Peter Tremayne

La Telaraña


Nº 5 Serie Sor Fidelma


Para mi buen amigo Terence, el Mac Carthy MÓr, príncipe de Desmond, quincuagésimo primer descendiente directo por línea paterna del rey Eoghan MÓr de Cashel (muerto en 192 d.C), que ha acogido a sor Fidelma entre los ancestros de su familia.

Las leyes son semejantes a las telarañas: si una pobre y débil criatura topa con ellas, queda atrapada; pero una mayor puede atravesarlas y escapar.

Solón de Atenas

(nacido hacia 640 a.C,

muerto después de 561 a.C.)



Nota histórica

<p>Nota histórica</p>

Los acontecimientos aquí narrados se desarrollan en el mes que los irlandeses del siglo VII conocían como Cét-Soman, que posteriormente se llamó Beltaine, y que corresponde al mes de mayo. Corre el año 666 d.C.

Los lectores que conozcan las anteriores aventuras de sor Fidelma ya sabrán de las diferencias entre la Iglesia irlandesa del siglo VII, en la actualidad llamada Iglesia celta, y la de Roma. Gran parte de la liturgia y las filosofías irlandesas era diferente. También ha quedado claro que en aquellos tiempos el concepto de celibato entre los religiosos no era popular, tanto en la Iglesia celta como en la de Roma. Hay que recordar que en la época de Fidelma muchas casas religiosas estaban habitadas por personas de ambos sexos y que los religiosos solían contraer matrimonio y educar a sus hijos en el servicio de la fe. También los abades y obispos podían casarse, y así lo hacían. El conocimiento de este hecho resulta esencial para entender el mundo de Fidelma.

Dado que la mayoría de lectores desconocerá la Irlanda del siglo VII, adjunto un mapa del reino de Muman. Conservo este nombre en lugar del término anacrónico formado en el siglo IX d.C. al añadir la palabra nórdica stadr (lugar) a Muman, que dio lugar al nombre actual, Munster. Dado que otros antropónimos irlandeses del siglo VII pueden ser desconocidos, incluyo una lista de personajes principales.

A los lectores les interesará saber que la unidad monetaria de un cumal equivalía a tres vacas lecheras. Como unidad de medida de tierra, un cumal era equivalente a 13,85 hectáreas.

Por último, los lectores recordarán que Fidelma aplica las leyes del antiguo sistema social irlandés, las leyes del Fénechus, popularmente conocidas como las leyes del brehon (de breaitheamh «juez»). Es una abogada experta en tribunales, una posición que no era en absoluto inusual para una mujer en la Irlanda de aquellos tiempos.


Personajes principales

<p>Personajes principales</p>

Sor Fidelma de Kildare, dálaigh (o abogada) de los tribunales de Irlanda en el siglo VII

Hermano Eadulf de Seaxmund's Ham, un monje de la tierra de los sajones del sur

Cathal, abad de Lios Mhór

Hermano Donnán, scriptor

Colgú de Cashel, rey de Muman y hermano de Fidelma

Beccan, jefe brehon (o juez) de los Coreo Loígde


Bressal, posadero

Morna, hermano de Bressal


Eber, jefe de Araglin

Cranat, esposa de Eber

Crón, hija de Eber y su tánaiste (o heredera electa)

Teafa, hermana de Eber

Móen, sordomudo ciego


Dubán, jefe de la guardia personal de Eber

Crítán, joven guerrero


Menma, caballerizo en el rath de Araglin

Dignait, encargada de la cocina

Grella, criada


Hermano Gormán de Cill Uird


Archú, joven granjero de Araglin

Scoth, novia de Archú

Muadnat de la Marisma Negra, primo de Archú

Agdae, sobrino y capataz de la granja de Muadnat

Gadra, ermitaño

Clídna, prostituta


Capítulo I

<p>Capítulo I</p>

El trueno retumbó en las altas y peladas crestas de las montañas que rodeaban la cima del monte Maoldomhnach, que daba nombre a la cordillera. Algún relámpago aislado recortó la silueta de la cumbre redondeada, e hizo que algunas sombras salpicaran el valle de Araglin en las estribaciones septentrionales. Era una noche oscura, con nubes de tormenta que se apelotonaban y cruzaban deprisa el cielo, atropellándose unas a otras como si las empujara la poderosa respiración de los antiguos dioses.

En las altas pasturas, las vacas se apiñaban, y algunas mugían enfadadas de vez en cuando, no sólo para consolarse de la tormenta que amenazaba, sino para advertir a las otras del olor a lobos voraces cuyas manadas hambrientas rondaban en los oscuros bosques que rodeaban las altas praderas. En un rincón, alejado del ganado, un ciervo majestuoso vigilaba a sus ciervas y sus crías como un centinela inquieto. De vez en cuando alzaba la vistosa cornamenta hacia el cielo y le temblaba el hocico. A pesar de la oscuridad, de las gruesas nubes y de la tormenta amenazadora, la bestia percibía la llegada del amanecer tras las lejanas cimas del este.

Abajo, en el valle, junto al oscuro y borboteante curso de un río, había un grupo de construcciones sin fortificar inmersas en la más absoluta oscuridad. Ningún perro se movía a esa hora, y todavía era demasiado pronto para que los gallos anunciaran la llegada del nuevo día. Ni siquiera los pájaros habían iniciado su coro del amanecer y todavía se cobijaban medio dormidos en los árboles de los alrededores.

Sin embargo, un ser humano se movía en aquella oscura hora; una persona se despertaba a esa hora de quietud en que el mundo parece muerto y desierto.

Menma, el caballerizo de Eber, jefe de Araglin, hombre alto y robusto con barba rojiza y densa y gran afición al licor, parpadeó y retiró la piel de zamarro de su jergón de paja. Un relámpago aislado iluminó su cabaña solitaria. Menma gruñó y sacudió la cabeza como si con esta acción fuera a eliminar los efectos de la bebida de la noche anterior. Tendió la mano hacia una mesa y buscó a tientas pedernal y yesca para encender la vela de sebo que había encima. Después se desperezó. A pesar de lo mucho que había bebido, Menma poseía una misteriosa conciencia del tiempo. Durante toda su vida se había levantado a las oscuras horas anteriores al amanecer, cualquiera que fuera la hora a la que se hubiera dejado caer en su cama borracho perdido.

Empezó su ritual matutino de maldecir a toda la creación. A Menma le encantaba maldecir. Algunos hombres empiezan el día con una oración, otros con las abluciones matutinas. Menma de Araglin comenzaba el día maldiciendo a su amo, el jefe Eber, deseándole todo tipo de muertes que su corta imaginación fuera capaz de concebir: asfixia, convulsiones, disentería, aplastado, envenenado, ahogado… Y cuando había agotado las maldiciones contra su amo, Menma continuaba maldiciendo su propia existencia, y a sus padres por no ser ricos y poderosos; por ser simples granjeros y, por tanto, predestinarlo a ser un humilde caballerizo.

Sus padres habían sido unos simples jornaleros en la alquería de su primo rico. No habían tenido suerte en la vida y Menma estuvo predestinado a una existencia servil. Era un hombre celoso y amargado, desdichado con su suerte.

Sin embargo, se levantaba de inmediato con la oscuridad de la madrugada y se vestía. Nunca se molestaba en lavarse o peinar la maraña de cabello rojizo que le descendía hasta los hombros y la gran masa de su barba. Un trago de corma, el aguamiel dulzón que siempre tenía en una jarra junto a su cama, era la única limpieza que necesitaba para enfrentarse a la jornada. El hedor de su cuerpo y de sus ropas indicaba a quienes se le acercaban lo suficiente que él y la limpieza eran incompatibles.

Menma se fue arrastrando hasta la puerta de la cabaña y echó una mirada fuera, parpadeando con los ojos vueltos hacia el oscuro cielo. El trueno seguía retumbando, pero él sabía instintivamente que ese día no iba a llover en el valle. La tormenta estaba al otro lado de las montañas y avanzaba sobre ellas de este a oeste, paralela al valle de Araglin. No iba a atravesar las montañas en dirección norte. No; el día iba a ser seco, aunque nublado y fresco. Las nubes ocultaban las estrellas y le impedían determinar la hora, pero, más que ver, intuía la pálida línea del amanecer justo por debajo de las lejanas cimas orientales.

El rath del jefe de Araglin todavía dormía envuelto en la oscuridad. Aunque no era más que un pueblo sin fortificar, lo correcto era llamar rath o fortaleza a la morada de un jefe.

Menma permaneció en la puerta y empezó a maldecir aquel día en voz baja. Le molestaba que todos pudieran seguir durmiendo y él tuviera que ser el primero en levantarse. Y cuando hubo maldecido el día, haciendo gala de su limitado vocabulario, siguió con Araglin.

Regresó un momento al interior de la cabaña, apagó la vela y empezó a caminar arrastrando los pies por el sendero que conducía hacia las cuadras del rey, pasando por entre los edificios en calma. No necesitaba ninguna vela, ya que había hecho ese camino a menudo. Lo primero que haría sería sacar los caballos a los prados, dar de comer a los perros de caza y después supervisar el ordeño de las vacas del jefe. Y cuando los caballos estuvieran en los pastos y los perros alimentados, las mujeres de la casa se despertarían y se ocuparían de ordeñar las vacas. El ordeño no era un trabajo de hombres, y Menma no se rebajaría a hacerlo. Pero recientemente se había producido un robo de ganado en el valle y Eber, el jefe, le había ordenado controlar la manada antes de cada ordeño. Que alguien se atreviera a robar siquiera una cabeza de su manada era una afrenta al honor del jefe. Eber se había enfurecido al enterarse de que unos ladrones de ganado amenazaban las pacíficas tierras de su clan. Sus guerreros habían recorrido la zona en busca de los culpables, pero sin éxito.

Menma se dirigió a la imponente silueta de la sala de asambleas, uno de los pocos edificios grandes y de piedra del rath. La otra construcción de piedra era la capilla del padre Gormán. Las caballerizas estaban en la parte trasera de la construcción redondeada, justo detrás del hostal de huéspedes. Para acceder a las cuadras, Menma tenía que tomar un sendero en curva que rodeaba los edificios anexos de madera y conducía a la mansión de piedra que albergaba las habitaciones del jefe del clan y su familia. Menma lanzó una mirada celosa a los edificios. Eber se quedaría roncando en su cama hasta después del amanecer.

Menma sonrió con lascivia detrás de su densa barba. Se preguntó si alguien estaría compartiendo el lecho con Eber esa noche. Luego frunció el ceño enojado. ¿Por qué Eber? ¿Por qué no él? ¿Qué tenía de especial Eber para poseer riquezas y poder llevarse a las mujeres a su cama? ¿Por qué el destino lo había hecho a él un humilde caballerizo? ¿Por qué…?

Se detuvo a media zancada, aguzando el oído.

Ningún sonido en la oscuridad. El rath seguía durmiendo. Proveniente de arriba, alto en las lejanas colinas, el largo e interminable aullido de un lobo rompió el silencio. Pero no; no fue eso lo que lo había hecho detenerse. Había sido otro ruido. Un ruido que no sabía identificar.

Se quedó un rato más, pero reinaba el silencio. Estaba a punto de olvidarse de ese ruido, una broma del viento, cuando volvió a oírlo.

Un gemido suave.

¿Era el viento?

De repente Menma se arrodilló y se estremeció. ¡Santo Dios! ¿Era uno de los habitantes de las colinas? ¿La gente del sídh; los hombrecillos que buscan almas para llevárselas abajo, a sus cuevas oscuras?

Entonces se oyó un chillido brusco, no fuerte, pero lo bastante agudo para sobresaltar a Menma. El corazón le latía cada vez más deprisa. Entonces volvió a oír el quejido. Esta vez un poco más fuerte y sostenido.

Menma echó una mirada a su alrededor. Nada se movía entre las oscuras sombras de los edificios. Parecía que nadie más había oído el ruido. Intentó localizar su procedencia. Venía de los apartamentos de Eber. A pesar de lo etéreo del sonido, Menma lo identificó como de origen humano. Suspiró aliviado, ya que a pesar de tener una visión negativa del mundo, no era de buen agüero enfrentarse a las gentes del sídh si estaban decididas a robar un alma. Echó una mirada rápida a su alrededor. El edificio parecía a oscuras y tranquilo. ¿Estaba Eber enfermo? Frunció el ceño, no sabía qué hacer. Eber era su jefe, pasara lo que pasara, y Menma tenía un deber para con su jefe. Un deber que ni siquiera su amargura le impedía cumplir.

Se dirigió cautelosamente hacia la puerta de los apartamentos de Eber y golpeó con suavidad.

– ¿Eber? ¿Estáis bien? ¿Necesitáis ayuda? -preguntó en voz baja.

No hubo respuesta. Volvió a llamar, un poco más fuerte. Al comprobar que tampoco obtenía respuesta, se armó de valor y levantó el pestillo. La puerta no estaba bien cerrada, tampoco tenía que estarlo. Nadie lo hacía en el rath del jefe de Araglin. Entró. No le costó acostumbrar la vista a la oscuridad. La habitación estaba vacía. Sabía que Eber tenía dos habitaciones. La primera, en la que se encontraba, se llamaba «el lugar de conversación»; era la estancia donde el jefe recibía en privado a los huéspedes especiales. Detrás de esta estancia estaba el dormitorio del jefe.

Menma, al comprender que la primera estancia estaba vacía, se dirigió hacia la otra.

Lo primero que vio fue un resplandor por debajo de la puerta. Después oyó un gemido tras ella.

– ¡Eber! -gritó-. ¿Pasa algo? Soy yo, Menma, el caballerizo.

No obtuvo respuesta y el gemido no disminuyó. Se dirigió hacia la puerta y golpeó con fuerza. Dudó un momento y después entró.

Había una lámpara encendida sobre una mesita. Menma parpadeó rápidamente para acostumbrar la vista. Se dio cuenta de que había alguien arrodillado junto a la cama, en una postura encorvada, balanceándose de atrás hacia delante y gimoteando. Ahí estaba el origen del sonido quejumbroso. Advirtió que aquella figura tenía unas manchas oscuras en las ropas. Entonces abrió más los ojos. Eran manchas de sangre y algo destellaba y resplandecía bajo la luz de la lámpara, algo que la persona tenía agarrado en las manos. Era una daga larga y afilada.

Menma se quedó inmóvil un momento, fascinado por aquella visión. Entonces se dio cuenta de que había una segunda persona en la estancia. Alguien yacía en la cama junto a la figura arrodillada y gemebunda.

Menma dio un paso adelante.

Echado sobre la cama, desnudo y enredado en el cubrecama, estaba el cuerpo ensangrentado del jefe Eber. Tenía una mano detrás de la cabeza. Sus ojos, bien abiertos y con la mirada fija, parecían tener vida bajo la luz vacilante de la lámpara. El pecho era un amasijo de heridas sangrantes. Menma había visto suficientes animales sacrificados para reconocer las heridas y los desgarramientos irregulares causados por un cuchillo. Habían hundido el arma frenéticamente una y otra vez en el pecho del jefe de Araglin.

Menma le levantó un poco la mano y luego la dejó caer.

– ¿Está muerto? -preguntó con voz hueca.

La figura que estaba junto a la cama continuó meciéndose y gimiendo. No levantó la mirada.

Menma dio otro paso y bajó la mirada impávido. Después se acercó, puso una rodilla en el suelo y tomó el pulso a su jefe en el cuello. El cuerpo ya estaba frío y como húmedo. Miró de cerca los ojos y bajo la luz de la lámpara, que ya no vacilaba, se dio cuenta de que éstos estaban fijos y vidriosos.

Menma se levantó y bajó la mirada con repulsión. Estuvo dudando; a pesar de lo que veían sus ojos, tenía que asegurarse de que Eber estaba muerto. Levantó un pie para darle un empujón al cuerpo con la punta de su bota. No se movió. Entonces levantó el pie y dio una patada al cuerpo. No, no estaba equivocado. Eber, el jefe, estaba muerto.

Menma se giró hacia la figura que seguía lloriqueando y que agarraba el cuchillo. Se echó a reír. De repente se dio cuenta de que él, Menma el caballerizo, iba a ser rico y poderoso como los primos a los que había envidiado toda su vida.

Todavía reía entre dientes cuando abandonó las habitaciones del jefe y se fue en busca de Dubán, el jefe de la guardia personal de Eber.


Capítulo II

<p>Capítulo II</p>

El tañido profundo y abaritonado de la campana de la abadía convocó de nuevo a la corte. Aunque transcurrían las primeras horas de la tarde, la atmósfera no era cálida. Los muros de granito gris del edificio impedían que el sol entrara. La capilla de la abadía, que se había destinado a las vistas legales, estaba casi vacía. Sólo algunas personas habían tomado asiento en los bancos de madera. Hasta el día anterior, la capilla había estado llena a rebosar de demandantes, acusados y testigos. Pero esta tarde, el último de los casos del tribunal había quedado visto para sentencia. Los contenciosos anteriores ya se habían despachado.

La escasa media docena de participantes en este último caso del tribunal se levantó con respeto cuando el brehon, el juez, entró y se sentó en un extremo de la sala. Era una jueza, de unos veintitantos largos, y vestía hábito religioso. Era alta y hermosa, el cabello rojizo le caía por debajo del tocado. Resultaba difícil identificar exactamente el color de sus ojos, ya que unas veces parecían de un azul glacial y otras contenían un extraño fulgor verde, según el humor de la mujer. Su aspecto juvenil no encajaba con la idea general que se tiene de un juez sabio, experimentado y erudito, pero durante las últimas jornadas en que había examinado las pruebas de las diferentes demandas legales, esta mujer de aspecto juvenil había impresionado a los que comparecían ante ella con su conocimiento, lógica y compasión.

Sor Fidelma era, de hecho, una dálaigh cualificada, una abogada de los tribunales de los cinco reinos de Éireann. Había obtenido el grado de anruth, lo cual significaba que, además de poder defender un caso ante los jueces, podía formar parte de un tribunal y ejercer de juez en los casos que no requerían la presencia de un magistrado de mayor rango. Fidelma había sido elegida para presidir un tribunal en la abadía de Líos Mhór. La abadía estaba situada fuera de «la gran fortificación» que le daba nombre, a orillas de un impresionante río conocido sencillamente como Abhainn Mór, «el río grande», al sur de Cashel, en el reino de Muman.

El scriptor de la abadía, que hacía de secretario del tribunal y registraba todo, permaneció en pie mientras Fidelma y los demás se sentaban. Tenía un voz tan melancólica que a Fidelma le pareció que sería un buen plañidero.

– Comienza la sesión. Proseguimos con la demanda de Archú, hijo de Suanach, contra Muadnat de la Marisma Negra.

Al sentarse, lanzó una mirada expectante hacia Fidelma y levantó su estilo, ya que se tomaba nota del proceso en tablillas de arcilla fresca y al final de cada sesión se transcribían las notas en pergaminos.

Fidelma estaba sentada tras una gran mesa de roble tallado, con las palmas de las manos sobre ella. Se reclinó en la silla y echó una mirada alrededor hacia los que se sentaban en los bancos que tenía delante.

– Archú y Muadnat, por favor, venid ante mí.

Un joven se levantó con rapidez. No tenía más de diecisiete años, parecía impaciente, como perro que busca el favor de su amo, pensó Fidelma al ver que se apresuraba. El segundo hombre sería de mediana edad, lo bastante mayor como para ser el padre del joven. Era un hombre de rostro sombrío, casi de expresión adusta.

– He escuchado las pruebas que se han presentado en este caso -empezó a decir Fidelma, mirando a uno y a otro-. A ver si puedo exponer los hechos con claridad. Vos, Archú, acabáis de alcanzar la edad de la elección, ¿no es así?

El joven asintió con la cabeza. Según la ley, a los diecisiete años un joven se hacía hombre y era capaz de tomar decisiones.

– Y sois el único hijo de Suanach, que murió hace un año. Suanach, que era hija del tío de Muadnat.

– Era la única hija del hermano de mi padre -afirmó Muadnat con un tono áspero y carente de emoción.

– Así es. ¿Así que sois primos?

No hubo respuesta. Resultaba obvio que ambos no se apreciaban a pesar de su parentesco.

– Unos parientes tan cercanos no deberían recurrir a la justicia para solucionar sus diferencias -amonestó Fidelma-. ¿Todavía insistís en que este tribunal haga el arbitraje?

Muadnat sorbió por la nariz con amargura.

– No es deseo mío estar aquí.

El joven se sonrojó furioso.

– Tampoco el mío. Mucho mejor hubiera sido para mi primo hacer lo que era correcto antes de llegar hasta aquí.

– Estoy en mi derecho -espetó Muadnat-. No podéis reclamar sobre la tierra.

Sor Fidelma alzó las cejas con ironía.

– Parece que va a tener que ser la ley la que decida, ya que no os ponéis de acuerdo. Y habéis traído el asunto ante el tribunal para que éste tome una decisión. Y la decisión que tome este tribunal respecto a este asunto la tendréis que cumplir.

Se reclinó, cruzó las manos en el regazo y examinó detenidamente a ambos, uno tras otro; dos rostros arrebatados por la ira.

– Muy bien -dijo la joven, finalmente-. Tengo entendido que Suanach heredó unas tierras de su padre. Corregidme si me equivoco. Posteriormente se casó con un hombre de ultramar, un bretón llamado Artgal, que al ser extranjero en esta tierra no tenía propiedad alguna que aportar al matrimonio.

– ¡Un extranjero pobre! -gruñó Muadnat.

Fidelma no le hizo caso.

– Artgal, que era el padre de Archú, murió hace unos años. ¿Estoy en lo cierto?

– Mi padre murió luchando al servicio del rey de Cashel contra los Uí Fidgente. -Había hablado Archú y el muchacho lo había hecho con orgullo.

– Un mercenario -menospreció Muadnat.

– A este tribunal no se la ha pedido que juzgue la personalidad de Artgal -observó sor Fidelma malhumorada-. Se le ha pedido que administre la ley. Bien, Artgal y Suanach se casaron…

– Contra los deseos de la familia de ella -volvió a interrumpir Muadnat.

– Eso ya lo he entendido -admitió Fidelma con suavidad-. Pero estaban casados. Al morir Artgal, Suanach continuó trabajando su tierra y educando a su hijo Archú. Hace un año murió Suanach.

– Entonces mi llamado primo vino y afirmó que toda la tierra era suya -dijo Archú con cierta amargura en la voz.

– Es la ley -dijo Muadnat con suficiencia-. La tierra pertenecía a Suanach. Su marido, al ser extranjero, no tenía tierra alguna. Cuando Suanach murió, su tierra revirtió a la familia de ella y de esa familia yo soy el pariente más cercano. Así es la ley.

– Se quedó con todo -se quejó el joven con amargura.

– Era para mí. Y de todas maneras vos no habíais alcanzado la edad de la elección.

– Así es -admitió Fidelma-. Durante este último año, según la ley, como miembro mayor de vuestra familia, Muadnat ha sido vuestro tutor, Archú.

– ¿Tutor? Querréis decir que he sido su esclavo -respondió el muchacho frunciendo el ceño-. Me he visto obligado a trabajar en mi propia tierra recibiendo a cambio sólo la manutención, me ha tratado peor que a un trabajador y me ha obligado a comer y a dormir en las caballerizas. La familia de mi madre ni siquiera me ha dado el trato que dan a los que contratan para trabajar la tierra.

– Eso ya lo he advertido -respondió Fidelma dejando ir un suspiro paciente.

– No tenemos ninguna obligación legal hacia el chico -gruñó Muadnat-. Lo mantuvimos. Debería estar agradecido.

– No voy a hacer ningún comentario al respecto -replicó Fidelma con frialdad-. El objeto de la demanda de Archú contra vos, Muadnat, es que debería heredar una parte de la tierra que pertenecía a su madre. ¿No es así?

– La tierra de su madre vuelve a manos de su familia. Él sólo puede heredar la que pertenecía a su padre, y su padre, al ser extranjero, no tenía tierra alguna que dejarle en este país. Que vaya al país de su padre si quiere una tierra.

Fidelma continuaba reclinada en su silla con las manos ante ella y ahora concentraba su mirada en Muadnat. Ocultaba a propósito sus ojos encendidos y mostraba una expresión blanda.

– Cuando muere un ocáire, dueño de una pequeña granja, una séptima parte de la tierra está sujeta a impuestos y ha de pagarse al jefe por la conservación del territorio del clan. ¿Se ha hecho esto?

– Así es -interrumpió el scriptor levantando la vista de las notas-. En este sentido hay una disposición del jefe, Eber de Araglin, hermana.

– Bien. Entonces la decisión que ha de tomar este tribunal es simple.

Fidelma se volvió lentamente hacia Archú.

– Vuestra madre era la única hija de un ocáire. Al morir éste, ella era la heredera y tenía derecho a sacar provecho de la tierra de su padre mientras viviera. Normalmente, esta tierra no podía pasar a su marido o a sus hijos y al morir ella tenía que revertir al pariente más cercano de su familia.

Muadnat se puso en pie y por primera vez sus rasgos contrariados se relajaron mostrando una expresión de satisfacción. Clavó sus ojos triunfantes en el joven.

– Sin embargo -continuó Fidelma con una voz glacial que atravesó la capilla- si su marido era extranjero, y en este caso era bretón, no tenía ninguna tierra que le perteneciera dentro del territorio del clan. Por lo tanto no podía dejar nada a su hijo. En tales circunstancias, la ley es clara y fue nuestro gran juez Bríg Briugaid quien dictó una sentencia que se convirtió en ley. Es decir, en tales circunstancias, la madre tiene derecho a legar la tierra a su hijo, pero con una limitación. De sus tierras, sólo puede legar el valor correspondiente a siete cumals, que es la propiedad mínima de un ocáire o pequeño granjero.

Se hizo un silencio, como si ambos, demandante y demandado, intentaran entender el fallo. Fidelma se compadeció ante su expresión de desconcierto.

– He fallado en vuestro favor, Archú -dijo sonriendo al joven-. Vuestro primo ocupa la tierra ilegalmente ahora que sois mayor de edad. Tiene que renunciar a un trozo de tierra equivalente al valor de siete cumals.

Muadnat abrió la boca perplejo.

– Pero… pero la totalidad de la tierra apenas equivale a siete cumals. Si a él le corresponde el valor de siete cumals a mí no me quedará nada.

Fidelma adoptó el tono de un maestro que sermonea a un alumno.

– Según el Críth Gablach, la antigua ley, siete cumals es la propiedad de un ocáire, que es lo que tiene derecho a recibir Archú -recitó con solemnidad Fidelma-. Además, por haber actuado violando la ley hasta el punto de obligar a Archú a presentar una demanda contra vos, tenéis que pagar una multa de un cumal a este tribunal.

Muadnat se quedó blanco. Su rostro reflejaba ira.

– ¡Esto es una injusticia! -gruñó.

Fidelma se enfrentó a la rabia con calma.

– A mí no me habléis de injusticia, Muadnat. Sois pariente de este joven. Cuando su madre murió, era vuestro deber criarlo y protegerlo. Sin embargo lo despojasteis de lo que le pertenecía por ley, le hicisteis trabajar para vos sin retribución, obligándole a vivir en peores condiciones que un esclavo. Dudo que tengáis idea alguna de lo que es la justicia. Sería justo que os obligara a pagarle una compensación mayor por lo que habéis hecho. Tal como yo lo veo, estoy suavizando la justicia con cierta clemencia.

Fidelma habló con frialdad y el hombre de rostro adusto parpadeó como si se viera agredido por el desprecio de la joven.

Muadnat tragó saliva.

– Recurriré este fallo ante mi jefe, Eber de Araglin. ¡Esa tierra es mía! Todavía tengo que decir la última palabra.

– Todo recurso tiene que dirigirse al juez supremo del rey de Cashel -interrumpió el scriptor con brusquedad, al acabar de escribir el fallo. Dejó el estilo y se esforzó en explicarse a su contrariado litigante-. Cuando un brehon dicta sentencia no tenéis que despotricar contra el brehon. Si hay algo que objetar, tenéis que hacerlo de la manera adecuada. Mientras, Muadnat de la Marisma Negra, tenéis que obedecer el fallo, retiraros de la tierra y dejar que la ocupe vuestro primo Archú. Si no lo hacéis así, dentro de nueve días a partir de este momento, os pueden desalojar. ¿Habéis entendido? Y la multa de un cumal ha de pagarse antes de la próxima luna llena.

Sin decir palabra, Muadnat se giró y abandonó la capilla deprisa y en silencio. Un hombre bajito, de constitución nervuda y con una mata de pelo castaño se levantó y se fue tras él.

Archú, mostrando en su expresión que apenas podía creer el fallo, se inclinó sobre la mesa, levantó su mano, agarró la de Fidelma y le dio un fuerte apretón.

– Dios os bendiga, hermana. Me habéis salvado la vida.

Fidelma esbozó una sonrisa ante el entusiasmo del joven.

– Tan sólo he juzgado conforme la ley. Si la ley hubiera sido diferente, hubiera tenido que fallar contra vos. Es la ley la que habla en este tribunal, no yo.

Fidelma retiró la mano. Parecía que el joven apenas la hubiera oído, pero, todavía sonriente, se giró y se apresuró hacia el fondo de la capilla donde una joven se levantó y fue casi corriendo hacia sus brazos. Fidelma sonrió con melancolía mientras observaba a los dos jóvenes cogidos de las manos y mirándose.

Entonces se volvió rápidamente hacia el scriptor.

– Creo que éste era el último caso que teníamos que ver; ¿no es así, hermano Donnán?

– Así es. Transcribiré las sentencias más tarde y me aseguraré de que se den a conocer de la manera apropiada. -El scriptor hizo una pausa, tosió ligeramente y bajó un poco la voz-. Parece que el abad está en la puerta esperando a hablar con vos.

Hizo un gesto nervioso con la cabeza y le señaló en dirección a la puerta de la capilla. Fidelma se giró. Ciertamente, el abad Cathal, de fornida figura, estaba en la puerta. Fidelma se levantó inmediatamente y se dirigió hacia él. Se dio cuenta de que el abad parecía preocupado.

– ¿Me buscáis, padre abad?

El abad Cathal era un hombre fornido y musculoso de mediana edad, un hombre con sello militar ya que de joven había recibido instrucción de guerrero. Era un hombre de la región, que había abandonado la vida militar para recibir las enseñanzas de san Cáthach de Lios Mhór y se había convertido en un consumado profesor y abad. Hijo de un gran jefe militar, Cathal había distribuido todas sus riquezas entre los pobres de su clan y vivía en la pobreza de su orden. Con su sencillez y su franqueza se ganaba enemigos. Una vez, un jefe de la zona lo había hecho encarcelar inventando que practicaba magia. Sin embargo al soltarlo, Cathal lo había perdonado. Así era este hombre.

A Fidelma le gustaba la bondad y la nula vanidad de Cathal. Contrastaba gratamente con la arrogancia que con frecuencia daban los cargos y que ella conocía bien. Cathal era uno de los pocos hombres de iglesia que ella consideraría sin duda «santo».

– Cierto, os buscaba, sor Fidelma -contestó el abad con una rápida pero cálida sonrisa-. ¿Ya ha terminado el tribunal con sus deliberaciones?

Su voz era suave, pero Fidelma intuyó que algo anormal había sucedido para que él viniera en su busca.

– Acabamos de dictar el fallo del último caso, padre abad. ¿Sucede algo?

El abad Cathal vaciló.

– Han llegado dos jinetes aquí, a la abadía. Uno de ellos es extranjero. Vienen de Cashel a buscaros.

– ¿Le ha pasado algo a mi hermano? -preguntó Fidelma, reaccionando a su primer pensamiento, presa del miedo. ¿Le habría sucedido algo a su hermano, Colgú, el nuevo rey de Muman, el mayor de los cinco reinos de Éireann?

Al momento el abad Cathal se mostró arrepentido.

– No, no. Vuestro hermano el rey está sano y salvo -la tranquilizó-. Perdonad mi torpeza. Venid, seguidme hasta mi habitación, donde os están esperando.

La curiosidad de Fidelma iba en aumento y con el mayor sosiego que pudo se apresuró por los pasillos de la gran abadía junto a la gran figura del abad.

En un lugar apartado y tranquilo, Lios Mhór, la gran casa, había empezado a destacar cuando Cáthach el Santo se había trasladado desde Rathan para fundar una nueva comunidad religiosa, hacía tan sólo una generación. En poco tiempo, Lios Mhór se había convertido en uno de los principales centros de enseñanza eclesiástica al que acudían en tropel estudiantes de muchas tierras. Como la mayoría de las grandes abadías de Irlanda, era una casa mixta, una conhospitae, en la que religiosos de ambos sexos vivían, trabajaban y educaban a sus hijos al servicio de Cristo.

Mientras atravesaban los claustros de la abadía, los estudiantes y religiosos se hacían a un lado respetuosamente para dejar pasar al abad, inclinando la cabeza con deferencia. Los estudiantes eran chicos y chicas de muchas naciones que venían a los cinco reinos a recibir instrucción. Al llegar a las habitaciones del abad, Cathal se detuvo, abrió la puerta y condujo a Fidelma al interior.

Un anciano de aspecto imponente estaba tras la mesa del abad. Se giró sonriendo ampliamente cuando entró Fidelma. Todavía era atractivo y tenía una mirada enérgica a pesar de su cabello plateado y su avanzada edad. Llevaba colgada una cadena de oro propia de su cargo por encima de la capa. Aunque su aspecto físico no lo distinguiera, esa cadena proclamaba que era un hombre de rango.

Fidelma lo reconoció enseguida.

– ¡Beccan! Es un placer volver a veros.

El jefe brehon le devolvió la sonrisa. Se acercó hacia ella y tomó sus manos entre las suyas.

– Reencontrarme con alguien por quien siento afecto, además de estima profesional, es siempre un placer, Fidelma.

La calidez de su bienvenida no era protocolaria, sino que denotaba auténtica emoción.

Fidelma oyó que alguien tosía detrás de ella y se giró con mirada inquisitiva. Era la figura de un clérigo con las manos cruzadas dentro de su hábito de lana marrón. Su tonsura era diferente de la de san Juan, la que llevaban los religiosos de los cinco reinos de Éireann. Era una tonsura romana. Su rostro era solemne, pero sus ojos color castaño oscuro centellearon de alegría cuando inclinó la cabeza para saludarla.

– ¡Hermano Eadulf! -exclamó Fidelma con rapidez-. Pensaba que estabais asistiendo a mi hermano en Cashel.

– Así era. Pero había poco que hacer en Cashel y cuando me enteré de que Beccan venía aquí a buscaros, me ofrecí para acompañarlo.

– ¿Venir a buscarme? -preguntó Fidelma, recordando de repente las palabras del abad-. ¿Qué sucede?

Fidelma se giró hacia el anciano brehon. El abad Cathal fue a sentarse detrás de su escritorio mientras el jefe brehon se dirigía a Fidelma.

– Hay malas noticias, hermana -empezó a decir Beccan con solemnidad. Luego se encogió de hombros y sonrió como disculpándose-. Perdonadme, primero debería deciros que vuestro hermano está bien en Cashel. Os envía saludos.

Fidelma no se molestó en explicar que el abad Cathal ya la había tranquilizado respecto a su hermano.

– ¿Y cuáles son esas malas noticias…?

Beccan hizo una pausa pensativo.

– Ayer por la tarde llegó a Cashel un mensajero del clan de Eber de Araglin.

A Fidelma ese nombre le resultó enseguida conocido y le costó poco recordar que estaba relacionado con el último caso que había juzgado aquella misma tarde. Eber era el jefe local del área de la que provenían Archú y su despiadado primo.

– Continuad -dijo a Beccan con cierto tono de culpabilidad, pues éste había hecho una pausa al ver que los pensamientos de la joven divagaban.

– El mensajero informó de que Eber había sido asesinado junto con uno de sus familiares. Habían prendido a alguien en la escena del crimen.

– ¿Qué tengo yo que ver con eso? -preguntó Fidelma.

Beccan hizo un gesto con la mano como para excusarse.

– Voy de camino a Ros Ailithir para un asunto de vuestro hermano. Es algo urgente y no puedo permitirme viajar hasta Araglin y llevar a cabo una investigación de forma adecuada. A vuestro hermano, el rey, le interesaba que este asunto se investigara inmediatamente y que se hiciera justicia. Eber de Araglin ha sido un buen amigo de Cashel y vuestro hermano creyó conveniente que vos…

Fidelma adivinó el resto.

– Que yo vaya a Araglin -acabó la frase exhalando un suspiro-. Bien, aquí el trabajo ha terminado y yo tenía planeado reunirme con mi hermano en Cashel mañana. Supongo que no tiene mucha importancia si llego unos días más tarde de lo previsto. Sin embargo, no acabo de entender, ¿qué es lo que hay que investigar en Araglin si ya han cogido al culpable, tal como decís? ¿Hay alguna duda respecto a su culpabilidad?

Beccan sacudió la cabeza en señal de negación.

– Ninguna, que yo sepa -le aseguró-. Me han dicho que al asesino lo cogieron con una daga en la mano y sangre en su ropa cuando estaba sobre el cuerpo de Eber. Sin embargo, vuestro hermano…

Fidelma hizo una mueca con ironía.

– Ya entiendo. Eber era amigo de Cashel y hay que demostrar que se hace justicia y además que se hace bien.

– No hay brehon en Araglin -añadió el abad Cathal, para explicar la situación-. Es más bien una cuestión de asegurarse de que la justicia se administra de forma adecuada.

– ¿Hay algún motivo para sospechar que podría ser de otra manera?

El abad Cathal extendió las manos como dando a entender que la pregunta no tenía una respuesta tan obvia.

– Eber era, por todo lo que se explica, un jefe muy popular con una gran reputación de persona buena y generosa. Al parecer su gente lo quería mucho. Podría ser que quisieran castigar al culpable sin recurrir a la justicia y al dictado estricto de la ley.

Fidelma se quedó mirando un rato sus ojos intranquilos. Cathal conocía a los montañeses de la zona de Lios Mhór mejor que la mayoría, pues era uno de ellos. Fidelma asintió con la cabeza mostrando que comprendía su preocupación.

– He tenido un ejemplo en mi tribunal de al menos un hombre del clan de Araglin que muestra poco respeto por la ley -musitó la joven-. Explicadme más cosas de la gente de Araglin, padre abad.

– Hay poco que explicar. Es gente muy unida, que suele ser rencorosa con los de fuera. El clan de Eber vive mayormente en las montañas, alrededor de un asentamiento que se llama el rath del jefe de Araglin. Las tierras se extienden hacia el este, a lo largo del río Araglin que fluye por la cañada. Son unas tierras de labrantío ricas. El clan de Eber las cultiva para sí mismo y desconfía de los extraños. El trabajo que habéis de llevar a cabo no será fácil.

– ¿Decís que no tienen brehon? ¿Tienen un sacerdote?

– Sí; el hermano Gormán se encuentra en el rath. Allí hay una capilla que se llama Cill Uird, «la iglesia del ritual». Hace veinte años que vive entre la gente de Araglin. Se formó aquí, en Lios Mhór. Sin duda, su ayuda os resultará muy valiosa, aunque tiene puntos de vista dogmáticos respecto a la propagación de la fe, con los que tal vez no estéis de acuerdo.

– ¿Y eso? -preguntó Fidelma interesada.

Cathal sonrió con picardía.

– Creo que es mejor que lo descubráis vos misma para que no vayáis predispuesta a una cosa u otra.

– Supongo que es defensor de las costumbres romanas -dijo Fidelma con un suspiro.

El abad Cathal hizo una mueca.

– Veo que sois muy fina, hermana. Sí. Cree que las costumbres romanas son mejores que las nuestras indígenas. Tiene seguidores, ya que ha construido una capilla romana en Ard Mór, que está adquiriendo renombre por sus riquezas. Al parecer el padre Gormán tiene simpatizantes ricos.

– Sin embargo sigue viviendo en un lugar tan aislado como Cill Uird -señaló Fidelma-. Es curioso.

– No busquéis misterios donde no los hay -la increpó el abad Cathal, aunque con una sonrisa-. El padre Gormán es un hombre de Araglin, pero también cree en la propagación de su interpretación de la fe.

Beccan contemplaba divertido el rostro afligido de la joven y sacudió su cabeza.

– El problema, Fidelma de Kildare, es que sois demasiado buena en vuestra profesión. Vuestra sabiduría es conocida en los cinco reinos de Éireann.

– Eso no me gusta -murmuró Fidelma-. Yo sirvo a la ley no por estima personal. Yo la sirvo para llevar justicia al pueblo.

Beccan se tomó ese enfado de buena manera.

– Y haciéndolo así, Fidelma, se os conoce como persona justa y con habilidad para resolver enigmas polémicos. Tras vuestros éxitos, viene vuestra reputación. Tenéis que aceptarlo. Pero ahora…

El hombre se giró decidido hacia el abad Cathal.

– Tendría que irme, ya que desearía llegar a Ard Mór antes del anochecer. Vive valeque, Cathal de Lios Mhór.

– Vive, vale, Beccan.

Sonrió brevemente a Fidelma y luego saludó con la cabeza a Eadulf, y el anciano salió de la habitación casi sin que se dieran cuenta.

Fidelma se giró hacia el hermano Eadulf con curiosidad.

– ¿No proseguís el viaje con Beccan? ¿Adónde vais, Eadulf?

El monje de ojos castaños, que había compartido muchas de las aventuras de Fidelma, se mostraba indiferente.

– Yo pensaba acompañaros a Araglin; eso si no ponéis ninguna objeción. Me interesaría conocer una parte de esa tierra que no he visitado nunca.

Fidelma esbozó una sonrisa picara al oír la respuesta diplomática de Eadulf, que sin duda pretendía despistar cualquier pensamiento inquisitivo del abad.

Eadulf era un gerefa hereditario o magistrado de su pueblo, los sajones. Un misionero irlandés, Fursa, lo había convertido al cristianismo, y lo había enviado a educarse en las grandes escuelas de Éireann. Primero había estudiado en el monasterio de Durrow y más tarde en el colegio de medicina de Tuaim Brecain. Después Eadulf había dejado la Iglesia de Colmcille por la Iglesia de Roma. Había pasado a ser secretario de Teodoro, el nuevo arzobispo de Canterbury, designado por Roma. Teodoro lo había vuelto a enviar a Irlanda como emisario en la corte del hermano de Fidelma, Colgú de Cashel. Eadulf se encontraba como en casa en los cinco reinos, cuya lengua hablaba con soltura.

– Podéis acompañarme, Eadulf -contestó Fidelma- Pero, ¿tenéis un caballo?

– Vuestro hermano ha tenido la amabilidad de prestarme uno para este viaje.

Los religiosos no solían viajar a caballo. El hecho de que Fidelma tuviera uno era simplemente en reconocimiento a su rango y su oficio de brehon de los tribunales de justicia.

– Excelente. Tal vez deberíamos ponernos en marcha inmediatamente. Todavía quedan muchas horas de luz.

– ¿No sería mejor que esperarais a mañana al amanecer? -preguntó el abad Cathal-. No llegaréis a Araglin antes del anochecer.

– Seguro que habrá alguna posada por el camino -replicó Fidelma con seguridad-. Si existe la posibilidad de que la gente de Eber lleve a cabo una acción preventiva contra el acusado, sin esperar a que sea la ley la que se ocupe del asunto, entonces cuanto antes llegue a Araglin, mejor.

Cathal estuvo de acuerdo, aunque con cierta renuencia.

– Como queráis, Fidelma. Pero las montañas no son un lugar para que lo pillen a uno sin refugio. -Sin embargo, el abad era bien consciente de que no estaba hablando con una religiosa, sino con la hermana de su rey. Lo que ella decidiera no era algo que él pudiera desafiar con su autoridad-. Haré que uno de nuestros hermanos prepare comida y bebida para vuestro viaje y me ocuparé de que den de beber a vuestros caballos y los ensillen.

Entonces, el abad Cathal se puso en pie y abandonó la estancia.

Cuando la puerta se cerró tras él, el rostro solemne de Fidelma se transformó. Se giró deprisa y cogió las manos del monje sajón. Sus ojos verde azulados reflejaron una alegría desbordante. La expresión natural de contento de su rostro atractivo y espontáneo hubiera hecho que incluso el más sombrío de los religiosos se preguntara por qué motivo una joven tan seductora había tomado el hábito. Su figura alta y bien proporcionada sugería el deseo de un papel más activo y alegre en la vida que el limitado a los confines de una comunidad religiosa.

– ¡Eadulf! Pero me habían dicho que habíais regresado a la tierra de los sajones…

La expresión de Eadulf se recompuso y esbozó una sonrisa burlona al ver el entusiasmo que mostraba la joven.

– Todavía no. Cuando oí que Beccan venía a buscaros para enviaros a Araglin, le dije a vuestro hermano que quería conocer algo del país y cómo se aplica la ley. Era una excusa para quedarme un poco más en esta tierra.

– Me alegro de que hayáis venido. A decir verdad, estaba tan aburrida aquí en Lios Mhór… Estará bien adentrarnos en las montañas; en el aire cálido y tener a alguien con quien charlar de esto y de lo otro…

Eadulf se echó a reír, una risa amable y bondadosa.

– Ya sé a qué tipo de charla os referís -contestó él con mordacidad.

Esta vez fue Fidelma quien se echó a reír. Había echado de menos los debates que solía mantener con Eadulf. Había echado de menos la manera que tenía de burlarse de él, de sus opiniones y filosofías divergentes; la manera que él tenía de caer en sus trampas con buen humor. Sus discusiones eran fuertes, pero no había enemistad entre ellos. Iban aprendiendo juntos, mientras examinaban sus interpretaciones de los principios morales de los padres fundadores de su fe y rebatían con pasión sus ideas de la vida.

De repente Eadulf se mostró serio mientras observaba la expresión animada de Fidelma.

– Yo también he echado de menos nuestras charlas -dijo en voz baja.

Se quedaron mirándose el uno al otro en silencio y después la puerta se abrió de repente y entró el abad Cathal. Se separaron turbados.

– Ya está hecho. La comida estará lista. De hecho, estáis de suerte. Me han dicho que hay un granjero de Araglin que justo va a emprender el camino de vuelta allí. Os puede guiar.

Fidelma se lo quedó mirando dubitativa.

– ¿Un granjero? ¿Es joven o de mediana edad? -preguntó con prudencia.

El abad Cathal la miró perplejo durante un momento y luego se encogió de hombros.

– Es joven. También va una joven con él. ¿Es eso relevante?

– En ese caso, no tiene importancia -contestó Fidelma sacudiendo la cabeza divertida-. Pero creo que si el granjero hubiera sido mayor hubiera sido diferente. Veréis -decidió ofrecer una explicación al abad asombrado-, acabo de dictar una sentencia contra un granjero de mediana edad, un tal Muadnat. Mi compañía pudiera no ser de su agrado.

El abad Cathal todavía parecía sorprendido.

– Pero todos deben acatar las sentencias de la ley -añadió; al parecer el abad no entendía que una sentencia de la ley pudiera causar resentimiento.

– No todo el mundo lo acepta de buen grado, abad -replicó Fidelma-. Pero ahora creo que es hora de que el hermano Eadulf y yo nos pongamos de camino.

El abad Cathal parecía renuente a su marcha.

– Ésta puede ser la última vez que nos veamos, Fidelma; al menos por un tiempo.

– ¿Por qué? -preguntó la joven con curiosidad.

– La semana que viene parto de peregrinaje a Tierra Santa. Hace años que es mi ambición. El hermano Nemon ocupará el lugar de abad aquí.

– ¿Tierra Santa? -preguntó Fidelma con melancolía-. Ése es un viaje que, algún día, también yo espero hacer. Os deseo lo mejor para el viaje, Cathal de Lios Mhór. Que Dios os acompañe en todos los caminos.

Tendió su mano al abad, quien la tomó y la apretó con fuerza.

– Y que Él siga inspirando vuestras sentencias, Fidelma de Kildare -respondió el abad con solemnidad. Sonrió a ambos y levantó una mano en señal de bendición-. Hasta el final del camino, paz y seguridad.


Capítulo III

<p>Capítulo III</p>

En el patio enlosado de la abadía encontraron al joven Archú con la joven que estaba con él en la capilla. Esperaban impacientes, sentados a la sombra de los claustros. A su lado había dos caballos ya ensillados. Archú se levantó y se acercó a sor Fidelma cuando ésta apareció. A ella todavía le parecía un cachorro esperando con impaciencia a su amo.

– Me han dicho que necesitáis un guía para llevaros a la tierra de Araglin, hermana. Estoy encantado de poder ofreceros mi ayuda ya que me habéis devuelto mi tierra y mi honor.

Fidelma sacudió la cabeza y contuvo su sonrisa ante aquella dignidad juvenil.

– Ya os lo he dicho anteriormente, tan sólo la ley era el árbitro en este asunto. No me debéis nada.

Fidelma se giró mientras la joven se acercaba con la mirada gacha. Era atractiva, delgada y rubia, y Fidelma calculó que no tendría más de dieciséis años.

Archú la presentó con timidez.

– Esta es Scoth. Ahora que tengo mi tierra, nos vamos a casar. Voy a pedir a nuestro sacerdote, el padre Gormán, que lo arregle enseguida en cuanto lleguemos a casa.

La joven se sonrojó contenta.

– Aunque la sentencia hubiera sido contraria, yo me hubiera casado igual -respondió la joven gentilmente y se volvió hacia Fidelma-. Por eso he seguido a Archú hasta aquí. No me hubiera importado el resultado del juicio. De verdad que no.

Fidelma se quedó entonces mirando a la joven con gravedad.

– Pero el juicio ha ido bien, Scoth. Ahora os vais a casar con un ocáire en lugar de con un hombre sin tierra.

A su vez, Fidelma les presentó al hermano Eadulf. Uno de los hermanos había estado cargando comida y bebida para el viaje en las alforjas de los caballos y ahora se acercaba llevando ambas monturas por las bridas. Fidelma advirtió que tanto Archú como Scoth llevaban un fardo y un bastón de endrino. No había otros caballos en el patio y estaba claro que no tenían montura, ni siquiera un asno.

Archú se dio cuenta de que Fidelma fruncía el ceño y con acierto adivinó lo que pasaba por la mente de la abogada.

– No tenemos caballos, hermana. Hay caballos en la granja de Araglin pero, por supuesto, yo no tenía permiso para traérmelos aquí. Y mi primo Muadnat -dijo vacilante y pronunciando el nombre de éste con cierta amargura- ya se ha marchado con Agdae, su capataz. Así que hemos de regresar como vinimos… a pie.

Fidelma sacudió la cabeza con amabilidad.

– No importa -respondió con alegría-. Nuestros caballos son monturas fuertes y vos sois un peso más que ligero. Scoth puede montar detrás de mí, y Archú detrás del hermano Eadulf.

Era ya media tarde cuando cruzaron las grandes puertas de madera del monasterio y acompañaron a los caballos hasta el sendero que seguía el curso del gran río junto a las montañas que se elevaban al norte.

Archú, sentado detrás de Eadulf, señaló algo por encima de su hombro.

– Araglin está en esas montañas -dijo ansioso-. Tendremos que descansar en algún sitio por la noche, pero mañana antes de mediodía estaréis allí.

– ¿Dónde pensáis pasar la noche? -preguntó Fidelma mientras guiaba a su caballo por el estrecho puente de madera que atravesaba el río en dirección a las cimas del norte.

– Dentro de una milla aproximadamente, dejaremos el camino que va al norte en dirección a Cashel y empezaremos a ascender por un terreno con colinas hacia las tierras de Araglin, siguiendo la ribera oeste de un riachuelo que nace en esas montañas -contestó Archú-. Es una tierra muy boscosa. En ese camino hay una posada donde se podría pasar la noche. Llegaremos allí justo antes del anochecer.

– Entonces el trayecto del día siguiente será fácil -apuntó la joven Scoth, detrás de Fidelma-. No serán más que unas horas; cabalgaremos hasta la cima de la gran cañada y luego descenderemos hasta el valle de Araglin, que os conducirá directamente al rath del jefe local.

El hermano Eadulf giró la cabeza ligeramente.

– ¿Sabéis por qué nos dirigimos allí?

Archú intentó encogerse de hombros detrás del monje.

– El padre abad nos informó de la noticia procedente de Araglin -contestó el muchacho.

– ¿Conocíais a Eber? -preguntó Fidelma.

El joven no se mostraba muy alarmado por el hecho de que su jefe hubiera sido asesinado. A Fidelma le interesaba esa falta de inquietud.

– Había oído hablar de él -admitió Archú-. Es más, mi madre estaba emparentada con él. Pero la mayoría de gente de Araglin está emparentada de alguna manera. La granja de mi madre estaba en un valle aislado conocido como el valle de la Marisma Negra, que está a algunas millas del rath del jefe. No teníamos ningún motivo para ir al rath. Tampoco Eber vino nunca a ver a mi madre. Su familia no aprobó su matrimonio con mi padre. El padre Gormán venía a visitarnos de vez en cuando, pero Eber nunca.

– ¿Y vos, Scoth? ¿Conocíais a Eber?

– Yo era huérfana, crecí como criada en la alquería de Muadnat. Nunca se me permitió ir al rath del jefe local, aunque lo vi varias veces cuando venía por alguna fiesta o a cazar con Muadnat. Y una vez, hace años, vino para alzar al clan en su lucha contra los Uí Fidgente. Lo recuerdo como de la misma pasta que Muadnat; borracho y humillante.

– Mi padre, Artgal, respondió a su llamada y fue a luchar contra los Uí Fidgente, pero nunca regresó -añadió Archú enfadado.

– ¿Así que es poco lo que me podéis contar de Eber?

– ¿Qué es lo que quisierais saber? -preguntó Archú con interés.

– Me gustaría saber qué tipo de persona era. Habéis dicho que era borracho e insultante. ¿Pero era un buen jefe para su gente?

– La mayoría de la gente hablaba bien de él -informó Archú-. Yo creo que gustaba a la gente, pero cuando pedí consejo al padre Gormán respecto a si haces una demanda legal contra Muadnat, me aconsejó que la presentara en Lios Mhór mejor que ante Eber.

A Fidelma le pareció un consejo curioso viniendo de un sacerdote. Después de todo, el primer paso en cualquier contencioso era una petición al jefe del clan; incluso el jefecillo de un pequeño clan tenía derecho a hacer un primer dictamen. Fidelma recordó que Beccan había mencionado que Araglin no tenía brehon para aconsejar legalmente, quizá por eso la recomendación del padre Gormán resultaba bastante lógica y no había que prejuzgar a Eber.

– ¿El padre Gormán os dio alguna razón para presentarla directamente en Lios Mhór? -preguntó Fidelma.

– Ninguna.

– ¿No resulta curioso que dos personas hayan crecido en el territorio de un clan y apenas hayan visto a su jefe? -preguntó Eadulf.

Archú se echó a reír sorprendido.

– Araglin no es cualquier territorio pequeño. Podríais perderos fácilmente en sus montañas. Es más, podríais pasar toda la vida allí y no encontrar nunca a vuestro vecino del otro lado de la colina. Mi granja -el muchacho hizo una pausa y paladeó la frase-, mi granja, como he dicho, está en un valle aislado y tan sólo hay otra, la de Muadnat.

Scoth suspiró profundamente.

– Es de desear que nuestras vidas sean diferentes ahora. Yo apenas conocía lo que había fuera de la cocina de Muadnat.

– ¿Por qué no os escapasteis de la casa de Muadnat? -preguntó Fidelma.

– Lo hice en cuanto tuve la edad legal. Pero ¿adónde podía ir? Pronto me devolvieron a su granja.

Fidelma alzó las cejas asombrada.

– ¿Os devolvieron a la fuerza? ¿Con qué derecho os obligó Muadnat a regresar? ¿No erais de la clase de los no libres?

– ¿La clase de los no libres? -inquirió Eadulf-. ¿Esclavos, queréis decir? Yo pensaba que no había esclavos en los cinco reinos.

– No los hay -replicó Fidelma inmediatamente-. La clase de los no libres es la clase de los que no tienen ningún derecho dentro del clan.

– ¿Y qué son sino esclavos?

– No lo son. Es la clase constituida por los prisioneros de guerra, los rehenes y los cobardes que desertaron de su clan en tiempos de necesidad. También incluye los que han infringido la ley y no pueden o no quieren pagar la compensación y las multas que se les impusieron. A éstos se les despoja de todo derecho civil, pero no se les excluye de la sociedad. Se les sitúa en una posición en la que tienen que contribuir a su bienestar. Por supuesto, no pueden llevar armas ni ser elegidos para ningún cargo dentro del clan.

Eadulf hizo una mueca.

– A mí me parece esclavitud.

Fidelma mostró su disconformidad.

– La «clase de los no libres» está dividida en dos grupos. Unos pueden alquilar una tierra, trabajarla y pagar impuestos. Los otros no merecen confianza y están siempre rebelándose contra el sistema. Quienquiera que se encuentre en una de esas situaciones puede redimirse trabajando hasta saldar las cuentas con la ley.

– ¿Y si no las saldan? -inquirió Eadulf.

– Entonces se quedan en esa posición, sin derechos civiles, hasta que mueren.

– ¿Así que sus hijos se convierten en esclavos?

– ¡Esclavos no! -volvió a corregir Fidelma-. Y la ley dice que «todo muerto mata sus deudas». Sus hijos se convierten en ciudadanos de pleno derecho.

Fidelma percibió una sonrisa divertida en la boca de Eadulf y se preguntó si no estaría usando su táctica de hacer de abogado del diablo para provocarla. Ella había usado con frecuencia esa estratagema en el pasado con Eadulf. ¿Pudiera ser que finalmente Eadulf hubiera aprendido un humor más sutil? Estaba a punto de decir algo, cuando la joven Scoth intervino.

– Yo no era de la «clase de los no libres» -dijo la muchacha acalorada, recordándoles el origen de la discusión-. Muadnat era simplemente mi tutor legal y yo estaba bajo su tutela hasta alcanzar la edad de la elección. Después no tenía ningún control sobre mí, pero yo no tenía adónde ir. Abandoné su granja pero no pude conseguir trabajo en ningún sitio y tuve que regresar.

– Ahora las cosas serán diferentes -insistió Archú.

– Bueno, yo me cuidaría de Muadnat -advirtió Fidelma-. A mí me pareció un hombre rencoroso.

Archú mostró su aprobación enérgicamente.

– Eso ya lo sé. He de estar vigilante, hermana.

El camino por el que Fidelma y Eadulf guiaban a sus caballos empezaba a ascender rápidamente por las colinas, alejándose del río, en dirección a los picos más altos, redondos y pelados de las montañas que sobresalían de entre los bosques circundantes. La parte más baja de las colinas estaba densamente poblada de árboles, pero el sendero que atravesaba las montañas se venía utilizando desde siglos, de manera que los árboles dejaban un paso libre por el que incluso podía transitar una buena carreta si no llovía.

El aire estaba en calma y sólo los pesados bufidos de los caballos al ascender perturbaban el silencio. De vez en cuando oían el excitado gañido de perros salvajes y el aullido de un lobo que advertía que unos intrusos habían penetrado en su territorio.

El sol se sumergía tras los picos del oeste y las largas sombras se extendían con rapidez. Cuando el sol empezó a desaparecer, el aire se volvió frío. Fidelma recordó que al día siguiente era la fiesta en recuerdo de Conláed, un gran artesano del metal de Kildare que había moldeado los vasos sagrados del monasterio de Brígida. Tenía que acordarse de encender una vela en su nombre. Pero al pensar en eso, se dio cuenta de que ya estaban entrando en el mes considerado como el primero del período estival que terminaba con la fiesta de Lughnasa, uno de los populares festivales paganos que la nueva fe había sido incapaz de abolir. Los caballos subían lenta y pesadamente y Eadulf empezó a lanzar miradas nerviosas hacia el punto de luz que centelleaba detrás de ellos hacia el oeste.

– No tardará en anochecer -observó inútilmente.

– Ya no estamos lejos -le tranquilizó Archú-. ¿Veis esa curva en el camino a la derecha? Allí tomaremos un sendero que se adentra en las montañas, siguiendo el curso de un riachuelo que atraviesa este camino.

Volvieron a quedarse en silencio al penetrar en el oscuro bosque de robles; en el sendero poco frecuentado ya sólo cabía un caballo. Uno detrás de otro, los dos caballos avanzaban con dificultad por el estrecho desfiladero, entre sólidos robles y altos tejos. Pasó una hora más. El crepúsculo descendió con rapidez.

– ¿Estáis seguro de que vamos por el buen camino? -preguntó Eadulf, no por primera vez-. Yo no veo señal de ninguna posada.

Pacientemente, el joven Archú señaló hacia delante.

– La veréis en cuanto alcancemos la próxima curva del camino -aseguró al monje sajón.

Ya había anochecido; de hecho, ya era casi oscuro y apenas podían ver la curva en el sendero bordeado de árboles. Aunque no había nubes en el cielo, los árboles también tapaban una buena parte del cielo nocturno. Tan sólo se veían algunas estrellas brillantes a través del dosel que formaban las ramas. Entre ellas, Fidelma percibió el brillante centellear de la estrella vespertina que dominaba los cielos. Llevaban una hora ascendiendo por aquel sendero, dirigiendo sus pasos precarios entre los árboles que oscurecían el camino y que los rozaban por ambos lados. No habían encontrado a nadie más desde que habían abandonado el camino principal. Incluso Fidelma empezaba a preguntarse si era prudente continuar. Tal vez fuera mejor detenerse, disponer un fuego e intentar pasar así la noche. Estaba a punto de hacer esta sugerencia cuando llegaron a la curva del camino. Enseguida se abrió un sendero más ancho ante ellos. En cuanto llegaron a la curva vieron la luz.

– Ahí está -anunció Archú con satisfacción-. Tal como dije.

A poca distancia delante de ellos, en un lado del sendero, parpadeaba una linterna en el extremo de un alto poste clavado en un trocito de faitche, o hierba, que se extendía frente a un edificio de piedra. Fidelma sabía que, de acuerdo con la legislación, todas las posadas u hostales públicos, llamados bruden, tenían que anunciarse de noche con una linterna encendida.

Hicieron detener a los caballos junto al poste. Fidelma vio el nombre grabado en caracteres latinos sobre un tablón de madera colocado bajo la linterna: «Bruden na Réaltaí», la posada de las estrellas. Fidelma miró al cielo, que el dosel de ramas ya no ocultaba, y vio una miríada de luces plateadas y centelleantes que se extendía por el firmamento. El hostal tenía un nombre apropiado.

Apenas se habían detenido cuando de repente un anciano abrió la puerta del hostal y salió corriendo a recibirlos.

– Bienvenidos, viajeros -gritó con voz aguda-. Entrad, que yo me ocuparé de vuestros caballos. Entrad, la noche es fría.

En el interior, el hostal parecía desierto. Un gran leño crepitaba en el hogar, situado en uno de los extremos de la estancia. En un gran caldero, un caldo aromático hervía a fuego lento sobre las llamas, su perfume impregnaba la habitación. Era cálido y reconfortante. Las linternas estaban encendidas y parpadeaban frente al roble pulido y los tablones de la habitación.

Fidelma se fijó en una mesa situada en un lado de la estancia, sobre la que, a primera vista, parecía que había esparcidas varias piedras. Frunció el ceño y se acercó a examinarlas, cogió una y sintió su peso metálico. Las rocas estaban pulidas y parecía que estaban colocadas formando un arreglo decorativo para dar atmósfera al recinto.

Sacudiendo la cabeza ligeramente con perplejidad, Fidelma se dirigió hacia una gran mesa que había junto al fuego, pero no se sentó. Después de horas sobre la silla agradecía estar de pie un rato.

Archú se acercó a Fidelma nervioso.

– Lo siento hermana. Tenía que habéroslo dicho antes, pero ni Scoth ni yo tenemos con qué pagar al posadero. Nos retiraremos y pasaremos la noche fuera, en los bosques. Es lo que íbamos a hacer. La noche es seca y no demasiado fría, a pesar de lo que dice el posadero -añadió.

Fidelma sacudió la cabeza.

– ¿Vos, un ocáire? -lo reprendió Fidelma con amabilidad-. Ahora tenéis riquezas suficientes después de haber ganado el juicio. Sería de mala educación que no os adelantara el dinero de la comida y del alojamiento para esta noche.

– Pero… -protestó Archú.

– No se hable más -interrumpió Fidelma con firmeza-. Una cama es más confortable que la tierra húmeda y este caldo borbolleante tiene un aroma maravilloso.

Fidelma echó una mirada curiosa alrededor, al hostal desierto.

– Parece que somos los únicos viajeros por este camino esta noche -observó Eadulf mientras se repantigaba en una silla cerca del fuego.

– No es un camino transitado -explicó Archú-. Es el único que lleva a las tierras de Araglin.

A Fidelma le interesó aquello de inmediato.

– Si es así y éste es el único hostal en el camino, resulta extraño que no hayamos encontrado a vuestro primo Muadnat aquí.

– Gracias a Dios que no ha sido así -murmuró Scoth acomodándose en la mesa.

– Sin embargo, él y su compañero…

– Ése era Agdae, su capataz y sobrino -informó Scoth.

– Él y Agdae -continuó Fidelma- partieron de Lios Mhór antes que nosotros, y seguro que tomaron este camino, si es el único que lleva a Araglin.

– ¿Por qué preocuparse ahora por Muadnat? -preguntó Eadulf bostezando y codiciando el caldo con la mirada.

– No me gustan los asuntos que quedan por resolver -explicó Fidelma con tono molesto.

La puerta se abrió y apareció el anciano. Con la luz de la estancia vieron que el hombre era de rasgos carnosos, cabello grisáceo y de aspecto agradable, que se correspondía con su amabilidad. Tenía la cara roja, redonda y adornada con una sonrisa permanente.

Contempló el grupo con calidez.

– Bienvenidos, otra vez. He metido vuestros caballos en el establo y los he atendido. Me llamo Bressal y estoy a vuestro entero servicio. Mi casa es vuestra casa.

– Necesitamos camas para pasar la noche -anunció Fidelma.

– Desde luego, hermana.

– También necesitamos comida -añadió con rapidez Eadulf, mirando anhelante otra vez el borboteo del caldero.

– Desde luego, y buena mead para saciar vuestra sed, sin duda -añadió el posadero deprisa-. Mi mead está considerada la mejor de estas montañas.

– Excelente -respondió Eadulf-. Podéis servir…

– Comeremos después de habernos quitado el polvo del camino -interrumpió Fidelma con sequedad.

Eadulf sabía que era costumbre irlandesa darse un baño cada noche antes de la principal comida del día. Era un hábito al que nunca había llegado a acostumbrarse ya que el ritual de un baño diario no era una práctica común entre su gente. Sin embargo, allí, se consideraba una falta de educación no bañarse antes de la comida de la noche.

– Prepararé vuestros baños, pero me llevará un rato ya que no tengo más ayuda que mis dos manos -explicó Bressal.

– A mí no me importa bañarme en agua fría -dijo Eadulf enseguida-. Estoy seguro de que a Archú no le importará un baño tibio.

El joven se mostró dubitativo y se encogió de hombros.

Fidelma hizo una mueca de desaprobación. Ella creía en el ritual de purificación.

– Scoth y yo ayudaremos a Bressal a calentar el agua para nuestros baños -se ofreció Fidelma-. Vos podéis hacer lo que os plazca -añadió lanzando una mirada de reprobación a Eadulf.

Bressal extendió sus brazos como disculpándose.

– Lamento la molestia, hermana. Venid, os mostraré el camino hacia la casa de baños. Para vos, hermano, hay un riachuelo que corre junto al hostal. Podéis llevaros una lámpara, si os queréis bañar allí.

Archú cogió una lámpara, aunque parecía algo renuente después de haber oído dónde estaba situada la casa de baños.

– Yo llevaré la lámpara -se ofreció.

Eadulf le dio un golpecito en el hombro.

– Vamos, hermanito -le animó-. Un baño frío nunca le ha hecho mal a nadie.

Finalmente, al cabo de una hora se sentaron a comer. El caldo era de copos de avena y puerros, aderezados con algunas hierbas. Y después había trucha, pescada en el riachuelo, servida con pan recién horneado y mead dulcificada con miel. Bressal no era un cocinero novato.

Mantuvo una conversación animada mientras los iba sirviendo, dando cuenta de noticias del lugar. Pero quedó claro que estaba aislado y seguramente todavía no se había enterado del asesinato del jefe de Araglin, de lo que le informó el joven Archú, deseoso de hacerse con una nueva posición como hombre de cierto estatus de Araglin.

– ¿Somos los únicos viajeros esta noche? -preguntó Fidelma en un momento de calma de la conversación.

Bressal hizo una mueca.

– Sois los únicos viajeros que se han detenido aquí en la última semana. No son muchos los que circulan por este camino hacia Araglin.

– ¿Entonces tiene que haber otras rutas?

– Desde luego, hay otra. Un camino que va desde el este del valle hacia el sur, hacia Lios Mhór, Ard Mór y Dún Garbháin. Esta ruta sólo se une al gran camino que va en dirección norte, hacia Cashel, o sur, hacia Lios Mhór. ¿Por qué me preguntáis eso, hermana? -inquirió el posadero con una chispa de curiosidad en la mirada.

Archú tenía el ceño fruncido.

– Me dijeron que ésta era la única ruta hacia Lios Mhór.

– ¿Quién os lo dijo? -quiso saber el posadero.

– El padre Gormán de Araglin.

– Bueno, la ruta este es la más rápida hacia Lios Mhór -insistió Bressal-. Él debería saberlo.

Fidelma decidió cambiar de tema y señaló la colección de rocas que había sobre la mesa.

– Allí tenéis una curiosa colección de adornos, amigo.

Bressal se mostró despectivo.

– No es mía. Yo no los colecciono. Mi hermano Morna es minero, trabaja en las minas que están al oeste, en la Llanura de los Minerales. Recogió estas rocas mientras trabajaba. Yo se las guardo.

Fidelma se mostró muy interesada por las rocas, las cogió y les fue dando vueltas en sus manos.

– Son muy intrigantes.

– Morna lleva años coleccionándolas. Vino aquí hace tan sólo un par de días, lleno de entusiasmo, decía que había descubierto algo que iba a hacerlo rico. Llevaba una roca. Cómo una roca va a hacerlo rico, eso no lo sé. Pasó una noche aquí y se marchó al día siguiente.

– ¿Qué roca fue la que trajo? -preguntó Fidelma intrigada mientras recorría con la mirada la colección.

Bressal se rascó el cogote.

– He de confesar que no estoy seguro. -Cogió una-. Creo que era ésta.

Fidelma la cogió en sus manos y la fue girando y observando. No era más que un simple trozo de granito. Se la devolvió al posadero y éste volvió a colocarla sobre la mesa.

– ¿Necesitáis algo más antes de retiraros? -preguntó dirigiéndose al grupo.

Archú y Scoth decidieron retirarse, mientras que Eadulf pidió otra copa de mead y anunció que iba a sentarse junto al fuego durante un rato. Fidelma se sentó a hablar con Bressal ya que los posaderos suelen resultar una buena fuente de información. Dirigió la conversación hacia Eber. Bressal sólo había visto a Eber una media docena de veces, al ir de su territorio hacia Cashel. Lo conocía poco para poder opinar, aunque dijo que había oído de todo respecto al hombre. Algunos pensaban que era un matón mientras otros alababan su bondad y su generosidad.

Todavía era pronto cuando Fidelma anunció que se iba a retirar a la cama. Bressal la había acomodado en una esquina del dormitorio principal, que ocupaba todo el piso superior del hostal. Era un espacio dividido por cortinas, pues era inusual encontrar habitaciones separadas en las posadas pequeñas. La cama no era más que un jergón de paja sobre el suelo y una manta burda de lana. Era limpio, cálido y confortable y ella no pedía más.

Le pareció que apenas había apoyado la cabeza sobre la paja cuando se despertó sobresaltada. Una mano cálida la agarraba por el brazo y la apretaba con suavidad. Fidelma parpadeó y empezó a forcejear, pero oyó una voz que susurraba.

– Sssshhh. Soy yo.

Era la voz de Eadulf.

Se quedó quieta y parpadeando durante un rato.

– Hay unos hombres armados fuera del hostal -continuó diciendo Eadulf, con voz tan baja que apenas podía oírlo.

Fidelma se dio cuenta de que en la ventana había una curiosa luz gris y por la abertura de una cortina vio uno o dos diminutos puntos brillantes de estrellas reacias a abandonar el cielo; iba a amanecer.

– ¿Qué es lo que os preocupa de esos hombres armados? -preguntó, siguiendo el ejemplo de Eadulf y hablando en voz baja.

– El ruido de caballos me despertó hace quince minutos -explicó Eadulf suavemente-. Eché una mirada y vi las sombras de una media docena de jinetes. Cabalgaban en silencio, pero no vinieron al hostal. Escondieron sus caballos en los bosques de allá y tomaron posiciones entre los árboles que están frente a la puerta del hostal.

Fidelma se sentó bruscamente. Ahora estaba totalmente despierta.

– ¿Bandidos?

– Tal vez. A mí me parece que no tienen ninguna buena intención, ya que todos llevan arcos.

– ¿Habéis avisado a Bressal?

– Lo he despertado primero. Está abajo asegurando las puertas por si nos atacan.

– ¿Lo han atacado anteriormente?

– Nunca. Algunas veces bandas de ladrones han atacado los hostales más ricos situados a lo largo del camino principal entre Lios Mhór y Cashel. ¿Pero quién iba a elegir esta posada aislada para robar?

– ¿Los jóvenes están despiertos?

– ¿Los jóvenes? Ah, os referís a Archú y Scoth. Todavía no. He venido…

Se oyó un curioso sonido procedente del exterior y Fidelma olió un momento a quemado. Apenas acababa de oír un segundo ruido cuando una flecha atravesó a toda velocidad el hueco de la ventana y fue a clavarse en la pared del fondo. Habían atado paja alrededor de la flecha y estaba prendida. Entonces se oyeron las voces de un hombre que daba órdenes fuera.

Fidelma saltó de la cama.

– Despertad a los demás. Nos están atacando.

La última frase era innecesaria; otra flecha encendida penetró en la habitación y se empotró en la puerta. Fidelma fue corriendo a agarrarla, sin preocuparse de las llamas hambrientas. Se giró y la lanzó por la ventana. Luego alcanzó la primera flecha y la arrojó tras la otra por encima de su cabeza. Casi sin detenerse, arrancó los trozos de cortina por si una flecha los prendía. Archú, a quien Eadulf acababa de despertar, se apresuró corriendo a ayudarla.

– Quedaos aquí -ordenó Fidelma-. Agachaos, pero si entra una flecha encendida en la habitación aseguraos de apagarla.

Sin esperar respuesta, se giró y se apresuró escaleras abajo hasta la estancia principal.

Bressal, el posadero, estaba ocupado tensando un arco. Era evidente que no tenía práctica dada su torpeza. Levantó la mirada y su rostro, normalmente alegre, estaba marcado por la ira.

– ¡Bandidos! -murmuró-. Nunca había visto bandidos en estos bosques. Tengo que defender el hostal.

Eadulf bajó las escaleras corriendo.

– Habéis dicho que habéis visto a esos hombres -le dijo Fidelma-. ¿Cuántos calculáis que son?

– Una media docena -contestó Eadulf.

Fidelma apretó los labios con tanta fuerza que casi se hizo daño. Intentaba encontrar la manera de defender el hostal.

– ¿Tenéis alguna otra arma, Bressal? -preguntó Eadulf-. No tenemos con qué defendernos.

El posadero se lo quedó mirando sorprendido de que un religioso pidiera armas para defenderse.

– ¡Rápido, hombre! -espetó Eadulf.

Bressal se movió obediente.

– Tengo dos espadas y este arco, eso es todo.

Eadulf observó el arco. Parecía bueno, hecho de tejo, fuerte y flexible, por lo que él veía.

– ¿Sabéis usarlo?

– No muy bien -confesó Bressal.

– Entonces dádmelo. Coged una espada.

Bressal estaba asombrado.

– Pero vos sois un hermano de…

Fidelma lo cortó dando un golpe con el pie.

– ¡Dadle el arco!

Eadulf casi le arrancó el arco de la mano y lo tensó con gran facilidad y experiencia.

– Dadme una de las espadas -ordenó Fidelma mientras Eadulf comprobaba la cuerda del arco.

No había tiempo para explicar al asombrado posadero que ella, hija de un Failbe Flann, rey de Cashel, había aprendido a manejar la espada casi antes que a leer y a escribir.

Eadulf tomó el puñado de flechas que estaban sobre la mesa.

– ¿Hay una puerta trasera? -preguntó.

Sin decir palabra, Bressal señaló en dirección a la parte trasera del hostal.

Eadulf y Fidelma intercambiaron con disimulo una mirada rápida.

– Quiero decir que salgamos a hurtadillas por detrás e intentemos rodear a esa carroña -contestó respondiendo a su mirada.

– Iré con vos -replicó Fidelma al momento.

Eadulf no perdió tiempo discutiendo.

Fidelma lanzó una mirada a Bressal.

– Nuestros jóvenes compañeros están arriba e intentarán apagar las flechas encendidas que caigan dentro de la habitación. Vos os quedáis aquí y hacéis lo mismo, y encargaos de atrancar la puerta cuando hayamos salido.

Bressal no dijo nada. Los acontecimientos se sucedían demasiado deprisa para que él pudiera protestar.

Eadulf, con el arco y las flechas, y Fidelma, agarrando la espada que Bressal le había lanzado a las manos, se dirigieron a la puerta trasera. Bressal la atrancó y, mirando deprisa fuera, les hizo señal de que podían marchar. Eadulf alcanzó deprisa los árboles. Fidelma lo siguió al cabo de un momento, rogando a los santos que a los atacantes, quienesquiera que fueran, no se les ocurriera rodear el hostal.

Una vez a cubierto en los bosques, Eadulf avanzó con cautela, deslizándose alrededor del hostal hacia el sendero que discurría por delante. Vieron que más flechas eran lanzadas hacia la fachada y que una o dos cayeron sobre el tejado de paja. Pronto el lugar se encontraría envuelto en llamas a menos que el ataque fuera contrarrestado con rapidez.

El aire era frío, pero la luz despuntaba y empezaba a salir el sol.

Fidelma, oteando entre los árboles, vio unas sombras en los matorrales de enfrente. Sabía que no eran guerreros profesionales, porque no hacían buen uso de la cobertura y gritaban revelando sus posiciones.

Era evidente que no esperaban que el posadero y sus huéspedes se defendieran. A Fidelma le parecía curioso que no hubieran penetrado en el hostal y robado a sus ocupantes, si era ésa su intención. Parecía que lo único que querían era prender fuego al lugar.

Eadulf había preparado una flecha y estaba esperando el siguiente movimiento.

Fidelma entornó los ojos.

Uno de los hombres que lanzaba las flechas encendidas dentro del hostal se puso en pie para apuntar y se convirtió en un blanco perfecto bajo la luz del amanecer. Fidelma tocó ligeramente a Eadulf en el brazo y le señaló la figura. Ella no deseaba matar a nadie, aunque el hombre quería destruir el hostal, pero era demasiado tarde.

Eadulf levantó el arco y apuntó con rapidez, pero con cuidado. Fidelma vio que la flecha se clavaba en el hombro del brazo que sostenía el arco. Ella no lo hubiera hecho mejor. El asaltante lanzó de repente un grito, dejó caer el arco y se agarró el hombro sangrante con la otra mano.

Durante un rato no se oyó nada. Después unas voces roncas gritaron preguntando qué sucedía. Alguien corrió hacia el atacante herido entre los árboles, haciendo un ruido del que se avergonzaría cualquier guerrero. Eadulf había preparado una segunda flecha y le hizo una pregunta silenciosa a Fidelma con la mirada. Ella asintió con la cabeza.

Había salido un segundo arquero del lado del hombre herido.

Eadulf apuntó y soltó otro proyectil.

Volvió a acertar y su flecha golpeó al hombre en el hombro. Éste chilló más por la sorpresa que por el dolor y empezó a maldecir con furia.

Se oyó una tercera voz que gritaba, presa del pánico.

– Nos atacan. Vámonos. ¡Va!

Se oyó un clamor, el frenético relincho de caballos y los dos heridos se giraron y se metieron entre los árboles, tambaleándose, gimiendo y maldiciendo. Eadulf preparó una tercera flecha.

Del bosque circundante, salió un pequeño grupo de jinetes espoleando con fuerza sus caballos para que corrieran y se dirigió hacia el estrecho sendero de delante. Fidelma vio que, como había dicho Eadulf, no era más que una media docena de hombres. Divisó a los dos heridos, mal montados sobre sus caballos. Se dirigían hacia el camino y pasaron cerca de la posición que habían tomado Fidelma y Eadulf. Éste estaba a punto de saltar hacia ellos, pero ella lo retuvo.

– Dejad que se marchen -le indicó-. De momento hemos tenido suerte.

Desde luego, rezó una oración de agradecimiento, ya que no hubiera sido tan fácil combatir contra unos soldados profesionales.

Fidelma levantó la mirada cuando los atacantes pasaban junto a ella y observó que el último hombre de la comitiva, un tipo fornido, con gran barba pelirroja y rasgos desagradables, iba inclinado sobre el cuello del caballo. Eadulf casi había levantado el arco, pero lo bajó y se encogió de hombros al comprobar que el jinete no era un blanco demasiado bueno.

El grupo de jinetes desapareció rápidamente por el sendero y se adentró en los bosques.

Eadulf se volvió hacia Fidelma sorprendido.

– ¿Por qué los dejamos marchar? -inquirió.

Fidelma esbozó una sonrisa.

– Hemos tenido suerte. Si hubieran sido guerreros no hubiéramos salido tan bien parados. Gracias a Dios era un grupo de cobardes, pero si acorraláis a un cobarde, como un animalucho asustado, luchará como un salvaje por su libertad. Además, nos necesitan en el hostal. Mirad, el tejado está en llamas.

Fidelma se giró y se apresuró hacia la posada, mientras gritaba a Bressal que los atacantes habían huido y que saliera a ayudarlos.

El posadero fue a por una escalera y, al cabo de un momento, ya habían formado una cadena, se iban pasando cubos de agua y los subían hasta el tejado de paja. Les costó un poco, pero apagaron el fuego y la paja quedó húmeda y humeante. Bressal, agradecido, cogió una jarra grande de mead y sirvió una copa a cada uno.

– Os he de dar las gracias por proteger la posada de esos bandidos -anunció mientras les ofrecía la bebida.

– ¿Quiénes eran? -preguntó el joven Archú-. ¿Habéis visto a alguno de ellos de cerca, hermana?

– Sólo un poco -confesó Fidelma.

– Al menos dos de ellos tendrán los hombros doloridos durante un tiempo -añadió Eadulf, sonriendo con ironía.

– Esta zona del país es pobre -reflexionó Archú-. Resulta extraño que unos bandidos vengan a robar a este hostal.

– ¿Robar? -dijo Fidelma arqueando las cejas ligeramente-. A mí me ha parecido que más bien querían quemarlo.

Eadulf asintió con la cabeza lentamente.

– Es cierto. Podían haberse aproximado en silencio y entrar, si lo que querían era robar.

– Quizá simplemente pasaban por aquí y han aprovechado la ocasión, sin tener nada planeado -explicó Bressal sin ninguna convicción.

Eadulf sacudió la cabeza dando muestras de negación.

– ¿Pasando por aquí? Vos mismo habéis dicho que este camino es poco frecuentado y que sólo se utiliza para entrar en Araglin o salir de allí.

Bressal dejó ir un suspiro.

– Bueno, no me habían atacado nunca unos bandidos.

– ¿Tenéis enemigos, Bressal? -insistió Eadulf-. ¿Hay alguien que quisiera sacaros de este hostal?

– Nadie -afirmó Bressal con convicción-. No hay nadie que pudiera sacar provecho de la destrucción del hostal. Yo llevo aquí toda mi vida.

– Luego… -empezó a decir Eadulf, pero Fidelma lo interrumpió bruscamente.

– Tal vez sólo era un grupo de saqueadores en busca de un botín fácil. Pero seguro que han aprendido la lección.

Parecía que Eadulf iba a decir algo, pero se fijó en Fidelma y se calló.

– Ha sido una suerte que estuvierais aquí -admitió Bressal, sin darse cuenta-. Yo solo no hubiera podido repeler el ataque.

– Bueno, ya es hora de que desayunemos y nos pongamos en camino -contestó Fidelma, viendo que la mañana avanzaba.

Después de desayunar, Archú anunció que él y Scoth tomarían otra dirección. Para ir a la granja de Archú no hacía falta llegar hasta el rath de Araglin. Archú y Scoth se ofrecieron para quedarse una o dos horas con Bressal y ayudarle a limpiar el hostal y reparar el tejado, mientras Fidelma y Eadulf continuaban hacia Araglin.

Bressal sugirió a Fidelma y a Eadulf que tal vez quisieran quedarse con las armas que les había dejado.

– Como habéis visto, yo no las sé manejar bien. Por lo que habéis explicado, esos bandidos se han ido en dirección a Araglin y no os gustaría encontraros con ellos yendo desarmados.

Eadulf estaba a punto de aceptar las armas, pero Fidelma se las devolvió a Bressal sacudiendo la cabeza.

– No vivimos de la espada. Según san Mateo, Cristo le dijo a Pedro que todos los que toman el camino de la espada han de morir por la espada. Es mejor ir por el mundo desarmado.

Bressal hizo una mueca forzada.

– Es mejor ir por el mundo siendo capaz de defenderse contra los que están preparados para vivir de la espada.

Cuando ya estaban en camino, Eadulf quiso saber por qué Fidelma lo había hecho callar cuando él iba a decir lo que sospechaba respecto al origen de los atacantes.

– ¿Por qué no me dejasteis indicar lo que era tan sólo lógico?

– ¿Que los supuestos bandidos eran probablemente del mismo Araglin?

– Sospecháis de Muadnat, ¿no es así? -dijo Eadulf.

Fidelma rechazó esa idea.

– No tengo motivo para sospechar de él. Tocar ese asunto podría haber atemorizado innecesariamente a Archú y Scoth. Hay otras muchas posibilidades. Tal vez Bressal no esté diciendo la verdad cuando afirma que no tiene enemigos. Pudiera ser simplemente un ataque de bandidos. O el ataque pudiera tener algo que ver con la muerte de Eber.

Las otras posibilidades no se le habían ocurrido a Eadulf, pero no le convencieron.

– ¿Queréis decir que alguien involucrado en la muerte de Eber podría intentar impedir nuestra investigación? -preguntó escéptico.

– Yo lo consideraría una alternativa, Eadulf. Pero no digo que sea la respuesta. Hemos de tener cuidado, ya que las suposiciones sin prueba llevan por un camino peligroso.


Capítulo IV

<p>Capítulo IV</p>

La mañana era cálida y soleada y Fidelma y Eadulf se iban abriendo camino tranquilamente por los bosques poblados de árboles. Salieron a un sendero en la ladera de la colina, que ofrecía una vista espectacular sobre un valle de una milla aproximadamente de ancho, por el que corría un río plateado y centelleante. Aunque había varios grupos de árboles diseminados, resultaba claro que hacía tiempo que el valle se cultivaba, pues los bosques que rodeaban las cimas peladas de las montañas estaban cortados y un tojo amarillento separaba los campos labrados de las pasturas y los árboles.

La cinta del río atravesaba el verde brillante de los pastos. La belleza del lugar hizo que Fidelma contuviera la respiración. A lo lejos vio un grupo de puntos de un color rojo pardo y al mirar con detenimiento se dio cuenta de que era un ciervo majestuoso y rojizo con su cornamenta, vigilando a las hembras y crías; éstas eran unos puntitos marrones con manchas blancas. Aquí y allá, por todo el valle, había pequeñas manadas de ganado paciendo que se trasladaban lentamente por las pasturas, entre los campos limitados con piedras. Era de una exuberancia seductora, una tierra de pastoreo rica, cuyo río, a juzgar simplemente por su curso, debía de estar repleto de salmones y truchas.

Eadulf se reclinó sobre su silla y contempló el paisaje complacido.

– Este Araglin parece un paraíso -murmuró.

Fidelma apretó los labios.

– Sin embargo hay una serpiente en este peculiar paraíso -le recordó.

– ¿Podría ser la riqueza de esta tierra un motivo para asesinar? Un jefe que tiene esta riqueza debe ser vulnerable -sugirió Eadulf.

Fidelma mostró su desacuerdo.

– Ahora ya deberíais conocer bien nuestro sistema. Cuando muere un jefe local, el derbfhine de la familia tiene que reunirse para confirmar al tánaiste, el heredero electo, como jefe y nombrar un nuevo tánaiste. Solamente un heredero electo se beneficiaría y sería el primero en ser sospechoso. No; es poco probable que alguien asesine por un cargo.

– ¿El derbfhine? -preguntó Eadulf-. He olvidado de qué se trata.

– Tres generaciones de la familia del jefe que eligen a uno de entre ellos como tánaiste y confirman al nuevo jefe en su cargo.

– ¿No es más sencillo que herede el hombre de mayor edad?

– Sé cómo tratan los asuntos de herencia los sajones. Nosotros preferimos que la persona mejor cualificada se convierta en jefe, antes que un idiota elegido simplemente porque es el hijo mayor de su padre -afirmó Fidelma.

Echó una mirada al valle y señaló algo.

– Eso debe ser el rath del jefe local.

Eadulf sabía que un rath era una fortificación, pero el grupo de edificios que se veía en la distancia, algunos casi ocultos par altas hayas con nuevas hojas de un verde brillante, y algunos tejos todavía florecientes, no era una fortaleza. Sin embargo, los edificios eran bastante numerosos, como un pueblo grande. En sus viajes por los cinco reinos, Eadulf había visto que muchos jefes poderosos vivían en fortalezas de piedra, pero este rath tenía el aspecto de una simple granja y barracas de madera. Observando de cerca, vio algunos edificios de piedra; uno de ellos era obviamente la capilla de Cill Uird. También vio, cerca de la capilla, una gran construcción redonda de piedra que supuso sería la sala de asambleas del jefe.

Debió de hacer una expresión de sorpresa, pues Fidelma le dio una explicación.

– Ésta es una tierra de pastoreo. La gente de Araglin tiene como protección las montañas. Además se trata de una pequeña comunidad que no amenaza a nadie, de manera que probablemente nunca ha tenido la necesidad de construir una fortaleza para defenderse de enemigos. Sin embargo, lo correcto es llamar rath al lugar donde habita el jefe local.

Fidelma espoleó al caballo y empezó a descender la ladera de la montaña hacia el fondo del valle, hacia el distante río y el rath del jefe de Araglin.

El sendero atravesaba un trozo de tierra que descendía por la ladera de la colina. Al lado había una cruz de granito. Medía casi dieciocho pies de alto. Eadulf detuvo su caballo y levantó la mirada para admirar la cruz.

– Nunca había visto algo así -observó con un grado de admiración que hizo que Fidelma lo mirara divertida.

Era cierto que había pocas cruces tan altas y espectaculares en el reino. En la piedra gris estaban grabadas escenas de los evangelios, pintadas con colores brillantes. Eadulf identificó la escena de Moisés golpeando la roca, el Juicio Final, la Crucifixión y otros pasajes. La cruz acababa con un tejadito de dos aguas hecho con tablillas. En la base estaban grabadas las palabras Oroit do Eoghan lasdernad inn Chros -«una oración para Eoghan, en cuya memoria se erigió esta cruz».

– Una señal fronteriza espectacular para una comunidad tan pequeña -observó Eadulf.

– Una comunidad pequeña pero rica -corrigió Fidelma con sequedad, dando un golpe al caballo para que continuara avanzando por el camino.

A mediodía se aproximaron al rath. Un muchacho guardando una manada se detuvo para mirarlos boquiabierto mientras pasaban. Un hombre ocupado en espantar con su azada a unos pájaros que habían invadido su campo de cereales se detuvo e, inclinándose sobre su azada, se los quedó mirando con curiosidad mientras avanzaban. Al menos, a diferencia del muchacho, los saludó y recibió como respuesta la bendición de Fidelma. Se oyeron ladridos procedentes de los edificios de delante y un par de sabuesos salieron corriendo hacia ellos gruñendo, pero no amenazadores.

Un puente de roble bien construido atravesaba el río que bajaba rápido hasta el rath en la otra ribera. Ahora que se aproximaban a allí, Eadulf observó que entre el río y los edificios había un gran banco de tierra que rodeaba estos últimos, aunque estaba cubierto de hierba y arbustos, casi formando parte de los verdes campos de alrededor. Había varias ovejas paciendo en su depresión. Eso indicaba que en el pasado, hacía mucho tiempo, los edificios estaban fortificados. Ahora estaban rodeados por muros de mimbre, trozos de madera de avellano entrelazados que, a juicio de Eadulf, eran más para ahuyentar a los lobos que merodeaban o a los jabalíes que a cualquier humano. Una gran puerta en la cerca de mimbre estaba abierta de par en par.

Los cascos de sus caballos resonaron al golpear contra las planchas de madera del puente cuando cruzaron el río. Tomaron el senderito que llevaba a las puertas.

De entre ellas surgió una figura; un hombre musculoso, de mediana edad, con espada y escudo, y una barba bien cortada y negra con mechones plateados, que se quedó enmedio del camino contemplándolos con los ojos entornados y curiosos, pero con expresión carente de hostilidad.

– Si venís en son de paz seréis bienvenidos a este lugar -los saludó.

– Traemos la bendición de Dios a este lugar -le contestó Fidelma-. ¿Es éste el rath del jefe de Araglin?

– Así es.

– Entonces deseamos ver al jefe.

– Nuestro jefe Eber está muerto -contestó el hombre con sequedad.

– Eso ya lo sabemos. Hemos venido a ver a su sucesor, el tánaiste.

El guerrero dudó y luego habló.

– Seguidme. Encontraréis al tánaiste en la sala de asambleas.

Se giró y los condujo tras las puertas, directamente hacia la gran estructura de piedra circular. Las puertas del edificio daban directamente a la entrada abierta y obviamente estaban así situadas por un motivo. Ningún visitante del rath podía evitarlas. Estaba diseñado así para impresionar. Y, como para otorgar mayor importancia al edificio, en uno de los lados de la puerta principal, había el tocón de lo que debió de ser un gran roble. Aunque cortado, medía doce pies de alto y en su parte superior era una delicada cruz labrada. Incluso Eadulf conocía suficientemente las costumbres del país para darse cuenta de que ése era el antiguo tótem del clan, su crann betha o «árbol de la vida», que simbolizaba el bienestar moral y material de la gente. Había oído que algunas veces, si surgían discusiones entre los clanes, lo peor que podía suceder era un ataque contra el clan enemigo para cortar o quemar el árbol sagrado del rival. Ese acto desmoralizaba a la gente y hacía que los rivales proclamaran la victoria.

Cerca había un poste de madera para atar a los caballos. Fidelma y Eadulf descendieron de sus monturas y los ataron. Varias personas del rath habían hecho una pausa en su trabajo o sus recados y se quedaron observando a los dos religiosos con gran curiosidad.

– No es frecuente recibir extraños en Araglin -comentó el guerrero, como si se viera obligado a explicar el comportamiento de sus compañeros-. Somos una sencilla comunidad ganadera, poco acostumbrada a verse turbada por las preocupaciones del mundo exterior.

A Fidelma le pareció que no tenía por qué contestar.

El complejo que formaban los edificios denotaba prosperidad. Se extendían formando un gran semicírculo detrás del edificio de piedra de la sala de asambleas. Había establos y graneros, un molino y un palomar. Detrás de éste había varias cabañitas de madera que formaban un poblado de tamaño medio, sin contar la casa del jefe y su familia. Fidelma calculó mentalmente que una docena de familias debía de habitar en el rath de Araglin. Lo más impactante era la capilla, situada junto a la sala de asambleas, con una estructura elegante y hecha de piedra seca. Ésta, pensó Fidelma, debía de ser la iglesia del padre Gormán, llamada Cill Uird, la iglesia del ritual.

El guerrero de mediana edad había ido hacia las puertas de roble del edificio. De una hornacina que había al lado de las puertas, sacó un mazo y golpeó un bloque de madera. Resonó hueco. Era costumbre que los jefes tuvieran un bas-chrann, o mano de madera, en la parte exterior de las puertas para que los visitantes llamaran pidiendo permiso para entrar. El guerrero desapareció en el interior y cerró la puerta tras él.

Eadulf miró a Fidelma.

– Yo pensaba que este ritual tan sólo se utilizaba en las casas de los grandes jefes -murmuró.

– Todo jefe se considera grande -respondió Fidelma con filosofía.

Las puertas volvieron a abrirse y el guerrero los acompañó adentro. Se encontraron en una gran estancia de proporciones impresionantes con pulidos paneles de pino y roble. De esos paneles colgaban escudos, piezas de bronce bien bruñido, algunas de ellas esmaltadas con colores brillantes. Algunos coloridos tapices colgaban de aquí y de allá. El suelo estaba formado por planchas de roble oscuro y antiguo. Había varios bancos y mesas. En un extremo, había una plataforma elevada, de no más de un pie de alto, sobre la que se había situado una magnífica silla de roble tallado adornada con las pieles de algunos animales. Tenía incrustaciones de bronce bruñido y alguna de plata.

Aunque era de día, no había ventanas sino varias lámparas de aceite colgando de las vigas; las sombras vacilaban y danzaban por toda la estancia, y este efecto se veía magnificado por el fuego crepitante en un hogar situado en un lado de la habitación.

El guerrero les mandó esperar y después se retiró y los dejó solos.

Ellos se quedaron quietos, examinando con detenimiento la opulencia de la sala. Si la intención era que la estancia impresionara, a Eadulf lo impresionó. Incluso Fidelma admitió que el salón no desmerecería en el palacio de su hermano en Cashel. Tan sólo habían pasado unos momentos cuando una figura ágil surgió de detrás de una colgadura situada en el fondo de la plataforma elevada y fue a situarse delante de la silla ornamentada. En la atmósfera humeante, Fidelma vio que era una joven de apenas diecinueve años. Llevaba unas largas trenzas doradas y tenía los ojos de color azul claro. Sin duda era atractiva. Pero a Fidelma los rasgos le parecieron duros para sentirse cómoda y los ojos azules demasiado fríos. La boca era tal vez demasiado fina, de manera que la impresión general que obtuvo fue la de una persona de una inflexible severidad natural. Dedujo todo esto con una ojeada.

Fidelma observó que llevaba un vestido de seda azul y un chal de lana teñida a juego, abrochado con una trabajada hebilla de oro. Mantenía las manos recatadamente cruzadas delante. La joven se los quedó examinando con aspecto inquisidor.

– Soy Crón, tánaiste de Araglin. Me han dicho que queréis verme.

Su voz, aunque reposada, no era de bienvenida.

Fidelma ocultó la sorpresa que le producía que alguien tan joven pudiera ser la heredera electa de un clan ganadero. Las comunidades rurales solían ser conservadoras por lo que respecta a la elección de sus jefes civiles.

– Creo que mi llegada era esperada -respondió Fidelma, con tono educado.

La muchacha rubia permaneció impávida.

– ¿Por qué había de esperar a unos religiosos en este lugar? -inquirió-. El padre Gormán satisface todos nuestros deseos en cuestiones de fe.

Fidelma dejó ir un suspiro de impaciencia.

– Yo soy dálaigh de los tribunales y me han pedido que viniera a investigar la muerte de Eber, el anterior jefe.

La expresión fija de Crón se transmutó un momento y luego volvió a la rigidez inexpresiva.

– Eber era mi padre -dijo con calma y con un atisbo de emoción-. Lo asesinaron. Sin que yo lo aprobara, mi madre pidió un dálaigh al rey de Cashel. Yo soy capaz de llevar a cabo la investigación de este asunto. Sin embargo, no pensaba que el rey de Cashel respondiera enviándome a alguien tan joven y supongo que sin conocimientos del mundo fuera de los claustros religiosos.

El hermano Eadulf, situado justo detrás de Fidelma, vio que tensaba los hombros y él se puso nervioso esperando la inevitable explosión de ira de Fidelma. Pero en vez de eso, Fidelma contestó con voz calmada, demasiado calmada.

– El rey de Cashel, mi hermano Colgú… -Fidelma hizo una pausa para que sus palabras hicieran efecto-. Mi hermano me pidió que viniera personalmente a hacerme cargo de este asunto. No temáis que carezca de conocimientos. He recibido instrucción hasta el grado de anruth. Creo incluso que mis años y mi experiencia serán mucho mayores que los vuestros, tánaiste de Araglin.

El grado de anruth estaba justo debajo del máximo que otorgaban las escuelas seglares y eclesiásticas de Irlanda.

Las dos mujeres se quedaron mirando en silencio, los ojos fríos azules clavados en los verdes brillantes, ambos rostros una máscara sin emoción. Tras aquellas máscaras, las mentes evaluaban con rapidez las fuerzas y debilidades de la otra.

– Entiendo -dijo Crón lentamente, cargando de emoción aquella sencilla palabra. Después volvió a hacer uso de sus maneras bruscas-. ¿Y cómo os llamáis, hermana de Colgú?

– Soy Fidelma.

La mirada fría de la rubia se volvió inquisitiva hacia Eadulf.

– El hermano parece ser un extraño en nuestra tierra.

– Es el hermano Eadulf… -presentó Fidelma.

– ¿Un sajón? -inquirió Crón sorprendida.

– El hermano Eadulf es emisario del arzobispo de Canterbury en la corte de mi hermano en Cashel. Ha sido educado en nuestras escuelas y conoce bien nuestro país. Pero ha manifestado su interés por ver cómo funciona nuestro sistema legal.

No era toda la verdad, pero a Crón ya le servía.

La jefa examinó a Eadulf con acritud e inclinó la cabeza para darle la bienvenida, simplemente por cuestión de educación, y luego se volvió de nuevo hacia Fidelma. No hizo ningún ademán de invitarlos a sentarse, ni de hacerlo ella misma.

– Bueno, este asunto es simple. Yo, como tánaiste, hubiera podido ocuparme de él. A mi padre lo apuñalaron. El asesino, Móen, fue descubierto cuando todavía estaba sobre su cuerpo con el cuchillo en la mano; las manos de Móen y sus ropas estaban bañadas en la sangre de mi padre.

– Me han dicho que encontraron a alguien más muerto.

– Sí. Mi tía, Teafa. La encontraron después. También la habían apuñalado. Móen vivía en su casa y ella lo había educado.

– Entiendo. Bueno, me gustaría conocer los hechos principales. Pero, en primer lugar, quizá podríais ordenar que alguien nos muestre el hostal de los huéspedes para que podamos lavarnos después del viaje. Algo de comida también nos iría bien, ya que es mediodía. Cuando nos hayamos lavado y hayamos comido empezaremos a hacer preguntas a los que están involucrados en este asunto.

Crón se sonrojó al recibir órdenes de un huésped, ya que una acción así podía considerarse un insulto si provenía de alguien de menor rango que Fidelma. Los ojos azules mostraban un brillo acerado. Por un momento Eadulf estuvo seguro de que la joven tánaiste iba a negarse. Después se encogió de hombros y se giró hacia una mesita sobre la que había una campanita de plata. La cogió y la sacudió con fuerza.

Pasó un rato, en incómodo silencio, y una anciana, ligeramente encorvada y con cabello canoso, que habría sido rubio, apareció por una puerta lateral. Su aspecto era siniestro, tenía la piel amarillenta, sin duda curtida por la vida pasada al aire libre. Sus ojos, pálidos y suspicaces, lanzaban miradas aquí y allá como los de un gato nervioso. A pesar de su edad, daba la impresión de ser fuerte, de ser una mujer acostumbrada a la dura vida de una granja. Sus manos grandes mostraban las callosidades de años de duro trabajo. Se dirigió con paso ansioso hacia Crón y balanceó su cabeza.

– Dignait, haced el favor de ocuparos de las necesidades de nuestros… huéspedes. Sor Fidelma ha venido a investigar el asesinato de mi padre. Necesitan alojamiento, agua para lavarse y comida.

La mujer, Dignait, echó una mirada a Fidelma y a Eadulf. Fidelma tuvo la impresión de que tenía ojos temerosos y de asombro. Luego pareció como si los párpados los ocultaran.

– ¿Si deseáis acompañarme…? -les invitó Dignait con sequedad.

Crón se giró y dejó ir un suspiro.

– Cuando estéis listos -dijo por encima de su hombro, mientras empezaba a dirigirse hacia la colgadura que había detrás de la silla de su cargo- os explicaré los detalles de lo que sucedió.

Dignait los condujo fuera del salón a través de una puertecita lateral y atravesaron un patio hasta el hostal de los huéspedes. Era un sencillo edificio de madera de un solo piso situado en la parte posterior de la sala de asambleas, consistente en una única habitación grande, dividida en varios cubículos para dormir por unos biombos de pino pulido. Detrás de cada biombo había un jergón de paja. Un tronco de madera tallada hacía de almohada, una sábana de lino y unas alfombras de lana eran la ropa de cama. Dignait se aseguró de que les pareciera cómodo. Ante los cubículos, se extendía una zona abierta, donde había varios bancos con una mesa para que los huéspedes pudieran comer, y que solía usarse como salón. Había un hogar, pero el fuego no estaba encendido. Cuando Dignait se dio cuenta, Fidelma dijo que el tiempo era clemente y no necesitaban un fuego.

La sala de baño y el excusado se encontraban detrás de una segunda puerta, en el extremo de la casa de huéspedes. La puerta estaba señalada con una crucecita de hierro. Fidelma supuso que eso debía ser cosa del padre Gormán, ya que algunos religiosos llamaban al excusado fialtech, o «casa del diablo», concepto procedente de Roma. Creían que el diablo moraba en el interior del excusado y se convirtió en una costumbre hacer la señal de la cruz antes de entrar en él.

Cuando Fidelma señaló las necesidades de sus caballos, Dignait le aseguró que le pediría a Menma, el caballerizo, que los lavara y les diera de comer.

Fidelma expresó su satisfacción respecto al acomodo, pero le pidió a Dignait que se quedara un momento, lo que ésta hizo con cierta renuencia.

– Debéis llevar aquí muchos años de servicio -dijo Fidelma para iniciar la conversación.

La expresión de la anciana se hizo más suspicaz aún. Seguía ocultando los ojos, pero no se negó a responder.

– Hace veinte años que sirvo a la familia del jefe de Araglin -respondió secamente-. Vine de criada de la madre de Crón.

– ¿Y conocéis a Móen? ¿Al que acusan del asesinato de Eber?

A Fidelma le pareció por un momento que volvía a percibir un cierto temor.

– Todos en el rath de Araglin conocen a Móen -comentó-. ¿Quién no iba a conocerlo? Aquí tan sólo viven una docena de familias, y la mayoría están relacionadas entre sí.

– ¿Y Móen tenía parentesco con alguien?

La anciana sirvienta se estremeció perceptiblemente e hizo una genuflexión.

– ¡Él no! Era huérfano. ¡Sabe Dios de qué vientre salió o la semilla de quién lo creó! Teafa, que su alma descanse en paz, lo encontró cuando era un bebé. Ese fue un día desafortunado para ella.

– ¿Se sabe por qué Móen habría matado a Teafa, o a Eber, el jefe?

– Sin duda sólo Dios lo sabe, hermana. Ahora perdonadme…

De repente se giró hacia la puerta.

– Tengo cosas que hacer. Mientras os laváis, yo le daré las órdenes a Menma respecto a vuestros caballos y me ocuparé de que os traigan de comer.

Fidelma se quedó mirando la puerta cerrada unos segundos después de que la mujer saliera apresurada.

Eadulf la miró inquisitivo.

– ¿Qué os preocupa, Fidelma?

Fidelma se acomodó en un asiento, reflexionando.

– Tal vez nada. Tengo toda la impresión de que esta mujer, Dignait, tiene miedo de algo.


Capítulo V

<p>Capítulo V</p>

Cuando se hubieron limpiado el polvo del viaje de la mañana y hubieron comido, regresaron a la sala de asambleas y encontraron a Crón, que había sido avisada de su regreso y los esperaba. Se había sentado en la silla de su cargo; se habían dispuesto unos asientos frente a ella debajo de la tarima.

Crón se levantó con desgana cuando sor Fidelma y Eadulf entraron. Era una muestra renuente de respeto, debido a que Fidelma era la hermana del rey de Cashel.

– ¿Ya os habéis repuesto? -preguntó Crón mientras los acompañaba a los sitios dispuestos para ellos.

– Sí -contestó Fidelma, mientras se sentaba. Se sintió algo molesta ya que no le gustaba que la colocaran en una posición en que tenía que levantar la vista hacia donde estaba sentada Crón. El rango de Fidelma de dálaigh, y el grado de anruth, le permitían hablar con los reyes desde su mismo nivel, más aún si se trataba de jefes locales; e incluso en presencia del Rey Supremo de Tara, podía sentarse a su mismo nivel si era invitada a conversar. Fidelma sólo era muy celosa con la observancia de tales costumbres si los otros menospreciaban su posición social. Sin embargo, no era el momento adecuado para hacer valer sus derechos sin causar hostilidad y quería recabar información sobre los hechos. Así que se resignó y aceptó la situación.

Eadulf siguió su ejemplo y se sentó en la silla junto a ella, levantando la mirada con interés hacia la joven tánaiste.

– Ahora podemos escuchar los hechos, tal como los conocéis, referentes a la muerte de vuestro padre, Eber -dijo Fidelma reclinándose en la silla.

Crón se acomodó, se inclinó un poco hacia delante en su silla con las manos juntas y clavó la mirada en algún objeto a cierta distancia, entre Fidelma y Eadulf.

– Los hechos son simples -empezó, como si el asunto la aburriera-. Móen mató a mi padre.

– ¿Fuisteis testigo del hecho? -interrumpió Fidelma secamente después de que Crón no se molestara en desarrollar esa afirmación.

Crón frunció el ceño molesta y clavó la mirada en ella.

– Por supuesto que no. Vos habéis pedido los hechos. Yo os los he expuesto.

Fidelma consiguió esbozar una ligera sonrisa.

– Yo creo que lo mejor, y será en interés de la justicia, es que me digáis cómo se desarrolló el asunto, pero solamente desde vuestro punto de vista.

– No estoy segura de entenderos.

Fidelma ocultó una expresión de impaciencia.

– ¿En qué momento supisteis que Eber había sido asesinado?

– Me despertaron de noche…

– ¿Hace cuántos días de eso?

– Fue hace seis noches. Justo antes del amanecer, si queréis que sea precisa.

Fidelma no hizo caso del desprecio que se percibía en el tono de la joven.

– Por el interés de todos en este asunto, hay que ser lo más preciso posible -respondió con una corrección glacial-. Continuad. Hace seis noches os despertaron. ¿Quién lo hizo?

Crón parpadeó al captar la dulzura ácida del tono. Estaba claro que Fidelma no se iba a dejar intimidar. Dudó un rato y luego se encogió de hombros, como si cediera a la escaramuza de Fidelma.

– Muy bien. Hace seis noches me despertaron poco antes del amanecer. Fue el jefe de la guardia personal de mi padre, Dubán, el que me despertó. Tenía…

– Limitaos a lo que sucedió en realidad -la cortó Fidelma advirtiéndola.

Crón habló entonces con una voz que parecía salir de entre sus dientes.

– Me informó de que le había sucedido algo terrible a Eber. Me dijo que lo había asesinado Móen.

– ¿Fueron exactamente ésas las palabras que utilizó? -preguntó Eadulf, que no había podido resistir la tentación de hacer esa pregunta.

Crón le lanzó una mirada con el ceño fruncido y luego volvió a dirigirse a Fidelma sin dignarse a contestar.

– Le pregunté qué había sucedido y me dijo que Móen había acuchillado a mi padre hasta la muerte y que lo habían cogido en flagrante delito.

– ¿Qué hicisteis? -preguntó Fidelma.

– Me levanté y le pregunté a Dubán qué había hecho con Móen. Me dijo que habían detenido a Móen y lo habían llevado a las caballerizas, donde está desde aquella noche.

– ¿Y después?

– Le pedí a Dubán que fuera a buscar a Teafa.

– ¿Teafa? ¿Vuestra tía? ¿Y eso por qué? -Fidelma sabía bien que Crón y Dignait le habían dicho que Teafa había educado a Móen desde pequeñito pero quería conocer todos los hechos de la historia.

– Me dijeron que Móen estaba furioso y Teafa es… era la única persona que lo podía manejar.

– ¿Porque Teafa lo educó? -inquirió Fidelma.

– Teafa se había ocupado de Móen desde que era niño.

– ¿Y qué edad tiene Móen ahora? -preguntó Eadulf.

Crón estaba a punto de no hacerle caso de nuevo, pero Fidelma alzó las cejas inquisitiva.

– Es una pregunta válida -advirtió.

– Tiene veintiún años.

– ¿Entonces es adulto? -dijo Fidelma sorprendida. Por la manera en que Crón y Dignait habían hablado de él, parecía que Móen fuera poco más que un niño-. ¿Es una persona difícil? -se aventuró a preguntar.

– Eso lo tendréis que juzgar vos misma -contestó con acritud Crón.

Fidelma inclinó la cabeza y admitió que tenía razón.

– Eso es cierto. ¿Así que creísteis que Teafa sería capaz de calmar a Móen? ¿Y luego qué sucedió?

– Dubán encontró… -Crón dudó y formuló su respuesta de otra manera-. Dubán regresó al cabo de unos minutos y me dijo que había descubierto el cuerpo de Teafa. También la habían acuchillado. Estaba claro que Móen la había asesinado primero, antes de…

Fidelma levantó la mano para interrumpirla.

– Yo estoy aquí para juzgar lo que sucedió. Eso son suposiciones vuestras. Procederemos tal como dicta la ley.

Crón mostró su desagrado.

– Mi, digamos, suposición es correcta.

– Eso ya se verá. ¿Qué sucedió después de que se os informara de la muerte de Teafa?

– Fui a despertar a mi madre y a darle la noticia.

– ¿Vuestra madre? -Fidelma se inclinó hacia delante con interés-. ¿La esposa de Eber?

– Por supuesto.

– Entiendo. ¿Hasta entonces no se había enterado de la muerte de su marido?

– Eso es lo que he dicho.

– Pero eso sucedió antes del amanecer. ¿Dónde encontraron a vuestro padre?

– En su habitación.

A Fidelma le costaba entender aquella lógica.

– ¿Así que vuestra madre no estaba con Eber?

– Estaba en su propia habitación.

– Entiendo -dijo Fidelma en voz baja. Decidió no insistir en ese punto-. ¿Y qué sucedió después?

Crón se encogió de hombros, mostrando casi indiferencia.

– Poco más que tenga relevancia. Móen, tal como he dicho, estaba encerrado. Sin que yo lo supiera, mi madre envió a un joven guerrero llamado Crítán a Cashel para informar al rey de la tragedia. Al parecer ella creyó que había de venir un brehon a investigar antes que dejar que su hija ejerciera de tánaiste. Mi madre no quería que yo fuera tánaiste.

Fidelma percibió una ligera amargura en la voz de la joven.

– Crítán regresó hace dos días y dijo que el rey iba a enviar a alguien. Mientras, enterramos a mi padre, como dicta la costumbre, en el montículo de los jefes. A Teafa también. De acuerdo con la ley, yo, heredera electa, tomé posesión del cargo. Yo hubiera podido administrar justicia perfectamente sin todas estas complicaciones.

– Eso no es así, tánaiste -dijo Fidelma con voz suave, pero firme-. No seréis jefe hasta que vuestro derbfhine se reúna y os confirme en el cargo, y eso no será hasta que pasen veintisiete días después de la muerte del jefe. Un brehon cualificado ha de ser la autoridad que se ocupe de esta investigación.

La joven tánaiste no respondió.

– Bien -dijo Fidelma-, los hechos parecen claros tal como los habéis presentado. ¿El mismo Dubán descubrió el cuerpo de vuestro padre?

Crón sacudió la cabeza.

– Fue Menma quien oyó su grito mortal y entró en la habitación de mi padre y descubrió a Móen que lo estaba asesinando.

– Ah, Menma. ¿Y quién es Menma? -inquirió Fidelma, intentando recordar dónde había oído antes ese nombre.

– Es el caballerizo de mi padre -Crón hizo una pausa y se corrigió-; mío.

Fidelma recordó que Dignait había mencionado ese nombre.

– Por lo que vosotros sabéis -continuó Fidelma al cabo de un rato- los hechos de este asunto son claros y simples. ¿No os han preocupado o desconcertado?

– No hay ningún misterio. Los hechos son claros.

– ¿Y por qué motivo creéis que Móen mató a Eber y a Teafa?

La respuesta no se hizo esperar.

– Ningún motivo lógico. La lógica no formaba parte del mundo de Móen -dijo con amargura.

Fidelma intentó entender bien lo que decía.

– Por lo que yo entiendo, Teafa había educado a Móen desde que era un bebé. Tenía mucho que agradecerle. ¿Queréis decir que la lógica no tiene nada que ver con este asunto? Entonces ¿cuál os parece que es el motivo?, porque sin duda tiene que haber un motivo.

– ¿Quién sabe lo que pasa por una mente oscura como la de Móen? -respondió la tánaiste.

Por un momento Fidelma pensó en insistir para que ofreciera una explicación. Sintió que no tenía que predisponerse a nada antes de haber hablado con él. Sin embargo, tenía que ver a una persona antes de hablar con él, y ésa era la persona que lo había descubierto en el momento del asesinato de Eber.

– Voy a hablar ahora con Menma -anunció Fidelma.

– Yo puedo ahorraros eso -dijo Crón con frialdad- ya que conozco todos los detalles de este asunto; Menma y Dubán me lo explicaron.

Fidelma esbozó una sonrisa.

– Ésa no es la forma de trabajar de un dálaigh. Es importante que yo recabe la información de primera mano.

– Lo que importa es que dictéis el castigo que Móen debe sufrir. Y que lo hagáis pronto.

– ¿Así que no albergáis ninguna duda de que Móen lo hizo?

– Si Menma dice que encontró a Móen haciéndolo, entonces es que así fue.

– Eso no lo pongo en duda -dijo Fidelma levantándose, y tras ella Eadulf. Fidelma se dirigió hacia la puerta.

– ¿Qué vais a hacer con Móen? -inquirió Crón perpleja, ya que no estaba habituada a que la gente se levantara en su presencia y se marchara antes de que ella hubiera dado la orden.

– ¿Hacer? -Fidelma se detuvo y miró un momento a la tánaiste-. Nada, por ahora. En primer lugar, hemos de hablar con todos los testigos y luego tener una vista legal, en la que se permitirá a Móen defenderse.

Crón los sorprendió al soltar una risotada. Parecía ligeramente histérica.

Fidelma esperó pacientemente a que remitiera y luego siguió preguntando.

– ¿Quizá podáis decirnos dónde podemos encontrar a ese hombre, Menma?

– A esta hora, lo encontraréis en las cuadras, justo detrás del hostal de huéspedes -respondió Crón entre risas.

Cuando estaban a punto de abandonar la sala de reuniones, Crón consiguió controlarse y les pidió que esperaran un momento. Se puso seria.

– Sería muy sensato juzgar este asunto lo antes posible. Mi padre era una persona querida entre su gente. Bueno y generoso. Muchos entre mi gente consideran que las antiguas leyes de compensación no son adecuadas para castigar este crimen y que las palabras de la nueva fe, el credo del justo castigo, son más apropiadas. Ojo por ojo, diente por diente, fuego por fuego. Si no os ocupáis de Móen con rapidez, puede que haya manos dispuestas a exigir que se haga justicia.

– ¿Justicia? -inquirió Fidelma con voz glacial, mientras se giraba de frente a la joven tánaiste-. ¿Os referís a la venganza del populacho? Bueno, como jefa electa de este clan… suponiendo que vuestro derbfhine os confirme en el cargo… podéis dar a conocer mis palabras: si alguien toca a Móen antes de que sea juzgado de acuerdo con la ley, será también juzgado. Prometo que no me importa el rango que tenga ese alguien.

Crón trago saliva al encontrarse con el frío ataque de ira de la religiosa.

Fidelma respondió a la mirada hostil azul glacial de la joven con la misma frialdad.

– Una cosa más que quisiera saber -añadió-. ¿Quién ha predicado un credo de justo castigo en nombre de la fe?

La tánaiste alzó la barbilla.

– Ya os he dicho que aquí sólo hay una persona que se ocupa de las necesidades de la fe.

– ¿El padre Gormán? -sugirió Eadulf.

– El padre Gormán -confirmó Crón.

– Este padre Gormán parece que no conoce la filosofía de las leyes de los cinco reinos -observó Fidelma con calma-. ¿Y dónde podemos encontrar al buen abogado de la fe? ¿En su iglesia?

– El padre Gormán está visitando algunas granjas alejadas. Mañana estará de regreso aquí.

– Estoy impaciente por conocerlo -contestó Fidelma irónicamente mientras salía de la sala.

Resultó que Menma era un hombre fornido, feo y con una densa barba pelirroja. Lo encontraron sentado sobre el tronco de un árbol, frente a las caballerizas, afilando una guadaña con una piedra. Se detuvo y levantó la mirada cuando Fidelma y Eadulf se aproximaron. Tenía una expresión astuta. Se puso lentamente de pie.

Eadulf oyó que Fidelma respiraba hondo y la miró sorprendido. La joven examinaba con curiosidad los rasgos de zorro astuto de Menma. Se detuvieron delante de él. Eadulf percibió un olor rancio y desagradable. Miró con asco la mata de pelo sucio y la barba del hombre y cambió ligeramente de posición, ya que parecía que la brisa soplaba la peste hacia él.

Menma dio un tirón de su barba roja cuando Fidelma llegó ante él.

– ¿Sabéis que soy abogada de los tribunales y que el rey de Cashel me ha encomendado investigar el asesinato de Eber?

Menma asintió lentamente con la cabeza.

– Ya me lo han dicho, hermana. La noticia de vuestra llegada ha corrido con rapidez.

– ¿Me han dicho que vos descubristeis el cuerpo de Eber?

El hombre parpadeó.

– Así es -dijo después de reflexionar un momento.

– ¿Y cuál es vuestro trabajo en el rath de Araglin?

– Soy el caballerizo del jefe.

– ¿Hace mucho tiempo que servís al jefe?

– Crón será el cuarto jefe de Araglin a quien serviré.

– ¿Cuatro? Eso son sin duda muchos años de servicio.

– Yo era un muchachito en las cuadras de Eoghan, cuya vida se recuerda con la cruz que señala las tierras del clan en el camino que baja de las altas montañas.

– La hemos visto -afirmó Eadulf.

– Luego vino el hijo de Eoghan, Erc, que murió combatiendo contra los Uí Fidgente -continuó Menma como si no lo hubiera oído-. Y ahora Eber ha pasado a mejor vida. Así que ahora sirvo a su hija Crón.

Fidelma esperó un momento, pero el hombre no continuó. La joven contuvo un suspiro.

– Decidme en qué circunstancias encontrasteis a Eber.

Por primera vez los ojos azul claro de Menma mostraron una expresión de ligero asombro.

– ¿Las circunstancias, señora?

Fidelma se preguntó si el hombre era lento.

– Sí -dijo ella con paciencia-. Decidme cuándo y cómo descubristeis el cuerpo de Eber.

– ¿Cuándo? -Los músculos del ancho rostro del hombre se arrugaron-. Fue la noche en que mataron a Eber.

El hermano Eadulf se giró para ocultar su risa.

Fidelma gruñó para sus adentros, al darse cuenta del tipo de persona con la que estaba tratando. Menma era lento. No era tonto, sino simplemente una persona cuyos pensamientos se movían lenta y pesadamente. ¿O lo hacía a propósito?

– ¿Y cuándo fue eso, Menma? -preguntó Fidelma como engatusándolo.

– Oh, eso fue hace ya seis noches.

– ¿Y la hora? ¿A qué hora encontrasteis el cuerpo de Eber?

– Fue antes del amanecer.

– ¿Y qué estabais haciendo a esa hora en las habitaciones del jefe?

Menma levantó su mano enorme y nudosa y se pasó los dedos por el cabello.

– Mi trabajo es llevar los caballos a pastar y supervisar el ordeño de las vacas. También es trabajo mío cortar la carne para la mesa del jefe. Yo me levanté y me dirigía a las caballerizas. Cuando caminaba junto a las habitaciones de Eber…

Fidelma se inclinó hacia delante con rapidez.

– ¿He de suponer que para hacer el camino desde vuestra cabaña a las cuadras tenéis que pasar por las estancias de Eber?

Menma se la quedó mirando sorprendido, como si no llegara a entender que ella tuviera necesidad de hacer esa pregunta.

– Todo el mundo lo sabe.

Fidelma esbozó una sonrisa.

– Habéis de tener paciencia conmigo, Menma, ya que soy extraña en el lugar y no sé esas cosas. ¿Podéis señalarme la habitación de Eber desde aquí?

– Desde aquí no, pero sí desde allí.

Menma levantó la guadaña e indicó la situación con la hoja.

– Mostradme.

Muy a desgana, Menma los condujo desde las caballerizas, rodeando por detrás la casa de huéspedes y siguiendo la pared de granito de la sala de asambleas, hasta un camino bien marcado entre los edificios. Al parecer las habitaciones de Eber estaban frente a la sala de asambleas, hacia el hostal de los huéspedes. Volvió a señalarlas con la hoja de su guadaña. Era un conjunto de edificios de madera construidos alrededor de la sala de asambleas, entre el muro de ésta y la capilla de piedra. Menma señaló una de ellas.

– Ésas son las habitaciones de Eber. Ésa es la puerta por la que entré, pero hay otra que conecta sus estancias desde el interior con la sala de asambleas.

– ¿Y dónde está vuestra cabaña?

Volvió a señalar con su guadaña. Fidelma entendió que el camino que llevaba a Menma hasta las cuadras pasaba junto a la capilla de piedra y las habitaciones de Eber. No es que dudara de Menma, simplemente quería que la geografía del lugar quedara firmemente grabada en su mente.

– ¿Quién se ocupa de ordeñar las vacas? -preguntó mientras caminaban lentamente de regreso a las cuadras.

Se preguntaba si Eadulf se daba cuenta de que resultaba inusual que un hombre se ocupara de las labores de ordeño. En la mayoría de comunidades ganaderas, la gente se levantaba al amanecer y el primer trabajo del día era que el caballerizo soltara los caballos en las pasturas y que las mujeres ordeñaran las vacas. Por lo tanto era extraño que el encargado de las caballerizas supervisara el ordeño de las vacas y también se ocupara de los caballos.

– Las mujeres siempre hacen el ordeño -contestó Menma, imperturbable.

– ¿Entonces por qué teníais que supervisarlas?

– Así se ha hecho durante las últimas semanas -respondió Menma frunciendo el ceño-. Ha habido algunos robos de ganado en el valle y Eber me pidió que controlara su ganado cada mañana.

– ¿Es algo inusual el robo de ganado? ¿Han cogido alguna vez a los ladrones?

Menma se pensó la pregunta frotándose la barbilla frondosa.

– Era la primera vez que alguien se atrevía a robar al clan de Araglin. Somos una comunidad aislada. Dubán anduvo buscando durante días, pero perdió la pista de los ladrones en las altas pasturas.

– ¿Y eso?

– Había demasiadas huellas de animales por allá arriba.

Fidelma sintió frustración. Sacarle información a Menma era como arrancarle una muela.

– Continuad. Era justo antes de la primera luz del día. Ibais de camino a supervisar el ordeño de las vacas y pasabais junto a la cabaña de Eber. ¿Y entonces?

– Fue entonces cuando oí un sonido como un gemido.

– ¿Gemido?

– Pensé que Eber estaría enfermo y entonces grité preguntándole si necesitaba ayuda.

– ¿Y qué sucedió?

– Nada. No obtuve respuesta y el gemido continuaba.

– ¿Y entonces qué hicisteis?

– Entré en sus habitaciones. Lo encontré en el dormitorio.

– ¿Era Eber el que gemía?

– No, era su asesino, Móen.

– ¿Y visteis el cuerpo de Eber inmediatamente?

– Al principio no. Vi a Móen arrodillado junto a la cama, agarrando un cuchillo.

– Habéis dicho que fue antes del amanecer. Luego debía de estar oscuro. ¿Cómo podíais ver en el interior del dormitorio de Eber?

– Había una lámpara encendida. Con esa luz vi a Móen claramente. Estaba inclinado sobre la cama. Vi el cuchillo en su mano.

Menma hizo una pausa y su rostro se retorció de asco al recordar la escena.

– A la luz de la lámpara vi que el cuchillo estaba manchado. Vi manchas en la cara y en las ropas de Móen. Sólo cuando vi el cuerpo desnudo de Eber, atravesado en la cama, me di cuenta de que las manchas eran de sangre.

– ¿Os dijo algo Móen?

Menma resopló por la nariz.

– ¿Decir? ¿Qué iba a decir?

– ¿Lo acusasteis de matar a Eber?

– Sin duda resultaba obvio que lo había hecho él. No, fui inmediatamente en busca de Dubán.

– ¿Y dónde encontrasteis a Dubán?

– Lo encontré en la sala de asambleas. Me dijo que continuara con mi trabajo, ocupándome de los caballos y las vacas, que los animales no pueden esperar por los caprichos de los hombres.

– ¿Móen se quedó solo durante ese tiempo?

– Por supuesto.

– ¿No pensasteis que se escaparía?

Menma parecía perplejo.

– ¿Escapar?, ¿adónde?

Fidelma lo instó a continuar.

– ¿Qué sucedió entonces?

– Yo sacaba a los caballos cuando Dubán y Crítán llegaron a las caballerizas con Móen.

– ¿Crítán? Ah, sí; creo que fue el guerrero que cabalgó hasta Cashel.

– Es uno de los guerreros de Dubán -confirmó Menma.

– ¿Y después?

– Llevaron a Móen a las caballerizas, donde Crítán lo engrilletó. Las caballerizas se usan como prisión, ya que no tenemos otro sitio para encerrar a nadie en Araglin.

– ¿Móen no ofreció ninguna explicación, ni se defendió del asesinato? ¿Admitió al menos haber cometido el crimen?

Menma estaba asombrado.

– ¿Cómo iba a decir nada? Como os digo, resultaba obvio lo que había sucedido.

Fidelma intercambió una mirada de sorpresa con Eadulf.

– ¿Y entonces qué hizo Móen? ¿Se resistió a ir a la prisión?

– Forcejeó y lloriqueó cuando Crítán le ponía los grilletes. Dubán fue entonces a despertar a Crón para explicarle lo sucedido.

– Entiendo. ¿Y no habéis tenido ningún otro contacto con Móen desde que lo encerraron?

Menma se encogió de hombros.

– Veo a esa criatura cuando voy a las caballerizas. Pero Crítán se ocupa de él. Crítán y Dubán son sus cuidadores.

Fidelma sacudió la cabeza dubitativa.

– Gracias, Menma. Tal vez necesite haceros más preguntas. Pero ahora voy a hablar con Dubán.

Menma señaló hacia la entrada de la cuadra donde se veía al guerrero de mediana edad que los había recibido al llegar hablando con un joven.

– Son Dubán y Crítán.

Hizo ademán de irse, pero Fidelma lo retuvo.

– Una cosa más. ¿Soléis levantaros antes de la primera luz del día para ocuparos de los caballos?

– Siempre. La mayoría de la gente de aquí está levantada al amanecer.

– ¿Hoy os habéis levantado antes de la primera luz de la mañana para ocuparos de los caballos?

Menma frunció el ceño.

– ¿Esta mañana?

Fidelma intentó controlar su irritación.

– ¿Os habéis ocupado de los caballos esta mañana? -repitió secamente.

– Os he dicho que cada mañana, antes de las primeras luces me ocupo de ellos.

– ¿Y a qué hora os fuisteis a dormir anoche?

Menma sacudió la cabeza como si intentara recordarlo.

– Tarde, creo.

– ¿Creéis?

– Estuve bebiendo hasta tarde.

– ¿Estabais con alguien?

El hombretón sacudió la cabeza en señal de negación.

Cuando se hubo marchado, Fidelma lanzó una mirada a Eadulf que la contemplaba, obviamente perplejo.

– ¿Qué tienen que ver las acciones de Menma de esta mañana con los asesinatos de la semana pasada? -inquirió.

– ¿Lo habéis reconocido? -le preguntó Fidelma.

Eadulf frunció el ceño.

– ¿Reconocer, a quién? ¿A Menma?

– ¡Por supuesto! -Le irritaba la lentitud de Eadulf.

– No. ¿Tenía que reconocerlo?

– Estoy convencida de que era uno de los hombres que atacó el hostal esta mañana.

Eadulf abrió la boca asombrado. Tenía en la punta de la lengua la pregunta «¿Estáis segura?», pero se dio cuenta de que lo único que originaría sería una réplica airada. Fidelma no diría que estaba convencida si no lo estuviera.

– Entonces ha mentido.

– Exactamente. Juraría que era el mismo hombre. Recordaréis que los atacantes pasaron cabalgando junto a nosotros. Yo observé a uno de ellos con rasgos especialmente desagradables y una densa barba pelirroja. Yo no creo que me viera para poder reconocerme. Pero era Menma.

– No es el único misterio que hay aquí. ¿Cómo puede ser que todo el mundo acepte la culpabilidad de Móen sin hacer ningún esfuerzo por descubrir por qué mató a Eber y a Teafa?

Fidelma asintió con la cabeza ante lo pertinente de la observación.

– Vayamos a ver si la historia de Menma concuerda con la de Móen.

Se dirigieron hacia los dos guerreros que estaban junto a las puertas de las cuadras. El joven, apenas poco más que un muchacho, tenía el cabello rubio sucio y rasgos vulgares, y se apoyaba contra el poste de la puerta. Llevaba colgado un escudo redondo del hombro y una espada en el costado derecho. Los dos hombres se habían girado para observar a Fidelma y Eadulf, que se acercaban. El guerrero más joven no cambió de postura mientras miraba fijamente a Fidelma sin ocultar su curiosidad. Estaban callados.

– ¿Sois realmente la brehon? -preguntó el joven.

Por el sonido de su voz parecía que tenía un perpetuo dolor de garganta. Fidelma no respondió, sino que mostró su desaprobación ante aquel saludo y dirigió su atención al guerrero de mediana edad.

– ¿Me han dicho que os llamáis Dubán y que estáis al mando de la guardia personal del jefe?

El fornido guerrero se agitó incómodo.

– Así es. Éste es Crítán, un miembro de la guardia. Crítán es…

– ¡Campeón de Araglin! -exclamó el joven con arrogancia.

– ¿Campeón? ¿De qué?

Tan sólo Eadulf hubiera dicho que Fidelma estaba enfadada por la pomposidad mostrada por el joven cuando ella lo había saludado.

Crítán no se desanimó con la pregunta de Fidelma.

– Decididlo vos, hermana. Espada, lance o arco. Soy al que enviaron a Cashel a informar al rey. Creo que quedó impresionado conmigo. Quiero decir para entrar en su guardia personal.

– ¿Y el rey conoce esa gran ambición vuestra? -preguntó Fidelma sin inmutarse. Era imposible saber si estaba divirtiéndose o estaba enfadada con la impertinencia del joven. Eadulf decidió que se mostraba desdeñosa con el chico.

Crítán no captó la ironía de su voz.

– Todavía no se lo he dicho. Pero en cuanto conozca mi reputación, aceptará mis servicios.

Fidelma vio que Dubán parecía incómodo con el tono jactancioso de su subordinado.

– Dubán, unas palabras con vos -dijo llevándoselo a un lado, sin hacer caso de la expresión molesta del joven.

– ¿Os dais cuenta de que soy abogada de los tribunales?

– Eso he oído -admitió el comandante de la guardia-. La noticia de vuestra llegada ya es conocida en todo el rath.

– Bien. Ahora quisiera ver a Móen.

El guerrero lanzó el pulgar por encima del hombro en dirección a la puerta cerrada del establo.

– Está ahí dentro.

– Eso me han dicho. Me gustaría interrogaros respecto al descubrimiento del cuerpo de Teafa, pero de momento me ocuparé de Móen. ¿Ha dicho algo desde que le han detenido?

Se quedó sorprendida por la expresión confusa de Dubán.

– ¿Cómo iba a hacerlo?

Fidelma iba a contestar, pero decidió que era mejor ver a Móen antes de insistir más.

– Abrid la puerta -ordenó Fidelma.

Dubán hizo una señal al subordinado jactancioso para que cumpliera la orden.

En el interior, el establo estaba oscuro, húmedo y apestaba.

– Iré a por una lámpara -dijo Dubán disculpándose-. No tenemos un lugar para encerrar a los prisioneros, así que sacamos los caballos que Eber tenía aquí y los dejamos en los pastos. Esto se ha convertido en una prisión.

Fidelma mostró su desaprobación con un resoplido, al otear en la oscuridad.

– ¿No habría algún sitio mejor para confinarlo? Este lugar apesta ya bastante sin sumar la indignidad de la oscuridad. ¿Por qué no tiene luz el prisionero?

El guerrero joven, Crítán, se rió entre dientes detrás de ella.

– Eso es ingenio, señora. ¡Eso sí!

Dubán ordenó bruscamente al joven que regresara a su puesto fuera y luego se adentró en la oscuridad. Cuando los ojos de Fidelma y Eadulf se acostumbraron a la penumbra, vieron que la silueta del guerrero se inclinaba sobre algo, después oyeron el sonido del pedernal al ser golpeado y una chispa encendió una mecha que empezó a brillar. El guerrero regresó con una lámpara en la mano. Los llamó para que se adentraran más en las cavernosas caballerizas y señaló a un rincón.

– ¡Ahí está! Ahí está Móen, el asesino de Eber.

Fidelma se adelantó.

Dubán levantó la lámpara cuanto pudo para que alumbrara el apestoso interior. En el rincón más extremo, había lo que al principio pareció un bulto de ropa sucia maloliente. El bulto se sacudió y una cadena traqueteó. Fidelma tragó saliva al ver que en realidad el bulto de ropa era un hombre que estaba engrilletado por el pie izquierdo a uno de los postes que sostenían el tejado del edificio. Luego vio una cabeza desgreñada que se levantó de una sacudida hacia ella y quedó, como escuchándola, ligeramente inclinada. Emitió un extraño sonido lloriqueante.

– Ésa es la criatura, Móen -dijo entonces Dubán a sus espaldas.


Capítulo VI

<p>Capítulo VI</p>

Fidelma no pudo reprimir el escalofrío que la recorrió cuando miró aquella figura grotesca.

– ¡Qué Dios nos asista! ¿Qué significa esto? Yo no tendría a un animal en esas condiciones, mucho menos a un hombre, aunque fuera sospechoso de asesinato.

Avanzó y se inclinó para tocar el hombro de aquella forma acuclillada. No estaba preparada para lo que sucedió después.

Cuando ella la tocó, la figura saltó con un aullido angustiado. Se escabulló deprisa a cuatro patas, gimiendo como un animal, hasta que la longitud de la cadena atada a su tobillo le dio un tirón he hizo que se detuviera. Se cayó; se cayó cuan largo era, sobre la paja sucia del suelo, y se quedó allí estirado, levantando ambas manos al mismo tiempo como para protegerse la cabeza de un golpe. Se quedó quieto en esa posición sólo un momento, se levantó con dificultad y giró el rostro hacia ellos. Fidelma y Eadulf no estaban preparados para lo que veían; los ojos no tenían pupilas, eran unas órbitas blancas bien abiertas.

– Retro satana! -soltó Eadulf levantando una mano.

– Es Satanás, hermano -admitió Dubán en un tono carente de humor.

Era la figura de un macho. Estaba tan cubierto de suciedad y excrementos, el cabello tan salvaje y enredado, que no podían distinguir claramente sus rasgos. A Fidelma le dio la impresión de que no era mayor. Luego recordó que Crón había dicho que Móen sólo tenía veintiún años. La boca era una abertura ancha y babeante y de ella surgía un terrible gemido continuado. Pero eran los ojos los que llamaban la atención tanto de Fidelma como de Eadulf; esas lamentables órbitas opacas y blancas con apenas señal alguna de pupila.

– ¿Éste es el Móen acusado de matar a Eber y a Teafa? -susurró Fidelma horrorizada.

– Desde luego.

– Móen -murmuró Eadulf con tono grave-. ¡Por supuesto! ¿No significa ese nombre justamente «mudo»?

– Tenéis razón, hermano -admitió Dubán-. Mudo ha sido desde que lo encontraron y Teafa le proporcionó un hogar.

– ¿Y ciego? -preguntó Fidelma, contemplando con piedad y horror la figura acuclillada delante de ella.

– Y sordo -añadió Dubán con gravedad.

– ¿Y se asegura que este desgraciado pudo matar a dos seres rebosantes de salud? -preguntó Fidelma incrédula.

Eadulf contemplaba aquella figura con aversión.

– ¿Por qué nadie nos ha dicho antes en qué condiciones se encuentra esta persona?

El guerrero se mostró sorprendido.

– Pero todo el mundo conoce a Móen. A mí no se me ocurrió nunca que…

Fidelma silenció su protesta.

– No. La culpa no es vuestra si no se me ha informado antes. Seamos bien claros; he de entender que es esta criatura sorda, muda y ciega a la que se acusa del asesinato de Eber y…

Hizo una pausa ya que la figura avanzó con cautela y levantó la cabeza como un animal, resoplando por la nariz. Estaba olisqueando. Fidelma bajó la mirada hacia él, que se le acercaba a cuatro patas.

– Yo me separaría un poco, hermana, ya que olisquea a la gente aunque no pueda verla u oírla -le advirtió Dubán.

Era demasiado tarde, ya que una mano fría y sucia se adelantó y le tocó el pie a Fidelma. Fidelma se echó hacia atrás con temor.

Móen se detuvo bruscamente.

Dubán se dirigió hacia él, sosteniendo en una mano la lámpara y levantando la otra como si fuera a golpear al desgraciado.

Fidelma vio aquella acción y tendió su mano.

– No le peguéis -le ordenó-. No podéis pegar a alguien que no puede ver el golpe.

Móen estaba sentado con la cara girada, había levantado las manos y las sacudía con curiosos movimientos delante de él.

Fidelma sacudió la cabeza con tristeza.

– No le hagáis caso, hermana -murmuró Dubán-, ya que está maldecido por Dios.

– ¿No podéis al menos hacer que lo laven? -exigió Fidelma.

Dubán se mostró sorprendido.

– ¿Para qué?

– Es un ser humano.

El guerrero hizo una mueca sarcástica.

– Nadie lo diría.

– Según la ley, Dubán, ya habéis cometido una ofensa burlándoos de alguien que tiene una minusvalía.

El guerrero abrió la boca para protestar pero Fidelma continuó con gravedad.

– Quiero verlo limpio la próxima vez que lo visite. Puede seguir encerrado, pero hay que darle comida y agua y limpiarlo. No quiero ver a una criatura de Dios sufrir de esta manera. No importa de qué se le acuse.

Dio la vuelta sobre sus talones y salió de la cuadra. Eadulf se quedó dudando un momento; se sintió inquieto al ver las amargas emociones que surcaban el rostro del guerrero de mediana edad mientras observaba por detrás a Fidelma.

Ella se quedó fuera respirando hondo, como si hiciera un esfuerzo por controlar su ira. No había señal del otro guerrero, Crítán. Dudaron un momento antes de ponerse a caminar lentamente en dirección a las habitaciones de Eber.

– No se puede culpar a Dubán -dijo Eadulf intentando ser conciliador-. Y recordad, esa pobre criatura, como lo llamáis, mató a Eber, su jefe.

Casi hizo una mueca de dolor cuando los ojos verdes de Fidelma lo fulminaron repentinamente con ira.

– La culpabilidad de Móen ha de probarse primero. Es un ser humano y tiene los mismos derechos que cualquiera ante la ley. Mientras tanto no hay excusa para tratarlo como si fuera menos que un animal.

– Cierto -admitió Eadulf-. No debería ser tratado de esta manera, pero…

– Tiene derecho a una defensa antes de ser declarado culpable o no.

Eadulf alzó un hombro y lo dejó caer.

– Sordo, mudo y ciego, Fidelma. ¿Cómo puede uno comunicarse con ese ser para poder defenderlo?

– Si hay una defensa, yo la encontraré. Pero no será condenado sin un juicio justo. Por mi juramento como abogada de las leyes de los cinco reinos, así lo garantizo.

Un silencio terrible se hizo entre ambos y luego Eadulf siguió preguntando.

– ¿Es verdad que hay una ley que impone un castigo a alguien que se burla de un minusválido?

– Yo no hago las leyes -replicó Fidelma secamente, todavía enfadada-. Se pueden imponer fuertes multas a cualquiera que se burla de la minusvalía de una persona, desde un epiléptico a un cojo.

– Me cuesta creerlo, Fidelma; aunque haya estudiado en esta vuestra tierra, todavía soy prisionero de mi propia cultura. En nuestra sociedad reconocemos que el hombre es una criatura cruel y que a menudo Dios lo predestina a una vida corta y dura. Es el sagrado orden de las cosas, la violencia de la naturaleza, el hombre tiene un camino violento.

Fidelma se lo quedó mirando sorprendida.

– Habéis visto la alternativa en nuestra sociedad, Eadulf. ¿No creeréis que la manera sajona es la única?

– Cualquier camino es sólo transitorio. La vida está sujeta a cambios repentinos. A cada lado hay pestilencia, hambruna, opresión, violencia, proveniente de enemigos personales o políticos. Nos resignamos al reparto de la inescrutable voluntad del Padre en los cielos, donde está nuestra seguridad.

Fidelma sacudió la cabeza.

– Después tendremos tiempo para discutir tales filosofías, Eadulf. Nuestras leyes y la manera de conducir nuestras vidas son seguramente un argumento contra la miseria de la vida, que en vuestra tierra aceptáis. Pero antes de debatir ese tema, hay que resolver un asunto. Y es difícil, Eadulf, y necesito vuestra ayuda. Cuando haya reunido las pruebas, y si la culpa es de ese desgraciado, entonces tendré que decidir si tiene responsabilidad legal. Una persona minusválida es sujeto legal y hay que actuar contra los tutores legales. Así que hemos de descubrir quién es el tutor legal de esta criatura, Móen. Ah -hizo una pausa y se rascó la cabeza-, he de intentar recordar las palabras del texto Do Brethaib Gaire…

– ¿Qué es eso? -preguntó Eadulf.

– Es un tratado sobre las obligaciones de la familia de cuidar de los miembros minusválidos. La primera parte trata del cuidado de los sordos, ciegos y mudos.

A Eadulf siempre le sorprendían las leyes irlandesas de compensación a la víctima y su familia, incluso por homicidio. En su país, la pena de muerte se aplicaba incluso a los ladrones y a los que los ocultaban y ayudaban. Los criminales, traidores, brujas, esclavos fugados, forajidos y los que los protegían podían ser colgados, decapitados, lapidados, quemados o ahogados, siendo las penas menores las mutilaciones; se cortaban manos, pies, nariz, orejas, labio superior o lengua, incluso se sacaban los ojos, se castraba y arrancaba la cabellera; también se marcaba a hierro y se azotaba. Eadulf sabía que los obispos sajones preferían imponer el castigo de la mutilación antes que el de la muerte, ya que daba tiempo al pecador para arrepentirse. Pero estos irlandeses, con su rechazo al concepto de dar satisfacción mediante la venganza, que hablaban de compensar a la víctima poniendo al malhechor a hacer un trabajo útil…, bueno, era humano, pero él a menudo se preguntaba si era una justicia adecuada.

Una voz hizo que se detuvieran cuando bordeaban el edificio de granito de la sala de asambleas.

Era Dubán, que se apresuraba tras ellos. Todavía había una cierta hostilidad en sus ojos, pero sus rasgos parecían más controlados.

– He dado órdenes a Crítán para que lleve a cabo vuestras instrucciones, hermana. Móen estará presentable para no herir vuestra… -intentó encontrar la palabra exacta-. Vuestra sensibilidad.

– No tengo ninguna duda de que así lo haréis, Dubán -respondió Fidelma con calma.

El guerrero frunció el ceño, intentando descubrir el significado que ocultaba su voz. Por mucho que le molestaran las críticas de Fidelma, parecía que le habían dicho que siguiera sus instrucciones.

– Crón me ha encargado que me ocupe de vos durante vuestra estancia en el rath de Araglin y que ejecute cualquier otra orden que me deis.

– Entiendo. Bueno, nos dirigimos a las habitaciones de Eber para examinar el lugar donde Menma encontró del cuerpo y al desgraciado Móen.

– Entonces os haré de guía -se ofreció Dubán, avanzando para conducirlos al edificio que Menma les había señalado.

Era una construcción de un solo piso, como muchos de los edificios de madera del rath.

La puerta daba a una estancia fácilmente reconocible como sala de recepción, donde el jefe podía comer y departir en privado cuando no utilizaba la sala de asambleas. Esta habitación estaba conectada con la sala a través de una puerta oculta detrás de una tapicería que Dubán señaló. Había un caldero en el hogar, una mesa y unas sillas. Las armas del jefe muerto colgaban de la pared con trofeos de caza. Alfombras y tapices daban calidez a la estancia. Una pared con paneles de madera y una puerta la separaban del dormitorio. La decoración era sencilla, un gran colchón de paja en el suelo alfombrado. Fidelma vio las manchas de sangre, pero no comentó nada. Había una mesa al lado, donde reposaba una lámpara de aceite.

– ¿Ésta es la lámpara que estaba encendida cuando entró Menma?

– Sí -le confirmó Dubán inmediatamente-. No se ha tocado la habitación desde… la tragedia. La lámpara todavía estaba encendida cuando entré aquí con Menma. Móen estaba arrodillado justo ahí -señaló con su mano-, justo al lado de la cama.

– ¿Hizo algún intento de marcharse?

– Oh, no.

– ¿Así que no intentó huir antes de que llegarais?

– ¿Huir? ¿Sordo, mudo y ciego como es? -respondió Dubán con una risotada.

– Sin embargo, sordo, mudo y ciego como es, me decís que fue capaz de entrar aquí y de matar a Eber -musitó Fidelma examinando la habitación. Antes de que pudiera contestar le dio una orden.

– Decidnos lo que sucedió desde vuestro punto de vista.

– Yo estaba de guardia aquella noche.

– Este rath está aislado. Seguro que no hay necesidad de hacer guardia, pues tenéis la protección natural que os proporcionan las montañas que rodean el valle.

Dubán asintió con sequedad.

– Sin embargo hace algunas semanas ha habido cuatreros en el valle, hermana. Eber me dijo que montara una guardia.

– Ah, sí, por supuesto. ¿Y estabais de guardia la noche en que asesinaron a Eber?

Dubán se mostró triste.

– A decir verdad, cuando se acercaba el amanecer, me había quedado dormido en el asiento, a la entrada de la sala de asambleas. Menma tuvo que despertarme. Me dijo que había encontrado a Eber muerto y que Móen era el asesino. Vine aquí con él sin demora y vi el cuerpo de Eber echado sobre la cama, tal como había explicado Menma. Había sangre por todas partes, podéis ver que se ha secado. Móen estaba agachado como he indicado. Todavía tenía el cuchillo manchado de sangre en la mano, y sus ropas también estaban ensangrentadas.

– ¿Qué hacía?

– Se balanceaba hacia delante y hacia atrás gimiendo.

– ¿Y vos fuisteis capaz de observar claramente todo eso porque la lámpara estaba encendida? -lo animó a continuar Fidelma.

– Le dije a Menma que continuara con sus obligaciones y fuera en busca de Crítán. Pero él ya venía a relevarme de la guardia. Nos llevamos a Móen a las caballerizas, lo engrilletamos y fui a informar a Crón.

– Ah, sí, Crón. ¿Por qué no informasteis primero a la esposa de Eber? ¿No hubiera sido lo correcto?

– Crón es tánaiste, la heredera electa. Con Eber muerto, era la jefa electa de Araglin. Lo correcto era que se la informara primero.

Fidelma estuvo de acuerdo con la interpretación de Dubán del protocolo.

– ¿Y después?

– Cuando empezamos a ponerle los grilletes a Móen, se puso a forcejear y gritar. Así se lo dije a Crón y ella me mandó a buscar a Teafa. Me dirigí a sus habitaciones.

– ¿Y la encontrasteis muerta?

– Así es.

– Me han dicho que Teafa era la única persona del rath de Araglin que podía calmar a Móen, si «calmar» es la palabra adecuada.

– Así era. Lo había cuidado desde pequeño.

– ¿Y era la hermana de Eber?

– Sí.

– ¿Así que Móen no era hijo suyo? -A Fidelma le preocupaba la relación que había entre ellos.

Dubán se mostró firme.

– Nadie sabe de dónde vino el niño. Pero no era de Teafa, porque la hubieran visto embarazada las semanas anteriores al nacimiento y no lo estaba. Esta comunidad es pequeña. Era huérfano.

– Precisamente porque es una comunidad pequeña, tendría que saberse quién lo parió.

– Pues no es así. No era hijo de nadie del valle. Eso es cierto.

– ¿Podéis decirme algo más? ¿Cómo y por qué adoptó Teafa al niño? ¿Quién lo encontró?

Dubán se pasó un dedo por la nariz.

– Lo único que sé es que Teafa salió a cazar sola y regresó al cabo de unos días con el niño. Sencillamente fue a las montañas y regresó con el recién nacido.

– ¿Le explicó a alguien cómo lo había encontrado?

– Por supuesto. Dijo que lo había encontrado abandonado en los bosques. Anunció que lo iba a adoptar. Yo me fui de Araglin poco después de este hecho y estuve fuera luchando en las guerras de los reyes de Cashel hasta hace tres años. Me han dicho que cuando el niño fue creciendo, se conocieron sus debilidades. Pero Teafa se negó a dejarlo. Teafa no se casó nunca, ni tuvo ningún hijo. Era una persona afectuosa y quizá necesitaba un niño adoptado. Parecía que Teafa y el niño conseguían comunicarse de una manera curiosa. No estoy seguro de cómo.

– ¿Cuánto tiempo estuvisteis fuera de Araglin?

– Casi diecisiete años pasaron hasta que regresé para servir a Eber. Eso fue, como os he dicho, hace tres años.

– Entiendo. ¿Hay alguien aquí en el rath que sepa más cosas de Móen?

Dubán se encogió de hombros.

– Supongo que el padre Gormán podría saber algo más que pudiera revelarse ahora que Teafa está muerta. Pero el padre Gormán no estará de vuelta hasta dentro de un día o dos.

– ¿Y la viuda de Eber?

– ¿Cranat? -Dubán hizo una mueca desagradable-. No estoy seguro. Se casó con Eber más o menos un año después de que Teafa trajera a Móen a vivir con nosotros. Cuando regresé observé que Cranat y Teafa no tenían el trato deseable entre una hermana y una cuñada.

Eadulf se inclinó ansioso.

– ¿Queréis decir que a Cranat no le gustaba Teafa?

Dubán parecía afligido.

– Sé que vosotros los sajones os enorgullecéis de hablar con claridad. Yo creo que ya he sido franco al dar mi opinión.

– Bastante franco -admitió Fidelma rápidamente-. ¿Decís que Cranat y Teafa no se llevaban bien?

– Bien, no -admitió Dubán.

– ¿Sabéis cuánto tiempo hace que se da esta situación?

– Me han dicho que se enemistaron cuando Crón tenía unos trece años. Se discutieron y apenas se hablaban. Hace dos o tres semanas fui testigo de una discusión acalorada entre ellas.

– ¿A qué se debía?

– No soy yo quien ha de comentarlo.

Estaba claro que Dubán tenía la sensación de estar cayendo en el chismorreo. Fidelma se aferró inmediatamente a esa incomodidad.

– Pero después de todo lo que habéis dicho, creo que deberíais explicaros.

– No conozco realmente lo sucedido, salvo que Teafa estaba enfadada, le gritaba a Cranat y ésta lloraba.

– Debisteis oír algo. Debisteis formaros alguna idea del motivo de la pelea…

– Yo no. Recuerdo que se mencionó a Móen y también a Eber. Teafa gritaba algo de divorcio.

– ¿Exigía que Cranat se divorciara de su hermano?

– Quizá. No lo sé. Cranat corrió a la capilla en busca del consuelo del padre Gormán.

Fidelma no hizo ningún otro comentario, pero se quedó mirando alrededor por la habitación, examinándola detenidamente y después regresó a la puerta y registró la habitación de visitas.

– Para ser sordo, mudo y ciego, este Móen parece tener el don de moverse con facilidad por el rath.

Eadulf fue a reunirse con ella con el ceño fruncido.

– ¿Qué queréis decir, Fidelma? -preguntó.

– Observad estas habitaciones, Eadulf. En primer lugar, Móen tenía que pasar por aquí. Luego tenía que entrar, encontrar el camino hasta el dormitorio de Eber y entrar, sacar el cuchillo, encontrar el objetivo y matar a Eber antes de que el jefe percibiera su presencia. Eso no sólo requiere sigilo sino un talento que yo no le supongo a alguien como Móen.

Dubán oyó esto sin querer y mostró su desaprobación.

– ¿Estáis negando los hechos? -inquirió.

Fidelma lo miró.

– Simplemente estoy intentando averiguarlos.

– Bueno, los hechos son simples. Móen fue hallado en flagrante delito.

– En realidad no -corrigió Fidelma-, Fue encontrado junto al cuerpo de Eber. En realidad no vieron cómo lo mataba.

Dubán reclinó la cabeza y soltó una gran risotada.

– ¿En verdad, hermana, es ésta la lógica de un brehon? Si encuentro una oveja degollada y un lobo sentado a su lado con sangre en el hocico, ¿no es lógico que culpe al lobo?

– Es razonable -admitió Fidelma-. Pero no es una prueba de que el lobo lo hiciera.

Dubán sacudió la cabeza con incredulidad.

– ¿Afirmáis que…?

– Intento descubrir la verdad -espetó Fidelma-. Es mi único propósito.

– Bien, si es la verdad lo que queréis, entonces es bien sabido en el rath que Móen era capaz de moverse sin dificultad por ciertas zonas.

– ¿Cómo lo conseguía? -preguntó Eadulf intrigado.

– Supongo que tenía una especie de memoria. Al parecer también olisqueaba su camino.

– ¿Olisquear? -preguntó Eadulf con tono de incredulidad.

– Visteis la manera que tuvo de usar su olfato en el establo para identificar que allí había extraños. Ha desarrollado su sentido del olfato como un animal. Si estaba en ciertas zonas del rath era capaz de moverse bien. Todos lo saben.

– ¿Ah, entonces no sorprende a nadie que fuera capaz de encontrar el camino hasta aquí?

– A nadie.

Eadulf miró a Fidelma y se encogió de hombros.

– Bueno, parece que no queda ningún misterio entonces.

Fidelma no contestó. No estaba convencida.

– ¿Dónde está el cuchillo con el que Móen mató a Eber?

– Todavía lo tengo yo.

– ¿Se ha identificado el cuchillo?

– ¿Identificado?

Dubán parecía confundido.

Fidelma se mostró paciente.

– ¿Se ha descubierto al propietario del cuchillo?

Dubán se encogió de hombros.

– Creo que es uno de los cuchillos de caza de Eber -dijo señalando una de las paredes donde estaba colgada una colección de espadas y cuchillos y un escudo. Una vaina estaba vacía-. Vi que uno de los cuchillos faltaba y supuse que era el que cogió Móen.

Fidelma se acercó a examinar el lugar que le indicaba Dubán. Se giró y atravesó la habitación hasta la puerta principal. Entonces se quedó de espaldas a la puerta y después se dirigió hacia donde estaba el cuchillo. Era una ruta complicada e indirecta, con obstáculos. Finalmente llegó al armario donde estaban los cuchillos, después se giró y se abrió paso entre una mesa y un banco hasta la puerta del dormitorio.

Se detuvo y se quedó observando pensativa un momento.

– Dentro de un rato examinaré esa arma.

Dubán inclinó la cabeza.

– Bien. Y ahora vayamos a ver dónde fue descubierta Teafa y cómo.


Capítulo VII

<p>Capítulo VII</p>

Dubán los acompañó hasta la salida de las habitaciones de Eber y los condujo por un camino detrás de las caballerizas. El sendero serpenteaba y giraba tras unas casas situadas junto a un horno para secar cereales. Atravesaron un patio con un pozo y se dirigieron hacia una cabañita de mimbre.

– Teafa tenía una cabaña propia -explicó mientras iban caminando-, separada de las del resto de la familia del jefe.

– ¿Decís que no se casó nunca? -preguntó Eadulf.

– Eso dije -respondió Dubán-. ¿Por qué lo preguntáis?

Eadulf sonrió con complicidad.

– Desde luego resulta inusual que la hermana soltera de un jefe viva fuera del círculo de viviendas de la familia.

– De hecho vivía en el interior del rath del jefe -explicó Dubán, desde luego sin saber a qué se refería Eadulf.

En la tierra de Eadulf, las mujeres eran consideradas una propiedad del jefe de la familia hasta que se casaban, y sólo entonces les estaba permitido vivir fuera de los confines del hogar familiar. Eadulf se dio cuenta de repente de que esto no era válido en los cinco reinos.

– Lo que quiere decir el hermano Eadulf -intervino Fidelma- es que la cabaña de Teafa es pobre y está situada en los alrededores del rath; lo normal es que viviera con más lujo en el interior de las habitaciones del jefe.

Dubán hizo una mueca de indiferencia.

– Era lo que ella quería. Recuerdo que tomó esa decisión justo después de adoptar a Móen.

La cabaña de Teafa parecía una construcción pequeña, pero una vez en el interior, Fidelma comprobó que estaba dividida en tres habitaciones. Una estancia principal, utilizada para cocinar, comer y como sala de estar, que solía llamarse tech immácallamae o «lugar de conversación», un lugar de reunión para la familia y sus amigos. Dos puertas daban acceso a los dormitorios. Era obvio cuál era la habitación de Móen, ya que no tenía ventana y la luz proveniente de la puerta abierta dejaba ver un simple colchón sobre el suelo, sin otro mobiliario.

Fidelma estaba a punto de retirarse cuando algo le llamó la atención detrás de la puerta del dormitorio de Móen.

– ¿Hay una vela o una lámpara ahí dentro? -preguntó Fidelma.

Dubán cogió un pedernal y una yesca de una mesita y enseguida encendió una vela.

Fidelma cogió la vela, entró en la habitación de Móen y se fijó en la zona de detrás de la puerta. A simple vista parecía que había un montón de leña para el hogar apilada allí, varias gavillas atadas con tiras de cuero.

– Venid aquí, Eadulf -ordenó Fidelma-. ¿Qué os parece esto?

Eadulf se acercó. Dubán lo siguió, oteando por encima de su hombro y vio los haces de ramas.

– Un lugar extraño para guardar leña para el fuego -observó Dubán.

Eadulf se había agachado y había cogido un haz. Las varas tenían todas la misma longitud, unas dieciocho pulgadas. Eran en su mayoría de avellano y algunas eran de tejo. Eadulf las examinó de cerca y después desató un haz para inspeccionar bien las varillas. Finalmente se volvió hacia Fidelma. Sonrió con complicidad.

– No es frecuente ver ejemplares tan delicados fuera de las grandes bibliotecas.

Dubán estaba sorprendido.

– ¿Qué quiere decir, hermana?

Fidelma observó a Eadulf con la aprobación de un maestro hacia un alumno brillante.

– Quiere decir que estos trozos de leña, como los llamáis, son de hecho lo que se conoce como «varas de los poetas». Son libros antiguos. Mirad de cerca. Veréis que tienen unos cortes en el antiguo alfabeto ogham.

Dubán las examinó intrigado. Estaba claro que no tenía conocimiento de la antigua forma de escritura.

– ¿Entonces Teafa era una erudita? -preguntó Eadulf.

El guerrero sacudió la cabeza asombrado.

– No creo que se las diera de serlo, pero era versada en artes y poesía. Si así era, probablemente conocía el antiguo alfabeto, así que no me sorprende que tuviera estos libros aquí.

– Incluso así -reflexionó Fidelma- no he visto una colección tan buena fuera de la biblioteca de una abadía.

Eadulf volvió a atar el haz y lo colocó con los otros mientras Fidelma regresaba a la estancia principal. Se dirigió al segundo dormitorio. La habitación de Teafa contenía adornos y mobiliario más elaborados. Había un aire de pasada opulencia propia de la hija y hermana de un jefe. La vela resultaba entonces innecesaria, Fidelma la apagó de un soplido. Se volvió hacia Dubán.

– Así que una vez habíais informado de la muerte de Eber a Crón y os había dicho que fuerais a buscar a Teafa para calmarlo, vinisteis directamente aquí.

– Así es. Llegué hasta la puerta y vi que estaba algo abierta.

– ¿Abierta?

– Estaba entreabierta, lo suficiente para darme cuenta de que pasaba algo.

– ¿Por qué? El hecho de que la puerta estuviera entreabierta no es señal de que pasara algo malo.

– Teafa era muy meticulosa respecto a cerrar las puertas.

– ¿Para tener a Móen dentro? -se aventuró a preguntar Eadulf.

– No exactamente. Móen tenía permiso para moverse por ahí, pero, para ser consciente de por dónde andaba, las puertas estaban siempre cerradas para que no saliera sin darse cuenta.

– Entiendo. Continuad. La puerta estaba entreabierta.

– La estancia estaba a oscuras. Grité pero nadie respondió. Así que empujé la puerta para abrirla y me quedé un momento en el umbral. Entonces empezaba a amanecer, era ese momento a media luz. Desde allí vi un montón de ropa, o eso me pareció, sobre el suelo. Al mirar más de cerca me di cuenta de que era un cuerpo. El cuerpo de Teafa.

– Mostradme dónde.

Dubán señaló un lugar ante el hogar con las cenizas frías y grises. Fidelma había percibido inmediatamente el fuerte olor a madera quemada cuando había entrado en la cabaña.

– Eché una mirada alrededor, encontré una vela y la encendí. De hecho, la misma vela que hemos usado ahora. El cuerpo era el de Teafa. Tenía toda la ropa manchada de sangre. La habían acuchillado salvajemente en el pecho, alrededor del corazón, varias veces.

Fidelma se agachó hasta el suelo; había unas manchas oscuras de sangre. Al mismo tiempo observó una pequeña zona quemada en el suelo y se dio cuenta de que era eso, y no los restos de la chimenea, lo que olía a chamuscado. Al lado había una mancha. No era una mancha de sangre. Puso un dedo en la zona todavía húmeda y olisqueó. Era aceite.

– ¿Aquí había algo tirado? -preguntó Fidelma.

– Una lámpara de aceite rota -recordó Dubán después de pensarlo un rato-. Lo han limpiado, creo.

– ¿Os dio la impresión de que Teafa sostenía algo cuando la golpearon?

– No lo pensé mucho. Pero ahora que lo mencionáis, realmente parece que sostenía la lámpara en su mano y la soltó cuando la derribaron. Debió de caer en el suelo y originar un pequeño fuego que, gracias a Dios, no se extendió y se extinguió pronto por sí solo.

Fidelma contempló pensativa el trozo quemado.

– Podía haber quemado toda la cabaña si no se hubiera apagado. Y todavía hay aceite por quemar aquí. -Fidelma mostró el dedo con la punta manchada de aceite-. ¿Con qué debió de apagarse?

– Bueno, ya estaba extinguido cuando yo llegué aquí -dijo Dubán encogiéndose de hombros.

Fidelma estaba a punto de levantarse cuando vio un trozo de varilla sin quemar en el hogar. No tenía nada de extraordinario, salvo por unos trazos. Medía unas tres pulgadas de largo y era de avellano. Lo sacó de las cenizas y lo examinó detenidamente.

– ¿Qué es? -inquirió Eadulf.

– Una vara de ogham que casi se consume totalmente con el fuego.

Algo había evitado que aquel trocito de avellano no ardiera, tal vez la manera como había caído. Quedaban algunas letras que no tenían ningún sentido. Entre los extremos quemados pudo distinguir «… er quiere…». Eso era todo. ¿Por qué iba a querer destruir Teafa aquella varilla en particular? Pensativa, Fidelma se metió el trozo de avellano en el marsupio y se levantó.

Echó una última mirada por la cabaña. Al igual que las habitaciones de Eber, estaba en orden. No había nada desordenado. Estaba claro que el robo no era un motivo.

– Dubán, comentasteis que la esposa de Eber no se llevaba muy bien con Teafa. ¿Teafa tenía una buena relación con su hermano?

– ¿Con Eber? -dijo Dubán evasivo-. Era su hermana y todos vivimos en esta pequeña comunidad.

– ¿No había animosidad, ni roces, como afirmáis que había con la esposa de Eber, Cranat?

Dubán extendió las manos como si hubiera decidido ceder a una gran fuerza.

– Había… no puedo explicarlo muy bien… una distancia entre hermano y hermana. Yo tengo una hermana a la que quiero. Y aunque está casada y tiene hijos, suelo ir a comer con su familia y me llevo a los niños de caza. Teafa no tuvo nunca una relación afectuosa con Eber. Bien pudiera ser que fuera a causa de la adopción de Móen, pero no puedo hablar con seguridad.

– Creo que es tiempo de que hablemos con esta dama, Cranat -murmuró Fidelma.

– ¿Qué me decís de la relación entre Teafa y la hija de Eber, Crón? -interrumpió Eadulf.

– Eran educadas y no discutían entre ellas. Eso es todo.

– Por cierto, ¿cómo solían tratar a Móen en la comunidad? -insistió Fidelma.

– La mayoría de la gente lo trataba con tolerancia; con lástima. Lo conocían desde que Teafa lo había traído. Teafa era una dama muy respetada. Eber tenía tiempo para el muchacho. Pero no era así con Cranat, que se negaba a que el chico se le acercara. También el padre Gormán le prohibía la entrada en la capilla. Crón se mostraba indiferente con él.

– En una comunidad sajona, lo hubieran matado al nacer. -Eadulf fue incapaz de guardarse el comentario que le vino a los labios.

Fidelma frunció el ceño.

– Una buena actitud cristiana, sin duda.

Eadulf se sonrojó y a Fidelma le supo mal tener una lengua tan afilada, ya que sabía que Eadulf no compartía esas actitudes.

– La gente que tiene minusvalías físicas no puede ser elegida para un cargo, no puede ser rey o jefe, pero son miembros de la comunidad -explicó Fidelma con paciencia a Eadulf-. Pueden disfrutar de todos los demás derechos, lo único que cambia es la responsabilidad legal de la persona, dependiendo de su minusvalía. Por ejemplo, un epiléptico tiene responsabilidad legal si está en su sano juicio. Pero no es así con un sordomudo; el demandante ha de actuar contra su tutor legal.

– ¿Así que Móen no estaba en situación de inferioridad? -quiso saber Eadulf.

– En absoluto -contestó Fidelma-. Ya os he dicho que si así fuera, Teafa hubiera podido llevar esa acción a los tribunales, pues se castiga con una buena multa a cualquiera que se burle de la minusvalía de una persona, ya sea un epiléptico, un leproso, un cojo, un ciego o un sordomudo.

– Al parecer acabo de recibir una buena lección sobre las leyes de los cinco reinos -dijo Eadulf con paciencia.

– Ésas no son las reglas que el padre Gormán quería que siguiéramos -observó Dubán impasible.

Fidelma se giró hacia él con interés.

– ¿Podríais explicar eso?

– El padre Gormán predica las reglas de Roma en su iglesia. Lo que él llama los Penitenciales.

Fidelma sabía que muchas de las nuevas ideas procedentes de Roma llegaban a los cinco reinos y algunos clérigos prorromanos incluso intentaban que esas nuevas filosofías pasaran a formar parte de las leyes de los cinco reinos. Un nuevo sistema legal eclesiástico y romano brotaba junto a las leyes civiles y criminales indígenas.

Recordó el comentario del abad Cathal de Lios Mhór. El padre Gormán era un gran defensor de las costumbres romanas e incluso había hecho construir otra capilla en Ard Mór con dinero de los partidarios de la tendencia prorromana. El conflicto entre los clérigos de las iglesias de los cinco reinos se estaba agudizando. El Concilio de Witebia, en el reino de Oswy, donde había conocido a Eadulf hacía dos años, sólo había servido para marcar más las diferencias. Oswy había pedido al concilio que debatiera las diferencias entre las ideas de la Iglesia de Roma y las de la Iglesia de los cinco reinos. A pesar de las discusiones, Oswy había decidido a favor de Roma y eso suponía un apoyo a esos clérigos que querían que la autoridad de Roma se estableciera allí. Era bien sabido que Ultán, el arzobispo de Ard Macha, primado de los cinco reinos, estaba a favor de Roma. Pero de todas maneras no todos aceptaban la autoridad de Ultán. Había facciones y camarillas que defendían una u otra interpretación de la nueva fe.

– ¿Y queréis decir que el padre Gormán no aprobaba que Teafa cuidara de Móen?

– Sí.

– Habéis dicho que creíais que Teafa era capaz de comunicarse con Móen. ¿Alguien más podía comunicarse con él?

Dubán sacudió la cabeza en señal de negación.

– Nadie más, por lo que yo sé, parecía tener contacto con él. Sólo Teafa.

– ¿Y cómo conseguía Teafa comunicarse con él?

– En verdad que no lo sé.

– Esta comunidad es pequeña, como decís. Seguro que hay alguien que sabe cómo lo hacía.

Dubán levantó un hombro y luego lo dejó caer mostrando su desconocimiento.

Entonces a Fidelma se le ocurrió algo y se maldijo por no haberlo pensado antes. Sintió un escalofrío.

– ¿Queréis decir que Móen no sabe lo que se supone que ha hecho ni por qué lo tienen encerrado?

Dubán se la quedó mirando unos segundos y después se rió entre dientes.

– Por supuesto que debe darse cuenta. Acababa de matar a Teafa y a Eber. ¿Por qué otro motivo iba a pensar que se lo llevaban y lo engrilletaban?

– Si es cierto que había matado a Teafa y a Eber -admitió Fidelma-. ¿Pero y si no lo había hecho? No sabría por qué lo detuvieron. Si no se puede contactar con él, ¿cómo va a saber lo que se supone que ha hecho? ¿Ha hecho algún esfuerzo para comunicarse con vos?

Dubán seguía sonriendo, no se la tomaba en serio.

– Supongo que lo ha intentado, a su manera, como un animal.

– ¿Y cómo es esa manera?

– Se empeña en agarrar nuestras manos y hacer gestos con las suyas como para llamar la atención. Pero seguro que sabe que sólo Teafa puede entenderlo.

– Exactamente -dijo Fidelma implacable-. ¿No se os ha ocurrido que quizá Móen crea que Teafa todavía está viva e intenta que alguien vaya a buscarla para poder comunicarse con ella?

Dubán sacudió la cabeza.

– Él mató a Teafa, aunque vos no lo afirméis, hermana.

– Dubán, sois un hombre tozudo.

– Y vos parecéis ser igual de tozuda.

– ¿Por qué no vamos a ver si podemos comunicarnos con esa criatura? -sugirió Eadulf.

– Una buena sugerencia, Eadulf -admitió Fidelma, girándose para alejarse de la cabaña de Teafa.

Móen seguía engrilletado en las caballerizas pero había alguna diferencia. Se había limpiado uno de los pesebres de las cuadras. Habían colocado un jergón de paja en un rincón y al lado había una jarra de agua y una silla con orinal. Sentado con las piernas cruzadas sobre el jergón, aunque todavía atado por un tobillo, estaba Móen.

Fidelma vio enseguida que sus instrucciones se habían llevado a cabo. Lo habían lavado, le habían cortado el cabello y la barba y estaba peinado. Tan sólo sus ojos blancos y la cabeza inclinada lo diferenciaban de cualquier otro joven. De hecho, reflexionó Fidelma con tristeza, el joven era bastante agraciado.

Cuando entraron, sus fosas nasales temblaron ligeramente. Giró la cabeza en dirección a ellos; parecía casi imposible que no pudiera verlos.

– Ahora -preguntó Dubán con cinismo- ¿cómo vais a intentar comunicaros con él, hermana?

Fidelma no le hizo caso.

Hizo señal a Eadulf de que se quedara atrás y ella se dirigió hacia el joven y se detuvo delante de él.

Él retrocedió nervioso y una vez más levantó la mano para protegerse la cabeza.

Fidelma se giró y frunció el ceño dirigiéndose a Dubán.

– Esto me indica bien cómo han tratado a esta criatura.

Dubán se sonrojó.

– ¡Yo no! -replicó-. Pero recordad que esta criatura ha matado ¡dos veces!

– Eso no es una excusa para golpearlo. ¿Golpearíais a un animal así?

Se giró hacia Móen y tendió su mano para coger la que él sostenía encima de su cabeza y suavemente la separó.

El efecto fue inmediato. Una expresión de avidez empezó a formarse en el rostro de la criatura. Sus fosas nasales se hincharon y pareció que olisqueaba a sor Fidelma.

Fidelma se sentó con cuidado al lado de Móen.

Dubán avanzó con la mano en su espada.

– No puedo permitir esto… -protestó.

Eadulf se adelantó y detuvo a Dubán. Lo agarró con una fuerza que sorprendió al guerrero.

– Esperad -le ordenó Eadulf con suavidad.

Móen estiraba su mano y con las yemas de los dedos tocaba curioso el rostro de Fidelma. Ésta estaba sentada sin decir nada y dejaba que Móen recorriera sus rasgos con las manos. Después levantó su crucifijo y se lo colocó en la mano. Él sonrió repentinamente ansioso y empezó a asentir con la cabeza.

– Entiende -les explicó-. Entiende que soy religiosa.

Dubán resopló con burla.

– Todo animal entiende la amabilidad.

Móen se había adelantado y había cogido a Fidelma por las manos. Ella frunció el ceño.

– ¿Qué está haciendo? -preguntó Eadulf.

– Parece que me da golpecitos en la mano, o que dibuja algunos símbolos… -murmuró Fidelma, frunciendo el ceño-. Es extraño, creo que deben significar algo. ¿Pero qué?

Con un rápido suspiro de exasperación, Fidelma cogió las manos de Móen y dibujó algunas palabras en caracteres latinos.

– Soy Fidelma -pronunció mientras dibujaba los caracteres.

Móen fruncía el ceño al sentir su tacto.

Soltó un gruñido, sacudió la cabeza, volvió a agarrarle la mano y continuó con sus curiosos golpecitos y palmaditas.

– Es obvio que esto tiene algún significado -dijo Fidelma con frustración-. Ésta debe de ser la manera que tenía Teafa de comunicarse con él. ¿Pero qué significa?

– A lo mejor es algún código que sólo conocían Teafa y Móen -aventuró Eadulf.

– Es posible.

Fidelma detuvo el rápido movimiento de los dedos de Móen sobre su mano.

Pareció que Móen comprendía que ella no conseguía entender ese medio de comunicación y dejó caer las manos en su regazo y su rostro hizo una mueca de tristeza. Dejó ir un suspiro largo y profundo, casi de desesperación.

Fidelma sintió que de repente le invadía la tristeza, tendió su mano y le tocó la mejilla. Estaba húmeda. Se dio cuenta de que unas lágrimas le resbalaban por los lados de la nariz.

– Ojalá pudiera decirte cuánto siento tu decepción, Móen -dijo en voz baja-. Ojalá pudiéramos hablar para que pudiera saber lo que ha sucedido aquí.

Fidelma le agarró la mano y la apretó.

Pareció que Móen inclinaba la cabeza como si aceptara la comunicación de aquella emoción.

Fidelma se levantó con cuidado y se dirigió hacia Eadulf y Dubán.

El guerrero observaba pensativo y asombrado la figura sentada y tranquila de aquel desgraciado.

– Bueno, he visto a Teafa calmarlo, pero a nadie más.

Fidelma salió del pesebre y Eadulf y Dubán la siguieron.

– Quizás es porque nadie lo ha tratado como a un ser humano -observó la joven, reprimiendo la rabia que le daba saber que un ser capaz de sentir era tratado tan mal.

En la puerta de las caballerizas encontraron al guerrero Crítán. El joven bravucón de cabello rubio y sucio les sonrió irónicamente.

– Ahora lo podríais presentar en el palacio de Cashel, ¿no os parece? -dijo, señalando a Móen.

Fidelma miró mal al joven. No se dignó contestar.

Cuando abandonó las caballerizas el joven volvió a decir algo con gran burla.

– Bueno, al menos esa criatura estará limpia y guapa cuando la cuelguen.

Fidelma dio un giro furiosa.

– ¿Colgar? ¿Quién dijo, aunque fuera culpable, que lo iban a castigar con la horca?

– El padre Gormán, por supuesto -respondió el joven con descaro-. Él dice que una vida se paga con otra vida.

Fidelma lo miró ceñuda.

– Sin duda, como dijo Plauto en La Asinaria -lupus est homo homini!

Crítán retorció el rostro.

– No sé latín ni griego.

– ¿Aceptando vuestra creencia en la filosofía de la mera venganza, estáis seguro de que es Móen el que ha de pagar con su vida?

Por un momento pareció que Crítán no entendía del todo lo que ella quería decir y entonces esbozó una sonrisa.

– Yo sé que Móen es el asesino, no hay duda.

– ¿No hay duda? ¿Cómo podéis estar tan seguro?

– Porque lo vi.

Fidelma parpadeó, sintiendo como si algo la hubiera golpeado inesperadamente. Eadulf se inclinó hacia delante con rapidez.

– ¿Queréis decir que realmente lo visteis matar a Eber? -inquirió.

Crítán sonrió.

– En realidad no lo vi -confesó, golpeándose el lado de la nariz- pero como si así fuera.

– ¿Qué se supone que significa esto? -espetó Fidelma- Sólo puede decirse que algo es cierto si se ha sido testigo.

Crítán volvía a mostrarse arrogante, ahora que ella le prestaba atención.

– Yo vi a Móen entrar en las habitaciones de Eber.

Fidelma dejó que sus ojos demostraran sorpresa. Ni Menma ni Dubán habían hecho referencia a eso, a que Crítán estaba cerca de las habitaciones de Eber antes de que se descubriera el cuerpo.

– Tendréis que explicaros un poco más -dijo Fidelma tensa-. ¿Cuándo visteis a Móen entrar en las habitaciones de Eber?

– Fue la mañana en que Menma los descubrió. Una media hora antes de que fuera a relevar a Dubán de su guardia.

Fidelma lanzó una mirada interrogante a Dubán. El guerrero estaba claramente sorprendido. Al parecer era la primera vez que oía esa historia.

– ¿Qué estabais haciendo fuera tan pronto? -preguntó Fidelma con calma.

Pareció que el joven dudaba y ella continuó hablando.

– Tenéis que hablar si queréis que se os considere un testigo fiable.

– Si lo habéis de saber -Crítán se puso rojo y continuó hablando en tono defensivo-, había pasado la noche en cierto lugar…

– ¿Cierto lugar?

De repente Dubán se puso a reír a carcajadas.

– Me apuesto algo a que se refiere al burdel de Clídna. Está a unas millas de aquí, por el río.

El rostro mortificado de Crítán confirmaba ese hecho.

– Regresaba al rath antes del amanecer y acababa de llegar a la entrada de la sala de asambleas. Vi a Dubán espatarrado en un banco dentro, estaba profundamente dormido. -Dubán se sonrojó, pero no dijo nada-. Entonces vi a esa criatura escabullándose en las sombras. Él no sabía que yo estaba allí, por supuesto.

– ¿Móen estaba solo?

Crítán hizo una mueca.

– Sí. Es bien sabido que era capaz de moverse libremente, ciego, sordo y mudo como era. Parecía tener un extraño instinto para moverse de una casa a otra.

– Entiendo. ¿Así que estaba solo?

– Estaba solo -confirmó el joven.

– ¿Y lo visteis entrar en la casa de Eber?

– Así es.

– ¿Cómo?

Crítán parpadeó rápidamente.

– ¿Cómo? -repitió como si no hubiera entendido la pregunta.

– Habéis dicho que estabais en la entrada de la sala de asambleas. Para ver la puerta de Eber os teníais que haber movido unos veinte o treinta metros con luz; no digamos a oscuras.

– Oh. Cuando lo vi a hurtadillas me pregunté por qué estaría levantado. Así que esperé a que pasara junto a mí y luego lo seguí.

– ¿Y lo visteis entrar en las habitaciones de Eber? ¿Cómo entró?

– Por la puerta -respondió el joven con cierta ingenuidad.

– Quiero decir, si lo hizo con sigilo, o llamó a la puerta o hizo ademán de anunciar su presencia. ¿Cómo lo hizo?

– Oh, con sigilo, naturalmente. Todavía era oscuro.

– Y visteis a Móen entrar en la oscuridad. Tenéis buena vista. ¿Qué hicisteis entonces?

– Mi intención era regresar al alojamiento de los guerreros para lavarme antes de relevar a Dubán -dijo Crítán sonriendo burlonamente-. Seguí mi camino. No quería verme involucrado, así que no dije nada cuando Teafa…

De repente se calló. Su mirada reflejó incertidumbre.

– ¿Cuándo Teafa…? -le incitó Fidelma-. ¿Cuándo Teafa… qué?

– Ya me dirigía por detrás de las caballerizas hacia el hostal de los guerreros, que está justo al lado del molino. La cabaña de Teafa está cerca. Cuando pasaba por allá, ella salió con una lámpara en la mano; buscaba a Móen. Primero pensé que buscaba leña, porque se agachó para recoger una vara que había junto a su puerta. Entonces me vio y me preguntó si había visto a Moén.

Fidelma lo miraba pensativa.

– ¿Le dijisteis dónde lo encontraría?

– No, no quería verme involucrado en la caza de la criatura. Le dije que no lo había visto y continué. Me lavé, me cambié de ropa y fui en busca de Dubán; cuando lo encontré me dijo lo que había sucedido. -Crítán sonrió triunfante al acabar su relato-. Así que ahí lo tenéis. Está claro que Móen mató a Eber y a Teafa.

Eadulf sacudió la cabeza pensativo.

– Parece del todo concluyente -admitió, mirando a Fidelma.

– Tan sólo dejad que me asegure de que lo he entendido bien -dijo Fidelma-. Visteis a Móen entrar en las habitaciones de Eber. Todo estaba a oscuras, era antes del amanecer. ¿Cómo pudisteis ver entrar a Móen?

– Sencillo. Mis ojos están acostumbrados a la oscuridad. Acababa de llegar cabalgando desde casa de Clídna.

– Después continuasteis y encontrasteis a Teafa junto a la puerta de su cabaña con una lámpara y buscando a Móen. Cuando fuisteis en busca de Dubán, tal vez media hora después, os esterasteis de que Menma había encontrado a Eber y a Móen. ¿Por qué no mencionasteis nada de lo que habíais visto?

– No había necesidad. Había otros testigos.

– ¿Cuándo os enterasteis de que también habían matado a Teafa?

Crítán estaba seguro.

– Después de que Dubán fuera a buscarla para que mediara con Móen.

– Gracias, Crítán, habéis sido de gran ayuda.

Fidelma empezó a caminar a paso ligero en dirección al hostal de huéspedes, Eadulf se apresuraba junto a ella,

– ¿Volveréis a necesitarme hoy, hermana? -gritó Dubán por detrás.

Fidelma se giró despistada.

– Todavía quiero ver el cuchillo de caza con el que se supone que Móen cometió los crímenes.

– Lo traeré enseguida -respondió el guerrero.

De regreso al hostal de los huéspedes, Eadulf esperó con paciencia a que Fidelma hiciera algún comentario, pero ella permaneció en silencio y él decidió abordarla.

– Yo creo que las pruebas son claras. Testigos oculares y el hecho de descubrir a Móen con el cuchillo. Parece que hay poco más que investigar. Móen, aunque sea una criatura digna de compasión, es culpable.

Fidelma levantó sus ojos verdes centelleantes y los clavó en los castaños de Eadulf.

– Todo lo contrario, Eadulf. Yo creo que las pruebas demuestran que Móen no cometió los crímenes de los que se le acusa.


Capítulo VIII

<p>Capítulo VIII</p>

Después de que Dubán fuera enviado a solicitar un encuentro con Cranat, la viuda de Eber, Fidelma y Eadulf fueron informados de que ésta se reuniría con ellos al cabo de media hora en la sala de asambleas.

Crón ya estaba allí cuando ellos entraron, sentada en la silla de su cargo. Delante de ella, justo bajo la tarima, estaban los mismos asientos que antes. Fidelma se dio cuenta de que esta vez se había colocado una segunda silla junto a la de Crón. Ella y Eadulf apenas habían llegado a sus sitios cuando entró una mujer muy estirada, con expresión impávida. No les dirigió la mirada, ni hizo ademán alguno de saludarlos, avanzó hacia la silla vacía y se sentó junto a su hija.

Por ser una mujer cercana a la cincuentena, Cranat todavía era atractiva y conservaba una buena figura. Había algo aristocrático en su rostro ovalado, su piel blanca y delicada. Su cabello rubio no tenía canas y lo llevaba largo y suelto hasta más allá de los hombros. Tenía las manos bien formadas, con dedos largos y delgados. Fidelma observó que las uñas estaban bien cortadas, redondas y pintadas de color carmín. Llevaba los párpados pintados de negro con zumo de baya, y una pizca de ruam, el zumo de los frutos del saúco resaltaba sus mejillas con un color rojizo. Fidelma también percibió que a Cranat no le importaba pasarse con el perfume; un fuerte olor a rosas impregnaba el aire a su alrededor. Cranat se sentó con ademán regio.

Llevaba un vestido de seda roja ribeteado con oro y unos brazaletes de plata y bronce blanco adornaban sus brazos; una gargantilla de oro le rodeaba el cuello. Era evidente que poseía riquezas y su porte mostraba que también tenía una posición, no era solamente la mujer del jefe de Araglin.

Fidelma se quedó unos momentos esperando a que Cranat los saludara, al menos levantando la mirada.

Finalmente, fue Crón, la tánaiste, quien rompió el silencio al hablar, sin levantarse de la silla.

– Madre, ésta es Fidelma, la abogada que está aquí para juzgar a Móen.

Entonces Cranat levantó la cabeza y Fidelma se encontró con los mismos ojos azules y fríos de la hija.

– Mi madre -continuó Crón-, Cranat de los Déisi.

Fidelma no se inmutó: en la presentación, la razón del porte de Cranat quedaba explicada. Según la leyenda, durante el reinado de Cormac mac Airt, la rama de los Déisi fue desterrada de sus ancestrales tierras alrededor de Tara. Algunos habían huido a la tierra de los bretones y otros se habían establecido en el reino de Muman, donde se habían dividido en dos ramas: los Déisi del norte y los del sur. Que Crón hubiera presentado a su madre como «de los Déisi» significaba que Cranat era hija de un príncipe. Pero eso no era excusa para negarse a dar la bienvenida o a saludar a Fidelma. Fidelma se sonrojó irritada. Había consentido ese insulto a su rango y posición una vez. No podía hacerlo una segunda vez, si quería mantener el control sobre la investigación.

En lugar de sentarse, subió despacio a la tarima y se situó al mismo nivel que Crón y Cranat.

– Eadulf, colocad una silla para mí aquí -ordenó con frialdad.

La mirada de sorpresa de Cranat y Crón indicó que no estaban habituadas a que nadie desafiara su autoridad.

Eadulf, intentando ocultar su sonrisa, ya que sabía cuánto le gustaba a Fidelma dejar claras las normas de protocolo cuando no se cumplían, se apresuró a coger una silla y a colocarla donde le había indicado Fidelma. Sabía que a la abogada le importaban poco las formalidades. Sólo cuando la gente hacía uso del protocolo para demostrar con malos modos su autoridad, se valía de su posición para ponerlos en su sitio.

– ¡Hermana, qué hacéis!

Fue la primera frase que pronunció Cranat, expresada en tono escandalizado.

Fidelma había tomado asiento y contemplaba a la viuda del jefe.

– ¿Qué decíais, Cranat de Araglin? -preguntó haciendo el justo énfasis en el título.

Cranat tragó saliva, incapaz de replicar.

– Mi madre es… -empezó Crón, pero se detuvo cuando Fidelma se giró para mirarla-. Ah… -de repente se dio cuenta de la formalidad. Se giró enseguida hacia su madre-. He olvidado deciros que sor Fidelma no sólo es abogada sino que es hermana de Colgú de Cashel.

Antes de que Cranat pudiera digerir esta información, Fidelma se inclinó hacia delante. Se puso a hablar con afabilidad pero con voz firme.

– Mi parentesco aparte, y sin tener en cuenta que mi hermano es el rey -hizo una pausa, con la cual destrozaba la pretendida realeza de Cranat-, tengo estudios hasta el nivel de anruth y me está permitido sentarme en presencia del Rey Supremo de los cinco reinos y hablar con él al mismo nivel.

La boca de Cranat no era más que una delgada y apretada línea. Clavó sus ojos glaciales en otro lugar de la sala.

– Ahora -Fidelma se reclinó y sonrió ampliamente. Su voz denotaba cierta irritación-. Ahora, dejemos a un lado los tediosos asuntos protocolarios, que hay cosas más importantes.

Una vez más, Fidelma reprendía a Cranat y Crón por sus pretensiones y ellas lo sabían. Permanecían sentadas en silencio, ya que no había respuesta adecuada.

– Tengo que haceros algunas preguntas, Cranat.

La mujer, rígida en su asiento, resopló. No se dignó a mirar directamente a Fidelma.

– Entonces estoy segura de que las haréis -replicó sin gracia.

– Me han dicho que fuisteis vos la que pidió un brehon a mi hermano en Cashel. Me han dicho que decidisteis pedir ayuda a Cashel sin el conocimiento y la aprobación de vuestra hija, que es tánaiste. ¿Por qué?

– Mi hija es joven -dijo Cranat-. Carece de experiencia en leyes y política. Creo que este asunto ha de ser tratado correctamente, para que no quede ningún estigma en la familia de Araglin.

– ¿Por qué iba a suceder eso?

– La naturaleza de la criatura que cometió los crímenes, y el hecho de que fuera hijo adoptivo de Teafa, podrían dar motivo a la gente para hablar mal de la casa de Araglin.

A Fidelma le pareció que era una explicación razonable.

– Entonces regresemos a la mañana de hace seis noches cuando os enterasteis de la muerte de vuestro marido, Eber.

– Yo ya he explicado lo que sucedió -interrumpió Crón rápidamente.

Fidelma chasqueó la lengua molesta.

– Vos me habéis contado los acontecimientos tal como los veis. Ahora le estoy preguntando a vuestra madre.

– Hay poco que decir -dijo Cranat-. Me despertó mi hija.

– ¿A qué hora?

– Justo cuando salía el sol, creo.

– ¿Y qué sucedió?

– Me dijo que Eber había sido asesinado y que Móen había cometido el terrible crimen. Me vestí y me reuní con ella aquí, en la sala de asambleas. Cuando estaba aquí, entró Dubán para decir que Teafa también había sido encontrada muerta a cuchilladas.

– ¿Fuisteis a ver el cuerpo de Eber?

Cranat sacudió la cabeza en señal de negación.

– ¿No fuisteis a rendir vuestros últimos respetos a vuestro marido muerto? -preguntó Fidelma con un tono de sorpresa.

– Mi madre estaba disgustada -intervino Crón a la defensiva.

Fidelma seguía sosteniendo la mirada fría y azul de Cranat.

– ¿Estabais disgustada?

– Estaba disgustada -repitió Cranat.

Instintivamente, Fidelma sabía que Cranat se aferraba a la excusa fácil que le había proporcionado su hija.

– Decidme, ¿por qué no compartíais el dormitorio con vuestro marido?

Se oyó un jadeo de indignación procedente de Crón.

– ¿Cómo os atrevéis a preguntar semejante impertinencia…? -empezó a preguntar.

Fidelma giró la cabeza y miró a Crón entornando los ojos.

– Me atrevo -respondió impasible- porque soy abogada de los tribunales y no hay ninguna pregunta impertinente si con ella se busca la verdad. Yo creo, Crón de Araglin, que todavía tenéis mucho que aprender de la sabiduría y los deberes de un jefe. Vuestra madre actuó correctamente al pedir un brehon a Cashel.

Crón tragó saliva, estaba ruborizada. Antes de poder pensar una respuesta adecuada, Fidelma ya se había vuelto a girar hacia Cranat.

– ¿Bien, señora? -inquirió secamente.

La expresión glacial de Cranat la desafió por un momento, pero los ojos verdes y llameantes de Fidelma aceptaron el reto y no se intimidaron. Cranat dejó caer los hombros resignada.

– Hacía muchos años que no compartía el lecho con mi marido -respondió calmada.

– ¿Por qué?

Las manos de Cranat se movían agitadas en su regazo.

– Nos fuimos distanciando… de esta manera.

– ¿Y eso no os molestaba?

– No.

– Y, según parece, a Eber tampoco.

– No sé qué queréis decir.

– Conocéis las leyes del matrimonio tan bien como yo. Si había problemas sexuales entre ambos, cualquiera de las partes podía haber pedido el divorcio.

Cranat se sonrojó.

Crón lanzó una mirada hacia Eadulf, que estaba sentado impasible.

– ¿El sajón ha de quedarse a escuchar esto? -inquirió la dama.

Eadulf, algo turbado, empezó a levantarse.

Fidelma le hizo señal de que volviera a sentarse.

– Él está aquí para observar cómo funciona nuestro sistema legal. No hay nada de qué avergonzarse ante la ley.

– Teníamos un convenio amistoso -continuó Cranat, dándose cuenta de que su hija y ella se habían encontrado con alguien más voluntarioso que ellas-. No había necesidad de divorcio o de separación.

– ¿No? Si uno de los dos era incapaz de mantener relaciones sexuales, os podíais haber divorciado legalmente con facilidad. Los problemas de infertilidad o de impotencia también quedan igualmente contemplados.

– Mi madre conoce la ley -interrumpió Crón indignada-. ¿No podríamos dejarlo en que mi padre y mi madre simplemente preferían dormir separados?

– Aceptaré eso -admitió Fidelma-, aunque me resultaría más fácil entenderlo si conociera una razón.

– La razón era que preferíamos dormir separados -insistió con fuerza Cranat.

– ¿Así que seguisteis siendo un matrimonio en todo lo demás?

– Sí.

– ¿Y vuestro marido no intentó tomar una mujer de menor posición, una concubina?

– Eso está prohibido -espetó Crón.

– ¿Prohibido? -dijo Fidelma sorprendida-. Nuestras leyes son bastante específicas y la poligamia todavía es aceptada en el Cáin Lánamna. Un hombre puede tener una mujer principal y su concubina, que tiene, según la ley, la mitad del estatus y de los derechos de la mujer del jefe.

– ¿Cómo podéis aprobar esto? -inquirió Crón-. Sois una hermana de la fe.

Fidelma la miró con ecuanimidad.

– ¿Quién dice que lo apruebo? Simplemente os menciono la ley de los cinco reinos que está vigente hoy en día. Y yo soy una abogada de la ley. Me sorprende que aquí, en una comunidad rural, se desapruebe esto. En las zonas rurales, suelen conservarse las antiguas leyes y costumbres de nuestra gente.

– El padre Gormán dice que es malo tener más de una esposa.

– Ah, el padre Gormán. Otra vez el padre Gormán. Parece que ese buen padre ejerce una gran influencia sobre esta comunidad. Es cierto que en la nueva fe, muchos se oponen a la poligamia, pero con poco éxito de momento. De hecho, el scriptor del texto legal, el Berta Crólige, encuentra justificación de la poligamia en los textos del Antiguo Testamento. Se argumenta que si el pueblo elegido por Dios vivía en la pluralidad de uniones, ¿cómo podemos nosotros, gentiles, discrepar de ello?

Cranat hizo un curioso sonido de desaprobación chasqueando la lengua.

– Podéis discutir vuestra teología con el padre Gormán cuando regrese. Eber no necesitaba otras esposas ni concubinas. Aquí vivimos en familia, y nuestra buena relación no tiene nada que ver con esta muerte, puesto que se ha identificado claramente al asesino.

– Ah, sí -dijo Fidelma, como si se hubiera distraído-. Volvamos a ese asunto…

– No sé más que lo que os he dicho -espetó Cranat-. Me enteré de la muerte de Eber por otros.

– Y, como dice vuestra hija, estabais disgustada.

– Sí.

– Pero teníais la mente lo suficientemente clara como para ordenar al joven guerrero Crítán que cabalgara hasta Cashel a pedir que enviaran aquí un brehon.

– Yo era la mujer del jefe. Tenía que cumplir con mi deber.

– ¿Os sorprendió saber que era Móen quien había asesinado a vuestro marido?

– ¿Sorprendida? No. Triste, quizás. Era inevitable que esa bestia salvaje se volviera contra alguien tarde o temprano.

– ¿No os gustaba Móen?

La viuda de Eber arqueó las cejas perpleja.

– ¿Gustar? ¿Cómo podía alguien siquiera conocer a Móen? -preguntó la dama.

– Quizá no tanto como «conocer», en el sentido de entender sus pensamientos, sus deseos y ambiciones. ¿Pero teníais algún contacto a diario con él?

– ¿Consideráis que esa criatura tiene la misma sensibilidad que una persona normal? -inquirió Crón con desprecio, interrumpiendo.

– Que no vea, ni oiga ni hable no significa que no tenga sensibilidad -corrigió Fidelma-. Vos, Cranat, habéis visto crecer a Móen.

Cranat apretó los labios con amargura.

– Sí. Pero no conocía a esa criatura desgraciada. He visto crecer a los cerdos. Eso no significa que los conozca.

Fidelma sonrió levemente.

– ¿Lo que queréis decir es que considerabais a Móen más como un animal que como un ser humano? ¿Entonces no tenía nada que ver con vuestra vida?

– Vos lo habéis dicho -admitió.

– Simplemente intento entender vuestra actitud respecto a Móen. Dejadme entonces que os pregunte esto: ¿cuál era vuestra actitud respecto a Teafa? Me han dicho que, al menos ella, sí conseguía comunicarse con él.

– ¿Se comunica el pastor con sus ovejas?

– También me han dicho que no os llevabais bien con Teafa.

– ¿Quién os ha dicho semejante cosa?

– ¿Negáis que así fuera?

Cranat dudó y se encogió de hombros.

– Tuvimos nuestras diferencias estos últimos años.

– ¿Con qué motivo?

– Me sugirió que tenía que divorciarme de Eber y perder mi estatus de esposa del jefe. Era una mujer que me daba pena. Aunque, desde luego, tenía motivos para sentirse desgraciada.

– ¿Desgraciada? ¿Por qué?

– Ya no estaba en edad casadera, estaba descontenta con la vida y, para mayor frustración, había adoptado al huérfano Móen, que no podía corresponderle como ella quería.

– Sin embargo, ella era la hermana de vuestro marido.

– Teafa prefería estar sola. A veces acudía a las fiestas religiosas de aquí, pero no estaba de acuerdo con la interpretación de la fe que hace el padre Gormán. Era una solitaria, aunque su cabaña estuviera a sólo treinta yardas de aquí.

– ¿Qué razón tendría Móen para matar a Eber?

Cranat extendió los brazos.

– Como he dicho antes, no puedo saber lo que piensa un animal salvaje.

– ¿Y es así cómo veíais a Móen? ¿Simplemente como un animal salvaje?

– ¿Cómo sino podía ver a esa criatura?

– Entiendo. ¿Fue así como lo ha tratado la familia de Teafa durante todos estos años? ¿Como un animal salvaje? -preguntó Fidelma sin hacer caso de la pregunta de Cranat.

Crón decidió contestar por su madre.

– Fue tratado como cualquier otro animal del rath. Quizá mejor. Lo tratan bien, sin crueldad, ¿de qué otra manera podría tratársele?

– Y, si os he interpretado correctamente, atribuís sus acciones, después de todos estos años, a algún brusco instinto animal.

– ¿A qué sino?

– Se necesita ser un animal taimado para coger un cuchillo, matar a la persona que lo ha cuidado durante toda la vida y dirigirse a las habitaciones de Eber y matarlo también.

– ¿Quién ha dicho que los animales no sean astutos? -respondió Crón.

Cranat hizo una mueca como señal de aprobación.

– A mí me parece, joven, que estáis buscando la manera de exonerar a Móen. ¿Por qué?

De repente Fidelma se levantó.

– Simplemente busco la verdad. Yo no soy responsable de cómo veáis las cosas, Cranat de Araglin. Tengo un trabajo que realizar, de acuerdo con mi juramento como abogada de los tribunales de los cinco reinos. Ese trabajo no consiste solamente en determinar quién es culpable de infringir la ley sino también por qué se ha infringido, para que la evaluación de culpabilidad y de compensación se hagan de forma adecuada. Y por ahora, he terminado.

Eadulf percibió la expresión de indignación en los rostros de madre e hija. Si las miradas matasen, Fidelma estaría muerta antes de levantarse y descender de la tarima. Sin darse cuenta, se dirigió hacia las puertas de la sala de asambleas, y Eadulf, que también se había levantado, la siguió.

Una vez fuera, Fidelma se detuvo. Se quedaron un rato en silencio.

– No parece que os gusten mucho Cranat y su hija -observó Eadulf con sequedad.

Los ojos de Fidelma centelleaban cuando se giró hacia él pero entonces sonrió traviesa.

– Tengo un gran defecto, Eadulf, y lo admito. Soy intolerante con ciertas actitudes. La altivez es una de las cosas que me obliga a prejuzgar a la gente. Respondo de la misma manera. Me temo que no puedo obedecer a eso de «poner la otra mejilla». Creo que esa enseñanza es sólo una invitación a cometer más daños.

– Bueno, al menos reconocéis vuestro defecto -replicó Eadulf-. No hay mayor defecto que no ser consciente de ninguno.

Fidelma sonrió burlonamente.

– Os estáis convirtiendo en un filósofo, Eadulf de Seaxmund's Ham. Pero hay algo importante que hemos aprendido de este choque de temperamentos; no hay que confiar en Cranat.

– ¿Por qué no?

– Estaba demasiado disgustada para rendir sus últimos respetos al cuerpo de su marido, siquiera para ver el cuerpo, pero fue lo bastante fuerte y cumplidora del deber para enviar un mensajero a Cashel, porque no confiaba en los conocimiento legales de su hija inexperta. Me parece extraño.

Dirigió la mirada a la capilla. Eadulf siguió su mirada. La puerta estaba abierta.

– ¿Me pregunto si el temible padre Gormán habrá regresado? -musitó. Después decidió dirigirse allí y llamó a Eadulf.

– Venid, vamos a ver.

Eadulf emitió un gruñido mientras se apresuraba tras ella, ya que, por la imagen que se había hecho, sabía que el sacerdote no iba a ser del agrado de Fidelma.

Había unas velas encendidas en la capilla envuelta en la penumbra. La fragancia del incienso los sorprendió inmediatamente; impregnaba todo el edificio revestido de paneles de pino pulido. El perfume era demasiado fuerte. Fidelma echó rápidamente una mirada a aquel interior opulento. En las paredes había iconos enmarcados con oro y una exquisita cruz de plata con piedras preciosas incrustadas se erguía en el altar, detrás de un cáliz de plata. No había asientos en la iglesia, pues era costumbre que la congregación permaneciera de pie durante los servicios. El aroma que lo impregnaba todo procedía de unas velas perfumadas encendidas. Ciertamente, el padre Gormán podía jactarse de tener una iglesia y una congregación fastuosas.

Un hombre estaba arrodillado rezando. Fidelma se detuvo en el fondo de la capilla, Eadulf estaba a su lado. El hombre pareció notar su presencia, pues miró por encima del hombro, se giró para acabar su oración y se santiguó. Entonces se puso de pie y fue a saludarlos.

El padre Gormán era alto, con una figura un tanto femenina, pero con tez morena, rostro carnoso, labios gruesos y rojos y cabello cano con entradas. Quedaban señales de su atractivo juvenil, aunque Fidelma tuvo la impresión de que era un hombre de mediana edad, disoluto, que no encajaba con la idea que ella se había formado de un apasionado pero buen sacerdote romano. Los saludó con una voz tan profunda y retumbante que todavía debía creer en la promesa del fuego del infierno y su condena. Fidelma se percató, sin sorprenderse, de que llevaba la corona spina en su coronilla, la marca de un clérigo que sigue las costumbres romanas y no las de la Iglesia irlandesa. Curiosamente, Fidelma se dio cuenta de que llevaba guantes de cuero.

Su mirada pareció suavizarse cuando vio la tonsura romana de Eadulf.

– Saludos, hermano -espetó-. ¿Así que tenemos entre nosotros a uno que sigue el camino de la verdadera sabiduría?

Eadulf se quedó entonces turbado por aquella bienvenida.

– Soy Eadulf de Seaxmund's Ham. No esperaba encontrar una capilla tan rica en estas montañas.

El padre Gormán se puso a reír con calidez.

– La tierra provee, hermano mío. La tierra provee a los que siguen la verdadera fe.

– ¿Padre Gormán? -interrumpió Fidelma antes de que la conversación continuara por donde la había encaminado el sacerdote-. Yo soy Fidelma de Kildare.

Los ojos castaños del hombre centellearon evaluándola.

– Ah, sí. Dubán me ha hablado de vos, hermana. Bienvenida a mi capillita. Cill Uird, la llamo, la iglesia del ritual, ya que es a través del ritual que vivimos la auténtica vida cristiana. Dios bendiga vuestra llegada, santifique vuestra estancia y os conceda paz en vuestra partida.

Fidelma inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

– Nos gustaría contar con algunos minutos de vuestro tiempo, padre. Sin duda ya conocéis el motivo de nuestra visita.

– Así es -admitió el sacerdote.

El padre Gormán hizo un gesto para que lo siguieran, y los condujo, atravesando la capilla, a una pequeña habitación lateral que resultó ser la sacristía. Había un banco, sobre el que descansaba una capa de varios colores. Delante había una silla. Retiró la capa en silencio y les indicó que podían sentarse en el banco y él se acomodó en la silla, al tiempo que se iba quitando los guantes.

– ¿Me perdonan? -dijo, percibiendo la mirada inquisitiva de Fidelma-. Acabo de regresar al rath. Siempre llevo guantes cuando cabalgo, para protegerme las manos.

– No es frecuente un sacerdote con montura -advirtió Eadulf.

El padre Gormán rió entre dientes.

– Tengo seguidores que son ricos y han hecho donación de un caballo para mi comodidad, ya que tardaría varios días en ocuparme de mi rebaño si tuviera que hacerlo todo a pie. Y ahora, no hablemos más de mí. Os vi a ambos en la abadía de Hilda, con motivo del concilio que tuvo lugar allí.

– ¿Vos estabais en Witebia? -preguntó Eadulf asombrado.

El padre Gormán asintió con la cabeza.

– Sin duda. Os vi a ambos, pero vos no me recordaréis. Estaba acabando una gira misionera con Colmán, cuando llegamos a Streoneshalh. Yo no estaba allí como delegado, sino sólo para escuchar a mis superiores que discutían los méritos de las Iglesias de Colmcille y de Roma.

Eadulf no ocultó su engreimiento.

– Así que estabais allí cuando resolvimos el asesinato de la abadesa Étain y…

– Allí estaba -interrumpió con autoridad el padre Gormán- cuando Oswy, en su sabiduría, decidió que Roma era la verdadera Iglesia y que los que seguían a Colmcille estaban equivocados.

– Resulta más que obvio que seguís los dictados de Roma -admitió Fidelma con aspereza.

– ¿Y quién podría estar en contra de la decisión de Oswy después de oír las argumentaciones? -respondió el sacerdote-. Regresé aquí, a mi parroquia, y he intentado guiar a mi gente, la gente de Araglin, por el buen sendero desde entonces.

– Sin duda hay muchos caminos que conducen a Dios -interrumpió Fidelma.

– ¡No! -espetó el padre Gormán-. Sólo los que siguen el único camino pueden esperar encontrar a Dios.

– ¿No tenéis ninguna duda al respecto?

– No tengo duda alguna, ya que soy firme en mis creencias.

– Entonces sois de envidiar, padre Gormán. Para creer con tal certeza, seguro que comenzasteis dudando.

– No se es libre hasta que se deja de dudar.

– Yo creía que incluso Cristo había dudado al final -señaló Fidelma con una mirada benigna que desvirtuaba su aguda réplica.

El padre Gormán se mostró escandalizado.

– Solamente para demostrarnos que hemos de ser firmes en nuestras convicciones.

– ¿Seguro? Mi mentor, Morann de Tara, solía decir que las convicciones son enemigas más peligrosas para la verdad que las mentiras descaradas.

El padre Gormán tragó saliva y estaba a punto de contestar cuando Fidelma levantó una mano para detenerlo.

– No he venido a hablar de teología con vos, Gormán de Cill Uird, aunque me gustaría hacerlo cuando haya acabado mi trabajo. He venido como abogada de los tribunales.

– Respecto al asesinato de Eber -añadió rápidamente Eadulf, ya que juzgó que al padre Gormán no lo iban a cambiar de derrotero tan fácilmente.

El padre Gormán parecía no querer abandonar ese tema de discusión religioso, pero luego inclinó la cabeza.

– Entonces os puedo ayudar en poca cosa. No sé nada.

– ¿Nada de nada?

– Nada.

– Pero vuestra iglesia está a poco menos de una yarda de las habitaciones de Eber. Me han dicho que dormís en esta iglesia. De toda la gente del rath, erais el que estaba más cerca de las estancias de Eber. Podría suponerse que erais el más indicado para haber oído algo.

– Duermo en la habitación contigua a ésta -dijo el padre Gormán, señalando una puertecita que estaba detrás de ellos-. Pero puedo aseguraros que no me enteré de nada del asesinato hasta que me desperté con el ruido que hacía la gente fuera de los apartamentos de Eber.

– ¿Cuándo fue eso?

– Después del amanecer. La gente se había enterado de la muerte de Eber y se congregó fuera de sus habitaciones. Fue el vocerío de la gente lo que me despertó y fui a averiguar lo que sucedía; antes de eso no supe nada.

– Yo pensaba que Roma tenía reglas estrictas respecto a la hora de levantarse -soltó Eadulf por lo bajo.

El padre Gormán lo miró con desaprobación.

– Debéis saber, hermano, que lo que es bueno para Roma a menudo no lo es para los que vivimos en climas más al norte. Roma puede decir que un religioso tiene que levantarse a cierta hora. Eso está bien para Roma, ya que se hace de día antes y hay una justificación para ello. ¿Pero qué sentido tiene que un hombre se levante cuando todavía es oscuro y hace frío en estas latitudes, sólo porque sus hermanos en Roma se levantan a esa hora?

Fidelma sonreía ampliamente.

– ¿Así que hay algo bueno que se puede salvar de las reglas de la Iglesia de Colmcille?

El padre Gormán entornó los ojos al darse cuenta del ataque de la joven.

– Podéis bromear, hermana. El hecho es que las reglas de la Iglesia de Roma son las reglas que Cristo consagró… en cuanto a teología y enseñanzas. Tan sólo podemos desviarnos cuando la geografía y el clima las hacen impracticables.

– Muy bien. No voy a discutir… por ahora. Os levantasteis justo después del amanecer y sólo entonces descubristeis lo que le había sucedido a Eber. ¿Habíais dormido bien toda la noche?

– Había hecho la ofrenda del ángelus de medianoche y después me había acostado. Nada me había interrumpido el sueño.

– ¿No oísteis ningún chillido, algún grito pidiendo ayuda?

– Ya os lo he dicho.

– Sabéis, cuando un hombre es atacado como obviamente lo fue Eber, a mí me parece que debe de gritar pidiendo ayuda.

– Me han dicho que Eber fue apuñalado mientras estaba acostado. Apenas debió de tener tiempo para gritar pidiendo ayuda.

Fidelma apretó los labios pensativa.

– ¿Apenas debió de tener tiempo? -repitió lentamente-. ¿Sin tiempo para gritar, mientras alguien ciego, sordo y mudo entra en la habitación sin ser visto, toma un cuchillo y lo clava salvajemente varias veces? ¿Durante todo ese tiempo, Eber estaba acostado en una habitación con luz encendida?

Parecía que estuviera hablando para sí.

– Yo no oí nada -insistió el padre Gormán.

– ¿Os sorprendió saber que se había encontrado a Móen junto al cuerpo de Eber y que, según los testigos, era el asesino?

– ¿Sorprenderme? -pensó un momento el padre Gormán-. No, no podría decir que mi reacción fuera de sorpresa. Si se permite que un animal salvaje ande suelto por casa es de esperar que ataque y muerda.

– ¿Es así como veis a Móen?

– ¿Como un animal salvaje? Sí. Considero a ese hijo del incesto nada más que una bestia salvaje. No permitiría que entrara en esta capilla. Es una maldición de Dios.

– ¿Diríais que ésa es la manera cristiana de tratar a un minusválido? -interrumpió Fidelma indignada.

– ¿Voy a discutir con Dios el castigo que le ha dado a esta criatura? Castigo fue privarlo de lo que nos hace humanos. ¿No dijo Cristo: «El Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Dios recompensa tanto como castiga»?

– Parecéis estar seguro de que Dios creó a Móen para castigarlo. Quizá creó a Móen para probar nuestra fe cristiana.

– Eso es una impertinencia.

– ¿Así lo creéis? A menudo me acusa de impertinencia la gente que no puede o no quiere responder a una pregunta. Pobre Móen. Después de todo, parece que no era muy bien tolerado en este lugar.

Era una afirmación que implicaba una pregunta.

– ¿Estáis reprendiendo mi ética cristiana, hermana? -preguntó con tono peligroso.

– No soy quién para hacerlo, padre Gormán -respondió Fidelma con suavidad.

– ¡Sin duda! -espetó el padre Gormán, malinterpretando su ligero énfasis.

– Entonces, ¿no tenéis dudas respecto a la culpabilidad de Móen? -intervino Eadulf, intentando que la tensión decreciera.

El padre Gormán sacudió la cabeza.

– ¿Qué dudas habría de tener? Había testigos.

– ¿Pero nunca os habéis preguntado qué motivo tendría Móen para hacerlo?

– Probablemente tendría varios motivos. Esa criatura vive en su propio mundo, separado de los demás. ¿Quién conoce su lógica, su razonamiento? No debe de tener los mismos motivos que nosotros. Es de otro mundo. ¿Quién sabe la amargura y el odio que abriga en su mundo por los que son más santos en este otro?

– ¿Entonces admitís que tiene algún sentimiento humano? -atacó Fidelma con rapidez.

– Admitiría que un animal tiene esos sentimientos. Maltratad a un perro, por ejemplo, y un día os puede atacar.

Fidelma se inclinó hacia delante pensativa.

– ¿Teafa maltrataba a Móen?

El padre Gormán negó con la cabeza.

– No. Adoraba a esa criatura. Toda la familia de los jefes de Araglin es perversa.

Fidelma enseguida aprovechó el cebo que él le ofrecía sin darse cuenta de ello.

– ¿Incluís a Eber?

– Él especialmente. Roguemos por que Crón se parezca a su madre y no a su padre.

Fidelma entornó los ojos.

– Sin embargo, mucha gente me ha dicho que Eber era la bondad y la generosidad en persona; que era respetado en todas partes en Araglin. ¿Acaso no es eso cierto?

El padre Gormán esbozó una sonrisa amarga y retorció la boca.

– Eber tenía un don; era un hombre generoso. Ésa era su única virtud; su vida era un largo camino lleno de vicios. ¿Por qué creéis que su mujer abandonó el dormitorio?

– Se lo he preguntado y lo único que me ha dicho es que fue una decisión de mutuo acuerdo.

El padre Gormán resopló con escepticismo.

– Yo intenté persuadirla para que se divorciara de él legalmente. Pero es una mujer orgullosa, como corresponde a su condición de princesa.

– ¿Por qué habíais de persuadirla para que se divorciara de Eber? -preguntó Fidelma.

– Porque él no era un hombre para estar casado.

– No es lo que piensa Cranat, o al menos eso es lo que me dijo. ¿Podéis ser más explícito?

– Sólo puedo deciros que Eber era… -se estremeció y se santiguó-, perdonadme, era sexualmente perverso.

– ¿En qué sentido? -insistió Fidelma.

– ¿Queréis decir que prefería acostarse con chicos o jovencitos en vez de con mujeres? -se aventuró a preguntar Eadulf, viendo de repente un motivo que hubiera inducido a Móen a matar a Eber-. ¿Eber abusaba sexualmente de Móen?

El padre Gormán levantó ambas manos y su rostro se mostró horrorizado.

– ¡No, eso no! No, a Eber le gustaba el sexo opuesto mucho…, tal vez demasiado.

– Ah, entiendo. ¿Y Cranat lo sabía?

– Todo el mundo lo sabía. Cranat fue la última en saberlo. Siempre había sido así, desde que había llegado a la pubertad. Sus hermanas lo sabían bien y finalmente fue Teafa quien se lo dijo a Cranat. Ésta me lo dijo a mí. Fue entonces cuando decidió abandonar el lecho matrimonial.

– ¿Por qué no se divorció Cranat?

– Por su hija, Crón. Por la vergüenza que representaría, y también por el hecho de que Cranat, aunque princesa de su pueblo, no tenía dinero ni tierras propias. Se casó con Eber por su dinero. Él se casó con ella por su linaje y por sus lazos familiares. Tal vez no fuera una buena base sobre la que construir un matrimonio.

– Entiendo. Pero sin duda, desde un punto de vista legal, Cranat podía desembarazarse de él. Si Cranat se hubiera divorciado de Eber por los motivos que decís, hubiera tenido derecho a llevarse todo lo que había aportado. Si no era nada, tenía derecho a exigir un noveno del incremento de las riquezas de su marido durante el matrimonio. Aunque no tuviera nada en el momento de casarse, seguro que un noveno de la riqueza generada por Eber durante veinte años de matrimonio le hubiera permitido vivir bien.

– Desde luego, se lo hubiera permitido -dijo el padre Gormán con cierta amargura-. Yo hubiera podido ayudarla. Pero ella prefirió quedarse.

Fidelma se lo quedó mirando pensativa.

– Sin duda sentís gran afecto por Cranat -observó Fidelma.

El padre Gormán se sonrojó repentinamente.

– No hay nada malo en querer corregir un mal doloroso.

– Nada en absoluto -afirmó Fidelma-. Pero este asunto no os hubiera granjeado el cariño de Eber. Sin embargo, me han dicho que creéis que Móen tiene que ser castigado pagando con su propia vida.

– ¿Acaso la palabra de Dios no es explícita? Si un hombre destruye el ojo de otro, tienen que destruir su ojo. Yo creo totalmente en el justo castigo como lo enseñan nuestra fe y Roma.

Fidelma sacudió la cabeza.

– El justo castigo es a menudo injusto.

El padre Gormán entornó los ojos.

– Eso huele a Pelagio.

– ¿Es malo citar las palabras de un sabio?

– Las iglesias de Irlanda están llenas de la herejía de Pelagio -espetó el sacerdote.

– ¿Pelagio era un hereje? -preguntó Fidelma con calma.

El padre Gormán casi se ahoga de la indignación.

– ¿Lo dudáis? ¿No conocéis la historia?

– Yo sé que el papa Zósimo lo declaró inocente de herejía a pesar de la insistencia de Agustín de Hipona, quien persuadió al emperador Honorio para que promulgara un decreto imperial condenándolo.

– Pero el papa Zosimus, finalmente, lo acabó declarando culpable de herejía.

– Después de recibir las presiones del emperador. Me cuesta creer que eso sea una decisión teológica. Resulta una ironía que fuera condenado por su tratado De libero arbitrio, «Sobre el libre albedrío».

– ¿Así que defendéis al hereje, como la mayoría de columbanos? -dijo el padre Gormán claramente ofensivo.

– No cerramos nuestra mente a la razón, como Roma ordena a sus seguidores -espetó Fidelma-. Después de todo, ¿qué significa realmente herejía? Es simplemente la palabra griega para la acción de escoger. La acción de escoger es propia de nuestra naturaleza, por lo tanto todos somos herejes.

– ¡Pelagio estaba lleno de costumbres irlandesas! Lo condenaron justamente por rechazar la doctrina de Agustín respecto a la caída del hombre y el pecado original.

– ¿Y Agustín no tenía que haber sido condenado por rechazar la doctrina de Pelagio respecto al libre albedrío? -respondió Fidelma acalorada.

– No sólo sois impertinente, sino que vuestra alma está en peligro -dijo el padre Gormán airado y con el rostro rojo.

Fidelma no se puso nerviosa.

– Consideremos los hechos -replicó con calma-. El pecado original fue cosa de Adán, y Dios castigó a Adán y a sus descendientes por ese pecado. ¿Es correcto?

– Es una maldición que se extendió a toda la humanidad hasta que el sacrificio de Cristo redimió al mundo -admitió el sacerdote a punto de estallar.

– Pero Adán desobedeció a Dios.

– Así es.

– Sin embargo, se enseña que Dios es omnipotente y que creó a Adán.

– Al hombre se le otorgó libre albedrío y Adán, desafiando a Dios, cayó en desgracia.

– Ahí es donde Pelagio hace la pregunta: antes de la caída de Adán, ¿podía él elegir entre el bien y el mal?

– Nos dicen que tenía órdenes de Dios para guiarse. Dios le había dicho lo que no tenía que hacer. Pero la mujer lo tentó.

– Ah, sí, la mujer -replicó Fidelma con suave énfasis. El hermano Eadulf se agitó incómodo. Deseaba que Fidelma no retara a las Parcas con sus argumentos. Le lanzó una mirada, pero ella estaba inclinada hacia delante, disfrutando con el enfrentamiento intelectual-. Dios omnipotente creó a Adán y a Eva. ¿Era suficiente la voluntad de Dios para guiarlos?

– El hombre tenía libre albedrío.

– Así que la voluntad de Adán, la voluntad de la mujer -de nuevo con énfasis- era más poderosa que la de Dios.

El padre Gormán estaba indignado.

– No, por supuesto que no. Dios es omnipotente… Pero había permitido al hombre ser libre.

– Entonces el pensamiento lógico es que Dios, al ser omnipotente, y por lo tanto capaz de evitar el pecado, no lo hizo. Al ser omnipotente, sabía lo que iba a hacer Adán. Según esto, ¡Dios era un cómplice encubridor!

– ¡Eso es una blasfemia! -soltó el padre Gormán.

– Aún hay más, Gormán -continuó Fidelma despiadadamente-, ya que si hemos de ser lógicos, se puede sostener que Dios consintió que Adán pecara.

– ¡Sacrilegio! -gritó el sacerdote horrorizado.

– Venga, sed lógico -dijo Fidelma imperturbable ante esa reacción-. Dios omnisciente había creado a Adán. Si era omnisciente sabía que Adán iba a pecar. Y si la raza humana estaba maldita por el pecado de Adán, Dios sabía que iban a ser malditos. Luego creó a la gente para que sufriera.

– Vos y vuestra mente finita, no podéis entender el gran misterio del universo -espetó el padre Gormán.

– No seremos capaces de entenderlo, si decidimos ocultar el camino hacia ese universo creando mitos. Ahí es donde estoy de acuerdo con las enseñanzas de Pelagio, un hombre de nuestro pueblo, y por ello Roma siempre ha atacado nuestras iglesias, no sólo las de aquí sino las de los bretones y los galos que comparten nuestras filosofías. Somos personas que cuestionamos todas las cosas y sólo mediante nuestras preguntas podemos aspirar a llegar a la Gran Verdad y hemos de quedarnos junto a esa Verdad aunque eso nos enfrente al mundo.

Se levantó bruscamente.

– Os agradezco vuestro tiempo, padre Gormán.

Una vez fuera intercambió una mirada con Eadulf.

– Así que una puntita de niebla se va despejando -dijo con satisfacción.

Eadulf hizo una mueca. Estaba asombrado.

– ¿Respecto a Pelagio? -aventuró.

Fidelma rió entre dientes.

– Respecto al padre Gormán -respondió Fidelma.

– ¿Sospecháis que el padre Gormán está involucrado?

– Yo sospecho todo de todos. Pero sí, tenéis razón. Está claro que Gormán quería, o quiere apasionadamente a Cranat.

– ¿A su edad? -preguntó Eadulf indignado.

Fidelma se giró sorprendida hacia su compañero.

– Se puede sentir amor a cualquier edad, Eadulf de Seaxmund's Ham.

– ¿Pero una mujer de su edad y un sacerdote…?

– No hay ninguna ley que prohíba a los sacerdotes casarse, ni siquiera Roma lo prohíbe, aunque he de admitir que Roma lo desaprueba.

– ¿Queréis decir que el padre Gormán pudiera haber tenido una razón para desear la muerte de Eber?

Fidelma no se inmutó.

– Oh, tenía una buena razón. ¿Pero tenía lo medios para satisfacer su deseo o tenía que encargárselo a alguien?


Capítulo IX

<p>Capítulo IX</p>

Aquella noche se bañaron y comieron solos. Crón no los había invitado a cenar en la sala de asambleas, como hubiera mandado el protocolo. Eadulf no se mostró particularmente sorprendido por eso. Cuando consideró los acontecimientos del día, constató que si Fidelma había hecho algún amigo en el rath de Araglin sólo era aquella pobre criatura, Móen. Desde luego, no había caído bien a ninguno de los otros. Resultaba evidente que Crón y su madre, Cranat, no querían contar con su compañía.

Una joven tímida les llevó las bandejas con comida hasta el hostal de huéspedes. Tenía el cabello castaño y unos dieciséis años, su piel era muy pálida y parecía tener miedo de ellos. Fidelma hizo todo lo que pudo para tranquilizarla y mostrarse amigable.

– ¿Cómo os llamáis?

– Mi nombre es Grella, hermana. Trabajo para Dignait en las cocinas.

Fidelma sonrió amistosamente.

– ¿Estáis contenta con vuestro trabajo, Grella?

La joven frunció ligeramente el ceño.

– Es lo que hago -dijo simplemente-. Crecí en las cocinas del jefe. No tengo padres -añadió, como si eso lo explicara todo.

– Entiendo. Debéis de estar triste por la muerte de vuestro jefe, entonces, habiendo crecido en su casa.

La joven negó enérgicamente con la cabeza y Fidelma se sorprendió.

– No… no, pero sentí la muerte de Teafa. Era una mujer amable.

– ¿Pero Eber no era amable?

– Teafa era amable conmigo -replicó la joven con ansiedad; al parecer no quería hablar mal del jefe muerto-. Teafa era amable con todo el mundo.

– ¿Y Móen? ¿Os gusta Móen?

Grella volvió a mostrarse aturdida.

– Yo me sentía incómoda cuando él andaba por aquí. Teafa era la única que podía decirle qué hacer.

– ¿Decirle? -preguntó Fidelma, aferrándose enseguida a la frase-. ¿Cómo se lo decía?

– Tenía una manera de comunicarse con él.

– ¿Sabéis cómo? -interrumpió ansioso Eadulf.

La joven negó con la cabeza.

– No tengo ni idea. Dicen que se entendían dándose golpecitos con los dedos.

Fidelma estaba intrigada.

– ¿Lo visteis alguna vez? ¿Teafa os explicó alguna vez cómo lo hacía?

– Les vi hacerlo muchas veces, pero no lo entendía. Quizá sólo fuera el contacto familiar con una mano lo que lo calmaba.

Fidelma se sintió decepcionada.

Grella inclinó la cabeza pensativa, como intentando recordar. Después sonrió.

– Lo recuerdo; dijo que Gadra le había enseñado ese arte.

– ¿Gadra? ¿Quién es Gadra? -preguntó Fidelma nuevamente esperanzada.

Grella se estremeció y se santiguó.

– Gadra es el hombre del saco. Dicen que roba las almas de los niños malos. Ahora me tengo que ir o si no Dignait vendrá a buscarme. Puedo tener problemas.

Cuando se hubo marchado comieron, la mayor parte en meditativo silencio. Después, Eadulf se atrevió a sacar un tema al que llevaba rato dándole vueltas.

– ¿Es inteligente -preguntó- desatar la ira de todos a propósito?

Fidelma levantó la mirada del plato.

– Me parece notar un tono de crítica, Eadulf de Seaxmund's Ham -observó con solemnidad, aunque en sus ojos se percibía un brillo malicioso.

Eadulf hizo una mueca disculpándose.

– Perdonadme, pero yo creo que algunas veces con un poco de tacto y de discreción se consigue lo mismo que…

– ¿Creéis que soy excesivamente grosera? -interrumpió Fidelma muy seria, como una alumna que pide consejo a su maestro.

Eadulf se sintió incómodo. No confiaba en Fidelma cuando estaba de ese humor y sacudió la cabeza en señal de negación.

– Mi madre me dijo una vez que no se podía descoser un bordado con un hacha.

Fidelma se lo quedó mirando realmente sorprendida.

– Nunca habíais mencionado a vuestra madre, Eadulf.

– Ya no vive. Pero era una mujer sabia.

– Reconozco su sabiduría. Sin embargo, a veces, cuando se encuentra una gruesa puerta de arrogancia que se cierra ante uno, hay que tomar el hacha y hacerla astillas hasta poder hablar con la persona que hay dentro. A menudo, la gente arrogante confunde la cortesía con la debilidad e incluso con la adulación.

– ¿Realmente os habéis abierto paso a golpes de hacha hacia la verdad?

Fidelma inclinó la cabeza.

– He conseguido acercarme a la verdad más que si hubiera dejado que las puertas permanecieran cerradas. Sin embargo he de admitir que la verdad completa todavía está muy lejos.

– ¿Entonces cómo hemos de alcanzarla?

– Cuando acabemos de comer iré en busca de Dubán. Tal vez podamos averiguar si ese hombre del saco, Gadra, realmente existe. Si es así y puede enseñarme la manera de comunicarme con Móen, estaremos más cerca de la verdad. Si podemos descubrir lo que sabe Móen…

Eadulf se mostró escéptico.

– Eso es sólo un cuento de niños. ¡Un hombre del saco que roba las almas de los niños, vaya!

– Suele haber una verdad detrás de cada cuento, Eadulf.

– Suponéis mucho, Fidelma.

– ¿Seguro?

– Suponéis que ese hombre existe. Suponéis que esa chica, Grella, explicó bien que ese ser, Gadra, enseñó a Teafa la forma de comunicarse con Móen. Incluso suponéis que hay una manera de comunicarse con esa criatura. Además suponéis que esa desgraciada criatura tiene mente. También suponéis que os dirá algo que aclarará el asunto y, para finalizar, suponéis que es inocente.

Sor Fidelma se reclinó, colocó las palmas de las manos sobre la mesa a ambos lados de su plato y se quedó un momento mirando a Eadulf antes de responder.

– Mis suposiciones se basan en que confío en su inocencia. No puedo explicarlo, ni tengo pruebas para demostrarlo. Es un sentimiento, la creencia de que lo que a mis sentidos les parece falso es, sin duda, falso, según la lógica de que lo que se presenta como verdad, pero se siente falso, es falso.

Eadulf apretó los labios.

– ¿No es cierto que la mayor decepción es la autodecepción?

– ¿Creéis acaso que me estoy decepcionando a mí misma?

– Trato de sugerir que lo que parece de una manera, bien puede ser de esa manera.

Fidelma sonrió entre dientes, levantó una mano y la puso sobre el brazo de Eadulf.

– Eadulf, sois la voz de la conciencia; cuando soy demasiado entusiasta, refrenáis mis excesos. Sin embargo, iremos en busca de Gadra, el hombre del saco, si existe.

Eadulf dejó ir un suspiro.

– No tenía ninguna duda de que así iba a ser -dijo resignado, al tiempo que ella se levantaba para ir en busca de Dubán.

Crítán, de guardia en las caballerizas, les informó de que Dubán no estaba en el rath de Araglin. El joven jactancioso no se mostró muy comunicativo; tuvieron que preguntarle varias veces antes de que se explicara.

– Ha tenido que marcharse con algunos guerreros hacia las altas pasturas.

– ¿Sucede algo? -preguntó Fidelma-. ¿Por qué se han ido a esta hora, si está cayendo la noche?

Crítán se mostró arisco.

– No pasa nada. No tenéis nada que temer, mientras haya hombres que vigilen este rath, hermana.

Fidelma reprimió una respuesta airada.

– A pesar de eso, ¿qué es lo que ha hecho que partiera Dubán? -insistió.

– Ha llegado el aviso de un ataque al ganado de una de las granjas aisladas del otro lado de las montañas.

– ¿Un ataque? -se mostró interesada-. ¿Se sabe de quién?

– Eso es lo que han ido a descubrir. Probablemente de los mismos que hicieron una incursión en este valle hace unas semanas. Yo tenía que haber ido con Dubán, pero me han ordenado que me quede aquí vigilando a esa criatura, Móen. No me parece bien.

A Fidelma le pareció que el joven parecía más un niño malhumorado que un adulto.

– Para ser guerrero -dijo Fidelma con cuidado- no estáis obligado a un deber a menos que los hayáis aceptado libremente como obligación.

Crítán se mostró molesto.

– No entiendo qué significa.

– Exactamente eso. Decidme, Crítán -cambió de tema rápidamente-. Decidme, ¿el nombre de Gadra os suena?

El joven hizo una mueca de malhumor.

– Dicen que es un hombre del saco que roba las almas de los niños. La gente de aquí usa ese nombre para asustar a sus hijos.

– ¿Existe realmente?

– Yo he oído a Dubán hablar de él. Yo no creo en el hombre del saco, así que una vez le pregunté por él.

– ¿Y qué os dijo Dubán? -insistió Fidelma.

– Me dijo que cuando él era joven, Gadra era un ermitaño que moraba en las montañas y se negaba a aceptar la nueva fe.

– ¿Todavía vive?

– Eso fue hace muchos años. Vivía arriba, en los bosques, en un pequeño valle, no sé dónde. Creo que Dubán puede saberlo.

Fidelma le dio las gracias al joven y regresó al hostal de huéspedes, para explicárselo a Eadulf.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Eadulf.

– ¿Ahora? No hay más que hacer que esperar hasta mañana.

Bien pasada la medianoche Fidelma se despertó al oír el sonido de un caballo que entraba en el rath. Oyó que Eadulf seguía bien dormido en su cubículo. Se levantó, se echó la capa por los hombros y se dirigió descalza a la ventana que daba a la parte delantera del hostal.

Un hombre desmontaba junto a las puertas. A la luz de las antorchas ardiendo, vio que era el caballerizo, Menma. Fidelma estaba a punto de volver a la cama, cuando una sombra apareció frente a la sala de asambleas. Avanzó hacia la luz de las antorchas y saludó al hombre pelirrojo.

Era el padre Gormán. Su cuerpo se movía y agitaba los brazos. Su voz era intensa, aunque no fuerte, y Fidelma no entendía sus palabras.

Con gran sorpresa, Fidelma vio que Menma parecía responder con la misma vehemencia.

El padre Gormán agitaba una mano en dirección al hostal de huéspedes. Obviamente, Eadulf y ella eran el tema de discusión. ¿Por qué? -se preguntó la joven.

Al cabo de un momento, Menma tiró de las riendas de su caballo y condujo a la bestia hacia las caballerizas.

El padre Gormán se quedó un rato con las manos en las caderas observando a Menma. Después se giró bruscamente y se dirigió hacia la capilla.

Fidelma, pensativa, volvió a la cama.

El sol brillaba con fuerza cuando Fidelma se reunió con Eadulf para tomar el desayuno que les había llevado Grella. Sentía los cálidos rayos de sol que entraban por la ventana del hostal de huéspedes. Eadulf acababa de comer, se reclinó y dejó a Fidelma desayunar en silencio. Cuando terminó se dirigió a ella con una pregunta retórica.

– ¿Creéis que Dubán ha regresado?

– Voy a ir a buscarlo ahora, a ver si nos puede decir algo más del ermitaño.

Le dio instrucciones a Eadulf de que fuera a ver si podía recabar más información de los habitantes del rath, mientras ella iba en busca del guerrero.

Fidelma salió del hostal y fue siguiendo el muro de piedra de la sala de asambleas.

El sonido de unas voces y unas risotadas estridentes la detuvieron. El timbre de la voz le era familiar.

Se detuvo al abrigo del muro y dirigió la mirada hacia el grupo de edificios de donde provenía el bullicio. Había un jinete, al parecer recién llegado, pues todavía llevaba encima el polvo del camino. Había desmontado y tenía las riendas sobre el brazo. Fidelma reconoció enseguida al hombre alto y robusto. Era Muadnat, el granjero, contra quien había dictado sentencia en Lios Mhór. Lo que la dejó sin respiración fue la figura que tenía abrazada y que le devolvía los besos uno a uno con la pasión de una jovencita. Era una mujer alta, de cabello rubio, envuelta en una capa de varios colores.

Cuando se separó del fuerte abrazo, Fidelma reconoció a la mujer: era Cranat, la viuda de Eber.

La monja se retiró instintivamente hacia las sombras del muro, para examinar al fornido granjero de cerca. Para ser alguien que acababa de perder siete cumals de tierra, Muadnat parecía contento de abrazar a la viuda del jefe. No hacía falta mucha experiencia para ver que entre ambos existía una gran intimidad. El granjero soltó otra risotada, Cranat le cerró los labios con un dedo y lanzó una mirada nerviosa a su alrededor, después le hizo una señal para que entrara en el edificio que tenían detrás. Muadnat se detuvo para atar su caballo a una verja.

Fidelma esperó a que desaparecieran y, con la cabeza inclinada y pensativa, continuó su camino hacia la entrada de la sala de asambleas. Las puertas estaban abiertas. Sin saber por qué, dudó instintivamente y no hizo nada que revelara su presencia. Entonces entró. Quizás inconscientemente, había percibido el sonido de voces y un tono ansioso de conversación. La primera voz era la de Dubán.

– Creo que deberíais ser más respetuosa con ella -decía con seriedad-. Al menos no provoquéis su enemistad.

– ¿Por qué no? Ya no debería estar aquí. Creo que se está excediendo en sus obligaciones.

Fidelma frunció el ceño al darse cuenta de que la segunda voz era la de Crón. Las voces provenían de una habitación contigua que tenía la puerta entreabierta. Fidelma se acercó con cautela.

– Ya sé que es la hermana de Colgú. ¿Pero creéis que la enviaría aquí sólo por eso? Es una mujer inteligente. Casi nada escapa a esos ojos verdes y curiosos.

– ¡Ah! ¿Os habéis fijado en el color de sus ojos? -El comentario era arisco. Fidelma abrió bien los ojos al percibir un tono celoso en la voz de la tánaiste.

Dubán respondió con una risita.

– Me he dado cuenta de que es alguien a quien no se puede tomar el pelo. Cuanto menos se la provoque, mejor.

Fidelma parpadeó satisfecha al oír aquellas palabras.

– Seguro que no se cree realmente que Móen es inocente -dijo Crón suavizando el tono.

– Creo que lo sospecha. El padre Gormán cree que está decidida a probarlo. Estaba bastante preocupado cuando lo vi la pasada noche, después de haber hablado con ella.

– Yo creía que este asunto se resolvería fácilmente. Si al menos a mi madre la dejaran tranquila…

– No hay nunca nada fácil, querida. Si ella cree que Móen es inocente, buscará por otro lado quién podría haberlo asesinado. Haríais bien en amigaros con ella.

Pasó un ángel.

– Podría descubrir cuánto odiaba a mi padre. ¿Eso es lo que queréis decir?

– Podría descubrir cuánto lo odiaba todo el mundo -replicó Dubán-. De todos modos, tenéis que tratar con ese idiota de Muadnat. Ha elegido este momento para venir al rath a crear problemas. ¿No podéis decirle que se marche? ¿Que regrese la semana que viene cuando todo esto haya acabado?

– ¿Cómo queréis que haga eso, querido? No es lo bastante sensible para entender por qué. Puede traernos problemas. No, tengo que hacer frente al asunto. Explicadle a Muadnat lo que he decidido y decidle que esté aquí, en la sala de asambleas, a mediodía.

– Entonces, por favor, tratad a la hermana con más gracia.

– Ahora, id -respondió Crón con firmeza-. Hay mucho que hacer.

Fidelma volvió sobre sus pasos de puntillas hacia la puerta. Se giró en el umbral, cogió la aldaba y golpeó la puerta de madera antes de entrar en la sala, como si lo hiciera por primera vez. Crón fue hacia ella desde la habitación lateral. Estaba sola. Saludó a Fidelma educadamente, aunque con ojos vigilantes.

– Estoy buscando a Dubán -anunció Fidelma.

– ¿Qué os hace pensar que está aquí? -preguntó la tánaiste a la defensiva.

– Éste es un lugar tan bueno como cualquier otro para buscar al jefe de vuestra guardia -contestó Fidelma inocentemente.

Crón se dio cuenta de su error y esbozó una sonrisa.

– En este momento no está aquí. Estuvo hasta tarde fuera por la noche y probablemente todavía no se ha despertado -mintió la joven con facilidad-. Si lo veo, le diré que preguntáis por él. Ahora, si me excusáis, he de prepararme para un asunto importante.

Fidelma no iba a dejar que la despidiera con tanta facilidad.

– ¿Preparar?

– Hoy tengo que presidir un juicio -replicó Crón-. Casos menores de los que puedo ocuparme, aunque mi madre no apruebe mis conocimientos legales.

Ciertamente un jefe podía hacer de juez en casos insignificantes, si no se tenía un brehon a mano que le asesorara.

– ¿Qué tipo de caso?

– Nada que os incumba -replicó Crón inmediatamente. Después cedió-. Un caso de animales que han entrado ilegalmente en una propiedad. Un granjero de nuestra comunidad exige daños y perjuicios contra otro granjero. Es un asunto que tiene que tratarse inmediatamente ya que el litigante está muy rabioso.

Los casos de animales que invadían otra propiedad eran bastante comunes. Los daños causados en la tierra o las cosechas por los animales domésticos de un vecino eran frecuentes en las comunidades agrícolas y ganaderas. Los granjeros vecinos solían intercambiar unas garantías llamadas tairgille para cubrir los posibles daños causados por los animales.

En muchos asuntos de la vida, la ley confiaba en el uso de una garantía para asegurarse de que las obligaciones legales se llevaban a cabo. Incluso en el cargo de Fidelma, considerada una jueza profesional, tenía que depositar, con el brehon del distrito, una garantía de cinco onzas de plata por si una sentencia suya resultaba polémica. Si el brehon consideraba que la sentencia era defectuosa, ella tenía que compensar a los que había perjudicado. Sólo se confiscaba su garantía si el litigante expresaba su insatisfacción en un determinado periodo transcurrido tras la sentencia y si el brehon consideraba que era culpable. Si un juez se negaba a aportar esa garantía quedaba inhabilitado.

Con seguridad se trataba de un asunto nimio y que Crón podría tratar adecuadamente. Fidelma estaba a punto de excusarse y marchar, cuando de repente sospechó algo. Se dio la vuelta con rapidez.

– ¿Uno de los granjeros litigantes se llama Muadnat?

Crón se la quedó mirando sorprendida.

– ¿Sois adivina, hermana? ¿Qué sabéis de Muadnat? -preguntó Crón.

Fidelma comprobó que tenía razón por la expresión de sorpresa. Obviamente Crón no sabía que Fidelma había actuado de brehon en Lios Mhór. Así que por eso Muadnat había aparecido en el rath del jefe.

– ¿Conocéis el caso de Muadnat contra su pariente Archú?

Crón apretó los labios, como si eso fuera a ayudarla a recordar. Asintió lentamente con la cabeza.

– Sólo sé lo que se dice por ahí. Muadnat se vio obligado a presentarse ante un brehon en Lios Mhór y perdió una granja que reclamaba.

– Yo era ese brehon -anunció Fidelma-. Mientras estaba en Lios Mhór recibí el encargo de mi hermano de venir aquí.

Los ojos azules de la jefa la miraron con curiosidad. Fidelma continuó.

– ¿Contra quién presenta litigio Muadnat?

– Otra vez Archú.

La mente de Fidelma trabajó deprisa.

– ¿Podéis explicarme los detalles de ese pleito?

Por un momento pareció que Crón iba a negarse y luego se lo pensó mejor.

– Creo que Archú tiene que defenderse de una acusación -dijo Crón a la defensiva.

– ¿Pero los detalles? -insistió Fidelma.

– Bien simple. Desde que Archú se quedó con la granja en disputa junto a la Marisma Negra se convirtió en vecino de Muadnat, ya que las tierras son colindantes. Muadnat afirma que Archú, con malicia y negligencia, permitió que sus cerdos se alejaran y atravesaran de noche los cercados divisorios y causaran daños en su propiedad. Es más, los animales defecaron en la granja de Muadnat.

Fidelma se quedó considerando el asunto.

– Dicho de otro modo, si Muadnat dice la verdad en lo que alega contra Archú, ¿podrá exigir una gran compensación? -preguntó Fidelma.

La expresión de Crón indicaba que era bastante obvio.

– Muadnat ya me lo ha advertido.

Fidelma se mostró cínica.

– ¿Así que Muadnat ya ha comprobado lo que dice la ley?

– ¿Qué presuponéis? -exigió la joven tánaiste con dureza.

– Simplemente hago una observación, no presupongo nada. Es cierto, sin embargo, que si por negligencia un animal entra ilegalmente en una propiedad, se considera que es como si el propietario de los animales entrara ilegalmente; si esta acción tiene lugar de noche, se multiplica por dos la cuantía de la multa; si los animales han defecado, todavía aumenta más la suma de compensación. Dicho de otro modo, Archú tendría que pagar a Muadnat una suma sustancial para compensarlo.

– Probablemente la mitad o más de lo que vale su granja -admitió Crón-. A menos que tenga mucho ganado, sin duda perderá la granja.

– Y ambas sabemos que no es así -replicó Fidelma con sequedad-. Muadnat no se conformará con menos que la granja.

– Creo que así es la ley.

Fidelma se quedó pensativa antes de volver a hablar.

– Como heredera electa, tenéis el derecho y la responsabilidad de presidir un juicio en el territorio de vuestro clan, y podéis dictar sentencia si no hay un brehon disponible.

– Conozco mis deberes y obligaciones -contestó Crón entornando los ojos con suspicacia.

– No quisiera ofenderos, pero ¿hasta qué nivel habéis estudiado leyes?

– Sólo he estudiado el Bretha Comaithchesa, la Ley de Vecindad, ya que somos una pequeña comunidad agrícola y ésta es la ley que más se aplica aquí. Pero no tengo ninguna titulación. Estudié en Lios Mhór sólo durante tres años, hasta adquirir el nivel de Freisneidhed.

Fidelma iba asintiendo lentamente con la cabeza. El nivel correspondiente a tres años de estudio era el que tenía la mayoría de jefes de los cinco reinos. Los jefes tenían que recibir instrucción, ya que habían de cumplir con muchas obligaciones y una de ellas era la de juez del tribunal tribal. Fidelma advirtió que Crón la estaba mirando con cierta hostilidad. Tendría que ser diplomática, tal como Eadulf le había implorado, ya que su relación con Crón ya resultaba bastante difícil.

– ¿Me permitiríais que presidiera con vos este caso y os asesorara?

Crón se sonrojó, pensando que su intención era insultarla.

– Creo que soy capaz de juzgar este asunto -respondió a la defensiva-. He observado cómo lo hacía mi padre otras veces.

– Yo no he dicho que no fuerais capaz -replicó Fidelma en tono apaciguador-. Pero me da que aquí hay algo más que un simple caso de entrada ilegal en una propiedad. Recordad que yo ya he visto una vez a Muadnat intentando despojar a Archú con formas legales.

– ¿Eso no os va a impedir ser imparcial? -preguntó Crón, intentando reprimir un cierto desdén.

– Quizá sea parcial -admitió Fidelma-. Sin embargo, lo que yo sugiero es que juzguéis vos, yo me quedo sentada a vuestro lado para asesoraros en cualquier asunto legal. Os prometo que mi asesoramiento sólo será sobre cuestiones legales.

Crón dudó; se preguntaba si la oferta de Fidelma ocultaba algo.

– ¿La sentencia no la voy a dictar yo?

– Sois la heredera electa de Araglin -admitió Fidelma-. Vos dictaréis la sentencia.

Crón se lo pensó un momento. Era cierto que Fidelma, dálaigh cualificada con el grado de anruth, uno por debajo del máximo otorgado en los cinco reinos, podía exigir un lugar en el tribunal. Así era la ley; en un lugar donde no hay brehon permanente, un juez visitante puede, dependiendo del grado de su cargo, tener más autoridad legal que el jefe local. Que Fidelma hubiera pedido permiso sólo para sentarse en el tribunal y asesorar, era una manera clara de mostrar que no deseaba interferir en la autoridad de Crón.

– ¿Qué puede ser falso en la declaración de Muadnat? -preguntó Crón todavía a la defensiva.

– Eso hay que verlo. A Muadnat no le gustó que la sentencia no le fuera favorable y tener que entregar la granja al joven Archú.

Crón lo admitió.

– ¿Creéis entonces que Muadnat ha inventado su acusación?

– Como lo vais a juzgar vos, tal vez sea mejor que no os diga lo que pienso -respondió inmediatamente Fidelma-. Pero dejad que me siente junto a vos y que os asesore sólo en cuanto a la ley, y vos juzgaréis los hechos. Mis palabras sólo tendrán un sentido legal, nada más; os lo juro.

– Si es así, acepto.

Por primera vez en presencia de sor Fidelma, Crón esbozó lo que pareció ser una genuina sonrisa de amistad.

– ¿A qué hora se va a presentar Muadnat?

– A mediodía.

– Entonces voy a decírselo a Eadulf.

– Es un hombre interesante ese sajón vuestro -observó Crón con astucia.

– ¿Mío? -preguntó Fidelma arqueando las cejas sorprendida-. Eadulf no pertenece a ningún hombre ni ninguna mujer.

– Parece que sois buenos amigos -replicó Crón-. Seguro que el atractivo hermano no comparte las ideas que el padre Gormán enseña respecto a que los siervos de Dios, hombres y mujeres, han de permanecer célibes.

Fidelma notó que se sonrojaba. Se dio cuenta de que, aunque había discutido con Eadulf todos los aspectos de las enseñanzas de Roma, nunca habían tocado el concepto de celibato. Aunque Roma no tenía una regla firme respecto al celibato de los religiosos, era cierto que un grupo numeroso del clero creía que los miembros de las comunidades religiosas no debían cohabitar ni casarse. Era una idea tan ajena a los seres humanos que nunca sería aceptada.

Crón la observaba divertida y ella alzó un poco la barbilla.

– El hermano Eadulf y yo somos amigos, y sólo amigos, desde que nos conocimos en el concilio que se celebró en la abadía de Hilda, en Northumbria. Eso es todo.

Estaba claro que Crón se tomaba aquella seguridad con cierto escepticismo.

– Está bien -observó significativamente- tener un amigo así.

– Hablando de amigos -le respondió Fidelma astutamente-, he de ir en busca de Dubán.

– ¿Qué es eso que tenéis que hablar con él tan urgentemente? -preguntó la tánaiste.

– ¿Habéis oído hablar de Gadra?

Crón se mostró sorprendida.

– ¿Qué queréis saber de Gadra?

– ¿Así que lo conocéis? -insistió Fidelma, ansiosa.

– Por supuesto. No lo he vuelto a ver desde que era pequeña, sólo lo recuerdo. Vivió en la cabaña de Teafa durante unos años, pero volvió a marcharse. Es un ermitaño. En la actualidad los jóvenes creen que es simplemente un hombre del saco. Como es un ermitaño que desapareció en las colinas, algunas personas lo utilizan para asustar a los niños y que obedezcan.

– ¿Sabéis dónde se le puede encontrar?

Crón sacudió la cabeza en señal de negación.

– Dudo que esté todavía vivo. -Se encogió de hombros-. Pero si lo está, quien fuera en su busca habría de ser una persona valiente, porque se decía que se había negado a aceptar la fe y se había asociado con el mal.

– ¿Asociado con el mal?

Crón asintió con seriedad.

– Se aferraba a la fe de nuestros antepasados paganos y dicen que por eso se retiró a la inmensidad de las sombrías montañas.

Fidelma notó que algo se movía detrás de ella y al girarse vio que entraba el guerrero de mediana edad.

Dubán dirigió una mirada a Fidelma y luego rápidamente a Crón intentando fingir que le sorprendía encontrarlas juntas. Después levantó una mano y saludó a su tánaiste. Fidelma se percató de que cualquiera que pudiera actuar con tal duplicidad podría igualmente ser muy evasivo en otros asuntos.

– Se dice que no habéis tenido demasiada suerte en vuestra empresa, Dubán -saludó Crón, con una voz ligeramente quejumbrosa, como si no lo hubiera visto antes.

El guerrero hizo una mueca, una expresión que confirmaba la inutilidad de su búsqueda.

– Hemos registrado varias millas de la ladera de la colina, pero no hay señal de bandidos. Se han llevado dos vacas de la granja de Díoma. Seguimos las huellas hasta los límites de la Marisma Negra, pero las perdimos en el bosque.

Crón se mostró muy preocupada.

– No recuerdo la última vez que unos bandidos asaltaron nuestro valle con impunidad. Hay que dar con ellos. Nuestro honor está en juego.

– Así se hará -murmuró Dubán-. Tan pronto como reúna un nuevo grupo de guerreros…

– Ahora es inútil. De todas maneras, hemos de tener en cuenta la vista legal. Sor Fidelma ha sugerido sentarse conmigo y yo he aceptado. También le he dicho a la hermana que podéis ayudarla con cierta información respecto al viejo Gadra.

Crón abandonó la sala de asambleas y dejó a Dubán con una expresión incierta en su rostro.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó al cabo de un momento-. ¿Respecto a Gadra, es eso?

– Me han dicho que conocisteis a Gadra.

– Gadra, el Ermitaño -admitió Dubán-, Sí, así es, pero eso fue hace veinte años. Está muerto.

Fidelma se sintió decepcionada.

– ¿Estáis seguro?

Dubán se rascó la barbilla reflexionando.

– Seguro, no. Pero no le he visto desde que dejé Araglin, cuando era joven. Debe de estar muerto.

Fidelma siguió insistiendo.

– Crón dijo que lo había visto cuando era una niña; que vino a quedarse con Teafa en el rath. Si todavía estuviera vivo, ¿sabéis dónde se le podría encontrar?

Dubán señaló hacia arriba con una sacudida de su cabeza.

– Arriba en las montañas, hacia el sur. Vivía en un pequeño valle.

– ¿Nos llevaríais a Eadulf y a mí hasta allí?

Dubán se mostró confuso.

– Después de todo este tiempo. Seguramente está muerto -repitió.

– Pero no lo sabéis seguro.

– No, pero seguro que será un viaje en balde. Es casi un día de ida y otro de vuelta.

– ¿Nos llevaréis?

– Tengo obligaciones…

– Crón no puso ninguna objeción. -A Fidelma no le parecía que distorsionara la verdad-. ¿O es que sois vos quien no quiere ir?

– ¿Pero por qué queréis ver al viejo Gadra? Aunque todavía esté vivo, será un hombre ya viejo. ¿Qué puede saber él que os sea de ayuda en la investigación?

– Eso es más asunto mío que vuestro, Dubán -replicó Fidelma con firmeza.

Dubán se mostraba renuente.

– ¿Cuándo queréis partir? -preguntó finalmente.

– Si el tribunal llega pronto a una conclusión, podríamos emprender la marcha esta misma tarde.

Dubán, pensativo, se dio un tirón a la barba.

– El viaje significa al menos pasar una noche de acampada, aunque encontremos a Gadra -repitió el guerrero.

– Yo estoy acostumbrada a viajar -advirtió Fidelma.

Dubán extendió los brazos resignado.

– Entonces, después de que el tribunal llegue a una conclusión. Si Gadra está vivo hemos de respetar su derecho a ser un ermitaño. Solamente os acompañaré a vos y al hermano sajón. A nadie más.

– De acuerdo -confirmó Fidelma mientras salía de la sala.

Fuera, se dio de cara con la enamorada de Archú, Scoth. El rostro de la joven se iluminó al reconocer a Fidelma y le cogió ambas manos a la religiosa.

– ¡Oh, hermana! Rezaba por que no os hubierais ido de aquí. Estamos muy necesitados de vuestra ayuda.

Fidelma se compadeció.

– Eso he oído. ¿Está aquí Archú para responder a la nueva acusación?

– Ha ido a buscar alojamiento para nosotros -dijo Scoth tensa y triste.

Fidelma cogió suavemente a la chica por el brazo y la condujo hasta el hostal de huéspedes.

La joven sonrió angustiada.

– Muadnat es como un cuervo carroñero esperando el momento oportuno para abalanzarse sobre nosotros. Pensamos que nuestra única esperanza era que todavía estuvierais en el rath.

– Bueno, aquí estoy.

– ¡Gracias a Dios! Si Muadnat hubiera sido un hombre más prudente lo hubiera averiguado. Pero codicia tanto esas tierras que vino corriendo al rath, sin saber que se iba a encontrar de nuevo con vos.

Fidelma negó con la cabeza.

– No voy a ser yo la juez. Será Crón, vuestra tánaiste y heredera electa.

Scoth se mostró consternada, se detuvo a medio camino y se giró hacia Fidelma.

– Pero vos tenéis que ser el juez. No podéis abandonar a Archú -gimió.

– No he abandonado a nadie, Scoth. ¿He de suponer, por lo que decís, que Muadnat ha inventado esa acusación?

– No, no lo ha hecho.

Fue Archú quien contestó y Fidelma se giró y se encontró al joven detrás de ella.

La monja digirió lo que él acababa de admitir.

– Entonces siento veros en esta situación, Archú -replicó con tristeza.

– Pero podéis intervenir y rechazar la demanda -insistió Scoth, con voz desesperada.

– ¡Scoth! -espetó Archú con dureza-. Sor Fidelma ha hecho un juramento.

Estaban fuera del hostal de huéspedes y Fidelma les hizo un gesto para que la acompañaran dentro. Eadulf se dirigió hacia ellos y los saludó sorprendido. Fidelma informó a Eadulf y luego se dirigió a Archú.

– Contadme la verdad. ¿Decís que Muadnat no se ha inventado la acusación contra vos? ¿Es cierto lo que afirma?

Archú se sonrojó. Hizo un gesto de impotencia.

– Es demasiado astuto para inventar una acusación de este tipo.

Fidelma se quedó un rato silenciosa.

– ¿Entonces, os dais cuenta de lo que eso significa?

Archú se mostró triste.

– Significa que Muadnat, mi querido primo, reclamará lo que momentáneamente me ha pertenecido y volverá a quedarse con la granja de mi madre. Una vez más me quedaré sin tierra.


Capítulo X

<p>Capítulo X</p>

El juicio se desarrolló según las formalidades. Crón llevaba una larga capa de varios colores, propia de su cargo, sobre un vestido de seda azul. Se abrochaba con una hebilla de oro ornamentado. A Fidelma le pareció divertido que llevara guantes de piel de gamo. En muchos clanes, era costumbre que los jefes llevaran capas de colores y guantes como prendas distintivas de su rango cuando juzgaban. Fidelma se dio cuenta de que Crón había sido cuidadosa al elegir su vestido, su arreglo y el perfume, cuyo olor a lavanda impregnaba el aire. Obviamente, Crón se tomaba su papel de jefa con seriedad.

Crón se sentó en su silla en la sala de asambleas. Al lado de la silla de madera tallada se había colocado otra para Fidelma. Dubán estaba delante de la plataforma, ligeramente a un lado, en calidad de jefe de la guardia, mientras que los que estaban involucrados en el litigio estaban sentados en bancos de madera dispuestos ante la tarima. Muadnat y el hombre de rostro enjuto que lo había acompañado en Lios Mhór estaban sentados a la derecha, mientras que Archú y Scoth estaban sentados a la izquierda con Eadulf. Los guerreros de la guardia de Dubán se habían situado en lugares estratégicos, al fondo de la sala. Al entrar, Fidelma vio que el padre Gormán estaba sentado hacia el fondo.

Tan pronto como Fidelma entró y tomó asiento junto a Crón, Muadnat reconoció a la religiosa. Enseguida se puso en pie y gritó.

– ¡Protesto!

Crón se acomodó y lo miró impasible.

– ¿Ya protestáis? ¿De qué?

Muadnat lanzó una mirada furiosa a Fidelma, levantó una mano y la señaló con un dedo.

– No va a ser esa mujer la que juzgue mi caso hoy.

Crón apretó ligeramente los labios.

– ¿Esa mujer? ¿A quién os referís?

Muadnat se mordió la lengua.

– Fidelma de Kildare -gruñó Muadnat.

– Sor Fidelma está aquí invitada por mí y es dálaigh de los tribunales de los cinco reinos, experta en leyes. ¿Tenéis algo que objetar, Muadnat?

Muadnat seguía rabioso.

– Mi objeción se basa en… en… en… -balbuceaba buscando las palabras correctas-. En la parcialidad. Ya ha fallado en favor del acusado. Fue la juez en la demanda que puso él sobre unas tierras que me pertenecían y se las dio a él. No quiero de ninguna manera que sea mi juez.

– Ella tampoco lo quiere -replicó Crón con calma-. La jueza de este caso soy yo. Yo tomaré la decisión, pero sor Fidelma me asesorará legalmente. Ahora, proceded, Muadnat, con vuestro caso, si es que tenéis alguno para exponer.

Sor Fidelma se inclinó hacia Crón y le susurró algo al oído. Crón asintió con gravedad y a continuación se dirigió a Muadnat.

– He tenido en cuenta vuestro insulto verbal a un brehon. Esto se considera algo muy serio y la ofensa requiere el pago del precio de honor de vuestra víctima.

Muadnat abrió la boca consternado.

Crón se detuvo para que pensara bien lo que le estaba diciendo y luego continuó.

– Como, al parecer, tan sólo habéis hablado por ignorancia, sor Fidelma está dispuesta a renunciar a ese dinero. Sin embargo, no puede pasar por alto el insulto, ya que si así lo hiciera, y de acuerdo con la ley, la convertiría en culpable de tolerar el insulto y por lo tanto haría que se rebaje el precio de su honor. De manera que ha de obtener alguna compensación. Nos ocuparemos luego de este asunto, después de que yo -se detuvo para añadir énfasis a sus palabras- haya escuchado las acusaciones que queréis presentar.

El hombre dudó, balanceándose un poco como si lo hubieran golpeado y después, al parecer aceptando el fallo de Crón y sobreponiéndose, miró arisco delante de él.

– Muy bien. Los hechos son simples y tengo un testigo, mi capataz y sobrino, Agdae, que está sentado aquí a mi lado.

Se giró y señaló a su compañero.

– Explicadnos esos hechos -le invitó Crón.

Se notó un movimiento detrás de la tarima y de repente entró Cranat. Iba vestida con la misma opulencia de siempre. Frunció el ceño preocupada cuando vio a Fidelma sentada en el que, por derecho, debía ser su lugar en la sala. Se detuvo a medio camino, pero antes de que pudiera decir nada, Crón se dirigió a ella.

– Madre, no me habíais dicho que queríais asistir a este juicio -sin duda Crón estaba molesta por la interrupción de la vista.

Cranat lanzó una mirada en dirección a Muadnat. ¿Le lanzó el fornido granjero una mirada de advertencia y sacudió ligeramente la cabeza? Fidelma no estaba segura.

Cranat abrió la boca en señal inequívoca de desaprobación.

– Me sentaré a observar, hija.

Se dirigió a un rincón tranquilo, donde había un banco vacío, y se sentó con la cabeza bien alta. Obviamente estaba disgustada y perpleja. Al sentarse habló en voz alta.

– No tenía que pedir permiso cuando Eber estaba vivo.

– Sor Fidelma, dálaigh, está aquí para asesorarme legalmente. -Crón sentía que tenía que dar una explicación a su madre antes de volver a dirigirse a Muadnat.

– Proceded. Me ibais a explicar los hechos, Muadnat.

– Bien fácil. Mi tierra linda con la que ahora es de Archú.

Fidelma estaba sentada impávida, observando detenidamente a Muadnat con ojos escrutadores. El granjero parecía bien confiado cuando empezó a explicar su acusación.

– Hace dos noches, los cerdos de Archú pisotearon y atravesaron el cercado que rodea nuestras tierras. Lo hicieron de noche, causando daños en mis cosechas. Uno de los puercos se peleó con uno de los míos y le hizo daño. Además, los cerdos defecaron en mi corral. ¿No es así, Agdae?

El hombre enjuto asintió casi con desánimo.

Muadnat continuó.

– Todo granjero de estas tierras conoce la ley. Yo exijo la máxima compensación.

Se sentó bruscamente.

Crón miró a Agdae.

– ¿Podéis testificar libremente a favor de lo que ha dicho Muadnat, con quien estáis emparentado y para quien trabajáis?

Agdae se puso en pie, miró a Muadnat y asintió rápidamente.

– Así es, tánaiste de los Araglin. Es exactamente como mi tío lo expone.

Volvió a sentarse con la misma rapidez.

Crón se dirigió a Archú y le hizo una señal para que se levantara.

– Ya habéis oído los cargos que se os imputan. ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa, Archú? ¿Refutáis acaso los hechos tal como hasta ahora se han presentado?

El joven se puso en pie. La expresión en su rostro era de clara resignación. Scoth le cogió una mano, como para consolarlo.

– Es cierto -respondió como invadido por la fatiga-. Los cerdos se escaparon de mis tierras, atravesaron el cercado y causaron daños en la tierra de Muadnat, tal como él ha dicho.

Muadnat sonrió triunfante.

– Lo admite -observó en voz alta, como para hacer hincapié sobre el asunto ante el tribunal.

Crón no le hizo caso.

– ¿No tenéis nada que alegar en defensa propia? -insistió Crón.

– Nada. Yo había construido un corral provisional para los cerdos, lo mejor que pude, y me encontré con que estaba derribado. Los cerdos no lo habían destruido.

Crón se inclinó impaciente.

– ¿Afirmáis que el cercado fue derribado deliberadamente?

– Así lo creo yo.

Muadnat soltó una risotada.

– La desesperación obliga al joven a mentir. No podéis creer eso.

– ¿Podéis dar el nombre de la persona responsable? -preguntó Crón-. Si es así, tenéis que probar la acusación.

Archú miró con odio a Muadnat.

– No puedo hacer esa acusación. No tengo testigos que lo confirmen. Yo no vi quién destruyó el corral de los cerdos. No me puedo defender.

– ¡Los hechos están claros! -gritó Muadnat impaciente-. El chico los admite. Dadme la compensación…

– ¿Tenéis algo más que decir, Archú? -inquirió Crón.

– Juzgadme según vuestra voluntad -dijo el joven, resignado, y volvió a sentarse.

Entonces Fidelma se inclinó hacia delante y le tocó el brazo a Crón suavemente.

– ¿Podríais permitirme que hiciera algunas preguntas para esclarecer algunos puntos?

Crón accedió.

– Proceded.

– Mi primera pregunta va dirigida a Archú. ¿Cuándo llegasteis a tener posesión legal de vuestra granja y fuisteis propietario de vuestros cerdos?

Archú se la quedó mirando sorprendido.

– Pero vos lo sabéis -protestó.

– Contestad a la pregunta -replicó Fidelma con firmeza.

– En el momento del juicio que vos misma presidisteis en Lios Mhór.

– ¿Hace cuánto tiempo de eso?

– Hace cuatro días, nada más -respondió Archú, sacudiendo la cabeza como si creyera que Fidelma había perdido la razón.

– ¿Y vos, Muadnat, estáis de acuerdo con esto?

Muadnat se echó a reír con burla.

– Vos dictasteis la sentencia a su favor. ¿Lo habéis olvidado tan pronto?

– ¿Así que Archú lleva cuatro días de propietario de la granja? ¿Ambos estáis de acuerdo?

– Sí; la granja es suya y los cerdos son suyos y suya es la responsabilidad -gruñó Muadnat, sonriendo triunfalmente a su sobrino Agdae, que estaba sentado e iba asintiendo a todo con la cabeza.

– ¿Y tengo razón al sugerir que antes de que Archú fuera propietario de la granja y de los cerdos, vos, vos mismo, erais el propietario de la misma granja y de los cerdos? -inquirió Fidelma.

Por primera vez la sospecha brilló en los ojos de Muadnat.

– Lo sabéis bien -replicó con jactancia, pero también con cierta intranquilidad en la voz.

– ¿Cultivabais la tierra que ahora es de Archú de forma separada, o como una adyacente a las vuestras?

Muadnat volvió a dudar, sin entender realmente el sentido de aquellas preguntas, pero intuyendo una trampa.

Se dirigió a Crón.

– Los hechos se han expuesto ante vos, tánaiste de Araglin. No sé qué insinúa esta mujer.

– Contestad a la pregunta -insistió Fidelma-. La ignorancia del sentido de la pregunta no es excusa para no contestar a una dálaigh de los tribunales. Ya sois culpable de insulto.

La brusquedad de sus palabras hizo que Muadnat parpadeara y tragara saliva. Miró suplicante a Crón, pero la tánaiste simplemente le hizo una señal para que respondiera.

– Las cultivaba como una -admitió en tono brusco.

Fidelma asintió con la cabeza impaciente, como si conociera la respuesta desde hacía tiempo y simplemente estuviera esperando que la pronunciara.

– La ley establece que los cercados divisorios entre granjas han de mantenerse claramente. Ésta es la ley con la que queréis que os juzguemos, ¿no es así? -preguntó Fidelma.

Muadnat no respondió.

– ¿Conservasteis los cercados divisorios?

– La granja que ahora pertenece a Archú fue mía durante años. Quité los cercados divisorios porque no eran necesarios.

– La ley falló que la granja que pertenece a Archú no era vuestra y que durante los años que os ocupasteis de ella lo habíais hecho solamente en calidad de tutor legal de los intereses de vuestro pariente, Archú -replicó Fidelma-. ¿Admitís que retirasteis los cercados entre su granja y la vuestra?

Crón miraba a Fidelma con admiración no disimulada, ya que de repente se dio cuenta del sentido de las preguntas. Dejando a un lado su anterior actitud de enfrentamiento con Fidelma, Crón era inteligente y sabía apreciar la mente perspicaz de la abogada y sus conocimientos legales.

– ¿Admitir? -Muadnat estaba confuso-. ¿Por qué mantener una división entre tierras que eran mías?

Fidelma se permitió sonreír ligeramente.

– ¿Retirasteis los cercados divisorios?

– Sí, lo hice.

Fidelma se dirigió entonces a Crón aparentemente satisfecha.

– Ahora ya estoy dispuesta a asesoraros legalmente, tánaiste de Araglin, a menos que queráis hacer alguna pregunta más. El asunto está claro para mí. ¿Queréis mi asesoramiento en privado o en público?

– Yo creo que los litigantes tienen derecho a oír lo que dice la ley -replicó Crón con solemnidad.

– Muy bien. En primer lugar, sabemos que Archú se convierte en propietario de facto -es decir, en realidad- de la propiedad hace tan sólo cuatro días. Hasta ese momento, el propietario de jure -es decir, legal era Muadnat, quien se ocupaba de la granja. Muadnat admite que retiró los cercados divisorios entre las dos granjas. Esto, según la ley, es un acto ilegal, aunque podríamos excusar a Muadnat argumentando que él creía que actuaba legalmente.

Muadnat se levantó e intentó interrumpirla.

– Permaneceréis en silencio mientras la dálaigh habla -dijo Crón con aspereza.

Cranat, que llevaba todo el rato sentada como una estatua, se movió incómoda.

– Hija, ¿hay necesidad de dirigirse con tal dureza a un pariente que ha servido lealmente a vuestro padre? -protestó-. Es una vergüenza en presencia de extraños.

Muadnat se había callado y de inmediato se había vuelto a sentar.

Crón miró enfadada a su madre.

– Soy tánaiste; una tánaiste que está juzgando. La sala debe permanecer callada, madre. Incluida vos.

Cranat miró sorprendida a su hija y cerró la boca de golpe.

– Proceded, sor Fidelma -le ordenó Crón al cabo de un momento.

Fidelma continuó.

– En segundo lugar, teniendo en cuenta que Archú tomó posesión de las tierras hace tan sólo cuatro días, ha de suponerse que no ha tenido tiempo de asegurar los cercados.

– La ley es clara -gritó Muadnat con obstinación-. El tiempo no importa. Él es el responsable de los cercados.

– No es así -replicó Fidelma, que seguía hablando directamente a Crón-. El tiempo sí importa. El Bretha Comaithchesa es extremadamente preciso. Los poseedores de granjas adyacentes son responsables del cercado que divide sus propiedades; el cercado es una propiedad común, de manera que cada uno debe llevar a cabo la parte que le corresponde del trabajo conjunto. -Se volvió hacia el fornido granjero-. ¿Qué habéis hecho para reconstruir el cercado común que previamente habíais destruido, Muadnat?

Muadnat se puso rojo. Ya no era capaz de articular palabra. Una vez más tenía la sensación de que estaba perdiendo, y no tenía la capacidad intelectual para entender por qué.

– Nada, he de deducir de vuestro silencio -señaló Fidelma secamente-. En cuanto a que no se ha de tener en consideración el tiempo, el tiempo es precisamente un factor principal, ya que la ley es clara. Cuando una persona toma posesión de una granja, tiene tres días para marcar los perímetros; al cabo de diez días el cercado ha de estar acabado. Fidelma hizo una pausa antes de volver a girarse hacia Crón.

– Éste es el asesoramiento legal que he de dar. Vos juzgaréis, Crón, según la ley.

Crón hizo una mueca irónica.

– Entonces resulta obvio que hay que rechazar la acusación de Muadnat. Archú no ha tenido tiempo, tiempo legal, de levantar un cercado.

Muadnat se levantó lentamente; temblando de rabia.

– Pero yo he dicho que dejó, por negligencia y malicia, que sus cerdos pasaran a mi propiedad.

– No se le puede acusar de negligencia -replicó Crón-. En cuanto a la malicia, no voy a tenerla en cuenta. Vos sois igualmente responsable de la construcción del cercado divisorio, Muadnat. De hecho, sor Fidelma ha sido generosa en su interpretación de la ley al sugerir que deberíais ser absuelto de haber derribado los cercados. Yo no sería tan generosa. Aseguraos de que esos cercados se vuelven a levantar y en el tiempo prescrito.

Muadnat miraba a Fidelma frunciendo el ceño. Su odio era evidente. Estaba a punto de decir algo cuando Agdae, su sobrino, lo agarró del brazo y sacudió la cabeza como advirtiéndolo.

– Y una cosa más -añadió Crón-. Al presentar esta acusación sin tener en consideración todas las cuestiones implicadas y sin verdadero conocimiento de la ley, pagaréis un sed a sor Fidelma por su asesoramiento legal y otro a mí. Esta multa, en moneda o en el equivalente a dos vacas lecheras, se la entregareis a mi administrador al final de esta semana.

Muadnat dio medio giro para irse, pero Crón hizo que se detuviera.

– Todavía queda el asunto de la multa por insultar a una dálaigh sucedido al inicio de esta vista.

Se volvió hacia Fidelma con mirada interrogativa.

La abogada, con el rostro inexpresivo, respondió a Crón.

– La multa por ese insulto, que debería ser el precio de mi honor, será que Muadnat done lo que vale una vaca lechera a la iglesia del rath para su mantenimiento o su equivalente en trabajo para reparar la estructura del edificio de la iglesia. Lo que él elija.

Muadnat casi explota de ira.

– ¿Creéis que soy ciego a vuestros intereses, tánaiste? -gritó-. ¡Eso, tánaiste! Tánaiste por soborno y corrupción. No sois…

El padre Gormán se levantó bruscamente y se adelantó.

– ¡Muadnat! ¡Comportaos! -le amonestó.

El sacerdote posó su mano sobre el brazo del granjero rabioso y Agdae lo ayudó a sacar a Muadnat de la sala de asambleas. Se le oía gritar fuera del edificio. Cranat esperó unos minutos más, después se levantó y con una prisa casi indecente abandonó la sala.

Crón dirigió la mirada hacia Archú y Scoth, que estaban abrazándose y sonreían.

– La acusación queda desestimada, Archú, pero permitidme que os dé algunos consejos…

Archú se giró expectante, intentando que su expresión fuera más contenida y respetuosa.

– Tenéis un enemigo implacable en Muadnat. Sed cauto.

Archú inclinó la cabeza agradeciendo el consejo de su tánaiste y luego sonrió ampliamente mirando a Fidelma. Scoth y él se cogieron de la mano y salieron corriendo de la sala.

Crón se retiró y suspiró profundamente; después miró a Fidelma con cierta admiración.

– Hacéis que el laberinto de los textos legales parezca un camino recto, Fidelma. Ojalá tuviera yo esa capacidad y vuestros conocimientos.

Fidelma se mostró indiferente al cumplido.

– Eso es lo que me han enseñado a hacer.

– Mi advertencia a Archú es válida igualmente para vos. Muadnat es implacable. Era un primo lejano y amigo de mi padre. Quizá no hubiera tenido que ser tan dura con él. Mi madre desaprobará mi actuación.

– Está claro que vuestra madre considera a Muadnat un buen amigo.

– Un jefe no puede tener buenos amigos. Yo no puedo juzgar basándome en la amistad.

– Sólo podéis hacerlo según manda la ley -observó Fidelma-. Igual que yo. Un brehon o un jefe han de estar por encima de la amistad al interpretar la ley.

– Sé que lo que decís es cierto. Pero Muadnat ha tenido poder en Araglin. También sigue siendo un buen amigo del padre Gormán.

Fidelma estaba pensativa.

– ¿Habéis dicho que Muadnat era pariente y amigo de vuestro padre, Eber?

– Sí. Crecieron y lucharon juntos contra la Uí Fidgente.

Fidelma consideró esas palabras un momento. Después se encogió de hombros. Al menos Muadnat no podía estar involucrado en la muerte de Eber, ya que estaba en Lios Mhór en el momento de su asesinato. Se levantó y miró hacia donde Dubán había permanecido de pie, bien erguido.

– ¿Tal vez sea el momento de ir en busca de ese ermitaño, Gadra?

Crón se levantó y, por primera vez desde que Fidelma había llegado al rath, se mostró efusiva. A pesar de lo que había dicho, parecía haber disfrutado derrotando a Muadnat y estaba ruborizada debido al entusiasmo.

– Fidelma, he visto vuestra diligencia con la ley. Me doy cuenta, quizás algo tarde, de que seréis igualmente diligente para descubrir la verdad de la muerte de mi padre. Tan sólo quisiera… -Fue lo más que se acercó a disculparse por su comportamiento. Dudó un momento y después continuó-. Me gustaría que supierais que haré todo lo que pueda para ayudaros en la investigación.

Fidelma alzó una ceja interrogante.

– ¿Hay algo más que creáis que debería saber?

Por un momento le pareció percibir una mirada de ansiedad en los ojos pálidos de la tánaiste de Araglin.

– ¿Algo más? No creo. Sólo lo digo porque he actuado con mucho orgullo desde que llegasteis aquí. No cuesta nada ser educado.

– Si pensáis así, seréis un jefe justo para vuestra gente de Araglin -contestó Fidelma con tono grave-. Y eso es más importante que una capa.

Crón parecía acomplejada y tocó la hebilla de oro que sujetaba su capa al hombro.

– Es costumbre en Araglin que todos los jefes y sus esposas lleven una capa de varios colores y guantes, algo distintivo de su cargo -dijo la joven sonriendo.

– Ese cargo requiere una gran responsabilidad -observó Fidelma-. A veces requiere un tiempo ajustarse a los cambios de la vida.

– Sigue sin ser una excusa para la arrogancia. Habéis mencionado a Gadra y eso me recuerda una enseñanza suya, de cuando estaba en el rath y yo era una niña. Yo era pequeña, pero recuerdo bien sus palabras. Dijo que los orgullosos se sitúan a una distancia de los otros, y observando a los otros desde esa distancia se creen que son pequeños e insignificantes. Sin embargo, la misma distancia hace que ellos también resulten pequeños e insignificantes para los demás.

Fidelma sonrió complacida.

– Entonces Gadra es un hombre sabio. Realmente, si no se levanta la vista uno siempre se cree que está en el punto más alto. Vamos, Dubán, vayamos en busca de ese sabio.

– Si todavía vive -añadió Dubán con pesimismo.


Capítulo XI

<p>Capítulo XI</p>

Dubán y Fidelma tomaron el estrecho sendero que serpenteaba por entre los grandes robles del bosque y atravesaba la montaña. El hermano Eadulf iba detrás vigilante. Con tanto oír hablar de bandidos, le parecía que bandas enteras de forajidos podían ocultarse en lugares tan sombríos sin ser vistos por los viajeros, tan densos e impenetrables eran los bosques de las montañas que rodeaban Araglin. Los árboles crecían unos tan cerca de otros que ocultaban el azul del cielo y el suave sol primaveral. El aire era fresco, y Eadulf observó que habían florecido pocas flores primaverales, pero estaba lleno de plantas y arbustos de hoja perenne que crecían bien en aquella atmósfera fría, sombría y húmeda de los bosques.

Eadulf cabalgaba con mirada vigilante, pero con el cuerpo relajado; dejaba que su montura fuera al paso, sin prisa.

El silencio era casi opresivo. De vez en cuando se oía algún crujido entre la maleza y Eadulf percibía el canto de algunos pájaros.

– Un lugar oscuro y lóbrego para habitar -gritó Eadulf, rompiendo el silencio en el que llevaban cabalgando desde que habían penetrado en esa parte de los bosques.

Dubán se giró sonriendo ligeramente.

– Es propio de los ermitaños habitar en lugares que no atraen a los demás, sajón -respondió.

– Yo he conocido lugares más saludables -respondió Eadulf-. ¿Qué sentido tiene vivir como un ermitaño si perjudica la salud?

– Una buena pregunta, sajón -respondió el guerrero sonriendo entre dientes-. Sin embargo, dicen que Gadra debe de tener ochenta años. Y me sorprendería que estuviera vivo.

– Continuad explicándonos -intervino Fidelma-. Explicadnos lo que sepáis de Gadra. Sabemos que es un ermitaño y que al parecer es un hombre sabio. ¿Qué más sabéis de él?

– Poca cosa. Gadra es Gadra. Para mí siempre ha tenido la misma edad.

– ¿Se sabe algo de sus orígenes? -insistió Fidelma.

Dubán se encogió de hombros.

– Dicen que era un hombre religioso de los tiempos paganos.

– ¿Un druida? -preguntó Fidelma.

Era cierto que en algunos lugares de los cinco reinos todavía se encontraban seguidores de los antiguos dioses. La propia Fidelma había conocido a algunos miembros solitarios que todavía se aferraban a las antiguas costumbres, a las antiguas creencias. Ella misma apreciaba algunas de sus filosofías. La nueva fe en Cristo no llevaba tanto tiempo implantada en aquella tierra para que las antiguas costumbres resultaran anacrónicas.

– Supongo que se les debía de llamar así. Cuando yo era niño, nos explicaban historias del viejo Gadra. Siempre nos han hablado de él; nos advertían de que no nos acercáramos a él porque el sacerdote decía que realizaba sacrificios humanos a los antiguos dioses en estos robledales.

Fidelma resopló despectivamente.

– Siempre se habla de sacrificios humanos cuando no se entiende la verdad de un culto religioso. La fundadora de Kildare, santa Brígida, era druidesa e hija de un druida. No hay nada que temer. Pero decidme más cosas de Gadra; ¿se sabe cuándo llegó a este lugar?

– No en la época de Eber, desde luego -respondió Dubán-. Creo que vino cuando el padre de Eber era un niño. Tenía el don de sanar y de la sabiduría.

– ¿Cómo podía tener el don de sanar si no creía en la verdadera fe? -preguntó interrumpiendo Eadulf con cierta indignación.

Fidelma sonrió burlonamente a su compañero.

– No se puede discutir con esa lógica -replicó Fidelma con malicia.

Eadulf no estaba seguro de si se estaba burlando de él.

– ¿Hacía las curaciones en nombre de Cristo Salvador? -preguntó Eadulf.

– Simplemente, curaba a los que acudían a él con alguna aflicción. Lo hacían en nombre de nadie -respondió Dubán-. Por supuesto, el padre Gormán denunciaba a cualquiera que hubiera ido a que Gadra lo curara. Pero hace algunos años que no oigo hablar de Gadra. Os digo que está muerto y que este viaje es una pérdida de tiempo.

Eadulf estaba a punto de hablar cuando, de repente, Dubán levantó una mano para pedirles que tiraran de las riendas de sus caballos.

– Allí delante veo un claro. Creo que estamos cerca de donde vivía.

Fidelma oteó hacia delante con ansiedad.

– ¿Éste es el lugar donde vive Gadra?

Dubán asintió con la cabeza.

– Quedaos aquí. Dejadme que vaya yo primero -dijo en voz baja- porque si todavía vive, creo que me reconocerá.

Hizo que su caballo se colocara delante del de Fidelma y empezó a avanzar por el sendero, en dirección a la zona iluminada del claro que tenían delante.

Fidelma observó que el claro era pequeño y que desde allí se oía el susurrante gorgoteo de un riachuelo. Le pareció distinguir una construcción de madera entre los árboles.

De repente se oyó la voz de Dubán.

– ¡Gadra! ¡Gadra! ¡Soy Dubán de Araglin! ¿Todavía estáis vivo?

Durante un momento no se oyó nada.

Después, una voz respondió. Era una voz de edad, aunque profunda y resonante.

– Si no es así, Dubán de Araglin, entonces seguro que quien te contesta es un fantasma.

Volvió a oírse la voz de Dubán pero en tono más bajo. Ni Eadulf ni Fidelma podían oír lo que se decía. Al poco rato, Dubán les gritó que se acercaran hasta el claro.

En un trozo de tierra plano, junto a una corriente de la montaña, había una cabaña de madera, bien construida y con el techo de paja. El lugar estaba cultivado. Un pequeño jardín de hierbas y verduras y algunos árboles frutales lo rodeaban. Dubán había desmontado, había atado su caballo a un arbusto y estaba de pie cerca de otro hombre. Era anciano, bajo, con un mechón de cabello cano, y se apoyaba en un bastón de endrino. A primera vista parecía frágil, pero Fidelma sospechó que esa fragilidad era engañosa. Era delgado, pero nervudo. Llevaba una túnica suelta teñida con azafrán y alrededor de su cuello un collar de oro con antiguos símbolos que Fidelma no había visto nunca.

La religiosa descendió de su caballo, le entregó las riendas a Eadulf y avanzó hacia el anciano. Se detuvo a algunos pasos.

– Dios os bendiga, Gadra -lo saludó inclinando ligeramente la cabeza.

El rostro al que miraba Fidelma era amable, con la piel morena y curtida por el sol, y en la que destacaban unos ojos brillantes. Parecían más grises que azules. La cascada de cabello cano le enmarcaba la cara, le llegaba hasta los hombros y se mezclaba con una barba sedosa y corta que permitía ver el collar que le colgaba en el pecho. No había ninguna duda de que Gadra era viejo, pero resultaba imposible determinar su edad, ya que su rostro era todavía juvenil y sin arrugas; sólo los hombros cargados denotaban el paso de los años.

Aquel rostro miró a Fidelma con humor.

– Sois bienvenida a este lugar, Fidelma, hija de Failbe Flann.

Fidelma se sorprendió un poco.

– ¿Cómo…?

Vio que el hombre se reía y entonces ella sonrió y se encogió de hombros.

– ¿Qué más os ha contado Dubán?

Gadra asintió en señal de aprobación.

– Tenéis una mente rápida, Fidelma -dijo lanzando una mirada por encima del hombro de ella hacia donde estaba Eadulf, atando los caballos a un arbusto-. Venid, hermano Eadulf de Seaxmund's Ham. Venid, que nos sentaremos y hablaremos un rato.

Fidelma, como solía hacer cuando era una joven alumna de Morann de Tara, se sentó con las piernas cruzadas sobre la hierba ante el anciano, como una novicia ante su maestro. Gadra sonrió con aprobación. El hermano Eadulf prefirió acomodarse en una piedra redonda. También Dubán debió de pensar que su dignidad se vería mermada si se sentaba en el suelo y buscó otra piedra. Gadra, como si todavía fuera joven, se sentó en la hierba frente a Fidelma.

– Antes de que hablemos -empezó diciendo Gadra, al tiempo que levantaba la mano para tocar la medialuna de oro que colgaba de su cuello-, ¿os molesta esto?

Fidelma echó una mirada al símbolo.

– ¿Por qué habría de molestarme?

Gadra señaló el crucifijo que llevaba Fidelma.

– ¿No está reñido con eso?

Fidelma negó con la cabeza lentamente.

– Esa medialuna ha sido el símbolo de la luz y el conocimiento entre nuestra gente a lo largo de innumerables siglos. No le temo. ¿Por qué tendría que ofenderme?

– Sin embargo ofende a muchos que abrazan la nueva fe.

Eadulf se agitó incómodo; le resultaba molesto estar en compañía de alguien que llevaba un símbolo de la fe pagana.

– ¿No habéis abrazado la fe de Jesucristo? -preguntó Eadulf.

Gadra levantó la mirada y sonrió.

– Yo soy un hombre viejo, hermano sajón. En mí, a los antiguos dioses y diosas de nuestro pueblo les cuesta morir. Sin embargo, no me molestan vuestras nuevas costumbres, pensamientos y esperanzas. La propia naturaleza de las cosas hace que lo viejo muera y lo nuevo tenga que vivir. Es también el peligro de este mundo, al igual que su bendición. Ésa es la naturaleza de los hijos de Danu, la madre diosa. La vida muere y vuelve a nacer. La vida vuelve a nacer y muere. Es un ciclo interminable. Los antiguos dioses mueren, los nuevos nacen. Llegará el momento en que también mueran y surjan nuevos dioses.

Fidelma oyó que Eadulf farfullaba algo y se apresuró a hablar.

– Todos somos prisioneros de nuestro tiempo.

Gadra mostró su aprobación con una sonrisita.

– Tenéis percepción, Fidelma. ¿O es simplemente sensibilidad? ¿Podéis decirme qué es más rápido que el viento?

– El pensamiento -respondió Fidelma al momento, dándose cuenta enseguida del juego del viejo.

– Ah. Entonces ¿qué es más blanco que la nieve?

– La verdad -respondió al punto.

– ¿Qué, entonces, es más afilado que una espada?

– La inteligencia.

– Entonces nos entendemos bien, Fidelma. Soy el depositario de lo antiguo y mucho se perderá cuando me vaya. Pero así son las cosas. Y por eso he venido al bosque a morir.

Fidelma se quedó callada un rato y luego habló.

– ¿Dubán os ha dado las noticias de Araglin?

– Me ha dicho quién erais. Eso y nada más. Que buscáis algo de mí resulta obvio.

– Eber, el jefe de Araglin, ha sido asesinado.

Gadra no se mostró sorprendido.

– En mis tiempos se celebraba la muerte de un alma en este mundo ya que significaba que un alma había renacido en el Otro Mundo. Era costumbre llorar el nacimiento, ya que significaba que un alma había muerto en el Otro Mundo.

– La muerte de Eber es lo que de veras me preocupa, Gadra, ya que soy abogada de los tribunales de los cinco reinos.

– Disculpadme si hablo como un filósofo. Desde luego, la manera de irse al Otro Mundo es preocupante. Supongo que Muadnat es el jefe de Araglin ahora.

Fidelma se lo quedó mirando sorprendida.

– Crón es tánaiste y será la jefa cuando el derbfhine de su familia la confirme en el cargo.

Gadra lanzó una mirada al lado, pero no volvió a hacer referencia a Muadnat.

– ¿Así que Eber está muerto? ¿Y vos, chiquilla, sois dálaigh, abogada de los tribunales y habéis venido a investigar?

Por una vez a sor Fidelma no le importó demasiado que la llamaran «chiquilla», ya que lo hacía ese anciano místico.

– Así es.

– ¿Qué queréis de mí?

– Móen fue encontrado junto al cuerpo de Eber con un cuchillo lleno de sangre en la mano.

Por primera vez, el humor calmado del rostro del anciano se transformó en asombro. Pero enseguida se borró. Tenía un gran control de sí mismo.

– ¿Queréis decirme que se supone que Móen ha asesinado a Eber? -preguntó con voz serena.

– Lo acusan de ese asesinato -confirmó Fidelma.

– Si no hubiera vivido tanto y no hubiera visto tantas cosas, nunca diría que ese chico era capaz de quitar una vida.

Fidelma frunció el ceño y se inclinó hacia delante.

– No estoy segura de seguiros. ¿Aceptáis que cometió el asesinato?

– En circunstancias especiales, incluso el más dócil de los humanos puede matar. Móen es el más dócil de los humanos.

Fidelma hizo una mueca.

– Dócil no es la palabra que otros usarían.

Gadra dejó ir un suspiro.

– Creedme, el chico es sensible y calmado. Lo sé porque lo he visto crecer desde que era un bebé. Teafa y yo le enseñamos todo lo que sabe.

Fidelma se quedó mirando al hombre durante unos minutos.

– ¿Le enseñasteis? -inquirió con énfasis.

– Eso he dicho. ¿Qué dice el chico al respecto? ¿Qué dice Teafa?

– Móen es sordo, mudo y ciego. ¿Qué va a decir?

Gadra resopló impaciente.

– A través de Teafa, por supuesto. Se comunica a través de Teafa. ¿Qué dice ella?

– Ah… -Fidelma expiró lentamente, lamentando no haberlo explicado todo.

Gadra la miraba con curiosidad.

– ¿Le ha pasado algo a Teafa? Os lo veo en la cara.

– Sí. Teafa está muerta.

Gadra se quedó sentado inmóvil y bien tieso.

– Rezaré una oración por un buen renacimiento en el Otro Mundo -dijo en voz baja-. Era una mujer buena y con un alma grande. ¿Cómo murió? ¿La mató Eber? ¿Fue entonces cuando el chico lo atacó, para defender a Teafa?

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación, intentando detener la reacción de sus pensamientos.

– Móen también está acusado de haber apuñalado a Teafa y luego ir al dormitorio de Eber y asesinarlo.

– ¿Cómo puede ser?

Gadra, a pesar de años de autodisciplina, de controlar sus emociones, estaba claramente consternado.

– La acusación es cierta. Pero yo he venido para averiguar los hechos.

– Entonces, hay un error -replicó Gadra con decisión-. Aunque admito que Móen podría, si se viera provocado, atacar a Eber, nunca se volvería contra Teafa. Teafa le ha hecho de madre.

– No es la primera vez que un hijo mata a su madre -intervino Eadulf.

Gadra no le hizo caso.

– ¿Alguien se ha podido comunicar con Móen desde la muerte de Teafa?

Fidelma negó con la cabeza.

– Me dijeron que sólo Teafa podía comunicarse con Móen. Nadie más sabía cómo hacerlo. No oye, no ve y no habla.

Gadra estaba triste.

– Hay otras formas de comunicación. El chico puede tocar, oler y sentir vibraciones. Si el destino nos niega alguno de nuestros sentidos, podemos desarrollar otros. ¿Así que nadie se ha comunicado con él desde que sucedió esto tan terrible?

– Yo he sido incapaz. Por eso estoy aquí. Me han dicho que vos conocíais ese medio de comunicación.

– Así es. Como he dicho, yo enseñé al chico junto con Teafa. He de regresar con vos al rath de Araglin enseguida y hablar con él -dijo el anciano con determinación.

Fidelma estaba sorprendida. Ella deseaba un consejo, pero nunca se le ocurrió pensar que el anciano insistiría en ir al rath.

– Si lo conseguís creeré en todos los milagros sin reserva alguna.

– Cabe tal posibilidad -le aseguró Gadra-. Pobre Móen. ¿Podéis imaginaros lo que debe de ser para alguien prisionero de ese cuerpo ser incapaz de conocer o comunicarse con los que le rodean? Debe de estar asustado y desesperado, ya que no sabe lo que ha sucedido.

Eadulf volvió a inclinarse hacia delante.

– Si es inocente de las acusaciones, estará pasando por un suplicio -admitió-. Pero alguien más del rath debía de saber cómo comunicarse con Móen, aparte de Teafa.

Gadra dirigió su mirada a Eadulf sacudiendo la cabeza.

– Sois práctico, sajón. La respuesta a vuestra pregunta es que sólo Teafa tuvo la paciencia de aprender de mí. Podía haber intentado enseñárselo a alguien. Pero no creo que lo hiciera. Yo creo que ella sentía que era mejor mantenerlo en secreto.

– ¿Por qué?

– Sin duda, la respuesta a eso murió con ella.

Gadra se puso en pie y Fidelma no tardó en seguir su ejemplo.

– No tengo caballo -dijo el anciano-, así que me llevará un rato llegar al rath de Araglin.

– Podéis ir detrás de Dubán o del hermano Eadulf. No es problema.

– Entonces montaré con el hermano Eadulf -anunció el anciano.

Eadulf fue a buscar los caballos y Gadra se dirigió a Fidelma en voz baja.

– Vuestro Eadulf habla bien nuestra lengua.

Fidelma se sonrojó.

– Es un visitante de nuestro país. Un monje sajón que ha estudiado en nuestras escuelas -hizo una pausa y añadió en voz baja- y no es mi Eadulf.

Los ojos brillantes y divertidos se fijaron en ella interrogantes.

– Hay calidez en vuestra voz cuando habláis del sajón.

Fidelma notó que se ruborizaba.

– Es un buen amigo mío -replicó ella a la defensiva.

Gadra estudió su cara de cerca.

– Nunca neguéis vuestros sentimientos, chiquilla, en especial a vos misma.

El anciano entró en su cabaña, antes de que Fidelma pudiera articular una respuesta. Se sintió molesta por un momento para, enseguida, sorprenderse a sí misma sonriendo. Pagano o no, le gustaba la sinceridad y la sabiduría de ese anciano. Se volvió hacia Dubán y vio que éste la observaba inquisitivamente.

– Veo que os gusta ese hombre, a pesar de vuestras diferencias religiosas.

– Quizá las diferencias no sean tantas si retiramos los nombres que damos a las cosas. Todos provenimos de antepasados comunes.

– Tal vez.

El anciano regresó al cabo de un momento con una capa de viaje y un sacculus, una bolsa colgada del hombro, donde obviamente había puesto lo necesario.

– Decidme, hermano sajón -dijo, mientras Eadulf le ayudaba a montar al caballo-, supongo que mi antiguo antagonista, Gormán, todavía está en el rath.

– El padre Gormán es el sacerdote de Araglin.

– No mi padre -murmuró Gadra-. Yo no me opongo a llamar a cualquiera «mi hermano» o «mi hermana», pero no hay muchos en esta tierra a los que concedería el derecho de llamarlos mi padre, en especial uno cuya intolerancia es como un cáncer que roe el alma.

Eadulf intercambió una mirada con Fidelma al percibir la vehemencia del anciano, pero la diversión del sajón no encontró resonancia en los ojos de Fidelma, que se mostraba solemne.

– No os preocupéis por Gormán -dijo Fidelma al anciano, mientras subía a su montura-. Es bajo mi autoridad que vais al rath de Araglin.

Gadra sonrió o, al menos, su cuerpo nervudo se sacudió divertido.

– Cada persona es su propia autoridad, Fidelma -dijo el hombre.

Empezaron el viaje de regreso, por el sendero que atravesaba los grandes bosques de las montañas. Parecía que algún acuerdo mutuo y tácito los mantenía en silencio, de manera que sólo se oía la fuerte respiración de sus caballos avanzando por el camino del bosque. Incluso los sombríos montes carecían de sonidos, a pesar de que todavía era de día sobre el gran dosel que formaban las ramas.

Fidelma iba cabizbaja, ensimismada en sus pensamientos, intentando averiguar cómo este anciano y Teafa habían establecido un sistema de comunicación con alguien tan desvalido como Móen. Al cabo de un rato se olvidó de eso. El hecho de que él dijera que podía hacerlo ya estaba bien, pues ella aceptaba que Gadra era un hombre sincero. ¿No decían los sabios antiguos que por la Verdad la tierra resiste y por la Verdad nos liberamos de nuestros enemigos?

Echó una mirada atrás a Eadulf y se preguntó en qué estaría pensando. Debía de estar incómodo cerca de alguien que rechazaba la nueva fe y se aferraba a las costumbres de los antiguos. Gadra tenía razón al definir a Eadulf con la palabra «práctico»; era realista y pragmático. Aceptaba lo que le habían enseñado y una vez aceptado se adhería a esas enseñanzas sin cuestionarlas y sin desviarse. Era como un barco pesado abriéndose camino en el océano. Ella, en cambio, era una corteza ligera, a toda prisa de acá para allá, surcando las olas. ¿Era injusta con él? De repente, se acordó de una máxima de Hesíodo. Admira el barco pequeño pero pon la carga en uno grande.

Dejó ir un suspiro mentalmente y volvió al asunto que le preocupaba. Reflexionó respecto a la prueba que acababa de oír, pero al final concluyó que no había nada que hacer hasta que Gadra sacara algo de Móen. Fidelma se sentía inquieta porque tenía ganas de llegar al rath y ver qué podía decirles Móen. La impaciencia era, reconoció, su mayor defecto. Aceptaba las protestas de Eadulf respecto a su irritabilidad e impaciencia. Pero admitía que un espíritu inquieto era al menos una señal de estar vivo.

De repente se dio cuenta de que Dubán había tirado de sus riendas y levantaba una mano para que se detuvieran. Tenía la cabeza inclinada y parecía que escuchaba algo.

Se quedaron quietos un momento. El guerrero se giró y les hizo señal de que desmontaran.

– ¿Qué pasa? -susurró Fidelma.

– Varios caballos con pesada herradura -respondió Dubán en el mismo tono- y jinetes que no se ocultan. ¡Escuchad!

Fidelma inclinó la cabeza e incluso oyó voces que se gritaban entre ellas.

Con los ojos entornados, Dubán miró a su alrededor.

– Rápido -ordenó en voz baja- saquemos a nuestros caballos del sendero y metámoslos en el bosque. Por allí -señaló con una mano un camino- hay algunas rocas detrás de las cuales podemos escondernos.

A Fidelma se le ocurrieron varias preguntas, pero se mordió la lengua. Cuando un guerrero curtido lanzaba un consejo como ése no había lugar al debate.

Lo siguieron en gran silencio y con rapidez desde el sendero al bosque, atravesando la maleza hasta las rocas indicadas. Eadulf sujetaba los caballos y Gadra iba a su lado, mientras que Dubán y Fidelma avanzaron hasta el extremo de las rocas y se acuclillaron allí para observar el camino.

El ruido de varios hombres a caballo era ahora fácilmente reconocible y las risotadas sonoras y los gritos de los jinetes demostraban que no temían encontrar oposición alguna al transitar los bosques.

Fidelma miró a Dubán y el guerrero frunció el ceño al mirar hacia el camino. Estaba claramente ansioso.

– ¿Qué os preocupa? -murmuró Fidelma-. Estos bosques son de Araglin y vos sois el jefe de la guardia. ¿Por qué nos escondemos?

Dubán no movió la cabeza y habló en voz muy baja.

– A un guerrero se le enseña que no tiene que comprobar la profundidad de un río con los dos pies.

Hizo una pausa e inclinó la cabeza.

– Escuchad.

Fidelma escuchó los sonidos de los caballos que se aproximaban.

– Yo no soy un guerrero, Dubán. Decidme, ¿qué es lo que oís?

– Oigo el traqueteo de arneses de guerra, de espadas golpeando contra escudos, las pisadas de caballos bien herrados. Eso me indica que los jinetes son hombres armados. Si veo un sabueso en un corral de ovejas, primero me ocupo de que no cause daño a las ovejas.

Le hizo señal de que se callara.

A través de los árboles y arbustos que había entre ellos y el sendero del bosque se perfilaban las figuras a caballo. Eran una docena de jinetes. Iban sentados cómodamente sobre sus monturas. Varios llevaban ligeras capas de montar y escudos redondos colgados de los brazos. Otros portaban largas lanzas.

Al final de la columna y guiada por unas largas riendas que sostenían los últimos jinetes, iba media docena de asnos, una manada de animales fuertes, cargados con grandes alforjas llenas y pesadas.

Resultaba obvio que los jinetes no se sabían observados. Risas groseras resonaban entre sus filas y algunos lanzaban comentarios obscenos respecto a otros miembros del grupo.

Fidelma entornó los ojos. En la retaguardia de esa procesión, después de los asnos, cabalgaba un hombre sin capa. Fidelma distinguió un arco, colgado de uno de sus hombros. Pero el otro hombro estaba vendado y el brazo se aguantaba en cabestrillo.

Fidelma respiró profundamente.

La comitiva prosiguió su camino por el bosque. Ellos esperaron en tenso silencio, hasta que no se oyó nada más.

Lentamente, Dubán se puso en pie, seguido por Fidelma, y se dirigió hacia donde estaban Eadulf y Gadra con los caballos.

– No lo entiendo -dijo inmediatamente Eadulf-. ¿Por qué nos escondemos de esos jinetes?

Dubán, ausente, se tocaba la barba.

– Creo que son los ladrones de ganado que han estado atacando las granjas de Araglin.

– ¿Cómo lo sabéis? -preguntó Fidelma.

– He visto un cuerpo de hombres bien armados que no son de esta cañada. ¿Por qué están aquí? Sabemos que unos hombres armados han asaltado nuestras granjas. ¿No resulta lógico que sean éstos?

– Bastante lógico -admitió Eadulf con renuencia.

– Si fueran ladrones de ganado, ¿por qué van con esos asnos tan cargados? ¿Y adónde?

– Este camino va hacia el sur y en dirección a la costa. Se puede llegar a Lios Mhór o Ard Mór en poco tiempo -explicó Gadra.

– ¿Es éste camino más rápido para llegar a Lios Mhór que el que pasa por el hostal de Bressal -preguntó Fidelma, recordando lo que había dicho el posadero.

– Se tarda medio día menos en llegar a Lios Mhór por este camino que por el del hostal de Bressal -confirmó el anciano.

– Quienesquiera que fueran esos hombres -intervino Eadulf-, seguro que no iban a hacernos daño. Yo tal vez sea un extraño aquí, pero algo he aprendido y es que no existe la costumbre de tratar con violencia a los que llevan hábitos de la fe.

– Mi hermano sajón -dijo Gadra poniéndole una mano en el brazo-, con un buen incentivo, incluso la costumbre más establecida puede infringirse. Para protegeros tan sólo tenéis que confiar en vuestro sentido común y no en las ropas que lleváis.

– Buen consejo -admitió Fidelma-. Porque ya nos hemos encontrado al menos una vez con uno de esos hombres.

Eadulf arqueó las cejas sorprendido.

– ¿Sí? -preguntó.

– ¿Dónde? -inquirió Dubán.

– El que lleva el brazo en cabestrillo -continuó Fidelma imperturbable a pesar de la consternación que mostraron los demás- era uno a los que Eadulf disparó hace dos mañanas, cuando el hostal de Bressal fue atacado. La flecha se clavó bien.

– ¿Eadulf disparó una flecha al atacante?

El viejo Gadra miró a Eadulf con verdadera sorpresa. Luego se echó a reír entre dientes.

Eadulf resopló molesto.

– A veces confío en otros medios para defenderme, y no sólo en las ropas que llevo -replicó secamente a modo de explicación.

Gadra le dio una palmadita en el hombro.

– Creo que me gustaréis, hermano sajón. A veces me olvido de la necesidad de la pragmática. No se puede atravesar un río remando a menos que se tengan remos.

Eadulf no estaba muy seguro de cómo había que interpretar el comentario del anciano pero decidió que era un cumplido.

Dubán seguía serio.

– ¿Estáis seguros de que éstos son los hombres que atacaron el hostal de Bressal?

Fidelma asintió con la cabeza.

– Fuimos testigos.

– Creo que hemos de regresar al rath de Araglin cuanto antes.

– ¿Y Menma? -empezó a preguntar Eadulf, pero Fidelma lo hizo callar con una mirada airada.

Dubán se giró hacia él con el ceño fruncido, sin percibir la mirada admonitoria de Fidelma.

– ¿Qué hay de Menma? -preguntó.

– Eadulf estaba pensando en que hay que proteger el rath por si esos bandidos atacan -explicó rápidamente Fidelma.

Dubán sacudió la cabeza.

– Menma no será de gran ayuda. Pero está el joven Crítán y otros guerreros. Sin embargo, estos bandidos cabalgan en dirección contraria al rath, así que no tenemos que preocuparnos por su seguridad, hermano.

Eadulf se encogió de hombros, dándose cuenta de que por un motivo u otro Fidelma no quería revelar, por el momento, que Menma era uno de los que habían asaltado el hostal de Bressal. Fidelma le lanzó una mirada fulminante y empezó a conducir su caballo detrás de Dubán.

Eadulf se dio cuenta de que Gadra lo examinaba con expresión comprensiva.

Se giró irritado y condujo su caballo detrás de Dubán y Fidelma, de nuevo hasta el sendero.

Esta vez Dubán iba más deprisa, se puso al medio galope cuando el camino entre los estrechos desfiladeros y bajo las ramas descolgadas lo permitía. Al cabo de unos minutos, Gadra, sentado detrás de Eadulf, abrió la boca junto a su oído.

– Consolaos, hermano sajón -dijo el anciano de manera que sólo él pudiera oír-. Si lo pensáis dos veces antes de hablar, hablaréis dos veces mejor.

Eadulf apretó los labios y maldijo en silencio la presencia del anciano.


Capítulo XII

<p>Capítulo XII</p>

Crítán acompañó a Móen al hostal de huéspedes, lugar que Fidelma había considerado el más adecuado para interrogarlo, alejado del entorno de las caballerizas donde había estado recluido. Además de Fidelma y Eadulf sólo estaba Gadra. Dubán discutía el asunto de los ladrones de ganado con Crón.

Todos se callaron cuando el joven guerrero, todavía haciendo muestras de arrogancia, introdujo al desgraciado Móen en la estancia, casi a rastras y a empujones. Fidelma percibió con satisfacción que al menos se seguía ocupando del aseo de Móen para que pareciera un ser humano. Sintió compasión por aquella pobre criatura cuando lo empujaron hasta el interior de la habitación, ya que su rostro denotaba terror; no sabía, no entendía lo que sucedía a su alrededor.

Crítán lo obligó a sentarse y él casi se repantigó en la silla inclinando la cabeza. El joven guerrero les lanzó una mirada burlona.

– ¿Bien? -preguntó-. ¿Y ahora? ¿Qué trucos le vais a pedir que haga?

Gadra se adelantó airado respirando con fuerza. Por un momento Fidelma pensó que el viejo iba a golpear al joven arrogante.

Entonces sucedió algo curioso.

Móen empezó a olisquear, levantando la cabeza y oliendo al aire. Por primera vez se percibió una expresión de esperanza en sus rasgos, y empezó a emitir unos gemidos suaves.

Gadra se dirigió directamente a su lado, se sentó en una silla y le agarró una mano.

Fidelma no podía creer que la cara de la criatura pudiera transformarse tanto. Se iluminó al reconocer algo y se llenó de alegría. La religiosa vio que Gadra agarraba la mano izquierda del joven. Al principio, pareció un ritual, ya que Móen sostenía la palma de la mano abierta, recta y levantada. Con sorpresa, observó que Gadra empezaba a trazar unas señales con su dedo en la palma del joven. Después, con la misma sorpresa, el joven agarró la mano de Gadra y repitió las mismas señales. Fidelma recordó que eso era lo que el joven había intentado hacer con su mano en las caballerizas. No albergaba ninguna duda de que entre ellos se estaba desarrollando una auténtica conversación. Los gestos de los dedos eran rápidos y enérgicos.

De repente, Móen empezó a gruñir como si estuviera físicamente angustiado, se balanceaba adelante y atrás en su asiento como movido por el dolor. Gadra abrazó a la criatura y miró con tristeza a Fidelma.

– Le acabo de explicar a Móen lo de la muerte de Teafa. Él la consideraba su madre.

– ¿Cómo se ha tomado la muerte de Eber? -preguntó Eadulf.

– Sin sorpresa -respondió Gadra-. Creo que ya lo sabía. Le he explicado lo que ha sucedido y de qué es sospechoso.

– ¿Decirle? -preguntó Crítán, con una risotada como un ladrido-. Venga, viejo. Una broma es una broma, pero…

– ¡Callaos! -gritó Fidelma con voz glacial-. Haced el favor de marcharos. Os podéis quedar fuera hasta que os necesitemos.

– Estoy al cargo del prisionero -dijo el joven guerrero enfadado-. Mi deber es…

– Vuestro deber es hacer lo que os dicen -dijo Fidelma-. Id a decirle a Dubán, vuestro jefe, que no os quiero volver a ver cerca del prisionero. ¡Marchaos!

– No podéis… -empezó a decir Crítán indignado.

Eadulf se levantó y con estudiada amabilidad cogió al joven guerrero por el brazo. El repentino bufido de dolor y la rigidez de la mandíbula fueron los únicos signos que revelaron la presión que ejercía Eadulf.

– Sí podemos -dijo Eadulf con amabilidad-. Ya no os necesitamos más aquí.

Lo empujó hasta la puerta, casi de la misma manera que Crítán había hecho entrar al prisionero. Cuando Eadulf cerró la puerta al salir el joven guerrero vio que Gadra le sonreía con cierta ironía.

– Pragmático, sin duda. ¡Os aseguro que me gustáis, hermano sajón!

Fidelma contemplaba pensativa a Móen. Se giró hacia Gadra.

– Mientras él se calma, quisiera saber qué método utilizáis para comunicaros con él. He de saber si es un medio genuino.

Gadra gruñó molesto.

– ¿Creéis que yo he inventado todo esto, chiquilla?

Fidelma sacudió rápidamente la cabeza en señal de negación.

– No, no quería decir eso. Pero tengo que asegurarme de que es un medio de comunicación genuino ya que lo tengo que presentar ante un tribunal, por lo tanto debo conocerlo.

Gadra se la quedó mirando un rato y luego se encogió de hombros con indiferencia.

– Como abogada probablemente conozcáis algo del antiguo alfabeto ogham.

Fidelma abrió bien los ojos sorprendida.

– ¿Utilizáis el alfabeto ogham para comunicaros?

Ogham era la primitiva forma de escritura de la gente de los cinco reinos y consistía en unas líneas cortas que se trazaban sobre una línea base, o atravesándola, y que representaban veinte caracteres del alfabeto. Los antepasados afirmaban que el dios Ogma, patrón de las letras y el saber, había estado en el sudeste de Muman y había instruido a los sabios en el uso de esos caracteres para que viajaran por tierra e incluso por mares y enseñaran a escribir a la gente. El alfabeto se inscribía a menudo en varillas de avellano o de álamo temblón; también muchas lápidas tenían inscripciones en ogham. Había caído en desuso con la introducción del alfabeto latino en el reino. Fidelma había estudiado el antiguo sistema y el alfabeto; formaba parte de su educación, ya que muchos textos todavía se encontraban escritos en la forma arcaica.

De repente se dio cuenta de que una forma de alfabeto tan simple podía utilizarse como medio de comunicación gestual.

Gadra observó que la expresión de Fidelma cambiaba al darse cuenta de lo simple que era.

– ¿Queréis probar vos misma? -preguntó.

Fidelma asintió ansiosa.

Gadra se volvió hacia Móen y se comunicaron algo.

– Tomad su palma. Mantenedla boca arriba y usad la raya del segundo dedo como la línea base. Presentaos escribiendo vuestro nombre en caracteres ogham.

Fidelma tomó cuidadosamente la mano del joven.

Dos golpes a la derecha de la línea base para la f, cinco puntos en la línea base con la punta del dedo para la i, dos golpes a la izquierda de la línea base para la d, cuatro puntos en la línea para la e, dos golpes a la izquierda para la l, un golpe en diagonal para la m y un único punto para la a. Ella fue haciendo los movimientos con gran lentitud y cuidado. Luego se detuvo esperando una respuesta.

El joven, con una sonrisa ansiosa en los labios, tomó la mano izquierda que ella le ofrecía y levantó la palma. Después llevó sus dedos hacia la palma. Una diagonal para la m, dos puntos en la línea para la o, una ligera pausa antes de dos puntos para la e y después cuatro golpes a la derecha para la n. Móen.

Era tan sencillo. Y esa criatura sensible había sido tratada como si no fuera más que un animal. Fidelma sintió que la invadía la rabia al darse cuenta de la atrocidad que se había cometido con el chico.

Lentamente, la religiosa empezó a deletrear sobre la palma de la mano de Móen.

– Soy abogada de los tribunales y he venido a investigar el asesinato de Eber y Teafa. ¿Entendéis?

– Sí. Yo no los maté.

– Quiero que me digáis lo que sucedió, lo que vos sabéis.

Al momento el joven empezó a utilizar sus dedos rápidamente sobre la mano, con tanta rapidez que Fidelma tuvo que interrumpirlo.

– Sois demasiado rápido. Yo no estoy habituada a este medio de comunicación. Hablad con Gadra, que está aquí, y él traducirá lo que decís con más rapidez.

– Muy bien.

Fidelma se reclinó y se lo explicó a Gadra, quien enseguida la sustituyó. De repente se abrió la puerta. Fidelma levantó los ojos y vio que entraba Dubán y se quedaba mirando divertido. Se sacudió incómodo al percibir la mirada inquisidora de Fidelma.

– Crítán me ha dicho que vos… -empezó a decir, pero Fidelma lo cortó enseguida.

– Soy bien consciente de lo que debe haber informado Crítán -dijo.

Dubán hizo una mueca.

– No ignoro las faltas de este joven. Me ocuparé de que no vigile más a Móen, si ése es vuestro deseo. -Lanzó una mirada a Gadra y a Móen-. Es verdad, entonces. ¿Pueden comunicarse?

– Como veis, Dubán, podemos comunicarnos con él y él con nosotros. ¿Os importaría esperar fuera? Hemos de proporcionar a Móen la misma privacidad en su interrogatorio que la que merece cualquiera ante la ley.

Aunque su rostro mostraba decepción, el jefe de la guardia levantó la cabeza en señal de saludo y abandonó la estancia.

Fidelma y Eadulf volvieron a posar su mirada con cierta sorpresa y admiración en los dedos de Móen, que trabajaban con rapidez sobre la palma de Gadra. El anciano se detenía de vez en cuando, probablemente para preguntar alguna cosa que necesitara alguna aclaración. Al hacerlo, iba traduciendo.

– Decidnos, Móen, ¿matasteis a Teafa o a Eber?

– No. -Una pausa-. Yo quería a Teafa. Me cuidó como una madre.

– ¿Nos explicaréis lo que sucedió esa noche, cuando os hicieron prisionero?

– Lo intentaré.

– Tomaos vuestro tiempo e intentad darnos cuantos más detalles mejor.

– Lo intentaré. A veces me cuesta quedarme dormido. Entonces me levanto y me voy a dar un paseo.

– ¿Un paseo de noche?

– A mí me da igual que sea de día o de noche.

Fidelma, de un sobresalto, se dio cuenta de que en realidad Móen estaba sonriendo por la broma que acababa de hacer.

– ¿Así lo hicisteis esa noche?

– Sí.

– ¿No sabéis qué hora era?

– Desgraciadamente, no. El tiempo carece de significado para mí, salvo que sé cuándo hace calor y cuándo hace frío, cuándo huelo ciertas flores y cuándo huelo otras. Tan sólo puedo deciros que hacía frío cuando me fui a pasear y olía a humedad, pero no a flores. Me levanté y fui hasta la puerta de nuestra cabaña. Soy experto en moverme por ahí en silencio.

Fidelma se dio cuenta de que eso podía ser una prueba en contra de Móen. Decidió preguntar para saber más.

– ¿Hasta qué punto podéis moveros por el pueblo sin ayuda?

– Salvo que alguien haya dejado algún objeto tirado por los caminos, algo que no debería estar, no suelo tener dificultades. Una o dos veces he tropezado con una caja o algo así que se ha dejado tirada. Entonces despierto a los perros y la gente se enfada. Por lo general me las arreglo muy bien.

– ¿Por dónde fuisteis a pasear?

– No os lo puedo decir. Os lo podría mostrar repitiéndolo, si queréis.

– Más tarde. ¿Qué hicisteis durante el paseo?

– Poca cosa. Me senté junto al agua donde a veces los olores son tan hermosos, que acarician la mente y el cuerpo y el alma. Pero no había olores esa noche.

– ¿Os sentasteis junto al agua?

– Sí.

– ¿Agua corriente?

– Sí. Teafa le llama río.

– ¿Lo habéis hecho otras veces?

– Muchas veces. Es un gran placer, sobre todo cuando hace calor y hay una fragancia en el aire. Me siento allí y reflexiono.

Fidelma tragó saliva al comprender la sensibilidad de aquel joven, al que todos consideraban un simple animal.

– ¿Entonces qué hicisteis?

– Empecé a regresar a la cabaña.

– ¿A la cabaña de Teafa?

– Así es. Cuando estaba en la puerta, alguien me cogió del brazo. Me pusieron un trozo de madera en la mano, me cogieron la otra mano y la pasaron sobre la madera. Yo creo que hicieron eso para asegurarse de que yo entendía que había algo escrito.

– ¿Escrito?

– Los símbolos grabados con los que estamos hablando ahora.

– ¿Sabéis quién era?

– No lo sé. Su olor me era desconocido.

– ¿Qué decían los símbolos?

– Decía: «Eber quiere verte ahora». Quería decir que tenía que ir a ver a Eber.

– ¿Qué hicisteis?

– Fui.

– ¿No pensasteis en despertar a Teafa para decírselo?

– Ella no hubiera aprobado que fuera a ver a Eber.

– ¿Por qué?

– Ella pensaba que era un hombre malo.

– ¿Y vos qué pensabais?

– Eber siempre era bueno conmigo. Muchas veces me daba comida e intentaba comunicarse conmigo. Yo sentía su mano sobre mi cabeza y mi rostro, pero él no sabía cómo hacerlo. Una vez le pedí a Teafa que le enseñara cómo comunicarse conmigo, pero ella no quiso.

– ¿Os explicó por qué?

– Nunca. Simplemente decía que era un hombre muy malo.

– De manera que cuando recibisteis el mensaje, debisteis pensar que él había descubierto el modo de comunicarse.

– Así es. Si Eber podía usar los símbolos para comunicarse con la varilla, obviamente había encontrado la manera de hacerlo conmigo.

Era lógico.

– ¿Y qué hicisteis con la varilla?

Hizo una pausa.

– La tiré, creo. No; se debió de enganchar en algo porque pareció como si se me fuera de la mano. No me molesté en agacharme a buscarla. Estaba determinado en ir a ver a Eber.

– ¿Así que encontrasteis el camino hacia las habitaciones de Eber?

– No fue difícil. Me las arreglo muy bien. -Hizo una pausa.

– Continuad -insistió Fidelma.

– Fui hasta la puerta y llamé, como Teafa me había enseñado. Luego levanté el pestillo y entré. No se me acercó nadie. Me quedé allí un momento, pensando que si Eber estaba allí me lo haría saber. Al ver que no lo hacía, avancé y me di cuenta de que debía de haber otra habitación. Fui avanzando por la pared y después encontré la segunda puerta y llamé. La puerta no se abrió, así que busqué el pestillo, lo levanté y conseguí entrar.

– ¿Y después?

– Nada. Me quedé allí un rato, esperando que Eber se acercara a mí. Al ver que no lo hacía, me pregunté si habría otra habitación más y empecé a avanzar por la pared, con una mano por delante. No había avanzado mucho cuando mi mano encontró algo caliente, molesto. Creo que era lo que se llama una lámpara. Algo que arde y con lo que se ve en la oscuridad.

Fidelma asintió con la cabeza, y luego se dio cuenta de la inutilidad de ese gesto y respondió.

– Sí. Había una lámpara encendida sobre la mesa. ¿Y después?

– Me moví alrededor de la mesa y mis pies dieron con algo en el suelo. Reconocí que era un colchón. Decidí pasar por encima a gatas y continuar mi trayecto, utilizando como guía la pared hasta el otro extremo de la estancia. Estaba decidido a encontrar otra puerta que diera a otra habitación. Iba a cuatro patas y empezaba a subir sobre lo que creía que era el colchón…

El golpeteo de los dedos se detuvo.

– Me di cuenta de que había un cuerpo allí estirado. Lo toqué con la mano. Estaba húmedo y pegajoso. Lo mojado tenía un gusto salado y me dio asco. Estiré la mano para tocar la cara, pero mi mano encontró algo frío y también mojado. Era muy afilado. Era… un cuchillo.

El joven se estremeció.

– Me quedé allí de rodillas sin saber qué hacer. Yo conocía el olor de Eber y olí que el que estaba ante mí era Eber y que estaba sin vida. Creo que gemí un poco. Estaba buscando la manera de salir y despertar a Teafa, cuando unas manos rudas me agarraron. Yo temía por mi vida y me revolví. Otras manos me golpearon, me hirieron y me ataron. Me arrastraron a algún sitio. Olían a maldad. Nadie se me acercó, nadie intentó comunicarse conmigo. Pasé una eternidad en el purgatorio sin saber qué hacer. Imaginé que Eber debía de haber sido asesinado con un cuchillo, el mismo que yo había encontrado y cogido. También imaginé que los que me habían agarrado eran sus asesinos o, peor, que debían de haber pensado que yo había matado a Eber.

– Intenté encontrar algo para grabar un mensaje para Teafa; no podía entender por qué me había abandonado. De vez en cuando me lanzaban restos de comida. Había un cubo con agua. A veces conseguía comer y beber, pero a menudo no era capaz de encontrar los restos que me lanzaban. Nadie me ayudaba. Nadie.

Hizo una breve pausa y luego los golpecitos continuaron.

– No sé cuánto tiempo pasó. Parecía eterno. Finalmente sentí el olor, el olor que siento ahora… La persona llamada Fidelma. Después de eso, unas manos, aunque rudas, me limpiaron, me dieron de comer y de beber. Todavía seguía engrilletado, pero me dieron un colchón de paja cómodo y el lugar olía mejor. Sin embargo el tiempo pasaba. Sólo ahora puedo hablar y sólo ahora me doy cuenta realmente de lo que ha sucedido.

Fidelma suspiró profundamente cuando Gadra acabó la traducción del golpeteo de los dedos del joven.

– Móen, se ha hecho una gran injusticia -dijo finalmente y Gadra así lo tradujo-. Aunque fuerais vos el culpable no os tenían que haber tratado como a un animal. Por eso debemos pediros perdón.

– No tengo nada que perdonaros, Fidelma. Vos me habéis rescatado.

– No os he rescatado todavía. Me temo que no os veréis rescatado hasta que probemos vuestra inocencia e identifiquemos a los culpables.

– Entiendo. ¿Cómo puedo ayudaros?

– De momento ya habéis ayudado lo suficiente, aunque volveré a hablar con vos. Volveréis a vivir en la cabaña que compartíais con Teafa, ya que os es familiar. Si Gadra quiere, se puede quedar para cuidar de vos hasta que la búsqueda de los culpables haya acabado. Para vuestra protección os insto a que no salgáis por ahí, a menos que sea acompañado.

– Entiendo. Gracias, sor Fidelma.

– Hay una cosa más -añadió de repente Fidelma cuando le vino a la cabeza.

– ¿Qué es? -preguntó Móen a través de Gadra después de que ella se hubiera callado.

– ¿Decís que pudisteis olerme?

– Así es. Yo he tenido que desarrollar los sentidos que me dio Dios. Tacto, sabor y olor. También puedo sentir vibraciones. Puedo sentir que se acerca un caballo o incluso un animal más pequeño. Puedo sentir el curso de un río. Estas cosas me dicen lo que sucede a mi alrededor.

Hizo una pausa y sonrió burlonamente al hermano Eadulf, o eso pareció.

– Sé que tenéis un compañero, Fidelma, y que es un hombre.

Eadulf se agitó incómodo.

– Éste es el hermano Eadulf -intervino Gadra y volviéndose a Eadulf continuó-: Si no sabéis ogham, apretad la mano de Móen en señal de saludo.

Con cuidado, Eadulf se adelantó, tomó la mano del joven y la estrechó. Sintió una presión en señal de respuesta.

– Dios os bendiga, hermano Eadulf -dijo Móen con un movimiento rápido de sus dedos sobre la palma de Gadra.

– Volvamos a vuestro sentido del olfato -cortó Fidelma-. Retroceded con vuestra mente, Móen. Recordad el momento en que la persona os agarró la mano y os puso la vara con las instrucciones en ogham para ir a ver a Eber. Dijisteis que no habíais reconocido el olor. ¿Podéis confirmar que había un olor?

Móen se quedó pensativo.

– Oh, sí. No había vuelto a pensar en eso. Era un dulce olor a flores.

– ¿Un olor a flores? Sin embargo hacía frío, como habéis dicho. Para nosotros debía de ser de noche y, a juzgar por el momento en que os encontraron en las habitaciones de Eber, con seguridad lo era. Hay pocas flores que despidan olor a primera hora de la mañana.

– Era un perfume. Primero pensé que la persona que me entregaba el palo era una dama, por el olor. Pero las manos, las manos que tocaron las mías eran ásperas y callosas. Tuvo que ser un hombre. El tacto no miente; fue un hombre quien me dio la vara con la inscripción.

– ¿Qué tipo de perfume era?

– Yo puedo identificar olores, pero no puedo etiquetarlos como vos los conocéis. Sin embargo, estoy seguro de que las manos eran de un hombre. Manos ásperas y duras.

Fidelma dejó ir un suspiro y se reclinó en la silla como meditando profundamente.

– Muy bien Gadra -dijo al anciano-. Móen está bajo vuestra custodia. Tenéis que vigilarlo y confinarlo en la casa de Teafa por el momento.

Gadra la miró con ansiedad.

– ¿Creéis que el chico es inocente de los crímenes de los que se le acusa?

Fidelma se mostró desdeñosa.

– Creer y probar son dos cosas diferentes, Gadra. Haced cuanto podáis para que esté cómodo y yo os mantendré informado.

Gadra ayudó a Móen a ponerse en pie y lo acompañó a la puerta.

Dubán seguía esperando fuera. Se separó para dejar pasar a Gadra y su acompañante, después de que Fidelma le explicara cuáles eran sus deseos.

– A algunos del rath no les gustará esta decisión, Fidelma -murmuró el guerrero.

Los ojos de Fidelma centellearon airados.

– Sin duda, espero que inquiete a los culpables -replicó ella.

Dubán parpadeó al oír su tono severo.

– Informaré a Crón de vuestra decisión respecto a Móen. De cualquier forma, venía a informaros de algo que puede ser de vuestro interés.

– ¿Y bien? -preguntó Fidelma.

– Acaba de llegar un jinete al rath con la noticia de que una de las granjas alejadas ha sido atacada esta mañana a primera hora. Voy a llevarme enseguida a algunos hombres para ver qué ayuda podemos prestar. He pensado que os interesaría saber de quién es la granja que ha sido atacada.

– ¿Por qué? -preguntó Fidelma-. Al grano, hombre. ¿Por qué habría de interesarme?

– Es la granja del joven Archú.

Eadulf se mordió los labios y resopló.

– ¿Un ataque a la granja de Archú? ¿Hay alguien herido?

– Un pastor vecino nos ha traído la noticia e informa de que ha visto que hacían salir vacas, graneros en llamas y cree que hay alguien muerto.

– ¿Quién ha muerto? -preguntó Fidelma.

– El pastor no lo sabe.

– ¿Dónde está ese pastor?

– Ha abandonado el rath para regresar cuanto antes con sus ovejas.

Eadulf se volvió hacia Fidelma con mirada de preocupación.

– Archú nos dijo que sólo él y la joven, Scoth, trabajaban en la granja.

– Lo sé -respondió Fidelma con tristeza-. Dubán, ¿cuándo os vais con vuestros hombres a la granja de Archú?

– Inmediatamente.

– Entonces Eadulf y yo os acompañaremos. Me interesa mucho el bienestar de esos jóvenes. ¿Se sabe dónde anda Muadnat? Me hace pensar que bien podría recurrir al ataque de la granja de Archú y desviar las sospechas sobre vuestros ladrones de ganado.

– Sé que no os gusta Muadnat, pero no creo que hiciera algo tan estúpido. Lo juzgáis mal. Además, hemos visto a los bandidos con nuestros propios ojos.

Eadulf se quedó pensativo.

– Es cierto, Fidelma. No se puede negar la presencia de los bandidos.

Fidelma le lanzó una mirada despectiva y luego dirigió la vista a Dubán.

– Sin duda, vimos a los jinetes. Pero si recordáis se dirigían hacia el sur y no llevaban ganado. Lo único que vimos fueron asnos cargados con pesadas alforjas. ¿Dónde estaba el ganado si eran los ladrones? Venga, vayamos hasta la granja de Archú.


Capítulo XIII

<p>Capítulo XIII</p>

Dubán había reunido a media docena de jinetes; todos iban bien armados. Fidelma, que se sintió aliviada al ver que el joven y arrogante Crítán no era uno de ellos, se dio cuenta de que ni Crón ni su madre, Cranat, habían venido a verlos partir del rath. En columna de a dos, con Fidelma y Eadulf cubriendo la retaguardia, salieron por las puertas del rath y avanzaron a un trote suave por la orilla sur del río hacia el extremo este del fértil valle de Araglin, con sus campos de cereales y sus manadas de ganado paciendo. Dubán no apresuraba el paso, aunque mantenía a la columna a un ritmo firme.

No habían avanzado más que unas millas cuando el camino llegó a una curva del río tan pronunciada que formaba una península rodeada de agua por tres lados. Era un pequeño refugio de tierra, también protegido por árboles. Las flores crecían abundantes, y elevándose sobre la tierra había una cabaña pintoresca construida con leños y tablones. Delante tenía un jardín. Allí, observándolos, había una mujer rubia y corpulenta.

Pasaron demasiado lejos para que Fidelma pudiera fijarse en sus rasgos. La mujer no hizo ningún esfuerzo por levantar la mano para saludarlos y continuó mirándolos mientras pasaban a caballo. Fidelma advirtió que un par de hombres intercambiaban unas miradas pícaras y uno de ellos incluso soltó una sonora carcajada.

Fidelma hizo que su caballo avanzara hasta el frente de la pequeña columna donde cabalgaba Dubán.

– ¿Quién era? -le preguntó al guerrero.

– Nadie importante -respondió el guerrero bruscamente.

– Ese alguien poco importante parece suscitar cierto interés entre vuestros hombres.

Dubán estaba incómodo.

– Era Clídna, una mujer de la vida.

– Entiendo -dijo Fidelma, al tiempo que se quedaba pensativa.

La religiosa hizo que su caballo se saliera de la fila y esperó a que los otros guerreros pasaran. Cuando Eadulf la alcanzó, ella se situó a su lado y le explicó brevemente quién era la mujer. Él dejó ir un suspiro y sacudió la cabeza con tristeza.

– Tanto pecado en un lugar tan hermoso.

Fidelma no se molestó en responder.

En el extremo del gran valle, empezaron a ascender al abrigo de los bosques que los rodeaban; el sendero estaba bien delimitado y era bastante ancho para que pasara un carro. Subieron por la escarpada inclinación entre dos colinas, hasta llegar a un segundo valle más elevado. Al penetrar en éste, Fidelma señaló con el dedo sin decir una palabra y Eadulf siguió su mano tendida con la mirada. Una columna de humo se elevaba en algún lugar del otro lado de las colinas.

Dubán se giró en su silla, y al notar que Fidelma ya había visto el humo, le hizo señal de que se adelantara.

– Éste es el valle de la Marisma Negra. Allí donde se eleva ese humo es la granja de Archú. A vuestra izquierda, las tierras del valle pertenecen a Muadnat.

Fidelma distinguió los campos cultivados, los rebaños de ganado vacuno, las manadas de ciervos y las ricas pasturas. Era una propiedad que valía mucho más de siete cumals. La granja de Muadnat era sin duda rica. Ella calculó que debía valer cinco veces el valor de la tierra que se había visto obligado a devolver a Archú.

El camino avanzaba por los límites de la propiedad de Muadnat, ligeramente por encima, por un sendero trazado en la ladera de las colinas. A veces lo bordeaban árboles y matorrales, otras se abrían franjas de hierba que las manadas de ciervos u otros herbívoros habían recortado. Abajo, en el valle, no parecía haber señal de actividad en la granja de Muadnat.

– Imagino que Muadnat y sus peones ya se han dirigido a la granja de Archú -explicó Dubán, adivinando lo que pensaba Fidelma.

Ésta sonrió ligeramente, pero no hizo ningún comentario. Desde luego la columna de humo tenía que verse con facilidad desde la granja de Muadnat.

Dubán ordenó que se pusieran a medio galope.

La columna de caballos avanzó rápidamente por el sendero que serpenteaba ladera abajo, siguiendo las estribaciones de la colina.

Fidelma se dio cuenta de que la zona donde habitaba Archú casi constituía un valle separado del área ocupada por las tierras de Muadnat. Esta área parecía formar un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al valle principal de la Marisma Negra y, desde el sendero por el que avanzaban, buena parte de las tierras quedaban ocultas. Pronto la bajada al valle se hizo tan abrupta que tuvieron que aflojar la marcha.

– ¿Conocéis bien esta zona, Dubán? -preguntó Fidelma.

– Bastante bien -respondió el guerrero.

– ¿Es éste el único sendero para entrar y salir de este valle?

– Éste es el camino más fácil, pero los hombres, incluso con caballos, pueden encontrar un camino del otro lado de las colinas.

Fidelma alzó la vista hacia las cimas redondeadas.

– Sólo en caso de desesperación -observó.

Eadulf se inclinó.

– ¿Qué pensáis? -le preguntó.

– Oh, simplemente que un grupo de hombres a caballo que se dirigiera hacia la granja de Archú tendría que atravesar o pasar junto a las tierras de Muadnat y ser visto.

Llegaron al fondo del valle lo más rápido que pudieron. El grupo principal de construcciones de la granja era fácilmente reconocible; una casa y un horno para secar los cereales justo detrás de ella. Había también un granero y una pocilga. Un poco más lejos se veían las ruinas humeantes de otro granero, carbonizado y ennegrecido, del que ascendía la espiral de humo. Había unas cuantas vacas en un corral y una de ellas mugía con fuerza.

Dubán se dirigió directamente a la casa.

– ¡Alto! ¡Si valoráis vuestras vidas!

La voz era casi un grito agudo. Hizo que todos tiraran de sus riendas y se detuvieran bruscamente frente al edificio principal.

– Vamos armados -gritó la voz- y somos muchos. Regresad de donde venís o…

Fidelma se adelantó.

– ¡Archú! -gritó al reconocer la voz del joven-. Soy yo, Fidelma. Hemos venido a ayudaros.

La puerta del edificio principal se abrió de golpe; apareció Archú y se los quedó mirando. Lo único que llevaba en la mano era una espada oxidada. Detrás de él, la joven Scoth oteaba por encima de su hombro.

– ¡Sor Fidelma! -Archú la miró, y luego a Dubán y al resto de la compañía-. Creíamos que los asaltantes habían regresado.

Fidelma descendió de su montura y Dubán y Eadulf la siguieron. Los otros hombres se quedaron montados, observando con suspicacia los alrededores.

– Nos enteramos de que unos bandidos habían asaltado vuestra granja, un pastor trajo la noticia al rath.

Scoth se abrió paso hacia delante.

– Es Librén. Es cierto, hermana. Ni siquiera estábamos despiertos cuando atacaron. Sus gritos y los mugidos de nuestras vacas nos sorprendieron. Conseguimos encerrarnos a cal y canto aquí. Pero no nos asaltaron, se marcharon con algo de ganado y prendieron fuego a uno de los graneros. Apenas había luz y casi no pudimos ver lo que estaba sucediendo.

– ¿Quiénes eran? -inquirió Fidelma-. ¿Los reconocisteis?

Archú sacudió la cabeza en señal de negación.

– Era demasiado oscuro. Se oían muchos gritos.

– ¿Cuántos bandidos había?

– Me dio la impresión de que eran menos de una docena.

– ¿Por qué abortaron el ataque?

Archú frunció el ceño mirando a Dubán sorprendido por aquella pregunta.

– ¿Abortar?

– Veo que sólo hay un granero derribado -observó el guerrero-. Todavía tenéis algo de ganado en ese corral y oigo ovejas y cerdos. No estáis herido y vuestra casa está en pie. Obviamente los asaltantes decidieron detener su ataque.

El joven miraba asombrado al guerrero.

Fidelma lanzó una mirada apreciativa a Dubán por hacer una observación tan lógica.

Scoth se quedó con los labios apretados.

– Me preguntaba por qué no habían intentado entrar en la casa o prenderle fuego. Era como si lo único que quisieran fuera atemorizarnos.

– Quizá fue el pastor, Librén -sugirió Archú-. Cuando vio las llamas del granero desde la cima de la colina, hizo sonar su cuerno y bajó deprisa a ayudarnos.

– Un hombre valiente -murmuró Eadulf.

– Un tonto -corrigió Dubán.

– Igualmente valiente -insistió Eadulf con tozudez.

– Gracias a él sólo se llevaron dos vacas -informó Scoth.

– ¿Dos vacas? ¿Y todo porque un pastor viene en vuestra ayuda? -preguntó Dubán con incredulidad.

– Es cierto -insistió Archú-. Cuando Librén hizo sonar su cuerno, juntaron el ganado y se marcharon.

– ¿Eso es todo? ¿Dos vacas lecheras?

Archú asintió con la cabeza.

– ¿Qué camino tomaron? -preguntó Eadulf.

Scoth señaló inmediatamente al fondo del valle, en dirección a las tierras de Muadnat.

– Librén dijo que desaparecieron por aquella dirección.

– Ése es el camino que atraviesa la ciénaga, la Marisma Negra. Sólo va a las tierras de Muadnat -explicó Dubán preocupado.

– Desde luego, no lleva a ningún otro sitio -le aseguró Archú.

– ¿Dónde está ese pastor, Librén? -preguntó Fidelma.

Scoth se giró y señaló hacia la ladera sur.

– Librén se ocupa de sus rebaños, allí arriba. Vino y se quedó con nosotros hasta el amanecer, por si los bandidos regresaban. Después tomó uno de nuestros caballos, ya que Archú no me dejó a mí, y cabalgó hasta el rath para explicaros el asalto. Regresó hace escasamente media hora y nos dijo que estabais de camino.

– ¿Por qué no esperó?

– Tenía sus rebaños abandonados desde esta mañana -informó Archú-. Ahora ya no hay necesidad de que se quede.

Fidelma iba mirando a su alrededor como buscando algo.

– Este Librén dijo que había muerto alguien. ¿Quién ha muerto y dónde está su cuerpo?

Dubán se dio un golpe en la frente y soltó un gruñido.

– Seré tonto. Me había olvidado -dijo dirigiéndose a Archú-. ¿A quién han matado?

Archú se mostró incómodo.

– El cuerpo está allí, junto al granero quemado. Yo no sé quién es. Nadie vio nada. Después cuando intentábamos apagar las llamas lo descubrimos.

– ¿Matan a un hombre en vuestra granja durante un asalto y no sabéis nada? -Dubán seguía mostrándose incrédulo-. Venga, chico, si es uno de los asaltantes no tenéis nada que temer. Sólo actuabais en defensa propia.

Archú sacudió la cabeza en señal de negación.

– Pero, de verdad, no hemos matado a nadie. No tenemos armas. Nos escondimos durante el ataque y no vimos nada. A Librén también le sorprendió, y no reconoció a ese hombre.

– Examinemos ese cuerpo -apremió Fidelma, viendo que no iban a ganar nada hablando.

Uno de los hombres de Dubán ya había descubierto el cadáver. Señaló al suelo sin decir palabra, mientras ellos se acercaban.

El cuerpo era de alguien de unos treinta años. Un hombre feo con una cicatriz en la cara, nariz bulbosa y aplastada como por un golpe. Tenía los ojos castaños abiertos. Sus ropas estaban manchadas de sangre y cubiertas por un curioso polvo blanco. Tenía un corte en el cuello que casi le separaba la cabeza. A Fidelma le recordó la forma en que se degüellan las cabras u otros animales de granja. Una cosa era cierta: no había muerto en la escaramuza, lo habían matado de forma deliberada. Fidelma le miró las muñecas y vio marcas de ataduras de cuerda. El hombre había estado maniatado hasta hacía poco rato. Fidelma dirigió su mirada a Dubán arqueando las cejas.

– Yo no había visto nunca a este hombre en Araglin -contestó el guerrero interpretando correctamente la pregunta implícita de Fidelma-. Por lo que yo sé, no era de este valle.

Fidelma se frotó la barbilla pensativa.

– Esto es cada vez más confuso. Hay un ataque. Los bandidos matan a un cautivo extraño o a uno de los suyos. Se marchan tan sólo con dos vacas lecheras y no intentan llevarse nada más. ¿Por qué?

– Se puede explicar fácilmente si se trata de hombres de Muadnat -apuntó Scoth con resentimiento.

– ¿Por qué creéis que este cuerpo es de un cautivo o uno de sus hombres? -preguntó Dubán examinando el cadáver.

– Parece una suposición probable -respondió Fidelma- Hasta hace poco tenía las manos atadas atrás, lo que explica que lo degollaran sin que se defendiera, ya que no hay otras heridas. Parece obvio que fuera un cautivo de los bandidos o uno de ellos. Desde luego, no ha aparecido por arte de magia.

De repente, la muchacha se agachó y examinó los antebrazos y las manos del hombre frunciendo el ceño.

– ¿Qué hay? -preguntó Eadulf.

– Este hombre estaba acostumbrado al trabajo duro. Mirad las callosidades en sus manos, mirad las cicatrices y la suciedad en sus uñas.

Acto seguido, observó de cerca la cara del hombre y se volvió hacia Eadulf.

– ¿Os recuerda a alguien este hombre, Eadulf? ¿Alguien que hemos conocido últimamente?

Eadulf se acercó a mirar y sacudió la cabeza en señal de negación.

Fidelma levantó la mirada hacia Archú.

– ¿Estoy en lo cierto si afirmo que no ha llovido desde ayer?

El joven se mostró asombrado pero asintió con la cabeza.

Fidelma volvió a examinar las ropas del cadáver con atención. Eadulf vio que Fidelma parecía interesada en la fina capa de polvo de piedra que había sobre la ropa del hombre. Luego se levantó.

– Sin duda Araglin se está convirtiendo en un lugar de muchos misterios – observó en voz baja-. Ahora creo que deberíamos dirigirnos a la granja de Muadnat.

– ¿Creéis que Muadnat se encuentra detrás de esto? -preguntó Dubán frunciendo el ceño.

– Es lógico iniciar nuestra investigación por ahí -respondió Fidelma-, especialmente después de lo que ha sucedido.

– Supongo que estoy de acuerdo -añadió Dubán a regañadientes-. Si suponemos que fue un grupo de bandidos, resulta extraño que atacara la granja de Archú y la de Muadnat no. Ésta es más accesible y más rica en ganado que las tierras de Archú.

Dubán ordenó que uno de sus hombres se quedara allí para ayudar a Archú a enterrar el cuerpo. Los demás montaron en sus caballos y se encaminaron al trote hacia la granja de Muadnat.

Cuando empezaban a ponerse en marcha Eadulf llamó la atención de Fidelma y se quedó retrasado al final de la columna.

– ¿Es bueno implicarse en esto? -dijo en voz baja para que sólo lo oyera ella.

– ¿Bueno? -inquirió Fidelma mostrándose sorprendida-. Yo creía que ya estábamos implicados.

– Os han enviado aquí para investigar la muerte de Eber, no que os involucréis en una especie de enemistad entre Archú y su primo.

– Ciertamente -admitió Fidelma-, pero no puedo dejar de creer que hay muchos más misterios en Araglin de lo que parece. Fijaos en que Dubán y Crón ocultan su relación. Se afirmaba que Eber era respetado, pero en privado se admite que se le odiaba. ¿Dónde está la verdad? Y esa aversión de Muadnat hacia su joven primo… ¿es parte de algún odio de este valle o hay algo que lo conecta todo, es como una telaraña cuyos hilos se dirigen hacia un mal que está en el centro?

Eadulf contuvo un suspiro.

– Yo no soy más que un extraño en tierra extraña, Fidelma. También soy un hombre simple. No capto las sutilezas.

Eadulf se dio cuenta de que era una excusa fácil. Fidelma así lo entendió y no dijo nada más.

Dubán, cuando ya estaban en la parte principal del valle, los condujo por el sendero de la montaña atravesando campos cultivados en dirección a la granja de Muadnat. Casi inmediatamente, vieron a algunos peones que corrían hacia los edificios. Estaba claro que los habían divisado. De repente apareció una figura familiar; era el capataz y sobrino de Muadnat, Agdae. Estaba con los pies separados y las manos en las caderas y los observaba. Algunos de sus hombres se adelantaron portando armas.

– ¿Es ésta manera de recibir a unos visitantes, Agdae? -gritó Dubán al llegar.

– Venís aquí con hombres armados -respondió Agdae imperturbable-. ¿Traéis buenas o malas intenciones? Es mejor asegurarse antes de que depongamos las armas y os recibamos como hermanos.

Dubán hizo detener su caballo ante Agdae.

– Deberíais conocer la respuesta a esa pregunta -respondió.

Agdae hizo un gesto a sus hombres para que bajaran las armas y se dispersaran.

Se volvió hacia Dubán con una sonrisa poco sincera.

– ¿Qué buscáis aquí?

– ¿Dónde está vuestro tío Muadnat? -preguntó Dubán.

– No tengo ni idea. Pero yo estoy al cargo de esto mientras mi tío no está. ¿Por qué lo buscáis?

– Han atacado la granja de Archú.

Agdae cambió la expresión.

– ¿Se supone que he de sentir lástima por Archú, que le ha quitado esa tierra a Muadnat?

Fidelma estaba a punto de intervenir cuando Dubán levantó una mano para detenerla.

– ¿Veis esa columna de humo detrás de aquella lejana colina? -preguntó el guerrero.

– Sí la veo -respondió Agdae.

– ¿La veis y sin embargo no cabalgáis hasta allí para ayudar a Archú? Formamos una comunidad pequeña los que vivimos en estos valles de Araglin, Agdae. Un ataque a una de nuestras granjas es un ataque a todos nosotros. ¿Desde cuándo existe la política en Araglin de no acudir en ayuda de otros?

Agdae alzó los hombros y los dejó caer.

– ¿Cómo iba yo a saber que el humo significaba que atacaban al chico?

– El propio humo tenía que habéroslo indicado -replicó Fidelma con rapidez.

Agdae se giró y se la quedó mirando.

– Desgraciadamente no sé leer entre líneas como vos, dálaigh, o ver las cosas que no son claramente evidentes. Para mí, el humo es sencillamente humo. Pudiera ser que Archú estuviera quemando los campos para eliminar las ahechaduras. Si hubiera echado a correr para averiguar lo que sucedía cada vez que he visto un fuego en una granja, me hubiera pasado la mitad de la vida corriendo. Además, si hubiera ido a la granja de Archú, como tiene amigos influyentes en círculos legales, podía verme obligado a pagar alguna compensación.

– Las lenguas afiladas son peligrosas -espetó Fidelma, dándose cuenta de que Agdae era sin duda sarcástico-. Pero al enteraros que ha habido un ataque, tal vez nos digáis dónde está Muadnat.

Agdae se quedó sonriendo sardónicamente a Fidelma, pero callado.

Dubán repitió la pregunta en tono más áspero.

– ¿Qué puedo deciros? Muadnat no está aquí.

– ¿Pero dónde está? -insistió Dubán-. ¿Adónde ha ido?

– Lo único que puedo deciros es que se fue de caza ayer y regresará cuando quiera.

– ¿En qué dirección se fue? -insistió Dubán.

Agdae se encogió de hombros.

– ¿Quién se atrevería a predecir en qué dirección vuela un halcón en busca de una presa?

– Bonitas palabras -dijo Fidelma de mal humor-. Esperemos que el halcón no se encuentre con una bandada de águilas.

Agdae parpadeó y se la quedó mirando, intentando entender el significado de sus palabras.

– Muadnat sabe cuidar de sí mismo -dijo el joven, a la defensiva.

– De eso no tengo la menor duda -le aseguró Fidelma-. ¿Todos los trabajadores están aquí?

– Que yo sepa, sí -respondió Agdae, mostrando un repentino interés por la pregunta-. ¿Qué queréis decir?

– Han matado a alguien en la granja de Archú y no hemos sido capaces de identificarlo. Lo mataron los asaltantes.

Dubán describió al muerto.

Agdae sacudió la cabeza en señal de negación.

– Todos nuestros hombres están aquí, excepto Muadnat. Es de suponer que no es él, porque si no no lo estaríais buscando.

– ¿Y Muadnat está cazando en las colinas?

– Eso es lo que he dicho.

– Llamad a vuestros hombres ante mí, Agdae -exigió Dubán.

Agdae vaciló y después dio la orden.

Una docena de peones se reunieron nerviosos ante él. Su aspecto era penoso ya que la mayoría eran ancianos, nervudos y con fuerza para el arado y la hoz, pero no para la vida de un ladrón de ganado. Dubán miró a Fidelma y se encogió de hombros.

– Estos hombres no son bandidos -dijo el guerrero-. ¿Hemos de registrar la granja?

Fidelma negó con la cabeza.

– Más vale tomar el sendero que indicó Archú y seguir el camino de los bandidos -sugirió.

Dubán esbozó una sonrisa.

– La ruta que nos han indicado atraviesa una tierra pantanosa. De hecho, por eso la zona se llama la Marisma Negra. Aparte del sendero que llega hasta aquí, los otros caminos son peligrosos. No hay manera de tomar un camino por ese cenagal traicionero.

El hermano Eadulf se inclinó bruscamente hacia delante y se dirigió a Agdae.

– Tengo una pregunta para vos -dijo.

– Entonces hacedla, sajón -respondió Agdae complaciente.

Eadulf señaló en dirección a los campos.

– Detrás de vuestra granja hay un camino que al parecer asciende hacia las colinas del norte. Parece que va en dirección contraria al sendero que lleva de regreso al rath de Araglin. Yo creía que había un solo camino para entrar y salir de este valle.

– ¿Y qué? -inquirió Agdae.

Fidelma había levantado la vista hacia el lugar que Eadulf había indicado y vio que tenía razón; allí había un sendero. No lo había visto antes. Era un camino que se dirigía hacia las colinas del norte por los prados altos.

– ¿Hacia dónde se dirige ese camino? -preguntó Eadulf.

– A ningún sitio -replicó secamente Agdae.

Dubán cazó la idea enseguida.

– Nos han dicho que los bandidos cabalgaron en dirección a vuestra granja. Si no tomaron el sendero que va hacia la parte central del valle de Araglin, el único camino que pudieron tomar es ése. Así que ¿adónde va?

– A ningún lugar en particular -insistió Agdae-. No le he mentido al sajón.

– ¿Qué? -preguntó Dubán con una risotada-. Todos los caminos llevan a algún lugar.

– Vos me conocéis, Dubán. Conozco todos los caminos y hondonadas de estos valles. Os digo que ése no lleva a ningún sitio. Se pierde del otro lado de las colinas.

– Aceptaré que dice la verdad -replicó Eadulf, al parecer satisfecho-. No importa. Si los bandidos tomaron ese camino alguien de esta granja los hubiera visto. ¿No es así, Agdae?

El hombre se mostró desconcertado por un momento y con un movimiento de cabeza lo admitió.

– Decís la verdad, sajón. Los hubiéramos visto.

Fidelma estaba como perpleja. Se preguntaba por qué Eadulf había hecho esa pregunta respecto al sendero, si no pensaba insistir en que los bandidos debían de haber escapado por allí y en que Dubán enviara a sus hombres a perseguirlos. Dedujo rápidamente que el motivo era otro.

Dubán, en cambio, no se dio cuenta.

– Enviaré a dos de mis hombres por el camino. Si encuentran cualquier señal de los bandidos iremos en su busca.

Agdae resopló molesto.

– No van a encontrar nada.

Dubán hizo señal a dos de sus hombres de que marcharan al trote en dirección al camino.

Agdae miraba con acritud a Fidelma.

– Parece que estáis determinada a hacer de mi tío Muadnat el retrato de un villano, dálaigh.

– Muadnat es capaz de pintarse el retrato solo -replicó Fidelma sin preocuparse.

– ¡Dubán, se acerca un jinete! -gritó uno de sus hombres.

Todos se giraron hacia donde señalaba el hombre; sin duda se acercaba un jinete por el camino del rath de Araglin. No tardaron en reconocer la silueta del padre Gormán.

– ¿Qué sucede aquí? -preguntó el sacerdote al acercarse.

– Nos habéis asustado, padre -respondió Dubán-. Habéis surgido como de la nada. -Echó una mirada a las ropas del sacerdote-. Hace frío para ir sin capa de montar.

El padre Gormán se encogió de hombros.

– Hacía calor cuando salí esta mañana -dijo despectivamente-. ¿Pero qué sucede?

– ¿No os habéis enterado de que han atacado la granja de Archú? Por eso nos alarma ver a un jinete por aquí.

El sacerdote de tez morena parecía incómodo.

– ¿Un ataque? Es lamentable. Esos ladrones de ganado otra vez, supongo. -Hizo una pausa y se encogió de hombros-. De todas maneras yo me dirigía a la granja de Archú. Pero si todavía andan por aquí los malhechores tal vez debería ir acompañado.

– Oh -dijo Fidelma con ironía-, los bandidos hace rato que se han ido, pero seguro que vuestra fe os protege del mal. De todas maneras, estoy segura de que seréis bienvenido en la granja de Archú. Hay un muerto que necesita una bendición.

Los ojos del padre Gormán centellearon.

– ¿Quién ha muerto? -preguntó.

– Parece que nadie lo conoce -confesó Dubán; iba a añadir algo más cuando sus dos hombres regresaron.

– Hemos examinado el camino. El suelo se hace muy rocoso a medida que asciende. Hemos recorrido una milla.

Dubán estaba decepcionado.

– No quiero perder el tiempo con búsquedas infructuosas -murmuró-. Si el sendero no lleva a ninguna parte es una pérdida de tiempo. Acepto lo que decís, Agdae, pero decidle a vuestro tío que yo, Dubán, quiero verlo cuando regrese. No creo que podamos hacer nada más aquí.

Miró a Fidelma, como buscando su aprobación, y ella inclinó la cabeza en señal de afirmación.

Dejaron al padre Gormán hablando con Agdae y partieron de regreso al rath de Araglin. Cuando ya se habían alejado de la granja de Muadnat, tomando el camino que salía del valle, Fidelma se volvió hacia Eadulf y en voz baja le preguntó qué lo había impulsado a hacer aquella pregunta, si iba a conformarse con la sencilla respuesta de Agdae.

– Yo quería ver su reacción, porque vi a alguien en el camino cuando cabalgábamos hacia la granja. Supongo que todo el mundo se fijaba en Agdae y sus hombres, pues parece que nadie más vio esa figura.

– Yo ni siquiera vi el sendero -admitió Fidelma-. Desde luego nadie ha dicho que vio una figura en las colinas.

– Bueno, yo vi a alguien cabalgando rápidamente por el camino y después desapareció entre los árboles que hay tras la granja.

– ¿Quién era? ¿Muadnat?

Eadulf sacudió la cabeza.

– No. El jinete no era la figura de un hombre. Era la figura delgada de una mujer. Vi su forma claramente a la luz del sol cuando nos acercábamos a los edificios de la granja.

Fidelma alzó las cejas irritada. Siempre se desesperaba cuando Eadulf buscaba el efecto dramático demorándose en sus explicaciones.

– ¿La reconocisteis? -preguntó con paciencia.

– Creo que era Crón.


Capítulo XIV

<p>Capítulo XIV</p>

Al mirar por la ventana del hostal de huéspedes, Fidelma vio a un jinete sobre su caballo cruzando las puertas del rath de Araglin al galope. Era por la mañana y Eadulf y ella acababan de desayunar. Habían regresado al rath la tarde anterior sin ninguna decisión respecto a su visita a la granja de Archú. Dubán había decidido enviar a un segundo hombre a la granja para protegerla después de que ellos se alejaran de la granja de Muadnat. Pero Dubán estaba convencido de que los responsables del ataque eran unos bandidos. Incluso cuando Fidelma y Eadulf se habían sentado a desayunar, habían visto a Dubán y a un grupo de sus guerreros salir a caballo y habían supuesto que partían a hacer otra batida por la zona.

La identificación que había hecho Eadulf del jinete que había visto en el sendero, detrás de la granja de Muadnat, se había convertido en un problema para él, ya que Fidelma insistía en el asunto. Ella quería saber hasta qué punto estaba seguro de la identidad del jinete. Eadulf había contestado que lo único que había identificado era la capa de colores que llevaba Crón en la sala de asambleas.

El tronar de los cascos sobre las planchas de madera del puente fue el primer sonido que alertó a Fidelma de que algo inusual sucedía. Se dirigió a la ventana a tiempo para ver al jinete y su montura entrando al galope en el rath. Le sorprendió ver que era el sobrino de Muadnat, Agdae. Se descolgó del caballo y fue corriendo hacia la sala de asambleas.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Eadulf pesimista.

Fidelma parecía tranquila cuando volvió a sentarse a acabar de desayunar.

– Tengo la sensación de que vamos a descubrir la respuesta a vuestra pregunta pronto.

Desde luego, tan sólo unos momentos después, llegó Dignait y los invitó a una reunión con Crón en la sala de asambleas. La joven tánaiste estaba triste.

– Es Muadnat -anunció cuando entraron en la sala.

Fidelma respiró hondo con preocupación.

– Supongo que nuestro amigo litigante acusa ahora al joven Archú de quemar su propio establo. ¿Qué es ahora?

– Podría ser que acusaran a Archú de cometer un crimen, Fidelma -replicó Crón-. Pero no será Muadnat quien lo acusará.

– Me parece que os tenéis que explicar -sugirió Fidelma son suavidad.

– Muadnat ha sido encontrado muerto. Lo encontraron ahorcado en la gran cruz de Eoghan que señala la ruta de entrada en Araglin.

Fidelma abrió bien los ojos. Recordaba que Eadulf se había detenido a admirar la cruz cuando habían llegado al valle.

– Si la memoria no me falla, la cruz no está en el camino hacia la granja de Muadnat sino junto al camino que hay en el valle por la dirección opuesta. ¿Quién descubrió su cuerpo?

– Agdae. El gran prado que hay detrás de la cruz es suyo. Agdae dijo que Muadnat se marchó ayer por la tarde de la granja para ir de caza. Esta mañana, pronto, se dio cuenta de que no había regresado. Fue en su busca, y lo encontró muerto en la gran cruz. Muadnat iba a menudo a cazar a las colinas de allí. Agdae ha cabalgado hasta aquí para conseguir ayuda y ha regresado allí con algunos hombres.

Fidelma hizo una mueca.

– Sin duda, Dubán os ha relatado nuestra visita ayer a la granja de Muadnat.

Crón asintió con la cabeza.

– Agdae no pensó en enviarnos a ese lugar cuando le dijimos que buscábamos a Muadnat.

– ¿Es importante?

– Ya lo veremos. Pero Agdae no sabía dónde podía encontrarse Muadnat cuando lo interrogamos ayer. Sin embargo, esta mañana, cuando le preocupó la ausencia de Muadnat, fue capaz de ir directamente a ese lugar.

– Bueno, Agdae ya está acusando a Archú de su asesinato.

– ¿Basándose en qué?

– Porque Archú es la única persona de Araglin que ha estado enemistada con Muadnat. Dice que Archú, a través de vos, acusó a Muadnat del ataque a su granja.

– Eso no es del todo exacto -respondió Fidelma girándose hacia Eadulf-. Mejor que cabalguemos hacia esa cruz y lo veamos nosotros mismos.

Eadulf se mostró de acuerdo.

– ¿Cuánto va a tardar Dubán en regresar? -le preguntó a Crón-. Pudiera ser que necesitáramos sus servicios para proteger a Archú de las infundadas acusaciones de Agdae.

Crón estaba preocupada.

– ¿Por qué perdéis el tiempo en este asunto? No tiene nada que ver con la muerte de mi padre, Eber, o de Teafa. Tendríais que estar ocupándoos de descubrir al asesino si, por lo que creo que afirmáis, no es Moén…, aunque yo creo que habrá que tener un gran poder persuasivo para convencer a la gente de Araglin de que es inocente.

Fidelma contuvo su exasperación.

– Yo creo que lo mejor cuando se investiga algo es mantener la mente abierta. Hay muchos secretos en Araglin. Me han dicho cosas que no eran ciertas. No sé si la muerte de Muadnat tiene algo que ver con las de Eber y Teafa. Si vos tenéis otra información, tal vez os gustaría compartirla conmigo…

A Crón le costaba controlarse y Fidelma percibió, con satisfacción, incertidumbre e incluso miedo en sus ojos. Al cabo de un rato, Crón controló sus emociones.

– No, no tengo tal información. Yo sólo hago lo que considero una observación lógica. Si queréis cabalgar hasta la gran cruz, tenéis que hacerlo ya. Pero yo creo que la investigación de este asunto os está llevando demasiado tiempo.

– Me llevará el tiempo que sea necesario -respondió sor Fidelma con resolución-. Hay que tener paciencia.

– Agdae tal vez no tenga paciencia. Ha jurado encontrar a Archú y exigir venganza.

Fidelma la miró profundamente.

– Entonces os aconsejo que enviéis a buscar a Dubán para contener a Agdae, a menos que queráis que una injusticia siga a otra. Quizás habría que traer aquí al rath a Archú y a Scoth para protegerlos hasta que yo pueda investigar este asunto adecuadamente.

– Agdae era pariente de Muadnat, como yo, por cierto. No dejará que su asesino escape a la justicia -dijo Crón con frialdad.

– Entonces -replicó Fidelma con el mismo tono glacial- hemos de hacer lo posible por encontrar al asesino, quienquiera que sea.

Fidelma se giró y salió a paso rápido de la sala de asambleas. Eadulf la siguió. Al poco rato ya se encontraban cabalgando colina arriba hacia la gran cruz.

El joven guerrero Crítán ya estaba allí con un par de hombres fornidos, peones de la granja por su aspecto. Cerca había un asno preparado para cargar con el cuerpo de Muadnat. Parecía que tenían la intención de descender el cuerpo. Muadnat estaba colgado por el cuello de una cuerda que se había pasado por el travesaño de la cruz de granito. Sus pies colgaban a pocas pulgadas del suelo. Fidelma vio inmediatamente unas manchas de sangre en la pechera de la camisa del hombre, como si le hubieran infligido multitud de heridas mientras estaba con vida.

Uno de los peones de la granja, que había colocado una escalera contra la parte posterior de la cruz, vio de repente que Fidelma y Eadulf se acercaban, se detuvo y murmuró algo a sus compañeros. Ambos se giraron y miraron a los dos religiosos con hostilidad.

El joven Crítán avanzó con aire despectivo.

– No sois bienvenidos aquí -fue su saludo.

Sin perturbarse, Fidelma hizo detener su caballo y desmontó.

– No pedimos una bienvenida -dijo con calma.

Eadulf también desmontó y agarró sus riendas y las del caballo de Fidelma.

Crítán estaba con las manos en las caderas y miraba a Fidelma con resentimiento. Su carácter no le permitía perdonar a Fidelma por haberlo humillado. Ahora mostró claramente su agresividad.

– Haríais bien en marcharos de aquí, mujer. Dos veces habéis exonerado a Archú en su feudo contra Muadnat. Ahora ved a qué ha conducido. Esta vez no le va a salir bien a Archú. Tampoco vuestros intentos de conspirar con esa criatura del diablo y dejarlo libre después de que asesinara a Eber y Teafa. -Su tono era tan amenazante como sus palabras.

Fidelma no se preocupó; permaneció con las manos cruzadas delante e incluso sonrió al joven.

– Soy abogada de los tribunales de los cinco reinos, Crítán -dijo con bastante amabilidad-. ¿Os atrevéis a amenazarme?

La arrogancia e inexperiencia se combinaban en Crítán y hacían que la estupidez ocultara su astucia natural. Éste desencajó la mandíbula.

– Esto es Araglin, señora. No tenéis la protección de vuestra iglesia o de los guerreros de vuestro hermano.

El joven se quedó desconcertado al ver que Fidelma sonreía ampliamente.

– No los necesito para ejercer mi autoridad aquí -replicó Fidelma.

Los dos peones se habían quedado vacilantes, dejando que Crítán hablara por ellos. El de la escalera, al darse cuenta de que el joven guerrero había ido demasiado lejos con sus amenazas, dejó la carga y se adelantó.

– Es cierto que no os quieren aquí, hermana -dijo con algo más de respeto en su voz-. Nuestro pariente -levantó un pulgar por encima de su hombro señalando la cruz- ha sido asesinado y sabemos quién ha de pagar por ello. Tendríais que ocuparos de vuestros asuntos.

– Al parecer ya habéis decidido la identidad de la persona a la que queréis castigar por la muerte dé Muadnat, ya sea culpable o no -observó Eadulf secamente-. ¿No es mejor esperar hasta encontrar al verdadero culpable?

– Nadie os ha pedido que os entrometáis, sajón -espetó Crítán-. Ahora marchaos, los dos. Es un buen consejo que os doy.

Fidelma entreabrió la boca, como con expresión pensativa. Eso era siempre una señal peligrosa en ella, pero sólo se dio cuenta Eadulf. Fidelma se había percatado de que las palabras del joven eran estudiadas; tenía la cara enrojecida, los ojos brillantes y sus gestos eran exagerados. Resultaba obvio, ahora que tenía ocasión de observarlo de cerca, que el joven había bebido para tener coraje.

– Voy a pasar por alto vuestros malos modales, Crítán; esta vez tendré en cuenta vuestra juventud e inexperiencia. Ahora me interesa examinar el cuerpo de Muadnat y lo hago con la autoridad que tengo.

Crítán, después de haber hecho uso de la fuerza de las palabras y ver que no intimidaban a Fidelma, se mostró anonadado. Echó una mirada a los dos peones buscando ayuda, pero éstos mostraban una embarazosa perplejidad. Crítán volvió a sentirse humillado delante de otros.

– Éstos son parientes de Muadnat -dijo con obstinación-. No permitiremos que forcéis la ley para que Archú escape a nuestra justicia.

– ¿Y son ellos testigos de este asesinato? -preguntó sor Fidelma volviéndose hacia los dos hombres-. Vos -dijo señalando al que había adoptado un tono más razonable con ella- ¿visteis a Archú matar a Muadnat?

El hombre se ruborizó.

– No, por supuesto que no, pero…

– ¿Y vos? -añadió deprisa Fidelma dirigiéndose al otro hombre.

– ¿Quién sino Archú iba a hacerlo? -respondió el hombre con resolución.

– ¿Quién sino? ¿Acaso no es un asunto que deba considerarse ante la ley antes de vengarse de alguien que pudiera ser inocente?

Crítán intervino con una risotada despectiva.

– Sois muy buena con los juegos de palabras, mujer. Pero ya hemos oído demasiadas palabras. Marchaos de este lugar antes de que os obligue a hacerlo -añadió tocando su espada con la mano; un gesto que no necesitaba interpretarse.

Eadulf se avanzó con resolución, pero Fidelma lo agarró con fuerza por el brazo. Eadulf enrojeció de ira.

– ¿Os atrevéis a amenazar a una mujer? -gruñó desafiante-. ¿Una mujer con hábito?

De hecho, Crítán había desenvainado la espada en cuanto Eadulf se había dirigido hacia él. El joven tenía la cara roja y los ojos brillantes.

– Deteneos, Eadulf -le previno Fidelma.

Uno de los peones, el que se había mostrado más razonable, contemplaba a Crítán con nerviosismo. Una amenaza verbal era una cosa, pero amenazar físicamente a una religiosa y abogada de los tribunales era demasiado.

– Quizás es mejor que le dejemos examinar el cuerpo -sugirió el hombre con ansiedad.

La idea de hacer el ridículo ante aquella mujer hizo que el joven se mostrara más terco.

– Yo diré lo que se ha de hacer -insistió casi con petulancia.

– Crítán -añadió el hombre con inseguridad-, no sólo es religiosa sino que…

– Es ésa cuya lengua de serpiente permitió que Archú usurpara lo que pertenecía a Muadnat. ¡También es responsable de su muerte!

– ¡Crítán! -exclamó Fidelma con tono suave pero firme-. Guardad vuestra espada y regresad al rath a dormir los efectos del alcohol que habéis consumido. Olvidaré esta descortesía.

La rabia del joven no hacía sino aumentar. Casi se estremeció de ira.

– Si fuerais un guerrero… -masculló.

Fidelma entornó los ojos.

– Si estáis preparado para amenazarme con violencia física, no os lo impediré.

– ¡Crítán! -protestó el hombre que había cargado con la escalera mientras el joven levantaba su espada y daba un paso adelante amenazante.

Fidelma levantó la mano para hacerlo callar e hizo un gesto para que todos se quedaran quietos. Eadulf veía que Fidelma fruncía el ceño rabiosa. Se fijó en la manera en que separaba los pies y dejaba los brazos relajados colgando a cada lado. La voz de Fidelma se volvió suave y sibilante.

– ¡Muchacho! Os habéis pasado. La juventud y la bebida ya no son una excusa. Si queréis utilizar vuestra espada, hacedlo. Incluso una mujer con la espalda curvada por los años podría con un niño como vos.

El frío tono de las palabras era deliberado, querían conseguir algo. Y lo consiguieron.

Crítán soltó un aullido de rabia. Corrió hacia delante con la espada levantada. Fidelma se quedó como esperando su arremetida. Eadulf no sabía si saltar delante de la abogada para defenderla o quedarse donde estaba, pues intuía lo que iba a suceder. Había visto una demostración del curioso talento de su amiga en Roma. Fidelma era experta en un arte que ella llamaba troid-sciathagid, combate mediante defensa. Le había explicado que cuando los religiosos irlandeses viajaban lejos predicando la nueva fe, lo hacían con frecuencia solos y desarmados. Dado que no veían bien llevar armas, habían desarrollado una forma de autodefensa sin armas contra los ladrones y bandidos.

El combate, si así se le podía llamar, terminó en unos segundos.

El joven avanzó con la espada levantada y justo un momento después estaba echado de espaldas al suelo, mientras Fidelma le sujetaba con un pie firmemente la muñeca de la mano con la que había agarrado la espada. Fidelma apenas se había movido, se había balanceado hacia atrás y lo había lanzado por encima de su hombro. Eadulf sabía que eso tenía su ciencia. El impulso del propio joven había lanzado su cuerpo hacia delante. Estaba tumbado atontado y resollando.

Los dos peones contemplaban sorprendidos al joven caído.

Eadulf se adelantó, se agachó y tomó la espada del joven. Se quedó mirando el cuerpo del chico. Pudo percibir los vapores etílicos y sacudió la cabeza con tristeza.

– Plures crapula quam gladius -lo reprendió-. Como no sabéis latín, muchacho, significa que «la embriaguez mata más que la espada».

Fidelma se había girado hacia los peones.

– Necesito que uno se lleve al chico de vuelta al rath de vuestra tánaiste y que se asegure de que duerme los efectos de la bebida. Cuando esté sobrio, que le digan que sus pretensiones de ser un guerrero se han acabado. Decidle a Crón, la tánaiste, que lo he dicho yo. Tendrá que buscar trabajo cuidando rebaños o cultivando la tierra. No volverá a llevar armas en el reino de Muman. Sólo porque es joven y está bebido no tendré en cuenta este ataque.

Uno de los hombres se avanzó y levantó y puso en pie al joven todavía atontado. Tendió la mano a Eadulf pidiéndole la espada, pero Fidelma intervino.

– Los niños no tienen que jugar con cuchillos afilados -le dijo con decisión-. Guardaos ese juguete, Eadulf.

El hombre que había acarreado la escalera murmuró algo.

– Yo no tengo nada que ver con la tontería de este chico, hermana; sólo busco la verdad.

Fidelma no dijo nada y se quedó observando al otro hombre que medio arrastraba al joven por el camino de vuelta al rath de Araglin.

Eadulf hizo una mueca con acritud.

– Al menos Crítán estará sobrio cuando llegue al rath.

Fidelma dejó ir un suspiro y se dirigió hacia el cuerpo que colgaba de la cruz.

– Necesitaré un momento la escalera -dijo al otro peón.

El hombre le ayudó a colocarla contra la gran cruz y ella subió mientras Eadulf ayudaba a aguantarla.

A pesar de la sangre coagulada y la cuerda, Fidelma vio que a Muadnat lo habían degollado con un corte rápido y de profesional, casi separando la cabeza del cuello. No era agradable a la vista. Le recordó a un animal en esas circunstancias. La cantidad de sangre indicaba que lo habían degollado antes de pasarle la cuerda por el cuello y después habían colgado el cuerpo de la cruz. ¿Por qué habían colgado al muerto después? Parecía un ritual. Examinó detenidamente el cuerpo, pero no vio nada que pudiera aportarle más información. Ni siquiera la cuerda tenía nada particular, una cuerda fuerte, ordinaria. Sin embargo, se dio cuenta de que no había señal alguna del cuchillo que había infligido la primera herida mortal. Al cabo de un momento descendió.

– Podéis bajar el cuerpo -le dijo al peón.

Eadulf ayudó al peón a descender el cuerpo del grueso Muadnat hasta el suelo.

Mientras lo hacían, Fidelma fue dando vueltas a la cruz en círculos cada vez más anchos, con los ojos fijos en el suelo como si buscara algo. Al cabo de un rato se detuvo bruscamente.

– ¡Eadulf!

Eadulf fue corriendo hasta ella.

Fidelma señalaba hacia abajo. Eadulf se quedó mirando la hierba, sin saber en qué debía fijarse. Había salpicaduras allí.

– Salpicaduras de sangre, ¿verdad? -aventuró el monje sajón.

Fidelma asintió.

– Observad con atención.

Eadulf se arrodilló y vio que la sangre se había secado sobre la hierba y en una planta de grandes hojas.

– ¿Creéis que lo degollaron aquí?

– Parece una suposición razonable -respondió Fidelma-. ¿Nada más?

Eadulf estaba a punto de levantarse cuando se detuvo y miró, después soltó una exclamación y tendió la mano.

– ¿Qué hacéis? -espetó Fidelma.

– Es un mechón de cabello -respondió el sajón sosteniéndolo en la palma de su mano.

– Grueso y pelirrojo -añadió Fidelma-. Cabello humano.

– ¿Creéis que esto tiene alguna relación con el asesinato?

– Parece como si fuera arrancado de raíz. ¿Veis los extremos del cabello? -preguntó sin responder a Eadulf.

Cuando éste lo hubo examinado, Fidelma lo cogió con cuidado y se lo metió en el marsupio, la bolsa de cuero que siempre llevaba colgada de la cintura.

– Ahora creo que lo mejor es regresar al rath, Eadulf, aquí hay poco que hacer. Quiero interrogar a Agdae. -De repente apretó los labios irritada-. ¡Agdae! ¿Por qué no está aquí?

Se giró hacia el peón que estaba atando el cuerpo de Muadnat sobre el lomo del asno.

– ¿Agdae volvió aquí después de ir en busca de ayuda al rath?

– No, hermana -respondió el hombre inmediatamente-. Nos dejó a Crítán, a mi amigo y a mí para que descendiéramos el cuerpo y lo lleváramos a la granja de Muadnat. Pero creo que cabalgó directamente en busca de Archú.

Fidelma gruñó.

– ¿Habéis dicho que también erais pariente de Muadnat? -preguntó, recuperando el aplomo.

El hombre asintió.

– Así es. Pero lo son muchos del valle, incluida la tánaiste.

– Si Muadnat tiene tantos primos, ¿cómo es que tiene en tan poca estima a un primo como el joven Archú?

La respuesta a esta pregunta fue directa, sin vacilación.

– Él odiaba profundamente al padre de Archú, un extranjero. Muadnat creía que Artgal, el padre de Archú, no tenía derecho a robarle el afecto de su pariente Suanach.

– ¿Robarle el afecto? -preguntó Fidelma con una mueca-. Ése es un giro curioso. ¿A quién se supone que le robaba el afecto de Suanach? Eso implica que la mujer no quería una relación.

El hombre estaba incómodo.

– Muadnat había arreglado un matrimonio con Agdae, pero Suanach no quiso casarse con él. No, de hecho Suanach estaba muy enamorada del padre de Archú, Artgal.

– ¿Así que la culpa de la disputa residía en la visión distorsionada que tenía Muadnat de esa relación?

– Supongo que sí. -El hombre se mostraba muy reacio a hablar más-. No está bien hablar mal de los muertos.

– Entonces hablemos de los vivos. Hablemos de Archú y Agdae; evitémosles injusticias -replicó sor Fidelma.

– ¿La aversión hacia el padre se dirige ahora al hijo? -preguntó Eadulf con curiosidad-. ¿Es eso? ¿Acaso sufre Archú la aversión que Muadnat sentía por su padre? Si es así, se trata de una actitud injusta.

El peón estaba inquieto.

– Probablemente sea una gran injusticia, pero no es motivo para que Archú matara a Muadnat -replicó el hombre con tozudez.

– ¿Estáis seguro de que lo hizo?

– Eso dijo Agdae.

– ¿Y eso hace que su historia sea cierta? Agdae, nos lo acabáis de decir, tiene una buena razón para odiar a Archú; más, si cabe, que Muadnat.

– Agdae también es hijo adoptivo de Muadnat, no sólo su sobrino. ¿No debería saber la verdad?

– ¿El hijo adoptivo? -preguntó Fidelma intrigada-. ¿Así que Muadnat no tiene mujer ni hijos?

– Ninguno. Ninguno que yo sepa. Agdae era un sobrino, pero Muadnat se ocupó de él desde que era pequeño.

– ¿Agdae heredará la granja de Muadnat?

– Supongo.

Fidelma se dirigió a su caballo y gritó algo por encima de su hombro.

– Podéis llevar el cuerpo a la granja de Muadnat. Yo ya estoy. Si veis a Agdae antes que yo, advertidle de que no lleve a cabo ninguna acción que pueda acarrearle problemas con la justicia. Vos y él ya sabéis a qué me refiero.

Eadulf la siguió hasta su montura y no habló hasta que empezaron a descender la colina.

– ¿Y ahora?

– A la granja de Archú, por supuesto.

– ¿Pero vos creéis que esta muerte está relacionada con las de Eber y Teafa?

– Resulta extraordinario que este tranquilo valle de Araglin, que parece no haber padecido una muerte sospechosa en muchos años, en tan sólo unos días, haya sido testigo de tantas muertes violentas. Tenemos asaltos a granjas que anteriormente eran seguras y estaban bien protegidas. Tenemos ganado que escapa, aunque, curiosamente, sólo unas pocas cabezas cada vez. Pero sobre todo, las muertes de Eber, Teafa, Muadnat y un extraño al que no podemos identificar, todo ello no puede ser mera coincidencia. Yo os confieso, Eadulf, que no creo mucho en las coincidencias. Prefiero examinar los hechos y sólo si se demuestra que es coincidencia, más allá de cualquier sombra de duda, creeré que es así.

Hizo una pausa y luego espoleó su caballo y lo puso al medio galope.

– Hemos de llegar a la granja de Archú rápidamente por si Agdae quiere realmente vengarse del chico.

A Eadulf le costaba mantenerse al lado de Fidelma, que era una jinete excelente. Además, tenía buena memoria para los lugares y no dudó un momento en tomar el camino que seguía el río, pasaba por la cabaña de la prostituta, Clídna, y ascendía por el camino serpenteante de las colinas redondeadas hacia el valle en forma de ele de la Marisma Negra, que Muadnat había dominado durante tanto tiempo.

Fidelma cabalgaba desde siempre. Cuando lo hacía, parecía como si el caballo se convirtiera en un mero apéndice de su cuerpo y su voluntad, moviéndose a sus órdenes casi al tiempo que las pensaba y respondiendo a la mínima presión. A Fidelma le gustaba la libertad que le proporcionaba. Ligeramente inclinada hacia delante sobre su silla, sentía la brisa en sus cabellos, el camino avanzaba con ella, el campo se iba abriendo ante ella con una rapidez que la embargaba de emoción. El sonido de los cascos resonaba en su cuerpo, sumiéndola en un dulce estado meditativo.

Por un momento, era como si se hubiera divorciado del mundo rencoroso de los humanos; como si se hubiera convertido en parte de la naturaleza, aspirando el cálido aire primaveral, sintiendo los olores de los bosques y los campos, sintiendo el suave calor del sol. Casi cerró los ojos paladeando ese placer absoluto.

Después se despertó con sentimiento de culpabilidad.

Había muerto gente y ella tenía el deber de descubrir por qué y quién era el responsable.

Abrió los ojos con un parpadeo y se dio cuenta de que venían dos jinetes por el camino. Reconoció inmediatamente a Dubán y a uno de sus hombres.

Tiró de las riendas y los esperó. Eadulf se detuvo a su lado. Fidelma estaba a punto de decir algo cuando Dubán se anticipó.

– Ya me he enterado de la noticia, hermana. Crón me envió un aviso. He dejado a un par de mis hombres con Archú y Scoth. Se niegan a abandonar la granja, pero están en buenas manos.

– ¿Entonces no habéis visto a Agdae? Me dijeron que cabalgaba en esta dirección.

Dubán sacudió la cabeza en señal de negación.

– Dudo que intente hacerle algo a Archú sabiendo que mis hombres están con él. Probablemente será un impulso que se le pasará, se dará cuenta de que Archú no es el responsable de la muerte de Muadnat.

Fidelma se mostró algo asombrada.

– Se os ve tan seguro… Yo sólo estoy preparada para decir que no creo probable que fuera Archú quien matara a Muadnat.

– Yo sé que no lo hizo -respondió Dubán con solemnidad.

Fidelma arqueó las cejas involuntariamente.

– ¿Sabéis?

– Seguro. Es sencillo. La pasada noche dejé a dos de mis hombres con Archú y Scoth. Ambos son testigos de que ninguno de los dos abandonó la granja.

Fidelma sonrió.

– Qué tonta he sido al no recordar eso. Bueno, al menos eso nos ahorra el tiempo de intentar probar la inocencia de Archú. Pero ahora hemos de descubrir al culpable.

– Yo voy de regreso al rath -dijo Dubán-. Me sorprende que Crítán no os escolte. Se supone que está de guardia esta mañana.

Fidelma le explicó brevemente lo que había sucedido. Dubán no se mostró muy sorprendido.

– Debí suponer que el chico no tenía verdadero espíritu de guerrero. Tenía ambición, pero no entrega.

– El problema es que tiene las aptitudes de un guerrero, pero poca de su moralidad. Es como una flecha que se ha escapado de un arco, pero que no controla la trayectoria -dijo Fidelma.

– Lo entiendo perfectamente, hermana. Todavía no estoy chocho y me doy cuenta de que puede ser un peligro. Lo hablaré con Crón.

– Espero que haga caso de vuestros consejos en esto y en otras cosas.

Dubán entornó los ojos con suspicacia mientras estudiaba el rostro inexpresivo de Fidelma. Parecía que iba a preguntarle algo.

– No soy tonta -añadió Fidelma.

– Nunca he creído que lo fuerais -admitió Dubán.

– Bien. Recordadlo bien. Hablad con Crón y advertirle de que es mejor decir la verdad; mejor la verdad que media verdad o una mentira.

Se giró e hizo un gesto a Eadulf para que la siguiera. Continuaron avanzando por el camino de la ladera y al cabo de un rato Eadulf la llamó.

– Se han ido. ¿Qué significado tenía esa conversación?

Fidelma hizo que su caballo se detuviera.

– Simplemente plantaba una semilla -le confió con alegría-. Llegará el momento en que las medias verdades y mentiras que se van difundiendo se detendrán y alguien me explicará la verdad.

– ¿Pero estáis advirtiendo a Crón y Dubán de que sospecháis que están involucrados?

– A veces, para hacer salir al zorro, hay que empezar a cavar en su guarida.

– Entiendo. ¿Esperáis que reaccionen de alguna manera?

– Ya veremos si lo hacen o no.

Eadulf resopló mostrando su desaprobación.

– Con frecuencia resulta una práctica peligrosa, ya que si el zorro se ve acorralado puede volverse y atacar. De todos modos, ¿adónde vamos ahora? Seguro que Archú no puede decirnos nada más.

– Ahora no vamos a la granja de Archú; ya sabemos que está bien y que Agdae no está allí.

– ¿Adónde entonces?

– Al camino que visteis ayer. Quiero ver adónde lleva.

Eadulf se mostró algo renuente.

– Entonces, ¿no sería mejor ir con una escolta? ¿Y si ese sendero conduce a la guarida de los ladrones de ganado?

Fidelma sonrió.

– No temáis, Eadulf. No me voy a poner deliberadamente en peligro.

– No son las acciones deliberadas las que yo temo -murmuró Eadulf.

Por primera vez en un buen rato, Fidelma sonrió con divertida ironía y luego le hizo señal de que la siguiera. Más tarde llegaron al sendero que daba al valle donde estaba situada la granja de Muadnat. Fidelma se detuvo y examinó los campos y los edificios con calma.

– No quiero que nadie de la granja de Muadnat me vea -dijo.

– No veo la manera de llegar a ese sendero sino por el camino que discurre entre los edificios de la granja -señaló Eadulf.

Fidelma sacudió la cabeza y levantó una mano.

– Detrás de aquellos campos hay una pequeña depresión que atraviesa el valle. Creo que es una zanja o una corriente. Aquí y allá se ven árboles y arbustos que crecen en las orillas. Si encontramos un camino que descienda hasta allí, podremos ocultarnos de las personas de la granja hasta que alcancemos el otro extremo del valle y lleguemos al sendero.

Eadulf parecía dudar, pero al comprobar que Fidelma estaba tan decidida insistió en pasar él delante, encaminando sus caballos hacia un sendero que descendía la empinada ladera, rodeando algunos campos cultivados y avanzando con rapidez hacia el abrigo de unos árboles por donde discurría la zanja. Fidelma tenía razón, la depresión escondía un riachuelo, de no más de seis pies de ancho en algunos puntos. La corriente estaba al fondo de una zanja que les permitía ocultarse mientras seguían sus aguas poco profundas, que discurrían por el fondo del valle.

No tardaron mucho en atravesar el valle y ascender. Esta vez emergieron sobre la parte posterior de los edificios de la granja. Nada se movía allí abajo, ni siquiera se veían trabajadores alrededor de los graneros o en los campos.

Al cabo de un rato, llegaron al segundo camino y empezaron a ascender por él, adentrándose en las colinas del norte.

– Bien -exclamó Fidelma, al examinar el camino con detenimiento-, no se puede decir que no sea frecuentado. Obviamente los hombres de Dubán no lo registraron lo suficiente. Al principio es rocoso, pero cuando asciende por la colina, donde hay menos piedras, se ven claramente las señales de caballos y asnos e incluso de un carro.

El religioso sajón estaba preocupado.

– ¿No deberíamos regresar en busca de los guerreros de Dubán?

Fidelma le dirigió una mirada fulminante.

En silencio, siguieron el sendero y éste empezó a girar alejándose del valle de la Marisma Negra, hasta que Eadulf advirtió que volvían sobre sus pasos.

– Estamos del otro lado de la colina -dijo señalando hacia arriba-. ¿Veis dónde está el sol?

– Desde luego, ésta es una ruta indirecta -admitió Fidelma.

Lo que resultaba más interesante era que el sendero era ahora completamente llano. Siguieron avanzando por el camino que llevaba directamente hacia el este y luego viraba en dirección sur, casi en una alta meseta.

– No lo entiendo. Hemos vuelto sobre nuestros pasos totalmente -dijo Fidelma.

– No sólo eso -añadió Eadulf sonriendo-, yo creo que hemos ido en paralelo a la zona del valle donde está la granja de Archú.

Fidelma no lo entendió y así lo manifestó.

Eadulf señaló la ladera de la colina a su derecha.

– Si subiéramos hasta la cima de esta colina y miráramos hacia atrás veríamos las tierras de Archú.

La abogada aceptó eso sin hacer comentarios.

Habían avanzado una milla, aproximadamente, cuando la ladera se convirtió en una zona boscosa donde los árboles crecían juntos y ocultaban la cima de las colinas. El sendero penetraba directamente en los bosques, pero era ancho y, por lo que parecía, era frecuentado por algún vehículo; había rodadas bien marcadas.

– Parece que vamos a avanzar eternamente -gruñó Eadulf protestando-. Tal vez deberíamos regresar al rath ahora que ya no podemos continuar mucho más y antes de que caiga la noche.

– Sólo un poquito más -intentó convencerlo Fidelma-, Yo creo que deberíamos estar llegando a…

De repente se detuvo e hizo señal a Eadulf de que hiciera lo mismo.

– Saquemos a los caballos de este camino y continuemos a pie -ordenó a Eadulf-. Creo que hay algo ahí arriba.

Eadulf estaba a punto de volver a protestar pero decidió obedecer sus órdenes. Desmontaron y alejaron a los caballos del camino, hacia el bosque, para no ser vistos por cualquiera que pasara por allí. Entonces, con Fidelma delante, empezaron a abrirse camino por el bosque, avanzando en paralelo al sendero.

No se habían alejado mucho, cuando vieron que llegaban a un claro. Un repentino sonido hizo que se detuvieran. Tardaron un momento en darse cuenta de que era el sonido producido por alguien que cortaba leña. Esperaron con cautela en los límites del claro.

Era un amplio espacio en la ladera, una zona de prados azotados por el viento, salpicada aquí y allá con rocas grises graníticas. Había un grupo de caballos en un pequeño corral improvisado formado con un cercado de cuerda. Junto a los caballos había una docena de asnos, fuertes animales de carga. Al lado había un carro, junto al cual había un fuego donde se rustía un taco de carne con un sonido chisporroteante producido por la grasa cuando caía en las llamas. Un hombre, un extraño al que no reconocieron, cortaba leña, mientras otros hombres por el lugar se dedicaban a distintas tareas. Fidelma los examinó de cerca frunciendo ligeramente el ceño.

Posó su mano sobre el brazo de Eadulf y señaló al lado opuesto del cercado. Había otro cercado más pequeño donde algunas vacas pacían tranquilamente, sin saber que también ellas iban a proporcionar alimento a los hombres.

Remontando un poco la colina, había la boca de una pequeña cueva, cuya entrada era lo bastante alta para que entrara un hombre de pie. Alrededor de la cueva el granito era gris azulado. La entrada estaba protegida por un saliente de granito.

En este claro acababa el sendero misterioso; de eso no había duda. Habían llegado a la guarida de los ladrones de ganado. Fidelma y Eadulf intercambiaron una mirada. Eadulf estaba claramente perplejo, y Fidelma, que observaba algunas de las herramientas que estaban apoyadas en el carro, empezaba a ver la luz. Estaba a punto de indicarle a Eadulf que debían retirarse cuando percibió un movimiento en la entrada de la cueva.

Emergió un hombre alto y forzudo, parpadeó ante la luz y bostezó, desperezándose con los brazos hacia el cielo. Tenía una densa barba pelirroja y cabello largo hasta los hombros.

Esta vez no había duda: eran los desagradables rasgos de Menma, el caballerizo del rath de Araglin.


Capítulo XV

<p>Capítulo XV</p>

Habían cabalgado hasta los límites del bosque en silencio. Fidelma estaba concentrada pensando y tenía el ceño fruncido. Eadulf hacía cuanto podía por acallar las numerosas preguntas que retumbaban en su cabeza. Finalmente, cuando salieron del sombrío bosque, no pudo continuar por más rato en silencio.

– ¿Qué creéis que significa esto, Fidelma? -preguntó finalmente.

– Si lo supiera, conocería la clave de este misterio -replicó ella con impaciencia-. Sin embargo, al menos hemos descubierto la guarida de los hombres que han asaltado las granjas de Araglin.

– ¿Por qué se esconderían Menma y esos bandidos en la cueva? ¿Y por qué se asociaría Menma con los ladrones de ganado?

Fidelma esbozó una sonrisa.

– Yo no creo que sean ladrones de ganado, ni que se estén escondiendo exactamente.

– ¿Entonces qué? -preguntó Eadulf.

– ¿No visteis las herramientas que había en el suelo del claro?

– ¿Herramientas? No. Estaba demasiado ocupado observándolos. ¿Qué herramientas?

Fidelma dejó ir un leve suspiro.

– Tenéis que recordar siempre que la observación y su análisis son esenciales para encontrar la verdad. Había varias herramientas junto al carro. Me indicaron que la cueva ha de ser, sin duda, una mina.

Eadulf estaba sorprendido.

– ¿Una mina?

– No es extraño que haya minas en este país. Si al salir de Dios Mhór nos hubiéramos dirigido directamente hacia el este por Abhainn Mor, hubiéramos llegado a una llanura llamada Magh Méine, o Llanura de los Minerales, de donde se extrae cobre, plomo y hierro.

– Creo que ya he oído hablar de ese lugar.

Fidelma lo miró compadeciéndolo.

– El posadero, Bressal, mencionó que tenía un hermano que era minero en la Llanura de los Minerales -dijo Fidelma.

– Por supuesto. ¿Pero qué estaba haciendo Menma en esa mina, si es que lo es?

– Eso hemos de descubrirlo nosotros.

– ¿Y por qué habría de…?

– No hay que hacer preguntas de las que ni siquiera se puede adivinar la respuesta.

– Tal vez hubiéramos tenido que presentarnos y pedir una explicación -sugirió Eadulf-. Después de todo, sois una funcionaría de este reino.

Fidelma sonrió.

– Esos hombres son capaces de cualquier maldad. ¿Creéis que les importa mi cargo?

– Podíamos haberlos sorprendido, desarmarlos…

– Hay un verso en las Odas de Horacio, amigo mío. Vis consili expers mole ruit sua.

Eadulf asintió lentamente.

– La fuerza sin buen sentido cae por su propio peso -repitió el monje.

Fidelma entornó los ojos para protegerse del sol y contempló la cima de la colina que tenían delante.

– Antes habéis dicho que si alcanzábamos la cima nos encontraríamos abajo, del otro lado la granja de Archú. ¿Es correcto?

Eadulf frunció el ceño ante aquel cambio brusco de tema.

– Así es -admitió con sequedad.

– ¿Queréis ver si tenéis razón?

Eadulf creyó que Fidelma bromeaba. No era así.

– Pero las pendientes son demasiado pronunciadas para los caballos -protestó el monje-. A pie podríamos ascender la colina pero…

Fidelma señaló hacia arriba en silencio.

Eadulf percibió algo que se movía colina arriba. El marrón rojizo de un animal. Entornó bien los ojos para ver mejor. Tenía delante la figura elegante y musculosa de un ciervo, reuniendo a su manada.

Fidelma le sonrió con rapidez.

– Si el ciervo puede llevar a su manada, pueden pasar un jinete y su caballo. ¿Estáis dispuesto?

El sajón levantó los brazos en señal de rendición.

– Hay algo parecido a un camino justo allí arriba -dijo Fidelma-. Creo que se trata de la ruta de los ciervos. ¡Mirad!

Eadulf vio una franja de tierra que se extendía entre helechos y tojos.

– No podemos pasar a caballo por ahí -volvió a protestar.

– No, pero podemos acompañar a nuestros caballo -lo tranquilizó Fidelma.

La muchacha descendió de su caballo, tomó las riendas y condujo su montura por el caminito hacia el rellano de la redondeada colina que tenían delante.

Eadulf gruñía para sí. Después, él también descendió de su caballo y lo condujo detrás del de Fidelma. En realidad, a él no le gustaban los lugares altos y desabrigados, así que mantenía los ojos bien fijos en el caminito.

– No entiendo por qué queréis utilizar este atajo hasta la granja de Archú. Podíamos perfectamente haber tomado el camino principal -se quejó, más para mantener la mente ocupada mientras ascendía que por ganas de discutir con Fidelma.

– Esto es más rápido, y no queremos alertar a nadie de la granja de Muadnat que pudiera estar compinchado con nuestros amigos de la mina.

– No veo la relación que tiene esto con la muerte de Eber.

Fidelma no se molestó en responder.

Una ráfaga de viento sopló sobre las colinas y los caballos se asustaron. Tuvieron que hacer uso de todas sus fuerzas para sujetar las riendas. Delante, Fidelma vio la manada de ciervos que avanzaba lentamente mientras iban paciendo. El viento no atemorizaba a los viajeros, y tampoco a los ciervos de gran cornamenta que se detenían aquí y allá, como estatuas impresionantes, y los observaban con ansiedad mientras avanzaban colina arriba. El macho se detuvo un momento, se giró, y con un curioso chillido exhortó a la manada a ir más deprisa. Fueron ascendiendo un rato y después volvieron a detenerse para pacer.

El sendero casi no podía distinguirse de las pendientes cubiertas de hierba que tenían a su alrededor, pero Fidelma siguió adelante, avanzando con buen paso, por el rellano de la colina redondeada. El viento soplaba con fuerza y Eadulf inclinó la cabeza, no sólo para evitar el contacto con los amplios espacios abiertos sino también para evitar las arremetidas de las fuertes ráfagas. Rogó que su caballo no se asustara mucho ya que no sabía si sería capaz de sujetarlo.

De repente se dio cuenta de que Fidelma se había detenido.

– ¿Qué hay? -preguntó el monje sajón.

– Vedlo vos mismo -respondió Fidelma.

Eadulf se armó de valor para echar una mirada.

Por debajo de ellos se extendía el valle en forma de ele. Le pareció ver algunos edificios a lo lejos y retiró la mirada en cuanto pudo.

– ¿Qué hay? -volvió a preguntar-. ¿El valle de Archú?

Fidelma se giró y lo miró pensativa.

– ¿Tenéis algún problema con las alturas, Eadulf? -preguntó Fidelma preocupada.

Eadulf se mordió los labios. No tenía sentido negarlo.

– No exactamente las alturas -respondió el sajón-. Es miedo a estar en lugares altos y abiertos, no tanto por caer hacia abajo sino por caer al vacío. ¿Os parece extraño?

Fidelma sacudió la cabeza lentamente en señal de negación.

– Tendríais que habérmelo dicho -reprendió con suavidad.

– A quién le importa que confiese mi miedo.

– Mi mentor, Morann de Tara, dijo una vez que un ratón no puede beber más que lo que le cabe.

Eadulf se mostró perplejo.

– Parece una idea rara.

– No lo es. Hemos de reconocer nuestras debilidades, tanto como nuestras fuerzas. Tan sólo entonces sabremos la fuerza de nuestra debilidad y la debilidad de nuestra fuerza.

– ¿Queréis decir que tenía que haber aceptado mi miedo y manifestároslo?

– ¿Qué otra cosa podíais hacer? Si me hubierais prevenido hubiera estado preparada si sucedía algo.

Eadulf dejó ir un suspiro, no le gustaba hablar de sus debilidades.

– Este no es el momento ni el lugar para discutir mis debilidades.

Fidelma se arrepintió enseguida.

– Por supuesto -dijo en tono consolador. El arrepentimiento no era propio de su carácter-. A partir de ahora ya descenderemos. Teníais razón, abajo está la granja de Archú. Éste es el valle de la Marisma Negra.

Eadulf se enderezó.

– Entonces vayamos -dijo irritado-. Cuanto antes empecemos a bajar, antes llegaremos.

Fidelma continuó guiando con cuidado. La manada de ciervos se había alejado y Fidelma comprobó que se habían ido del camino principal. Aunque, a pesar de lo empinado, no era imposible avanzar a buen paso. Sólo de vez en cuando tenían que detenerse para salvar alguna parte escarpada del sendero, ya que un desnivel de unos dos pies hacía que la elevación pareciera más empinada. En uno o dos puntos, tuvieron que dar la vuelta y regresar sobre sus pasos. Pero después llegaron a unas laderas más suaves donde unos grupos de fresnos y brezos formaban una línea limítrofe, tras la cual se encontraba un sendero bastante bueno.

Al salir del bosquecillo encontraron a dos jinetes que los esperaban. Ambos iban armados con arcos y flechas.

– ¡Sor Fidelma!

Se detuvieron al oír la voz sorprendida de Archú. Fidelma supuso que el segundo hombre era uno de los guerreros que Dubán había dejado allí. Archú bajó inmediatamente el arco y se disculpó.

– No sabíamos quiénes erais.

– Vimos dos figuras que venían por el rellano de la colina. Una ruta extraña -murmuró el guerrero.

– Extraña y peligrosa -dijo Eadulf suspirando, enjugándose el sudor de la frente.

– Os hemos observado durante la última hora, ya que mi compañero os ha visto aparecer enseguida en la cima de la colina. ¿Por qué habéis tomado ese sendero tan escarpado? Sólo he visto por ahí algunas ovejas y ciervos.

– Es una historia muy larga, Archú -replicó Fidelma-. Y si Scoth pudiera darnos algo de beber sería de agradecer.

– Por supuesto -respondió Archú deseoso de complacer-. Disculpadme, vayamos a la granja.

El guerrero seguía mirando recelosamente hacia la cima de la montaña.

– ¿Os seguía alguien, hermana?

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– No que yo sepa. ¿Visteis acaso a alguien que nos siguiera?

– No. Pero hemos de tener cuidado. ¿Sabíais que han matado a Muadnat?

– Sí. Hace ya horas que vinimos aquí y encontramos a Dubán en el camino. Nos dijo que os había dejado a vos y a otro hombre para vigilar del joven Archú, por si Agdae decidiera hacer una tontería.

Archú se dirigió a su compañero.

– Quizá deberíais quedaros aquí un rato para comprobar si baja alguien más de la colina. Yo me voy a llevar a sor Fidelma y al hermano Eadulf a mi casa.

El guerrero aceptó la orden sin comentar nada.

Fidelma y Eadulf siguieron entonces a Archú hacia la granja.

– Éste es un muy mal asunto, hermana. Si Dubán no hubiera dejado a unos hombres ayer y fueran testigos de que yo no me había movido de la granja, estoy seguro de que correría un gran peligro.

Fidelma no se molestó en responder. Era demasiado obvio.

– Conozco a Muadnat desde siempre y aunque me odiaba, no puedo decir que su muerte me es indiferente. Pero era mi primo. Descanse en paz.

– Amén -añadió Eadulf, algo recuperado.

– ¿Y cómo os lleváis con Agdae? ¿Sabíais que era el hijo adoptivo de Muadnat?

Archú hizo una mueca.

– Lo sabía. También es primo mío. Sus padres murieron de peste hace muchos años. Agdae sobrevivió y Muadnat lo crió en su casa. Mi madre me dijo que Muadnat quería que se casara con ella, pero ella rechazó a Agdae y se casó con mi padre. No nos llevábamos bien, lo confieso sin tapujos. Creció con la intolerancia de Muadnat y con aversión hacia mi persona.

– ¿Y vos también sentís aversión hacia él?

– No puedo decir que sienta otra cosa. Agdae no es una persona agradable.

– ¿Quién creéis que mató a vuestro primo? -preguntó Fidelma bruscamente.

Archú se quedó callado tanto rato que Eadulf pensó que no quería responder. Pero entonces el joven dejó ir un largo suspiro.

– No lo sé. Ahora ya nada tiene sentido. Las muertes de Eber y Teafa no me afectaron, pero la muerte de Muadnat me afecta, aunque no me gustara. No la entiendo.

Scoth los saludó desde la puerta de la granja.

El segundo guerrero que Dubán había dejado allí se había adelantado en busca de sus caballos.

Archú los acompañó dentro.

– Hay sidra -dijo Scoth, mientras iba a buscar una jarra y unos vasos.

Eadulf sonrió agradecido.

– Os bendigo por esto -dijo el monje sajón-. Tengo la boca seca.

Archú los invitó a sentarse, mientras Scoth servía la bebida y les ofrecía un cuenco con frutas.

Eadulf se acabó el contenido de su jarra casi de un solo trago y soltó un suspiro, mientras que Fidelma fue sorbiendo poco a poco y saboreando la bebida.

– Yo tendría cuidado, Eadulf -amonestó a su compañero, a quien le estaban rellenando el vaso-. Esta bebida es fuerte.

Archú hizo una mueca de regocijo.

– Al menos Muadnat tuvo la bondad de dejar unos barriles de esta sidra.

Scoth se mostró despectiva.

– Bueno, la elaboré con mis manos. Mejor que deguste yo los frutos de mi trabajo y no Muadnat.

Fidelma dio otro sorbo y dirigió su mirada a Archú.

– ¿Habéis pasado toda la vida en este valle?

A Archú le sorprendió la pregunta.

– Sí. Yo nací en esta misma granja y me crié aquí hasta que murió mi madre. Después se la quedó Muadnat y me envió a dormir en los graneros hasta que llegué a la edad de la elección y presenté la demanda en Líos Mhór. No conocía a nadie de ningún otro sitio hasta que fui a Lios Mhór. ¿Por qué me lo preguntáis?

– ¿Y qué me decís de la tierra del otro lado de la colina?

– ¿Os referís a la colina por la que cabalgabais?

– Así es.

– Yo sé que la colina pertenece a esta granja.

– Yo creía que la granja consistía en siete cumals de tierra del valle.

– En lo que es el valle sólo hay cuatro cumals. Las tierras de la alquería se dividen en tres tipos: la que es arable, que rodea la granja; la tierra de las tres raíces.

Eadulf levantó la vista de su bebida fascinado.

– ¿La qué? -preguntó-. No había oído nunca esa expresión.

– Así lo dice la ley -explicó Fidelma-. Según la antigua clasificación se entiende que el suelo más rico de una granja destaca por la presencia de tres hierbas excepcionales por sus largas raíces: el cardo, el zuzón y la zanahoria salvaje. Si la tierra es bastante rica para que crezcan, es buena y productiva.

Eadulf sacudió la cabeza asombrado.

Fidelma volvió a dirigirse a Archú.

– ¿Pero decís que esa colina pertenece a la granja?

– Es la parte de la granja llamada «la tierra de hacha». Si se quiere que crezca algo en la colina, aparte de la maleza y los árboles, habrá que desbrozarlo y limpiarlo para cultivarlo.

– ¿Pero la colina pertenece a esta granja?

– Oh, sí. Ni siquiera Muadnat discutiría sus límites.

– Entiendo. ¿Conocéis bien la colina?

– Sí.

– ¿Pero la habéis explorado?

Archú se reclinó claramente sorprendido.

– ¿Por qué había de explorarla?

– Se eleva en un extremo de vuestra tierra arable y es parte de vuestra granja.

– Acabo de tomar posesión, como sabéis, hermana. ¿Cuándo he tenido tiempo para explorar las colinas que la rodean?

– ¿Cuando erais un niño?

– ¿Un niño? -replicó Archú sacudiendo la cabeza-. Yo no vagaba por esas colinas de niño.

– ¿Qué sabéis de las cuevas de esta zona?

Para Archú aquello resultó un cambio brusco de conversación. Se encogió de hombros.

– He oído que hay cuevas hacia el norte. Está la Cueva de la Oveja Gris, de la que mi madre me hablaba. Me dijo que una vez un cordero gris surgió de la cueva y lo crió un granjero de la zona. El cordero se convirtió en oveja y ésta, a su vez, tuvo corderos. Pero llegó un día en que el granjero decidió matar a uno de sus corderos para comerlo y la oveja reunió a los demás corderos y desaparecieron en el interior de la cueva. No los volvieron a ver.

Fidelma estaba impaciente.

– ¿Qué me decís de las minas? ¿Habéis oído hablar de minas en estas colinas?

Archú pensó detenidamente antes de contestar sacudiendo la cabeza.

– Tal vez haya minas, pero yo no os sabría señalar una. ¿A qué viene todo esto?

– Nosotros… -empezó a decir Eadulf pero hizo una mueca de dolor al recibir una patada de Fidelma por debajo de la mesa.

Archú y Scoth miraron a Eadulf sorprendidos.

– Nosotros queríamos conocer un poco la geografía de esta zona -dijo Fidelma y luego lanzó una mirada preocupada a Eadulf-. Parece que os duele algo, hermano. ¿No os había advertido ya de que la sidra era fuerte?

Eadulf hizo una mueca molesto.

– No es nada -murmuró el monje-. Tal vez agujetas de caminar.

– Ha sido un día muy largo y no hemos comido. Tendríamos que regresar al rath.

– Pero tenéis que quedaros a comer con nosotros -les invitó Scoth.

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– Desgraciadamente no podemos. Si no partimos ahora no llegaremos hasta después del atardecer, un momento en que no conviene ir por lugares desconocidos.

Se despidieron e iniciaron el camino de vuelta al rath de Araglin.

– No teníais que darme una patada tan fuerte, Fidelma -amonestó Eadulf de mal humor-. Me teníais que haber avisado, si no queríais que los jóvenes supieran lo que hemos descubierto en la colina.

– Lo siento, Eadulf. Pero es mejor que lo ocultemos de momento. Está claro que alguien quería mantener esa mina en secreto. La respuesta lógica es, ya que está en las tierras de Archú, que Muadnat intentaba trabajar en la mina sin que nadie lo supiera, en particular el joven Archú. El sendero hacia la mina viene de esta tierra. ¿Quizá nos hayamos tropezado con la verdadera razón por la que Muadnat quería con tanta desesperación la propiedad de su primo?

Eadulf dejó ir un silbido suave.

– Entiendo. Muadnat quería quedarse con la tierra para explotar la mina.

– Una mina pertenece a la persona en cuyas tierras está. Esa persona es la que ha de dar permiso a quien sea para trabajarla -admitió Fidelma.

– Sí, pero seguimos lejos de solucionar el misterio de la muerte de Eber y Teafa.

– Quizá no. Pero resulta extraño que Menma aparezca en este misterio y…

Se detuvo tan bruscamente que Eadulf se preguntó si no habría visto algún nuevo peligro y escrutó los alrededores con ansiedad.

– ¿Qué pasa? -preguntó al cabo de un rato.

– ¡Qué tonta!

Eadulf se quedó callado.

– Tenía que haberlo visto antes.

– ¿Ver qué? -preguntó Eadulf intentando calmar su curiosidad.

– Menma. ¿Recordáis que os dije que fue Menma el que condujo el ataque contra el hostal de Bressal?

– Sí.

– ¿Y ahora Menma aparece en la mina?

– Sí. Pero yo no veo…

– ¿Qué relación hay entre Bressal y las minas? -inquirió Fidelma.

Pareció que Eadulf pensaba detenidamente.

Los dientes de Fidelma rechinaron con frustración ante la lentitud del monje sajón.

– Bressal tenía un hermano…

Eadulf lo recordó.

– Morna, que es minero. Tenía una colección de rocas…

– Más importante -interrumpió Fidelma-. Morna había regresado a casa hacía poco diciendo que había descubierto algo que lo iba a hacer rico. Llevó a Bressal una roca.

Eadulf se frotó la barbilla.

– No sé si os sigo.

Fidelma se mostró paciente.

– Yo creo que la piedra procedía de la cueva de las tierras de Archú. Ese lugar que Morna había descubierto contenía oro y él creía que se iba a hacer rico. Yo creo que Menma atacó el hostal de Bressal para recuperar esa piedra.

– ¿Por qué?

– Porque había que mantenerlo en secreto. Morna, el hermano de Bressal reveló el secreto.

– ¿Queréis decir que Menma está al cargo de esta mina? Yo no hubiera pensado que fuera tan inteligente como para eso.

– Creo que tenéis razón; hay alguien más detrás de este asunto. Eso nos hace volver a Muadnat. Menma recibía órdenes y sólo quería asegurarse de que lo que Morna hubiera explicado o mostrado a su hermano Bressal permaneciera en secreto. Fue una coincidencia que estuviéramos en el hostal en aquel momento y fuéramos capaces de repeler el ataque.

Eadulf iba sacudiendo la cabeza mientras digería todo aquello.

– Yo sospechaba que el ataque lo había inspirado Muadnat para eliminar a Archú -dijo el monje sajón-, pues debía de suponer que Archú pasaría una noche allí de regreso.

– Yo pensé primero en eso, pero Muadnat también sabía que Archú y Scoth no tenían dinero para quedarse en un hostal. Por otra parte, al ir a pie, difícilmente hubieran llegado hasta el hostal aquella noche. Pero nosotros los llevamos a caballo. ¿Recordáis que también les pagué el alojamiento? No, había otro motivo y lo hemos encontrado.

– Entonces la razón era simplemente para mantener en secreto las riquezas descubiertas en la cueva.

– Estoy segura. Creo que fue ayer cuando lo vi claro.

Eadulf no entendía.

– Me he perdido, Fidelma -confesó.

– Ayer descubrimos un cuerpo desconocido en la granja de Archú. Era el cuerpo de alguien que no era ni granjero ni guerrero. Esas manos callosas y el polvo de roca en sus ropas me indicaron que tenía una profesión concreta.

Los ojos de Eadulf se alumbraron.

– ¿Reconocisteis que era minero?

– También os pregunté si os recordaba a alguien.

– No me recordaba a nadie.

– Deberíais ser más observador, Eadulf. Tenía los mismos rasgos que Bressal. El desgraciado era Morna, el hermano de Bressal, el posadero.

Fidelma se hundió en un silencio contemplativo mientras continuaban su trayecto por el valle hasta el rath de Araglin.

Crón esperaba con ansiedad su llegada, apostada junto a la puerta de la sala de asambleas para recibirlos.


Capítulo XVI

<p>Capítulo XVI</p>

Crón los saludó inmediatamente en cuanto entraron en el rath. Fidelma y Eadulf desmontaron y el monje llevó los caballos hasta el establo. Fidelma se reunió con Crón en la puerta de la sala de asambleas. No había nadie salvo la vieja criada Dignait, que estaba limpiando la sala.

– Marchaos, Dignait -dijo Crón.

La anciana miró con suspicacia a la religiosa, se giró y abandonó la estancia por una puerta lateral.

Fidelma se sentó en un banco y la tánaiste, después de dudar un momento, se acomodó a su lado. En un primer momento, ninguna habló; después, Fidelma se dirigió a ella.

– ¿Queríais verme?

Crón levantó sus ojos azules glaciales hacia Fidelma y luego los dejó caer.

– Sí.

– Dubán ha hablado con vos, supongo.

Crón se ruborizó y asintió con la cabeza.

– Le he dicho a Dubán que no soy tonta -dijo Fidelma con cuidado-. ¿Creíais que me iba a contentar con medias verdades? Sé que odiabais a vuestro padre. Quiero saber por qué.

– Es algo vergonzoso -replicó Crón tras una pausa.

– Lo mejor es conocer la verdad, ya que la sospecha y la acusación se enquistan y se convierten en oscuros secretos.

– También Teafa odiaba a mi padre.

– ¿Por qué?

– Mi padre abusó de sus hermanas.

Fidelma ya esperaba una respuesta así después de la información que le había proporcionado el padre Gormán.

– ¿Abusó físicamente de ellas? -preguntó para clarificar los hechos.

Crón resopló.

– Si por abuso físico entendéis que hizo que se acostaran con él, entonces sí.

– ¿Os lo dijo Teafa? -inquirió Fidelma.

– Hace años -admitió la tánaiste-. Creo que ya os he dicho por qué odiaba a mi padre. Pero no lo odiaba lo suficiente para matarlo. Realmente, no creo que estéis más cerca de resolver el asesinato de mi padre y de Teafa.

– Ah, pero sí lo estoy -respondió Fidelma sonriendo-. De hecho, lo que me habéis dicho significa…

– ¿Os molesto? -dijo una voz masculina cuando Fidelma estaba a punto de inclinarse con confidencialidad.

Era el padre Gormán en el umbral.

Fidelma percibió una mirada de advertencia en los ojos de Crón que le indicó que no mencionase nada más de todo aquello. Reprimió un suspiro de rabia y se levantó.

– De todas maneras estaba a punto de irme. He tenido un día largo y cansado. Hablaré con vos de esto mañana, Crón, después de descansar.

El desayuno ya estaba servido en el hostal cuando Fidelma llegó proveniente de la sala de baños. Eadulf estaba sentado y haciendo honores a la comida. Fidelma se dirigió a su asiento, dijo gratias en voz baja y examinó la bandeja con pan y fiambres y con guarnición. Cogió su cuchillo.

– Hemos de apresurarnos a regresar a la mina hoy con los hombres que pueda proporcionarnos Dubán -dijo Eadulf-. Tal vez seamos capaces de resolver todos estos misterios.

Fidelma estaba absorta en sus pensamientos, concentrada sólo a medias. Sin embargo, una parte de su mente se veía atraída hacia el plato de setas que había sobre la mesa. Una lejana campana de alarma resonó en el fondo de su mente; las setas eran de un color marrón amarillento pálido. Ella había comido muchas veces miotóg bhuí, la especie de hongos comestibles que crecía entre las altas hierbas de los prados húmedos junto a los ríos en primavera. Sin embargo, solían presentarse escaldados en agua, ya que su gusto era ácido. Escaldados se consideraban una exquisitez. ¿Por qué, entonces, se los habían servido crudos?

De repente un escalofrío le recorrió la espalda y se estremeció al examinar los trozos de cerca. Fidelma había creído que la cabeza amarillenta se había oscurecido con el tiempo, pero no era así. La cabeza era marrón. Lanzó una mirada temerosa a Eadulf, que estaba a punto de ponerse un trozo de seta en la boca, se acercó y se lo sacó de la mano.

Eadulf se echó hacia atrás sorprendido y contuvo una exclamación.

– ¿Cuántos habéis comido? -le preguntó Fidelma.

Eadulf la miró con cara de estúpido.

– ¿Cuántos? -retumbó otra vez la monja.

– Casi todos los que había en mi plato -confesó Eadulf sorprendido-. ¿Qué pasa? Sé lo que es, también hay en la tierra de los sajones del sur. Son colmenillas.

– Diar ár sábháil! -gritó Fidelma, saltando-. Son gyromitras esculentas, falsas colmenillas.

Eadulf palideció.

La falsa colmenilla, que se parecía tanto a la colmenilla, era venenosa si se comía cruda.

– Santo Dios -dijo Eadulf horrorizado.

Fidelma estaba de pie.

– No hay tiempo que perder: os tenéis que purgar, tenéis que vomitar, es la única manera.

Eadulf asintió con la cabeza. Él había estudiado en la gran escuela de medicina de Tuaim Brecain y había aprendido algo de los hongos venenosos.

Se levantó y se dirigió al fialtech, el retrete, olvidando incluso, con la prisa, santiguarse antes de entrar en la sala para ahuyentar las artimañas del Diablo, que moraba en tales lugares.

– Bebed toda el agua que podáis -le iba gritando Fidelma detrás.

Él no respondía.

Fidelma volvió su mirada hacia los platos.

Eso no era un error. Alguien había intentado envenenarlos deliberadamente. ¿Por qué? ¿Acaso estaban tan cerca de resolver las muertes de Araglin que tenían que eliminarlos? Recogió los platos de comida con rabia y los llevó hasta la puerta del hostal y los lanzó fuera. Hizo lo mismo con las jarras de aguamiel.

Oía a Eadulf que vomitaba en el fialtech.

Apretó con rabia los labios y se dirigió hacia las cocinas en busca de Grella, que era la que solía llevarles la comida. La cocina estaba desierta. Fue a la sala de asambleas y vio a la joven ocupada en sus tareas de limpieza.

La muchacha se puso nerviosa al ver a Fidelma.

– Decidme, ¿quién trajo la comida al hostal de huéspedes esta mañana?

– Fui yo, hermana, como siempre. ¿Pasa algo?

Los ojos cándidos de la joven indicaron a Fidelma que iba a tener que buscar al culpable en otro lado.

– ¿Quién preparó la comida esta mañana?

– Dignait, supongo. Es la encargada de la cocina.

– ¿Visteis cómo preparaba la comida?

– No. Cuando llegué, Dignait estaba en la sala de asambleas hablando con Cranat. Me dijo que tenía que ir directamente a las cocinas, donde encontraría la bandeja preparada con vuestro desayuno y que tenía que llevároslo enseguida.

– Así que, por lo que vos sabéis, Dignait preparó el desayuno.

– Sí. Me asustáis hermana, ¿qué sucede?

– ¿Recordáis en qué consistía la comida?

– ¿La comida? -preguntó la muchacha sorprendida por la pregunta-. ¿No os la habéis comido?

Fidelma hizo una mueca con amargura.

– ¿En qué consistía? -repitió.

– Fiambres, pan… oh, y algunas setas y manzanas y una jarra de aguamiel.

– Las setas eran venenosas. Eran colmenillas de las falsas.

La muchacha palideció. Su rostro mostraba conmoción, pero no culpabilidad.

– No lo sabía -dijo horrorizada.

– ¿Dónde está Dignait?

– No está aquí. Creo que fue a su habitación después del desayuno. ¿Queréis que os muestre dónde está su cabaña?

La muchacha se apresuró delante de Fidelma y la condujo desde la sala de asambleas hasta la destartalada cabaña.

– Aquí vive.

Fidelma la llamó.

No hubo respuesta.

Dudó un momento y luego intentó entrar. El pestillo se levantó con facilidad, empujó y entró en el edificio de una sola habitación. Le sorprendió el desorden que encontró: ropa de cama y piezas de ropa escampadas aquí y allá entre objetos personales.

Grella soltó una exclamación asombrada al otear por encima del hombro de Fidelma.

La abogada se quedó en el umbral y miró alrededor con gran interés. Alguien había estado buscando algo. ¿Había sido Dignait la que había puesto patas arriba su habitación, o acaso había sido otra persona? Si así era, ¿dónde estaba Dignait? Sus ojos se posaron en la mesa. De repente los entornó; había una manchita roja en el borde. Fidelma se dio cuenta de que era sangre.

Poca cosa más podía aprenderse de la habitación desierta de Dignait. Fidelma se volvió hacia Grella, que tenía la boca abierta y se mostraba nerviosa.

– Es mejor que volváis a vuestro trabajo, Grella. Cuando hayáis acabado quiero que os quedéis con el hermano sajón. Tal vez os necesite, ha comido algunas setas venenosas.

La muchacha soltó una suave exclamación y se santiguó.

– Ya se está purgando -le explicó Fidelma- pero tal vez necesite la ayuda de alguien más tarde. Yo tengo que ir en busca de Dignait y no quiero que se quede solo. Cuando hayáis acabado con vuestro trabajo, quedaos en el hostal y cuidad de él. ¿Me entendéis?

Grella indicó que la había entendido con un movimiento de cabeza y se escabulló.

Fidelma cerró la puerta de la habitación de Dignait y regresó al hostal.

Eadulf estaba sentado con la cara pálida y todavía estaba bebiendo agua.

Ella lo miró interrogante. Él asintió con la cabeza lentamente.

– ¿Cómo estáis? -le preguntó dulcemente.

Eadulf se encogió de hombros compungido.

– Preguntádmelo dentro de unas horas. Será entonces cuando el veneno haga efecto, si lo hace. Espero haber vomitado la mayoría. Nunca se sabe.

– Dignait ha desaparecido. Su habitación está desordenada y hay una mancha de sangre sobre la mesa.

Eadulf abrió bien los ojos.

– ¿Creéis que Dignait…?

– Parece lógico que sea la persona a la que hay que interrogar. Por lo visto fue ella quien preparó la comida y le dijo a Grella que nos la trajera. Le he pedido a la chica que cuide de vos mientras yo no estoy.

– Voy con vos a buscar a Dignait -protestó Eadulf.

Fidelma se lo quedó mirando casi con ternura y sacudió la cabeza con firmeza.

– Amigo mío, tenéis que quedaros sentado y seguir purgándoos. Veré qué puedo averiguar.

Eadulf empezó a protestar, pero al observar la dura mirada de Fidelma se lo repensó.

Fidelma encontró a Crón en la sala de asambleas y parecía de mal humor.

– ¿Es verdad? -preguntó-. Acabo de hablar con Grella.

– Es verdad -respondió Fidelma-. ¿Tenéis alguna idea de dónde puede haber ido Dignait?

Crón negó con la cabeza.

– La he visto antes. Grella dice que ya habéis registrado su habitación.

– Parece que ha desaparecido. Su habitación está vacía y desordenada y hay una mancha de sangre encima de la mesa.

– No sé qué aconsejar. Tiene que estar en algún lugar del rath, ordenaré que hagan un registro inmediatamente.

– ¿Dónde está vuestra madre? Me han dicho que conoce a Dignait mejor que nadie y que esta mañana estuvo hablando con ella.

– Mi madre se ha ido a cabalgar, como cada mañana, con el padre Gormán.

– Informadme cuando regrese.

La siguiente parada de Fidelma fue en la cabaña de Teafa.

Gadra abrió la puerta, vio la expresión de preocupación en el rostro de Fidelma y se hizo a un lado en silencio para que ésta pudiera entrar.

– Habéis salido pronto hoy, Fidelma, y no tenéis buena cara.

– ¿Cómo está vuestro protegido?

– ¿Móen? Todavía está durmiendo. Ayer fuimos a dormir tarde porque estuvimos discutiendo sobre teología.

– ¿Discutiendo de teología? -preguntó Fidelma asombrada.

– Móen sabe mucho de teología -le aseguró Gadra-. También estuvimos discutiendo su futuro.

– Sospecho que no quiere quedarse aquí.

Gadra sonrió cínicamente.

– ¿Después de todo lo que ha sucedido?

– Supongo que no -admitió Fidelma-. ¿Pero qué va a hacer?

– Yo le he sugerido que podría buscar refugio en un claustro religioso, tal vez en Lios Mhór. Necesita el orden que le puede proporcionar una vida entre religiosos, y muchos podrían comunicarse con él, ya que como vos misma habéis visto el conocimiento del antiguo ogham puede adaptarse rápidamente a sus necesidades.

– Parece una buena idea -admitió Fidelma-. Pero no cuadra mucho con vuestra filosofía.

– Mi mundo está moribundo. Yo ya lo he aceptado. Móen tiene que formar parte del nuevo mundo, no del viejo. -Gadra frunció el ceño bruscamente-. Pero veo que estáis preocupada; no habéis venido aquí para hablar de Móen, ¿ha sucedido algo?

– Temo por la vida de mi compañero, Eadulf -dijo Fidelma cortante-. Alguien ha intentado envenenarnos esta mañana.

El rostro de Gadra mostró su asombro.

– ¿Ha intentado? ¿Cómo?

– Setas venenosas.

– La mayoría de la gente reconoce las variedades venenosas.

– Cierto. Pero la colmenilla falsa puede pasar fácilmente por colmenilla.

– Pero sólo es tóxica cuando está cruda. Como la colmenilla no se toma nunca cruda, no hay muchas posibilidades…

– La cuestión es que las miotóg bhuí, las colmenillas, estaban crudas y eso fue lo que me extrañó. Yo no las toqué, pero desgraciadamente el hermano Eadulf ya había empezado a comerlas antes de que yo las reconociera.

Gadra se puso serio.

– Ha de purgarse inmediatamente.

– Ya ha vomitado y yo le he hecho beber mucha agua para que vomite más.

– ¿Se sabe quién es el responsable del intento de envenenamiento?

– Parece que Dignait. Pero al parecer no está en el rath, ha desaparecido. Su habitación está patas arriba y hay sangre sobre una mesa.

Gadra arqueó las cejas preocupado.

– Vuestro deber es hacerme la pregunta. Os la voy a contestar ahora: ni Móen ni yo hemos salido de aquí esta mañana.

Fidelma hizo una mueca.

– No sospechaba de vos.

Gadra se dirigió hacia su sacculus, que estaba sobre la mesa. Extrajo una botellita.

– Llevo mis medicinas encima. Esto es una infusión, una mezcla de hiedra triturada y ajenjo. Decidle a vuestro amigo sajón que se lo beba todo con un poco de agua, cuanto más fuerte sea la poción que tome, mejor. Le ayudará a eliminar el veneno del estómago.

Fidelma tomó la botella.

– Tomadla -insistió el viejo ermitaño-. A menos que creáis que quiero envenenarlo -añadió con una sonrisa.

– Os lo agradezco de verdad, Gadra -dijo entonces Fidelma.

– Apresuraos. Informadme si puedo hacer algo más por vos.

Agarrando la botella en la mano, Fidelma regresó al hostal de los huéspedes.

Eadulf seguía sentado, mucho más pálido. Tenía un color azulado alrededor de los ojos y la boca.

– Gadra os manda esto. Tenéis que tomarlo enseguida mezclado con agua.

Eadulf tomó la botella con desconfianza.

– ¿Qué es?

– Una mezcla de hiedra triturada y ajenjo.

– Algo para limpiar el estómago, supongo.

Sacó el tapón de la botella, olió el interior e hizo una mueca. Después vertió el contenido en una taza alta y añadió agua. Se lo quedó mirando con asco un momento, abrió la boca y se lo tragó.

Le dio un ataque de tos.

– Bueno -dijo cuando consiguió hablar-. Si el veneno no acaba conmigo, estoy seguro de que lo hará esta infusión.

– ¿Cómo os encontráis? -preguntó Fidelma, ansiosa.

– Mal -confesó Eadulf-. Pero el veneno tarda una hora más o menos en hacer efecto y…

De repente pareció que los ojos de Eadulf se le iban a saltar de las órbitas.

– ¿Qué pasa? -gritó Fidelma, alarmada.

Con la mano en la boca, Eadulf se puso en pie de un salto y desapareció en dirección al fialtech. Sus arcadas se oían desde allí.

– ¿Qué puedo hacer, Eadulf? -preguntó Fidelma, preocupada cuando el monje volvió a aparecer.

– Poca cosa, me temo. Si encuentro a Dignait, si me ha hecho esto, yo…, ¡oh, Dios!

Con la mano en la boca, volvió al excusado.

Llamaron a la puerta y entró Crón.

– Me han confirmado que Dignait no está en el rath -dijo-. Eso confirma su culpabilidad.

Fidelma miró a la tánaiste con malhumor.

– Eso me temía.

– He enviado a un hombre a informar a Dubán de lo que ha sucedido -añadió Crón.

– ¿Y dónde está Dubán ahora?

– Está arriba, en el valle de la Marisma Negra. Todavía está pendiente el asunto de la muerte de Muadnat -dijo Crón vacilante y con un suspiro-. Me cuesta creer que Dignait intentara envenenaros.

– De momento no hay nada que creer o no creer -respondió Fidelma-. No conoceremos su participación en este asunto hasta que la encontremos y la interroguemos.

– Ha sido una buena criada para mi familia.

– Eso me han dicho.

Eadulf volvió a aparecer, vio a Crón y se cohibió.

Crón examinó sus rasgos pálidos con desagrado.

– Estáis mal, sajón -lo saludó la tánaiste sin entusiasmo.

– Sois aguda, Crón -replicó Eadulf intentando mostrar humor.

– ¿Hay algo que yo… que podamos…?

Eadulf se sentó mostrándose animado.

– Sólo esperar -respondió él-. Quizá pueda hacerlo yo solo.

Fidelma le dirigió una sonrisa de disculpa.

– Tenéis razón, Eadulf. Os estamos molestando mucho. Descansad, pero le he pedido a la joven Grella que os vigile de vez en cuando.

Fidelma se giró y acompañó a Crón con gentileza, pero decididamente, hasta el exterior del hostal de huéspedes.

– Por cierto, ¿dónde está Crítán? -preguntó Fidelma cuando estaban fuera-. ¿Está ya sobrio después de lo de ayer?

– No estaba tan bebido como para no recordar lo que había sucedido. Lo humillasteis y no os va a perdonar.

– Se humilló a sí mismo -corrigió Fidelma.

– De cualquier modo, después de rabiar ante mí la pasada noche, justo antes de que regresarais al rath, cogió su caballo y se marchó, diciendo que ofrecería sus servicios a un jefe que supiera apreciar su talento.

– Eso es lo que me temo. Su talento reside en la arrogancia y la intimidación. Hay por ahí hombres sin escrúpulos a quienes gustaría hacer uso de tales cualidades. De todos modos, ¿decís que el joven ya no está en el rath?

Crón abrió bien los ojos.

– ¿No creeréis que ha conspirado con Dignait para…?

– No pierdo el tiempo en especular sin conocer los hechos, Crón. -De repente se le ocurrió algo. Desde luego tenía algo que ver con Crítán. Estaba a punto de actuar movida por esa idea cuando, de improviso, vio a Menma, el caballerizo, que salía del rath a caballo. Iba montado sobre una yegua robusta y llevaba atada detrás con una cuerda un asno. Una pesada alforja pendía del lomo del animal.

– ¿Adónde va? -preguntó Fidelma con suspicacia.

– Le he pedido que fuera a las tierras altas del sur a reunir algunos caballos perdidos -respondió Crón-. ¿Necesitáis sus servicios? ¿Le digo que regrese?

– De momento no importa -respondió Fidelma, que no quería que la distrajeran.

Sin embargo, otra cosa llamó su atención. Fueron los sonidos de unos caballos que entraban en el rath atravesando el puente de madera. Eran Cranat y el padre Gormán, que pasaron junto a Menma sin saludarlo.

Crón se dirigió inmediatamente hacia su madre y empezó a explicarle lo que había sucedido. Fidelma se quedó detrás, observando la conversación entre madre e hija con interés. Parecía que entre ambas había una cierta distancia, una formalidad de difícil explicación.

El padre Gormán, que había estado escuchando, desmontó y mientras alguien se hacía cargo de su caballo se acercó a Fidelma.

– El hermano Eadulf es un seguidor de Roma -dijo con brusquedad-. Si su vida está en peligro he de atender sus necesidades.

– Sus necesidades están bien atendidas, padre Gormán -replicó Fidelma con cierto regocijo-. Ahora sólo nos cabe esperar.

El padre Gormán se ruborizó.

– Yo me refería a sus necesidades espirituales. La última confesión. Los últimos sacramentos de nuestra iglesia.

– Yo no creo que se vaya todavía al otro mundo -respondió Fidelma-. Dum vita est spes est -añadió-, mientras hay vida hay esperanza.

Se volvió hacia Cranat, que estaba a punto de marcharse.

– ¡Cranat! Quiero hablar con vos.

La altiva mujer se giró y se ruborizó molesta.

– Lo normal es solicitar…

– No tengo tiempo para formalismos, como os he dicho antes -dijo Fidelma-. Es una cuestión de vida o muerte. Creo que habéis visto a Dignait esta mañana. ¿Habéis observado si preparaba el desayuno para el hostal de huéspedes?

– Yo no me muevo por las cocinas -dijo Cranat.

– ¿Pero habéis visto a Dignait esta mañana?

– La vi cuando cruzaba la sala de asambleas. Venía de la cocina. Me detuve para hablar con ella de manera informal. Creo que la criada Grella entró y Dignait le ordenó que fuera a la cocina y llevara la bandeja con el desayuno al hostal de huéspedes. Eso es todo.

– Hay que encontrar a Dignait. ¿Sabéis dónde puede haber ido?

Cranat respondió a Fidelma con una mirada de desagrado.

– Yo no tengo por costumbre meterme en los asuntos personales de los criados. Ahora, ¿eso es todo? -y se marchó indignada antes de que Fidelma pudiera contestar.

El padre Gormán seguía en sus trece y aprovechó la oportunidad.

– Insisto en ver al moribundo hermano sajón -dijo-. Tenéis que admitir vuestra parte de culpa si muere, hermana. Vos soltasteis a esa cría de Satanás cuando sabíais bien que nuestras vidas podían correr peligro.

Fidelma se giró malhumorada hacia él.

– ¿Estáis seguro de que sois abogado de la doctrina cristiana?

El padre Gormán se sonrojó.

– Más que vos, eso es obvio. Cristo dijo: «Y si vuestra mano os ofende, cortáosla; es mejor entrar a la vida incompleto, que ir con dos manos al infierno, al fuego que nunca se apagará; donde el gusano no muere, y el fuego no se apaga». Ya es hora de detener esa ofensa, de destruir y expulsar de una vez ese mal de entre nosotros.

Fidelma apretó la mandíbula con fuerza.

– El hermano Eadulf no necesita vuestra bendición, Gormán de Cill Uird -respondió Fidelma con voz tranquila-. Todavía no va a morir.

– ¿Acaso sois Dios para decidir tales cosas? -preguntó con desprecio el sacerdote.

– No -respondió Fidelma sacudiendo la cabeza-. ¡Pero mi voluntad es tan fuerte como la de Adán!

Por un momento pareció que el padre Gormán iba a seguir discutiendo, pero entonces se dio la vuelta apretando los labios y regresó iracundo a su capilla.

Crón, que vio el golpetazo de la puerta de la capilla, dirigió su mirada a Fidelma.

– Decidme si puedo hacer algo… -dijo, y se giró en dirección a la sala de asambleas.

Fidelma empezó en ese momento a dirigirse al hostal de huéspedes.

– ¡Hermana! ¡Hermana!

La religiosa vio a la joven criada, Grella, corriendo hacia ella. Por el rostro de la chica se dio cuenta de que sucedía algo y el corazón le dio un vuelco.

– ¿Es el hermano Eadulf?

– Venid deprisa -gritó la joven, pero Fidelma ya había echado a correr en dirección al hostal.

– Yo acababa de entrar, tal como me ordenasteis -jadeaba la joven, intentando ir al paso de Fidelma. No pudo acabar la explicación, pues Fidelma ya estaba entrando en el hostal, y Grella le iba pisando los talones.

Eadulf yacía en su cubículo, echado de espaldas en el jergón. Temblaba y su cuerpo se retorcía, pero tenía los ojos cerrados y unas gotas de sudor recorrían su rostro.

Fidelma se dejó caer de rodillas y le tomó una mano. Estaba caliente y sudorosa. Le tomó el pulso; palpitaba con movimientos espasmódicos.

– ¿Cuánto rato lleva así? -preguntó a Grella, que estaba detrás de ella.

– Yo entré hace un momento, como me pedisteis, y lo encontré así -repitió la joven.

– ¡Id en busca de Gadra el Ermitaño, deprisa! ¡En casa de Teafa! ¡Deprisa, ahora! -añadió al ver que la muchacha vacilaba.

Fidelma se volvió hacia Eadulf. Estaba claro que había entrado en un proceso febril y ya no era consciente de lo que sucedía a su alrededor.

La monja se puso en pie y se apresuró hacia la estancia principal donde había un jarro de agua. Lo cogió junto con un trozo de tela y lo usó para secarse las manos después de lavarse; lo humedeció, regresó junto a Eadulf y empezó a enjugarle el sudor de la cara enrojecida.

Un momento después, entró el anciano seguido por Grella. Separó suavemente a Fidelma. Tocó la frente de Eadulf, le tomó el pulso y se retiró.

– Poco podemos hacer ahora. Ha caído en un estado febril al que vencerá o será vencido por él.

Fidelma notó que sus manos se apretaban con movimientos espasmódicos.

– ¿No podemos hacer nada más?

– El veneno ha de seguir su curso. Esperemos que se haya eliminado la mayoría y que esto no sea más que el resultado de un pequeño residuo que le molestará durante unas horas. La temperatura de su cuerpo está subiendo. Si se detiene, habremos ganado. Si no…

El anciano se encogió de hombros.

– ¿Cuándo lo sabremos?

– No antes de algunas horas. No podemos hacer nada.

Fidelma sintió una rabia irracional al mirar el rostro amarillento de Eadulf. Se dio cuenta de lo triste que sería su vida si le sucedía algo. Recordó lo preocupada que se había quedado cuando había dejado a Eadulf en Roma y ella había regresado a Irlanda; los meses de soledad que habían seguido. Recordaba que había regresado a Irlanda con unos sentimientos curiosos, casi insondables, de soledad y añoranza. Le había llevado un tiempo superar esas emociones.

A Fidelma le costaba admitir el apego emocional a alguien. Se había enamorado de un joven guerrero llamado Cian cuando tenía diecisiete años. Él estaba en la guardia de élite del rey supremo de Tara. En aquel tiempo, ella estudiaba leyes con el gran brehon Morann. Era joven y despreocupada y había estado muy enamorada, pero Cian la había abandonado por otra. Este rechazo la había desengañado de la vida; sentía amargura, aunque los años hubieran templado esta actitud. Pero nunca había olvidado esta experiencia, ni la había superado. Tal vez nunca se lo había permitido.

Eadulf de Seaxmund's Ham había sido el único hombre de su misma edad en cuya compañía se había sentido realmente bien. Al principio lo había desafiado, pero esos desafíos intelectuales se habían convertido en la base de una relación fácil y amable. Sus debates sobre teología y actitudes culturales, en los que contrastaban sus opiniones y filosofías divergentes, eran una manera de bromear el uno con el otro. Y aunque sus discusiones eran fuertes, no había hostilidad entre ellos.

Fidelma se había sentido sola durante ese año y apenas había sido capaz de ocultar su alegría cuando se había enterado de que el hermano Eadulf había sido enviado como emisario del recién nombrado arzobispo de Canterbury, Teodoro, que era el representante del santo Padre en los reinos anglosajones. Que Eadulf estuviera ahora en la corte de su hermano, Colgú de Cashel, era como una bendición del destino.

¿Podía ser el destino tan cruel como para llevarse a Eadulf; llevárselo de forma tan irrevocable?

– No podéis hacer nada aquí, Fidelma -repitió Gadra-. Dejad que cuide del pobre hermano, mientras vos hacéis todo lo posible para encontrar al responsable. Os informaré de cómo evoluciona.

Fidelma miró los rasgos de su amigo enfermo y con renuencia asintió con la cabeza, mientras intentaba controlar una ligera mueca en las comisuras de sus labios.

– Gracias, Gadra -dijo-. Grella os ayudará, ¿no es así, Grella?

Grella se retorcía las manos.

– Oh, hermana, ¿me van a castigar por esto?

– ¿Por qué os han de castigar? -preguntó casi ausente.

– Fui yo la que os traje la comida a vos y al hermano -le recordó la joven.

Fidelma percibió la angustia que sentía la joven y sacudió la cabeza con una sonrisa triste.

– No os van a castigar. Pero tengo que ir en busca de Dignait y descubrir quién es el responsable de poner los hongos venenosos en las bandejas. Gadra os necesita. ¿Le ayudaréis?

– Desde luego -afirmó la joven, con tristeza.

Fidelma echó una última mirada a Eadulf, que temblaba inconsciente, se giró y abandonó el hostal. Cuando ya había caminado unas yardas, se dio cuenta, por primera vez en su vida, de que caminaba sin un propósito. Se detuvo, sin saber qué hacer.


Capítulo XVII

<p>Capítulo XVII</p>

Fidelma desmontó fuera de la cabaña de madera de un solo piso. Había abandonado el rath tan sólo con una vaga idea en la cabeza. Iba dándole vueltas a algo que se le había ocurrido al nombrar a Crítán. Era un verso de la Eneida de Virgilio: Dux femina facti! No estaba segura de por qué seguía pensando en ese verso, hasta que tomó el camino hacia el valle de la Marisma Negra y vio la cabañita en la curva del río.

Junto a la puerta, había una mujer que, al parecer, había estado arreglando las plantas del pequeño jardín. Observó la llegada de Fidelma con curiosidad. Era una mujer bien proporcionada, una mujer que ya no era joven. Una rubia, baja y rechoncha, con mandíbulas pronunciadas. Vestía ropas de colores chillones que no entonaban mucho.

Fidelma ató las riendas de su caballo a un poste.

– Buenos días, hermana -saludó la mujer-. Sois bienvenida aquí, pero he de advertiros, ¿sabéis qué lugar es éste?

Fidelma sonrió ligeramente.

– Me han dicho que era la casa de Clídna, ¿estoy mal informada?

La mujer rubia sacudió la cabeza.

– Yo soy Clídna, pero esto es un meirdrech loc.

– ¿Un burdel? Sí, eso me han dicho.

– Las personas como vos no suelen venir a visitar a una mujer de secretos, como yo, a menos que sea para intentar que tomemos un nuevo camino en la vida.

Fidelma sonrió irónicamente ante aquel eufemismo de «mujer de secretos» por «prostituta», aunque era ampliamente utilizado en los cinco reinos. De repente le pareció adecuado.

– Dux femina facti -dijo la frase en voz alta-. Una mujer dirigía la acción. He venido a veros, Clídna, porque conocéis muchos secretos.

La prostituta se mostró primero sorprendida, pero hizo un gesto en dirección a la cabaña.

– ¿Os ofendo si os pido que entréis y os ofrezco algo en señal de hospitalidad?

– En absoluto.

– Entonces entrad en mi casa, hermana, y permitidme que os ofrezca algo de beber. Desgraciadamente, mis medios son escasos, así que no tengo grandes vinos ni dulces aguamieles que ofreceros.

Se giró para dirigirse al interior de la cabaña y una vez dentro le indicó a Fidelma que se sentara, mientras ella se volvía hacia una cazuela que hervía sobre el fuego.

– Acabo de preparar una infusión de leñador -le comunicó Clídna-. Creo que os gustará. Es sencilla y natural.

– ¿Cómo la preparáis? -preguntó Fidelma percibiendo un aroma a bosque.

– Bien fácil -respondió la mujer con una sonrisa-. Golpeo suavemente un abedul y extraigo algo de savia. Después la caliento con agujas de pino y cuelo la mezcla con hojas de juncia.

Le ofreció una jarra de arcilla a Fidelma.

Ésta sorbió con cuidado; el sabor era fuerte pero no desagradable.

– Es muy bueno -afirmó cuando dio otro sorbo.

– ¡Seguro que no puede compararse con lo que se bebe en el palacio de Cashel!

Fidelma arqueó las cejas.

– ¿Así que sabéis quién soy?

– Yo soy una mujer de secretos -dijo Clídna con humor-. ¿Adónde van a descansar los susurros y rumores si no es a los oídos de alguien como yo?

– Contadme algo de vos. ¿Cómo es que os dedicáis a esta profesión?

– Yo era la hija de unos rehenes. Mis padres eran de los Uí Fidgente y fueron tomados prisioneros después de la batalla del Vado de las Manzanas, donde Dicuil, hijo de Fergus, murió a manos de los hombres de Cashel.

Fidelma sabía que los rehenes no tenían derechos y que se les obligaba a trabajar hasta pagar el rescate; pero la siguiente generación era libre.

Clídna parecía leer sus pensamientos.

– Yo nací antes de que mis padres fueran capturados. Por lo tanto no era una mujer libre. No tenía derechos y por eso soy lo que veis; una mujer de secretos. Sin precio de honor, sin posición, sin dote. Sin propiedad.

– ¿A quién pertenece entonces esta cabaña?

– Está en la tierra de Agdae.

– Ah. ¿Agdae de la Marisma Negra?

Clídna sonrió ligeramente.

– Por supuesto le pago un alquiler.

– Por supuesto.

– No me avergüenzo de mi vida.

– ¿He dado a entender que deberíais hacerlo?

– Normalmente, los de vuestra profesión, el padre Gormán por ejemplo, me azotarían y me echarían de esta tierra.

– El padre Gormán adopta unos puntos de vista extremos.

Clídna miró a Fidelma con cierto aire de sorpresa.

– ¿No me diréis que me veis con buenos ojos?

– ¿Veros con buenos ojos, o ver con buenos ojos vuestra profesión?

– ¿Son cosas distintas?

– Depende del individuo. Mi mentor, Morann de Tara, me dijo que nunca me probara el abrigo de otra persona en mi cuerpo. -Fidelma hizo una pausa-. Sin embargo, no he venido a discutir cómo vivís, Clídna. He venido porque os agradecería que me proporcionarais cierta información.

La mujer se encogió de hombros.

– Hay pocas cosas que yo no sepa en este sitio.

– Exactamente. Dux femina facti! Bien podría ser que hubierais oído secretos susurrados al aire.

– Pero no el secreto que vos deseáis descubrir. Hay mucha gente que odiaba a Eber, lo bastante para verlo muerto. Pero no estoy segura de cuántos se atreverían a matarlo.

– ¿Tal vez Agdae tuviera motivo suficiente, por ejemplo?

Clídna, sonrojada, sacudió la cabeza con rapidez en señal de negación.

– De todas maneras, estaba en Lios Mhór cuando asesinaron a Eber. Debéis saberlo -dijo ruborizada.

Fidelma conocía bien ese hecho, pero algo la incitó a poner a prueba a Clídna, dado el tono de voz que había utilizado al señalar que Agdae era el propietario de su casa. Le pareció que el matiz denotaba algo más que una relación profesional.

– ¿No sería capaz de alquilar a alguien para que lo hiciera?

– No es de ese tipo. Es un hombre de temperamento impetuoso y a menudo le lleva por mal camino la lealtad a su primo, Muadnat. Pero no es violento.

– Sin embargo, quizá mientras estamos hablando, Agdae está buscando la manera de matar al joven Archú. Amenazó con hacerlo.

Clídna echó hacia atrás la cabeza y se puso a reír.

– ¡Entonces no estáis bien informada!

Fidelma arqueó las cejas interrogante.

– ¿Tan segura estáis?

Clídna se levantó sonriendo y se dirigió a una puerta situada en el fondo de la cabaña. Daba a otra habitación que estaba a oscuras. Le hizo un gesto a Fidelma para que se acercara. Ésta así lo hizo, con cautela. Clídna le hizo la señal de que mirara al oscuro interior, tapándose la boca con un dedo.

De la habitación salió un fuerte olor a alcohol rancio; sin duda era un dormitorio. Fidelma oyó un ronquido fuerte y vio una figura estirada en una cama de madera.

Clídna atravesó la estancia en silencio y abrió una contraventana de madera para que entrara un poco de luz en la habitación. La figura gimió levemente. Fidelma oteó. No le costó reconocer a Agdae. Al cabo de un rato, Clídna volvió a cerrar las contraventanas y condujo a Fidelma fuera de la habitación.

– Lleva aquí desde la muerte de Muadnat y apenas sobrio -explicó Clídna-. La muerte de su primo le ha afectado, pero no es violento; eso lo sé.

Fidelma volvió a sentarse y dio un sorbo pensativa.

– ¿Eber vino alguna vez aquí?

Clídna se puso a reír y negó con la cabeza mientras regresaba a su asiento. Parecía una persona de risa fácil.

– Yo no era de su gusto; no soy una jovencita ni soy pariente suya -respondió-. Él tenía otras preferencias.

– ¿Habéis dicho que muchos lo odiaban?

– Con la gente de Araglin era como un cuervo con un hueso -reflexionó Clídna.

– ¿Por qué se extendió esa reputación suya de bondad y generosidad, de gentileza y cortesía?

– Porque Eber buscaba poder en la asamblea del rey de Cashel. Afirmaba ser amigo de todo el mundo para ganarse una buena reputación y un asiento en la asamblea.

– «Malo aquel del que todos los hombres hablan bien» -murmuró Fidelma, mientras sonreía a la desconcertada mujer-. Es de un evangelio de Lucas. En otras palabras, tal como escribió Aristóteles, un hombre que dice tener muchos amigos, no tiene amigos. Habladme de la gente que le odiaba.

– ¿Por dónde empiezo? -preguntó Clídna con escepticismo.

– ¿Por su círculo familiar?

– Un buen sitio -admitió la mujer-. Allí todos le odiaban.

– ¿Todos? -Fidelma se inclinó hacia delante con interés-. Entonces seamos más específicos. ¿Qué me decís de su mujer?

– ¿Cranat? Sí, lo odiaba. No hay duda. Si habéis hablado con ella, habréis visto que considera que se la ha tratado mal; haberse casado por debajo de su posición social, una princesa de los Déisi. Le desagradaba tener que vivir en Araglin. Su matrimonio fue puramente por dinero. Antes habéis dicho una frase en latín. Yo aprendí esta frase de… -dudó un instante y sonrió-… de un amigo. Es quaerenda pecunia primum est virtus post nummos.

– Una frase de las Epístolas de Horacio -reconoció Fidelma- y bien recordada. «La plata vale menos que el oro, y el oro menos que la virtud». Así que Cranat se casó con Eber, por el oro más que por la virtud.

Clídna sonrió.

– ¿Y Crón es su única hija con Eber?

Clídna se rascó la nariz con el índice y asintió.

– Sí.

– ¿Cuándo dejó Cranat de vivir con Eber?

Clídna sacudió la cabeza.

– Eso pasó cuando Crón tendría doce o trece años. Por supuesto dio que hablar.

– ¿Dio que hablar?

– Que Eber prefiriera la compañía de su hija a la de su mujer.

Sor Fidelma se reclinó y miró pensativa a la prostituta.

– ¿Queréis más infusión? -preguntó Clídna, sin inmutarse por el efecto que causaba.

Fidelma asintió automáticamente y tendió su jarra.

– Hablemos de Crón, entonces. ¿Cómo se llevaba con su padre?

– Me han dicho que tenían una buena relación. Ella trabajaba con él y, de hecho, apenas llegó a la edad de la elección la hicieron tánaiste. Nosotros somos una comunidad rural, hermana, y eso provocó algunas iras.

– ¿Iras?

– Oh, sí. Una joven heredera electa del clan.

– No es inusual -señaló Fidelma-. Las mujeres pueden aspirar a todos los cargos en los cinco reinos.

– Pero pocas veces son elegidas entre los granjeros. De todos modos, había otro problema. Muadnat ya era heredero electo.

Fidelma intentó ocultar su sorpresa.

– ¿Muadnat?

– Sí. ¿No sabíais que era primo de Eber y que, como Eber no tenía heredero inmediato, lo nombraron tánaiste hace tiempo? Cuando Eber lo desheredó e hizo que se nombrara tánaiste a su hija, se dijo que el jefe había pagado mucho en sobornos para conseguirlo.

La mente de Fidelma trabajaba a gran velocidad.

– ¡Despertad a Agdae!

Clídna frunció el ceño y estaba a punto de protestar, pero reconoció una expresión de gran resolución en el rostro de Fidelma.

Le costó un rato despertar a Agdae. El hombre se sentó en la cama parpadeando y frotándose los ojos. Desde luego todavía no estaba sobrio.

– Escuchad, Agdae -dijo Fidelma con voz áspera-. Escuchad con detenimiento. Quiero que me digáis la verdad. Si no lo hacéis, vuestra vida puede estar en peligro. ¿Lo entendéis?

Agdae gruñó algo como protestando.

– ¿Cuándo fue depuesto Muadnat por la derbfhine de la casa de los jefes de Araglin?

Agdae entornó los ojos para observarla mejor.

– ¿Cuándo? -insistió Fidelma.

– ¿Cuándo? -repitió Agdae con estupidez-. Oh, hace tres semanas.

– ¿Sólo hace tres semanas? ¿Y vos erais un miembro de la derbfhine?

Agdae se rascó la cabeza y asintió con renuencia.

– Dadme de beber.

– ¿Vos erais miembro de la derbfhine? -volvió a preguntar Fidelma en voz más alta.

– Así es.

– ¿Votasteis para que Muadnat continuara siendo tánaiste?

– Por supuesto, por qué…

– ¿Quién más votó a Muadnat… quién más?

Agdae tiró la cabeza hacia atrás, como si quisiera ponerse a dormir.

– ¿Quién más dio su apoyo a Muadnat en la asamblea?

Fidelma lo sacudió por los hombros.

– ¡Muy bien! ¡Basta! -protestó Agdae-. Solamente Cranat, Teafa y yo… Oh, y Menma. Nadie más.

– ¿Así que Menma era miembro de la derbfhine?

– El caballerizo es primo y tiene voz en la derbfhine -indicó Clídna.

Fidelma dejó caer a Agdae sobre la cama. Se quedó meditando un rato y luego regresó a la otra habitación. Clídna la siguió y cerró la puerta del dormitorio con suavidad. Fidelma se hundió en su silla. Con cautela, Clídna también volvió a sentarse.

– ¿Así que Crón fue elegida tánaiste hace tan sólo tres semanas? -reflexionó Fidelma-. Sé que existe una relación entre Crón y Dubán. ¿Qué me decís de la relación entre Dubán y Eber?

Clídna hizo una mueca.

– Es sencillo. Se rumoreaba que Dubán odiaba a Eber.

– Sin embargo, era el comandante de su guardia. ¿Conocía Eber este odio?

– Eber vivía envuelto en su ensimismamiento. Era susceptible a los halagos e incluso cuando encontraba enemigos, su método era, como he dicho, comprarlos. Cuando Dubán regresó, después de muchos años lejos de Araglin, y ofreció sus servicios a Eber, éste se sintió halagado de que un guerrero famoso por luchar contra los Uí Fidgente le ofreciera sus servicios.

– Entiendo -dijo Fidelma, pensativa.

Clídna observaba su expresión.

– Si sospecháis que Dubán mató a Eber, os equivocáis. Dubán es una persona ambiciosa y resuelta, pero también es un guerrero con un código de honor. Mataría a Eber en un combate, pero nunca se le acercaría a hurtadillas de noche para degollarlo.

– He conocido a gente que ha recurrido a métodos que no iban con su carácter.

– Bien, de la gente de Araglin, yo diría que Dubán, a pesar de la animadversión que sentía hacia Eber, sería el último que recurriría al asesinato.

– ¿Sabéis por qué Dubán odiaba a Eber?

– Ah, eso es una historia del pasado. Yo creo que algo pasó cuando Dubán era joven, algo que le incitó a alistarse en los ejércitos del rey de Cashel.

– Habéis dicho que pensaríais en otra persona antes que en Dubán. ¿En quién?

Clídna sonrió con ironía.

– ¿No os ofenderéis si hablo claro?

– ¿Por qué habría de hacerlo?

– Tal vez no os guste lo que tengo que decir.

– Me guste o no, no tiene importancia siempre que sitúe mis pasos en el camino de la verdad. La verdad es lo que buscamos en cualquier dirección. Vincit omnia veritas.

– El padre Gormán odiaba a Eber. Era un fanático de lo que él consideraba moral. Siempre estaba amenazando a la gente con el infierno y hornos al rojo vivo. Amenazaba a Eber y a Teafa.

– ¿Cómo lo sabéis?

– Me enteré por ese chico engreído que quiere ser guerrero. Solía venir aquí.

– ¿Crítán?

– El mismo. Una noche estuvo aquí borracho y me dijo que el padre Gormán había hablado a Eber y a Teafa de una manera muy vehemente. Le llamó putero vil que se quemaría en el infierno y dijo que Teafa no era mucho mejor. El padre Gormán les acusó de muchos pecados, tantos que afirmó que el infierno no era lo bastante caliente, ni la eternidad lo bastante larga para castigarlos.

– ¿Cuándo fue eso?

– Hace dos semanas, según Crítán. Eber estaba tan indignado con Gormán que le golpeó.

– ¿Eber golpeó al sacerdote? -preguntó Fidelma, sorprendida.

– Así es.

– ¿Hubo testigos?

– Según Crítán él fue testigo, ya que tuvo lugar en las cuadras. No lo vieron porque se ocultaba en un pajar.

– ¿De qué discutían?

– Deberíais preguntarle a Crítán.

– Dudo mucho que me lo diga. No os preocupéis. Si me decís lo que explicó Crítán, me ocuparé de que no os veáis implicada.

– Crítán estaba en el pajar de los establos, al parecer dormido. Le despertaron los gritos de un altercado. Era el sacerdote con Eber y Teafa. No pudo oír con precisión de qué iba la discusión, salvo que el padre Gormán los censuraba a ambos por su falta de moralidad. Crítán dijo que se mencionó algo de Móen. Fue entonces cuando Eber golpeó al sacerdote.

– ¿Qué sucedió entonces? -insistió Fidelma cuando la mujer hizo una pausa.

– El padre Gormán cayó al suelo. Crítán dijo que chilló deseando la muerte de Eber.

Fidelma se inclinó hacia delante con interés.

– ¿Dijo eso mismo?

– Según Crítán.

– ¿Cuáles fueron las palabras exactas… según Crítán?

– Creo que dijo que el padre Gormán gritó: «El cielo os fulminará por este golpe», o algo parecido.

– Ah, el cielo. ¿Y no dijo que el golpe lo daría él mismo?

Clídna sacudió la cabeza.

– Bueno, no os implicaría en esto. Decidme, sin embargo -Fidelma sonrió levemente-, ¿Agdae es un buen patrón?

– Ni mejor ni peor que cualquier otro hombre -se mostró expresamente desinteresada.

– Pero ¿os gusta más que cualquier otro hombre?

– Es bonito soñar con una posición mejor en la vida -admitió la mujer.

– ¿Qué podéis decirme de Muadnat?

– Impulsivo. Estaba acostumbrado a salirse siempre con la suya.

– ¿Muadnat y Agdae frecuentaban vuestra… vuestra casa?

Clídna se echó a reír divertida.

– Ellos y la mitad de Araglin. No me avergüenzo de ello. Es lo que hago.

– ¿Oísteis a alguno de ellos hablar de una mina?

– ¿Una mina? ¿Queréis decir una mina aquí en Araglin?

– Sí. O en la Marisma Negra, la tierra de Muadnat, por ejemplo.

– No. En ninguna parte de estas tierras.

Fidelma se sintió decepcionada.

Clídna se levantaba del asiento, cuando se giró bruscamente frunciendo el ceño.

– La verdad es que… tal vez no sea nada…

Fidelma esperó expectante.

– Menma dijo algo una vez.

La mente de Fidelma se puso alerta al oír mencionar al hombre pelirrojo.

– Menma dijo algo de un hombre que encontró una roca que le iba a hacer rico.

– ¿Cómo?

– Yo no lo entendí entonces, ni lo entiendo ahora, hermana. Menma viene a menudo aquí y a menudo borracho. Hace unas semanas estando borracho hablaba de extraer riquezas de la tierra, yo no sabía de qué hablaba. Después dijo algo de un hombre que conocía el secreto de convertir las rocas en riquezas y con la riqueza comprar más poder del que Eber pudiera imaginar.

– ¿Dijo quién era ese hombre?

– Era algo así como Mór… Mór algo.

– ¿Morna? -preguntó Fidelma.

– Creo que sí. Pero, ahora que habéis mencionado las minas, ¿acaso las rocas no esconden metales preciosos?

– ¿Habéis oído alguna cosa más? ¿Muadnat dijo alguna vez algo?

– Nada. Una cosa interesante, sin embargo; durante ese mismo período parece que Menma y Muadnat se hicieron buenos amigos. Muadnat nunca había sido amigo del caballerizo. Era curioso. Lo sé porque una vez Agdae se me quejó de que Muadnat y Menma iban a menudo de caza a las colinas y él se sentía excluido.

Fidelma se levantó lentamente.

– Agradezco mucho toda esta información que me habéis dado, Clídna. Habéis sido de gran ayuda.

Clídna hizo una mueca de escepticismo.

– No sé cómo, hermana.

Fidelma le devolvió la jarra de barro vacía.

– Os agradezco vuestra hospitalidad. Que seáis feliz.

Fidelma se montó en su caballo y se encaminó hacia el valle de la Marisma Negra, absorta en sus pensamientos.


Capítulo XVIII

<p>Capítulo XVIII</p>

Primero pensó en ir en busca de Dubán, para ver si había descubierto adónde podía haber huido Dignait. Pero estaba preocupada. Aunque Clídna le había dicho que había otras personas en Araglin, aparte del fornido guerrero, sospechosas del asesinato, ella desconfiaba. Si Dubán odiaba a Eber, ¿por qué había regresado a Araglin y se había puesto a su servicio? Y si amaba a Crón, la muerte de Eber los beneficiaba a ambos. Ya había sospechado de ambos por las mentiras que le habían dicho. Se encontró que, inconscientemente, conducía su caballo por las colinas en dirección a la mina.

El trayecto era fastidioso y por varias veces Fidelma pensó que era mejor ocultarse de los viajeros, o dar un rodeo a los edificios, para que nadie la viera. Tenía la sensación de que las cosas empezaban a unirse como los hilos de una telaraña, juntándose cada vez más hacia el centro, donde estaba sentada la figura borrosa de un gran manipulador tirando de los diferentes hilos.

Fidelma llegó al lugar del bosque en el que ella y Eadulf habían descubierto la entrada de la cueva y habían visto a Menma salir de ella. Se preguntó cuánto podría acercarse sin ser vista, cuántos trabajadores habría cerca de la cueva. Pero instintivamente sabía que allí iba a encontrar una de las claves para descubrir el misterio.

Agudizó sus sentidos mientras atravesaba el bosque a caballo, por entre robles sombríos cuyas candelillas amarilleaban, percibiendo las flores rojas y blancas e incluso rosas de los robustos espinos y los tejos que acababan de florecer. Todas las hayas destacaban con sus hojas de un verde brillante. Parecía todo tan en paz, tan idílico, que costaba imaginar que el caos y la muerte se escondieran en esa agradable tierra.

Su caballo se sobresaltó bruscamente, y en las cercanías se oyó el ladrido característico de un zorro buscando una presa.

Era sabio recordar que, incluso en un lugar tan idílico como aquél, había también depredadores al acecho de víctimas débiles.

Llegó al lugar donde Eadulf y ella habían amarrado a sus caballos y decidió que sería mejor repetir lo mismo y aproximarse a pie. Hizo bien, pues llegando al extremo del bosque oyó un sonido de cascos y se ocultó sigilosamente en la maleza. No lejos de allí, por el camino, iba galopando un caballo proveniente del claro. Fidelma vio una figura ligera agachada sobre el cuello del animal y una capa brillante y de varios colores al viento. Después, caballo y jinete desaparecieron.

La monja se detuvo un momento; le pareció oír un grito procedente del claro y se giró con cuidado en esa dirección. Se encontró con el claro delante, en la ladera de la colina donde estaba la entrada de la cueva. Había dos caballos allí amarrados. Se acurrucó bien, buscando que los arbustos la taparan.

No había señal alguna del pesado carro que habían visto anteriormente y el fuego era una mancha negra, aunque las herramientas seguían allí amontonadas. Escuchó con atención, pero no se oía nada salvo las canciones de los pájaros que se elevaban del bosque y el suave murmullo de una brisa que acariciaba las laderas. Fidelma examinó los caballos con detenimiento. Estaban ensillados, y con seguridad no eran los caballos de unos granjeros, sino más bien las monturas de unos guerreros. Uno de ellos le resultaba particularmente familiar e intentó recordar dónde lo había visto y quién lo cabalgaba.

Estaba a punto de levantarse y acercarse a la cueva cuando sucedió algo; tan rápido, que apenas pudo respirar antes de que ya hubiera acabado.

Intentaba recordar por qué los caballos le resultaban familiares y dónde los había visto anteriormente, pero un segundo después oyó un curioso chillido de lamentación. Sus ojos se clavaron en la entrada de la cueva. Apareció una figura desaliñada. Se detuvo un momento, respiró una bocanada de aire y empezó a correr hacia los caballos.

Era el pelirrojo Menma. El caballerizo estaba casi a punto de llegar hasta su caballo cuando apareció una segunda figura en la boca de la cueva. Caminaba sin prisa, surgía de la oscuridad con un arco y una flecha.

– ¡Menma! -gritó en voz baja pero intensa atravesando el claro.

El hombre giró en redondo. Incluso desde aquella distancia, Fidelma vio su cara aterrorizada.

– ¡Por el amor de Dios! -llegó a farfullar-. ¡Os puedo pagar! Puedo…

Después agarró una espada que colgaba de su silla de montar y se giró para enfrentarse a su perseguidor. Empezó a correr hacia delante, blandiendo la espada con desesperación.

La segunda figura levantó el arco sin prisa. Menma avanzaba corriendo, intentando recorrer aquel espacio. Se oyó un ruido sordo. Menma cayó derribado al suelo, la espada se soltó de su mano. El astil de la flecha sobresalía de su pecho. Se sacudió y luego se quedó quieto.

La segunda figura fue caminando lentamente hacia el cuerpo inerte y lo miró sin interés. Tocó el cuerpo con la punta de la bota, como para asegurarse de que estaba muerto. Después se agachó y arrancó la flecha del pecho. Incluso a esa distancia, Fidelma vio el chorrito de sangre que brotaba al estirar de la flecha. Manteniendo la calma, la segunda figura volvió a meter la flecha en su carcaj, aflojó el arco y regresó a su caballo; desató las riendas y montó. Entonces se inclinó hacia delante, desató la montura de Menma y salió del claro, tirando del segundo caballo tras él.

Cuando hubo desaparecido por el camino del bosque, Fidelma respiró profundamente y se estremeció. Estaba helada del susto. La segunda figura era Dubán.

Al cabo de un rato, Fidelma se levantó de su escondrijo y avanzó lentamente hacia donde yacía el cuerpo de Menma. Vio que ya no necesitaba ayuda, se santiguó y murmuró una oración por el reposo de su alma. No le gustaba el apestoso mozo de cuadras, pero se preguntaba si merecía una muerte así. ¿Qué razones tenía Dubán para disparar al hombre pelirrojo de aquella manera?

Vio que había algo prendido en la cinturilla del mozo de cuadras, algo que no iba mucho con él. Se agachó y lo estiró. Era un trozo de vitela con algo escrito. Cuando lo estiró cayó algo más; un sencillo crucifijo romano de oro labrado. Lo recogió. El oro era rico y rojizo, mezclado con mineral de cobre. Se giró hacia el trozo de vitela. La escritura era en latín y la tradujo con bastante facilidad: «Si queréis saber la respuesta a las muertes de Araglin, mirad bajo la granja del usurpador Archú».

Fidelma frunció el ceño mientras la observaba. Era latín simple, pero expresado con claridad y corrección gramatical. Fidelma miró el cuerpo de Menma. Se había sujetado el pedazo de vitela en la cinturilla y estaba claro que Dubán no se había dado cuenta. Llegados a ese punto, no tenía sentido preguntarse lo que significaba. La dobló con cuidado y la metió en su marsupio junto con el crucifijo.

– Terra es, terram ibis -murmuró, mientras miraba el cuerpo en el suelo.

Era bien cierto. En un mundo de incertidumbres, eso era lo único seguro. Todos venimos del polvo y al polvo volveremos algún día.

Fidelma se volvió hacia la entrada de la cueva. Ahora que Dubán se había ido estaba segura de que no había nadie más por allí, la cueva estaba a oscuras y en silencio. Había unas herramientas en la entrada y vio una lámpara de aceite, con pedernal y yesca al lado. Le costó poco encender la lámpara y adentrarse en la oscuridad. Había señales de que habían estado trabajando hasta hacía poco.

No había avanzado mucho cuando observó algo que confirmó lo que sospechaba. En un lugar concreto, se concentraban muchas marcas producidas por herramientas; había como una veta brillante en una pared, casi a la altura del hombro. Se dirigió hacia ella y tendió la mano para tocarla. Brillaba, con un dorado rojizo, a la luz de la lámpara. Una mina de oro.

¿Así que ése era el misterio?

Examinó la veta con detenimiento. Fidelma sabía que se extraía oro en varios lugares de los cinco reinos, incluso en Kildare, en cuya gran casa, fundada por Brígida, ella había pasado la mayor parte de su vida religiosa. Se decía que Tigernmas, el veintiséis Rey Supremo que reinó en Éireann, mil años antes del nacimiento de Cristo, había sido el primero en oler el oro de esta tierra. Cierto o no, el oro casi había reemplazado el ganado como unidad para valorar los bienes, los servicios y las obligaciones. El oro, que era duradero, tenía muchas ventajas sobre el tradicional sistema de trueque. Era una divisa corriente, junto con otros metales como la plata, el bronce y el cobre. Quien explotara esta mina obtendría muchas riquezas.

Sin duda las cosas empezaban a encajar, pero todavía faltaban varias piezas antes de poder dar el asunto por terminado. Morna, el hermano de Bressal, era minero y explotaba esta mina. Pero ahora Morna estaba muerto. Por eso Muadnat se aferraba con tanto desespero a esa tierra. Pero estaba muerto. ¿Menma? Al parecer, Menma trabajaba para Muadnat. Pero no tenía cabeza para explotar la mina él solo. Y ahora Menma estaba muerto. ¿Y qué decir de Dubán, que había matado a Menma? Salió corriendo de la cueva y se dirigió fuera, hacia la luz.

El cuerpo de Menma seguía yaciendo de espaldas contra el suelo en el claro. El sol seguía brillando y los pájaros seguían cantando. Todo parecía irreal.

¿Qué era lo que había vuelto loco a aquel valle de Araglin?

Fidelma atravesó el claro y corrió al abrigo del bosque, caminando deprisa hacia su caballo. Decidió que el siguiente paso la llevaría a la granja de Archú. Por segunda vez, en un período relativamente corto, conducía su caballo por las redondeadas colinas que la separaban del valle en ele de la Marisma Negra, donde moraba Archú.

Ya caía la tarde cuando empezó a descender hacia la granja. Scoth se adelantó corriendo y saludó a Fidelma con una sonrisa cálida.

– Nos place veros tan pronto, hermana. ¿Dónde está el hermano Eadulf?

Fidelma se lo explicó, intentando que su voz no denotara emoción, pero la muchacha la percibió y tendió su mano.

– ¿Puedo hacer algo por vos?

Fidelma intentó quitarse de la cabeza aquel triste presentimiento.

– Nada. Nada hasta que baje la fiebre… si baja. ¿Dónde está Archú?

– Está arriba, en los prados altos, reparando un cercado con uno de los guerreros de Dubán. Hay noticia de que corre un zorro hambriento y…

Fidelma estaba ansiosa.

– No está bien que os dejen aquí sola. Uno de los guerreros habría de estar vigilándoos.

– El otro está cerca y me oirá si le doy un grito -le aseguró Scoth-. No hay nada que temer. Archú puede ver fácilmente si algún extraño entra en el valle.

– Yo he venido por la colina de arriba. Parece que no me ha visto llegar.

– Vio que veníais por la colina hace media hora y me dijo que os esperara -dijo Scoth animada-. Yo no soy despistada, vos habéis venido aquí por algo, hermana. Lo veo en vuestros ojos.

– Entremos un momento en la casa -sugirió Fidelma.

– ¿Tiene algo que ver con Archú? -preguntó la muchacha con ansiedad.

Fidelma la cogió del brazo y la llevó dentro.

– Probablemente no sea nada pero… -metió la mano en su marsupio y sacó el trozo de vitela-. ¿Sabéis leer en latín, Scoth?

La muchacha sacudió la cabeza en señal de negación.

– Yo sólo era una criada de la cocina. Archú dice que me enseñará a leer cuando estemos establecidos. Su madre le enseñó.

– Bueno, esto es un mensaje en latín. Me dice que si quiero buscar las respuestas a las muertes de Araglin he de empezar por aquí.

Scoth se ruborizó enfadada.

– Eso es malvado. ¿Quién iba a…? Oh. -La muchacha se detuvo-. Supongo que fue Agdae.

– ¿Agdae? -inquirió Fidelma negando con la cabeza-. Dudo que Agdae sea capaz de escribir en clave algo como esto.

– ¿En clave?

– No creo que escribiera esto. ¿Por qué iba a escribir en latín?

– Yo creo que es parte de la misma conspiración para echarnos de esta tierra.

– ¿Qué pasa?

Era Archú, que estaba en la puerta de la granja mirando a Scoth y Fidelma mientras fruncía el ceño. Dudó un momento y después continuó.

– Os he visto llegar. Estaba acabando un cercado en los prados altos. ¿Más problemas?

– Alguien ha escrito a Fidelma diciendo que somos los responsables de las muertes de Araglin.

Fidelma la corrigió inmediatamente.

– Eso no es exactamente lo que he dicho, Scoth. Encontré un trozo de vitela, Archú. ¿Sabéis leer en latín?

– Mi madre me enseñó a descifrarlo -admitió el joven-. Pero no soy muy versado.

– ¿Qué os parece esto? -le preguntó mientras le entregaba el pedazo de vitela.

Archú lo tomó y lo levantó.

– Si queréis conocer las respuestas a las muertes de Araglin, mirad debajo de la granja del usurpador Archú -leyó vacilante.

Archú miró a Fidelma con perplejidad.

– ¿Qué significa esto?

– Por eso estoy aquí; para averiguarlo. Lo encontré en el cuerpo de un… de un muerto.

– ¿Un muerto? -repitió con mayor extrañeza.

– Sí. Menma.

El joven granjero mostró su asombro.

– Pero Menma vino aquí esta mañana con un mensaje.

– ¿Qué mensaje? -preguntó Fidelma, inclinándose hacia delante sorprendida.

– Algo de que Dignait había desaparecido. Yo tenía que avisar a los hombres de Dubán que la buscaran.

– ¿Acaso esto es otro intento de mancillar nuestro nombre y echarnos de la Marisma Negra? -inquirió Scoth, cogiéndose del brazo de Archú.

– Hemos de suponer que han dejado un rastro para que yo lo siga. Veamos qué podemos encontrar.

– Podéis registrar toda la granja -dijo Archú abriendo los brazos de forma elocuente-. No tenemos nada que ocultar.

Fidelma recogió el pedazo de vitela y lo enrolló.

– El mensaje es muy claro cuando dice «mirad debajo de la granja», Archú -advirtió Fidelma-. ¿Qué hay debajo de la granja?

El joven pensó un momento.

– No hay nada debajo de la granja.

– ¿No hay una zona de tierra recién cavada…? Tal vez…

Archú los sorprendió chasqueando repentinamente los dedos.

– Creo que sé lo que significa.

– ¿Qué? -preguntó Scoth.

– Recuerdo algo que me dijo mi madre respecto a una cámara subterránea. Esta granja está construida sobre un antiguo asentamiento cuando, en tiempos pasados, construían cámaras bajo tierra para almacenar comida en previsión de épocas de carestía o de tiempo inclemente.

– ¿La habéis visto alguna vez?

– No lo recuerdo. Cuando yo era pequeño, mi madre decía que estaba cerrada porque uno de los hijos de un criado se quedó allí atrapado y murió. El padre Gormán estaba de visita en aquel momento y sacó al niño y sugirió que se sellara la cámara. Por lo que yo sé, nunca se ha vuelto a abrir desde entonces. Yo casi me había olvidado de ella hasta que me lo habéis apuntado.

Fidelma resopló ligeramente.

– Al parecer, el autor de esta carta no se ha olvidado. Hemos de encontrar la entrada.

– Eso es imposible. No sé por dónde empezar.

– No es tan imposible. Nuestro escritor espera que la encontremos, así que debe de haberse usado recientemente.

El suelo de la granja estaba enlosado y después de golpear las piedras durante un rato no averiguaron nada. No se oyó ningún sonido hueco, ni había ninguna losa suelta.

– ¿Tal vez sea fuera? -sugirió Scoth.

Dieron la vuelta a la casa, pero no encontraron nada que los animara a investigar.

– ¿Y ese granero? -preguntó Fidelma, señalando una construcción situada junto a la que se había quemado y estaba en ruinas.

– Todavía no está arreglado y acondicionado -le aseguró Archú-. Se usaba para los cerdos.

– Entonces tal vez sea el mejor lugar para mirar -sugirió Fidelma encaminándose hacia allí.

El lugar apestaba y los repugnantes olores se les pegaron en la garganta; Archú tenía razón al decir que se había usado de pocilga y que apenas se había limpiado. A pesar de que aún era de día, el lugar era lóbrego y húmedo.

– He sacado los cerdos y pensaba limpiarlo -explicó Archú a Fidelma, que permanecía dubitativa en la penumbra.

– Es mejor que cojamos una lámpara.

– Voy a buscar una -se ofreció Scoth.

Al cabo de un rato regresó.

Fidelma, sosteniendo la lámpara en lo alto, entró en el granero que apestaba y echó una ojeada. El suelo también estaba enlosado. Las losas parecían bien firmes, pero Fidelma se dio cuenta de que en un rincón de la paja que cubría el suelo había una zona elevada con tablones. Con el pie separó la paja húmeda y descubrió que había una trampilla. Unos pestillos la sujetaban al suelo.

– Ésta debe de ser la entrada -observó con satisfacción-. Aguantad esta lámpara, Scoth. Echadme una mano, Archú, limpiemos esta zona y abramos la trampilla.

Les costó un poco desatrancar los pestillos del cuadrado de madera y levantarlo contra una pared. Debajo, como había supuesto, había un tramo de malas escaleras que conducían abajo. Las paredes de la cueva eran de mampostería y unos altos dinteles formaban el tejado.

Fidelma cogió la linterna que llevaba Scoth y descendió sin decir palabra. Las escaleras conducían a un pasillo principal, demasiado bajo para quedarse de pie, pero no era necesario arrastrase a cuatro patas. Como había dicho Archú, antiguamente estos lugares se llamaban uaimn talamh, eran cuevas subterráneas donde se almacenaban alimentos para utilizar en tiempos difíciles. El pasaje principal se llamaba «camino de reptar» y daba a pequeñas habitaciones. El lugar apestaba y era evidente que no se usaba.

Fidelma no tuvo que ir muy lejos para encontrar lo que buscaba. Esperaba algo, pero no estaba preparada para ver el cuerpo que le reveló la luz de la lámpara.

Era Dignait. Degollada. No había que ser un experto para verlo. La herida todavía estaba roja y abierta, aunque la sangre estaba coagulada. Dignait llevaba muerta varias horas. Fidelma hizo un esfuerzo para examinar la herida con detenimiento. Era una simple herida causada por algo tan afilado que casi le separa la cabeza del cuerpo. Había visto este tipo de herida dos veces con anterioridad y una vez más le recordaba la de un animal degollado.

Archú la ayudó a sacar el cuerpo del almacén subterráneo, no sin dificultad, pero finalmente tiraron de él por las escaleras de piedra hasta la pocilga. Scoth trajo una linterna, a cuya luz Fidelma examinó detenidamente el cuerpo, buscando algo que pudiera explicar aquel horrible misterio. No había nada.

Para Fidelma era obvio que Menma había traído el cuerpo de Dignait hasta este lugar. Recordó que lo había visto salir a caballo del rath por la mañana pronto, tirando de un asno cargado con un pesado bulto. Le rechinaron los dientes. El cuerpo de Dignait debía de estar en esa alforja.

– ¿Menma se quedó solo mientras estuvo aquí? -preguntó.

– Después de que diera el recado a los hombres de Dubán, que estaban conmigo en los prados altos, volvió a los edificios él solo. Pero Scoth estaba aquí.

– Yo estaba dentro de casa -afirmó Scoth-. Menma vino a la casa a despedirse.

– ¿Lo visteis cuando regresaba de los prados?

Scoth negó con la cabeza.

– Yo estaba haciendo la colada y no lo vi hasta que me llamó.

– Entonces tuvo tiempo para regresar de las pasturas, vigilar que no lo observaban, sacar el cuerpo de Dignait de la alforja y meterlo en el subterráneo antes de llamar a Scoth.

Scoth miró a Fidelma horrorizada.

– ¿El cuerpo estaba dentro de la alforja? ¿Pero cómo sabía Menma dónde meterlo? Tenía que saber dónde estaba el subterráneo.

– Menma estaba emparentado con Muadnat -señaló Archú-. Muadnat conocía esta granja tan bien como la suya.

El sonido de un caballo que iba al galope los interrumpió.

Archú se giró nervioso pero se relajó inmediatamente.

– Es sólo Dubán -dijo, añadiendo innecesariamente-: por eso sus hombres no nos han avisado de que se acercaba.

Fidelma se sintió inmediatamente incómoda al ver al fornido guerrero que se acercaba. Todavía no estaba segura de por qué había matado a Menma.

Dubán bajó de su caballo y los saludó con una sonrisa cálida. Entonces vio el cuerpo en el suelo.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó-. ¡Es Dignait!

– La hemos encontrado en un subterráneo -anunció Archú.

El guerrero se agachó para examinar el cuerpo. Después se levantó.

– Bueno, esto resuelve un misterio -dijo-. Esta mañana me han dicho que Dignait había desaparecido, al parecer, después de dar de comer al sajón setas venenosas. ¿Qué significa esto, hermana?

Fidelma hizo un esfuerzo por mostrarse amable con el guerrero.

– Sé tanto como vos.

– ¿Cómo lo habéis descubierto?

– Descubrí este trozo de vitela -se apresuró a explicar Fidelma antes de que nadie mencionara a Menma. Se lo entregó a Dubán, observando de cerca su cara. Por la forma de reaccionar estaba claro que no lo había visto antes.

– No lo entiendo -comentó-. Dice que vengáis aquí a buscar. ¿Pero cómo el descubrimiento del cuerpo de Dignait puede explicar el misterio de las muertes de Araglin?

– Quizá -Fidelma recuperó lentamente la vitela-, quizá se supone que yo he de creer que Dignait fue la responsable de las muertes.

– Bueno, eso no puede ser -indicó Dubán-. Está claro que la misma mano que mató a Muadnat asesinó a Dignait. Las heridas de cuchillo son demasiado similares para que sea otra mano.

– Sois observador, Dubán -admitió Fidelma.

– La guerra y la muerte son mi profesión, hermana. Estoy acostumbrado a ver heridas. Pero quien escribió sobre la vitela nos ha dado una clave involuntariamente.

– ¿Una clave?

– Está escrito en latín. Hay poca gente que sepa latín en Araglin.

– Ah, eso -murmuró Fidelma-. Y sin duda, como le he indicado a Scoth, Agdae no sabe. Eso lo descarta. ¿Vos sabéis latín, Dubán?

El guerrero no dudó.

– Por supuesto. Toda persona con cierta educación sabe algo de latín. Incluso Gadra sabe latín aunque sea pagano.

Fidelma se dirigió a Archú.

– Quiero que vos y Scoth vayáis al rath mañana a mediodía -le dijo, y cuando él iba a hacer ademán de protestar continuó-. Dubán dará órdenes a sus guerreros de que os escolten. -Se dirigió a Dubán-. Y vos daréis también órdenes a vuestros guerreros de que lleven a Agdae…

– No hemos sido capaces de encontrar a Agdae -protestó Dubán.

– Lo encontraréis en el burdel de Clídna. Aseguraos de que está bien sobrio cuando llegue al rath. Ah, y llevad también a Clídna.

Dubán estaba horrorizado.

– ¿Sabéis lo que estáis pidiendo? -preguntó.

– Exactamente. Creo que mañana podré resolver todo el misterio.

Dubán abrió bien los ojos.

– ¿Es así?

Fidelma sonrió sin gracia.

– ¿Daréis a vuestros hombres esas órdenes?

El guerrero dudó y luego inclinó la cabeza en señal de asentimiento; después desapareció en la penumbra mientras iba gritando órdenes a sus hombres.

Fidelma regresó deprisa hacia su caballo.

– ¡Esperad, hermana! -gritó Scoth-. No podéis marcharos. Está oscureciendo. No llegaréis al rath hasta bien caída la noche.

– No os preocupéis por mí. Ya conozco el camino. Y tengo cosas que hacer. Os veré a vos y a Archú en el rath, mañana a mediodía.

Subió a su silla e hizo que su caballo se adentrara en la penumbra poniéndolo con rapidez al trote.

No había cabalgado más que media milla en la oscuridad, cuando oyó un caballo al galope detrás de ella. Miró a su alrededor buscando refugio, pero el camino era largo y abierto. No había siquiera un seto vivo donde poder esconderse.

– ¡Hey! ¡Hermana!

Era la voz de Dubán. Se detuvo de mala gana y se giró sobre su silla.

Dubán se colocó enseguida junto a ella.

– No es muy inteligente cabalgar en la oscuridad -la amonestó-. Que se haya encontrado el cuerpo de Dignait no significa que el valle sea seguro.

Fidelma esbozó una sonrisa, pero tenía la expresión perdida en la penumbra.

– No he creído que lo fuera -replicó.

– Teníais que haber esperado. Yo voy de regreso al rath, de todos modos. Iremos juntos.

Fidelma hubiera preferido ir sola y no tener que seguir a Dubán después de lo que había presenciado en la mina, pero no tenía excusa. Tenía que aceptar la compañía de Dubán o amenazarlo con sus sospechas e informarle de que sabía que había matado a Menma.

– Muy bien -respondió Fidelma-. Pero yo me las arreglo bien con los depredadores de dos piernas.

– Eso he oído -admitió Dubán riendo-. Sin embargo, yo estaba pensando en los de cuatro. Archú me ha dicho que han tenido problemas con los lobos estos días en la Marisma Negra.

– Los lobos son lo que menos me preocupa.

Fueron avanzando juntos.

– Ah, estáis pensando en Agdae…

– Más bien en Crítán -dijo bruscamente-. Recordad que me peleé con ese joven y tal vez quiera vengarse.

– Por supuesto -dijo finalmente Dubán, tal vez con cierto tono dubitativo-. Lo había olvidado. No tenéis que temer. Me han dicho que Crítán ha abandonado Araglin y se ha ido a Cashel. ¿Es cierto lo que habéis dicho de que este asunto podría estar resuelto pasado mañana?

– Suelo decir lo que pienso -replicó Fidelma de mal humor.

– Eso será un alivio para Crón.

– Y sin duda para vos…

Lo que iba a decir quedó interrumpido por el mugido lastimero de unas vacas cercanas. Era un grito de terror frenético.

Dubán tiró bruscamente de las riendas de su caballo y echó una mirada a la ladera de la colina. Fidelma detuvo su montura junto a él.

Vio las sombras del ganado peludo y enmarañado que se movía inquieto en la penumbra y oyó su curiosa protesta.

– ¿Qué es eso? -preguntó casi susurrando.

– No sé -confesó Dubán-. Creo que les preocupa algo. Un animal quizá. Voy a ver.

Bajó de su montura y le entregó las riendas a Fidelma.

Fidelma se quedó sentada observando al guerrero que se dirigía cautelosamente hacia el ganado en la penumbra.

Hacía frío y se ajustó bien la capa sobre los hombros. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que el caballo de Dubán resoplaba y tiraba de las riendas.

– ¡Hey! -le gritó enfadada-. Quieta, bestia.

Entonces, sin aviso, su propia montura se encabritó e hizo que Fidelma se soltara y cayera al suelo sobre su hombro. Por suerte la hierba era suave y mullida y le amortiguó la caída; Fidelma se quedó un momento sin respiración y se sintió indignada más que herida por haberse caído. Se puso de rodillas y empezó a frotarse el brazo derecho que era el que había recibido el golpe más fuerte. Le daba vergüenza haberse caído como una novicia que nunca hubiera montado un caballo en su vida.

– ¡Hey! -gritó, al ver que los dos caballos empezaban a descender al trote.

Se dirigió con paso dudoso tras ellos y luego un frío repentino hizo presa de ella. Sus oídos detectaron el suave crujido del monte bajo. ¿Era acaso el sonido de un gruñido lo que había oído? Se quedó absolutamente quieta.

Una sombra larga y baja surgió de la maleza y se detuvo. Sus ojos centelleaban en la penumbra y su hocico dejó ver unos caninos blancos y afilados. El lobo la miraba fijamente y dejó ir un gruñido ronco y profundo. Fidelma sabía que si hacía el más ligero movimiento el poderoso animal se lanzaría sobre ella, buscando con sus grandes fauces su garganta, y la desgarraría. Intentó no parpadear, incluso no respirar. Fidelma ya había visto lobos, incluso se había visto amenazada por ellos, pero siempre cuando podía esquivarlos yendo a lomos de un caballo o tenía algún otro medio de protección. Los lobos eran el depredador más común en los cinco reinos, pero no solían abandonar la fortaleza de la montaña y sólo atacaban cuando se les molestaba o encontraban a un desgraciado viajero a pie y desarmado. Había presas más fáciles que los humanos: la carne sabrosa de los animales de granja o la caza salvaje, como las manadas de ciervos.

Pero aquí ella estaba sola, a pie y sin armas. Tan sólo unas yardas la separaban de ese gran animal en busca de una presa. Su mente racional y el temor que la invadía reconocieron que el animal era una hembra, una madre hambrienta en busca de alimento para sus cachorros.

El momento en que estuvieron observándose la loba y ella pareció una eternidad. Fidelma sintió que su cuerpo empezaba a temblar y comprendió que un movimiento brusco sería fatal. Entonces notó que algo pasaba junto a ella. Pareció que algo golpeaba al lobo ya que éste emitió un grito terrible, un gañido salvaje; una mano violenta la agarró y la echó a un lado. El lobo dio la vuelta y despareció entre el monte bajo.

Entonces Fidelma se giró y se encontró de cara a Dubán.

– ¿Estáis bien? -preguntó el guerrero con voz ansiosa.

Fidelma dejó ir una risita nerviosa.

– No estoy segura de que vuelva a estar bien nunca más -confesó.

Respiró profundamente varias veces para recuperarse. Se frotó el brazo con cuidado donde la había agarrado el guerrero.

– No tenéis unas manos muy ásperas para ser un guerrero.

Dubán rió entre dientes.

– Guantes de piel, hermana. Para no tener callos. Ahora es mejor que vayamos a buscar los caballos. Ese peligroso lobo puede hacer que la manada vuelva a por nosotros.

– Lo siento -dijo Fidelma apesarada.

– ¿Por qué? -preguntó el guerrero.

– Por ser tan tonta y perder los caballos.

Dubán se encogió de hombros con indiferencia.

– Ni el mejor jinete hubiera podido evitarlo, hermana. El lobo estaba asustando al ganado. Debe de haber estado rondando por la maleza detrás de vos y de repente asustó a los caballos. Yo he oído el grito y he venido corriendo. Suerte que había algunas piedras en el suelo y se las lancé para que huyera. Hicisteis bien en no moveros, un movimiento hubiera sido fatal. -Hizo una pausa y añadió-: ¿Pero no os habéis hecho daño al caer?

– Sólo mi dignidad está herida -dijo Fidelma sonriendo. «Y el orgullo de mi lógica», añadió para sí.

Si Dubán fuera el tipo de persona que había sospechado, ella, Fidelma, estaría allí tumbada con la garganta desgarrada por el lobo.

– Gracias a Dios sólo era eso y no otra cosa -replicó Dubán.

Empezaron a caminar por la hierba mullida.

– ¿En realidad creéis que puede regresar el lobo? -preguntó Fidelma.

– Por su tamaño, era una hembra -dijo Dubán, confirmando lo que había pensando Fidelma-. Regresará en busca de comida para sus lobeznos hambrientos.

– ¿Suelen acercarse tanto a las granjas?

– Más en invierno que en primavera o verano. A veces, alguno ha llegado incluso a entrar en el rath y se ha escapado con gallinas o algún cerdito.

Se detuvo y señaló algo.

– Mirad, ahí están nuestros caballos, junto a esos árboles. No han ido lejos.

Fidelma rezó en silencio dando las gracias. No le apetecía una larga caminata de noche.

En realidad, los dos caballos parecían contentos de ver a sus jinetes y se dirigieron hacia ellos. Los cogieron y montaron sin problema.

Al cabo de un rato, cuando empezaban a cabalgar, Fidelma se dirigió a Dubán.

– Me habéis salvado la vida, Dubán.

El guerrero se encogió de hombros. Parecía azorado.

– Yo pronuncié mi juramento de guerrero ante Máenach, cuando era rey de Cashel, y juré proteger a los que lo necesitaran.

Fidelma lo observó con interés. Eso significaba que Dubán era un guerrero de la antigua orden del Collar de Oro. Se decía que mil años antes del nacimiento de Cristo, Cashel envió a un Rey Supremo para que reinara en los cinco reinos de Éireann. Era Muin-heamhoin Mac Fiardea, el octavo rey que reinó después de Eber, el hijo de Mile. Fue este Rey Supremo de Cashel el que instituyó la orden del Collar de Oro entre sus guerreros.

– No sabía que erais un guerrero de la orden de Cashel -dijo Fidelma en voz baja.

– No suelo ponerme la cadena de oro distintiva -confesó el guerrero-. Regresé a Araglin hace tan sólo unos años, cuando sentí que ya no era lo suficientemente joven y fuerte para servir a los reyes de allí. Eber necesitaba a un hombre de experiencia para ser el comandante de su guardia. -Dejó ir un suspiro-. Pero quizá tenía que haberme quedado en Cashel.

Fidelma frunció el ceño al notar una inflexión en su voz.

– ¿He de entender que no os gustaba Eber?

– ¿Eber el bueno y generoso? -dijo Dubán con cinismo.

– ¿Lo dudáis?

– Alguien ha de deciros la verdad respecto a Eber, hermana.

– Tal vez deberíais hacerlo vos.

– No estoy preparado para probar mis acusaciones. Y si no puedo, tal vez pierda la seguridad que me he ganado aquí hasta ser viejo.

Fidelma pensó bien lo que iba a decir.

– No es mi intención enturbiaros el futuro de una vida pacífica, Dubán. Pero si es seguridad lo que deseáis, estoy convencida de que a mi hermano, rey de Cashel y por lo tanto jefe hereditario de la orden en la que habéis prestado juramento, le gustará saber que habéis cumplido diciendo la verdad. Ya os he advertido de que la verdad ha sido distorsionada. ¿Por qué matasteis a Menma?

Su pregunta surgió rápida, como la flecha lanzada por un arco. Fidelma notó que el guerrero respiraba hondo.

– ¿Vos lo… sabéis?

El guerrero se quedó callado y después contestó.

– Seguí a Menma hasta la cueva, me habían enviado en busca de Dignait cuando me encontré con él y otros hombres y un pesado carro en la granja de Muadnat. Ellos no me vieron. Reconocí que los hombres eran algunos de los que nos encontramos en aquel camino, los ladrones de ganado. Menma estaba dándoles órdenes y los dejó para irse cabalgando hacia las colinas, por el sendero que Agdae nos dijo que no iba a ningún lado. Evidentemente los seguí.

– ¿Adónde fueron los otros hombres?

– Se dirigieron hacia el sur. Yo seguí a Menma hasta la cueva. En ella había alguien más.

– ¿Quién era?

– No lo vi. Menma y esa otra persona estaban hablando en el interior de la cueva cuando llegué. La otra persona le daba instrucciones, quería que matara a alguien para que callara.

– ¿No visteis quién era esa otra persona, la que daba las instrucciones?

– No. Pero me sentí invadido por la ira cuando lo oí. Olvidé que sólo tenía el arco en la mano, penetré en la cueva y los amenacé. Menma se defendió con fuerza, pero la otra persona, no más que una sombra en la penumbra de la cueva, huyó corriendo por mi lado. Oí que marchaba al galope mientras yo luchaba con Menma. Éste se soltó y consiguió huir hasta su caballo; no podía dejarlo escapar. Ya visteis lo que sucedió.

– Así es, y puedo confirmar que alguien más huyó del claro.

– ¿Quién?

– No lo vi. Pero vos oísteis las voces.

– No las reconocí.

– ¿Era un hombre o una mujer?

– Era un susurro pero profundo. Yo creo que era un hombre.

– Decidme por qué odiabais a Eber. La verdad, por vuestro honor.

Bajo la penumbra, Fidelma vio que Dubán se llevaba la mano al cuello como si esperara encontrar allí la cadena de oro de la orden de los guerreros. Vio que apretaba los labios.

– Hacéis bien en recordarme mi honor, Fidelma -dijo-. Quizá durante estos últimos años en Araglin he olvidado lo que realmente significa el honor.

– Porque lleváis mucho tiempo mezclándoos con jóvenes rufianes que se creen guerreros. Matones como Crítán.

En la oscuridad que les envolvía se vieron, delante de ellos, las luces del valle.

– Allí está el rath. Pronto llegaremos -murmuró Dubán.

– Entonces es mejor que habléis, Dubán, antes de que lleguemos.

– Eber no era lo que afirmaba ser. Era un jefe sin honor.

– ¿En qué sentido?

– Era de una moral corrupta.

– La corrupción moral tiene muchas formas. ¿Podéis ser más específico?

– ¿Habéis preguntado por qué su mujer abandonó el lecho de su marido? Se rumoreaba que era como un ciervo en celo y que abusaba de cualquier hembra de la manada que se cruzara en su camino.

– Entiendo… -murmuró Fidelma.

– No, no creo que entendáis. Quiero decir… cualquier hembra de la manada. Incluso las de su familia -murmuró Dubán.

– ¿Queréis decir que abusaba sexualmente de miembros de su propia familia? -dijo Fidelma con calma. Conocía esa acusación pero quería oír la versión de Dubán.

– No puedo probarlo. Ni puedo probar la otra cosa que tengo dentro…, que Eber era un asesino.

A Fidelma le sorprendió esta afirmación.

– Podéis hablar conmigo con confianza, Dubán. Tenéis que decirme por qué sospecháis que Eber era un asesino.

– Muy bien. Yo estuve enamorado de la hermana pequeña de Eber.

– ¿De Teafa?

– No. Teafa no. Era un año mayor que Eber. Tomnát era la hermana pequeña. Tenía miedo de su hermano. Cuando yo intenté convencerla para que me acompañara a Cashel siendo mi esposa, me dijo que no podía por la vergüenza que había en ella.

– ¿Os explicó lo que significaba eso?

– No, ni yo lo entendí en esa época. Pero al cabo de un día o dos Tomnát desapareció del rath; es más, del valle de Araglin, y no volví a saber nada. Siempre he creído que Eber la mató para que no revelara la maldad de su mente y de su alma.

– ¿Cómo podéis decir eso? Debéis de tener algo que os permita sospechar.

– Me consta que la noche anterior a la desaparición de Tomnát, ella y Eber se pelearon de forma terrible.

– ¿Fuisteis testigo de su pelea?

– Oí sus gritos. Yo estaba de guardia y no podía entrar en las habitaciones privadas de Eber. Al cabo de un rato, todo quedó en silencio, y a la mañana siguiente Tomnát había desaparecido. Yo amaba a Tomnát. Era tan atractiva como lo es ahora Crón.

– ¿Y decís que se buscó bien a la muchacha desaparecida?

– Durante meses. Teafa vino un día y me dijo que era mejor que me olvidara de su hermana. Teafa era la única persona que conocía mis sentimientos hacia Tomnát. Me dijo que desde que Tomnát era pequeña, Eber la había obligado a dormir con él. No la encontraron nunca y yo acabé marchándome de Cashel y presté juramento de fidelidad en la guardia del rey, Máenach.

– ¿Afirmaba Teafa que Eber había matado a su hermana Tomnát?

– No.

– ¿Cuándo sucedió esto?

– Hace más de veinte años. No, puedo ser más preciso. Fue unos meses antes de que Teafa adoptara a Móen.

– ¿No amenazasteis a Eber, o informasteis de vuestra sospecha de que Eber hubiera matado a Tomnát?

– ¿Yo? ¿Qué hubiera podido hacer yo sin pruebas?

– ¿Y qué hay de Teafa, que os explicó lo del abuso sexual?

– Teafa no podía traicionar a su hermano y hacer que la vergüenza cayera en su hermana. Yo no podía presentar una acusación sin pruebas. Me fui de Araglin, como he dicho, en busca de una nueva vida. Es cierto lo que dicen los antiguos bardos: si destruyes tu vida en un rinconcito del mundo, la has destruido en todos los rinconcitos. No me di cuenta hasta que me vi envejeciendo al servicio de Cashel. No había conseguido quitarme este lugar de la cabeza. Un día soñé que encontraba a Tomnát, y aunque habían pasado más de veinte años, regresé.

– Habéis regresado, Dubán, ¿pero con qué propósito?

– Simple; para vengarme.

Fidelma intentó examinar sus rasgos en la oscuridad.

– La venganza es una cosa horrible, Dubán. ¿Buscabais venganza o justicia?

– Es cierto que he estado buscando alguna prueba de lo que siento como la verdad. Pero seré honesto; quería venganza. Ojo por ojo, diente por diente. Exactamente lo que el padre Gormán predica en esta capilla.

Fidelma inclinó la cabeza.

– ¿Os dais cuenta de lo que me habéis dicho, Dubán? Me habéis dicho que teníais buenas razones para matar a Eber. Y al estar de guardia aquella noche, también teníais la oportunidad.

Dubán asintió con gravedad.

– Es cierto, hermana. Es el único hombre al que hubiera deseado matar. El motivo de mi regreso para ponerme al servicio del jefe de Araglin era averiguar lo que le había sucedido a Tomnát, y castigarlo si podía. Si eso me convierte en sospechoso, Fidelma, entonces soy sospechoso y con gusto. Tratadme como queráis, aunque preferiría que descubrierais la verdad.

– ¿Negáis haber matado a Eber?

– Tanto como admito que quería vengarme y que no derramé una lágrima cuando me enteré de la muerte de Eber, declaro que no fue mi mano la que lo degolló. Tampoco tenía motivo para matar a Teafa, que había sido una dama honorable.

– ¿No podía ser que Eber se hubiera reformado? ¿Especialmente después de la desaparición de su hermana Tomnát?

Dubán casi escupió.

– ¿Reformarse? Un lobo siempre es un lobo. No se puede cambiar la naturaleza de las personas.

– Vos habéis cambiado -señaló Fidelma.

– No lo entiendo -dijo Dubán sorprendido.

– Habéis trasladado vuestro amor de Tomnát a la hija de Eber, Crón.

– Eso tampoco lo niego -dijo el guerrero a la defensiva-. No se puede amar siempre un recuerdo. Es cierto que cuando llegué aquí, venía en busca de venganza por un amor perdido, pero descubrí otro.

– ¿Así que más de veinte años han saciado vuestro odio por Eber?

– No, eso no os lo puedo decir. Yo sólo digo que he encontrado un nuevo amor en la hija de Eber. Os aseguro que yo no maté a Eber. Y si yo no fui, y ese pobre sordo, mudo y ciego idiota tampoco, alguien lo hizo. Y ese alguien ha de ser alguien que también conocía la verdad respecto al auténtico carácter de Eber. Encontrad a esa persona que se ocultaba en la penumbra de la cueva con Menma y creo que tendréis al asesino.

Fidelma se quedó un rato en silencio y finalmente siguió hablando.

– Tal vez tengáis razón, Dubán. Eber ha pagado por sus malas acciones y Dios lo perdone.

– Dios puede perdonarlo, pero yo no -declaró Dubán con tono intransigente.

– ¿Pero realmente creísteis que Móen era culpable cuando se descubrió el asesinato?

– No tenía motivos para creer otra cosa. Dios se mueve por caminos misteriosos, hermana. Yo realmente creí que Dios había utilizado a aquella desgraciada criatura como instrumento de Su venganza.

– Resulta obvio que Menma también estaba de algún modo implicado en esto. ¿Creéis realmente que era el instrumento de alguien más poderoso que él?

Dubán asintió inmediatamente.

– Menma era ambicioso, pero era un hombre simple. Obedecía órdenes; no las daba. Era la persona que estaba en la cueva quien daba órdenes a Menma. Fue esa persona la que escribió en la vitela y está manipulando el mal que se extiende por este valle.

– Eso es cierto -admitió Fidelma-. Todavía no expliquéis a nadie del rath cómo os enfrentasteis con Menma ni lo que hemos discutido.

Se estaban acercando al rath. Los perros guardianes empezaron a aullar al notar la presencia de Fidelma y su compañero.


Capítulo XIX

<p>Capítulo XIX</p>

Fidelma dejó a Dubán en las caballerizas después de desensillar y atender su caballo y se dirigió deprisa al hostal de huéspedes.

Gadra esperaba en la puerta. Fidelma intentó adivinar si las noticias eran buenas o no en su rostro solemne.

– Creo que ya ha pasado lo peor -dijo saludando a la religiosa.

Ella cerró los ojos, se tambaleó un momento y dejó ir un profundo suspiro.

– Ahora está dormido -continuó Gadra, insensible a la reacción de Fidelma-. Ha vencido el mal y la fiebre. Creo que vuestro Dios os condujo a mí en el momento adecuado. Hemos podido eliminar el veneno.

– ¿Se pondrá bien? -preguntó Fidelma.

– Eso creo. Pero ahora necesita descanso.

– ¿Puedo verlo?

– No lo despertéis. Dormir siempre es una buena medicina.

– No lo haré.

Gadra se alejó y Fidelma entró en el hostal de huéspedes. Eadulf yacía de espaldas sobre el colchón, con el rostro pálido pero relajado, durmiendo después de un gran esfuerzo. Fidelma se acercó y se arrodilló junto a la cama, levantó su delgada mano y le tocó suavemente la frente. Todavía estaba caliente; sin duda la fiebre acababa de remitir. Sintió una repentina ternura por el sajón que no pudo definir. Había estado a punto de perderlo. Cerró los ojos y rezó una oración para dar las gracias.

Al cabo de un rato se levantó y encontró a Gadra en la estancia principal del hostal.

– ¿Cómo puedo agradecéroslo?

El anciano la examinó con sus ojos pálidos.

– La joven, Grella, ha sido de gran ayuda. La acabo de enviar a la cama. Agradecédselo a ella.

– Pero sin vos… -protestó Fidelma.

– Si queréis darme las gracias, aseguraos de que en este lugar impere la verdad.

Fidelma inclinó ligeramente la cabeza.

– Estoy cerca de la verdad, anciano. Una pregunta para acercarme más. ¿Tomnát era la madre de Móen?

Gadra no se inmutó.

– Sin duda, muchacha, tenéis una mente aguda.

Fidelma se permitió sonreír.

– Entonces la verdad ha de imperar.

Cuando Gadra se hubo marchado, Fidelma entró en el fialtech para lavarse y prepararse para el reposo nocturno. El día siguiente iba a ser movido.


Fidelma estaba sola en el bosque, sola y asustada. A su alrededor, unas sombras misteriosas se escabullían entre los árboles a ambos lados, la maleza crujía y se estremecía. Todo estaba a oscuras.

Ella gritaba. No estaba segura de a quién llamaba. ¿A su padre? Sí, debía de llamar a su padre. La había llevado al bosque y la había abandonado. Sólo era una niña, sola y perdida en el bosque.

Pero, por alguna razón, su mente se daba cuenta de que no podía ser así. Su padre había muerto cuando ella era un bebé. ¿Por qué la había llevado allí y la había abandonado?

Fue dando tumbos por la amenazadora oscuridad del bosque, abriéndose camino. Pero parecía que los árboles crecían y se juntaban cada vez más conforme avanzaba. Finalmente no podía moverse y se detuvo para mirar hacia arriba. Era extraño que los árboles se parecieran tanto a unas setas, unos grandes hongos que se elevaban por encima de ella.

Las sombras amenazadoras se juntaban cada vez más. Fidelma chilló. Entonces se dio cuenta de que no era su padre quien la había llevado allí y la había abandonado. Estaba llamando a Eadulf. ¡Eadulf!

Volvió a avanzar, con una mano delante…

Gruñó cuando la brillante luz del sol saludó sus ojos abiertos. Se encontró tendida sobre la cama con una mano estirada delante. Parpadeó con rapidez y meditó. Ya hacía rato que había amanecido y ella estaba en su cama del hostal de huéspedes. Oyó un movimiento en el cubículo contiguo. Saltó de la cama y se puso el hábito. Gadra estaba sentado fuera. Sonrió cuando ella llegó.

– Una buena mañana, hermana.

– ¿Lo es? -inquirió Fidelma, echando una mirada en dirección al cubículo de Eadulf.

El anciano asintió con solemnidad.

– Lo es.

Fidelma entró inmediatamente. Eadulf todavía estaba estirado, pero tenía los ojos abiertos. Seguía pálido y alrededor de las comisuras de sus labios había algunas arrugas de dolor. Pero sus ojos castaños estaban claros y serenos.

– ¡Fidelma! -saludó el monje con voz ronca, pero débil a causa del cansancio-. Pensaba que no iba a ver otro amanecer.

Fidelma se arrodilló junto a la cama, sonriendo para tranquilizarlo.

– No teníais que abandonar tan fácilmente, Eadulf.

– Ha sido una lucha -admitió él-. Que no me gustaría repetir.

– Dignait está muerta -anunció Fidelma.

Eadulf cerró un momento los ojos.

– ¿Dignait? ¿Era responsable?

– Al parecer Dignait sabía quién preparó el plato venenoso.

– ¿Entonces quién mató a Dignait?

– Creo que lo sé. Pero primero he de descubrir las respuestas a otras preguntas.

– ¿Dónde se ha encontrado a Dignait? ¿Creía que había desaparecido del rath?

– En una habitación subterránea en la granja de Archú.

Eadulf se mostró sorprendido.

– No lo entiendo.

– Estoy convocando a todos los interesados en la sala de asambleas a mediodía, momento en que revelaré quién es el asesino.

Eadulf sonrió con ironía.

– Voy a hacer el esfuerzo de asistir -aseguró el monje.

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– Vos os quedaréis aquí con Grella hasta que estéis bien.

El hecho de que Eadulf no se molestara en protestar le demostró que todavía estaba muy débil.

– ¿Queréis decir que hay un solo asesino para todas las muertes que han sucedido?

– Sospecho que hay una persona responsable -respondió enigmática.

– ¿Quién?

Fidelma se rió.

– Poneos bien, Eadulf. Vendré a veros en cuanto esté segura.

Fidelma se agachó, le cogió una mano y la apretó.

Fuera, Gadra examinaba un caldo de fuerte olor para Eadulf. La joven Grella lo había traído de la cocina. Se sintió nerviosa en presencia de Fidelma, pero ésta le sonrió agradeciéndole todo lo que había hecho.

Grella hizo una reverencia insegura.

– Os traeré el desayuno, hermana.

Mientras Fidelma se lavaba le llevaron la comida, de manera que pudo vestirse y acabar de comer mientras Gadra le daba a Eadulf la sopa de hierbas. Por lo que parecía, no era muy buen paciente ya que sus protestas sobre el gusto de la sopa resonaban por todo el hostal. Fidelma metió la cabeza en el cubículo.

– Peor para vos, Eadulf. Si no os ponéis bien, no os explicaré lo que suceda a mediodía.

Gadra levantó la vista frunciendo el ceño.

– ¿Qué pasa a mediodía?

– Le he explicado que a mediodía todos los involucrados en este asunto se reunirán en la sala de asambleas. Eso os incluye a vos y a Móen. ¿Está bien el chico ahora?

– Está muy animado por lo que habéis hecho por él -replicó Gadra-. Es un joven inteligente y sensible, Fidelma. Se merece una oportunidad en la vida. Estaremos allí a mediodía.

Media hora después, Fidelma se dirigió a la iglesia de Cill Uird y entró. Había una figura arrodillada ante el altar en actitud orante.

– ¡Padre Gormán!

El sacerdote se levantó sorprendido.

– Me habéis interrumpido en mis oraciones, sor Fidelma -dijo con voz airada.

– Necesito hablar con vos urgentemente.

El padre Gormán se volvió hacia el altar, se santiguó y se levantó lentamente.

– ¿Qué sucede, hermana? -preguntó enojado.

– Creo que debéis saber que Dignait está muerta.

El sacerdote hizo una mueca de dolor, pero no se mostró muy sorprendido.

– Tantas muertes -dijo suspirando.

– Demasiadas muertes -replicó Fidelma-. Cinco muertes ya en este tranquilo valle de Araglin.

Gormán la miró con incertidumbre.

– ¿Cinco? -preguntó el sacerdote.

– Sí. Hay que detener esta carnicería. Hemos de detenerla.

– ¿Hemos? -inquirió en ese momento el padre Gormán, anonadado.

– Creo que podéis ayudarme.

– ¿Qué puedo hacer? -preguntó con recelo.

– Erais el alma amiga de Muadnat, ¿no es así?

– Prefiero el término romano confesor. Y, sí, era el confesor de la mayoría de gente de Araglin.

– Muy bien. No importa cómo lo llaméis, quiero saber si alguna vez Muadnat os habló de oro.

– ¿Me estáis pidiendo que revele un secreto de confesión? -retumbó el padre Gormán.

– Es una confidencialidad que yo no reconozco, pero respeto vuestro derecho a creer en ella. Dejadme que os haga algunas preguntas. ¿Llevaba Dignait muchos años de criada aquí?

– ¿Dignait? Creía que queríais interrogarme sobre Muadnat.

– Concentrémonos en Dignait por el momento. Llevaba aquí desde que Cranat vino a casarse con Eber, ¿no es así?

– Así es.

– ¿A quién debía su lealtad?

– A la casa de Araglin.

– ¿No a una persona? ¿A Cranat, por ejemplo?

El padre Gormán dudó y se mostró incómodo.

– ¿Y acaso Dignait no odiaba a Eber? -insistió Fidelma.

– ¿Odiar? -preguntó el padre Gormán sacudiendo la cabeza-. No sentía respeto por él, pero eso no es odio. Estaba más unida a la joven Crón que a su madre y hubiera hecho cualquier cosa por ella.

– ¿Hubiera hecho cualquier cosa por Crón? -repitió Fidelma pensativa.

– Que no fuera un crimen -añadió Gormán.

– No. Que no fuera un crimen. -Fidelma se quedó un momento callada-. No os gusta Dubán, ¿no es así? -preguntó con brusquedad.

El padre Gormán estaba molesto.

– ¿Qué tiene que ver lo que me guste o no me guste con este asunto? -preguntó.

– Era simplemente una observación -admitió Fidelma-. Os he visto discutir con él. Sólo me preguntaba por qué os desagradaba.

– Es un hombre ambicioso. Creo que quiere ser el jefe de Araglin. ¿Sabéis que intenta seducir a la joven Crón?

– ¿Seducir? Ésa es una palabra extraña. Atraer, cautivar o embaucar. ¿Os referís a eso?

El padre Gormán levantó la barbilla.

– Observad vos misma esa relación.

– Oh, ya lo he hecho.

– Lo siento por Cranat. Era la esposa de un jefe sin escrúpulos morales y la madre de una joven cuya inocencia le impide ver las ambiciones de un hombre que podría ser su padre.

– Recuerdo que también odiabais a Eber.

– Cierto, apenas lo soportaba. Eber era un pecador ante Dios y ante los hombres. No hay perdón para un hombre así, que ha pecado contra sus semejantes y contra Dios.

– Como sacerdote, deberíais sentir compasión. En cambio encuentro mucho odio en vos. Sois vos el que ha de perdonar. ¿Acaso no fue Pablo el que escribió a los efesios diciendo: «Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo»? Si Dios puede perdonar, también puede su sacerdote.

El padre Gormán se la quedó mirando. Después hizo una mueca de rabia.

– Deberíais haber leído más esa epístola a los efesios. Pablo dijo: «Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso (que es ser idólatra) participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios». Eber no tendría herencia en la otra vida.

– ¿Y eso porque se acostaba con sus hermanas e incluso hacía cosas peores?

– Lo único que digo es que este mundo es mejor sin Eber de Araglin. Cuanto antes sea purgado el mal de este valle, mejor.

– ¿Así que todavía no está purgado según vos? ¿Sabíais que Muadnat tenía una mina de oro?

El padre Gormán se mordió los labios.

– ¿Qué sabéis de eso?

– Ya lo veréis. Haced el favor de ir a la sala de asambleas a mediodía.

Fidelma abandonó la capilla bruscamente y el padre Gormán se la quedó mirando mientras salía. Se quedó totalmente quieto hasta que Fidelma hubo salido y luego se apresuró hacia la sacristía.

Fuera de la capilla Fidelma se encontró a Crón.

La joven tánaiste la saludó con cara grave.

– ¿Cómo está el hermano Eadulf esta mañana?

– Bastante bien, gracias a Dios -le respondió Fidelma.

– He hablado con Dubán esta mañana -continuó la tánaiste algo incómoda-. Dice que estáis a punto de descubrir quién ha traído la desgracia a la gente de este valle.

– Oh, sí. De hecho, venía a buscaros para pediros si podía usar la sala de asambleas hoy a mediodía. Estoy pidiendo a todos los que están involucrados en este asunto que asistan, ya que voy a revelar los nombres de los responsables de tanto derramamiento de sangre en el valle.

Crón estaba claramente afectada.

– ¿Entonces debéis saber quién mató a Eber y a Teafa?

– Creo que sí lo sé.

– ¿Creéis? -Crón se mostró indecisa.

– Demostraré lo que creo a mediodía -dijo Fidelma casi con alegría-. ¿Le pediréis a vuestra madre que asista? Estoy segura de que le gustará oír quién es responsable del asesinato de su marido.

– Lo haré -accedió la joven tánaiste.

Fidelma siguió caminando, indiferente a la curiosa expresión de Crón.


Capítulo XX

<p>Capítulo XX</p>

La sala de asambleas estaba llena. Crón había traído su silla. Fidelma había pedido que así fuera, ya que como tánaiste tenía derecho a ello. Llevaba una capa de varios colores y guantes de piel de gamo, ambas prendas distintivas de su cargo. Junto a ella estaba sentada su madre; el rostro de la mujer reflejaba altanería y tenía la mirada fija en algún lugar a una distancia media, como si el proceso no fuera con ella. En un asiento bajo la tarima, justo a un lado, estaba el hermano Eadulf, cómodamente reclinado, todavía pálido y con los ojos ojerosos, pero con muestras de mejoría. Se había levantado de la cama a pesar de las protestas de Fidelma. Junto a él, estaba espatarrada la figura fornida de Dubán, inclinado hacia delante y descansando los antebrazos sobre las rodillas. En el centro de la sala estaban sentados Archú y Scoth, y, junto a ellos, Gadra, el Ermitaño, con Móen a su lado. Gadra estaba inclinado hacia Móen y le iba interpretando lo que sucedía con los dedos, tamborileando en la palma de la mano del chico. Agdae no paraba de moverse en un banco situado en el otro extremo de la sala, junto al padre Gormán. Al fondo de la sala, sentada sola, estaba Clídna, la «mujer de secretos», con la barbilla levantada, desafiante, como si esperara que alguien cuestionara su derecho a estar allí. Unos asientos más allá estaba Grella, la joven criada. Algunos de los hombres de Dubán estaban apostados en las puertas de la sala.

Fidelma se sentó junto a Crón, justo bajo la tarima, a la izquierda de su silla.

– Parece que estamos todos -observó.

– ¿Estáis preparada para empezar? -preguntó Crón, inclinándose hacia delante.

– Pero Menma no está aquí -gritó Agdae desde su sitio-. ¿No debería estar? Después de todo, él descubrió el cuerpo de Eber e identificó al asesino, Móen.

Crón se mostró molesta.

– Ayer lo envié a reunir un ganado. Es extraño que no esté aquí. ¿Tal vez deberíamos esperar?

Fidelma sonrió ampliamente.

– Me temo que sería una larga espera, tánaiste de Araglin. No; vamos a empezar, pues no creo que Menma se presente.

– ¿Qué queréis decir? ¿Acusáis a Menma…? -empezó a preguntar Cranat, olvidándose de su fingida indiferencia.

Fidelma levantó una mano.

– Todo a su tiempo. Vincit quo patitur. Vence el que es paciente.

Se hizo un silencio expectante en la sala, mientras miraban su figura ligera y calmada con expectación. Fidelma observó sus rostros respingones, estudiando cada uno con detenimiento.

– Ésta ha sido una de las investigaciones más difíciles de cuantas he llevado a cabo. Difícil porque, cuando una persona es asesinada, suele haber un crimen que abordar junto a una serie de circunstancias. En este tranquillo valle vuestro he encontrado cinco muertes que investigar y, al principio, no parecían estar relacionadas. Es más, parecía como si sucedieran diferentes acontecimientos al mismo tiempo, cada uno sin conexión con el otro. Partiendo de esta suposición, estaba equivocada. Todo estaba conectado; conectado a un punto central como los hilos de una telaraña gigante, todos se dirigían hacia una criatura dominante que manipulaba esos hilos.

Hizo una pausa para que el murmullo de sorpresa creciera y luego se acallara.

– ¿Por dónde empezar a desenredar esta tela de seda de engaño que afecta a tantas vidas? Podría hacerlo por el centro de la tela. Podría arremeter contra la araña que está ahí esperando. Si así lo hiciera, sin embargo, podría dejarle a la araña un camino para escabullirse del centro por algún hilo de la tela que todavía se me resiste. Así que voy a empezar a desenredar la tela por fuera, lentamente pero destruyendo con seguridad los hilos externos hasta que la araña no tenga hacia dónde correr.

Crón se inclinó hacia delante con cara escéptica.

– Todo esto es muy poético, sor Fidelma. ¿Vuestra retórica tiene algún propósito?

Fidelma se giró bruscamente hacia ella.

– Conocéis mis métodos, Crón, y habéis expresado que los valorabais. No creo que tenga necesidad de defender mi procedimiento.

La joven tánaiste se sonrojó y se reclinó. Fidelma volvió a dirigirse a su audiencia.

– Empecemos con el primer hilo. Este hilo es Muadnat de la Marisma Negra.

– ¿Qué tiene que ver Muadnat con el asesinato de mi marido? -preguntó Cranat con tono áspero-. Era amigo de Eber y había sido su tánaiste.

– «Con paciencia conseguiréis una camisa de lino de la planta del lino» -replicó Fidelma de buen humor, citando un dicho favorito de su mentor Morann de Tara-. En realidad mi implicación en este asunto empezó con Muadnat, así que parece adecuado que empiece con él. Muadnat poseía desde hace poco una mina de oro. La encontró en la tierra que reclamaba su primo Archú.

El joven granjero se mostró inmediatamente sorprendido.

– ¿Dónde está? -preguntó Archú-. Yo no he oído nunca hablar de una mina de oro en la Marisma Negra.

– La mina está situada en el otro lado de la colina, cuyas tierras son demasiado pobres para el cultivo. Vos la despreciasteis llamándola «tierra de hacha». Debería decir que probablemente no fue Muadnat quien la descubrió, sino un minero llamado Morna. Era hermano de un posadero llamado Bressal, que regenta un hostal no lejos de este valle, en la ruta oeste que lleva a Lios Mhór y Cashel.

El joven granjero estaba asombrado y miraba a Scoth, que estaba a su lado.

– ¿Os referís al hostal dónde estuvimos?

– El mismo -confirmó Fidelma-. Recordad que Bressal habló de su hermano Morna, que le había llevado una roca que, según decía, le iba a hacer rico. Era de la cueva de vuestra tierra.

– ¡Es una mentira! -intervino Agdae rabioso-. Muadnat nunca me habló de una mina de oro. Todos sabéis que yo era su sobrino e hijo adoptivo.

– Muadnat quería guardar en secreto la existencia de esa mina -continuó Fidelma, sin inmutarse-. El problema era que tenía un primo que reclamaba la propiedad de esa tierra. Ese primo, Archú, decidió presentar ese asunto ante la ley. Muadnat luchó desesperadamente por conservar la propiedad de la tierra. Veréis, Muadnat creía en ajustar las leyes a sus propósitos, pero no en infringirlas. El asunto era embarazoso. Sin embargo, Muadnat tuvo un golpe de suerte; Archú llevó este asunto a Lios Mhór en lugar de presentarlo ante Eber. Eber era un hombre astuto y podía haber hecho demasiadas preguntas; hubiera querido saber por qué Muadnat se aferraba tanto a aquel trozo de tierra.

Agdae mostró su amargura.

– ¿Por qué no me hizo socio Muadnat de esa mina de oro?

– No erais lo bastante cruel para esa empresa -gritó Clídna.

Fidelma vio que Crón estaba a punto de reprenderla por atreverse a hablar en la sala de asambleas y la interrumpió.

– Clídna tiene razón -confirmó Fidelma-. Agdae no es el tipo de persona que se mezclaría en algo ilegal. Muadnat quería a alguien que obedeciera órdenes, sin hacer preguntas. Eligió a su primo Menma.

– ¿Menma? -preguntó Agdae frunciendo el ceño-. ¿Menma trabajaba con Muadnat?

Fidelma lo miró con tristeza.

– Menma era su capataz. Estaba al cargo de la mina, reclutaba mineros, se ocupaba de su alimentación y se aseguraba de que el oro se enviaba hacia el sur, donde se ponía a buen recaudo. ¿Cómo se da de comer y se aloja a escondidas a un grupo de hambrientos mineros en un valle tranquilo y apacible sin que lo sepan los granjeros de la zona? El lugar para ocultarse no era un problema, la misma mina les proporcionaba abrigo. ¿Pero y la comida?

– Pues asaltando las granjas y llevándose ganado -replicó Eadulf triunfante-. No mucho, una o dos vacas de aquí y de allá, quizá.

– Pero la granja de Muadnat era rica -señaló Crón-. Podía haber dado de comer a esos mineros sin recurrir al robo de ganado.

– Eso hubiera supuesto que Agdae se enterase de lo que sucedía. Olvidáis que Agdae era el capataz de los vaqueros. Él hubiera sabido que Muadnat sacrificaba más ganado y que proporcionaba comida a alguien que él no conocía. Y si Muadnat relevaba a Agdae en ese trabajo hubiera resultado muy sospechoso. Después de todo, Agdae era el pariente más cercano de Muadnat.

Agdae se ruborizó avergonzado.

– ¿Qué os hizo sospechar que los robos de ganado tenían ese propósito? -preguntó Dubán.

– Yo sé de ladrones de ganado, de forajidos que roban ganado. Pero, como advirtió Eadulf, nunca una o dos cabezas. Los ladrones buscan ganado para vender, por eso se llevan manadas enteras, o las suficientes cabezas para que la venta valga la pena. Yo sospeché que ese ganado se robaba sólo para comer, lo que quedó confirmado cuando encontramos a algunos de los ladrones en nuestro camino de vuelta al rath, después de ir en busca de Gadra. Se dirigían hacia el sur, con asnos cargados con pesadas alforjas. Sin duda las alforjas iban cargadas de oro.

– ¿Algunos de los ladrones? -inquirió Dubán.

– Menma no iba con ellos, ni otros que pronto identificaremos -explicó Fidelma.

– Pero no veo la relación entre la mina de oro de Muadnat y las muertes de Eber y Teafa -protestó Agdae con insolencia.

– Llegaremos a eso luego, siguiendo los hilos de la telaraña -le aseguró Fidelma-. El deseo de Muadnat era aferrarse a la mina. Hizo cuanto pudo para ello. Quizás incluso en contra de lo que le advirtió su socio.

Se hizo el silencio.

– Muadnat nunca aceptaría un consejo de Menma -espetó Agdae.

Fidelma prefirió no hacer caso.

– Probablemente, cuando estaba en Lios Mhór, el socio de Muadnat ya debía de haber decidido hacerse cargo de la mina de oro -dijo Fidelma-. La razón era que Muadnat estaba llamando mucho la atención discutiendo con Archú; la mina tenía que permanecer secreta. Además, Muadnat había perdido el favor de Eber.

»Muadnat fue el tánaiste de Eber hasta hace unas semanas. Se suponía que sería el jefe cuando muriera Eber. Pero de repente se encontró con que lo habían depuesto. Eber había convencido al derbfhine de su familia para que aceptara a su hija Crón como tánaiste en lugar de Muadnat.

»E1 ataque contra el hostal de Bressal, por ejemplo, probablemente se llevó a cabo sin conocimiento de Muadnat. Ese ataque lo condujo un hombre a quien luego reconocí como Menma. Le habían dicho que el hermano de Bressal, Morna, el minero que había descubierto la mina, hablaba demasiado. De hecho, Morna le había llevado una roca a su hermano, una roca que tenía trazas de oro, y le había dicho a su hermano que se iba a hacer rico con ella. Desde luego Morna no había dado ninguna información específica. Pero por suerte resultó que nosotros estábamos allí y frustramos el ataque de Menma.

– ¿Qué le sucedió a ese minero llamado Morna? -preguntó Dubán-. ¿Lo mataron?

– Desde luego. Lo capturaron, lo mataron y luego lo dejaron en la granja de Archú para que se creyera que era un ladrón que había muerto durante el ataque. Su relación con Bressal sólo se me ocurrió cuando vi que ambos se parecían.

– ¿Queréis decir que Muadnat no sabía nada del ataque al hostal de Bressal ni del asesinato de su hermano? -preguntó Eadulf sorprendido.

– Yo no veo la relación que tiene esta historia de la mina de oro de Muadnat con el asesinato de mi padre -insistió Crón con impaciencia.

Fidelma se permitió sonreír.

– Tan sólo he desenredado el primer hilo de la telaraña. La muerte de Muadnat se hizo inevitable por dos emociones humanas básicas: miedo y codicia. Menma lo mató, por supuesto; lo degolló como se haría con un animal, de la misma manera que había degollado a Morna. Fue esa fría profesionalidad la que lo delató. Una de sus tareas era proporcionar carne a la mesa del jefe. No estoy segura de si fue idea suya eso de colgar a Muadnat en la cruz. Probablemente, era una manera de despistarme. Menma cometió un error. Antes de asestar el golpe mortal, Muadnat le agarró algunos pelos y arrancó un poco de hierba. Todo esto quedó en el escenario.

– ¿Qué conseguía Menma asesinando a su socio Muadnat? -preguntó el padre Gormán-. Para mí no tiene sentido. De todos modos, Agdae hubiera heredado las riquezas de Muadnat.

– Pero, como he dicho, Agdae no conocía la existencia de la mina y, como era secreta, el socio seguiría extrayendo sus beneficios, se quedara o no Agdae con la granja.

– ¿Estáis afirmando que Menma es responsable de todas las muertes de Araglin? -preguntó Dubán-. Esto me cuesta de entender.

– Menma fue responsable sólo de las muertes de Morna, Muadnat y Dignait… ya que todos fueron degollados como lo haría un profesional con una oveja.

– ¿Pero por qué matar a Dignait? -preguntó el padre Gormán.

– Por una razón muy simple, la misma por la que murió Morna -respondió Fidelma-. Era para asegurarse de que no hablaran. Dignait no preparó ese plato de setas venenosas que casi mata al hermano Eadulf. Un cocinero profesional sabe que hay mejor forma de envenenar que presentando un plato de falsas colmenillas que cualquiera podría reconocer.

– El sajón no lo hizo -señaló Crón con humor escéptico.

– Yo sé que las falsas colmenillas suelen escaldarse. Siendo un extraño en esta tierra, pensé que ésta era la manera de preparar el plato -replicó Eadulf a la defensiva-. Por eso no pensé en las falsas colmenillas.

– Dignait hubiera encontrado una manera más efectiva si hubiera querido envenenarnos. No. Dignait fue asesinada por la sencilla razón de que había visto al verdadero asesino.

– ¿Y quién era? ¿Menma? -se atrevió a preguntar Grella-. Menma estaba cerca de los edificios esa mañana, como siempre.

– Os lo diré a su tiempo. Primero continuemos desenredando la telaraña. Vayamos ahora a la muerte de Eber y Teafa. Lo que hizo este caso tan difícil es que la mayoría de la gente de aquí tenía un motivo para matar a Eber. Era un hombre odiado. Pero Teafa era diferente. ¿Quién la odiaba? Vi que tenía más posibilidades de resolver la muerte de Teafa que la de Eber. Si ambos habían muerto a manos del mismo asesino, podía descartar a algunos de los sospechosos.

Hizo una pausa y se encogió de hombros.

– Cuando yo llegué aquí me habían explicado una historia simple. Habían matado a Eber, el jefe de Araglin, y habían prendido a su asesino. Me pidieron que investigara y que me asegurara de que se seguía la ley en el proceso contra el asesino; parecía bastante fácil. Pero no fue así.

»E1 asesino, así se le consideraba, resultó ser sordo, ciego y mudo. Me refiero, por supuesto, a Móen. Más aún, también se le acusaba de matar a la mujer que lo había criado.

»En un principio me dijeron que Eber era bueno y generoso y que no tenía enemigos. Un parangón de virtudes bajo el sol. ¿Quién iba a matarlo sino un animal enloquecido? Así me fue presentado Móen.

Móen dejó ir un gruñido cuando Gadra le interpretó lo que acababa de decir Fidelma, pero ésta no hizo caso de la interrupción.

– Vayamos siguiendo este hilo con lógica. Se hizo evidente que Eber no era el parangón de virtudes que todos se empeñaban en presentar. Resultó obvio que era un hombre extraño y demente. No es trabajo mío explicar las fuerzas que retorcían su mente. También me dijeron que bebía, que era humillante y que calmaba con sobornos a los que ofendía. Se pasaban por alto sus faltas ya que era el jefe, pero él y su familia ocultaban un oscuro secreto… el incesto.

Crón se quedó blanca y no pudo reprimir un silbido al respirar. Cranat, detrás de ella, no hizo ningún esfuerzo por consolar a su hija; se quedó erguida, con los ojos fijos en algún objeto distante.

– Este incesto se remonta a mucho tiempo atrás, Crón -dijo Fidelma compasiva-. Se remonta a la época en que Eber era un muchacho que estaba en la pubertad y sus dos hermanas eran de edades similares. Varias personas sabían de este incesto, y otras tal vez lo sospechaban. A mí me insinuaron en una conversación que alguien sabía que Móen era fruto del incesto.

La sala se quedó en silencio. Crón dirigió su mirada hacia Móen, con cara de espanto.

– ¿Queréis decir que él… que Teafa… su madre? ¿Que Eber…? -No era capaz de articular bien y se encogió de hombros.

– No tengo dudas de que Teafa sufrió abusos de Eber -continuó Fidelma con calma-. Pero había otra hermana, llamada Tomnát.

Dubán estaba de pie, con el rostro teñido de ira.

– ¡Cómo os atrevéis a mencionar su nombre aquí! -exclamó el guerrero-. ¿Cómo os atrevéis a sugerir que fue madre de… de…?

– ¡Gadra! -Gritó Fidelma sin hacer caso de su arrebato y se giró hacia el anciano eremita-. Gadra, ¿quién era la madre de Móen?

El anciano inclinó la cabeza y bajó los hombros con resignación.

– Ya conocéis la respuesta.

– Entonces decídsela a todo el mundo, para que conozcan la verdad.

– Esto sucedió un año antes de que Eber se casara con Cranat. Tomnát quedó embarazada de Eber. Teafa lo sabía.

– ¡Tomnát me amaba! -gritó Dubán, con la voz quebrada por la emoción. Crón lo miraba fijamente sin poder creer aquel arrebato-. Me lo hubiera dicho, pero desapareció. Eber la mató, de eso estoy más que seguro.

– No fue así -respondió Gadra con tristeza-. Tomnát y Teafa guardaron el secreto; eran conscientes de que, si se sabía, si Eber o el padre Gormán se enteraban, matarían al chico. Eber para ocultar su vergüenza y el padre Gormán porque su fe es intolerante. Gormán aprueba la costumbre que hay en muchos países cristianos según la cual se mata a los hijos nacidos del incesto en nombre de la moralidad. El padre Gormán no hubiera ayudado a la pobre Tomnát si ella se lo hubiera pedido.

»¿Por qué Tomnát no se lo dijo a Dubán? Protesta él diciendo que la amaba y que ella lo amaba. -Fidelma apretó los labios-. Seguramente, si así fuera, ¿hubiera pedido ayuda a Dubán?

– No -respondió el anciano-. Si lo que queréis es la verdad, ésta es. Tomnát sabía que Dubán ambicionaba ir a Cashel y recibir el Collar de Oro de los guerreros. A pesar de su amor, Dubán nunca hubiera puesto en peligro sus ambiciones. ¿Podía ella confiar en que él aceptaría al hijo, al hijo de su propio hermano?

Dubán se inclinó hacia delante cubriéndose la cara con las manos.

– ¿Así que buscó vuestra ayuda, Gadra? -insistió Fidelma.

– Antes de que su estado se hiciera evidente, Tomnát se marchó de Araglin. Vino conmigo a mi ermita, donde sabía que estaría a salvo. Sólo Teafa sabía dónde estaba.

– ¿Si Tomnát no podía decírmelo, por qué no me lo dijo Teafa? -gritó Dubán-. Pasé semanas recorriendo el valle, creyendo que Eber la había matado.

– Teafa mantuvo la promesa que le había hecho a Tomnát -dijo el anciano.

– Continuad -lo incitó Fidelma-. ¿Qué sucedió?

– Cuando llegó el momento, Tomnát murió al nacer Móen. Teafa estaba con ella y decidió llevarse al pequeño y criarlo, diciendo que era un huérfano. Después se dio cuenta de que el niño era minusválido y se negó a abandonarlo, ya que le había hecho un juramento a su hermana muerta.

Los ojos de la sala se giraron en dirección al joven, cuyo rostro se contraía angustiado mientras Gadra le traducía lo que acababa de decir.

Fidelma echó una mirada a la sala con desprecio.

– Ésta es una comunidad ganadera; ¡Granjeros! Vosotros sabéis de la procreación en consanguinidad. Sabéis que las crías de animales consanguíneos suelen desarrollar ciertos rasgos de sus padres en cuanto al comportamiento o físicos. Algunos de estos rasgos pueden ser favorables -una mayor inteligencia, por ejemplo- pero otros pueden ser perjudiciales y enfermizos. Rasgos que producen sordera, ceguera y la incapacidad de hablar.

Crón interrumpió a Fidelma claramente disgustada.

– ¿Así que decís que hemos de aceptar que Móen es hijo de mi padre…, su propio tío? ¿Que es mi… mi hermanastro? -preguntó, temblorosa.

– Tomnát murió y dejó un hijo -confirmó Fidelma-. Teafa, como todos sabemos, fingió que era un huérfano al que había encontrado mientras estaba de caza en el bosque. Al principio no se sospechó que el niño no era como los demás. Pero luego Teafa se dio cuenta de que era diferente. Mandó llamar a Gadra y éste, sabio y curador, vio cuál era el problema. No podía curar los males debidos al incesto, pero le enseñó a Teafa una manera para comunicarse con Móen. Aparte de los problemas físicos, el niño era muy inteligente y capaz de aprender. Teafa educó a un niño brillante.

– ¿Queréis decir que Eber ni siquiera sabía que Móen era hijo suyo? -preguntó Agdae.

– Todos dicen que era bueno con el chico -respondió Fidelma-. De toda la gente de aquí, todos odiaban a Eber, sólo Moén no lo odiaba.

Fidelma volvió a dirigirse a Gadra.

– Preguntad a Móen si sabía que Eber era su padre.

Gadra sacudió la cabeza en señal de negación.

– No hace falta. Ha sufrido mucho. Sin embargo, os digo yo que Teafa nunca se lo dijo. Era para protegerlo. Eber nunca supo que Móen era hijo suyo, por lo que yo sé.

– En realidad, finalmente alguien se lo dijo -añadió Fidelma con rapidez-. Un día hubo una pelea que el joven Crítán presenció. Luego volveremos a eso.

– ¿Por qué la vida sexual… de mi padre? -interrumpió Crón. Después hizo una pausa y reformuló la pregunta-. Aunque esto pueda tener interés, no explica quién es el responsable de la muerte de Eber y Teafa.

– Ah, pues sí que nos lo explica.

– Explicaos, por favor -invitó la tánaiste con frialdad-. ¿Queréis decir que ahora creéis que Móen es culpable? ¿Que descubrió quién era su verdadero padre? ¿Que lo odiaba por el mal que Eber le había hecho a su madre y a él mismo?

Fidelma movió la cabeza en señal de negación.

– Yo desestimé la acusación de que Móen era el asesino en un primer estadio de esta investigación. Incluso antes de que hubiera hablado con él, sabía que Móen no era el asesino.

– ¿Quizá podáis explicarnos por qué? -preguntó con sequedad el padre Gormán-. A mí me pareció bien claro.

– Según la acusación original, Moén había matado a Teafa y luego se había dirigido a las habitaciones de Eber y lo había asesinado. Había algunas cosas erróneas en esto. En primer lugar, por el joven y altivo Crítán, me enteré de que había visto a Teafa con vida después de que Móen fuera a las habitaciones de Eber. Si era responsable de ambos asesinatos, Móen hubiera tenido que matar primero a Teafa y después a Eber.

– ¿Por qué no podía haberlo hecho así? -inquirió Agdae.

– Porque Menma aseguraba que había encontrado a Móen inclinado sobre el cuerpo de Eber, con un cuchillo en la mano, cuando lo acababa de matar. La parte principal de la acusación reposa en el hecho de que Móen fue pillado casi en el acto.

Todos admitieron este punto en silencio. Después habló Crón.

– Pero vos ya habéis acusado a Menma de asesino y por tanto mentiroso. Tal vez mintió.

– Mentía bastante -admitió Fidelma impasible-. Pero no en este caso. El hecho de descubrir a Móen en la escena de este crimen fue un regalo. No podía haberle salido mejor. Pero Teafa todavía estaba con vida cuando Móen entró en las habitaciones de Eber. Crítán, que regresaba de donde Clídna, vio a Móen de camino a las habitaciones de Eber y después vio a Teafa, todavía viva, junto a su cabaña con una lámpara. Por un momento, cuando me estaba explicando esta historia, creo que Crítán se dio cuenta de que no era lógico. Pero quería que Móen fuera el culpable, así que no hizo caso.

»Móen se fue a dar un paseo de madrugada y justo cuando entraba en la cabaña de Teafa alguien le entregó una varilla en ogham. El ogham es el sistema de comunicación utilizado con Móen. Éste me explicó que alguien con las manos encallecidas, pero que él pensó que era una mujer por el fuerte olor a perfume, le había puesto la varilla de ogham en su mano. En ella decía que fuera enseguida a las habitaciones de Eber. Así lo hizo y allí se tropezó con el cuerpo de Eber, momento en que Menma lo encontró. La persona que le puso la varilla de ogham en la mano era el asesino, que quería que descubrieran a Móen y lo condenaran.

– ¿Qué prueba tenéis de la existencia de esa legendaria varilla en la que se daban instrucciones a Móen de ir a ver a Eber? -preguntó el padre Gormán.

– ¿Prueba? Tengo la varilla -respondió Fidelma con una sonrisa de satisfacción-. Veréis, Móen pensó que había dejado caer la varilla junto a la puerta. Se le cayó de la mano antes de que se dirigiera a las habitaciones de Eber. El asesino no quería que se encontrara esa prueba; ya habían matado a Eber. Justo cuando el asesino iba a recuperar la varita, Teafa, que se había despertado, salió. Sostenía una lámpara y había descubierto que Móen no estaba. Vio la varilla de ogham y la recogió. En ese momento la vio Crítán. Le preguntó a Crítán si había visto a Móen. El muchacho mintió y continuó su camino. El asesino, que tuvo que esperar oculto en la oscuridad hasta que Crítán se fuera, se enfrentó a un dilema. Teafa había regresado al interior de la cabaña para leer el mensaje en ogham, así que ahora había que matarla. La lámpara de aceite que Crítán había visto en la mano de Teafa cayó al suelo en la lucha y prendió fuego. Había que extinguirlo porque el asesino quería asegurarse de que Móen también fuera acusado de ese asesinato. La varilla con las instrucciones en ogham fue lanzada al fuego, pero no se quemó toda; quedó lo suficiente para compararlo con lo que había recordado Móen. Él recordaba que en la varilla decía: «Eber quiere verte ahora». Todavía se pueden leer las letras «er» y «quiere».

El hermano Eadulf sonreía ante la simplicidad de lo que estaba reconstruyendo Fidelma.

– Móen hizo otra cosa imposible -añadió-. Cuando Menma lo encontró inclinado sobre el cuerpo, dijo que era justo antes del amanecer, y la lámpara estaba encendida junto a la cama de Eber.

– ¿Y bien? ¿Qué hay de malo en eso? -preguntó Dubán-. Antes de amanecer es oscuro.

Eadulf rió entre dientes.

– ¿Por qué iba a necesitar encender una lámpara Móen? Eso echa por tierra la acusación de que Móen entró sigilosamente y mató a cuchilladas a Eber mientras estaba dormido.

– Exactamente -admitió Fidelma-. A menos que creamos que un ciego necesita una lámpara para ver lo que está haciendo.

– Eber podía haber encendido la lámpara -indicó Agdae-. Podía haber encendido la lámpara para que Móen entrara y…

– ¡Por supuesto! -exclamó Fidelma con sarcasmo-. Eber estaba despierto, encendió la lámpara y dejó entrar a Móen. Entonces, muy atento, regresó a la cama y esperó a que Móen encontrara el camino hasta donde tenía los cuchillos de caza, eligió uno, encontró el camino hasta la cama y lo acuchilló hasta matarlo. La respuesta más sencilla es la versión que dio Móen de lo que había sucedido; que cuando entró en la habitación ya encontró a Eber muerto. El asesino ya había atacado, e hizo que Móen fuera a las habitaciones de Eber, pero se encontró con que tenía que ocuparse de Teafa. Eber no fue asesinado mientras dormía. Lo mató alguien que él conocía muy bien; alguien de quien no sospechaba en absoluto. Había encendido la lámpara y le había permitido entrar en su dormitorio.

– ¿En quién iba a confiar tanto Eber como para dejarlo entrar en su dormitorio? -preguntó Agdae-. ¿Su mujer?

Crón dio un grito.

– ¿Estáis acusando a mi madre?

Fidelma se quedó mirando a Cranat pensativa. La viuda de Eber estaba sentada observándola con desprecio.

– Estaba esperando que llegarais a mí con vuestras sucias acusaciones -dijo Cranat-. Sor Fidelma, os recuerdo que soy una princesa de los Déisi. Tengo amigos poderosos.

– Vuestro rango y vuestras amistades no significan nada para mí, Cranat. La ley es igual para todos. Pero finalmente hemos llegado a la araña que está en el centro de esta complicada tela.

Crón se quedó boquiabierta mirando a su madre.

– No puede ser.

– Cranat nunca ha ocultado que quisiera dinero y poder -dijo con desprecio Agdae.

– No podéis probar que Cranat ha matado a su marido -protestó el padre Gormán.

– ¿Probar que lo ha matado? Permitidme que lo intente. Desde que Crón tenía trece años Cranat ha estado dispuesta a soportar su odio hacia Eber, siempre que él la soportara a ella. Cuando Teafa le dijo lo que estaba haciendo Eber, lo único que hizo ella fue retirarse de su cama; pero continuó viviendo como la mujer del jefe; riquezas antes que virtud. Eber parecía estar preparado para tolerar esa situación. Quizá sólo quisiera una esposa para guardar las apariencias. Dubán me informó de que hace unas semanas hubo otra discusión entre Teafa y Cranat, cuando Crón se convirtió en tánaiste. En la discusión se mencionó a Móen. Ahí es donde Cranat se enteró de la verdad respecto al hijo de su marido. ¿Fue entonces cuando urdió la venganza?

Fidelma hizo una pausa. Nadie dijo nada.

– La virtud después de la riqueza. Quaerenda pecunia primum est virtus post nummos. Cranat había abandonado el lecho de Eber, pero, irónicamente, había empezado a tener una relación con Muadnat. Con Eber muerto, podría convertirse en la esposa del nuevo jefe.

El hermano Eadulf se inclinó hacia delante visiblemente agitado.

– Móen dijo que la persona que le dio la varilla tenía callos en las manos, como un hombre. Pero olió a perfume y pensó que era una mujer. Dignait tenía callos en las manos. Dignait era fiel a Cranat porque era de los Déisi y había venido aquí como criada de Cranat cuando ésta se casó con Eber.

– Sólo las mujeres de rango usan perfume -corrigió Dubán-. Dignait no se pondría perfume.

Crón sacudía la cabeza con incredulidad.

– ¿Queréis decir que mi madre era socia de Muadnat en la mina de oro y que decidió matar a mi padre para casarse con él?

– Cranat tenía motivos suficientes para odiar a Eber y a Móen. Teafa le había explicado la relación. -Hizo una pausa y miró a Crón-. Vos sabéis bien latín, ¿no es verdad?

– Me enseñó mi madre -respondió la tánaiste.

– Os enseñó bien. En realidad fue algo escrito en latín en un trocito de vitela lo que hizo que las piezas del puzzle encajaran. A Menma, después de haber matado a Dignait en su habitación para impedir que dijera quién había colocado las falsas colmenillas en la bandeja de la cocina, le dijeron que dejara el cuerpo en el almacén subterráneo de Archú. Después tenía que darme el trocito de vitela con la clave escrita en latín. Era buen latín.

– ¿Me va a acusar porque mi latín es bueno? -dijo despectivamente Cranat.

– ¿Vuestro ogham es igual de bueno? -inquirió Fidelma, y continuó antes de que Cranat pudiera responder-. Es bueno recordar las palabras de Publio Terencio de que nadie puede trazar un plan en que los acontecimientos no se pueden modificar. Dubán había seguido a Menma hasta la mina después de haberlo visto con los supuestos ladrones de ganado. Llegó hasta la entrada de la mina y oyó al socio de Muadnat que le daba unas últimas instrucciones a Menma. Dubán entró; Menma lo abordó y permitió que su jefe huyera. Yo también estaba allí, y vi la figura que huía por el camino.

– ¿Visteis la figura? -preguntó Cranat-. ¿Juraríais que era yo?

– Era una figura envuelta en una capa de varios colores, una capa de cargo.

Crón hizo una mueca que semejaba una sonrisa señalando la capa que llevaba.

– Pero yo llevo una capa como ésa.

– Cierto -gritó Eadulf-. Y yo vi esa misma figura con una capa similar de varios colores ascendiendo el camino que atraviesa las colinas en dirección a la mina el día que estuvimos en la granja de Muadnat.

– Ahora estoy confundido. ¿Estáis acusando a Cranat o a su hija? -gritó el padre Gormán.

– Hace tiempo, Crón me dijo que esta misma capa de colores la llevan todos los jefes de Araglin y sus esposas. Vos también lleváis una. ¿No es así, Cranat? Y también un fuerte perfume de rosas.

La viuda de Eber frunció el ceño pero Fidelma se dirigió a Gadra.

– Gadra, decidle a Móen que quiero que huela algo. Traedlo aquí. -Se giró hacia los demás-. Móen, para compensar sus deficiencias, tiene un sentido del olfato muy desarrollado, como yo ya he podido comprobar.

Gadra hizo lo que le había pedido y acompañó a Móen delante de la tarima.

– ¿Padre Gormán, podéis acercaros y ser testigo de este trámite? Para que luego no haya dudas.

Con cierta renuencia, el sacerdote se adelantó. Fidelma se dirigió a Gadra.

– Decidle a Móen que huela donde yo indico y que después diga si ha percibido alguna otra vez ese olor. Decidle que quiero ver si es el mismo olor que cuando le entregaron la varilla en ogham.

Fidelma tendió la mano y dejó que Móen la oliera. Cranat se había puesto de pie.

– ¡No voy a permitir que esa bestia se me acerque! -protestó echándose hacia atrás.

– No tenéis elección -afirmó Fidelma haciéndole señal a Dubán de que se adelantara y se colocara detrás de ella. Móen sacudía su cabeza junto a la muñeca de Fidelma. Fidelma se dirigió hacia Crón y le cogió una mano. Móen la olió, se giró e hizo unas señales en la mano de Gadra.

Gadra sacudió la cabeza en señal de negación.

Cranat se puso la mano en la espalda.

– Padre Gormán -ordenó Fidelma-, ya que Cranat se niega a tender su mano al chico, ¿podéis ayudarla? Quizá no pondrá objeción si es la mano de un sacerdote la que la toca.

– Lo siento, señora -murmuró el padre Gormán claramente disgustado mientras cogía y sostenía con fuerza la mano derecha de la dama. Cranat separó la cabeza con asco cuando Móen le olisqueó la muñeca.

Hubo un revuelo en la sala cuando el chico se giró e hizo unos signos rápidamente en la mano de Gadra. El anciano estaba conmocionado.

– ¡Es falso! -gritó Cranat-. ¡Es un complot para desacreditarme!

Pero el anciano no miraba a Cranat.

– No es el olor de la mujer el que ha identificado -dijo Gadra lentamente, mirando asombrado al padre Gormán.

El sacerdote se había quedado blanco.

Dubán se adelantó deprisa y agarró al sacerdote por la muñeca. Después frunció el ceño desconcertado mientras observaba la mano del sacerdote que se agitaba.

– Pero Móen dijo que la persona que él olió en la puerta de la cabaña de Teafa tenía las manos encallecidas. Las manos del sacerdote son suaves como las de una mujer.

Fidelma no se inmutó.

– Hoy no lleváis los guantes de piel, padre Gormán -comentó Fidelma-. Veis, Dubán, ayer me ofrecisteis la respuesta que estaba buscando; cuando creí que vuestras manos estaban encallecidas. Pero en realidad, era simplemente que llevabais puestos unos guantes.

Dando un grito repentino el padre Gormán consiguió soltarse de Dubán, saltó de la tarima y empezó a abrirse paso a empujones por la sala. Apenas había llegado a la mitad de la sala cuando lo redujeron. Su cara estaba distorsionada por la ira. Empezó a gritar cosas ininteligibles.

– Y Cristo dijo «vos serpientes, vos generación de víboras, ¿cómo vais a escapar de la condena del infierno?».

– Un texto muy apropiado -murmuró Eadulf para ocultar su sorpresa.

Cranat se dejó caer en su silla, sonrojada, respirando profundamente. Contemplaba a Fidelma con odio.

– Tenéis que explicaros antes de que podamos creer esta fantástica acusación -dijo con calma.


Capítulo XXI

<p>Capítulo XXI</p>

Fidelma seguía de pie, en silencio, ante la tarima, y los miraba a todos con expresión sombría.

– Hay pocos lugares en estos cinco reinos donde haya encontrado tanto odio, tanta falsedad y tanta tristeza -empezó a hablar lentamente-. Gormán y Menma tal vez sean culpables de segar vidas humanas, pero lo que los estimuló a hacerlo es un mal inherente a este valle.

– ¿Era Eber el instigador de esta maldad, o era también él una víctima? Eso no lo sabremos. Tomnát fue sin duda una víctima. Quizá no lo hubiera sido si hubiera tenido al menos una persona en quien confiar, aparte de su hermana; una persona podía haberla salvado.

Se giró y miró a Dubán sin mutar su expresión.

El guerrero bajó la vista ante aquellos ojos verdes y encendidos.

– Teafa también fue una víctima; pero salvó su autoestima, así como al hijo de su hermana. Móen ha sido la víctima más desgraciada.

– ¿Y yo no he sido víctima? -preguntó Cranat con dureza-. Yo era una princesa de los Déisi y me vi obligada a soportar esta depravación.

– ¿Obligada? Vos estabais preparada para soportarla. ¡Incluso la primera vez que Teafa os advirtió, hace años, de que vuestro marido continuaba con su degeneración y abusaba de vuestra propia hija cuando tan sólo tenía doce o trece años!

– ¡Eso no es verdad! -gritó Crón, adelantándose con el rostro encendido.

– ¿No? -preguntó Fidelma con una mueca de amargura-. Ya habéis confesado muchas cosas. Es mejor que estos oscuros secretos se sepan. Teafa vio que la vileza de Eber volvía a repetirse con vos, Crón. Vos también fuisteis una víctima. Advirtió a Cranat que se marchara, que se divorciara y que os llevara con ella. Pero Cranat se contentó con abandonar el lecho conyugal y continuó viviendo aquí, con bienestar y seguridad. Dejó que su hija se las apañara sola. No fue Cranat la que le negó la palabra a Teafa, sino Teafa a Cranat.

Un silencio sepulcral invadió la sala.

Fidelma se giró y la miró con tristeza.

– Sí, Crón, vos fuisteis una víctima, pero también os aprovechasteis de la situación. Utilizasteis los deseos lascivos de vuestro padre para haceros con el poder. Muadnat era el tánaiste de vuestro padre. Hace unas semanas os sentisteis lo bastante fuerte para exigirle que os nombrara tánaiste, y luego usar su poder para aseguraros de que el derbfhine os apoyaría. Gracias a los sobornos de Eber, tan sólo cuatro personas se opusieron: vuestra propia madre y Teafa, ya que ambas sabían el precio que estabais pagando; Agdae, el sobrino de Muadnat y Menma, cuya relación con Muadnat no sólo era de parentesco sino por el oro. No estáis capacitada para ejercer un cargo.

Se giró y volvió a mirar a Dubán.

– Y sin cargo, Dubán, ¿por cuánto tiempo le vais a declarar vuestro amor a Crón? Tomnát reconoció esta ambición implacable en vos hace veinte años, cuando vio que no podía confiaros su terrible secreto. Ahora que el secreto de Crón, el mismo secreto, es conocido, ¿seguiréis fiel a ella? ¡No! -gritó Fidelma levantando la mano cuando el guerrero hizo ademán de hablar-. No protestéis ahora. No me contestéis hasta que el derbfhine se reúna y declare si Crón puede ser o no jefe de Araglin.

Fidelma se dirigió a la sala mirándolos a todos con ojos apasionados.

– Morann de Tara dijo una vez que el mal puede entrar como una diminuta semilla y, si no se le detiene, crece y se convierte en un roble. Aquí ha crecido un bosque. La esperanza de Araglin reside en la inocencia de los jóvenes, de muchachos como Archú y chicas como Scoth. -De repente miró a Clídna-. Y si queda un refugio de moralidad en este lugar, está en esta mujer.

Clídna se ruborizó e inclinó la cabeza.

Agdae se puso en pie lentamente.

– Juzgáis duramente a Araglin, hermana -dijo con serenidad-. Pero no es injusto -añadió dirigiendo su mirada a Cranat, que permanecía en silencio, y a su hija-. Sin embargo, decidnos cómo llegasteis a identificar al padre Gormán. También teníais buenos argumentos contra Cranat.

– Sabía que no era posible que Cranat los hubiera matado por un motivo muy simple: si hubiera sido la asesina no hubiera enviado a alguien a Cashel para que mandaran un brehon a investigar.

– ¿Por qué hizo eso?

– Por encima de todo, como sabemos, Cranat es una princesa de los Déisi; no quería que ningún dedo pudiera acusar a su casa. Pensó que la presencia de un brehon aportaría peso moral al asunto. Yo pienso que ella realmente creía que Móen era culpable al haber descubierto la verdad de su nacimiento.

Fidelma miró a Eadulf.

– Hay un punto que destruyó la acusación contra Cranat, que he presentado expresamente para calmar las sospechas de Gormán respecto hacia dónde me encaminaba. Nadie lo ha preguntado, lo cual ha ido bien, ya que Gormán se hubiera podido poner en guardia, pero me sorprende que algunos no lo hayan descubierto.

– ¿Y qué es? -peguntó Agdae.

– Olvidáis la máxima -summa sedes non capit duos-, en el asiento más elevado no caben dos. Crón se había convertido en tánaiste antes de la muerte de su padre. Muadnat ya no era tánaiste, así que Cranat no podía haber matado a Eber con la esperanza de ser la esposa del nuevo jefe.

– ¿Y qué os hizo sospechar de Gormán? -preguntó Gadra.

– Fácil -reconoció Fidelma-. En Lios Mhór me dijeron que Gormán era un fanático defensor de Roma. Resultó que era simplemente un fanático, un intolerante, fuera lo que fuera en lo que creyera. Me enteré de que había construido una capilla en Ard Mór y me informaron de que la llenaba de riquezas. La capilla de aquí, Cill Uird, es también opulenta. A diferencia de la mayoría de sacerdotes, tenía dinero para un caballo.

– La riqueza no es un signo de culpabilidad -murmuró Cranat.

– Depende de dónde provenga la riqueza. Gormán era socio de Muadnat en una mina de oro secreta. Cómo surgió esa relación, tal vez no lo sepamos nunca. Yo supongo que Muadnat, para explotar la mina y evitar pagar un tributo a Eber, decidió que Gormán le ofrecería la manera de ocultar el oro. Gormán podía hacer creer que provenía de regalos de seguidores de sus creencias. El oro se convertía en riquezas, almacenadas en las capillas de Ard Mór y Cill Uird. Lo que no tuvo en cuenta Muadnat fue la avaricia inherente a los hombres. Que Gormán fuera un sacerdote no significaba que no fuera un hombre.

– Pero ¿por qué mató a Eber y a Teafa? -preguntó Crón venciendo el resentimiento hacia Fidelma por lo que había revelado de la relación entre su padre y ella.

– Lo he dicho: es un fanático intolerante. Cuando se enteró de que Eber era el padre de Móen se enfureció. Eber tenía que ser enviado a lo que Gormán entiende por infierno, y Móen, fruto del incesto, tenía que ser castigado con la acusación de asesinato. Ya he explicado que a Teafa la mató para que no pudiera revelar la prueba de la varilla escrita en ogham. El motivo de la muerte de Eber es simplemente la fanática moralidad de Gormán.

– Pero ¿cómo se enteró de que Móen era hijo de Eber? -preguntó Crón-. Ni siquiera yo lo sabía antes de que vos lo explicarais.

Fidelma miró profundamente a Cranat.

– Creo que vos podéis contestar esa pregunta. Hace dos semanas Dubán os vio discutir con Teafa, después fuisteis directamente a ver a Gormán. Cuando Teafa averiguó que Crón había utilizado la relación con su padre para convertirse en tánaiste, fue a discutir con vos para que no fuera así. ¿Os dijo que Móen era hijo del incesto de Eber?

– En calidad de sacerdote de este lugar, el padre Gormán tenía derecho a saberlo -replicó Cranat.

– Pero Gormán es un fanático y que supiera eso los condujo directamente a la muerte. Después de que Cranat se lo dijera, Gormán se enfureció y fue a acusar a Eber y a Teafa. Crítán fue testigo del enfrentamiento y vio que Eber golpeaba al sacerdote. Fue entonces cuando Gormán decidió matarlo.

– Pero, ¿y si Móen no hubiera reconocido el perfume del incienso de la iglesia? -reflexionó en voz alta Eadulf-. ¿Hubiera yo supuesto que ese olor le era conocido y desde el principio lo hubiera identificado con el de la capilla?

Fidelma sacudió la cabeza mirando con tristeza a Eadulf.

– ¿No recordáis que Gormán nos dijo que impedía que Móen entrara en la capilla? ¿Que lo evitaba? Móen no podía haber identificado el perfume.

– ¿Pero por qué mató el padre Gormán a mi tío Muadnat? -preguntó Agdae-. Era su socio en la mina ilegal.

– Lo he mencionado antes. Cuando Muadnat empezó a llamar cada vez más la atención intentando apropiarse legalmente de la tierra devuelta a Archú, Gormán se enfureció. Ese comportamiento podía hacer que se descubriera la existencia de la mina; la gente prestaba atención a esas tierras. Menma era el hombre de Gormán, no de Muadnat. Hizo que Menma matara a Muadnat para guardar el secreto. Por el mismo motivo que le hizo matar a Morna y a Dignait. Todo por la avaricia de Gormán.

– ¿Cómo os disteis cuenta de que Menma obedecía a Gormán?

– Enseguida entendí que había una cierta colaboración entre Gormán y Menma. Una vez los vi discutiendo. Cuando Archú dijo a Gormán que quería llevar a Muadnat a los tribunales por la disputa de las tierras, Gormán le aconsejó que presentara el caso en Líos Mhór. Me pareció raro, hasta que me di cuenta de que eso evitaría que Eber se involucrara en el caso. Eber podía interrogar a Muadnat. Gormán mandó a Archú a Lios Mhór por un camino más largo. Quizá para que Archú no se encontrara con el oro que transportaban a Ard Mór por la ruta más corta.

– Gormán se enteró de que uno de los mineros que tenía empleados, Morna, había llevado un trozo de roca de la mina a su hermano Bressal. Le dijo a Menma que matara a Morna y que destruyera el hostal. La existencia de bandidos en la zona servía de excusa para estos actos.

– Fueron diversas cosas las que hicieron que me fijara en Gormán. Eadulf había visto una figura con una capa de colores en la granja de Muadnat. La figura desapareció y, al cabo de un momento, apareció Gormán, pero sin la capa de montar. Yo sabía que Gormán tenía una de esas capas ya que la había visto en la sacristía. Las ropas de Gormán también estaban impregnadas de un fuerte olor; el incienso utilizado en la iglesia. Gormán llevaba guantes. Ya he explicado lo que implican todos estos hechos.

»La noche antes de que el pobre hermano Eadulf tomara las setas venenosas, Gormán me había oído a escondidas expresarle a Crón que confiaba poder tener el nombre del asesino al día siguiente. A la mañana siguiente, Gormán se escabulló en la cocina y colocó falsas colmenillas en las bandejas. Dignait lo vio en la cocina y él se dio cuenta de que, en cuanto se supiera lo del veneno, la mujer no dudaría en acusarlo para defenderse. O quizá siempre tuvo la intención de que la culparan a ella. Envió a Menma a que la matara y le explicó qué hacer con el cuerpo. Gormán era una de las pocas personas que conocía la existencia del almacén subterráneo en la granja de Archú ya que, como me explicó el propio Archú, había ido allí cuando alguien murió por accidente y Gormán sugirió que sellaran la estancia. Gormán también sabía latín y ogham. Las piezas del puzzle encajaban.

Fidelma hizo una pausa y extendió las manos con gesto expresivo.

– Pero cuando todos estos hechos estuvieron encajados, un factor principal era el que les daba una forma. Gormán se había enterado de que Móen era fruto de una relación incestuosa de Eber. Se le escapó cuando habló conmigo. Su credo intolerante no podía aceptarlo y por eso mató a Eber y a Teafa, en un acto cuyos motivos no estaban en absoluto relacionados con la mina de oro.


Tres días después, Fidelma y Eadulf se detuvieron en el Hostal de las Estrellas de Bressal para darle la noticia de la muerte de su hermano. El rechoncho posadero se horrorizó pero se resignó.

– Al no regresar, sospechaba que la muerte se lo había llevado. Mi hermano se pasó la vida buscando riquezas para pasar el resto de su vida sin hacer nada. No hubiera sido feliz sin hacer nada, pero es triste que no descubriera eso por sí mismo.

Fidelma asintió.

– Aun sacra fames, la maldita hambre de oro destruye más de lo que crea. ¿No fue san Mateo quien escribió: «No acumuléis tesoros sobre la tierra, en donde la polilla y el moho los consumen, y en donde los ladrones entran y roban»?

Bressal sonrió conmovido.

– Rezad una oración por el alma de Morna, hermana.

Siguieron cabalgando entre los bosques en dirección al camino principal que los llevaría a Cashel. En los tres días que habían estado esperando en el rath de Araglin, después de las revelaciones de Fidelma, había llegado la noticia de que los mineros habían sido acorralados y que el brehon local había confiscado el oro que Gormán almacenaba en la capilla de Ard Mór. Quedaba pendiente el juicio de Gormán en Cashel. Pero el juicio no iba a tener lugar; Fidelma había tenido la generosidad de permitir que el padre Gormán quedara prisionero en la sacristía de su capilla. Al día siguiente de su reclusión, Gormán comió unas falsas colmenillas y murió al cabo de cuatro horas. Como comentó el hermano Eadulf, todavía delicado de salud, un final adecuado.

Agdae fue nombrado temporalmente tánaiste de los Araglin en una reunión especial del derbfliine de la familia de Eber. Sólo protestó Crón. Era obvio que no la iban a confirmar como jefe de Araglin. Dubán ni siquiera esperó el resultado de la reunión; ensilló su caballo y desapareció por las montañas. Cranat también había cogido sus pertenencias y había regresado a la tierra de los Déisi.

Eadulf fue poniendo palabras a los sentimientos de Fidelma mientras cabalgaban.

– No siento dejar este lugar. Tengo la necesidad de encontrar agua limpia para bañarme después de todo lo que ha sucedido.

Cuando llegaron al cruce de caminos, Fidelma vio dos figuras que le resultaban familiares, a pie por el camino de Lios Mhór. Una era la de un joven, e iba cogido de la mano con un anciano, cuyos hombros caídos indicaban sus muchos años.

– ¡Gadra! -gritó Fidelma haciendo que su caballo se adelantara.

El anciano se detuvo y miró a su alrededor. Vieron que sus dedos tamborileaban sobre la mano de Móen, sin duda explicándole el motivo por el que se detenía.

– Buen viaje, Fidelma -dijo sonriendo a la religiosa, y luego se dirigió a Eadulf-, y a vos también, mi hermano sajón.

Fidelma bajó del caballo.

– Nos preguntábamos por qué no os habíamos visto estos últimos días. Os teníais que haber despedido. ¿Adónde os dirigís?

– A Lios Mhór -respondió el anciano.

– ¿Al monasterio? -preguntó entonces Fidelma, sorprendida.

– Sí. No tenéis que mostraros desconcertada -dijo Gadra riendo entre dientes-. ¿No será bien recibido un viejo pagano como yo?

– Todos son bien recibidos en la casa de Cristo -respondió Fidelma con solemnidad-. Aunque he de confesar que vuestra decisión me sorprende.

– Bueno -dijo Gadra mientras se rascaba la nariz-. Si por mí fuera, continuaría viviendo en la montaña. Pero el chico me necesita.

– Ah -suspiró Eadulf-. Es digno de alabanza lo que hacéis por el chico. Los confines de un claustro son mejor protección que la inmensidad de la montaña.

Gadra le lanzó una mirada divertida.

– Más importante aún, necesita la compañía de los que pueden comunicarse con él. En Lios Mhór hay religiosos que conocen la antigua escritura. Yo les puedo enseñar con rapidez cómo utilizarla con él. Cuando Móen sea capaz de comunicarse con varias personas yo habré cumplido con lo prometido a Teafa y a Tomnát. Podré seguir mi destino y dejar que él siga el suyo.

Fidelma sonrió.

– Es un gesto generoso.

– ¿Generoso? -se sorprendió Gadra-. Es mi deber sagrado con una mente como la de Móen. El chico ha demostrado su olfato, y guiado por el buen camino estoy seguro de que esta cualidad puede utilizarse.

– ¿Para qué? -preguntó Eadulf con interés.

– Hay un montón de cosas que puede hacer una persona capaz de percibir y reconocer aromas, desde mezclar perfumes a identificar la cantidad exacta de hierbas, o hacer medicinas.

– ¿Así que Móen y vos residiréis en Lios Mhór?

– De momento.

Fidelma sonrió con picardía.

– Y, quién sabe, incluso podríais haceros cristiano bajo tan sagrada influencia.

– Eso nunca -contestó Gadra con amargura-. Ya conozco vuestro amor y vuestra caridad cristiana; no quiero formar parte de eso.

– Estoy segura de que si escucháis la Palabra, predicada por los hermanos y hermanas de Lios Mhór, llegaréis a aceptar que la Palabra es la Verdad -declaró Eadulf con valentía.

– ¿Vuestra Palabra o la Palabra de Gormán? ¿Cómo podéis estar tan seguro de que vuestra Palabra es la Verdad para todos o, es más, siquiera que haya una Verdad? -preguntó Gadra.

– Uno ha de tener Fe o no entenderéis la Verdad -se vio obligado a responder Eadulf.

Gadra sacudió la cabeza y alzó las manos hacia el dosel azul del cielo.

– ¿No se os ha ocurrido nunca, mi hermano sajón, que cuando llegue el momento en que se abra esa puerta para pasar al otro mundo, alguno de nosotros puede encontrarse con que estas cosas, de las que discutimos con tanta vehemencia, no son nada más que grandes malentendidos?

– ¡Nunca! -espetó Eadulf, airado.

El viejo ermitaño lo miró con tristeza.

– Que vuestra fe es ciega y que habéis anulado vuestro propio libre albedrío, lo cual va contra el orden espiritual de este mundo.

Fidelma tocó a Eadulf con la mano, al sentir que iba a contestar enfadado.

– Yo os entiendo, Gadra -dijo Fidelma- porque tenemos los mismos antepasados. Pero las costumbres cambian, como los días pasan. No podemos hacer que se detengan ni podemos regresar al punto de partida. Pero reconozco en vos las mismas virtudes que tenemos todos.

– Bendita seáis por eso, hermana. Después de todo, ¿acaso no es cierto que todos los caminos llevan al mismo gran centro?

Se quedaron callados y entonces Móen reclamó atención.

– Dice que lamenta no haberse despedido antes de marcharnos, pero sentía que ya había abusado mucho de vuestro buen hacer. Cree que vos sabéis lo que siente. Os debe la vida.

– No me debe nada. Yo sirvo a la ley.

– Dice que siente que la ley es como una jaula que encierra a los que no tienen el poder para conseguir una llave.

– Si alguien puede rebatir esa afirmación es él -replicó Eadulf indignado.

– No es la ley sino el abogado el que proporcionó la llave -interpretó Gadra.

– San Timoteo escribió que la ley es buena si es usada legalmente -replicó Fidelma-. Y un sabio griego, Heráclito, dijo que un pueblo debe luchar por su ley como si fuera la muralla de su ciudad contra un ejército invasor.

– No estamos de acuerdo. La ley no puede dictar la moralidad. Pero os agradezco lo que habéis hecho. Buen viaje, Fidelma de Kildare. Buen viaje, mi hermano sajón. Que la paz os acompañe.

Fidelma y Eadulf se quedaron mirando al anciano y a Móen, que se fueron por el camino de la montaña.

De repente Fidelma se entristeció.

– Me hubiera gustado convencerle de que nuestra ley es algo sagrado, el resultado de siglos de sabiduría y experiencia humana para protegernos, tanto o más que para castigarnos. Si no lo creyera así no sería abogada.

Eadulf inclinó la cabeza mostrando que estaba de acuerdo.

– ¿No dijo alguien que las leyes no son corruptas sino los que las interpretan?

Fidelma se subió al caballo.

– Hace muchos años, Esquilo escribió que lo malo no debe vencer por los detalles técnicos de la ley. Eso significa que hemos de someter la ley a nuestro propio juicio. Yo creo que por eso san Mateo nos estaba advirtiendo cuando escribió «no juzguéis si no queréis ser juzgados».

Encaminaron sus caballos hacia el norte por el camino que conducía a Cashel.


Peter Tremayne

<p>Peter Tremayne</p>

Peter Tremayne (Coventry, 1943) es el seudónimo empleado por uno de más prestigiosos historiadores de la cultura celta en sus obras de ficción. Su nombre se ha popularizado gracias al ciclo narrativo dedicado a sor Fidelma, traducida a una docena de lenguas y considerada por críticos y lectores como la sucesora natural del Fray Cadfael de Ellis Peters.


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