Y Khadra

Las sirenas de Bagdad


Traducido del francés por Wenceslao Carlos

Título origina Les Sirènes de Bagdad


© Editions Julliard, París, 2006

© de la traducción: Wenceslao Carlos Lozano González, 2007


Beirut recupera su noche…

<p>Beirut recupera su noche…</p>

Beirut recupera su noche y se cubre la cara con un velo. Si los disturbios de la víspera no la han despertado es la prueba de que camina durmiendo. Por tradición ancestral, no se molesta a un sonámbulo, aunque esté arriesgando la vida.

Me la imaginaba distinta, árabe y orgullosa de serlo. Me equivoqué. No es sino una ciudad indefinida, más cercana a sus fantasmas que a su historia, tramposa y voluble, decepcionante como una broma de mal gusto. Puede que sus santos patrones hayan renegado de ella por su empeño en querer parecerse a las ciudades enemigas, exponiéndola así a los traumas de las guerras y a las precariedades venideras. Ha vivido la pesadilla a tamaño natural, ¿y de qué le ha servido?… Cuanto más la observo, menos la entiendo. Hay en su desparpajo una insolencia sospechosa. Esta ciudad miente como respira. Su afectación sólo es un engañabobos. El carisma que se le atribuye no cuadra con sus estados de ánimo; es como si ocultaran bajo la seda una ajada fealdad.

Cada día trae su afán, recalca sin convicción. Ayer voceaba sus iras por sus bulevares con los escaparates puestos a resguardo. Esta noche lo va a mandar todo a paseo. Las noches le van a volver a sentar de maravilla. Ya están las luces y los rótulos de neón montando su espectáculo. En la marea zigzagueante de faros, los coches de lujo se consideran ramalazos de genialidad. Es sábado, y la noche se dispone a cortar por lo sano. La gente va a pasárselo en grande hasta el amanecer, con tantas ganas que las campanas dominicales no la harán inmutarse.

Llegué a Beirut hace tres semanas, más de un año después del asesinato del antiguo primer ministro Rafic Hariri. Percibí su mala fe apenas el taxi me soltó en la acera. Su duelo es sólo fachada; su memoria, un viejo colador inservible; de entrada la detesté.

Por la mañana me invade una sorda aversión cuando oigo su alboroto de zoco. Por la noche, una ira parecida se apodera de mí cuando los juerguistas salen a vacilar con sus bólidos bruñidos y su equipo de música a tope. ¿Qué pretenden demostrar? ¿Que se lo pasan de miedo a pesar de los atentados? ¿Que la vida sigue a pesar de sus reveses?

No consigo entender su numerito.

Soy un beduino, nacido en Kafr Karam, un pueblo perdido en el desierto iraquí, tan discreto que a menudo se diluye en los espejismos para emerger sólo durante la puesta del sol. Las ciudades grandes siempre me han producido una profunda desconfianza. Pero los súbitos cambios de Beirut me producen vértigo. Aquí, cuanto más cree uno haber dado con algo, menos seguro está de qué se trata. Beirut es una chapuza; su martirio es fingido, sus lágrimas son de cocodrilo. La odio con todas mis fuerzas, por sus arrebatos de orgullo, tan faltos de valor como de coherencia en las ideas, por tener el culo entre dos asientos, árabe cuando no hay dinero en la caja, occidental cuando las conspiraciones resultan rentables. Reniega durante la noche de lo que santificó durante el día. Se escaquea en la playa de lo que predica en la plaza, y se precipita hacia su ruina como una chavala en fuga y amargada que piensa encontrar en otra parte lo que tiene al alcance de la mano…

– Deberías estar fuera desentumeciéndote las piernas y la mente.

El doctor Jalal se encuentra detrás de mí, con la nariz pegada a mi nuca.

¿Cuánto tiempo hará que me observa hablando a solas?

No lo he oído llegar, y me irrita tenerlo colgado sobre mis pensamientos como si fuera un ave de presa.

Adivina que su presencia me está turbando y me señala la avenida con la barbilla.

– Es una noche magnífica. Hace bueno, las cafeterías están llenas, las calles están abarrotadas de gente. Deberías aprovecharlo en vez de quedarte aquí rumiando tus preocupaciones.

– No tengo preocupaciones.

– ¿Entonces qué pintas aquí?

– No me gusta el gentío, y además odio esta ciudad.

El doctor echa la cabeza hacia atrás como si le hubieran dado un puñetazo. Frunce el ceño.

– Te equivocas de enemigo, joven. A Beirut no se la odia.

– Pues yo la odio.

– Haces mal. Es una ciudad que ha padecido mucho. Ha tocado fondo. Sigue en pie de milagro. Ahora vuelve a levantar cabeza, despacio. Sigue febril y conmocionada, pero se aferra a la vida. Para mí, es admirable. Hasta hace poco nadie apostaba por su pellejo… ¿Qué se le puede reprochar? ¿Qué te disgusta de ella?

– Todo.

– Resulta impreciso.

– Para mí no. No me gusta esta ciudad, y punto.

El doctor no insiste.

– Si así te entretienes… ¿Un rubio?

Me tiende su paquete de cigarrillos.

– No fumo.

Me ofrece una lata.

– ¿Una cerveza?

– No bebo.

El doctor Jalal deja su lata sobre una mesilla de mimbre y se apoya en la balaustrada, pegando su hombro al mío. Su aliento a alcohol me asfixia. No recuerdo haberlo visto sobrio. Con cincuenta y cinco años, ya es un desecho, con la tez violácea, la boca retranqueada y profundos surcos en las comisuras. Esta noche lleva un chándal con los colores del equipo nacional libanés, abierto sobre una camiseta de color rojo intenso, y unas zapatillas de deporte nuevas con los cordones desatados. Parece recién levantado tras una buena siesta. Se mueve soñoliento, y sus ojos, habitualmente vivarachos y ardorosos, son apenas visibles entre sus párpados entumecidos.

Con gesto de fastidio, se echa el pelo sobre lo alto del cráneo para camuflar su calvicie.

– ¿Te molesto?

– …

– Estaba un poco aburrido en mi habitación. Nunca ocurre nada en este hotel, ni bodas ni banquetes. Esto parece un cementerio.

Se lleva la lata a los labios y echa un trago largo. Su nuez prominente se desplaza a brincos por la garganta. Me fijo por vez primera en una gran cicatriz que le cruza el cuello de lado a lado.

Se fija en mi ceño fruncido. Deja de beber, se limpia con el revés de la mano; luego, meneando la cabeza, se vuelve hacia el bulevar devorado por la histeria lumínica.

– Intenté ahorcarme, hace ya mucho -cuenta apoyándose sobre la barandilla-. Con una cuerda de cáñamo. Apenas tenía dieciocho años…

Echa otro trago y prosigue:

– Acababa de pillar a mi madre con otro hombre.

Sus palabras me desconciertan, pero no deja de apuntarme con la mirada. Reconozco que el doctor Jalal suele pillarme desprevenido. Su sinceridad me desconcierta; no estoy acostumbrado a este tipo de confesiones. En Kafr Karam ese tipo de revelación resulta inconcebible. Nunca he oído a nadie hablar así de su madre, y la frivolidad con que el doctor expone sus trapos sucios me confunde.

– Son cosas que ocurren -añade.

– Estoy de acuerdo -digo para cambiar de tema.

– ¿De acuerdo con quién?

Me siento turbado. Ignoro lo que pasa por su cabeza y me molesta sentirme falto de argumentos.

El doctor Jalal no insiste. No somos de la misma pasta, y a veces, cuando habla con gente de mi condición, tiene la sensación de estar haciéndolo con una pared. No obstante, la soledad le pesa, y un rato de charla, por insustancial que sea, le ahorra al menos caer en un coma etílico. Cuando el doctor Jalal no habla es porque está bebiendo. En general tiene buen beber, pero recela del ambiente en el que acaba de recalar. Por mucho que se repita que está en buenas manos, no consigue convencerse de ello. ¿Acaso no son esas mismas manos las que disparan en la oscuridad, degüellan y ahogan, las que colocan artefactos explosivos bajo el asiento de los indeseables? Es cierto que no ha habido incursiones de castigo desde que llegó a Beirut, pero la gente que lo acoge cuentan en su activo con muchas matanzas. Lo que lee en sus ojos no engaña: son la muerte en marcha. Un desliz, una indiscreción, y ni siquiera le dará tiempo a enterarse de lo que le estará ocurriendo. Hace dos semanas, a Imad, un chico que tenían para atenderme, lo encontraron chapoteando en sus excrementos en medio de una placeta. Para la policía, Imad murió de sobredosis. Mejor así. Sus camaradas, que lo ejecutaron con una jeringa infectada, no fueron a su entierro; hicieron como si jamás le hubiesen visto el pelo. Desde entonces, el doctor echa un par de ojeadas bajo su cama antes de colarse entre las sábanas.

– Hace un rato estabas hablando solo -dice.

– A veces me ocurre.

– ¿Y de qué?

– … Ya no recuerdo.

Menea la cabeza y vuelve a contemplar la ciudad. Estamos en la terraza del hotel, en el último piso, dentro de una especie de recámara de cristal que da a la arteria principal del barrio. Hay varias sillas de mimbre, dos mesas bajas y un canapé en una esquina custodiados por estanterías repletas de libros y folletos.

– No te hagas demasiadas preguntas -me dice.

– Ya no me hago preguntas.

– Uno se hace a menudo preguntas cuando se aísla.

– Yo no.

El doctor Jalal dio clases durante un tiempo en universidades europeas. Se le veía con regularidad por los estudios de televisión arremetiendo contra el «desviacionismo criminal» de sus correligionarios. Ni las fatuas decretadas contra él ni los intentos de secuestro consiguieron contener su virulencia. Estaba a punto de convertirse en la bestia negra de la Yihad armada. Luego, sin previo aviso, acabó ocupando asiento en el palco del imanato integrista. Profundamente decepcionado por sus colegas occidentales, tras haber constatado que su estatuto de negro de turno desbancaba ofensivamente a su erudición, escribió un tremendo requisitorio contra el racismo intelectual que hacía estragos en las camarillas bienpensantes de Occidente e inició una serie de asombrosas piruetas para acercarse a los ambientes islamistas. Aunque al principio sospecharan que fuera un agente doble, el imanato lo rehabilitó y acreditó. Hoy recorre los países árabes y musulmanes poniendo sus dotes para la oratoria y su temible inteligencia al servicio de los yihadistas.

– Hay un burdel cerca de aquí -me propone-. ¿Te apetece ir a echar un polvo?

Me quedo pasmado.

– No es realmente un burdel, al menos no como los demás. Los parroquianos son cuatro gatos, gente con clase… A casa de madame Rachak sólo acude un público distinguido. La gente bebe y cae algún que otro porro, sin líos, a ver si me entiendes. Y luego, cada mochuelo a su olivo, y si te he visto no me acuerdo. En cuanto a las chicas, son bonitas y tienen inventiva, unas profesionales. Si te sientes atascado por una u otra razón, te ponen como nuevo en un abrir y cerrar de ojos.

– No es lo mío.

– ¿Por qué dices eso? A tu edad, yo no dejaba que un culo se enfriase.

Su tosquedad me desconcierta.

Me cuesta creer que un erudito de su envergadura pueda dar muestras de una vulgaridad tan crasa.

El doctor Jalal me lleva unos treinta años. En mi pueblo, desde la noche de los tiempos, no se concibe ese tipo de conversación delante de alguien mayor que uno. Sólo una vez en Bagdad, mientras paseaba con un joven tío mío, alguien soltó un taco delante de nosotros. Si la tierra se hubiese abierto en aquel momento, no habría dudado un segundo en refugiarme dentro de ella.

– ¿Te gustaría?…

– No.

El doctor Jalal lo lamenta por mí. Se inclina sobre la barandilla de hierro forjado y, de un papirotazo, manda volar al vacío su colilla. Ambos miramos el punto rojo revolotear piso tras piso hasta dispersarse en el suelo en una multitud de pavesas.

– ¿Crees que alguna vez se unirán a nosotros? -le pregunto para cambiar de tema.

– ¿Quiénes?

– Nuestros intelectuales.

El doctor Jalal me mira de soslayo:

– Eres virgen, ¿no es así?… Te estoy hablando de un burdel cerca de aquí…

– Y yo te estoy hablando de nuestros intelectuales, doctor -replico con la firmeza suficiente para ponerlo en su sitio.

Se da cuenta de que su indecente proposición me molesta.

– ¿Van a unirse a nosotros? -insisto.

– ¿Es tan importante?

– Para mí, sí… Los intelectuales dan sentido a todo. Escribirán sobre nosotros. Nuestra lucha quedará inscrita en la memoria.

– ¿No te basta con lo que has padecido?

– No necesito mirar hacia atrás para avanzar. Son los horrores de ayer los que me impulsan hacia delante. Pero la guerra no se limita a eso.

Intento leer en sus ojos si me está siguiendo. El doctor mira fijamente una tienda abajo y se limita a asentir con la punta de la barbilla.

– En Bagdad he oído un montón de discursos y de prédicas. Me cabreaba más que un camello rabioso. Sólo tenía un deseo: cargarme el planeta entero, del polo norte al polo sur… Y cuando eres tú el que expresa mi odio por Occidente, tú, el erudito, mi ira se vuelve orgullo. Dejo de hacerme preguntas. Me proporcionas todas las respuestas.

– ¿Qué tipo de preguntas? -intenta averiguar alzando la cabeza.

– Hay un montón de preguntas que se te cruzan por la mente cuando disparas al tuntún. No siempre son traidores los que caen. A veces, las cosas se tuercen y nuestras balas se equivocan de diana.

– Así es la guerra, chico.

– Lo sé. Pero la guerra no lo explica todo.

– No hay nada que explicar. Matas, y luego mueres. Así ocurre desde la Edad de Piedra.

Nos callamos. Cada cual mira la ciudad por su cuenta.

– No estaría mal que nuestros intelectuales se unieran a nuestra lucha. ¿Lo crees posible?

– Me temo que no habría muchos -dijo tras suspirar-, pero unos cuantos, sin duda alguna. Ya no nos queda nada que esperar de Occidente. Nuestros intelectuales acabarán percatándose de ello. Occidente sólo se ama a sí mismo. Sólo piensa en sí mismo. Cuando nos echa un cable es para que le sirvamos de anzuelo. Nos manipula, nos enfrenta entre nosotros y, cuando ha acabado de tomarnos el pelo, nos guarda en sus cajones secretos y nos olvida.

Al doctor se le dispara la respiración. Enciende otro cigarrillo. Le tiembla la mano y, por un momento, su rostro se arruga como un trapo a la luz del mechero.

– Sin embargo, tú estabas en todos los estudios de televisión…

– Sí, ¿pero en cuántos podios? -refunfuña-. Occidente nunca reconocerá nuestros méritos. Para él, los árabes sólo sirven para dar patadas a un balón o para berrear ante un micro. Cuanto más le demostramos lo contrario, menos lo admite. Y si por casualidad, en alguna ocasión, a esas capillas arias no les queda más remedio que tener un detalle para con sus negros de criadero, eligen encumbrar a los menos buenos para que rabien los mejores. Eso lo he conocido muy de cerca. Sé de qué se trata.

La brasa de su colilla alumbra el balcón. Da la impresión de querer consumir todo el cigarrillo de una sola chupada.

Me aferro a sus labios. Sus diatribas se parecen a mis obsesiones, consolidan mis ideas fijas, me infunden una extraordinaria energía mental.

– Ya otros antes que nosotros lo habían aprendido por experiencia propia -prosigue con despecho-. Al marchar a Europa, pensaban encontrar una patria para su saber y una tierra fértil para sus ambiciones. Sin embargo, no dejaban de constatar que no eran bienvenidos, pero, movidos por vaya uno a saber qué bobería, aguantaron como pudieron. Al adherirse a los valores occidentales daban por bueno todo lo que les susurraban al oído: libertad de expresión, derechos humanos, igualdad, justicia… palabras grandilocuentes, y huecas como los horizontes perdidos. Pero no es oro todo lo que reluce. ¿Cuántos genios nuestros han triunfado?, la mayoría han muerto corroídos por la rabia. Estoy seguro de que siguen reprochándoselo en su tumba. Y eso que saltaba a la vista que luchaban en vano. Jamás sus colegas occidentales iban a permitir que fueran reconocidos. El auténtico racismo ha sido siempre intelectual. La segregación empieza nada más abrirse uno de nuestros libros. Nuestras grandes figuras del pasado tardaron una eternidad en darse cuenta de ello; apenas les daba tiempo a rectificar el tiro y ya no estaban en el orden del día. Eso no nos ocurrirá a nosotros. Ya estamos vacunados. No da quien no tiene, dice un proverbio nuestro. Occidente sólo es una mentira acidulada, una perversidad sabiamente dosificada, un canto de sirenas para náufragos de su identidad. Dice ser tierra de acogida; en realidad, sólo es un punto de caída del que uno jamás acaba de levantarse del todo…

– Opinas que ya no tenemos elección.

– Por supuesto. La convivencia ya no es posible. Ellos no nos quieren, y nosotros no soportamos más su arrogancia. Cada cual debe vivir en su bando, dando definitivamente la espalda al otro. Salvo que antes de levantar el gran muro, vamos a darles una buena paliza por el daño que nos han hecho. Es imperativo que sepan que la cobardía nunca ha radicado en nuestra paciencia, sino en sus cabronadas.

– ¿Y quién vencerá?

– El que no tenga gran cosa que perder.

Tira su colilla al suelo y la pisa como si estuviera aplastando la cabeza de una serpiente.

Sus pupilas destellantes me acorralan:

– Espero que dejes patidifusos a esos canallas.

Me callo. Se supone que el doctor desconoce la razón de mi estancia en Beirut. Nadie debe conocerla. Yo mismo ignoro lo que debo hacer. Sólo sé que se trata de la mayor operación jamás llevada a cabo en territorio enemigo, mil veces más contundente que los atentados del 11 de septiembre…

Se da cuenta de que me está llevando a un terreno tan peligroso para él como para mí, arruga la lata en su puño y la tira a un cubo de basura.

– Se va a liar a gran escala -masculla-. Por nada en el mundo quisiera perdérmelo.

Me saluda y se va.

Una vez solo, doy la espalda a la ciudad y me acuerdo de Kafr Karam… Kafr Karam es una aldea mísera y fea que no cambiaría por mil ferias. Era un lugar tranquilo, desierto adentro. Ninguna guirnalda desfiguraba su naturalidad, ningún alboroto lo sacaba de su modorra. Desde tiempos inmemoriales, vivíamos recluidos tras nuestras murallas de adobe, lejos del mundo y de sus bestias inmundas, conformándonos con lo que Dios ponía en nuestros platos y dándole gracias tanto por el recién nacido que nos confiaba como por el pariente que llamaba a Su lado. Éramos pobres, humildes, pero vivíamos tranquilos. Hasta el día en que violaron nuestra intimidad, profanaron nuestros tabúes, arrastraron por el barro y la sangre nuestra dignidad… hasta el día que, en los jardines de Babilonia, unos brutos cargados de granadas y de esposas llegaron para enseñar a los poetas a ser hombres libres…


Kafr Karam

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<p>Kafr Karam</p>
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Todas las mañanas, mi hermana gemela Bahia me traía el desayuno a mi habitación. «Arriba ahí dentro -gritaba al empujar la puerta- que vas a fermentar como la masa.» Dejaba la bandeja sobre la mesa baja, al pie de la cama, abría la ventana y regresaba para pellizcarme los dedos de los pies. Sus ademanes eran autoritarios, aunque contrastaban con la dulzura de su voz. Por ser unos minutos mayor que yo, me tomaba por su bebé y no se daba cuenta de que había crecido.

Era una joven endeble, un poco maniática, muy estricta respecto al orden y a la higiene. De pequeño, me vestía para llevarme al colegio. Como no estábamos en la misma clase, la pillaba durante el recreo en el patio del colegio observándome de lejos, y ay de mí como «avergonzara a la familia». Más adelante, cuando la pelusa empezó a marcar mis rasgos de chico enclenque y granujiento, se hizo cargo personalmente de la contención de mi crisis de adolescencia, increpándome cada vez que alzaba la voz delante de mis otras hermanas o cuando rechazaba una comida al estimarla insuficiente para mi crecimiento. No era un chico difícil, aunque ella veía en mi manera de llevar mi pubertad una inadmisible patanería. A veces, harta ya, mi madre la regañaba; Bahia se aplacaba una semana o dos y, a la vuelta de un tropiezo, volvía a la carga.

Nunca le reproché que fuera tan marimandona conmigo. Al contrario, las más de las veces me hacía gracia.

– Te pondrás el pantalón blanco y la camisa de cuadros -me ordenó enseñándome la ropa doblada sobre la mesa de fórmica que me servía de escritorio-. Anoche los lavé y planché. Deberías ir pensando en comprarte otro par de zapatos -añadió empujando con la punta del pie mis zapatillas mohosas-. A éstas casi no les queda suela, y además apestan.

Se metió la mano debajo del escote y sacó unos cuantos billetes.

– Aquí hay suficiente dinero para que no te conformes con unas vulgares sandalias. No se te olvide comprar también perfume. Porque si sigues oliendo tan mal, ya no necesitaremos insecticida para espantar las cucarachas.

Antes de que me diera tiempo a acodarme, dejó el dinero sobre mi almohada y se esfumó.

Mi hermana no trabajaba. Obligada a los dieciséis años a abandonar los estudios para casarse con un primo -que, al final, murió de tuberculosis seis meses antes de la boda-, se iba marchitando en casa en espera de otro pretendiente. Mis otras hermanas, mayores que nosotros, tampoco habían tenido demasiada suerte. La primogénita, Aícha, se casó con un rico criador de pollos. Vivía en un pueblo cercano, en una casa grande que compartía con su familia política. La convivencia se iba degradando cada temporada un poco más hasta que un día, viéndose incapaz de soportar más vejaciones por parte de unas y abusos por parte de otros, cogió a sus cuatro críos y regresó al redil. Pensábamos que su marido vendría a recogerla; no dio señales de vida, ni siquiera los días festivos para ver a sus hijos. La siguiente, Afaf, tenía treinta y tres años y ni un solo pelo en la cabeza. Una enfermedad infantil la había dejado calva. Al temer que se convirtiera en el hazmerreír de sus compañeras, a mi padre le pareció oportuno no mandarla al colegio. Afaf vivió recluida en una habitación, como si fuera una inválida, remendando ropa vieja y luego haciendo vestidos que mi madre iba vendiendo por aquí y por allá. Cuando mi padre perdió su empleo a raíz de un accidente, fue Afaf la que se hizo cargo de la familia; por entonces, sólo se oía el zumbido de su máquina de coser a leguas a la redonda. En cuanto a Farah, de treinta y un años, fue la única que prosiguió sus estudios en la universidad, a pesar de la desaprobación de la tribu, que no veía con buenos ojos que una joven viviera alejada de sus padres, y por tanto al alcance de las tentaciones. Farah capeó el temporal y se diplomó sin problemas. Mi tío abuelo quiso casarla con uno de sus retoños, un campesino piadoso y solícito; Farah rechazó categóricamente la oferta y prefirió ejercer en el hospital. Su actitud sumió a la tribu en una profunda consternación, y el hijo humillado nos retiró a todos el saludo, gesto que luego se hizo extensivo a su padre y a su madre. Hoy, Farah opera en una clínica privada de Bagdad y se gana bien la vida. El dinero que mi hermana gemela me dejaba de vez en cuando sobre la almohada era suyo.

En Kafr Karam, los jóvenes de mi edad habían dejado de fingir enojo cuando una hermana o una madre les ponían discretamente algunas monedillas en la mano. Al principio, se sentían un poco molestos y, para guardar la cara, prometían saldar sus deudas cuanto antes. Todos soñaban con un trabajo que les permitiría levantar cabeza. Pero los tiempos eran duros; las guerras y el embargo habían puesto al país de rodillas, y los jóvenes del pueblo eran demasiado piadosos para aventurarse en las grandes ciudades, donde la bendición ancestral no tenía curso, donde el diablo pervertía las almas más rápidamente que un prestidigitador… Eso no iba en absoluto con la gente de Kafr Karam. Prefería estar muerta antes que entregarse al vicio o al robo. Por mucho que resuenen los cantos de sirenas, la llamada de los Ancianos se sigue sobreponiendo. Somos honrados por vocación.

Ingresé en la Universidad de Bagdad pocos meses antes de la ocupación norteamericana. Estaba en la gloria. Mi condición de estudiante devolvía su orgullo a mi padre. ¡Él, el analfabeto, el viejo pocero harapiento, padre de una médico y de un futuro doctor en filología! ¡Qué mejor manera de desquitarse de tantas decepciones! Me prometí no decepcionarlo. ¿Acaso lo había decepcionado una sola vez en la vida? Quería triunfar por él, verlo confiado, leer en sus ojos arrasados por el polvo lo que su rostro disimulaba: la felicidad de recoger lo que había sembrado, una semilla sana física y mentalmente que sólo pedía germinar. Mientras que los demás padres se apresuraban a enganchar a su progenie a las ingratas tareas que habían sido su infierno y el de sus antepasados, el mío se apretaba el cinturón hasta partirse en dos para que yo pudiera seguir estudiando. Ni él ni yo estábamos seguros de que el éxito social se hallara al final del túnel, pero estaba convencido de que un pobre instruido resultaba menos patético que un pobre duro de mollera. Saber leer y rellenar formularios era, de por sí, una manera de preservar buena parte de la propia dignidad.

La primera vez que crucé el vestíbulo de la universidad no vacilé -y eso que la naturaleza me había dotado de una vista de águila- en ponerme gafas.

Así fue como conseguí impresionar a Nawal, que, cuando se cruzaba conmigo al salir de clase, se ponía roja como un tomate. Aunque no me hubiese jamás atrevido a abordarla, la menor sonrisa suya bastaba para hacerme feliz. Andaba precisamente proyectando para ella unas miríficas perspectivas, cuando el cielo de Bagdad se estrelló con extraños fuegos artificiales. Las sirenas resonaron en el silencio de la noche; los edificios empezaron a esfumarse y, de la noche a la mañana, los idilios más locos se deshicieron en lágrimas y sangre. Mis carpetas y mis romanzas ardieron en el infierno, la universidad quedó en manos de los vándalos, y los sueños, en las de los sepultureros; regresé a Kafr Karam, alucinado, desamparado, y jamás he vuelto a pisar Bagdad desde entonces.

No tenía motivos de queja en casa de mis padres. No era exigente; me conformaba con cualquier cosa. Dormía en el tejado, en un lavadero acondicionado. Mi mobiliario se ceñía a dos viejos cajones y a una cama hecha con planchas de distinta procedencia. Estaba contento con el pequeño universo que había construido en torno a mi intimidad. Todavía no tenía tele, aunque sí una radio gangosa que al menos arropaba mis soledades.

Mis padres ocupaban una habitación con balcón, que daba al patio, en el primer piso; al fondo del pasillo, del lado del jardín, mis hermanas compartían dos grandes salas atestadas de antiguallas y de cuadros religiosos adquiridos en los zocos itinerantes; unos exhibían caligrafías laberínticas, otros retrataban a Sidna Alí dejando maltrechos a los demonios o haciendo trizas a las tropas enemigas, blandiendo su legendaria cimitarra de doble hoja como un tornado por encima de las cabezas impías. Había cuadros de este tipo en las habitaciones, en el vestíbulo, encima de los marcos de las puertas. No estaban ahí para decorar, sino por sus virtudes talismánicas; preservaban del mal de ojo. Un día descolgué uno de ellos al dar una patada a un balón. Era un bonito cuadro con versículos coránicos bordados con hilo amarillo sobre un fondo negro. Se rompió como si fuera un espejo. A mi madre casi le da una apoplejía. Aún la veo, con la mano sobre el pecho y los ojos desorbitados, blanca como la tiza. Ni siete años de desgracias la habrían desangrado tan aplicadamente.

En la planta baja se hallaba la cocina y, enfrente, un cuchitril que hacía las veces de taller para Afaf, dos salas concomitantes para los huéspedes y una sala de estar inmensa cuya puerta vidriera daba a un huerto.

Cuando había acabado de recoger mis cosas, bajaba a saludar a mi madre, una mujerona bien plantada de mirada limpia a la que no habían conseguido desalentar ni las tareas domésticas ni el desgaste del tiempo. Un beso en su mejilla me insuflaba una buena dosis de su energía. Nos entendíamos con un gesto o una mirada.

Mi padre se sentaba con las piernas cruzadas en el patio, a la sombra de un árbol indefinible. Tras la oración de el-fejr, que hacía obligatoriamente en la mezquita, regresaba para desgranar su rosario en el patio, con su brazo inválido en el hueco de su vestimenta -había perdido el uso de su miembro al desmoronarse un pozo que estaba limpiando-. Menudo bajonazo había dado mi padre. Su aura de anciano se había marchitado, su mirada de patrón daba como mucho para una disensión. En otros tiempos, a veces se unía a un grupo de allegados para intercambiar apreciaciones sobre tal o cual suceso. Luego, cuando la maledicencia se impuso a la corrección, se retiró. Por la mañana, al salir de la mezquita, antes de que la calle acabase de despertar, se instalaba al pie de su árbol, con una taza de café al alcance de la mano, y escuchaba con atención los rumores cercanos como si esperara descifrar su significado. Mi viejo era buena gente, un beduino de modesta condición que no comía a diario todo lo que deseaba, pero que era mi padre y seguía siendo, para mí, lo más digno de respeto. Sin embargo, cada vez que lo veía al pie de su árbol no podía dejar de sentir por él una profunda compasión. Era sin duda digno y valiente, pero su miseria torpedeaba el aplomo que se empeñaba en aparentar. Creo que jamás se repuso de la pérdida de su brazo y que el sentimiento de vivir a costa de sus hijas estaba a punto de hundirlo.

No recuerdo haberme sentido cercano a él o haberme acurrucado en su pecho; no obstante, estaba convencido de que si daba el primer paso, no me rechazaría. El problema estaba en cómo asumir tal riesgo. Más estático que un tótem, mi viejo no dejaba que se transparentara ninguna de sus emociones… De niño, lo tomaba por un fantasma; lo oía de amanecida liar su petate para irse a su obra; salía antes de que lo alcanzara y no regresaba hasta avanzada la noche. Ignoro si ha sido un buen padre. Reservado o demasiado pobre, no sabía regalarnos juguetes y parecía no fijarse en nuestros jaleos infantiles ni en nuestras repentinas treguas. Me preguntaba si era capaz de ofrecer amor, si su estatuto de progenitor no iba a acabar convirtiéndolo en estatua de sal. En Kafr Karam, los padres se sentían en la obligación de guardar las distancias con su progenie, convencidos de que la familiaridad perjudicaría su autoridad. ¿Cuántas veces había creído entrever, en la mirada austera de mi viejo, un lejano espejismo? De inmediato recobraba la compostura y carraspeaba para que saliera pitando.

Así pues, aquella mañana, bajo su árbol, mi padre carraspeó cuando le besé solemnemente la cabeza y no retiró la mano cuando la agarré para besarla. Comprendí que no le habría molestado que le hiciera compañía. ¿Para decirnos qué? Ni siquiera conseguíamos mirarnos de frente. Una vez me senté a su lado.

Durante dos horas, ninguno de los dos consiguió articular una sílaba. Se limitaba a desgranar su rosario; yo no paraba de triturar una esquina de la esterilla. Si mi madre no me hubiese mandado hacer un recado, nos habríamos quedado así hasta el anochecer.

– Voy a dar una vuelta. ¿Necesitas algo?

Negó con la cabeza.

Aproveché para despedirme de él.


Kafr Karam siempre fue una aldea bien ordenada: no necesitábamos aventurarnos fuera para atender nuestras necesidades básicas. Teníamos nuestra plaza de armas; nuestras áreas para jugar -en general unos descampados-; nuestra mezquita, que requería levantarse temprano el viernes para pillar buen sitio; nuestras tiendas de comestibles; dos cafés -el Safir, que frecuentaban los jóvenes, y el Hilal; un mecánico bárbaro capaz de conseguir arrancar cualquier motor, siempre que fuera diésel; un ferretero que solía hacer las veces de fontanero; un sacamuelas, herbolario vocacional y curandero en sus ratos de ocio; un barbero con pinta de atleta de feria, plácido y distraído, que tardaba más en afeitar un cráneo que un borracho empedernido en introducir un hilo por el ojo de una aguja; un fotógrafo tenebroso como su taller, y un empleado de correo. También teníamos un posadero; pero como ningún peregrino se dignaba a detenerse por aquí, se recicló en zapatero remendón.

Para muchos, nuestro pueblo no era sino una aldea cruzada en medio de la carretera, como un animal muerto -apenas lo veías y ya lo habías dejado atrás-, pero estábamos orgullosos de él. Nunca nos habíamos fiado de los extranjeros. Siempre que dieran grandes bandazos para esquivarnos, estábamos a salvo, y si, a veces, el viento de arena los obligaba a recurrir a nosotros, los atendíamos de acuerdo con las recomendaciones del Profeta sin intentar retenerlos cuando empezaban a recoger sus cosas. Lo que nos venía de fuera nos traía demasiados malos recuerdos…

La mayoría de los habitantes de Kafr Karam tenían lazos de parentesco. Los demás llevaban aquí varias generaciones. Sin duda, teníamos nuestras pequeñas manías, pero nuestras disputas nunca iban a peor. Cuando las cosas se ponían feas, los Ancianos intervenían para apaciguar los ánimos. Si los ofendidos estimaban que la afrenta era irreversible, dejaban de hablarse y asunto resuelto. Por lo demás, nos gustaba reunimos en la plaza o en la mezquita, gandulear por nuestras calles polvorientas o tomar el sol como lagartos al pie de nuestras tapias de adobe desfiguradas en algunas de sus partes por bloques de cemento hueco mellados y pelados. No era el paraíso, pero, como la estrechez era de mente y no de corazón, sabíamos aprovechar cualquier ocurrencia para reír a carcajadas y sacar fuerzas de nuestras miradas para afrontar las cabronadas de la vida.

Kadem era, de todos mis primos, mi mejor amigo. Por la mañana, cuando salía de mi casa, mis pasos me encaminaban a él. Me lo encontraba invariablemente en la esquina de la calle del Carnicero, tras una tapia, con el culo pegado a un pedrusco y la barbilla en el hueco de la mano, confundiéndose con su improvisado asiento. Jamás había conocido a un ser más hastiado de todo. En cuanto me veía, sacaba un paquete de cigarrillos y me lo tendía. Aunque sabía que no fumaba, no podía evitar repetir el mismo gesto para recibirme. Con el tiempo, por cortesía, acabé aceptando su ofrecimiento y me llevaba un cigarrillo a la boca. De inmediato me ofrecía su mechero y se reía cuando las primeras caladas me hacían toser. Luego, volvía a replegarse en su cascarón, con la mirada perdida y el rostro impenetrable. Todo lo hastiaba: las veladas entre amigos y los velatorios. Con él las discusiones duraban poco, a veces le producían unos absurdos ataques de ira cuyo secreto sólo él conocía.

– Tengo que comprarme un nuevo par de zapatos.

Echó una rápida ojeada a mis zapatillas y volvió a mirar fijamente el horizonte.

Intenté encontrar un espacio de entendimiento, una idea para desarrollarla; él no estaba por la labor.

Kadem era un virtuoso del laúd. Se ganaba la vida actuando en las bodas. Proyectaba montar una orquesta cuando el destino hizo añicos sus proyectos. Su primera esposa, una chica del pueblo, murió en el hospital tras una banal neumonía. Por entonces, el plan «alimentos por petróleo» decretado por la ONU hacía aguas, y los medicamentos de primera necesidad escaseaban incluso en el mercado negro. Kadem sufrió mucho con la prematura pérdida de su esposa. Su padre lo había obligado a tomar una segunda esposa con la esperanza de que eso atenuara su pena. A los dieciocho meses de la boda, una meningitis fulminante lo hizo enviudar por segunda vez. Kadem perdió la fe.

Yo era una de las escasas personas que podían acercarse a él sin que se sintiera molesto de inmediato.

Me acuclillé a su lado.

Frente a nosotros se alzaba una antigua antena del Partido, inaugurada a bombo y platillo treinta años antes y hoy convertida en desecho por falta de convicción ideológica. Tras el caserón precintado, dos palmeras convalecientes intentaban mantener el tipo. A mi parecer, estaban ahí desde la noche de los tiempos, con su silueta retorcida, casi grotesca, con las ramas colgantes y resecas. Aparte de los perros, que acudían a su pie a levantar la pata, y de algunas aves de paso en busca de una vara vacante, nadie les prestaba atención. De niño, me intrigaban. No comprendía por qué no aprovechaban la noche para desaparecer para siempre. Un charlatán ambulante contaba que ambas palmeras eran, en realidad, el fruto de una inmemorial alucinación colectiva que el espejismo, al disiparse, había olvidado llevarse.

– ¿Has escuchado la radio esta mañana? Parece que los italianos van a liar el petate.

– ¡Pues sí que nos va a servir de mucho! -masculló.

– En mi opinión…

– ¿No tenías que ir a comprarte un par de zapatos nuevos?

Alcé el brazo a la altura del pecho en señal de rendición.

– Vale. Necesito desentumecer las piernas.

Por fin accedió a volverse hacia mí.

– No te lo tomes así. Esas historias me hastían.

– Lo entiendo.

– No me lo tengas en cuenta. Me paso los días jodido y las noches jodiéndome.

Me levanté.

Cuando estaba alcanzando el final de la tapia, me dijo:

– Creo que tengo un par de zapatos en casa. Pásate luego por allí. Si te van, son tuyos.

– De acuerdo… Hasta luego.

Ya había dejado de hacerme caso.

<p>2</p>

En la plaza convertida en campo de fútbol, un hatajo de mocosos gritones daban patadas a un balón desgastado, caóticos en sus ataques y pasmosos en sus irregularidades. Parecían una bandada de gorriones desgreñados peleándose por un grano de maíz. De repente, un pulgarcito consiguió zafarse de aquella barahúnda y salió corriendo solo, como un machote, hacia la portería contraria. Regateó a un adversario, superó a un segundo, se fue hacia la línea de banda y pasó el balón hacia atrás a un compañero que, lanzándose como un bólido, falló lamentablemente su disparo antes de lijarse las nalgas en la grava. Sin previo aviso, un chaval anormalmente grueso, hasta entonces tranquilamente acuclillado al pie de un muro, se lanzó hacia el balón, lo recogió y salió pitando a toda mecha. Al principio perplejos, los jugadores se dieron cuenta de que el intruso les robaba el balón; se lanzaron todos a una tras él insultándolo.

– No lo querían en su equipo -me explicó el ferretero, sentado con su aprendiz en la puerta de su taller-. Como es lógico, les agua la fiesta.

Los tres miramos al regordete, que desaparecía tras una manzana de casas, con los demás tras él -el ferretero, con una sonrisa tierna; su aprendiz, con la mirada perdida.

– ¿Has escuchado las últimas noticias? -me preguntó el ferretero-. Los italianos se largan.

– No han dicho cuándo.

– Lo importante es que vayan haciendo las maletas.

Y se lanzó a un largo análisis, pronto ramificado en aproximaciones teóricas sobre el renacer del país, la libertad, etc. Su aprendiz, un alfeñique negro y reseco como un clavo, lo escuchaba con la patética docilidad del boxeador sonado que, entre dos asaltos de castigo, aprueba con la cabeza las recomendaciones de su entrenador mientras su mirada se disuelve en las nubes.

El ferretero era un tipo cortés. Salvo cuando lo reclamaban a horas imposibles por una pequeña fuga en el depósito o una vulgar fisura en un andamio, siempre estaba disponible. Era un grandullón huesudo, con los brazos llenos de moratones y el rostro afilado. Sus ojos producían un destello metálico idéntico a las chispas que hacía brotar de la punta de su soplete. Los graciosos fingían ponerse una máscara de soldador para mirarlo de frente. La verdad es que tenía los ojos destrozados y lagrimosos, y, desde hacía algún tiempo, se le nublaba la vista. Padre de media docena de chavales, se escapaba a su taller más para huir del follón que reinaba en su casa que para hacer sus chapuzas. Suleimán, su primogénito, que tenía más o menos mi edad, era retrasado mental; podía permanecer días enteros en un rincón sin rechistar y luego, sin previo aviso, sufrir uno de sus ataques y echar a correr, a correr hasta caer redondo. Nadie sabía por qué le ocurría. Suleimán no hablaba, no se quejaba, no agredía; vivía atrincherado en su mundo e ignoraba por completo el nuestro. Y, de repente, daba un grito, siempre el mismo, y salía pitando por el desierto sin darse la vuelta. Al principio lo miraban correr por aquella sartén, con su padre tras él. Con el tiempo, se dieron cuenta de que esas carreras enloquecidas le hacían polvo el corazón y de que, a la larga, el pobre diablo corría el riesgo de quedarse tieso, fulminado por un infarto. En el pueblo, nos habíamos organizado para interceptarlo en cuanto se daba la voz de alarma. Cuando le echaban el guante, Suleimán no forcejeaba; se dejaba agarrar y llevar de vuelta a su casa, sin resistencia, con una risa átona en su boca abierta y los ojos en blanco.

– ;Cómo anda el chico?

– Como una estampa -dijo-. Lleva semanas aguantando el tipo. Cualquiera diría que está completamente curado… ¿Y tu padre?

– Siempre al pie de su árbol… Tengo que comprarme un nuevo par de zapatos. ¿Alguien baja hoy a la ciudad?

El ferretero se rascó la cúspide del cráneo.

– Me ha parecido ver una furgoneta en la pista, hace una hora, pero no podría decirte si iba a la ciudad. Habrá que esperar a que acabe la oración. Además, cada vez se hace más difícil desplazarse con esos puestos de control y las molestias que conllevan… ¿Has consultado al zapatero?

– Mis zapatos son irrecuperables. Necesito otros nuevos.

– El zapatero tiene algo más que suelas y cola.

– Su mercancía está pasada de moda. Necesito algo nuevo, flexible y elegante.

– ¿Crees que se adaptarían bien al estado de nuestro suelo?

– Eso no importa… Estaría bien que alguien me pudiera llevar a la ciudad. También me apetece una bonita camisa.

– Pues me parece que ya puedes sentarte a esperar. El taxi de Jalid está estropeado y el autocar ha dejado de pasar por aquí desde que un helicóptero estuvo a punto de cargárselo en la carretera el mes pasado.

Los chavales habían recuperado su balón; regresaban con paso marcial.

– El aguafiestas no ha ido muy lejos -observó el ferretero.

– Es demasiado gordo para dejarlos atrás.

Ambos equipos volvieron a desplegarse por el terreno, cada uno en su campo, y el partido se reanudó ahí donde había quedado interrumpido. Al punto volvió a oírse el griterío, obligando a un perro viejo a batirse en retirada.

Como no tenía nada especial que hacer, me acomodé sobre un bloque de cemento y seguí el partido con interés.

Al final del partido, me percaté de que el ferretero y su aprendiz habían desaparecido y que el taller estaba cerrado. Ahora el sol calentaba con ganas. Me levanté y subí la calle en dirección a la mezquita.

Había gente en la barbería. Habitualmente, los viernes, tras la Gran Oración, los ancianos de Kafr Karam se citaban allá. Acudían a mirar cómo uno de los suyos se entregaba a la maquinilla del peluquero, un personaje elefantiásico envuelto en un mandil de matarife. Antes, los debates nunca iban al grano. Los esbirros de Sadam estaban al acecho. Por una palabra fuera de lugar deportaban a toda la familia; las fosas comunes y los cadalsos proliferaban como hongos. Pero desde que habían pillado al tirano en su ratonera y lo habían encerrado en otra, las lenguas andaban sueltas y los ociosos de Kafr Karam resultaron ser pasmosamente volubles… Esa mañana, se hallaban reunidos en la barbería los sabios del pueblo -si algunos jóvenes se mantenían cerca era porque los debates prometían-. Reconocí a Jadir, llamado Doc, un septuagenario cascarrabias que había enseñado dos décadas atrás filosofía en un centro escolar de Basora antes de pudrirse durante tres años en las mazmorras baasistas por una oscura historia de etimología. Al dejar el calabozo, el Partido le dejó claro que tenía prohibido impartir clases en todo el territorio iraquí y que estaba en el punto de mira del Muhabarat. Doc comprendió entonces que su vida pendía de un hilo y regresó a la carrera a su pueblo natal, donde se hizo el muerto hasta que quitaron las tuercas a las estatuas del rais en los espacios públicos. Era alto, casi señorial con su inmaculada chilaba azul, lo que le confería una actitud hierática. A su lado, encogido sobre un banco, peroraba Bashir el Halcón, un antiguo salteador de caminos que había operado por toda la región a la cabeza de una horda muy escurridiza antes de refugiarse en Kafr Karam, con su botín como señuelo. No era miembro de la tribu, pero los Ancianos optaron por brindarle su hospitalidad antes que padecer sus correrías. Enfrente, en medio de su silencioso clan, los hermanos Isam, dos viejos achacosos pero temibles, intentaban hacer añicos los argumentos de unos y otros; llevaban la práctica de la contradicción en la sangre, y eran capaces de renunciar a su propia idea elaborada la víspera si a algún aliado indeseado se le ocurría suscribirla. E, inmutable en su rincón, apartado para que se le pudiera ver bien, el decano reinaba desde su silla de mimbre, que sus partidarios transportaban allá donde fuera, con su imponente rosario en una mano y en la otra la pipa de su narguile. Él jamás intervenía durante el debate y se reservaba la última palabra; no soportaba que nadie se la pisara.

– Al menos nos han librado de Sadam -protestó Isam 2, tomando por testigo a su entorno inmediato.

– No les hemos pedido nada -refunfuñó el Halcón.

– ¿Quién podía hacerlo? -dijo Isam 1.

– Es cierto -añadió su hermano-. ¿Quién podía siquiera escupir al suelo sin exponerse a que lo alcanzara un rayo, sin ser detenido de inmediato por ultrajar al rais y ahorcado en una grúa?

– Si Sadam era tan duro, era por culpa de nuestras pequeñas y grandes cobardías -insistió el Halcón con desprecio-. Los pueblos sólo tienen los reyes que se merecen.

– No estoy de acuerdo contigo -dijo un vejete trémulo a su derecha.

– Tú ni siquiera puedes estar de acuerdo contigo mismo.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque es la verdad. Hoy estás con unos y mañana con otros. Jamás te he oído defender la misma opinión dos días seguidos. La verdad es que no tienes opinión. Tomas el tren en marcha y, cuando aparece otro, saltas a él sin siquiera intentar conocer su destino.

El vejete trémulo se amparó tras una mueca de indignación, el rostro sombrío.

– No te lo digo para ofenderte, amigo -le dijo el Halcón en tono conciliador-. No tengo ninguna intención de faltarte al respeto. Pero no permitiré que achaques nuestras culpas a Sadam. Era un monstruo, eso sí, pero un monstruo nuestro, de nuestra sangre, y todos hemos contribuido a consolidar su megalomanía. De ahí a preferir a unos impíos venidos de la otra punta del planeta para pisotearnos, hay un gran trecho. Los militares norteamericanos no son más que unos brutos, unas bestias salvajes que se contonean delante de nuestras viudas y de nuestros huérfanos y que no dudan en soltar sus bombas sobre nuestros dispensarios. Mira en qué han convertido nuestro país: en un infierno.

– Sadam ya lo había convertido en un matadero -le recuerda Isam 2.

– No fue Sadam, sino nuestro miedo. Si hubiésemos demostrado un mínimo de valor y de solidaridad, ese perro jamás se habría permitido llegar tan lejos en el ejercicio de la tiranía.

– Tienes razón -dice el hombre bajo la maquinilla del barbero mirando al Halcón por el espejo-. Se lo hemos consentido, y ha abusado. Pero no me harás cambiar de opinión: los americanos nos han librado de un ogro que amenazaba con devorarnos crudos, a todos, uno tras otro.

– ¿Y por qué crees que están aquí los americanos? -se empecinó el Halcón-. ¿Por caridad cristiana? Son hombres de negocios, comercian con nosotros como si fuéramos un mercado. Ayer era comida a cambio de petróleo. Hoy es petróleo a cambio de Sadam. ¿Y qué pintamos nosotros en todo esto? Promesas vanas. Si los americanos tuviesen un gramo de bondad, no tratarían a sus negros y a sus latinos como si fueran trogloditas. En vez de cruzar los tiempos y los océanos para echar una mano a unos pobres moros debilitados, harían mejor barriendo su puerta y ocupándose de sus indios, que se pudren en sus reservas, fuera del alcance de los curiosos, como si fueran enfermedades vergonzantes.

– Desde luego -recalcó el vejete trémulo-. ¿Te imaginas: unos soldados americanos partiéndose la cara a miles de kilómetros de su casa por caridad cristiana? No les pega nada.

– ¿Puedo decir algo? -dijo finalmente Jabir.

En el salón se impuso un silencio respetuoso. Cuando Doc Jabir tomaba la palabra, siempre era un momento solemne. El antiguo profesor de filosofía, al que las mazmorras de Sadam habían elevado al rango de héroe, hablaba poco, pero sus intervenciones volvían a poner bastantes cosas en su sitio. Hablaba con fuerza, decía las palabras justas y sus argumentos eran inapelables.

– ¿Puedo hacer una pregunta? -añadió con gravedad-. ¿Por qué Bush se ensaña con nuestro país?

La pregunta dio la vuelta a la concurrencia sin encontrar quien la respondiese; se suponía que llevaba trampa y nadie tenía ganas de hacer el ridículo.

Doc Jabir tosiqueó en su puño, seguro de haber acaparado la atención general. Sus ojos de hurón acosaron a las miradas reticentes, pero no dieron con ninguna; accedió a desarrollar el fondo de su pensamiento:

– ¿Para librarnos de un déspota, ayer su criado y hoy un personaje comprometedor?… ¿Porque nuestro martirio acabó ablandando a las rapaces de Washington?… Si creéis por un segundo ese cuento de hadas, es que estáis acabados. Estados Unidos sabía dos cosas extremadamente preocupantes para sus proyectos hegemónicos: 1) Nuestro país estaba a punto de disponer plenamente de su soberanía: de armas nucleares. Con el nuevo orden mundial, sólo las naciones que dispongan de arsenal nuclear serán soberanas; las demás, a partir de ahora, no serán sino posibles focos de tensión, graneros providenciales para las grandes potencias. El mundo está gestionado por el lobby financiero internacional, para el cual la paz es un paro técnico. Un asunto de espacio vital… 2) Irak era la única fuerza militar capaz de plantar cara a Israel. Ponerlo de rodillas era permitir que Israel se hiciera con la región. Éstas son las dos auténticas razones que han llevado a la ocupación de nuestra patria. Sadam es una cortina de humo. Si, para la opinión pública, parece justificar la agresión norteamericana, no por ello deja de ser una engañifa diabólica consistente en pillar a la gente a contrapié para ocultar lo más importante: impedir que un país árabe acceda a los medios estratégicos para su defensa, y por tanto para su integridad, y, una vez conseguido, ayudar a Israel a asentar definitivamente su autoridad en Oriente Próximo.

Como ninguno esperaba el golpe, la asistencia quedó boquiabierta.

Satisfecho, el Doc saboreó por un momento el efecto producido por la pertinencia de su intervención, carraspeó con arrogancia, convencido de que les había quitado el hipo, y se levantó.

– Señores -decretó-, os dejo meditar mis palabras con la esperanza de veros mañana más ilustrados y crecidos.

Dicho esto, alisó majestuosamente la parte delantera de su chilaba y abandonó el salón con excesiva altivez.

El barbero, que no prestaba atención a los dimes y diretes de unos y otros, acabó dándose cuenta del silencio que acababa de hacerse a su alrededor; arqueó una ceja y, sin hacerse demasiadas preguntas, siguió rapando a su cliente con la indolencia de un paquidermo masticando una mata de hierba.

Ahora que Doc Jabir se había retirado, las miradas convergían en el decano. Éste se meneó sobre su silla de mimbre chascando los labios y dijo:

– También se pueden ver las cosas desde ese punto de vista.

Calló un largo rato antes de añadir:

– La verdad es que estamos cosechando lo que hemos sembrado: el fruto de nuestros perjurios… Hemos fracasado. En otros tiempos, éramos nosotros mismos, árabes valientes y virtuosos con la vanidad justa para cobrar valor. En vez de mejorar con el tiempo, nos hemos echado a perder.

– ¿Y cuáles han sido nuestras culpas? -preguntó el Halcón, susceptible.

– La fe… La hemos perdido, y con ella la cara.

– Que yo sepa, las mezquitas están siempre llenas.

– Sí, pero ¿qué ha sido de los creyentes? Son gente que va maquinalmente a rezar y luego regresa a lo ilusorio una vez terminado el oficio. La fe no es eso.

Uno de sus partidarios le tendió un vaso de agua.

El decano bebió unos cuantos tragos; el ruido de la ingurgitación resonó en el salón como piedras al caer en un pozo.

– Hace unos cincuenta años, mientras conducía la caravana de mi tío por Jordania con un centenar de camellos, me detuve en un pueblo cerca de Ammán. Era la hora de la oración. Fui con parte de mis hombres a una mezquita y nos pusimos a hacer nuestras abluciones en un pequeño patio enlosado. Entonces se nos acercó el imán, un personaje imponente vestido con una túnica resplandeciente. «¿Qué estáis haciendo aquí, jóvenes?», nos preguntó. «Nos lavamos para la oración», le contesté. «¿Creéis que vuestros odres bastan para purificaros?», inquirió. «Pero es preciso hacer las abluciones antes de entrar en la sala de oraciones», le observé. Entonces sacó un higo hermoso y fresco de su bolsillo, lo limpió con cuidado en una taza de agua y luego lo abrió ante nuestros ojos. El hermoso higo estaba lleno de gusanos. El imán concluyó: «No es el cuerpo lo que hay que lavar, jóvenes, sino el alma. Si estáis podridos por dentro, no hay río ni océano que pueda desinfectaros».

Todas las personas reunidas en la barbería asintieron, convencidas, con la cabeza.

– No pretendamos que otros carguen con la parte de culpa que nos corresponde. Si los americanos están aquí, es responsabilidad nuestra. Al perder la fe, hemos perdido nuestras referencias y el sentido del honor. Hem…

– ¡Ya está! -exclamó el barbero agitando su brocha por encima de la nuca carmesí de su cliente.

Los ocupantes del salón se quedaron tiesos, indignados.

Lejos de sospechar que acababa de perturbar al reverenciado decano y de escandalizar a quienes bebían en las fuentes de sus labios, el barbero siguió meneando su brocha con desenvoltura.

El cliente cogió sus viejas gafas remendadas con papel celo y alambre, se las ajustó sobre su tumefacta nariz y se contempló en el espejo frente a él. Su sonrisa se convirtió de inmediato en mueca.

– ¿Qué es esto? -gimió-. Me has esquilado como a una oveja.

– Ya llegaste con poco pelo -le señaló el barbero, impasible.

– Puede, pero aun así te has pasado. Ha faltado poco para que me cortaras la piel del cráneo.

– Podías haberme detenido.

– ¿Cómo? No veo nada sin las gafas.

El barbero insinuó un mohín de apuro.

– Lo siento. He hecho lo que he podido.

En ese instante, ambos hombres se dieron cuenta de que algo no iba bien. Se dieron la vuelta y recibieron de pleno la mirada indignada de las personas reunidas en el salón.

– ¿Qué pasa? -preguntó el barbero con voz queda.

– El decano nos estaba instruyendo -le señalaron con tono de reproche-, y no sólo no escuchabais sino que además discutíais por unos miserables tijeretazos mal dados. No tenéis perdón.

Al percatarse de su grosería, el barbero y su cliente se llevaron la mano a la boca, como niños pillados soltando tacos, y se amilanaron.

Los jóvenes, que escuchaban desde la entrada, se quitaron de en medio de puntillas. En Kafr Karam, cuando los sabios y los mayores riñen, los adolescentes y los solteros tienen la obligación de retirarse. Por pudor. Aproveché para acudir al zapatero, cuyo taller se hallaba a unos cien metros, en el costado de un caserón horroroso emboscado tras unas fachadas tan feas que parecían haber sido levantadas por duendes.

El sol rebotaba en el suelo y me hería los ojos. Entreví, entre dos cuchitriles, a mi primo Kadem allá donde lo había dejado, encogido sobre su pedrusco; le mandé un saludo con la mano, que no vio, y proseguí mi camino.

El taller del zapatero estaba cerrado; de todos modos, las zapatillas que vendía sólo les quedaban bien a los viejos, y si algunas llevaban lustros pudriéndose en su caja de cartón, no era por falta de dinero.

Delante del gran portón de hierro del caserón, pintado de un repelente color marrón, Omar el Cabo jugueteaba con un perro. Apenas me vio, dio una patada al trasero del cuadrúpedo, que se apartó con un quejido, y me hizo una señal para que me acercara.

– Apuesto a que estás salido -me soltó-. ¿A qué has venido a ver si te topabas por aquí con alguna oveja perdida?

Omar era un desasosiego ambulante. En el pueblo, los jóvenes no apreciaban ni la crudeza de sus palabras ni sus insanas alusiones; huían de él como de la peste. Su paso por el ejército lo había echado a perder.

Cinco años atrás, marchó a servir en un batallón como ranchero, y regresó al pueblo tras el asedio de Bagdad por las tropas norteamericanas, incapaz de explicar lo que había ocurrido. Una noche, su unidad estaba en estado de alerta total, con el arma cargada y la bayoneta calada; a la mañana siguiente no quedaba nadie en su puesto, todos habían desertado, empezando por los oficiales. Omar regresó al redil a hurtadillas. Le sentó muy mal la deserción de su batallón, y ahogaba su vergüenza y su pena en vino adulterado. De ahí debía de venirle su grosería; como ya no sentía respeto por sí mismo, se complacía malévolamente asqueando a familiares y amigos.

– Hay gente honorable por aquí -le recordé.

– ¿He dicho algo poco suní?

– Haz el favor…

Separó los brazos.

– Vale, vale. Ya no se puede estar ni de cachondeo.

Omar era once años mayor que yo. Se había alistado en el ejército tras un fracaso amoroso, pues la amada de sus sueños estaba comprometida con otro. Él no tenía idea de ello; tampoco ella, por lo demás. Cuando agarró el toro por los cuernos y pidió a su tía que fuera a pedir la mano de su Egeria, el mundo se le vino encima. Nunca consiguió reponerse.

– Me estoy volviendo loco en este agujero de mierda -gruñó-. He llamado a todas las puertas y nadie quiere bajar a la ciudad. Me pregunto por qué prefieren quedarse apalancados en su choza asquerosa en vez de darse un garbeo por un buen bulevar con sus tiendas climatizadas y terrazas con flores. Dime qué hay que ver por aquí aparte de perros y lagartijas. En la ciudad, por lo menos, cuando estás sentado en una terraza, ves pasar los coches, contonearse a las chicas; ¡te sientes vivo, joder! ¡Vivo…! Eso no es lo que siento en Kafr Karam. Te juro que me siento como si la estuviera palmando poco a poco. ¡Que me ahogo, que me muero, coño!… Hasta el taxi de Jalid está averiado, y el autocar ya no cubre este sector desde hace semanas.

Omar estaba encogido como un hatillo sobre sus cortas patas. Llevaba una desgastada camisa de cuadros, demasiado estrecha para impedir que su tripón se le desparramara sobre las rodillas. Tampoco le lucía mucho su pantalón manchado de grasa de motor. Indefectiblemente, Omar lucía siempre ese tipo de manchas en su ropa. Aunque se cambiara en un quirófano, con ropa recién sacada de su envoltorio, se las habría apañado para mancharla de grasa de motor al minuto; era como si su cuerpo lo segregara.

– ¿Dónde vas? -me preguntó.

– Al café.

– ¿Para ver a unos pobres diablos jugar a las cartas, como ayer, y anteayer, y mañana, y dentro de veinte años? ¡Joder…, es como para que se te vaya la olla! ¿Qué leches habré podido hacer en una vida anterior para merecerme volver a nacer en un pueblucho tan asqueroso?

– Es nuestro pueblo, Omar, nuestra primerísima patria.

– Pues menuda patria. Hasta los cuervos evitan recalar por aquí.

Remetió su tripón hacia dentro para colocar un pico de camisa bajo el cinturón, se tragó con fuerza los mocos y dijo suspirando:

– De todos modos, no tenemos elección. Vayamos pues al café.

Volvimos sobre nuestros pasos hacia la plaza. Omar estaba enloquecido. Cada vez que nos topábamos con un viejo trasto aparcado ante un patio, soltaba sapos y culebras:

– ¿Por qué se compran esos asnos un cacharro si lo van a dejar caerse a pedazos ante la puerta de su choza?

Contuvo durante un momento su despecho antes de volver a la carga:

– ¿Y tu primo? -dijo señalando con la barbilla a Kadem, sentado contra la tapia, en la otra punta de la calle-. ¿Cómo se las apaña para tirarse el día entero en su esquina? Un día de éstos se le funde un plomo, eso seguro.

– Le gusta estar solo, eso es todo.

– Conocí a un tipo en el batallón que se comportaba de la misma manera, siempre apartado en una esquina del pabellón de la tropa, nunca en la cantina, nunca alrededor de una mesa ganduleando con los compañeros. Una mañana nos lo encontramos colgado de la lámpara del techo de las letrinas.

– Eso no le ocurrirá a Kadem -dije notando un escalofrío por la espalda.

– ¿Qué apostamos?


El café Safir lo llevaba Majed, un pariente enfermizo y triste que se consumía dentro de un mono azul tan basto que parecía hecho de lona. Estaba tras su rudimentario mostrador, como una estatua fallida, con una vieja gorra militar hundida hasta las orejas. Como sus clientes sólo acudían para jugar a las cartas, ya ni se molestaba en enchufar sus aparatos, y se limitaba a traer de casa un termo lleno de té rojo que a menudo acababa bebiéndose solo. Frecuentaban su local jóvenes desocupados y más tiesos que una pata de banco, que desembarcaban por la mañana y no ahuecaban el ala hasta el anochecer, sin llevarse ni una sola vez la mano al bolsillo. Majed había pensado a menudo en tirar la toalla, pero ¿para hacer qué? En Kafr Karam, el desamparo sobrepasaba todo lo imaginable; cada cual se aferraba a su fingido empleo para no volverse tarumba.

Majed puso cara de disgusto al ver entrar a Omar.

– Hola, buscarruina -refunfuñó.

Omar miró con hastío a los pocos jóvenes sentados aquí y allá.

– Esto parece un cuartel en día de castigo -dijo rascándose el trasero.

Reconoció, en el fondo de la sala, a los gemelos Hasán y Hossein, de pie contra la ventana, siguiendo una partida de cartas entre Yacín, el nieto de Doc Jabir, un chico melancólico y colérico; Salah, el yerno del ferretero; Adel, un grandullón un poco estúpido, y Bilal, el hijo del barbero.

Omar se acercó a estos últimos, saludó al pasar a los gemelos y se colocó detrás de Adel.

Adel se movió, molesto.

– Me estás haciendo sombra, cabo.

Omar retrocedió un paso.

– La sombra está en tu perola, chaval.

– Déjalo en paz -dijo Yacín sin dejar de mirar su juego-. No nos distraigas.

Omar soltó una risotada, despectivo, y se mantuvo a raya.

Los cuatro jugadores miraban sus cartas intensamente.

Tras un rato interminable calculando mentalmente, Bilal carraspeó:

– Te toca, Adel.

Adel volvió a revisar sus cartas, echando los labios hacia adelante. Al sentirse indeciso, se tomaba su tiempo.

– Bueno, ¿espabilas o qué? -se impacientó Salah.

– Tranquilo -protestó Adel-, que me lo tengo que pensar.

– Deja ya de vacilar -le dijo Omar-. Ya evacuaste al meneártela esta mañana el último gramo de cerebro que te quedaba.

Una auténtica capa de plomo se abatió sobre el café.

Los jóvenes que estaban cerca de la puerta se eclipsaron; los demás no sabían dónde meterse.

Omar se dio cuenta de su metedura de pata; tragó saliva en espera de que se le viniera el cielo encima.

Alrededor de la mesa, los jugadores mantenían la nuca gacha sobre sus cartas, petrificados. Sólo Yacín puso con cuidado sus cartas de lado y apuntó con dos ojos blancos de ira al ex cabo:

– No sé dónde quieres ir a parar con tu lenguaje barriobajero, Omar, pero ya te estás pasando. Aquí, en nuestro pueblo, tanto los jóvenes como los viejos se respetan. Te has criado entre nosotros y sabes cómo es esto.

– No he…

– ¡Cierra el pico!… Cierra tu bocaza y tira de la cadena -dijo Yacín, con una voz monocorde que contrastaba violentamente con la ira que brotaba de sus pupilas-. No estás en el bar de suboficiales, sino en Kafr Karam. Aquí todos somos hermanos, primos, vecinos y allegados, y controlamos lo que decimos y hacemos… Te lo he dicho cien veces, Omar. Nada de obscenidades; por el amor de Dios, no nos amargues nuestros escasos ratos de respiro con tu asqueroso lenguaje de sinvergüenza…

– Vamos, era sólo de cachondeo.

– Pues mira a tu alrededor, Omar. ¿Nos estamos riendo? Di, ¿nos estamos riendo?

Al ex cabo le brincaba la nuez en su garganta contraída.

Yacín lo apuntó perentoriamente con el dedo.

– A partir de hoy, Omar, hijo de mi tío Fadel y de mi tía Amina, te prohíbo, digo bien, te prohíbo que sueltes un solo taco, una sola palabra fuera de lugar…

– Cuidado -lo cortó Omar, mucho más para salvar la cara que para poner a Yacín en su sitio-, que te llevo seis años y no te permito que me hables en ese tono.

– ¡Demuéstralo!…

Ambos hombres se retaron con la mirada, estremecidos de rabia.

Omar se amilanó el primero.

– Vale -gruñó remetiéndose hoscamente la camisa bajo el cinturón.

Giró sobre los talones y se dirigió hacia la salida:

– ¿Queréis que os diga…? -fulminó desde el umbral.

– Desinféctate antes la boca -lo cortó en seco Yacín.

Omar meneó la cabeza y desapareció.


El malestar se acrecentó en el café tras la salida de Omar. Los gemelos se fueron los primeros, cada uno por su lado. Luego, como la partida de cartas había quedado interrumpida, a nadie le apeteció reanudarla. Yacín se levantó a su vez y salió, con Adel pisándole los talones. Ya sólo me quedaba volver a mi casa.

Ya en mi habitación, intenté escuchar la radio para disipar el malestar que se me había metido en el cuerpo tras la escena del Safir. Lo lamentaba por partida doble, primero por Omar, luego por Yacín. Sin duda, el cabo se merecía que lo pusieran en su sitio, pero también me disgustaba la severidad del más joven. Cuanta más lástima me daba el desertor, menos justificable me parecía su primo. En realidad, si nuestras relaciones se iban degradando, era por las noticias que nos llegaban de Faluya, Bagdad, Mosul o Basora mientras vivíamos a años luz del drama que estaba despoblando nuestro país. Desde el inicio de las hostilidades, a pesar de los cientos de atentados y la enorme mortandad, ni un solo helicóptero había sobrevolado hasta entonces nuestro sector; ni una sola patrulla había profanado la paz de nuestro pueblo. Y ese sentimiento de quedar en cierto modo excluidos de la Historia se iba convirtiendo, con nuestro expectante silencio, en un auténtico caso de conciencia. Si bien los viejos parecían acomodarse a ello, los jóvenes de Kafr Karam lo vivían muy mal.

Como la radio no conseguía distraerme, me tumbé en la cama y me tapé la cabeza con la almohada. El agobiante calor exacerbaba mi turbación. No sabía qué hacer. Las calles del pueblo me entristecían, mi cuchitril me agobiaba; me instalaba en mi disgusto…

Al caer la tarde, un amago de brisa agitó levemente las cortinas. Saqué una silla metálica y me acomodé en la entrada de la habitación. A dos o tres kilómetros del pueblo, los huertos de los Haitem desafiaban la rocalla que los sitiaba; único espacio verde en leguas a la redonda, resplandecían con insolencia entre las reverberaciones del día. El sol se ponía entre nubes de polvo. El horizonte no tardó en incendiarse, destacando a lo lejos las ondulaciones de las colinas. Sobre la árida meseta que corría hasta quedar sin aliento hacia el sur, la pista transitable parecía el cauce seco de un río. Una piara de mocosos regresaba de los huertos, cabizbajos y con andar vacilante; resultaba evidente que la expedición de los pequeños merodeadores se había malogrado.

– Hay un paquete para ti -me avisó mi hermana gemela Bahia dejando ante mis pies una bolsa de plástico-. Te traigo la cena dentro de media horita. ¿Podrás aguantar hasta entonces?

– Sin problema.

Me sacudió con la mano el cuello de la camisa.

– ¿No fuiste a la ciudad?

– No encontré a nadie para llevarme.

– Intenta ser más convincente mañana.

– Lo prometo… ¿Qué es este paquete?

– Lo acaba de traer el hermano pequeño de Kadem.

Entró en la habitación para comprobar que todo estaba en orden y volvió a su fogón.

Abrí la bolsa de plástico y saqué una caja de cartón cerrada con esparadrapo. En el interior, descubrí un soberbio par de zapatos negros para estrenar y un trozo de papel en el que había escrito: Me los he puesto dos veces, las noches de mi primera y mi segunda bodas. Son para ti. Tan amigos. Kadem.

<p>3</p>

Kafr Karam se iba agrietando día tras día, rehén de su vaciedad.

En la barbería, en el café, al pie de las tapias, la gente rumiaba los mismos bulos. Se hablaba demasiado; no se hacía nada. Las expresiones de enojo reincidían una y otra vez, cada vez menos espectaculares; los argumentos se embotaban al antojo de los cambios de humor y los conciliábulos derivaban en interminables y tediosas peroratas. Poco a poco, la gente dejó de escucharse. Sin embargo, se estaba gestando algo inhabitual. Si bien, entre los Ancianos, la jerarquía permanecía incólume, entre los jóvenes iba experimentando una curiosa mudanza. Desde que Yacín reprendiera a Omar el Cabo, el derecho de primogenitura se estaba yendo a pique. Ciertamente, la mayoría reprobaba lo que había ocurrido en el Safir, pero una minoría de balas rasas y de rebeldes en ciernes se inspiraba en ello para cobrar seguridad.

Al margen de ese desafuero, que los viejos fingían ignorar -pues el incidente había corrido de boca en boca por todo el pueblo sin que por ello se sacara a relucir en público-, los acontecimientos seguían su curso con patético linfatismo. El amanecer hacía acto de presencia cuando buenamente le parecía, y la noche caía a su antojo. Seguíamos enfrascados en nuestra limitada dicha autista, pensando en las musarañas o rascándonos la nariz. Podría decirse que vegetábamos en otro planeta, al margen de los dramas que corroían nuestro país. Nuestras mañanas eran reconocibles por sus ruidos característicos, nuestras noches por sus descansos desabridos, y algunos no habrían sabido decir para qué sirven los sueños cuando los horizontes están desnudos. Hacía tiempo que las murallas de nuestras calles nos mantenían cautivos de su penumbra. Habíamos conocido los regímenes más abominables y habíamos sobrevivido a ellos del mismo modo que nuestro rebaño sobrevivía a las epidemias. A veces, cuando un tirano expulsaba a otro, recalaban por aquí nuevos esbirros para levantar la caza. Esperaban así echar el guante a eventuales ovejas negras para inmolarlas allí mismo, y así mantenernos a raya a todos. No tardaban nada en desilusionarse y regresaban con su amo, confundidos pero encantados de no tener que volver a poner los pies en este poblacho, donde costaba distinguir a los vivos de los fantasmas que les hacían compañía.

Pero, como reza el ancestral proverbio, si cierras tu puerta para no oír los gritos del vecino, se colarán por tu ventana. Pues nadie está seguro cuando la desgracia anda suelta. Por mucho que uno se cuide de evocarla, que crea que eso sólo les ocurre a los demás y que basta con no rechistar para librarse de ella, tanta contención le acaba poniendo la mosca detrás de la oreja y, una buena mañana, se presenta disimulando para ver de qué va el asunto… Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. La desgracia recaló entre nosotros sin aspavientos, casi de puntillas, ocultando su jugada. Yo estaba tomando una taza de té en el taller del ferretero cuando su nieta acudió gritando:

– Suleimán… Suleimán…

– ¿Ha vuelto a escapar? -exclamó el ferretero.

– Se ha cortado la mano con el portón… Se ha quedado sin dedos -sollozaba la criatura.

El ferretero pasó por encima de la mesa baja que nos separaba, volcando de paso la tetera que la coronaba, y salió disparado hacia su casa. Su aprendiz se apresuró tras él mientras me hacía una señal para que lo siguiera. Se oían gritos de mujer en la otra punta de la calle. Un enjambre de críos se iba agrupando ante el portón abierto del patio. Suleimán mantenía su mano ensangrentada junto a su pecho y reía en silencio, fascinado por su desangramiento.

El ferretero ordenó a su mujer que se callara y que fuera en busca de una tela limpia. Los gritos cesaron de inmediato.

– Ahí están los dedos -dijo el aprendiz señalando dos puntas de carne junto a la puerta.

Con una calma asombrosa, el ferretero recogió las dos falanges cortadas, las limpió y metió en un pañuelo que introdujo en su bolsillo. Luego se inclinó sobre la herida de su hijo.

– Hay que llevarlo al dispensario -dijo-. Si no, se va a desangrar.

Se volvió hacia mí.

– Necesito un coche.

Asentí con la cabeza y me dirigí a la carrera a la casa de Jalid Taxi. Lo pillé en el patio reparando el juguete de su hijo.

– Te necesitamos -le anuncié-. Suleimán se ha cortado dos dedos, tenemos que llevarlo al dispensario.

– Lo siento, espero a gente a mediodía.

– Es urgente. Suleimán está perdiendo mucha sangre.

– No os puedo llevar. Coge el coche si quieres. Está en el garaje. No os puedo acompañar; dentro de un rato va a venir gente para pedir la mano de mi hija.

– De acuerdo, dame las llaves.

Soltó el juguete de su retoño y me pidió que lo siguiera hasta el garaje donde un viejo Ford abollado tenía el freno echado.

– ¿Sabes conducir?

– Por supuesto…

– Ayúdame a sacar este trasto a la calle.

Abrió los batientes del garaje y lanzó un silbido a los mocosos que vagueaban al sol para que vinieran a echarnos una mano.

– El arranque se me resiste -me explicó-. Ponte al volante, vamos a empujarte.

Los chavales se precipitaron dentro del garaje, divertidos y felices de que les pidieran ayuda. Solté el freno, metí segunda y el coche quedó a merced del entusiasmo de los chicos. Al cabo de unos cincuenta metros, el Ford alcanzó una velocidad considerable; solté el pedal del embrague y el motor rugió por todas sus deterioradas válvulas tras una formidable embestida. Detrás de mí, los chavales lanzaron un grito de alegría idéntico al que soltaban al regresar la luz tras un prolongado apagón eléctrico.

Cuando aparqué delante del patio del ferretero, Suleimán tenía ya la mano envuelta en una toalla y un garrote alrededor de la muñeca; su rostro no delataba ningún dolor. Aquello me resultó extraño, y no conseguía creerme que se pudiera mostrar tanta insensibilidad cuando se acababa de perder dos dedos.

El ferretero instaló a su hijo en el asiento trasero y se sentó a su lado. Su mujer acudió a la carrera, desmelenada y sudorosa, como si estuviera loca perdida; tendió a su marido un fajo de hojas, con los bordes desgastados, enrolladas y sujetas por un elástico.

– Es su cartilla médica. Seguramente te la van a pedir.

– Muy bien, ahora vuelve a casa y trata de comportarte. No es el fin del mundo.

Salimos del pueblo a toda velocidad, escoltados por una jauría de críos; su clamor nos estuvo persiguiendo durante un buen rato por el desierto.

Eran aproximadamente las once y el sol iba esparciendo oasis artificiales por la llanura. En el cielo calentado al rojo blanco, una pareja de aves aleteaba. La pista avanzaba en línea recta, macilenta y vertiginosa, casi insólita sobre la meseta rocosa que sajaba de punta a punta. El viejo Ford desvencijado brincaba sobre las grietas, a ratos se encabritaba y daba la impresión de obedecer únicamente a su propio frenesí. En el asiento trasero, el ferretero apretaba a su hijo contra él para impedir que se golpeara la cabeza contra la portezuela. No decía nada, me dejaba conducir como buenamente podía.

Cruzamos un campo abandonado, más adelante una gasolinera fuera de servicio, y luego nada más. El horizonte desplegaba su desnudez hasta el infinito. A nuestro alrededor, y hasta donde alcanzaba la vista, no vimos ni una chabola, ni una máquina, ni un bicho viviente. El dispensario se encontraba a unos sesenta kilómetros hacia el oeste, en un pueblo de reciente creación cuyas carreteras estaban asfaltadas. También había una comisaría y un instituto que los nuestros rechazaban por motivos que ignoraba.

– ¿Crees que hay suficiente gasolina? -me preguntó el ferretero.

– No lo sé. Todas las agujas del cuadro de mandos están a media asta.

– Ya me lo imaginaba. No nos hemos cruzado con un solo vehículo. Como tengamos una avería estamos listos.

– Dios no nos abandonará -le dije.

Media hora más tarde, vimos elevarse a lo lejos una enorme nube de humo negro. La carretera nacional quedaba a pocos kilómetros, y el humo nos tenía intrigados. Por fin apareció la carretera nacional tras un cerro. Un semirremolque ardía, cruzado en medio de la calzada, con la cabina en la cuneta y la cisterna volcada; unas llamas gigantescas lo devoraban con una atroz ferocidad.

– Detente -me aconsejó el ferretero-. Debe de tratarse de un ataque de los fedayines, y los militares no van a tardar en aparecer. Da media vuelta hasta la carretera de enlace, más arriba, y toma la antigua pista. No tengo ganas de caer en medio de una refriega.

Di media vuelta.

Cuando alcancé la antigua pista, escruté los alrededores acechando a los refuerzos militares. Unos cientos de metros más abajo, paralelamente a nuestro itinerario, la nacional resplandecía bajo el sol, como si fuera un canal de riego, recta y atrozmente desierta. Pronto la nube de humo acabó en un vulgar hilillo grisáceo sumido en su desamparo. El ferretero sacaba de vez en cuando la cabeza por la ventanilla para ver si un helicóptero nos daba caza. Éramos la única señal de vida en aquel paraje y cualquiera podía cometer un error. El ferretero estaba preocupado; su rostro se iba ensombreciendo.

Yo me mantenía más bien sereno; me dirigía al pueblo vecino y llevaba un herido a bordo.

La pista efectuó un largo rodeo alrededor de un cráter, subió por una colina, cayó a pique y se volvió a enderezar tras unos kilómetros cuesta abajo. Pudimos de nuevo ver la nacional, siempre igual de recta y desierta, estremecedora en su abandono. Esta vez, la pista iba directamente hacia allá antes de confundirse con ella. Los neumáticos del Ford cambiaron de tono cuando hollaron el asfalto, y el motor dejó de resoplar desaforadamente.

– Estamos a menos de diez minutos del pueblo, y ni un vehículo a la vista -constató el ferretero-. Es extraño.

No me dio tiempo a contestarle. Un puesto de control nos cerraba el paso, con pinchos a ambos lados de la carretera. Dos vehículos abigarrados se hallaban en el arcén, con la ametralladora apuntando. Enfrente, coronando un cerro, había una improvisada garita atrincherada detrás de barriles y sacos de arena.

– Mantén la calma -me dijo el ferretero, y su aliento me quemó el hueco de la nuca.

– Estoy calmado -lo tranquilicé-. No tenemos nada que reprocharnos y hay un enfermo a bordo. No nos van a causar problemas.

– ¿Dónde están los soldados?

– Están agazapados detrás del terraplén. Veo dos cascos. Creo que nos están observando con prismáticos.

– De acuerdo, ve reduciendo y sigue despacio. Haz exactamente lo que te digan.

– No te preocupes, todo irá bien.

El primero en salir de su refugio fue un soldado iraquí que nos hizo un gesto para que nos detuviéramos a la altura de una señal plantada en medio de la vía. Obedecí.

– Apaga el motor -me ordenó en árabe-. Luego, coloca las manos sobre el volante. No abras la puerta y no bajes a menos que te lo pidamos. ¿Has oído?

Se mantenía a buena distancia, apuntando el parabrisas con su fusil.

– ¿Has oído?

– He oído. Mantengo las manos sobre el volante y no hago nada sin permiso.

– Muy bien… ¿Cuántos estáis a bordo?

– Tres. Nosotros…

– Contesta sólo a las preguntas que te haga. Y nada de gestos bruscos; ningún tipo de gestos, ¿entendido?… ¿De dónde venís y adónde os dirigís, y por qué?

– Venimos de Kafr Karam y vamos al dispensario. Tenemos a un enfermo que se ha cortado los dedos. Se trata de un retrasado mental.

El soldado iraquí paseó su fusil de asalto sobre mí, el dedo en el gatillo y la culata pegada a la cara; luego, apuntó al ferretero y a su hijo. Dos soldados norteamericanos se acercaron a su vez, vigilantes, con sus armas prestas para convertirnos en un coladero al menor sobresalto. Yo mantenía la calma, con las manos bien a la vista sobre el volante. Detrás de mí, la respiración del ferretero rateaba.

– Controla a tu hijo -le mascullé-. Tiene que quedarse tranquilo.

– ¡Cierra el pico! -me aulló un soldado norteamericano recién aparecido de alguna parte por mi izquierda, apuntándome en la sien con el cañón de su fusil. ¿Qué le has dicho a tu compinche?

– Le he dicho que se quedara…

– Shut your gab! Calla la boca y no rechistes…

Era un negro hercúleo, parapetado tras un subfusil, con los ojos blancos de rabia y las comisuras de la boca efervescentes de baba. Era tan enorme que me tenía impresionado. Sus advertencias crepitaban como ráfagas, me paralizaban.

– ¿Por qué berrea así? -se azoró el ferretero-. Va a asustar a Suleimán.

– ¡Callaos de una vez! -ladró el soldado iraquí, que hacía probablemente las veces de intérprete-. En el control no se habla, no se discuten las órdenes, no se protesta -recitó como quien lee una enmienda-; nos callamos y obedecemos al pie de la letra. ¿Entendido? Mafhum?… Tú, el conductor, vas a poner la mano derecha en la ventanilla y a abrir lentamente la portezuela con la mano izquierda. Luego, pon las manos detrás de la cabeza y baja despacio.

Otros dos militares norteamericanos aparecieron por detrás del Ford, enjaezados como caballos de tiro, con gruesas gafas de arena sobre el casco y el chaleco antibalas sobresaliendo. Se acercaban paso a paso sin dejar de apuntarnos. El soldado negro gritaba hasta quedarse sin campanilla. Apenas toqué tierra con un pie, me arrancó del coche y me obligó a arrodillarme. Me dejaba maltratar sin resistirme. Retrocedió y, dirigiendo el fusil al asiento trasero, ordenó al ferretero que bajara.

– No gritéis, os lo ruego. Mi hijo es un enfermo mental y lo estáis asustando…

El soldado negro no entendía gran cosa de lo que intentaba explicarle el ferretero; parecía estar harto de que le hablaran en un idioma que no entendía en absoluto, y eso lo cabreaba por doble partida. Sus berridos se me clavaban en la cabeza, y desencadenaban una multitud de picoteos dolorosos en mis articulaciones. Shut your gab! Cierras el pico o te reviento… Las manos sobre la cabeza… A nuestro alrededor, los militares no perdían de vista nuestros más leves estremecimientos, impenetrables y silenciosos, unos parapetados tras unas gafas de sol que les confería un aspecto extremadamente temible, los demás intercambiando unas ojeadas codificadas para mantener la presión. Yo estaba estupefacto ante el cañón de los fusiles que nos rodeaban; eran como tragaluces que daban directamente al infierno; sus bocas me parecían mayores que las de un volcán, prestas a cubrirnos con un aluvión de lava y de sangre. Yo estaba pasmado, clavado en el suelo, con la nuez bloqueada en medio de la garganta. El ferretero bajó a su vez, con las manos sobre la cabeza. Temblaba como una hoja. Intentó dirigirse al soldado iraquí; una bota se apoyó en la parte alta de su pantorrilla y lo obligó a poner una rodilla en tierra. En el momento en que el soldado negro se dispuso a ocuparse del tercer pasajero, observó la sangre en la mano y la camisa de Suleimán… ¡Joder, está meando sangre!, exclamó dando un salto hacia atrás. Ese canalla está herido… Suleimán estaba aterrado. Buscaba a su padre… Las manos sobre la cabeza, las manos sobre la cabeza, vituperaba el soldado salivando. Es un enfermo mental, gritó el ferretero al soldado iraquí. Suleimán se deslizó sobre el asiento y salió del vehículo, desorientado. Sus ojos lechosos giraban en su rostro exangüe. El militar americano daba órdenes como si estuviera dirigiendo un asalto. Cada berrido suyo me hundía un poco más. Sólo se le oía a él, y él representaba por sí solo todo el follón de la tierra. De repente, Suleimán soltó su grito, agudo, inconmensurable, reconocible entre mil rumores apocalípticos. Era un grito tan extraño que petrificó al militar. El ferretero no tuvo tiempo de lanzarse sobre su hijo, de retenerlo, de impedir que se fuera. Suleimán salió escopetado hacia delante, tan rápidamente que los norteamericanos se quedaron patidifusos. Dejen que se aleje, gritó un sargento. Puede que esté cargado de explosivos… todos los fusiles apuntaban ahora al fugitivo. No disparéis, suplicaba el ferretero, es un enfermo mental. Don't shoot. He is crazy… Suleimán corría, corría, con el espinazo recto, los brazos caídos, el cuerpo ridículamente ladeado hacia la izquierda. Sólo por su manera de correr, se veía que no era normal. Pero, en tiempos de guerra, el beneficio de la duda privilegia la metedura de pata en detrimento de la sangre fría; a eso se le llama legítima defensa… El primer disparo me sacudió de pies a cabeza, como la descarga de un electrochoque. Siguió el diluvio. Alelado, completamente en las nubes, yo veía nubéculas de polvo brotar de la espalda de Suleimán, ubicando los puntos de impacto. Cada bala que alcanzaba al fugitivo me atravesaba por completo. Un hormigueo intenso me devoró las pantorrillas antes de instalarse en mi vientre. Suleimán corría, corría, apenas sacudido por las balas que le acribillaban la espalda. A mi lado, el ferretero se desgañitaba como un poseso, con el rostro arrasado por las lágrimas… Mikel, ladró el sargento, ese canalla lleva un chaleco antibalas. Apunta a la cabeza… Desde la garita, Mike acercó el ojo al prismático de su fusil, ajustó el punto de mira, contuvo la respiración y apretó suavemente el gatillo. Dio en la diana al primer disparo. La cabeza de Suleimán estalló como un melón, deteniendo en seco su desbocada carrera. El ferretero se agarró las sienes con las manos, alucinado, con su boca abierta dejando un grito en suspenso; miró cómo el cuerpo de su hijo se descolgaba a lo lejos, como una cortina, se desmoronaba verticalmente, los muslos sobre las pantorrillas, luego el busto sobre los muslos, luego la cabeza hecha jirones sobre las rodillas. Un silencio sepulcral inundó la llanura. Mi vientre experimentó un movimiento de resaca; una lava incandescente me abrió el gaznate y fue expulsada al aire libre por mi boca. El día se veló… Luego, la nada.


Volví en mí, trozo a trozo, con las orejas silbándome. Tenía la cara aplastada contra el suelo, en medio de un charco de vómitos. Mi cuerpo ya no reaccionaba. Estaba encogido al lado de la rueda delantera del Ford, con las manos atadas a la espalda. Tuve justo el tiempo de ver al ferretero agitar la cartilla médica de su hijo ante las narices del soldado iraquí, que parecía turbado. Los demás militares lo miraban en silencio, con el fusil en reposo, y, nuevamente, volví a perder el sentido.

Cuando recuperé parte de mis facultades, el sol había alcanzado su cénit. Un calor canicular hacía zumbar la rocalla. Me habían retirado la cinta de plástico con la que me habían esposado y me habían instalado a la sombra de la garita. En el lugar donde lo dejé, el Ford recordaba un ave de corral desgreñada, con las cuatro puertas abiertas al viento, la tapa del maletero levantada; una rueda de recambio y distintas herramientas se amontonaban a un lado. El registro no había dado resultado; ningún arma de fuego, ni siquiera un cuchillo, ni siquiera un botiquín.

Una ambulancia esperaba a la altura de la garita, con una cruz roja pintada a un lado, las puertas abiertas y, dentro, una camilla con los restos de Suleimán. Estaba cubierto con una sábana de la que emergían dos pies lastimeros; el derecho había perdido su calzado y enarbolaba unos dedos con cortaduras, cubiertos de sangre y de polvo.

Un suboficial de la policía iraquí conversaba con el ferretero, un poco apartado, mientras que un oficial norteamericano, llegado en un jeep, escuchaba el informe del sargento. Aparentemente, todo el mundo se daba cuenta del error, sin por ello tomárselo a la tremenda. Incidentes como éste eran el pan nuestro de cada día en Irak. En la confusión general, cada cual arrimaba el ascua a su sardina. El error es humano, y la fatalidad tiene anchas las espaldas.

El soldado negro me tendió su cantimplora; ignoraba si era para beber o asearme; rechacé su ofrecimiento con un gesto enfebrecido de la mano. Por mucho que se empeñara en parecer afligido, su repentino cambio resultaba incompatible con su temperamento. Una bestia no deja de ser una bestia, aunque sonría; en la mirada es donde el alma denota su auténtica naturaleza.

Dos enfermeros árabes vinieron a confortarme; se acuclillaron a mi lado y me dieron palmadas en la espalda. Sus manos resonaban en mi ser como mazazos. Tenía ganas de que me dejaran en paz; cada manifestación de simpatía me devolvía al origen de mi trauma. De cuando en cuando, brotaba de mí un sollozo; hacía lo imposible para contenerlo. Me desvivía entre la necesidad de conjurar mis demonios y la de alimentarlos. Un increíble cansancio se apoderó de mí; sólo oía cómo mi aliento me vaciaba a la vez que, en mis sienes, el latido de mi sangre acompasaba el eco de las detonaciones.

El ferretero quiso recuperar a su difunto; el jefe de la policía le explicó que había que cumplir el trámite administrativo. Como se trataba de un lamentable accidente, el asunto requería un montón de formalidades. Había que llevar el cuerpo de Suleimán al depósito de cadáveres; sólo lo devolverían a los suyos cuando la investigación sobre la metedura de pata hubiese quedado cerrada.

Un coche de la policía nos llevó de vuelta al pueblo. No acababa de enterarme de lo que estaba ocurriendo. Me encontraba dentro de una especie de burbuja evanescente, ya suspenso en el vacío, ya deshilachándome como una voluta de humo. Sólo recordaba el espantoso grito de la madre cuando el ferretero regresó a su casa. El gentío se aglutinó por allí de inmediato, despavorido, incrédulo. Los viejos se palmoteaban las manos, abatidos; los jóvenes estaban indignados. Llegué a mi casa en un estado lamentable. Apenas crucé el umbral del patio, mi padre, que dormitaba al pie de su indefinible árbol, se sobresaltó. Se había dado cuenta de que había ocurrido una desgracia. Mi madre no tuvo valor para preguntarme de qué iba el asunto. Se limitó a llevarse las manos a las mejillas. Mis hermanas acudieron, con la chiquillería agarrada de sus faldones. Fuera, se empezaron a oír aquí y allá los primeros lamentos, funestos, henchidos de ira y de drama. Mi gemela Bahia me agarró por el brazo y me ayudó a alcanzar mi habitación, arriba del todo. Me tumbó en mi camastro, trajo una palangana con agua, me quitó la camisa manchada de vómitos y se puso a lavarme por encima de la cintura. Mientras tanto, la noticia corrió por el pueblo, y toda mi familia se apresuró a ir a consolar a la del ferretero.

Bahia esperó a haberme metido en la cama para eclipsarse a su vez.

Me quedé dormido…

A la mañana siguiente, Bahia regresó para abrir mis ventanas y entregarme ropa limpia. Me contó que un coronel norteamericano había venido la víspera, junto con autoridades militares iraquíes, a presentar su pésame a los enlutados padres. El decano lo había recibido en su casa, pero en el patio, para manifestarle con claridad que no era bienvenido. No creía en la versión del accidente y tampoco admitía que se pudiese disparar sobre un retrasado mental, esto es, sobre un ser puro e inocente, más cercano al Señor que los santos. Algunos equipos de televisión querían cubrir el suceso y propusieron dedicar un reportaje al ferretero para que pudiera expresarse sobre el asunto. Ahí también el decano se mantuvo firme y prohibió categóricamente que unos extranjeros turbaran el duelo de su pueblo.

<p>4</p>

Tres días después, una furgoneta del pueblo, enviada por el propio decano, trajo de vuelta el cuerpo de Suleimán del depósito de cadáveres. Fue un momento terrible. Nunca la gente de Kafr Karam había vivido una atmósfera como ésa. El decano exigió que el entierro se llevara a cabo dentro de la dignidad y en la estricta intimidad. Sólo se aceptó en el cementerio una delegación de Ancianos procedente de una tribu aliada. Una vez acabado el funeral, cada cual regresó a su domicilio a meditar sobre el sortilegio que había arrebatado a Kafr Karam a su ser más puro, que fue su mascota y su pentáculo. Por la noche, viejos y jóvenes se reunieron en casa del ferretero y salmodiaron unos versículos hasta bien entrada la noche. Pero Yacín y su pandilla, que mostraban abiertamente su indignación, no aceptaron la decisión y prefirieron reunirse en casa de Sayed, el hijo de Bashir el Halcón, un joven de pocas palabras y misterioso que, al parecer, simpatizaba con el movimiento integrista y que, según se sospechaba, había frecuentado la escuela de Peshawar en tiempos de los talibanes. Era un chico alto de unos treinta años, de rostro ascético e imberbe salvo por una minúscula mata de vello bajo el labio inferior que, junto con el lunar en la mejilla, lo hermoseaba. Vivía en Bagdad, y sólo regresaba a Kafr Karam en función de los acontecimientos. Había llegado la víspera para asistir al entierro de Suleimán… Hacia medianoche, otros chicos insomnes se unieron a él. Sayed los acogió con gran deferencia y los instaló en una gran sala tapizada con esterillas de mimbre y cojines. Mientras todo el mundo picoteaba en las cestillas llenas de cacahuetes y bebía té a sorbos, Yacín no podía estarse quieto. Parecía un poseso. Su mirada exacerbada no dejaba de acosar las nucas gachas y buscar camorra. Como nadie le hacía caso, se volvió decididamente hacia su más fiel compañero, Salah, yerno del ferretero.

– Te he visto llorar en el cementerio.

– Es verdad -reconoció Salah, que ignoraba dónde quería el otro ir a parar.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué que?

– ¿Por qué has llorado?

Salah enarcó las cejas:

– En tu opinión, ¿por qué se llora?… Sentía pena, hombre. Lloré porque la muerte de Suleimán me produjo pena. ¿Qué hay de extraño en que se llore a alguien que se ha querido?

– De eso ya me he enterado -insistió Yacín-. ¿Pero por qué los llantos?

Salah notaba que algo se le escapaba.

– No entiendo tu pregunta.

– La muerte de Suleimán me ha partido el corazón -dijo Yacín-. Pero no he derramado una sola lágrima. No concibo que puedas dar la nota de esa manera. Lloraste como una mujer, y eso es inadmisible.

La palabra «mujer» estremeció a Salah. Sus mandíbulas rodaron por su cara como poleas.

– Los hombres también lloran -observó a su jefe de banda-. Hasta el Profeta tenía esa debilidad.

– A mí me la suda -explotó Yacín-. No tenías por qué comportarte como una mujer -añadió, haciendo hincapié en el último vocablo.

Salah se levantó de sopetón, escandalizado. Miró fijamente a Yacín, dolido, antes de recoger sus sandalias y perderse en la noche.

En la gran sala donde se amontonaban una veintena de individuos, las miradas corrían en todas direcciones. Nadie entendía qué mosca había picado a Yacín, por qué se había comportado de manera tan abyecta con el yerno del ferretero. El malestar se instaló en la habitación. Tras un largo silencio, Sayed, el amo de la casa, tosiqueó en su puño. Como anfitrión, a él le correspondía decidir.

Echó una mirada acerada a Yacín:

– Mi padre me contó una historia que, de niño, no llegué a comprender bien. A esa edad ignoraba que las historias tuvieran moraleja. Era la historia de un cachas egipcio que tenía su satrapía en los bajos fondos de El Cairo. Un hércules directamente salido de una fundición de la Antigüedad, tan duro con los demás como consigo mismo y cuyo enorme bigote recordaba los cuernos de un morueco. Ya no recuerdo su nombre, pero he conservado intacta la imagen que me hice de él. Una especie de Robin de barrio, tan presto a remangarse la camisa como a contonear los hombros en la plaza infestada de cargadores y de burreros. Cuando había pleito entre vecinos, acudían a someterse a su arbitrio. Sus decisiones eran inapelables. Pero el cachas no sabía estarse calladito. Era vanidoso y tan irascible como exigente; como nadie discutía su autoridad, se autoproclamó rey de los desamparados e iba pregonando por ahí que nadie en el mundo estaba en condiciones de mirarlo directamente a los ojos. Sus palabras no cayeron en saco roto. Una noche, el jefe de la policía lo mandó llamar. Nadie sabe lo que ocurrió aquella noche. Al día siguiente, el cachas que regresó a su casa estaba irreconocible, cabizbajo y con la mirada huidiza. No mostraba heridas ni marcas de golpes, pero sí una evidente señal de infamia en sus hombros repentinamente abatidos. Se encerró en su choza hasta que los vecinos empezaron a quejarse de un fuerte olor a descomposición. Cuando echaron la puerta abajo, se encontraron con el cachas tumbado en su jergón, muerto desde hacía varios días. Más adelante, un poli dio a entender que cuando se vio frente al jefe de la policía, se tiró a sus pies implorándole perdón antes de que éste le reprochara nada. No se repuso de ello.

– ¿Y qué? -dijo Yacín acechando alguna indirecta.

Sayed amagó una sonrisa burlona:

– Ahí detuvo mi padre su historia.

– Menuda tontería -refunfuñó Yacín, consciente de sus limitaciones cuando se trataba de descifrar indirectas.

– Eso es lo que en un principio pensé. Con el tiempo, intenté encontrar alguna moraleja a esa historia.

– ¿Puedo conocerla?

– No. Mi moraleja es sólo mía. Búscate tú la que te convenga.

Dicho esto, Sayed se levantó y se retiró a su dormitorio, que estaba en el piso superior.

Los convidados comprendieron que la velada había acabado. Recogieron sus sandalias y abandonaron aquella morada. Sólo quedaron en la habitación Yacín y su «guardia pretoriana».

Yacín estaba fuera de sí; se sentía engañado, menospreciado ante sus hombres. De ningún modo podía regresar a su casa sin dejar aclarada esa historia.

Despidió con un gesto de la cabeza a sus compañeros y subió a llamar a la puerta de Sayed.

– No me he enterado -dijo a éste.

– Tampoco Salah comprendió a donde querías ir a parar -le dijo Sayed en el rellano.

– Me dejaste cortado con tu estúpido cuento. Apuesto a que te lo has inventado y que no hay por dónde sacarle moraleja.

– Eres tú el que acumula estupideces, Yacín. Y te comportas exactamente como aquel cachas cairota…

– Entonces ponme al loro si no quieres que prenda fuego a tu choza. Odio que me miren por encima del hombro, y no permitiré a nadie, digo bien, a nadie, que me tome el pelo. Puede que no tenga demasiada instrucción, pero me sobra orgullo para dar y regalar.

Sayed no estaba intimidado. Muy al contrario, su sonrisa se iba acentuando a medida que Yacín se iba mosqueando.

Le dijo en tono monocorde:

– Quien se alimenta de la cobardía ajena fecunda la suya; antes o después, acabará comiéndole las tripas y luego el alma. Llevas algún tiempo comportándote como un tirano, Yacín. Estás atropellando el ordenamiento natural, has dejado de respetar la jerarquía tribal; te sublevas contra tus mayores, vejas a tus allegados, disfrutas humillándolos en público; alzas el tono por cualquier cosa, de modo que en el pueblo ya no se oye más que a ti.

– ¿Por qué quieres que me ande con contemplaciones con esos inútiles?

– Te comportas exactamente igual que ellos. Si ellos se miran el ombligo, tú miras tus bíceps. Acaba siendo lo mismo. En Kafr Karam, nadie tiene por qué envidiar ni reprochar nada a nadie.

– Te prohíbo que me compares con esos cretinos. Yo no soy un cobarde.

– Demuéstralo… Adelante, ¿qué te impide pasar a la acción? Hace lustros que los iraquíes cruzan el hierro con el enemigo. Nuestras ciudades se van desmoronando día tras día a golpe de coches-bomba, de emboscadas y de bombardeos. Las cárceles están repletas de hermanos nuestros, y nuestros cementerios, saturados. Y tú te dedicas a gallear en tu pueblo perdido; vas voceando a diestro y siniestro tu odio y tu indignación, y, una vez que te has vaciado de tu hiel, vuelves a tu casa y desconectas. Demasiado fácil… Si piensas lo que dices, une el gesto a la palabra y dales leña a esos canallas de norteamericanos. Si no, apéate de la burra y pon la lengua en remojo.

Según mi gemela Bahia -supo la historia por boca de la hermana de Sayed, que siguió la confrontación oculta tras su puerta-, Yacín se amilanó y se retiró sin decir esta boca es mía.


Kafr Karam, con su cadáver entre los brazos, se enredaba en sus evasivas. La muerte de Suleimán la tenía desorientada. No sabía qué hacer con ella. Su última hazaña bélica se remontaba a la guerra contra Irán, una generación atrás; ocho hijos suyos regresaron del frente en ataúdes sellados que ni siquiera les permitieron abrir. ¿Qué habíamos enterrado entonces? ¿Maderos, patriotas o una parte de su dignidad? El asunto Suleimán era harina de otro costal. Se trataba de un horrible y vulgar accidente, y la gente no conseguía ponerse de acuerdo: ¿era Suleimán un mártir o un pobre diablo que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado?… Los Ancianos apelaban a la calma. Nadie es infalible, decían. El coronel norteamericano estaba sinceramente afligido. Su único desliz: no debió hablar de dinero al ferretero. En Kafr Karam nunca se habla de dinero a alguien que está de luto. No hay compensación que pueda minimizar la pena de un padre derrumbado sobre la tumba de su hijo; de no haber sido por la intervención de Doc Jabir, el asunto de la indemnización podía haberse convertido en enfrentamiento.

Pasaron las semanas y, poco a poco, el pueblo recobró su alma gregaria y sus rutinas. A lo hecho pecho. Sin duda, la muerte violenta de un retrasado mental suscita más cólera que pena. Desgraciadamente, no se puede cambiar el curso de las cosas. Por prurito de igualdad, Dios no ayuda a sus santos; sólo el diablo cuida de sus secuaces.

Como buen creyente, el ferretero se inclinó ante la fatalidad. Una mañana se le vio quitar la cadena de su taller y encender su soplete.

Se reanudaron los debates en la barbería, y los jóvenes regresaron al Safir para lapidar el tiempo a golpe de partidas de dominó cuando las de cartas se hacían tediosas. Sayed, el hijo de Bashir el Halcón, no se quedó mucho tiempo con nosotros. Sus asuntos lo reclamaron con urgencia en la capital. ¿Qué asuntos? Nadie lo sabía. No obstante, su estancia relámpago en Kafr Karam había calado hondo en el alma de todos; su franqueza había seducido a los jóvenes y su carisma había infundido respeto tanto en mayores como en menores. En un futuro, nuestros caminos se cruzarán. Será él quien potenciará mi autoestima; me iniciará en las normas elementales de la guerrilla y me abrirá de par en par las puertas del sacrificio supremo.

Una vez se hubo marchado Sayed, Yacín y su pandilla volvieron a hacerse con el mando, ceñudos y agresivos, motivo por el cual Omar el Cabo ya no deambulaba por las calles. Convertido en la sombra de sí mismo desde el incidente en el café, el desertor se pasaba la mayor parte del tiempo recluido en su cuchitril. Cuando no tenía más remedio que poner un pie fuera, cruzaba el pueblo al galope para aplacar su vergüenza lejos de las provocaciones y sólo regresaba al anochecer, generalmente a gatas. Algunos chavales solían pillarlo emborrachándose en el fondo del cementerio, o ya en coma etílico, con los brazos en cruz, la camisa abierta sobre su vientre de cachalote… Hasta el día en que, sin previo aviso, desapareció de la circulación.

Tras el entierro de Suleimán, al que no asistí, me quedé en mi casa. Los recuerdos de este despropósito no dejaban de atormentarme. Apenas me dormía, me asaltaban los gritos del soldado negro. Veía en sueños a Suleimán corriendo, muy tieso, con los brazos caídos, y su cuerpo bamboleándose de un lado a otro. Una multitud de minúsculos géiseres salpicaba su espalda. En el momento en que su cabeza explotaba, me despertaba gritando. Bahia se quedaba a mi cabecera, con una cacerola llena de compresas empapadas de agua. «No es nada -me decía-. Estoy aquí. Sólo es una pesadilla…»

Mi primo Kadem me hizo una visita una tarde. Por fin se había decidido a separarse de su tapia. Me trajo cintas de casete. La primera vez se le notaba turbado. Tenía la sensación de estar abusando de la situación. Para relajar el ambiente, me preguntó si el par de zapatos que me había regalado me iba bien. Le contesté que seguía en su caja.

– Están nuevos, ¿sabes?

– Lo sé -le dije-. Sé, sobre todo, lo que representan para ti. Tu gesto me ha conmovido profundamente, gracias.

Me recomendó que no me eternizara en la soledad de mi habitación, si es que pretendía salir del atolladero. Bahia estaba de acuerdo con él. Debía superar el trauma y retomar una vida normal. Yo no tenía ninguna gana de salir a la calle; temía que me pidieran que contara con detalle lo ocurrido en el puesto de control, y esa idea de remover el cuchillo en la herida me espantaba. Kadem no estaba de acuerdo.

– No tienes más que mandarlos a paseo -me dijo.

Siguió visitándome, y pasábamos horas hablando de esto y aquello. Gracias a él, una noche agarré el toro por los cuernos y salí de mi madriguera. Kadem me propuso que desentumeciéramos las piernas lejos del pueblo. A medio camino entre Kafr Karam y los huertos de los Haitem, la meseta se hundía repentinamente, y una ancha hendidura de varios kilómetros dividía el valle, con su lecho jalonado por pequeños montículos de gres y por arbustos espinosos. En aquel lugar el viento hacía gala de un talento de barítono.

Hacía bueno y, a pesar de un velo de polvo suspenso en el horizonte, asistimos a una soberbia puesta de sol.

Entonces, Kadem me pasó los auriculares de su walkman. Reconocí a Fairuz, la diva libanesa.

– ¿Sabes que he vuelto a coger mi laúd? -me confió.

– Ésa es una excelente noticia.

– Ahora estoy componiendo algo. Dejaré que lo escuches cuando lo acabe.

– ¿Una canción de amor?

– Todas las canciones árabes lo son -me dijo-. Si Occidente pudiese comprender nuestra música, si sólo pudiese escucharnos cantar, percibir nuestro pulso por medio del de nuestras cítaras, nuestra alma por medio de la de nuestros violines; si pudiese, aunque sólo fuese el instante que dura un preludio, tener acceso a la voz de Sabah Fajri, o de Wadii Es-Safi, al eterno aliento de Abdelwaheb, a la lánguida llamada de Ismahán, a la octava superior de Um Kalsum; si pudiese comulgar con nuestro universo, creo que renunciaría a su tecnología punta, a sus satélites y a sus ejércitos para seguirnos hasta el fin de nuestro arte…

Me encontraba a gusto con Kadem. Sabía sosegar con las palabras, y su voz inspirada me ayudaba a levantar cabeza. Sentía alivio al verlo renacer. Era un chico magnífico; no se merecía echar a perder su vida al pie de una tapia.

– Estaba a punto de hundirme -me confesó-. Desde hacía meses y meses mi cabeza parecía una urna funeraria; su ceniza oscurecía mi visión de las cosas, me salía por la nariz y por las orejas. No veía el final del túnel. Pero la muerte de Suleimán me resucitó. Así -añadió chasqueando los dedos-. Me abrió los ojos. No quiero morir sin haber vivido. Hasta la fecha, no he hecho más que padecer. Como Suleimán, no entendía gran cosa de lo que me estaba ocurriendo. Pero de ningún modo quería acabar como él. La primera pregunta que se me ocurrió al enterarme de su muerte fue: ¿Qué? ¿Suleimán está muerto? ¿Por qué? ¿Realmente ha existido?… Y es cierto, primo. Ese pobre diablo tenía tu edad. Lo veíamos a diario en la calle, deambulando en su universo propio. A veces corriendo tras sus visiones. Y, sin embargo, ahora que ya no está, me pregunto si realmente ha existido… Al regresar del cementerio, mientras me dirigía maquinalmente hacia mi tapia, me sorprendí regresando a mi casa. Subí a mi habitación, abrí el cofre forrado de cuero que yacía como sarcófago en el fondo del trastero, saqué mi laúd de su estuche y… te aseguro, sin siquiera afinarlo, que me puse a improvisar de inmediato. Me sentía arrebatado, embrujado.

– Me muero de ganas de oírte.

– Sólo me quedan unos cuantos retoques para acabar.

– ¿Y cómo se titula tu canción?

Me miró a los ojos.

– Soy supersticioso, primo. No me gusta hablar de las cosas que tengo sin acabar. Pero haré una excepción contigo, siempre que te lo guardes para ti.

– Prometido.

Sus ojos relucieron en la oscuridad al confiarme:

– La he titulado Las sirenas de Bagdad.

– ¿Las que cantan o las de las ambulancias?

– Cada uno que elija.

<p>5</p>

En Kafr Karam la vida reanudaba su curso, hueca como el ayuno.

Cada cual se las compone con lo que tiene, aunque sea nada. Es una cuestión de mentalidad.

Los hombres no son sino furtivas proezas, longánimos suplicios, Sísifos innatos, patéticos y obtusos; su vocación es padecer hasta que la muerte los alcance.

Los días seguían su curso, cual fantasmal caravana. Surgían de ninguna parte, de madrugada, sin gracia ni lustre, y se largaban subrepticiamente por la noche, arrebatados por las tinieblas. Sin embargo, los niños seguían naciendo, y la muerte velando por el equilibrio de las cosas. Con setenta y tres años, nuestro vecino fue padre por decimoséptima vez, y mi tío abuelo murió de viejo en su cama, rodeado de los suyos. Ésa era la sunna de la existencia. La memoria restituye lo que el viento del desierto se lleva; volvemos a trazar con nuestras manos lo que las tormentas de arena borran.

Jalid Taxi había concedido la mano de su hija a los Haitem, cuyas huertas se hallaban a escasos kilómetros del pueblo. Fue una primicia. Algunos llegaron a pensar que se trataba de una broma. Habitualmente, los Haitem, gente adinerada y taciturna, elegían a sus nueras en la ciudad, entre las familias emancipadas, que supieran comportarse en la mesa y alternar con la gente bien. Que de repente se conformaran con nosotros era como para desconcertar a más de uno… Ese regreso a las raíces resultaba un buen augurio. Con el tiempo que llevaban mirándonos por encima del hombro, no íbamos a ponernos delicados ahora que uno de sus retoños se había prendado de una virgen del pueblo. De todos modos, no era cosa de hacer ascos a una boda, fuera o no pobre. ¡Por fin un acontecimiento feliz que prometía resarcirnos de una cotidianidad insípida, recurrente, mortalmente nula!…

Había novedad en el Safir. El bareto se dotó de un televisor y de una antena parabólica, un regalo de Sayed, el hijo de Bashir el Halcón, «para que los jóvenes de Kafr Karam no se pierdan la trágica realidad del país». De la noche a la mañana, el mísero cafetín se convirtió en un auténtico refectorio para reclutas bisoños y volubles. Majed el cafetero se tiraba de los pelos. Si no bastaba con que su negocio renqueara y ahora, para colmo, los clientes se plantaban allí con sus pantagruélicos bocatas y su impedimenta, esto era definitivamente el acabose. Los clientes no se cortaban. Desde el amanecer, sin siquiera molestarse en lavarse la cara, llamaban a su puerta para que les abriera el café. Cualquiera diría que acampaban en la calle. Una vez encendida la tele, zapeaban por todas las cadenas para tomarle el pulso a la humanidad, luego conectaban Al-Jazira y no se movían de ahí. A mediodía, el cafetín pululaba de jóvenes sobreexcitados. Los comentarios e invectivas alcanzaban su apogeo. Cada vez que la cámara descubría algún aspecto del drama nacional, las protestas y los llamamientos al asesinato estremecían el barrio. Abucheaban a los partidarios de la guerra preventiva, aplaudían a los antiyanquis, abroncaban a los diputados asalariados, a quienes juzgaban oportunistas y lacayos de Bush… En primera fila, Yacín y su pandilla oficiaban de invitados de lujo. Se encontraban con sus asientos esperándoles aunque llegasen tarde. Detrás de ellos, dos o tres filas de simpatizantes. La morralla se instalaba en el fondo. El cafetero no daba pie con bola. Con las mejillas en el hueco de sus manos y su termo muerto de risa en un extremo del mostrador, miraba con aflicción y fijeza a aquella tropa ociosa que estaba cargándose sus muebles en medio de un jaleo de espanto.

Los primeros días, mi primo Kadem y yo íbamos al Safir. Para cambiar un poco de aire. A veces, tras una observación anecdótica, las risas estallaban en el local, y no había nada como una reflexión fuera de lugar para dejarnos como nuevos. Y ver a todos esos desgraciados de mirada huera desternillarse de risa era una terapia de insospechada eficacia. Pero las payasadas, a la larga, exacerban las costumbres, y a veces ocurría que un gracioso lo comprobaba en sus propias carnes. Los listillos, que no perdían la menor oportunidad para distraer al auditorio, empezaban a ponerse pesados. Como era de esperar, Yacín tuvo que poner las cosas claras.

Había anochecido desde hacía un buen rato, y seguíamos las noticias de Al-Jazira. El presentador del diario informativo nos llevaba por Faluya, donde se registraban combates entre el ejército iraquí, apoyado por tropas norteamericanas, y la resistencia popular. La ciudad asediada se había jurado entregar el alma antes que deponer las armas. Desfigurada, ahumada, luchaba con una pugnacidad conmovedora. Se hablaba de cientos de muertos, sobre todo mujeres y niños. En el café, un silencio sepulcral traspasaba los corazones. Asistíamos, impotentes, a una auténtica carnicería; por un lado, soldados bien equipados, apoyados por tanques, vehículos blindados y helicópteros, y, por otro, un populacho entregado a sí mismo, rehén de una cohorte de «rebeldes» harapientos y hambrientos que salían corriendo en todas direcciones, armados con fusiles y lanzacohetes mugrientos… Entonces un joven barbudo exclamó:

– Esos norteamericanos impíos no se saldrán con la suya. Dios volcará el cielo sobre sus cabezas. Ni un solo soldado americano saldrá entero de Irak. Ya pueden gallear, que acabarán como aquellos ejércitos infieles de entonces, que fueron hechos picadillo por los pájaros de Ababil. Dios les enviará los pájaros de Ababil.

– ¡Tonterías!

El barbudo se quedó tieso, con la nuez cruzada en su garganta.

Se volvió hacia el «blasfemo».

– ¿Qué has dicho?

– Lo has oído muy bien.

El barbudo estaba atónito. Su cara congestionada se estremecía de ira.

– ¿Has dicho «tonterías»?

– ¡Sí, «tonterías»! Es exactamente lo que he dicho: «tonterías». Ni una sílaba menos, ni una sílaba más: ton-te-rí-as. ¿Tienes algún problema?

Toda la sala había dado la espalda a la tele para ver adónde querían ir a parar los dos jóvenes.

– ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo, Malik? -se atragantaba el barbudo.

– Por lo que se ve, tú eres el que está soltando burradas, Harún.

La sala se alborotó.

Yacín y su pandilla seguían con interés lo que ocurría en el fondo de la sala. Harún el barbudo parecía a punto de sufrir un ataque de apoplejía, pues la blasfema insolencia de Malik había superado los límites tolerables.

– Por favor, estoy hablando de los pájaros de Ababil -gimió el barbudo-. Se trata de un importante capítulo coránico.

– No veo la relación con lo que está ocurriendo en Faluya -dijo Malik, inflexible-. Lo que yo veo en esa pantalla es una ciudad sitiada, es a musulmanes bajo los escombros, supervivientes a merced de un cohete o un misil y, a su alrededor, a unos brutos sin fe ni ley pateándonos en nuestro propio país. Y tú nos hablas de los pájaros de Ababil. ¿No te parece ridículo?

– Cállate -le suplicó Harún-. Tienes al diablo metido en el cuerpo.

– Eso es -rió despectivamente Malik-. Cuando te quedas sin respuesta, le encasquetas la culpa al diablo. Despierta, Harún. Los pájaros de Ababil murieron con los dinosaurios. Estamos iniciando el tercer milenio, y unos cabrones venidos de fuera nos están cubriendo de oprobio todos los días de Dios. Irak está ocupado, señor mío. Mira un poco la tele. ¿Qué te cuenta la tele? ¿Qué estás viendo ahí, delante de tus narices, mientras te alisas doctamente la barba? Impíos avasallando a musulmanes, envileciendo a sus notables y encerrando a sus héroes en unas cárceles de locura donde unas putillas en traje de faena militar les dan tirones en las orejas y en los testículos haciéndose fotos para la posteridad… ¿A qué está esperando Dios para liarse a hostias con ellos? Con el tiempo que llevan provocándolo en Su propia casa, en Sus templos sagrados y en el corazón de Sus fieles. ¿Por qué no mueve un solo dedo cuando esos cabrones bombardean nuestros zocos y nuestras fiestas, cuando se cargan a nuestra gente como si fueran perros en cualquier esquina de una calle? ¿Adónde han ido a parar Sus pájaros de Ababil, que convirtieron en pasto los ejércitos enemigos que por entonces invadían los sagrados territorios a lomo de elefante? Acabo de regresar de Bagdad, querido Harún. Te ahorro los detalles. Estamos solos en el mundo. Sólo podemos contar con nosotros mismos. Ninguna ayuda nos va a caer del cielo, ningún milagro se va a producir para echarnos una mano… Dios tiene otros asuntos que atender. De noche, cuando contengo la respiración en la cama, ni siquiera lo oigo respirar. La noche, todas las noches le pertenecen. Y durante el día, cuando alzo los ojos hacia el cielo para implorarle, sólo veo sus helicópteros -sus actuales pájaros de Ababil- sepultándonos bajo sus excrementos incendiarios.

– No hay duda: has vendido tu alma al diablo.

– No la querría aunque se la ofreciera en bandeja de plata.

– Astaghfiru 'Lah.

– Eso es… Por ahora los soldados norteamericanos profanan nuestras mezquitas, humillan a nuestros santos y embotellan nuestras oraciones como si fueran moscas. ¿Qué más necesita tu Dios para salirse de Sus casillas?

– ¿Y qué esperabas, cretino? -tronó Yacín.

Éste se llevó las manos a las caderas y miró con desprecio al blasfemo.

– ¿Qué esperabas, bocazas? ¿Eh?… ¿Que el Señor acudiera sobre su blanco corcel con su capa al viento para cruzar la espada con esos abortos?… Nosotros somos Su cólera -fulminó.

En el café, su grito tuvo el efecto de una deflagración. Apenas se oyó el ruido de unos cuantos gaznates tragando saliva.

Malik intentó sostener la mirada de Yacín, pero no pudo impedir que sus pómulos se estremecieran.

Yacín se golpeó el pecho con la palma de la mano:

– Nosotros somos la cólera de Dios -dijo con voz cavernosa-, somos Sus pájaros de Ababil… Su rayo y Su maldición. Y vamos a cargarnos a esos cerdos yanquis; vamos a patearlos hasta que les salga la mierda por las orejas, hasta que expulsen por el culo sus cálculos… ¿Está claro? ¿Te has enterado? ¿Te has enterado ya dónde está la cólera de Dios, gilipollas? Está aquí, en nosotros. Vamos a llevarnos de vuelta a esos demonios al infierno, uno por uno, hasta el último. Tan cierto como que el sol se levanta por el este…

Yacín cruzó la sala mientras se abría paso febrilmente. Sus ojos devoraban al blasfemo. Su aliento recordaba el de una pitón al acercarse inexorablemente a su presa.

Se detuvo delante de Malik, nariz contra nariz, frunció los párpados para concentrar el fuego de su mirada:

– Como vuelva a oírte dudar una sola fracción de segundo de nuestra victoria sobre esos perros rabiosos, te juro ante Dios y los muchachos que están aquí reunidos que te arrancaré el corazón con mi propia mano.

Kadem me tiró de la camisa y me hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera fuera.

– Hay tormenta en el aire -me dijo.

– Yacín tiene un plomo fundido. A ése no lo sujetan ni diez camisas de fuerza.

Kadem me tendió su paquete de tabaco.

– No, gracias.

– ¡Anda, venga! -insistió-. Te sentará bien.

Al ceder, caí en la cuenta de que me temblaba la mano.

– Le tengo pánico -confesé.

Kadem me ofreció fuego de su mechero antes de encender su pitillo. Echó la cabeza hacia atrás y echó el humo al viento.

– Yacín es un vaina -dijo-. Que yo sepa, nada le impide meterse en un autocar y marcharse a guerrear a Bagdad. A la larga, su numerito acabará hartando, si no causándole problemas… ¿Vamos a mi casa?

– ¿Por qué no?

Kadem vivía en una casita de piedra, a espalda de la mezquita. En casa de sus padres, una pareja de ancianos valetudinarios. Me condujo a su dormitorio, en el primer piso. La habitación era amplia y clara. Había una cama grande rodeada de alfombrillas, un equipo estereofónico fabricado en Taiwán que parecía enano entre dos grandes altavoces, una cómoda con un espejo oval a su lado y una silla acolchada.

En un rincón cerca de la puerta, de pie sobre una piel de carnero blanca como la nata, un laúd… El laúd: rey de las orquestas orientales, el más noble y mítico de los instrumentos musicales, aquel mismo que elevaba a sus virtuosos a la altura de las divinidades y convertía en olimpos los tugurios más sospechosos. Conocía la historia rocambolesca de ese laúd, fabricado por el propio abuelo de Kadem, un músico fuera de serie que deleitó a los cairotas en los años cuarenta, antes de conquistar Beirut, Damasco, Ammán y de convertirse en una leyenda viva desde el Machrek hasta el Magreb. El abuelo de Kadem había tocado para príncipes y sultanes, rais y tiranos, había embrujado a mujeres y niños, a queridas y amantes. Se contaba que fue responsable de numerosos conflictos conyugales en el encopetado mundillo árabe. Por cierto, fue un capitán celoso quien le metió cinco balas en el cuerpo, en Alejandría, cuando actuaba bajo las luces tamizadas del Cleopatra, el club más de moda de la época, hacia finales de los años cincuenta…

Frente al laúd, como para dedicarse a un permanente tráfico de influencias, un marco esculpido coronaba la mesilla de noche, con una foto de Faten, la primera esposa de mi primo.

– Era guapa, ¿verdad? -dijo Kadem colgando su chaqueta de un clavo.

– Era muy guapa -reconocí.

– Ese marco nunca se ha movido de su sitio. Hasta mi segunda esposa lo dejó tal como lo encontró. Está claro que le molestaba, pero se mostró comprensiva. Una sola vez, a la semana de nuestra boda, alargó la mano para darle la vuelta. No se atrevía a desnudarse con esa inmensa mirada clavada en ella. Luego, poquito a poco, aprendió a convivir con ella… ¿Té o café?

– Té.

– Bajo a preparártelo.

Salió escalera abajo.

Me acerqué al marco. La joven desposada sonreía, con los ojos tan grandes como la fiesta que se celebraba detrás de ella. Su cara de felicidad resplandecía más que todos los farolillos a su alrededor. Recuerdo que, siendo adolescente, salía de compras con su madre, y nos apresurábamos a rodear las casas para verla pasar. Era sublime.

Kadem regresó con una bandeja. Dejó la tetera sobre la cómoda y se puso a servir dos vasos de té humeante.

– La amé desde que la vi -me sorprendió (en Kafr Karam nunca se hablaba de esas cosas)-. Aún no tenía siete años. Y a esa edad, en que carecemos de capacidad de anticipación, ya sabía que estábamos hechos el uno para el otro.

Empujó un vaso hacia mí, vertiendo por los ojos espléndidas evocaciones. Estaba como en una nube, con la sonrisa ancha y las cejas relajadas.

– Cada vez que oía tocar el laúd, pensaba en ella. Estoy convencido de que quise convertirme en músico sólo para cantarla. Era una chica encantadora, generosa y tan humilde… Sólo necesitaba tenerla a mi lado. Ella era mucho más de lo que podía esperar.

Una lágrima amenazó con rodar sobre sus pestañas; se dio la vuelta de inmediato y fingió ajustar la tapa de la tetera.

– Bueno, ¿y si escucháramos un poco de música?

– Excelente idea -aprobé, aliviado.

Rebuscó en un cajón y sacó una cinta de casete que metió en el aparato estereofónico.

– Escucha esto…

Seguía siendo Fairuz, la diva del mundo árabe, interpretando su imperecedera Pásame la flauta.

Kadem se tumbó sobre su cama, cruzó los pies y, con el vaso de té en la mano, exclamó:

– ¡Santo cielo!… No hay ángel que le llegue al tobillo. No es una sirena la que canta, es el aliento cósmico deleitándose en su eternidad…

Se alzó sobre un codo para mirarme. Sus ojos me atravesaban de parte a parte, como si fuera transparente.

Escuchó una vez y otra, extasiado:

– ¡Te das cuenta!… Si tuviera que poner una voz a la Redención, sería la de Fairuz… Y oírla como la oigo en este preciso momento, saborear su voz hasta en sus menores estremecimientos, es querer, a la vez, vivir mil años y morir de inmediato…

Escuchamos la cinta hasta el final, cada cual en su pequeño universo, como si fuéramos un par de mocosos perdidos en sus sueños. Los ruidos de la calle y el griterío de la chiquillería no nos afectaban. Revoloteábamos entre las volutas de los violines, lejos, muy lejos de Kafr Karam, de Yacín y de sus excesos. El sol nos colmaba con sus favores, nos cubría de oro. La difunta nos sonreía dentro de su marco. Por un momento creí sentirla moviéndose en su ataúd.

Kadem se lió un porro y aspiró con delectación. Reía en silencio, a veces marcando con un gesto lánguido de la mano el inalterable aliento de la cantante. Tras un estribillo, se puso también a cantar, con el pecho palpitante; tenía una voz espléndida.

– ¿Cuándo me dejarás escuchar Las sirenas de Bagdad?

Arqueó una ceja y me apuntó con el dedo:

– Tú nunca sueltas prenda.

– Me lo prometiste.

Se apoyó en un codo y me dijo:

– Dejaré que la escuches en su momento.

Una vez acabada la casete, empezó a encadenar una tras otra antiguas canciones, desde las de Abdel-halim Hafez hasta las de Abdelwaheb, pasando por Ayam Yunes, Najat y otras glorias eternas del tarab el arabi.

La noche nos sorprendió completamente ebrios de porros y de cantos.


La tele que Sayed había ofrecido a los desocupados de Kafr Karam resultó ser un regalo envenenado. Sólo trajo alboroto y discordia al pueblo. Muchas familias disponían de una tele. Pero en casa, con el padre en su trono y el primogénito a su diestra, cada cual se guardaba para sí sus comentarios. En el café, las cosas eran distintas. Se podía abuchear, debatir sin orden ni concierto y cambiar de opinión en función de los vaivenes del humor. Sayed había dado en el blanco. Como el odio es tan contagioso como la risa, los debates patinaban, cavando un foso entre quienes acudían al Safir para divertirse y quienes lo hacían para «instruirse», y fueron estos últimos quienes impusieron su criterio. Todos se dedicaron a seguir, juntos y paso a paso, la desgracia nacional. Los asedios de Faluya y de Basora y los sangrientos ataques a las demás ciudades del país daban para mucho. Los atentados horrorizaban durante un rato, entusiasmaban las más de las veces. Ovacionaban las emboscadas que tenían éxito, deploraban las escaramuzas fallidas. En un principio, la captura de Sadam alentó a la concurrencia antes de frustrarla: el rais acorralado como una rata, irreconocible con su barba de vagabundo y su mirada alelada, expuesto triunfal y desvergonzadamente ante las cámaras de todo el planeta, representaba, para Yacín, la más grave afrenta hecha a los iraquíes. Los demás le recordaban que era un monstruo. Sí, pero un monstruo nuestro, replicaba Yacín; al humillarlo de esa manera, se cubría de oprobio a los árabes del mundo entero.

Ya no se sabía cómo interpretar los acontecimientos, qué atentado era una proeza y cuál una muestra de cobardía. Cuanto había sido vilipendiado la víspera era incensado al día siguiente. Las opiniones chocaban entre sí en una inverosímil escalada de violencia, y la gente llegaba cada vez más a menudo a las manos.

La situación iba degenerando, y los Ancianos se negaban a intervenir públicamente, prefiriendo cada cual sermonear a su chaval en casa. Kafr Karam estaba padeciendo los más graves malentendidos de su historia. Los silencios y sumisiones acumulados a lo largo del tiempo y de los regímenes despóticos emergían, como cadáveres ocultos en el fango del río que, cansados de pudrirse en el fondo de las aguas turbias, regresaban a la superficie para mortificar a los vivos…

Yacín y su pandilla -los gemelos Hasán y Hossein, Salah, el yerno del ferretero, Adel y Bilal, el hijo del barbero- desaparecieron y el pueblo recuperó una relativa quietud.

Tres semanas después, la gasolinera fuera de servicio, que se iba viniendo abajo a unos veinte kilómetros de Kafr Karam, fue incendiada por unos desconocidos. Contaron que una patrulla de la policía iraquí había sido atacada, que hubo muertos entre las fuerzas del orden, así como dos vehículos destruidos, y que los agresores se habían llevado unos fusiles. Los rumores se encargaron de convertir la emboscada en hazaña bélica y, por las calles, se empezó a hablar de grupos furtivos entrevistos aquí y allá al amparo de la noche, pero nunca lo suficientemente cerca como para ser identificados o capturados. Un clima de tensión mantuvo a todos en alerta. A diario se esperaban noticias del «frente» que acababa, se suponía, de instalarse en la zona.

Una noche, por vez primera desde la ocupación del país por las tropas norteamericanas y sus aliados, un helicóptero militar sobrevoló varias veces el sector. Ya no había la menor duda; algo se estaba cociendo en la región.

En el pueblo la gente se preparaba para lo peor.

Diez, veinte días… Un mes… Nada en el horizonte, ni convoy ni movimientos sospechosos.

Como el pueblo no había sido objeto de ninguna irrupción armada, la gente empezó a relajarse; los Ancianos volvieron a sus cantinelas en la barbería, los jóvenes a su alboroto en el Safir, y el desierto recobró su aburrida desnudez y su infinita banalidad.

Todo pareció volver a la normalidad.

<p>6</p>

Jalid Taxi iba vestido de punta en blanco. Con sus gafas de sol baratas, el pelo engominado y echado hacia atrás, se pavoneaba por la calle a la vez que miraba con impaciencia su reloj. A pesar de la canícula, estaba envarado en un traje con chaleco que sin duda tuvo su época de gloria en una vida anterior. Una ridícula corbata de color amarillo chillón con vetas pardas se le desparramaba sobre la tripa. De vez en cuando, extraía un minúsculo peine del bolsillo interior de su chaqueta y se lo pasaba por el bigote.

– ¿Van llegando? -gritaba en dirección de la terraza donde su hijo de catorce años hacía guardia.

– Todavía no -le contestaba el chico con la mano a modo de visera a pesar de tener el sol a su espalda.

– ¿Qué puñetas hacen? Espero que no hayan cambiado de opinión.

El chaval se ponía de puntillas y seguía oteando el horizonte para demostrar a su padre que permanecía atento.

Los Haitem se hacían esperar. Llevaban una hora de retraso y no se atisbaba el menor rastro de polvo procedente de sus huertas. El cortejo estaba listo para salir de Kafr Karam. Cinco coches lustrosos y adornados con cintas esperaban frente al patio de la novia, con las puertas abiertas por el enorme calor. Un hombre los vigilaba, espantando con exasperación a los mocosos que gravitaban a su alrededor.

Jalid Taxi consultó por enésima vez su reloj. Al final, subió a la terraza junto a su hijo.

Los Haitem no habían invitado a mucha gente de Kafr Karam. Habían elaborado una lista bastante restringida de gente elegida con esmero en la que figuraban el decano y sus mujeres, Doc Jabir y su familia, Bashir el Halcón y sus hijas y otros cinco o seis notables. A mi padre no le hicieron ese honor. A pesar de haber sido pocero habitual de los Haitem durante treinta años -había cavado el conjunto de los pozos de las huertas, instalado las bombas de motor y los aspersores rotativos y trazado una buena cantidad de acequias-, para sus antiguos patronos no había pasado de ser un simple extranjero. Mi madre no aceptó bien esa muestra de ingratitud, pero al viejo, que seguía sentado al pie de su árbol, le traía sin cuidado. De todos modos, no tenía gran cosa que ponerse para ir a la fiesta.

La noche reptaba por el pueblo. El cielo estaba engastado con miles de estrellas. El calor prometía mantener su asedio hasta bien avanzada la noche. Kadem y yo nos encontrábamos en la terraza de mi casa, sentados sobre dos sillas quejumbrosas en torno a una tetera. Mirábamos en la misma dirección que los vecinos: hacia las huertas de los Haitem.

Ningún vehículo se decidía a adentrarse en la pista blancuzca surcada intermitentemente por trombas de polvo levantadas por el viento.

Bahia acudía con regularidad para comprobar si necesitábamos sus servicios. La notaba un tanto febril, y observé que subía cada vez más a vernos, para traernos galletas o bien llenarnos los vasos. Su maniobra acabó intrigándome y no tardé en seguir la dirección de su mirada; mi hermana gemela le había echado el ojo al primo. Se sonrojó violentamente cuando la sorprendí, a través del cristal, sonriéndole.

Por fin se presentó el cortejo, y el pueblo entró en trance en medio de un alboroto de bocinas y de yuyús. La calle estaba atestada de mocosos turbulentos; hubo que suplicar a unos y otros para que el florido Mercedes consiguiese abrirse paso en medio del barullo. Los Haitem no habían reparado en gastos; los diez cochazos que habían enviado estaban excesivamente decorados; parecían árboles de Navidad, con sus laminillas multicolores, sus globos y sus cintas tentaculares. Los conductores llevaban el mismo traje negro y la misma camisa blanca rematada con una pajarita. Un cámara traído de la ciudad inmortalizaba el acontecimiento, su aparato al hombro y rodeado de un enjambre de chiquillos; los flashes destellaban por todas partes.

Una carabina saludó con disparos la salida de la novia, preciosa con su vestido blanco. Se formó un tremendo alboroto en la plaza cuando el cortejo dio una vuelta por la mezquita antes de llegar a la pista transitable. Los chavales corrían detrás de los coches chillando a grito pelado, y todo ese gentío acompañó a su virgen hasta la salida de la aldea, liándose de paso a patadas con los perros vagabundos.

Kadem y yo permanecíamos de pie apoyados en la balaustrada de la terraza. Veíamos cómo el cortejo se alejaba, él preso de sus recuerdos, yo divertido y asombrado a partes iguales. A lo lejos, en la naciente oscuridad, se podía entrever, entre la masa negra de las huertas, las luces de la fiesta.

– ¿Conoces al novio? -pregunté a mi primo.

– Realmente no. Me lo crucé, hace cinco o seis años, en casa de un amigo músico. No nos presentaron, pero me pareció sencillo. Nada que ver con su padre. Creo que es un buen partido.

– Eso espero. Jalid Taxi es buena gente, y su hija exquisita. ¿Sabías que le tenía echado el ojo encima?

– No me apetece saberlo. Ya pertenece a otro, y debes borrar esas cosas de tu cabeza.

– Lo he dicho sin darle importancia.

– No hay que decirlo. Pensar en ello ya es pecado.

Bahia se volvió a acercar, con ojos de pasión.

– ¿Te quedas a cenar con nosotros, Kadem? -pió con un ligero temblor en la garganta.

– No, gracias. Mis viejos no se encuentran muy bien.

– Que sí, te quedarás a cenar -le dije perentoriamente-. Son casi las nueve, y sería muy descortés despedirte de nosotros justo antes de la cena.

Kadem apretó los labios, dubitativo.

Bahia acechaba su respuesta martirizándose las manos.

– De acuerdo -cedió-. Hace tiempo que no pruebo la cocina de mi tía.

– Yo he preparado la cena -le señaló Bahia con el rostro escarlata.

Salió disparada escaleras abajo, feliz como una cría en día de Aíd.


No habíamos acabado de cenar cuando se oyó a lo lejos una deflagración. Kadem y yo nos levantamos para ir a ver. Algunos vecinos se asomaron a sus terrazas, seguidos poco después por el resto de sus familiares. En la calle, uno preguntaba qué ocurría. Aparte de las minúsculas luces más allá de las huertas, la meseta parecía tranquila.

– Es un avión -gritó alguien en la noche-. Lo he visto caer.

Se oyó el ruido de unos pasos a la carrera que subían por la calle y se iban alejando hacia la plaza. Los vecinos empezaron a evacuar la terraza para correr a informarse. La gente salía de su casa y se iba reuniendo en corros. En la oscuridad, las siluetas formaban un batiburrillo preocupante. Es un avión que se ha estrellado, se decían unos a otros. Ibrahim ha visto un avión caer en llamas. La plaza del pueblo pululaba de curiosos. Las mujeres permanecían delante de la puerta de sus patios, intentando sonsacar fragmentos de información a los transeúntes. Un avión se ha estrellado, pero muy lejos de aquí, las tranquilizaban…

Dos faros de automóvil surgieron de repente de las huertas y se lanzaron sobre la pista. Se aproximaba a nosotros a toda velocidad.

– Esto me huele mal -me dijo Kadem mirando el vehículo loco dar tumbos sobre la pista-. Me huele francamente mal.

Se precipitó escaleras abajo.

El coche estuvo a punto de derrapar al entrar rugiendo en la curva que desembocaba en Kafr Karam. Sus bocinazos nos llegaban por fragmentos, aunque resultaban preocupantes. Ahora los faros alumbraban las primeras casas del pueblo y los bocinazos echaban a la gente contra las paredes. El vehículo cruzó el campo de fútbol, frenó en seco delante de la mezquita y patinó varios metros antes de detenerse envuelto en una nube de polvo. El conductor salió precipitadamente mientras la gente acudía hacia él. Tenía la cara descompuesta y la mirada despavorida. Señalaba las huertas con el dedo y balbuceaba sonidos ininteligibles.

Otro coche apareció detrás; su conductor nos gritó, sin molestarse en bajar:

– Suban corriendo. Necesitamos ayuda en casa de los Haitem. Ha caído un misil en medio de la fiesta.

Al darse cuenta de la gravedad de la situación, la gente echó a correr en todas direcciones. Kadem me empujó dentro del segundo coche y saltó a mi lado en el asiento trasero. Tres jóvenes se apiñaron a nuestro alrededor mientras otros dos se instalaban delante.

– Hay que darse prisa -gritó el chófer a la muchedumbre-. Si no encontráis coches, id andando. Hay mucha gente bajo los escombros. Pillad lo que podáis, palas, mantas, sábanas, botiquines, y no tardéis. Os lo suplico, daos prisa…

Maniobró allí mismo y salió disparado hacia las huertas.

– ¿Estás seguro de que se trata de un misil? -le preguntó un pasajero.

– No lo sé -contestó el chófer, aún impresionado-. No tengo ni puñetera idea. Los invitados se estaban divirtiendo, y una borrasca se llevó de repente las sillas y las mesas. Una locura, un absurdo; no encuentro palabras. Cuerpos y gritos; gritos y cuerpos. Si no es un misil, debe de tratarse de una fulminación del cielo…

Sentí un profundo malestar. No entendía lo que estaba haciendo en aquel coche que corría a tumba abierta en medio de la noche, no entendía por qué había aceptado ir a ver el horror de cerca, yo que apenas empezaba a recuperarme de una espantosa metedura de pata militar. El sudor me chorreaba por la espalda, fluía por mi frente. Miraba al conductor, a los hombres sentados delante, a los que tenía a mi lado, a Kadem mordisqueándose los labios, y no conseguía creer que hubiese aceptado seguirlos. ¿Adónde vas, pobre diablo?, me gritaba una voz interior. No sabía si mi cuerpo se sublevaba o si los baches lo bamboleaban. Me maldecía a mí mismo, apretando las mandíbulas, agarrando con los puños mi miedo, que fermentaba como la masa en mi vientre. ¿Adónde corres así, estúpido? A medida que nos acercábamos a las huertas, el miedo crecía, crecía a la vez que una especie de embotamiento agarrotaba mis miembros y mi mente.

Una oscuridad insana cubría las huertas. Las cruzamos como un territorio maldito. La casa de los Haitem estaba intacta. Había sombras en la escalinata, algunas derrumbadas sobre los escalones, con la cabeza entre las manos, las demás apoyadas contra la pared. El escenario del drama se encontraba un poco más lejos, en un jardín donde un caserón, probablemente la sala de fiestas, ardía en medio de un amasijo de escombros humeantes. La onda expansiva de la explosión había proyectado los asientos y los cuerpos a unos treinta metros a la redonda. Los supervivientes andaban errantes, con la ropa hecha jirones y las manos tendidas hacia delante como si fueran ciegos. Algunos cuerpos estaban alineados en el borde de una alameda, mutilados, carbonizados. Unos coches alumbraban la carnicería con sus faros mientras unos espectros se agitaban entre los escombros. Luego aullidos, interminables aullidos, llamadas y gritos como para ensordecer el planeta. Mujeres buscando a sus hijos en medio de la confusión; cuantas menos respuestas obtenían, más se desgañitaban. Un hombre ensangrentado lloraba ante el cuerpo de un familiar.

La náusea me partió en dos justo cuando puse un pie fuera del coche; caí a gatas y vomité hasta vaciarme las tripas. Kadem intentó levantarme; no tardó en abandonarme y se precipitó hacia un grupo de hombres que estaba auxiliando a unos heridos. Me encogí al pie de un árbol y, con los brazos agarrados a las rodillas, contemplé el delirio. Más coches venían de Kafr Karam, repletos de voluntarios, de palas y de fardos. La anarquía añadía a la operación de rescate una agitación demencial. Algunos levantaban con las manos vigas llameantes, lienzos de paredes hundidos en busca de alguna señal de vida. Alguien arrastró a un moribundo hasta mí. Sobre todo no te duermas, le suplicaba. Como el herido se sumía suavemente en el sueño, el otro le propinaba bofetadas para impedir que se desmayara. Un hombre se acercó, se inclinó sobre el cuerpo. Ven, ya no puedes hacer nada por él. El otro seguía abofeteando al herido, cada vez más fuerte… Aguanta. Te digo que aguantes… ¿Que aguante qué?, le preguntó el hombre. Ya ves que está muerto.

Me levanté como un sonámbulo y corrí hacia la hoguera.

Ignoro cuánto tiempo estuve allí, volcando y revolviéndolo todo a mi alrededor. Cuando volví a mi ser, tenía las manos ensangrentadas, llenas de cardenales, y los nudillos despellejados; me dolían tanto que caí de bruces, con el pecho ahumado y oliendo a cremación.


Amanecía sobre el siniestro.

De la sala devastada subían hacia el cielo, como oraciones consumadas, retazos de humo. El aire estaba cargado de horribles exhalaciones. Los muertos -diecisiete, en su mayoría mujeres y niños- estaban alineados en un ala del jardín, cubiertos con sábanas. Los heridos gemían por doquier, rodeados de enfermeros y de familiares. Las ambulancias habían llegado hacía poco, y los camilleros no sabían por dónde empezar. La confusión había disminuido, pero la febrilidad se acentuaba a medida que se evidenciaba la magnitud de la tragedia. De cuando en cuando, una mujer daba un alarido y se reanudaban los gritos y berridos. Los hombres daban vueltas, alelados, perdidos. Llegaron los primeros vehículos de la policía. Eran iraquíes. Los supervivientes la tomaron de inmediato con su jefe. La situación se agravó, y una lluvia de piedras empezó a lapidar a los polis, que se volvieron a meter en sus coches y se largaron. Regresaron una hora después acompañados por dos camiones de soldados. Un oficial muy corpulento pidió hablar con un representante de la familia Haitem. Alguien le lanzó una piedra. Los soldados dispararon al aire para calmar los ánimos. En ese instante, unos equipos de televisión extranjera desembarcaron en el lugar. Un padre enlutado les enseñó la carnicería gritando: «Mirad, no hay más que mujeres y niños. Celebrábamos una boda. ¿Dónde están los terroristas?». Agarró a un cámara por el brazo para enseñarle los cuerpos que yacían sobre el césped, y prosiguió: «Los terroristas son los cerdos que nos han lanzado el misil…».

Con las manos vendadas, la camisa desgarrada y el pantalón manchado de sangre, dejé las huertas y regresé caminando a mi casa como quien se adentra en la bruma…

<p>7</p>

Yo me emocionaba pronto; el dolor ajeno me abrumaba. Me resultaba imposible asistir a una desgracia sin que me afectara. Ya de niño, lloraba a menudo en mi habitación, me encerraba con llave, por temor a que mi hermana gemela -una chica - me sorprendiese anegado en lágrimas. Decían que tenía más entereza que yo, que era menos lloricona. No se lo tenía en cuenta. Yo era así, y ya está. Un ser de porcelana. Mi madre me reprendía: «Tienes que endurecerte. Debes aprender a renunciar al dolor ajeno; no es bueno ni para ti ni para ellos. No estás sobrado de nada como para dolerte por la suerte ajena…». En vano. No se nace bruto, uno se convierte en bruto; no se nace sabio, se aprende a serlo. Yo nací en la miseria y la miseria me educó en la idea de que todo se comparte. Cualquier sufrimiento se adhería al mío, se hacía mío. Por lo demás, había un árbitro en el cielo; a él le correspondía dar al mundo los retoques que estimara necesarios, del mismo modo que era libre de no mover ni un dedo.

En el colegio, mis compañeros me tomaban por un blandengue. Por mucho que me provocaran, jamás devolvía los golpes. Aunque me negara a poner la otra mejilla, tampoco sacaba los puños de los bolsillos. A la larga, los pilluelos me dejaban en paz, desanimados por mi estoicismo. En realidad, no era un blandengue; me horrorizaba la violencia. Cuando asistía a una refriega, en el patio de recreo, metía el cuello entre los hombros y me disponía a esperar que se me cayera el cielo encima… Quizá fuera eso lo que me había ocurrido en casa de los Haitem: se me había venido el cielo encima. Pensaba que el sortilegio que acababa de torpedear la fiesta, de hacer que los yuyús se convirtieran en gritos aterradores de agonía, jamás me iba a abandonar. Que nuestros destinos estaban sellados, unidos por el dolor hasta que algo peor los separara. Una voz me repetía, golpeándome las sienes, que la muerte que infestaba las huertas viciaba a la vez mi alma, que yo también había muerto…

Si el azar había decidido que fuese a la huerta de los Haitem -esto es, a la tierra de los afortunados, a la propiedad de los ricachones que no reparaban en nosotros- para ver con mis propios ojos la total incongruencia de la existencia, para medir al milímetro la inconsistencia de nuestras certidumbres, para abdicar en cuerpo y alma ante la precariedad de las conquistas, era porque, de algún modo, ya iba siendo hora de que despertase.

No puede uno alimentar su barbacoa sobre una tierra quemada sin achicharrarse los dedos o los pies.

Yo, que no recordaba haberle deseado ningún daño a nadie, me sentía de repente dispuesto a morder incluso la mano que hubiese intentado consolarme… Pero me contenía. Estaba indignado, enfermo, cubierto de espinas de pies a cabeza. Era una acacia errando por el limbo, Cristo en el paroxismo de su martirio, y mi vía crucis no tenía fin porque no era capaz de entender. Lo que había ocurrido en casa de los Haitem no tenía sentido. No se pasa del alborozo al duelo chasqueando sin más los dedos. La vida no es un juego de manos, aunque a menudo penda de un hilo. La gente no muere a granel entre baile y baile; no, lo que había ocurrido en casa de los Haitem era inaudito…

El parte informativo de la noche mencionó un avión no tripulado norteamericano que, al parecer, detectó señales sospechosas en torno a la sala de fiestas. No precisaron cuáles. Se limitó a mencionar que unos movimientos terroristas habían sido detectados anteriormente en el sector, una tesis que los autóctonos rechazaron de plano. No obstante, la jerarquía norteamericana intentó justificarse esgrimiendo otros argumentos relativos a la seguridad hasta que, ya cansada de hacer el ridículo, acabó deplorando el error y presentando sus excusas a las familias de las víctimas.

Ahí quedó todo…

Otro suceso que iba a dar la vuelta al mundo antes de caer en el olvido, sustituido por otras barbaridades.

Pero en Kafr Karam la ira acababa de desenterrar el hacha de guerra: seis jóvenes pidieron a los creyentes que rezaran por ellos. Prometieron vengar a sus muertos y no regresar al hogar hasta que el último boy fuese enviado de vuelta a su casa en un saco de lona… Tras los abrazos de rigor, los guerreros se fueron hasta perderse en la noche.

Algunas semanas después, el comisario de la circunscripción fue asesinado dentro de su coche oficial. El mismo día, un vehículo militar saltó sobre una mina artesanal.

Kafr Karam lloró a sus primeros chahid – seis de un golpe, sorprendidos por una patrulla cuando se disponían a atacar un puesto de control.

En el pueblo, la tensión alcanzaba proporciones demenciales. Todos los días se volatilizaban jóvenes. Dejé de salir a la calle. No soportaba la mirada de los Ancianos, sorprendidos de verme todavía por allí cuando los valientes de mi edad se habían unido a la resistencia, ni la sonrisa sardónica de los adolescentes que me recordaba la de mis compañeros de clase cuando me trataban de blandengue. Me encerraba en mi casa y me refugiaba en los libros o en las casetes que Kadem me mandaba. Sin duda, estaba muy enfadado, sentía inquina hacia la coalición, pero no me imaginaba tiroteando sin ton ni son a los transeúntes. La guerra no era lo mío. No estaba hecho para ejercer la violencia; iba más conmigo padecerla todo un año que practicarla un solo un día.

Y una noche, de repente, el cielo volvió a caerme encima. Primero pensé en un misil cuando la puerta de mi habitación saltó tronando. Me alcanzó una andanada de invectivas y de focos deslumbrantes. No me dio tiempo a tender la mano hacia el interruptor. Una cuadrilla de soldados norteamericanos acababa de desflorar mi integridad. ¡Sigue tumbado! No te muevas o te reviento… ¡De pie!… ¡Sigue tumbado! ¡De pie! ¡Las manos sobre la cabeza! ¡Ni te muevas! Unas antorchas me tenían clavado a la cama mientras me apuntaban unos cañones. ¡Ni te muevas o te salto la tapa de los sesos!… ¡Esos gritos! Atroces, demenciales. Devastadores. Como si le astillaran a uno las fibras, como para enajenar a cualquiera… Unos brazos me arrancaron de la cama y me catapultaron por la habitación; otros me interceptaron, me aplastaron contra la pared. ¡Las manos detrás de la espalda!… ¿Qué he hecho? ¿Qué pasa? Los soldados desmantelaron mi armario, volcaron mis cajones, dispersaron mis cosas a patadas. Mi vieja radio se hizo añicos bajo una bota. ¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde has metido las armas, escoria? No tengo armas. Aquí no hay armas. Eso lo veremos, canalla. Llevaos a este cabrón con los demás. Un soldado me agarró por la nuca, otro me hundió su rodilla en el bajo vientre. Un ciclón me agarró bruscamente, bamboleándome de un tumulto a otro; estaba viviendo una pesadilla, como un sonámbulo atacado por una jauría de duendes. Tenía la vaga sensación de que me llevaban a rastras por la terraza, de que me hacían bajar a empellones la escalera; ni siquiera sabía si caía rodando o estaba planeando… El alboroto no era menor en el primer piso. Los llantos de mis sobrinos traspasaban el escándalo reinante. Oí a mi gemela Bahia protestar antes de callarse repentinamente, probablemente fulminada por un culatazo o por un ranger… Mis hermanas estaban aparcadas en el fondo del vestíbulo, con la chiquillería, medio desnudas, pálidas. La mayor, Aícha, apretujaba a sus críos contra su falda. Temblaba como una hoja, y no se daba cuenta de que sus pechos desnudos se habían salido de su escote. A su derecha, la segunda, Afaf la costurera, se tambaleaba con los dedos agarrados a su camisa. Como la habían despertado brutalmente, se había dejado la peluca sobre la mesilla de noche; su calva relucía en la oscuridad, lastimosa como un muñón; se sentía tan avergonzada que, por su manera de hundir el cuello entre los hombros, parecía querer refugiarse dentro de su propio cuerpo. Bahia aguantaba, con un sobrino en los brazos. Desmelenada y con el rostro exangüe, afrontaba en silencio el fusil que la estaba apuntando; un hilillo de sangre corría por su nuca…

Me sentí desfallecer. Mi mano buscó en vano un apoyo.

En el fondo del pasillo restallaban unos insultos que dejaban corto al mismísimo diablo. Mi madre salió despedida de su habitación; se levantó y fue de inmediato a socorrer a su inválido esposo. Dejadlo tranquilo. Está enfermo. Los militares norteamericanos sacaron al viejo. Jamás lo había visto en peor estado. Con su calzoncillo ajado cayéndole por las rodillas y su camiseta desgastada hasta la trama, su desamparo era infinito. Era la miseria andante, la ofensa en su más grosera expresión. Dejad que me vista, gemía. Están mis hijos. Esto que hacen no está bien. Su voz temblorosa resonaba por el pasillo con una pena inconcebible. Mi madre intentaba caminar delante de él, ocultarnos su desnudez. Su mirada enloquecida nos suplicaba que mirásemos hacia otra parte. Yo no podía darme la vuelta. Yo estaba hipnotizado por el espectáculo que ambos me ofrecían. Ni siquiera veía a los brutos que los rodeaban. Sólo veía a aquella madre enloquecida, a ese padre enflaquecido con su calzoncillo ajado, con los brazos abatidos, la mirada desamparada, que se tambaleaba ante las embestidas. En un último arranque de energía, se dio la vuelta e intentó regresar a su habitación para vestirse. Y el golpe no se hizo esperar… ¿Culatazo o puñetazo? Qué más da. Con ese golpe, la suerte estaba echada. Mi padre cayó hacia atrás, con su miserable camiseta sobre la cara, el vientre descarnado, arrugado, grisáceo como el de un pez muerto… Y vi, mientras el honor de la familia se desparramaba por el suelo, vi lo que de ningún modo debía ver, lo que un hijo digno, respetable, lo que un auténtico beduino nunca debe ver; esa cosa reblandecida, asquerosa, envilecedora; ese coto vedado, callado, sacrílego: el pene de mi padre cayendo de lado, los testículos por encima del culo… ¡El no va más! Después de eso no queda nada, un vacío infinito, una caída interminable, la nada… Todas las mitologías tribales, todas las leyendas del mundo, todas las estrellas del cielo acababan de perder su brillo. Ya podía seguir levantándose el sol, que yo nunca más podría distinguir el día de la noche… Un occidental no puede comprender, no puede ni imaginar la magnitud del desastre. Para mí, ver el sexo de mi progenitor era como reducir toda mi existencia, mis valores y mis escrúpulos, mi orgullo y mi singularidad a un grosero destello pornográfico. ¡Las puertas del infierno me resultaban más clementes!… Yo estaba acabado. Todo había acabado. Irrecuperable. Irreversible. Acababa de estrenar el yugo de la infamia, de caer en un universo paralelo de donde nunca volvería a salir. Y me sorprendí odiando aquel brazo impotente que no sabía ni devolver los golpes ni ajustarse un vulgar calzoncillo, aquel grotesco brazo, translúcido y feo que simbolizaba mi propia impotencia; odiando mis ojos, que se negaban a desviarse, que reclamaban la ceguera; odiando los aullidos de mi madre, que me descalificaban. Miraba a mi padre, y mi padre me miraba. Debía de estar leyendo en mis ojos el desprecio que sentía por todo lo que había sido importante para nosotros, la lástima que de repente me producía el ser al que, a pesar de los pesares, veneraba por encima de todo. Yo lo miraba como desde lo alto de un acantilado maldito una noche de tormenta y él me miraba desde el fondo del oprobio; ya sabíamos, en aquel preciso instante, que nos estábamos mirando por última vez… Y, en aquel preciso instante, cuando no me atrevía a inmutarme, supe que ya nada volvería a ser como antes, que no volvería a considerar las cosas de la misma manera, que la bestia inmunda acababa de rugir en el fondo de mis entrañas; que, tarde o temprano, ya podía ocurrir lo que fuera, estaba condenado a lavar la afrenta con sangre hasta que los ríos y los océanos se volviesen tan rojos como la rozadura en la nuca de Bahia, como los ojos de mi madre, como el rostro de mi padre, como la brasa que me estaba consumiendo las tripas, iniciándome ya en el infierno que me esperaba…


No recuerdo lo que ocurrió después. Me daba igual. Las olas me llevaban a la deriva como el resto de un naufragio. Ya no quedaba nada que salvar. Los berridos de los soldados habían dejado de afectarme. Sus fusiles, su celo apenas me impresionaban. Ya podían poner patas arriba el mundo, meter fuego a todos los volcanes, tronar como una tormenta; nada me afectaba. Los veía agitarse tras una cristalera, en un microcosmos de sombras y de silencio.

Registraron la casa de arriba abajo. Ningún arma; ni la más pequeña navaja…

Unos brazos me propulsaron hacia la calle, donde había unos muchachos acuclillados con las manos sobre la cabeza.

Kadem también estaba allí. Le sangraba el brazo.

Los gritos de intimidación provocaban el delirio en las casas de los alrededores.

Unos soldados iraquíes nos inspeccionaban, listas en mano con fotos impresas en las hojas. Alguien me levantó la barbilla, paseó su antorcha por mi cara, comprobó sus fichas y se fue para mi vecino. Apartados, entre militares sobreexcitados, unos sospechosos esperaban que se los llevaran; estaban tumbados boca abajo sobre el polvo, con los puños atados y la cabeza dentro de un saco.

Dos helicópteros sobrevolaron el pueblo, barriéndonos con sus proyectores. El fragor de sus hélices tenía algo de apocalíptico.

Amanecía. Los soldados nos condujeron detrás de la mezquita, donde acababan de montar una tienda de campaña. Nos interrogaron por separado, uno tras otro. Unos oficiales iraquíes me enseñaron fotos; en algunas, rostros de cadáveres tomadas en depósitos o en el lugar de las matanzas. Reconocí a Malik, el «blasfemo» de aquel día en el Safir; tenía los ojos desorbitados y la boca completamente abierta, y de la nariz le fluía un chorro de sangre que se ramificaba por la barbilla. Luego reconocí a un primo lejano, encogido al pie de una farola, con la mandíbula desencajada.

El oficial me pidió que diera mi filiación completa; su secretario registró mis declaraciones, y luego me soltaron.

Kadem me esperaba en la esquina de la calle. Tenía en el brazo un corte bastante feo que se extendía de la punta del hombro a la muñeca. Tenía la camiseta empapada de sudor y de sangre. Me contó que los soldados norteamericanos habían destrozado el laúd de su abuelo de una patada -un laúd fabuloso de inestimable valor; un patrimonio tribal, por no decir nacional-. Lo escuchaba a medias. Kadem estaba abatido. Las lágrimas le velaban la mirada. El tono de su voz me asqueaba.

Permanecimos durante varios minutos al pie de una tapia, exhaustos, jadeantes, con la cabeza entre las manos. El cielo se iba aclarando lentamente mientras en el horizonte, como si surgiera de una fractura abierta, el sol se disponía a inmolarse en sus propias llamas. Los primeros pilluelos empezaron a corretear tras las vallas; pronto tomarían por asalto la plaza y los descampados. El rugido de los camiones anunciaba la retirada de las tropas. Algunos ancianos salían de sus patios y se dirigían apresuradamente a la mezquita. Iban a informarse: ¿a quién han detenido y quién se ha librado? Unas mujeres mugían ante las puertas cocheras, llamaban a sus retoños o a sus esposos, a los que los soldados se habían llevado. Poco a poco, al tiempo que la desesperanza corría de casa en casa y los lamentos se desflecaban por los tejados, Kafr Karam me produjo hiel suficiente como para arrastrarla como si fuera una crecida.

– Tengo que irme de aquí -dije.

Kadem me miró, pasmado.

– ¿Dónde quieres ir?

– A Bagdad.

– ¿Para hacer qué?

– En la vida hay algo más que la música.

Ladeó la cabeza y meditó mis palabras.

No llevaba nada puesto, aparte de una camiseta desgastada y un viejo pantalón de pijama. También iba descalzo.

– ¿Me puedes hacer un favor, Kadem?

– Depende…

– Necesito recuperar algunas cosas de mi casa.

– ¿Y dónde está el problema?

– El problema está en que no puedo regresar a mi casa.

Frunció el ceño.

– ¿Por qué?

– Es así, y ya está. ¿Quieres ir a buscar mis cosas? Bahia sabrá qué meter en mi bolsa. Dile que voy a Bagdad, a casa de nuestra hermana Farah.

– No entiendo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no quieres regresar a tu casa?

– Te lo ruego, Kadem. Limítate a hacer lo que te pido.

Kadem sospechaba que algo muy grave había ocurrido. Seguramente estaba pensando en una violación.

– ¿De verdad quieres saber lo que ha ocurrido, primo? -le grité-. ¿Quieres saberlo de verdad?

– Vale, me he enterado -refunfuñó.

– No te has enterado de nada. De nada en absoluto.

Sus pómulos se sobresaltaron cuando me apuntó con el dedo:

– Cuidado, soy mayor que tú. No te autorizo a hablarme en ese tono.

– Me temo que ya nadie en el mundo tendrá jamás autoridad sobre mí, primo.

Lo miré directamente a los ojos.

– Peor, me importa tres pepinos lo que me pueda ocurrir a partir de este minuto, de este segundo -añadí-. ¿Me vas a traer de una puta vez mis cosas o tendré que irme con lo puesto? Te juro que soy capaz de meterme en el primer autocar llevando sólo esta camiseta encima y este pantalón de pijama. Ya nada me importará, ni la ridiculez ni el perjurio…

– Serénate, hombre.

Kadem intentó agarrarme por las muñecas.

Lo rechacé.

– Escucha -me dijo respirando suavemente para conservar la calma-. Mira lo que vamos a hacer. Vamos a ir a mi casa…

– Quiero irme de aquí.

– Por favor. Escucha, escucha… Sé que estás completamente…

– ¿Completamente qué, Kadem? No tienes ni idea de ello. Es algo que no se puede imaginar.

– De acuerdo, pero vayamos primero a mi casa. Te lo pensarás con más calma, y si sigues estando seguro de querer irte, yo mismo te llevaré hasta la ciudad más cercana.

– Por favor, primo -le dije con voz átona-, ve a buscar mi petate y mi bastón de peregrino. Tengo que contarle un par de cosas a Dios.

Kadem comprendió que ya no estaba en condiciones de escuchar nada.

– Vale -me dijo-. Voy a buscar tus cosas.

– Te espero detrás del cementerio.

– ¿Por qué no aquí?

– Kadem, haces demasiadas preguntas, y me duele la cabeza.

Me pidió con ambas manos que me tranquilizara y se alejó sin darse la vuelta.


Cuando Kadem regresó, estaba acabando de lapidar un arbusto raquítico.

Tras haber vagado por el cementerio, me había sentado sobre un montículo y puesto a desenterrar las piedras de los alrededores para lanzarlas contra un haz de ramas cubierto de polvo y de bolsas de plástico.

Cada vez que mi brazo se distendía, un ¡ah! de rabia me raspaba la garganta. Era como si tumbara montañas, expulsara la nube de malos presagios que se aglutinaba en mi mente y hundiera la mano en el recuerdo de la víspera para arrancarle el corazón.

Allá donde aventuraba la mirada, me la interceptaba esa cosa abominable vislumbrada en el vestíbulo de mi casa.

En un par de ocasiones, una impetuosa resaca me dejó mareado, obligándome a agacharme para vomitar. Mi cuerpo, asaltado por unos espasmos fulgurantes, se tambaleaba sobre mis talones; abría la boca y no devolvía nada, salvo un estertor de fiera.

Los alrededores apestaban con el calor de la mañana. Probablemente era carroña pudriéndose. No me molestaba. No dejaba de exhumar piedras y de lanzarlas contra el arbusto; tenía los dedos heridos.

A mi espalda, el pueblo se levantaba con mal pie; la indignación iba saliendo de madre: un padre regañando a su hijo, un pequeño sublevándose contra su mayor. No me reconocía en esa cólera. Quería algo que fuera mayor que mi pena, más grande que mi vergüenza.

Kadem se coló entre las tumbas, que hinchaban como equimosis el cuadro de los desaparecidos. Me enseñó mi bolsa desde lejos. Bahia iba detrás de él, la cabeza envuelta en un fular de muselina. Llevaba el vestido negro de las despedidas.

– Creíamos que los soldados te habían llevado -me dijo con el semblante demudado.

Resultaba evidente que no había venido para disuadirme de que me fuera. No era su estilo. Comprendía mis motivos y, manifiestamente, los aprobaba en bloque, sin reserva y sin lamento. Bahia era hija de su tribu. Aunque en la tradición ancestral el honor era asunto de hombres, ella sabía reconocerlo y exigirlo.

Arranqué la bolsa de las manos de Kadem y rebusqué dentro. La brutalidad de mi gesto no escapó a mi hermana. No lo condenó:

– Te he metido dos camisetas, dos camisas, dos pantalones, calcetines, tu bolsa de aseo…

– ¿Mi dinero?

Sacó de su regazo un pequeño fajo cuidadosamente doblado y atado, lo tendió a Kadem, quien me lo entregó de inmediato.

– Sólo mi dinero -dije a mi hermana-. Ni un céntimo más.

– Aquí están sólo tus ahorros, te lo aseguro… También te he metido una gorra -añadió reprimiendo un sollozo-. Por el sol.

– Muy bien. Ahora daos la vuelta para que me cambie.

Me puse un pantalón de rayas finas, mi camisa de cuadros, los zapatos que me había regalado mi primo.

– Se te ha olvidado mi cinturón.

– Está en el bolsillo exterior de la bolsa -me dijo Bahia-. Con tu linterna.

– Muy bien.

Acabé de vestirme; luego, sin siquiera mirar a mi hermana y a mi primo, agarré el saco y bajé a la carrera un repecho hacia la pista transitable. No te des la vuelta, me conminaba una voz interior. Ya estás en otra parte. Aquí ya no queda nada tuyo. No te des la vuelta. Me di la vuelta… vi a mi hermana de pie sobre el montículo, fantasmal con su vestido retorcido por el viento, y a mi primo, con las manos sobre las caderas, la barbilla metida hacia dentro. Deshice el camino. Mi hermana vino a cobijarse en mi pecho. Sus lágrimas inundaron mis mejillas. Sentí cómo al abrazarla su cuerpo enclenque se estremecía.

– Te lo ruego -me dijo-, cuídate.

Kadem me abrió sus brazos. Nos estrechamos el uno contra el otro. Nuestro abrazo duró una eternidad.

– ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe hasta el próximo pueblo? -me preguntó con un nudo en la garganta.

– No merece la pena, primo. Conozco el camino.

Lo saludé con la mano y me apresuré a alcanzar la pista.

Sin darme la vuelta.


1

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Todas las mañanas, mi hermana gemela Bahia me traía el desayuno a mi habitación. «Arriba ahí dentro -gritaba al empujar la puerta- que vas a fermentar como la masa.» Dejaba la bandeja sobre la mesa baja, al pie de la cama, abría la ventana y regresaba para pellizcarme los dedos de los pies. Sus ademanes eran autoritarios, aunque contrastaban con la dulzura de su voz. Por ser unos minutos mayor que yo, me tomaba por su bebé y no se daba cuenta de que había crecido.

Era una joven endeble, un poco maniática, muy estricta respecto al orden y a la higiene. De pequeño, me vestía para llevarme al colegio. Como no estábamos en la misma clase, la pillaba durante el recreo en el patio del colegio observándome de lejos, y ay de mí como «avergonzara a la familia». Más adelante, cuando la pelusa empezó a marcar mis rasgos de chico enclenque y granujiento, se hizo cargo personalmente de la contención de mi crisis de adolescencia, increpándome cada vez que alzaba la voz delante de mis otras hermanas o cuando rechazaba una comida al estimarla insuficiente para mi crecimiento. No era un chico difícil, aunque ella veía en mi manera de llevar mi pubertad una inadmisible patanería. A veces, harta ya, mi madre la regañaba; Bahia se aplacaba una semana o dos y, a la vuelta de un tropiezo, volvía a la carga.

Nunca le reproché que fuera tan marimandona conmigo. Al contrario, las más de las veces me hacía gracia.

– Te pondrás el pantalón blanco y la camisa de cuadros -me ordenó enseñándome la ropa doblada sobre la mesa de fórmica que me servía de escritorio-. Anoche los lavé y planché. Deberías ir pensando en comprarte otro par de zapatos -añadió empujando con la punta del pie mis zapatillas mohosas-. A éstas casi no les queda suela, y además apestan.

Se metió la mano debajo del escote y sacó unos cuantos billetes.

– Aquí hay suficiente dinero para que no te conformes con unas vulgares sandalias. No se te olvide comprar también perfume. Porque si sigues oliendo tan mal, ya no necesitaremos insecticida para espantar las cucarachas.

Antes de que me diera tiempo a acodarme, dejó el dinero sobre mi almohada y se esfumó.

Mi hermana no trabajaba. Obligada a los dieciséis años a abandonar los estudios para casarse con un primo -que, al final, murió de tuberculosis seis meses antes de la boda-, se iba marchitando en casa en espera de otro pretendiente. Mis otras hermanas, mayores que nosotros, tampoco habían tenido demasiada suerte. La primogénita, Aícha, se casó con un rico criador de pollos. Vivía en un pueblo cercano, en una casa grande que compartía con su familia política. La convivencia se iba degradando cada temporada un poco más hasta que un día, viéndose incapaz de soportar más vejaciones por parte de unas y abusos por parte de otros, cogió a sus cuatro críos y regresó al redil. Pensábamos que su marido vendría a recogerla; no dio señales de vida, ni siquiera los días festivos para ver a sus hijos. La siguiente, Afaf, tenía treinta y tres años y ni un solo pelo en la cabeza. Una enfermedad infantil la había dejado calva. Al temer que se convirtiera en el hazmerreír de sus compañeras, a mi padre le pareció oportuno no mandarla al colegio. Afaf vivió recluida en una habitación, como si fuera una inválida, remendando ropa vieja y luego haciendo vestidos que mi madre iba vendiendo por aquí y por allá. Cuando mi padre perdió su empleo a raíz de un accidente, fue Afaf la que se hizo cargo de la familia; por entonces, sólo se oía el zumbido de su máquina de coser a leguas a la redonda. En cuanto a Farah, de treinta y un años, fue la única que prosiguió sus estudios en la universidad, a pesar de la desaprobación de la tribu, que no veía con buenos ojos que una joven viviera alejada de sus padres, y por tanto al alcance de las tentaciones. Farah capeó el temporal y se diplomó sin problemas. Mi tío abuelo quiso casarla con uno de sus retoños, un campesino piadoso y solícito; Farah rechazó categóricamente la oferta y prefirió ejercer en el hospital. Su actitud sumió a la tribu en una profunda consternación, y el hijo humillado nos retiró a todos el saludo, gesto que luego se hizo extensivo a su padre y a su madre. Hoy, Farah opera en una clínica privada de Bagdad y se gana bien la vida. El dinero que mi hermana gemela me dejaba de vez en cuando sobre la almohada era suyo.

En Kafr Karam, los jóvenes de mi edad habían dejado de fingir enojo cuando una hermana o una madre les ponían discretamente algunas monedillas en la mano. Al principio, se sentían un poco molestos y, para guardar la cara, prometían saldar sus deudas cuanto antes. Todos soñaban con un trabajo que les permitiría levantar cabeza. Pero los tiempos eran duros; las guerras y el embargo habían puesto al país de rodillas, y los jóvenes del pueblo eran demasiado piadosos para aventurarse en las grandes ciudades, donde la bendición ancestral no tenía curso, donde el diablo pervertía las almas más rápidamente que un prestidigitador… Eso no iba en absoluto con la gente de Kafr Karam. Prefería estar muerta antes que entregarse al vicio o al robo. Por mucho que resuenen los cantos de sirenas, la llamada de los Ancianos se sigue sobreponiendo. Somos honrados por vocación.

Ingresé en la Universidad de Bagdad pocos meses antes de la ocupación norteamericana. Estaba en la gloria. Mi condición de estudiante devolvía su orgullo a mi padre. ¡Él, el analfabeto, el viejo pocero harapiento, padre de una médico y de un futuro doctor en filología! ¡Qué mejor manera de desquitarse de tantas decepciones! Me prometí no decepcionarlo. ¿Acaso lo había decepcionado una sola vez en la vida? Quería triunfar por él, verlo confiado, leer en sus ojos arrasados por el polvo lo que su rostro disimulaba: la felicidad de recoger lo que había sembrado, una semilla sana física y mentalmente que sólo pedía germinar. Mientras que los demás padres se apresuraban a enganchar a su progenie a las ingratas tareas que habían sido su infierno y el de sus antepasados, el mío se apretaba el cinturón hasta partirse en dos para que yo pudiera seguir estudiando. Ni él ni yo estábamos seguros de que el éxito social se hallara al final del túnel, pero estaba convencido de que un pobre instruido resultaba menos patético que un pobre duro de mollera. Saber leer y rellenar formularios era, de por sí, una manera de preservar buena parte de la propia dignidad.

La primera vez que crucé el vestíbulo de la universidad no vacilé -y eso que la naturaleza me había dotado de una vista de águila- en ponerme gafas.

Así fue como conseguí impresionar a Nawal, que, cuando se cruzaba conmigo al salir de clase, se ponía roja como un tomate. Aunque no me hubiese jamás atrevido a abordarla, la menor sonrisa suya bastaba para hacerme feliz. Andaba precisamente proyectando para ella unas miríficas perspectivas, cuando el cielo de Bagdad se estrelló con extraños fuegos artificiales. Las sirenas resonaron en el silencio de la noche; los edificios empezaron a esfumarse y, de la noche a la mañana, los idilios más locos se deshicieron en lágrimas y sangre. Mis carpetas y mis romanzas ardieron en el infierno, la universidad quedó en manos de los vándalos, y los sueños, en las de los sepultureros; regresé a Kafr Karam, alucinado, desamparado, y jamás he vuelto a pisar Bagdad desde entonces.

No tenía motivos de queja en casa de mis padres. No era exigente; me conformaba con cualquier cosa. Dormía en el tejado, en un lavadero acondicionado. Mi mobiliario se ceñía a dos viejos cajones y a una cama hecha con planchas de distinta procedencia. Estaba contento con el pequeño universo que había construido en torno a mi intimidad. Todavía no tenía tele, aunque sí una radio gangosa que al menos arropaba mis soledades.

Mis padres ocupaban una habitación con balcón, que daba al patio, en el primer piso; al fondo del pasillo, del lado del jardín, mis hermanas compartían dos grandes salas atestadas de antiguallas y de cuadros religiosos adquiridos en los zocos itinerantes; unos exhibían caligrafías laberínticas, otros retrataban a Sidna Alí dejando maltrechos a los demonios o haciendo trizas a las tropas enemigas, blandiendo su legendaria cimitarra de doble hoja como un tornado por encima de las cabezas impías. Había cuadros de este tipo en las habitaciones, en el vestíbulo, encima de los marcos de las puertas. No estaban ahí para decorar, sino por sus virtudes talismánicas; preservaban del mal de ojo. Un día descolgué uno de ellos al dar una patada a un balón. Era un bonito cuadro con versículos coránicos bordados con hilo amarillo sobre un fondo negro. Se rompió como si fuera un espejo. A mi madre casi le da una apoplejía. Aún la veo, con la mano sobre el pecho y los ojos desorbitados, blanca como la tiza. Ni siete años de desgracias la habrían desangrado tan aplicadamente.

En la planta baja se hallaba la cocina y, enfrente, un cuchitril que hacía las veces de taller para Afaf, dos salas concomitantes para los huéspedes y una sala de estar inmensa cuya puerta vidriera daba a un huerto.

Cuando había acabado de recoger mis cosas, bajaba a saludar a mi madre, una mujerona bien plantada de mirada limpia a la que no habían conseguido desalentar ni las tareas domésticas ni el desgaste del tiempo. Un beso en su mejilla me insuflaba una buena dosis de su energía. Nos entendíamos con un gesto o una mirada.

Mi padre se sentaba con las piernas cruzadas en el patio, a la sombra de un árbol indefinible. Tras la oración de el-fejr, que hacía obligatoriamente en la mezquita, regresaba para desgranar su rosario en el patio, con su brazo inválido en el hueco de su vestimenta -había perdido el uso de su miembro al desmoronarse un pozo que estaba limpiando-. Menudo bajonazo había dado mi padre. Su aura de anciano se había marchitado, su mirada de patrón daba como mucho para una disensión. En otros tiempos, a veces se unía a un grupo de allegados para intercambiar apreciaciones sobre tal o cual suceso. Luego, cuando la maledicencia se impuso a la corrección, se retiró. Por la mañana, al salir de la mezquita, antes de que la calle acabase de despertar, se instalaba al pie de su árbol, con una taza de café al alcance de la mano, y escuchaba con atención los rumores cercanos como si esperara descifrar su significado. Mi viejo era buena gente, un beduino de modesta condición que no comía a diario todo lo que deseaba, pero que era mi padre y seguía siendo, para mí, lo más digno de respeto. Sin embargo, cada vez que lo veía al pie de su árbol no podía dejar de sentir por él una profunda compasión. Era sin duda digno y valiente, pero su miseria torpedeaba el aplomo que se empeñaba en aparentar. Creo que jamás se repuso de la pérdida de su brazo y que el sentimiento de vivir a costa de sus hijas estaba a punto de hundirlo.

No recuerdo haberme sentido cercano a él o haberme acurrucado en su pecho; no obstante, estaba convencido de que si daba el primer paso, no me rechazaría. El problema estaba en cómo asumir tal riesgo. Más estático que un tótem, mi viejo no dejaba que se transparentara ninguna de sus emociones… De niño, lo tomaba por un fantasma; lo oía de amanecida liar su petate para irse a su obra; salía antes de que lo alcanzara y no regresaba hasta avanzada la noche. Ignoro si ha sido un buen padre. Reservado o demasiado pobre, no sabía regalarnos juguetes y parecía no fijarse en nuestros jaleos infantiles ni en nuestras repentinas treguas. Me preguntaba si era capaz de ofrecer amor, si su estatuto de progenitor no iba a acabar convirtiéndolo en estatua de sal. En Kafr Karam, los padres se sentían en la obligación de guardar las distancias con su progenie, convencidos de que la familiaridad perjudicaría su autoridad. ¿Cuántas veces había creído entrever, en la mirada austera de mi viejo, un lejano espejismo? De inmediato recobraba la compostura y carraspeaba para que saliera pitando.

Así pues, aquella mañana, bajo su árbol, mi padre carraspeó cuando le besé solemnemente la cabeza y no retiró la mano cuando la agarré para besarla. Comprendí que no le habría molestado que le hiciera compañía. ¿Para decirnos qué? Ni siquiera conseguíamos mirarnos de frente. Una vez me senté a su lado.

Durante dos horas, ninguno de los dos consiguió articular una sílaba. Se limitaba a desgranar su rosario; yo no paraba de triturar una esquina de la esterilla. Si mi madre no me hubiese mandado hacer un recado, nos habríamos quedado así hasta el anochecer.

– Voy a dar una vuelta. ¿Necesitas algo?

Negó con la cabeza.

Aproveché para despedirme de él.


Kafr Karam siempre fue una aldea bien ordenada: no necesitábamos aventurarnos fuera para atender nuestras necesidades básicas. Teníamos nuestra plaza de armas; nuestras áreas para jugar -en general unos descampados-; nuestra mezquita, que requería levantarse temprano el viernes para pillar buen sitio; nuestras tiendas de comestibles; dos cafés -el Safir, que frecuentaban los jóvenes, y el Hilal; un mecánico bárbaro capaz de conseguir arrancar cualquier motor, siempre que fuera diésel; un ferretero que solía hacer las veces de fontanero; un sacamuelas, herbolario vocacional y curandero en sus ratos de ocio; un barbero con pinta de atleta de feria, plácido y distraído, que tardaba más en afeitar un cráneo que un borracho empedernido en introducir un hilo por el ojo de una aguja; un fotógrafo tenebroso como su taller, y un empleado de correo. También teníamos un posadero; pero como ningún peregrino se dignaba a detenerse por aquí, se recicló en zapatero remendón.

Para muchos, nuestro pueblo no era sino una aldea cruzada en medio de la carretera, como un animal muerto -apenas lo veías y ya lo habías dejado atrás-, pero estábamos orgullosos de él. Nunca nos habíamos fiado de los extranjeros. Siempre que dieran grandes bandazos para esquivarnos, estábamos a salvo, y si, a veces, el viento de arena los obligaba a recurrir a nosotros, los atendíamos de acuerdo con las recomendaciones del Profeta sin intentar retenerlos cuando empezaban a recoger sus cosas. Lo que nos venía de fuera nos traía demasiados malos recuerdos…

La mayoría de los habitantes de Kafr Karam tenían lazos de parentesco. Los demás llevaban aquí varias generaciones. Sin duda, teníamos nuestras pequeñas manías, pero nuestras disputas nunca iban a peor. Cuando las cosas se ponían feas, los Ancianos intervenían para apaciguar los ánimos. Si los ofendidos estimaban que la afrenta era irreversible, dejaban de hablarse y asunto resuelto. Por lo demás, nos gustaba reunimos en la plaza o en la mezquita, gandulear por nuestras calles polvorientas o tomar el sol como lagartos al pie de nuestras tapias de adobe desfiguradas en algunas de sus partes por bloques de cemento hueco mellados y pelados. No era el paraíso, pero, como la estrechez era de mente y no de corazón, sabíamos aprovechar cualquier ocurrencia para reír a carcajadas y sacar fuerzas de nuestras miradas para afrontar las cabronadas de la vida.

Kadem era, de todos mis primos, mi mejor amigo. Por la mañana, cuando salía de mi casa, mis pasos me encaminaban a él. Me lo encontraba invariablemente en la esquina de la calle del Carnicero, tras una tapia, con el culo pegado a un pedrusco y la barbilla en el hueco de la mano, confundiéndose con su improvisado asiento. Jamás había conocido a un ser más hastiado de todo. En cuanto me veía, sacaba un paquete de cigarrillos y me lo tendía. Aunque sabía que no fumaba, no podía evitar repetir el mismo gesto para recibirme. Con el tiempo, por cortesía, acabé aceptando su ofrecimiento y me llevaba un cigarrillo a la boca. De inmediato me ofrecía su mechero y se reía cuando las primeras caladas me hacían toser. Luego, volvía a replegarse en su cascarón, con la mirada perdida y el rostro impenetrable. Todo lo hastiaba: las veladas entre amigos y los velatorios. Con él las discusiones duraban poco, a veces le producían unos absurdos ataques de ira cuyo secreto sólo él conocía.

– Tengo que comprarme un nuevo par de zapatos.

Echó una rápida ojeada a mis zapatillas y volvió a mirar fijamente el horizonte.

Intenté encontrar un espacio de entendimiento, una idea para desarrollarla; él no estaba por la labor.

Kadem era un virtuoso del laúd. Se ganaba la vida actuando en las bodas. Proyectaba montar una orquesta cuando el destino hizo añicos sus proyectos. Su primera esposa, una chica del pueblo, murió en el hospital tras una banal neumonía. Por entonces, el plan «alimentos por petróleo» decretado por la ONU hacía aguas, y los medicamentos de primera necesidad escaseaban incluso en el mercado negro. Kadem sufrió mucho con la prematura pérdida de su esposa. Su padre lo había obligado a tomar una segunda esposa con la esperanza de que eso atenuara su pena. A los dieciocho meses de la boda, una meningitis fulminante lo hizo enviudar por segunda vez. Kadem perdió la fe.

Yo era una de las escasas personas que podían acercarse a él sin que se sintiera molesto de inmediato.

Me acuclillé a su lado.

Frente a nosotros se alzaba una antigua antena del Partido, inaugurada a bombo y platillo treinta años antes y hoy convertida en desecho por falta de convicción ideológica. Tras el caserón precintado, dos palmeras convalecientes intentaban mantener el tipo. A mi parecer, estaban ahí desde la noche de los tiempos, con su silueta retorcida, casi grotesca, con las ramas colgantes y resecas. Aparte de los perros, que acudían a su pie a levantar la pata, y de algunas aves de paso en busca de una vara vacante, nadie les prestaba atención. De niño, me intrigaban. No comprendía por qué no aprovechaban la noche para desaparecer para siempre. Un charlatán ambulante contaba que ambas palmeras eran, en realidad, el fruto de una inmemorial alucinación colectiva que el espejismo, al disiparse, había olvidado llevarse.

– ¿Has escuchado la radio esta mañana? Parece que los italianos van a liar el petate.

– ¡Pues sí que nos va a servir de mucho! -masculló.

– En mi opinión…

– ¿No tenías que ir a comprarte un par de zapatos nuevos?

Alcé el brazo a la altura del pecho en señal de rendición.

– Vale. Necesito desentumecer las piernas.

Por fin accedió a volverse hacia mí.

– No te lo tomes así. Esas historias me hastían.

– Lo entiendo.

– No me lo tengas en cuenta. Me paso los días jodido y las noches jodiéndome.

Me levanté.

Cuando estaba alcanzando el final de la tapia, me dijo:

– Creo que tengo un par de zapatos en casa. Pásate luego por allí. Si te van, son tuyos.

– De acuerdo… Hasta luego.

Ya había dejado de hacerme caso.


2

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En la plaza convertida en campo de fútbol, un hatajo de mocosos gritones daban patadas a un balón desgastado, caóticos en sus ataques y pasmosos en sus irregularidades. Parecían una bandada de gorriones desgreñados peleándose por un grano de maíz. De repente, un pulgarcito consiguió zafarse de aquella barahúnda y salió corriendo solo, como un machote, hacia la portería contraria. Regateó a un adversario, superó a un segundo, se fue hacia la línea de banda y pasó el balón hacia atrás a un compañero que, lanzándose como un bólido, falló lamentablemente su disparo antes de lijarse las nalgas en la grava. Sin previo aviso, un chaval anormalmente grueso, hasta entonces tranquilamente acuclillado al pie de un muro, se lanzó hacia el balón, lo recogió y salió pitando a toda mecha. Al principio perplejos, los jugadores se dieron cuenta de que el intruso les robaba el balón; se lanzaron todos a una tras él insultándolo.

– No lo querían en su equipo -me explicó el ferretero, sentado con su aprendiz en la puerta de su taller-. Como es lógico, les agua la fiesta.

Los tres miramos al regordete, que desaparecía tras una manzana de casas, con los demás tras él -el ferretero, con una sonrisa tierna; su aprendiz, con la mirada perdida.

– ¿Has escuchado las últimas noticias? -me preguntó el ferretero-. Los italianos se largan.

– No han dicho cuándo.

– Lo importante es que vayan haciendo las maletas.

Y se lanzó a un largo análisis, pronto ramificado en aproximaciones teóricas sobre el renacer del país, la libertad, etc. Su aprendiz, un alfeñique negro y reseco como un clavo, lo escuchaba con la patética docilidad del boxeador sonado que, entre dos asaltos de castigo, aprueba con la cabeza las recomendaciones de su entrenador mientras su mirada se disuelve en las nubes.

El ferretero era un tipo cortés. Salvo cuando lo reclamaban a horas imposibles por una pequeña fuga en el depósito o una vulgar fisura en un andamio, siempre estaba disponible. Era un grandullón huesudo, con los brazos llenos de moratones y el rostro afilado. Sus ojos producían un destello metálico idéntico a las chispas que hacía brotar de la punta de su soplete. Los graciosos fingían ponerse una máscara de soldador para mirarlo de frente. La verdad es que tenía los ojos destrozados y lagrimosos, y, desde hacía algún tiempo, se le nublaba la vista. Padre de media docena de chavales, se escapaba a su taller más para huir del follón que reinaba en su casa que para hacer sus chapuzas. Suleimán, su primogénito, que tenía más o menos mi edad, era retrasado mental; podía permanecer días enteros en un rincón sin rechistar y luego, sin previo aviso, sufrir uno de sus ataques y echar a correr, a correr hasta caer redondo. Nadie sabía por qué le ocurría. Suleimán no hablaba, no se quejaba, no agredía; vivía atrincherado en su mundo e ignoraba por completo el nuestro. Y, de repente, daba un grito, siempre el mismo, y salía pitando por el desierto sin darse la vuelta. Al principio lo miraban correr por aquella sartén, con su padre tras él. Con el tiempo, se dieron cuenta de que esas carreras enloquecidas le hacían polvo el corazón y de que, a la larga, el pobre diablo corría el riesgo de quedarse tieso, fulminado por un infarto. En el pueblo, nos habíamos organizado para interceptarlo en cuanto se daba la voz de alarma. Cuando le echaban el guante, Suleimán no forcejeaba; se dejaba agarrar y llevar de vuelta a su casa, sin resistencia, con una risa átona en su boca abierta y los ojos en blanco.

– ;Cómo anda el chico?

– Como una estampa -dijo-. Lleva semanas aguantando el tipo. Cualquiera diría que está completamente curado… ¿Y tu padre?

– Siempre al pie de su árbol… Tengo que comprarme un nuevo par de zapatos. ¿Alguien baja hoy a la ciudad?

El ferretero se rascó la cúspide del cráneo.

– Me ha parecido ver una furgoneta en la pista, hace una hora, pero no podría decirte si iba a la ciudad. Habrá que esperar a que acabe la oración. Además, cada vez se hace más difícil desplazarse con esos puestos de control y las molestias que conllevan… ¿Has consultado al zapatero?

– Mis zapatos son irrecuperables. Necesito otros nuevos.

– El zapatero tiene algo más que suelas y cola.

– Su mercancía está pasada de moda. Necesito algo nuevo, flexible y elegante.

– ¿Crees que se adaptarían bien al estado de nuestro suelo?

– Eso no importa… Estaría bien que alguien me pudiera llevar a la ciudad. También me apetece una bonita camisa.

– Pues me parece que ya puedes sentarte a esperar. El taxi de Jalid está estropeado y el autocar ha dejado de pasar por aquí desde que un helicóptero estuvo a punto de cargárselo en la carretera el mes pasado.

Los chavales habían recuperado su balón; regresaban con paso marcial.

– El aguafiestas no ha ido muy lejos -observó el ferretero.

– Es demasiado gordo para dejarlos atrás.

Ambos equipos volvieron a desplegarse por el terreno, cada uno en su campo, y el partido se reanudó ahí donde había quedado interrumpido. Al punto volvió a oírse el griterío, obligando a un perro viejo a batirse en retirada.

Como no tenía nada especial que hacer, me acomodé sobre un bloque de cemento y seguí el partido con interés.

Al final del partido, me percaté de que el ferretero y su aprendiz habían desaparecido y que el taller estaba cerrado. Ahora el sol calentaba con ganas. Me levanté y subí la calle en dirección a la mezquita.

Había gente en la barbería. Habitualmente, los viernes, tras la Gran Oración, los ancianos de Kafr Karam se citaban allá. Acudían a mirar cómo uno de los suyos se entregaba a la maquinilla del peluquero, un personaje elefantiásico envuelto en un mandil de matarife. Antes, los debates nunca iban al grano. Los esbirros de Sadam estaban al acecho. Por una palabra fuera de lugar deportaban a toda la familia; las fosas comunes y los cadalsos proliferaban como hongos. Pero desde que habían pillado al tirano en su ratonera y lo habían encerrado en otra, las lenguas andaban sueltas y los ociosos de Kafr Karam resultaron ser pasmosamente volubles… Esa mañana, se hallaban reunidos en la barbería los sabios del pueblo -si algunos jóvenes se mantenían cerca era porque los debates prometían-. Reconocí a Jadir, llamado Doc, un septuagenario cascarrabias que había enseñado dos décadas atrás filosofía en un centro escolar de Basora antes de pudrirse durante tres años en las mazmorras baasistas por una oscura historia de etimología. Al dejar el calabozo, el Partido le dejó claro que tenía prohibido impartir clases en todo el territorio iraquí y que estaba en el punto de mira del Muhabarat. Doc comprendió entonces que su vida pendía de un hilo y regresó a la carrera a su pueblo natal, donde se hizo el muerto hasta que quitaron las tuercas a las estatuas del rais en los espacios públicos. Era alto, casi señorial con su inmaculada chilaba azul, lo que le confería una actitud hierática. A su lado, encogido sobre un banco, peroraba Bashir el Halcón, un antiguo salteador de caminos que había operado por toda la región a la cabeza de una horda muy escurridiza antes de refugiarse en Kafr Karam, con su botín como señuelo. No era miembro de la tribu, pero los Ancianos optaron por brindarle su hospitalidad antes que padecer sus correrías. Enfrente, en medio de su silencioso clan, los hermanos Isam, dos viejos achacosos pero temibles, intentaban hacer añicos los argumentos de unos y otros; llevaban la práctica de la contradicción en la sangre, y eran capaces de renunciar a su propia idea elaborada la víspera si a algún aliado indeseado se le ocurría suscribirla. E, inmutable en su rincón, apartado para que se le pudiera ver bien, el decano reinaba desde su silla de mimbre, que sus partidarios transportaban allá donde fuera, con su imponente rosario en una mano y en la otra la pipa de su narguile. Él jamás intervenía durante el debate y se reservaba la última palabra; no soportaba que nadie se la pisara.

– Al menos nos han librado de Sadam -protestó Isam 2, tomando por testigo a su entorno inmediato.

– No les hemos pedido nada -refunfuñó el Halcón.

– ¿Quién podía hacerlo? -dijo Isam 1.

– Es cierto -añadió su hermano-. ¿Quién podía siquiera escupir al suelo sin exponerse a que lo alcanzara un rayo, sin ser detenido de inmediato por ultrajar al rais y ahorcado en una grúa?

– Si Sadam era tan duro, era por culpa de nuestras pequeñas y grandes cobardías -insistió el Halcón con desprecio-. Los pueblos sólo tienen los reyes que se merecen.

– No estoy de acuerdo contigo -dijo un vejete trémulo a su derecha.

– Tú ni siquiera puedes estar de acuerdo contigo mismo.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque es la verdad. Hoy estás con unos y mañana con otros. Jamás te he oído defender la misma opinión dos días seguidos. La verdad es que no tienes opinión. Tomas el tren en marcha y, cuando aparece otro, saltas a él sin siquiera intentar conocer su destino.

El vejete trémulo se amparó tras una mueca de indignación, el rostro sombrío.

– No te lo digo para ofenderte, amigo -le dijo el Halcón en tono conciliador-. No tengo ninguna intención de faltarte al respeto. Pero no permitiré que achaques nuestras culpas a Sadam. Era un monstruo, eso sí, pero un monstruo nuestro, de nuestra sangre, y todos hemos contribuido a consolidar su megalomanía. De ahí a preferir a unos impíos venidos de la otra punta del planeta para pisotearnos, hay un gran trecho. Los militares norteamericanos no son más que unos brutos, unas bestias salvajes que se contonean delante de nuestras viudas y de nuestros huérfanos y que no dudan en soltar sus bombas sobre nuestros dispensarios. Mira en qué han convertido nuestro país: en un infierno.

– Sadam ya lo había convertido en un matadero -le recuerda Isam 2.

– No fue Sadam, sino nuestro miedo. Si hubiésemos demostrado un mínimo de valor y de solidaridad, ese perro jamás se habría permitido llegar tan lejos en el ejercicio de la tiranía.

– Tienes razón -dice el hombre bajo la maquinilla del barbero mirando al Halcón por el espejo-. Se lo hemos consentido, y ha abusado. Pero no me harás cambiar de opinión: los americanos nos han librado de un ogro que amenazaba con devorarnos crudos, a todos, uno tras otro.

– ¿Y por qué crees que están aquí los americanos? -se empecinó el Halcón-. ¿Por caridad cristiana? Son hombres de negocios, comercian con nosotros como si fuéramos un mercado. Ayer era comida a cambio de petróleo. Hoy es petróleo a cambio de Sadam. ¿Y qué pintamos nosotros en todo esto? Promesas vanas. Si los americanos tuviesen un gramo de bondad, no tratarían a sus negros y a sus latinos como si fueran trogloditas. En vez de cruzar los tiempos y los océanos para echar una mano a unos pobres moros debilitados, harían mejor barriendo su puerta y ocupándose de sus indios, que se pudren en sus reservas, fuera del alcance de los curiosos, como si fueran enfermedades vergonzantes.

– Desde luego -recalcó el vejete trémulo-. ¿Te imaginas: unos soldados americanos partiéndose la cara a miles de kilómetros de su casa por caridad cristiana? No les pega nada.

– ¿Puedo decir algo? -dijo finalmente Jabir.

En el salón se impuso un silencio respetuoso. Cuando Doc Jabir tomaba la palabra, siempre era un momento solemne. El antiguo profesor de filosofía, al que las mazmorras de Sadam habían elevado al rango de héroe, hablaba poco, pero sus intervenciones volvían a poner bastantes cosas en su sitio. Hablaba con fuerza, decía las palabras justas y sus argumentos eran inapelables.

– ¿Puedo hacer una pregunta? -añadió con gravedad-. ¿Por qué Bush se ensaña con nuestro país?

La pregunta dio la vuelta a la concurrencia sin encontrar quien la respondiese; se suponía que llevaba trampa y nadie tenía ganas de hacer el ridículo.

Doc Jabir tosiqueó en su puño, seguro de haber acaparado la atención general. Sus ojos de hurón acosaron a las miradas reticentes, pero no dieron con ninguna; accedió a desarrollar el fondo de su pensamiento:

– ¿Para librarnos de un déspota, ayer su criado y hoy un personaje comprometedor?… ¿Porque nuestro martirio acabó ablandando a las rapaces de Washington?… Si creéis por un segundo ese cuento de hadas, es que estáis acabados. Estados Unidos sabía dos cosas extremadamente preocupantes para sus proyectos hegemónicos: 1) Nuestro país estaba a punto de disponer plenamente de su soberanía: de armas nucleares. Con el nuevo orden mundial, sólo las naciones que dispongan de arsenal nuclear serán soberanas; las demás, a partir de ahora, no serán sino posibles focos de tensión, graneros providenciales para las grandes potencias. El mundo está gestionado por el lobby financiero internacional, para el cual la paz es un paro técnico. Un asunto de espacio vital… 2) Irak era la única fuerza militar capaz de plantar cara a Israel. Ponerlo de rodillas era permitir que Israel se hiciera con la región. Éstas son las dos auténticas razones que han llevado a la ocupación de nuestra patria. Sadam es una cortina de humo. Si, para la opinión pública, parece justificar la agresión norteamericana, no por ello deja de ser una engañifa diabólica consistente en pillar a la gente a contrapié para ocultar lo más importante: impedir que un país árabe acceda a los medios estratégicos para su defensa, y por tanto para su integridad, y, una vez conseguido, ayudar a Israel a asentar definitivamente su autoridad en Oriente Próximo.

Como ninguno esperaba el golpe, la asistencia quedó boquiabierta.

Satisfecho, el Doc saboreó por un momento el efecto producido por la pertinencia de su intervención, carraspeó con arrogancia, convencido de que les había quitado el hipo, y se levantó.

– Señores -decretó-, os dejo meditar mis palabras con la esperanza de veros mañana más ilustrados y crecidos.

Dicho esto, alisó majestuosamente la parte delantera de su chilaba y abandonó el salón con excesiva altivez.

El barbero, que no prestaba atención a los dimes y diretes de unos y otros, acabó dándose cuenta del silencio que acababa de hacerse a su alrededor; arqueó una ceja y, sin hacerse demasiadas preguntas, siguió rapando a su cliente con la indolencia de un paquidermo masticando una mata de hierba.

Ahora que Doc Jabir se había retirado, las miradas convergían en el decano. Éste se meneó sobre su silla de mimbre chascando los labios y dijo:

– También se pueden ver las cosas desde ese punto de vista.

Calló un largo rato antes de añadir:

– La verdad es que estamos cosechando lo que hemos sembrado: el fruto de nuestros perjurios… Hemos fracasado. En otros tiempos, éramos nosotros mismos, árabes valientes y virtuosos con la vanidad justa para cobrar valor. En vez de mejorar con el tiempo, nos hemos echado a perder.

– ¿Y cuáles han sido nuestras culpas? -preguntó el Halcón, susceptible.

– La fe… La hemos perdido, y con ella la cara.

– Que yo sepa, las mezquitas están siempre llenas.

– Sí, pero ¿qué ha sido de los creyentes? Son gente que va maquinalmente a rezar y luego regresa a lo ilusorio una vez terminado el oficio. La fe no es eso.

Uno de sus partidarios le tendió un vaso de agua.

El decano bebió unos cuantos tragos; el ruido de la ingurgitación resonó en el salón como piedras al caer en un pozo.

– Hace unos cincuenta años, mientras conducía la caravana de mi tío por Jordania con un centenar de camellos, me detuve en un pueblo cerca de Ammán. Era la hora de la oración. Fui con parte de mis hombres a una mezquita y nos pusimos a hacer nuestras abluciones en un pequeño patio enlosado. Entonces se nos acercó el imán, un personaje imponente vestido con una túnica resplandeciente. «¿Qué estáis haciendo aquí, jóvenes?», nos preguntó. «Nos lavamos para la oración», le contesté. «¿Creéis que vuestros odres bastan para purificaros?», inquirió. «Pero es preciso hacer las abluciones antes de entrar en la sala de oraciones», le observé. Entonces sacó un higo hermoso y fresco de su bolsillo, lo limpió con cuidado en una taza de agua y luego lo abrió ante nuestros ojos. El hermoso higo estaba lleno de gusanos. El imán concluyó: «No es el cuerpo lo que hay que lavar, jóvenes, sino el alma. Si estáis podridos por dentro, no hay río ni océano que pueda desinfectaros».

Todas las personas reunidas en la barbería asintieron, convencidas, con la cabeza.

– No pretendamos que otros carguen con la parte de culpa que nos corresponde. Si los americanos están aquí, es responsabilidad nuestra. Al perder la fe, hemos perdido nuestras referencias y el sentido del honor. Hem…

– ¡Ya está! -exclamó el barbero agitando su brocha por encima de la nuca carmesí de su cliente.

Los ocupantes del salón se quedaron tiesos, indignados.

Lejos de sospechar que acababa de perturbar al reverenciado decano y de escandalizar a quienes bebían en las fuentes de sus labios, el barbero siguió meneando su brocha con desenvoltura.

El cliente cogió sus viejas gafas remendadas con papel celo y alambre, se las ajustó sobre su tumefacta nariz y se contempló en el espejo frente a él. Su sonrisa se convirtió de inmediato en mueca.

– ¿Qué es esto? -gimió-. Me has esquilado como a una oveja.

– Ya llegaste con poco pelo -le señaló el barbero, impasible.

– Puede, pero aun así te has pasado. Ha faltado poco para que me cortaras la piel del cráneo.

– Podías haberme detenido.

– ¿Cómo? No veo nada sin las gafas.

El barbero insinuó un mohín de apuro.

– Lo siento. He hecho lo que he podido.

En ese instante, ambos hombres se dieron cuenta de que algo no iba bien. Se dieron la vuelta y recibieron de pleno la mirada indignada de las personas reunidas en el salón.

– ¿Qué pasa? -preguntó el barbero con voz queda.

– El decano nos estaba instruyendo -le señalaron con tono de reproche-, y no sólo no escuchabais sino que además discutíais por unos miserables tijeretazos mal dados. No tenéis perdón.

Al percatarse de su grosería, el barbero y su cliente se llevaron la mano a la boca, como niños pillados soltando tacos, y se amilanaron.

Los jóvenes, que escuchaban desde la entrada, se quitaron de en medio de puntillas. En Kafr Karam, cuando los sabios y los mayores riñen, los adolescentes y los solteros tienen la obligación de retirarse. Por pudor. Aproveché para acudir al zapatero, cuyo taller se hallaba a unos cien metros, en el costado de un caserón horroroso emboscado tras unas fachadas tan feas que parecían haber sido levantadas por duendes.

El sol rebotaba en el suelo y me hería los ojos. Entreví, entre dos cuchitriles, a mi primo Kadem allá donde lo había dejado, encogido sobre su pedrusco; le mandé un saludo con la mano, que no vio, y proseguí mi camino.

El taller del zapatero estaba cerrado; de todos modos, las zapatillas que vendía sólo les quedaban bien a los viejos, y si algunas llevaban lustros pudriéndose en su caja de cartón, no era por falta de dinero.

Delante del gran portón de hierro del caserón, pintado de un repelente color marrón, Omar el Cabo jugueteaba con un perro. Apenas me vio, dio una patada al trasero del cuadrúpedo, que se apartó con un quejido, y me hizo una señal para que me acercara.

– Apuesto a que estás salido -me soltó-. ¿A qué has venido a ver si te topabas por aquí con alguna oveja perdida?

Omar era un desasosiego ambulante. En el pueblo, los jóvenes no apreciaban ni la crudeza de sus palabras ni sus insanas alusiones; huían de él como de la peste. Su paso por el ejército lo había echado a perder.

Cinco años atrás, marchó a servir en un batallón como ranchero, y regresó al pueblo tras el asedio de Bagdad por las tropas norteamericanas, incapaz de explicar lo que había ocurrido. Una noche, su unidad estaba en estado de alerta total, con el arma cargada y la bayoneta calada; a la mañana siguiente no quedaba nadie en su puesto, todos habían desertado, empezando por los oficiales. Omar regresó al redil a hurtadillas. Le sentó muy mal la deserción de su batallón, y ahogaba su vergüenza y su pena en vino adulterado. De ahí debía de venirle su grosería; como ya no sentía respeto por sí mismo, se complacía malévolamente asqueando a familiares y amigos.

– Hay gente honorable por aquí -le recordé.

– ¿He dicho algo poco suní?

– Haz el favor…

Separó los brazos.

– Vale, vale. Ya no se puede estar ni de cachondeo.

Omar era once años mayor que yo. Se había alistado en el ejército tras un fracaso amoroso, pues la amada de sus sueños estaba comprometida con otro. Él no tenía idea de ello; tampoco ella, por lo demás. Cuando agarró el toro por los cuernos y pidió a su tía que fuera a pedir la mano de su Egeria, el mundo se le vino encima. Nunca consiguió reponerse.

– Me estoy volviendo loco en este agujero de mierda -gruñó-. He llamado a todas las puertas y nadie quiere bajar a la ciudad. Me pregunto por qué prefieren quedarse apalancados en su choza asquerosa en vez de darse un garbeo por un buen bulevar con sus tiendas climatizadas y terrazas con flores. Dime qué hay que ver por aquí aparte de perros y lagartijas. En la ciudad, por lo menos, cuando estás sentado en una terraza, ves pasar los coches, contonearse a las chicas; ¡te sientes vivo, joder! ¡Vivo…! Eso no es lo que siento en Kafr Karam. Te juro que me siento como si la estuviera palmando poco a poco. ¡Que me ahogo, que me muero, coño!… Hasta el taxi de Jalid está averiado, y el autocar ya no cubre este sector desde hace semanas.

Omar estaba encogido como un hatillo sobre sus cortas patas. Llevaba una desgastada camisa de cuadros, demasiado estrecha para impedir que su tripón se le desparramara sobre las rodillas. Tampoco le lucía mucho su pantalón manchado de grasa de motor. Indefectiblemente, Omar lucía siempre ese tipo de manchas en su ropa. Aunque se cambiara en un quirófano, con ropa recién sacada de su envoltorio, se las habría apañado para mancharla de grasa de motor al minuto; era como si su cuerpo lo segregara.

– ¿Dónde vas? -me preguntó.

– Al café.

– ¿Para ver a unos pobres diablos jugar a las cartas, como ayer, y anteayer, y mañana, y dentro de veinte años? ¡Joder…, es como para que se te vaya la olla! ¿Qué leches habré podido hacer en una vida anterior para merecerme volver a nacer en un pueblucho tan asqueroso?

– Es nuestro pueblo, Omar, nuestra primerísima patria.

– Pues menuda patria. Hasta los cuervos evitan recalar por aquí.

Remetió su tripón hacia dentro para colocar un pico de camisa bajo el cinturón, se tragó con fuerza los mocos y dijo suspirando:

– De todos modos, no tenemos elección. Vayamos pues al café.

Volvimos sobre nuestros pasos hacia la plaza. Omar estaba enloquecido. Cada vez que nos topábamos con un viejo trasto aparcado ante un patio, soltaba sapos y culebras:

– ¿Por qué se compran esos asnos un cacharro si lo van a dejar caerse a pedazos ante la puerta de su choza?

Contuvo durante un momento su despecho antes de volver a la carga:

– ¿Y tu primo? -dijo señalando con la barbilla a Kadem, sentado contra la tapia, en la otra punta de la calle-. ¿Cómo se las apaña para tirarse el día entero en su esquina? Un día de éstos se le funde un plomo, eso seguro.

– Le gusta estar solo, eso es todo.

– Conocí a un tipo en el batallón que se comportaba de la misma manera, siempre apartado en una esquina del pabellón de la tropa, nunca en la cantina, nunca alrededor de una mesa ganduleando con los compañeros. Una mañana nos lo encontramos colgado de la lámpara del techo de las letrinas.

– Eso no le ocurrirá a Kadem -dije notando un escalofrío por la espalda.

– ¿Qué apostamos?


El café Safir lo llevaba Majed, un pariente enfermizo y triste que se consumía dentro de un mono azul tan basto que parecía hecho de lona. Estaba tras su rudimentario mostrador, como una estatua fallida, con una vieja gorra militar hundida hasta las orejas. Como sus clientes sólo acudían para jugar a las cartas, ya ni se molestaba en enchufar sus aparatos, y se limitaba a traer de casa un termo lleno de té rojo que a menudo acababa bebiéndose solo. Frecuentaban su local jóvenes desocupados y más tiesos que una pata de banco, que desembarcaban por la mañana y no ahuecaban el ala hasta el anochecer, sin llevarse ni una sola vez la mano al bolsillo. Majed había pensado a menudo en tirar la toalla, pero ¿para hacer qué? En Kafr Karam, el desamparo sobrepasaba todo lo imaginable; cada cual se aferraba a su fingido empleo para no volverse tarumba.

Majed puso cara de disgusto al ver entrar a Omar.

– Hola, buscarruina -refunfuñó.

Omar miró con hastío a los pocos jóvenes sentados aquí y allá.

– Esto parece un cuartel en día de castigo -dijo rascándose el trasero.

Reconoció, en el fondo de la sala, a los gemelos Hasán y Hossein, de pie contra la ventana, siguiendo una partida de cartas entre Yacín, el nieto de Doc Jabir, un chico melancólico y colérico; Salah, el yerno del ferretero; Adel, un grandullón un poco estúpido, y Bilal, el hijo del barbero.

Omar se acercó a estos últimos, saludó al pasar a los gemelos y se colocó detrás de Adel.

Adel se movió, molesto.

– Me estás haciendo sombra, cabo.

Omar retrocedió un paso.

– La sombra está en tu perola, chaval.

– Déjalo en paz -dijo Yacín sin dejar de mirar su juego-. No nos distraigas.

Omar soltó una risotada, despectivo, y se mantuvo a raya.

Los cuatro jugadores miraban sus cartas intensamente.

Tras un rato interminable calculando mentalmente, Bilal carraspeó:

– Te toca, Adel.

Adel volvió a revisar sus cartas, echando los labios hacia adelante. Al sentirse indeciso, se tomaba su tiempo.

– Bueno, ¿espabilas o qué? -se impacientó Salah.

– Tranquilo -protestó Adel-, que me lo tengo que pensar.

– Deja ya de vacilar -le dijo Omar-. Ya evacuaste al meneártela esta mañana el último gramo de cerebro que te quedaba.

Una auténtica capa de plomo se abatió sobre el café.

Los jóvenes que estaban cerca de la puerta se eclipsaron; los demás no sabían dónde meterse.

Omar se dio cuenta de su metedura de pata; tragó saliva en espera de que se le viniera el cielo encima.

Alrededor de la mesa, los jugadores mantenían la nuca gacha sobre sus cartas, petrificados. Sólo Yacín puso con cuidado sus cartas de lado y apuntó con dos ojos blancos de ira al ex cabo:

– No sé dónde quieres ir a parar con tu lenguaje barriobajero, Omar, pero ya te estás pasando. Aquí, en nuestro pueblo, tanto los jóvenes como los viejos se respetan. Te has criado entre nosotros y sabes cómo es esto.

– No he…

– ¡Cierra el pico!… Cierra tu bocaza y tira de la cadena -dijo Yacín, con una voz monocorde que contrastaba violentamente con la ira que brotaba de sus pupilas-. No estás en el bar de suboficiales, sino en Kafr Karam. Aquí todos somos hermanos, primos, vecinos y allegados, y controlamos lo que decimos y hacemos… Te lo he dicho cien veces, Omar. Nada de obscenidades; por el amor de Dios, no nos amargues nuestros escasos ratos de respiro con tu asqueroso lenguaje de sinvergüenza…

– Vamos, era sólo de cachondeo.

– Pues mira a tu alrededor, Omar. ¿Nos estamos riendo? Di, ¿nos estamos riendo?

Al ex cabo le brincaba la nuez en su garganta contraída.

Yacín lo apuntó perentoriamente con el dedo.

– A partir de hoy, Omar, hijo de mi tío Fadel y de mi tía Amina, te prohíbo, digo bien, te prohíbo que sueltes un solo taco, una sola palabra fuera de lugar…

– Cuidado -lo cortó Omar, mucho más para salvar la cara que para poner a Yacín en su sitio-, que te llevo seis años y no te permito que me hables en ese tono.

– ¡Demuéstralo!…

Ambos hombres se retaron con la mirada, estremecidos de rabia.

Omar se amilanó el primero.

– Vale -gruñó remetiéndose hoscamente la camisa bajo el cinturón.

Giró sobre los talones y se dirigió hacia la salida:

– ¿Queréis que os diga…? -fulminó desde el umbral.

– Desinféctate antes la boca -lo cortó en seco Yacín.

Omar meneó la cabeza y desapareció.


El malestar se acrecentó en el café tras la salida de Omar. Los gemelos se fueron los primeros, cada uno por su lado. Luego, como la partida de cartas había quedado interrumpida, a nadie le apeteció reanudarla. Yacín se levantó a su vez y salió, con Adel pisándole los talones. Ya sólo me quedaba volver a mi casa.

Ya en mi habitación, intenté escuchar la radio para disipar el malestar que se me había metido en el cuerpo tras la escena del Safir. Lo lamentaba por partida doble, primero por Omar, luego por Yacín. Sin duda, el cabo se merecía que lo pusieran en su sitio, pero también me disgustaba la severidad del más joven. Cuanta más lástima me daba el desertor, menos justificable me parecía su primo. En realidad, si nuestras relaciones se iban degradando, era por las noticias que nos llegaban de Faluya, Bagdad, Mosul o Basora mientras vivíamos a años luz del drama que estaba despoblando nuestro país. Desde el inicio de las hostilidades, a pesar de los cientos de atentados y la enorme mortandad, ni un solo helicóptero había sobrevolado hasta entonces nuestro sector; ni una sola patrulla había profanado la paz de nuestro pueblo. Y ese sentimiento de quedar en cierto modo excluidos de la Historia se iba convirtiendo, con nuestro expectante silencio, en un auténtico caso de conciencia. Si bien los viejos parecían acomodarse a ello, los jóvenes de Kafr Karam lo vivían muy mal.

Como la radio no conseguía distraerme, me tumbé en la cama y me tapé la cabeza con la almohada. El agobiante calor exacerbaba mi turbación. No sabía qué hacer. Las calles del pueblo me entristecían, mi cuchitril me agobiaba; me instalaba en mi disgusto…

Al caer la tarde, un amago de brisa agitó levemente las cortinas. Saqué una silla metálica y me acomodé en la entrada de la habitación. A dos o tres kilómetros del pueblo, los huertos de los Haitem desafiaban la rocalla que los sitiaba; único espacio verde en leguas a la redonda, resplandecían con insolencia entre las reverberaciones del día. El sol se ponía entre nubes de polvo. El horizonte no tardó en incendiarse, destacando a lo lejos las ondulaciones de las colinas. Sobre la árida meseta que corría hasta quedar sin aliento hacia el sur, la pista transitable parecía el cauce seco de un río. Una piara de mocosos regresaba de los huertos, cabizbajos y con andar vacilante; resultaba evidente que la expedición de los pequeños merodeadores se había malogrado.

– Hay un paquete para ti -me avisó mi hermana gemela Bahia dejando ante mis pies una bolsa de plástico-. Te traigo la cena dentro de media horita. ¿Podrás aguantar hasta entonces?

– Sin problema.

Me sacudió con la mano el cuello de la camisa.

– ¿No fuiste a la ciudad?

– No encontré a nadie para llevarme.

– Intenta ser más convincente mañana.

– Lo prometo… ¿Qué es este paquete?

– Lo acaba de traer el hermano pequeño de Kadem.

Entró en la habitación para comprobar que todo estaba en orden y volvió a su fogón.

Abrí la bolsa de plástico y saqué una caja de cartón cerrada con esparadrapo. En el interior, descubrí un soberbio par de zapatos negros para estrenar y un trozo de papel en el que había escrito: Me los he puesto dos veces, las noches de mi primera y mi segunda bodas. Son para ti. Tan amigos. Kadem.


3

<p>3</p>

Kafr Karam se iba agrietando día tras día, rehén de su vaciedad.

En la barbería, en el café, al pie de las tapias, la gente rumiaba los mismos bulos. Se hablaba demasiado; no se hacía nada. Las expresiones de enojo reincidían una y otra vez, cada vez menos espectaculares; los argumentos se embotaban al antojo de los cambios de humor y los conciliábulos derivaban en interminables y tediosas peroratas. Poco a poco, la gente dejó de escucharse. Sin embargo, se estaba gestando algo inhabitual. Si bien, entre los Ancianos, la jerarquía permanecía incólume, entre los jóvenes iba experimentando una curiosa mudanza. Desde que Yacín reprendiera a Omar el Cabo, el derecho de primogenitura se estaba yendo a pique. Ciertamente, la mayoría reprobaba lo que había ocurrido en el Safir, pero una minoría de balas rasas y de rebeldes en ciernes se inspiraba en ello para cobrar seguridad.

Al margen de ese desafuero, que los viejos fingían ignorar -pues el incidente había corrido de boca en boca por todo el pueblo sin que por ello se sacara a relucir en público-, los acontecimientos seguían su curso con patético linfatismo. El amanecer hacía acto de presencia cuando buenamente le parecía, y la noche caía a su antojo. Seguíamos enfrascados en nuestra limitada dicha autista, pensando en las musarañas o rascándonos la nariz. Podría decirse que vegetábamos en otro planeta, al margen de los dramas que corroían nuestro país. Nuestras mañanas eran reconocibles por sus ruidos característicos, nuestras noches por sus descansos desabridos, y algunos no habrían sabido decir para qué sirven los sueños cuando los horizontes están desnudos. Hacía tiempo que las murallas de nuestras calles nos mantenían cautivos de su penumbra. Habíamos conocido los regímenes más abominables y habíamos sobrevivido a ellos del mismo modo que nuestro rebaño sobrevivía a las epidemias. A veces, cuando un tirano expulsaba a otro, recalaban por aquí nuevos esbirros para levantar la caza. Esperaban así echar el guante a eventuales ovejas negras para inmolarlas allí mismo, y así mantenernos a raya a todos. No tardaban nada en desilusionarse y regresaban con su amo, confundidos pero encantados de no tener que volver a poner los pies en este poblacho, donde costaba distinguir a los vivos de los fantasmas que les hacían compañía.

Pero, como reza el ancestral proverbio, si cierras tu puerta para no oír los gritos del vecino, se colarán por tu ventana. Pues nadie está seguro cuando la desgracia anda suelta. Por mucho que uno se cuide de evocarla, que crea que eso sólo les ocurre a los demás y que basta con no rechistar para librarse de ella, tanta contención le acaba poniendo la mosca detrás de la oreja y, una buena mañana, se presenta disimulando para ver de qué va el asunto… Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. La desgracia recaló entre nosotros sin aspavientos, casi de puntillas, ocultando su jugada. Yo estaba tomando una taza de té en el taller del ferretero cuando su nieta acudió gritando:

– Suleimán… Suleimán…

– ¿Ha vuelto a escapar? -exclamó el ferretero.

– Se ha cortado la mano con el portón… Se ha quedado sin dedos -sollozaba la criatura.

El ferretero pasó por encima de la mesa baja que nos separaba, volcando de paso la tetera que la coronaba, y salió disparado hacia su casa. Su aprendiz se apresuró tras él mientras me hacía una señal para que lo siguiera. Se oían gritos de mujer en la otra punta de la calle. Un enjambre de críos se iba agrupando ante el portón abierto del patio. Suleimán mantenía su mano ensangrentada junto a su pecho y reía en silencio, fascinado por su desangramiento.

El ferretero ordenó a su mujer que se callara y que fuera en busca de una tela limpia. Los gritos cesaron de inmediato.

– Ahí están los dedos -dijo el aprendiz señalando dos puntas de carne junto a la puerta.

Con una calma asombrosa, el ferretero recogió las dos falanges cortadas, las limpió y metió en un pañuelo que introdujo en su bolsillo. Luego se inclinó sobre la herida de su hijo.

– Hay que llevarlo al dispensario -dijo-. Si no, se va a desangrar.

Se volvió hacia mí.

– Necesito un coche.

Asentí con la cabeza y me dirigí a la carrera a la casa de Jalid Taxi. Lo pillé en el patio reparando el juguete de su hijo.

– Te necesitamos -le anuncié-. Suleimán se ha cortado dos dedos, tenemos que llevarlo al dispensario.

– Lo siento, espero a gente a mediodía.

– Es urgente. Suleimán está perdiendo mucha sangre.

– No os puedo llevar. Coge el coche si quieres. Está en el garaje. No os puedo acompañar; dentro de un rato va a venir gente para pedir la mano de mi hija.

– De acuerdo, dame las llaves.

Soltó el juguete de su retoño y me pidió que lo siguiera hasta el garaje donde un viejo Ford abollado tenía el freno echado.

– ¿Sabes conducir?

– Por supuesto…

– Ayúdame a sacar este trasto a la calle.

Abrió los batientes del garaje y lanzó un silbido a los mocosos que vagueaban al sol para que vinieran a echarnos una mano.

– El arranque se me resiste -me explicó-. Ponte al volante, vamos a empujarte.

Los chavales se precipitaron dentro del garaje, divertidos y felices de que les pidieran ayuda. Solté el freno, metí segunda y el coche quedó a merced del entusiasmo de los chicos. Al cabo de unos cincuenta metros, el Ford alcanzó una velocidad considerable; solté el pedal del embrague y el motor rugió por todas sus deterioradas válvulas tras una formidable embestida. Detrás de mí, los chavales lanzaron un grito de alegría idéntico al que soltaban al regresar la luz tras un prolongado apagón eléctrico.

Cuando aparqué delante del patio del ferretero, Suleimán tenía ya la mano envuelta en una toalla y un garrote alrededor de la muñeca; su rostro no delataba ningún dolor. Aquello me resultó extraño, y no conseguía creerme que se pudiera mostrar tanta insensibilidad cuando se acababa de perder dos dedos.

El ferretero instaló a su hijo en el asiento trasero y se sentó a su lado. Su mujer acudió a la carrera, desmelenada y sudorosa, como si estuviera loca perdida; tendió a su marido un fajo de hojas, con los bordes desgastados, enrolladas y sujetas por un elástico.

– Es su cartilla médica. Seguramente te la van a pedir.

– Muy bien, ahora vuelve a casa y trata de comportarte. No es el fin del mundo.

Salimos del pueblo a toda velocidad, escoltados por una jauría de críos; su clamor nos estuvo persiguiendo durante un buen rato por el desierto.

Eran aproximadamente las once y el sol iba esparciendo oasis artificiales por la llanura. En el cielo calentado al rojo blanco, una pareja de aves aleteaba. La pista avanzaba en línea recta, macilenta y vertiginosa, casi insólita sobre la meseta rocosa que sajaba de punta a punta. El viejo Ford desvencijado brincaba sobre las grietas, a ratos se encabritaba y daba la impresión de obedecer únicamente a su propio frenesí. En el asiento trasero, el ferretero apretaba a su hijo contra él para impedir que se golpeara la cabeza contra la portezuela. No decía nada, me dejaba conducir como buenamente podía.

Cruzamos un campo abandonado, más adelante una gasolinera fuera de servicio, y luego nada más. El horizonte desplegaba su desnudez hasta el infinito. A nuestro alrededor, y hasta donde alcanzaba la vista, no vimos ni una chabola, ni una máquina, ni un bicho viviente. El dispensario se encontraba a unos sesenta kilómetros hacia el oeste, en un pueblo de reciente creación cuyas carreteras estaban asfaltadas. También había una comisaría y un instituto que los nuestros rechazaban por motivos que ignoraba.

– ¿Crees que hay suficiente gasolina? -me preguntó el ferretero.

– No lo sé. Todas las agujas del cuadro de mandos están a media asta.

– Ya me lo imaginaba. No nos hemos cruzado con un solo vehículo. Como tengamos una avería estamos listos.

– Dios no nos abandonará -le dije.

Media hora más tarde, vimos elevarse a lo lejos una enorme nube de humo negro. La carretera nacional quedaba a pocos kilómetros, y el humo nos tenía intrigados. Por fin apareció la carretera nacional tras un cerro. Un semirremolque ardía, cruzado en medio de la calzada, con la cabina en la cuneta y la cisterna volcada; unas llamas gigantescas lo devoraban con una atroz ferocidad.

– Detente -me aconsejó el ferretero-. Debe de tratarse de un ataque de los fedayines, y los militares no van a tardar en aparecer. Da media vuelta hasta la carretera de enlace, más arriba, y toma la antigua pista. No tengo ganas de caer en medio de una refriega.

Di media vuelta.

Cuando alcancé la antigua pista, escruté los alrededores acechando a los refuerzos militares. Unos cientos de metros más abajo, paralelamente a nuestro itinerario, la nacional resplandecía bajo el sol, como si fuera un canal de riego, recta y atrozmente desierta. Pronto la nube de humo acabó en un vulgar hilillo grisáceo sumido en su desamparo. El ferretero sacaba de vez en cuando la cabeza por la ventanilla para ver si un helicóptero nos daba caza. Éramos la única señal de vida en aquel paraje y cualquiera podía cometer un error. El ferretero estaba preocupado; su rostro se iba ensombreciendo.

Yo me mantenía más bien sereno; me dirigía al pueblo vecino y llevaba un herido a bordo.

La pista efectuó un largo rodeo alrededor de un cráter, subió por una colina, cayó a pique y se volvió a enderezar tras unos kilómetros cuesta abajo. Pudimos de nuevo ver la nacional, siempre igual de recta y desierta, estremecedora en su abandono. Esta vez, la pista iba directamente hacia allá antes de confundirse con ella. Los neumáticos del Ford cambiaron de tono cuando hollaron el asfalto, y el motor dejó de resoplar desaforadamente.

– Estamos a menos de diez minutos del pueblo, y ni un vehículo a la vista -constató el ferretero-. Es extraño.

No me dio tiempo a contestarle. Un puesto de control nos cerraba el paso, con pinchos a ambos lados de la carretera. Dos vehículos abigarrados se hallaban en el arcén, con la ametralladora apuntando. Enfrente, coronando un cerro, había una improvisada garita atrincherada detrás de barriles y sacos de arena.

– Mantén la calma -me dijo el ferretero, y su aliento me quemó el hueco de la nuca.

– Estoy calmado -lo tranquilicé-. No tenemos nada que reprocharnos y hay un enfermo a bordo. No nos van a causar problemas.

– ¿Dónde están los soldados?

– Están agazapados detrás del terraplén. Veo dos cascos. Creo que nos están observando con prismáticos.

– De acuerdo, ve reduciendo y sigue despacio. Haz exactamente lo que te digan.

– No te preocupes, todo irá bien.

El primero en salir de su refugio fue un soldado iraquí que nos hizo un gesto para que nos detuviéramos a la altura de una señal plantada en medio de la vía. Obedecí.

– Apaga el motor -me ordenó en árabe-. Luego, coloca las manos sobre el volante. No abras la puerta y no bajes a menos que te lo pidamos. ¿Has oído?

Se mantenía a buena distancia, apuntando el parabrisas con su fusil.

– ¿Has oído?

– He oído. Mantengo las manos sobre el volante y no hago nada sin permiso.

– Muy bien… ¿Cuántos estáis a bordo?

– Tres. Nosotros…

– Contesta sólo a las preguntas que te haga. Y nada de gestos bruscos; ningún tipo de gestos, ¿entendido?… ¿De dónde venís y adónde os dirigís, y por qué?

– Venimos de Kafr Karam y vamos al dispensario. Tenemos a un enfermo que se ha cortado los dedos. Se trata de un retrasado mental.

El soldado iraquí paseó su fusil de asalto sobre mí, el dedo en el gatillo y la culata pegada a la cara; luego, apuntó al ferretero y a su hijo. Dos soldados norteamericanos se acercaron a su vez, vigilantes, con sus armas prestas para convertirnos en un coladero al menor sobresalto. Yo mantenía la calma, con las manos bien a la vista sobre el volante. Detrás de mí, la respiración del ferretero rateaba.

– Controla a tu hijo -le mascullé-. Tiene que quedarse tranquilo.

– ¡Cierra el pico! -me aulló un soldado norteamericano recién aparecido de alguna parte por mi izquierda, apuntándome en la sien con el cañón de su fusil. ¿Qué le has dicho a tu compinche?

– Le he dicho que se quedara…

– Shut your gab! Calla la boca y no rechistes…

Era un negro hercúleo, parapetado tras un subfusil, con los ojos blancos de rabia y las comisuras de la boca efervescentes de baba. Era tan enorme que me tenía impresionado. Sus advertencias crepitaban como ráfagas, me paralizaban.

– ¿Por qué berrea así? -se azoró el ferretero-. Va a asustar a Suleimán.

– ¡Callaos de una vez! -ladró el soldado iraquí, que hacía probablemente las veces de intérprete-. En el control no se habla, no se discuten las órdenes, no se protesta -recitó como quien lee una enmienda-; nos callamos y obedecemos al pie de la letra. ¿Entendido? Mafhum?… Tú, el conductor, vas a poner la mano derecha en la ventanilla y a abrir lentamente la portezuela con la mano izquierda. Luego, pon las manos detrás de la cabeza y baja despacio.

Otros dos militares norteamericanos aparecieron por detrás del Ford, enjaezados como caballos de tiro, con gruesas gafas de arena sobre el casco y el chaleco antibalas sobresaliendo. Se acercaban paso a paso sin dejar de apuntarnos. El soldado negro gritaba hasta quedarse sin campanilla. Apenas toqué tierra con un pie, me arrancó del coche y me obligó a arrodillarme. Me dejaba maltratar sin resistirme. Retrocedió y, dirigiendo el fusil al asiento trasero, ordenó al ferretero que bajara.

– No gritéis, os lo ruego. Mi hijo es un enfermo mental y lo estáis asustando…

El soldado negro no entendía gran cosa de lo que intentaba explicarle el ferretero; parecía estar harto de que le hablaran en un idioma que no entendía en absoluto, y eso lo cabreaba por doble partida. Sus berridos se me clavaban en la cabeza, y desencadenaban una multitud de picoteos dolorosos en mis articulaciones. Shut your gab! Cierras el pico o te reviento… Las manos sobre la cabeza… A nuestro alrededor, los militares no perdían de vista nuestros más leves estremecimientos, impenetrables y silenciosos, unos parapetados tras unas gafas de sol que les confería un aspecto extremadamente temible, los demás intercambiando unas ojeadas codificadas para mantener la presión. Yo estaba estupefacto ante el cañón de los fusiles que nos rodeaban; eran como tragaluces que daban directamente al infierno; sus bocas me parecían mayores que las de un volcán, prestas a cubrirnos con un aluvión de lava y de sangre. Yo estaba pasmado, clavado en el suelo, con la nuez bloqueada en medio de la garganta. El ferretero bajó a su vez, con las manos sobre la cabeza. Temblaba como una hoja. Intentó dirigirse al soldado iraquí; una bota se apoyó en la parte alta de su pantorrilla y lo obligó a poner una rodilla en tierra. En el momento en que el soldado negro se dispuso a ocuparse del tercer pasajero, observó la sangre en la mano y la camisa de Suleimán… ¡Joder, está meando sangre!, exclamó dando un salto hacia atrás. Ese canalla está herido… Suleimán estaba aterrado. Buscaba a su padre… Las manos sobre la cabeza, las manos sobre la cabeza, vituperaba el soldado salivando. Es un enfermo mental, gritó el ferretero al soldado iraquí. Suleimán se deslizó sobre el asiento y salió del vehículo, desorientado. Sus ojos lechosos giraban en su rostro exangüe. El militar americano daba órdenes como si estuviera dirigiendo un asalto. Cada berrido suyo me hundía un poco más. Sólo se le oía a él, y él representaba por sí solo todo el follón de la tierra. De repente, Suleimán soltó su grito, agudo, inconmensurable, reconocible entre mil rumores apocalípticos. Era un grito tan extraño que petrificó al militar. El ferretero no tuvo tiempo de lanzarse sobre su hijo, de retenerlo, de impedir que se fuera. Suleimán salió escopetado hacia delante, tan rápidamente que los norteamericanos se quedaron patidifusos. Dejen que se aleje, gritó un sargento. Puede que esté cargado de explosivos… todos los fusiles apuntaban ahora al fugitivo. No disparéis, suplicaba el ferretero, es un enfermo mental. Don't shoot. He is crazy… Suleimán corría, corría, con el espinazo recto, los brazos caídos, el cuerpo ridículamente ladeado hacia la izquierda. Sólo por su manera de correr, se veía que no era normal. Pero, en tiempos de guerra, el beneficio de la duda privilegia la metedura de pata en detrimento de la sangre fría; a eso se le llama legítima defensa… El primer disparo me sacudió de pies a cabeza, como la descarga de un electrochoque. Siguió el diluvio. Alelado, completamente en las nubes, yo veía nubéculas de polvo brotar de la espalda de Suleimán, ubicando los puntos de impacto. Cada bala que alcanzaba al fugitivo me atravesaba por completo. Un hormigueo intenso me devoró las pantorrillas antes de instalarse en mi vientre. Suleimán corría, corría, apenas sacudido por las balas que le acribillaban la espalda. A mi lado, el ferretero se desgañitaba como un poseso, con el rostro arrasado por las lágrimas… Mikel, ladró el sargento, ese canalla lleva un chaleco antibalas. Apunta a la cabeza… Desde la garita, Mike acercó el ojo al prismático de su fusil, ajustó el punto de mira, contuvo la respiración y apretó suavemente el gatillo. Dio en la diana al primer disparo. La cabeza de Suleimán estalló como un melón, deteniendo en seco su desbocada carrera. El ferretero se agarró las sienes con las manos, alucinado, con su boca abierta dejando un grito en suspenso; miró cómo el cuerpo de su hijo se descolgaba a lo lejos, como una cortina, se desmoronaba verticalmente, los muslos sobre las pantorrillas, luego el busto sobre los muslos, luego la cabeza hecha jirones sobre las rodillas. Un silencio sepulcral inundó la llanura. Mi vientre experimentó un movimiento de resaca; una lava incandescente me abrió el gaznate y fue expulsada al aire libre por mi boca. El día se veló… Luego, la nada.


Volví en mí, trozo a trozo, con las orejas silbándome. Tenía la cara aplastada contra el suelo, en medio de un charco de vómitos. Mi cuerpo ya no reaccionaba. Estaba encogido al lado de la rueda delantera del Ford, con las manos atadas a la espalda. Tuve justo el tiempo de ver al ferretero agitar la cartilla médica de su hijo ante las narices del soldado iraquí, que parecía turbado. Los demás militares lo miraban en silencio, con el fusil en reposo, y, nuevamente, volví a perder el sentido.

Cuando recuperé parte de mis facultades, el sol había alcanzado su cénit. Un calor canicular hacía zumbar la rocalla. Me habían retirado la cinta de plástico con la que me habían esposado y me habían instalado a la sombra de la garita. En el lugar donde lo dejé, el Ford recordaba un ave de corral desgreñada, con las cuatro puertas abiertas al viento, la tapa del maletero levantada; una rueda de recambio y distintas herramientas se amontonaban a un lado. El registro no había dado resultado; ningún arma de fuego, ni siquiera un cuchillo, ni siquiera un botiquín.

Una ambulancia esperaba a la altura de la garita, con una cruz roja pintada a un lado, las puertas abiertas y, dentro, una camilla con los restos de Suleimán. Estaba cubierto con una sábana de la que emergían dos pies lastimeros; el derecho había perdido su calzado y enarbolaba unos dedos con cortaduras, cubiertos de sangre y de polvo.

Un suboficial de la policía iraquí conversaba con el ferretero, un poco apartado, mientras que un oficial norteamericano, llegado en un jeep, escuchaba el informe del sargento. Aparentemente, todo el mundo se daba cuenta del error, sin por ello tomárselo a la tremenda. Incidentes como éste eran el pan nuestro de cada día en Irak. En la confusión general, cada cual arrimaba el ascua a su sardina. El error es humano, y la fatalidad tiene anchas las espaldas.

El soldado negro me tendió su cantimplora; ignoraba si era para beber o asearme; rechacé su ofrecimiento con un gesto enfebrecido de la mano. Por mucho que se empeñara en parecer afligido, su repentino cambio resultaba incompatible con su temperamento. Una bestia no deja de ser una bestia, aunque sonría; en la mirada es donde el alma denota su auténtica naturaleza.

Dos enfermeros árabes vinieron a confortarme; se acuclillaron a mi lado y me dieron palmadas en la espalda. Sus manos resonaban en mi ser como mazazos. Tenía ganas de que me dejaran en paz; cada manifestación de simpatía me devolvía al origen de mi trauma. De cuando en cuando, brotaba de mí un sollozo; hacía lo imposible para contenerlo. Me desvivía entre la necesidad de conjurar mis demonios y la de alimentarlos. Un increíble cansancio se apoderó de mí; sólo oía cómo mi aliento me vaciaba a la vez que, en mis sienes, el latido de mi sangre acompasaba el eco de las detonaciones.

El ferretero quiso recuperar a su difunto; el jefe de la policía le explicó que había que cumplir el trámite administrativo. Como se trataba de un lamentable accidente, el asunto requería un montón de formalidades. Había que llevar el cuerpo de Suleimán al depósito de cadáveres; sólo lo devolverían a los suyos cuando la investigación sobre la metedura de pata hubiese quedado cerrada.

Un coche de la policía nos llevó de vuelta al pueblo. No acababa de enterarme de lo que estaba ocurriendo. Me encontraba dentro de una especie de burbuja evanescente, ya suspenso en el vacío, ya deshilachándome como una voluta de humo. Sólo recordaba el espantoso grito de la madre cuando el ferretero regresó a su casa. El gentío se aglutinó por allí de inmediato, despavorido, incrédulo. Los viejos se palmoteaban las manos, abatidos; los jóvenes estaban indignados. Llegué a mi casa en un estado lamentable. Apenas crucé el umbral del patio, mi padre, que dormitaba al pie de su indefinible árbol, se sobresaltó. Se había dado cuenta de que había ocurrido una desgracia. Mi madre no tuvo valor para preguntarme de qué iba el asunto. Se limitó a llevarse las manos a las mejillas. Mis hermanas acudieron, con la chiquillería agarrada de sus faldones. Fuera, se empezaron a oír aquí y allá los primeros lamentos, funestos, henchidos de ira y de drama. Mi gemela Bahia me agarró por el brazo y me ayudó a alcanzar mi habitación, arriba del todo. Me tumbó en mi camastro, trajo una palangana con agua, me quitó la camisa manchada de vómitos y se puso a lavarme por encima de la cintura. Mientras tanto, la noticia corrió por el pueblo, y toda mi familia se apresuró a ir a consolar a la del ferretero.

Bahia esperó a haberme metido en la cama para eclipsarse a su vez.

Me quedé dormido…

A la mañana siguiente, Bahia regresó para abrir mis ventanas y entregarme ropa limpia. Me contó que un coronel norteamericano había venido la víspera, junto con autoridades militares iraquíes, a presentar su pésame a los enlutados padres. El decano lo había recibido en su casa, pero en el patio, para manifestarle con claridad que no era bienvenido. No creía en la versión del accidente y tampoco admitía que se pudiese disparar sobre un retrasado mental, esto es, sobre un ser puro e inocente, más cercano al Señor que los santos. Algunos equipos de televisión querían cubrir el suceso y propusieron dedicar un reportaje al ferretero para que pudiera expresarse sobre el asunto. Ahí también el decano se mantuvo firme y prohibió categóricamente que unos extranjeros turbaran el duelo de su pueblo.


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Tres días después, una furgoneta del pueblo, enviada por el propio decano, trajo de vuelta el cuerpo de Suleimán del depósito de cadáveres. Fue un momento terrible. Nunca la gente de Kafr Karam había vivido una atmósfera como ésa. El decano exigió que el entierro se llevara a cabo dentro de la dignidad y en la estricta intimidad. Sólo se aceptó en el cementerio una delegación de Ancianos procedente de una tribu aliada. Una vez acabado el funeral, cada cual regresó a su domicilio a meditar sobre el sortilegio que había arrebatado a Kafr Karam a su ser más puro, que fue su mascota y su pentáculo. Por la noche, viejos y jóvenes se reunieron en casa del ferretero y salmodiaron unos versículos hasta bien entrada la noche. Pero Yacín y su pandilla, que mostraban abiertamente su indignación, no aceptaron la decisión y prefirieron reunirse en casa de Sayed, el hijo de Bashir el Halcón, un joven de pocas palabras y misterioso que, al parecer, simpatizaba con el movimiento integrista y que, según se sospechaba, había frecuentado la escuela de Peshawar en tiempos de los talibanes. Era un chico alto de unos treinta años, de rostro ascético e imberbe salvo por una minúscula mata de vello bajo el labio inferior que, junto con el lunar en la mejilla, lo hermoseaba. Vivía en Bagdad, y sólo regresaba a Kafr Karam en función de los acontecimientos. Había llegado la víspera para asistir al entierro de Suleimán… Hacia medianoche, otros chicos insomnes se unieron a él. Sayed los acogió con gran deferencia y los instaló en una gran sala tapizada con esterillas de mimbre y cojines. Mientras todo el mundo picoteaba en las cestillas llenas de cacahuetes y bebía té a sorbos, Yacín no podía estarse quieto. Parecía un poseso. Su mirada exacerbada no dejaba de acosar las nucas gachas y buscar camorra. Como nadie le hacía caso, se volvió decididamente hacia su más fiel compañero, Salah, yerno del ferretero.

– Te he visto llorar en el cementerio.

– Es verdad -reconoció Salah, que ignoraba dónde quería el otro ir a parar.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué que?

– ¿Por qué has llorado?

Salah enarcó las cejas:

– En tu opinión, ¿por qué se llora?… Sentía pena, hombre. Lloré porque la muerte de Suleimán me produjo pena. ¿Qué hay de extraño en que se llore a alguien que se ha querido?

– De eso ya me he enterado -insistió Yacín-. ¿Pero por qué los llantos?

Salah notaba que algo se le escapaba.

– No entiendo tu pregunta.

– La muerte de Suleimán me ha partido el corazón -dijo Yacín-. Pero no he derramado una sola lágrima. No concibo que puedas dar la nota de esa manera. Lloraste como una mujer, y eso es inadmisible.

La palabra «mujer» estremeció a Salah. Sus mandíbulas rodaron por su cara como poleas.

– Los hombres también lloran -observó a su jefe de banda-. Hasta el Profeta tenía esa debilidad.

– A mí me la suda -explotó Yacín-. No tenías por qué comportarte como una mujer -añadió, haciendo hincapié en el último vocablo.

Salah se levantó de sopetón, escandalizado. Miró fijamente a Yacín, dolido, antes de recoger sus sandalias y perderse en la noche.

En la gran sala donde se amontonaban una veintena de individuos, las miradas corrían en todas direcciones. Nadie entendía qué mosca había picado a Yacín, por qué se había comportado de manera tan abyecta con el yerno del ferretero. El malestar se instaló en la habitación. Tras un largo silencio, Sayed, el amo de la casa, tosiqueó en su puño. Como anfitrión, a él le correspondía decidir.

Echó una mirada acerada a Yacín:

– Mi padre me contó una historia que, de niño, no llegué a comprender bien. A esa edad ignoraba que las historias tuvieran moraleja. Era la historia de un cachas egipcio que tenía su satrapía en los bajos fondos de El Cairo. Un hércules directamente salido de una fundición de la Antigüedad, tan duro con los demás como consigo mismo y cuyo enorme bigote recordaba los cuernos de un morueco. Ya no recuerdo su nombre, pero he conservado intacta la imagen que me hice de él. Una especie de Robin de barrio, tan presto a remangarse la camisa como a contonear los hombros en la plaza infestada de cargadores y de burreros. Cuando había pleito entre vecinos, acudían a someterse a su arbitrio. Sus decisiones eran inapelables. Pero el cachas no sabía estarse calladito. Era vanidoso y tan irascible como exigente; como nadie discutía su autoridad, se autoproclamó rey de los desamparados e iba pregonando por ahí que nadie en el mundo estaba en condiciones de mirarlo directamente a los ojos. Sus palabras no cayeron en saco roto. Una noche, el jefe de la policía lo mandó llamar. Nadie sabe lo que ocurrió aquella noche. Al día siguiente, el cachas que regresó a su casa estaba irreconocible, cabizbajo y con la mirada huidiza. No mostraba heridas ni marcas de golpes, pero sí una evidente señal de infamia en sus hombros repentinamente abatidos. Se encerró en su choza hasta que los vecinos empezaron a quejarse de un fuerte olor a descomposición. Cuando echaron la puerta abajo, se encontraron con el cachas tumbado en su jergón, muerto desde hacía varios días. Más adelante, un poli dio a entender que cuando se vio frente al jefe de la policía, se tiró a sus pies implorándole perdón antes de que éste le reprochara nada. No se repuso de ello.

– ¿Y qué? -dijo Yacín acechando alguna indirecta.

Sayed amagó una sonrisa burlona:

– Ahí detuvo mi padre su historia.

– Menuda tontería -refunfuñó Yacín, consciente de sus limitaciones cuando se trataba de descifrar indirectas.

– Eso es lo que en un principio pensé. Con el tiempo, intenté encontrar alguna moraleja a esa historia.

– ¿Puedo conocerla?

– No. Mi moraleja es sólo mía. Búscate tú la que te convenga.

Dicho esto, Sayed se levantó y se retiró a su dormitorio, que estaba en el piso superior.

Los convidados comprendieron que la velada había acabado. Recogieron sus sandalias y abandonaron aquella morada. Sólo quedaron en la habitación Yacín y su «guardia pretoriana».

Yacín estaba fuera de sí; se sentía engañado, menospreciado ante sus hombres. De ningún modo podía regresar a su casa sin dejar aclarada esa historia.

Despidió con un gesto de la cabeza a sus compañeros y subió a llamar a la puerta de Sayed.

– No me he enterado -dijo a éste.

– Tampoco Salah comprendió a donde querías ir a parar -le dijo Sayed en el rellano.

– Me dejaste cortado con tu estúpido cuento. Apuesto a que te lo has inventado y que no hay por dónde sacarle moraleja.

– Eres tú el que acumula estupideces, Yacín. Y te comportas exactamente como aquel cachas cairota…

– Entonces ponme al loro si no quieres que prenda fuego a tu choza. Odio que me miren por encima del hombro, y no permitiré a nadie, digo bien, a nadie, que me tome el pelo. Puede que no tenga demasiada instrucción, pero me sobra orgullo para dar y regalar.

Sayed no estaba intimidado. Muy al contrario, su sonrisa se iba acentuando a medida que Yacín se iba mosqueando.

Le dijo en tono monocorde:

– Quien se alimenta de la cobardía ajena fecunda la suya; antes o después, acabará comiéndole las tripas y luego el alma. Llevas algún tiempo comportándote como un tirano, Yacín. Estás atropellando el ordenamiento natural, has dejado de respetar la jerarquía tribal; te sublevas contra tus mayores, vejas a tus allegados, disfrutas humillándolos en público; alzas el tono por cualquier cosa, de modo que en el pueblo ya no se oye más que a ti.

– ¿Por qué quieres que me ande con contemplaciones con esos inútiles?

– Te comportas exactamente igual que ellos. Si ellos se miran el ombligo, tú miras tus bíceps. Acaba siendo lo mismo. En Kafr Karam, nadie tiene por qué envidiar ni reprochar nada a nadie.

– Te prohíbo que me compares con esos cretinos. Yo no soy un cobarde.

– Demuéstralo… Adelante, ¿qué te impide pasar a la acción? Hace lustros que los iraquíes cruzan el hierro con el enemigo. Nuestras ciudades se van desmoronando día tras día a golpe de coches-bomba, de emboscadas y de bombardeos. Las cárceles están repletas de hermanos nuestros, y nuestros cementerios, saturados. Y tú te dedicas a gallear en tu pueblo perdido; vas voceando a diestro y siniestro tu odio y tu indignación, y, una vez que te has vaciado de tu hiel, vuelves a tu casa y desconectas. Demasiado fácil… Si piensas lo que dices, une el gesto a la palabra y dales leña a esos canallas de norteamericanos. Si no, apéate de la burra y pon la lengua en remojo.

Según mi gemela Bahia -supo la historia por boca de la hermana de Sayed, que siguió la confrontación oculta tras su puerta-, Yacín se amilanó y se retiró sin decir esta boca es mía.


Kafr Karam, con su cadáver entre los brazos, se enredaba en sus evasivas. La muerte de Suleimán la tenía desorientada. No sabía qué hacer con ella. Su última hazaña bélica se remontaba a la guerra contra Irán, una generación atrás; ocho hijos suyos regresaron del frente en ataúdes sellados que ni siquiera les permitieron abrir. ¿Qué habíamos enterrado entonces? ¿Maderos, patriotas o una parte de su dignidad? El asunto Suleimán era harina de otro costal. Se trataba de un horrible y vulgar accidente, y la gente no conseguía ponerse de acuerdo: ¿era Suleimán un mártir o un pobre diablo que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado?… Los Ancianos apelaban a la calma. Nadie es infalible, decían. El coronel norteamericano estaba sinceramente afligido. Su único desliz: no debió hablar de dinero al ferretero. En Kafr Karam nunca se habla de dinero a alguien que está de luto. No hay compensación que pueda minimizar la pena de un padre derrumbado sobre la tumba de su hijo; de no haber sido por la intervención de Doc Jabir, el asunto de la indemnización podía haberse convertido en enfrentamiento.

Pasaron las semanas y, poco a poco, el pueblo recobró su alma gregaria y sus rutinas. A lo hecho pecho. Sin duda, la muerte violenta de un retrasado mental suscita más cólera que pena. Desgraciadamente, no se puede cambiar el curso de las cosas. Por prurito de igualdad, Dios no ayuda a sus santos; sólo el diablo cuida de sus secuaces.

Como buen creyente, el ferretero se inclinó ante la fatalidad. Una mañana se le vio quitar la cadena de su taller y encender su soplete.

Se reanudaron los debates en la barbería, y los jóvenes regresaron al Safir para lapidar el tiempo a golpe de partidas de dominó cuando las de cartas se hacían tediosas. Sayed, el hijo de Bashir el Halcón, no se quedó mucho tiempo con nosotros. Sus asuntos lo reclamaron con urgencia en la capital. ¿Qué asuntos? Nadie lo sabía. No obstante, su estancia relámpago en Kafr Karam había calado hondo en el alma de todos; su franqueza había seducido a los jóvenes y su carisma había infundido respeto tanto en mayores como en menores. En un futuro, nuestros caminos se cruzarán. Será él quien potenciará mi autoestima; me iniciará en las normas elementales de la guerrilla y me abrirá de par en par las puertas del sacrificio supremo.

Una vez se hubo marchado Sayed, Yacín y su pandilla volvieron a hacerse con el mando, ceñudos y agresivos, motivo por el cual Omar el Cabo ya no deambulaba por las calles. Convertido en la sombra de sí mismo desde el incidente en el café, el desertor se pasaba la mayor parte del tiempo recluido en su cuchitril. Cuando no tenía más remedio que poner un pie fuera, cruzaba el pueblo al galope para aplacar su vergüenza lejos de las provocaciones y sólo regresaba al anochecer, generalmente a gatas. Algunos chavales solían pillarlo emborrachándose en el fondo del cementerio, o ya en coma etílico, con los brazos en cruz, la camisa abierta sobre su vientre de cachalote… Hasta el día en que, sin previo aviso, desapareció de la circulación.

Tras el entierro de Suleimán, al que no asistí, me quedé en mi casa. Los recuerdos de este despropósito no dejaban de atormentarme. Apenas me dormía, me asaltaban los gritos del soldado negro. Veía en sueños a Suleimán corriendo, muy tieso, con los brazos caídos, y su cuerpo bamboleándose de un lado a otro. Una multitud de minúsculos géiseres salpicaba su espalda. En el momento en que su cabeza explotaba, me despertaba gritando. Bahia se quedaba a mi cabecera, con una cacerola llena de compresas empapadas de agua. «No es nada -me decía-. Estoy aquí. Sólo es una pesadilla…»

Mi primo Kadem me hizo una visita una tarde. Por fin se había decidido a separarse de su tapia. Me trajo cintas de casete. La primera vez se le notaba turbado. Tenía la sensación de estar abusando de la situación. Para relajar el ambiente, me preguntó si el par de zapatos que me había regalado me iba bien. Le contesté que seguía en su caja.

– Están nuevos, ¿sabes?

– Lo sé -le dije-. Sé, sobre todo, lo que representan para ti. Tu gesto me ha conmovido profundamente, gracias.

Me recomendó que no me eternizara en la soledad de mi habitación, si es que pretendía salir del atolladero. Bahia estaba de acuerdo con él. Debía superar el trauma y retomar una vida normal. Yo no tenía ninguna gana de salir a la calle; temía que me pidieran que contara con detalle lo ocurrido en el puesto de control, y esa idea de remover el cuchillo en la herida me espantaba. Kadem no estaba de acuerdo.

– No tienes más que mandarlos a paseo -me dijo.

Siguió visitándome, y pasábamos horas hablando de esto y aquello. Gracias a él, una noche agarré el toro por los cuernos y salí de mi madriguera. Kadem me propuso que desentumeciéramos las piernas lejos del pueblo. A medio camino entre Kafr Karam y los huertos de los Haitem, la meseta se hundía repentinamente, y una ancha hendidura de varios kilómetros dividía el valle, con su lecho jalonado por pequeños montículos de gres y por arbustos espinosos. En aquel lugar el viento hacía gala de un talento de barítono.

Hacía bueno y, a pesar de un velo de polvo suspenso en el horizonte, asistimos a una soberbia puesta de sol.

Entonces, Kadem me pasó los auriculares de su walkman. Reconocí a Fairuz, la diva libanesa.

– ¿Sabes que he vuelto a coger mi laúd? -me confió.

– Ésa es una excelente noticia.

– Ahora estoy componiendo algo. Dejaré que lo escuches cuando lo acabe.

– ¿Una canción de amor?

– Todas las canciones árabes lo son -me dijo-. Si Occidente pudiese comprender nuestra música, si sólo pudiese escucharnos cantar, percibir nuestro pulso por medio del de nuestras cítaras, nuestra alma por medio de la de nuestros violines; si pudiese, aunque sólo fuese el instante que dura un preludio, tener acceso a la voz de Sabah Fajri, o de Wadii Es-Safi, al eterno aliento de Abdelwaheb, a la lánguida llamada de Ismahán, a la octava superior de Um Kalsum; si pudiese comulgar con nuestro universo, creo que renunciaría a su tecnología punta, a sus satélites y a sus ejércitos para seguirnos hasta el fin de nuestro arte…

Me encontraba a gusto con Kadem. Sabía sosegar con las palabras, y su voz inspirada me ayudaba a levantar cabeza. Sentía alivio al verlo renacer. Era un chico magnífico; no se merecía echar a perder su vida al pie de una tapia.

– Estaba a punto de hundirme -me confesó-. Desde hacía meses y meses mi cabeza parecía una urna funeraria; su ceniza oscurecía mi visión de las cosas, me salía por la nariz y por las orejas. No veía el final del túnel. Pero la muerte de Suleimán me resucitó. Así -añadió chasqueando los dedos-. Me abrió los ojos. No quiero morir sin haber vivido. Hasta la fecha, no he hecho más que padecer. Como Suleimán, no entendía gran cosa de lo que me estaba ocurriendo. Pero de ningún modo quería acabar como él. La primera pregunta que se me ocurrió al enterarme de su muerte fue: ¿Qué? ¿Suleimán está muerto? ¿Por qué? ¿Realmente ha existido?… Y es cierto, primo. Ese pobre diablo tenía tu edad. Lo veíamos a diario en la calle, deambulando en su universo propio. A veces corriendo tras sus visiones. Y, sin embargo, ahora que ya no está, me pregunto si realmente ha existido… Al regresar del cementerio, mientras me dirigía maquinalmente hacia mi tapia, me sorprendí regresando a mi casa. Subí a mi habitación, abrí el cofre forrado de cuero que yacía como sarcófago en el fondo del trastero, saqué mi laúd de su estuche y… te aseguro, sin siquiera afinarlo, que me puse a improvisar de inmediato. Me sentía arrebatado, embrujado.

– Me muero de ganas de oírte.

– Sólo me quedan unos cuantos retoques para acabar.

– ¿Y cómo se titula tu canción?

Me miró a los ojos.

– Soy supersticioso, primo. No me gusta hablar de las cosas que tengo sin acabar. Pero haré una excepción contigo, siempre que te lo guardes para ti.

– Prometido.

Sus ojos relucieron en la oscuridad al confiarme:

– La he titulado Las sirenas de Bagdad.

– ¿Las que cantan o las de las ambulancias?

– Cada uno que elija.


5

<p>5</p>

En Kafr Karam la vida reanudaba su curso, hueca como el ayuno.

Cada cual se las compone con lo que tiene, aunque sea nada. Es una cuestión de mentalidad.

Los hombres no son sino furtivas proezas, longánimos suplicios, Sísifos innatos, patéticos y obtusos; su vocación es padecer hasta que la muerte los alcance.

Los días seguían su curso, cual fantasmal caravana. Surgían de ninguna parte, de madrugada, sin gracia ni lustre, y se largaban subrepticiamente por la noche, arrebatados por las tinieblas. Sin embargo, los niños seguían naciendo, y la muerte velando por el equilibrio de las cosas. Con setenta y tres años, nuestro vecino fue padre por decimoséptima vez, y mi tío abuelo murió de viejo en su cama, rodeado de los suyos. Ésa era la sunna de la existencia. La memoria restituye lo que el viento del desierto se lleva; volvemos a trazar con nuestras manos lo que las tormentas de arena borran.

Jalid Taxi había concedido la mano de su hija a los Haitem, cuyas huertas se hallaban a escasos kilómetros del pueblo. Fue una primicia. Algunos llegaron a pensar que se trataba de una broma. Habitualmente, los Haitem, gente adinerada y taciturna, elegían a sus nueras en la ciudad, entre las familias emancipadas, que supieran comportarse en la mesa y alternar con la gente bien. Que de repente se conformaran con nosotros era como para desconcertar a más de uno… Ese regreso a las raíces resultaba un buen augurio. Con el tiempo que llevaban mirándonos por encima del hombro, no íbamos a ponernos delicados ahora que uno de sus retoños se había prendado de una virgen del pueblo. De todos modos, no era cosa de hacer ascos a una boda, fuera o no pobre. ¡Por fin un acontecimiento feliz que prometía resarcirnos de una cotidianidad insípida, recurrente, mortalmente nula!…

Había novedad en el Safir. El bareto se dotó de un televisor y de una antena parabólica, un regalo de Sayed, el hijo de Bashir el Halcón, «para que los jóvenes de Kafr Karam no se pierdan la trágica realidad del país». De la noche a la mañana, el mísero cafetín se convirtió en un auténtico refectorio para reclutas bisoños y volubles. Majed el cafetero se tiraba de los pelos. Si no bastaba con que su negocio renqueara y ahora, para colmo, los clientes se plantaban allí con sus pantagruélicos bocatas y su impedimenta, esto era definitivamente el acabose. Los clientes no se cortaban. Desde el amanecer, sin siquiera molestarse en lavarse la cara, llamaban a su puerta para que les abriera el café. Cualquiera diría que acampaban en la calle. Una vez encendida la tele, zapeaban por todas las cadenas para tomarle el pulso a la humanidad, luego conectaban Al-Jazira y no se movían de ahí. A mediodía, el cafetín pululaba de jóvenes sobreexcitados. Los comentarios e invectivas alcanzaban su apogeo. Cada vez que la cámara descubría algún aspecto del drama nacional, las protestas y los llamamientos al asesinato estremecían el barrio. Abucheaban a los partidarios de la guerra preventiva, aplaudían a los antiyanquis, abroncaban a los diputados asalariados, a quienes juzgaban oportunistas y lacayos de Bush… En primera fila, Yacín y su pandilla oficiaban de invitados de lujo. Se encontraban con sus asientos esperándoles aunque llegasen tarde. Detrás de ellos, dos o tres filas de simpatizantes. La morralla se instalaba en el fondo. El cafetero no daba pie con bola. Con las mejillas en el hueco de sus manos y su termo muerto de risa en un extremo del mostrador, miraba con aflicción y fijeza a aquella tropa ociosa que estaba cargándose sus muebles en medio de un jaleo de espanto.

Los primeros días, mi primo Kadem y yo íbamos al Safir. Para cambiar un poco de aire. A veces, tras una observación anecdótica, las risas estallaban en el local, y no había nada como una reflexión fuera de lugar para dejarnos como nuevos. Y ver a todos esos desgraciados de mirada huera desternillarse de risa era una terapia de insospechada eficacia. Pero las payasadas, a la larga, exacerban las costumbres, y a veces ocurría que un gracioso lo comprobaba en sus propias carnes. Los listillos, que no perdían la menor oportunidad para distraer al auditorio, empezaban a ponerse pesados. Como era de esperar, Yacín tuvo que poner las cosas claras.

Había anochecido desde hacía un buen rato, y seguíamos las noticias de Al-Jazira. El presentador del diario informativo nos llevaba por Faluya, donde se registraban combates entre el ejército iraquí, apoyado por tropas norteamericanas, y la resistencia popular. La ciudad asediada se había jurado entregar el alma antes que deponer las armas. Desfigurada, ahumada, luchaba con una pugnacidad conmovedora. Se hablaba de cientos de muertos, sobre todo mujeres y niños. En el café, un silencio sepulcral traspasaba los corazones. Asistíamos, impotentes, a una auténtica carnicería; por un lado, soldados bien equipados, apoyados por tanques, vehículos blindados y helicópteros, y, por otro, un populacho entregado a sí mismo, rehén de una cohorte de «rebeldes» harapientos y hambrientos que salían corriendo en todas direcciones, armados con fusiles y lanzacohetes mugrientos… Entonces un joven barbudo exclamó:

– Esos norteamericanos impíos no se saldrán con la suya. Dios volcará el cielo sobre sus cabezas. Ni un solo soldado americano saldrá entero de Irak. Ya pueden gallear, que acabarán como aquellos ejércitos infieles de entonces, que fueron hechos picadillo por los pájaros de Ababil. Dios les enviará los pájaros de Ababil.

– ¡Tonterías!

El barbudo se quedó tieso, con la nuez cruzada en su garganta.

Se volvió hacia el «blasfemo».

– ¿Qué has dicho?

– Lo has oído muy bien.

El barbudo estaba atónito. Su cara congestionada se estremecía de ira.

– ¿Has dicho «tonterías»?

– ¡Sí, «tonterías»! Es exactamente lo que he dicho: «tonterías». Ni una sílaba menos, ni una sílaba más: ton-te-rí-as. ¿Tienes algún problema?

Toda la sala había dado la espalda a la tele para ver adónde querían ir a parar los dos jóvenes.

– ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo, Malik? -se atragantaba el barbudo.

– Por lo que se ve, tú eres el que está soltando burradas, Harún.

La sala se alborotó.

Yacín y su pandilla seguían con interés lo que ocurría en el fondo de la sala. Harún el barbudo parecía a punto de sufrir un ataque de apoplejía, pues la blasfema insolencia de Malik había superado los límites tolerables.

– Por favor, estoy hablando de los pájaros de Ababil -gimió el barbudo-. Se trata de un importante capítulo coránico.

– No veo la relación con lo que está ocurriendo en Faluya -dijo Malik, inflexible-. Lo que yo veo en esa pantalla es una ciudad sitiada, es a musulmanes bajo los escombros, supervivientes a merced de un cohete o un misil y, a su alrededor, a unos brutos sin fe ni ley pateándonos en nuestro propio país. Y tú nos hablas de los pájaros de Ababil. ¿No te parece ridículo?

– Cállate -le suplicó Harún-. Tienes al diablo metido en el cuerpo.

– Eso es -rió despectivamente Malik-. Cuando te quedas sin respuesta, le encasquetas la culpa al diablo. Despierta, Harún. Los pájaros de Ababil murieron con los dinosaurios. Estamos iniciando el tercer milenio, y unos cabrones venidos de fuera nos están cubriendo de oprobio todos los días de Dios. Irak está ocupado, señor mío. Mira un poco la tele. ¿Qué te cuenta la tele? ¿Qué estás viendo ahí, delante de tus narices, mientras te alisas doctamente la barba? Impíos avasallando a musulmanes, envileciendo a sus notables y encerrando a sus héroes en unas cárceles de locura donde unas putillas en traje de faena militar les dan tirones en las orejas y en los testículos haciéndose fotos para la posteridad… ¿A qué está esperando Dios para liarse a hostias con ellos? Con el tiempo que llevan provocándolo en Su propia casa, en Sus templos sagrados y en el corazón de Sus fieles. ¿Por qué no mueve un solo dedo cuando esos cabrones bombardean nuestros zocos y nuestras fiestas, cuando se cargan a nuestra gente como si fueran perros en cualquier esquina de una calle? ¿Adónde han ido a parar Sus pájaros de Ababil, que convirtieron en pasto los ejércitos enemigos que por entonces invadían los sagrados territorios a lomo de elefante? Acabo de regresar de Bagdad, querido Harún. Te ahorro los detalles. Estamos solos en el mundo. Sólo podemos contar con nosotros mismos. Ninguna ayuda nos va a caer del cielo, ningún milagro se va a producir para echarnos una mano… Dios tiene otros asuntos que atender. De noche, cuando contengo la respiración en la cama, ni siquiera lo oigo respirar. La noche, todas las noches le pertenecen. Y durante el día, cuando alzo los ojos hacia el cielo para implorarle, sólo veo sus helicópteros -sus actuales pájaros de Ababil- sepultándonos bajo sus excrementos incendiarios.

– No hay duda: has vendido tu alma al diablo.

– No la querría aunque se la ofreciera en bandeja de plata.

– Astaghfiru 'Lah.

– Eso es… Por ahora los soldados norteamericanos profanan nuestras mezquitas, humillan a nuestros santos y embotellan nuestras oraciones como si fueran moscas. ¿Qué más necesita tu Dios para salirse de Sus casillas?

– ¿Y qué esperabas, cretino? -tronó Yacín.

Éste se llevó las manos a las caderas y miró con desprecio al blasfemo.

– ¿Qué esperabas, bocazas? ¿Eh?… ¿Que el Señor acudiera sobre su blanco corcel con su capa al viento para cruzar la espada con esos abortos?… Nosotros somos Su cólera -fulminó.

En el café, su grito tuvo el efecto de una deflagración. Apenas se oyó el ruido de unos cuantos gaznates tragando saliva.

Malik intentó sostener la mirada de Yacín, pero no pudo impedir que sus pómulos se estremecieran.

Yacín se golpeó el pecho con la palma de la mano:

– Nosotros somos la cólera de Dios -dijo con voz cavernosa-, somos Sus pájaros de Ababil… Su rayo y Su maldición. Y vamos a cargarnos a esos cerdos yanquis; vamos a patearlos hasta que les salga la mierda por las orejas, hasta que expulsen por el culo sus cálculos… ¿Está claro? ¿Te has enterado? ¿Te has enterado ya dónde está la cólera de Dios, gilipollas? Está aquí, en nosotros. Vamos a llevarnos de vuelta a esos demonios al infierno, uno por uno, hasta el último. Tan cierto como que el sol se levanta por el este…

Yacín cruzó la sala mientras se abría paso febrilmente. Sus ojos devoraban al blasfemo. Su aliento recordaba el de una pitón al acercarse inexorablemente a su presa.

Se detuvo delante de Malik, nariz contra nariz, frunció los párpados para concentrar el fuego de su mirada:

– Como vuelva a oírte dudar una sola fracción de segundo de nuestra victoria sobre esos perros rabiosos, te juro ante Dios y los muchachos que están aquí reunidos que te arrancaré el corazón con mi propia mano.

Kadem me tiró de la camisa y me hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera fuera.

– Hay tormenta en el aire -me dijo.

– Yacín tiene un plomo fundido. A ése no lo sujetan ni diez camisas de fuerza.

Kadem me tendió su paquete de tabaco.

– No, gracias.

– ¡Anda, venga! -insistió-. Te sentará bien.

Al ceder, caí en la cuenta de que me temblaba la mano.

– Le tengo pánico -confesé.

Kadem me ofreció fuego de su mechero antes de encender su pitillo. Echó la cabeza hacia atrás y echó el humo al viento.

– Yacín es un vaina -dijo-. Que yo sepa, nada le impide meterse en un autocar y marcharse a guerrear a Bagdad. A la larga, su numerito acabará hartando, si no causándole problemas… ¿Vamos a mi casa?

– ¿Por qué no?

Kadem vivía en una casita de piedra, a espalda de la mezquita. En casa de sus padres, una pareja de ancianos valetudinarios. Me condujo a su dormitorio, en el primer piso. La habitación era amplia y clara. Había una cama grande rodeada de alfombrillas, un equipo estereofónico fabricado en Taiwán que parecía enano entre dos grandes altavoces, una cómoda con un espejo oval a su lado y una silla acolchada.

En un rincón cerca de la puerta, de pie sobre una piel de carnero blanca como la nata, un laúd… El laúd: rey de las orquestas orientales, el más noble y mítico de los instrumentos musicales, aquel mismo que elevaba a sus virtuosos a la altura de las divinidades y convertía en olimpos los tugurios más sospechosos. Conocía la historia rocambolesca de ese laúd, fabricado por el propio abuelo de Kadem, un músico fuera de serie que deleitó a los cairotas en los años cuarenta, antes de conquistar Beirut, Damasco, Ammán y de convertirse en una leyenda viva desde el Machrek hasta el Magreb. El abuelo de Kadem había tocado para príncipes y sultanes, rais y tiranos, había embrujado a mujeres y niños, a queridas y amantes. Se contaba que fue responsable de numerosos conflictos conyugales en el encopetado mundillo árabe. Por cierto, fue un capitán celoso quien le metió cinco balas en el cuerpo, en Alejandría, cuando actuaba bajo las luces tamizadas del Cleopatra, el club más de moda de la época, hacia finales de los años cincuenta…

Frente al laúd, como para dedicarse a un permanente tráfico de influencias, un marco esculpido coronaba la mesilla de noche, con una foto de Faten, la primera esposa de mi primo.

– Era guapa, ¿verdad? -dijo Kadem colgando su chaqueta de un clavo.

– Era muy guapa -reconocí.

– Ese marco nunca se ha movido de su sitio. Hasta mi segunda esposa lo dejó tal como lo encontró. Está claro que le molestaba, pero se mostró comprensiva. Una sola vez, a la semana de nuestra boda, alargó la mano para darle la vuelta. No se atrevía a desnudarse con esa inmensa mirada clavada en ella. Luego, poquito a poco, aprendió a convivir con ella… ¿Té o café?

– Té.

– Bajo a preparártelo.

Salió escalera abajo.

Me acerqué al marco. La joven desposada sonreía, con los ojos tan grandes como la fiesta que se celebraba detrás de ella. Su cara de felicidad resplandecía más que todos los farolillos a su alrededor. Recuerdo que, siendo adolescente, salía de compras con su madre, y nos apresurábamos a rodear las casas para verla pasar. Era sublime.

Kadem regresó con una bandeja. Dejó la tetera sobre la cómoda y se puso a servir dos vasos de té humeante.

– La amé desde que la vi -me sorprendió (en Kafr Karam nunca se hablaba de esas cosas)-. Aún no tenía siete años. Y a esa edad, en que carecemos de capacidad de anticipación, ya sabía que estábamos hechos el uno para el otro.

Empujó un vaso hacia mí, vertiendo por los ojos espléndidas evocaciones. Estaba como en una nube, con la sonrisa ancha y las cejas relajadas.

– Cada vez que oía tocar el laúd, pensaba en ella. Estoy convencido de que quise convertirme en músico sólo para cantarla. Era una chica encantadora, generosa y tan humilde… Sólo necesitaba tenerla a mi lado. Ella era mucho más de lo que podía esperar.

Una lágrima amenazó con rodar sobre sus pestañas; se dio la vuelta de inmediato y fingió ajustar la tapa de la tetera.

– Bueno, ¿y si escucháramos un poco de música?

– Excelente idea -aprobé, aliviado.

Rebuscó en un cajón y sacó una cinta de casete que metió en el aparato estereofónico.

– Escucha esto…

Seguía siendo Fairuz, la diva del mundo árabe, interpretando su imperecedera Pásame la flauta.

Kadem se tumbó sobre su cama, cruzó los pies y, con el vaso de té en la mano, exclamó:

– ¡Santo cielo!… No hay ángel que le llegue al tobillo. No es una sirena la que canta, es el aliento cósmico deleitándose en su eternidad…

Se alzó sobre un codo para mirarme. Sus ojos me atravesaban de parte a parte, como si fuera transparente.

Escuchó una vez y otra, extasiado:

– ¡Te das cuenta!… Si tuviera que poner una voz a la Redención, sería la de Fairuz… Y oírla como la oigo en este preciso momento, saborear su voz hasta en sus menores estremecimientos, es querer, a la vez, vivir mil años y morir de inmediato…

Escuchamos la cinta hasta el final, cada cual en su pequeño universo, como si fuéramos un par de mocosos perdidos en sus sueños. Los ruidos de la calle y el griterío de la chiquillería no nos afectaban. Revoloteábamos entre las volutas de los violines, lejos, muy lejos de Kafr Karam, de Yacín y de sus excesos. El sol nos colmaba con sus favores, nos cubría de oro. La difunta nos sonreía dentro de su marco. Por un momento creí sentirla moviéndose en su ataúd.

Kadem se lió un porro y aspiró con delectación. Reía en silencio, a veces marcando con un gesto lánguido de la mano el inalterable aliento de la cantante. Tras un estribillo, se puso también a cantar, con el pecho palpitante; tenía una voz espléndida.

– ¿Cuándo me dejarás escuchar Las sirenas de Bagdad?

Arqueó una ceja y me apuntó con el dedo:

– Tú nunca sueltas prenda.

– Me lo prometiste.

Se apoyó en un codo y me dijo:

– Dejaré que la escuches en su momento.

Una vez acabada la casete, empezó a encadenar una tras otra antiguas canciones, desde las de Abdel-halim Hafez hasta las de Abdelwaheb, pasando por Ayam Yunes, Najat y otras glorias eternas del tarab el arabi.

La noche nos sorprendió completamente ebrios de porros y de cantos.


La tele que Sayed había ofrecido a los desocupados de Kafr Karam resultó ser un regalo envenenado. Sólo trajo alboroto y discordia al pueblo. Muchas familias disponían de una tele. Pero en casa, con el padre en su trono y el primogénito a su diestra, cada cual se guardaba para sí sus comentarios. En el café, las cosas eran distintas. Se podía abuchear, debatir sin orden ni concierto y cambiar de opinión en función de los vaivenes del humor. Sayed había dado en el blanco. Como el odio es tan contagioso como la risa, los debates patinaban, cavando un foso entre quienes acudían al Safir para divertirse y quienes lo hacían para «instruirse», y fueron estos últimos quienes impusieron su criterio. Todos se dedicaron a seguir, juntos y paso a paso, la desgracia nacional. Los asedios de Faluya y de Basora y los sangrientos ataques a las demás ciudades del país daban para mucho. Los atentados horrorizaban durante un rato, entusiasmaban las más de las veces. Ovacionaban las emboscadas que tenían éxito, deploraban las escaramuzas fallidas. En un principio, la captura de Sadam alentó a la concurrencia antes de frustrarla: el rais acorralado como una rata, irreconocible con su barba de vagabundo y su mirada alelada, expuesto triunfal y desvergonzadamente ante las cámaras de todo el planeta, representaba, para Yacín, la más grave afrenta hecha a los iraquíes. Los demás le recordaban que era un monstruo. Sí, pero un monstruo nuestro, replicaba Yacín; al humillarlo de esa manera, se cubría de oprobio a los árabes del mundo entero.

Ya no se sabía cómo interpretar los acontecimientos, qué atentado era una proeza y cuál una muestra de cobardía. Cuanto había sido vilipendiado la víspera era incensado al día siguiente. Las opiniones chocaban entre sí en una inverosímil escalada de violencia, y la gente llegaba cada vez más a menudo a las manos.

La situación iba degenerando, y los Ancianos se negaban a intervenir públicamente, prefiriendo cada cual sermonear a su chaval en casa. Kafr Karam estaba padeciendo los más graves malentendidos de su historia. Los silencios y sumisiones acumulados a lo largo del tiempo y de los regímenes despóticos emergían, como cadáveres ocultos en el fango del río que, cansados de pudrirse en el fondo de las aguas turbias, regresaban a la superficie para mortificar a los vivos…

Yacín y su pandilla -los gemelos Hasán y Hossein, Salah, el yerno del ferretero, Adel y Bilal, el hijo del barbero- desaparecieron y el pueblo recuperó una relativa quietud.

Tres semanas después, la gasolinera fuera de servicio, que se iba viniendo abajo a unos veinte kilómetros de Kafr Karam, fue incendiada por unos desconocidos. Contaron que una patrulla de la policía iraquí había sido atacada, que hubo muertos entre las fuerzas del orden, así como dos vehículos destruidos, y que los agresores se habían llevado unos fusiles. Los rumores se encargaron de convertir la emboscada en hazaña bélica y, por las calles, se empezó a hablar de grupos furtivos entrevistos aquí y allá al amparo de la noche, pero nunca lo suficientemente cerca como para ser identificados o capturados. Un clima de tensión mantuvo a todos en alerta. A diario se esperaban noticias del «frente» que acababa, se suponía, de instalarse en la zona.

Una noche, por vez primera desde la ocupación del país por las tropas norteamericanas y sus aliados, un helicóptero militar sobrevoló varias veces el sector. Ya no había la menor duda; algo se estaba cociendo en la región.

En el pueblo la gente se preparaba para lo peor.

Diez, veinte días… Un mes… Nada en el horizonte, ni convoy ni movimientos sospechosos.

Como el pueblo no había sido objeto de ninguna irrupción armada, la gente empezó a relajarse; los Ancianos volvieron a sus cantinelas en la barbería, los jóvenes a su alboroto en el Safir, y el desierto recobró su aburrida desnudez y su infinita banalidad.

Todo pareció volver a la normalidad.


6

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Jalid Taxi iba vestido de punta en blanco. Con sus gafas de sol baratas, el pelo engominado y echado hacia atrás, se pavoneaba por la calle a la vez que miraba con impaciencia su reloj. A pesar de la canícula, estaba envarado en un traje con chaleco que sin duda tuvo su época de gloria en una vida anterior. Una ridícula corbata de color amarillo chillón con vetas pardas se le desparramaba sobre la tripa. De vez en cuando, extraía un minúsculo peine del bolsillo interior de su chaqueta y se lo pasaba por el bigote.

– ¿Van llegando? -gritaba en dirección de la terraza donde su hijo de catorce años hacía guardia.

– Todavía no -le contestaba el chico con la mano a modo de visera a pesar de tener el sol a su espalda.

– ¿Qué puñetas hacen? Espero que no hayan cambiado de opinión.

El chaval se ponía de puntillas y seguía oteando el horizonte para demostrar a su padre que permanecía atento.

Los Haitem se hacían esperar. Llevaban una hora de retraso y no se atisbaba el menor rastro de polvo procedente de sus huertas. El cortejo estaba listo para salir de Kafr Karam. Cinco coches lustrosos y adornados con cintas esperaban frente al patio de la novia, con las puertas abiertas por el enorme calor. Un hombre los vigilaba, espantando con exasperación a los mocosos que gravitaban a su alrededor.

Jalid Taxi consultó por enésima vez su reloj. Al final, subió a la terraza junto a su hijo.

Los Haitem no habían invitado a mucha gente de Kafr Karam. Habían elaborado una lista bastante restringida de gente elegida con esmero en la que figuraban el decano y sus mujeres, Doc Jabir y su familia, Bashir el Halcón y sus hijas y otros cinco o seis notables. A mi padre no le hicieron ese honor. A pesar de haber sido pocero habitual de los Haitem durante treinta años -había cavado el conjunto de los pozos de las huertas, instalado las bombas de motor y los aspersores rotativos y trazado una buena cantidad de acequias-, para sus antiguos patronos no había pasado de ser un simple extranjero. Mi madre no aceptó bien esa muestra de ingratitud, pero al viejo, que seguía sentado al pie de su árbol, le traía sin cuidado. De todos modos, no tenía gran cosa que ponerse para ir a la fiesta.

La noche reptaba por el pueblo. El cielo estaba engastado con miles de estrellas. El calor prometía mantener su asedio hasta bien avanzada la noche. Kadem y yo nos encontrábamos en la terraza de mi casa, sentados sobre dos sillas quejumbrosas en torno a una tetera. Mirábamos en la misma dirección que los vecinos: hacia las huertas de los Haitem.

Ningún vehículo se decidía a adentrarse en la pista blancuzca surcada intermitentemente por trombas de polvo levantadas por el viento.

Bahia acudía con regularidad para comprobar si necesitábamos sus servicios. La notaba un tanto febril, y observé que subía cada vez más a vernos, para traernos galletas o bien llenarnos los vasos. Su maniobra acabó intrigándome y no tardé en seguir la dirección de su mirada; mi hermana gemela le había echado el ojo al primo. Se sonrojó violentamente cuando la sorprendí, a través del cristal, sonriéndole.

Por fin se presentó el cortejo, y el pueblo entró en trance en medio de un alboroto de bocinas y de yuyús. La calle estaba atestada de mocosos turbulentos; hubo que suplicar a unos y otros para que el florido Mercedes consiguiese abrirse paso en medio del barullo. Los Haitem no habían reparado en gastos; los diez cochazos que habían enviado estaban excesivamente decorados; parecían árboles de Navidad, con sus laminillas multicolores, sus globos y sus cintas tentaculares. Los conductores llevaban el mismo traje negro y la misma camisa blanca rematada con una pajarita. Un cámara traído de la ciudad inmortalizaba el acontecimiento, su aparato al hombro y rodeado de un enjambre de chiquillos; los flashes destellaban por todas partes.

Una carabina saludó con disparos la salida de la novia, preciosa con su vestido blanco. Se formó un tremendo alboroto en la plaza cuando el cortejo dio una vuelta por la mezquita antes de llegar a la pista transitable. Los chavales corrían detrás de los coches chillando a grito pelado, y todo ese gentío acompañó a su virgen hasta la salida de la aldea, liándose de paso a patadas con los perros vagabundos.

Kadem y yo permanecíamos de pie apoyados en la balaustrada de la terraza. Veíamos cómo el cortejo se alejaba, él preso de sus recuerdos, yo divertido y asombrado a partes iguales. A lo lejos, en la naciente oscuridad, se podía entrever, entre la masa negra de las huertas, las luces de la fiesta.

– ¿Conoces al novio? -pregunté a mi primo.

– Realmente no. Me lo crucé, hace cinco o seis años, en casa de un amigo músico. No nos presentaron, pero me pareció sencillo. Nada que ver con su padre. Creo que es un buen partido.

– Eso espero. Jalid Taxi es buena gente, y su hija exquisita. ¿Sabías que le tenía echado el ojo encima?

– No me apetece saberlo. Ya pertenece a otro, y debes borrar esas cosas de tu cabeza.

– Lo he dicho sin darle importancia.

– No hay que decirlo. Pensar en ello ya es pecado.

Bahia se volvió a acercar, con ojos de pasión.

– ¿Te quedas a cenar con nosotros, Kadem? -pió con un ligero temblor en la garganta.

– No, gracias. Mis viejos no se encuentran muy bien.

– Que sí, te quedarás a cenar -le dije perentoriamente-. Son casi las nueve, y sería muy descortés despedirte de nosotros justo antes de la cena.

Kadem apretó los labios, dubitativo.

Bahia acechaba su respuesta martirizándose las manos.

– De acuerdo -cedió-. Hace tiempo que no pruebo la cocina de mi tía.

– Yo he preparado la cena -le señaló Bahia con el rostro escarlata.

Salió disparada escaleras abajo, feliz como una cría en día de Aíd.


No habíamos acabado de cenar cuando se oyó a lo lejos una deflagración. Kadem y yo nos levantamos para ir a ver. Algunos vecinos se asomaron a sus terrazas, seguidos poco después por el resto de sus familiares. En la calle, uno preguntaba qué ocurría. Aparte de las minúsculas luces más allá de las huertas, la meseta parecía tranquila.

– Es un avión -gritó alguien en la noche-. Lo he visto caer.

Se oyó el ruido de unos pasos a la carrera que subían por la calle y se iban alejando hacia la plaza. Los vecinos empezaron a evacuar la terraza para correr a informarse. La gente salía de su casa y se iba reuniendo en corros. En la oscuridad, las siluetas formaban un batiburrillo preocupante. Es un avión que se ha estrellado, se decían unos a otros. Ibrahim ha visto un avión caer en llamas. La plaza del pueblo pululaba de curiosos. Las mujeres permanecían delante de la puerta de sus patios, intentando sonsacar fragmentos de información a los transeúntes. Un avión se ha estrellado, pero muy lejos de aquí, las tranquilizaban…

Dos faros de automóvil surgieron de repente de las huertas y se lanzaron sobre la pista. Se aproximaba a nosotros a toda velocidad.

– Esto me huele mal -me dijo Kadem mirando el vehículo loco dar tumbos sobre la pista-. Me huele francamente mal.

Se precipitó escaleras abajo.

El coche estuvo a punto de derrapar al entrar rugiendo en la curva que desembocaba en Kafr Karam. Sus bocinazos nos llegaban por fragmentos, aunque resultaban preocupantes. Ahora los faros alumbraban las primeras casas del pueblo y los bocinazos echaban a la gente contra las paredes. El vehículo cruzó el campo de fútbol, frenó en seco delante de la mezquita y patinó varios metros antes de detenerse envuelto en una nube de polvo. El conductor salió precipitadamente mientras la gente acudía hacia él. Tenía la cara descompuesta y la mirada despavorida. Señalaba las huertas con el dedo y balbuceaba sonidos ininteligibles.

Otro coche apareció detrás; su conductor nos gritó, sin molestarse en bajar:

– Suban corriendo. Necesitamos ayuda en casa de los Haitem. Ha caído un misil en medio de la fiesta.

Al darse cuenta de la gravedad de la situación, la gente echó a correr en todas direcciones. Kadem me empujó dentro del segundo coche y saltó a mi lado en el asiento trasero. Tres jóvenes se apiñaron a nuestro alrededor mientras otros dos se instalaban delante.

– Hay que darse prisa -gritó el chófer a la muchedumbre-. Si no encontráis coches, id andando. Hay mucha gente bajo los escombros. Pillad lo que podáis, palas, mantas, sábanas, botiquines, y no tardéis. Os lo suplico, daos prisa…

Maniobró allí mismo y salió disparado hacia las huertas.

– ¿Estás seguro de que se trata de un misil? -le preguntó un pasajero.

– No lo sé -contestó el chófer, aún impresionado-. No tengo ni puñetera idea. Los invitados se estaban divirtiendo, y una borrasca se llevó de repente las sillas y las mesas. Una locura, un absurdo; no encuentro palabras. Cuerpos y gritos; gritos y cuerpos. Si no es un misil, debe de tratarse de una fulminación del cielo…

Sentí un profundo malestar. No entendía lo que estaba haciendo en aquel coche que corría a tumba abierta en medio de la noche, no entendía por qué había aceptado ir a ver el horror de cerca, yo que apenas empezaba a recuperarme de una espantosa metedura de pata militar. El sudor me chorreaba por la espalda, fluía por mi frente. Miraba al conductor, a los hombres sentados delante, a los que tenía a mi lado, a Kadem mordisqueándose los labios, y no conseguía creer que hubiese aceptado seguirlos. ¿Adónde vas, pobre diablo?, me gritaba una voz interior. No sabía si mi cuerpo se sublevaba o si los baches lo bamboleaban. Me maldecía a mí mismo, apretando las mandíbulas, agarrando con los puños mi miedo, que fermentaba como la masa en mi vientre. ¿Adónde corres así, estúpido? A medida que nos acercábamos a las huertas, el miedo crecía, crecía a la vez que una especie de embotamiento agarrotaba mis miembros y mi mente.

Una oscuridad insana cubría las huertas. Las cruzamos como un territorio maldito. La casa de los Haitem estaba intacta. Había sombras en la escalinata, algunas derrumbadas sobre los escalones, con la cabeza entre las manos, las demás apoyadas contra la pared. El escenario del drama se encontraba un poco más lejos, en un jardín donde un caserón, probablemente la sala de fiestas, ardía en medio de un amasijo de escombros humeantes. La onda expansiva de la explosión había proyectado los asientos y los cuerpos a unos treinta metros a la redonda. Los supervivientes andaban errantes, con la ropa hecha jirones y las manos tendidas hacia delante como si fueran ciegos. Algunos cuerpos estaban alineados en el borde de una alameda, mutilados, carbonizados. Unos coches alumbraban la carnicería con sus faros mientras unos espectros se agitaban entre los escombros. Luego aullidos, interminables aullidos, llamadas y gritos como para ensordecer el planeta. Mujeres buscando a sus hijos en medio de la confusión; cuantas menos respuestas obtenían, más se desgañitaban. Un hombre ensangrentado lloraba ante el cuerpo de un familiar.

La náusea me partió en dos justo cuando puse un pie fuera del coche; caí a gatas y vomité hasta vaciarme las tripas. Kadem intentó levantarme; no tardó en abandonarme y se precipitó hacia un grupo de hombres que estaba auxiliando a unos heridos. Me encogí al pie de un árbol y, con los brazos agarrados a las rodillas, contemplé el delirio. Más coches venían de Kafr Karam, repletos de voluntarios, de palas y de fardos. La anarquía añadía a la operación de rescate una agitación demencial. Algunos levantaban con las manos vigas llameantes, lienzos de paredes hundidos en busca de alguna señal de vida. Alguien arrastró a un moribundo hasta mí. Sobre todo no te duermas, le suplicaba. Como el herido se sumía suavemente en el sueño, el otro le propinaba bofetadas para impedir que se desmayara. Un hombre se acercó, se inclinó sobre el cuerpo. Ven, ya no puedes hacer nada por él. El otro seguía abofeteando al herido, cada vez más fuerte… Aguanta. Te digo que aguantes… ¿Que aguante qué?, le preguntó el hombre. Ya ves que está muerto.

Me levanté como un sonámbulo y corrí hacia la hoguera.

Ignoro cuánto tiempo estuve allí, volcando y revolviéndolo todo a mi alrededor. Cuando volví a mi ser, tenía las manos ensangrentadas, llenas de cardenales, y los nudillos despellejados; me dolían tanto que caí de bruces, con el pecho ahumado y oliendo a cremación.


Amanecía sobre el siniestro.

De la sala devastada subían hacia el cielo, como oraciones consumadas, retazos de humo. El aire estaba cargado de horribles exhalaciones. Los muertos -diecisiete, en su mayoría mujeres y niños- estaban alineados en un ala del jardín, cubiertos con sábanas. Los heridos gemían por doquier, rodeados de enfermeros y de familiares. Las ambulancias habían llegado hacía poco, y los camilleros no sabían por dónde empezar. La confusión había disminuido, pero la febrilidad se acentuaba a medida que se evidenciaba la magnitud de la tragedia. De cuando en cuando, una mujer daba un alarido y se reanudaban los gritos y berridos. Los hombres daban vueltas, alelados, perdidos. Llegaron los primeros vehículos de la policía. Eran iraquíes. Los supervivientes la tomaron de inmediato con su jefe. La situación se agravó, y una lluvia de piedras empezó a lapidar a los polis, que se volvieron a meter en sus coches y se largaron. Regresaron una hora después acompañados por dos camiones de soldados. Un oficial muy corpulento pidió hablar con un representante de la familia Haitem. Alguien le lanzó una piedra. Los soldados dispararon al aire para calmar los ánimos. En ese instante, unos equipos de televisión extranjera desembarcaron en el lugar. Un padre enlutado les enseñó la carnicería gritando: «Mirad, no hay más que mujeres y niños. Celebrábamos una boda. ¿Dónde están los terroristas?». Agarró a un cámara por el brazo para enseñarle los cuerpos que yacían sobre el césped, y prosiguió: «Los terroristas son los cerdos que nos han lanzado el misil…».

Con las manos vendadas, la camisa desgarrada y el pantalón manchado de sangre, dejé las huertas y regresé caminando a mi casa como quien se adentra en la bruma…


7

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Yo me emocionaba pronto; el dolor ajeno me abrumaba. Me resultaba imposible asistir a una desgracia sin que me afectara. Ya de niño, lloraba a menudo en mi habitación, me encerraba con llave, por temor a que mi hermana gemela -una chica - me sorprendiese anegado en lágrimas. Decían que tenía más entereza que yo, que era menos lloricona. No se lo tenía en cuenta. Yo era así, y ya está. Un ser de porcelana. Mi madre me reprendía: «Tienes que endurecerte. Debes aprender a renunciar al dolor ajeno; no es bueno ni para ti ni para ellos. No estás sobrado de nada como para dolerte por la suerte ajena…». En vano. No se nace bruto, uno se convierte en bruto; no se nace sabio, se aprende a serlo. Yo nací en la miseria y la miseria me educó en la idea de que todo se comparte. Cualquier sufrimiento se adhería al mío, se hacía mío. Por lo demás, había un árbitro en el cielo; a él le correspondía dar al mundo los retoques que estimara necesarios, del mismo modo que era libre de no mover ni un dedo.

En el colegio, mis compañeros me tomaban por un blandengue. Por mucho que me provocaran, jamás devolvía los golpes. Aunque me negara a poner la otra mejilla, tampoco sacaba los puños de los bolsillos. A la larga, los pilluelos me dejaban en paz, desanimados por mi estoicismo. En realidad, no era un blandengue; me horrorizaba la violencia. Cuando asistía a una refriega, en el patio de recreo, metía el cuello entre los hombros y me disponía a esperar que se me cayera el cielo encima… Quizá fuera eso lo que me había ocurrido en casa de los Haitem: se me había venido el cielo encima. Pensaba que el sortilegio que acababa de torpedear la fiesta, de hacer que los yuyús se convirtieran en gritos aterradores de agonía, jamás me iba a abandonar. Que nuestros destinos estaban sellados, unidos por el dolor hasta que algo peor los separara. Una voz me repetía, golpeándome las sienes, que la muerte que infestaba las huertas viciaba a la vez mi alma, que yo también había muerto…

Si el azar había decidido que fuese a la huerta de los Haitem -esto es, a la tierra de los afortunados, a la propiedad de los ricachones que no reparaban en nosotros- para ver con mis propios ojos la total incongruencia de la existencia, para medir al milímetro la inconsistencia de nuestras certidumbres, para abdicar en cuerpo y alma ante la precariedad de las conquistas, era porque, de algún modo, ya iba siendo hora de que despertase.

No puede uno alimentar su barbacoa sobre una tierra quemada sin achicharrarse los dedos o los pies.

Yo, que no recordaba haberle deseado ningún daño a nadie, me sentía de repente dispuesto a morder incluso la mano que hubiese intentado consolarme… Pero me contenía. Estaba indignado, enfermo, cubierto de espinas de pies a cabeza. Era una acacia errando por el limbo, Cristo en el paroxismo de su martirio, y mi vía crucis no tenía fin porque no era capaz de entender. Lo que había ocurrido en casa de los Haitem no tenía sentido. No se pasa del alborozo al duelo chasqueando sin más los dedos. La vida no es un juego de manos, aunque a menudo penda de un hilo. La gente no muere a granel entre baile y baile; no, lo que había ocurrido en casa de los Haitem era inaudito…

El parte informativo de la noche mencionó un avión no tripulado norteamericano que, al parecer, detectó señales sospechosas en torno a la sala de fiestas. No precisaron cuáles. Se limitó a mencionar que unos movimientos terroristas habían sido detectados anteriormente en el sector, una tesis que los autóctonos rechazaron de plano. No obstante, la jerarquía norteamericana intentó justificarse esgrimiendo otros argumentos relativos a la seguridad hasta que, ya cansada de hacer el ridículo, acabó deplorando el error y presentando sus excusas a las familias de las víctimas.

Ahí quedó todo…

Otro suceso que iba a dar la vuelta al mundo antes de caer en el olvido, sustituido por otras barbaridades.

Pero en Kafr Karam la ira acababa de desenterrar el hacha de guerra: seis jóvenes pidieron a los creyentes que rezaran por ellos. Prometieron vengar a sus muertos y no regresar al hogar hasta que el último boy fuese enviado de vuelta a su casa en un saco de lona… Tras los abrazos de rigor, los guerreros se fueron hasta perderse en la noche.

Algunas semanas después, el comisario de la circunscripción fue asesinado dentro de su coche oficial. El mismo día, un vehículo militar saltó sobre una mina artesanal.

Kafr Karam lloró a sus primeros chahid – seis de un golpe, sorprendidos por una patrulla cuando se disponían a atacar un puesto de control.

En el pueblo, la tensión alcanzaba proporciones demenciales. Todos los días se volatilizaban jóvenes. Dejé de salir a la calle. No soportaba la mirada de los Ancianos, sorprendidos de verme todavía por allí cuando los valientes de mi edad se habían unido a la resistencia, ni la sonrisa sardónica de los adolescentes que me recordaba la de mis compañeros de clase cuando me trataban de blandengue. Me encerraba en mi casa y me refugiaba en los libros o en las casetes que Kadem me mandaba. Sin duda, estaba muy enfadado, sentía inquina hacia la coalición, pero no me imaginaba tiroteando sin ton ni son a los transeúntes. La guerra no era lo mío. No estaba hecho para ejercer la violencia; iba más conmigo padecerla todo un año que practicarla un solo un día.

Y una noche, de repente, el cielo volvió a caerme encima. Primero pensé en un misil cuando la puerta de mi habitación saltó tronando. Me alcanzó una andanada de invectivas y de focos deslumbrantes. No me dio tiempo a tender la mano hacia el interruptor. Una cuadrilla de soldados norteamericanos acababa de desflorar mi integridad. ¡Sigue tumbado! No te muevas o te reviento… ¡De pie!… ¡Sigue tumbado! ¡De pie! ¡Las manos sobre la cabeza! ¡Ni te muevas! Unas antorchas me tenían clavado a la cama mientras me apuntaban unos cañones. ¡Ni te muevas o te salto la tapa de los sesos!… ¡Esos gritos! Atroces, demenciales. Devastadores. Como si le astillaran a uno las fibras, como para enajenar a cualquiera… Unos brazos me arrancaron de la cama y me catapultaron por la habitación; otros me interceptaron, me aplastaron contra la pared. ¡Las manos detrás de la espalda!… ¿Qué he hecho? ¿Qué pasa? Los soldados desmantelaron mi armario, volcaron mis cajones, dispersaron mis cosas a patadas. Mi vieja radio se hizo añicos bajo una bota. ¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde has metido las armas, escoria? No tengo armas. Aquí no hay armas. Eso lo veremos, canalla. Llevaos a este cabrón con los demás. Un soldado me agarró por la nuca, otro me hundió su rodilla en el bajo vientre. Un ciclón me agarró bruscamente, bamboleándome de un tumulto a otro; estaba viviendo una pesadilla, como un sonámbulo atacado por una jauría de duendes. Tenía la vaga sensación de que me llevaban a rastras por la terraza, de que me hacían bajar a empellones la escalera; ni siquiera sabía si caía rodando o estaba planeando… El alboroto no era menor en el primer piso. Los llantos de mis sobrinos traspasaban el escándalo reinante. Oí a mi gemela Bahia protestar antes de callarse repentinamente, probablemente fulminada por un culatazo o por un ranger… Mis hermanas estaban aparcadas en el fondo del vestíbulo, con la chiquillería, medio desnudas, pálidas. La mayor, Aícha, apretujaba a sus críos contra su falda. Temblaba como una hoja, y no se daba cuenta de que sus pechos desnudos se habían salido de su escote. A su derecha, la segunda, Afaf la costurera, se tambaleaba con los dedos agarrados a su camisa. Como la habían despertado brutalmente, se había dejado la peluca sobre la mesilla de noche; su calva relucía en la oscuridad, lastimosa como un muñón; se sentía tan avergonzada que, por su manera de hundir el cuello entre los hombros, parecía querer refugiarse dentro de su propio cuerpo. Bahia aguantaba, con un sobrino en los brazos. Desmelenada y con el rostro exangüe, afrontaba en silencio el fusil que la estaba apuntando; un hilillo de sangre corría por su nuca…

Me sentí desfallecer. Mi mano buscó en vano un apoyo.

En el fondo del pasillo restallaban unos insultos que dejaban corto al mismísimo diablo. Mi madre salió despedida de su habitación; se levantó y fue de inmediato a socorrer a su inválido esposo. Dejadlo tranquilo. Está enfermo. Los militares norteamericanos sacaron al viejo. Jamás lo había visto en peor estado. Con su calzoncillo ajado cayéndole por las rodillas y su camiseta desgastada hasta la trama, su desamparo era infinito. Era la miseria andante, la ofensa en su más grosera expresión. Dejad que me vista, gemía. Están mis hijos. Esto que hacen no está bien. Su voz temblorosa resonaba por el pasillo con una pena inconcebible. Mi madre intentaba caminar delante de él, ocultarnos su desnudez. Su mirada enloquecida nos suplicaba que mirásemos hacia otra parte. Yo no podía darme la vuelta. Yo estaba hipnotizado por el espectáculo que ambos me ofrecían. Ni siquiera veía a los brutos que los rodeaban. Sólo veía a aquella madre enloquecida, a ese padre enflaquecido con su calzoncillo ajado, con los brazos abatidos, la mirada desamparada, que se tambaleaba ante las embestidas. En un último arranque de energía, se dio la vuelta e intentó regresar a su habitación para vestirse. Y el golpe no se hizo esperar… ¿Culatazo o puñetazo? Qué más da. Con ese golpe, la suerte estaba echada. Mi padre cayó hacia atrás, con su miserable camiseta sobre la cara, el vientre descarnado, arrugado, grisáceo como el de un pez muerto… Y vi, mientras el honor de la familia se desparramaba por el suelo, vi lo que de ningún modo debía ver, lo que un hijo digno, respetable, lo que un auténtico beduino nunca debe ver; esa cosa reblandecida, asquerosa, envilecedora; ese coto vedado, callado, sacrílego: el pene de mi padre cayendo de lado, los testículos por encima del culo… ¡El no va más! Después de eso no queda nada, un vacío infinito, una caída interminable, la nada… Todas las mitologías tribales, todas las leyendas del mundo, todas las estrellas del cielo acababan de perder su brillo. Ya podía seguir levantándose el sol, que yo nunca más podría distinguir el día de la noche… Un occidental no puede comprender, no puede ni imaginar la magnitud del desastre. Para mí, ver el sexo de mi progenitor era como reducir toda mi existencia, mis valores y mis escrúpulos, mi orgullo y mi singularidad a un grosero destello pornográfico. ¡Las puertas del infierno me resultaban más clementes!… Yo estaba acabado. Todo había acabado. Irrecuperable. Irreversible. Acababa de estrenar el yugo de la infamia, de caer en un universo paralelo de donde nunca volvería a salir. Y me sorprendí odiando aquel brazo impotente que no sabía ni devolver los golpes ni ajustarse un vulgar calzoncillo, aquel grotesco brazo, translúcido y feo que simbolizaba mi propia impotencia; odiando mis ojos, que se negaban a desviarse, que reclamaban la ceguera; odiando los aullidos de mi madre, que me descalificaban. Miraba a mi padre, y mi padre me miraba. Debía de estar leyendo en mis ojos el desprecio que sentía por todo lo que había sido importante para nosotros, la lástima que de repente me producía el ser al que, a pesar de los pesares, veneraba por encima de todo. Yo lo miraba como desde lo alto de un acantilado maldito una noche de tormenta y él me miraba desde el fondo del oprobio; ya sabíamos, en aquel preciso instante, que nos estábamos mirando por última vez… Y, en aquel preciso instante, cuando no me atrevía a inmutarme, supe que ya nada volvería a ser como antes, que no volvería a considerar las cosas de la misma manera, que la bestia inmunda acababa de rugir en el fondo de mis entrañas; que, tarde o temprano, ya podía ocurrir lo que fuera, estaba condenado a lavar la afrenta con sangre hasta que los ríos y los océanos se volviesen tan rojos como la rozadura en la nuca de Bahia, como los ojos de mi madre, como el rostro de mi padre, como la brasa que me estaba consumiendo las tripas, iniciándome ya en el infierno que me esperaba…


No recuerdo lo que ocurrió después. Me daba igual. Las olas me llevaban a la deriva como el resto de un naufragio. Ya no quedaba nada que salvar. Los berridos de los soldados habían dejado de afectarme. Sus fusiles, su celo apenas me impresionaban. Ya podían poner patas arriba el mundo, meter fuego a todos los volcanes, tronar como una tormenta; nada me afectaba. Los veía agitarse tras una cristalera, en un microcosmos de sombras y de silencio.

Registraron la casa de arriba abajo. Ningún arma; ni la más pequeña navaja…

Unos brazos me propulsaron hacia la calle, donde había unos muchachos acuclillados con las manos sobre la cabeza.

Kadem también estaba allí. Le sangraba el brazo.

Los gritos de intimidación provocaban el delirio en las casas de los alrededores.

Unos soldados iraquíes nos inspeccionaban, listas en mano con fotos impresas en las hojas. Alguien me levantó la barbilla, paseó su antorcha por mi cara, comprobó sus fichas y se fue para mi vecino. Apartados, entre militares sobreexcitados, unos sospechosos esperaban que se los llevaran; estaban tumbados boca abajo sobre el polvo, con los puños atados y la cabeza dentro de un saco.

Dos helicópteros sobrevolaron el pueblo, barriéndonos con sus proyectores. El fragor de sus hélices tenía algo de apocalíptico.

Amanecía. Los soldados nos condujeron detrás de la mezquita, donde acababan de montar una tienda de campaña. Nos interrogaron por separado, uno tras otro. Unos oficiales iraquíes me enseñaron fotos; en algunas, rostros de cadáveres tomadas en depósitos o en el lugar de las matanzas. Reconocí a Malik, el «blasfemo» de aquel día en el Safir; tenía los ojos desorbitados y la boca completamente abierta, y de la nariz le fluía un chorro de sangre que se ramificaba por la barbilla. Luego reconocí a un primo lejano, encogido al pie de una farola, con la mandíbula desencajada.

El oficial me pidió que diera mi filiación completa; su secretario registró mis declaraciones, y luego me soltaron.

Kadem me esperaba en la esquina de la calle. Tenía en el brazo un corte bastante feo que se extendía de la punta del hombro a la muñeca. Tenía la camiseta empapada de sudor y de sangre. Me contó que los soldados norteamericanos habían destrozado el laúd de su abuelo de una patada -un laúd fabuloso de inestimable valor; un patrimonio tribal, por no decir nacional-. Lo escuchaba a medias. Kadem estaba abatido. Las lágrimas le velaban la mirada. El tono de su voz me asqueaba.

Permanecimos durante varios minutos al pie de una tapia, exhaustos, jadeantes, con la cabeza entre las manos. El cielo se iba aclarando lentamente mientras en el horizonte, como si surgiera de una fractura abierta, el sol se disponía a inmolarse en sus propias llamas. Los primeros pilluelos empezaron a corretear tras las vallas; pronto tomarían por asalto la plaza y los descampados. El rugido de los camiones anunciaba la retirada de las tropas. Algunos ancianos salían de sus patios y se dirigían apresuradamente a la mezquita. Iban a informarse: ¿a quién han detenido y quién se ha librado? Unas mujeres mugían ante las puertas cocheras, llamaban a sus retoños o a sus esposos, a los que los soldados se habían llevado. Poco a poco, al tiempo que la desesperanza corría de casa en casa y los lamentos se desflecaban por los tejados, Kafr Karam me produjo hiel suficiente como para arrastrarla como si fuera una crecida.

– Tengo que irme de aquí -dije.

Kadem me miró, pasmado.

– ¿Dónde quieres ir?

– A Bagdad.

– ¿Para hacer qué?

– En la vida hay algo más que la música.

Ladeó la cabeza y meditó mis palabras.

No llevaba nada puesto, aparte de una camiseta desgastada y un viejo pantalón de pijama. También iba descalzo.

– ¿Me puedes hacer un favor, Kadem?

– Depende…

– Necesito recuperar algunas cosas de mi casa.

– ¿Y dónde está el problema?

– El problema está en que no puedo regresar a mi casa.

Frunció el ceño.

– ¿Por qué?

– Es así, y ya está. ¿Quieres ir a buscar mis cosas? Bahia sabrá qué meter en mi bolsa. Dile que voy a Bagdad, a casa de nuestra hermana Farah.

– No entiendo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no quieres regresar a tu casa?

– Te lo ruego, Kadem. Limítate a hacer lo que te pido.

Kadem sospechaba que algo muy grave había ocurrido. Seguramente estaba pensando en una violación.

– ¿De verdad quieres saber lo que ha ocurrido, primo? -le grité-. ¿Quieres saberlo de verdad?

– Vale, me he enterado -refunfuñó.

– No te has enterado de nada. De nada en absoluto.

Sus pómulos se sobresaltaron cuando me apuntó con el dedo:

– Cuidado, soy mayor que tú. No te autorizo a hablarme en ese tono.

– Me temo que ya nadie en el mundo tendrá jamás autoridad sobre mí, primo.

Lo miré directamente a los ojos.

– Peor, me importa tres pepinos lo que me pueda ocurrir a partir de este minuto, de este segundo -añadí-. ¿Me vas a traer de una puta vez mis cosas o tendré que irme con lo puesto? Te juro que soy capaz de meterme en el primer autocar llevando sólo esta camiseta encima y este pantalón de pijama. Ya nada me importará, ni la ridiculez ni el perjurio…

– Serénate, hombre.

Kadem intentó agarrarme por las muñecas.

Lo rechacé.

– Escucha -me dijo respirando suavemente para conservar la calma-. Mira lo que vamos a hacer. Vamos a ir a mi casa…

– Quiero irme de aquí.

– Por favor. Escucha, escucha… Sé que estás completamente…

– ¿Completamente qué, Kadem? No tienes ni idea de ello. Es algo que no se puede imaginar.

– De acuerdo, pero vayamos primero a mi casa. Te lo pensarás con más calma, y si sigues estando seguro de querer irte, yo mismo te llevaré hasta la ciudad más cercana.

– Por favor, primo -le dije con voz átona-, ve a buscar mi petate y mi bastón de peregrino. Tengo que contarle un par de cosas a Dios.

Kadem comprendió que ya no estaba en condiciones de escuchar nada.

– Vale -me dijo-. Voy a buscar tus cosas.

– Te espero detrás del cementerio.

– ¿Por qué no aquí?

– Kadem, haces demasiadas preguntas, y me duele la cabeza.

Me pidió con ambas manos que me tranquilizara y se alejó sin darse la vuelta.


Cuando Kadem regresó, estaba acabando de lapidar un arbusto raquítico.

Tras haber vagado por el cementerio, me había sentado sobre un montículo y puesto a desenterrar las piedras de los alrededores para lanzarlas contra un haz de ramas cubierto de polvo y de bolsas de plástico.

Cada vez que mi brazo se distendía, un ¡ah! de rabia me raspaba la garganta. Era como si tumbara montañas, expulsara la nube de malos presagios que se aglutinaba en mi mente y hundiera la mano en el recuerdo de la víspera para arrancarle el corazón.

Allá donde aventuraba la mirada, me la interceptaba esa cosa abominable vislumbrada en el vestíbulo de mi casa.

En un par de ocasiones, una impetuosa resaca me dejó mareado, obligándome a agacharme para vomitar. Mi cuerpo, asaltado por unos espasmos fulgurantes, se tambaleaba sobre mis talones; abría la boca y no devolvía nada, salvo un estertor de fiera.

Los alrededores apestaban con el calor de la mañana. Probablemente era carroña pudriéndose. No me molestaba. No dejaba de exhumar piedras y de lanzarlas contra el arbusto; tenía los dedos heridos.

A mi espalda, el pueblo se levantaba con mal pie; la indignación iba saliendo de madre: un padre regañando a su hijo, un pequeño sublevándose contra su mayor. No me reconocía en esa cólera. Quería algo que fuera mayor que mi pena, más grande que mi vergüenza.

Kadem se coló entre las tumbas, que hinchaban como equimosis el cuadro de los desaparecidos. Me enseñó mi bolsa desde lejos. Bahia iba detrás de él, la cabeza envuelta en un fular de muselina. Llevaba el vestido negro de las despedidas.

– Creíamos que los soldados te habían llevado -me dijo con el semblante demudado.

Resultaba evidente que no había venido para disuadirme de que me fuera. No era su estilo. Comprendía mis motivos y, manifiestamente, los aprobaba en bloque, sin reserva y sin lamento. Bahia era hija de su tribu. Aunque en la tradición ancestral el honor era asunto de hombres, ella sabía reconocerlo y exigirlo.

Arranqué la bolsa de las manos de Kadem y rebusqué dentro. La brutalidad de mi gesto no escapó a mi hermana. No lo condenó:

– Te he metido dos camisetas, dos camisas, dos pantalones, calcetines, tu bolsa de aseo…

– ¿Mi dinero?

Sacó de su regazo un pequeño fajo cuidadosamente doblado y atado, lo tendió a Kadem, quien me lo entregó de inmediato.

– Sólo mi dinero -dije a mi hermana-. Ni un céntimo más.

– Aquí están sólo tus ahorros, te lo aseguro… También te he metido una gorra -añadió reprimiendo un sollozo-. Por el sol.

– Muy bien. Ahora daos la vuelta para que me cambie.

Me puse un pantalón de rayas finas, mi camisa de cuadros, los zapatos que me había regalado mi primo.

– Se te ha olvidado mi cinturón.

– Está en el bolsillo exterior de la bolsa -me dijo Bahia-. Con tu linterna.

– Muy bien.

Acabé de vestirme; luego, sin siquiera mirar a mi hermana y a mi primo, agarré el saco y bajé a la carrera un repecho hacia la pista transitable. No te des la vuelta, me conminaba una voz interior. Ya estás en otra parte. Aquí ya no queda nada tuyo. No te des la vuelta. Me di la vuelta… vi a mi hermana de pie sobre el montículo, fantasmal con su vestido retorcido por el viento, y a mi primo, con las manos sobre las caderas, la barbilla metida hacia dentro. Deshice el camino. Mi hermana vino a cobijarse en mi pecho. Sus lágrimas inundaron mis mejillas. Sentí cómo al abrazarla su cuerpo enclenque se estremecía.

– Te lo ruego -me dijo-, cuídate.

Kadem me abrió sus brazos. Nos estrechamos el uno contra el otro. Nuestro abrazo duró una eternidad.

– ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe hasta el próximo pueblo? -me preguntó con un nudo en la garganta.

– No merece la pena, primo. Conozco el camino.

Lo saludé con la mano y me apresuré a alcanzar la pista.

Sin darme la vuelta.


Bagdad

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<p>Bagdad</p>
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Caminé hasta el cruce de caminos que se hallaba a unos diez kilómetros del pueblo. De cuando en cuando me daba la vuelta con la esperanza de que apareciera un vehículo; no se veía una sola nube de polvo en la pista. Me encontraba solo, infinitesimal en medio del desierto. El sol se remangaba. El día iba a ser canicular.

Había una marquesina improvisada en el cruce. Antes, el autocar que comunicaba Kafr Karam se detenía allí. Ahora, del lugar parecían haber desertado tanto hombres como animales. La techumbre de chapa ondulada se había roto y de ella colgaban unas placas de metal, por encima de la banqueta. Me senté a la sombra y esperé dos horas sin que un solo movimiento alterara la línea del horizonte.

Proseguí mi camino hasta una carretera de enlace que solían tomar los camiones frigoríficos que abastecían de fruta y legumbres las localidades de la región. Desde el embargo, se desplazaban mucho menos, pero de vez en cuando algún comerciante ambulante pasaba por allí. Suponía una tremenda caminata, y el calor cada vez más intenso me tenía aplastado.

Vi dos manchas negras sobre un montículo que dominaba la carretera de enlace. Se trataba de dos chicos de unos veinte años. Permanecían en cuclillas bajo el sol, inmóviles e impenetrables. El más joven me miró con intensidad; el otro trazaba círculos en el polvo con una ramita. Llevaban los mismos pantalones de chándal, de un color blanco sospechoso, y camisas arrugadas y mugrientas. A sus pies yacía una bolsa, como una presa derribada.

Me senté sobre un montículo de arena y fingí manosear los cordones de mis zapatos. Me invadía una extraña sensación cada vez que alzaba los ojos sobre ambos extraños. El más joven tenía una manera desagradable de inclinarse hacia su compañero para susurrarle cosas al oído. Éste asentía con la cabeza sin dejar de menear su ramita. Sólo una vez me echó una ojeada que me hizo desconfiar. Al cabo de unos veinte minutos, el más joven se levantó con brusquedad y se dirigió hacia mí. Sus ojos inyectados en sangre me rozaron y su aliento ardiente me azotó la cara. Pasó delante de mí y fue a orinar contra un matorral reseco.

Fingí consultar mi reloj y regresé a la pista apresurando el paso. Me atenazaban unas ganas locas de darme la vuelta; aguanté. Tras haberme alejado suficientemente, comprobé que no me estaban siguiendo. Seguían en su montículo, acuclillados sobre su bolsa como dos rapaces vigilando una carroña.

Unos kilómetros más allá, una camioneta me alcanzó. Me eché a un lado de la pista y agité el brazo. La camioneta estuvo a punto de arrollarme y siguió adelante en medio de un estruendo de chatarra y de válvulas recalentadas. En la cabina, reconocí a los dos individuos de antes. Miraban hacia adelante.

Hacia mediodía me sentía agotado. El sudor ahumaba mi ropa. Me dirigí hacia un árbol -el único a leguas a la redonda- que se erguía sobre un montículo. Sus ramas espinosas y peladas rayaban el suelo con su esquelética sombra. Me lancé hacia ella como un camello hacia una charca de agua.

El hambre y la sed acentuaron mi cansancio. Me quité los zapatos y me tumbé bajo el árbol sin dejar de mirar hacia la pista. Tuve que esperar horas antes de vislumbrar, muy lejos, un vehículo. Sólo era un punto grisáceo que se escurría entre las reverberaciones, pero lo reconocí por los centelleos que producía intermitentemente. Me volví a poner los zapatos y corrí hacia la pista. Pero, para mi decepción, el punto cambió de dirección y se difuminó en la lejanía.

Mi reloj marcaba las cuatro. El pueblo más cercano se encontraba a unos cuarenta kilómetros hacia el sur. Para llegar hasta él debía salirme de la pista tran sitable, y no quería demorarme por la zona. Regresé al árbol y esperé.

El sol se estaba poniendo cuando un nuevo punto vivaracho apareció en el horizonte. Estimé prudente, antes de dejar mi refugio, asegurarme de que venía efectivamente en mi dirección. Era un camión sin aletas que acudía hacia mí bamboleándose. Me apresuré a interceptarlo, rezando a mis santos patronos para que no me dejaran en la estacada. El camión redujo su velocidad. Oí las plaquetas de sus frenos chirriar hasta desencajarse.

El conductor era un hombrecillo deshidratado, con cara de cartón piedra y brazos flacos como varillas. Transportaba cajas vacías y colchones viejos.

– Voy a Bagdad -le dije subiendo al estribo.

– No está aquí al lado, chaval -me dijo tras mirarme detenidamente-. ¿De dónde sales tú?

– De Kafr Karam.

– ¡Ah! El culo del mundo… Yo voy hasta Basil. No es exactamente el mismo camino, pero por allí transitan taxis.

– Me viene bien.

El conductor me miró con desconfianza.

– ¿Puedo echar una mirada a lo que llevas en tu petate?

Se lo tendí por la ventanilla. Lo vació sobre su cuadro de mandos y verificó minuciosamente su contenido.

– Bueno, pasa por el otro lado.

Le di las gracias y lo rodeé por delante. Se inclinó para abrirme la portezuela, que se había quedado sin tirador exterior. Me instalé en el «asiento del muerto», o más precisamente en lo que quedaba de él.

El conductor arrancó con un traqueteo metálico.

– ¿No tienes un poco de agua?

– Justo detrás de ti hay un odre. Si tienes hambre, queda un resto de mi tentempié en la guantera.

Me dejó beber y comer en paz. Un velo de pena oscurecía su rostro demacrado.

– No me tengas en cuenta que haya registrado tus cosas. No quiero tener follones. Hay tanta gente armada que vaga suelta por los caminos…

No dije nada.

Recorrimos muchos kilómetros en silencio.

– Oye, tú, no eres muy parlanchín -dijo el conductor, que quizá deseara un poco de cháchara.

– No.

Se encogió de hombros y me olvidó.

Alcanzamos una carretera asfaltada, nos cruzamos con unos cuantos camiones que iban a toda velocidad en dirección opuesta, con unos pocos taxis Toyota descuajeringados, de color naranja y blanco, repletos de pasajeros. El conductor golpeteaba su volante, pensando en sus cosas. El viento le revolvía sobre la frente su mechón canoso.

En un puesto de control, unos soldados nos obligaron a dejar el asfalto y a tomar una pista recién trazada con bulldozer. El camino estaba lleno de baches, bastante mal acondicionado, a veces con desvíos tan estrechos que no era posible ir a más de diez kilómetros por hora. El camión se tambaleaba en las grietas y estuvo a punto de romper sus amortiguadores. No tardamos en alcanzar a otros coches desviados por el puesto de control. Un furgón jadeaba en el arcén, con el capó abierto; sus pasajeros, mujeres veladas de negro y niños, se habían apeado para ver cómo el conductor se las apañaba con su motor. Nadie se detuvo para echarles una mano.

– ¿Piensas que ha habido follón en la nacional?

– No estaríamos circulando tan tranquilamente -me dijo el conductor-. Primero nos habrían registrado a fondo, luego nos habrían dejado tostarnos al sol y puede que hasta pasar la noche bajo las estrellas. Debe de tratarse de un convoy militar. Para evitar que los coches kamikaze se les echen encima, los militares desvían a todo el mundo por pistas, incluso a las ambulancias.

– ¿Esto va a suponer mucho desvío?

– No tanto. Llegaremos a Basil antes del anochecer…

– Espero encontrar un taxi para Bagdad.

– ¿Un taxi, de noche?… Hay toque de queda, y está en vigor. Cuando el sol se pone, todo Irak debe meterse en su madriguera. ¡Llevarás al menos papeles!

– Sí.

Se pasó el brazo por la boca y me soltó:

– Más te vale.

Desembocamos en una antigua pista, más ancha y nivelada. Los coches se embalaron para recuperar el retraso. Levantaron polvaredas a su paso y se alejaron muy pronto de nosotros.

– Es la compañía a la que yo abastecía antes de productos alimentarios -me dijo el conductor señalándome con la barbilla un acantonamiento militar en lo alto de una colina.

El cuartel estaba abierto por los cuatro costados, con sus murallas derrumbadas; podía verse un barracón cuyas puertas y ventanas habían sido robadas por los saqueadores. El bloque blindado, que debió de albergar la comandancia y la administración de la unidad, parecía haber padecido un seísmo. Las techumbres ya no eran sino un fárrago de vigas ennegrecidas. Las fachadas reventadas mostraban la mordedura de los misiles antiblindaje. Una avalancha de papeles se había volatilizado de los despachos y se retorcía contra las alambradas, detrás de los hangares. Unos vehículos bombardeados exponían sus chasis en el aparcamiento mientras un depósito de agua montado sobre un andamiaje metálico, probablemente segado por un obús en su base, había caído aplastando un mirador carbonizado. En el frontón de lo que fue un cuartel moderno, el retrato de un Sadam Husein mofletudo, con sonrisa de predador, había quedado desconchado por la furia de la metralla.

– Al parecer, los nuestros no dispararon un solo tiro. Se escaquearon como conejos antes de la llegada de las tropas norteamericanas. ¡Una vergüenza!

Contemplé el amasijo de desolación sobre la colina que la arena iba cubriendo solapadamente. Un perro salió de la garita de la entrada principal del cuartel, pardo y famélico, se estiró y desapareció tras un amasijo de escombros, hociqueando el suelo.


Basil era una aldea encajada entre dos enormes rocas pulidas por las tormentas de arena. Estaba acurrucada en el fondo de una hondonada que, durante la canícula, recordaba un hammán. Sus casuchas de adobe se aferraban desesperadamente a las laderas de las colinas, separadas unas de otras por un embrollo de callejuelas retorcidas por las que apenas podía pasar una carreta. Su avenida central, abierta en el cauce de un río seco desde la Edad de Piedra, la cruzaba en un instante. La bandera negra de los tejados indicaba que la comunidad era chií, para desmarcarse de las tretas de los suníes y ubicarse del lado de los turiferarios del nuevo régimen.

Desde que los puestos de control jalonaban la carretera nacional, retrasando la circulación y convirtiendo un simple viaje en una interminable expedición, Basil se había convertido en una etapa de descanso obligatorio para los usuarios de la carretera. Tascas y chiringuitos, anunciados kilómetros atrás en la noche por rosarios de lamparillas, habían surgido como hongos en su periferia. Más abajo, el pueblo permanecía oculto en la oscuridad. Ni una farola para alumbrar las callejuelas.

Unos cincuenta vehículos, en su mayoría cisternas para carburante, se apretujaban en un aparcamiento improvisado a la entrada de la aldea. Una familia acampaba un poco más allá, cerca de su furgón. Unos críos dormían a su antojo, envueltos en sus sábanas. En una zona despejada, unos camioneros habían encendido una hoguera y charlaban en torno a una tetera; sus sombras ondulantes se entrecruzaban en una danza reptilesca.

Mi bienhechor consiguió deslizarse en medio de los coches aparcados de cualquier manera y aparcó su camión cerca de un chiringuito que más bien parecía una guarida de malhechores. Había, en un pequeño patio, mesas y sillas desplegadas y ocupadas por un pelotón de viajeros de rostro macilento. En medio del barullo se oía un radiocasete escupitineando viejas canciones del Nilo.

El conductor me pidió que lo siguiera hasta el restaurantucho de al lado, agazapado bajo un ensamblaje de toldos y palmas carcomidas. La sala estaba abarrotada de gente hirsuta y polvorienta arremolinada en torno a mesas sin manteles. Algunos estaban sentados en el mismo suelo, demasiado hambrientos para esperar que una silla quedara libre. Toda esa cofradía de náufragos se apiñaba alrededor de sus platos, con los dedos chorreando de salsa y las mandíbulas activadas; campesinos y camioneros reventados por las pistas y los controles que intentaban reponer fuerzas para afrontar los sinsabores del día siguiente. Todos me recordaban a mi padre, pues llevaban en el rostro una marca que no engaña: el sello de los vencidos.

Mi benefactor me dejó en el umbral del establecimiento y pasó por encima de algunos comensales para acercarse al mostrador, donde un hombre grueso con chilaba tomaba las comandas, devolvía el cambio y abroncaba de pasada a sus camareros. Paseé la mirada por la sala con la esperanza de toparme con alguna cara familiar. No reconocí a nadie.

Mi chófer regresó con el semblante descompuesto: -Bueno, ahora debo dejarte. Mi cliente no llegará hasta mañana por la noche. Vas a tener que apañártelas sin mí.


Estaba durmiendo bajo un árbol cuando el zumbido de los motores me despertó. El cielo aún no había clareado y ya los camioneros maniobraban con vigor para salir del aparcamiento. El primer convoy se lanzó cuesta abajo por el abrupto camino para rodear el pueblo. Corrí de un vehículo a otro en busca de un conductor caritativo. Ninguno aceptó cogerme.

Un sentimiento de frustración y de rabia se fue apoderando de mí a medida que el aparcamiento se iba vaciando. Mi desesperación rozó el pánico cuando sólo quedaron tres vehículos detenidos: un furgón familiar cuyo motor se negaba a arrancar y dos cacharros desocupados; sus pasajeros debían de estar desayunando en la tasca. Esperé su regreso con el vientre arrugado.

– ¡Eh! -me lanzó un hombre que se hallaba ante la puerta de un chiringuito-. ¿Qué estás haciendo al lado de mi carro? Lárgate pitando de ahí, o te corto los huevos.

Me hizo una señal con la mano para que me apartara. Me estaba tomando por un ladrón. Me dirigí hacia él con mi petate al hombro. Se llevó los puños a las caderas y me contempló con asco mientras me acercaba.

– ¿Ya no se puede beber un café tranquilamente?

Era un flaco grandullón de tez cobriza. Llevaba un pantalón de tela limpio y una chaqueta de cuadros abierta sobre un jersey verde botella. Un reloj grande engastado en una pulsera dorada le ceñía la muñeca. Con esa mirada despectiva y su cara de bestia, tenía pinta de madero.

– Voy a Bagdad -le dije.

– A mí me la trae floja. No te arrimes a mi carro, ¿vale?

Me dio la espalda y regresó a una mesa cercana a la puerta.

Me dirigí al camino pedregoso que daba la vuelta al pueblo y me senté al pie de un árbol.

Pasó un primer coche, tan atestado que no tuve el valor de seguirlo con los ojos mientras iba dando tumbos en dirección norte.

El furgón cuyo motor rateaba un momento antes casi me rozó al bajar la pista con un chirrido de chapa.

El sol surgió detrás de la colina, pesado y amenazante. Más abajo, hacia el pueblo, la gente iba saliendo de su madriguera.

Un coche enseñó el morro. Me levanté y extendí el brazo con el pulgar en ristre. El coche siguió adelante un centenar de metros; cuando me disponía a sentarme, se detuvo. No comprendí si era por mí o si se trataba de un problema mecánico. El conductor tocó el claxon, luego sacó la mano por la ventanilla y me hizo una señal para que me acercara. Agarré mi bolsa y eché a correr como si fuera tras la oportunidad de mi vida.

Era el hombre del café, el que me había tomado por un ladrón.

– Por cincuenta billetes te llevo a Al Hilah -me propuso a quemarropa.

– De acuerdo -acepté, contento de largarme de Basil.

– ¿Puedo saber lo que llevas en tu petate?

– Sólo ropa, señor -le dije vaciando el contenido del saco sobre el capó.

El hombre me observó, sin deshacer su mueca. Me levanté la camisa para que viera que no ocultaba nada bajo el cinturón. Meneó la cabeza y me dijo con la barbilla que subiera.

– ¿De dónde vienes?

– De Kafr Karam.

– No me suena para nada… Pásame mi paquete de cigarrillos, está en la guantera.

Obedecí.

Encendió su mechero y echó el humo por la nariz. Arrancó tras mirarme con detenimiento.

Al cabo de media hora de camino, durante la cual anduvo perdido en sus pensamientos, volvió a acordarse de mí:

– ¿Por qué no dices nada?

– Es mi manera de ser.

Encendió otro cigarrillo y volvió a la carga:

– En los tiempos que corren, los que menos hablan son los que más hacen… ¿Vas a Bagdad para enrolarte en la resistencia?

– Voy a casa de mi hermana… ¿Por qué dices eso?

Giró el retrovisor hacia mí.

– Mírate ahí dentro, chaval. Pareces una bomba a punto de estallar.

Miré en el retrovisor y sólo vi dos ojos ardientes en un rostro torturado.

– Voy a casa de mi hermana -dije.

Colocó maquinalmente el retrovisor en su sitio y se encogió de hombros:

– A mí me la trae floja.

Y me ignoró.

Tras una hora de polvo y de baches, alcanzamos la nacional. Me sentí aliviado al regresar al asfalto y así sustraerme a las sacudidas que me machacaban las vértebras. Unos autocares y semirremolques se perseguían a toda carrera. Tres coches de la policía se cruzaron con nosotros; sus ocupantes parecían relajados. Cruzamos una aldehuela sobrepoblada con un montón de tenderetes en la acera. Un policía uniformado disciplinaba el barullo, con la gorra echada hacia atrás y la camisa empapada por la espalda y bajo las axilas. En el centro del pueblo, una aglomeración nos frenó; era un zoco ambulante asediado por el gentío. Las amas de casa vestidas de negro libaban de puesto en puesto, con la mano atrevida pero la cesta a menudo vacía. Producían auténtico mareo el olor a verdura podrida junto con el calor tórrido y las nubes de moscas que se abalanzaban sobre los montones de alimentos. En el extremo de la plaza, en una parada de autobuses, asistimos a un gigantesco bullicio en las inmediaciones de un autocar; el controlador no conseguía contener el asalto de los pasajeros a pesar de los correazos que daba a ciegas.

– Mira tú ese ganado -suspiró mi chófer.

No estaba de acuerdo, pero no hice ningún comentario.

Unos cincuenta kilómetros más adelante la carretera se ensanchó. Pasó de dos a tres carriles y aumentó el tráfico. En algunos sitios, avanzábamos con los parachoques pegados por culpa de los puestos de control. Hacia mediodía aún no habíamos recorrido la mitad del camino. De vez en cuando, nos topábamos con la carcasa de un remolque calcinado y echado al arcén para despejar el paso, y unos grandes manchurrones negros nos indicaban dónde habían sido sorprendidos los vehículos por deflagraciones o fuertes tiroteos. A lo largo de la calzada se alineaban cristales rotos, neumáticos reventados y chatarra. Tras una curva nos tropezamos con los restos de un Humvee norteamericano, volcado en una cuneta, probablemente fulminado por un cohete, pues la zona era muy propicia para emboscadas.

El conductor me sugirió que nos detuviéramos para comer algo. Optó por una gasolinera. Tras haber llenado el depósito, me propuso tomar algo fresco en una especie de quiosco convertido en cantina. El camarero nos sirvió dos refrescos aceptablemente fríos y unos pinchitos con mala pinta dentro de dos rebanadas de pan que chorreaban salsa de tomate y que me produjeron arcadas. Quise pagar mi parte, pero el conductor me rechazó con el revés de la mano. Descansamos unos veinte minutos y reemprendimos camino.

El chófer se había puesto las gafas de sol y conducía como si estuviese solo en el mundo. Me acomodé en mi asiento, dejándome mecer por el ronroneo del motor…

Cuando recobré el sentido, los coches habían dejado de avanzar. Reinaba la confusión en una embocadura, bajo un sol de justicia. La gente se había apeado de sus cacharros y exteriorizaba su hartura en la calzada.

– ¿Qué ocurre?

– Ocurre que aquí tenemos para rato.

Un helicóptero nos sobrevoló a ras de tierra antes de virar bruscamente en medio de un estruendo espantoso. Dio unas vueltas por encima de una colina, lejos, y se mantuvo en vuelo estacionario. De repente, liberó un par de cohetes que hendieron el aire con un silbido estridente. Vimos dos gavillas de llamas y de polvo elevarse desde una cresta. De inmediato, un escalofrío recorrió toda la carretera y la gente se apresuró a subir a su coche. Algunos perdieron los nervios y dieron media vuelta, provocando una reacción en cadena que, en menos de diez minutos, redujo la fila de espera a la mitad.

Mi chófer siguió con cara de guasa el pánico que se había apoderado de los viajeros y aprovechó su defección para adelantar unos cuantos cientos de metros.

– No va a ocurrir nada -me tranquilizó-. El helicóptero está ahí para levantar la liebre. En cierto modo, predica la falsedad. Si la cosa fuera en serio, habría al menos dos Cobra para cubrirse mutuamente… He sido «negro de las arenas» durante ocho meses. Conozco bien los trucos de los americanos.

De repente se embaló:

– He sido intérprete de las tropas americanas. «Negro de las arenas» es el mote que nos ponen a los colaboracionistas… De todos modos, ni hablar de dar la vuelta. Al Hilah está a sólo cien kilómetros, y no tengo ganas de pasar otra noche a la intemperie. Si tienes miedo, te bajas.

– No tengo miedo.

La circulación se normalizó una hora después. Cuando llegamos a la altura del puesto de control, comprendimos mejor los motivos de todo aquel follón. Había dos cuerpos tumbados sobre un terraplén, acribillados a balazos; llevaban un pantalón de chándal blanco ensangrentado y una camisa mugrienta. Eran los dos jóvenes que la víspera, cerca de Kafr Karam, estuvieron acechando un vehículo, acuclillados sobre un montículo, con una bolsa grande a sus pies.

– Otra metedura de pata -refunfuñó el chófer-. Los boys disparan primero y comprueban luego. Es uno de los motivos por los que me di de baja.

Tenía los ojos clavados en el retrovisor, incapaz de apartar mi mirada de ambos cadáveres.

– Ocho meses, te digo -prosiguió el chófer-. Ocho meses soportando su arrogancia y sus sarcasmos de tarados. Los boys, pura propaganda hollywoodiense. Un camelo demagógico. Tienen menos escrúpulos que una jauría de hienas sueltas en una majada. Los he visto disparar contra niños y ancianos como si estuvieran entrenando con dianas de cartón…

– He visto eso.

– No lo creo, chico. Si todavía no se te ha ido la olla, es que no has visto gran cosa. A mí se me fundió un plomo. Todas las noches tengo pesadillas. Era intérprete de un batallón del ejército regular. Unos querubines al lado de los marines. O sea, que ya tuve mi dosis. Además, me tomaban el pelo y me trataban como a una mierda. Para ellos, no era sino un traidor a mi patria. Tardé ocho meses en darme cuenta de ello. Una noche, fui a ver al capitán para anunciarle que me iba a casa. Me preguntó si algo iba mal. Le contesté que todo. En realidad, no quería parecerme a esos vaqueros gruñones y cerrados de mollera. Hasta vencido, valgo más que eso.

Policías y soldados nos hacían señales para que espabiláramos. Ocupados como estaban en despejar la carretera, no controlaban a nadie. Mi chófer aceleró.

– Nos toman por retrasados -masculló-. Nosotros, los árabes, los seres más fabulosos de la tierra, que tanto hemos aportado al mundo, al que hemos enseñado a no sonarse los mocos en la mesa, a limpiarse el culo, a cocinar, a calcular, a sanarse… ¿Y con qué se han quedado esos degenerados de la modernidad? ¿Una caravana de dromedarios en lo alto de una duna a la caída del sol? ¿Un enano con traje blanco satinado y kefia despilfarrando sus millones en los casinos de la Costa Azul? Tópicos, caricaturas…

Ofendido por sus propias palabras, encendió un cigarrillo y me ignoró hasta nuestra llegada a Al Hilah. Me llevó directamente a la estación de autobuses, deseoso de desembarazarse de mí, y me tendió la mano:

– Que te vaya bien, chico.

Extraje mi fajo de billetes del bolsillo trasero del pantalón para pagarle.

– ¿Qué haces? -me preguntó.

– Pues, sus cincuenta billetes.

Rechazó mi dinero con el mismo revés de mano que hizo antes en la gasolinera.

– Quédate tu dinero para ti, chico. Y olvida lo que te he dicho. Suelto muchas tonterías desde que se me fundió un plomo. Nunca me has visto, ¿vale?

– Vale.

– Ahora lárgate.

Me ayudó a recuperar mi petate, dio media vuelta allí mismo y salió de la estación sin un gesto de despedida.

<p>9</p>

El autocar renqueaba. Era un viejo vehículo traqueteante y calenturiento que apestaba a gasolina y a caucho quemado; daba la impresión de estar en las últimas. No rodaba, se arrastraba como un animal herido a punto de palmarla. Cada vez que reducía la velocidad, se me encogía el corazón. ¿Nos iba a dejar tirados en el desierto? Dos pinchazos y una avería nos habían retrasado considerablemente, con un sol implacable. Las ruedas de repuesto tenían muy mal aspecto; estaban tan lisas y eran tan poco fiables como las que habían pinchado.

El conductor estaba extenuado, se tambaleaba cuando recogió el gato. No lo perdía de vista. Con una mano vendada por culpa de una rueda recalcitrante, parecía encontrarse francamente mal; temí que se desmoronara sobre el volante. De cuando en cuando se llevaba una botella de agua a la boca y bebía un largo trago sin preocuparse de la carretera; luego volvía a quitarse el sudor con un trapo que tenía colgado del respaldo de su asiento. Debía de tener unos cincuenta años, aunque aparentaba diez más, con sus ojos hundidos en su cráneo ovoide, sus sienes canosas y su calva en la cresta. No paraba de insultar a los malos conductores que se cruzaba.

En el autocar reinaba el silencio. El aire acondicionado no funcionaba, y dentro el calor era mortal. Todas las ventanas estaban abiertas y los pasajeros derrumbados en sus asientos. La mayoría de ellos dormitaba; los demás veían desfilar el paisaje con mirada ausente. Tres filas detrás de mí, un joven de frente arrugada se empeñaba en toquetear su radio de bolsillo, barriendo sin cesar las emisoras con un enervante chisporroteo de fritura. Cuando captaba una canción, se detenía en ella un minuto y luego, nuevamente, seguía rastreando otras emisoras. Su tejemaneje me tenía al borde de un ataque de nervios.

Estaba deseando salir de ese ataúd itinerante.

Llevábamos tres horas de camino, sin escala. Estaba previsto que nos detuviéramos en un figón para comer algo, pero la sustitución de las dos ruedas y el remiendo de los manguitos habían alterado el programa del cobrador.

La víspera, después de que mi bienhechor me dejara en la estación de autobuses de Al Hilah, perdí el autocar por pocos minutos. Tuve que esperar, pues, el siguiente, anunciado para cuatro horas después. Llegó a tiempo, pero sólo llevaba una veintena de pasajeros. El cobrador nos explicó que su autocar no saldría sin al menos cuarenta pasajeros a bordo, pues de lo contrario no cubriría gastos. Esperamos y rezamos para que otros pasajeros se apuntaran. El conductor daba vueltas a su autocar y voceaba: «¡Bagdad! ¡Bagdad!». A veces, se acercaba a la gente cargada de maletas y les preguntaba si iban a Bagdad. Cuando negaban con la cabeza, se volvía hacia otro grupo. Ya bien avanzada la tarde, el conductor nos rogó que bajásemos y recuperásemos nuestras maletas del portaequipajes. Hubo algunas protestas y luego todo el mundo se reunió en la acera mientras el autocar regresaba a su cochera. Los que vivían en la ciudad volvieron a sus casas; los que estaban de paso se concentraron bajo las marquesinas para pasar la noche. ¡Y qué noche! Unos ladrones intentaron robar a uno que dormía. La víctima, armada con un garrote, no dejó que se le acercaran. Los agresores se replegaron una vez para regresar en mayor número, y, como la policía se había esfumado, asistimos a una soberana paliza. Nos mantuvimos al margen, parapetados tras nuestras maletas y bolsas, y ninguno se atrevió a socorrer a la víctima. El pobre diablo se defendió valientemente. Devolvía cada golpe. Al final, los ladrones lo derribaron, se ensañaron con él y, tras haberlo aligerado de todas sus pertenencias, se lo llevaron. Eso fue sobre las tres de la mañana, y, desde entonces, ya nadie volvió a pegar ojo.

Otro puesto de control militar. Una larga fila de vehículos avanzaba lentamente, ciñéndose a la derecha. Había paneles de señalización en medio de la calzada, así como piedras gordas para delimitar ambas vías. Los soldados eran iraquíes. Controlaban a todos los pasajeros, verificaban los maleteros de los coches, los portaequipajes, las bolsas, registraban a fondo a los hombres cuya pinta no les gustaba. Subieron a nuestro autocar, nos pidieron los papeles y compararon algunas caras con las fotos de gente en busca y captura que llevaban consigo.

– Vosotros dos, bajad -ordenó un cabo.

Dos jóvenes se levantaron y, resignados, bajaron del autocar. Un soldado se puso a registrarlos, luego les ordenó que recogieran sus trastos y lo siguieran hasta una tienda de campaña que se encontraba a unos veinte metros en la arena.

– Vale -dijo el cabo al conductor-. Puedes irte.

El autocar rateó. Miramos a los dos pasajeros de pie delante de la tienda de campaña. No parecían preocupados. El cabo los metió a empellones dentro de la tienda y los perdimos de vista.

Por fin empezaron a verse los edificios periféricos de Bagdad, arropados por un velo ocre. La tormenta de arena había pasado por allí y el aire estaba cargado de polvo. Mejor así, pensé. No me apetecía encontrarme con una ciudad desfigurada, sucia y entregada a sus demonios. En otros tiempos me había gustado mucho Bagdad. ¿En otros tiempos? Me daba la impresión de que había sido en una vida anterior. Bagdad era una bonita ciudad, con sus grandes arterias, sus bulevares encopetados de rutilantes escaparates y terrazas soleadas. Para el campesino que era, eran unos auténticos Campos Elíseos tal como me los imaginaba desde mi ratonera de Kafr Karam. Me fascinaban los rótulos de neón, la decoración de las tiendas, y me pasaba buena parte de las noches recorriendo sus avenidas refrescadas por la brisa. Viendo a tanta gente deambular por las calles, y a tantas chicas espléndidas contonearse por las explanadas, tenía la sensación de estar permitiéndome todos los viajes que mi condición me impedía realizar. Estaba tieso, pero tenía ojos para contemplar hasta aturdirme y una nariz para bombear a pecho inflado los olores embriagadores de la ciudad más fabulosa de Oriente Próximo, que el Tigris colmaba con sus favores, acarreando en sus meandros la magia de sus leyendas y la de sus romances. Es cierto que la sombra del rais desvirtuaba sus luces, pero a mí no me alcanzaba. Era un joven estudiante deslumbrado que se atiborraba la cabeza de proyectos miríficos. Hacía mía cada belleza que me sugería Bagdad. ¿Cómo no sucumbir a los encantos de la ciudad de las huríes sin identificarse un tanto con ella? Así y todo, me decía Kadem, había que haberla conocido antes del embargo…

Si bien Bagdad había sobrevivido al embargo de la ONU sólo para mofarse de Occidente y su tráfico de influencias, de ningún modo podría sobrevivir a la afrenta que le infligirían sus propios retoños…

Y yo, por mi parte, había venido hasta aquí para segregar mi hiel. Ignoraba cómo hacerlo, aunque estaba seguro de que iba a propinarle un mal golpe. Así ocurre desde la noche de los tiempos. Los beduinos, por menesterosos que sean, no bromean con el sentido del honor. Las ofensas deben lavarse con sangre, el único detergente autorizado para salvaguardar el amor propio. Yo era el único hijo varón de la familia. Al ser mi padre un inválido, me correspondía a mí la tarea suprema de vengar el ultraje padecido, aunque muriera en el empeño. La dignidad no se negocia. Si uno la llega a perder, no encontrará suficientes lienzos en el mundo para taparse la cara, ni tumba que acoja su carroña sin agrietarse.

Movido por no sé qué maleficio, también yo iba a causar estragos, a mancillar con mis manos los muros que había acariciado, a escupir sobre las cristaleras en las que había mimado mi imagen, a arrojar mi cupo de cadáveres al Tigris sagrado, antropófago a su pesar, antaño ávido de vírgenes sublimes ofrendadas a las divinidades, hoy ahíto de indeseables cuyos putrefactos despojos contaminaban sus aguas virtuosas…

El autocar cruzó el río por un puente. No quería mirar las placetas que adivinaba devastadas ni a la gente que pululaba por las aceras y a la que ya había dejado de apreciar. ¿Cómo podía querer después de lo que había visto en Kafr Karam? ¿Cómo iba a poder apreciar a ilustres desconocidos tras haber sido despojado de mi autoestima? ¿Acaso seguía siendo yo mismo? De ser así, ¿quién era?… No me interesaba saberlo. Eso ya no volvería a tener la menor importancia para mí. Se habían cortado las amarras, algunos tabúes habían caído y un mundo de sortilegios y de anatemas acababa de erigirse entre sus escombros. Lo más aterrador de este asunto era la soltura con que me movía entre un universo y otro sin sentirme extrañado. ¡Resulta tan fácil! Me acosté siendo un chico dócil y afable y me desperté infundido de una ira inextinguible. Llevaba mi odio como una segunda naturaleza; era mi armadura y mi túnica de Nesos, mi zócalo y mi patíbulo; era todo lo que me quedaba en esta vida falaz e injusta, ingrata y cruel.

No había venido aquí en busca de felices recuerdos, sino a proscribirlos para siempre. Entre Bagdad y yo se habían acabado los candorosos melindres. Ya no teníamos nada que decirnos. Nos parecíamos como dos gotas de agua; habíamos perdido nuestra alma y nos disponíamos a segar la de los demás.

El autocar se detuvo a la altura de una especie de corte de los milagros. La plaza estaba invadida por una manada de mocosos harapientos de mirada trapacera y manos largas. Eran niños de la calle, faunescos devoradores de detritus que los orfanatos y los centros de reeducación en quiebra habían soltado por contingentes en las ciudades. Un fenómeno reciente del que ni siquiera tenía sospecha. ¡Apenas empezaron a bajar los primeros pasajeros y ya alguien gritó: «Al ladrón»! Una pandilla de pilluelos se había acercado al portaequipajes y se había servido sobre la marcha. Apenas les dio tiempo a darse cuenta cuando la pandilla ya iba corriendo por el otro lado de la calzada, con el resultado de su latrocinio al hombro.

Me alejé apresuradamente, con mi bolsa fuertemente apretada bajo el brazo.

La clínica Thawba se hallaba a unas manzanas de la estación de autocares. Decidí ir hasta allá a pie, para desentumecerme un poco. Había unos cuantos coches estacionados en un pequeño aparcamiento cuadrado rodeado de palmeras venidas a menos. Los tiempos habían cambiado, y la clínica también; ya no era sino la sombra de sí misma, con sus ventanas desvencijadas y su frontón deslustrado.

Subí por una escalinata en lo alto de la cual un agente de seguridad se limpiaba los dientes con una cerilla.

– Vengo a ver a la doctora Farah -le dije.

– Enséñame tu cita.

– Soy su hermano.

Me pidió que esperara allí mismo y se dirigió a una garita para hablar con el portero. Este me lanzó una mirada de recelo antes de descolgar el teléfono y estuvo un par de minutos en línea. Lo vi menear la cabeza y luego asentir hacia el agente, que regresó para conducirme hasta una sala de espera con los sofás reventados.

Farah tardó unos diez minutos en aparecer, con su bata blanca y su estetoscopio sobre el pecho. Estaba espléndida, bien maquillada aunque con demasiado carmín en los labios. Me acogió sin entusiasmo, como si nos viésemos a diario. Debía de ser por su trabajo, que no le dejaba respiro. Ciertamente, había adelgazado. Sus besos eran furtivos, y su abrazo, poco entusiasta.

– ¿Cuándo has llegado? -me preguntó.

– Ahora mismo.

– Bahia me llamó anteayer para anunciarme tu visita.

– Hemos perdido mucho tiempo en la carretera. Con tantos puestos de control militares y esos desvíos forzosos…

– ¿No podías hacer otra cosa? -me soltó con un deje de reproche.

No caí de inmediato en la cuenta, pero la fijeza de su mirada me ayudó a entenderlo. No era cansancio, no era por su trabajo; mi hermana no estaba encantada de verme.

– ¿Has comido?

– No.

– Tengo tres pacientes que atender. Voy a llevarte a una habitación. Primero tomarás un baño porque hueles mucho, y luego una enfermera te traerá algo de comer. Si tardo, túmbate en la cama y descansa hasta mi regreso…

Recogí mi petate y la seguí por un pasillo hasta el piso de arriba, donde me metió en una habitación amueblada con una cama y una mesilla de noche. Había un pequeño televisor sobre un soporte mural y, tras una cortina de plástico, una ducha.

– El jabón y el champú están en el armario empotrado, así como las toallas. El agua está racionada -me señaló-. No la dejes correr inútilmente.

Consultó su reloj.

– Tengo que darme prisa.

Y se retiró.

Estuve un buen rato mirando fijamente el espacio donde ella se había detenido, preguntándome si no me había equivocado en algo. Sin duda, Farah siempre había sido distante. Era una rebelde y una luchadora, la única chica de Kafr Karam que se había atrevido a infringir las reglas tribales y a hacer exactamente lo que quería hacer. Ciertamente, su audacia y su insolencia habían forjado su temperamento, haciéndola más agresiva y menos conciliadora, pero su acogida me tenía desconcertado. Nuestro último encuentro se remontaba a dos años atrás. Había venido a visitarnos a Kafr Karam, y, aunque se quedó con nosotros menos tiempo del previsto, en ningún momento pareció mirarnos por encima del hombro. Es cierto que no era fácil verla reír, pero de ahí a creerla capaz de acoger a su propio hermano con tanto desapego…

Me quité la ropa, me metí bajo el chorro de la ducha y me enjaboné de pies a cabeza. Al salir del agua tuve la sensación de haber cambiado de piel. Me puse ropa limpia y me tumbé sobre el colchón de espuma cubierto con una lona. Una enfermera me trajo una bandeja con comida. Me lo zampé todo y me quedé frito de inmediato.

Cuando Farah regresó, estaba anocheciendo. Parecía más relajada. Se sentó de lado en el borde de la cama y cruzó sus manos blancas sobre una rodilla.

– Pasé antes, pero como dormías como un tronco no quise despertarte.

– No he pegado ojo en dos días con sus noches.

Se rascó la sien, algo incómoda.

– Has elegido un mal momento para venir. Bagdad es hoy el lugar más peligroso del mundo.

Su mirada, abierta hasta aquel momento, se volvió escurridiza.

– ¿Te molesto? -le pregunté.

Se levantó para encender la luz del techo. Un gesto tonto, pues la sala estaba bien iluminada. De repente, se dio la vuelta y me dijo:

– ¿Qué has venido a buscar a Bagdad?

De nuevo, ese deje de reproche que exacerbó mi susceptibilidad.

Farah y yo nunca habíamos estado muy unidos. Era mucho mayor que yo, y se había ido muy pronto de casa, de modo que nuestra relación no pasó de ser superficial. Incluso cuando estaba en la universidad, sólo nos veíamos muy de cuando en cuando. Ahora que la tenía delante me di cuenta de que para mí sólo era una extraña. Peor aún, comprendí que no la quería.

– En Bagdad no hay más que follones -dijo.

Se pasó la lengua por los labios.

– En la clínica estamos desbordados de trabajo. Todos los días nos invaden con enfermos, con heridos y mutilados. La mitad de mis colegas han abandonado. Como ya ni siquiera cobramos, apenas quedamos unos veinte para intentar paliar la situación.

Se sacó un sobre del bolsillo y me lo tendió.

– ¿Qué es eso?

– Algo de dinero. Búscate un hotel por unos días, mientras encuentro un sitio donde meterte.

No me lo podía creer.

Rechacé el sobre.

– ¿Debo entender que te has quedado sin tu piso?

– Lo sigo teniendo, pero no puedo alojarte.

– ¿Por qué?

– No puedo.

– ¿Cómo puede ser? No te entiendo. Entre nosotros, nos las arreglamos para…

– No estoy en Kafr Karam -dijo-. Estoy en Bagdad.

– Soy tu hermano. A un hermano no se le da con la puerta en las narices.

– Lo siento.

La contemplé fijamente. Ella evitaba mirarme. No la reconocía. No se parecía a la imagen que había conservado de ella. Sus rasgos no me decían nada; era otra persona.

– ¿O sea, que te avergüenzas de mí? Has roto con tus orígenes; eres una mujer de ciudad, muy moderna y todo eso, y yo no paso de ser un cateto inoportuno, ¿no es así? La señora es médica. Vive sola en un apartamento encopetado en el que no recibe a sus familiares por temor a convertirse en el hazmerreír de los vecinos de piso…

– No puedo alojarte porque vivo con alguien -me interrumpió con sequedad.

Se me vino encima una avalancha de hielo.

– ¿Que vives con alguien? ¿Cómo puede ser? ¿Te has casado sin que la familia se entere?

– No estoy casada.

Me puse de pie de un brinco.

– ¿Vives con un hombre? ¿Vives en pecado?

Me lanzó una mirada árida.

– ¿Qué es el pecado, hermanito?

– No tienes derecho, es… Está prohibido por, por… Pero bueno, ¿es que te has vuelto loca? Tienes una familia. ¿Has pensado en tu familia? ¿En su honor? ¿En el tuyo? Estás pecando, no puedes vivir así, tú no…

– No vivo en el pecado, vivo mi vida.

– ¿Ya no crees en Dios?

– Creo en lo que hago, y eso me basta.

<p>10</p>

Estuve errando por la ciudad hasta no poder dar un paso más. No quería pensar en nada, ver nada, oír nada. La gente se arremolinaba a mi alrededor; la ignoraba. ¿Cuántas veces un bocinazo me devolvió de un bote a la acera? Por un momento, mi opacidad se despejaba, y luego volvía a sumergirme en ella sin transición. Me sentía a gusto en la oscuridad, a resguardo de mis tormentos, fuera del alcance de las preguntas enojosas, solo con mi ira, que iba encauzándose en mis venas hasta confundirse con las fibras de mi ser. Farah ya era historia pasada. La expulsé de mi mente apenas me despedí de ella. No era más que un súcubo, una puta; no había lugar para ella en mi vida. En la tradición ancestral, cuando un familiar degeneraba, quedaba sistemáticamente excluido de nuestra comunidad. Cuando era una chica la que pecaba, el rechazo era tanto más expeditivo.

La noche me pilló en un banco público de una plaza venida a menos, contigua a un túnel de lavado de coches en cuyas inmediaciones vegetaban unos energúmenos de pésima catadura, desahuciados por ángeles y demonios, encallados allí como ballenas ya indiferentes al vértigo oceánico; un hatajo de pordioseros alcohólicos envueltos en sus trapos, de chavales enganchados al pegamento de zapatero, de mujeres perdidas mendigando al pie de un árbol, con sus niños de pecho sobre las rodillas… Antes, el barrio no era así. No era muy elegante, pero sí tranquilo y limpio, con sus tiendas luminosas y sus paseantes bonachones. Ahora estaba infestado de huérfanos hambrientos, de jóvenes licántropos harapientos y cubiertos de escaras dispuestos a todo tipo de fechorías.

Con el petate pegado al pecho, vigilaba a una pandilla de lobeznos que merodeaba alrededor de mi banco.

– ¿Qué quieres? -pregunté a un mocoso que vino a sentarse a mi lado.

Era un crío de unos diez años, con cortes en el rostro y la nariz moqueante. Tenía el pelo revuelto encima de la frente como un nido de serpientes sobre la cabeza de Medusa. Su mirada era inquietante, y una sonrisa pérfida pendía de la comisura de sus labios. Llevaba una camisa que le llegaba a las pantorrillas, un pantalón rasgado, e iba descalzo, con los dedos de los pies maltrechos y negros de mugre que apestaban a bicho muerto.

– ¿Tengo derecho a descansar, no? -me gritó sosteniéndome la mirada-. Es un banco público, no es de tu propiedad.

De su bolsillo sobresalía el mango de un cuchillo.

A pocos metros, tres pilluelos fingían interesarse por una mata de césped. En realidad, nos observaban con disimulo y esperaban un gesto de su compañero para acercarse.

Me levanté y me alejé. El chaval del banco me soltó una obscenidad y me señaló su bajo vientre. Sus tres acólitos me miraron soltando risotadas. El mayor de ellos apenas alcanzaba los trece años, pero apestaban a muerte a leguas a la redonda.

Apuré el paso.

Unas callejuelas más allá, unas sombras surgieron de la oscuridad y se abalanzaron sobre mí. Pillado por sorpresa, me pegué a una pared. Unas manos agarraron mi bolsa e intentaron arrancármela. Lancé el pie, alcancé una pierna y me replegué hacia una puerta. Los espíritus malignos duplicaron su ferocidad. Sentí cómo cedían las correas de mi bolsa y me puse a repartir golpes a ciegas. Después de una lucha encarnizada, mis asaltantes soltaron su presa y salieron corriendo. Cuando pasaron bajo una farola, reconocí a los cuatro lobeznos de antes.

Me acuclillé en la acera y, con la cabeza entre las manos, respiré a pleno pulmón para recobrar el aliento.

– ¿Qué país es éste? -me oí decir entre jadeos.

Al levantarme, tuve la impresión de que mi bolsa se había aligerado. Efectivamente, tenía un corte que atravesaba todo un lado, y la mitad de mis pertenencias había desaparecido. Me llevé la mano al bolsillo trasero de mi pantalón y me sentí aliviado al constatar que mi dinero seguía ahí. Entonces eché a correr hacia el centro de la ciudad, apartándome rápidamente a un lado cada vez que una sombra se cruzaba conmigo.


Cené en un puesto de barbacoa, sentado a una mesa esquinada, lejos de la puerta y de las ventanas, con un ojo puesto en mis pinchitos y el otro en los clientes que no paraban de entrar y salir. Ninguna cara me gustaba, y me crispaba ante cada mirada que se posaba en mí. No me encontraba a gusto en medio de esos seres hirsutos que me producían tanta desconfianza como espanto. Poco tenían en común con la gente de mi pueblo, salvo quizá la forma humana, que apenas atemperaba su brutal aspecto. Todo en ellos me inspiraba una fría animosidad. Tenía la sensación de estar aventurándome en territorio enemigo; peor todavía, en un campo de minas, y temía saltar por los aires en cualquier momento.

– Relájate -me dijo el camarero poniéndome delante un plato de patatas fritas-. Hace un minuto que te tiendo el plato y tú me miras fijamente sin verme. ¿Qué pasa? ¿Acabas de escapar de una redada o de salir entero de un atentado?

Me guiñó un ojo y fue a atender a otro cliente.

Tras haberme zampado mis pinchitos y mis patatas, repetí una vez, y luego unas cuantas más. Un hambre inaudita absorbía lo que iba engullendo, y cuanto más comía, más se acentuaba. Me bebí una botella de gaseosa de un litro, una jarra de agua, vacié dos cestas de pan y me tragué una veintena larga de pinchitos con guarnición. Esa repentina bulimia me asustó.

Pedí la cuenta para poner término a esto.

– ¿Hay un hotel por aquí? -pregunté al cajero mientras me daba la vuelta.

Arqueó una ceja y me miró de soslayo:

– Hay una mezquita al final de la calle, detrás de la placeta. Saliendo de aquí a la izquierda. Alojan por una noche a la gente de paso. Allí, al menos, puedes dormir tranquilo.

– Quiero ir a un hotel.

– Se nota que no eres de aquí. Todos los hoteles están vigilados. Y a sus gerentes les da tanto la lata la policía que la mayoría de ellos han echado el cerrojo… Ve a la mezquita. Allí apenas hay redadas, y además es gratis.

– Yo que tú le haría caso -me susurró el camarero al pasar detrás de mí.

Recogí mi bolsa y salí a la calle.


En realidad, la mezquita era un almacén convertido en sala de oraciones en la planta baja de un edificio de dos pisos, encajonado entre un gran bazar abandonado y un inmueble. La calle estaba escasamente alumbrada por una farola; en ambas aceras, tiendas de comestibles con sus escaparates blindados. El lugar me disgustó de entrada. Era una ratonera. Eran las once de la noche y, aparte de los gatos callejeros removiendo la basura en las aceras, no se veía un alma. Habían evacuado la sala de oraciones y reagrupado a los sin techo en otra sala suficientemente amplia para acoger a unas cincuenta personas. Unas mantas descoloridas cubrían el suelo. Una lámpara de araña clavaba sus luces en las masas informes que se acurrucaban aquí y allá. Ocupaban el lugar una veintena de miserables, tumbados completamente vestidos, unos boquiabiertos, otros en posición fetal; olía a pies y a harapos.

Elegí un rincón para tumbarme, al lado de un anciano. Usando la bolsa a modo de almohada, miré fijamente el techo y esperé.

La araña se apagó. Los ronquidos prorrumpieron, se intensificaron y luego se espaciaron. Notaba cómo la sangre me latía en las sienes, mi respiración se embalaba; me venían arcadas del estómago que se traducían en eructos ahogados. Una sola vez, la imagen de mi padre cayendo de espaldas fulguró en mi cabeza; la expulsé de inmediato de mi mente. No me encontraba en condiciones de cargar además con recuerdos turbadores.

Soñé que una jauría de perros me perseguía por un bosque oscuro repleto de aullidos y de ramas picudas. Estaba desnudo, con las piernas y los brazos ensangrentados y la cabeza cubierta de excrementos. De repente, la maleza se abrió a un precipicio. Iba a caer en el vacío cuando la llamada del muecín me despertó.

La mayoría de los durmientes se había largado de la sala. También se había ido el anciano. Sólo seguían tumbados cuatro miserables pingajos. Mi bolsa ya no estaba allí. Me llevé la mano al bolsillo trasero de mi pantalón; mi dinero había desaparecido.


Sentado en el borde de la acera, con la barbilla apoyada en las manos, observaba a unos policías uniformados controlando los coches. Pedían la documentación a los conductores, verificaban la de sus pasajeros, a veces hacían bajar a todo el mundo y procedían a efectuar un registro sistemático. Miraban a fondo los maleteros, también bajo el capó y bajo el chasis. La víspera, en ese mismo lugar, la interceptación de una ambulancia acabó derivando en drama. El médico intentó explicar que se trataba de una urgencia. Los policías hicieron oídos sordos. El médico acabó enfadándose y un cabo le dio un puñetazo en plena cara. Se armó la gorda. Los golpes arreciaban por ambas partes, los insultos ahogaban las amenazas. Finalmente, el cabo sacó su pistola y disparó a la pierna del médico.

El barrio tenía mala fama. Dos días antes del incidente de la ambulancia habían matado a un hombre en el preciso lugar donde se encontraba el control de la policía. Se trataba de un cincuentón. Salía de la tienda de enfrente con una bolsa de comida en las manos. Se disponía a subir a su coche cuando una moto se detuvo a su altura. Tres disparos y el hombre se derrumbó, con la cabeza sobre su bolsa.

En el mismo lugar, tres días antes, habían abatido a un joven diputado. Se encontraba a bordo de su automóvil cuando una moto lo alcanzó. Una ráfaga, y el parabrisas se cubrió de telarañas. El vehículo dio un bandazo sobre la acera y atropelló a una peatona antes de estrellarse contra una farola. El matón, que llevaba un pasamontañas, abrió apresuradamente la portezuela. Sacó fuera al joven diputado, lo soltó en el suelo y lo acribilló a quemarropa. Luego, sin prisas, cabalgó su moto y desapareció zumbando.

Sin duda la policía había tomado posesión del lugar para paliar las matanzas. Pero Bagdad era un coladero. Hacía agua por todas partes. Los atentados eran el pan nuestro de cada día. Cuando se tapaba un agujero, se abrían otros, más mortíferos. Esto ya no era una ciudad; era un campo de batalla, una barraca de tiro al blanco, una gigantesca carnicería. Había dejado una ciudad coqueta y me encontraba de vuelta con una hidra encogida, apalancada en su locura. Unas semanas antes de los bombardeos aliados la gente creía que el milagro era posible. En todas partes del mundo, tanto en Roma como en Tokio, en Madrid y en París, en El Cairo y en Berlín, millones de desconocidos convergían hacia el centro de sus ciudades para decir no a la guerra. ¿Quién les hizo caso?

Una vez abierta la caja de Pandora, la bestia inmunda se superó a sí misma. Ya nada parecía poder aplacarla. Bagdad se desintegraba. Hecha desde muy atrás a la sujeción represora, ahora se zafaba de sus ataduras de ajusticiada para entregarse a la deriva, fascinada por su cólera suicida y por el vértigo de la impunidad. Una vez caído el tirano, recuperaba por entero sus silencios forzosos, su cobardía revanchista, su mal de tamaño natural, y conjuraba con fórceps sus viejos demonios. No habiendo conseguido en ningún momento suscitar la compasión de sus verdugos, no veía modo de compadecerse de sí misma ahora que todas las prohibiciones habían quedado abolidas. Abrevaba en la fuente de sus heridas, allí donde la huella de la infamia había quedado impresa: en su rencor. Ebria de su sufrimiento y del asco que producía, pretendía ser la encarnación de todo lo que no soportaba, incluida la imagen que tenían de ella y que rechazaba de pleno; y extraía de la desesperanza más crasa los ingredientes de su propio martirio.

Esta ciudad estaba para que la encerraran.

Como las camisas de fuerza no le sentaban nada bien, optó por los cinturones cargados de explosivos y los estandartes hechos con sudarios.

Dos semanas… Llevaba dos semanas vagabundeando entre escombros, sin una moneda suelta y sin asidero. Dormía en cualquier sitio, comía lo que pillaba, sobresaltándome tras cada deflagración. Esto parecía el frente, con esas interminables alambradas que delimitaban los barrios de alta seguridad, esas barricadas improvisadas, esos obstáculos anticarro contra los que se desintegraban los vehículos kamikaze, esos miradores en lo alto de las fachadas, esas hileras de pinchos en medio de las calzadas y esa gente sonámbula que ya no sabía a qué santo encomendarse y que nada más producirse un atentado acudía en masa al lugar de la tragedia como moscas a una gota de sangre.

Estaba a la vez cansado, abatido, indignado y asqueado. Cada día, mi desprecio y mi cólera iban en aumento. Bagdad me inyectaba su propia locura. Quería golpearla con todas mis ganas.

Aquella mañana, al detenerme delante de un escaparate, no me reconocí. Tenía el pelo revuelto, el rostro ajado, con dos ojos incandescentes que lo hacían aún más repelente, los labios agrietados; mi ropa no lucía mejor; me había convertido en un vagabundo.

– No te quedes ahí -me soltó un policía.

Tardé un momento en darme cuenta de que se dirigía a mí.

Me hizo una señal despectiva con la mano para que me largara.

– Vamos, vamos, piérdete…

No sé cuántas horas llevaba sentado en el borde de la acera, frente al puesto de control. Me levanté, un poco mareado por el hambre que me atenazaba. Mi mano tanteó el aire en busca de apoyo y sólo encontró el vacío. Me alejé titubeando.


Caminé y caminé… Tenía la impresión de avanzar por un mundo paralelo. Los bulevares se apartaban a mi paso, como si fueran fauces gigantes. Me tambaleaba en medio del gentío, con la mirada turbia y un fuerte dolor en las pantorrillas. De cuando en cuando, un brazo enojado me repelía. Me incorporaba y seguía caminando sin rumbo.

En un puente, un grupo de gente rodeaba un vehículo incendiado. Me abrí paso entre el gentío con la facilidad de un rompehielos en el mar helado.

El agua chapoteaba en las orillas del río, sordo a los clamores de los malditos. Un viento arenoso me azotaba la cara. No sabía qué hacer con mi sombra, ni qué hacer con mis pasos.

– ¡Eh!

No me di la vuelta. No me quedaban fuerzas para darme la vuelta; si daba un paso en falso, me caería.

Me parecía que la única manera de sostenerme de pie era caminar, con las orejeras puestas, y sobre todo no permitir que nada me distrajera.

Oí un fuerte bocinazo, y otro… Luego, un ruido de pasos me alcanzó y una mano me agarró por el hombro.

– ¿Estás sordo o qué?

Un tipo regordete se interpuso en mi camino. No lo reconocí de inmediato, porque veía borroso. Apartó los brazos, liberando su tripón, que le cayó hasta las rodillas. Su risa parecía una desolladura.

– Soy yo…

Fue como si un oasis emergiera de mi delirio. Todo mi ser se estremeció. No creo haber vivido anteriormente tal sensación de liberación, tal felicidad. El hombre que me estaba sonriendo me devolvía a tierra, me resucitaba. Se convertía de golpe en mi único recurso, mi última salvación posible. Era Omar el Cabo.

– ¿A que alucinas conmigo, eh? -exclamó, encantado-. Mira cómo voy maqueado -dijo girando sobre sí mismo-. ¿Una auténtica estrella, eh?

Se alisó la delantera de la chaqueta y el pantalón tieso…

– Ni la menor mancha de grasa, ni una sola arruga -añadió-. Impecable, tu primo. De riguroso estreno. ¿Recuerdas en Kafr Karam? Siempre con un manchón de aceite o de grasa en la ropa. Pues eso se acabó desde que llegué a Bagdad.

Su entusiasmo se vino repentinamente abajo. Acababa de darse cuenta de que no me encontraba bien, de que me costaba mantenerme de pie, que estaba a punto de desmayarme.

– ¡Dios mío! ¿De dónde sales?

Me agarré a su mirada como lo haría a una rama un damnificado arrastrado por una crecida y le dije:

– Tengo hambre.

<p>11</p>

Omar me llevó a una tasca. No dijo esta boca es mía mientras estuve comiendo. Comprendía que no estaba en condiciones de oír nada. Yo estaba clavado a mi plato como a mi propio destino. Sólo tenía ojos para mirar las patatas fritas reblandecidas que me iba tragando a puñados y para el pan que partía con ferocidad. Tenía la impresión de que ni siquiera perdía el tiempo masticando. Tenía la garganta irritada por los bocados desenfrenados, los dedos pringados, salsa por toda la barbilla. Unos clientes sentados cerca me miraban con horror. Omar tuvo que fruncir el ceño para que apartaran la mirada.

Cuando acabé de atiborrarme, me llevó a una tienda para comprarme ropa. Luego, me llevó a unos baños públicos. Al salir, me encontraba algo mejor.

– Supongo que no tienes dónde ir -me dijo Omar algo apurado.

– No.

Se rascó la barbilla.

– No tienes obligación -le dije, susceptible.

– No es eso, primo. Estás en buenas manos, salvo que no están del todo libres. Comparto un estudio con un socio.

– No pasa nada. Me las arreglaré.

– No te estoy dando esquinazo. Sólo intento pensar. De ningún modo voy a abandonarte a tu suerte. Bagdad no perdona a los extraviados.

– No quiero ocasionarte problemas. Ya has hecho bastante por mí.

Me rogó con la palma de la mano que lo dejara reflexionar. Estábamos en la calle, yo de pie en la acera, él apoyado en su furgoneta, cruzado de brazos y la barbilla sobre el índice, con su barriga interponiéndose como una barrera entre nosotros.

– Qué le vamos a hacer -dijo de repente-. Diré a mi compañero que se meta en otra parte mientras te encuentro algo. Es buena gente. Tiene familia por aquí.

– ¿Estás seguro de que no supone una molestia para ti?

Se enderezó de un golpe y me abrió la portezuela.

– Sube, primo. Habrá que achucharse un poco.

Como yo titubeaba, me agarró por un hombro y me sentó a empellones.

Omar vivía en el primer piso de un edificio de Salman Park, un barrio periférico al sureste de la ciudad. Un bloque cochambroso que daba a una calle infestada por la chiquillería. La escalinata se caía a pedazos y las puertas estaban medio salidas de sus goznes. En el hueco de la escalera, que apestaba a miasma, los buzones estaban reventados, algunos completamente arrancados. Una insana penumbra volcaba su negrura sobre los escalones resquebrajados.

– No hay luz -me avisó Omar-. Por culpa de los ladrones. Cambiamos la bombilla y se la cargan al minuto.

Dos crías muy pequeñas jugaban en el descansillo, la suciedad de su cara repelía.

– Su madre está chiflada -me susurró-. Las deja ahí todo el día y le importa poco lo que estén haciendo. A veces, algunos transeúntes las recogen de la misma calle. Y la madre no se pone nada contenta cuando le piden que cuide de sus hijas… Estamos en un mundo de locos.

Abrió la puerta y se apartó para dejarme entrar. La sala era pequeña, con menos mobiliario que la cueva de un troglodita. Había un colchón de dos plazas en el mismo suelo, un cajón de madera con un pequeño televisor encima y, contra la pared, un taburete. Enfrente de la ventana, un armario empotrado con cierre de candado. Eso era todo. Una mazmorra resultaría más acogedora para un detenido que el estudio de Omar para sus huéspedes.

– Éste es mi reino -exclamó el Cabo con gesto teatral-. En el armario encontrarás mantas, latas de conserva y galletas. No tengo cocina, y, para cagar, tengo que meter la barriga hacia dentro para colarme en el váter.

Señaló con el pulgar el rinconcito.

– El agua está racionada. Una vez por semana, y con cuentagotas. Si estás fuera o te distraes, tienes que esperar hasta el siguiente reparto. No te molestes en protestar. Aparte de los follones, sólo conseguirías incrementar tu sed… Tengo dos bidones en el aseo. Para lavarte la cara, pues el agua no es potable.

Toqueteó el candado y retiró la cadenilla para apartar las hojas y enseñarme el contenido del armario.

– Siéntete como si estuvieras en tu casa… Tengo que largarme si no quiero que me despidan. Estaré de regreso dentro de tres o cuatro horitas. Traeré comida y hablaremos de los viejos tiempos hasta creer en las quimeras.

Antes de irse me recomendó que cerrara la puerta con llave y que durmiera con un ojo abierto.


Cuando Omar regresó, estaba anocheciendo.

Se sentó en el taburete y me miró mientras me estiraba sobre el colchón.

– Has dormido veinticuatro horas seguidas -me anunció.

– ¿No me digas?

– Te aseguro que es verdad. Intenté despertarte esta mañana, pero no reaccionabas. Regresé a mediodía, y seguías sumido en un sueño profundo. Ni siquiera te despertó la explosión que hubo aquí al lado.

– ¿Ha habido un atentado?

– Estamos en Bagdad, primo. Cuando no es una bomba la que estalla, es una bombona de gas. Esta vez fue un accidente. Ha habido muertos, aunque no me he fijado en el número. Me desquitaré la próxima vez.

Seguía pachucho, pero contento de tener un techo, y a Omar conmigo. Mis dos semanas de cursillo acelerado de vagabundeo me habían dejado exhausto. No habría podido aguantar mucho más.

– ¿Puedo saber qué has venido a hacer en Bagdad? -me preguntó Omar mientras escrutaba sus uñas.

– A vengar una ofensa -contesté sin vacilar.

Clavó sus ojos en mí. Su mirada era triste.

– Hoy día la gente viene a Bagdad para vengar una ofensa padecida en otra parte, con lo cual se equivoca burdamente de objetivo… ¿Qué ha ocurrido en Kafr Karam?

– Los norteamericanos.

– ¿Qué te han hecho?

– No te lo puedo contar.

Asintió con la cabeza.

– Comprendo… Vamos a caminar un poco -dijo levantándose-. Luego iremos a picar algo en un restaurante. Se habla mejor con algo en la panza…


Recorrimos el barrio de punta a punta, hablando de naderías, dejando para luego el tema candente. Omar estaba preocupado. Una gruesa arruga le sajaba la frente. Con la barbilla metida en el hueco de la garganta y las manos a la espalda, caminaba renqueando como si cargara con un pesado bulto. No paraba de dar patadas a las latas de conserva con que se topaba en el camino. La noche iba cayendo lentamente sobre la ciudad preñada de delirios. De cuando en cuando, coches de policía nos adelantaban, con sus sirenas aullando; luego el guirigay habitual de los barrios populares volvía por sus fueros, casi imperceptible en su banalidad.

Cenamos en un pequeño restaurante de la plaza. Omar conocía al dueño. Sólo había dos clientes, un joven con pinta de galán, con sus gafas de latón y su traje sobrio, y un camionero polvoriento que tenía un ojo puesto en su camión, aparcado enfrente, al alcance de una pandilla de pilluelos.

– ¿Cuánto tiempo llevas en Bagdad? -me preguntó Omar.

– Unos veinte días, poco más o menos.

– ¿Dónde dormías?

– En placetas, a orillas del Tigris, en mezquitas. Dependía. Me acostaba allá donde mis pantorrillas cedían.

– Por Dios, ¿cómo has podido llegar a eso? Si hubieses visto tu cara ayer… Te reconocí de lejos, pero cuando me acerqué tuve mis dudas. Parecía que una puta gorda y sifilítica te había meado encima mientras le lamías el conejo.

Eso era una típica parida del Cabo de Kafr Karam. Curiosamente, su obscenidad no me repugnó más de la cuenta.

– Vine con la idea de alojarme al principio en casa de mi hermana -le conté-. Pero no era posible. Tenía algo de dinero conmigo, como para aguantar un mes. Para entonces, pensaba, habría encontrado algún sitio donde meterme. La primera noche, dormí en una mezquita. Por la mañana, mis cosas y mi dinero habían desaparecido. Ya puedes suponer lo demás… ¿Cómo ha reaccionado tu compañero de piso? -pregunté para cambiar de tema.

– Es un buen chico. Sabe lo que es esto.

– Te prometo que no abusaré de tu hospitalidad.

– No seas tonto, primo. No me molestas. Habrías hecho lo mismo por mí de haberme encontrado en tu situación. Somos beduinos. No tenemos nada que ver con la gente de aquí…

Juntó sus manos delante de la boca y me miró con intensidad:

– ¿Y si me explicaras ahora esa historia de venganza? ¿Qué piensas hacer exactamente?

– No tengo ni idea.

Infló las mejillas y liberó un suspiro incoercible. Su mano derecha regresó a la mesa, cogió una cuchara y empezó a remover la sopa fría del fondo del plato. Omar adivinaba lo que me traía entre manos. Abundaban los campesinos venidos de todos los rincones del país para engrosar las filas de los fedayines. Todas las mañanas, los autocares soltaban contingentes de ellos en las estaciones. Los motivos eran muy variados, pero el objetivo el mismo. Saltaba a la vista.

– No tengo derecho a oponerme a tu elección, primo. Nadie posee la verdad. Personalmente, ignoro si tengo razón o no. Así que no tengo lecciones que darte. Te han ofendido, eres el único en poder decidir lo que tienes que hacer.

Su discurso chirriaba por todas partes.

– Se trata de honor, Omar -le recordé.

– Prefiero no decir chorradas sobre el tema. Pero tienes que saber con precisión dónde pones los pies. Ya ves lo que hace a diario la resistencia. Han caído miles de iraquíes por su culpa. ¿Por cuántos norteamericanos? Si esa pregunta no te afecta, es tu problema. Pero yo no estoy de acuerdo.

Pidió dos cafés para ganar tiempo y recomponer sus argumentos y prosiguió:

– Si quieres que te sea sincero, vine a Bagdad para ponerlo todo patas arriba, literalmente. Jamás he conseguido digerir la afrenta que Yacín me hizo en el café. Me faltó al respeto, y desde entonces, cada vez que pienso en ello, o sea, varias veces al día, noto que me falta el aire. Como si me hubiera vuelto asmático.

La evocación del incidente que padeció en Kafr Karam lo indispuso. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor.

– Estoy convencido de que voy a tener esta ofensa pegada al trasero hasta que la lave con sangre -confesó-. No tengo la menor duda al respecto: antes o después, Yacín pagará con la vida…

El camarero dejó dos tazas de café al lado de nuestros platos. Omar esperó que se retirara para seguir secándose. Sus hombros rollizos se estremecían.

Dijo:

– Me avergüenzo de lo que pasó en Kafr Karam, en el Safir. Por mucho que me emborrachara, no había manera. Decidí ahuecar el ala y perderme en otra parte. Tenía un cabreo máximo. Quería poner fuego al país entero hasta convertirlo en una hoguera. Todo lo que me llevaba a la boca me sabía a sangre, todo lo que respiraba apestaba a cremación. Mis manos reclamaban el acero de las culatas y te juro que sentía ceder el gatillo cada vez que movía los dedos. Mientras el autocar me traía a Bagdad sólo tenía ojos para las trincheras que veía cavar en el desierto, para los refugios y puestos de mando. Pensaba como soldado del cuerpo de ingeniería militar, ¿entiendes?… Resulta que llegué a Bagdad el día en que se formó ese enorme tumulto tras una falsa alarma que costó la vida a un millar de manifestantes. Cuando vi eso, primo, cuando vi todos esos cadáveres tirados, esas montañas de zapatos allá donde tuvo lugar el tumulto, cuando vi los rostros de esos críos azules y con los ojos medio cerrados, cuando vi todo ese estropicio causado a unos iraquíes por otros iraquíes, me dije de inmediato que ésa no era mi guerra. Todo aquello se me pasó, primo.

Se llevó la taza de café a los labios, tomó un trago y me invitó a hacer lo mismo. Su rostro se estremecía y las aletas de su nariz recordaban a un pez quedándose sin respiración.

– Vine para unirme a los fedayines -dijo-. No pensaba en otra cosa. Hasta el asunto Yacín quedó postergado. Ya le ajustaría las cuentas en su momento. Primero tenía un litigio pendiente con el desertor que era. Debía recuperar las armas que había abandonado en el campo de batalla ante la llegada del enemigo, ser digno del país que no había sabido defender cuando se suponía que debía morir por él… Pero, ¡joder!, uno no hace la guerra a su propio pueblo sólo para incordiar a la humanidad.

Esperó mi reacción, que no llegó; se revolvió el pelo con desánimo. Mi silencio lo turbaba. Comprendía que no compartía sus emociones, que estaba muy aferrado a las mías. Los beduinos somos así. Cuando nos callamos, es porque todo ha quedado dicho y no queda nada por añadir. Él recordaba el desastre del puente, yo no veía nada, ni siquiera a mi padre cayendo de espaldas. Me encontraba en la etapa posterior al choque y a la ofensa; tenía el deber de lavar la afrenta, un deber sagrado y absoluto. Yo mismo ignoraba lo que aquello suponía, cómo se iba formando en mi mente; sólo sabía que me movía una obligación insoslayable. No estaba ni preocupado ni enardecido; me hallaba en otra dimensión, donde la única referencia que tenía era la certeza de cumplir el juramento que mis antepasados habían sellado con sangre y dolor desde que pusieron el honor por encima de su propia vida.

– ¿Me estás escuchando, primo?

– Sí.

– Las fechorías de los fedayines nos rebajan ante los ojos del mundo… Nosotros somos los iraquíes, primo. Tenemos once mil años de historia a nuestras espaldas. Nosotros hemos enseñado a los hombres a soñar.

Vació de un trago su taza y se pasó el revés de la mano por los labios.

– No pretendo influir en ti.

– Sabes muy bien que es imposible.


La noche había caído. Un viento caliente rozaba las paredes. El cielo estaba cubierto de polvo. En una explanada, unos chavales jugaban al fútbol, ajenos a la oscuridad. Omar caminaba a mi lado. Arrastraba los pies con pesadez, distraído. Cuando llegamos bajo una farola, se detuvo para mirarme bien.

– ¿Crees que me estoy metiendo en lo que no me importa, primo?

– No.

– No he intentado embaucarte. No me meto en la vida de nadie.

– Ni siquiera se me ha ocurrido pensarlo.

Lo miré detenidamente a mi vez:

– Omar, en la vida hay reglas sin las cuales la humanidad regresaría a la Edad de Piedra. Sin duda, no todas nos vienen bien, ni son infalibles ni siempre razonables, pero nos permiten mantener un rumbo determinado… ¿Sabes lo que me gustaría hacer mientras estoy hablando contigo? Me gustaría estar en mi casa, en mi habitación del tejado, escuchando mi radio gangosa y soñando con un trozo de pan y agua fresca. Pero ya no tengo radio, y tampoco podría regresar a mi casa sin morirme de vergüenza antes de cruzar su umbral.

<p>12</p>

Omar trabajaba de repartidor para un vendedor de muebles, antiguo brigada que había conocido en su batallón. Se habían encontrado por casualidad en una carpintería. Omar acababa de recalar en Bagdad. Estaba buscando a sus antiguos compañeros de unidad, pero las direcciones que tenía ya no servían; muchos se habían mudado o habían desaparecido. Omar estaba ofreciendo sus servicios al carpintero cuando el brigada pasó por allí para encargar unas mesas y armarios. Ambos hombres se dieron un fuerte abrazo. Tras las efusiones y preguntas de rigor, Omar informó de su situación a su antiguo superior. El brigada no estaba forrado ni tenía medios para permitirse reclutar a más personal, pero el espíritu de equipo pudo más que las consideraciones sobre la rentabilidad, y el cabo desertor quedó contratado de inmediato. Su empleador le asignó la furgoneta azul que conducía y mantenía con mimo y le buscó el estudio de Salman Park. El salario de Omar era módico, a veces se retrasaba varias semanas, pero el brigada jugaba limpio. Omar supo desde el principio que iba a pringar por nada y menos, pero al menos tenía un techo y lo suficiente para no morir de hambre. Comparando con lo que veía a su alrededor, no podía sino bendecir a sus santos y la baraka de los suyos.

Omar me llevó a ver a su patrón con vistas a colocarme. Me avisó de que era como dar palos de ciego. Los negocios iban cada vez peor, y la gente más forrada conseguía como mucho cubrir los gastos familiares corrientes. La gente tenía otras prioridades, otras urgencias como para pensar en cambiar de aparador o comprar nuevos sillones. El brigada, un personaje larguirucho con aspecto de zancudo, me recibió con muchos miramientos. Omar me presentó como su primo y le alabó unos méritos que no eran forzosamente míos. El brigada asentía y arqueaba admirativamente las cejas, con una sonrisa en los labios. Cuando a Omar le tocó hablar de los motivos de mi presencia en el almacén, al brigada se le borró la sonrisa. Sin decir palabra, se eclipsó por una puerta oculta y regresó con un registro que abrió delante de nuestras narices. Las filas de palabras, en azul, se alargaban desmesuradamente, pero las de los números, en rojo, no seguían la pauta. Las entradas de dinero eran casi nulas, y en cuanto al capítulo reservado a los encargos, en verde, era tan escueto como un comunicado oficial.

– Lo siento. Estamos totalmente parados -nos confió.

Omar no insistió.

Llamó a varios amigos con su móvil, me llevó de una punta a otra de la ciudad; ningún empleador nos prometió avisarnos cuando hubiera alguna novedad. Omar se sentía afligido y yo, por mi parte, tenía la impresión de estar agobiándolo. Al quinto día, al ver que no se abría ninguna puerta, decidí dejar de importunarlo.

Omar me trató de cretino:

– Te quedarás en mi casa hasta que puedas volar con tus propias alas. ¿Qué pensarían los nuestros si llegaran a enterarse de que te dejé en la estacada? Vale con que no soporten mi lenguaje ordinario ni mi fama de borracho, pero lo que no voy a permitir es que también me tilden de falso. Tengo un montón de defectos, eso está claro; seguro que no iré al paraíso, pero tengo mi orgullo, primo, y le tengo apego.

Una tarde, mientras Omar y yo estábamos de brazos cruzados en un rincón del estudio, un joven llamó a la puerta. Era un chico asustadizo, endeble de hombros, con cara de niña y ojos límpidos como el cristal. Debía de tener mi edad, unos veinte años. Vestía una camisa tropical abierta sobre su pecho rosado, un vaquero ceñido y zapatos nuevos con rozaduras en los lados. Pareció molestarse al encontrarme allí, y la mirada insistente que echó al cabo me excluía automáticamente.

Omar se apresuró a presentarnos. A él también lo había pillado por sorpresa; su voz tembló curiosamente al decirme:

– Primo, te presento a Hany. Mi socio y compañero de piso.

Hany me tendió una mano frágil que casi se fundió en la mía y, sin interesarse demasiado por mí, hizo una señal a Omar para que lo siguiera al descansillo. Cerraron la puerta tras ellos. Al cabo de unos minutos, Omar regresó para decirme que su socio y él tenían asuntos que tratar en el estudio y para pedirme que, si no me importaba, lo esperara en el café de la esquina.

– Me viene bien, estaba empezando a entumecerme -le dije.

Omar se aseguró de que no me lo tomaba a mal y me acompañó hasta abajo.

– Pídete lo que quieras, yo invito.

Sus ojos brillaban con un extraño júbilo.

– Aquí huele a buena noticia -le dije.

– Pues… -se enredó-. Nunca se sabe. No todo van a ser calamidades.

Me llevé la mano a la sien a modo de saludo y me fui al café más cercano. Omar llegó una hora después. Parecía satisfecho de la entrevista con su socio.

Hany nos visitó en varias ocasiones. Cada vez, Omar me rogaba que lo esperara en el café. Una noche, el coinquilino, que seguía negándose a familiarizarse conmigo, declaró que había tenido mucha paciencia y que ya le tocaba volver a la normalidad cotidiana; quería regresar al estudio. Omar intentó razonar con él. Hany se obcecó. Confesó que no se encontraba a gusto con la gente que lo alojaba y que estaba harto de padecer sin necesidad su hipocresía. Hany estaba decidido. La firmeza de su rostro y la fijeza de su mirada excluían todo tipo de negociación.

– Tiene razón -dije a Omar-. Aquí está en su casa. Ha tenido mucha paciencia.

Hany tenía los ojos clavados en su socio. Ni siquiera vio la mano que le tendí para despedirme.

Omar se interpuso entre su coinquilino y yo, y soltó con despecho a aqué

– Muy bien. ¿Quieres regresar? Está hecho. Pero este tío es mi primo y no lo pondré en la calle por nada del mundo. Si no le encuentro un techo esta noche, dormiré con él en un banco público. Y así será todas las noches hasta que tenga donde cobijarse.

Intenté protestar. Omar me empujó hacia el rellano y cerró de un portazo detrás de nosotros.

Omar acudió primero a un conocido para tantear la posibilidad de alojarme dos o tres días, pero no se puso de acuerdo con él; luego recurrió a su patrón. Éste me propuso dormir en su almacén. Omar aceptó la idea, por si las moscas, y siguió llamando a otras puertas. Cuando se dio cuenta de que sonaban a hueco, regresamos al almacén para jugar a los vigilantes nocturnos.

Al cabo de una semana, constaté que Omar iba perdiendo su locuacidad. Se había replegado sobre sí mismo y ya no atendía lo que le decía. Se sentía desdichado. La precariedad de nuestra situación le enflaquecía las mejillas y le dejaba su poso en el fondo de la mirada. Me sentía responsable de su desánimo.

– ¿Qué opinas de Sayed, el hijo del Halcón? -me preguntó una mañana.

– Nada especial. ¿Por qué?

– Nunca he conseguido calar a ese fulano. Ignoro lo que trapichea, pero lleva una tienda de electrodomésticos en el centro de la ciudad. ¿Qué te parece si vamos a verlo por si pudiera echarte una mano?

– Pues claro. ¿Qué te preocupa de este asunto?

– No quiero que pienses que intento largarte.

– Ni se me ocurriría.

Le di una palmada en la muñeca para tranquilizarlo.

– Vamos a verlo, Omar, y ahora mismo.

Nos metimos en el furgón y volamos hacia el centro. Tuvimos que dar media vuelta por culpa de un atentado que acababa de alcanzar una comisaría del barrio y rodear buena parte de la ciudad hasta desembocar en un gran bulevar muy animado. La tienda de Sayed hacía esquina con una farmacia, en la prolongación de una placeta intacta. Omar aparcó a un centenar de metros del establecimiento. Se le notaba nervioso.

– Bueno, estamos de suerte, Sayed está en la caja -me dijo-. No nos veremos obligados a esperar como tontos por aquí… Ve a verlo. Haz como si pasaras por casualidad por ahí y lo hubieses reconocido a través del cristal. Seguro que te va a preguntar qué estás haciendo en Bagdad. Te limitarás a contarle la verdad, que llevas semanas deambulando por las calles, que no sabes dónde ir y que no te queda dinero. Entonces puede que te eche un cable, o bien que pretexte un montón de problemas para dejarte contra las cuerdas. Si se hace cargo de ti, no se te ocurra venir a verme al almacén. No por ahora, al menos. Deja pasar una o dos semanas. No quiero que Sayed sepa dónde vivo ni lo que hago. Te agradecería que no me mentaras nunca delante de él. Yo regreso al almacén. Si no llegas esta noche, entenderé que te ha acogido.

Me empujó apresuradamente hacia la calzada, alzó el pulgar y se coló con rapidez entre los coches que zigzagueaban entre los peatones.

Sayed garabateaba un libro de contabilidad. Estaba con la camisa remangada, cerca de un pequeño ventilador de zumbantes palas. Se subió las gafas sobre la frente y arrugó los ojos cuando observó mi silueta indecisa en el umbral de la tienda. Tardó un tiempo en ubicarme en su memoria, pues no habíamos tenido mucha relación. El corazón se me desbocó. Luego, el rostro del hijo del Halcón se iluminó y una amplia sonrisa se dibujó en su cara.

– No puede ser -exclamó abriendo los brazos para acogerme.

Me estuvo abrazando un largo rato.

– ¿Pero qué estás haciendo en Bagdad?

Le conté más o menos lo que me había aconsejado Omar. Sayed me escuchó con interés, el rostro impasible. Me costaba averiguar si mi desamparo le conmovía o no. Cuando alzó la mano para interrumpirme, creí que me iba a echar. Para gran alivio mío, la dejó caer sobre mi hombro y me declaró que a partir de ese momento hacía suyas mis preocupaciones y que, si me interesaba, podría trabajar en su tienda y alojarme en el piso de arriba, en un cuchitril.

– Aquí vendo televisores, antenas parabólicas, microondas, etc. Lo único que tendrás que hacer es llevar al día la contabilidad de las entradas y salidas. Estuviste en la facu, si no me falla la memoria.

– En primer curso de Letras.

– ¡Enhorabuena! La contabilidad es asunto de honradez, y tú eres un chico honrado. Lo demás, lo irás aprendiendo sobre la marcha. No es nada del otro mundo, ya verás… Estoy muy contento de tenerte aquí, de verdad.

Me acompañó al piso para enseñarme mi cuarto. El cuchitril lo ocupaba un vigilante nocturno al que le vino bien que le asignaran otras tareas para poder así regresar a su casa tras el cierre de la tienda. El lugar me gustó. Había un catre de tijera, un televisor, una mesa y un armario para colocar mis cosas. Sayed me adelantó dinero para que fuera a tomar un baño y me comprara una bolsa de aseo y ropa nueva. También me invitó a comer en un auténtico restaurante.

Dormí como un ángel.

Al día siguiente, a las ocho y media, alcé el cierre metálico de la tienda. Los primeros empleados -eran tres- ya estaban esperando en la acera. Sayed se unió a nosotros unos minutos después y nos presentó. Los empleados no se mostraron muy entusiasmados al darme la mano. Eran jóvenes de la ciudad poco comunicativos y desconfiados. El más alto, Rachid, atendía la trastienda, a la cual nadie más tenía acceso. Su tarea consistía en almacenar la mercancía y en garantizar su entrega. El mayor, Amr, era el repartidor. El tercero, Ismaíl, se encargaba del servicio posventa, era ingeniero electrónico.

El despacho de Sayed hacía las veces de sala de recepción. Se hallaba frente al ventanal y también servía de sala de exposición de sus productos. Sus paredes estaban repletas de estanterías metálicas. Casi todo el espacio disponible estaba ocupado por televisores de marca asiática, de pequeña o gran pantalla, aureolados con antenas parabólicas y todo tipo de accesorios sofisticados. También había cafeteras eléctricas, robots, parrillas y utensilios de cocina. Al contrario que la del vendedor de muebles, la tienda de Sayed, ubicada en una avenida importante, estaba siempre llena. La clientela se aglutinaba allí dentro a lo largo del día. Sin duda, la mayoría iba para comprar con los ojos, pero las salidas eran constantes.

Me sentí a gusto hasta el día en que Sayed me comunicó que unos «muy queridos amigos» me esperaban en mi cuarto del piso de arriba. Yo regresaba de comer en un garito. Sayed se me adelantó. Abrió la puerta, y vi a Yacín y a los gemelos Hasán y Hossein sentados en mi catre de tijera. Algo se estremeció en todo mi ser. Los gemelos estaban encantados de volver a verme. Se me echaron encima y me vapulearon entre manifestaciones de afecto y risas. En cuanto a Yacín, no se levantó. Permanecía inmóvil sobre el catre, muy tieso, como una cobra. Carraspeó para pedir a ambos hermanos que se dejaran de pitorreo y me dirigió esa mirada que nadie en Kafr Karam se atrevía a sostener.

– Has tardado lo tuyo en darte cuenta y despertar -me dijo.

No pillé lo que pretendía decirme.

Los gemelos se apoyaron en la pared y me dejaron solo en medio del cuchitril, frente a Yacín.

– ¿Todo bien? -preguntó.

– No me quejo.

– Pues yo en cambio te compadezco.

Se meneó para liberar un pico de su chaqueta que tenía pillado bajo el trasero. Yacín había cambiado. Le habría echado diez años más. Unos pocos meses habían bastado para endurecer sus rasgos. Su mirada seguía siendo intimidatoria, pero las comisuras de sus labios se habían arrugado como si el rictus que las aplastaba hubiese acabado hundiéndolas.

Decidí no dejarme impresionar.

– ¿Puedo saber por qué me compadeces?

Asintió con la cabeza.

– ¿Piensas que no hay motivo para ello?

– Te escucho.

– Me escucha… Por fin, nuestro querido hijo de pocero oye. ¿Con qué historia lo vamos a incordiar ahora?

Me miró fijamente.

– Me pregunto, buen hombre, cómo te funciona la cabeza. Hay que ser autista para no ver lo que está ocurriendo. El país está en guerra, y millones de cretinos hacen como si la cosa no fuera con ellos. Cuando suenan petardos en la calle, se meten en su casa y cierran los postigos, pensando así librarse del asunto. Salvo que las cosas no funcionan de ese modo. Antes o después, la guerra echará abajo su hipotético refugio y los pillará en la cama… ¿Cuántas veces lo he repetido en Kafr Karam? Os lo decía: si no acudes al incendio, éste te acaba pillando. ¿Quién me hizo caso? ¿Eh, Hasán, quién me hizo caso?

– Nadie -dijo Hasán.

– ¿Tú esperaste el incendio?

– No, Yacín -dijo Hasán.

– ¿Acaso esperaste a que unos hijos de perra vinieran a sacarte de tu jergón, en plena noche, para que despertaras?

– No -dijo Hasán.

– Y tú, Hossein, ¿ha sido necesario que unos hijos de perra te arrastren por el lodo para que te levantes?

– No -dijo Hossein.

Yacín me volvió a mirar fijamente.

– Yo no he esperado a que escupan sobre mi amor propio para rebelarme. ¿De qué carecía en Kafr Karam? ¿De qué tenía queja? Habría podido cerrar mis postigos y taparme los oídos. Pero yo sabía que si no iba al incendio, el incendio vendría a mí. Entonces tomé las armas para no acabar como Suleimán. ¿Cuestión de supervivencia? Sólo cuestión de lógica. Éste es mi país. Unos canallas pretenden arrebatármelo. ¿Qué hago? ¿Qué pretendes que haga? ¿Crees que voy a esperar que vengan a violar a mi madre ante mis ojos, y bajo mi techo?

Hasán y Hossein agacharon la cabeza.

Yacín respiró lentamente y, moderando la acuidad de su mirada, me dijo:

– Sé lo que ocurrió en tu casa.

Fruncí el ceño.

– Pues sí -añadió-. Lo que es tumba para los hombres es huerto para sus tiernas mitades. Las mujeres ignoran lo que significa la palabra «secreto».

Incliné la cabeza.

Se apoyó en la pared, cruzó los brazos sobre su pecho y me miró en silencio. Sus ojos me indisponían. Cruzó las piernas y posó la palma de las manos encima.

– Yo sé lo que es ver a un venerado padre arrojado al suelo, con los cojones al aire, por un bruto -dijo.

La nuez se me atascó en la garganta. ¡No pensaba soportar que aireara toda mi ropa sucia en público!

Yacín leía en mi rostro lo que gritaba en mi fuero interno. No hizo el menor caso.

Señaló a los gemelos con la barbilla, luego a Sayed, y prosiguió:

– Todos nosotros aquí, yo y los demás, y hasta los mendigos que van pordioseando por las calles, sabemos perfectamente lo que ese ultraje supone… No el soldado norteamericano. Ése no puede evaluar la magnitud del sacrilegio. Ni siquiera sabe lo que es un sacrilegio. En su mundo, despachan a los padres en asilos para ancianos y se olvidan de ellos como si fueran la menor de sus preocupaciones; tratan a la madre de vieja loca y al progenitor de gilipollas… ¿Qué puede esperarse de tipos así, eh?

La ira me tenía sin aliento.

Yacín lo notaba muy bien; insistió:

– ¿Qué puede esperarse de un mocoso que dejaría tirada en un cementerio a la mujer que lo tuvo en su vientre, que lo parió con fórceps, lo concibió fibra a fibra, lo educó paso a paso y que veló por él tantas veces como la estrella por su pastor?… ¿Que respete a nuestras madres? ¿Que bese la frente de nuestros ancianos?

El silencio de Sayed y de los gemelos acentuaba mi cólera. Tenía la sensación de que me habían metido en una ratonera y estaba resentido con ellos. Que Yacín se metiera donde no lo llamaban formaba parte en cierto modo de su reputación, pero que los demás participaran sin implicarse del todo me daba rabia.

Sayed se dio cuenta de que estaba a punto de estallar por dentro.

Dijo:

– Esa gente no tiene mayor consideración por sus mayores que por sus retoños. Es lo que Yacín intenta explicarte. No te está echando una bronca. Está contándote a ti mismo. Lo que ocurrió en Kafr Karam nos ha trastornado a todos, te lo aseguro. Ignoraba esta historia hasta esta mañana. Y cuando me la contaron, enloquecí de furia. Yacín tiene razón. Los norteamericanos han ido demasiado lejos.

– Sinceramente, ¿qué esperabas? -refunfuñó Yacín, irritado por la intervención de Sayed-. ¿Que se dieran la vuelta ante la desnudez de un sexagenario inválido y aterrado?

Giró la mano en la dirección de las agujas del reloj.

– ¿Por qué?

Yo había perdido el uso de la palabra.

Sayed aprovechó para rematarme:

– ¿Cómo pretendes que se den la vuelta si hasta pueden sorprender a sus mejores amigos tirándose a sus mujeres y hacer como si nada? El pudor es algo que perdieron de vista hace lustros. ¿El honor? Falsificaron sus códigos. No son sino unos abortos enloquecidos, que echan por tierra los valores como búfalos sueltos en una tienda de porcelanas. Proceden de un universo injusto y cruel, sin humanidad ni moral, donde el poderoso se nutre de la carne de los sometidos, donde la violencia y el odio resumen su historia, donde el maquiavelismo conforma y justifica las iniciativas y las ambiciones. ¿Qué pueden comprender de este mundo nuestro, que contiene las páginas más fabulosas de la civilización humana, donde los valores fundamentales no tienen una sola arruga, donde los juramentos no se han debilitado lo más mínimo, donde las referencias de antaño no se han movido una pizca?

– Poca cosa -dijo Yacín levantándose y acercándose a mí hasta pegar su nariz a la mía-. Poca cosa, hermano.

Y Sayed:

– Ignoran nuestras costumbres, nuestros sueños y nuestras oraciones. Ignoran sobre todo que tenemos a quien parecemos, que nuestra memoria está intacta y que nuestras opciones son justas. ¿Qué conocen de Mesopotamia, de este Irak fantástico que pisotean con sus rangers de mierda? ¿De la Torre de Babel, de los Jardines Colgantes, de Harum al-Rachid, de Las mil y una noches? ¡Nada! Nunca miran de este lado de la historia y sólo ven nuestro país como un inmenso charco de petróleo en el que lamerán hasta la última gota de nuestra sangre. No están en la historia; están en el filón, en el expolio, se bañan en el Pactolo. Sólo son mercenarios a sueldo de las finanzas blancas. Han reducido todos los valores a un horrendo asunto de pasta, todas las virtudes al interés. Unos temibles depredadores, eso es lo que son. Pisotearían el cuerpo de Cristo con tal de forrarse. Y cuando no estamos de acuerdo con ellos, sacan su artillería pesada y ametrallan a nuestros santos, lapidan nuestros monumentos y se suenan los mocos en nuestros pergaminos milenarios.

Yacín me empujó hacia la ventana y me gritó:

– Míralos; ve y echa una ojeada por el cristal y verás lo que son en realidad: máquinas.

– Y esas máquinas se van a partir los dientes en Bagdad -dijo Sayed-. Pues ahí fuera, en nuestras calles, se está librando el duelo más grande de todos los tiempos, la lucha entre titanes: Babilonia contra Disneylandia, la Torre de Babel contra el Empire State Building, los Jardines Colgantes contra el Golden Gate Bridge, Scherazade contra Ma Baker, Simbad contra Terminator…

Me engatusaron, me engatusaron por completo. Tenía la impresión de encontrarme en el centro de una mascarada, en pleno ensayo teatral, rodeado de actores mediocres que se habían aprendido de carrerilla su papel sin por ello estar en condiciones de acompañarlo del talento que requería, y sin embargo… y sin embargo… y sin embargo me parecía que era exactamente lo que quería oír, que sus palabras eran precisamente las que me faltaban y cuya carencia me arrasaba la cabeza con migrañas e insomnios. Poco me importaba saber si Sayed era sincero o si Yacín me hablaba con palabras propias, palabras que le salieran de las vísceras; la única certeza que tenía era que la mascarada me convenía, que me iba como un guante, que el secreto que llevaba semanas rumiando era compartido, que mi ira ya no estaba sola, que me devolvía lo esencial de mi determinación. Me costaba definir esa alquimia que, en otras condiciones, me habría hecho reír a carcajadas, y que a la vez me aliviaba. Menuda espina acababa de sacarme del pie ese canalla de Yacín. Había sabido tocarme donde debía hacerlo, remover dentro de mí todas esas porquerías de las que me había atiborrado desde aquella noche en que el cielo se me vino encima. Había venido a Bagdad para vengar una ofensa. No sabía cómo hacerlo. Ésa era una cuestión que ya no me planteaba.

De modo que cuando Yacín accedió por fin a abrirme sus brazos, fue como si me abriera el único camino que conducía a lo que más anhelaba en el mundo: el honor de los míos.

<p>13</p>

Yacín y sus dos ángeles de la guarda, Hasán y Hossein, no volvieron por la tienda. Sayed nos invitó a los cuatro a cenar a su casa, para festejar nuestro reencuentro y sellar nuestro juramento; luego, tras la cena, los tres compañeros se despidieron de nosotros y desaparecieron de la circulación.

Seguí con mi trabajo de vigilante nocturno, consistente en abrir la tienda a los empleados y en cerrarla después de que se fueran. Pasaron semanas. Mis colegas no intimaron conmigo. Me daban los buenos días por la mañana y las buenas noches por la tarde, y eso era todo. Su indiferencia conmigo me exasperaba. Y eso que había intentado ganarme su confianza; a la larga, acabé ignorándolos a mi vez. Me seguía quedando el suficiente orgullo para prohibirme sonreír tontamente a gente que no sabía corresponder.

Comía por allí, en un restaurante de discutible higiene. Sayed acordó con el gerente abrirme una cuenta y que le mandara la factura a la tienda a final de mes. El gerente era un hombrecillo moreno, listo y jovial. Simpatizamos. Más adelante me enteré de que el restaurante pertenecía a Sayed, así como un quiosco de prensa, dos tiendas de comestibles, una de zapatos en el bulevar, un laboratorio de fotografía y una tienda de telefonía.

Sayed me daba una buena paga los fines de semana. Me compraba ropa y cachivaches y guardaba lo demás en una bolsa de cuero para mi hermana gemela Bahia; pensaba enviarle todo lo que consiguiera ahorrar.

Las cosas se iban arreglando sin problema. Me organicé una rutina a medida. Después de cerrar la tienda, salía a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Me gustaba caminar. En Bagdad había a diario un polo de atracción. Los tiroteos relevaban a los atentados, las incursiones a las emboscadas, las correrías a las marchas de protesta. La gente se iba acostumbrando. Apenas un lugar empezaba a reponerse de una deflagración o una ejecución sumaria, y ya la muchedumbre lo volvía a ocupar. Fatalista. Estoica. En varias ocasiones me topé con una carnicería todavía humeante y me quedé ahí mirando de soslayo el horror hasta la llegada de los auxilios y el ejército. Miraba cómo metían en las ambulancias los trozos de carne recogidos de las aceras, a los bomberos evacuar los edificios afectados, a los polis haciendo preguntas a los vecinos. Me abandonaba así durante horas, con las manos en los bolsillos. Iniciándome en el ejercicio de la ira. Me preguntaba, mientras los familiares de las víctimas alzaban las manos al cielo aullando de dolor, si estaba en condiciones de infligir a otros los mismos sufrimientos y me daba cuenta de que dichas preguntas no me afectaban. Regresaba a mi cuarto pausadamente. La pesadilla de las calles no alteraba mis sueños.

Una vez, hacia las dos de la mañana, unos ruidos apagados me despertaron. Di la luz en el piso, y luego en la planta baja para comprobar si se había colado en el local algún ladrón mientras dormía. No había nadie en la tienda y no eché en falta ningún producto expuesto. Los ruidos procedían de la trastienda, cuya puerta estaba cerrada desde el interior. Era el taller de reparaciones, un territorio vedado a las personas no autorizadas. Yo no tenía derecho a entrar. Me quedé pues en el local comercial hasta que se fueron los intrusos. Al día siguiente comenté lo ocurrido con Sayed. Me explicó que a veces el ingeniero acudía allí muy tarde para atender a unos clientes exigentes y me recordó que el taller de reparaciones quedaba fuera de mis competencias. Percibí en su tono un aviso perentorio.

Un viernes por la tarde, mientras iba sorteando a los colgados a orillas del Tigris, Omar el Cabo me abordó. Hacía semanas que no lo veía. Llevaba el mismo traje, pero ajado, unas grotescas gafas nuevas y tenía salpicaduras de grasa de motor en la camisa a punto de reventar por culpa de su tripa.

– ¿Estás enfadado conmigo o qué? -me preguntó-. Pregunto a diario por ti en el almacén y el brigada me dice que no has pasado por allí. ¿Tienes algo que reprocharme?

– ¿Dime tú qué? Has sido más que un hermano para mí.

– Entonces, ¿por qué pasas de mí?

– No paso de ti. Estoy muy ocupado, eso es todo.

Intentó leer en mis ojos si le estaba ocultando algo. Estaba preocupado.

– Me preocupo por ti -me confesó-. No sabes cuánto me arrepiento de haberte entregado a Sayed. Cada vez que lo pienso me tiro de los pelos.

– Haces mal. Estoy muy bien con él.

– Como te embarque en asuntos turbios…, asuntos… de sangre, no me lo perdonaré.

Tragó varias veces saliva antes de soltarlo. Sus gafas negras me ocultaban su mirada, pero la expresión de su cara lo ponía en evidencia. Omar estaba acorralado, acosado por este caso de conciencia. Se estaba dejando crecer la barba como muestra de contrición.

– No he venido a Bagdad para ganarme la vida, Omar. Ya hemos hablado de eso. No hay más que añadir.

Mi réplica, en vez de tranquilizarlo, lo ofuscó. Se revolvió el pelo, más alarmado que nunca.

– Ven -le dije-. Vamos a picar algo. Yo invito.

– No tengo hambre. Para serte sincero, he dejado de comer desde que tuve esa maldita idea de encomendarte a Sayed.

– Por favor…

– Tengo que largarme. No quiero que me vean contigo. Tus amigos y yo no estamos en la misma onda.

– Soy libre de ver a quien quiera.

– Yo no.

Se trituró los dedos, muy nervioso, y, tras mirar con desconfianza a nuestro alrededor, me propuso:

– He hablado de ti con un amigo del ejército. Está dispuesto a acogerte en su casa durante una temporada. Es un antiguo teniente, un tipo simpático. Está montando una empresa y necesita a un hombre de confianza.

– Estoy exactamente donde quería estar.

– ¿Estás seguro?

– Absolutamente.

Meneó la cabeza, apesadumbrado.

– Bueno -dijo tendiéndome la mano-, tú sabrás lo que quieres, ya no tengo por qué meterme. Pero si te diera por cambiar de opinión, sabes dónde encontrarme. Puedes contar conmigo.

– Gracias, Omar.

Hundió la barbilla en el cuello y se alejó.

Tras haber caminado una decena de pasos, cambió de opinión y dio media vuelta. Sus pómulos temblaban espasmódicamente.

– Otra cosa, primo -me susurró-. Si quieres pelear, hazlo limpiamente. Pelea por tu país, no contra el mundo entero. Tenlo todo en cuenta y separa el grano de la paja. No mates a cualquiera, no dispares al tuntún. Caen más inocentes que canallas. ¿Me lo prometes?

– ¿Ves? Ya vas desencaminado. Nuestro enemigo no es el mundo. Recuerda a los pueblos que protestaron contra la guerra preventiva, esos millones de personas que se echaron a la calle en Madrid, Roma, París, Tokio, en Sudamérica, en Asia. Todos estaban y siguen estando de nuestro lado. Eran más numerosos que los que nos apoyaron en los países árabes. No lo olvides. Todas las naciones son víctimas de la bulimia de un puñado de multinacionales. Meterlos a todos en el mismo saco sería un error atroz. Raptar a periodistas, ejecutar a miembros de ONG que sólo están con nosotros para ayudarnos, eso no está dentro de nuestras costumbres. Si quieres vengar una ofensa, no ofendas a nadie. Si piensas que el honor de tu pueblo debe ser salvaguardado, no deshonres a tu pueblo. No cedas a la locura. Me ahorcaría de inmediato si llegara a verte en una filmación confundiendo ejecución arbitraria con hazaña bélica…

Se limpió la nariz con la muñeca, volvió a menear la cabeza, la nuca hundida entre los hombros, y concluyó:

– Seguro que me ahorcaría de inmediato, primo. A partir de ahora, que sepas que todo lo que hagas me afecta directamente.

Y se apresuró a fundirse con las cohortes desorientadas que deambulaban por la orilla del río.


Dos meses después de mi conversación con Omar, mis reflejos no se habían modificado un ápice. Despertar a las seis de la mañana, levantar el cierre metálico dos horas después, apuntar en los libros las entradas y salidas de la mercancía, cerrar la tienda a última hora de la tarde. Cuando los empleados se habían ido, nos encerrábamos, Sayed y yo, en la tienda y hacíamos el balance de las ventas y el inventario de los pedidos. Una vez cuadrada la caja y hechas las previsiones para el día siguiente, Sayed me entregaba el manojo de llaves y se llevaba la bolsa repleta de billetes. La rutina empezaba a pesarme y mi universo se estrechaba como una piel de zapa. Ya no iba al centro de la ciudad, no frecuentaba los bares. Mi itinerario se limitaba a dos puntos distantes un centenar de metros: el restaurante y la tienda. Cenaba temprano, compraba limonada y galletas en la tienda de comestibles cercana y me encerraba en mi habitación. Me pasaba el tiempo pegado a la tele, zapeando sin control, incapaz de concentrarme en un programa o una película. Dicha situación acentuaba mi malestar, me deformaba el carácter. Me volvía cada vez más susceptible, cada vez menos paciente, y mis palabras y gestos empezaron a traslucir una agresividad que desconocía en mí. No soportaba que mis colegas me ignoraran y no perdía la oportunidad de señalárselo. Cuando alguien no contestaba a mi sonrisa, mascullaba «cara de capullo» para que me oyera, y si se atrevía a fruncir el ceño, me encaraba con él y lo provocaba. De ahí no pasaba la cosa, y aquello me sabía a poco.

Una noche, harto ya, pregunté a Sayed qué estaba esperando para mandarme al frente. Me contestó con un tono que me dolió: «¡Cada cosa en su momento!». Tenía la sensación de ser morralla y de no pintar para nada. Ya se enterarán éstos, me prometía a mí mismo. Un día les demostraré de lo que soy capaz. Por entonces, al no tener la iniciativa, me limitaba a rumiar mis frustraciones y concebir, para amueblar mis insomnios, unos descabellados planes de revancha.

Luego, los acontecimientos se precipitaron…

Había despedido al último cliente y bajado la mitad del cierre metálico de la tienda cuando dos hombres me pidieron con un gesto que me echara atrás y los dejara entrar. Los empleados, Amr y Rachid, que estaban recogiendo sus cosas para irse, se quedaron paralizados. Sayed se puso las gafas; cuando reconoció a los dos intrusos, se levantó de su despacho, sacó un sobre de un cajón y lo lanzó sobre la mesa. Los dos hombres se miraron y cruzaron las manos. El más alto, de cincuenta y pico años, tenía un rostro patibulario que descansaba sobre un cuello adiposo como una gárgola de iglesia. Tenía en la mejilla derecha una horrible quemadura cuya extensión lo obligaba a cerrar un poco el párpado. Era un bruto en estado puro, de pérfida mirada y mueca sardónica. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada en los codos, y debajo un jersey verde botella constelado de caspa. El otro, de unos treinta años, enseñaba sus colmillos de lobezno tras una sonrisa afectada. Su desenvoltura revelaba al arribista que va quemando etapas, convencido de que sus galones de madero tienen poderes talismánicos. Llevaba su vaquero nuevo remangado hasta los tobillos, dejando al descubierto unos mocasines destaconados. Miraba fijamente a Rachid en lo alto de su escalerilla.

– Muy buenas, dadivoso señor -dijo el cincuentón.

– Muy buenas, capitán -dijo Sayed golpeteando el sobre-. Éste te estaba esperando.

– He estado cumpliendo una misión estos días pasados.

El capitán se acercó a la mesa, lentamente, sopesó el sobre y refunfuñó:

– Ha adelgazado.

– Está todo.

El oficial de policía esbozó una mueca de escepticismo.

– Ya conoces mis problemas familiares, Sayed. Tengo que mantener a toda una tribu, y hace seis meses que no cobramos.

Señaló con el pulgar a su colega:

– Mi amigo también está jodido. Quiere casarse y no hay manera de que encuentre un puto lugar donde meterse.

Sayed crispó los labios antes de volver a meter la mano en el cajón. Sacó unos cuantos billetes más que el capitán escamoteó con gesto de prestidigitador.

– Eres un hombre generoso, Sayed. Dios te lo tendrá en cuenta.

– Estamos pasando un mal trago, capitán. Tenemos que ayudarnos mutuamente.

El capitán se rascó la mejilla herida, fingió sentirse incómodo y tuvo que arrancar de la mirada de su compañero el valor para cortar por lo sano:

– A decir verdad, no he venido por el sobre. Mi amigo y yo estamos montando un negocio y he pensado que podrías estar interesado, que podrías echarnos una mano.

Sayed se volvió a sentar y se cogió la boca entre el pulgar y el índice.

El capitán se sentó al otro lado de su mesa y cruzó las piernas.

– Estoy montando una pequeña agencia de viajes.

– ¿En Bagdad? ¿Crees que nuestro país es un destino muy solicitado?

– Tengo familia en Ammán. Opinan que debería invertir allá. Yo ya he corrido mundo y, si quieres que te sea sincero, aquí no veo la salida del túnel. Estamos asistiendo a un segundo Vietnam y no quiero palmarla en él. Tengo tres balas en el cuerpo y un cóctel molotov ha estado a punto de desfigurarme. He decidido entregar mi placa y hacer fortuna en Jordania. Mi negocio promete. Cien por cien de beneficios. Y legal. Si quieres, te puedes asociar conmigo.

– Ya tengo bastantes preocupaciones con mi propio negocio.

– Anda ya. Te las apañas muy bien.

– No tanto.

El capitán atornilló un pitillo en sus labios y lo encendió con un mechero desechable. Echó el humo a la cara de Sayed, que se limitó a apartarla levemente.

– Lástima -dijo el policía-, estás dejando escapar un auténtico chollo, amigo mío. ¿De verdad que no te seduce la idea?

– No.

– No pasa nada. Y ahora, ¿qué te parece si hablamos del objeto de mi visita?

– Te escucho.

– ¿Confías en mí?

– ¿A qué te refieres?

– ¿He intentado engañarte desde que cuido de tus asuntos?

– No.

– ¿He demostrado ser codicioso?

– No.

– Y si te pidiera que me adelantaras un poco de dinero para montar mi negocio, ¿confías en que te lo devolvería?

Sayed estaba esperando esa salida. Sonrió y apartó los brazos:

– Eres una persona leal, capitán. Te prestaría millones con los ojos cerrados, pero tengo deudas por un tubo y el negocio anda flojo.

– ¡Eso se lo cuentas a otro! -dijo el capitán aplastando su cigarrillo sobre el cristal de la mesa-. Estás forrado. ¿Qué crees que hago a lo largo del día? Me siento en el café de enfrente y apunto el ir y venir de tus furgonetas de reparto. Vendes dos veces más de lo que recibes. Sólo en el día de hoy -añadió sacando un cuadernillo del bolsillo interior de su chaqueta- has vendido dos frigoríficos grandes, cuatro lavadoras, cuatro televisores y un montón de clientes han salido con distintos paquetes. Y eso que no estamos más que a lunes. Al ritmo con que te deshaces de tu mercancía, deberías montar tu propio banco.

– ¿Me espías, capitán?

– Soy tu estrella, Sayed. Velo por tus chanchullos. ¿Acaso te han dado la lata con los impuestos? ¿Acaso han venido otros maderos a sacarte la pasta? Puedes traficar todo lo que te dé la gana. Sé que tus facturas son tan falsas como tu palabra de honor y cuido de que lo sigan siendo con total impunidad. Tú, a cambio, me das las migajas y crees que me estás cubriendo de seda. No soy un mendigo, Sayed.

Se levantó bruscamente y fue directamente al almacén. A Sayed no le dio tiempo a retenerlo. El capitán se introdujo en la trastienda y con un gesto significativo señaló las incontables cajas que se amontonaban en las tres cuartas partes de la sala.

– Apuesto a que toda esta mercancía nunca ha pasado por un control aduanero.

– En Bagdad, todo el mundo trabaja en el mercado negro.

Sayed transpiraba. Estaba muy enfadado, pero intentaba contenerse. Ambos polis tenían esa apariencia relajada de quienes dominan la situación con puño de hierro. Sabían lo que querían y cómo conseguirlo. Forrarse era la primera vocación del conjunto de los funcionarios del Estado, especialmente de los cuerpos de seguridad; una vieja costumbre heredada del régimen caído y que seguía practicándose desde la ocupación al amparo de la confusión y del empobrecimiento galopante que reinaba en el país, donde los secuestros mafiosos, la corrupción, los desfalcos y las extorsiones eran moneda corriente.

– ¿Cuánto crees que hay aquí dentro? -preguntó el capitán a su colega.

– Como para comprarse una isla en el Pacífico.

– ¿Crees que estamos pidiendo la luna, inspector?

– Sólo la necesaria para iluminar la noche.

Sayed se secó el sudor con un pañuelo. Amr y Rachid permanecían en la entrada, detrás de los dos policías, al acecho de una señal de su patrón.

– Regresemos a la oficina -farfulló Sayed al capitán-. Veamos lo que puedo hacer para ayudaros a montar vuestra empresa.

– Ésa es una sabia decisión -dijo el capitán apartando los brazos-. Ojo, que si se trata de un sobre como el que me has dado, no merece la pena.

– No, no -dijo Sayed, deseoso de salir del almacén-, vamos a buscar un arreglo. Volvamos a la oficina.

El capitán frunció el ceño.

– Cualquiera diría que tienes algo que ocultar, Sayed. ¿Por qué nos metes tanta prisa? ¿Qué hay en este almacén, aparte de lo que vemos?

– Nada, te lo aseguro. Sólo que es hora de cerrar, y tengo cita con alguien en la otra punta de la ciudad.

– ¿Estás seguro?

– ¿Qué quieres que oculte aquí? Ésta es toda mi mercancía, bien embalada.

El capitán frunció su párpado derecho. ¿Acaso sospechaba algo y trataba de acorralar a Sayed? Se acercó a las murallas de cajas, curioseó por aquí y por allá y se dio bruscamente la vuelta para comprobar si Sayed contenía o no el aliento. La rigidez de Amr y de Rachid le puso la mosca detrás de la oreja. Se acuclilló para ojear debajo de las pilas de televisores y demás cajas, se fijó en una puerta oculta en una esquina y se dirigió hacia ella.

– ¿Qué hay ahí detrás?

– Es el taller de reparaciones. Está cerrado con llave. El ingeniero se fue hace una hora.

– ¿Puedo echar una ojeada?

– Está cerrado por dentro. El ingeniero entra por el otro lado.

De repente, justo cuando el capitán estaba a punto de abandonar, se oyó un estruendo detrás de la puerta que dejó petrificados a Sayed y a sus empleados. El capitán arqueó una ceja, encantado de pillar a su interlocutor en un renuncio.

– Te aseguro que creía que se había ido, capitán.

El capitán golpeó la puerta.

– Abre, chico; si no, la echo abajo.

– Un minuto, estoy acabando una soldadura -dijo el ingeniero.

Se oyeron unos chirridos, luego un rechinar metálico; una llave giró en la cerradura y la puerta se apartó ante el ingeniero vestido con camiseta y pantalón de chándal. El capitán vio una mesa cubierta de alambres, de tuercas minúsculas, de destornilladores, de pequeños botes de pintura y de cola y de material para soldar alrededor de una tele desmontada cuya tapa, colocada a la carrera, cayó desvelando una madeja de hilos multicolores en el interior de la caja. El capitán volvió a arrugar el párpado derecho. Justo cuando descubrió la bomba medio oculta en el interior del aparato, en el lugar del tubo catódico, se le contrajo la garganta, y su rostro se ensombreció de repente cuando el ingeniero le puso el cañón de una pistola en la nuca.

El inspector, algo rezagado, no cayó de inmediato en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. El silencio que acababa de instalarse en la sala le impulsó a llevarse instintivamente la mano a la cintura. No alcanzó su arma. Amr lo agarró por detrás, le puso una mano en la boca y, con la otra, le hundió un puñal debajo del omoplato. Al inspector se le desencajaron los ojos de incredulidad, se estremeció de pies a cabeza y cayó lentamente al suelo.

Al capitán le temblaba el cuerpo entero. No conseguía levantar los brazos para rendirse ni echarse hacia delante.

– No diré nada, Sayed.

– Sólo los muertos saben mantenerse callados, capitán. Lo siento por ti, capitán.

– Te lo suplico. Tengo seis críos…

– Debiste pensártelo antes.

– Por favor, Sayed, no me mates. Te juro que no diré nada. Si quieres, méteme en tu equipo. Seré tus oídos y tus ojos. Jamás he aplaudido a los norteamericanos. Los odio. Soy madero, pero podrás comprobar que jamás he puesto la mano encima a un resistente. Estoy con vosotros de todo corazón… Sayed, es verdad lo que te contaba; pienso largarme de aquí. No me mates, por el amor de Dios. Tengo seis críos, y el mayor no llega a los quince años.

– ¿Me espiabas?

– No, te juro que no. Sólo me he pasado de codicioso.

– Entonces, ¿por qué no has venido solo?

– Es mi compañero.

– No te estoy hablando de este cretino que venía contigo, sino de los fulanos que te están esperando fuera, en la calle.

– Nadie me espera fuera, te juro…

Se hizo el silencio. El capitán alzó los ojos; cuando vio la sonrisa satisfecha de Sayed, se dio cuenta de la gravedad de su error. Debió obrar con astucia, hacer creer que no estaba solo. Mala suerte.

Sayed me ordenó que bajara del todo el cierre metálico. Obedecí. Cuando regresé al almacén, el capitán estaba arrodillado, con las muñecas atadas a la espalda. Se había meado en el pantalón y lloraba como un niño.

– ¿Has mirado fuera? -me preguntó Sayed.

– No he visto nada raro.

– Muy bien.

Sayed metió la cabeza del capitán dentro de una bolsa de plástico y, con ayuda de Rachid, lo tumbó en el suelo. El oficial se debatió como un loco. La bolsa se llenó de vaho. Sayed cerró con fuerza la abertura de la bolsa alrededor del cuello del capitán. Éste se quedó muy pronto sin aire y empezó a contorsionarse y a patalear. Su cuerpo fue presa de convulsiones brutales que se fueron espaciando hasta debilitarse; cesaron repentinamente tras un último estremecimiento. Sayed y Rachid siguieron aplastando al capitán con su peso y sólo se levantaron cuando el cadáver se había quedado tieso.

– Quitadme de encima esas dos carroñas -ordenó Sayed a Amr y Rachid-. Y tú -dijo volviéndose hacia mí-, limpia esa sangre antes de que se seque.

<p>14</p>

Sayed encargó a Amr y a Rachid que hicieran desaparecer los cuerpos. El ingeniero propuso pedir un rescate a las familias de ambos policías para que se pensara en un secuestro y así despistar. Sayed le contestó: «Es tu problema», antes de ordenarme que lo siguiera. Subimos en su Mercedes negro y atravesamos la ciudad para ir al otro lado del Tigris. Sayed conducía con calma. Había puesto un CD de música oriental y subió el sonido. Su flema natural me relajaba.

Siempre había temido el momento de dar el paso; ahora que ya estaba hecho, no sentía nada especial. Había asistido a la matanza con el mismo desapego que veía a las víctimas de los atentados. Ya no era el chico frágil de Kafr Karam. Otro individuo se había colado dentro de mí. Estaba estupefacto por la facilidad con que se podía pasar de un mundo a otro y casi lamentaba haber tardado tanto en hacerlo. Ya no tenía nada que ver con el blandengue que vomitaba al ver chorrear la sangre y que se desmayaba cada vez que se liaba un tiroteo; nada que ver con el pingo que se desmayó cuando el error policial que se llevó por delante a Suleimán. Había vuelto a nacer en la piel de otro, aguerrido, frío, implacable. Mis manos no temblaban. Mi corazón latía con normalidad. En el retrovisor derecho, mi rostro no delataba ninguna expresión; era una máscara de cera, impenetrable e inaccesible.

Sayed me llevó a un pequeño y coqueto inmueble, en un barrio residencial. Los vigilantes levantaron la barrera nada más reconocer el Mercedes. Al parecer, a Sayed lo respetaban mucho los guardias. Aparcó su coche en un garaje y me llevó a un piso de lujo. No era aquel al que nos había invitado a Yacín, a los gemelos y a mí. Un anciano, secreto y obsequioso, hacía las veces de factótum en aquel lugar. Sayed me aconsejó que tomara una ducha y fuera luego a verlo al salón de ventanas nimbadas por cortinas de tafetán.

Me desnudé y me metí en la bañera regada por un grifo cromado y redondo como una tetera. El agua ardía. No tardé en sentir su efecto balsámico.

El anciano nos sirvió la cena en un pequeño salón rutilante de platería. Sayed iba ceñido con una bata granate que le daba aspecto de nabab. Cenamos en silencio. Sólo se oía el choque de las cucharas, de cuando en cuando perturbado por una llamada al móvil.

Sayed miraba primero la pantalla de su aparato y luego decidía si debía contestar o no. El ingeniero llamó a su vez por lo de ambos cadáveres. Sayed lo escuchó limitándose a pronunciar algún que otro «hum»; cuando cerró la tapa de su teléfono, por fin me dirigió una mirada y comprendí que Rachid y Amr habían hecho un buen trabajo.

El anciano nos trajo una cesta de fruta. Sayed siguió escrutándome en silencio. Quizá esperara que le diera conversación. No veía qué tema podíamos compartir. Sayed era un tipo taciturno, cuando no altivo. Tenía una manera de dirigirse a sus empleados que me desagradaba. Se le obedecía sin rechistar y sus decisiones eran incuestionables. Paradójicamente, su autoridad me tranquilizaba. Con un tío de su nivel no necesitaba hacerme preguntas; él pensaba en todo y parecía estar preparado para afrontar cualquier situación imprevista.

El anciano me enseñó mi habitación y una campanita sobre la mesilla de noche por si necesitara sus servicios. Verificó ostensiblemente que todo estaba en orden y se retiró de puntillas.

Me metí en la cama y apagué la lámpara.

Sayed vino a verme por si necesitaba algo. Sin encender. Se detuvo en la misma puerta, con una mano sobre el pomo.

– ¿Todo bien? -me preguntó.

– Muy bien.

Asintió con la cabeza, cerró a medias la puerta y la volvió a abrir.

– He apreciado mucho tu sangre fría en el almacén -me dijo.


Al día siguiente, volví a la tienda y a mi cuarto del primer piso. La actividad comercial siguió su curso. Nadie vino a preguntarnos si habíamos visto a dos oficiales de la policía por los alrededores. Unos días después, la foto del capitán y de su inspector salió en primera plana de un diario que anunciaba su secuestro y el rescate que exigían los captores para su liberación.

Rachid y Amr dejaron de darme de lado o con la puerta en las narices. A partir de entonces fui uno de ellos. El ingeniero siguió instalando bombas en los tubos catódicos. Por supuesto, sólo manipulaba uno de cada diez televisores, y no todos los clientes eran portadores de la muerte. Pero sí me fijé en que los destinatarios de los paquetes-bomba eran los mismos, tres jóvenes vestidos con monos de mecánico; acudían en unas furgonetas con un gran logotipo en el lateral y, escritas en árabe y en inglés, las palabras «Reparto a domicilio». Aparcaban su vehículo detrás del almacén, firmaban la entrega y se marchaban.

Sayed desapareció una semana. Cuando regresó, le comuniqué mi deseo de unirme a Yacín y su banda. Me moría de aburrimiento, y el maldito relente de Bagdad me contaminaba las ideas. Sayed me rogó que tuviera paciencia. Me trajo, para que me entretuviera por las noches, DVD en los que había escrito con rotulador indeleble Bagdad, Basora, Mosul, Safwan, etc., más una fecha y un número. Eran grabaciones tomadas de reportajes para la televisión o por videoaficionados que mostraban las exacciones de los coaligados: el asedio de Faluya, el ensañamiento de soldados ingleses contra chavales iraquíes capturados durante una manifestación popular, la ejecución sumaria por parte de un soldado norteamericano de un civil herido en medio de una mezquita, los disparos nocturnos y sin previo aviso de un helicóptero norteamericano contra campesinos cuyo camión se había averiado en la carretera; en suma, la filmografía de la humillación y de los fallos que se solían banalizar. Me vi todos los DVD sin pestañear. Era como si estuviesen descargando dentro de mí todas las razones posibles e imaginables para poner el mundo patas arriba. Sin duda, también era lo que pretendía Sayed; atiborrarme la cabeza, que acumulara en mi subconsciente un máximo de ira que, en su momento, sabría conferir entusiasmo a mi sevicia, y cierta legitimidad. No me engañaba a mí mismo; estimaba que tenía mi sobredosis de odio y que no era necesario añadir más. Era un beduino, y ningún beduino puede contemporizar con una ofensa sin que medie la sangre. A Sayed probablemente se le había olvidado esa regla inamovible e inflexible que había sobrevivido al tiempo y las generaciones; su vida ciudadana y sus misteriosas peregrinaciones debían de haberlo alejado del alma gregaria de Kafr Karam.

Volví a ver a Omar. Llevaba el día entero ganduleando de tugurio en tugurio. Me invitó a comer algo, y acepté con la condición de que no volviera a poner sobre la mesa temas enojosos. Se mostró comprensivo durante la comida y, de repente, los ojos se le llenaron de lágrimas. Por pudor, no le pregunté lo que le ocurría. Él mismo se desahogó. Me contó las faenas que le gastaba Hany, su compañero de piso. Éste tenía la intención de irse a Líbano, y Omar no estaba de acuerdo. Cuando le pregunté por qué lo apenaba tanto esa decisión, contestó que quería mucho a Hany y que no podría superar que se fuera. Nos despedimos a orillas del Tigris, él completamente borracho y yo sin la menor gana de volver a mi habitación y a mis melancolías.

En la tienda, la rutina se iba convirtiendo en pesadilla. Las semanas me pesaban como si una manada de búfalos no dejara de pisotearme. Me ahogaba. El aburrimiento me hacía añicos. Ni siquiera acudía ya a los lugares de los atentados, y las sirenas de Bagdad me dejaban indiferente. Adelgazaba a ojos vista, no comía casi, me dormía tarde, me calentaba la cabeza. En varias ocasiones, mientras estaba haciendo tiempo tras el escaparate, me sorprendí hablando y gesticulando a solas. Notaba que estaba perdiendo el hilo de mi propia historia, diluyéndome en mis exasperaciones. Al final, decidí volver a hablar con Sayed para decirle que estaba listo y que no necesitaba todo ese circo para seducirme.

Estaba en la mesa de su despacho llenando formularios. Tras haber mirado detenidamente su bolígrafo, lo dejó sobre un montón de folios, se subió las gafas sobre la cabeza y giró su asiento para tenerme de frente.

– No te estoy engatusando, primo. Estoy esperando instrucciones sobre ti. Creo que tenemos algo para ti, algo extraordinario, pero sólo estamos empezando a idearlo.

– Ya estoy harto de esperar.

– Haces mal. Estamos en guerra y no en la entrada de un estadio. Si pierdes la paciencia ahora, no sabrás conservar tu sangre fría cuando la necesites. Vuelve a tu actividad y aprende a sobreponerte a tu angustia.

– No estoy angustiado.

– Sí lo estás.

Dicho esto, me despidió.

Un miércoles por la mañana, un camión explotó al final del bulevar, llevándose por delante dos edificios. Había por lo menos un centenar de cadáveres descoyuntados en el suelo. La explosión había cavado un cráter de dos metros de profundidad y había roto la mayoría de los escaparates de los alrededores. Jamás había visto a Sayed en ese estado. Se agarraba la cabeza con ambas manos y, tambaleándose por la acera, contemplaba los destrozos. Comprendí que las cosas no habían ocurrido como estaba previsto, pues desde el principio de las hostilidades, y hasta entonces, el barrio se había librado.

Amr y Rachid bajaron el cierre metálico, y Sayed me llevó de inmediato al otro lado del Tigris. De camino, telefoneó varias veces a unos «socios» y los invitó a reunirse con él urgentemente en el «número dos». Usaba un lenguaje codificado que parecía una conversación intrascendente entre comerciantes. Llegamos a un barrio periférico erizado de edificios decrépitos donde se pudría un populacho entregado a sí mismo, y luego entramos en el patio de una casa donde dos coches acababan de aparcar. Sus ocupantes, dos hombres trajeados, nos acompañaron hasta el interior de la casa. Yacín se unió a nosotros unos minutos después. Era el que estaba esperando Sayed para abrir la sesión. La reunión duró apenas un cuarto de hora. Trató básicamente del atentado que acababa de producirse en el bulevar. Los tres hombres se consultaron con la mirada, incapaces de adelantar una hipótesis. No sabían quién estaba detrás del atentado. Adiviné que Yacín y los dos desconocidos eran jefes de grupos que operaban en los barrios colindantes con el bulevar y que el atentado de la mañana los había pillado desprevenidos a los tres. Sayed dedujo que un nuevo grupo, desconocido y lógicamente disidente, intentaba inmiscuirse en su sector y que había que identificarlo imperativamente para evitar que echara a perder sus planes de acción y, consecuentemente, desbaratara la demarcación operacional vigente. Se levantó la sesión. Los dos primeros en llegar se fueron, y luego lo hizo Sayed, que, antes de meterse en su coche, me confió a Yacín «hasta nueva orden».

Yacín no estaba encantado de incorporarme a su grupo, sobre todo ahora que unos desconocidos se habían puesto a pisarle los callos. Se limitó a llevarme a un escondite, al norte de Bagdad; una ratonera apenas más ancha que una cabina con dos literas y un armario enano. La ocupaba un joven filiforme, con el rostro afilado y la ganchuda nariz suavizada por un fino bigote rubio. Estaba durmiendo cuando llegamos. Yacín le explicó que debía alojarme dos o tres días. El joven asintió con la cabeza. Cuando se fue Yacín, me ofreció la cama de abajo.

– ¿Te persigue la pasma? -me preguntó.

– No.

– ¿Acabas de llegar?

– No.

Pensó que no me apetecía entablar una conversación con él y no insistió.

Permanecimos sentados el uno al lado del otro hasta mediodía. Estaba furioso con Yacín, y con todo lo que me ocurría. Tenía la sensación de ser paseado de aquí para allá como una vulgar maleta.

– Bueno -dijo el joven-, voy a comprar unos bocadillos. ¿Pollo o pinchitos de cordero?

– Tráeme lo que quieras.

Se puso la chaqueta y salió al descansillo. Lo oí bajar corriendo las escaleras, y luego nada. Agucé el oído. Ni un ruido. El edificio parecía abandonado. Me acerqué a la ventana y vi al joven apresurarse hacia la plaza. Un sol velado clavaba sus luces sobre el barrio. Tenía ganas de abrir la ventana y vomitar al vacío.

El joven me trajo un bocadillo de pollo envuelto en periódico. Le di un par de bocados y lo dejé sobre el armario, con el vientre encogido.

– Me llamo Obid -me dijo el joven.

– ¿Qué pinto yo aquí?

– No lo sé. Yo sólo llevo una semana. Antes vivía en el centro de la ciudad. Allí era donde actuaba. Luego escapé por los pelos de una redada de la policía, así que estoy esperando que se me asigne otro sector, o puede que otra ciudad… ¿Y tú?

Fingí no haber oído la pregunta.

Por la noche, me quedé aliviado al ver llegar a uno de los gemelos, Hossein. Anunció a Obid que un coche lo recogería el día siguiente. Obid dio un bote de alegría.

– ¿Y yo?

Hossein me gratificó con una amplia sonrisa:

– Tú te vienes ahora mismo conmigo.

Hossein conducía un cochecito destartalado. Era torpe y no paraba de tropezar con las aceras. Conducía tan mal que la gente se apartaba instintivamente de él. Él se reía: le divertía provocar pánico y volcar cosas. Pensé que estaba borracho o drogado. Ni lo uno ni lo otro; no sabía conducir, y su permiso era tan falso como los papeles del coche.

– ¿No temes que te detengan? -le pregunté.

– ¿Por qué? Todavía no he atropellado a nadie.

Empecé a relajarme cuando salimos indemnes de los barrios populosos. Hossein soltaba risotadas por cualquier cosa. Nunca lo había visto así. En Kafr Karam, era ciertamente amable, aunque un tanto cerrado de mollera.

Hossein detuvo su cacharro a la entrada de un barrio que había sido duramente castigado por disparos de misiles. Las casuchas parecían abandonadas. Sólo al cruzar una especie de línea de demarcación me di cuenta de que la población se escondía. Más adelante, me enteraría de que era una señal para indicar la presencia de un fedayín. Para evitar llamar la atención de los militares y de la policía, la gente tenía orden de mantenerse a raya.

Caminamos por una callejuela pestilente hasta una casa grotesca de tres pisos. Nos abrieron el otro gemelo, Hasán, y un desconocido. Hossein me lo presentó. Se llamaba Lliz y era el inquilino, un treintañero demacrado que parecía recién escapado de un quirófano. Nos sentamos de inmediato a comer. La comida estaba buena, pero no le hice los honores. Al caer la noche, se oyó el lejano eructo de una bomba. Hasán miró su reloj y dijo: «¡Adiós, Marwan! Nos veremos en el cielo». Marwan debía de ser el kamikaze que acababa de saltarse por el aire.

Luego Hasán se dio la vuelta hacia mí:

– No sabes cuánto me alegra volver a verte, primo.

– ¿Sólo estáis vosotros tres en el grupo de Yacín?

– ¿No te parece bastante?

– ¿Dónde están los demás?

Hossein soltó una carcajada.

Su hermano le dio una palmada en la rodilla para que se calmara.

– ¿Qué entiendes por «los demás»?

– El resto de vuestra banda de Kafr Karam: Adel el Ingenuo, Salah el yerno del ferretero y Bilal el hijo del barbero.

Hasán asintió:

– Salah está ahora mismo con Yacín. Parece ser que un grupo disidente pretende tomarnos la delantera… En cuanto a Adel, murió. Debía suicidarse con bomba en un centro de reclutamiento de la policía. Yo no estaba de acuerdo con que le confiaran una misión como ésa. Adel no estaba muy bien de la cabeza. Yacín dijo que era capaz de hacerlo. Así que le colocaron un cinturón con explosivos. Cuando llegó al centro, Adel había olvidado cómo activar el detonador. Y eso que era sencillo. Bastaba con pulsar un botón. Se lió y se cabreó. Entonces se quitó la chaqueta y se puso a golpear su cinturón. Los jóvenes que hacían cola para ser reclutados vieron lo que Adel llevaba alrededor del cuerpo y se largaron. En el patio sólo quedó Adel, empeñado en recordar cómo activar el detonante. Por supuesto, los polis le dispararon y Adel se desintegró sin herir a nadie.

Hossein se carcajeó haciendo contorsiones:

– Sólo a Adel se le podía ocurrir acabar así.

– ¿Y Bilal?

– Nadie sabe qué ha sido de él. Debía recoger a un responsable de la resistencia en Kirkuk. El responsable se quedó esperando en el punto de encuentro, y Bilal nunca se presentó. Seguimos sin saber lo que le ha ocurrido… Hemos buscado en los depósitos de cadáveres, en los hospitales, en todas partes, hasta en la policía y los cuarteles donde tenemos a gente nuestra, nada… Tampoco ningún rastro del coche.

Me quedé una semana en casa de Lliz. Soportando las risas tontas de Hossein. Hossein estaba medio tocado. Algo se había quebrado en su mente. Su hermano ya sólo le encargaba hacer las compras. El resto del tiempo, Hossein se quedaba apalancado en un sillón viendo la tele hasta que alguien lo mandara a comprar comida o a buscar a alguien.

Yacín me permitió una sola vez apoyar a Hasán y a Lliz. Nuestra misión consistía en trasladar a un rehén desde Bagdad hasta una cooperativa agrícola. Salimos a plena luz del día. Lliz conocía todos los atajos que permitían sortear los puestos de control. Se trataba de una europea, miembro de una ONG, raptada en el dispensario donde trabajaba como médico. Estaba encerrada en el sótano de un chalé, cerca de una comisaría. La transferimos sin problema, ante las narices de la policía, y la entregamos a otro grupo recluido en una granja, a unos veinte kilómetros al sur de la ciudad.

Pensé que, tras esa hazaña, se confiaría más en mí y se me asignaría una segunda misión. Nada de eso. Pasaron tres semanas sin que Yacín recurriera a mí. Venía de cuando en cuando a visitarnos, charlaba largo y tendido con Hasán y Lliz; a veces comía con nosotros; luego, Salah el yerno del ferretero pasaba a recogerlo, y yo me quedaba igual que antes.

<p>15</p>

Había dormido mal. Creía haber soñado con Kafr Karam, pero no estaba seguro. Perdí el hilo justo cuando abrí los ojos. Tenía la cabeza repleta de imágenes indefinidas, fijas en una pantalla que olía a chamusquina, y me levanté con el relente de mi pueblo metido en la nariz.

Sólo me había quedado de mi sueño, profundo y sin eco, el dolor punzante que me atenazaba las articulaciones. No me sentí encantado al reconocer la habitación donde me marchitaba desde hacía semanas esperando no se sabe qué. Tenía la impresión de ser la más pequeña de las muñecas rusas, de que mi habitación era la siguiente, la casa la mayor, y el fétido barrio la tapadera. Estaba atrapado en mi cuerpo como un ratón en una trampa. Mi mente corría enloquecida sin hallar escapatoria. ¿Era esto la claustrofobia?… Necesitaba salirme de mis casillas, explotar como una bomba, ser útil para algo, asemejarme a la desgracia.

Fui tambaleándome hasta el cuarto de baño. La toalla colgada de un clavo estaba negra de mugre. Al cristal no le habían pasado un trapo desde hacía lustros. Apestaba a orina estancada y a moho; me daban ganas de vomitar.

Sobre el lavabo mancillado, un trozo de jabón abollado junto a un tubo de dentífrico intacto. El espejo me devolvió el rostro ajado de un joven en las últimas. Me miré como se mira a un extraño.

No había agua corriente. Fui a la planta baja. Hundido en su sillón, Hossein veía una película animada en la tele. Se reía ahogadamente a la vez que picoteaba en un plato de almendras tostadas. En la pantalla, una pandilla de gatos callejeros, recién salidos de sus cubos de basura, se metían con un gatito aterrado. Hossein disfrutaba viendo el miedo que estaba pasando el animalillo extraviado en la jungla de asfalto.

– ¿Dónde están los demás? -le pregunté.

No me oyó.

Me dirigí a la cocina, me hice café y regresé al salón. Hossein había zapeado; ahora estaba pendiente de un combate de lucha libre.

– ¿Dónde están Hasán y Lliz?

– No tengo por qué saberlo -refunfuñó-. Debían regresar antes del anochecer, pero aún no han vuelto.

– ¿Nadie ha llamado?

– Nadie.

– ¿Piensas que puede haberles ocurrido algo?

– Si mi gemelo tuviese problemas, lo notaría.

– Quizá deberíamos llamar a Yacín para saber algo más.

– Está prohibido. Siempre llama él.

Eché una ojeada por la ventana. Fuera, las calles rebosaban de claridad matutina. Pronto la gente saldría de sus cuchitriles y los chavales invadirían la zona como langostas.

Hossein manipuló el mando a distancia e hizo desfilar distintas cadenas por la pantalla. Ningún programa retuvo su interés. Se meneó en el sillón, sin apagar la tele.

Me dijo bruscamente:

– ¿Te puedo hacer una pregunta, primo?

– Claro.

– ¿De verdad de la buena? ¿Me contestarás sin rodeos?

– ¿Por qué no?

Echó la cabeza hacia atrás con esa risa que me crispaba y que ya estaba empezando a odiar. Era una risa absurda, que soltaba sin ton ni son. No paraba de oírlo, de día y de noche. Porque Hossein no dormía nunca. Se pasaba el día y la noche en el sillón, con el mando en la mano a modo de varita mágica, cambiando de mundo y de idioma cada cinco minutos.

– ¿Me contestarías con franqueza?

– Lo intentaría.

Sus ojos brillaron de una manera extraña, y sentí lástima por él.

– ¿Piensas que estoy… chalado?

La garganta se le encogió con la última palabra. Parecía tan desgraciado que me sentía turbado.

– ¿Por qué dices eso?

– Eso no es una respuesta, primo.

Intenté mirar hacia otra parte, pero sus ojos me lo impidieron.

– No creo que estés… chalado.

– ¡Mentiroso! En el infierno te colgarán por la lengua sobre una barbacoa… Eres como los demás, primo. Dices una cosa y piensas la contraria. Pero desengáñate, no estoy chiflado. Tengo la cabeza en su sitio, y con todos sus accesorios. Sé contar con los dedos, y sé leer en las miradas lo que la gente me oculta. Es cierto que no consigo controlar mi risa, pero no por eso estoy chalado. Me río porque… porque… la verdad es que no sé por qué. Son cosas que no se explican. Pillé el virus cuando vi a Adel el Ingenuo ponerse nervioso al no conseguir dar con el detonador que debía hacer estallar la bomba que llevaba puesta. Yo no andaba lejos, y lo observaba mientras se mezclaba con los aspirantes en el patio de la policía. Al principio, me entró el pánico. Y cuando estalló con los disparos de la policía, creí desintegrarme con él…

Yo le tenía mucho aprecio. Se crió en nuestro patio. Pero luego, pasado el luto, cada vez que lo recuerdo manoseando su cinturón con explosivos y renegando, suelto la carcajada. Resultaba tan descabellado, tan alucinante… Pero no por eso estoy loco. Sé contar con los dedos, y sé apartar el grano de la paja.

– Yo nunca he dicho que estés loco, Hossein.

– Los demás tampoco. Pero lo piensan. ¿Crees que no me he dado cuenta? Antes, me metían en el fregado sobre la marcha. Emboscadas, secuestros, ejecuciones, era el primero de la fila… Ahora, me mandan a la compra o a recoger a alguien en mi trasto viejo. Cuando me presento voluntario para un asunto gordo, me dicen que no merece la pena, que se bastan y que no conviene desproteger los flancos. ¿Qué significa eso de desproteger los flancos?

– A mí tampoco me han confiado todavía ninguna tarea.

– Tienes suerte, primo. Porque te voy a decir yo lo que pienso. Nuestra causa es justa, pero la defendemos muy mal. Si de cuando en cuando me río, también puede que sea por eso.

– Ahora estás diciendo tonterías, Hossein.

– ¿Adónde nos lleva esta guerra? ¿Tú le ves un final?

– Cállate, Hossein.

– Sin embargo, es la verdad. Lo que está ocurriendo no tiene sentido. Matanzas, más y más matanzas. De día y de noche. En la plaza, en la mezquita. Ya no se sabe quién es quién, y todo el mundo está en el punto de mira.

– Estás desvariando…

– ¿Sabes cómo murió Adnán, el hijo del panadero? Cuentan con mucha solemnidad que se abalanzó contra un puesto de control. Es mentira. Estaba harto de tanta carnicería. Se dedicaba a tiempo completo a tirotear a unos y a dinamitar a otros. A disparar en los zocos contra civiles. Hasta que una mañana hizo estallar un autobús escolar, y un crío quedó colgado de la copa de un árbol. Cuando los auxilios llegaron, metieron a los muertos y heridos en ambulancias y los llevaron al hospital. Hasta dos días después no vieron unos transeúntes al crío pudriéndose en el árbol. Y aquel día, Adnán estaba allí, por pura casualidad. Entonces vio a unos voluntarios bajar al niño de su rama. Ni te cuento. Nuestro Adnán se cambió de chaqueta. Se convirtió en su opuesto. Dejó de ser el matón de siempre. Y una noche se puso un cinturón con barras de pan alrededor del cuerpo para simular dinamita y fue a provocar a los militares ante su garita. Abrió de repente su abrigo para mostrarles su atavío y los soldados lo dejaron como un coladero. Lo hicieron papilla. Como el cinturón no explotaba, los soldados seguían disparando. Vaciaron sus cargadores y los de sus compañeros. Luego no hubo manera de distinguir los trozos de carne de los de pan… Ésa es la verdad, primo. Adnán no murió luchando, buscó intencionadamente la muerte, sin armas ni gritos de guerra; simplemente se suicidó.

De ningún modo pensaba quedarme un minuto más con Hossein. Dejé mi taza de café sobre el aparador y me levanté para salir a la calle.

Hossein no se movió de su sillón.

Me dijo:

– Todavía no has matado a nadie, primo. Así que ábrete… Ahueca el ala y piérdete por ahí lejos sin mirar atrás. Yo ya lo habría hecho si un batallón de fantasmas no me tuviese agarrado por los bajos del pantalón.

Lo miré de hito en hito como si pretendiera fundirlo con la mirada.

– Pienso que Yacín tiene razón, Hossein. Sólo vales para hacer la compra.

Dicho esto, salí y cerré dando un portazo.


Fui a contemplar el Tigris. Dando la espalda a la ciudad. La mirada clavada en el río, para olvidar los edificios de la otra orilla. Pensaba en Kafr Karam. Recordaba el estadio arenoso donde los mocosos daban patadas al balón, las dos palmeras convalecientes, la mezquita, al barbero rapando cráneos con forma de colinabo, los dos cafés que se ignoraban con soberbia, los hilachos de polvo revoloteando por la pista plateada; luego, el cráter donde Kadem me hacía escuchar a Fairuz y los horizontes tan muertos como las estaciones… Intenté volver atrás, regresar al pueblo; mis recuerdos se negaban a seguirme. El deshilvanado discurrir de las evocaciones se embaló, se bloqueó y desapareció debajo de una gran mancha oscura, y me vi de nuevo en Bagdad, con sus arterias esquilmadas, con sus explanadas concurridas por espectros, sus árboles harapientos y su trajín. El sol achicharraba, tan cercano que parecía al alcance de una manguera de bombero. Creo que crucé buena parte de la ciudad sin reparar en absoluto en lo que había caminado, visto y oído. No había dejado de errar desde que dejé a Hossein.

Como el río no bastaba para ahogar mis pensamientos, seguí caminando. Sin saber por dónde tirar. Mi presencia en Bagdad venía a ser como una idea fija perdida en el rumor de la nada. Me sentía asediado por sombras turbulentas cual grano de arena en medio de una tormenta.

No me gustaba esta ciudad. No representaba nada para mí. No significaba nada. La recorría como si fuera un territorio maldito; ella me padecía como si yo fuera un cuerpo extraño. Éramos dos desgracias incompatibles, dos mundos paralelos que caminaban uno al lado del otro sin encontrarse nunca.

A mi izquierda, bajo una pasarela metálica, un furgón averiado atraía a la chiquillería. Más allá, cerca del estadio donde ahora callaban los clamores, unos camiones norteamericanos salían de una zona militar. Kafr Karam volvió a aparecérseme en medio del zumbido del convoy. De nuestra casa, sumida en la penumbra, sólo distinguía el árbol indefinible bajo el cual ya nadie se sentaba. Tampoco había nadie en el patio. La casa estaba vacía, no había un alma, ni un fantasma. Busqué a mis hermanas, a mi madre… Nadie. Aparte del rasguño en el cuello de Bahia, ni un rostro, ni la menor silueta furtiva. Era como si esos seres, antaño tan queridos, hubiesen quedado borrados de mi recuerdo. Algo se había roto en mi memoria, sepultando al derrumbarse toda huella de los míos…

El rugido de un camión me catapultó de un bote a la acera.

– Espabila, gilipollas -me gritó el chófer-. ¿Dónde crees que estás? ¿En el patio de tu madre?

Unos transeúntes se detuvieron, dispuestos a congregar a su alrededor a otros curiosos. Increíblemente, en Bagdad el menor incidente generaba un gigantesco tumulto. Esperé que el chófer siguiera su camino para cruzar la calle.

Los pies me ardían dentro de los zapatos.

Llevaba horas errando.

Me senté en la terraza de un café y pedí un refresco. No había comido nada en todo el día, pero tampoco tenía hambre. Sólo estaba agotado.

– No puede ser -dijo alguien detrás de mí.

¡Qué alegría! Menudo alivio cuando reconocí a Omar el Cabo. Iba embutido en un mono de trabajo, con el tripón medio fuera.

– ¿Qué andas haciendo tú por aquí?

– Estoy bebiendo un refresco.

– Lo hay en todos los cafés. ¿Por qué éste?

– Haces demasiadas preguntas, Omar, y no me encuentro muy bien.

Abrió los brazos para abrazarme. Sus labios apretaron largamente mis mejillas. Estaba realmente contento de verme. Agarró una silla y se dejó caer sobre ella secándose con un pañuelo.

– Me estoy derritiendo como un queso -dijo jadeando-. Me alegro mucho de verte, primo. De verdad.

– Yo también.

Dio una voz al camarero y se pidió una limonada.

– Bueno, ¿y qué cuentas?

– ¿Cómo está Hany?

– ¡Ah, ése! Es un lunático. Nunca sabes por dónde cogerlo.

– ¿Sigue con la intención de exiliarse?

– Se perdería en cualquier parte. Es muy de ciudad. Pide auxilio en cuanto pierde de vista su bloque. Me estaba picando, ¿sabes? Quería saber si realmente le tenía afecto… ¿Y tú?

– ¿Sigues con tu antiguo brigada?

– ¿Dónde quieres que vaya? Él, por lo menos, cuando la cosa está chunga, me adelanta pasta. Es un buen tipo… No me has dicho qué estás haciendo por aquí.

– Nada. No paro de dar vueltas.

– Ya veo… No hace falta que te diga que sigues pudiendo contar conmigo. Si quieres volver a trabajar con nosotros, no hay problema. Nos achucharíamos un poco más.

– ¿No tienes pensado ir a Kafr Karam? Tengo algún dinero para mi familia.

– Por ahora no… ¿Por qué no regresas allá, ya que finalmente no sabes lo que pintas en Bagdad?

Omar intentaba sondearme. Se moría de ganas de saber si podía volver a sacar a relucir los temas que me enojaban. Lo que leyó en mi mirada le hizo retroceder. Levantó ambas manos:

– Era sólo una pregunta -me dijo, conciliador.

Mi reloj marcaba las tres y cuarto.

– Tengo que regresar -dije.

– ¿Está lejos?

– Un trecho.

– Puedo llevarte, si quieres. Mi furgoneta está en la plaza.

– No, no quiero molestarte.

– No me molestas, primo. Acabo de entregar un arcón por aquí, ya no tengo más reparto.

– Cuidado, que vas a tener que dar un gran rodeo para regresar.

– Tengo bastante gasolina en el depósito.

Se bebió de un trago su limonada e hizo una señal al cajero para que no me cobrara.

– Me la apuntas en mi lista, Saad.

El cajero rechazó mi dinero y apuntó la cuenta en un trozo de papel, así como el nombre de Omar.


La tarde empezaba a caer. Los últimos espasmos del sol salpicaban los tejados de los edificios. Los ruidos de la calle iban amortiguándose. El día había sido duro; tres atentados en el centro de la ciudad y una escaramuza alrededor de una iglesia.

Estábamos en casa de Lliz. Yacín, Salah, Hasán y el dueño se encerraron en una habitación, en el piso de arriba. Seguramente para preparar una próxima correría. A Hossein y a mí no se nos invitó al briefing. Hossein fingía que le daba igual, pero yo lo notaba muy afectado. Yo estaba furioso y, como él, rumiaba mi cólera calladamente.

La puerta de arriba chirrió; un barullo de palabras nos informó del final del conciliábulo. Salah fue el primero en bajar. Había cambiado mucho. Era enorme, con su jeta de gorila de discoteca y sus puños velludos siempre cerrados, como si estuviese estrangulando a una serpiente. Todo en él parecía bullir. Era como un volcán. Hablaba poco, nunca daba su opinión y mantenía las distancias con los demás. Sólo obedecía a Yacín, del que no se despegaba.

Cuando nos vimos por primera vez, ni siquiera me saludó.

Yacín, Hasán y Lliz estuvieron un rato charlando en lo alto de la escalera antes de unirse a nosotros. Sus rostros no expresaban tensión ni entusiasmo. Se sentaron en el banco acolchado, frente a nosotros. Hossein recogió con desgana el mando a distancia que andaba tirado a sus pies y apagó la tele.

– ¿Has fundido el motor de tu coche? -le preguntó Yacín.

– Nadie me dijo que había que echarle aceite.

– Hay luces en el cuadro de mandos.

– Vi que se encendía una luz roja, pero no sabía por qué.

– Pudiste preguntar a Hasán.

– Hasán hace como si yo no existiera.

– ¿Qué estás contando? -le preguntó su hermano gemelo.

Hossein esbozó un gesto con la mano y se levantó con esfuerzo de su sillón.

– Te estoy hablando -le recordó Yacín en tono autoritario.

– No estoy sordo, es que voy a mear.

Salah se estremeció de pies a cabeza. No le gustaba nada la actitud de Hossein. Si por él fuera, le habría ajustado de inmediato las cuentas. Salah no toleraba que se faltara al respeto al jefe. Resopló con fuerza y cruzó los brazos sobre el pecho, apretando las mandíbulas.

Yacín consultó con la mirada a Hasán. Éste abrió los brazos en señal de impotencia y fue hacia el aseo. Le oímos llamar la atención a su hermano en voz baja.

Lliz nos propuso una taza de té.

– No tengo tiempo -le dijo Yacín.

– No tardo ni un minuto -insistió el dueño de la casa.

– En ese caso, te quedan cincuenta y ocho segundos.

Lliz salió volando hacia la cocina.

Sonó el móvil de Yacín. Se lo llevó a la oreja, escuchó; se le descompuso la cara. Se levantó bruscamente, se acercó a la ventana, pegado de espalda a la pared, y, con cuidado, apartó un poco la cortina.

– Los veo -dijo en su móvil-. ¿Qué coño hacen ahí?… Nadie sabe que estamos por el barrio. ¿Estás seguro de que van a por nosotros?… -pidió con la otra mano a Salah que subiera al piso para ver lo que ocurría en la calle. Salah subió los escalones de cuatro en cuatro. Yacín siguió hablando por el móvil-. Que yo sepa, en este sector no ha habido follón.

Hasán, que regresaba del aseo, se dio cuenta de inmediato de que algo iba mal. Se deslizó al otro lado de la ventana y, a su vez, apartó despacio la cortina. Lo que vio le echó atrás. Soltó un taco y fue en busca de un fusil ametrallador oculto en un armario, avisando de paso a Lliz, que estaba preparando té.

Salah bajó, imperturbable.

– Hay por lo menos unos veinte maderos rodeando la casa -anunció sacándose una pistola de grueso calibre de la cintura.

Yacín escrutó el tejado de enfrente y torció el cuello para observar las terrazas vecinas. Dijo en su móvi

– ¿Tú dónde estás exactamente?… Muy bien. Los pillas por detrás y nos abres una brecha en su dispositivo… ¿Por la calle del garaje, estás seguro? ¿Cuántos son? Lo hacemos así. Tú los entretienes y yo me encargo de lo demás.

Cerró la tapa de su teléfono y nos dijo:

– Creo que un cabrón nos ha vendido. Los polis están en los tejados norte, este y sur. Jawad y sus hombres nos van a echar una mano para sacarnos de aquí. Vamos a lanzarnos hacia el garaje. Tendremos enfrente a unos tres o cuatro de esos vendidos.

Lliz estaba aterrorizado.

– Yacín, te aseguro que no hay topos en el barrio.

– Ya hablaremos de eso luego. Ahora apáñatelas para que salgamos de aquí más o menos enteros.

Lliz fue en busca de un lanzagranadas de marca soviética. Justo cuando llegaba al centro del salón, un cristal estalló y Lliz cayó hacia atrás, fulminado. La bala, probablemente disparada desde la terraza de enfrente, le había destrozado la mandíbula superior. La sangre empezó a brotar de su cara y a ramificarse por el enlosado. De inmediato una lluvia de proyectiles inundó la sala, pulverizando la plata, acribillando las paredes y levantando una nube de polvo y de fragmentos de todo tipo a nuestro alrededor. Nos tiramos al suelo, reptamos hacia hipotéticos refugios. Salah disparó a ciegas hacia la ventana; vació su cargador gritando como un salvaje. Yacín, más tranquilo, permanecía agachado en el mismo lugar donde estaba. Miraba con fijeza el cuerpo desarticulado de Lliz mientras pensaba en lo que debía hacer. Hossein se ocultó en el pasillo, con la bragueta abierta. Cuando vio a Lliz tirado en el suelo, soltó una carcajada.

Salah se abalanzó sobre el lanzagranadas, lo montó y, con un gesto de la cabeza, nos ordenó salir del salón. Hasán cubrió a Yacín, que corrió a refugiarse en el pasillo. El tiroteo se detuvo de repente y sólo se oyeron, en medio de un silencio de muerte, los gritos lejanos de las mujeres y de los niños. Hasán aprovechó la tregua para empujarme delante de él.

Las crepitaciones se reanudaron con mayor intensidad. Esta vez ningún proyectil nos alcanzó. Yacín nos explicó que Jawad y sus hombres intentaban llamar la atención de los policías, y que era la señal para que saliéramos por detrás. Salah apuntó su lanzagranadas hacia una terraza y disparó. Una monstruosa explosión me taladró los tímpanos, seguida de una deflagración, y un humo espeso y corrosivo invadió la sala.

– Largaos -nos gritó Salah-. Yo os cubro.

Estupefacto, eché a correr tras los demás. Las ráfagas se sucedían estrepitosamente. Las balas rebotaban a mi alrededor, silbando junto a mis oídos. Corría encorvado, con las manos pegadas a las sienes, y me parecía que atravesaba las paredes. Pasé por un tragaluz y aterricé sobre un montón de basura. Hossein soltaba risotadas mientras corría hacia adelante. Su hermano lo alcanzó y le obligó a seguirlo por una callejuela. Nos dispararon desde enfrente. Detrás de nosotros se produjo una explosión. Alguien aulló, segado por los destellos. Sus gritos ocuparon mi mente un largo rato. Apreté los dientes y corrí, corrí como nunca había corrido en mi vida…

<p>16</p>

Yacín se atragantaba de rabia. En el escondite donde nos acabamos metiendo tras conseguir sortear la encerrona de la policía sólo se le oía a él. Golpeaba los muebles, daba patadas a las puertas. Hasán miraba al suelo, cruzado de brazos. Su gemelo estaba encogido en el vestíbulo, sobre el suelo, con la cabeza entre las rodillas y las manos encima de la nuca. Salah no estaba, y eso era lo que más enfurecía a Yacín. ¡Estaba acostumbrado a las emboscadas, pero no a dejar tras él a su más fiel lugarteniente!…

– Quiero la cabeza del traidor que nos ha vendido -amenazaba-. La quiero sobre una bandeja.

Miró su móvil.

– ¿Por qué no llama Salah?

Descompuesto entre la ira y la preocupación, Yacín perdía su sangre fría. Cuando no nos ametrallaba con su saliva blancuzca, lo volcaba todo a su paso.

Acabábamos de meternos en nuestro nuevo refugio y ya no quedaba nada en pie.

– No había topos en el barrio -no dejaba de repetir-, Lliz fue categórico. Hacía meses que estábamos allí, y ni una sola vez nos buscaron las cosquillas. No hay duda, o tú -me fusiló con el dedo- o Hossein habéis metido la pata.

– Yo no he metido la pata -refunfuñó Hossein-. Además, dejad de tomarme por un tarado.

Eso era exactamente lo que estaba esperando Yacín, exacerbado por nuestro mutismo. Se abalanzó sobre el gemelo, lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó por encima del suelo.

– A mí no me hables con ese tono, ¿te has enterado?

Hossein dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo en señal de sumisión, pero mantuvo la cara bien alta para que el jefe viera que no le temía.

Yacín lo soltó con hosquedad y vio cómo se deslizaba contra la pared y volvía a adoptar su posición inicial. Cuando se volvió hacia mí, sentí cómo sus ojos incandescentes me atravesaban de parte a parte.

– ¿Y tú qué? ¿Estás seguro de no haber dejado una piedrecita blanca en tu camino?

Yo seguía aturdido. Las detonaciones y los gritos retumbaban en mi cabeza. No podía creer que hubiésemos salido de ésta sanos y salvos tras habernos chupado un diluvio de fuego y corrido como locos y a tiro limpio por multitud de callejuelas. Ni siquiera notaba las piernas que me llevaban, extenuado, descompuesto, alucinado. Lo último que deseaba era pasar por una prueba más. Y la mirada de Yacín caía sobre mí como una cuchilla.

– ¿No habrás entablado amistad con un desconocido? ¿O habrás soltado algo que no debías a alguien?

– No conozco a nadie.

– ¿A nadie?… ¿Entonces cómo te explicas la putada que nos acaban de hacer hace un rato? Hacía meses que estábamos apalancados en aquella casa. O eres gafe o has sido imprudente. Mis hombres están curtidos. Miran dos veces dónde pisan. Eres el único que no se ha integrado del todo. ¿A quién ves fuera del grupo? ¿Dónde vas cuando sales de casa? ¿A qué dedicas tu tiempo?…

Me asaeteaba a preguntas, una tras otra, sin dejarme tiempo para colocar una palabra o recobrar el aliento. Mis manos no conseguían contenerlas ni repelerlas. Yacín intentaba ponerme contra las cuerdas. Yo era el eslabón más débil y necesitaba un chivo expiatorio. Siempre ha sido así; cuando no se encuentra sentido a la desgracia, se le busca un responsable. Yo iba desgranando negativas, intentaba resistirme, defenderme, no dejarme impresionar cuando, de repente, gritando de rabia, y sin darme cuenta, se me escapó el nombre de Omar el Cabo. Quizá fuera el cansancio, o el hastío, o bien una manera de sustraerme a la mirada absolutamente innoble de Yacín. No pude evitar meter la pata. Habría vendido mi alma con tal de tragarme mis palabras, pero el rostro de Yacín se había convertido en un brasero.

– ¿Qué? ¿Omar el Cabo?

– Nos vemos de cuando en cuando, eso es todo.

– ¿Sabía dónde te alojabas?

– No. Una sola vez me dejó en la plaza. Pero no me acompañó hasta la casa. Nos despedimos a la altura de la gasolinera.

Esperaba que Yacín rechazara la historia con un revés de la mano y se volviera a meter con Hossein, o la tomara con Hasán. Estaba equivocado.

– ¿Estoy soñando o qué? ¿Has traído a ese canalla hasta nuestro escondrijo?

– Me recogió en la calle y aceptó amablemente llevarme hasta la gasolinera. Omar no podía saber adónde iba. Además, se trata de Omar, no de cualquiera. Jamás nos denunciaría.

– ¿Sabía que estabas conmigo?

– Por favor, Yacín, esto no puede ser.

– ¿Lo sabía?

– Sí…

– ¡Imbécil!… ¡Cretino! Te has atrevido a traer a ese cagado hasta…

– Él no ha sido.

– ¿Y tú qué sabes? Bagdad, el país entero está infestado de chivatos y de colaboracionistas.

– Espera, espera, Yacín, aquí te equivocas…

– ¡Cierra el pico! Tú te callas. No tienes nada que decir. Nada, ¿entiendes? ¿Dónde vive ese gilipollas?

Comprendí que había cometido un grave error, que Yacín no dudaría en matarme si no intentaba enmendarme. Esa misma noche me obligó a conducirlo hasta Omar. De camino, al notarlo más relajado, le supliqué que no se equivocara de persona. Me sentía mal, muy mal; no daba pie con bola; el remordimiento y el temor de estar en el origen de un terrible malentendido me tenían abatido. Yacín me prometió que si Omar no tenía nada que reprocharse, lo dejaría en paz.

Hasán conducía con un machete de monte debajo de la cazadora. La rigidez de su cuello me ponía la carne de gallina. Yacín contemplaba sus uñas en el asiento del copiloto, con el rostro hermético. Yo estaba encogido en el asiento trasero, con las manos húmedas, apretando los muslos para contener unas irresistibles ganas de mear.

Evitamos los puestos de control y las grandes arterias y nos fuimos escurriendo hasta llegar al barrio pobre donde había estado viviendo unos cuantos días. El edificio se hallaba en la oscuridad, como una funesta baliza; no había una sola ventana encendida, ninguna silueta a su alrededor. Debían de ser las tres de la mañana. Aparcamos el coche en un pequeño patio desastrado y, tras echar una ojeada a los alrededores, nos deslizamos en el edificio. Yo tenía copia de la llave. Yacín me la quitó de las manos y la introdujo en la cerradura. Abrió la puerta despacio, buscó a tientas el botón, encendió… Omar estaba tumbado sobre un jergón, en pelota viva, con una pierna por encima de la cadera de Hany, cuyo diáfano cuerpo estaba totalmente desnudo. Al principio, el espectáculo nos desconcertó. Yacín fue el primero en reponerse. Se plantó firmemente con las manos en las caderas y contempló en silencio ambos cuerpos desnudos y tumbados a sus pies.

– Miradme esto… Conocía a Omar el Borracho, y aquí tenemos a Omar el Sodomita. Ahora se cepilla a chavales. Esto es el no va más.

Había tanto desprecio en su voz que me atraganté.

Los dos amantes dormían como lirones, rodeados de botellas de vino vacías y de platos sucios. Apestaban. Hasán tocó con la punta de su zapato a Omar. Éste se meneó con pesadez, soltó un gorgoteo y siguió roncando.

– Márchate y espéranos en el coche -me ordenó Yacín.

Él era entre tres y cinco años mayor que yo, y estimaba que no estaba lo bastante curtido para asistir a un espectáculo tan indecente, especialmente delante de él.

– Me has prometido que si no tiene nada que ver lo dejarás tranquilo -le recordé.

– Haz lo que te digo.

Obedecí.

Unos minutos después, Yacín y Hasán regresaron al coche. Como no había oído gritos ni disparos, pensé que se había evitado lo peor. Luego vi a Hasán limpiarse las manos manchadas de sangre debajo de las axilas, y comprendí.

– Fue él -me anunció Yacín colocándose delante-. Lo ha confesado.

– Habéis estado menos de cinco minutos. ¿Cómo habéis conseguido que hablase tan pronto?

– Cuéntaselo, Hasán.

Hasán puso la primera y arrancó. Cuando llegamos al final de la calle, se volvió hacia mí y me declaró:

– Era él, primo. No tienes motivos para reconcomerte. Esa escoria no ha vacilado un segundo al vernos de pie delante de él. Nos escupió y dijo: «Que os follen».

– ¿Sabía por qué estabais allí?

– Lo supo en cuanto se despertó. Se rió en nuestras narices… Esas cosas están claras, primo. Créeme, era un canalla asqueroso, un cerdo y un felón. Ya no hará más daño.

Quería saber más, lo que había dicho exactamente Omar, qué había sido de su compañero Hany. Yacín se dio enteramente la vuelta hacia mí y soltó un bufido:

– ¿Quieres un informe en toda regla o qué? Cuando se está en guerra, no se anda uno con remilgos. Si crees que no estás preparado, déjalo ahora mismo. Y no hay más que hablar.

¡Cómo lo odié, Dios!, como nunca pensé que podría hacerlo. Él se dio cuenta del odio que me inspiraba, pues su mirada, que se autoproclamaba autosuficiente, dudó frente a la mía. En ese preciso instante supe que acababa de ganarme un enemigo mortal y que la próxima vez no me lo perdonaría.


Hacia mediodía, cuando estábamos todos comiéndonos las uñas en nuestro nuevo escondite, el teléfono de Yacín sonó. Era Salah. Se había librado de milagro. Por el reportaje que emitió la televisión sobre la redada, sólo quedaban ruinas de la casa de Lliz. La vivienda se había derrumbado bajo los impactos de gran calibre, y el fuego había arrasado buena parte de ella. Según el testimonio de los vecinos, la batalla duró toda la noche, y los refuerzos que acudieron al lugar del enfrentamiento no habían sino aumentado la confusión generada por el corte de electricidad y el pánico de los vecinos, algunos de los cuales habían sido alcanzados por balas perdidas y fragmentos de granadas.

Yacín recobró el color. Estuvo a punto de echarse a llorar al reconocer la voz de su lugarteniente al teléfono. Pero se contuvo de inmediato. Echó una bronca al superviviente, reprochándole su incomprensible silencio; luego, accedió a escucharlo sin interrumpirlo. Asentía con la cabeza, se pasaba una y otra vez el dedo por el cuello de la camisa mientras lo mirábamos en silencio. Al final, levantó la barbilla y dijo al aparato:

– ¿No puedes traerlo aquí?… Pregunta a Jawad, él sabe de transporte de paquetes…

Colgó y, sin dirigirnos la palabra, se metió en la habitación de al lado dando un portazo.


El «paquete» nos llegó por la noche, en el maletero de un coche conducido por un oficial de policía uniformado, un grandullón de frente maciza que había visto dos o tres veces en la tienda de Sayed. Nos encargaba televisores. Cuando venía a vernos iba de paisano. Él era Jawad, un mote, y ni se me habría ocurrido pensar que ocupaba el cargo de comisario adjunto del distrito.

Nos explicó que hasta volver de una misión de rutina no se enteró de que el grupo de asalto de su unidad había salido a operar.

– Cuando la central me comunicó las coordenadas de la intervención, no me lo pude creer. El comisario andaba tras vuestro escondrijo. Quiso marcarse el tanto en solitario para fastidiar a sus rivales.

– Pudiste avisarme de inmediato -le reprochó Yacín.

– No estaba seguro. Tu escondite era uno de los más seguros de Bagdad. No veía cómo iban a poder dar con él, con todas las alarmas que había puesto yo alrededor. Me habrían avisado. Para estar del todo seguro, fui allí personalmente, y fue cuando me di cuenta.

Levantó la tapa del maletero del coche aparcado en el garaje. En su interior, tumbado en postura fetal, un hombre respiraba medio asfixiado. Estaba embutido en un rollo de cinta adhesiva ancha, con la boca tapada y el rostro deformado y con marcas de golpes.

– Él os vendió. Estaba en el lugar de la redada, con el comisario, para enseñarle dónde os escondíais.

Yacín meneó la cabeza, consternado.

Salah hundió sus brazos musculosos en el maletero y sacó brutalmente al preso. Lo soltó en el suelo y lo alejó del coche a patadas.

Yacín se acuclilló delante del desconocido y le arrancó la mordaza:

– Como grites, te arrancaré los ojos y echaré tu lengua a las ratas.

El hombre debía de tener unos cuarenta años. Era delgaducho, de rostro caquéctico y sienes canosas. Se retorcía en su especie de camisa de fuerza como un gusano blanco.

– Yo ya he visto esta cara -dijo Hossein.

– Es vuestro vecino -dijo el oficial contoneándose con los dedos agarrados al cinturón-. Vivía en la casa que hacía esquina con la tienda de comestibles, la que tenía hiedra en la fachada.

Yacín se levantó.

– ¿Por qué? -preguntó al desconocido-. ¿Por qué nos has denunciado? ¡Santo Dios! Estamos luchando por ti.

– No os he pedido nada -replicó el soplón con desprecio-. ¿Cómo me van a salvar unos delincuentes como vosotros?… ¡Antes muerto!

Salah le propinó una fuerte patada en el costado. El soplón rodó, sin aliento. Esperó hasta haber recuperado el sentido para volver a la carga:

– Os tomáis por fedayines. Sólo sois unos criminales, unos vándalos asesinos de niños. No me dais miedo. Haced conmigo lo que queráis, pero no me quitaréis de la cabeza que sois unos perros rabiosos, unos forajidos perturbados… ¡Os odio!

Y nos escupió a todos, uno tras otro.

Yacín estaba estupefacto.

– ¿Ese fulano es normal? -preguntó.

– Del todo. Es maestro en un colegio de primera enseñanza -le confirmó el oficial de policía.

Yacín se cogió la barbilla entre el pulgar y el índice para reflexionar.

– ¿Cómo hizo para localizarnos? No estamos fichados en ninguna parte, no tenemos antecedentes penales… ¿Cómo habrá sabido quiénes éramos?

– Reconocería esa jeta entre millones de jetas de monos -dijo el soplón señalando con la cabeza a Salah-. Perro sarnoso, bastardo, hijo de puta…

Salah se dispuso a destrozarlo; Yacín lo disuadió.

– Yo estaba allí cuando te cargaste a Mohamed Sobhi, el sindicalista -contó el soplón, rojo de rabia-. Estaba en el coche que lo esperaba abajo de su casa. Te vi dispararle por la espalda cuando acabó de bajar las escaleras. Por la espalda. Cobardemente. ¡Cobarde traidor, aborto, asesino! Si tuviese las manos libres, te comería crudo. Sólo sirves para pegar tiros por la espalda y salir pitando como un conejo. Pero tú te crees un héroe y vas sacando pecho por la calle. Si Irak ha de ser defendido por cobardes como tú, más vale que se lo queden los perros y los golfos. Sois una gentuza, unos zumbados, unos…

Yacín le dio una patada en la cara, cortándolo en seco.

– ¿Has entendido algo de su delirio, Jawad?

El oficial de policía torció el labio hacia un lado:

– El sindicalista Mohamed Sobhi era su hermano. Este capullo reconoció a Salah cuando lo vio entrar en su casa. Fue a comisaría a dar parte.

Yacín hizo, con los labios hacia fuera, una mueca circunspecta.

– Volved a amordazarlo -ordenó-, y lleváoslo lejos de aquí. Quiero que muera lentamente, fibra a fibra, que se pudra antes de entregar el alma.

Salah y Hasán se encargaron de ejecutar la orden.

Volvieron a meter el «paquete» en el maletero del coche y salieron del garaje con los faros apagados, precedidos por el oficial de policía en el coche de Salah.

Hossein cerró el portal.

Yacín permaneció plantado en el sitio en que había estado interrogando al prisionero. La nuca gacha, los hombros caídos. Yo estaba detrás de él, a punto de saltarle encima.

Tuve que retroceder hasta lo más profundo de mi ser para recuperar el aliento y decirle:

– ¿Ves? Omar no tenía nada que ver.

Fue como si hubiese abierto la caja de Pandora. Yacín se estremeció de pies a cabeza, giró sobre sí mismo y, apuntándome con un dedo afilado como una espada, me dijo en un tono que me dejó helado:

– Una palabra más, sólo una palabra más, y te degüello con los dientes.

Dicho esto, me apartó con el revés de la mano y regresó a su habitación a zarandear los muebles.


Salí en plena noche.

Era una noche realmente estúpida, con su cielo olvidadizo de las estrellas y su relente de matadero; una noche consciente de haber caído muy bajo y que seguía ahí, sin más, viéndolo todo negro. En las luces anémicas de los bulevares, mientras el toque de queda se endurecía, entendí la incongruencia de los seres y de las cosas. Bagdad había puesto de patas en la calle hasta sus oraciones. Y yo había dejado de reconocerme en las mías. Rozaba las paredes como una sombra chinesca, apesadumbrado… ¿Pero qué he hecho?… ¡Dios todopoderoso! ¿Qué puedo hacer para que Omar me perdone?…

<p>17</p>

El sueño se había convertido en mi purgatorio. Apenas me quedaba dormido, volvía a huir por hileras de pasillos laberínticos, perseguido por la sombra de un antepasado. Estaba en todas partes. Hasta en mi jadeo descontrolado… Me despertaba sobresaltado, empapado de pies a cabeza, los brazos hacia adelante. Seguía allí. En la claridad del alba. En el silencio de la noche. Sobre mi cama. Me agarraba las sienes con ambas manos y me encogía tanto que desaparecía bajo las sábanas… ¿Pero qué he hecho?… Esa horrible pregunta me asediaba, me atrapaba en plena carrera, como el halcón a la avutarda. El fantasma de Omar se había convertido en mi animal de compañía, en mi pesar itinerante, en mi embriaguez y mi locura. Bastaba con que cerrase los párpados para que ocupara toda mi mente, y con que volviera a abrirlos para que ocultara el resto del mundo. Sólo quedábamos él y yo en el mundo. Éramos el mundo.

Por mucho que rezara, que le suplicara que me dejara en paz al menos un minuto, no había nada que hacer. Ahí seguía, silencioso y desconcertado, tan real que lo habría tocado alargando el brazo.

Pasó una semana y las cosas iban a peor, se alimentaban de mis obsesiones, se aprovechaban de mi fragilidad para envalentonarse y volver a la carga, atropellándose unas a otras, sin tregua ni descanso…

Sentía que me hundía progresivamente en la depresión.

Quería morirme.

Fui en busca de Sayed para notificarle mi deseo de acabar con mi vida. Me presenté voluntario para un atentado suicida. Era el atajo más convincente, y también el más provechoso. Llevaba tiempo dando vueltas a esa idea, mucho antes del error que condujo a la ejecución del Cabo. Se convirtió en idea fija. No tenía miedo. Me sentía desvinculado de todo. No veía qué podían tener los kamikazes que yo no tuviera. Se les oía saltar por los aires todas las mañanas en la plaza, todas las noches contra los recintos militares. Iban a la muerte como quien va a una fiesta, en medio de unos asombrosos fuegos artificiales.

– Pues ponte a la cola como los demás -me replicó Yacín-. Y espera tu turno.

Ya no había forma de que Yacín y yo nos entendiéramos. No me tragaba; yo lo odiaba a muerte. No paraba de buscarme las cosquillas, de interrumpirme cuando intentaba decir una palabra, de mandarme a paseo cuando pretendía ser útil. Nuestra relación degradaba la convivencia con los demás miembros de nuestro grupo; se mascaba la tragedia. Intentaba quebrantarme, disciplinarme. Yo no era un bala rasa, no cuestionaba su autoridad ni su carisma; lo odiaba, y él tomaba el desprecio que le tenía por insubordinación.

Sayed acabó rindiéndose ante la evidencia. La convivencia con Yacín podía acabar mal y poner en peligro a todo el grupo. Me permitió regresar a la tienda, y recuperé presurosamente mi cuchitril del primer piso. El fantasma de Omar siguió mis pasos; me tenía para sí solo, pero a pesar de todo yo prefería sus acosos a tener que ver a Yacín.

Ocurrió un miércoles. Regresaba del restaurante después de haber cerrado la tienda. Tras los edificios de la ciudad, el sol andaba enredado con sus encendidas aguadas. Sayed me acechaba desde la puerta. Sus ojos relucían en el fondo de la penumbra. Estaba sobreexcitado.

Subió conmigo a mi habitación y me agarró por los hombros:

– Hoy me han dado la mejor noticia de mi vida…

Me apretó contra él, radiante, y, sin poder contenerse, dio libre curso a su felicidad.

– Es fantástico, primo. Fantástico.

Me pidió que me sentara en la cama, intentó moderar su entusiasmo; luego me dijo:

– Te hablé de una misión. Querías ir a por todas, y te contesté que quizá tuviera algo para ti y que esperaba poder estar seguro… Pues bien, el milagro se ha producido. Me lo acaban de confirmar hace menos de una hora. Esta bendita misión ya es factible. ¿Estarás en condiciones de llevarla a cabo?

– ¡Y tanto!

– Se trata de la misión más importante de las emprendidas jamás. La misión final. La que provocará la capitulación sin condiciones de Occidente y nos pondrá definitivamente en primera fila en el concierto de las naciones… ¿De verdad crees que podrás?…

– Estoy listo, Sayed. Tienes mi vida a tu disposición.

– No es cuestión solamente de tu vida. Hay muertos a diario, y mi vida tampoco me pertenece a mí. Es una misión capital. Requiere un compromiso inquebrantable.

– ¿Acaso estás dudando de mí?

– No estaría aquí contándotelo.

– ¿Entonces cuál es el problema?

– Eres libre de echarte atrás. No quiero presionarte.

– Nadie me está presionando. Me apunto sin condiciones.

– Aprecio tu determinación, primo. Por si te sirve de algo, confío plenamente en ti. Te llevo observando desde que llegaste a mi tienda. Cada vez que te echo una mirada, tengo la impresión de levitar… La elección ha sido difícil. Si algo sobra, son candidatos. Pero para mí es importante que sea un chico de nuestro pueblo, del olvidado Kafr Karam, para que deje un buen recuerdo en la historia.

Me abrazó y besó en la frente.

Acababa de elevarme al rango de los seres reverenciados.

Aquella noche, volví a soñar con Omar. Pero no huí.


Sayed regresó para volver a tantearme. Quería estar seguro de que no me había precipitado.

La víspera de los preparativos de la misión me dijo:

– Te doy tres días para que te lo pienses bien. Después, cortaremos amarras.

– Me lo he pensado; estoy en condiciones de actuar.

Sayed me alojó en un pisito de lujo con vistas al Tigris. Allí me esperaba un fotógrafo. Tras la sesión de fotos, pasé por las tijeras del peluquero y luego me duché. Como debía dejar Bagdad esa misma semana, fui a correos para enviar a Bahia el dinero que había ahorrado.

Salí de Bagdad un viernes, tras la Gran Oración. A bordo de un camión de ganado conducido por un viejo campesino con turbante. Se suponía que yo era su sobrino y pastor. Mis nuevos papeles estaban en regla, falsificados con documentos desgastados para disimular mejor. Mi nombre constaba en el registro de comercio. Sorteamos los distintos puestos de control sin problema y llegamos a Ar Ramadi antes del anochecer. Sayed nos esperaba en una granja, a unos veinte kilómetros al oeste de la ciudad. Comprobó que todo iba según lo previsto, cenó con nosotros y nos entregó el itinerario de la etapa siguiente antes de retirarse. Al alba, reemprendimos camino hacia un pueblito situado en la ladera este de la meseta de la Chamiyé, donde otro enlace con camioneta se hizo cargo de mí. Pasamos la noche en una aldea que abandonamos al amanecer para dirigirnos a Rutba, no lejos de la frontera jordana. Sayed se nos había adelantado; nos acogió en el patio de un dispensario. Un médico con una bata ajada nos sugirió que nos laváramos y nos retiráramos a una habitación para enfermos. Aplazamos tres veces nuestra salida debido a un despliegue militar en la región. Al cuarto día, amparados por una tormenta de arena, el camionero y yo pusimos rumbo a Jordania. La visibilidad era nula, pero el chófer conducía tranquilamente por las pistas, que parecía conocer como la palma de la mano. Al cabo de varias horas de baches y de sofoco, nos detuvimos en una árida vaguada donde el viento no paraba de mugir. Nos refugiamos en una cueva tras haber empujado el coche bajo un cobertizo natural, comimos algo y luego el camionero, un hombrecillo deshidratado e impenetrable, subió a lo alto de una cresta. Lo vi sacar su móvil y explicar dónde se encontraba ayudándose de un aparato de navegación.

Cuando regresó, me dijo:

– Esta noche no dormiré bajo las estrellas.

Fue la única vez que me dirigió la palabra.

Se dirigió a la cueva para tumbarse y me ignoró.

La tormenta amainó, espaciando sus arremetidas; el viento se coló hasta el último recoveco de la cueva; luego, a medida que el paisaje emergía de la niebla ocre del desierto, se fue quedando sin aliento y, sin previo aviso, se detuvo del todo.

El sol se congestionó al tocar suelo, destacando las colinas peladas que dentaban el horizonte. De repente, aparecidos como por ensalmo, dos muleros tomaron el lecho de la vaguada hacia nuestra cueva. Luego me enteré de que eran miembros de una cuadrilla de ex contrabandistas convertidos en pasadores de armas y de que echaban ocasionalmente una mano, como guías, a los voluntarios venidos de todas partes para reforzar las filas de la resistencia iraquí. El camionero los felicitó por llegar tan a punto, se informó acerca del curso de las operaciones en el sector y me entregó a ellos. Regresó a su vehículo sin saludarme y salió pitando.

Los dos desconocidos eran altos y delgados, y tenían la cara envuelta en una kefia polvorienta. Llevaban pantalones de chándal, jerséis gruesos y zapatillas de deporte.

– Todo irá bien -me dijo el más alto.

Me ofreció un jersey de lana gruesa y una gorra.

– Por aquí refresca de noche.

Me ayudaron a subirme a una mula y se pusieron en marcha. Cayó la noche. El viento se levantó, gélido e irritante. Mis guías se relevaban en la otra mula. Los caminos de cabras se iban ramificando ante nosotros, opalescentes bajo la luna. Bajamos por laderas escarpadas, escalamos otras, deteniéndonos sólo para aguzar el oído y escrutar las zonas de sombra. La travesía estaba resultando como tenían previsto los guías. Hicimos una pequeña parada en el fondo de un vallejo para alimentarnos y recuperar fuerzas. Me zampé varias lonchas de carne seca y me tragué un odre de agua de manantial. Mis compañeros me aconsejaron que no comiera demasiado deprisa y que intentara descansar. Me cuidaban mucho y me preguntaban de cuando en cuando si aguantaba el tirón, si quería apearme de la mula y caminar un poco. Les rogué que siguieran adelante.

Atravesamos la frontera jordana hacia las cuatro de la mañana. Dos patrullas de frontera se habían cruzado un rato antes, una a bordo de un todoterreno militar, otra a pie. El puesto de observación se encontraba en lo alto de un cerrillo, identificable por su torreta y su antena alumbrada por una farola. Mis guías lo estuvieron observando con prismáticos infrarrojos. Cuando la patrulla de exploradores regresó a su acuartelamiento, agarramos nuestras mulas por las riendas y nos deslizamos por el lecho de un río. Unos kilómetros más allá, una pequeña furgoneta cargada de palanganas de plástico nos recogió. La conducía un hombre vestido con túnica tradicional y un pañuelo beduino en la cabeza. Felicitó a mis dos guías, y les dibujó en el suelo un itinerario seguro para regresar a Irak. Los informó de que aviones no tripulados estaban sobrevolando la zona y les detalló la manera de eludir su rastreo; luego les explicó cómo rodear una nueva unidad de las fuerzas aliadas que acababa de desplegarse detrás de la línea de demarcación. Los guías le hicieron algunas preguntas de orden práctico y, ya satisfechos, nos desearon buena suerte y dieron media vuelta.

– Ahora puedes relajarte -me dijo el desconocido-. A partir de aquí es pan comido. Estás en las mejores manos de la profesión.

Era un hombrecillo encogido, de tez morena, con la cabeza más ancha que los hombros, por lo que parecía estar tambaleándose sin moverse. Por sus gruesos labios se entreveían dos filas de dientes de oro que refulgían al amanecer. Conducía como un tonto, sin preocuparse de los baches ni de los frenazos que daba sin ton ni son, catapultándome contra el parabrisas.

Sayed reapareció por la noche, en casa de mi nuevo guía. Me abrazó durante un largo rato.

– Dos etapas más y podrás descansar.

Al día siguiente, tras un desayuno sustancioso, me acompañó hasta un pueblo fronterizo en un coche de gran cilindrada. Allí me puso en manos de Chaker e Imad, dos jóvenes con pinta de estudiantes, y me dijo:

– Del otro lado está Siria, y justo después Líbano. Nos vemos dentro de dos días en Beirut.


8

<p>8</p>

Caminé hasta el cruce de caminos que se hallaba a unos diez kilómetros del pueblo. De cuando en cuando me daba la vuelta con la esperanza de que apareciera un vehículo; no se veía una sola nube de polvo en la pista. Me encontraba solo, infinitesimal en medio del desierto. El sol se remangaba. El día iba a ser canicular.

Había una marquesina improvisada en el cruce. Antes, el autocar que comunicaba Kafr Karam se detenía allí. Ahora, del lugar parecían haber desertado tanto hombres como animales. La techumbre de chapa ondulada se había roto y de ella colgaban unas placas de metal, por encima de la banqueta. Me senté a la sombra y esperé dos horas sin que un solo movimiento alterara la línea del horizonte.

Proseguí mi camino hasta una carretera de enlace que solían tomar los camiones frigoríficos que abastecían de fruta y legumbres las localidades de la región. Desde el embargo, se desplazaban mucho menos, pero de vez en cuando algún comerciante ambulante pasaba por allí. Suponía una tremenda caminata, y el calor cada vez más intenso me tenía aplastado.

Vi dos manchas negras sobre un montículo que dominaba la carretera de enlace. Se trataba de dos chicos de unos veinte años. Permanecían en cuclillas bajo el sol, inmóviles e impenetrables. El más joven me miró con intensidad; el otro trazaba círculos en el polvo con una ramita. Llevaban los mismos pantalones de chándal, de un color blanco sospechoso, y camisas arrugadas y mugrientas. A sus pies yacía una bolsa, como una presa derribada.

Me senté sobre un montículo de arena y fingí manosear los cordones de mis zapatos. Me invadía una extraña sensación cada vez que alzaba los ojos sobre ambos extraños. El más joven tenía una manera desagradable de inclinarse hacia su compañero para susurrarle cosas al oído. Éste asentía con la cabeza sin dejar de menear su ramita. Sólo una vez me echó una ojeada que me hizo desconfiar. Al cabo de unos veinte minutos, el más joven se levantó con brusquedad y se dirigió hacia mí. Sus ojos inyectados en sangre me rozaron y su aliento ardiente me azotó la cara. Pasó delante de mí y fue a orinar contra un matorral reseco.

Fingí consultar mi reloj y regresé a la pista apresurando el paso. Me atenazaban unas ganas locas de darme la vuelta; aguanté. Tras haberme alejado suficientemente, comprobé que no me estaban siguiendo. Seguían en su montículo, acuclillados sobre su bolsa como dos rapaces vigilando una carroña.

Unos kilómetros más allá, una camioneta me alcanzó. Me eché a un lado de la pista y agité el brazo. La camioneta estuvo a punto de arrollarme y siguió adelante en medio de un estruendo de chatarra y de válvulas recalentadas. En la cabina, reconocí a los dos individuos de antes. Miraban hacia adelante.

Hacia mediodía me sentía agotado. El sudor ahumaba mi ropa. Me dirigí hacia un árbol -el único a leguas a la redonda- que se erguía sobre un montículo. Sus ramas espinosas y peladas rayaban el suelo con su esquelética sombra. Me lancé hacia ella como un camello hacia una charca de agua.

El hambre y la sed acentuaron mi cansancio. Me quité los zapatos y me tumbé bajo el árbol sin dejar de mirar hacia la pista. Tuve que esperar horas antes de vislumbrar, muy lejos, un vehículo. Sólo era un punto grisáceo que se escurría entre las reverberaciones, pero lo reconocí por los centelleos que producía intermitentemente. Me volví a poner los zapatos y corrí hacia la pista. Pero, para mi decepción, el punto cambió de dirección y se difuminó en la lejanía.

Mi reloj marcaba las cuatro. El pueblo más cercano se encontraba a unos cuarenta kilómetros hacia el sur. Para llegar hasta él debía salirme de la pista tran sitable, y no quería demorarme por la zona. Regresé al árbol y esperé.

El sol se estaba poniendo cuando un nuevo punto vivaracho apareció en el horizonte. Estimé prudente, antes de dejar mi refugio, asegurarme de que venía efectivamente en mi dirección. Era un camión sin aletas que acudía hacia mí bamboleándose. Me apresuré a interceptarlo, rezando a mis santos patronos para que no me dejaran en la estacada. El camión redujo su velocidad. Oí las plaquetas de sus frenos chirriar hasta desencajarse.

El conductor era un hombrecillo deshidratado, con cara de cartón piedra y brazos flacos como varillas. Transportaba cajas vacías y colchones viejos.

– Voy a Bagdad -le dije subiendo al estribo.

– No está aquí al lado, chaval -me dijo tras mirarme detenidamente-. ¿De dónde sales tú?

– De Kafr Karam.

– ¡Ah! El culo del mundo… Yo voy hasta Basil. No es exactamente el mismo camino, pero por allí transitan taxis.

– Me viene bien.

El conductor me miró con desconfianza.

– ¿Puedo echar una mirada a lo que llevas en tu petate?

Se lo tendí por la ventanilla. Lo vació sobre su cuadro de mandos y verificó minuciosamente su contenido.

– Bueno, pasa por el otro lado.

Le di las gracias y lo rodeé por delante. Se inclinó para abrirme la portezuela, que se había quedado sin tirador exterior. Me instalé en el «asiento del muerto», o más precisamente en lo que quedaba de él.

El conductor arrancó con un traqueteo metálico.

– ¿No tienes un poco de agua?

– Justo detrás de ti hay un odre. Si tienes hambre, queda un resto de mi tentempié en la guantera.

Me dejó beber y comer en paz. Un velo de pena oscurecía su rostro demacrado.

– No me tengas en cuenta que haya registrado tus cosas. No quiero tener follones. Hay tanta gente armada que vaga suelta por los caminos…

No dije nada.

Recorrimos muchos kilómetros en silencio.

– Oye, tú, no eres muy parlanchín -dijo el conductor, que quizá deseara un poco de cháchara.

– No.

Se encogió de hombros y me olvidó.

Alcanzamos una carretera asfaltada, nos cruzamos con unos cuantos camiones que iban a toda velocidad en dirección opuesta, con unos pocos taxis Toyota descuajeringados, de color naranja y blanco, repletos de pasajeros. El conductor golpeteaba su volante, pensando en sus cosas. El viento le revolvía sobre la frente su mechón canoso.

En un puesto de control, unos soldados nos obligaron a dejar el asfalto y a tomar una pista recién trazada con bulldozer. El camino estaba lleno de baches, bastante mal acondicionado, a veces con desvíos tan estrechos que no era posible ir a más de diez kilómetros por hora. El camión se tambaleaba en las grietas y estuvo a punto de romper sus amortiguadores. No tardamos en alcanzar a otros coches desviados por el puesto de control. Un furgón jadeaba en el arcén, con el capó abierto; sus pasajeros, mujeres veladas de negro y niños, se habían apeado para ver cómo el conductor se las apañaba con su motor. Nadie se detuvo para echarles una mano.

– ¿Piensas que ha habido follón en la nacional?

– No estaríamos circulando tan tranquilamente -me dijo el conductor-. Primero nos habrían registrado a fondo, luego nos habrían dejado tostarnos al sol y puede que hasta pasar la noche bajo las estrellas. Debe de tratarse de un convoy militar. Para evitar que los coches kamikaze se les echen encima, los militares desvían a todo el mundo por pistas, incluso a las ambulancias.

– ¿Esto va a suponer mucho desvío?

– No tanto. Llegaremos a Basil antes del anochecer…

– Espero encontrar un taxi para Bagdad.

– ¿Un taxi, de noche?… Hay toque de queda, y está en vigor. Cuando el sol se pone, todo Irak debe meterse en su madriguera. ¡Llevarás al menos papeles!

– Sí.

Se pasó el brazo por la boca y me soltó:

– Más te vale.

Desembocamos en una antigua pista, más ancha y nivelada. Los coches se embalaron para recuperar el retraso. Levantaron polvaredas a su paso y se alejaron muy pronto de nosotros.

– Es la compañía a la que yo abastecía antes de productos alimentarios -me dijo el conductor señalándome con la barbilla un acantonamiento militar en lo alto de una colina.

El cuartel estaba abierto por los cuatro costados, con sus murallas derrumbadas; podía verse un barracón cuyas puertas y ventanas habían sido robadas por los saqueadores. El bloque blindado, que debió de albergar la comandancia y la administración de la unidad, parecía haber padecido un seísmo. Las techumbres ya no eran sino un fárrago de vigas ennegrecidas. Las fachadas reventadas mostraban la mordedura de los misiles antiblindaje. Una avalancha de papeles se había volatilizado de los despachos y se retorcía contra las alambradas, detrás de los hangares. Unos vehículos bombardeados exponían sus chasis en el aparcamiento mientras un depósito de agua montado sobre un andamiaje metálico, probablemente segado por un obús en su base, había caído aplastando un mirador carbonizado. En el frontón de lo que fue un cuartel moderno, el retrato de un Sadam Husein mofletudo, con sonrisa de predador, había quedado desconchado por la furia de la metralla.

– Al parecer, los nuestros no dispararon un solo tiro. Se escaquearon como conejos antes de la llegada de las tropas norteamericanas. ¡Una vergüenza!

Contemplé el amasijo de desolación sobre la colina que la arena iba cubriendo solapadamente. Un perro salió de la garita de la entrada principal del cuartel, pardo y famélico, se estiró y desapareció tras un amasijo de escombros, hociqueando el suelo.


Basil era una aldea encajada entre dos enormes rocas pulidas por las tormentas de arena. Estaba acurrucada en el fondo de una hondonada que, durante la canícula, recordaba un hammán. Sus casuchas de adobe se aferraban desesperadamente a las laderas de las colinas, separadas unas de otras por un embrollo de callejuelas retorcidas por las que apenas podía pasar una carreta. Su avenida central, abierta en el cauce de un río seco desde la Edad de Piedra, la cruzaba en un instante. La bandera negra de los tejados indicaba que la comunidad era chií, para desmarcarse de las tretas de los suníes y ubicarse del lado de los turiferarios del nuevo régimen.

Desde que los puestos de control jalonaban la carretera nacional, retrasando la circulación y convirtiendo un simple viaje en una interminable expedición, Basil se había convertido en una etapa de descanso obligatorio para los usuarios de la carretera. Tascas y chiringuitos, anunciados kilómetros atrás en la noche por rosarios de lamparillas, habían surgido como hongos en su periferia. Más abajo, el pueblo permanecía oculto en la oscuridad. Ni una farola para alumbrar las callejuelas.

Unos cincuenta vehículos, en su mayoría cisternas para carburante, se apretujaban en un aparcamiento improvisado a la entrada de la aldea. Una familia acampaba un poco más allá, cerca de su furgón. Unos críos dormían a su antojo, envueltos en sus sábanas. En una zona despejada, unos camioneros habían encendido una hoguera y charlaban en torno a una tetera; sus sombras ondulantes se entrecruzaban en una danza reptilesca.

Mi bienhechor consiguió deslizarse en medio de los coches aparcados de cualquier manera y aparcó su camión cerca de un chiringuito que más bien parecía una guarida de malhechores. Había, en un pequeño patio, mesas y sillas desplegadas y ocupadas por un pelotón de viajeros de rostro macilento. En medio del barullo se oía un radiocasete escupitineando viejas canciones del Nilo.

El conductor me pidió que lo siguiera hasta el restaurantucho de al lado, agazapado bajo un ensamblaje de toldos y palmas carcomidas. La sala estaba abarrotada de gente hirsuta y polvorienta arremolinada en torno a mesas sin manteles. Algunos estaban sentados en el mismo suelo, demasiado hambrientos para esperar que una silla quedara libre. Toda esa cofradía de náufragos se apiñaba alrededor de sus platos, con los dedos chorreando de salsa y las mandíbulas activadas; campesinos y camioneros reventados por las pistas y los controles que intentaban reponer fuerzas para afrontar los sinsabores del día siguiente. Todos me recordaban a mi padre, pues llevaban en el rostro una marca que no engaña: el sello de los vencidos.

Mi benefactor me dejó en el umbral del establecimiento y pasó por encima de algunos comensales para acercarse al mostrador, donde un hombre grueso con chilaba tomaba las comandas, devolvía el cambio y abroncaba de pasada a sus camareros. Paseé la mirada por la sala con la esperanza de toparme con alguna cara familiar. No reconocí a nadie.

Mi chófer regresó con el semblante descompuesto: -Bueno, ahora debo dejarte. Mi cliente no llegará hasta mañana por la noche. Vas a tener que apañártelas sin mí.


Estaba durmiendo bajo un árbol cuando el zumbido de los motores me despertó. El cielo aún no había clareado y ya los camioneros maniobraban con vigor para salir del aparcamiento. El primer convoy se lanzó cuesta abajo por el abrupto camino para rodear el pueblo. Corrí de un vehículo a otro en busca de un conductor caritativo. Ninguno aceptó cogerme.

Un sentimiento de frustración y de rabia se fue apoderando de mí a medida que el aparcamiento se iba vaciando. Mi desesperación rozó el pánico cuando sólo quedaron tres vehículos detenidos: un furgón familiar cuyo motor se negaba a arrancar y dos cacharros desocupados; sus pasajeros debían de estar desayunando en la tasca. Esperé su regreso con el vientre arrugado.

– ¡Eh! -me lanzó un hombre que se hallaba ante la puerta de un chiringuito-. ¿Qué estás haciendo al lado de mi carro? Lárgate pitando de ahí, o te corto los huevos.

Me hizo una señal con la mano para que me apartara. Me estaba tomando por un ladrón. Me dirigí hacia él con mi petate al hombro. Se llevó los puños a las caderas y me contempló con asco mientras me acercaba.

– ¿Ya no se puede beber un café tranquilamente?

Era un flaco grandullón de tez cobriza. Llevaba un pantalón de tela limpio y una chaqueta de cuadros abierta sobre un jersey verde botella. Un reloj grande engastado en una pulsera dorada le ceñía la muñeca. Con esa mirada despectiva y su cara de bestia, tenía pinta de madero.

– Voy a Bagdad -le dije.

– A mí me la trae floja. No te arrimes a mi carro, ¿vale?

Me dio la espalda y regresó a una mesa cercana a la puerta.

Me dirigí al camino pedregoso que daba la vuelta al pueblo y me senté al pie de un árbol.

Pasó un primer coche, tan atestado que no tuve el valor de seguirlo con los ojos mientras iba dando tumbos en dirección norte.

El furgón cuyo motor rateaba un momento antes casi me rozó al bajar la pista con un chirrido de chapa.

El sol surgió detrás de la colina, pesado y amenazante. Más abajo, hacia el pueblo, la gente iba saliendo de su madriguera.

Un coche enseñó el morro. Me levanté y extendí el brazo con el pulgar en ristre. El coche siguió adelante un centenar de metros; cuando me disponía a sentarme, se detuvo. No comprendí si era por mí o si se trataba de un problema mecánico. El conductor tocó el claxon, luego sacó la mano por la ventanilla y me hizo una señal para que me acercara. Agarré mi bolsa y eché a correr como si fuera tras la oportunidad de mi vida.

Era el hombre del café, el que me había tomado por un ladrón.

– Por cincuenta billetes te llevo a Al Hilah -me propuso a quemarropa.

– De acuerdo -acepté, contento de largarme de Basil.

– ¿Puedo saber lo que llevas en tu petate?

– Sólo ropa, señor -le dije vaciando el contenido del saco sobre el capó.

El hombre me observó, sin deshacer su mueca. Me levanté la camisa para que viera que no ocultaba nada bajo el cinturón. Meneó la cabeza y me dijo con la barbilla que subiera.

– ¿De dónde vienes?

– De Kafr Karam.

– No me suena para nada… Pásame mi paquete de cigarrillos, está en la guantera.

Obedecí.

Encendió su mechero y echó el humo por la nariz. Arrancó tras mirarme con detenimiento.

Al cabo de media hora de camino, durante la cual anduvo perdido en sus pensamientos, volvió a acordarse de mí:

– ¿Por qué no dices nada?

– Es mi manera de ser.

Encendió otro cigarrillo y volvió a la carga:

– En los tiempos que corren, los que menos hablan son los que más hacen… ¿Vas a Bagdad para enrolarte en la resistencia?

– Voy a casa de mi hermana… ¿Por qué dices eso?

Giró el retrovisor hacia mí.

– Mírate ahí dentro, chaval. Pareces una bomba a punto de estallar.

Miré en el retrovisor y sólo vi dos ojos ardientes en un rostro torturado.

– Voy a casa de mi hermana -dije.

Colocó maquinalmente el retrovisor en su sitio y se encogió de hombros:

– A mí me la trae floja.

Y me ignoró.

Tras una hora de polvo y de baches, alcanzamos la nacional. Me sentí aliviado al regresar al asfalto y así sustraerme a las sacudidas que me machacaban las vértebras. Unos autocares y semirremolques se perseguían a toda carrera. Tres coches de la policía se cruzaron con nosotros; sus ocupantes parecían relajados. Cruzamos una aldehuela sobrepoblada con un montón de tenderetes en la acera. Un policía uniformado disciplinaba el barullo, con la gorra echada hacia atrás y la camisa empapada por la espalda y bajo las axilas. En el centro del pueblo, una aglomeración nos frenó; era un zoco ambulante asediado por el gentío. Las amas de casa vestidas de negro libaban de puesto en puesto, con la mano atrevida pero la cesta a menudo vacía. Producían auténtico mareo el olor a verdura podrida junto con el calor tórrido y las nubes de moscas que se abalanzaban sobre los montones de alimentos. En el extremo de la plaza, en una parada de autobuses, asistimos a un gigantesco bullicio en las inmediaciones de un autocar; el controlador no conseguía contener el asalto de los pasajeros a pesar de los correazos que daba a ciegas.

– Mira tú ese ganado -suspiró mi chófer.

No estaba de acuerdo, pero no hice ningún comentario.

Unos cincuenta kilómetros más adelante la carretera se ensanchó. Pasó de dos a tres carriles y aumentó el tráfico. En algunos sitios, avanzábamos con los parachoques pegados por culpa de los puestos de control. Hacia mediodía aún no habíamos recorrido la mitad del camino. De vez en cuando, nos topábamos con la carcasa de un remolque calcinado y echado al arcén para despejar el paso, y unos grandes manchurrones negros nos indicaban dónde habían sido sorprendidos los vehículos por deflagraciones o fuertes tiroteos. A lo largo de la calzada se alineaban cristales rotos, neumáticos reventados y chatarra. Tras una curva nos tropezamos con los restos de un Humvee norteamericano, volcado en una cuneta, probablemente fulminado por un cohete, pues la zona era muy propicia para emboscadas.

El conductor me sugirió que nos detuviéramos para comer algo. Optó por una gasolinera. Tras haber llenado el depósito, me propuso tomar algo fresco en una especie de quiosco convertido en cantina. El camarero nos sirvió dos refrescos aceptablemente fríos y unos pinchitos con mala pinta dentro de dos rebanadas de pan que chorreaban salsa de tomate y que me produjeron arcadas. Quise pagar mi parte, pero el conductor me rechazó con el revés de la mano. Descansamos unos veinte minutos y reemprendimos camino.

El chófer se había puesto las gafas de sol y conducía como si estuviese solo en el mundo. Me acomodé en mi asiento, dejándome mecer por el ronroneo del motor…

Cuando recobré el sentido, los coches habían dejado de avanzar. Reinaba la confusión en una embocadura, bajo un sol de justicia. La gente se había apeado de sus cacharros y exteriorizaba su hartura en la calzada.

– ¿Qué ocurre?

– Ocurre que aquí tenemos para rato.

Un helicóptero nos sobrevoló a ras de tierra antes de virar bruscamente en medio de un estruendo espantoso. Dio unas vueltas por encima de una colina, lejos, y se mantuvo en vuelo estacionario. De repente, liberó un par de cohetes que hendieron el aire con un silbido estridente. Vimos dos gavillas de llamas y de polvo elevarse desde una cresta. De inmediato, un escalofrío recorrió toda la carretera y la gente se apresuró a subir a su coche. Algunos perdieron los nervios y dieron media vuelta, provocando una reacción en cadena que, en menos de diez minutos, redujo la fila de espera a la mitad.

Mi chófer siguió con cara de guasa el pánico que se había apoderado de los viajeros y aprovechó su defección para adelantar unos cuantos cientos de metros.

– No va a ocurrir nada -me tranquilizó-. El helicóptero está ahí para levantar la liebre. En cierto modo, predica la falsedad. Si la cosa fuera en serio, habría al menos dos Cobra para cubrirse mutuamente… He sido «negro de las arenas» durante ocho meses. Conozco bien los trucos de los americanos.

De repente se embaló:

– He sido intérprete de las tropas americanas. «Negro de las arenas» es el mote que nos ponen a los colaboracionistas… De todos modos, ni hablar de dar la vuelta. Al Hilah está a sólo cien kilómetros, y no tengo ganas de pasar otra noche a la intemperie. Si tienes miedo, te bajas.

– No tengo miedo.

La circulación se normalizó una hora después. Cuando llegamos a la altura del puesto de control, comprendimos mejor los motivos de todo aquel follón. Había dos cuerpos tumbados sobre un terraplén, acribillados a balazos; llevaban un pantalón de chándal blanco ensangrentado y una camisa mugrienta. Eran los dos jóvenes que la víspera, cerca de Kafr Karam, estuvieron acechando un vehículo, acuclillados sobre un montículo, con una bolsa grande a sus pies.

– Otra metedura de pata -refunfuñó el chófer-. Los boys disparan primero y comprueban luego. Es uno de los motivos por los que me di de baja.

Tenía los ojos clavados en el retrovisor, incapaz de apartar mi mirada de ambos cadáveres.

– Ocho meses, te digo -prosiguió el chófer-. Ocho meses soportando su arrogancia y sus sarcasmos de tarados. Los boys, pura propaganda hollywoodiense. Un camelo demagógico. Tienen menos escrúpulos que una jauría de hienas sueltas en una majada. Los he visto disparar contra niños y ancianos como si estuvieran entrenando con dianas de cartón…

– He visto eso.

– No lo creo, chico. Si todavía no se te ha ido la olla, es que no has visto gran cosa. A mí se me fundió un plomo. Todas las noches tengo pesadillas. Era intérprete de un batallón del ejército regular. Unos querubines al lado de los marines. O sea, que ya tuve mi dosis. Además, me tomaban el pelo y me trataban como a una mierda. Para ellos, no era sino un traidor a mi patria. Tardé ocho meses en darme cuenta de ello. Una noche, fui a ver al capitán para anunciarle que me iba a casa. Me preguntó si algo iba mal. Le contesté que todo. En realidad, no quería parecerme a esos vaqueros gruñones y cerrados de mollera. Hasta vencido, valgo más que eso.

Policías y soldados nos hacían señales para que espabiláramos. Ocupados como estaban en despejar la carretera, no controlaban a nadie. Mi chófer aceleró.

– Nos toman por retrasados -masculló-. Nosotros, los árabes, los seres más fabulosos de la tierra, que tanto hemos aportado al mundo, al que hemos enseñado a no sonarse los mocos en la mesa, a limpiarse el culo, a cocinar, a calcular, a sanarse… ¿Y con qué se han quedado esos degenerados de la modernidad? ¿Una caravana de dromedarios en lo alto de una duna a la caída del sol? ¿Un enano con traje blanco satinado y kefia despilfarrando sus millones en los casinos de la Costa Azul? Tópicos, caricaturas…

Ofendido por sus propias palabras, encendió un cigarrillo y me ignoró hasta nuestra llegada a Al Hilah. Me llevó directamente a la estación de autobuses, deseoso de desembarazarse de mí, y me tendió la mano:

– Que te vaya bien, chico.

Extraje mi fajo de billetes del bolsillo trasero del pantalón para pagarle.

– ¿Qué haces? -me preguntó.

– Pues, sus cincuenta billetes.

Rechazó mi dinero con el mismo revés de mano que hizo antes en la gasolinera.

– Quédate tu dinero para ti, chico. Y olvida lo que te he dicho. Suelto muchas tonterías desde que se me fundió un plomo. Nunca me has visto, ¿vale?

– Vale.

– Ahora lárgate.

Me ayudó a recuperar mi petate, dio media vuelta allí mismo y salió de la estación sin un gesto de despedida.


9

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El autocar renqueaba. Era un viejo vehículo traqueteante y calenturiento que apestaba a gasolina y a caucho quemado; daba la impresión de estar en las últimas. No rodaba, se arrastraba como un animal herido a punto de palmarla. Cada vez que reducía la velocidad, se me encogía el corazón. ¿Nos iba a dejar tirados en el desierto? Dos pinchazos y una avería nos habían retrasado considerablemente, con un sol implacable. Las ruedas de repuesto tenían muy mal aspecto; estaban tan lisas y eran tan poco fiables como las que habían pinchado.

El conductor estaba extenuado, se tambaleaba cuando recogió el gato. No lo perdía de vista. Con una mano vendada por culpa de una rueda recalcitrante, parecía encontrarse francamente mal; temí que se desmoronara sobre el volante. De cuando en cuando se llevaba una botella de agua a la boca y bebía un largo trago sin preocuparse de la carretera; luego volvía a quitarse el sudor con un trapo que tenía colgado del respaldo de su asiento. Debía de tener unos cincuenta años, aunque aparentaba diez más, con sus ojos hundidos en su cráneo ovoide, sus sienes canosas y su calva en la cresta. No paraba de insultar a los malos conductores que se cruzaba.

En el autocar reinaba el silencio. El aire acondicionado no funcionaba, y dentro el calor era mortal. Todas las ventanas estaban abiertas y los pasajeros derrumbados en sus asientos. La mayoría de ellos dormitaba; los demás veían desfilar el paisaje con mirada ausente. Tres filas detrás de mí, un joven de frente arrugada se empeñaba en toquetear su radio de bolsillo, barriendo sin cesar las emisoras con un enervante chisporroteo de fritura. Cuando captaba una canción, se detenía en ella un minuto y luego, nuevamente, seguía rastreando otras emisoras. Su tejemaneje me tenía al borde de un ataque de nervios.

Estaba deseando salir de ese ataúd itinerante.

Llevábamos tres horas de camino, sin escala. Estaba previsto que nos detuviéramos en un figón para comer algo, pero la sustitución de las dos ruedas y el remiendo de los manguitos habían alterado el programa del cobrador.

La víspera, después de que mi bienhechor me dejara en la estación de autobuses de Al Hilah, perdí el autocar por pocos minutos. Tuve que esperar, pues, el siguiente, anunciado para cuatro horas después. Llegó a tiempo, pero sólo llevaba una veintena de pasajeros. El cobrador nos explicó que su autocar no saldría sin al menos cuarenta pasajeros a bordo, pues de lo contrario no cubriría gastos. Esperamos y rezamos para que otros pasajeros se apuntaran. El conductor daba vueltas a su autocar y voceaba: «¡Bagdad! ¡Bagdad!». A veces, se acercaba a la gente cargada de maletas y les preguntaba si iban a Bagdad. Cuando negaban con la cabeza, se volvía hacia otro grupo. Ya bien avanzada la tarde, el conductor nos rogó que bajásemos y recuperásemos nuestras maletas del portaequipajes. Hubo algunas protestas y luego todo el mundo se reunió en la acera mientras el autocar regresaba a su cochera. Los que vivían en la ciudad volvieron a sus casas; los que estaban de paso se concentraron bajo las marquesinas para pasar la noche. ¡Y qué noche! Unos ladrones intentaron robar a uno que dormía. La víctima, armada con un garrote, no dejó que se le acercaran. Los agresores se replegaron una vez para regresar en mayor número, y, como la policía se había esfumado, asistimos a una soberana paliza. Nos mantuvimos al margen, parapetados tras nuestras maletas y bolsas, y ninguno se atrevió a socorrer a la víctima. El pobre diablo se defendió valientemente. Devolvía cada golpe. Al final, los ladrones lo derribaron, se ensañaron con él y, tras haberlo aligerado de todas sus pertenencias, se lo llevaron. Eso fue sobre las tres de la mañana, y, desde entonces, ya nadie volvió a pegar ojo.

Otro puesto de control militar. Una larga fila de vehículos avanzaba lentamente, ciñéndose a la derecha. Había paneles de señalización en medio de la calzada, así como piedras gordas para delimitar ambas vías. Los soldados eran iraquíes. Controlaban a todos los pasajeros, verificaban los maleteros de los coches, los portaequipajes, las bolsas, registraban a fondo a los hombres cuya pinta no les gustaba. Subieron a nuestro autocar, nos pidieron los papeles y compararon algunas caras con las fotos de gente en busca y captura que llevaban consigo.

– Vosotros dos, bajad -ordenó un cabo.

Dos jóvenes se levantaron y, resignados, bajaron del autocar. Un soldado se puso a registrarlos, luego les ordenó que recogieran sus trastos y lo siguieran hasta una tienda de campaña que se encontraba a unos veinte metros en la arena.

– Vale -dijo el cabo al conductor-. Puedes irte.

El autocar rateó. Miramos a los dos pasajeros de pie delante de la tienda de campaña. No parecían preocupados. El cabo los metió a empellones dentro de la tienda y los perdimos de vista.

Por fin empezaron a verse los edificios periféricos de Bagdad, arropados por un velo ocre. La tormenta de arena había pasado por allí y el aire estaba cargado de polvo. Mejor así, pensé. No me apetecía encontrarme con una ciudad desfigurada, sucia y entregada a sus demonios. En otros tiempos me había gustado mucho Bagdad. ¿En otros tiempos? Me daba la impresión de que había sido en una vida anterior. Bagdad era una bonita ciudad, con sus grandes arterias, sus bulevares encopetados de rutilantes escaparates y terrazas soleadas. Para el campesino que era, eran unos auténticos Campos Elíseos tal como me los imaginaba desde mi ratonera de Kafr Karam. Me fascinaban los rótulos de neón, la decoración de las tiendas, y me pasaba buena parte de las noches recorriendo sus avenidas refrescadas por la brisa. Viendo a tanta gente deambular por las calles, y a tantas chicas espléndidas contonearse por las explanadas, tenía la sensación de estar permitiéndome todos los viajes que mi condición me impedía realizar. Estaba tieso, pero tenía ojos para contemplar hasta aturdirme y una nariz para bombear a pecho inflado los olores embriagadores de la ciudad más fabulosa de Oriente Próximo, que el Tigris colmaba con sus favores, acarreando en sus meandros la magia de sus leyendas y la de sus romances. Es cierto que la sombra del rais desvirtuaba sus luces, pero a mí no me alcanzaba. Era un joven estudiante deslumbrado que se atiborraba la cabeza de proyectos miríficos. Hacía mía cada belleza que me sugería Bagdad. ¿Cómo no sucumbir a los encantos de la ciudad de las huríes sin identificarse un tanto con ella? Así y todo, me decía Kadem, había que haberla conocido antes del embargo…

Si bien Bagdad había sobrevivido al embargo de la ONU sólo para mofarse de Occidente y su tráfico de influencias, de ningún modo podría sobrevivir a la afrenta que le infligirían sus propios retoños…

Y yo, por mi parte, había venido hasta aquí para segregar mi hiel. Ignoraba cómo hacerlo, aunque estaba seguro de que iba a propinarle un mal golpe. Así ocurre desde la noche de los tiempos. Los beduinos, por menesterosos que sean, no bromean con el sentido del honor. Las ofensas deben lavarse con sangre, el único detergente autorizado para salvaguardar el amor propio. Yo era el único hijo varón de la familia. Al ser mi padre un inválido, me correspondía a mí la tarea suprema de vengar el ultraje padecido, aunque muriera en el empeño. La dignidad no se negocia. Si uno la llega a perder, no encontrará suficientes lienzos en el mundo para taparse la cara, ni tumba que acoja su carroña sin agrietarse.

Movido por no sé qué maleficio, también yo iba a causar estragos, a mancillar con mis manos los muros que había acariciado, a escupir sobre las cristaleras en las que había mimado mi imagen, a arrojar mi cupo de cadáveres al Tigris sagrado, antropófago a su pesar, antaño ávido de vírgenes sublimes ofrendadas a las divinidades, hoy ahíto de indeseables cuyos putrefactos despojos contaminaban sus aguas virtuosas…

El autocar cruzó el río por un puente. No quería mirar las placetas que adivinaba devastadas ni a la gente que pululaba por las aceras y a la que ya había dejado de apreciar. ¿Cómo podía querer después de lo que había visto en Kafr Karam? ¿Cómo iba a poder apreciar a ilustres desconocidos tras haber sido despojado de mi autoestima? ¿Acaso seguía siendo yo mismo? De ser así, ¿quién era?… No me interesaba saberlo. Eso ya no volvería a tener la menor importancia para mí. Se habían cortado las amarras, algunos tabúes habían caído y un mundo de sortilegios y de anatemas acababa de erigirse entre sus escombros. Lo más aterrador de este asunto era la soltura con que me movía entre un universo y otro sin sentirme extrañado. ¡Resulta tan fácil! Me acosté siendo un chico dócil y afable y me desperté infundido de una ira inextinguible. Llevaba mi odio como una segunda naturaleza; era mi armadura y mi túnica de Nesos, mi zócalo y mi patíbulo; era todo lo que me quedaba en esta vida falaz e injusta, ingrata y cruel.

No había venido aquí en busca de felices recuerdos, sino a proscribirlos para siempre. Entre Bagdad y yo se habían acabado los candorosos melindres. Ya no teníamos nada que decirnos. Nos parecíamos como dos gotas de agua; habíamos perdido nuestra alma y nos disponíamos a segar la de los demás.

El autocar se detuvo a la altura de una especie de corte de los milagros. La plaza estaba invadida por una manada de mocosos harapientos de mirada trapacera y manos largas. Eran niños de la calle, faunescos devoradores de detritus que los orfanatos y los centros de reeducación en quiebra habían soltado por contingentes en las ciudades. Un fenómeno reciente del que ni siquiera tenía sospecha. ¡Apenas empezaron a bajar los primeros pasajeros y ya alguien gritó: «Al ladrón»! Una pandilla de pilluelos se había acercado al portaequipajes y se había servido sobre la marcha. Apenas les dio tiempo a darse cuenta cuando la pandilla ya iba corriendo por el otro lado de la calzada, con el resultado de su latrocinio al hombro.

Me alejé apresuradamente, con mi bolsa fuertemente apretada bajo el brazo.

La clínica Thawba se hallaba a unas manzanas de la estación de autocares. Decidí ir hasta allá a pie, para desentumecerme un poco. Había unos cuantos coches estacionados en un pequeño aparcamiento cuadrado rodeado de palmeras venidas a menos. Los tiempos habían cambiado, y la clínica también; ya no era sino la sombra de sí misma, con sus ventanas desvencijadas y su frontón deslustrado.

Subí por una escalinata en lo alto de la cual un agente de seguridad se limpiaba los dientes con una cerilla.

– Vengo a ver a la doctora Farah -le dije.

– Enséñame tu cita.

– Soy su hermano.

Me pidió que esperara allí mismo y se dirigió a una garita para hablar con el portero. Este me lanzó una mirada de recelo antes de descolgar el teléfono y estuvo un par de minutos en línea. Lo vi menear la cabeza y luego asentir hacia el agente, que regresó para conducirme hasta una sala de espera con los sofás reventados.

Farah tardó unos diez minutos en aparecer, con su bata blanca y su estetoscopio sobre el pecho. Estaba espléndida, bien maquillada aunque con demasiado carmín en los labios. Me acogió sin entusiasmo, como si nos viésemos a diario. Debía de ser por su trabajo, que no le dejaba respiro. Ciertamente, había adelgazado. Sus besos eran furtivos, y su abrazo, poco entusiasta.

– ¿Cuándo has llegado? -me preguntó.

– Ahora mismo.

– Bahia me llamó anteayer para anunciarme tu visita.

– Hemos perdido mucho tiempo en la carretera. Con tantos puestos de control militares y esos desvíos forzosos…

– ¿No podías hacer otra cosa? -me soltó con un deje de reproche.

No caí de inmediato en la cuenta, pero la fijeza de su mirada me ayudó a entenderlo. No era cansancio, no era por su trabajo; mi hermana no estaba encantada de verme.

– ¿Has comido?

– No.

– Tengo tres pacientes que atender. Voy a llevarte a una habitación. Primero tomarás un baño porque hueles mucho, y luego una enfermera te traerá algo de comer. Si tardo, túmbate en la cama y descansa hasta mi regreso…

Recogí mi petate y la seguí por un pasillo hasta el piso de arriba, donde me metió en una habitación amueblada con una cama y una mesilla de noche. Había un pequeño televisor sobre un soporte mural y, tras una cortina de plástico, una ducha.

– El jabón y el champú están en el armario empotrado, así como las toallas. El agua está racionada -me señaló-. No la dejes correr inútilmente.

Consultó su reloj.

– Tengo que darme prisa.

Y se retiró.

Estuve un buen rato mirando fijamente el espacio donde ella se había detenido, preguntándome si no me había equivocado en algo. Sin duda, Farah siempre había sido distante. Era una rebelde y una luchadora, la única chica de Kafr Karam que se había atrevido a infringir las reglas tribales y a hacer exactamente lo que quería hacer. Ciertamente, su audacia y su insolencia habían forjado su temperamento, haciéndola más agresiva y menos conciliadora, pero su acogida me tenía desconcertado. Nuestro último encuentro se remontaba a dos años atrás. Había venido a visitarnos a Kafr Karam, y, aunque se quedó con nosotros menos tiempo del previsto, en ningún momento pareció mirarnos por encima del hombro. Es cierto que no era fácil verla reír, pero de ahí a creerla capaz de acoger a su propio hermano con tanto desapego…

Me quité la ropa, me metí bajo el chorro de la ducha y me enjaboné de pies a cabeza. Al salir del agua tuve la sensación de haber cambiado de piel. Me puse ropa limpia y me tumbé sobre el colchón de espuma cubierto con una lona. Una enfermera me trajo una bandeja con comida. Me lo zampé todo y me quedé frito de inmediato.

Cuando Farah regresó, estaba anocheciendo. Parecía más relajada. Se sentó de lado en el borde de la cama y cruzó sus manos blancas sobre una rodilla.

– Pasé antes, pero como dormías como un tronco no quise despertarte.

– No he pegado ojo en dos días con sus noches.

Se rascó la sien, algo incómoda.

– Has elegido un mal momento para venir. Bagdad es hoy el lugar más peligroso del mundo.

Su mirada, abierta hasta aquel momento, se volvió escurridiza.

– ¿Te molesto? -le pregunté.

Se levantó para encender la luz del techo. Un gesto tonto, pues la sala estaba bien iluminada. De repente, se dio la vuelta y me dijo:

– ¿Qué has venido a buscar a Bagdad?

De nuevo, ese deje de reproche que exacerbó mi susceptibilidad.

Farah y yo nunca habíamos estado muy unidos. Era mucho mayor que yo, y se había ido muy pronto de casa, de modo que nuestra relación no pasó de ser superficial. Incluso cuando estaba en la universidad, sólo nos veíamos muy de cuando en cuando. Ahora que la tenía delante me di cuenta de que para mí sólo era una extraña. Peor aún, comprendí que no la quería.

– En Bagdad no hay más que follones -dijo.

Se pasó la lengua por los labios.

– En la clínica estamos desbordados de trabajo. Todos los días nos invaden con enfermos, con heridos y mutilados. La mitad de mis colegas han abandonado. Como ya ni siquiera cobramos, apenas quedamos unos veinte para intentar paliar la situación.

Se sacó un sobre del bolsillo y me lo tendió.

– ¿Qué es eso?

– Algo de dinero. Búscate un hotel por unos días, mientras encuentro un sitio donde meterte.

No me lo podía creer.

Rechacé el sobre.

– ¿Debo entender que te has quedado sin tu piso?

– Lo sigo teniendo, pero no puedo alojarte.

– ¿Por qué?

– No puedo.

– ¿Cómo puede ser? No te entiendo. Entre nosotros, nos las arreglamos para…

– No estoy en Kafr Karam -dijo-. Estoy en Bagdad.

– Soy tu hermano. A un hermano no se le da con la puerta en las narices.

– Lo siento.

La contemplé fijamente. Ella evitaba mirarme. No la reconocía. No se parecía a la imagen que había conservado de ella. Sus rasgos no me decían nada; era otra persona.

– ¿O sea, que te avergüenzas de mí? Has roto con tus orígenes; eres una mujer de ciudad, muy moderna y todo eso, y yo no paso de ser un cateto inoportuno, ¿no es así? La señora es médica. Vive sola en un apartamento encopetado en el que no recibe a sus familiares por temor a convertirse en el hazmerreír de los vecinos de piso…

– No puedo alojarte porque vivo con alguien -me interrumpió con sequedad.

Se me vino encima una avalancha de hielo.

– ¿Que vives con alguien? ¿Cómo puede ser? ¿Te has casado sin que la familia se entere?

– No estoy casada.

Me puse de pie de un brinco.

– ¿Vives con un hombre? ¿Vives en pecado?

Me lanzó una mirada árida.

– ¿Qué es el pecado, hermanito?

– No tienes derecho, es… Está prohibido por, por… Pero bueno, ¿es que te has vuelto loca? Tienes una familia. ¿Has pensado en tu familia? ¿En su honor? ¿En el tuyo? Estás pecando, no puedes vivir así, tú no…

– No vivo en el pecado, vivo mi vida.

– ¿Ya no crees en Dios?

– Creo en lo que hago, y eso me basta.


10

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Estuve errando por la ciudad hasta no poder dar un paso más. No quería pensar en nada, ver nada, oír nada. La gente se arremolinaba a mi alrededor; la ignoraba. ¿Cuántas veces un bocinazo me devolvió de un bote a la acera? Por un momento, mi opacidad se despejaba, y luego volvía a sumergirme en ella sin transición. Me sentía a gusto en la oscuridad, a resguardo de mis tormentos, fuera del alcance de las preguntas enojosas, solo con mi ira, que iba encauzándose en mis venas hasta confundirse con las fibras de mi ser. Farah ya era historia pasada. La expulsé de mi mente apenas me despedí de ella. No era más que un súcubo, una puta; no había lugar para ella en mi vida. En la tradición ancestral, cuando un familiar degeneraba, quedaba sistemáticamente excluido de nuestra comunidad. Cuando era una chica la que pecaba, el rechazo era tanto más expeditivo.

La noche me pilló en un banco público de una plaza venida a menos, contigua a un túnel de lavado de coches en cuyas inmediaciones vegetaban unos energúmenos de pésima catadura, desahuciados por ángeles y demonios, encallados allí como ballenas ya indiferentes al vértigo oceánico; un hatajo de pordioseros alcohólicos envueltos en sus trapos, de chavales enganchados al pegamento de zapatero, de mujeres perdidas mendigando al pie de un árbol, con sus niños de pecho sobre las rodillas… Antes, el barrio no era así. No era muy elegante, pero sí tranquilo y limpio, con sus tiendas luminosas y sus paseantes bonachones. Ahora estaba infestado de huérfanos hambrientos, de jóvenes licántropos harapientos y cubiertos de escaras dispuestos a todo tipo de fechorías.

Con el petate pegado al pecho, vigilaba a una pandilla de lobeznos que merodeaba alrededor de mi banco.

– ¿Qué quieres? -pregunté a un mocoso que vino a sentarse a mi lado.

Era un crío de unos diez años, con cortes en el rostro y la nariz moqueante. Tenía el pelo revuelto encima de la frente como un nido de serpientes sobre la cabeza de Medusa. Su mirada era inquietante, y una sonrisa pérfida pendía de la comisura de sus labios. Llevaba una camisa que le llegaba a las pantorrillas, un pantalón rasgado, e iba descalzo, con los dedos de los pies maltrechos y negros de mugre que apestaban a bicho muerto.

– ¿Tengo derecho a descansar, no? -me gritó sosteniéndome la mirada-. Es un banco público, no es de tu propiedad.

De su bolsillo sobresalía el mango de un cuchillo.

A pocos metros, tres pilluelos fingían interesarse por una mata de césped. En realidad, nos observaban con disimulo y esperaban un gesto de su compañero para acercarse.

Me levanté y me alejé. El chaval del banco me soltó una obscenidad y me señaló su bajo vientre. Sus tres acólitos me miraron soltando risotadas. El mayor de ellos apenas alcanzaba los trece años, pero apestaban a muerte a leguas a la redonda.

Apuré el paso.

Unas callejuelas más allá, unas sombras surgieron de la oscuridad y se abalanzaron sobre mí. Pillado por sorpresa, me pegué a una pared. Unas manos agarraron mi bolsa e intentaron arrancármela. Lancé el pie, alcancé una pierna y me replegué hacia una puerta. Los espíritus malignos duplicaron su ferocidad. Sentí cómo cedían las correas de mi bolsa y me puse a repartir golpes a ciegas. Después de una lucha encarnizada, mis asaltantes soltaron su presa y salieron corriendo. Cuando pasaron bajo una farola, reconocí a los cuatro lobeznos de antes.

Me acuclillé en la acera y, con la cabeza entre las manos, respiré a pleno pulmón para recobrar el aliento.

– ¿Qué país es éste? -me oí decir entre jadeos.

Al levantarme, tuve la impresión de que mi bolsa se había aligerado. Efectivamente, tenía un corte que atravesaba todo un lado, y la mitad de mis pertenencias había desaparecido. Me llevé la mano al bolsillo trasero de mi pantalón y me sentí aliviado al constatar que mi dinero seguía ahí. Entonces eché a correr hacia el centro de la ciudad, apartándome rápidamente a un lado cada vez que una sombra se cruzaba conmigo.


Cené en un puesto de barbacoa, sentado a una mesa esquinada, lejos de la puerta y de las ventanas, con un ojo puesto en mis pinchitos y el otro en los clientes que no paraban de entrar y salir. Ninguna cara me gustaba, y me crispaba ante cada mirada que se posaba en mí. No me encontraba a gusto en medio de esos seres hirsutos que me producían tanta desconfianza como espanto. Poco tenían en común con la gente de mi pueblo, salvo quizá la forma humana, que apenas atemperaba su brutal aspecto. Todo en ellos me inspiraba una fría animosidad. Tenía la sensación de estar aventurándome en territorio enemigo; peor todavía, en un campo de minas, y temía saltar por los aires en cualquier momento.

– Relájate -me dijo el camarero poniéndome delante un plato de patatas fritas-. Hace un minuto que te tiendo el plato y tú me miras fijamente sin verme. ¿Qué pasa? ¿Acabas de escapar de una redada o de salir entero de un atentado?

Me guiñó un ojo y fue a atender a otro cliente.

Tras haberme zampado mis pinchitos y mis patatas, repetí una vez, y luego unas cuantas más. Un hambre inaudita absorbía lo que iba engullendo, y cuanto más comía, más se acentuaba. Me bebí una botella de gaseosa de un litro, una jarra de agua, vacié dos cestas de pan y me tragué una veintena larga de pinchitos con guarnición. Esa repentina bulimia me asustó.

Pedí la cuenta para poner término a esto.

– ¿Hay un hotel por aquí? -pregunté al cajero mientras me daba la vuelta.

Arqueó una ceja y me miró de soslayo:

– Hay una mezquita al final de la calle, detrás de la placeta. Saliendo de aquí a la izquierda. Alojan por una noche a la gente de paso. Allí, al menos, puedes dormir tranquilo.

– Quiero ir a un hotel.

– Se nota que no eres de aquí. Todos los hoteles están vigilados. Y a sus gerentes les da tanto la lata la policía que la mayoría de ellos han echado el cerrojo… Ve a la mezquita. Allí apenas hay redadas, y además es gratis.

– Yo que tú le haría caso -me susurró el camarero al pasar detrás de mí.

Recogí mi bolsa y salí a la calle.


En realidad, la mezquita era un almacén convertido en sala de oraciones en la planta baja de un edificio de dos pisos, encajonado entre un gran bazar abandonado y un inmueble. La calle estaba escasamente alumbrada por una farola; en ambas aceras, tiendas de comestibles con sus escaparates blindados. El lugar me disgustó de entrada. Era una ratonera. Eran las once de la noche y, aparte de los gatos callejeros removiendo la basura en las aceras, no se veía un alma. Habían evacuado la sala de oraciones y reagrupado a los sin techo en otra sala suficientemente amplia para acoger a unas cincuenta personas. Unas mantas descoloridas cubrían el suelo. Una lámpara de araña clavaba sus luces en las masas informes que se acurrucaban aquí y allá. Ocupaban el lugar una veintena de miserables, tumbados completamente vestidos, unos boquiabiertos, otros en posición fetal; olía a pies y a harapos.

Elegí un rincón para tumbarme, al lado de un anciano. Usando la bolsa a modo de almohada, miré fijamente el techo y esperé.

La araña se apagó. Los ronquidos prorrumpieron, se intensificaron y luego se espaciaron. Notaba cómo la sangre me latía en las sienes, mi respiración se embalaba; me venían arcadas del estómago que se traducían en eructos ahogados. Una sola vez, la imagen de mi padre cayendo de espaldas fulguró en mi cabeza; la expulsé de inmediato de mi mente. No me encontraba en condiciones de cargar además con recuerdos turbadores.

Soñé que una jauría de perros me perseguía por un bosque oscuro repleto de aullidos y de ramas picudas. Estaba desnudo, con las piernas y los brazos ensangrentados y la cabeza cubierta de excrementos. De repente, la maleza se abrió a un precipicio. Iba a caer en el vacío cuando la llamada del muecín me despertó.

La mayoría de los durmientes se había largado de la sala. También se había ido el anciano. Sólo seguían tumbados cuatro miserables pingajos. Mi bolsa ya no estaba allí. Me llevé la mano al bolsillo trasero de mi pantalón; mi dinero había desaparecido.


Sentado en el borde de la acera, con la barbilla apoyada en las manos, observaba a unos policías uniformados controlando los coches. Pedían la documentación a los conductores, verificaban la de sus pasajeros, a veces hacían bajar a todo el mundo y procedían a efectuar un registro sistemático. Miraban a fondo los maleteros, también bajo el capó y bajo el chasis. La víspera, en ese mismo lugar, la interceptación de una ambulancia acabó derivando en drama. El médico intentó explicar que se trataba de una urgencia. Los policías hicieron oídos sordos. El médico acabó enfadándose y un cabo le dio un puñetazo en plena cara. Se armó la gorda. Los golpes arreciaban por ambas partes, los insultos ahogaban las amenazas. Finalmente, el cabo sacó su pistola y disparó a la pierna del médico.

El barrio tenía mala fama. Dos días antes del incidente de la ambulancia habían matado a un hombre en el preciso lugar donde se encontraba el control de la policía. Se trataba de un cincuentón. Salía de la tienda de enfrente con una bolsa de comida en las manos. Se disponía a subir a su coche cuando una moto se detuvo a su altura. Tres disparos y el hombre se derrumbó, con la cabeza sobre su bolsa.

En el mismo lugar, tres días antes, habían abatido a un joven diputado. Se encontraba a bordo de su automóvil cuando una moto lo alcanzó. Una ráfaga, y el parabrisas se cubrió de telarañas. El vehículo dio un bandazo sobre la acera y atropelló a una peatona antes de estrellarse contra una farola. El matón, que llevaba un pasamontañas, abrió apresuradamente la portezuela. Sacó fuera al joven diputado, lo soltó en el suelo y lo acribilló a quemarropa. Luego, sin prisas, cabalgó su moto y desapareció zumbando.

Sin duda la policía había tomado posesión del lugar para paliar las matanzas. Pero Bagdad era un coladero. Hacía agua por todas partes. Los atentados eran el pan nuestro de cada día. Cuando se tapaba un agujero, se abrían otros, más mortíferos. Esto ya no era una ciudad; era un campo de batalla, una barraca de tiro al blanco, una gigantesca carnicería. Había dejado una ciudad coqueta y me encontraba de vuelta con una hidra encogida, apalancada en su locura. Unas semanas antes de los bombardeos aliados la gente creía que el milagro era posible. En todas partes del mundo, tanto en Roma como en Tokio, en Madrid y en París, en El Cairo y en Berlín, millones de desconocidos convergían hacia el centro de sus ciudades para decir no a la guerra. ¿Quién les hizo caso?

Una vez abierta la caja de Pandora, la bestia inmunda se superó a sí misma. Ya nada parecía poder aplacarla. Bagdad se desintegraba. Hecha desde muy atrás a la sujeción represora, ahora se zafaba de sus ataduras de ajusticiada para entregarse a la deriva, fascinada por su cólera suicida y por el vértigo de la impunidad. Una vez caído el tirano, recuperaba por entero sus silencios forzosos, su cobardía revanchista, su mal de tamaño natural, y conjuraba con fórceps sus viejos demonios. No habiendo conseguido en ningún momento suscitar la compasión de sus verdugos, no veía modo de compadecerse de sí misma ahora que todas las prohibiciones habían quedado abolidas. Abrevaba en la fuente de sus heridas, allí donde la huella de la infamia había quedado impresa: en su rencor. Ebria de su sufrimiento y del asco que producía, pretendía ser la encarnación de todo lo que no soportaba, incluida la imagen que tenían de ella y que rechazaba de pleno; y extraía de la desesperanza más crasa los ingredientes de su propio martirio.

Esta ciudad estaba para que la encerraran.

Como las camisas de fuerza no le sentaban nada bien, optó por los cinturones cargados de explosivos y los estandartes hechos con sudarios.

Dos semanas… Llevaba dos semanas vagabundeando entre escombros, sin una moneda suelta y sin asidero. Dormía en cualquier sitio, comía lo que pillaba, sobresaltándome tras cada deflagración. Esto parecía el frente, con esas interminables alambradas que delimitaban los barrios de alta seguridad, esas barricadas improvisadas, esos obstáculos anticarro contra los que se desintegraban los vehículos kamikaze, esos miradores en lo alto de las fachadas, esas hileras de pinchos en medio de las calzadas y esa gente sonámbula que ya no sabía a qué santo encomendarse y que nada más producirse un atentado acudía en masa al lugar de la tragedia como moscas a una gota de sangre.

Estaba a la vez cansado, abatido, indignado y asqueado. Cada día, mi desprecio y mi cólera iban en aumento. Bagdad me inyectaba su propia locura. Quería golpearla con todas mis ganas.

Aquella mañana, al detenerme delante de un escaparate, no me reconocí. Tenía el pelo revuelto, el rostro ajado, con dos ojos incandescentes que lo hacían aún más repelente, los labios agrietados; mi ropa no lucía mejor; me había convertido en un vagabundo.

– No te quedes ahí -me soltó un policía.

Tardé un momento en darme cuenta de que se dirigía a mí.

Me hizo una señal despectiva con la mano para que me largara.

– Vamos, vamos, piérdete…

No sé cuántas horas llevaba sentado en el borde de la acera, frente al puesto de control. Me levanté, un poco mareado por el hambre que me atenazaba. Mi mano tanteó el aire en busca de apoyo y sólo encontró el vacío. Me alejé titubeando.


Caminé y caminé… Tenía la impresión de avanzar por un mundo paralelo. Los bulevares se apartaban a mi paso, como si fueran fauces gigantes. Me tambaleaba en medio del gentío, con la mirada turbia y un fuerte dolor en las pantorrillas. De cuando en cuando, un brazo enojado me repelía. Me incorporaba y seguía caminando sin rumbo.

En un puente, un grupo de gente rodeaba un vehículo incendiado. Me abrí paso entre el gentío con la facilidad de un rompehielos en el mar helado.

El agua chapoteaba en las orillas del río, sordo a los clamores de los malditos. Un viento arenoso me azotaba la cara. No sabía qué hacer con mi sombra, ni qué hacer con mis pasos.

– ¡Eh!

No me di la vuelta. No me quedaban fuerzas para darme la vuelta; si daba un paso en falso, me caería.

Me parecía que la única manera de sostenerme de pie era caminar, con las orejeras puestas, y sobre todo no permitir que nada me distrajera.

Oí un fuerte bocinazo, y otro… Luego, un ruido de pasos me alcanzó y una mano me agarró por el hombro.

– ¿Estás sordo o qué?

Un tipo regordete se interpuso en mi camino. No lo reconocí de inmediato, porque veía borroso. Apartó los brazos, liberando su tripón, que le cayó hasta las rodillas. Su risa parecía una desolladura.

– Soy yo…

Fue como si un oasis emergiera de mi delirio. Todo mi ser se estremeció. No creo haber vivido anteriormente tal sensación de liberación, tal felicidad. El hombre que me estaba sonriendo me devolvía a tierra, me resucitaba. Se convertía de golpe en mi único recurso, mi última salvación posible. Era Omar el Cabo.

– ¿A que alucinas conmigo, eh? -exclamó, encantado-. Mira cómo voy maqueado -dijo girando sobre sí mismo-. ¿Una auténtica estrella, eh?

Se alisó la delantera de la chaqueta y el pantalón tieso…

– Ni la menor mancha de grasa, ni una sola arruga -añadió-. Impecable, tu primo. De riguroso estreno. ¿Recuerdas en Kafr Karam? Siempre con un manchón de aceite o de grasa en la ropa. Pues eso se acabó desde que llegué a Bagdad.

Su entusiasmo se vino repentinamente abajo. Acababa de darse cuenta de que no me encontraba bien, de que me costaba mantenerme de pie, que estaba a punto de desmayarme.

– ¡Dios mío! ¿De dónde sales?

Me agarré a su mirada como lo haría a una rama un damnificado arrastrado por una crecida y le dije:

– Tengo hambre.


11

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Omar me llevó a una tasca. No dijo esta boca es mía mientras estuve comiendo. Comprendía que no estaba en condiciones de oír nada. Yo estaba clavado a mi plato como a mi propio destino. Sólo tenía ojos para mirar las patatas fritas reblandecidas que me iba tragando a puñados y para el pan que partía con ferocidad. Tenía la impresión de que ni siquiera perdía el tiempo masticando. Tenía la garganta irritada por los bocados desenfrenados, los dedos pringados, salsa por toda la barbilla. Unos clientes sentados cerca me miraban con horror. Omar tuvo que fruncir el ceño para que apartaran la mirada.

Cuando acabé de atiborrarme, me llevó a una tienda para comprarme ropa. Luego, me llevó a unos baños públicos. Al salir, me encontraba algo mejor.

– Supongo que no tienes dónde ir -me dijo Omar algo apurado.

– No.

Se rascó la barbilla.

– No tienes obligación -le dije, susceptible.

– No es eso, primo. Estás en buenas manos, salvo que no están del todo libres. Comparto un estudio con un socio.

– No pasa nada. Me las arreglaré.

– No te estoy dando esquinazo. Sólo intento pensar. De ningún modo voy a abandonarte a tu suerte. Bagdad no perdona a los extraviados.

– No quiero ocasionarte problemas. Ya has hecho bastante por mí.

Me rogó con la palma de la mano que lo dejara reflexionar. Estábamos en la calle, yo de pie en la acera, él apoyado en su furgoneta, cruzado de brazos y la barbilla sobre el índice, con su barriga interponiéndose como una barrera entre nosotros.

– Qué le vamos a hacer -dijo de repente-. Diré a mi compañero que se meta en otra parte mientras te encuentro algo. Es buena gente. Tiene familia por aquí.

– ¿Estás seguro de que no supone una molestia para ti?

Se enderezó de un golpe y me abrió la portezuela.

– Sube, primo. Habrá que achucharse un poco.

Como yo titubeaba, me agarró por un hombro y me sentó a empellones.

Omar vivía en el primer piso de un edificio de Salman Park, un barrio periférico al sureste de la ciudad. Un bloque cochambroso que daba a una calle infestada por la chiquillería. La escalinata se caía a pedazos y las puertas estaban medio salidas de sus goznes. En el hueco de la escalera, que apestaba a miasma, los buzones estaban reventados, algunos completamente arrancados. Una insana penumbra volcaba su negrura sobre los escalones resquebrajados.

– No hay luz -me avisó Omar-. Por culpa de los ladrones. Cambiamos la bombilla y se la cargan al minuto.

Dos crías muy pequeñas jugaban en el descansillo, la suciedad de su cara repelía.

– Su madre está chiflada -me susurró-. Las deja ahí todo el día y le importa poco lo que estén haciendo. A veces, algunos transeúntes las recogen de la misma calle. Y la madre no se pone nada contenta cuando le piden que cuide de sus hijas… Estamos en un mundo de locos.

Abrió la puerta y se apartó para dejarme entrar. La sala era pequeña, con menos mobiliario que la cueva de un troglodita. Había un colchón de dos plazas en el mismo suelo, un cajón de madera con un pequeño televisor encima y, contra la pared, un taburete. Enfrente de la ventana, un armario empotrado con cierre de candado. Eso era todo. Una mazmorra resultaría más acogedora para un detenido que el estudio de Omar para sus huéspedes.

– Éste es mi reino -exclamó el Cabo con gesto teatral-. En el armario encontrarás mantas, latas de conserva y galletas. No tengo cocina, y, para cagar, tengo que meter la barriga hacia dentro para colarme en el váter.

Señaló con el pulgar el rinconcito.

– El agua está racionada. Una vez por semana, y con cuentagotas. Si estás fuera o te distraes, tienes que esperar hasta el siguiente reparto. No te molestes en protestar. Aparte de los follones, sólo conseguirías incrementar tu sed… Tengo dos bidones en el aseo. Para lavarte la cara, pues el agua no es potable.

Toqueteó el candado y retiró la cadenilla para apartar las hojas y enseñarme el contenido del armario.

– Siéntete como si estuvieras en tu casa… Tengo que largarme si no quiero que me despidan. Estaré de regreso dentro de tres o cuatro horitas. Traeré comida y hablaremos de los viejos tiempos hasta creer en las quimeras.

Antes de irse me recomendó que cerrara la puerta con llave y que durmiera con un ojo abierto.


Cuando Omar regresó, estaba anocheciendo.

Se sentó en el taburete y me miró mientras me estiraba sobre el colchón.

– Has dormido veinticuatro horas seguidas -me anunció.

– ¿No me digas?

– Te aseguro que es verdad. Intenté despertarte esta mañana, pero no reaccionabas. Regresé a mediodía, y seguías sumido en un sueño profundo. Ni siquiera te despertó la explosión que hubo aquí al lado.

– ¿Ha habido un atentado?

– Estamos en Bagdad, primo. Cuando no es una bomba la que estalla, es una bombona de gas. Esta vez fue un accidente. Ha habido muertos, aunque no me he fijado en el número. Me desquitaré la próxima vez.

Seguía pachucho, pero contento de tener un techo, y a Omar conmigo. Mis dos semanas de cursillo acelerado de vagabundeo me habían dejado exhausto. No habría podido aguantar mucho más.

– ¿Puedo saber qué has venido a hacer en Bagdad? -me preguntó Omar mientras escrutaba sus uñas.

– A vengar una ofensa -contesté sin vacilar.

Clavó sus ojos en mí. Su mirada era triste.

– Hoy día la gente viene a Bagdad para vengar una ofensa padecida en otra parte, con lo cual se equivoca burdamente de objetivo… ¿Qué ha ocurrido en Kafr Karam?

– Los norteamericanos.

– ¿Qué te han hecho?

– No te lo puedo contar.

Asintió con la cabeza.

– Comprendo… Vamos a caminar un poco -dijo levantándose-. Luego iremos a picar algo en un restaurante. Se habla mejor con algo en la panza…


Recorrimos el barrio de punta a punta, hablando de naderías, dejando para luego el tema candente. Omar estaba preocupado. Una gruesa arruga le sajaba la frente. Con la barbilla metida en el hueco de la garganta y las manos a la espalda, caminaba renqueando como si cargara con un pesado bulto. No paraba de dar patadas a las latas de conserva con que se topaba en el camino. La noche iba cayendo lentamente sobre la ciudad preñada de delirios. De cuando en cuando, coches de policía nos adelantaban, con sus sirenas aullando; luego el guirigay habitual de los barrios populares volvía por sus fueros, casi imperceptible en su banalidad.

Cenamos en un pequeño restaurante de la plaza. Omar conocía al dueño. Sólo había dos clientes, un joven con pinta de galán, con sus gafas de latón y su traje sobrio, y un camionero polvoriento que tenía un ojo puesto en su camión, aparcado enfrente, al alcance de una pandilla de pilluelos.

– ¿Cuánto tiempo llevas en Bagdad? -me preguntó Omar.

– Unos veinte días, poco más o menos.

– ¿Dónde dormías?

– En placetas, a orillas del Tigris, en mezquitas. Dependía. Me acostaba allá donde mis pantorrillas cedían.

– Por Dios, ¿cómo has podido llegar a eso? Si hubieses visto tu cara ayer… Te reconocí de lejos, pero cuando me acerqué tuve mis dudas. Parecía que una puta gorda y sifilítica te había meado encima mientras le lamías el conejo.

Eso era una típica parida del Cabo de Kafr Karam. Curiosamente, su obscenidad no me repugnó más de la cuenta.

– Vine con la idea de alojarme al principio en casa de mi hermana -le conté-. Pero no era posible. Tenía algo de dinero conmigo, como para aguantar un mes. Para entonces, pensaba, habría encontrado algún sitio donde meterme. La primera noche, dormí en una mezquita. Por la mañana, mis cosas y mi dinero habían desaparecido. Ya puedes suponer lo demás… ¿Cómo ha reaccionado tu compañero de piso? -pregunté para cambiar de tema.

– Es un buen chico. Sabe lo que es esto.

– Te prometo que no abusaré de tu hospitalidad.

– No seas tonto, primo. No me molestas. Habrías hecho lo mismo por mí de haberme encontrado en tu situación. Somos beduinos. No tenemos nada que ver con la gente de aquí…

Juntó sus manos delante de la boca y me miró con intensidad:

– ¿Y si me explicaras ahora esa historia de venganza? ¿Qué piensas hacer exactamente?

– No tengo ni idea.

Infló las mejillas y liberó un suspiro incoercible. Su mano derecha regresó a la mesa, cogió una cuchara y empezó a remover la sopa fría del fondo del plato. Omar adivinaba lo que me traía entre manos. Abundaban los campesinos venidos de todos los rincones del país para engrosar las filas de los fedayines. Todas las mañanas, los autocares soltaban contingentes de ellos en las estaciones. Los motivos eran muy variados, pero el objetivo el mismo. Saltaba a la vista.

– No tengo derecho a oponerme a tu elección, primo. Nadie posee la verdad. Personalmente, ignoro si tengo razón o no. Así que no tengo lecciones que darte. Te han ofendido, eres el único en poder decidir lo que tienes que hacer.

Su discurso chirriaba por todas partes.

– Se trata de honor, Omar -le recordé.

– Prefiero no decir chorradas sobre el tema. Pero tienes que saber con precisión dónde pones los pies. Ya ves lo que hace a diario la resistencia. Han caído miles de iraquíes por su culpa. ¿Por cuántos norteamericanos? Si esa pregunta no te afecta, es tu problema. Pero yo no estoy de acuerdo.

Pidió dos cafés para ganar tiempo y recomponer sus argumentos y prosiguió:

– Si quieres que te sea sincero, vine a Bagdad para ponerlo todo patas arriba, literalmente. Jamás he conseguido digerir la afrenta que Yacín me hizo en el café. Me faltó al respeto, y desde entonces, cada vez que pienso en ello, o sea, varias veces al día, noto que me falta el aire. Como si me hubiera vuelto asmático.

La evocación del incidente que padeció en Kafr Karam lo indispuso. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor.

– Estoy convencido de que voy a tener esta ofensa pegada al trasero hasta que la lave con sangre -confesó-. No tengo la menor duda al respecto: antes o después, Yacín pagará con la vida…

El camarero dejó dos tazas de café al lado de nuestros platos. Omar esperó que se retirara para seguir secándose. Sus hombros rollizos se estremecían.

Dijo:

– Me avergüenzo de lo que pasó en Kafr Karam, en el Safir. Por mucho que me emborrachara, no había manera. Decidí ahuecar el ala y perderme en otra parte. Tenía un cabreo máximo. Quería poner fuego al país entero hasta convertirlo en una hoguera. Todo lo que me llevaba a la boca me sabía a sangre, todo lo que respiraba apestaba a cremación. Mis manos reclamaban el acero de las culatas y te juro que sentía ceder el gatillo cada vez que movía los dedos. Mientras el autocar me traía a Bagdad sólo tenía ojos para las trincheras que veía cavar en el desierto, para los refugios y puestos de mando. Pensaba como soldado del cuerpo de ingeniería militar, ¿entiendes?… Resulta que llegué a Bagdad el día en que se formó ese enorme tumulto tras una falsa alarma que costó la vida a un millar de manifestantes. Cuando vi eso, primo, cuando vi todos esos cadáveres tirados, esas montañas de zapatos allá donde tuvo lugar el tumulto, cuando vi los rostros de esos críos azules y con los ojos medio cerrados, cuando vi todo ese estropicio causado a unos iraquíes por otros iraquíes, me dije de inmediato que ésa no era mi guerra. Todo aquello se me pasó, primo.

Se llevó la taza de café a los labios, tomó un trago y me invitó a hacer lo mismo. Su rostro se estremecía y las aletas de su nariz recordaban a un pez quedándose sin respiración.

– Vine para unirme a los fedayines -dijo-. No pensaba en otra cosa. Hasta el asunto Yacín quedó postergado. Ya le ajustaría las cuentas en su momento. Primero tenía un litigio pendiente con el desertor que era. Debía recuperar las armas que había abandonado en el campo de batalla ante la llegada del enemigo, ser digno del país que no había sabido defender cuando se suponía que debía morir por él… Pero, ¡joder!, uno no hace la guerra a su propio pueblo sólo para incordiar a la humanidad.

Esperó mi reacción, que no llegó; se revolvió el pelo con desánimo. Mi silencio lo turbaba. Comprendía que no compartía sus emociones, que estaba muy aferrado a las mías. Los beduinos somos así. Cuando nos callamos, es porque todo ha quedado dicho y no queda nada por añadir. Él recordaba el desastre del puente, yo no veía nada, ni siquiera a mi padre cayendo de espaldas. Me encontraba en la etapa posterior al choque y a la ofensa; tenía el deber de lavar la afrenta, un deber sagrado y absoluto. Yo mismo ignoraba lo que aquello suponía, cómo se iba formando en mi mente; sólo sabía que me movía una obligación insoslayable. No estaba ni preocupado ni enardecido; me hallaba en otra dimensión, donde la única referencia que tenía era la certeza de cumplir el juramento que mis antepasados habían sellado con sangre y dolor desde que pusieron el honor por encima de su propia vida.

– ¿Me estás escuchando, primo?

– Sí.

– Las fechorías de los fedayines nos rebajan ante los ojos del mundo… Nosotros somos los iraquíes, primo. Tenemos once mil años de historia a nuestras espaldas. Nosotros hemos enseñado a los hombres a soñar.

Vació de un trago su taza y se pasó el revés de la mano por los labios.

– No pretendo influir en ti.

– Sabes muy bien que es imposible.


La noche había caído. Un viento caliente rozaba las paredes. El cielo estaba cubierto de polvo. En una explanada, unos chavales jugaban al fútbol, ajenos a la oscuridad. Omar caminaba a mi lado. Arrastraba los pies con pesadez, distraído. Cuando llegamos bajo una farola, se detuvo para mirarme bien.

– ¿Crees que me estoy metiendo en lo que no me importa, primo?

– No.

– No he intentado embaucarte. No me meto en la vida de nadie.

– Ni siquiera se me ha ocurrido pensarlo.

Lo miré detenidamente a mi vez:

– Omar, en la vida hay reglas sin las cuales la humanidad regresaría a la Edad de Piedra. Sin duda, no todas nos vienen bien, ni son infalibles ni siempre razonables, pero nos permiten mantener un rumbo determinado… ¿Sabes lo que me gustaría hacer mientras estoy hablando contigo? Me gustaría estar en mi casa, en mi habitación del tejado, escuchando mi radio gangosa y soñando con un trozo de pan y agua fresca. Pero ya no tengo radio, y tampoco podría regresar a mi casa sin morirme de vergüenza antes de cruzar su umbral.


12

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Omar trabajaba de repartidor para un vendedor de muebles, antiguo brigada que había conocido en su batallón. Se habían encontrado por casualidad en una carpintería. Omar acababa de recalar en Bagdad. Estaba buscando a sus antiguos compañeros de unidad, pero las direcciones que tenía ya no servían; muchos se habían mudado o habían desaparecido. Omar estaba ofreciendo sus servicios al carpintero cuando el brigada pasó por allí para encargar unas mesas y armarios. Ambos hombres se dieron un fuerte abrazo. Tras las efusiones y preguntas de rigor, Omar informó de su situación a su antiguo superior. El brigada no estaba forrado ni tenía medios para permitirse reclutar a más personal, pero el espíritu de equipo pudo más que las consideraciones sobre la rentabilidad, y el cabo desertor quedó contratado de inmediato. Su empleador le asignó la furgoneta azul que conducía y mantenía con mimo y le buscó el estudio de Salman Park. El salario de Omar era módico, a veces se retrasaba varias semanas, pero el brigada jugaba limpio. Omar supo desde el principio que iba a pringar por nada y menos, pero al menos tenía un techo y lo suficiente para no morir de hambre. Comparando con lo que veía a su alrededor, no podía sino bendecir a sus santos y la baraka de los suyos.

Omar me llevó a ver a su patrón con vistas a colocarme. Me avisó de que era como dar palos de ciego. Los negocios iban cada vez peor, y la gente más forrada conseguía como mucho cubrir los gastos familiares corrientes. La gente tenía otras prioridades, otras urgencias como para pensar en cambiar de aparador o comprar nuevos sillones. El brigada, un personaje larguirucho con aspecto de zancudo, me recibió con muchos miramientos. Omar me presentó como su primo y le alabó unos méritos que no eran forzosamente míos. El brigada asentía y arqueaba admirativamente las cejas, con una sonrisa en los labios. Cuando a Omar le tocó hablar de los motivos de mi presencia en el almacén, al brigada se le borró la sonrisa. Sin decir palabra, se eclipsó por una puerta oculta y regresó con un registro que abrió delante de nuestras narices. Las filas de palabras, en azul, se alargaban desmesuradamente, pero las de los números, en rojo, no seguían la pauta. Las entradas de dinero eran casi nulas, y en cuanto al capítulo reservado a los encargos, en verde, era tan escueto como un comunicado oficial.

– Lo siento. Estamos totalmente parados -nos confió.

Omar no insistió.

Llamó a varios amigos con su móvil, me llevó de una punta a otra de la ciudad; ningún empleador nos prometió avisarnos cuando hubiera alguna novedad. Omar se sentía afligido y yo, por mi parte, tenía la impresión de estar agobiándolo. Al quinto día, al ver que no se abría ninguna puerta, decidí dejar de importunarlo.

Omar me trató de cretino:

– Te quedarás en mi casa hasta que puedas volar con tus propias alas. ¿Qué pensarían los nuestros si llegaran a enterarse de que te dejé en la estacada? Vale con que no soporten mi lenguaje ordinario ni mi fama de borracho, pero lo que no voy a permitir es que también me tilden de falso. Tengo un montón de defectos, eso está claro; seguro que no iré al paraíso, pero tengo mi orgullo, primo, y le tengo apego.

Una tarde, mientras Omar y yo estábamos de brazos cruzados en un rincón del estudio, un joven llamó a la puerta. Era un chico asustadizo, endeble de hombros, con cara de niña y ojos límpidos como el cristal. Debía de tener mi edad, unos veinte años. Vestía una camisa tropical abierta sobre su pecho rosado, un vaquero ceñido y zapatos nuevos con rozaduras en los lados. Pareció molestarse al encontrarme allí, y la mirada insistente que echó al cabo me excluía automáticamente.

Omar se apresuró a presentarnos. A él también lo había pillado por sorpresa; su voz tembló curiosamente al decirme:

– Primo, te presento a Hany. Mi socio y compañero de piso.

Hany me tendió una mano frágil que casi se fundió en la mía y, sin interesarse demasiado por mí, hizo una señal a Omar para que lo siguiera al descansillo. Cerraron la puerta tras ellos. Al cabo de unos minutos, Omar regresó para decirme que su socio y él tenían asuntos que tratar en el estudio y para pedirme que, si no me importaba, lo esperara en el café de la esquina.

– Me viene bien, estaba empezando a entumecerme -le dije.

Omar se aseguró de que no me lo tomaba a mal y me acompañó hasta abajo.

– Pídete lo que quieras, yo invito.

Sus ojos brillaban con un extraño júbilo.

– Aquí huele a buena noticia -le dije.

– Pues… -se enredó-. Nunca se sabe. No todo van a ser calamidades.

Me llevé la mano a la sien a modo de saludo y me fui al café más cercano. Omar llegó una hora después. Parecía satisfecho de la entrevista con su socio.

Hany nos visitó en varias ocasiones. Cada vez, Omar me rogaba que lo esperara en el café. Una noche, el coinquilino, que seguía negándose a familiarizarse conmigo, declaró que había tenido mucha paciencia y que ya le tocaba volver a la normalidad cotidiana; quería regresar al estudio. Omar intentó razonar con él. Hany se obcecó. Confesó que no se encontraba a gusto con la gente que lo alojaba y que estaba harto de padecer sin necesidad su hipocresía. Hany estaba decidido. La firmeza de su rostro y la fijeza de su mirada excluían todo tipo de negociación.

– Tiene razón -dije a Omar-. Aquí está en su casa. Ha tenido mucha paciencia.

Hany tenía los ojos clavados en su socio. Ni siquiera vio la mano que le tendí para despedirme.

Omar se interpuso entre su coinquilino y yo, y soltó con despecho a aqué

– Muy bien. ¿Quieres regresar? Está hecho. Pero este tío es mi primo y no lo pondré en la calle por nada del mundo. Si no le encuentro un techo esta noche, dormiré con él en un banco público. Y así será todas las noches hasta que tenga donde cobijarse.

Intenté protestar. Omar me empujó hacia el rellano y cerró de un portazo detrás de nosotros.

Omar acudió primero a un conocido para tantear la posibilidad de alojarme dos o tres días, pero no se puso de acuerdo con él; luego recurrió a su patrón. Éste me propuso dormir en su almacén. Omar aceptó la idea, por si las moscas, y siguió llamando a otras puertas. Cuando se dio cuenta de que sonaban a hueco, regresamos al almacén para jugar a los vigilantes nocturnos.

Al cabo de una semana, constaté que Omar iba perdiendo su locuacidad. Se había replegado sobre sí mismo y ya no atendía lo que le decía. Se sentía desdichado. La precariedad de nuestra situación le enflaquecía las mejillas y le dejaba su poso en el fondo de la mirada. Me sentía responsable de su desánimo.

– ¿Qué opinas de Sayed, el hijo del Halcón? -me preguntó una mañana.

– Nada especial. ¿Por qué?

– Nunca he conseguido calar a ese fulano. Ignoro lo que trapichea, pero lleva una tienda de electrodomésticos en el centro de la ciudad. ¿Qué te parece si vamos a verlo por si pudiera echarte una mano?

– Pues claro. ¿Qué te preocupa de este asunto?

– No quiero que pienses que intento largarte.

– Ni se me ocurriría.

Le di una palmada en la muñeca para tranquilizarlo.

– Vamos a verlo, Omar, y ahora mismo.

Nos metimos en el furgón y volamos hacia el centro. Tuvimos que dar media vuelta por culpa de un atentado que acababa de alcanzar una comisaría del barrio y rodear buena parte de la ciudad hasta desembocar en un gran bulevar muy animado. La tienda de Sayed hacía esquina con una farmacia, en la prolongación de una placeta intacta. Omar aparcó a un centenar de metros del establecimiento. Se le notaba nervioso.

– Bueno, estamos de suerte, Sayed está en la caja -me dijo-. No nos veremos obligados a esperar como tontos por aquí… Ve a verlo. Haz como si pasaras por casualidad por ahí y lo hubieses reconocido a través del cristal. Seguro que te va a preguntar qué estás haciendo en Bagdad. Te limitarás a contarle la verdad, que llevas semanas deambulando por las calles, que no sabes dónde ir y que no te queda dinero. Entonces puede que te eche un cable, o bien que pretexte un montón de problemas para dejarte contra las cuerdas. Si se hace cargo de ti, no se te ocurra venir a verme al almacén. No por ahora, al menos. Deja pasar una o dos semanas. No quiero que Sayed sepa dónde vivo ni lo que hago. Te agradecería que no me mentaras nunca delante de él. Yo regreso al almacén. Si no llegas esta noche, entenderé que te ha acogido.

Me empujó apresuradamente hacia la calzada, alzó el pulgar y se coló con rapidez entre los coches que zigzagueaban entre los peatones.

Sayed garabateaba un libro de contabilidad. Estaba con la camisa remangada, cerca de un pequeño ventilador de zumbantes palas. Se subió las gafas sobre la frente y arrugó los ojos cuando observó mi silueta indecisa en el umbral de la tienda. Tardó un tiempo en ubicarme en su memoria, pues no habíamos tenido mucha relación. El corazón se me desbocó. Luego, el rostro del hijo del Halcón se iluminó y una amplia sonrisa se dibujó en su cara.

– No puede ser -exclamó abriendo los brazos para acogerme.

Me estuvo abrazando un largo rato.

– ¿Pero qué estás haciendo en Bagdad?

Le conté más o menos lo que me había aconsejado Omar. Sayed me escuchó con interés, el rostro impasible. Me costaba averiguar si mi desamparo le conmovía o no. Cuando alzó la mano para interrumpirme, creí que me iba a echar. Para gran alivio mío, la dejó caer sobre mi hombro y me declaró que a partir de ese momento hacía suyas mis preocupaciones y que, si me interesaba, podría trabajar en su tienda y alojarme en el piso de arriba, en un cuchitril.

– Aquí vendo televisores, antenas parabólicas, microondas, etc. Lo único que tendrás que hacer es llevar al día la contabilidad de las entradas y salidas. Estuviste en la facu, si no me falla la memoria.

– En primer curso de Letras.

– ¡Enhorabuena! La contabilidad es asunto de honradez, y tú eres un chico honrado. Lo demás, lo irás aprendiendo sobre la marcha. No es nada del otro mundo, ya verás… Estoy muy contento de tenerte aquí, de verdad.

Me acompañó al piso para enseñarme mi cuarto. El cuchitril lo ocupaba un vigilante nocturno al que le vino bien que le asignaran otras tareas para poder así regresar a su casa tras el cierre de la tienda. El lugar me gustó. Había un catre de tijera, un televisor, una mesa y un armario para colocar mis cosas. Sayed me adelantó dinero para que fuera a tomar un baño y me comprara una bolsa de aseo y ropa nueva. También me invitó a comer en un auténtico restaurante.

Dormí como un ángel.

Al día siguiente, a las ocho y media, alcé el cierre metálico de la tienda. Los primeros empleados -eran tres- ya estaban esperando en la acera. Sayed se unió a nosotros unos minutos después y nos presentó. Los empleados no se mostraron muy entusiasmados al darme la mano. Eran jóvenes de la ciudad poco comunicativos y desconfiados. El más alto, Rachid, atendía la trastienda, a la cual nadie más tenía acceso. Su tarea consistía en almacenar la mercancía y en garantizar su entrega. El mayor, Amr, era el repartidor. El tercero, Ismaíl, se encargaba del servicio posventa, era ingeniero electrónico.

El despacho de Sayed hacía las veces de sala de recepción. Se hallaba frente al ventanal y también servía de sala de exposición de sus productos. Sus paredes estaban repletas de estanterías metálicas. Casi todo el espacio disponible estaba ocupado por televisores de marca asiática, de pequeña o gran pantalla, aureolados con antenas parabólicas y todo tipo de accesorios sofisticados. También había cafeteras eléctricas, robots, parrillas y utensilios de cocina. Al contrario que la del vendedor de muebles, la tienda de Sayed, ubicada en una avenida importante, estaba siempre llena. La clientela se aglutinaba allí dentro a lo largo del día. Sin duda, la mayoría iba para comprar con los ojos, pero las salidas eran constantes.

Me sentí a gusto hasta el día en que Sayed me comunicó que unos «muy queridos amigos» me esperaban en mi cuarto del piso de arriba. Yo regresaba de comer en un garito. Sayed se me adelantó. Abrió la puerta, y vi a Yacín y a los gemelos Hasán y Hossein sentados en mi catre de tijera. Algo se estremeció en todo mi ser. Los gemelos estaban encantados de volver a verme. Se me echaron encima y me vapulearon entre manifestaciones de afecto y risas. En cuanto a Yacín, no se levantó. Permanecía inmóvil sobre el catre, muy tieso, como una cobra. Carraspeó para pedir a ambos hermanos que se dejaran de pitorreo y me dirigió esa mirada que nadie en Kafr Karam se atrevía a sostener.

– Has tardado lo tuyo en darte cuenta y despertar -me dijo.

No pillé lo que pretendía decirme.

Los gemelos se apoyaron en la pared y me dejaron solo en medio del cuchitril, frente a Yacín.

– ¿Todo bien? -preguntó.

– No me quejo.

– Pues yo en cambio te compadezco.

Se meneó para liberar un pico de su chaqueta que tenía pillado bajo el trasero. Yacín había cambiado. Le habría echado diez años más. Unos pocos meses habían bastado para endurecer sus rasgos. Su mirada seguía siendo intimidatoria, pero las comisuras de sus labios se habían arrugado como si el rictus que las aplastaba hubiese acabado hundiéndolas.

Decidí no dejarme impresionar.

– ¿Puedo saber por qué me compadeces?

Asintió con la cabeza.

– ¿Piensas que no hay motivo para ello?

– Te escucho.

– Me escucha… Por fin, nuestro querido hijo de pocero oye. ¿Con qué historia lo vamos a incordiar ahora?

Me miró fijamente.

– Me pregunto, buen hombre, cómo te funciona la cabeza. Hay que ser autista para no ver lo que está ocurriendo. El país está en guerra, y millones de cretinos hacen como si la cosa no fuera con ellos. Cuando suenan petardos en la calle, se meten en su casa y cierran los postigos, pensando así librarse del asunto. Salvo que las cosas no funcionan de ese modo. Antes o después, la guerra echará abajo su hipotético refugio y los pillará en la cama… ¿Cuántas veces lo he repetido en Kafr Karam? Os lo decía: si no acudes al incendio, éste te acaba pillando. ¿Quién me hizo caso? ¿Eh, Hasán, quién me hizo caso?

– Nadie -dijo Hasán.

– ¿Tú esperaste el incendio?

– No, Yacín -dijo Hasán.

– ¿Acaso esperaste a que unos hijos de perra vinieran a sacarte de tu jergón, en plena noche, para que despertaras?

– No -dijo Hasán.

– Y tú, Hossein, ¿ha sido necesario que unos hijos de perra te arrastren por el lodo para que te levantes?

– No -dijo Hossein.

Yacín me volvió a mirar fijamente.

– Yo no he esperado a que escupan sobre mi amor propio para rebelarme. ¿De qué carecía en Kafr Karam? ¿De qué tenía queja? Habría podido cerrar mis postigos y taparme los oídos. Pero yo sabía que si no iba al incendio, el incendio vendría a mí. Entonces tomé las armas para no acabar como Suleimán. ¿Cuestión de supervivencia? Sólo cuestión de lógica. Éste es mi país. Unos canallas pretenden arrebatármelo. ¿Qué hago? ¿Qué pretendes que haga? ¿Crees que voy a esperar que vengan a violar a mi madre ante mis ojos, y bajo mi techo?

Hasán y Hossein agacharon la cabeza.

Yacín respiró lentamente y, moderando la acuidad de su mirada, me dijo:

– Sé lo que ocurrió en tu casa.

Fruncí el ceño.

– Pues sí -añadió-. Lo que es tumba para los hombres es huerto para sus tiernas mitades. Las mujeres ignoran lo que significa la palabra «secreto».

Incliné la cabeza.

Se apoyó en la pared, cruzó los brazos sobre su pecho y me miró en silencio. Sus ojos me indisponían. Cruzó las piernas y posó la palma de las manos encima.

– Yo sé lo que es ver a un venerado padre arrojado al suelo, con los cojones al aire, por un bruto -dijo.

La nuez se me atascó en la garganta. ¡No pensaba soportar que aireara toda mi ropa sucia en público!

Yacín leía en mi rostro lo que gritaba en mi fuero interno. No hizo el menor caso.

Señaló a los gemelos con la barbilla, luego a Sayed, y prosiguió:

– Todos nosotros aquí, yo y los demás, y hasta los mendigos que van pordioseando por las calles, sabemos perfectamente lo que ese ultraje supone… No el soldado norteamericano. Ése no puede evaluar la magnitud del sacrilegio. Ni siquiera sabe lo que es un sacrilegio. En su mundo, despachan a los padres en asilos para ancianos y se olvidan de ellos como si fueran la menor de sus preocupaciones; tratan a la madre de vieja loca y al progenitor de gilipollas… ¿Qué puede esperarse de tipos así, eh?

La ira me tenía sin aliento.

Yacín lo notaba muy bien; insistió:

– ¿Qué puede esperarse de un mocoso que dejaría tirada en un cementerio a la mujer que lo tuvo en su vientre, que lo parió con fórceps, lo concibió fibra a fibra, lo educó paso a paso y que veló por él tantas veces como la estrella por su pastor?… ¿Que respete a nuestras madres? ¿Que bese la frente de nuestros ancianos?

El silencio de Sayed y de los gemelos acentuaba mi cólera. Tenía la sensación de que me habían metido en una ratonera y estaba resentido con ellos. Que Yacín se metiera donde no lo llamaban formaba parte en cierto modo de su reputación, pero que los demás participaran sin implicarse del todo me daba rabia.

Sayed se dio cuenta de que estaba a punto de estallar por dentro.

Dijo:

– Esa gente no tiene mayor consideración por sus mayores que por sus retoños. Es lo que Yacín intenta explicarte. No te está echando una bronca. Está contándote a ti mismo. Lo que ocurrió en Kafr Karam nos ha trastornado a todos, te lo aseguro. Ignoraba esta historia hasta esta mañana. Y cuando me la contaron, enloquecí de furia. Yacín tiene razón. Los norteamericanos han ido demasiado lejos.

– Sinceramente, ¿qué esperabas? -refunfuñó Yacín, irritado por la intervención de Sayed-. ¿Que se dieran la vuelta ante la desnudez de un sexagenario inválido y aterrado?

Giró la mano en la dirección de las agujas del reloj.

– ¿Por qué?

Yo había perdido el uso de la palabra.

Sayed aprovechó para rematarme:

– ¿Cómo pretendes que se den la vuelta si hasta pueden sorprender a sus mejores amigos tirándose a sus mujeres y hacer como si nada? El pudor es algo que perdieron de vista hace lustros. ¿El honor? Falsificaron sus códigos. No son sino unos abortos enloquecidos, que echan por tierra los valores como búfalos sueltos en una tienda de porcelanas. Proceden de un universo injusto y cruel, sin humanidad ni moral, donde el poderoso se nutre de la carne de los sometidos, donde la violencia y el odio resumen su historia, donde el maquiavelismo conforma y justifica las iniciativas y las ambiciones. ¿Qué pueden comprender de este mundo nuestro, que contiene las páginas más fabulosas de la civilización humana, donde los valores fundamentales no tienen una sola arruga, donde los juramentos no se han debilitado lo más mínimo, donde las referencias de antaño no se han movido una pizca?

– Poca cosa -dijo Yacín levantándose y acercándose a mí hasta pegar su nariz a la mía-. Poca cosa, hermano.

Y Sayed:

– Ignoran nuestras costumbres, nuestros sueños y nuestras oraciones. Ignoran sobre todo que tenemos a quien parecemos, que nuestra memoria está intacta y que nuestras opciones son justas. ¿Qué conocen de Mesopotamia, de este Irak fantástico que pisotean con sus rangers de mierda? ¿De la Torre de Babel, de los Jardines Colgantes, de Harum al-Rachid, de Las mil y una noches? ¡Nada! Nunca miran de este lado de la historia y sólo ven nuestro país como un inmenso charco de petróleo en el que lamerán hasta la última gota de nuestra sangre. No están en la historia; están en el filón, en el expolio, se bañan en el Pactolo. Sólo son mercenarios a sueldo de las finanzas blancas. Han reducido todos los valores a un horrendo asunto de pasta, todas las virtudes al interés. Unos temibles depredadores, eso es lo que son. Pisotearían el cuerpo de Cristo con tal de forrarse. Y cuando no estamos de acuerdo con ellos, sacan su artillería pesada y ametrallan a nuestros santos, lapidan nuestros monumentos y se suenan los mocos en nuestros pergaminos milenarios.

Yacín me empujó hacia la ventana y me gritó:

– Míralos; ve y echa una ojeada por el cristal y verás lo que son en realidad: máquinas.

– Y esas máquinas se van a partir los dientes en Bagdad -dijo Sayed-. Pues ahí fuera, en nuestras calles, se está librando el duelo más grande de todos los tiempos, la lucha entre titanes: Babilonia contra Disneylandia, la Torre de Babel contra el Empire State Building, los Jardines Colgantes contra el Golden Gate Bridge, Scherazade contra Ma Baker, Simbad contra Terminator…

Me engatusaron, me engatusaron por completo. Tenía la impresión de encontrarme en el centro de una mascarada, en pleno ensayo teatral, rodeado de actores mediocres que se habían aprendido de carrerilla su papel sin por ello estar en condiciones de acompañarlo del talento que requería, y sin embargo… y sin embargo… y sin embargo me parecía que era exactamente lo que quería oír, que sus palabras eran precisamente las que me faltaban y cuya carencia me arrasaba la cabeza con migrañas e insomnios. Poco me importaba saber si Sayed era sincero o si Yacín me hablaba con palabras propias, palabras que le salieran de las vísceras; la única certeza que tenía era que la mascarada me convenía, que me iba como un guante, que el secreto que llevaba semanas rumiando era compartido, que mi ira ya no estaba sola, que me devolvía lo esencial de mi determinación. Me costaba definir esa alquimia que, en otras condiciones, me habría hecho reír a carcajadas, y que a la vez me aliviaba. Menuda espina acababa de sacarme del pie ese canalla de Yacín. Había sabido tocarme donde debía hacerlo, remover dentro de mí todas esas porquerías de las que me había atiborrado desde aquella noche en que el cielo se me vino encima. Había venido a Bagdad para vengar una ofensa. No sabía cómo hacerlo. Ésa era una cuestión que ya no me planteaba.

De modo que cuando Yacín accedió por fin a abrirme sus brazos, fue como si me abriera el único camino que conducía a lo que más anhelaba en el mundo: el honor de los míos.


13

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Yacín y sus dos ángeles de la guarda, Hasán y Hossein, no volvieron por la tienda. Sayed nos invitó a los cuatro a cenar a su casa, para festejar nuestro reencuentro y sellar nuestro juramento; luego, tras la cena, los tres compañeros se despidieron de nosotros y desaparecieron de la circulación.

Seguí con mi trabajo de vigilante nocturno, consistente en abrir la tienda a los empleados y en cerrarla después de que se fueran. Pasaron semanas. Mis colegas no intimaron conmigo. Me daban los buenos días por la mañana y las buenas noches por la tarde, y eso era todo. Su indiferencia conmigo me exasperaba. Y eso que había intentado ganarme su confianza; a la larga, acabé ignorándolos a mi vez. Me seguía quedando el suficiente orgullo para prohibirme sonreír tontamente a gente que no sabía corresponder.

Comía por allí, en un restaurante de discutible higiene. Sayed acordó con el gerente abrirme una cuenta y que le mandara la factura a la tienda a final de mes. El gerente era un hombrecillo moreno, listo y jovial. Simpatizamos. Más adelante me enteré de que el restaurante pertenecía a Sayed, así como un quiosco de prensa, dos tiendas de comestibles, una de zapatos en el bulevar, un laboratorio de fotografía y una tienda de telefonía.

Sayed me daba una buena paga los fines de semana. Me compraba ropa y cachivaches y guardaba lo demás en una bolsa de cuero para mi hermana gemela Bahia; pensaba enviarle todo lo que consiguiera ahorrar.

Las cosas se iban arreglando sin problema. Me organicé una rutina a medida. Después de cerrar la tienda, salía a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Me gustaba caminar. En Bagdad había a diario un polo de atracción. Los tiroteos relevaban a los atentados, las incursiones a las emboscadas, las correrías a las marchas de protesta. La gente se iba acostumbrando. Apenas un lugar empezaba a reponerse de una deflagración o una ejecución sumaria, y ya la muchedumbre lo volvía a ocupar. Fatalista. Estoica. En varias ocasiones me topé con una carnicería todavía humeante y me quedé ahí mirando de soslayo el horror hasta la llegada de los auxilios y el ejército. Miraba cómo metían en las ambulancias los trozos de carne recogidos de las aceras, a los bomberos evacuar los edificios afectados, a los polis haciendo preguntas a los vecinos. Me abandonaba así durante horas, con las manos en los bolsillos. Iniciándome en el ejercicio de la ira. Me preguntaba, mientras los familiares de las víctimas alzaban las manos al cielo aullando de dolor, si estaba en condiciones de infligir a otros los mismos sufrimientos y me daba cuenta de que dichas preguntas no me afectaban. Regresaba a mi cuarto pausadamente. La pesadilla de las calles no alteraba mis sueños.

Una vez, hacia las dos de la mañana, unos ruidos apagados me despertaron. Di la luz en el piso, y luego en la planta baja para comprobar si se había colado en el local algún ladrón mientras dormía. No había nadie en la tienda y no eché en falta ningún producto expuesto. Los ruidos procedían de la trastienda, cuya puerta estaba cerrada desde el interior. Era el taller de reparaciones, un territorio vedado a las personas no autorizadas. Yo no tenía derecho a entrar. Me quedé pues en el local comercial hasta que se fueron los intrusos. Al día siguiente comenté lo ocurrido con Sayed. Me explicó que a veces el ingeniero acudía allí muy tarde para atender a unos clientes exigentes y me recordó que el taller de reparaciones quedaba fuera de mis competencias. Percibí en su tono un aviso perentorio.

Un viernes por la tarde, mientras iba sorteando a los colgados a orillas del Tigris, Omar el Cabo me abordó. Hacía semanas que no lo veía. Llevaba el mismo traje, pero ajado, unas grotescas gafas nuevas y tenía salpicaduras de grasa de motor en la camisa a punto de reventar por culpa de su tripa.

– ¿Estás enfadado conmigo o qué? -me preguntó-. Pregunto a diario por ti en el almacén y el brigada me dice que no has pasado por allí. ¿Tienes algo que reprocharme?

– ¿Dime tú qué? Has sido más que un hermano para mí.

– Entonces, ¿por qué pasas de mí?

– No paso de ti. Estoy muy ocupado, eso es todo.

Intentó leer en mis ojos si le estaba ocultando algo. Estaba preocupado.

– Me preocupo por ti -me confesó-. No sabes cuánto me arrepiento de haberte entregado a Sayed. Cada vez que lo pienso me tiro de los pelos.

– Haces mal. Estoy muy bien con él.

– Como te embarque en asuntos turbios…, asuntos… de sangre, no me lo perdonaré.

Tragó varias veces saliva antes de soltarlo. Sus gafas negras me ocultaban su mirada, pero la expresión de su cara lo ponía en evidencia. Omar estaba acorralado, acosado por este caso de conciencia. Se estaba dejando crecer la barba como muestra de contrición.

– No he venido a Bagdad para ganarme la vida, Omar. Ya hemos hablado de eso. No hay más que añadir.

Mi réplica, en vez de tranquilizarlo, lo ofuscó. Se revolvió el pelo, más alarmado que nunca.

– Ven -le dije-. Vamos a picar algo. Yo invito.

– No tengo hambre. Para serte sincero, he dejado de comer desde que tuve esa maldita idea de encomendarte a Sayed.

– Por favor…

– Tengo que largarme. No quiero que me vean contigo. Tus amigos y yo no estamos en la misma onda.

– Soy libre de ver a quien quiera.

– Yo no.

Se trituró los dedos, muy nervioso, y, tras mirar con desconfianza a nuestro alrededor, me propuso:

– He hablado de ti con un amigo del ejército. Está dispuesto a acogerte en su casa durante una temporada. Es un antiguo teniente, un tipo simpático. Está montando una empresa y necesita a un hombre de confianza.

– Estoy exactamente donde quería estar.

– ¿Estás seguro?

– Absolutamente.

Meneó la cabeza, apesadumbrado.

– Bueno -dijo tendiéndome la mano-, tú sabrás lo que quieres, ya no tengo por qué meterme. Pero si te diera por cambiar de opinión, sabes dónde encontrarme. Puedes contar conmigo.

– Gracias, Omar.

Hundió la barbilla en el cuello y se alejó.

Tras haber caminado una decena de pasos, cambió de opinión y dio media vuelta. Sus pómulos temblaban espasmódicamente.

– Otra cosa, primo -me susurró-. Si quieres pelear, hazlo limpiamente. Pelea por tu país, no contra el mundo entero. Tenlo todo en cuenta y separa el grano de la paja. No mates a cualquiera, no dispares al tuntún. Caen más inocentes que canallas. ¿Me lo prometes?

– ¿Ves? Ya vas desencaminado. Nuestro enemigo no es el mundo. Recuerda a los pueblos que protestaron contra la guerra preventiva, esos millones de personas que se echaron a la calle en Madrid, Roma, París, Tokio, en Sudamérica, en Asia. Todos estaban y siguen estando de nuestro lado. Eran más numerosos que los que nos apoyaron en los países árabes. No lo olvides. Todas las naciones son víctimas de la bulimia de un puñado de multinacionales. Meterlos a todos en el mismo saco sería un error atroz. Raptar a periodistas, ejecutar a miembros de ONG que sólo están con nosotros para ayudarnos, eso no está dentro de nuestras costumbres. Si quieres vengar una ofensa, no ofendas a nadie. Si piensas que el honor de tu pueblo debe ser salvaguardado, no deshonres a tu pueblo. No cedas a la locura. Me ahorcaría de inmediato si llegara a verte en una filmación confundiendo ejecución arbitraria con hazaña bélica…

Se limpió la nariz con la muñeca, volvió a menear la cabeza, la nuca hundida entre los hombros, y concluyó:

– Seguro que me ahorcaría de inmediato, primo. A partir de ahora, que sepas que todo lo que hagas me afecta directamente.

Y se apresuró a fundirse con las cohortes desorientadas que deambulaban por la orilla del río.


Dos meses después de mi conversación con Omar, mis reflejos no se habían modificado un ápice. Despertar a las seis de la mañana, levantar el cierre metálico dos horas después, apuntar en los libros las entradas y salidas de la mercancía, cerrar la tienda a última hora de la tarde. Cuando los empleados se habían ido, nos encerrábamos, Sayed y yo, en la tienda y hacíamos el balance de las ventas y el inventario de los pedidos. Una vez cuadrada la caja y hechas las previsiones para el día siguiente, Sayed me entregaba el manojo de llaves y se llevaba la bolsa repleta de billetes. La rutina empezaba a pesarme y mi universo se estrechaba como una piel de zapa. Ya no iba al centro de la ciudad, no frecuentaba los bares. Mi itinerario se limitaba a dos puntos distantes un centenar de metros: el restaurante y la tienda. Cenaba temprano, compraba limonada y galletas en la tienda de comestibles cercana y me encerraba en mi habitación. Me pasaba el tiempo pegado a la tele, zapeando sin control, incapaz de concentrarme en un programa o una película. Dicha situación acentuaba mi malestar, me deformaba el carácter. Me volvía cada vez más susceptible, cada vez menos paciente, y mis palabras y gestos empezaron a traslucir una agresividad que desconocía en mí. No soportaba que mis colegas me ignoraran y no perdía la oportunidad de señalárselo. Cuando alguien no contestaba a mi sonrisa, mascullaba «cara de capullo» para que me oyera, y si se atrevía a fruncir el ceño, me encaraba con él y lo provocaba. De ahí no pasaba la cosa, y aquello me sabía a poco.

Una noche, harto ya, pregunté a Sayed qué estaba esperando para mandarme al frente. Me contestó con un tono que me dolió: «¡Cada cosa en su momento!». Tenía la sensación de ser morralla y de no pintar para nada. Ya se enterarán éstos, me prometía a mí mismo. Un día les demostraré de lo que soy capaz. Por entonces, al no tener la iniciativa, me limitaba a rumiar mis frustraciones y concebir, para amueblar mis insomnios, unos descabellados planes de revancha.

Luego, los acontecimientos se precipitaron…

Había despedido al último cliente y bajado la mitad del cierre metálico de la tienda cuando dos hombres me pidieron con un gesto que me echara atrás y los dejara entrar. Los empleados, Amr y Rachid, que estaban recogiendo sus cosas para irse, se quedaron paralizados. Sayed se puso las gafas; cuando reconoció a los dos intrusos, se levantó de su despacho, sacó un sobre de un cajón y lo lanzó sobre la mesa. Los dos hombres se miraron y cruzaron las manos. El más alto, de cincuenta y pico años, tenía un rostro patibulario que descansaba sobre un cuello adiposo como una gárgola de iglesia. Tenía en la mejilla derecha una horrible quemadura cuya extensión lo obligaba a cerrar un poco el párpado. Era un bruto en estado puro, de pérfida mirada y mueca sardónica. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada en los codos, y debajo un jersey verde botella constelado de caspa. El otro, de unos treinta años, enseñaba sus colmillos de lobezno tras una sonrisa afectada. Su desenvoltura revelaba al arribista que va quemando etapas, convencido de que sus galones de madero tienen poderes talismánicos. Llevaba su vaquero nuevo remangado hasta los tobillos, dejando al descubierto unos mocasines destaconados. Miraba fijamente a Rachid en lo alto de su escalerilla.

– Muy buenas, dadivoso señor -dijo el cincuentón.

– Muy buenas, capitán -dijo Sayed golpeteando el sobre-. Éste te estaba esperando.

– He estado cumpliendo una misión estos días pasados.

El capitán se acercó a la mesa, lentamente, sopesó el sobre y refunfuñó:

– Ha adelgazado.

– Está todo.

El oficial de policía esbozó una mueca de escepticismo.

– Ya conoces mis problemas familiares, Sayed. Tengo que mantener a toda una tribu, y hace seis meses que no cobramos.

Señaló con el pulgar a su colega:

– Mi amigo también está jodido. Quiere casarse y no hay manera de que encuentre un puto lugar donde meterse.

Sayed crispó los labios antes de volver a meter la mano en el cajón. Sacó unos cuantos billetes más que el capitán escamoteó con gesto de prestidigitador.

– Eres un hombre generoso, Sayed. Dios te lo tendrá en cuenta.

– Estamos pasando un mal trago, capitán. Tenemos que ayudarnos mutuamente.

El capitán se rascó la mejilla herida, fingió sentirse incómodo y tuvo que arrancar de la mirada de su compañero el valor para cortar por lo sano:

– A decir verdad, no he venido por el sobre. Mi amigo y yo estamos montando un negocio y he pensado que podrías estar interesado, que podrías echarnos una mano.

Sayed se volvió a sentar y se cogió la boca entre el pulgar y el índice.

El capitán se sentó al otro lado de su mesa y cruzó las piernas.

– Estoy montando una pequeña agencia de viajes.

– ¿En Bagdad? ¿Crees que nuestro país es un destino muy solicitado?

– Tengo familia en Ammán. Opinan que debería invertir allá. Yo ya he corrido mundo y, si quieres que te sea sincero, aquí no veo la salida del túnel. Estamos asistiendo a un segundo Vietnam y no quiero palmarla en él. Tengo tres balas en el cuerpo y un cóctel molotov ha estado a punto de desfigurarme. He decidido entregar mi placa y hacer fortuna en Jordania. Mi negocio promete. Cien por cien de beneficios. Y legal. Si quieres, te puedes asociar conmigo.

– Ya tengo bastantes preocupaciones con mi propio negocio.

– Anda ya. Te las apañas muy bien.

– No tanto.

El capitán atornilló un pitillo en sus labios y lo encendió con un mechero desechable. Echó el humo a la cara de Sayed, que se limitó a apartarla levemente.

– Lástima -dijo el policía-, estás dejando escapar un auténtico chollo, amigo mío. ¿De verdad que no te seduce la idea?

– No.

– No pasa nada. Y ahora, ¿qué te parece si hablamos del objeto de mi visita?

– Te escucho.

– ¿Confías en mí?

– ¿A qué te refieres?

– ¿He intentado engañarte desde que cuido de tus asuntos?

– No.

– ¿He demostrado ser codicioso?

– No.

– Y si te pidiera que me adelantaras un poco de dinero para montar mi negocio, ¿confías en que te lo devolvería?

Sayed estaba esperando esa salida. Sonrió y apartó los brazos:

– Eres una persona leal, capitán. Te prestaría millones con los ojos cerrados, pero tengo deudas por un tubo y el negocio anda flojo.

– ¡Eso se lo cuentas a otro! -dijo el capitán aplastando su cigarrillo sobre el cristal de la mesa-. Estás forrado. ¿Qué crees que hago a lo largo del día? Me siento en el café de enfrente y apunto el ir y venir de tus furgonetas de reparto. Vendes dos veces más de lo que recibes. Sólo en el día de hoy -añadió sacando un cuadernillo del bolsillo interior de su chaqueta- has vendido dos frigoríficos grandes, cuatro lavadoras, cuatro televisores y un montón de clientes han salido con distintos paquetes. Y eso que no estamos más que a lunes. Al ritmo con que te deshaces de tu mercancía, deberías montar tu propio banco.

– ¿Me espías, capitán?

– Soy tu estrella, Sayed. Velo por tus chanchullos. ¿Acaso te han dado la lata con los impuestos? ¿Acaso han venido otros maderos a sacarte la pasta? Puedes traficar todo lo que te dé la gana. Sé que tus facturas son tan falsas como tu palabra de honor y cuido de que lo sigan siendo con total impunidad. Tú, a cambio, me das las migajas y crees que me estás cubriendo de seda. No soy un mendigo, Sayed.

Se levantó bruscamente y fue directamente al almacén. A Sayed no le dio tiempo a retenerlo. El capitán se introdujo en la trastienda y con un gesto significativo señaló las incontables cajas que se amontonaban en las tres cuartas partes de la sala.

– Apuesto a que toda esta mercancía nunca ha pasado por un control aduanero.

– En Bagdad, todo el mundo trabaja en el mercado negro.

Sayed transpiraba. Estaba muy enfadado, pero intentaba contenerse. Ambos polis tenían esa apariencia relajada de quienes dominan la situación con puño de hierro. Sabían lo que querían y cómo conseguirlo. Forrarse era la primera vocación del conjunto de los funcionarios del Estado, especialmente de los cuerpos de seguridad; una vieja costumbre heredada del régimen caído y que seguía practicándose desde la ocupación al amparo de la confusión y del empobrecimiento galopante que reinaba en el país, donde los secuestros mafiosos, la corrupción, los desfalcos y las extorsiones eran moneda corriente.

– ¿Cuánto crees que hay aquí dentro? -preguntó el capitán a su colega.

– Como para comprarse una isla en el Pacífico.

– ¿Crees que estamos pidiendo la luna, inspector?

– Sólo la necesaria para iluminar la noche.

Sayed se secó el sudor con un pañuelo. Amr y Rachid permanecían en la entrada, detrás de los dos policías, al acecho de una señal de su patrón.

– Regresemos a la oficina -farfulló Sayed al capitán-. Veamos lo que puedo hacer para ayudaros a montar vuestra empresa.

– Ésa es una sabia decisión -dijo el capitán apartando los brazos-. Ojo, que si se trata de un sobre como el que me has dado, no merece la pena.

– No, no -dijo Sayed, deseoso de salir del almacén-, vamos a buscar un arreglo. Volvamos a la oficina.

El capitán frunció el ceño.

– Cualquiera diría que tienes algo que ocultar, Sayed. ¿Por qué nos metes tanta prisa? ¿Qué hay en este almacén, aparte de lo que vemos?

– Nada, te lo aseguro. Sólo que es hora de cerrar, y tengo cita con alguien en la otra punta de la ciudad.

– ¿Estás seguro?

– ¿Qué quieres que oculte aquí? Ésta es toda mi mercancía, bien embalada.

El capitán frunció su párpado derecho. ¿Acaso sospechaba algo y trataba de acorralar a Sayed? Se acercó a las murallas de cajas, curioseó por aquí y por allá y se dio bruscamente la vuelta para comprobar si Sayed contenía o no el aliento. La rigidez de Amr y de Rachid le puso la mosca detrás de la oreja. Se acuclilló para ojear debajo de las pilas de televisores y demás cajas, se fijó en una puerta oculta en una esquina y se dirigió hacia ella.

– ¿Qué hay ahí detrás?

– Es el taller de reparaciones. Está cerrado con llave. El ingeniero se fue hace una hora.

– ¿Puedo echar una ojeada?

– Está cerrado por dentro. El ingeniero entra por el otro lado.

De repente, justo cuando el capitán estaba a punto de abandonar, se oyó un estruendo detrás de la puerta que dejó petrificados a Sayed y a sus empleados. El capitán arqueó una ceja, encantado de pillar a su interlocutor en un renuncio.

– Te aseguro que creía que se había ido, capitán.

El capitán golpeó la puerta.

– Abre, chico; si no, la echo abajo.

– Un minuto, estoy acabando una soldadura -dijo el ingeniero.

Se oyeron unos chirridos, luego un rechinar metálico; una llave giró en la cerradura y la puerta se apartó ante el ingeniero vestido con camiseta y pantalón de chándal. El capitán vio una mesa cubierta de alambres, de tuercas minúsculas, de destornilladores, de pequeños botes de pintura y de cola y de material para soldar alrededor de una tele desmontada cuya tapa, colocada a la carrera, cayó desvelando una madeja de hilos multicolores en el interior de la caja. El capitán volvió a arrugar el párpado derecho. Justo cuando descubrió la bomba medio oculta en el interior del aparato, en el lugar del tubo catódico, se le contrajo la garganta, y su rostro se ensombreció de repente cuando el ingeniero le puso el cañón de una pistola en la nuca.

El inspector, algo rezagado, no cayó de inmediato en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. El silencio que acababa de instalarse en la sala le impulsó a llevarse instintivamente la mano a la cintura. No alcanzó su arma. Amr lo agarró por detrás, le puso una mano en la boca y, con la otra, le hundió un puñal debajo del omoplato. Al inspector se le desencajaron los ojos de incredulidad, se estremeció de pies a cabeza y cayó lentamente al suelo.

Al capitán le temblaba el cuerpo entero. No conseguía levantar los brazos para rendirse ni echarse hacia delante.

– No diré nada, Sayed.

– Sólo los muertos saben mantenerse callados, capitán. Lo siento por ti, capitán.

– Te lo suplico. Tengo seis críos…

– Debiste pensártelo antes.

– Por favor, Sayed, no me mates. Te juro que no diré nada. Si quieres, méteme en tu equipo. Seré tus oídos y tus ojos. Jamás he aplaudido a los norteamericanos. Los odio. Soy madero, pero podrás comprobar que jamás he puesto la mano encima a un resistente. Estoy con vosotros de todo corazón… Sayed, es verdad lo que te contaba; pienso largarme de aquí. No me mates, por el amor de Dios. Tengo seis críos, y el mayor no llega a los quince años.

– ¿Me espiabas?

– No, te juro que no. Sólo me he pasado de codicioso.

– Entonces, ¿por qué no has venido solo?

– Es mi compañero.

– No te estoy hablando de este cretino que venía contigo, sino de los fulanos que te están esperando fuera, en la calle.

– Nadie me espera fuera, te juro…

Se hizo el silencio. El capitán alzó los ojos; cuando vio la sonrisa satisfecha de Sayed, se dio cuenta de la gravedad de su error. Debió obrar con astucia, hacer creer que no estaba solo. Mala suerte.

Sayed me ordenó que bajara del todo el cierre metálico. Obedecí. Cuando regresé al almacén, el capitán estaba arrodillado, con las muñecas atadas a la espalda. Se había meado en el pantalón y lloraba como un niño.

– ¿Has mirado fuera? -me preguntó Sayed.

– No he visto nada raro.

– Muy bien.

Sayed metió la cabeza del capitán dentro de una bolsa de plástico y, con ayuda de Rachid, lo tumbó en el suelo. El oficial se debatió como un loco. La bolsa se llenó de vaho. Sayed cerró con fuerza la abertura de la bolsa alrededor del cuello del capitán. Éste se quedó muy pronto sin aire y empezó a contorsionarse y a patalear. Su cuerpo fue presa de convulsiones brutales que se fueron espaciando hasta debilitarse; cesaron repentinamente tras un último estremecimiento. Sayed y Rachid siguieron aplastando al capitán con su peso y sólo se levantaron cuando el cadáver se había quedado tieso.

– Quitadme de encima esas dos carroñas -ordenó Sayed a Amr y Rachid-. Y tú -dijo volviéndose hacia mí-, limpia esa sangre antes de que se seque.


14

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Sayed encargó a Amr y a Rachid que hicieran desaparecer los cuerpos. El ingeniero propuso pedir un rescate a las familias de ambos policías para que se pensara en un secuestro y así despistar. Sayed le contestó: «Es tu problema», antes de ordenarme que lo siguiera. Subimos en su Mercedes negro y atravesamos la ciudad para ir al otro lado del Tigris. Sayed conducía con calma. Había puesto un CD de música oriental y subió el sonido. Su flema natural me relajaba.

Siempre había temido el momento de dar el paso; ahora que ya estaba hecho, no sentía nada especial. Había asistido a la matanza con el mismo desapego que veía a las víctimas de los atentados. Ya no era el chico frágil de Kafr Karam. Otro individuo se había colado dentro de mí. Estaba estupefacto por la facilidad con que se podía pasar de un mundo a otro y casi lamentaba haber tardado tanto en hacerlo. Ya no tenía nada que ver con el blandengue que vomitaba al ver chorrear la sangre y que se desmayaba cada vez que se liaba un tiroteo; nada que ver con el pingo que se desmayó cuando el error policial que se llevó por delante a Suleimán. Había vuelto a nacer en la piel de otro, aguerrido, frío, implacable. Mis manos no temblaban. Mi corazón latía con normalidad. En el retrovisor derecho, mi rostro no delataba ninguna expresión; era una máscara de cera, impenetrable e inaccesible.

Sayed me llevó a un pequeño y coqueto inmueble, en un barrio residencial. Los vigilantes levantaron la barrera nada más reconocer el Mercedes. Al parecer, a Sayed lo respetaban mucho los guardias. Aparcó su coche en un garaje y me llevó a un piso de lujo. No era aquel al que nos había invitado a Yacín, a los gemelos y a mí. Un anciano, secreto y obsequioso, hacía las veces de factótum en aquel lugar. Sayed me aconsejó que tomara una ducha y fuera luego a verlo al salón de ventanas nimbadas por cortinas de tafetán.

Me desnudé y me metí en la bañera regada por un grifo cromado y redondo como una tetera. El agua ardía. No tardé en sentir su efecto balsámico.

El anciano nos sirvió la cena en un pequeño salón rutilante de platería. Sayed iba ceñido con una bata granate que le daba aspecto de nabab. Cenamos en silencio. Sólo se oía el choque de las cucharas, de cuando en cuando perturbado por una llamada al móvil.

Sayed miraba primero la pantalla de su aparato y luego decidía si debía contestar o no. El ingeniero llamó a su vez por lo de ambos cadáveres. Sayed lo escuchó limitándose a pronunciar algún que otro «hum»; cuando cerró la tapa de su teléfono, por fin me dirigió una mirada y comprendí que Rachid y Amr habían hecho un buen trabajo.

El anciano nos trajo una cesta de fruta. Sayed siguió escrutándome en silencio. Quizá esperara que le diera conversación. No veía qué tema podíamos compartir. Sayed era un tipo taciturno, cuando no altivo. Tenía una manera de dirigirse a sus empleados que me desagradaba. Se le obedecía sin rechistar y sus decisiones eran incuestionables. Paradójicamente, su autoridad me tranquilizaba. Con un tío de su nivel no necesitaba hacerme preguntas; él pensaba en todo y parecía estar preparado para afrontar cualquier situación imprevista.

El anciano me enseñó mi habitación y una campanita sobre la mesilla de noche por si necesitara sus servicios. Verificó ostensiblemente que todo estaba en orden y se retiró de puntillas.

Me metí en la cama y apagué la lámpara.

Sayed vino a verme por si necesitaba algo. Sin encender. Se detuvo en la misma puerta, con una mano sobre el pomo.

– ¿Todo bien? -me preguntó.

– Muy bien.

Asintió con la cabeza, cerró a medias la puerta y la volvió a abrir.

– He apreciado mucho tu sangre fría en el almacén -me dijo.


Al día siguiente, volví a la tienda y a mi cuarto del primer piso. La actividad comercial siguió su curso. Nadie vino a preguntarnos si habíamos visto a dos oficiales de la policía por los alrededores. Unos días después, la foto del capitán y de su inspector salió en primera plana de un diario que anunciaba su secuestro y el rescate que exigían los captores para su liberación.

Rachid y Amr dejaron de darme de lado o con la puerta en las narices. A partir de entonces fui uno de ellos. El ingeniero siguió instalando bombas en los tubos catódicos. Por supuesto, sólo manipulaba uno de cada diez televisores, y no todos los clientes eran portadores de la muerte. Pero sí me fijé en que los destinatarios de los paquetes-bomba eran los mismos, tres jóvenes vestidos con monos de mecánico; acudían en unas furgonetas con un gran logotipo en el lateral y, escritas en árabe y en inglés, las palabras «Reparto a domicilio». Aparcaban su vehículo detrás del almacén, firmaban la entrega y se marchaban.

Sayed desapareció una semana. Cuando regresó, le comuniqué mi deseo de unirme a Yacín y su banda. Me moría de aburrimiento, y el maldito relente de Bagdad me contaminaba las ideas. Sayed me rogó que tuviera paciencia. Me trajo, para que me entretuviera por las noches, DVD en los que había escrito con rotulador indeleble Bagdad, Basora, Mosul, Safwan, etc., más una fecha y un número. Eran grabaciones tomadas de reportajes para la televisión o por videoaficionados que mostraban las exacciones de los coaligados: el asedio de Faluya, el ensañamiento de soldados ingleses contra chavales iraquíes capturados durante una manifestación popular, la ejecución sumaria por parte de un soldado norteamericano de un civil herido en medio de una mezquita, los disparos nocturnos y sin previo aviso de un helicóptero norteamericano contra campesinos cuyo camión se había averiado en la carretera; en suma, la filmografía de la humillación y de los fallos que se solían banalizar. Me vi todos los DVD sin pestañear. Era como si estuviesen descargando dentro de mí todas las razones posibles e imaginables para poner el mundo patas arriba. Sin duda, también era lo que pretendía Sayed; atiborrarme la cabeza, que acumulara en mi subconsciente un máximo de ira que, en su momento, sabría conferir entusiasmo a mi sevicia, y cierta legitimidad. No me engañaba a mí mismo; estimaba que tenía mi sobredosis de odio y que no era necesario añadir más. Era un beduino, y ningún beduino puede contemporizar con una ofensa sin que medie la sangre. A Sayed probablemente se le había olvidado esa regla inamovible e inflexible que había sobrevivido al tiempo y las generaciones; su vida ciudadana y sus misteriosas peregrinaciones debían de haberlo alejado del alma gregaria de Kafr Karam.

Volví a ver a Omar. Llevaba el día entero ganduleando de tugurio en tugurio. Me invitó a comer algo, y acepté con la condición de que no volviera a poner sobre la mesa temas enojosos. Se mostró comprensivo durante la comida y, de repente, los ojos se le llenaron de lágrimas. Por pudor, no le pregunté lo que le ocurría. Él mismo se desahogó. Me contó las faenas que le gastaba Hany, su compañero de piso. Éste tenía la intención de irse a Líbano, y Omar no estaba de acuerdo. Cuando le pregunté por qué lo apenaba tanto esa decisión, contestó que quería mucho a Hany y que no podría superar que se fuera. Nos despedimos a orillas del Tigris, él completamente borracho y yo sin la menor gana de volver a mi habitación y a mis melancolías.

En la tienda, la rutina se iba convirtiendo en pesadilla. Las semanas me pesaban como si una manada de búfalos no dejara de pisotearme. Me ahogaba. El aburrimiento me hacía añicos. Ni siquiera acudía ya a los lugares de los atentados, y las sirenas de Bagdad me dejaban indiferente. Adelgazaba a ojos vista, no comía casi, me dormía tarde, me calentaba la cabeza. En varias ocasiones, mientras estaba haciendo tiempo tras el escaparate, me sorprendí hablando y gesticulando a solas. Notaba que estaba perdiendo el hilo de mi propia historia, diluyéndome en mis exasperaciones. Al final, decidí volver a hablar con Sayed para decirle que estaba listo y que no necesitaba todo ese circo para seducirme.

Estaba en la mesa de su despacho llenando formularios. Tras haber mirado detenidamente su bolígrafo, lo dejó sobre un montón de folios, se subió las gafas sobre la cabeza y giró su asiento para tenerme de frente.

– No te estoy engatusando, primo. Estoy esperando instrucciones sobre ti. Creo que tenemos algo para ti, algo extraordinario, pero sólo estamos empezando a idearlo.

– Ya estoy harto de esperar.

– Haces mal. Estamos en guerra y no en la entrada de un estadio. Si pierdes la paciencia ahora, no sabrás conservar tu sangre fría cuando la necesites. Vuelve a tu actividad y aprende a sobreponerte a tu angustia.

– No estoy angustiado.

– Sí lo estás.

Dicho esto, me despidió.

Un miércoles por la mañana, un camión explotó al final del bulevar, llevándose por delante dos edificios. Había por lo menos un centenar de cadáveres descoyuntados en el suelo. La explosión había cavado un cráter de dos metros de profundidad y había roto la mayoría de los escaparates de los alrededores. Jamás había visto a Sayed en ese estado. Se agarraba la cabeza con ambas manos y, tambaleándose por la acera, contemplaba los destrozos. Comprendí que las cosas no habían ocurrido como estaba previsto, pues desde el principio de las hostilidades, y hasta entonces, el barrio se había librado.

Amr y Rachid bajaron el cierre metálico, y Sayed me llevó de inmediato al otro lado del Tigris. De camino, telefoneó varias veces a unos «socios» y los invitó a reunirse con él urgentemente en el «número dos». Usaba un lenguaje codificado que parecía una conversación intrascendente entre comerciantes. Llegamos a un barrio periférico erizado de edificios decrépitos donde se pudría un populacho entregado a sí mismo, y luego entramos en el patio de una casa donde dos coches acababan de aparcar. Sus ocupantes, dos hombres trajeados, nos acompañaron hasta el interior de la casa. Yacín se unió a nosotros unos minutos después. Era el que estaba esperando Sayed para abrir la sesión. La reunión duró apenas un cuarto de hora. Trató básicamente del atentado que acababa de producirse en el bulevar. Los tres hombres se consultaron con la mirada, incapaces de adelantar una hipótesis. No sabían quién estaba detrás del atentado. Adiviné que Yacín y los dos desconocidos eran jefes de grupos que operaban en los barrios colindantes con el bulevar y que el atentado de la mañana los había pillado desprevenidos a los tres. Sayed dedujo que un nuevo grupo, desconocido y lógicamente disidente, intentaba inmiscuirse en su sector y que había que identificarlo imperativamente para evitar que echara a perder sus planes de acción y, consecuentemente, desbaratara la demarcación operacional vigente. Se levantó la sesión. Los dos primeros en llegar se fueron, y luego lo hizo Sayed, que, antes de meterse en su coche, me confió a Yacín «hasta nueva orden».

Yacín no estaba encantado de incorporarme a su grupo, sobre todo ahora que unos desconocidos se habían puesto a pisarle los callos. Se limitó a llevarme a un escondite, al norte de Bagdad; una ratonera apenas más ancha que una cabina con dos literas y un armario enano. La ocupaba un joven filiforme, con el rostro afilado y la ganchuda nariz suavizada por un fino bigote rubio. Estaba durmiendo cuando llegamos. Yacín le explicó que debía alojarme dos o tres días. El joven asintió con la cabeza. Cuando se fue Yacín, me ofreció la cama de abajo.

– ¿Te persigue la pasma? -me preguntó.

– No.

– ¿Acabas de llegar?

– No.

Pensó que no me apetecía entablar una conversación con él y no insistió.

Permanecimos sentados el uno al lado del otro hasta mediodía. Estaba furioso con Yacín, y con todo lo que me ocurría. Tenía la sensación de ser paseado de aquí para allá como una vulgar maleta.

– Bueno -dijo el joven-, voy a comprar unos bocadillos. ¿Pollo o pinchitos de cordero?

– Tráeme lo que quieras.

Se puso la chaqueta y salió al descansillo. Lo oí bajar corriendo las escaleras, y luego nada. Agucé el oído. Ni un ruido. El edificio parecía abandonado. Me acerqué a la ventana y vi al joven apresurarse hacia la plaza. Un sol velado clavaba sus luces sobre el barrio. Tenía ganas de abrir la ventana y vomitar al vacío.

El joven me trajo un bocadillo de pollo envuelto en periódico. Le di un par de bocados y lo dejé sobre el armario, con el vientre encogido.

– Me llamo Obid -me dijo el joven.

– ¿Qué pinto yo aquí?

– No lo sé. Yo sólo llevo una semana. Antes vivía en el centro de la ciudad. Allí era donde actuaba. Luego escapé por los pelos de una redada de la policía, así que estoy esperando que se me asigne otro sector, o puede que otra ciudad… ¿Y tú?

Fingí no haber oído la pregunta.

Por la noche, me quedé aliviado al ver llegar a uno de los gemelos, Hossein. Anunció a Obid que un coche lo recogería el día siguiente. Obid dio un bote de alegría.

– ¿Y yo?

Hossein me gratificó con una amplia sonrisa:

– Tú te vienes ahora mismo conmigo.

Hossein conducía un cochecito destartalado. Era torpe y no paraba de tropezar con las aceras. Conducía tan mal que la gente se apartaba instintivamente de él. Él se reía: le divertía provocar pánico y volcar cosas. Pensé que estaba borracho o drogado. Ni lo uno ni lo otro; no sabía conducir, y su permiso era tan falso como los papeles del coche.

– ¿No temes que te detengan? -le pregunté.

– ¿Por qué? Todavía no he atropellado a nadie.

Empecé a relajarme cuando salimos indemnes de los barrios populosos. Hossein soltaba risotadas por cualquier cosa. Nunca lo había visto así. En Kafr Karam, era ciertamente amable, aunque un tanto cerrado de mollera.

Hossein detuvo su cacharro a la entrada de un barrio que había sido duramente castigado por disparos de misiles. Las casuchas parecían abandonadas. Sólo al cruzar una especie de línea de demarcación me di cuenta de que la población se escondía. Más adelante, me enteraría de que era una señal para indicar la presencia de un fedayín. Para evitar llamar la atención de los militares y de la policía, la gente tenía orden de mantenerse a raya.

Caminamos por una callejuela pestilente hasta una casa grotesca de tres pisos. Nos abrieron el otro gemelo, Hasán, y un desconocido. Hossein me lo presentó. Se llamaba Lliz y era el inquilino, un treintañero demacrado que parecía recién escapado de un quirófano. Nos sentamos de inmediato a comer. La comida estaba buena, pero no le hice los honores. Al caer la noche, se oyó el lejano eructo de una bomba. Hasán miró su reloj y dijo: «¡Adiós, Marwan! Nos veremos en el cielo». Marwan debía de ser el kamikaze que acababa de saltarse por el aire.

Luego Hasán se dio la vuelta hacia mí:

– No sabes cuánto me alegra volver a verte, primo.

– ¿Sólo estáis vosotros tres en el grupo de Yacín?

– ¿No te parece bastante?

– ¿Dónde están los demás?

Hossein soltó una carcajada.

Su hermano le dio una palmada en la rodilla para que se calmara.

– ¿Qué entiendes por «los demás»?

– El resto de vuestra banda de Kafr Karam: Adel el Ingenuo, Salah el yerno del ferretero y Bilal el hijo del barbero.

Hasán asintió:

– Salah está ahora mismo con Yacín. Parece ser que un grupo disidente pretende tomarnos la delantera… En cuanto a Adel, murió. Debía suicidarse con bomba en un centro de reclutamiento de la policía. Yo no estaba de acuerdo con que le confiaran una misión como ésa. Adel no estaba muy bien de la cabeza. Yacín dijo que era capaz de hacerlo. Así que le colocaron un cinturón con explosivos. Cuando llegó al centro, Adel había olvidado cómo activar el detonador. Y eso que era sencillo. Bastaba con pulsar un botón. Se lió y se cabreó. Entonces se quitó la chaqueta y se puso a golpear su cinturón. Los jóvenes que hacían cola para ser reclutados vieron lo que Adel llevaba alrededor del cuerpo y se largaron. En el patio sólo quedó Adel, empeñado en recordar cómo activar el detonante. Por supuesto, los polis le dispararon y Adel se desintegró sin herir a nadie.

Hossein se carcajeó haciendo contorsiones:

– Sólo a Adel se le podía ocurrir acabar así.

– ¿Y Bilal?

– Nadie sabe qué ha sido de él. Debía recoger a un responsable de la resistencia en Kirkuk. El responsable se quedó esperando en el punto de encuentro, y Bilal nunca se presentó. Seguimos sin saber lo que le ha ocurrido… Hemos buscado en los depósitos de cadáveres, en los hospitales, en todas partes, hasta en la policía y los cuarteles donde tenemos a gente nuestra, nada… Tampoco ningún rastro del coche.

Me quedé una semana en casa de Lliz. Soportando las risas tontas de Hossein. Hossein estaba medio tocado. Algo se había quebrado en su mente. Su hermano ya sólo le encargaba hacer las compras. El resto del tiempo, Hossein se quedaba apalancado en un sillón viendo la tele hasta que alguien lo mandara a comprar comida o a buscar a alguien.

Yacín me permitió una sola vez apoyar a Hasán y a Lliz. Nuestra misión consistía en trasladar a un rehén desde Bagdad hasta una cooperativa agrícola. Salimos a plena luz del día. Lliz conocía todos los atajos que permitían sortear los puestos de control. Se trataba de una europea, miembro de una ONG, raptada en el dispensario donde trabajaba como médico. Estaba encerrada en el sótano de un chalé, cerca de una comisaría. La transferimos sin problema, ante las narices de la policía, y la entregamos a otro grupo recluido en una granja, a unos veinte kilómetros al sur de la ciudad.

Pensé que, tras esa hazaña, se confiaría más en mí y se me asignaría una segunda misión. Nada de eso. Pasaron tres semanas sin que Yacín recurriera a mí. Venía de cuando en cuando a visitarnos, charlaba largo y tendido con Hasán y Lliz; a veces comía con nosotros; luego, Salah el yerno del ferretero pasaba a recogerlo, y yo me quedaba igual que antes.


15

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Había dormido mal. Creía haber soñado con Kafr Karam, pero no estaba seguro. Perdí el hilo justo cuando abrí los ojos. Tenía la cabeza repleta de imágenes indefinidas, fijas en una pantalla que olía a chamusquina, y me levanté con el relente de mi pueblo metido en la nariz.

Sólo me había quedado de mi sueño, profundo y sin eco, el dolor punzante que me atenazaba las articulaciones. No me sentí encantado al reconocer la habitación donde me marchitaba desde hacía semanas esperando no se sabe qué. Tenía la impresión de ser la más pequeña de las muñecas rusas, de que mi habitación era la siguiente, la casa la mayor, y el fétido barrio la tapadera. Estaba atrapado en mi cuerpo como un ratón en una trampa. Mi mente corría enloquecida sin hallar escapatoria. ¿Era esto la claustrofobia?… Necesitaba salirme de mis casillas, explotar como una bomba, ser útil para algo, asemejarme a la desgracia.

Fui tambaleándome hasta el cuarto de baño. La toalla colgada de un clavo estaba negra de mugre. Al cristal no le habían pasado un trapo desde hacía lustros. Apestaba a orina estancada y a moho; me daban ganas de vomitar.

Sobre el lavabo mancillado, un trozo de jabón abollado junto a un tubo de dentífrico intacto. El espejo me devolvió el rostro ajado de un joven en las últimas. Me miré como se mira a un extraño.

No había agua corriente. Fui a la planta baja. Hundido en su sillón, Hossein veía una película animada en la tele. Se reía ahogadamente a la vez que picoteaba en un plato de almendras tostadas. En la pantalla, una pandilla de gatos callejeros, recién salidos de sus cubos de basura, se metían con un gatito aterrado. Hossein disfrutaba viendo el miedo que estaba pasando el animalillo extraviado en la jungla de asfalto.

– ¿Dónde están los demás? -le pregunté.

No me oyó.

Me dirigí a la cocina, me hice café y regresé al salón. Hossein había zapeado; ahora estaba pendiente de un combate de lucha libre.

– ¿Dónde están Hasán y Lliz?

– No tengo por qué saberlo -refunfuñó-. Debían regresar antes del anochecer, pero aún no han vuelto.

– ¿Nadie ha llamado?

– Nadie.

– ¿Piensas que puede haberles ocurrido algo?

– Si mi gemelo tuviese problemas, lo notaría.

– Quizá deberíamos llamar a Yacín para saber algo más.

– Está prohibido. Siempre llama él.

Eché una ojeada por la ventana. Fuera, las calles rebosaban de claridad matutina. Pronto la gente saldría de sus cuchitriles y los chavales invadirían la zona como langostas.

Hossein manipuló el mando a distancia e hizo desfilar distintas cadenas por la pantalla. Ningún programa retuvo su interés. Se meneó en el sillón, sin apagar la tele.

Me dijo bruscamente:

– ¿Te puedo hacer una pregunta, primo?

– Claro.

– ¿De verdad de la buena? ¿Me contestarás sin rodeos?

– ¿Por qué no?

Echó la cabeza hacia atrás con esa risa que me crispaba y que ya estaba empezando a odiar. Era una risa absurda, que soltaba sin ton ni son. No paraba de oírlo, de día y de noche. Porque Hossein no dormía nunca. Se pasaba el día y la noche en el sillón, con el mando en la mano a modo de varita mágica, cambiando de mundo y de idioma cada cinco minutos.

– ¿Me contestarías con franqueza?

– Lo intentaría.

Sus ojos brillaron de una manera extraña, y sentí lástima por él.

– ¿Piensas que estoy… chalado?

La garganta se le encogió con la última palabra. Parecía tan desgraciado que me sentía turbado.

– ¿Por qué dices eso?

– Eso no es una respuesta, primo.

Intenté mirar hacia otra parte, pero sus ojos me lo impidieron.

– No creo que estés… chalado.

– ¡Mentiroso! En el infierno te colgarán por la lengua sobre una barbacoa… Eres como los demás, primo. Dices una cosa y piensas la contraria. Pero desengáñate, no estoy chiflado. Tengo la cabeza en su sitio, y con todos sus accesorios. Sé contar con los dedos, y sé leer en las miradas lo que la gente me oculta. Es cierto que no consigo controlar mi risa, pero no por eso estoy chalado. Me río porque… porque… la verdad es que no sé por qué. Son cosas que no se explican. Pillé el virus cuando vi a Adel el Ingenuo ponerse nervioso al no conseguir dar con el detonador que debía hacer estallar la bomba que llevaba puesta. Yo no andaba lejos, y lo observaba mientras se mezclaba con los aspirantes en el patio de la policía. Al principio, me entró el pánico. Y cuando estalló con los disparos de la policía, creí desintegrarme con él…

Yo le tenía mucho aprecio. Se crió en nuestro patio. Pero luego, pasado el luto, cada vez que lo recuerdo manoseando su cinturón con explosivos y renegando, suelto la carcajada. Resultaba tan descabellado, tan alucinante… Pero no por eso estoy loco. Sé contar con los dedos, y sé apartar el grano de la paja.

– Yo nunca he dicho que estés loco, Hossein.

– Los demás tampoco. Pero lo piensan. ¿Crees que no me he dado cuenta? Antes, me metían en el fregado sobre la marcha. Emboscadas, secuestros, ejecuciones, era el primero de la fila… Ahora, me mandan a la compra o a recoger a alguien en mi trasto viejo. Cuando me presento voluntario para un asunto gordo, me dicen que no merece la pena, que se bastan y que no conviene desproteger los flancos. ¿Qué significa eso de desproteger los flancos?

– A mí tampoco me han confiado todavía ninguna tarea.

– Tienes suerte, primo. Porque te voy a decir yo lo que pienso. Nuestra causa es justa, pero la defendemos muy mal. Si de cuando en cuando me río, también puede que sea por eso.

– Ahora estás diciendo tonterías, Hossein.

– ¿Adónde nos lleva esta guerra? ¿Tú le ves un final?

– Cállate, Hossein.

– Sin embargo, es la verdad. Lo que está ocurriendo no tiene sentido. Matanzas, más y más matanzas. De día y de noche. En la plaza, en la mezquita. Ya no se sabe quién es quién, y todo el mundo está en el punto de mira.

– Estás desvariando…

– ¿Sabes cómo murió Adnán, el hijo del panadero? Cuentan con mucha solemnidad que se abalanzó contra un puesto de control. Es mentira. Estaba harto de tanta carnicería. Se dedicaba a tiempo completo a tirotear a unos y a dinamitar a otros. A disparar en los zocos contra civiles. Hasta que una mañana hizo estallar un autobús escolar, y un crío quedó colgado de la copa de un árbol. Cuando los auxilios llegaron, metieron a los muertos y heridos en ambulancias y los llevaron al hospital. Hasta dos días después no vieron unos transeúntes al crío pudriéndose en el árbol. Y aquel día, Adnán estaba allí, por pura casualidad. Entonces vio a unos voluntarios bajar al niño de su rama. Ni te cuento. Nuestro Adnán se cambió de chaqueta. Se convirtió en su opuesto. Dejó de ser el matón de siempre. Y una noche se puso un cinturón con barras de pan alrededor del cuerpo para simular dinamita y fue a provocar a los militares ante su garita. Abrió de repente su abrigo para mostrarles su atavío y los soldados lo dejaron como un coladero. Lo hicieron papilla. Como el cinturón no explotaba, los soldados seguían disparando. Vaciaron sus cargadores y los de sus compañeros. Luego no hubo manera de distinguir los trozos de carne de los de pan… Ésa es la verdad, primo. Adnán no murió luchando, buscó intencionadamente la muerte, sin armas ni gritos de guerra; simplemente se suicidó.

De ningún modo pensaba quedarme un minuto más con Hossein. Dejé mi taza de café sobre el aparador y me levanté para salir a la calle.

Hossein no se movió de su sillón.

Me dijo:

– Todavía no has matado a nadie, primo. Así que ábrete… Ahueca el ala y piérdete por ahí lejos sin mirar atrás. Yo ya lo habría hecho si un batallón de fantasmas no me tuviese agarrado por los bajos del pantalón.

Lo miré de hito en hito como si pretendiera fundirlo con la mirada.

– Pienso que Yacín tiene razón, Hossein. Sólo vales para hacer la compra.

Dicho esto, salí y cerré dando un portazo.


Fui a contemplar el Tigris. Dando la espalda a la ciudad. La mirada clavada en el río, para olvidar los edificios de la otra orilla. Pensaba en Kafr Karam. Recordaba el estadio arenoso donde los mocosos daban patadas al balón, las dos palmeras convalecientes, la mezquita, al barbero rapando cráneos con forma de colinabo, los dos cafés que se ignoraban con soberbia, los hilachos de polvo revoloteando por la pista plateada; luego, el cráter donde Kadem me hacía escuchar a Fairuz y los horizontes tan muertos como las estaciones… Intenté volver atrás, regresar al pueblo; mis recuerdos se negaban a seguirme. El deshilvanado discurrir de las evocaciones se embaló, se bloqueó y desapareció debajo de una gran mancha oscura, y me vi de nuevo en Bagdad, con sus arterias esquilmadas, con sus explanadas concurridas por espectros, sus árboles harapientos y su trajín. El sol achicharraba, tan cercano que parecía al alcance de una manguera de bombero. Creo que crucé buena parte de la ciudad sin reparar en absoluto en lo que había caminado, visto y oído. No había dejado de errar desde que dejé a Hossein.

Como el río no bastaba para ahogar mis pensamientos, seguí caminando. Sin saber por dónde tirar. Mi presencia en Bagdad venía a ser como una idea fija perdida en el rumor de la nada. Me sentía asediado por sombras turbulentas cual grano de arena en medio de una tormenta.

No me gustaba esta ciudad. No representaba nada para mí. No significaba nada. La recorría como si fuera un territorio maldito; ella me padecía como si yo fuera un cuerpo extraño. Éramos dos desgracias incompatibles, dos mundos paralelos que caminaban uno al lado del otro sin encontrarse nunca.

A mi izquierda, bajo una pasarela metálica, un furgón averiado atraía a la chiquillería. Más allá, cerca del estadio donde ahora callaban los clamores, unos camiones norteamericanos salían de una zona militar. Kafr Karam volvió a aparecérseme en medio del zumbido del convoy. De nuestra casa, sumida en la penumbra, sólo distinguía el árbol indefinible bajo el cual ya nadie se sentaba. Tampoco había nadie en el patio. La casa estaba vacía, no había un alma, ni un fantasma. Busqué a mis hermanas, a mi madre… Nadie. Aparte del rasguño en el cuello de Bahia, ni un rostro, ni la menor silueta furtiva. Era como si esos seres, antaño tan queridos, hubiesen quedado borrados de mi recuerdo. Algo se había roto en mi memoria, sepultando al derrumbarse toda huella de los míos…

El rugido de un camión me catapultó de un bote a la acera.

– Espabila, gilipollas -me gritó el chófer-. ¿Dónde crees que estás? ¿En el patio de tu madre?

Unos transeúntes se detuvieron, dispuestos a congregar a su alrededor a otros curiosos. Increíblemente, en Bagdad el menor incidente generaba un gigantesco tumulto. Esperé que el chófer siguiera su camino para cruzar la calle.

Los pies me ardían dentro de los zapatos.

Llevaba horas errando.

Me senté en la terraza de un café y pedí un refresco. No había comido nada en todo el día, pero tampoco tenía hambre. Sólo estaba agotado.

– No puede ser -dijo alguien detrás de mí.

¡Qué alegría! Menudo alivio cuando reconocí a Omar el Cabo. Iba embutido en un mono de trabajo, con el tripón medio fuera.

– ¿Qué andas haciendo tú por aquí?

– Estoy bebiendo un refresco.

– Lo hay en todos los cafés. ¿Por qué éste?

– Haces demasiadas preguntas, Omar, y no me encuentro muy bien.

Abrió los brazos para abrazarme. Sus labios apretaron largamente mis mejillas. Estaba realmente contento de verme. Agarró una silla y se dejó caer sobre ella secándose con un pañuelo.

– Me estoy derritiendo como un queso -dijo jadeando-. Me alegro mucho de verte, primo. De verdad.

– Yo también.

Dio una voz al camarero y se pidió una limonada.

– Bueno, ¿y qué cuentas?

– ¿Cómo está Hany?

– ¡Ah, ése! Es un lunático. Nunca sabes por dónde cogerlo.

– ¿Sigue con la intención de exiliarse?

– Se perdería en cualquier parte. Es muy de ciudad. Pide auxilio en cuanto pierde de vista su bloque. Me estaba picando, ¿sabes? Quería saber si realmente le tenía afecto… ¿Y tú?

– ¿Sigues con tu antiguo brigada?

– ¿Dónde quieres que vaya? Él, por lo menos, cuando la cosa está chunga, me adelanta pasta. Es un buen tipo… No me has dicho qué estás haciendo por aquí.

– Nada. No paro de dar vueltas.

– Ya veo… No hace falta que te diga que sigues pudiendo contar conmigo. Si quieres volver a trabajar con nosotros, no hay problema. Nos achucharíamos un poco más.

– ¿No tienes pensado ir a Kafr Karam? Tengo algún dinero para mi familia.

– Por ahora no… ¿Por qué no regresas allá, ya que finalmente no sabes lo que pintas en Bagdad?

Omar intentaba sondearme. Se moría de ganas de saber si podía volver a sacar a relucir los temas que me enojaban. Lo que leyó en mi mirada le hizo retroceder. Levantó ambas manos:

– Era sólo una pregunta -me dijo, conciliador.

Mi reloj marcaba las tres y cuarto.

– Tengo que regresar -dije.

– ¿Está lejos?

– Un trecho.

– Puedo llevarte, si quieres. Mi furgoneta está en la plaza.

– No, no quiero molestarte.

– No me molestas, primo. Acabo de entregar un arcón por aquí, ya no tengo más reparto.

– Cuidado, que vas a tener que dar un gran rodeo para regresar.

– Tengo bastante gasolina en el depósito.

Se bebió de un trago su limonada e hizo una señal al cajero para que no me cobrara.

– Me la apuntas en mi lista, Saad.

El cajero rechazó mi dinero y apuntó la cuenta en un trozo de papel, así como el nombre de Omar.


La tarde empezaba a caer. Los últimos espasmos del sol salpicaban los tejados de los edificios. Los ruidos de la calle iban amortiguándose. El día había sido duro; tres atentados en el centro de la ciudad y una escaramuza alrededor de una iglesia.

Estábamos en casa de Lliz. Yacín, Salah, Hasán y el dueño se encerraron en una habitación, en el piso de arriba. Seguramente para preparar una próxima correría. A Hossein y a mí no se nos invitó al briefing. Hossein fingía que le daba igual, pero yo lo notaba muy afectado. Yo estaba furioso y, como él, rumiaba mi cólera calladamente.

La puerta de arriba chirrió; un barullo de palabras nos informó del final del conciliábulo. Salah fue el primero en bajar. Había cambiado mucho. Era enorme, con su jeta de gorila de discoteca y sus puños velludos siempre cerrados, como si estuviese estrangulando a una serpiente. Todo en él parecía bullir. Era como un volcán. Hablaba poco, nunca daba su opinión y mantenía las distancias con los demás. Sólo obedecía a Yacín, del que no se despegaba.

Cuando nos vimos por primera vez, ni siquiera me saludó.

Yacín, Hasán y Lliz estuvieron un rato charlando en lo alto de la escalera antes de unirse a nosotros. Sus rostros no expresaban tensión ni entusiasmo. Se sentaron en el banco acolchado, frente a nosotros. Hossein recogió con desgana el mando a distancia que andaba tirado a sus pies y apagó la tele.

– ¿Has fundido el motor de tu coche? -le preguntó Yacín.

– Nadie me dijo que había que echarle aceite.

– Hay luces en el cuadro de mandos.

– Vi que se encendía una luz roja, pero no sabía por qué.

– Pudiste preguntar a Hasán.

– Hasán hace como si yo no existiera.

– ¿Qué estás contando? -le preguntó su hermano gemelo.

Hossein esbozó un gesto con la mano y se levantó con esfuerzo de su sillón.

– Te estoy hablando -le recordó Yacín en tono autoritario.

– No estoy sordo, es que voy a mear.

Salah se estremeció de pies a cabeza. No le gustaba nada la actitud de Hossein. Si por él fuera, le habría ajustado de inmediato las cuentas. Salah no toleraba que se faltara al respeto al jefe. Resopló con fuerza y cruzó los brazos sobre el pecho, apretando las mandíbulas.

Yacín consultó con la mirada a Hasán. Éste abrió los brazos en señal de impotencia y fue hacia el aseo. Le oímos llamar la atención a su hermano en voz baja.

Lliz nos propuso una taza de té.

– No tengo tiempo -le dijo Yacín.

– No tardo ni un minuto -insistió el dueño de la casa.

– En ese caso, te quedan cincuenta y ocho segundos.

Lliz salió volando hacia la cocina.

Sonó el móvil de Yacín. Se lo llevó a la oreja, escuchó; se le descompuso la cara. Se levantó bruscamente, se acercó a la ventana, pegado de espalda a la pared, y, con cuidado, apartó un poco la cortina.

– Los veo -dijo en su móvil-. ¿Qué coño hacen ahí?… Nadie sabe que estamos por el barrio. ¿Estás seguro de que van a por nosotros?… -pidió con la otra mano a Salah que subiera al piso para ver lo que ocurría en la calle. Salah subió los escalones de cuatro en cuatro. Yacín siguió hablando por el móvil-. Que yo sepa, en este sector no ha habido follón.

Hasán, que regresaba del aseo, se dio cuenta de inmediato de que algo iba mal. Se deslizó al otro lado de la ventana y, a su vez, apartó despacio la cortina. Lo que vio le echó atrás. Soltó un taco y fue en busca de un fusil ametrallador oculto en un armario, avisando de paso a Lliz, que estaba preparando té.

Salah bajó, imperturbable.

– Hay por lo menos unos veinte maderos rodeando la casa -anunció sacándose una pistola de grueso calibre de la cintura.

Yacín escrutó el tejado de enfrente y torció el cuello para observar las terrazas vecinas. Dijo en su móvi

– ¿Tú dónde estás exactamente?… Muy bien. Los pillas por detrás y nos abres una brecha en su dispositivo… ¿Por la calle del garaje, estás seguro? ¿Cuántos son? Lo hacemos así. Tú los entretienes y yo me encargo de lo demás.

Cerró la tapa de su teléfono y nos dijo:

– Creo que un cabrón nos ha vendido. Los polis están en los tejados norte, este y sur. Jawad y sus hombres nos van a echar una mano para sacarnos de aquí. Vamos a lanzarnos hacia el garaje. Tendremos enfrente a unos tres o cuatro de esos vendidos.

Lliz estaba aterrorizado.

– Yacín, te aseguro que no hay topos en el barrio.

– Ya hablaremos de eso luego. Ahora apáñatelas para que salgamos de aquí más o menos enteros.

Lliz fue en busca de un lanzagranadas de marca soviética. Justo cuando llegaba al centro del salón, un cristal estalló y Lliz cayó hacia atrás, fulminado. La bala, probablemente disparada desde la terraza de enfrente, le había destrozado la mandíbula superior. La sangre empezó a brotar de su cara y a ramificarse por el enlosado. De inmediato una lluvia de proyectiles inundó la sala, pulverizando la plata, acribillando las paredes y levantando una nube de polvo y de fragmentos de todo tipo a nuestro alrededor. Nos tiramos al suelo, reptamos hacia hipotéticos refugios. Salah disparó a ciegas hacia la ventana; vació su cargador gritando como un salvaje. Yacín, más tranquilo, permanecía agachado en el mismo lugar donde estaba. Miraba con fijeza el cuerpo desarticulado de Lliz mientras pensaba en lo que debía hacer. Hossein se ocultó en el pasillo, con la bragueta abierta. Cuando vio a Lliz tirado en el suelo, soltó una carcajada.

Salah se abalanzó sobre el lanzagranadas, lo montó y, con un gesto de la cabeza, nos ordenó salir del salón. Hasán cubrió a Yacín, que corrió a refugiarse en el pasillo. El tiroteo se detuvo de repente y sólo se oyeron, en medio de un silencio de muerte, los gritos lejanos de las mujeres y de los niños. Hasán aprovechó la tregua para empujarme delante de él.

Las crepitaciones se reanudaron con mayor intensidad. Esta vez ningún proyectil nos alcanzó. Yacín nos explicó que Jawad y sus hombres intentaban llamar la atención de los policías, y que era la señal para que saliéramos por detrás. Salah apuntó su lanzagranadas hacia una terraza y disparó. Una monstruosa explosión me taladró los tímpanos, seguida de una deflagración, y un humo espeso y corrosivo invadió la sala.

– Largaos -nos gritó Salah-. Yo os cubro.

Estupefacto, eché a correr tras los demás. Las ráfagas se sucedían estrepitosamente. Las balas rebotaban a mi alrededor, silbando junto a mis oídos. Corría encorvado, con las manos pegadas a las sienes, y me parecía que atravesaba las paredes. Pasé por un tragaluz y aterricé sobre un montón de basura. Hossein soltaba risotadas mientras corría hacia adelante. Su hermano lo alcanzó y le obligó a seguirlo por una callejuela. Nos dispararon desde enfrente. Detrás de nosotros se produjo una explosión. Alguien aulló, segado por los destellos. Sus gritos ocuparon mi mente un largo rato. Apreté los dientes y corrí, corrí como nunca había corrido en mi vida…


16

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Yacín se atragantaba de rabia. En el escondite donde nos acabamos metiendo tras conseguir sortear la encerrona de la policía sólo se le oía a él. Golpeaba los muebles, daba patadas a las puertas. Hasán miraba al suelo, cruzado de brazos. Su gemelo estaba encogido en el vestíbulo, sobre el suelo, con la cabeza entre las rodillas y las manos encima de la nuca. Salah no estaba, y eso era lo que más enfurecía a Yacín. ¡Estaba acostumbrado a las emboscadas, pero no a dejar tras él a su más fiel lugarteniente!…

– Quiero la cabeza del traidor que nos ha vendido -amenazaba-. La quiero sobre una bandeja.

Miró su móvil.

– ¿Por qué no llama Salah?

Descompuesto entre la ira y la preocupación, Yacín perdía su sangre fría. Cuando no nos ametrallaba con su saliva blancuzca, lo volcaba todo a su paso.

Acabábamos de meternos en nuestro nuevo refugio y ya no quedaba nada en pie.

– No había topos en el barrio -no dejaba de repetir-, Lliz fue categórico. Hacía meses que estábamos allí, y ni una sola vez nos buscaron las cosquillas. No hay duda, o tú -me fusiló con el dedo- o Hossein habéis metido la pata.

– Yo no he metido la pata -refunfuñó Hossein-. Además, dejad de tomarme por un tarado.

Eso era exactamente lo que estaba esperando Yacín, exacerbado por nuestro mutismo. Se abalanzó sobre el gemelo, lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó por encima del suelo.

– A mí no me hables con ese tono, ¿te has enterado?

Hossein dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo en señal de sumisión, pero mantuvo la cara bien alta para que el jefe viera que no le temía.

Yacín lo soltó con hosquedad y vio cómo se deslizaba contra la pared y volvía a adoptar su posición inicial. Cuando se volvió hacia mí, sentí cómo sus ojos incandescentes me atravesaban de parte a parte.

– ¿Y tú qué? ¿Estás seguro de no haber dejado una piedrecita blanca en tu camino?

Yo seguía aturdido. Las detonaciones y los gritos retumbaban en mi cabeza. No podía creer que hubiésemos salido de ésta sanos y salvos tras habernos chupado un diluvio de fuego y corrido como locos y a tiro limpio por multitud de callejuelas. Ni siquiera notaba las piernas que me llevaban, extenuado, descompuesto, alucinado. Lo último que deseaba era pasar por una prueba más. Y la mirada de Yacín caía sobre mí como una cuchilla.

– ¿No habrás entablado amistad con un desconocido? ¿O habrás soltado algo que no debías a alguien?

– No conozco a nadie.

– ¿A nadie?… ¿Entonces cómo te explicas la putada que nos acaban de hacer hace un rato? Hacía meses que estábamos apalancados en aquella casa. O eres gafe o has sido imprudente. Mis hombres están curtidos. Miran dos veces dónde pisan. Eres el único que no se ha integrado del todo. ¿A quién ves fuera del grupo? ¿Dónde vas cuando sales de casa? ¿A qué dedicas tu tiempo?…

Me asaeteaba a preguntas, una tras otra, sin dejarme tiempo para colocar una palabra o recobrar el aliento. Mis manos no conseguían contenerlas ni repelerlas. Yacín intentaba ponerme contra las cuerdas. Yo era el eslabón más débil y necesitaba un chivo expiatorio. Siempre ha sido así; cuando no se encuentra sentido a la desgracia, se le busca un responsable. Yo iba desgranando negativas, intentaba resistirme, defenderme, no dejarme impresionar cuando, de repente, gritando de rabia, y sin darme cuenta, se me escapó el nombre de Omar el Cabo. Quizá fuera el cansancio, o el hastío, o bien una manera de sustraerme a la mirada absolutamente innoble de Yacín. No pude evitar meter la pata. Habría vendido mi alma con tal de tragarme mis palabras, pero el rostro de Yacín se había convertido en un brasero.

– ¿Qué? ¿Omar el Cabo?

– Nos vemos de cuando en cuando, eso es todo.

– ¿Sabía dónde te alojabas?

– No. Una sola vez me dejó en la plaza. Pero no me acompañó hasta la casa. Nos despedimos a la altura de la gasolinera.

Esperaba que Yacín rechazara la historia con un revés de la mano y se volviera a meter con Hossein, o la tomara con Hasán. Estaba equivocado.

– ¿Estoy soñando o qué? ¿Has traído a ese canalla hasta nuestro escondrijo?

– Me recogió en la calle y aceptó amablemente llevarme hasta la gasolinera. Omar no podía saber adónde iba. Además, se trata de Omar, no de cualquiera. Jamás nos denunciaría.

– ¿Sabía que estabas conmigo?

– Por favor, Yacín, esto no puede ser.

– ¿Lo sabía?

– Sí…

– ¡Imbécil!… ¡Cretino! Te has atrevido a traer a ese cagado hasta…

– Él no ha sido.

– ¿Y tú qué sabes? Bagdad, el país entero está infestado de chivatos y de colaboracionistas.

– Espera, espera, Yacín, aquí te equivocas…

– ¡Cierra el pico! Tú te callas. No tienes nada que decir. Nada, ¿entiendes? ¿Dónde vive ese gilipollas?

Comprendí que había cometido un grave error, que Yacín no dudaría en matarme si no intentaba enmendarme. Esa misma noche me obligó a conducirlo hasta Omar. De camino, al notarlo más relajado, le supliqué que no se equivocara de persona. Me sentía mal, muy mal; no daba pie con bola; el remordimiento y el temor de estar en el origen de un terrible malentendido me tenían abatido. Yacín me prometió que si Omar no tenía nada que reprocharse, lo dejaría en paz.

Hasán conducía con un machete de monte debajo de la cazadora. La rigidez de su cuello me ponía la carne de gallina. Yacín contemplaba sus uñas en el asiento del copiloto, con el rostro hermético. Yo estaba encogido en el asiento trasero, con las manos húmedas, apretando los muslos para contener unas irresistibles ganas de mear.

Evitamos los puestos de control y las grandes arterias y nos fuimos escurriendo hasta llegar al barrio pobre donde había estado viviendo unos cuantos días. El edificio se hallaba en la oscuridad, como una funesta baliza; no había una sola ventana encendida, ninguna silueta a su alrededor. Debían de ser las tres de la mañana. Aparcamos el coche en un pequeño patio desastrado y, tras echar una ojeada a los alrededores, nos deslizamos en el edificio. Yo tenía copia de la llave. Yacín me la quitó de las manos y la introdujo en la cerradura. Abrió la puerta despacio, buscó a tientas el botón, encendió… Omar estaba tumbado sobre un jergón, en pelota viva, con una pierna por encima de la cadera de Hany, cuyo diáfano cuerpo estaba totalmente desnudo. Al principio, el espectáculo nos desconcertó. Yacín fue el primero en reponerse. Se plantó firmemente con las manos en las caderas y contempló en silencio ambos cuerpos desnudos y tumbados a sus pies.

– Miradme esto… Conocía a Omar el Borracho, y aquí tenemos a Omar el Sodomita. Ahora se cepilla a chavales. Esto es el no va más.

Había tanto desprecio en su voz que me atraganté.

Los dos amantes dormían como lirones, rodeados de botellas de vino vacías y de platos sucios. Apestaban. Hasán tocó con la punta de su zapato a Omar. Éste se meneó con pesadez, soltó un gorgoteo y siguió roncando.

– Márchate y espéranos en el coche -me ordenó Yacín.

Él era entre tres y cinco años mayor que yo, y estimaba que no estaba lo bastante curtido para asistir a un espectáculo tan indecente, especialmente delante de él.

– Me has prometido que si no tiene nada que ver lo dejarás tranquilo -le recordé.

– Haz lo que te digo.

Obedecí.

Unos minutos después, Yacín y Hasán regresaron al coche. Como no había oído gritos ni disparos, pensé que se había evitado lo peor. Luego vi a Hasán limpiarse las manos manchadas de sangre debajo de las axilas, y comprendí.

– Fue él -me anunció Yacín colocándose delante-. Lo ha confesado.

– Habéis estado menos de cinco minutos. ¿Cómo habéis conseguido que hablase tan pronto?

– Cuéntaselo, Hasán.

Hasán puso la primera y arrancó. Cuando llegamos al final de la calle, se volvió hacia mí y me declaró:

– Era él, primo. No tienes motivos para reconcomerte. Esa escoria no ha vacilado un segundo al vernos de pie delante de él. Nos escupió y dijo: «Que os follen».

– ¿Sabía por qué estabais allí?

– Lo supo en cuanto se despertó. Se rió en nuestras narices… Esas cosas están claras, primo. Créeme, era un canalla asqueroso, un cerdo y un felón. Ya no hará más daño.

Quería saber más, lo que había dicho exactamente Omar, qué había sido de su compañero Hany. Yacín se dio enteramente la vuelta hacia mí y soltó un bufido:

– ¿Quieres un informe en toda regla o qué? Cuando se está en guerra, no se anda uno con remilgos. Si crees que no estás preparado, déjalo ahora mismo. Y no hay más que hablar.

¡Cómo lo odié, Dios!, como nunca pensé que podría hacerlo. Él se dio cuenta del odio que me inspiraba, pues su mirada, que se autoproclamaba autosuficiente, dudó frente a la mía. En ese preciso instante supe que acababa de ganarme un enemigo mortal y que la próxima vez no me lo perdonaría.


Hacia mediodía, cuando estábamos todos comiéndonos las uñas en nuestro nuevo escondite, el teléfono de Yacín sonó. Era Salah. Se había librado de milagro. Por el reportaje que emitió la televisión sobre la redada, sólo quedaban ruinas de la casa de Lliz. La vivienda se había derrumbado bajo los impactos de gran calibre, y el fuego había arrasado buena parte de ella. Según el testimonio de los vecinos, la batalla duró toda la noche, y los refuerzos que acudieron al lugar del enfrentamiento no habían sino aumentado la confusión generada por el corte de electricidad y el pánico de los vecinos, algunos de los cuales habían sido alcanzados por balas perdidas y fragmentos de granadas.

Yacín recobró el color. Estuvo a punto de echarse a llorar al reconocer la voz de su lugarteniente al teléfono. Pero se contuvo de inmediato. Echó una bronca al superviviente, reprochándole su incomprensible silencio; luego, accedió a escucharlo sin interrumpirlo. Asentía con la cabeza, se pasaba una y otra vez el dedo por el cuello de la camisa mientras lo mirábamos en silencio. Al final, levantó la barbilla y dijo al aparato:

– ¿No puedes traerlo aquí?… Pregunta a Jawad, él sabe de transporte de paquetes…

Colgó y, sin dirigirnos la palabra, se metió en la habitación de al lado dando un portazo.


El «paquete» nos llegó por la noche, en el maletero de un coche conducido por un oficial de policía uniformado, un grandullón de frente maciza que había visto dos o tres veces en la tienda de Sayed. Nos encargaba televisores. Cuando venía a vernos iba de paisano. Él era Jawad, un mote, y ni se me habría ocurrido pensar que ocupaba el cargo de comisario adjunto del distrito.

Nos explicó que hasta volver de una misión de rutina no se enteró de que el grupo de asalto de su unidad había salido a operar.

– Cuando la central me comunicó las coordenadas de la intervención, no me lo pude creer. El comisario andaba tras vuestro escondrijo. Quiso marcarse el tanto en solitario para fastidiar a sus rivales.

– Pudiste avisarme de inmediato -le reprochó Yacín.

– No estaba seguro. Tu escondite era uno de los más seguros de Bagdad. No veía cómo iban a poder dar con él, con todas las alarmas que había puesto yo alrededor. Me habrían avisado. Para estar del todo seguro, fui allí personalmente, y fue cuando me di cuenta.

Levantó la tapa del maletero del coche aparcado en el garaje. En su interior, tumbado en postura fetal, un hombre respiraba medio asfixiado. Estaba embutido en un rollo de cinta adhesiva ancha, con la boca tapada y el rostro deformado y con marcas de golpes.

– Él os vendió. Estaba en el lugar de la redada, con el comisario, para enseñarle dónde os escondíais.

Yacín meneó la cabeza, consternado.

Salah hundió sus brazos musculosos en el maletero y sacó brutalmente al preso. Lo soltó en el suelo y lo alejó del coche a patadas.

Yacín se acuclilló delante del desconocido y le arrancó la mordaza:

– Como grites, te arrancaré los ojos y echaré tu lengua a las ratas.

El hombre debía de tener unos cuarenta años. Era delgaducho, de rostro caquéctico y sienes canosas. Se retorcía en su especie de camisa de fuerza como un gusano blanco.

– Yo ya he visto esta cara -dijo Hossein.

– Es vuestro vecino -dijo el oficial contoneándose con los dedos agarrados al cinturón-. Vivía en la casa que hacía esquina con la tienda de comestibles, la que tenía hiedra en la fachada.

Yacín se levantó.

– ¿Por qué? -preguntó al desconocido-. ¿Por qué nos has denunciado? ¡Santo Dios! Estamos luchando por ti.

– No os he pedido nada -replicó el soplón con desprecio-. ¿Cómo me van a salvar unos delincuentes como vosotros?… ¡Antes muerto!

Salah le propinó una fuerte patada en el costado. El soplón rodó, sin aliento. Esperó hasta haber recuperado el sentido para volver a la carga:

– Os tomáis por fedayines. Sólo sois unos criminales, unos vándalos asesinos de niños. No me dais miedo. Haced conmigo lo que queráis, pero no me quitaréis de la cabeza que sois unos perros rabiosos, unos forajidos perturbados… ¡Os odio!

Y nos escupió a todos, uno tras otro.

Yacín estaba estupefacto.

– ¿Ese fulano es normal? -preguntó.

– Del todo. Es maestro en un colegio de primera enseñanza -le confirmó el oficial de policía.

Yacín se cogió la barbilla entre el pulgar y el índice para reflexionar.

– ¿Cómo hizo para localizarnos? No estamos fichados en ninguna parte, no tenemos antecedentes penales… ¿Cómo habrá sabido quiénes éramos?

– Reconocería esa jeta entre millones de jetas de monos -dijo el soplón señalando con la cabeza a Salah-. Perro sarnoso, bastardo, hijo de puta…

Salah se dispuso a destrozarlo; Yacín lo disuadió.

– Yo estaba allí cuando te cargaste a Mohamed Sobhi, el sindicalista -contó el soplón, rojo de rabia-. Estaba en el coche que lo esperaba abajo de su casa. Te vi dispararle por la espalda cuando acabó de bajar las escaleras. Por la espalda. Cobardemente. ¡Cobarde traidor, aborto, asesino! Si tuviese las manos libres, te comería crudo. Sólo sirves para pegar tiros por la espalda y salir pitando como un conejo. Pero tú te crees un héroe y vas sacando pecho por la calle. Si Irak ha de ser defendido por cobardes como tú, más vale que se lo queden los perros y los golfos. Sois una gentuza, unos zumbados, unos…

Yacín le dio una patada en la cara, cortándolo en seco.

– ¿Has entendido algo de su delirio, Jawad?

El oficial de policía torció el labio hacia un lado:

– El sindicalista Mohamed Sobhi era su hermano. Este capullo reconoció a Salah cuando lo vio entrar en su casa. Fue a comisaría a dar parte.

Yacín hizo, con los labios hacia fuera, una mueca circunspecta.

– Volved a amordazarlo -ordenó-, y lleváoslo lejos de aquí. Quiero que muera lentamente, fibra a fibra, que se pudra antes de entregar el alma.

Salah y Hasán se encargaron de ejecutar la orden.

Volvieron a meter el «paquete» en el maletero del coche y salieron del garaje con los faros apagados, precedidos por el oficial de policía en el coche de Salah.

Hossein cerró el portal.

Yacín permaneció plantado en el sitio en que había estado interrogando al prisionero. La nuca gacha, los hombros caídos. Yo estaba detrás de él, a punto de saltarle encima.

Tuve que retroceder hasta lo más profundo de mi ser para recuperar el aliento y decirle:

– ¿Ves? Omar no tenía nada que ver.

Fue como si hubiese abierto la caja de Pandora. Yacín se estremeció de pies a cabeza, giró sobre sí mismo y, apuntándome con un dedo afilado como una espada, me dijo en un tono que me dejó helado:

– Una palabra más, sólo una palabra más, y te degüello con los dientes.

Dicho esto, me apartó con el revés de la mano y regresó a su habitación a zarandear los muebles.


Salí en plena noche.

Era una noche realmente estúpida, con su cielo olvidadizo de las estrellas y su relente de matadero; una noche consciente de haber caído muy bajo y que seguía ahí, sin más, viéndolo todo negro. En las luces anémicas de los bulevares, mientras el toque de queda se endurecía, entendí la incongruencia de los seres y de las cosas. Bagdad había puesto de patas en la calle hasta sus oraciones. Y yo había dejado de reconocerme en las mías. Rozaba las paredes como una sombra chinesca, apesadumbrado… ¿Pero qué he hecho?… ¡Dios todopoderoso! ¿Qué puedo hacer para que Omar me perdone?…


17

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El sueño se había convertido en mi purgatorio. Apenas me quedaba dormido, volvía a huir por hileras de pasillos laberínticos, perseguido por la sombra de un antepasado. Estaba en todas partes. Hasta en mi jadeo descontrolado… Me despertaba sobresaltado, empapado de pies a cabeza, los brazos hacia adelante. Seguía allí. En la claridad del alba. En el silencio de la noche. Sobre mi cama. Me agarraba las sienes con ambas manos y me encogía tanto que desaparecía bajo las sábanas… ¿Pero qué he hecho?… Esa horrible pregunta me asediaba, me atrapaba en plena carrera, como el halcón a la avutarda. El fantasma de Omar se había convertido en mi animal de compañía, en mi pesar itinerante, en mi embriaguez y mi locura. Bastaba con que cerrase los párpados para que ocupara toda mi mente, y con que volviera a abrirlos para que ocultara el resto del mundo. Sólo quedábamos él y yo en el mundo. Éramos el mundo.

Por mucho que rezara, que le suplicara que me dejara en paz al menos un minuto, no había nada que hacer. Ahí seguía, silencioso y desconcertado, tan real que lo habría tocado alargando el brazo.

Pasó una semana y las cosas iban a peor, se alimentaban de mis obsesiones, se aprovechaban de mi fragilidad para envalentonarse y volver a la carga, atropellándose unas a otras, sin tregua ni descanso…

Sentía que me hundía progresivamente en la depresión.

Quería morirme.

Fui en busca de Sayed para notificarle mi deseo de acabar con mi vida. Me presenté voluntario para un atentado suicida. Era el atajo más convincente, y también el más provechoso. Llevaba tiempo dando vueltas a esa idea, mucho antes del error que condujo a la ejecución del Cabo. Se convirtió en idea fija. No tenía miedo. Me sentía desvinculado de todo. No veía qué podían tener los kamikazes que yo no tuviera. Se les oía saltar por los aires todas las mañanas en la plaza, todas las noches contra los recintos militares. Iban a la muerte como quien va a una fiesta, en medio de unos asombrosos fuegos artificiales.

– Pues ponte a la cola como los demás -me replicó Yacín-. Y espera tu turno.

Ya no había forma de que Yacín y yo nos entendiéramos. No me tragaba; yo lo odiaba a muerte. No paraba de buscarme las cosquillas, de interrumpirme cuando intentaba decir una palabra, de mandarme a paseo cuando pretendía ser útil. Nuestra relación degradaba la convivencia con los demás miembros de nuestro grupo; se mascaba la tragedia. Intentaba quebrantarme, disciplinarme. Yo no era un bala rasa, no cuestionaba su autoridad ni su carisma; lo odiaba, y él tomaba el desprecio que le tenía por insubordinación.

Sayed acabó rindiéndose ante la evidencia. La convivencia con Yacín podía acabar mal y poner en peligro a todo el grupo. Me permitió regresar a la tienda, y recuperé presurosamente mi cuchitril del primer piso. El fantasma de Omar siguió mis pasos; me tenía para sí solo, pero a pesar de todo yo prefería sus acosos a tener que ver a Yacín.

Ocurrió un miércoles. Regresaba del restaurante después de haber cerrado la tienda. Tras los edificios de la ciudad, el sol andaba enredado con sus encendidas aguadas. Sayed me acechaba desde la puerta. Sus ojos relucían en el fondo de la penumbra. Estaba sobreexcitado.

Subió conmigo a mi habitación y me agarró por los hombros:

– Hoy me han dado la mejor noticia de mi vida…

Me apretó contra él, radiante, y, sin poder contenerse, dio libre curso a su felicidad.

– Es fantástico, primo. Fantástico.

Me pidió que me sentara en la cama, intentó moderar su entusiasmo; luego me dijo:

– Te hablé de una misión. Querías ir a por todas, y te contesté que quizá tuviera algo para ti y que esperaba poder estar seguro… Pues bien, el milagro se ha producido. Me lo acaban de confirmar hace menos de una hora. Esta bendita misión ya es factible. ¿Estarás en condiciones de llevarla a cabo?

– ¡Y tanto!

– Se trata de la misión más importante de las emprendidas jamás. La misión final. La que provocará la capitulación sin condiciones de Occidente y nos pondrá definitivamente en primera fila en el concierto de las naciones… ¿De verdad crees que podrás?…

– Estoy listo, Sayed. Tienes mi vida a tu disposición.

– No es cuestión solamente de tu vida. Hay muertos a diario, y mi vida tampoco me pertenece a mí. Es una misión capital. Requiere un compromiso inquebrantable.

– ¿Acaso estás dudando de mí?

– No estaría aquí contándotelo.

– ¿Entonces cuál es el problema?

– Eres libre de echarte atrás. No quiero presionarte.

– Nadie me está presionando. Me apunto sin condiciones.

– Aprecio tu determinación, primo. Por si te sirve de algo, confío plenamente en ti. Te llevo observando desde que llegaste a mi tienda. Cada vez que te echo una mirada, tengo la impresión de levitar… La elección ha sido difícil. Si algo sobra, son candidatos. Pero para mí es importante que sea un chico de nuestro pueblo, del olvidado Kafr Karam, para que deje un buen recuerdo en la historia.

Me abrazó y besó en la frente.

Acababa de elevarme al rango de los seres reverenciados.

Aquella noche, volví a soñar con Omar. Pero no huí.


Sayed regresó para volver a tantearme. Quería estar seguro de que no me había precipitado.

La víspera de los preparativos de la misión me dijo:

– Te doy tres días para que te lo pienses bien. Después, cortaremos amarras.

– Me lo he pensado; estoy en condiciones de actuar.

Sayed me alojó en un pisito de lujo con vistas al Tigris. Allí me esperaba un fotógrafo. Tras la sesión de fotos, pasé por las tijeras del peluquero y luego me duché. Como debía dejar Bagdad esa misma semana, fui a correos para enviar a Bahia el dinero que había ahorrado.

Salí de Bagdad un viernes, tras la Gran Oración. A bordo de un camión de ganado conducido por un viejo campesino con turbante. Se suponía que yo era su sobrino y pastor. Mis nuevos papeles estaban en regla, falsificados con documentos desgastados para disimular mejor. Mi nombre constaba en el registro de comercio. Sorteamos los distintos puestos de control sin problema y llegamos a Ar Ramadi antes del anochecer. Sayed nos esperaba en una granja, a unos veinte kilómetros al oeste de la ciudad. Comprobó que todo iba según lo previsto, cenó con nosotros y nos entregó el itinerario de la etapa siguiente antes de retirarse. Al alba, reemprendimos camino hacia un pueblito situado en la ladera este de la meseta de la Chamiyé, donde otro enlace con camioneta se hizo cargo de mí. Pasamos la noche en una aldea que abandonamos al amanecer para dirigirnos a Rutba, no lejos de la frontera jordana. Sayed se nos había adelantado; nos acogió en el patio de un dispensario. Un médico con una bata ajada nos sugirió que nos laváramos y nos retiráramos a una habitación para enfermos. Aplazamos tres veces nuestra salida debido a un despliegue militar en la región. Al cuarto día, amparados por una tormenta de arena, el camionero y yo pusimos rumbo a Jordania. La visibilidad era nula, pero el chófer conducía tranquilamente por las pistas, que parecía conocer como la palma de la mano. Al cabo de varias horas de baches y de sofoco, nos detuvimos en una árida vaguada donde el viento no paraba de mugir. Nos refugiamos en una cueva tras haber empujado el coche bajo un cobertizo natural, comimos algo y luego el camionero, un hombrecillo deshidratado e impenetrable, subió a lo alto de una cresta. Lo vi sacar su móvil y explicar dónde se encontraba ayudándose de un aparato de navegación.

Cuando regresó, me dijo:

– Esta noche no dormiré bajo las estrellas.

Fue la única vez que me dirigió la palabra.

Se dirigió a la cueva para tumbarse y me ignoró.

La tormenta amainó, espaciando sus arremetidas; el viento se coló hasta el último recoveco de la cueva; luego, a medida que el paisaje emergía de la niebla ocre del desierto, se fue quedando sin aliento y, sin previo aviso, se detuvo del todo.

El sol se congestionó al tocar suelo, destacando las colinas peladas que dentaban el horizonte. De repente, aparecidos como por ensalmo, dos muleros tomaron el lecho de la vaguada hacia nuestra cueva. Luego me enteré de que eran miembros de una cuadrilla de ex contrabandistas convertidos en pasadores de armas y de que echaban ocasionalmente una mano, como guías, a los voluntarios venidos de todas partes para reforzar las filas de la resistencia iraquí. El camionero los felicitó por llegar tan a punto, se informó acerca del curso de las operaciones en el sector y me entregó a ellos. Regresó a su vehículo sin saludarme y salió pitando.

Los dos desconocidos eran altos y delgados, y tenían la cara envuelta en una kefia polvorienta. Llevaban pantalones de chándal, jerséis gruesos y zapatillas de deporte.

– Todo irá bien -me dijo el más alto.

Me ofreció un jersey de lana gruesa y una gorra.

– Por aquí refresca de noche.

Me ayudaron a subirme a una mula y se pusieron en marcha. Cayó la noche. El viento se levantó, gélido e irritante. Mis guías se relevaban en la otra mula. Los caminos de cabras se iban ramificando ante nosotros, opalescentes bajo la luna. Bajamos por laderas escarpadas, escalamos otras, deteniéndonos sólo para aguzar el oído y escrutar las zonas de sombra. La travesía estaba resultando como tenían previsto los guías. Hicimos una pequeña parada en el fondo de un vallejo para alimentarnos y recuperar fuerzas. Me zampé varias lonchas de carne seca y me tragué un odre de agua de manantial. Mis compañeros me aconsejaron que no comiera demasiado deprisa y que intentara descansar. Me cuidaban mucho y me preguntaban de cuando en cuando si aguantaba el tirón, si quería apearme de la mula y caminar un poco. Les rogué que siguieran adelante.

Atravesamos la frontera jordana hacia las cuatro de la mañana. Dos patrullas de frontera se habían cruzado un rato antes, una a bordo de un todoterreno militar, otra a pie. El puesto de observación se encontraba en lo alto de un cerrillo, identificable por su torreta y su antena alumbrada por una farola. Mis guías lo estuvieron observando con prismáticos infrarrojos. Cuando la patrulla de exploradores regresó a su acuartelamiento, agarramos nuestras mulas por las riendas y nos deslizamos por el lecho de un río. Unos kilómetros más allá, una pequeña furgoneta cargada de palanganas de plástico nos recogió. La conducía un hombre vestido con túnica tradicional y un pañuelo beduino en la cabeza. Felicitó a mis dos guías, y les dibujó en el suelo un itinerario seguro para regresar a Irak. Los informó de que aviones no tripulados estaban sobrevolando la zona y les detalló la manera de eludir su rastreo; luego les explicó cómo rodear una nueva unidad de las fuerzas aliadas que acababa de desplegarse detrás de la línea de demarcación. Los guías le hicieron algunas preguntas de orden práctico y, ya satisfechos, nos desearon buena suerte y dieron media vuelta.

– Ahora puedes relajarte -me dijo el desconocido-. A partir de aquí es pan comido. Estás en las mejores manos de la profesión.

Era un hombrecillo encogido, de tez morena, con la cabeza más ancha que los hombros, por lo que parecía estar tambaleándose sin moverse. Por sus gruesos labios se entreveían dos filas de dientes de oro que refulgían al amanecer. Conducía como un tonto, sin preocuparse de los baches ni de los frenazos que daba sin ton ni son, catapultándome contra el parabrisas.

Sayed reapareció por la noche, en casa de mi nuevo guía. Me abrazó durante un largo rato.

– Dos etapas más y podrás descansar.

Al día siguiente, tras un desayuno sustancioso, me acompañó hasta un pueblo fronterizo en un coche de gran cilindrada. Allí me puso en manos de Chaker e Imad, dos jóvenes con pinta de estudiantes, y me dijo:

– Del otro lado está Siria, y justo después Líbano. Nos vemos dentro de dos días en Beirut.


Beirut

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<p>Beirut</p>
<p>18</p>

Mi estancia en Beirut llega a su fin. Llevo tres semanas esperando. Cuento las horas con los dedos. De pie junto a la ventana de mi habitación, contemplo la calle desierta. La lluvia tamborilea sobre los cristales. En la acera barrida por el viento, un vagabundo sopla en sus puños para calentarlos. Está al acecho de algún alma caritativa. Lleva allí un buen rato y no he visto a nadie depositar una moneda en su mano. ¿Qué espera del porvenir? Tiene las polainas empapadas hasta la trama, sus zapatillas hacen agua; su pinta es sencillamente grotesca. Resulta obsceno vivir como un perro, más cerca de los gatos callejeros que de la gente. Ese individuo ni siquiera es digno de poseer una sombra, de vincularla a su degradación. De hecho, no tiene. Aislado en su miseria como un gusano en una fruta podrida, olvida que está muerto y acabado. No siento la menor compasión por él. Pienso que si el destino lo ha rebajado hasta las alcantarillas, es para encarnar un símbolo. ¿Cuál? El que me permite concienciarme de la insoportable ineptitud de la vida. Este hombre espera algo, eso está claro. ¿Pero qué? ¿Que le caiga el maná del cielo? ¿Que un transeúnte se dé cuenta de su desamparo? ¿Que se apiaden de él?… ¡Menudo imbécil! ¿Acaso existe la vida después de la piedad?… Kadem no tenía del todo razón. No es que el mundo haya caído muy bajo, es que los hombres se regodean en la bajeza. Es precisamente porque me niego a parecerme a ese muerto en vida por lo que he venido a Beirut. Vivir como hombre o morir como mártir. No hay alternativa para el que quiere ser libre. No me veo en el pellejo de un vencido. ¡Llevo esperando desde aquella noche en que los soldados norteamericanos invadieron nuestra casa, desbaratando el orden natural de las cosas y los valores ancestrales!… Espero el momento de recuperar mi amor propio, sin el cual no hay más que deshonra. Estoy dispuesto a todo y a nada. Lo que he pasado, vivido, padecido hasta aquí no cuenta. Aquella noche la imagen se detuvo. Para mí, la tierra dejó de girar. No estoy en Líbano, no estoy en un hotel; estoy en coma. Y sólo me queda renacer aquí o pudrirme.

Sayed se ha encargado personalmente de que no me falte nada. Me ha instalado en una de las suites más caras del hotel y ha puesto a mi servicio a Imad y a Chaker, dos jóvenes exquisitos que me tratan con toda la consideración posible e imaginable, disponibles día y noche, pendientes de una señal, dispuestos a cumplir hasta mis deseos más extravagantes. Me prohíbo darme aires de importancia. Sigo siendo el mismo chico de Kafr Karam, humilde y discreto. Aunque soy consciente de la importancia que se me concede, no he renunciado a las reglas que me han forjado dentro de la sencillez y la corrección. Un único capricho: he pedido que retiren de la suite la televisión, la radio, los retratos colgados de las paredes; que me dejaran lo mínimo, es decir, los muebles y unas cuantas botellas de agua mineral en el minibar. Si por mí fuera, habría elegido una cueva en el desierto para sustraerme a las irrisorias vanidades de la gente mimada por la vida. Querría ser mi único polo de atracción, mi única referencia, pasar el resto de mi estancia libanesa preparándome mentalmente para estar a la altura de lo que los míos me han confiado.

Ya no temo quedarme solo en la oscuridad.

Me inicio en el olor a humedad de las tumbas.

¡Estoy preparado!

He domesticado mis pensamientos, metido en vereda mis dudas. Me mantengo lúcido con mano de hierro. Mi ansiedad, mis vacilaciones, mis insomnios, todo eso es historia pasada. Controlo todo lo que ocurre en mi cabeza. Nada se me escapa, nada se me resiste. El doctor Jalal me ha escardado el camino, taponado las brechas. Y ahora soy yo quien emplaza a mis miedos de antaño, quien les pasa revista. Se ha disipado la mancha parda que, en Bagdad, ocultaba parte de mis recuerdos. Puedo regresar a Kafr Karam cuando me parezca, abrir cualquier puerta, visitar cualquier patio y sorprender a cualquiera en su intimidad. Vuelvo a recordar, uno por uno, a mi madre, a mis hermanas, a mis parientes y primos. Sin sentirme mal. Mi habitación está poblada por fantasmas y ausentes. Omar comparte mi cama; Suleimán cruza mi habitación a la carrera; los invitados inmolados en las huertas de los Haitem desfilan ante mí. Hasta mi padre está presente. Se prosterna ante mí, con los testículos al aire. Yo no aparto la mirada, no me tapo la cara. Y cuando un culatazo lo manda al suelo, no lo ayudo a levantarse. Permanezco de pie; mi inflexibilidad de esfinge me impide inclinarme, incluso ante mi progenitor.

Dentro de unos días será el mundo el que se prosterne ante mí.

¡La más importante misión revolucionaria jamás emprendida desde que el hombre ha aprendido a no doblegarse!

Y yo he sido elegido para cumplirla.

¡Qué revancha sobre el destino!

Nunca me ha parecido tan eufórico, tan cósmico, el ejercicio de la muerte.

Por la noche, cuando me tumbo en el sofá frente a la ventana, rememoro las cabronadas que han pautado mi vida, y todas refuerzan mi compromiso. Ignoro con exactitud lo que voy a hacer, cuál será la naturaleza de mi misión -…algo que convertirá el 11 de Septiembre en una algarabía de patio de colegio-. Una certeza absoluta: ¡no retrocederé!

Llaman a la puerta.

Es el doctor Jalal.

Aparece empaquetado en el mismo chándal que llevaba la víspera y sigue sin molestarse en atarse los cordones.

Es la primera vez que cruza el umbral de mi puerta. Su aliento a vino se expande por la habitación.

– Me moría de aburrimiento en mi cuarto -dijo-. ¿No te importa que te haga compañía durante un rato?

– No me molestas.

– Gracias.

Se tambalea hasta el canapé, rascándose el trasero con la mano debajo del calzoncillo. No huele bien. Apuesto a que lleva lustros sin darse un baño.

Echa una ojeada admirativa a la suite.

– ¡Guau! ¿Acaso eres hijo de un nabab?

– Mi padre era pocero.

– El mío era un inútil.

Se percata de la ridiculez de su réplica, la rechaza con un gesto de la mano y, cruzando las piernas, se acomoda contra el respaldo del sofá y mira de soslayo al techo.

– No he pegado ojo en toda la noche -se lamenta-. Últimamente no consigo conciliar el sueño.

– Trabajas demasiado.

Sacude la barbilla:

– Puede que tengas razón. Esas conferencias me agotan.

Había oído hablar del doctor Jalal en el instituto. Mal, por supuesto. Había leído dos o tres obras suyas, sobre todo ¿Por qué los musulmanes han montado en cólera?, un ensayo sobre el advenimiento del integrismo yihadista que en su momento suscitó la ira del clero. Era muy controvertido en los círculos intelectuales árabes y muchos lo ponían en la picota. Sus teorías sobre las disfunciones del pensamiento musulmán contemporáneo eran auténticos requisitorios que los imanes rechazaban de pleno, al punto de que llegaron a sostener que los que osaran leerlas irían al infierno. Para la mayoría de los fieles, el doctor Jalal no era sino un saltimbanqui a sueldo de las camarillas occidentales hostiles al islam en general, y a los árabes en particular. Yo mismo lo detestaba, y le reprochaba su exhibicionismo de ideas recibidas y su evidente desprecio por los suyos. Para mí, representaba la especie más repugnante de esos felones que proliferan como ratas en los círculos mediáticos universitarios europeos, dispuestos a malvender su alma con tal de ver su foto en la prensa y de que hablen de ellos, y no había desaprobado las fatuas que lo condenaron a muerte con la esperanza de poner fin a sus elucubraciones incendiarias, que publicaba en la prensa occidental y desarrollaba con un celo ultrajante en los estudios de televisión.

Así que me quedé estupefacto cuando me enteré de su cambio radical. Y algo aliviado, todo hay que decirlo.

La primera vez que vi al doctor Jalal en persona fue al segundo día de mi llegada a Beirut. Sayed insistió en que fuésemos a su conferencia: «¡Es magnífico!».

Aquello fue en una sala de fiestas, no lejos de la universidad. Había una locura de gente, cientos de personas de pie alrededor de las sillas tomadas por asalto horas antes de la intervención del doctor. Estudiantes, mujeres, chicas jóvenes, padres de familia, funcionarios se amontonaban en el inmenso auditorio. Su algazara recordaba el despertar de un volcán. Cuando el doctor apareció en la tarima, escoltado por milicianos, las paredes se estremecieron y los cristales tintinearon por los clamores. Nos impartió un curso magistral sobre la hegemonía imperialista y las campañas de desinformación que estaban en el origen de la satanización de los musulmanes.

Aquel día adoré a ese hombre.

Es cierto que no tiene buena pinta, que arrastra los pies y que viste de cualquier manera, que su resaca y su indolencia de alcohólico inveterado desconcertaban, pero cuando toma la palabra, ¡Dios mío!, cuando curva el micro mientras levanta los ojos hacia su audiencia, eleva la tribuna al rango de Olimpo. Sabe mejor que nadie describir nuestros sufrimientos, las afrentas que padecemos, nuestra necesidad de sublevarnos contra nuestros silencios. Hoy, somos los criados de Occidente; mañana, nuestros hijos serán sus esclavos, martilleaba. Y la asistencia estallaba. Un ataque masivo de delirium trémens. Si a un gracioso se le ocurriera en ese instante gritar «¡A por el enemigo!», el conjunto de embajadas occidentales habría quedado reducido a cenizas sobre la marcha. El doctor Jalal tiene talento para movilizar hasta a los lisiados. La precisión de su discurso y la eficacia de sus argumentos son una delicia. No hay imán que le llegue a la suela del zapato, orador que mejor sepa convertir un murmullo en grito. Es un alma desollada de una inteligencia excepcional; un mentor de singular carisma.

«El Pentágono engañaría hasta al propio diablo -dijo al final de su conferencia en respuesta a la observación de un estudiante-. Esa gente está convencida de haber cobrado mucha ventaja a Dios… Llevaban años preparando cuidadosamente la guerra contra Irak. El 11 de Septiembre no es el desencadenante sino el pretexto. La idea de destruir Irak se remonta al mismo instante en que Sadam puso la primera piedra de su instalación nuclear. No iban tras el déspota o el petróleo, sino tras la ingeniería iraquí. Aunque, ya puestos, tampoco viene mal conciliar lo útil con lo agradable: poner a un país de rodillas y chuparle la sangre. A los norteamericanos les encanta matar dos pájaros de un tiro. Con Irak han perpetrado el crimen perfecto. Lo han hecho aún mejor: han convertido el móvil del crimen en el garante de su impunidad… Me explico: ¿Por qué atacar Irak? Porque se supone que tiene armas de destrucción masiva. ¿Cómo atacarlo sin demasiado riesgo? Asegurándose de que no tiene armas de destrucción masiva. ¿Acaso se puede ser más genial combinando datos? Lo demás vino solo, a pedir de boca. Los norteamericanos manipularon al mundo entero asustándolo. Luego, para asegurarse de que sus tropas no corrieran ningún riesgo, obligaron a los expertos de la ONU a hacer el trabajo sucio por ellos, y sin gastos añadidos. Una vez seguros de que no había ningún petardo nuclear en Irak, lanzaron sus ejércitos contra un pueblo sabiamente embrutecido a golpe de embargos y de acoso psicológico. Y así rizaron el rizo.»

Yo tenía una ofensa que lavar con sangre; para un beduino, es algo tan sagrado como la oración para un creyente. Con el doctor Jalal, la ofensa se injertó en la Causa.

– ¿Estás enfermo? -me pregunta señalándome el montón de medicamentos sobre mi mesilla de noche. No sé qué responder.

Como no me había planteado recibirlo alguna vez en mi apartamento, no había tomado precauciones.

Me maldigo a mí mismo. ¿Por qué he tenido que dejar esos medicamentos al alcance de cualquiera cuando debí guardarlos en el botiquín del cuarto de baño? Y eso que las instrucciones de Sayed son estrictas; no dejar nada al azar, desconfiar de todo el mundo.

Intrigado, el doctor Jalal se incorpora para levantarse y se acerca a las cajas esparcidas por mi mesilla de noche.

– Oye, aquí tienes para sanar a toda una tribu.

– Tengo problemas de salud -le contesto tontamente.

– Y gordos, por lo que veo. ¿Qué te ocurre para tener que meterte todo esto en el cuerpo?

– No me apetece hablar de ello.

El doctor Jalal coge algunas cajas, les da una y otra vuelta, lee en voz alta el nombre de los medicamentos como quien lee pintadas ininteligibles, hojea en silencio un par de prospectos. Agarra con el ceño fruncido los distintos botes, los mira, los sacude haciendo sonar su contenido.

– ¿Acaso te han hecho un trasplante?

– Eso es -contesto apoyando su deducción.

– ¿Riñón o hígado?

– Por favor, no me apetece hablar de ello.

Para gran alivio mío, deja los botes en su sitio y regresa al sofá.

– De todos modos, pareces estar en forma.

– Es porque sigo al pie de la letra las prescripciones. Son medicamentos que debo seguir tomando durante toda la vida.

– Comprendo.

Le pregunto para cambiar de tema:

– ¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?

– ¿Sobre las artimañas de mi madre?

– No me lo permitiría.

– Ya he contado largo y tendido sus calaveradas en una obra autobiográfica. Era una puta. Como tantas otras en el mundo. Mi padre lo sabía, y se callaba. Lo despreciaba más a él que a ella.

Me siento incómodo.

– ¿Cuál es tu pregunta… indiscreta?

– Supongo que te la han hecho cientos de veces.

– ¿Sí?…

– ¿Cómo pasaste de ser el azote de los yihadistas a convertirte en su portavoz?

Suelta una carcajada, se relaja. Resulta evidente que no le disgusta el ejercicio. Se pasa las manos detrás de la nuca, se estira groseramente; luego, tras haberse relamido los labios, cuenta con cara súbitamente seria:

– Son cosas que se te vienen encima cuando menos te lo esperas. Es como una revelación. De repente, lo ves todo claro, y los pequeños detalles que no tenías en cuenta cobran una dimensión extraordinaria… Vivía en una burbuja. Fue sin duda el odio a mi madre lo que me cegó hasta llegar a repugnarme todo aquello que me vinculara a ella, hasta mi sangre, mi patria, mi familia… En realidad, sólo era el negro de los occidentales. Se habían percatado de mis debilidades. Sólo me otorgaban honores y agasajos para someterme mejor. No había estudio de televisión que no reclamara mi presencia. Bastaba con que un petardo estallara en alguna parte para que micros y focos me localizaran de inmediato. Mi discurso se ajustaba a las expectativas de los occidentales. Los reconfortaba. Les decía lo que querían oír, lo que habrían querido decir ellos mismos de no haber estado yo allí para ahorrarles esa tarea, y las molestias que conllevan. Digamos que les servía de guante… Hasta que un día estuve en Ámsterdam. Unas semanas después del asesinato de un cineasta holandés por un musulmán, por un documental blasfemo que mostraba a una mujer desnuda cubierta de versículos coránicos. Puede que oyeras hablar de aquella historia.

– Vagamente.

El doctor Jalal esboza una mueca y prosigue:

– Normalmente, no se cabía en los auditorios universitarios donde yo intervenía… Aquel día hubo muchos asientos vacíos. La gente que se había molestado en venir lo hizo para ver de cerca a la bestia inmunda. Llevaban el odio en la cara. Había dejado de ser el doctor Jalal, su aliado, el defensor de sus valores y de su idea de la democracia. A la mierda con todo aquello. Para ellos no era más que un árabe, el vivo retrato del árabe asesino del cineasta. Habían cambiado radicalmente, ellos, los precursores de la modernidad, los más tolerantes, los europeos más emancipados. Ahora esgrimían su tendencia racista como un trofeo. A partir de ahora, todos los árabes eran terroristas para ellos, ¿y yo?… ¿Yo, el doctor Jalal, enemigo jurado de los fundamentalistas, yo, a quien llovían las fatuas, que me partía el pecho y la cara por ellos?… Yo, para ellos, no era sino un traidor a mi nación, lo cual me hacía doblemente despreciable… Y entonces fue cuando tuve una iluminación. Comprendí hasta qué punto estaba engañado, y, sobre todo, dónde estaba mi verdadero sitio. Así que hice las maletas y regresé con los míos.

Tras soltar su carrete, adopta un semblante sombrío. Comprendo que acabo de tocar una fibra especialmente sensible y me pregunto si, por culpa de mi indiscreción, no habré metido el dedo en una llaga que le gustaría ver cicatrizar.

<p>19</p>

Me apresuro en poner a buen recaudo mis medicamentos tras la salida del doctor Jalal, que entre tanto se había quedado adormilado. Estoy furioso. ¿Dónde tengo la cabeza? Cualquier tonto se habría quedado pasmado ante el arsenal de botes y de comprimidos sobre mi mesilla de noche. ¿Acaso sospechaba algo el doctor Jalal? ¿Por qué ha venido a mi habitación cuando no tenía costumbre de hacerlo? No suele ir en busca de los demás. Apenas te cruzas con él por los pasillos del hotel, salvo cuando se dirige en solitario al bar para emborracharse. Ceñudo, distante, no devuelve las sonrisas ni los saludos. El personal del hotel lo evita, pues es capaz de pillar, por una pequeñez, unos cabreos abominables. Por otra parte, que yo sepa, ignora el motivo de mi estancia en Beirut. Él está en Líbano por sus conferencias; yo lo estoy por razones que se mantienen secretas. ¿Por qué vino a verme ayer tarde a la terraza, él, que aborrece la compañía?

No me cabe duda de que le intrigo.

Tomo un montón de medicamentos que un profesor me ha prescrito tras haberme sometido a una infinidad de pruebas para determinar los productos a los que soy alérgico y preparar mi cuerpo para resistir a eventuales manifestaciones de rechazo. Tres días después de mi llegada a Beirut, me auscultaron distintos médicos, me tomaron sangre y examinaron en profundidad, haciéndome pasar sin transición de un escáner a un cardiógrafo. Una vez que se me declaró sano de cuerpo y mente, me presentaron a un tal doctor Ghany, el único habilitado para decidir si se me confiaba o no la misión. Es un anciano famélico, seco como un garrote, con el cráneo aureolado por una melena canosa y enrevesada. Sayed me ha explicado que el profesor Ghany es virólogo, pero que también domina otros ámbitos científicos; una eminencia gris sin par, casi un mago, que ha ejercido durante décadas en los centros de investigación norteamericanos más prestigiosos antes de ser expulsado por su condición de árabe y su religión.

Hasta ayer, las cosas han ido ocurriendo de la manera más normal del mundo. Chaker venía a buscarme para llevarme a una clínica privada, en el norte de la ciudad. Me esperaba en el coche hasta que finalizaba la consulta; luego me traía de vuelta al hotel. Sin hacer preguntas.

La intrusión del doctor Jalal me enoja.

No paro, desde que se ha ido, de pasar revista a nuestros escasos encuentros. ¿Dónde habré metido la pata? ¿En qué momento he despertado su curiosidad? ¿Habrá fallado alguien de mi entorno? ¿Qué significa ese «Espero que dejes pasmados a estos canallas»? ¿Por qué se permite hablarme así?

Chaker me pilla rumiando esta historia. Mis preocupaciones le llaman la atención de inmediato.

– ¿Algo no va bien? -me pregunta cerrando la puerta tras él.

Estoy tumbado en el sofá, de espalda a la ventana. Ha dejado de llover. Se oye desde la calle el roce de los coches sobre la calzada cubierta de agua. Unas nubes cobrizas se van espesando en el cielo, a punto de descargar en tromba su contenido sobre la ciudad.

Chaker agarra una silla y se sienta a horcajadas. Es un buen chico de unos treinta años, bien parecido y jovial, con pelo largo echado hacia atrás y recogido en una austera cola de caballo. Debe de medir un metro ochenta, es ancho de hombros y con barbilla prominente. Sus ojos azules tienen un destello mineral, de mirada poco fija, justo dos ojos azulados puestos en alguna parte como si tuviese la cabeza en otra. Lo adopté desde que nos estrechamos la mano al confiarme Sayed a él y a Imad, en la frontera siria, para hacerme entrar clandestinamente en Líbano. Es cierto que es poco hablador, pero sabe estar ahí. Podemos permanecer juntos mirando un mismo objeto sin intercambiar una sola palabra. Sin embargo, algo ha cambiado en él. Desde que encontraron a su amigo Imad en una placeta, muerto por sobredosis, Chaker ha perdido brío. Antes parecía un rayo. Apenas habías colgado el teléfono y ya estaba llamando a la puerta. Se multiplicaba sin perder energía ni escatimar su entrega. Luego la policía encontró el cuerpo de su colaborador más cercano, y Chaker se quedó petrificado. Dio un bajón de la noche a la mañana.

No llegué a conocer a Imad muy bien. Al margen de la travesía que hicimos juntos desde Jordania, no estuvo mucho tiempo a mi lado. Sólo venía con Chaker a recogerme al hotel. Era un chico tímido, siempre a la sombra de su compañero. No daba la impresión de drogarse. Cuando me contaron cómo lo descubrieron, tumbado en un banco público, con la boca azul, sospeché una ejecución camuflada. Chaker opinaba como yo, pero se lo callaba. La única vez que le pregunté qué pensaba de la muerte de Imad, su mirada azulada se ensombreció. Desde entonces, evitamos hablar de ello.

– ¿Problemas?

– No realmente -le digo.

– Pareces preocupado.

– ¿Qué hora es?

Consulta su reloj y me anuncia que todavía tenemos por delante unos veinte minutos. Me levanto y voy a refrescarme la cara en el cuarto de baño. El agua helada me despeja. Me demoro unos minutos inclinado ante el lavabo, rociándome la cara y la nuca.

Al enderezarme, sorprendo por el espejo a Chaker observándome. Está con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza ladeada y el hombro apoyado en la pared. Mira cómo me paso los dedos mojados por el pelo, con un fulgor vidrioso en la mirada.

– Si no te encuentras bien, aplazaré la cita -dijo.

– Estoy bien…

Junta los labios hacia delante, escéptico.

– Tú sabrás… Sayed ha llegado esta mañana. Tiene muchas ganas de verte.

– Ha estado quince días sin dar señales de vida -observo.

– Regresó a Irak… Las cosas empeoran por allí -añade tendiéndome una toalla.

Me seco con ella y me la paso alrededor del cuello.

– El doctor Jalal pasó a verme esta tarde -solté.

Chaker arquea una ceja.

– ¿Y?

– Ayer también subió a la terraza a charlar conmigo.

– Le doy vueltas al tema.

– ¿Ha dicho algo sospechoso?

Lo miro de frente.

– ¿Qué tipo de gente es ese médico?

– No lo sé. No es asunto mío. Si quieres un consejo, no te comas el coco por naderías.

Regreso a la habitación para ponerme los zapatos y la chaqueta y le anuncio que estoy listo.

– Voy en busca del coche -dice-. Espérame en la entrada del hotel.


La puerta corredera de la clínica se desliza chirriando. Chaker se quita las gafas negras antes de pisar con su todoterreno la grava de un patio interior. Aparca entre dos ambulancias y apaga el motor.

– Te espero aquí -me dice.

– Muy bien -contesto apeándome del vehículo.

Me guiña un ojo y se inclina para cerrar la portezuela.

Subo por la amplia escalinata de granito. Un enfermero me intercepta en el vestíbulo de la clínica y me conduce al despacho del profesor Ghany, en el primer piso. Allí se encuentra Sayed, arrellanado en un sillón, con los dedos agarrados a las rodillas. La sonrisa se le ilumina cuando me ve llegar. Se levanta y me abre los brazos. Nos abrazamos largamente. Sayed ha adelgazado mucho. Sólo le quedan los huesos bajo el traje gris.

El profesor espera que hayamos acabado de estrecharnos para ofrecernos dos sillas frente a él. Está nervioso; no deja de tamborilear con un lápiz su carpeta.

– Los resultados de los análisis son excelentes -me anuncia-. El tratamiento que te he prescrito ha sido eficaz. Eres perfecto para la misión.

Sayed no deja de mirarme.

El profesor deja su lápiz, se apoya en su mesa para levantar la barbilla y mirarme directamente a los ojos.

– No es una misión cualquiera -me señala.

No me inmuto.

– Se trata de una operación absolutamente novedosa -prosigue el profesor, algo desconcertado por mi rigidez y mutismo-. Occidente no nos deja alternativa. Sayed acaba de regresar de Bagdad. La situación es alarmante. Los iraquíes están que trinan. Están al borde de la guerra civil. Y debemos intervenir con rapidez para evitar que la región caiga en un caos del que jamás se repondrá.

– Chiíes y suníes se machacan entre sí -añade Sayed-. Los muertos ya se cuentan por cientos y el sentimiento de venganza crece a diario.

– Me parece que con quien estáis perdiendo el tiempo es conmigo -digo-. Decidme qué esperáis de mí y cumpliré sobre la marcha.

El lápiz del profesor se detiene.

Ambos hombres intercambian unas miradas de cautela.

El profesor es el primero en reaccionar, con el lápiz suspenso en el aire.

– No se trata de una misión corriente -dice-. El arma que te confiamos es tan eficaz como indetectable. No hay escáner ni control que la pueda detectar. La puedes llevar contigo donde quieras. El enemigo ni lo sospechará.

– Pues adelante.

El lápiz roza la carpeta, sube lentamente y vuelve a caer sobre un paquete de folios para detenerse.

Las manos de Sayed se refugian entre sus muslos. Un mutismo plúmbeo se impone entre los tres. El silencio se prolonga uno o dos minutos, insostenible. Se oye el zumbido lejano de un climatizador, o puede que una impresora. El profesor recoge su lápiz, le da vueltas y vueltas entre los dedos. Sabe que es el momento clave, y por eso lo teme. Tras carraspear con fuerza, se apoya en sus puños cerrados y me suelta de sopetón:

– Se trata de un virus.

Ni me inmuto. No me he enterado. No veo la relación con mi misión. La palabra «virus» se me cruza por la mente como un vocablo desconocido. Me suena a algo. ¿Qué es? Virus…, virus… ¿Dónde habré oído esa palabra que ahora me revolotea en la cabeza sin que consiga fijarla? Luego las pruebas, las radiografías, los medicamentos van encajando en el puzle y la palabra «virus» se precisa, me confía todo su secreto: microbio, microorganismo, gripe, enfermedad, epidemia, medicación, hospitalización; todo tipo de imágenes estereotipadas desfilan por mi cabeza, se entremezclan hasta confundirse… Pero ni siquiera así veo la relación.

Sayed, a mi lado, está tenso como un arco.

El profesor me explica:

– Un virus revolucionario. He tardado años en ponerlo a punto. Se ha invertido una fortuna en este proyecto. Algunos hombres han perdido la vida para hacerlo posible.

¿Qué me está contando?

– Un virus -repite el profesor.

– Ya he oído. ¿Cuál es el problema?

– El único problema eres tú. ¿Te apuntas o no?

– Yo nunca me echo atrás.

– Pues tú serás el portador del virus.

Me cuesta entenderlo. Algo se me escapa de sus palabras. Algo que no asimilo. Creo que me he vuelto autista.

El profesor añade:

– Todas esas pruebas y esos medicamentos eran para comprobar si tu cuerpo estaba en condiciones de recibirlo. Tu cuerpo reacciona de manera impecable.

Sólo ahora capto la onda. De repente, lo veo todo claro. Se trata de un virus. Mi misión consiste en ser portador de un virus. Ya está, me han estado preparando físicamente para recibir un virus. Un virus. Mi arma, mi bomba, mi artefacto kamikaze…

Sayed intenta agarrarme la mano; la esquivo.

– Pareces sorprendido -me dice el profesor.

– Lo estoy. Pero sin más.

– ¿Hay algún problema? -pregunta Sayed.

– No hay ningún problema -respondo con decisión.

– Tenemos… -intenta proseguir el virólogo.

– Profesor, le digo que no hay ningún problema. Virus o bomba, ¿qué más da? No necesita explicarme por qué, dígame sólo cuándo y cómo. No soy ni más ni menos valiente que los iraquíes que mueren a diario en mi país. Cuando acepté seguir a Sayed, me divorcié de la vida. Soy un muerto en espera de una sepultura decente.

– No he dudado un segundo de tu determinación -me dice Sayed con un ligero temblor en la voz.

– En tal caso, ¿por qué no pasamos directamente a lo concreto? ¿Cuándo voy a recibir el… honor de servir a mi causa?

– Dentro de cinco días -contesta el profesor.

– ¿Por qué no hoy?

– Nos atenemos a un programa estricto.

– Muy bien. No salgo de mi hotel. Pueden venir a buscarme cuando quieran. Cuanto antes, mejor. Tengo prisa en recuperar mi alma.


Sayed pide a Chaker que nos deje solos y me ruega que suba a su coche. Cruzamos media ciudad sin decir nada. Percibo cómo busca las palabras y no encuentra ninguna. Como no soporta el silencio, tiende una vez la mano hacia la radio y la retira. La lluvia vuelve a caer con fuerza. Los edificios parecen soportarla con resignación. Su morosidad me recuerda la del vagabundo que estuve hace un rato observando desde la ventana de mi hotel.

Bordeamos un barrio de ruinosos edificios. Los vestigios de la guerra se eternizan. Las obras intentan poner remedio; arramblan con los flancos de la ciudad, erizados de grúas, mientras los bulldozers toman por asalto las ruinas como perros de presa. En un cruce, dos automovilistas andan enzarzados en una bronca: sus coches acaban de chocar de frente. El asfalto está sembrado de cristales. Sayed no se detiene en el semáforo y por poco embiste a un coche recién salido de una calle adyacente. Los bocinazos nos llueven por doquier. Sayed no los oye. Está enfrascado en sus preocupaciones.

Tomamos la carretera del paseo marítimo. El mar está embravecido. Parece una inmensa y oscura ira dando coces. Algunos barcos esperan fuera de puerto su turno para atracar; parecen buques fantasmas en medio de la grisalla.

Tras circular unos cuarenta kilómetros, Sayed empieza a salir de su desconcierto. Se percata de que se ha extraviado, tuerce el cuello para ubicarse, se echa de repente a un lado de la carretera y espera que se le ordenen las ideas.

– Es una misión muy importante -dice-. Muy, muy importante. Si no te he revelado nada acerca del virus es porque nadie tiene que saberlo. Sinceramente, creí que de tanto frecuentar la clínica acabarías haciéndote una idea… ¿Entiendes? No se trataba de ponerte ante el hecho consumado. Hasta ahora, no hay nada cerrado. Te ruego que no veas en ello ninguna presión, ningún tipo de abuso de confianza. Si crees que no estás preparado, que esta misión no te gusta, puedes echarte atrás, y nadie te lo tendrá en cuenta. Sólo quiero que sepas que el próximo candidato pasará por lo mismo que tú. No sabrá nada hasta el último minuto. Por la seguridad de todos nosotros y por el éxito de la misión.

– ¿Temes que no esté a la altura?

– No… -exclama antes de recobrarse; los nudillos se le ponen blancos de apretar el volante-. Lo siento, no he querido alzar la voz delante de ti. Me siento confuso, eso es todo. No me perdonaría que te sintieras engañado o acorralado. Ya te avisé en Bagdad de que esta misión no se parecía a ninguna otra. No podía decirte más. ¿Lo entiendes?

– Ahora sí.

Saca su pañuelo y se limpia la comisura de los labios y debajo de las orejas.

– ¿Me guardas rencor?

– Ni mucho menos, Sayed. Esa historia del virus me ha sorprendido, pero no pongas en duda mi compromiso. Un beduino no se raja. Su palabra es un disparo de fusi cuando sale, jamás regresa. Portaré ese virus. Por los míos y por mi país.

– Ya no duermo desde que te confié al doctor. No tiene nada que ver contigo. Sé que irás hasta el final. Pero es tan… capital. No puedes hacerte idea de la importancia de esta misión. Es nuestro último cartucho, ¿te enteras? Después de esto vendrá una nueva era, y Occidente no volverá jamás a mirarnos como lo hace ahora… No tengo miedo a morir. En cambio, temo que mi muerte no sirva para cambiar nuestra situación. Que nuestros mártires no sirvan para gran cosa. Ésa es la peor guarrada que se les puede hacer. Para mí, la vida no es sino una apuesta sin sentido, y es la forma de morir la que la dota de él. No quiero que nuestros hijos sufran. Si nuestros padres se hubiesen hecho cargo de la situación en su momento, seríamos menos desgraciados. Desafortunadamente, han esperado el milagro en vez de ir en su busca, y ahora nos vemos obligados a forcejear con el destino.

Se vuelve hacia mí. Está lívido, en sus ojos brillan lágrimas de furia.

– Si vieras en qué se ha convertido Bagdad, con sus santuarios destrozados, sus guerras de mezquitas, sus matanzas fratricidas. Estamos desbordados. Apelamos a la calma y nadie nos hace caso. Es cierto que éramos los rehenes de Sadam. ¡Pero por Dios!, hoy somos zombis. Nuestros cementerios están saturados y nuestras oraciones estallan en pedazos con nuestros minaretes. ¿Cómo hemos podido llegar a este extremo?… Si no duermo, es porque lo esperamos todo, absolutamente todo, de ti. Eres nuestro último recurso, nuestro último lance de honor. Si tienes éxito, vas a poner los relojes en hora y por fin el despertador sonará para nosotros. No sé si el profesor te ha explicado en qué consiste ese virus.

– No tiene por qué hacerlo.

– Sin embargo, es necesario. Debes saber lo que tu sacrificio significa para tu pueblo y para todos los pueblos oprimidos de la tierra. Vas a poner fin a la hegemonía imperialista, a meter en vereda al infortunio, a redimir a los justos…

Esta vez, soy yo quien lo agarra por la muñeca.

– Por favor, Sayed, me duele mucho que dudes de mí.

– No dudo de ti.

– Entonces, no digas nada. Deja que las cosas vengan por sí solas. No necesito que se me acompañe. Sabré encontrar solo el camino.

– Sólo intento decirte hasta qué punto tu sacrificio…

– Es inútil. Además, ya sabes cómo somos en Kafr Karam. Nunca hablamos de un proyecto cuando de verdad pretendemos llevarlo a cabo. Para que se realicen, los deseos deben ser callados. Así que callémonos… Quiero llegar hasta el final. Con toda confianza. ¿Me comprendes?

Sayed asiente con la cabeza:

– Supongo que tienes razón. Quien tiene fe en sí mismo no necesita la de los demás.

– Exactamente, Sayed, exactamente.

Mete la marcha atrás, regresa hasta una pista pedregosa y da media vuelta para regresar a Beirut.


He pasado buena parte de la noche en la terraza del hotel, apoyado sobre la balaustrada que da a la avenida, esperando ver aparecer al doctor Jalal. Me siento solo. Intento recomponerme. Necesito la ira de Jalal para amueblar mis lagunas. Pero no hay quien dé con Jalal. Dos veces he llamado a su puerta. No estaba en su habitación. Ni en el bar. Desde mi mirador ocasional vigilo los coches que se detienen junto a la acera, al acecho de su desvencijada silueta. La gente entra y sale del hotel; sus voces me llegan por retazos amplificados antes de disolverse en el rumor de la noche. Una luna creciente engalana el cielo, blanca y cortante como una hoz. Más arriba, collares de estrellas exhiben su esplendor. Hace frío; alrededor de mis suspiros se esparcen hebras de vapor. Arrebujado en mi cazadora, soplo en mis puños entumecidos, con los ojos abiertos y la cabeza encogida. Llevo un buen rato sin pensar en nada. La toxina que me ronda la mente, desde que oyó la palabra «virus», sólo espera una señal por mi parte para envalentonarse. No quiero darle la menor oportunidad de desconcertarme. Esa toxina es el Maligno. Es la trampa en mi camino. Es mi sumisión, mi pérdida; he jurado ante mis santos y mis antepasados que no volveré a arrodillarme. Así pues, miro; miro la calle repleta de noctámbulos, los coches que pasan, las luces de neón jugueteando en el frontón de las fachadas, las tiendas asediadas por los clientes; miro, con los ojos más abiertos que interrogaciones, con los ojos suplantando a la cabeza. ¡Y miro esta ciudad, tan experta en incitaciones! Hace muy poco, un inmenso sudario cubría hasta sus últimos recovecos, confiscándole sus luces y sus ecos, convirtiendo sus excesos de antaño en una miserable sensación de vacío, hecha de frialdad y de perplejidad, de grave fracaso y de incertidumbre… ¿Habrá olvidado su martirio hasta el punto de no acompañar en el sentimiento a sus allegados? ¡Incorregible Beirut! A pesar del espectro de la guerra civil que gravita sobre sus festejos, hace como si la cosa no fuera con ella. ¿Adónde irá tan deprisa esa gente que se agita por las aceras como cucarachas por las regueras? ¿Qué anhelo les devolvería el sueño? ¿Qué amanecer la reconciliaría con su porvenir?… No, no acabaré como ellos. No quiero para nada parecerme a ellos.

Las dos de la mañana.

Ya no queda nadie en la calle. Las tiendas han bajado sus cierres metálicos, y los últimos fantasmas se han desvanecido. Jalal no vendrá. ¿Acaso lo necesito?

Regreso a mi habitación, helado pero fortalecido. El aire fresco me sienta bien. La toxina que me rondaba la mente se acabó aburriendo. Me deslizo bajo las mantas y apago. Me encuentro a gusto en la oscuridad. Tengo cerca de mí a mis muertos y a mis vivos. Virus o bomba, ¿qué más da cuando se esgrime en una mano la ofensa y en la otra la Causa? No tomaré pastillas para dormir. He vuelto a mi elemento. Todo va bien. La vida no es sino una apuesta sin sentido, y es la forma de morir la que lo dota de él. Así nacen las leyendas.

<p>20</p>

Un hombre de cierta edad se presenta en la recepción. Es alto y huesudo, tiene la tez cerúlea de los ascetas. Lleva un viejo abrigo gris sobre un traje oscuro, unos zapatos de cuero desgastados pero recién abrillantados. Con sus gruesas gafas de concha y una corbata que conoció tiempos mejores, tiene el porte digno y patético de un maestro de escuela a punto de jubilarse. Un periódico bajo la axila, la barbilla recta, agita la campanilla del mostrador y espera tranquilamente a que lo atiendan.

– ¿Señor?

– Buenas noches. Diga al doctor Jalal que Mohamed Seen está aquí.

El recepcionista se vuelve hacia las casillas y no ve llave en el número 36; miente:

– El doctor Jalal no está en su habitación, señor.

– Lo he visto entrar hace dos minutos -insiste el hombre-. Debe de estar muy ocupado o descansando, pero soy un viejo amigo suyo y no le gustaría enterarse de que he pasado a verlo y no lo han avisado.

El recepcionista echa una ojeada por encima del hombro del visitante. Estoy sentado en el salón del vestíbulo, bebiendo té. Luego, después de rascarse tras la oreja, coge el teléfono:

– Voy a ver si está en el bar… ¿Se llamaba?…

– Mohamed Seen, novelista.

El recepcionista marca un número, se afloja la pajarita para relajar el cuello y se muerde el labio cuando le descuelgan.

– Es la recepción, señor. ¿Está el doctor Jalal en el bar?… Un tal Mohamed Seen está aquí preguntando por él… De acuerdo, señor.

El recepcionista cuelga y ruega al novelista que espere un momento.

El doctor aparece por el hueco de la escalera que da a las habitaciones, con los brazos abiertos, todo sonrisa. «¡Alá, ya baba! ¿Qué te trae por aquí, habibi? ¡Wah! El gran Seen se acuerda de mí.» Ambos hombres se abrazan calurosamente, se besan en las mejillas, contentos de verse; no dejan de contemplarse y de darse palmadas en la espalda.

– ¡Qué excelente sorpresa! -exclama el doctor-. ¿Desde cuándo estás en Beirut?

– Desde hace una semana. Invitado por el Instituto Francés.

– Magnífico. Espero que alargues tu estancia. Me encantaría.

– Debo regresar a París el domingo.

– Todavía nos quedan dos días. Hay que ver lo bien que hueles. Ven, vamos a la terraza a ver la puesta del sol. Tenemos una vista estupenda sobre las luces de la ciudad.

Desaparecen por el hueco de la escalera.


Los dos hombres se instalan en la alcoba vidriada de la terraza. Los oigo reír y darse palmadas en la espalda; me deslizo subrepticiamente tras un tabique de madera para espiarlos.

Mohamed Seen se quita el abrigo y lo coloca a su lado, sobre el brazo del sillón.

– ¿Tomas una copa? -le propone Jalal.

– No, gracias.

– ¡Dios santo! ¡Cuánto hace! ¿Dónde te habías metido?

– Estoy hecho un nómada.

– Leí tu última novela. Una pura maravilla.

– Gracias.

El doctor se deja caer en su asiento y cruza las piernas. Mira al novelista sonriendo, visiblemente encantado de volver a verlo.

El novelista apoya los codos sobre las rodillas, junta las manos a lo bonzo y posa con cuidado la barbilla sobre la punta de los dedos. Su entusiasmo se ha disipado.

– No pongas esa cara, Mohamed. ¿Tienes problemas?…

– Uno solo… y eres tú.

El doctor se echa hacia atrás soltando una risa breve y seca. Se repone de inmediato, como si acabara de asimilar las palabras de su interlocutor.

– ¿Tienes un problema conmigo?

El novelista alza la nuca; sus manos se agarran a las rodillas.

– No me voy a andar con remilgos, Jalal. Estuve en tu conferencia, anteayer. Todavía no me lo puedo creer.

– ¿Por qué no viniste a verme justo después?

– ¿Con toda esa jauría que pululaba a tu alrededor?… La verdad es que ni te reconocía. Estaba tan perplejo que creo que fui el último en abandonar la sala. Me has dejado totalmente patidifuso. Es como si hubiera recibido un ladrillazo en la cabeza.

Al doctor Jalal se le borra la sonrisa. Su rostro rezuma dolor. Luego se le ensombrecen los rasgos y se le arruga la frente. Durante largo rato se rasca el labio inferior en busca de una palabra apta para romper el muro invisible que acaba de levantarse entre el novelista y él.

Dice, tras fruncir el ceño, con la voz resquebrajada:

– ¿Fue para tanto, Mohamed?…

– Y sigo sonado, por si te interesa saberlo.

– Presumo que has venido a darme un tirón de orejas, maestro… Pues adelante, no te cortes.

El novelista levanta su abrigo, lo toquetea nervioso, saca un paquete de tabaco. Cuando tiende un cigarrillo al doctor, éste lo rechaza con un gesto seco. La brutalidad del ademán no escapa al escritor.

El doctor se ha parapetado tras una mueca de desencanto. Tiene la cara tensa y la mirada cargada de fría animosidad.

El escritor busca su mechero, pero no consigue dar con él; como Jalal no le ofrece el suyo, renuncia a fumar.

– Estoy esperando -le recuerda el doctor con tono gutural.

El escritor asiente con la cabeza. Vuelve a guardar el cigarrillo en el paquete, luego el paquete en el bolsillo del abrigo, que coloca de nuevo sobre el brazo del sillón. Da la impresión de estar ganando tiempo o poniendo en orden sus ideas ahora que no tiene más remedio que explicarse.

Resopla con fuerza y dice a quemarropa:

– ¿Cómo se puede cambiar de chaqueta de la noche a la mañana?

El doctor se estremece. Los músculos de su cara se convulsionan. No parecía esperarse una embestida tan frontal… Tras un largo silencio, en que permanece con la mirada fija, replica:

– No he cambiado de chaqueta, Mohamed. Sólo me he dado cuenta de que la llevaba puesta del revés.

– La llevabas bien puesta, Jalal.

– Es lo que yo creía. Estaba equivocado.

– ¿Fue porque te negaron la Insignia de las Tres Academias?

– ¿Crees que no me la merecía?

– Sobradamente. Pero no es el fin del mundo.

– Supuso el fin de mis sueños. Prueba de ello es que todo ha cambiado desde entonces.

– ¿Y qué ha cambiado?

– La partida. Ahora somos nosotros quienes repartimos las cartas y los puntos. Mejor todavía: nosotros imponemos las reglas del juego.

– ¿Qué juego, Jalal? ¿El de pimpampum?… Eso no divierte a nadie, todo lo contrario… Has saltado del tren en marcha. Estabas bien donde estabas.

– ¿De esclavo de turno?

– No eras un esclavo de turno. Eras un hombre ilustrado. Hoy somos nosotros la conciencia del mundo. Tú y yo, y esas inteligencias huérfanas, abucheadas por los suyos y despreciadas por las mentes embrutecidas. Sin duda, somos una minoría, pero existimos. Tú y yo somos los únicos capaces de cambiar las cosas. Occidente ha quedado fuera de la carrera. Está desbordado por los acontecimientos. La auténtica batalla se está librando en las rivalidades entre élites musulmanas, es decir, entre nosotros dos y los gurús.

– ¿Entre la raza aria y la raza âaryanne *?

– Es falso. Y lo sabes bien. Hoy todo lo que ocurre queda entre nosotros. Los musulmanes están a favor de quien haga oír su voz con mayor fuerza. Les da igual que sea un terrorista o un artista, un impostor o un justo, una eminencia oscura o una eminencia gris. Necesitan un mito, un ídolo. Alguien que sea capaz de representarlos, de definirlos en su complejidad, de defenderlos a su manera. Con la pluma o con bombas, eso les importa poco. Y nosotros somos quienes elegimos las armas, Jalal, nosotros: tú y yo.

– Ya he elegido las mías. Y no existen otras.

– No te crees lo que estás diciendo.

– Sí.

– Pues no. Has cambiado de chaqueta.

– Te prohíbo…

– De acuerdo -lo interrumpe-. No he venido aquí para zarandear tu susceptibilidad. Sino a decirte esto: cargamos con una enorme responsabilidad, Jalal. Todo depende de nosotros, de ti y de mí. Nuestra victoria supone la salvación del mundo entero. Nuestra derrota, el caos. Tenemos un instrumento asombroso en nuestras manos: nuestra doble cultura. Nos permite enterarnos de qué va la cosa, dónde está el delito y dónde la razón, dónde está el fallo en unos y por qué otros están bloqueados. Occidente duda. Sus teorías, que antaño imponía como verdades absolutas, hoy se les vienen abajo ante el vendaval de las protestas. Tanto tiempo mecido por sus ilusiones para quedarse ahora sin referencias. De ahí la metástasis que ha llevado a este diálogo de sordos que enfrenta a pseudomodernidad y pseudobarbarie.

– Occidente no es moderno; es rico. Los «bárbaros» no son bárbaros, son pobres y no se pueden permitir su modernidad.

– Completamente de acuerdo contigo. Y ahí es donde nosotros intervenimos para poner las cosas en su sitio, para moderar los impulsos, reajustar las miradas, proscribir los estereotipos que están en el origen de este espantoso malentendido. Somos el justo medio, Jalal, el punto de equilibrio.

– ¡Artimañas!… Eso es lo que yo también creía. Para sobrevivir al imperialismo intelectual que me miraba por encima del hombro, yo, un erudito, me repetía exactamente lo que me acabas de decir. Pero me hacía ilusiones. Sólo valía para jugarme el pellejo en los estudios de televisión condenando a los míos, mis tradiciones, mi religión, a mis allegados y a mis santos. Me utilizaron. Como un tizón. Yo no soy un tizón. Soy una cuchilla de doble filo. Me han limado uno, pero me queda el otro para destriparlos. No creas que es por lo de la Insignia de las Tres Academias. Eso fue un desengaño más entre muchos otros. La verdad es otra. Occidente está senil. Sus nostalgias imperiales le impiden admitir que el mundo ha cambiado. Envejece mal, se ha vuelto paranoico y coñazo. Ya ni hay manera de que razone. Por ello hay que practicarle la eutanasia… No se construye sobre viejos cimientos. Se arrasa todo y se empieza desde la base.

– ¿Con qué? Con TNT, con paquetes bomba, con colisiones extraordinarias. Un vándalo no construye, destruye… Tenemos que aprender a asumir, Jalal, a aceptar los golpes bajos y las injusticias de aquellos que tomábamos por nuestros aliados; a trascender nuestro furor. Nos jugamos el porvenir de la humanidad. ¿Qué peso tienen nuestras desilusiones ante la amenaza que planea sobre el mundo? No han sido correctos contigo, no lo discuto…

– Te recuerdo que contigo tampoco.

– ¿Y eso es una razón válida para confundir el destino de las naciones con la fatuidad de un puñado de templarios?

– Para mí, ese puñado de cretinos encarna toda la arrogancia con que nos trata Occidente.

– Olvidas a tus discípulos, a tus colegas, a los miles de estudiantes europeos que has formado y que transmiten tu enseñanza. Es eso lo que cuenta, Jalal. El agradecimiento se puede ir a paseo si procede de gente que no te llega al tobillo. Cuando surge un genio en este mundo, se le reconoce porque todos los imbéciles se alían contra él, según Jonathan Swift. Siempre ha sido así… Tu triunfo es el saber que legas a los demás, las mentes que instruyes. No puedes dar la espalda a tantas alegrías y satisfacciones y sólo tener en cuenta los celos de una pandilla de inconscientes porfiados.

– Desde luego, Mohamed, nunca te enterarás. Eres demasiado bueno, y de una ingenuidad desesperante. Yo no me estoy vengando: reivindico mi inteligencia, mi integridad, mi derecho a ser grande, y guapo, y consagrado. Se acabó eso de aceptar la exclusión, de pasar por alto tantos años de ostracismo, de despotismo intelectual, segregacionista y obtuso. Soy profesor emérito…

– Lo eras, Jalal. Ahora has dejado de serlo. Al ocupar la tribuna del oscurantismo demuestras a tus antiguos alumnos y a quienes te han ofendido que, al fin y al cabo, no vales gran cosa.

– Tampoco ellos valen gran cosa para mí. El tipo de cambio que me imponían ha dejado de estar vigente. Yo soy mi propia unidad de medida. Mi propia bolsa. Mi propio diccionario. He decidido cuestionarlo todo desde el principio, redefinirlo todo. Imponer mis propias verdades. Se acabaron los tiempos de las zalamerías rastreras. Para enderezar el mundo, hay que librarlo de quienes doblan el espinazo. El mito del casco colonial es historia pasada. Tenemos medios para la insurrección. Ya no nos dejamos engañar y gritamos a los cuatro vientos, a voz en grito y sin disimulo, que Occidente no es más que una burda superchería. Una sutil mentira. La más coqueta de las falsedades. He decidido levantarle su traje de gala para ver si sus partes bajas son tan erotizantes como sus atributos… Créeme, Mohamed. Occidente es un mal partido. Ya lleva bastante tiempo cantándonos nanas para meternos mano cuando nos quedamos soñolientos. ¿Hasta cuándo va a durar esto? Hemos dicho basta: tiene que revisar sus notas. Hubo un tiempo en que se dedicaba a definir el mundo como buenamente le parecía. A un autóctono lo llamaba indígena, y a un hombre libre, salvaje; hacía y deshacía mitologías como le daba la gana, convirtiendo a nuestros vates en vulgares folclóricos y a sus charlatanes en divinidades. Hoy los pueblos agraviados han recobrado el uso de la palabra. Y tienen algo que decir. Y eso es exactamente lo que dicen nuestros cañones.

El escritor se golpea las palmas de las manos:

– Deliras, Jalal. ¡Haz el favor de pisar tierra! Tu lugar no está entre quienes matan, masacran y aterrorizan. ¡Y lo sabes! Sé que lo sabes. Te estuve escuchando anteayer. Tu conferencia fue lamentable, y en ningún momento noté un ápice de la sinceridad que te caracterizaba en tiempos en que luchabas por que la sobriedad triunfara sobre la ira; por que la violencia, el terrorismo, el infortunio quedaran expulsados de las mentalidades…

– ¡Ya está bien! -explota el doctor descomprimiéndose como si fuera un muelle-. Si te divierte que te hagan la pelota unas nulidades, es asunto tuyo. Pero no vengas a contarme que la mierda en la que te regodeas es un festín. ¡Sé reconocer el olor a letrinas, joder! Y tu afectación apesta. ¡Además, me estás dando por culo, mierda!… Y eso que todo está más que claro. Occidente no nos quiere. Y tampoco te querrá a ti. No te va a llevar en el corazón porque no lo tiene, ni te pondrá jamás por las nubes puesto que te mira por encima del hombro. ¿Quieres seguir siendo un desgraciado lameculos, un árabe servil, un ratón privilegiado; quieres seguir esperando de ellos lo que son incapaces de darte? Vale. Tómatelo con calma y espera. ¿Quién sabe? Podría caérseles un hueso de su bolsa de basura. Pero no vengas a marearme con tus teorías de limpiabotas, ya ualed. Sé perfectamente adónde voy y lo que quiero.

Mohamed Seen levanta los brazos en señal de abdicación, recoge su abrigo y se pone de pie.

Me apresuro a retirarme.

Oigo a Jalal abroncar al escritor por las escaleras:

– Les ofrezco la luna en bandeja de plata. Sólo se fijan en la cagada de mosca en la bandeja. ¿Cómo quieren ustedes que seduzcan a la luna? Eso lo has escrito tú.

– No intentes llevarme a ese terreno, Jalal.

– ¿Por qué tanta amargura al constatar ese fracaso, señor Mohamed Seen? ¿Por qué tienes que sufrir por tu generosidad? Es porque se niegan a reconocer tu auténtico valor. A tu retórica la llaman «grandilocuencia», y reducen tus soberbios fulgores a imprudentes «osadías estilísticas». Yo lucho contra esa injusticia, me rebelo contra esa mirada reductora que se dignan dirigir a nuestra magnificencia. Esa gente tiene que darse cuenta del daño que nos hacen, comprender que, como sigan escupiendo sobre lo mejor que hay en nosotros, tendrán que vérselas con lo peor. Así de claro.

– El mundo intelectual es el mismo en todas partes, tan fraudulento y traicionero como el peor de los tugurios. Es una chusma total, sin escrúpulos y sin código de honor. No perdona a los suyos ni a los demás… Por si te sirve de consuelo, se me impugna y odia más entre los míos que en cualquier otra parte. Es sabido que nadie es profeta en su tierra. Yo cambio el punto por una coma y añado: y nadie es amo en casa ajena. Nadie es profeta en su tierra, ni amo en casa ajena. La salvación me viene de esa revelación: no quiero ser maestro ni profeta. Sólo soy un novelista que intenta aportar algo de su generosidad a quienes están dispuestos a aceptarla.

– Si te divierte conformarte con las migajas.

– Por supuesto, Jalal. Prefiero divertirme con nada que equivocarme en todo. Mi pena me enriquece siempre que no empobrezca a nadie. Y no hay peor miseria moral que optar por sembrar la desgracia cuando de lo que se trata es de sembrar vida. Entre la noche de mi infortunio y el duelo de mis amigos, me quedo con la negrura que me permite soñar.

Me alcanzan en el pasillo, en la planta baja. Simulo salir del aseo. Están tan enfrascados en su querella de intelectuales que pasan por delante, zumbando, vibrando, incombustibles, sin fijarse en mí.

– Estás con el culo al aire, Mohamed. Es una situación muy incómoda. Estamos en pleno choque de civilizaciones. Vas a tener que elegir tu bando.

– Soy mi propio bando.

– ¡Pretencioso! Nadie puede ser su propio bando, eso es aislarse.

– Nunca está solo quien camina hacia la luz.

– ¿Cuál? ¿La de Ícaro o la de las luciérnagas?

– La de mi conciencia. No la vela ninguna sombra.

Jalal se detiene en seco y mira al escritor alejarse. Cuando éste empuja la puerta que da a la recepción, el doctor se dispone a alcanzarlo, se lo piensa y deja caer las manos sobre los muslos.

– Sigues en la fase anal de la toma de conciencia, Mohamed. El mundo está en marcha, y tú te andas con tonterías… No te darán nada, nada de nada -le grita-. Algún día te reclamarán hasta las migajas que hoy te están dejando… Nada, te digo, nada de nada, y nunca nada…

Las hojas de la puerta se cierran con un gemido. El ruido de los pasos del escritor va decreciendo hasta apagarse, absorbido por la moqueta del vestíbulo.

El doctor Jalal se coge la cabeza con ambas manos y gruñe un taco ininteligible.

– ¿Quieres que le reviente la tapa de los sesos? -le digo.

– ¡Lárgate! -me suelta-. En la vida hay algo más que eso.

<p>21</p>

El doctor Jalal no ha salido indemne de su conversación con el escritor. Rara vez se levanta antes de mediodía, y por la noche lo oigo dar vueltas en su habitación. Según Chaker, ha anulado la conferencia que debía dar en la Universidad de Beirut, ha cancelado las entrevistas con la prensa y dejado de lado el libro que estaba ultimando.

No consigo admitir que un erudito de su temple pueda dejarse desconcertar por un plumífero servil. El doctor Jalal es capaz de elevar un trapo al rango de estandarte. Me subleva constatar que se ha dejado impresionar por un vulgar chupatintas.

Esta mañana está derrumbado en un sillón como una gavilla de ramas. De espalda a la recepción. Su cigarrillo agoniza en forma de palote de ceniza. Mira con fijeza la tele apagada, con las piernas abiertas y los brazos caídos a ambos lados del sillón, como un boxeador sonado sobre su taburete.

No levanta la mirada hacia mí.

Sobre la mesa, botellas de cerveza vacías junto a un vaso de whisky. El cenicero rebosa de colillas.

Salgo del salón para las visitas y me dirijo al restaurante, en el fondo del vestíbulo, donde pido un filete a la plancha, patatas fritas y ensalada. El doctor no aparece. Permanezco a la espera, con los ojos clavados en las hojas de la puerta. Se me ha enfriado el café. El camarero acude a recoger la mesa y a tomar nota de mi número de habitación. La puerta del restaurante permanece sin abrirse.

Regreso al salón. El doctor sigue ahí, esta vez con la nuca apoyada en el respaldo y los ojos mirando al techo. No me atrevo a acercarme a él ni a subir a mi habitación. Salgo a la calle y me pierdo entre el gentío.


– ¿Dónde te habías metido? -me increpa Chaker golpeándose con fuerza las manos cuando me ve regresar.

Está clavado en el sofá, en mi suite, blanco como la cera.

– Te he buscado por todas partes.

– Se me olvidó en la explanada.

– ¡Por Dios! Podías haber llamado. Si llegas a tardar una hora más, doy la señal de alarma. Habíamos quedado aquí a las cinco.

– Ya te he dicho que se me olvidó.

Chaker se contiene para no saltarme al cuello. Mi flema lo exaspera y mi despreocupación lo enfurece. Levanta las manos e intenta calmarse. Luego, recoge una carpeta de cartón que andaba tirada a sus pies y me la tiende.

– Tus billetes de avión, tu pasaporte y la documentación universitaria. Pasado mañana vuelas a Londres, a las seis y diez de la tarde.

Suelto la carpeta sobre la mesilla de noche, sin abrirla.

– ¿Algo va mal? -me pregunta.

– ¿Por qué me haces siempre la misma pregunta?

– Para eso estoy aquí.

– ¿Acaso me he quejado de algo?

Chaker apoya las manos sobre sus muslos y se incorpora. Tiene mal aspecto; sus ojos están enrojecidos como si no hubiese dormido desde la víspera.

– Ambos estamos cansados -dijo con voz de agotamiento-. Intenta descansar. Pasaré a recogerte a las ocho de la mañana. Para la clínica. Debes ir en ayunas.

Va a añadir algo, pero finalmente no lo estima necesario.

– ¿Me puedo ir?

– Por supuesto -le digo.

Menea la barbilla, echa una última ojeada a la carpeta de cartón y se va. No lo oigo alejarse por el pasillo. Debe de haberse quedado tras la puerta, frotándose la barbilla y preguntándose vaya uno a saber qué.

Me tumbo sobre la cama, coloco las manos tras la nuca y contemplo la araña sobre mi cabeza. Espero que Chaker se vaya. Lo tengo calado; cuando algo se le escapa, no puede tomar ninguna decisión hasta asegurarse. Por fin oigo cómo se aleja. Me incorporo y agarro la carpeta de cartón. Contiene un pasaporte, billetes de avión de British Airways, un carné de estudiante, una tarjeta de crédito, doscientas libras y documentos universitarios.

El comprimido que suelo utilizar para dormir no me hace ningún efecto. Me mantengo despierto como si hubiera bebido un termo de café. Completamente vestido, con los zapatos puestos, miro tumbado el techo salpicado por los reflejos sanguinolentos de un anuncio publicitario de la calle. Apenas se oye circulación fuera. Algunos coches pasan con un soplido amortiguado, lo justo para enturbiar el silencio que acaba de caer sobre la ciudad.

En la habitación de al lado el doctor Jalal también está desvelado. Lo oigo dar vueltas. Su estado ha empeorado.

Me pregunto por qué no he señalado a Chaker la visita del escritor.


Chaker llega en punto. Espera en mi suite mientras salgo de la ducha. Me visto y lo sigo hasta su coche, aparcado delante de un bazar. A pesar de la gélida brisa, el cielo está limpio. El sol rebota sobre las ventanas, cortante como una cuchilla de afeitar.

Chaker no se introduce en el patio interior de la clínica. Rodea el edificio y toma una entrada al garaje que da al sótano. Tras haber estacionado el coche en un pequeño aparcamiento subterráneo, tomamos una escalera oculta. El profesor Ghany y Sayed nos esperan en la entrada de una gran sala con aspecto de laboratorio. Las puertas que dan a la parte superior de la clínica están blindadas y cerradas con candado. Al final de un pasillo con mucha luz se accede a una habitación no menos alumbrada y con las paredes cubiertas de azulejos. Un ventanal la divide en dos. Del otro lado veo una especie de consulta de dentista con su sillón estirado bajo un sofisticado proyector. Alrededor, estanterías metálicas repletas de cajas.

El profesor despide a Chaker.

Sayed evita mirarme. Finge estar atento al profesor. Ambos están tensos. Yo también me siento nervioso. Las pantorrillas me hormiguean. Los latidos de mi corazón resuenan como mazazos en mis sienes. Tengo ganas de vomitar.

– Todo va bien -me tranquiliza el profesor señalándome un asiento.

Sayed se sienta a mi lado; así, no se ve obligado a darse la vuelta. Tiene las manos enrojecidas de tanto triturárselas.

El profesor permanece de pie. Con las manos metidas en los bolsillos de su bata, me anuncia que ha llegado el momento de la verdad.

– Dentro de un rato te pondremos la inyección -me dice con la garganta encogida por la emoción-. Quiero explicarte lo que te va a ocurrir. Clínicamente, tu cuerpo está en condiciones de recibir el… cuerpo extraño. Al principio, notarás efectos secundarios de escasa relevancia. Probablemente mareos durante las primeras horas, puede que algunas náuseas, y luego todo volverá a la normalidad. De entrada, quiero tranquilizarte. Ya hemos hecho pruebas con voluntarios. Hemos efectuado algunos reajustes sobre la marcha, en función de las complicaciones detectadas. La… vacuna que te voy a inocular es un éxito total. Por ese lado, puedes estar tranquilo… Después de inyectártela, te tendremos en observación durante todo el día. Simple medida de seguridad. Cuando abandones el centro, estarás en perfectas condiciones físicas. Se acabaron los medicamentos que te prescribí. Ya no los necesitas. Los he sustituido por dos comprimidos distintos que tienes que ingerir en tres tomas a lo largo de una semana… Mañana viajarás a Londres. Allá te atenderá un médico. Durante la primera semana, las cosas se desarrollarán con normalidad. La fase de incubación no te provocará efectos negativos destacables. Dura de diez a quince días. Los primeros síntomas se manifestarán en forma de fiebre alta y convulsiones. El médico estará a tu lado. Luego, tu orina se irá poniendo roja. A partir de ese momento, el contagio será operativo. Ya sólo te quedará pasear por el metro, las estaciones, los estadios y los grandes almacenes para contaminar al mayor número de gente. Sobre todo las estaciones, para extender el azote por las demás regiones del reino… Su capacidad de propagación es asombrosa. Antes de caer, la gente a la que contagies transmitirá el germen a los demás en menos de seis horas. Pensarán que se trata de la gripe española, pero la catástrofe habrá diezmado a buena parte de la población antes de que se enteren de que no tiene nada que ver. Somos los únicos en saber cómo salvar a los demás. Y pondremos nuestras condiciones para intervenir… Se trata de un virus imparable. Mutante. Una gran revolución. Es nuestra arma absoluta… En Londres, el médico te explicará lo que quieras saber. Puedes confiar en él. Es mi más íntimo colaborador… Tendrás de tres a cinco días por delante para moverte por los espacios públicos más concurridos.

Sayed se saca un pañuelo y se seca la frente y las sienes. Está a punto de caerse redondo.

– Estoy listo, profesor.

No reconozco mi voz.

Siento que me deslizo hacia un estado semicomatoso.

Ruego al cielo que me dé fuerzas para levantarme y caminar sin derrumbarme hasta la entrada del gabinete que se halla detrás del ventanal. Se me nubla la vista durante unos segundos. Debo extraer el aire que me falta de lo más hondo de mis entrañas. Pero me recompongo y, de un bote, me incorporo. Mis pantorrillas siguen hormigueando, mis piernas flojeando, pero el suelo no se abre bajo mis pies. El profesor se pone una especie de mono de color plata que lo cubre de pies a cabeza, con máscara y guantes; Sayed me ayuda a ponerme el mío y se nos queda mirando cuando pasamos al otro lado del ventanal.

Me tumbo en el sillón, que se estira de inmediato y se eleva con un silbido mecánico. El profesor abre una cajita de aluminio y saca de ella una jeringa futurista. Cierro los ojos. Contengo la respiración. Cuando la inyección penetra en mi carne, todas las células de mi cuerpo se abalanzan a la vez sobre el lugar de la mordedura; me siento como aspirado hacia un abismo infinito desde la fisura de un lago helado.


Sayed me invita a cenar en un restaurante cercano a mi hotel. Una cena de despedida, con lo que ello implica, para él, de desconcierto y torpeza. Parece haber perdido el uso de la palabra. No consigue soltar una sola palabra ni mirarme a los ojos.

No me acompañará mañana al aeropuerto. Chaker tampoco. Un taxi pasará a recogerme a las cuatro en punto.

He pasado el día en el sótano de la clínica. El profesor Ghany acudía de cuando en cuando para auscultarme. Su satisfacción iba en aumento al hilo de sus visitas. Sólo he tenido un par de mareos tras un sueño de cuatro horas seguidas, sin trasfondo ni repercusiones. Al despertar, tenía una sed de náufrago. Me sirvieron un potaje y verduras que no acabé. No me dolía nada; estaba grogui, con la boca pastosa y un zumbido permanente en los oídos. Al levantarme de la cama, me tambaleé varias veces; luego, poco a poco, conseguí coordinar mis gestos y caminar adecuadamente.

El profesor no regresó para despedirse.

Cuando Chaker se marchó, Sayed se quedó conmigo toda la tarde. Nos dirigimos hacia el garaje para salir de la clínica en un pequeño coche de alquiler. Al atardecer la ciudad esparcía sus luces hasta las colinas, sus arterias bullían tanto como mis venas.

Hemos elegido una mesa del fondo de la sala para que nadie nos moleste. El restaurante está lleno a rebosar. Hay familias rodeadas de críos, parejas con los dedos entrelazados, alegres pandillas de amigos y hombres de negocios de mirada huidiza. Los camareros están desbordados, unos con bandejas repletas en equilibrio sobre la palma de la mano, otros tomando obsequiosamente las comandas en minúsculos cuadernillos. Cerca de la puerta de entrada, un gigantón de aspecto extravagante ríe hasta ahogarse, con la boca muy abierta. La mujer que lo acompaña en la mesa no parece sentirse muy cómoda; se gira hacia las mesas vecinas y esboza ligeras sonrisas, como pidiendo perdón por el inoportuno comportamiento de su compañero.

Sayed lee una y otra vez la carta, indeciso. Sospecho que se arrepiente de haberme invitado.

– ¿Has regresado a Kafr Karam? -le pregunto.

Se sobresalta, finge no haber oído.

Reitero mi pregunta. Entonces se relaja un poco, pues acaba soltando la carta que usaba como celosía y alza su mirada hacia mí.

– No, no he regresado a Kafr Karam. Estoy demasiado pillado en Bagdad. Pero sigo en contacto con nuestra gente. Me llaman a menudo, me tienen al tanto de lo que ocurre allá. Las últimas noticias son que han instalado un campamento militar en las huertas de los Haitem.

– He mandado un poco de dinero a mi hermana gemela. No sé si lo ha recibido.

– El giro llegó bien… Hablé hace dos semanas con Kadem por teléfono. Quería hablar contigo. Le dije que no sabía dónde estabas. Entonces me pasó a Bahia. Quería darte las gracias y tener noticias tuyas. Le prometí hacer todo lo posible para localizarte.

– ¿No sabe dónde estoy?

– Nadie en Irak lo sabe. Pienso regresar a Bagdad pasado mañana. Iré a ver a tu familia. Te prometo que no les faltará nada.

– Gracias.

No encontramos nada más que decirnos.

Cenamos en silencio, cada cual sumido en sus pensamientos.

Sayed me deja delante del hotel. Antes de apearme del coche, me doy la vuelta hacia él. Me sonríe con tanta tristeza que no me atrevo a darle la mano. Nos despedimos sin abrazos ni palmadas, como se separan dos arroyos ante una roca.

<p>22</p>

Hay una nota para mí en recepción. Una carta cerrada con cinta adhesiva. Nada escrito en el sobre. Dentro, una tarjeta con un dibujo abstracto. En su revés, una línea trazada con rotulador grueso: Estoy orgulloso de haberte conocido. Firmado: Chaker.

Me guardo la carta en el bolsillo interior de mi cazadora.

En el salón, una familia numerosa gravita en torno a un velador. Los niños se pelean y saltan por encima de los asientos. Su madre intenta en vano llamarlos al orden mientras el padre se lo pasa pipa con su móvil ostensiblemente pegado a la oreja. Más allá, horripilado por el jaleo de los críos, el doctor Jalal se ahoga en su vaso.

Subo a mi habitación. Encuentro sobre mi cama una bolsa de cuero negro, de estreno. En su interior, dos pantalones con su etiqueta, camisetas, calzoncillos, calcetines, dos camisas, un jersey grueso, una cazadora, un par de zapatos metidos en un saquito, una bolsa de aseo, cuatro libros gordos de literatura anglosajona. Hay un trozo de papel pillado con alfiler en una correa. Es tu equipaje. Comprarás lo demás allí mismo. No está firmado.

El doctor Jalal entra sin llamar. Está borracho y tiene que agarrarse al pomo para no caer.

– ¿Te vas de viaje?

– Pensaba despedirme de ti mañana.

– No te creo.

Se tambalea, intenta por dos veces cerrar la puerta y se apoya en ella. Desaliñado, con la camisa medio fuera y la bragueta abierta, parece un mendigo. Tiene una mancha de tierra en el lado izquierdo del pantalón, probablemente debida a una caída en la calle. Su cara estragada presenta unos párpados tumefactos sobre una mirada extraviada y una nariz huidiza.

Se limpia la boca con el puño; una boca blanda, incapaz de articular dos palabras seguidas sin salivar.

– ¿O sea que te largas de puntillas como un merodeador? Llevo horas esperando en el salón para que no te me escapes. Y tú pasas delante de mí sin saludar.

– Tengo que recoger mis cosas.

– ¿Me estás echando?

– No es eso. Necesito estar solo. Tengo que preparar mis maletas y recoger mis cosas.

Frunce el ceño, con los morros hacia delante, se tambalea y, respirando hondo, reúne las fuerzas que le quedan y me suelta:

– ¡Y una mierda!

Se vuelve a tambalear, pese a la endeblez de su grito. Su mano acude presta a agarrarse al pomo de la puerta.

– ¿Puedes decirme qué puñetas has estado haciendo de sol a sol?

– He ido a ver a unos parientes.

– ¡Y una leche!… Sé en qué andas metido, joven. ¿Quieres que te diga dónde te has metido durante todo el día?… Has estado en una clínica… Más bien habría que decir en un loquero. ¡Me cago en la leche! ¿De qué van esos tarados?

Me quedo pasmado. Estático.

– ¿Creías que no me había dado cuenta?… ¿Qué narices de trasplante? Tú tienes aún menos cicatrices que cerebro en la cabeza… ¡Pero joder! ¿Es que no te das cuenta de lo que han hecho contigo en esa jodida clínica? Hay que ser gilipollas de remate para ponerse en manos del profesor Ghany. Ese fulano está completamente zumbado. Lo conozco. Nunca ha sido capaz de diseccionar un ratón sin cortarse el dedo.

No lo puede saber, me digo una y otra vez. Nadie lo sabe. Es un farol. Me está tendiendo una trampa.

– ¿De qué me hablas? -le digo-. ¿Qué clínica? ¿Quién es ese profesor?… He estado con unos parientes.

– ¡Pobre imbécil! ¿Crees que te estoy engañando? El tarado de Ghany es el que está chalado. Ignoro lo que te ha inyectado, pero seguro que no sirve para nada -se agarra la cabeza con ambas manos-. ¡Santo Dios! ¿Esto qué es, una película de Spielberg o qué? Ya había oído hablar de sus ensayos con prisioneros de guerra, allá con los talibanes. Pero esto ya pasa de castaño oscuro.

– Sal de mi habitación…

– ¡Ni hablar! Lo que vas a hacer es muy gordo. Muy muy muy gordo. ¡Ni pensarlo! No lo quiero imaginar. Sé que no funcionará. Tu virus de mierda acabará contigo, y punto. Pero ni siquiera así me quedo tranquilo. ¿Y si ese fracasado de Ghany lo hubiera hecho bien? ¿Te das cuenta de la magnitud del desastre? Ya no hablamos de atentados, de una bomba por aquí y una colisión por allá; se trata de un azote, del Apocalipsis. Habrá cientos de miles, millones de muertos. Si de verdad se trata de un virus revolucionario, mutante, ¿quién lo va a detener? ¿Con qué y cómo? Esto no hay por dónde cogerlo.

– ¿No decías que Occidente?…

– Ya no se trata de eso, cretino. He dicho un montón de gilipolleces a lo largo de mi vida, pero no pienso pasar por ahí. Hasta la guerra tiene sus límites. Y ahí nos hemos pasado. ¿Qué puede esperarse tras el Apocalipsis? ¿Qué va a quedar del mundo, al margen de la pestilencia de los cadáveres y del caos? Hasta el propio Dios se mesaría la cabellera hasta que el cerebro le chorreara por la cara…

Me fusila con el dedo:

– ¡Se acabaron las tonterías! ¡Lo detenemos todo, nos paramos en seco! No irás a ninguna parte. Y tampoco la mierda que llevas en el cuerpo. Una cosa es dar una lección a Occidente y otra mandar el planeta a la mierda. No me apunto a ese juego. Ya no hay juego que valga. Vas a entregarte a la policía. Y ahora mismo. Con un poco de suerte, podrán curarte. Si no, la diñarás tú, y de eso nos habremos librado. ¡Pedazo de imbécil!…


Chaker acude de inmediato. Jadeando. Como si lo persiguiera una jauría de demonios. Cuando entra en mi habitación y descubre al doctor Jalal dislocado sobre la moqueta, con un charco de sangre a modo de aureola, se lleva la mano a la cabeza y suelta un taco. Luego, al verme derrumbado sobre el sillón, se agacha sobre el cuerpo tumbado y comprueba si sigue respirando. Se le demora la mano alrededor del cuello del doctor. La frente se le tensa. Retira lentamente el brazo y se incorpora. Se le quiebra la voz al decirme:

– Ve a la habitación de al lado. Esto ya no es asunto tuyo.

No consigo despegarme del sillón. Chaker me agarra por los hombros y me lleva a rastras hasta el salón. Me ayuda a sentarme en el sofá, intenta arrancar de mi anquilosada mano el cenicero moteado de grumos de sangre.

– Dame eso. Ya acabó todo.

No entiendo qué hace ese cenicero en mi mano, ni por qué tengo los nudillos arañados. Luego recupero la memoria y tengo la sensación de que mi espíritu vuelve a tomar posesión de mi cuerpo; un escalofrío me recorre por entero, fulminante como un rayo.

Chaker consigue que afloje el puño, se apodera del cenicero y lo guarda en el bolsillo de su abrigo. Lo oigo desde la habitación hablar con alguien por teléfono.

Me levanto para ver cómo he dejado al doctor Jalal. Chaker me impide pasar y me conduce, sin brutalidad pero con firmeza, al salón.

Unos veinte minutos después, dos camilleros entran en mi habitación, se atarean alrededor del doctor, le ponen una máscara de oxígeno, lo colocan sobre una camilla y se lo llevan. Los veo desde la ventana meter su bulto en la ambulancia, cerrar las puertas y arrancar haciendo aullar la sirena.

Chaker ha limpiado la sangre de la moqueta.

Está sentado en el borde de mi cama, con la barbilla apoyada en la palma de las manos; mira fijamente, sin verlo, el lugar donde quedó tumbado el doctor.

– ¿Es grave?

– Se recuperará -dice poco convencido.

– ¿Crees que tendré problemas con el hospital?

– Los camilleros son de los nuestros. Se lo llevan a nuestra clínica. No te preocupes por eso.

– Estaba al corriente de todo, Chaker. Del virus, de la clínica, del profesor Ghany. ¿Cómo es posible?

– Todo es posible en la vida.

– Se suponía que nadie lo sabía.

Chaker alza la vista. Sus ojos casi han dejado de ser azules.

– Ya no es problema tuyo. El doctor está en nuestras manos. Sabremos aclarar este asunto. Piensa sólo en tu viaje. ¿Tienes todos tus documentos?

– Sí.

– ¿Me necesitas?

– No.

– ¿Quieres que me quede un rato contigo?

– No.

– ¿Estás seguro?

– Estoy seguro.

Se pone de pie y sale al pasillo.

Dice: Estoy en el bar, por si acaso… Cierra la puerta. Sin una palabra de despedida, sin hacerme la menor señal.


Me informan desde recepción de que ha llegado mi taxi. Recojo mi bolsa, recorro la habitación con la mirada, el salón, la ventana salpicada de sol. ¿Qué me dejo en ella? ¿Qué me llevo? ¿Me seguirán mis fantasmas, sabrán mis recuerdos apañárselas sin mí? Agacho la cabeza y enfilo el pasillo. Una pareja y sus dos crías cargan su equipaje en el ascensor. La mujer no consigue mover su enorme maleta; su marido la observa con desprecio sin ocurrírsele echarle una mano. Bajo por la escalera.

El recepcionista está registrando a dos jóvenes. Me alegro de no tener que despedirme de él. Cruzo el vestíbulo a la carrera. El taxi está aparcado ante el hotel. Me precipito hacia el asiento trasero, con la bolsa a mi lado. El chófer me mira por el retrovisor. Es un chico obeso enfundado en una camiseta blanca. Su largo pelo rizado y negro le cae en cascada por los hombros. No sé por qué, pero me resulta ridículo con sus gafas de sol.

– Aeropuerto.

Asiente con la cabeza y mete primera. Lo hace con soltura, arranca despacio. Se cuela entre un microbús y un camión de reparto y se pierde en medio del tráfico. Hace calor para ser abril. Los aguaceros han dejado bien regada la humeante calzada. Los rayos de sol rebotan como balas sobre la carrocería de los coches.

Al detenerse en un semáforo, el chófer enciende un cigarrillo y sube el volumen de la radio. Fairuz canta Habbeytek. Su voz me catapulta más allá del tiempo y de las fronteras. Aterrizo como un meteorito en el cráter, cerca de mi pueblo, donde Kadem me hacía escuchar las canciones que le gustaban. ¡Kadem!

Me veo en su casa, contemplando el retrato de su primera mujer. Las sirenas de Bagdad… Al final, nunca sabré a qué sirenas se refería. Debí insistir. Habría acabado dejándome escuchar su música, y yo quizás percibiendo el pulso de su genialidad.

– ¿Puede bajar el volumen?

El chófer frunce el ceño.

– Es Fairuz.

– Por favor…

Se siente contrariado, puede que horrorizado. Su adiposo cuello tiembla como un bloque de gelatina.

– Si quiere, puedo apagar la radio.

– Me vendría bien.

Apaga. Está indignado, pero se resigna.

Intento no pensar en lo que ocurrió la víspera, pero me doy cuenta de que no puedo quitármelo de la cabeza. Los gritos del doctor Jalal resuenan bajo las duelas de mi cráneo, atronadores como los de una hidra herida. Desplazo la mirada hacia el gentío que deambula por las aceras, los escaparates de las tiendas, los coches que se van relevando a diestro y siniestro, y, allá donde miro, sólo lo veo a él, con su gesto incoherente, la lengua espesa, pero las palabras insoslayables. El tráfico se despeja al tomar la carretera del aeropuerto. Bajo la ventanilla para evacuar el humo que suelta el chófer. El viento me abofetea la cara sin refrescarme. Me arden las sienes y tengo la tripa revuelta. No he pegado ojo en toda la noche. Tampoco he comido nada. Me he quedado encerrado en mi habitación, desgranando las horas y resistiéndome a las ganas de meter la cabeza en el bidé para vomitar hasta mis tripas.

Los mostradores de facturación están atestados. Una voz femenina ganguea por los altavoces. La gente se abraza, se separa, se vuelve a juntar, se busca entre el barullo. Cualquiera diría que todo el mundo está a punto de evacuar Líbano. Me pongo en la cola, espero mi vez. Tengo sed, me duelen atrozmente las pantorrillas. Una joven me ruega que le entregue mi pasaporte y mi billete de avión. Me dice algo que no entiendo. ¿No lleva equipaje? ¿Por qué me preguntará si llevo equipaje? Se inclina hacia mi bolso. ¿Se lo queda usted? Pero bueno, ¿qué pasa aquí? Pega una etiqueta alrededor de una de las correas de mi bolsa. Me indica un número en mi tarjeta de embarque, y un horario, y luego me señala con el brazo el lugar donde la gente se despide antes de separarse. Recojo mi bolsa y me dirijo hacia otros mostradores. Un agente uniformado me pide que deje la bolsa sobre una cinta transportadora. Al otro lado del cristal una señora vigila una pantalla. Mi bolsa desaparece por un cajón negro. El agente me tiende una bandejita y me insta a dejar sobre ella todos los objetos metálicos que llevo encima. Obedezco. Las monedas también. Paso por un detector de metales. Un hombre me intercepta, me registra a fondo y me deja seguir. Recupero bolsa, reloj, cinturón y monedas, y alcanzo la puerta indicada en la tarjeta de embarque. No hay nadie en el mostrador. Elijo un asiento cerca del ventanal y contemplo el baile de los aviones sobre el macadán alquitranado. Sobre la pista, los aparatos aterrizan y despegan uno tras otro. Estoy nervioso. Es la primera vez en mi vida que pongo los pies en un aeropuerto.

Creo que me he quedado dormido.

Mi reloj marca las seis menos veinte. No quedan asientos disponibles a mi alrededor. Dos señoritas se afanan tras el mostrador, bajo una pantalla encendida. Leo mi número de vuelo, la palabra «Londres» junto al logotipo de British Airways. A mi derecha, sentada, una anciana saca un móvil de su bolso, comprueba en su pantalla que no tiene mensajes y lo vuelve a guardar. Al cabo de dos minutos, lo saca de nuevo para consultarlo. Está preocupada, espera una llamada que no llega. Enfrente, un futuro papá arropa con la mirada a su esposa, cuyo vientre abomba su vestido premamá. Se desvive por ella, pendiente del menor gesto suyo para demostrarle lo encantado que está. Los ojos le chispean de alborozo. Vive en una nube. De pie, y apoyada en un cajero automático, una pareja de jóvenes de origen europeo se abraza, con el oro de sus cabellos sobre la cara. El chico es alto, lleva una camiseta de color naranja fluorescente y un vaquero muy ceñido. La chica, rubia como una gavilla de heno, debe ponerse de puntillas para alcanzar los labios de su amiguito. Su abrazo es apasionado, bello, generoso. ¿Qué se sentirá al besar en la boca? Jamás he besado a una chica en la boca. No recuerdo haber cogido de la mano a una prima, haber atisbado la posibilidad de un idilio. En Kafr Karam, soñaba de lejos con las niñas, a escondidas, casi avergonzado de mi debilidad. En la universidad conocí a Nawal, una morena con ojos melosos. Nos saludábamos con la punta de las pestañas, nos despedíamos mirándonos de soslayo. Creo que sentíamos algo el uno por el otro. Pero en ningún momento tuvimos el valor de intentar saber qué con exactitud. Estaba en otra clase. Nos las arreglábamos para cruzarnos por los pasillos. Nuestro eclipse duraba lo que una zancada. Una sonrisa nos bastaba para ser felices. Nos imbuíamos de ella durante las clases. Al caer la tarde, un padre o un hermano mayor acudían a buscar a mi fantasma a la puerta de la universidad y me lo confiscaba hasta el día siguiente. Luego la guerra le dio el golpe de gracia.

Anuncian el embarque de los pasajeros para Londres. Se dispara el nerviosismo a mi alrededor. Dos filas rodean ya el mostrador. La señora de mi derecha no se levanta. Saca su móvil por enésima vez y lo mira con cara de pena.

Desconsolada, se coloca al final de la fila. Una señorita comprueba su pasaporte, le entrega un resguardo del billete. Ella se da la vuelta una última vez y desaparece por un pasillo.

Sólo quedo yo.

Las señoritas y un señor hablan de algo gracioso, pues las chicas están riendo. El hombre se eclipsa por una puerta vidriada y regresa pasados unos minutos. Un viajero rezagado acude al galope, con su maleta de ruedas chirriando melancólicamente. Se deshace en excusas. Las señoritas le sonríen y le señalan un pasillo por el que se interna a la carrera.

El hombre mira su reloj con cierto fastidio. Su colega se inclina hacia un micrófono y da el último aviso a un pasajero que anda despistado por alguna parte. Es a mí a quien reclama. Me sigue llamando cada cinco minutos. Al final, se encoge de hombros, recoge sus efectos detrás del mostrador y corre en pos de sus dos colegas, que ya se han adelantado por el pasillo.

Mi avión está siendo remolcado hasta el centro del macadán alquitranado. Lo veo bifurcar lentamente y dirigirse hacia la pista.

Se apaga el panel sobre el mostrador.


Hace ya un buen rato que ha anochecido. Otros pasajeros han venido a hacerme compañía antes de adentrarse a su vez por el pasillo. Ahora anuncian otro vuelo y los asientos se vuelven a ocupar.

– ¿Va usted a París? -me pregunta un hombrecillo sobreexcitado que acaba de sentarse a mi lado.

– ¿Perdón?

– ¿Aquí se toma el vuelo para París?

– Sí -le tranquiliza un vecino.

El airbús con destino a París despega, majestuoso, inexpugnable. Las amplias salas se van adormeciendo. La mayoría de los compartimientos han quedado vacíos. Unos sesenta pasajeros hacen tiempo en un ala con religioso recogimiento.

Un agente de seguridad se me acerca, con el walkie-talkie a la vista. Ya había pasado dos o tres veces por aquí, intrigado por mi presencia. Se detiene ante mí, me pregunta si me encuentro bien.

– He perdido mi avión.

– Ya me lo imaginaba. ¿Adónde iba?

– A Londres.

– Ya no hay vuelos para Londres esta noche. Enséñeme su billete… British Airways… A esta hora todas las oficinas están cerradas. No puedo ayudarle. Tendrá que regresar mañana y contárselo a los de la compañía. Le aviso que son inflexibles. No creo que le validen su billete de hoy… ¿Tiene dónde ir? Está prohibido pasar aquí la noche. De todos modos, tiene que arreglarlo con la compañía, y eso está al otro lado de la zona franca. Venga conmigo.


Me dirijo hacia la salida con la mente en blanco. Me dejo llevar por mis pasos. No tengo otra opción. No pinto nada en el aeropuerto. Los vestíbulos están sumidos en el silencio. Un empleado empuja una hilera de carros. Otro va pasando sus trapos por el suelo. Aún se perciben algunas sombras por las esquinas. Los bares y tiendas están cerrados. Tengo que irme.

Un coche se detiene a mi altura mientras camino sin rumbo, enfrascado en mis preocupaciones. Se abre una portezuela. Es Chaker… Sube… Me instalo en el asiento del copiloto. Chaker rodea un aparcamiento, se detiene ante una señal de stop antes de lanzarse por la carretera jalonada por farolas. Circulamos durante una eternidad sin hablarnos ni mirarnos. Chaker no se dirige hacia Beirut, toma una carretera de circunvalación. Su ahogada respiración acompasa el arrullo del motor.

– Estaba seguro de que te ibas a rajar -dice con voz apagada.

No hay reproche en sus palabras, sólo un remoto regocijo, como cuando uno comprueba que no se había equivocado.

– Cuando oí tu nombre en el altavoz, lo comprendí todo.

Golpea repentinamente el volante:

– ¿Por qué, ¡Dios santo!, has hecho que nos tomemos tantas molestias para luego echarte atrás en el último minuto?

Se calma, relaja el puño; se da cuenta de que está conduciendo como un loco y levanta el pie del pedal.

Más abajo, la ciudad parece un inmenso estuche repleto de joyas.

– ¿Qué ha ocurrido?

– No lo sé.

– ¿Cómo que no lo sabes?

– Me encontraba ante la puerta de embarque, vi cómo los pasajeros subían al avión y no los seguí.

– ¿Por qué?

– Ya te lo he dicho: no lo sé.

Chaker se queda meditando un instante antes de irritarse:

– ¡Esto es de locos!

Cuando llegamos a la cima de una colina, le pido que se detenga. Tengo ganas de contemplar las luces de la ciudad.

Chaker se echa a un lado de la carretera. Cree que voy a vomitar, me pide que no manche el coche. Le digo que salgo a tomar el aire. Se lleva instintivamente la mano a la cintura, agarra la culata de su pistola.

– No te pases de listo -me previene-. No dudaré en matarte como a un perro.

– ¿Dónde quieres que vaya con esta mierda de virus en el cuerpo?

Busco a oscuras un lugar donde sentarme, encuentro una roca y me siento sobre ella. La brisa me hace tiritar. Los dientes me castañetean y se me erizan los pelos de los brazos. Muy lejos, en el horizonte, unos paquebotes surcan las tinieblas, como luciérnagas arrastradas por la crecida. El rumor del mar cabalga sobre el oleaje y cubre el silencio de esta tormentosa noche. Más abajo, a resguardo del asalto de las olas, Beirut recuenta sus tesoros bajo una luna henchida.

Chaker se acuclilla a mi lado con el arma entre las piernas.

– He llamado a los chicos. Nos veremos con ellos en la granja, más arriba. No están nada, nada contentos.

Me ajusto la cazadora para calentarme.

– No me moveré de aquí -le digo.

– No me obligues a arrastrarte por los pies.

– Haz lo que quieras, Chaker. Yo no me moveré de aquí.

– Muy bien. Les voy a decir dónde estamos.

Saca su móvil y llama a los chicos. Están furiosos. Chaker se mantiene sereno; les explica que me niego en redondo a seguirle.

Cuelga, me anuncia que llegan, que pronto estarán aquí.

Me abrazo a mis piernas dobladas y, con la barbilla hundida entre las rodillas, contemplo la ciudad. La mirada se me nubla; mis lágrimas se amotinan. Siento pena. ¿Cuál? No sabría decirlo. Mis preocupaciones se funden con mis recuerdos. Mi vida entera desfila por mi cabeza; Kafr Karam, mi gente, mis muertos y mis vivos, los seres que añoro y los que me habitan… Sin embargo, de todos mis recuerdos, los más nítidos son los más recientes. Aquella señora, en el aeropuerto, consultando la pantalla de su móvil; aquel futuro papá que se deshacía de tanta felicidad; y aquella pareja de jóvenes europeos besándose… Se merecen vivir mil años. No tengo derecho a cuestionar sus besos, a trastornar sus sueños, a desmantelar sus expectativas. ¿Qué he hecho yo con mi destino? Sólo tengo veintiún años y la certeza de haber echado a perder veintiuna veces mi vida.

– Nadie te obligó -gruñe Chaker-. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

No le contesto.

Es inútil.

Pasan los minutos. Estoy congelado. Chaker no deja de ir y venir a mis espaldas; los bajos de su abrigo chasquean al viento. De pronto, se detiene y exclama:

– Ahí están.

Cuatro faros de coches acaban de dejar la carretera para tomar el camino que conduce hasta donde estamos.

Sorprendentemente, la mano de Chaker se posa sobre mi hombro, compasiva.

– Lamento que hayamos tenido que llegar a esto.

A medida que los coches avanzan, sus dedos se me hunden en la carne, haciéndome daño.

– Te voy a contar un secreto, buen hombre. Quédatelo para ti. Odio a Occidente con todas mis fuerzas. Pero, pensándolo mejor, has hecho bien en no tomar ese avión. No era una buena idea.

El chirrido de los neumáticos sobre los guijarros se expande alrededor de la roca. Oigo portazos y pasos que se acercan.

Digo a Chaker:

– Que acaben pronto. No les guardaré rencor. Además, no siento rencor hacia nadie.

Luego me concentro en las luces de esta ciudad que no he sabido descubrir por culpa de mi ira contra los hombres.


18

<p>18</p>

Mi estancia en Beirut llega a su fin. Llevo tres semanas esperando. Cuento las horas con los dedos. De pie junto a la ventana de mi habitación, contemplo la calle desierta. La lluvia tamborilea sobre los cristales. En la acera barrida por el viento, un vagabundo sopla en sus puños para calentarlos. Está al acecho de algún alma caritativa. Lleva allí un buen rato y no he visto a nadie depositar una moneda en su mano. ¿Qué espera del porvenir? Tiene las polainas empapadas hasta la trama, sus zapatillas hacen agua; su pinta es sencillamente grotesca. Resulta obsceno vivir como un perro, más cerca de los gatos callejeros que de la gente. Ese individuo ni siquiera es digno de poseer una sombra, de vincularla a su degradación. De hecho, no tiene. Aislado en su miseria como un gusano en una fruta podrida, olvida que está muerto y acabado. No siento la menor compasión por él. Pienso que si el destino lo ha rebajado hasta las alcantarillas, es para encarnar un símbolo. ¿Cuál? El que me permite concienciarme de la insoportable ineptitud de la vida. Este hombre espera algo, eso está claro. ¿Pero qué? ¿Que le caiga el maná del cielo? ¿Que un transeúnte se dé cuenta de su desamparo? ¿Que se apiaden de él?… ¡Menudo imbécil! ¿Acaso existe la vida después de la piedad?… Kadem no tenía del todo razón. No es que el mundo haya caído muy bajo, es que los hombres se regodean en la bajeza. Es precisamente porque me niego a parecerme a ese muerto en vida por lo que he venido a Beirut. Vivir como hombre o morir como mártir. No hay alternativa para el que quiere ser libre. No me veo en el pellejo de un vencido. ¡Llevo esperando desde aquella noche en que los soldados norteamericanos invadieron nuestra casa, desbaratando el orden natural de las cosas y los valores ancestrales!… Espero el momento de recuperar mi amor propio, sin el cual no hay más que deshonra. Estoy dispuesto a todo y a nada. Lo que he pasado, vivido, padecido hasta aquí no cuenta. Aquella noche la imagen se detuvo. Para mí, la tierra dejó de girar. No estoy en Líbano, no estoy en un hotel; estoy en coma. Y sólo me queda renacer aquí o pudrirme.

Sayed se ha encargado personalmente de que no me falte nada. Me ha instalado en una de las suites más caras del hotel y ha puesto a mi servicio a Imad y a Chaker, dos jóvenes exquisitos que me tratan con toda la consideración posible e imaginable, disponibles día y noche, pendientes de una señal, dispuestos a cumplir hasta mis deseos más extravagantes. Me prohíbo darme aires de importancia. Sigo siendo el mismo chico de Kafr Karam, humilde y discreto. Aunque soy consciente de la importancia que se me concede, no he renunciado a las reglas que me han forjado dentro de la sencillez y la corrección. Un único capricho: he pedido que retiren de la suite la televisión, la radio, los retratos colgados de las paredes; que me dejaran lo mínimo, es decir, los muebles y unas cuantas botellas de agua mineral en el minibar. Si por mí fuera, habría elegido una cueva en el desierto para sustraerme a las irrisorias vanidades de la gente mimada por la vida. Querría ser mi único polo de atracción, mi única referencia, pasar el resto de mi estancia libanesa preparándome mentalmente para estar a la altura de lo que los míos me han confiado.

Ya no temo quedarme solo en la oscuridad.

Me inicio en el olor a humedad de las tumbas.

¡Estoy preparado!

He domesticado mis pensamientos, metido en vereda mis dudas. Me mantengo lúcido con mano de hierro. Mi ansiedad, mis vacilaciones, mis insomnios, todo eso es historia pasada. Controlo todo lo que ocurre en mi cabeza. Nada se me escapa, nada se me resiste. El doctor Jalal me ha escardado el camino, taponado las brechas. Y ahora soy yo quien emplaza a mis miedos de antaño, quien les pasa revista. Se ha disipado la mancha parda que, en Bagdad, ocultaba parte de mis recuerdos. Puedo regresar a Kafr Karam cuando me parezca, abrir cualquier puerta, visitar cualquier patio y sorprender a cualquiera en su intimidad. Vuelvo a recordar, uno por uno, a mi madre, a mis hermanas, a mis parientes y primos. Sin sentirme mal. Mi habitación está poblada por fantasmas y ausentes. Omar comparte mi cama; Suleimán cruza mi habitación a la carrera; los invitados inmolados en las huertas de los Haitem desfilan ante mí. Hasta mi padre está presente. Se prosterna ante mí, con los testículos al aire. Yo no aparto la mirada, no me tapo la cara. Y cuando un culatazo lo manda al suelo, no lo ayudo a levantarse. Permanezco de pie; mi inflexibilidad de esfinge me impide inclinarme, incluso ante mi progenitor.

Dentro de unos días será el mundo el que se prosterne ante mí.

¡La más importante misión revolucionaria jamás emprendida desde que el hombre ha aprendido a no doblegarse!

Y yo he sido elegido para cumplirla.

¡Qué revancha sobre el destino!

Nunca me ha parecido tan eufórico, tan cósmico, el ejercicio de la muerte.

Por la noche, cuando me tumbo en el sofá frente a la ventana, rememoro las cabronadas que han pautado mi vida, y todas refuerzan mi compromiso. Ignoro con exactitud lo que voy a hacer, cuál será la naturaleza de mi misión -…algo que convertirá el 11 de Septiembre en una algarabía de patio de colegio-. Una certeza absoluta: ¡no retrocederé!

Llaman a la puerta.

Es el doctor Jalal.

Aparece empaquetado en el mismo chándal que llevaba la víspera y sigue sin molestarse en atarse los cordones.

Es la primera vez que cruza el umbral de mi puerta. Su aliento a vino se expande por la habitación.

– Me moría de aburrimiento en mi cuarto -dijo-. ¿No te importa que te haga compañía durante un rato?

– No me molestas.

– Gracias.

Se tambalea hasta el canapé, rascándose el trasero con la mano debajo del calzoncillo. No huele bien. Apuesto a que lleva lustros sin darse un baño.

Echa una ojeada admirativa a la suite.

– ¡Guau! ¿Acaso eres hijo de un nabab?

– Mi padre era pocero.

– El mío era un inútil.

Se percata de la ridiculez de su réplica, la rechaza con un gesto de la mano y, cruzando las piernas, se acomoda contra el respaldo del sofá y mira de soslayo al techo.

– No he pegado ojo en toda la noche -se lamenta-. Últimamente no consigo conciliar el sueño.

– Trabajas demasiado.

Sacude la barbilla:

– Puede que tengas razón. Esas conferencias me agotan.

Había oído hablar del doctor Jalal en el instituto. Mal, por supuesto. Había leído dos o tres obras suyas, sobre todo ¿Por qué los musulmanes han montado en cólera?, un ensayo sobre el advenimiento del integrismo yihadista que en su momento suscitó la ira del clero. Era muy controvertido en los círculos intelectuales árabes y muchos lo ponían en la picota. Sus teorías sobre las disfunciones del pensamiento musulmán contemporáneo eran auténticos requisitorios que los imanes rechazaban de pleno, al punto de que llegaron a sostener que los que osaran leerlas irían al infierno. Para la mayoría de los fieles, el doctor Jalal no era sino un saltimbanqui a sueldo de las camarillas occidentales hostiles al islam en general, y a los árabes en particular. Yo mismo lo detestaba, y le reprochaba su exhibicionismo de ideas recibidas y su evidente desprecio por los suyos. Para mí, representaba la especie más repugnante de esos felones que proliferan como ratas en los círculos mediáticos universitarios europeos, dispuestos a malvender su alma con tal de ver su foto en la prensa y de que hablen de ellos, y no había desaprobado las fatuas que lo condenaron a muerte con la esperanza de poner fin a sus elucubraciones incendiarias, que publicaba en la prensa occidental y desarrollaba con un celo ultrajante en los estudios de televisión.

Así que me quedé estupefacto cuando me enteré de su cambio radical. Y algo aliviado, todo hay que decirlo.

La primera vez que vi al doctor Jalal en persona fue al segundo día de mi llegada a Beirut. Sayed insistió en que fuésemos a su conferencia: «¡Es magnífico!».

Aquello fue en una sala de fiestas, no lejos de la universidad. Había una locura de gente, cientos de personas de pie alrededor de las sillas tomadas por asalto horas antes de la intervención del doctor. Estudiantes, mujeres, chicas jóvenes, padres de familia, funcionarios se amontonaban en el inmenso auditorio. Su algazara recordaba el despertar de un volcán. Cuando el doctor apareció en la tarima, escoltado por milicianos, las paredes se estremecieron y los cristales tintinearon por los clamores. Nos impartió un curso magistral sobre la hegemonía imperialista y las campañas de desinformación que estaban en el origen de la satanización de los musulmanes.

Aquel día adoré a ese hombre.

Es cierto que no tiene buena pinta, que arrastra los pies y que viste de cualquier manera, que su resaca y su indolencia de alcohólico inveterado desconcertaban, pero cuando toma la palabra, ¡Dios mío!, cuando curva el micro mientras levanta los ojos hacia su audiencia, eleva la tribuna al rango de Olimpo. Sabe mejor que nadie describir nuestros sufrimientos, las afrentas que padecemos, nuestra necesidad de sublevarnos contra nuestros silencios. Hoy, somos los criados de Occidente; mañana, nuestros hijos serán sus esclavos, martilleaba. Y la asistencia estallaba. Un ataque masivo de delirium trémens. Si a un gracioso se le ocurriera en ese instante gritar «¡A por el enemigo!», el conjunto de embajadas occidentales habría quedado reducido a cenizas sobre la marcha. El doctor Jalal tiene talento para movilizar hasta a los lisiados. La precisión de su discurso y la eficacia de sus argumentos son una delicia. No hay imán que le llegue a la suela del zapato, orador que mejor sepa convertir un murmullo en grito. Es un alma desollada de una inteligencia excepcional; un mentor de singular carisma.

«El Pentágono engañaría hasta al propio diablo -dijo al final de su conferencia en respuesta a la observación de un estudiante-. Esa gente está convencida de haber cobrado mucha ventaja a Dios… Llevaban años preparando cuidadosamente la guerra contra Irak. El 11 de Septiembre no es el desencadenante sino el pretexto. La idea de destruir Irak se remonta al mismo instante en que Sadam puso la primera piedra de su instalación nuclear. No iban tras el déspota o el petróleo, sino tras la ingeniería iraquí. Aunque, ya puestos, tampoco viene mal conciliar lo útil con lo agradable: poner a un país de rodillas y chuparle la sangre. A los norteamericanos les encanta matar dos pájaros de un tiro. Con Irak han perpetrado el crimen perfecto. Lo han hecho aún mejor: han convertido el móvil del crimen en el garante de su impunidad… Me explico: ¿Por qué atacar Irak? Porque se supone que tiene armas de destrucción masiva. ¿Cómo atacarlo sin demasiado riesgo? Asegurándose de que no tiene armas de destrucción masiva. ¿Acaso se puede ser más genial combinando datos? Lo demás vino solo, a pedir de boca. Los norteamericanos manipularon al mundo entero asustándolo. Luego, para asegurarse de que sus tropas no corrieran ningún riesgo, obligaron a los expertos de la ONU a hacer el trabajo sucio por ellos, y sin gastos añadidos. Una vez seguros de que no había ningún petardo nuclear en Irak, lanzaron sus ejércitos contra un pueblo sabiamente embrutecido a golpe de embargos y de acoso psicológico. Y así rizaron el rizo.»

Yo tenía una ofensa que lavar con sangre; para un beduino, es algo tan sagrado como la oración para un creyente. Con el doctor Jalal, la ofensa se injertó en la Causa.

– ¿Estás enfermo? -me pregunta señalándome el montón de medicamentos sobre mi mesilla de noche. No sé qué responder.

Como no me había planteado recibirlo alguna vez en mi apartamento, no había tomado precauciones.

Me maldigo a mí mismo. ¿Por qué he tenido que dejar esos medicamentos al alcance de cualquiera cuando debí guardarlos en el botiquín del cuarto de baño? Y eso que las instrucciones de Sayed son estrictas; no dejar nada al azar, desconfiar de todo el mundo.

Intrigado, el doctor Jalal se incorpora para levantarse y se acerca a las cajas esparcidas por mi mesilla de noche.

– Oye, aquí tienes para sanar a toda una tribu.

– Tengo problemas de salud -le contesto tontamente.

– Y gordos, por lo que veo. ¿Qué te ocurre para tener que meterte todo esto en el cuerpo?

– No me apetece hablar de ello.

El doctor Jalal coge algunas cajas, les da una y otra vuelta, lee en voz alta el nombre de los medicamentos como quien lee pintadas ininteligibles, hojea en silencio un par de prospectos. Agarra con el ceño fruncido los distintos botes, los mira, los sacude haciendo sonar su contenido.

– ¿Acaso te han hecho un trasplante?

– Eso es -contesto apoyando su deducción.

– ¿Riñón o hígado?

– Por favor, no me apetece hablar de ello.

Para gran alivio mío, deja los botes en su sitio y regresa al sofá.

– De todos modos, pareces estar en forma.

– Es porque sigo al pie de la letra las prescripciones. Son medicamentos que debo seguir tomando durante toda la vida.

– Comprendo.

Le pregunto para cambiar de tema:

– ¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?

– ¿Sobre las artimañas de mi madre?

– No me lo permitiría.

– Ya he contado largo y tendido sus calaveradas en una obra autobiográfica. Era una puta. Como tantas otras en el mundo. Mi padre lo sabía, y se callaba. Lo despreciaba más a él que a ella.

Me siento incómodo.

– ¿Cuál es tu pregunta… indiscreta?

– Supongo que te la han hecho cientos de veces.

– ¿Sí?…

– ¿Cómo pasaste de ser el azote de los yihadistas a convertirte en su portavoz?

Suelta una carcajada, se relaja. Resulta evidente que no le disgusta el ejercicio. Se pasa las manos detrás de la nuca, se estira groseramente; luego, tras haberse relamido los labios, cuenta con cara súbitamente seria:

– Son cosas que se te vienen encima cuando menos te lo esperas. Es como una revelación. De repente, lo ves todo claro, y los pequeños detalles que no tenías en cuenta cobran una dimensión extraordinaria… Vivía en una burbuja. Fue sin duda el odio a mi madre lo que me cegó hasta llegar a repugnarme todo aquello que me vinculara a ella, hasta mi sangre, mi patria, mi familia… En realidad, sólo era el negro de los occidentales. Se habían percatado de mis debilidades. Sólo me otorgaban honores y agasajos para someterme mejor. No había estudio de televisión que no reclamara mi presencia. Bastaba con que un petardo estallara en alguna parte para que micros y focos me localizaran de inmediato. Mi discurso se ajustaba a las expectativas de los occidentales. Los reconfortaba. Les decía lo que querían oír, lo que habrían querido decir ellos mismos de no haber estado yo allí para ahorrarles esa tarea, y las molestias que conllevan. Digamos que les servía de guante… Hasta que un día estuve en Ámsterdam. Unas semanas después del asesinato de un cineasta holandés por un musulmán, por un documental blasfemo que mostraba a una mujer desnuda cubierta de versículos coránicos. Puede que oyeras hablar de aquella historia.

– Vagamente.

El doctor Jalal esboza una mueca y prosigue:

– Normalmente, no se cabía en los auditorios universitarios donde yo intervenía… Aquel día hubo muchos asientos vacíos. La gente que se había molestado en venir lo hizo para ver de cerca a la bestia inmunda. Llevaban el odio en la cara. Había dejado de ser el doctor Jalal, su aliado, el defensor de sus valores y de su idea de la democracia. A la mierda con todo aquello. Para ellos no era más que un árabe, el vivo retrato del árabe asesino del cineasta. Habían cambiado radicalmente, ellos, los precursores de la modernidad, los más tolerantes, los europeos más emancipados. Ahora esgrimían su tendencia racista como un trofeo. A partir de ahora, todos los árabes eran terroristas para ellos, ¿y yo?… ¿Yo, el doctor Jalal, enemigo jurado de los fundamentalistas, yo, a quien llovían las fatuas, que me partía el pecho y la cara por ellos?… Yo, para ellos, no era sino un traidor a mi nación, lo cual me hacía doblemente despreciable… Y entonces fue cuando tuve una iluminación. Comprendí hasta qué punto estaba engañado, y, sobre todo, dónde estaba mi verdadero sitio. Así que hice las maletas y regresé con los míos.

Tras soltar su carrete, adopta un semblante sombrío. Comprendo que acabo de tocar una fibra especialmente sensible y me pregunto si, por culpa de mi indiscreción, no habré metido el dedo en una llaga que le gustaría ver cicatrizar.


19

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Me apresuro en poner a buen recaudo mis medicamentos tras la salida del doctor Jalal, que entre tanto se había quedado adormilado. Estoy furioso. ¿Dónde tengo la cabeza? Cualquier tonto se habría quedado pasmado ante el arsenal de botes y de comprimidos sobre mi mesilla de noche. ¿Acaso sospechaba algo el doctor Jalal? ¿Por qué ha venido a mi habitación cuando no tenía costumbre de hacerlo? No suele ir en busca de los demás. Apenas te cruzas con él por los pasillos del hotel, salvo cuando se dirige en solitario al bar para emborracharse. Ceñudo, distante, no devuelve las sonrisas ni los saludos. El personal del hotel lo evita, pues es capaz de pillar, por una pequeñez, unos cabreos abominables. Por otra parte, que yo sepa, ignora el motivo de mi estancia en Beirut. Él está en Líbano por sus conferencias; yo lo estoy por razones que se mantienen secretas. ¿Por qué vino a verme ayer tarde a la terraza, él, que aborrece la compañía?

No me cabe duda de que le intrigo.

Tomo un montón de medicamentos que un profesor me ha prescrito tras haberme sometido a una infinidad de pruebas para determinar los productos a los que soy alérgico y preparar mi cuerpo para resistir a eventuales manifestaciones de rechazo. Tres días después de mi llegada a Beirut, me auscultaron distintos médicos, me tomaron sangre y examinaron en profundidad, haciéndome pasar sin transición de un escáner a un cardiógrafo. Una vez que se me declaró sano de cuerpo y mente, me presentaron a un tal doctor Ghany, el único habilitado para decidir si se me confiaba o no la misión. Es un anciano famélico, seco como un garrote, con el cráneo aureolado por una melena canosa y enrevesada. Sayed me ha explicado que el profesor Ghany es virólogo, pero que también domina otros ámbitos científicos; una eminencia gris sin par, casi un mago, que ha ejercido durante décadas en los centros de investigación norteamericanos más prestigiosos antes de ser expulsado por su condición de árabe y su religión.

Hasta ayer, las cosas han ido ocurriendo de la manera más normal del mundo. Chaker venía a buscarme para llevarme a una clínica privada, en el norte de la ciudad. Me esperaba en el coche hasta que finalizaba la consulta; luego me traía de vuelta al hotel. Sin hacer preguntas.

La intrusión del doctor Jalal me enoja.

No paro, desde que se ha ido, de pasar revista a nuestros escasos encuentros. ¿Dónde habré metido la pata? ¿En qué momento he despertado su curiosidad? ¿Habrá fallado alguien de mi entorno? ¿Qué significa ese «Espero que dejes pasmados a estos canallas»? ¿Por qué se permite hablarme así?

Chaker me pilla rumiando esta historia. Mis preocupaciones le llaman la atención de inmediato.

– ¿Algo no va bien? -me pregunta cerrando la puerta tras él.

Estoy tumbado en el sofá, de espalda a la ventana. Ha dejado de llover. Se oye desde la calle el roce de los coches sobre la calzada cubierta de agua. Unas nubes cobrizas se van espesando en el cielo, a punto de descargar en tromba su contenido sobre la ciudad.

Chaker agarra una silla y se sienta a horcajadas. Es un buen chico de unos treinta años, bien parecido y jovial, con pelo largo echado hacia atrás y recogido en una austera cola de caballo. Debe de medir un metro ochenta, es ancho de hombros y con barbilla prominente. Sus ojos azules tienen un destello mineral, de mirada poco fija, justo dos ojos azulados puestos en alguna parte como si tuviese la cabeza en otra. Lo adopté desde que nos estrechamos la mano al confiarme Sayed a él y a Imad, en la frontera siria, para hacerme entrar clandestinamente en Líbano. Es cierto que es poco hablador, pero sabe estar ahí. Podemos permanecer juntos mirando un mismo objeto sin intercambiar una sola palabra. Sin embargo, algo ha cambiado en él. Desde que encontraron a su amigo Imad en una placeta, muerto por sobredosis, Chaker ha perdido brío. Antes parecía un rayo. Apenas habías colgado el teléfono y ya estaba llamando a la puerta. Se multiplicaba sin perder energía ni escatimar su entrega. Luego la policía encontró el cuerpo de su colaborador más cercano, y Chaker se quedó petrificado. Dio un bajón de la noche a la mañana.

No llegué a conocer a Imad muy bien. Al margen de la travesía que hicimos juntos desde Jordania, no estuvo mucho tiempo a mi lado. Sólo venía con Chaker a recogerme al hotel. Era un chico tímido, siempre a la sombra de su compañero. No daba la impresión de drogarse. Cuando me contaron cómo lo descubrieron, tumbado en un banco público, con la boca azul, sospeché una ejecución camuflada. Chaker opinaba como yo, pero se lo callaba. La única vez que le pregunté qué pensaba de la muerte de Imad, su mirada azulada se ensombreció. Desde entonces, evitamos hablar de ello.

– ¿Problemas?

– No realmente -le digo.

– Pareces preocupado.

– ¿Qué hora es?

Consulta su reloj y me anuncia que todavía tenemos por delante unos veinte minutos. Me levanto y voy a refrescarme la cara en el cuarto de baño. El agua helada me despeja. Me demoro unos minutos inclinado ante el lavabo, rociándome la cara y la nuca.

Al enderezarme, sorprendo por el espejo a Chaker observándome. Está con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza ladeada y el hombro apoyado en la pared. Mira cómo me paso los dedos mojados por el pelo, con un fulgor vidrioso en la mirada.

– Si no te encuentras bien, aplazaré la cita -dijo.

– Estoy bien…

Junta los labios hacia delante, escéptico.

– Tú sabrás… Sayed ha llegado esta mañana. Tiene muchas ganas de verte.

– Ha estado quince días sin dar señales de vida -observo.

– Regresó a Irak… Las cosas empeoran por allí -añade tendiéndome una toalla.

Me seco con ella y me la paso alrededor del cuello.

– El doctor Jalal pasó a verme esta tarde -solté.

Chaker arquea una ceja.

– ¿Y?

– Ayer también subió a la terraza a charlar conmigo.

– Le doy vueltas al tema.

– ¿Ha dicho algo sospechoso?

Lo miro de frente.

– ¿Qué tipo de gente es ese médico?

– No lo sé. No es asunto mío. Si quieres un consejo, no te comas el coco por naderías.

Regreso a la habitación para ponerme los zapatos y la chaqueta y le anuncio que estoy listo.

– Voy en busca del coche -dice-. Espérame en la entrada del hotel.


La puerta corredera de la clínica se desliza chirriando. Chaker se quita las gafas negras antes de pisar con su todoterreno la grava de un patio interior. Aparca entre dos ambulancias y apaga el motor.

– Te espero aquí -me dice.

– Muy bien -contesto apeándome del vehículo.

Me guiña un ojo y se inclina para cerrar la portezuela.

Subo por la amplia escalinata de granito. Un enfermero me intercepta en el vestíbulo de la clínica y me conduce al despacho del profesor Ghany, en el primer piso. Allí se encuentra Sayed, arrellanado en un sillón, con los dedos agarrados a las rodillas. La sonrisa se le ilumina cuando me ve llegar. Se levanta y me abre los brazos. Nos abrazamos largamente. Sayed ha adelgazado mucho. Sólo le quedan los huesos bajo el traje gris.

El profesor espera que hayamos acabado de estrecharnos para ofrecernos dos sillas frente a él. Está nervioso; no deja de tamborilear con un lápiz su carpeta.

– Los resultados de los análisis son excelentes -me anuncia-. El tratamiento que te he prescrito ha sido eficaz. Eres perfecto para la misión.

Sayed no deja de mirarme.

El profesor deja su lápiz, se apoya en su mesa para levantar la barbilla y mirarme directamente a los ojos.

– No es una misión cualquiera -me señala.

No me inmuto.

– Se trata de una operación absolutamente novedosa -prosigue el profesor, algo desconcertado por mi rigidez y mutismo-. Occidente no nos deja alternativa. Sayed acaba de regresar de Bagdad. La situación es alarmante. Los iraquíes están que trinan. Están al borde de la guerra civil. Y debemos intervenir con rapidez para evitar que la región caiga en un caos del que jamás se repondrá.

– Chiíes y suníes se machacan entre sí -añade Sayed-. Los muertos ya se cuentan por cientos y el sentimiento de venganza crece a diario.

– Me parece que con quien estáis perdiendo el tiempo es conmigo -digo-. Decidme qué esperáis de mí y cumpliré sobre la marcha.

El lápiz del profesor se detiene.

Ambos hombres intercambian unas miradas de cautela.

El profesor es el primero en reaccionar, con el lápiz suspenso en el aire.

– No se trata de una misión corriente -dice-. El arma que te confiamos es tan eficaz como indetectable. No hay escáner ni control que la pueda detectar. La puedes llevar contigo donde quieras. El enemigo ni lo sospechará.

– Pues adelante.

El lápiz roza la carpeta, sube lentamente y vuelve a caer sobre un paquete de folios para detenerse.

Las manos de Sayed se refugian entre sus muslos. Un mutismo plúmbeo se impone entre los tres. El silencio se prolonga uno o dos minutos, insostenible. Se oye el zumbido lejano de un climatizador, o puede que una impresora. El profesor recoge su lápiz, le da vueltas y vueltas entre los dedos. Sabe que es el momento clave, y por eso lo teme. Tras carraspear con fuerza, se apoya en sus puños cerrados y me suelta de sopetón:

– Se trata de un virus.

Ni me inmuto. No me he enterado. No veo la relación con mi misión. La palabra «virus» se me cruza por la mente como un vocablo desconocido. Me suena a algo. ¿Qué es? Virus…, virus… ¿Dónde habré oído esa palabra que ahora me revolotea en la cabeza sin que consiga fijarla? Luego las pruebas, las radiografías, los medicamentos van encajando en el puzle y la palabra «virus» se precisa, me confía todo su secreto: microbio, microorganismo, gripe, enfermedad, epidemia, medicación, hospitalización; todo tipo de imágenes estereotipadas desfilan por mi cabeza, se entremezclan hasta confundirse… Pero ni siquiera así veo la relación.

Sayed, a mi lado, está tenso como un arco.

El profesor me explica:

– Un virus revolucionario. He tardado años en ponerlo a punto. Se ha invertido una fortuna en este proyecto. Algunos hombres han perdido la vida para hacerlo posible.

¿Qué me está contando?

– Un virus -repite el profesor.

– Ya he oído. ¿Cuál es el problema?

– El único problema eres tú. ¿Te apuntas o no?

– Yo nunca me echo atrás.

– Pues tú serás el portador del virus.

Me cuesta entenderlo. Algo se me escapa de sus palabras. Algo que no asimilo. Creo que me he vuelto autista.

El profesor añade:

– Todas esas pruebas y esos medicamentos eran para comprobar si tu cuerpo estaba en condiciones de recibirlo. Tu cuerpo reacciona de manera impecable.

Sólo ahora capto la onda. De repente, lo veo todo claro. Se trata de un virus. Mi misión consiste en ser portador de un virus. Ya está, me han estado preparando físicamente para recibir un virus. Un virus. Mi arma, mi bomba, mi artefacto kamikaze…

Sayed intenta agarrarme la mano; la esquivo.

– Pareces sorprendido -me dice el profesor.

– Lo estoy. Pero sin más.

– ¿Hay algún problema? -pregunta Sayed.

– No hay ningún problema -respondo con decisión.

– Tenemos… -intenta proseguir el virólogo.

– Profesor, le digo que no hay ningún problema. Virus o bomba, ¿qué más da? No necesita explicarme por qué, dígame sólo cuándo y cómo. No soy ni más ni menos valiente que los iraquíes que mueren a diario en mi país. Cuando acepté seguir a Sayed, me divorcié de la vida. Soy un muerto en espera de una sepultura decente.

– No he dudado un segundo de tu determinación -me dice Sayed con un ligero temblor en la voz.

– En tal caso, ¿por qué no pasamos directamente a lo concreto? ¿Cuándo voy a recibir el… honor de servir a mi causa?

– Dentro de cinco días -contesta el profesor.

– ¿Por qué no hoy?

– Nos atenemos a un programa estricto.

– Muy bien. No salgo de mi hotel. Pueden venir a buscarme cuando quieran. Cuanto antes, mejor. Tengo prisa en recuperar mi alma.


Sayed pide a Chaker que nos deje solos y me ruega que suba a su coche. Cruzamos media ciudad sin decir nada. Percibo cómo busca las palabras y no encuentra ninguna. Como no soporta el silencio, tiende una vez la mano hacia la radio y la retira. La lluvia vuelve a caer con fuerza. Los edificios parecen soportarla con resignación. Su morosidad me recuerda la del vagabundo que estuve hace un rato observando desde la ventana de mi hotel.

Bordeamos un barrio de ruinosos edificios. Los vestigios de la guerra se eternizan. Las obras intentan poner remedio; arramblan con los flancos de la ciudad, erizados de grúas, mientras los bulldozers toman por asalto las ruinas como perros de presa. En un cruce, dos automovilistas andan enzarzados en una bronca: sus coches acaban de chocar de frente. El asfalto está sembrado de cristales. Sayed no se detiene en el semáforo y por poco embiste a un coche recién salido de una calle adyacente. Los bocinazos nos llueven por doquier. Sayed no los oye. Está enfrascado en sus preocupaciones.

Tomamos la carretera del paseo marítimo. El mar está embravecido. Parece una inmensa y oscura ira dando coces. Algunos barcos esperan fuera de puerto su turno para atracar; parecen buques fantasmas en medio de la grisalla.

Tras circular unos cuarenta kilómetros, Sayed empieza a salir de su desconcierto. Se percata de que se ha extraviado, tuerce el cuello para ubicarse, se echa de repente a un lado de la carretera y espera que se le ordenen las ideas.

– Es una misión muy importante -dice-. Muy, muy importante. Si no te he revelado nada acerca del virus es porque nadie tiene que saberlo. Sinceramente, creí que de tanto frecuentar la clínica acabarías haciéndote una idea… ¿Entiendes? No se trataba de ponerte ante el hecho consumado. Hasta ahora, no hay nada cerrado. Te ruego que no veas en ello ninguna presión, ningún tipo de abuso de confianza. Si crees que no estás preparado, que esta misión no te gusta, puedes echarte atrás, y nadie te lo tendrá en cuenta. Sólo quiero que sepas que el próximo candidato pasará por lo mismo que tú. No sabrá nada hasta el último minuto. Por la seguridad de todos nosotros y por el éxito de la misión.

– ¿Temes que no esté a la altura?

– No… -exclama antes de recobrarse; los nudillos se le ponen blancos de apretar el volante-. Lo siento, no he querido alzar la voz delante de ti. Me siento confuso, eso es todo. No me perdonaría que te sintieras engañado o acorralado. Ya te avisé en Bagdad de que esta misión no se parecía a ninguna otra. No podía decirte más. ¿Lo entiendes?

– Ahora sí.

Saca su pañuelo y se limpia la comisura de los labios y debajo de las orejas.

– ¿Me guardas rencor?

– Ni mucho menos, Sayed. Esa historia del virus me ha sorprendido, pero no pongas en duda mi compromiso. Un beduino no se raja. Su palabra es un disparo de fusi cuando sale, jamás regresa. Portaré ese virus. Por los míos y por mi país.

– Ya no duermo desde que te confié al doctor. No tiene nada que ver contigo. Sé que irás hasta el final. Pero es tan… capital. No puedes hacerte idea de la importancia de esta misión. Es nuestro último cartucho, ¿te enteras? Después de esto vendrá una nueva era, y Occidente no volverá jamás a mirarnos como lo hace ahora… No tengo miedo a morir. En cambio, temo que mi muerte no sirva para cambiar nuestra situación. Que nuestros mártires no sirvan para gran cosa. Ésa es la peor guarrada que se les puede hacer. Para mí, la vida no es sino una apuesta sin sentido, y es la forma de morir la que la dota de él. No quiero que nuestros hijos sufran. Si nuestros padres se hubiesen hecho cargo de la situación en su momento, seríamos menos desgraciados. Desafortunadamente, han esperado el milagro en vez de ir en su busca, y ahora nos vemos obligados a forcejear con el destino.

Se vuelve hacia mí. Está lívido, en sus ojos brillan lágrimas de furia.

– Si vieras en qué se ha convertido Bagdad, con sus santuarios destrozados, sus guerras de mezquitas, sus matanzas fratricidas. Estamos desbordados. Apelamos a la calma y nadie nos hace caso. Es cierto que éramos los rehenes de Sadam. ¡Pero por Dios!, hoy somos zombis. Nuestros cementerios están saturados y nuestras oraciones estallan en pedazos con nuestros minaretes. ¿Cómo hemos podido llegar a este extremo?… Si no duermo, es porque lo esperamos todo, absolutamente todo, de ti. Eres nuestro último recurso, nuestro último lance de honor. Si tienes éxito, vas a poner los relojes en hora y por fin el despertador sonará para nosotros. No sé si el profesor te ha explicado en qué consiste ese virus.

– No tiene por qué hacerlo.

– Sin embargo, es necesario. Debes saber lo que tu sacrificio significa para tu pueblo y para todos los pueblos oprimidos de la tierra. Vas a poner fin a la hegemonía imperialista, a meter en vereda al infortunio, a redimir a los justos…

Esta vez, soy yo quien lo agarra por la muñeca.

– Por favor, Sayed, me duele mucho que dudes de mí.

– No dudo de ti.

– Entonces, no digas nada. Deja que las cosas vengan por sí solas. No necesito que se me acompañe. Sabré encontrar solo el camino.

– Sólo intento decirte hasta qué punto tu sacrificio…

– Es inútil. Además, ya sabes cómo somos en Kafr Karam. Nunca hablamos de un proyecto cuando de verdad pretendemos llevarlo a cabo. Para que se realicen, los deseos deben ser callados. Así que callémonos… Quiero llegar hasta el final. Con toda confianza. ¿Me comprendes?

Sayed asiente con la cabeza:

– Supongo que tienes razón. Quien tiene fe en sí mismo no necesita la de los demás.

– Exactamente, Sayed, exactamente.

Mete la marcha atrás, regresa hasta una pista pedregosa y da media vuelta para regresar a Beirut.


He pasado buena parte de la noche en la terraza del hotel, apoyado sobre la balaustrada que da a la avenida, esperando ver aparecer al doctor Jalal. Me siento solo. Intento recomponerme. Necesito la ira de Jalal para amueblar mis lagunas. Pero no hay quien dé con Jalal. Dos veces he llamado a su puerta. No estaba en su habitación. Ni en el bar. Desde mi mirador ocasional vigilo los coches que se detienen junto a la acera, al acecho de su desvencijada silueta. La gente entra y sale del hotel; sus voces me llegan por retazos amplificados antes de disolverse en el rumor de la noche. Una luna creciente engalana el cielo, blanca y cortante como una hoz. Más arriba, collares de estrellas exhiben su esplendor. Hace frío; alrededor de mis suspiros se esparcen hebras de vapor. Arrebujado en mi cazadora, soplo en mis puños entumecidos, con los ojos abiertos y la cabeza encogida. Llevo un buen rato sin pensar en nada. La toxina que me ronda la mente, desde que oyó la palabra «virus», sólo espera una señal por mi parte para envalentonarse. No quiero darle la menor oportunidad de desconcertarme. Esa toxina es el Maligno. Es la trampa en mi camino. Es mi sumisión, mi pérdida; he jurado ante mis santos y mis antepasados que no volveré a arrodillarme. Así pues, miro; miro la calle repleta de noctámbulos, los coches que pasan, las luces de neón jugueteando en el frontón de las fachadas, las tiendas asediadas por los clientes; miro, con los ojos más abiertos que interrogaciones, con los ojos suplantando a la cabeza. ¡Y miro esta ciudad, tan experta en incitaciones! Hace muy poco, un inmenso sudario cubría hasta sus últimos recovecos, confiscándole sus luces y sus ecos, convirtiendo sus excesos de antaño en una miserable sensación de vacío, hecha de frialdad y de perplejidad, de grave fracaso y de incertidumbre… ¿Habrá olvidado su martirio hasta el punto de no acompañar en el sentimiento a sus allegados? ¡Incorregible Beirut! A pesar del espectro de la guerra civil que gravita sobre sus festejos, hace como si la cosa no fuera con ella. ¿Adónde irá tan deprisa esa gente que se agita por las aceras como cucarachas por las regueras? ¿Qué anhelo les devolvería el sueño? ¿Qué amanecer la reconciliaría con su porvenir?… No, no acabaré como ellos. No quiero para nada parecerme a ellos.

Las dos de la mañana.

Ya no queda nadie en la calle. Las tiendas han bajado sus cierres metálicos, y los últimos fantasmas se han desvanecido. Jalal no vendrá. ¿Acaso lo necesito?

Regreso a mi habitación, helado pero fortalecido. El aire fresco me sienta bien. La toxina que me rondaba la mente se acabó aburriendo. Me deslizo bajo las mantas y apago. Me encuentro a gusto en la oscuridad. Tengo cerca de mí a mis muertos y a mis vivos. Virus o bomba, ¿qué más da cuando se esgrime en una mano la ofensa y en la otra la Causa? No tomaré pastillas para dormir. He vuelto a mi elemento. Todo va bien. La vida no es sino una apuesta sin sentido, y es la forma de morir la que lo dota de él. Así nacen las leyendas.


20

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Un hombre de cierta edad se presenta en la recepción. Es alto y huesudo, tiene la tez cerúlea de los ascetas. Lleva un viejo abrigo gris sobre un traje oscuro, unos zapatos de cuero desgastados pero recién abrillantados. Con sus gruesas gafas de concha y una corbata que conoció tiempos mejores, tiene el porte digno y patético de un maestro de escuela a punto de jubilarse. Un periódico bajo la axila, la barbilla recta, agita la campanilla del mostrador y espera tranquilamente a que lo atiendan.

– ¿Señor?

– Buenas noches. Diga al doctor Jalal que Mohamed Seen está aquí.

El recepcionista se vuelve hacia las casillas y no ve llave en el número 36; miente:

– El doctor Jalal no está en su habitación, señor.

– Lo he visto entrar hace dos minutos -insiste el hombre-. Debe de estar muy ocupado o descansando, pero soy un viejo amigo suyo y no le gustaría enterarse de que he pasado a verlo y no lo han avisado.

El recepcionista echa una ojeada por encima del hombro del visitante. Estoy sentado en el salón del vestíbulo, bebiendo té. Luego, después de rascarse tras la oreja, coge el teléfono:

– Voy a ver si está en el bar… ¿Se llamaba?…

– Mohamed Seen, novelista.

El recepcionista marca un número, se afloja la pajarita para relajar el cuello y se muerde el labio cuando le descuelgan.

– Es la recepción, señor. ¿Está el doctor Jalal en el bar?… Un tal Mohamed Seen está aquí preguntando por él… De acuerdo, señor.

El recepcionista cuelga y ruega al novelista que espere un momento.

El doctor aparece por el hueco de la escalera que da a las habitaciones, con los brazos abiertos, todo sonrisa. «¡Alá, ya baba! ¿Qué te trae por aquí, habibi? ¡Wah! El gran Seen se acuerda de mí.» Ambos hombres se abrazan calurosamente, se besan en las mejillas, contentos de verse; no dejan de contemplarse y de darse palmadas en la espalda.

– ¡Qué excelente sorpresa! -exclama el doctor-. ¿Desde cuándo estás en Beirut?

– Desde hace una semana. Invitado por el Instituto Francés.

– Magnífico. Espero que alargues tu estancia. Me encantaría.

– Debo regresar a París el domingo.

– Todavía nos quedan dos días. Hay que ver lo bien que hueles. Ven, vamos a la terraza a ver la puesta del sol. Tenemos una vista estupenda sobre las luces de la ciudad.

Desaparecen por el hueco de la escalera.


Los dos hombres se instalan en la alcoba vidriada de la terraza. Los oigo reír y darse palmadas en la espalda; me deslizo subrepticiamente tras un tabique de madera para espiarlos.

Mohamed Seen se quita el abrigo y lo coloca a su lado, sobre el brazo del sillón.

– ¿Tomas una copa? -le propone Jalal.

– No, gracias.

– ¡Dios santo! ¡Cuánto hace! ¿Dónde te habías metido?

– Estoy hecho un nómada.

– Leí tu última novela. Una pura maravilla.

– Gracias.

El doctor se deja caer en su asiento y cruza las piernas. Mira al novelista sonriendo, visiblemente encantado de volver a verlo.

El novelista apoya los codos sobre las rodillas, junta las manos a lo bonzo y posa con cuidado la barbilla sobre la punta de los dedos. Su entusiasmo se ha disipado.

– No pongas esa cara, Mohamed. ¿Tienes problemas?…

– Uno solo… y eres tú.

El doctor se echa hacia atrás soltando una risa breve y seca. Se repone de inmediato, como si acabara de asimilar las palabras de su interlocutor.

– ¿Tienes un problema conmigo?

El novelista alza la nuca; sus manos se agarran a las rodillas.

– No me voy a andar con remilgos, Jalal. Estuve en tu conferencia, anteayer. Todavía no me lo puedo creer.

– ¿Por qué no viniste a verme justo después?

– ¿Con toda esa jauría que pululaba a tu alrededor?… La verdad es que ni te reconocía. Estaba tan perplejo que creo que fui el último en abandonar la sala. Me has dejado totalmente patidifuso. Es como si hubiera recibido un ladrillazo en la cabeza.

Al doctor Jalal se le borra la sonrisa. Su rostro rezuma dolor. Luego se le ensombrecen los rasgos y se le arruga la frente. Durante largo rato se rasca el labio inferior en busca de una palabra apta para romper el muro invisible que acaba de levantarse entre el novelista y él.

Dice, tras fruncir el ceño, con la voz resquebrajada:

– ¿Fue para tanto, Mohamed?…

– Y sigo sonado, por si te interesa saberlo.

– Presumo que has venido a darme un tirón de orejas, maestro… Pues adelante, no te cortes.

El novelista levanta su abrigo, lo toquetea nervioso, saca un paquete de tabaco. Cuando tiende un cigarrillo al doctor, éste lo rechaza con un gesto seco. La brutalidad del ademán no escapa al escritor.

El doctor se ha parapetado tras una mueca de desencanto. Tiene la cara tensa y la mirada cargada de fría animosidad.

El escritor busca su mechero, pero no consigue dar con él; como Jalal no le ofrece el suyo, renuncia a fumar.

– Estoy esperando -le recuerda el doctor con tono gutural.

El escritor asiente con la cabeza. Vuelve a guardar el cigarrillo en el paquete, luego el paquete en el bolsillo del abrigo, que coloca de nuevo sobre el brazo del sillón. Da la impresión de estar ganando tiempo o poniendo en orden sus ideas ahora que no tiene más remedio que explicarse.

Resopla con fuerza y dice a quemarropa:

– ¿Cómo se puede cambiar de chaqueta de la noche a la mañana?

El doctor se estremece. Los músculos de su cara se convulsionan. No parecía esperarse una embestida tan frontal… Tras un largo silencio, en que permanece con la mirada fija, replica:

– No he cambiado de chaqueta, Mohamed. Sólo me he dado cuenta de que la llevaba puesta del revés.

– La llevabas bien puesta, Jalal.

– Es lo que yo creía. Estaba equivocado.

– ¿Fue porque te negaron la Insignia de las Tres Academias?

– ¿Crees que no me la merecía?

– Sobradamente. Pero no es el fin del mundo.

– Supuso el fin de mis sueños. Prueba de ello es que todo ha cambiado desde entonces.

– ¿Y qué ha cambiado?

– La partida. Ahora somos nosotros quienes repartimos las cartas y los puntos. Mejor todavía: nosotros imponemos las reglas del juego.

– ¿Qué juego, Jalal? ¿El de pimpampum?… Eso no divierte a nadie, todo lo contrario… Has saltado del tren en marcha. Estabas bien donde estabas.

– ¿De esclavo de turno?

– No eras un esclavo de turno. Eras un hombre ilustrado. Hoy somos nosotros la conciencia del mundo. Tú y yo, y esas inteligencias huérfanas, abucheadas por los suyos y despreciadas por las mentes embrutecidas. Sin duda, somos una minoría, pero existimos. Tú y yo somos los únicos capaces de cambiar las cosas. Occidente ha quedado fuera de la carrera. Está desbordado por los acontecimientos. La auténtica batalla se está librando en las rivalidades entre élites musulmanas, es decir, entre nosotros dos y los gurús.

– ¿Entre la raza aria y la raza âaryanne *?

– Es falso. Y lo sabes bien. Hoy todo lo que ocurre queda entre nosotros. Los musulmanes están a favor de quien haga oír su voz con mayor fuerza. Les da igual que sea un terrorista o un artista, un impostor o un justo, una eminencia oscura o una eminencia gris. Necesitan un mito, un ídolo. Alguien que sea capaz de representarlos, de definirlos en su complejidad, de defenderlos a su manera. Con la pluma o con bombas, eso les importa poco. Y nosotros somos quienes elegimos las armas, Jalal, nosotros: tú y yo.

– Ya he elegido las mías. Y no existen otras.

– No te crees lo que estás diciendo.

– Sí.

– Pues no. Has cambiado de chaqueta.

– Te prohíbo…

– De acuerdo -lo interrumpe-. No he venido aquí para zarandear tu susceptibilidad. Sino a decirte esto: cargamos con una enorme responsabilidad, Jalal. Todo depende de nosotros, de ti y de mí. Nuestra victoria supone la salvación del mundo entero. Nuestra derrota, el caos. Tenemos un instrumento asombroso en nuestras manos: nuestra doble cultura. Nos permite enterarnos de qué va la cosa, dónde está el delito y dónde la razón, dónde está el fallo en unos y por qué otros están bloqueados. Occidente duda. Sus teorías, que antaño imponía como verdades absolutas, hoy se les vienen abajo ante el vendaval de las protestas. Tanto tiempo mecido por sus ilusiones para quedarse ahora sin referencias. De ahí la metástasis que ha llevado a este diálogo de sordos que enfrenta a pseudomodernidad y pseudobarbarie.

– Occidente no es moderno; es rico. Los «bárbaros» no son bárbaros, son pobres y no se pueden permitir su modernidad.

– Completamente de acuerdo contigo. Y ahí es donde nosotros intervenimos para poner las cosas en su sitio, para moderar los impulsos, reajustar las miradas, proscribir los estereotipos que están en el origen de este espantoso malentendido. Somos el justo medio, Jalal, el punto de equilibrio.

– ¡Artimañas!… Eso es lo que yo también creía. Para sobrevivir al imperialismo intelectual que me miraba por encima del hombro, yo, un erudito, me repetía exactamente lo que me acabas de decir. Pero me hacía ilusiones. Sólo valía para jugarme el pellejo en los estudios de televisión condenando a los míos, mis tradiciones, mi religión, a mis allegados y a mis santos. Me utilizaron. Como un tizón. Yo no soy un tizón. Soy una cuchilla de doble filo. Me han limado uno, pero me queda el otro para destriparlos. No creas que es por lo de la Insignia de las Tres Academias. Eso fue un desengaño más entre muchos otros. La verdad es otra. Occidente está senil. Sus nostalgias imperiales le impiden admitir que el mundo ha cambiado. Envejece mal, se ha vuelto paranoico y coñazo. Ya ni hay manera de que razone. Por ello hay que practicarle la eutanasia… No se construye sobre viejos cimientos. Se arrasa todo y se empieza desde la base.

– ¿Con qué? Con TNT, con paquetes bomba, con colisiones extraordinarias. Un vándalo no construye, destruye… Tenemos que aprender a asumir, Jalal, a aceptar los golpes bajos y las injusticias de aquellos que tomábamos por nuestros aliados; a trascender nuestro furor. Nos jugamos el porvenir de la humanidad. ¿Qué peso tienen nuestras desilusiones ante la amenaza que planea sobre el mundo? No han sido correctos contigo, no lo discuto…

– Te recuerdo que contigo tampoco.

– ¿Y eso es una razón válida para confundir el destino de las naciones con la fatuidad de un puñado de templarios?

– Para mí, ese puñado de cretinos encarna toda la arrogancia con que nos trata Occidente.

– Olvidas a tus discípulos, a tus colegas, a los miles de estudiantes europeos que has formado y que transmiten tu enseñanza. Es eso lo que cuenta, Jalal. El agradecimiento se puede ir a paseo si procede de gente que no te llega al tobillo. Cuando surge un genio en este mundo, se le reconoce porque todos los imbéciles se alían contra él, según Jonathan Swift. Siempre ha sido así… Tu triunfo es el saber que legas a los demás, las mentes que instruyes. No puedes dar la espalda a tantas alegrías y satisfacciones y sólo tener en cuenta los celos de una pandilla de inconscientes porfiados.

– Desde luego, Mohamed, nunca te enterarás. Eres demasiado bueno, y de una ingenuidad desesperante. Yo no me estoy vengando: reivindico mi inteligencia, mi integridad, mi derecho a ser grande, y guapo, y consagrado. Se acabó eso de aceptar la exclusión, de pasar por alto tantos años de ostracismo, de despotismo intelectual, segregacionista y obtuso. Soy profesor emérito…

– Lo eras, Jalal. Ahora has dejado de serlo. Al ocupar la tribuna del oscurantismo demuestras a tus antiguos alumnos y a quienes te han ofendido que, al fin y al cabo, no vales gran cosa.

– Tampoco ellos valen gran cosa para mí. El tipo de cambio que me imponían ha dejado de estar vigente. Yo soy mi propia unidad de medida. Mi propia bolsa. Mi propio diccionario. He decidido cuestionarlo todo desde el principio, redefinirlo todo. Imponer mis propias verdades. Se acabaron los tiempos de las zalamerías rastreras. Para enderezar el mundo, hay que librarlo de quienes doblan el espinazo. El mito del casco colonial es historia pasada. Tenemos medios para la insurrección. Ya no nos dejamos engañar y gritamos a los cuatro vientos, a voz en grito y sin disimulo, que Occidente no es más que una burda superchería. Una sutil mentira. La más coqueta de las falsedades. He decidido levantarle su traje de gala para ver si sus partes bajas son tan erotizantes como sus atributos… Créeme, Mohamed. Occidente es un mal partido. Ya lleva bastante tiempo cantándonos nanas para meternos mano cuando nos quedamos soñolientos. ¿Hasta cuándo va a durar esto? Hemos dicho basta: tiene que revisar sus notas. Hubo un tiempo en que se dedicaba a definir el mundo como buenamente le parecía. A un autóctono lo llamaba indígena, y a un hombre libre, salvaje; hacía y deshacía mitologías como le daba la gana, convirtiendo a nuestros vates en vulgares folclóricos y a sus charlatanes en divinidades. Hoy los pueblos agraviados han recobrado el uso de la palabra. Y tienen algo que decir. Y eso es exactamente lo que dicen nuestros cañones.

El escritor se golpea las palmas de las manos:

– Deliras, Jalal. ¡Haz el favor de pisar tierra! Tu lugar no está entre quienes matan, masacran y aterrorizan. ¡Y lo sabes! Sé que lo sabes. Te estuve escuchando anteayer. Tu conferencia fue lamentable, y en ningún momento noté un ápice de la sinceridad que te caracterizaba en tiempos en que luchabas por que la sobriedad triunfara sobre la ira; por que la violencia, el terrorismo, el infortunio quedaran expulsados de las mentalidades…

– ¡Ya está bien! -explota el doctor descomprimiéndose como si fuera un muelle-. Si te divierte que te hagan la pelota unas nulidades, es asunto tuyo. Pero no vengas a contarme que la mierda en la que te regodeas es un festín. ¡Sé reconocer el olor a letrinas, joder! Y tu afectación apesta. ¡Además, me estás dando por culo, mierda!… Y eso que todo está más que claro. Occidente no nos quiere. Y tampoco te querrá a ti. No te va a llevar en el corazón porque no lo tiene, ni te pondrá jamás por las nubes puesto que te mira por encima del hombro. ¿Quieres seguir siendo un desgraciado lameculos, un árabe servil, un ratón privilegiado; quieres seguir esperando de ellos lo que son incapaces de darte? Vale. Tómatelo con calma y espera. ¿Quién sabe? Podría caérseles un hueso de su bolsa de basura. Pero no vengas a marearme con tus teorías de limpiabotas, ya ualed. Sé perfectamente adónde voy y lo que quiero.

Mohamed Seen levanta los brazos en señal de abdicación, recoge su abrigo y se pone de pie.

Me apresuro a retirarme.

Oigo a Jalal abroncar al escritor por las escaleras:

– Les ofrezco la luna en bandeja de plata. Sólo se fijan en la cagada de mosca en la bandeja. ¿Cómo quieren ustedes que seduzcan a la luna? Eso lo has escrito tú.

– No intentes llevarme a ese terreno, Jalal.

– ¿Por qué tanta amargura al constatar ese fracaso, señor Mohamed Seen? ¿Por qué tienes que sufrir por tu generosidad? Es porque se niegan a reconocer tu auténtico valor. A tu retórica la llaman «grandilocuencia», y reducen tus soberbios fulgores a imprudentes «osadías estilísticas». Yo lucho contra esa injusticia, me rebelo contra esa mirada reductora que se dignan dirigir a nuestra magnificencia. Esa gente tiene que darse cuenta del daño que nos hacen, comprender que, como sigan escupiendo sobre lo mejor que hay en nosotros, tendrán que vérselas con lo peor. Así de claro.

– El mundo intelectual es el mismo en todas partes, tan fraudulento y traicionero como el peor de los tugurios. Es una chusma total, sin escrúpulos y sin código de honor. No perdona a los suyos ni a los demás… Por si te sirve de consuelo, se me impugna y odia más entre los míos que en cualquier otra parte. Es sabido que nadie es profeta en su tierra. Yo cambio el punto por una coma y añado: y nadie es amo en casa ajena. Nadie es profeta en su tierra, ni amo en casa ajena. La salvación me viene de esa revelación: no quiero ser maestro ni profeta. Sólo soy un novelista que intenta aportar algo de su generosidad a quienes están dispuestos a aceptarla.

– Si te divierte conformarte con las migajas.

– Por supuesto, Jalal. Prefiero divertirme con nada que equivocarme en todo. Mi pena me enriquece siempre que no empobrezca a nadie. Y no hay peor miseria moral que optar por sembrar la desgracia cuando de lo que se trata es de sembrar vida. Entre la noche de mi infortunio y el duelo de mis amigos, me quedo con la negrura que me permite soñar.

Me alcanzan en el pasillo, en la planta baja. Simulo salir del aseo. Están tan enfrascados en su querella de intelectuales que pasan por delante, zumbando, vibrando, incombustibles, sin fijarse en mí.

– Estás con el culo al aire, Mohamed. Es una situación muy incómoda. Estamos en pleno choque de civilizaciones. Vas a tener que elegir tu bando.

– Soy mi propio bando.

– ¡Pretencioso! Nadie puede ser su propio bando, eso es aislarse.

– Nunca está solo quien camina hacia la luz.

– ¿Cuál? ¿La de Ícaro o la de las luciérnagas?

– La de mi conciencia. No la vela ninguna sombra.

Jalal se detiene en seco y mira al escritor alejarse. Cuando éste empuja la puerta que da a la recepción, el doctor se dispone a alcanzarlo, se lo piensa y deja caer las manos sobre los muslos.

– Sigues en la fase anal de la toma de conciencia, Mohamed. El mundo está en marcha, y tú te andas con tonterías… No te darán nada, nada de nada -le grita-. Algún día te reclamarán hasta las migajas que hoy te están dejando… Nada, te digo, nada de nada, y nunca nada…

Las hojas de la puerta se cierran con un gemido. El ruido de los pasos del escritor va decreciendo hasta apagarse, absorbido por la moqueta del vestíbulo.

El doctor Jalal se coge la cabeza con ambas manos y gruñe un taco ininteligible.

– ¿Quieres que le reviente la tapa de los sesos? -le digo.

– ¡Lárgate! -me suelta-. En la vida hay algo más que eso.


21

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El doctor Jalal no ha salido indemne de su conversación con el escritor. Rara vez se levanta antes de mediodía, y por la noche lo oigo dar vueltas en su habitación. Según Chaker, ha anulado la conferencia que debía dar en la Universidad de Beirut, ha cancelado las entrevistas con la prensa y dejado de lado el libro que estaba ultimando.

No consigo admitir que un erudito de su temple pueda dejarse desconcertar por un plumífero servil. El doctor Jalal es capaz de elevar un trapo al rango de estandarte. Me subleva constatar que se ha dejado impresionar por un vulgar chupatintas.

Esta mañana está derrumbado en un sillón como una gavilla de ramas. De espalda a la recepción. Su cigarrillo agoniza en forma de palote de ceniza. Mira con fijeza la tele apagada, con las piernas abiertas y los brazos caídos a ambos lados del sillón, como un boxeador sonado sobre su taburete.

No levanta la mirada hacia mí.

Sobre la mesa, botellas de cerveza vacías junto a un vaso de whisky. El cenicero rebosa de colillas.

Salgo del salón para las visitas y me dirijo al restaurante, en el fondo del vestíbulo, donde pido un filete a la plancha, patatas fritas y ensalada. El doctor no aparece. Permanezco a la espera, con los ojos clavados en las hojas de la puerta. Se me ha enfriado el café. El camarero acude a recoger la mesa y a tomar nota de mi número de habitación. La puerta del restaurante permanece sin abrirse.

Regreso al salón. El doctor sigue ahí, esta vez con la nuca apoyada en el respaldo y los ojos mirando al techo. No me atrevo a acercarme a él ni a subir a mi habitación. Salgo a la calle y me pierdo entre el gentío.


– ¿Dónde te habías metido? -me increpa Chaker golpeándose con fuerza las manos cuando me ve regresar.

Está clavado en el sofá, en mi suite, blanco como la cera.

– Te he buscado por todas partes.

– Se me olvidó en la explanada.

– ¡Por Dios! Podías haber llamado. Si llegas a tardar una hora más, doy la señal de alarma. Habíamos quedado aquí a las cinco.

– Ya te he dicho que se me olvidó.

Chaker se contiene para no saltarme al cuello. Mi flema lo exaspera y mi despreocupación lo enfurece. Levanta las manos e intenta calmarse. Luego, recoge una carpeta de cartón que andaba tirada a sus pies y me la tiende.

– Tus billetes de avión, tu pasaporte y la documentación universitaria. Pasado mañana vuelas a Londres, a las seis y diez de la tarde.

Suelto la carpeta sobre la mesilla de noche, sin abrirla.

– ¿Algo va mal? -me pregunta.

– ¿Por qué me haces siempre la misma pregunta?

– Para eso estoy aquí.

– ¿Acaso me he quejado de algo?

Chaker apoya las manos sobre sus muslos y se incorpora. Tiene mal aspecto; sus ojos están enrojecidos como si no hubiese dormido desde la víspera.

– Ambos estamos cansados -dijo con voz de agotamiento-. Intenta descansar. Pasaré a recogerte a las ocho de la mañana. Para la clínica. Debes ir en ayunas.

Va a añadir algo, pero finalmente no lo estima necesario.

– ¿Me puedo ir?

– Por supuesto -le digo.

Menea la barbilla, echa una última ojeada a la carpeta de cartón y se va. No lo oigo alejarse por el pasillo. Debe de haberse quedado tras la puerta, frotándose la barbilla y preguntándose vaya uno a saber qué.

Me tumbo sobre la cama, coloco las manos tras la nuca y contemplo la araña sobre mi cabeza. Espero que Chaker se vaya. Lo tengo calado; cuando algo se le escapa, no puede tomar ninguna decisión hasta asegurarse. Por fin oigo cómo se aleja. Me incorporo y agarro la carpeta de cartón. Contiene un pasaporte, billetes de avión de British Airways, un carné de estudiante, una tarjeta de crédito, doscientas libras y documentos universitarios.

El comprimido que suelo utilizar para dormir no me hace ningún efecto. Me mantengo despierto como si hubiera bebido un termo de café. Completamente vestido, con los zapatos puestos, miro tumbado el techo salpicado por los reflejos sanguinolentos de un anuncio publicitario de la calle. Apenas se oye circulación fuera. Algunos coches pasan con un soplido amortiguado, lo justo para enturbiar el silencio que acaba de caer sobre la ciudad.

En la habitación de al lado el doctor Jalal también está desvelado. Lo oigo dar vueltas. Su estado ha empeorado.

Me pregunto por qué no he señalado a Chaker la visita del escritor.


Chaker llega en punto. Espera en mi suite mientras salgo de la ducha. Me visto y lo sigo hasta su coche, aparcado delante de un bazar. A pesar de la gélida brisa, el cielo está limpio. El sol rebota sobre las ventanas, cortante como una cuchilla de afeitar.

Chaker no se introduce en el patio interior de la clínica. Rodea el edificio y toma una entrada al garaje que da al sótano. Tras haber estacionado el coche en un pequeño aparcamiento subterráneo, tomamos una escalera oculta. El profesor Ghany y Sayed nos esperan en la entrada de una gran sala con aspecto de laboratorio. Las puertas que dan a la parte superior de la clínica están blindadas y cerradas con candado. Al final de un pasillo con mucha luz se accede a una habitación no menos alumbrada y con las paredes cubiertas de azulejos. Un ventanal la divide en dos. Del otro lado veo una especie de consulta de dentista con su sillón estirado bajo un sofisticado proyector. Alrededor, estanterías metálicas repletas de cajas.

El profesor despide a Chaker.

Sayed evita mirarme. Finge estar atento al profesor. Ambos están tensos. Yo también me siento nervioso. Las pantorrillas me hormiguean. Los latidos de mi corazón resuenan como mazazos en mis sienes. Tengo ganas de vomitar.

– Todo va bien -me tranquiliza el profesor señalándome un asiento.

Sayed se sienta a mi lado; así, no se ve obligado a darse la vuelta. Tiene las manos enrojecidas de tanto triturárselas.

El profesor permanece de pie. Con las manos metidas en los bolsillos de su bata, me anuncia que ha llegado el momento de la verdad.

– Dentro de un rato te pondremos la inyección -me dice con la garganta encogida por la emoción-. Quiero explicarte lo que te va a ocurrir. Clínicamente, tu cuerpo está en condiciones de recibir el… cuerpo extraño. Al principio, notarás efectos secundarios de escasa relevancia. Probablemente mareos durante las primeras horas, puede que algunas náuseas, y luego todo volverá a la normalidad. De entrada, quiero tranquilizarte. Ya hemos hecho pruebas con voluntarios. Hemos efectuado algunos reajustes sobre la marcha, en función de las complicaciones detectadas. La… vacuna que te voy a inocular es un éxito total. Por ese lado, puedes estar tranquilo… Después de inyectártela, te tendremos en observación durante todo el día. Simple medida de seguridad. Cuando abandones el centro, estarás en perfectas condiciones físicas. Se acabaron los medicamentos que te prescribí. Ya no los necesitas. Los he sustituido por dos comprimidos distintos que tienes que ingerir en tres tomas a lo largo de una semana… Mañana viajarás a Londres. Allá te atenderá un médico. Durante la primera semana, las cosas se desarrollarán con normalidad. La fase de incubación no te provocará efectos negativos destacables. Dura de diez a quince días. Los primeros síntomas se manifestarán en forma de fiebre alta y convulsiones. El médico estará a tu lado. Luego, tu orina se irá poniendo roja. A partir de ese momento, el contagio será operativo. Ya sólo te quedará pasear por el metro, las estaciones, los estadios y los grandes almacenes para contaminar al mayor número de gente. Sobre todo las estaciones, para extender el azote por las demás regiones del reino… Su capacidad de propagación es asombrosa. Antes de caer, la gente a la que contagies transmitirá el germen a los demás en menos de seis horas. Pensarán que se trata de la gripe española, pero la catástrofe habrá diezmado a buena parte de la población antes de que se enteren de que no tiene nada que ver. Somos los únicos en saber cómo salvar a los demás. Y pondremos nuestras condiciones para intervenir… Se trata de un virus imparable. Mutante. Una gran revolución. Es nuestra arma absoluta… En Londres, el médico te explicará lo que quieras saber. Puedes confiar en él. Es mi más íntimo colaborador… Tendrás de tres a cinco días por delante para moverte por los espacios públicos más concurridos.

Sayed se saca un pañuelo y se seca la frente y las sienes. Está a punto de caerse redondo.

– Estoy listo, profesor.

No reconozco mi voz.

Siento que me deslizo hacia un estado semicomatoso.

Ruego al cielo que me dé fuerzas para levantarme y caminar sin derrumbarme hasta la entrada del gabinete que se halla detrás del ventanal. Se me nubla la vista durante unos segundos. Debo extraer el aire que me falta de lo más hondo de mis entrañas. Pero me recompongo y, de un bote, me incorporo. Mis pantorrillas siguen hormigueando, mis piernas flojeando, pero el suelo no se abre bajo mis pies. El profesor se pone una especie de mono de color plata que lo cubre de pies a cabeza, con máscara y guantes; Sayed me ayuda a ponerme el mío y se nos queda mirando cuando pasamos al otro lado del ventanal.

Me tumbo en el sillón, que se estira de inmediato y se eleva con un silbido mecánico. El profesor abre una cajita de aluminio y saca de ella una jeringa futurista. Cierro los ojos. Contengo la respiración. Cuando la inyección penetra en mi carne, todas las células de mi cuerpo se abalanzan a la vez sobre el lugar de la mordedura; me siento como aspirado hacia un abismo infinito desde la fisura de un lago helado.


Sayed me invita a cenar en un restaurante cercano a mi hotel. Una cena de despedida, con lo que ello implica, para él, de desconcierto y torpeza. Parece haber perdido el uso de la palabra. No consigue soltar una sola palabra ni mirarme a los ojos.

No me acompañará mañana al aeropuerto. Chaker tampoco. Un taxi pasará a recogerme a las cuatro en punto.

He pasado el día en el sótano de la clínica. El profesor Ghany acudía de cuando en cuando para auscultarme. Su satisfacción iba en aumento al hilo de sus visitas. Sólo he tenido un par de mareos tras un sueño de cuatro horas seguidas, sin trasfondo ni repercusiones. Al despertar, tenía una sed de náufrago. Me sirvieron un potaje y verduras que no acabé. No me dolía nada; estaba grogui, con la boca pastosa y un zumbido permanente en los oídos. Al levantarme de la cama, me tambaleé varias veces; luego, poco a poco, conseguí coordinar mis gestos y caminar adecuadamente.

El profesor no regresó para despedirse.

Cuando Chaker se marchó, Sayed se quedó conmigo toda la tarde. Nos dirigimos hacia el garaje para salir de la clínica en un pequeño coche de alquiler. Al atardecer la ciudad esparcía sus luces hasta las colinas, sus arterias bullían tanto como mis venas.

Hemos elegido una mesa del fondo de la sala para que nadie nos moleste. El restaurante está lleno a rebosar. Hay familias rodeadas de críos, parejas con los dedos entrelazados, alegres pandillas de amigos y hombres de negocios de mirada huidiza. Los camareros están desbordados, unos con bandejas repletas en equilibrio sobre la palma de la mano, otros tomando obsequiosamente las comandas en minúsculos cuadernillos. Cerca de la puerta de entrada, un gigantón de aspecto extravagante ríe hasta ahogarse, con la boca muy abierta. La mujer que lo acompaña en la mesa no parece sentirse muy cómoda; se gira hacia las mesas vecinas y esboza ligeras sonrisas, como pidiendo perdón por el inoportuno comportamiento de su compañero.

Sayed lee una y otra vez la carta, indeciso. Sospecho que se arrepiente de haberme invitado.

– ¿Has regresado a Kafr Karam? -le pregunto.

Se sobresalta, finge no haber oído.

Reitero mi pregunta. Entonces se relaja un poco, pues acaba soltando la carta que usaba como celosía y alza su mirada hacia mí.

– No, no he regresado a Kafr Karam. Estoy demasiado pillado en Bagdad. Pero sigo en contacto con nuestra gente. Me llaman a menudo, me tienen al tanto de lo que ocurre allá. Las últimas noticias son que han instalado un campamento militar en las huertas de los Haitem.

– He mandado un poco de dinero a mi hermana gemela. No sé si lo ha recibido.

– El giro llegó bien… Hablé hace dos semanas con Kadem por teléfono. Quería hablar contigo. Le dije que no sabía dónde estabas. Entonces me pasó a Bahia. Quería darte las gracias y tener noticias tuyas. Le prometí hacer todo lo posible para localizarte.

– ¿No sabe dónde estoy?

– Nadie en Irak lo sabe. Pienso regresar a Bagdad pasado mañana. Iré a ver a tu familia. Te prometo que no les faltará nada.

– Gracias.

No encontramos nada más que decirnos.

Cenamos en silencio, cada cual sumido en sus pensamientos.

Sayed me deja delante del hotel. Antes de apearme del coche, me doy la vuelta hacia él. Me sonríe con tanta tristeza que no me atrevo a darle la mano. Nos despedimos sin abrazos ni palmadas, como se separan dos arroyos ante una roca.


22

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Hay una nota para mí en recepción. Una carta cerrada con cinta adhesiva. Nada escrito en el sobre. Dentro, una tarjeta con un dibujo abstracto. En su revés, una línea trazada con rotulador grueso: Estoy orgulloso de haberte conocido. Firmado: Chaker.

Me guardo la carta en el bolsillo interior de mi cazadora.

En el salón, una familia numerosa gravita en torno a un velador. Los niños se pelean y saltan por encima de los asientos. Su madre intenta en vano llamarlos al orden mientras el padre se lo pasa pipa con su móvil ostensiblemente pegado a la oreja. Más allá, horripilado por el jaleo de los críos, el doctor Jalal se ahoga en su vaso.

Subo a mi habitación. Encuentro sobre mi cama una bolsa de cuero negro, de estreno. En su interior, dos pantalones con su etiqueta, camisetas, calzoncillos, calcetines, dos camisas, un jersey grueso, una cazadora, un par de zapatos metidos en un saquito, una bolsa de aseo, cuatro libros gordos de literatura anglosajona. Hay un trozo de papel pillado con alfiler en una correa. Es tu equipaje. Comprarás lo demás allí mismo. No está firmado.

El doctor Jalal entra sin llamar. Está borracho y tiene que agarrarse al pomo para no caer.

– ¿Te vas de viaje?

– Pensaba despedirme de ti mañana.

– No te creo.

Se tambalea, intenta por dos veces cerrar la puerta y se apoya en ella. Desaliñado, con la camisa medio fuera y la bragueta abierta, parece un mendigo. Tiene una mancha de tierra en el lado izquierdo del pantalón, probablemente debida a una caída en la calle. Su cara estragada presenta unos párpados tumefactos sobre una mirada extraviada y una nariz huidiza.

Se limpia la boca con el puño; una boca blanda, incapaz de articular dos palabras seguidas sin salivar.

– ¿O sea que te largas de puntillas como un merodeador? Llevo horas esperando en el salón para que no te me escapes. Y tú pasas delante de mí sin saludar.

– Tengo que recoger mis cosas.

– ¿Me estás echando?

– No es eso. Necesito estar solo. Tengo que preparar mis maletas y recoger mis cosas.

Frunce el ceño, con los morros hacia delante, se tambalea y, respirando hondo, reúne las fuerzas que le quedan y me suelta:

– ¡Y una mierda!

Se vuelve a tambalear, pese a la endeblez de su grito. Su mano acude presta a agarrarse al pomo de la puerta.

– ¿Puedes decirme qué puñetas has estado haciendo de sol a sol?

– He ido a ver a unos parientes.

– ¡Y una leche!… Sé en qué andas metido, joven. ¿Quieres que te diga dónde te has metido durante todo el día?… Has estado en una clínica… Más bien habría que decir en un loquero. ¡Me cago en la leche! ¿De qué van esos tarados?

Me quedo pasmado. Estático.

– ¿Creías que no me había dado cuenta?… ¿Qué narices de trasplante? Tú tienes aún menos cicatrices que cerebro en la cabeza… ¡Pero joder! ¿Es que no te das cuenta de lo que han hecho contigo en esa jodida clínica? Hay que ser gilipollas de remate para ponerse en manos del profesor Ghany. Ese fulano está completamente zumbado. Lo conozco. Nunca ha sido capaz de diseccionar un ratón sin cortarse el dedo.

No lo puede saber, me digo una y otra vez. Nadie lo sabe. Es un farol. Me está tendiendo una trampa.

– ¿De qué me hablas? -le digo-. ¿Qué clínica? ¿Quién es ese profesor?… He estado con unos parientes.

– ¡Pobre imbécil! ¿Crees que te estoy engañando? El tarado de Ghany es el que está chalado. Ignoro lo que te ha inyectado, pero seguro que no sirve para nada -se agarra la cabeza con ambas manos-. ¡Santo Dios! ¿Esto qué es, una película de Spielberg o qué? Ya había oído hablar de sus ensayos con prisioneros de guerra, allá con los talibanes. Pero esto ya pasa de castaño oscuro.

– Sal de mi habitación…

– ¡Ni hablar! Lo que vas a hacer es muy gordo. Muy muy muy gordo. ¡Ni pensarlo! No lo quiero imaginar. Sé que no funcionará. Tu virus de mierda acabará contigo, y punto. Pero ni siquiera así me quedo tranquilo. ¿Y si ese fracasado de Ghany lo hubiera hecho bien? ¿Te das cuenta de la magnitud del desastre? Ya no hablamos de atentados, de una bomba por aquí y una colisión por allá; se trata de un azote, del Apocalipsis. Habrá cientos de miles, millones de muertos. Si de verdad se trata de un virus revolucionario, mutante, ¿quién lo va a detener? ¿Con qué y cómo? Esto no hay por dónde cogerlo.

– ¿No decías que Occidente?…

– Ya no se trata de eso, cretino. He dicho un montón de gilipolleces a lo largo de mi vida, pero no pienso pasar por ahí. Hasta la guerra tiene sus límites. Y ahí nos hemos pasado. ¿Qué puede esperarse tras el Apocalipsis? ¿Qué va a quedar del mundo, al margen de la pestilencia de los cadáveres y del caos? Hasta el propio Dios se mesaría la cabellera hasta que el cerebro le chorreara por la cara…

Me fusila con el dedo:

– ¡Se acabaron las tonterías! ¡Lo detenemos todo, nos paramos en seco! No irás a ninguna parte. Y tampoco la mierda que llevas en el cuerpo. Una cosa es dar una lección a Occidente y otra mandar el planeta a la mierda. No me apunto a ese juego. Ya no hay juego que valga. Vas a entregarte a la policía. Y ahora mismo. Con un poco de suerte, podrán curarte. Si no, la diñarás tú, y de eso nos habremos librado. ¡Pedazo de imbécil!…


Chaker acude de inmediato. Jadeando. Como si lo persiguiera una jauría de demonios. Cuando entra en mi habitación y descubre al doctor Jalal dislocado sobre la moqueta, con un charco de sangre a modo de aureola, se lleva la mano a la cabeza y suelta un taco. Luego, al verme derrumbado sobre el sillón, se agacha sobre el cuerpo tumbado y comprueba si sigue respirando. Se le demora la mano alrededor del cuello del doctor. La frente se le tensa. Retira lentamente el brazo y se incorpora. Se le quiebra la voz al decirme:

– Ve a la habitación de al lado. Esto ya no es asunto tuyo.

No consigo despegarme del sillón. Chaker me agarra por los hombros y me lleva a rastras hasta el salón. Me ayuda a sentarme en el sofá, intenta arrancar de mi anquilosada mano el cenicero moteado de grumos de sangre.

– Dame eso. Ya acabó todo.

No entiendo qué hace ese cenicero en mi mano, ni por qué tengo los nudillos arañados. Luego recupero la memoria y tengo la sensación de que mi espíritu vuelve a tomar posesión de mi cuerpo; un escalofrío me recorre por entero, fulminante como un rayo.

Chaker consigue que afloje el puño, se apodera del cenicero y lo guarda en el bolsillo de su abrigo. Lo oigo desde la habitación hablar con alguien por teléfono.

Me levanto para ver cómo he dejado al doctor Jalal. Chaker me impide pasar y me conduce, sin brutalidad pero con firmeza, al salón.

Unos veinte minutos después, dos camilleros entran en mi habitación, se atarean alrededor del doctor, le ponen una máscara de oxígeno, lo colocan sobre una camilla y se lo llevan. Los veo desde la ventana meter su bulto en la ambulancia, cerrar las puertas y arrancar haciendo aullar la sirena.

Chaker ha limpiado la sangre de la moqueta.

Está sentado en el borde de mi cama, con la barbilla apoyada en la palma de las manos; mira fijamente, sin verlo, el lugar donde quedó tumbado el doctor.

– ¿Es grave?

– Se recuperará -dice poco convencido.

– ¿Crees que tendré problemas con el hospital?

– Los camilleros son de los nuestros. Se lo llevan a nuestra clínica. No te preocupes por eso.

– Estaba al corriente de todo, Chaker. Del virus, de la clínica, del profesor Ghany. ¿Cómo es posible?

– Todo es posible en la vida.

– Se suponía que nadie lo sabía.

Chaker alza la vista. Sus ojos casi han dejado de ser azules.

– Ya no es problema tuyo. El doctor está en nuestras manos. Sabremos aclarar este asunto. Piensa sólo en tu viaje. ¿Tienes todos tus documentos?

– Sí.

– ¿Me necesitas?

– No.

– ¿Quieres que me quede un rato contigo?

– No.

– ¿Estás seguro?

– Estoy seguro.

Se pone de pie y sale al pasillo.

Dice: Estoy en el bar, por si acaso… Cierra la puerta. Sin una palabra de despedida, sin hacerme la menor señal.


Me informan desde recepción de que ha llegado mi taxi. Recojo mi bolsa, recorro la habitación con la mirada, el salón, la ventana salpicada de sol. ¿Qué me dejo en ella? ¿Qué me llevo? ¿Me seguirán mis fantasmas, sabrán mis recuerdos apañárselas sin mí? Agacho la cabeza y enfilo el pasillo. Una pareja y sus dos crías cargan su equipaje en el ascensor. La mujer no consigue mover su enorme maleta; su marido la observa con desprecio sin ocurrírsele echarle una mano. Bajo por la escalera.

El recepcionista está registrando a dos jóvenes. Me alegro de no tener que despedirme de él. Cruzo el vestíbulo a la carrera. El taxi está aparcado ante el hotel. Me precipito hacia el asiento trasero, con la bolsa a mi lado. El chófer me mira por el retrovisor. Es un chico obeso enfundado en una camiseta blanca. Su largo pelo rizado y negro le cae en cascada por los hombros. No sé por qué, pero me resulta ridículo con sus gafas de sol.

– Aeropuerto.

Asiente con la cabeza y mete primera. Lo hace con soltura, arranca despacio. Se cuela entre un microbús y un camión de reparto y se pierde en medio del tráfico. Hace calor para ser abril. Los aguaceros han dejado bien regada la humeante calzada. Los rayos de sol rebotan como balas sobre la carrocería de los coches.

Al detenerse en un semáforo, el chófer enciende un cigarrillo y sube el volumen de la radio. Fairuz canta Habbeytek. Su voz me catapulta más allá del tiempo y de las fronteras. Aterrizo como un meteorito en el cráter, cerca de mi pueblo, donde Kadem me hacía escuchar las canciones que le gustaban. ¡Kadem!

Me veo en su casa, contemplando el retrato de su primera mujer. Las sirenas de Bagdad… Al final, nunca sabré a qué sirenas se refería. Debí insistir. Habría acabado dejándome escuchar su música, y yo quizás percibiendo el pulso de su genialidad.

– ¿Puede bajar el volumen?

El chófer frunce el ceño.

– Es Fairuz.

– Por favor…

Se siente contrariado, puede que horrorizado. Su adiposo cuello tiembla como un bloque de gelatina.

– Si quiere, puedo apagar la radio.

– Me vendría bien.

Apaga. Está indignado, pero se resigna.

Intento no pensar en lo que ocurrió la víspera, pero me doy cuenta de que no puedo quitármelo de la cabeza. Los gritos del doctor Jalal resuenan bajo las duelas de mi cráneo, atronadores como los de una hidra herida. Desplazo la mirada hacia el gentío que deambula por las aceras, los escaparates de las tiendas, los coches que se van relevando a diestro y siniestro, y, allá donde miro, sólo lo veo a él, con su gesto incoherente, la lengua espesa, pero las palabras insoslayables. El tráfico se despeja al tomar la carretera del aeropuerto. Bajo la ventanilla para evacuar el humo que suelta el chófer. El viento me abofetea la cara sin refrescarme. Me arden las sienes y tengo la tripa revuelta. No he pegado ojo en toda la noche. Tampoco he comido nada. Me he quedado encerrado en mi habitación, desgranando las horas y resistiéndome a las ganas de meter la cabeza en el bidé para vomitar hasta mis tripas.

Los mostradores de facturación están atestados. Una voz femenina ganguea por los altavoces. La gente se abraza, se separa, se vuelve a juntar, se busca entre el barullo. Cualquiera diría que todo el mundo está a punto de evacuar Líbano. Me pongo en la cola, espero mi vez. Tengo sed, me duelen atrozmente las pantorrillas. Una joven me ruega que le entregue mi pasaporte y mi billete de avión. Me dice algo que no entiendo. ¿No lleva equipaje? ¿Por qué me preguntará si llevo equipaje? Se inclina hacia mi bolso. ¿Se lo queda usted? Pero bueno, ¿qué pasa aquí? Pega una etiqueta alrededor de una de las correas de mi bolsa. Me indica un número en mi tarjeta de embarque, y un horario, y luego me señala con el brazo el lugar donde la gente se despide antes de separarse. Recojo mi bolsa y me dirijo hacia otros mostradores. Un agente uniformado me pide que deje la bolsa sobre una cinta transportadora. Al otro lado del cristal una señora vigila una pantalla. Mi bolsa desaparece por un cajón negro. El agente me tiende una bandejita y me insta a dejar sobre ella todos los objetos metálicos que llevo encima. Obedezco. Las monedas también. Paso por un detector de metales. Un hombre me intercepta, me registra a fondo y me deja seguir. Recupero bolsa, reloj, cinturón y monedas, y alcanzo la puerta indicada en la tarjeta de embarque. No hay nadie en el mostrador. Elijo un asiento cerca del ventanal y contemplo el baile de los aviones sobre el macadán alquitranado. Sobre la pista, los aparatos aterrizan y despegan uno tras otro. Estoy nervioso. Es la primera vez en mi vida que pongo los pies en un aeropuerto.

Creo que me he quedado dormido.

Mi reloj marca las seis menos veinte. No quedan asientos disponibles a mi alrededor. Dos señoritas se afanan tras el mostrador, bajo una pantalla encendida. Leo mi número de vuelo, la palabra «Londres» junto al logotipo de British Airways. A mi derecha, sentada, una anciana saca un móvil de su bolso, comprueba en su pantalla que no tiene mensajes y lo vuelve a guardar. Al cabo de dos minutos, lo saca de nuevo para consultarlo. Está preocupada, espera una llamada que no llega. Enfrente, un futuro papá arropa con la mirada a su esposa, cuyo vientre abomba su vestido premamá. Se desvive por ella, pendiente del menor gesto suyo para demostrarle lo encantado que está. Los ojos le chispean de alborozo. Vive en una nube. De pie, y apoyada en un cajero automático, una pareja de jóvenes de origen europeo se abraza, con el oro de sus cabellos sobre la cara. El chico es alto, lleva una camiseta de color naranja fluorescente y un vaquero muy ceñido. La chica, rubia como una gavilla de heno, debe ponerse de puntillas para alcanzar los labios de su amiguito. Su abrazo es apasionado, bello, generoso. ¿Qué se sentirá al besar en la boca? Jamás he besado a una chica en la boca. No recuerdo haber cogido de la mano a una prima, haber atisbado la posibilidad de un idilio. En Kafr Karam, soñaba de lejos con las niñas, a escondidas, casi avergonzado de mi debilidad. En la universidad conocí a Nawal, una morena con ojos melosos. Nos saludábamos con la punta de las pestañas, nos despedíamos mirándonos de soslayo. Creo que sentíamos algo el uno por el otro. Pero en ningún momento tuvimos el valor de intentar saber qué con exactitud. Estaba en otra clase. Nos las arreglábamos para cruzarnos por los pasillos. Nuestro eclipse duraba lo que una zancada. Una sonrisa nos bastaba para ser felices. Nos imbuíamos de ella durante las clases. Al caer la tarde, un padre o un hermano mayor acudían a buscar a mi fantasma a la puerta de la universidad y me lo confiscaba hasta el día siguiente. Luego la guerra le dio el golpe de gracia.

Anuncian el embarque de los pasajeros para Londres. Se dispara el nerviosismo a mi alrededor. Dos filas rodean ya el mostrador. La señora de mi derecha no se levanta. Saca su móvil por enésima vez y lo mira con cara de pena.

Desconsolada, se coloca al final de la fila. Una señorita comprueba su pasaporte, le entrega un resguardo del billete. Ella se da la vuelta una última vez y desaparece por un pasillo.

Sólo quedo yo.

Las señoritas y un señor hablan de algo gracioso, pues las chicas están riendo. El hombre se eclipsa por una puerta vidriada y regresa pasados unos minutos. Un viajero rezagado acude al galope, con su maleta de ruedas chirriando melancólicamente. Se deshace en excusas. Las señoritas le sonríen y le señalan un pasillo por el que se interna a la carrera.

El hombre mira su reloj con cierto fastidio. Su colega se inclina hacia un micrófono y da el último aviso a un pasajero que anda despistado por alguna parte. Es a mí a quien reclama. Me sigue llamando cada cinco minutos. Al final, se encoge de hombros, recoge sus efectos detrás del mostrador y corre en pos de sus dos colegas, que ya se han adelantado por el pasillo.

Mi avión está siendo remolcado hasta el centro del macadán alquitranado. Lo veo bifurcar lentamente y dirigirse hacia la pista.

Se apaga el panel sobre el mostrador.


Hace ya un buen rato que ha anochecido. Otros pasajeros han venido a hacerme compañía antes de adentrarse a su vez por el pasillo. Ahora anuncian otro vuelo y los asientos se vuelven a ocupar.

– ¿Va usted a París? -me pregunta un hombrecillo sobreexcitado que acaba de sentarse a mi lado.

– ¿Perdón?

– ¿Aquí se toma el vuelo para París?

– Sí -le tranquiliza un vecino.

El airbús con destino a París despega, majestuoso, inexpugnable. Las amplias salas se van adormeciendo. La mayoría de los compartimientos han quedado vacíos. Unos sesenta pasajeros hacen tiempo en un ala con religioso recogimiento.

Un agente de seguridad se me acerca, con el walkie-talkie a la vista. Ya había pasado dos o tres veces por aquí, intrigado por mi presencia. Se detiene ante mí, me pregunta si me encuentro bien.

– He perdido mi avión.

– Ya me lo imaginaba. ¿Adónde iba?

– A Londres.

– Ya no hay vuelos para Londres esta noche. Enséñeme su billete… British Airways… A esta hora todas las oficinas están cerradas. No puedo ayudarle. Tendrá que regresar mañana y contárselo a los de la compañía. Le aviso que son inflexibles. No creo que le validen su billete de hoy… ¿Tiene dónde ir? Está prohibido pasar aquí la noche. De todos modos, tiene que arreglarlo con la compañía, y eso está al otro lado de la zona franca. Venga conmigo.


Me dirijo hacia la salida con la mente en blanco. Me dejo llevar por mis pasos. No tengo otra opción. No pinto nada en el aeropuerto. Los vestíbulos están sumidos en el silencio. Un empleado empuja una hilera de carros. Otro va pasando sus trapos por el suelo. Aún se perciben algunas sombras por las esquinas. Los bares y tiendas están cerrados. Tengo que irme.

Un coche se detiene a mi altura mientras camino sin rumbo, enfrascado en mis preocupaciones. Se abre una portezuela. Es Chaker… Sube… Me instalo en el asiento del copiloto. Chaker rodea un aparcamiento, se detiene ante una señal de stop antes de lanzarse por la carretera jalonada por farolas. Circulamos durante una eternidad sin hablarnos ni mirarnos. Chaker no se dirige hacia Beirut, toma una carretera de circunvalación. Su ahogada respiración acompasa el arrullo del motor.

– Estaba seguro de que te ibas a rajar -dice con voz apagada.

No hay reproche en sus palabras, sólo un remoto regocijo, como cuando uno comprueba que no se había equivocado.

– Cuando oí tu nombre en el altavoz, lo comprendí todo.

Golpea repentinamente el volante:

– ¿Por qué, ¡Dios santo!, has hecho que nos tomemos tantas molestias para luego echarte atrás en el último minuto?

Se calma, relaja el puño; se da cuenta de que está conduciendo como un loco y levanta el pie del pedal.

Más abajo, la ciudad parece un inmenso estuche repleto de joyas.

– ¿Qué ha ocurrido?

– No lo sé.

– ¿Cómo que no lo sabes?

– Me encontraba ante la puerta de embarque, vi cómo los pasajeros subían al avión y no los seguí.

– ¿Por qué?

– Ya te lo he dicho: no lo sé.

Chaker se queda meditando un instante antes de irritarse:

– ¡Esto es de locos!

Cuando llegamos a la cima de una colina, le pido que se detenga. Tengo ganas de contemplar las luces de la ciudad.

Chaker se echa a un lado de la carretera. Cree que voy a vomitar, me pide que no manche el coche. Le digo que salgo a tomar el aire. Se lleva instintivamente la mano a la cintura, agarra la culata de su pistola.

– No te pases de listo -me previene-. No dudaré en matarte como a un perro.

– ¿Dónde quieres que vaya con esta mierda de virus en el cuerpo?

Busco a oscuras un lugar donde sentarme, encuentro una roca y me siento sobre ella. La brisa me hace tiritar. Los dientes me castañetean y se me erizan los pelos de los brazos. Muy lejos, en el horizonte, unos paquebotes surcan las tinieblas, como luciérnagas arrastradas por la crecida. El rumor del mar cabalga sobre el oleaje y cubre el silencio de esta tormentosa noche. Más abajo, a resguardo del asalto de las olas, Beirut recuenta sus tesoros bajo una luna henchida.

Chaker se acuclilla a mi lado con el arma entre las piernas.

– He llamado a los chicos. Nos veremos con ellos en la granja, más arriba. No están nada, nada contentos.

Me ajusto la cazadora para calentarme.

– No me moveré de aquí -le digo.

– No me obligues a arrastrarte por los pies.

– Haz lo que quieras, Chaker. Yo no me moveré de aquí.

– Muy bien. Les voy a decir dónde estamos.

Saca su móvil y llama a los chicos. Están furiosos. Chaker se mantiene sereno; les explica que me niego en redondo a seguirle.

Cuelga, me anuncia que llegan, que pronto estarán aquí.

Me abrazo a mis piernas dobladas y, con la barbilla hundida entre las rodillas, contemplo la ciudad. La mirada se me nubla; mis lágrimas se amotinan. Siento pena. ¿Cuál? No sabría decirlo. Mis preocupaciones se funden con mis recuerdos. Mi vida entera desfila por mi cabeza; Kafr Karam, mi gente, mis muertos y mis vivos, los seres que añoro y los que me habitan… Sin embargo, de todos mis recuerdos, los más nítidos son los más recientes. Aquella señora, en el aeropuerto, consultando la pantalla de su móvil; aquel futuro papá que se deshacía de tanta felicidad; y aquella pareja de jóvenes europeos besándose… Se merecen vivir mil años. No tengo derecho a cuestionar sus besos, a trastornar sus sueños, a desmantelar sus expectativas. ¿Qué he hecho yo con mi destino? Sólo tengo veintiún años y la certeza de haber echado a perder veintiuna veces mi vida.

– Nadie te obligó -gruñe Chaker-. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

No le contesto.

Es inútil.

Pasan los minutos. Estoy congelado. Chaker no deja de ir y venir a mis espaldas; los bajos de su abrigo chasquean al viento. De pronto, se detiene y exclama:

– Ahí están.

Cuatro faros de coches acaban de dejar la carretera para tomar el camino que conduce hasta donde estamos.

Sorprendentemente, la mano de Chaker se posa sobre mi hombro, compasiva.

– Lamento que hayamos tenido que llegar a esto.

A medida que los coches avanzan, sus dedos se me hunden en la carne, haciéndome daño.

– Te voy a contar un secreto, buen hombre. Quédatelo para ti. Odio a Occidente con todas mis fuerzas. Pero, pensándolo mejor, has hecho bien en no tomar ese avión. No era una buena idea.

El chirrido de los neumáticos sobre los guijarros se expande alrededor de la roca. Oigo portazos y pasos que se acercan.

Digo a Chaker:

– Que acaben pronto. No les guardaré rencor. Además, no siento rencor hacia nadie.

Luego me concentro en las luces de esta ciudad que no he sabido descubrir por culpa de mi ira contra los hombres.


Yasmina Khadra

<p>Yasmina Khadra</p>
***