Y Khadra

El Atentado


Traducido del francés por Wenceslao Carlos Lozano

Título origina L'attentat

© Éditions Julliard, Paris, 2005

© de la traducción: Wenceslao Carlos Lozano, 2006


No recuerdo haber oído ninguna explosión. Quizá un silbido, como el crujido de una tela al desgarrarse, pero tampoco estoy seguro. Estaba pendiente de esa especie de divinidad rodeada de un enjambre de fieles a la que su guardia pretoriana intentaba abrir paso hasta su vehículo. «Dejen paso, por favor… Por favor, apártense.» Los fieles se daban codazos para ver al jeque de cerca y tocar su kamis. El venerado anciano se daba la vuelta de cuando en cuando para saludar a un conocido o dar las gracias a un discípulo. De su ascético rostro irradiaba una mirada afilada como un alfanje. Intenté sin éxito romper el cerco de los cuerpos en trance que me aplastaban. El jeque se metió en su vehículo y agitó una mano tras el cristal blindado mientras dos guardaespaldas se sentaban a cada lado de él… Y nada más. Algo desgarró el cielo y fulguró en medio de la calzada como si fuera un rayo; su onda expansiva me alcanzó de lleno, desarticulando al grupo cuyo frenesí me tenía cautivo. En una fracción de segundo, el cielo se vino abajo y la calle, hasta ahora henchida de fervor, quedó completamente patas arriba. El cuerpo de un hombre, o un chico, se cruzó ante mi aturdimiento como un flash oscuro. ¿Qué está pasando?… Una avalancha de polvo y fuego me succiona bruscamente y me catapulta entre mil proyectiles. Tengo la vaga sensación de estar deshilachándome, disolviéndome en la onda de choque… A pocos metros -o quizá a años luz-, el vehículo del jeque está ardiendo. Lo engullen unos tentáculos voraces que desprenden en el aire un espantoso olor a cremación. Su zumbido debe de ser aterrador, pero no lo percibo. Una fulminante sordera me ha arrebatado los ruidos de la ciudad. No oigo ni siento nada, sólo planeo y planeo. Planeo durante una eternidad antes de caer a tierra, grogui, descoyuntado pero curiosamente lúcido, con los ojos más grandes que el horror que acaba de abatirse sobre la calle. Justo cuando alcanzo el suelo, todo se detiene; las antorchas por encima del coche destartalado, los proyectiles, el humo, el caos, los olores, el tiempo… Una voz celestial sobrevuela el insondable silencio de la muerte, cantando un día regresaremos a nuestro barrio. No es exactamente una voz; parece un leve temblor, una filigrana… Mi cabeza rebota sobre algo… Mamá, grita un niño, con voz débil pero clara y pura. Viene de muy lejos, de alguna sosegada lejanía… Las llamas que devoran el vehículo se niegan a moverse, los proyectiles a caer… Mi mano se busca a sí misma entre las piedras, creo que estoy herido. Intento mover las piernas, alzar el cuello; ningún músculo obedece… Mamá, grita el niño… Aquí estoy, Amín… Ahí está mamá, surgiendo tras una cortina de humo. Avanza entre los escombros en suspensión, los gestos petrificados, las bocas abiertas al abismo. Por un momento creo que es la Virgen, con su velo lechoso y su mirada martirizada. Mi madre siempre ha sido así, triste y radiante a la vez, como un cirio. Cuando ponía su mano sobre mi frente ardiendo, desaparecía toda fiebre y desazón… Y ahí está, con su magia intacta. Siento cómo un escalofrío me recorre de pies a cabeza a la vez que libera el universo y pone en marcha el delirio. Las llamas recobran su macabra actividad, la metralla su trayectoria, el pánico su profusión… Un hombre harapiento, con la cara y los brazos tiznados, intenta acercarse al coche en llamas. Aunque gravemente herido, hace lo imposible por socorrer al jeque, movido por una especie de terquedad. Cada vez que alcanza la puerta del coche, una llamarada lo repele. Los cuerpos atrapados arden dentro del vehículo. Dos espectros ensangrentados se mueven del otro lado, intentan forzar la puerta trasera. Los veo aullar órdenes, o de dolor, pero no los oigo. Cerca de mí, un anciano desfigurado me mira fijamente, como alelado; no parece darse cuenta de que está destripado, de que su sangre cae en cascada dentro de un bache. Un herido se arrastra sobre los escombros, con una enorme mancha humeante sobre la espalda. Pasa justo a mi lado, gimiendo como un loco, y muere un poco más allá, con los ojos como platos, como si no admitiera que esto podía ocurrirle a él. Los dos espectros acaban rompiendo el parabrisas y se abalanzan en el interior. Otros supervivientes acuden en su ayuda. Arrancan con sus propias manos trozos de coche ardiendo, rompen los cristales, se ensañan con las puertas y consiguen extraer el cuerpo del jeque. Una decena de brazos se lo llevan en volandas y lo alejan de la hoguera antes de tumbarlo sobre la acera mientras una nube de manos se esfuerza en apagar las llamas de su ropa. Siento una miríada de punzadas en la cadera. Mi pantalón ha desaparecido prácticamente y sólo me cubren aquí y allá unos retazos calcinados. Mi pierna yace pegada a mi costado, a la vez horrible y grotesca, aún unida al muslo por un hilo de carne. De repente me abandonan todas mis fuerzas. Siento como si mis fibras se disociaran unas de otras y ya se estuvieran descomponiendo… Por fin oigo los aullidos de una ambulancia, y poco a poco regresan los ruidos de la calle, acuden en tropel y me ensordecen. Alguien se inclina sobre mi cuerpo, lo ausculta someramente y se aleja. Lo veo agacharse ante un amasijo de carne carbonizada, tomarle el pulso y luego hacer una señal a los camilleros. Otro hombre me toma el pulso y deja caer mi mano… «Éste está listo. No se puede hacer nada por él…» Tengo ganas de retenerlo, de obligarle a que me vuelva a examinar, pero mi brazo se amotina y reniega de mí. Mamá, vuelve a gritar el niño… Busco a mi madre en medio del caos… Sólo veo vergeles hasta donde me alcanza la vista… Los vergeles del abuelo… del patriarca… una tierra de naranjos donde siempre era verano… y un chaval soñando en lo alto de una cresta. El cielo es de un azul límpido. Los naranjos se dan los unos a los otros la mano. El niño tiene doce años y un corazón de porcelana. A esa edad en que todo son flechazos, pues su confianza es tan grande como sus alegrías, querría hincarle el diente a la luna como si fuera una fruta, convencido de que no hay más que tender la mano para aferrar toda la felicidad del mundo… Y allí, ante mis ojos, a pesar del drama que acaba de desfigurar para siempre el recuerdo de este día, a pesar de los cuerpos que agonizan sobre la calzada y de las llamas que siguen envolviendo el vehículo del jeque, el chico pega un bote y, con los brazos desplegados como si fueran alas de gavilán, echa a correr por el campo donde cada árbol es una maravilla… Tengo la cara surcada de lágrimas… «Quien te haya dicho que un hombre no debe llorar ignora lo que significa ser un hombre», me confesó mi padre cuando me pilló abatido en la cámara mortuoria del patriarca. «Llorar no es ninguna vergüenza, hijo. Las lágrimas son lo más noble que tenemos.» Como me negaba a soltar la mano del abuelo, se agachó ante mí y me cogió en sus brazos. «No sirve de nada quedarse aquí. Los muertos, muertos están, ya han expiado sus pecados. En cuanto a los vivos, no son sino fantasmas anticipados…» Dos camilleros me levantan y me echan sobre una camilla. Se acerca una ambulancia marcha atrás con sus puertas muy abiertas. Unos brazos me introducen en el interior de la cabina y casi me tiran en medio de otros cadáveres. Con un último sobresalto, oigo mi sollozo… «Dios, si se trata de una horrible pesadilla, haz que me despierte de inmediato…»


I

<p>I</p>

Tras la operación, nuestro director Ezra Benhaím viene a verme al despacho. Es un hombre ágil e impetuoso, a pesar de sus sesenta años cumplidos y su sobrepeso. En el hospital lo llaman el sargento de caballería por su excesivo militarismo, agravado por un sentido del humor de lo más inoportuno. Pero, a las duras, es el primero en remangarse y el último en abandonar la nave.

Ya estaba él allí cuando, antes de adoptar la nacionalidad israelí y siendo yo un joven cirujano, ponía todo mi empeño en convertirme en médico de plantilla. Aunque por entonces sólo era un modesto jefe de servicio, recurría a la escasa influencia que le confería su puesto para mantener a raya a mis detractores. Por entonces, no resultaba fácil para el hijo de un beduino unirse al gremio de la élite universitaria sin provocar un rechazo manifiesto. Mis compañeros de promoción eran unos niñatos judíos afortunados, con pulsera de oro y descapotable en el aparcamiento. Me miraban por encima del hombro y consideraban mis hazañas una afrenta a su categoría. Así, cuando alguno de ellos se excedía conmigo, Ezra ni siquiera intentaba enterarse de quién había empezado y se ponía sistemáticamente de mi lado.

Abre la puerta sin llamar y me mira de soslayo con la sonrisa en la comisura de los labios. Así es como suele demostrar su satisfacción. Acto seguido, como hago girar mi sillón para ponerme frente a él, se quita las gafas, las limpia con el faldón de su bata y dice:

– Al parecer, has traído de vuelta del limbo a tu paciente.

– Tampoco hay que exagerar.

Se coloca las gafas sobre su nariz de ingratas aletas, menea la cabeza tras meditar brevemente y recupera su austera mirada.

– ¿Te apuntas al club esta noche?

– Imposible, mi mujer regresa hoy.

– ¿Y mi revancha?

– ¿Qué revancha? No me has ganado una sola partida.

– No eres legal, Amín. Siempre aprovechas mi baja forma para apuntarte un tanto. Hoy, que me encuentro en condiciones, te escaqueas.

Me retrepo sobre el respaldo de mi asiento para mirarlo le frente.

– Si quieres que te diga, amigo Ezra, ya no tienes la pegada de antes y me da pena abusar de ti.

– No me entierres tan pronto. Acabaré poniéndote en tu sitio de una vez por todas.

– Para eso no necesitas raqueta. Te basta con suspenderme de empleo y sueldo.

Promete pensárselo, se lleva con desparpajo un dedo a la sien para despedirse y regresa a los pasillos para increpar a las enfermeras.

Una vez solo, intento recordar en qué estaba pensando antes de la interrupción de Ezra y recuerdo que iba a llamar a mi mujer. Agarro el aparato, marco el número de mi casa y cuelgo tras la séptima llamada. Mi reloj marca la una y doce minutos de la tarde. Si Sihem hubiese tomado el autocar de las nueve, hace un buen rato que debería haber llegado.

– No te preocupes tanto -me suelta de improviso la doctora Kim Yehuda invadiendo mi cuartucho.

Y añade de seguido:

– He llamado antes de entrar. Es que estás en las nubes…

– Lo siento, no te he oído.

Rechaza mis excusas con gesto altivo, vigila el movimiento de mis cejas y pregunta:

– ¿Llamabas a tu casa?

– No se te puede ocultar nada.

– Y, claro está, Sihem aún no ha regresado.

Su perspicacia me irrita pero ya estoy hecho a ella. Conozco a Kim desde la universidad. No éramos de la misma promoción -yo le llevaba tres cursos- pero simpatizamos desde el principio. Era guapa y espontánea, y a diferencia de las demás estudiantes, que se mordían siete veces la lengua antes de pedirle fuego a un árabe, por buen estudiante y apuesto que fuera, ella no se andaba con remilgos. Kim tenía la risa fácil y el corazón en la mano. Nuestros flirteos eran ingenuamente conmovedores. Sufrí enormemente cuando un adonis ruso, recién llegado de su komsomol, vino a robármela. Como soy buen perdedor, no me quejé en absoluto. Más tarde, me casé con Sihem y el ruso regresó a su casa sin previo aviso, tras el desmembramiento del imperio soviético. Kim y yo seguimos siendo excelentes amigos, y nuestra colaboración estrecha ha tejido entre nosotros una estupenda complicidad.

– Hoy es día de regreso de vacaciones -me señala-. Las carreteras están saturadas. ¿Has intentado localizarla en casa de su abuela?

– No hay teléfono en la finca.

– Llámala al móvil.

– Otra vez ha olvidado llevárselo.

Aparta los brazos en señal de fatalidad.

– Mala suerte.

– ¿Para quién?

Arquea su magnífica ceja y me advierte con el dedo.

– Lo dramático de algunas buenas intenciones es que su compromiso carece de valor y de tenacidad.

– Es la hora de los valientes -digo levantándome-. La operación ha sido agotadora y necesitamos recuperar fuerzas…

La agarro por el codo y la empujo hacia el pasillo.

– Pasa delante, guapa. Quiero ver las maravillas que vas dejando tras de ti.

– ¿Te atreverías a repetirme eso en presencia de Sihem?

– Los imbéciles son los únicos que no cambian de opinión.

La risa de Kim suena por el pasillo como el brillo de una guirnalda en un cementerio.

Ilan Ros se reúne con nosotros en la cafetería cuando estamos acabando de almorzar. Se instala con su sobrecargada bandeja a mi derecha para tener a Kim enfrente. Con la bata abierta sobre su vientre pantagruélico y sus mofletes rojos, empieza tragándose tres lonchas de carne fría y se limpia la boca con una servilleta de papel.

– ¿Sigues buscando una segunda vivienda? -me pregunta en medio de un voraz chapoteo.

– Depende de dónde.

– Creo que te he encontrado algo. No lejos de Asquelón. Un bonito chalé con todo lo necesario para desconectar por completo.

Mi mujer y yo llevamos más de un año buscando una casita a la orilla del mar. A Sihem le encanta el mar. Uno de cada dos fines de semana, cuando me lo permiten mis días de asueto, nos metemos en el coche y nos vamos a la playa. Tras caminar un buen rato por la arena, subimos a lo alto de una duna y contemplamos el horizonte hasta bien avanzada la noche. La puesta del sol siempre ha ejercido en Sihem una fascinación que me cuesta entender del todo.

– ¿Piensas que está al alcance de mi cartera? -le pregunto.

Ilan Ros suelta una breve sonrisa que sacude su papada carmesí como si fuera gelatina.

– Con el tiempo que hace que no te llevas la mano al bolsillo, Amín, pienso que te sobra para comprar la mitad de tus sueños…

De repente, una formidable explosión hace temblar las paredes y tintinear las ventanas de la cafetería. Todo el mundo se mira con perplejidad, y los que se encuentran más cerca de los ventanales se levantan y se vuelven hacia el exterior. Kim y yo nos abalanzamos hacia la ventana más cercana. Fuera, la gente que estaba volcada en sus ocupaciones en el patio del hospital se mantiene inmóvil, con la cabeza vuelta hacia el norte. La fachada del edificio de enfrente nos impide ver más allá.

– Seguro que ha sido un atentado -dice alguien.

Kim y yo salimos corriendo por el pasillo. Una cuadrilla de enfermeras sube del sótano y se dirige a la carrera hacia el vestíbulo. Teniendo en cuenta la violencia de la onda expansiva, el lugar de la explosión no debe de estar lejos. Un vigilante activa su emisor-receptor para informarse de la situación. Su interlocutor le comunica que sabe tanto como él. Tomamos al asalto el ascensor y, al llegar al último piso, nos precipitamos hacia la terraza que da al ala sur del edificio. Ya se encuentran allí algunos curiosos, con la mano a modo de visera. Miran hacia una nube de humo que se eleva a una decena de manzanas del hospital.

– Ha sido por Haqirya -informa un vigilante desde una radio-. Una bomba o un kamikaze. Puede que un coche bomba. No tengo esa información. Lo único que veo es el humo que sale del lugar…

– Hay que bajar -me dice Kim.

– Tienes razón. Hay que prepararse para acoger a los primeros evacuados.

Diez minutos después, las informaciones fragmentadas dan cuenta de una auténtica carnicería. Algunos hablan de un autobús alcanzado, otros de un restaurante volado. La centralita amenaza con saltar. Tenemos alarma roja.

Ezra Benhaím decreta el despliegue de la célula de crisis. Las enfermeras y los cirujanos se reúnen en urgencias, donde camillas de ruedas y parihuelas están dispuestas en un carrusel frenético aunque ordenado. No es la primera vez que un atentado sacude Tel Aviv, y la asistencia se presta cada vez con mayor eficacia. Pero un atentado no deja de ser un atentado. La experiencia permite controlarlo mejor técnicamente, pero no humanamente. Ni la emoción ni el pavor casan bien con la sangre fría. Cuando el horror golpea, lo primero que alcanza es el corazón.

Llego a mi vez a urgencias. Allí se encuentra Ezra, con el semblante demudado y el móvil pegado a la oreja. Dirige con la mano los preparativos.

– Un kamikaze se ha volado en un restaurante. Hay varios muertos y muchos heridos -anuncia-. Manden evacuar las salas 3 y 4 y prepárense para recibir a las primeras víctimas. Las ambulancias están de camino.

Kim, que había ido a su despacho para llamar por su cuenta, se reúne conmigo en la sala 5, donde irán a parar los heridos más graves. Como a veces el quirófano resulta insuficiente, se amputa in situ. Verificamos con cuatro cirujanos el material para las intervenciones. Unas enfermeras se afanan en torno a las mesas de operaciones, ágiles y precisas.

– Hay al menos once muertos -me informa Kim mientras pone en marcha unos aparatos.

Fuera aúllan las sirenas. Las primeras ambulancias invaden el patio del hospital. Dejo que Kim se ocupe de los aparatos y me reúno con Ezra en el vestíbulo. Los gritos de los heridos resuenan en la sala. Una mujer casi desnuda, tan enorme como su espanto, se contorsiona sobre una camilla. Los camilleros que la atienden tienen dificultades para mantenerla tranquila. Pasa delante de mí, con los pelos de punta y los ojos desorbitados. Justo tras ella llega el cuerpo ensangrentado de un chico. Tiene la cara y los brazos negros como si saliese de una mina de carbón. Agarro su camilla de ruedas y lo dejo a un lado para despejar el paso. Una enfermera acude en mi ayuda.

– Tiene una mano arrancada -exclama.

– No es momento de flaquear -le recomiendo-. Hágale un torniquete y llévelo de inmediato al quirófano. No pierda un minuto.

– Bien, doctor.

– ¿Está segura de que lo puede hacer?

– No se preocupe por mí, doctor. Me las arreglaré.

En un cuarto de hora, el vestíbulo de urgencias se ha convertido en un campo de batalla. No menos de un centenar de heridos se amontonan, la mayoría de ellos sobre el suelo. Todas las camillas están atestadas de cuerpos desmembrados, horriblemente acribillados por la metralla, algunos con quemaduras en distintas partes. Los llantos y gritos inundan todo el hospital. De cuando en cuando un alarido domina el estrépito, indicando la muerte de una víctima. Una se me va entre las manos, sin darme tiempo a examinarla. Kim me señala que el quirófano está saturado y que va a haber que mandar a los más graves a la sala 5. Un herido exige que se ocupen de él inmediatamente. Tiene la espalda desollada de lado a lado y una parte del omóplato a la vista. Al no verse auxiliado por nadie, agarra a una enfermera por el pelo. Hacen falta tres forzudos para que la suelte. Un poco más allá, encajonado entre dos camillas de ruedas, un herido aúlla meneándose como un poseso hasta que acaba cayéndose de la suya. Su cuerpo está lleno de cortaduras y no para de dar puñetazos en el aire. La enfermera que lo atiende no sabe qué hacer. Se le iluminan los ojos al verme.

– Rápido, rápido, doctor Amín…

El herido se tensa de golpe, cesan sus estertores, convulsiones y coces, y sus brazos se abaten sobre el pecho, como si fuera una marioneta a la que acabaran de cortar los hilos. Sus rasgos congestionados se desprenden repentinamente del dolor y se mudan en una expresión de demencia, mezcla de rabia extrema y de asco. Justo cuando me inclino sobre él, me amenaza con la mirada y retuerce los labios.

– Me niego a que un árabe me toque -gruñe rechazándome hoscamente con un manotazo-. Antes, muerto.

Lo agarro por la muñeca y le pego con firmeza el brazo contra el costado.

– Agárrelo bien -pido a la enfermera-, voy a examinarle.

– No me toque -se subleva el herido-. Le prohíbo que me ponga la mano encima.

Me escupe. Como jadea, la saliva le cae sobre la barbilla, trémula y elástica, mientras lágrimas de furia le inundan los párpados. Aparto su chaqueta. Su vientre se ha convertido en una papilla esponjosa que se comprime con cada esfuerzo. Ha perdido mucha sangre y sus gritos no hacen sino acentuar la hemorragia.

– Hay que operar de inmediato.

Hago una señal a un enfermero para que me ayude a colocar al herido sobre su camilla y, apartando las que nos cortan el paso, corro hacia el quirófano. El herido me mira fijamente con ojos de odio a punto de ponerse en blanco. Intenta protestar, pero sus contorsiones lo han dejado exhausto. Vencido, vuelve la cabeza para no tenerme de frente y se abandona al embotamiento que se va apoderando de él.


II

<p>II</p>

Abandono el quirófano hacia las diez de la noche.

Ignoro cuántas personas han pasado por mi mesa de operaciones. Cada vez que acababa con una, los batientes de la puerta del quirófano se abrían para dejar pasar otra camilla. Algunas intervenciones no han durado mucho, pero otras me han dejado agotado. Tengo calambres por todas partes y un hormigueo en las articulaciones. Hubo ratos en que la vista se me enturbiaba y me sentía mareado. Sólo cuando un pequeño estuvo a punto de morírseme, creí razonable ceder mi puesto a un sustituto. En cuanto a Kim, se le han quedado entre las manos tres pacientes, uno tras otro, como si un sortilegio se entretuviera haciendo añicos sus esfuerzos. Salió de la sala 5 maldiciéndose. Creo que subió a su despacho a llorar a lágrima viva.

Según Ezra Benhaím, el número de muertos debe revisarse al alza. Vamos por diecinueve defunciones -entre ellas once escolares que festejaban el cumpleaños de una compañera en el local-, cuatro amputaciones y treinta y tres ingresos en situación crítica. Unos cuarenta heridos han sido recogidos por sus familiares, otros han regresado a su casa por sus propios medios tras los cuidados de urgencia.

En la sala de espera, los familiares se comen las uñas yendo y viniendo por la sala como sonámbulos. La mayoría no parece totalmente consciente de la magnitud de la catástrofe que acaba de golpearlos. Una madre, loca de dolor, se agarra a mi brazo con mirada incisiva. «¿Cómo está mi niña, doctor? ¿Se va a salvar?…» Acude un padre cuyo hijo está en reanimación. Quiere saber por qué la operación dura tanto. «Hace horas que está ahí dentro. ¿Qué le están haciendo?» Las enfermeras sufren el mismo acoso. Hacen todo lo que pueden por calmar los ánimos y prometen obtener las informaciones que se les reclaman. Una familia me pilla tranquilizando a un anciano y se abalanza sobre mí. Debo batirme en retirada, salir por el patio interior y rodear todo el edificio para regresar a mi despacho.

Kim no está en el suyo. La busco en el de Ilan Ros, que no la ha visto, ni las enfermeras tampoco.

Me cambio para irme a mi casa.

En el aparcamiento, los policías van y vienen en una especie de sordo frenesí. El chisporroteo de sus radios salpica el silencio. Un oficial da instrucciones desde un 4x4, con el fusil de asalto sobre el salpicadero.

Llego hasta mi coche, embriagado por la brisa nocturna. El Nissan de Kim está aparcado donde lo encontré esta mañana, con las ventanas delanteras medio bajadas por el calor. Deduzco que sigue en el hospital, pero estoy demasiado cansado para buscarla.

Al salir del hospital, la ciudad parece serena. El drama que acaba de estremecerla no ha alterado sus costumbres. Colas interminables de coches tienen copada la carretera de circunvalación de Petah Tiqwa. Los cafés y restaurantes rebosan de gente. Los noctámbulos invaden las aceras. Giro hacia la avenida Gevirol hasta Bet Sokolov, donde un control obliga a los conductores a rodear el barrio de Haqirya, aislado del resto de la ciudad por un drástico dispositivo de seguridad. Consigo colarme hasta la calle Hasmonaím, envuelta en un silencio sideral. Puedo ver de lejos el local de comida rápida que el kamikaze ha hecho volar por los aires. La policía científica analiza el lugar de la matanza y va tomando muestras. Todo el frontal del restaurante está destrozado. El techo se ha desmoronado sobre la parte trasera, rayando la acera con regueros negros. Una farola arrancada de cuajo cruza la calzada sembrada de residuos de todo tipo. El impacto ha sido de una violencia inaudita; los cristales de los edificios circundantes se han hecho añicos y algunas fachadas están desconchadas.

– No se quede ahí -me ordena un poli surgido de no sé dónde.

Barre mi vehículo con su linterna, la dirige hacia la matrícula y luego hacia mí. Da instintivamente un paso hacia atrás y se lleva la mano a la pistola.

– No haga ningún gesto brusco -me advierte-. Quiero ver sus manos sobre el volante. ¿Qué hace usted por aquí? ¿No ve que la zona está acotada?

– Regreso a mi casa.

Un segundo agente acude en su ayuda.

– ¿Por dónde se ha colado éste?

– ¡Y yo qué puñetas sé! -dice el primero.

El segundo poli pasea a su vez su linterna sobre mí, me echa una mirada torva y desconfiada.

– ¡Sus papeles!

Se los alargo. Los comprueba y vuelve a enfocarme con su linterna. Mi nombre árabe le preocupa. Siempre ocurre lo mismo tras un atentado. Los maderos están con los nervios de punta y las caras sospechosas exacerban su susceptibilidad.

– Salga -me ordena el primer agente- y póngase de cara al coche.

Obedezco. Me empuja con fuerza contra el techo del vehículo, me aparta las piernas con su pie y me somete a un cacheo sistemático.

El otro abre y registra el maletero.

– ¿De dónde viene?

– Del hospital. Soy el doctor Amín Jaafari, soy cirujano en Ichilov. Acabo de salir de la sala de operaciones. Estoy reventado y quiero volver a mi casa.

– Está bien -dice el otro policía cerrando el maletero-. No hay nada extraño por aquí.

El otro se niega a que me vaya así porque sí. Se aleja un poco y comunica a la central mi filiación y la información contenida en mi permiso de conducir y mi carné profesional. «Es un árabe nacionalizado israelí. Dice que acaba de salir del hospital en el que es cirujano… Jaafari, con dos aes… Comprueba en Ichilov…» Regresa a los cinco minutos, me devuelve los papeles y me pide en tono perentorio que dé media vuelta sin mirar atrás.

Llego a casa hacia las once, mareado de cansancio y de despecho. De regreso, me han interceptado cuatro patrullas y registrado minuciosamente. Por más que presentara mis papeles y diera a conocer mi profesión, los polis sólo se fijaban en mi cara. Durante un momento, un joven agente que no soportaba mis protestas me apuntó y amenazó con saltarme la tapa de los sesos si no cerraba el pico. Tuvo que intervenir enérgicamente el oficial, que lo puso en su sitio.

Me siento aliviado al llegar sano y salvo a mi calle.

Sihem no me abre. No ha regresado de Kafr Kanna. Tampoco ha venido la asistenta. Mi cama está deshecha, tal como la dejé esta mañana. No hay mensaje en el contestador del teléfono. Tras una jornada tan agitada como la que acabo de vivir, la ausencia de mi mujer no me preocupa más de la cuenta. A menudo le da por prolongar la estancia en casa de su abuela. A Sihem le encanta la finca y las veladas nocturnas sobre un cerro bañado por la luz tranquila de la luna.

Me cambio de ropa en el dormitorio y me detengo a mirar la foto de Sihem que preside la mesilla de noche. Su sonrisa es amplia como un arco iris, pero no así su mirada. La vida no la ha tratado bien. Huérfana de madre con dieciocho años -que murió de cáncer-, y de padre, fallecido en un accidente de carretera unos años después, tardó una eternidad en aceptarme como marido. Temía que el destino, que se había ensañado con ella, la volviera a desarmar. Tras un decenio largo de vida conyugal, y a pesar del amor que le profeso, sigue temiendo por su felicidad, convencida de que cualquier cosa podría echarlo todo a perder. Sin embargo, la suerte no deja de favorecernos. Cuando Sihem se casó conmigo, mi única fortuna era un viejo coche asmático que no paraba de averiarse. Vivíamos en un barrio proletario donde los apartamentos tenían poco que envidiar a una madriguera. Nuestro mobiliario era de formica y no todas las ventanas tenían cortinas. Hoy tenemos una magnífica vivienda en uno de los barrios más encopetados de Tel Aviv y una cuenta corriente bastante saneada. Todos los veranos nos escapamos a un país de jauja. Conocemos París, Frankfurt, Barcelona, Amsterdam, Miami y el Caribe, y tenemos un montón de amigos a los que queremos y que nos quieren. A menudo invitamos a gente a casa, y nos invitan a saraos de sociedad. He conseguido hacerme una reputación honorable y me han premiado varias veces por mis trabajos científicos y la calidad de mis servicios. Sihem y yo mantenemos una íntima amistad con notables de la ciudad, con autoridades civiles y militares y hasta con figuras del espectáculo.

– Sonríes como la suerte, cariño -digo dirigiéndome al retrato-. Bastaría con que cerrases los ojos de vez en cuando.

Me beso el dedo, lo pongo sobre la boca de Sihem y me meto en el cuarto de baño. Permanezco unos veinte minutos bajo el agua ardiente de la ducha y luego, envuelto en mi albornoz, comisqueo un bocadillo en la cocina. Tras cepillarme los dientes, regreso al dormitorio, me meto en la cama y tomo una pastilla para dormir el sueño de los justos…

El teléfono suena dentro de mi cabeza como una perforadora, sacudiéndome de pies a cabeza como si fuera una descarga de electrochoque. Aturullado, busco a tientas la luz sin localizarla. El teléfono sigue exacerbando mis sentidos. Una ojeada al despertador me informa de que son las tres y veinte de la mañana. Vuelvo a tender la mano en la oscuridad sin saber si debo descolgar o encender.

Vuelco algo sobre la mesa camilla y, tras varios intentos, consigo hacerme con el auricular.

El silencio que sigue casi me despabila.

– ¿Diga?…

– Soy Naveed -me dice un hombre al otro lado de la línea.

Tardo algo en reconocer la voz rasposa de Naveed Ronnen, un alto cargo de la policía. La pastilla que he tomado me tiene entumecido el cerebro. Tengo la impresión de estar dando vueltas a cámara lenta en alguna parte y que, suspenso entre el adormecimiento y la somnolencia, el sueño en que andaba metido se dispersa entre otros sueños inextricables, deformando hasta la ridiculez la voz de Naveed Ronnen que, esta noche, parece surgir de un pozo.

Aparto la sábana para poder sentarme. La sangre me late sordamente en las sienes. Debo sondear en lo más hondo de mi ser para disciplinar mi jadeo.

– ¿Sí, Naveed?…

– Te llamo desde el hospital. Te necesitamos aquí.

En la penumbra de mi habitación, las agujas fosforescentes del despertador se enredan segregando una estela verdosa.

El auricular me pesa en el puño como si fuera un yunque.

– Acabo de acostarme, Naveed. Me he pasado el día operando y estoy reventado. El doctor Ilan Ros está de guardia. Es un excelente cirujano…

– Lo siento, tienes que venir. Si no te encuentras bien, mando a alguien a buscarte.

– No creo que sea necesario -contesto revolviéndome la cabellera.

Oigo a Naveed carraspear al otro lado de la línea y percibo el jadeo de su respiración. Voy lentamente recobrando el sentido y la visión a mi alrededor.

Veo por la ventana una nube deshilachada intentando envolver la luna. Más arriba, miles de estrellas se creen luciérnagas. Ni un ruido altera la calle, como si la ciudad hubiese sido evacuada mientras dormía.

– ¿Amín?…

– ¿Sí, Naveed?

– Nada de excesos de velocidad. Nos sobra tiempo.

– Si no es urgente, por qué…

– Por favor -me interrumpe-. Te espero.

– De acuerdo -digo sin pretender enterarme-. ¿Puedes hacerme un pequeño favor?

– Depende…

– Avisa a tus controles y a las patrullas de que voy a pasar. Tus hombres me parecieron muy nerviosos antes, cuando regresé a casa.

– ¿Sigues con el mismo Ford blanco?

– Sí.

– Voy a darles un toque.

Cuelgo y me quedo un rato mirando el auricular, intrigado por la llamada y el tono impenetrable de Naveed. Luego, me pongo las zapatillas y voy al cuarto de baño a lavarme la cara.

En el patio de urgencias, dos coches de policía y una ambulancia se devuelven los destellos de sus faros giratorios. Tras el tumulto del día, el hospital ha recuperado su aspecto sepulcral. Agentes uniformados hacen tiempo, unos chupeteando un pitillo y otros de brazos cruzados dentro de sus vehículos. Dejo mi coche en el aparcamiento y me dirijo hacia la recepción. La noche ha refrescado algo y llega hasta aquí una subrepticia brisa marina cargada de hedores dulzones. Reconozco la silueta desgarbada de Naveed Ronnen de pie en la escalera. Tiene el hombro claramente inclinado sobre la pierna derecha, cuatro centímetros más corta desde hace diez años debido a un percance profesional. Fui yo quien se opuso a la amputación. Por entonces, acababa de ganarme sin dificultad mis galones de cirujano tras una serie de operaciones exitosas. Naveed Ronnen fue uno de mis pacientes más afectuosos. Tenía una moral de acero y un sentido del humor sin duda algo discutible pero perseverante. Fue quien me contó los chistes de polis más subidos de tono que conozco. Más adelante, operé a su madre, y eso nos unió aún más. Desde entonces me confía a todos los colegas y parientes que deben pasar por el quirófano.

Tras él está el doctor Ilan Ros, apoyado en el marco de la puerta de entrada. La luz del vestíbulo acentúa su grotesco perfil. Con las manos en los bolsillos de su bata y la tripa que le llega a las rodillas, mira fijamente el suelo con aire ausente.

Naveed baja un escalón para venir a mi encuentro. También lleva las manos en los bolsillos. Su mirada evita la mía. Su actitud no presagia nada bueno.

– Bueno -digo de entrada para ahuyentar el presentimiento que me acaba de embargar-, subo ahora mismo a cambiarme.

– No es necesario -me dice Naveed con voz desentonada.

A menudo me he topado con su semblante descompuesto cuando me ha traído a alguno de sus colegas en camilla, pero el que trae ahora supera todos los anteriores.

Un escalofrío me rasga la espalda antes de reptar furtivamente hasta mi pecho.

– ¿El paciente ha fallecido? -pregunto.

Naveed pone finalmente sus ojos en mí. Pocas veces los he visto tan tristes.

– No hay paciente, Amín.

– Entonces, ¿por qué me has sacado de la cama a estas horas si no hay nadie a quien operar?

Naveed no sabe cómo empezar. Su turbación incrementa la del doctor Ros, que empieza a agitarse con fastidio. Los miro de hito en hito, cada vez más irritado por sus misteriosos modales y su creciente malestar.

– ¿Alguien me va a explicar de una vez lo que está pasando?

El doctor Ros se despega bruscamente de la pared y alcanza la recepción, donde dos enfermeras que están claramente al acecho fingen consultar la pantalla de su ordenador.

Naveed saca fuerzas de flaqueza y me pregunta:

– ¿Sihem está en casa?

Noto cómo me flaquean las pantorrillas, pero me repongo al instante.

– ¿Por qué?

– ¿Está en casa, Amín?

El tono pretende ser insistente, pero la mirada se le enturbia.

Una gélida garra me retuerce las tripas. Mi nuez, atascada en el gaznate, me impide tragar.

– Aún no ha regresado de casa de su abuela -digo-. Se fue hace tres días a Kafr Kanna, cerca de Nazaret, para visitar a su familia… ¿Adónde quieres ir a parar? ¿Qué me estás contando?

Naveed se adelanta un paso. El olor de su transpiración me repele y exaspera la turbación que me está invadiendo. Mi amigo no sabe si debe agarrarme por los hombros o bien guardarse las manos.

– Por Dios, ¿qué está ocurriendo? ¿Me estás preparando para lo peor o qué? ¿El autocar que la traía ha tenido algún problema en la carretera? ¿Ha volcado, verdad? Eso es lo que me estás diciendo.

– No se trata de un autocar, Amín.

– ¿Entonces qué?

– Estamos cargando con un cadáver y debemos ponerle un nombre -dice un hombre rechoncho con pinta de bruto que surge detrás de mí.

Me vuelvo vivazmente hacia Naveed.

– Creo que se trata de tu mujer, Amín -me confiesa-, pero te necesitamos para estar seguros.

Siento que me desintegro…

Alguien me agarra por el codo para impedir que me derrumbe. Durante una fracción de segundo, mis puntos de referencia se volatilizan. Ya no sé dónde estoy, ni siquiera reconozco las paredes donde se ha desarrollado mi carrera de cirujano… La mano que me agarra me ayuda a caminar por un pasillo evanescente. La blancura de la luz me machaca el cerebro. Tengo la impresión de estar caminando sobre una nube, que mis pies se hunden en el suelo. Llego al depósito de cadáveres como un ajusticiado al cadalso. Un médico hace guardia ante un altar… El altar está cubierto con una sábana manchada de sangre… Bajo la sábana manchada de sangre se adivinan unos restos humanos…

Siento un repentino miedo de las miradas que convergen hacia mí.

Mis oraciones resuenan a través de mi ser como un rumor subterráneo.

El médico espera que recupere algo de lucidez para tender la mano hacia la sábana y acecha una señal del bruto que antes me abordó para retirarla.

El oficial hace un gesto con la barbilla.

– ¡Dios mío! -exclamo.

He visto cuerpos mutilados en mi vida, los he remendado por decenas; algunos estaban tan destrozados que resultaba imposible identificarlos, pero los miembros despedazados que tengo aquí mismo sobre esta mesa sobrepasan todo lo concebible. Es el horror en su absoluta fealdad… La cabeza de Sihem, extrañamente ilesa de los destrozos que han devastado el resto de su cuerpo, sobresale del lote, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, los rasgos apacibles, como liberados de su angustia… Es como si estuviese durmiendo tranquilamente y a punto de abrir los ojos para sonreírme.

Ahora sí que mis piernas flaquean, y ni la mano desconocida ni la de Naveed consiguen sujetarme.


III

<p>III</p>

He perdido a pacientes mientras los operaba. Nunca se sale indemne de ese tipo de experiencia. Pero mi sufrimiento no acababa ahí; tenía además que dar la terrible noticia a los familiares del difunto, que contenían el aliento en la sala de espera. Recordaré durante el resto de mi vida su angustiada mirada al verme salir del quirófano. Era una mirada a la vez intensa y lejana, cargada de esperanza y de miedo, siempre la misma, inmensa y profunda como el silencio que la envolvía. En ese preciso instante, perdía la confianza en mí mismo. Tenía miedo de mis palabras, del impacto que iban a producir. Me preguntaba cómo los familiares iban a acusar el golpe, en qué iban a pensar en primer lugar cuando se enteraran de que el milagro no se había producido.

Hoy me toca a mí acusar el golpe. He creído que el cielo se me venía encima cuando han retirado la sábana que cubre lo que queda de Sihem. Sin embargo, paradójicamente, no he pensado en nada.

Derrumbado en un sillón, sigo sin pensar en nada. Tengo la cabeza envasada al vacío. Ignoro si estoy en mi despacho o en el de alguien. Veo diplomas colgados de la pared, unas persianas bajadas, sombras que van y vienen por el pasillo, pero es como si todo se moviera en un mundo paralelo del que he sido expulsado sin preaviso ni la menor consideración.

Me siento abatido, alucinado y desfondado.

No soy sino una enorme pena acurrucada bajo una chapa de plomo, que ignora si es consciente de la desgracia que le ha tocado o si ésta ya lo ha aniquilado.

Una enfermera me ha traído un vaso de agua y se ha retirado de puntillas. Naveed no se ha quedado mucho tiempo conmigo. Sus hombres vinieron a buscarle y se fue con ellos en silencio, con la barbilla hundida en el cuello. Ilan Ros ha vuelto a su guardia. No ha intentado una sola vez acercarse a consolarme. He tardado un buen rato en darme cuenta de que estoy solo en el despacho. Ezra Benhaím llegó diez minutos después de que yo saliese del depósito de cadáveres. Estaba notablemente desmejorado y se tambaleaba de agotamiento. Me abrazó y apretó con mucha fuerza. El cuajarón que tenía en la garganta le impedía dar con las palabras. Luego vino Ros y se lo llevó aparte. Los vi discutir en el pasillo. Ros le susurraba al oído y a Ezra le costaba cada vez más asentir con la cabeza. Debió pegarse de espaldas a la pared para no caer, y lo perdí de vista.

Oigo coches en el patio y puertas que se cierran. Se oyen de inmediato pasos por los corredores, envueltos en palpitaciones y gruñidos. Dos enfermeras pasan a la carrera empujando una fantasmal camilla de ruedas. Un áspero roce de suela invade el piso y se va acercando por el pasillo. Unos hombres de aspecto austero se detienen frente a mí. Se adelanta uno de ellos, paticorto y de frente despejada. Es el bruto que se quejó antes de estar cargando con un cadáver y que quería que lo ayudara a identificarlo.

– Soy el capitán Moshe.

Lo acompaña Naveed Ronnen, dos pasos atrás. Mi amigo Naveed tiene muy mal aspecto. Parece confundido pues, a pesar de sus galones de superior, ha quedado relegado a un papel de comparsa.

El capitán esgrime un documento.

– Tenemos una orden de registro, doctor Jaafari.

– ¿De registro?…

– Lo que ha oído. Le ruego que nos acompañe a su domicilio.

Intento vislumbrar algún destello en los ojos de Naveed, pero mi amigo está mirando al suelo.

Me vuelvo hacia el capitán.

– ¿Por qué mi domicilio?

El capitán dobla en cuatro el documento y se lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.

– Según las primeras investigaciones, la desmembración del cuerpo de su esposa presenta las heridas características de los kamikazes integristas.

Percibo con claridad las palabras del oficial, pero no consigo darles un sentido. Algo se agarrota en mi mente, como una concha que se cerrase de repente ante una amenaza externa.

Naveed es quien me explica:

– No se trata de una bomba, sino de un atentado suicida. Todo nos lleva a pensar que quien se ha hecho volar por los aires en el restaurante es tu mujer, Amín.

La tierra se remueve bajo mis pies. Sin embargo, no me hundo. Por despecho. O por renuncia. Me niego a entender una palabra más. Ya no reconozco el mundo en que vivo.

Los madrugadores se apresuran hacia las estaciones y las paradas de autobuses. Tel Aviv se despierta, más terca que nunca. Sea cual sea la magnitud del desastre, ningún cataclismo impedirá que la Tierra siga girando.

Apretujado entre dos brutos en el asiento trasero del coche de la policía, miro cómo desfilan los edificios por ambos lados de la calle, y las ventanas encendidas donde se dibujan por momentos sombras chinescas. El zumbido de un camión resuena como un grito de quimera adormilada a la que hubiesen molestado, y luego, de nuevo el silencio aturdido de las mañanas de días laborables. Un borracho hace aspavientos en una plazoleta, probablemente para deshacerse de las ladillas que se lo están comiendo vivo. Dos agentes montan guardia a la altura de un semáforo, mirando por todos lados a la vez, como los camaleones.

En el coche, todos están callados. El conductor se funde con el volante. Es ancho de espaldas y su nuca es tan corta que parece que lo han comprimido con un martillo pilón. Su mirada me ha rozado una sola vez desde el retrovisor, helándome el espinazo… «Según las primeras investigaciones, la desmembración del cuerpo de su esposa presenta las heridas características de los kamikazes integristas.» Siento que esta revelación me atormentará toda la vida. Se agita dentro de mí, primero a cámara lenta y luego, como si se alimentara de su propio exceso, se envalentona y me asedia por doquier. La voz del oficial sigue machacando, soberana y clara, absolutamente consciente de la gravedad extrema de sus declaraciones: «La mujer que se ha volado… la kamikaze… es su mujer…». Esa voz se me viene encima, se alza como una ola oscura, sumerge mis pensamientos y hace añicos mi incredulidad antes de retirarse repentinamente, llevándose consigo retazos enteros de mi ser. Apenas empiezo a vislumbrar mi dolor cuando resurge de su mar de fondo, tronando y soltando espumarajos, y carga contra mí, como si mi perplejidad la enfureciera e intentara deshilacharme fibra a fibra hasta desintegrarme…

El poli de mi izquierda baja la ventana. Una bocanada de aire fresco me abofetea. Las emanaciones marinas apestan a huevo podrido.

La noche se apresta a largarse mientras el alba espera impaciente a las puertas de la ciudad. Por el escote de los rascacielos se va colando un purulento rayado que fisura metódicamente los faldones del horizonte. Ésta que se bate en retirada es una noche vencida, estafada y estupefacta, atestada de sueños muertos y de incertidumbres. En un cielo donde no queda la menor huella de romance, ni una sola nube se propone atemperar el resplandeciente celo del amanecer. Su luz no calentaría mi alma aunque fuera la de la Revelación.

Mi barrio me recibe con frialdad. Hay un coche celular aparcado delante de mi casa y agentes de guardia a ambos lados de la verja. Otro vehículo, medio aparcado sobre la acera, hace girar las luces azules y rojas de su faro. Los cigarrillos centellean en la oscuridad como si fuese una erupción de espinillas.

Me hacen bajar del coche.

Empujo la verja, penetro en mi jardín, subo la escalinata, abro la puerta de mi casa. Estoy lúcido y a la vez espero el momento de despertarme.

Los policías, que saben exactamente lo que tienen que hacer, se adentran por el vestíbulo y proceden al registro.

El capitán Moshe me señala un sofá en el salón.

– ¿Podemos charlar un rato a solas?

Me dirige hacia el asiento, cortés pero firme. Se esmera en estar a la altura de sus prerrogativas, muy en su cargo de oficial, pero su obsequiosidad carece de credibilidad. No es sino un depredador seguro de su táctica ahora que la presa está aislada. Primero juguetea un poco con ella como el gato con el ratón.

– Siéntese, se lo ruego.

Saca un cigarrillo del paquete, le da unos golpecitos sobre su uña y se lo atornilla en la comisura. Tras encenderlo con un mechero, suelta el humo hacia mí.

– Espero que no le moleste que fume.

Da dos o tres caladas más, pendiente de las volutas de humo hasta que se pierden por el techo.

– ¿Le ha quitado a usted el hipo, no es así?

– ¿Usted perdone?

– Lo siento, creo que sigue usted en estado de choque.

Sus ojos rozan los cuadros colgados de las paredes, pasan revista a los rincones, se deslizan sobre las imponentes cortinas, se detienen aquí y allá y regresan para acorralarme.

– ¿Cómo se puede renunciar a tanto lujo?

– ¿Usted perdone?

– Pienso en voz alta -dice meneando el pitillo a modo de excusa-. Intento comprender, pero hay cosas que jamás comprenderé. Resulta tan absurdo, tan estúpido… En su opinión, ¿no había manera de disuadirla?… ¿Estaría usted al tanto de su tejemaneje, verdad?

– ¿Qué está usted diciéndome?

– Pues estoy siendo claro… No me mire así. ¿No pretenderá hacerme creer que no estaba al tanto de nada?

– ¿De qué me está hablando?

– De su esposa, doctor, de lo que acaba de cometer.

– No es ella. No puede ser ella.

– ¿Y por qué no?

No le contesto, me limito a cogerme la cabeza con ambas manos para recobrar el ánimo. Me lo impide; con la mano libre, me levanta la barbilla para mirarme fijamente a los ojos.

– ¿Es usted practicante, doctor?

– No.

– ¿Y su esposa?

– No.

Frunce el ceño.

– ¿No?

– No rezaba, si es eso lo que entiende por ser practicante.

– Qué curioso…

Se sienta de lado sobre el brazo del sillón de enfrente, cruza una pierna, hunde el codo en un muslo y sujeta con delicadeza la barbilla entre el índice y el pulgar, con un ojo medio cerrado por el humo.

Sus ojos verdes apuntalan los míos.

– ¿No rezaba?

– No.

– ¿No cumplía con el ramadán?

– Sí.

– ¡Ah!

Se alisa el caballete de la nariz sin dejar de mirarme.

– O sea, una creyente recalcitrante… Para despistar y militar tranquilamente a escondidas. Seguro que era miembro de alguna asociación caritativa o algo por el estilo; son excelentes tapaderas, muy socorridas en caso de apuro. Pero tras el voluntariado siempre se oculta un negocio provechoso: pasta para los listos y un lugar en el paraíso para los tontos. De esto sé un rato, es mi oficio. Por mucho que crea conocer a fondo la estupidez humana, compruebo que no hago sino gravitar por su periferia…

Me echa el humo a la cara.

– ¿Simpatizaba con las brigadas de al-Aqsa, verdad? No, las brigadas de al-Aqsa no. Dicen que no alientan los atentados suicidas. Para mí, esa gentuza es toda igual. Ya sean de la Yihad Islámica o de Hamás, son los mismos degenerados dispuestos a todo con tal de que se hable de ellos.

– Mi mujer no tiene nada que ver con esa gente. Se trata de un tremendo malentendido.

– Resulta extraño, doctor. Es exactamente lo que me dicen los familiares de esos zumbados cuando vamos a verlos tras un atentado. Todos ponen la misma cara de alelados que tiene usted ahora mismo, totalmente desbordados por los acontecimientos. ¿Se trata de una consigna para ganar tiempo o de una manera descarada de tomar el pelo a la gente?

– Anda usted desencaminado, capitán.

Me calma con un gesto de la mano antes de volver a la carga.

– ¿Cómo se encontraba ayer cuando la dejó para irse al trabajo?

– Mi mujer se fue hace tres días a Kafr Kanna, a casa de su abuela.

– ¿O sea, que no la ha visto en estos últimos tres días?

– Así es.

– Pero ha hablado con ella por teléfono.

– No. Olvidó su móvil en casa y no hay teléfono en la de su abuela.

– ¿Esa abuela tiene un nombre? -pregunta sacando un cuadernillo del bolsillo interior de su chaqueta.

– Hanán Sheddad.

El capitán toma nota.

– ¿La acompañó usted a Kafr Kanna?

– No, se fue sola. La dejé el miércoles en la estación de autobuses. Cogió el de Nazaret de las ocho y cuarto.

– ¿La vio salir?

– Sí. Salí de la estación a la vez que el autocar.

Dos agentes regresan de mi despacho, cargados con carpetas de cartón. Un tercero los sigue con mi ordenador en los brazos.

– Se están llevando mis archivos.

– Se los devolveremos tras consultarlos.

– Se trata de documentos confidenciales, de informaciones sobre mis pacientes.

– Lo siento, pero tenemos que revisarlos.

Oigo portazos dentro de la casa, percibo la cadena de gemidos y crujidos de mis cajones y muebles.

– Volvamos a su esposa, doctor Jaafari.

– Anda usted desencaminado, capitán. Mi mujer no tiene nada que ver con el delito del que le está acusando. Estaba en ese restaurante exactamente como los demás. A Sihem no le gusta cocinar cuando vuelve de viaje. Fue a picar algo tranquilamente… Así de sencillo. Hace quince años que compartimos vida y secretos. He aprendido a conocerla, y si me hubiera ocultado algo, habría acabado enterándome.

– Yo también he estado casado con una mujer espléndida, doctor Jaafari. Estaba absolutamente orgulloso de ella. Tardé siete años en descubrir que me ocultaba lo más importante que debe saber un hombre sobre la fidelidad.

– Mi mujer no tenía ningún motivo para engañarme.

El capitán busca un lugar donde apagar su cigarrillo. Le señalo una mesilla de cristal detrás de él. Da una última calada, más larga que las anteriores, y aplasta cuidadosamente la colilla en el cenicero.

– Doctor Jaafari, hasta el hombre más avezado tiene su punto de ingenuidad. La vida es una cabronada permanente, un largo túnel trufado de trampas y de cagarrutas. No cambia mucho que nos levantemos de un bote o que permanezcamos tumbados. Sólo hay una manera de superar las adversidades, y es preparándose a diario para lo peor, tanto de día como de noche… Su mujer no fue a ese restaurante para romper el ayuno sino para romperlo todo…

– ¡Ya está bien! -grito levantándome, fuera de mí-. Me he enterado hace una hora de que mi mujer ha muerto en un restaurante destruido por un atentado terrorista. Al momento me anuncian que la kamikaze ha sido ella. Es demasiado para un hombre agotado. Déjenme primero llorar y luego remátenme, pero les suplico que no me impongan a la vez la emoción y el espanto.

– Por favor, permanezca sentado, doctor Jaafari.

Lo empujo con tal rabia que por poco cae sobre la mesilla de cristal.

– No me toque. Le prohíbo que me ponga la mano encima.

Se recobra pronto e intenta dominarme.

– Señor Jaafari…

– Mi mujer no tiene nada que ver con esta matanza. Se trata de un atentado suicida, ¡por Dios!, no de una bronca doméstica. Se trata de mi mujer. Que ha muerto. Asesinada en ese maldito restaurante. Como los demás. Con los demás. Le prohíbo que mancille su memoria. Era una buena mujer. Incluso muy buena. En los antípodas de lo que está insinuando.

– Un testigo…

– ¿Qué testigo? ¿Qué recuerda exactamente? ¿La bomba que llevaba mi mujer o su cara? Hace más de quince años que comparto mi vida con Sihem. La conozco como la palma de mi mano. Sé de lo que es capaz y de lo que no. Tenía las manos demasiado blancas para que se me escapara la menor mancha en ellas. No tiene por qué ser sospechosa por ser la más dañada. Si ésa es su hipótesis, tiene que haber otras. Mi mujer ha quedado más afectada porque estaba más cerca. No llevaba el artefacto explosivo encima, sino que lo tenía a su lado, probablemente oculto bajo su asiento o su mesa… Que yo sepa, ningún informe oficial lo autoriza a decir cosas tan gordas. Además, los primeros datos de la investigación no tienen por qué ser necesariamente concluyentes. Esperemos el comunicado de los comanditarios. El atentado tendrá que ser reivindicado. Quizá haya una cinta de vídeo por medio, para ustedes y para los medios de comunicación. Si hay kamikaze, ya se le verá y se le oirá.

– No es obligatorio con estos tarados. A veces se conforman con un fax o una llamada telefónica.

– No cuando se trata de soliviantar los ánimos. Y una mujer kamikaze es un auténtico pelotazo. Sobre todo si es israelí y da con un eminente cirujano, un orgullo para su ciudad y un modelo de integración… No quiero oírle soltar más cerdadas sobre mi mujer, señor oficial. Mi mujer es víctima del atentado, no su ejecutora. Así que ponga el freno ya mismo.

– ¡Siéntese! -estalla el capitán.

Su grito me da la estocada.

Mis piernas no me soportan y me derrumbo sobre el sofá.

Extenuado, me agarro la cabeza con ambas manos y me acurruco sobre mí mismo. Estoy cansado, destrozado, torpedeado; hago agua por todas partes. El sueño me tiene estragado; me niego a hundirme. No quiero dormir. Temo adormilarme y volver a enterarme al despertar de que la mujer que más quería en el mundo ha muerto, despedazada en un atentado terrorista; temo tener que padecer cada vez que me despierte la misma catástrofe, el mismo siniestro… Y ese capitán que me da voces, ¿por qué no se convierte en polvo? Quisiera verlo desaparecer al segundo, que los duendes que rondan mi casa se conviertan en corriente de aire, que un huracán reviente mis ventanas y me lleve lejos, muy lejos de la duda que está devorándome las tripas, confundiéndome y llenándome el corazón de graves incertidumbres…


IV

<p>IV</p>

El capitán Moshe y sus asistentes me mantienen despierto durante veinticuatro horas seguidas. Se van relevando en el sórdido cuartucho donde se lleva a cabo el interrogatorio. Se trata de una especie de ratonera de techo bajo y paredes insípidas, con una bombilla enrejada encima de mi cabeza cuyo continuo chisporroteo acabará volviéndome loco. Mi camisa empapada de sudor me corroe la espalda con la voracidad de un manojo de ortigas. Tengo hambre y sed, me duele todo y no veo el final del túnel. Han tenido que agarrarme por las axilas para llevarme a orinar. He vaciado media vejiga en mi calzoncillo antes de conseguir abrir la bragueta. Mareado, por poco me rompo la cabeza contra el bidé. Me han devuelto a mi jaula a rastras. Luego, nuevo acoso, las preguntas, los puñetazos sobre la mesa, las tortas para impedir que me desmaye.

Cada vez que el sueño ofusca mi discernimiento, me sacuden de pies a cabeza y me entregan a un oficial descansado y afanoso. Las preguntas son siempre las mismas. Resuenan en mis sienes como hechizos sepulcrales.

Me tambaleo sobre la silla metálica que me está limando el culo y me agarro a la mesa para no caer, pero me desmorono de golpe, como un pelele dislocado, y mi cara choca con violencia contra el borde de la mesa. Creo que me he abierto una ceja.

– El conductor del autocar ha reconocido formalmente a su mujer, doctor. La ha reconocido de inmediato en foto. Ha dicho que efectivamente subió al coche que iba a Nazaret, el miércoles a las ocho y cuarto, pero que al salir de Tel Aviv, a menos de veinte kilómetros de la estación, pidió que la bajaran pretextando una urgencia. El conductor no tuvo más remedio que detenerse en el arcén. Antes de proseguir, vio a su esposa subirse a un vehículo que iba detrás. Ese detalle llamó su atención. No se quedó con la matrícula pero ha dicho que se trataba de un modelo antiguo de Mercedes de color crema… ¿No le dice nada esa descripción?

– ¿Qué quiere usted que le diga? Tengo un Ford reciente, y es blanco. Mi mujer no tenía ningún motivo para bajarse del autocar. Eso es un disparate del conductor.

– En ese caso, no es el único. Hemos mandado a alguien a Kafr Kanna. Hanán Sheddad dice que no ha visto a su nieta desde hace más de nueve meses.

– Es una anciana…

– Su sobrino, que vive con ella en la granja, lo confirma. Entonces, doctor Jaafari, si su esposa no ha puesto los pies en Kafr Kanna desde hace más de nueve meses, ¿dónde se ha metido estos tres últimos tres días?

¿Dónde se ha metido estos últimos tres días?… ¿Dónde se ha metido?… ¿Dónde?… Las palabras del oficial se pierden en un insondable rumor. He dejado de oírle. Sólo veo sus cejas arquearse en función de las trampas que me va tendiendo, su boca removiendo argumentos que han dejado de afectarme, sus manos que delatan su impaciencia o su determinación…

Aparece otro oficial con el rostro emboscado tras unas gafas negras. Se dirige a mí agitando un dedo perentorio. Sus amenazas se diluyen en la inconsistencia de mi lucidez. No se queda mucho tiempo y se aleja soltando maldiciones.

Ignoro la hora que es, si es de día o de noche. Me han quitado el reloj, y mis interlocutores han tomado la precaución de quitarse el suyo antes de acercarse a mí.

El capitán Moshe regresa con las manos vacías. El registro no ha dado resultado. Él también está cansado. Apesta a colilla fría. Con la cara cansada y los ojos enrojecidos, no se ha afeitado desde la víspera y la boca tiende a aflojársele hacia la comisura.

– Todo induce a pensar que su esposa no salió de Tel Aviv el miércoles ni los días siguientes.

– Eso no la convierte en una criminal.

– Sus relaciones conyugales eran…

– Mi mujer no tenía amante -lo corto.

– No estaba obligada a contárselo.

– No teníamos secretos el uno para el otro.

– El auténtico secreto no se comparte.

– Seguro que hay una explicación, capitán. Pero no en la dirección que indica usted.

– Sea razonable un segundo, doctor. Si su mujer le ha mentido, si le ha hecho creer que iba a Nazaret y ha regresado a Tel Aviv apenas se ha dado usted la vuelta, es que no jugaba limpio con usted.

– Es usted quien no juega limpio, capitán. Predica la falsedad para dar con la verdad. Pero su farol no funciona conmigo. Puede mantenerme despierto todos los días y noches que quiera, pero no me hará decir lo que quiere oír. Va a tener que buscarse a otro para que cargue con el mochuelo.

Se irrita y sale al pasillo. Regresa al rato, con la frente acartonada y las mandíbulas como poleas atascadas. Su aliento me invade. Está a punto de venirse abajo.

Sus uñas emiten un crujido horroroso cuando se rasca las mejillas.

– No va a conseguir que me trague que no había observado nada raro estos últimos tiempos en el comportamiento de su esposa. A menos que ya no viviesen bajo el mismo techo.

– Mi mujer no era islamista. ¿Cuántas veces tendré que repetírselo? Se equivoca usted. Déjeme volver a mi casa. Llevo dos días sin dormir.

– Yo también, y no pienso pegar un ojo antes de haber aclarado este asunto. La policía científica es categórica: su esposa ha muerto debido a la carga explosiva que llevaba encima. Un testigo que estaba sentado en la terraza del restaurante y que sólo ha sufrido heridas leves asegura haber visto a una mujer embarazada cerca del banquete que habían organizado unos escolares para festejar el cumpleaños de su compañera. Ha reconocido a esa mujer en la foto sin dudarlo. Y se trata de su esposa. Pero usted ha declarado que no estaba embarazada. Tampoco sus vecinos recuerdan haberla visto embarazada desde que se instalaron en el barrio. La autopsia es igual de categórica: no había embarazo. Así que algo hinchaba el vientre de su mujer. ¿Qué había bajo su vestido sino esa maldita carga que se ha llevado por delante a diecisiete personas, a chavales que sólo pensaban en brincar y jugar?

– Espere la cinta de vídeo…

– No habrá cinta. Personalmente, me importan un pepino las cintas. Para mí no es un problema. Lo que para mí es un problema es otra cosa, y es algo que me pone enfermo. Por ello, necesito imperativamente saber cómo una mujer apreciada en su entorno, guapa e inteligente, moderna, integrada, mimada por su marido y adulada por sus amigas, en su mayoría judías, ha podido de la noche a la mañana cargarse de explosivos y presentarse en un lugar público para cuestionar todo lo que el Estado de Israel ha confiado a los árabes que ha acogido en su seno. ¿Se da usted cuenta de la gravedad de la situación, doctor Jaafari? Esperábamos felonías, pero no como ésta. He investigado todo lo investigable sobre su matrimonio: sus relaciones, sus costumbres, sus pecados menores. Total, me siento estafado. Yo, que soy judío y oficial de los servicios israelíes, no gozo ni de la tercera parte de las atenciones que les ofrece a diario esta ciudad. Y no puede imaginarse hasta qué punto eso me trastorna.

– No intente abusar de mi estado físico y moral, capitán. Mi mujer es inocente. No tiene absolutamente nada que ver con los integristas. Jamás se ha visto con ellos, jamás ha hablado de ellos, jamás ha soñado con ellos. Mi mujer fue a ese restaurante para almorzar. Almorzar. Ni más ni menos… Ahora déjeme en paz. Estoy reventado.

Tras lo cual cruzo los brazos sobre la mesa, apoyo sobre ellos mi cabeza y me adormezco.

El capitán Moshe vuelve una vez y otra… Al cabo del tercer día, abre la puerta de la ratonera y me señala el pasillo.

– Queda usted en libertad, doctor. Puede regresar a su casa y volver a llevar una vida normal si es que…

Recojo mi chaqueta y camino titubeando por un corredor donde oficiales en mangas de camisa y con la corbata aflojada me miran en silencio, como una horda de lobos que ve cómo se le escapa la presa que creía haber atrapado. Un guardia con tics en la cara me entrega mi reloj, mis llaves y mi cartera, me hace firmar un recibo y cierra con un golpe seco el ventanuco que nos separa. Alguien me escolta hasta la salida del edificio. Apenas salgo, la luz del día me hiere la vista. Hace buen tiempo; un sol enorme ilumina la ciudad. El ruido del tráfico me devuelve al mundo de los vivos. Me detengo un instante en lo alto de la escalinata, siguiendo con la mirada el vaivén de los coches, pautado aquí y allá por claxonazos. No abundan los transeúntes. El barrio parece descuidado. Los árboles que jalonan la calzada no dan la impresión de estar encantados de la vida y los mirones que zanganean por los alrededores parecen tan tristes como sus sombras.

Al pie de la escalinata hay un coche grande con el motor en macha. Al volante, Naveed Ronnen. Se apea y, acodado a la puerta, espera que llegue hasta él. Comprendo de inmediato que no es ajeno a mi liberación.

Frunce el ceño, cuando llego a su altura, por mi ojo tumefacto.

– ¿Te han pegado?

– Resbalé.

No lo convenzo.

– Es verdad -le digo.

No insiste.

– ¿Te dejo en tu casa?

– No sé.

– Tienes un aspecto lamentable. Debes tomar una ducha, cambiarte y comer algo.

– ¿Han mandado la cinta los integristas?

– ¿Qué cinta?

– La del atentado. ¿Se sabe ya quién es el kamikaze?

– Amín…

Retrocedo para esquivar su mano. Ya no soporto que se me toque, ni siquiera para reconfortarme.

Mis ojos enganchan los del poli y se aferran a ellos.

– Si me han soltado es porque están seguros de que mi mujer no tiene nada que ver.

– Tengo que dejarte en tu casa, Amín. Necesitas recuperar fuerzas. Es lo único que importa por ahora.

– Si me han soltado, Naveed, dilo ya… Si me han soltado es porque… ¿Qué han descubierto, Naveed?

– Que tú, que tú no tienes nada que ver, Amín.

– ¿Sólo yo?…

– Sólo tú.

– ¿Y Sihem?…

– Tienes que pagar la knass para recuperar su cuerpo. Es la norma.

– ¿Una multa? ¿Y desde cuándo está en vigor esa norma?

– Desde que los kamikazes integristas…

Lo interrumpo con el dedo.

– Sihem no es una kamikaze, Naveed. Intenta recordarlo, pues es para mí lo más importante del mundo. Mi mujer no es una asesina de niños… ¿Te ha quedado claro?

Lo dejo plantado ahí mismo y me voy sin saber dónde. Ya no tengo ganas de que me lleven a casa ni necesito que nadie me ponga la mano sobre el hombro. No quiero ver a nadie, sea del bando que sea.

La noche me pilla frente al mar, sentado sobre una roca. No tengo la menor idea de lo que he hecho durante el día. He debido de quedarme dormido en alguna parte. Mis tres días y noches de cautiverio me han extenuado. He perdido mi chaqueta. Seguro que la he olvidado sobre un banco, o quizá alguien me la haya robado. Mi pantalón tiene un manchón en la parte alta y mi camisa está salpicada de vómito. Recuerdo vagamente haber devuelto al pie de una pasarela. ¿Cómo habré podido llegar hasta esta roca sobre el mar? Lo ignoro.

Un buque transatlántico centellea mar adentro.

A mis pies, las olas se estrellan contra las rocas. Su estruendo retumba en mi cabeza como mazazos.

La brisa me refresca. Rodeo mis piernas con los brazos, hundo la barbilla entre las rodillas y escucho el rumor del mar. Lentamente, la mirada se me va embarullando, los sollozos se agolpan y atropellan en mi garganta, y una tiritera me recorre y estremece todo el cuerpo. Me tapo la cara con ambas manos y, gemido tras gemido, acabo aullando como un poseso en medio del estrépito del oleaje.


V

<p>V</p>

Alguien ha pegado un cartel en la verja de mi casa. No es exactamente un cartel, sino la portada de un diario de gran tirada. Encima de una foto grande del caos sangriento del restaurante volado por los terroristas, el titular: LA BESTIA INMUNDA VIVE ENTRE NOSOTROS. Y un artículo a tres columnas.

La calle está desierta. Una farola anémica dispensa su luz, un halo lívido que apenas sobresale del contorno de la bombilla. Mi vecino de enfrente ha corrido sus cortinas. Son apenas las diez y no hay ninguna ventana encendida.

Los vándalos del capitán Moshe no se han cortado. Mi despacho está patas arriba. Mismo desorden en mi dormitorio: colchón volcado, sábanas por el suelo, mesillas de noche y cómoda profanadas, cajones volcados en la moqueta, junto con la ropa interior de mi mujer, las zapatillas y los productos cosméticos. Han descolgado los cuadros para ver lo que había detrás. También han pisoteado una foto de familia muy antigua.

No tengo fuerzas ni valor para evaluar los daños en las demás habitaciones.

El espejo del armario me devuelve mi imagen, que no reconozco. Despeinado, con la mirada extraviada, parezco un alienado con mi barba de varios días y mis mejillas enflaquecidas.

Me desnudo y abro el grifo de la bañera. Encuentro algo de comer en la nevera y lo devoro como un animal hambriento. Como de pie, con las manos sucias y a punto de atragantarme por mi lamentable voracidad. He vaciado una cesta de fruta y dos platos de carne fría, soplado de una tacada dos botellines de cerveza y lamido uno por uno mis diez dedos chorreando salsa.

He tenido que volver a pasar delante del espejo para darme cuenta de que estoy completamente desnudo. No recuerdo haber deambulado por mi casa tal como Dios me trajo al mundo desde que me casé. Sihem era muy estricta con respecto a algunos principios.

Sihem…

¡Qué lejos está ya todo aquello!…

Me meto en la bañera, dejo que el calor del agua me embalsame el cuerpo, cierro los ojos e intento disolverme lentamente en el tórrido adormecimiento que me invade…

– ¡Dios mío!

Kim Yehuda está de pie en el cuarto de baño, incrédula. Mira a su alrededor, da palmadas como si no consiguiera creerse lo que está viendo, se dirige rápidamente al pequeño armario empotrado y lo revuelve todo en busca de una toalla.

– ¿Has pasado la noche metido ahí dentro? -exclama horrorizada y contrariada-. ¿Pero en qué diablos estás pensando? Podías haberte ahogado.

Me cuesta abrir los ojos. Quizá por la luz del día. Me doy cuenta de que he pasado la noche en la bañera. Mis miembros no reaccionan en el agua, que se ha ido enfriando poco a poco; se me han quedado como palos de madera; tengo los muslos y los antebrazos morados. También me doy cuenta de que estoy tiritando y que los dientes me castañetean.

– ¿Pero qué te estás infligiendo, Amín? Ponte de pie y sal de ahí ahora mismo, que voy a pillar una pulmonía de verte.

Me ayuda a levantarme, me envuelve en un albornoz y me frota enérgicamente de pies a cabeza.

– No puede ser -repite-. ¿Cómo has hecho para dormirte con el agua hasta el cuello? ¿Te das cuenta?… He tenido un presentimiento esta mañana. Algo me decía que tenía que darme una vuelta por aquí antes de ir al hospital… Naveed me llamó después de que te soltaran. Pasé tres veces ayer, pero no estabas. Pensé que estarías en casa de algún pariente o amigo.

Me lleva a mi habitación, coloca el colchón en su sitio y me tumba encima. Mis miembros tiemblan cada vez más y mis mandíbulas amenazan con hacerse añicos.

– Voy a prepararte algo caliente -dice a la vez que me tapa con una manta.

La oigo afanarse en la cocina mientras me pregunta dónde he metido tal o cual cosa. El estremecimiento incontrolable de mi boca me impide articular una palabra. Me encojo todo lo que puedo bajo la manta, en posición fetal, con la esperanza de calentarme un poco.

Kim me trae un tazón de manzanilla, me levanta la cabeza y me introduce con cuidado en la boca el brebaje humeante y azucarado. Una lava incandescente se ramifica en mi pecho y me abrasa el vientre.

A Kim le cuesta contener mis sobresaltos.

Coloca el tazón sobre la mesilla de noche, ajusta la almohada y me vuelve a acomodar en la cama.

– ¿Cuándo regresaste? ¿De noche o esta mañana temprano? Cuando me encontré con el cerrojo de la verja descorrido y la puerta de la casa abierta de par en par, de entrada me temí lo peor… Alguien podía haberse metido en tu casa.

No se me ocurre nada que decirle.

Me explica que tiene una operación antes de mediodía, intenta localizar a la asistenta por teléfono para pedirle que venga, se topa varias veces con el contestador automático y acaba dejando un mensaje. Le preocupa dejarme solo, piensa en una solución y no da con ninguna. Se va calmando mientras me toma la temperatura y, tras prepararme algo de comer, se despide prometiendo regresar cuanto antes.

No la he visto salir.

Creo que me quedé dormido…

Me despierta el chirrido de una verja. Aparto la manta y me acerco a la ventana. Dos adolescentes fisgonean en mi jardín; llevan rollos de papel bajo los brazos. Hay decenas de recortes de prensa con fotos sobre mi césped. Algunos curiosos se han reunido frente a mi casa. «Fuera de aquí», les grito. Como no consigo abrir la ventana, salgo fuera. Los dos adolescentes echan a correr. Los persigo hasta la calle, descalzo y encolerizado… «¡Asqueroso terrorista, canalla, árabe traidor!» Los insultos me detienen en seco. Demasiado tarde, me veo en medio de una jauría sobreexcitada. Dos barbudos con tirabuzones me escupen. Unos brazos me zarandean. «¿Así es como dais las gracias, árabe asqueroso, mordiendo la mano que os saca de la mierda?…» Unas sombras se cuelan detrás de mí para impedirme la retirada. Un salivazo me alcanza la cara. Una mano me agarra por el cuello del albornoz… «Mira el castillo donde vives, hijo de puta. ¿Qué más necesitáis para aprender a dar las gracias?…» Me sacuden desde todas partes. «Hay que desinfectarlo antes de mandarlo a la hoguera…» Una patada me fulmina el vientre y otra me endereza. Me parten la nariz y luego los labios. Mis brazos no bastan para protegerme. Una lluvia de golpes se abate sobre mí y el suelo se abre bajo mis pies…

Kim me encuentra tumbado en mi jardín. Mis agresores me han acosado hasta allí y han seguido golpeándome un buen rato después de caer. Por el fulgor de sus pupilas y la efervescencia de sus bocas, creí que iban a lincharme.

Ni un solo vecino ha salido en mi ayuda, ni un alma caritativa ha tenido la ocurrencia de llamar a la policía.

– Voy a llevarte al hospital -dice Kim.

– No, al hospital no. No quiero volver allí.

– Creo que tienes algo roto.

– No insistas, te lo ruego.

– De todos modos, no puedes quedarte aquí. Te matarán.

Kim consigue llevarme a mi dormitorio, me viste, echa alguna ropa en una bolsa y me mete en su coche.

Los barbudos con tirabuzones vuelven a surgir de no se sabe dónde, probablemente alertados por alguien que tuviesen vigilando.

– Déjalo que reviente -grita uno de ellos a Kim-. No es más que un sinvergüenza…

Kim arranca a toda velocidad.

Cruzamos el barrio como atravesaría un bólido enajenado un campo de minas.

Kim me lleva directamente a un ambulatorio, cerca de Yafo. La radiografía no revela fracturas, pero tengo un fuerte traumatismo en la muñeca derecha y en una rodilla. Una enfermera me desinfecta las desolladuras de los brazos, me cura el labio partido y limpia la nariz magullada. Cree que se trata de una bronca entre borrachos y sus gestos traicionan su conmiseración.

Abandono la sala saltando sobre una pierna, con un grotesco vendaje en la mano.

Kim me ofrece su hombro, pero prefiero apoyarme en la pared.

Me lleva a su casa, en Sederot Yerushalayim, un estudio grande que compró cuando vivía con Boris. Yo solía visitarlo para celebrar algún acontecimiento o pasar una velada agradable entre amigos, con Sihem. Ambas mujeres se llevaban bien, aunque la mía, más bien reservada, siempre estaba alerta. A Kim le traía sin cuidado. Le encanta organizar fiestas para sus amigos, especialmente desde que ha superado el abandono de Boris.

Cogemos el ascensor. Una abuelita sube con nosotros hasta el segundo. En el rellano del cuarto, un cachorro espera aburrido, atado por la correa a la puerta del fondo. Es el perrillo de la vecina, del que se librará cuando haya crecido para adoptar otro; es su costumbre.

Kim se ensaña con la cerradura, como siempre que está nerviosa. Al hacer una mueca de despecho, se le marcan aún más los hoyuelos de las mejillas. Las rabietas le sientan bien. Acaba dando con la llave correcta y se aparta para dejarme pasar.

– Como si estuvieras en tu casa -me dice.

Me quita la chaqueta y la cuelga en la entrada. Me señala con la barbilla el salón y dos asientos frente a frente, una silla de mimbre y un viejo sillón de cuero desgastado. Un cuadro surrealista cubre la mitad de la pared, algo parecido a un garabateo hecho por niños inestables y fascinados por el rojo sanguíneo y el negro carbón. Sobre el velador de hierro forjado comprado en un mercadillo al que le encanta ir los fines de semana, entre bibelots de terracota y un cenicero rebosante de colillas, un diario de gran tirada… abierto sobre la foto de mi mujer.

Kim se abalanza sobre él.

La retengo por la mano.

– No pasa nada.

Confusa, recoge de todos modos el diario y lo tira en el cubo de la basura.

Me acomodo en el sillón, cerca de la ventana vidriera que da a un balcón atestado de macetas. Desde él se tiene una amplia vista sobre la avenida colapsada por el tráfico. La puesta de sol anuncia una noche febril.

Cenamos en la cocina, ella picoteando y yo ni siquiera eso. Tengo la foto del periódico pegada a los párpados. Cien veces he querido preguntarle qué opina de esa historia delirante que los periodistas se están inventando, cien veces he querido cogerle la barbilla con ambas manos, mirarla directamente a los ojos y exigirle que me diga exactamente si cree, en el fondo de su alma, que Sihem Jaafari, mi esposa, la mujer con quien ella había compartido tantos momentos, era capaz de forrarse de explosivos y volarse en medio de una fiesta. No me he atrevido a abusar de su confianza… A la vez, rezo en mi fuero interno para que no me diga nada, ni que me coja la mano en señal de compasión. No superaría ese gesto… Estamos muy bien así, el silencio nos preserva de nosotros mismos.

Recoge la mesa en silencio y me propone un café. Le pido un cigarrillo. Frunce el ceño. Hace años que dejé de fumar.

– ¿Estás seguro de que es eso lo que quieres?

No le contesto.

Me tiende el paquete y luego un mechero. Las primeras caladas hacen chispear mi cerebro. Las siguientes me marean.

– ¿Puedes bajar la luz, por favor?

Apaga la del techo y enciende una lámpara de pie. La relativa penumbra del salón atenúa mi angustia. Dos horas después seguimos en la misma postura, frente a frente, con la mirada perdida en nuestros pensamientos.

– Hay que acostarse -decreta-. Mañana tengo mucho que hacer y me caigo de sueño.

Me instala en otra habitación.

– ¿Estás bien así, necesitas otra almohada?

– Buenas noches, Kim.

Se da una ducha antes de apagar la luz.

Más adelante se acerca a ver si estoy dormido. Yo disimulo.

Ha pasado una semana, durante la cual no he vuelto a poner los pies en mi casa. Kim me tiene alojado en la suya y se cuida mucho de no herir mi susceptibilidad… con más celo que un artificiero manipulando una bomba.

Mis heridas han cicatrizado y la inflamación de mis contusiones ha desaparecido. La rodilla ya no me obliga a cojear, aunque sigo con la muñeca vendada.

Cuando Kim está ausente, me encierro en una habitación y no me muevo de ella. ¿Adónde voy a ir? En la calle no se me ha perdido nada, hoy mucho menos que ayer. De poco sirve intentar reconciliarse con las cosas familiares cuando no hay ánimo para nada. Me siento protegido en la habitación con las cortinas corridas. Allí no corro peligro. No es que esté a gusto, pero al menos no se me importuna. Tengo que recuperarme, no puedo seguir en el pozo. Cuando no se sabe reaccionar y salir del atolladero, se acaba perdiendo el control y se convierte uno en espectador de su propia deriva, sin caer en la cuenta de que el abismo lo está sepultando… Kim me propone una noche ir a la playa, a visitar a su abuelo. Le contesto que no estoy en condiciones de reanudar lo que ya nunca será como antes. Necesito tener perspectiva, comprender lo que me está ocurriendo. Sin embargo, durante el día, me enclaustro en la habitación sin pensar en nada. Cuando no es así, me instalo cerca de la ventana del salón y miro sin ver los coches bullendo por la avenida. Sólo una vez se me ha ocurrido la idea de ponerme al volante de mi coche y conducir al azar hasta que reviente el radiador, pero no he tenido el valor de ir al hospital a recuperar mi coche.

Cuando he vuelto a poder andar sin apoyarme en las paredes, he ido a ver a Naveed Ronnen. Quería ofrecer una sepultura decente a mi mujer. No soportaba la idea de que estuviera en ese cajón frigorífico del depósito de cadáveres, con una etiqueta colgada del dedo gordo del pie. Para ahorrarme un mal rato, Naveed me ha cumplimentado una serie de formularios. Sólo he necesitado firmar.

He pagado la multa y recuperado el cuerpo de mi mujer sin decir nada a nadie. La he enterrado en la más estricta intimidad, en Tel Aviv, la ciudad donde nos encontramos por vez primera y decidimos vivir hasta que la muerte nos separase. En el cementerio sólo estábamos el sepulturero, el imán y yo.

Una vez cubierta la zanja donde reposará por siempre lo mejor de mi vida, me siento algo mejor. Es como si acabase de cumplir con una tarea inconcebible. Escucho hasta el final al imán recitando unos versículos, le entrego unos billetes que coge con mano huidiza y regreso a la ciudad.

Camino a lo largo de la explanada que da al mar. Unos turistas se fotografían saludándose. Algunas jóvenes parejas se galantean a la sombra de los árboles; otras se pasean cogidas de la mano por el muelle. Me meto en un bar y pido un café, me siento tras la vitrina y me pongo a fumar sin parar.

El sol empieza a decaer. Detengo un taxi y le pido que me lleve a Sederot Yerushalayim.

Hay gente en casa de Kim. No me oyen cuando entro. No puedo ver el salón desde el vestíbulo. Reconozco la voz de Ezra Benhaím, la de Naveed, mucho más fuerte, y la más clara de Benjamin, el hermano de Kim.

– No veo la relación -dice Ezra tras un carraspeo.

– Siempre hay una relación allá donde nadie lo sospecha -dice Benjamin, que ha estado enseñando durante tiempo filosofía en la Universidad de Tel Aviv antes de unirse a un movimiento pacifista muy controvertido en Jerusalén-. Ésa es la razón por la cual nunca acertamos.

– Tampoco hay que exagerar -protesta educadamente Ezra.

– ¿Acaso hemos adelantado algo a pesar de que los cortejos fúnebres no paran de desfilar ante nosotros?

– Son los palestinos quienes se niegan a entrar en razón.

– Quizá porque nos negamos a escucharles.

– Benjamin tiene razón -dice Naveed con voz tranquila e inspirada-. Los integristas palestinos envían a chavales para que se inmolen en una parada de autobús. Recogemos nuestros muertos y les mandamos helicópteros para volar sus viviendas. Cuando nuestros dirigentes están a punto de cantar victoria, otro atentado nos devuelve a la situación anterior. ¿Hasta cuándo va a durar esto?

En ese preciso instante, Kim sale de la cocina y me pilla en el pasillo. Me llevo el dedo a la boca para que no me delate, me doy la vuelta y vuelvo a salir. Kim intenta alcanzarme, pero ya estoy en la calle.


VI

<p>VI</p>

Y aquí estoy de vuelta en mi barrio, cual fantasma en el lugar del crimen. Ignoro cómo he llegado hasta aquí. Tras salir pitando de casa de Kim, tomé una avenida al azar y anduve hasta que se me agarrotaron las pantorrillas. Luego me metí en un autobús hasta su última parada, cené en un merendero en Shipara, me entretuve paseando de plaza en placeta hasta llegar al barrio residencial al que Sihem y yo echamos el ojo siete años atrás, convencidos de estar resguardando nuestro idilio tras una fortaleza inexpugnable. Es un barrio bonito y discreto, orgulloso de sus villas señoriales y de su tranquilidad, en el que viven con toda comodidad las grandes fortunas de Tel Aviv así como una colonia de advenedizos, entre ellos algunos emigrantes rusos reconocibles por su acento basto y su manía de pretender impresionar al vecindario. A Sihem y a mí nos sedujo de inmediato el lugar la primera vez que lo visitamos. La luz del día parecía más luminosa que en otras partes. Nos gustaron las fachadas de piedra, las verjas de hierro forjado y esa aura de felicidad que cubría las casas con sus ventanas abiertas de par en par y sus preciosos balcones. Por entonces, vivíamos en un barrio periférico disonante, en el tercer piso de un edificio nada original donde eran frecuentes las disputas familiares. Nos apretábamos seriamente el cinturón para ahorrar y poder mudarnos algún día, pero no imaginábamos que acabaríamos en un barrio tan peripuesto. Jamás olvidaré la felicidad de Sihem cuando le destapé los ojos para que viera nuestra casa. Pegó tal bote en el asiento, que su cabeza agrietó la luz cenital del coche. A mí me encantaba verla tan locamente feliz, como una niña a la que han hecho el regalo de sus sueños el día de su cumpleaños. ¿Cuántas veces me saltó al cuello y me besó en la boca delante de los transeúntes, ella que se ponía roja como un tomate cada vez que me atrevía a pellizcarla en la calle? Empujó la verja y fue directamente hacia la puerta de roble macizo. Su impaciencia era tal, que no conseguí dar con la llave adecuada durante un rato. Sus gritos de alegría siguen resonando entre mis sienes. La sigo viendo dando vueltas en el salón con los brazos abiertos, como una bailarina embriagada con su propio arte. Tuve que agarrarla por la cintura para que se calmara. Sus ojos me inundaban de gratitud y su felicidad me turbaba. Y allí mismo, en el inmenso salón vacío, nos amamos sobre mi abrigo como dos adolescentes a la vez deslumbrados y amedrentados por las primeras erupciones de sus extasiados cuerpos…

Deben de ser las once, quizá algo menos, y no se ve un alma en la calle de mis triunfos, que duerme a pierna suelta. Sus farolas apenas iluminan. Huérfana de su romance, mi casa tiene un aspecto fantasmal y la envuelve una oscuridad aterradora. Parece abandonada desde hace generaciones. Las persianas están abiertas y algunos cristales rotos. Las flores del jardín están arrancadas y hay papeles por todas partes. Cuando huimos el otro día, a Kim se le olvidó cerrar la verja, que algunos visitantes malintencionados han mantenido abierta y que gime en el silencio de la noche como una endecha diabólica. Han destripado literalmente la cerradura con una palanca. También han arrancado un gozne y roto la campanilla. La vindicta pública ha pegado en mi tapia unos tristes recortes de prensa entre pintadas de odio. Han ocurrido cosas durante mi ausencia…

Hay correo en mi buzón. Entre las facturas, me llama la atención un sobre pequeño. No hay remite, sólo un sello y un matasellos. Procede de Belén. El corazón se me desboca cuando reconozco la letra de Sihem. Me meto en mi dormitorio, enciendo la luz y me siento junto a la mesilla de noche donde se encuentra la foto de mi mujer.

De repente, me quedo paralizado.

¿Por qué Belén?… ¿Qué me va a traer esta carta de ultratumba? Me tiemblan los dedos, y la nuez enloquece en mi reseca garganta. Al principio, pienso dejarla para más adelante. No me siento en condiciones de poner la otra mejilla, de asumir los atropellos de la desgracia que me lleva pisando los talones desde el atentado. El tornado que ha ahuyentado a mi suerte me ha dejado severamente tocado. No podría superar otra cabronada más… Pero me siento a la vez incapaz de esperar un segundo más. Mis fibras están tensadas y a punto de romperse, mis nervios a punto de estallar. Respiro hondo y desgarro el sobre, sintiéndome más en peligro que si acabase de abrirme las venas. Por la espalda me corre un sudor urticante. Mi corazón late cada vez con mayor fuerza y retumba en mis sienes, llenando el dormitorio de ecos vertiginosos.

La carta es breve y no lleva fecha ni encabezamiento, apenas unas líneas redactadas a la carrera en una hoja de cuaderno escolar. Leo:

Amín, amor mío, ¿de qué sirve la felicidad cuando no es compartida? Mis alegrías se difuminaban si no iban acompañadas de las tuyas. Tú querías hijos y yo quería merecerlos. Ningún hijo está del todo a salvo si carece de patria… No me guardes rencor.

Sihem.

La hoja se me cae de las manos. Súbitamente, todo se derrumba. En absoluto reconozco a la mujer con la que me casé para bien y para siempre, que meció los mejores años de mi vida, adornó mis proyectos con guirnaldas relucientes y colmó mi alma con dulces presencias. No reconozco nada de ella, ni en mí ni en mis recuerdos. El marco que la retiene cautiva de un instante caduco, irremediablemente rescindido, me da la espalda, incapaz de asumir esa imagen de lo que para mí fue lo más bonito que me ocurrió en la vida. Me siento catapultado desde un acantilado, aspirado por un abismo. Niego con la cabeza y las manos, con todo mi ser… Voy a despertarme… Estoy despierto. No estoy soñando. La carta yace a mis pies, muy real, cuestionando mis convicciones y pulverizando una tras otra mis más tenaces certidumbres… No es justo… La película de mis tres días de cautiverio descarrila en mi mente. La voz del capitán Moshe me acosa, levantando con sus gritos cavernosos unas imágenes turbulentas e inextricables. Por momentos, unos fogonazos iluminan algunas de ellas. Vislumbro a Naveed esperándome al pie de la escalinata, a Kim recogiéndome en mi jardín con cucharilla, a mis agresores a punto de lincharme en ese mismo jardín… Me agarro la cabeza con ambas manos y me abandono al inmenso cansancio que me está venciendo.

¿Qué me estás contando, Sihem, amor mío?

Creemos que sabemos, y entonces bajamos la guardia y hacemos como si todo fuera sobre ruedas. Con el tiempo, acabamos dejando de prestar la debida atención a las cosas. Nos confiamos. ¿Qué más se puede pedir? La vida nos sonríe, la suerte también. Se ama y se es amado. Nuestros sueños marcan la pauta de la realidad. Todo nos sale a pedir de boca… Luego, sin previo aviso, el cielo se nos viene encima. Y, cuando ya está todo patas arriba, nos damos cuenta de que la vida, toda la vida -con sus altibajos, sus penas y sus alegrías, sus promesas y sus desengaños-, pende de un hilo tan inconsistente e imperceptible como el de una telaraña. De repente, el menor ruido nos espanta, y ya no conseguimos creer en nada. Lo único que deseamos es cerrar los ojos y no volver a pensar.

– ¡Otra vez has olvidado cerrar tu puerta! -me reprende Kim.

Está en la entrada de mi dormitorio, con los brazos cruzados. No la he oído llegar.

– ¿Por qué te fuiste antes? Naveed y Ezra habían venido por ti. ¿Acaso ya no soportas ver a tus amigos?

Se le borra su sonrisa azorada.

– ¡Vaya por Dios, menuda cara tienes!

No debo de tener muy buen aspecto porque se abalanza sobre mí y me agarra por las muñecas para verificar si están ilesas:

– ¿No te las habrás cortado, verdad? ¡Joder, no te queda una gota de sangre en la cara! ¿Has visto un fantasma o qué? ¿Qué pasa ahora? ¡Di algo, cojones! ¿Te has metido alguna mierda? Mírame a los ojos y dime si has tomado alguna porquería. ¡Es increíble lo que te estás haciendo, Amín! -grita a la vez que busca a su alrededor alguna cápsula de veneno o algún tarro de somníferos-. No se te puede dejar solo un minuto…

La veo arrodillarse, echar una ojeada bajo la cama, pasar la mano aquí y allá…

No reconozco mi voz al confesarle:

– ¡Ha sido ella, Kim… Dios mío! ¿Cómo habrá podido?

Kim se queda paralizada y luego levanta medio cuerpo. No entiende.

– ¿De qué estás hablando?

Ve la carta a mis pies, la recoge y la lee. Se le va frunciendo el ceño a medida que lee.

– ¡Dios todopoderoso! -suspira.

Me mira de hito en hito, sin saber qué actitud adoptar. Tras farfullar algo, me abraza. Me acurruco en sus brazos como si fuera un niño y, por segunda vez en menos de diez días, yo, que no he soltado una lágrima desde que murió mi abuelo, treinta años atrás, me pongo a llorar como diez niños juntos.

Kim se queda conmigo hasta la mañana. Al despertarme, me la encuentro hecha un ovillo en un sillón, cerca de mi cama, visiblemente agotada. Nos hemos quedado fritos cuando menos lo esperábamos. Ignoro quién de los dos cayó el primero. He dormido con los zapatos puestos y la chaqueta abrochada hasta el cuello. Curiosamente, siento que lo más gordo de la tormenta ha pasado. La foto de Sihem sobre la mesilla de noche no remueve nada dentro de mí. Su sonrisa se ha disipado y su mirada se ha descompuesto; mi pena me ha derrotado sin rematarme…

Fuera, unos gorjeos pellizcan el silencio matutino. Se acabó, me digo. Amanece en la calle y en mi mente.

Kim me lleva a visitar a su abuelo, que vive en una casita junto al mar. El viejo Yehuda no está al tanto de lo que me ha ocurrido, y es mejor así. Necesito recuperar las miradas de antes, no tomar incómodo un silencio ni compasiva una sonrisa. Durante el trayecto, Kim y yo evitamos hablar de la carta. Nos callamos para no arriesgarnos. Kim conduce su Nissan con las gafas de sol puestas y el pelo revoloteando al viento. Mira hacia adelante con el volante firme entre sus brazos. Yo, por mi parte, examino mi muñeca vendada e intento interesarme por el ronroneo del motor.

El viejo Yehuda nos recibe con su habitual cortesía. Viudo desde hace una generación, sus hijos se fueron a vivir su vida bajo otros cielos. Es un anciano demacrado, de pómulos huesudos y ojos inmóviles en un rostro estragado. Acaba de superar un cáncer de próstata que lo ha ajado en pocos meses. Siempre se alegra de que le hagan una visita. Para él, es como si lo resucitaran. Vive a su pesar como un ermitaño, olvidado en la casa que construyó con sus propias manos, rodeado de libros y de fotos que rememoran los horrores del Holocausto. Así, cuando un familiar o un amigo llama a su puerta, es como si levantara la trampilla bajo la cual se ha enterrado en vida para alumbrar un poco su noche.

Almorzamos los tres en un restaurante cercano a la playa. Hace buen tiempo. Aparte de una nube desgreñada que se deshilacha en el aire, el sol dispone del cielo para él solo. Unas cuantas familias se hallan relajadamente instaladas sobre la arena, unas en torno a un almuerzo improvisado y otras caminando con el agua hasta las pantorrillas. Unos niños se persiguen piando como gorriones…

– ¿Por qué no has traído a Sihem contigo? -me pregunta a bocajarro el viejo Yehuda.

Se me detiene el corazón.

Kim, también cogida por sorpresa, casi se atraganta con un hueso de aceituna. Temía una salida de ésas por parle del abuelo, pero la esperaba mucho antes, de modo que acabó bajando la guardia. Se pone tiesa y roja como un tomate, aguardando mi respuesta como un reo su sentencia. Me limpio los labios en una servilleta y, tras un silencio meditabundo, contesto que Sihem tenía un compromiso. El viejo Yehuda asiente con la cabeza y sigue removiendo su sopa. Entiendo que ha preguntado por preguntar, tal vez para romper el silencio que nos mantiene aislados, cada cual pensando en lo suyo.

Tras el almuerzo, el viejo Yehuda regresa a su domicilio para echar su cabezada mientras Kim y yo vamos a caminar por la arena, con las manos a la espalda y la cabeza en otra parte. A ratos, una ola se aventura hasta nuestros tobillos y se retira subrepticiamente.

A la vez agotados y revigorizados, subimos a lo alto de una duna para acechar el atardecer. La noche nos sustrae al desorden de las cosas. Ambos nos sentimos aliviados por ello.

Yehuda viene a buscarnos. Cenamos en la veranda, escuchando las olas romperse contra las rocas. Cada vez que el viejo Yehuda pretende contarnos la historia de su familia deportada, Kim le recuerda su promesa de no alterar la velada, y él reconoce haberse comprometido a no remover sus miserias de antaño, a la vez que se acomoda en su silla con el fastidio de tener que guardarse para sí sus recuerdos.

Kim me ofrece un catre en la habitación de arriba y opta por dormir en el suelo sobre un colchón de gomaespuma. Apagamos pronto.

Me he pasado la noche intentando comprender cómo pudo Sihem llegar tan lejos, cuándo empezó a írseme de las manos. ¿Cómo no me di cuenta?… Seguro que intentó hacerme una señal, decirme algo que no supe pillar al vuelo. ¿Dónde tenía la cabeza? Es cierto que su mirada había perdido últimamente buena parte de su esplendor y que sus risas se habían espaciado, pero ¿acaso era ése el mensaje que me tocaba descifrar, ésa la mano tendida que debía agarrar para que no la arrastrara consigo la crecida? Unos indicios irrisorios, tratándose de alguien que no escatimaba medios para convertir un beso en una fiesta y un abrazo en un orgasmo. Entro a saco en mis recuerdos en busca de un detalle susceptible de serenarme el alma, y no hallo nada convincente. Nuestro amor era perfecto, nada desentonaba en su melodía. No nos hablábamos, nos decíamos, tal como ocurre en los idilios benditos. Si alguna vez gimió, para mí estaba cantando, pues no podía imaginármela en la periferia de mi felicidad, a la que ella encarnaba por entero. Sólo una vez habló de morir. Fue junto a un lago suizo mientras el horizonte crepuscular se las daba de obra maestra de la pintura: «No te sobreviviría un minuto», me confesó. «Para mí eres el mundo. Me siento morir cada vez que te pierdo de vista.» Aquella noche estaba deslumbrante con su vestido blanco. Los hombres sentados a nuestro alrededor en la terraza del restaurante se la comían con los ojos. El lago parecía inspirarse en su lozanía para dar lustre a la noche… No, no fue allí donde me avisó; estaba demasiado feliz y atenta al estremecimiento del agua. Ella era lo más bonito que podía ofrecerme la vida.

El viejo Yehuda es el primero en levantarse. Lo oigo preparar el café. Aparto mi manta, me pongo pantalón y zapatos y paso por encima de Kim, ovillada al pie de mi cama con la sábana enredada en sus pantorrillas.

Fuera, la noche hace sus maletas.

Bajo a la primera planta y saludo a Yehuda, apoyado en la mesa de la cocina ante un tazón humeante.

– Buenos días, Amín… Hay café en el hornillo.

– Luego -le contesto-. Primero quiero ver amanecer.

– Excelente idea.

Bajo a la carrera por el sendero que lleva a la playa, me siento sobre una roca y me concentro en la brecha infinitesimal que está desgarrando las tinieblas. La brisa se cuela por mi camisa y me despeina. Me agarro las rodillas con los brazos y reclino con cuidado mi barbilla sobre ellas sin dejar de mirar el rayado opalescente que va alzando lentamente los faldones del horizonte.

– Deja que el rumor de las olas absorba el que resuena en tu interior -me sorprende el viejo Yehuda dejándose caer a mi lado-. Es la mejor manera de vaciarse uno mismo…

Escucha cómo una ola se arremolina en el hueco de la roca y me dice, limpiándose la nariz con el puño:

– Hay que mirar siempre el mar. Es un espejo que no sabe mentir. Así también aprendí a dejar de mirar atrás. Antes, cuando echaba una ojeada por encima del hombro, comprobaba que mis fantasmas y mis penas seguían intactos. No permitían que volviera a tomarle gusto a la vida, ¿entiendes? Echaban a perder mis posibilidades de renacer de mis propias cenizas…

Desentierra un guijarro y lo sopesa distraídamente.

Se le quiebra la voz al añadir:

– Por eso he elegido vivir mis últimos días y morir en mi casa frente al mar… Quien mira el mar da la espalda a las desgracias del mundo. En cierto modo, acaba conformándose.

Lanza el guijarro al agua describiendo un arco con el brazo.

– Me he pasado la mayor parte de mi vida persiguiendo los sufrimientos pasados -me cuenta-. Para mí, nada podía superar una oración o una conmemoración. Estaba convencido de que me había librado del Holocausto sólo para mantener vivo su recuerdo. Sólo me importaban las estelas funerarias. Apenas me enteraba de que inauguraban una en alguna parte, me metía en un avión para estar en primera fila. Grababa todas las conferencias sobre el genocidio judío y me recorría el mundo de punta a punta para contar lo que nuestro pueblo había padecido en los campos de exterminio, abocado a la cámara de gas y al horno crematorio… Sin embargo, no he visto gran cosa del Holocausto. Tenía cuatro años. A veces me pregunto si mis recuerdos no serán fruto de traumas posteriores a la guerra, adquiridos en las salas oscuras donde se proyectaban documentales sobre las atrocidades nazis.

Tras un prolongado silencio durante el cual debe luchar para contener el flujo de sus emociones, prosigue:

– Nací para ser feliz. Parecía que la providencia me había puesto del lado de la suerte. Tenía una buena salud física y mental. Era de familia acomodada. Mi padre, médico, ejercía en la consulta más prestigiosa de Berlín. Mi madre daba clases de historia del arte en la universidad. Vivíamos en una casa señorial en un barrio de ricos, con un jardín tan grande como un prado. Teníamos criados que no paraban de mimarme, a mí, que era el menor de seis hermanos.

»Resultaba evidente que no todo era color de rosas en la ciudad. La segregación racial iba creciendo de día en día. La gente nos soltaba impertinencias cuando nos cruzábamos con ellos en la calle. Pero en casa nos hallábamos en el mismo centro de la felicidad…

»Luego, una mañana, debimos renunciar a nuestro remanso de paz y seguir a interminables cohortes de familias desorientadas, expulsadas de sus casas y entregadas a los demonios de la Kristallnacht. Hay mañanas que nacen de noches distintas. Sin duda alguna, aquella del otoño de 1938 fue la más abismal de todas. Nunca olvidaré el silencio que escoltaba a la desgracia de esa gente de mirada vacía y atuendo ultrajado por la estrella amarilla.

– La estrella amarilla se impuso en septiembre de 1941.

– Ya lo sé. Sin embargo, está ahí, injertada en todos mis recuerdos, infestando hasta el último recoveco de mi memoria. Me pregunto si no nací con ella… No levantaba un palmo del suelo y sin embargo me parece que veía por encima de las cabezas de los adultos, pero sin entrever horizonte alguno. Fue una mañana absolutamente única. Inmersos en la grisura, la bruma borraba nuestras huellas de los caminos sin retorno. Recuerdo uno por uno el estremecimiento de los rostros apagados, los embotamientos producidos por la tragedia, hojas muertas que apestaban a cadáver de animal. Cuando un condenado exhausto caía al suelo por un culatazo, miraba a mi padre para intentar comprender; éste me revolvía el pelo y me susurraba: «No es nada, todo se arreglará…». Te juro que sigo notando, en este mismo instante en que te estoy hablando, sus dedos sobre mi cráneo, y se me pone la carne de gallina…

– Sabba -lo increpa Kim acercándose a nosotros.

El anciano levanta los brazos como un chaval pillado con los dedos metidos en la mermelada.

– Perdonadme, es algo que me supera. Por mucho que prometo no volver a hurgar en la herida, es exactamente lo que hago cada vez que pretendo decir algo.

– Es porque no miras bastante el mar, querido sabba -le dice Kim masajeándole el cuello con ternura.

El viejo Yehuda medita las palabras de su nieta como si fuera la primera vez que las oyera. Una lejana grisura repleta de trágicas evocaciones le vela la mirada. Por un momento, parece enajenado y le cuesta reponerse. Luego, las manos de su nieta sobre su nuca lo devuelven a la realidad.

– Tienes razón, Kim, hablo demasiado…

Añade con voz trémula:

– Jamás entenderé por qué los supervivientes de una tragedia pretenden que los demás crean que son más dignos de compasión que los que perdieron la vida.

Su mirada recorre la arena de la playa, se hunde bajo las olas y luego se pierde mar adentro mientras su mano diáfana va buscando lentamente la de su nieta.

Los tres contemplamos en un silencio absoluto el horizonte abrasado por la aurora, seguros de que tampoco el día que amanece, como los anteriores, sabrá aportar suficiente luz al corazón de los hombres.


VII

<p>VII</p>

Finalmente, ha sido Kim quien ha recogido mi coche del aparcamiento del hospital. Según las últimas noticias, allí soy persona non grata. Ilan Ros ha conseguido disponer en mi contra a la mayoría del personal sanitario. Entre los signatarios de las peticiones que se oponen a mi regreso, algunos han llegado a pedir que se me retire la nacionalidad israelí.

La actitud de Ilan Ros no me sorprende demasiado. Perdió hace unos diez años a su hermano menor, sargento en un puesto fronterizo, en una emboscada en el sur de Líbano. Jamás lo ha superado. Aunque nos vemos de cuando en cuando, no se permite olvidar de dónde procedo y lo que soy. Para él, a pesar de mi competencia como cirujano y mi capacidad para relacionarme tanto a nivel profesional como privado, sigo siendo el árabe, o sea, el moro de turno y, en menor grado, el enemigo potencial. Al principio sospeché que flirteaba con algún movimiento segregacionista. Estaba equivocado. Sólo envidiaba mi éxito. Yo no se lo tenía en cuenta, pero no por ello se sosegó. Cuando las alabanzas de que eran objeto mis trabajos lo sacaban de quicio, atribuía sin más mi éxito a esa demagogia a favor de la integración de la que yo no era sino el más cumplido ejemplo. El atentado suicida de Haqirya le vino de perlas para legitimar las arremetidas de sus viejos demonios.

– Ahora resulta que hablas solo -me sorprende Kim.

Me admira su espléndida apariencia. Parece un hada surgiendo de una fuente de juventud, con su melena negra cayéndole sobre los hombros y sus ojazos pintados con lápiz negro. Lleva un impecable pantalón blanco y una camisa tan ligera que se amolda a la perfección a la voluptuosa ondulación de sus pechos. Tiene la cara descansada y la sonrisa radiante. Por fin me fijo en ella tras tantas noches y días compartidos en un estado semicomatoso. Hasta ayer no era sino una sombra que gravitaba alrededor de mis interrogantes. Me siento incapaz de recordar cómo iba vestida, si estaba maquillada, si llevaba el pelo suelto o recogido en un moño.

– Nunca se está completamente solo, Kim.

Adelanta una silla hacia mí y se sienta a horcajadas. Su perfume casi me embriaga. Veo cómo se le ponen blancos los nudillos de sus manos transparentes al apretarlas sobre el respaldo. Sus labios titubeantes se estremecen al preguntarme:

– Dime, pues, con quién hablabas.

– No hablaba, reflexionaba en voz alta.

La serenidad de mi tono la envalentona. Se echa hacia adelante para mirarme de cerca y me murmura en tono de complicidad:

– En cualquier caso, parecías estar bien acompañado. Tu tristeza te embellecía.

– Seguro que se trataba de mi padre. Últimamente pienso bastante en él.

Sus manos acuden a reconfortar las mías. Nuestras miradas se cruzan pero se apartan enseguida por temor a descubrir en ellas fulgores que las desazonarían.

– ¿Cómo va tu muñeca? -me pregunta para ahuyentar el repentino malestar que irrumpe entre nosotros.

– Me impide dormir. Es como si tuviera una piedra clavada en la palma de la mano, y tengo hormigueos en las articulaciones.

Kim roza el vendaje que cubre mi mano y me sacude los dedos con ternura.

– Creo que deberíamos regresar a la enfermería para aclarar el tema. La primera radiografía era mala. Quizá tengas una fractura.

– He intentado conducir esta mañana y he tenido problemas con el volante.

– ¿Dónde querías ir? -pregunta desconcertada.

– Ni idea.

Se levanta frunciendo el ceño.

– Será mejor que echemos una ojeada a esa muñeca.

Me lleva al ambulatorio en su coche. No abre la boca durante el trayecto, seguramente intentando adivinar dónde pretendía ir esta mañana al agarrar el volante. Quizá se esté preguntando si no está consiguiendo agobiarme con tanta sobreprotección.

Me muero de ganas de poner mi mano sobre la suya para darle a entender la suerte que tengo de tenerla a mi lado, pero no encuentro fuerzas para realizar ese gesto. Temo propasarme, que las palabras no ayuden, que una torpeza eche a perder la decencia de mis intenciones: creo que estoy perdiendo confianza en mí mismo.

Me atiende una enfermera gorda. De entrada, le preocupa mi mal aspecto y me recomienda en tono perentorio que mejore mi dieta y dé prioridad a los filetes a la plancha y a las ensaladas de verdura pues -me susurra al oído- parezco un huelguista de hambre. El médico examina mi primera radiografía, dice que se puede leer perfectamente y remolonea antes de consentir que se me haga otra. La nueva confirma el diagnóstico anterior, ni fractura ni fisura, sólo un enorme traumatismo en la base del índice y otro menor a la altura de la muñeca. Me prescribe una pomada, antiinflamatorios y pastillas para dormir y me manda de vuelta con la primera enfermera.

A la salida del consultorio, veo a Naveed Ronnen. Nos espera en el aparcamiento dentro de su coche, el pie apoyado contra la puerta abierta y las manos detrás de la nuca, mirando fijamente el extremo de una farola.

– ¿Me anda siguiendo o qué? -suelto sorprendido al encontrármelo allí.

– No digas tonterías -me reprende Kim, indignada-. Me ha llamado al móvil para saber de ti y yo le he pedido que venga aquí.

Me doy cuenta de mi enorme zafiedad pero no pido excusas.

– No consientas que la pena eche a perder tus buenos modales, Amín.

– ¿De qué hablas? -le pregunto exacerbado.

– No sirve de nada ponerse desagradable -me replica sosteniéndome la mirada.

Naveed baja del coche. Viste un chándal con los colores del equipo nacional de fútbol, zapatillas de deporte nuevas y una boina negra echada hacia atrás. La tripa le llega a las rodillas, enorme y fofa, casi grotesca. Las inacabables sesiones de aeróbic y gimnasia, que se impone con rigor religioso, no parecen suficientes para contener su cada vez más embarazosa gordura. Naveed no se siente orgulloso de sus hechuras de oso gruñón, que ponen a dura prueba los centímetros que le faltan a la pierna y le desbaratan sus andares a la vez que comprometen la seriedad y autoridad que pretende encarnar.

– Estaba haciendo footing por el barrio -se justifica.

– No está prohibido -le replico.

Percibo de inmediato la agresividad y la impertinencia de mis alusiones pero, curiosamente, no lo lamento para nada. Casi diría que experimento un placer oscuro como la sombra que me está velando el alma. No soy aficionado a la maldad gratuita, pero tampoco veo cómo contenerla.

Kim me pellizca bajo el brazo, un gesto que no escapa a Naveed.

– Bueno -gruñe, profundamente decepcionado-, si molesto…

– ¿Por qué dices eso? -intento arreglarlo.

Me fulmina con la mirada hasta que se le contraen los músculos de la cara. Mi pregunta afecta a su susceptibilidad más que mis alusiones. Vuelve sobre sus pasos, se planta delante de mí y me mira fijamente para impedir que desvíe la mirada. Está muy enfadado.

– ¿A mí me lo preguntas, Amín? -pregunta irritado-. ¿Soy yo quien te evito o tú quien te largas cada vez que hueles mi presencia? ¿Qué pasa? ¿He metido la pata contigo sin darme cuenta o eres tú el que se está pasando?

– Ni mucho menos. Me alegro de verte…

Arquea las cejas.

– Qué raro, no es eso lo que leo en tu mirada.

– Sin embargo, es la verdad.

– ¿Y si fuéramos a tomar algo? -nos sugiere Kim-. Yo invito y tú eliges el lugar, Naveed.

Naveed consiente en perdonarme mi grosería, pero sigue apenado. Respira hondo, mira por encima de su hombro para pensárselo y nos propone ir a Casa Zion, un bar pequeño y tranquilo cercano al dispensario donde ponen las mejores tapas de la zona.

Mientras Kim sigue al coche de Naveed, intento explicarme el motivo de mi agresividad contra quien no me ha dejado en la estacada cuando los demás me han puesto en la picota. ¿Será por lo que representa, por su placa de poli? Sin embargo, no tiene que resultar fácil para un poli seguir tratándose con alguien casado con una kamikaze… Le doy vueltas al tema con la esperanza de no dejarme llevar por consideraciones susceptibles de ponerme en situación de desventaja y de aislarme aún más en mi tormento. Curiosamente, justo cuando intento no meter la pata, es cuando se apodera de mí esa necesidad de ser desagradable. ¿Será porque me niego a disociarme de la culpa de Sihem? En tal caso, ¿en qué me estoy convirtiendo? ¿Qué pretendo demostrar o justificar? ¿Y qué sabemos realmente de lo que es justo o no, de lo que nos conviene o no? Carecemos por igual de discernimiento cuando acertamos y cuando erramos. Así viven los hombres: para lo peor cuando es lo mejor que pueden ofrecer, y para lo mejor cuando eso no significa gran cosa… Mis pensamientos me acorralan, se burlan de mi estado de ánimo. Se alimentan de mi fragilidad, abusan de mi pena. Soy consciente de su trabajo de zapa y los dejo hacer como un vigilante confiado se entrega al sueño. Quizá mis lágrimas hayan ahogado en parte mi pena, pero la ira sigue ahí, como un tumor oculto en lo más profundo de mi ser, o un monstruo abisal agazapado en las tinieblas de su guarida, acechando el momento propicio para volver a la superficie y sembrar el terror. Lo mismo piensa Kim. Sabe que intento exteriorizar este indigesto horror que chapotea en mis tripas, que mi agresividad no es sino el síntoma de una violencia extrema que brota trabajosamente de mi fuero interno y acumula energías en espera de estallar. No me pierde de vista ni un segundo para mitigar los daños. Pero la turbiedad de mi juego la tiene desconcertada y está empezando a dudar.

Nos sentamos en la terraza del café, en medio de una plazoleta embaldosada. Hay algunos clientes sentados aquí y allá, unos bien acompañados y otros escrutando pensativamente su vaso o su taza. El encargado es un grandullón melenudo con barba de vikingo. Rubio como una gavilla de heno y velludo de brazos y hombros, lleva pegada al cuerpo una camiseta de marinero. Saluda a Naveed, al que parece conocer, toma nota de lo que pedimos y se va.

– ¿Desde cuándo fumas? -me pregunta Naveed al verme sacar un paquete de tabaco.

– Desde que mi sueño se convirtió en humo.

La réplica consterna a Kim, que se limita a apretar los puños. Naveed la medita con calma, con el labio inferior caído. Durante un momento, siento que está a punto de ponerme en mi sitio, pero acaba optando por echarse hacia atrás en su silla y cruzar las manos en lo alto de su tripa.

El encargado regresa con una bandeja, sirve una cerveza espumosa a Naveed, un zumo de tomate a Kim y una taza de café a mí. Suelta una broma al jefe de la policía y se retira. Kim se lleva el vaso a la boca y da tres sorbos seguidos. Se siente muy defraudada y se calla para no soltarme a la cara lo que siente.

– ¿Cómo está Margaret? -pregunto a Naveed.

Naveed tarda en contestar. Como está sobre aviso, se toma su tiempo y echa un trago antes de contestar:

– Está bien, gracias.

– ¿Y los niños?

– Ya los conoces, a veces se llevan bien y otras se pelean.

– ¿Sigues pensando en casar a Edeet con aquel mecánico?

– Es lo que ella quiere.

– ¿Crees que es un buen partido?

– Es estos temas no procede creer sino rezar.

Asiento con la cabeza:

– Tienes razón. El matrimonio ha sido siempre una lotería. De nada sirve hacer cálculos o tomar precauciones. Obedece a su propia lógica.

Naveed constata que mis palabras no llevan trampa. Se relaja un poco, saborea un trago de cerveza, chasquea la lengua y me echa una mirada profunda.

– ¿Y tu muñeca?

– Muy contusionada, pero no hay nada roto.

Kim pilla un cigarrillo de mi paquete. Le alargo mi mechero. Aspira con voracidad, se yergue y suelta un chorro de humo por la nariz.

– ¿Cómo va la investigación? -pregunto de sopetón.

Kim se atraganta con una calada.

Naveed me mira con intensidad, de nuevo sobre aviso.

– No quiero pelearme contigo, Amín.

– Tampoco lo pretendo yo. Tengo derecho a saber.

– ¿Saber qué, exactamente, lo que te niegas a aceptar?

– Ya no. Sé que fue ella.

Kim me vigila muy de cerca, con su pitillo pegado a la mejilla y un ojo medio cerrado por el humo. No ve adónde quiero ir a parar.

Naveed aparta con cuidado su jarra de cerveza, como para hacer sitio a su alrededor y tenerme para él solo.

– ¿Sabes que fue ella qué?

– Que fue ella la que se voló en el restaurante.

– ¿Y eso desde cuándo?

– ¿Es un interrogatorio, Naveed?

– No tiene por qué serlo.

– Entonces limítate a decirme qué hay de la investigación.

Naveed se apoya contra el respaldo de su silla.

– Estamos en un punto muerto. No avanzamos.

– ¿Y el Mercedes modelo antiguo?

– Mi suegro tiene uno igual.

– Con todos los medios de que disponéis y vuestra red de informadores, no habéis conseguido…

– No se trata de medios ni de informadores, Amín -me interrumpe-. Se trata de una mujer fuera de toda sospecha, que consiguió disimular tan bien que hasta nuestro mejor sabueso, siga la pista que siga, acaba con el rabo entre las piernas. Lo único que me tranquiliza en un asunto como éste es que basta con un indicio, sólo uno, para que la maquinaria se vuelva a poner en marcha… ¿Crees que tienes alguno?

– No creo.

Naveed se agita pesadamente en su silla, pone sus codos sobre la mesa y atrae hacia él la jarra que apartó un momento antes. Desliza un dedo por el borde y limpia de paso las salpicaduras de la espuma. Sobre la terraza se instala un silencio implacable.

– Al menos sabes ya que fue ella la kamikaze, y eso es un progreso.

– ¿Y yo?

– ¿Tú?

– Sí, yo. ¿Estoy limpio o sigo siendo sospechoso?

– Si hubiese algo que reprocharte no estarías aquí tomándote tranquilamente un café, Amín.

– Entonces ¿por qué me han dado una paliza en mi propia casa?

– Eso no tiene nada que ver con la policía. Hay furias que, como el matrimonio, sólo obedecen a su lógica interna. Tienes derecho a poner una denuncia y no lo has hecho.

Aplasto mi pitillo en el cenicero y enciendo otro, que me sabe de repente a perros.

– Dime, Naveed, tú que has visto a tantos criminales, a tantos arrepentidos y a tantos energúmenos desquiciados, ¿cómo puede uno de repente, sin previo aviso, cargarse de explosivos y hacerse volar por los aires en medio de una fiesta?

Naveed se encoge de hombros, visiblemente molesto:

– Ésa es la pregunta que me hago todas las noches sin hallarle sentido, y aún menos respuesta.

– ¿Te has topado con gente así?

– Con mucha.

– ¿Y entonces, cómo explican su locura?

– No la explican, la asumen.

– No puedes hacerte idea de las vueltas que estoy dando a esta historia. ¡Joder! ¿Cómo puede una persona normal, sana física y mentalmente, decidir, por una fantasmada o una alucinación, que está investida de una misión divina, renunciar a sus sueños y a sus ambiciones para infligirse una muerte atroz mediante la peor de las barbaries?

Creo que lágrimas de rabia emborronan mi mirada a medida que mis palabras me destrozan la nuez. Kim mueve febrilmente las piernas bajo la mesa. Su cigarrillo no es más que un hilillo de ceniza colgado del vacío.

Naveed suspira mientras busca palabras. Percibe mi dolor y parece sufrir por ello.

– ¿Qué puedo decirte, Amín? Creo que hasta los terroristas más curtidos ignoran lo que les ocurre de verdad. Y eso puede ocurrirle a cualquiera. Basta con un chispazo en el subconsciente. Las motivaciones no tienen la misma consistencia, pero suelen surgir así -dice chasqueando los dedos-. O te cae sobre la cabeza como un ladrillo o se agarra a tus tripas como una solitaria. Y a partir de ese momento tu forma de ver el mundo cambia. Sólo tienes una idea fija: levantar eso que se ha apoderado de tu cuerpo y tu alma para ver lo que hay debajo. A partir de entonces, ya no hay vuelta atrás posible. Además, has dejado de mandar en ti; te crees dueño de tus actos pero no es cierto. No eres sino el instrumento de tus propias frustraciones. Lo mismo te da vivir que morir. En alguna parte de ti mismo has renunciado a lo que podría posibilitar tu regreso al mundo. Estás en las nubes. Eres un extraterrestre. Vives en el limbo y te dedicas a corretear tras las huríes y los unicornios. No quieres volver a oír hablar de este mundo. Sólo esperas el momento de dar el paso. El único modo de recuperar lo que has perdido o de rectificar lo que has errado; en definitiva, el único modo de convertirte en leyenda es acabar a lo bestia: transformarte en bola de fuego en un autocar repleto de escolares o en torpedo contra un tanque enemigo. ¡Bum! Un prodigio premiado con el estatuto de mártir. Así, el levantamiento de tu cadáver se convierte para ti en el único momento en que te mereces el respeto de todos. El resto, tanto el día anterior como el posterior, ya no es problema tuyo; para sí, jamás ha existido.

– Sihem era tan feliz -le recuerdo.

– Eso es lo que creíamos todos. Por lo que se ve, estábamos equivocados.

Nos quedamos allí sentados hasta bien avanzada la noche. He podido desahogarme y eliminar ese hedor que me tenía contaminada la mente. Mi agresividad ha ido cediendo con las evocaciones. Me he descubierto varias veces con las lágrimas a punto de desbordarse, pero he conseguido controlarlas. La mano de Kim agarraba la mía cada vez que se me quebraba la voz. Naveed ha sido muy paciente. No ha tenido en cuenta mis impertinencias y ha prometido tenerme informado del curso de la investigación. Nos hemos despedido reconciliados y más unidos que nunca.

Kim me lleva a su casa. Comemos bocadillos en la cocina, fumamos pitillo tras pitillo en el salón hablando de todo y de nada y luego nos retiramos a nuestros dormitorios. Más tarde, se acerca para ver si me falta algo. Antes de apagar, me pregunta a quemarropa por qué no he hablado a Naveed de la carta.

Aparto los brazos y le confieso:

– No lo sé.


VIII

<p>VIII</p>

Según Kim, la Dirección de Salud ha recibido muchas cartas de antiguos pacientes míos y sus familiares que estiman que soy tan víctima como los que han perecido en el restaurante volado por mi esposa. El hospital está dividido, y como las pasiones se han aplacado algo, buena parte de mis detractores se preguntan si las peticiones que firmaron eran razonables. Ante la complejidad de la situación, mis superiores han declarado que no se consideran capacitados para decidir y han dejado el caso en manos de los altos mandos.

Por mi parte, ya he tomado la decisión de no volver a pisar mi despacho, ni siquiera para recuperar mis efectos personales. La cábala que Ilan Ros ha organizado en mi contra me ha afectado profundamente. Y eso que no daba la menor muestra de religiosidad. Desde que pisé la universidad, he intentado cumplir escrupulosamente con mis obligaciones ciudadanas. Consciente de los estereotipos que me exponen a la vindicta pública, me empeño en superarlos uno tras otro, ofreciendo lo mejor de mí mismo y tragándome las salidas de tono de mis compañeros judíos. Ya desde muy joven comprendí que no tenía sentido nadar entre dos aguas y que tenía que elegir cuanto antes mi bando. Elegí el de la competencia profesional, y tomé como aliadas mis convicciones, convencido de que con el tiempo acabaría imponiendo respeto. No creo haber faltado una sola vez a las normas que me impuse, y que eran mi hilo de Ariadna, tan cortante como una navaja. Para un árabe que se salía del tiesto, y que se permitía el lujo de ser el primero de su promoción, el menor tropiezo podía ser fatal. Tanto más si se es hijo de beduino, carne de prejuicios, y cargas con el peso de esa caricatura sorteando una y otra vez la mezquindad humana, que te cosificaba a ratos, te demonizaba otras veces y casi siempre te descalificaba. Nada más entrar en la universidad, pude calibrar la brutalidad extrema del recorrido que me esperaba, los esfuerzos titánicos para merecerme el estatuto de ciudadano de pleno derecho. El diploma no lo resolvía todo, debía seducir y tranquilizar, encajar golpes sin devolverlos y no perder la paciencia para no perder la cara. Para mi pesar, caí en la cuenta de que estaba representando a mi comunidad. En cierto modo, debía conseguir el éxito sobre todo por ella. Ni siquiera necesitaba que me lo exigieran los míos; la mirada de los demás me designaba de oficio para esa misión ingrata y felona.

Mi ascendencia era pobre pero digna, y para ella la palabra dada y la rectitud eran los pilares de la salvación. Mi abuelo era el patriarca de la tribu. Tenía tierras y no ambiciones, e ignoraba que la longevidad no propiciaba la firmeza de carácter sino el permanente cuestionamiento de las propias certidumbres. Murió expoliado, con los ojos muy abiertos y el corazón partido de tanta estupefacción ultrajada. Mi padre no quiso heredar sus anteojeras. La condición de campesino no le producía el menor entusiasmo. Él quería ser artista, y eso, en el glosario ancestral, equivalía a holgazán y marginado. Recuerdo las broncas apocalípticas que se montaban cada vez que mi abuelo lo pillaba pintando lienzos en un barracón convertido en improvisado taller mientras los demás miembros de la familia, pequeños y grandes, se deslomaban faenando en las huertas. Mi padre le contestaba con calma olímpica que la vida no consistía solamente en escardar, podar, regar y recoger, sino también en pintar, cantar y escribir; e instruir, y que la vocación más bonita era la de sanar. Su mayor deseo era que yo fuera médico. Pocas veces he visto a alguien desvivirse tanto por su retoño. Era su único hijo y no quería tener más para dedicarse mejor a mí. Apostó todo lo que tenía para ofrecer a la tribu su primer cirujano. Cuando me vio llegar agitando mi diploma de médico, se echó en mis brazos como un riachuelo al mar. Ésa fue sin duda la única vez que advertí lágrimas en sus ojos. Murió en una cama de hospital acariciando, como si se tratase de una reliquia sagrada, el estetoscopio que yo llevaba expresamente porque a él le gustaba.

Mi padre era una buena persona. Se adaptaba a las circunstancias según se presentaban, sin tapujos ni aspavientos. No le hacía gracia agarrar el toro por los cuernos, pero tampoco se amargaba cuando se veía sin blanca. Para él, los infortunios no eran una prueba, sino obstáculos del camino que había que superar aunque uno lo lamentara unos minutos después. Su humildad y discernimiento me maravillaban. Siempre deseé parecerme a él, gozar de su frugalidad y moderación. Gracias a él, a pesar de haber nacido en una tierra atormentada desde la noche de los tiempos, me negué a considerar que el mundo era un campo de batalla. Ya veía yo que las guerras sucedían a las guerras, las represalias a las represalias, pero de una manera o de otra evitaba hacerme garante de ellas. No creía en las profecías de la discordia y no conseguía hacerme a la idea de que Dios pudiese incitar a sus hijos a enfrentarse y a convertir la práctica de la fe en un absurdo y espantoso asunto de relación de fuerzas. Desde entonces he desconfiado de todo lo que me reclama algo de mi sangre para purificar mi alma. No quería creer en valles de lágrimas o de tinieblas, pues siempre había algún lugar más atractivo y menos disparatado en alguna parte. Mi padre me decía: «Miente quien te cuente que existe una sinfonía mayor que el hálito que te anima, pues en el fondo odia lo mejor que hay en ti, que es la posibilidad de sacar provecho a cada instante de tu vida. Si partes del principio de que tu peor enemigo es aquel que intenta sembrar el odio en tu corazón, ya tienes media felicidad ganada. No tendrás más que tender la mano para coger lo demás. Y recuerda bien esto: no hay nada, absolutamente nada por encima de tu vida… Y tu vida no está por encima de la de los demás».

No lo he olvidado.

Lo he convertido incluso en mi lema, convencido de que cuando los hombres se hayan adherido a esta lógica habrán alcanzado por fin la madurez.

Mis pequeñas escaramuzas con Naveed me han dejado nuevo. Si bien no me han devuelto toda la lucidez, al menos me han permitido verme a mí mismo con cierta perspectiva. La ira sigue presente, pero ha dejado de removerme las tripas como un cuerpo extraño al acecho de una arcada para salir al aire libre. A ratos me siento en el balcón y me pongo a contemplar los coches, que hasta me resultan atractivos. Kim ha dejado de vigilar su lenguaje con esa excesiva prudencia de hace tres días. Improvisa agudezas para sonsacarme alguna sonrisa y, cuando se va por la mañana al hospital, ya no me encierro a cal y canto en mi habitación hasta su regreso. He aprendido a callejear. Voy a los cafés a fumar pitillos o me siento en alguna plazoleta para observar a los chiquillos brincando al sol. Todavía no he conseguido arrimarme a un periódico; no obstante, en mis paseos, cuando oigo una radio dando información, ya no me apresuro a cambiar de acera.

Ezra Benhaím ha venido a visitarme a casa de Kim. No hemos hablado de mi hipotética vuelta al trabajo ni de Ilan Ros. Ezra quería saber cómo estaba y si me iba reponiendo. Me ha llevado a un restaurante para demostrarme que no le importa que lo vean conmigo. Su sinceridad resulta patética. Insistí en pagar. Después de la cena, como Kim tenía guardia, fuimos a una cervecería y nos emborrachamos como dos dioses juergueándose tras haber agotado sus anatemas.

– Tengo que ir a Belén.

Se detiene el ruido de vajilla procedente de la cocina. Kim tarda unos segundos en sacar la cabeza tras la puerta. Me mira con una ceja por encima de la otra.

Aplasto mi pitillo en el cenicero y me dispongo a encender otro.

Kim se limpia las manos en un trapo colgado a la pared y viene junto a mí.

– ¿Estás de broma?

– ¿Te parece que estoy de broma, Kim?

Se sobresalta ligeramente.

– Claro que estás de broma. ¿Qué vas a hacer en Belén?

– Sihem me mandó la carta desde allí.

– ¿Y qué?

– Pues que quiero saber lo que hacía allí cuando yo la creía en casa de su abuela en Kafr Kanna.

Kim se deja caer sobre la silla de mimbre que tengo enfrente, irritada por mis ocurrencias. Respira hondo, como para contener su despecho, se tritura los labios en busca de palabras, no las encuentra y se coge las sienes con dos dedos.

– Estás desvariando, Amín. Ignoro lo que te traes entre manos, pero ahí te estás pasando. No se te ha perdido nada en Belén.

– Tengo allí una hermana de leche. Seguro que Sihem se refugió en su casa para cumplir su insensata misión. El matasellos es del viernes 27, o sea, el día anterior al drama. Quiero saber quién ha adoctrinado a mi mujer, quién la ha cargado de explosivos y enviado al matadero. No tengo la menor intención de quedarme de brazos cruzados y de pasar una página que no he asimilado.

Kim está a punto de arrancarse los pelos.

– ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Te recuerdo que se trata de terroristas. Esa gente no se anda con chiquitas. Eres un cirujano, no un madero. Eso es asunto de la policía. Dispone de medios apropiados y de personal cualificado para llevar a cabo esas investigaciones. Si quieres saber lo que le ha ocurrido a tu mujer, habla con Naveed y cuéntale lo de la carta.

– Es un asunto personal.

– ¡Y una leche! Han muerto diecisiete personas y hay decenas de heridos. Éste no es para nada un asunto personal. Se trata de un atentado suicida, y su tratamiento compete exclusivamente a la policía. En mi opinión, estás disparatando, Amín. Si de verdad quieres ser útil, entrega la carta a Naveed. Puede que sea el cabo que la policía está esperando para poner en marcha su maquinaria.

– ¡Ni hablar! No quiero que nadie se meta en mis asuntos. Quiero ir a Belén, y solo. No necesito a nadie. Conozco a gente allí. Acabaré provocando indiscreciones y obligando a algunos a soltar prenda.

– ¿Y luego?

– ¿Luego qué?

– Supongamos que consigues que algunos suelten prenda; ¿cuál es el plan, echarles una bronca o reclamarles daños y perjuicios? Por favor, seamos serios. Detrás de Sihem tiene que haber una red, una logística y todo un entramado. Nadie se hace volar en un espacio público por una cabezonada. Eso es el desenlace de un prolongado lavado de cerebro, de una minuciosa preparación psicológica y material. Antes de actuar se toman enormes medidas de seguridad. Los cabecillas necesitan proteger su base y despistar. Sólo eligen a su kamikaze cuando están absolutamente seguros de su determinación y fiabilidad. Ahora, imagínate apareciendo en su vida y husmeando alrededor de sus guaridas. ¿Crees que van a estar esperando tranquilamente que llegues hasta ellos? Te liquidarán tan pronto que ni siquiera te dará tiempo de comprender lo estúpida que era tu iniciativa. Te juro que me aterra imaginarte rondando ese nido de víboras.

Me agarra las manos y me hace daño en la muñeca.

– No es una buena idea, Amín.

– Quizá, pero no pienso en otra cosa desde que recibí la carta.

– Lo entiendo, pero eso no es para ti.

– No te molestes, Kim. Sabes lo testarudo que soy.

Alza los brazos para rebajar la tensión.

– Bueno… Dejemos el debate para esta noche. Espero que para entonces hayas recuperado el juicio.

Me invita a cenar en un restaurante de la playa. Cenamos en la terraza, con el rostro azotado por la brisa. El mar está algo revuelto y su rumor tiene algo de sentencioso. Kim intuye que no me hará cambiar de opinión. Picotea de su plato como un pajarillo cansado.

El lugar es agradable. Lo lleva un emigrante francés y está decorado a la buena de Dios, con larguísimos ventanales, sillas acolchadas de cuero burdeos y mesas con salvamanteles bordados. Un imponente cirio se consume dentro de una gran copa de cristal. No hay mucha gente, pero las parejas parecen clientela habitual. Sus gestos son refinados y hablan en voz baja. El anfitrión es un hombrecillo endeble y vivo, vestido de punta en blanco y exquisitamente cortés. Él mismo nos ha recomendado el primer plato y el vino. Seguro que Kim tuvo algún motivo para traerme a este restaurante, pero parece que se le ha olvidado.

– Cualquiera diría que te divierte jugar con mi nivel de glucemia -suspira soltando su servilleta como quien arroja la toalla.

– Ponte en mi lugar, Kim. No se trata sólo del acto de Sihem. También estoy yo. Si mi mujer se ha matado, eso demuestra que no he sabido inculcarle el amor a la vida. Seguro que parte de la responsabilidad es mía.

Intenta protestar; levanto la mano para rogarle que no me interrumpa.

– Es la verdad, Kim. Cuando el río suena, agua lleva. Por supuesto que es culpa suya, pero endosársela no me aliviará la conciencia.

– No tienes ninguna culpa.

– Sí. Era su marido, y mi deber era cuidarla y protegerla. Seguro que intentó llamar mi atención sobre el mar de fondo que amenazaba con arrastrarla. Me juego lo que sea a que intentó hacerme una señal. ¿Dónde estaba yo, por Dios, cuando quiso salir de todo esto?

– ¿Cómo sabes que intentó salir de todo esto?

– ¡Pues claro! Nadie busca su perdición como quien va a una fiesta. Inevitablemente, cuando se está a punto de dar el paso, la duda se apodera de uno. Y ése es el instante que no he sabido descubrir. Probablemente, Sihem estaba deseando que la despertara, pero yo estaba pensando en otras cosas, y eso no me lo perdonaré jamás.

Enciendo rápidamente un pitillo.

– No me hace ninguna gracia preocuparte -le digo tras un largo silencio-. He perdido afición a las bromas. Desde aquella maldita carta no dejo de pensar en esa señal que no supe descodificar a tiempo y que aún hoy sigue siendo un misterio. Quiero encontrarla, ¿me entiendes? Es necesario. No tengo elección. Desde aquella carta no paro de remover los recuerdos para encontrarla. Ya esté durmiendo o despierto, no pienso en otra cosa. He pasado revista a los momentos más fuertes, a las palabras más ambiguas, a los gestos más imprecisos, y nada. Y esa nada me vuelve loco. No puedes imaginarte hasta qué punto me tortura, Kim. No puedo seguir así, persiguiéndola y a la vez padeciéndola…

Kim no sabe qué hacer con sus pequeñas manos.

– Quizá no necesitara hacerte una señal.

– Imposible. Ella me quería. No podía ignorarme hasta el punto de no comunicarme nada.

– No dependía de ella. No era la misma mujer, Amín. No podía permitirse un error. Hacerte partícipe de su secreto habría ofendido a los dioses y puesto en peligro su compromiso. Esto es como una secta, no puede filtrarse nada. Ese imperativo es la clave de la salvación de la cofradía.

– Sí, pero era asunto de muerte, Kim. Sihem tenía que morir. Era consciente de lo que eso significaba para ella y para mí. Era demasiado digna para escaquearse de una manera tan falsa. Me hizo una señal, no tengo la menor duda.

– ¿Y eso habría cambiado algo?

– ¡Quién sabe!

Doy varias caladas a mi cigarrillo, como para impedir que se apague. Se me forma un cuajaron en la garganta al hablar:

– Hay que ver lo desgraciado que soy.

Kim vacila pero aguanta.

Aplasto la colilla en el cenicero.

– Mi padre decía: guárdate tus penas para ti, pues son lo único que te queda cuando lo has perdido todo…

– Por favor, Amín…

No le hago caso y prosigo:

– No resulta nada fácil para un hombre todavía conmocionado -¡y menuda conmoción!- saber cuándo acaba el luto y empieza la viudez, pero hay fronteras que hay que cruzar si se quiere seguir adelante. ¿Adónde? Lo ignoro, pero en cambio sé que no puede uno quedarse ahí lamentándose por su suerte.

Para mi asombro, le agarro las manos y las encierro en las mías. Tengo la impresión de haber atrapado un par de gorriones tullidos. Mi apretón es tan delicado que los hombros de Kim se contraen; sus ojos relucen con un lagrimeo púdico, que intenta disimular con una sonrisa que jamás he visto en ninguna mujer desde que aprendí a tratarlas.

– Tendré mucho cuidado -le prometo-. No tengo intención de vengarme ni de desmantelar la red. Sólo quiero comprender por qué la mujer de mi vida me ha excluido de la suya, por qué la que yo amaba con locura ha sido más sensible a las prédicas ajenas que a mis poemas.

La lágrima de mi ángel de la guarda se desprende de las pestañas que ya no pueden contenerla y cae rodando sobre su pómulo. Sorprendida y confusa, Kim trata de enjugársela cuando mi dedo se adelanta y la recoge justo cuando está a punto de alcanzar la comisura del labio.

– Eres una persona maravillosa, Kim.

– Ya lo sé -dice soltando una carcajada a medio camino del sollozo.

Le vuelvo a coger las manos y las aprieto con fuerza.

– No necesito decirte que sin ti no lo habría podido soportar.

– Esta noche no, Amín… Quizá otro día.

Le tiemblan los labios al sonreír tristemente. Sus ojos centellean al apoyarse en los míos para librarse de la emoción. La miro profundamente sin darme cuenta de que le estoy retorciendo los dedos.

– Gracias -le digo.


IX

<p>IX</p>

Kim se ha empeñado en acompañarme a Belén. Ha sido su condición para consentir en dejarme correr unos riesgos tan flagrantes. Quiere estar a mi lado, aunque sólo sea como chófer, dice. Mi muñeca no se ha recuperado del todo y me sigue costando levantar una bolsa o llevar el volante.

He hecho lo posible por disuadirla, pero no ha habido manera de convencerla.

Me ha propuesto que nos instalemos, de entrada, en una vivienda que su hermano Benjamin ha comprado en Jerusalén; y luego, una vez allí, que decidamos sobre la marcha, según nos vayan las cosas. Yo quería salir de inmediato, pero me ha rogado que la deje operar a un paciente antes de pedirle una semana libre a Ezra Benhaím. Ezra ha tratado de averiguar las razones de esa marcha precipitada. Kim le ha dicho que necesita descansar y él no ha insistido.

Al día siguiente de la operación, metemos nuestras mochilas en el maletero del Nissan, pasamos por mi casa para recoger algunos efectos personales y fotos recientes de Sihem y nos ponemos rumbo a Jerusalén.

Nos detenemos una única vez para comer algo en un bar de carretera. Hace buen tiempo y la densidad del tráfico recuerda el trasiego estival.

Cruzamos Jerusalén como si estuviésemos soñando despiertos. Hace unos doce años que no piso la ciudad. Su frenético bullicio y sus tienduchas repletas de gente resucitan en mi memoria recuerdos arrinconados. Por mi mente fulguran imágenes de afilada blancura que revolotean entre los olores de la ciudad vieja. En esta ciudad milenaria vi a mi madre por última vez. Vino para estar junto a su hermano moribundo, cuyo entierro reunió a toda la tribu. Algunos vinieron de países tan lejanos que los ancianos los confundían con el limbo. Mi madre no sobrevivió mucho tiempo a la pérdida del que era su auténtica razón de ser, siendo mi padre un marido negligente y yo un hijo requisado por mis años de internado y mis prolongadas peregrinaciones.

La casa de Benjamin se encuentra en la periferia de la ciudad judía, entre otros edificios achaparrados de paredes calcinadas por el sol. Da la espalda a la ciudad mítica y se abre a las huertas que se extienden por las colinas rocosas. El lugar es discreto, apartado del mundo y de sus desafueros, y sólo lo altera el griterío de los mocosos que, curiosamente, no se ven por ninguna parte. Kim encuentra la llave bajo la tercera maceta en la entrada del patio, como le había indicado su hermano en Tel Aviv. La vivienda es pequeña y baja, con una galería que da a un patio pequeño y sombreado con celo materno por una parra avariciosa. Una fuente de bronce con cabeza de león domina una acequia invadida por la zarza, junto a un banco de hierro forjado pintado de verde. Kim elige para mí una habitación adjunta a un despacho atestado de libros y de manuscritos. Hay una cama de campaña con un colchón de dudoso aspecto, una mesa de formica y un taburete. Una alfombra desgastada hasta la urdimbre se empeña en camuflar las resquebrajaduras de un suelo antediluviano. Suelto mi mochila sobre la cama y espero que Kim salga del cuarto de baño para comunicarle mis intenciones.

– Descansa primero.

– No estoy cansado. Es mediodía, una hora buena para encontrarme con alguien en casa de mi hermana de leche. No vale la pena que vengas conmigo, cogeré un taxi.

– Tengo que acompañarte.

– Por favor, Kim. Si tengo problemas, te llamaré al móvil y te diré dónde puedes recogerme. No creo que los vaya a tener hoy; sólo voy a visitar a mis parientes y a tantear el terreno.

Kim refunfuña antes de dejarme ir.

Belén ha cambiado mucho desde mi última estancia, hace más de una década. Ha crecido con las cohortes de refugiados que han huido de sus tierras convertidas en campos de tiro y se hacinan en chabolas hechas de bloques de cemento sin pintar y enfrentadas como si fueran barricadas, la mayoría inacabadas, con techos de chapa y erizadas de chatarra, con ventanucos inquietantes y entradas grotescas. Parece un inmenso centro de reagrupamiento donde todos los parias del mundo se han dado cita para forzar una absolución cuyas condiciones son una incógnita.

Apoyados sobre sus bastones, la kefia ceñida a la cabeza y la chaqueta abierta sobre un chaleco ajado, unos vejetes famélicos sueñan despiertos sentados en el umbral de sus casas, unos sobre taburetes, otros sobre un escalón. Parecen no atender más que a sus recuerdos, mirando a lo lejos, inexpugnables en su mutismo, para nada alterados por el jaleo que arman los chiquillos peleándose a voz en grito a su alrededor.

He tenido que preguntar varias veces antes de que un chico me lleve a un caserón de muros decrépitos. Espera amablemente que le entregue unas monedas para salir corriendo. Llamo a una vieja puerta de madera carcomida y pongo la oreja. Unas zapatillas se arrastran, luego suena un pestillo y me abre una mujer de rostro descompuesto. Tardo una eternidad en reconocerla: es Leila, mi hermana de leche. Tiene algo más de cuarenta y cinco años, pero aparenta sesenta, con su pelo blanco, los rasgos marchitos y aspecto de moribunda.

Me mira a la cara, como si estuviese en las nubes.

– Soy Amín -le digo.

– ¡Dios mío! -se sobresalta, repentinamente espabilada.

Nos abrazamos efusivamente. Al apretarla contra mí, percibo sus sollozos subir en cadena desde su pecho y propagarse por su endeble cuerpo en una multitud de vibraciones. Se echa hacia atrás para verme entero, con la cara arrasada de lágrimas, recita un versículo coránico en señal de gratitud y vuelve a hundir su cabeza bajo mis brazos.

– Ven -me dice-. Llegas a punto para almorzar.

– Gracias, no tengo hambre. ¿Estás sola?

– Sí. Yaser llega al atardecer.

– ¿Y los niños?

– Han crecido, ¿sabes? Las niñas están casadas, y Adel y Mahmud ya vuelan con sus propias alas.

Se hace un silencio y Leila agacha la cabeza.

– Debe de ser duro -me dice con voz ahogada.

– Es lo peor que le puede ocurrir a un hombre -le confieso.

– Me imagino… He pensado mucho en ti desde el atentado. Sé lo sensible y frágil que eres, y me preguntaba cómo un ser tan sensible iba a poder superar tamaña… tamaña…

– Catástrofe -la ayudo-. Porque lo es, y de las gordas. Precisamente estoy aquí para enterarme. No conocía las intenciones de Sihem. Francamente, ni siquiera las sospechaba. Y su trágica desaparición me ha destrozado.

– ¿No quieres sentarte?

– No… Dime, ¿cómo estaba antes de cometer el acto?

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Cómo estaba? ¿Era consciente de lo que iba a hacer? ¿Estaba normal o se le notaba algo raro?…

– No la vi.

– Estaba en Belén el viernes 27, víspera del atentado.

– Lo sé, pero no se quedó mucho tiempo. Yo estaba en casa de mi hija mayor para la circuncisión de su hijo. Me enteré del atentado en el coche que me traía de vuelta a casa…

De pronto, se lleva la mano a la boca como para evitar añadir más.

– ¡Dios mío, qué tonterías digo!

Me pregunta, alarmada:

– ¿Por qué has venido a Belén?

– Ya te lo he dicho.

Se sujeta la frente con el índice y el pulgar y se tambalea. La agarro por la cintura para que no se caiga y la ayudo a sentarse sobre un banco acolchado que hay tras ella.

– Amín, hermano, creo que no estoy autorizada a hablar de esta historia. Te juro que ignoro de qué va exactamente. Si Yaser se entera de que me he ido de la lengua, me la corta. Me ha sorprendido tu llegada y he dicho cosas que no me corresponde decir. ¿Me comprendes, Amín?

– Por mí no se enterará. Pero necesito saber qué pintaba mi mujer por aquí, para quién…

– ¿Te manda la policía?

– Te recuerdo que Sihem era mi esposa.

Leila está trastornada. Se siente culpable.

– Yo no estaba aquí, Amín. Es la pura verdad. Puedes comprobarlo. Estaba en casa de mi hija mayor para la circuncisión de su hijo. Estaban tus tías y tus primas, y parientes que debes de conocer. El viernes yo no estaba en casa.

Viendo que le entra el pánico, la tranquilizo.

– No pasa nada, Leila. Soy yo, tu hermano, no traigo arma ni esposas. Sabes perfectamente que no quiero que te preocupes. Tampoco he venido a traeros problemas, a ti y a tu familia… ¿Dónde puedo encontrar a Yaser?

Leila me suplica que no hable a su marido de nuestra conversación. Se lo prometo. Me da la dirección del molino donde trabaja y me acompaña hasta la calle para despedirme.

Busco allí mismo un taxi, pero no aparece ninguno. Al cabo de media hora, justo cuando estoy a punto de llamar a Kim, un clandestino me propone llevarme adonde quiera por unos cuantos shekels. Es un joven bastante fuerte de ojos risueños y una original barba de chivo. Me abre la puerta con teatral obsequiosidad y casi me empuja dentro de un cacharro destartalado con asientos leprosos.

Damos la vuelta a la plaza, tomamos una carretera plagada de baches y salimos del pueblo. Tras zigzaguear por entre un tráfico desbocado, conseguimos deslizarnos a campo a través y llegar hasta una pista en las alturas.

– ¿Tú no eres de aquí, verdad? -me pregunta el chófer.

– No.

– ¿Familia o negocios?

– Ambas cosas.

– Vienes de lejos.

– No sé.

El conductor menea la cabeza.

– No te gusta mucho la conversación -me dice.

– Hoy no.

– Ya veo.

Seguimos durante unos cuantos kilómetros por la pista polvorienta sin cruzarnos con nadie. El sol cae a plomo sobre los cerros pedregosos que parecen ocultarse unos tras otros para espiarnos.

– Yo no puedo funcionar con un esparadrapo en la boca -añade el conductor-. Si no hablo, reviento.

Me callo.

Carraspea y prosigue:

– Jamás he visto manos tan limpias y cuidadas como las tuyas. ¿No serás médico? Sólo los médicos tienen manos tan impecables.

Miro hacia las huertas que se extienden hasta perderse la vista.

Molesto por mi silencio, el chófer suspira, rebusca en su guantera y saca una cinta que introduce de inmediato en el radiocasete.

– Escucha esto, amigo -exclama-. Quien no ha oído predicar al jeque Marwan se ha perdido media vida.

Gira el botón para subir el volumen. Suena una algarabía dentro de la cabina, pautada por gritos de éxtasis y ovaciones. Alguien, probablemente el orador, golpea el micro con el dedo para aplacar el clamor. Éste va decreciendo, persiste en algunos puntos, y por fin un silencio atento acoge la límpida voz del imán Marwan.

– ¿Acaso existe mayor esplendor que el rostro del Señor, hermanos? ¿Acaso existen, en este mundo versátil e inconsistente, esplendores susceptibles de desviar nuestra atención del rostro de Alá? Decidme cuáles: ¿las ilusorias lentejuelas que los incautos y los miserables exhiben? ¿Los señuelos? ¿Los espejismos que ocultan la trampilla de todas las perdiciones y condenan a los alucinados a insolaciones mortales? Decidme cuáles, hermanos… Y en el día del juicio, cuando la tierra ya sólo sea polvo, cuando de nuestra ilusión no quede más que la ruina de nuestras almas, ¿qué podremos responder a la pregunta de qué hemos hecho con nuestra vida? ¿Qué podremos responder cuando se nos pregunte, a todos, pequeños y grandes: ¿Qué habéis hecho con vuestra vida, qué habéis hecho con mis profetas y mi generosidad, qué habéis hecho con la salvación que os ofrecí?… Y ese día, hermanos, vuestras fortunas, vuestras relaciones, vuestros aliados, vuestros partisanos no podrán socorreros. (Se eleva un clamor pero pronto se vuelve a imponer la voz del jeque.) En verdad, hermanos, la riqueza de un hombre no está en lo que posee, sino en lo que deja tras él. ¿Y qué poseemos, hermanos? ¿Qué vamos a dejar detrás de nosotros?… ¿Una patria?… ¿Cuál?… ¿Una historia?… ¿Cuál?… ¿Monumentos? ¿Dónde están?… Por vuestros ancestros, enseñádmelos… Nos arrastran a diario por el fango y ante los tribunales. A diario los tanques nos aplastan, vuelcan nuestras carretas, revientan nuestras casas y disparan sin previo aviso a nuestros chiquillos. A diario, el mundo entero asiste a nuestra desgracia…

Se me dispara el brazo y aplasto con el pulgar el botón del lector, expulsando la cinta. El chófer alucina con mi gesto. Me pregunta boquiabierto y con los ojos desorbitados:

– ¿Qué haces?

– No me gustan las prédicas.

– ¿Cómo? -se ahoga de indignación-. ¿No crees en Dios?

– No creo en sus santos.

Da tal frenazo que el coche patina unos diez metros con las ruedas delanteras bloqueadas antes de inmovilizarse en medio de la calzada.

– ¿De dónde sales tú? -gruñe, lívido de rabia-. ¿Cómo te atreves a ofender al jeque Marwan?

– Tengo derecho…

– ¡Tú no tienes derecho a nada! Estás en mi coche, y ni aquí dentro ni en otra parte voy a tolerar que un miserable desgraciado atente contra el jeque Marwan… Ahora mismo te bajas de mi coche y te pierdes de mi vista.

– Todavía no hemos llegado donde convinimos.

– Para mí, sí. ¡Ultima parada! Te largas o te arranco con las manos el pellejo del culo.

Tras lo cual suelta un taco, se inclina hacia mi puerta, la abre echando pestes y me echa fuera a empellones.

– Y no se te ocurra cruzarte en mi camino, hijo de perra -me amenaza.

Cierra dando un portazo de rabia, maniobra con torpeza hasta dar media vuelta y regresa hacia Belén con un zumbido disonante.

De pie en medio de la pista, lo veo atónito alejarse.

Me siento sobre una roca y espero que pase un vehículo. Al no aparecer nadie, me levanto y sigo a pie hasta que un carretero me alcanza unos kilómetros más adelante.

Yaser vacila al verme en el umbral del molino, donde dos adolescentes andan atareados en torno a una prensa y vigilan los espesos chorros de aceite de oliva que caen dentro de la cuba.

– ¡Vaya por Dios! -dice mientras nos abrazamos con fuerza-. Nuestro cirujano en persona. ¿Por qué no has avisado de tu llegada? Habría mandado a alguien a recogerte.

Su fingido entusiasmo no consigue ocultar su apuro.

Mira su reloj, se vuelve hacia los adolescentes y les grita que tiene que irse y que cuenta con ellos para acabar el trabajo. Luego me agarra por el brazo y me lleva hacia una vieja camioneta aparcada bajo un árbol, al pie del cerro.

– Vayamos a casa. Leila estará encantada de volver a verte… A menos que ya la hayas visto.

– Yaser, no demos vueltas al tema. No tengo ni tiempo ni ganas. He venido por un motivo muy claro -le suelto bruscamente para intentar acorralarlo-. Sé que Sihem estuvo en tu casa, en Belén, la víspera del atentado.

– ¿Quién te lo ha dicho? -se descompone a la vez que mira con temor hacia el molino.

Miento extrayendo la carta del bolsillo de mi camisa.

– Sihem me lo dijo aquel día.

Un espasmo le sacude la nuez. Traga saliva antes de farfullar:

– No se quedó mucho tiempo. El justo para pasar a saludarnos. Como Leila estaba en casa de nuestra hija, en En Kerem, ni siquiera quiso tomarse un vaso de té y se fue al cabo de un cuarto de hora. No estaba en Belén por nosotros. Aquel viernes se esperaba al jeque Marwan en la Gran Mezquita. Tu mujer quería que la bendijera. Lo comprendimos todo cuando vimos su foto en la prensa.

Me agarra por los hombros a la manera de los combatientes y me confiesa:

– Estamos muy orgullosos de ella.

Sé que me lo dice para complacerme, o quizá para ablandarme. Yaser es muy impresionable. El menor contratiempo lo perturba.

– ¿Orgullosos de haberla mandado al matadero?

– ¿Al matadero?… -se sobresalta como si acabara de recibir un picotazo.

– O al hoyo, como prefieras…

– No me gustan esas expresiones.

– De acuerdo. Te vuelvo a formular la pregunta: ¿Cómo se puede estar orgulloso cuando se envía a morir a la gente para que otra viva libre y feliz?

Levanta las manos a la altura del pecho para rogarme que baje el tono, por la cercana presencia de los dos adolescentes, y me hace una señal para que lo siga tras la camioneta. Camina febrilmente y dando tropiezos.

Lo acoso:

– Y además, ¿por qué?

– ¿Por qué qué?

Su miedo, su miseria, su ropa mugrienta, su rostro mal afeitado y sus ojos legañosos van aumentando mi cólera, una cólera brutal. Vibro de pies a cabeza.

– ¿Por qué? -refunfuño, vejado por mis propias palabras-. ¿Por qué sacrificar a unos para hacer felices a otros? Normalmente, son los mejores, los más valientes, quienes eligen dar su vida para salvar a quienes se esconden en su agujero. ¿Entonces por qué alentar el sacrificio de los justos y permitir que los menos justos les sobrevivan? ¿No te parece que esto es echar a perder la especie humana? ¿Qué va a quedar de ella, dentro de unas cuantas generaciones, si son siempre los mejores los que tienen que sucumbir para que los cobardes, los farsantes, los charlatanes y los cabrones sigan proliferando como ratas?

– ¡Amín, ahí ya no te entiendo! Las cosas han ocurrido siempre así desde la noche de los tiempos. Unos mueren para salvar a otros. ¿No crees en la salvación de los demás?

– No cuando condena la mía. Y habéis jodido mi vida, destrozado mi hogar, echado a perder mi carrera y convertido en polvo todo lo que he levantado piedra a piedra con el sudor de mi frente. De la noche a la mañana, mis sueños se han venido abajo como un castillo de naipes. Todo lo que tenía al alcance de la mano se ha evaporado… convertido en aire… Lo he perdido todo a cambio de nada. ¿Acaso habéis pensado en mi pena mientras saltabais de alegría al enteraros de que el ser que más quería en el mundo había volado un restaurante tan repleto de niños como ella de dinamita? ¿Y tú pretendes que me considere el más feliz de los hombres porque mi esposa es una heroína, porque ha sacrificado su vida, su bienestar, mi amor sin siquiera consultarme ni prepararme para lo peor? ¿Y cómo quedaba yo al negarme a admitir lo que todo el mundo sabía? ¡Como un cornudo! Un miserable cornudo, ridículo hasta la punta de los dedos, cuya mujer lo engañaba mientras pringaba como un cabrito para darle una vida de opulencia. ¡Así es como quedaba yo!

– Creo que te estás equivocando de interlocutor. Yo no tengo nada que ver con esta historia. No estaba al tanto de las intenciones de Sihem. Jamás se me ocurrió pensar que fuera capaz de algo así.

– Me has dicho que estabas orgulloso de ella.

– ¿Y qué quieres que te diga? Ignoraba que no estuvieses al tanto.

– ¿Crees que la habría animado a montar semejante numerito si hubiese atisbado el menor indicio de sus intenciones?

– Me siento realmente confuso, Amín. Perdóname si he…, si he…; bueno, ya no entiendo nada. No sé qué decir…

– En tal caso, cállate. Así al menos no dirás tonterías.


X

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Yaser me da pena. Desamparado, con el cuello hundido en su asquerosa chaqueta como si el cielo le fuera a caer sobre la cabeza, finge estar concentrado en la calzada para no tener que afrontar mi mirada. Está claro que ando desencaminado. Yaser no es un tipo con quien se pueda contar en caso de percance, ni menos aún que se pueda asociar a los preparativos de una matanza. Con sesenta años cumplidos, no es más que un guiñapo con los ojos carcomidos y la boca deshecha, capaz de morírseme entre las manos con sólo ponerle cara de enfado. Si dice que no sabe nada del atentado, es que no sabe. Yaser jamás se arriesga. No recuerdo haberlo visto protestar o remangarse para darse de hostias con alguien. Se le da mucho mejor esconderse en su cascarón y esperar que las cosas se vayan arreglando antes que manifestar la menor protesta. Su pavor atávico a la policía y su sumisión ciega a la autoridad del Estado lo han convertido en la mínima expresión de la supervivencia, esto es, pringar como un condenado para llegar a fin de mes y tomarse cada trozo de pan haciéndole un corte de manga a la mala suerte. Y, viéndolo así encogido sobre el volante, con el cuello agarrotado y la cabeza gacha, de entrada culpable por haberse cruzado en mi camino, me doy cuenta claramente de la insensatez de mi empresa. ¿Pero cómo apagar esta brasa que me está perforando las tripas? ¿Cómo mirarme al espejo sin taparme la cara, con el amor propio por los suelos y esa duda que, a pesar de la evidencia, sigue burlándose de mi pena? Desde que el capitán Moshe me entregó a mi propia suerte, no puedo cerrar los ojos sin toparme con la sonrisa de Sihem. Era tan tierna y tan solícita, y parecía no beber sino en la fuente de mis labios cuando, abrazándola por la cintura, de pie en nuestro jardín, le contaba el porvenir que nos esperaba, los proyectos que tenía para ella… Todavía siento sus dedos apretando los míos con un entusiasmo y una convicción aparentemente indefectibles. Estaba obsesionada con un futuro prometedor y tomaba el relevo cada vez que mi entusiasmo flaqueaba. Éramos tan felices y confiábamos tanto el uno en el otro… Un embrujo ha eclipsado el monumento que estaba construyendo a su alrededor, como si fuese un castillo de arena bajo una ola. ¿Cómo seguir creyendo tras haber apostado la totalidad de mis certidumbres por un juramento tradicionalmente sagrado y que ha resultado ser menos fiable que la promesa de un sacamuelas? He venido a Belén a provocar al diablo porque no tengo respuesta, y lo he hecho en plan suicida porque estoy inconsolable y desnudo.

Yaser me explica que debe dejar su camioneta en un garaje, pues por la callejuela que lleva a su casa no pueden pasar coches. Se alegra de poder por fin decirme algo sin meter la pata. Le doy el visto bueno. Asiente con la cabeza y acelera al meterse por una calle ancha atestada de gente, como si acabara de librarse de un enorme peso. Atravesamos un barrio caótico y desembocamos en una explanada polvorienta donde un hombre se aplica a la tarea de espantar las moscas de su puesto de pinchitos. El garaje hace esquina con un callejón destartalado, frente a un patio cubierto de cascos de botellas y de cajas de bebidas reventadas. Yaser da un par de bocinazos y esperamos largos minutos antes de oír ruido de pestillos. Una gran puerta corredera de un azul mortificante se desliza rechinando. Yaser maniobra para orientar el morro de su vehículo hacia una especie de cobertizo y se cuela hábilmente entre el armazón de una grúa enana y un todoterreno desfigurado. Un guarda desaliñado y cano nos saluda con gesto cansado, cierra el portalón y sigue a lo suyo.

– Antes era un almacén abandonado -me informa Yaser para cambiar de tema-. Mi hijo Adel lo compró por una bicoca. Quería montar un taller de mecánica, pero nuestra gente es tan apañada y se preocupa tan poco de su coche que el proyecto no tardó en venirse abajo. Adel perdió mucho dinero en este negocio. Mientras le sale otra oportunidad, ha convertido esto en aparcamiento para los vecinos.

Hay media docena de coches aparcados. Algunos están fuera de servicio, con las ruedas reventadas y los parabrisas rotos. Me fijo en un cochazo en un rincón apartado, fuera del alcance del sol. Es un modelo antiguo de Mercedes de color crema medio cubierto por una lona.

– Es de Adel -dice con orgullo Yaser, que ha seguido la dirección de mi mirada.

– ¿Cuándo lo compró?

– No recuerdo.

– ¿Por qué está calzado, es de colección?

– No, pero cuando Adel no está aquí, nadie lo coge.

Oigo un choque de voces dentro de mi cabeza. Primero la del capitán Moshe -el conductor del autocar de Tel Aviv a Nazaret dice que tu mujer se metió en un Mercedes modelo antiguo de color crema-, que se estrella contra la de Naveed Ronnen -mi suegro tiene el mismo.

– ¿Dónde está Adel?

– Ya sabes cómo son los negociantes. Un día aquí, otro día allá, buscándose la vida.

El rostro de Yaser se vuelve a arrugar.

No suelo tener visitas de parientes en Tel Aviv, pero Adel sí lo hacía a menudo. Joven, dinámico, quería triunfar a cualquier precio. Cuando apenas tenía diecisiete años, me propuso que nos asociáramos para montar un negocio de telefonía. Ante mi reticencia, regresó al poco tiempo para contarme otro proyecto. Quería meterse en el reciclado de piezas de recambio de automóviles. Me costó mucho hacerle entender que soy cirujano y que no me interesa ningún otro oficio. Por entonces, se quedaba en mi casa cada vez que estaba de paso por Tel Aviv. Era un chaval magnífico y gracioso, y Sihem lo adoptó sin la menor vacilación. Soñaba con montar una empresa en Beirut, desde donde proyectaba hacerse con el mercado árabe, especialmente el de las monarquías del golfo Pérsico. Pero hacía un año que no lo veía.

– Cuando Sihem pasó por tu casa, ¿Adel estaba con ella?

Yaser se alisa el caballete de la nariz, nervioso.

– No lo sé. Yo estaba en la mezquita para la oración del viernes cuando ella llegó. Sólo se vio con mi nieto Isam, que cuidaba la casa.

– ¿No me dijiste que ni siquiera se quedó a tomar un vaso de té?

– Es una manera de hablar.

– ¿Y Adel?

– No sé.

– ¿Isam lo sabe?

– No se lo he preguntado.

– ¿Isam conocía a mi mujer?

– Supongo que sí.

– ¿Y desde cuándo? Sihem jamás pisó Belén, y ni tú, ni Leila ni tu nieto habéis venido a mi casa.

Yaser se embrolla y las manos se le enredan en gestos indecisos.

– Vayamos a casa, Amín. Discutiremos de todo esto tranquilamente con un té.

Las cosas se complican aún más en la casa. Leila está encamada, la atiende una vecina. Tiene el pulso débil. Propongo que se la traslade al ambulatorio más cercano. Yaser se niega y me explica que mi hermana de leche sigue un tratamiento, que es la cantidad de pastillas que toma a diario la que la pone así. Un poco después, cuando Leila se ha dormido, digo a Yaser que quiero hablar con Isam.

– De acuerdo -me dice sin entusiasmo-. Voy a buscarlo. Vive a dos manzanas de aquí.

Unos veinte minutos después, Yaser regresa acompañado de un chaval de tez aceitunada.

– Está enfermo -me avisa Yaser.

– En ese caso, no debiste traerlo.

– Tal como están las cosas… -masculla irritado.

Isam no me informa mucho. Por lo que se ve, su abuelo lo ha aleccionado antes de traérmelo. Dice que Sihem vino sola. Quería papel y un bolígrafo para escribir. Isam arrancó una página de su cuaderno. Cuando Sihem acabó de escribir, le tendió una carta y le pidió que la enviara por ella, y así lo hizo. Al salir, Isam se fijó en un hombre apostado en la esquina. No recuerda sus rasgos pero no era del barrio. Cuando regresó de correos, Sihem se había ido y el hombre ya no estaba.

– ¿Estabas solo en casa?

– Sí. La abuela estaba en En Kerem, en casa de mi tía. El abuelo, en la mezquita. Yo hacía mis deberes y cuidaba de la casa.

– ¿Conocías a Sihem?

– Había visto fotos suyas en el álbum de Adel.

– ¿La reconociste enseguida?

– Enseguida no. Pero la recordé cuando me dijo quién era. No quería ver a nadie en particular, sólo escribir una carta y luego marcharse.

– ¿Cómo estaba?

– Guapa.

– No me refiero a eso. ¿Parecía tener prisa o algo así?

Isam reflexiona.

– Parecía normal.

– ¿Eso es todo?

Isam consulta a su abuelo con la mirada y no añade una palabra más.

Me vuelvo bruscamente hacia Yaser y le increpo.

– Dices que tú no la viste; Isam no nos dice nada que no supiéramos ya; entonces ¿por qué te permites decir que mi mujer estaba en Belén para que el jeque Marwan la bendijera?

– Eso te lo podría contar hasta el último mocoso de la ciudad -replica-. Todo Belén sabe que Sihem estuvo aquí la víspera del atentado. Desde ese día se ha convertido un poco en el icono de la ciudad. Algunos llegan a jurar que hablaron con ella y la besaron en la frente. Aquí, este tipo de reacción es corriente. El martirio es una puerta abierta a todo tipo de fabulaciones. Puede que se esté exagerando, pero lo que todo el mundo cuenta es que el jeque Marwan bendijo a Sihem aquel viernes.

– ¿Se vieron en la Gran Mezquita?

– No durante la oración, sino mucho después, cuando todos los fieles se fueron.

– Ya veo.

Al día siguiente, a primera hora, me presento en la Gran Mezquita. Algunos orantes acaban de prosternarse sobre los anchos edredones que alfombran el suelo. Otros, cada uno en su rincón, leen el Corán. Me descalzo en el umbral del santuario y entro. Un anciano se encoge cuando le pregunto a qué responsable me puedo dirigir, indignado porque se le moleste cuando está rezando. Busco alrededor a alguien susceptible de orientarme.

– ¿Sí? -restalla una voz detrás de mí.

Se trata de un joven demacrado, muy alto, de mirada profunda y nariz aguileña. Le tiendo una mano que no estrecha. Como mi cara le resulta sospechosa, mi intrusión lo tiene intrigado.

– Doctor Amín Jaafari.

– ¿Sí?

– Soy el doctor Amín Jaafari.

– Ya he oído. ¿En qué puedo ayudarle?

– ¿Mi nombre no le suena?

– Pues no.

– Soy el marido de Sihem Jaafari.

El fiel entorna los ojos para meditar mis palabras. De repente, mil arrugas surcan su frente y se pone gris. Se lleva la mano al corazón y exclama:

– ¿Dios mío, en qué estaba pensando?

Y se deshace en excusas.

– No tengo perdón.

– No pasa nada.

Aparta los brazos y me da un apretón.

– Hermano Amín, es un honor y un privilegio conocerle. Voy a anunciarle de inmediato al imán. Estoy seguro de que estará encantado de recibirle.

Me ruega que lo espere en la sala, se dirige hacia el almimbar, aparta una cortina que da a una antecámara oculta y desaparece. Los escasos orantes que leían adosados a las paredes me miran con curiosidad. No han oído mi nombre pero se han percatado de cómo el fiel ha cambiado bruscamente de actitud antes de correr a avisar a su maestro. Un barbudo gordo suelta su Corán y me mira de hito en hito con un descaro que me molesta.

Creo ver un faldón de la cortina levantarse y caer, pero nadie aparece tras el almimbar. Al cabo de cinco minutos el fiel regresa, visiblemente ofuscado.

– Lo siento. El imán no está aquí. Ha debido de salir sin que yo me diese cuenta.

Al ver que los demás creyentes nos observan, les echa una mirada fría para que vuelvan la cabeza.

– ¿Estará de regreso para la oración?

– Por supuesto… -luego se recobra y añade-: No sé dónde ha ido. Puede que no vuelva hasta dentro de varias horas.

– No importa. Voy a esperarlo aquí.

El fiel echa una mirada de desconcierto hacia el almimbar y traga saliva:

– No es seguro que regrese antes del anochecer.

– No hay problema. Esperaré.

Impotente, alza los brazos y se retira.

Me siento al pie de una columna, agarro un libro de hadices y lo abro al azar sobre mis rodillas. El fiel reaparece, finge conversar con un anciano, da vueltas por la ancha sala como una fiera enjaulada. Al final, sale a la calle.

Pasa una hora, y luego otra. Hacia mediodía, tres jóvenes surgidos de no sé dónde se me acercan y, tras las zalemas de rigor, me informan de que mi presencia en la mezquita está de más y me ruegan que me vaya.

– Quiero ver al imán.

– Está indispuesto. Le dio un mareo esta mañana. No regresará hasta dentro de varios días.

– Soy el doctor Amín Jaafari.

– Está bien -me interrumpe el más bajito, un joven treintañero de pómulos saltones y la frente llena de cortes-. Ahora, vuelva a su casa.

– No antes de haber hablado con el imán.

– Le avisaremos cuando se encuentre mejor.

– ¿Saben dónde localizarme?

– En Belén todo se sabe.

Me empujan amablemente pero con firmeza hacia la salida, esperan pacientemente mientras me pongo los zapatos y me escoltan en silencio hasta la esquina de la calle.

Dos de los tres hombres que me han sacado me siguen mientras camino hacia el centro. Con descaro. Para que quede claro que me están controlando y que no me conviene volver sobre mis pasos.

Es día de mercado. La plaza está abarrotada. Me meto en un bar, pido un café solo sin azúcar y, escudado tras un cristal salpicado de huellas digitales y de cagarrutas de moscas, vigilo el trasiego del zoco. En la sala atestada de mesas rudimentarias y de sillas quejumbrosas unos ancianos se aburren ante la mirada apagada de un camarero arrinconado tras su mostrador. A mi lado, un cincuentón acicalado aspira de su narguile. Más allá, unos jóvenes juegan con alboroto al dominó. Me quedo allí hasta la hora de la oración. Cuando suena la llamada del muecín, decido regresar a la Gran Mezquita con la esperanza de pillar al imán oficiando.

A la entrada del barrio me interceptan los dos hombres que me estuvieron siguiendo antes. No se alegran de verme e impiden que me acerque al santuario.

– Lo que está usted haciendo no está bien, doctor -me dice el más alto.

Regreso a casa de Leila a esperar la oración siguiente.

Me vuelven a llamar la atención antes de llegar a la mezquita. Esta vez, un tercer hombre se une a mis ángeles de la guarda irritados por mi testarudez. Va bien vestido, es bajo pero fuerte, con bigote fino y un grueso anillo de plata en el dedo. Me pide que lo siga hasta un callejón sin salida y allí, libre de indiscreciones, me pregunta qué ando buscando.

– Quiero ver al imán.

– ¿Para qué?

– Usted sabe perfectamente por qué estoy aquí.

– Quizá, pero no sabe dónde se está metiendo.

La amenaza es clara; sus ojos intentan atravesar los míos.

– Por el amor de Dios, doctor -me dice a punto de estallar-, haga lo que le dicen, vuélvase a su casa.

Me deja ahí plantado y se va, seguido por sus compañeros. Regreso al domicilio de Yaser y espero la oración del magreb, decidido a acosar al imán hasta el final. Mientras tanto, Kim me llama. La tranquilizo y prometo llamarla antes de la noche.

El sol se retira de puntillas tras el horizonte. Los ruidos de la calle van amainando. Una ligera brisa se cuela en el patio recalentado por la hoguera de la tarde. Yaser regresa unos minutos antes de la oración. No le hace gracia encontrarme en su casa, pero se alegra al enterarse de que no me quedo a dormir.

A la llamada del muecín, salgo a la calle y me dirijo por tercera vez a la mezquita. Los guardianes del templo no me esperan en su guarida; se adelantan y me detienen a una manzana de la casa de Yaser. Son cinco, dos hacen guardia al final de la callejuela mientras los otros tres me meten a empellones en un portal.

– No juegues con fuego, doctor -me dice un hombre alto aplastándome contra la pared.

Forcejeo para que me suelte, pero sus músculos hercúleos no ceden. Sus ojos centellean tremendamente en la incipiente oscuridad.

– Tu número no hace gracia a nadie, doctor.

– Mi mujer vio al jeque Marwan en la Gran Mezquita. Por eso quiero ver al imán.

– Te han mentido. No te queremos por aquí.

– ¿Por qué molesto?

Mi pregunta le hace gracia y lo enerva a la vez. Se inclina sobre mi hombro y me dice al oído:

– Estás armando un follón de mierda en la ciudad.

– Controla tu jerga -le ordena el bajito de pómulos saltones y la frente llena de cortes que antes habló conmigo en la mezquita-. No estamos en una pocilga.

El patán se traga la chulería y da un paso atrás. Se mantiene apartado y callado tras la bronca.

El bajito me explica con tono conciliador:

– Doctor Amín Jaafari, estoy convencido de que no se da cuenta de las molestias que su presencia está ocasionando en Belén. La gente se ha vuelto muy susceptible. Si aún no se han enfadado, es porque no quieren responder a las provocaciones. Los israelíes buscan el menor pretexto para profanar nuestra integridad y obligarnos a vivir en guetos. Lo sabemos e intentamos no cometer el error que andan esperando. Y usted les está haciendo el juego…

Me mira fijamente a los ojos.

– No tenemos nada que ver con su mujer.

– Sin embargo…

– Se lo ruego, doctor Jaafari. Compréndame.

– Mi mujer se ha visto en esta ciudad con el jeque Marwan.

– Es efectivamente lo que se cuenta, pero no es verdad. Hace lustros que el jeque Marwan no viene por aquí. Esos rumores no tienen otro objeto que protegerlo de las emboscadas. Cada vez que va a intervenir en alguna parte, se hace correr la voz de que está en Jaifa, Belén, Yenín, Gaza, Nuseiret, Ramala, aquí y allá a la vez, para despistar y proteger sus movimientos. Los servicios israelíes van tras él. Tienen desplegado un contingente de informadores para dar la alarma en cuanto sale a la calle. Hace dos años, escapó milagrosamente a un misil lanzado desde un helicóptero. Hemos perdido así a muchas figuras sobresalientes de nuestra lucha. Recuerde el atentado contra el jeque Yacín, a pesar de ser un anciano en silla de ruedas. Tenemos que proteger a los escasos líderes que nos quedan, doctor Jaafari. Y su conducta no nos ayuda…

Me pone una mano en el hombro y prosigue:

– Su mujer es una mártir. Le estaremos eternamente agradecidos, pero eso no le autoriza a hacer un escándalo de su sacrificio ni a poner en peligro a nadie. Nosotros respetamos su dolor, así que respete usted nuestra lucha.

– Quiero saber…

– Es demasiado pronto, doctor Jaafari -me corta perentoriamente-. Le ruego que regrese a Tel Aviv.

Hace una señal a sus hombres para que se vayan.

Ya solos él y yo, me coge el cuello con ambas manos, se pone de puntillas, me besa vorazmente en la frente y se va sin darse la vuelta.


XI

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Kim corre hacia la puerta cuando oye el timbre. Me abre a la carrera, sin preguntar quién es.

– ¡Dios santo! -exclama-. ¿Dónde te has metido?

Se asegura de que estoy entero, de que ni mi ropa ni mi cara llevan señales de violencia, y me enseña sus dedos:

– ¡Bravo! Gracias a ti he vuelto a mi antigua costumbre de comerme las uñas.

– No encontré taxi en Belén y, por miedo a los controles policiales, ningún clandestino se ha ofrecido a llevarme.

– Podías haberme llamado. Habría ido a buscarte.

– No habrías sabido llegar. Belén es un laberinto. Al anochecer hay una especie de toque de queda. No sabía dónde citarte.

– Bueno -dice apartándose para dejarme pasar-, estás entero: algo es algo.

Ha instalado una mesa en la galería y la ha preparado para la cena.

– He hecho algunas compras durante tu ausencia. Espero que no hayas cenado, pues te he preparado un pequeño festín.

– Estoy muerto de hambre.

– Gran noticia -dice.

– He sudado mucho hoy.

– Ya me lo imagino… El cuarto de baño está listo.

Voy a mi habitación en busca de la bolsa de aseo.

Me quedo unos veinte minutos bajo el chorro ardiente de la ducha, las manos apoyadas en la pared, la espalda encorvada y la barbilla pegada al cuello. El chorreo del agua por mi piel me relaja. Siento cómo se me relajan los músculos y el aliento. Kim me alcanza un albornoz tras la cortina. Su excesivo pudor me hace gracia. Me seco en una toalla grande, me froto con fuerza brazos y piernas, me pongo el albornoz demasiado ancho de Benjamin y me dirijo a la galería.

Apenas estamos sentados, llaman a la puerta. Kim y yo nos miramos, intrigados.

– ¿Esperas a alguien? -le pregunto.

– No que yo sepa -contesta yendo hacia la puerta.

Un hombre grande con kipá y camiseta casi empuja a Kim para entrar. Echa una rápida ojeada por encima de su cabeza, me mira y dice:

– Soy el vecino del 38. He visto la luz, así que he venido a ver a Benjamin.

– Benjamin no está aquí -le suelta Kim, irritada por su descaro-. Soy su hermana, la doctora Kim Yehuda.

– ¿Su hermana? Jamás la he visto.

– Pues ya me está viendo.

Asiente con la cabeza y dirige su mirada hacia mí.

– Pues… espero no haberles molestado.

– No se preocupe.

Se lleva un dedo a la sien a modo de saludo y se retira. Kim sale para verlo irse antes de cerrar la puerta.

– Menudo caradura -refunfuña regresando a la mesa.

Nos ponemos a cenar. A nuestro alrededor se acentúan los estridores de la noche. Una enorme falena gira enloquecida alrededor de la bombilla colgada de la fachada de la casa. En el cielo, donde tantos sueños se diluyeron antaño, el creciente de la luna se cubre con una nube. Por encima de la tapia, se pueden ver las luces de Jerusalén, con sus minaretes y el campanario de sus iglesias, hoy descuartizados por ese muro sacrílego, miserable y feo, producto de la inconsistencia de los hombres y de sus recalcitrantes cabronadas. Y sin embargo, a pesar de la afrenta de ese muro de todas las discordias, la desfigurada Jerusalén no se da por vencida. Ahí sigue, atrincherada entre la clemencia de sus llanuras y el rigor del desierto de Judea, bebiendo su supervivencia en las fuentes de sus vocaciones eternas, que se niegan a complacer tanto a los reyes de entonces como a los charlatanes de hoy. Aunque cruelmente afectada por los abusos de unos y el martirio de otros, sigue conservando la fe, esta noche más que nunca. Parece estar rezando entre sus cirios y recuperando todo el vigor de sus profecías ahora que los hombres se disponen a acostarse. El silencio es un remanso de paz. La brisa chirría por entre el follaje, cargada de inciensos y de olores cósmicos. Basta con escuchar atentamente para sentir el pulso de los dioses, tender la mano para recoger su misericordia, mostrar entereza para confundirse con ellos.

Siendo adolescente, amé mucho Jerusalén. Sentía el mismo escalofrío ante la Cúpula de la Roca que al pie del Muro de las Lamentaciones, y no podía permanecer insensible a la quietud que emanaba de la basílica del Santo Sepulcro. Pasaba de un barrio a otro como de una fábula asquenazí a un cuento beduino, con la misma felicidad, y no necesitaba ser objetor de conciencia para renegar de las tesis armamentísticas y las prédicas violentas. Me bastaba con levantar la mirada hacia las fachadas que me rodeaban para oponerme a todo lo que pudiese rasgar su inmutable majestad. Hoy todavía, escindida entre un orgasmo de odalisca y su templanza de santa, Jerusalén tiene sed de ebriedad y de pretendientes y lleva muy mal el escándalo que arman sus retoños mientras espera contra viento y marea que una escampada libere a las mentalidades de su oscuro tormento. A la vez Olimpo y gueto, Egeria y concubina, templo y campo de batalla, sufre de sólo poder servir de inspiración a los poetas para que las pasiones degeneren y, muerta de pena, se desconcha a merced de los humores de unos y otros mientras se desmigajan sus oraciones en la blasfemia de los cañones…

– ¿Qué tal te ha ido? -me interrumpe Kim.

– ¿Qué?

– El día.

Me limpio la boca con una servilleta.

– No esperaban que apareciera -contesto-. Ahora que me tienen encima, no saben qué hacer.

– No me digas… ¿Y en qué consiste tu táctica?

– No tengo ninguna. Al no saber por dónde empezar, me lanzo de cabeza.

Me sirve agua con gas. Le tiembla la mano.

– ¿Crees que van a ceder?

– No tengo la menor idea.

– En tal caso, ¿dónde quieres ir a parar?

– Ellos son los que tienen que decírmelo, Kim. No soy poli ni reportero. Estoy furioso y me consumiría si me cruzara de brazos. Para serte sincero, ni siquiera sé exactamente lo que quiero. Obedezco a algo que llevo dentro de mí y que me va marcando la pauta. Ignoro dónde voy, pero me trae sin cuidado. Lo que sí te aseguro es que me encuentro mejor ahora que he dado una patada al hormiguero. Había que verlos cada vez que se topaban conmigo… ¿Entiendes lo que te quiero decir?

– No del todo, Amín. Tus maniobras no auguran nada bueno. En mi opinión, te equivocas de persona. Lo que necesitas es un psicólogo, no un gurú. Esa gente no tiene por qué rendirte cuentas de nada.

– Han matado a mi mujer.

– Sihem se ha matado, Amín -me dice en voz baja como si temiera despertar mis viejos demonios-. Sabía lo que hacía. Eligió su destino. No es lo mismo.

Las palabras de Kim me exasperan.

Me coge la mano.

– Si no sabes lo que quieres, ¿por qué te empeñas en lanzarte de cabeza? No es la mejor manera. Pongamos que esa gente se digne hablar contigo, ¿qué piensas sonsacarles? Te dirán que tu mujer murió por una causa justa y te propondrán que hagas lo mismo. Esa gente ha renunciado a nuestro mundo, Amín. Recuerda lo que dijo Naveed: son mártires en lista de espera, están aguardando que les den luz verde para convertirse en humo. Te aseguro que te equivocas. Volvamos a casa y dejemos que trabaje la policía.

Retiro mi mano de la suya.

– Ignoro lo que me está ocurriendo, Kim. Me encuentro perfectamente lúcido, pero siento una tremenda necesidad de hacerlo a mi manera. Siento que sólo podré guardarle el luto a mi mujer tras haber mirado de frente al cerdo que le lavó el cerebro. Me importa poco saber lo que vaya a soltarle o escupirle a la cara. Sólo quiero ver su cara, comprender qué tiene que yo no tenga… Cuesta explicarlo, Kim. Se agolpan tantas cosas en mi mente… A veces me echo toda la culpa; otras, Sihem me parece la más odiosa de todas las mujeres. Necesito saber cuál de los dos ha fallado al otro.

– ¿Y crees que esa gente te va a dar la respuesta?

– ¡No lo sé!

Mi grito retumba en el silencio como un disparo. Kim se queda temblando sobre su silla, la boca tapada con un trapo y los ojos muy abiertos.

Alzo las manos a la altura de mis hombros para calmarme.

– Perdóname… Está claro que esta historia me puede. Pero hay que dejarme hacer lo que quiero. Si me ocurre algo, me lo habré buscado.

– Me tienes preocupada.

– No lo dudo, Kim. A ratos siento vergüenza por comportarme así, pero me niego a calmarme. Y cuanto más se intenta hacerme entrar en razón, menos me apetece hacerlo… ¿Me entiendes?

Kim suelta el trapo a su lado sin contestar. Los labios le tiemblan durante un minuto largo antes de recuperar la palabra. Respira hondo, me mira con dolor y dice:

– Hace tiempo conocí a alguien. Era un chico normal, pero me entró por los ojos nada más verlo. Era amable y dulce. No sé cómo hizo, pero tras un flirteo se convirtió para mí en el centro del universo. Sentía un flechazo cada vez que me sonreía, hasta el punto de que, cuando a veces se le ensombrecía el rostro, necesitaba encender todas las luces en pleno día para ver claro. Lo he amado como pocas veces se ama. A veces, ebria de felicidad, me hacía la terrible pregunta: ¿Y si me dejara? Sentía de inmediato mi alma separarse de mi cuerpo. Sin él no era nada. Hasta que una noche, sin previo aviso, hizo su maleta y salió de mi vida. Durante años, tuve la sensación de ser una piel olvidada tras una muda. Una piel transparente colgada del vacío. Luego pasaron más años y me di cuenta de que seguía estando aquí, de que mi alma no se había largado, y así fue cómo recobré el ánimo…

Agarra mis dedos hasta aplastarlos.

– Lo que quiero decir es muy sencillo, Amín. Por mucho que te esperes lo peor, éste siempre puede sorprenderte. Y si por desgracia ocurre que toquemos fondo, sólo depende de nosotros que nos quedemos hundidos o que salgamos a flote. No hay más que un paso entre el calor y el frío. Lo importante es saber dónde se pisa. Es fácil resbalar. Un paso en falso y caes por el barranco. ¿Pero acaba con eso el mundo? No lo creo. Hay que motivarse para salir adelante.

Fuera se oye el chirrido de un frenazo, luego unos portazos y un ruido de pasos en la noche. Aporrean la puerta y luego llaman. Kim abre. Es el vecino del 38 con la policía. El oficial es un hombre rubio ya entrado en años, delgado y cortés. Lo acompañan tres agentes armados hasta los dientes. Nos pide excusas por molestar y luego nos pide nuestra documentación. Vamos a buscarla a nuestras respectivas habitaciones, seguidos de cerca por los policías.

El oficial inspecciona nuestros documentos de identidad y se detiene en el mío.

– ¿Es usted israelí, señor Jaafari?

– ¿Le supone un problema?

Me mira de arriba abajo, irritado por mi pregunta, nos devuelve los documentos y se dirige a Kim.

– ¿Es usted la hermana de Benjamín Yehuda, señora?

– Así es.

– Hace tiempo que lo conozco. ¿Ha regresado ya de Estados Unidos?

– Está en Tel Aviv, preparando un foro.

– Cierto, se me había olvidado. Me dijeron que hace poco lo operaron; espero que ya se encuentre mejor.

– Señor oficial, mi hermano jamás ha pisado un quirófano.

Asiente con la cabeza, saluda y hace una señal a sus hombres para que lo sigan fuera. Antes de cerrar la puerta, oímos al vecino del 38 comentar que Benjamin jamás le había dicho que tenía una hermana. Nuevos portazos y el coche arranca a la carrera.

– Reina la desconfianza -digo a Kim.

– ¡Ni que lo digas! -contesta volviendo a la mesa.

No pego un ojo en toda la noche. Ya mirando el techo con fijeza como si quisiera agujerearlo, ya fumando un enésimo pitillo, rumio las palabras de Kim hasta la saciedad sin sacarles provecho. Kim no me entiende, y lo peor es que yo tampoco me entiendo mejor. Además, no admito que se me llame la atención. Sólo estoy dispuesto a escuchar todo eso que se me ha colado en la cabeza y me arrastra, a mi pesar, hacia el único túnel que me ofrece una salida.

Muy temprano por la mañana, aprovecho que Kim está durmiendo para salir de puntillas y tomo un taxi hacia Belén. La Gran Mezquita está casi vacía. Un fiel está ordenando libros en unos estantes y no le da tiempo a retenerme. Cruzo a la carrera la sala de oración, levanto la cortina tras el almimbar y me meto en un cuartucho donde un joven vestido con un kamis y con la cabeza cubierta está leyendo el Corán. Está sentado sobre un cojín ante una mesa baja. El fiel corre tras mis pasos y me agarra por el hombro. Lo empujo y me pongo frente al imán, que, indignado por mi intrusión, ruega a su discípulo que me deje. Éste se retira gruñendo. El imán cierra su libro y me mira de frente. Sus ojos arden de cólera.

– Esto no es un corral.

– Lo siento, pero es la única manera de poder acercarse a usted.

– Eso no es motivo.

– Necesito hablar con usted.

– ¿De qué?

– Soy el doctor…

– Ya sé quién es usted. He sido yo quien ha pedido que lo mantengan alejado de la mezquita. No veo qué pretende encontrar en Belén y no creo que su presencia entre nosotros sea una buena idea.

Coloca el Corán sobre un minúsculo atril que tiene a su lado y se levanta. Es bajo y ascético, pero su ser exhala una energía y una determinación inquebrantables.

Sus ojos profundamente negros caen con todo su peso sobre los míos.

– No es bienvenido aquí, doctor Jaafari. Además, no tiene derecho a entrar en este santuario sin abluciones y sin descalzarse -añade limpiándose las comisuras con un dedo-. Si ha perdido la cabeza, conserve al menos una apariencia de educación. Esto es un lugar de culto. Y sabemos que es usted un creyente recalcitrante, casi un renegado, que no sigue el camino de sus antepasados ni se amolda a sus principios, y que lleva mucho tiempo insolidarizado con su Causa al haber elegido otra nacionalidad… ¿Acaso me equivoco?

Ante mi silencio, esboza una mueca de desdén y sentencia:

– Por consiguiente, no veo de qué podemos discutir.

– ¡De mi mujer!

– ¡Ha muerto! -me replica con sequedad.

– Todavía no le he guardado luto.

– Es su problema, doctor.

La aridez de su tono y sus maneras expeditivas me desconciertan. No consigo creer que un hombre presuntamente cercano a Dios pueda estar tan alejado de los hombres y ser tan insensible a su dolor.

– No me gusta su manera de hablarme.

– Hay muchas cosas que a usted no le gustan, doctor, y no creo que eso le dispense de nada. Ignoro quién se ha hecho cargo de su educación, pero lo que es seguro es que no ha sido una buena escuela. Por otro lado, nada le permite adoptar ese tono de indignación ni a sentirse por encima de los demás, ni su éxito social ni la valentía de su esposa que, dicho sea de paso, no contribuye a que le estimemos más. Para mí, no es más que un pobre desgraciado, un miserable huérfano sin fe y sin salvación que, como un sonámbulo, va a la deriva a plena luz del día. Ni aunque caminase sobre el agua quedaría limpio de la afrenta que encarna. Pues el verdadero bastardo no es el que no conoce a su padre, sino el que no conoce sus referencias. De todas las ovejas negras, es la más patética y la que menos se merece que la lloren.

Me mira con descaro, dispuesto a morder:

– Ahora, váyase. Trae usted el mal de ojo a nuestra morada.

– Le prohíbo…

– ¡Fuera!

Tiende el brazo hacia la cortina, cortante como una espada.

– Otra cosa, doctor: entre integrarse y desintegrarse, el margen de maniobra es tan estrecho que el menor tropiezo puede echarlo todo a perder.

– ¡Es usted un iluminado!

– Ilustrado -precisa.

– Se cree investido de una misión divina.

– Todo valiente lo está. De no ser así, sólo sería vanidoso, egoísta e injusto.

Da una palmada. El discípulo, que por supuesto estaba escuchando tras la cortina, entra y me vuelve a agarrar por el hombro. Lo repelo con rabia y miro al imán.

– No me iré de Belén sin haberme entrevistado con un responsable de su movimiento.

– Haga el favor de irse de mi casa -me dice el imán recogiendo su libro del atril.

Se vuelve a sentar sobre el cojín y me ignora completamente.

Kim me llama al móvil. Le ha sentado muy mal mi manera de desaparecer. Para compensarla, consiento en que me recoja en Belén y la cito en una gasolinera a la entrada de la ciudad. Luego vamos a casa de mi hermana de leche, que no se ha recuperado de su última recaída.

Convencido de que los hombres del imán acabarán manifestándose, nos quedamos cuidando de Leila. Yaser llega un poco después. Ve a Kim junto a su mujer y no intenta enterarse de si se trata de una amiga o de un médico de urgencias. Nos retiramos a una habitación para hablar. Para impedirme que le estropee lo que queda de día, me cuenta el peligro que corre su molino, las deudas que no paran de crecer, el chantaje de sus acreedores. Lo escucho hasta que se queda sin aliento. Le cuento entonces mi expeditiva entrevista con el imán. Se limita a menear la barbilla a la vez que una arruga profunda le surca la frente. Elude por prudencia hacer algún comentario, pero la actitud del imán hacia mí le inquieta visiblemente.

Al anochecer, viendo que no ocurre nada, decido regresar a la mezquita. Dos hombres se me echan encima en una callejuela. Uno me agarra del cuello y me barre las piernas con un pie; el otro me da un rodillazo en la cadera antes de que caiga. Oculto la muñeca herida bajo la axila y, con el brazo protegiendo la cara, me encojo para defenderme de la lluvia de golpes que me viene encima. Los dos hombres se ensañan conmigo y prometen lincharme in situ si me vuelven a pillar por los alrededores. Intento levantarme o arrastrarme hacia un portón. Me arrastran de las piernas hacia el medio de la callejuela y me dan patadas en la espalda y las piernas. Los escasos transeúntes que pululan por la calle se quitan de en medio y me dejan a merced de la furia de mis agresores. Entre gritos y contorsiones, algo restalla en mi cabeza y pierdo el conocimiento…

Cuando recobro el sentido, una piara de mocosos me rodea. Uno pregunta si estoy muerto, y otro le contesta que probablemente borracho. Todos dan un bote hacia atrás cuando me incorporo.

Ya es de noche. Titubeo y me apoyo en las paredes, pero las piernas no me sujetan y me zumba la cabeza. Tras mil acrobacias, alcanzo la casa de mi cuñado.

– ¡Dios mío! -grita Kim.

Me tumba con ayuda de Yaser sobre un banco alargado y acolchado y empieza a quitarme la camisa. Siente alivio al constatar que, aparte de las contusiones y los rasguños, no hay huella de arma blanca ni de disparo. Tras dispensarme los primeros auxilios, agarra el teléfono para llamar a la policía, pero a Yaser casi le da un infarto. Pido a Kim que no lo haga, pues no tengo intención de escaquearme, sobre todo después de la paliza que me acaban de dar. Protesta, me llama loco y me suplica que la siga sin más tardar a Jerusalén. Me niego categóricamente a irme de Belén. Kim se da cuenta de que estoy completamente cegado por el odio y que nada puede hacerme desistir de mi empeño.

Al día siguiente, con el cuerpo hecho trizas y renqueando, regreso a la mezquita. Nadie acude a expulsarme. Al no verme levantarme para la oración, algunos fieles creen que soy un retrasado mental.

Al anochecer, alguien llama a casa de Yaser y le dice que pasarán a recogerme dentro de media hora. Kim me avisa de que se trata con seguridad de una trampa. Me da igual. Estoy cansado de plantar cara al diablo y sólo recibir coces. Quiero verlo de cuerpo entero, aunque tenga que pagarlo el resto de mi vida.

Primero se presenta un chico en casa de Yaser. Me pide que lo siga hasta la plaza, donde un adolescente lo releva. Éste me hace caminar por una barriada oscura, y sospecho que da vueltas para despistarme. Por fin llegamos a una tienda destartalada. Un hombre nos espera junto a una cortina metálica medio bajada. Despide al chico y me pide que lo siga dentro de la casa. Al fondo de un pasillo atestado de cajas vacías y de cartones destripados, otro hombre se hace cargo de mí. Cruzamos un patinillo y luego llegamos a un patio escasamente alumbrado. En una habitación vacía me piden que me desnude y que me ponga un chándal y unas deportivas nuevas. El hombre me explica que son medidas de seguridad y que el Shin Beth podía haber ocultado un chip para tenerme localizado en cualquier momento. Se cerciora asimismo de que no llevo micro ni aparatejo extraño. Tras una hora de espera, viene a recogerme una furgoneta. Me vendan los ojos y me pegan al suelo. Un millón de vueltas más tarde oigo cómo se abre una verja y se cierra tras el paso del vehículo. Un perro ladra y lo llama al orden una voz de hombre. Unos brazos me levantan y me retiran la venda. Me encuentro en un patio grande en uno de cuyos extremos me están esperando unas siluetas armadas. Por un momento, un escalofrío me desgarra la espalda. Tengo miedo y me siento acorralado.

El conductor de la furgoneta me agarra por el codo y me empuja hacia una vivienda. No va más allá. Un gigantón con pinta de forzudo de circo me invita a entrar en un salón cubierto de alfombras de lana donde un joven con kamis negro de mangas y cuello bordados me abre sus brazos.

– Hermano Amín, es para mí un privilegio recibirte en mi modesta morada -me dice con ligero acento libanés.

Su cara no me suena. No creo habérmelo cruzado jamás. Es guapo, de ojos claros y rasgos finos, y lleva un bigote demasiado grueso para ser suyo. No parece tener más de treinta años.

Se acerca a mí y me abraza dándome palmadas en la espalda, al estilo muyahidín.

– Hermano Amín, amigo, destino mío. No sabes hasta qué punto me siento honrado.

Juzgo inútil recordarle la paliza que me dieron sus esbirros la víspera.

– Ven -me dice cogiéndome de la mano-, siéntate en este banco junto a mí.

Miro hacia el coloso que está de guardia en la puerta. Mi huésped lo despide con un imperceptible gesto de la cabeza.

– Siento lo de anoche -me confiesa-, pero reconozca que se lo ha estado buscando.

– Si éste es el precio que hay que pagar por hablar con usted, la cuenta me parece una clavada.

Ríe.

– Otros no han tenido tanta suerte como tú -me confía con un toque de arrogancia-. Pasamos por momentos en que nada se puede dejar al azar. El menor descuido puede dar al traste con todo.

Se recoge el bajo del kamis y se sienta directamente sobre una estera.

– Tu pena me llega al alma, hermano Amín. Dios es testigo de que sufro tanto como tú.

– Eso lo dudo. Son cosas que no se comparten con la misma intensidad.

– Yo también he perdido a los míos.

– Yo no los he llorado tanto como tú.

Aprieta los labios.

– Ya veo…

– Ésta no es una visita de cortesía -le digo.

– Ya lo sé… ¿Qué puedo hacer por ti?

– Mi esposa ha muerto. Pero antes de volarse en medio de una pandilla de escolares vino a esta ciudad a encontrarse con su gurú. Me cabrea mucho que haya preferido a unos integristas antes que a mí -añado, incapaz de contener la rabia que me invade como una marea oscura-. Y me cabrea el doble no haberme olido nada. Confieso que me cabrea mucho más esto último que lo demás. ¡Islamista, mi mujer! ¡Y desde cuándo, vamos a ver! Eso sigue sin entrarme en la cabeza. Era una mujer de hoy. Le gustaba viajar y nadar, tomarse una granizada de limón en la terraza de las heladerías, y estaba demasiado orgullosa de su pelo para ocultarlo bajo un velo… ¿Qué le habéis contado para convertirla en un monstruo, una terrorista, una integrista suicida, a ella que no podía oír llorar a un cachorro?

Está decepcionado. Su estrategia de encanto, que debió de ensayar durante horas antes de recibirme, parece no dar resultado. No esperaba mi reacción y había contado, mediante el montaje rocambolesco de mi rapto consentido para traerme hasta aquí, con impresionarme hasta ponerme en situación de inferioridad. Ni siquiera sé de dónde me viene esa insolencia agresiva que hace que me tiemblen las manos sin que se me resquebraje la voz y que me lata el corazón sin que flaqueen las rodillas. Atrapado entre la precariedad de mi situación y la rabia que me producen la altivez y el disfraz de mal gusto de mi huésped, opto por la temeridad. Necesito demostrar a las claras a ese tiranuelo de opereta que no le tengo miedo, decirle en plena cara la repugnancia y la hiel que los energúmenos de su especie segregan en mí.

El comendador se tritura una y otra vez los dedos sin saber por dónde empezar:

– No aprecio la brutalidad de tus reproches, hermano Amín -acaba suspirándome-. Pero lo achaco a tu pena.

– Puedes achacarlo a lo que te apetezca.

Su rostro se inflama.

– Nada de groserías, te lo ruego. No lo soporto. Y menos en boca de un eminente cirujano. He aceptado recibirte por un solo motivo: explicarte de una vez por todas que no te sirve de nada montar el número en nuestra ciudad. Aquí no hay nada para ti. Querías entrevistarte con un responsable de nuestro movimiento. Pues ya está. Ahora regresa a Tel Aviv y pon una cruz a esta entrevista. Otra cosa: no conocí personalmente a tu mujer. No actuaba bajo nuestra bandera, pero hemos apreciado su gesto.

Me mira con ojos incandescentes.

– Una última observación, doctor. De tanto querer parecerte a tus hermanos de adopción estás perdiendo el discernimiento de los tuyos. Un islamista es un militante político. Su única ambición es instaurar un Estado teocrático en su país y gozar plenamente de su soberanía y de su independencia… Un integrista es un yihadista radical. No cree en la soberanía de los Estados musulmanes ni en su autonomía. Para él son Estados vasallos destinados a disolverse en un solo califato. Porque el integrista sueña con una umma indivisible que se extiende desde Indonesia hasta Marruecos para, de no conseguir convertir Occidente al islam, avasallarlo o destruirlo… Nosotros no somos islamistas o integristas, doctor Jaafari. Sólo somos los hijos de un pueblo expoliado y humillado que luchan con los medios de que disponen para recuperar su patria y su dignidad, ni más ni menos.

Me mira fijamente para comprobar si he asimilado su discurso; luego, sumido en la contemplación de sus uñas inmaculadas, prosigue:

– No he conocido a tu esposa, y lo lamento. Tu mujer se merecía que le besaran los pies. Lo que nos ha ofrecido con su sacrificio nos conforta y nos instruye. Entiendo que te sientas engañado. Es porque aún no has entendido el alcance de su acción. Por ahora, tu amor propio de esposo se sigue doliendo. Un día acabará cediendo y verás más claro y más allá. Que tu esposa no te dijera nada acerca de su lucha no significa que te traicionara. No tenía nada que decirte, ni cuentas que rendir a nadie que no sea Dios… No te pido que la perdones -¿y de qué sirve el perdón de un marido cuando se goza de la gracia de Dios?-; te pido que pases página. El culebrón sigue.

– Quiero saber por qué -digo tontamente.

– ¿Por qué qué? Es su propia historia, una historia que no te concierne.

– Yo era su esposo.

– Y ella no lo ignoraba. Si no quiso contarte nada, sus razones tendría. Con esa actitud te descalificaba.

– ¡Pamplinas! Tenía obligaciones conmigo. Una no se escaquea así como así de su marido. Por lo menos, de mí no. Jamás le falté. Y ella también acaba de joder mi vida, no sólo la suya. Mi vida y la de diecisiete personas que no conocía de nada. ¿Y me preguntas por qué quiero saber? Pues lo quiero saber todo, toda la verdad.

– ¿Qué verdad, la tuya o la suya? ¿La de una mujer que supo ver dónde estaba su deber o la de un hombre que cree que basta con apartar la vista de un problema para que desaparezca? ¿Qué verdad quieres conocer, doctor Amín Jaafari? ¿La del árabe que cree que por tener pasaporte israelí se ha quitado el muerto de encima? ¿La del moro domesticado modélico al que rinden honores por cualquier cosa y al que invitan a recepciones de postín para que la gente compruebe lo tolerante y atento que es uno? ¿La de alguien que cree que por cambiar de chaqueta también cambia de pellejo como si fuera un mutante? ¿Es ésa la verdad que buscas o es la que rehúyes?… ¿Pero en qué planeta vive usted, señor mío? Estamos en un mundo que se despedaza a sí mismo todos los días de Dios. Nos pasamos la noche recogiendo a nuestros muertos y la mañana enterrándolos. Nuestra patria es repetidamente violada, nuestros hijos desconocen la palabra colegio, nuestras hijas han dejado de soñar desde que sus príncipes encantados prefieren la Intifada , nuestras ciudades caen bajo las apisonadoras y nuestros santos patronos no dan pie con bola. Y tú, como te encuentras tan a gusto en tu jaula dorada, te niegas a reconocer nuestro infierno. Al fin y al cabo, estás en tu derecho. Cada uno maneja su vida como quiere… Pero te suplico que no te quejes de aquellos que, asqueados por tu impasibilidad y tu egoísmo, no vacilan en dar su vida para que despiertes… Tu mujer ha muerto para redimirte, señor Jaafari.

– ¡Menuda redención! Tú sí que la necesitas -lo tuteo a mi vez-. ¿Te atreves a hablarme de egoísmo, a mí que he sido desposeído de lo que más quiero en el mundo?… ¿Te atreves a embriagarme con leyendas de valor y dignidad cuando tú estás aquí tan tranquilo, mandando a mujeres y niños al matadero? Desengáñate, vivimos en el mismo planeta, hermano, pero no estamos en el mismo bando. Tú has elegido matar y yo salvar. Lo que para ti es un enemigo es para mí un paciente. No soy ni egoísta ni indiferente, y tengo tanto amor propio como el que más. Sólo pretendo vivir la existencia que me corresponde sin tener que robársela a los demás. No creo en las profecías que ensalzan el suplicio en detrimento del sentido común. Vine al mundo desnudo, y desnudo me iré; lo que poseo no me pertenece. Tampoco la vida de los demás. Este malentendido está en el origen de la desgracia de los hombres: hay que saber devolver lo que Dios nos presta. Nada en la tierra nos pertenece realmente. Ni la patria de la que hablas ni la tumba en la que te convertirás en polvo.

No paro de estoquearlo con el dedo. El caudillo no se inmuta. Me escucha hasta el final, los ojos como zarpas, sin limpiarse los perdigones de saliva que le he lanzado a la cara.

Tras un silencio que me parece eterno, arquea ligeramente una ceja, respira hondo y me mira fijamente.

– Lo que acabo de oír me deja estupefacto, Amín, y eso me parte el corazón y el alma. Por grande que sea tu pena, no tienes derecho a blasfemar así. Me hablas de tu esposa y no me oyes hablar de tu patria. Que tú reniegues de la tuya no obliga a los demás a renunciar a la suya. Aquellos que la reclaman a voz en grito ofrendan su vida por ella a diario. Ésos no se conforman con malvivir en el desprecio ajeno y propio. Decencia o muerte, libertad o tumba, dignidad o carnicería. Y no habrá pena ni duelo que les impida pelear por lo que consideran, con razón, por otra parte, la esencia de su existencia: el honor. «La felicidad no es el premio de la virtud. Es la propia virtud.»

Da una palmada. El coloso aparece tras la puerta. Se acabó la entrevista.

Antes de despedirse añade:

– Me das mucha pena, doctor Amín Jaafari. Está claro que no hemos tomado el mismo camino. Aunque estuviésemos meses y años intentando entendernos, ninguno de los dos escucharía al otro. Así pues, no merece la pena seguir. Vuelve a tu casa. No tenemos nada más que decirnos.


XII

<p>XII</p>

Kim tenía razón; debí entregar la carta a Naveed; le habría sacado más partido que yo. Tampoco estaba equivocada cuando me puso en guardia contra mí mismo, pues yo era lo más inverosímil de todo esto. He tardado en darme cuenta. He tenido la inmensa suerte de haber salido entero de ésta; desde luego, con el rabo entre las piernas, y no del todo indemne, pero al menos de pie. El recuerdo de este fracaso, tenaz como la mala conciencia y cruel como una broma de mal gusto, me va a perseguir durante mucho tiempo. ¿Qué he conseguido, a fin de cuentas? Me he limitado a darle vueltas a una ilusión, como una polilla alrededor de un cabo de vela, más obsesionada por las tentaciones de su curiosidad que fascinada por la mortal luz del cirio. La trampilla que estaba empeñado en abrir no me ha entregado ninguno de sus secretos, pero me ha echado a la cara su hedor a humedad y sus telarañas.

Ya no necesito ir más allá.

Ahora que he visto con mis propios ojos cómo son los caudillos y los hacedores de mártires, mis demonios han aflojado su presa. Ya he dado bastante la nota: regreso a Tel Aviv.

Kim se siente aliviada. Conduce en silencio, con las manos agarradas al volante como para asegurarse de que no está alucinando, de que me trae de veras de vuelta a casa. Desde esta mañana, evita abrir la boca por temor a meter la pata y verme cambiar otra vez de opinión. Se levantó antes del amanecer y lo empaquetó todo en silencio para despertarme cuando casi todas nuestras cosas estuviesen dentro del coche y la casa limpia.

Salimos de los barrios judíos con las anteojeras puestas. Nada de mirar a diestra y siniestra, ni de entretenerse con nada; cualquier descuido lo puede echar todo a perder. Kim sólo tiene ojos para la calzada que discurre ante ella, derecha hacia la salida. Ya libre de la angustia de la noche, el día se anuncia radiante. Un cielo inmaculado se despereza lentamente, aún adormilado tras un merecido sueño. A la ciudad parece costarle saltar de la cama. Algunos madrugadores emergen de las penumbras, furtivos, con los ojos entumecidos por los sueños abortados. Rozan las paredes como sombras chinescas. Suena algún ruido aquí y allá, una cortina metálica que alguien levanta, un coche que arranca. Un autocar renquea ruidosamente al llegar a su estación. En Jerusalén, la gente, por superstición, se muestra muy prudente por la mañana: se cree que lo primero que se hace y dice al levantarse determina el resto del día.

Kim aprovecha la fluidez del tráfico para conducir muy velozmente. No se da cuenta de lo nerviosa que está. Parece que quiere correr más rápido que mis cambios de humor, que teme que me dé la ventolera y decida regresar a Belén.

Sólo se relaja cuando las últimas casas de la ciudad desaparecen por el retrovisor.

– No tenemos prisa -le digo.

Retira el pie del pedal del acelerador como si cayera en la cuenta de que estaba pisando la cola de una serpiente. Lo que más le asusta es el tono abatido de mi voz. Me siento tan cansado y miserable… ¿Qué fui a buscar a Belén? ¿Un trozo de mentira para recomponer la escasa imagen que me queda? ¿Una gota de dignidad cuando todo me sale mal? ¿Exhibir mi cólera en público para que todos sepan cuánto aborrezco a esos miserables que han reventado mi sueño como si fuera un absceso?… Pongamos que la gente estuviera muy pendiente de mi pena y mi repugnancia, que se apartara para dejarme pasar y agacharan la cabeza ante mi mirada… ¿Qué ganaría con ello? ¿Qué llaga cauterizar, qué fractura recomponer?… En el fondo, ni siquiera estoy seguro de querer seguir el rastro de mi infortunio hasta la raíz. Cierto, no rehúyo la pelea, ¿pero cómo batirse en duelo con fantasmas? Es más que evidente que no doy la talla. No sé nada de los gurús ni de sus esbirros. Durante toda mi vida he dado pertinazmente la espalda a las diatribas de unos y a las actuaciones de otros, aferrándome a mis ambiciones como un jinete a su caballo. He renunciado a mi tribu, he aceptado separarme de mi madre, he hecho mil concesiones para poder dedicarme en exclusiva a mi carrera de cirujano. No tenía tiempo de interesarme por los traumas que socavan las llamadas a la reconciliación de dos pueblos elegidos que han optado por convertir la tierra bendecida por Dios en un campo de horror y de ira. No recuerdo haber aplaudido el combate de unos o condenado el de los otros, pues la actitud de ambos me parecía poco razonable y lastimosa. Jamás me he sentido implicado, de un modo u otro, en el conflicto sangriento que, en realidad, no hace sino oponer, sin salir de casa, a víctimas y chivos expiatorios de una Historia canallesca siempre dispuesta a renovarse. He visto tanta hostilidad despreciable que la única manera de no parecerme a los que la practicaban era no ejercerla a mi vez. Entre poner la otra mejilla o devolver los golpes, he elegido aliviar a pacientes. Ejerzo el oficio más noble de todos, y por nada en el mundo quisiera comprometer el orgullo que me produce. Mi presencia en Belén sólo habrá sido una huida hacia adelante; y mi pseudovalentía, una diversión. ¿Quién soy yo para pensar que puedo triunfar allí donde los servicios más competentes se estrellan a diario? Tengo frente a mí una organización perfectamente engrasada, con un rodaje de años en cábalas y acciones militares, y que trae con la lengua fuera a los mejores sabuesos de las policías secretas. No tengo, para oponerme a ellos, más que mis frustraciones de esposo engañado, un furor comatoso de nulo efecto. Y en ese duelo no hay sitio para suspiros, ni menos aún para enternecimientos. Aquí sólo tienen voz y voto los cañones, los cinturones explosivos y los golpes bajos, y pobre del ventrílocuo cuya marioneta enmudezca sin previo aviso. Esto es un duelo sin piedad y sin reglas en el que las vacilaciones son fatales y los errores irreparables, en que el fin genera sus propios medios y la salvación está fuera de concurso, sobrepasada por el vértigo revanchista y las muertes espectaculares. Pero resulta que siempre me han producido un indecible horror los carros de combate y las bombas, a los que considero la forma más acabada de maldad humana. No tengo nada que ver con el entorno que he profanado en Belén; no conozco sus ritos, ignoro sus exigencias y no me creo en condiciones de familiarizarme con él. Odio las guerras y las revoluciones, y todas esas historias de violencia redentora que giran sobre su eje como tuercas en infinitos tornillos, arrastrando a generaciones enteras a los mismos mortíferos absurdos sin que jamás les falle el mecanismo. Soy cirujano; creo que ya hay bastante dolor en nuestras carnes para que gente física y mentalmente sana reclame más cada dos por tres.

– Déjame en mi casa -pido a Kim cuando veo centellear a lo lejos los edificios altos de Tel Aviv.

– ¿Tienes cosas que recoger de casa?

– No, quiero instalarme en mi casa.

– Es demasiado pronto.

– Es mi casa, Kim. Antes o después tendré que regresar.

Kim se percata de su metedura de pata. Se aparta un mechón de pelo con irritación.

– No quería decir eso, Amín.

– Lo digo sin maldad.

Sigue adelante unos cuantos cientos de metros mordisqueándose los labios.

– ¿Sigue estando ahí esa maldita señal que no supiste captar, verdad?

No le contesto.

Un tractor renquea por el flanco de una colina. El chico que lo conduce debe agarrarse al volante para no caer descabalgado. Dos perros pelirrojos lo escoltan de cada lado del vehículo, uno olisqueando el suelo y el otro distraído. Una casita carcomida surge tras un seto antes de ser súbitamente escamoteada por un grupo de árboles con la agilidad de un prestidigitador. Y, nuevamente, los campos inician su cabalgada a toda carrera por la llanura. Hace un tiempo espléndido.

Kim espera a haber adelantado un convoy militar para volver a la carga:

– ¿No estabas a gusto en mi casa?

La miro, aunque ella prefiere seguir mirando hacia adelante.

– No me quedaría ni un minuto más, Kim, y lo sabes. Aprecio tu presencia a mi lado, pero necesito tomar cierta distancia para inventariar estos días pasados con serenidad.

Kim teme sobre todo que me autolesione a mí mismo, que no soporte un careo conmigo mismo, que acabe cediendo al asedio de mi tormento. Cree que estoy a punto de caer en la depresión, de hacer algo irremediable. No necesita confesármelo, pues todo en ella revela su gran inquietud: sus dedos tamborileando todo lo que tocan, sus labios incapaces de disimular sus muecas, sus ojos esquivando los míos, su garganta, que debe aclarar cada vez que va a decirme algo… Me pregunto cómo hace para no perder el hilo y seguir a la vez tan pendiente de mí.

– De acuerdo -concede-. Te dejo en tu casa y paso a recogerte esta noche. Cenaremos en mi casa.

Le flaquea la voz.

Espero con paciencia que se vuelva hacia mí para decirle:

– Necesito estar solo una temporada.

Finge meditar y luego pregunta retorciendo el labio:

– ¿Hasta cuándo?

– Hasta que todo vuelva a su sitio.

– Eso puede durar mucho.

– Te aseguro que no estoy tan tocado. Sólo necesito quedarme a solas conmigo.

– Muy bien -dice con indisimulado enfado.

Y, tras un largo silencio:

– ¿Al menos puedo pasar a verte?

– Te llamaré en cuanto pueda.

Su susceptibilidad acusa el golpe.

– No te lo tomes mal, Kim. Tú no tienes nada que ver. Sé que no es fácil justificarlo, pero también que comprendes lo que intento decirte.

– No quiero que te aísles, eso es todo. Me parece que no estás todavía en condiciones de recuperarte solo, y no quiero comerme lo poco que me queda de uñas.

– Lo lamentaría mucho.

– ¿Por qué no permites que el profesor Menach te examine? Es un psicólogo eminente y un gran amigo tuyo.

– Te prometo que iré a verlo, pero no ahora. Antes necesito recomponerme por dentro; así estaré más receptivo.

Me deja en mi casa, pero no se atreve a acompañarme hasta el interior. Antes de cerrar la verja detrás de mí, le sonrío. Me suelta un guiño entristecido.

– Intenta que tu señal no te amargue la existencia, Amín. Eso te acabará consumiendo hasta no poder agarrarte a ti mismo sin deshacerte entre tus propias manos como una momia podrida.

Arranca sin esperar mi reacción.

Cuando el ruido del Nissan se pierde y me veo frente a mi casa y su silencio, me doy cuenta de la amplitud de mi soledad. Ya estoy echando de menos a Kim… Otra vez solo… No me gusta dejarte solo, me dijo Sihem la víspera de su salida para Kafr Kanna. Y, de repente, lo recuerdo todo. Justo cuando menos lo esperaba. Sihem me preparó un festín real aquella noche, mis platos preferidos. Tuvimos una cena íntima en el salón. Bella y distante, apenas picoteó delicadamente de su plato. «¿Por qué estás triste, amor mío?», le pregunté. «No me gusta dejarte solo, cielo», me confesó. «Tres días pasan pronto», le dije. «Para mí, es una eternidad», me contestó. Ése fue su mensaje, la señal que no supe captar. ¿Pero cómo vislumbrar el abismo tras el brillo de sus ojos, cómo adivinar el adiós ante tanta generosidad, pues aquella noche se me entregó como jamás lo había hecho antes?

Me quedo otra eternidad temblando en el umbral de mi casa antes de cruzarlo.

La asistenta sigue sin venir. Intento dar con ella por teléfono pero me sale una y otra vez su contestador. Decido hacerme cargo de la situación. La casa está en el estado en que la dejaron los inspectores de Moshe: habitaciones patas arriba, cajones por el suelo con su contenido desperdigado, armarios vacíos, estanterías arrasadas, muebles desplazados y hasta volcados. Desde entonces, el polvo y las hojas muertas han invadido el espacio por las ventanas rotas y las que había olvidado cerrar. El jardín ha caído en desgracia, cubierto de latas de cerveza, periódicos y todo tipo de objetos que mis linchadores dejaron allí para desquitarse de su venganza fallida. Llamo a un cristalero que conozco. Me dice que en ese momento tiene trabajo, pero promete pasar antes del anochecer. Me pongo a ordenar las habitaciones; recojo lo que está en el suelo, enderezo las cosas volcadas, coloco en su sitio estanterías y cajones, separo los objetos rotos de los que han quedado intactos. Cuando llega el cristalero, estoy acabando de barrer. Me ayuda a sacar las bolsas de basura, examina mis ventanas mientras me retiro en la cocina para fumar y beber café y regresa con un cuadernillo donde ha tomado nota de los desperfectos.

– ¿Huracán o vandalismo? -me pregunta.

Le ofrezco una taza de café, que acepta encantado. Es pelirrojo y gordo; tiene el rostro acribillado de pecas, una boca enorme y los hombros redondos y caídos. Es paticorto y calza botas militares. Hace años que lo conozco, he operado a su padre dos veces.

– Hay faena -me informa-. Hay que cambiar veintitrés cristales. También debes llamar a un carpintero, tienes rotas dos ventanas y una persiana.

– ¿Conoces a uno bueno?

Piensa arrugando un ojo.

– Hay uno que no es malo, pero no sé si estará disponible ahora mismo. Empezaré mañana. Hoy he currado mucho y estoy reventado. He venido sólo para hacerte el presupuesto. ¿Vale?

Miro mi reloj.

– Mañana, de acuerdo.

El cristalero se toma el café, guarda el cuadernillo en una cartera colgada de una vieja correa y se va. Temía que sacara a relucir el tema del atentado, pues sabía a las claras quién estaba detrás. Pero no fue así. Se limitó a apuntar lo que tenía que hacer. Me pareció admirable.

Me ducho y voy al centro de la ciudad. Un taxi me lleva hasta el garaje donde dejé mi coche antes de ir a Jerusalén. Una vez al volante, me dirijo hacia el paseo marítimo. El excesivo tráfico me obliga a dejar el coche en un aparcamiento frente al Mediterráneo. Parejas y familias pasean tranquilamente por las explanadas. Ceno en un restaurante discreto, me tomo unas cuantas cervezas en un bar al final de la misma calle y camino por la arena de la playa hasta bien avanzada la noche. El sonido del oleaje me insufla una especie de plenitud. Regreso a casa algo ebrio pero con la cabeza libre de bastante escoria.

Me quedo frito en el sillón, entre dos caladas de cigarrillo, vestido y con los zapatos puestos. Me despierto sobresaltado por el golpe de una ventana. Me percato de que estoy encharcado de sudor. Creo que he tenido una pesadilla, pero no recuerdo qué. Me levanto titubeando. Tengo el corazón en un puño, y los escalofríos me laceran la espalda. ¿Quién anda ahí?, me oigo gritar. Doy la luz en el vestíbulo, en la cocina, en las habitaciones, acechando el menor ruido… ¿Quién anda ahí? Una contraventana de la planta alta está abierta, con la cortina inflada por el viento. No hay nadie en el balcón. Cierro y regreso al salón. Pero la presencia sigue ahí, difusa y cercana. Mis escalofríos se acentúan. Se trata sin duda de Sihem, o de su fantasma, o de ambos que regresan… Sihem… El espacio se va llenando de ella. Al cabo de unas cuantas palpitaciones, la casa está repleta y yo sólo cuento con una minúscula bolsa de aire para no ahogarme. Todo vuelve a ser parte del ama de casa: las lámparas, las cómodas, las cortinas, las consolas, los colores… Ella había elegido los cuadros, y también los había colgado. La veo retroceder unos pasos, un dedo apoyado en la barbilla, y ladear repetidamente la cabeza hasta asegurarse de que el cuadro está perfectamente recto. Sihem era muy detallista. No dejaba nada al azar, y podía pensarse durante horas dónde colgar un cuadro o situar el pliegue de una cortina. De la sala de estar a la cocina, de habitación en habitación, tengo la sensación de estar siguiendo su rastro. Los recuerdos se cruzan con escenas casi reales. Sihem está reclinada sobre el sofá de cuero. En otro lugar, se aplica delicadamente capas de esmalte rosa en las uñas. Cada rincón conserva un retazo de su sombra, cada espejo un destello de su imagen, cada estremecimiento habla de ella. Me basta con tender la mano para recoger una sonrisa, un suspiro, una voluta de su perfume… Quiero que me des una hija, le decía en los albores de nuestro amor… ¿Morena o rubia?, me preguntaba sonrojándose… La quiero sana y guapa. Me importa poco el color de sus ojos y de su pelo. Quiero que tenga tu mirada y tus hoyuelos para ser clavada a ti cuando sonría… Llego al salón del primer piso, revestido de terciopelo granate, con visillos lechosos y dos imponentes sillones en el centro de una preciosa alfombra persa, junto a una mesa de vidrio y cromo. Una enorme biblioteca de cerezo salvaje cubre una pared de punta a punta, repleta de libros y de objetos traídos de países lejanos. Esta sala era nuestra torre de marfil, sólo suya y mía; aquí no entraba nadie. Era nuestro rincón, nuestro exilio dorado, donde comulgábamos con nuestros silencios y reciclábamos nuestros sentidos, embotados por el tráfago cotidiano. Cogíamos un libro o poníamos música, y todo cambiaba por ensalmo. Nos daba igual leer a Kafka que a Jalil Gibrán y escuchábamos con idéntico placer a Um Kalsum y a Pavarotti… De repente, se me eriza todo el cuerpo. Noto su aliento en mi nuca, denso, caliente, jadeante, seguro de encontrármela de frente al volverme, de sorprenderla de pie en medio del tumultuoso ballet de sus ondulaciones, espléndida, con esos ojos tan grandes, más guapa que en mis sueños más enloquecidos…

No me doy la vuelta.

Salgo del salón de espaldas y no me detengo hasta que su aliento se pierde en el aire. Regreso a mi habitación, enciendo todas las luces para conjurar las penumbras, me desvisto, fumo un último pitillo, me tomo dos calmantes y me meto en la cama.

No apago.

Al día siguiente, me sorprendo acechando el amanecer en el salón de arriba, con la cara pegada al cristal. ¿Cómo he regresado a este lugar fantasmagórico, consciente o sonámbulo? Ni idea.

El cielo de Tel Aviv se supera a sí mismo. Ni un rastro de nubes a la vista. La luna ha quedado reducida a un mero recorte. La opalescencia levantina disipa las últimas estrellas de la noche. Al otro lado de la verja, el vecino de enfrente saca brillo al parabrisas de su coche. Es el más madrugador del barrio. Como dirige uno de los restaurantes más afamados de la ciudad, le gusta estar en el mercado de abastos antes que la competencia. En otro tiempo, a veces intercambiábamos cortesías en la oscuridad, él a punto de salir para el mercado y yo de regreso del hospital. Desde el atentado, finge que no existo.

El cristalero llega hacia las nueve en una furgoneta descolorida. Dos chavales con acné lo ayudan a descargar su material y sus placas de cristales con una precaución de artificiero. Me anuncia que el carpintero no tardará en llegar. Lo hace al rato, en una camioneta cubierta con un toldo. Es un hombre alto y reseco, con el rostro surcado de arrugas y una mirada seria. Viste un mono desgastado hasta la trama y pide ver las ventanas rotas. El cristalero se las enseña mientras me quedo en la planta baja, en un sillón, bebiendo café y fumando. Por un momento he pensando en ir a desentumecerme las piernas y la cabeza en el parque que hay cerca de casa. Hace buen tiempo y el sol dora los árboles circundantes, pero me disuade el temor a toparme con alguien que me pueda amargar el día.

Naveed Ronnen me telefonea hacia las once. Mientras tanto, el carpintero se ha llevado en su camioneta las ventanas que tiene que reparar en su taller. El cristalero y sus ayudantes están en el primer piso, pero no se les oye.

– ¿Qué es de ti, hermano? -me suelta Naveed, contento de hablar conmigo-. ¿Amnésico o sólo despistado? ¿Te vas, regresas, desapareces y luego reapareces, y ni una sola vez se te ocurre llamar a tu viejo amigo para contarle por dónde andas?

– Ya sabes que ni siquiera lo sé yo.

Ríe.

– Eso no es motivo. Yo tampoco paro, pero mi mujer sabe exactamente dónde localizarme cuando quiere controlarme. ¿Qué tal te ha ido en Jerusalén?

– ¿Cómo sabes que he estado en Jerusalén?

– Soy poli… -contesta riendo-. Llamé a casa de Kim y se puso Benjamin. Él me dijo dónde estabais.

– ¿Quién te ha dicho que he vuelto?

– He llamado a Benjamin y se ha puesto Kim… ¿Vale así?… Bueno, te llamo porque Margaret estaría encantada de que vinieras a cenar a casa. Hace mucho que no te ve.

– Esta noche no, Naveed. Tengo cosas que hacer en casa. Además tengo aquí a un equipo de cristaleros, y un carpintero ha venido esta mañana.

– Pues mañana…

– No sé si habré acabado para entonces.

Naveed carraspea, reflexiona y me propone:

– Si tienes mucho trabajo en casa, te puedo mandar ayuda.

– Son pequeños arreglos. Ya hay bastante gente aquí.

Naveed vuelve a carraspear. Le ocurre siempre que se encuentra a disgusto.

– Tampoco van a tirarse toda la noche allí.

– No, pero da igual. Gracias por haber llamado, y saluda de mi parte a Margaret.

Hacia mediodía, como Kim sigue sin dar señales de vida, llego a la conclusión de que utilizó a Naveed para saber si seguía vivo.

El carpintero trae mis ventanas, las instala y verifica delante de mí que funcionan adecuadamente. Le firmo una factura, coge el dinero y se retira con la colilla apagada en la comisura. Hace rato que se fueron los cristaleros. Recupero mi casa, su tranquilidad de convaleciente y el misterio de sus penumbras. Subo al salón para retar a mis fantasmas. No percibo el menor movimiento. Me hundo en un sillón frente a la ventana recién reparada y veo la noche caer como una cuchilla sobre la ciudad, ensangrentando el horizonte.

Sihem sonríe desde una foto, encima de un equipo de música. Tiene un ojo más grande que el otro, quizá debido a su sonrisa forzada. Siempre se acaba sonriendo al fotógrafo cuando éste es persuasivo, aunque no apetezca. Es una foto antigua, una de las primeras después de nuestra boda. Recuerdo que fue para un pasaporte. Sihem no tenía muchas ganas de que viajásemos al extranjero en nuestra luna de miel. Sabía que mis ingresos eran modestos y prefería invertir en un apartamento menos lúgubre que el que ocupábamos en las afueras.

Me levanto para mirar el retrato de cerca. A mi izquierda, sobre un estante lleno de discos, un álbum fotográfico de cuero. Lo agarro casi maquinalmente, me vuelvo a sentar y me pongo a hojearlo. No estoy especialmente emocionado. Es como si estuviese hojeando una revista en la sala de espera del dentista. Las fotos desfilan bajo mis ojos, cautivas del instante en que fueron tomadas, frías como su papel glaseado, libres de toda carga emotiva susceptible de enternecerme… Sihem bajo una sombrilla, con la cara oculta tras unas enormes gafas de sol, en Charm el-Cheikh; Sihem en los Campos Elíseos de París; los dos posando ante un guardia de Su Majestad Británica; con mi sobrino Adel en el jardín; en un cóctel; en una fiesta en mi honor; con su abuela en la granja de Kafr Kanna; su tío Abbas con botas de caucho y metido en el estiércol hasta las rodillas; Sihem delante de la mezquita de su barrio natal en Nazaret… Sigo desbrozando los recuerdos sin detenerme demasiado en ellos. Es como si pasara las páginas de una vida anterior, de un caso resuelto… Pero una foto me llama la atención. Se ve en ella a mi sobrino Adel riendo, las manos en las caderas, delante de una mezquita de Nazaret. Vuelvo a la foto de Sihem posando ante la mezquita de su infancia. Es una foto reciente, de menos de un año, lo sé por el bolso que le regalé para su cumpleaños en enero pasado. A la derecha, se ve el capó de un coche rojo y un chaval agachado ante un cachorro. Vuelvo a la de Adel. Ahí siguen el coche rojo, el chaval y el cachorro. Así pues, las fotos se tomaron a la vez, y probablemente se las tomaron el uno al otro. Tardo un rato en asimilarlo. Sihem se desplazaba regularmente a Nazaret cuando se quedaba en casa de su abuela. Adoraba su ciudad natal. ¿Pero Adel?… No recuerdo habérmelo encontrado por allí. No era su entorno. Venía a menudo a vernos a Tel Aviv cuando sus asuntos lo sacaban de Belén, pero de ahí a imaginármelo en Nazaret… El corazón se me encoge. Me inunda un cierto malestar. Esas dos fotos me aterran. Intento encontrarles una justificación, una razón, una conjetura, pero nada. Mi mujer jamás salía con un familiar sin que me enterara. Siempre me decía en casa de quién estaba, a quién se había encontrado, quién la había llamado por teléfono. Es cierto que apreciaba a Adel por su humor y su espontaneidad, pero que se encontrara con él fuera de casa, fuera de Tel Aviv sin comentármelo, eso no era costumbre suya.

No dejo de dar vueltas a esa coincidencia. Me asalta en el restaurante y me amarga la cena; me vuelve a interceptar en casa y me mantiene en vela a pesar de dos somníferos… Adel, Sihem… Sihem, Adel… El autocar de Tel Aviv a Nazaret… Fingió una urgencia y bajó del autocar para meterse en un coche que seguía detrás… Un modelo antiguo de Mercedes, de color crema. Idéntico al que entreví en el antiguo almacén de Belén… Es de Adel, me dijo con orgullo Yaser… Sihem en Belén, su última escala antes del atentado… Demasiadas coincidencias para atribuirlas al azar.

Aparto las sábanas. El despertador marca las cinco de la mañana. Me visto, llego hasta mi coche y me dirijo a Kafr Kanna.

No hay nadie en la granja. Un vecino me informa de que se han llevado a la abuela al hospital de Nazaret y que su sobrino Abbas fue con ella. En el hospital, no me dejan ver a la paciente, a la que han trasladado de urgencia al quirófano. Hemorragia cerebral, me informa una enfermera. Abbas está en la sala de espera, medio dormido sobre una banqueta. Ni siquiera se levanta al verme. Es así, tan avaro de gestos como un mosquetón. Soltero con cincuenta y cinco años, y sin haber salido nunca de la granja, desconfía de las mujeres y de los urbanitas, a los que evita como al diablo, y prefiere deslomarse trabajando de sol a sol antes que sentarse a comer con alguien que no huela a arado y a sudor. Es un patán fuerte como un roble, de labios agresivos y cara de cemento. Lleva botas manchadas de barro, una camisa descolorida por las axilas de tanto sudar y un pantalón áspero y horrendo que parece de lona. Me explica sucintamente que se encontró a la abuela en el suelo, con la boca abierta, que lleva horas aquí y que se le olvidó soltar a los perros. El ataque de la abuela lo incordia más que lo apena.

Esperamos en la sala hasta que un médico nos anuncia el final de la intervención. El estado de la abuela es estacionario, pero sus posibilidades de sobrevivir son escasas. Abbas pide permiso para regresar a la granja.

– Tengo que dar de comer a las gallinas -gruñe sin dar mayor importancia al parte del médico.

Se pone al volante de su camioneta oxidada y sale disparado hacia Kafr Kanna. Voy tras él en mi coche. Hasta que no cumple con las diferentes tareas de la granja, al final de la jornada, no se da cuenta de que aún estoy ahí.

Reconoce haber visto varias veces a Sihem con el chico de la foto. La primera vez, cuando regresó a la peluquería para devolverle la cartera que se le había olvidado sobre el asiento de la camioneta. Fue cuando sorprendió a Sihem discutiendo con el chico. Al principio, Abbas no pensó mal. Pero luego, al volver a verlos juntos en distintos lugares, empezó a sospechar. Cuando el chico de la foto se atrevió a aparecer por la granja, Abbas lo amenazó con abrirle la cabeza con un pico, y Sihem se tomó muy mal el incidente. Desde entonces, no volvió a poner los pies en Kafr Kanna.

– No puede ser -le digo-. Sihem pasó los dos Aíds con su abuela.

– Te repito que no ha regresado desde que puse en su sitio a ese golfo.

Luego, armándome de valor, le pregunto qué tipo de relación había entre mi mujer y el chico de la foto. Al principio se extraña por la ingenuidad de mi pregunta, y luego me mira de frente con una mueca despectiva y refunfuña:

– ¿Cómo tengo que describírtelo?

– ¿Tendrás al menos alguna prueba?

– Hay señales que no engañan. No era necesario sorprenderlos abrazados. Me basta con haberlos visto andar a hurtadillas.

– ¿Por qué no me dijiste nada?

– Porque no me lo pediste. Además, yo sólo me meto en mis asuntos.

En ese preciso instante, lo odio como jamás he odiado a nadie.

Regreso al coche y arranco sin mirar por el retrovisor. Con el acelerador pisado a fondo, ni siquiera sé dónde voy. No hay peligro que me disuada, ni salirme de una curva ni estrellarme de frente contra un remolque. Creo que es exactamente lo que estoy deseando, pero la calzada está cruelmente desierta. Quien sueña demasiado olvida vivir, decía mi madre a mi padre. Mi padre no la comprendía. No sospechaba su desamparo como amante ni su soledad como compañera. Entre ellos había una especie de diafragma invisible, fino como una lentilla pero que los mantenía en las antípodas el uno del otro. Mi padre sólo tenía ojos para su lienzo, siempre el mismo, que pintaba en invierno y en verano y que sobrecargaba hasta hacerlo desaparecer a fuerza de retoques para luego reproducirlo tal cual en otro caballete, siempre el mismo, hasta en el menor detalle, seguro de estar elevando su Madona esposada al rango de Gioconda, que iba a abrirle de par en par el horizonte y a encumbrar las galerías donde se expondría. Estaba tan deslumbrado con esa imposible consagración, que no se fijaba en nada de lo que tenía a su alrededor, ni en la frustración de una esposa desatendida ni en la cólera de un patriarca venido a menos… Quizá sea eso lo que me ha ocurrido con Sihem. Era mi lienzo, mi consagración. Sólo tenía ojos para las alegrías que me daba y no sospechaba sus penas, sus debilidades… En realidad, no la vivía por dentro; si lo hubiera hecho, no la habría idealizado tanto y la habría aislado menos. Ahora que lo pienso, ¿cómo podía vivirla si no dejaba de soñarla?


XIII

<p>XIII</p>

Señor Jaafari, me llaman a través de laberínticas galerías subterráneas… Señor Jaafari… La voz cavernosa se diluye en mis balbuceos, va y viene como un leitmotiv inconquistable, a veces insistente, a veces alarmado. El abismo me aspira, me envuelve; giro a cámara lenta en las tinieblas. Luego, la voz me vuelve a alcanzar e intenta subirme hacia la superficie… Señor Jaafari… Un rayo cruza la opacidad, quemándome los ojos como un florete incandescente.

– Señor Jaafari…

Recobro el sentido, el dolor me atenaza la cabeza.

Un hombre está inclinado sobre mí, con una mano a la espalda y la otra suspensa a escasos centímetros de mi frente. Su rostro demacrado con barbilla alargada en forma de embudo no me suena. Intento ubicarme. Estoy tumbado en una cama, con la garganta reseca y el cuerpo descoyuntado. Tengo la sensación de que el techo se me va a desplomar encima. Cierro los ojos para contener el vértigo que me balancea como un oleaje hechizante y hago un esfuerzo para recuperar mis puntos de referencia. Lentamente, voy reconociendo en la pared de enfrente el póster de Los girasoles de Van Gogh, el papel de las paredes desteñido, la triste ventana que da al tejado de una fábrica…

– ¿Qué ocurre? -pregunto incorporándome sobre un codo.

– Creo que está usted enfermo, señor Jaafari.

El codo cede y caigo sobre la almohada.

– Lleva usted dos días sin salir de esta habitación.

– ¿Quién es usted?

– El director del hotel, señor. La camarera…

– ¿Qué quieren ustedes?

– Asegurarnos de que se encuentra bien.

– ¿Por qué?

– Llegó aquí hace dos días. Alquiló esta habitación y se encerró a cal y canto. También lo hacen otros clientes, pero…

– Me encuentro bien.

El director se incorpora, obsequioso. No sabe cómo debe interpretar mi réplica, rodea la cama y abre la ventana. Una ola de aire fresco me azota e inunda la habitación. Respiro profundamente hasta que la sangre me late en las sienes.

El director alisa maquinalmente la manta a mis pies. Me mira con detenimiento, tose en su puño y dice:

– Tenemos un buen médico, señor Jaafari. Si lo desea, podemos llamarle.

– Soy médico -digo tontamente a la vez que salgo de la cama.

Las rodillas me castañetean; no consigo mantenerme en pie y me dejo caer en el borde de la cama, con las manos sobre las mejillas. El director se siente molesto por mi desnudez apenas minimizada por un slip. Farfulla algo que no entiendo y sale de espaldas de la habitación.

Una tras otra, las ideas se me ordenan y recupero de golpe la memoria. Recuerdo haber salido de Kafr Kanna a tumba abierta, que me pusieron una multa por exceso de velocidad a la altura de Afula y que luego seguí hacia Tel Aviv en un estado semicomatoso. Se hizo de noche justo cuando entraba en la ciudad. Me detuve en el primer hotel que pillé en la carretera. De ningún modo quería volver a casa para encontrarme con las mentiras de toda una vida. Durante el trayecto no paré de maldecir a la humanidad y a mí mismo, pisando a fondo el acelerador, vibrando ante el feroz chirrido de los neumáticos, que sonaban como los aullidos apocalípticos de una hidra. Parecía empeñado en superar la barrera del sonido, en pulverizar el punto de no retorno, en desintegrarme en el desmoronamiento de mi amor propio. Me parecía que ya nada podía retenerme en ninguna parte ni reconciliarme con el futuro. ¿Y qué futuro? ¿Existe la vida tras el perjurio, la resurrección tras la afrenta? Me sentía tan disminuido y ridículo que la idea de ablandarme sobre mi suerte me habría rematado. Cuando la voz de Abbas me asaltaba, hacía rugir mi motor hasta ahogarlo. No quería oír nada aparte del bramido de las ruedas en las curvas cerradas y de la hiel corroyéndome con la voracidad de un baño de ácido. Sentía que no tenía excusas, ni las buscaba, ni las merecía. Me entregaba por entero al despecho, que me quería para él solo, para que lo encarnara en todo mi ser.

El hotel es cutre. Su anuncio de neón está estropeado. Tomé una habitación como quien se toma la vida con resignación. Tras una ducha muy caliente, fui a cenar a una taberna y luego me emborraché en un bar sórdido. Tardé horas en desandar el camino. Una vez en la habitación, me hundí en el abismo sin previo aviso.

Tengo que apoyarme en la pared para poder llegar al cuarto de baño. Los miembros sólo me responden a medias. Siento continuas náuseas, tengo la vista borrosa y estoy muerto de hambre. Es como si me moviera sobre una nube. ¡Dos días durmiendo en esta astrosa habitación, sin sueños ni recuerdos; dos días pudriéndome en unas sábanas que parecen un sudario!… ¿Dios mío, qué me está pasando?

El espejo me devuelve una cara atormentada, aún más desfigurada por una barba incipiente. La blancura de mis ojos contrasta con unas ojeras violáceas, ahuecándome aún más las mejillas. Parezco un demente al despertar de su delirio.

Sacio mi sed directamente del grifo, prolongadamente; me meto en la ducha y me quedo inmóvil bajo el chorro de agua hasta recuperar el equilibrio.

El director golpetea la puerta de mi habitación para asegurarse de que no he vuelto a caer en coma etílico. Queda aliviado al oírme gruñir y se va sin rechistar. Me visto, derrengado, y salgo del hotel para comer algo.

Me he quedado dormido sobre el banco de un parque soleado, mecido por el rumor del follaje.

Cuando despierto, ha anochecido. No sé dónde ir ni qué hacer con mi soledad. Me dejé en casa el móvil y el reloj. Temo enfrentarme a mí mismo. Desconfío del hombre que no supo pronosticar su desgracia. Al mismo tiempo, no estoy preparado para soportar la mirada de los demás. Me digo a mí mismo que ha sido una suerte haberme olvidado el móvil. No me veo hablando con alguien en el estado en que me encuentro. Kim podría ahondar en la herida; Naveed darme el consejo menos apropiado. Sin embargo, el silencio me mata. En este parque desierto me siento solo en el mundo, como los restos de un naufragio azotados por el oleaje en una funesta orilla.

De regreso al hotel me doy cuenta de que he olvidado la bolsa de aseo y mis pastillas. El teléfono me tienta pero no sé a quién llamar. ¿Qué hora es? Mi jadeo resuena en toda la habitación. No me encuentro bien, siento que algo se me escapa…

Nuevamente en la calle. De repente. No recuerdo cómo he salido del hotel, ni sé cuánto tiempo llevo vagabundeando por el barrio. No hay una ventana encendida a mi alrededor. Sólo un zumbido de motor a lo lejos, y luego la noche recupera sus prerrogativas sobre todo lo que duerme… Allá, cerca del quiosco, una cabina telefónica. Mis pasos me llevan tiránicamente hacia ella, mi mano descuelga el aparato, mis dedos marcan un número. ¿A quién estoy llamando? ¿Qué voy a contarle? La llamada suena cinco, seis, siete veces. Descuelgan y una voz soñolienta rezonga… «¿Diga? ¿Quién es? ¿Tienes idea de la hora que es? Yo trabajo mañana…» Reconozco la voz de Yaser. Me sorprende oírlo. ¿Por qué él?

– Soy Amín…

Un silencio; luego la voz salivosa de Yaser se afianza:

– ¿Amín? ¿Pasa algo grave?

– ¿Dónde está Adel? -me oigo preguntarle.

– Por favor, son las tres de la mañana.

– ¿Dónde está Adel?

– ¿Cómo quieres que lo sepa? Estará donde lo hayan llevado sus negocios. Hace semanas que no lo veo.

– ¿Me vas a decir dónde está o voy a tener que ir a esperarlo a tu casa?

– No -exclama-, no se te ocurra pisar Belén. Los tipos del otro día te andan buscando. Dicen que los has engañado y que trabajas para el Shin Beth.

– Yaser, ¿dónde está Adel?

Un nuevo silencio, más largo que el anterior, y Yaser acaba soltando, exacerbado.

– Yenín… Adel está en Yenín.

– Ése no es el lugar más adecuado para montar una empresa, Yaser. Yenín está asolado.

– Escucha, te aseguro que la última vez que tuve noticias suyas estaba en Yenín. No tengo motivos para mentirte. Si quieres, te avisaré cuando regrese… ¿Puedo saber de qué va todo esto? ¿Qué pasa con mi hijo para que me llames a esta hora?

Cuelgo.

No sé por qué, pero me encuentro algo mejor.

El vigilante nocturno no se alegra de que lo saque de la cama a las tres de la mañana. El hotel cierra a las doce y se me ha olvidado el código de entrada. Es un joven famélico, probablemente un universitario que pasa las noches custodiando el sueño ajeno para costearse los estudios. Me abre sin entusiasmo, busca mi llave y no la encuentra.

– ¿Está seguro de haberla entregado antes de salir?

– ¿Por qué tendría que cargar con una llave?

Sigue buscando tras el mostrador de la recepción, rebusca entre los papeles y las revistas que hay alrededor de un teléfono con fax y fotocopiadora y se incorpora sin haberla encontrado.

– ¡Qué raro!

Intenta recordar, sin conseguir despertarse del todo, dónde se encuentran las copias.

– ¿Ha buscado en su ropa, señor?

– Le digo que no la llevo -contesto llevándome las manos a los bolsillos.

El brazo se detiene: la llave está en mi bolsillo. La saco, confundido. El vigilante contiene un suspiro, a todas luces horrorizado. Se rehace y me desea buenas noches.

Como el ascensor está estropeado, subo por una escalera estrecha hasta el quinto para caer en la cuenta de que me alojo en el tercero. Vuelvo sobre mis pasos.

No enciendo la luz.

Me desvisto, me tumbo sin abrir la cama y miro el techo, que poco a poco me va aspirando como si fuera un agujero negro.

A partir del quinto día me doy cuenta de que mis duendes me están abandonando uno tras otro. Mis reflejos se adelantan a mis intenciones y mis torpezas las empeoran. Durante el día permanezco enclaustrado en la habitación, encogido sobre una silla o tumbado en la cama, con los ojos en blanco como si tratase de pillar por atrás mis pensamientos, pues no dejan de acosarme extrañas ideas: pienso poner en venta mi casa recurriendo a una agencia inmobiliaria, hacer borrón y cuenta nueva y exiliarme en Europa o en Estados Unidos… Por la noche, salgo como un depredador y frecuento tugurios sospechosos, seguro de no toparme, en esos lugares que jamás he pisado, con ningún conocido o ex colega. La penumbra de esos bares que apestan a tabaco y a efluvios rancios me insufla un extraño sentimiento de invisibilidad. A pesar de la promiscuidad de borrachos y mujeres de mirada embrujadora, nadie se fija en mí. Me siento a una mesa apartada, donde las jóvenes achispadas apenas se aventuran, y me dedico a soplar tranquilamente hasta que vienen a avisarme de que es hora de cerrar. Entonces me voy con mi borrachera al mismo parque, al mismo banco, y no vuelvo al hotel hasta la madrugada.

Hasta que, en una cervecería, todo se me va de las manos. La ira que llevaba días incubando acaba imponiéndose. Me lo esperaba. Con la susceptibilidad a flor de piel, sabía que tarde o temprano se me iban a fundir los plomos. Me expresaba con brutalidad y replicaba expeditivamente, carecía de paciencia y reaccionaba muy mal cada vez que me miraban. Sin duda, me estaba convirtiendo en otra persona, a la vez imprevisible y fascinante. Pero esta noche, en la cervecería, me paso. De entrada, no me ha gustado la mesa que me han dado. Quería un lugar discreto, pero no quedaban mesas disponibles. He puesto mala cara y he cedido. Luego, la camarera me informa de que no queda hígado a la plancha. Parece sincera, pero no me gusta su sonrisa.

– Quiero hígado a la plancha -me empeño.

– Lo siento, no nos queda.

– Eso no es asunto mío. En el menú que tienen fuera pone que sirven hígado a la plancha y por eso he entrado, no por otra cosa.

Mis gritos interrumpen el ruido de los cubiertos. Los clientes me miran.

– ¿Por qué tenéis que mirarme así? -les aúllo.

El encargado acude de inmediato. Exhibe todo su encanto profesional para calmarme, pero su cortesía de fachada me encabrita. Exijo que se me traiga de inmediato hígado a la plancha. Por la sala se propaga un movimiento de indignación. Alguien sugiere que me pongan de patitas en la calle. Es un hombre de cierta edad con pinta de poli o militar. Le sugiero que me eche él mismo. Asiente de buen grado y me agarra por la garganta. La camarera y el gerente se oponen al bruto. Cae ruidosamente una silla y cruje el mobiliario a la vez que estallan las invectivas. Llega la policía. El oficial es una mujer rubia de buena pechera con una nariz grotesca y mirada ardiente. El bruto le explica cómo ha degenerado la situación. Sus declaraciones son corroboradas por la camarera y buena parte de la clientela. La mujer de uniforme me saca a la calle y me pide los papeles. Me niego a entregárselos.

– Está totalmente borracho -gruñe un agente.

– Nos lo llevamos -decide el oficial.

Me empujan dentro de un coche y me llevan a la comisaría más cercana. Allí me obligan a entregar mis papeles, a vaciar mis bolsillos y me encierran en una celda con dos borrachos que roncan como benditos.

Una hora después, un agente viene a buscarme. Me lleva a recuperar mis efectos personales y luego al vestíbulo. Allí se encuentra Naveed Ronnen, apoyado contra el mostrador con la cara descompuesta.

– Vaya, mi ángel de la guarda -exclamo, desagradable.

Naveed ladea la cabeza para despedir al agente.

– ¿Cómo has sabido que estoy enchironado? ¿Me mandas seguir o qué?

– Para nada, Amín -dice con tono cansado-. Me alegro de comprobar que te mantienes en pie. Me temía lo peor.

– ¿Como qué, por ejemplo?

– Un secuestro o un suicidio. Llevo días y noches buscándote. Cuando Kim me informó de tu desaparición, comuniqué tus datos a las comisarías y a los hospitales. ¿Por Dios, dónde has estado metido?

– No tiene importancia… ¿Me puedo ir? -pregunto al oficial que está tras el mostrador.

– Queda usted en libertad, señor Jaafari.

– Gracias.

Un viento caliente barre la calle. Dos polis fuman y charlan, uno apoyado en el muro de la comisaría y otro sentado sobre el estribo de un vehículo celular.

El coche de Naveed está aparcado en la acera de enfrente, con las luces de población encendidas.

– ¿Adónde vas así? -me pregunta.

– A mover un poco las piernas.

– Ya es tarde. ¿Quieres que te deje en tu casa?

– Mi hotel no está lejos…

– ¿Cómo que tu hotel? ¿Ya no sabes llegar a tu casa?

– Estoy muy bien en el hotel.

Naveed se pasa una mano por las mejillas, asombrado.

– ¿Y dónde está tu hotel?

– Cogeré un taxi.

– ¿No quieres que te lleve?

– No hace falta. Además, necesito estar solo.

– ¿Debo entender que…?

– No hay nada que entender -replico, cortante-. Necesito estar solo, eso es todo. Creo que está claro.

Naveed me alcanza en la esquina de la calle. Tiene que adelantarme para cerrarme el paso.

– Te aseguro que no está nada bien lo que estás haciendo, Amín. Si vieras el aspecto que tienes…

– ¿Estoy haciendo algo malo o qué? ¿Dime en qué estoy faltando?… Por si quieres saberlo, tus colegas se han portado fatal. Son unos racistas. Fue el otro el que empezó, pero como no tengo la cara adecuada… No por salir de una comisaría hay que reprenderme. Ya tengo bastante por hoy. Ahora sólo quiero regresar a mi hotel. ¡Joder, tampoco estoy pidiendo la luna! ¿Qué hay de malo en querer estar solo?

– Nada -dice Naveed poniéndome la mano sobre el pecho para impedirme avanzar-. Salvo que puedes perjudicarte aislándote. Tienes que sobreponerte, por Dios. Estás desbarrando. Y estás equivocado si piensas que estás solo. Todavía te quedan amigos con quienes puedes contar.

– ¿Yo puedo contar contigo?

Mi pregunta lo sorprende.

Aparta los brazos y dice:

– Por supuesto.

Lo miro de hito en hito. No aparta la mirada aunque se le estremece una fibra en lo alto del pómulo.

– Quiero ir al otro lado del espejo -mascullo-, al otro lado del Muro.

Frunce el ceño y se inclina para mirarme de cerca.

– ¿A Palestina?

– Sí.

Esboza una mueca y se vuelve hacia los policías que nos observan de reojo.

– Creía que habías solucionado ese problema.

– Yo también lo creía.

– ¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?

– Digamos que es un asunto de honor.

– El tuyo está intacto, Amín. No podemos culparnos del daño que nos infligen, sino sólo del que infligimos a los demás.

– Resulta difícil tragarse eso.

– Nadie te obliga.

– Ahí es donde te equivocas.

Naveed se sujeta el mentón entre el índice y el pulgar y me mira encogiendo las cejas. No me imagina en Palestina con mi depresión a cuestas y busca una manera sutil de disuadirme.

– No creo que sea una buena idea -dice ya sin argumentos.

– No se me ocurre otra.

– ¿Dónde quieres ir exactamente?

– A Yenín.

– La ciudad está en estado de sitio -me previene.

– Yo también… No has contestado a mi pregunta. ¿Puedo contar contigo?

– Supongo que nada te hará recapacitar.

– ¿De qué me hablas?… ¿Puedo contar contigo, sí o no?

Se siente a la vez molesto y afligido.

Rebusco en mis bolsillos, doy con un paquete de tabaco arrugado, saco un pitillo y me lo llevo a los labios. Me doy cuenta de que me he quedado sin mechero.

– No tengo fuego -se excusa Naveed-. Deberías dejar de fumar.

– ¿Puedo contar contigo?

– No veo cómo. Te vas a meter en un campo de minas donde no tengo el menor poder y donde mi baraka no tiene curso legal. Ignoro lo que pretendes demostrar. Allí no se te ha perdido nada. Disparan por doquier, y las balas perdidas hacen más daño que los enfrentamientos. Te aviso, Belén es un puerto de recreo comparado con Yenín.

Se da cuenta de su metedura de pata e intenta sin éxito enmendarla. Su última frase estalla dentro de mí como un petardo. Mi nuez me golpea secamente el gaznate cuando le espeto:

– Kim me prometió no decir nada, y siempre cumple su palabra. Si no ha sido ella, ¿cómo sabes que he estado en Belén?

Naveed siente fastidio, pero su rostro no lo refleja.

– ¿Qué habrías hecho en mi lugar? -dice exasperado-. La mujer de mi mejor amigo es una kamikaze, y nos ha pillado a todos por sorpresa, a su marido, a sus vecinos y a sus amistades. Estás en tu derecho de saber cómo y por qué, pero también es mi deber.

No me lo puedo creer.

Me estremezco de indignación.

– ¿Será posible? -suelto.

Naveed intenta acercarse a mí. Levanto las manos para suplicarle que se quede donde está, me meto por la primera callejuela y desaparezco en la noche.


XIV

<p>XIV</p>

En Yenín parece que la razón se ha roto los dientes y se niega a ponerse una prótesis que le devuelva la sonrisa. De hecho, aquí nadie sonríe. El buen humor de antaño ha plegado velas desde que las mortajas y los estandartes ondean al viento.

– Y eso que no has visto nada -me dice Yamil, como si leyese mis pensamientos-. El infierno es un hospicio comparado con lo que ocurre aquí.

Sin embargo, he visto cosas desde que pasé al otro lado del Muro: aldeas sitiadas, controles en cada cruce, carreteras plagadas de vehículos carbonizados, fulminados por los aviones teledirigidos, cohortes de damnificados esperando que los cacheen, tratados a empellones y a menudo rechazados, reclutas imberbes perdiendo la paciencia y golpeando sin distinción, mujeres oponiendo a los culatazos sus manos magulladas, jeeps cruzando las llanuras y otros escoltando a colonos judíos hasta su lugar de trabajo como si fuera un campo de minas…

– Hace una semana -añade Yamil- esto era el fin del mundo. ¿Has visto ya tanques responder a las hondas, Amín? Pues en Yenín, los tanques abrieron fuego contra críos que les lanzaban piedras. Goliat pateaba a David por todas las esquinas.

Yo andaba lejos de imaginar que la descomposición estuviera tan avanzada y que quedara tan poco espacio para la esperanza. No ignoraba la animadversión que alentaba las almas en ambos bandos, el empecinamiento de los beligerantes negándose a entenderse y prestando sólo oídos a su rencor asesino, pero comprobar con mis propios ojos esa situación insostenible me traumatiza. En Tel Aviv vivía en otro planeta. Mis anteojeras me ocultaban lo esencial del drama que corroe mi país; los honores que me rendían enmascaraban el verdadero tenor de los horrores que están a punto de convertir la tierra bendecida por Dios en un inextricable estercolero donde los valores fundacionales de la Humanidad se pudren, destripados, donde los inciensos huelen igual de mal que las promesas incumplidas, donde el fantasma de los profetas se cubre la cara durante cada oración ahogada por los culatazos y las voces de mando.

– No podemos ir más allá -me avisa Yamil-. Estamos prácticamente en la línea de demarcación. A partir del patio destrozado que tienes a tu izquierda empieza la galería de tiro.

Me enseña un montón de pedruscos ennegrecidos.

– Dos traidores fueron ejecutados por la Yihad Islámica el viernes pasado. Ahí expusieron sus cuerpos; estaban hinchados como globos.

Miro a mi alrededor. Parece que el barrio ha sido evacuado. Sólo un equipo de televisión extranjero filma los escombros, custodiado de cerca por guías armados. Un todoterreno, erizado de kalashnikovs, surge de no se sabe dónde, sale disparado y desaparece tras una curva con un tremendo chirrido de neumáticos. La nube de polvo que deja tras de sí tarda en disiparse.

Se oyen disparos cercanos, y luego una calma total, frustrante.

Yamil da marcha atrás hasta una rotonda, escruta una calle silenciosa, calcula los pros y los contras y decide no correr riesgos inútiles.

– Esto es mala señal -dice-. No veo a milicianos de las brigadas de al-Aqsa. Normalmente siempre hay tres o cuatro por aquí para orientarnos. Si no hay nadie, es que se está preparando una emboscada.

– ¿Dónde vive tu hermano?

– A unos cientos de metros de esta mezquita. Justo detrás de los tejados reventados que ves a la derecha. Pero para llegar hasta allí hay que cruzar el barrio, y está infestado de tiradores. Ya hemos pasado lo peor, pero sigue habiendo follón por aquí. Los soldados de Sharon ocupan buena parte de la ciudad y controlan sus principales accesos. Ni siquiera nos dejarán acercarnos, por lo de los coches bomba. En cuanto a nuestros milicianos, están desquiciados y disparan antes de pedir la documentación. No hemos elegido un buen día para visitar a Jalil.

– ¿Qué propones?

Yamil se pasa la lengua por sus labios azulados.

– No sé. Esto no estaba previsto.

Retrocedemos hasta la rotonda, nos cruzamos con dos vehículos de la Cruz Roja y los seguimos a distancia. Una granada estalla a lo lejos, y luego otra. Un par de helicópteros zumban en el cielo polvoriento con los cohetes apuntando. Proseguimos con cuidado tras las dos ambulancias. Hay manzanas enteras arrasadas por los tanques y bulldozers, cuando no dinamitadas. En su lugar se despliegan espantosos descampados invadidos por escombros y chatarra artrítica donde colonias de ratas acampan en espera de consolidar su imperio. Las hileras de ruinas dan una idea de las calles de antaño, hoy reducidas al silencio, exhibiendo ante el mundo sus tullidas fachadas y sus pintadas, aún más incisivas que las grietas. Y, por todas partes, a la vuelta de un vertedero, en medio de los esqueletos de coches aplastados por los tanques, entre las empalizadas acribilladas por la metralla, en las sufridas placetas… por todas partes, el sentimiento de estar reviviendo horrores que parecían abolidos a lo que se añade: la práctica seguridad de que estamos tan unidos a nuestros viejos demonios que no hay poseso que quiera quitárselos de encima.

Las dos ambulancias cruzan un campo poblado por espectros despavoridos.

– Los supervivientes -me explica Yamil-. Vivían en esas casas arrasadas y ahora se repliegan hacia acá.

No digo nada. Estoy espantado; y me tiembla la mano cuando cojo mi paquete de tabaco.

– ¿Me das uno?

Las ambulancias se detienen frente a un edificio ante el cual unas madres se impacientan, con sus críos agarrados a sus faldas. Los conductores salen, abren las portezuelas y van sacando y distribuyendo víveres, lo cual produce un ligero bullicio.

Yamil consigue colarse por un rosario de atajos y da media vuelta cada vez que un disparo o una silueta sospechosa nos hiela la sangre.

Por fin llegamos a barrios relativamente tranquilos. Unos milicianos en traje de faena y otros encapuchados andan ajetreados aquí y allá. Yamil me explica que debe dejar el coche en un garaje y que, a partir de ahora, sólo podemos contar con la fuerza de nuestras pantorrillas.

Subimos interminables callejuelas abarrotadas de gente enojada antes de llegar al cuchitril donde vive Jalil.

Yamil aporrea la puerta varias veces, pero no hay respuesta.

Un vecino nos informa de que Jalil y su familia se han ido hace unas horas a Nablús.

– ¡Menuda faena! -exclama Yamil-. ¿Ha dicho exactamente a qué lugar de Nablús?

– No ha dejado dirección… ¿Sabía que venías?

– ¡No he podido hablar con él! -suelta Yamil, furioso de haber recorrido todo este camino para nada-. Yenín está aislado del mundo… ¿Puedo saber por qué se ha ido a Nablús?

– Pues… se ha ido y ya está. ¿Qué quieres que haga aquí? No hay agua corriente ni electricidad. Ya no hay nada para comer y no se puede dormir ni de día ni de noche. Si yo tuviera a un familiar capaz de sacarme de aquí, habría hecho lo mismo.

Yamil me pide otro cigarrillo.

– ¡Qué mala pata! -grita encolerizado-. No conozco a nadie en Nablús.

El vecino nos invita a entrar en su casa para que descansemos.

– No, gracias -le digo-. Tenemos prisa.

Yamil intenta reflexionar, pero su decepción se lo impide. Se acuclilla delante de la casa de su hermano y fuma nerviosamente con las mandíbulas crispadas.

Se levanta de un bote.

– ¿Qué hacemos? -pregunta-. Yo no puedo quedarme por aquí. Tengo que regresar a Ramala para devolver el coche a su dueño.

Tampoco yo sé qué hacer. Jalil era mi única referencia. Las últimas noticias eran que Adel se alojaba en su casa. Esperaba que me llevara hasta él.

Jalil, Yamil y yo somos primos. No conozco bien al primero, que me lleva diez años, pero Yamil y yo nos tratamos mucho en la adolescencia. Últimamente no nos vemos tanto por la incompatibilidad de nuestras profesiones, yo cirujano en Tel Aviv y él transportista en Ramala; pero cuando estaba de paso por mi zona, no dejaba de hacernos una visita. Es un buen padre de familia, afectuoso y desinteresado. Me tiene aprecio y conserva de nuestra vieja complicidad un indefectible afecto. Cuando le anuncié que llegaba, pidió de inmediato un permiso a su jefe para estar conmigo. Sabe lo de Sihem. Yaser le contó mi agitada estancia en Belén y sus sospechas de que pudiese estar siendo manipulado por los servicios secretos israelíes. Yamil no le hizo el menor caso. Me amenazó con retirarme el saludo si me alojaba en cualquier casa que no fuera la suya.

Pasé dos noches en Ramala por culpa de mi coche, que un mecánico no ha conseguido reparar. Yamil tuvo que pedir el suyo a otro primo con la promesa de devolvérselo antes del anochecer. Esperaba poder dejarme en casa de su hermano Jalil y regresar de inmediato.

– ¿Hay un hotel? -pregunto al vecino.

– Claro, pero con tantos periodistas está todo lleno. Si quieren esperar a Jalil en mi casa, no me molesta. Siempre hay una cama disponible en casa del buen creyente.

– Gracias -le digo-, nos las arreglaremos.

Encontramos una habitación libre en una especie de hostal, no lejos de la casa de Jalil. El recepcionista me ruega que pague por adelantado antes de acompañarme al segundo piso para enseñarme un cuchitril con una cama desvencijada, una mesilla de noche rudimentaria y una silla metálica. Me señala el aseo al final del pasillo, una salida de emergencia por si las moscas y me abandona a mi suerte. Yamil se ha quedado en el vestíbulo. Dejo mi bolsa sobre la silla y abro la ventana, que da al centro de la ciudad. Muy lejos, pandillas de chavales lapidan tanques israelíes antes de dispersarse bajo los disparos de los soldados; las bombas lacrimógenas esparcen su humo blanquecino en las callejuelas polvorientas; se forma un corro alrededor de un cuerpo que acaba de caer fulminado… Cierro la ventana y regreso junto a Yamil en la planta baja. Dos periodistas desaliñados duermen en un sofá, con su equipo desplegado alrededor. El recepcionista nos informa de que hay un pequeño bar al fondo a la derecha, por si queremos picar algo o beber. Yamil me pide permiso para regresar a Ramala.

– Volveré a pasar por casa de Jalil y para dejarle al vecino la dirección del hotel; así podrá avisarte cuando regrese mi hermano.

– Perfecto. No salgo del hotel. Además, no veo por dónde se puede estirar las piernas aquí.

– Tienes razón, quédate tranquilamente en tu habitación hasta que vengan a buscarte. Jalil volverá seguramente hoy, o mañana a más tardar. Nunca deja la casa vacía.

Me da un abrazo.

– No cometas imprudencias, Amín.

Cuando Yamil se va, me meto en el bar a fumarme unos cuantos pitillos con un café. Llegan unos adolescentes armados, con un pañuelo verde ceñido a la cabeza y chaleco antibalas. Se sientan en un rincón y tras ellos acude un equipo de la televisión francesa. El miliciano más joven me explica que se trata de una entrevista y me invita amablemente a largarme.

Subo a mi habitación y abro la ventana para contemplar la batalla campal. Se me encoge el corazón ante el espectáculo que tengo ante mí… Yenín… Era la gran ciudad de mi infancia. Como las tierras tribales se encontraban a unos treinta kilómetros de aquí, a menudo acompañaba a mi padre cuando iba a la ciudad a vender sus lienzos a marchantes de poco fiar. Por entonces, Yenín me resultaba tan misteriosa como Babilonia, y me complacía confundir sus esteras con alfombras voladoras. Más tarde, cuando la pubertad hizo que me fijara en el meneo de caderas de las mujeres, aprendí a venir solo por aquí. Yenín era un pueblo de ensueño para cualquier joven espabilado, con sus pretensiones de gran ciudad, su permanente barullo que recordaba un zoco en día de ramadán, sus tiendas como cuevas de Alí Baba repletas de baratijas empeñadas en minimizar la sombra de las penurias, sus callejuelas perfumadas donde los chavales parecían príncipes descalzos; pero también ese lado pintoresco que en otros tiempos fascinó a los peregrinos, el olor de su pan, que no he podido recuperar en ninguna otra parte, y su talante, que ha conservado a pesar de tantos infortunios… ¿Dónde han ido a parar esos detalles que constituían su encanto y su sello, que hacían que el pudor de las chicas fuera tan mortal como su descaro y que convertía a unos ancianos de carácter imposible en seres venerables? El reino del absurdo ha arrasado hasta la alegría de los niños. Una insana grisura lo ha invadido todo. Esto parece un ala abandonada del limbo, habitada por almas ajadas, seres rotos, medio espectros y medio malditos, presos en sus vicisitudes como las moscas en el barniz, con la cara estragada y los ojos en blanco, vueltos hacia la noche, y tan desdichados que ni el gran sol de As-Samirah consigue iluminarlos.

Yenín ya sólo es una ciudad catastrófica, un inmenso estropicio; parece estar agonizando, más insondable que la sonrisa de sus mártires cuyos retratos presiden todas las esquinas. Desfigurada por las múltiples incursiones del ejército israelí, puesta en la picota y resucitada una y otra vez para que el horror se prolongue, yace en medio de sus maldiciones, extenuada y privada de sus hechizos…

Llaman a la puerta.

Me despierto. La habitación está sumida en la oscuridad. Mi reloj señala las seis de la tarde.

– Señor Jaafari, tiene visita -me anuncian desde el otro lado de la puerta.

Un chico me espera en recepción, vestido con ropa ceñida de colores fuertes. Debe rondar los dieciocho años, pero simula ser mayor. Su rostro de rasgos finos está ribeteado de pelos alocados a modo de barba.

– Me llamo Abú Damar -se presenta doctamente-. Es mi apodo. Soy de fiar. Jalil me envía para recogerte.

Me abraza al estilo muyahid.

Lo sigo por un barrio efervescente donde las aceras están ocultas bajo los escombros. La zona ha debido de ser evacuada hace poco por las tropas israelíes porque la calzada conserva la mordedura de los vehículos oruga como un ajusticiado las señales aún frescas de su calvario. Una piara de mocosos nos adelanta al galope y se adentra vociferando por una callejuela.

Mi guía va demasiado deprisa para mí y de cuando en cuando se ve obligado a detenerse para esperarme.

– Éste no es el camino -le señalo.

– Está anocheciendo -me explica-. Algunos sectores están prohibidos de noche. Para evitar errores. En Yenín somos muy disciplinados. Observamos las reglas al dedillo. Si no fuera así, no aguantaríamos.

Me mira de frente y añade:

– Mientras estés conmigo, no corres ningún riesgo. Éste es mi sector. Dentro de un año o dos yo mandaré aquí.

Llegamos a un oscuro callejón sin salida. Una silueta armada monta guardia ante un portillo. El chico me empuja hacia ella.

– Es nuestro doctor -dice, orgulloso por el cumplimiento de su misión.

– Muy bien, chico -contesta el centinela-. Ahora vuelve a tu casa y olvídanos.

El chico queda un tanto desconcertado por el tono perentorio del centinela. Nos saluda y se pierde precipitadamente en la oscuridad.

El hombre me pide que lo siga hasta un patio donde dos milicianos bruñen sus armas a la luz de una antorcha. Un hombre alto vestido con chaqueta de paracaidista se halla en el umbral de una sala atestada de literas y de sacos de dormir. Es el jefe. Tiene la cara moteada de manchas y los ojos incandescentes, y no parece encantado de verme.

– ¿Conque quieres vengarte, doctor? -me lanza a quemarropa.

Aturdido, tardo un instante en recuperar el sentido.

– ¿Qué?

– Has oído perfectamente -replica metiéndome en una habitación oculta-. Te manda el Shin Beth para que des una patada al hormiguero y salgamos de nuestros agujeros mientras nos esperan con sus cohetes.

– No es cierto.

– Cierra el pico -me amenaza lanzándome contra una pared-. Llevamos una buena temporada vigilándote. Tu estancia en Belén fue sonada. ¿Qué pretendes exactamente, acabar degollado en un arroyo o ahorcado en una plaza?

De repente, aquel hombre me produce un terror negro.

Me hunde el cañón de su pistola en el costado y me obliga a arrodillarme. Un miliciano que no he visto al entrar me esposa las manos tras la espalda, sin ninguna brutalidad, como si se tratara de un ejercicio. Estoy tan sorprendido por el cariz que van tomando las cosas y la facilidad con que he caído en la trampa que me cuesta creer lo que me está ocurriendo.

El hombre se acuclilla para verme de cerca:

– Última parada, doctor. Hay que apearse. No debiste apretar tanto, porque aquí no tenemos paciencia con los cabrones y no consentimos que nos jodan la existencia.

– He venido a ver a Jalil. Es mi primo.

– Jalil se largó nada más enterarse de tu visita. No está loco. ¿Acaso no te percatas del follón que montaste en Belén? Por tu culpa, el imán de la Gran Mezquita ha tenido que mudarse. Nos hemos visto obligados a anular todas las operaciones allí hasta que comprobemos si nuestras redes han sido localizadas. Ignoro por qué Abú Mukaúm aceptó recibirte, pero fue una mala iniciativa. Él también se ha mudado después de eso. ¿Y ahora vienes a Yenín a seguir montándola?

– No me están manipulando.

– ¿No me digas?… Te detienen tras el atentado cometido por tu mujer y te sueltan tres días después; dejan que te marches sin más, sin denuncia ni juicio. Por poco te piden perdón por las molestias. ¿Por qué? ¿Por tu cara bonita? Bueno, dan ganas de creerlo, pero es que jamás ha ocurrido nada semejante. Jamás el Shin Beth ha soltado a un rehén sin que éste haya vendido previamente su alma al diablo.

– Se equivoca usted…

Me agarra por las mandíbulas y aprieta para que mantenga la boca abierta.

– El señor doctor está enfadado con nosotros. Su mujer ha muerto por nuestra culpa. Estaba tan a gusto en su jaula de oro, ¿no es así? Comía bien, dormía bien, lo pasaba bien. Lo tenía todo. Y mira por dónde una pandilla de tarados la arranca de su felicidad para mandarla -¿cómo decías?- al matadero. El señor doctor vive junto a una guerra pero no quiere oír hablar de ella. Y opina que tampoco su mujer tenía por qué preocuparse… Pues bien, el señor doctor se equivoca.

– Me soltaron porque no tuve nada que ver con el atentado. Nadie me ha reclutado. Sólo quiero entender lo que ha ocurrido. Por eso busco a Adel.

– Pues es fácil entenderlo. Estamos en guerra. Unos han tomado las armas y otros se rascan la barriga. Otros incluso hacen su agosto en nombre de la Causa. Así es la vida; nada que objetar mientras nadie saque los pies del tiesto. Las cosas se complican cuando aquellos que se lo montan bien van a sermonear a aquellos que están con la mierda al cuello… Tu mujer eligió su bando. La felicidad que le ofrecías olía a podrido. Le producía repugnancia, ¿entiendes? No la quería. No soportaba seguir calentándose al sol mientras su pueblo reventaba bajo el yugo sionista. ¿Hay que dibujártelo para que lo entiendas o es que te niegas a encarar la realidad?

Se yergue, temblando de rabia, me empuja con la rodilla contra la pared, sale y me encierra con llave.

Unas horas después, amordazado y con los ojos vendados, me introducen en el maletero de un coche. Creo que ha llegado mi hora. Van a llevarme a un descampado y ejecutarme. Lo que más me molesta es la docilidad con que me dejo llevar. Hasta un cordero habría opuesto más resistencia. Al cerrarse sobre mí, la tapa del maletero acaba con la escasa autoestima que me quedaba al tiempo que me sustrae al resto del mundo. Todo este camino recorrido, una carrera tan estupenda, para acabar en el maletero de un coche como un vulgar petate. ¿Cómo he podido caer tan bajo? ¿Cómo puedo tolerar que me traten así sin mover siquiera un dedo? Un sentimiento de rabia y de impotencia me remite a un pasado lejano. Recuerdo una mañana en que, llevándome en carreta a que me viera un sacamuelas, el abuelo se salió de una rodada y atropelló a un mulero. Éste se levantó y empezó a insultarlo brutalmente. Esperaba que al patriarca le entrara una de esas iras homéricas que hacían temblar a los recalcitrantes de la tribu, y cuál fue mi pesar cuando vi que mi centauro, el ser que reverenciaba hasta confundirlo con una divinidad, se limitaba a deshacerse en excusas y a recoger su kefia, que el otro le arrancaba de las manos y la tiraba al suelo. Me sentí tan triste que hasta la caries dejó de dolerme. Tenía siete u ocho años. No quería admitir que el abuelo aceptase que lo humillasen de tal modo. Indignado e impotente, me encogía ante cada grito del mulero. No podía dejar de mirar a mi ídolo achicándose, del mismo modo que un capitán mira cómo su barco se hunde… He sentido exactamente la misma pena cuando la tapa del maletero me ha eclipsado. Me da tanta vergüenza estar pasando por tamañas ofensas sin rechistar que hasta la suerte que me espera me resulta indiferente. Ya no soy nada.


XV

<p>XV</p>

Me encierran en un sótano opaco, sin tragaluz ni luz eléctrica.

– No es un cinco estrellas -me dice el hombre con chaqueta de paracaidista-, pero el servicio es impecable. No intentes pasarte de listo porque no tienes posibilidad de huir de aquí. Si por mí fuera, ya estarías oliendo mal. Desgraciadamente, tengo superiores, y éstos no comparten siempre mis estados de ánimo.

El corazón casi se me detiene cuando cierra la puerta tras él.

Me abrazo a mis rodillas y me quedo quieto.

Me vienen a buscar al día siguiente. Esposado, la cabeza metida en una bolsa y amordazado, me veo de nuevo en el maletero de un coche. Tras un largo trayecto plagado de baches, me echan al suelo. Me ponen de rodillas y me retiran la bolsa. Lo primero que me encuentro delante es un pedrusco manchado con grumos de sangre y acribillado con muescas de balas. Aquí, la muerte apesta. Han debido de ejecutar a bastante gente. Alguien me pone un cañón de fusil en la sien. «Sé que ignoras dónde se encuentra la Qaâba -me dice-, pero nunca está de más una oración.» El escozor del metal me corroe de pies a cabeza. No tengo miedo, aunque tiemblo tanto que los dientes me castañetean. Cierro los ojos, recojo los retazos de dignidad que me quedan y espero que acaben conmigo… El chisporroteo de un walkie-talkie me salva in extremis; ordenan a mis verdugos que aplacen su sucio trabajo y que me devuelvan al lugar de detención.

De nuevo la oscuridad, salvo que esta vez estoy solo en el mundo, sin sombra protectora ni recuerdos, excepto ese nauseabundo terror en las tripas y la huella del cañón contra mi sien.

Vuelven a sacarme al día siguiente. Al final del paseo, el mismo pedrusco manchado, la misma escenificación, el mismo chisporroteo de walkie-talkie. Me doy cuenta de que se trata de un vulgar simulacro de ejecución para que me hunda.

Luego dejan de molestarme.

Seis días con sus noches encerrado en una ratonera pestilente, acosado por pulgas y cucarachas, alimentándome de sopa fría y limándome las vértebras sobre un camastro duro como una lápida sepulcral.

Esperaba interrogatorios duros, sesiones de tortura o cosas de ese tipo, pero nada de eso. Adolescentes enardecidos, con sus metralletas en ristre como si fueran trofeos, se encargan de mi vigilancia. Sólo una vez me traen de comer, sin dirigirme la palabra, ignorándome olímpicamente.

Al séptimo día, me hace una visita un jefe bien escoltado. Es un joven de unos treinta años, más bien endeble, con el rostro afilado y quemado por un lado y ojos de un blanco dudoso. Viste un traje de faena deslavazado y lleva el kalashnikov en bandolera.

Espera que me levante, me pone un revólver en la mano y retrocede dos pasos.

– Está cargado, doctor, mátame.

Dejo la pistola sobre el suelo.

– Mátame, estás en tu derecho. Luego podrás regresar a tu casa y pasar página definitivamente. Aquí nadie te va a tocar un solo pelo.

Se acerca y me vuelve a poner el revólver en la mano.

Me niego a cogerlo.

– ¿Objetor de conciencia? -me pregunta.

– Cirujano -contesto.

Se encoge de hombros, coloca el revólver bajo su cinturón y me confía:

– No sé si lo he conseguido, doctor, pero he querido que vivieras física y mentalmente el odio que nos corroe. He pedido un informe detallado sobre ti. Dicen que eres un hombre honrado, un humanista que no tiene motivos para querer perjudicar a nadie. Así pues, me resultaba difícil hacerme entender sin bajarte de tu pedestal social y arrastrarte por el fango. Ahora que has rozado con la punta de los dedos las asquerosidades de las que tu éxito profesional te eximía, tengo alguna posibilidad de que me entiendas. La vida me ha enseñado que se puede vivir de amor y agua pura, de migajas y de promesas, pero que nunca se recupera uno del todo de las afrentas. Y sólo he vivido afrentas desde que nací. De día y de noche, afrentas durante toda la vida.

Amaga un gesto con la mano. Un miliciano suelta una bolsa a mis pies.

– Te he traído ropa nueva. La he pagado de mi bolsillo.

No sé qué pretende.

– Eres libre, doctor. Querías ver a Adel; pues te está esperando fuera, en un coche. Tu tío abuelo desea recibirte en casa del patriarca. Si no te apetece, no pasa nada. Le diremos que tenías otros compromisos. Te hemos preparado un baño y una buena comida, si te parece bien.

Me mantengo sobre aviso, sin moverme.

El jefe se agacha, abre la bolsa y, para demostrarme su buena fe, me enseña la ropa y un par de zapatos.

– ¿Cómo has pasado estos seis días en este sótano apestoso? -me pregunta irguiéndose y apoyando sus manos en las caderas-. Espero que hayas aprendido a odiar; si no, esta experiencia no habrá servido de nada. Te he mandado encerrar aquí para que descubras el odio y te aficiones a él. No te he humillado para cubrir el expediente. No me gusta humillar. Yo lo he sido y sé de qué va. Se puede esperar lo peor de un amor propio escarnecido. Sobre todo cuando constatas que no conoces los límites de tu propia dignidad, cuando eres impotente. Creo que es en ese preciso lugar donde se ubica la mejor escuela del odio. Se aprende a odiar de verdad cuando se es consciente de la propia impotencia. Es un momento trágico, el más atroz y abominable de todos.

Me agarra por los hombros con brusquedad.

– He querido que comprendas por qué hemos tomado las armas, doctor Jaafari, por qué esos chavales se abalanzan sobre los tanques como si fueran bomboneras, por qué nuestros cementerios están repletos, por qué quiero morir empuñando un arma… por qué tu esposa se voló con una bomba en un restaurante. No hay peor cataclismo que la humillación. Es una desgracia inconmensurable, doctor. Le quita a uno las ganas de vivir. Y mientras llega el momento de entregar el alma, no piensa uno más que en una cosa: ¿cómo morir con dignidad tras haber vivido miserable, ciego y desnudo?

Se da cuenta de que me está haciendo daño con sus dedos y retira la mano.

– Nadie se alista en nuestras brigadas por gusto, doctor. Todos los chicos que has visto, usen hondas o lanzagranadas, odian la guerra como el que más. Porque a diario cae uno de ellos en la flor de la vida por un disparo enemigo. Ellos también quisieran gozar de una posición honrosa, ser cirujanos, ídolos musicales, actores de cine, conducir cochazos y vivir un sueño todas las noches. El problema es que se les niega ese sueño, doctor. Se pretende aparcarlos en guetos hasta que se confundan con él. Por eso prefieren morir. Cuando se da calabazas a los sueños, la muerte es la única salvación que queda… Sihem lo comprendió, doctor. Debes respetar su decisión y dejarla descansar en paz.

Antes de retirarse, añade:

– La locura humana tiene dos puntos álgidos: el momento en que se es consciente de la propia impotencia y aquel en que se es consciente de la vulnerabilidad de los demás. Se trata de asumir la propia locura, doctor, o de padecerla.

Se da la vuelta y se va, seguido por sus lugartenientes.

Me quedo de pie en medio de la celda, frente a la puerta abierta a un patio deslumbrante de luz. El reflejo de los rayos del sol me penetra hasta el cerebro. Arrancan varios coches; luego reina el silencio. Me parece estar soñando, no me atrevo a pellizcarme. ¿Será otro simulacro?

Una silueta se planta ante la puerta. Lo reconozco de inmediato: fornido, regordete, caído de hombros, piernas cortas y levemente arqueadas; es Adel. No sé por qué, al verlo llegar a mi noche oscura, un sollozo me estremece de pies a cabeza.

– ¿Ammu? -pregunta con voz estragada.

Avanza hacia mí, despacio, como si se estuviera adentrando en la madriguera de un oso.

– ¿Tito? Soy yo, Adel… Me han dicho que andas buscándome, así que he venido.

– Pues has tardado un rato.

– No estaba en Yenín. Zakaria no me dio la orden de regresar hasta anoche. Hace menos de una hora que he llegado. No sabía que se trataba de ti. ¿Qué ocurre, ammu?

– No me llames «tito». Ha llovido mucho desde que venías a mi casa y te trataba como a un hijo.

– Ya veo -dice agachando la cabeza.

– ¿Qué puedes ver tú, que ni siquiera tienes veinticinco años? Mira lo que has hecho de mí.

– Yo no tengo la culpa. Nadie tiene la culpa. Yo no quería que se convirtiera en bomba humana, pero estaba decidida. Hasta el imán Marwan intentó disuadirla. Dijo que era palestina por los cuatro costados y que no veía por qué tenían que hacer otros lo que ella debía hacer. Te juro que no había manera de hacerla desistir. Le dijimos que nos era más útil viva que muerta. En Tel Aviv nos ayudaba mucho. Nuestras principales reuniones se organizaban en tu casa. Nos disfrazábamos de fontaneros o de electricistas y llegábamos con nuestros equipos, en furgonetas de servicio para no levantar sospechas. Sihem puso su cuenta bancaria a nuestra disposición, y allí ingresábamos el dinero de la Causa. Era clave en nuestra célula de Tel Aviv…

– Y Nazaret…

– Sí, Nazaret también -dice sin inmutarse.

– ¿Y dónde os reuníais en Nazaret?

– En Nazaret no había reuniones. Allí nos veíamos para la colecta. Una vez que habíamos visitado a nuestros benefactores, Sihem se encargaba de llevar el dinero a Tel Aviv.

– ¿Eso es todo?

– Eso es todo.

– ¿De verdad?…

– ¿Qué quieres decir?…

– ¿Qué tipo de relaciones manteníais?

– Militante.

– Sólo militante… Se ve que la Causa da para mucho.

Adel se rasca la coronilla, no se sabe si por perplejidad o porque se siente acorralado. La luz a sus espaldas me oculta la expresión de su rostro.

– Abbas no opina lo mismo -le digo.

– ¿Quién es?

– El tío de Sihem. El que quería romperte la cabeza con un pico, en Kafr Kanna.

– ¡Ah, el chalado!

– Está perfectamente cuerdo. Sabe muy bien lo que hace y lo que dice… Os ha visto a ambos andar a hurtadillas.

– ¿Y qué?

– Dice que hay comportamientos que no engañan.

En este preciso instante, me importan un pito las guerras, las buenas causas, el cielo y la tierra, los mártires y sus monumentos. Ya es un milagro que me mantenga de pie. Mi corazón late como un descosido en mi pecho; tengo las tripas encharcadas en el jugo corrosivo de su propia descomposición. Mis palabras se adelantan a mi congoja, salen escupidas del fondo de mi ser como si fueran pavesas incendiarias. Tengo miedo de cada palabra que se me escapa, miedo de que se vuelva contra mí como un bumerán, cargada con algo que me aniquilaría en el acto. Pero la necesidad de saber a qué atenerme puede con todo. Siento que estoy jugando a la ruleta rusa, que mi destino me importa poco, pues ha llegado la hora de la verdad, la definitiva. Me da igual saber a partir de qué momento Sihem cayó en la militancia suicida, si tuve alguna culpa o contribuí de un modo u otro a su ruina. Todo eso ha quedado relegado a un segundo plano. Lo que ante todo quiero saber, lo que para mí es lo más importante del mundo, es si Sihem me engañaba.

Adel acaba adivinando. Se indigna.

– ¿Qué pretendes decirme? -pregunta sofocado-. No, no puede ser… ¿Pero esto qué es?… ¿Estás insinuando que?… ¡No puede ser! ¿Cómo te atreves?

– No tuvo empacho en ocultarme lo que estaba maquinando.

– No es lo mismo.

– Es lo mismo. Cuando se miente, se engaña.

– Ella no te mintió. Te prohíbo…

– ¿Tú te atreves a prohibirme?…

– Sí, te lo prohíbo -grita saltando como un resorte-. No te permitiré que mancilles su memoria. Sihem era una mujer piadosa. Y no se puede engañar al marido sin ofender al Señor. No tiene sentido. Cuando se ha elegido entregar la vida a Dios es porque se ha renunciado a los asuntos terrenales, a todos sin excepción. Sihem era una santa. Un ángel. Me habría condenado con sólo mirarla más de la cuenta.

¡Y lo creo, Dios mío, vaya si lo creo! Sus palabras me libran de mis dudas, de mis sufrimientos, de mí mismo; me las bebo a manos llenas, me impregno de ellas. En mi cielo, los negros nubarrones desaparecen a velocidad de vértigo y dejan el espacio limpio. Una ráfaga de aire se precipita hacia mí y expulsa el hedor interno que me tenía apestado, devuelve a mi sangre un color menos repugnante, más luminoso. ¡Dios mío, estoy salvado! Ahora que la redención de la humanidad vuelve a ponerse a la altura de mi infinitesimal persona, ahora que mi honor está a salvo, mi pena y mi ira se aplacan y casi tengo la tentación de perdonarlo todo. Los ojos se me inundan de lágrimas, pero no permito que echen a perder esa hipotética reconciliación conmigo mismo, ese íntimo reencuentro que estoy festejando a solas en algún rincón de mi cuerpo y de mi alma. Todo esto es demasiado para un hombre herido, me flaquean las piernas y me derrumbo sobre el jergón con la cabeza entre las manos.

No estoy en condiciones de salir al patio. Es demasiado pronto. Prefiero seguir un rato en la celda, hasta que me recobre, hasta que me ubique dentro de este bombardeo sin fin de revelaciones. Adel se sienta a mi lado. Su brazo vacila un buen rato antes de rodearme el cuello, un gesto que me repugna y me revuelve todo entero, pero que no rechazo. ¿Será remordimiento o compasión? En ambos casos, no es lo que estoy esperando de él. ¿Puedo realmente esperar algo de un hombre como Adel? Me extrañaría. Tenemos una visión radicalmente distinta de lo que debemos esperar unos de otros. Para él, el paraíso está al final de la vida de un hombre; para mí, al alcance de la mano. Para él, Sihem era un ángel. Para mí, era mi mujer. Para él, los ángeles son eternos; para mí, mueren por culpa de nuestras heridas… No, apenas tenemos nada que decirnos. Ya es una suerte que perciba mi dolor. Sus sollozos me conmueven en lo más profundo de mi ser. Sin darme cuenta, y sin poder justificarlo, mi mano se me escapa y va a consolar la suya… Luego hablamos y hablamos como si quisiésemos conjurar cada fibra de nuestro cuerpo. Adel no venía a Tel Aviv por negocios, sino para alimentar financieramente la célula local de la Intifada. Aprovechaba mi notoriedad y mi hospitalidad para no levantar sospechas. Sihem descubrió por casualidad, oculta bajo una cama, una cartera que contenía documentos y una pistola. A su regreso, Adel se dio inmediatamente cuenta de que su escondite había sitio profanado. Pensó dar aviso y desaparecer. Pensó incluso en matar para no dejar pistas. Estaba precisamente dándole vueltas a un plan para provocar la «muerte accidental» de Sihem cuando entró en su habitación con un fajo de shekels en la mano. «Es para la Causa», le dijo. Adel tardó meses en otorgarle su confianza. Sihem quería ingresar en la resistencia clandestina. La célula la puso a prueba y ella se mostró muy convincente.

– ¿Por qué no me dijo nada?

– ¿Decirte qué? No podía decirte nada, no tenía derecho. Tampoco quería que alguien se interpusiera en su camino. Además, son compromisos que uno se calla. No se va pregonando por ahí juramentos secretos. Mi padre y mi madre creen que ando metido en negocios. Ambos esperan que me vuelva rico para desagraviarles de su miseria. Ignoran por completo mis actividades militantes. Y eso que también ellos son militantes. No vacilarían en dar su vida por Palestina… pero no su hijo, porque eso no es normal. Los hijos son la supervivencia de sus padres, su pedazo de eternidad… Quedarán desconsolados cuando se enteren de mi muerte. Soy plenamente consciente del enorme dolor que les voy a infligir, pero no será sino un dolor más en su historial. Con el tiempo, acabarán resignándose y perdonándome. El sacrificio no incumbe sólo a los demás. Si admitimos que los hijos de los demás mueran por los nuestros, debemos admitir que nuestros hijos mueran por los de los demás. Si no, no sería justo. Y ahí es donde no consigues seguirme, ammu. Sihem era mujer antes de ser tu mujer. Ha muerto por los demás…

– ¿Por qué ella?…

– ¿Por qué no ella? ¿Por qué quieres que Sihem quede al margen de la historia de su pueblo? ¿Acaso era mejor o peor que las mujeres que se habían sacrificado antes que ella? Este es el precio de la libertad…

– Lo era. Ella era libre. Lo tenía todo. Yo le daba todo lo que quería.

– La libertad no es un pasaporte que se te entrega oficialmente, ammu. Viajar por donde se quiere no es la libertad. Comer adecuadamente no significa triunfar. La libertad es una convicción profunda. Es la madre de todas las certidumbres. Y resulta que Sihem no estaba tan segura de merecerse la suerte que tenía. Vivíais bajo el mismo techo, gozabais de los mismos privilegios, pero no mirabais en la misma dirección. Sihem se sentía más cercana a su pueblo que a la idea que te hacías de ella. Quizá fuera feliz, pero no lo suficiente para parecerse a ti. No te reprochaba que te tomaras en serio los premios que te concedían, pero no era el tipo de felicidad que deseaba para ti, porque veía en ella algo de indecencia y de incongruencia. Es como encender una barbacoa en un terreno incendiado. Tú sólo veías la barbacoa y ella veía lo demás, la desolación circundante que tanto te fastidiaba. No era culpa tuya, aunque se negó a asumir por más tiempo tu daltonismo…

– No tenía la menor sospecha, Adel. Parecía tan feliz…

– Estabas tan empeñado en hacerla feliz que te negabas a ver lo que podía ensombrecer su felicidad. Sihem no quería ese tipo de felicidad. Le provocaba remordimientos de conciencia. Su única manera de exculparse era alistarse para la Causa. Es una opción lógica cuando perteneces a un pueblo que sufre. No existe la felicidad sin dignidad y no hay sueño posible sin libertad… El hecho de ser mujer no descalifica a la militante ni la exime. El hombre inventó la guerra. La mujer inventó la resistencia. Sihem era hija de un pueblo que resiste. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo… Quería merecer vivir, ammu, merecerse su reflejo en el espejo, merecerse reír a carcajadas, no sólo disfrutar de sus oportunidades. Yo también puedo meterme en negocios y enriquecerme más rápido que Onassis. ¿Pero cómo aceptar la ceguera a cambio de la felicidad, cómo darte la espalda a ti mismo sin enfrentarte a tu propia negación? No se puede regar con una mano la flor que se coge con la otra, ni se hace un favor a la rosa colocándola en un florero. Uno cree embellecer su salón y en realidad está desfigurando su jardín…

Tropiezo con la claridad de su lógica como una mosca con la transparencia de una ventana. Comprendo perfectamente su mensaje pero me resulta imposible acceder a él. Intento comprender el gesto de Sihem y no le encuentro sentido ni justificación. Cuanto más lo pienso, menos lo admito, ¿Cómo pudo llegar tan lejos? «Le puede ocurrir a cualquiera -reconocía Naveed-. O te cae sobre la cabeza como un ladrillo o se agarra a tus tripas como una solitaria. Y a partir de ese momento tu forma de ver el inundo cambia.» Sihem debía de arrastrar su odio desde siempre, desde mucho antes de conocerme. Creció junto a los oprimidos, huérfana y árabe en un mundo que no perdona lo uno ni lo otro. Ha debido doblegarse mucho, sin duda, como yo, salvo que ella jamás se recuperó. La carga de algunas concesiones pesa más que los años. Si llegó al extremo de ceñirse todo ese explosivo y de ir a la muerte con esa determinación, es porque su herida era tan lacerante y atroz que le avergonzaba enseñármela. La única manera de quitársela de encima era destruirse con ella, como un poseso que se lanza desde un acantilado para vencer su fragilidad y sus demonios. Sin duda, ocultaba admirablemente sus cicatrices. Quizá intentó maquillarlas, sin éxito. Bastó un mínimo resorte para despertar a la bestia que dormía agazapada en su interior. ¿Cuándo ocurrió? Adel no se lo preguntó. Quizá lo ignorara ella misma. Un atropello visto por la tele, un abuso en la calle, algún insulto. Cuando el odio se lleva dentro, con nada se desencadena lo irreparable… Adel habla, habla y fuma sin parar. Me doy cuenta de que ya no lo escucho. Ya no quiero oír más. El mundo del que me habla me disgusta. En él, la muerte es un fin en sí misma. Eso es demasiado para un médico. He sacado a tantos pacientes del más allá que he acabado creyéndome un dios. Y cuando un enfermo se me va de las manos en la mesa de operaciones, vuelvo a ser el mortal vulnerable y triste del que siempre he renegado. No me reconozco en lo que mata; mi vocación me sitúa en el lado de lo que salva. Soy cirujano. Y Adel me pide que acepte que la muerte se convierta en una ambición, en el mayor deseo, en una legitimidad. Me pide que asuma el gesto de mi esposa, o sea, exactamente lo que mi vocación de médico me prohíbe hasta en los casos más desesperados, hasta en la eutanasia. Esto no es lo que yo ando buscando. No quiero sentirme orgulloso de ser viudo, no quiero renunciar al feliz destino que me convirtió en marido y amante, en amo y esclavo, no quiero enterrar el sueño que me ha permitido vivir como jamás volveré a hacerlo.

Aparto la bolsa y me levanto.

– Vámonos, Adel.

Mi interrupción lo desconcierta, pero se levanta también.

– Tienes razón, ammu, no es el mejor lugar para hablar de estas cosas.

– No quiero hablar más de ellas. Ni aquí ni en ninguna parte.

Asiente.

– Tu tío abuelo Omr sabe que estás en Yenín. Quiere verte. No pasa nada si no tienes tiempo. Se lo explicaré.

– No hay nada que explicar, Adel. Jamás he renunciado a los míos.

– No quería decir eso.

– Sólo has pensado en voz alta.

Esquiva mi mirada.

– ¿No quieres comer algo antes, darte un baño?

– No. No quiero nada de tus amigos. No me gusta ni su cocina ni su higiene. Tampoco quiero su ropa -añado apartando aún más la bolsa-. Tengo que regresar a mi hotel para recuperar mis cosas, si es que no las han repartido ya entre los necesitados.

La luz del patio me deslumbra, pero el sol me sienta bien. No quedan milicianos. Sólo un joven sonriente de pie junto a un coche polvoriento.

– Es Wisam, el nieto de Omr -dice Adel.

El joven me salta al cuello y me aprieta con fuerza contra él. Al echarme hacia atrás para mirarlo, se oculta tras su sonrisa, incómodo por las lágrimas que inundan sus ojos. ¡Wisam! Lo conocí berreando en pañales, apenas más grande que un puño, y ahora me saca una cabeza; luce un bigote vistoso y tiene ya un pie en la tumba, a una edad en que cualquier rumbo que se tome resulta enternecedor, salvo el que él ha elegido. Me parte el alma ver la pistola medio oculta tras su cinturón.

– Primero lo llevas a su hotel -le ordena Adel-. Tiene que recuperar sus cosas. Si el recepcionista ha olvidado dónde han ido a parar, le refrescas la memoria.

– ¿No vienes con nosotros? -se extraña Wisam.

– No.

– Hace un rato sí pensabas venir.

– He cambiado de opinión.

– Vale, tú decides. Hasta mañana, quizá.

– Vete tú a saber.

Espero a que venga a abrazarme. Adel permanece en su sitio, con la nuca gacha y las manos en las caderas, removiendo una piedra con la punta de su zapato.

– Hasta pronto, pues -sigue diciendo Wisam.

Adel me echa una mirada sombría.

¡Qué mirada!

La misma que me echó Sihem la mañana en que la dejé en la estación de autocares.

– Lo siento de veras, ammu.

– Pues anda que yo…

No se atreve a acercarse. No le presto ayuda, no voy a buscarlo. No vaya a imaginarse lo que no es. Tiene que enterarse de que mi herida no tiene cura. Wisam me abre la puerta, espera que me instale y se pone al volante. El coche gira en redondo en el patio, roza casi a Adel, sumido en sus pensamientos, y alcanza la calle. Tengo ganas de ver una vez más esa mirada, de auscultarla, pero no me doy la vuelta. Más abajo, la calzada se ramifica en una multitud de callejuelas. El ruido de la ciudad llega a mis oídos, el gentío me aturde. Echo la cabeza hacia atrás e intento no pensar en nada.

En el hotel, me entregan mi bolsa y me permiten darme un baño. Me afeito y me cambio de ropa, y luego pido a Wisam que me lleve a ver la tierra de mis antepasados. Salimos de Yenín sin dificultad. Los combates se han detenido desde hace cierto tiempo; buena parte de las tropas israelíes se han retirado. Varios equipos de televisión remueven los escombros en busca de un horror rentable. El coche cruza interminables campos antes de alcanzar la carretera andrajosa que conduce a los vergeles del patriarca. Dejo mi mirada correr por las llanuras como si fuera un niño corriendo tras sus sueños. Pero no puedo dejar de pensar en el de Adel, en las sombras que lo entenebrecen. Me ha producido una extraña impresión, un sentimiento ambiguo. Lo veo en el patio machacado por el sol. No es el Adel que conocí, gracioso y generoso; es otro ser, alguien trágico, movido por una lupina ambición que no va más allá de la próxima comida, la próxima presa, la próxima matanza, previa a la nada blanca, virgen, en la que todo queda en suspenso o se puede figurar. Se fuma su cigarrillo como si fuera el último, habla de sí mismo como si hubiera dejado de ser y trasluce en su mirada la penumbra de las cámaras mortuorias. Resulta evidente que Adel ya no tiene nada que ver con la vida. Ha dado irremediablemente la espalda a un mañana al que se niega a sobrevivir como si temiera que lo decepcionara. Se ha adjudicado el estatuto que, en su opinión, mejor cuadra con su perfi el de mártir. Así quiere acabar, fundido con la causa que defiende. Las estelas ya tienen grabado su nombre, la memoria de los suyos ya está jalonada de sus hazañas. Nada le gusta más que el ruido de la metralla, nada lo enaltece más que estar en el punto de mira de un tirador emboscado. Si no tiene ningún cargo de conciencia, si no se reprocha haber iniciado a Sihem al sacrificio supremo, si la guerra es su única forma de autoestima, es porque está muerto por dentro y sólo necesita que lo entierren para descansar en paz.

Creo que he llegado a mi destino. El recorrido ha sido terrible, pero no tengo la impresión de haber conseguido algo ni obtenido alguna respuesta redentora. Pero al mismo tiempo me siento liberado; me digo que se acabaron mis tormentos y que a partir de ahora nada podrá pillarme desprevenido. Esta dolorosa búsqueda de la verdad ha sido mi particular viaje iniciático. A partir de ahora, probablemente reconsidere las cosas, las cuestione, adopte otra postura, pero no tengo la sensación de que eso me vaya a llevar más allá. Para mí, la única verdad que cuenta es la que algún día me ayudará a recuperarme y a volver con mis pacientes. Porque la única lucha en la que creo y que de verdad se merece que dé mi sangre por ella es la del cirujano que soy, y que consiste en reinventar la vida allí donde la muerte ha elegido actuar.


XVI

<p>XVI</p>

Omr, decano de la tribu, postrero hálito de una epopeya que meció nuestras veladas de antaño… Omr, mi tío abuelo, el que ha atravesado el siglo como una estrella fugaz, tan rápido que sus deseos jamás han podido alcanzarle… Ahí está, en el patio del patriarca, y me sonríe. Está feliz de volver a verme. Su rostro surcado de arrugas severas se estremece tanto por la emoción que parece el de un crío que viera a su padre tras una larga ausencia. Varias veces hayi, ha conocido la gloria, los honores y muchos países, y ha cabalgado sobre purasangres legendarios en lugares candentes. Ha luchado en las filas de Lawrence de Arabia -«ese diablo demacrado venido de tierras brumosas para sublevar a los beduinos contra los otomanos y sembrar la discordia entre los mahometanos»- y ha servido en la guardia pretoriana de Ibn Seúd antes de prendarse de una odalisca y huir con ella de la península. La vida nómada y luego la decadencia dieron al traste con la pareja. Abandonado por su egeria, anduvo de principado en sultanato en busca de una oportunidad a su medida, se dedicó al bandolerismo aquí y allá, fue traficante de armas en Sanaa y vendedor de alfombras en Alejandría hasta que, en 1947, resultó gravemente herido en la defensa de El Qods. Lo conocí cojo por el balazo en la rodilla, luego apoyado en un bastón tras el infarto que sufrió el día en que los bulldozers israelíes devastaron las huertas del patriarca para fundar en ellas una colonia judía. Hoy lo veo muy disminuido, con el rostro cadavérico y la mirada ajada, apenas un saco de huesos arrumbado sobre una silla de ruedas.

Le beso la mano y me arrodillo a sus pies. Sus dedos afilados me despeinan mientras intenta recuperar aliento para expresarme la felicidad que le produce verme regresar al redil. Pego mi cabeza a su pecho como cuando era un niño mimado y me chivaba ante él lloriqueando cuando me negaban algo.

– Mi doctor -le tiembla la voz-, mi doctor…

Faten, su nieta de treinta y cinco años, está a su lado. No la habría reconocido por la calle. Hace ya tanto tiempo… La perdí de vista cuando era una cría asustadiza, siempre en busca de bronca con sus primos para luego salir pitando como si la persiguiera el diablo. Por las noticias que me llegaban de cuando en cuando, no había tenido suerte. Las malas lenguas la llaman la Viuda Virgen. Sin duda, es una desdichada. Su primer marido murió durante el cortejo nupcial tras el reventón de un neumático; su segundo novio fue muerto durante un tiroteo con una patrulla israelí dos días antes de la boda. Las cotorras sospecharon de inmediato que cargaba con una maldición y dejó de tener pretendientes. Es una mujer fuerte y basta, forjada en las tareas domésticas y en la austeridad de los enclaves. Me da un abrazo y un sonoro beso.

Wisan se hace cargo de mi bolsa y, cuando el anciano consiente en soltarme la mano, me lleva a mi habitación. Me quedo dormido antes de que mi cabeza toque la almohada. Al anochecer acude a despertarme. Faten y él han puesto la mesa bajo el enrejado. No han reparado en gastos. El decano está sentado en una punta de la mesa, encogido en su silla de ruedas, y no deja de mirarme. Se le nota muy feliz. Cenamos los cuatro al aire libre. Wisan nos cuenta historias divertidas del frente hasta bien avanzada la noche. Omr se ríe con los ojos, la barbilla caída. Wisan es un fenómeno; me cuesta creer que un chico tan tímido pueda tener tanta gracia.

Regreso a mi habitación aturdido por sus relatos.

Me levanto muy de mañana, justo cuando la noche recoge sus faldones ante las primeras caricias del día. He dormido como un niño; hasta puede que haya tenido algún bonito sueño, aunque no lo recuerdo. Me encuentro mejor, en forma. Faten ya ha sacado al decano al patio. Lo veo por la ventana, hierático sobre su trono, como un tótem convaleciente. Está esperando que salga el sol. Faten acaba de preparar unas tortas. Me sirve el desayuno en el salón: café con leche, aceitunas y huevos duros, fruta del tiempo y tostadas con mantequilla y miel. Como solo; Wisam sigue en la cama. Faten acude de cuando en cuando para comprobar que no me falta nada. Tras desayunar, me acerco a Omr en el patio. Me aprieta con fuerza la mano cuando me inclino para besarle la frente. Si no habla mucho, es para saborear plenamente cada instante junto a mí. Faten se dirige al gallinero para dar de comer a los pollos. Cada vez que pasa delante de mí me dirige la misma sonrisa. A pesar del duro trabajo en la granja y de la crueldad de su destino, sigue al pie del cañón. Su mirada es árida y sus gestos carentes de gracia, pero su sonrisa conserva una púdica ternura.

– Voy a dar un paseo -digo a Omr-. Vaya uno a saber, lo mismo encuentro el botón de cobre que perdí por aquí hace más de cuarenta años.

Omr ladea la cabeza pero se le olvida soltarme la mano. Sus viejos ojos carcomidos por las tormentas de arena y los infortunios relucen como joyas desgastadas.

Tomo un atajo por el huerto hasta llegar a un resto de vergel de árboles esqueléticos, en busca de los caminos de mi infancia. Los senderos de antaño han desaparecido, pero las cabras han abierto otros, quizá menos inspirados pero igual de placenteros. Veo la colina desde la cual me lanzaba al asalto de las quietudes. La cabaña donde mi padre había instalado su taller se ha venido abajo. Una pared se niega a abdicar, pero el resto es sólo un amasijo de escombros nivelados por las lluvias. Llego hasta la tapia tras la cual, con la pandilla de primos, urdíamos emboscadas contra ejércitos invisibles. Sus grietas están invadidas de hierbajos. Mi madre enterró exactamente aquí a un cachorro que nació muerto y que iba a ser para mí. Sentí tanta pena que hasta lloró conmigo. Mi madre… un alma caritativa que se desvanece por entre los recuerdos, un amor perdido para siempre en el rumor del tiempo. Me siento sobre una piedra y hago memoria. No era hijo de sultán, pero veo un príncipe con sus brazos desplegados como alas, sobrevolando la miseria del mundo como una oración un campo de batalla, como un canto sobre el silencio de los que ya no pueden más.

El sol ya ha alcanzado mis pensamientos. Me levanto y subo la colina coronada por unos pocos árboles hirsutos. Escalo un talud y alcanzo la cresta. Era mi mirador en aquellos tiempos de guerras felices. Por entonces, cuando me erguía, tenía desde allí tal panorama que alcanzaba a ver, concentrándome un poco, los confines del mundo. Hoy, producto de algún pernicioso designio, un muro odioso se interpone incongruentemente a mi cielo de antaño, tan obsceno que los perros prefieren orinar en los espinos antes que a sus pies.

– Sharon está leyendo la Torá al revés -dice una voz a mi espalda.

Me vuelvo y veo a un anciano envuelto en una túnica descolorida aunque limpia. Apoyado en su bastón, con la cara descompuesta y el pelo ralo, mira de frente la muralla que oculta el horizonte. Recuerda a Moisés ante el Becerro de Oro.

– El judío es errante porque no soporta los muros -dice sin prestarme atención-. No es casual que haya levantado un muro para llorar sobre él. Sharon está leyendo la Torá al revés. Cree que está resguardando a Israel de sus enemigos y no hace sino encerrarlo en otro gueto, sin duda menos aterrador pero igual de injusto…

Me mira de frente.

– Perdone si le molesto. Lo he visto llegar por el sendero y he creído reconocer a un viejo amigo que nos dejó hace unos diez años y que echo de menos. Tiene usted su silueta y sus andares, y ahora que lo veo de cerca, también sus rasgos. ¿No será usted Amín, el hijo de Reduán el pintor?

– Así es.

– Estaba seguro. El parecido es increíble. Al principio, creía que eras su fantasma.

Me tiende una mano ajada.

– Me llamo Shlomi Hirsh, pero los árabes me llaman Zeev el ermitaño, por un antiguo asceta. Vivo en la choza que hay allá, detrás de los naranjos. Antes trabajaba como negociante con vuestro patriarca. Cuando perdió todas sus tierras, me convertí en charlatán. Todo el mundo sabe que tengo menos poderes que los pollos que inmolo en el altar de los casos imposibles, pero parece que a nadie le importa. Todavía vienen a pedirme milagros que no estoy en condiciones de atender. Auguro un buen porvenir a cambio de unos cuantos shekels, y como nunca son muchos, ningún cliente me lo tiene en cuenta cuando no acierto.

Le doy la mano.

– ¿Lo estoy molestando?

– Para nada -le aseguro.

– Muy bien. Últimamente viene muy poca gente por aquí. Por culpa del Muro. Qué horror de Muro, ¿verdad?; ¿cómo se pueden construir barbaridades semejantes?

– No sólo la infraestructura es una barbaridad.

– Desde luego, se han pasado totalmente. ¡Un Muro! ¿Qué sentido tiene un Muro? El judío ha nacido libre como el viento, inexpugnable como el desierto de Judea. Si omitió delimitar su patria hasta el punto de que casi se queda sin ella, es porque durante tiempo creyó que la Tierra Prometida era aquella donde ninguna muralla impidiese que su mirada llegase más lejos que sus gritos.

– ¿Y qué hace con el grito de los demás?

El anciano agacha la cabeza.

Recoge un terrón del suelo y lo desmenuza con los dedos.

– ¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? Harto estoy de holocaustos.

– Isaías 1,11 -digo.

El anciano pestañea de admiración:

– Bravo.

– ¡Cómo se ha hecho adúltera la villa leal! -recito-. Sión llena estaba de equidad, justicia se albergaba en ella, pero ahora, asesinos.

– Pueblo mío, tus regidores vacilan y confunden tus derroteros.

– Por el arrebato de Yahvé la tierra ha sido quemada, y es el pueblo como pasto de fuego; nadie tiene piedad de su hermano, corta a diestra y queda con hambre, come a siniestra y no se sacia; cada uno se come la carne de su brazo.

– Pues bien, cuando hubiere dado remate el Señor a todas sus empresas en el monte Sión y en Jerusalén, pasará revista al fruto del engreimiento del rey de Asiria y al orgullo altivo de sus ojos.

– ¡Y Sharon, que se ande con cuidado, amén!

Soltamos una carcajada.

– Me has quitado el hipo -me confiesa-. ¿Dónde has aprendido esos versículos de Isaías?

– Todo judío de Palestina es un poco árabe y ningún árabe de Israel puede evitar ser un poco judío.

– Estoy totalmente de acuerdo contigo. Entonces, ¿por qué tanto odio en esta consanguinidad?

– Porque no hemos entendido las profecías ni las leyes elementales de la vida.

Asiente con tristeza.

– Entonces, ¿qué podemos hacer? -me pregunta.

– De entrada, demos su libertad a Dios, que es rehén de nuestra mojigatería desde hace demasiado tiempo.

Se acerca un coche desde la granja, dejando una larga polvareda tras sí.

– Vienen a buscarte -me avisa el anciano-. A mí siempre me vienen a buscar en burro.

Le doy la mano, saludo y bajo a la carrera la colina hacia la pista transitable.

Hay un montón de gente en casa del patriarca. Hasta la tía Nayet ha venido. Estaba en casa de su hija en Tubas y ha regresado nada más enterarse de que he vuelto. Sigue intacta a sus noventa años. Segura sobre sus piernas, los ojos vivarachos y el gesto preciso, como siempre. Es la madre de todos nosotros, la esposa más joven y la única viuda del patriarca. Cuando mi madre me regañaba, me bastaba con gritar su nombre para librarme… Llora sobre mi camisa. Otros primos, tíos, sobrinos, sobrinas y parientes esperan con paciencia su turno para abrazarme. Nadie me guarda rencor por haberme ido lejos y por haber tardado en volver. Todos se alegran de verme otra vez, de recuperarme durante el instante que dura un abrazo; todos me perdonan que los haya ignorado durante años, que haya preferido los rascacielos rutilantes a las colinas polvorientas, los grandes bulevares a los senderos de cabras, el relumbrón a la sencillez. Viendo cómo me quiere toda esta gente y no teniendo para ofrecerle más que una sonrisa, me doy cuenta de hasta qué punto me he empobrecido. Al dar la espalda a esta tierra maltratada y amordazada, pensé romper amarras. No quería parecerme a los míos, padecer sus miserias y alimentarme de su estoicismo. Me recuerdo correteando detrás de mi padre, que, con su lienzo a modo de escudo y el pincel a modo de lanza, se empeñaba en acosar quimeras en un país en el que las leyendas entristecen. Cada vez que un marchante negaba con la cabeza, nos anulaba a los dos. Era monstruoso. Mi padre no se rendía, convencido de que acabaría provocando el milagro. Sus fracasos me enfurecían, su perseverancia me fortalecía. Precisamente para no depender de un banal gesto con la cabeza renuncié a los vergeles del abuelo, a mis juegos infantiles, hasta a mi madre. Pensaba que era la única manera de convertir mi destino en epopeya, ya que todas las demás me eran negadas de oficio…

Wisam ha degollado tres corderos para gratificarnos con un mechuí digno de los grandes acontecimientos. Me flaquean las piernas por la emoción del reencuentro. Toda una época regresa al galope, soberbia como una cabalgata corriendo la pólvora. Me presentan a pequeñines asustadizos, a nuevos matrimonios, a futuros parientes. Se acercan los vecinos, antiguos conocidos, amigos de mi padre y chavales ya mayores. La fiesta no decae hasta la madrugada.

Al cuarto día, la casa del patriarca recobra su quietud. Faten vuelve a hacerse con el control. La tía Nayet y el decano pasan el día en el patio, mirando revolotear los mosquitos en el huerto. Wisam nos pide permiso para regresar a Yenín. Acaba de recibir una llamada. Prepara su bolsa, abraza a los ancianos y a su hermana Faten. Antes de irse, me dice que se alegra de haber podido conocerme a tiempo. No he captado el sentido de ese a tiempo, y no me quedo tranquilo al verlo irse. Algo en su mirada me ha recordado a Sihem en la estación de autocares y a Adel baldado en el patio cubierto de escombros de Yenín.

Me alegro de haber hecho escala entre mi gente. Su calor me reconforta, su generosidad me tranquiliza. Me paso los días en la granja, haciendo compañía al decano y a haya Nayet, y en la colina, donde el viejo Zeev me cuenta sus historias hilarantes sobre la credulidad de la gente sencilla.

Zeev es un personaje fascinante, un poco loco pero sabio, una especie de santo contestatario que prefiere tomarse las cosas como vienen -mejor a granel que procediendo a seleccionarlas-, como quien toma un tren en marcha con la excusa de que todo descubrimiento contribuye a enriquecer a los condenados a un destino inclemente. Si por él fuera, trocaría su báculo de Moisés por una escoba de bruja y procuraría -haciendo pasar su indigencia por abstinencia y su marginación por ascesis- que sus sortilegios fueran tan terapéuticos como los milagros que promete a los damnificados que vienen a implorar su misericordia. Con él he aprendido mucho sobre la gente y sobre mí mismo. Su humor atenúa el peso de las vicisitudes, su sobriedad mantiene a raya la cara amarga de una realidad que olvida las promesas y mata las esperanzas. Con sólo escucharlo desaparecen mis preocupaciones. Cuando se sumerge en sus teorías torrenciales sobre la furia y las vanidades humanas, no hay quien lo frene; se lo lleva todo por delante, empezando por mí. «La vida de un hombre vale más que un sacrificio, por elevado que sea éste -me confiesa mirándome a los ojos-. Porque la más grande, la más justa, la más noble Causa en este mundo es el derecho a la vida…» Este hombre es una delicia. Le sobra talento para no dejarse desbordar por los acontecimientos y decencia para no ceder ante el asedio de los infortunios. Su imperio es la choza donde vive; su festín, la comida que comparte con los seres que aprecia; su gloria, un simple pensamiento en el recuerdo de quienes van a sobrevivirle.

Conversamos durante horas en lo alto de la colina, sentados sobre piedras, dando la espalda al Muro y mirando obstinadamente hacia los escasos vergeles que conserva el territorio tribal…

La desgracia me vuelve a alcanzar una tarde tras despedirme de él.

Veo en el patio unas mujeres vestidas de negro y, algo apartada, a Faten agarrándose la cabeza con las manos. Los sollozos estoquean los gemidos e inundan la granja de funestos presagios. Algunos hombres, familiares y vecinos, charlan junto al gallinero.

Busco al decano y no lo veo.

¿Se habrá muerto?…

– Está en su habitación -me dice un primo-. Haya está con él. Ha encajado mal la noticia…

– ¿Qué noticia?

– Wisam… Cayó esta mañana en el campo de honor. Cargó su coche de explosivos y se lanzó contra un puesto de control israelí…

Los soldados toman la huerta al amanecer. Desembarcan en vehículos enrejados y rodean la casa del patriarca. Sigue un tráiler con un bulldozer encima. El oficial pregunta por el decano. Como Omr está indispuesto, yo lo represento. El oficial me informa de que, debido a la operación kamikaze perpetrada por Wisam Jaafari contra un puesto de control, y conforme a las órdenes que ha recibido de la superioridad, tenemos media hora para evacuar la casa, pues debe proceder a su destrucción.

– ¿Que van a destruir la casa? -protesto-. ¿Cómo puede ser eso?

– Le quedan veintinueve minutos, señor.

– Ni hablar. No permitiremos que destruyan nuestra casa. ¿Se han vuelto locos? ¿Y dónde va a ir la gente que vive en ella? Hay dos ancianos casi centenarios que intentan vivir lo más dignamente posible el tiempo que les queda. No tienen derecho… Ésta es la casa del patriarca, el referente más importante de la tribu. Lárguense de aquí ahora mismo.

– Veintiocho minutos, señor.

– Nos quedaremos dentro. No nos moveremos de aquí.

– Eso no es problema mío -dice el oficial-. Mi bulldozer es ciego. Cuando se arranca, lo arrasa todo. Quedan avisados.

– Ven -me dice Faten agarrándome del brazo-. Esa gente no tiene más corazón que su máquina. Salvemos lo que podamos y salgamos de aquí.

– Pero van a destruir la casa -exclamo.

– ¿Qué es una casa cuando se ha perdido un país? -suspira.

Unos soldados bajan el vehículo del tráiler. Otros mantienen a raya al vecindario que empieza a acudir. Faten ayuda al decano a acomodarse en su silla de ruedas y lo pone a resguardo en el patio. Nayet no quiere llevarse nada con ella. Dice que esos objetos pertenecen a la casa. Antiguamente se enterraba a los señores con sus bienes. Esta casa se merece conservar los suyos. Es una memoria que se apaga con sus sueños y sus recuerdos.

Los soldados nos obligan a alejarnos hasta un cerro pelado. Omr está desmoronado en su silla. Creo que no sabe exactamente lo que está ocurriendo; observa la agitación a su alrededor sin hacerle caso. Tras él se encuentra haya Nayet, muy digna, Faten a su izquierda y yo a su derecha. El bulldozer brama y suelta una espesa humareda por su chimenea. Al girar sobre sí mismo, sus orugas de acero destrozan ferozmente el suelo. Los vecinos rodean el cordón de seguridad delimitado por los soldados y se acercan a nosotros en silencio. El oficial ordena a algunos de sus hombres que verifiquen si queda alguien dentro de la casa. Tras asegurarse de que está vacía, hace una señal al conductor del bulldozer. Justo cuando empieza a caer la tapia, me ciega la cólera y me lanzo contra el vehículo. Un soldado me corta el paso; lo empujo y me abalanzo contra el monstruo que está arrasando mi historia. «Pare», grito… «Pare», me ordena el oficial. Otro soldado me intercepta; su culatazo me alcanza la mandíbula y me desplomo como un cortinón recién descolgado.

He permanecido todo el día en lo alto del cerro, contemplando el montón de escombros que hace años luz, bajo un cielo esplendoroso, fue mi castillo de principito descalzo. Mi bisabuelo lo construyó con sus propias manos, piedra a piedra; en él salieron del cascarón varias generaciones con los ojos más abiertos que el horizonte, y varias esperanzas han libado en sus jardines. Ha bastado esa máquina para convertir en polvo, en pocos minutos, toda la eternidad.

Al atardecer, cuando el sol se atrinchera tras el Muro, un primo viene a buscarme.

– De nada sirve quedarse ahí -me dice-. Lo hecho hecho está.

Haya Nayet ha regresado a casa de su hija, en Tubas.

Al decano lo alberga su bisnieto en una aldea no muy alejada de los vergeles.

Faten se ha escudado en un mutismo impenetrable. Ha decidido quedarse con el decano, en la casucha del bisnieto. Siempre se ha hecho cargo del anciano y sabe lo dura que es la tarea. Omr no aguantaría sin ella. Lo cuidarían al principio, pero acabarían desatendiéndolo. Por eso se quedó ella a vivir en casa del patriarca. Omr era como su bebé. Pero el bulldozer se ha llevado consigo el alma de Faten. Ahora es una mujer desfallecida, despavorida y silenciosa, una sombra que se olvida de sí misma en un rincón hasta que la noche se confunde con ella. Un día regresó a pie al vergel siniestrado, con el pelo suelto -ella que no se quitaba el pañuelo-, y se quedó de pie toda la noche ante los escombros bajo los cuales yacía lo esencial de su vida. Se negó a seguirme cuando fui a buscarla. No brotó ni una lágrima de sus ojos vacíos, de su mirada vidriosa, de esa mirada que no engaña y que he acabado temiendo. Y al día siguiente, Faten desaparece. Removimos cielo y tierra buscándola, pero se ha volatilizado. Viendo que estoy alertando a las aldeas circundantes, y por temor a que las cosas empeoren, el bisnieto me coge aparte y me confiesa:

– Yo la llevé a Yenín. Insistió mucho. De todos modos, nadie puede hacer nada, siempre ha sido así.

– ¿Qué me estás contando?

– Nada…

– ¿Por qué ha ido a Yenín, y a casa de quién?

El bisnieto de Omr se encoge de hombros.

– Son cosas que la gente como tú no comprende -me dice alejándose.

Ahora sí comprendo.

Tomo un taxi, regreso a Yenín y pillo a Jalil en su casa. Cree que he venido para ajustar cuentas con él. Lo tranquilizo. Sólo quiero ver a Adel. Éste llega de inmediato. Le comunico la desaparición de Faten y mis sospechas sobre sus motivos.

– Esta semana no ha ingresado en nuestras filas ninguna mujer -me confirma.

– ¿Por qué no buscas en la Yihad Islámica o en otras falanges?

– No merece la pena… Ya les cuesta entenderse entre ellos en lo esencial. Además, no tenemos cuentas que rendirnos. Cada cual lleva su guerra santa como la entiende. Si Faten anda entre ellos, es inútil intentar recuperarla. Es adulta y perfectamente libre de hacer lo que quiera con su vida. Y con su muerte. No hay dos varas de medir, doctor. Quien toma las armas tiene que aceptar que los otros también lo hagan. Cada cual tiene derecho a su parte de gloria. No puedes elegir tu destino pero sí tu final. Es una manera democrática de mandar a la mierda la fatalidad.

– Te lo suplico, encuéntrala.

Adel sacude la cabeza, apenado.

– Sigues sin entender nada, ammu. Ahora me tengo que largar. El jeque Marwan va a llegar de un momento a otro. Dentro de una hora estará predicando en la mezquita del barrio. Deberías ir a escucharlo…

Ya está, pienso: Faten está en Yenín para que el jeque la bendiga.

La mezquita rebosa de gente. Cordones de milicianos protegen el santuario. Tomo posición en la esquina de la calle y vigilo el ala reservada a las mujeres. Las rezagadas se apresuran en llegar a la sala de oraciones por una puerta trasera de la mezquita, unas envueltas en ropajes negros y otras cubiertas con velos de colores vivos. No veo a Faten. Doy un rodeo por una manzana de viviendas para acercarme a la puerta donde una gorda monta guardia. Se escandaliza al verme en una parte del santuario por la que ni siquiera los milicianos, por pudor, se atreven a aparecer.

– Usted por el lado de los hombres -me suelta.

– Ya lo sé, hermana, pero necesito hablar con mi sobrina, Faten Jaafari. Es urgente.

– El jeque ya está en el almimbar.

– Lo siento, hermana, tengo que hablar con mi sobrina.

– ¿Y cómo la voy a localizar? -se irrita-. Hay cientos de mujeres en el interior, y el jeque va a iniciar su predica. No pensará que le voy a quitar el micro. Vuelva después de la oración.

– ¿La conoce usted, hermana, sabe si ha entrado?

– ¿Cómo? ¿Ni siquiera está seguro de que esté dentro y viene a marearme en un momento como éste? Váyase o llamo a los milicianos.

No tengo más remedio que esperar el final de la prédica.

Regreso a mi esquina en el recodo de la calle para no perder de vista la mezquita y el ala reservada a las mujeres. La voz cautivadora del imán Marwan resuena por el altavoz, soberana en medio del silencio sideral que envuelve el barrio. Es prácticamente el mismo discurso que escuché en el taxi clandestino que tomé en Belén. Se oye de cuando en cuando una ovación entusiasta que corea las evocaciones líricas del orador…

Un coche se detiene chirriando delante de la mezquita. Salen dos milicianos agitando su walkie-talkie. Parece que algo va mal. Uno de los recién llegados señala febrilmente el cielo. Los demás se consultan antes de ir a buscar a un responsable, que resulta ser mi carcelero, el de la chaqueta de paracaidista. Escruta el cielo con unos prismáticos durante unos minutos. La gente se alborota alrededor de la mezquita. Hay milicianos corriendo por todas partes. Tres pasan jadeando delante de mí. «Si no hay helicóptero es que se trata de un misil», supone uno de ellos. Los veo desaparecer a la carrera. Otro coche frena en seco delante de la mezquita. Sus ocupantes gritan algo al de la chaqueta de paracaidista, dan marcha atrás con un zumbido inquietante y enfilan hacia la plaza. Se interrumpe la prédica. Alguien agarra el micro y pide a los fieles que mantengan la calma, pues podría tratarse de una falsa alarma. Aparecen dos todoterrenos. Algunos fieles empiezan a evacuar la mezquita. Me doy cuenta de que me tapan la vista del ala reservada a las mujeres. No puedo volver a rodear la manzana sin arriesgarme a que Faten se me escape si sale por la puerta trasera. Decido pasar delante de la puerta principal, entre la muchedumbre, para llegar directamente al sector de las mujeres… «Apártense, por favor», grita un miliciano. «Dejen pasar al jeque…» Los fieles se dan codazos para ver de cerca al jeque y tocar su kamis. Un movimiento de masas me alza por encima del barullo cuando el imán aparece en el umbral de la mezquita. Intento sin éxito librarme de los cuerpos en trance que me están aplastando. El jeque se mete en su vehículo y agita una mano tras el cristal blindado mientras sus dos guardaespaldas se sientan a cada lado de él… Y nada más. Algo desgarra el cielo y resplandece en medio de la calzada como si fuera un rayo; su onda expansiva me alcanza de lleno, desarticulando al grupo cuyo frenesí me tenía cautivo. En una fracción de segundo el cielo se viene abajo y la calle, hasta ahora henchida de fervor, queda completamente patas arriba. El cuerpo de un hombre, o un chico, se cruza ante mi aturdimiento como un flash oscuro. ¿Qué está pasando?… Una avalancha de polvo y fuego me succiona bruscamente y me catapulta entre mil proyectiles. Tengo la vaga sensación de estar deshilachándome, disolviéndome en la onda expansiva… A pocos metros, el vehículo del jeque está ardiendo. Dos espectros ensangrentados intentan sacar al jeque de esa hoguera. Arrancan con sus propias manos trozos de carrocería incandescente, rompen los cristales, se ensañan con las puertas. No consigo levantarme… Percibo una sirena de ambulancia… Alguien se inclina sobre mí, ausculta brevemente mis heridas y se aleja sin darse la vuelta. Lo veo agacharse ante un amasijo de carne carbonizada, tomarle el pulso y luego hacer una señal a los camilleros. Otro hombre me toma el pulso y deja caer mi mano… «Éste está listo…» En la ambulancia que me lleva, mi madre me sonríe. Quiero alcanzar su rostro con la mano pero mi cuerpo no obedece. Siento frío, dolor y pena. La ambulancia se adentra aullando en el patio de un hospital. Unos camilleros abren las puertas, me levantan y me dejan en un pasillo, directamente sobre el suelo. Unas enfermeras pasan por encima de mí corriendo en todas direcciones. Las camillas con ruedas ejecutan un ballet vertiginoso con su carga de heridos y de horror. Espero con paciencia mi turno. No entiendo por qué nadie se ocupa de mí. Se detienen, me miran y se van. No es lo normal. Hay otros cuerpos alineados a mi lado. En torno a algunos se concentran familiares, y lloran a grito pelado unas mujeres. Otros son irreconocibles, no hay manera de identificarlos. Un anciano se arrodilla ante mí. Evoca el nombre del Señor, posa su mano sobre mi rostro y me cierra los párpados. Todas las luces y ruidos del mundo desaparecen de improviso. Un miedo absoluto se apodera de mí. ¿Por qué me ha cerrado los ojos?… Lo entiendo al no conseguir reabrirlos. Así que todo acabó, he dejado de ser…

Doy un último coletazo para intentar sobreponerme, pero no consigo mover una sola fibra… Sólo ese rumor cósmico que se va apoderando de mí y me va arrastrando hacia la nada… Y, de repente, desde el fondo del abismo, una luz infinitesimal… Se agita, se aproxima, se perfila poco a poco; es un niño… que corre; su fantástica zancada hace retroceder penumbras y opacidades… Corre, le grita la voz de su padre, corre… Alborea sobre los vergeles en fiesta. Las ramas se ponen a brotar, a florecer, a colmarse de frutos. El niño rodea los matorrales y se dirige a la carrera hacia el Muro, que se derrumba como un tabique de cartón, ensanchando el horizonte y exorcizando los campos que cubren las llanuras hasta perderse la vista… Corre… Y el niño corre riendo a carcajadas con los brazos abiertos como un pájaro. La casa del patriarca se levanta de sus propias ruinas; sus piedras se desempolvan y se colocan en su sitio en mágica coreografía, las paredes se alzan, las vigas se cubren de tejas; la casa del abuelo se yergue al sol, más hermosa que nunca. El niño es más veloz que las penas, más veloz que el destino, más veloz que el tiempo… Y sueña, le dice el artista, sueña que eres guapo, feliz e inmortal… Ya libre de angustias, el niño corre aleteando por la cresta de las colinas, con el rostro radiante y los ojos alborozados, y sube al cielo a lomos de las palabras de su padre: Pueden quitarte todo; tus bienes, tus mejores años, todos tus méritos y alegrías, hasta la última camisa; pero siempre te quedarán los sueños para reinventar el mundo que te han confiscado.


Yasmina Khadra

<p>Yasmina Khadra</p>
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