hacía mucho y que había olvidado tirar cuando yo no servía para nada. «Alda: 18.00». Adolf rompió la nota, hizo una bola y la arrojó al cubo de basura, que estaba abierto. El papel golpeó en el borde y cayó rodando al suelo. Se detuvo a sus pies y se quedó allí un momento dando vueltas. Adolf miró la nota antes de dar una patada a la arrugada bolita, que recorrió el suelo de la cocina hasta un rincón. Era mejor olvidar todo lo relativo a esa mujer, y cuanto antes mejor. Ya había hecho lo que tenía que hacer para que le dejara en paz.

Adolf dejó el trozo de papel y se concentró en lo que tenía en mente. No conseguía recordar, de ninguna forma, si habían hecho algo para evitar un embarazo, y a juzgar por la niebla que ocultaba la noche, lo dudaba. Así que tendría que utilizar sus propios medios. Ya era suficiente con un bichejo ilegítimo y con tener que pagarle los alimentos. Los malditos intereses por retraso eran una barbaridad. Alargó el brazo para sacar un vaso del armario de la cocina. Nada de vasos del mismo tipo, cada uno era de su padre y de su madre. Adolf revolvió el armario hasta encontrar lo que buscaba: un vaso de grueso cristal azul oscuro apenas transparente. Luego abrió un cajón y cogió un sobrecito. De él extrajo seis pastillitas blancas que deshizo con una cuchara en un platillo desportillado. Cuatro serían suficientes, seguro, pero pensó que era más prudente meter más. Así había más seguridad, porque había que tomar una segunda dosis a las veinticuatro horas, aunque Adolf no estuviera allí para asegurarse de que la chica se las tomaba. No tenía intención de volver a verla. Disolvió el polvo en la Coca-Cola y luego miró el vaso, satisfecho con el resultado. No había más que una motita encima. Adolf sacó la manchita blanca con el dedo índice y se lo chupó. Difícilmente le haría daño a él. Adolf cogió el sobre para guardarlo. Jugueteó con él antes de meterlo en el fondo del cajón, lamentando que no quedaran más que dos pastillas. Tendría que conseguir más, lo antes posible.

Adolf enroscó la tapa de la botella de Coca-Cola y se la puso bajo el brazo. Antes de volver al dormitorio levantó el vaso y lo inclinó, como si estuviera brindando con un amigo invisible. Por el camino pensó en cuál sería la mejor forma de quitarse de encima a aquella chica sin más historias. Las pastillas del vaso impedirían el embarazo, pero con eso solo habría conseguido una victoria parcial. También tendría que hacer algo para impedir que se empeñara en tener más sexo. No tenía mucho tiempo para pensar, de modo que decidió utilizar un viejo sistema que ya había empleado con éxito. Recordó haber dicho que estaba recuperándose de la ruptura de una relación y que no podría empezar otra de momento. Acabaría preguntándole si podía llamarla cuando hubiera conseguido ser dueño de sí mismo, porque con ella había sentido algo muy especial. Ella se lo tragaría…, eso las hacía considerarse especiales a todas. Si ella supiera lo tremendamente vulgar que era… Por la tarde, Adolf ni siquiera sería capaz de recordar el color del pelo de la chica. Apagó el cigarrillo en el cenicero repleto, y dos colillas más cayeron sobre la mesa. Maldita sea. A lo mejor conseguía engatusarla para que le ayudara a ordenar, o algo mejor aún: conseguir que se pusiera a hacerlo ella misma sin tener que decirle nada.

– La coca -dijo moviendo el vaso de un lado a otro. Estaba en el umbral de la puerta, apoyado sobre el quicio-. ¿Puedo ofrecerte un trago?

La chica le miró y sacó la lengua reseca.

– Oh, sí, gracias -le sonrió y se sentó. Al hacerlo, el edredón le dejó los pechos al descubierto, pero no hizo nada para intentar ocultarlos. Adolf sonrió. Tampoco es que hubiera ningún motivo para esconder un pecho tan bonito. Se sentó en el borde de la cama delante de ella y le dio el vaso. Ella lo agarró como si le fuera la vida en ello, y Adolf observó su pecho, que subía y bajaba. Apartó el vaso de la boca y respiró hondo-. Ay, tengo una resaca horrible -le pasó el vaso, casi vacío-. ¿Quieres?

Él cogió el vaso, pero no bebió. En vez de eso, lo puso en la mesilla de noche junto a la botella de Coca-Cola y se acercó a la chica. Ahora sería divertido comprobar cómo era en la cama…, no recordaba demasiado de la noche pasada. Después podría soltarle su bonita historia de lo frágil que estaba psíquicamente en esos momentos. A fin de cuentas, estaba gastando con ella sus últimas pastillas. Una débil sonrisa se dibujó en sus labios. En realidad, la historia tampoco era mentira. Estaba hecho polvo anímicamente. Su relación con esa maldita Alda lo había demostrado. Una risita perversa brotó de sus labios y en el gesto de la muchacha notó que no estaba del todo segura de qué hacer. Adolf sonrió por lo absurdo de las circunstancias. Como si la chica tuviese alguna opción. «No» quería decir «no», no había que darle vueltas. El truco estaba en ahogar el no en su nacimiento, impedir que se dijera. Besó a la confusa muchacha en la frente y puso la mano suavemente sobre su boca.

Capítulo 8

Domingo, 15 de julio de 2007

– ¿Tú sabes algo de la erupción? -preguntó Þóra a Bella cuando salían del hotel para disfrutar del buen tiempo.

– No -respondió Bella-. Solo que hubo una erupción.

– Sí, eso suele pasar en las erupciones -respondió Þóra, extrañada de que se le hubiera ocurrido hacer participar a la secretaria-. Bueno, ya te informarás luego. El hombre al que vamos a visitar ahora lo sabe todo; eso dice Markús.

Tampoco Þóra era ninguna especialista en conflictos telúricos del pasado. En aquella época era demasiado joven para recordar cualquier cosa que no fueran simples retazos, y aún no había podido echar un buen vistazo al libro de la biblioteca.

– Fastuoso -dijo Bella con ironía, sacando del bolsillo del chaquetón un paquete de cigarrillos.

Þóra no se dio por enterada, y siguió caminando cuando Bella se detuvo para encender un cigarrillo. Luego, la secretaria no aceleró el paso para alcanzar a Þóra una vez lo tuvo encendido, de modo que por un rato caminaron separadas el trecho que quedaba para llegar a la administración del puerto. Þóra provecho el rato para pensar en lo que quería conseguir de ese tal Kjartan Helgason al que iban a visitar. Había navegado mucho en sus tiempos y ahora trabajaba como vigilante del puerto. Markús le consideraba uno de los mejores conocedores de la erupción y del trabajo de recuperación y salvamento que la siguió. Kjartan era amigo del padre de Markús y resultaría sencillo interrogarle. Þóra no se hacía muchas esperanzas de que fueran a salir demasiadas cosas de esa entrevista, pero ella y Bella acabarían, por lo menos, con más información que antes sobre aquellos sucesos. A lo mejor él había pensado por su cuenta en quiénes podían ser los hombres del sótano y podría poner a Þóra en la pista. Þóra sabía que la policía trabajaba sin pausa para descubrir eso precisamente, y que la institución disponía de información muy superior a la que podía soñar Þóra, por mucho que se hubiera empapado de la colección Nuestro Siglo. Pero tenía claro, por otra parte, que conocer el lugar de origen de aquellos hombres haría progresar considerablemente el caso, de forma que había mucho que ganar como para intentar averiguarlo. Le proporcionaría pistas sobre las personas que habían podido tener trato con ellos, y sobre los motivos de su presencia en Heimaey. Cómo viven las personas tiene mucho que ver con la forma en que mueren.

Kjartan las recibió en la explanada que había delante del edificio de la administración portuaria. Estaba allí fumando en compañía de un hombre más joven que él. Se presentó en cuanto apareció Þóra, y le estrechó la mano con mucha fuerza. Le faltaba la última falange del dedo índice de la mano derecha, y la palma era rugosa al tacto. Parecía estar ya cerca de la edad de la jubilación, y aún podían verse algunos cabellos oscuros en una cabeza principalmente blanca; pero pocos. Cojeó un poco cuando las guió para entrar en el edificio, y les contó, sin necesidad de que le preguntaran, que eran secuelas de la caída de una botavara sobre la pierna hacía casi veinte años.

– Por eso dejé de embarcarme -dijo con una sonrisa cansina-. Ya no se tienen las piernas tan firmes con una herida como esta -se dio una palmada en la parte superior del muslo de la pierna herida.

– ¿Y empezaste directamente a trabajar aquí? -preguntó Þóra mientras subían al segundo piso del edificio.

– No, cariño -respondió Kjartan subiendo otro escalón con bastantes dificultades-. Me dediqué a cosas diversas cuando tuve que quedarme en tierra. Aquí solo llevo cinco años.

– ¿No puedes tener el despacho en la planta baja? -preguntó Þóra extrañada de que un hombre medio tullido hubiera de subir tantas escaleras.

– Sí, claro que sí -respondió Kjartan-. Pero no me importa. Tener que trepar por estas escaleras me merece la pena -abrió la puerta que daba a un pequeño despacho-. Tengo que ver el mar -dijo señalando con la mano la ventana por la que se veían el puerto y el acantilado de Heimaklettur-. En eso soy como esa ave marina llamada frailecillo: no puedo echar a volar sin tener el mar delante de los ojos -movió los brazos a su alrededor-. Si no es así, no consigo hacer nada.

A la vista de los montones de papel y periódicos viejos que cubrían el despacho, Þóra supuso que su eficiencia debía de ser alta, pese a las vistas al mar.

– Yo también vivo al lado del mar, y conozco esa sensación -dijo ella levantando un aparato de extraño aspecto que estaba encima de la silla en la que iba a sentarse-. ¿Puedo poner esto en algún sitio? -preguntó al tiempo que miraba a su alrededor en busca de algún lugar seguro. Aunque el aparato parecía un trasto inútil, a lo mejor resultaba ser un objeto de extraordinario valor. Suponía que por eso estaría encima de una silla y no en el suelo, como prácticamente todo lo demás que había en aquel despacho.

– Déjalo en el suelo -respondió Kjartan, y se sentó.

Þóra dejó con mucho cuidado el objeto aquel al lado de la silla y se sentó ella también. Bella arrastró otra silla hacia el escritorio de Kjartan y se sentó después de retirar una bolsa de plástico que parecía contener vasos o tazas. Dejó la bolsa en el suelo sin el más mínimo cuidado y Þóra tuvo que esperar para empezar a hablar hasta que cesó el tintineo del cristal.

– Espero que no te hayamos hecho salir de casa para venir a vernos -dijo Þóra-. Markús nos indicó que estarías aquí, pero como es domingo tengo ciertos remordimientos.

– No te preocupes, cariño -respondió Kjartan-. Tenía que trabajar el fin de semana -añadió-. Aquí somos dos intentando sacar adelante el curro de las tasas de todas las operaciones que se realizan a lo largo de la semana. Hay que estar todo el rato encima para que no se queden sin pagar.

Þóra se sintió aliviada, pero al mismo tiempo sintió pena por aquel hombre al que parecía sobrarle el trabajo, si algo significaba el estado del despacho.

– Muy bien -dijo, para entrar en el tema-. Quizá Markús te haya explicado cuál es el objetivo de mi visita; digamos que estoy asesorándole en un caso que parece estar relacionado con la erupción -dijo Þóra-. Me aseguró que tú lo sabías todo de todo -esperanzada, se apresuró a añadir-: Y que conocías a todo el mundo.

– Eso son los demás quienes tienen que decirlo -respondió Kjartan, que sonrió vanidoso-. Pero sí que conozco el caso de Markús que acabas de mencionar -no apartaba los ojos de Þóra-. Este es un sitio pequeño. Todo hijo de vecino sabe más o menos los detalles de esos cadáveres que han aparecido, tanto lo que ha salido en los periódicos como otras cosas no tan de dominio público.

Þóra sonrió sin muchas ganas. Más o menos era lo que se podía esperar. En Heimaey, única isla habitada de todas las Vestmann, vivían poco más de cuatro mil personas en una superficie de trece kilómetros cuadrados, de modo que la noticia debió de circular bastante deprisa. Ahora tenía que confiar en que sucediera lo mismo con la historia que había detrás de los cadáveres.

– ¿Qué sucedió realmente en Heimaey la noche de la erupción y los días anteriores a que la casa de Markús quedara cubierta de ceniza? -avivó su sonrisa-. Markús me contó lo que recuerda; pero, claro, no era más que un adolescente y por eso lo mandaron a tierra firme de los primeros, esa misma noche. Tengo entendido que no volvió a las islas hasta bastante más tarde, y para entonces la casa ya había desaparecido.

– Imagino que lo que esperas es que quien bajó al sótano fuera cualquier persona en vez de Markús -dijo Kjartan. Se meció adelante y atrás en su silla del escritorio. El respaldo de la silla crujió y chirrió.

– Me interesa saber si es factible excluir esa posibilidad -respondió Þóra, que prosiguió. Debía tener cuidado de que el anciano no le diera la vuelta a las cosas y que la reunión acabara por enfriarle la curiosidad-. Quizá podrías explicarme cómo fue todo, e intentar recordar algo que pudiera tener importancia para el caso de Markús.

– No sé si lo que recuerdo puede servirle de ayuda a Markús -Kjartan se inclinó de pronto sobre la mesa. Con el movimiento, la silla crujió y rechinó-. Ojalá sea así…, me cae bien el chico. Su padre y yo éramos grandes amigos. Aquí le llamábamos Krúsi «Pasta» en los viejos tiempos, porque estaba siempre hablando de dinero.

Þóra sonrió para sí. Hacía decenios que Markús había dejado de ser un chico, pero, al parecer, en la memoria de aquel hombre se había quedado fijado como tal.

– De todos modos, me gustaría oír tu historia. Nunca se sabe lo que puede resultar importante en estas situaciones -dijo Þóra-. ¿Cuándo empezó? Tengo entendido que la erupción se produjo sin previo aviso.

Ahora le había llegado a Kjartan el turno de sonreír.

– La erupción que hizo nacer la isla de Surtsey, al suroeste de aquí, fue un magnífico ejemplo, creo yo -se estiró hacia la pared detrás de él y cogió un mapa enmarcado de las islas. El mapa estaba descolorido y polvoriento. Kjartan sopló para quitar toda la suciedad posible. Señaló Surtsey con el dedo y lo fue pasando por las demás islas, que formaban una línea desde allí hasta la misma Heimaey-. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que aquí está el cinturón de fuego. Y la distancia no es muy grande -dijo colocando el meñique en Heimaey y el pulgar en Surtsey-. Unas trece o catorce millas marinas -puso el mapa sobre la mesa, delante de él-. La erupción del Surtsey empezó el año 1963 y la del Eldfell, el volcán de Heimaey, se produjo en 1973. Diez años es un tiempo muy breve en términos geológicos.

– Quizá-dijo Þóra-. Pero es un tiempo significativo para la gente normal. Supongo que los habitantes de las Vestmann dejarían de pensar en erupciones mucho después de que acabara la del Surtsey.

– Cierto, cierto, muy cierto -dijo Kjartan-. En realidad, los únicos avisos fueron varios terremotos la noche antes del comienzo de la erupción. A decir verdad, nadie vio ningún indicio en ellos, pues pensaron que los temblores venían de la zona donde acababan de construir la planta hidroeléctrica de Búrfell, aunque estuviera lejos de las islas. Bueno, yo no soy especialista en sismología, pero se decía que uno de los tres sismógrafos que midieron esos temblores de la corteza terrestre estaba estropeado y que eso impidió determinar el epicentro con más precisión. Ni una sola persona apagó ni siquiera una bombilla por esos temblores -Kjartan calló-. En realidad hubo varios indicios a los que nadie prestó atención -añadió después, apartando los ojos de Þóra-. Una mujer que vivía en la periferia de la zona en la que comenzó la erupción se extrañó, dos días antes de la erupción, de que los elfos estuvieran haciendo las maletas para mudarse de casa.

– ¿Los elfos? -repitió Þóra-. Comprendo -decidió no decir más sobre el tema.

– Sí, y una niña les dijo a sus padres que iba a haber una erupción enseguida en un sitio en el que aparecieron fisuras volcánicas unos días antes -Kjartan se encogió de hombros-. Circulan más historias de este tenor sobre hechos inexplicables que sucedieron los días inmediatamente anteriores, pero hasta que no empieza, nadie sabe si hay que hacerles mucho o poco caso. Por ejemplo, un pintor aficionado pintó un cuadro de la zona que mostraba el volcán y la lava antes de que sucediera nada. En realidad, yo estoy convencido de que hay algunas personas que perciben catástrofes como esa de alguna forma inexplicable… Igual que dicen que sucede con los animales. Aunque yo no estaba entre esas personas.

Þóra dio gracias a Dios de que fuera así.

– ¿De modo que la erupción comenzó a media noche?

– Sí -dijo Kjartan, aparentemente aliviado de que Þóra no preguntara nada más sobre cosas sobrenaturales-. La fisura se abrió a las dos de la madrugada y empezó a escupir lava. Estaba solo a doscientos metros de la casa más próxima, de modo que os podéis imaginar que fue un auténtico milagro que todo el mundo se salvara.

– La gente debió de llevarse un susto espantoso -dijo Þóra-. Yo nunca he estado cerca de una erupción, pero el estruendo tiene que ser aterrador.

– Puede sonar increíble, pero el ruido no era tan enorme -respondió Kjartan-. La mayoría de los que vivían cerca del lugar de la erupción se despertaron por el estruendo, pero a muchos que tenían su casa más lejos hubo que despertarlos. Los coches de policía, los coches de bomberos y otros vehículos fueron pasando por las calles de la ciudad con altavoces para avisar a la gente. Poco después decidieron evacuar la isla y se pidió a todo el mundo que bajara al puerto. No hizo falta decirlo dos veces y, por algún motivo, la mayoría estaban ya yendo para allá. Aunque en algún caso hubo que ir a buscar a la gente y convencerla para que saliera.

– ¿Es que no se daban cuenta del peligro? -preguntó Þóra, extrañada-. Se percatarían del riesgo al despertarse con un volcán en erupción justo en el jardín.

– Naturalmente, era plena noche y la gente estaba confusa. Algunos creían que se había producido un incendio, de hecho el primero que se percató de la erupción llamó a la policía y avisó de que había un incendio en una casa. Era el dueño de la granja de Kirkjubær, y el cráter estaba justo enfrente de sus tierras. Afortunadamente a dos kilómetros de distancia, gracias a Dios -Kjartan pareció por un instante estar presumiendo de que aquella no hubiera sido una erupción para turistas-. Bueno, otros creyeron que había estallado la guerra. Por entonces, la guerra fría estaba permanentemente en la cabeza de todos… y naturalmente también la guerra del bacalao. Tampoco se puede uno hacer una idea clara por cómo está ahora todo esto. Pero entonces no había aquí ningún volcán, el que hay se formó con la erupción. Era un terreno llano y de pronto surgieron de la tierra toda una serie de cráteres activos. Desde cierta distancia podrían haber parecido edificios en llamas o grandes fuegos de rastrojos. Además de que, claro está, la forma de reaccionar ante una crisis depende mucho de la forma de ser de cada uno -Kjartan sonrió para sí-. Yo estaba en un grupo que intentó convencer a una mujer para que abandonara su casa, que era de las más cercanas al volcán. Se había levantado y se había puesto a preparar crepes. Tuvimos que echar mano de todas nuestras dotes de persuasión para que dejara las crepes.

Þóra sonrió. Vio que Bella estaba como petrificada, aunque a decir verdad no había hecho gesto alguno desde que se sentó. Þóra no sabía si aquello significaba algo bueno o algo malo. A lo mejor, la chica estaba escuchando, pero parecía que tenía la cabeza a muchos kilómetros de allí.

– Pero al final creo que pudisteis escapar todos de la isla, ¿no?

– Sí, así fue. Se consiguió sacar a todo el mundo de sus casas en algo así como una hora, y todos se congregaron en el puerto. El día anterior había habido muy mala mar y toda la flota estaba en puerto. Si no, habría habido una terrible mortandad, pues pasó poco tiempo desde el principio de la erupción hasta que empezaron a caer sobre la ciudad bombas de lava ardiente. Se creó una situación de lo más seria -Kjartan se reclinó sobre el respaldo-. Los que estábamos en los equipos de rescate tuvimos que trabajar contra reloj. Todo parecía indicar que la lava iba a cerrar el puerto, pues la lengua de fuego fue descendiendo hasta llegar a la misma bocana, a la altura del acantilado de Ystaklett. Entonces habría sido difícil hacer nada…, teníamos que sacar a cinco mil personas. Eso sin mencionar ovejas y gallinas.

– ¿Ovejas y gallinas? -repitió Þóra como una tonta-. ¿Enviasteis el ganado a tierra en los barcos? ¿Y qué pasó con los perros y los gatos? -ni se le había ocurrido pensar en ello. Naturalmente, en la isla no vivían solamente personas.

– En esa época estaba prohibido tener perros [2], pero los gatos se quedaron en su mayoría. No hubo forma de reunirlos a todos. Así que la mayoría murió, sobre todo por los vapores tóxicos. Pero a las ovejas se las envió enseguida a tierra firme en helicópteros de las fuerzas americanas, mientras que las aves de corral fueron en los barcos -respondió Kjartan. Calló un momento-. Aunque he visto mi propia casa desaparecer bajo la lava, lo más triste que presencié durante la erupción fue cuando llevaron las vacas de Kirkjubær al puerto para sacrificarlas. Fue horrible. Esa granja fue la primera en desaparecer, pues el volcán estaba en sus tierras y el granjero era ya viejo y no estaba en situación de volver a empezar con la ganadería. No había otra solución posible, pero aquello fue desolador. Catástrofes como esta se ceban horriblemente sobre los pobres animales y además creo que las vacas percibieron que su viaje al puerto era el último que iban a hacer -carraspeó-. El granjero fue a la casa por la mañana en un avión. Todas sus pertenencias le cupieron en una cajita.

Þóra alejó la idea…, ya tenía bastante con la caja de Markús.

– ¿De modo que todos se fueron de la ciudad? -preguntó Þóra.

– Entre doscientos y trescientos hombres se quedaron para intentar salvar lo que se pudiera. Todos los demás, incluyendo mujeres y niños, naturalmente, fueron enviados a tierra firme. La misericordia de Dios hizo que toda la flota estuviera en el puerto. Las cosas no habrían podido ir tan bien si barcas y barcos hubieran estado pescando, eso os lo garantizo -Kjartan miró por la ventana, contemplando el puerto durante un instante; luego se volvió de nuevo hacia ellas-. La gente iba apiñada a bordo de los barcos, metida en cualquier sitio donde cupiera una persona. Los mareos eran tremendos. No es nada divertido dar tumbos por el mar aguantando un violento olor a pescado si uno no está acostumbrado. No digamos cuando uno está en shock y sin dormir.

Era evidente que Bella estaba escuchando, porque Þóra se dio cuenta de que hacía una mueca de asco.

– ¿En el puerto había barcos que no fueran de las Vestmann? -preguntó Þóra-. Barcos extranjeros, por ejemplo.

– No, ninguno -respondió Kjartan al tiempo que se le endurecían los rasgos del rostro-. Definitivamente, no.

Þóra decidió no preguntar más al respecto, aunque había confiado en que pudiera haber barcos extranjeros en el muelle.

– ¿Te acuerdas de algo referente a Markús durante esa noche, o sobre su amiga Alda? -preguntó Þóra.

– No -respondió Kjartan sin titubear. Calló, dando a entender claramente que no quería decir nada más al respecto.

– ¿Estás completamente seguro? -preguntó Þóra con cierta extrañeza por la rapidez y seguridad con que había respondido a su pregunta-. ¿No estaba con su padre, que era amigo tuyo?

– Claro que vi a su padre, aunque no recuerdo muy bien cuándo ni dónde -respondió Kjartan molesto-. Formaba parte de los grupos de salvamento y por eso estuvo en la isla los días posteriores a la erupción, de modo que a lo mejor me confundo al pensar que le vi esa misma noche. Al chico no le recuerdo, ni tampoco a Alda. Había un gentío terrible y lo que puedo recordar es solo una masa de gente. Iban todos cargados con lo que consideraron más valioso en el momento en que escaparon de sus casas, eran trastos de lo más variopinto. Lo realmente valioso se quedó atrás en la mayor parte de los casos; álbumes de fotos y otras cosas por el estilo quedaron olvidados en las viviendas arrasadas, para salvar la nueva lámpara de pie o cualquier clase de objetos normales y corrientes que, naturalmente, con el tiempo perderían todo valor.

– Pero sabes quién es la Alda a la que me refiero, ¿verdad? -preguntó Þóra. Le parecía curioso que Kjartan no hubiera vacilado lo más mínimo cuando mencionó su nombre. A lo mejor había oído la versión de Markús sobre la cabeza y se había acordado entonces de quién era aquella chica. Si era aquel el motivo, sería una pena, porque significaría que Markús era más indiscreto de lo conveniente.

– Solo había una Alda en la isla por entonces. Tenía la misma edad que Markús y su padre formaba parte de mi grupo de amigos. Se llamaba Þorgeir y falleció recientemente. Además, era uno de los que se quedaron para participar en el salvamento, junto conmigo y con Magnús, el padre de Markús.

– ¿Sabías que Alda ha muerto esta misma semana? -preguntó Þóra.

– Sí, me he enterado -respondió Kjartan-. Su madre y su hermana viven todavía en la isla y las conozco. Es un suceso realmente triste, por decirlo en pocas palabras, y no consigo entender lo que lleva a la gente a tomar semejantes decisiones irreversibles. La madre de Alda está totalmente destrozada, como se puede comprender -Kjartan echó un rápido vistazo al puerto antes de continuar. Todo indicaba que preferiría cambiar de tema, que le resultaba difícil hablar de cuestiones tan delicadas, como les sucedía a tantos hombres de su generación-. Pero no recuerdo a Alda ni a Markús esa noche. Intenta imaginarte a cinco mil personas ahí fuera. Era un caos absoluto y no había tiempo para charlar con adolescentes en estado de shock.

– Markús dice que le llevaron a tierra en el mismo barco que a Alda, y que estuvieron hablando a bordo -dijo Þóra-. ¿Es posible confirmarlo? En otras palabras, ¿existen registros que digan quién fue esa noche en cada barco hasta tierra firme?

Kjartan se encogió de hombros.

– A decir verdad, no lo sé. La Cruz Roja apuntó los nombres de los que llegaban a tierra y se encargaron de enviar a la gente a Reikiavik o a Þorlákshöfn. Creo que también hicieron un registro de los que iban a vivir a casas de parientes. Pero no sé si esos registros indican qué barco transportó a quién, y mucho menos si se han conservado.

– Probablemente estarán en el Archivo Nacional -surgió inesperadamente de la boca de Bella. Se ruborizó un poco cuando Þóra y Kjartan la miraron extrañados. Ambos se habían olvidado de ella-. Por lo menos, ahí es donde guardaría yo esas cosas -añadió, para callarse inmediatamente.

– También hay un archivo aquí, en la ciudad -dijo Kjartan-. En el piso de encima de la biblioteca. A lo mejor tienen esos papeles allí.

– Si no están allí, entonces estarán en el Archivo Nacional como señalaste, Bella -dijo Þóra, encantada de la atención que estaba poniendo la secretaria a su conversación. Aquella era una posible tarea para la muchacha mientras estuvieran allí, pensó. Bella podía buscar los registros en el archivo municipal y repasarlos a fondo hasta encontrar los nombres de Markús y Alda. Si no aparecían, Bella podría continuar más adelante en Reikiavik. Había alguna probabilidad (aunque esos papeles por sí solos no pudieran librar a Markús de ninguna sospecha) de que al menos pudieran prestar cierto apoyo a su historia. En el barco le había dicho a Alda que la caja se había quedado en el sótano y, aunque Alda ya no pudiera confirmarlo, había que echar mano de todo lo que, por insignificante que fuera, pudiera apoyar la versión de Markús.

Þóra se volvió hacia Kjartan.

– Los hombres que se quedaron para las actividades de salvamento -dijo-, ¿podían viajar por la isla sin restricciones o había algo establecido al respecto?

Kjartan sonrió.

– Los dos o tres primeros días no se puede hablar de organización de ninguna clase. Los hombres se limitaban a apañárselas como Dios les daba a entender para salvar sus propias pertenencias. Luego cambiaron las cosas y empezó a formarse un equipo adecuado. Aunque se había intentado organizar a los hombres, en realidad era la naturaleza, con sus caprichos, la única que mandaba. Luego llegaron otros hombres de tierra firme para colaborar en el salvamento, pero por desgracia no dispongo de cifras exactas sobre su número ni sobre cómo se organizaron los grupos. Pero sí que recuerdo que en los momentos decisivos hubo aquí trescientos o cuatrocientos hombres trabajando en el salvamento -Kjartan miró a Þóra a los ojos-. Si me estás preguntando si alguno de ellos puede haber entrado en la casa a dejar allí los cadáveres o a matar allí a aquella gente, la respuesta, sin duda alguna, es que sí. Más aún, se puede decir que no existía la más mínima dificultad. Esas casas que están excavando ahora no desaparecieron enseguida bajo las cenizas. Pasaron por lo menos dos semanas desde el principio de la erupción hasta que las cubrió la ceniza. En realidad, dudo que yo mismo me hubiera atrevido a entrar allí en aquellos momentos, por la proximidad del cráter, pero es posible que alguien fuera lo suficientemente insensato como para hacer algo así. Quedaron enterradas bajo lava en torno a las cuatrocientas casas, y en esas, naturalmente, no hubo posibilidad de salvar nada. Pero esa fila de casas quedó cubierta de ceniza, que no acarrea la misma destrucción que una lengua de lava ardiendo. Si yo hubiera tenido que deshacerme de unos cadáveres habría elegido una casa que fuera a quedar cubierta por la lava, aunque para ello habría hecho falta una buena dosis de coraje. La lava no se desplaza muy deprisa, pero pocas cosas hay más terroríficas que observar esa masa burbujeante que no se detiene ante nada. Y no era solo la lava ardiendo lo que habría echado atrás a cualquiera, sino también los vapores tóxicos que salían de ella.

– ¿Tienes alguna idea de quiénes podían ser los que aparecieron en el sótano? -preguntó Þóra-. ¿Sabes de alguien que se le hubiera echado en falta? Alguien del equipo de salvamento, por ejemplo.

– No que yo sepa -respondió Kjartan-. Que yo sepa, al final todos volvieron a sus casas. Durante la erupción no murió nadie.

– Aparte, naturalmente, del que murió en el sótano de la farmacia -dijo Þóra.

– Ese no murió directamente en la erupción -respondió Kjartan-. Era un alcohólico.

Þóra se quedó estupefacta. De modo que así estaban las cosas en las Islas Vestmann: los alcohólicos no contaban. Decidió no permitir que aquel asunto la apartara de sus intenciones.

– Pero habrás pensado en quiénes pudieron ser, ¿no? -dijo entonces-. Esta población no es una gran ciudad, ni mucho menos, y naturalmente lo más probable es que estos hombres tuvieran alguna relación con ella.

– Ni idea -dijo Kjartan, apretando los labios-. Si he leído bien las noticias, nadie sabe quiénes eran ni cómo acabaron en el sótano.

– Exactamente -dijo Þóra con paciencia-. Pero eso no es obstáculo para que tú puedas haber pensado en ello. A mí se me ocurrió que podía haber alguna relación con la guerra del bacalao, que fueran marineros que murieran en alguna colisión en el mar, o en alguna otra clase de enfrentamiento entre islandeses e ingleses. Algo me dice que deben de ser ingleses.

– No lo creo muy probable -respondió Kjartan-. En esa época sucedieron muchas cosas, pero nunca se estuvo cerca de nada como lo que estás imaginando. Además, de suceder algo así, no se habría podido mantener en secreto. Nunca habríamos podido matar a cuatro ingleses sin que se hubiera convertido en una noticia de primera plana. Yo no tengo ni idea de quiénes eran, lo siento.

Þóra decidió dejar las cosas en ese punto, aunque estaba extrañada de que ese hombre no recordara ni siquiera haber pensado por un momento que los muertos hubieran llegado de costas extranjeras. Resultaba totalmente evidente: cuatro islandeses no podían desaparecer sin dejar huellas y sin que nadie les echara en falta. La invadió una cierta sensación de horror, como un escalofrío. El hombre que tenía delante sabía más de lo que quería revelar. Había hablado, y mucho, sobre cosas que no afectaban directamente al caso. Miró a Bella y se dispuso a ponerse en pie.

– Bueno, ha sido de lo más instructivo -se despidió de Kjartan con un apretón de manos-. Quizá tengamos que volver a importunarte si se me ocurre algo más que preguntarte.

Al salir le llamó la atención una fotografía enmarcada que había en la pared, al lado de la puerta. En ella se veía a cinco hombres cogidos por los hombros unos a otros. Todos ellos llevaban casco, y el fondo estaba ocupado por una masa de cenizas. Uno de los hombres era, obviamente, Kjartan en sus años mozos. Todos parecían agotados y ninguno sonreía a la cámara.

– ¿Está el padre de Markús en esta foto?

Kjartan se acercó y señaló a uno de los hombres.

– Este es él. Magnús. Y éste es Geiri, o Þorgeir, el padre de Alda.

– Evidentemente, este eres tú, pero ¿quiénes son los otros dos? -preguntó Þóra con curiosidad.

Kjartan dejó escapar un extraño gruñido.

– Este es Daði -dijo señalando a un hombre bastante feo, más bajo que sus compañeros-. Un pelmazo que estaba casado con una tía aún más pelma que él -movió el dedo-. Y este es Guðni.

– ¿El inspector de policía? -preguntó Þóra volviéndose hacia Kjartan-. ¿Él estaba también en el grupo de amigos que mencionaste?

– Sí, estaba -reconoció Kjartan-. Ahí has dado exactamente en el clavo.

Capítulo 9

Domingo, 15 de julio de 2007

Bella aprovechó para fumar mientras estaban delante del Café Kró, un pequeño restaurante que encontraron mientras paseaban por el puerto en busca de algún sitio donde comer. Þóra estaba al lado de su secretaria, aunque le fastidiaba un tanto, pero el tiempo era tan agradable que no había más remedio. Después de comer le entró el sopor, pero la brisa marina la despejó. Al llegar la tarde refrescó, aunque el sol seguía en el cielo, tan tranquilo. Ni siquiera el humo que soltaba Bella, y que de vez en cuando llegaba hasta Þóra, conseguía estropear el buen humor de la tarde. Un barquito salió del puerto seguido por algunas gaviotas. Aparte de eso, el puerto estaba tranquilo. Había, sin embargo, dos hombres mayores atareados en la caseta de timón de una barca motora que estaba amarrada al muelle. El trabajo se lo tomaban con la mayor calma, pues los dos hombres pasaban más tiempo charlando que trabajando, y Þóra admiró su tranquilidad. Quizá era la inmensa belleza del entorno del puerto lo que ejercía aquella influencia sobre las personas. Por lo menos, la animación de las aves en torno al empinado acantilado de Heimaklettur le quitó a Þóra buena parte del estrés que llevaba encima, y por ella se habría quedado allí sentada el resto de la tarde con su propia erupción particular.

– ¿Cuántos eran los cadáveres esos? -preguntó Bella de pronto, del modo más inesperado.

– ¿Los del sótano? -preguntó Þóra, aunque difícilmente podría referirse Bella a cualquier otra cosa-. Cuatro. Más exactamente, tres y pico. De uno de los cadáveres solamente estaba la cabeza. ¿No lo has visto en las noticias? -preguntó entonces, un tanto extrañada.

– No, yo no leo esa basura -Bella se puso el cigarrillo en la comisura de los labios y exhaló una gran nube de humo. Pensativa, observó cómo el humo subía, se dispersaba y desaparecía-. ¿Quién mata a cuatro personas a la vez? -preguntó entonces, con una mueca-. Uno, puedo entenderlo, quizá hasta dos. Pero cuatro son demasiados. A lo mejor no fue un asesinato.

Þóra tenía que reconocer ante sí misma que había pensado prácticamente lo mismo.

– No tengo aún los informes de las autopsias, quizá ni siquiera estén terminadas. Puede ser que hubieran muerto en un accidente o asfixiados por los vapores tóxicos o por algún otro motivo, sin intervención de nadie -Þóra aspiró el olor del mar, que seguía venciendo a la nube de humo-. Pero la cabeza es difícil de explicar. Si esos hombres no fueron asesinados…, ¿qué sucede entonces con la cabeza? ¿Quién decapita un cadáver y con qué finalidad?

Bella se encogió de hombros.

– Tal vez tuvo un accidente y el cuerpo quedó separado de la cabeza. Eso ha pasado.

– ¿Pero cómo fue a parar la cabeza a una caja? ¿Y la caja, junto a los tres cuerpos, al sótano de casa de Markús? -Þóra se sorprendió de estar hablando tranquilamente con Bella. No había forma de aclararse de hacia dónde iba el caso, y se puso a pensar cómo aprovechar mejor el viaje a las islas. Tampoco sería mala idea regresar a Reikiavik si allí no podía obtener información aprovechable.

Bella apretó los labios, y Þóra se sintió aliviada porque eso indicaba que estaba sumida en sus pensamientos, pero no enfadada con ella.

– Esa mujer que le dio la caja a tu cliente -dijo dando una calada-, ¿crees que fue ella quién mató a esa gente?

– No, no puedo ni imaginármelo -respondió Þóra-. Era una adolescente y difícilmente habría sido capaz de matar a cuatro hombres. Ella sola por lo menos -Þóra se apoyó contra la pared y absorbió los suaves rayos del sol vespertino-. Tengo que aprovechar la ocasión para concertar una cita con su madre, porque con toda seguridad debe de saber sobre el origen de la cabeza…, aunque no sea nada más que eso. Es una pena que el padre haya muerto. Me imagino que él podría haber sabido, mejor que nadie, algo que aclarara el asunto. Pero tenga la familia de Alda alguna relación con el caso o no, alguna información sí que tienen que poder darme. Las chicas jóvenes son muy habilidosas a la hora de ocultar toda clase de cosas a sus padres, pero no consigo imaginarme a Alda paseando por el pueblo con una cabeza humana metida en una caja como si tal cosa. En el peor de los casos, su madre podrá decirme con quién se relacionó su hija después de la erupción. A lo mejor se lo contó todo a una amiga o a un amigo más tarde, ¿no crees? Markús perdió todo contacto con ella después de llegar a tierra firme, de modo que sobre este asunto él no puede decir nada.

– La madre de Alda sigue viviendo en la isla, ¿recuerdas? -dijo Bella mirando a su alrededor, como si la mujer viviera en algún almacén del puerto-. El tío ese con el que hablamos lo dijo bien claro. Tendrías que llamarla o ir a verla a su casa.

– Es posible que viva aquí -dijo Þóra-. Pero creo que no es correcto ir a verla por el momento, teniendo en cuenta las circunstancias.

– ¿No es precisamente el momento más oportuno? -preguntó Bella tirando el cigarrillo, que cayó en un barril que había allí cerca-. Estará tiernecita después de que se le haya muerto la hija, y dispuesta a hablar de lo que haga falta.

Þóra sacudió la cabeza.

– No, mejor no. Podría asustarse y negarse a hablar conmigo. Preguntaré al hermano de Markús sobre la familia de Alda mañana por la noche, y si él sabe algo, quizá pueda ayudarme para seguir adelante. Espero que sepa cómo se encuentra la madre de Alda, y todo eso.

Bella parecía no prestar atención a lo que decía Þóra.

– ¿Recuerdas el cementerio por el que pasamos? -preguntó de repente-. El que tiene un arco en la entrada.

– Sí -respondió Þóra, que no veía la relación. ¿Quería ir a dar un paseo por el cementerio?

– A lo mejor, los cuerpos son de allí, ¿no? -dijo Bella-. Que los parientes o quien sea hayan intentado rescatar los cadáveres para que no desaparecieran en la erupción. El cementerio fue cubierto por la ceniza y más tarde lo desenterraron. ¿Puede ser que quienes hicieron la excavación no se dieran cuenta de que había pasado eso?

Þóra miró confundida a su secretaria.

– ¿Desenterrar unos cadáveres solo para meterlos en el sótano de una casa que iba a sufrir el mismo destino que el cementerio? Lo dudo mucho, pero que mucho.

Bella se encogió de hombros.

– A lo mejor era una sola persona quien tenía que hacerlo todo o no consiguió volver a sacar de ahí los cuerpos para llevárselos.

Þóra pensó cuál sería la mejor manera de poner punto final a aquellas especulaciones tan peregrinas, pero de momento no se le ocurrió nada.

– ¿No deberíamos irnos yendo? -se contentó con decir-. Tengo que acostarme temprano para ponernos a trabajar mañana temprano.

Bella miró su reloj y luego a Þóra, extrañada.

– ¿Estás bromeando? Yo no me he ido a la cama tan temprano desde que tenía tres años.

Las mejillas de Þóra se ruborizaron.

– No estoy hablando de dormir. Tengo que telefonear a mis hijos antes de que se haga más tarde.

Bella se encogió de hombros.

– Pues hazlo -volvió a mirar alrededor como buscando algo-. Yo voy a dar una vuelta por ahí a ver si encuentro algún bar, o mejor, varios.

Þóra pensó que era una idea absurda, pero sabía bien que carecía de toda autoridad sobre el tiempo libre de sus empleados.

– No hagas ninguna tontería -le dijo con alegría artificial en la voz-. Creo que iré a ver a los arqueólogos encargados de la excavación, y luego tenemos que ir al archivo. Y nunca se puede saber con qué nos podemos encontrar. Eso nos tendrá bastante ocupadas.

– No te preocupes por mí -dijo Bella, y se marchó en dirección contraria del hotel-. Seguramente no seré yo quien se levante tarde.

Þóra procuró que el comentario de Bella no la afectase. De la secretaria podían decirse muchas cosas, pero solía aparecer a trabajar a su hora. En cambio, Þóra se retrasaba con frecuencia porque era difícil salir de casa, y sacar a sus hijos de la cama, una mañana sí y otra también. Aunque la situación no era especialmente buena cuando solo tenía en casa a sus propios hijos, era mucho peor aún cuando se añadían la nuera y el nieto.

– Cuando estés por ahí de copas, no olvides que eso no entra en las dietas -le gritó Þóra a la secretaria-. El contable se negará a aceptar los recibos -no había hecho más que pronunciar esas palabras cuando las lamentó. ¿Habría podido escoger una réplica más ridícula?

Bella no se volvió, sino que siguió caminando, levantó una mano y le envió a Þóra una buena higa.

Capítulo 10

Lunes, 16 de julio de 2007

Þóra se cabreó al comprobar que Bella, efectivamente, había llegado antes que ella a desayunar. La secretaria acababa de instalarse junto a una ventana, y la mesa que tenía delante estaba rebosante de platos de todo lo que dicen que se come en los banquetes. Tenía tal cara de satisfacción que por un momento Þóra pensó sentarse en otro sitio. Al final se tragó el orgullo, fue a la mesa y se sentó delante de Bella.

– Bueno -dijo, cogiendo la jarra del café-, ¿te lo pasaste bien anoche?

Ella había subido directamente a su habitación y había llamado a su casa, pues sus padres se habían ido a casa de Þóra para ocuparse de los niños durante su ausencia. Eso representaba para sus padres un trastorno menor que llevarse toda la tropa a su casa, porque además esos días estaban también Orri y su madre. El padre de Þóra estaba en su elemento, se dedicó a hacer habitable el garaje, una idea que llevaba arrastrando mucho tiempo; pero su madre no estaba igual de feliz. Según ella, Þóra lo tenía todo patas arriba, el filtro de la lavadora estaba a punto de atascarse, en los armarios reinaba tal desorden que se le venía encima un auténtico tsunami cada vez que los abría para buscar alguna prenda para Sóley, y en el fondo del frigorífico apareció un frasco de mermelada que había caducado el siglo pasado. Así que Þóra tuvo que escuchar media hora de explicaciones sobre lo pésima ama de casa que era, cosa que ya sabía ella perfectamente sin necesidad de que se lo confirmara su madre. Al final había podido hablar con Sóley, que le dijo tan contenta que llevaba puestos unos calcetines enormes de Gylfi porque la abuela no había podido encontrar los suyos. Luego se puso Gylfi, que le dijo en voz baja que tenía que volver a casa: la abuela le estaba volviendo loco y deprimiendo a Sigga. Þóra le pidió que pensara solo en las cosas buenas y luego le dijo que también ella estaba empezando a contagiarse de la tristeza de su nuera. Después de la conversación encendió la televisión y estuvo zapeando por los canales sin encontrar nada que le apeteciera, como de costumbre. Terminó mirando a unos hombres con gafas de sol jugando al póquer, y se durmió sin llegar a entender del todo en qué consistía el juego.

– De miedo -dijo Bella cogiendo una gran rebanada de pan con mermelada. Naturalmente, había tal cantidad de mermelada que parecía más bien mermelada con pan, de modo que una esquina del pan se dobló por el peso y un pegote de mermelada de color violeta oscuro aterrizó en su mejilla. No por eso se cortó lo más mínimo, se lo quitó con el dedo índice y se lo chupó-. Conocí a un montón de gente estupenda.

– Qué bien -dijo Þóra echándose leche en el café-. ¿Era gente de tu edad?

– No les pedí el carnet de identidad -respondió Bella dispuesta a tomar un sorbo de café. Miró a Þóra desde su taza de café y frunció el ceño-. Me acosté con un hombre.

Þóra se atragantó con el café.

– ¿Cómo dices? -dijo entre toses.

– Ya sabes a lo que me refiero -dijo Bella triunfante-. Fue estupendo. Es obvio que los marineros son especiales.

– ¿Los marineros? -dijo Þóra, aún aturdida-. ¿Eran más de uno?

¿Cómo podía esa chica ser capaz de encontrar un compañero de cama, o varios, como si tal cosa, mientras que Þóra lo tendría difícil para encontrar un hombre interesado en una prisión masculina? En realidad no era realmente así, lo más habitual era que le faltara interés a ella más que a los hombres que conocía. De todos modos, aquello la puso de los nervios.

– No, fue uno solo -dijo Bella-. Pero si es por eso…, podría haberme llevado a dos perfectamente.

Þóra se quedó sin nada que decir y estuvo en silencio el resto del desayuno. En realidad no importó en absoluto, porque Bella no dejó la lengua quieta explicando todo lo sucedido esa noche, de modo que Þóra no habría podido meter baza aunque hubiera querido.

Dís escondió la cabeza en las manos.

– ¿Qué vamos a hacer ahora?

Aún no se había recuperado de haberse encontrado a Alda muerta. La primera noche, nada más encontrar el cuerpo, se había metido en la cama, exhausta de cansancio e incapaz de conciliar el sueño. No hacía más que darle vueltas a cómo era posible que ni ella ni su socio Ágúst se hubieran dado la más mínima cuenta de que su enfermera se encontraba mal. Toda la relación entre ellos, por lo que podía recordar, giraba en torno al trabajo, las próximas intervenciones o el estado de su pequeño almacén. Así que Dís no podía encontrar nada que anunciara algo como lo sucedido; en todo caso, no eran indicios significativos. Justo antes de que el sueño se apiadara de ella en las primeras horas de la madrugada, se había dicho que el tiempo curaba todas las heridas. Pero se tardaba más en recuperarse de una herida psicológica que de una enfermedad física. Por lo menos, no sería demasiado fácil acostumbrarse a la desaparición de Alda con el paso del tiempo. Si acaso, Dís se sentía peor que el día en que encontró a la enfermera. No se le iba de la memoria lo sucedido; tras informar de la defunción, se quedó en el dormitorio a esperar. Estuvo pensando si no sería más prudente esperar abajo, en el salón, o en la cocina, o incluso fuera, en el coche, pero en aquellos instantes le pareció un desprecio a la difunta, de modo que se sentó junto al pequeño tocador que había enfrente de la cama. Transcurrieron apenas diez minutos desde que llamó al teléfono de emergencias hasta que apareció la ambulancia, pero aquellos diez minutos fueron los más largos de su vida. Casi todo el tiempo estuvo rígida en la silla mirando el cuerpo de Alda, que tenía los ojos fijos clavados en el quicio de la puerta, como si allí pudiera encontrarse la gran verdad, y la boca exageradamente abierta, que parecía agarrotada en su agonía. A juzgar por los objetos que había en la mesilla de noche, se trataba de un suicidio; pero el cadáver indicaba otra cosa. Dís no tenía conocimientos suficientes de patología o medicina legal para saber el aspecto que tenían las personas fallecidas como resultado de una sobredosis de los medicamentos que había al lado de la cama, pero si esas pastillas habían sido la causa del óbito de Alda, estaba claro que no había preparado la combinación lo suficientemente bien. Tenía las manos crispadas y Dís se dio cuenta de que sus mejillas, siempre perfectamente tersas, estaban arañadas hasta sangrar, tan profundamente que la sangre había llegado a formar un charquito oscuro sobre el que reposaba su rostro.

– ¿Qué quieres decir? Nosotros no podemos hacer nada. Ella se quitó la vida -respondió Ágúst con frialdad-. Asistiremos al entierro y llevaremos flores. Una corona o algo así.

Por su tono de voz no parecía sentirse muy afectado por la muerte de Alda, aunque hubiera trabajado con ellos durante años.

Dís se quitó las manos de la cara y se incorporó.

– ¿Cómo puedes ser así? -exclamó casi en un chillido-. Una enfermera que ha estado trabajando a nuestro lado pierde la vida y tú piensas solucionarlo con una corona… o algo así. Eso es carecer totalmente de sentimientos.

Miró un instante a su alrededor preguntándose a sí misma qué se había esperado en realidad. Ágúst era en cierto modo igual que su despacho, frío y sin alma. Aunque el despacho de Dís no fuera nada especialmente personal, el de Ágúst estaba desprovisto de cualquier objeto innecesario y de todo adorno, de tal modo que en caso de necesidad se podría practicar una operación encima de la mesa. Allí no había nada que careciera de utilidad inmediata, ni un solo objeto que estuviera colocado única y exclusivamente por ser bonito o divertido. Más aún, las fotos enmarcadas que había en las paredes, que mostraban ejemplos de cirugía cosmética, no colgaban allí sin motivo. Cuando las puso, Ágúst le explicó a Dís que tenían la función de espantar a los pacientes que no tuvieran demasiadas ganas de pasar por la mesa de operaciones. De modo que el razonamiento era que esa clase de pacientes se vieran obligados desde el primer momento a decidir si se atrevían a pasar por el quirófano única y exclusivamente para estar más guapos. Hacía poco, Ágúst le había dicho a Dís que desde que había colgado aquellas fotos había disminuido el número de intervenciones canceladas a última hora.

Ágúst se echó hacia atrás en la silla, evidentemente alarmado.

– ¡Hombre! -dijo, y calló. Suspiró-. Sé que suena muy brusco, pero yo no soy de los que muestran sus sentimientos en la plaza pública. -Se inclinó sobre el escritorio y cogió la mano de Dís, que descansaba en el borde-. Sabes perfectamente cuánto la apreciaba. Pero es que creo que aún no he conseguido asimilarlo del todo. Lo único que se me viene a la cabeza cuando intento comprender lo sucedido es cómo vamos a encontrar una sustituta para las operaciones que tenemos planificadas -miró a Dís y sonrió débilmente-. Es más fácil enfrentarse a ese tipo de cosas.

Dís respondió con otra débil sonrisa.

– Lo sé -dijo-. No es que yo no haya estado pensando también en cómo encontrar una sustituta -sacó su mano de debajo de la de él y se la puso en el regazo. Le desagradaba tocar la piel de Ágúst, lo que era extraño teniendo en cuenta que cuando las manos de ambos, cubiertas con guantes de látex, se tocaban durante las operaciones no sentía el mismo desagrado-. Esto se irá aliviando -dijo, y se dispuso a ponerse en pie-. Las cosas tienen esa tendencia -se levantó de la silla-. Pienso que me sentiría mejor si no hubiera sido yo quien la encontró.

– Sin duda -respondió Ágúst-. Intenta dejar de pensar en eso. Piensa en Alda cuando estaba viva. Se merece que la recuerdes así.

Dís asintió.

– ¿Crees que pueden haberla asesinado? -preguntó entonces.

– ¿Asesinarla? -preguntó Ágúst, desconcertado-. ¿Quién iba a tener un motivo para ello?

– Ya, no lo sé -dijo Dís, pensativa-. ¿Algún violador que pretendiera vengarse? -aventuró.

– No, qué va -dijo Ágúst carraspeando-. Tiene que haber alguna otra razón que no sea la atención a violadas.

Dís sonrió.

– Se llama Seguimiento del servicio de urgencias, no «atención a violadas», y no estoy nada segura de que allí lo tengan todo en orden. Por lo menos, Alda ya estaba harta cuando dejó de trabajar en urgencias.

La decisión de Alda de abandonar su trabajo a tiempo parcial, hacía unos meses, había llegado como un trueno en un cielo raso. Trabajaba allí desinteresadamente varias noches por semana y los fines de semana, y entre otras cosas se dedicaba al seguimiento y apoyo de víctimas de violación. Alda parecía estar muy satisfecha de su trabajo, y quizá fuera precisamente esa decisión de dejarlo el aviso que Dís intentaba recordar sin éxito alguno. Quién sabe si el sufrimiento del que tantas veces era Alda testigo en su trabajo había acabado con ella.

– Quizá fuera alguna otra persona -añadió con cautela.

– ¿Como quién? -dijo Ágúst, molesto-. ¿Fulano, Mengano o Zutano?

– No. Tú, por ejemplo -dijo Dís con tranquilidad, mientras buscaba un sobrecito en el bolsillo de su bata blanca.

Ágúst se puso en pie. No parecía enfadado, solamente extrañado:

– ¿Yo?

Dís se acercó y puso la bolsa sobre la mesa, delante de él.

– Cogí esto de la mesilla de noche de Alda. A juzgar por el aspecto del cuerpo, la muerte no fue indolora. Nada parecido a lo que se podría esperar si hubiera decidido poner fin a su vida con pastillas para dormir.

Ágúst miró rígido a Dís a los ojos.

– ¿Y tú crees que la he matado yo?

– Mira lo que hay en la bolsa -dijo Dís en voz baja-. Aún no estoy loca del todo.

Ágúst apartó los ojos de ella y los dirigió hacia el sobrecito oscuro. Alargó una mano y miró lo que contenía. Luego miró a Dís.

– Ni se te ocurra tocarlo -dijo ella con calma-. Quién sabe si esto acabará en manos de la policía -vio que el gesto de Ágúst se endurecía y se apresuró a añadir con toda sinceridad-: Si tú has tenido algo que ver, esto se queda así; si no, no tendré más remedio que entregárselo a la policía. Lo cogí de la mesilla de noche de Alda -señaló la bolsita-. Pero el problema llegará en su momento. Primero pongamos las cosas en claro -le miró-. No me mires así hasta que hayas visto bien lo que es. Míralo.

Ágúst apartó cuidadosamente el plástico con el dedo índice. No necesitó sacar la bolsa del todo, pues en cuanto apareció, reconoció su contenido.

– Por mil demonios -dijo en voz baja; parecía abatido-. ¿Y qué hacemos ahora?

– Lo único que sé es que nadie se opuso a la excavación, excepto Markús -dijo Hjörtur dirigiéndose a un estante que parecía a punto de venirse abajo por el peso de las carpetas y las montañas de papeles. El arqueólogo puso en lo más alto del montón las hojas que tenía en la mano, y luego se volvió hacia Þóra y Bella-. Ni sus padres ni sus hermanos o hermanas. Y está completamente claro que esa tal Alda que mencionaste nunca se puso en contacto conmigo. Naturalmente, es posible que hablara con alguna otra persona del equipo, pero nadie ha hecho mención de ello.

Þóra asintió, decepcionada.

– ¿Intentarás comprobarlo? Si lo hizo, tendría gran importancia para el caso.

Hjörtur la miró con un gesto que era mezcla de compasión y frustración.

– Lo haré, aunque me parece bastante improbable.

Þóra percibió que había de ser prudente en su trato con el arqueólogo, para que no se le cerrara en banda. No tenía obligación ninguna de contestar a sus preguntas ni de ayudarla de ninguna otra forma.

– Te lo agradezco muchísimo -dijo Þóra, sumisa-. Sé que la aparición de esos cadáveres os ha interrumpido los trabajos, y me doy cuenta de que estarás tan deseoso como yo misma de que se solucione el caso. Por eso puede decirse que tenemos intereses coincidentes.

Hjörtur no parecía muy dispuesto a tragarse aquello sin más.

– Ciertamente, espero que la policía termine lo antes posible, pero a mí no me importa tanto como a ti. Lo que me está esperando a mí lleva ahí treinta y cinco años. Unos días o unas semanas más no cambiarán demasiado el contexto general. De manera que no somos compañeros de armas en este asunto -cruzó los brazos-. Si no hay nada más que pueda hacer por vosotras, me gustaría seguir trabajando. Estoy utilizando este tiempo muerto para redactar unos informes que tengo pendientes. No nos podemos quedar rascándonos la barriga hasta que vuelvan a abrir el escenario, cuando llegue el momento.

Bella dejó escapar un bufido y Þóra se apresuró a volver a hablar antes de que la secretaria dijese cualquier barbaridad.

– Quería hacerte unas preguntas, y prometo ser breve -dijo Þóra-. Te verás libre de nosotras antes de que te des cuenta.

Sonrió esperanzada, pero Bella no apartaba los ojos del arqueólogo. Þóra no sabía muy bien si fue la mirada de su secretaria o su propia sonrisa lo que conmovió a Hjörtur, pero este se manifestó conforme con dedicarles al menos unos minutos. Entraron tras él en una pequeña salita de reuniones y se sentaron.

– ¿Se ha encontrado algo en la excavación que pudiera tener relación con los cadáveres? -preguntó Þóra-. Algo que quizá no tuviera un significado especial cuando se encontró pero que ahora podría explicarse sabiendo lo que había en el sótano. No me limito a la casa de los padres de Markús.

– No -respondió Hjórtur-. No recuerdo nada por el estilo. Tampoco es que lo haya pensado mucho.

– Tengo entendido que conserváis todo lo que encontráis -dijo Þóra-. ¿Existe alguna posibilidad de echar un vistazo a esos objetos?

Hjórtur sacudió la cabeza.

– No, me parece inimaginable que se le permitiera a nadie. La intención es permitir a los dueños de las casas que examinen las cosas, con nosotros detrás, y que lleguemos a un acuerdo sobre el destino de esos objetos -dijo empujando a un lado una taza de café sucia-. La idea es organizar una exposición de esos objetos en la zona de excavación y, esperemos, también dentro de las casas mismas. Como sabes, el municipio de Heimaey es el propietario de todo lo que aparezca bajo las cenizas. Pero al mismo tiempo, naturalmente, queremos intentar reunirnos con los dueños originarios de esas pertenencias. Objetos que a lo mejor a nosotros nos resultan indiferentes pueden ser valiosísimos a los ojos de sus antiguos propietarios, por razones sentimentales -Hjörtur respiró hondo-. Muchos se han puesto en contacto con nosotros por ese motivo; la gente está interesada especialmente en álbumes de fotos y cosas semejantes, aunque también preguntan por cosas raras, como una gorra de estudiante, trofeos y relojes de pulsera. Anotamos todo lo que encontramos y gracias a eso es fácil comprobar qué procede de cada casa. Organizar todo eso es una empresa ingente, y aún no hemos llegado a ello.

– ¿La policía no ha expresado su deseo de examinar las pertenencias? -preguntó Þóra, extrañada-. Podría pensarse que al menos les interesaría lo que pudiera haber en casa de Markús.

Hjörtur sacudió la cabeza:

– Todavía no, y esperemos que no lo hagan. He hecho un trabajo ingente almacenando todo eso, y sería espantoso tener que ponerse a revolver en las cajas.

– ¿Tienes algo en contra de darme una copia del catálogo de objetos? -preguntó Þóra-. Es posible que me sea de utilidad, aunque naturalmente es bastante improbable.

La boca de Hjörtur se crispó.

– Tengo que comprobarlo -dijo secamente.

Þóra decidió no insistir mucho en el asunto por el momento.

– ¿Habría podido entrar alguien en el sótano antes que Markús? -preguntó-. ¿Cómo estaba el acceso desde la puerta hasta allí abajo cuando se limpió la planta baja?

– ¿Me preguntas si alguien puede haber introducido los cadáveres después de excavar la casa? -preguntó Hjórtur.

– Sí, en realidad sí -respondió Þóra-. Aumentaría considerablemente el número de personas que podrían tener relación con el caso.

– Que yo sepa, cerramos la puerta del sótano de forma suficiente en cuanto llegamos a ella, y además tú te mostraste conforme con la forma en que lo hicimos, si no recuerdo mal -dijo Hjörtur sin hacer gesto alguno-. No transcurrieron más que unas pocas horas desde que destapamos la puerta, y luego volvimos a cerrarla con clavos. Todo de acuerdo con nuestros métodos. Naturalmente que quien quisiera entrar podía haberlo hecho, pero queda excluido que nadie haya llevado unos cadáveres al sótano recientemente.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Þóra-. No me malinterpretes, no estoy insinuando que tú o tu gente tengáis parte alguna en el caso.

– Yo bajé con la policía después del hallazgo de los cuerpos, y no es necesaria mucha experiencia en excavaciones para darse cuenta de que llevaban allí años y hasta decenios, no unos pocos días.

– ¿Se habría podido manipular algo para hacer creer que llevaban todo ese tiempo? -preguntó Þóra-. ¿Como echar ceniza por encima de los cuerpos, o cualquier otra cosa que pudiera dar la impresión de que llevaban allí años sin que nadie los tocara?

– No -dijo Hjörtur con decisión.

– ¿Tienes alguna hipótesis sobre quiénes son esas personas? -preguntó Þóra-. Tú eres de aquí, ¿verdad?

Hjórtur sonrió.

– La erupción se produjo el día que cumplí tres años, de modo que yo no puedo contarte demasiadas cosas sobre lo que pasó ni sobre las personas que vivían aquí -respondió-. Pero, al mismo tiempo, puedo excluir que se trate de gente de Heimaey. Todos se salvaron de la erupción y cuatro hombres no habrían podido desaparecer así sin más.

Þóra prefirió no mencionar al hombre asfixiado en el sótano de la farmacia.

– Pero seguramente habrás pensado en ello, supongo -continuó Þóra-. ¿Quiénes eran? Como arqueólogo, tienes que sentir curiosidad por lo que sucede en tu propia excavación, ¿no?

– Naturalmente que sí -respondió Hjörtur-. Pero carezco de excesiva imaginación y no he sacado mucho en limpio cuando me he puesto a pensar en ello. Sin embargo una cosa sí que está clara -añadió-. Busqué por pura curiosidad en periódicos de esa época, que tenemos aquí en anticuados microfilmes, y no encontré nada sobre la desaparición de personas, ni islandeses ni de cualquier otra nacionalidad. Parece que a estos no los echaron mucho de menos, lo que es bastante curioso -carraspeó-. No sé si pudiste ver bien cuando estuviste ahí abajo, pero cuando fueron a buscarme ya habían instalado reflectores. No pude dejar de ver que al menos dos de aquellos hombres llevaban anillo de boda. ¿Qué clase de maridos son esos, si sus mujeres ni siquiera los buscan?

Un fugaz pensamiento sobre su ex marido recorrió la mente de Þóra, pero se libró enseguida de él.

– Buena pregunta -se limitó a decir-. ¿Observaste algo que pudiera indicar que esos hombres fueran marinos? -preguntó a continuación-. Se me ocurrió que a lo mejor tenía algo que ver con la guerra del bacalao.

Hjörtur sacudió la cabeza despacio, y respondió:

– Por lo que pude ver y por lo que recuerdo, no llevaban impermeable marinero ni ninguna otra cosa que pudiera ser propia de los marineros de entonces. Naturalmente, no es que los marinos lleven siempre puesta su ropa de trabajo, igual que le pasa al resto de la gente -sonrió y bajó la vista a sus desastrados pantalones vaqueros.

– Comprendo -dijo Þóra, que esperaba una respuesta diferente, a ser posible que aquellos hombres llevaban redes y bicheros. Reflexionó por un instante, pero enseguida continuó-: ¿Crees que alguien haya podido confundirse de casa y dejar los cuerpos en un lugar inverosímil? -preguntó-. ¿No es cierto que durante la erupción no se podía ver con claridad?

Hjörtur se encogió de hombros.

– Bueno, no sé -dijo-. Me permito dudarlo, pero no puedo estar cien por cien seguro -se pasó la mano por la frente-. Existe también la posibilidad de que la casa en la que había que meter los cadáveres ya no estuviera a la vista, y que en su lugar eligieran la casa de Markús -volvió a encogerse de hombros-. Han abierto una estupenda página web sobre los edificios desaparecidos. Tanto los que fueron arrasados por la lava como los que fueron cubiertos por la ceniza, que son los que estamos excavando ahora. Quizá ahí puedas encontrar algo que te sirva de ayuda.

Þóra le sonrió cuando escribió la dirección de la página. Era un buen detalle por su parte. Quizá los cuerpos no tendrían que haber acabado allí y fueron los caprichos del volcán los que decidieron dónde se podían meter. ¿Por qué iba uno a dejar unos cuerpos en el sótano de su casa cuando tenía tantas otras a su disposición? Parecía claro que el enigma de los cadáveres estaba empezando a enfadar a Þóra. Tenía que encontrar la historia que había detrás de todo aquello. En primer lugar por los intereses de Markús, pero también para saciar su propia curiosidad.

Þóra estaba sentada con una humeante taza de cappuccino en la mano, en el mismo restaurante del puerto en el que había cenado con Bella la tarde anterior. Entonces se enteró de que allí se podía tener acceso a un ordenador, con lo que podía matar dos pájaros de un tiro: tomarse un café y navegar por la Red. Bella y Þóra se distribuyeron las tareas: Þóra envió a Bella al archivo municipal mientras ella se dedicaba a mirar la página de web de la que había hablado Hjörtur. Þóra se daba perfecta cuenta de que lo que le tocaba a ella era mucho mejor que lo de Bella, iba a estar en un entorno agradable con una taza de café mientras Bella se dedicaba a hojear viejos papelotes polvorientos en busca de dos nombres. Pero también pensó que aquello era una compensación por la diferente diversión de cada una la noche anterior. Aunque, en cualquier caso Þóra le habría dicho a la secretaria que se fuera bien lejos simplemente para no tener que verla, naturalmente tenía la esperanza de que la chica consiguiera algún resultado que valiese la pena, si bien la esperanza era débil. Þóra la había enviado al archivo sin tener ni idea de si los documentos relativos a los traslados a Reikiavik la noche de la erupción seguían guardados allí, pero como Bella no la había telefoneado aún, debía de haber encontrado algo en lo que rebuscar. A menos que el archivero fuera un hombre y Bella lo tuviera ya agarrado por la patita.

Þóra leyó rápidamente el texto de la pantalla. Encontró enseguida informaciones sobre la casa de Markús y las personas que vivieron en ella, y al momento reconoció los nombres de los padres y de los dos hermanos. Apuntó rápidamente los nombres de los habitantes de las casas contiguas y luego anotó todas las personas que se mencionaban en referencia a las otras diez casas de la misma calle. Los nombres no le decían nada, aparte de que, probablemente, Kjartan, a quien había ido a visitar con Bella en la administración portuaria, vivía al lado de Markús. Por lo menos, el dueño de la casa era Kjartan Helgason. Podía ser simplemente alguien con el mismo nombre, pero el caso era que en aquella página no aparecía más información sobre él.

Þóra eligió a continuación un enlace llamado Residentes de la calle Sudurvegur, con la esperanza de encontrar más datos sobre los que vivían allí. Había breves biografías de cuatro vecinos. La suerte quiso que una de ellas fuera precisamente la de Kjartan Helgason, y que además el artículo estuviera acompañado por una foto, que fue bienvenida. Þóra reconoció al hombre de inmediato. Pero su biografía no decía mucho, aparte de que Kjartan había estado embarcado muchos años, que después se había dedicado a cosas diversas hasta que empezó a trabajar como vigilante del puerto. Estaba casado y tenía cuatro hijos, todos ellos adultos. Después, Þóra leyó rápidamente las otras biografías, pero no encontró nada que pudiera ayudar a Markús. Lo único que le llamó la atención fue la cantidad de hijos que había en cada casa. Con la excepción de un matrimonio que al parecer no tenía hijos, Magnús y Klara eran quienes menos descendencia tenían, solo Leifur y Markús. Þóra bebió el último resto de su café y llamó a Bella para saber cómo le había ido y también, en parte, para cerciorarse de que no tenía que preocuparse por el archivero. La secretaria estaba frenética. Los documentos estaban ciertamente en el archivo, pero aún no había conseguido encontrar el barco en el que trasladaron a Markús, y los documentos estaban ordenados por los nombres de los barcos. Þóra hizo lo posible por animarla y puso de relieve la importancia del trabajo que estaba haciendo. Después se despidió de la secretaria y le dijo que volvía al hotel, donde se encontrarían y decidirían la mejor manera de pasar el resto del día hasta la hora de ir a cenar a casa de Leifur, el hermano de Markús.

Hacía tan buen tiempo que Þóra decidió poner fin a su búsqueda y gozar del verano. Pasó delante de una tienda de típicos souvenirs para turistas y entró a comprar una figurita del pájaro frailecillo para su hija Sóley y unos guantecitos diminutos para su sobrino Orri. Mientras la dependienta empaquetaba las compras, Bella llamó.

– Lo he encontrado -dijo, encantada consigo misma-. Markús y Alda fueron a tierra firme en el mismo barco.

Þóra colgó y dirigió una amplia sonrisa a la dependienta mientras le daba su tarjeta de crédito. Ya habían dado el primer paso.

Capítulo 11

Lunes, 16 de julio de 2007

– ¿Me pasas la sal? -preguntó Þóra, aparentando tranquilidad.

Delante de ella, en un bonito plato de porcelana, había un huevo azulado con manchas marrones abierto por la mitad. Al abrirlo había aparecido la clara transparente, aunque se suponía que el huevo estaba cocido. Þóra no era demasiado aficionada a las aventuras en lo tocante a la comida, y los huevos puestos en nidos en plena naturaleza no ocupaban una posición de honor en la lista de sus manjares preferidos. En condiciones normales lo habría rechazado de la forma más cortés posible y habría esperado al plato principal, pero en la invitación de unos anfitriones desconocidos lo único que se podía hacer era cubrirlo bien de sal, tragar y sonreír. Leifur, el hermano de Markús, le sonrió y le pasó el salero.

– No es algo que le guste a todo el mundo -dijo-. No es necesario que te lo comas si no te apetece.

Þóra devolvió la sonrisa.

– No, quiero probarlo, te lo aseguro -mintió echando una gruesa capa de sal sobre la grisácea clara del huevo. Luego le pasó el salero a Bella y la vio hacer exactamente lo mismo. Bella miró disimuladamente a Þóra, obviamente tenía los mismos problemas que ella.

María, la mujer de Leifur, estaba sentada en el otro extremo de la mesa contemplando las maniobras de Bella y Þóra. Resultaba evidente que no le divertían lo más mínimo. Apartó los ojos de las dos amigas y los volvió hacia su marido.

– No entiendo por qué tienes que endosarles siempre lo mismo a todos los que vienen a visitarnos de fuera de las islas, las pocas veces que eso ocurre -dijo con voz chillona. María levantó su copa y bebió un buen trago-. Ya no tiene ninguna gracia -la copa sonó con un ruido sordo cuando la dejó sobre la mesa, resultaba lamentablemente evidente que había bebido demasiado. Era una mujer que seguramente había sido bellísima en sus años jóvenes. En realidad estaba desagradablemente delgada, y Þóra habría apostado todo lo que tenía a que su buen aspecto era resultado de los esfuerzos de algún médico. Sus ropas estaban inmaculadas y cada prenda parecía más nueva que las demás, aunque en realidad no estaban a la ultimísima moda. De hecho, eran atemporales: una falda beige hasta las rodillas y una camisa de seda de color crema que armonizaba perfectamente con los zapatos claros de tacón, de gamuza. La tez de María era también bastante clara, de modo que armonizaba con su ropa, y Þóra tuvo la sensación de que se volvería invisible si pasara por delante de un montón de heno.

– Quizá les habrías podido ofrecer la sopa francesa de cebolla quemada que sabes hacer, cariño -respondió Leifur enviando a su mujer una mirada que dejaba ver cualquier cosa menos cariño. No iba vestido al estilo de María, llevaba camisa y pantalones de rayas. En realidad era más por su lenguaje corporal y su porte que por su forma de vestir por lo que parecía más informal que su esposa.

– ¿Habéis vivido siempre en las islas? -preguntó Þóra para apaciguar los ánimos. Había sufrido en carne propia las discusiones matrimoniales y, echando la vista atrás, estaba convencida de que desencuentros como aquel habían sido la razón de que todo el mundo empezara a excusarse de ir a cenar con ella y Hannes antes de que finalmente se pusieran de acuerdo en separarse. No era necesario poner en la mesa un huevo de un pájaro salvaje para que la gente procurase evitar sus invitaciones.

– No, por Dios -fue la chillona respuesta de María.

– María no es de aquí, como quizá hayáis podido imaginar -dijo Leifur sonriendo fríamente a su mujer-. Nos conocimos cuando yo estaba estudiando en Reikiavik y vivimos allí dos años hasta que acabé la carrera. Con excepción de mis años de estudio, yo siempre he vivido en las islas -Leifur apartó el huevo vacío y alargó la mano para coger otro-. Siempre había tenido intención de estudiar para capitán de marina mercante, pero acabé en administración de empresas -con manos expertas rompió la cascara de la parte superior del huevo de colores-. Era evidente que la pesquería de mi padre estaba creciendo y pensé que la administración de empresas sería más útil para la familia y para el negocio.

– Y la decisión resultó ser la correcta, ¿no? -preguntó Þóra. Sabía por Markús que la empresa estaba teniendo muy buenos resultados. Metió la cuchara en el huevo y se apresuró a meterse en la boca aquella gelatina dura, y a tragarla sin más demora.

– Sí, supongo que se puede decir que sí -respondió Leifur-. En realidad, dudo que lo principal sea mi formación. Hemos tenido suerte con las capturas y tenemos unos capitanes magníficos. Es verdad que yo he conseguido mejorar las condiciones operativas, pero eso no es más que una parte del conjunto. Sí que es más importante ahora que se han reducido las cuotas de pesca de bacalao, por no hablar de las fluctuaciones de la moneda islandesa.

Þóra asintió y decidió no entrar en más detalles sobre la paridad de la corona u otras cuestiones financieras. Le aburrían los asuntos financieros, y además corría el riesgo de demostrar su ignorancia en esos temas si la conversación seguía por el mismo camino.

– ¿Markús no trabaja en la empresa? -preguntó Þóra para apartar el tema de las cuestiones económicas.

– No, él ha seguido su propio camino -respondió Leifur-. Mejor así, quizá -añadió-. Nunca se puede llevar bien una empresa con dos directores. Una vez que mi padre se retiró, yo he sido el único al cargo, y la conozco bastante bien. Markús no se queja, porque no hay motivo alguno para ello. Está encantado con su parte de los beneficios.

María resopló.

– Os iría aún mejor si la vendierais. Tú eres el único experto en dirección de empresas de toda la familia, y sé perfectamente cuánto se gana con las cuotas y los barcos. Magnús dice que podríamos vivir tan ricamente solo con los dividendos. Markús incluido -tomó un trago-. Pero que Dios nos asista si nos quedamos sin cuota y sin pesquería.

Þóra no sabía a qué Magnús se refería, aunque estaba bastante segura de que no sería el padre de Leifur y Markús. Independientemente de quién fuera, Þóra creyó saber dónde radicaba el desacuerdo entre marido y mujer. María quería vender y marcharse a la capital. Allí había grandes almacenes y todas esas tiendas en las que gastar el dinero. Se instalaría en un carísimo ático en pleno centro de Reikiavik, donde podría contemplar sus lirios puestos en un jarrón y el mar azul mientras bebía un café au lait. En cambio Leifur disfrutaría mucho más viviendo en una mansión minimalista y con fundas de cojines de punto de cruz. Evidentemente, él quería conservar la empresa y vivir en Heimaey, para seguir dirigiendo la pesquería. Tal vez una obligación moral tenía también algo que ver en su deseo. Si se vendían la cuota y la pesquería, no estaba nada claro que pudiera seguir en las Vestmann. No tenía que ser una idea nada agradable la de ser responsable del trabajo de una gran cantidad de personas en una comunidad tan pequeña. Aunque Þóra no fuera especialista en la sociedad de las Vestmann, tras dos breves visitas tenía la sensación de que era semejante a la que caracterizaba a Islandia entera hasta hace no demasiado tiempo. La de la Islandia anterior a la época de los ricos, la Islandia en la que casi todo el mundo tenía una misma condición social y las personas más ricas eran los farmacéuticos. La casa de Leifur y María no era muy distinta a las demás casas del vecindario: grande y razonablemente elegante, pero nada lujosa. Era un tanto peculiar que contaran con un montonazo de dinero y no lo usaran, sobre todo en el caso de María, que tenía toda la pinta de saber hacerlo a la perfección. Þóra se dio cuenta de que era mejor cambiar de tema de conversación.

– ¿Viven aún tus padres? -preguntó a Leifur, tomando otro bocado de huevo. Parecía no acabarse nunca y no podía ni imaginarse que hubiera ninguna ave capaz de poner unos huevos tan grandes, aparte de las avestruces.

– Sí -respondió Leifur-. Viven aquí mismo, a unas pocas casas de distancia, pero no está nada claro por cuánto tiempo más podrá seguir siendo así. Mi padre está ya de lo más difícil y mi madre es tan mayor que no podrá seguir encargándose de él por mucho tiempo. María la ayuda mucho, pero va a hacer falta una asistencia más especializada, que es difícil de encontrar por aquí.

Aquello era algo que Þóra nunca hubiera esperado. Miró a la mujer y vio que, a pesar de su apariencia fría, debía de ser una mujer cariñosa. No era difícil ponerse en su lugar, con los niños ya fuera de casa y poco que hacer, mientras su marido no paraba de trabajar. El que la mujer fuese de Reikiavik hacía que su mundo estuviera realmente allí; en Heimaey no tendría muchas oportunidades para invitar a sus viejas amigas a tomar café.

– Tenéis hijos, ¿verdad? -preguntó dirigiéndose a María-. ¿Viven aquí?

– No -respondió María, bastante triste. Al instante añadió-: Quiero decir que no, que no viven aquí, pero sí tenemos hijos. Dos, exactamente. Magnús y Margrét -estiró la espalda-. Margrét está en el extranjero, haciendo un posgrado en medicina, y Magnús estudió dirección de empresas como su padre. Trabaja en uno de los grandes bancos y desde hace poco es director del departamento de gestión de activos -miró a su esposo-. No tiene sentido pensar que ninguno de los dos se vaya a hacer cargo de la empresa familiar. Magnús ya gana un sueldo que es el doble del de su padre.

– No es tan sencillo -respondió Leifur a su mujer-. Lo sabes perfectamente -se volvió hacia Þóra-. Aunque nuestros hijos hayan seguido otros derroteros en su vida, nunca se puede saber si las cosas no van a cambiar algún día. Por ejemplo, Hjalti, el hijo de Markús, está muy interesado por el mar y la empresa. Pasa con nosotros más o menos todo el verano y muchos fines de semana del invierno. No le gustaría nada que la empresa cambiara de manos.

La conversación parecía retomar el rumbo de los conflictos de la pareja que aún no se habían podido solucionar. Þóra oyó a Bella suspirar en voz baja y pensó que debía de ser por el tema de conversación, aunque también podía ser por el huevo, que seguía aún a medias en el plato delante de ella.

– ¿Recuerdas algo de la erupción? -preguntó a Leifur en un intento desesperado por relajar la tensión.

– Claro que sí, cariño -respondió Leifur apartando su plato-, es difícil olvidarla.

– ¿Fuiste tú a Reikiavik en el mismo barco que Markús cuando se evacuó la isla? -preguntó entonces Þóra-. Estoy buscando a alguien que pueda testificar que Markús y Alda tuvieron una conversación a bordo del barco.

– Yo estaba a bordo -respondió Leifur, que parecía estar haciendo memoria-. Aunque tengo que confesar que no recuerdo especialmente a Alda en el barco, lo cual no quiere decir nada especial. Alda era de la misma edad que Markús, o sea dos años más joven que yo. En esa época no hacíamos mucho caso a los pequeños -bebió un sorbito de vino blanco-. Pero sí que puedo garantizarte que si Alda estaba a bordo, Markús no podía andar muy lejos -dejó la copa en la mesa-. Creo que nunca ha llegado a superar del todo el enamoramiento que tenía con ella; ni siquiera en su edad adulta.

– Eso tengo entendido -dijo Þóra, intentando meter el huevo en el fondo de la cascara para que pareciese que ya se lo había terminado. Dejó la cuchara y se secó la boca con la servilleta para completar la ficción-. ¿Hay alguna otra persona que pudiera recordar esa circunstancia? ¿Quizá tu madre?

Leifur sacudió la cabeza.

– No, mi madre no. Sufrió un mareo espantoso y ya tenía suficiente consigo misma. Dudo incluso que supiera dónde estaba Markús -volvió a posar su copa en la mesa-. Déjame que lo piense. A lo mejor me viene a la memoria quiénes más estaban allí. Son sobre todo los amigos de infancia de Markús los que podrían haberse dado cuenta de algo. Todo el curso se derretía por esa chica y a lo mejor queda aún algo en sus recuerdos.

Þóra metió la mano en el bolso, que estaba colgado en el respaldo de la silla, y buscó la fotocopia de la lista que Bella había encontrado en el archivo.

– Tengo aquí una lista de los que fueron a tierra en ese barco. A lo mejor te suenan los nombres -pasó la lista a Leifur.

Leifur repasó la lista, que estaba manuscrita y ocupaba cuatro páginas en total. De pronto se le iluminó el rostro.

– Jóhanna, la hermana pequeña de Alda. Sigue viviendo en la isla y trabaja en el banco que lleva mis asuntos. A lo mejor ella puede ayudar, aunque tal vez no recuerde el traslado. Hablaré mañana con ella, si te parece bien.

Þóra dijo que sí. Vio que Bella se rendía ante el huevo y dejaba la servilleta encima de él, con un gesto inusualmente remilgado.

– Yo ya no puedo más, muchas gracias -dijo en voz baja apartando el plato-. Un sabor muy especial -añadió sin levantar la mirada. Se quedó mirando el mantel.

María les sonrió, aunque con una sonrisa no muy sincera. Se levantó y empezó a recoger la mesa. Luego desapareció, con un montón de cosas en las manos, por la puerta de la cocina, y la oyeron preparar el plato principal. Þóra cruzó los dedos esperando que no hubiera más aperitivos especiales, pero no consiguió evitar la horrible fantasía de que aparecería con una bandeja llena de estrellas de mar asadas.

– ¿La policía no os ha pedido que vayáis a declarar? -preguntó Þóra dirigiéndose a Leifur mientras apartaba de su mente la idea de nuevas exquisiteces-. ¿Ni a tus padres?

– Me llamaron el otro día desde Reikiavik y les dije por teléfono que no sabía nada de ese asunto, lo que es totalmente cierto -respondió Leifur-. Dudo que se quede en eso, porque la persona con quien hablé me preguntó mucho sobre mis futuros viajes y también sobre mis padres. Me anunció que volverían a contactar conmigo para una declaración formal. Le indiqué que no sería posible interrogar a mi padre, le hablé de su enfermedad. Eso fue el viernes, pero desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas -Leifur se encogió de hombros para poner de relieve una despreocupación que Þóra fue incapaz de adivinar si era real o fingida-. Que vengan sin quieren. No tenemos nada que ocultar.

– Entonces no tienes de qué preocuparte -dijo Þóra con una sonrisa cortés-. Pero, en todo caso, ¿cuál crees que pueda ser la explicación de esos cadáveres en el sótano? -preguntó-. Debes de haber pensado en ello -añadió.

Leifur se encogió de hombros.

– Claro que lo he pensado -respondió-. Aunque, a decir verdad, no he conseguido llegar a ninguna explicación. Ni sobre quiénes podían ser ni por qué acabaron precisamente allí. Pero lo que me parece obvio es que tienen que ser extranjeros. Cuatro islandeses nunca habrían podido desaparecer en la erupción sin que se supiera.

– ¿Había extranjeros por aquí en esa época? -preguntó Þóra-. Me refiero al momento de la erupción, pero también a un poco antes de su comienzo.

– Bueno -dijo Leifur, pensativo-. Antes de la erupción siempre había extranjeros, aunque no tantos como ahora. Eran marinos y gente de las pesquerías, no turistas como es ahora lo más frecuente -sonrió a Þóra como disculpándose-. Tengo que confesar que no sé si había extranjeros aquí durante la erupción propiamente dicha. Tengo una vaga noción de que algunos echaron una mano en las labores de salvamento. Soldados de la base americana, tal vez.

Þóra no había pensado en esa posibilidad, y anotó en su memoria que tenía que informarse sobre la desaparición de militares de la base aérea de Keflavík en esa época. Esperaba que con la repatriación de las fuerzas americanas de defensa no hubieran desaparecido también los informes.

– ¿Hay alguna forma de tener una charla con tu padre? -preguntó con cautela-. A lo mejor recuerda aún aquello, aunque el momento actual esté ya fuera de su alcance.

Leifur sonrió con tristeza.

– Desgraciadamente no me parece muy probable. Aunque mi padre tiene sus altibajos, ya ha pasado la época en que se pueda tener con él una conversación con sentido. Habla, pero las palabras que pronuncia suelen carecer de cualquier contenido, y no tienen nada que ver con el tema de la conversación. En cambio, mi madre tiene la cabeza perfectamente -miró a Þóra a los ojos-. ¿Vas detrás de algo en concreto? ¿Crees que mi padre puede haber tenido alguna clase de relación con eso?

Þóra se dio por satisfecha con que Leifur no pareciese enfadado, sino simplemente lleno de curiosidad.

– No, en absoluto. Confiaba en que él pudiera explicarme algo sobre la gente que entraba en vuestra casa, o en que tuviera alguna conjetura sobre quiénes son esos hombres -respondió-. Es bastante probable que controlara lo que pasaba en su propia casa. Sin duda, otros miembros del equipo de salvamento estaban menos interesados en ella.

– Eso es cierto, sin duda -dijo Leifur-. Pero me temo que no podrá ayudarte. Por desgracia. Y con mi madre tampoco se puede contar, porque no estuvo aquí durante los trabajos de salvamento. Aunque quizá sí que podría recordar las idas y venidas de extranjeros los días anteriores a la erupción -sacudió la cabeza-. Aunque, a decir verdad, no sé qué pensar. Tal vez no recuerde absolutamente nada de aquello. Han pasado más de treinta años. Yo solo recuerdo retazos.

Un débil olor a humo les llegó a la nariz, y Bella se revolvió en su silla.

– ¿Se puede fumar aquí? -preguntó mirando a Leifur con ojos esperanzados.

– María se va a fumar a la cocina -respondió indicándole la puerta con una mano-. Si quieres, puedes fumar tú también. Estará encantada de tener compañía.

Bella no se lo hizo repetir dos veces.

– ¿Tú conocías mucho a Alda? -preguntó Þóra a Leifur cuando se quedaron solos-. Ella parece ser el personaje clave de todo esto, si es verdad la historia de tu hermano sobre el origen de la caja con la cabeza. Algo me dice que los cadáveres y la cabeza son dos ramas de la misma historia. Cualquier otra explicación sería un tanto rebuscada.

– Estoy de acuerdo con eso -respondió Leifur-. Pero por desgracia he de reconocer que en realidad no conocía a Alda. Naturalmente, sabía quién era y que había bastante relación entre sus padres y los nuestros en esa época pero, como ya te he dicho, ella era más joven que yo y por eso no le presté nunca demasiada atención. Después de que llegáramos a tierra firme, la relación entre nuestros respectivos padres se cortó casi por completo. Ella se fue con su familia al noroeste del país, a Vestfirðir, si no recuerdo mal, mientras que mi padre siguió trabajando en la pesca, en el sur.

– Pero su madre vive aquí en Heimaey, ¿no? -preguntó Þóra-. Me enteré por Kjartan, el de la administración del puerto, y también de que el padre murió hace poco -y añadió como explicación-: Fui a verle por recomendación de Markús.

Leifur asintió.

– Como ya te dije antes, Jóhanna, la hermana de Alda, sigue viviendo en la isla, pero no sé exactamente si la madre también vive aquí-dijo entonces-. Si tengo que ser sincero, nunca tuve excesivo aprecio por ese viejo amigo de mi padre. Sobre todo desde que yo me hice cargo de la empresa.

– ¿Y eso? -preguntó Þóra con extrañeza-. ¿Qué sucedió?

Leifur se encogió de hombros con indiferencia.

– Mi padre era demasiado sentimental, en mi opinión, en su relación con ellos. No quiero dar a entender que no fueran buena gente, sobre todo Geiri, el padre de Alda, aunque no todas sus relaciones fueran del todo como deberían.

– Ahora sí que no entiendo -dijo Þóra-. ¿De qué relaciones me estás hablando?

– La compra del primer barco -respondió Leifur-. Formaron una sociedad para comprarlo mi padre y Geiri, el padre de Alda. De modo que al principio la empresa era propiedad de los dos -señaló el óleo de un barco que estaba colgado en la pared detrás de Þóra-. Ese es el barco, Strokkur VE, un buque de motor de cien toneladas. Ese cuadro estaba en la oficina de mi padre. Lo quité de allí cuando tomé la dirección, porque recordaba demasiado a mi padre y quería que estuviese perfectamente claro que era una persona nueva la que estaba ahora al mando. Pero quería seguir teniéndolo a la vista. No solo en el trabajo -Leifur sonrió para sí-. Hoy día no se consideraría un barco del otro mundo, pero en su tiempo no estaba nada mal -el gesto de Leifur dejaba ver que aún se sentía unido a aquel barco, aunque el cuadro en sí no pudiera contarse entre las obras de arte maestras-. Llevaban solo un par de años con el barco cuando se produjo la erupción, y mi padre tuvo un enfrentamiento con Geiri sobre la continuidad de la empresa. Mi padre quería seguir con ella después de la erupción, pero Geiri simplemente renunció y le vendió su parte.

– Vi una noticia de esa época que trataba de un arrastrero que hundieron para cobrar el seguro -dijo Þóra-. Eso parece indicar que la pesca no enriquecía a la gente.

– Exactamente -dijo Leifur-. En esa época hubo problemas tremendos, aunque afortunadamente nunca se llegó a medidas tan desesperadas como la que acabas de decirme; pero en los peores momentos se estuvo realmente cerca.

– ¿Tu padre era rico antes de la creación de la empresa? -preguntó Þóra apartando la vista del óleo y mirando a Leifur-. No sé prácticamente nada sobre barcos, pero me imagino que costarán lo suyo.

Leifur sonrió.

– No, no era rico en realidad. Invirtió todo lo que tenía para adquirir su parte, pero no alcanzaba más que para una participación no demasiado grande del valor total del barco. Él y Geiri pidieron un crédito bastante elevado a fin de comprar el barco, hipotecando todas sus propiedades. El barco, naturalmente, también estaba completamente hipotecado. En consecuencia, mi padre solo tuvo que pagarle a Geiri lo que había puesto al principio, pero no se preveía un crecimiento de la empresa en esos primeros años y no estaba claro si podría mantenerse después de la erupción. Una parte de las cosas hipotecadas desapareció con nuestra casa, lo que complicó considerablemente la situación financiera -Leifur bebió un sorbo de vino-. Pero mi padre no se rindió pese al viento en contra, y lo cierto es que le echó aún más coraje al asunto. Logró conservar el barco y mejoró aún más la situación cuando compró, a precio de saldo, la única planta de procesamiento de pescado que había en el puerto; lo hizo antes de que terminara la erupción. El anterior propietario se había declarado en quiebra y él aprovechó la oportunidad y la puso en marcha antes incluso de que la erupción acabara del todo. Cuando se acordó la venta, nadie creía que fuera a conseguirlo, pero es que entonces todo el mundo pensaba que cualquier propiedad que hubiera en las Islas Vestmann perdería todo su valor.

– ¿Y cómo pudo tu padre hacer frente a los gastos? -preguntó Þóra-. ¿Se podía pescar a pesar de la erupción?

– La flota de las Vestmann consiguió un récord ese invierno. Mi padre pescó más que nunca, aunque no desembarcó el pescado en Heimaey hasta que adquirió la planta. Mi padre era muy trabajador, pero también un hombre afortunado. Las buenas pescas y la inflación, que fue suavizando el coste del préstamo con el paso del tiempo, hicieron que empezara a amasar mucho dinero. Cuando la planta volvió a funcionar, pudo ir comprando más barcos poco a poco, y con el tiempo añadió un arrastrero, luego otro y así sucesivamente. Los cimientos de la empresa, tal como es hoy, los edificó, claramente, durante la erupción. Su determinación en unos momentos en que parecía que la entrada al puerto iba a quedar cerrada por la lava fue la causa de su riqueza, pero su amigo, que se acobardó en los momentos difíciles, se quedó a verlas venir.

– En la oficina de Kjartan vi una foto en la que están tu padre, ese tal Geiri y unos cuantos más -dijo Þóra-. Uno de ellos era el comisario, Guðni, que tengo entendido que formaba parte del grupo de amigos de tu padre. Imagino que en algún momento esa amistad se cortó.

Leifur sacudió la cabeza.

– No, mi padre y Guðni han sido amigos siempre. En cambio Kjartan se enfadó cuando surgió un caso de tráfico ilegal de alcohol en el que se vio envuelto. Pensaba que lo más apropiado era que Guðni se olvidara de su participación en el contrabando, puesto que eran amigos. Por fortuna, mi padre no estaba involucrado en el caso. Pero no acabo de entender por qué montó tanto jaleo Kjartan con ese asunto, porque el caso se sobreseyó y él no sufrió ningún perjuicio -Leifur carraspeó y jugueteó con los botones de su camisa. Þóra tuvo la sensación de que no le estaba diciendo toda la verdad, pero tampoco estaba segura de que estuviese mintiendo. Leifur miró a Þóra con ojos interrogantes-. ¿Guðni te está causando problemas?

– No -dijo Þóra a regañadientes-. Al menos todavía no. Esperemos que la investigación termine sin que suceda tal cosa.

El rictus de la boca de Leifur se endureció y parecía estar a punto de decir algo, pero aparecieron María y Bella con un nubarrón de humo detrás de ellas y Leifur se contuvo. Para enorme alivio de Þóra, el plato principal era una pierna de cordero. Dudaba si Leifur le había mentido. Quienes no tienen mucha costumbre de decir mentiras se delatan siempre.

Capítulo 12

Martes, 17 de julio de 2007

Þóra dejó el móvil y suspiró.

– No contesta -le dijo, decepcionada, a Bella-. Esta era la última.

Estaban sentadas en el vestíbulo del hotel, donde Þóra había podido acceder a un ordenador y había encontrado el número de teléfono de las mujeres que Markús había dicho que eran amigas de Alda en la infancia. Þóra le había telefoneado poco después de levantarse para decirle que no estaba avanzando nada en la búsqueda de personas que pudieran apoyar su historia sobre la caja. Markús, por su parte, tuvo ciertos problemas para recordar los patronímicos, de modo que, tras una larga búsqueda, Þóra se quedó con solo cinco nombres. Tres habían contestado, pero todas contaban lo mismo. Eran grandes amigas de Alda en su juventud pero no habían vuelto a tener contacto con ella, porque se marchó al noroeste después de la erupción y no volvió a las islas, como ellas, al año siguiente.

De acuerdo con el testimonio de esas mujeres, la inmensa mayoría de los desplazados fueron a vivir al área metropolitana de Reikiavik, pero, por algún motivo, la familia de Alda acabó en otra región, en una zona rural. No sabían si había sido por cuestión de parientes o de trabajo, porque en esa época ya no hablaban con Alda, aunque intentaron localizarla por todos los medios. No estaba en el grupo especial que formaron en la escuela de Bústaði, en Reikiavik, para los jóvenes de Heimaey, ni tampoco en el viaje a Noruega que hicieron el verano después de la erupción, un viaje al que invitaron a todos los niños de las Vestmann entre los seis y los dieciséis años de edad. A una de las mujeres le había parecido muy extraño porque, según le contó, Alda decía que le apetecía muchísimo viajar al extranjero. Ninguna de ellas reconoció que Alda les hubiera contado secreto alguno justo antes de la erupción, y tampoco ninguna de ellas coincidió en el mismo barco con Alda cuando se evacuó a la población a tierra firme. De modo que no podían testificar sobre posibles conversaciones entre Alda y Markús, aunque todas recordaban perfectamente a este, e incluso contaron lo enamorado que estaba de Alda. Prácticamente lo único que salió de estas conversaciones fue que una mujer expresó su extrañeza de que Alda no regresara a las islas con sus padres cuando estos volvieron, pues prefirió quedarse en Reikiavik para asistir al instituto bajo las alas protectoras de la familia de su padre. La mujer añadió que creía que Alda no había vuelto a poner un pie en Heimaey después de la erupción. Þóra dejó el móvil en el bolso.

– Si es exacto que Alda nunca volvió por aquí después de aquello, eso indicaría bastante claramente que sucedió algo -dijo Þóra.

– ¿Cómo qué? -preguntó Bella, sin mucho interés-. ¿Qué tiene que ver eso con que haya alguien por ahí con una cabeza metida en una caja?

– Pues tienes razón -dijo Þóra. Lo que decía Bella tenía sentido. ¿Qué sucesión de hechos puede desembocar en que una chica joven ande por ahí con la cabeza, de un hombre?-. Al menos, me parece muy improbable que ella asesinara a nadie, por lo joven que era.

– ¿Por qué? -preguntó Bella-. Cuando más probabilidades tenía yo de matar a alguien era precisamente en los años de mi adolescencia -miró fijamente a Þóra-. Incluso me habría resultado fácil hacerlo.

Þóra sonrió con desgana.

– Ya, mira tú -se limitó a decir, aunque su mente estaba en otro sitio. Sin duda, Bella era capaz de hacer algo como eso, pero no solo entonces, también ahora. Þóra no tuvo tiempo de darle más vueltas al asunto, porque sintió un golpecito en el hombro: detrás de ella había una mujer de unos cuarenta años. Iba vestida con un traje de chaqueta azul y en el pecho llevaba una plaquita con el nombre, donde ponía: «Jóhanna Þorgeirsdóttir». Tenía que ser la hermana de Alda. Sin duda alguna, Leifur había mantenido su promesa de la noche anterior.

– Hola, ¿eres Þóra Guðmundsdóttir? -preguntó aquella mujer en voz baja. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro hundido-. La señora de la recepción me indicó que eras tú.

Þóra se levantó y le estrechó la mano, pero el gesto con el que se encontró era de todo menos amistoso.

– Sí, hola, soy yo. Tú debes de ser la hermana de Alda -Þóra apretó más la mano en su saludo-. Te acompaño en el sentimiento por la muerte de tu hermana -le soltó la mano, pues ella no respondía a su saludo-. No era mi intención que tuvieras que venir tú a verme, espero que no te haya dicho Leifur que lo hagas.

El gesto de la mujer se endureció aún más.

– No hablé con Leifur. Él llamó al director de la sucursal, que me mandó venir. Leifur es un buen cliente del banco. Los buenos clientes merecen un buen servicio. Así no se irá a otro sitio.

Þóra reprimió su enfado con Leifur. Por lo que ella había entendido, conocía a la hermana de Alda y sería él quien hablaría personalmente con ella. Lo que menos deseaba Þóra era que a una mujer que acababa de perder a su hermana anduvieran mandándola de acá para allá como si fuera una simple repartidora de pizzas.

– Te pido disculpas muy sinceramente -fue lo único que se le ocurrió decir mientras procuraba quitarse de encima el malhumor. Se dominó. Aquella mujer humillada que tenía delante se merecía algo mejor-. No tienes ninguna obligación de hablar conmigo, y puedes hacerlo solo si quieres. Comprendo que estarás intentando recuperarte del golpe que has sufrido y no tengo ningún interés en aprovecharme de la falta de tacto de Leifur y de ese director de sucursal para el que trabajas. De ninguna manera.

La mujer levantó los ojos y adelantó la barbilla.

– En realidad, el director de la sucursal es una mujer -miró a su alrededor como buscando algo-. Pero creo que haríamos mejor en sentarnos un momento. Dos de nuestras cajeras avisaron esta mañana de que estaban enfermas. Las normas de funcionamiento del banco establecen que siempre tiene que haber dos personas en la caja. Yo soy una de las dos que fueron a trabajar hoy -indicó un tresillo delante del mostrador de la recepción-. Sentémonos ahí. Que la directora de la sucursal decida si es ella o la mujer de la limpieza quien me sustituye.

Þóra miró con aprobación a la hermana de Alda.

– Estupenda idea -dijo-. Creo que sería mejor que nos sentáramos en la cafetería -prosiguió-. Se está más tranquilo y podemos tomar un café -dio tiempo libre a Bella y luego se sentaron las dos con sendas tazas de café junto a la mesita de madera que había en un extremo del restaurante.

– En primer lugar, tengo que aclarar que aún estoy recuperándome de lo que le ha sucedido a Alda -dijo Jóhanna al tiempo que se sentaba-. Aunque hubiera ocho años de diferencia entre nosotras, estábamos muy unidas. No es que mantuviéramos un contacto diario, pero de todos modos estábamos muy unidas -cogió su café, y cuando volvió a dejar la fea taza sobre el plato, se concentró en colocarla bien-. No me creo en absoluto que se haya suicidado. Ella no habría hecho eso nunca. Tiene que tratarse de un accidente o de algo aún peor -levantó los ojos de su taza-. Imagino que así es como piensan todos los que se encuentran de repente con el suicidio de un pariente próximo, pero no es eso. Alda nunca fue el tipo de persona que se suicida.

Þóra se dio cuenta de que aquella mujer no tenía una idea clara de para qué quería verla.

– No quería verte para hablar de Alda -respiró hondo-. No conozco las circunstancias y no puedo ayudarte en ese tema. Trabajo para Markús, el hermano menor de Leifur. Se encuentra en una situación bastante difícil, si se puede expresar así, pues en el sótano de la casa de su infancia han aparecido tres cadáveres. El nombre de Alda ha salido a relucir en el caso y yo confiaba en que tú pudieras decirme alguna cosa que ayudara a Markús, o que me remitieras a alguien que pueda hacerlo -Þóra calló y esperó la reacción de la mujer. Estaba segura de que la hermana le diría que muy bien, pero que no, gracias, y que se marcharía.

Jóhanna miró a Þóra, parecía sobre todo extrañada.

– Naturalmente, he leído las noticias y he oído hablar del asunto de los cadáveres. Como es fácil de entender, en la ciudad se habla mucho de ese asunto -dijo. Un poco incómoda, añadió-: Dicen que Markús está relacionado con eso, pero yo creía que eran simples chismorreos, porque en los periódicos no se mencionaba su nombre. Pero el nombre de Alda no lo he oído mencionar hasta ahora en ese contexto, solo que los cadáveres eran de unos ingleses que habrían sido asesinados antes de la erupción.

– ¿Ingleses? -dijo Þóra entre dientes-. ¿Sabes de dónde procede esa versión? -¿sería posible que su propia suposición sobre la guerra del bacalao fuera correcta?

– No he prestado suficiente atención al asunto para poder decirte nada a ciencia cierta -respondió la mujer-. He tenido otras cosas en que pensar. Pero me parece recordar que es lo que se comprobó en la autopsia.

Þóra se quedó rígida. ¿Era posible que hasta el último mono de aquella ciudad conociera la marcha del caso antes de que las partes interesadas tuvieran acceso a los informes? Intentó aparentar tranquilidad, pero ardía en deseos de echar a correr a la comisaría y soltarle unos gritos a Guðni, el comisario.

– Yo no he oído nada al respecto, y no sé si es cierto -dijo Þóra-. Sea cual sea el grado de veracidad de esa historia, el caso está en manos de la policía y la investigación está aún en su fase inicial. En cualquier caso, yo solo sé lo que afecta a mi cliente, y la muerte de Alda fue un golpe muy duro para él. Esperaba conseguir una información que habría hecho avanzar la investigación y que habría demostrado su inocencia.

Jóhanna se puso rígida en su silla. Respiraba deprisa y las pupilas se hicieron más grandes.

– ¿Crees que alguien pudo matarla para que no hablara? -preguntó, pronunciando las palabras a toda velocidad-. Esa tiene que ser la explicación -se puso una mano sobre el pecho-. ¿Quizá la misma persona fue culpable de la muerte de Alda y de los hombres del sótano?

– No nos precipitemos -dijo Þóra con calma-. Como ya te he dicho, no sé de qué forma pueda estar relacionada la muerte de Alda con este caso, si es que hay alguna relación. Estoy intentando averiguarlo -no quería decirle que aquel caso quizá podía explicar el suicidio de Alda…, si es que se había suicidado. No sería la primera vez que una persona no se atreve a mirar de frente sus propias faltas y, antes que hacerlo, prefiere no saber la verdad-. Es perfectamente imaginable que exista una conexión. Si no, sería una casualidad bastante extraña.

– ¿Qué quieres saber? -preguntó Jóhanna con decisión-. Quiero ayudar todo lo que pueda.

Þóra notó que su enfado con Leifur aumentaba. Si ese hombre hubiera actuado de un modo más civilizado, Þóra habría podido prepararse mejor. Preguntó lo primero que se le ocurrió:

– He comprobado que fuiste a tierra con tu madre y tu hermana la noche de la erupción. ¿Recuerdas haber visto a Markús y Alda hablando a bordo del barco?

Los ojos de Jóhanna se abrieron desmesuradamente.

– Lo curioso es que recuerdo esa travesía como si hubiera sido ayer. Yo solo tenía siete años, pero esa noche fue una experiencia tan fuerte que no he podido olvidarla. Todo el tiempo estuve convencida de que había llegado la guerra.

– ¿Y te diste cuenta de si Markús y Alda hablaban? -preguntó Þóra esperanzada.

– Claro que me di cuenta -respondió Jóhanna-. Yo tenía a mi madre cogida con una mano y a Alda con la otra, y recuerdo que, cuando se fue, yo no quería soltarla. Estoy casi segura de que se fue con Markús. Desaparecieron los dos, pero no sé adonde fueron ni por cuánto tiempo. Solo recuerdo que estuve llorando todo el rato que estuvo lejos de nosotras, porque estaba segura de que no volvería nunca.

– ¿Estás dispuesta a confirmar ante la policía lo que acabas de decirme? -preguntó Þóra, intentando disimular su alegría. Las cosas iban bien.

– Sí, creo que sí -respondió Jóhanna-. Es posible que mi madre también se acuerde, y ella servirá de testigo mucho mejor que yo, porque era mayor cuando sucedió -Jóhanna jugueteó con la cucharilla sobre el plato-. En estos momentos es incapaz de hablar, por lo de Alda, pero esperemos que se recupere. Mi padre murió hace bastante poco tras una larga lucha contra el cáncer, de modo que en este año ha sufrido pruebas muy duras.

– Comprendo -dijo Þóra-. Me he enterado de que os fuisteis al noroeste después de la erupción. ¿Cómo estaba Alda en esa época? Comprendo que tú eras muy joven entonces, pero ¿recuerdas si cambió de alguna manera, que se comportara de un modo distinto o que se encontrara mal?

Jóhanna sacudió la cabeza.

– No, no recuerdo nada de eso. Alda se fue a un internado muy poco después de llegar allí y no la veía mucho. Naturalmente, igual que los demás miembros de la familia, había perdido violentamente sus raíces y por eso es posible que no siguiera siendo como antes. Pero eso es algo que mi madre sabrá mejor que yo.

– ¿A qué colegio fue? -preguntó Þóra. A lo mejor podía encontrar allí a alguien que se hubiera hecho amiga de Alda.

– Al instituto de bachillerato de Isafjörður, creo que no me confundo -respondió Jóhanna.

Þóra intentó no dejar traslucir nada, pero aquello sonaba un poco extraño.

– Tengo entendido, por lo que me contaron sus amigas, que estuvo en el instituto de Reikiavik. ¿No es así?

– Sí, sí -respondió Jóhanna-. Cambió de colegio en otoño. Prefería estar en Reikiavik en vez de en Isafjörður, porque todos los demás nos volvimos de allí a Heimaey.

Aquello no encajaba. ¿Cómo pudo Alda cambiar de colegio en pleno año escolar, y a un curso superior al que había estado? Markús tenía la misma edad que los compañeros de clase de Alda, y él estaba aún en la escuela secundaria cuando se produjo la erupción.

– ¿Alda era buena estudiante? -preguntó.

– Sí, muy buena -respondió Jóhanna-. Siempre fue muy aplicada y trabajadora. Además, le encantaba estudiar. Lo contrario que yo -la mujer sonrió, pero solo fue un instante-. Qué curioso -continuó, sin que su gesto dejara traslucir que estuviera pensando en algo divertido-. Le he dado muchísimas vueltas a lo que le pasó a Alda, pero jamás se me ocurrió pensar que pudiera tener relación con los cadáveres del sótano. Estaba segura de que guardaba alguna relación con su trabajo en urgencias. Que alguno de esos repugnantes violadores se coló en su casa y la mató.

– Como te he dicho, no hay nada claro aún sobre si hay relación -dijo Þóra-. A lo mejor, lo de los cadáveres no está relacionado con la defunción de Alda en absoluto.

– Pues yo estoy completamente convencida -dijo Jóhanna, y cruzó los brazos.

Þóra sabía que la gente, cuando sufre una pérdida que aún no ha superado, se agarra desesperadamente a un clavo ardiendo, a las teorías, hipótesis y explicaciones más estrambóticas de los sucesos que no pueden entender con argumentos racionales. Así tienen otra cosa en que pensar, para olvidar por un momento la constante e inevitable sensación de falta a la que aún tienen que enfrentarse.

– Sin duda, se sabrá en su momento -dijo Þóra con cautela-. Esos violadores que acabas de mencionar…, ¿Alda tenía relación con ellos? Pensaba que solo tenía relación con las víctimas, no con los verdugos -Markús le había contado que Alda trabajaba a tiempo parcial en un servicio de apoyo a víctimas de violación.

– Es una tontería mía, no hago más que pensar en toda clase de cosas -respondió Jóhanna-. Que yo sepa, ella no llegaba a verles, pero estaba fantaseando con la idea de que uno de ellos se hubiera enterado de su nombre y quisiera vengarse. Tuvo que testificar en dos casos de esos, por lo menos. En realidad ya estaba harta y había dejado ese trabajo cuando sucedió el horror. Pasó algo que no tuvo tiempo de contarme. Pensaba venir aquí el próximo fin de semana, y se pensaba quedar en mi casa. Dijo que tenía que decirme algo y que quería hacerlo cara a cara.

– ¿Que pensaba venir a Heimaey? -preguntó Þóra-. Tenía entendido, por lo que me contaron sus amigas, que desde que salió de la isla la noche de la erupción no había vuelto nunca.

– Es cierto -respondió Jóhanna-. La erupción la afectó de tal manera que no se atrevió a volver nunca. Además estaba estudiando, y trabajaba todos los veranos. No estoy segura de si fue una decisión consciente suya; sencillamente las cosas se dieron así. A lo mejor quiso cortar los lazos con las Vestmann, aunque nunca dijo nada por el estilo. Lo triste es que, después de la erupción, los niños de las islas se avergonzaban de decir de dónde eran. Nos despreciaban porque decían que éramos unos gorrones que vivíamos a costa de la nación. Los islandeses no han sido nunca muy sensibles a la miseria de los demás, sobre todo cuando se trata de compatriotas. Su compasión no llega muy lejos. A lo mejor Alda quiso poner distancia entre ella y las islas por ese motivo.

Þóra dudaba de que esa fuera la explicación. Más probablemente, el suceso que obligó a Alda a pedirle a Markús que se encargara de la cabeza la habría marcado de tal forma que no podía ni pensar en regresar a los mismos lugares.

– Eso de que quería hablar contigo…, ¿te dio alguna pista sobre de qué podía tratarse? -preguntó Þóra.

Jóhanna sacudió la cabeza.

– Se comportó de forma un tanto extraña en todo esto. Dijo que hacía tiempo que habría debido sentarse a hablar conmigo para descargar su corazón -Jóhanna calló, parecía a punto de llorar-. Por eso sé que no se mató. No lo habría hecho antes de hablar conmigo. Puso tanto énfasis en ello que es imposible que ni siquiera telefonease para decirme qué es lo que tenía en el fondo de su alma.

– ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella? -preguntó Þóra.

– El día antes de su muerte -respondió Jóhanna-. Llamó para decirme que había comprado el billete, y parecía bastante más alegre que en la anterior conversación telefónica -Jóhanna levantó la mano hasta la altura del ojo y se lo frotó-. Era como si hubiera recibido buenas noticias, o como si se hubiera quitado de encima alguna carga. Pero no sé de qué se trataba.

Þóra sospechaba que sería el estar segura de que Markús iba a sacar la cabeza del sótano. Alda tenía que haberse sentido bastante mal mientras no se sabía qué iba a suceder con la excavación. Esa podía ser la explicación de su tristeza cuando habló con su hermana. Cuando todo parecía estar ya en marcha, recuperaría la alegría, aunque le duró poco, pues todo sucedió de la peor manera de las posibles.

– Esperemos que llegue a saberse -dijo para consolarla.

– Me dijo una cosa que no entendí -dijo Jóhanna pensativa-. Me preguntó en qué circunstancias me haría yo un tatuaje. Estaba tan contenta y feliz que no le importó mucho que yo no fuera capaz de contestarle. Luego charlamos un poco de que no hay que juzgar a los demás y ella dijo que no volvería a cometer el mismo error en el futuro. Añadió que me lo explicaría todo el fin de semana próximo, y yo tuve la sensación de que su pregunta sobre el tatuaje tenía alguna clase de relación con su alegría.

¿Un tatuaje? Þóra frunció las cejas. ¿Qué relación podía tener eso con todo lo demás?

Capítulo 13

Martes, 17 de julio de 2007

Þóra estaba encantada con Bella. La joven estaba a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y un gesto tal de enojo que conseguía que el policía, Guðni, se rebullera inquieto en su silla.

– Está más allá de todo lo tolerable que una tenga que enterarse en la calle de la marcha de la investigación -continuó Þóra-. Como tú eres el jefe de esta comisaría, de donde tiene que haber salido la información, exijo responsabilidades por la filtración.

Las nubes de tormenta de Bella asintieron para reforzar sus palabras. El policía se movió inquieto en su silla y luego se inclinó sobre la mesa.

– Yo no he filtrado nada -dijo con tranquilidad-. Aquí trabajan seis policías además de mí, aparte de una telefonista y de las mujeres de la limpieza. Cualquiera de ellos puede haber hablado de forma imprudente sin que yo ni siquiera me haya enterado. Así que tendrás que pensártelo bien antes de acusarme de romper el secreto.

– ¿Acusarte de revelación de secretos? -respondió Þóra con brusquedad-. No estoy acusándote de nada en absoluto. He venido a reclamar una fotocopia del informe de la autopsia que, según tengo entendido, obra en tu poder. Prefiero leerlo yo misma en vez de tener que hacer caso a los cotilleos de cualquier maruja.

– Comprendo -dijo Guðni más tranquilo. Claramente, no estaba muy contento con la marcha del caso, pero intentaba que no se notara mucho. A pesar de ello, Þóra percibió un mínimo temblor en torno a las comisuras de la boca del comisario-. Me encargaré de que te lo entreguen. Quizá debería consultar lo que dice el libro sobre estas cosas.

– Hazlo -respondió Þóra, que sabía que aquel hombre no tendría ni idea de dónde buscar las normas sobre la entrega de actuaciones en un caso penal. En realidad, dudaba de que hubiera en el despacho ni siquiera una fotocopia de las normas básicas, y de que Guðni fuera capaz de encontrarlas en Internet.

– Pero no sé de qué iba a servir -dijo Guðni, poniéndose en pie. Cogió un montón de papeles apilados en un rincón y lo agitó delante de su propia cara-. Ibas a tener esto muy pronto, en todo caso, porque estoy prácticamente seguro de que Markús va a ser detenido dentro de muy poco. La autopsia es de todo menos favorable para él.

– ¿En qué te basas para decir eso? -preguntó Þóra, extrañada. Le entraron unos deseos enormes de arrebatarle la autopsia al comisario y empezar a leerla.

– Me baso en que aquí se explica por primera vez que esos hombres fueron asesinados. De manera que se trata de una investigación criminal. Además, en el informe se hacen conjeturas muy plausibles sobre la nacionalidad de los mismos. Probablemente son ingleses, así que nos hemos puesto en contacto con la policía del Reino Unido y les hemos pedido que comprueben quiénes pueden ser. Sin duda, enseguida aparecerá información sobre el caso en los medios de comunicación británicos y, en cuanto eso suceda, puedo garantizarte que nuestra policía se pondrá nerviosa y, como enseguida empezarán a exigirnos resultados, habrá que poner a Markús en prisión preventiva. Él es el único relacionado con el caso, por el momento. -Suspiró pesadamente. Guðni miró fijamente a Þóra a los ojos-. A Alda no pueden encerrarla.

– No, eso es evidente -dijo Þóra. Aunque fuera un serio perjuicio para ella, tenía que reconocer que Guðni tenía razón. Suspiró en silencio. Los pocos que podrían explicar, quizá, el asunto y limpiar a Markús estaban muertos o habían perdido la razón.

– No mejora nada las cosas que esos ingleses fueran asesinados durante la guerra del bacalao -dijo Guðni-. Existen ciertos grupos sociales que todavía braman de ira por aquel enfrentamiento, tanto aquí como en Gran Bretaña. Los medios de comunicación británicos pondrán de relieve, sin lugar a dudas, esa vertiente del caso.

– ¿Tú crees que esos hombres fueron asesinados por el pescado? -le espetó Bella-. ¿Por unos bacalaos?

Guðni miró a Bella con un gesto de conmiseración.

– El bacalao es dinero en forma de pez. No se debe subestimar su importancia.

Bella estaba a punto de responder, pero Þóra se apresuró a intervenir antes de que dijera nada.

– ¿Y eran marinos? -preguntó a Guðni.

– Eso no se dice explícitamente, pero más vale que te lo leas tranquilamente y saques tus propias conclusiones -respondió Guðni-. Así que voy a fotocopiar esto lo más rápido posible para que puedas empezar a leer enseguida. Podéis esperar aquí mientras tanto -pasó a su lado sin decir nada más.

Bella le hizo una mueca cuando salió, y luego observó el pequeño despacho.

– Menudo idiota-dijo entonces, al parecer hablando más para ella misma que a Þóra. Se acercó a la mesa de Guðni y echó un vistazo a lo que había encima de ella.

– ¡Por todos los demonios, no te pongas a mirar sus cosas! -le susurró Þóra, enfadada.

– No nos habría dejado solas si no hubiese querido que viéramos lo que hay aquí dentro -dijo Bella inclinándose. Dio la vuelta a una de las hojas de papel, para mirar lo que decía-. ¿Cuándo fue la erupción esa, que se me ha olvidado? -preguntó.

Þóra se acercó.

– En enero de 1973. La erupción comenzó en la noche del 22 al 23 de enero. ¿Por qué me lo preguntas?

– Aquí hay un informe antiguo -dijo Bella-. Está fechado el 20 de enero de 1973. ¿No es raro que tenga en su mesa un informe tan antiguo?

– ¿Qué pone? -preguntó Þóra excitada. Miró hacia la puerta entreabierta, pero no había nadie a la vista. ¿Cuánto se tarda en fotocopiar diez páginas?-. Venga, date prisa -le dijo en voz baja.

– Espera -dijo Bella, y levantó la hoja para ver mejor-. Es un informe referente a huellas de una pelea o de daños personales en el muelle. La policía fue avisada por el vigilante del puerto, que encontró una gran mancha de sangre en el muelle la mañana del sábado 20 de enero. No pudo encontrar ninguna explicación lógica y llamó a la policía por si se diera el caso de que se tratara de un delito. Declaró que no había habido vigilancia en el puerto desde la medianoche del viernes hasta que él empezó su turno de guardia, a las ocho de la mañana del sábado -Bella puso un dedo en la parte baja de la página-. El agente observó la mancha, que eran muy extensa, y comprobó en la administración del puerto qué barco podía haber estado amarrado allí. De dicha comprobación resultó que en un periodo de varios días no había habido barco alguno. El agente comprobó asimismo si alguna persona o varias habían acudido esa noche al hospital con daños físicos, pero desde la medianoche no había acudido nadie con excepción de un matrimonio con un bebé enfermo -Bella miró a Þóra-. ¿No tendrá esto alguna relación con los cadáveres? -preguntó.

– No lo sé -respondió Þóra a media voz-. Venga, rápido, sigue -miró la puerta de reojo, pero todo seguía tranquilo.

– El agente habló a continuación con varias personas y dos testigos sostuvieron que habían visto a Daði Karlsson en la zona por la mañana temprano. Otro declaró que le había visto amarrando en el muelle un bote de goma, y otro más que le vio en el lugar donde se halló la sangre. El agente habló con Daði, pero este negó la veracidad de esos hechos y aseguró que su mujer podía confirmarlo, como efectivamente hizo. El agente de policía subió entonces a bordo de un arrastrero en el que Daði trabajaba como piloto, y no encontró nada extraño. El caso se considera no resuelto y es preciso comprobar si la sangre puede proceder de un animal o de alguna captura ilegal que fuera desembarcada al amparo de la noche -Bella dejó de mirar el informe-. No pone más.

– ¿Qué agente escribió el informe? -preguntó Þóra a toda prisa, indicando con un movimiento de la mano que se les estaba agotando el tiempo. Se oyó ruido de pasos que se aproximaban.

– Guðni Leifsson -dijo Bella, que se apresuró a dejar el papel en su sitio. Acababa justo de hacerlo cuando se oyó a Guðni entrar por la puerta, a su espalda.

Þóra se volvió, aparentando que no pasaba nada. No podía estar segura, pero algo le decía que aquel informe tenía relación con el caso, porque, de otro modo, ¿por qué iba a estar mirando un documento tan antiguo? La misma corazonada le decía que Guðni no estaba examinando casos antiguos en colaboración con sus colegas de Reikiavik, sino que trabajaba él solo, por su cuenta. Ya se vería si aquello era positivo o negativo para Markús.

– Muy bien -dijo dirigiéndose hacia el comisario, que le entregó la fotocopia del informe de la autopsia al tiempo que miraba con ojos escrutadores a Bella, aún al lado del escritorio.

– ¿Se te ofrece algo? -preguntó a la joven con voz gélida.

Bella le miró inexpresiva.

– No, ¿por qué? -sin nada más que la mirada, parecía retarle a que tuviera el atrevimiento de acusarla de espiar.

Guðni no cayó en la trampa y se contentó con fruncir las cejas un momento, y luego se volvió hacia Þóra.

– Ahí hay más cosas que llamarán la atención de los medios en cuanto se abra el secreto del sumario -dijo Guðni-. Se refieren a la cabeza y no dejan lugar a dudas -dijo con una sonrisa siniestra-. Una sorpresa en un caso que yo pensaba que había alcanzado ya su clímax dramático.

– Me parece que en este caso quedan aún muchas sorpresas -comentó Þóra, por decir algo. En aquel hombre había algo que le ponía los pelos de punta. Pero se limitó a mirar de reojo la mesa del policía mientras decía esas palabras. Era mejor dejarle vivir en la ignorancia.

Þóra dejó los papeles y golpeó rítmicamente con los dedos mientras trataba de poner en orden sus ideas. Acababa de leer tres de los cuatro capítulos del informe de la autopsia, pues había un capítulo dedicado a cada uno de los cadáveres y otro a la cabeza. Los capítulos que acababa de leer trataban de los tres cadáveres, que resultaron pertenecer a dos hombres de unos treinta años y otro en torno a los cincuenta. Los hombres eran de raza blanca y todos los cadáveres se hallaban en un estado de conservación increíblemente bueno, como consecuencia de las peculiares condiciones reinantes. Se consideraba que el calor producido por la erupción había desempeñado un papel importante en la conservación, pero también el hecho de que en el sótano no hubiera humedad alguna, además de que los gases tóxicos y densos habían destruido toda forma de vida presente en el lugar. Aunque el texto era bastante ilegible y había de vez en cuando términos médicos incomprensibles, quedaba perfectamente claro que aquellos hombres no habían muerto asfixiados por gas tóxico. Aunque en los informes no se proporcionaban más detalles sobre la causa de la muerte, todo parecía indicar que los hombres habían sido objeto de gran violencia. Presentaban extrañas heridas en los brazos, que parecían curadas de mucho tiempo atrás, y daños no relacionados con ellas que les ocasionaron la muerte. Eran cicatrices de cortes bastante profundos que no se habían podido explicar convenientemente, aunque se consideraba improbable que se debieran a herramientas o cuchillos, habida cuenta de lo irregular de las heridas. Se pensaba que dos de los hombres habían fallecido a causa de heridas en la cabeza, pues las cajas craneanas estaban rotas a consecuencia de un golpe muy fuerte, aparentemente con el mismo objeto contundente desconocido. Uno de los dos tenía, además, una fractura en la nariz tan seria que el cartílago nasal estaba hecho pedazos, aunque el médico forense no había podido determinar si el hombre en cuestión había muerto a causa de la herida en la nariz o por la fractura de cráneo. Del tercer hombre se decía que se apreciaban heridas menores en la cabeza, pero tenía fracturada la columna vertebral así como tres costillas rotas, que habían penetrado en un pulmón, desgarrándolo. El informe consideraba que esta última herida había causado una hemorragia interna en el tórax y los pulmones, y el hombre había muerto finalmente ahogado en su propia sangre. Þóra sintió un escalofrío pero al mismo tiempo comprendió que una chica tan joven nunca habría podido matar de ese modo, actuando sola, a todo un grupo de hombres.

En lo tocante a la nacionalidad de los hombres, el forense se apoyaba en diversos elementos. Se mencionaba que la observación de cada uno de ellos por separado no permitía ninguna conclusión, pero el estudio de los tres en conjunto hacía suponer que, con bastante probabilidad, se trataba de británicos. Se indicaba asimismo que la persona o personas que trasladaron los cadáveres al sótano no contaban, seguramente, con que pudieran ser hallados en ningún momento, pues no se había hecho ningún intento de eliminar ropas u otras cosas que pudieran servir en el reconocimiento de los difuntos. Se habían obtenido algunas conclusiones concernientes a la nacionalidad porque las marcas de la ropa y el calzado eran aún parcialmente legibles y resultaron corresponder a comercios británicos. El hombre de más edad llevaba ropa de marcas más caras que los dos más jóvenes. El material utilizado en los empastes dentales de los más jóvenes resultó ser también el que empleaban los dentistas británicos en el periodo posterior a 1960, y uno de ellos llevaba además un clavo de acero en el tobillo, producto de una antigua fractura, clavo que incluía la marca de unos fabricantes británicos. Los dos jóvenes llevaban un tatuaje en el que se leía «HMS», que se consideraba abreviatura de Her Majesty's Service, lo que apuntaba a que habían realizado el servicio militar y habían deseado documentarlo en su propia piel. Dos de los hombres llevaban igualmente libras inglesas en los bolsillos, y uno de ellos tenía consigo cigarrillos ingleses.

Þóra pensó si el tatuaje que Alda había mencionado a su hermana podría haber sido tal vez el mismo del que se hablaba en el informe. ¿Qué es lo que había dicho? «¿En qué circunstancias te harías tú un tatuaje?». ¿Podía haberse referido a la entrada en el ejército? Þóra sacudió la cabeza sin querer. Eso era prácticamente imposible. Seguramente, aquello no tenía nada que ver; pero marcó el texto para acordarse de ese dato en concreto si volvían a aparecer tatuajes.

Lo que más alegró a Þóra en toda aquella penosa lectura fue el párrafo en el que se indicaba que, probablemente, los cadáveres habían sido trasladados después del inicio de la erupción. Esta conclusión se apoyaba en el hallazgo de restos de ceniza en la parte posterior de las prendas de los hombres, que aparecieron tumbados sobre la espalda. La capa de ceniza fina que penetró por las aberturas de la casa y que ocultó toda la superficie del sótano no habría podido penetrar debajo de los cuerpos después de que estuvieran allí colocados. Además, en los pies de los hombres había pequeñas quemaduras, lo que apuntaba a que, o bien habían estado caminando durante la erupción y pisaron las pequeñas brasas que llovían del cielo en esos momentos, o bien que sucedió cuando los cadáveres fueron trasladados a la casa. En el sótano no habrían podido entrar ascuas, pues estaba protegido de ellas por las ventanas, lo que había hecho que no se viera afectado por esa anómala circunstancia, si bien la ceniza fina había conseguido penetrar por todas las aberturas. En cualquier caso, los hombres estaban en el exterior durante la erupción, vivos o muertos. De modo que Markús no habría podido llevar los cadáveres, para alivio de Þóra.

Cuando empezó a leer la parte del informe que trataba de la cabeza, se sintió aún más aliviada. La sección comenzaba con una descripción de la caja en la que Markús dijo que estaba la cabeza, y se señalaba que todo apuntaba a que, efectivamente, había sido así. Restos de sangre, secos desde hacía mucho tiempo, en el fondo de la caja, así como otros restos biológicos presentes en ella, indicaban que la cabeza había estado metida en la caja. Además, no había ceniza en el pelo, lo que seguramente significaba que la cabeza había estado encerrada en algún lugar y no había recibido el humo seco, como otros objetos del sótano. Aquello reforzaba la línea de defensa de Markús, y Þóra se tomó tiempo para marcar especialmente ese párrafo. Desgraciadamente, casi no se hablaba del estudio de las huellas dactilares de la caja, y solo se mencionaba que se había hallado un único conjunto de ellas. Las huellas dactilares en cuestión eran recientes y en el momento de escribir el informe aún no se habían comparado con las de Markús, pues estas no figuraban en el archivo. Þóra sabía que ahora le convocarían para tomarle las huellas, lo que a ella no le causaba ninguna preocupación, pues la presencia de sus huellas en la caja concordaba perfectamente con la serie de hechos que él le había explicado. Eran las únicas huellas dactilares, no se indicaba que las demás pudieran haber resultado destruidas, sino que se habrían borrado por las condiciones ambientales y por el tiempo transcurrido hasta el hallazgo de la caja. Era una verdadera lástima, pues la presencia de las huellas de Alda en la caja habría sido especialmente beneficiosa. En realidad, no todo estaba perdido en ese tema, pues en el informe se señalaba la conveniencia de enviar la caja a un laboratorio forense en el extranjero que contase con mejores medios para investigarla. También se señalaba que se procedería a un examen más detallado de los molares de los difuntos. Þóra apuntó que tenía que llamar para que tomaran las huellas dactilares de Alda, para el caso de que se encontraran más huellas en la caja, aunque contaba con que, sin duda, en todo caso lo harían.

Se hablaba luego de la cabeza propiamente dicha. Þóra aún no había encontrado nada que encajara con lo que dijo Guðni, pero esperaba que ahora fuera el momento. El resumen comenzaba de una manera de lo más inocente, con el establecimiento de la edad por los dientes, que apuntaban a que se trataba de un hombre joven, probablemente en torno a los veinte años de edad. Luego se hablaba de las causas de la muerte, que no se habían podido determinar por la ausencia del resto del cuerpo. Se indicaba que los indicios apuntaban a que la cabeza había sido cortada después de la muerte del hombre. Era posible extraer esa conclusión a partir de las huellas de corte inusualmente rectas, lo que no habría sido posible tratándose de una persona aún con vida. Þóra dejó de leer y pensó si aquello quería decir que una persona viva se retorcería y movería la cabeza mientras se la cortaban. Como le había sucedido ya varias veces, se vio sumida en una sensación de irrealidad al leer aquello y al pensar en la cabeza. Ninguno de sus profesores en la Facultad de Derecho de la universidad había tenido la ocurrencia de enseñar algo así a sus alumnos, y Þóra dudaba, en realidad, de que cualquier clase de enseñanza hubiera servido de algo en una situación como esa. Continuó la lectura. Se decía que la cabeza pertenecía a un hombre, conclusión que se apoyaba en las medidas realizadas sobre las imágenes radiológicas del maxilar, así como en otras mediciones del cráneo. Aún se apreciaban restos de raíces de barba. No existían empastes, de modo que no se realizó intento alguno de determinar la nacionalidad o el origen de la cabeza. Aquello no era nada bueno, pensó Þóra. Otro inglés habría indicado que la cabeza pertenecía a un hombre que formaba parte del grupo con el que no se podía relacionar a Markús. Así que habría podido argumentar que Markús se había visto implicado por azar en un caso muy serio sin tener conciencia alguna de los hechos, por lo que fue al sótano a recuperar la caja sin conciencia alguna de la gravedad del caso. Pero no era una opción demasiado buena.

Pasó la página y siguió leyendo. No había leído más de dos líneas cuando se tapó la boca con la mano. Aquí estaba lo inesperado de lo que había hablado Guðni. Þóra subió los ojos al cielo y respiró muy hondo. Lo que ella creía que era la lengua en la boca de aquella cabeza del sótano era otra cosa, algo completamente distinto.

Capítulo 14

Martes, 17 de julio de 2007

Adolf leyó el mensaje de texto que acababa de escribir y pulsó enviar. Estaba tumbado en el sofá de su casa mirando con el otro ojo un torneo de golf del que no tenía ni idea de dónde se celebraba ni cómo se llamaba. No le gustaba el golf, pero le parecía relajante aquella retransmisión tan poco televisiva. Miraba con toda su atención, como en trance, las pelotitas blancas que volaban veloces, una tras otra, desaparecían en el cielo de idéntico color y volvían a aparecer botando por un llano cubierto de hierba que tenía toda la apariencia de estar recortado con tijeras. Adolf estuvo pensando si no se le habría olvidado conectar el timbre del teléfono cuando volvió de ver a la abogada. No era así, y el mensaje que acababa de enviar ya estaba en camino. Dejó el teléfono.

Adolf se incorporó en el sofá y se estiró para coger el periódico. En algo tendría que entretenerse esa noche, porque sus amigos no contestaban a sus llamadas ni a sus mensajes. En realidad no le extrañaba demasiado, los que trabajaban tenían otras cosas que hacer los días laborables. A él le habían despedido del trabajo a raíz de su detención, y no había hecho nada por encontrar otro empleo. De todas formas, tenía mucho de lo que ocuparse después de la muerte de su madre. Cuando hubiera pasado todo el rollo del juicio, volvería a buscar en algún sitio, pero ahora no valía la pena. No quedaría nada bien empezar en un sitio nuevo y tener que pedir días libres para presentarse ante un tribunal. Abrió el periódico y pasó las páginas hasta llegar a la cartelera de cines. Si a nadie le apetecía hacer nada esa noche, se largaría al cine. No podía ni pensar en quedarse solo en casa rascándose la barriga. Sería más razonable ir al gimnasio y machacarse hasta quedarse completamente hecho polvo, y luego meterse a una de esas películas de verano que lo único que requerían de los espectadores era que no se durmieran del todo. Pensó en la conveniencia de llevarse a su hija, a ella no le vendría mal entretenerse también un poco, y mejor tener alguien con quien charlar en el descanso. Aunque ya había cumplido los cuarenta, todavía le resultaba desagradable ir solo al cine, aunque no tanto como cuando era más joven. Quizá tendría que reconsiderar lo de ir al gimnasio si se llevaba a Tinna, porque si la pobre niña no tenía fuerzas para levantar la toalla después de la ducha, no digamos lo que sería capaz de hacer con las pesas.

A la mierda el gimnasio, podría ir otro rato. Llamó a su hija y ella aceptó ir al cine con él esa tarde, a ver la película que le apeteciera a ella. La voz de su hija no mostraba interés ni desinterés, y Adolf tuvo la sensación de que tendría remordimientos de conciencia. Siempre le había resultado difícil aclararse con ella. Adolf no había pasado más que una noche con la madre y nunca había tenido buenas relaciones con ella. Por eso, no sabía si era él el único con problemas para conectar afectivamente con la niña o si les pasaba también a otras personas cercanas. A decir verdad, tenía la sospecha de que él no era el único. La pobre niña había vivido siempre en una especie de crisis psicológica, aunque solo últimamente había empezado con la estupidez esa, que todavía no había desaparecido. Aquellas reflexiones le recordaron que aún no había hablado a la abogada sobre la enfermedad de Tinna, y que seguramente era un grave error. Si la niña testificaba, a lo mejor despertaba la compasión del juez. Él siempre se había comportado razonablemente bien con ella, se la había estado llevando un fin de semana de cada dos desde que era una canija, aparte de la prueba de paternidad, naturalmente. Aunque, bueno, las más de las veces la dejaba en casa de sus padres, pero es que a los niños les viene muy bien tener trato con sus abuelos, y eso no le haría ningún daño, aunque no fueran las personas más simpáticas del mundo.

Cuando murió su padre, hacía dos años, Adolf pensó que a lo mejor el estado de ánimo de su madre mejoraría un poco. Su vida se despejaría y se transformaría en otra persona. Desde que él podía recordar, sus padres habían andado constantemente a la greña, porque se impacientaban con cualquier tontería, y consiguieron ahuyentar a todos los amigos y conocidos. En realidad, algún pariente quedaba aún para asomar la nariz, más bien por obligación moral, pero siempre se largaba a toda prisa, porque la atmósfera de su casa era opresiva. Las únicas palabras que pronunciaban eran indirectas terribles que se dirigían el uno a la otra, o expresiones negativas sobre absolutamente todos los aspectos de la sociedad. No había noticia lo suficientemente buena para que ellos no encontraran algún aspecto absolutamente negativo, que convertían en tema de conversación que exprimían durante horas. Adolf sintió un escalofrío al recordarlo. No sabía si las raíces de aquella forma de relacionarse socialmente estaban en su madre o en su padre, pues no les podía recordar sino en constante desencuentro. Si originalmente había sido por culpa de su padre, su madre se había infectado tanto de su antipatía que, cuando por fin desapareció, la naturaleza original de ella ya se había perdido por completo. Seguía refunfuñando todo el rato, aunque ahora solo hablara al aire. Por eso, no fue un día especialmente triste para su único hijo cuando ella falleció, muy poco tiempo atrás: Adolf se limitó a pensar que ya era hora. Los dos habían repartido su malhumor sobre todo lo que les rodeaba, incluyendo a su hijo, y se habían ganado con creces que nadie les llorase.

¿Qué es lo que había dicho de ellos la Alda esa? ¿Que estuvieron a punto de separarse ya en los primeros años de su matrimonio? Si eso era cierto, para él no cabía duda alguna de que habrían hecho mejor en divorciarse, en vez de fastidiarse el resto de sus vidas y convertirse en unos desgraciados. Se sentía total y absolutamente incapaz de comprender cómo a dos personas tan diferentes se les había podido pasar por la cabeza casarse, a menos que después de la boda hubiera sucedido algo que los hubiera transformado a los dos de manera irremediable. Pero pensaba que no era eso, sino que habían nacido siendo unos intolerantes y se habían dedicado a chupar el uno del otro, con la esperanza de que dos menos pudieran hacer un más. Pero en vez de eso vivieron en un puro enfado, intratables hasta el último día. Él no tenía ninguna intención de vivir así. Si él era un menos, no pensaba multiplicarlos en su casa poniéndose a vivir, o casándose, con otra menos de género femenino. El inminente juicio seguía paseándose por su cabeza. ¿Tal vez conseguiría despertar la compasión del juez hablando de las circunstancias en las que creció? Desde luego, no tenía motivo para quejarse de su situación material, porque sus padres tenían muy buena posición económica, pero le había faltado el afecto. Esta idea le agradó tanto que decidió apuntarla para comentársela después a la abogada. Eso tendría efectos mágicos, sin duda, sobre todo si Tinna comparecía ante el tribunal y soltaba la mentira de que él era su único apoyo en la vida. Ningún juez con un mínimo de buen corazón podría condenarle a prisión después de semejante testimonio de una pobre niña enferma. Adolf dio gracias de que aún siguiera pareciendo una niña, aunque ya estuviera a punto de cumplir los quince.

Estuvo un rato dándole vueltas a la conveniencia de telefonear a la abogada y hablar con ella un momento. Luego siempre se quedaba mucho mejor. Esa mujer siempre sacaba a colación todo lo que le beneficiaba en el caso, y así conseguía borrar los pensamientos negativos que le rondaban. A veces lo hacía hablando del otro caso que le llevaba, y se dedicaba a explicarle lo bien que iban los pasos que estaba dando para conseguir que el hospital de Ísafjörður le pagara a Adolf una compensación por el fallecimiento de su madre. Sonrió al pensar en la suma que había mencionado. No podía quejarse de su situación financiera; la casa de sus padres, sin hipotecas, y todo lo que habían conseguido ir ahorrando poquito a poco a lo largo de sus vidas lo había heredado él prácticamente intacto, descontando ese asqueroso impuesto de sucesiones. Si a todo aquello se le añadía una compensación por daños y perjuicios, sería como poner una buena capa de nata encima de la suculenta tarta que le había caído en las manos. Sin embargo, decidió no telefonear. La abogada seguramente sacaría el asunto de Alda, y él no quería oír ni una palabra de eso en aquellos momentos. Dudaba si querría oír hablar de ella en el futuro, y no digamos en aquel momento. No quería tener que recordar lo que sucedió cuando tuvieron la reunión. Nada, en absoluto, nada. Tampoco tenía mucho interés en contarle a la abogada que Alda no podría testificar en su favor, como ella esperaba. Esa esperanza había desaparecido para siempre jamás.

– Mañana -respondió Þóra a la eterna pregunta de su hija: «¿Cuándo vienes?»-. Tempranito, además. Ni siquiera habrás terminado de comer.

– ¡Bien! -exclamó Sóley, encantada. Luego se puso a hablar en voz baja, de modo que Þóra tuvo que concentrarse a fondo para oír lo que le decía desde el otro extremo de la línea-: Es que la abuela está preparando esas asquerosas albóndigas que mete en verdura.

– Ajá -dijo Þóra con una sonrisa. Las albóndigas de col tampoco habían sido su plato favorito cuando tenía la edad de Sóley-. La cena la prepararé yo. No te preocupes -se despidió de su hija, que le dijo en el momento del adiós que Gylfi quería ponerse, y la voz áspera de su hijo la pilló desprevenida.

– ¿Puedes buscar una pensión en Heimaey para la fiesta nacional? -dijo sin saludar siquiera, ni perder el tiempo en cualquier otra expresión de cortesía-. Todo está lleno, y no puedo quedarme en una tienda de campaña con Sigga y Orri.

– Yo siempre había pensado que el principal obstáculo para dormir en una tienda eras tú -respondió Þóra, dando a entender que su hijo no era persona aficionada al aire libre-. Además, es ridículo que queráis ir a una fiesta con el niño a cuestas. Es demasiado pequeño -Þóra levantó los ojos al cielo-. Aparte de que vosotros también sois demasiado jóvenes -su hijo aún no había cumplido los dieciocho años y su nuera, y madre del niño, tenía uno menos. Era una verdadera pena que la pobre chica hubiera llegado tan pronto a la pubertad. Sin duda, había sido una gran ventaja cuando la gente moría como mucho a los treinta años de edad, pero ahora resultaba ya bastante absurdo-. No tenéis nada que hacer allí.

– Yo pensaba que a lo mejor tú podías venir con nosotros -dijo Gylfi a toda velocidad-. Podríamos alquilar un apartamento en el que pudiéramos estar todos, y también Sóley. Y vosotras podéis atender a Orri si Sigga y yo tenemos que ir a algún sitio, y encargaros de la comida y demás.

Al principio, Þóra se quedó extrañadísima de oír que Gylfi quería que fuera con ellos, pero lo entendió perfectamente al escuchar el motivo. Ella tenía que alquilar un apartamento, ocuparse de cocinar y limpiar y hacer la compra. Una virtud tenía Gylfi sin duda, y es que no se le podía considerar sutil ni taimado.

– Veré qué puedo hacer, pero me temo que no tiene mucho sentido hablar de eso ahora -dijo Þóra después de pensar un momento. Aquello era mucho peor que salir de excursión el día de la fiesta del comercio [3]. Estaba más claro que el día que no la invitarían a ir con ellos si Gylfi y su novia no tuvieran un niño.

– Estupendo -dijo Gylfi-. Mira también los billetes -añadió antes de que ella pudiera decir adiós-. Es que ya no hay tampoco.

Þóra puso cara de desesperación y se despidió. A continuación hizo algunos intentos infructuosos de encontrar alojamiento para el fin de semana en cuestión. Como estaba alojada en un hotel, empezó llamando a recepción con la esperanza de que hubiera dos habitaciones libres. La respuesta a su pregunta fue una sonora carcajada, y lo mismo sucedió cuando lo intentó con los demás alojamientos de la isla. Una mujer se dio cuenta de la desesperación de Þóra y se ofreció a comprobar si quedaban apartamentos libres en el mercado. Siempre había personas que preferían alquilar su piso a familias en vez de a jóvenes solos. Anotó el teléfono de Þóra, pero le recomendó que no se hiciera demasiadas ilusiones. Þóra no quería ocuparse del transporte a Heimaey hasta después de solucionar el tema del alojamiento. De poco serviría ir a la fiesta si luego tenían que dormir en la calle. Estaba acabando de prepararse para bajar y salir con Bella a comer algo, cuando sonó el timbre del teléfono.

El que llamaba era Matthew. La voz sonaba muy alegre, aunque todavía no había logrado decidir si aceptar o no el trabajo en Islandia. Þóra leyó entre líneas que estaba esperando que ella le quitara de encima el problema, que vendría si le animaba a hacerlo y se quedaría en su casa si le daba a entender que no le acababa de apetecer la idea.

Ella se mantuvo firme en su determinación y no soltó ni una palabra sobre el tema, aunque le resultó doloroso y difícil. Deseaba tenerle cerca, pero le daba horror que el interés empezara a disminuir con el paso del tiempo. Decidió, por tanto, cambiar de tema para no correr el riesgo de delatarse y pedirle que aceptara el puesto.

– ¿Por qué motivo le pueden cortar el órgano sexual a un hombre y metérselo en la boca? -fue lo único que se le ocurrió decir. El capítulo de la autopsia que trataba de la cabeza le tenía la mente muy ocupada. Se había descubierto que en la boca de la cabeza sin cuerpo se encontraba el órgano sexual de un hombre, probablemente el del mismo individuo. Aquella era la agradable sorpresa que había anunciado Guðni. Al otro lado de la línea se produjo un largo silencio.

– Aún estoy intentando pillar lo que acabas de decir, porque creo que lo he entendido de modo absolutamente equivocado -se oyó decir por fin a Matthew-. No se me ocurre nada plausible, lo más probable es que haya oído mal.

– No -dijo Þóra-. No has oído mal. En estos momentos estoy trabajando en un caso que, entre otras cosas, tiene que ver con una cabeza en la situación que te acabo de decir.

– ¿Una cabeza? -dijo Matthew, que obviamente era incapaz de encontrarle el menor sentido-. Ya veo que no te dedicas solo a casos de divorcio, como estabas pensando. ¿O se trata de un caso de divorcio?

– Si supiera a quién pertenecía la cabeza… -respondió Þóra con expresión cansina, y empezó a explicar lo sucedido en forma abreviada. Después repitió su pregunta inicial-. Si supiera lo que empuja a los asesinos a hacer una cosa así, tal vez podría reducir el número de posibles sospechosos.

– Por lo que me cuentas, este debe de ser uno de esos casos que nunca se solucionan -le dijo Matthew sin hacer referencia alguna a la mutilación-. Ha pasado tanto tiempo que dudo de que llegues a algún sitio.

– Pues vaya perspectiva más halagüeña para mi cliente -dijo Þóra-. No quiere seguir siendo sospechoso el resto de su vida, que es lo que sucederá si no se averigua la verdad -calló, pero prosiguió enseguida-: Claro que, en cierto modo, eso sería lo mejor para él, en caso de no encontrar al culpable. Porque también podría ser acusado él, e incluso pueden juzgarle. Por el momento no hay más opciones, y este caso tiene todo lo necesario para que salgan buenos titulares en los medios de comunicación. Y eso amenaza con influir hasta en el más listo de los jueces y de los policías.

– Tus casos los eliges tú -dijo Matthew-. ¿Has elegido este conscientemente?

– No, en absoluto -respondió Þóra al momento-. Pero por lo menos tengo que creérmelo. Yo no fui a buscar a ese hombre. Jamás me habría esperado nada ni remotamente parecido cuando me encargué del caso, en el que no habrían tenido que rodar cabezas, en el sentido literal de la expresión… -bufó-. Pero aún no me has respondido a qué se puede deber lo que hicieron con la cabeza. ¿Tienes alguna idea?

– No me puedo considerar un experto -respondió Matthew, y Þóra se dio cuenta de que su voz tenía un tono diferente, mucho más serio que cuando empezaron a hablar-. Pero bueno, uno ha oído y ha leído algo sobre esas cosas.

– Naturalmente -dijo Þóra-. Es algo totalmente inevitable.

– Sabes lo que quiero decir -respondió Matthew, picado-. No es tan raro en las guerras, aunque no sé muy bien si es algo practicado por el hombre desde tiempo inmemorial. El objetivo es sin duda privar a la víctima de su virilidad y al mismo tiempo mostrar repugnancia ante ese individuo. La mafia utilizaba también este sistema cuando quitaba la vida a los traidores.

Þóra frunció las cejas:

– Dudo mucho que la mafia tenga nada que ver aquí. Esto es una ciudad pequeña que vive de la industria pesquera, y aquí la mafia no tiene mucho que rascar.

– Pero habrá un puerto, supongo.

– Sí, claro, pero dudo de que esto tenga algo que ver con la familia -dijo Þóra, segura de su posición. Había visto fotos de las Islas Vestmann de la época de la erupción, y mafiosos al estilo italiano con traje y cigarro puro habrían llamado tanto la atención como un astronauta con el equipo completo-. Cierto que estalló una guerra por el bacalao entre Islandia y el Reino Unido en esa época, pero no fue una guerra en el sentido habitual, porque prácticamente no hubo ejércitos.

– Te repito que se utiliza también en los asesinatos motivados por el odio, cuando se mata por raza, religión o tendencia sexual. ¿Puede haber algo de eso?

– Pues vaya, no tengo ni idea -respondió Þóra-. Aún no han conseguido identificar los cadáveres, lo que hace bastante fastidioso el caso. Confío en que lo logren, porque sabiendo tan poco estoy más bien sin recursos.

– Sea cual fuere el resultado, Þóra -dijo Matthew con la respiración agitada-, un acto como ese deja ver un odio, una furia y una rabia auténticamente exacerbados. Si la persona que lo hizo sigue con vida, creo que conviene andarse con pies de plomo. Quien sea responsable de algo así no estará nada feliz de que se escarbe en el pasado.

Þóra intentó relajar un poco el clima.

– Vaya, gracias. Pero el asesino estará ya criando malvas o formará parte de la tercera edad. Creo que no corro ningún peligro.

Matthew calló por un instante.

– El odio no envejece con las personas. No un odio como ese, Þóra. Tienes que poner los pies en el suelo, con mucha prudencia.

Al concluir la conversación, Þóra se quedó un rato mirando al infinito. Hizo un esfuerzo por imaginarse a sí misma cortando el órgano sexual de un hombre y metiéndoselo en la boca. No lo consiguió. Se dio cuenta de que las palabras de Matthew eran más que razonables. Aquello demostraba un odio increíble; un odio que hacía que la persona en cuestión no pudiera seguir en medio de la sociedad humana. Pero ¿qué podía provocar un odio semejante?

Capítulo 15

Miércoles, 18 de julio de 2007

No había nadie en recepción cuando Þóra bajó a dejar la llave. No se veía a Bella por ninguna parte, de modo que Þóra le envió un SMS para que se diera prisa si querían tomar el avión. Þóra no tenía ningún interés en perder el vuelo de la mañana y tener que esperar hasta la tarde para poder viajar de Heimaey a Reikiavik, pues tenía muchas cosas esperándola en el campo de batalla del hogar, y también en el trabajo. Dejó las llaves sobre el mostrador con un golpe, esperando que la recepcionista se percatara de su presencia, pero no tuvo éxito. Descubrió una campanilla de estilo antiguo y la hizo sonar bien fuerte. No pasó mucho tiempo hasta que apareció, con una sonrisa en los labios, la mujer que, al parecer, atendía la recepción día y noche, y arregló la cuenta de Þóra. Pero Bella seguía sin dar señales de vida. ¿Habría vuelto a salir de copas y a lo mejor seguía durmiendo en la cama de algún marinero desconocido? Þóra miró su reloj y vio que aún no había motivo de alarma, así que se acomodó en un sillón y cogió la prensa. Los periódicos eran del día anterior, pero Þóra se puso a hojearlos de todos modos.

Poco después apareció en la puerta principal del hotel Jóhanna, la hermana de Alda, y se dirigió hacia Þóra, que enseguida dejó el periódico y la saludó.

– Sí, hola -respondió Jóhanna cogiéndole la mano sin fuerza mientras intentaba recuperar el aliento-. Estaba segura de que ya te habrías ido. Tomas el vuelo de por la mañana, ¿verdad?

– Sí -respondió Þóra, mirando otra vez el reloj de la pared-. La chica que me acompaña se retrasa un poco. Mejor, porque si no ya estaría en el aeropuerto -miró a Jóhanna y le sonrió-. ¿Hay algo nuevo?

– Anoche encontré una cosa. Después de hablar contigo me puse a pensar en Alda y en lo que dijiste de los cadáveres del sótano. Si hay unos criminales que le hicieron algo a mi hermana, quiero ayudar en todo lo posible -levantó una bolsa de plástico que llevaba e hizo ademán de dársela a Þóra-. Por eso busqué esto. Quiero que les eches un vistazo.

Þóra miró la bolsa extrañada y la cogió. Contenía cinco cuadernitos. Miró de nuevo a Jóhanna.

– ¿Qué es esto?

Jóhanna tenía un gesto que parecía pedir perdón, y se acariciaba la barbilla, aparentemente por los nervios.

– Alda desde siempre escribía un diario, y yo sabía que estaba guardado con otras cosas suyas en el trastero de mis padres. Nuestra casa era una de las que no quedaron cubiertas del todo, y la desenterraron enseguida. Después de la muerte de mi padre, mi madre puso la casa en venta pero no ha salido comprador aún. Yo la ayudé a examinar los trastos y a tirarlos para dejar la casa libre y que no tuviera que avergonzarse de que estuviera llena de cosas inútiles en el trastero y el almacén cuando viniera alguien a verla. Me encontré esto entre las cosas que Alda se dejó allí después de la erupción, por las que no había mostrado ningún interés desde entonces. Pensaba devolverle sus diarios cuando viniera el fin de semana pasado -sonrió como excusándose-. Mi madre está en Reikiavik por la muerte de Alda, y no sabe que los he cogido. No estoy segura ni de que conozca su existencia.

A Þóra le dieron unas ganas tremendas de darle un beso a aquella mujer, pero se contuvo. Sabía perfectamente que no debía hacerse cargo de aquellos cuadernos, pues podrían ser de utilidad para las investigaciones de la policía, pero también sabía igual de bien que si los entregaba no podría volver a verlos durante una buena temporada, y quizá ni siquiera en su totalidad. Pero, como abogada, no le parecía nada conveniente quebrantar la ley.

– Lo mejor es que estos diarios vayan a manos de la policía -dijo, entregándole la bolsa a Jóhanna-. Es muy posible que contengan información de la que deba disponer la policía.

El gesto de Jóhanna se endureció y se quitó la mano de la barbilla.

– Esto no se lo pienso llevar a Guðni y compañía. De eso ni hablar. Aquí hay pensamientos privados de mi hermana en los años de su adolescencia, y no quiero ni imaginarme que puedan hacerse públicos y que los lean unos desconocidos.

– ¿Tú los has leído? -preguntó Þóra, con la bolsa aún en la mano.

– No -dijo Jóhanna sacudiendo la cabeza-. No soy capaz. En su momento, estos diarios eran lo más sagrado que tenía Alda, y a mí casi ni me dejaba verlos, incluso cuando ni siquiera sabía leer. No tengo interés en conocer sus secretos, por muy corrientes que puedan parecer hoy día -miró a Þóra con ojos suplicantes-. Confío en ti aunque no te conozca. Tú comprendes lo que es ser una chica jovencita y además puedes juzgar si entre las cosas de las que se escribe en ellos puede haber algo importante sobre los cadáveres y el asesinato de Alda.

– No es seguro que Alda haya sido asesinada -dijo Þóra, sobre todo por guardar las formas. La hermana estaba ya completamente convencida, y nada que Þóra pudiese decir sería capaz de hacerla cambiar de opinión-. E incluso si los diarios pudieran arrojar alguna luz sobre este caso, eso no significaría que puedan explicar la muerte de Alda.

– De eso me doy perfecta cuenta -respondió Jóhanna, aunque su rostro decía algo completamente distinto-. A lo mejor no hay nada en absoluto en esos diarios. A lo mejor hay algo -cogió la mano de Þóra-. ¿Me prometes que los leerás por mí? Si no hay nada que le pueda interesar a la policía, me devuelves los diarios y ya está. Pero no soy capaz de deshonrar la memoria de mi hermana dándoselos a la policía si no es imprescindible.

Þóra observó durante un instante a la mujer que tenía allí delante de ella. Igual que el día anterior, llevaba puesto un traje de chaqueta corriente, de empleado de banca, y una camisa verde que no pegaba nada con la chaqueta y los pantalones azules. En la comisura de los labios había una manchita de pasta de dientes. Ropa, estilo y aspecto no era en lo que más se pensaba en momentos tristes como aquellos. Þóra comprendía perfectamente el lamentable estado de ánimo de aquella mujer.

– Los leeré, pero tendré que entregar todo lo que considere que afecta al caso -miró la bolsa-. Naturalmente, lo mejor sería que los leyeras tú misma.

Johanna sacudió la cabeza con vehemencia y el peinado, que no estaba especialmente cuidado, se le deshizo por completo.

– No. No quiero hacerlo. Te pareceré ridícula o mojigata, pero es más que la lealtad hacia mi hermana lo que me impide leer lo que pone ahí -tomó aire por la nariz y lo exhaló despacio-. Había algo horrible en las relaciones de Alda con mi padre. Que yo sepa, nunca hablaban, ni se veían a solas. No tengo ninguna gana en absoluto de enterarme de por qué pasaba eso, me da miedo que mi padre le hubiera hecho algo imperdonable. Quiero recordarlos a los dos como los veía yo y, en todo caso, ya es demasiado tarde para cambiar nada. Los dos están muertos.

Þóra asintió. Podía entender a esa mujer. A la vista de los casos de incesto que iban saliendo poco a poco a la superficie, Jóhanna tenía miedo de que hubiera pasado algo parecido.

– Comprendo -se limitó a decir-. Puedes confiar en que no desvelaré nada que no esté directamente relacionado con el caso. Además, me pondré en contacto contigo antes de hacer nada.

Jóhanna sonrió satisfecha.

– Bien -miró al gran reloj de pared que estaba colgado en la recepción-. Dios mío, tengo que darme prisa. Se me ha hecho demasiado tarde.

Þóra vio a la mujer salir por la puerta del hotel y dirigirse a paso rápido hacia su trabajo, hasta que desapareció al doblar la esquina. La bolsa pesaba en los dedos doblados de Þóra y ardía en deseos de leer lo que decían los diarios. Albergaba la sincera esperanza de no encontrar nada que pudiera causar a Jóhanna un dolor innecesario, pero también se temía que sería eso precisamente lo que la esperaba. Si había algo en los diarios que afectase al caso, sería algo malo y negativo. Las palabras de Matthew sobre el odio sonaban como un eco en su mente, y cuando hubiera llegado hasta el fondo, Þóra no estaba nada segura de que le apeteciera saber lo que había puesto en marcha toda aquella horrible cadena de acontecimientos.

Bella se dejó caer en una silla al lado de Þóra, que estaba sentada ante una mesa del aeropuerto. Señaló con el pulgar en dirección a una ventanilla donde vendían golosinas.

– Menudo rollo. No había -se volvió y Þóra pudo ver perfectamente que estaba poniendo malísima cara al hombre del mostrador-. Y a esto lo llaman aeropuerto.

– El vuelo dura veinte minutos, Bella -dijo Þóra, molesta-. Tienes que ser capaz de aguantarlos sin chicles de nicotina -ahora era Þóra la de la mala cara, y miró hacia donde estaba el avión-. Tienen que empezar con el embarque ya -soltó por decir algo. No era solo el cabreo de Bella lo que aumentaba su impaciencia por partir, sino también los diarios de Alda, pues ardía de ganas por empezar a leerlos. No era solo la expectación por lo que pudiera haber allí oculto lo que la hacía tener tanta prisa por revisar aquellos cuadernos, sino que, obviamente, si no tenía más remedio que entregárselos a la policía, más valdría leerlos lo antes posible. La policía se enfadaría con ella por mucha prisa que se diera en entregar los diarios, pero el daño era menor si lo hacía al poco de llegarle a ella a las manos; a ser posible. Si los repasaba ese mismo día, al siguiente podría hacer una fotocopia y entregar los cuadernos.

– No hay ninguna prisa -farfulló Bella-. Ya hemos pagado los billetes y no se irán sin nosotras -se puso en pie-. Voy a fumarme un cigarrillo.

Þóra respiró más tranquila al quedarse sola, y su alegría se vio aumentada cuando anunciaron que en breves momentos partiría el avión para Reikiavik. Se levantó para buscar a Bella en la explanada del aeropuerto, y la vio apoyada en la escultura conmemorativa de la visita a Islandia de Gorbachov y Reagan, dejando escapar una nube de humo detrás de otra.

– Vamos -dijo Þóra-. No podemos perder el avión.

– No se irá -dijo Bella encantada consigo misma, pero dio la última calada y luego apagó el cigarrillo. Señaló la escultura y la placa con la inscripción-. ¿Quiénes son estos tipos?

– Vamos -dijo Þóra, que no tenía ganas de explicarle la historia que había detrás del encuentro de los dos líderes mundiales, eran unos jefazos que ya no le importan a nadie. Þóra se apresuró a entrar e incluso mantuvo la puerta abierta para que la secretaria entrase también. Aun así, fueron las últimas en entrar en el avión y ocupar sus asientos. Nada más abrocharse el cinturón de seguridad, Þóra sacó los cuadernos.

– ¿Qué es eso? -preguntó Bella con un gesto de extrañeza al ver en manos de Þóra aquellos cuadernos de diferentes colores y un tanto estropeados por las esquinas. Frunció sus cejas pintadas de oscuro-. ¿Diarios? -dijo al momento-. De pequeña yo también tenía de esos. ¿De quién son?

Aunque ya hubiera llovido desde la visita de Reagan y Gorbachov, al parecer la vida seguía igual generación tras generación. Þóra también había tenido un diario muy parecido al que estaba en lo más alto del montón.

– Nada, es una cosa que tengo que revisar -respondió Þóra sin decir a quién pertenecían los diarios-. Nada especial, creo -Þóra parecía haber dado en el clavo en lo tocante al primer cuaderno. Era del año 1970 y a primera vista no contenía nada relacionado con la investigación. La caligrafía de Alda era la típica de las adolescentes, grandes letras redondeadas y de vez en cuando las íes iban rematadas por un corazoncito en vez de por un punto. Las fechas estaban en la parte superior de cada página; a veces se saltaban una semana entera, y quizá era ese el motivo de que hubiese perseverado durante varios años. Þóra había dejado de escribir en su diario al cabo de seis meses, cuando sus anotaciones le empezaron a mostrar ya con meridiana claridad lo poco que pasaba en su vida a los once años de edad. Habría debido limitarse a los acontecimientos especiales. Habría podido hacer un ejercicio de introspección desde una infancia que ya le había desaparecido casi en su totalidad.

Þóra cerró el cuaderno y lo puso al final del montón. Buscó el cuaderno de 1973, que encontró con facilidad, porque era el más estropeado y la cubierta crujió al abrirlo. Þóra lo abrió por la primera página y leyó la entrada del año nuevo de 1973, donde Alda daba la bienvenida al año entrante y resumía en cinco puntos lo que se proponía conseguir en los doce meses que tenía por delante. Þóra sonrió al ver los objetivos que se había propuesto.

1. Viajar al extranjero.

2. Estudiar en casa.

3. Comprar un tocadiscos.

4. Encontrar novio.

5. Dejar de pensar en el pelo: crece.

Aunque no comprendía este último punto, todo encajaba perfectamente con una chica de quince años que estaba empezando a meter un pie en el mundo de los adultos. Ahora eso mismo sería más típico de una jovencita de trece años, pero en 1973 las cosas sucedían más despacio en la vida de los niños y los jóvenes. Þóra leyó entonces sobre lo mustios que se habían quedado los padres de Alda después de la feliz noche anterior, y que su hermanita Jóhanna estaba todavía más asustada por los fuegos artificiales, que habían sido mucho más chulos que el año anterior. Venía a continuación un breve texto en el que Alda describía su preocupación por las aves de las islas, y de ahí pasaba a contar lo que le gustaban los fuegos artificiales y la influencia negativa que tenían estos sobre los animales. La entrada terminaba con la promesa de procurar que cada día fuera lo suficientemente emocionante para merecer ser registrado en el nuevo diario.

Þóra leyó luego lo que había sucedido en ese mes de enero de tantos años atrás. El colegio volvía empezar después de las vacaciones navideñas, y Alda no parecía lamentarlo en absoluto, incluso se alegraba de ello, a juzgar por lo que decía en el diario. Estaba encaprichada de un tal Stebbi y había empezado a creer que el sentimiento era mutuo, pero no parecía tener interés alguno por Markús, excepto como amigo. Þóra no pudo saber exactamente, por lo que estaba leyendo, si la chica se había dado cuenta de lo loquito que le tenía, aunque todas las frases en que se hablaba de él eran positivas y parecían escritas con amistad. El 15 de enero representó un hito en su vida, porque Alda besó al tal Stebbi delante del kiosco, y esa página estaba cubierta de flores y corazones. El día siguiente no era igual de feliz, porque se perdió el gatito de su casa, y el drama fue en aumento los días siguientes hasta que consiguieron encontrarlo, después de una frenética búsqueda. Þóra pensó si aquel gato sería uno de los muchísimos que se quedaron en Heimaey, cuyo número fue disminuyendo más y más desde la erupción. De vez en cuando se encontraban también reflexiones sobre el pelo que Þóra no conseguía entender, igual que sobre los objetivos para el nuevo año. La lectura le hizo pensar que Alda se había cortado el pelo muy corto y que no le gustó el resultado, pero no acababa de comprender por qué una cosa así podía afectarla de semejante modo.

La tercera semana del mes dejaba ver la gran expectación de Alda ante el baile del colegio, que se celebraría próximamente. Era claramente un acontecimiento muy esperado, y aunque Alda no entraba en detalles, parecía desearlo y temerlo al mismo tiempo. Consistía en algo que iban a hacer todos los chicos y chicas de la clase, pero Þóra no consiguió enterarse de qué se trataba. Cuando llegó el 19 de enero, Þóra dio un respingo. En la parte superior de la página estaba escrita la fecha, pero debajo había un borrón tan repetido y fuerte que el bolígrafo había traspasado la hoja en varios sitios. En toda la página había hecho lo mismo. Algo había pasado, y aunque Þóra se esforzó por ver si había algo debajo del tachón, no consiguió encontrar nada. A lo mejor le había dado calabazas el Stebbi ese del que Alda andaba tan enamorada. Pero había apretado el bolígrafo con tanta fuerza que Þóra lo consideró improbable, incluso para una persona joven en plena tempestad de hormonas. Volvió a dejar el diario en el regazo.

– ¿Qué rollo es ese? -oyó decir a Bella, que señalaba con el índice la parte rayada-. ¿Cogió el cuaderno un niño pequeño?

Þóra no había pensado en esa posibilidad. Era posible que Jóhanna hubiera garrapateado aquello en el cuaderno de su hermana en un ataque de furia o por niñería.

– No lo sé -respondió Þóra con toda sinceridad-. Hasta aquí todo estaba muy pulcro.

Bella soltó un bufido:

– Eso dices tú -se quedó mirando fijamente la hoja rayada y Þóra no pudo evitar imitarla. La azafata anunció a los pasajeros por los altavoces que comenzaban el descenso hacia Reikiavik y que tenían que poner el asiento en posición vertical y abrocharse los cinturones de seguridad-. ¿Has leído alguna vez de algún accidente en el que los únicos supervivientes tuvieran la mesa plegada o el respaldo del asiento en posición vertical? -preguntó Bella en voz tan alta que otras personas pudieron oírla-. Yo creo que se trata de proteger las mesas y los asientos si el avión se estrella. Menudo rollo.

El pasajero que estaba sentado al otro lado del pasillo miró a Bella muy molesto y cerró su mesa con un golpetazo.

Þóra se concentró en mirar al frente y fingir que no pasaba nada. Pasó página y miró la siguiente hoja, que resultó estar vacía. No había anotaciones para los días 20 y 21 de enero. «Maldita sea», pensó Þóra; hasta ese momento no había habido ni una línea que pudiera relacionarse con la cabeza y la caja. El diario se quedó atrás la noche de la erupción, por eso la única esperanza para Markús era que Alda hubiese escrito algo sobre ese suceso el día 22, pues la erupción empezó por la noche. Por eso sería estupendo que la página correspondiente no estuviera vacía. Þóra respiró hondo y cruzó los dedos antes de pasar página.

Afortunadamente, la página fechada el 22 de enero no estaba ni vacía ni rayada como la anterior. Pero, seguramente, Alda estaba bajo la influencia de medicamentos o casi delirando cuando escribió la entrada del día. Þóra se sentía totalmente incapaz de entender de ninguna manera aquel texto incoherente que, a diferencia de los anteriores escritos de Alda, recorría la página haciendo olas en lugar de seguir líneas rectas. El texto constaba de una repetición de las palabras «asco asco asco» y diversos «¿por qué salí? ¿por qué? ¿por qué?» y también «quiero morirme». Todo eso estaba mezclado y Þóra no pudo ver que la disposición tuviera algún sistema especial. En la línea que seguía a ese caos decía:

No escribiré más en este cuaderno. Lo hago por Dios y por mamá y papá y luego me mataré. Nunca volveré aquí.

Aquello parecía estar escrito con más serenidad, porque las letras eran rectas y estaban mejor trazadas. No había nada más. Aunque, en realidad, el bolígrafo había hecho una línea hasta la parte de abajo de la página, y abajo del todo ponía, en una letra diminuta que apenas era legible:

Markús.

Þóra dejó el cuaderno y suspiró. ¿Por qué demonios no había sido más clara Alda? Aquello parecía ir en la dirección correcta, daba a entender claramente que la chica había sufrido un shock. Si se añadía algo de fantasía a lo último, el nombre de Markús en la página podía interpretarse como una indicación de que quizá él podría ayudarla. Lo escrito no demostraba, por otra parte, la versión de su cliente. Después de esas páginas, las demás del diario estaban completamente vacías.

Capítulo 16

Miércoles, 18 de julio de 2007

Þóra dejó el periódico y suspiró. Claro que siempre podía consolarse pensando que la foto de la primera página habría podido corresponder a cualquier cincuentón apuesto. Había muchos del mismo estilo. Pero eso no sería más que un pobre consuelo para Markús, que la miraba fijamente, con cara de culpable, desde una fotografía bastante mala. Los periodistas debían de haber revuelto Roma con Santiago para encontrar una foto de su cliente con gesto atrabiliario. Aunque los rasgos estaban bastante confusos, aquel hombre parecía claramente capaz de cualquier cosa. El titular «Cuatro muertos: asesinato según la autopsia» estaba elegido con la finalidad de presentar a Markús como un criminal. El artículo publicado en páginas interiores no decía prácticamente nada más que lo que figuraba en el informe de la investigación policial, aparte de poner de relieve que la policía estaba investigando a Markús Magnusson, hombre de negocios de Reikiavik, por su participación en el caso. En un recuadro especial se incluía una breve biografía, en la parte baja de la página, en la que se señalaba que Markús vivía en Heimaey cuando aquellos hombres fueron asesinados. Lo que olvidaban mencionar era su corta edad en esos años. No se habían contentado con sacar a Markús en la foto de la primera página, porque también ilustraban con una imagen suya el artículo de las páginas interiores, junto con dos fotografías de la excavación y una vista general de Heimaey. Saltaba a la vista que los periodistas no habían podido acceder a los informes de la autopsia propiamente dichos y que tampoco relacionaban a Alda con el caso. El artículo era básicamente un resumen de lo que había ido apareciendo previamente, aunque ahora se presentaba a Markús a la luz pública y el hallazgo de unos cadáveres se había convertido en la investigación de unos asesinatos. Ahora habría que esperar a que algún medio de comunicación empezara a mencionar el nombre de Alda en relación con el caso.

Þóra pensó que era fundamental aprovechar el tiempo y meterse a fondo en la parte que se relacionaba con la enfermera. En cuanto los periodistas empezaran a interesarse por Alda, se le cerrarían muchas puertas. Þóra hojeó las notas que había ido tomando y repasó las pocas que tenía sobre Alda. Pensó que debía ponerse en contacto con el instituto de Ísafjörður para rastrear las huellas de sus amigas de entonces, hablar con los médicos con los que trabajaba Alda y con los empleados del servicio de urgencias donde había hecho guardias nocturnas y de fin de semana. Þóra le dio vueltas a la posibilidad de hablar con un médico al que conocía bastante bien (su propio ex marido), pero decidió dejarlo por el momento, no fuera a ser que le pidiera a ella que le devolviera el favor. La experiencia le había enseñado que el viejo dicho de que los regalos acaban pagándose encajaba especialmente bien en la relación entre ambos, y no estaban en igualdad de condiciones.

Buscó el número del instituto de Ísafjörður y cruzó los dedos con la esperanza de que alguien respondiera. Era pleno verano y no estaba nada claro que fuera a haber alguien. Afortunadamente, la secretaría resultó que estaba abierta y Þóra dio con una funcionaría dispuesta a ayudarla en todo lo posible.

Þóra prefirió esperar al teléfono mientras la mujer intentaba encontrar la referencia de Alda, por miedo a no poder establecer contacto más tarde. Después de un rato larguísimo, la mujer volvió a ponerse al teléfono.

– Pues mira, el invierno de 1972-1973 no hubo ninguna Alda Þorgeirsdóttir matriculada en el instituto -dijo la mujer, que parecía triste por no haber podido encontrar los datos solicitados-. ¿Puede ser que tuviera algún otro nombre de pila? Lo único que tenemos son registros en papel y en orden alfabético. Llevamos tiempo pensando en informatizarlo, pero nunca hay tiempo. Por eso necesito el nombre completo, lo siento.

– No -respondió Þóra, vacilante-. Creo que ése es el único. ¿Puede ser que no figure la matrícula porque empezara cuando el curso ya estaba iniciado? A finales de enero, después de la erupción en las Vestmann.

– Eso no cambia las cosas -dijo la mujer, aún con pena en la voz-. Naturalmente, es posible que haya habido algún error, pero me parece bastante improbable. La financiación del instituto por los poderes públicos se asigna de acuerdo con el número de alumnos, y siempre hemos tenido mucho cuidado en que nuestras matrículas estén perfectamente en orden. Aunque hoy día hay muchas cosas que no siguen ya el mismo patrón, esta es una de las pocas que se mantienen inalteradas.

Þóra le dio las gracias y se despidió. ¿Habría ido Alda al colegio con otro nombre o sencillamente Jóhanna recordó mal el nombre de la escuela a la que asistió su hermana después de la erupción? Esto era probablemente lo que pasaba, porque la historia de Jóhanna no encajaba en absoluto. Los alumnos no cambiaban de clase y de curso de la noche a la mañana en pleno invierno. Þóra estuvo pensando en quién podría conducirla a la verdad del asunto, y su conclusión fue que tenía que hablar con la madre de Alda sin demora. La madre probablemente recordaría sin confusión alguna todo aquello, y Þóra podría, además, aprovechar la ocasión para preguntarle una serie de cosas. Entre las notas que había tomado figuraba el número del móvil de Jóhanna, la hermana de Alda, pero cuando la llamó para ver cómo organizar una reunión con su madre no hubo respuesta. Jóhanna seguramente estaba muy ocupada con su trabajo de cajera y lo único que Þóra podía hacer era volver a intentarlo más tarde. También quería informarla de que en los diarios no había nada anómalo sobre la relación de Alda con su padre.

Decidió hacer otro intento y preguntar a las amigas de la infancia de Alda lo que fue de ella después de la erupción, por si entretanto hubieran recordado algo más. Solo contestaron dos de ellas, y por el tono de ambas estaba claro que temían que sus llamadas telefónicas fueran a hacerse demasiado frecuentes y que habían cometido un error al atenderla cuando llamó por primera vez. Por lo menos, las dos tuvieron en común el atender a Þóra mucho peor que la otra vez. Ninguna de las dos dijo recordar nada importante, aparte de lo que ya le habían contado, y siguieron empecinadas en que Alda había ido al instituto de Reikiavik, aunque no sabían cuándo había empezado a asistir ni si llegó a hacer el examen final de acceso a la universidad. Después, la primera mujer empezó a protestar porque se le estaba haciendo tarde y se despidió, sin dar ocasión a Þóra de hacerle más preguntas. Afortunadamente, la otra mujer no se mostró tan antipática y Þóra consiguió preguntarle muchas cosas que se le habían ocurrido después de leer el artículo publicado en el periódico.

– ¿Puede ser que a Alda le sucediera algo justo antes de la erupción, algo que la hiciera ser distinta a como era habitualmente? -preguntó Þóra.

– Dios mío, hace tantísimo tiempo de eso… -respondió la mujer; se podía apreciar que se sentía como si la conversación no fuera a acabar nunca-. Si pasó algo, yo no lo recuerdo.

– No sé, ¿baja de ánimos, malhumorada o algo por el estilo? -insistió Þóra.

– No lo recuerdo -respondió la mujer, pero entonces se calló un momento, como si se tomara tiempo para pensar-. En realidad, todos tuvimos ciertos problemillas el fin de semana anterior; ya lo tenía completamente olvidado.

– ¿Qué pasó? -preguntó Þóra expectante.

– Bueno, una típica tontería de adolescentes -dijo la mujer-. Probamos el alcohol por primera vez el fin de semana antes de la erupción. Nos emborrachamos a muerte y se supo todo. A mí me castigaron sin salir por la tarde durante dos meses, pero naturalmente el castigo cesó con la erupción. Si Alda estaba mustia sería probablemente por cómo se enfadaron sus padres con ella.

– ¿Dónde estuvisteis bebiendo? -preguntó Þóra-. ¿En alguna casa? -apuntó entonces, a la luz de su propia experiencia.

– No, en el baile del colegio -respondió la mujer-. Claro, se descubrió enseguida y nos mandaron a todos a casa, incluso a quienes no habían bebido.

Þóra insistió en el tema, pero no sacó mucho más en claro. Los chicos se habían dedicado a robar bebidas en sus casas: cada uno llenó una botella pequeña de Coca-Cola con lo que encontraba, la mayoría cogió una copita de cada tipo de alcohol para que nadie sospechara. Así acabaron con toda clase de mezclas y se armó la de San Quintín, como era de esperar. La mujer con la que estaba hablando Þóra se puso mala en el baile, así que llamaron a sus padres para que fueran a buscarla, como les pasó a otros muchos; tenía una vomitona de aupa. Por eso no podía decirle si Alda había podido irse a casa sola o si también la habían ido a recoger. No recordaba nada de la última parte de la fiesta por culpa de la borrachera. Así que Þóra decidió no seguir preguntándole por ese tema: le preguntaría a Markús en cuanto tuviera oportunidad de hacerlo. Ojalá no tuviera él tanto problema para recordar y contar lo sucedido.

– Una cosita más, y prometo dejarte en paz -dijo Þóra-. ¿Sabes por qué estaba tan molesta Alda con su pelo?

Þóra esperaba que la mujer dijese que no sabía de qué le estaba hablando, pero no fue así.

– Ah, eso -respondió, con voz apagada-. Menuda barbaridad.

– ¿Le pasó algo a su pelo? -por la mente de Þóra pasaron todas las historias terroríficas que había oído a lo largo de los años sobre peluqueros que les quemaban el pelo a sus clientes con el líquido de la permanente o con los tintes.

– Se lo cortaron -respondió la mujer-. El curso entero hizo una acampada en el gimnasio al terminar los exámenes, antes de las navidades, y cuando Alda se despertó por la mañana le habían cortado el pelo, probablemente mientras dormía. Nunca se descubrió quién había sido.

Þóra frunció las cejas.

– ¿Quiénes estaban allí, y quiénes tenían acceso al gimnasio?

– El curso entero, si no recuerdo mal. Claro que hubo algunos que prefirieron no participar o que estaban enfermos, pero la mayoría de los chicos y las chicas estaban allí. También había dos profesores y el conserje. Puede ser que hubiera más adultos, pero no lo recuerdo. Naturalmente, me habría olvidado de todo si no hubiese sido por lo del pelo de Alda. Como es lógico, se puso hecha un basilisco, pues tenía un pelo especialmente bonito, largo y rubio. Se lo cortaron con unas tijeras y casi la dejaron al cero. Naturalmente, tuvo que ir a una peluquería al día siguiente para que se lo arreglaran, pero fue una imbecilidad. Demasiado corto, igual que un chico.

Þóra se despidió. Estaba de lo más confusa, porque recordaba perfectamente lo importante que era el pelo en la adolescencia. Era absurdo pensar que aquel desagradable suceso pudiera tener alguna relación con el caso, pero nunca se sabe. Otro detalle más que preguntarle a Markús, junto a lo que había dicho la mujer sobre la borrachera adolescente del fin de semana anterior a la erupción, la noche antes de que apareciera la sangre en el muelle.

Þóra pasó a ocuparse de la clínica en la que trabajaba Alda. Vio en la Red que la llevaban dos cirujanos plásticos, Dís Hafliðadóttir y Ágúst Ágústsson. Þóra tuvo la sensación de que el nombre del tal Ágúst le resultaba conocido. Efectivamente, lo había oído mencionar de pasada en una reunión de su grupo de amigas, hablando de tratamientos de belleza. Las amigas más enteradas decían que era el mejor especialista en senos de toda la ciudad. Había además rumores menos contrastados sobre personas que venían incluso desde Hollywood para ponerse en sus manos, y Þóra recordó que aquello le había sonado un poco excesivo. Si en Hollywood no se podían conseguir unos senos decentes, sería absurdo que tuvieran que marcharse nada menos que a Reikiavik para operarse. La práctica hace al maestro, según dicen. En cambio, a la tal Dís no la había mencionado nadie, y si miles de personas iban a someterse a sus tratamientos desde el otro extremo del mundo, su grupo de amigas no se había enterado.

El contestador informó a Þóra de que la petición de hora se debía hacer antes del mediodía en días laborables. Le indicó igualmente que si necesitaba contactar con alguno de los doctores en relación con intervenciones ya realizadas podía llamar al número que figuraba en su parte de alta. El número de emergencias, evidentemente, no era público. Þóra decidió dejar un mensaje en el contestador.

Ya no le quedaba más que hablar con el servicio de urgencias, pero el número le recordaba a Þóra muchos años de matrimonio con un médico que volvía siempre tardísimo después de las guardias. Siempre se alargaban lo indecible. Incluso le sonó familiar la voz de la mujer que respondió, aunque llevaba ya cinco años separada de Hannes. Pero no le pasó lo mismo a la mujer al otro lado de la línea, la voz de Þóra no pareció encender ninguna lucecita en su memoria, ni pasó a un registro de mayor familiaridad al oír su nombre. Þóra intentó consolarse pensando que allí trabajaba mucha gente y que a lo largo del tiempo unos se iban y otros venían, además de que su nombre era relativamente común. Después de esperar para hablar con la supervisora de Alda Þorgeirsdóttir, informaron a Þóra con cierta desgana de que trasladaban su llamada a la jefa de enfermería que estaba de guardia en esos momentos. Þóra le dio las gracias, pero antes de que acabara su frase la mujer ya había transferido la llamada. En los oídos de Þóra sonó una espantosa melodía electrónica que seguramente jamás habría podido entrar en ninguna lista de éxitos.

Unos minutos más tarde se presentó con voz fría una mujer llamada Elin, a quien no parecían quedarle muchas ganas de hablar después de haberse pasados unas cuantas horas aliviando los sufrimientos de las personas que llegaban al servicio. Þóra se presentó y explicó el motivo de su llamada. Dijo que buscaba información sobre Alda Þorgeirsdóttir y preguntó si podría pasarse por allí a hablar con sus antiguos compañeros de trabajo, por un asunto que afectaba a un amigo de la infancia de la enfermera recientemente fallecida.

– Sé perfectamente cómo estáis de liados y os molestaré lo menos posible -dijo finalmente, con la esperanza de ser mejor recibida. Aquella gente tenía muchísimo que hacer, pocos lo sabían mejor que Þóra, e imaginó que acabaría teniendo que hablar con ellos mientras curaban alguna herida abierta.

– Alda Þorgeirsdóttir había dejado de trabajar aquí ya antes de su fallecimiento -dijo la enfermera jefe-. En realidad nunca fue empleada fija, sino que se limitaba a hacer algunas guardias los fines de semana y algunas noches. Trabajaba en una clínica privada en el centro, por lo que creo que deberías ponerte en contacto con ellos.

Siempre venían bien los consejos de los demás, sobre todo si eran obvios.

– Claro, pienso hacerlo -respondió Þóra, algo molesta por la frialdad de la voz al otro lado de la línea-. Pero preferiría poder hablar también con vosotros.

– No creo que sea posible -fue la respuesta-. En primer lugar, no tenemos nada que decir, además es muy dudoso que sea ético, y por último no tenemos obligación ninguna de hablar con un abogado de la ciudad. La ética ocupa aquí un lugar prioritario.

¿Ética? Þóra intentó adivinar la edad de aquella mujer. ¿Cien años? ¿Ciento cincuenta?

– Naturalmente, no tenéis ninguna obligación de recibirme -respondió-; claro, a menos que tenga un accidente. Pero en todo caso siempre podría llamaros a testificar ante un tribunal y enterarme entonces de si tenéis información que afecte al caso. Tal vez esa sea la mejor solución.

– ¿Ante un tribunal? -exclamó la mujer, menos orgullosa que antes-. Creo que eso será totalmente innecesario. Ya te he dicho que dejó de trabajar aquí -se la notó vacilar por un momento-. ¿De qué va todo esto, si puedo preguntar? ¿De la muerte de Alda?

– De un caso en el que trabajo para un señor que conocía a Alda -respondió Þóra, aprovechando la situación para jugar sus cartas.

– ¿Se trata de un caso de violación? -preguntó la mujer, y ahora su voz estaba llena de recelo-. Ya hemos dicho todo lo que tenemos que decir. Nosotros no protegemos a nadie, y de nada sirve presentarse con subterfugios. Este caso va a resolverse en el tribunal, que es el que decide la culpabilidad, y ahí termina nuestra labor. Seguimos las normas habituales en este tipo de casos, y entre ellas no figura el tener reuniones con abogados de la calle sobre cualquier tema del que a ellos les apetezca hablar.

Ahora fue Þóra quien titubeó. ¿Un caso de violación? Tenía que andarse con cuidado para no meterse en algo que no tuviera nada que ver con ella y con el caso de Markús. En realidad, la enfermera tenía toda la razón; el hospital no tenía ninguna obligación de atenderlos a ella ni a Markús y los intereses de quienes se veían obligados a recurrir a sus servicios tenían que quedar siempre en primer plano.

– No, no se trata de ningún caso de violación. Te lo prometo -dijo Þóra, esforzándose al máximo para ser amable-. Ya veo que desgraciadamente no va a ser posible, así que mejor lo dejamos. Tenéis mucho trabajo.

Þóra colgó. No había abandonado su intención de hablar con los trabajadores de urgencias por respeto a las normas de trabajo del hospital o el juramento hipocrático. Sencillamente, entraría por la puerta de atrás. Se tragó una parte de su orgullo y marcó el número de teléfono de su ex marido.

Dís escuchó el mensaje del contestador y la sonrisa que llevaba en los labios después de una intervención exitosa desapareció como por ensalmo. ¿Y ahora? ¿Una abogada que quería hablar con ellos sobre Alda? No la policía, como había temido, sino la abogada de un amigo de la infancia de Alda al que Dís nunca había oído mencionar. Escuchó de nuevo el mensaje e intentó sacar de él algo más, aunque sin éxito. La voz era suave y amable y no daba a entender en absoluto que Dís y Ágúst escondieran algo sucio ni que estuviera interesada exclusivamente por alguna cuestión formal sin relación ninguna con ellos. Dís pensó en ir a buscar a Ágúst, que estaba terminando la consulta con el último paciente del día, un hombre joven que quería que le borrasen las cicatrices de una pelea. Decidió esperar. Ágúst era un teatrero y ella no tenía ningún interés en alimentar sus propios temores escuchando sus ideas paranoicas. Casi le dieron arcadas de pensar en el único pleito que habían tenido por cuestiones profesionales. En esa época, Ágúst estaba casi antipático, por su permanente preocupación por el caso, aparte de sus absurdas cavilaciones que no renunciaba a exponer en todas las ocasiones posibles. Cuando el pleito terminó en una sentencia, Dís estuvo a punto de añadir su alma a la indemnización que fueron condenados a pagar. Era pura calderilla, sobre todo en comparación con la posibilidad que les proporcionó para poder trabajar en paz.

Dís anotó el número de la abogada y a continuación borró los mensajes. Decidió llamar a la abogada al día siguiente, cuando Ágúst no estuviera en la clínica. Lo más probable era que no se tratara de nada importante, seguramente sería algo relativo a la herencia, querría saber si Alda tenía un seguro de vida a cargo de la clínica o algo parecido. Dís lo solucionaría ella sola, y si por un azar improbable el asunto fuera algo más serio, avisaría a Ágúst. Pero solo si era imprescindible.

Dís se dirigió a la bonita mesa de escritorio de Alda. Tenía un espacio reservado en la recepción, detrás de un tabique que la separaba de la sala de espera. Alda no tenía despacho propio, como Ágúst y ella misma, pues ayudaba sobre todo en el quirófano y algo en el papeleo. Dís observó el pulcro lugar de trabajo, que se parecía, en ese aspecto, al despacho de Ágúst. Pero, a diferencia de este, Alda había dado a aquel pequeño espacio un poco de alma; sobre la mesa había una fotografía enmarcada de una mujer que Dís recordó que era la única hermana de Alda, más pequeña que ella, y había también una maceta de color con un cactus que parecía crecer estupendamente. «Pobre cactus», pensó Dís. Ni ella ni Ágúst eran capaces de mantener con vida ni una mala hierba, y la chica de la recepción tendría problemas para separarse un momento de su teléfono móvil y cuidarlo. Lo más razonable sería, pensó Dís, tirar de inmediato la maceta a la basura, para no tener que ver cómo se marchitaba el cactus, pero no se decidió a hacerlo, por respeto a la memoria de Alda. Mejor sería intentar acordarse de la planta y cuidarla lo mejor posible. De ese modo, si el cactus moría, al menos podría decir que lo había intentado. Por respeto a Alda no podía tirar algo que ella apreciaba.

Encantada con sus nobles pensamientos, Dís se sentó y empezó a examinar la mesa y el ordenador de Alda. Ni se le pasó por la cabeza que aquello pudiera ser inapropiado. Ella tenía una empresa que era propietaria de aquel ordenador, igual que de todo lo demás que había por allí, y si Alda guardaba secretos que no hubiera querido que fueran conocidos en la consulta, a Dís le parecía perfectamente normal disponer de ellos. Ágúst era un cotilla y la chica de la recepción era, si acaso, tonta. Ninguno de los dos tenía la madurez suficiente para honrar la vida particular de otra persona.

Mientras el ordenador arrancaba, Dís repasó los cajones de la mesa. En el de más arriba estaban los objetos de escritorio, tan bien ordenados como Dís nunca habría sido capaz de ponerlos aunque le fuera la vida en ello. En el primer cajón de Dís todo estaba amontonado: plumas, clips, sellos y otras cosas más que iban a parar allí porque no tenían ningún sitio especial.

En los otros dos cajones no había muchas cosas, pero entre ellas había unos documentos que Dís no supo qué eran, a primera vista. Entre ellos estaba el informe de la autopsia de una mujer fallecida en el hospital de Ísafjörður. Dís lo leyó por encima pero no encontró ninguna relación con Alda ni con su trabajo en la clínica. No le era conocido el nombre de la mujer, y cuando el ordenador acabó de ponerse en marcha, intentó revisar las bases de datos. Aquella mujer no había sido paciente suya ni de Ágúst. Dís se encogió de hombros sin querer y supuso que la mujer sería alguna pariente de Alda, o alguna conocida, aunque la diferencia de edad entre ellas hacía esto último más improbable. Dís puso el informe sobre la mesa para que no fuera a parar a una caja con todo lo demás, porque tirarían unas cosas a la basura y otras acabarían en el trastero. A lo mejor podría encontrar una explicación en otro momento, si se presentaba la ocasión. El fallecimiento se había producido en fecha relativamente reciente, de modo que a lo mejor aquello formaba parte de la explicación de por qué Alda se quitó la vida. Aunque un suicidio era algo muy dramático, había cosas aún peores, y no era asunto de Dís recabar información que pudiera aclarar o desmentir las razones que habían llevado a Alda a la muerte.

En el cajón había también una foto de un hombre joven, al que Dís tampoco pudo reconocer. La foto era horrorosamente mala. Evidentemente, el hombre no sabía que le estaban fotografiando. Estaba sentado, o más bien repantigado en una silla mirando al infinito con gesto duro, aunque sin muecas. El hombre no parecía demasiado simpático. Dís no fue capaz de hacerse una idea de cuándo se había tomado la foto. Lo único que se veía era el hombre, una pared amarilla y la silla en la que estaba sentado. Lo que no se podía negar es que era de lo más guapo. Antes de dejar la foto, Dís la levantó para mirarla bien e intentó comprender por qué le parecía tan atractivo aquel hombre. No encontró una explicación, pero pensó que a lo mejor Alda la había conservado porque era de la misma opinión que Dís.

Cerró el cajón y centró su atención en el ordenador. Sonrió para sí al ver la foto que Alda utilizaba como fondo de pantalla. Era un gato retocado con un programa de fotografía que sonreía como un tonto, con una fila de dientes humanos. Dís pensó que no tendría nada en contra de tener gato si pudiera conseguir uno con ese aspecto, y se puso a especular si podría utilizar sus conocimientos para transformar un gato de esa forma. Obviamente, estaba cansada después del largo día.

Dís se hartó enseguida de mirar los documentos del ordenador. Eran infinitos, y después de abrir algunos al azar, no encontró nada que despertara su interés. Así que entró en Internet y comprobó por mero entretenimiento las páginas que Alda tenía marcadas como favoritas. Cuando vio la lista, se quedó boquiabierta de asombro.

Comprobó un enlace tras otro con la esperanza de que no fueran lo que parecían, pero los nombres indicaban claramente que sí. Apareció una página porno tras otra. Dís se quedó boquiabierta. Resulta que Alda no era lo que parecía. ¿Quizá aquello guardaba alguna relación con su trabajo en urgencias? Pero no podía ser ese el motivo. Allí se encontraban todas las variedades del sexo: sadomasoquismo, homosexualidad, relaciones tradicionales entre un hombre y una mujer y muchas otras variantes. Dís respiró aliviada al comprobar que en ningún caso aparecían niños. ¿Qué problema tenía Alda? Tal vez aquello explicaba que no tuviera una relación estable, porque no sabía lo que quería.

Cerró el navegador con la sensación de que hubieran abusado de ella, aunque había elegido voluntariamente mirar todo aquello, sabiendo perfectamente lo que hacía. No era el contenido de las páginas lo que perturbaba su tranquilidad, sino haberse asomado al mundo de Alda por una puerta cuya existencia siempre había ignorado. Puf, sería tremendamente difícil escribir una necrológica sobre ella. Resopló y pensó si no valdría más decidir que ya estaba bien y apagar el ordenador. Pero la curiosidad superó a la prudencia y Dís entró en el correo electrónico de Alda. Decidió que no abriría ningún mensaje que pudiera tener relación con la vida sexual de Alda, pero se vio tentada de ordenar los correos por el nombre de remitentes y receptores, para comprobar los cruzados entre Alda y las personas que ella conocía.

Los mensajes de Ágúst aparecieron ordenados en primer lugar. Dís no había abierto más que un par de mensajes cuando se dio cuenta de lo que había estado pasando. Se reclinó sobre el respaldo. Las páginas web eran un juego de niños en comparación con aquello. Esperó en lo más hondo que el mensaje de la abogada Þóra Guðmundsdóttir no tuviese que ver nada en absoluto con aquello.

Capítulo 17

Miércoles, 18 de julio de 2007

El folleto sobre las violaciones era sin duda muy científico, pero demasiado poco interesante como para pasarse mucho rato leyéndolo. No había ningún otro material de lectura a la vista, y después de entretenerse un rato poniendo orden en el bolso no le quedó nada más que hacer. Þóra estaba sentada con las piernas cruzadas en una silla muy incómoda de un pasillo desierto del viejo hospital municipal, y en su aburrimiento se dedicó a mover los pies arriba y abajo. No era capaz de leer el folleto por tercera vez. Hannes había ido a su encuentro con una enfermera que conocía a Alda, pero la pega era que la mujer no estaba segura de cuándo se quedaría libre y había insistido en que Þóra podía esperarse cualquier cosa. Þóra estaba ya a punto de abandonar cuando oyó unos pasos que se acercaban. Una mujer de mediana edad con bata blanca y pantalones largos dobló la esquina. Llevaba una carpeta de papel apretada contra el pecho. La mujer refrenó sus pasos cuando se acercó a Þóra.

– ¿Eres Þóra Guðmundsdóttir? Yo soy Bjargey. Perdona que te haya hecho esperar tanto rato -dijo la mujer, extendiendo la mano. No llevaba anillo y las uñas estaban pulcramente cortadas hasta el comienzo de la carne-. Estaba en una reunión que parecía no acabarse nunca -señaló con la barbilla una puerta que había a un lado de Þóra-. Mejor nos sentamos ahí dentro. En mi despacho hay muchísimo jaleo, pero aquí hay tranquilidad.

Þóra había tenido tranquilidad de sobra durante los últimos cuarenta minutos, pero sonrió y se puso en pie.

– Estupendo -respondió-. No te molestaré mucho rato -entraron en un pequeño despacho y la enfermera encendió la luz con el codo-. Tengo entendido que trabajaste algo con Alda Þorgeirsdóttir, y por eso quizá puedas ayudarme -dijo Þóra cuando las dos estaban ya sentadas.

– Sí, puedo intentarlo -respondió la mujer con calma-. Naturalmente, existen límites para lo que se me permite decir pero, como ignoro por completo de qué va el asunto, ya iremos viendo si hay algo de lo que no pueda hablar. Sin duda, es conveniente dejar claro que si hablo contigo es por hacerle un favor a tu ex marido, Hannes. Trabajamos mucho juntos.

– Soy plenamente consciente de ello, y os estoy muy agradecida a los dos -respondió Þóra-. No quiero preguntarte nada sobre enfermos ni ninguna otra cuestión interna del hospital, solo estoy buscando a alguien a quien Alda hubiera podido hacer confidencias -Þóra miró a la mujer a los ojos-. Alda dejó un secreto que ya no puede seguir oculto. Tengo la esperanza de que se lo hubiese confiado a alguien, posiblemente a algún compañero de trabajo.

– Pues vaya -dijo Bjargey-. Lo cierto es que Alda no era una persona demasiado abierta, aunque era de lo más simpática con todo el mundo, empleados y enfermos. Pero no se me ocurre nadie en especial -sonrió a Þóra con desgana-. Alda solo venía los fines de semana y hacía también algunas guardias extra cuando le venía bien. Siempre hay falta de personal en las horas en que ella estaba libre, porque casi nadie quiere trabajar en fin de semana ni por la noche -Bjargey se dio cuenta de que seguía con la carpeta de papel en las manos, y la dejó en la mesa sobre un montón de carpetas semejantes antes de continuar-. Alda trabajaba durante el día en otro sitio, no solía hacer guardias con las mismas personas y por eso no era parte del equipo, como los demás.

– ¿De modo que no trabajaba con nadie en especial? -preguntó Þóra-. Contigo, por ejemplo.

Bjargey sacudió la cabeza y la horquilla que le mantenía el flequillo apartado de los ojos se soltó. Llevaba el pelo corto y ya lo tenía un poco débil. Detuvo con una mano la caída de la horquilla sin alterarse lo más mínimo-. Yo me encargo de la planificación de las guardias, por eso sé cómo estaban las cosas. Algunas veces estuve de guardia con Alda, y me caía bien -Bjargey se echó el pelo hacia atrás y volvió a fijarlo con la horquilla-. Por decirlo suavemente, me quedé asombrada al oír que se había quitado la vida. No me parecía que fuese una persona capaz de algo así, si quieres que sea sincera.

– ¿No había dejado ya de trabajar aquí? -preguntó Þóra-. Cuando hablé con la enfermera jefe, me dijo que se despidió poco antes de fallecer.

– Así es -dijo Bjargey, y carraspeó-. El asuntó está aún en estudio, tanto internamente como en otros sitios, de modo que no puedo decir mucho sobre ese tema.

– ¿Así que Alda no dejó de trabajar por las buenas? -preguntó Þóra-. No había sacado esa impresión de mi conversación con la enfermera jefa.

– Por las buenas y por las malas, todo junto -dijo Bjargey sin comprometerse-. Se produjo una situación en la que ni ella ni yo podíamos conformarnos, de modo que acordamos que se tomaría una temporada libre hasta que se solucionara el tema -volvió a juguetear con la horquilla, que, sin embargo, parecía perfectamente sujeta-. La decisión se tomó totalmente por las buenas. Estoy convencida de que Alda habría vuelto si no hubiera pasado lo que pasó.

– Comprendo -dijo Þóra-. Dijiste que se estaba realizando una investigación interna y también en otro sitio. ¿Eso se refiere a un caso policial o a una cuestión de reparación de daños? -Þóra intentó imaginarse qué delitos podían realizarse en los hospitales-. ¿Tuvo Alda algún error serio en el trabajo? ¿Robó medicinas? ¿O…?

Bjargey guardó silencio un momento, parecía reflexionar cuál sería la mejor forma de responder, e incluso si debía hacerlo o no. Cuando volvió a hablar, se expresó como sopesando cada palabra que decía:

– Alda no está acusada de un error en el trabajo ni de haberse llevado medicamentos sin permiso. El asunto no tiene nada que ver con eso. Lo que es objeto de discusión es si se comportó de la forma conveniente, aunque esa conducta presuntamente indebida tuvo lugar fuera de las horas de trabajo y no tiene relación alguna con esta institución. Pero no resultaba adecuado que en esas circunstancias continuara trabajando aquí.

Þóra no comprendía ni jota.

– No acabo de entender adonde quieres llegar -dijo con una sonrisa apagada-. ¿No podrías explicármelo un poco mejor?

– No -respondió Bjargey, ahora sin titubeos-. Eso no tiene nada que ver con el fallecimiento de Alda y no veo que el secreto que estás intentando desvelar tenga tampoco relación alguna con ello -no la miró a los ojos al decirlo, pero sí cuando prosiguió-: Lo siento. El asunto es delicado.

Þóra se dio cuenta de que aquello significaba que no debía seguir intentándolo.

– No importa -dijo-. Pero para volver a lo que me ha traído aquí, ¿sabes de alguien a quien Alda hubiera conocido bien en las guardias, aunque su relación no hubiera llegado a ser íntima?

Bjargey sonrió a Þóra con la sonrisa de quien cree estar hablando con un tonto.

– ¿Has venido alguna vez a urgencias por la noche o en fines de semana?

– No, a decir verdad, no, pero sí que vine un par de veces con mis hijos, cuando eran pequeños. Y siempre durante el día, naturalmente.

– No es comparable -dijo Bjargey-. Alda trabajaba en las guardias más difíciles y molestas, cuando la planta se llena de individuos borrachos como cubas y cretinos que no paran de vomitar o que se han herido, o de víctimas que llegan aquí destrozadas a palos o rajadas. Intenta imaginarte a ti misma trabajando con esa gente armando escándalo por todos lados. Los borrachos son terriblemente impacientes y si tienes a varios esperando, la situación en la sala de espera llega muchas veces al punto de hacerse peligrosa, por no hablar del horror de tener que escuchar los chillidos y las protestas continuos. No queda tiempo para la charla ni para las confidencias. Eso está más que claro.

– Ah, vaya -dijo Þóra, que comprendía perfectamente que un lugar de trabajo lleno de borrachos no sería un modelo de orden. Ciertamente, a lo largo de los años Hannes le había contado algunas cosas, de manera que las palabras de la enfermera no la pillaban totalmente por sorpresa-. Así que Alda era buena trabajadora -dijo Þóra-. ¿Estaba encargada de alguna tarea en especial o se dedicaba al trabajo general de enfermería?

Bjargey miró a Þóra otra vez como si fuera dura de entendederas.

– Alda solía encargarse de lo que había. Era una magnífica enfermera y, naturalmente, tenía gran experiencia en curas delicadas, por su trabajo con los cirujanos plásticos. Los médicos recurrían a ella para que les ayudara a la hora de coser heridas y cosas así. También era una persona muy equilibrada y madura, de forma que era muy amable siempre que había que hablar con alguien en aquel tremendo barullo y anotar los informes de incidencias. Era especialmente hábil con las mujeres -dijo Bjargey, que miró su reloj. El mensaje era obvio: Ya es suficiente. Volvió a mirar a Þóra-. Afortunadamente, las mujeres frecuentan este lugar el fin de semana mucho menos que los hombres, pero los porcentajes de uno y otro sexo se van aproximando progresivamente cada fin de semana que pasa. Por desgracia.

La igualdad parecía ir más en la dirección de los aspectos más tenebrosos que hacia los más valiosos, pero Þóra no ignoró el comentario.

– La hermana de Alda me dijo que intervenía en casos de violación y que, entre otras cosas, eso la llevó a tener que testificar en los tribunales. ¿Es así?

Por primera vez desde el comienzo de la conversación, Bjargey titubeó por un instante, pero enseguida dijo:

– Como te he explicado, Alda venía principalmente por las noches y los fines de semana, que es precisamente cuando se comete la mayoría de delitos violentos. Como ella tenía un temperamento especialmente amable y tranquilizador, acudía con frecuencia a reconocer y atender a las chicas y las mujeres que se habían visto sometidas a esa infamia. Hacía un seguimiento de las víctimas tan amable que hasta se creaba una relación de confianza entre ellas y Alda. Para las mujeres es infinitamente mejor no tener que hablar de ese asunto con muchas personas.

– Naturalmente -dijo Þóra-. ¿Cómo se realiza el seguimiento?

– Variaba mucho -respondió Bjargey-. No siempre es posible fijar horas de consulta, pues una parte de las mujeres entran en crisis psicológica y no soportan una reunión cara a cara. Naturalmente, se intenta prever esta circunstancia y tomar medidas, pero en algunos casos especialmente serios se tiene que recurrir al teléfono. Alda era una de las pocas que no tenían objeción a dar su número de teléfono personal a esas mujeres, y las aconsejaba y apoyaba telefónicamente -Bjargey se apresuró a añadir-: Naturalmente, le pagaban por ello, y hacía un resumen exhaustivo después de cada conversación telefónica y rellenaba los informes oportunos -Bjargey miró el reloj de la pared-. ¿No sería ya hora de ir acabando?

– Sí, claro; solo una última cuestión -dijo Þóra-: ¿habló Alda alguna vez de las Islas Vestmann o de la erupción de 1973?

Bjargey se incorporó, pensativa.

– No, no que yo recuerde -dijo-. Bueno, en realidad estuve trabajando con ella el día de la fiesta del comercio el año pasado, y entonces sí que se mencionaron las islas. Recuerdo que me dijo que ella era de allí -se apresuró a añadir-. A diferencia de otras fiestas, la del comercio es relativamente tranquila en la ciudad. Tuvimos una guardia bastante reposada y pudimos charlar.

– ¿Recuerdas algo de lo que hablasteis? -preguntó Þóra con mucho tacto. Estaba segura de que la mujer pondría punto final a la conversación en aquel mismo instante si aludía a la cabeza cortada-. ¿Mencionó quizá por qué nunca volvió a su lugar de nacimiento?

Bjargey sacudió la cabeza.

– No, creo que no -respondió-. Se limitó a explicar cómo era la gente que vivía allí. Me habló de las tiendas de campaña blancas que levantan los isleños en la fiesta anual, y cosas de esas. No recuerdo que me dijese que no iba mucho por allí -parecía que Bjargey no iba a cambiar de opinión, cuando de pronto añadió-: En realidad, lo cierto es que le pregunté si no le apetecía ir para allá. Porque yo habría podido encontrar alguna enfermera que la sustituyera.

– ¿Y? -preguntó Þóra-. ¿Qué contestó?

Bjargey frunció las cejas.

– Recuerdo que su respuesta, y el tono de su voz, me parecieron muy extraños, completamente ajenos a ella. Dijo que no iría allí ni para salvar su cabeza -Bjargey miró a Þóra-. Luego se echó a reír y dijo que había sido una broma -Bjargey se puso en pie-. No llegué a entender dónde estaba la gracia.

Stefán pensó que la melodía que sonaba en la radio no era precisamente la más adecuada en esos momentos, de modo que la apagó. Estaba en su despacho, aunque en realidad debería estar ya de camino a casa. Otro día más en que no lograba llegar a casa a la hora debida. Suspiró pesadamente en silencio. Mañana lo conseguiría. Su ascenso en la policía le exigía pasar más tiempo en el trabajo de lo que había imaginado al principio, y ya se le estaba haciendo demasiado pesado. Su mujer estaba convencida de que se pasaba las horas hasta la noche en su despacho tan contento, un día sí y otro también, y estaba de permanente malhumor. Stefán estaba ya más que harto de cómo iban las cosas en casa. Sobre todo le ponía de los nervios tener un límite de tiempo para poder meterse en la cama con su mujer cuando no llegaba a casa a la hora. Mañana volvería, como mucho, a las cinco. Definitivo. Pero era bastante habitual que en cuanto pensaba en irse a casa empezaran a llover toda clase de cuestiones urgentísimas. ¿Qué hacía entre las nueve y las cinco toda esa gente llena de problemas? Hacía un rato, a las cinco en punto, el médico forense había llamado para decirle que tenía los resultados del último análisis toxicológico de la enfermera fallecida. El forense pidió a Stefán que se quedara un momentito más porque tenía que acabar una cosilla en la sala de autopsias y que le volvería a llamar en cuanto estuviera de vuelta en su despacho, donde tenía el informe. Así que Stefán tenía que quedarse allí un poquito más, él solo, pero en vista de anteriores experiencias, llamó a casa para anunciar que se retrasaría. Había que aguantarse. Perdió la esperanza de encontrar un buen recibimiento al llegar a casa. Ya eran las seis y media cuando, por fin, llamó el forense y Stefán escuchó el frío tono de voz que tenían también él mismo y su esposa.

– Sé breve -dijo-. Ya se ha hecho muy tarde.

– No me digas -respondió el forense, tan molesto como Stefán. Calló y se oyó el ruido de escribir sobre un papel al otro lado de la línea. Fue directamente al grano-. Como recordarás, el primer análisis no proporcionó nada que pudiera indicar la causa de la muerte, que es lo que hemos intentado averiguar con este nuevo análisis. No sé hasta qué punto sabes de estas cosas, pero el laboratorio busca en primer lugar lo que pensamos que es más probable. Naturalmente, pedimos que examinaran en el laboratorio las sustancias activas, y luego añadimos nosotros otras sustancias habituales, pero no encontramos nada. En esta ocasión ampliamos el análisis. Además recogí muestras de tejidos y las hice examinar.

– ¿De qué tejidos? -preguntó Stefán. Lo que sabía de medicina forense cabía en la parte de atrás de un sello, pero no quería que el forense se diera cuenta. Esperaba que la pregunta no pareciese demasiado simplona.

– Tomé muestras principalmente de los sitios acostumbrados, pero lo más interesante resultó ser la muestra de tejido que tomamos de la lengua de la mujer -respondió el forense, y se le oyó pasar páginas-. Nunca había visto un cadáver con la lengua en esa posición, y sospeché que había algo raro.

– ¿Y? -preguntó Stefán, turbado. Por la voz del forense se percató de que estaba a punto de decir algo importante, y que disfrutaba el momento. Pero Stefán no tenía tiempo para ese género de cosas.

– Y estaba en lo cierto -dijo el forense con orgullo-. Esa mujer fue asesinada y la demostración se halla en su lengua -el ruido de los papeles cesó de pronto-. Se trata de algo muy poco frecuente. Vaya si lo es.

Stefán tomó aire y contó mentalmente hasta tres. No tenía tiempo para contar hasta diez.

– ¿Tienes intención de contarme ese asombroso descubrimiento o tengo que adivinarlo? -preguntó con la mayor tranquilidad que pudo.

– ¿Adivinarlo? -dijo el médico riendo-. Amigo mío, jamás conseguirías adivinarlo. La lengua de esa mujer había sido inyectada con bótox, y luego se la doblaron y la empujaron al fondo de la garganta -en vista de que Stefán no decía nada, añadió-: Precioso, ¿eh?

Stefán recuperó la palabra.

– Pero ¿el bótox no es un medicamento contra las arrugas? -no tenía demasiado interés por las arrugas, pero su mujer destrozaba todo programa de televisión que él se pusiera a ver con constantes observaciones de que esa o aquella actriz se habían inyectado bótox-. Paraliza la piel o algo por el estilo, ¿no es eso?

– En realidad paraliza el músculo -respondió el forense-. Ese medicamento, o como quieras llamarlo, tiene que ver con al botulismo, que es una intoxicación alimentaria que puede producir precisamente una paralización letal. El bótox posee las mismas propiedades e impide que la señal se transmita a las terminales nerviosas de los músculos de la parte superior del rostro, evitando así que se encojan. El efecto permanece durante varios meses, pero es necesario volver a inyectarlo si el paciente quiere seguir conservando un rostro juvenil. La sustancia en sí da unos resultados magníficos, aunque en este caso se haya utilizado de una forma bastante perversa y muy poco ortodoxa.

– ¿De modo que se le paralizó la lengua? -preguntó Stefán, aunque la respuesta era evidente-. Se la metieron en la garganta y se asfixió, ¿no es así?

– Imagino que esa era la intención -dijo el forense-. Pero la cuestión es que el bótox necesita varias horas para actuar por completo, incluso algunos días, aunque el movimiento muscular, en todo caso, resulte muy difícil desde el primer momento. Creo que el asesino se hartó de esperar y por eso le metió la lengua en la garganta. La mujer fue incapaz de volver a ponerla en su sitio, pues la actividad muscular de la lengua estaba muy disminuida. Tenía moretones en los brazos, lo que podría indicar que la tuvieron sujeta -el forense calló por un momento-. Tengo que repasarlo todo a la luz de estos nuevos datos. Entonces es posible que encuentre algo más que nos permita elaborar un cuadro más preciso de lo que sucedió.

– Pero ¿es tu opinión firme que se trata de un homicidio? -dijo Stefán-. La mujer era enfermera y podría habérselo hecho ella sola. La gente hace de todo cuando se encuentra desequilibrada.

– Queda excluido que haya podido hacérselo ella sola -respondió el forense con decisión-. Las marcas que tiene en los brazos no permiten pensar que buscara ese fin. Así que todo dice, en mi opinión, que intervino alguien que intentó hacer que pareciese un suicidio, pero le entró pánico y no tuvo el cuidado necesario. A lo mejor son solo una consecuencia del medicamento, pero los vómitos que había en la habitación indican que su estómago no soportó aquel horror y se soltó por culpa del tóxico.

– Y daba la casualidad de que el asesino llevaba bótox en el bolsillo -dijo Stefán. Su mente no hacía más que darle vueltas a todo.

– Bueno, como dijiste tú mismo, la mujer era enfermera y la cirugía plástica no le resultaba desconocida en absoluto, como se puede comprobar en su cuerpo -dijo el forense-. A lo mejor el bótox que utilizó el asesino era de ella. A lo mejor, la idea era evitar los vómitos. Cerrarles el paso.

– No sé si lo sabes, pero ella trabajaba en una clínica de cirugía estética -dijo Stefán-. Tal vez sacó el bótox de allí para tener en su propio botiquín, por si de pronto le aparecía alguna arruga.

– Puede ser -dijo el forense, pensativo-. Pero dudo mucho que le hayan dado su propia provisión. No es una sustancia que se utilice en casa. Aunque nunca se puede saber si el cirujano plástico para el que trabajaba pasó por allí -gruñó-. Ni es oportuno ni está entre mis atribuciones pensar en posibles culpables. Mi trabajo consiste en hallar la causa de la muerte, y creo que ahora la sé. Un homicidio intencionado, en el que se asfixió a la mujer de una forma muy poco habitual. Mi informe estará sobre tu mesa mañana al mediodía. Lo mejor es que me ponga a trabajar.

Cuatro crímenes más uno sumaban cinco. Stefán se despidió y suspiró muy teatralmente, ahora bien fuerte. De momento no podía irse a casa, eso estaba claro. Encendió la radio, pero la volvió a apagar porque no se oía música, sino solamente gritos y anuncios idiotas. Cuando Stefán había apagado la radio un rato antes, estaba sonando una canción que hablaba de sexo, aunque con palabras muy bonitas. Stefán confiaba en que siguiera todavía, porque de momento no podía esperar tener nada de eso en la realidad. Volvió a suspirar con fuerza y marcó el número de su casa.

Capítulo 18

Jueves, 19 de julio de 2007

Tras el más largo periodo de cielo despejado que recordaba Þóra, ahora se estaba cubriendo de oscuros nubarrones de tormenta. La luz constante, durante las veinticuatro horas del día, resultaba molesta y desagradable. Þóra se apretó contra el cuerpo la fina rebeca y se dio cuenta de que no se había vestido para el tiempo que hacía. Bastaban dos semanas de tiempo cálido para olvidar cómo puede ser un verano islandés. Þóra se sintió tan novata como los extranjeros que se enfrentaban a la lluvia horizontal con un paraguas como única arma. Aceleró el paso hasta llegar a la puerta de la comisaría, donde se encontraría con Markús, a quien habían llamado para otro interrogatorio más. Þóra había llamado a Stefán, el comisario, para saber de qué iban a hablar, pero se resistió a dar ninguna información. Þóra tuvo la sensación de que el caso se había vuelto más serio. Se sacudió el agua de lluvia que le había caído en el pelo y en la ropa. Vio que había llegado diez minutos antes de la hora. Aprovechó para arreglarse la cara en un lavabo. Es difícil respetar a una mujer que tiene el rímel todo corrido por la cara. Cuando por fin consiguió parecerse a lo quería ser, volvió a salir. Allí estaba Markús, con una gabardina azul oscura y elegantemente vestido de la cabeza a los pies, con un gesto de lo más irritado.

– Bueno -dijo Þóra acercándose a él-, ¿estás listo?

La única respuesta fue un gruñido.

Caminaron en silencio hacia la sala de interrogatorios. Þóra no se atrevía a hablar con él cuando le veía de tan mal humor, y además apenas tenía tiempo para intentar hacerse una idea de lo que podría preguntarle la policía. Habían llamado a Markús con solo media hora de antelación, a la hora del café. Antes de salir a toda velocidad en su coche, Þóra pudo meter las actuaciones del caso en una cartera. Cuando estuvieron ante la puerta en cuestión, Þóra esperó aún un momento para recomendar a Markús que actuara como ella le indicara, y que no debía decir nada más que lo que le preguntaran, al menos no sin consultarla a ella antes. Markús movió la cabeza en señal de asentimiento, sin despojarse de su gesto de enfado, y entraron. Þóra se recordó a sí misma que las personas reaccionan de modos muy distintos en una situación de tensión, algunas se ponen pura y simplemente fastidiosas, como sucedía con su cliente en aquella ocasión. ¿Tal vez lamentaba tanto la muerte de Alda? Todos coincidían en que había estado muy enamorado de ella. Claro que Alda no había correspondido nunca a sus sentimientos, pero de todos modos era posible que el fallecimiento de su amiga le hubiera dolido especialmente. Quizá no tenía los ojos hinchados de llorar, pero todo parecía indicar que se curaba de la pena a base de furia y malhumor. Þóra decidió mostrarse con él un poco más amable de lo habitual.

Stefán ya estaba en la sala de interrogatorios junto a otro policía, aunque este abandonó el lugar en cuanto aparecieron Þóra y Markús. El agente les saludó al salir con un gesto de desaprobación, y Þóra volvió a tener la sensación de que tenían afilados los cuchillos. Cruzó los dedos con la esperanza de que Markús no estuviera de camino a la prisión preventiva. Además del desagradable golpe que aquello representaría para Markús, también tendría consecuencias para ella, pues sería una carga más, un trabajo que le robaría más tiempo del que había previsto.

Stefán comenzó el interrogatorio anunciando que Markús seguía estando en situación de sospechoso, y que ahora estaban investigando el homicidio de Alda Þorgeirsdóttir además de los homicidios de cuatro varones desconocidos en el año 1973. Þóra intento no dejar traslucir su sorpresa, pero la pluma se le cayó al suelo. Markús no tenía tanto dominio de sí mismo, aunque al principio pareció tomar aquello con una calma increíble. Cuando Þóra se incorporó, Markús tenía ya la cara roja y respiraba pesadamente.

– ¿Me estás diciendo que soy sospechoso del asesinato de Alda? -dijo en voz baja y airada-. ¿Estás loco? ¿No se quitó la vida ella misma? ¿Pero qué está pasando aquí?

Þóra le puso una mano sobre el hombro.

– Dejemos hablar a Stefán. Es un malentendido que corregiremos con facilidad -miró a Stefán-. ¿Cómo es posible que Markús sea sospechoso del homicidio de Alda? ¿Y cuándo se descubrió que fue asesinada?

Stefán no parecía afectado por la reacción de Markús.

– Las conclusiones de los análisis toxicológicos de sangre y tejidos demostraron que no se trataba de un suicidio. Como la investigación está en marcha, no puedo dar más detalles en estos momentos. Tengo que hacer a Markús algunas preguntas relativas a su relación con la difunta, y le pido encarecidamente que las responda -el rostro de Stefán estaba impasible, no se podía leer absolutamente nada en él.

– En vista de que mi cliente es ahora sospechoso de un homicidio, debo insistir en que se me proporcionen los resultados analíticos mencionados -dijo Þóra-. Igual que el informe de la autopsia.

Stefán sonrió con ironía.

– En la comisaría de Heimaey, tal vez -se inclinó hacia delante-. Sé que Guðni te proporcionó los informes de la autopsia de los cadáveres del sótano. Eso no volverá a pasar. Si quieres más informes tendrás que solicitarlos por las vías legalmente establecidas -se irguió.

Þóra tuvo que explicar cómo se había producido aquel hecho. Markús no podía tener en contra a Stefán y sus colegas simplemente por aquella minucia…, ya bastaba con la presión de los medios y las autoridades policiales para que el caso estuviera solucionado lo antes posible.

– Es cierto que Guðni me proporcionó el informe sin haber realizado una solicitud formal, pero no hay que perder de vista el hecho de que ya había oído en la calle cosas sobre su contenido. No puede considerarse algo normal que las actuaciones de una investigación sean de conocimiento general para todo el mundo excepto para quienes han de velar por sus propios intereses.

Stefán miró a Þóra, pero no dijo nada. Luego se volvió hacia Markús.

– ¿Dónde estuviste la noche del domingo 8 de julio pasado? -ya habían establecido la hora de la muerte, y Þóra la anotó.

– No lo sé -respondió Markús, cortante-. ¿Cómo voy a saberlo?

– Yo que tú, intentaría hacer memoria. Anteriormente dijiste que ibas de camino a las Vestmann, y ciertamente estabas allí la mañana siguiente, como se ha podido determinar -Stefán hojeó unos papeles que tenía sobre la mesa-. Dijiste que saliste de Reikiavik hacia las siete y que hacia las ocho y media habías llegado a la residencia de verano que tienes a orillas del Ranga. Luego fuiste desde allí hasta el aeródromo de Bakki al día siguiente por la mañana temprano y volaste a la isla. ¿Es correcto?

Markús parecía furioso.

– Sí, claro, claro. Es solo que no había identificado la fecha. Si hubieras preguntado por la noche anterior a mi viaje a las islas, te habría contestado todo eso.

– ¿Pero mantienes lo reseñado en esa declaración? -preguntó Stefán.

– Naturalmente -respondió Markús con furia-. ¿Por qué no iba a mantenerlo? Fue todo así. Compruébalo en el aeropuerto de las Vestmann. Deben de tener algún registro.

– No estoy preguntando por tu viaje la mañana del lunes -repuso Stefán-. Estoy preguntando por la noche del domingo. No hay más que dos horas de coche hasta el aeropuerto de Bakki, de modo que no nos dice nada que estuvieras allí a la mañana siguiente -Stefán levantó la vista, que tenía fija en un viejo informe-. ¿Puede confirmar alguien tu historia? ¿Echaste gasolina o te detuviste a comer por el camino?

Markús se removió en su silla, parecía estar intentando hacer memoria. Þóra esperaba vivamente que hubiera echado gasolina y hubiera parado en cualquier chiringuito a tomar un tentempié. Su deseo no se vio cumplido.

– No -dijo Markús-. Eché gasolina al salir de la ciudad, si no recuerdo mal -resopló, decepcionado-. Hace ya tanto tiempo…, pero creo que pasé por la gasolinera de Orkunn, en Snorrabraut.

– ¿Hacia qué hora fue eso?

– Hacia las siete, justo antes de las siete. No lo sé -respondió Markús, pero añadió entonces, muy molesto-: ¿No podéis comprobarlo en la cuenta de mi tarjeta de crédito? Casi todo lo pago con tarjeta.

Stefán no respondió, pero Þóra sabía perfectamente que la utilización de una tarjeta en una gasolinera de autoservicio no servía de coartada.

– Perdona -intervino Þóra-, ¿no sería más adecuado que tú demuestres que Markús estuvo en el lugar de los hechos en vez de que él tenga que intentar hacer memoria sobre una noche de domingo ya pasada? No dudo de que se habría fijado mucho más de haber sabido lo que iba a suceder esa noche -ahora fue el turno de Þóra de enviar a Stefán una sonrisa hiriente. Tenía la sensación de que le había salido bien, pero no duró mucho.

– Eso es precisamente lo que tenemos intención de hacer -dijo Stefán-, demostrar que Markús estuvo en el lugar de los hechos la noche de autos -miró a Þóra y luego a Markús.

– ¿Cómo? -dijo Markús, que ya parecía completamente fuera de sí-. Eso no puede ser -dijo luego con calma. Parecía demasiado confuso para enfadarse-. Eso no puede ser -repitió.

– Pero es así, a pesar de todo -dijo Stefán.

Þóra esperaba que estuviera haciendo referencia a los vasos de casa de Alda del sábado por la noche, o a alguna otra cosa que Markús hubiera podido tocar. Resultaba que las cosas no estaban tan bien.

– Tenemos un testigo que afirma haberte visto en el lugar de los hechos a la hora en que Alda fue asesinada, y además tenemos huellas biológicas tuyas en el cuerpo de ella. La comparación de estas muestras y las que proporcionaste voluntariamente en relación con los cadáveres del sótano lo demuestran indubitablemente.

Evidentemente, después del interrogatorio Markús no volvería a casa.

Tinna estaba tumbada en la cama con los ojos abiertos. Estaba cansada, pero sabía que durmiendo se consumían menos calorías que despierta. Por eso no tenía sentido ninguno acostarse cuando había luz. A través de la puerta cerrada oía a su madre ordenando. Era inaguantable que hubiera dejado de trabajar para ocuparse de Tinna, porque le hacía la vida imposible. Mientras su madre estaba fuera todo el día, era tan fácil decirle que se había comido lo que en realidad había ido a parar al cubo de basura… Ahora ya era imposible, porque su madre la vigilaba de cerca. La aspiradora hacía un ruido tremendo, como si se hubiera tragado algo enorme. Si todo fuera como antes, Tinna habría estado quitando el polvo o ayudando, pero ahora ya no tenía ganas. Estaba enfadada con su madre y eso era muy molesto. Su madre se había acercado a ella cuando estaba en el ordenador, un rato antes, absorta mirando una receta de cocina tras otra. Y su madre le soltó que haría mejor en comer algo en vez de estar pegada a la pantalla del ordenador mirando comidas. Las cosas que se dijeron acabaron con la madre llorando y Tinna desapareciendo en su habitación. Su madre jamás la comprendería, era inútil intentar explicarle cómo se sentía. Le apetecía la comida de la pantalla, más aún, le apetecía enormemente. En cambio, nunca caía en la tentación de la otra comida, porque se sentía mucho mejor después de rechazar aquellas cosas tan ricas que si se las hubiera comido de verdad.

La aspiradora se puso de nuevo en marcha y Tinna se tapó los oídos con las manos para apagar todo el ruido posible. Era una aspiradora prehistórica que una amiga de su madre le había regaló cuando la vieja se rompió definitivamente. Tinna intentó calcular cuánto tiempo tardaría su madre en acabar y salir. Siempre acababa las labores domésticas limpiando los suelos, de modo que debía de estar terminando ya. Entonces se iría a la tienda, aunque, antes de la discusión que habían tenido, le había pedido a Tinna que la acompañara. No pensaba hacerlo, desde luego, y Tinna estaba más que encantada. Así podría aprovechar el tiempo y pasarse un buen rato en la ducha y eliminar todas las huellas en el baño. No podía permitir que su madre se enterase de que se había vuelto a meter en la ducha, porque corría el riesgo de que se pusiera en contacto con el hospital y que la ingresaran otra vez. Porque ya sabía que Tinna se metía en la ducha para quitarse de encima las calorías, y cuantas más veces se bañara, de tantas más calorías podría librarse. Sintió que el deseo de empezar a frotarse aumentaba, porque seguía teniendo en el estómago el asqueroso jarabe del médico. Lo que más le apetecía era poder ir al baño a vomitar, pero sabía que no lo conseguiría. No, era mejor enviar aquella pizca de alimento por el desagüe de la ducha.

Recordó entonces que no hacía mucho tiempo huía de la ducha como de la peste, por miedo a que el agua pudiera meterle calorías a través de la piel. Ahuyentó esos pensamientos, pues siempre le resultaba desagradable intentar comparar las dos teorías. ¿Cuál de las dos era la verdadera? ¿Sería un error ducharse tan a menudo? Volvió a apretar los ojos y se quedó tumbada tapándose las orejas con las manos. A pesar del zumbido de la aspiradora consiguió estarse quieta como si ni siquiera estuviera allí. Había desaparecido y nadie volvería a torturarla empapuzándola de comida. Se quedaría allí tumbada, adelgazando. A lo mejor, al final podría llegar a ser como deseaba: delgada. Los demás no la comprendían, ni su madre ni los médicos. Su padre era el menos malo de todos, pues aunque muchas veces le decía que estaba demasiado flaca, no parecía tener suficiente interés por ella como para obligarla a comer. En casa de él decidía ella misma lo que comía. Varias veces había pasado todo un fin de semana en su casa sin comer prácticamente nada. Él ni se daba cuenta. En cambio su madre se daba cuenta de todo, y después de uno de esos fines de semana fue a consultar la manera de impedir que Tinna fuera a casa de su padre. Ahora ya no podía pasar más de cuatro horas seguidas en su casa.

Los pensamientos le inundaban la cabeza. La señora que fue de visita a casa de su padre. La casa de la señora. El visitante que salió a escondidas. El papel. La señora que se llevaron en la ambulancia tapada con una sábana blanca. La señora que habría podido ayudarla tanto. La señora que Dios había enviado desde el cielo para que Tinna pudiese estar flaca. La señora que hacía bellos a los demás y a quien Tinna le había encantado tal como era. La señora que la había abandonado. Tinna intentó no pensar en eso. Tenía que borrarlo todo. Uno, dos, tres… Se concentró en aquellos números sin sentido, no sabía si decirlos en voz alta o en silencio. Había llegado ya al treinta y cuatro cuando la pusieron una mano en el hombro y se llevó un susto. Abrió los ojos, aunque seguía con los oídos tapados.

– Vamos, Tinna -oyó decir a su madre, y aflojó la presión sobre las orejas-. Ahora te vienes conmigo. Voy a llevarte al hospital.

Tinna sacudió la cabeza y volvió a cerrar los ojos con fuerza. Notó cómo su madre le apartaba de los oídos sus dedos escuálidos para que la oyera. Su madre era mucho más fuerte y no servía de nada resistirse. Cuando Tinna llegara a ser tan delgada como quería, se volvería también increíblemente fuerte, y nadie podría forzarla a escuchar cuando a ella le apeteciera estar en silencio.

– No -dijo Tinna en voz baja, pero descubrió, al oír el estruendo que salió de sus labios, que en realidad lo había dicho gritando.

– Va a ser que sí -dijo su madre, que parecía triste-. Vendrás conmigo o tendré que llamar a una ambulancia. Tú decides -soltó las manos de Tinna y la miró. De pronto pasó los dedos por el cabello de su hija y al hacerlo cayeron unas lágrimas sobre sus mejillas-. Levántate, cariñito -dijo todavía sentado en el borde de la cama-. Tienes que venir.

Tinna pensó si sería capaz de decirle algo a su madre que la hiciera cambiar de opinión, pero enseguida se dio cuenta de que no serviría de nada. No era la primera vez que pasaba algo parecido. A lo mejor su madre le permitiría quedarse en casa si le contaba lo que hablaron su padre y la señora que fue a verle. Sobre todo si le contaba también que la señora había muerto y que a lo mejor su padre había tenido algo que ver. A lo mejor él conocía al visitante que salió a escondidas de casa de la señora. Quizá se podría descubrir con el papel. Salió pitando en el coche. La madre de Tinna no aguantaba a su padre, pero seguramente querría oír toda la historia. Sin embargo Tinna decidió no decir nada. Aunque su padre se preocupara poco por ella, tenía la ventaja de ser un tío estupendo, y además le había prometido que le iba a comprar ropa. Estaba esperando que le dieran un montonazo de dinero, y podrían ir juntos de compras por el centro. Si Tinna contaba lo que sabía, él se quedaría sin dinero y ella sin ropa. Su madre no le guardaría el secreto, seguro. Y no era nada divertido tener un secreto que supiera todo el mundo. No, era mejor levantarse y meterse en el coche. Podría intentar fingir que no le pasaba nada, y entonces el médico regañaría a su madre por andar haciéndole perder el tiempo, y le diría que Tinna sabía perfectamente lo que se hacía. Si no, podría intentarlo otra vez con eso de que el cuerpo era suyo y que no le obedecía más que a ella, y a nadie más. Ni a su madre ni a aquel médico de ojos rarísimos. Se incorporó y sacó las piernas de la cama. Su madre lloró aún más.

– Mira qué piernas, niña -dijo, tragando saliva. Se levantó y fue por delante-. Voy a por las llaves del coche. Ponte el chaquetón, está lloviendo -su voz sonreía, pero sorbió por la nariz.

Tinna se puso en pie con cuidado. Sintió un mareo. Bajo ninguna circunstancia podía desmayarse. Entonces la internarían en una planta y la tendrían allí mucho, mucho tiempo. Respiró con calma y luego se puso en marcha muy despacio y cogió el diccionario de inglés que le había regalado su tía por su confirmación. Pesaba mucho, así ayudaría a Tinna a adelgazar mientras llegaba al coche. Se sintió más contenta. En el hospital podría meterse en la ducha, y luego otra vez en el cambio de turno. Así que a lo mejor no era tan terrible.

Adolf dejó el teléfono y se puso a darle vueltas a la extraña enfermedad que aquejaba a su hija. No consiguió llegar a ninguna conclusión. La chica nunca había estado gorda; antes de enfermar, tenía un diminuto michelín de bebé, del que nadie se daba cuenta. Ahora era un esqueleto andante que se negaba a comer y si seguía así no conseguiría acostarse con un hombre ni pagando. No es que él pensara en eso con ella…, era demasiado joven y además era su hija. Pero eso formaba parte de las cosas de la vida que la esperaban, y lo mejor que la chiquilla podía hacer era ser consciente de que eso sería lo que pasaría si seguía con aquel rollo. La madre de Tinna estaba histérica en el teléfono, venga a repetir que la chica estaba tan enferma que su vida corría peligro. Él no se lo creía del todo…, sabía que al final tendría tanta hambre que se vería forzada a alimentarse. Claro que recordaba vagamente la historia, en una revista de cotilleos, de una modelo que había fallecido de anorexia, pero eso era algo completamente diferente. Esa mujer pasaba hambre por su trabajo, mientras que Tinna no tenía ningún motivo para hacerlo. De manera que al final se rendiría.

Se levantó del sofá y fue a la cocina a por un café, pero nada. Lo único que encontró fue un frasco de café instantáneo pasado de fecha desde hacía meses. Pese a ello, decidió preparar una cafetera grande con aquella porquería y tragárselo a toda velocidad, sin azúcar y sin leche. No le vendría nada mal estar bien despierto antes de hablar con su abogada. Había notado que desde que dejó de trabajar su entorno le prestaba menos atención y estaba más soporífero de lo que debía. Sin duda era porque él tenía tiempo de sobra, pero aquello significaba que lo dejaba todo para después y acababa siempre con prisas. Movió el cuerpo para que el café pasara pronto a la sangre. No recordaba quién había hablado de eso, pero lo cierto es que siempre parecía funcionar. Marcó el número de la abogada.

– ¿Sabías que ha muerto la enfermera que quería hablar conmigo? -fue lo primero que dijo la mujer, después de pasar a toda velocidad por las obligadas expresiones de cortesía.

– No -mintió Adolf. Había visto la noticia de la muerte unos días antes y le había resultado muy extraña-. ¿Importa?

La abogada carraspeó.

– Pues estaba segura de que sí, efectivamente -respondió-. Me pareció entenderle que tenía una información que sería muy favorable para tus intereses. Y no nos vendría nada mal algo así, te lo aseguro.

– Yo no violé a esa tía -dijo Adolf con rudeza. ¿Qué gilipollez era esa? Nunca le condenarían por aquel rollo completamente inventado.

– No me lo vuelvas a repetir más -dijo la abogada; su voz revelaba cansancio-. Si esa tal Alda hubiera testificado a tu favor, habría sido de la mayor importancia. Tú situación pinta bastante mal.

– ¿Cómo se puede denunciar una violación después de casi veinticuatro horas? -repuso Adolf, exaltado-. Si yo la hubiera violado realmente, se habría ido directamente a la policía o al hospital. No a su casa.

– Indudablemente, eso lo tienes a tu favor, pero tampoco es tan raro, de modo que no servirá. Recuerdo que tenía dolores y una hemorragia no explicada como consecuencia del acto sexual -Adolf prefirió no decir nada y guardó silencio, de modo que la abogada decidió continuar-. Seguramente sabes todo eso, así que no hace falta repetirlo más -calló un instante, pero como la respondió el silencio, siguió hablando-: Cuando me llamó esa tal Alda, dijo que quería charlar contigo antes de venir a verme. Intenté convencerla de que lo hiciera al revés, pero se mantuvo firme en su decisión. ¿Se puso en contacto contigo?

– No -mintió Adolf por segunda vez-. No, no me llamó.

– Pues aún peor-dijo la abogada-. ¿Estás completamente seguro? -su voz daba a entender claramente que no le creía, y a toda prisa añadió-: La cuestión es ahora solamente que Alda se hizo cargo de la chica cuando acudió a urgencias, de modo que lo que tenía que decirnos debía de ser de la máxima importancia. El informe del hospital es pésimo para ti, tal como están ahora las cosas.

Adolf ya sabía todo eso.

– Alda no vino, ya te lo he dicho.

– En realidad has dicho que no te había llamado, pero bueno… -la mujer seguía pareciendo poco convencida-. Ya me dirás si de pronto recuerdas alguna conversación telefónica o una visita de Alda a tu casa, algo que hubieras olvidado.

Adolf dejó que la indirecta le entrara por un oído y le saliera por el otro.

– No creo -titubeó un instante, pero continuó-: No estoy de muy buen humor. Mi hija está enferma y acaban de ingresarla. Su vida corre peligro -a juzgar por el silencio del otro lado de la línea, aquello había tenido cierto efecto sobre la abogada, que normalmente era siempre de lo más gélida-. Pero se recuperará. E incluso a lo mejor puede testificar ella…

Capítulo 19

Viernes, 20 de julio de 2007

Del cielo tormentoso del día anterior no quedaba ni rastro, y en su lugar había solamente unas finas nubecillas desperdigadas en medio de un azul brillante. Era como si Dios se estuviese fumando un puro y echara el humo hacia Islandia. Þóra estaba sentada en el porche de su casa disfrutando de la mañana. El ejemplar de Morgunblaðið que tenía en la mesa delante de ella se agitaba con la brisa, y una columna de vapor se elevaba desde su taza de café. Þóra cerró el periódico y tomó un sorbo de café. El diario, gracias a Dios, hablaba de modo muy matizado de la detención de Markús y su ingreso en prisión preventiva. Seguramente no era tan extraño, porque el juez dudó bastante. Por un rato, Þóra incluso llegó a pensar que rechazaría la solicitud del fiscal. Pero esa impresión duró poco, aunque redujo a cinco días la petición de tres semanas de prisión preventiva. La intervención de Þóra y los indicios que podían apuntar a la inocencia de Markús tuvieron quizá cierta influencia en la decisión. Por primera vez en su vida tuvo ganas de fumarse un cigarrillo, o al menos de sentir el olor del humo de un cigarrillo. Sin duda, el constante fumar de Bella tenía su parte de culpa. O a lo mejor era que empezaba a apetecerle fumar. No podía perder su salud mental ese día, porque tenía que llevar el informe de la prisión preventiva al tribunal de segunda instancia a lo largo de la mañana.

Como es lógico, Markús quería apelar la decisión. Es verdad que solo quedaban tres de los cinco días que había impuesto el juez, pero ella no le reprochaba aquel deseo a su cliente. Tres días son como mil; nadie quiere estar entre barrotes siendo inocente. Miró el reloj y vio que todavía ni siquiera eran las ocho. Si salía de casa dentro de una hora tendría incluso tiempo de sobra para pensar en algo más que pudiera anular la decisión del juez. Aunque no acababa de ver claro qué sería mejor aducir. Sin duda, el diario de Alda de 1973 tendría bastante importancia a la hora de que el juez de apelación pusiera un signo de interrogación a la culpabilidad de Markús. Þóra se lo había entregado a la policía nada más terminar el interrogatorio. Stefán reaccionó con auténtica furia. Y la acusó de ocultar pruebas a la policía. Þóra intentó explicarse, pero sin éxito. Cuando el fiscal intentó que se excluyera el diario como prueba, el juez se puso de parte de ella y dijo que, analizando las circunstancias, la entrega del diario no había incurrido en anomalía alguna. Otra pequeña victoria fue que el juez preguntó bastante sobre los indicios que apuntaban a que los tres cadáveres habían sido introducidos en el sótano después del comienzo de la erupción, momento en el que Markús no se encontraba ya en la isla. La policía no tenía mucho contra Markús en lo concerniente a los cadáveres del sótano, con excepción de la cabeza de la caja.

Muy distinto era el caso del asesinato de Alda. Apenas había algo a favor de Markús, y tanto testigos como pruebas indicaban que había estado en el lugar de los hechos. El testigo resultó ser un chico que iba anunciando una recogida de latas en beneficio de un club deportivo la noche en que Alda fue asesinada. La policía encontró el folleto y localizó al muchacho. El chico describió a un hombre que llegó por allí a la misma hora en que él salía de la casa, esto es, hacia las siete y media. La descripción encajaba con Markús, y además, cuando le mostraron una serie de fotografías, el muchacho eligió la suya. Dijo que había visto al hombre caminar hacia la casa, pero que no le vio salir de ningún coche ni recordaba bien los coches que había esa tarde en la calle. Þóra llamó la atención sobre el hecho de que el coche de Markús era de un tipo que despertaría el interés de cualquier chico normal, pero no sirvió de nada. Alegaron que Markús habría podido aparcar en algún otro sitio, sobre todo si tenía intenciones no especialmente buenas y no quería que nadie se diese cuenta de su presencia. La réplica de Þóra a todo esto, señalando que Markús tenía un aspecto de lo más corriente y que la descripción del chico del club deportivo habría podido corresponder a muchísimos otros hombres, tampoco tuvo mucho efecto, porque difícilmente habría podido elegir al azar la de Markús entre un montón de fotos. Pero tenía la esperanza de que esa declaración pudiera ser puesta en duda en cuanto tuviera ocasión de ver las fotos que le enseñaron al muchacho, porque era perfectamente posible que la policía le hubiera enseñado un grupo de fotos en el que solo Markús encajara con la descripción. Las podría ver más tarde, y también esperaba conseguir al mismo tiempo la lista de llamadas entrantes y salientes de los teléfonos de Markús y Alda. Þóra albergaba esperanzas de que la comparación de ambas listas permitiera demostrar que Alda llamó a Markús mientras este iba hacia las montañas, como él afirmaba. Aquello apoyaría su declaración, porque Alda difícilmente habría llamado a Markús por teléfono si estaba con ella. Algo muy distinto era cómo conseguiría explicar Þóra las huellas biológicas encontradas en el cuerpo de Alda, que resultaba que pertenecían a Markús. Se trataba de un cabello que se encontró al cepillar el vello púbico de la mujer. Se comparó con la muestra de cabello que había proporcionado Markús con anterioridad, y resultaron ser coincidentes. La autopsia no había puesto de manifiesto la existencia de relaciones sexuales recientes, y en consecuencia se habían estudiado los órganos sexuales de Alda en busca de saliva de Markús, que no se encontró. Qué hizo la cabeza de él entre los muslos de la mujer quedó por tanto envuelto en la duda. Y Markús no pudo proporcionar aclaración alguna sobre ese aspecto del caso, porque no hacía más que repetir una y otra vez que él no había estado ese día en casa de Alda, y mucho menos con la cabeza en el lugar mencionado. El único recurso que pudo utilizar Þóra fue que el cabello podría proceder del papel higiénico o de cualquier otra cosa con la que hubiera entrado en contacto Markús en el transcurso de su visita la noche anterior. Era lógico que esa explicación no se tomara en consideración en aquel momento procesal. En cambio, ante un tribunal la acusación tendría que demostrar de forma incontrovertible que aquel cabello había caído en el lugar indicado la noche de autos y en relación con el crimen, y no antes de este ni de manera casual. Markús recibió la decisión del juez con una tranquilidad pasmosa. Naturalmente, no le gustaba nada, pero se daba cuenta de que no tendría más remedio que aguantar y esperar a la apelación ante el tribunal de segunda instancia. Þóra alabó su estoicismo y se encargó de informar a la familia, incluyendo a Hjalti, el único hijo de Markús, que vivía en casa de la ex mujer de este cuando no estaba en las islas en casa de su tío Leifur. Esa conversación le resultó difícil a Þóra, Hjalti era un poco mayor que su hijo Gylfi, tenía diecinueve años, y pareció muy afectado por la noticia. No hacía más que preguntar si condenarían a su padre a prisión. A pesar de que Þóra intentó explicarle que por el momento no había nada por el estilo en el horizonte, no acababa de convencerse. Sí que se calmó un poco cuando Þóra le transmitió un mensaje de Markús, que le decía que todo iría bien y que no se preocupara. Por compasión hacia el pobre muchacho, Þóra le dijo, al final de la conversación, que podía llamarla si tenía alguna pregunta o si quería hablar con ella sobre el caso de su padre. Þóra insistió para que le tomara la palabra y se pusiera en contacto, sobre todo ahora que el nombre de su padre ya estaba en los periódicos.

Þóra tomó más café y se levantó. Miró las tranquilas olas y se hizo sombra en los ojos con la mano. Respiró por la nariz y cerró los ojos. Pensó cuál sería la mejor manera de utilizar sus esfuerzos, sin llegar a una conclusión. Estaba claro que la madre y la hermana de Alda no la recibirían ya con los brazos abiertos. Y aunque los colegas de trabajo de Alda no estaban unidos a ella por los mismos lazos que sus parientes más próximos, tendrían muchos reparos en hablar con Þóra. Así que decidió empezar por los colegas. El día anterior había recibido un mensaje de Dís, uno de los médicos de la clínica en que trabajaba Alda, quien se mostró dispuesta a tener una reunión con Þóra. Nunca se podía saber si disponía de información que pudiera resultar de utilidad. A lo mejor conocía los auténticos motivos por los que Alda había abandonado su trabajo en urgencias. La teoría de la hermana de Alda de que había sido un violador en busca de venganza había acabado por resultarle convincente; claro que no tenía muchas más cosas a las que agarrarse.

Þóra abrió los ojos y miró el mar en calma, una vista aún más bella que la de su descuidado jardín. Aquel verano, Þóra había decidido arreglarlo, pero iba atrasadísima. Había hecho mucho menos de lo que tenía previsto, aparte de cortar el césped. El seto tenía ya más altura que una persona, y no estaba nada bonito. Las ramas se extendían hacia el cielo en un caos total. Los macizos de flores no iban demasiado bien, por culpa de las malas hierbas. Comprendía perfectamente que ciudades enteras pudieran desaparecer bajo la espesa vegetación de las selvas tropicales, viendo lo rápido que crecía todo en aquella región casi polar. Se volvió hacia la casa y entró en ella. Ya se ocuparía del jardín el resto del año.

Había cuatro personas en la sala de espera y Þóra tenía la sensación de ser la única de todas ellas que realmente necesitaba visitar a un cirujano plástico. Había dos mujeres jóvenes que podrían tener un aspecto magnífico, si no fuera porque el cabello rubio descolorido no les hacía ningún favor. El cuarto era un hombre joven que Þóra era sencillamente incapaz de imaginar qué quería arreglarse. Por el bien de las mujeres islandesas, esperó en lo más hondo que no estuviera camino del cambio de sexo y que no se encontrara allí en aquel momento para acordar una implantación de senos. La sala de espera era muy sencilla, pero saltaba a la vista que la decoración había costado lo suyo. La comparación con el cuchitril que hacía las veces de sala de espera en el bufete de abogados era de risa, y demostraba de modo fehaciente que los cirujanos plásticos cobraban por hora más que los abogados. Eso tenía un significado claro, y es que a la gente le interesa más el aspecto que la reputación. Þóra miró el reloj de la pared, confiando en que le llegara pronto el turno; era un tanto desagradable estar sentada en una sala de espera sabiendo que los demás la estaban analizando e intentando adivinar qué clase de intervención era la que se quería hacer. Estaba ya casi a punto de hacerle una señal a una de ellas, que no hacía más que mirarle el busto, para decirle que allá cada uno con lo suyo, cuando apareció la secretaria y anunció a Þóra que Dís podía recibirla. Así que se levantó y siguió a aquella mujer delgada, vestida con minifalda y con unos zapatos de tacón tan altos que Þóra sintió dolor en los dedos de los pies. La comparación con el bufete regresó a su mente. Allí navegaba la fragata Bella con ropas góticas y una falda con raja que le llegaba hasta los pies.

– Sígueme -dijo la mujer morena, mostrando sus dientes de un blanco deslumbrante-. Que te vaya fenomenal -abrió la puerta del despacho y se dio media vuelta.

Dís estaba hablando por teléfono y le hizo una seña a Þóra para que tomara asiento. Luego colgó, se puso en pie y le estrechó la mano. Iba vestida con una camisa blanca entallada y pantalones negros que descansaban sobre su esbelta cintura con un cinturón basto que no pegaba nada con el resto de su ropa, que era de lo más chic. Þóra calculó que ambas tendrían aproximadamente la misma edad y se dio cuenta de que la doctora estaba en buenísima forma. El cuerpo no adquiría esas formas gracias al bisturí, sino que exigía sangre, sudor y lágrimas con un entrenador particular varias horas al día. Para una cirujana plástica, debía de ser imprescindible tener buen aspecto.

– Buenos días -saludó Dís, que pareció darse cuenta de que Þóra no quitaba los ojos de su cuerpo. Volvió a sentarse-. Perdona la espera, pensé que no iba a estar tan ocupada. Por regla general, a estas horas esto suele estar bastante tranquilo.

– No tiene importancia -dijo Þóra-. Te agradezco que hayas aceptado recibirme, pese a habértelo pedido con tan poca antelación.

– Me dio la sensación de que era importante -respondió Dís con una sonrisa apagada. Sus facciones no eran muy distintas a las de Þóra: pómulos altos y boca ancha. La boca encajaba especialmente bien con el cabello bien cuidado y un maquillaje muy delicado, mientras que Þóra se peinaba con una chapucera cola de caballo y solo utilizaba rímel-. Naturalmente, haré todo lo que esté en mi mano para ayudar a cazar a quien le hizo esa atrocidad a Alda. Vi en el periódico que tenían un hombre en prisión preventiva en relación con el caso. Espero que lo condenen a algo equiparable a esa monstruosidad.

Þóra carraspeó.

– Bueno, tengo que mencionar que soy precisamente la abogada del hombre que ha sido detenido -notó que aquello no era demasiado bien recibido. La amistosa mirada de la médica se endureció-. Él asegura que es inocente, y es indiscutible que la policía no dispone de muchos indicios que apunten a su culpabilidad. La prisión provisional que se ha decretado es infrecuentemente breve en relación con la gravedad del caso, lo que refleja las dudas del juez sobre la culpabilidad de mi cliente. Y es que hay muchas cosas que apuntan a su inocencia. Estoy buscando información que pudiera reforzar su defensa y al mismo tiempo quiero intentar saber quién pudo ser el auténtico asesino de Alda -Þóra respiró hondo-. Las personas que la apreciaban no pueden desear que se acuse a un inocente.

Dís guardó silencio. Miró pensativa a Þóra, que devolvió la mirada sin vacilar. Los músculos faciales de Dís se relajaron y volvió a parecer más tranquila.

– Naturalmente no es eso lo que quiero -dijo-. Que acusen a un inocente -añadió como para explicarse-. Digamos que estaría dispuesta a ayudarte en el caso improbable de que tu cliente sea inocente.

Þóra intentó no hacer más alegaciones a favor de Markús. No había ido allí a discutir, y su posición no se vería favorecida lo más mínimo llevándole la contraria a su interlocutora.

– Te lo agradezco -empezó con las preguntas para aprovechar el tiempo, pues la ocasión difícilmente volvería a repetirse. Todos los que aguardaban en la salita esperaban, sin duda alguna, para hablar con esa mujer sobre operaciones de estética, que eran mucho más importantes-. Cuando supiste que Alda había sido asesinada -dijo Þóra-, ¿pensaste en los posibles motivos, o en quién podría haberle querido hacer daño?

Dís no lo pensó mucho, pues respondió de inmediato:

– Tengo que confesar que no he sabido que se trataba de un crimen hasta esta mañana, cuando leí que habían metido en prisión preventiva a un sospechoso. Claro, yo encontré a Alda, y en aquel momento pensé que se había suicidado. Los suicidios no suelen aparecer en la prensa, de manera que me quedé muy extrañada cuando vi que en los periódicos se hablaba de su muerte. En realidad, no tengo ni idea de lo que sucedió desde que la encontré muerta. Nadie nos dijo absolutamente nada sobre el desarrollo de las investigaciones -se apresuró a añadir-, aparte de que ni siquiera imaginábamos que se trataba verdaderamente de un caso criminal.

– ¿A quién más te refieres? Pareces hablar de alguien además de ti -preguntó Þóra.

– Ah, sí, claro -se apresuró a contestar Dís-. Me refiero a mí y a Ágúst, mi socio en la clínica. Él también es cirujano plástico, y Alda trabajaba con nosotros.

– Comprendo -dijo Þóra-. Pero cuando has visto esta mañana que había en marcha una investigación por asesinato… ¿has tenido alguna idea de quién habría podido ser el culpable?

Las mejillas de Dís se ruborizaron un poco y dijo balbuceando algo de que no se le ocurría nadie en absoluto, pero enseguida añadió con tono interrogante:

– ¿Un ladrón, quizá?

– Bueno, no lo sé -repuso Þóra-. ¿La casa de Alda tenía algo especialmente atractivo para los ladrones?

– No, realmente no -respondió Dís-. ¿Esos tipos eligen sus objetivos o van a lo loco? -preguntó a continuación-. Naturalmente, Alda tenía todo lo que uno se puede imaginar que buscan los ladrones: televisión, aparato de música y, claro, algunas joyas. Esas cosas no serían de las más caras, seguramente, pero yo pensaría que quienes son tan miserables como para necesitar las propiedades de otros no deben de ser demasiado exigentes.

– Eso es cierto -dijo Þóra-. Pero tampoco es gente que suela asesinar a alguien y luego aparentar un suicidio.

– No, ya imagino que no -dijo Dís-. La verdad es que ignoro por completo si Alda tenía enemigos o si había alguien que le deseaba algo malo, de modo que eso fue lo único que se me pasó por la cabeza.

– ¿No había un ex marido, o novios que quisieran perjudicarla o que la estuvieran persiguiendo?

– Nada de eso -respondió Dís-. No que yo sepa. Sí que estaba separada, pero tengo entendido que el divorcio había sido bastante pacífico y que hoy día no mantenían ya ningún contacto. Conmigo nunca habló de ningún hombre.

Þóra pensó que resultaba increíble que Alda no mantuviese ninguna relación. En la autopsia se comprobó que se había aumentado el pecho, había huellas de lifting facial, tenía bótox en la frente así como cicatrices de blefaroplastia, y también reducción de abdomen y otras menudencias. ¿Para qué someterse a todas esas cosas si no era para conseguir los favores de un hombre?

– ¿Es posible que tuviera relaciones pero que no quisiera hablar de ellas? -preguntó Þóra.

– Sí, claro, claro -respondió Dís, ruborizándose de nuevo-. Puede ser eso, desde luego. Alda era bastante cerrada, aunque al mismo tiempo muy simpática y amable.

– ¿Mencionó alguna vez por qué no iba nunca a las Vestmann, o si había tenido alguna experiencia horrible relacionada con la erupción que se produjo allí? -en vista de lo que había dicho Dís, que Alda era una persona bastante introvertida, Þóra no se hacía muchas ilusiones.

– Nunca hablaba de las Vestmann -respondió Dís-. Las pocas veces que salían en una conversación, rehuía el tema al instante. En todo caso, casi nunca se hablaba de esas islas en la clínica -Dís miró a Þóra con gesto interrogante-. ¿Y a qué experiencia horrible te refieres? -preguntó-. Alda no mencionó jamás nada por el estilo.

Þóra decidió no responder a la pregunta de la médica, pues ignoraba lo que podía haber sucedido. Se limitó a sonreír.

– El bótox -dijo entonces, esperando la reacción de Dís. No podía obtener una teoría razonable sobre el asesinato de Alda ni muchos datos sobre su vida privada, de modo que más valía cambiar de tema.

La reacción no se hizo esperar, aunque fue bastante incomprensible. Dís se echó hacia atrás en la silla y guardó silencio por un momento. Miró a los ojos a Þóra, que habría dado mucho por saber lo que la doctora estaba pensando en ese instante.

– ¿Qué pasa con el bótox? ¿Estás pensando en inyectarte? -cogió una pluma-. Si es así lo mejor es que pidas hora, como todo el mundo.

Þóra sonrió de tal modo que todas sus posibles arrugas salieron a la luz.

– No, en realidad no -dijo entonces-. No por el momento, al menos. De los análisis toxicológicos realizados por el forense se deduce que el bótox fue la causa principal de la muerte de Alda.

– ¿Qué? -dijo Dís entre dientes, aunque a Þóra no le pareció convincente-. ¿Cómo es posible eso? El bótox no es tóxico.

– En la frente no -dijo Þóra-. No puedo decirte lo que ponía en el informe, excepto que el bótox se utilizó de una forma un tanto infrecuente -vio que la doctora casi se mordía la lengua para no preguntar nada-. ¿Es posible que Alda tuviera bótox en su casa? -preguntó antes de que la curiosidad se apoderase de Dís.

– ¿Alda? -preguntó Dís, aunque al instante se dio cuenta de lo tonta que era aquella pregunta, al ver que Þóra no respondía-. No -dijo entonces-. Que yo sepa, Alda no tenía bótox. Naturalmente tenía acceso a él en la clínica, pero llevamos un control muy exhaustivo del almacén y es imposible que se hubiera llevado bótox de aquí. Somos muy cuidadosos en todo lo relativo a nuestra actividad y nunca le habríamos permitido llevarse esa sustancia, ni siquiera para su propio uso. Lo que no puedo saber es en qué otro lugar hubiera podido obtenerlo. El almacén de los servicios de urgencias no tiene ese tipo de sustancia, eso está claro.

– ¿Dónde adquirís el bótox que utilizáis en la clínica? -preguntó Þóra.

– Se lo encargamos a una farmacia con la que trabajamos -respondió Dís-. Tenemos un contrato magnífico por el que nos hacen un descuento bastante bueno a fin de que no tengamos que adquirirlo directamente en las empresas farmacéuticas. Naturalmente, no compramos solo bótox, sino muchas más cosas, y otros medicamentos.

– ¿Quién lleva las relaciones con la farmacia? -preguntó Þóra.

Dís la miró.

– Yo. A veces Ágúst -apretó los labios, no parecía muy dispuesta a seguir hablando-. Alda jamás iba por allí -añadió un momento después.

– Comprenderás que si Alda no tenía bótox en su casa, entonces lo llevó la persona que la mató -dijo Þóra, y dejó a Dís un tiempo para digerir sus palabras antes de continuar-: No hay demasiadas personas que tengan ese producto a mano. Desde luego mi cliente no está entre ellas.

El maquillaje de Dís consiguió ocultar bastante el rubor que se extendió por sus mejillas en esta ocasión, pero a Þóra no le pasó desapercibido.

– Tengo que reconocer que no hemos hecho inventario del almacén desde finales del mes pasado. Podría ser que falte algo del botiquín, aunque sería la primera vez -carraspeó con mucha elegancia-. Ni Ágúst ni yo teníamos motivo alguno para desearle nada malo a Alda. Muy al contrario, su fallecimiento fue un duro golpe para nosotros. No es ningún secreto.

La mujer parecía sincera.

– No me cabe ninguna duda de que la policía querrá volver a hablar con vosotros -dijo Þóra-. Los resultados del análisis toxicológico acaban de llegar, y supongo que a la policía le parecerá necesario y urgente averiguar algo más al respecto. Eso les traerá por aquí más pronto o más tarde. Hablarán con vosotros sobre el asunto del almacén, y entonces se aclarará todo.

– ¿La policía? -repitió Dís-. Ah, sí, claro. Yo declaré cuando encontré a Alda. Pero en aquel momento pensaban que se trataba de un suicidio, y en consecuencia no preguntaron mucho, en realidad -sacudió la cabeza-. Vaya fastidio -cerró los ojos y un diminuto escalofrío pareció atravesarla-. Es increíble lo egoístas que somos. Cuando has dicho lo que acabas de decir, mi primer pensamiento ha sido lo embarazoso que resultaría ver a la policía entrando por la puerta -separó los ojos de Þóra-. Naturalmente, eso no importa. Aquí no hay nada que ocultar, y ojalá esto quede claro lo antes posible.

Þóra se percató de que Dís miraba de reojo un reloj que había sobre la mesa. No le quedaba mucho tiempo.

– Hasta ahora solamente he oído decir cosas buenas sobre Alda: a sus amigas, su hermana y otras personas. Luego hablé con una mujer que trabajaba con ella en urgencias y salió a relucir algo diferente. Desde luego, no dijo nada malo de Alda, pero dio a entender que había sucedido algo, aunque no conseguí llegar a enterarme de qué se trataba. ¿Sabes tú algo de lo que llevó a Alda a dejar de trabajar allí?

Dís sacudió la cabeza.

– No, lo siento. Contaba con que querría hablar de ello y que se abriría más tarde. No pudo ser. Naturalmente, es algo que una se pregunta siempre -Dís se encogió de hombros con gesto apenado-. Le he dado muchas vueltas, pero no he llegado a ninguna conclusión. Un montón de conjeturas, naturalmente, pero solo eso.

Þóra tuvo la sensación de que había algo más.

– ¿Hay alguna de esas conjeturas que te parezca más probable que las otras?

Dís se mordió el labio inferior por dentro.

– No sé si debería contártelo -miró a Þóra, que solo reaccionó mirándola a su vez-. Encontré una enorme cantidad de pornografía en el ordenador de Alda. Creí morirme allí mismo. Nunca me había dado la impresión de que estuviera interesada por semejante cosa. Por regla general son los hombres y no las mujeres quienes están obsesionados por eso -tomó aire-. Cuando me encontré con ello empecé a sumar dos y dos y se me ocurrió que podía haber tenido una relación sexual con alguien de urgencias, un médico o algún otro empleado. No es que sea algo habitual, pero sucede, naturalmente.

– ¿Y eso sería motivo suficiente para que su trabajo corriera peligro? -preguntó Þóra, pensando para sí que habría podido perfectamente tratarse de Hannes, su ex marido-. ¿Están prohibidas las relaciones amorosas entre colegas en el hospital?

– No -respondió Dís-. No creo. Quizá no estén bien vistas, pero no creo que estén prohibidas. Aparte de que lo que había en el ordenador era cualquier cosa menos lo que se puede considerar relación amorosa. Era pornografía pura y simple, nada más. Pensé que Alda podía haber tenido alguna relación sexual en el hospital, y que se viera con malos ojos.

Era obvio que Þóra tendría que volver a llamar a Hannes. Si una historia parecida había tenido lugar allí dentro, seguro que él se habría enterado, suponiendo que fuera ese el auténtico motivo.

– ¿No sabrás con qué clase de persona podría haber sido? ¿Con un médico o quizá un paciente?

– No, no tengo ni idea, solo más suposiciones -respondió Dís-. El motivo para que se me ocurriera algo así, en realidad, es que en su ordenador también encontré correos electrónicos entre Alda y una sexóloga. Se me pasó por la cabeza que Alda podía haber buscado apoyo de un especialista cuando se vio dominada por esa obsesión.

– ¿En esos correos se decía algo al respecto? -preguntó Þóra.

– No, eran solo confirmaciones de horas de consulta, si Alda podía ir o no a esa hora y ese día, y cosas por el estilo -respondió Dís.

– ¿Recuerdas tal vez el nombre de la sexóloga? -preguntó Þóra. Alguien más con quien posiblemente debería hablar.

Dís asintió.

– Sí, se llama Heiða. El patronímico no lo recuerdo, pero no puede haber muchas sexólogas con ese nombre trabajando en Reikiavik.

– ¿Alda habló contigo alguna vez sobre tatuajes? -preguntó Þóra mientras anotaba el nombre-. Le había dicho a su hermana que quería contarle una cosa, algo referente a un tatuaje, aunque en realidad se lo dijo de forma un tanto críptica.

– ¿Tatuajes? -preguntó Dís extrañada. Su rostro se iluminó-. Sí, sí, en efecto -dijo-. Hace poco vino por aquí un hombre joven que quería averiguar si era posible quitarse un tatuaje, y recuerdo que Alda se quedó muy impresionada. Habló mucho rato con él, le preguntó dónde se lo había hecho, y todo parecía indicar que andaba con la idea de tatuarse ella también. Pero cuando le pregunté, no hizo sino reírse. Luego volvió a hablar del asunto conmigo y con Kata, la secretaria, durante la hora del café, y estuvo dándole vueltas a la idea de si alguien se haría un tatuaje en recuerdo de una mala experiencia. Kata y yo no entendíamos adonde quería llegar -Dís extendió la mano para abrir un cajón de la mesa-. Ya que estás aquí, lo mismo conviene que te enseñe algunas otras cosas -dijo, sacando unos papeles grapados, y otros que no formaban parte del montón-. Encontré estos papeles y otras cosas en el escritorio de Alda después de su muerte. Uno de los papeles es precisamente una fotografía fotocopiada que me da toda la impresión de corresponder a un tatuaje -le dio a Þóra el papel en cuestión.

– ¿Love Sex? -leyó Þóra en la foto. La fotografía tenía grano grueso y se había desenfocado un poco al fotocopiarla, pero el tatuaje se distinguía perfectamente.

– No me preguntes -dijo Dís mirando el papel con incredulidad-. Éste no es el tatuaje que quería quitarse aquel chico. Era una letra china, si no recuerdo mal. No tengo ni la menor idea de a quién pertenece esto, ni por qué lo tenía Alda en su mesa. A lo mejor el de este tatuaje es el hombre del que también tenía una foto en su cajón. No le conozco. ¿Será por casualidad tu cliente?

Þóra cogió la foto, pero no reconoció al hombre joven que había en ella. Aunque tenía un gesto duro, era muy guapo.

– No, ni idea de quién pueda ser -devolvió la foto a Dís. Esta la cogió y a cambio le dio a Þóra los papeles grapados.

– Y luego está esto, que no sé si tendrá alguna importancia. Cuando lo encontré estaba segura de que Alda se había quitado la vida, y pensé que a lo mejor esto podría tener alguna relación con el motivo que la llevó a hacerlo -miró a Þóra-. Y es que resultaba un tanto extraño, porque Alda estuvo particularmente contenta los días inmediatamente anteriores a su muerte. Eso no encaja con un suicidio, y me empeñé en intentar comprender por qué lo hizo. Ahora que se sabe que es un crimen, este documento quizá carezca de toda importancia. Sería bueno que le echases un vistazo, porque yo no sé qué hacer con él.

– ¿Qué es? -preguntó Þóra, cogiendo los papeles.

– Es el informe de la autopsia de una anciana que murió hace seis meses -respondió Dís-. Nunca había oído mencionar su nombre, así que no me explico qué clase de relación puede tener esto con Alda. Pensé incluso que podría tratarse de una pariente próxima cuya muerte le hubiera resultado especialmente dolorosa.

Þóra miró la primera página y leyó el nombre de la difunta: «Valgerður Bjólfsdóttir». Había visto aquel nombre hacía poco. Pero ¿dónde?

– ¿Me podrías dar una fotocopia de todo esto?

Capítulo 20

Viernes, 20 de julio de 2007

Þora buscó el nombre de la mujer nada más volver al bufete. Lo escribió en un buscador de Internet y apareció un enlace a la página web de los edificios desaparecidos en la erupción de Heimaey, la misma que Þóra consultó durante su viaje a las islas. De eso le sonaba el nombre que leyó en el informe de la autopsia que tenía Alda entre sus pertenencias. Þóra estudió lo que decía sobre aquella mujer; la página indicaba que vivía allí en compañía de su esposo, Daði Karlsson, en la casa contigua al hogar de la infancia de Markús. Þóra leyó todo lo que había en la página concerniente a aquella pareja, pero casi no sacó nada en claro, aparte de que Valgerður Bjólfsdóttir trabajaba de enfermera en el hospital de Heimaey y que su marido era timonel. Ninguno de los dos regresó a las islas después de la erupción. No había ninguna relación clara con Alda, aparte de que esta había elegido la misma profesión que Valgerður. Quizá Alda admiraba tanto a esta mujer como para estudiar enfermería ella también, pero igualmente podía ser una simple casualidad. En aquella época no era tan habitual que las jóvenes aprendieran cualquier profesión, y la enfermería se contaba entre las preferidas por las mujeres. Parecía que la pareja no había tenido hijos, al menos en aquella página no se mencionaba ninguno. Así que la relación de Alda con Valgerður no había sido a través de una hipotética hija de esta. La respuesta no se podía encontrar en Internet, de modo que Þóra decidió llamar a Leifur, el hermano de Markús, para preguntarle por aquella pareja. Cuando habló con él después de la audiencia en la que se decidió la prisión provisional, Leifur le repitió una y otra vez que la ayudaría todo lo que pudiera y le había hecho prometer que le informaría si había alguna cosa en la que él pudiera proporcionarle ayuda de cualquier tipo.

Leifur respondió al segundo timbrazo. Þóra le dejó hacer primero unas preguntas sobre la apelación al Tribunal Superior antes de entrar ella en materia preguntándole sobre los antiguos vecinos. Su respuesta la pilló completamente por sorpresa.

– ¡Uf, esa gentuza! -exclamó Leifur-. ¿Por qué me preguntas por ellos?

– El nombre de Valgerður ha aparecido en relación con Alda y estoy tratando de averiguar cuál era la conexión. ¿Quizá eran parientes? -preguntó Þóra.

– No, que yo sepa -respondió Leifur-. Aunque eran vecinos nuestros, en realidad no sé demasiado sobre ellos. Valgerður no era de aquí, y no sé cómo conoció a Daði, su marido, que sí era de las islas. Se quedaron en tierra firme después de la erupción, de modo que no sé cómo puedes ponerte en contacto con ellos, si es eso lo que quieres.

– En realidad ella ha fallecido -dijo Þóra-. Aunque no sé si él estará vivo o muerto. Desde luego, no te llamé para ponerme en contacto con él, sino porque estaba pensando si pudo existir alguna relación especial entre Alda y la tal Valgerður. Lo que me pareció más probable es que fueran parientes, pero a lo mejor se trataba de alguna otra cosa.

– Yo no tenía ni idea de que existiera ninguna relación entre las dos familias -dijo Leifur-. Valgerður no era especialmente amiga de la madre de Alda, si no recuerdo mal, y sus maridos tampoco eran colegas. Esos dos eran tan antipáticos que no puedo imaginarme que ni un loco de atar hubiera buscado su compañía, a menos que fuera por obligación. A Daði le llamaron toda la vida, exclusivamente, Daði el «Malacara»… y no sin motivos. Y a Valgerður la apodaron «Malosmorros» en cuanto apareció por aquí.

– Ya entiendo -dijo Þóra, sin saber qué más preguntar-. Se me había ocurrido que a lo mejor Alda empezó a estudiar enfermería para seguir las huellas de Valgerður, pero ahora ya no me parece tan probable, en vista de lo que me acabas de decir.

– Entre otras cosas, Valgerður era la enfermera de la escuela y dudo que hubiera podido despertar interés por su profesión en uno solo de los alumnos que tenían que acudir a su consulta. Era famosa por negarse a enviar a casa a los alumnos: para que los considerara enfermos tenían que desmayarse en sus narices o vomitar en mitad del pasillo. Si Alda la conocía de entonces, es un tanto absurdo pensar que eso la hubiera decidido a elegir su profesión.

Todo aquello no podía explicar de ninguna forma la causa de la muerte de Alda.

– Pero hay otra cosa más que quizá podrías hacer por mí, se refiere a unos papeles que tengo dificultades en conseguir -dijo Þóra, no demasiado feliz de tener que recurrir a Leifur-. Necesitaría una fotocopia de la lista de objetos que se sacaron de las casas que están excavando.

– ¿Quién tiene esa lista? -preguntó Leifur, que parecía preguntar más por guardar las formas que porque temiera carecer de las suficientes influencias para conseguir el documento.

– El arqueólogo encargado de la excavación se llama Hjörtur Friðriksson -respondió Þóra-. Dijo que iba a ver si podía dármelo, pero no he tenido noticias suyas.

– Yo me encargo -respondió Leifur, y Þóra no tuvo duda alguna de que él sí que lo conseguiría.

Pero cuando se despidió sabía tan poco sobre la relación entre Alda y Valgerður como antes de llamar. Sin embargo, leyó por encima el informe de la autopsia que Dís le había fotocopiado, aunque no entendió prácticamente nada, aparte de que Valgerður había sido ingresada en el hospital de Ísafjörður por una infección estreptocócica aguda y se le habían administrado antibióticos que provocaron una reacción alérgica anafiláctica. Aquello le provocó la muerte durante la noche. Alda no aparecía mencionada por ninguna parte en el texto ni en los márgenes, de manera que era imposible comprobar qué era lo que había despertado su interés por la defunción de aquella mujer.

Hannes volvió a rondarle a Þóra por la cabeza. A lo mejor él era capaz de sacar de aquel papel algo a lo que ella no tenía acceso por sí sola. Estaba claro que tendría que pedirle el favor más pronto o más tarde, aunque preferiría que fuera más tarde. Pero tendría que esperar unas horas: Hannes no llevaba el móvil en el trabajo y no se atrevía a pedir que le avisaran para luego tener que oírle quejarse de que le había importunado en mitad de una intervención.

Pero entretanto podía llamar a horas de oficina a la sexóloga a la que acudía Alda. Lo más probable era que no le contara demasiadas cosas, pero había que probar. Después de intentar en vano que la mujer le dijera algo sobre Alda, Þóra se rindió. Lo único que sacó de todos sus esfuerzos fue que la sexóloga negara que Alda fuese una obsesa sexual, como parecían dar a entender las páginas de Internet, y que añadiese que las vio por recomendación suya. No hubo forma de que aquella mujer dijese con qué fin se lo había recomendado, y así se quedó el tema.

A continuación, Þóra decidió ir a la comisaría, con la esperanza de poder echar un vistazo a las fotos que le enseñaron al muchacho de la recogida de latas, en las que señaló que era a Markús a quien había visto junto a la casa de Alda. Y ojalá la policía le entregara también la lista de llamadas telefónica de Markús y Alda la noche en la que se cometió el crimen.

– Esto es una broma -dijo Þóra, dejando las fotos. Señaló con el índice la foto que estaba encima-. Éste parece una mujer, e insisto en que otros dos andaban por los noventa y otro era un adolescente.

Stefán cogió el montón con un gesto de enfado. Las ojeó y el rubor de sus mejillas aumentó.

– Estas fotos están elegidas de forma aleatoria, exceptuando la de Markús, claro -volvió a dejar el montón de fotos-. Y esto es un hombre, no una mujer -dijo indicando la fotografía de un hombre que, en realidad, habría podido corresponder a uno u otro sexo.

– Debo solicitar que estas fotos se hagan llegar al tribunal de segunda instancia -dijo Þóra con decisión-. Esto es ridículo, y tú lo sabes perfectamente.

La reacción de Stefán dejaba a las claras que veía aquellas fotos por primera vez, y que no estaba nada satisfecho con la elección.

– Este sería un caso fácil de ganar -dijo con brusquedad-. La descripción del muchacho por sí sola es suficiente. Estas fotos son solo el punto sobre la i.

Þóra no dijo nada, pero no estaba de acuerdo. Había leído la descripción del chico, y era bastante genérica y, además, la había hecho varios días después de prestar declaración. Albergaba muy serias dudas de que fuera capaz de recordar en detalle un hombre con el que se había cruzado en la calle.

– ¿Tienes los informes de las llamadas telefónicas? -preguntó.

– En parte -dijo Stefán, pero no dio muestras de ir a buscar la lista para dársela a Þóra. Se irguió y cruzó los brazos sobre el pecho-. Markús es culpable -dijo en cuanto creyó que se había puesto ya suficientemente solemne-. Te lo puedo jurar.

Þóra le sonrió.

– No pongo en duda tu convicción -dijo Þóra-. Pero creo que es muy difícil que tengas razón -dejó desaparecer la sonrisa-. ¿Habéis averiguado la procedencia del bótox? Markús no lo llevaba, eso está claro.

Stefán dejó caer las manos.

– Estamos trabajando en ello. Pero, de acuerdo con nuestras hipótesis, el producto tenía que estar en la casa. La mujer era enfermera. De todas formas, como te digo, estamos investigando precisamente ese particular.

– Yo os habría podido informar sobre el trabajo de Alda y os habríais ahorrado así el tiempo que dedicasteis a investigar eso -dijo Þóra con ironía, y añadió-: Uno de los doctores de la clínica en la que trabajaba Alda me dijo que no habíais aparecido por allí todavía a pedirles información sobre el medicamento en cuestión. Dicen que ella no tenía acceso al bótox excepto en el interior de la clínica -chasqueó los labios-. Luego volveré a este asunto. No me parece lógico que os centréis de tal manera en un solo hombre cerrando los ojos a todas las demás posibilidades.

– No cerramos los ojos a nada ni a nadie -dijo Stefán, molesto-. Estamos escasos de personal y eso lleva su tiempo. Los dos médicos vendrán por aquí a declarar -dirigió a Þóra una sonrisa fría-. Volveremos sobre este asunto. Además de que aún no hemos conseguido encontrar una sola persona que viera a tu cliente durante las horas en que dijo que había realizado el viaje. No solo estamos buscando a alguien que pueda acusarle. Aunque yo estoy convencido de la culpabilidad de Markús, quiero asegurarme completamente. La convicción por sí sola no es suficiente y a veces puede engañar, aunque en este caso me parece que no va a suceder tal cosa.

– ¿Tienes la lista o no? -preguntó Þóra, enfadada-. Quiero revisarla antes de que empiece la audiencia -frunció las cejas-. A lo mejor no te apetece mucho entregármela porque en ella se confirma que Markús habló con Alda, tal como él afirma.

– Eso no quiere decir nada -repuso Stefán, confirmando así las sospechas de Þóra-. Naturalmente que te daremos la lista. Te la están fotocopiando. No te esperaba tan temprano.

– ¿Así que Markús habló con Alda? -dijo Þóra intentando ocultar lo exultante que se sentía por su victoria.

Stefán no movió un músculo de la cara.

– No -respondió-. No del todo. Hubo una llamada del teléfono de Alda al de Markús. No es lo mismo. Cualquiera habría podido contestar con el teléfono de Markús, y sospecho que es parte de una coartada preparada de antemano. No sabemos todavía quién le ayudó, pero ya lo averiguaremos. Sospecho, como te acabo de decir, que Markús llamó desde el teléfono de casa de Alda a su propio teléfono móvil.

– ¿Hiciste comprobar dónde estaba el teléfono de Markús cuando tuvo lugar la llamada? -preguntó Þóra, feliz y contenta del resultado de su visita. Todo iba mejor aún de lo que ella había esperado, pese a los intentos de Stefán por quitar peso a las buenas noticias y darles la vuelta según sus propios deseos.

– Sí -respondió Stefán a regañadientes-. Estaba justo en la zona de Hela -carraspeó-. Pero eso no quiere decir nada, como ya te he señalado antes. Cualquier idiota sabe que hoy día se pueden rastrear las llamadas de los teléfonos móviles. Markús habría estado realmente mal de la cabeza si hubiera contestado con su propio móvil desde casa de Alda. Por eso buscó a alguien que cogiera el teléfono por él, y ni siquiera es necesario pensar que quien lo hiciera tuviera la menor idea de que su gesto pudiera tener consecuencias poco honorables.

– Eso es excesivamente rebuscado -respondió Þóra-. Ahora Markús ya está en los periódicos y su nombre aparece en todas partes, se sabe que es sospechoso de homicidio. ¿Crees seriamente que si alguien hubiera aceptado responder con su teléfono sin tener ni idea de este espléndido complot, no se habría puesto en contacto con vosotros al momento?

– He dicho que el cómplice quizá desconocía el plan. Si actuaba a sabiendas, no tendría ganas de llamar la atención -respondió Stefán rápidamente-. A lo mejor, Markús le pagó y ahora le asusta demasiado que lo consideren cómplice si reconoce su participación.

– Si tenéis idea de utilizar esto ante el juez, no os vendrá mal que encontréis al hombre misterioso. Tú sabes tan bien como yo que no sirve de mucho presentar hipótesis, pues sin pruebas son totalmente inútiles -Þóra se sentía atacada de los nervios por lo convencido que parecía Stefán de la culpabilidad de Markús. Aquello no auguraba nada bueno, pues seguramente dejarían para más adelante la búsqueda de cualquier otra posibilidad. Pero insistir sería una pérdida de tiempo-. ¿Cómo va la identificación de los hombres del sótano? -preguntó-. Tengo entendido que estáis en contacto con las autoridades británicas.

– Por el momento no hemos conseguido identificarlos -respondió Stefán sin decir ni palabra sobre los países con los que podrían haber contactado-. Sin embargo tenemos ciertos datos que parecen prometedores. Aunque en estos momentos prefiero no entrar en más pormenores.

– ¿Y cómo es eso? -preguntó Þóra con curiosidad. Empezaba a conocer a Stefán lo bastante bien como para saber que no desvelaría lo que sabía-. ¿Tiene Interpol una lista de personas desaparecidas sin dejar huellas?

– También nos hemos puesto en contacto con ellos -respondió Stefán, sin descubrir su juego.

– Alguien me contó que un cierto número de militares americanos echaron una mano en los trabajos de salvamento durante la erupción -dijo Þóra-. ¿Podría tratarse quizá de hombres de la base militar?

– No -respondió Stefán-. Lo hemos comprobado y eso está completamente excluido. Tal como te he dicho, confiamos en disponer muy pronto de una explicación, pero hasta entonces no se puede afirmar nada.

Þóra comprendía perfectamente su discreción, tampoco ella le contaba a Stefán sobre sus propias actividades nada más que lo imprescindible.

– Hablando del extranjero -dijo Þóra-, ¿se ha sabido algo del laboratorio al que mandasteis la caja de cartón con la cabeza para su examen?

A juzgar por el gesto de Stefán, los resultados del análisis debían de haber llegado, y parecía que no le habían gustado mucho. Asintió vacilante.

– ¿Y? -preguntó Þóra-. ¿Cuál fue el resultado?

– En la caja se encontraron muchas huellas dactilares parciales antiquísimas -dijo Stefán-. Una gran parte correspondían a personas desconocidas, pues una caja como esa viaja mucho -carraspeó-. Todas se compararon con las huellas dactilares de Markús y Alda y resultó que ambos habían tocado la caja en su tiempo.

Toda Þóra se transformó en una deslumbrante sonrisa.

– Lo que apoya considerablemente la declaración de Markús, como seguramente ya te habrás dado cuenta tú mismo.

– Aunque las huellas de Alda hayan aparecido en la caja, eso no significa en absoluto de manera definitiva que ella la hubiera tocado cuando la cabeza estaba en su interior. A lo mejor se trata simplemente de que Alda le prestó la caja a Markús cuando él le dijo que necesitaba una.

– Y a lo mejor la luna es un queso, a fin de cuentas -repuso Þóra, aún alegre por todas aquellas noticias-. Bueno -añadió, disponiéndose a levantarse-, espero que en adelante me deis todos los informes sin más dilación. Es un tanto absurdo tener que esperar a que el juez os ordene entregarme lo que tenéis -Þóra se refería a que el juez de distrito había ordenado a la policía que le entregara todas las actuaciones del caso-. ¿Lo que me disteis ayer es todo de verdad? -preguntó entonces.

– Por supuesto -respondió Stefán con brusquedad-. Todo lo que estaba disponible en ese momento.

– Y todavía tenéis que hablar con los colegas de Alda en el servicio de urgencias, porque no he visto informe alguno de declaraciones tomadas a esas personas. Naturalmente, hay mucho que hacer -dijo Þóra poniéndose en pie-. Porque tengo entendido que allí sucedió algo que podría tener relación con el caso.

En ese mismo instante entró en la sala una secretaria llevando unos papeles que entregó a Stefán. Éste separó los originales y le pasó a Þóra las fotocopias.

– Aquí está el resumen. Incluye las llamadas realizadas y recibidas del teléfono de Markús y las del fijo y el móvil de Alda. He marcado con círculos las llamadas que pertenecen al marco temporal que nos interesa, la tarde y la noche del domingo 8 de julio.

Þóra echó un vistazo a las hojas fotocopiadas.

– Aquí está la llamada de Alda a Markús -dijo, y luego pasó página hasta encontrar las correspondientes al teléfono de este-. Y aquí se puede ver la recepción de la llamada en el móvil de Markús -dijo sin poder ocultar su sonrisa de satisfacción-. Y aquí hay otra llamada casi a la misma hora -dijo contenta-. De esta no me habías hablado -levantó la mirada de los papeles y miró molesta a Stefán-. Naturalmente, sabes lo que eso significa -añadió.

– Si supiéramos quién llamó… -dijo Stefán, con un gesto que traslucía cualquier cosa menos alegría-. Como puedes ver, el número del teléfono es desconocido. Puede ser un número privado, o alguna llamada desde una red telefónica extranjera que no corresponda a la numeración usada en Islandia. Tal vez sea posible identificar el número, pero llevará su tiempo -se sentó mejor en su silla-. Mientras no sepamos quién llamó, tendremos que suponer que se trata del cómplice que mencioné antes.

– Menuda tontería -exclamó Þóra, ya enfadada de verdad. Si se pudiera descubrir quién había hecho aquella segunda llamada y esa persona declarase que Markús había contestado, su coartada no tendría fisura alguna-. ¿Habéis hecho algún intento de preguntarle a mi representado si recuerda la persona que le llamó?

– Sí, claro -dijo Stefán-. Fue lo primero que hice cuando vi la lista. Llamé a la prisión de Litla-Hraun y hablé con Markús. Pero dijo que no recordaba quién le había llamado, lo que resulta de lo más sospechoso.

– ¿Tú podrías hacer una lista de las personas que te llamaron hace casi quince días? -preguntó Þóra-. Claro que no -ya era suficiente-. Si Markús pudiera recordar quiénes le llamaron la noche en cuestión, entonces sería cuando esta llamada habría podido resultar misteriosa -se levantó.

Antes de salir del despacho se paró un momento a pensar si debería mencionarle el informe de la autopsia de la antigua vecina de Markús, pero decidió dejarlo para más adelante. En vista de cómo le daban la vuelta a todo para perjudicar a Markús, sería más prudente obtener más información antes de que Stefán y sus colegas encontraran el informe. Luego vería a Markús e intentaría sacarle toda la información posible, con la débil esperanza de que supiera algo más que su hermano Leifur sobre Valgerður la «Malosmorros».

Capítulo 21

Viernes, 20 de julio de 2007

– Mira, Markús, a veces las cosas son así -dijo Þóra con el mejor tono de consuelo que era capaz-. Esto no tiene por qué significar que los jueces te consideren culpable en absoluto. Me pareció muy claro que dudaban de los argumentos de la policía, y prestaron mucha atención cuando señalé todas las cosas que no encajan y todo lo que hay a tu favor. Estoy totalmente convencida de que si hubieran tenido que decidir entre culpabilidad y absolución, no estarías aquí. La decisión no se tomó única y exclusivamente porque la policía consiguiera demostrar que necesitaban que siguieras en prisión preventiva en beneficio de la investigación. Tiene también su importancia que el caso sea muy serio, no todos los días aparecen cinco personas asesinadas. Que cuatro de ellas parezcan ser ciudadanos extranjeros tampoco nos ayudó demasiado.

Þóra no exageraba. Había tenido muy buenas sensaciones en relación con el caso durante un buen rato, y llegó a estar casi segura de triunfar, sobre todo cuando uno de los jueces se quedó atónito ante la foto del hombre de aspecto femenino y preguntó si era habitual que en los grupos de fotos para identificar sospechosos se incluyeran personas de ambos sexos.

– Oír esas cosas me hace sentirme mucho mejor -dijo Markús con sequedad. Miró a Þóra, se notaba la furia borboteando en su interior-. Estoy aquí a pesar de ser inocente, y no tengo más remedio que preguntarme si no sería mejor elegir otro abogado. Cuando te contraté no esperaba que poco después acabaría en prisión provisional como sospechoso de asesinato. Por no hablar de un asesinato en serie.

Þóra no intentó esquivar el ataque, sino que respondió directamente:

– Si quieres buscarte otro abogado, no tengo ningún inconveniente. Incluso te puedo dar los nombres de algunos colegas míos con más experiencia que yo en casos penales. Es tu vida y tú decides -prefirió no añadir que aquello no habría tenido influencia alguna en la decisión del tribunal de segunda instancia.

Markús asintió pensativo y se pasó las manos por el rostro repetidas veces. Evidentemente, había confiado en que lo pondrían en libertad.

– No son tantos días -dijo con desgana-. No dudo de que tú sabrás sacar adelante todo este asunto. Es solo que estoy hecho polvo y no sé qué va a pasar ni entiendo lo que ha pasado. No quiero cambiar de abogado -volvió a pasarse las manos por la barbilla-. ¿Qué ha dicho mi hijo? -preguntó entonces, nervioso.

– Como es lógico, se llevó un disgusto terrible, pero parece un chico inteligente, de forma que no hay que preocuparse demasiado por él. Comprende el procedimiento judicial y le puse especialmente de relieve que se trataba única y exclusivamente de un mecanismo de la investigación, y que no era en absoluto lo mismo que un juicio -dijo Þóra -. No te preocupes por él.

– Quizá podrías llamarle otra vez de mi parte -dijo Markús, y Þóra asintió-. ¿Por qué no dieron validez a la llamada telefónica? -preguntó luego Markús, hablando muy deprisa-. Pensaba que eso sería suficiente para demostrar que yo estaba lejos de la casa de Alda cuando ocurrió todo. Tú dijiste que era evidente que el teléfono se encontraba al este, al otro lado de las montañas.

– La policía sigue pensando que el teléfono no estaba en tu poder en esos momentos -dijo-. Piensan que tienes un cómplice. Sería él quien llevaría el teléfono, a fin de proporcionarte una coartada.

El rostro de Markús se puso de color escarlata.

– ¿Cómo pueden decir tal cosa?

– Es demasiado rebuscado por su parte -dijo Þóra-. Poco antes de que te telefoneara Alda, te llamó también una persona desconocida. Por desgracia tiene número oculto, de forma que hará falta cierto tiempo para localizarlo, si es que se consigue -prosiguió-. Stefán dijo que no te acordabas de quién era. ¿Te has podido acordar?

– No -dijo Markús-. No sé cómo voy a acordarme. ¿No es suficiente con que me llamara Alda?

– Sería definitivo -dijo Þóra-. Siempre que pudiéramos demostrar que fuiste tú quien contestó al teléfono, porque entonces sería evidente que tú lo llevabas encima cuando estabas viajando a tu casa de campo, y no ese cómplice imaginario.

– Comprendo -dijo Markús pasándose las manos alrededor de los ojos-. No -cerró los ojos-, no consigo acordarme. Maldita sea…, hace tanto tiempo…

– Inténtalo por todos los medios -dijo Þóra-. En el peor de los casos podrías darme los nombres de las personas con las que sueles hablar por teléfono y yo me pondré en contacto con ellos a ver qué sale. Eso conseguiría desarmar a la policía -calló por un momento-. Y tampoco vendría mal que pudieras recordar quién es la persona en cuestión mientras estás aquí. Así no despertarías sospechas de haber podido influir sobre un testigo.

– Lo intentaré -dijo Markús-. Puede ser que me llamara mi hermano Leifur, pero, que yo sepa, no utiliza número oculto. Sé que hablé con él en algún momento ese mismo día. Recuerdo que quería que fuera a verle, porque pensaba ir a Heimaey.

– Desde luego, sería estupendo que se tratara de él -dijo Þóra-. Pero sería mejor aún que fuera alguien menos directamente relacionado contigo -no necesitaba explicarlo con más detalle-. Mira, Markús -siguió con tranquilidad-, ¿te das cuenta de la gravedad del asunto? -no esperó su respuesta, sino que continuó-: Me parece de lo más probable que los cuatro hombres del sótano tuvieran algo que ver con tu padre, de una u otra forma. No estoy afirmando que los matara él, sino que tiene alguna relación con el caso. Cualquier otra cosa resulta demasiado inverosímil -vio que Markús iba a contradecirla, pero le pidió que esperase un momento-. Imagínate, los cadáveres llegaron a tu casa mientras tu padre estaba intentando salvar las pertenencias de la familia. Si tu padre no tuviera nada que ver, seguramente habría algún escondite mejor en Heimaey. Se me ocurrió que tal vez los podía haber ocultado allí para hacerle un favor a algún amigo. Al padre de Alda, a Daði o incluso a Kjartan. Aunque también pienso que Alda tuvo relación con este asunto de una u otra forma; en realidad queda excluido que fuera ella quien mató a esos hombres.

– Mi padre no lo hizo -dijo Markús, aunque sin la convicción que solía acompañar a sus afirmaciones-. No puedo creerlo.

– Quizá no -dijo Þóra-. Pero conocía el asunto. Cualquier otra cosa es inverosímil -respiró hondo y señaló con el dedo lo que les rodeaba en la reducida estancia de la prisión de Litla-Hraun en la que los internos recibían las visitas de sus abogados-. No puedes dejar que la preocupación por tu padre se convierta en una cadena que te aprisione como sucede ahora. Te aconsejo que me dejes hablar con tus padres. A lo mejor tu padre dice algo, nunca se sabe. Los recuerdos más antiguos son los que perduran más tiempo en las personas con Alzheimer. Aunque dentro de unos días estés ya fuera de aquí, este caso seguirá planeando sobre tu cabeza como el nubarrón de una tormenta hasta que todo haya quedado explicado. Si no encuentran al criminal, habrá quienes sigan considerándote a ti el culpable -le dejó un momento para que digiriera sus palabras-. Piénsatelo, te llamaré esta tarde.

Markús levantó los ojos y sonrió.

– Ya solo quedan sesenta y ocho horas aquí.

– ¿Sabías que Alda estaba obsesionada por el sexo? -preguntó Þóra, nada segura de si era muy adecuado expresar así la pregunta-. Su ordenador está repleto de pornografía.

Markús se quedó boquiabierto.

– No, no lo sabía-contestó-. Siempre fue muy moralista. ¿No podía ser por algo relacionado con el trabajo?

– Puede ser -dijo Þóra, aunque no conseguía ver la utilidad que podrían tener aquellas páginas para su trabajo en la clínica de cirugía estética o en el servicio de urgencias. Sacó las fotos que le había proporcionado Dís y se las enseñó a Markús-. ¿Te suena de algo este tatuaje? -preguntó mientras le entregaba la fotocopia.

Markús echó un vistazo a la foto y dijo:

– No. No lo he visto nunca. ¿Quién lleva encima esta atrocidad? -pregunto al devolverle la foto a Þóra.

– A decir verdad, no tengo ni idea -dijo Þóra entregándole a continuación la foto del joven que había aparecido también en la mesa de Alda-. ¿Y a este hombre lo conoces? -no le pasó desapercibida la sorpresa de Markús al ver la foto. Pero no dijo nada, se limitó a negar con la cabeza y devolverle el papel-. ¿No lo has visto nunca? -preguntó Þóra.

– No, a primera vista me recordó a un chico de los viejos tiempos, pero me parece que esta fotografía fue tomada hace poco -dijo Markús-. ¿De quién se trata?

– No tengo ni idea -dijo Þóra-. Esperaba que tú pudieras decírmelo -dejó las fotocopias en su lugar original-. ¿Cuándo volviste a ver a Alda después de la erupción? -preguntó-. Me dijeron que pasó un tiempo en el instituto de Ísafjörður, pero allí nadie sabe de su existencia. ¿Puede ser una confusión?

– No, en absoluto -respondió Markús-. Alda se fue a Ísafjörður y estuvo en el instituto hasta principios de año. Luego cambió de colegio y se trasladó a Reikiavik con el año nuevo. Allí retomamos el contacto, porque yo estaba ya en el instituto de Reikiavik cuando ella llegó -miró al infinito, como si intentara recordar algo-. Eso fue a principios de 1974. Era mi primer año allí, o sea que estaba en el tercer curso.

– ¿En qué curso estaba ella? -preguntó Þóra.

– En el mismo que yo. Teníamos la misma edad y ella había hecho la primera parte del curso en Ísafjörður.

– A mí me contaron que Alda se matriculó en el instituto justo después de la erupción -dijo Þóra-. Que empezó a mediados de invierno y luego subió de curso. Me parece bastante extraño, pero ¿realmente es así?

– Lo que yo oí fue lo siguiente -respondió Markús-: era la mejor alumna de todo el curso, de modo que pudo pasar fácilmente al curso superior.

– Pero ¿no tendría que haber estado entonces en un curso más alto que el tuyo en el instituto de Reikiavik? -preguntó Þóra.

– Hombre, a lo mejor es que no pudo estar allí la primavera posterior a la erupción y no consiguió seguir sus estudios el semestre de otoño -dijo Markús; saltaba a la vista que hablar de aquel tema le parecía una pérdida de tiempo.

– Pasemos a otro asunto -dijo Þóra-. Tengo entendido que la noche del viernes anterior a la erupción hubo un baile en el colegio, y que todos los chicos de tu curso se emborracharon a la vez. ¿Lo recuerdas?

Markús asintió con cara de tonto y respondió:

– Aquella fue la primera vez que bebía, aunque parezca difícil de creer. La mayoría de mis compañeros empezaron con el alcohol ya hacia los trece años -se le veía incómodo, pero continuó-: A mi padre no le sentaba nada bien el alcohol, si se puede decir así. Así que yo decidí no beber nunca en toda mi vida, porque no quería parecerme a él cuando estaba embriagado.

– Una decisión de lo más madura para un chico aún pequeño -dijo Þóra.

– Y no duró mucho -repuso Markús con una sonrisa incómoda-. En la borrachera comunitaria pensaban participar todos, más o menos, y yo no pude escaquearme. De forma que aquella fue mi primer borrachera; fue una noche que tardé mucho en olvidar.

– ¿Recuerdas si fueron a recoger a Alda, o si se fue ella sola a casa? -preguntó Þóra-. ¿Sabes por casualidad si estuvo en el puerto?

Markús la miró extrañado, y dijo:

– Pues no, no fueron a recogerla. Ella no estaba tan borracha, incluso era de los que mejor estaban. En cambio, a mí vino mi padre a buscarme, lo que fue de lo más desagradable. No estaba ni pizca de contento, eso es obvio. Pero si Alda fue al puerto esa noche, de eso no tengo ni idea. Lo dudo mucho. ¿Por qué lo preguntas?

– Es que resulta que esa misma noche sucedió algo en el embarcadero. Por la mañana apareció todo cubierto de sangre, y no está claro si los cadáveres esos tienen algo que ver. Pensé que Alda habría podido toparse con aquello, y que a lo mejor hasta cogió la cabeza entonces.

La expresión de Markús era impenetrable.

– ¿Y la guardó hasta que me pidió a mí que me encargara de la caja, el lunes por la mañana? La erupción fue la víspera del martes, de modo que habría tenido que guardar ella la caja en su casa durante setenta y dos horas.

– ¿Salía algún olor de la caja? -preguntó Þóra, pero Markús se limitó a negar con la cabeza-. ¿Recuerdas si Alda estuvo triste o de alguna forma distinta a lo habitual ese fin de semana y el lunes después del baile? Parece claro que le sucedió algo la noche del baile, y creo que de una u otra forma algo tiene que ver con los cadáveres y con la cabeza -añadió, y luego le explicó lo que había visto en el diario.

– En realidad, ese fin de semana no la vi. Estaba enferma y no salió de casa. Tampoco pudo ir al colegio el lunes, por eso me extrañó que me llamara a casa para pedirme que fuera a verla esa tarde, y que fuera solo. Todo resultaba de lo más misterioso, aunque naturalmente ahora ya lo entiendo, después de saber lo que contenía la caja que me pidió que guardara -dijo Markús-. Esa tarde estaba bastante rara, eso sí. Si quieres saber dónde pasó el fin de semana será mejor que preguntes a otros, porque yo no estuve con ella.

Þóra asintió.

– ¿Y qué me dices de cuando le cortaron el pelo a Alda en el gimnasio? -preguntó-. Seguro que no tiene relación con el caso, pero nunca se sabe.

– Yo me encontraba indispuesto y, afortunadamente, no estuve allí -respondió Markús, con gesto de enfado-. Me habría puesto furioso. Aquello fue una auténtica barbaridad y no ayudó mucho que los profesores fueran incapaces de averiguar quién lo hizo. Ni siquiera pudieron encontrar el pelo.

– ¿De modo que no sabes quién fue? -preguntó Þóra.

– No, desgraciadamente; o afortunadamente. Habría hecho que el culpable lo lamentara.

– ¿Estás seguro de que el autor fue un varón? -preguntó Þóra-. A mí me parece algo que una chica celosa es capaz de hacerle a otra.

Markús miró extrañado a Þóra, obviamente nunca había pensado en esa posibilidad.

– Hombre, yo supuse que era uno de los chicos. Sospechaba de uno que se llamaba Stefán y que andaba detrás de Alda, pero lo negó por completo, y tuve que creerle; me pareció muy convincente.

Þóra recordó un pasaje del diario en el que Alda contaba que había besado a Stebbi. Supuso que se refería al mismo chico, aunque con el apelativo familiar.

– ¿No se te ocurrió nadie más?

– No, en realidad no. Alda era amiga de todo el mundo y, que yo supiera, no tenía ningún enemigo. De todos modos hice todo lo que estaba en mi mano por encontrar al culpable. Cuando descubrí que el gimnasio no estuvo cerrado con llave en toda la noche, dejé de intentarlo. Porque entonces tendría que haber sospechado de toda la ciudad, aunque, como es lógico, habría pocos capaces de pensar siquiera en una barbaridad semejante.

No había mucho más que comentar sobre el tema. El único resultado de la conversación sobre el extraño asunto del pelo fue poner a Markús de mal humor.

– ¿Qué sabes de vuestros vecinos de antes de la erupción, Valgerður y Daði, los que vivían al lado de vuestra casa? -preguntó Þóra-. ¿Quizá alguno de ellos pudiera estar relacionado con los cadáveres?

Markús le dirigió una mirada fría, y dijo:

– Sí, si esos hombres hubieran muerto de aburrimiento.

Camino de la ciudad después de salir de Litla-Hraun, Þóra llamó al instituto de Reikiavik y, para gran asombro suyo, le contestaron. Cuando explicó lo que quería se oyó un profundo suspiro, pero le dijeron que podrían proporcionarle los datos solicitados. La funcionaria necesitaba un rato, de modo que le propuso a Þóra que volviera a llamarla un cuarto de hora más tarde; así lo hizo.

– Ya lo tengo -dijo jadeante cuando por fin contestó-. Alda Þorgeirsdóttir se matriculó en el instituto en otoño de 1973 y terminó sus estudios en la primavera de 1977, con sobresaliente en el área de lenguas.

– ¿Dices que se matriculó en otoño de 1973? -preguntó Þóra, extrañada-. ¿No empezó a estudiar allí a comienzos de ese año? Yo tenía la idea de que había empezado a mitad de curso. Procedente del instituto de Ísafjörður, donde asistió a la primera parte del curso -Þóra decidió no seguir molestando a la funcionarla añadiendo que Alda tendría que haber estado en el instituto de Reikiavik en el semestre de primavera de 1973. La mujer de la administración no había negado, en realidad, que fuera estudiante aquel invierno.

– Aquí no dice nada del instituto de Ísafjörður -dijo la mujer; se oía a alguien más-. Evidentemente, se matriculó en nuestro centro en otoño, aunque como alumna libre durante ese semestre, por motivos de salud. Aquí no dice qué enfermedad padecía, pero es que esas cosas son confidenciales y se guardan en otro sitio. En cualquier caso, fueran cuales fueran las circunstancias, empezó a asistir a clase aquí el mes de enero de 1974.

Þóra le dio las gracias y se despidió. Quedaba claro que Alda nunca había asistido al instituto de Ísafjörður. Esa historia era una invención. Þóra pensó que lo más probable era que hubiera estado ingresada en algún centro psiquiátrico. En aquellos años, las enfermedades mentales eran un verdadero tabú del que todo el mundo se avergonzaba. Þóra supuso también que no sería del todo improbable que, si Alda había estado enferma, hubiera sido por culpa de algo relacionado con la caja que le entregó a Markús el año anterior. A una jovencita inmadura no podía sentarle demasiado bien andar por ahí con una cabeza humana.

Capítulo 22

Sábado, 21 de julio de 2007

El teléfono móvil de Þóra sonó cuando estaba apoyada en la barandilla del transbordador Herjólfur. Había optado por ir a Heimaey por vía marítima en vez de tomar el avión, pues la predicción meteorológica para el día siguiente era mala y Þóra no tenía intención de pasar allí más de una noche. En ese tiempo pensaba recoger información sobre Valgerður y Daði, así como hablar con la madre de Markús y, si era posible, también con su padre, lo que representaba el objetivo principal del viaje. Bella estaba encerrada a cal y canto en el camarote, aunque su misión era ayudar a Þóra y servirle de confidente.

Al teléfono estaba Matthew, que llamaba desde Alemania. El barco navegaba viento en popa, lejos de todas las antenas de telefonía móvil del país, y la recepción era bastante mala.

– ¿Y dónde estás en realidad? -preguntó Matthew; sonaba como si hablara desde el fondo de un barril.

– Estoy en el mar y la comunicación se puede cortar en cualquier momento -dijo Þóra-. Voy camino de las Vestmann por un caso en el que estoy trabajando.

– Espero que no se trate de los cadáveres del sótano y la cabeza, de la caja, ¿o me equivoco? -preguntó Matthew, pero los chirridos e interrupciones de la línea hicieron que no esperase realmente respuesta, por lo que entró de lleno en el tema-. ¿Qué te parece tenerme de visita la semana próxima? -preguntó.

– Estupendo -dijo Þóra con toda sinceridad-. ¿Vienes por el trabajo o de visita? -preguntó, intentando que no se le notara la impaciencia por saber si había tomado ya una decisión.

– Tengo una entrevista -respondió Matthew-. Quieren enseñarme la sede y presentarme a los principales directivos -añadió al instante-. Espero tomar una decisión definitiva después de la reunión, aunque en realidad ya tengo una idea bastante clara de lo que quiero hacer.

– ¿Y? -preguntó Þóra-. ¿Qué piensas hacer?

– Yo…, si…, así que… -la conversación se había interrumpido. Þóra pensó en desplazarse corriendo a la popa del barco para recuperar la conexión y enterarse por fin de si Matthew se había decidido, pero desistió. No había conseguido marcar ni siquiera los primeros números cuando el barco perdió toda cobertura de telefonía móvil. Suspiró y devolvió su teléfono al bolsillo.

– ¿Podrías confundir estas dos casas? -preguntó Þóra. Estaba con las manos en las caderas en la zona de excavación de la Pompeya del Norte, mirando la casa natal de Markús y la casa en la que vivían Valgerður y Daði.

– No -dijo Bella con un bostezo-. Son completamente diferentes. Esta de aquí en realidad no es más que una ruina -señaló la casa de los vecinos. No exageraba, el tejado de la casa había cedido ante el peso de la ceniza y una de las paredes exteriores recordaba más que nada a la torre inclinada de Pisa.

– Intenta imaginar que estás en plena erupción volcánica y que la casa no está en ruinas -dijo Þóra-. ¿Podrías confundirlas?

Bella la miró con desdén.

– ¿Es que no ves que una tiene dos pisos y la otra solo uno? -refunfuñó-. No es posible confundir estas dos casas -señaló la que estaba al otro lado de la casa de Markús-. Tampoco se puede confundir esa casa con la de los cadáveres -miró a su alrededor, a todas las casas que estaban siendo excavadas-. La casa de los cadáveres es la única de dos pisos en toda la calle.

Þóra observó la calle en su conjunto. La secretaria tenía razón, la única que destacaba sobre las demás era la de Markús. De ahí que quedara bien claro que los cadáveres no habían sido colocados allí por error.

– Entonces ya lo sabemos -dijo Þóra, con los ojos clavados en la casa que tenía delante-. Tengo unas ganas tremendas de entrar ahí -dijo señalando la casa en la que vivía aquella pareja tan desagradable, Daði «Malacara» y Valgerður «Malosmorros». Al ver el gesto dibujado en el rostro de Bella, se sintió obligada a explicarlo mejor-. Esa gente tiene relación con el caso, aunque aún no sé cuál.

– Hum -bufó Bella-. Yo ahí no entro. Esa casa está a punto de venirse abajo -se acercó a ella y pasó por encima de la cinta que delimitaba el espacio al que no podían acceder las personas no autorizadas-. ¿No han sacado ya todo lo que había dentro?

– Claro que sí -respondió Þóra-. Pero, de todos modos, quiero ver el interior. Nunca se sabe -miró en torno suyo, aunque sabía perfectamente que estaban las dos solas. De modo que siguió el ejemplo de Bella, pasó por encima de la cinta y se acercó a la casa. Miró por un hueco que había en la juntura de las tablas cruzadas que habían asegurado con clavos para tapar las ventanas. En la oscuridad, no pudo ver absolutamente nada. Se dirigió a la puerta, que estaba sujeta al marco con unas grapas. Bella la siguió.

– ¿Estás de broma? -dijo la secretaria al ver que Þóra se esforzaba en empujar la puerta para abrirla-. ¿Pretendes entrar? Debe de estar prohibido -paseó la mirada por la enorme zanja de la excavación, como si esperase ver a un grupo de policías acercándose a todo correr por los negros márgenes, cubiertos con redes para evitar que el polvo de ceniza llegase hasta los edificios actuales.

– Esta casa no está marcada como la de Markús -dijo Þóra con un suspiro de cansancio-. En esa no puedo entrar de ninguna manera, pero en esta, en cambio, no hay ningún cartel de la policía advirtiendo que está prohibida la entrada.

– ¿Y qué hay de ese cartel que dice que no se permite el acceso al personal no autorizado? -preguntó Bella, molesta con su jefa-. Yo pensaba que los abogados no podían quebrantar la ley.

– Eso no es una ley, sino una advertencia -dijo Þóra, abriendo un poco más la puerta-. Algo distinto son las leyes, cuyo incumplimiento, por naturaleza, es ilegal. No solo para los abogados, sino para todo el mundo. Por eso se llaman leyes.

Bella refunfuñó y renunció a seguir recriminando, Þóra. En vez de eso, se decidió finalmente a ayudarla y con el esfuerzo de las dos consiguieron abrir un espacio lo suficientemente grande para que Þóra pudiera entrar con dificultad dentro de la casa.

– Avisa si se te cae algo encima -dijo Bella por el hueco cuando Þóra estuvo ya dentro-. Iré a buscar ayuda.

Dentro de la casa, Þóra se sintió invadida de la misma sensación que experimentó la decisiva mañana en que Markús encontró los cadáveres. El olor de la ceniza era asfixiante e iba aumentando su intensidad según se adentraba en la casa. Había algo de claridad, porque los tablones que cubrían las ventanas no las cerraban por completo. Llegaba también luz desde arriba, pues en algunos lugares se veía a través de las grietas de la casa y el tejado derruido, que dejaba pasar la luz del día. Þóra pasó desde la puerta principal a un pequeño vestíbulo que daba acceso a las otras estancias de la casa, y decidió dirigirse hacia donde supuso que estaría el salón. Allí la oscuridad era mayor, pues el tejado estaba en mejor estado, pero bastó para comprobar que se encontraba vacío, con excepción de una lata de Coca-Cola y dos envoltorios de sándwich, que supuso que serían recientes. En las paredes había restos de papel pintado que en su mayor parte estaba hecho jirones y dejaba ver la base manchada de ceniza. Dos lámparas de pie seguían aún en su sitio, aunque volcadas. Las demás estancias tenían las mismas señales de fuego. Se habían llevado todo el mobiliario. Al parecer, Daði había rescatado la mayor parte de las cosas y treinta años más tarde llegó Hjörtur, el arqueólogo, y arrambló con lo que quedaba. La casa era pequeña y la breve visita convenció a Þóra de que Daði y Valgerður no tenían mucho dinero. El cuarto de baño, que estaba cubierto de pedazos de baldosín, era diminuto. En aquella casa solo vivían el marido y la mujer, y no necesitaban más espacio. Al lado del dormitorio de matrimonio, Þóra se quedó boquiabierta. Sin lugar a dudas, aquello era una habitación de niños, porque el chamuscado papel de la pared estaba cubierto de imágenes de ositos, a diferencia del resto de la casa. La lámpara del techo, rota, tenía forma de globo. El matrimonio no tenía hijos, por eso a Þóra le resultó extraño. En un rincón había un montón de basura recogida recientemente, y en él destacaba el brazo de plástico de una muñeca. Cuando Þóra golpeó el montón con el pie, el brazo cayó rodando. Removió el montón con el pie en busca de cualquier cosa de interés, pero sin éxito. El brazo de muñeca estaba desparejado y por eso no debía de haber interesado a los arqueólogos.

Þóra respiró más aliviada cuando estuvo otra vez fuera de la casa.

– Tengo un trabajo para ti, Bella -dijo mientras se recuperaban del esfuerzo de colocar de nuevo la puerta en su sitio-. Tienes que averiguar si las personas que vivían aquí tuvieron algún hijo que murió, o si a lo mejor le compraron la casa a alguna persona que sí tuvo hijos.

– ¿Y cómo se averigua eso? -preguntó Bella, cansada del esfuerzo.

– Ya encontrarás la manera. A lo mejor pueden ayudarte los del archivo municipal.

– Seguramente estará cerrado -dijo Bella; su voz dejó traslucir cierta alegría-. Es sábado, acuérdate -añadió con tono triunfante.

– Seguramente la biblioteca estará abierta, y es el mismo edificio -dijo Þóra, que no estaba dispuesta a dejar que Bella se saliera con la suya tan fácilmente-. Estoy segura de que conseguirás que te abran, sobre todo si dices que lo estás investigando por encargo de Leifur. Intenta ser insistente sin llegar a ser descortés -en el gesto de asombro de la secretaria se podía leer que no veía problema alguno para ser insistente y descortés a la vez, pero que no tenía muy claro cómo ser solamente una de las dos cosas-. Tú verás cómo lo haces -añadió Þóra con una voz rebosante de optimismo, aunque sabía que no serviría de nada.

No parecía que Matthew fuera a hacer otro intento de hablar con ella, y Þóra se cansó de esperar. Dos veces se había puesto a mirar la pantalla para comprobar si había llamado y si tenía cobertura. A lo mejor lo había intentado sin éxito durante el resto de la travesía, por la mañana temprano, y había decidido esperar antes de hacer más intentos. La única forma de averiguarlo era, obviamente, llamarle ella, pero Þóra temía que si movía ficha parecería demasiado ansiosa de saber cuáles eran los planes de Matthew, lo que podría malinterpretarse como que estaba loca por conseguir que viniese a Islandia. Le molestaba dudar tanto, porque por regla general solía ponerse manos a la obra sin demasiados preámbulos. Pero el problema radicaba en que no tenía totalmente claros sus sentimientos. Quería a Matthew a su lado, pero también quería seguir libre. Una amiga suya se había liado con un extranjero y poco después había roto todos los lazos con el grupo de amigas, porque a la gente no le apetecía mucho tener que hablar en inglés en las reuniones. Claro que eso fue hacía muchos años, y Þóra no tuvo que pensar mucho para darse cuenta de que su relación con las viejas amigas era últimamente muy escasa. Casi todas tenían suficiente con sus propios asuntos, igual que Þóra, y no les quedaba mucho tiempo para reunirse a tomar un café, y no digamos una copa.

Cogió el teléfono y marcó. Pues que lo entendiera como quisiera. Colgó enfadada cuando una voz de mujer le comunicó, en alemán, que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Quizá Matthew también estaba en el mar, o con el móvil apagado por motivos de trabajo. No era de esos que se pasan el rato charlando con amigos y parientes durante la jornada de trabajo, a diferencia de Þóra, que cada día tenía al menos diez de esas conversaciones telefónicas, sobre todo por causa de los niños. Sonrió cuando sonó el teléfono.

– Hola, mamá -era la voz de Gylfi-. ¿Has encontrado ya un apartamento para la fiesta?

Þóra puso cara de desesperación. Era un auténtico cabezota.

– No, Gylfi. De momento tengo otras muchas cosas que hacer.

– Oh -la decepción era evidente-. ¡Es que Sigga y yo tenemos tantísimas ganas de ir!

– Aún no está todo perdido, cariño -dijo Þóra-. Todavía no me han dado ningún no -lo que, sin duda, se debía a que no había vuelto a preguntar desde la primera vez que mencionó el tema.

– Sigue intentándolo -dijo Gylfi-. Nos lo pasaremos de muerte. Piensan ir todos los chicos, y eso.

– ¿Piensan acampar? -preguntó Þóra, que no podía imaginarse a los amigos de Gylfi montando una tienda sin problemas.

– Nooo -respondió Gylfi-. Van a alquilar un garaje en casa de unos tipos. A lo mejor tú podrías buscar también algo así para nosotros. Sería divertido.

«Justo», pensó Þóra. Para ella, la palabra «divertido» no podía aplicarse a una fiesta en la que había que dormir entre neumáticos de repuesto y trastos variopintos.

– No, gracias -respondió-. Tienes un bebé que lo podría pasar fatal, y una madre que necesita una ducha y una cafetera, no una manguera y una taladradora.

Se despidió después de preguntar por el pequeño Orri, al que le estaban doliendo los dientes de abajo, que no querían salir. Acabaría siendo como su padre, en eso como en tantas otras cosas, y Þóra recordó que una vez pensó pedirle a Hannes que le hiciera un cortecito en la encía, cuando Gylfi estaba pasando por lo mismo. Þóra vio que el tiempo corría y que su conversación con su hija Sóley tendría que esperar hasta después de hablar con la madre de Markús. Tenía que estar allí a las cuatro en punto, y aunque la ciudad de Heimaey no tenía muchas calles, Bella y ella habían logrado perderse un buen rato buscando la zona de excavación, aunque estaba justo al pie del volcán.

Después de hacer círculos por la ciudad durante diez minutos, Þóra consiguió finalmente descubrir la calle y la casa. Resultó aún más complicado que la búsqueda de la Pompeya del Norte, porque ahora no contaba con Bella. Se había ido a la biblioteca con la esperanza de hablar con la gente de allí para que la dejaran pasar al archivo y averiguar unas cosas sobre Daði y Valgerður. Así que Þóra iba ya con retraso cuando aparcó su coche al lado de la casa de la anciana. Se pasó la mano por el pantalón con mucho cuidado para recolocar la raya, que ya apenas se notaba. Luego se alisó la blusa y se dirigió hacia la entrada. Quería estar presentable, las personas de la edad de los padres de Markús esperaban que los abogados estuvieran siempre elegantes, y sin duda preferían que fuesen hombres antes que mujeres. De ahí que fuera importante que la anciana no se escandalizara al ver a Þóra por primera vez. Por eso se había puesto la ropa más elegante y fina que había podido encontrar en el armario.

Þóra llamó al timbre y esperó muy tiesa a que alguien fuera a abrir. Fue la esposa de Leifur quien abrió la puerta. Un débil olor a alcohol brotaba de ella, aunque no se le notaba nada más; estaba en el umbral, ataviada con una preciosa camisa de Burberrys y una falda a juego. Þóra sabía que aquella mujer se daría perfecta cuenta de que ella, en cambio, vestía ropa barata.

– Ya era hora -dijo la mujer, enfadada.

– Oh -atinó a decir Þóra-. No sabía que fuera tan tarde -miró su reloj y vio que iba seis minutos retrasado-. Me he perdido.

– Te has perdido -dijo la mujer con ironía-. ¿En Heimaey? -no esperó respuesta, e indicó a Þóra que entrara en la casa-. Klara te está esperando -dijo dándose la vuelta. Þóra la siguió a corta distancia, con la esperanza de que su trasero tuviera tan buen aspecto como el de aquella mujer cuando cumpliera los cincuenta. El único ejercicio físico que hacía en esa época era atender a su nieto, aunque por el momento seguía teniendo unos muslos bonitos.

La mujer de Leifur se detuvo ante una puerta de doble hoja que daba a un salón de estilo antiguo pero muy elegante.

– Entra. Tiene muchas cosas que contarte -se marchó mientras añadía, burlona-: Eso si sabes qué es lo que debes preguntar.

Capítulo 23

Sábado, 21 de julio de 2007

La fría mirada de la anciana recordaba, sin duda, a su hijo más joven, Markús, aunque en todo lo demás madre e hijo eran muy distintos. Ella tenía el cabello blanco pero el rostro prácticamente libre de arrugas. Aunque aquel era el único rasgo juvenil de las facciones de Klara. Llevaba un vestido multicolor, de grandes dibujos, pero el estampado tenía la función de ocultar la ausencia de estilo de la prenda. Los ojos tenían ese tono aguado de la vejez, y sin embargo no ocultaban que la mujer no estaba precisamente encantada de tener que sentarse a charlar con Þóra. Klara tendría, con toda seguridad, más de ochenta años pero llevaba su edad bastante bien, sentada como estaba, en un espléndido sofá, con la espalda bien recta. Garras de león talladas adornaban brazos y patas del sofá. Encajaban perfectamente con Klara, que encajaba, a su vez, perfectamente con el salón, adornado con innumerables jarrones de cristal. En cambio, Þóra sintió simpatía hacia el padre de Markús. Él no armonizaba mucho con aquella imagen imponente y anticuada. Ocupaba un asiento bastante más moderno que el resto del mobiliario, una butaca de cuero con reposapiés extensible. Vestía pantalones de chándal y jersey de cuello vuelto, con un chal cubriéndole los hombros. En los pies, unas zapatillas de cuero. Leifur estaba sentado al lado de su padre, aunque debía de haberse puesto allí poco después de que Þóra fuese invitada a pasar al salón. No tenía muy claro el papel del hijo en aquella reunión. Tal vez había de actuar como una especie de última línea defensiva para evitar que Þóra llegara demasiado lejos con sus preguntas, y para apoyar a su madre en lo que hiciera falta. Cuando habló con Þóra la noche anterior, no le mencionó que tuviera pensado asistir a la reunión.

– ¿De modo que no recuerdas a ningún extranjero de esa época? -preguntó Þóra a la anciana; y enseguida añadió-: Probablemente serían ingleses los cuatro -Þóra casi estaba mareada por el fuerte olor a perfume que surgía de Klara.

– No, no me acuerdo -respondió Klara-. Yo tenía bastante trabajo en casa y no bajaba mucho al puerto, que era donde solían andar los extranjeros.

– Comprendo -dijo Þóra-. ¿Tu marido no tenía negocios con extranjeros en esa época?

– Yo nunca me metía en las cosas de su trabajo, así que sencillamente no lo sé -respondió la mujer, que hizo un gesto que daba a entender claramente que las preguntas le resultaban molestas-. Magnús se ocupaba de sus asuntos él solo, sin que yo me metiera en ellos ni por asomo, como era habitual entonces -miró de reojo a su marido, que observaba silencioso la ventana.

Þóra decidió ver qué pasaba cambiando de tema, preguntándole por Valgerður y Daði. Tal vez la mujer se relajara si hablaban de cosas que no fueran cuestiones suyas personales.

– El nombre de tu antigua vecina, Valgerður Bjólfsdóttir, ha salido a relucir en relación con Alda Þorgeirsdóttin No estoy del todo segura de cómo se relacionan, pero esperaba que tú pudieras informarme mejor al respecto.

– No sé nada de eso -respondió la anciana en el mismo instante en que Þóra dejó de hablar.

– ¿De qué? -preguntó Þóra, convencida de que Klara ocultaba algo: ni siquiera había intentando evocar algún recuerdo-. ¿Sobre la relación entre ambas? -Þóra no esperó su respuesta sino que sonrió a la mujer, sin muchas ganas, comunicándole así que sabía perfectamente que no estaba todo dicho todavía-. Lo poco que he oído sobre Valgerður y su esposo Daði procede todo de la misma fuente: que los dos eran bastante fastidiosos. Sería bueno oír tu opinión sobre ellos.

– ¿Y en qué puede ayudarle eso a Markús? -preguntó Leifur extrañado, sin ocultar su enfado-. Tenía entendido que el objetivo de hablar con mis padres era recoger información que pudiera serle de utilidad.

La anciana clavó los ojos en su hijo, enfadada.

– Yo sé contestar sola -dijo con aspereza. Se volvió hacia Þóra-. Aunque estoy de acuerdo con Leifur y no comprendo bien qué relación pueda tener eso con Markús, no es ningún secreto que Valgerður y Daði eran personas especialmente desagradables. Ella era una chismosa y disfrutaba hablando de las desgracias de otras personas -dijo Klara, carraspeando-. Supongo que así compensaba sus propias penas.

– ¿Qué penas? -preguntó Þóra-. Tengo entendido que era enfermera y que él trabajaba en el mar. No creo que eso fuera peor de lo habitual.

– No tiene nada que ver con el dinero ni con el trabajo -dijo la anciana-. Se conocieron cuando Valgerður vino al hospital de la isla, nada más diplomarse como enfermera. Hasta después de intercambiar los anillos no se enteró de que Daði amaba a la botella más que a ella. Así que fue un matrimonio difícil y carente de amor. Al principio no eran realmente más desgraciados que otros del vecindario, pero todo fue de mal en peor. Todo lo que sucedía en una casa se oía en las demás. La ventana de nuestro dormitorio daba a la de ellos, y yo sobre todo la compadecía, más que nada.

– ¿Qué es lo que cambió? -preguntó Þóra, que había empezado a compadecerse de la desdichada Valgerður.

– Pues que defraudó mi confianza abriendo una herida imposible de curar -dijo Klara con los labios apretados.

– ¿Podrías explicarte un poquito más? -le rogó Þóra-. No es curiosidad, es que necesito entender lo que pasaba en la calle para poder ayudar a Markús. Es prácticamente seguro que quien metió en el sótano los cadáveres era alguna persona conocida.

Klara miró a Þóra sin decir nada, al principio. Luego frunció el ceño y dejó escapar un leve suspiro.

– No veo qué importancia puede tener hoy día ese suceso de hace tanto tiempo y de tan escasa importancia -carraspeó-. Pero tampoco veo por qué tendría que ocultártelo -se irguió-. Después de tener que oír los gritos de Daði y los llantos de Valgerður durante seis meses, decidí hablar con ella y dejar que llorase sobre mi hombro, porque se encontraba muy sola. Todos sus parientes vivían en Reikiavik, y en aquellos días la gente no llevaba teléfono móvil para poder hablar donde y cuando te apeteciera. Charlé con ella en privado y le dije que no era la única con un marido autoritario y aficionado a la bebida. Le dije que era algo demasiado habitual, por desgracia, y que podía venir a verme si necesitaba apoyo -Klara arrugó la nariz para dar más énfasis a la continuación-. Me lo agradeció aireando a los cuatro vientos la lista de maridos a los que yo había hecho referencia… ante quien quería oírla y ante los que no. Necesité meses para recuperar la confianza de las mujeres afectadas.

– ¿No podría ser que ella estuviera ya tan desesperada por tener amigos que te sacrificara a ti en el altar de otras posibles amistades? -preguntó Þóra, que intentaba ponerse en la piel de aquella forastera en una pequeña sociedad rural que no tenía a nadie cercano.

– Quizá fuera eso -repuso Klara, muy enfadada-. Pero no por ello dejó de ser algo de todo punto imperdonable. Esa mujer no podía contar con meterse en los círculos más íntimos así por las buenas, y una vez que yo expliqué lo sucedido a la gente, se quedó aún más aislada que antes. Hacer aquello no fue nada sensato por su parte -Klara se puso las manos sobre sus anchos muslos para prestar más énfasis a su propia manera irreprochable de comportarse.

Þóra no valoró en exceso su perfección.

– ¿Perdieron algún hijo Valgerður y Daði? -preguntó, aunque sabía que Bella estaba intentando averiguarlo en aquellos mismos momentos.

– No -respondió Klara-. Mientras vivieron aquí no tuvieron hijos. Lo intentaron todo lo que pudieron, pero nunca lo consiguieron. Valgerður sufrió al menos dos abortos, lo que no contribuyó a endulzar su agrio carácter. Naturalmente, en esos tiempos no existían todos esos psicólogos a los que acude ahora la gente, pero no cabe duda alguna de que su gran interés por nuestros hijos, aún pequeños, tenía que ver con el hecho de que ella no tenía ninguno. Se dedicaba a contar historias de todos los niños del barrio, también de mis chicos, porque eran muy traviesos.

– En la casa tenían una habitación para niños -dijo Þóra, confiando en que nadie preguntara de dónde había sacado esa información-. ¿Es posible que las personas que vivieran allí antes que Valgerður y Daði tuvieran hijos? -en aquellos momentos, era de esperar que Bella estuviera descubriendo en el archivo municipal la respuesta a esa misma pregunta.

– La casa la construyeron ellos, de modo que nadie vivió allí antes. El barrio era uno de los más nuevos de la ciudad, y algunas de las casas ni siquiera estaban terminadas del todo, aunque todas estaban ocupadas -dijo Klara-. Yo entré poquísimas veces en su casa, en realidad solo por obligación -movió los hombros como si le dolieran-. Nunca vi ese cuarto de niños, pero es posible que lo tuviesen. En realidad, tengo entendido que tuvieron un hijo después de la erupción, de modo que tal vez se había quedado embarazada y prefirió no decir nada en vista de las experiencias anteriores. Tal vez estaban preparando el nacimiento del niño. Pero no comprendo por qué tenían tanto interés, pues una mujer que conozco me dijo que era la comidilla de todos en el noroeste el nulo interés que mostró Valgerður por el recién nacido nada más parirlo. Aquello anunciaba problemas.

– ¿Tuviste contacto con ellos después de que se marcharan? -preguntó Þóra.

– No -dijo Klara escandalizada-. ¿Por qué iba a tenerlo? Te he estado diciendo que ni el marido ni la mujer me caían nada bien. De aquí se fue mucha buena gente que nunca regresó. Yo tenía suficiente como para mantener el contacto con ellos.

– Comprendo -dijo Þóra con cortesía-. ¿Crees que Daði y Valgerður podrían tener alguna clase de relación con los cadáveres que aparecieron en el sótano de vuestra casa?

– De eso no tengo ni idea -respondió la mujer, que seguía irritada-. Ya le he dicho a la policía que no tengo ni la menor idea de cómo pudo suceder aquello y vuelvo a decirlo una y otra vez: no tengo ni la más mínima idea.

Þóra se percató de que la anciana hablaba de «yo» y no de «nosotros», sin decir nada que pudiera incluir a su marido. También le llamó la atención, al leer el informe de la policía, que el suyo era el más breve de todo el caso y que había sido escrito por Guðni, el comisario jefe de la isla. A Klara solo le habían hecho un par de preguntas, que respondió con la mayor brevedad posible. Þóra imaginaba que Stefán y sus colegas no serían igual de respetuosos si decidían interrogar a la mujer.

– Pero ¿ellos tenían relaciones con extranjeros aquí en las islas? -preguntó Þóra por si acaso.

– Bueno, Valgerður trabajaba en el hospital, además de como enfermera de la escuela dos tardes por semana -respondió Klara-. En la escuela no había profesores extranjeros, ni nadie más que fuera extranjero, pero en el hospital ingresaban a veces marineros extranjeros heridos, y otros forasteros de los que no sé más detalles. En esos casos no se puede hablar de relaciones, en realidad, aunque ella les curase las heridas. Daði trabajaba con uno de los armadores más pequeños de las islas. Allí solamente trabajaban islandeses, por lo que yo sé. Por otra parte, lo mejor será preguntárselo al hijo sobreviviente de esa gente, quizá incluso podría decir más que yo, que nunca he tenido interés alguno por ellos.

– ¿Así que Daði ya no vive? -preguntó Þóra-. Sé que Valgerður aún respiraba hace no demasiado tiempo, pero no sabía a ciencia cierta si él seguía con vida.

– Tengo entendido que murió de cirrosis hace dos años o así -respondió Klara con un tono de dureza en la voz-. Pero creo que su hijo vive todavía.

– ¿Tienes idea de cómo se llama? -preguntó Þóra.

– No, no me acuerdo. Lo oí alguna vez, pero hace mucho que lo olvidé.

Þóra asintió, quién sabía si Bella se lo encontraría en el archivo. Había conseguido que la mujer empezase a hablar por fin, de modo que era el momento de cambiar de marcha, además de que no se le ocurrían más preguntas sobre los vecinos.

– Otra cosa -dijo entonces-. La noche del viernes 19 de enero de 1973, esto es, el fin de semana anterior a la erupción, en la escuela de Heimaey hubo un baile que se desmadró. A Markús lo fue a buscar su padre, porque él y todos sus compañeros de clase agarraron una borrachera espantosa -miró a la mujer a los ojos-. ¿Recuerdas esa noche?

Klara puso una cara como si Þóra le hubiese pedido que le dejara rebuscar en la cesta de ropa sucia de la familia.

– Creo recordarlo vagamente -respondió, aunque era evidente que recordaba perfectamente la noche en cuestión-. No fue solo Markús, sino la clase entera, si no recuerdo mal. Markús no bebía, a diferencia de los demás chicos de por aquí, de forma que a nosotros aquello nos pilló totalmente por sorpresa.

– No tengo ningún interés en si Markús bebía o no, sino en si recuerdas alguna otra cosa extraña de esa noche -dijo Þóra-. ¿Recuerdas si tu marido volvió a salir después de dejar a Markús en casa, por ejemplo en plena noche, y si quizá fue al puerto?

Klara palideció.

– Magnús no fue a ningún sitio -respondió-. Vino a casa con el chico y se quedó aquí. Magnús no tenía por costumbre andar por ahí en plena noche, y desde luego no estaba de humor después de ver el estado en que se hallaba su hijo -jugueteó con un magnífico anillo de oro que llevaba en el anular de la mano izquierda, y apartó la mirada.

Þóra no le creyó ni media palabra. Por primera vez, la anciana parecía nerviosa y, evidentemente, no era buena actriz. Parecía mentir tan mal como su hijo cuando se la presionaba.

– ¿Y tú, Leifur, recuerdas que sucediera algo esa noche? -miró a Klara y esbozó una falsa sonrisa-. Tal vez Magnús salió cuando tú estabas ya dormida.

Leifur sacudió la cabeza.

– Ese fin de semana, yo estaba en Reikiavik. El instituto había vuelto a empezar después de las vacaciones de Navidad, y yo estaba en tercero y vivía en la capital.

Þóra frunció el ceño.

– Pero la noche de la erupción estabas aquí, ¿no? -preguntó-. Y la erupción fue a mitad de semana, ¿no?

Leifur le sonrió, y parecía perfectamente sincero, a diferencia de su madre, que mostraba a todas luces que aquellas preguntas ya no le resultaban indiferentes.

– Lo de Markús y su borrachera fue toda una tragedia -dijo Leifur-. Mi madre estaba destrozada y mi padre furioso, así que decidí escaparme y venirme para acá a fin de calmar un poco el ambiente y echarle una buena bronca a Markús. Aquel lunes no había clase en el instituto, de todos modos, de forma que no me perdí mucho. Tenía intención de volver a Reikiavik el martes, aunque no esperaba que a medianoche pasara lo que pasó.

– ¿Es Sigríður? -se oyó decir de repente al anciano, que había dejado de mirar por la ventana y ahora miraba a Þóra sin comprender.

– No, papá -respondió Leifur con cariño-. Esta mujer se llama Þóra. Sigríður murió -añadió luego, cogiendo la mano de su padre-. Mira que tienes frías las manos. ¿Quieres que te tape mejor? -Leifur no esperó respuesta, pues el anciano parecía haber vuelto a perder el sentido de la orientación. Leifur miró a Þóra-: Sigríður era su hermana. Quizá piense que os parecéis, aunque yo no veo semejanza.

Þóra sonrió a padre e hijo.

– Hola, Magnús -dijo con voz desusadamente alta, aunque hubiera decidido no hablar al anciano-. Me llamo Þóra y soy abogada -el anciano no apartó la mirada de ella, pero frunció el ceño-. Estoy ayudando a tu hijo. Encontraron unos cadáveres en el sótano de vuestra casa de Suðurvegur y la policía cree que Markús está envuelto en el caso -Leifur y su madre la habían autorizado a intentar charlar con él, pero ambos se mostraron de acuerdo en que no serviría de nada. El gesto de madre e hijo indicaba, en cambio, que cuando dieron su autorización no se referían precisamente a aquel tema.

– ¿Sigríður? -repitió el anciano con tono interrogante-. ¿En el sótano? -añadió. Las palabras de Þóra se filtraron en su mente aunque ella no sabía a ciencia cierta si con ellas le llegaría también algún significado. El hombre calló y se volvió de nuevo hacia la ventana.

– No sirve de nada insistirle -dijo Klara; su voz parecía más suave que antes-. Todavía habla, pero lo que dice no es muy coherente con lo que sucede a su alrededor. Y además es él quien dirige las pocas conversaciones en las que participa. No es posible llevarlas hacia ningún sitio -apartó la vista de su marido y volvió a mirar a Þóra. Su gesto se endureció-. Te agradecería que no le insistieras más.

Þóra se mostró de acuerdo. Había esperado que el hombre fuera más capaz, aunque toda la familia asegurase que estaba total y completamente ausente.

– Klara -dijo Þóra con dulzura-, ¿crees que tu marido pueda tener alguna relación con este caso? Hasta las mejores personas pueden llegar a verse envueltas en situaciones que hacen surgir lo peor que hay dentro de ellas. Nadie sabe lo que sucedió realmente, e incluso podría existir una explicación lógica para tanta violencia, aunque no podemos hallarla por el largo tiempo transcurrido desde entonces.

La anciana se echó hacia atrás como para alejarse de Þóra todo lo posible. El olor del perfume se debilitó un poco.

– Tengo entendido que esos hombres fueron golpeados hasta la muerte -dijo Klara-. Mi marido era fuerte, muy fornido. Pero no era un hombre violento. Nunca habría podido matar a nadie.

– ¿Nunca participó en peleas en sus años mozos, que tú sepas? -preguntó Þóra.

– ¡En peleas! -dijo Klara, muy molesta-. Él era… -miró de reojo a su marido y se corrigió-: Él es un hombre. Claro que se vio metido en peleas hace muchos años, pero eso se acabó cuando nacieron los niños.

– ¿No armaba jaleo cuando se tomaba una copa, o cosas de esas? -preguntó Þóra recordando las palabras de Markús de que su padre no era demasiado divertido cuando llevaba una copa encima. También sabía que los marinos de hace años bebían muchísimo. Ella misma tenía muchos «lobos de mar» en la parte materna de su familia, y había oído historias sobre sus largas singladuras. Cuando estaban embarcados, trabajaban bajo una presión enorme y en cuanto llegaban a tierra se desenfrenaban. Ahora eran otros tiempos, y los marineros borrachos no destacaban más que cualquier otro profesional.

– Magnús no era violento cuando bebía, si es esa la pregunta -respondió Klara con sequedad-. Tampoco tenía problemas con el alcohol, como tantos de sus compañeros. Creo, en realidad, que ese es el motivo de que le fuera en la vida mejor que a ellos, y de que consiguiera levantar una empresa que ahora está entre las más fuertes de la isla.

– También tuvo su parte el que fuera tan tremendamente trabajador -se oyó decir a Leifur-. Corren historias sobre su diligencia cuando era joven, y lo cierto es que fue así durante toda su vida -puso una mano sobre el hombro de su padre-. No nació con una cucharita de plata en la boca, como tanta gente hoy día.

Þóra no pudo menos que pensar que Leifur era una de esas personas, pues había recibido la empresa de manos de su padre. Decidió asimismo no seguir insistiéndoles sobre la afición de Magnús a la bebida, porque no parecía que tuviera importancia alguna.

– ¿Podría haberse visto envuelto en este asunto por ayudar a otros? -preguntó Þóra-. A Þorgeir, el padre de Alda, por ejemplo.

– ¿Sigríður? -dijo Magnús de repente, de forma que ni la madre ni el hijo pudieron responder a su pregunta-. ¿Conoces a Alda, la de Geiri?

– Sí -dijo Þóra, por miedo a que el anciano volviera a encerrarse en su concha si decía que no.

– ¿Cómo sigue? -preguntó el anciano, cogiendo el borde de la manta-. Fue espantoso -continuó.

– ¿Qué fue espantoso? -preguntó Þóra con calma, para no destruir el momento.

– ¿Vivirá el halcón? -dijo entonces el anciano-. Eso espero.

– Seguro que sí -dijo Þóra, intentando desesperadamente encontrar la pregunta adecuada-. ¿Mató Alda a ese hombre? -preguntó entonces, pues no se le ocurrió ninguna otra cosa.

El anciano la miró y su mente pareció espesarse:

– ¿Siempre tienes que ser tan difícil, Sigríður? ¿Quién te dijo que vinieras?

– Klara -respondió Þóra sonriendo lo mejor que supo. Cuando encontró la mirada vacía y el gesto interrogante, añadió-: Klara, tu mujer.

– Pobrecito niño -dijo Magnús, y sacudió la cabeza lentamente-. Pobre niño, tener que estar con esa gente.

– ¿Alda? -preguntó Þóra desesperada, porque el hombre parecía encerrarse de nuevo en sí mismo-. ¿Alda tuvo problemas cuando era pequeña?

– Espero que viva el halcón -dijo Magnús, y cerró los ojos.

Nuevos intentos de hacerle hablar no tuvieron ningún éxito. Þóra se sentó pensativa, sin lograr ver sentido alguno en sus palabras. ¿De qué halcón estaba hablando? ¿Se refería a algún suceso de su propia vida sin relación alguna con Alda ni con los cadáveres? ¿Y a qué niño se refería?

Capítulo 24

Sábado, 21 de julio de 2007

Bella parecía bastante contenta, sentada en la entrada del hotel degustando a pequeños sorbos una bebida que podía ser una Pepsi o un cubalibre. Un dulce aroma a alcohol se hizo notar claramente cuando Þóra se sentó al lado de la secretaria y dijo:

– Sabes que no se pueden poner bebidas alcohólicas a cargo del bufete. Es difícil justificar la relación entre una copa y el funcionamiento de la empresa -añadió, al ver el gesto de Bella. Un calipso extrañamente relajante sonaba por el altavoz que había a su lado, y quizá fuera la música la responsable de que la secretaria estuviera tomándose una copa. Por su parte, Þóra no había tocado ni una piña colada.

– Tía, no seas así -dijo Bella tomando un trago con la misma sonrisa beatífica-. He visto las facturas de Bragi cuando va al interior por cuestiones de trabajo -Þóra tenía que reconocer que su socio no pasaba por un hotel sin sentarse a la barra, tuviese o no que alojarse allí-. ¿No quieres saber qué encontré en el archivo? -preguntó chupando con energía de la pajita-. Me abrieron. Evidentemente, el Leifur ese tiene a la ciudad en el bolsillo. Solo tuve que mencionar su nombre y las llaves aparecieron de la nada.

– Sí, a todo el mundo de por aquí le conviene mantener buenas relaciones con él -dijo Þóra-. Pero ¿qué encontraste? Es estupendo que a una de las dos le vaya bien, porque yo saqué muy poco de mi encuentro con los padres de Markús. Su padre está completamente ido y su madre es tan seca que la humedad relativa del aire del salón descendió a cero. Lo único que saqué de lo que me contaron fue no sé qué de un halcón y un niño, aparte de un dolor de cabeza por el perfume de la anciana. Tú no habrás encontrado en el archivo nada sobre un halcón, supongo.

– No -respondió Bella-. Por lo menos no vi nada de eso. Allí, en ese archivo, hay un millón de documentos. Una no sabe nunca lo que está buscando, y no pensé en pájaros.

Þóra suspiró y dijo:

– Vaya, seguramente serán simples desvaríos de un enfermo.

De pronto, Þóra se acordó de María, la esposa de Leifur, que de alguna forma se ocupaba de su suegro. Ella debía de haberle oído hablar de esas cosas sin que viniera a cuento. A lo mejor, en alguna ocasión había dicho algo importante sin que ella se diera cuenta cabal de su significado. Þóra decidió intentar verla antes de marcharse, e interrogarla a fondo. Podía ser que alguna vez le hubiera oído hablar de halcones o de ese pobre niño y que fuera posible saber más o menos si aquello tenía alguna relación con el caso. Notó que le aumentaba la jaqueca, y se llevó la mano a la frente.

– Pues mira -comenzó Bella, dejando la copa-. Descubrí que ese Daði y su mujer Valgerður fueron los que construyeron la casa, de modo que allí no vivió nadie antes que ellos -Bella pareció extrañarse al ver que Þóra no hacía ningún gesto. Así que prosiguió-: Y no tuvieron hijos mientras vivieron aquí -dijo, comprobando que sus palabras no ejercían efecto alguno sobre Þóra-. Pero después de la erupción tuvieron un hijo al que bautizaron Adolf.

– ¿Adolf? -balbuceó Þóra-. ¿Quién le pone Adolf a un hijo suyo?

Bella pareció más aliviada al comprobar que sus informaciones tenían interés.

– Ya, pues esos es lo que hicieron. El tal Adolf vive en Reikiavik y lo busqué en la Red y encontré un blog en el que advertían contra él: dicen que es un violador. Todo era de lo más incoherente y la mayor parte de las amenazas se las hacía la persona del blog, que decía ser amiga de su víctima. En otra entrada de unas semanas más tarde, la misma chica contaba que por fin la policía le había acusado.

Þóra empezó a darse un masaje en la frente con la esperanza de quitarse el dolor de cabeza.

– ¿Un caso de violación? -preguntó-. ¿Qué caso de violación?

– De eso no ponía nada, pero me hice una idea de cuándo debió de suceder más o menos mirando la fecha de la primera entrada. Fui al archivo de noticias del Morgunblaðið y encontré un breve que podría encajar con el caso -dijo Bella-. No era lo bastante importante como para gastar demasiado espacio en el asunto, pero de todos modos, al leer el artículo me fui acordando, porque el violador drogó a la chica con un anticonceptivo de urgencia para evitar un embarazo.

– ¿Eh? -exclamó Þóra como una tonta-. ¿Quieres decir una pastilla del día después? Yo no recuerdo nada de eso.

– No despertó mucho interés, a juzgar por el espacio que le dedicaba el periódico, y dudo de que ni siquiera lo hubiera mencionado a no ser por la previsión del violador. Pero algo debió de hablarse del asunto, porque yo me enteré. Y eso que no suelo leer periódicos.

Þóra hizo una señal a la camarera, que pasaba por delante, y pidió una piña colada. A la mierda el dolor de cabeza y a la mierda el contable.

– Dime una cosa -le pidió a Bella cuando la camarera trajo la bebida-. ¿Cómo fue?

– Según parece, el Adolf ese violó en su casa a la chica después de conocerla en un bar del centro -dijo Bella-. Ella estaba borracha pero pese a todo ofreció cierta resistencia, como se podía apreciar en su cuerpo cuando acudió a urgencias al día siguiente.

– ¿Al día siguiente? -exclamó Þóra, intentando apartar las dudas que de inmediato surgieron en su mente-. ¿Por qué no fue directamente al hospital, o a la policía?

– Dijeron que estaba tan deprimida que al principio ni siquiera quería denunciarle. Cuando le vino la regla sin que le tocara en esas fechas, fue al hospital y entonces se supo todo. Tenía la menstruación fuera de plazo que produce la pastilla del día después, y cuando los empleados del hospital la interrogaron, lo contó todo. No había tomado la pastilla por su cuenta, así que el violador debió de habérsela puesto en la bebida que le llevó.

– No me parece que eso se pudiera sostener ante un tribunal -dijo Þóra-. ¿Cómo va a demostrar que no se tomó la pastilla ella misma si reconoció que se había acostado con él?

– Porque la medicina fue encontrada en casa del hombre en el registro que hicieron -dijo Bella-. En cantidad considerable, de acuerdo con las noticias. ¿Para qué quiere un tío soltero unos anticonceptivos para mujeres?

– Comprendo -dijo Þóra-. E imagino que Alda tendría algo que ver en el caso -se dijo a sí misma en voz alta-. ¿Cuándo fue?

– La violación se produjo hace como dos meses -respondió Bella-. La noche del sábado al domingo, aunque la chica no acudió a urgencias hasta el lunes por la tarde.

Por entonces, Alda aún hacía guardias nocturnas y de fin de semana en el hospital, e incluso habría atendido a la víctima. ¿Tal vez reconoció en el nombre del asaltante a sus conocidos de Heimaey? Þóra no acababa de entender en qué podría ayudar aquello a Markús, a menos que Alda hubiera hablado con Valgerður y Daði y les hubiera contado su historia de la cabeza, y estos se la hubieran repetido a su hijo. Aquello era demasiado rebuscado, desde luego, pero resultaba difícil ser exigente cuando había tan poco de lo que echar mano.

– ¿Has logrado averiguar adónde se trasladaron Valgerður y Daði después de la erupción? -le preguntó a Bella.

– Se fueron a la región del noroeste -respondió Bella-. La señora del archivo me enseñó un resumen de los lugares donde vivían todos los habitantes de las Vestmann un año aproximadamente después de la erupción. Además, sabía algunas cosillas más, porque creía que unos parientes de Valgerður tenían allí una casa vacía y se la dejaron. También vi en el archivo que Daði trabajaba en un arrastrero que tenía su base en Hólmavík, y que ella se quedó en casa sin trabajar porque estaba embarazada.

Þóra sonrió a Bella y no le dijo que eso de quedarse en casa con la barriga no era estarse «sin trabajar»; pero dijo:

– Alda también se fue al noroeste con sus padres. A lo mejor allí se relacionó más íntimamente con Valgerður. Los refugiados de las Vestmann se agruparon cuanto pudieron durante ese tiempo. Eso podría explicar su interés por el fallecimiento de la mujer.

– En el artículo no decía nada del personal del departamento de urgencias -dijo Bella-. Lo único que ponía era que la chica a la que había violado se presentó allí.

– Tendría que ser posible averiguarlo -dijo Þóra-. Estoy pensando si eso podría tener alguna relación con el abandono del trabajo de Alda, que no hubiera podido ayudar a la víctima porque conocía al culpable.

– ¿Estás segura de que conocía al Adolf este? -preguntó Bella.

– No -respondió Þóra-. No tengo ni idea. Ni Leifur ni su madre pudieron decirme cómo se llamaba, lo que parece indicar que no debe de tener ninguna relación con la isla -Þóra suspiró, pensativa-. Tampoco sé si las normas éticas incluyen ese tipo de circunstancias. A lo mejor Alda lo descubrió por casualidad al ir a buscar algo a la farmacia del hospital, o algo por el estilo, aunque las otras enfermeras no lo hayan querido mencionar -dejó escapar un hondo suspiro-. Probablemente, el Adolf este no tiene nada que ver con el caso. Nació después de la erupción, de modo que los cuerpos del sótano no tienen nada que ver con él, y estoy convencida de que son ellos el eje de todo.

– También puede ser que no exista relación alguna entre los dos casos -dijo Bella-. Esas cosas pasan.

– No creo -dijo Þóra, aunque no tenía muchos argumentos para defender su teoría-. Lo peor es que dudo de que la familia de Markús me haya contado toda la verdad. Normalmente, pensaríamos que una madre pondría el interés de su hijo por delante del suyo propio y el del marido, sobre todo cuando se da la circunstancia de que el marido está ya en las últimas y su hijo Markús tiene todavía media vida por delante.

– Ni idea -dijo Bella tomando un sorbo de su copa-. Yo soy soltera y no tengo hijos, así que ni idea de qué es lo que preferiría defender.

De pronto apareció la camarera con la bebida de Þóra. No era la misma mujer que había tomado la comanda, esta parecía mayor y de gesto cansado. Llevaba una bandeja redonda con una bebida de aspecto lechoso en un vaso alto rematado por una sombrilla de colores y una cereza pintada de verde. Þóra le dio las gracias y le dijo el número de su habitación. La camarera estaba a punto de irse después de anotarlo, pero Þóra le preguntó:

– ¿Sabes de alguien que sea un muy buen conocedor de la erupción y de la vida de Heimaey en esa época? Alguien con quien pudiera charlar un ratito.

La mujer miró a Þóra.

– ¿No preferirías ir a ver un documental que hay sobre la erupción? Es de lo más popular -miró el reloj de la pared-. La próxima sesión empieza dentro de una hora.

– No, no se trata de eso -repuso Þóra-. Estoy buscando a alguna persona que pudiera responder unas cuantas preguntas sobre la vida de Heimaey en esa época -Þóra sonrió, con la esperanza de que la mujer no fuera a pedir más detalles, porque no los tenía.

La mujer se encogió de hombros.

– Naturalmente, aquí hay montones de gente que estarían encantados de hablar de la erupción. Aunque la mayoría prefieren contar su propia experiencia, pero me da la sensación de que lo que tú buscas es otra cosa -dijo mirando a Þóra, que asintió con un movimiento de cabeza-. Entonces creo que lo mejor es un tipo -prosiguió-. Se llama Paddi «Garfio» y sabe un montón. Cuentan que solo salió de la isla una vez en su vida, y fue la noche de la erupción. Por eso sabe más que nadie sobre la vida de por aquí. Además, le vuelve loco hablar, de modo que tendréis que andar con cuidado para que guarde la compostura. No siempre es del todo claro en sus respuestas, pero eso no es obstáculo ninguno para él.

– ¿Dónde podemos encontrar a ese hombre? -dijo Þóra, expectante.

– Tiene una barca que alquila a turistas. Sobre todo para pescar con caña -respondió la mujer-. Os aconsejo que le paguéis para dar un paseo en barca, porque de otro modo es posible que no se muestre muy dispuesto a hablar con vosotras. Está a la que salta, y nunca quiere dejar pasar un trabajo -les sonrió-. ¿Queréis que le llame y reserve un paseo?

Þóra dio las gracias a la mujer y le pidió que lo hiciera, para ella y su amiga. Que le daba igual si era una excursión para ver la costa o para pescar. Bebió un sorbo de su bebida. Se permitió paladear por un momento el sabor del coco antes de continuar:

– Bueno, por una vez podemos darnos el gusto de salir a pescar.

Leifur estaba con su padre en el dormitorio que la familia le acondicionó en el piso bajo de la casa cuando Klara renunció a seguir con su esposo en el dormitorio de matrimonio. Magnús no hacía más que despertarla y preguntarle enfadado quién era, qué hora era o sencillamente quién era él mismo. Cuando a eso se sumaron por las noches la furia y la violencia, la mujer decidió que ya era suficiente. Había dos posibilidades, o llevarlo a una residencia o tomar las medidas necesarias para que pudiera seguir en casa sin que ella tuviera que pasarse despierta día y noche. Leifur estaba sentado al lado de la cama mirando las estanterías de libros, que eran lo único que quedaba del mobiliario original de la llamada «habitación del cabeza de familia». El resto había ido a parar al sótano, desde donde los muebles acabarían en manos de desconocidos después de la muerte de sus padres. O al vertedero. María y él carecían de espacio para aquellas cosas, y sus hijos no tenían ningún interés en unos muebles usados, aunque hubieran pertenecido a la familia. Nada importaba que fueran de mejor calidad que los muebles que estaban de moda, por mucho que ahora fueran infinitamente más caros. Seguramente, su hijo había cambiado más veces de sofá desde que se marchó de casa ocho años atrás que él y su mujer en todo el tiempo que llevaban juntos. María, su mujer, llevaba un tiempo insistiendo en que derribaran la casa, se desprendieran de todos los trastos, o los vendieran, y construyeran una nueva. Había conseguido ir aplazando la idea, pero sabía que dentro de no mucho tiempo se vería en la tesitura de ceder o de correr el riesgo de perder a su mujer. Algo había cambiado en ella, pues seguía pidiendo lo mismo pero con menos convicción. Eso le llenaba de aprensión, porque sabía que la rendición era con frecuencia precursora de medidas más radicales. A lo mejor se trataba del primer paso de su mujer hacia la libertad que tanto ansiaba y que, para ella, no podía existir en otro sitio que en Reikiavik, libertad para ir de comprar y para pasear de cafetería en cafetería, libertad para dar envidia a sus amigas por la opulencia en la que pensaba vivir. Si se separaba de Leifur tendría de sobra, indudablemente, para permitirse todo lo que le pudiera apetecer. Los contratos matrimoniales no eran habituales cuando se casaron, pero aunque hubieran sido cosa corriente, Leifur no habría insistido en que su novia firmara nada semejante.

Leifur apartó la vista de la anticuada librería, pero no pudo dejar de darse cuenta de que ya estaba un poco inclinada. No era lo único que daba muestras de que la alegría del hogar ya había empezado a declinar. Leifur miró a su padre, que estaba adormilado; de su semblante había desaparecido todo lo que en otro tiempo lo caracterizaba. Estaba pálido, y sus fuertes mandíbulas escuálidas, sus labios y su boca parecía anormalmente grandes. Manchas en la piel y los labios. Por una comisura de la boca se le descolgaba la saliva, y Leifur apartó la mirada. Para eso todos los trastornos, a fin de que su padre pudiera seguir viviendo en casa todo el tiempo que fuera posible. Leifur no podía ni imaginarse que el anciano viviera con otras personas que le hubieran conocido desde hace muchos años, desde antes de convertirse en uno de los pilares de la sociedad local, una gente que fuera a tratarle ahora como a un niño pequeño. Un niño pequeño sin el encanto que los hace tan encantadores y que lleva a la gente a tratarlos con una sonrisa en los labios y a limpiarles la saliva y los mocos sin la menor repugnancia. María, su mujer, había intentado convencerle de que si se iban a vivir a Reikiavik sería mucho más fácil tener a su padre en algún centro donde nadie le conociera. Leifur había respondido que jamás conseguirían plaza en una residencia de la tercera edad de Reikiavik, pues las listas de espera eran enormes. Los pondrían en el último lugar de la lista, por muy difícil que fuera su situación. Por eso era mucho mejor organizarlo así, estarían mucho mejor que si se marchaban a Reikiavik. Ciertamente, algo sí que cambiaría: allí María tendría más cosas que hacer y menos tiempo para su suegro. Era una gran carga para María. Era quien más se ocupaba del anciano y aunque pudiera parecer increíble, lo hacía sin quejarse y sin estar siempre pendiente de que madre e hijo se lo estuvieran agradeciendo constantemente. Naturalmente, se tenía bien merecidos unos muebles nuevos, y su marido no pondría la menor objeción la próxima vez que María hablara de lo ridículo que era todo el mobiliario de su casa. Menuda sorpresa se llevará. A lo mejor, Leifur añadía al lote, encima, comprar un apartamento en uno de los nuevos bloques de pisos de Skúlagata, así podría ir cuando quisiera a Reikiavik a visitar a su hijo y de paso librarse por una temporadita de todos los líos de Heimaey. Y seguramente ya era hora de buscar una mujer que ayudara en casa de sus padres; lo mejor sería encontrar una enfermera o una cuidadora, aunque fuera extranjera. No es que tuviera que mantener largas conversaciones con su padre. De eso se encargaría la madre de Leifur. La mujer podría dormir en la habitación del padre, y ya no tendrían que seguir encerrándole con llave por las noches. A Leifur había empezado a preocuparle que pasara cualquier cosa mientras ellos dormían, aunque no sabía qué era lo que podría pasar. Allí dentro no había nada con lo que pudiera hacerse daño, a menos que se esforzara por conseguirlo; lo cierto es que el comportamiento de su padre se había vuelto bastante impredecible. Lo último que hizo fue darle un empujón al televisor, que cayó de la mesa y acabó hecho pedazos. Cuando Leifur intentó que explicara por qué lo había hecho, se limitó a mirarlo como un tonto y a sacudir la cabeza, como un chiquillo que niega haber tocado el montón de pedazos rotos del suelo. No hacía muchos años desde que llegó a casa con el televisor e invitó a comer a Leifur y María para presumir de sus dimensiones, pues no era nada habitual que los padres de Leifur gastaran el dinero en objetos inútiles. Leifur todavía recordada lo orgulloso que estaba su padre, cómo le gustaban los colores de la inmensa pantalla.

Su padre murmuró algo y Leifur dirigió su atención a él. El anciano abrió los ojos y sonrió. La sonrisa era débil y el labio inferior estaba tan seco que se le abrió una grieta y brotó una gota de sangre. Corrió lenta y se detuvo antes de poder salir del todo de los labios azulados. Era como si la corriente sanguínea de su cuerpo estuviera tan desordenada como su cabeza. La sonrisa desapareció tan repentinamente como había aparecido, y Leifur pensó que sería por el dolor que debía de ocasionarle la grieta del labio. Pero no era así. Miró a Leifur a los ojos, con una claridad desacostumbrada, y mantuvo el contacto visual, algo que rara vez sucedía en los últimos tiempos.

– Le estamos haciendo un flaco favor -le dijo a Leifur, agarrando con fuerza el brazo de su hijo.

Leifur notó el tacto de sus dedos huesudos y si hubiera cerrado los ojos habría podido imaginar que le tenía agarrado un esqueleto.

– ¿A quién, papá? -preguntó Leifur con calma-. ¿No estarías soñando?

– A Alda -respondió el anciano-. Tú me perdonas, ¿verdad?

– ¿Yo? -preguntó Leifur extrañado-. Claro que te perdono, papá.

– Bien, Markús -respondió el anciano-. Sé cuánto te gusta esa chica -volvió a entornar los ojos-. No llegues tarde al colegio, amiguito -dijo entonces, soltando a Leifur-. No llegues tarde.

Hacía tiempo que Leifur había dejado de sentirse dolido cuando su padre no le reconocía, aunque recordaba el dolor que sintió la primera vez. En aquel momento, su padre estaba diciéndole a su secretaria que iba a tomarse una semana de vacaciones y que Leifur le sustituiría, pero cuando llegó el momento de decir su nombre, se quedó con la boca abierta mirando fijamente a Leifur, tan extrañado de no recordarlo como su hijo.

– No llegaré tarde -dijo Leifur, disponiéndose a ponerse en pie. Su padre estaba durmiéndose y se sentiría muy incómodo si seguía mucho más tiempo a su lado sin hacer nada.

– ¿Crees que el halcón estará bien? -dijo una débil voz cuando Leifur abrió la puerta con todo el cuidado que pudo para que no crujieran los goznes.

– Sí, papá -le susurró Leifur-. El halcón estará perfectamente. No te preocupes -cerró la puerta a su espalda, extrañado.

No sabía que su padre hubiera tenido especial interés por las aves, aparte del frailecillo, que en tiempos fue su plato favorito. Ahora había que darle de comer casi a la fuerza, y de momento no le daban nunca frailecillo, sino solamente lo que se podía meter fácilmente en la boca con una cuchara y que no corría el peligro de que se le quedara atravesado en la garganta. Pero Leifur jamás había oído a su padre hablar de halcones. Naturalmente que podía ser una tontería como otra cualquiera, recuerdos incoherentes, incluso fragmentos de algún programa de televisión que aún siguiera vivo en su polvoriento cerebro. Fuera lo que fuese de aquella ave, era muy penoso que su padre no hubiera olvidado las cosas desagradables de su vida y recordara solamente lo positivo. Y desde luego, no era razonable que recordara a Alda.

Nada razonable.

Capítulo 25

Sábado, 21 de julio de 2007

La barca zarpó del muelle y Þóra agitó la mano para saludar a dos chicos que nadaban en el puerto vestidos con trajes de neopreno. Uno devolvió el saludo pero el otro, que parecía unos cuantos años mayor, hizo como que no veía a Þóra y siguió nadando hacia una barquita que abandonaba el puerto al mismo tiempo que Þóra, Bella y su guía.

– ¿No está prohibido cazar frailecillos ahora? -preguntó Þóra al hombre que llevaba el timón y que estaba repleto de huellas de su larga vida al aire libre al ver la red de cazar frailecillos que llevaban en el otro barco-. En algún sitio he visto que hubo problemas con las puestas durante tres años seguidos -añadió como si fuera toda una lugareña.

– Sí, sí -dijo el hombre, como sin darle importancia-. No hay prohibición, solo una recomendación. Se puede cazar para comer sin dañar los nidos.

– ¿Y esos hombres van a eso? -preguntó Þóra señalando la barquita que en aquellos momentos les adelantaba a gran velocidad.

Paddi «Garfio» saludó con la mano a los tres hombres, que también levantaron las manos. Ninguno de ellos sonrió ni hizo ningún otro gesto. Þóra observó a Paddi al timón; miraba fijamente la embocadura del puerto, al frente. Había respirado más tranquila al verle a la hora convenida y comprobar que sus manos estaban intactas, pues había estado dándole vueltas a la razón por la que le llamaban «Garfio». Pasaron por delante del acantilado Heimaklettur y vieron a un joven sentado en el mismo borde, a muchas decenas de metros por encima de ellos. Estaba rodeado de frailecillos muertos. A su lado había una red y una bandera amarilla clavada en un montículo de hierba delante de él. Todo alrededor estaba lleno de frailecillos.

– ¿Qué bandera es esa? -preguntó Þóra, confiando en que no sería un aviso de peligro.

– El frailecillo es curioso por naturaleza -respondió Paddi «Garfio» después de echar un vistazo a lo que Þóra le estaba señalando-. Quiere ver la bandera, de modo que esta le facilita la caza al muchacho.

– ¿Tiene una familia muy grande? -preguntó Þóra, extrañada por la gran cantidad de aves que yacían como pequeños tocones alrededor del joven cazador.

– Al colocar así a los pájaros muertos, atrae a los que están aún volando -respondió Paddi, sin prestar atención alguna a la extrañeza de Þóra por la cantidad de frailecillos-. No entienden lo que les ha pasado a sus compañeros y creen que no hay peligro alguno si se acercan.

Þóra optó por no seguir preguntando más por la caza del frailecillo. Se daba cuenta de que aquel hombre la consideraba una típica urbanita de Reikiavik que no sabía nada de la caza y que pretendía hacerse la lista. Y no dejaba de tener razón, también Þóra se sentía muy molesta cuando unos extranjeros defensores de las ballenas se ponían a opinar sobre las que pescaban los islandeses. No quería dar más motivos al capitán para que pensara así de ella, de modo que observó en silencio al muchacho del acantilado, que movía la red en círculo por encima de su cabeza. Þóra sonrió cuando el frailecillo al que intentaba cazar se escapó por un pelo y continuó su torpe vuelo. Ella estaba de parte del frailecillo, tenía un aspecto muy amigable, era mal volador y parecía tener un carácter fuerte. En el librito que Þóra se había entretenido en leer mientras esperaba a que Bella se cambiara de ropa, explicaban que el frailecillo elegía pareja para toda la vida. En otoño, cada uno de los miembros de la pareja seguía su propio camino, pero el macho regresaba unas semanas antes que la hembra. A Þóra le resultó especialmente simpático que el macho aprovechara el tiempo para limpiar el agujero que servía de nido a la pareja y dejarlo en perfecto estado para la llegada de su esposa. Y cuando todo estaba que parecía el palacio de una reina, se situaba en la entrada del agujero a esperar a su hembra. Tampoco le disgustó a Þóra que si la hembra no aparecía el macho tomara una nueva esposa, a la que dejaba sin dudarlo si la primera volvía a aparecer.

– ¿Nos vamos a internar mucho en el mar? -preguntó Þóra cuando salieron de la bocana del puerto.

– Si queréis pescar algo, tendremos que alejarnos un poco de la costa -dijo Paddi, que parecía estar oteando la superficie del mar como esperando que los caladeros le indicasen el mejor sitio.

– En realidad no sufriré lo más mínimo aunque no pesquemos nada -refunfuñó Bella-. Yo no como pescado. Me resulta desagradable -Þóra se volvió hacia Bella y carraspeó para darle a entender que tenían que ganarse a aquel hombre y que ese no era el mejor camino. Bella clavó sus ojos en los de Þóra y añadió-: Pero el frailecillo me encanta -Þóra respiró aliviada.

Paddi «Garfio» farfulló algo incomprensible y siguió paseando la vista por el mar en calma. El tiempo era todo lo bueno que podía ser. Los rayos de sol se reflejaban en la tranquila superficie del mar, que se convertía así en un deslumbrante mar de luz.

Paddi detuvo la embarcación al lado de Bjarnaey. En las elevadas paredes del acantilado derruidas por el mar se veían cables a los que se sujetaban los que trepaban hasta la zona herbosa en lo más alto de la isla, en la que había una pintoresca cabaña de pescadores. Þóra no era capaz de imaginar nada que la hiciera a ella escalar hasta allí arriba. Aunque, al menos, estaba claro que si subía tendría un sitio donde quedarse a vivir. Porque bajar era algo que jamás conseguiría hacer.

– Probemos aquí -dijo el anciano marino, que se secó las manos en su ajado pantalón vaquero-. Aquí podemos sacar algo.

Un grupo de gaviotas que había estado revoloteando alrededor del barco descendió hasta posarse en el mar. Las olas las mecían. Obviamente, esperaban tener pronto algo que echarse al pico.

– Bueno, empieza la gran pesca -dijo Paddi indicándoles que bajaran a la cubierta, en la que había unas cañas grandes y fuertes instaladas al lado de un tonel sin tapa. Paddi le entregó a cada una un cinturón de cuero con un soporte para la caña y las ayudó a ajustárselo. Afortunadamente, el cinturón le cupo a Bella. Aunque no resultó nada fácil, la joven aguantó con estoicismo y sin enrojecer todas las maniobras de Paddi para ponérselo. Les explicó lo que tenían que hacer y después se ajustó también él un cinturón y se situó al lado de ellas.

– Tenéis que aseguraros de que el sedal llegue hasta el fondo -dijo, sorbiendo por la nariz-. Allí está el pescado -continuó mirando con ojos escrutadores los movimientos de las dos mujeres. Las gafas de sol de Þóra se le habían bajado a la nariz pero no se atrevía a quitar una mano de la caña para colocárselas en su sitio por miedo a que se le cayeran al mar.

Aunque sin decir nada, Þóra confiaba en que ningún pez picara su anzuelo, y por eso intentó evitar que el sedal cayera hasta el fondo, como había recomendado Paddi. En realidad no tenía ni idea de dónde se había quedado el sedal. Igual podía haber aterrizado en pleno fondo, en medio de un banco de peces que estaban decidiendo en aquel mismo instante si sería peligroso picar el anzuelo. Þóra volvió la vista hacia Heimaey. El nuevo campo de lava se veía espléndidamente.

– Debió de ser terrible -dijo, dirigiéndose a Paddi.

– ¿Te refieres a la erupción? -dijo Paddi. Su caña se movió un poco y él empezó a recoger el hilo tranquilamente.

– Sí -dijo Þóra echando la caña torpemente hacia atrás y de nuevo hacia delante por encima de la borda, como les había enseñado Paddi-. ¿Tú vivías aquí entonces?

– Sí, siempre he vivido aquí -respondió el hombre, que seguía recogiendo el sedal-. Fue magnífico.

Þóra no comprendía la intención con que podía haber usado aquella palabra.

– ¿Qué te llevaste tú de tu casa la noche de la erupción? -preguntó por simple curiosidad. ¿Qué podría querer llevarse un hombre como aquel? ¿Una caña de pescar o una botella de sucedáneo de whisky?

– Me llevé a la mujer -respondió Paddi tensando el hilo-. Lo que no estuvo nada mal, porque mi casa fue de las primeras que desaparecieron bajo la lava. Me las habría visto y deseado para encontrar una nueva -se inclinó hacia delante e hizo girar el carrete con todas sus fuerzas. En el sedal había dos eglefinos. Paddi soltó los anzuelos y arrojó al tonel los peces, que no dejaban de revolverse. Þóra y Bella miraron fijamente el barril y escucharon el golpeteo que procedía de él. Las dos habían imaginado que el hombre atontaría a los peces dándoles un golpe, en vez de dejarlos sufrir una muerte lenta en el barril. Paddi se secó las manos en una toalla medio rota que estaba atada a la barandilla y luego se volvió hacia las mujeres, que no apartaban los ojos del barril, asombradas.

– Tenéis que agarrar con más fuerza -dijo entonces, y fue hacia ellas, que empezaron a esforzarse un poquitín en adoptar la postura correcta-. No queremos que sea yo quien lo haga todo.

Bella soltó un grito cuando de pronto su sedal se tensó.

– Tengo un pez -gritó como si quisiera que la oyeran los posibles ocupantes de la vieja cabaña de pescadores, muchos metros por encima de ellos-. ¿Qué hago?

El anciano fue hacia ella. Tenía las piernas tan curvadas que el barril del pescado habría podido acomodarse entre ellas. Ayudó paternalmente a Bella a sacar el pez. Era una gallineta, tan pequeña que apenas habría podido servir de aperitivo para una sola persona. Las gaviotas se pusieron a chillar, expectantes porque ahora tendrían por fin algo que hacer.

– ¿No podemos soltarlo? -preguntó Bella con rostro suplicante-. Es como muy pequeño, pobrecito -se compadecía del pobre pez que colgaba del anzuelo-. ¿La herida es demasiado grande como para que pueda sobrevivir?

– No, no -dijo Paddi tranquilamente mientras se ponía unos guantes de goma para soltar el pez. Þóra recordó que las gallinetas podían ser tóxicas si entraban en contacto con una herida abierta. No tenía ni idea de si el tóxico se encontraba dentro del pez, pero en vista del cuidado con el que Paddi lo cogió, debía de estar en la piel. Paddi levantó el pez boqueante-. ¿Lo suelto? Vosotras diréis.

Þóra y Bella movieron la cabeza al unísono en señal de asentimiento y observaron contentas a Paddi lanzar el pez con fuerza por la borda. En lugar de sumergirse y alejarse, el pez se quedó flotando de costado. Con las aletas que quedaban hacia arriba hacía como si quisiera nadar.

– ¿Por qué no se sumerge? -preguntó Þóra intentando guardar la calma-. ¿Está más herido de lo que creías? -se sintió furiosa con el hombre.

– ¡Ay! -dijo Paddi sin que pareciera molesto en absoluto-. Es un pez de aguas profundas y cuando se aleja del fondo se llena de aire. No puede hundirse. Lo olvidé. Estaría mejor en el barril.

– ¿Cómo pudiste olvidarlo? -preguntó Þóra con un chillido.

– No tengo mucha costumbre de soltar lo que pesco, querida señora -respondió Paddi, molesto. Þóra no llegó a ver claro si su enfado iba dirigido contra ella o contra él mismo.

Las gaviotas rodearon al pobre pez, que seguía de lado e intentaba nadar con las aletas que quedaban por encima de la superficie del mar. Se aproximaron. Þóra era incapaz de no mirar lo que pasaba, aunque no tenía el más mínimo deseo de ser espectadora de lo que estaba a punto de suceder. Sintió un malestar y en ese momento recordó la bebida que había tomado en el bar. De repente notó el efecto del movimiento de la barca y el olor de los cadáveres del tonel. Cerró los ojos, respiró por la boca y se sintió algo mejor. La náusea volvió en cuanto abrió los ojos de nuevo y vio que el pez seguía aún en una larga lucha por su vida, perdida de antemano. Una de las gaviotas alargó el cuello y le dio un picotazo en el costado. Los tres estaban mirando uno al lado del otro, sin decir nada.

Þóra lamentaba no haberse sabido comportar cuando sacaron el pez, o no tener una red de frailecillos para volverlo a coger. De repente, todas las gaviotas se arrojaron sobre la gallineta y comenzó un festín enloquecido. Se vio a la gallineta agitarse aún un rato pero finalmente murió, para alivio de Þóra. Cuando las gaviotas alzaron el vuelo de nuevo, ahítas y contentas, no quedaba prácticamente nada del pez. Paddi se volvió a mirar a Þóra y luego a Bella, observó preocupado su mueca de horror y preguntó:

– ¿Estáis seguras de que os gusta la pesca con caña? Podemos transformar esto sin problema ninguno en un paseo turístico, si preferís.

– Quizá sea lo mejor -respondió Þóra, mientras Bella asentía con la cabeza-. No somos buenas pescadoras, desde luego -sonrió a Paddi-. Mejor llévanos a dar un paseo turístico. En realidad, nuestro objetivo principal era hacerte unas preguntas. Nos han dicho que tú eres uno de los que más sabe sobre la vida de la gente en la isla.

– Comprendo -dijo el hombre, que parecía extrañado-. ¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?

– No podía hacerte perder una excursión, y pensé que podríamos juntar las dos cosas, pesca y charla.

Acordaron ir a un punto desde el que se ofrecía una vista espléndida, y Paddi se puso en marcha hacia allá.

– Imagino que habrás oído lo de los cadáveres que encontraron en un sótano -dijo Þóra-. Yo trabajo para Markús Magnusson, que por desgracia se ha visto involucrado en el caso.

– Lo sé -dijo Paddi sin mirar a Þóra-. Esta ciudad no es nada grande y cuando esas cosas salen en las noticias, todo el mundo las sigue, incluyéndome a mí.

– Entonces quizá sabes también que Alda Þorgeirsdóttir fue presuntamente asesinada, y que se sospecha de Markús.

Se oyó rezongar al anciano.

– La policía de Reikiavik no sabe ni dónde tiene la cabeza si piensan que Markús ha sido capaz de hacerle algún daño a Alda -dijo-. El muchacho bebía los vientos por ella en los viejos tiempos, y aunque yo nunca me he metido en las cuestiones amorosas de los jóvenes, eso no le pasaba desapercibido a nadie. Excepto a Alda, quizá. Más aún, Guðni, el poli, dice que la detención es una estupidez y que en la investigación ha habido toda una serie de meteduras de pata.

Aunque Þóra se alegró de oír la opinión de Paddi sobre el caso, no buscaba testigos sobre la personalidad de Markús, así que le preguntó:

– ¿Has pensado en quiénes podían ser los hombres del sótano? Parece bastante claro que se trata de extranjeros.

– Sí, ingleses, según tengo entendido -respondió Paddi. No cabía duda alguna de que las noticias se habían extendido por toda la ciudad-. Aquí no había ingleses la noche de la erupción, si es eso lo que me quieres preguntar.

– ¿Y un poco antes? -preguntó Þóra-. ¿Algunos que hubieran podido desaparecer y que la gente pensara que ya se habían marchado? Cuando alguien desaparece, lo primero que suele pensar la gente no es precisamente que se lo hayan cargado. Sobre todo si se trata de un grupo entero de personas.

– Hubo unos pocos extranjeros en la isla algo así como una semana antes de la erupción -dijo Paddi-. Pero ya se habían ido cuando empezó aquel horror. Se fueron bastante antes.

– ¿Estás seguro? -dijo Þóra-. A lo mejor no se fueron muy lejos, quizá solo hasta un sótano de Suðurvegur, ¿no crees?

– No, no -dijo Paddi y les señaló con el dedo un alcatraz que alzó el vuelo desde el mar al acercarse la embarcación-. Yo les vi marcharse. Eran unos locos. Salieron al mar con un tiempo bastante malo. Era un barcucho en bastante mal estado, y yo habría preferido que lo arreglaran un poco antes de salir. Por eso los miré mientras salían. Pero lo que está claro es que se fueron.

– Eso no me lo ha mencionado nadie, y he preguntado a bastante gente -dijo Þóra, extrañada-. ¿Será porque tienes mejor memoria que los otros o hay algo más detrás de ese asunto?

Paddi se dio la vuelta y le sonrió.

– Claro que la gente olvida las cosas -dijo-. Pero en este caso no es ese el motivo, sino solo el simple hecho de que el yate ese estuvo aquí muy poco tiempo. Llegó al anochecer y volvió a salir por la mañana temprano, sin que casi nadie se percatara de su presencia.

– Pero tú sí que lo viste, ¿no? -preguntó Þóra.

– Sí, yo estaba siempre con un pie en el puerto -respondió Paddi-. Entonces, y en realidad ahora también. Eso ha cambiado muy poco. Mi mujer andaba siempre con que deberíamos coger un buldózer y llevarnos la casa hasta ahí abajo empujando, así me ahorraría los paseos -miró al cielo-: Bendita sea su memoria -y continuó hablando, para gran alivio de Þóra, que nunca sabía qué decir en esos casos-. Estaba allí sin hacer nada en especial, saliendo de una motora, cuando el yate aquel entró al puerto. Los hombres me soltaron algo en extranjero y aunque no comprendí nada, me pude dar cuenta de que preguntaban por un sitio para amarrar. Les indiqué un sitio vacío, y ya está.

– ¿Sabes cuántos eran, o de dónde eran? -preguntó Þóra.

Paddi «Garfio» sacudió la cabeza.

– Ingleses de mierda, creo -respondió-. Vi a dos de ellos pero podía haber más gente a bordo, porque era un yate de buen porte.

– ¿Y a qué hora les viste salir para que no hubiera nadie más que tú? ¿A media noche? -preguntó Þóra.

– No, cariño -dijo Paddi-. Entraron aquí a capear lo peor del temporal, porque el yate no estaba en demasiado buen estado. Si hubiera podido hablar con ellos en islandés, como con todo el mundo, les habría advertido que aquí podíamos encargarnos de las reparaciones esenciales. Pero no hubo forma, de modo que me levanté de madrugada y por la ventana de la cocina vi que el velero estaba zarpando. Aunque fuera estaba oscuro, no cabía duda alguna de que eran ellos, porque el puerto estaba iluminado. Vi que era su yate el que se marchaba. No hay duda de que se fueron.

– ¿Te acuerdas de cómo se llamaba el yate? -preguntó Þóra.

– No, no lo recuerdo -respondió Paddi evitando la mirada de Þóra-. No leo demasiado bien, tengo que confesarlo. No es que haya tenido mucha importancia en los años de mi vida, me va más trabajar con las manos, y además muchas veces es mejor que lo que se aprende en los libros no te complique la vida.

Þóra le sonrió.

– Pero buena memoria sí que tienes -le dijo-. ¿Cómo puedes recordar todo eso, por ejemplo? Tienen que haber salido del puerto muchísimos barcos, ¿qué había de especial en aquel yate en particular?

– Hombre, de especial no tenía mucho, era precioso y eso, pero en nuestro puerto ha habido barcos mejores y más grandes -volvió a mirar al frente, por encima del timón-. Si recuerdo eso con tanta claridad es por lo que sucedió a la mañana siguiente, cuando Tolli se encontró la sangre en el puerto, justo donde había estado amarrado el yate.

Þóra aparentó tranquilidad, pero aquello le hizo sentirse intrigada.

– Calculo que te refieres al fin de semana de antes de la erupción, ¿no? -preguntó Þóra-. He oído hablar de la sangre, pero entre lo que me contaron no había nada de ningún barco en el lugar donde apareció la sangre -prefirió no decirle cuál era su fuente, pues no tenía la menor gana de explicarle que Bella y ella habían estado espiando los documentos de Guðni.

– Eso es porque solo yo sabía que el yate había estado amarrado allí-respondió Paddi-. Cuando me fui estaba allí, sin ninguna duda, pero por algún motivo lo cambiaron de sitio, hasta un lugar algo más aislado. Les vi zarpar pero nunca he podido entender qué les llevó a cambiarlo de sitio. A lo mejor, el mar estaba más agitado en el sitio que les indiqué yo.

– ¿Le hablaste a alguien del yate ese? -preguntó Þóra, extrañada de que esos detalles no figurasen en el informe de Guðni, si bien era perfectamente posible que su secretaria y ella lo hubieran pasado por alto a causa de las prisas.

– No, realmente no -respondió Paddi-. Sin duda lo habría hecho sin problema alguno, pero entonces llegó la erupción y uno tuvo otras cosas a que atender. Nadie me preguntó, de manera que tuve la sensación de que esa información podría ser perjudicial para alguien. Así que decidí esperar a ver, y la naturaleza me resolvió la papeleta. Claro que debo reconocer que cuando encontraron esos cuerpos en casa de Maggi, la cabeza se me ha ido a la sangre del muelle, y tengo la sensación de que no soy el único.

– ¿Te refieres al guarda del puerto que descubrió el charco de sangre? -preguntó Þóra.

– No, ese murió hace muchos años, el pobre viejo -respondió Paddi-. Pensaba, entre otros, en Guðni, el poli, y en toda la gente de la ciudad que bajó a ver aquello con sus propios ojos. Nunca se ve esa cantidad de sangre en un muelle después de un atraque.

Þóra reflexionó un instante y dijo:

– Supongo que sabrás quién era Daði. Se le vio andando por allí esa mañana. ¿Crees que puede haber tenido algo que ver con la sangre?

– Ese cretino -dijo Paddi, sin intentar disimular su opinión sobre aquel hombre-. Puede ser, aunque lo dudo. Daði era un gallina y no le iban las grandes hazañas, y además no creo que fuera capaz de hacerle daño a una mosca. Era una porquería de isleño, y es que su padre no era de ninguna familia de aquí.

– ¿De modo que dijo la verdad cuando contó que no sabía nada sobre la sangre? -preguntó Þóra.

– Yo no he dicho eso. Sin duda sabía más de lo que reconoció -dijo Paddi-. Pero desde luego no era el único al que vieron por ahí. Aunque él fue el único de los que le hablaron a la policía.

– ¿Y eso? -preguntó Þóra extrañada-. ¿Había más gente allí? ¿Y por qué lo mantuvieron en secreto?

– Tendría que dejar claras un par de cosas antes de seguir, para evitar malentendidos -dijo Paddi-. Maggi, el padre de Leifur y Markús, era un tipo estupendo. Era todo un trabajador de la vieja escuela, que no se amilanaba ante nada y que trabajaba como una bestia para los suyos. Se ganó a pulso lo que tenía, y que yo sepa aquí no debe de haber nadie que piense mal de él. Leifur también es un tipo estupendo, pero a Markús solo le conocí de niño y por entonces era de lo mejorcito, bastante reservado y un tanto fresco, pero muy simpático.

– ¿Pero? -preguntó Þóra-. Esas alabanzas siempre van seguidas de algún «pero».

Paddi volvió a sonreírle.

– Pero -dijo sin asomo de burla en la voz- cuando Maggi enfermó y perdió la razón… todos conocen su estado, aunque Leifur intenta mantenerlo en secreto, Leifur se hizo cargo de la dirección de la empresa y la gente está cada vez más preocupada por el futuro. La esposa de Leifur no tiene ningún interés por la empresa y quiere vivir en cualquier sitio antes que en Heimaey. Si se van a vivir fuera, venderán la empresa y los únicos que tienen posibles para comprarla son otros grandes dueños de cuotas de pesca. Y entonces se llevarán las licencias a cualquier sitio con más facilidades para la pesca. Así que, en cierto modo, Leifur tiene la sartén por el mango en la isla, y todos bailan a su alrededor por miedo a molestarle. En realidad hay más personas de las que todos dependemos, pero él es el único que parece casi a punto de marcharse.

– Comprendo -dijo Þóra. Sabía que el temor de los lugareños no carecía de justificación… En una sociedad tan pequeña, hasta el último puesto de trabajo era esencial-. ¿Y tú crees que Leifur se aprovecha de la situación para que no se comenten ciertas cosas? -estaba casi segura de que Magnús era uno de los hombres a los que vieron por el puerto la noche en cuestión.

– No -dijo Paddi-. Estoy seguro de que no hace tal cosa. Leifur es en cierto modo un simple, como yo, y piensa poco en las cosas con las que especulan los demás. Él se limita a ir a lo suyo y le basta con que todo le vaya bien y con no tener mucha oposición a sus proyectos. Pero me temo que si las cosas siguen así, empezará a creerse que es alguien importante -Paddi acercó la embarcación a Heimaey y les señaló la lava reciente; daba una fuerte impresión pensar en el poco tiempo que había pasado desde que salió del volcán-. El problema es que la gente se pondrá a pensar qué será más conveniente para Leifur y su hermano, y qué conviene decir y qué conviene callar. Prácticamente toda la gente de Heimaey dirá única y exclusivamente lo que crea que puede favorecer a los hermanos. Si eso es razonable o no es otro cantar. A lo mejor, callan precisamente lo que sería favorable y parlotean como tontos de cosas que podrían empeorar la situación de los hermanos, sin darse ni cuenta.

– ¿Y tú? -preguntó Þóra-. ¿Tú no formas parte del grupo? Tienes que amar este lugar y querer lo mejor para él.

Paddi chasqueó la lengua.

– Yo es que soy de los que nunca intentan huir de lo inevitable. Es como pretender asustar a un fantasma. La empresa de Maggi cambiará de dueños. Quizá no hoy ni mañana, ni mientras Leifur siga con ganas de trabajar. Pero la tarde misma del día en que sus chicos la hereden, venderán la empresa. Eso está bien claro. Su vocación está en otras partes, y de nada sirve pelear contra eso.

– Pero ¿por qué nadie menciona la sangre, si hay tantos que ya han sumado dos y dos? No comprendo cómo pueden pensar que esa historia pueda perjudicar a Markús, por no hablar de Leifur -dijo Þóra, porque quería oírle mencionar el nombre de Magnús. Tenía la vaga sospecha de que explicaría la historia de forma bastante imprecisa, pero que le permitiría a ella leer entre líneas.

– Que quede bien claro que a la gente Markús le importa un pito. En este caso ellos y Leifur están en el mismo barco y a él le viene muy bien. Pero si encarcelan a Markús, Leifur irá a visitarle y quizá pase más tiempo en tierra firme. Una cosa llevará a la otra y, al final, Leifur se marchará -Paddi miró a Þóra-. Ya sabes lo que quiero decir -Þóra asintió con la cabeza-. Ni Markús ni Leifur estaban entre las personas que vieron por el puerto, pero su padre sí -Paddi se puso una mano sobre los ojos para protegerse del sol-. Y encima ya no son muchos, porque cada vez desaparecen más de los que podrían recordarlo. Ninguno de nosotros es ya un mozalbete.

– Pero que vieran por allí a Magnús no quiere decir que tuviera nada que ver con la sangre -dijo Þóra, que había perdido el hilo.

Paddi dejó escapar un bufido.

– Puede ser, pero eso era lo que opinaba la gente entonces, y no ha cambiado en absoluto -se encogió de hombros-. El que lanzó la historia era el mismo que le habló de Daði a la policía. Era un vejestorio medio tonto -dijo Paddi y sonrió, dejando ver una dentadura en bastante mal estado-. Igual que yo ahora. Andaba dando un garbeo por allí en plena noche y se encontró con dos tipos, Daði y Magnús, que estaban en animada charla. Cuando se dieron cuenta de su presencia se pusieron la mar de serios y se fueron cada uno por su lado. El vejestorio se extrañó de que ni siquiera le saludaran, pero no fue hasta la madrugada cuando se dio cuenta de la relación. No se había percatado de la presencia de la sangre y solo se enteró cuando vio a la gente apiñada en el puerto para presenciar lo que hacía la policía.

– ¿Y cómo es que ese anciano no dijo nada de Magnús pero informó a la policía de su encuentro con Daði? -preguntó Þóra.

– Eso es más que evidente -dijo Paddi, haciendo que la barca describiera un amplio arco-. Magnús les caía bien a todos, y el vejestorio ese no era ninguna excepción. En cambio, Daði no le caía bien a nadie, de modo que supongo que al buen hombre no le pareció mal hablar de él. Así podía llamar la atención solo sobre Daði, que además ni siquiera era del todo de aquí, y que encima no gozaba del aprecio de la gente de la ciudad.

– De modo que, según me has contado, a la policía le dijo una cosa y al resto de la ciudad, otra -afirmó Þóra-. Esta ciudad es pequeña. Al final, la historia tiene que haber llegado a oídos de las autoridades.

Paddi miró a Þóra como si fuera una niña retrasada.

– En circunstancias normales, habría pasado eso, claro -dijo Paddi enderezando el curso del barco-. Llegó la erupción unos días después y todos los que vivían en Heimaey se desperdigaron por todas partes. Los que se quedaron tenían cosas más importantes de las que ocuparse que de una mancha de sangre en el muelle. Luego, otro hombre salió con que creía haber visto a Daði entrando en el puerto en una barca de goma aquella misma noche, pero todos estuvieron de acuerdo en que esa historia se la había inventado para llamar la atención y jugar a ser policía -miró a Þóra-. Pero ¿sabes lo que nunca he podido entender? -preguntó sin intención de que le respondiera-. Por qué un gilipollas como Daði, que lo era de verdad, no denunció a Magnús cuando la policía habló con él. Si él no había estado cerca de la sangre, habría podido contarles que estuvieron los dos juntos, y explicar además por qué se andaban con tanto disimulo. Y está también la otra posibilidad, que Daði estuviera metido en el asunto, aunque entonces todo el caso resulta incomprensible. Si los dos actuaron juntos, Daði habría denunciado a Magnús a la policía, sin duda. Y Magnús habría confirmado que Daði tenía las manos bien limpias, o habría caído con él. Y como el imbécil de Daði era un canalla, se habría quedado tan contento -Paddi miró a Þóra a los ojos-. De forma que queda la pregunta: ¿por qué no le dijo Daði a la policía que iba con Magnús?

Capítulo 26

Sábado, 21 de julio de 2007

Tinna no era lo suficientemente buena en inglés para poder hablar con la enfermera. Quizá se habría atrevido a decirle algo si las medicinas no la hubieran dejado tan floja que ya le resultaba difícil hablar en islandés, no digamos en una lengua extranjera. Tinna miró a la mujer vestida de blanco quitar la bolsa que había vaciado en el interior de su cuerpo a través de una aguja que le había clavado en el dorso de la mano izquierda. Tinna no podía ver la aguja a causa del vendaje. La enfermera que solía atenderla era islandesa y no hacía más que hablar mientras lo preparaba todo, con miedo de que a Tinna le resultase insoportable y se echara a llorar o a gritar. Intentó decir que a ella le daba igual, que no sentía dolor cuando la pinchaban o le ponían una inyección, que solo sentía extrañeza. La enfermera no la creyó y cuando clavó la aguja por tercera vez buscando una vena, habló aún más alto y más deprisa. Tinna no podía seguirla del todo bien y no comprendía más que la mitad de las palabras, y eso que su verborrea era toda en islandés. Las demás palabras le entraban por los oídos pero no parecían llegar al cerebro, sino a algún otro sitio completamente distinto. ¿Quizá al estómago? Ojalá que las palabras no tengan calorías. El corazón de Tinna dio un vuelco. ¿No decían precisamente que las palabras eran el alimento de la mente? ¿Quizá podían convertirse en alimento del estómago?

– Okey now -dijo la enfermera extranjera dando un golpecito, con mucho cuidado, en la manta extendida sobre Tinna-. Try to get some sleep.

Tinna no respondió, pero miró fijamente a la mujer. Sabía que sleep significaba «dormir», pero ¿a lo mejor lo que había dicho la mujer era sheep? Sheep quería decir «oveja». Tinna no estaba segura. A lo mejor la mujer quería que se pusiera a contar ovejas como un personaje de dibujos animados, y la niña cerró los ojos y lo intentó. Una, dos, tres ovejas saltaron en su imaginación sobre una valla pintada de verde. La puerta de la habitación se abrió y se cerró con un chasquido profundo. Seguramente la mujer se había ido, pero Tinna no quería interrumpir a las ovejas saltarinas abriendo los ojos para mirar. Se concentró de nuevo en la cerca y los corderos. No iba bien. Las asquerosas ovejas estaban gordas y la cuarta ni siquiera pudo saltar. Se quedó delante de la cerca, balando cansada. Luego empezó a hincharse y al poco desapareció el morro en medio de la blanca lana que se estiraba y se tensaba hasta que por fin se oyó un violento chasquido y reventó. Por todas partes llovieron tripas y sangre. Tinna abrió los ojos para librarse de aquella visión. Volvía a estar sola en la habitación. Su pecho subía y bajaba. Eso era lo que la esperaba si no conseguía salir de allí. Engordaría hasta estallar en pedacitos. Tinna volvió la cabeza y miró la bolsa transparente que colgaba de una percha metálica al lado de la cama. Miró las gotas caer en un dosificador que decidía cuánto líquido le entraría en la vena. Se quedó sin respiración cuando se le vino encima la primera idea clara que había pensado en todo el día. Aquellas gotas estaban llenas de calorías. A lo mejor eran calorías limpias, pero Tinna no tenía la menor idea de cómo eran. Podían ser como agua, que iba de acá para allá hasta caer con un chapoteo por todo el cuerpo. Tinna notó ardor debajo de la aguja, como si estuviera calentísima. Calor, calorías. La aguja estaba caliente porque ahora la estaban atravesando las calorías. Calorías calientes y malas. Tinna sintió que en las esquinas de los ojos se le estaban formando lágrimas. ¿Era bueno llorar? ¿Así se libraba a lo mejor del líquido malo, haciéndolo salir del cuerpo? Con todos aquellos pensamientos le entró dolor de cabeza y con la mano derecha se presionó el lugar de la frente donde sentía el dolor. El sufrimiento se calmó pero volvió en cuanto apartó la mano. ¿Debía tocar el timbre para que fueran a ayudarla? Tinna acercó la mano izquierda al timbre, que estaba mucho más accesible para la mano derecha, pero no se atrevió a moverla por miedo a que las calorías entrasen más deprisa. Además sentía fuego debajo de la aguja, y el ardor empeoraba si se movía. El pulgar descansaba sobre el frío botón del timbre. Tinna estaba a punto de apretarlo, cuando se detuvo. ¿Qué iba a decirle a aquella enfermera extranjera? Solo sabía chapurrear los buenos días en inglés, de modo que no era capaz de explicar que si no le quitaban inmediatamente el líquido, sin esperar ni un momento, se empezaría a hinchar y explotaría, y sus tripas llegarían hasta el control de enfermeras. Tinna alejó la mano del timbre. No serviría de nada. Se colocó mejor e intentó meter la furia en medio de sus pensamientos. La enfermera no podía ayudarla. Nadie podía ayudarla. ¿Qué podía hacer?

La mirada de Tinna fue a parar a los esparadrapos que cubrían la aguja. Una esquina estaba un poco levantada, seguramente por el sudor que provocaba la aguja caliente y por todas las calorías que pasaban por ella. Tiró con mucho cuidado de la esquina suelta y escuchó embobada el ruido del esparadrapo separándose de la piel. Lo quitó despacio y vio cómo la piel se levantaba desde el hueso. Miró encantada el cuadrado rojizo donde había estado el esparadrapo. En mitad del cuadrado había un trozo de plástico rosa que parecía una mariposa, el tubo entraba allí, y de él salía la aguja que estaba enterrada bajo la piel de Tinna. Quitó el esparadrapo transparente que lo mantenía todo junto e hizo una mueca. ¿Cuál sería la mejor forma de quitar la aguja sin que el líquido se derramara por todas partes? Tinna pensó y pensó, pero no se le ocurrió ninguna solución. Fue sacando lentamente la aguja. Se oyó un tenue chasquido y un ruido de succión cuando la aguja se separó de la piel y durante un instante pudo contemplar un agujero negro en su mano antes de que unas diminutas gotitas de sangre surgieran de él y descendieran hasta la muñeca. Tiró la aguja y la piececita de plástico, pero en lugar de revolotear por la habitación como había imaginado, cayeron directamente al lado de la cama, por culpa del tubo que les cortaba el vuelo. Tinna se llevó una gran decepción, aunque no podía comprender el porqué. Tinna sacó las piernas de la cama y se sentó en el borde un momento mientras se le pasaba aquel mareo tan conocido. Le sonaron las tripas y se dio cuenta de que tenía un hambre horrible. Estaba acostumbrada, pero como le habían llenado la cabeza de medicinas, tenía ganas de comer. Normalmente no le resultaba difícil sentir hambre y aprovecharla para no comer. Así era ella la que mandaba…, no la gula. La gula que hacía a la gente cada vez más gorda hasta que estallaban en el aire como la oveja de antes. Tinna no recordaba si la oveja había explotado de verdad o si solo se lo había imaginado. Tinna se puso en pie para borrar la idea de comida que la asediaba con gula. Paseó por la habitación, se asomó a la ventana pero no vio nada que le apeteciera mirar, luego observó lo que había en el armarito que estaba junto a la pared y encontró su chaquetón colgado de un ganchito con el resto de la ropa que llevaba puesta al llegar. No quedaba nada más que mirar debajo de la cama, o el grifo del lavabo, pero ambas cosas exigían agacharse, y eso no lo hacía excepto cuando no había más remedio, porque le encogería el estómago y le aumentaría el hambre. Se le vino de pronto a la cabeza la canción infantil del cuervo que grazna. Un cuervo grazna, / llama a su tocayo. / Encontré la cabeza de un cuervo, / los huesos y la piel de oveja. No podía comer. Si lo hacía, explotaría como la oveja. ¿Por qué no lo entendía nadie? Tinna sintió que de pronto se quedaba sin peso alguno. La invadió la desidia, la sensación de tener aquello en sus manos y de no tener que preocuparse. Las calorías que ya estaban en su interior no contaban. Sonrió. Soltó una risita. ¿Dónde podría encontrar un cuchillo?

Dís estaba sentada, pensativa, esperando a Ágúst. La última paciente estaba en el despacho de su colega, se trataba de una mujer joven que no acababa de decidir si se aumentaba los pechos o no. Dís la había mirado al entrar y apostó consigo misma que aquella mujer tan delgada acabaría con unos pechos más grandes de lo que podía considerarse bonito. Siempre pasaba igual. Le parecía lamentable, porque las mujeres se aumentaban el pecho para ser más guapas a ojos de los hombres, daba igual la justificación que diera cada una de ellas. Solían disfrazarlo las más de las veces diciendo que el aumento de talla las dejaría más contentas consigo mismas y más seguras de sí mismas. Desde luego, era cierto, pero eso significaba que la confianza en una misma se basaba en ser más atractiva a los ojos del otro sexo. Por eso, Dís creía que era lamentable que, casi sin excepción, aquellas mujeres eligieran unos implantes demasiado grandes que las hacían opulentas pero no estupendas. Si una mujer estaba casada, solía venir con su marido para las primeras consultas y siempre tenía en mente unos pechos grandes, mientras que el marido solía preferir algo más bien bonito. Dís siempre intentaba llamar la atención de las mujeres sobre ese hecho, pero no servía de nada: «¿No prefieres pensártelo y elegir quizá unos pechos más pequeños? Serán mayores que los que tienes ahora, pero el cambio no será tan drástico. Estarás más satisfecha con ellos con el paso del tiempo». Ni doctor ni marido conseguían cambiar nada. Quizá se trataba de conseguir lo más posible por el mismo dinero, o el miedo a que los pechos fueran a disminuir de tamaño con la edad, Dís no estaba segura ni creía que las mujeres fueran capaces de responder. Ni siquiera entenderían que se lo preguntara.

Dís miró de nuevo su reloj. ¿Por qué demonios estaba pensando en esas cosas en aquel momento? De todos modos, aquello era como una pesadilla, porque eran las afectadas quienes tomaban sus propias decisiones, quienes cargaban con la responsabilidad y quienes tenían que vivir con ellas. Y encima sabía que esas mujeres estaban felices y contentas con sus nuevos pechos. Dís echó otro vistazo a su reloj con la esperanza de que el tiempo hubiese transcurrido más deprisa de lo que le parecía. Naturalmente, no era así. El tiempo se arrastraba como un gusano, como siempre que quería que pasara deprisa. La espera la fastidiaba por bastantes motivos, le recordaba que Ágúst era más cotizado que ella, aunque ella fuera exactamente igual de hábil que él, si no más ya, en los últimos tiempos. Él era mayor y tenía más experiencia, pero había empezado a estancarse. Además, Dís se percataba de que había empezado a mostrar menos interés por la profesión. Hacía un débil intento de disimularlo aparentando interés cuando Dís hablaba de artículos que había leído, como, muy recientemente, sobre una intervención en la almohadilla de la planta del pie que facilitaba a las mujeres caminar con zapatos de tacón. Dís oyó abrirse la puerta del despacho de Ágúst y escuchó la cortés charla entre él y la paciente, a la que obviamente quería acompañar hasta la puerta. Dís se sentó bien erguida cuando oyó a Ágúst cerrar la puerta de salida. Por fin.

– Creía que no iba a terminar nunca -dijo Ágúst al entrar en el despacho de Dís-. Perdona la espera -se dejó caer en la silla, se aflojó el nudo de su carísima corbata y el último botón de la camisa-. Acaba de tener un niño y no puede esperar para volver a ponerse el bikini.

A Dís ni se le pasó por la cabeza hacer un comentario. Le apetecía ir a nadar y marcharse a casa.

– Estoy lamentando el interrogatorio de ayer -dijo, entrando así directamente en materia-. La policía sabe que me lo llevé yo. Tengo esa corazonada.

– Venga, mujer -dijo Ágúst frotándose los hombros con la mano y pensando en otra cosa-. ¿Cuándo tienes que presentarte mañana? Por suerte, yo no tengo ningún paciente hasta las diez.

Dís se sintió inundada de furia. Ese hombre no comprendía lo que pasaba, ahí estaba, tan ridículamente indiferente mientras ella no aguantaba los nervios. Y eso que todo había sido culpa suya.

– Hay un hombre encerrado por el asesinato de Alda -dijo Dís con toda la tranquilidad de la que fue capaz-. ¿No te molesta eso ni siquiera un poquitín? -en su voz sonaba claramente la ira.

Ágúst miró fijamente a Dís, como si estuviera volviéndose loca.

– ¿Y por qué tendría que molestarme? -preguntó, molesto-. Estoy encantadísimo con que la policía haya encontrado ya al criminal -apartó los ojos de Dís-. Tú también deberías alegrarte, en vez de andar dándole vueltas a puras imaginaciones que nunca se realizarán.

– Ágúst -dijo Dís apretando los dientes para no gritar. Respiró por la nariz y luego continuó algo más tranquila-. Me llevé pruebas de la casa de Alda y la policía sospecha algo. Quizá esa prueba podría demostrar la culpabilidad del hombre que tienen detenido o, lo que sería aún mucho más terrible, limpiarle de todas las acusaciones. Claro que estoy preocupada, tendría que estar loca para no preocuparme -indicó así que Ágúst debería estar igual que ella.

Ágúst no comprendía el motivo:

– La policía también habló conmigo. No hubo nada extraño en sus preguntas, considerando las circunstancias de la muerte. El bótox no se coge sin más de las estanterías de la farmacia.

Dís puso cara de desesperación.

– No fuiste tú la primera persona que llegó a su casa y entró en la escena del crimen. Fui yo -dijo Dís echándose un poco sobre el respaldo cuando se dio cuenta de que estaba casi con el vientre sobre la mesa-. Las preguntas que te hicieron a ti fueron mucho menos exhaustivas.

Ágúst no sabía muy bien qué más decir. Saltaba a la vista que se arrepentía de no haber aprovechado la ocasión de escaparse a la vez que su última paciente.

– ¿Qué preguntas eran esas que te han puesto en este estado?

– Las preguntas sobre el bótox y dónde había podido conseguirlo Alda. Las preguntas sobre lo que hice yo exactamente mientras esperaba, cuánto tiempo había pasado hasta que llamé para pedir ayuda, etcétera, etcétera. Estoy segura de que habrá un testigo de cuándo llegué, y por su declaración se podrá suponer que hice algo más de lo que les he contado.

Ágúst se encaró con ella.

– Pero Dís, ¿a qué viene todo esto? ¿Cuánto tardaste en coger eso de la mesilla de noche? ¿Medio minuto? ¿Veinte segundos? La policía no puede tener ninguna información como la que tanto temes. Tranquilízate y no pienses cosas raras.

Dís tenía que reconocer que las palabras de Ágúst tenían sentido. Aquello le atacaba los nervios más aún que cuando no le tenía a la vista, como un rato antes.

– ¿Y dónde pudo haber conseguido Alda el bótox? -preguntó Dís-. No descartan nada en la investigación que están haciendo. Imaginemos que al final consiguen averiguarlo. En las botellas hay un número que se puede rastrear hasta el distribuidor, y desde allí se puede saber a quién se lo sirvió. ¿Qué dices a eso, Einstein? Entonces te examinarán con lupa, igual que a mí. Eso te lo aseguro -esperó en tensión a que él se asustase. Era él quien había comprado el medicamento, no ella. Las medicinas que encargaba ella estaban en el almacén y no salían de la clínica así como así-. Y cuando se pongan a investigarte a ti, saldrán a relucir muchas cosas, como sabes perfectamente -le miró fijamente esperando que apareciesen arrugas de preocupación.

Dís vio decepcionadas sus expectativas. Ágúst se limitó a encogerse de hombros y a sonreír maliciosamente.

– No importa-dijo-. Nunca acabaré debajo de esa lupa tan temible. Ya tengo pensadas respuestas para todo -obviamente, Ágúst estaba increíblemente seguro de sí mismo, pues, sin darse cuenta, hinchó el pecho-. Le dije a la policía, como quien no quiere la cosa, que a lo mejor no teníamos suficientemente bien controlado el almacén últimamente, por falta de tiempo -Ágúst envió una sonrisa a Dís-. Y fíjate: falta bótox.

– ¿Piensas mentir y negar que procede de aquí? -preguntó Dís. Poco a poco iba dándose cuenta de que aquello podía salvar a Ágúst, pero que ella seguiría siendo igual de sospechosa-. Entonces, a lo mejor pensarán que lo cogí yo -dijo, extrañada de que en su voz no hubiera señal alguna de furia-. Yo le dije a la abogada del detenido que tenemos el almacén perfectamente controlado. Empezará a sospechar algo en cuanto tú digas otra cosa completamente distinta -añadió.

– Mira que eres tonta -repuso Ágúst-. La abogada no se enterará de nada de lo que yo le diga a la policía -miró a Dís con gesto decepcionado-. Nunca tendrías que haberle contado eso.

Dís no estaba nada feliz de haberse tenido que poner a la defensiva, pero ya no había arreglo.

– Yo pensaba que podía hacerles creer, a ella y a la policía, que se trataba de un suicidio, a pesar de todo, o que se fueran a investigar al servicio de urgencias del hospital -en el mismo momento en que las pronunció, se dio cuenta de que aquellas palabras sonaban mal.

Ágúst se levantó y puso su mano sobre la de ella, que descansaba en la mesa con la palma hacia abajo.

– No habrá ningún problema, Dís. No estropees las cosas con elucubraciones inútiles ni hagas ninguna locura-le sonrió amistosamente, pero en una forma que hizo sospechar a Dís que ocultaba algo. No podía esperar mucho-. ¿Dónde tienes guardado lo que cogiste de la mesilla? -preguntó Ágúst.

Dís intentó ocultar su frustración.

– Me lo llevé a casa -respondió, y volvió a apretar los labios. Estaba decidida a hacerle pagar.

– ¿Y qué piensas hacer con ello? -preguntó Ágúst con tranquilidad-. ¿No será mejor destruirlo?

– No -dijo Dís, y apartó la mirada-. No puedo. A lo mejor, en la jeringuilla hay huellas dactilares importantes -se puso en pie-. Cuando lo cogí de la mesilla de noche, sospeché que tú le habrías dejado el bótox a Alda. Yo sabía perfectamente que ella se consideraba capacitada para inyectar a algunos amigos por su cuenta, y también sabía que tú nunca le dirías que no, aunque no acababa de entender qué esperabas ganar con eso -cruzó los brazos sobre el pecho para que Ágúst no pudiera ver cómo le temblaban las manos-. Temí que hubiera cometido un error tan serio que le causó la muerte. Que le hubiera dado un infarto o algo aún peor. Pensaba en ti, quería defenderte si se llegaba a conocer tu imprudencia con los medicamentos. Pero jamás sospeché que se tratara de un crimen -le miró-. Aunque yo quisiera ayudarte entonces, eso no quiere decir que vaya a…

Ágúst la interrumpió.

– ¿A qué? ¿A ocultar pruebas a la policía? Pues eso es lo que has hecho -la miró fijamente y, por primera vez, el temor asomó a los ojos del médico -. ¿Vas a llevárselo a la policía?

Dís reflexionó un instante y respondió:

– No lo sé. Aún no lo he decidido -mintió.

Capítulo 27

Sábado, 21 de julio de 2007

La excursión terminó navegando casi al albur por un mar en calma, alrededor de Heimaey y las islas vecinas, mientras el viejo capitán hablaba y hablaba sin parar. Habría sido interesante ver el curso de su travesía en un mapa, pues solo el azar parecía decidir la dirección que seguía Paddi «Garfio» en cada momento. De cuando en cuando les señalaba lo más digno de ver y las ilustraba sobre los lugares y la naturaleza. Pero todos tenían perfectamente claro que no era ese el objetivo del viaje. Por eso no se esforzaba demasiado en explicar qué era lo que se ofrecía ante sus ojos, y daba la sensación de que se limitaba a cumplir los mínimos de su función de guía, de vez en cuando, para seguir una costumbre asentada de antiguo. En esos momentos, Þóra intentaba mostrarse interesada, aunque no le salía del todo bien. No por causa del lugar, pues el entorno era grandioso, sobre todo al sur de Heimaey, y Þóra pensó que era como si Heimaey se hubiera hecho pedazos cuando el todopoderoso la colocó en su lugar y los fragmentos hubieran formado los demás islotes, dispersos por todas partes. Cuando desembarcó con Bella, por fin, después de tres horas de navegación, Þóra estaba deseosa de saber todavía más sobre la vida en la isla en la época de la erupción, y sobre las personas que creía relacionadas con el caso. En realidad, Paddi no quiso reconocer que alguien hubiera sacado a colación el nombre de Alda en relación con la sangre del embarcadero, ni hubo forma de que cambiara su versión. El yate con tripulación extranjera había zarpado durante la noche.

Cuando estaban de nuevo en tierra, Þóra probó a mostrarle al viejo marino la fotocopia de la foto encontrada en la mesa de escritorio de Alda, con la esperanza de que pudiera reconocer al joven. Paddi sacudió la cabeza y dijo que ese hombre no era vecino de Heimaey, añadiendo que parecía extranjero. Þóra sonrió y volvió a guardarse la fotocopia en el bolso. Todo lo que había conseguido saber era la historia de la sangre del embarcadero y que Magnús estaba allí cuando se descubrió. Þóra pensó que era extraño que la mujer de Magnús hubiera asegurado con tan absoluta certeza que su esposo no salió de casa esa noche después de traer a su hijo ebrio. Claro que era posible que no se hubiera enterado siquiera de que salía, pero Þóra albergaba la sospecha de que no se trataba de eso, sino que le había mentido, simple y llanamente.

Þóra tenía aún fresca en la memoria la descripción de la violencia con que mataron a los hombres del sótano. Hacía falta una cierto tipo de temperamento para golpear de aquella forma a otros hombres, y todo parecía indicar que ese era el temperamento del padre de su cliente. Daði «Malacara» (e incluso otros más) le echaron una mano, sin duda alguna. Aquello era más plausible que la idea de que todo fuera obra de una quinceañera.

En el hotel, Þóra sintió calor en las mejillas, y en el primer espejo que encontró pudo ver que tenía la cara roja como un salmonete. Se insultó a sí misma por no haberse puesto el protector solar que había tenido la precaución de llevar a la travesía. Tampoco Bella tenía buena pinta. La secretaria bostezó, lo que permitió a Þóra comprobar que no tenía empastes en los dientes, cuestión que jamás le habría podido interesar lo más mínimo.

– ¿No te quieres ir a acostar? -preguntó Þóra, quien también notaba cierto sopor-. Yo tengo que hacer unas llamadas e intentar hablar con María, la mujer de Leifur. Así que puedes tomártelo con tranquilidad. Y cuando vuelva nos iremos a cenar.

No hizo falta decírselo dos veces a Bella. También Þóra fue a su habitación, aunque solo para darse una ducha y cambiarse de ropa, quitarse los vaqueros y el chaquetón de sport y ponerse algo más limpio y presentable. Después se sintió mucho mejor. El cansancio le desapareció del cuerpo al mismo tiempo que la sal desapareció de sus cabellos. Mejor así, porque necesitaba estar bien despejada si quería salir con bien de las conversaciones telefónicas que la esperaban. Una de ellas era con Markús, pues quería hablarle del asunto de su padre y contarle que iba a informar a la policía del relato de Paddi sobre la sangre. También pensaba comunicar a la policía la presencia del yate, y que ella pensaba que los cadáveres encontrados podían corresponder a sus tripulantes. No podía imaginarse cómo acabaron aquellos hombres en el sótano de la casa familiar de Markús, si era verdad que abandonaron la isla unos días antes de la erupción, pero pese a todo tenía la corazonada de que eran ellos. Parecía indudable que en esos días no había más extranjeros en la isla, de modo que no existían muchas más opciones. No podía perder el tiempo dándole vueltas al asunto, porque tenía otras muchas cosas que hacer. Empezó llamando a los niños.

– ¿Ya has conseguido el apartamento para la fiesta? -preguntó Gylfi. Nada de: «Hola, mamá, cómo estás».

Þóra optó por no entrar en explicaciones de que había estado demasiado ocupada intentando sacar de la cárcel a un inocente como para entretenerse en los preparativos de la fiesta del comercio. No serviría de nada.

– No, aún no he encontrado nada -dijo; y no mentía. Nadie le había dicho que hubiera apartamentos vacíos, seguramente porque no había preguntado a nadie-. Tengo que llamar a un señor que quizá pueda ayudarme -Leifur era una de las personas con las que Þóra tenía que contactar, y si él no podía conseguir un apartamento, nadie podría hacerlo. Aunque quizá sus cálculos fallarían, porque Þóra estaba a punto de acudir a la policía para informarles de la posible relación de su padre con los cuerpos del sótano. Le esperaba una tarea más que ardua haciéndole comprender que aquello era lo mejor para su hermano y que él tenía la obligación de permitir que se supiera la verdad de lo sucedido.

– No lo olvides -dijo Gylfi por si acaso-. Tenemos que ir.

Uno tiene que cepillarse los dientes, tiene que comer comida sana, pero no tiene necesariamente que ir a una fiesta, pero Þóra prefirió no soltarle todo eso a su hijo, y le preguntó por su hermana. Se quitó el teléfono del oído cuando Gylfi gritó varias veces el nombre de su hermana, como si creyera que estaba al lado de Þóra y estuviera intentando hacerse oír a través del teléfono.

– Hola, Sóley -dijo Þóra-. ¿Qué tal en casa de la abuela? -los chicos estaban en casa de los padres de Hannes, que siempre estaban quejándose de lo poco que veían a sus nietos, aunque cada vez que Þóra necesitaba que se quedaran con ellos siempre tenían alguna excusa. Andaban bien de dinero y viajaban mucho, pero esta vez todo había salido a pedir de boca, y los chicos pudieron quedarse en el caserón de Arnarnes. En realidad, ese fin de semana les tocaba estar con su padre, pero Hannes tenía que asistir con su nueva mujer al cuadragésimo cumpleaños de un amigo suyo esa misma noche.

En realidad, Þóra nunca había acabado de conectar con su antigua familia política, aunque no hubiera tenido con ellos ningún conflicto en especial. Era sencillamente cuestión de lo distintos que eran, sobre todo ella y su ex suegra.

– Hola, mami -dijo Sóley-. Estoy con la abuela en la piscina. ¿Sabes quién está aquí también?

– No -respondió Þóra, confiando en que no se tratara del experto en adelgazamiento al que acudían últimamente sus ex suegros. Þóra no tenía el más mínimo interés en que su hija de ocho años escuchase todas esas historias sobre pérdida de peso.

– ¡Orri! -gritó Sóley, encantada-. Está con nosotros en la piscina, y se ha hecho pis -esto último lo dijo Sóley en un susurro. Þóra tuvo dificultades para no responderle de la misma manera. Hacía tiempo que no se reía, y no se atrevió a empezar por miedo a no ser capaz de parar. Charló un ratito con ella antes de decirle que volverían a estar todos juntos al día siguiente.

Þóra llamó luego a Matthew. El teléfono había tenido cobertura pero luego la perdió mientras estaba en el mar, y no sabía si Matthew había estado intentando hablar con ella, aunque eso ya no importaba. Quería saber cuáles eran sus intenciones. Þóra sonrió en el momento mismo en que oyó la voz del alemán.

– Hola -dijo con voz de tonta-. He estado sin cobertura casi todo el tiempo, y seguramente tú también. Si no, lo habría intentado alguna vez más.

– No importa -dijo Matthew-. He estado intentando conectar contigo varias veces pero no he tenido suerte. ¿Qué tal va todo? ¿Ya has encontrado el tronco?

Þóra sonrió.

– No. En realidad, tampoco lo busco, me basta con intentar descubrir lo que sucedió. Va despacio -no sabía si debía perder tiempo en contarle todo lo que había pasado durante el día-. Y además, hay otros cadáveres.

– ¿Cómo? -preguntó Matthew-. ¿Has encontrado más?

– No en el mismo sitio -respondió Þóra-. La mujer que habría podido ayudar a mi cliente apareció muerta. Primero pensaron que se había suicidado, pero luego resultó que la habían asesinado.

– Ah -dijo Matthew, alargando la vocal-. Espero que vayas con cuidado. Ya te dicho que quien le cortó el órgano sexual a aquel hombre era peligroso.

– No se sabe si se trata de la misma persona -dijo Þóra-. Todos los hombres que parecen estar relacionados con ese viejo asunto, o han muerto o han perdido la razón, como ya te conté.

– ¿Y quién dice que se tiene que tratar de un hombre? -preguntó Matthew-. Las mujeres pueden ser tan neuróticas como los hombres. A lo mejor, eso del órgano sexual tiene que ver con algo que le hizo el hombre a alguna mujer.

Þóra había llegado a pensar en algún momento que aquello habría podido ser obra de una mujer, pero las mujeres no contaban con la fuerza física para matar a unos hombres a golpes. Mucho menos las amas de casa de la época, que no practicaban ejercicios físicos ni deportes. En realidad, usando un objeto contundente con mucha furia, esos daños habría podido causarlos una mujer, pero era mucho más probable que fuera obra de uno o más hombres. Þóra entró en el tema que le interesaba.

– Bueno, dime qué idea tienes. Tengo que saber lo que piensas sobre tu futuro trabajo -cerró los ojos y cruzó los dedos. «Ven -pensó-. Coge el nuevo trabajo y vente conmigo».

– Estoy pensando en lanzarme a ello -dijo Matthew. Su voz mostraba tanta cautela como si ella fuera a intentar hacerle desistir-. Vaya, al menos veremos qué pasa.

– ¡Estupendo! -la misma Þóra se extrañó de aquella exclamación, que le había salido directamente del corazón-. No hay ningún sitio como Islandia -añadió como una idiota. Guardó silencio un instante para no seguir haciendo el ridículo-. Me alegro muchísimo. ¿Cuándo vienes?

– Todavía tengo que dar los últimos retoques, pero confío en tener la última reunión con esa gente en menos de quince días. En la reunión se decidirá cuándo me traslado -dijo Matthew, y Þóra se dio perfecta cuenta de que su reacción le había gustado-. Tengo ganas de verte -continuó-. Espero que cuando llegue no estés en el mar o en algún sótano.

– Quizá deberías retrasar el viaje uno o dos días para mayor seguridad -dijo Þóra. Sería horrible que el caso impidiera que se pudieran ver-. Vuelvo mañana a casa desde las Vestmann, pero nunca se sabe cuándo tendré que viajar de nuevo.

Se despidieron y Þóra marcó el número de la prisión de Litla-Hraun con una sonrisa en los labios. Al cabo de un rato, Markús se puso al teléfono.

– Me alegro mucho de oírte -dijo cansado, tras intercambiar las cortesías de rigor-. He recordado una conversación que mantuve cuando estaba viajando, y que seguramente es la que corresponde al número oculto -dijo de lo más contento-. No me atreví a decir nada hasta consultarte, pero me entraron unas ganas tremendas de llamar a la policía para declarar.

– Muy bien -dijo Þóra, contenta con la noticia y con que hubiera decidido esperar para hablar con ella-. ¿Quién te llamó?

– Yo había hecho una oferta para comprar un apartamento en la isla para que lo usara mi hijo. Va mucho por allí y siempre se queda en casa de Leifur y María. Ahora que ya es mayor, no puede seguir así. He recordado que el agente de la inmobiliaria me llamó al concluir el plazo que había dado al vendedor para que aceptara la oferta que le había hecho. Hablamos de lo que se podía hacer, y finalmente le autoricé para que aumentara la oferta. He tenido negocios con él ya antes, de modo que me conoce perfectamente y por eso puede atestiguar que era yo, sin duda alguna, quien estaba al teléfono.

Þóra tuvo unos deseos enormes de soltar un grito de alegría. Las cosas empezaban a mejorar.

– Fantástico -dijo-. Informaré inmediatamente a la policía y ellos hablarán con ese hombre mañana mismo, al terminar el plazo de la prisión provisional. No creo que, si tienes una buena coartada, pidan la prórroga -oyó a Markús dejar escapar un suspiro de alegría.

– Estupendo, porque no puedo seguir aquí mucho más tiempo -dijo-. Esto es como estar enterrado en vida. No hay forma de saber lo que pasa, no puedo leer la prensa ni siquiera ver las noticias de la televisión. Tengo acciones en bolsas extranjeras y esto es inaguantable de todo punto. Podría haber perdido decenas de millones de coronas.

– Ya queda poco -dijo Þóra-. No sé si volveré a ponerme en contacto contigo antes de mañana, porque dudo que consiga encontrar hoy a nadie de la brigada criminal. En último caso podría hablar con Guðni, claro, pero preferiría hacerlo con Stefán en persona. Pero ahora hay otra cosa de la que quería hablar contigo.

– ¿No hay forma de salir de aquí esta misma tarde, ya que tengo una coartada? -preguntó Markús.

Þóra no sabía bien si había oído lo que acababa de decirle.

– Naturalmente, veré qué se puede hacer -dijo Þóra -. Pero seguramente no, porque eres sospechoso de más delitos, no solo del asesinato de Alda. Te tendrán encerrado todo el tiempo que puedan, por lo de los otros cuerpos. Aún no hemos llegado a mar abierto, aunque vayamos para allá a toda máquina. Precisamente de eso quería hablarte -añadió Þóra, contenta de poder encauzar el tema otra vez-. Conseguí información sobre tu padre y otras cosas que sucedieron en la isla unos días antes de la erupción. Quizá no haya relación con los cadáveres del sótano, pero creo que existe una conexión muy estrecha -Þóra esperó a la reacción de Markús, pero esta no se produjo.

– ¿De qué estás hablando, exactamente? -preguntó Markús por fin-. ¿Es algo malo para mi padre?

– Sí -Þóra no vio razón para endulzarlo-. Vieron a tu padre en el mismo lugar donde encontraron una gran cantidad de sangre que no se pudo explicar nunca. La sangre puede haberse producido en el transcurso de la paliza, o después de la agresión que tuvo como consecuencia última que aquellos hombres terminaran en el sótano. Naturalmente, aún tiene que averiguarse con certeza, pero para confirmarlo o descartarlo, la policía tiene que saber esos hechos.

– ¿Existe alguna razón para contárselo? -preguntó Markús-. Porque eso a lo mejor no tiene nada que ver con el caso.

– Espero que la policía consiga averiguar si esos hechos están relacionados -dijo Þóra-. Si resulta que sí, podrán investigar lo que sucedió, y confío en que descubrirán quiénes eran esos hombres y cómo acabaron de esa forma tan horrible -Þóra respiró hondo-. Necesitas que se aclare ese asunto, Markús. La verdad no te perjudicará.

– ¿Y cuándo dicen que vieron a mi padre en la matanza esa? -preguntó Markús, y Þóra fue incapaz de leer nada en su voz.

– La noche del viernes anterior a la erupción, la misma noche en que tuviste tu primera borrachera -respondió Þóra-. No le vieron en el acto mismo de la matanza, sino en el lugar donde se descubrió sangre en gran cantidad a la mañana siguiente. Naturalmente, no tiene por qué haber conexión entre las dos cosas, y quizá se encuentre una explicación lógica para todo ello que no tenga nada que ver con él… ¿Recuerdas tú si tu padre volvió a salir esa noche después de llevarte a casa?

Markús dejó escapar un gruñido.

– Me desmayé en cuanto llegamos a casa, ni siquiera pude llegar hasta mi habitación, sino que desperté en el sofá, después de vomitar en la alfombra, para gran alegría de mi madre. Pero dudo que mi padre estuviera de humor para ir a ningún sitio. Aunque mis recuerdos son bastante nebulosos, aún me acuerdo de lo furioso que estaba.

– ¿De manera que tu padre habría podido salir sin ningún problema después de dejarte en casa? -preguntó Þóra con cautela-. Tú ni te habrías enterado.

– No -dijo Markús lentamente-. Supongo que no -reflexionó un momento y continuó-: Pero, al mismo tiempo, tengo perfectamente claro que mi padre no mató a nadie y que no metió a nadie en el sótano esa noche. Desde luego, allí no había ningún cadáver cuando llevé la caja varios días después. No veo qué relación pueda tener eso con el caso, ni qué necesidad hay de explicarle a la policía si salió o se quedó en casa esa noche.

– Si tu padre no hizo nada, quedará perfectamente aclarado -dijo Þóra, aunque con grandes dudas. Había pasado mucho tiempo desde aquellos sucesos, y no estaba claro que se pudiera explicar nada después de tanto tiempo.

– Yo no puedo limpiar mi nombre echándole a mi padre la culpa de todo -dijo Markús lleno de indignación-. Yo no soy de esos.

Þóra echó la cabeza hacia atrás y miró hacia lo alto. Demonios.

– Él no cargará con ninguna culpa aunque informe a la policía de lo que sucedió, Markús -dijo ella, haciendo una pausa en sus palabras para darles mayor peso-. Pero si él hizo algo, es injusto que seas tú el sospechoso, y creo que a él no le importaría en absoluto si comprendiera lo que está pasando. ¿Tú le harías algo así a tu propio hijo?

– No -dijo Markús con voz apagada-. ¿Querrás hablar con mi chico esta tarde y decirle que tengo una coartada en lo del asesinato de Alda?

Þóra no pensaba dejar escapar a Markús tan fácilmente.

– Lo haré, pero primero tú tienes que asimilar bien lo que te estoy diciendo. Estoy a punto de llamar a la policía con una información que te puede ayudar a ti pero que quizá podría ser perjudicial para tu padre. Tienes que entender que estoy haciendo algo conveniente para ti, porque mi cliente eres tú. No tu padre -al otro lado de la línea solo le respondió el silencio-. ¿Sabías tú algo de esa sangre? La encontraron en el embarcadero del muelle.

– Sí -dijo Markús un tanto avergonzado-. Recuerdo algo, vagamente. Lo cierto es que después de la borrachera tenía otras cosas en que pensar. Naturalmente, en el colegio no se hablaba nada más que del baile, y ni yo ni los otros chicos teníamos demasiado interés por aquel otro asunto, que sucedió al mismo tiempo y que nos parecía muchísimo menos importante que lo que nos había pasado a nosotros.

Þóra sospechaba que Markús recordaba bastante más de lo que afirmaba, naturalmente lo debía de haber tenido presente todo ese tiempo, aunque no quiso decirle nada a ella por miedo a dirigir la atención hacia su padre. Ella podía comprenderlo, más o menos, pero en aquellos momentos, el motivo no tenía importancia alguna.

– Todo se aclarará -dijo como despedida-. En el mejor de los casos, tu padre no tuvo nada que ver con los cadáveres. En el peor, tuvo parte en el asunto. Por desgracia, a él no se le puede preguntar.

– Pero él no fue quien mató a Alda, eso es indudable -dijo Markús.

– No, desde luego -repuso Þóra-. A lo mejor, la muerte de Alda no tiene nada que ver con los cadáveres -¿era imaginable esa posibilidad? ¿Quién iba a querer hacerle daño a Alda si no existía ninguna conexión con la cabeza?

Þóra oyó el parloteo sin prestar atención. Hannes estaba en su elemento cuando hablaba de sí mismo, especialmente si podía exponer los nobles principios de su propia ética. Así que aquella conversación telefónica era todo un regalo del cielo.

– Así que comprenderás por qué no puedo comentar nada que toque cuestiones confidenciales del hospital -dijo tan contento. Þóra tuvo la sensación de que se estaba mirando en un espejo mientras hablaba.

– Sí, claro -dijo Þóra reprimiendo un bostezo-. Negociemos -dijo a continuación.

– ¿Cómo? -preguntó Hannes, extrañado.

– Te puedes llevar tus palos de golf a cambio de esa información. Nunca le diré a nadie de dónde la saqué, ni la utilizaré contra ti -dijo Þóra, y que pasara lo que tuviese que pasar. Los palos de golf en cuestión le habían correspondido a ella en el divorcio, aunque no los quería para nada. No le causaba ningún perjuicio quitárselos de encima, en realidad estaría encantada de perderlos de vista, porque estaban en el garaje cubriéndose de polvo desde que Hannes se fue a vivir a otro sitio. En su momento hizo mucho hincapié en quedárselos, única y exclusivamente porque sabía la importancia que tenían para Hannes. En opinión de este, aquello había sido un error y muchas veces había sacado el tema, después del divorcio, con la esperanza de que Þóra le permitiese recuperar los palos-. Es un buen trato -añadió Þóra-. Naturalmente, esa información podría conseguirla por otras vías.

Como tantas veces sucede con los apóstoles de la ética cuando llega el momento de la verdad, las convicciones de Hannes no resultaron suficientes y acabó vendiendo su sagrada lealtad a la empresa por unos palos de golf. Þóra había embocado un hoyo en uno.

Al concluir la conversación, Þóra sabía todo lo que necesitaba saber sobre los motivos de que Alda hubiera dejado de trabajar temporalmente en urgencias. Claro que Hannes nunca trabajaba noches ni fines de semana, de modo que solo la conocía de vista. Pero al mismo tiempo lo sabía todo sobre ese asunto, porque se había hablado mucho de ello en el trabajo. No fue cuestión de uso indebido de medicamentos ni de relaciones íntimas con colegas o enfermos, sino que se debía a una diferencia de opiniones. Alda se había puesto en contra de la víctima en un caso de violación. Era una chica a la que Alda recibió cuando se produjo la denuncia de violación. Alda tendría que seguir atendiéndola como una especie de consejera. Al principio, su relación con la chica había sido muy buena, e hizo todo lo que tenía que hacer. Hannes recordó que, si acaso, Alda se tomó el asunto con especial interés y ayudó mucho a la joven. Luego sucedió algo que hizo que Alda cambiara de postura, y que de pronto empezara a pensar que toda la historia de la violación era una pura invención. Hannes no sabía qué la había hecho cambiar de opinión, pero la enfermera responsable de la atención a las víctimas de violaciones dijo que no estaba de acuerdo con Alda en que la acusación careciese de fundamento. Según ella, Alda estaba atravesando una crisis psicológica y no podía seguir trabajando hasta que no la superara. De ahí que pidieran a Alda que dejara de trabajar provisionalmente, cosa que hizo.

Hannes no recordaba el nombre de la chica, y afirmó no haber sabido nunca el nombre del violador. No importaba mucho, porque Þóra creía saber quién era. Tenía que tratarse de la presunta violación realizada por Adolf Daðason. Además de que eso podía explicar su cambio de postura, pues Alda conocía a los padres del joven; el momento en que sucedieron las cosas encajaba perfectamente. Además, Hannes señaló que había oído algo sobre métodos de trabajo inapropiados con los pacientes en general, pero pensaba que nunca se había podido confirmar tal extremo y que no fue aquello la causa de que Alda se tomara unas vacaciones.

Antes de concluir la conversación, Þóra también le mencionó a Hannes el informe de la autopsia de Valgerður.

– ¿Me hablas de eso que pasó en Isafjörður? -preguntó de pronto Hannes.

– Vaya -dijo Þóra extrañada-. ¿Sabes algo al respecto?

– Bueno, algo sí que sé -respondió Hannes-. Creo que hablas de la mujer que al parecer murió por un error médico en el hospital de Isafjörður. No puede haber muchos casos parecidos, y los que se producen despiertan mucho interés en la clase médica, como es fácil comprender. Los parientes de la mujer han mantenido despierto el tema con la esperanza de conseguir una indemnización, y se está negociando un acuerdo que aún no está cerrado. Será interesante ver cuál es el resultado.

– ¿Qué pasó en realidad? -preguntó Þóra, pues lo único que había entendido de la autopsia era que la mujer falleció por una reacción alérgica al antibiótico que le administraron para combatir una grave infección.

– La mujer estaba de viaje por la zona con una sociedad excursionista y sufrió una grave infección por estreptococos. Sus compañeros de viaje no reaccionaron con la suficiente celeridad y, entre otras cosas, tenía ya gangrena en una pierna cuando la trasladaron al hospital de Isafjörður. Llega allí y cometen el error de no preguntarle si es alérgica a la penicilina antes de aplicársela. Claro que no sé en qué estado se encontraba, pero se habría podido conocer su historial de alergia preguntando a sus familiares, si es que no estaba en condiciones de explicarlo ella. Lo cierto es que, de haberse sabido que era alérgica a la penicilina desde la adolescencia, se habría podido evitar lo que pasó. El resto es otra cuestión, porque no es del todo seguro que hubiese podido sobrevivirá la infección.

– Pero el hospital debe de tener normas de actuación para casos como ese, ¿no? -dijo Þóra-. ¿Quizá su estado era tan grave que pensaron que no había tiempo de llamar a ningún sitio, o de preguntarle a ella?

– Todo está perfectamente claro -respondió Hannes-. La mujer había estado ingresada allí mismo unos decenios antes, y en la historia clínica que tenían no decía que fuera alérgica, mucho menos que tuviera alergia con reacción anafiláctica. Sin duda hubo un error, pero no ahora sino hace todos esos años. Claro que solo he oído hablar del tema, no he leído nada al respecto, aunque tengo entendido que la historia señalaba que le habían administrado penicilina durante su ingreso en el centro años atrás, y no había la menor mención de que hubiera enfermado como consecuencia del antibiótico.

– ¿Puede suceder unas veces sí y otras no? -preguntó Þóra.

– No, eso es imposible -respondió Hannes-. Aquello debió de ser un error al redactar la historia, pues sin duda le debieron de administrar antibióticos que no contuvieran penicilina. A lo mejor ni siquiera le pusieron antibióticos y la confusión se debe a algún otro tipo de error a la hora de redactar la historia clínica. No recuerdo qué edad tenía cuando se le hizo la historia, pero en aquella época llevaba ya tiempo con la alergia. Nadie nace con alergia a los antibióticos, pero una vez que ha aparecido, no desaparece nunca. Si acaso, se habría agravado en caso de que se los hubieran administrado la primera vez que estuvo ingresada allí años atrás, pero no pasó nada. En todo caso, esta vez estaba consciente y, encima, llevaba una tarjeta en el bolso que advertía de la situación. Quizá se pueda decir que el lío se debió a que no buscaron la tarjeta, claro que dicen que al ingresar no llevaba bolso.

– ¿De forma que murió, sin más? -preguntó Þóra, intrigada-. ¿No se puede hacer nada en esos casos?

– Se asfixió al bloquearse la tráquea a consecuencia de la inflamación -dijo Hannes, que parecía estar explicando una rinorrea o cualquier otra afección sin importancia-. En la mayoría de los casos se puede intervenir, pero en ese caso parece que fue imposible, quizá por lo enferma que estaba la mujer ya al llegar. Realmente, no conozco las circunstancias.

– ¿Cómo se consigue la historia médica de una persona desconocida que no es pariente de uno? -preguntó Þóra. Hannes se extrañó.

– No me lo preguntes a mí, no tengo ni idea. Lo cierto es que habría pensado que es imposible. Los únicos que pueden solicitar una copia de la historia son los directamente afectados. Es imposible que una persona llame por teléfono y se la manden.

– ¿Por qué no hay una base de datos accesible con información sobre las alergias? -preguntó Þóra finalmente.

– Sería de lo más conveniente, y se ha hablado de hacerlo, pero aún no se ha llegado a nada -dijo Hannes. Enseguida cambió de tema y pasó a un asunto mucho más importante-: ¿Estás en casa? ¿Puedo ir a recoger los palos?

Capítulo 28

Sábado, 21 de julio de 2007

Þóra y Bella estaban en la escalera de entrada de una casa de madera que apenas recordaba su antiguo esplendor. Estaba revestida de placas de latón que ya habían empezado a cubrirse de óxido. Las ventanas no se habían limpiado mucho y lo que había sido un jardín le pareció a Þóra totalmente descuidado.

– ¿Quieres que hable yo? -preguntó Bella, que estaba negra por tener que hacer aquella visita, pero Þóra le había insistido muchísimo. En aquella casa vivía la madre de Alda, y Þóra sabía que no sería muy bien recibida en cuanto se presentara como abogada del sospechoso de asesinar a su hija. Lo único que quedaba por saber era el grado de mala recepción.

– No -respondió Þóra molesta y empezando a dudar que hubiera sido buena idea el haber hecho que la acompañara Bella. Quería tenerla a su lado como apoyo por si todo iba de la peor forma de las posibles y la mujer llegaba incluso a enfadarse con Þóra. Aunque no tenía miedo de una mujer de ochenta años, no quería tener que pasar por semejantes complicaciones, y pensaba que las curvas de Bella podrían ejercer un efecto disuasorio-. Yo me encargo. Tú intenta mostrarse comprensiva. Esta mujer está atravesando una situación muy dolorosa.

Se escucharon unos pasos que se acercaban y se miraron la una a la otra, pero inmediatamente volvieron los ojos hacia la puerta. Jóhanna, la hermana de Alda, parecía extrañada de ver quiénes eran las visitas.

– Hola -dijo, aparentemente sin saber qué hacer. Echó un rápido vistazo a su espalda.

– ¿Quién es? -se oyó preguntar desde dentro. La voz podía corresponder a una anciana.

– Unas conocidas -respondió Jóhanna volviéndose hacia las recién llegadas.

– ¿Es tu madre? -preguntó Þóra, aunque se contuvo y no se puso de puntillas para mirar por encima del hombro de Jóhanna-. He venido precisamente con la esperanza de poder charlar un momento con ella.

– No ha sido muy inteligente por vuestra parte venir hasta aquí -repuso ella-. No creo que mi madre quiera hablar contigo -le dijo a Þóra-. Está aún completamente destrozada, y mientras Markús siga siendo sospechoso, tú perteneces al bando enemigo. Intenté explicarle lo que me dijiste sobre su inocencia, pero no quiso oír ni una sola palabra.

– ¿Quiénes? -se oyó preguntar dentro de la casa, aunque la voz estaba ahora más próxima.

Jóhanna parecía muy triste.

– Unas señoras, mamá -respondió-. No te preocupes, tú no las conoces.

– Qué tontería -fue la respuesta. La mujer había llegado a la entrada-. Como si yo no conociera a todas las señoras de aquí… -calló al ver a Bella y Þóra en las escaleras. Se detuvo al lado de su hija en el estrecho umbral, y tuvo que empujar a Jóhanna a un lado.

– Buenos días -dijo la mujer, limpiándose las manos en una bayeta, antes de saludar-. Soy Magnea, la madre de Jóhanna.

– Buenas tardes -dijo Þóra extendiendo su mano-. Þóra Guðmundsdóttir. Precisamente esperaba poder hablar contigo.

– ¿Y eso? -preguntó la mujer; el gesto de su rostro era duro-. ¿Qué puedo hacer por ti, amiga?

– Solo quería charlar un momento sobre tu hija Alda -respondió Þóra, lista para empezar el baile-. Soy la abogada de Markús Magnusson, acusado erróneamente de haberle causado daño.

– ¿Desde cuándo asesinar a una mujer se llama «causarle daño»? -le espetó la mujer. Dio un paso atrás, apartó a Jóhanna y cerró dando un portazo con todas sus fuerzas. El número de la casa, en una plaquita de madera que colgaba en el exterior de la puerta, se soltó de los ganchos y quedó colgando de lado. Þóra pensó que había sido toda una suerte que ni ella ni Bella hubieran tenido un pie en el quicio de la puerta.

Þóra miró a Bella.

– Puf -exclamó la secretaria-. Qué oficio tan horrible el de abogado.

Þóra lo intentó otra vez golpeando la puerta suavemente, con la esperanza de que la mujer estuviera un poco más tranquila. Desde dentro se oyó gritar que se marcharan antes de que llamara a la policía. Estaba claro que no conseguirían nada, de modo que Þóra y Bella se volvieron hacia el coche. Cuando Þóra estaba a punto de poner el vehículo en marcha, sonaron unos golpes en su ventanilla. Allí estaba Jóhanna, y Þóra bajó el cristal.

– Te advertí de que no tenía ningún sentido -le dijo con tono de reproche-. Seguramente, ahora necesitaré el resto del fin de semana para calmarla -se envolvió con los brazos como para protegerse del frío, aunque la temperatura era inusualmente templada-. No se encuentra bien -dijo entonces-. No siempre es así, todo lo contrario.

Þóra asintió.

– Lo comprendo, no te preocupes. Lamento mucho haberos causado molestias, no se me ocurrió pensar que podría pasar esto -no era más que una burda mentira, pues era precisamente la reacción que Þóra había esperado.

Jóhanna titubeó, era evidente que quería hablar de algo importante.

– ¿Qué ponía en los diarios? -preguntó sin más preámbulo-. He cambiado de opinión y quiero saber lo que ponía -vaciló un momento y se irguió-; bueno, si hay algo sobre mi padre.

– Venía a contártelo, pero por desgracia se me olvidó, por el otro asunto -dijo Þóra, un tanto avergonzada de no haber buscado una forma menos mala de acercarse a aquella mujer-. Te llamé por teléfono una vez, pero no respondió nadie -Þóra le sonrió-. En los diarios no había nada malo sobre tu padre.

Jóhanna asintió. Sus ojos parecieron humedecerse.

– Bien -dijo con una sonrisa-. Bien.

– Pero había algunas otras cosas de las que me habría gustado hablar con tu madre -dijo Þóra entonces-. Hay unas cuantas dudas sobre el lugar donde estuvo Alda después de la erupción -se llevó la mano a la frente para protegerse del sol, y miró a Jóhanna a los ojos-. Parece que nunca estuvo en el instituto de Ísafjörður -continuó-. Nunca estuvo matriculada en ese centro.

– Claro que sí, claro que estuvo allí -repuso Jóhanna-. Eso es seguro. No puedo estar tan equivocada.

– ¿La viste allí? -preguntó Þóra-. ¿Fuisteis de visita o fue ella a casa en vacaciones?

Jóhanna pareció hacer memoria.

– Bueno, no recuerdo que fuéramos a visitarla -se le hizo la luz-. Sí, sí, mamá fue por lo menos una vez, seguramente más.

– ¿Pero Alda no fue nunca? -preguntó Þóra-. En los institutos hay muchas vacaciones, cortas y largas -prosiguió con toda la soltura de que fue capaz-. Vosotros vivíais en la región de los fiordos del noroeste, así que no estabais tan lejos. Se podría pensar que ella iría a visitar a sus padres de vez en cuando. ¿No fue así? -por el gesto de Jóhanna, Þóra comprendió que Alda nunca había ido a su casa, ni en las vacaciones cortas ni en las vacaciones largas-. ¿Es posible que Alda estuviera en un hospital? -preguntó Þóra con la máxima prudencia-. ¿Que padeciera alguna enfermedad mental?

– Que yo sepa, no -toda la alegría causada por las noticias sobre el contenido del diario había desaparecido ya de su rostro-. Tal vez no me enteré, porque era muy pequeña -añadió entonces, con gesto apenado.

– No tengo nada que me lleve a pensar en lo de su posible enfermedad -dijo Þóra-. Me habría gustado preguntárselo a tu madre. En cambio, lo que sé con toda seguridad es que Alda no estuvo en Ísafjörður, como dice todo el mundo; al menos no en el instituto.

– ¿Qué más querías preguntarle a mi madre? -preguntó Jóhanna. Parecía muy enfadada, aunque su ira no iba dirigida contra Þóra-. A lo mejor puedo preguntárselo yo. Por lo menos puedo preguntarle lo del colegio.

– Una de las cosas que querría saber, y te lo pregunto también a ti, es si Alda mencionó alguna vez a cualquiera de las dos si estaba molesta por la excavación. Eso podría ayudar a Markús -dijo Þóra. No le dijo a Jóhanna el motivo por el que Alda habría podido preferir que la casa de Markús siguiera enterrada bajo la ceniza.

– No -dijo Jóhanna, sacudiendo la cabeza-. A mí no, por lo menos. Claro que es posible que hablara de ello con mi madre. Mi madre y yo tenemos que hablar de muchas cosas -prosiguió-. ¿Hay algo más que yo debería saber?

Þóra le habló de las extrañas anotaciones en el diario de Alda. Decidió no mencionar lo que ya sabía del caso de violación, pero preguntó a Jóhanna si había oído a Alda referirse a ello:

– ¿Te habló alguna vez de un hombre llamado Adolf? -preguntó Þóra-. ¿O de sus padres, Valgerður y Daði? -inquirió.

– Nunca he oído hablar de esas personas -respondió Jóhanna.

– ¿No les conociste de niña? -le preguntó Þóra-. Creía que esas personas eran amigos de tus padres. Eran de las Vestmann, pero se marcharon también al noroeste, en realidad creo que se fueron a vivir a una granja cerca de Hólmavík. La mujer era enfermera.

– Nosotros vivíamos en Bildudalur -dijo Jóhanna-. Está bastante lejos de Hólmavík. Nunca he oído hablar de esas personas. En todo caso, no lo recuerdo.

Þóra sacó la foto del joven, que pensaba haberle enseñado a la madre de Alda.

– ¿Y conoces tal vez a este hombre? -preguntó.

Jóhanna cogió la hoja de papel.

– Es la fotocopia de una foto, ¿no? -preguntó mirando a Þóra, que asintió con la cabeza, como pidiendo excusas. Jóhanna enarcó las cejas y luego observó la foto detenidamente-. No -dijo, devolviéndole el papel a Þóra-. Me resulta lejanamente familiar algo de su gesto, pero no le conozco.

– ¿Sabes de dónde podrías conocer ese gesto? -preguntó Þóra, esperanzada.

Jóhanna se rascó detrás de la oreja.

– Creo que se parece un poco a una tía mía, pero es imposible -dejó caer la mano-. No, nunca he visto a ese hombre.

– Te aseguro que no recuerdo que mi suegro, Magnús, haya hablado nunca de cortarle la cabeza a nadie -dijo María, la mujer de Leifur, irguiéndose sobre el respaldo para mirar a Þóra desde arriba. Pero Þóra era más alta que la señora de la casa, y la silla en la que estaba sentada tenía, además, un asiento bastante grueso, lo que resaltaba aún más la diferencia de talla. Las dos estaban sentadas en el salón de la casa de María y Leifur. La habían invitado a ir allí después de gastar considerables esfuerzos en convencer al marido de la posible relación de su padre con aquel suceso. Al final, Leifur aceptó, por el bien de su hermano Markús, algo en lo que Þóra había insistido mucho, y acordó informar a Klara, su madre, de cómo iban las cosas. Þóra estaba de lo más contenta por no tener que hacerlo ella misma, pues nunca conseguiría sacar nada en claro de la anciana. Esta parecía totalmente decidida a ocultarle a Þóra todo lo que pudiera guardar alguna relación con su esposo. Þóra se sentía también aliviada de que Leifur no estuviera presente, pues le resultaba suficiente tratar con una sola persona furiosa. María se mostró no menos opuesta que Leifur a la idea de que su suegro, Magnús, pudiera haber estado implicado en aquel asunto.

Þóra lanzó una fría sonrisa a María.

– Es posible -dijo-. Pero comprenderás que una cosa es recordar y otra distinta contar. A vosotros tampoco os apetece en exceso, al parecer, informarme de cosas que pueden ser muy importantes para el caso.

María puso un gesto pensativo que no encajaba nada con su persona.

– Quizá puedas comprender que tengamos bastantes pocas ganas de ver a un anciano acosado por la policía. Eso podría acabar con él total y absolutamente. Y no es sino una historia de la que nadie sabe ya lo que es cierto y lo que no.

– ¿Y qué hay de Markús? -preguntó Þóra-. No pretenderás que siga en prisión por algo que hizo su padre.

– Claro que sí -dijo María como una niña pequeña-. Si de mí dependiera, habría que dejar en paz a Maggi y al final de todo Markús quedaría libre del asunto. No van a tener encerrado a un inocente.

– Eso es lo que ha sucedido hasta ahora -dijo Þóra, que no intentó argumentar con la mujer sobre la situación de padre e hijo. Evidentemente, quería mucho al anciano, como se veía por la forma en que se ocupaba de él-. Parece que no os dais cuenta de que acabará sabiéndose la relación del asunto con la sangre del muelle, lo que no quiere decir qué sea él quien mató a esos hombres. Si me ayudas, tal vez pueda demostrar precisamente eso.

La mujer se revolvió en la silla mientras parecía digerir sus palabras. Cruzó las piernas y volvió a separarlas. Þóra sintió dolor en los dedos de sus propios pies al ver la altura de los tacones de María.

– Te puedo decir con la conciencia limpia que Magnús no ha hablado jamás de ninguna cabeza -dijo-. Lo poco que habla últimamente se refiere sin duda al pasado, pero nunca ha hablado de una cabeza sin cuerpo ni de un cuerpo sin cabeza. Menos aún de cadáveres. Yo creo que se debe a que no tiene nada que ver con todo eso -se miró las manos-. Lo creas o no, Magnús era una persona estupenda. Cuando yo me vine a vivir aquí, él fue el único que me comprendió, y muchas veces se ponía de mi parte en mis discusiones con Leifur y con mi suegra. Ellos siempre pretendían saberlo todo mucho mejor que yo, se tratara de la educación de los niños, la cocina, la política, comprar un coche o cualquier otra cosa. En cambio, Magnús se ponía de mi lado, se daba cuenta de lo sola que me encontraba.

– No estoy poniendo en duda que Magnús sea una excelente persona -dijo Þóra-. He venido a hablar contigo con la esperanza de que haya dicho algo extraño o incomprensible -Þóra miró a María con ojos suplicantes-. Y si tú pudieras recordar algo…

María sonrió con sinceridad.

– Algo extraño o incomprensible… -dijo-. Sería más fácil recordar lo que Magnús puede haber dicho que fuera comprensible y coherente desde que se desató la enfermedad -sacudió la cabeza-. Naturalmente, ha empeorado mucho estos últimos años, pero antes ya estaba bastante despistado. Claro que entonces hablaba más y con algo más de sentido, pero sus palabras tenían muy poca relación con lo que sucedía a su alrededor. Yo podía estar hablando del tiempo y él de la pesca o de cualquier otra cosa sin la más mínima relación con el tema.

– ¿Recuerdas que haya dicho alguna vez algo parecido a lo que intentó decirme a mí? -preguntó Þóra-. ¿Sobre Alda o sobre halcones?

– Sí, desde luego -respondió María-. No sé qué relación pueda tener con el caso, pero hablaba mucho de pájaros. Sobre todo de halcones. Se pasaba, bueno, todavía se pasa largos ratos mirando por la ventana. Cuando pasa algún pájaro grande, me pregunta si es un halcón. Siempre respondo afirmativamente, porque creo que es la respuesta que espera -María miró de reojo la ventana del salón en el que estaban sentadas. Como por ensalmo, allí pasó volando una preciosa gaviota. María carraspeó y prosiguió-: Pero no ha hablado apenas de Alda, y cuando lo hace, no es posible comprender a qué se refiere; lo cierto es que hasta hace muy poco yo no sabía quién era. Creía que estaba hablando de parientes o quizá de alguna antigua novia.

– ¿Qué decía de ella? -preguntó Þóra-. Es posible que se pueda entender mejor ahora, a la vista de lo que ha sucedido -decidió no preguntar más sobre halcones, la relación de los pájaros con el caso parecía absurda y mucha mayor importancia tenía lo tocante a Alda-. ¿Alguna vez dijo algo que pudiera explicar eso de «pobre niño»? ¿Por ejemplo, hablando de dificultades en su propia infancia o algo por el estilo?

María negó con la cabeza.

– Ha pasado ya bastante tiempo desde la última vez que mencionó a Alda, de modo que no puedo recordar las palabras que usó. Cuando la mencionaba por su nombre, siempre era en relación con algo triste, o con algún drama del que nunca dio más detalles -María entornó los ojos, pensativa-. Algo de un sacrificio o de unos sacrificios, y que eso era lo justo. Una o dos veces intenté saber algo más, porque aquello sonaba más interesante que sus interminables historias de barcos y de pesca, pero volvía a encerrarse en su caparazón y callaba. En realidad, era como si no se diera cuenta de que había hablado en voz alta hasta que yo le preguntaba algo sobre lo que acababa de decir.

– ¿Nunca mencionó nada que pudiera indicar a qué clase de sacrificio se refería? -preguntó Þóra. No añadió si el sacrificio podía tener relación con la cabeza, porque María seguía empeñada en que Magnús jamás había hablado de ella.

María sacudió la cabeza.

– No, nada. Fuera lo que fuese, llevaba mucho tiempo en su memoria, como tantas otras cosas de su propia vida. Desde luego, una o dos veces habló de alcohol, en relación directa con ese tema. Dudo que Alda tuviera relación alguna con el alcohol, de modo que probablemente no lo relacionaba con el sacrificio ese, si es que se trataba de algún sacrificio.

– ¿Alcohol? -preguntó Þóra. ¿No se había enturbiado la relación entre Guðni y Kjartan, el de la oficina del puerto, por un caso de contrabando de alcohol?-. ¿Qué es lo que decía del alcohol?

– Si no recuerdo mal, algo así como que lo del alcohol estaba saldado con eso, y me preguntaba si estaba de acuerdo. Naturalmente, siempre le decía que sí, que las dos cosas valían exactamente lo mismo. Eso parecía alegrarle -dijo María encogiéndose de hombros-. Pero en lo tocante al sacrificio en cuestión, tengo que decir que cuando me di cuenta de quién era la Alda de la que hablaba, se me pasó por la cabeza que ella habría podido sacrificar su relación amorosa con Markús, pero no he conseguido encontrar nada que pudiera parecerse a un sacrificio.

– ¿Tu suegro mencionó alguna vez a Markús en relación con Alda o con el sacrificio de esta? -preguntó Þóra, con mucha curiosidad. Por todo lo que había oído, hasta aquel momento siempre había entendido que el enamoramiento de Markús no había sido correspondido. Quizá no fuera realmente así. Pero ¿por qué no habría podido seguir Alda con él, si era lo que deseaba?

María negó de nuevo con la cabeza, pensativa.

– No, sinceramente creo que no. Yo le habría preguntado a Markús en su momento de haber visto cualquier relación entre él y ese misterioso sacrificio. ¿Qué sacrificio puede hacer una mujer tan joven? -María se irguió-. ¿Sacrificar su educación por tener un hijo o algo así? Vaya, es que no se me ocurre absolutamente nada. Nada lo suficientemente serio como para que un anciano que ni siquiera es pariente de la mujer lo siga teniendo en mente -miró su reloj y volvió a mover las piernas. Þóra tuvo la sensación de que lo hacía con cierta regularidad para activar la circulación. En ese caso, aquella mujer se llevaría estupendamente con la ex suegra de Þóra-. Claro que también puede ser una tontería -dijo María sin demasiada convicción-. Confunde mucho los nombres, y tengo la sensación de que algunos de los que menciona son sueños o confusiones -se encogió de hombros-. Cuando el cerebro se trastorna, son muchas otras cosas las que se alteran al mismo tiempo, de ahí que sea posible que haya algo que vio en alguna película pero que él cree que forma parte de su propia vida. En ocasiones ha hablado de cuando practicaba paracaidismo, de cuando hundió el barco de unos criminales, de cuando estuvo con Sofía Loren y de otras cosas por el estilo. No puedo imaginarme que nada de todo eso sea real.

Þóra se quedó pensativa, y al poco preguntó:

– ¿Mencionó alguna vez la erupción? -María tenía razón en que no se podía dar crédito a las palabras de un hombre tan enfermo, a menos que se pudieran confirmar por alguna otra vía. Podía ser, perfectamente, que nunca hubiera existido sacrificio alguno o que, de haber existido realmente, no tuviera que ver con Alda y que el asunto no guardara relación alguna con el caso.

– Claro -dijo María con un suspiro-. Todos los que tenían uso de razón cuando se produjo la erupción hablan de ella. Por un tiempo pensé que no lograría integrarme en la sociedad de Heimaey porque yo nunca había respirado una ceniza como dios manda -miró a Þóra con un gesto de tristeza-. Ese miedo no resultó infundado. Nunca he podido integrarme plenamente en esta sociedad, y creo que la erupción tuvo un papel determinante en esa imposibilidad.

Þóra sintió compasión por lo sola que se encontraba.

– ¿Qué dijo de la erupción?

– Recordaba cosas continuamente. A veces me preguntaba si oía truenos, como si estuviera reviviendo aquella noche. Casi puedo recitar todo lo que pasó, de la A a la Z. Él fue uno de los primeros en darse cuenta de la erupción, porque estaba despierto. Creo que sucedió en la noche del lunes al martes…

Þóra la interrumpió:

– No busco información sobre la hora a la que comenzó la erupción ni nada de eso, sino si te dijo algo sobre los trabajos de salvamento que se realizaron mientras se estaba produciendo -por el gesto de la mujer, Þóra se percató de que no comprendía para qué querría recordar esos detalles-. Los cadáveres tenían huellas de haber permanecido en el exterior después del comienzo de la erupción, pero eso fue algo más tarde, pasada la primera noche. He estado pensando si alguna otra persona habría podido llevar los cadáveres al sótano sin que Magnús se enterase. Tal vez alguno de los que le ayudaban a vaciar las casas que supiera cuándo se les podía meter allí sin riesgo.

– Entiendo -respondió María-. Pero de lo que más hablaba era de cuando llevó gente de la isla hasta tierra firme en su barco. No recuerdo el tiempo que dijo que había pasado sin dormir, pero hablaba mucho de ello -sonrió-. Cincuenta o sesenta horas, algo así. Y estaba orgulloso. Pero debía de exagerar un poco -María se pasó la mano por el cabello y continuó-. En realidad, no hablaba demasiado de cuando estuvo salvando enseres de la casa, decía que había sacado prácticamente todo lo que había de valor, pero estaba enfadadísimo por unas cuantas cosas que se olvidó allí dentro; unos libros antiquísimos que había heredado de su padre, una brújula, monedas y otras cosas que nunca pude comprender por qué las echaba tanto de menos. Podía estar hablando solo de eso durante horas seguidas; se supone que esas cosas estaban en el trastero y por eso se olvidó de ellas.

– ¿El trastero podía estar en el sótano? -preguntó Þóra. Si Magnús nunca bajó allí, habría sido posible colocar los cuerpos en cualquier momento después del primer día de la erupción-. Yo tenía entendido que se había llevado todo lo que tenía algún valor para él.

María se encogió de hombros.

– No tengo ni idea de dónde estaba el trastero -dijo-. Tal vez estuviera en el sótano, pero eso no tiene por qué significar nada. Maggi habría podido bajar, pero sin poder llevárselo todo. Yo sería completamente incapaz de recordar lo que tenemos en el trastero si tuviera que sacar lo que más valor tuviese para mí. Ninguna de las cosas que mencionó era especialmente grande, de modo que habría podido bajar y no haberlas visto.

– Pero ¿nunca habló del sótano con tristeza o de alguna forma distinta a la habitual? -preguntó Þóra.

María chasqueó los dedos.

– Sí, ahora me acuerdo -dijo con un gesto de alegría-. Habló del sótano en relación con la erupción, pero no como dices tú ahora. Fue antes de enfermar, y en sí no es nada especial, pero, si es cierto, fue al sótano varias veces -María golpeó el suelo rítmicamente con los tacones mientras evocaba sus recuerdos-. Hombre, dijo que se alegraba de no haber llevado todas las posesiones de la familia al sótano como pensó en un principio y como empezó a hacer, efectivamente. Lo dijo con una sonrisa en los labios, burlándose de sí mismo por haber considerado el sótano un sitio seguro. Así que bajó, ¿es eso algo malo?

– No, qué va -dijo Þóra, sin saber si eso podría significar algo. Bajó al sótano, probablemente solo durante un breve rato, pues se le pasaron por alto algunas cosas que habría deseado conservar. ¿Fue porque conocía la existencia de los cuerpos y no le gustaba nada la idea de estar con ellos allí abajo durante mucho tiempo o porque pensaba que no era especialmente importante?-. ¿Crees que se alegraría de recuperar esas cosas? -preguntó Þóra, movida por la curiosidad.

– Sí, siempre que sea pronto -respondió María-. Y si conseguimos dárselas en el momento adecuado -tenía un gesto de tristeza, y se miraba las manos-. De otro modo, no lo sé, vaya.

Þóra no respondió, pero ya estaba pensando un plan. Aún no habían terminado de vaciar el sótano de la casa. Si conseguía bajar con Bella y encontraba esos objetos, era posible, quizá, que volver a tenerlos en sus manos refrescara los recuerdos del anciano. Como parecían guardar relación con la erupción, existía una débil esperanza de que dijese alguna cosa que Þóra pudiera aprovechar. Si se ponían manos a la obra esa misma tarde, era posible llevárselas al día siguiente antes de embarcarse para volver a Reikiavik. Þóra se colocó su cuadernito de notas encima de las rodillas y sacó la pluma.

– ¿Me repites qué objetos eran los que echaba de menos? -los anotó y después se puso en pie.

– Tengo aquí un montón de papeles que Leifur me pidió que te entregara -dijo María cuando salieron del salón-. Creo que se los dio el arqueólogo -cogió un grueso montón de papeles y se lo dio a Þóra-. También tenía que decirte que ningún miembro del equipo de excavación dijo que Alda se hubiera puesto en contacto con ellos para intentar evitar que excavaran la casa.

Þóra cogió el montón de papeles y vio que eran listas de lo hallado en las casas. Repasar todo aquello sería un trabajo considerable.

Cuando Þóra se marchó después de hablar con María, prácticamente no había sacado en claro nada que le llamara la atención, aunque se enteró de que Magnús llevó gente a tierra firme durante la noche, que regresó al día siguiente y se dedicó a salvar lo que se podía rescatar. En primer lugar se dedicó a su propia casa. Para ello contó con la ayuda de algunos vecinos, y luego fue él quien a su vez les ayudó, pero por desgracia María no sabía si entre esos vecinos estuvo Daði, el de la casa contigua. Más tarde, Magnús se fue con el grupo de hombres que recorrieron todo Heimaey en las labores de salvamento, pero María no sabía dar noticia de ellos. Al cabo de un mes o así, cuando Magnús salió de nuevo a pescar, su casa había desaparecido por completo. Los meses siguientes se deslomó a trabajar para poder conservar el barco.

Sonó el teléfono de Þóra y respondió intrigada al ver que era el número del agente inmobiliario con el que Markús dijo haber hablado durante su viaje. Þóra le había telefoneado antes de ir a casa de María, pero estaba ocupado y dijo que llamaría en cuanto acabara la jornada laboral. Añadió que los sábados terminaba pronto. Obviamente, ese día no lo había conseguido, porque ya eran las seis de la tarde. Þóra entró directamente en materia, tras los saludos de rigor.

– Vale -dijo una voz juvenil-. Entiendo.

¿Qué es lo que entendía? ¿El idioma? Þóra intentó que no se notara su irritación, porque ese día había superado con creces su dosis diaria de conversaciones telefónicas.

– ¿Pero hablaste ese día por teléfono con Markús? -preguntó-. Es de la mayor importancia que me digas la verdad. No le harías ningún favor a Markús diciendo una mentira, en caso de que él se haya confundido al hacer memoria. Además tienes que indicarme desde qué teléfono llamaste para que la policía pueda confirmarlo.

– Hum -murmuró el hombre-. Pues sí, le llamé. Espera un segundo -dijo entonces, y Þóra oyó un crujido de papeles-. Lo tengo aquí, por alguna parte -se oyó, y luego-: Aquí. Aquí está.

– ¿Qué es lo que tienes? -preguntó Þóra, extrañada.

– Estaba buscando la oferta de la que hablamos. El plazo terminaba a las ocho de la tarde y era el 8 de julio, de modo que coincide exactamente. Le llamé cuando se confirmó que los vendedores no estaban dispuestos a aceptar la oferta. No era de extrañar, porque era muy baja. A Markús no le gustaba demasiado el apartamento, aunque tengo entendido que a su chico le encantaba.

– De modo que le llamaste -dijo Þóra, intentando que el hombre volviera al tema central-. ¿A su teléfono móvil?

– Sí -dijo el agente inmobiliario-. Es el único número que tengo suyo, creo.

– ¿Y puedes confirmar que fue con él con quien hablaste? -preguntó Þóra-. ¿No pudo ser otra persona que estuviera utilizando su móvil?

– Era él, seguro. Totalmente seguro -dijo el hombre con firmeza-. Hablamos los dos, pero él iba conduciendo y por eso la conversación no duró mucho rato.

Þóra miró al cielo: «Gracias a Dios». No solo podía confirmar que Markús llevaba encima su teléfono móvil, sino también que estaba de viaje.

– ¿Y desde qué teléfono llamaste? -preguntó entonces.

– Desde mi móvil -respondió el agente inmobiliario-. Era después del trabajo y estaba ya en casa. Pero tengo un número privado y no aparecería en la pantalla del móvil de Markús, si lo intentaste averiguar.

– Magnífico -dijo Þóra. Luego le explicó que la policía le llamaría para confirmarlo y le pidió que tuviera a mano la oferta del apartamento, por si tenía que enseñársela.

– Pero ¿sabes si Markús sigue buscando un apartamento para comprar? -preguntó el joven con vehemencia-. No pudimos terminar de hablarlo esa tarde. Resulta que tengo un montón de propiedades nuevas en venta, y además se trata de unos apartamentos espléndidos. Seguro que no querrá perder la oportunidad. Sé que ahora está en una situación bastante difícil, así que intentaré retenerlos lo más posible, pero no sé si podré mantener a raya a otros compradores.

Þóra sonrió y dijo:

– Me temo que Markús por el momento tiene otras cosas en las que pensar, antes que en comprar apartamentos. Pero estoy completamente segura de que dentro de nada volverá a ocuparse de esos asuntos. Intenta llamarle después del fin de semana. Para entonces, seguramente estará libre del todo.

Tras despedirse del agente inmobiliario, llamó a Stefán, el comisario de policía, la mar de contenta consigo misma. Lo único que le fue difícil decidir era si hablarle primero del charco de sangre o de la conversación con el agente inmobiliario.

Capítulo 29

Sábado, 21 de julio de 2007

Reinaba un silencio total en la zona de excavación, solamente se oía el crujido de los zapatos de Þóra y Bella al caminar sobre el lapilli de la acera. Era como si fueran por un profundo valle; no se veía nada del mundo circundante excepto el cielo luminoso y restos de una calle que había desaparecido de la superficie de la tierra treinta años antes. Þóra no podía evitar la desagradable sensación de que las estaban observando desde las ventanas destrozadas de las casas deshabitadas frente a las que pasaban. Naturalmente, sabía que allí no había ni un ser viviente con excepción de ella y su secretaria, Bella, pero a pesar de todo la asaltaba el malestar. Se le puso la carne de gallina cuando una suave corriente de aire pasó junto a una plancha de latón suelta que yacía en el suelo delante de la retorcida puerta exterior de una casa pequeña. La casa parecía haber sido de color amarillo en otros tiempos, pero la catástrofe que la había asolado le había dado un vago tono grisáceo. Aquella cabaña desmoronada parecía tan triste y abandonada que Þóra no pudo evitar detenerse. Era fácil imaginarse a una mujer de mediana edad, cubierta de polvo, delante de la ventana, en bata, esperando a que la vida retomara el hilo que había desaparecido el mes de enero de 1973. Þóra apartó de su mente aquella imagen. No estaba acostumbrada a dejar que la imaginación se le desbocara. Sin duda, el motivo que las había llevado a aquella zona le despertaba la mala conciencia. En el mejor de los casos, era poco honrado. El opresivo silencio también tenía su parte de culpa. Þóra no estaba nada acostumbrada a tanto silencio. Más aún, incluso en el tranquilo barrio de las afueras en el que vivía, siempre se podían oír ruidos, y hasta por las noches se dejaba oír el estrépito del tráfico por las calles vecinas. En cambio, aquí no se escuchaba absolutamente nada, aunque las zonas habitadas estaban solo un poco más allá y la ciudad aún no se había ido a dormir. Ceniza y lapilli absorbían seguramente todos los ruidos, también los crujidos que producían sus zapatos. Era como mirar la televisión con el sonido apagado. Þóra y Bella callaban mientras se dirigían a la casa de Markús. Su conversación se había ido apagando en cuanto penetraron en el sendero y se toparon con aquel silencio. Más todavía, Þóra pasó un brazo sobre los hombros de Bella y señaló con la mano cuando se detuvieron ante la casa natal de Markús, en lugar de decirle que ya habían llegado. Se dio cuenta de que era una tontería e intentó arreglarlo rompiendo el silencio:

– Es aquí -susurró, aunque era obvio que era precisamente allí adonde iban.

Bella se quedó mirando la casa en silencio.

– Ven -dijo Þóra, ahora con voz más fuerte. Pasó por encima de la cinta que habían puesto para evitar la entrada, y Bella la siguió-. Será solo un momentito -dijo Þóra, más para animarse a sí misma que a la secretaria. ¿Y si aparecían por allí los arqueólogos o si habían instalado cámaras de vigilancia para evitar que personas no autorizadas pasaran por la zona? Imposible, Þóra no conseguía inventar ninguna excusa para justificar su presencia allí. Al menos lo hacían por otra persona, aunque el sentido común le decía a Þóra que esa justificación era absurda. Seguramente, el anciano se quedaría con los ojos clavados en aquellos objetos exactamente igual que en cualquier otra cosa que le pusieran delante. Si es que conseguían encontrar lo que andaban buscando.

Llegaron a la puerta y se detuvieron un rato sin decir nada, comprobando si las linternas funcionaban igual de bien que cuando se pusieron en camino quince minutos antes.

Bella apagó y encendió su linterna por tercera vez.

– ¿Estás segura de que no corremos ningún peligro? -preguntó mirando la puerta. La madera de roble estaba llena de profundas grietas y parecía debilitada por los efectos del peso y el calor. Las ventanas, altas y anchas, a ambos lados de la entrada, estaban protegidas con placas de latón ondulado, restos de los intentos de Magnús, el padre de Markús, por proteger la casa familiar-. Esto no me gusta ni un pelo, y no entiendo por qué tengo que entrar yo también. No haré más que estar ahí como un pasmarote, igual que la otra vez. Esta casa se está hundiendo -Bella hablaba con voz suplicante, y empujó suavemente una de las planchas de latón para dar más fuerza a sus objeciones. Como sospechaba, la plancha cayó al suelo con un golpe apagado, y Bella tuvo que echarse hacia atrás para que no se le viniera encima-. Mira -dijo con gesto triunfante.

– Venga, no seas así-dijo Þóra-. Esa plancha la pusieron como medida de protección para evitar que la ceniza entrara en la casa. La casa en sí es segura y no pasa nada -Þóra no tenía ni el menor deseo de entrar allí, y por eso quería tener a Bella a su lado para mayor tranquilidad. Sencillamente, no se atrevía a bajar sola al oscuro sótano y necesitaba a alguien cerca para hablar y aparentar serenidad-. Vamos rápido, te resultará divertido cuando estés dentro -Þóra empujó la puerta de la calle con un pie y esta se abrió con un profundo crujido. Al abrirse se levantó un remolino de ceniza y hollín, que se agitó en el chorro de luz de la linterna de Þóra.

– Tiene que ser peligrosísimo respirar eso -dijo Bella.

– ¿Desde cuándo te preocupa eso? -preguntó Þóra -. Si esperas fuera te fumarás uno o dos cigarrillos, de manera que acompañarme será una bendición para tus pulmones -Þóra avanzó unos pasos por el interior de la casa. Se volvió y miró a Bella a través del aire sucio. Era como si estuviera en una de aquellas antiguas parrillas de carbón y la hubiera cerrado-. Venga -dijo moviendo las manos en dirección de Bella.

La secretaria se puso a toser como una loca, pero al final cedió. Encendió su linterna y fue hacia Þóra. Se cubrió la nariz y la boca con la mano libre y murmuró algo incomprensible por encima de la manga. Envió a Þóra una mirada que no estaba cargada ni de cariño ni de admiración. Þóra intentó sonreír pero no le salió muy bien porque no quería abrir la boca. Así que se puso en marcha con cautela, en dirección a la puerta del sótano. Se alegró al oír que Bella la seguía de cerca. La única luz procedía de sus linternas, pues todas las ventanas seguían perfectamente protegidas. Se fueron abriendo paso por el suelo sucio, aunque no había muchas cosas con las que pudieran tropezar y hacerse daño. Parecía que las pocas cosas que quedaban en la casa cuando la ocupó la policía estaban todas apiladas a un lado. Þóra intentó no pensar por qué habían tenido que dejar aquel espacio libre, pero era evidente. De una u otra forma habían tenido que sacar aquellos tres cadáveres. También intentó dejar de pensar en el casco que el arqueólogo le exigió que se pusiera al entrar por primera vez en la casa. Pese a todo, Þóra aceleró el paso.

– ¿Es esa la puerta del sótano? -preguntó Bella cuando Þóra se detuvo-. ¿No será mejor que yo espere aquí? -Bella miró a su alrededor y tosió. El aire no se había aclarado en absoluto, y Þóra sabía que iría empeorando según bajaran, aunque no se atrevió a decírselo a Bella por miedo a que fuera la gota que colmara el vaso y desapareciera sin decir esta boca es mía-. Estaré atenta por si tengo que hacer algo aquí arriba. Por ejemplo, ir a pedir ayuda si esta planta se hunde encima del sótano.

– Venga, mujer -dijo Þóra, que se reprimió cuando ya estaba a punto de comentar que era más probable que el suelo se hundiera si tenía encima a Bella. -Abrió la puerta y dirigió la luz hacia abajo-. Tú vienes conmigo -se acercó al principio de la escalera y empezó a descender con muchísimo cuidado por los escalones de madera. Þóra recorrió con la linterna todo el sótano para comprobar el estado en que había quedado, y pudo ver que la policía se había llevado otras cosas además de los cadáveres. Lo que antes cubría el suelo y las estanterías había desaparecido. Þóra dejó escapar un profundo suspiro.

– ¿Qué? -preguntó Bella, que por fortuna había seguido a Þóra hasta abajo-. ¿Pasa algo? -Bella imitó a Þóra y paseó el haz de luz por el sótano.

– Se lo han llevado todo -dijo Þóra-. Maldita sea.

– ¿No es lo lógico? -preguntó Bella-. A lo mejor, el cuerpo al que pertenecía la cabeza lo habían cortado en pedacitos y estaba repartido por todas partes, y la policía quería asegurarse de disponer de todas las pruebas.

– Lo dudo mucho -dijo Þóra molesta, y se adentró más en el sótano-. Se han llevado los objetos porque esta escena era de todo menos corriente. Aquí no había entrado nadie durante treinta y cuatro años, de modo que no había forma de saber lo que era propiedad de la familia y lo que podía haber pertenecido a los posibles asesinos -inspeccionó una vez rnás el espacio a su alrededor-. Se lo tuvieron que llevar todo para poder examinarlo en condiciones aceptables.

– ¿Hemos terminado entonces? -preguntó Bella, que esperaba una respuesta positiva-. Has dicho que sería solo un momento.

– Pues no, en absoluto -dijo Þóra-. Creo que aquí, en algún sitio, hay un trastero, y probablemente la policía no lo habrá vaciado -Þóra fue iluminando las paredes una tras otra-. Sobre todo si está cerrado -fue hacia dos puertas, una al lado de otra, que había en un rincón-. Si se hubieran querido llevar todo lo que había en la casa, no habría quedado nada en el piso de arriba. Ahí podría haber algo importante.

– Yo no abro esas puertas -dijo Bella, tosiendo otra vez. El polvo era ahora más espeso y cada aspiración iba acompañada de un desagradable sabor que recordaba a un libro polvoriento-. El tronco no lo han encontrado aún -a pesar de todo, Bella siguió a Þóra y se puso a su lado.

– Por supuesto, la policía ya ha mirado ahí dentro -dijo Þóra-. Es completamente imposible que el tronco esté en esta casa, y menos aún en el sótano -sin embargo, Þóra notó que se le encogía el estómago. Cogió el picaporte de una de las puertas y la abrió con los ojos cerrados. Estaba justo delante de Bella y sabía que la secretaria no podía verle la cara. Esperó dos segundos y, como Bella no había soltado ningún grito, supo que no había peligro en abrir los ojos-. ¡Qué horribles son los trasteros! -exclamó Þóra al ver neumáticos desinflados, estufas, herramientas y piezas de repuesto de aparatos cuya función desconocía por completo-. Evidentemente, la policía lo ha revuelto todo -dijo señalando un anillo blanco en el suelo, debajo de los neumáticos.

– ¿Crees que estarán aquí? -preguntó Bella, metiendo la cabeza por la abertura-. Los libros y demás.

– No -respondió Þóra al tiempo que negaba con la cabeza-. Es poco probable. Este trastero solamente se usaba para objetos que encajarían mejor en un garaje que en un sótano. Es difícil que a alguien se le ocurriera guardar unos libros antiguos entre tornillos -iluminó con la linterna hasta cerciorarse de que allí no había estanterías ni cajas donde pudieran estar las cosas que buscaban-. Probemos con la otra puerta -dijo mientras cerraba. No tenía muy claro si prefería que allí hubiera cajas y otras cosas donde guardar trastos o que no hubiera nada, con lo que tendrían que salir del sótano. Abrió la segunda puerta igual que había hecho con la primera. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que no podrían salir de allí en un buen rato. Era un trastero de buen tamaño, con estanterías en todas las paredes, y cada uno de los estantes estaba lleno de cajas y trastos de esos que no suelen hacer falta todos los días pero que son demasiado importantes como para tirarlos a la basura.

– Jopelines -dijo Bella-. ¿Piensas mirar todo eso? -entró en el trastero detrás de Þóra, señalando fugazmente una de las estanterías-. Seguramente, la policía habrá estado mirando todo, de modo que ahí no puede haber nada interesante.

Þóra abrió la primera caja.

– Esto irá muy rápido -dijo pensando en otra cosa mientras iluminaba con la linterna el interior de la caja-. Estamos buscando libros, una brújula y monedas. Moneda fraccionaria, creo.

Bella suspiró y se dirigió a la estantería más alejada de Þóra.

– Tú sabrás -dijo cogiendo un viejo gorro de niño-. Parece que aquí metían de todo -continuó, y se agachó a recoger una paleta para pescado toda doblada-. ¡Cómo es la gente! -exclamó-. ¿Por qué no se tiran estos trastos inútiles?

– Eran otros tiempos, cuando guardaron aquí estas cosas -dijo Þóra, y siguió mirando la caja que tenía delante. Sin querer, pensó en el contenido de su propio trastero. Confió en que su casa no quedara nunca cubierta de cenizas, para que no pudieran ir otros más tarde a rebuscar entre sus cosas y no se asombraran de la misma manera-. La gente aprovechaba las cosas mucho más, y casi todo era más caro que ahora.

– No creo que el pelo fuera más caro que ahora -dijo Bella-. No, no.

Þóra no pudo entretenerse mucho mirando lo que había encontrado Bella, pues le pareció que algo brillaba, y podía tratarse de monedas en el fondo de la caja.

– La gente guarda mechones de pelo de sus hijos. Es de lo más habitual, aunque no acabo de entender para qué -dijo, metiendo el brazo hasta el fondo de la caja. Sacó dos cucharillas de té que volvió a dejar caer cuando vio lo que eran. Cerró la caja y pasó a la siguiente.

– Esto no es de un niño pequeño, te lo aseguro -dijo Bella-. Totalmente imposible.

– Mi madre tiene pelo de mi abuela -dijo Þóra, ajustando la linterna-. No sería capaz de tirarlo, y estoy segura de que se hará enterrar con él -dijo Þóra, contenta de haber llevado a Bella. Si estuviera ella sola allí abajo, no podría aguantar mucho más. Aunque el tema de conversación no fuera nada especial, le permitía olvidarse del aire viciado y del peligro de que la casa se les viniera encima.

Þóra iluminó con su linterna lo que había en lo más alto de la otra caja. Había allí una labor de encaje bastante grande, metida en una bolsa de plástico que en tiempos fue transparente pero que había empezado a amarillear. Þóra la sacó y vio que era un faldón de cristianar. Lo puso a un lado y siguió rebuscando entre ropas de niño de toda clase que parecían estar hechas en casa, la mayoría al menos: labores de punto o de ganchillo. En la parte inferior de la caja había dos libros con el título en letras doradas: Los primeros años del niño. También a Þóra le habían regalado un libro de esos cuando nació su hijo Gylfi, y llegó a escribir en él datos de los tres primeros meses de vida de su primogénito. Luego guardó los libros y no volvió a utilizarlos. Había otros objetos, como platos para niños y cubiertos de plata y peltre.

– Lo de aquí son todo cosas de niños -le dijo a Bella-. ¿Has encontrado tú algo, además de mechones de pelo?

– Bañadores viejos -dijo Bella-. Me parece que están mohosos. Tienen un olor desagradable.

Þóra iba a sacar las últimas cosas de la caja y a recordarle a Bella que la ropa no se enmohecía, cuando se dio cuenta de que el biberón pesaba mucho más de lo normal. Lo iluminó con su linterna y vio que había algo dentro.

– ¿Qué es esto? -se preguntó a sí misma, y desenroscó la tapa.

– ¿El qué? -preguntó Bella, apartando la mirada de los bañadores.

Del biberón cayó con un ruido sordo una maza para salmones.

– ¿Quién guarda una maza en un biberón?

– ¿Qué manchas son esas que tiene? -preguntó Bella, que se había aproximado a Þóra. La luz se multiplicó al iluminar las dos linternas. La observación era exacta, el mazo de color cobre estaba cubierto de manchas negras.

– Preferiría que no fuera sangre -dijo Þóra, pensativa. ¿Sería esta el arma que los hombres del sótano tuvieron la desgracia de conocer? Bella se acercó más a ella para ver de qué se trataba. Soltó un grito cuando el teléfono móvil sonó con un ruido penetrante en medio del opresivo silencio del lugar. Þóra no se vio tan afectada, aunque tuvo que reprimir un grito que casi se le escapó. Buscó el teléfono tanteando con la mano y respondió-: Soy Þóra -intentó parecer tranquila. Esperaba que no fuera alguien de las islas para preguntar dónde estaba. No lo era.

– Hola, soy Dís, la de la clínica -dijeron al otro extremo-. Tengo un problemilla relacionado con tu investigación y con Alda.

– ¿Y? -dijo Þóra extrañada, pero también contenta de no tener que inventar una historia para explicar dónde estaba.

– Esperaba que tú pudieras ayudarme. Necesito un abogado.

Capítulo 30

Domingo, 22 de julio de 2007

Þóra miró fijamente el papel que tenía delante. Aún no eran ni las ocho. Rara vez se levantaba tan temprano, pero unos turistas ansiosos de afrontar su aventura del día la habían despertado hacia las siete con el jaleo que armaban por el pasillo, y no había podido volver a dormirse. Se metió en la ducha y después se sentó a la mesita de la habitación del hotel con la esperanza de ver con claridad los derroteros que estaba tomando el caso. Era más fácil de decir que de hacer, y la conversación con Dís, la cirujana plástica, no había simplificado precisamente las cosas. Dís no quiso ser más explícita y se limitó a decir que disponía de una información que tenía que llegar a manos de la policía. Pero la defensa de sus propios intereses le recomendaba pedir asesoramiento a un abogado, y como solo tenía el número de teléfono de Þóra, la llamaba a ella. Þóra le explicó a Dís que, desgraciadamente, ella no podía ayudarla pues ya era la abogada de Markús, una de las partes interesadas en el caso, y le recomendó que hablara con su socio, Bragi. Dís aceptó y apuntó el número. Þóra habló más tarde con él para saber si se habían puesto finalmente en contacto. Bragi le dijo a Þóra que tenía que estar preparada para la aparición inmediata de nuevas pruebas en el caso de Markús. No le dijo de qué se trataba, y Þóra no intentó sonsacarle, pues Bragi tenía obligación de confidencialidad hacia su cliente. Pero Þóra sí que le preguntó una cosa: si la información en cuestión podía ser beneficiosa o perjudicial para Markús. Bragi reflexionó un buen rato y por fin respondió que, sinceramente, no lo sabía con certeza. Si le torturaban para hacerle elegir una opción, quizá diría que más perjudicial que beneficiosa.

Þóra volvió a sus papeles y se quitó de la cabeza a Dís y su misteriosa información. No servía de mucho pensar en ello, ya se vería el lunes. Empuñó la pluma. De lo que había averiguado, ¿qué estaba relacionado con el caso y qué no? Ordenó cronológicamente los sucesos con la esperanza de llegar al fondo del asunto. Repasó una vez más lo que había escrito en la hoja de papel que tenía delante.

Un yate en mal estado arriba a la isla el 19 de enero, amarra, luego entra en el puerto y zarpa durante la noche. Paddi «Garfio» lo ve marcharse.

Unos chicos, entre ellos Alda y Markús, se emborrachan durante el baile de la escuela esa misma noche. Magnús, el padre de Markús, va a buscarle; probablemente, Alda se va a su casa. Algo malo le sucede a Alda, habla de ello en términos nada claros en su diario.

Ven a Magnús, el padre de Markús, y a Daði «Malacara» en el puerto esa misma noche. A la mañana siguiente aparece un gran charco de sangre en el sitio donde estuvo amarrado el yate.

Guðni, el policía, acude al lugar de los hechos. Le hablan de la presencia de Daði en el puerto, pero no le dicen que Magnús también anduvo por allí.

Daði niega haber hecho nada ilegal y afirma no saber nada de la sangre.

Cuatro hombres, probablemente ingleses, mueren a golpes -no está claro cuándo.

Leifur llega a la isla para reñir a su hermano por haberse emborrachado.

Alda le da una caja a Markús y le pide que se la guarde. Está muy alterada.

Por la noche comienza la erupción.

Los residentes se van a tierra firme utilizando, entre otros medios de transporte, los barcos de pesca, y Alda le pregunta a Markús qué fue de la caja. Él se lo cuenta.

Magnús y su socio Þorgeir, el padre de Alda, regresan a Heimaey para salvar sus pertenencias. Magnús vacía casi por completo la casa de su familia, aunque no el sótano.

Alda se va con su madre y su hermana al noroeste del país, donde dicen que asiste al instituto de Ísafjörður-a un curso más alto del que le corresponde-. Nadie lo confirma en el instituto.

La madre de Markús y sus hijos se van a vivir a Reikiavik.

Valgerður y Daði se marchan al noroeste, a las cercanías de Hólmavík. Allí tienen un hijo, por fin. Ella no está demasiado interesada por el niño. ¿Posible depresión postparto?

En algún momento de las dos primeras semanas de la erupción, trasladan los cadáveres al sótano.

Magnús compra la parte de Þorgeir en la empresa y sigue con la pesca. Adquiere además una planta de tratamiento de pescado y comienza a desembarcar las capturas en la isla a pesar de que la erupción aún no ha terminado.

Markús asiste al instituto de Reikiavik.

Alda se matricula como alumna libre en el mismo centro a principios de año. Markús vuelve a verla por primera vez después de la erupción y hablan de la caja.

Alda estudia enfermería.

Markús se casa y se divorcia; tiene un hijo. Markús no trabaja en la empresa de su padre. Conserva su amistad con Alda.

Leifur, el hermano de Markús, se hace cargo de la dirección de la empresa familiar al enfermar su padre. Lleva trabajando allí desde que terminó sus estudios en administración de empresas.

Cuando van a excavar la casa de los padres de Markús, Alda le pide que lo impida. No le dice nada a su hermana.

Alda se toma una baja temporal en el servicio de urgencias.

Alda se hace con el certificado de defunción de Valgerður.

Alda tiene alguna razón para conservar la foto de un tatuaje en el que dice Love Sex y la foto de un joven desconocido.

Alda tiene un montón de enlaces a páginas pornográficas y acude a la consulta de una sexóloga.

Markús hace lo que puede para impedir la excavación de su casa natal, pero se conforma con bajar el primero al sótano para buscar la caja, una vez que Alda acepta el acuerdo. Se marcha a Heimaey.

Alda es asesinada.

Markús encuentra unos cadáveres en el sótano y una cabeza humana en la caja.

La posible arma homicida aparece en una caja con ropas de niño que hay en el sótano.

Þóra dejó el papel e intentó, sin éxito alguno, hacer memoria de alguna cosa más que pudiera tener importancia para el caso. Asimismo, intentó dilucidar cuáles de aquellos sucesos podían no tener ninguna relación con los crímenes, pero tampoco sacó nada en claro. Pasaba lo mismo que con las cosas del trastero…, en cuanto quitaba algo de la lista, inmediatamente parecía ser un elemento clave. Suspiró e intentó concentrarse. ¿Habría podido Alda matar a aquellos hombres? Daba igual cómo intentase imaginarse los hechos. Los individuos inconscientes por una borrachera y Alda, una adolescente, corriendo por el embarcadero en pleno ataque de furia con una maza para salmón en la mano… Imposible. Þóra no conocía a ninguna chica que tuviera la fuerza suficiente para arrastrar el cadáver de un hombre adulto, menos aún si tenía que hacerlo cuatro veces. Si los hubieran asesinado en el sótano, el asunto podría pintar distinto. Entonces Alda no habría tenido necesidad de transportar los cadáveres. Pero eso no encajaba, porque el crimen se había perpetrado antes de la erupción. Al menos Markús había llevado allí la caja con la cabeza humana antes de que la erupción comenzara. Además, en las ropas de los hombres había restos de quemaduras, que apuntaban a que estaban al aire libre después de que empezaran a llover ascuas de lava. Y para entonces, Alda ya se había ido de las islas. Y algo le decía a Þóra que la sangre del embarcadero tenía que guardar alguna relación con todo ello.

¿Y qué había sido del cuerpo sin cabeza? No tenía sentido pensar que fuera a aparecer aunque lo buscaran, lo que nadie había hecho durante aquellos treinta años ni tampoco durante la excavación. Estaban terminando ya de excavar las casas que aún se mantenían en pie bajo la ceniza, de forma que por ahí no aparecería nada inesperado. Además de aquellas, había muchos centenares de casas más que desaparecieron bajo la lava, y se podía pensar que el tronco podría estar en una de ellas, con lo que habría desaparecido para siempre. Claro que no era fácil de entender por qué el asesino, o los asesinos, iban a dedicarse a trasladar partes de un cuerpo de una casa a otra. ¿Por qué llevárselo de una casa que iba a desaparecer bajo la lava a otra que estaba a punto de quedar cubierta de ceniza? Una cosa estaba bien clara: si ella tuviera que deshacerse de un cadáver en esas condiciones, preferiría una casa que fuera a quedar cubierta por la lava. Claro que también podía pensarse que aquellos hombres no hubieran sido asesinados en la isla, pese a la sangre del embarcadero. A lo mejor no guardaban relación alguna con la ciudad ni con las Vestmann, sino que eran simples forasteros trasladados hasta allí para ocultar los cadáveres. Þóra suspiró, pensativa. Quien fuera, lo tendría que haber hecho ex profeso.

No, todo indicaba que era el padre de Markús quien estaba relacionado con el asunto, y no alguien de tierra firme. Si los cadáveres hubieran llegado allí sin su conocimiento, difícilmente habría podido guardar el asesino una maza de salmones y un cuchillo en una caja del trastero más cercano, sino que habría dejado el arma homicida al lado de los cuerpos. Þóra intentó hacerse una idea de cómo podría estar involucrado Magnús. Tal vez Daði y él agredieron a los tripulantes del yate, los mataron y los transportaron hasta el sótano. Pero aquello no encajaba con el hecho de que el yate se había marchado del puerto. ¿Podía ser que los caminos de aquellos hombres hubieran coincidido en el mar y no en tierra, y que al final Magnús y Daði llevaran los cuerpos a tierra? Þóra frunció el ceño. ¿Podrían Magnús y Daði, los dos solos, haber tripulado el barco de Magnús? No tenía ni idea de cuánta gente formaba la tripulación, ni si era posible arreglárselas con menos. Nunca habrían conseguido reunir un grupo de hombres dispuestos a guardar silencio sobre una cosa semejante. Naturalmente, Þóra había visto el barco en el cuadro que tenía Leifur en su casa, pero la pintura no le decía nada, pues ella jamás había navegado en alta mar, y no digamos saber cómo era una planta de procesamiento. La excursión de pesca con Bella y Paddi «Garfio» no contaba. Aquello le hizo pensar en otra cosa: si los cadáveres pertenecían a los miembros de la tripulación del yate…, ¿dónde estaba el barco?

Un golpe sordo de origen desconocido sonó en la puerta del cuarto de Þóra, que dio un respingo, ensimismada como estaba en sus pensamientos. Volvió a escucharse el mismo ruido, pero esta vez se dio cuenta de que era alguien llamando. Þóra se levantó y fue a la puerta. Se quedó de piedra al ver a Bella vestida y dispuesta para salir a la calle.

– Estoy lista -dijo Bella mirando a Þóra; no pareció nada contenta con su jefa, que aún tenía que empezar a arreglarse-. No conseguía dormir con el silencio que hay en mi habitación.

Þóra miró el reloj y comprobó que acababan de dar las ocho.

– Enseguida estoy -dijo a modo de disculpa-. ¿No prefieres ir a desayunar, y coges mesa para las dos? -le dio a Bella la hoja del resumen-. Mientras esperas, puedes echarle un vistazo a esto. Cuatro ojos ven más que dos -por el gesto de la secretaria, se dio cuenta de que nunca había oído aquella expresión-. En diez minutos estoy allí -dijo Þóra, sonrió y le cerró la puerta a su secretaria en las narices.

– ¿Me dejas el papel un poco más? -preguntó Bella tomando un sorbo del café solo que se había servido.

Þóra había perdido la cuenta de los bollos que habían desaparecido por la boca de Bella mientras desayunaban.

– Vale, vale -respondió Þóra, extrañada-. ¿Has sacado algo en claro?

Bella negó con la cabeza:

– No, todavía no. Pero te has olvidado de incluir lo de la violación y lo de Adolf -le mostró el papel a Þóra-. Lo he metido aquí en medio -dijo, señalando un parrafito ilegible en el margen.

– Seguramente se me habrán pasado algunas cosas más -dijo Þóra-. Si recuerdas algo más, añádelo. No es un texto sagrado.

– También estoy cavilando si no convendría comprobar lo del tattoo -prosiguió Bella, señalando la lista-. Love Sex -murmuró-. De lo más ridículo.

Una pareja de extranjeros que estaban sentados a la mesa de al lado, enfrascados en su guía de viajes, comprendieron aquellas palabras de su conversación y se miraron sonriéndose como idiotas, con la cabeza en otro sitio.

A Þóra, todos los tatuajes le parecían ridículos, de modo que Love Sex no le resultaba peor que cualquier otro.

– ¿Qué piensas hacer? -preguntó a Bella-. ¿Sabes algo de tatuajes?

– Tengo tres -respondió Bella, y empezó a pelear con el cuello del jersey. Se lo bajó y Þóra vio un unicornio encima del enorme pecho de la muchacha-. Uno -dijo Bella, a punto de darse la vuelta para enseñarle a Þóra algo en el trasero-. Dos… -la pareja extranjera ya no apartaba los ojos de Bella.

– Te creo, te creo -dijo Þóra un tanto avergonzada-. Pero ¿qué piensas hacer con el tatuaje ese?

Bella se recompuso la ropa y se acomodó en su silla.

– Pienso comprobar si hay alguien que lo reconoce. No hay tantos salones de tattoo en Reikiavik, de modo que no me llevará mucho tiempo. Es un tattoo nada corriente, creo -dijo Bella-. Por lo menos, no lo he visto en ningún libro de estampas.

– ¿Libro de estampas? -preguntó Þóra sin comprender a qué se refería.

– En los salones de tattoo tienen unos libros o carpetas con estampas de los tattoos que te puedes hacer -dijo Bella encogiéndose de hombros-. Cuando yo me hice los míos miré lo que ofrecían, naturalmente, pero no recuerdo ese Love Sex.

La pareja extranjera cuchicheó.

– Pues sí, mira a ver qué encuentras -dijo Þóra intentando desviar la atención de la pareja-. Dudo que tenga relación con el caso, pero nunca se sabe -miró su reloj y se puso en pie-. Deberíamos darnos prisa -dijo cogiendo el bolso que tenía colgado en el respaldo de la silla-. Ahora vamos a ver si le sacamos algo a Guðni.

Bella dejó escapar un gruñido.

– A ver si tenemos suerte -dijo, aunque no parecía que fuera una buena adivina.

– ¿De modo que se te vino a la memoria que quizá te habías dejado el monedero en el sótano cuando bajaste por primera vez con Markús hace unos días? -preguntó el comisario Guðni sin intentar disimular que no creía ni una palabra de todo lo que le había contado Þóra. Se echó hacia atrás y la miró fijamente, con gesto muy enfadado. Cuando Þóra le llamó, hacia las ocho de la mañana, acordó recibirlas allí mismo y sin demora. La voz del policía durante la conversación telefónica delataba que Þóra le había sacado de la cama.

– Pues sí -dijo Þóra, molesta-. ¿Realmente importa mucho? -señaló el mazo para salmones que estaba sobre el escritorio de Guðni. A su lado había un precioso cuchillo que encontró en la caja con el faldón de cristianar. Estaba metido en una pequeña caja de zapatos en el que había también unos zapatos diminutos-. Tienes aquí delante una posible arma homicida relacionada con los cadáveres de ese extraño grupo, así que más bien deberías darme las gracias por hacer vuestro trabajo, en vez de poner en duda lo que te cuento.

– Creo que es preciso poner estas cosas en claro -dijo Guðni con tranquilidad-. Tú y la señora… -señaló a Bella con el dedo.

– ¿Señora? -murmuró Bella, enfadada. También Þóra recordaba lo extraño que le resultó la primera vez que la llamaron señora, pero pensó que aquel no era el lugar ni el momento de compartir sus experiencias con la secretaria.

Guðni frunció el ceño ante la observación de Bella, pero continuó.

– Venís a Heimaey y en lugar de recurrir a mí o a los arqueólogos para comprobar si el monedero perdido se había quedado en el sótano, vais una tarde y os metéis por vuestra cuenta en el sótano.

– Perdona -le interrumpió Þóra-. No vimos ninguna indicación de que se tratara de un espacio prohibido por ser escenario de un crimen ni nada de nada, y sencillamente preferimos ahorraros la molestia de bajar. ¡No pretenderás decir que la casa está todavía bajo vuestra supervisión!

– No, en realidad no -respondió Guðni-. Terminamos ayer, pero eso no cambia el hecho de que al final del sendero de la zona de excavación hay un gran cartel que explica que es preciso mantenerse en los límites marcados por las cintas.

– ¡Oh! -dijo Þóra sonriendo al policía-. Ni siquiera lo vimos -señaló de nuevo la mesa-. Sea como fuere, te hago entrega de una posible prueba para un serio caso criminal y lo único que se te ocurre decir es que ha habido una insignificante omisión -Þóra no sabía del todo la fuerza legal que podía tener ese cartel, aunque suponía que ninguna-. Me encantaría saber si crees que este hallazgo es importante, y en tal caso expreso mi deseo de que se me permita hacer referencia al mazo y al cuchillo cuando se solicite la prórroga de prisión provisional de Markús. Estas armas no son suyas y estoy completamente segura de que su estudio permitirá demostrar que él no las utilizó -Þóra se había puesto previamente en contacto con Markús y quedaron en eso antes de ir a la comisaría. Se había mostrado completamente de acuerdo y negó haber tocado nunca esos objetos, y ni por asomo había sido él quien los escondió en el trastero.

– De la prisión provisional tendrás que hablar con mis colegas de Reikiavik. De esas cosas se encargan ellos -respondió Guðni. Al mencionar «Reikiavik», la voz se tiñó de burla-. No tengo ni idea de qué piensan ni de cuáles son sus planes en lo referente a Markús.

Þóra tenía la esperanza de que Guðni estuviera siguiendo la marcha de la investigación y pudiera decirle algo, aunque solo fuera con alguna indirecta, de lo que podía esperar al día siguiente, cuando acabara el plazo de prisión provisional de Markús. Intentó aparentar que aquellas palabras no la habían afectado en lo más mínimo. Guðni la ponía tan nerviosa como ella parecía ponerle nervioso a él, de ahí que no tuviera sentido hacerle el favor de ser testigo de la decepción de la abogada. Sonrió y dijo:

– Pero en lo referente a las armas…

Guðni soltó una carcajada seca.

– ¿Armas? -dijo-. Eso son herramientas.

Þóra esperó un momento antes de continuar.

– A lo mejor es algo nuevo para ti, pero las herramientas ya se han utilizado anteriormente para cometer crímenes. Te aseguro que tal cosa no es en absoluto inusitada.

Guðni clavó sus ojos en ella sin mudar el semblante. Se echó hacia delante y miró fugazmente los objetos que había sobre su mesa.

– No sé cómo se te ocurre pensar que esto pueda tener relación con los cadáveres.

– No es nada normal guardar unas herramientas entre objetos infantiles, sobre todo en un faldón de cristianar-respondió Þóra-. Además, sospecho que en las dos hay sangre. Estoy segura de las que pusieron allí para ocultar pruebas.

– Sería una medida de lo más inteligente -dijo Guðni, sonriendo sin alegría alguna-: esconder las armas homicidas en una caja y dejar los cadáveres en el suelo a la vista de todos -apretó los labios y sacudió la cabeza-. ¿Crees que el asesino era tan absolutamente tonto?

Þóra enrojeció hasta la raíz de los cabellos, pero mantuvo la compostura.

– No es el momento de proponer hipótesis sobre cómo puede encajar todo. Lo primero que es preciso hacer es determinar si se trata de sangre, y después ver si pertenece a esos hombres. Al mismo tiempo, no estaría de más comprobar si hay huellas dactilares en los mangos.

– Seguramente no usas mucho herramientas como estas -dijo Guðni en tono displicente, como si nadie pudiera ser una persona como es debido a menos que llevara una maza para salmones en una mano y un cuchillo en la otra-. ¿No te das cuenta de que pueden existir explicaciones racionales para la presencia de sangre en estas herramientas?

– Quizá, pero la cantidad de sangre es tan grande que me permito dudar de que haya un solo pescador que atonte al pescado con tanta fuerza que la maza se quede llena de sangre. ¿No crees?

Guðni entornó los ojos y apretó los labios.

– ¿Y qué esperas sacar de todo esto? -preguntó, apoyando los codos sobre la mesa.

Þóra no pensaba que pudiera estar refiriéndose a sus emolumentos.

– Creía que los dos íbamos detrás de lo mismo -respondió-. El asesino. Más bien, los asesinos.

Guðni prefirió no responder. Volvió a clavar sus ojos en los de Þóra, pero tuvo que pestañear y volvió a hablar.

– Nosotros lo encontraremos. Sin tu ayuda.

– No me digas -masculló Þóra, pero decidió no ponerse a litigar con aquel hombre-. ¿Qué me puedes decir de un antiguo caso de contrabando de alcohol que se produjo aquí justo antes de la erupción?

Aquel cambio inesperado de tema pareció pillar a Guðni por sorpresa.

– ¿Qué tiene que ver eso con este caso? -preguntó, pero Þóra optó por no responder-. Me da la sensación de que has ido demasiado lejos en busca de explicaciones si ahora pretendes meterte en ese asunto -se volvió a echar hacia atrás y cruzó los brazos sobre el pecho-. ¿No estarás ocultándonos información?

– No, en absoluto -respondió Þóra-. Solo que he oído hablar de ello dos veces a lo largo de mis conversaciones con diversas personas, y me gustaría saber algo más, aunque solo sea para excluir que pueda existir alguna conexión.

– Comprendo -dijo Guðni-. No es ningún secreto, pero creía que todo el mundo había olvidado ese asunto. Me sorprende que la gente hable de ello después de todos estos años -separó los brazos y se puso a hacer sonar las articulaciones de los dedos, una después de otra-. Eso no se consideraría nada especial ahora, en comparación con todos esos casos de tráfico de drogas. Apareció una gran cantidad de licor aquí en Heimaey, y las pistas condujeron a dos casas. Cuando se produjo la erupción, la investigación iba bien encarrilada. Dadas las circunstancias, el caso fue sobreseído.

– ¿Quiénes estaban implicados? -preguntó Þóra-. Sé que uno era Kjartan, el de la oficina del puerto, pero ¿quién era el otro?

Guðni hizo un ruido especialmente fuerte en el pulgar.

– No le conoces.

Þóra mencionó el único nombre que se le ocurrió, aparte del de Paddi «Garfio», pues Guðni difícilmente podía referirse a él.

– ¿No sería Daði «Malacara»?

Guðni no pudo ocultar su asombro. Sin duda, Þóra había dado en el blanco.

– No pienso hablar contigo de nadie que no sea tu representado -respondió-. Pero puedo informarte de que ninguno de los dos siguió siendo sospechoso, pues un tercer hombre se presentó ante nosotros y lo confesó todo la mañana anterior a la erupción. Se salvó solo con el susto, porque como ya te he dicho la investigación no llegó a cerrarse.

Þóra enarcó las cejas. ¿Quién podría ser?

– ¿No sería Magnús? -preguntó, y nuevamente se dio cuenta de que había atinado en sus suposiciones.

– Te recomiendo que se lo preguntes a él -dijo Guðni con ironía-. Si no hay nada más, lo que queda es solamente preguntar si encontrasteis en el sótano alguna otra cosa que queráis entregar ahora. Lo enviaré a Reikiavik a la primera oportunidad.

– No -respondió Þóra con un tono gélido en la voz-. Nada -sonrió a Guðni mientras pensaba en las demás cosas que Bella y ella habían conseguido sacar del sótano: unos libros viejos de poesía encuadernados en piel, una brújula prehistórica de cobre y unas monedas de oro que no parecían estar acuñadas en ningún país en particular. Antes de entregar aquellos objetos, quería comprobar si eran capaces de conjurar alguna reacción coherente de Magnús, el padre de Markús. Los hilos empezaban a unirse siniestramente sobre el anciano rey de las pesquerías.

– Adolf, lo único que podría justificar tu existencia en este mundo es que empieces a respirar CO2 en lugar de oxígeno -la furia no se ocultaba en el semblante de la mujer, aunque dominaba la tristeza-. Sabes cuál es la opinión que tengo de ti, y no va a cambiar, de modo que más vale que no perdamos más tiempo haciendo teatro.

Adolf miró a la madre de su hija sin responder. Le daban ganas de soltarle algo fuerte, algo que la dejara bien chafada, pero no se le vino nada a la cabeza. Podría decirle que era un rollo y aconsejarle que pasara más tiempo delante del espejo, pero aquello le pareció demasiado suave. Algunas veces, lo mejor era no decir nada y dejar que lo dijera todo el gesto de desprecio, que se le daba bastante bien. Ni siquiera tenía que esforzarse en construirlo, parecía salir por sí mismo en cuanto ella empezaba a hablar. No habría debido abrir al ver que era ella quien llamaba a la puerta. Él no tenía coche, así que habría podido fingir que había salido y no estaba en casa. Adolf no aguantaba a aquella mujer, no soportaba que las pocas veces que hablaban intentara ineludiblemente hacer que se sintiera culpable. Si hubiera tenido la más mínima sospecha de lo que iba a pasar después de su brevísima relación de años atrás, se habría quedado en casa la noche en que se conocieron. Recordaba vagamente el nacimiento de Tinna y que el sexo con su madre no fue nada del otro mundo. Había tenido mejor sexo con tías medio inconscientes de tanto beber.

– ¡Ni siquiera me estás escuchando! -exclamó la mujer mirándole con un gesto de desprecio-. Estoy intentando comprobar si estás dispuesto a hablar con el psiquiatra de Tinna. Él quiere hablar contigo pero tú no contestas a sus llamadas. No tienes que hacerlo por mí, si eso es lo que te molesta.

– ¿Qué demonios voy a decirle? Si a Tinna le pasa alguna tontería, será culpa tuya. Tú la criaste -Adolf se encogió de hombros para dejar bien claro lo poco que le afectaba todo aquello-. ¿Y a qué idiota se le ocurrió la brillante idea de mandarla al psiquiatra? No le pasa nada que no pueda arreglarse con una buena comida. Tú deberías darle de comer, seguramente no te vendría mal aprender a cocinar mejor. No me extrañaría lo más mínimo que ella no quiera comer la bazofia que guisas -Adolf no tenía ni la menor idea de cuáles eran sus cualidades culinarias.

– Siempre he sabido que eras muy corto, pero no me había dado cuenta de que eres un cretino integral -dijo la joven, con las mejillas enrojecidas. Tenía el puño cerrado-. ¿Es que nunca has oído hablar de esa enfermedad? ¿Ni siquiera has tenido unos minutos para entrar en Internet y leer algo sobre lo que está arrastrando a tu hija a la muerte?

– Eso son estupideces -dijo Adolf, que sintió que su voz se había hecho más grave, como le pasaba siempre que se enfadaba de verdad-. Todo el mundo sabe que en Internet te quieren hacer creer que todos los niños están mal de la cabeza. Hay artículos sobre problemas de atención, sobre hiperactividad y a saber qué más, todo para que los especialistas puedan dedicarse a amasar dinero. Tinna está flaca y no come suficiente. A lo mejor es que la dejas ver demasiado la televisión y los pases de modelos.

La mujer dejó escapar un hondo suspiro.

– ¿Querrás hablar con ese hombre por el bien de tu hija o no? -se levantó del sillón y miró a su alrededor. Su gesto de desprecio superó al de Adolf-. Me permito dudar que vaya a servir de nada, y me importa un pito lo que hagas. Al menos podré ir al médico con la conciencia limpia y decirle que te he intentado convencer.

– ¿Qué se piensa que le voy a decir? -preguntó Adolf, frustrado por la ventaja que parecía llevarle la mujer. Hacía mucho tiempo que no recibía a nadie en su casa, aunque no le había dado mucha importancia. Sus amigos iban dejándose ver cada vez menos según se iba acercando el juicio. No querían que les pusieran la etiqueta de violadores. A Adolf le daba totalmente igual, aunque les comprendía. Él haría exactamente lo mismo en su lugar-. ¿Quieres un café? Tengo, si quieres.

Ella le miró extrañada.

– No. No, gracias -se echó el bolso al hombro y desplazó el peso de su delgado cuerpo a la otra pierna-. ¿Vas a hablar con él? -repitió.

Adolf se encogió de hombros, apartó la mirada de la mujer y la fijó en la mesita del tresillo.

– Si supiera de qué quiere hablar, entonces estaría dispuesto a hacerlo. Pero no acabo de comprender para qué va a servir.

– No tengo ni idea de lo que quiere hablar contigo -dijo la mujer; el cansancio se percibía claramente en su voz-. Si lo que te preocupa es que se ponga a psicoanalizarte, puedes estar tranquilo. Que yo sepa, lo único que está intentando hacer es completar la anamnesis.

– ¿La qué? -preguntó Adolf, que no comprendió el término. De pronto le vinieron deseos de ceder y decir que sí…, que se pondría en contacto con el médico ese. Pero no quería. No entendía para qué podía servir aquello y le desagradaban los psiquiatras, los psicólogos y toda esa panda. Esos especialistas le sacaban de quicio sin motivo alguno, y se sentía mal en su presencia.

Ella le miró, evidentemente con muchas ganas de marcharse. Adolf se dio cuenta enseguida de sus intenciones, quería que él dijese que no y que no fuera. Así podría seguir haciéndose la víctima, la pobrecita madre soltera con una hija enferma que no encontraba apoyo ni comprensión en aquel padre irresponsable. La mujer carraspeó incómoda, como si se hubiera dado cuenta de que él había conseguido adivinar sus verdaderas intenciones. O a lo mejor lo que veía en los ojos de ella no era sino cansancio y rendición inminente.

– La anamnesis, una historia de la salud de Tinna, cómo era antes de caer en las garras de la enfermedad. Por si te sirve, yo he hablado con ese hombre más de una vez y es de lo más normal; hablar con él no resulta nada desagradable. Creen que Tinna está más enferma de lo que pensaban al principio…, que en el fondo tiene una enfermedad mental más seria -miró a Adolf por un momento y cerró la cremallera de su chaquetón barato, que no le sentaba demasiado bien-. Médicos como él te podrían responder tus preguntas sobre la anorexia y las demás enfermedades, si tienes algo que preguntar. Te puede ser de gran ayuda.

Adolf asintió mientras reflexionaba sobre la mejor forma de responder. No creía en absoluto en la anorexia, y mucho menos en esas otras enfermedades nuevas. Miró a la madre de su hija, que estaba tan delgada y con el rostro tan consumido que parecía mucho mayor de lo que era. Nadie decía que ella estuviera enferma. Tinna, sencillamente, había heredado la complexión de su madre, y encima era de lo más impresionable. En la prensa salían muchos artículos sobre el influjo de la delgadez de muchas modelos y actrices sobre las niñas, y Tinna estaba bajo la influencia de esas imágenes. Cuando creciera se daría cuenta de lo que pasaba y todo se arreglaría.

– Yo no tengo nada que preguntar sobre esa enfermedad -dijo. No pensaba decir «enfermedad» de ninguna de las maneras, pero lo hizo.

– Está enferma -dijo la mujer, abatida-. Eres un imbécil, Adolf. Un imbécil de marca mayor, por si no lo sabes.

Aquello le puso furioso. Esa mujer, siempre igual. Para ella nada era nunca lo bastante bueno, nada le parecía bien, todo la molestaba. Él era un imbécil y ella un ángel con forma humana.

– A lo mejor eres tú la imbécil por dejar a mi hija en manos de los médicos sin ningún motivo. La imbécil eres tú, no yo.

Ella se quedó mirándole durante un buen rato. Por un instante, Adolf creyó que la joven se iba a echar a llorar, pero en vez de eso sacudió la cabeza en una especie de gesto de rendición y le hizo un débil saludo de despedida con la mano.

– Me voy -se dio media vuelta y se marchó sin volverse a mirarle.

Adolf se levantó y la siguió. La última palabra la había pronunciado él, y sin embargo no se sentía vencedor. Eso era intolerable, necesitaba todas las pequeñas victorias posibles hasta el juicio si quería aguantarlo sin derrumbarse.

– ¿Así que reconoces que eres una imbécil? -le dijo a la mujer, que en ese momento se acercaba tranquilamente a la puerta de la calle. Adolf habría preferido que caminara más deprisa, eso demostraría su superioridad sobre ella.

Ella se detuvo en seco, pero no se volvió. Su voz era fría.

– Adolf -dijo-, tu hija está en estos momentos en una planta cerrada y vigilada después de hacerse daño ella misma de tal forma que no se puede estar tranquilo si se la deja sola. Si pudieras hablar con el médico, sería estupendo; si no, pues vale. Se llama Ferdinand. A lo mejor tú puedes decirle quién es esa Alda de la que Tinna no para de hablar. Yo no conozco a nadie que se llame así, e imagino que será una de tus amigas.

– ¿Qué sabe ella de Alda? -preguntó Adolf, sin reconocer su propia voz-. No tiene por qué saber nada de Alda.

– Yo no tengo la menor idea de quién es esa mujer -respondió cansinamente la madre de su hija-. De modo que si Tinna la conoce, tiene que ser por ti. La tiene fija en la cabeza y no para de decir que ella sabe quién estuvo en su casa -luego se volvió y le miró-. Supongo que se referirá a ti, pero está con tanta medicación que no consigo entenderla -la mujer se volvió y cogió el pomo de la puerta de la calle.

Adolf respiró hondo. Intentó asegurarse a sí mismo que no tenía por qué preocuparse, y que por lo menos podría hablar con la niña para que dejara de mencionar a Alda. Le diría que eso podía ser muy malo para él, y que a fin de cuentas él era su padre. La niña lo comprendería. Ahora tendría que pensar en otra cosa.

– ¿Qué le pasó a Tinna? -preguntó. Había sucedido algo realmente malo. Lo percibió mientras miraba fijamente la espalda de la joven.

Los hombros de la mujer descendieron, pero no se dio la vuelta.

– Pillaron a Tinna cuando se estaba cortando.

Adolf no comprendió.

– ¿Cortándose? ¿Quería suicidarse?

– No -respondió la mujer, negándose a oír aquellas palabras-. Iba a comerse su propia carne. Las calorías que tenía ya las había consumido, de modo que no contaban -el nudo que se le había hecho en la garganta le dificultaba el habla-. A diferencia de la carne que viene de fuera.

La mujer volvió a cobrar ánimos y se irguió. Abrió la puerta exterior, salió y cerró. Allí se quedó Adolf boquiabierto y sin saber si echar a correr detrás de ella. Evidentemente, Tinna estaba más enferma de lo que él había pensado. Se maldijo a sí mismo por no haber preguntado siquiera cómo se llamaba la enfermedad que tenía, además de la anorexia. Se dio cuenta de quién era el imbécil esta vez.

Capítulo 31

Domingo, 22 de julio de 2007

Þora se despidió y cerró el teléfono.

– ¿Y qué? -preguntó Bella con curiosidad.

– No sé si dice la verdad o si sigue ocultándome algo -dijo Þóra enfadada-. Claro que también es posible que esté mintiéndome directamente -había conseguido hacerse con el teléfono de Kjartan en la oficina del puerto y le había llamado con la esperanza de obtener algo más de información sobre el caso del contrabando de alcohol y averiguar si disponía de información sobre el charco de sangre-. Después de mucho insistirle, reconoció que sospecharon de él en el caso del contrabando de alcohol, y tengo la firme impresión de que fue él quien lo contó todo, aunque eso no lo ha reconocido.

– ¿Y el Daði «Malacara» ese? -preguntó Bella-. ¿Te dijo Kjartan si también le habían acusado a él?

– Sí, y además todo el mundo lo sabía -dijo Þóra mirando fijamente su móvil en espera de inspiración-. Según Kjartan, Daði era el jefe de la banda dedicada al contrabando, que al parecer llevaba bastante tiempo actuando. Daði estaba en contacto con marineros de un barco de carga que solía venir aquí desde el extranjero. Echaban el alcohol por la borda y lo ataban al lado del timón. Luego, Daði iba a buscarlo en una barca. Cuando empezó la guerra del bacalao, se hizo algo más difícil, pues había vigilancia permanente. Por eso se descubrió, según Kjartan. Seguramente vieron a Daði recoger un fardo y marcharse con una carga desconocida. Parece que no pillaron a Daði con el alcohol, aunque, de un modo u otro, a la policía de las islas le llegó información sobre el misterioso paseo, y la investigación de Guðni permitió descubrirlo todo.

– ¿Qué papel se supone que tuvo Kjartan en este caso? -preguntó Bella.

– Como te he dicho, negó tener la menor relación con este asunto pero, de todos modos, me dijo que habían sospechado de él -respondió Þóra-. La policía pensaba que él llevaba a tierra firme el alcohol que no se vendía en la isla. Por entonces trabajaba en un barco de cabotaje de propiedad estatal.

– Es una forma muy lógica de repartirse el trabajo -dijo Bella, moviendo la cabeza con admiración.

Þóra no se dio por enterada.

– Dijo que el caso se desinfló porque la erupción frenó la investigación a medio camino, y porque esta tomó un rumbo muy inesperado cuando Magnús se presentó en la comisaría y lo confesó todo.

– A lo mejor es que era culpable -dijo Bella-. No quiso que sus amigos inocentes pagaran el pato.

– Kjartan dijo que era totalmente imposible que Magnús hubiera tenido parte alguna en el contrabando -dijo Þóra-. Y en eso le creo, porque estoy segura de que él sí estaba involucrado. Dijo que se quedó pasmado cuando empezó a circular esa versión de los hechos, pero que él no había podido hablar del asunto con Magnús ni preguntarle por qué había querido cargar con las culpas porque la erupción empezó justo la noche siguiente. Cuando volvieron a verse en el transcurso de las labores de salvamento, poco después, nadie quería hablar del asunto, porque todos confiaban en que se acabaría olvidando, como efectivamente sucedió.

– Pero ¿no estaría Magnús realmente metido en el jaleo? -preguntó Bella estirándose-. En primer lugar, nadie hace esas cosas por sus amigos, aunque alguien diga lo contrario. Además, andaba rondando por el puerto con Daði «Malacara» a media noche, lo que a lo mejor tiene que ver con el contrabando.

– Si hacemos caso a Kjartan, eso está descartado -respondió Þóra-. Magnús andaba con muchas cosas entre manos, dedicándose a poner en marcha su empresa, y no habría tenido tiempo ni ganas de complicarse la vida de semejante forma.

– ¿Y qué dijo Kjartan de la sangre?

– Prácticamente nada -respondió Þóra-. Afirmó haber oído la historia de los paseos de Daði y Magnús esa noche, pero dijo que no tenía ni la menor idea de a qué se debía la mancha de sangre. No veía ninguna relación con el yate -Þóra suspiró-. Tengo que sacarle algo a Magnús.

– ¿Crees en serio que te dirá algo?

– No lo sé -respondió Þóra-, pero está claro que él es uno de los pocos que siguen vivos y conocen lo que sucedió, aunque naturalmente es imposible saber lo que permanece aún en su memoria.

– Si yo hubiera asesinado a cuatro personas, olvidaría cualquier cosa antes que eso -dijo Bella-. Olvidaría todo lo referente al trabajo, todo lo relacionado con la oficina, pero eso no.

Þóra sonrió.

– Ojalá tengas razón -dijo cruzando los dedos-. Pronto lo comprobaremos.

Magnús miró fijamente con sus ojos empañados la brújula que Þóra acababa de darle. Los viejos libros estaban en un montoncito en la mesa que tenía a su lado, pero no mostró ningún interés por ellos. Las manos, de venas prominentes, reposaban sobre los brazos del sillón y los agarraban con fuerza.

– ¿Por qué? -preguntó de pronto. No había apartado la vista de la brújula, de modo que no estaba claro quién debía responder la pregunta.

Þóra miró de reojo a María, que se limitó a encogerse de hombros. Þóra puso su mano sobre la grisácea mano del anciano y se sobresaltó al notar lo fría y huesuda que estaba.

– ¿Te alegras de recuperar tu brújula? La encontré en el sótano.

De pronto, el anciano levantó los ojos y miró a Þóra.

– ¿Por qué?

Þóra no supo qué responder.

– Creo que lamentabas haberla dejado en la casa cuando la erupción -dijo, procurando que sus miradas no se cruzaran-. ¿No te parece bien?

El anciano dirigió de nuevo los ojos a su regazo y sacudió la cabeza de una forma que daba pena ver.

– Estás vieja, Sigríður-dijo entonces, sacudiendo la cabeza-. No eras más que una niña.

– ¿Igual que Alda? -preguntó Þóra. Dudada que la tal Sigríður importase mucho, desde que Leifur le dijo que su padre la confundía a ella con su hermana.

– Pobre Alda -dijo Magnús, que volvió a sacudir la cabeza-. Horrible.

– ¿Qué era horrible? -preguntó Þóra-. No recuerdo lo que era -en el instante en que pronunció la última palabra se dio cuenta de que había cometido un error: el hombre la miró, entornó los ojos y pareció ensombrecerse.

María llegó inmediatamente al rescate.

– ¿Tienes frío, Maggi? -preguntó cariñosa, y el anciano se relajó-. Voy a ponerte bien la manta -dijo luego, y se puso en pie para extender la manta sobre sus piernas-. Así -dijo, dándole una palmadita en la rodilla-. Sé bueno con Þóra. Está ayudando a Markús, tu hijo.

– Markús quiere a Alda -dijo el hombre, asintiendo a la vez con la cabeza, con un gesto de alegría-. Es una buena chica -el gesto se hizo más frío-. Qué pena.

– ¿Qué pena? -se le escapó a Þóra. Añadió, mucho más tranquila-: ¿Qué le pasó? ¿Se hizo daño?

– Qué pena -dijo el anciano-. Un sacrificio -miró la brújula, rígido-. Horrible. Llévate eso.

Þóra tuvo que reprimirse para no agarrarle por los hombros y agitarlo mientras le quitaba la brújula del regazo. Maldita sea, él sabía lo que ella necesitaba conocer. Intentó recordar si se podía hipnotizar a los enfermos de Alzheimer.

– Alda está muerta, Magnús -dijo por fin-. Para poder ayudar a Markús tengo que saber lo que le sucedió.

– Markús -dijo el anciano, mirando por la ventana-. Markús quiere a Alda -dejó caer la cabeza.

– Lo sé -dijo Þóra, cogiendo el hinchado monedero que había encontrado Bella, lleno de monedas que parecían de oro-. Mira lo que tengo -dijo, enseñándole el monedero-. El hombre intentó mirar a otro sitio, evidentemente no quería ver lo que Þóra tenía en las manos. Ella lo abrió y le mostró el contenido-. Es oro, Magnús -dijo-. Monedas de oro -inesperadamente, el anciano dio un manotazo al monedero, quitándoselo a Þóra de las manos, y las monedas salieron volando por todas partes. Algunas cayeron en el regazo del anciano y fue como si hubieran sido ardientes ascuas de lava. El hombre se revolvió, haciendo ruidos e intentando quitarse las monedas de encima.

María se levantó de un salto e hizo lo posible por tranquilizarle. Entre las dos consiguieron retirar las monedas. Solo entonces Magnús se calmó un poco.

– Sangre -dijo-. Dinero de sangre.

– ¿Sangre? -dijo Þóra, que sabía que su tiempo se estaba agotando-. ¿Murió alguien, Magnús? ¿Murieron cuatro hombres?

Magnús dejó de revolverse y la miró; su aspecto era horrible.

– Hombres malos, Sigríður. Hombres malos -dijo de nuevo, intentando levantarse-. El halcón es un pájaro bonito -dijo entonces-. El cuco no -el gesto del anciano se calmó un poco mientras parecía que le invadía el cansancio-. Las crías no son de su propio huevo -dijo luego-. Otros pájaros. Acuérdate.

Þóra dijo que lo recordaría. Primero un halcón y ahora había también un cuco. Estupendo. Al menos, quedaba claro que Magnús estaba relacionado de algún modo con aquellos antiguos crímenes. Un paso adelante. Dos atrás.

Capítulo 32

Lunes, 23 de julio de 2007

El tiempo pasaba más deprisa de lo que Þóra habría deseado. Como de costumbre, le preocupaba no conseguir llegar a casa con tiempo suficiente para preparar la cena, y además tenía la sensación de que con cada minuto que pasaba aumentaban las probabilidades de que la policía solicitara una prórroga de la prisión provisional de Markús. Estaba sentada en el despacho del bufete esperando una llamada telefónica de Stefán, el comisario, para que le comunicara su decisión para el día siguiente. En todo caso, aquella conversación tendría que haberse producido hacía bastante rato. Þóra confiaba en que la decisión se hubiera demorado porque la policía estuviera dedicada a hacer encajar todo lo que había salido a la luz desde que encerraron a Markús, y que indicaba que eran otros, y no él, los culpables. Naturalmente, podía tratarse justamente de lo contrario. La policía no la había llamado porque estaban ocupados en rebuscar cualquier cosa que pudiera ser perjudicial para Markús. La incertidumbre era insoportable, y Þóra tenía problemas para encontrar algo que hacer. No quería aprovechar el tiempo para realizar llamadas por miedo a que Stefán intentara ponerse en contacto con ella justo en ese momento y no quisiera intentarlo otra vez. Eso era una auténtica tontería, pero Þóra no quería usar su teléfono de todos modos. Así que estaba en ascuas delante del ordenador. No olvidaba que tenía un montón de cosas que hacer, pero no podía concentrarse en ninguna de ellas. Así pasaron los minutos. Para empeorar aún más las cosas, no había podido aprovechar el tiempo a bordo del Herjólfur, en la travesía desde Heimaey. Había perdido la cobertura del móvil a las pocas millas y no volvió a tener hasta la entrada misma del puerto de Þorlákshöfn. Por eso no había conseguido seguir buscando a alguien que pudiera explicar cualquiera de los muchos cabos sueltos de aquel caso. En cambio, no había tenido más remedio que escuchar a Bella hablar de las oportunidades que se le habían presentado la noche anterior. Si Þóra no hubiese sabido que Matthew se pondría enseguida de camino al país, se habría tirado por la borda, avergonzada de que Bella tuviera una relación con el otro sexo mucho más divertida que la suya.

Las conocidas notas iniciales del Cumpleaños feliz sonaron en su teléfono móvil, y Þóra se apresuró a responder. Su hija Sóley había cambiado el timbre el día del cumpleaños de Þóra. Aunque le resultaba un tanto ridículo, no se atrevió a cambiarlo porque Sóley estaba encantada con él. Þóra no conocía el número de móvil desde el que hacían la llamada, y cruzó los dedos, al tiempo que respondía, con la esperanza de que fuera Stefán, por fin. Pero quien llamaba era el hijo de Markús, por si había noticias. Þóra le explicó brevemente la situación y le prometió llamarle en cuanto se enterase de algo. El chico parecía muy intranquilo, y farfulló algo así como que seguramente su padre seguiría en prisión. Þóra repitió que le llamaría más tarde, y se sintió un poco culpable por haber tenido que ser tan dura con el pobre chiquillo. Estaba pasando unos días muy difíciles, desde luego, y Þóra confiaba, por su bien, en que cuando marcara su número fuera para darle buenas noticias.

Þóra entró en Internet para comprobar si había salido algo en las noticias de la Red. Nunca se sabía si las noticias iban a llegar a los periódicos antes que a ella. No era así. La única noticia nueva que encontró sobre el caso comentaba brevemente que aún no estaba claro si se iba a solicitar la prórroga de la prisión provisional de Markús Magnusson, que concluía al día siguiente. Þóra se rindió y decidió telefonear a Stefán para poder concentrarse en alguna otra cosa que no fuera seguir esperando exasperada a que él decidiera llamarla.

– Pensamos solicitar dos semanas más de prisión provisional por complicidad en el asesinato de los hombres del sótano -respondió secamente Stefán-. La vista es mañana a las dos.

Þóra suspiró en silencio con desesperación, pero no dejó traslucir nada, sino que preguntó:

– ¿Entonces ya no es sospechoso de la muerte de Alda? -claro que no era más que un avance mínimo.

– No, pensamos que Markús no participó en eso, en vista de la declaración del agente inmobiliario y de las pruebas que la apoyan, aparte de alguna otra información que nos ha llegado recientemente.

La forma de hablar de Stefán parecía indicar que no estaba de acuerdo con esa conclusión. Él seguía tan convencido como antes de la culpabilidad de Markús, pero seguramente el abogado de la policía les habría explicado que no tenían posibilidades de confirmar las sospechas. Þóra tenía claro que la nueva información de la que hablaba Stefán procedía de Dís, la cirujana plástica. Bragi, el socio de Þóra en el bufete, le contó que se había reunido con Dís y que después habían ido a un lugar donde la doctora habría proporcionado a la policía una información de importancia para la investigación.

– ¿De qué va esa información?

– Como Markús ya no es sospechoso en el caso de Alda, a ti no te afecta -dijo Stefán-. Ahora solamente es sospechoso de complicidad en el caso de los cadáveres encontrados en Heimaey.

– ¡No pensaréis ignorar lo que conseguí descubrir sobre los hombres del sótano! -dijo Þóra con frialdad.

– No nos parece que eso cambié mucho el caso -dijo Stefán-. Ya nos había informado Guðni de algunos de esos particulares, entre otros del charco de sangre. Pero que el padre de Markús hubiera andado por allí no excluye en absoluto que él participara también.

– No comprendo la argumentación -dijo Þóra, que empezaba a ponerse de mal humor-. No hay nada que apunte a que Markús no está diciendo la verdad sobre la cabeza de la caja, y lo poco que se ha averiguado hasta ahora señala a otras personas, no a él.

– Ese hombre está implicado en el caso, te guste o no -repuso Stefán.

– ¿Sabéis quiénes eran esos hombres? Aunque a lo mejor a ti no te importa, mi representado desea que se aclare el caso.

– Sí -dijo Stefán sin parecer afectado por las palabras de Þóra-. Se trata de la tripulación de un barco desaparecido en la costa de Islandia en enero de 1973. Enviamos a Inglaterra fotografías de las dentaduras y ya los han identificado a todos.

– ¿Cómo? -exclamó Þóra. Recordó lo que había leído sobre dos naufragios en Nuestro Siglo: en uno se trataba de islandeses y nacidos en las islas Feroe, y en otro de cuatro ingleses, aunque solo habían encontrado a uno de los miembros de la tripulación. Había descartado aquellos accidentes porque no parecían encajar-. ¿De qué barco se trataba y cuándo se hundió? -preguntó.

– No creo que haga ningún daño contártelo -dijo Stefán, y se le oyó trastear con papeles-. Era un yate llamado Cuckoo que fue visto por última vez el 18 de enero cerca de la costa sur.

Þóra recordó el nombre.

– Leí una noticia antigua sobre él -dijo-. Decía que solo había llegado a tierra el cadáver de uno de los cuatro miembros de la tripulación, junto con parte del pecio. Si los cadáveres del sótano eran los miembros de la tripulación, surge la pregunta de a quién pertenece el cuarto cadáver, ¿no? -¿sería posible que, a fin de cuentas, no existiera relación alguna entre los tres cadáveres y la cabeza de la caja?

– No, no hay ninguna duda de quién es el cuarto hombre del sótano -dijo Stefán-. A tierra llegaron unos restos humanos -añadió-. Se trataba solamente del tronco. Faltaba la cabeza, y se supuso que se habría separado del cuerpo por la acción del mar. El cuerpo estaba realmente en muy mal estado y faltaban más cosas, un brazo y lo otro que apareció con la cabeza -carraspeó-. Es decir, metido en la boca.

Þóra comprendió a qué parte del cuerpo se refería. Intentó desesperadamente hacerse una idea clara de lo que podrían significar para Markús esas informaciones nuevas. La tripulación había desaparecido antes de la erupción, y entonces él estaba en la isla. En cambio, no podía imaginar que Stefán y sus colegas consiguieran demostrar la existencia de una relación entre Markús y aquellos hombres. Aquel tenía que ser el yate que estuvo una sola noche amarrado en Heimaey, justo cuando Markús estaba en el baile del colegio o en su casa prácticamente en coma etílico.

– ¿Esos hombres tenían alguna relación con el alcohol o el contrabando? -preguntó.

Stefán vaciló por un instante antes de responder.

– Bueno…, en realidad puede decirse que el contrabando sí que es parte de la historia. ¿Qué te han contado sobre eso? -Þóra le contó lo que sabía del caso del alcohol y que sospechaba que podía estar relacionado con los crímenes. Señaló asimismo que había hablado sobre el asunto con Guðni en la isla. Pero a Stefán no le pareció muy significativo-. No, el caso del contrabando de alcohol no tiene nada que ver, en absoluto -dijo entonces-. Esos individuos se dedicaban a robar pájaros y a buscar lugares de anidamiento para la primavera.

– ¿Contrabando de aves? -dijo Þóra-. ¿Halcones, quizá?

– Pues sí, halcones y águilas y quizá otras aves que desconozco -respondió Stefán-. En el extranjero se pueden obtener por ellas cantidades astronómicas. Cuando esos hombres llegaron aquí, seguramente alguien comentó que iban por el país preguntando por lugares de anidamiento. Probablemente pensaban regresar en verano a recoger huevos y pollos. Si no se hubieran ido, está claro que al menos les habrían citado para interrogarles. Se piensa que las cicatrices que tenían en los brazos habían sido causadas por las garras de aves de presa. Debían de llevar muchos años dedicados a eso.

– ¿Sabes si llevaban un halcón o alguna otra ave? -preguntó Þóra, que le contó a Stefán las palabras de Magnús y sus reiteradas referencias a un halcón.

– No, que yo sepa, no -respondió Stefán-. Pero ya sabes que no se puede hacer mucho caso de lo que dicen los enfermos de Alzheimer.

– Claro, pero eso indica a las claras que Magnús está involucrado en el caso -dijo Þóra, enfadada con su objeción-. También mencionó un cuco, y cuco en inglés es precisamente cuckoo. Probablemente hablaba del yate.

– Yo no estaría tan seguro -dijo Stefán-. Naturalmente, hemos tenido en cuenta todas las posibilidades, pero tu hombre no quedará libre por mucho que su padre haya soltado un par de cosas que, en una interpretación muy libre, pudieran tener relación con el caso.

– ¿De modo que no tenéis intención de comprobar qué hay del padre de Markús, o de Daði? Que uno sea anciano y el otro esté muerto no tiene que ser un obstáculo para que la investigación tome un nuevo rumbo.

– Naturalmente estamos considerando todas las posibilidades, como te he dicho -respondió Stefán-. Entre otras cosas, estamos investigando el cuchillo y el mazo de salmones que encontraste en el sótano. Es demasiado pronto para adelantar los resultados del estudio. Por eso no es preciso andarse con alegatos sobre nuestros métodos de trabajo. Por el contrario, no ha aparecido nada que demuestre sin lugar a dudas que tu representado no es cómplice del asunto. Ni hablar. Es el único que se puede demostrar que se ha manchado en el asunto directamente. Por ejemplo, nunca ha negado haber tenido la cabeza en sus manos.

– Es perfectamente conocida la explicación que ha aportado -dijo Þóra enfadada-. Una explicación de la que no se ha apartado en ningún momento, pese a los interrogatorios y el encarcelamiento.

– Quizá porque sabe que no hay nadie que pueda dar otra versión -dijo Stefán-. Y a lo mejor él mismo se encargó de que no lo hubiera.

Þóra consideró conveniente no responder a aquellas insinuaciones sobre la participación de Markús en el asesinato de Alda. Markús tenía coartada, además de que las declaraciones de Dís hubieran apartado los focos de él. Por eso daba igual lo seguro que pudiera estar Stefán de su participación, ningún juez pensaría que Markús la había matado.

– Como es natural, me opondré enérgicamente a vuestra solicitud de prórroga de prisión provisional -dijo, molesta-. Por vuestro bien, espero que mañana tengáis algo que presentar, además de simples opiniones -lo dejó así, para que Stefán no tuviera tiempo de prepararse para sus preguntas.

– Sí, claro, claro -dijo Stefán-. Hazlo, hazlo. Nos veremos entonces, y tan amigos.

Þóra no hizo caso de aquel estúpido comentario y se limitó a despedirse. Se permitió poner voz de enfado y eso hizo que se sintiera mejor. Todo indicaba que esa tarde sería muy distinta a la deliciosa velada televisiva junto a su hija con la que había soñado. Al parecer, no conseguiría quedar libre de aquel caso antes de la llegada de Matthew. Þóra se levantó y empezó a recopilar las actuaciones que tenía que repasar para prepararse. Con suerte podría hacerlo en casa sin que Sóley sufriera una decepción demasiado grande. Dejó de pensar en Sóley y recordó que tenía que llamar a Hjalti, el hijo de Markús. El muchacho respiró aceleradamente después de exclamar «¡No!» cuando Þóra le informó de la decisión de la policía.

– Te recuerdo que aunque la policía dé ese paso, no quiere decir que la decisión vaya a ser a su favor -dijo Þóra.

– Cómo no, claro que lo será -dijo Hjalti; en la voz se podía apreciar una rabia más propia de un niño que de un joven-. Le torturarán para que confiese -añadió.

– No podemos pensar que la policía vaya a hacer semejante cosa -dijo Þóra con tanta tranquilidad como pudo. Había empezado a conocer bien a los niños, pues en su casa los tenía de todas las formas y tamaños. El muchacho tenía que oír a un adulto decirle que todo iría bien. Que su padre quedaría libre enseguida, que estaría con él como siempre, y que le compraría un apartamento en Heimaey, como habían decidido-. Estos casos son tremendamente difíciles hasta que se solucionan, y no es raro que en medio del remolino haya alguien que no merece estar ahí. Es lo que está pasando con tu padre. Si no ha matado a ninguna de esas personas, no le condenarán. Yo me encargo de ello -iba a añadir algo como que siempre se descubría la verdad, pero el muchacho la interrumpió antes de que pudiera decirlo.

– Y si alguien no ha cometido el crimen y se ha limitado a ayudar al asesino, ¿qué pasa entonces? -preguntó el muchacho, hablando con rapidez.

Þóra sabía que ese alguien era el padre del muchacho, que se había dado cuenta de que era posible que su padre tuviese alguna relación con el asesino o los asesinos. No era tan tonto el chico, aunque se hubiera puesto muy nervioso.

– En mi opinión, nada indica que tu padre haya hecho nada que pudiera convertirle en culpable. Puede haber ayudado al asesino sin saberlo, pero eso no es punible -confiaba en que no fuera a preguntarle a qué se refería, pues Þóra no tenía ganas de hablar con el chico de la caja y la cabeza humana.

– Vale -dijo Hjalti, aún con dolor en la voz-. A lo mejor voy mañana a las dos. ¿Está bien?

– No creo que puedas ver a tu padre, si eso es lo que quieres -dijo Þóra-. Pero puedes ir y esperar fuera, si lo prefieres. Luego puedo verte y decirte cómo ha ido todo, si eso te hace sentirte mejor.

El chico dijo que así lo haría, aunque a Þóra no le apetecía nada la idea, y se despidieron.

Sonó el teléfono, era Bella.

– Ya he encontrado el tattoo -dijo-. Creo que lo mejor será que vengas y lo veas tú misma.

La prohibición de fumar, recientemente entrada en vigor, no se aplicaba en aquel salón de tatuajes. Bella exhaló una densa columna de humo en dirección a Þóra. El extraño propietario del salón tenía también un cigarrillo encendido entre los labios, de modo que Þóra optó por no recriminar a Bella y se limitó a entornar los ojos. Se preguntaba qué estaba haciendo allí; a fin de cuentas, Markús estaba ya libre de sospecha en lo relativo al crimen de Alda, y el tatuaje Love Sex no tenía ninguna relación con los cadáveres del sótano. Pero no quería menospreciar la investigación de Bella sobre el origen del tatuaje, e intentó aparentar que era un gran avance.

– ¿De modo que te parece improbable que otras personas se hayan hecho ese tatuaje? -preguntó Þóra.

– Sería una casualidad que te cagas -dijo el hombre sin quitarse el cigarrillo de la comisura de los labios. Dio una calada y dejó salir el humo sin tocarlo. Habida cuenta del éxito de Bella con los hombres en Heimaey, Þóra pensó un instante si habrían estado liados los dos-. Esa chica pidió dos tattoos de la carpeta -levantó un pie hacia una ajada carpeta negra que había en la mesa del sofá, delante de Þóra. La negra bota militar la empujó sobre la mesa.

Þóra sonrió cortésmente y se agachó para coger la carpeta.

– ¿Cómo es que te acuerdas tan bien? -preguntó, mirando a su alrededor. Todas las paredes estaban cubiertas de dibujos y fotografía de tatuajes-. Parece que haces un montón de estas cosas. No creo que puedas acordarte de todas -ciertamente era imaginable que aquel hombre fuera una versión contemporánea de los campesinos de otros tiempos, que, según se decía, reconocían todas las marcas del ganado lanar del país.

– Bueeeno -dijo el hombre, cruzando sus musculosos brazos. Al entrar en el pequeño y destartalado salón de tatuaje, Þóra creyó al principio que, bajo su chaleco de cuero, el hombre llevaba una extraña camiseta multicolor ceñida al cuerpo. Se equivocaba. Los brazos estaban cubiertos de imágenes de colores desde la muñeca hasta el hombro; tigres y plantas de la jungla se agitaban como movidos por el viento cuando tensaba los músculos-. En realidad, me acuerdo de muchos. Sobre todo de los más guapos, pero también de los más puñeteros.

Þóra carraspeó.

– Y ese, ¿a qué grupo pertenece? -preguntó señalando la fotocopia del tatuaje Love Sex que Bella había tomado prestada.

El hombre miró a Þóra con desprecio.

– Eso es una pasada, tía.

Þóra quería estar a buenas con aquel hombre, de modo que prefirió no malgastar palabras para corregir su expresión: ella no era su tía.

– ¿Y te acuerdas aunque hayan pasado seis meses desde que lo grabaste? -preguntó, sin saber con seguridad el verbo que se utilizaba para los tatuajes-. No veo ninguna foto de ese tatuaje en las paredes -añadió finalmente, aunque fuera imposible excluir que hubiera una foto de ese tatuaje concreto metida en algún sitio.

– Yo no me dedico a colgar esas cosas en las paredes, igual que no lo hago con los cientos de maripositas que se han ido poniendo las chicas en todos estos años -dijo el hombre, encogiendo los labios en una expresión de asco por las mariposas y otras gilipolleces semejantes-. Si tuviera que decir qué me parece más pasado, si las maripositas o esa barbaridad, te diría que el tattoo de Love Sex. Es lo más fuerte que he hecho nunca. Esa chica está majara, no tiene nada en el coco.

Þóra sonrió para sí, pues ella se había hecho el mismo juicio sobre él un poco antes.

– ¿Te explicó por qué se lo quería poner, lo que significaba?

– No -dijo el hombre-. Tampoco se lo pregunté. Intenté quitarle esa idea de la cabeza, pero ella no me hizo ni puto caso. Y eso que perdí el tiempo enseñándole otras estampas mucho más guapas, pero fue como echarle maripositas a un cerdo.

Þóra estuvo a punto de explicarle que lo que no hay que echar a los cerdos son margaritas, no maripositas, pero se contuvo.

– ¿Vino por aquí una mujer llamada Alda Þorgeirsdóttir a pedirte la misma información? -preguntó en vez de corregirle-. Era enfermera.

El hombre asintió con la cabeza.

– Como ya le dije a esta… -señaló a Bella-, es fuerte que varias personas quieran hablar conmigo de esa barbaridad. No ha habido las mismas reacciones que por los tattoos de los que estoy realmente orgulloso. Si queréis que os lo haga a vosotras, la respuesta es no.

– ¿Alda también quería hacerse el mismo tatuaje? -preguntó Þóra, muy extrañada.

– No -respondió el hombre con una sonrisa. Se vio un destello en sus grandes dientes, amarillentos por el tabaco-. La otra tía quería saber si el tattoo se había hecho aquí y en cuanto le dije que sí se empeñó en saber cuándo.

– ¿Y pudiste proporcionarle esa información? -preguntó Þóra.

– Sí, claro -respondió el hombre-. Tengo un fichero con esas cosas, así que lo miré. La tía estaba tan interesada que no pude decirle que no. Me contó que estaba haciendo una investigación para el servicio de urgencias, y que este asunto tenía su importancia -el hombre apagó el cigarrillo, que estaba quemado ya hasta el filtro-. Añadió que la investigación esa no tenía nada que ver conmigo ni con mi trabajo, aunque era lo lógico, pues yo tengo mucho cuidado con todo lo de la higiene.

– Te creo -dijo Þóra, prefiriendo no mirar las manchas que adornaban el chaleco de cuero negro-. ¿Hace mucho tiempo que llamó?

– No, no tanto -respondió el hombre-. Unas pocas semanas, quizá dos meses, como mucho. Dijo que antes había estado buscando el origen del tattoo por otros sitios porque no sabía de la existencia de mi estudio; es que no salgo en las páginas amarillas. Hacía poco que le había hablado de mí un chico que quería que le quitasen un tattoo que le había hecho yo -volvió a encoger la nariz-. Menudo idiota.

– Tal vez puedas darnos también a nosotras esa misma información -sugirió Þóra-. Tampoco nosotras la utilizaremos en contra tuya.

– Dejadme mirar un momento cuándo se hizo el tattoo -dijo el hombre con una sonrisa-. Por lo demás, a mí me es igual. Bueno, si lo encuentro rápido; acabo de cerrar y me gustaría irme a casa.

Lo mismo podía decirse de Þóra.

Capítulo 33

Lunes, 23 de julio de 2007

Sóley se había quedado dormida en el regazo de su madre. Þóra acarició el pelo de su hija mientras cogía el mando a distancia y apagaba el televisor. El programa que había dormido a la pequeña iba encaminando también a Þóra hacia el mundo de los sueños. Bostezó, colocó un cojín debajo de la cabeza de la niña y la arropó. Sóley murmuró algo, pero no se despertó. Þóra cogió los documentos que se había llevado de la oficina. Después de volver del salón de tatuajes, Þóra preparó a toda prisa algo para la cena: puso agua a hervir y echó pasta precocinada. Su hijo Gylfi desapareció después de la cena, se fue a casa de la madre de su hijo, donde pensaba pasar el resto de la tarde con ella y Orri. Þóra y Sóley se quedaron solas. Se instalaron en el sofá cuando Sóley terminó sus deberes, pero los programas de la televisión eran tan interesantes que la niña se durmió en la primera parte de la velada.

Þóra se instaló en un sillón al lado del sofá y miró la primera página, en la que figuraba el nombre de la chica que había echado a perder las artes del tatuador: Halldóra Dögg Einarsdóttir, 26 de febrero de 2007. Ese era el día en que fue allí la muchacha para hacerse el tatuaje, según el dueño del salón. Aquello no le decía nada a Þóra, de modo que buscó a la chica en el censo. Había nacido en 1982, así que tenía veinticinco años de edad cuando fue al salón. Su nombre le resultaba familiar, por lo que Þóra la buscó en Internet, pero no encontró nada.

– ¿Qué interés podía tener Alda por aquella chica?

Þóra imaginó que sería por el tatuaje en sí. Bien podría tratarse de algo de su trabajo en la clínica de estética, o motivos personales que Þóra fue incapaz de adivinar, por mucho que lo intentó. Tampoco se imaginaba la relación que podía tener aquella chica con el asesinato de Alda, aunque algo le decía que tal conexión existía. Naturalmente, había una vía fácil de averiguarlo, y de saber si la chica y Alda se conocían. A lo mejor resultaba que era ella la persona que Þóra había estado intentando localizar por activa y por pasiva: la persona a la que Alda había confiado el secreto de la caja con la cabeza. Þóra miró su reloj y vio que eran las nueve y media, y que no era demasiado tarde para una llamada telefónica. Buscó el número en la guía telefónica y marcó.

– ¡Diga! -la voz era juvenil, aunque en realidad de una forma un tanto forzada, como si la muchacha intentara parecer una niña.

– Hola. ¿Halldóra Dögg Einarsdóttir? -preguntó Þóra.

– Soy yo -la voz seguía siendo desagradablemente parecida a la de una niña.

Þóra se presentó y preguntó si podía hacerle unas cuantas preguntas, porque su nombre había salido a relucir en un caso relativo a un cliente de ella.

No se oyó nada al otro lado, pero cuando la muchacha volvió a hablar, la voz sonaba mucho más adulta.

– ¿De qué caso se trata? -preguntó; toda la alegría de su voz había desaparecido.

– Un caso criminal -respondió Þóra-. Como te digo, tu nombre ha aparecido en relación con él, y querría tener la ocasión de hacerte unas preguntas que espero puedan explicar tu conexión con la persona asesinada.

– ¿A quién han asesinado? -preguntó la muchacha. El asombro era manifiesto. Y añadió, un poco nerviosa-: Yo no he matado a nadie.

– Perdona si no me he expresado con claridad -dijo Þóra-. Tú no eres sospechosa, y además yo no trabajo para la policía. Sencillamente, estoy intentando excluir que tú tengas cualquier clase de conexión con este caso. Sería totalmente absurdo insinuar que estés involucrada de cualquier modo en un crimen.

– ¿Has dicho que eres abogada? -preguntó la chica, cuya voz sonaba todavía cautelosa-. ¿Trabajas para Adolf? -su voz terminó en un grito.

– No, qué va -dijo Þóra, sin saber si debía decir que conocía el nombre o no. Prefirió no correr riesgos-. El hombre para el que trabajo se llama Markús.

– No conozco a ningún Markús -dijo la muchacha, molesta-. ¿Estás segura de que no trabajas para Adolf?

– Completamente -dijo Þóra. Decidió entrar directamente en el asunto que la había hecho llamar-. ¿Conocías a una mujer llamada Alda Þorgeirsdóttir? -le respondió un largo silencio acompañado de la pesada respiración de la muchacha, y Þóra optó por repetir la pregunta para asegurarse de que la chica la había comprendido bien. La chica tomó aire con tanta fuerza que se la oyó perfectamente inspirar. Luego respondió, y era evidente que la pregunta la había afectado:

– ¿Cómo te atreves a mentirme? Los abogados no pueden mentir.

Þóra no comprendió la retahíla de reproches que siguió a estas palabras.

– ¿No sería más fácil responder simplemente sí o no? -preguntó Þóra-. No te he mentido, si eso es lo que piensas.

– Claro que trabajas para Adolf-soltó la muchacha-. Lo sabía -añadió con tono victorioso-. Te voy a denunciar.

– ¿Denunciarme? -preguntó Þóra, extrañada-. Creo que aquí hay una confusión -no quería que la chica pensara que temía sus amenazas-. Lo único que intento saber es si conocías a Alda Þorgeirsdóttir o si oíste mencionar su nombre alguna vez.

Pasó un breve rato hasta que la muchacha respondió. Þóra supuso que estaría pensando si era mejor decir que sí o que no, o simplemente colgar. Evidentemente, aquel nombre había hecho sonar una campanita.

– Sé quién es -dijo la chica, de pronto al borde de las lágrimas.

– ¿Puedes decirme cuándo o cómo la conociste u oíste hablar de ella? -preguntó Þóra, contenta de haber encontrado por fin una salida para aquella extraña conversación.

– No -respondió la muchacha-. No quiero hablar de eso.

Þóra se quedó atónita. Pero ¿a qué venía eso?

– ¿Tuvo algo que ver con tu tatuaje Love Sex?

Volvió a responderle el silencio. Y la chica colgó el teléfono.

Þóra dejó a un lado el grueso montón de documentos. Estaba ya hasta la coronilla de lo que parecía una enumeración infinita de todos los objetos posibles e imposibles encontrados en las casas excavadas en Heimaey. Aún no había conseguido identificar nada que pudiera tener importancia para el caso de Markús, con la excepción de un gran número de botellas de vidrio rotas encontradas en las casas de Kjartan y Daði, en el garaje del primero y en el trastero del segundo. Þóra imaginó que seguramente habrían estado intentando borrar las huellas del contrabando de alcohol en un momento de nerviosismo, al ver que el cerco de la policía se iba cerrando sobre ellos. La lista no incluía la casa de Markús, pues todavía tenían que vaciarla, pero Þóra no había visto allí botellas ni rotas ni enteras. Eso no significaba nada, las botellas podían haberlas escondido en las partes de la casa que aún no había visto. Pero lo dudaba mucho. Kjartan pareció muy convincente cuando le aseguró que Magnús no estaba involucrado en ese asunto. Sintió una punzada de dolor en los hombros. Tuvo que levantarse y estirarse.

Þóra paseó por el salón moviendo los brazos en arco para activar la circulación sanguínea. Claro que no sabía si aquello funcionaría, pero esperaba que pudiera servir de algo. Lo que es indudable es que era aburridísimo y agotador. Volvió a sentarse y cogió un papel que había en la mesa del sofá. En él había escrito el nombre y el número de teléfono de la abogada del caso de violación de Adolf. El juicio estaba a la vuelta de la esquina, y Þóra había entrado en la página de acceso restringido del Tribunal de Distrito de Reikiavik para buscar el nombre del abogado. Lo había hecho con la esperanza de conocerle para poder averiguar algo sobre la posible relación entre el asesinato de Alda y la violación. Aunque Markús ya no parecía sospechoso del asesinato de su amor de juventud, había algo que le decía a Þóra que ambos casos estaban relacionados. Afortunadamente, reconoció el nombre de la abogada, habían estado en el mismo curso en la Facultad de Derecho. A cambio, estaba resultando muy complicado hablar con ella, porque cada vez que llamaba estaba comunicando. Había empezado a creer que el número no era correcto, pero decidió hacer un último intento antes de que se hiciera demasiado tarde.

Contestó el marido de la abogada, que suspiró pesadamente antes de pronunciar su nombre en voz alta. El golpe que sonó a continuación indicaba a las claras que había dejado el teléfono sin demasiado cuidado.

Al poco Þóra oyó que volvían a coger el teléfono.

– Svala -dijo una voz femenina con cansancio.

– Hola, soy Þóra -respondió-. De la Facultad de Derecho -añadió para mayor precisión.

– Anda, hola -dijo la mujer, ahora con la voz más alegre-. Me alegra saber de ti. ¿Cuánto hace desde que nos vimos por última vez?

– Puf -respondió Þóra intentando, sin éxito, hacer memoria-. Demasiado -intercambiaron algunas historias sobre lo que les había pasado en ese tiempo, y luego Þóra entró en materia-: Lo cierto es que te llamo por otro asunto -dijo Þóra-. Desgraciadamente, nunca hablamos con nadie excepto por asuntos de trabajo. Estoy trabajando en un caso bastante raro y en ese contexto ha salido a relucir el nombre de tu cliente.

– Ah -dijo Svala-. ¿De quién? Porque tengo varios, a decir verdad.

– Adolf Daðason-respondió Þóra-. Aunque la conexión es bastante peculiar, como otras muchas cosas de este caso; se trata, entre otras cosas, de un tatuaje que tiene una joven llamada Halldóra Dögg Einarsdóttir. La llamé hace un rato y se llevó un buen susto; estaba convencida de que yo trabajaba para Adolf.

– ¿Y qué caso es ese en el que estás trabajando? -preguntó Svala, pronunciando muy rápidamente las palabras-. ¿No será el de la enfermera?

Þóra dijo que así era.

– Mi cliente está en prisión provisional por su asesinato, así como por el hallazgo de unos cuerpos en las Vestmann. La enfermera en cuestión parece que estaba interesada en Adolf y en ese tatuaje. Eso me llevó hasta la tal Halldóra Dögg. ¿No tendré la suerte de que puedas explicármelo tú? Estoy en un punto muy difícil del caso y me temo que si no se soluciona las consecuencias serán bastante negativas para mi cliente.

Svala chasqueó la lengua.

– De tatuajes no sé nada -dijo-. Pero sí sé algunas cosas sobre la enfermera y Halldóra Dögg -respiró hondo-. Halldóra acusó a Adolf de violación. Él mantiene su inocencia, y aunque lo cierto es que ya tengo a mis espaldas muchos casos parecidos a este, y todos los acusados aseguran siempre que son inocentes, tengo la sensación de que este hombre dice la verdad. No vayas a pensar que es un angelito, todo lo contrario. Adolf es de lo más desagradable, pero eso no quiere decir que sea un delincuente. Sin embargo lo cierto es que seguramente le condenarán, porque la chica es de lo más convincente. Encima, parece que alguien le hizo tomarse unas píldoras del día siguiente para evitar un embarazo, y ha aparecido un testigo que afirma que las compró para Adolf, y más de una vez. Será difícil que el juez se trague que compró esas pastillas con un objetivo decente. El hombre en cuestión es soltero.

– ¿Y dónde entra Alda en este asunto? -preguntó Þóra-. ¿Le dio ella los medicamentos?

– No, no -respondió Svala-. Adolf y ella no se conocían. Fue ella la que atendió a Halldóra cuando finalmente apareció por el hospital para que la vieran. La tal Alda estaba allí y habló con la chica, como una especie de consejera, y entre otras cosas le ofreció ayuda para superar el shock. El testimonio de Alda era tremendamente dañino para Adolf. Desmontaba nuestra argumentación de que la sinceridad de la chica resulta dudosa en virtud del tiempo transcurrido desde que se produjo la presunta violación hasta que informó de ella. Pero resulta que Alda hizo ante la policía una declaración en la que puso de relieve que es normal y habitual que las víctimas de una violación no se presenten enseguida a poner la denuncia. Por eso, ella no figuraba entre los testigos que yo pensaba convocar al juicio.

– En eso puedes estar tranquila -dijo Þóra-. No testificará.

– Ese es el asunto -dijo Svala-. Porque de pronto cambió de opinión. Me llamó y me dijo que quería reunirse conmigo, porque disponía de una información que exculparía a Adolf de aquella acusación.

– ¿De qué se trataba? -preguntó Þóra.

– No tengo ni idea -dijo Svala, decepcionada-. Murió, o la mataron, más exactamente, antes de que pudiéramos vernos. No quiso decírmelo por teléfono y fijamos la reunión para el día siguiente. Fue de lo más misteriosa y, por desgracia, al final no pude enterarme.

– ¿Qué le preguntaste?

– Me quedé tan desconcertada cuando llamó que realmente no sabía qué hacer. Al principio se me ocurrió que se había vuelto loca, y no tenía nada claro si debería hablar con ella. Naturalmente, intenté sacarle de qué iba aquella información, pero al no conseguir nada intenté averiguar el motivo de su cambio de opinión. Era un giro de ciento ochenta grados, porque esa mujer se mostró de lo más dura con Adolf en su declaración ante la policía. Anormalmente dura, incluso.

– Conocía a sus padres -dijo Þóra-. Quizá cambió de opinión tras darse cuenta de que el acusado de violación era hijo de unos amigos suyos. Incluso le conoció de pequeño.

– Si es así, cualquier recuerdo de Alda ha desaparecido por completo de la memoria de Adolf. Dice que jamás oyó hablar de esa mujer y no quiere saber nada de ella.

– Pero tiene que haberse sentido decepcionado de que Alda declarase en su contra -dijo Þóra-. Se está jugando mucho ese hombre.

– No -dijo Svala-. Ese tipo es muy raro y no hace más que recular en cuanto intento hablar con él de Alda o de la declaración de esta. Tengo entendido, porque me lo dijo Alda, que había intentado hablar con él muchas veces pero sin conseguir que aceptara verse con ella. Como se negaba en redondo, Alda se puso en contacto conmigo. Esa misma noche se acabó.

Þóra no estaba segura del significado de todo aquello.

– ¿Estás completamente segura de que Adolf no la conocía? Tal vez su resistencia a encontrarse con ella pueda estar relacionada con alguna vieja rencilla.

– No, estoy segura de que no la conocía -respondió Svala-. Tal vez sus padres, pero él no. Los dos están muertos, de modo que no se les puede preguntar.

– Hay otra cosa extraña -dijo Þóra-: Alda tenía una fotocopia del informe de la autopsia de la madre de Adolf. No sé por qué, pero no es normal que alguien tenga ningún interés especial por la autopsia de una amiga o conocida. Tengo entendido que la mujer murió a causa de un error médico.

– ¡Vaya! -exclamó Svala, claramente sorprendida-. ¿Tenía el informe de la autopsia?

– Sí -respondió Þóra-. En su mesa de la clínica en la que trabajaba. Los médicos de la clínica no tenían ni idea de por qué lo tenía. Al menos, nunca les había consultado nada sobre aquel informe, aunque ellos se lo habrían podido explicar. No es nada fácil de entender. Yo necesité ayuda para comprender lo que decía.

– No me digas -repuso Svala-. Cuéntame, resulta que es un elemento fundamental de otro caso que le llevo a Adolf. Tiene un pleito contra el hospital en el que murió su madre, y entre otras cosas he tenido que intentar desbrozar algo esa selva. Parece un error médico, como dices. Le inyectaron penicilina cuando resulta que era alérgica, con reacción anafiláctica. El personal de guardia no se dio cuenta cuando la ingresaron -Svala calló un momento, y enseguida continuó-: Pero tengo que confesar que estoy de lo más confusa: ¿a qué viene todo ese interés de Alda por Adolf y su familia?

– No lo sé -dijo Þóra con toda sinceridad-. Pero estoy empezando a pensar que a lo mejor esto guarda alguna relación con el crimen.

– No, maldita sea -suspiró Svala-. Ya es suficiente con andar metida en dos casos con ese hombre. Por Dios, no añadamos un caso de asesinato.

Þóra sonrió.

– ¿Y la tal Halldóra Dögg? -preguntó-. ¿Es posible que conociera a Alda o que tuviera alguna relación con ella?

– Pues no lo sé -dijo Svala-. A mí me parece una idiota total, nada lista y tampoco guapa. Así que no hay forma de sacar nada de ella. Ah, y es una de esas que van por ahí con la barriga al aire aunque no resulte nada atractivo. Se niega en redondo a hablar conmigo. He intentado cazarla por teléfono, pero me cuelga siempre.

– También a mí me colgó -dijo Þóra-. En cuanto empecé a hablar del tatuaje, terminó la conversación sin más.

– ¿Qué es eso del tatuaje? -preguntó Svala-. Adolf no me ha hablado en ningún momento de un tatuaje.

– Alda tenía entre sus cosas la foto de un tatuaje en el que pone Love Sex. Encontramos el salón en el que lo hicieron, y resultó que quien se lo había hecho tatuar en la espalda era Halldóra Dögg -dijo Þóra-. En cuanto le pregunté por ese asunto reaccionó colgando el teléfono.

– ¿Sabes cuándo se lo hizo? -preguntó Svala-. No ha aparecido ese particular en las actuaciones del caso que he podido ver, y creo que las tengo todas.

Þóra cogió el papel en el que había anotado esos datos unas horas antes.

– «El 26 de febrero de 2007» -leyó en voz alta-. Espejo del Alma se llama el salón de tatuajes, por si te sirve de algo.

– ¿Cómo? -dijo Svala-. ¿Qué has dicho?

– Espejo del Alma -repitió Þóra, extrañada por el interés de Svala en el nombre del local.

– No -dijo Svala acelerada-, ¿cuándo se hizo ese tatuaje? -Þóra repitió la fecha-. ¿Y pone Love Sex? -preguntó luego Svala, todavía con voz de asombro.

– Sí -respondió Þóra-. No es precisamente una muestra de inteligencia.

– Quizá no -dijo Svala con voz alegre- pero es magnífico para Adolf.

Capítulo 34

Martes, 24 de julio de 2007

Sentado delante de Þóra estaba el hombre de la foto aparecida en la mesa de Alda, Adolf Daðason. Era mayor de lo que parecía en la foto, y aún más apuesto. Había en él algo fascinante, aunque Þóra sabía que era un mal bicho. Svala, abogada de Adolf y compañera de estudios de Þóra, no había hecho nada por esconder la forma de ser de su cliente, e incluso había puesto de relieve que su comportamiento era el típico de un hombre que daba total prioridad a sus propios deseos y sus propios intereses. Su encanto no derivaba de su personalidad, sino única y exclusivamente de su atractivo físico. Adolf era polvo de una sola noche, un hombre que ofrecía sexo sin sentimientos. Sin duda le habría ido maravillosamente antes de que surgiera la civilización. Þóra se sintió atraída por un lado, pero al mismo tiempo sentía lástima por él, porque le había tocado vivir en la época equivocada. Se apresuró a mirar a otro sitio en cuanto se posaron sobre ella los ojos de Adolf, bajo unas espesas cejas, como si hubiera adivinado lo que pasó fugazmente por la mente de Þóra. Pero antes de apartar la mirada vio cómo uno de los bordes de su boca se levantaba en una sonrisa burlona. Era como si estuviera invitándola a salir con él un momento, buscar un lugar adecuado y darse un revolcón antes de continuar. Þóra se sintió aliviada cuando Svala rompió el silencio.

– Te darás cuenta, Adolf, de que tienes una deuda de agradecimiento con Þóra, y es justo que a cambio le prestes tu ayuda -dijo Svala-. Si no me hubiera llamado, tu caso tendría un porvenir de lo más incierto, pero ahora parece que será posible exculparte -Svala vaciló un instante y añadió-: Casi del todo. No sabemos cómo se tomará el juez que le hicieras tomar a esa chica la píldora del día después.

Þóra observó que Adolf no mudaba el semblante pese a las palabras de su abogada. Svala había organizado aquella reunión a petición de Þóra, a resultas de su conversación telefónica de la noche anterior. Se había alegrado tanto con el dato de la fecha del tatuaje que habría hecho todo lo que Þóra le hubiera pedido.

– ¿Comprendes la importancia de ese tatuaje? -preguntó Svala a Adolf al ver que este no daba muestras de interés.

Adolf se encogió de hombros con gesto aburrido.

– Sí, claro. Perfectamente.

Svala puso las manos sobre la mesa. Estaban en el bufete de abogados en el que trabajaba. Los muebles eran nuevos y carísimos, y el ordenador de la mesa parecía pertenecer a una generación distinta que el trasto con un monitor enorme que utilizaba Þóra. El café espresso recién preparado completaba el cuadro, que no se veía dañado en absoluto por los bombones que lo acompañaban. Los visitantes que acudían al bufete de Þóra podían dar las gracias si Bella accedía a comprar leche para el café. Esas eran dos de las ventajas de trabajar en un bufete grande: un café decente y mejor mobiliario. En ese instante, Þóra no conseguía ver ninguna desventaja, pero alguna tendría que haber.

– A ninguna mujer se le ocurriría tatuarse la palabra Sex, y mucho menos Love Sex, menos de cuarenta y ocho horas después de que la violen. Esto apoya enormemente tu afirmación de que practicaste el sexo con Halldóra Dögg con pleno consentimiento suyo.

Adolf calló, aún sin mover un músculo, de modo que Þóra decidió intervenir en la conversación.

– Me sería de mucha ayuda preguntarte un par de cosas sobre el papel de Alda en este caso -dijo-. Como te ha dicho antes Svala, Alda andaba detrás de averiguar algo sobre ese tatuaje.

Adolf se removió en su silla.

– No sé nada de esa mujer -dijo, mirando de reojo la ventana, y la vista de la ciudad-. Al principio estaba en contra mía y de pronto se puso a mi favor.

Svala sonrió con desgana.

– En eso no tienes razón. Sé que se puso en contacto contigo porque me lo dijo. Incluso sé que ibais a veros.

– Sí -dijo Adolf, y, tras una breve pausa, añadió-: Alda me llamó, efectivamente. Pero yo me negué a verla.

– ¿Sabes por qué quería reunirse contigo -preguntó Þóra-. Si solamente quería proporcionar una información importante para el caso, habría podido acudir a la policía.

– No, no lo sé -respondió Adolf, que seguía mirando por la ventana.

– ¿No adelantó nada cuando te llamó o fue a verte? -preguntó Þóra, que desconocía cómo se puso Alda en contacto con Adolf. Al ver que este no contestaba, prosiguió-: Sabes que conocía a tus padres, ¿verdad?

Adolf volvió a removerse en la silla sin decir nada.

– ¿Qué tal si contestas? -preguntó Svala, molesta-. Las preguntas no son demasiado complicadas.

– No estoy seguro de que deba decir nada -dijo Adolf con calma, mirando a su abogada-. No es tan sencillo como tú crees -Svala estaba a punto de decir algo, pero se calló-. Como recordarás, tengo varios pleitos pendientes.

– ¿Te refieres al del hospital? -respondió Svala, extrañada-. ¿Hay alguna relación entre los dos casos?

– No -respondió Adolf secamente-. Pero tengo que hablar contigo en privado antes de seguir con esto.

Þóra no tenía nada que alegar. Adolf era cliente de Svala y estaba claro que sus intereses tenían prioridad sobre los de una conocida de la universidad. Se limitó a asentir con la cabeza cuando salieron del despacho para hablar, dejándola sola para que disfrutara de las vistas. Þóra se alegró de no haber tenido que salir del despacho. Le habría resultado muy incómodo tener que esperar fuera mientras ellos discutían sus asuntos. Así tenía además un momento para intentar comprender lo que significaba todo aquello y para intentar hacerse una idea de la relación de Alda con la muerte de la madre de Adolf en el hospital de Ísafjörður. Sabía que Alda se había hecho con el informe de l