P. C. Cast

Diosa Por Derecho


Las diosas de Partholon 03

© 2007 P.C. Cast.

Título origina Divine by Blood

Traducido por: María del Carmen Perea Peña


Agradecimientos

<p id="_Toc287304519">Agradecimientos</p>

Gracias a mi equipo de LUNA, Mary-Theresa Hussey y Adam Wilson. ¡Trabajar con ellos es estupendo! También me gustaría mostrar mi agradecimiento al equipo maravilloso y lleno de talento que creó las exquisitas cubiertas de los tres libros Divine. Son James Griffin, el artista de la carátula original, Erin Craig, que ha puesto al día las tres carátulas y la directora artística de LUNA, Kathleen Oudit.

Como siempre, le doy las gracias a mi agente y amiga, Meredith Bernstein. Gracias, papá, por la información sobre el ecosistema y la vida de los felinos, con la que pude crear mi especie de ficción de lince de las cavernas, y por acompañarme al viaje de investigación a las fabulosas Cuevas de Alabastro y a las Grandes Salinas. Fue muy divertido. ¡Gracias también a Mamá Cast y a Lainee Ann!

Me gustaría agradecerle al personal del Parque Estatal de las Cuevas de Alabastro su amabilidad y su ayuda durante mi investigación. El Parque Estatal de las Cuevas de Alabastro está en el noroeste de Oklahoma, y merece la pena visitarlo. Las Grandes Salinas de Oklahoma están al norte del estado, y también es un lugar increíble. Sí, hay formaciones de selenita en las salinas, pero uno tiene que excavar para verlas, no son tal y como yo las he trasladado a la ficción. Lo que no tuve que novelar fue la magia que encontré en ambos lugares. Para obtener más información, existe la dirección de correo electrónico Alabastercaverns@OklahomaParks.com, y el teléfono de contacto de la Reserva Nacional de la Fauna y Flora de las Salinas: 580-626-4794. ¡Explora Oklahoma y conócela por ti mismo!


Prólogo

<p>Prólogo</p>

No estaba muerta.

No estaba viva, tampoco.

En realidad, podría haber pasado innumerables años habitando en los límites de la existencia. Ni muriendo, ni viviendo. Tan sólo siendo. Si no hubiera sido por la vida que se movía en su vientre, y por la ira que le abrasaba el pecho. Antes de recordar quién era, recordó que la habían traicionado.

«Sí, la ira es buena…».

Aquella voz que resonó en su mente le resultó familiar, y se aferró a ella mientras intentaba encontrarse a sí misma. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Cómo le había ocurrido aquello?

Abrió los ojos. Estaba envuelta en la oscuridad, y oprimida por un peso, como si se hubiera sumergido en una piscina caliente. Por un momento, el pánico la dominó. Si estaba debajo del agua, ¿por qué podía respirar? Tenía que estar muerta, muerta y sepultada para toda la eternidad por crímenes que no recordaba haber cometido.

Entonces, la niña volvió a moverse.

Los muertos no podían dar a luz una vida.

Le ordenó al miedo que se alejara, y éste obedeció. El pánico nunca ayudaba. Pensamiento lógico, frío. Planificación meticulosa, y ejecución precisa del plan. Aquél era el camino al triunfo. Aquél era el modo en que ella siempre había triunfado.

Hasta ahora.

Pero la habían traicionado. ¿Quién? Su ira se intensificó y ella la alimentó añadiendo su frustración y su miedo.

«Sí… Permite que tu ira te purifique…».

Cada vez era más consciente de sí misma. Su mente comenzó a activarse. Sintió un cosquilleo por el cuerpo. Cada vez sentía una ira más fuerte, que le proporcionó calor, energía.

La habían traicionado… La habían traicionado… La habían traicionado…

Aquellas palabras circularon por su cabeza y comenzaron a liberar los recuerdos.

Un castillo junto al mar.

Un templo de mármol, de fuerza y belleza exquisitas. La llamada de una diosa.

¡Exacto! ¡Ella era divina! ¡Era la elegida de una gran diosa!

Rhiannon…

El nombre apareció en su mente, y con él se abrieron las compuertas que bloqueaban los recuerdos. Entonces, recuperó de golpe su pasado.

¡Su diosa la había traicionado!

Rhiannon lo recordó todo.

Las decisiones tomadas con obstinación durante su vida le habían causado enfrentamientos con la diosa Epona. La violación de su ritual de ascensión. El hecho de que Epona nunca hubiera estado contenta con ella. Darse cuenta de que en Partholon nadie la quería de verdad, sino que sólo la adoraban como extensión de la diosa. El Sueño Mágico, en el que había visto a los demoniacos Fomorians infiltrarse en el Castillo de la Guardia y, desde allí, planear la destrucción de Partholon. Los susurros desde la oscuridad, que le decían que había otro modo… otro mundo… otra elección. La visión de aquel otro mundo, que había obtenido a través del poder de aquella voz oscura. Y su decisión de intercambiarse con Shannon Parker, la mujer de aquel otro mundo, cuya apariencia física era tan parecida a la suya que ambas podrían haber nacido del mismo vientre.

Rhiannon se echó a temblar al acordarse del resto de la historia. Clint, el Chamán que ella había encontrado en aquel mundo, era el reflejo del Sumo Chamán ClanFintan, de Partholon, pero se había negado a ayudarla a controlar el poder de aquel extraño mundo, en el que la tecnología era la magia, y la magia era un recurso sin explotar. Así que ella se había visto obligada a usar poderes oscuros para llamar a un sirviente que la ayudara.

Sin embargo, algo había salido terriblemente mal, y Clint y Shannon habían unido sus fuerzas para derrotarla.

Los árboles llamaban a Shannon, no a Rhiannon, y la consideraban la Elegida de Epona, la Amada de la diosa.

Epona ya no pronunciaba el nombre de Rhiannon. La diosa no la consideraba su Elegida. Cuando Rhiannon se había dado cuenta de aquello, se le había roto algo por dentro, se había sentido perdida, aterrorizada. Sin embargo, aquella herida ya no estaba tan fresca.

Epona la había traicionado y había permitido que la sepultaran, mientras que la usurpadora, Shannon, había regresado de manera triunfal a Partholon, y a la vida que debería haber sido suya. Y de su hija.

«Pero no todo el mundo te ha traicionado…».

Ya sabía de quién era aquella voz.

El dios del mal, la Triple Cara de la Oscuridad. Pryderi.

Pryderi…

«Todavía estoy aquí contigo. Después de todo, quienes siempre te han traicionado han sido las mujeres. Tu madre murió y te dejó. Shannon te robó lo que te pertenecía. Epona te dio la espalda sólo porque tú no querías ser su mascota».

El dios oscuro tenía razón. Las mujeres siempre la habían traicionado.

«Si te entregas a mí, y me entregas a tu hija, yo nunca te traicionaré. Para recompensar tu obediencia, te daré Partholon».

Rhiannon quería cerrar la mente y no oír la vocecita que le advertía que no se aliara con la oscuridad. Ella quería aceptar el ofrecimiento de Pryderi, pero no era capaz de ignorar la desolación que le producía la idea de entregarse a otro dios. Lógicamente, sabía que había perdido el favor de Epona, y que la diosa se había alejado de ella para siempre. Sin embargo, aunque Rhiannon hubiera buscado otros dioses… otros poderes, nunca había dado aquel paso definitivo. El paso irrevocable de rechazar a Epona y entregarse a otro dios.

Si hacía eso, nunca podría presentarse otra vez ante Epona. ¿Y si la diosa decidía que ella había cometido un error? Si Rhiannon pudiera liberarse de aquel horrible encarcelamiento y volver a Partholon, tal vez Epona volviera a reconocerla como su Elegida. Sobre todo, después de haber dado a luz a su hija, cuya sangre llevaría el legado de cientos de generaciones de Sumas Sacerdotisas de Partholon.

«¿Qué dices, Rhiannon? ¿Te consagrarás a mí?».

Rhiannon percibió un tono áspero en la voz de dios. Había tardado demasiado tiempo en responder. Se concentró apresuradamente y le envió sus pensamientos.

«Eres sabio, Pryderi. Y yo estoy muy cansada de que me traicionen. Sin embargo, ¿cómo voy a consagrarme a un dios si todavía estoy aprisionada? Sabes que la Suma Sacerdotisa debe ser libre para llevar a cabo el ritual de ascensión y quedar vinculada así a un dios».

Pryderi permaneció en silencio durante tanto tiempo que Rhiannon comenzó a temer que lo había presionado demasiado. ¡Tendría que haberse consagrado a él! ¿Y si la abandonaba en aquel momento? Podría quedar atrapada para toda la eternidad.

«Es cierto que la Suma Sacerdotisa debe darse libremente a su dios. Por lo tanto te liberaremos, para que tu hija y tú podáis consagraros a mi servicio».

El árbol que era su tumba viviente se estremeció, y a Rhiannon se le aceleró el corazón. ¡Había apostado y había ganado! Pryderi iba a liberarla. Luchó contra el peso que la aplastaba por todas partes… que la atrapaba… que la ahogaba.

«Este no es el camino de la libertad. Debes tener paciencia, Amada Mía».

Rhiannon contuvo su respuesta automática. No. Debía aprender del pasado. Enfrentarse a un dios abiertamente no era inteligente…

«¿Y qué hago?».

«Usa tu afinidad con la tierra. Ni siquiera Epona puede arrebatarte ese don. Es parte de tu alma, de la sangre corre por tus venas. Sin embargo, en esta ocasión no tendrás que molestarte con los árboles de la diosa. Busca los lugares oscuros. Siente las sombras que hay dentro de las sombras. Llama a ese poder. Se acerca el nacimiento de tu hija. Y con su nacimiento, tú también renacerás a la tierra. A una nueva era al servicio de un dios».

«No entiendo».

Rhiannon se concentró. Ella no era una sacerdotisa novicia. Sabía cómo obtener un gran poder y cómo canalizar la magia de la tierra.

Mirar hacia la oscuridad no era muy diferente a llamar el poder escondido de los árboles. No quiso pensar en lo que le había dicho Shannon, que los árboles la ayudaban voluntariamente y la llamaban Elegida de Epona. Se concentró en la oscuridad, en la noche y las sombras, y en el manto de la oscuridad que cubría la nueva luna cada mes.

Sintió el poder. No era la sensación embriagadora que tenía en Partholon, cuando Epona le concedía su bendición, pero el poder estaba ahí y ella era capaz de atraerlo.

Como una vasija que se llenara lentamente, Rhiannon esperó y la niña siguió creciendo su vientre.


PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

<p id="_Toc287304521">PRIMERA PARTE</p>
<p id="_Toc287304522">Capítulo 1</p>

Oklahoma

– Se acerca una tormenta -dijo John Águila de la Paz, escudriñando el cielo del suroeste.

Su nieto apenas levantó la vista de la Playstation.

– Abuelo, si pusieras cable no tendrías que estar mirando al cielo todo el rato. Podrías ver el canal del tiempo, o verlo en las noticias como todo mundo.

– Esta tormenta no puede predecirse con los medios del mundo -respondió el anciano, guardián de la sabiduría choctaw, sin apartar la vista del cielo-. Vete ahora. Llévate la camioneta y vuelve a casa de tu madre.

Eso hizo que el adolescente lo mirara.

– ¿De verdad? ¿Puedo llevarme tu camioneta?

Águila de la Paz asintió.

– Esta semana iré al pueblo y la recogeré.

– ¡Bien! -dijo el chico. Tomó su mochila y le dio a su abuelo un abrazo-. Adiós, abuelo.

Cuando su nieto se marchó, Águila de la Paz se preparó.

El guardián de la paz comenzó a tocar rítmicamente el tambor. No hizo falta mucho tiempo. Pronto, empezaron a moverse algunas sombras entre los árboles. Entraron al claro que había junto a la cabaña como si las hubiera arrastrado la violencia creciente del viento. A la luz del atardecer parecían fantasmas ancianos, pero Águila de la Paz sabía que no lo eran. Conocía la diferencia entre el espíritu y la carne. Cuando los seis se unieron a él, habló.

– Me alegro de que hayáis respondido mi llamada. La tormenta que se avecina no es de este mundo.

– ¿Ha vuelto la Elegida de Epona? -preguntó uno de los ancianos.

– No. Ésta es una tormenta oscura.

– ¿Qué quieres que hagamos?

– Debemos ir al bosque sagrado y contener lo que está luchando por liberarse -respondió Águila de la Paz.

– Pero… nosotros vencimos a esa maldad hace poco tiempo -respondió el más joven de los ancianos de la tribu.

Águila de la Paz sonrió con tristeza.

– No se puede vencer completamente al mal mientras los dioses sigan concediendo a los habitantes del mundo la libertad de elección, siempre habrá aquéllos que elijan el mal.

– El Gran Equilibrio -dijo el anciano más joven pensativamente.

Águila de la Paz asintió.

– El Gran Equilibrio. Sin la luz no habría oscuridad. Sin el mal, el bien no tendría equilibrio.

Todos los ancianos mostraron su aquiescencia.

– Y ahora, nosotros debemos trabajar del lado del bien.


Rhiannon agradeció el dolor. Significaba que había llegado la hora de que ella viviera de nuevo. La hora de que regresara a Partholon y tomara lo que era suyo por derecho. Utilizó el dolor para concentrarse. Pensó en él como una purificación. Ascender al servicio de Epona no había sido un ritual sin dolor, y no esperaba menos de lo que Pryderi debía de tener planeado por ella.

El trabajo fue largo y difícil. Para un cuerpo del que había estado separada durante tanto tiempo, fue una tremenda impresión sentir los músculos y los nervios, y la cascada de dolores y calambres que irradiaba como ondas desde su interior.

Rhiannon intentó no pensar en cómo debería haber sido aquel nacimiento. Ella debería haber estado rodeada de sus sirvientas y sus doncellas. Bañada, cuidada y mimada. Le habrían dado infusiones de hierbas que hubieran mitigado su dolor y su miedo. Y la entrada de su hija en Partholon debería haber sido una celebración jubilosa, la señal de que Epona estaba complacida por el nacimiento de la hija de su Elegida.

No, no quería concentrarse en aquellos pensamientos, aunque tenía la esperanza secreta de que cuando la niña hubiera nacido, Epona le enviara alguna señal, aunque Rhiannon no estuvieran en Partholon y aquélla no fuera su primera hija. En medio de la oscuridad y el dolor, Rhiannon tuvo tiempo para pensar en aquella otra niña, cuyo nacimiento había evitado años antes. ¿Lamentaba lo que había hecho? ¿Y qué sentido tendría lamentarlo? Aquélla era una elección que había hecho en su juventud, y que ya no podía deshacer.

Debía concentrarse en la hija que estaba pariendo en aquel momento, no en los errores que había cometido en el pasado.

Cuando la siguiente contracción la oprimió, abrió la boca para gritar, aunque sabía que en aquella sepultura, su dolor y su soledad no tendrían voz.

«Te equivocas, Amada Mía. No estás sola. ¡Observa el poder de tu nuevo dios!».

Con un crujido ensordecedor, su tumba viva se abrió súbitamente, y rodeada de fluidos, Rhiannon fue expulsada del vientre del anciano árbol. Quedó tendida, jadeante, sacudida por los temblores, sobre la alfombra de hierba, tosiendo desgarradoramente. Parpadeó con fuerza para intentar aclararse la visión. Su primer pensamiento fue para el hombre cuyo sacrificio la había sepultado. Estremecida, miró por encima de su hombro hacia el agujero del árbol, esperando encontrarse con el cuerpo de Clint. Se preparó para enfrentarse a aquel horror, pero lo único que vio fue un brillo suave color zafiro que se desvanecía lentamente, como si lo estuvieran absorbiendo las entrañas del árbol herido.

Sí, sus recuerdos estaban intactos, como su mente. Sabía dónde estaba, en el bosque sagrado del estado de Oklahoma. Y, tal y como esperaba, había sido expulsada de su prisión, desde el interior de uno de los robles gemelos. El otro se mantenía inalterado, junto al pequeño riachuelo que discurría entre los dos árboles. Estaba anocheciendo. El viento soplaba quejumbrosamente a su alrededor. Los truenos retumbaban en el cielo oscuro, atravesado de vez en cuando por el fogonazo de los relámpagos.

Relámpagos… Eso debía de ser lo que la había liberado.

«Yo soy quien te ha liberado».

Aquella voz ya no resonaba en su cabeza, pero tenía un tono sobrenatural. Provenía de la parte inferior del árbol gemelo a su roble, de un lugar en el que las sombras eran más oscuras.

– ¿Pryderi? -preguntó Rhiannon con la voz muy débil.

«Por supuesto, Amada Mía, ¿a quién esperabas? ¿A la diosa que te traicionó?».

El sonido de sus risotadas reverberó por el claro, y Rhiannon se preguntó cómo algo tan bello podía también tener un sonido tan cruel.

– Yo… no puedo verte -dijo, entre jadeos, a medida que sentía otra contracción.

El dios esperó hasta que el dolor se desvaneció, y entonces, las sombras que había bajo el árbol se movieron. A Rhiannon se le cortó el aliento al ver la belleza de la figura. Aunque su cuerpo no estaba completamente materializado y tenía el aspecto transparente de un espíritu, aquella visión hizo que Rhiannon olvidara que estaba a punto de dar a luz. Pryderi era alto y fuerte, imponente incluso en su forma espiritual. Su cabellera de pelo negro enmarcaba un rostro que podría haber sido inspiración de poetas y pintores, y no el argumento de las historias espantosas que se susurraban sobre él en Partholon. En sus ojos había una sonrisa y su rostro estaba lleno de amor y calidez.

«Te saludo, Sacerdotisa, Amada Mía. ¿Puedes verme ahora?».

– Sí -respondió ella, con reverencia-. Sí, te veo, pero sólo en forma espiritual.

«Me resulta difícil adoptar la forma corpórea. Para que yo pueda existir verdaderamente, debo ser adorado. Se deben celebrar sacrificios en mi nombre. Debo ser amado y obedecido. Eso es lo que haréis tu hija y tú por mí, dirigir a la gente hacia mí otra vez, y entonces, yo te devolveré tu lugar en Partholon».

– Lo entiendo -respondió Rhiannon, asombrada por el hecho de que su voz sonara tan débil entre sus jadeos-. Yo… yo…

Sin embargo, antes de que pudiera terminar lo que quería decir, ocurrieron dos cosas que la silenciaron con eficacia. De repente, la noche se llenó con el sonido de unos tambores. Eran sonidos rítmicos, como el pulso de la sangre en el cuerpo. Al mismo tiempo, Rhiannon sintió la imperiosa necesidad de empujar.

Se le arqueó la espalda, y las piernas se le doblaron automáticamente. Se agarró a las raíces retorcidas para intentar anclar su cuerpo tenso, y miró hacia el espectro de Pryderi.

– Ayúdame -gimió.

El sonido de los tambores era cada vez más fuerte. Rhiannon también oía un cántico, aunque no distinguía las palabras. La forma de Pryderi tembló, y con espanto, Rhiannon vio que su bellísima cara perdía la forma. Su boca sensual se cerraba. La nariz se convertía en un agujero grotesco. Sus ojos ya no mostraban bondad, sino que brillaban con una luz amarilla inhumana. Acto seguido, la aparición cambió de nuevo. Los ojos se convirtieron en cavernas oscuras y vacías y la boca se abrió y mostró colmillos y fauces ensangrentados.

Rhiannon grito de miedo, de rabia y de dolor.

El sonido de los tambores y los cánticos se acercó cada vez más.

La imagen de Pryderi volvió a cambiar y se convirtió de nuevo en un dios bello y sobrenatural, aunque en aquella ocasión apenas era visible.

«No puedo ser bello siempre, ni siquiera para ti, Amada Mía».

– ¿Me vas a dejar?

«Los que se acercan me obligan a marcharme. No puedo luchar contra ellos esta noche, porque no tengo fuerza suficiente en este mundo. Rhiannon MacCallan, llevo décadas buscándote. He visto cómo tu infelicidad se multiplicaba al estar atada a Epona. Ahora debes elegir; ya has visto todas mis formas. ¿Renuncias a la diosa y te entregas a mí como Sacerdotisa?».

Rhiannon estaba mareada de dolor y miedo. Miró a su alrededor, frenéticamente, por el bosquecillo, buscando alguna señal de Epona; pero no vio su luz divina. Epona la había abandonado, la había dejado en manos de una oscuridad que llevaba años persiguiéndola. ¿Qué alternativa tenía? No podía imaginarse la existencia sin ser la elegida de una deidad. ¿Cómo iba a vivir si no tenía el poder que le proporcionaba aquel estatus? Sin embargo, Rhiannon no era capaz de renunciar abiertamente a Epona. Aceptaría a Pryderi sin rechazar por completo a Epona; eso debería satisfacer al dios.

– Sí, me entrego a ti -dijo débilmente.

«¿Y tu hija? ¿Me entregas también a tu hija?».

Rhiannon hizo caso omiso de la advertencia que le hacía su instinto.

– Te doy…

Aquellas palabras fueron interrumpidas por el grito de batalla de siete ancianos, mientras los hombres entraban en el claro, y formaban un círculo alrededor de los dos robles. Pryderi se disolvió entre las sombras con un rugido que hizo temblar el corazón de Rhiannon.

El dolor volvió a atenazar su cuerpo, y Rhiannon sólo supo que debía empujar. Entonces sintió que unas manos fuertes la sujetaban. Entre jadeos, abrió los ojos. El hombre que la estaba ayudando era uno de los ancianos. Su rostro estaba surcado de unas profundas arrugas y tenía el pelo blanco y largo. Llevaba una pluma de águila atada a un largo mechón. Y sus ojos… Rhiannon se concentró en la bondad de sus ojos castaños.

– Ayúdame -susurró.

– Estamos aquí. La oscuridad se ha ido. Tu hija puede entrar con seguridad en este mundo.

Rhiannon se aferró a las manos del extraño. Empujó con todas sus fuerzas. Entonces, acompañada del sonido de los tambores antiguos, la niña se deslizó de su vientre.

Y mientras daba a luz, Rhiannon llamó a gritos a Epona, y no a Pryderi.

<p id="_Toc287304523">Capítulo 2</p>

Con su cuchillo, el hombre cortó el cordón umbilical que unía a madre e hija. Después, envolvió a la niña en una manta y se la dio a Rhiannon. Cuando Rhiannon miró los ojos de su niña, le pareció que el mundo cambiaba irrevocablemente. Sintió aquella transformación en lo más profundo de su alma. Nunca había visto nada tan milagroso. Nunca había sentido nada parecido, ni siquiera la primera vez que había oído la voz de Epona, ni siquiera la primera vez que había experimentado el poder de ser la Elegida, ni siquiera cuando había visto la terrible belleza de Pryderi.

Aquello era la verdadera magia. Rhiannon sintió otra contracción, y jadeó de dolor. Siguió abrazando a su hija contra el pecho e intentó concentrarse en ella mientras expulsaba la placenta. Vagamente, oyó al anciano dando órdenes a otros, y entendió la urgencia de su voz. Sin embargo los tambores continuaban sonando con su ritmo antiguo, y era tan maravilloso tener a su hija en brazos…

Rhiannon no podía dejar de mirarla. La niña le devolvía la mirada con unos ojos enormes y oscuros que acariciaban el alma de su madre.

– He estado muy equivocada.

– Sí -contestó el anciano-. Sí, Rhiannon, has estado equivocada.

– Conoces mi nombre.

Él asintió.

– Estuve aquí el día en que el Chamán Blanco sacrificó su vida para sepultarte dentro del árbol sagrado.

Con un sobresalto, Rhiannon reconoció al anciano. Era el líder de los choctaw, la tribu que había vencido al demonio Nuada.

– ¿Por qué me estás ayudando ahora?

– Nunca es demasiado tarde para que un morador de la Tierra cambie el camino que ha elegido. Entonces estabas rota, pero creo que esta niña ha sanado tu espíritu. Debe de tener una gran fuerza para el bien, si ha sido capaz de remediar tanto.

Rhiannon acunó a su hija, manteniéndola cerca del pecho.

– Morrigan. Se llama Morrigan, nieta de El MacCallan.

– Morrigan, nieta de El MacCallan. Recordaré su nombre y lo pronunciaré con alegría -dijo el anciano. La miró fijamente, de una forma tan intensa, que Rhiannon sintió un escalofrío incluso antes de oír sus siguientes palabras-. Hay algo que se ha roto dentro de tu cuerpo. Estás sangrando mucho, y la hemorragia no cesa. He enviado a alguien a buscar mi camioneta, pero van a pasar horas antes de que podamos llevarte al médico.

Entonces ella lo miró a los ojos y vio allí la verdad.

– Me estoy muriendo.

El anciano asintió.

– Creo que sí. Tu espíritu se ha curado, pero tu cuerpo está roto.

Rhiannon no sintió miedo ni pánico. Tampoco sintió dolor; sólo tuvo una horrible sensación de pérdida. Miró a su hija recién nacida, que la estaba observando con absoluta confianza, y le acarició la mejilla suave con la yema del dedo. No podría ver crecer a Morrigan. No estaría allí para vigilarla y asegurarse de que estuviera segura y…

– ¡Oh, Epona! ¿Qué he hecho?

El anciano no intentó consolarla. Su mirada era inteligente y aguda.

– Dime, Rhiannon.

– Me he entregado a Pryderi. Él también quería que le entregara a mi hija para que le sirviera, pero vuestra presencia lo ahuyentó antes de que pudiera dársela.

– ¿Pryderi el Malvado? ¿Uno de los dioses de la oscuridad?

– Sí.

– Debes renunciar a él, por ti misma y por tu hija.

Rhiannon miró a Morrigan. Si renunciaba a Pryderi en nombre de ambas, seguramente la niña quedaría atrapada en aquel mundo. Nunca volvería a Partholon.

Pero si no renunciaba a Pryderi, su hija estaría destinada al servicio de la misma oscuridad que había estado acechándola a ella durante toda su vida, susurrándole el descontento, subrayando la ira y el egoísmo y el odio, y retorciendo el amor hasta convertirlo en algo irreconocible.

Rhiannon no podía soportar la idea de que la vida de su hija fuera tan dura como la suya. No sería tan malo que Morrigan se quedara atrapada en aquel mundo. Por lo menos no estaría en manos del mal.

– Renuncio a Pryderi, la Triple Cara de la Oscuridad, en mi nombre y en el nombre de mi hija, Morrigan MacCallan -dijo Rhiannon.

Después, esperó. Había sido Suma Sacerdotisa y Elegida de la Epona desde que era niña. Sabía lo grave que era renunciar a un dios. Debería haber un signo, interno o externo, que le mostrara que el destino se había alterado. Los dioses no se tomaban muy bien el rechazo, sobre todo los dioses oscuros.

– El Malvado sabe que estás cerca de la muerte y muy cerca del reino de los espíritus. Te tiene en sus manos. No va a liberarte.

El hombre habló con suavidad, pero Rhiannon sintió aquellas palabras como una puñalada en el corazón. Aunque se estaba debilitando cada vez más, abrazó con más firmeza a su hija.

– Yo no le he entregado a Morrigan. Pryderi no tiene ningún derecho sobre ella.

– Pero tú sigues vinculada a él -dijo el hombre con gravedad, y al ver que Rhiannon desfallecía, insistió-: ¡Rhiannon, debes escucharme! Si mueres conectada a Pryderi, tu espíritu nunca conocerá la presencia de tu diosa de nuevo. Nunca tendrás alegría ni luz. Pasarás la eternidad envuelta en la noche del dios oscuro, y sumida en la desesperación con la que mancha todo lo que toca.

– Lo sé -susurró Rhiannon-. Pero ya no puedo luchar más. Me parece que lo único que he hecho en mi vida es luchar. He sido demasiado egoísta y he causado demasiado dolor. Tal vez es hora de que lo pague.

– Tal vez, ¿pero vas a permitir que tu hija pague también tus errores?

– Claro que no. ¿A qué te refieres, anciano?

– Tú no se la has entregado, pero Pryderi desea una Sacerdotisa con la sangre de la Elegida de Epona en las venas. ¿Quién crees que será su siguiente víctima cuando tú mueras?

– ¡No! No puedo permitir que Morrigan sea su siguiente objetivo.

– Entonces, debes llamar a tu diosa para obligar a Pryderi a que te libere.

– Epona me dio la espalda.

– Pero tú no has renunciado a tus lazos con ella.

– He hecho cosas horribles. Ya no me escucha.

– Tal vez estuviera esperando a oír las palabras correctas por tu parte.

Rhiannon miró a los ojos del anciano. Debería intentarlo, por si acaso existía la más mínima probabilidad de que él tuviera razón. Llamaría a Epona. Estaba al borde de la muerte, y tal vez la diosa se apiadara de ella. Cerró los ojos y se concentró.

– Epona, diosa de Partholon, diosa de mi juventud y de mi corazón. Perdona mis errores egoístas. Perdóname por permitir que la oscuridad manchara tu luz. Perdona por el dolor que te he causado a ti, y a los demás. Sé que no merezco tu favor, pero te pido que no permitas que Pryderi obtenga mi alma y la de mi hija.

El viento se apoderó de sus palabras, y las hizo resonar hasta que parecieron lluvia cayendo a través de las hojas de los árboles. Rhiannon abrió los ojos. Las sombras que había bajo el roble sagrado comenzaron a moverse, y a ella se le aceleró el corazón de pánico. ¿Acaso Pryderi había vuelto para reclamarla, pese a la presencia del chamán y el poder de su tambor? Entonces, apareció una bola de luz que ahuyentó la oscuridad. Desde el centro de aquel círculo luminoso se acercó una figura. A Rhiannon se le cortó el aliento, y se le llenaron los ojos de lágrimas. El anciano chamán inclinó la cabeza respetuosamente.

– Bienvenida, Diosa -dijo.

Epona le sonrió.

«John Águila de la Paz, tus acciones de esta noche te han granjeado mi agradecimiento y mi bendición».

– Gracias, Diosa -dijo él con solemnidad.

Entonces, Epona volvió la mirada hacia Rhiannon. Con mano temblorosa, ella se secó las lágrimas de los ojos para poder ver mejor a la diosa. En su niñez, Epona se había materializado ante sus ojos varias veces, pero cuando Rhiannon había llegado a la edad rebelde de la adolescencia, y después se había convertido en una adulta egoísta y caprichosa, la diosa había dejado de visitarla, de hablar con ella, y finalmente, de escucharla. Y en aquel momento, Rhiannon sintió que su alma se henchía al ver a la diosa.

– ¡Perdóname, Epona!

«Te perdono, Rhiannon. Te había perdonado antes de que me lo pidieras, porque yo también he cometido errores. Vi tu debilidad, y sabía que la oscuridad asediaba tu alma. Mi amor por ti no me permitió ver lo lejos que había llegado tu autodestrucción».

– Me equivoqué -dijo Rhiannon-. Epona, te pido que anules el poder que tiene Pryderi sobre mí. Yo he renunciado a él, pero como sabes, estoy a punto de morir. Tiene mi alma aprisionada con fuerza.

«¿Por qué me pides eso, Rhiannon? ¿Es porque temes lo que le ocurrirá a tu espíritu después de la muerte?».

– Diosa, ahora que voy a morir, hay muchas cosas de mi vida que veo con más claridad. O quizá sea la presencia de mi hija lo que ha permitido que se me caiga la venda de los ojos. La verdad es que sí, temo pasar el resto de la eternidad sumida en la desesperanza y la oscuridad, pero no te habría llamado para librarme de un futuro que merezco. Te he llamado porque no puedo soportar la idea de que mi hija padezca la misma oscuridad que ha envenenado mi vida. Si rompes los lazos que me unen a Pryderi, yo no voy a pedir que me permitas entrar en tu Paraíso. Te pido que me permitas existir en el Otro Mundo, donde pueda vigilarla e intentar susurrarle el bien siempre que el dios oscuro le susurre el mal.

«Pasar la eternidad en el Otro Mundo no es un destino fácil. Allí no tendrás descanso. No habrá praderas de luz y risa que alivien tu alma cansada».

– No deseo descansar si mi hija está en peligro. No quiero que ella siga mi camino.

«Los años de la vida de tu hija sólo serán una ola en el gran lago de la eternidad. ¿De verdad vas a abrazar un destino interminable por algo que, en esencia, es tan pasajero?».

Rhiannon apoyó la mejilla pálida contra la cabecita suave de su hija.

– Sí, Epona.

La diosa sonrió y, aunque a pesar de estar tan cerca de la muerte, Rhiannon sintió una alegría indescriptible.

«Por fin, Amada, has conquistado el egoísmo de tu espíritu y has seguido a tu corazón», dijo. Después, alzó los brazos y los estiró por encima de la cabeza. «Pryderi, dios de la Oscuridad y la Mentira, ¡no te concedo mis derechos sobre esta Sacerdotisa! ¡No podrás reclamar su alma sin vencerme antes!».

De las palmas de la diosa irradió una luz que hizo añicos las sombras que vacilaban al borde del claro. Con un grito terrible, aquella oscuridad antinatural se disipó por completo, y dejó a la vista la oscuridad normal, reconfortante, que llevaba el atardecer.

– Siento ligero el espíritu -le susurró Rhiannon a su hija.

«Eso es porque, por primera vez desde que eras niña, tu espíritu está libre de la influencia del dios».

– Debería haber tomado este camino mucho antes -dijo Rhiannon.

Epona sonrió con ilimitada bondad.

«No es demasiado tarde, Amada».

Rhiannon cerró los ojos ante la oleada de emociones que acababan con sus fuerzas.

– Epona, sé que esto no es Partholon, y que ya no soy tu Elegida, pero ¿puedes saludar a mi hija? -pidió, con la voz casi inaudible.

«Sí, Amada. Saludo a Morrigan, nieta de El MacCallan, y le concedo mis bendiciones».

Rhiannon abrió los ojos al oír un aleteo. Epona había desaparecido, pero el bosque sagrado se había llenado de luciérnagas que se elevaban y volaban en círculos a su alrededor, iluminándolo todo como si las estrellas hubieran bajado del cielo a celebrar el nacimiento de su hija.

– La diosa escuchó tu súplica -dijo el anciano-. No te ha olvidado. Nunca olvidará a tu hija.

Rhiannon lo miró y tuvo que parpadear para poder concentrarse en su rostro.

– Chamán, debes llevarme a casa.

– Yo no tengo el poder para llevarte a tu mundo, Rhiannon.

– Ya lo sé. Llévame al único hogar que he conocido en este mundo, a casa de Richard Parker, que es el reflejo de mi padre, El MacCallan. Lleva mi cuerpo allí, y entrégale a Morrigan como su nieta. Dile… Dile que creo en su amor y que sé que hará lo correcto.

El chamán asintió con solemnidad.

– ¿Y dónde puedo encontrar a Richard Parker?

Rhiannon consiguió darle las indicaciones para llegar al pequeño rancho de Richard Parker, a las afueras de Broken Arrow. Por fortuna, el chamán consiguió entender sus palabras, susurradas entre jadeos.

– Lo haré por ti, Rhiannon. Y también ofreceré plegarias para tu espíritu. Que puedas vigilar a tu hija y protegerla.

– Mi hija… Morrigan MacCallan… bendecida por Epona…

Rhiannon ya no pudo luchar más contra aquel entumecimiento. Sujetando a su hija contra su pecho, dejó descansar la cabeza sobre una raíz retorcida. Y, mientras las luciérnagas volaban a su alrededor, envuelta en el sonido de los tambores, Rhiannon, Suma Sacerdotisa de Epona, murió.

<p id="_Toc287304524">Capítulo 3</p>

Partholon

– Bueno, pues ésta es la verdad: si fuera divertido, no lo llamarían parto.

Intenté moverme para encontrar una postura más cómoda en el colchón, pero me dolía tanto el cuerpo, y estaba tan cansada, que me quedé quieta y le di un sorbito más al vino con especias que me ofreció una de mis ninfas.

Alanna y su marido, Carolan, que acababa de ayudarme a traer a mi hija al mundo, me miraron. Ambos se echaron a reír, como varias de las doncellas ninfa que estaban en la habitación, ordenando, limpiando y adorándome.

– No sé de qué te ríes. En un par de meses sabrás de qué estoy hablando -le recordé a Alanna.

– Y yo cuento con que me agarres la mano durante todo el proceso -me respondió ella alegremente, y después le dio un beso en la mejilla a su marido.

– Me parece muy bien. Estoy deseando hacer ese papel en el nacimiento de un niño.

– Creía que las mujeres olvidaban pronto el dolor del parto.

Yo miré a mi marido, el Sumo Chamán ClanFintan, cuya fuerza y resistencia superaban a las de un hombre, pero que en aquel momento estaba muy cansado y demacrado, como si hubiera hecho el camino de ida y vuelta al Infierno en vez de haber estado con su mujer mientras ella daba a luz, durante un día entero, a su hija.

– ¿Tú crees que vas a olvidarlo rápidamente? -le pregunté yo con una sonrisa.

– No creo -respondió él con solemnidad.

– Creo que yo tampoco. Me parece que eso de que las mujeres se olvidan del dolor del parto es una mentira que han empezado a hacer correr los maridos asustados.

Carolan se echó a reír desde el otro extremo de la habitación.

– Estoy de acuerdo con esa teoría, Rhea -me dijo.

– Pero ¿no ha merecido la pena? -me preguntó Alanna, que me traía a mi hija recién nacida ya limpia y vestida. Me la puso entre los brazos con una gran sonrisa.

– Sí -susurré yo, abrumada por una oleada de amor y ternura que nunca había conocido y que me había producido mi hija-. Sí, merece la pena por completo.

ClanFintan se arrodilló junto a nuestro colchón con la elegancia con la que se movían los centauros, y le acarició el pelo rizado y caoba a la niña.

– ¿Cómo vamos a llamarla, mi amor?

Yo no tuve que pensarlo.

– Myrna. Se llama Myrna.

ClanFintan sonrió y nos rodeó a las dos con sus fuertes brazos.

– Myrna… En el Lenguaje Antiguo significa «amada». Así es como debe ser, porque es verdaderamente amada -dijo. Entonces, se inclinó hacia mí y me dijo al oído-: Te quiero, Shannon Parker. Gracias por el regalo de nuestra hija.

Yo me acurruqué contra él y le di un beso en la mejilla. ClanFintan usaba rara vez mi nombre verdadero, y nunca cuando podía oírlo el público general. Sólo había tres personas que sabían que yo no era lady Rhiannon, hija de El MacCallan: ClanFintan, Alanna y Carolan. El resto de Partholon no sabía que un año antes, yo había sido intercambiada «accidentalmente» por la verdadera Rhiannon, que era idéntica a mí físicamente. Sin embargo, nuestro parecido terminaba en lo físico. Rhiannon era una bruja egoísta y odiosa que había abandonado a los suyos a su suerte. Yo me consideraba un poco egoísta, y odiosa sólo cuando era estrictamente necesario. Sabía que nunca abandonaría Partholon, ni a la gente ni a la diosa, a quienes había llegado a querer allí. Había luchado por quedarme allí, y me quedaría.

No había duda de que mi sitio estaba en Partholon. Epona me había dejado claro que yo me había convertido en su Elegida, y que mi vida no se había intercambiado por la de Rhiannon a causa de un mero error ni de un accidente. Epona me había elegido, y por lo tanto, yo debía estar en aquel mundo.

Con una total felicidad, le acaricié la cabecita a mi hija con la nariz, y le dije:

– Feliz cumpleaños, mi niña.

ClanFintan me estrechó suavemente entre sus brazos, y yo percibí una sonrisa en su voz:

– Feliz cumpleaños para mis dos chicas.

Yo me eché a reír.

– ¡Pero si es verdad! ¡Hoy es treinta de abril! Es mi cumpleaños. Se me había olvidado por completo.

– Has estado muy ocupada -dijo ClanFintan.

– Pues sí -dije, y le sonreí a aquel asombroso centauro de quien estaba tan enamorada-. Creo que deberíamos darle las gracias a Epona por el hecho de que nuestra hija haya nacido el mismo día del cumpleaños de su madre.

– Epona tiene mi gratitud eterna por Myrna y por ti -dijo él. Después tomó aire, y con su voz resonante, con la que conjuraba su magia de Sumo Chamán y adoptaba la forma humana para poder hacer el amor conmigo, exclamó-. ¡Ave, Epona!

– ¡Ave, Epona! -repitieron Alanna y las ninfas.

De repente, las cortinas vaporosas que cubrían los ventanales comenzaron a hincharse como nubes, y con una brisa llena de perfume, entraron en la habitación cientos de pétalos de rosa. Las doncellas emitieron suaves exclamaciones y comenzaron a girar y a danzar con los pétalos. Entonces, Epona habló:

«Mi Amada ha dado a luz a su hija. Le doy la bienvenida a Partholon, con gran alegría, a Myrna, hija de mi Elegida. Saludémosla con júbilo, magia y las bendiciones de su diosa».

Entonces, los pétalos de rosa se convirtieron en cientos de mariposas con un pequeño estallido, y después, las mariposas se convirtieron en colibríes que volaban y se lanzaban en picado y giraban mientras mis doncellas bailaban, riéndose.

– Esto es la verdadera magia… -susurré yo, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.

«El amor de una madre es la magia más sagrada de todas», me dijo Epona. «Recuerda eso en el futuro, Amada. El amor maternal tiene el poder de sanar y redimir».

De repente, me quedé completamente helada. ¿Qué quería decir Epona? ¿Acaso Myrna iba a sufrir algún daño?

«Descansa tranquila, Amada. Tu hija está a salvo».

Sentí un alivio tan intenso que me puse a temblar. Entonces sentí algo más, y el temblor se convirtió en un estremecimiento.

– ¿Rhea? ¿Te encuentras bien? -me preguntó ClanFintan, que sintió el cambio.

– Estoy cansada -mentí. Mi voz sonó tan débil que me sorprendió.

– Deberías descansar -dijo él. Entonces, miró a Alanna, que dejó de bailar con los colibríes y las ninfas y vino corriendo hacia nosotros-. Rhea tiene que descansar -le dijo.

– Por supuesto -respondió Alanna con la voz entrecortada, mientras se frotaba con suavidad el vientre hinchado. Después dio unas palmadas, y cuando las ninfas la miraron, les indicó que se retiraran-: La diosa sabe que su Amada debe descansar -dijo.

Yo les di las gracias a todas ellas por los cánticos y la alegría con la que habían recibido a mi hija. Las ninfas se marcharon entre risas y bendiciones para nosotros, y a los pocos instantes, quedamos a solas, ClanFintan, Carolan, Alanna y yo.

– Rhiannon ha muerto -dije.

Alanna se sobresaltó, y ClanFintan se quedó inmóvil.

– ¿Cómo lo sabes, Rhea?

– He sentido su muerte.

– Pero… yo pensaba que había muerto hace meses, cuando el Chamán de tu antiguo mundo la sepultó en el roble sagrado -dijo Carolan.

Yo tragué saliva. Los labios se me habían quedado entumecidos, fríos.

– Yo también. Debería haber muerto entonces, pero durante todo este tiempo ha estado… viva, atrapada dentro del árbol.

Me estremecí. Rhiannon era una bruja odiosa. Me había causado muchos problemas; incluso había intentado asesinarme. Sin embargo, yo había llegado a entender que ella era sólo una versión rota de mí misma, y no podía evitar sentir lástima por ella. Pensar en que había estado sepultada viva me ponía muy triste.

Alguien llamó a la puerta.

– ¡Adelante! -dijo ClanFintan.

Uno de los guardias del templo entró en mi habitación y me saludó con energía.

– ¿Qué ocurre…? -hice una pausa para intentar recordar qué guardia era. Todos ellos se parecían mucho. Eran musculosos. Altos. Iban escasamente vestidos. Musculosos. Sin embargo, sus ojos, tan azules, estimularon mi memoria-. ¿Gillean?

Yo esperaba que hubiera acudido a darle la bienvenida a Myrna, pero tenía una expresión grave en el rostro.

– Es el árbol del Bosque Sagrado, mi señora. El roble alrededor del cual se realizan libaciones cada luna llena. Se ha destruido.

– ¿Qué significa eso?

– Parece que lo ha destruido un rayo, pero el cielo está despejado. No hay ni rastro de tormenta en el cielo.

– ¿Y ha salido algo del árbol?

– No, mi señora.

– ¿No había ningún cuerpo? -pregunté, con la voz ronca de miedo, mientras intentaba apartarme de la mente la visión del cadáver de Clint, en descomposición.

– No, mi señora. No había cuerpos.

– ¿Estás seguro? ¿Fuiste a verlo tú mismo? -preguntó ClanFintan.

– Sí, mi señor. Y, sí, yo mismo examiné el árbol. Acababa de terminar mi guardia en la parte norte del territorio del templo, y volvía a casa cuando oí un tremendo crujido que provenía del bosquecillo. No estaba lejos, y sé que el Bosque Sagrado es muy importante para lady Rhea, así que fui hacia allí inmediatamente. El árbol todavía echaba humo cuando llegué.

– Tienes que ir a verlo -le dije a ClanFintan.

Él asintió.

– Ve a buscar a Dougal -le ordenó al guardia-. Dile que se reúna conmigo en la puerta norte.

– Sí, mi señor. Mi señora -dijo Gillean, y después de hacerme una reverencia, se marchó apresuradamente.

– Iré contigo -dijo Carolan. Después, Alanna y él se alejaron hacia el otro extremo de la habitación, obviamente para darnos privacidad a ClanFintan y a mí.

– Si está aquí, está muerta -le dije a mi marido, con más calma de la que sentía.

– Sí, pero quiero asegurarme de que no ha traído nada a Partholon con su regreso.

Yo asentí y miré a Myrna, que estaba durmiendo. Era muy vulnerable. Yo también me sentí extrañamente vulnerable al saber que no podría soportar que le ocurriera nada a mi hija…

– Yo nunca permitiré que sufráis -dijo ClanFintan.

Lo miré a los ojos.

– Lo sé -respondí.

Sin embargo, en su mirada estaba bien claro que recordaba lo que había ocurrido unos meses antes. A través de aquel mismo roble yo había pasado a Oklahoma de nuevo, junto a un demonio resucitado a quien creíamos derrotado para siempre. Y todo eso había sucedido ante la mirada de ClanFintan, sin que él pudiera hacer nada para salvarme. Y después, yo había podido regresar a Partholon sólo a través del sacrificio de Clint Freeman, el reflejo humano de ClanFintan, y del poder de los árboles.

– Ten cuidado -dije.

– Siempre -respondió él. Después, nos besó a Myrna y a mí-. Descansa. No tardaré mucho.

Carolan y él salieron de la habitación. Yo oí que ClanFintan les daba órdenes a los guardias para que doblaran los turnos de vigilancia en el templo, lo cual debería haber hecho que me sintiera segura, pero sólo consiguió que tuviera más miedo. Myrna comenzó a hacer ruiditos de inquietud, y yo le susurré para reconfortarla.

– Seguramente tiene hambre, Rhea -me dijo Alanna.

Mi amiga me ayudó a colocarme el camisón para que Myrna pudiera encontrar mi pecho. Cuando terminé de amantar a la niña, Alanna la tomó en brazos y la colocó en una pequeña cuna que había junto a mi cama.

– Estoy asustada, Alanna.

– Epona no permitirá que os ocurra nada ni a Myrna ni a ti. Tú eres su Elegida, su Amada. La diosa protege a los suyos. Ahora descansa. Estás a salvo, en el corazón de Partholon, con todos los que te quieren. No tienes nada que temer, amiga, nada que temer…

Alanna siguió con aquel murmullo y, poco a poco, el sonido dulce de su voz, unido al agotamiento de aquel parto de veinticuatro horas, fue como un somnífero para mí. Sin embargo, justo antes de dormirme, mi último pensamiento fue que, si no había ningún cuerpo en el Bosque Sagrado de Partholon, entonces debían de estar en el reflejo de aquel bosque en Oklahoma. ¿Qué demonios estaba ocurriendo allí?

<p id="_Toc287304525">Capítulo 4</p>

Oklahoma

Richard Parker sabía que algo iba mal antes de que John Águila de la Paz llegara conduciendo lentamente por el camino de su casa. Había estado inquieto durante toda la noche. Y peor todavía, sus seis perros, cruce de sabueso y perro lobo, habían empezado a aullar justo antes del atardecer. Pese a sus reprimendas, los perros habían seguido aullando durante más de cinco minutos.

No tenía que mirar el calendario para saber qué día era: treinta de abril. El cumpleaños de Shannon. En otro mundo, en un mundo en el que ella era la encarnación de una diosa, y por ello, recibía adoración y reverencia. Aquel día iba a cumplir treinta y seis años. Sin embargo, recordar la fecha del cumpleaños de su hija no era lo que le causaba aquella sensación extraña, siniestra.

¿Habría dado a luz Shannon aquel mismo día? Por imposible que pareciera, a él no le sorprendería que ella intentara hacérselo saber de algún modo. Después de todo, toda aquella situación era imposible.

Shannon había aparecido de nuevo en la puerta de casa una noche, en mitad de una espantosa tormenta de nieve, asustada y desaliñada. Richard había reconocido al hombre que la acompañaba; era Clint Freeman, un ex piloto del ejército y un héroe nacional. Después de las explicaciones de Shannon, él no podía creer aquella historia inverosímil de que su vida había sido intercambiada por la de Rhiannon, la encarnación de una diosa de otro mundo, y que después, Clint la había llevado de vuelta a Oklahoma. Sin embargo, su hija no era ninguna mentirosa. Y la mujer que había estado allí durante los meses anteriores se había comportado como una bruja fría y calculadora y había alejado a sus amigos y a su familia con su forma de actuar. Aunque físicamente fuera igual que su hija, no se comportaba como ella.

Incluso antes de que el malvado Nuada hubiera estado a punto de matarlo en el estanque, y él hubiera sido testigo de que su hija tenía poderes realmente otorgados por la diosa Epona, le había resultado más fácil aceptar la idea de que existía un mundo alternativo que aceptar la idea de que su hija había sufrido un cambio total de personalidad.

Él había sabido en qué momento preciso Shannon venció a Nuada y se marchó de aquel mundo. Lo había sabido con tanta seguridad como conocía el olor de la lluvia y la sensación de acariciar a un caballo. Era un conocimiento innato, algo que tenía arraigado en el alma. También había sabido que Clint había muerto para devolverla a Partholon, y aquello le había entristecido casi tanto como la pérdida de su única hija. Por lo menos, Shannon no había muerto. En realidad, para él era más fácil hacerse a la idea de que se había ido a vivir a Europa, o quizá a Australia, y que algún día podrían visitarse el uno al otro.

Richard suspiró y se paseó con inquietud de un lado a otro por el patio de su casa. Shannon tenía que marcharse. Se había casado con el padre de su hija en aquel otro mundo. Lo quería. Y una hija necesitaba a su padre.

Aunque también necesitaba a su abuelo. Richard conservaba la esperanza de que Shannon pudiera comunicarse con él, aunque sólo fuera brevemente, para no sentirse como si la hubiera perdido para siempre. Soñaba a menudo con ella. En sus sueños, Shannon siempre estaba feliz y rodeada de gente que la adoraba. Richard había visto, incluso, al marido centauro de su hija. Al pensarlo, se le escapó un resoplido. Aquélla fue una visión muy interesante. Tenía la impresión de que Shannon estaba detrás de aquellos sueños, o tal vez fuera más preciso decir que la diosa de Shannon, Epona, estaba tras ellos. En cualquier caso, era casi como recibir cartas suyas, y él se había conformado con aquellas pequeñas visiones durante el paso de los años.

Sin embargo, aquella noche tenía una sensación muy diferente. Tenía un presentimiento terrible. ¿Acaso Shannon estaba intentando comunicarse con él? Cabía aquella posibilidad. Eran los días en los que debía dar a luz a su nieta, y por supuesto, Shannon querría compartir aquel acontecimiento con él. ¿Entonces, por qué se sentía tan negativo? ¿Por qué tenía aquel presentimiento de peligro? Dejó de caminar y exhaló un suspiro de angustia. ¿Acaso estaba presintiendo su muerte? ¿Había muerto su hija en aquel mundo en el que no había hospitales ni medicina moderna? ¿Por qué tenía aquella sensación de tragedia?

– Por favor, Epona -le dijo al viento-. Protégela.

– Cariño, ¿qué ocurre?

Patricia Parker, o «mamá Parker» para todas las legiones de jugadores de fútbol americano a los que él había entrenado, lo llamó desde el umbral de la puerta.

– Nada -dijo Richard Parker-. Es sólo que me siento un poco inquieto esta noche.

Su mujer lo miró con preocupación.

– No será… eso otra vez, ¿no?

Patricia estaba fuera, visitando a su única hermana en Phoenix, cuando Shannon había vuelto y él había sufrido el ataque de Nuada, pero su esposa había visto el resultado. Y por supuesto, él se lo había contado todo. Irónicamente, mamá Parker se sintió aliviada al saber que Rhiannon había intercambiado su lugar por el de Shannon. Las cosas horribles que le había dicho y que le había hecho Rhiannon no habían sido cosa de Shannon.

– No, no, no -respondió él rápidamente, arrepintiéndose al verla disgustada. En realidad no sabía si había ocurrido algo malo. Tal vez sólo fueran los jalapeños que se había tomado para cenar, que le habían sentado mal-. Todo va perfectamente. Ahora mismo entro.

– Muy bien, cariño. Entonces voy a terminar de fregar los platos.

Patricia había empezado a darse la vuelta cuando oyeron el sonido de un vehículo que se acercaba por el camino. Richard miró el reloj. Eran más de las diez y media. Muy tarde para una visita social. Sintió un escalofrío al ver acercarse un viejo Chevy azul, que se detuvo junto a las dos camionetas que estaban aparcadas junto a la casa. Lentamente, de aquel coche bajó un anciano indio que se dirigió a él.

– Buenas noches, Richard Parker -dijo el anciano, y automáticamente, Richard le tendió la mano. El recién llegado se la estrechó con firmeza-. Soy John Águila de la Paz. Siento molestarlo tan tarde.

– No se preocupe. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Rhiannon me pidió que la trajera a casa.

Richard se sobresaltó. ¡Rhiannon! Al no tener noticias de ella después de que Shannon se marchara de aquel mundo, había supuesto que su hija se había llevado a Rhiannon, probablemente, para que pudiera enfrentarse a las consecuencias de haber abandonado su mundo y sus deberes como Elegida de Epona en Partholon. Sin embargo, ¿continuaba en Oklahoma? ¿Y decía que aquélla era su casa? Richard Parker irguió los hombros. Por mucho que se pareciera a su hija, Rhiannon no era Shannon, y él no iba a permitir que se hiciera pasar por ella de nuevo. Sin embargo, aquello no podía contárselo a un extraño. Esperaría a que estuvieran a solas. Después, él llevaría a Rhiannon al pueblo, o al aeropuerto, o al infierno. A cualquier lugar, siempre y cuando estuviera lejos de Oklahoma.

– Bueno, ¿y dónde está?

Richard entornó los ojos y volvió a mirar hacia el coche. Había alguien sentado en el asiento del pasajero, pero estaba demasiado oscuro como para distinguir sus rasgos. Resopló de nuevo. Era lógico que ella tuviera miedo de salir y enfrentarse a él.

– Está ahí.

El anciano no se acercó a la puerta delantera del coche, sino que se dirigió a la puerta trasera y la abrió. Richard lo siguió y frunció el ceño. Sólo había una cosa dentro, y parecía un cuerpo envuelto de pies a cabeza en una manta india. John Águila de la Paz subió con agilidad, se agachó y apartó la manta con delicadeza. Al ver su cara, Richard se sintió como si lo hubieran golpeado con fuerza en el estómago.

– ¡Shannon! -exclamó, y subió de un salto a la camioneta.

– No, no es Shannon. Es Rhiannon. Expresó su deseo de que la trajera aquí, y también de que le diera a su hija para que usted se encargara de criarla.

A Richard le zumbaban los oídos, y le resultaba difícil concentrarse en lo que le estaba diciendo el anciano.

– Está muerta -dijo.

John Águila de la Paz asintió.

– Murió después del parto. Sin embargo, tuvo tiempo para que el amor por su hija sanara su espíritu.

Richard apartó los ojos de aquel rostro idéntico al de su hija.

– ¿Sabe su historia? ¿Sabe lo de Partholon?

– Sí. Presencié todo lo que ocurrió cuando el Chamán Blanco venció al demonio y se sacrificó para que Shannon pudiera volver a ese mundo. También acudí esta noche, cuando el demonio liberó a Rhiannon del árbol sagrado en el que ella estaba aprisionada.

Richard miró a su alrededor.

– ¿Lo ha seguido hasta aquí?

– No me ha acompañado ningún mal. Los árboles sagrados y yo expulsamos al dios oscuro, y entonces, la aparición de Epona ahuyentó los últimos vestigios del mal y cortó los lazos que unían el alma de Rhiannon a ese dios.

– ¿Epona perdonó a Rhiannon?

– Sí. Yo lo vi.

Con la voz profunda, grave y rítmica de un gran narrador, Águila de la Paz recitó todo lo que le había sucedido a Rhiannon en el bosque sagrado.

– Al final fue capaz de encontrar el bien que había en su alma -dijo Richard, y lentamente, le acarició la mejilla fría.

Después alzó la vista y vio a su mujer junto a la camioneta. Mamá Parker tenía una mirada de espanto y la mano apretada contra la boca.

– No, mamá Parker, no -dijo él. Bajó de la camioneta y la abrazó-. No es Shannon. Es Rhiannon. No llores.

Le acarició la espalda mientras ella sollozaba contra su hombro. Estaba demasiado ocupado consolando a su mujer como para darse cuenta de que el viejo chamán también bajaba al suelo, pero sí se dio cuenta de que volvía hacia ellos, porque llevaba en brazos a una recién nacida.

– Esta es Morrigan. Su nieta.

El anciano les tendió a la niña, y automáticamente, mamá Parker la tomó en brazos. Con las manos temblorosas, abrió la manta y desenvolvió al bebé. Richard Parker miró a la niña por encima del hombro de su esposa, y se enamoró instantánea e irremediablemente de ella.

– Es igual que Shannon cuando nació -dijo, y se echó a reír con los ojos llenos de lágrimas-. Igual que un bichito -así solía llamar a su hija, Bichito.

– Oh, cariño, ¿cómo puedes seguir con eso? Las dos son demasiado bonitas como para ser un bicho.

Richard miró a su mujer. Llevaban treinta años casados, desde que Shannon era una niña. Patricia Parker no podía tener hijos, pero había querido a Shannon y la había criado como si fuera suya. Y ahora, ella tenía cincuenta y cinco y él tenía cincuenta y siete años. Eran demasiado mayores para criar a un bebé.

Volvió a mirar a Morrigan, que se parecía tanto a Shannon.

– No tiene a nadie en este mundo -dijo John Águila de la Paz-. Rhiannon me pidió que le dijera que creía en usted y que sabía que haría lo correcto -explicó. Después de una pausa en la que consideró sus palabras, añadió-: Tengo un presentimiento acerca de esta niña. Siento que tiene un gran poder. Sin embargo, todavía hay que descubrir si será un gran poder para el bien o para el mal. La oscuridad que siempre persiguió a su madre también acechará a Morrigan. Si rechaza a esta niña, me temo que esa oscuridad podrá con ella.

– ¡Rechazarla! -exclamó Patricia, y Richard notó que su mujer estrechaba al bebé entre sus brazos-. Oh, no. No podemos rechazarla.

– Pat, tienes que estar muy segura sobre esto. Ya no somos jóvenes.

Ella miró a su marido con una sonrisa.

– Morrigan nos mantendrá jóvenes. Y ella nos necesita, cariño. Además, es lo único de Shannon que vamos a tener.

Incapaz de hablar, Richard asintió y besó a su esposa en la frente.

– Mi hija Mary está en el coche. Ha traído algunas cosas para el bebé, pañales, leche en polvo y biberones. Eso servirá para esta noche.

– Gracias -dijo Pat Parker con una sonrisa-. Se lo agradecemos.

– ¿Por qué no lleváis Mary y tú las cosas del bebé a casa? John y yo terminaremos aquí -dijo Richard.

Pat asintió, pero antes de alejarse miró por última vez a Rhiannon.

– Es difícil creer que no es Shannon.

– No es Shannon -repitió Richard con firmeza-, Shannon está viva y a salvo en otro mundo.

El bebé comenzó a agitarse, y Pat lo miró. Arrulló a la niña suavemente y se acercó a la puerta del asiento delantero de la camioneta. Richard esperó a que las mujeres entraran en la casa, y después se volvió hacia el anciano.

– No voy a enterrarla en el pueblo. Esto sólo es asunto nuestro.

John Águila de la Paz asintió.

– Es una buena cosa que el mundo moderno no vuelva a afectarle. Ella pertenece a un tiempo diferente, a un lugar diferente.

– Me gustaría enterrarla junto al estanque, bajo los sauces. Esos árboles siempre me han parecido tristes.

– Ahora será como si lloraran por ella.

Richard asintió.

– ¿Quiere ayudarme?

– Sí.

Los dos fueron al establo en busca de las palas que necesitaban.

– ¿Qué le va a decir a Morrigan sobre su madre? -preguntó John Águila de la Paz.

– La verdad -respondió él automáticamente, y después añadió-: Algún día.

Ojalá supiera cómo demonios iba a hacerlo.


John Águila de la Paz y su hija se marcharon al filo del amanecer. Richard estaba agotado. Se masajeó con cuidado la mano derecha para calmar la rigidez que siempre le molestaba si la usaba demasiado. Se preguntó si aquella herida se curaría alguna vez de verdad, y después recordó que sólo habían pasado cinco meses desde que se había rasgado la mano intentando salir del estanque por un agujero en el hielo. Un agujero que había hecho el malvado Nuada para cumplir su amenaza de matar a todos los seres queridos de Shannon. Richard se estremeció. No le gustaba recordar aquel día.

El llanto del bebé lo sacó de su ensimismamiento. Silenciosamente, se levantó y miró a la niña. Estaba acostada en la vieja cuna de Shannon. A él se le había olvidado que todavía la conservaban. Llevaba más de treinta años en la buhardilla. Sin dudarlo, tomó a Morrigan en brazos y le dio unas palmaditas en la espalda. Después la sacó de la habitación antes de que despertara a mamá Parker.

– Shhh -susurró.

Seguramente, la niña tenía hambre. Los recién nacidos comían constantemente. Él lo recordaba bien. Mientras calentaba un biberón, el peso y el olor del bebé le suscitaron nuevos recuerdos. Se había olvidado de que tener en brazos a su hija recién nacida siempre le había parecido una experiencia religiosa. Y él no era un hombre religioso. No tenía tiempo para la rigidez y la hipocresía de la religión organizada. Había encontrado a sus dioses en los prados de heno dulce, o en el calor de un establo, o en la lealtad de sus perros. Así pues, cuando pensaba en que tener en brazos a aquella niña era algo religioso, no pensaba en la iglesia, ni en nada parecido. Pensaba en la perfección de la belleza, en el mejor de los milagros de la naturaleza. Se sentó en la mecedora y suspiró al sentir el crujido de sus rodillas y el entumecimiento de la espalda. Sin embargo, mientras la veía tomarse el biberón y oía sus sonidos suaves, como de cachorrillo, se dio cuenta de que no era ningún viejo. Tenía la mirada de un hombre que estaba viendo de nuevo la magia de la vida y del nacimiento, y que experimentaba el renacimiento del amor.

– Creo que nos va a ir muy bien -le dijo al bebé-. Mamá Parker y yo ya no somos unos niños, pero tampoco somos tan tontos como dos jovenzuelos sin experiencia. Y yo tengo práctica en esto de ser padre. Creo que si Shannon estuviera aquí ahora, te diría que con ella lo hice muy bien.

Pensar en Shannon le entristeció, como siempre. La echaba de menos. Sin embargo, aquella noche, con el peso suave y cálido de una recién nacida en brazos, se dio cuenta de que la ausencia de su hija le hacía menos daño. Nunca dejaría de echarla de menos, pero tal vez aquella niña que se parecía tanto a ella pudiera compensar un poco su ausencia.

Una vez que el bebé terminó el biberón, Richard se lo apoyó en el hombro, y se echó a reír cuando Morrigan eructó como un pequeño marinero.

– Igual que Shannon -dijo.

Después la tomó en brazos de nuevo comenzó a acunarla canturreando suavemente. El bebé pestañeó y sonrió. Richard, que había sentido un gran peso en el corazón desde que su hija había desaparecido de aquel mundo, se sintió repentinamente ligero, como si le hubieran crecido alas.

Tuvo que carraspear y parpadear para que no se le cayeran las lágrimas.

<p id="_Toc287304526">Capítulo 5</p>

Partholon y Oklahoma

El Paraíso de los Sueños es mi lugar favorito. Sí, me gusta incluso más que el Templo de Epona, más incluso que la Toscana, o que Irlanda. Siempre he sido capaz de controlar mis sueños, incluso antes de llegar a Partholon y convertirme en la Elegida de Epona.

Cuando era niña, en Oklahoma, pensaba que el hecho de poder controlar los sueños era normal. No sabía que era nada extraño hasta que una de mis amigas me contó que la noche anterior había tenido una pesadilla horrible. Yo me eché a reír y le pregunté que por qué no había trasladado sus sueños a algún sitio feliz. Ella me miró como si estuviera loca y me dijo que la gente no podía controlar los sueños a voluntad. Yo me quedé callada, cosa poco normal en mí, hasta que llegué a casa y se lo pregunté a mi padre. Él me explicó que la gente, por lo general, no era capaz de controlar los sueños, y que si yo era capaz de hacerlo, tal vez debiera mantenerlo en secreto. Y eso es lo que hice después de aquel día, aunque lo extraño de mi habilidad no disminuyó mi disfrute en el Paraíso de los Sueños.

En Partholon, aquella habilidad se volvió magia. Epona se comunicaba a menudo con su Elegida a través de los sueños. En realidad, es más preciso decir que la Elegida tiene la capacidad de proyectarse astralmente; las Sacerdotisas de Partholon lo llaman el Sueño Mágico. En otras palabras, la Elegida, o sea, yo, proyecta su alma durmiente a cualquier sitio que Epona desee. Lo cual es tan fascinante y desconcertante como puede parecer. Epona me ha llevado a muchos sitios, desde una batalla sanguinaria contra los Fomorians, en la cual mi espíritu le salvó la vida a mi marido, hasta a un nacimiento en Partholon, en el que la parturienta era atendida por mujeres que reían y cantaban mientras yo era testigo del milagro de la renovación de la vida.

Sin embargo, durante la mayor parte de mi embarazo, Epona había mantenido al mínimo los viajes del Sueño Mágico. Es decir, después de que Nuada fuera derrotado y Rhiannon sepultada en un árbol, y después de que yo estuviera de vuelta en Partholon. Así que me quedé sorprendida cuando mi sueño, en el que Hugh Jackman me estaba dando un masaje en los pies, fue interrumpido, y mi espíritu saliera despedido de repente hacia el techo del Templo de Epona y lo atravesara, como el corcho de una botella de vino tinto.

– Aaay, vaya -dije, mientras tomaba una gran bocanada de aire nocturno-. Ay, estoy mareada… siento vértigo… me siento… -de repente, me di cuenta de por qué me sentía tan extraña, y sonreí-: ¡Ya no estoy embarazada!

Oí la risa musical de Epona, que flotaba por el aire, a mi alrededor.

«¿Acaso esperabas sentir que seguías embarazada después de dar a luz, Amada?».

– En realidad, no. Sin embargo, va a pasar una temporada antes de que pueda meterme otra vez en esos pantalones de montar tan ajustados y tan monos. Así que supongo que pensaba que todavía iba a sentirme gorda e hinchada la noche siguiente al parto.

«El espíritu se recupera de un parto mucho antes que el cuerpo».

Yo me sentía relajada y estaba disfrutando del sonido familiar de la voz de la diosa en mi mente, pero me detuve en seco cuando oí las siguientes palabras de Epona.

«Y es bueno que el espíritu se recupere tan rápidamente. Esta noche tienes que hacer un viaje difícil, un viaje que no podías hacer durante las últimas semanas de tu embarazo».

– ¿De qué se trata? No son los Fomorians otra vez, ¿verdad?

«No, no son los Fomorians. Se trata de Rhiannon».

– ¿Rhiannon? ¡Pero si ha muerto!

«Sí, Amada. Rhiannon ha muerto».

– Yo… yo no sabía que había estado viva en el interior del roble durante todo este tiempo.

Aquello me puso muy triste. Clint y yo éramos quienes la habíamos confinado allí. Y a Clint, su participación le había costado la vida.

«Fueron los actos de Rhiannon los que la sepultaron. No tú, ni tampoco Clint».

Como de costumbre, parecía que Epona me había leído el pensamiento.

«Tienes que saber que, antes de que Rhiannon muriera, su alma se curó».

– Me alegro mucho -susurré con sinceridad.

«Se curó, y su espíritu fue rescatado de las manos de Pryderi. Sin embargo, la Triple Cara de la Oscuridad todavía quiere controlar a la que lleva la sangre de mi Elegida».

– ¡Myrna! ¿Va a venir por mi bebé?

«Es posible, Amada, igual que intentó apartarte de mí».

– No tiene ni la más mínima posibilidad de conseguirlo.

«Contigo y con ClanFintan a su lado, habrá muy pocas posibilidades de que Myrna escuche los oscuros susurros de Pryderi. Así pues, no es ella quien me preocupa».

– ¿Entonces?

«Prepárate, Amada. Y recuerda que estaré contigo».

Entonces, el cielo claro comenzó a girar por encima del templo como si fuera un extraño tornado invertido. Aquel infierno giratorio succionó mi espíritu. No podía respirar. Presa del pánico, abrí la boca para gritar y justo en aquel momento, mi espíritu salió disparado del túnel. Yo me quedé completamente desorientada. Tenía náuseas. Respiré profundamente para calmarme, y al mirar hacia abajo, me di cuenta de dónde estaba. Sentí una gran felicidad, porque había vuelto a Oklahoma y estaba flotando sobre mi hogar de infancia. Mi espíritu comenzó a bajar lentamente hacia aquel techo tan familiar, y pronto estaba levitando en mitad del salón de la casa de mis padres.

Me quedé muy quieta, intentando empaparme de aquella habitación. No había cambiado nada. Estaba muy limpia, pero desordenada. Mis padres tienen una casa real, donde la gente vive de verdad, ama y ríe, y no una casa de diseño fría y sin corazón. Había varios libros por las mesas auxiliares, puesto que mis padres leen constantemente. Sólo había una lamparilla encendida y estaba a una intensidad tan baja que me costó darme cuenta de que mi padre estaba sentado en una de las butacas. Se había quedado dormido.

Yo sonreí y me dije que no iba a llorar. Tan sólo con ver a mi padre me sentí segura y adorada. Cómo lo había echado de menos. Noté el pequeño estremecimiento que me daba a entender que Epona había hecho mi espíritu visible, y me miré el cuerpo rápidamente. Por fortuna, en aquella ocasión no estaba desnuda. Entonces me volví hacia mi padre y, con otra sonrisa, abrí la boca para gritar «sorpresa, papá, soy yo», cuando el libro que tenía en el regazo se movió. Y dio una patada. E hizo un ruidito de bebé.

– ¡Demonios, eso no es un libro!

Al oír mi voz, mi padre dio un respingo. Extrañado, miró a su alrededor por la habitación, pensando que había estado soñando. Entonces se colocó al bebé sobre el hombro y le dio unas palmaditas muy suaves en el pañal.

– Papá, ¿de dónde ha salido ese bebé?

– ¿Shannon? ¿Eres tú, pequeña?

– Sí, soy yo, papá -respondí, pero antes de poder decir otra cosa, él comenzó a hacer preguntas.

– ¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo malo hoy?

– Estoy muy bien papá. Estupendamente, en realidad. Hoy he tenido una hija. Se llama Myrna y es preciosa. ¡Eres abuelo!

– ¡Bichito! Eso es maravilloso -dijo, y colocó al bebé en el otro brazo para poder secarse las lágrimas de los ojos. Yo miré a la criatura, y sentí una impresión muy fuerte al reconocerlo.

– ¿De quién es ese bebé?

Sabía cuál era la respuesta antes de que él me lo dijera.

– De Rhiannon.

– ¿Cómo es posible, papá? Ella murió.

Mi padre asintió lentamente.

– Sí, sí. Ha muerto hoy, después del parto. La niña se llama Morrigan.

– ¿Es una niña? -pregunté yo. Me sentí muy mal, aunque sabía que la recién nacida tenía que ser una niña. Epona siempre premiaba a sus Elegidas con una primogénita.

– Sí -dijo mi padre.

– Entonces, ¿Rhiannon murió aquí? No lo entiendo. Estaba atrapada en el interior de un árbol…

Mi padre suspiró.

– A mí me han contado lo que sucedió. Rhiannon ya estaba muerta cuando llegó aquí. La encontró un chamán anciano que la ayudó a dar a luz. Él fue quien me dijo que Rhiannon había hecho un trato con un dios oscuro para que la liberara del árbol. Iba a convertirse en su Suma Sacerdotisa, lo que suponía que tanto ella como la niña iban a dedicarse a su servicio, pero el nacimiento de Morrigan la cambió. Rhiannon negó al dios oscuro, pero estaba tan cerca de la muerte que él no la liberó. Así pues, Rhiannon invocó a Epona, y la diosa respondió.

– ¿Y Epona la perdonó?

– Sí -respondió mi padre.

Sabía que estaba mal, que yo era egoísta y odiosa, pero el hecho de saber que Rhiannon se había reconciliado con Epona me provocaba unos celos ridículos.

«Tú eres mi Elegida ahora, y lo serás para siempre. Mi amor por Rhiannon no disminuye el amor que siento por ti, Amada».

Al oír la voz de Epona en mi mente, me sobresalté, y me sentí culpable.

«Presta atención, Amada. Tu padre debe conocer las intenciones de Pryderi».

De repente, advertí cuál era el motivo por el que Epona me había hecho pasar por el túnel que separaba los dos mundos, y no era sólo para que yo le contara a mi padre que Myrna ya había nacido, o para que yo entendiera lo que le había ocurrido a Rhiannon.

– Papá, ¿vas a quedarte con el bebé de Rhiannon?

– Sí, sí -respondió él. Miró a la niña y le acarició la mejilla suavemente antes de continuar-. Fue la última petición de Rhiannon. Pero hay más, Shannon. Morrigan es igual que tú. Tengo que ayudarla, no puedo permitir que vaya a manos de unos extraños.

Me estaba pidiendo con la mirada que lo comprendiera, y extrañamente, yo lo entendí.

– También es exactamente igual que Myrna. Es muy extraño, pero supongo que tiene sentido, porque Rhiannon y yo éramos idénticas. Y Clint y ClanFintan eran el reflejo el uno del otro -dije, y de repente se me escapó un jadeo. ¡Aquella niña era la hija de Clint! Si yo hubiera decidido quedarme en Oklahoma y no volver a Partholon, Clint estaría vivo. Él y yo estaríamos juntos. Mi próximo hijo habría sido suyo… tuve que dejar de pensarlo, para no echarme a llorar.

Mi padre me miró sorprendido.

– Es hija de Clint, ¿verdad? Me alegro de saberlo. Me caía muy bien aquel joven.

– A mí también -respondí en voz baja-. ¿Te dijo el chamán algo sobre si habían encontrado el cadáver de Clint cerca del árbol?

– No. Y estoy seguro de que si allí hubiera habido un cadáver, el chamán me lo habría dicho -contestó mi padre. Después añadió con tristeza-: Así que Clint murió.

Aunque aquello no era una pregunta, yo asentí.

– Sacrificó su vida para que yo pudiera volver a Partholon.

– Sí. Era muy valiente. Le diré a Morrigan que su padre era un buen hombre.

Aquello me recordó algo.

– Papá, he venido porque Epona quiere que te avise. Ese dios oscuro que liberó a Rhiannon del árbol… su nombre es Pryderi. Es un mal tipo. Le llaman la Triple Cara de la Oscuridad, si es que alguien lo menciona. Hace mucho tiempo fue el consorte de Epona, pero él la traicionó porque ambicionaba su poder. La diosa lo expulsó, pero él quiere volver.

Después, seguí explicándole cosas que Epona me susurraba en la mente.

– Se alimenta de la adoración. Es como un vampiro. Literalmente, absorbe el bien de aquéllos que lo adoran. Se fortalece con las cenizas de sus almas. Y necesita una Suma Sacerdotisa como médium, para que sus intenciones perversas estén ocultas a los ojos de aquéllos que lo adoran. Quiere usar a la hija de la Elegida de Epona para conseguir el dominio de Partholon. Eso significa que Morrigan no estará a salvo ni siquiera en Oklahoma, porque nosotros sabemos que algunas veces, la gente puede viajar de Oklahoma a Partholon.

Me asombró que mi padre no se sorprendiera lo más mínimo. Asintió y respondió:

– Sí, es más o menos lo que me dijo el chamán. Por ese motivo, Rhiannon le pidió a Epona que la perdonara, para que su espíritu pudiera ser libre y proteger a su hija, e intentar mantenerla alejada del Lado Oscuro.

Pese a la gravedad de la situación, yo sonreí.

– ¿El Lado Oscuro, papá? ¿Como el de Darth Vader?

– Me parece una comparación acertada.

Yo me eché a reír. -Supongo que tienes razón.

– Así que tendremos que asegurarnos de que la Fuerza esté con Morrigan.

– En serio, papá, Pryderi va a venir por ella. Si la criáis, vosotros podéis correr peligro.

– Lo sabemos, Shannon. Ésta no es la primera vez que pasamos por algo así -dijo, y sonrió-. Con dioses oscuros o sin ellos, la paternidad es un trabajo muy difícil. Ya lo verás.

Yo fruncí el ceño.

– Estoy hablando de una deidad perversa, no de adolescentes. Ya sabes a qué me refiero.

– Sí -dijo, y suspiró-. ¿Qué quieres que haga, Bichito? ¿Dejarla bajo la tutela del estado? Me imagino que eso es entregársela directamente a Pryderi. No voy a hacer eso. Mamá Parker y yo ya lo hemos decidido. Vamos a criarla y haremos las cosas lo mejor que podamos con ella. Una vez funcionó -afirmó con una sonrisa-. Tú no te pasaste al Lado Oscuro. Y funcionará otra vez, ya lo verás. Esta niña es lo máximo que voy a tener de ti o de mi nieta. No me pedirás que me separe de ella, ¿no?

Yo pestañeé para que no se me cayeran las lágrimas.

– No, papá. No puedo pedirte eso. Sólo quiero que tengáis muchísimo cuidado.

– Lo tendremos. Te doy mi palabra. Además… se supone que el fantasma de Rhiannon está en alguna parte. Ella nos ayudará con los aspectos más terroríficos de la paternidad de Morrigan.

Miré a mi alrededor, casi con miedo.

– Papá, eso es muy raro.

Él se echó a reír.

– Sí, pero no es más raro que tener tu espíritu flotando por mi salón mientras tu cuerpo está en otro mundo, ¿no crees?

Me encogí de hombros.

– En eso tienes razón.

«Dile que tiene mis bendiciones, Amada. No debes permanecer más tiempo aquí. No es sano que tu espíritu esté separado de tu cuerpo durante tanto tiempo. Hay que volver».

– Papá -dije rápidamente-. Epona dice que tengo que irme enseguida, pero quiere que te diga que tienes sus bendiciones.

Mi padre inclinó respetuosamente la cabeza.

– Dile a Epona que se lo agradezco, y que me aseguraré de que Morrigan pase mucho tiempo en el campo, con los árboles, y que conozca el nombre de la diosa.

– Y de los caballos -añadí yo.

– Sí, sí, como tú. Le compraré una yegua.

– Sí, y estaría muy bien que fuera una yegua gris. La yegua de la Elegida de Epona es de color gris plateado.

– Muy bien, lo tendré en cuenta.

Yo noté que mi cuerpo espiritual comenzaba a temblar, y supe que iba a desaparecer pronto.

– ¡Te quiero, papá! Que no se te olvide nunca. ¡Y te echo de menos! Recuerda que hay una parte tuya que vive en Partholon.

– Yo también te quiero mucho, Bichito. Intenta volver a verme.

– Lo haré, papá. Dile a mamá Parker que la quiero.

– Se lo diré. ¡Y feliz cumpleaños, Shannon!

– Gracias, papá, y no olvides que debes tener cuidado…

El salón y mi padre fueron desapareciendo de mi vista mientras yo me elevaba por encima de la casa.

Después, antes de que pudiera recuperarme, el túnel de fuego volvió a succionarme.


– ¡Oh, mierda! -dije.

Me incorporé demasiado deprisa, e hice un gesto de dolor.

– ¿Rhea? ¿Qué te sucede?

ClanFintan se acercó rápidamente a la cama. Obviamente, ya había vuelto del Bosque Sagrado. Olía vagamente a tierra húmeda y a sudor.

Temblando, yo me aparté el pelo de la cara.

– El Sueño Mágico. Esta noche ha sido muy desconcertante. Epona me llevó a Oklahoma.

Le expliqué a mi marido todo lo que había averiguado sobre Rhiannon, el nacimiento de su hija y el hecho de que mi padre fuera a criarla, y le hablé también de los peligros que acechaban a la niña.

– ¿Y tu padre está preparado para enfrentarse a un dios oscuro por el alma de la niña? ¿Podrá detenerlo? El MacCallan no pudo evitar que Rhiannon fuera seducida por la oscuridad.

Yo me estremecí.

– No sé. Lo único que podemos hacer es esperar.

– Y rezarle a Epona para que nos brinde su ayuda -dijo él.

– En efecto.

Y, silenciosamente, añadí: «Por favor, Epona, ayuda a mi padre y a mi madre, y a la pequeña Morrigan».

Entonces, mi hija comenzó a moverse, y mi atención cambió de Oklahoma y la oscuridad a Partholon y a un nuevo comienzo.


Capítulo 1

<p id="_Toc287304522">Capítulo 1</p>

Oklahoma

– Se acerca una tormenta -dijo John Águila de la Paz, escudriñando el cielo del suroeste.

Su nieto apenas levantó la vista de la Playstation.

– Abuelo, si pusieras cable no tendrías que estar mirando al cielo todo el rato. Podrías ver el canal del tiempo, o verlo en las noticias como todo mundo.

– Esta tormenta no puede predecirse con los medios del mundo -respondió el anciano, guardián de la sabiduría choctaw, sin apartar la vista del cielo-. Vete ahora. Llévate la camioneta y vuelve a casa de tu madre.

Eso hizo que el adolescente lo mirara.

– ¿De verdad? ¿Puedo llevarme tu camioneta?

Águila de la Paz asintió.

– Esta semana iré al pueblo y la recogeré.

– ¡Bien! -dijo el chico. Tomó su mochila y le dio a su abuelo un abrazo-. Adiós, abuelo.

Cuando su nieto se marchó, Águila de la Paz se preparó.

El guardián de la paz comenzó a tocar rítmicamente el tambor. No hizo falta mucho tiempo. Pronto, empezaron a moverse algunas sombras entre los árboles. Entraron al claro que había junto a la cabaña como si las hubiera arrastrado la violencia creciente del viento. A la luz del atardecer parecían fantasmas ancianos, pero Águila de la Paz sabía que no lo eran. Conocía la diferencia entre el espíritu y la carne. Cuando los seis se unieron a él, habló.

– Me alegro de que hayáis respondido mi llamada. La tormenta que se avecina no es de este mundo.

– ¿Ha vuelto la Elegida de Epona? -preguntó uno de los ancianos.

– No. Ésta es una tormenta oscura.

– ¿Qué quieres que hagamos?

– Debemos ir al bosque sagrado y contener lo que está luchando por liberarse -respondió Águila de la Paz.

– Pero… nosotros vencimos a esa maldad hace poco tiempo -respondió el más joven de los ancianos de la tribu.

Águila de la Paz sonrió con tristeza.

– No se puede vencer completamente al mal mientras los dioses sigan concediendo a los habitantes del mundo la libertad de elección, siempre habrá aquéllos que elijan el mal.

– El Gran Equilibrio -dijo el anciano más joven pensativamente.

Águila de la Paz asintió.

– El Gran Equilibrio. Sin la luz no habría oscuridad. Sin el mal, el bien no tendría equilibrio.

Todos los ancianos mostraron su aquiescencia.

– Y ahora, nosotros debemos trabajar del lado del bien.


Rhiannon agradeció el dolor. Significaba que había llegado la hora de que ella viviera de nuevo. La hora de que regresara a Partholon y tomara lo que era suyo por derecho. Utilizó el dolor para concentrarse. Pensó en él como una purificación. Ascender al servicio de Epona no había sido un ritual sin dolor, y no esperaba menos de lo que Pryderi debía de tener planeado por ella.

El trabajo fue largo y difícil. Para un cuerpo del que había estado separada durante tanto tiempo, fue una tremenda impresión sentir los músculos y los nervios, y la cascada de dolores y calambres que irradiaba como ondas desde su interior.

Rhiannon intentó no pensar en cómo debería haber sido aquel nacimiento. Ella debería haber estado rodeada de sus sirvientas y sus doncellas. Bañada, cuidada y mimada. Le habrían dado infusiones de hierbas que hubieran mitigado su dolor y su miedo. Y la entrada de su hija en Partholon debería haber sido una celebración jubilosa, la señal de que Epona estaba complacida por el nacimiento de la hija de su Elegida.

No, no quería concentrarse en aquellos pensamientos, aunque tenía la esperanza secreta de que cuando la niña hubiera nacido, Epona le enviara alguna señal, aunque Rhiannon no estuvieran en Partholon y aquélla no fuera su primera hija. En medio de la oscuridad y el dolor, Rhiannon tuvo tiempo para pensar en aquella otra niña, cuyo nacimiento había evitado años antes. ¿Lamentaba lo que había hecho? ¿Y qué sentido tendría lamentarlo? Aquélla era una elección que había hecho en su juventud, y que ya no podía deshacer.

Debía concentrarse en la hija que estaba pariendo en aquel momento, no en los errores que había cometido en el pasado.

Cuando la siguiente contracción la oprimió, abrió la boca para gritar, aunque sabía que en aquella sepultura, su dolor y su soledad no tendrían voz.

«Te equivocas, Amada Mía. No estás sola. ¡Observa el poder de tu nuevo dios!».

Con un crujido ensordecedor, su tumba viva se abrió súbitamente, y rodeada de fluidos, Rhiannon fue expulsada del vientre del anciano árbol. Quedó tendida, jadeante, sacudida por los temblores, sobre la alfombra de hierba, tosiendo desgarradoramente. Parpadeó con fuerza para intentar aclararse la visión. Su primer pensamiento fue para el hombre cuyo sacrificio la había sepultado. Estremecida, miró por encima de su hombro hacia el agujero del árbol, esperando encontrarse con el cuerpo de Clint. Se preparó para enfrentarse a aquel horror, pero lo único que vio fue un brillo suave color zafiro que se desvanecía lentamente, como si lo estuvieran absorbiendo las entrañas del árbol herido.

Sí, sus recuerdos estaban intactos, como su mente. Sabía dónde estaba, en el bosque sagrado del estado de Oklahoma. Y, tal y como esperaba, había sido expulsada de su prisión, desde el interior de uno de los robles gemelos. El otro se mantenía inalterado, junto al pequeño riachuelo que discurría entre los dos árboles. Estaba anocheciendo. El viento soplaba quejumbrosamente a su alrededor. Los truenos retumbaban en el cielo oscuro, atravesado de vez en cuando por el fogonazo de los relámpagos.

Relámpagos… Eso debía de ser lo que la había liberado.

«Yo soy quien te ha liberado».

Aquella voz ya no resonaba en su cabeza, pero tenía un tono sobrenatural. Provenía de la parte inferior del árbol gemelo a su roble, de un lugar en el que las sombras eran más oscuras.

– ¿Pryderi? -preguntó Rhiannon con la voz muy débil.

«Por supuesto, Amada Mía, ¿a quién esperabas? ¿A la diosa que te traicionó?».

El sonido de sus risotadas reverberó por el claro, y Rhiannon se preguntó cómo algo tan bello podía también tener un sonido tan cruel.

– Yo… no puedo verte -dijo, entre jadeos, a medida que sentía otra contracción.

El dios esperó hasta que el dolor se desvaneció, y entonces, las sombras que había bajo el árbol se movieron. A Rhiannon se le cortó el aliento al ver la belleza de la figura. Aunque su cuerpo no estaba completamente materializado y tenía el aspecto transparente de un espíritu, aquella visión hizo que Rhiannon olvidara que estaba a punto de dar a luz. Pryderi era alto y fuerte, imponente incluso en su forma espiritual. Su cabellera de pelo negro enmarcaba un rostro que podría haber sido inspiración de poetas y pintores, y no el argumento de las historias espantosas que se susurraban sobre él en Partholon. En sus ojos había una sonrisa y su rostro estaba lleno de amor y calidez.

«Te saludo, Sacerdotisa, Amada Mía. ¿Puedes verme ahora?».

– Sí -respondió ella, con reverencia-. Sí, te veo, pero sólo en forma espiritual.

«Me resulta difícil adoptar la forma corpórea. Para que yo pueda existir verdaderamente, debo ser adorado. Se deben celebrar sacrificios en mi nombre. Debo ser amado y obedecido. Eso es lo que haréis tu hija y tú por mí, dirigir a la gente hacia mí otra vez, y entonces, yo te devolveré tu lugar en Partholon».

– Lo entiendo -respondió Rhiannon, asombrada por el hecho de que su voz sonara tan débil entre sus jadeos-. Yo… yo…

Sin embargo, antes de que pudiera terminar lo que quería decir, ocurrieron dos cosas que la silenciaron con eficacia. De repente, la noche se llenó con el sonido de unos tambores. Eran sonidos rítmicos, como el pulso de la sangre en el cuerpo. Al mismo tiempo, Rhiannon sintió la imperiosa necesidad de empujar.

Se le arqueó la espalda, y las piernas se le doblaron automáticamente. Se agarró a las raíces retorcidas para intentar anclar su cuerpo tenso, y miró hacia el espectro de Pryderi.

– Ayúdame -gimió.

El sonido de los tambores era cada vez más fuerte. Rhiannon también oía un cántico, aunque no distinguía las palabras. La forma de Pryderi tembló, y con espanto, Rhiannon vio que su bellísima cara perdía la forma. Su boca sensual se cerraba. La nariz se convertía en un agujero grotesco. Sus ojos ya no mostraban bondad, sino que brillaban con una luz amarilla inhumana. Acto seguido, la aparición cambió de nuevo. Los ojos se convirtieron en cavernas oscuras y vacías y la boca se abrió y mostró colmillos y fauces ensangrentados.

Rhiannon grito de miedo, de rabia y de dolor.

El sonido de los tambores y los cánticos se acercó cada vez más.

La imagen de Pryderi volvió a cambiar y se convirtió de nuevo en un dios bello y sobrenatural, aunque en aquella ocasión apenas era visible.

«No puedo ser bello siempre, ni siquiera para ti, Amada Mía».

– ¿Me vas a dejar?

«Los que se acercan me obligan a marcharme. No puedo luchar contra ellos esta noche, porque no tengo fuerza suficiente en este mundo. Rhiannon MacCallan, llevo décadas buscándote. He visto cómo tu infelicidad se multiplicaba al estar atada a Epona. Ahora debes elegir; ya has visto todas mis formas. ¿Renuncias a la diosa y te entregas a mí como Sacerdotisa?».

Rhiannon estaba mareada de dolor y miedo. Miró a su alrededor, frenéticamente, por el bosquecillo, buscando alguna señal de Epona; pero no vio su luz divina. Epona la había abandonado, la había dejado en manos de una oscuridad que llevaba años persiguiéndola. ¿Qué alternativa tenía? No podía imaginarse la existencia sin ser la elegida de una deidad. ¿Cómo iba a vivir si no tenía el poder que le proporcionaba aquel estatus? Sin embargo, Rhiannon no era capaz de renunciar abiertamente a Epona. Aceptaría a Pryderi sin rechazar por completo a Epona; eso debería satisfacer al dios.

– Sí, me entrego a ti -dijo débilmente.

«¿Y tu hija? ¿Me entregas también a tu hija?».

Rhiannon hizo caso omiso de la advertencia que le hacía su instinto.

– Te doy…

Aquellas palabras fueron interrumpidas por el grito de batalla de siete ancianos, mientras los hombres entraban en el claro, y formaban un círculo alrededor de los dos robles. Pryderi se disolvió entre las sombras con un rugido que hizo temblar el corazón de Rhiannon.

El dolor volvió a atenazar su cuerpo, y Rhiannon sólo supo que debía empujar. Entonces sintió que unas manos fuertes la sujetaban. Entre jadeos, abrió los ojos. El hombre que la estaba ayudando era uno de los ancianos. Su rostro estaba surcado de unas profundas arrugas y tenía el pelo blanco y largo. Llevaba una pluma de águila atada a un largo mechón. Y sus ojos… Rhiannon se concentró en la bondad de sus ojos castaños.

– Ayúdame -susurró.

– Estamos aquí. La oscuridad se ha ido. Tu hija puede entrar con seguridad en este mundo.

Rhiannon se aferró a las manos del extraño. Empujó con todas sus fuerzas. Entonces, acompañada del sonido de los tambores antiguos, la niña se deslizó de su vientre.

Y mientras daba a luz, Rhiannon llamó a gritos a Epona, y no a Pryderi.


Capítulo 2

<p id="_Toc287304523">Capítulo 2</p>

Con su cuchillo, el hombre cortó el cordón umbilical que unía a madre e hija. Después, envolvió a la niña en una manta y se la dio a Rhiannon. Cuando Rhiannon miró los ojos de su niña, le pareció que el mundo cambiaba irrevocablemente. Sintió aquella transformación en lo más profundo de su alma. Nunca había visto nada tan milagroso. Nunca había sentido nada parecido, ni siquiera la primera vez que había oído la voz de Epona, ni siquiera la primera vez que había experimentado el poder de ser la Elegida, ni siquiera cuando había visto la terrible belleza de Pryderi.

Aquello era la verdadera magia. Rhiannon sintió otra contracción, y jadeó de dolor. Siguió abrazando a su hija contra el pecho e intentó concentrarse en ella mientras expulsaba la placenta. Vagamente, oyó al anciano dando órdenes a otros, y entendió la urgencia de su voz. Sin embargo los tambores continuaban sonando con su ritmo antiguo, y era tan maravilloso tener a su hija en brazos…

Rhiannon no podía dejar de mirarla. La niña le devolvía la mirada con unos ojos enormes y oscuros que acariciaban el alma de su madre.

– He estado muy equivocada.

– Sí -contestó el anciano-. Sí, Rhiannon, has estado equivocada.

– Conoces mi nombre.

Él asintió.

– Estuve aquí el día en que el Chamán Blanco sacrificó su vida para sepultarte dentro del árbol sagrado.

Con un sobresalto, Rhiannon reconoció al anciano. Era el líder de los choctaw, la tribu que había vencido al demonio Nuada.

– ¿Por qué me estás ayudando ahora?

– Nunca es demasiado tarde para que un morador de la Tierra cambie el camino que ha elegido. Entonces estabas rota, pero creo que esta niña ha sanado tu espíritu. Debe de tener una gran fuerza para el bien, si ha sido capaz de remediar tanto.

Rhiannon acunó a su hija, manteniéndola cerca del pecho.

– Morrigan. Se llama Morrigan, nieta de El MacCallan.

– Morrigan, nieta de El MacCallan. Recordaré su nombre y lo pronunciaré con alegría -dijo el anciano. La miró fijamente, de una forma tan intensa, que Rhiannon sintió un escalofrío incluso antes de oír sus siguientes palabras-. Hay algo que se ha roto dentro de tu cuerpo. Estás sangrando mucho, y la hemorragia no cesa. He enviado a alguien a buscar mi camioneta, pero van a pasar horas antes de que podamos llevarte al médico.

Entonces ella lo miró a los ojos y vio allí la verdad.

– Me estoy muriendo.

El anciano asintió.

– Creo que sí. Tu espíritu se ha curado, pero tu cuerpo está roto.

Rhiannon no sintió miedo ni pánico. Tampoco sintió dolor; sólo tuvo una horrible sensación de pérdida. Miró a su hija recién nacida, que la estaba observando con absoluta confianza, y le acarició la mejilla suave con la yema del dedo. No podría ver crecer a Morrigan. No estaría allí para vigilarla y asegurarse de que estuviera segura y…

– ¡Oh, Epona! ¿Qué he hecho?

El anciano no intentó consolarla. Su mirada era inteligente y aguda.

– Dime, Rhiannon.

– Me he entregado a Pryderi. Él también quería que le entregara a mi hija para que le sirviera, pero vuestra presencia lo ahuyentó antes de que pudiera dársela.

– ¿Pryderi el Malvado? ¿Uno de los dioses de la oscuridad?

– Sí.

– Debes renunciar a él, por ti misma y por tu hija.

Rhiannon miró a Morrigan. Si renunciaba a Pryderi en nombre de ambas, seguramente la niña quedaría atrapada en aquel mundo. Nunca volvería a Partholon.

Pero si no renunciaba a Pryderi, su hija estaría destinada al servicio de la misma oscuridad que había estado acechándola a ella durante toda su vida, susurrándole el descontento, subrayando la ira y el egoísmo y el odio, y retorciendo el amor hasta convertirlo en algo irreconocible.

Rhiannon no podía soportar la idea de que la vida de su hija fuera tan dura como la suya. No sería tan malo que Morrigan se quedara atrapada en aquel mundo. Por lo menos no estaría en manos del mal.

– Renuncio a Pryderi, la Triple Cara de la Oscuridad, en mi nombre y en el nombre de mi hija, Morrigan MacCallan -dijo Rhiannon.

Después, esperó. Había sido Suma Sacerdotisa y Elegida de la Epona desde que era niña. Sabía lo grave que era renunciar a un dios. Debería haber un signo, interno o externo, que le mostrara que el destino se había alterado. Los dioses no se tomaban muy bien el rechazo, sobre todo los dioses oscuros.

– El Malvado sabe que estás cerca de la muerte y muy cerca del reino de los espíritus. Te tiene en sus manos. No va a liberarte.

El hombre habló con suavidad, pero Rhiannon sintió aquellas palabras como una puñalada en el corazón. Aunque se estaba debilitando cada vez más, abrazó con más firmeza a su hija.

– Yo no le he entregado a Morrigan. Pryderi no tiene ningún derecho sobre ella.

– Pero tú sigues vinculada a él -dijo el hombre con gravedad, y al ver que Rhiannon desfallecía, insistió-: ¡Rhiannon, debes escucharme! Si mueres conectada a Pryderi, tu espíritu nunca conocerá la presencia de tu diosa de nuevo. Nunca tendrás alegría ni luz. Pasarás la eternidad envuelta en la noche del dios oscuro, y sumida en la desesperación con la que mancha todo lo que toca.

– Lo sé -susurró Rhiannon-. Pero ya no puedo luchar más. Me parece que lo único que he hecho en mi vida es luchar. He sido demasiado egoísta y he causado demasiado dolor. Tal vez es hora de que lo pague.

– Tal vez, ¿pero vas a permitir que tu hija pague también tus errores?

– Claro que no. ¿A qué te refieres, anciano?

– Tú no se la has entregado, pero Pryderi desea una Sacerdotisa con la sangre de la Elegida de Epona en las venas. ¿Quién crees que será su siguiente víctima cuando tú mueras?

– ¡No! No puedo permitir que Morrigan sea su siguiente objetivo.

– Entonces, debes llamar a tu diosa para obligar a Pryderi a que te libere.

– Epona me dio la espalda.

– Pero tú no has renunciado a tus lazos con ella.

– He hecho cosas horribles. Ya no me escucha.

– Tal vez estuviera esperando a oír las palabras correctas por tu parte.

Rhiannon miró a los ojos del anciano. Debería intentarlo, por si acaso existía la más mínima probabilidad de que él tuviera razón. Llamaría a Epona. Estaba al borde de la muerte, y tal vez la diosa se apiadara de ella. Cerró los ojos y se concentró.

– Epona, diosa de Partholon, diosa de mi juventud y de mi corazón. Perdona mis errores egoístas. Perdóname por permitir que la oscuridad manchara tu luz. Perdona por el dolor que te he causado a ti, y a los demás. Sé que no merezco tu favor, pero te pido que no permitas que Pryderi obtenga mi alma y la de mi hija.

El viento se apoderó de sus palabras, y las hizo resonar hasta que parecieron lluvia cayendo a través de las hojas de los árboles. Rhiannon abrió los ojos. Las sombras que había bajo el roble sagrado comenzaron a moverse, y a ella se le aceleró el corazón de pánico. ¿Acaso Pryderi había vuelto para reclamarla, pese a la presencia del chamán y el poder de su tambor? Entonces, apareció una bola de luz que ahuyentó la oscuridad. Desde el centro de aquel círculo luminoso se acercó una figura. A Rhiannon se le cortó el aliento, y se le llenaron los ojos de lágrimas. El anciano chamán inclinó la cabeza respetuosamente.

– Bienvenida, Diosa -dijo.

Epona le sonrió.

«John Águila de la Paz, tus acciones de esta noche te han granjeado mi agradecimiento y mi bendición».

– Gracias, Diosa -dijo él con solemnidad.

Entonces, Epona volvió la mirada hacia Rhiannon. Con mano temblorosa, ella se secó las lágrimas de los ojos para poder ver mejor a la diosa. En su niñez, Epona se había materializado ante sus ojos varias veces, pero cuando Rhiannon había llegado a la edad rebelde de la adolescencia, y después se había convertido en una adulta egoísta y caprichosa, la diosa había dejado de visitarla, de hablar con ella, y finalmente, de escucharla. Y en aquel momento, Rhiannon sintió que su alma se henchía al ver a la diosa.

– ¡Perdóname, Epona!

«Te perdono, Rhiannon. Te había perdonado antes de que me lo pidieras, porque yo también he cometido errores. Vi tu debilidad, y sabía que la oscuridad asediaba tu alma. Mi amor por ti no me permitió ver lo lejos que había llegado tu autodestrucción».

– Me equivoqué -dijo Rhiannon-. Epona, te pido que anules el poder que tiene Pryderi sobre mí. Yo he renunciado a él, pero como sabes, estoy a punto de morir. Tiene mi alma aprisionada con fuerza.

«¿Por qué me pides eso, Rhiannon? ¿Es porque temes lo que le ocurrirá a tu espíritu después de la muerte?».

– Diosa, ahora que voy a morir, hay muchas cosas de mi vida que veo con más claridad. O quizá sea la presencia de mi hija lo que ha permitido que se me caiga la venda de los ojos. La verdad es que sí, temo pasar el resto de la eternidad sumida en la desesperanza y la oscuridad, pero no te habría llamado para librarme de un futuro que merezco. Te he llamado porque no puedo soportar la idea de que mi hija padezca la misma oscuridad que ha envenenado mi vida. Si rompes los lazos que me unen a Pryderi, yo no voy a pedir que me permitas entrar en tu Paraíso. Te pido que me permitas existir en el Otro Mundo, donde pueda vigilarla e intentar susurrarle el bien siempre que el dios oscuro le susurre el mal.

«Pasar la eternidad en el Otro Mundo no es un destino fácil. Allí no tendrás descanso. No habrá praderas de luz y risa que alivien tu alma cansada».

– No deseo descansar si mi hija está en peligro. No quiero que ella siga mi camino.

«Los años de la vida de tu hija sólo serán una ola en el gran lago de la eternidad. ¿De verdad vas a abrazar un destino interminable por algo que, en esencia, es tan pasajero?».

Rhiannon apoyó la mejilla pálida contra la cabecita suave de su hija.

– Sí, Epona.

La diosa sonrió y, aunque a pesar de estar tan cerca de la muerte, Rhiannon sintió una alegría indescriptible.

«Por fin, Amada, has conquistado el egoísmo de tu espíritu y has seguido a tu corazón», dijo. Después, alzó los brazos y los estiró por encima de la cabeza. «Pryderi, dios de la Oscuridad y la Mentira, ¡no te concedo mis derechos sobre esta Sacerdotisa! ¡No podrás reclamar su alma sin vencerme antes!».

De las palmas de la diosa irradió una luz que hizo añicos las sombras que vacilaban al borde del claro. Con un grito terrible, aquella oscuridad antinatural se disipó por completo, y dejó a la vista la oscuridad normal, reconfortante, que llevaba el atardecer.

– Siento ligero el espíritu -le susurró Rhiannon a su hija.

«Eso es porque, por primera vez desde que eras niña, tu espíritu está libre de la influencia del dios».

– Debería haber tomado este camino mucho antes -dijo Rhiannon.

Epona sonrió con ilimitada bondad.

«No es demasiado tarde, Amada».

Rhiannon cerró los ojos ante la oleada de emociones que acababan con sus fuerzas.

– Epona, sé que esto no es Partholon, y que ya no soy tu Elegida, pero ¿puedes saludar a mi hija? -pidió, con la voz casi inaudible.

«Sí, Amada. Saludo a Morrigan, nieta de El MacCallan, y le concedo mis bendiciones».

Rhiannon abrió los ojos al oír un aleteo. Epona había desaparecido, pero el bosque sagrado se había llenado de luciérnagas que se elevaban y volaban en círculos a su alrededor, iluminándolo todo como si las estrellas hubieran bajado del cielo a celebrar el nacimiento de su hija.

– La diosa escuchó tu súplica -dijo el anciano-. No te ha olvidado. Nunca olvidará a tu hija.

Rhiannon lo miró y tuvo que parpadear para poder concentrarse en su rostro.

– Chamán, debes llevarme a casa.

– Yo no tengo el poder para llevarte a tu mundo, Rhiannon.

– Ya lo sé. Llévame al único hogar que he conocido en este mundo, a casa de Richard Parker, que es el reflejo de mi padre, El MacCallan. Lleva mi cuerpo allí, y entrégale a Morrigan como su nieta. Dile… Dile que creo en su amor y que sé que hará lo correcto.

El chamán asintió con solemnidad.

– ¿Y dónde puedo encontrar a Richard Parker?

Rhiannon consiguió darle las indicaciones para llegar al pequeño rancho de Richard Parker, a las afueras de Broken Arrow. Por fortuna, el chamán consiguió entender sus palabras, susurradas entre jadeos.

– Lo haré por ti, Rhiannon. Y también ofreceré plegarias para tu espíritu. Que puedas vigilar a tu hija y protegerla.

– Mi hija… Morrigan MacCallan… bendecida por Epona…

Rhiannon ya no pudo luchar más contra aquel entumecimiento. Sujetando a su hija contra su pecho, dejó descansar la cabeza sobre una raíz retorcida. Y, mientras las luciérnagas volaban a su alrededor, envuelta en el sonido de los tambores, Rhiannon, Suma Sacerdotisa de Epona, murió.


Capítulo 3

<p id="_Toc287304524">Capítulo 3</p>

Partholon

– Bueno, pues ésta es la verdad: si fuera divertido, no lo llamarían parto.

Intenté moverme para encontrar una postura más cómoda en el colchón, pero me dolía tanto el cuerpo, y estaba tan cansada, que me quedé quieta y le di un sorbito más al vino con especias que me ofreció una de mis ninfas.

Alanna y su marido, Carolan, que acababa de ayudarme a traer a mi hija al mundo, me miraron. Ambos se echaron a reír, como varias de las doncellas ninfa que estaban en la habitación, ordenando, limpiando y adorándome.

– No sé de qué te ríes. En un par de meses sabrás de qué estoy hablando -le recordé a Alanna.

– Y yo cuento con que me agarres la mano durante todo el proceso -me respondió ella alegremente, y después le dio un beso en la mejilla a su marido.

– Me parece muy bien. Estoy deseando hacer ese papel en el nacimiento de un niño.

– Creía que las mujeres olvidaban pronto el dolor del parto.

Yo miré a mi marido, el Sumo Chamán ClanFintan, cuya fuerza y resistencia superaban a las de un hombre, pero que en aquel momento estaba muy cansado y demacrado, como si hubiera hecho el camino de ida y vuelta al Infierno en vez de haber estado con su mujer mientras ella daba a luz, durante un día entero, a su hija.

– ¿Tú crees que vas a olvidarlo rápidamente? -le pregunté yo con una sonrisa.

– No creo -respondió él con solemnidad.

– Creo que yo tampoco. Me parece que eso de que las mujeres se olvidan del dolor del parto es una mentira que han empezado a hacer correr los maridos asustados.

Carolan se echó a reír desde el otro extremo de la habitación.

– Estoy de acuerdo con esa teoría, Rhea -me dijo.

– Pero ¿no ha merecido la pena? -me preguntó Alanna, que me traía a mi hija recién nacida ya limpia y vestida. Me la puso entre los brazos con una gran sonrisa.

– Sí -susurré yo, abrumada por una oleada de amor y ternura que nunca había conocido y que me había producido mi hija-. Sí, merece la pena por completo.

ClanFintan se arrodilló junto a nuestro colchón con la elegancia con la que se movían los centauros, y le acarició el pelo rizado y caoba a la niña.

– ¿Cómo vamos a llamarla, mi amor?

Yo no tuve que pensarlo.

– Myrna. Se llama Myrna.

ClanFintan sonrió y nos rodeó a las dos con sus fuertes brazos.

– Myrna… En el Lenguaje Antiguo significa «amada». Así es como debe ser, porque es verdaderamente amada -dijo. Entonces, se inclinó hacia mí y me dijo al oído-: Te quiero, Shannon Parker. Gracias por el regalo de nuestra hija.

Yo me acurruqué contra él y le di un beso en la mejilla. ClanFintan usaba rara vez mi nombre verdadero, y nunca cuando podía oírlo el público general. Sólo había tres personas que sabían que yo no era lady Rhiannon, hija de El MacCallan: ClanFintan, Alanna y Carolan. El resto de Partholon no sabía que un año antes, yo había sido intercambiada «accidentalmente» por la verdadera Rhiannon, que era idéntica a mí físicamente. Sin embargo, nuestro parecido terminaba en lo físico. Rhiannon era una bruja egoísta y odiosa que había abandonado a los suyos a su suerte. Yo me consideraba un poco egoísta, y odiosa sólo cuando era estrictamente necesario. Sabía que nunca abandonaría Partholon, ni a la gente ni a la diosa, a quienes había llegado a querer allí. Había luchado por quedarme allí, y me quedaría.

No había duda de que mi sitio estaba en Partholon. Epona me había dejado claro que yo me había convertido en su Elegida, y que mi vida no se había intercambiado por la de Rhiannon a causa de un mero error ni de un accidente. Epona me había elegido, y por lo tanto, yo debía estar en aquel mundo.

Con una total felicidad, le acaricié la cabecita a mi hija con la nariz, y le dije:

– Feliz cumpleaños, mi niña.

ClanFintan me estrechó suavemente entre sus brazos, y yo percibí una sonrisa en su voz:

– Feliz cumpleaños para mis dos chicas.

Yo me eché a reír.

– ¡Pero si es verdad! ¡Hoy es treinta de abril! Es mi cumpleaños. Se me había olvidado por completo.

– Has estado muy ocupada -dijo ClanFintan.

– Pues sí -dije, y le sonreí a aquel asombroso centauro de quien estaba tan enamorada-. Creo que deberíamos darle las gracias a Epona por el hecho de que nuestra hija haya nacido el mismo día del cumpleaños de su madre.

– Epona tiene mi gratitud eterna por Myrna y por ti -dijo él. Después tomó aire, y con su voz resonante, con la que conjuraba su magia de Sumo Chamán y adoptaba la forma humana para poder hacer el amor conmigo, exclamó-. ¡Ave, Epona!

– ¡Ave, Epona! -repitieron Alanna y las ninfas.

De repente, las cortinas vaporosas que cubrían los ventanales comenzaron a hincharse como nubes, y con una brisa llena de perfume, entraron en la habitación cientos de pétalos de rosa. Las doncellas emitieron suaves exclamaciones y comenzaron a girar y a danzar con los pétalos. Entonces, Epona habló:

«Mi Amada ha dado a luz a su hija. Le doy la bienvenida a Partholon, con gran alegría, a Myrna, hija de mi Elegida. Saludémosla con júbilo, magia y las bendiciones de su diosa».

Entonces, los pétalos de rosa se convirtieron en cientos de mariposas con un pequeño estallido, y después, las mariposas se convirtieron en colibríes que volaban y se lanzaban en picado y giraban mientras mis doncellas bailaban, riéndose.

– Esto es la verdadera magia… -susurré yo, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.

«El amor de una madre es la magia más sagrada de todas», me dijo Epona. «Recuerda eso en el futuro, Amada. El amor maternal tiene el poder de sanar y redimir».

De repente, me quedé completamente helada. ¿Qué quería decir Epona? ¿Acaso Myrna iba a sufrir algún daño?

«Descansa tranquila, Amada. Tu hija está a salvo».

Sentí un alivio tan intenso que me puse a temblar. Entonces sentí algo más, y el temblor se convirtió en un estremecimiento.

– ¿Rhea? ¿Te encuentras bien? -me preguntó ClanFintan, que sintió el cambio.

– Estoy cansada -mentí. Mi voz sonó tan débil que me sorprendió.

– Deberías descansar -dijo él. Entonces, miró a Alanna, que dejó de bailar con los colibríes y las ninfas y vino corriendo hacia nosotros-. Rhea tiene que descansar -le dijo.

– Por supuesto -respondió Alanna con la voz entrecortada, mientras se frotaba con suavidad el vientre hinchado. Después dio unas palmadas, y cuando las ninfas la miraron, les indicó que se retiraran-: La diosa sabe que su Amada debe descansar -dijo.

Yo les di las gracias a todas ellas por los cánticos y la alegría con la que habían recibido a mi hija. Las ninfas se marcharon entre risas y bendiciones para nosotros, y a los pocos instantes, quedamos a solas, ClanFintan, Carolan, Alanna y yo.

– Rhiannon ha muerto -dije.

Alanna se sobresaltó, y ClanFintan se quedó inmóvil.

– ¿Cómo lo sabes, Rhea?

– He sentido su muerte.

– Pero… yo pensaba que había muerto hace meses, cuando el Chamán de tu antiguo mundo la sepultó en el roble sagrado -dijo Carolan.

Yo tragué saliva. Los labios se me habían quedado entumecidos, fríos.

– Yo también. Debería haber muerto entonces, pero durante todo este tiempo ha estado… viva, atrapada dentro del árbol.

Me estremecí. Rhiannon era una bruja odiosa. Me había causado muchos problemas; incluso había intentado asesinarme. Sin embargo, yo había llegado a entender que ella era sólo una versión rota de mí misma, y no podía evitar sentir lástima por ella. Pensar en que había estado sepultada viva me ponía muy triste.

Alguien llamó a la puerta.

– ¡Adelante! -dijo ClanFintan.

Uno de los guardias del templo entró en mi habitación y me saludó con energía.

– ¿Qué ocurre…? -hice una pausa para intentar recordar qué guardia era. Todos ellos se parecían mucho. Eran musculosos. Altos. Iban escasamente vestidos. Musculosos. Sin embargo, sus ojos, tan azules, estimularon mi memoria-. ¿Gillean?

Yo esperaba que hubiera acudido a darle la bienvenida a Myrna, pero tenía una expresión grave en el rostro.

– Es el árbol del Bosque Sagrado, mi señora. El roble alrededor del cual se realizan libaciones cada luna llena. Se ha destruido.

– ¿Qué significa eso?

– Parece que lo ha destruido un rayo, pero el cielo está despejado. No hay ni rastro de tormenta en el cielo.

– ¿Y ha salido algo del árbol?

– No, mi señora.

– ¿No había ningún cuerpo? -pregunté, con la voz ronca de miedo, mientras intentaba apartarme de la mente la visión del cadáver de Clint, en descomposición.

– No, mi señora. No había cuerpos.

– ¿Estás seguro? ¿Fuiste a verlo tú mismo? -preguntó ClanFintan.

– Sí, mi señor. Y, sí, yo mismo examiné el árbol. Acababa de terminar mi guardia en la parte norte del territorio del templo, y volvía a casa cuando oí un tremendo crujido que provenía del bosquecillo. No estaba lejos, y sé que el Bosque Sagrado es muy importante para lady Rhea, así que fui hacia allí inmediatamente. El árbol todavía echaba humo cuando llegué.

– Tienes que ir a verlo -le dije a ClanFintan.

Él asintió.

– Ve a buscar a Dougal -le ordenó al guardia-. Dile que se reúna conmigo en la puerta norte.

– Sí, mi señor. Mi señora -dijo Gillean, y después de hacerme una reverencia, se marchó apresuradamente.

– Iré contigo -dijo Carolan. Después, Alanna y él se alejaron hacia el otro extremo de la habitación, obviamente para darnos privacidad a ClanFintan y a mí.

– Si está aquí, está muerta -le dije a mi marido, con más calma de la que sentía.

– Sí, pero quiero asegurarme de que no ha traído nada a Partholon con su regreso.

Yo asentí y miré a Myrna, que estaba durmiendo. Era muy vulnerable. Yo también me sentí extrañamente vulnerable al saber que no podría soportar que le ocurriera nada a mi hija…

– Yo nunca permitiré que sufráis -dijo ClanFintan.

Lo miré a los ojos.

– Lo sé -respondí.

Sin embargo, en su mirada estaba bien claro que recordaba lo que había ocurrido unos meses antes. A través de aquel mismo roble yo había pasado a Oklahoma de nuevo, junto a un demonio resucitado a quien creíamos derrotado para siempre. Y todo eso había sucedido ante la mirada de ClanFintan, sin que él pudiera hacer nada para salvarme. Y después, yo había podido regresar a Partholon sólo a través del sacrificio de Clint Freeman, el reflejo humano de ClanFintan, y del poder de los árboles.

– Ten cuidado -dije.

– Siempre -respondió él. Después, nos besó a Myrna y a mí-. Descansa. No tardaré mucho.

Carolan y él salieron de la habitación. Yo oí que ClanFintan les daba órdenes a los guardias para que doblaran los turnos de vigilancia en el templo, lo cual debería haber hecho que me sintiera segura, pero sólo consiguió que tuviera más miedo. Myrna comenzó a hacer ruiditos de inquietud, y yo le susurré para reconfortarla.

– Seguramente tiene hambre, Rhea -me dijo Alanna.

Mi amiga me ayudó a colocarme el camisón para que Myrna pudiera encontrar mi pecho. Cuando terminé de amantar a la niña, Alanna la tomó en brazos y la colocó en una pequeña cuna que había junto a mi cama.

– Estoy asustada, Alanna.

– Epona no permitirá que os ocurra nada ni a Myrna ni a ti. Tú eres su Elegida, su Amada. La diosa protege a los suyos. Ahora descansa. Estás a salvo, en el corazón de Partholon, con todos los que te quieren. No tienes nada que temer, amiga, nada que temer…

Alanna siguió con aquel murmullo y, poco a poco, el sonido dulce de su voz, unido al agotamiento de aquel parto de veinticuatro horas, fue como un somnífero para mí. Sin embargo, justo antes de dormirme, mi último pensamiento fue que, si no había ningún cuerpo en el Bosque Sagrado de Partholon, entonces debían de estar en el reflejo de aquel bosque en Oklahoma. ¿Qué demonios estaba ocurriendo allí?


Capítulo 4

<p id="_Toc287304525">Capítulo 4</p>

Oklahoma

Richard Parker sabía que algo iba mal antes de que John Águila de la Paz llegara conduciendo lentamente por el camino de su casa. Había estado inquieto durante toda la noche. Y peor todavía, sus seis perros, cruce de sabueso y perro lobo, habían empezado a aullar justo antes del atardecer. Pese a sus reprimendas, los perros habían seguido aullando durante más de cinco minutos.

No tenía que mirar el calendario para saber qué día era: treinta de abril. El cumpleaños de Shannon. En otro mundo, en un mundo en el que ella era la encarnación de una diosa, y por ello, recibía adoración y reverencia. Aquel día iba a cumplir treinta y seis años. Sin embargo, recordar la fecha del cumpleaños de su hija no era lo que le causaba aquella sensación extraña, siniestra.

¿Habría dado a luz Shannon aquel mismo día? Por imposible que pareciera, a él no le sorprendería que ella intentara hacérselo saber de algún modo. Después de todo, toda aquella situación era imposible.

Shannon había aparecido de nuevo en la puerta de casa una noche, en mitad de una espantosa tormenta de nieve, asustada y desaliñada. Richard había reconocido al hombre que la acompañaba; era Clint Freeman, un ex piloto del ejército y un héroe nacional. Después de las explicaciones de Shannon, él no podía creer aquella historia inverosímil de que su vida había sido intercambiada por la de Rhiannon, la encarnación de una diosa de otro mundo, y que después, Clint la había llevado de vuelta a Oklahoma. Sin embargo, su hija no era ninguna mentirosa. Y la mujer que había estado allí durante los meses anteriores se había comportado como una bruja fría y calculadora y había alejado a sus amigos y a su familia con su forma de actuar. Aunque físicamente fuera igual que su hija, no se comportaba como ella.

Incluso antes de que el malvado Nuada hubiera estado a punto de matarlo en el estanque, y él hubiera sido testigo de que su hija tenía poderes realmente otorgados por la diosa Epona, le había resultado más fácil aceptar la idea de que existía un mundo alternativo que aceptar la idea de que su hija había sufrido un cambio total de personalidad.

Él había sabido en qué momento preciso Shannon venció a Nuada y se marchó de aquel mundo. Lo había sabido con tanta seguridad como conocía el olor de la lluvia y la sensación de acariciar a un caballo. Era un conocimiento innato, algo que tenía arraigado en el alma. También había sabido que Clint había muerto para devolverla a Partholon, y aquello le había entristecido casi tanto como la pérdida de su única hija. Por lo menos, Shannon no había muerto. En realidad, para él era más fácil hacerse a la idea de que se había ido a vivir a Europa, o quizá a Australia, y que algún día podrían visitarse el uno al otro.

Richard suspiró y se paseó con inquietud de un lado a otro por el patio de su casa. Shannon tenía que marcharse. Se había casado con el padre de su hija en aquel otro mundo. Lo quería. Y una hija necesitaba a su padre.

Aunque también necesitaba a su abuelo. Richard conservaba la esperanza de que Shannon pudiera comunicarse con él, aunque sólo fuera brevemente, para no sentirse como si la hubiera perdido para siempre. Soñaba a menudo con ella. En sus sueños, Shannon siempre estaba feliz y rodeada de gente que la adoraba. Richard había visto, incluso, al marido centauro de su hija. Al pensarlo, se le escapó un resoplido. Aquélla fue una visión muy interesante. Tenía la impresión de que Shannon estaba detrás de aquellos sueños, o tal vez fuera más preciso decir que la diosa de Shannon, Epona, estaba tras ellos. En cualquier caso, era casi como recibir cartas suyas, y él se había conformado con aquellas pequeñas visiones durante el paso de los años.

Sin embargo, aquella noche tenía una sensación muy diferente. Tenía un presentimiento terrible. ¿Acaso Shannon estaba intentando comunicarse con él? Cabía aquella posibilidad. Eran los días en los que debía dar a luz a su nieta, y por supuesto, Shannon querría compartir aquel acontecimiento con él. ¿Entonces, por qué se sentía tan negativo? ¿Por qué tenía aquel presentimiento de peligro? Dejó de caminar y exhaló un suspiro de angustia. ¿Acaso estaba presintiendo su muerte? ¿Había muerto su hija en aquel mundo en el que no había hospitales ni medicina moderna? ¿Por qué tenía aquella sensación de tragedia?

– Por favor, Epona -le dijo al viento-. Protégela.

– Cariño, ¿qué ocurre?

Patricia Parker, o «mamá Parker» para todas las legiones de jugadores de fútbol americano a los que él había entrenado, lo llamó desde el umbral de la puerta.

– Nada -dijo Richard Parker-. Es sólo que me siento un poco inquieto esta noche.

Su mujer lo miró con preocupación.

– No será… eso otra vez, ¿no?

Patricia estaba fuera, visitando a su única hermana en Phoenix, cuando Shannon había vuelto y él había sufrido el ataque de Nuada, pero su esposa había visto el resultado. Y por supuesto, él se lo había contado todo. Irónicamente, mamá Parker se sintió aliviada al saber que Rhiannon había intercambiado su lugar por el de Shannon. Las cosas horribles que le había dicho y que le había hecho Rhiannon no habían sido cosa de Shannon.

– No, no, no -respondió él rápidamente, arrepintiéndose al verla disgustada. En realidad no sabía si había ocurrido algo malo. Tal vez sólo fueran los jalapeños que se había tomado para cenar, que le habían sentado mal-. Todo va perfectamente. Ahora mismo entro.

– Muy bien, cariño. Entonces voy a terminar de fregar los platos.

Patricia había empezado a darse la vuelta cuando oyeron el sonido de un vehículo que se acercaba por el camino. Richard miró el reloj. Eran más de las diez y media. Muy tarde para una visita social. Sintió un escalofrío al ver acercarse un viejo Chevy azul, que se detuvo junto a las dos camionetas que estaban aparcadas junto a la casa. Lentamente, de aquel coche bajó un anciano indio que se dirigió a él.

– Buenas noches, Richard Parker -dijo el anciano, y automáticamente, Richard le tendió la mano. El recién llegado se la estrechó con firmeza-. Soy John Águila de la Paz. Siento molestarlo tan tarde.

– No se preocupe. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Rhiannon me pidió que la trajera a casa.

Richard se sobresaltó. ¡Rhiannon! Al no tener noticias de ella después de que Shannon se marchara de aquel mundo, había supuesto que su hija se había llevado a Rhiannon, probablemente, para que pudiera enfrentarse a las consecuencias de haber abandonado su mundo y sus deberes como Elegida de Epona en Partholon. Sin embargo, ¿continuaba en Oklahoma? ¿Y decía que aquélla era su casa? Richard Parker irguió los hombros. Por mucho que se pareciera a su hija, Rhiannon no era Shannon, y él no iba a permitir que se hiciera pasar por ella de nuevo. Sin embargo, aquello no podía contárselo a un extraño. Esperaría a que estuvieran a solas. Después, él llevaría a Rhiannon al pueblo, o al aeropuerto, o al infierno. A cualquier lugar, siempre y cuando estuviera lejos de Oklahoma.

– Bueno, ¿y dónde está?

Richard entornó los ojos y volvió a mirar hacia el coche. Había alguien sentado en el asiento del pasajero, pero estaba demasiado oscuro como para distinguir sus rasgos. Resopló de nuevo. Era lógico que ella tuviera miedo de salir y enfrentarse a él.

– Está ahí.

El anciano no se acercó a la puerta delantera del coche, sino que se dirigió a la puerta trasera y la abrió. Richard lo siguió y frunció el ceño. Sólo había una cosa dentro, y parecía un cuerpo envuelto de pies a cabeza en una manta india. John Águila de la Paz subió con agilidad, se agachó y apartó la manta con delicadeza. Al ver su cara, Richard se sintió como si lo hubieran golpeado con fuerza en el estómago.

– ¡Shannon! -exclamó, y subió de un salto a la camioneta.

– No, no es Shannon. Es Rhiannon. Expresó su deseo de que la trajera aquí, y también de que le diera a su hija para que usted se encargara de criarla.

A Richard le zumbaban los oídos, y le resultaba difícil concentrarse en lo que le estaba diciendo el anciano.

– Está muerta -dijo.

John Águila de la Paz asintió.

– Murió después del parto. Sin embargo, tuvo tiempo para que el amor por su hija sanara su espíritu.

Richard apartó los ojos de aquel rostro idéntico al de su hija.

– ¿Sabe su historia? ¿Sabe lo de Partholon?

– Sí. Presencié todo lo que ocurrió cuando el Chamán Blanco venció al demonio y se sacrificó para que Shannon pudiera volver a ese mundo. También acudí esta noche, cuando el demonio liberó a Rhiannon del árbol sagrado en el que ella estaba aprisionada.

Richard miró a su alrededor.

– ¿Lo ha seguido hasta aquí?

– No me ha acompañado ningún mal. Los árboles sagrados y yo expulsamos al dios oscuro, y entonces, la aparición de Epona ahuyentó los últimos vestigios del mal y cortó los lazos que unían el alma de Rhiannon a ese dios.

– ¿Epona perdonó a Rhiannon?

– Sí. Yo lo vi.

Con la voz profunda, grave y rítmica de un gran narrador, Águila de la Paz recitó todo lo que le había sucedido a Rhiannon en el bosque sagrado.

– Al final fue capaz de encontrar el bien que había en su alma -dijo Richard, y lentamente, le acarició la mejilla fría.

Después alzó la vista y vio a su mujer junto a la camioneta. Mamá Parker tenía una mirada de espanto y la mano apretada contra la boca.

– No, mamá Parker, no -dijo él. Bajó de la camioneta y la abrazó-. No es Shannon. Es Rhiannon. No llores.

Le acarició la espalda mientras ella sollozaba contra su hombro. Estaba demasiado ocupado consolando a su mujer como para darse cuenta de que el viejo chamán también bajaba al suelo, pero sí se dio cuenta de que volvía hacia ellos, porque llevaba en brazos a una recién nacida.

– Esta es Morrigan. Su nieta.

El anciano les tendió a la niña, y automáticamente, mamá Parker la tomó en brazos. Con las manos temblorosas, abrió la manta y desenvolvió al bebé. Richard Parker miró a la niña por encima del hombro de su esposa, y se enamoró instantánea e irremediablemente de ella.

– Es igual que Shannon cuando nació -dijo, y se echó a reír con los ojos llenos de lágrimas-. Igual que un bichito -así solía llamar a su hija, Bichito.

– Oh, cariño, ¿cómo puedes seguir con eso? Las dos son demasiado bonitas como para ser un bicho.

Richard miró a su mujer. Llevaban treinta años casados, desde que Shannon era una niña. Patricia Parker no podía tener hijos, pero había querido a Shannon y la había criado como si fuera suya. Y ahora, ella tenía cincuenta y cinco y él tenía cincuenta y siete años. Eran demasiado mayores para criar a un bebé.

Volvió a mirar a Morrigan, que se parecía tanto a Shannon.

– No tiene a nadie en este mundo -dijo John Águila de la Paz-. Rhiannon me pidió que le dijera que creía en usted y que sabía que haría lo correcto -explicó. Después de una pausa en la que consideró sus palabras, añadió-: Tengo un presentimiento acerca de esta niña. Siento que tiene un gran poder. Sin embargo, todavía hay que descubrir si será un gran poder para el bien o para el mal. La oscuridad que siempre persiguió a su madre también acechará a Morrigan. Si rechaza a esta niña, me temo que esa oscuridad podrá con ella.

– ¡Rechazarla! -exclamó Patricia, y Richard notó que su mujer estrechaba al bebé entre sus brazos-. Oh, no. No podemos rechazarla.

– Pat, tienes que estar muy segura sobre esto. Ya no somos jóvenes.

Ella miró a su marido con una sonrisa.

– Morrigan nos mantendrá jóvenes. Y ella nos necesita, cariño. Además, es lo único de Shannon que vamos a tener.

Incapaz de hablar, Richard asintió y besó a su esposa en la frente.

– Mi hija Mary está en el coche. Ha traído algunas cosas para el bebé, pañales, leche en polvo y biberones. Eso servirá para esta noche.

– Gracias -dijo Pat Parker con una sonrisa-. Se lo agradecemos.

– ¿Por qué no lleváis Mary y tú las cosas del bebé a casa? John y yo terminaremos aquí -dijo Richard.

Pat asintió, pero antes de alejarse miró por última vez a Rhiannon.

– Es difícil creer que no es Shannon.

– No es Shannon -repitió Richard con firmeza-, Shannon está viva y a salvo en otro mundo.

El bebé comenzó a agitarse, y Pat lo miró. Arrulló a la niña suavemente y se acercó a la puerta del asiento delantero de la camioneta. Richard esperó a que las mujeres entraran en la casa, y después se volvió hacia el anciano.

– No voy a enterrarla en el pueblo. Esto sólo es asunto nuestro.

John Águila de la Paz asintió.

– Es una buena cosa que el mundo moderno no vuelva a afectarle. Ella pertenece a un tiempo diferente, a un lugar diferente.

– Me gustaría enterrarla junto al estanque, bajo los sauces. Esos árboles siempre me han parecido tristes.

– Ahora será como si lloraran por ella.

Richard asintió.

– ¿Quiere ayudarme?

– Sí.

Los dos fueron al establo en busca de las palas que necesitaban.

– ¿Qué le va a decir a Morrigan sobre su madre? -preguntó John Águila de la Paz.

– La verdad -respondió él automáticamente, y después añadió-: Algún día.

Ojalá supiera cómo demonios iba a hacerlo.


John Águila de la Paz y su hija se marcharon al filo del amanecer. Richard estaba agotado. Se masajeó con cuidado la mano derecha para calmar la rigidez que siempre le molestaba si la usaba demasiado. Se preguntó si aquella herida se curaría alguna vez de verdad, y después recordó que sólo habían pasado cinco meses desde que se había rasgado la mano intentando salir del estanque por un agujero en el hielo. Un agujero que había hecho el malvado Nuada para cumplir su amenaza de matar a todos los seres queridos de Shannon. Richard se estremeció. No le gustaba recordar aquel día.

El llanto del bebé lo sacó de su ensimismamiento. Silenciosamente, se levantó y miró a la niña. Estaba acostada en la vieja cuna de Shannon. A él se le había olvidado que todavía la conservaban. Llevaba más de treinta años en la buhardilla. Sin dudarlo, tomó a Morrigan en brazos y le dio unas palmaditas en la espalda. Después la sacó de la habitación antes de que despertara a mamá Parker.

– Shhh -susurró.

Seguramente, la niña tenía hambre. Los recién nacidos comían constantemente. Él lo recordaba bien. Mientras calentaba un biberón, el peso y el olor del bebé le suscitaron nuevos recuerdos. Se había olvidado de que tener en brazos a su hija recién nacida siempre le había parecido una experiencia religiosa. Y él no era un hombre religioso. No tenía tiempo para la rigidez y la hipocresía de la religión organizada. Había encontrado a sus dioses en los prados de heno dulce, o en el calor de un establo, o en la lealtad de sus perros. Así pues, cuando pensaba en que tener en brazos a aquella niña era algo religioso, no pensaba en la iglesia, ni en nada parecido. Pensaba en la perfección de la belleza, en el mejor de los milagros de la naturaleza. Se sentó en la mecedora y suspiró al sentir el crujido de sus rodillas y el entumecimiento de la espalda. Sin embargo, mientras la veía tomarse el biberón y oía sus sonidos suaves, como de cachorrillo, se dio cuenta de que no era ningún viejo. Tenía la mirada de un hombre que estaba viendo de nuevo la magia de la vida y del nacimiento, y que experimentaba el renacimiento del amor.

– Creo que nos va a ir muy bien -le dijo al bebé-. Mamá Parker y yo ya no somos unos niños, pero tampoco somos tan tontos como dos jovenzuelos sin experiencia. Y yo tengo práctica en esto de ser padre. Creo que si Shannon estuviera aquí ahora, te diría que con ella lo hice muy bien.

Pensar en Shannon le entristeció, como siempre. La echaba de menos. Sin embargo, aquella noche, con el peso suave y cálido de una recién nacida en brazos, se dio cuenta de que la ausencia de su hija le hacía menos daño. Nunca dejaría de echarla de menos, pero tal vez aquella niña que se parecía tanto a ella pudiera compensar un poco su ausencia.

Una vez que el bebé terminó el biberón, Richard se lo apoyó en el hombro, y se echó a reír cuando Morrigan eructó como un pequeño marinero.

– Igual que Shannon -dijo.

Después la tomó en brazos de nuevo comenzó a acunarla canturreando suavemente. El bebé pestañeó y sonrió. Richard, que había sentido un gran peso en el corazón desde que su hija había desaparecido de aquel mundo, se sintió repentinamente ligero, como si le hubieran crecido alas.

Tuvo que carraspear y parpadear para que no se le cayeran las lágrimas.


Capítulo 5

<p id="_Toc287304526">Capítulo 5</p>

Partholon y Oklahoma

El Paraíso de los Sueños es mi lugar favorito. Sí, me gusta incluso más que el Templo de Epona, más incluso que la Toscana, o que Irlanda. Siempre he sido capaz de controlar mis sueños, incluso antes de llegar a Partholon y convertirme en la Elegida de Epona.

Cuando era niña, en Oklahoma, pensaba que el hecho de poder controlar los sueños era normal. No sabía que era nada extraño hasta que una de mis amigas me contó que la noche anterior había tenido una pesadilla horrible. Yo me eché a reír y le pregunté que por qué no había trasladado sus sueños a algún sitio feliz. Ella me miró como si estuviera loca y me dijo que la gente no podía controlar los sueños a voluntad. Yo me quedé callada, cosa poco normal en mí, hasta que llegué a casa y se lo pregunté a mi padre. Él me explicó que la gente, por lo general, no era capaz de controlar los sueños, y que si yo era capaz de hacerlo, tal vez debiera mantenerlo en secreto. Y eso es lo que hice después de aquel día, aunque lo extraño de mi habilidad no disminuyó mi disfrute en el Paraíso de los Sueños.

En Partholon, aquella habilidad se volvió magia. Epona se comunicaba a menudo con su Elegida a través de los sueños. En realidad, es más preciso decir que la Elegida tiene la capacidad de proyectarse astralmente; las Sacerdotisas de Partholon lo llaman el Sueño Mágico. En otras palabras, la Elegida, o sea, yo, proyecta su alma durmiente a cualquier sitio que Epona desee. Lo cual es tan fascinante y desconcertante como puede parecer. Epona me ha llevado a muchos sitios, desde una batalla sanguinaria contra los Fomorians, en la cual mi espíritu le salvó la vida a mi marido, hasta a un nacimiento en Partholon, en el que la parturienta era atendida por mujeres que reían y cantaban mientras yo era testigo del milagro de la renovación de la vida.

Sin embargo, durante la mayor parte de mi embarazo, Epona había mantenido al mínimo los viajes del Sueño Mágico. Es decir, después de que Nuada fuera derrotado y Rhiannon sepultada en un árbol, y después de que yo estuviera de vuelta en Partholon. Así que me quedé sorprendida cuando mi sueño, en el que Hugh Jackman me estaba dando un masaje en los pies, fue interrumpido, y mi espíritu saliera despedido de repente hacia el techo del Templo de Epona y lo atravesara, como el corcho de una botella de vino tinto.

– Aaay, vaya -dije, mientras tomaba una gran bocanada de aire nocturno-. Ay, estoy mareada… siento vértigo… me siento… -de repente, me di cuenta de por qué me sentía tan extraña, y sonreí-: ¡Ya no estoy embarazada!

Oí la risa musical de Epona, que flotaba por el aire, a mi alrededor.

«¿Acaso esperabas sentir que seguías embarazada después de dar a luz, Amada?».

– En realidad, no. Sin embargo, va a pasar una temporada antes de que pueda meterme otra vez en esos pantalones de montar tan ajustados y tan monos. Así que supongo que pensaba que todavía iba a sentirme gorda e hinchada la noche siguiente al parto.

«El espíritu se recupera de un parto mucho antes que el cuerpo».

Yo me sentía relajada y estaba disfrutando del sonido familiar de la voz de la diosa en mi mente, pero me detuve en seco cuando oí las siguientes palabras de Epona.

«Y es bueno que el espíritu se recupere tan rápidamente. Esta noche tienes que hacer un viaje difícil, un viaje que no podías hacer durante las últimas semanas de tu embarazo».

– ¿De qué se trata? No son los Fomorians otra vez, ¿verdad?

«No, no son los Fomorians. Se trata de Rhiannon».

– ¿Rhiannon? ¡Pero si ha muerto!

«Sí, Amada. Rhiannon ha muerto».

– Yo… yo no sabía que había estado viva en el interior del roble durante todo este tiempo.

Aquello me puso muy triste. Clint y yo éramos quienes la habíamos confinado allí. Y a Clint, su participación le había costado la vida.

«Fueron los actos de Rhiannon los que la sepultaron. No tú, ni tampoco Clint».

Como de costumbre, parecía que Epona me había leído el pensamiento.

«Tienes que saber que, antes de que Rhiannon muriera, su alma se curó».

– Me alegro mucho -susurré con sinceridad.

«Se curó, y su espíritu fue rescatado de las manos de Pryderi. Sin embargo, la Triple Cara de la Oscuridad todavía quiere controlar a la que lleva la sangre de mi Elegida».

– ¡Myrna! ¿Va a venir por mi bebé?

«Es posible, Amada, igual que intentó apartarte de mí».

– No tiene ni la más mínima posibilidad de conseguirlo.

«Contigo y con ClanFintan a su lado, habrá muy pocas posibilidades de que Myrna escuche los oscuros susurros de Pryderi. Así pues, no es ella quien me preocupa».

– ¿Entonces?

«Prepárate, Amada. Y recuerda que estaré contigo».

Entonces, el cielo claro comenzó a girar por encima del templo como si fuera un extraño tornado invertido. Aquel infierno giratorio succionó mi espíritu. No podía respirar. Presa del pánico, abrí la boca para gritar y justo en aquel momento, mi espíritu salió disparado del túnel. Yo me quedé completamente desorientada. Tenía náuseas. Respiré profundamente para calmarme, y al mirar hacia abajo, me di cuenta de dónde estaba. Sentí una gran felicidad, porque había vuelto a Oklahoma y estaba flotando sobre mi hogar de infancia. Mi espíritu comenzó a bajar lentamente hacia aquel techo tan familiar, y pronto estaba levitando en mitad del salón de la casa de mis padres.

Me quedé muy quieta, intentando empaparme de aquella habitación. No había cambiado nada. Estaba muy limpia, pero desordenada. Mis padres tienen una casa real, donde la gente vive de verdad, ama y ríe, y no una casa de diseño fría y sin corazón. Había varios libros por las mesas auxiliares, puesto que mis padres leen constantemente. Sólo había una lamparilla encendida y estaba a una intensidad tan baja que me costó darme cuenta de que mi padre estaba sentado en una de las butacas. Se había quedado dormido.

Yo sonreí y me dije que no iba a llorar. Tan sólo con ver a mi padre me sentí segura y adorada. Cómo lo había echado de menos. Noté el pequeño estremecimiento que me daba a entender que Epona había hecho mi espíritu visible, y me miré el cuerpo rápidamente. Por fortuna, en aquella ocasión no estaba desnuda. Entonces me volví hacia mi padre y, con otra sonrisa, abrí la boca para gritar «sorpresa, papá, soy yo», cuando el libro que tenía en el regazo se movió. Y dio una patada. E hizo un ruidito de bebé.

– ¡Demonios, eso no es un libro!

Al oír mi voz, mi padre dio un respingo. Extrañado, miró a su alrededor por la habitación, pensando que había estado soñando. Entonces se colocó al bebé sobre el hombro y le dio unas palmaditas muy suaves en el pañal.

– Papá, ¿de dónde ha salido ese bebé?

– ¿Shannon? ¿Eres tú, pequeña?

– Sí, soy yo, papá -respondí, pero antes de poder decir otra cosa, él comenzó a hacer preguntas.

– ¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo malo hoy?

– Estoy muy bien papá. Estupendamente, en realidad. Hoy he tenido una hija. Se llama Myrna y es preciosa. ¡Eres abuelo!

– ¡Bichito! Eso es maravilloso -dijo, y colocó al bebé en el otro brazo para poder secarse las lágrimas de los ojos. Yo miré a la criatura, y sentí una impresión muy fuerte al reconocerlo.

– ¿De quién es ese bebé?

Sabía cuál era la respuesta antes de que él me lo dijera.

– De Rhiannon.

– ¿Cómo es posible, papá? Ella murió.

Mi padre asintió lentamente.

– Sí, sí. Ha muerto hoy, después del parto. La niña se llama Morrigan.

– ¿Es una niña? -pregunté yo. Me sentí muy mal, aunque sabía que la recién nacida tenía que ser una niña. Epona siempre premiaba a sus Elegidas con una primogénita.

– Sí -dijo mi padre.

– Entonces, ¿Rhiannon murió aquí? No lo entiendo. Estaba atrapada en el interior de un árbol…

Mi padre suspiró.

– A mí me han contado lo que sucedió. Rhiannon ya estaba muerta cuando llegó aquí. La encontró un chamán anciano que la ayudó a dar a luz. Él fue quien me dijo que Rhiannon había hecho un trato con un dios oscuro para que la liberara del árbol. Iba a convertirse en su Suma Sacerdotisa, lo que suponía que tanto ella como la niña iban a dedicarse a su servicio, pero el nacimiento de Morrigan la cambió. Rhiannon negó al dios oscuro, pero estaba tan cerca de la muerte que él no la liberó. Así pues, Rhiannon invocó a Epona, y la diosa respondió.

– ¿Y Epona la perdonó?

– Sí -respondió mi padre.

Sabía que estaba mal, que yo era egoísta y odiosa, pero el hecho de saber que Rhiannon se había reconciliado con Epona me provocaba unos celos ridículos.

«Tú eres mi Elegida ahora, y lo serás para siempre. Mi amor por Rhiannon no disminuye el amor que siento por ti, Amada».

Al oír la voz de Epona en mi mente, me sobresalté, y me sentí culpable.

«Presta atención, Amada. Tu padre debe conocer las intenciones de Pryderi».

De repente, advertí cuál era el motivo por el que Epona me había hecho pasar por el túnel que separaba los dos mundos, y no era sólo para que yo le contara a mi padre que Myrna ya había nacido, o para que yo entendiera lo que le había ocurrido a Rhiannon.

– Papá, ¿vas a quedarte con el bebé de Rhiannon?

– Sí, sí -respondió él. Miró a la niña y le acarició la mejilla suavemente antes de continuar-. Fue la última petición de Rhiannon. Pero hay más, Shannon. Morrigan es igual que tú. Tengo que ayudarla, no puedo permitir que vaya a manos de unos extraños.

Me estaba pidiendo con la mirada que lo comprendiera, y extrañamente, yo lo entendí.

– También es exactamente igual que Myrna. Es muy extraño, pero supongo que tiene sentido, porque Rhiannon y yo éramos idénticas. Y Clint y ClanFintan eran el reflejo el uno del otro -dije, y de repente se me escapó un jadeo. ¡Aquella niña era la hija de Clint! Si yo hubiera decidido quedarme en Oklahoma y no volver a Partholon, Clint estaría vivo. Él y yo estaríamos juntos. Mi próximo hijo habría sido suyo… tuve que dejar de pensarlo, para no echarme a llorar.

Mi padre me miró sorprendido.

– Es hija de Clint, ¿verdad? Me alegro de saberlo. Me caía muy bien aquel joven.

– A mí también -respondí en voz baja-. ¿Te dijo el chamán algo sobre si habían encontrado el cadáver de Clint cerca del árbol?

– No. Y estoy seguro de que si allí hubiera habido un cadáver, el chamán me lo habría dicho -contestó mi padre. Después añadió con tristeza-: Así que Clint murió.

Aunque aquello no era una pregunta, yo asentí.

– Sacrificó su vida para que yo pudiera volver a Partholon.

– Sí. Era muy valiente. Le diré a Morrigan que su padre era un buen hombre.

Aquello me recordó algo.

– Papá, he venido porque Epona quiere que te avise. Ese dios oscuro que liberó a Rhiannon del árbol… su nombre es Pryderi. Es un mal tipo. Le llaman la Triple Cara de la Oscuridad, si es que alguien lo menciona. Hace mucho tiempo fue el consorte de Epona, pero él la traicionó porque ambicionaba su poder. La diosa lo expulsó, pero él quiere volver.

Después, seguí explicándole cosas que Epona me susurraba en la mente.

– Se alimenta de la adoración. Es como un vampiro. Literalmente, absorbe el bien de aquéllos que lo adoran. Se fortalece con las cenizas de sus almas. Y necesita una Suma Sacerdotisa como médium, para que sus intenciones perversas estén ocultas a los ojos de aquéllos que lo adoran. Quiere usar a la hija de la Elegida de Epona para conseguir el dominio de Partholon. Eso significa que Morrigan no estará a salvo ni siquiera en Oklahoma, porque nosotros sabemos que algunas veces, la gente puede viajar de Oklahoma a Partholon.

Me asombró que mi padre no se sorprendiera lo más mínimo. Asintió y respondió:

– Sí, es más o menos lo que me dijo el chamán. Por ese motivo, Rhiannon le pidió a Epona que la perdonara, para que su espíritu pudiera ser libre y proteger a su hija, e intentar mantenerla alejada del Lado Oscuro.

Pese a la gravedad de la situación, yo sonreí.

– ¿El Lado Oscuro, papá? ¿Como el de Darth Vader?

– Me parece una comparación acertada.

Yo me eché a reír. -Supongo que tienes razón.

– Así que tendremos que asegurarnos de que la Fuerza esté con Morrigan.

– En serio, papá, Pryderi va a venir por ella. Si la criáis, vosotros podéis correr peligro.

– Lo sabemos, Shannon. Ésta no es la primera vez que pasamos por algo así -dijo, y sonrió-. Con dioses oscuros o sin ellos, la paternidad es un trabajo muy difícil. Ya lo verás.

Yo fruncí el ceño.

– Estoy hablando de una deidad perversa, no de adolescentes. Ya sabes a qué me refiero.

– Sí -dijo, y suspiró-. ¿Qué quieres que haga, Bichito? ¿Dejarla bajo la tutela del estado? Me imagino que eso es entregársela directamente a Pryderi. No voy a hacer eso. Mamá Parker y yo ya lo hemos decidido. Vamos a criarla y haremos las cosas lo mejor que podamos con ella. Una vez funcionó -afirmó con una sonrisa-. Tú no te pasaste al Lado Oscuro. Y funcionará otra vez, ya lo verás. Esta niña es lo máximo que voy a tener de ti o de mi nieta. No me pedirás que me separe de ella, ¿no?

Yo pestañeé para que no se me cayeran las lágrimas.

– No, papá. No puedo pedirte eso. Sólo quiero que tengáis muchísimo cuidado.

– Lo tendremos. Te doy mi palabra. Además… se supone que el fantasma de Rhiannon está en alguna parte. Ella nos ayudará con los aspectos más terroríficos de la paternidad de Morrigan.

Miré a mi alrededor, casi con miedo.

– Papá, eso es muy raro.

Él se echó a reír.

– Sí, pero no es más raro que tener tu espíritu flotando por mi salón mientras tu cuerpo está en otro mundo, ¿no crees?

Me encogí de hombros.

– En eso tienes razón.

«Dile que tiene mis bendiciones, Amada. No debes permanecer más tiempo aquí. No es sano que tu espíritu esté separado de tu cuerpo durante tanto tiempo. Hay que volver».

– Papá -dije rápidamente-. Epona dice que tengo que irme enseguida, pero quiere que te diga que tienes sus bendiciones.

Mi padre inclinó respetuosamente la cabeza.

– Dile a Epona que se lo agradezco, y que me aseguraré de que Morrigan pase mucho tiempo en el campo, con los árboles, y que conozca el nombre de la diosa.

– Y de los caballos -añadí yo.

– Sí, sí, como tú. Le compraré una yegua.

– Sí, y estaría muy bien que fuera una yegua gris. La yegua de la Elegida de Epona es de color gris plateado.

– Muy bien, lo tendré en cuenta.

Yo noté que mi cuerpo espiritual comenzaba a temblar, y supe que iba a desaparecer pronto.

– ¡Te quiero, papá! Que no se te olvide nunca. ¡Y te echo de menos! Recuerda que hay una parte tuya que vive en Partholon.

– Yo también te quiero mucho, Bichito. Intenta volver a verme.

– Lo haré, papá. Dile a mamá Parker que la quiero.

– Se lo diré. ¡Y feliz cumpleaños, Shannon!

– Gracias, papá, y no olvides que debes tener cuidado…

El salón y mi padre fueron desapareciendo de mi vista mientras yo me elevaba por encima de la casa.

Después, antes de que pudiera recuperarme, el túnel de fuego volvió a succionarme.


– ¡Oh, mierda! -dije.

Me incorporé demasiado deprisa, e hice un gesto de dolor.

– ¿Rhea? ¿Qué te sucede?

ClanFintan se acercó rápidamente a la cama. Obviamente, ya había vuelto del Bosque Sagrado. Olía vagamente a tierra húmeda y a sudor.

Temblando, yo me aparté el pelo de la cara.

– El Sueño Mágico. Esta noche ha sido muy desconcertante. Epona me llevó a Oklahoma.

Le expliqué a mi marido todo lo que había averiguado sobre Rhiannon, el nacimiento de su hija y el hecho de que mi padre fuera a criarla, y le hablé también de los peligros que acechaban a la niña.

– ¿Y tu padre está preparado para enfrentarse a un dios oscuro por el alma de la niña? ¿Podrá detenerlo? El MacCallan no pudo evitar que Rhiannon fuera seducida por la oscuridad.

Yo me estremecí.

– No sé. Lo único que podemos hacer es esperar.

– Y rezarle a Epona para que nos brinde su ayuda -dijo él.

– En efecto.

Y, silenciosamente, añadí: «Por favor, Epona, ayuda a mi padre y a mi madre, y a la pequeña Morrigan».

Entonces, mi hija comenzó a moverse, y mi atención cambió de Oklahoma y la oscuridad a Partholon y a un nuevo comienzo.


SEGUNDA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

<p id="_Toc287304527">SEGUNDA PARTE</p>
<p id="_Toc287304528">Capítulo 1</p>

Oklahoma

Desde pequeña, Morrigan sabía que era diferente. No sólo porque la estuvieran criando sus abuelos. Conocía a otros niños cuyos padres eran unos perdedores, y eran sus abuelos quienes tenían que cuidarlos. Tampoco era porque su madre y su padre estuvieran muertos, aunque no conocía a nadie más que no tuviera a ninguno de los dos progenitores vivos. Y no era porque los abuelos le enseñaran cosas extrañas sobre la religión; Oklahoma era parte del Cinturón de la Biblia, pero incluso en Broken Arrow había niños que creían en otras cosas diferentes al cristianismo. No muchos, pero los había.

Ella era diferente porque oía cosas que los demás no podían oír, y porque sentía cosas que los otros no sentían.

Suspiró, y continuó sacando los diarios de su armario para guardarlos en cajas.

Tomó uno de ellos y lo hojeó con inquietud. Le resultaba difícil pensar en su marcha. La Universidad de Oklahoma no estaba lejos, tan sólo a una hora y media de camino. Sin embargo, no era su hogar, y allí tendría que conocer a gente nueva. Hacer nuevos amigos. Morrigan frunció el ceño. Eso no se le daba bien, porque era tímida y callada. La gente lo malinterpretaba, y pensaban que era una estirada, así que siempre se había sentido como si tuviera que actuar en contra de su personalidad, sonreír y decir «hola» cuando lo único que quería era permanecer aparte y observar lo que ocurría, hasta que se sintiera cómoda. Por eso había tomado clases de teatro. Incluso había participado en varias de las obras del instituto. El abuelo y ella habían ideado aquel plan en la escuela primaria, para que ella aprendiera a actuar en su vida cotidiana.

Podía sonar engañoso, pero no lo era. Morrigan necesitaba encajar de alguna manera. Y no sólo por sí misma. Para sus abuelos era importante que tuviera amigos, que se comportara de una manera normal, aunque no lo fuera. Ellos eran los únicos que la entendían.

Morrigan lanzó uno de los diarios a la caja. El libro se abrió, y la escritura infantil llamó su atención. Lo tomó y leyó la página en la que se había abierto.

2 de abril (faltan veintiocho días para mi noveno cumpleaños)

Querido diario:

¡Estoy convencida de que los abuelos me van a regalar un caballo por mi cumpleaños! Y no sólo porque yo haya estado pidiéndoselo sin parar y demostrándoles que soy lo suficientemente responsable como para cuidar de un caballo. Me lo dice el viento. El viento me susurra que llega mi caballo, que será una yegua, y que debo quererla y cuidarla siempre. Y el viento casi siempre tiene razón.

Supongo que debería decirle al abuelo que el viento me habla, pero…

Morrigan no tuvo que pasar la página para recordar lo que había escrito aquel día, tantos años antes. Recordaba muy bien cómo era de niña. Una niña que adoraba, por encima de todo, los árboles, la tierra y a su preciosa yegua gris, la que le habían regalado por su noveno cumpleaños. Una niña que no buscaba constantemente cosas malas en las sombras, sino que creía que todas las voces de su imaginación eran buenas, sus amigos especiales, y que no era un bicho raro por ser capaz de sentir a los espíritus de la tierra.

Aquel día no. No iba a pensar en todo aquello aquel día. Agitó la cabeza. Aquel día estaba bastante ocupada haciendo el equipaje para marcharse de casa. Después iba a salir a dar una vuelta con sus amigas, antes de que todas se marcharan a diferentes universidades. La batalla entre el bien y el mal tendría que esperar hasta que ella estuviera instalada en su habitación de la residencia universitaria. Sin embargo, ¿de veras había una batalla entre el bien y el mal? ¿No era algo que sus abuelos, ya mayores y excéntricos, se habían inventado?

– No -se respondió a sí misma firmemente.

Para distraerse de sus dudas, abrió el diario por el día treinta de abril. Mientras leía lo que había escrito sobre sus emociones infantiles, sonrió y se relajó.

¡Querido diario!

¡Me han regalado un caballo! ¡Lo sabía! ¡Es la yegua más bonita y más increíble del mundo! Sólo tiene dos años. El abuelo dice que así tendremos tiempo de crecer juntas. Es una yegua de color gris tan claro que parece plateado. Creo que voy a llamarla Dove, porque es muy bonita y muy buena, como una paloma blanca. ¡Y es mía!

Los abuelos son los mejores; casi no importa que sean viejos.

Esta noche, mientras estaba cepillando a Dove, el abuelo comenzó a hablarme de una diosa de los caballos llamada Epona. También es la diosa de la fertilidad, de la naturaleza, y de muchas cosas más. Él me dijo que si estoy tan contenta con mi nueva yegua, tal vez debería darle las gracias a Epona, porque seguramente ella está atenta cuando una persona recibe su primer caballo. Me pareció una idea muy buena, así que cuando terminamos, me acurruqué junto al árbol del patio delantero y le di las gracias a Epona. Es un árbol muy grande, y he pensado que si ella es también la diosa de los árboles, seguramente éste le gusta mucho. Después tomé una de las sillas del jardín, la acerqué al árbol, me subí a ella de puntillas y puse mi piedrecita brillante favorita en una rama, todo lo alto que pude. Le dije a Epona que la piedra era para ella.

¿Y sabes lo que ocurrió? ¡Te juro que oí a alguien riéndose en las ramas superiores del árbol! ¡Era una mujer!

– Y al día siguiente, la piedrecita brillante había desaparecido… -susurró Morrigan.

Aquél era el momento en el que había comenzado su relación con Epona. A medida que se hacía mayor, los abuelos mencionaban con más frecuencia a la diosa, y Morrigan pensaba más y más en ella.

Morrigan no recordaba exactamente el momento en el que la voz de la mujer del viento se había convertido para ella en la voz de la diosa, sólo sabía que poco después de que la piedra desapareciera, había empezado a pensar mucho en aquella voz, que sonaba como la música, como el susurro de una diosa.

Hasta el día en que finalmente admitió ante su abuelo que el viento le hablaba. Nunca olvidaría la expresión de su cara. Había pasado de reírse por algo que había hecho Dove a quedarse pálido y serio en un segundo. Después se había sentado con ella y habían tenido una charla sobre el bien y el mal, y sobre cómo podrían afectar a su vida.

Morrigan dejó el diario que había estado leyendo junto a los demás, y rebuscó hasta que encontró el que quería. Rápidamente, lo abrió por la página que había escrito después de aquella charla.

13 de septiembre

Querido diario:

Supongo que es cierto lo que se dice sobre el número trece: da mala suerte. Hoy le he contado al abuelo que oigo voces en el viento, y se ha asustado. Y las cosas que él me dijo también me han asustado a mí.

Morrigan cerró los ojos. No tenía necesidad de leer aquella versión infantil de la conversación. La recordaba muy bien, y en aquel momento ya no tenía la inocencia de una niña para suavizar el impacto de sus palabras. Sus abuelos y ella se habían sentado a la mesa de la cocina.

– Morrigan, quiero que me escuches con atención -le dijo su abuelo.

– Creéis que estoy loca porque oigo al viento -dijo ella.

– ¡No, cariño! -respondió él-. No estás loca. Creemos que oyes voces en el viento. Es igual que cuando dibujabas piedras y árboles con corazones dentro, de muy pequeñita. ¿Te acuerdas de que nos hablaste de eso?

– Os dije que dibujaba corazones porque sabía que todos estaban vivos.

– Exacto -dijo el abuelo-. Lo de que el viento te hable es como el hecho de que sepas que los árboles y las piedras tienen espíritus.

– ¿El viento es otro espíritu del mundo? -preguntó Morrigan.

– No es tan fácil, cariño -le dijo la abuela-. Las piedras y los árboles son buenos. Pero la voz que oyes…

– Voces -dijo Morrigan-. No es siempre la misma voz, pero yo siempre pienso que es el viento.

Los abuelos me miraron durante un largo rato antes de continuar.

– Tú sabes que hay bien y mal en el mundo, ¿verdad?

– Sí. Ahora estamos estudiando la Segunda Guerra Mundial en Historia. Hitler era malo.

– Exacto.

– Y muchos niños creen en Satán. También es malo.

– Sí. Sin embargo, algunas veces identificar el mal no es tan fácil como identificar a Hitler o a Satán, como tampoco es fácil distinguir el bien, al principio.

Morrigan arrugó la nariz y preguntó:

– ¿Como las coles de Bruselas, que saben fatal, pero son buenas para mí?

El abuelo se echó a reír.

– Exactamente igual que las coles de Bruselas.

– Entonces, ¿quieres decir que las voces que escucho pueden ser malas?

– No todas, cariño -dijo la abuela.

El abuelo respiró profundamente y dijo:

– Tu madre también oía voces. Susurros. Algunos eran buenos, porque oía incluso la voz de Epona. Sin embargo, también oía una voz malvada, y la escuchó, y después de un tiempo, esa voz comenzó a cambiarla. Hasta que tú no naciste no se dio cuenta de que había cometido un error, ni de que había permitido que el mal se apoderara de ella.

– Pero tú dijiste que mi madre era una buena persona -dijo Morrigan. Tenía ganas de llorar.

– Y lo era. Tenía muchas cosas buenas dentro. Pero durante un tiempo, esas cosas estuvieron controladas por el susurro del mal.

– ¿Como las voces que oigo yo?

– Morrigan, creo que una de las voces que oyes es la de tu madre. Ella quiere vigilarte. Y creo que otra de las voces que oyes puede ser la de la misma Epona. La diosa tenía una relación muy estrecha con tu madre. Sin embargo, pienso que tal vez los susurros perversos que cambiaron a tu madre estén intentando influirte a ti también.

– No te estamos contando esto para asustarte, cariño -dijo la abuela.

– No, no. Yo hubiera preferido hablarte de esto cuando fueras un poco mayor, pero tú ya oyes las voces, así que es importante que sepas que tienes que tener cuidado -dijo el abuelo.

– Pero ¿cómo voy a saber si estoy escuchando la voz equivocada?

– Si hace que te sientas mal, no la escuches -dijo el abuelo con firmeza-. Si es algo egoísta, o malo, o una mentira, no lo escuches.

– Mira siempre hacia la luz, cariño. Los árboles, las piedras y los espíritus que crecen en la tierra no son malos -dijo la abuela.

– Y nosotros estamos aquí para ayudarte, cariño -dijo el abuelo, y me dio unas palmaditas en la mano.

– Siempre, nena. Siempre estaremos aquí para ti.

Morrigan sonrió al recordar que la abuela la había abrazado después de aquella conversación, y que el abuelo había creído que la distraía pidiéndole que cortara un bizcocho de chocolate en cuadrados. Sin embargo, ella no se había distraído, o por lo menos, no durante mucho tiempo. Aquella noche fue paseando hasta el prado del este, hacia el enorme sauce bajo el que estaba la lápida. Había una sola piedra para ambos, con una inscripción:


Shannon y Clint

Hija amada, y el hombre que nació para quererla


Morrigan no se había dado cuenta entonces, de niña, de que aquella lápida era muy rara. La mayoría de las lápidas tenían grabados los nombres completos y las fechas de nacimiento y muerte del difunto. Al final, ella le había preguntado al abuelo por aquella rareza, y él le había dicho que en la lápida se decía todo lo que era importante.

Aquel día, ella pasó a través de las ramas del sauce llorón que protegían la tumba, y apartó algunas hojas secas de la lápida. Después, trazó el nombre de su madre con el dedo.

– Ojalá estuvieras aquí -susurró-. O por lo menos, ojalá pudieras decirme cuál de las voces es la tuya…

Morrigan escuchó con todas sus fuerzas, con la esperanza de oír a su madre diciéndole que de verdad hablaba con ella a través del viento. Sin embargo, no oyó otra cosa que el ruido de las hojas del sauce llorón.

Un poco más tarde, cuando se estaba alejando de la tumba, se levantó una ráfaga de viento que la dejó fría e inmóvil. Y en aquel viento oyó de repente: «Escucha los deseos de tu corazón y me conocerás…».

Morrigan parpadeó y volvió al presente. Cerró el viejo diario y lo devolvió a la caja. No quería recordar más aquel día. Desde entonces, siempre había tenido presentes las palabras de sus abuelos. No necesitaba recordarlas. Tomó otro diario.

– Necesito algo alegre, algo ligero… -murmuró, y entonces, con un grito de alegría, encontró un diario de color rosa y lo abrió-. Éste. ¡Oh, sí, aquí está!

Sonrió mientras pasaba las páginas de aquel diario que había escrito a los trece años.

4 de noviembre

Querido diario:

¡Oh, Dios mío! ¡Hoy ha ocurrido algo estupendo! Desde luego, hacía muchísimo frío, pero Dove necesitaba hacer ejercicio, así que fui con ella hacia el prado, por la carretera del bosque de los robles, para poder galopar. A mitad de la galopada, unos patos salvajes salieron volando ruidosamente de entre unos arbustos, y asustaron mucho a Dove, y a mí también. Ella saltó, pero debió de tropezarse con algo, y yo salí despedida. Es increíble, porque yo nunca me caigo. De todos modos, no me hice daño. Lo que más me preocupaba era la pata de Dove. Comenzó a cojear un poco, y yo pensé que se le había roto, así que hice que se quedara quieta y le palpé la pata. Yo estaba muy asustada y temblaba, y lloraba, ¡y de repente me di cuenta de que me brillaban las manos! De verdad. Era como si me saliera luz de ellas, como si tuviera una vela o algo parecido por dentro. Estoy deseando que los abuelos lleguen a casa para contárselo.

PD: Dove tiene muy bien la pata.

Morrigan sonrió al recordar aquel suceso de su infancia, con la preciosa yegua gris que ahora estaba retirada en uno de los corrales del abuelo, para pasar los años de universidad de Morrigan dándose la gran vida, feliz y descansada.

Con una carcajada suave, Morrigan puso la palma de la mano hacia arriba y se concentró en ella. Después de largos instantes, apareció una pequeña chispa de luz, pero desapareció rápidamente, casi antes de que ella pudiera estar segura de haberla visto. Morrigan suspiró y se frotó las manos, y notó que todavía tenía la palma caliente y sensible. Pero nada más. Podía hacerlo otra vez, pero sólo un poco. Sus abuelos no tenían explicación para aquella extraña habilidad. Como ella, no sabían de dónde procedía ni lo que significaba.

Sin embargo, el viento no estaba tan perdido. Durante aquellos años, le había susurrado que tenía afinidad con las llamas y que podría crear luz, y otras cosas igualmente misteriosas. Morrigan no entendía lo que estaban intentando decirle las voces, y tenía miedo de pedirles que la ayudaran a entenderlo. ¿Y si le estaba pidiendo al mal que la ayudara? Todo era demasiado confuso.

– Morrigan, cariño, se está haciendo tarde.

Morrigan se sobresaltó al sentir la mano de su abuela en el brazo.

– ¡Oh, mierda, abuela! No te me acerques tan silenciosamente. ¡Me has dado un susto de muerte!

– Vigila ese lenguaje, cariño -dijo su abuela con severidad, pero sonrió para suavizar la reprimenda-. Y no me he acercado silenciosamente. Te llamado tres veces. Parece que estabas pensando en las musarañas.

Morrigan se sintió un poco tonta, allí sentada, en medio de sus diarios. No debería estar husmeando en el pasado ni en sus extrañas habilidades. Lo que tenía que estar haciendo era concentrarse en el futuro, en la universidad.

– Perdona, abuela -dijo rápidamente, mientras guardaban los diarios en la caja-. Me he distraído.

– Bueno, ven a la cocina. Se te está enfriando el desayuno, y esas chicas van a llegar en cualquier momento. Las Cuevas de Alabastro están a tres horas de distancia. Tienes que tomar una buena comida antes de irte -le dijo su abuela, mientras se alejaba por el pasillo hacia la cocina.

Morrigan se apresuró a obedecer y recogió los diarios, animada por los olores del beicon, del café y de las magdalenas de mora que llegaban desde la cocina. Seguramente, la abuela había preparado un almuerzo estupendo para ella y para sus amigas. Se quitó de la cabeza la extraña sensación que le producía pensar en el brillo de sus manos, se puso los zapatos y el jersey y se dirigió al calor familiar de la cocina.

Ignoró el eco de la risa que flotaba en el aire, a su alrededor.

<p id="_Toc287304529">Capítulo 2</p>

– Mamá Parker es la mejor cocinera del mundo. Podría patearle el trasero a cualquiera en un concurso de cocina -dijo Gena.

– Sí, pero si te oyera decir «trasero» te regañaría y te mandaría que vigilaras tu lenguaje -dijo Morrigan.

– Yo nunca diría «trasero» delante de tu abuela. No quiero que se enfade conmigo. Tal vez dejara de cocinar para nosotras -respondió Gena.

– Oh, no -dijo Jamie.

– Mamá Parker es demasiado buena como para enfadarse. Además, eso no sería inteligente -intervino Lori-. Tendríamos que empezar a comer lo que cocina mi madre. Tendríamos que despedirnos de sus deliciosas empanadas de carne y de las galletas de chocolate y decirles «hola» a las hamburguesas con queso.

– Mi madre piensa que cocinar es pedir pizza. Y si tiene el día muy creativo, pide barritas de queso y salsa barbacoa -dijo Gena.

– Lo mismo que mi madre -dijo Jamie.

– Pues yo creo que deberíais aprender a cocinar. Tenéis dieciocho años y vais a ir a la universidad dentro de pocos días. ¿Qué vais a comer? -preguntó Morrigan.

– La comida de la residencia, por supuesto -respondió Jamie.

– Yo comeré cualquier cosa que cocine otra persona. Como por ejemplo la señora Taco Bell. Me encanta cómo cocina -dijo Lori.

– ¿Comer? -preguntó Gena con cara de asombro-. Durante los siguientes cuatro años yo pienso alimentarme de cerveza y jugadores de fútbol americano.

Sus tres amigas se echaron a reír histéricamente. Morrigan miró al cielo con resignación. Sí, las quería. Eran amigas suyas desde la escuela, pero siempre las había visto como niñas y se había visto a sí misma mayor y más madura. El hecho de que ella se sintiera y actuara de manera más parecida a una adulta le parecía bien, porque claramente, sus amigas necesitaban que alguien las cuidara. Sin embargo, últimamente aquello le irritaba cada vez más. ¿Acaso no iban a crecer nunca?

– Bueno, como queráis. Pero yo me alegro de no tener que depender de Taco Bell ni de Pizza Hut cuando esté lejos de casa.

Como demostración de lo que Morrigan pensaba acerca de su inmadurez, Gena le sacó la lengua y preguntó:

– Eh, ¿alguien sabe por qué estamos aquí, en vez de estar en las rebajas de Gap?

– Estamos aquí porque a Morrigan le gusta hacer cosas raras, y ésta es la última vez que vamos a poder hacer algo raro con ella, seguramente, hasta Navidad -respondió Lori.

– Yo no creo que las cosas que me gusten sean raras.

– Primer ejemplo: te pareció divertido que hiciéramos una marcha de diez kilómetros por un sendero del bosque, junto a la presa Keystone -dijo Lori-. Si no recuerdo mal, no fue divertido. Hacía mucho calor, yo sudé mucho, y encontré a una garrapata subiéndome por el muslo.

– Lo de la garrapata fue repugnante -dijo Gena.

– Segundo ejemplo: la acampada.

– ¡Oh, vamos! Eso fue en noveno curso.

– El paso del tiempo no lo ha hecho menos horrible -dijo Lori remilgadamente.

– No fue tan malo. A mí me parece que lo pasamos bien.

– Claro, porque a ti te gusta jugar a los boy scouts, y estar en el campo, y… y… te gusta la naturaleza -dijo Lori, como si fuera una enfermedad-. Las demás sólo nos acordamos de los mosquitos.

– Que eran como colibríes -dijo Gena.

– Y las serpientes -añadió Lori.

– Sólo hubo una -replicó Morrigan.

– Como si eso tuviera importancia -murmuró Gena.

– Pero era muy bonito -dijo Morrigan.

– ¿Bonito? No. Era sucio, hacía calor y estaba lleno de bichos. Mis zapatos Kenneth Cole son bonitos, eso sí. Los que no puedo ponerme hoy porque vamos a ir a una cueva desagradable, oscura, fría y llena de murciélagos.

– Espera, ¿hay murciélagos en la cueva? -preguntó Gena alarmada-. No me lo habíais dicho.

– Pues claro. Es una cueva. En las cuevas hay murciélagos -respondió Jamie.

Morrigan suspiró.

– Es verano. No vas a ver a los murciélagos. Están escondidos en las partes más oscuras y frescas de la cueva. Y de todos modos, si ves alguno, no te molestará.

– Bueno, y por fin, llegamos al tercer ejemplo -dijo Lori, haciendo una pausa dramática y alzando tres dedos extendidos-: Bailar desnudas, al aire libre, por la noche.

Jamie gruñó.

– ¿Tenemos que hablar de eso? -preguntó Gena mientras se abanicaba con la mano la cara ruborizada de vergüenza.

– Reconócelo. No habría estado tan mal si hubiéramos llevado zapatos, y si el asqueroso de Josh Riddle no nos hubiera espiado -dijo Morrigan.

– Todavía tengo pesadillas con ese chico -dijo Lori.

– ¿Y por qué lo hicimos? No lo recuerdo. Creo que mi mente lo ha bloqueado -dijo Jamie.

– Estábamos celebrando el Esbat -dijo Morrigan, y sus amigas la miraron con desconcierto-. Una celebración de la luna llena. Mi abuela me contó que algunos paganos honraban a la luna llena bailando desnudos, y a nosotras nos pareció divertido.

– No, a ti te pareció divertido. Nosotras te seguimos la corriente -corrigió Lori.

– ¿Sabéis? Me parece raro que mamá Parker sepa tanto de religiones raras. Es muy buena, como una abuela completamente normal. Y de repente, una noche llegas a su casa y la ves fuera, echando vino con miel alrededor de una hoguera que ha prendido en mitad del patio, y te sonríe y te dice algo como: «Estoy terminando la ofrenda de Imbolc a la diosa, cariño. Pasa. Hay galletas en la cocina» -comentó Gena.

– A mí no me parece raro -dijo Morrigan.

– No es que mamá Parker no me parezca estupenda. Me lo parece -contestó Gena rápidamente.

– Pero tienes que reconocer que no es exactamente lo más normal en Oklahoma.

Morrigan se encogió de hombros.

– Nunca he entendido por qué lo normal es tan bueno.

– Morrigan tiene razón -dijo Jamie-. Yo llevo toda la vida yendo a la iglesia metodista de Broken Arrow, y nunca me he divertido tanto como cuando pedimos los deseos de Easter en el árbol.

Todas las niñas sonrieron.

– Se dice los deseos de Eostre -dijo Morrigan.

– ¿Os acordáis de que mamá Parker plantó muchas flores alrededor del árbol? -preguntó Gena. Morrigan asintió.

– Narcisos, azafranes de primavera y jacintos. Yo la ayudé a plantar los bulbos el invierno anterior.

– Y entonces, cuando comenzaron a florecer, mamá Parker nos dio lazos de seda y cristales…

– Y esas estrellitas hechas de papel de aluminio -dijo Lori, interrumpiendo a Gena-. Y después nos dio tarjetas con flores silvestres, biodegradables, por supuesto, y nos dijo que escribiéramos nuestros deseos. Cuando terminamos, atamos las tarjetas a las ramas del árbol.

– Sí, y mamá Parker nos dijo que era otro modo de hacer nuestras plegarias de Semana Santa. Fue mucho más divertido que madrugar y sentarse en el banco duro de la iglesia -dijo Jamie.

– Fue estupendo -dijo Lori.

– Sí, es verdad -convino Gena.

– Entonces, ¿ya no os importan tanto mis rarezas? -preguntó Morrigan.

Mantuvo un tono de voz ligero, de broma, pero sabía que había una parte de sí misma que estaba esperando constantemente a que sus amigas se dieran cuenta, algún día, de que ella no encajaba, por muy buena que fuera su capacidad de interpretación. Entonces, ellas la abandonarían con las voces del viento y con sus preguntas sin respuesta.

– Morgie, cariño, ¡nos gustan tus rarezas! -le dijo Gena, y le rodeó los hombros con el brazo.

– Exacto. Sin tus rarezas no podríamos ser Las Cuatro Fantásticas -dijo Jamie.

– Por eso estamos aquí, para seguirte a esa cueva llena de murciélagos, cuando deberíamos estar de compras -dijo Lori.

– Bueno, deja ya de hablar de los murciélagos -dijo Gena.

Sonó una campanilla que a Morrigan le recordó la que debía de usarse, cientos de años antes, para avisar a los vaqueros de un rancho de la hora de la cena.

– ¡El viaje guiado de las tres al interior de la cueva sale en dos minutos! -anunció una voz masculina a través de un antiguo sistema de megafonía.

Las chicas recogieron los restos del picnic y metieron la cesta en el maletero del viejo Ford Escort de Morrigan. Ella tomó la linterna de emergencia que le había dado el abuelo y se la metió al bolso, y después, todas se pusieron a la cola que estaba empezando a bajar, desde la zona de merendero, por unas escaleras de piedra, hasta la entrada de la cueva principal.

Morrigan estaba impaciente. En aquella ocasión no sólo iba a acampar en el bosque, ni a dar un paseo por unas colinas. En aquella ocasión iba a entrar directamente a la tierra. Sentía la atracción hacia ella como sentía el cambio de temperatura.


«Ven…».

Aquella palabra le resonaba en los oídos.

– ¡Morgie! Vamos… por aquí.

Morrigan se dio cuenta de que se había quedado ensimismada en las escaleras, observando fijamente la entrada a la cueva. Parpadeó y vio a Gena haciéndole señas desde las sombras, donde estaba junto a Lori, Jamie y el resto del pequeño grupo al que se habían unido. Morrigan reaccionó y siguió apresuradamente a sus amigas.

«Ven…».

La palabra la envolvió, como la oscuridad fría de la caverna. En Oklahoma, en agosto, siempre hacía muchísimo calor, y Morrigan sintió al instante que respiraba mejor, que se adaptaba rápidamente a la diferencia de más de treinta grados. Respiró profundamente y percibió el increíble olor a tierra, rico, dulce y rocoso. Aquella esencia le invadió los sentidos y consiguió que se sintiera excitada y relajada al mismo tiempo.

«Este es el lugar al que perteneces…».

Al oír aquellas palabras, sintió que la verdad que contenían era poderosa, y fue incapaz de contenerse: atravesó el pequeño grupo para colocarse la primera, detrás del guía, al entrar a las entrañas de la cueva. Quería ser la primera que oliera, tocara y lo viera todo. El alma de Morrigan tembló de excitación. Ella ignoró las exclamaciones de sus amigas, que intentaban alcanzarla.

– Bueno, si todos están preparados, avancemos en grupo -iba diciendo el guía-. Por favor, recuerden que las luces se activan con un temporizador, así que tienen que permanecer cerca de mí, y que no deben alejarse.

¡Qué molesto! Ella no quería estar atrapada en el grupo de visitantes. Se moría de ganas de explorar aquel lugar asombroso por sí misma. Con irritación, Morrigan apartó los ojos de las paredes de la cueva para lanzarle al guía una mirada fulminante. Sin embargo, el corazón le dio un salto.

El guía era un tipo despampanante. Y la estaba mirando directamente a ella, como si pudiera leerle el pensamiento.

<p id="_Toc287304530">Capítulo 3</p>

– ¿Listos? -preguntó el guía, mirándola directamente con sus ojos azules y brillantes. Morrigan asintió-. Muy bien -dijo él-. Oh, se me había olvidado presentarme formalmente. Me llamo Kyle, y hoy voy a ser su guía.

Aunque parecía que sólo estaba hablando con Morrigan, varias de las personas del grupo se echaron a reír y le dijeron «hola, Kyle», mientras él se daba la vuelta y abría una caja de metal, para accionar una serie de interruptores. Al instante, la cueva quedó bañada en luz blanca.

Morrigan sintió una punzada de irritación que hizo que se olvidara del guapo guía. La iluminación era incorrecta. Demasiado intensa, demasiado blanca, demasiado impersonal. El interior de la tierra debería estar iluminado con suavidad. Con piedras brillantes, o con llamas bajas…

– Vamos, Morgie, despierta. ¡Tenemos que continuar! -le dijo Lori. Su amiga le tiró del brazo al pasar a su lado.

Ella se zafó y siguió hacia delante, hasta que estuvo de nuevo en el principio del grupo. El guía se detuvo un poco más adelante. Habían llegado a una cavidad enorme, y a cada lado del camino que ellos debían seguir había montones enormes de piedras planas. Antes de que el guía comenzara a hablar de nuevo, Morrigan ya sabía lo que iba a decir.

– Esta es la parte más profunda de la cueva.

– ¡Exacto! -dijo Kyle, sonriendo a Morrigan. Aquella sonrisa la tomó por sorpresa, y ella se la devolvió nerviosamente.

Hasta aquel momento, no tenía ni idea de que había hablado en voz alta. Entonces, se quedó más sorprendida aún, al ver que el guía se ruborizaba, como si su sonrisa lo hubiera desarmado, y se daba la vuelta para dirigirse al resto del grupo.

– Como ha dicho la joven, ahora estamos en la parte más profunda de la cueva. De suelo a techo hay diecisiete metros, lo cual nos sitúa a veintisiete metros por debajo de la superficie de la tierra.

«¿La joven?», se preguntó Morrigan. «Él no debe de ser mucho mayor que yo».

A su lado, Lori se abrazó a sí misma y susurró:

– Me da escalofríos pensar en que estamos a veintisiete metros por debajo de la superficie. Esto sí que es una tumba profunda.

– No, no es eso en absoluto -dijo Morrigan, paseando la mirada por aquel lugar mágico-. No da miedo. Es bello, y completamente seguro.

¿«Seguro»? ¿Por qué había dicho eso?

Lori se dirigió hacia Kyle.

– Kyle, mi amiga dice que la cueva es completamente segura. ¿Qué dices tú?

– Bueno, no es segura al cien por cien.

Todos los integrantes del grupo, salvo Morrigan, se sobresaltaron un poco al oír aquello, así que el guía continuó apresuradamente:

– Conmigo están a salvo hoy. Pero la verdad es que esos enormes bloques de yeso que hay en el suelo, cerca de la entrada, y aquellos otros -dijo Kyle, señalando las piedras que había a cada lado de camino-, cayeron del techo de la cueva. La última vez que ocurrió algo similar fue en Navidad. Afortunadamente, en ese periodo las cuevas permanecen cerradas.

– ¿Y cómo se sabe que hoy no va a caer ninguna? -preguntó Lori.

– Tenemos monitores que revisan el techo diariamente. Si hay algo suelto, cerramos esa zona de las cuevas. No ha vuelto a soltarse nada desde diciembre.

Uno de los hombres de mediana edad del grupo, que tenía una gran barriga, soltó un resoplido.

– Tú no tendrás más de… dieciocho años. ¿No debería decirnos esto otra persona, como por ejemplo tu jefe, antes de seguir?

Morrigan pensó que Kyle se aturullaría y se ruborizaría, pero se quedó impresionada al ver cómo él respondía al hombre.

– Señor, yo soy el jefe. Soy el miembro más antiguo del grupo que trabaja aquí. Llevo seis años empleado en el parque, y en la actualidad, estoy terminando el proyecto final para licenciarme en Geología. No se preocupe, están seguros conmigo.

– Oh, entonces, bueno… -dijo el señor gordo, avergonzado, y todas las mujeres del grupo lo miraron con petulancia, eligiendo como favorito al joven y guapo geólogo por delante de él.

Morrigan tuvo ganas de decir que ella ya lo sabía, pero en realidad, Kyle no estaba de acuerdo con ella al cien por cien…

«Siempre es seguro para aquéllos que tienen afinidad con la tierra… si las piedras te hablan y te dicen cuándo y dónde van a caer…».

Aunque normalmente no lo hacía, Morrigan escuchó aquella voz que le resonó por la mente. Allí, en el útero de la tierra, la voz parecía maternal, inofensiva. Y ella se sentía tan bien allí… como si aquél fuera su sitio. Tal vez, la misma tierra la estuviera aislando de los susurros del dios oscuro. Tal vez allí, podía estar segura de que sólo escuchaba la voz de su madre.

– Justo después de esta curva vamos a entrar en los que llamamos la Sala del Campamento -dijo Kyle. El grupo había empezado a moverse otra vez, y él encendió otro conjunto de luces cegadoras-. Es posible que la gente usara esta sala como refugio, aunque nosotros no hemos hallado señales de ocupación. Está muy cerca de la entrada, así que es accesible. El suelo es llano, y las paredes tienen formaciones en plataforma. Además, hay un riachuelo que discurre por aquí, al otro lado de la cavidad, y trae agua fresca.

– Vaya. ¿Acampar aquí? Hace demasiado frío -dijo Lori con un estremecimiento-. Empeora algo de por sí horrible, como es una acampada.

– En realidad, la temperatura del interior de la cueva siempre se mantiene alrededor de los quince grados centígrados, en verano y en invierno -explicó Kyle.

– A mí me sigue pareciendo muy frío -murmuró Lori.

La queja de su amiga hizo que Morrigan se diera cuenta de que todo el mundo se había puesto el jersey o la chaqueta. Incluso Kyle llevaba una chaqueta de color caqui con el logotipo del Parque Estatal de Las Cuevas de Alabastro en el bolsillo delantero. Ella todavía tenía el jersey en la mano, porque no tenía frío. Se sintió tan falta de sintonía con los demás como siempre, y rápidamente, se colocó el jersey sobre los hombros.

– Esas rocas son muy bonitas -dijo Gena-. Mirándolas casi se me olvida que aquí viven murciélagos.

Morrigan siguió con la mirada la dirección que le indicaba su amiga, y vio una enorme piedra redonda sobre la cual brillaba un punto rosa. La piedra, redondeada por la erosión, resplandecía bajo aquella luz chillona.

– Es la piedra más grande de las cuevas, y es de selenita.

– La selenita no es rosa -dijo Morrigan.

Kyle la miró con sorpresa.

– Tienes razón, la selenita no es rosa. Eso es sólo nuestra iluminación creativa. Si te acercas a ella, o si miras la parte posterior, comprobarás que es transparente como el cristal. En realidad, es tan clara y tan fácil de cortar que los pioneros usaron láminas de esta piedra para ponerles ventanas a sus casas.

Sin pedir permiso, Morrigan se salió del camino bien marcado que debían seguir los grupos de visita y se acercó a la piedra. Vio con facilidad la transparencia de cristal de aquella roca. La tocó. Era suave y estaba fría. Morrigan posó la palma de la mano en la superficie.

– Eres muy bonita. No necesitas esa luz rosa tan tonta.

La superficie tembló como la piel de un animal.

«Bienvenida, Portadora de la Luz».

Aquellas palabras no estaban en el viento, a su alrededor, como las voces familiares que siempre había oído. Parecía que aquellas palabras habían viajado a través de la palma de la mano, de su piel, y que le habían anegado el cuerpo. Morrigan soltó un gritito y retrocedió con tanta brusquedad que se resbaló en el suelo húmedo y tuvo que agitar los brazos para no caerse.

Alguien la agarró con fuerza para que no perdiera el equilibrio.

– Cuidado. Ahí está muy resbaladizo.

Morrigan asintió y le dio las gracias a Kyle mientras volvían al camino. El sonrió tímidamente y le hizo un gesto al grupo para que continuara adelante. Mientras avanzaban, a Morrigan le trabajaba febrilmente la cabeza. ¿Qué estaba ocurriendo? No era posible que hubiera notado que la piedra se movía. Y aquella voz sólo podía ser la que ella llevaba oyendo toda la vida. ¿O acaso su rareza se había apoderado de ella totalmente y se había vuelto loca? Eso significaba que debería ir a un hospital psiquiátrico y no a la universidad.

Cuando Morrigan alcanzó de nuevo el primer lugar del grupo, Kyle se había detenido otra vez para dar más explicaciones sobre las cuevas. Esperó hasta que todo el mundo lo miró con expectación.

– Ésta es la primera de las cúpulas de la cueva. Es fácil ver, en las muescas y los surcos que hay en las rocas, que las cúpulas fueron creadas por remolinos. Antiguamente, estas cuevas estaban llenas de agua. Con los años, el agua dio estas formas únicas a las paredes. Hoy, claro está, lo único que queda de aquel río bravo es el riachuelo que corre paralelo a nuestro camino y un lago poco profundo que verán después.

A Morrigan, aquella cúpula le parecía bella y misteriosa, pero también familiar. ¿Cómo era posible? Era como si la conociera antes de que Kyle les hubiera llamado la atención sobre ella. Sin embargo, Morrigan nunca había estado en aquella cueva, ni en ninguna otra.

Mirando hacia arriba, Morrigan caminó lentamente hacia el borde del camino, donde la suave pared estaba adornada con cristales de selenita. Tenía ganas de pasar la mano por aquella superficie brillante. En realidad, sentía un impulso irrefrenable de tocarlo. Sin embargo, vaciló, temerosa y ansiosa al mismo tiempo.

– Ésta es mi parte favorita de la visita -dijo Kyle, y el tono de humor de su voz llamó la atención de Morrigan. Se volvió para mirarlo, y se dio cuenta de que él estaba con el resto del grupo, junto a otra de las cajas de luz-. Vamos a experimentar la oscuridad completa. Sólo van a ser sesenta segundos, pero será un minuto muy largo. El ojo necesita la luz para funcionar bien. Si vivieran en la oscuridad durante seis semanas, se quedarían ciegos. ¡Vamos a probar un poco de eso ahora!

Kyle apagó las luces, y la oscuridad se hizo densa e impenetrable.

Oyó suaves grititos de miedo fingido a medias, pero ella permaneció tranquila. En la oscuridad completa, parecía que sus sentidos se expandían, que su cuerpo era líquido y que podía ser absorbido por la materia de las cuevas.

Morrigan se dio cuenta de que aquello debería asustarle, pero en realidad, no le asustaba nada en absoluto.

Posó la mano contra la pared fría de la cueva, y sintió los cristales de selenita mezclados con el alabastro.

«Portadora de la Luz…».

Aquel nombre vibró en los cristales de selenita, que comenzaron a resplandecer. Morrigan apartó la mano de la pared y se la metió en el bolsillo del pantalón. El cristal se volvió oscuro de nuevo.

Cuando las luces se encendieron de nuevo, Morrigan intentó relajarse, hizo rotar los hombros y se reunió con sus amigas para continuar el itinerario.

– Tengo frío -dijo Jamie-. Me pregunto cuánto queda para terminar.

– El camino tiene más o menos medio kilómetro -dijo Morrigan distraídamente, y se preguntó por qué demonios lo sabía.

– Bien. Así que no nos queda demasiado -dijo Lori.

– ¿Eso era un murciélago? -preguntó Gena, que estaba mirando hacia las formaciones de la cúpula-. Creo que acabo de ver un murciélago.

Morrigan le dio la vuelta a su parloteo. A medida que avanzaban, pasó las yemas de los dedos todas las veces que pudo por la pared húmeda de la cueva. Cada vez que su piel rozaba la selenita, sentía una ráfaga de calor en el cuerpo. Sentía algo dentro de las piedras; era como si la cueva tuviera vida propia, y por algún milagro asombroso, la reconociera. La llamaba «Portadora de la Luz». Tenía la sensación de que había salido de Oklahoma y había entrado en otro mundo, y en aquella ocasión, a un mundo al que sí pertenecía. Sin embargo, ¿cómo era posible que se sintiera en casa dentro de una cueva?

Poco a poco, Morrigan notó más calor. Debían de estar cerca de la salida de la cueva. De mala gana, continuó detrás del grupo hasta que todos se detuvieron alrededor de Kyle.

– La salida moderna de la cueva está por allí -dijo Kyle, señalando hacia un lugar en el que el camino torcía suavemente a la izquierda-. Pero ésa es una salida artificial. Antes de que se construyera, la salida estaba aquí -añadió, y dirigió el foco de luz de la linterna hacia un túnel pequeño que se originaba en el camino principal-. Para salir por aquí, la gente tenía que agacharse y meterse por ahí. Hacían la mayor parte del recorrido a gatas, y algunas veces tenían que arrastrarse.

– Ay -dijo Gena-. Eso sí que me da claustrofobia. Preferiría volver a hacer todo el camino de vuelta que tener que hacer eso.

Kyle se rió.

– Gracias a la ingeniería moderna, no tienes por qué hacerlo.

– ¿Podemos utilizar la salida antigua si queremos? -preguntó Morrigan.

Todo el mundo se volvió a mirarla. Sus tres amigas tenían cara de espanto. Sin embargo, Morrigan no se molestó con ellas. Mantuvo la mirada fija en los ojos azules de Kyle.

– ¿No crees que te dará claustrofobia?

– No. Me gustaría usar la salida que preparó la Madre Naturaleza -dijo, y rebuscó en su bolso-. Además, tengo esto.

Kyle sonrió.

– Claro, adelante. Normalmente yo uso esa salida cuando no estoy guiando a un grupo -dijo, y miró al resto de los visitantes-. ¿Alguien quiere unirse a la señorita aventurera?

Todos se rieron y negaron con la cabeza. Lori iba a protestar, pero Morrigan la ignoró, encendió la linterna y pasó por delante de sus amigas, que la miraban boquiabiertas.

– Sólo tienes que llevar la linterna delante de ti y avanzar. No es muy largo. Nos veremos a unos diez metros de aquí, justo antes de la salida trasera -dijo Kyle, y sonrió-. Que te diviertas.

– Gracias -respondió Morrigan, devolviéndole la sonrisa, y preguntándose qué edad tenía.

Al principio, ella había pensado que era muy joven, pero él le había dicho al señor gordo que estaba terminando la carrera, así que debía de tener veintitantos años. Morrigan esperaba que fuera mayor. Los chicos jóvenes le daban dolor de cabeza. El último chico con el que había salido tenía diecinueve años, y por supuesto, se comportaba como si tuviera trece. Claro que eso no era una sorpresa para ella; se sentía muchos años mayor que sus amigas, y siglos mayor que los chicos con los que salían.

– ¿Vas a cambiar de opinión? No pasa nada.

Morrigan se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado absorta.

– ¡Oh, no! No, no voy a cambiar de opinión. Sólo estaba esperando a que me dijeras que puedo continuar.

– Oh -dijo Kyle, y se ruborizó de nuevo. A Morrigan le pareció que sus mejillas rosadas le daban un aspecto adorable-. Ya puedes salir.

– Muy bien, entonces. Nos vemos al otro lado -dijo Morrigan.

Se puso a gatas, encendió la linterna y entró al túnel, alejándose de las miradas de curiosidad del resto del grupo.

<p id="_Toc287304531">Capítulo 4</p>

El túnel daba un giro brusco hacia la derecha. Morrigan siguió avanzando, y la cueva se la tragó. Sabía, por lógica, que estaba a pocos metros del resto del grupo, y que si se daba la vuelta, regresaría al camino bien señalado e iluminado. Sin embargo, la lógica tenía poco que ver con todo lo que había sentido desde que había entrado en la cueva. El túnel era estrecho y suave, y hacía un fresco muy agradable. Siguió gateando y disfrutando del sentimiento de protección que le producía aquel espacio reducido. Cuando el túnel se ensanchó lo suficiente como para que pudiera ponerse en cuclillas, se detuvo y extendió los brazos. Posó ambas manos en cada uno de los lados del túnel. Acarició la piedra, concentrándose y sintiendo cuidadosamente. Sí… sólo con tocar, sin mirar, sabía cuándo estaba rozando cristales de selenita.

«Portadora de la Luz…».

El nombre vibró por todo su cuerpo, y Morrigan sintió una ráfaga de excitación.

– Hola… -susurró con vacilación.

«Te oímos, Hija de la Diosa».

A Morrigan se le aceleró el corazón. ¿Hija de la Diosa? ¡Los cristales pensaban que ella era hija de una diosa! Sin embargo, el entusiasmo que le produjo aquella idea se desvaneció rápidamente. ¿Qué pasaría si los cristales supieran que se equivocaban? Ella no era hija de ninguna diosa. Sólo era una chica huérfana que tenía una familia extraña. Estaba segura de que, al igual que sus abuelos, su madre, Shannon, había creído que los árboles, las piedras y todos los componentes de la naturaleza, en general, tenían alma, y que un dios o una diosa no podían quedar confinados en un edificio. Sin embargo, Shannon Parker no era ninguna diosa. Su muerte era la prueba que Morrigan necesitaba para saberlo.

«Abraza tu legado».

Aquellas palabras no provenían de las piedras, pero le llegaron con familiaridad a través del aire fresco de la cueva. Morrigan susurró y murmuró:

– Me resulta difícil abrazar mi legado cuando ni siquiera sé lo que significa.

«Significa que estás tocada por lo divino».

Aquella respuesta inmediata dejó asombrada a Morrigan. Las voces del viento nunca le respondían. Nunca había tenido una conversación con ellas. Eran, normalmente, pensamientos que oía al azar, como si estuviera escuchando una conversación ajena. Sintió aprensión, pero la paz y el sentimiento de acogida que le proporcionaba la cueva superaron el agobio que le había producido aquella desviación de lo que consideraba normal.

– Estoy tocada por lo divino… si eso es cierto, entonces los cristales me reconocen de verdad -pensó. Extendió los dedos contra la piel de la cueva y se concentró-. Hola -dijo suavemente-. Gracias por reconocerme.

Al instante, comenzaron a calentársele las palmas de las manos. Los cristales temblaron y el calor se intensificó, y la roca de las paredes comenzó a resplandecer. Morrigan estaba muy intrigada, completamente concentrada en la luz que estaba creando. Era diferente de la pequeña llama que había brotado de sus manos. Aquélla nunca duraba mucho, y la dejaba sin aliento, un poco mareada.

Encender aquellos cristales hacía que se sintiera poderosa.

Sabía, sin ninguna duda, que podía apagar la linterna y crear tanta luz como para poder guiarse. Y no sólo estaba creando luz, sino también calor. Su piel estaba caliente. Era como si hubiera encontrado una fuente de poder a la que sólo ella podía acudir, y que vivía en los cristales de las cuevas.

– ¡Eh! ¿Estás bien ahí dentro?

Al oír la voz de Kyle repentinamente, Morrigan dio un respingo. Apartó las manos de las paredes del túnel, pero los cristales permanecieron encendidos. Ella los miró sobrecogida.

– ¡Sí! ¡Disculpa! -gritó Morrigan hacia el final del túnel-. Sólo me he parado para observar algunos de los cristales.

– Bueno, el grupo ya ha salido. Te estamos esperando -respondió él.

La selenita iluminada era preciosa, y hacía brillar el alabastro que la rodeaba, de modo que aquella parte del túnel resplandecía suavemente con una luz blanca, pura.

– ¿Morrigan? -la voz de Kyle sonó más cercana, y ella salió de su estado de trance y reaccionó.

– ¡Ya voy!

Se puso a gatas nuevamente y tomó la linterna. Justo antes de que tomar otro giro del túnel, que se abría a la salida, Morrigan miró hacia atrás. La luz de los cristales se estaba desvaneciendo, y mientras ella observaba, parpadeó poco a poco, y se apagó. Morrigan recorrió apresuradamente el resto del camino.

Kyle la estaba esperando.

– Siento haber tardado tanto -dijo ella-. No quería tener esperando a todo el mundo. Es que los cristales eran tan bonitos a la luz de la linterna que me distraje.

– Sí, sé a lo que te refieres -dijo el guía, mientras le hacía una seña para que ella lo siguiera hacia el exterior de la cueva.

Al salir a la superficie, sintió todo el calor de Oklahoma oprimiéndola, y vio el azul del cielo extendiéndose sin fin por encima de su cabeza. Tuvo tal sensación de pérdida al no estar ya en el interior de la cueva que estuvo a punto de echarse a llorar.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Aquí estás! -dijo Gena mientras Morrigan y Kyle se aproximaban al trolebús en el que esperaban todos.

– Está sana y salva -le dijo Kyle al grupo, y después sonrió a Morrigan-. Es una espeleóloga nata, lo cual significa que hay que sacarla a rastras de las cuevas.

– ¡Pues para ustedes dos! ¡Para mí es demasiado oscuro y claustrofóbico! -exclamó un hombre de mediana edad, cuya esposa asintió con tanto vigor, que varios de los miembros del grupo se echaron a reír.

Morrigan, aliviada al ver que el hombre había desviado la atención de ella, sonrió a Kyle con agradecimiento y subió al trolebús con los demás. Sus amigas le hicieron sitio mientras Kyle se sentaba tras el volante. Morrigan sólo quería volver a la cueva. Se agarró con fuerza al asiento para no bajarse. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué se sentía así?

– Bueno… -le susurró Lori con una sonrisa cómplice-. Dime la verdad. Has hecho todo eso para conseguir quedarte a solas con ese guía tan guapo, ¿a que sí?

– Sí, claro -respondió Morrigan automáticamente.

– Creo que le gustas -susurró Jamie-. No dejaba de mirarte. Es guapísimo. Si no le pides el teléfono, es que eres tonta.

– No sé si es lo suficientemente mayor. Ya sabéis que estoy harta de los chicos jóvenes -dijo Morrigan.

Lori soltó un resoplido.

– Tú eres mayor. Siempre has sido mayor.

Morrigan miró a Lori a los ojos. De repente, odiaba a sus amigas con una intensidad que la dejó sin respiración. Odiaba estar rodeada de chicas tontas que no tenían preocupaciones verdaderas, y ni la más mínima idea de lo que era sentirse desplazada siempre.

– Tienes razón. Siempre he sido mayor -respondió lacónicamente.

Después volvió la cabeza y miró hacia la cueva, mientras Lori, Gena y Jamie hablaban sin parar de lo guapo que era Kyle, tan rubio y tan alto.

Morrigan tenía que volver a casa rápidamente para poder hablar con las dos únicas personas que la entendían. Tal vez pudieran ayudarla a encontrarle sentido a todo lo que había ocurrido aquel día.

«Y tal vez haya cosas que no te han contado sobre tu madre…».

En aquella ocasión, Morrigan escuchó.

<p id="_Toc287304532">Capítulo 5</p>

– Tenemos que hablar.

Sus abuelos la miraron a la vez. Estaban en su sitio de costumbre para pasar las veladas nocturnas, sentados el uno junto al otro en mecedoras gemelas, leyendo y haciendo caso omiso de la televisión. La abuela se había servido una copa de vino tinto. El abuelo se estaba tomando un café descafeinado.

– Cariño, ¿no querían entrar las chicas? He hecho tarta de cereza.

– No, las he llevado a casa. Tengo que hablar con vosotros.

Su abuelo se quitó las gafas de leer.

– ¿De qué se trata, Morgie?

– En las cuevas me ha pasado algo muy raro -dijo ella. En vez de sentarse en su sitio de siempre, se paseó de un lado a otro. Estaba llena de energía nerviosa, y no sabía por qué.

– Cuéntanoslo, cariño -dijo la abuela.

– De acuerdo. Empezó con la reacción que tuve al entrar en las cuevas. Me sentí como en mi verdadero hogar. Era como si ya hubiera estado allí… No. No lo estoy describiendo bien. Cuando entré en la cueva, era como si aquél fuera mi sitio, como si yo perteneciera a aquellas rocas. Ya sabéis que algunas veces me siento fuera de lugar -dijo, y sus abuelos asintieron. Lo entendían bien; la habían ayudado durante toda la vida-. No me sentí así en la cueva.

– Bueno, cariño, siempre te ha encantado estar al aire libre. Supongo que tiene sentido que tengas una reacción positiva a algo como relacionado con la tierra -dijo la abuela.

– Eso es lo que yo me dije al principio. Sin embargo, pasaron otras cosas que me dieron a entender que hay algo más. No es sólo que me guste la tierra.

– ¿Qué más pasó? -preguntó su abuelo.

– Los cristales de la cueva me llamaron «Portadora de la Luz» y me dieron la bienvenida. Y yo hice que resplandecieran.

Nadie dijo nada durante varios segundos. Morrigan se agarró las manos con fuerza y esperó. La abuela habló primero.

– Querida, ¿quieres decir que le transmitiste el fuego de tus manos a los cristales?

Morrigan negó con la cabeza.

– No, no fue así. Fue como si el fuego ya estuviera dentro de los cristales, y cuando los toqué, yo lo encendí.

– ¿Lo vieron tus amigas?

– No. Nadie lo sabe.

– Morrigan, cuando dices que los cristales te dieron la bienvenida y te llamaron «Portadora de la Luz», ¿te refieres a las voces del viento? -inquirió el abuelo.

– No. Fue muy diferente. ¡Fue increíble, abuelo! Toqué los cristales y cobraron vida. Sentí cómo temblaban, como si estuviera acariciando a un animal. Y entonces, a través de la mano, noté que me daban la bienvenida. No era una de las voces del viento. Era la voz de mi alma. Si mantenía la mano sobre los cristales, comenzaban a calentarse y a resplandecer.

Se sorprendió al ver una tristeza repentina en los ojos de su abuelo. Él le dio unos golpecitos en la palma de la mano y se giró hacia su esposa.

– Creo que ha llegado el momento de que se lo contemos todo -dijo.

– Lo sé -dijo la abuela.

A Morrigan se le encogió el corazón, y de repente, tuvo ganas de retirar todo lo que había dicho. Las palabras de su abuelo le daban miedo, y en lo más profundo de su alma sabía que después de que oyera lo que iban a decirle nunca volvería a ser la misma.

– Siéntate, cariño. Tengo que contarte una historia.

Morrigan se sentó en un taburete, frente a sus abuelos, y se mantuvo en silencio.

– ¿De qué se trata, abuelo?

– Tu madre no era Shannon.

Las palabras eran muy sencillas. La frase, muy corta. Sin embargo, para Morrigan, la voz de su abuelo se había convertido en un arma, y lo que le había dicho le había causado un dolor físico tan agudo que se estremeció.

– Cariño, no te asustes. No va a pasar nada -dijo la abuela. La abuela reaccionó ante su dolor, como hacía siempre, pero Morrigan no apartó los ojos de su abuelo.

– No entiendo lo que quieres decir. ¿Cómo que Shannon no era mi madre?

– Hace diecinueve años, Shannon fue a la subasta de una finca en el campo. En aquella subasta compró un ánfora, porque pensaba que era la reproducción de una antigua ánfora celta. En realidad, era el talismán de otro mundo, Partholon. Es un mundo parecido al nuestro, en el que incluso hay gente que es exactamente igual que la gente de nuestro mundo. Salvo que, en Partholon, la magia era real, y la diosa Epona era, o más bien es, la deidad principal.

– Epona… -susurró Morrigan.

– Sí. Fue Rhiannon, la Suma Sacerdotisa de Epona, su Elegida, la que envió ese talismán aquí, a Oklahoma, como cebo para atrapar a Shannon. Shannon y ella eran el reflejo la una de la otra. Eran tan parecidas que no había manera de distinguirlas, y por eso, la Suma Sacerdotisa pensó en intercambiar su lugar con el de Shannon. A través de aquella ánfora, Shannon fue transportada a Partholon y Rhiannon vino a Oklahoma.

– Pero ¿por qué? No lo entiendo. ¿Para qué quería venir la Suma Sacerdotisa de una diosa aquí?

– Rhiannon sabía que Partholon iba a sufrir la invasión de un ejército de demonios, así que le pareció buena idea marcharse.

– Eso no está bien. Si era la Suma Sacerdotisa, debía quedarse allí para ayudar a su pueblo.

– Sí, es cierto. Pero Rhiannon MacCallan era egoísta y caprichosa, y prefirió hacer lo más fácil, no lo correcto. Además, este mundo le atraía, junto con el poder que podía conseguir en él.

La abuela se inclinó hacia ella.

– Pero una de las razones por las que Rhiannon actuó así es que el dios oscuro le susurraba cosas para envenenarle el espíritu.

Morrigan entendió muchas cosas al oír aquello. Por eso, sus abuelos le advertían siempre que no escuchara a las voces que oía, aunque una de ellas pudiera ser la de su madre. Su madre…

– No hubo nadie que le dijera a Rhiannon que Pryderi era un dios oscuro. No se dio cuenta de que su infelicidad y los malos pensamientos que le invadían la mente estaban manipulados por el mal.

– Nadie se lo dijo, y ese mal acabó por consumirla -continuó el abuelo.

– ¿Y cómo sabéis vosotros todo esto? -preguntó Morrigan.

El abuelo respiró profundamente y exhaló un largo suspiro.

– Porque Rhiannon usurpó la vida de Shannon.

– No, no es así -dijo la abuela-. Rhiannon no se parecía en nada a Shannon, y no pudo usurpar su vida.

– Tu abuela tiene razón. Rhiannon no se hizo con la vida de Shannon, tal y como Shannon se hizo con la suya en Partholon. Rhiannon cambió y retorció las cosas, porque siempre estaba buscando más. Más poder. Más dinero. Más, costara lo que costara.

– Así conoció a tu padre.

Morrigan se volvió hacia su abuela.

– Clint Freeman.

– Sí, cariño.

– Era un hombre bueno. Tenía un vínculo con la tierra -dijo el abuelo, sonriéndola-. Creo que de ahí viene tu amor por la tierra. A él lo fortalecía físicamente. Shannon nos contó que Clint era el reflejo del Sumo Chamán de Partholon, con el que ella se había casado en lugar de Rhiannon.

– Espera. No lo entiendo. Has dicho que Rhiannon estaba aquí, y que Shannon estaba allí. Y ahora dices que Shannon os contó cosas. Entonces, ¿ella habla contigo desde Partholon?

– Bueno, lo ha hecho algunas veces, pero no muchas. La mayoría de las veces sueño con ella, y sé que lo que veo es real. Sin embargo, no es así como me enteré de que existía Partholon. Shannon volvió una vez a Oklahoma. Clint la trajo para intentar intercambiarla de nuevo por Rhiannon. Los tres coincidieron aquí durante unas semanas, porque Rhiannon resucitó a un demonio para utilizar su poder, y lo dejó suelto en este mundo.

– ¿Eso es lo que mató a mi padre?

– No -respondió el abuelo lentamente-. Tu padre se sacrificó para poder detener a Rhiannon. Con su sangre la aprisionó mágicamente en el interior de un árbol, y al mismo tiempo, envió a Shannon de vuelta a Partholon para que ella pudiera estar con su marido, el padre de su hija, que todavía no había nacido.

– ¿Y Rhiannon estaba embarazada de mí?

– Sí.

– Rhiannon es mi madre, y no Shannon.

– Sí. Tu madre es Rhiannon.

– Y vosotros sois los padres de Shannon. No los padres de Rhiannon.

En vez de responder, el abuelo dijo:

– Deberías saber que durante tu nacimiento había presente un chamán choctaw. Él te trajo con nosotros, y nos dijo que, antes de morir, Rhiannon rechazó al dios oscuro y se reconcilió con Epona.

A través de los zumbidos que tenía en la cabeza, Morrigan apenas podía oír lo que él le estaba diciendo.

– Por eso siempre me he sentido fuera de lugar. Es porque no estoy en mi sitio. No pertenezco a este mundo. Y no os pertenezco a vosotros.

– Pero cariño, ¡claro que sí! ¡Eres nuestra niña!

Morrigan negó con la cabeza.

– No. Soy la hija de Rhiannon MacCallan. Y ella no es vuestra hija. Mi madre no era Shannon, la mujer cuyas fotografías me habéis estado enseñando, y sobre quien me habéis estado contando historias durante toda la vida. Soy hija de Rhiannon.

Su voz sonaba extraña. Su tono era de enfado, de acusación. Vio que el dolor le oscurecía los ojos a su abuela y se los llenaba de lágrimas, pero no podía contenerse.

– Soy hija de una mujer tan mala que el padre de su hija se sacrificó para salvar al mundo de ella. Y de mí. Se mató para mantenerme alejada del mundo a mí también, porque yo era hija de Rhiannon, y por lo tanto, tal vez fuera como ella.

– No, Morrigan. Tú no eres como ella -dijo el abuelo con firmeza.

A Morrigan le latía el corazón con tanta fuerza que le hacía daño en el pecho.

– ¿Cómo se liberó Rhiannon de la magia? ¿Cómo nací yo? ¿La liberó Pryderi?

– Sí, la liberó el dios oscuro, pero Epona la perdonó.

– Y por eso me advertisteis que algunas de las voces que oía con el viento podían ser malvadas. Es porque mi madre era mala y escuchó a ese dios, así que es lógico que yo lo haga también.

– Cariño, queríamos asegurarnos de que estabas en guardia, de que no te hicieran daño las mismas cosas que tentaron y engañaron a Rhiannon -le dijo su abuela.

– Morrigan, escúchanos. Tú no eres mala, y ése no es el motivo por el que te hemos advertido. Tú eres como Shannon, no como Rhiannon.

– Pero yo no soy hija de Shannon. Habéis dicho que estaba embarazada al mismo tiempo que Rhiannon. Ella tiene a su hija en Partholon, ¿no?

– Sí. Shannon tiene una hija en Partholon -dijo su abuelo.

– Entonces, hay dos de nosotras, como Shannon y Rhiannon. Es irónico. Yo soy la que debería haber nacido allí, la que pertenece a aquel mundo. O no. Tiene una madre, y tienen que estar juntas. Soy yo la que está fuera de lugar en todas partes.

«Tú tienes la cueva y tienes tu herencia…», dijo alguien en el aire, alrededor de Morrigan.

– No soy tu nieta. No soy quien siempre he pensado que era -dijo, mientras empezaba a retroceder para salir de la casa.

– Claro que eres nuestra nieta. Esto no cambia nada. El único motivo por el que te hemos contado todo esto es que es evidente que estás empezando a mostrar los poderes de una diosa. Eso significa que Epona debe de estar contigo, incluso aquí, en Oklahoma -dijo el abuelo, hablándole suavemente, como si fuera una potrilla asustada.

– Es bueno tener cerca a Epona -dijo la abuela, sonriendo a través de las lágrimas-. Estoy segura de que la diosa tiene un plan para ti.

– ¿Y si no es Epona la que está cerca de mí? ¿Y si Pryderi me considera suya y ése es el motivo por el que oigo voces, y puedo hacer fuego, y los cristales me hablan y resplandecen cuando los toco?

– Pryderi no te ha marcado. Tú no eres mala, Morgie -dijo con ternura el abuelo.

A Morrigan se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Tú dices eso, pero no lo sabes con seguridad. Y yo tengo que saberlo con seguridad. Pase lo que pase, ya es hora de que acepte mi destino.

Se dio la vuelta y salió corriendo de la casa.

Sus abuelos corrieron a la puerta y la vieron alejándose por la carretera, en su Old Red.

– Lo superará -dijo mamá Parker, enjugándose las lágrimas de las mejillas-. Se le pasará el enfado, y volverá a casa, y todo se arreglará, ¿verdad, querido?

Richard la rodeó con un brazo.

– Eso espero. Morgie es una buena chica. Sólo está asustada, y en este momento, muy enfadada con nosotros.

Volvieron a sus sillas. Richard se movió lentamente, porque sentía la edad más que de costumbre. Intentó concentrarse otra vez en el libro que estaba leyendo, pero no pudo. Miró a mamá Parker. Ella estaba mirando por la ventana.

– Es una buena chica -repitió.

Su mujer asintió.

– Lo sé. Es que… creo que es demasiado para que pueda asimilarlo de una vez, y es tan joven…

Richard suspiró:

– Sí… sí… sí… -murmuró, y se irguió en la silla-. ¡Demonios!

– ¿Qué ocurre, cariño?

– Morrigan dijo algo de que había llegado la hora de aceptar su destino. ¿La habías oído decir algo así en sus dieciocho años de vida?

Mamá Parker hizo un gesto negativo con la cabeza.

– No, pero suena como algo que haya podido susurrarle Rhiannon -dijo.

– O Pryderi.

Richard se levantó y comenzó a ponerse los zapatos.

– Dijera lo que dijera aquel chamán indio, yo sigo dudando que haya alguna diferencia entre los dos.

– ¿Vamos a ir a buscar a Morrigan?

– Sí, claro que vamos a ir.

– Oh, bien, querido. Me siento muy aliviada -dijo mamá Parker, y se apresuró a recoger las llaves de la camioneta-. ¿Sabes adónde ha podido ir?

– Si no me equivoco, y sigue escuchando esos malditos susurros, ha vuelto a la cueva.

– Al lugar donde sus poderes se intensifican -dijo mamá Parker.

Richard gruñó.

– Sí. Lo que yo creo es que Morrigan tiene un poder que ellos quieren.

Mientras tomaba el viejo termo de uno de los armarios de la cocina y lo llenaba de café, pensó con ironía que, en lo referente a sus chicas, casi siempre acertaba. Lo cual no siempre había sido una buena cosa.

<p id="_Toc287304533">Capítulo 6</p>

Partholon

– Eh, disculpa, Myrna. ¿Qué es lo que acabas de decir? A mí me ha parecido que decías que estás embarazada del trol y que te vas a casar con él, pero no sé si lo he oído bien.

– Me has oído bien, mamá. Salvo por la parte de que Grant es un trol. Sabes que te he pedido cientos de veces que dejes de llamarle eso.

– Es bajo, tiene la cabeza plana y la mordida cruzada. Para mí, eso es ser un trol.

– ¿De veras? Pues en realidad, es el futuro marido de tu hija, y padre de tu nieto.

Yo miré a mi alrededor, como si fuera a aparecer alguien por detrás de los rosales de mi maravilloso jardín.

– Tienes una hija, que se supone que está en el Templo de la Musa, culturizándose y aprendiendo a ser elegante, pero que en vez de eso está fornicando con un trol y…

– ¡Rhea! ¡Myrna! Aquí estáis.

Alanna entró en el jardín y se colocó entre mi hija y yo. Antes de que yo tuviera oportunidad de empezar de nuevo, oí unos sonidos de cascos que se acercaban, lo cual quería decir que se acercaba ClanFintan, mi marido y padre de la culpable. Me di la vuelta y comencé a cortar, tal vez demasiado vigorosamente, rosas violetas para hacer un ramo, e ignoré a mi amiga y a mi hija.

Noté que Alanna me miraba. Después se encogió de hombros y se abrazó a Myrna.

– ¡Mi dulce niña! Grant me ha dicho que has llegado esta mañana. Qué sorpresa. No te esperábamos hasta el invierno.

Yo solté un bufido al oír el nombre del trol, pero la llegada de ClanFintan amortiguó el sonido.

– ¡Papá!

No tuve que darme la vuelta para saber que Myrna se había lanzado a los brazos de su padre. Lo adoraba. «Como tú, Amada».

Mentalmente, hice un gesto de exasperación hacia mi diosa y murmuré:

– Vamos a ver lo que dice su querido papá de la noticia tan buena que va a darle.

«Paciencia, Amada».

Me di la vuelta y me crucé de brazos, mientras veía a ClanFintan con una sonrisa resplandeciente de padre orgulloso.

– Mi corazón está completo de nuevo, ahora que tengo a mis dos chicas conmigo.

Él me miró a los ojos, y su sonrisa me incluyó. Durante un segundo, olvidé que mi hija acababa de volverme loca. Sólo pude pensar en que después de veinte años, él era más guapo incluso que cuando lo conocí, y que aquellos años sólo me habían hecho quererlo más.

Entonces, recordé la razón por la que Myrna nos había hecho aquella visita sorpresa.

– Dile a tu padre por qué has venido a casa. Seguro que entonces no va a estar tan contento de verte -dije.

Myrna me miró con el ceño fruncido.

– No tienes por qué enfadarte, mamá. Esto es algo bueno.

Yo resoplé.

ClanFintan me miró con su cara de «deja que me encargue yo». Entonces, alcé las manos en una señal de rendición y él miró a Myrna.

– ¿Qué has hecho que haya molestado tanto a tu madre, Myrna?

– ¡Estoy embarazada, papá! ¡Y Grant y yo vamos a casarnos!

Oí que Alanna inhalaba una bocanada de aire bruscamente. ClanFintan nos miró a mi hija y a mí alternativamente.

– Te lo dije -le advertí.

– ¿Y dónde está Grant? -preguntó ClanFintan con severidad.

– Papá, está esperando a que yo os dé primero la noticia, y después se reunirá con nosotros.

ClanFintan arqueó una de sus cejas negras.

– ¿Y por qué no ha venido primero a vernos a tu madre y a mí para pedirnos permiso para casarse contigo? Eso hubiera sido lo más honorable.

– Porque no es tonto. Cualquiera con sentido común os tendría miedo. Sin embargo, aunque esté tan asustado, quería venir conmigo. Yo no se lo he permitido. Sabía que era mejor que yo hablara con vosotros primero.

– Muy bien. Has hablado con nosotros. Ahora ve a buscarlo para que tu papá pueda darle una buena tunda -dije yo agradablemente.

– ¿Estás segura de que estás embarazada? -preguntó Alanna. Su voz suave sonó extrañamente aguda, y llamó nuestra atención.

– Estoy segura -dijo Myrna con alegría.

Alanna cerró los ojos como si sintiera un dolor agudo. ¿Qué demonios? Cuando los abrió, me miró fijamente con una expresión llena de tristeza.

Entonces, yo lo entendí todo, y lentamente, temblando, retrocedí hasta que encontré el banco de mármol que había detrás de mí. Me senté antes de que me fallaran las rodillas.

– Oh, no… -fue todo lo que acerté a decir. Alanna se acercó a mí y me tomó de la mano.

– ¿Mamá?

– Myrna, estamos hablando del Grant a quien conoces desde niña, ¿no? ¿El hijo único de los McClures, que poseen los viñedos que están junto al templo?

– Por supuesto, mamá. No hay otro Grant -dije.

Vi en sus ojos que ella ya sabía aquello de lo que Alanna y yo acabábamos de darnos cuenta. Siguió hablando, pero mientras hablaba, se acercó a mí.

– Y no hay ningún otro hombre, ni ningún centauro, para mí. Quiero a Grant, y Grant es el padre de mi hijo. Pregúntale a Epona, mamá, ella lo sabe.

Oí la maldición que musitó ClanFintan, y supe que él también se había dado cuenta de lo que implicaba el anuncio de Myrna.

– Mamá… Desde hace mucho tiempo sabes que yo no voy a ser la próxima Elegida de Epona.

– No -susurré entre lágrimas-. No, no lo sabía.

«Escúchala, Amada. Myrna conoce bien su corazón, y acepta su destino».

– Sí. Sabes que Epona nunca me ha hablado -dijo Myrna-. Sé que la diosa me quiere, y yo la quiero a ella. Me encantan los rituales que tú presides, y también las celebraciones de bendición. Pero nunca he tenido el mínimo deseo de ser quien dirigiera esas celebraciones y esos rituales. Y, además, mamá, no tengo ninguna afinidad concedida por la diosa. Los árboles te saludan. Las piedras cantan tu nombre. Tu espíritu viaja durante el Sueño Mágico. Yo no tengo nada de eso, ni siquiera un poco.

Myrna hizo una pausa y se miró el regazo.

– Te quiero, y he intentado ser lo que tú querías que fuera. Pero lo que yo he querido siempre es ser madre, y ayudar a Grant a cuidar sus viñedos -dijo con la voz entrecortada, mientras empezaba a llorar-. Siento haberos decepcionado a papá y a ti.

A mí me dolía el corazón mientras la abrazaba.

– Oh, querida, tú nunca podrías decepcionarnos a tu padre y a mí. Te queremos.

Myrna se aferró a mí y todos los signos de su valor desaparecieron. Sentí que le temblaban los hombros mientras sollozaba. Y entonces, ClanFintan nos abrazó a las dos. Besó a nuestra hija y después me besó a mí.

– Si quieres a ese hombre, tráelo aquí y le daré mi bendición -dijo.

– ¿Me lo prometes? -preguntó Myrna entre lágrimas.

– Tienes el juramento del Sumo Chamán de Partholon -dijo él con solemnidad.

Entonces, Myrna me miró.

– Siento mucho no haber nacido para ser la Elegida de Epona, mamá. Sé que es lo que siempre quisiste para mí.

Yo miré a mi hija a los ojos y supe que, si le decía que estaba abatida porque ella no fuera a seguir mis pasos al servicio de Epona, le haría un daño irreparable. Y yo no podía hacer eso. Así pues, sonreí y me sequé las lágrimas con la manga de la túnica.

– Lo que siempre he querido es que seas feliz. Y si Grant te hace feliz, tendrá mi bendición. Y la de Epona.

Myrna sonrió entonces.

– ¡Oh, gracias, mamá! -exclamó.

Después de abrazarme, salió de la habitación en busca de Grant.

– Una nieta -dijo ClanFintan con un tono de melancolía-. No sabía que iba a ocurrir tan pronto, pero la idea no me resulta desagradable -añadió, y me acarició la mejilla-. Rezaré para que se parezca a su abuela.

– Si acaso es una niña.

Ahora que Myrna se había ido, ya no traté de disimular mi desilusión. Si Myrna hubiera venido a decirme que estaba embarazada y enamorada de uno de los varios Sumos Chamanes centauros que durante aquellos años habían intentando cortejarla, no tendríamos ninguna duda sobre el sexo de su primer hijo. La Elegida de Epona siempre se casaba con un Sumo Chamán centauro que la diosa elegía especialmente para ella. Su primer hijo era un regalo de Epona, y siempre era una niña. Myrna estaba embarazada de un humano común y corriente. Su hija no era un regalo de la diosa porque Myrna no iba a ser su Elegida. Yo tenía que aceptar el hecho de que Myrna no tenía ninguno de los dones que la diosa concedía a sus Encarnaciones, por muy imposible que pudiera parecerme.

«Myrna tendrá una niña sana y feliz. Y tú te equivocas en cuanto a tu hija, Amada. Ella sí tiene los dones de la diosa en su interior, y esos dones se los traspasará a la hija que tenga».

A mí se me cortó la respiración a causa de la inmensa alegría que me produjeron las palabras de Epona.

– ¡Myrna tendrá una hija! -exclamé.

Alanna se puso a aplaudir.

– La línea sucesoria de las hijas MacCallan continúa. Y aquí estoy yo, de brazos cruzados, como si no tuviera nada que hacer.

Yo miré a Alanna con las cejas arqueadas. Demonios, siempre estaba muy ocupada.

– A Myrna ni siquiera se le nota el embarazo todavía. Tenemos mucho tiempo para preparar la habitación y las cosas del bebé.

– Rhea, también tenemos que preparar la fiesta de la boda de la única hija de la Elegida de Epona -respondió ella pacientemente. Después me sonrió y salió apresuradamente de mi jardín.

– Amor mío, creo que lo mejor sería que nos reuniéramos con Myrna y con Grant en el Gran Salón. El compromiso de nuestra hija debería anunciarse con solemnidad y con alegría si realmente vamos a darle nuestra bendición.

Yo suspiré.

– Ya lo sé.

– Rhea, ¿de veras te ha afectado tanto la decisión de Myrna? Tú y yo ya habíamos hablado del hecho de que no parecía que tener deseos de convertirse en la Elegida de Epona.

– Tienes razón. En realidad, no puedo decir que me haya sorprendido. Sólo me pregunto… -me interrumpí, porque me sentía terriblemente desleal hacia mi hija.

– Te preguntas por la hija de Rhiannon.

– No es que quisiera que Myrna fuera distinta, de verdad -dije rápidamente-. La adoro. Siempre ha sido una hija maravillosa. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si Morrigan es como Myrna. Epona acaba de decirme que le ha concedido dones a Myrna, pero que esos dones nacerán con su hija. Entonces, ¿Morrigan también tiene esos dones de la diosa latentes, o son más tangibles en ella? ¿Y qué pasa si los tiene, pero como está en Oklahoma es tan desgraciada como Myrna sería si la obligáramos a ponerse al servicio de Epona contra su voluntad?

– Morrigan está en manos de Epona. Tienes que confiar en que tu diosa y tu padre la van a cuidar.

– Confío en Epona y en mi padre, pero ojalá pudiera visitarlo durante el Sueño Mágico para poder ver lo que está pasando con Morrigan.

Mi espíritu sólo había vuelto a Oklahoma media docena de veces durante los dieciocho años anteriores, y en aquellas ocasiones sólo había permanecido allí brevemente, lo suficiente para decirle a mi padre que Myrna y yo estábamos bien. Durante aquellas visitas, sólo había visto tres veces a Morrigan, y una de ellas, el día en que nació. Siempre me había asombrado lo mucho que se parecía a mi hija. Sabía que aquel parecido era el único motivo por el que yo me sentía tan unida a ella. ¿Cómo no iba a preocuparme por ella? Además, yo era consciente, aunque ClanFintan y yo nunca hubiéramos hablado sobre ello, de que Morrigan podría haber sido hija mía. Tal vez, debería haber sido mía. De haberme quedado en Oklahoma, me habría casado con Clint Freeman, y sin duda, habríamos tenido hijos.

– Rhea, sabes que después de la última vez que Epona te permitió viajar a tu antiguo mundo durante el Sueño Mágico, estuviste enferma varios días.

Suspiré.

– Sí, lo sé. La diosa me dijo que viajar hasta allí es peligroso para mí. Está demasiado lejos como para separar mi alma y mi cuerpo, sobre todo ahora que voy envejeciendo. Se supone que tengo que conformarme sabiendo que Epona le envía a mi padre visiones para que él no se sienta completamente separado de mí.

ClanFintan sonrió.

– Ojalá pudiera tu padre cruzar la División y venir a Partholon. Durante todos estos años he echado de menos a su reflejo de este mundo, El MacCallan. Tenerlo aquí sería como tener a El MacCallan de vuelta entre nosotros.

– Mi padre y tú os llevaríais muy bien, si tú fueras capaz de soportar todas las preguntas que, con toda seguridad, te haría sobre la anatomía de los centauros.

Él se echó a reír.

– Se me olvidaba que en tu antiguo mundo los centauros sólo somos un mito.

– Bueno, mi padre no te permitiría que lo olvidaras. Pero yo también quisiera que pudiera venir.

– Tal vez haya un modo de…

– ¡No! El cambio de mundos requiere un sacrificio humano. Por mucho que nos añoremos el uno al otro, sé que mi padre no querría que nadie muriera para poder venir conmigo aquí. Además… tendrían que ser dos sacrificios, puesto que él no vendría sin mamá Parker. No, en realidad tendrían que ser tres, porque Morrigan no podría quedarse allí sola… No. Mi padre tendrá que quedarse en Oklahoma.

– Y tú te quedarás en Partholon.

ClanFintan no lo dijo como una pregunta, pero yo vi en sus ojos que él necesitaba que se lo dijera.

– Yo me quedaré en Partholon, contigo, para siempre -dije.

Me puse en pie y le rodeé la cintura con los brazos.

Él se inclinó y me besó. Yo le sonreí con coquetería.

– Eres muy sexy para ser abuelo.

Él se quedó un poco asombrado.

– Vamos a tener una nieta. Es algo raro, aunque maravilloso, el hacerse viejo.

– Sí -dije, y después añadí-: Si he contado bien los meses, seremos abuelos a principios de otoño.

– Me parece que el otoño es un momento magnífico para el nacimiento de un niño -dijo él con firmeza.

– Sí… -respondí yo.

Sin embargo, mi mente ya estaba divagando. El otoño era el momento del año en que la vida, y Partholon en general, se preparaba para el invierno. Normalmente, era la primavera la que se asociaba con los bebés y los comienzos. El otoño era la estación de los finales; la muerte de las hojas de los árboles, la última cosecha de los frutos del verano, la preparación para los días más cortos y más oscuros que se avecinaban. Fruncí el ceño y apoyé la mejilla en el pecho de mi marido, preocupándome por un complejo simbolismo como sólo podría preocuparse una ex profesora de literatura y lengua inglesa.

Epona, que normalmente me respondía y me decía lo tontas que eran mis imaginaciones, permaneció extrañamente callada.

<p id="_Toc287304534">Capítulo 7</p>

Oklahoma

Morrigan llevaba conduciendo más de una hora cuando se dio cuenta de adónde iba. Miró el reloj del salpicadero. Eran más de las diez. Cuando llegara a las cuevas habrían pasado las doce.

– Me alegro -dijo en voz alta-. No quiero tener público para lo que voy a hacer.

¿Y qué iba a hacer?

En realidad, esa parte todavía no la había pensado bien. Sólo sabía que tenía que alejarse de sus abuelos, que en realidad no eran. Había alguien en Partholon que tenía de verdad una madre y un padre, y unos abuelos. Sus propios abuelos. Aunque en realidad tampoco eran de Morrigan.

Todo aquello le producía un dolor de cabeza tan grande como el de su corazón y su estómago.

– Pero entonces, ¿qué voy a hacer cuando llegue a la cueva? -se preguntó.

«Acepta tu destino…».

– No -dijo con firmeza-. No, no quiero oír nada que tú tengas que decirme al respecto.

Encendió la radio, para que su sonido amortiguara los susurros que pudieran aparecer en su mente. Morrigan necesitaba pensar con la cabeza clara, sin influencias de nadie en quien no pudiera confiar. Si a lo que se refería aquella voz con lo de que aceptara su destino era a que intentara averiguar exactamente qué poderes tenía y quién era de verdad, Morrigan suponía que eso era lo que estaba a punto de hacer.

Miró con un sentimiento de culpabilidad su teléfono móvil. Lo había apagado en cuanto había subido al coche. Sus abuelos estarían preocupados por ella, y ella odiaba causarles dolor. La querían, y ella lo sabía. Morrigan no dudaba de sus abuelos. Ya lamentaba las cosas tan duras que les había dicho. No se había enfadado con ellos, porque sabía que no era culpa suya que ella no fuera hija de Shannon. Incluso entendía el motivo por el que no se lo habían dicho. ¿Cómo iban a explicarle a una niña de diez, o de quince años, que en realidad era la hija de una sacerdotisa de otro mundo que se había vuelto malvada, que después había renunciado al mal, y había muerto? Ya era lo suficientemente difícil de entender para ella, que supuestamente era una muchacha madura de dieciocho años.

Así que aquél era el verdadero motivo por el que volvía a la cueva. Quería descubrir la verdad sobre su madre, tanto como deseaba descubrir la verdad sobre sí misma.


Morrigan aparcó su viejo coche rojo junto a la señal del Parque Estatal de Las Cuevas de Alabastro, que estaba a un lado de la carretera que llevaba a la tienda de regalos, al merendero y a la entrada principal de la cueva. Sus zapatillas deportivas hicieron crujir la gravilla, pero el cielo era tan grande, que el ruido fue amortiguado por las estrellas. La luna estaba en fase creciente, y asomaba por encima de las copas de los árboles que bordeaban la carretera. Notó la brisa suave y cálida en las mejillas, y sintió alivio al no oír ninguna voz en el viento.

Pasó junto a la cabaña del guardia del parque y por delante de la tienda de regalos, y siguió caminando, como había hecho aquel mismo día, hasta que llegó a las escaleras de piedra. Bajó por ellas y, rápidamente, perdió de vista la luz de la luna. Morrigan rebuscó en su bolso, sacó la linterna y siguió el haz de luz.

Sintió la abertura de la boca de la cueva antes de iluminarla con la linterna. Su aliento fresco le acarició la cara. Morrigan respiró profundamente aquel olor a tierra y se detuvo en la entrada.

Debería tener miedo. Debería estar aterrorizada. Estaba completamente sola, por la noche, fuera de casa, e iba a entrar a una cueva llena de murciélagos.

Sin embargo, la verdad era que se sentía eufórica, lo cual era otra prueba más de su rareza.

Morrigan irguió los hombros y entró en la cueva.

Allí, la oscuridad se hizo completa. Su pequeña linterna sólo era un alfiler en la impresionante negrura, y no podía iluminar más que un diminuto dardo de aquel vasto mundo subterráneo. Pero a Morrigan no le preocupaba la oscuridad; por el contrario, le resultaba calmante.

Como si lo conociera desde siempre, siguió con facilidad el camino que descendía hasta el vientre de la cueva. Cuanto más se adentraba en ella, más relajada se sentía. La tensión que le había atenazado los hombros durante todo el viaje se disipó. La preocupación que sentía por sus abuelos desapareció. La confusión que le creaban las voces del viento se minimizó.

Más tarde, se dio cuenta de que aquella relajación antinatural debería haberle servido de advertencia sobre lo que iba a ocurrir. Entonces sonrió y siguió entrando más y más a la cueva. Cuando llegó a la cavidad que Kyle había denominado la Sala del Campamento, entendió qué era lo que le atraía tanto.

– La piedra de selenita -susurró al iluminar con la linterna aquella piedra cargada de cristales y hacerla brillar como la luna sobre el agua.

Era mucho más bella en aquel momento que iluminada con aquella ridícula luz rosa. Se dirigió hacia ella con decisión, y entonces comenzaron los susurros.

«Sí… acércate a abrazar tu destino».

Morrigan se detuvo en seco y tomó aire profundamente, con enfado.

– No. No, maldita sea. Estoy cansada de que me manejen. Ya ni siquiera sé quién soy. ¿De qué destino estás hablando? ¿Y quién eres?

«Por primera vez en tu vida, sabes quién eres tú, Morrigan, hija de una Suma Sacerdotisa de Partholon».

Morrigan se estremeció al oír aquello.

«Tu herencia es divina, y tienes un poder que excede tu imaginación».

Morrigan se mordió el labio. Un poder que excedía su imaginación. ¡Vaya! Aquello debía de ser mucho poder, porque ella tenía una imaginación amplísima. Sería muy agradable sentir que era capaz de regir su propia vida. ¿Acaso el poder iba a darle aquella habilidad?

«Ven y acepta tu destino, tu futuro, Portadora de la Luz».

Aquel título, Portadora de la Luz… Era lo que le habían llamado los cristales, las mismas paredes de la cueva. Morrigan fijó la mirada en la piedra de selenita. No podía apartarse de ella, y su ansiedad juvenil hizo que olvidara a propósito sus preguntas sin respuesta. Conocer la identidad de aquella voz gentil que la guiaba le parecía mucho menos importante que conocer los secretos que había escondidos dentro de sí misma.

Morrigan sujetó la linterna con la mano izquierda, y posó la palma de la mano derecha en la piedra. La piedra tembló y se calentó. Morrigan dijo:

– Hola. Soy yo, la Portadora de la Luz. He vuelto.

«¡Portadora de la Luz! ¡Te damos la bienvenida!».

Las palabras surgieron de la gran piedra y entraron en su cuerpo a través de la palma de su mano.

– ¡Oh!

«Llama al espíritu de los cristales, tal y como es tu derecho, y ellos te responderán».

Morrigan asintió. Era incapaz de contener más la curiosidad, así que dejó la linterna en el suelo y puso ambas manos sobre la piedra.

– Eh… Soy Morrigan, hija de la Suma Sacerdotisa Rhiannon MacCallan de Partholon, y llamo al espíritu de los cristales.

«¡Te oímos, Portadora de la Luz!».

La superficie de la piedra se onduló. Morrigan sintió un cosquilleo con el calor que fluía de la piedra. Entonces, provocándole una explosión de sensaciones, la piedra se encendió, y no con la luz suave con la que brillaba la selenita cuando Morrigan estaba saliendo por el túnel, sino con una luz resplandeciente, tan brillante y tan blanca que Morrigan vio puntitos blancos.

Con los ojos empañados, Morrigan miró hacia el interior de la piedra, y vio la materia temblando, como cuando el viento soplaba por encima de la superficie de un lago en calma. Parpadeó con fuerza para aclararse los ojos y miró de nuevo hacia el interior de la piedra…

Entonces, exhaló un gran suspiro. A través de aquella enorme piedra de selenita, estaba viendo una cueva que era exactamente igual que aquélla en la que se encontraba, con la única diferencia de que en la otra cueva las paredes estaban adornadas con grabados muy complejos, y con mosaicos que le recordaban el delicado colgante de plata que el abuelo le había comprado a la abuela el año anterior en el Festival Escocés. La cueva que apareció ante sus ojos estaba llena de mujeres. ¿Qué estaba viendo? ¿Qué significaba aquello?

Entonces, el poder la golpeó y Morrigan perdió, con un jadeo, la visión de la otra cueva. Cerró los ojos y respiró profundamente varias veces para intentar controlar el calor blanco que la había inundado. Era como si estuviera conectada a toda la cueva, y no sólo a aquella piedra de luz. Se calmó, abrió los ojos de nuevo y miró hacia arriba. Los cristales de selenita del techo habían empezado a brillar como las estrellas en el cielo nocturno. ¡Ella estaba haciendo aquello! ¡Estaba dándoles vida a los cristales, haciendo que brillaran!

Morrigan se echó a reír de pura alegría. El sonido de felicidad reverberó por las paredes de la cueva.

«¡Regocíjate con el poder de tu herencia!».

– ¡Es increíble! -gritó Morrigan.

Tímidamente, apartó una de las manos de la piedra. Se concentró y la miró fijamente.

– Mantén tu luz -dijo en voz baja, con una voz grave. Después lo pensó mejor y añadió en un tono más engatusador-: Por favor, mantén tu luz.

Después, apartó la otra mano de la piedra.

La selenita se mantuvo encendida con una luz pura, plateada. Morrigan emitió un grito de alegría y se puso a bailar. Alzó las manos por encima de la cabeza, estiró los dedos hacia el techo y se concentró en los cristales superiores.

– ¡Encendeos!

El techo respondió con unos increíbles destellos que a Morrigan le cortaron el aliento.

– ¿Qué demonios pasa aquí?

Morrigan se dio la vuelta y vio a Kyle. Parecía que se había vestido apresuradamente, pues sólo llevaba unos vaqueros y un jersey de la Universidad de Oklahoma, puesto del revés, y tenía el pelo muy revuelto, como si se acabara de despertar. Estaba dentro de la Sala del Campamento, mirándola a ella y mirando los cristales encendidos con los ojos y la boca muy abiertos.

<p id="_Toc287304535">Capítulo 8</p>

– ¡Kyle!

Morrigan notó que le ardían las mejillas. Nadie, aparte de sus abuelos, sabía que tenía unas habilidades tan extrañas. Nadie. Abrió la boca para ofrecer alguna excusa… cualquier cosa…

«¡Deja de negar lo que eres!».

Morrigan se sobresaltó. Aquellas palabras resonaron en el aire, a su alrededor. Morrigan sintió su ira, y entonces se dio cuenta de que también ella estaba enfadada. ¿Por qué debía excusarse? Alzó la barbilla y dijo:

– Yo he hecho esto. Yo he hecho que brillaran los cristales. Soy la hija de una sacerdotisa.

Kyle agitó la cabeza.

– Debo de estar durmiendo todavía. Esto tiene que ser un sueño.

La antigua Morrigan le hubiera dado la razón y habría salido corriendo, pero ella ya no era esa Morrigan, y estaba decidida a no volver a serlo.

– Date un pellizco para comprobar que no estás soñando. Yo he sido quien ha hecho esto -repitió-. Hoy, cuando he visitado la cueva, he sabido que tenía un vínculo con los cristales -dijo, y acarició la piedra de selenita con cariño. La piedra respondió con un fogonazo de luz que asombró todavía más a Kyle. Morrigan lo miró al oír su jadeo-. He vuelto porque tenía que aceptar mi destino.

– ¡Dios mío! ¡Eres tú, Morrigan! -dijo Kyle, que acababa de reconocerla en aquel momento.

– Sí, soy yo.

Morrigan pensó que estaba empezando a disfrutar de su reacción de absoluto desconcierto. No parecía que estuviera horrorizado, sólo pasmado. Entonces, recordó que pocas horas antes había flirteado con ella, y en aquel momento, apenas la reconocía.

– Entonces, ¿normalmente coqueteas con una chica y después se te olvida cómo es? ¿O sólo conmigo?

Él se pasó la mano por la frente.

– Claro que me acuerdo de ti. Pero estás distinta.

Morrigan soltó un resoplido de incredulidad.

– ¿Diferente? Sí, claro. Eso suena a excusa mala de adolescente -dijo, porque de repente, se sentía muy madura y superior.

– No es una excusa -respondió él-. Estás muy distinta. Te brilla la piel, y tus ojos son como dos topacios que tienen luz interior. Y tu pelo… -dijo, y se acercó a ella. Entonces le tomó un mechón de pelo del hombro, y ella se quedó asombrada-. Tu pelo es como el resto de tu cuerpo… de una belleza mágica.

Entonces, él le agarró suavemente el brazo e hizo que lo levantara para que ella pudiera mirárselo.

Tenía razón. Morrigan se dio cuenta de que le brillaba la piel. Se miró ambas manos y se dio cuenta de que aquel brillo era el mismo que el de la selenita.

– ¿Cómo es posible? -preguntó Kyle en voz baja.

Ella respondió automáticamente, sin mirarlo.

– Soy la hija de una suma sacerdotisa que fue elegida por la diosa Epona.

Morrigan sabía que había más cosas en la historia de su madre, pero decir aquello hacía que se sintiera muy bien. Más que bien, se sentía maravillosamente. A su alrededor, oyó una risa, pero no era una risa burlona ni malvada, sino una risa dulce y melódica que estaba hecha de pura felicidad. Era su madre. ¡Tenía que ser su madre! Continuó hablando en un tono maravillado:

– Tengo dones divinos porque llevo la sangre de generaciones de sacerdotisas en mi interior.

No estaba segura del motivo, pero sabía que estaba diciendo la verdad.

– Eres la cosa más bonita que he visto en mi vida.

Morrigan apartó los ojos de su propia piel brillante y se quedó sobrecogida ante la mirada de pura pasión de Kyle.

– Eres una diosa -susurró él.

Ella abrió la boca para corregirlo, para decirle que no era una diosa, sino la hija de la sacerdotisa de una diosa. Sin embargo, antes de que pudiera hablar ocurrieron dos cosas a la vez. El viento comenzó a soplar a su alrededor, llevándole unos susurros seductores que repetían las palabras de Kyle como un eco.

«Sí… eres una diosa… eres la belleza…».

Al mismo tiempo, Morrigan no podía dejar de mirar a Kyle. Sus ojos estaban llenos de adoración. Era tan guapo, tan deseable, tan sexy…

«Sí… eres una diosa… toma el placer de donde quieras…».

A Morrigan se le aceleró el pulso. El poder de los cristales todavía le vibraba por la sangre, ardiente, dulce y espeso, y descendía para causarle una ráfaga de calor entre las piernas. De repente, deseaba a Kyle con una fuerza para la que su escasa experiencia con el sexo no la había preparado.

Kyle se acercó a ella, atraído por la llama abierta de su magnetismo.

– Eres increíble. Tan sexy… Quiero acariciarte…

– Entonces, acaríciame -susurró Morrigan.

Él, sin titubear, le rozó la mejilla. Después movió la mano hacia abajo y le acarició la suavidad de la curva del cuello.

Morrigan se echó a temblar. No por los nervios de una virgen, sino por la ráfaga líquida de sensaciones que fluía desde las yemas de los dedos de Kyle hacia todo su cuerpo.

– Más -susurró ella.

Con un gemido, Kyle la tomó entre sus brazos y la besó. Ella recibió su lengua en la boca, y se hundió en su calor, y se bebió sus gemidos de deseo. Ella le rodeó los hombros con los brazos. Nunca había sentido nada parecido, tan fuerte y poderoso. Succionó sus labios y se estrechó contra él, frotando el cuerpo contra su dureza masculina.

– ¡Dios mío! Esto es como un sueño increíble -jadeó Kyle contra sus labios. Entonces la agarró por el trasero y la ciñó todavía más a él.

Morrigan se sentía horrorizada por su comportamiento, pero no podía parar. No quería parar. Su piel brillante ardía de calor, de necesidad, de lujuria. Estaba ahíta de poder. ¡Era una diosa!

– Morrigan Christine Parker, ¿qué demonios está pasando aquí?

La voz del abuelo fue como un jarro de agua fría. Ella se apartó de Kyle de un salto y balbuceó:

– ¡Abuelo!

Con la cara roja, y la cabeza dándole vueltas, vio a su abuelo por encima del hombro de Kyle. Parecía un cruce entre oso pardo y pez globo furioso y gigante. Llevaba un abrigo de caza viejo y tenía entre las manos la enorme linterna del establo. Y, ¡oh, no! La abuela estaba a su lado. Los dos estaban mirando a Kyle con severidad.

– Jovencito, ¿quién es usted y por qué tiene las manos encima de mi nieta?

Morrigan estuvo a punto de echarse a reír. Típico del abuelo. Ignoró el hecho de que los cristales estuvieran encendidos a su alrededor, por el único poder de la magia, y el hecho de que ella se hubiera escapado y de que seguramente él estaba muy preocupado. Y por supuesto, obvió el hecho de que ella también tenía las manos encima de Kyle. El abuelo entornó los ojos, y su expresión decía que no importaba que tuviera setenta y cinco años. Estaba más que dispuesto, y era más que capaz, de patearle el trasero a quien, en su opinión, se estaba aprovechando de su nieta, supuestamente inocente.

– Señor, lo siento mucho -dijo Kyle, mientras se pasaba la mano por el pelo-. Yo… yo… me he dejado llevar. Es tan guapa que… yo… -perdió el hilo de lo que quería decir. Estaba completamente avergonzado-. No quería faltarle el respeto.

Carraspeó, dio unos pasos hacia mi abuelo, y le tendió la mano.

– Me llamo Kyle Cameron. Soy jefe de los guías y conservador del Parque Estatal de Las Cuevas de Alabastro. He conocido a su nieta hoy, cuando sus amigas y ella estaban de visita en las cuevas.

El abuelo refunfuñó y le estrechó la mano a Kyle, aunque de mala gana, sin dejar de mirarlo con fijeza. Morrigan no tenía duda de que además le estaba estrujando la mano.

– Bueno, Kyle Cameron, ¿y siempre manoseas a las jovencitas el mismo día en que las conoces? ¿O este comportamiento tan caballeroso es sólo con mi nieta?

– Señor, yo…

– Abuelo, él…

– Cariño, mira los cristales -dijo la abuela-. Creo que Morrigan es quien los hace brillar.

Como de costumbre, la abuela era la voz de la razón.

El abuelo, por fin, se dio cuenta de que había algo más en la cueva que Kyle y ella. Observó la Sala del Campamento y lo vio todo, desde los cristales resplandecientes del techo a la gran piedra encendida.

– Selenita -dijo con un gruñido, pensativamente-. Los pioneros usaron lajas de esa piedra para hacer las ventanas de sus casas.

– Sí, señor, exactamente -dijo Kyle.

El abuelo lo miró como si no tuviera sentido común.

– Soy profesor de biología retirado, hijo. Sé más de los ecosistemas de Oklahoma que cualquier profesor que te diera clase en el instituto.

– Señor, yo estoy terminando la carrera. Y el doctorado.

Richard Parker arqueó las cejas.

– No me digas. ¿En qué especialidad?

– Geología.

Morrigan tuvo que contener una sonrisa. Su abuelo estaba doctorado en zoología.

– Ah -refunfuñó-. Entonces debes de tener más de dieciocho años.

– Veintidós, señor. Aprobé con buenas notas los exámenes y estoy haciendo el proyecto final.

– Ya -dijo el abuelo-. Pues deberías tener sentido común y no manosear a mi nieta.

– Querido, Morrigan y los cristales… -le dijo mamá Parker, y le dio un suave codazo.

Él volvió a gruñir, pero se concentró en su nieta.

– Morgie, ¿tú estás haciendo esto?

– Sí, abuelo.

– Ah, ¿entonces has decidido que somos tus abuelos otra vez?

Morrigan se miró los pies.

– Siento haber dicho eso, abuelo -dijo, y miró con timidez a mamá Parker-. Lo siento, abuela.

– ¡Oh, querida, no te preocupes! Sé que eran demasiadas cosas para asimilar de golpe.

– Sí, ha sido demasiado, pero no debería haberlo pagado con vosotros. Vosotros siempre seréis mis abuelos, pase lo que pase.

– Por supuesto que sí, Morgie -dijo el abuelo. Después carraspeó y continuó-: Puedes hacer que brillen los cristales. ¿Qué más puedes hacer?

– Las piedras me hablan. Y yo puedo oírlas.

Mamá Parker asintió pensativamente.

– Tienes afinidad con los espíritus de la tierra. Los druidas celtas y los chamanes nativos americanos han dejado escritos sobre eso.

– Shannon oía a los espíritus de los árboles. La saludaban llamándola Elegida de Epona, y compartían su poder con ella cuando los llamaba -dijo el abuelo.

– A mí me llaman Portadora de la Luz -dijo Morrigan suavemente.

– ¿Te han llamado «Diosa»? ¿Te han saludado como la Elegida?

Morrigan iba a decir que no, pero Kyle la interrumpió.

– ¡Es una diosa! -exclamó-. Si la hubiera visto hace un momento, entendería lo que quiero decir. Le brillaba literalmente la piel.

– Hijo, no es una diosa. Es la hija de la sacerdotisa de una diosa.

«¡No permitas que niegue tu divinidad!», le dijo el viento. Morrigan intentó ignorarlo, pero notó una punzada de ira por las palabras de su abuelo. Se sentía como si le estuviera robando algo que era, o debería ser, suyo.

– Mi madre era más que una sacerdotisa -dijo Morrigan, repitiendo las palabras que se movían en el viento, a su alrededor-. Era la encarnación de Epona, y tenía el poder de la diosa.

Su abuelo frunció el ceño.

– Morrigan, tu madre, Rhiannon, fue la Elegida de Epona y también Suma Sacerdotisa, pero perdió su favor, y los poderes que le había concedido.

– ¿Los perdió, o se los robaron?

Morrigan se oyó a sí misma formulando aquella pregunta con una voz fría y desconocida.

Su abuelo hizo una pausa y la miró con los ojos entrecerrados.

– ¿Con quién estoy hablando? ¿Con Morrigan o con Rhiannon?

– ¿Es que ya no sabes si soy tu nieta o no? -Morrigan sintió un agudo dolor al pronunciar aquellas palabras. Sin embargo, en vez de lágrimas, sintió ira y tuvo la sensación de haber sido traicionada, y todo aquello formó una marea de amargura en su interior, le provocó un terremoto de emociones por dentro.

– ¡Ah, maldita sea! ¡Claro que sé que eres mi nieta! Sólo quiero que sigas siendo como ella, y no como una extraña locamente sedienta de poder.

Morrigan retrocedió como si la hubieran abofeteado.

– Durante toda la vida me has dicho que no estaba loca. ¿Cómo es que eso ha cambiado de repente?

– Morrigan Christine, yo no he dicho que estuvieras loca.

«Tú no eres ésa…».

– ¿Quién me puso el segundo nombre?

El abuelo pestañeó y se quedó desconcertado.

– Bueno, nosotros, cariño -dijo la abuela.

– Porque era el segundo nombre de Shannon -dijo Morrigan.

– No. Porque Christine es uno de mis nombres favoritos -dijo el abuelo con indignación.

– Mi madre no me lo puso. Yo no me llamo Morrigan Christine Parker. No soy esa chica, y Shannon Christine Parker no es mi madre. Yo me llamo Morrigan MacCallan, y soy hija de Rhiannon MacCallan, Elegida de Epona.

– Ella fue la Elegida, pero negó y traicionó a Epona, así que perdió el puesto -replicó el abuelo con la voz ronca.

– ¿Y cómo sabéis lo que pasó con tanta exactitud?

– Conocimos a Rhiannon. Y conocimos a Shannon. Tendrás que fiarte de nosotros y aceptar que te estamos diciendo la verdad.

Con un gruñido de frustración, Morrigan se dio la vuelta y se apoyó contra la piedra de selenita, intentando consolarse con los ecos de las palabras «Portadora de la Luz», que vibraban contra la palma de su mano. Estaba completamente confusa. Tenía un enredo en la cabeza, un lío de pensamientos y dudas. Su mundo se estaba haciendo añicos.

– ¡Morrigan! ¡Te he preguntado si tú estás haciendo esto!

La voz de Kyle penetró en su mente, y ella le clavó una mirada fulminante. Entonces, se preguntó por qué estaba tan pálido y tenía los ojos tan abiertos y tan oscuros.

– ¿Hacer qué? -le espetó.

– ¿Estás haciendo que retumbe la cueva?

– ¿Qué…?

Entonces, Morrigan miró hacia arriba, justo cuando del techo caía una enorme piedra.

«¡Ten cuidado, Portadora de la Luz! Estás en peligro. Debes marcharte rápidamente».

Y, a través de los cristales, tuvo el presentimiento de que si no salían de allí inmediatamente, todos iban a morir.

<p id="_Toc287304536">Capítulo 9</p>

– ¡Abuelo! ¡Abuela! ¡Tenéis que marcharos de aquí! -gritó Morrigan.

Racionalmente, sabía que ella debía salir corriendo hacia la salida y llevarse a sus abuelos y a Kyle, pero no podía apartar las manos de la piedra de selenita.

– Morrigan, ¿qué sucede? -preguntó Kyle.

De repente, cayó otra piedra del techo, en aquella ocasión tan cerca de su abuelo que a Morrigan se le encogió el estómago.

«¡Peligro, Portadora de la Luz!», gritaban los cristales.

– ¡Tenéis que iros! ¡El techo se va a derrumbar! -les dijo, mientras las tremendas vibraciones, que ella había creído tan sólo el caos de sentimientos que tenía por dentro, comenzaban a rugir por toda la cueva. Apartó los ojos del cristal y chilló-: ¡Tú también, Kyle! ¡Sal de aquí!

– ¿Morgie? -dijo el abuelo, dando un paso hacia ella.

– ¡Vete, abuelo! ¡Yo también voy a ir! -mintió.

Entonces, vio que su abuelo asentía, tomaba del brazo a la abuela y comenzaba a guiarla hacia la salida. Después de unos instantes se detuvieron y se giraron hacia ella.

– ¡Vamos, Morrigan! -gritó él por encima del estruendo.

Ella sonrió con tristeza y pensó en lo mucho que quería su rostro curtido, de facciones marcadas, que le recordaba tanto a Rooster Cogburn en la vieja película de John Wayne, El rifle y la Biblia. No tuvo que mirar a la piedra para saber que había cambiado, y que de nuevo le permitía mirar la imagen de aquella otra cueva. Sabía lo que tenía que ser aquella imagen, en el fondo del alma lo había sabido desde el principio. Incluso sabía lo que tenía que hacer. Morrigan empujó la piedra, y sus manos se hundieron en ella, como si la materia de la que estaba hecho se hubiera vuelto gelatina.

– ¡Te quiero, abuelo! ¡Te quiero, abuela! -gritó-. Siento esto. ¡Lo siento mucho!

La expresión de su abuelo cambió de la preocupación a la desesperación.

– ¡No, Morrigan!

Dio un paso hacia ella, pero se vio obligado a parar porque del techo de la cavidad cayó una piedra enorme que se hizo pedazos en el suelo; provocó una nube de polvo que impidió que Morrigan siguiera viéndolo. Ya no lo veía, pero oía su voz, aunque el estruendo del derrumbe amortiguara sus palabras.

– ¡Morrigan, sal de ahí! No sabes lo que estás haciendo. Cruzar al otro lado no es fácil.

– ¡Morrigan, tenemos que irnos ahora mismo! -le dijo Kyle con urgencia. La tomó del brazo e intentó apartarla de la piedra.

Ella se zafó de su mano y respondió:

– No. Vete tú. Yo me quedo.

– ¡Eso es una locura! -gritó él, y señaló al techo-. Se está cayendo, y te va a matar. ¡No te conozco, pero siento hacia ti algo que nunca había sentido, y no quiero perderte antes de entenderlo!

Ella lo miró a los ojos, e ignorando un horrible sentimiento de desolación, respondió con crueldad y con dureza.

– Tienes razón. No me conoces. ¡Márchate y déjame en paz!

Entonces, canalizó el poder de los cristales y lo empujó. Y se quedó completamente asombrada al ver que él salía disparado a varios metros de distancia.

¡Vaya! ¡Podía hacer lo mismo que Tormenta, de X-Men!

– Márchate, Kyle -dijo con firmeza.

– ¡Morrigan! -volvió a gritar su abuelo.

– ¡Salid de aquí! -respondió ella, elevando la voz por encima del rugido de la caverna.

Kyle se estaba poniendo en pie, mirándola con una mezcla de reverencia y miedo. Sin embargo, parecía que no era capaz de marcharse.

– Morrigan, no me empujes. No quiero separarme de ti -dijo.

Entonces, dio un paso titubeante hacia ella.

Y, con un crujido horrible, el techo que había sobre él se desprendió. Morrigan observó con un espanto silencioso, sin gritar, cómo Kyle quedaba enterrado bajo una avalancha de piedras. Todo su cuerpo se echó a temblar, y no podía apartar los ojos de aquella pila de rocas y polvo. No veía a Kyle, pero sabía que tenía que estar muerto. Oh no, tal vez no lo estuviera. Tal vez debería intentar apartar las piedras. Usaría el poder de los cristales para ayudarlo.

Sin embargo, antes de que separara las manos de la piedra de selenita, las palabras «su corazón ya no late» pasaron desde el cristal a su cuerpo.

Entonces, el suelo comenzó a temblar de nuevo, y la tierra rugió.

«¡Estás en peligro, Portadora de la Luz!», le dijeron los cristales con insistencia.

¿Qué pensaba que estaba haciendo? Aquello no era ningún juego. Había provocado la muerte de un hombre. Tenía que salir de allí. Apartó las manos de la piedra y se dirigió hacia el camino de salida. Sin embargo, las piedras siguieron cayendo y le cortaron la escapada. Tosiendo, sin poder respirar por el polvo cada vez más denso del aire, volvió hacia atrás y cayó sobre la piedra de selenita. La piedra se hundió bajo el peso de su cuerpo.

«Escapa a través de la División, hija. El sacrificio de sangre ya se ha realizado».

Morrigan miró frenéticamente a su alrededor. La voz del viento le parecía demasiado real, como si le perteneciera a alguien que estuviera sentado a su lado. Era la voz de una mujer. La había oído más veces, entre la multitud de voces que poblaban su imaginación, aunque no a menudo. Y no era la única voz que había oído desde que había entrado en la cueva.

Las piedras siguieron cayendo a su alrededor, y Morrigan se quitó las lágrimas y la suciedad de los ojos.

«Debes escapar ya, hija», repitió la voz.

– ¡No te conozco! -sollozó.

«Sí me conoces. Cree en ti misma, y deja que te guíen los cristales».

Morrigan se dio la vuelta y miró la gran piedra, y se abrazó a ella.

– ¡Sácame de aquí! -le pidió.

«Te oímos, Portadora de la Luz…».

Mientras el mundo temblaba y se derrumbaba a su alrededor, Morrigan cayó hacia la masa cálida y suave de la piedra, que la engulló entre líquido y presión. Intentó tomar aire, pero no pudo. Intentó gritar, pero no pudo. Movió los brazos frenéticamente, presa del pánico. ¡Se estaba ahogando!

«Cree en ti misma, hija…».

¡Aquella voz! Morrigan abrió los ojos y se quedó sobrecogida. Frente a ella estaba la mujer cuya cara le había sonreído desde muchas fotografías. Tenía el pelo largo y rojizo, y llevaba una túnica de gasa. Estaba suspendida en el aire, como si flotara en el agua. La sonrisa de aquella mujer no era tan abierta y alegre como la de Shannon, pero era bondadosa, aunque también triste.

«Ven, hija. Te espera tu propio destino. Todavía tienes mucho que hacer».

Rhiannon le tendió la mano. Morrigan se aferró a ella y, de repente, sintió un tirón a través de la presión espesa y sofocante que la rodeaba, y cayó sobre la dureza de un suelo de piedra. No veía nada, y no podía respirar. Con un doloroso jadeo, vomitó la amargura de los pulmones.

Lo último que pensó Morrigan antes de sumirse en la inconsciencia fue que si había visto a su madre, probablemente ella también estaba muerta…


Capítulo 1

<p id="_Toc287304528">Capítulo 1</p>

Oklahoma

Desde pequeña, Morrigan sabía que era diferente. No sólo porque la estuvieran criando sus abuelos. Conocía a otros niños cuyos padres eran unos perdedores, y eran sus abuelos quienes tenían que cuidarlos. Tampoco era porque su madre y su padre estuvieran muertos, aunque no conocía a nadie más que no tuviera a ninguno de los dos progenitores vivos. Y no era porque los abuelos le enseñaran cosas extrañas sobre la religión; Oklahoma era parte del Cinturón de la Biblia, pero incluso en Broken Arrow había niños que creían en otras cosas diferentes al cristianismo. No muchos, pero los había.

Ella era diferente porque oía cosas que los demás no podían oír, y porque sentía cosas que los otros no sentían.

Suspiró, y continuó sacando los diarios de su armario para guardarlos en cajas.

Tomó uno de ellos y lo hojeó con inquietud. Le resultaba difícil pensar en su marcha. La Universidad de Oklahoma no estaba lejos, tan sólo a una hora y media de camino. Sin embargo, no era su hogar, y allí tendría que conocer a gente nueva. Hacer nuevos amigos. Morrigan frunció el ceño. Eso no se le daba bien, porque era tímida y callada. La gente lo malinterpretaba, y pensaban que era una estirada, así que siempre se había sentido como si tuviera que actuar en contra de su personalidad, sonreír y decir «hola» cuando lo único que quería era permanecer aparte y observar lo que ocurría, hasta que se sintiera cómoda. Por eso había tomado clases de teatro. Incluso había participado en varias de las obras del instituto. El abuelo y ella habían ideado aquel plan en la escuela primaria, para que ella aprendiera a actuar en su vida cotidiana.

Podía sonar engañoso, pero no lo era. Morrigan necesitaba encajar de alguna manera. Y no sólo por sí misma. Para sus abuelos era importante que tuviera amigos, que se comportara de una manera normal, aunque no lo fuera. Ellos eran los únicos que la entendían.

Morrigan lanzó uno de los diarios a la caja. El libro se abrió, y la escritura infantil llamó su atención. Lo tomó y leyó la página en la que se había abierto.

2 de abril (faltan veintiocho días para mi noveno cumpleaños)

Querido diario:

¡Estoy convencida de que los abuelos me van a regalar un caballo por mi cumpleaños! Y no sólo porque yo haya estado pidiéndoselo sin parar y demostrándoles que soy lo suficientemente responsable como para cuidar de un caballo. Me lo dice el viento. El viento me susurra que llega mi caballo, que será una yegua, y que debo quererla y cuidarla siempre. Y el viento casi siempre tiene razón.

Supongo que debería decirle al abuelo que el viento me habla, pero…

Morrigan no tuvo que pasar la página para recordar lo que había escrito aquel día, tantos años antes. Recordaba muy bien cómo era de niña. Una niña que adoraba, por encima de todo, los árboles, la tierra y a su preciosa yegua gris, la que le habían regalado por su noveno cumpleaños. Una niña que no buscaba constantemente cosas malas en las sombras, sino que creía que todas las voces de su imaginación eran buenas, sus amigos especiales, y que no era un bicho raro por ser capaz de sentir a los espíritus de la tierra.

Aquel día no. No iba a pensar en todo aquello aquel día. Agitó la cabeza. Aquel día estaba bastante ocupada haciendo el equipaje para marcharse de casa. Después iba a salir a dar una vuelta con sus amigas, antes de que todas se marcharan a diferentes universidades. La batalla entre el bien y el mal tendría que esperar hasta que ella estuviera instalada en su habitación de la residencia universitaria. Sin embargo, ¿de veras había una batalla entre el bien y el mal? ¿No era algo que sus abuelos, ya mayores y excéntricos, se habían inventado?

– No -se respondió a sí misma firmemente.

Para distraerse de sus dudas, abrió el diario por el día treinta de abril. Mientras leía lo que había escrito sobre sus emociones infantiles, sonrió y se relajó.

¡Querido diario!

¡Me han regalado un caballo! ¡Lo sabía! ¡Es la yegua más bonita y más increíble del mundo! Sólo tiene dos años. El abuelo dice que así tendremos tiempo de crecer juntas. Es una yegua de color gris tan claro que parece plateado. Creo que voy a llamarla Dove, porque es muy bonita y muy buena, como una paloma blanca. ¡Y es mía!

Los abuelos son los mejores; casi no importa que sean viejos.

Esta noche, mientras estaba cepillando a Dove, el abuelo comenzó a hablarme de una diosa de los caballos llamada Epona. También es la diosa de la fertilidad, de la naturaleza, y de muchas cosas más. Él me dijo que si estoy tan contenta con mi nueva yegua, tal vez debería darle las gracias a Epona, porque seguramente ella está atenta cuando una persona recibe su primer caballo. Me pareció una idea muy buena, así que cuando terminamos, me acurruqué junto al árbol del patio delantero y le di las gracias a Epona. Es un árbol muy grande, y he pensado que si ella es también la diosa de los árboles, seguramente éste le gusta mucho. Después tomé una de las sillas del jardín, la acerqué al árbol, me subí a ella de puntillas y puse mi piedrecita brillante favorita en una rama, todo lo alto que pude. Le dije a Epona que la piedra era para ella.

¿Y sabes lo que ocurrió? ¡Te juro que oí a alguien riéndose en las ramas superiores del árbol! ¡Era una mujer!

– Y al día siguiente, la piedrecita brillante había desaparecido… -susurró Morrigan.

Aquél era el momento en el que había comenzado su relación con Epona. A medida que se hacía mayor, los abuelos mencionaban con más frecuencia a la diosa, y Morrigan pensaba más y más en ella.

Morrigan no recordaba exactamente el momento en el que la voz de la mujer del viento se había convertido para ella en la voz de la diosa, sólo sabía que poco después de que la piedra desapareciera, había empezado a pensar mucho en aquella voz, que sonaba como la música, como el susurro de una diosa.

Hasta el día en que finalmente admitió ante su abuelo que el viento le hablaba. Nunca olvidaría la expresión de su cara. Había pasado de reírse por algo que había hecho Dove a quedarse pálido y serio en un segundo. Después se había sentado con ella y habían tenido una charla sobre el bien y el mal, y sobre cómo podrían afectar a su vida.

Morrigan dejó el diario que había estado leyendo junto a los demás, y rebuscó hasta que encontró el que quería. Rápidamente, lo abrió por la página que había escrito después de aquella charla.

13 de septiembre

Querido diario:

Supongo que es cierto lo que se dice sobre el número trece: da mala suerte. Hoy le he contado al abuelo que oigo voces en el viento, y se ha asustado. Y las cosas que él me dijo también me han asustado a mí.

Morrigan cerró los ojos. No tenía necesidad de leer aquella versión infantil de la conversación. La recordaba muy bien, y en aquel momento ya no tenía la inocencia de una niña para suavizar el impacto de sus palabras. Sus abuelos y ella se habían sentado a la mesa de la cocina.

– Morrigan, quiero que me escuches con atención -le dijo su abuelo.

– Creéis que estoy loca porque oigo al viento -dijo ella.

– ¡No, cariño! -respondió él-. No estás loca. Creemos que oyes voces en el viento. Es igual que cuando dibujabas piedras y árboles con corazones dentro, de muy pequeñita. ¿Te acuerdas de que nos hablaste de eso?

– Os dije que dibujaba corazones porque sabía que todos estaban vivos.

– Exacto -dijo el abuelo-. Lo de que el viento te hable es como el hecho de que sepas que los árboles y las piedras tienen espíritus.

– ¿El viento es otro espíritu del mundo? -preguntó Morrigan.

– No es tan fácil, cariño -le dijo la abuela-. Las piedras y los árboles son buenos. Pero la voz que oyes…

– Voces -dijo Morrigan-. No es siempre la misma voz, pero yo siempre pienso que es el viento.

Los abuelos me miraron durante un largo rato antes de continuar.

– Tú sabes que hay bien y mal en el mundo, ¿verdad?

– Sí. Ahora estamos estudiando la Segunda Guerra Mundial en Historia. Hitler era malo.

– Exacto.

– Y muchos niños creen en Satán. También es malo.

– Sí. Sin embargo, algunas veces identificar el mal no es tan fácil como identificar a Hitler o a Satán, como tampoco es fácil distinguir el bien, al principio.

Morrigan arrugó la nariz y preguntó:

– ¿Como las coles de Bruselas, que saben fatal, pero son buenas para mí?

El abuelo se echó a reír.

– Exactamente igual que las coles de Bruselas.

– Entonces, ¿quieres decir que las voces que escucho pueden ser malas?

– No todas, cariño -dijo la abuela.

El abuelo respiró profundamente y dijo:

– Tu madre también oía voces. Susurros. Algunos eran buenos, porque oía incluso la voz de Epona. Sin embargo, también oía una voz malvada, y la escuchó, y después de un tiempo, esa voz comenzó a cambiarla. Hasta que tú no naciste no se dio cuenta de que había cometido un error, ni de que había permitido que el mal se apoderara de ella.

– Pero tú dijiste que mi madre era una buena persona -dijo Morrigan. Tenía ganas de llorar.

– Y lo era. Tenía muchas cosas buenas dentro. Pero durante un tiempo, esas cosas estuvieron controladas por el susurro del mal.

– ¿Como las voces que oigo yo?

– Morrigan, creo que una de las voces que oyes es la de tu madre. Ella quiere vigilarte. Y creo que otra de las voces que oyes puede ser la de la misma Epona. La diosa tenía una relación muy estrecha con tu madre. Sin embargo, pienso que tal vez los susurros perversos que cambiaron a tu madre estén intentando influirte a ti también.

– No te estamos contando esto para asustarte, cariño -dijo la abuela.

– No, no. Yo hubiera preferido hablarte de esto cuando fueras un poco mayor, pero tú ya oyes las voces, así que es importante que sepas que tienes que tener cuidado -dijo el abuelo.

– Pero ¿cómo voy a saber si estoy escuchando la voz equivocada?

– Si hace que te sientas mal, no la escuches -dijo el abuelo con firmeza-. Si es algo egoísta, o malo, o una mentira, no lo escuches.

– Mira siempre hacia la luz, cariño. Los árboles, las piedras y los espíritus que crecen en la tierra no son malos -dijo la abuela.

– Y nosotros estamos aquí para ayudarte, cariño -dijo el abuelo, y me dio unas palmaditas en la mano.

– Siempre, nena. Siempre estaremos aquí para ti.

Morrigan sonrió al recordar que la abuela la había abrazado después de aquella conversación, y que el abuelo había creído que la distraía pidiéndole que cortara un bizcocho de chocolate en cuadrados. Sin embargo, ella no se había distraído, o por lo menos, no durante mucho tiempo. Aquella noche fue paseando hasta el prado del este, hacia el enorme sauce bajo el que estaba la lápida. Había una sola piedra para ambos, con una inscripción:


Shannon y Clint

Hija amada, y el hombre que nació para quererla


Morrigan no se había dado cuenta entonces, de niña, de que aquella lápida era muy rara. La mayoría de las lápidas tenían grabados los nombres completos y las fechas de nacimiento y muerte del difunto. Al final, ella le había preguntado al abuelo por aquella rareza, y él le había dicho que en la lápida se decía todo lo que era importante.

Aquel día, ella pasó a través de las ramas del sauce llorón que protegían la tumba, y apartó algunas hojas secas de la lápida. Después, trazó el nombre de su madre con el dedo.

– Ojalá estuvieras aquí -susurró-. O por lo menos, ojalá pudieras decirme cuál de las voces es la tuya…

Morrigan escuchó con todas sus fuerzas, con la esperanza de oír a su madre diciéndole que de verdad hablaba con ella a través del viento. Sin embargo, no oyó otra cosa que el ruido de las hojas del sauce llorón.

Un poco más tarde, cuando se estaba alejando de la tumba, se levantó una ráfaga de viento que la dejó fría e inmóvil. Y en aquel viento oyó de repente: «Escucha los deseos de tu corazón y me conocerás…».

Morrigan parpadeó y volvió al presente. Cerró el viejo diario y lo devolvió a la caja. No quería recordar más aquel día. Desde entonces, siempre había tenido presentes las palabras de sus abuelos. No necesitaba recordarlas. Tomó otro diario.

– Necesito algo alegre, algo ligero… -murmuró, y entonces, con un grito de alegría, encontró un diario de color rosa y lo abrió-. Éste. ¡Oh, sí, aquí está!

Sonrió mientras pasaba las páginas de aquel diario que había escrito a los trece años.

4 de noviembre

Querido diario:

¡Oh, Dios mío! ¡Hoy ha ocurrido algo estupendo! Desde luego, hacía muchísimo frío, pero Dove necesitaba hacer ejercicio, así que fui con ella hacia el prado, por la carretera del bosque de los robles, para poder galopar. A mitad de la galopada, unos patos salvajes salieron volando ruidosamente de entre unos arbustos, y asustaron mucho a Dove, y a mí también. Ella saltó, pero debió de tropezarse con algo, y yo salí despedida. Es increíble, porque yo nunca me caigo. De todos modos, no me hice daño. Lo que más me preocupaba era la pata de Dove. Comenzó a cojear un poco, y yo pensé que se le había roto, así que hice que se quedara quieta y le palpé la pata. Yo estaba muy asustada y temblaba, y lloraba, ¡y de repente me di cuenta de que me brillaban las manos! De verdad. Era como si me saliera luz de ellas, como si tuviera una vela o algo parecido por dentro. Estoy deseando que los abuelos lleguen a casa para contárselo.

PD: Dove tiene muy bien la pata.

Morrigan sonrió al recordar aquel suceso de su infancia, con la preciosa yegua gris que ahora estaba retirada en uno de los corrales del abuelo, para pasar los años de universidad de Morrigan dándose la gran vida, feliz y descansada.

Con una carcajada suave, Morrigan puso la palma de la mano hacia arriba y se concentró en ella. Después de largos instantes, apareció una pequeña chispa de luz, pero desapareció rápidamente, casi antes de que ella pudiera estar segura de haberla visto. Morrigan suspiró y se frotó las manos, y notó que todavía tenía la palma caliente y sensible. Pero nada más. Podía hacerlo otra vez, pero sólo un poco. Sus abuelos no tenían explicación para aquella extraña habilidad. Como ella, no sabían de dónde procedía ni lo que significaba.

Sin embargo, el viento no estaba tan perdido. Durante aquellos años, le había susurrado que tenía afinidad con las llamas y que podría crear luz, y otras cosas igualmente misteriosas. Morrigan no entendía lo que estaban intentando decirle las voces, y tenía miedo de pedirles que la ayudaran a entenderlo. ¿Y si le estaba pidiendo al mal que la ayudara? Todo era demasiado confuso.

– Morrigan, cariño, se está haciendo tarde.

Morrigan se sobresaltó al sentir la mano de su abuela en el brazo.

– ¡Oh, mierda, abuela! No te me acerques tan silenciosamente. ¡Me has dado un susto de muerte!

– Vigila ese lenguaje, cariño -dijo su abuela con severidad, pero sonrió para suavizar la reprimenda-. Y no me he acercado silenciosamente. Te llamado tres veces. Parece que estabas pensando en las musarañas.

Morrigan se sintió un poco tonta, allí sentada, en medio de sus diarios. No debería estar husmeando en el pasado ni en sus extrañas habilidades. Lo que tenía que estar haciendo era concentrarse en el futuro, en la universidad.

– Perdona, abuela -dijo rápidamente, mientras guardaban los diarios en la caja-. Me he distraído.

– Bueno, ven a la cocina. Se te está enfriando el desayuno, y esas chicas van a llegar en cualquier momento. Las Cuevas de Alabastro están a tres horas de distancia. Tienes que tomar una buena comida antes de irte -le dijo su abuela, mientras se alejaba por el pasillo hacia la cocina.

Morrigan se apresuró a obedecer y recogió los diarios, animada por los olores del beicon, del café y de las magdalenas de mora que llegaban desde la cocina. Seguramente, la abuela había preparado un almuerzo estupendo para ella y para sus amigas. Se quitó de la cabeza la extraña sensación que le producía pensar en el brillo de sus manos, se puso los zapatos y el jersey y se dirigió al calor familiar de la cocina.

Ignoró el eco de la risa que flotaba en el aire, a su alrededor.


Capítulo 2

<p id="_Toc287304529">Capítulo 2</p>

– Mamá Parker es la mejor cocinera del mundo. Podría patearle el trasero a cualquiera en un concurso de cocina -dijo Gena.

– Sí, pero si te oyera decir «trasero» te regañaría y te mandaría que vigilaras tu lenguaje -dijo Morrigan.

– Yo nunca diría «trasero» delante de tu abuela. No quiero que se enfade conmigo. Tal vez dejara de cocinar para nosotras -respondió Gena.

– Oh, no -dijo Jamie.

– Mamá Parker es demasiado buena como para enfadarse. Además, eso no sería inteligente -intervino Lori-. Tendríamos que empezar a comer lo que cocina mi madre. Tendríamos que despedirnos de sus deliciosas empanadas de carne y de las galletas de chocolate y decirles «hola» a las hamburguesas con queso.

– Mi madre piensa que cocinar es pedir pizza. Y si tiene el día muy creativo, pide barritas de queso y salsa barbacoa -dijo Gena.

– Lo mismo que mi madre -dijo Jamie.

– Pues yo creo que deberíais aprender a cocinar. Tenéis dieciocho años y vais a ir a la universidad dentro de pocos días. ¿Qué vais a comer? -preguntó Morrigan.

– La comida de la residencia, por supuesto -respondió Jamie.

– Yo comeré cualquier cosa que cocine otra persona. Como por ejemplo la señora Taco Bell. Me encanta cómo cocina -dijo Lori.

– ¿Comer? -preguntó Gena con cara de asombro-. Durante los siguientes cuatro años yo pienso alimentarme de cerveza y jugadores de fútbol americano.

Sus tres amigas se echaron a reír histéricamente. Morrigan miró al cielo con resignación. Sí, las quería. Eran amigas suyas desde la escuela, pero siempre las había visto como niñas y se había visto a sí misma mayor y más madura. El hecho de que ella se sintiera y actuara de manera más parecida a una adulta le parecía bien, porque claramente, sus amigas necesitaban que alguien las cuidara. Sin embargo, últimamente aquello le irritaba cada vez más. ¿Acaso no iban a crecer nunca?

– Bueno, como queráis. Pero yo me alegro de no tener que depender de Taco Bell ni de Pizza Hut cuando esté lejos de casa.

Como demostración de lo que Morrigan pensaba acerca de su inmadurez, Gena le sacó la lengua y preguntó:

– Eh, ¿alguien sabe por qué estamos aquí, en vez de estar en las rebajas de Gap?

– Estamos aquí porque a Morrigan le gusta hacer cosas raras, y ésta es la última vez que vamos a poder hacer algo raro con ella, seguramente, hasta Navidad -respondió Lori.

– Yo no creo que las cosas que me gusten sean raras.

– Primer ejemplo: te pareció divertido que hiciéramos una marcha de diez kilómetros por un sendero del bosque, junto a la presa Keystone -dijo Lori-. Si no recuerdo mal, no fue divertido. Hacía mucho calor, yo sudé mucho, y encontré a una garrapata subiéndome por el muslo.

– Lo de la garrapata fue repugnante -dijo Gena.

– Segundo ejemplo: la acampada.

– ¡Oh, vamos! Eso fue en noveno curso.

– El paso del tiempo no lo ha hecho menos horrible -dijo Lori remilgadamente.

– No fue tan malo. A mí me parece que lo pasamos bien.

– Claro, porque a ti te gusta jugar a los boy scouts, y estar en el campo, y… y… te gusta la naturaleza -dijo Lori, como si fuera una enfermedad-. Las demás sólo nos acordamos de los mosquitos.

– Que eran como colibríes -dijo Gena.

– Y las serpientes -añadió Lori.

– Sólo hubo una -replicó Morrigan.

– Como si eso tuviera importancia -murmuró Gena.

– Pero era muy bonito -dijo Morrigan.

– ¿Bonito? No. Era sucio, hacía calor y estaba lleno de bichos. Mis zapatos Kenneth Cole son bonitos, eso sí. Los que no puedo ponerme hoy porque vamos a ir a una cueva desagradable, oscura, fría y llena de murciélagos.

– Espera, ¿hay murciélagos en la cueva? -preguntó Gena alarmada-. No me lo habíais dicho.

– Pues claro. Es una cueva. En las cuevas hay murciélagos -respondió Jamie.

Morrigan suspiró.

– Es verano. No vas a ver a los murciélagos. Están escondidos en las partes más oscuras y frescas de la cueva. Y de todos modos, si ves alguno, no te molestará.

– Bueno, y por fin, llegamos al tercer ejemplo -dijo Lori, haciendo una pausa dramática y alzando tres dedos extendidos-: Bailar desnudas, al aire libre, por la noche.

Jamie gruñó.

– ¿Tenemos que hablar de eso? -preguntó Gena mientras se abanicaba con la mano la cara ruborizada de vergüenza.

– Reconócelo. No habría estado tan mal si hubiéramos llevado zapatos, y si el asqueroso de Josh Riddle no nos hubiera espiado -dijo Morrigan.

– Todavía tengo pesadillas con ese chico -dijo Lori.

– ¿Y por qué lo hicimos? No lo recuerdo. Creo que mi mente lo ha bloqueado -dijo Jamie.

– Estábamos celebrando el Esbat -dijo Morrigan, y sus amigas la miraron con desconcierto-. Una celebración de la luna llena. Mi abuela me contó que algunos paganos honraban a la luna llena bailando desnudos, y a nosotras nos pareció divertido.

– No, a ti te pareció divertido. Nosotras te seguimos la corriente -corrigió Lori.

– ¿Sabéis? Me parece raro que mamá Parker sepa tanto de religiones raras. Es muy buena, como una abuela completamente normal. Y de repente, una noche llegas a su casa y la ves fuera, echando vino con miel alrededor de una hoguera que ha prendido en mitad del patio, y te sonríe y te dice algo como: «Estoy terminando la ofrenda de Imbolc a la diosa, cariño. Pasa. Hay galletas en la cocina» -comentó Gena.

– A mí no me parece raro -dijo Morrigan.

– No es que mamá Parker no me parezca estupenda. Me lo parece -contestó Gena rápidamente.

– Pero tienes que reconocer que no es exactamente lo más normal en Oklahoma.

Morrigan se encogió de hombros.

– Nunca he entendido por qué lo normal es tan bueno.

– Morrigan tiene razón -dijo Jamie-. Yo llevo toda la vida yendo a la iglesia metodista de Broken Arrow, y nunca me he divertido tanto como cuando pedimos los deseos de Easter en el árbol.

Todas las niñas sonrieron.

– Se dice los deseos de Eostre -dijo Morrigan.

– ¿Os acordáis de que mamá Parker plantó muchas flores alrededor del árbol? -preguntó Gena. Morrigan asintió.

– Narcisos, azafranes de primavera y jacintos. Yo la ayudé a plantar los bulbos el invierno anterior.

– Y entonces, cuando comenzaron a florecer, mamá Parker nos dio lazos de seda y cristales…

– Y esas estrellitas hechas de papel de aluminio -dijo Lori, interrumpiendo a Gena-. Y después nos dio tarjetas con flores silvestres, biodegradables, por supuesto, y nos dijo que escribiéramos nuestros deseos. Cuando terminamos, atamos las tarjetas a las ramas del árbol.

– Sí, y mamá Parker nos dijo que era otro modo de hacer nuestras plegarias de Semana Santa. Fue mucho más divertido que madrugar y sentarse en el banco duro de la iglesia -dijo Jamie.

– Fue estupendo -dijo Lori.

– Sí, es verdad -convino Gena.

– Entonces, ¿ya no os importan tanto mis rarezas? -preguntó Morrigan.

Mantuvo un tono de voz ligero, de broma, pero sabía que había una parte de sí misma que estaba esperando constantemente a que sus amigas se dieran cuenta, algún día, de que ella no encajaba, por muy buena que fuera su capacidad de interpretación. Entonces, ellas la abandonarían con las voces del viento y con sus preguntas sin respuesta.

– Morgie, cariño, ¡nos gustan tus rarezas! -le dijo Gena, y le rodeó los hombros con el brazo.

– Exacto. Sin tus rarezas no podríamos ser Las Cuatro Fantásticas -dijo Jamie.

– Por eso estamos aquí, para seguirte a esa cueva llena de murciélagos, cuando deberíamos estar de compras -dijo Lori.

– Bueno, deja ya de hablar de los murciélagos -dijo Gena.

Sonó una campanilla que a Morrigan le recordó la que debía de usarse, cientos de años antes, para avisar a los vaqueros de un rancho de la hora de la cena.

– ¡El viaje guiado de las tres al interior de la cueva sale en dos minutos! -anunció una voz masculina a través de un antiguo sistema de megafonía.

Las chicas recogieron los restos del picnic y metieron la cesta en el maletero del viejo Ford Escort de Morrigan. Ella tomó la linterna de emergencia que le había dado el abuelo y se la metió al bolso, y después, todas se pusieron a la cola que estaba empezando a bajar, desde la zona de merendero, por unas escaleras de piedra, hasta la entrada de la cueva principal.

Morrigan estaba impaciente. En aquella ocasión no sólo iba a acampar en el bosque, ni a dar un paseo por unas colinas. En aquella ocasión iba a entrar directamente a la tierra. Sentía la atracción hacia ella como sentía el cambio de temperatura.


«Ven…».

Aquella palabra le resonaba en los oídos.

– ¡Morgie! Vamos… por aquí.

Morrigan se dio cuenta de que se había quedado ensimismada en las escaleras, observando fijamente la entrada a la cueva. Parpadeó y vio a Gena haciéndole señas desde las sombras, donde estaba junto a Lori, Jamie y el resto del pequeño grupo al que se habían unido. Morrigan reaccionó y siguió apresuradamente a sus amigas.

«Ven…».

La palabra la envolvió, como la oscuridad fría de la caverna. En Oklahoma, en agosto, siempre hacía muchísimo calor, y Morrigan sintió al instante que respiraba mejor, que se adaptaba rápidamente a la diferencia de más de treinta grados. Respiró profundamente y percibió el increíble olor a tierra, rico, dulce y rocoso. Aquella esencia le invadió los sentidos y consiguió que se sintiera excitada y relajada al mismo tiempo.

«Este es el lugar al que perteneces…».

Al oír aquellas palabras, sintió que la verdad que contenían era poderosa, y fue incapaz de contenerse: atravesó el pequeño grupo para colocarse la primera, detrás del guía, al entrar a las entrañas de la cueva. Quería ser la primera que oliera, tocara y lo viera todo. El alma de Morrigan tembló de excitación. Ella ignoró las exclamaciones de sus amigas, que intentaban alcanzarla.

– Bueno, si todos están preparados, avancemos en grupo -iba diciendo el guía-. Por favor, recuerden que las luces se activan con un temporizador, así que tienen que permanecer cerca de mí, y que no deben alejarse.

¡Qué molesto! Ella no quería estar atrapada en el grupo de visitantes. Se moría de ganas de explorar aquel lugar asombroso por sí misma. Con irritación, Morrigan apartó los ojos de las paredes de la cueva para lanzarle al guía una mirada fulminante. Sin embargo, el corazón le dio un salto.

El guía era un tipo despampanante. Y la estaba mirando directamente a ella, como si pudiera leerle el pensamiento.


Capítulo 3

<p id="_Toc287304530">Capítulo 3</p>

– ¿Listos? -preguntó el guía, mirándola directamente con sus ojos azules y brillantes. Morrigan asintió-. Muy bien -dijo él-. Oh, se me había olvidado presentarme formalmente. Me llamo Kyle, y hoy voy a ser su guía.

Aunque parecía que sólo estaba hablando con Morrigan, varias de las personas del grupo se echaron a reír y le dijeron «hola, Kyle», mientras él se daba la vuelta y abría una caja de metal, para accionar una serie de interruptores. Al instante, la cueva quedó bañada en luz blanca.

Morrigan sintió una punzada de irritación que hizo que se olvidara del guapo guía. La iluminación era incorrecta. Demasiado intensa, demasiado blanca, demasiado impersonal. El interior de la tierra debería estar iluminado con suavidad. Con piedras brillantes, o con llamas bajas…

– Vamos, Morgie, despierta. ¡Tenemos que continuar! -le dijo Lori. Su amiga le tiró del brazo al pasar a su lado.

Ella se zafó y siguió hacia delante, hasta que estuvo de nuevo en el principio del grupo. El guía se detuvo un poco más adelante. Habían llegado a una cavidad enorme, y a cada lado del camino que ellos debían seguir había montones enormes de piedras planas. Antes de que el guía comenzara a hablar de nuevo, Morrigan ya sabía lo que iba a decir.

– Esta es la parte más profunda de la cueva.

– ¡Exacto! -dijo Kyle, sonriendo a Morrigan. Aquella sonrisa la tomó por sorpresa, y ella se la devolvió nerviosamente.

Hasta aquel momento, no tenía ni idea de que había hablado en voz alta. Entonces, se quedó más sorprendida aún, al ver que el guía se ruborizaba, como si su sonrisa lo hubiera desarmado, y se daba la vuelta para dirigirse al resto del grupo.

– Como ha dicho la joven, ahora estamos en la parte más profunda de la cueva. De suelo a techo hay diecisiete metros, lo cual nos sitúa a veintisiete metros por debajo de la superficie de la tierra.

«¿La joven?», se preguntó Morrigan. «Él no debe de ser mucho mayor que yo».

A su lado, Lori se abrazó a sí misma y susurró:

– Me da escalofríos pensar en que estamos a veintisiete metros por debajo de la superficie. Esto sí que es una tumba profunda.

– No, no es eso en absoluto -dijo Morrigan, paseando la mirada por aquel lugar mágico-. No da miedo. Es bello, y completamente seguro.

¿«Seguro»? ¿Por qué había dicho eso?

Lori se dirigió hacia Kyle.

– Kyle, mi amiga dice que la cueva es completamente segura. ¿Qué dices tú?

– Bueno, no es segura al cien por cien.

Todos los integrantes del grupo, salvo Morrigan, se sobresaltaron un poco al oír aquello, así que el guía continuó apresuradamente:

– Conmigo están a salvo hoy. Pero la verdad es que esos enormes bloques de yeso que hay en el suelo, cerca de la entrada, y aquellos otros -dijo Kyle, señalando las piedras que había a cada lado de camino-, cayeron del techo de la cueva. La última vez que ocurrió algo similar fue en Navidad. Afortunadamente, en ese periodo las cuevas permanecen cerradas.

– ¿Y cómo se sabe que hoy no va a caer ninguna? -preguntó Lori.

– Tenemos monitores que revisan el techo diariamente. Si hay algo suelto, cerramos esa zona de las cuevas. No ha vuelto a soltarse nada desde diciembre.

Uno de los hombres de mediana edad del grupo, que tenía una gran barriga, soltó un resoplido.

– Tú no tendrás más de… dieciocho años. ¿No debería decirnos esto otra persona, como por ejemplo tu jefe, antes de seguir?

Morrigan pensó que Kyle se aturullaría y se ruborizaría, pero se quedó impresionada al ver cómo él respondía al hombre.

– Señor, yo soy el jefe. Soy el miembro más antiguo del grupo que trabaja aquí. Llevo seis años empleado en el parque, y en la actualidad, estoy terminando el proyecto final para licenciarme en Geología. No se preocupe, están seguros conmigo.

– Oh, entonces, bueno… -dijo el señor gordo, avergonzado, y todas las mujeres del grupo lo miraron con petulancia, eligiendo como favorito al joven y guapo geólogo por delante de él.

Morrigan tuvo ganas de decir que ella ya lo sabía, pero en realidad, Kyle no estaba de acuerdo con ella al cien por cien…

«Siempre es seguro para aquéllos que tienen afinidad con la tierra… si las piedras te hablan y te dicen cuándo y dónde van a caer…».

Aunque normalmente no lo hacía, Morrigan escuchó aquella voz que le resonó por la mente. Allí, en el útero de la tierra, la voz parecía maternal, inofensiva. Y ella se sentía tan bien allí… como si aquél fuera su sitio. Tal vez, la misma tierra la estuviera aislando de los susurros del dios oscuro. Tal vez allí, podía estar segura de que sólo escuchaba la voz de su madre.

– Justo después de esta curva vamos a entrar en los que llamamos la Sala del Campamento -dijo Kyle. El grupo había empezado a moverse otra vez, y él encendió otro conjunto de luces cegadoras-. Es posible que la gente usara esta sala como refugio, aunque nosotros no hemos hallado señales de ocupación. Está muy cerca de la entrada, así que es accesible. El suelo es llano, y las paredes tienen formaciones en plataforma. Además, hay un riachuelo que discurre por aquí, al otro lado de la cavidad, y trae agua fresca.

– Vaya. ¿Acampar aquí? Hace demasiado frío -dijo Lori con un estremecimiento-. Empeora algo de por sí horrible, como es una acampada.

– En realidad, la temperatura del interior de la cueva siempre se mantiene alrededor de los quince grados centígrados, en verano y en invierno -explicó Kyle.

– A mí me sigue pareciendo muy frío -murmuró Lori.

La queja de su amiga hizo que Morrigan se diera cuenta de que todo el mundo se había puesto el jersey o la chaqueta. Incluso Kyle llevaba una chaqueta de color caqui con el logotipo del Parque Estatal de Las Cuevas de Alabastro en el bolsillo delantero. Ella todavía tenía el jersey en la mano, porque no tenía frío. Se sintió tan falta de sintonía con los demás como siempre, y rápidamente, se colocó el jersey sobre los hombros.

– Esas rocas son muy bonitas -dijo Gena-. Mirándolas casi se me olvida que aquí viven murciélagos.

Morrigan siguió con la mirada la dirección que le indicaba su amiga, y vio una enorme piedra redonda sobre la cual brillaba un punto rosa. La piedra, redondeada por la erosión, resplandecía bajo aquella luz chillona.

– Es la piedra más grande de las cuevas, y es de selenita.

– La selenita no es rosa -dijo Morrigan.

Kyle la miró con sorpresa.

– Tienes razón, la selenita no es rosa. Eso es sólo nuestra iluminación creativa. Si te acercas a ella, o si miras la parte posterior, comprobarás que es transparente como el cristal. En realidad, es tan clara y tan fácil de cortar que los pioneros usaron láminas de esta piedra para ponerles ventanas a sus casas.

Sin pedir permiso, Morrigan se salió del camino bien marcado que debían seguir los grupos de visita y se acercó a la piedra. Vio con facilidad la transparencia de cristal de aquella roca. La tocó. Era suave y estaba fría. Morrigan posó la palma de la mano en la superficie.

– Eres muy bonita. No necesitas esa luz rosa tan tonta.

La superficie tembló como la piel de un animal.

«Bienvenida, Portadora de la Luz».

Aquellas palabras no estaban en el viento, a su alrededor, como las voces familiares que siempre había oído. Parecía que aquellas palabras habían viajado a través de la palma de la mano, de su piel, y que le habían anegado el cuerpo. Morrigan soltó un gritito y retrocedió con tanta brusquedad que se resbaló en el suelo húmedo y tuvo que agitar los brazos para no caerse.

Alguien la agarró con fuerza para que no perdiera el equilibrio.

– Cuidado. Ahí está muy resbaladizo.

Morrigan asintió y le dio las gracias a Kyle mientras volvían al camino. El sonrió tímidamente y le hizo un gesto al grupo para que continuara adelante. Mientras avanzaban, a Morrigan le trabajaba febrilmente la cabeza. ¿Qué estaba ocurriendo? No era posible que hubiera notado que la piedra se movía. Y aquella voz sólo podía ser la que ella llevaba oyendo toda la vida. ¿O acaso su rareza se había apoderado de ella totalmente y se había vuelto loca? Eso significaba que debería ir a un hospital psiquiátrico y no a la universidad.

Cuando Morrigan alcanzó de nuevo el primer lugar del grupo, Kyle se había detenido otra vez para dar más explicaciones sobre las cuevas. Esperó hasta que todo el mundo lo miró con expectación.

– Ésta es la primera de las cúpulas de la cueva. Es fácil ver, en las muescas y los surcos que hay en las rocas, que las cúpulas fueron creadas por remolinos. Antiguamente, estas cuevas estaban llenas de agua. Con los años, el agua dio estas formas únicas a las paredes. Hoy, claro está, lo único que queda de aquel río bravo es el riachuelo que corre paralelo a nuestro camino y un lago poco profundo que verán después.

A Morrigan, aquella cúpula le parecía bella y misteriosa, pero también familiar. ¿Cómo era posible? Era como si la conociera antes de que Kyle les hubiera llamado la atención sobre ella. Sin embargo, Morrigan nunca había estado en aquella cueva, ni en ninguna otra.

Mirando hacia arriba, Morrigan caminó lentamente hacia el borde del camino, donde la suave pared estaba adornada con cristales de selenita. Tenía ganas de pasar la mano por aquella superficie brillante. En realidad, sentía un impulso irrefrenable de tocarlo. Sin embargo, vaciló, temerosa y ansiosa al mismo tiempo.

– Ésta es mi parte favorita de la visita -dijo Kyle, y el tono de humor de su voz llamó la atención de Morrigan. Se volvió para mirarlo, y se dio cuenta de que él estaba con el resto del grupo, junto a otra de las cajas de luz-. Vamos a experimentar la oscuridad completa. Sólo van a ser sesenta segundos, pero será un minuto muy largo. El ojo necesita la luz para funcionar bien. Si vivieran en la oscuridad durante seis semanas, se quedarían ciegos. ¡Vamos a probar un poco de eso ahora!

Kyle apagó las luces, y la oscuridad se hizo densa e impenetrable.

Oyó suaves grititos de miedo fingido a medias, pero ella permaneció tranquila. En la oscuridad completa, parecía que sus sentidos se expandían, que su cuerpo era líquido y que podía ser absorbido por la materia de las cuevas.

Morrigan se dio cuenta de que aquello debería asustarle, pero en realidad, no le asustaba nada en absoluto.

Posó la mano contra la pared fría de la cueva, y sintió los cristales de selenita mezclados con el alabastro.

«Portadora de la Luz…».

Aquel nombre vibró en los cristales de selenita, que comenzaron a resplandecer. Morrigan apartó la mano de la pared y se la metió en el bolsillo del pantalón. El cristal se volvió oscuro de nuevo.

Cuando las luces se encendieron de nuevo, Morrigan intentó relajarse, hizo rotar los hombros y se reunió con sus amigas para continuar el itinerario.

– Tengo frío -dijo Jamie-. Me pregunto cuánto queda para terminar.

– El camino tiene más o menos medio kilómetro -dijo Morrigan distraídamente, y se preguntó por qué demonios lo sabía.

– Bien. Así que no nos queda demasiado -dijo Lori.

– ¿Eso era un murciélago? -preguntó Gena, que estaba mirando hacia las formaciones de la cúpula-. Creo que acabo de ver un murciélago.

Morrigan le dio la vuelta a su parloteo. A medida que avanzaban, pasó las yemas de los dedos todas las veces que pudo por la pared húmeda de la cueva. Cada vez que su piel rozaba la selenita, sentía una ráfaga de calor en el cuerpo. Sentía algo dentro de las piedras; era como si la cueva tuviera vida propia, y por algún milagro asombroso, la reconociera. La llamaba «Portadora de la Luz». Tenía la sensación de que había salido de Oklahoma y había entrado en otro mundo, y en aquella ocasión, a un mundo al que sí pertenecía. Sin embargo, ¿cómo era posible que se sintiera en casa dentro de una cueva?

Poco a poco, Morrigan notó más calor. Debían de estar cerca de la salida de la cueva. De mala gana, continuó detrás del grupo hasta que todos se detuvieron alrededor de Kyle.

– La salida moderna de la cueva está por allí -dijo Kyle, señalando hacia un lugar en el que el camino torcía suavemente a la izquierda-. Pero ésa es una salida artificial. Antes de que se construyera, la salida estaba aquí -añadió, y dirigió el foco de luz de la linterna hacia un túnel pequeño que se originaba en el camino principal-. Para salir por aquí, la gente tenía que agacharse y meterse por ahí. Hacían la mayor parte del recorrido a gatas, y algunas veces tenían que arrastrarse.

– Ay -dijo Gena-. Eso sí que me da claustrofobia. Preferiría volver a hacer todo el camino de vuelta que tener que hacer eso.

Kyle se rió.

– Gracias a la ingeniería moderna, no tienes por qué hacerlo.

– ¿Podemos utilizar la salida antigua si queremos? -preguntó Morrigan.

Todo el mundo se volvió a mirarla. Sus tres amigas tenían cara de espanto. Sin embargo, Morrigan no se molestó con ellas. Mantuvo la mirada fija en los ojos azules de Kyle.

– ¿No crees que te dará claustrofobia?

– No. Me gustaría usar la salida que preparó la Madre Naturaleza -dijo, y rebuscó en su bolso-. Además, tengo esto.

Kyle sonrió.

– Claro, adelante. Normalmente yo uso esa salida cuando no estoy guiando a un grupo -dijo, y miró al resto de los visitantes-. ¿Alguien quiere unirse a la señorita aventurera?

Todos se rieron y negaron con la cabeza. Lori iba a protestar, pero Morrigan la ignoró, encendió la linterna y pasó por delante de sus amigas, que la miraban boquiabiertas.

– Sólo tienes que llevar la linterna delante de ti y avanzar. No es muy largo. Nos veremos a unos diez metros de aquí, justo antes de la salida trasera -dijo Kyle, y sonrió-. Que te diviertas.

– Gracias -respondió Morrigan, devolviéndole la sonrisa, y preguntándose qué edad tenía.

Al principio, ella había pensado que era muy joven, pero él le había dicho al señor gordo que estaba terminando la carrera, así que debía de tener veintitantos años. Morrigan esperaba que fuera mayor. Los chicos jóvenes le daban dolor de cabeza. El último chico con el que había salido tenía diecinueve años, y por supuesto, se comportaba como si tuviera trece. Claro que eso no era una sorpresa para ella; se sentía muchos años mayor que sus amigas, y siglos mayor que los chicos con los que salían.

– ¿Vas a cambiar de opinión? No pasa nada.

Morrigan se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado absorta.

– ¡Oh, no! No, no voy a cambiar de opinión. Sólo estaba esperando a que me dijeras que puedo continuar.

– Oh -dijo Kyle, y se ruborizó de nuevo. A Morrigan le pareció que sus mejillas rosadas le daban un aspecto adorable-. Ya puedes salir.

– Muy bien, entonces. Nos vemos al otro lado -dijo Morrigan.

Se puso a gatas, encendió la linterna y entró al túnel, alejándose de las miradas de curiosidad del resto del grupo.


Capítulo 4

<p id="_Toc287304531">Capítulo 4</p>

El túnel daba un giro brusco hacia la derecha. Morrigan siguió avanzando, y la cueva se la tragó. Sabía, por lógica, que estaba a pocos metros del resto del grupo, y que si se daba la vuelta, regresaría al camino bien señalado e iluminado. Sin embargo, la lógica tenía poco que ver con todo lo que había sentido desde que había entrado en la cueva. El túnel era estrecho y suave, y hacía un fresco muy agradable. Siguió gateando y disfrutando del sentimiento de protección que le producía aquel espacio reducido. Cuando el túnel se ensanchó lo suficiente como para que pudiera ponerse en cuclillas, se detuvo y extendió los brazos. Posó ambas manos en cada uno de los lados del túnel. Acarició la piedra, concentrándose y sintiendo cuidadosamente. Sí… sólo con tocar, sin mirar, sabía cuándo estaba rozando cristales de selenita.

«Portadora de la Luz…».

El nombre vibró por todo su cuerpo, y Morrigan sintió una ráfaga de excitación.

– Hola… -susurró con vacilación.

«Te oímos, Hija de la Diosa».

A Morrigan se le aceleró el corazón. ¿Hija de la Diosa? ¡Los cristales pensaban que ella era hija de una diosa! Sin embargo, el entusiasmo que le produjo aquella idea se desvaneció rápidamente. ¿Qué pasaría si los cristales supieran que se equivocaban? Ella no era hija de ninguna diosa. Sólo era una chica huérfana que tenía una familia extraña. Estaba segura de que, al igual que sus abuelos, su madre, Shannon, había creído que los árboles, las piedras y todos los componentes de la naturaleza, en general, tenían alma, y que un dios o una diosa no podían quedar confinados en un edificio. Sin embargo, Shannon Parker no era ninguna diosa. Su muerte era la prueba que Morrigan necesitaba para saberlo.

«Abraza tu legado».

Aquellas palabras no provenían de las piedras, pero le llegaron con familiaridad a través del aire fresco de la cueva. Morrigan susurró y murmuró:

– Me resulta difícil abrazar mi legado cuando ni siquiera sé lo que significa.

«Significa que estás tocada por lo divino».

Aquella respuesta inmediata dejó asombrada a Morrigan. Las voces del viento nunca le respondían. Nunca había tenido una conversación con ellas. Eran, normalmente, pensamientos que oía al azar, como si estuviera escuchando una conversación ajena. Sintió aprensión, pero la paz y el sentimiento de acogida que le proporcionaba la cueva superaron el agobio que le había producido aquella desviación de lo que consideraba normal.

– Estoy tocada por lo divino… si eso es cierto, entonces los cristales me reconocen de verdad -pensó. Extendió los dedos contra la piel de la cueva y se concentró-. Hola -dijo suavemente-. Gracias por reconocerme.

Al instante, comenzaron a calentársele las palmas de las manos. Los cristales temblaron y el calor se intensificó, y la roca de las paredes comenzó a resplandecer. Morrigan estaba muy intrigada, completamente concentrada en la luz que estaba creando. Era diferente de la pequeña llama que había brotado de sus manos. Aquélla nunca duraba mucho, y la dejaba sin aliento, un poco mareada.

Encender aquellos cristales hacía que se sintiera poderosa.

Sabía, sin ninguna duda, que podía apagar la linterna y crear tanta luz como para poder guiarse. Y no sólo estaba creando luz, sino también calor. Su piel estaba caliente. Era como si hubiera encontrado una fuente de poder a la que sólo ella podía acudir, y que vivía en los cristales de las cuevas.

– ¡Eh! ¿Estás bien ahí dentro?

Al oír la voz de Kyle repentinamente, Morrigan dio un respingo. Apartó las manos de las paredes del túnel, pero los cristales permanecieron encendidos. Ella los miró sobrecogida.

– ¡Sí! ¡Disculpa! -gritó Morrigan hacia el final del túnel-. Sólo me he parado para observar algunos de los cristales.

– Bueno, el grupo ya ha salido. Te estamos esperando -respondió él.

La selenita iluminada era preciosa, y hacía brillar el alabastro que la rodeaba, de modo que aquella parte del túnel resplandecía suavemente con una luz blanca, pura.

– ¿Morrigan? -la voz de Kyle sonó más cercana, y ella salió de su estado de trance y reaccionó.

– ¡Ya voy!

Se puso a gatas nuevamente y tomó la linterna. Justo antes de que tomar otro giro del túnel, que se abría a la salida, Morrigan miró hacia atrás. La luz de los cristales se estaba desvaneciendo, y mientras ella observaba, parpadeó poco a poco, y se apagó. Morrigan recorrió apresuradamente el resto del camino.

Kyle la estaba esperando.

– Siento haber tardado tanto -dijo ella-. No quería tener esperando a todo el mundo. Es que los cristales eran tan bonitos a la luz de la linterna que me distraje.

– Sí, sé a lo que te refieres -dijo el guía, mientras le hacía una seña para que ella lo siguiera hacia el exterior de la cueva.

Al salir a la superficie, sintió todo el calor de Oklahoma oprimiéndola, y vio el azul del cielo extendiéndose sin fin por encima de su cabeza. Tuvo tal sensación de pérdida al no estar ya en el interior de la cueva que estuvo a punto de echarse a llorar.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Aquí estás! -dijo Gena mientras Morrigan y Kyle se aproximaban al trolebús en el que esperaban todos.

– Está sana y salva -le dijo Kyle al grupo, y después sonrió a Morrigan-. Es una espeleóloga nata, lo cual significa que hay que sacarla a rastras de las cuevas.

– ¡Pues para ustedes dos! ¡Para mí es demasiado oscuro y claustrofóbico! -exclamó un hombre de mediana edad, cuya esposa asintió con tanto vigor, que varios de los miembros del grupo se echaron a reír.

Morrigan, aliviada al ver que el hombre había desviado la atención de ella, sonrió a Kyle con agradecimiento y subió al trolebús con los demás. Sus amigas le hicieron sitio mientras Kyle se sentaba tras el volante. Morrigan sólo quería volver a la cueva. Se agarró con fuerza al asiento para no bajarse. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué se sentía así?

– Bueno… -le susurró Lori con una sonrisa cómplice-. Dime la verdad. Has hecho todo eso para conseguir quedarte a solas con ese guía tan guapo, ¿a que sí?

– Sí, claro -respondió Morrigan automáticamente.

– Creo que le gustas -susurró Jamie-. No dejaba de mirarte. Es guapísimo. Si no le pides el teléfono, es que eres tonta.

– No sé si es lo suficientemente mayor. Ya sabéis que estoy harta de los chicos jóvenes -dijo Morrigan.

Lori soltó un resoplido.

– Tú eres mayor. Siempre has sido mayor.

Morrigan miró a Lori a los ojos. De repente, odiaba a sus amigas con una intensidad que la dejó sin respiración. Odiaba estar rodeada de chicas tontas que no tenían preocupaciones verdaderas, y ni la más mínima idea de lo que era sentirse desplazada siempre.

– Tienes razón. Siempre he sido mayor -respondió lacónicamente.

Después volvió la cabeza y miró hacia la cueva, mientras Lori, Gena y Jamie hablaban sin parar de lo guapo que era Kyle, tan rubio y tan alto.

Morrigan tenía que volver a casa rápidamente para poder hablar con las dos únicas personas que la entendían. Tal vez pudieran ayudarla a encontrarle sentido a todo lo que había ocurrido aquel día.

«Y tal vez haya cosas que no te han contado sobre tu madre…».

En aquella ocasión, Morrigan escuchó.


Capítulo 5

<p id="_Toc287304532">Capítulo 5</p>

– Tenemos que hablar.

Sus abuelos la miraron a la vez. Estaban en su sitio de costumbre para pasar las veladas nocturnas, sentados el uno junto al otro en mecedoras gemelas, leyendo y haciendo caso omiso de la televisión. La abuela se había servido una copa de vino tinto. El abuelo se estaba tomando un café descafeinado.

– Cariño, ¿no querían entrar las chicas? He hecho tarta de cereza.

– No, las he llevado a casa. Tengo que hablar con vosotros.

Su abuelo se quitó las gafas de leer.

– ¿De qué se trata, Morgie?

– En las cuevas me ha pasado algo muy raro -dijo ella. En vez de sentarse en su sitio de siempre, se paseó de un lado a otro. Estaba llena de energía nerviosa, y no sabía por qué.

– Cuéntanoslo, cariño -dijo la abuela.

– De acuerdo. Empezó con la reacción que tuve al entrar en las cuevas. Me sentí como en mi verdadero hogar. Era como si ya hubiera estado allí… No. No lo estoy describiendo bien. Cuando entré en la cueva, era como si aquél fuera mi sitio, como si yo perteneciera a aquellas rocas. Ya sabéis que algunas veces me siento fuera de lugar -dijo, y sus abuelos asintieron. Lo entendían bien; la habían ayudado durante toda la vida-. No me sentí así en la cueva.

– Bueno, cariño, siempre te ha encantado estar al aire libre. Supongo que tiene sentido que tengas una reacción positiva a algo como relacionado con la tierra -dijo la abuela.

– Eso es lo que yo me dije al principio. Sin embargo, pasaron otras cosas que me dieron a entender que hay algo más. No es sólo que me guste la tierra.

– ¿Qué más pasó? -preguntó su abuelo.

– Los cristales de la cueva me llamaron «Portadora de la Luz» y me dieron la bienvenida. Y yo hice que resplandecieran.

Nadie dijo nada durante varios segundos. Morrigan se agarró las manos con fuerza y esperó. La abuela habló primero.

– Querida, ¿quieres decir que le transmitiste el fuego de tus manos a los cristales?

Morrigan negó con la cabeza.

– No, no fue así. Fue como si el fuego ya estuviera dentro de los cristales, y cuando los toqué, yo lo encendí.

– ¿Lo vieron tus amigas?

– No. Nadie lo sabe.

– Morrigan, cuando dices que los cristales te dieron la bienvenida y te llamaron «Portadora de la Luz», ¿te refieres a las voces del viento? -inquirió el abuelo.

– No. Fue muy diferente. ¡Fue increíble, abuelo! Toqué los cristales y cobraron vida. Sentí cómo temblaban, como si estuviera acariciando a un animal. Y entonces, a través de la mano, noté que me daban la bienvenida. No era una de las voces del viento. Era la voz de mi alma. Si mantenía la mano sobre los cristales, comenzaban a calentarse y a resplandecer.

Se sorprendió al ver una tristeza repentina en los ojos de su abuelo. Él le dio unos golpecitos en la palma de la mano y se giró hacia su esposa.

– Creo que ha llegado el momento de que se lo contemos todo -dijo.

– Lo sé -dijo la abuela.

A Morrigan se le encogió el corazón, y de repente, tuvo ganas de retirar todo lo que había dicho. Las palabras de su abuelo le daban miedo, y en lo más profundo de su alma sabía que después de que oyera lo que iban a decirle nunca volvería a ser la misma.

– Siéntate, cariño. Tengo que contarte una historia.

Morrigan se sentó en un taburete, frente a sus abuelos, y se mantuvo en silencio.

– ¿De qué se trata, abuelo?

– Tu madre no era Shannon.

Las palabras eran muy sencillas. La frase, muy corta. Sin embargo, para Morrigan, la voz de su abuelo se había convertido en un arma, y lo que le había dicho le había causado un dolor físico tan agudo que se estremeció.

– Cariño, no te asustes. No va a pasar nada -dijo la abuela. La abuela reaccionó ante su dolor, como hacía siempre, pero Morrigan no apartó los ojos de su abuelo.

– No entiendo lo que quieres decir. ¿Cómo que Shannon no era mi madre?

– Hace diecinueve años, Shannon fue a la subasta de una finca en el campo. En aquella subasta compró un ánfora, porque pensaba que era la reproducción de una antigua ánfora celta. En realidad, era el talismán de otro mundo, Partholon. Es un mundo parecido al nuestro, en el que incluso hay gente que es exactamente igual que la gente de nuestro mundo. Salvo que, en Partholon, la magia era real, y la diosa Epona era, o más bien es, la deidad principal.

– Epona… -susurró Morrigan.

– Sí. Fue Rhiannon, la Suma Sacerdotisa de Epona, su Elegida, la que envió ese talismán aquí, a Oklahoma, como cebo para atrapar a Shannon. Shannon y ella eran el reflejo la una de la otra. Eran tan parecidas que no había manera de distinguirlas, y por eso, la Suma Sacerdotisa pensó en intercambiar su lugar con el de Shannon. A través de aquella ánfora, Shannon fue transportada a Partholon y Rhiannon vino a Oklahoma.

– Pero ¿por qué? No lo entiendo. ¿Para qué quería venir la Suma Sacerdotisa de una diosa aquí?

– Rhiannon sabía que Partholon iba a sufrir la invasión de un ejército de demonios, así que le pareció buena idea marcharse.

– Eso no está bien. Si era la Suma Sacerdotisa, debía quedarse allí para ayudar a su pueblo.

– Sí, es cierto. Pero Rhiannon MacCallan era egoísta y caprichosa, y prefirió hacer lo más fácil, no lo correcto. Además, este mundo le atraía, junto con el poder que podía conseguir en él.

La abuela se inclinó hacia ella.

– Pero una de las razones por las que Rhiannon actuó así es que el dios oscuro le susurraba cosas para envenenarle el espíritu.

Morrigan entendió muchas cosas al oír aquello. Por eso, sus abuelos le advertían siempre que no escuchara a las voces que oía, aunque una de ellas pudiera ser la de su madre. Su madre…

– No hubo nadie que le dijera a Rhiannon que Pryderi era un dios oscuro. No se dio cuenta de que su infelicidad y los malos pensamientos que le invadían la mente estaban manipulados por el mal.

– Nadie se lo dijo, y ese mal acabó por consumirla -continuó el abuelo.

– ¿Y cómo sabéis vosotros todo esto? -preguntó Morrigan.

El abuelo respiró profundamente y exhaló un largo suspiro.

– Porque Rhiannon usurpó la vida de Shannon.

– No, no es así -dijo la abuela-. Rhiannon no se parecía en nada a Shannon, y no pudo usurpar su vida.

– Tu abuela tiene razón. Rhiannon no se hizo con la vida de Shannon, tal y como Shannon se hizo con la suya en Partholon. Rhiannon cambió y retorció las cosas, porque siempre estaba buscando más. Más poder. Más dinero. Más, costara lo que costara.

– Así conoció a tu padre.

Morrigan se volvió hacia su abuela.

– Clint Freeman.

– Sí, cariño.

– Era un hombre bueno. Tenía un vínculo con la tierra -dijo el abuelo, sonriéndola-. Creo que de ahí viene tu amor por la tierra. A él lo fortalecía físicamente. Shannon nos contó que Clint era el reflejo del Sumo Chamán de Partholon, con el que ella se había casado en lugar de Rhiannon.

– Espera. No lo entiendo. Has dicho que Rhiannon estaba aquí, y que Shannon estaba allí. Y ahora dices que Shannon os contó cosas. Entonces, ¿ella habla contigo desde Partholon?

– Bueno, lo ha hecho algunas veces, pero no muchas. La mayoría de las veces sueño con ella, y sé que lo que veo es real. Sin embargo, no es así como me enteré de que existía Partholon. Shannon volvió una vez a Oklahoma. Clint la trajo para intentar intercambiarla de nuevo por Rhiannon. Los tres coincidieron aquí durante unas semanas, porque Rhiannon resucitó a un demonio para utilizar su poder, y lo dejó suelto en este mundo.

– ¿Eso es lo que mató a mi padre?

– No -respondió el abuelo lentamente-. Tu padre se sacrificó para poder detener a Rhiannon. Con su sangre la aprisionó mágicamente en el interior de un árbol, y al mismo tiempo, envió a Shannon de vuelta a Partholon para que ella pudiera estar con su marido, el padre de su hija, que todavía no había nacido.

– ¿Y Rhiannon estaba embarazada de mí?

– Sí.

– Rhiannon es mi madre, y no Shannon.

– Sí. Tu madre es Rhiannon.

– Y vosotros sois los padres de Shannon. No los padres de Rhiannon.

En vez de responder, el abuelo dijo:

– Deberías saber que durante tu nacimiento había presente un chamán choctaw. Él te trajo con nosotros, y nos dijo que, antes de morir, Rhiannon rechazó al dios oscuro y se reconcilió con Epona.

A través de los zumbidos que tenía en la cabeza, Morrigan apenas podía oír lo que él le estaba diciendo.

– Por eso siempre me he sentido fuera de lugar. Es porque no estoy en mi sitio. No pertenezco a este mundo. Y no os pertenezco a vosotros.

– Pero cariño, ¡claro que sí! ¡Eres nuestra niña!

Morrigan negó con la cabeza.

– No. Soy la hija de Rhiannon MacCallan. Y ella no es vuestra hija. Mi madre no era Shannon, la mujer cuyas fotografías me habéis estado enseñando, y sobre quien me habéis estado contando historias durante toda la vida. Soy hija de Rhiannon.

Su voz sonaba extraña. Su tono era de enfado, de acusación. Vio que el dolor le oscurecía los ojos a su abuela y se los llenaba de lágrimas, pero no podía contenerse.

– Soy hija de una mujer tan mala que el padre de su hija se sacrificó para salvar al mundo de ella. Y de mí. Se mató para mantenerme alejada del mundo a mí también, porque yo era hija de Rhiannon, y por lo tanto, tal vez fuera como ella.

– No, Morrigan. Tú no eres como ella -dijo el abuelo con firmeza.

A Morrigan le latía el corazón con tanta fuerza que le hacía daño en el pecho.

– ¿Cómo se liberó Rhiannon de la magia? ¿Cómo nací yo? ¿La liberó Pryderi?

– Sí, la liberó el dios oscuro, pero Epona la perdonó.

– Y por eso me advertisteis que algunas de las voces que oía con el viento podían ser malvadas. Es porque mi madre era mala y escuchó a ese dios, así que es lógico que yo lo haga también.

– Cariño, queríamos asegurarnos de que estabas en guardia, de que no te hicieran daño las mismas cosas que tentaron y engañaron a Rhiannon -le dijo su abuela.

– Morrigan, escúchanos. Tú no eres mala, y ése no es el motivo por el que te hemos advertido. Tú eres como Shannon, no como Rhiannon.

– Pero yo no soy hija de Shannon. Habéis dicho que estaba embarazada al mismo tiempo que Rhiannon. Ella tiene a su hija en Partholon, ¿no?

– Sí. Shannon tiene una hija en Partholon -dijo su abuelo.

– Entonces, hay dos de nosotras, como Shannon y Rhiannon. Es irónico. Yo soy la que debería haber nacido allí, la que pertenece a aquel mundo. O no. Tiene una madre, y tienen que estar juntas. Soy yo la que está fuera de lugar en todas partes.

«Tú tienes la cueva y tienes tu herencia…», dijo alguien en el aire, alrededor de Morrigan.

– No soy tu nieta. No soy quien siempre he pensado que era -dijo, mientras empezaba a retroceder para salir de la casa.

– Claro que eres nuestra nieta. Esto no cambia nada. El único motivo por el que te hemos contado todo esto es que es evidente que estás empezando a mostrar los poderes de una diosa. Eso significa que Epona debe de estar contigo, incluso aquí, en Oklahoma -dijo el abuelo, hablándole suavemente, como si fuera una potrilla asustada.

– Es bueno tener cerca a Epona -dijo la abuela, sonriendo a través de las lágrimas-. Estoy segura de que la diosa tiene un plan para ti.

– ¿Y si no es Epona la que está cerca de mí? ¿Y si Pryderi me considera suya y ése es el motivo por el que oigo voces, y puedo hacer fuego, y los cristales me hablan y resplandecen cuando los toco?

– Pryderi no te ha marcado. Tú no eres mala, Morgie -dijo con ternura el abuelo.

A Morrigan se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Tú dices eso, pero no lo sabes con seguridad. Y yo tengo que saberlo con seguridad. Pase lo que pase, ya es hora de que acepte mi destino.

Se dio la vuelta y salió corriendo de la casa.

Sus abuelos corrieron a la puerta y la vieron alejándose por la carretera, en su Old Red.

– Lo superará -dijo mamá Parker, enjugándose las lágrimas de las mejillas-. Se le pasará el enfado, y volverá a casa, y todo se arreglará, ¿verdad, querido?

Richard la rodeó con un brazo.

– Eso espero. Morgie es una buena chica. Sólo está asustada, y en este momento, muy enfadada con nosotros.

Volvieron a sus sillas. Richard se movió lentamente, porque sentía la edad más que de costumbre. Intentó concentrarse otra vez en el libro que estaba leyendo, pero no pudo. Miró a mamá Parker. Ella estaba mirando por la ventana.

– Es una buena chica -repitió.

Su mujer asintió.

– Lo sé. Es que… creo que es demasiado para que pueda asimilarlo de una vez, y es tan joven…

Richard suspiró:

– Sí… sí… sí… -murmuró, y se irguió en la silla-. ¡Demonios!

– ¿Qué ocurre, cariño?

– Morrigan dijo algo de que había llegado la hora de aceptar su destino. ¿La habías oído decir algo así en sus dieciocho años de vida?

Mamá Parker hizo un gesto negativo con la cabeza.

– No, pero suena como algo que haya podido susurrarle Rhiannon -dijo.

– O Pryderi.

Richard se levantó y comenzó a ponerse los zapatos.

– Dijera lo que dijera aquel chamán indio, yo sigo dudando que haya alguna diferencia entre los dos.

– ¿Vamos a ir a buscar a Morrigan?

– Sí, claro que vamos a ir.

– Oh, bien, querido. Me siento muy aliviada -dijo mamá Parker, y se apresuró a recoger las llaves de la camioneta-. ¿Sabes adónde ha podido ir?

– Si no me equivoco, y sigue escuchando esos malditos susurros, ha vuelto a la cueva.

– Al lugar donde sus poderes se intensifican -dijo mamá Parker.

Richard gruñó.

– Sí. Lo que yo creo es que Morrigan tiene un poder que ellos quieren.

Mientras tomaba el viejo termo de uno de los armarios de la cocina y lo llenaba de café, pensó con ironía que, en lo referente a sus chicas, casi siempre acertaba. Lo cual no siempre había sido una buena cosa.


Capítulo 6

<p id="_Toc287304533">Capítulo 6</p>

Partholon

– Eh, disculpa, Myrna. ¿Qué es lo que acabas de decir? A mí me ha parecido que decías que estás embarazada del trol y que te vas a casar con él, pero no sé si lo he oído bien.

– Me has oído bien, mamá. Salvo por la parte de que Grant es un trol. Sabes que te he pedido cientos de veces que dejes de llamarle eso.

– Es bajo, tiene la cabeza plana y la mordida cruzada. Para mí, eso es ser un trol.

– ¿De veras? Pues en realidad, es el futuro marido de tu hija, y padre de tu nieto.

Yo miré a mi alrededor, como si fuera a aparecer alguien por detrás de los rosales de mi maravilloso jardín.

– Tienes una hija, que se supone que está en el Templo de la Musa, culturizándose y aprendiendo a ser elegante, pero que en vez de eso está fornicando con un trol y…

– ¡Rhea! ¡Myrna! Aquí estáis.

Alanna entró en el jardín y se colocó entre mi hija y yo. Antes de que yo tuviera oportunidad de empezar de nuevo, oí unos sonidos de cascos que se acercaban, lo cual quería decir que se acercaba ClanFintan, mi marido y padre de la culpable. Me di la vuelta y comencé a cortar, tal vez demasiado vigorosamente, rosas violetas para hacer un ramo, e ignoré a mi amiga y a mi hija.

Noté que Alanna me miraba. Después se encogió de hombros y se abrazó a Myrna.

– ¡Mi dulce niña! Grant me ha dicho que has llegado esta mañana. Qué sorpresa. No te esperábamos hasta el invierno.

Yo solté un bufido al oír el nombre del trol, pero la llegada de ClanFintan amortiguó el sonido.

– ¡Papá!

No tuve que darme la vuelta para saber que Myrna se había lanzado a los brazos de su padre. Lo adoraba. «Como tú, Amada».

Mentalmente, hice un gesto de exasperación hacia mi diosa y murmuré:

– Vamos a ver lo que dice su querido papá de la noticia tan buena que va a darle.

«Paciencia, Amada».

Me di la vuelta y me crucé de brazos, mientras veía a ClanFintan con una sonrisa resplandeciente de padre orgulloso.

– Mi corazón está completo de nuevo, ahora que tengo a mis dos chicas conmigo.

Él me miró a los ojos, y su sonrisa me incluyó. Durante un segundo, olvidé que mi hija acababa de volverme loca. Sólo pude pensar en que después de veinte años, él era más guapo incluso que cuando lo conocí, y que aquellos años sólo me habían hecho quererlo más.

Entonces, recordé la razón por la que Myrna nos había hecho aquella visita sorpresa.

– Dile a tu padre por qué has venido a casa. Seguro que entonces no va a estar tan contento de verte -dije.

Myrna me miró con el ceño fruncido.

– No tienes por qué enfadarte, mamá. Esto es algo bueno.

Yo resoplé.

ClanFintan me miró con su cara de «deja que me encargue yo». Entonces, alcé las manos en una señal de rendición y él miró a Myrna.

– ¿Qué has hecho que haya molestado tanto a tu madre, Myrna?

– ¡Estoy embarazada, papá! ¡Y Grant y yo vamos a casarnos!

Oí que Alanna inhalaba una bocanada de aire bruscamente. ClanFintan nos miró a mi hija y a mí alternativamente.

– Te lo dije -le advertí.

– ¿Y dónde está Grant? -preguntó ClanFintan con severidad.

– Papá, está esperando a que yo os dé primero la noticia, y después se reunirá con nosotros.

ClanFintan arqueó una de sus cejas negras.

– ¿Y por qué no ha venido primero a vernos a tu madre y a mí para pedirnos permiso para casarse contigo? Eso hubiera sido lo más honorable.

– Porque no es tonto. Cualquiera con sentido común os tendría miedo. Sin embargo, aunque esté tan asustado, quería venir conmigo. Yo no se lo he permitido. Sabía que era mejor que yo hablara con vosotros primero.

– Muy bien. Has hablado con nosotros. Ahora ve a buscarlo para que tu papá pueda darle una buena tunda -dije yo agradablemente.

– ¿Estás segura de que estás embarazada? -preguntó Alanna. Su voz suave sonó extrañamente aguda, y llamó nuestra atención.

– Estoy segura -dijo Myrna con alegría.

Alanna cerró los ojos como si sintiera un dolor agudo. ¿Qué demonios? Cuando los abrió, me miró fijamente con una expresión llena de tristeza.

Entonces, yo lo entendí todo, y lentamente, temblando, retrocedí hasta que encontré el banco de mármol que había detrás de mí. Me senté antes de que me fallaran las rodillas.

– Oh, no… -fue todo lo que acerté a decir. Alanna se acercó a mí y me tomó de la mano.

– ¿Mamá?

– Myrna, estamos hablando del Grant a quien conoces desde niña, ¿no? ¿El hijo único de los McClures, que poseen los viñedos que están junto al templo?

– Por supuesto, mamá. No hay otro Grant -dije.

Vi en sus ojos que ella ya sabía aquello de lo que Alanna y yo acabábamos de darnos cuenta. Siguió hablando, pero mientras hablaba, se acercó a mí.

– Y no hay ningún otro hombre, ni ningún centauro, para mí. Quiero a Grant, y Grant es el padre de mi hijo. Pregúntale a Epona, mamá, ella lo sabe.

Oí la maldición que musitó ClanFintan, y supe que él también se había dado cuenta de lo que implicaba el anuncio de Myrna.

– Mamá… Desde hace mucho tiempo sabes que yo no voy a ser la próxima Elegida de Epona.

– No -susurré entre lágrimas-. No, no lo sabía.

«Escúchala, Amada. Myrna conoce bien su corazón, y acepta su destino».

– Sí. Sabes que Epona nunca me ha hablado -dijo Myrna-. Sé que la diosa me quiere, y yo la quiero a ella. Me encantan los rituales que tú presides, y también las celebraciones de bendición. Pero nunca he tenido el mínimo deseo de ser quien dirigiera esas celebraciones y esos rituales. Y, además, mamá, no tengo ninguna afinidad concedida por la diosa. Los árboles te saludan. Las piedras cantan tu nombre. Tu espíritu viaja durante el Sueño Mágico. Yo no tengo nada de eso, ni siquiera un poco.

Myrna hizo una pausa y se miró el regazo.

– Te quiero, y he intentado ser lo que tú querías que fuera. Pero lo que yo he querido siempre es ser madre, y ayudar a Grant a cuidar sus viñedos -dijo con la voz entrecortada, mientras empezaba a llorar-. Siento haberos decepcionado a papá y a ti.

A mí me dolía el corazón mientras la abrazaba.

– Oh, querida, tú nunca podrías decepcionarnos a tu padre y a mí. Te queremos.

Myrna se aferró a mí y todos los signos de su valor desaparecieron. Sentí que le temblaban los hombros mientras sollozaba. Y entonces, ClanFintan nos abrazó a las dos. Besó a nuestra hija y después me besó a mí.

– Si quieres a ese hombre, tráelo aquí y le daré mi bendición -dijo.

– ¿Me lo prometes? -preguntó Myrna entre lágrimas.

– Tienes el juramento del Sumo Chamán de Partholon -dijo él con solemnidad.

Entonces, Myrna me miró.

– Siento mucho no haber nacido para ser la Elegida de Epona, mamá. Sé que es lo que siempre quisiste para mí.

Yo miré a mi hija a los ojos y supe que, si le decía que estaba abatida porque ella no fuera a seguir mis pasos al servicio de Epona, le haría un daño irreparable. Y yo no podía hacer eso. Así pues, sonreí y me sequé las lágrimas con la manga de la túnica.

– Lo que siempre he querido es que seas feliz. Y si Grant te hace feliz, tendrá mi bendición. Y la de Epona.

Myrna sonrió entonces.

– ¡Oh, gracias, mamá! -exclamó.

Después de abrazarme, salió de la habitación en busca de Grant.

– Una nieta -dijo ClanFintan con un tono de melancolía-. No sabía que iba a ocurrir tan pronto, pero la idea no me resulta desagradable -añadió, y me acarició la mejilla-. Rezaré para que se parezca a su abuela.

– Si acaso es una niña.

Ahora que Myrna se había ido, ya no traté de disimular mi desilusión. Si Myrna hubiera venido a decirme que estaba embarazada y enamorada de uno de los varios Sumos Chamanes centauros que durante aquellos años habían intentando cortejarla, no tendríamos ninguna duda sobre el sexo de su primer hijo. La Elegida de Epona siempre se casaba con un Sumo Chamán centauro que la diosa elegía especialmente para ella. Su primer hijo era un regalo de Epona, y siempre era una niña. Myrna estaba embarazada de un humano común y corriente. Su hija no era un regalo de la diosa porque Myrna no iba a ser su Elegida. Yo tenía que aceptar el hecho de que Myrna no tenía ninguno de los dones que la diosa concedía a sus Encarnaciones, por muy imposible que pudiera parecerme.

«Myrna tendrá una niña sana y feliz. Y tú te equivocas en cuanto a tu hija, Amada. Ella sí tiene los dones de la diosa en su interior, y esos dones se los traspasará a la hija que tenga».

A mí se me cortó la respiración a causa de la inmensa alegría que me produjeron las palabras de Epona.

– ¡Myrna tendrá una hija! -exclamé.

Alanna se puso a aplaudir.

– La línea sucesoria de las hijas MacCallan continúa. Y aquí estoy yo, de brazos cruzados, como si no tuviera nada que hacer.

Yo miré a Alanna con las cejas arqueadas. Demonios, siempre estaba muy ocupada.

– A Myrna ni siquiera se le nota el embarazo todavía. Tenemos mucho tiempo para preparar la habitación y las cosas del bebé.

– Rhea, también tenemos que preparar la fiesta de la boda de la única hija de la Elegida de Epona -respondió ella pacientemente. Después me sonrió y salió apresuradamente de mi jardín.

– Amor mío, creo que lo mejor sería que nos reuniéramos con Myrna y con Grant en el Gran Salón. El compromiso de nuestra hija debería anunciarse con solemnidad y con alegría si realmente vamos a darle nuestra bendición.

Yo suspiré.

– Ya lo sé.

– Rhea, ¿de veras te ha afectado tanto la decisión de Myrna? Tú y yo ya habíamos hablado del hecho de que no parecía que tener deseos de convertirse en la Elegida de Epona.

– Tienes razón. En realidad, no puedo decir que me haya sorprendido. Sólo me pregunto… -me interrumpí, porque me sentía terriblemente desleal hacia mi hija.

– Te preguntas por la hija de Rhiannon.

– No es que quisiera que Myrna fuera distinta, de verdad -dije rápidamente-. La adoro. Siempre ha sido una hija maravillosa. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si Morrigan es como Myrna. Epona acaba de decirme que le ha concedido dones a Myrna, pero que esos dones nacerán con su hija. Entonces, ¿Morrigan también tiene esos dones de la diosa latentes, o son más tangibles en ella? ¿Y qué pasa si los tiene, pero como está en Oklahoma es tan desgraciada como Myrna sería si la obligáramos a ponerse al servicio de Epona contra su voluntad?

– Morrigan está en manos de Epona. Tienes que confiar en que tu diosa y tu padre la van a cuidar.

– Confío en Epona y en mi padre, pero ojalá pudiera visitarlo durante el Sueño Mágico para poder ver lo que está pasando con Morrigan.

Mi espíritu sólo había vuelto a Oklahoma media docena de veces durante los dieciocho años anteriores, y en aquellas ocasiones sólo había permanecido allí brevemente, lo suficiente para decirle a mi padre que Myrna y yo estábamos bien. Durante aquellas visitas, sólo había visto tres veces a Morrigan, y una de ellas, el día en que nació. Siempre me había asombrado lo mucho que se parecía a mi hija. Sabía que aquel parecido era el único motivo por el que yo me sentía tan unida a ella. ¿Cómo no iba a preocuparme por ella? Además, yo era consciente, aunque ClanFintan y yo nunca hubiéramos hablado sobre ello, de que Morrigan podría haber sido hija mía. Tal vez, debería haber sido mía. De haberme quedado en Oklahoma, me habría casado con Clint Freeman, y sin duda, habríamos tenido hijos.

– Rhea, sabes que después de la última vez que Epona te permitió viajar a tu antiguo mundo durante el Sueño Mágico, estuviste enferma varios días.

Suspiré.

– Sí, lo sé. La diosa me dijo que viajar hasta allí es peligroso para mí. Está demasiado lejos como para separar mi alma y mi cuerpo, sobre todo ahora que voy envejeciendo. Se supone que tengo que conformarme sabiendo que Epona le envía a mi padre visiones para que él no se sienta completamente separado de mí.

ClanFintan sonrió.

– Ojalá pudiera tu padre cruzar la División y venir a Partholon. Durante todos estos años he echado de menos a su reflejo de este mundo, El MacCallan. Tenerlo aquí sería como tener a El MacCallan de vuelta entre nosotros.

– Mi padre y tú os llevaríais muy bien, si tú fueras capaz de soportar todas las preguntas que, con toda seguridad, te haría sobre la anatomía de los centauros.

Él se echó a reír.

– Se me olvidaba que en tu antiguo mundo los centauros sólo somos un mito.

– Bueno, mi padre no te permitiría que lo olvidaras. Pero yo también quisiera que pudiera venir.

– Tal vez haya un modo de…

– ¡No! El cambio de mundos requiere un sacrificio humano. Por mucho que nos añoremos el uno al otro, sé que mi padre no querría que nadie muriera para poder venir conmigo aquí. Además… tendrían que ser dos sacrificios, puesto que él no vendría sin mamá Parker. No, en realidad tendrían que ser tres, porque Morrigan no podría quedarse allí sola… No. Mi padre tendrá que quedarse en Oklahoma.

– Y tú te quedarás en Partholon.

ClanFintan no lo dijo como una pregunta, pero yo vi en sus ojos que él necesitaba que se lo dijera.

– Yo me quedaré en Partholon, contigo, para siempre -dije.

Me puse en pie y le rodeé la cintura con los brazos.

Él se inclinó y me besó. Yo le sonreí con coquetería.

– Eres muy sexy para ser abuelo.

Él se quedó un poco asombrado.

– Vamos a tener una nieta. Es algo raro, aunque maravilloso, el hacerse viejo.

– Sí -dije, y después añadí-: Si he contado bien los meses, seremos abuelos a principios de otoño.

– Me parece que el otoño es un momento magnífico para el nacimiento de un niño -dijo él con firmeza.

– Sí… -respondí yo.

Sin embargo, mi mente ya estaba divagando. El otoño era el momento del año en que la vida, y Partholon en general, se preparaba para el invierno. Normalmente, era la primavera la que se asociaba con los bebés y los comienzos. El otoño era la estación de los finales; la muerte de las hojas de los árboles, la última cosecha de los frutos del verano, la preparación para los días más cortos y más oscuros que se avecinaban. Fruncí el ceño y apoyé la mejilla en el pecho de mi marido, preocupándome por un complejo simbolismo como sólo podría preocuparse una ex profesora de literatura y lengua inglesa.

Epona, que normalmente me respondía y me decía lo tontas que eran mis imaginaciones, permaneció extrañamente callada.


Capítulo 7

<p id="_Toc287304534">Capítulo 7</p>

Oklahoma

Morrigan llevaba conduciendo más de una hora cuando se dio cuenta de adónde iba. Miró el reloj del salpicadero. Eran más de las diez. Cuando llegara a las cuevas habrían pasado las doce.

– Me alegro -dijo en voz alta-. No quiero tener público para lo que voy a hacer.

¿Y qué iba a hacer?

En realidad, esa parte todavía no la había pensado bien. Sólo sabía que tenía que alejarse de sus abuelos, que en realidad no eran. Había alguien en Partholon que tenía de verdad una madre y un padre, y unos abuelos. Sus propios abuelos. Aunque en realidad tampoco eran de Morrigan.

Todo aquello le producía un dolor de cabeza tan grande como el de su corazón y su estómago.

– Pero entonces, ¿qué voy a hacer cuando llegue a la cueva? -se preguntó.

«Acepta tu destino…».

– No -dijo con firmeza-. No, no quiero oír nada que tú tengas que decirme al respecto.

Encendió la radio, para que su sonido amortiguara los susurros que pudieran aparecer en su mente. Morrigan necesitaba pensar con la cabeza clara, sin influencias de nadie en quien no pudiera confiar. Si a lo que se refería aquella voz con lo de que aceptara su destino era a que intentara averiguar exactamente qué poderes tenía y quién era de verdad, Morrigan suponía que eso era lo que estaba a punto de hacer.

Miró con un sentimiento de culpabilidad su teléfono móvil. Lo había apagado en cuanto había subido al coche. Sus abuelos estarían preocupados por ella, y ella odiaba causarles dolor. La querían, y ella lo sabía. Morrigan no dudaba de sus abuelos. Ya lamentaba las cosas tan duras que les había dicho. No se había enfadado con ellos, porque sabía que no era culpa suya que ella no fuera hija de Shannon. Incluso entendía el motivo por el que no se lo habían dicho. ¿Cómo iban a explicarle a una niña de diez, o de quince años, que en realidad era la hija de una sacerdotisa de otro mundo que se había vuelto malvada, que después había renunciado al mal, y había muerto? Ya era lo suficientemente difícil de entender para ella, que supuestamente era una muchacha madura de dieciocho años.

Así que aquél era el verdadero motivo por el que volvía a la cueva. Quería descubrir la verdad sobre su madre, tanto como deseaba descubrir la verdad sobre sí misma.


Morrigan aparcó su viejo coche rojo junto a la señal del Parque Estatal de Las Cuevas de Alabastro, que estaba a un lado de la carretera que llevaba a la tienda de regalos, al merendero y a la entrada principal de la cueva. Sus zapatillas deportivas hicieron crujir la gravilla, pero el cielo era tan grande, que el ruido fue amortiguado por las estrellas. La luna estaba en fase creciente, y asomaba por encima de las copas de los árboles que bordeaban la carretera. Notó la brisa suave y cálida en las mejillas, y sintió alivio al no oír ninguna voz en el viento.

Pasó junto a la cabaña del guardia del parque y por delante de la tienda de regalos, y siguió caminando, como había hecho aquel mismo día, hasta que llegó a las escaleras de piedra. Bajó por ellas y, rápidamente, perdió de vista la luz de la luna. Morrigan rebuscó en su bolso, sacó la linterna y siguió el haz de luz.

Sintió la abertura de la boca de la cueva antes de iluminarla con la linterna. Su aliento fresco le acarició la cara. Morrigan respiró profundamente aquel olor a tierra y se detuvo en la entrada.

Debería tener miedo. Debería estar aterrorizada. Estaba completamente sola, por la noche, fuera de casa, e iba a entrar a una cueva llena de murciélagos.

Sin embargo, la verdad era que se sentía eufórica, lo cual era otra prueba más de su rareza.

Morrigan irguió los hombros y entró en la cueva.

Allí, la oscuridad se hizo completa. Su pequeña linterna sólo era un alfiler en la impresionante negrura, y no podía iluminar más que un diminuto dardo de aquel vasto mundo subterráneo. Pero a Morrigan no le preocupaba la oscuridad; por el contrario, le resultaba calmante.

Como si lo conociera desde siempre, siguió con facilidad el camino que descendía hasta el vientre de la cueva. Cuanto más se adentraba en ella, más relajada se sentía. La tensión que le había atenazado los hombros durante todo el viaje se disipó. La preocupación que sentía por sus abuelos desapareció. La confusión que le creaban las voces del viento se minimizó.

Más tarde, se dio cuenta de que aquella relajación antinatural debería haberle servido de advertencia sobre lo que iba a ocurrir. Entonces sonrió y siguió entrando más y más a la cueva. Cuando llegó a la cavidad que Kyle había denominado la Sala del Campamento, entendió qué era lo que le atraía tanto.

– La piedra de selenita -susurró al iluminar con la linterna aquella piedra cargada de cristales y hacerla brillar como la luna sobre el agua.

Era mucho más bella en aquel momento que iluminada con aquella ridícula luz rosa. Se dirigió hacia ella con decisión, y entonces comenzaron los susurros.

«Sí… acércate a abrazar tu destino».

Morrigan se detuvo en seco y tomó aire profundamente, con enfado.

– No. No, maldita sea. Estoy cansada de que me manejen. Ya ni siquiera sé quién soy. ¿De qué destino estás hablando? ¿Y quién eres?

«Por primera vez en tu vida, sabes quién eres tú, Morrigan, hija de una Suma Sacerdotisa de Partholon».

Morrigan se estremeció al oír aquello.

«Tu herencia es divina, y tienes un poder que excede tu imaginación».

Morrigan se mordió el labio. Un poder que excedía su imaginación. ¡Vaya! Aquello debía de ser mucho poder, porque ella tenía una imaginación amplísima. Sería muy agradable sentir que era capaz de regir su propia vida. ¿Acaso el poder iba a darle aquella habilidad?

«Ven y acepta tu destino, tu futuro, Portadora de la Luz».

Aquel título, Portadora de la Luz… Era lo que le habían llamado los cristales, las mismas paredes de la cueva. Morrigan fijó la mirada en la piedra de selenita. No podía apartarse de ella, y su ansiedad juvenil hizo que olvidara a propósito sus preguntas sin respuesta. Conocer la identidad de aquella voz gentil que la guiaba le parecía mucho menos importante que conocer los secretos que había escondidos dentro de sí misma.

Morrigan sujetó la linterna con la mano izquierda, y posó la palma de la mano derecha en la piedra. La piedra tembló y se calentó. Morrigan dijo:

– Hola. Soy yo, la Portadora de la Luz. He vuelto.

«¡Portadora de la Luz! ¡Te damos la bienvenida!».

Las palabras surgieron de la gran piedra y entraron en su cuerpo a través de la palma de su mano.

– ¡Oh!

«Llama al espíritu de los cristales, tal y como es tu derecho, y ellos te responderán».

Morrigan asintió. Era incapaz de contener más la curiosidad, así que dejó la linterna en el suelo y puso ambas manos sobre la piedra.

– Eh… Soy Morrigan, hija de la Suma Sacerdotisa Rhiannon MacCallan de Partholon, y llamo al espíritu de los cristales.

«¡Te oímos, Portadora de la Luz!».

La superficie de la piedra se onduló. Morrigan sintió un cosquilleo con el calor que fluía de la piedra. Entonces, provocándole una explosión de sensaciones, la piedra se encendió, y no con la luz suave con la que brillaba la selenita cuando Morrigan estaba saliendo por el túnel, sino con una luz resplandeciente, tan brillante y tan blanca que Morrigan vio puntitos blancos.

Con los ojos empañados, Morrigan miró hacia el interior de la piedra, y vio la materia temblando, como cuando el viento soplaba por encima de la superficie de un lago en calma. Parpadeó con fuerza para aclararse los ojos y miró de nuevo hacia el interior de la piedra…

Entonces, exhaló un gran suspiro. A través de aquella enorme piedra de selenita, estaba viendo una cueva que era exactamente igual que aquélla en la que se encontraba, con la única diferencia de que en la otra cueva las paredes estaban adornadas con grabados muy complejos, y con mosaicos que le recordaban el delicado colgante de plata que el abuelo le había comprado a la abuela el año anterior en el Festival Escocés. La cueva que apareció ante sus ojos estaba llena de mujeres. ¿Qué estaba viendo? ¿Qué significaba aquello?

Entonces, el poder la golpeó y Morrigan perdió, con un jadeo, la visión de la otra cueva. Cerró los ojos y respiró profundamente varias veces para intentar controlar el calor blanco que la había inundado. Era como si estuviera conectada a toda la cueva, y no sólo a aquella piedra de luz. Se calmó, abrió los ojos de nuevo y miró hacia arriba. Los cristales de selenita del techo habían empezado a brillar como las estrellas en el cielo nocturno. ¡Ella estaba haciendo aquello! ¡Estaba dándoles vida a los cristales, haciendo que brillaran!

Morrigan se echó a reír de pura alegría. El sonido de felicidad reverberó por las paredes de la cueva.

«¡Regocíjate con el poder de tu herencia!».

– ¡Es increíble! -gritó Morrigan.

Tímidamente, apartó una de las manos de la piedra. Se concentró y la miró fijamente.

– Mantén tu luz -dijo en voz baja, con una voz grave. Después lo pensó mejor y añadió en un tono más engatusador-: Por favor, mantén tu luz.

Después, apartó la otra mano de la piedra.

La selenita se mantuvo encendida con una luz pura, plateada. Morrigan emitió un grito de alegría y se puso a bailar. Alzó las manos por encima de la cabeza, estiró los dedos hacia el techo y se concentró en los cristales superiores.

– ¡Encendeos!

El techo respondió con unos increíbles destellos que a Morrigan le cortaron el aliento.

– ¿Qué demonios pasa aquí?

Morrigan se dio la vuelta y vio a Kyle. Parecía que se había vestido apresuradamente, pues sólo llevaba unos vaqueros y un jersey de la Universidad de Oklahoma, puesto del revés, y tenía el pelo muy revuelto, como si se acabara de despertar. Estaba dentro de la Sala del Campamento, mirándola a ella y mirando los cristales encendidos con los ojos y la boca muy abiertos.


Capítulo 8

<p id="_Toc287304535">Capítulo 8</p>

– ¡Kyle!

Morrigan notó que le ardían las mejillas. Nadie, aparte de sus abuelos, sabía que tenía unas habilidades tan extrañas. Nadie. Abrió la boca para ofrecer alguna excusa… cualquier cosa…

«¡Deja de negar lo que eres!».

Morrigan se sobresaltó. Aquellas palabras resonaron en el aire, a su alrededor. Morrigan sintió su ira, y entonces se dio cuenta de que también ella estaba enfadada. ¿Por qué debía excusarse? Alzó la barbilla y dijo:

– Yo he hecho esto. Yo he hecho que brillaran los cristales. Soy la hija de una sacerdotisa.

Kyle agitó la cabeza.

– Debo de estar durmiendo todavía. Esto tiene que ser un sueño.

La antigua Morrigan le hubiera dado la razón y habría salido corriendo, pero ella ya no era esa Morrigan, y estaba decidida a no volver a serlo.

– Date un pellizco para comprobar que no estás soñando. Yo he sido quien ha hecho esto -repitió-. Hoy, cuando he visitado la cueva, he sabido que tenía un vínculo con los cristales -dijo, y acarició la piedra de selenita con cariño. La piedra respondió con un fogonazo de luz que asombró todavía más a Kyle. Morrigan lo miró al oír su jadeo-. He vuelto porque tenía que aceptar mi destino.

– ¡Dios mío! ¡Eres tú, Morrigan! -dijo Kyle, que acababa de reconocerla en aquel momento.

– Sí, soy yo.

Morrigan pensó que estaba empezando a disfrutar de su reacción de absoluto desconcierto. No parecía que estuviera horrorizado, sólo pasmado. Entonces, recordó que pocas horas antes había flirteado con ella, y en aquel momento, apenas la reconocía.

– Entonces, ¿normalmente coqueteas con una chica y después se te olvida cómo es? ¿O sólo conmigo?

Él se pasó la mano por la frente.

– Claro que me acuerdo de ti. Pero estás distinta.

Morrigan soltó un resoplido de incredulidad.

– ¿Diferente? Sí, claro. Eso suena a excusa mala de adolescente -dijo, porque de repente, se sentía muy madura y superior.

– No es una excusa -respondió él-. Estás muy distinta. Te brilla la piel, y tus ojos son como dos topacios que tienen luz interior. Y tu pelo… -dijo, y se acercó a ella. Entonces le tomó un mechón de pelo del hombro, y ella se quedó asombrada-. Tu pelo es como el resto de tu cuerpo… de una belleza mágica.

Entonces, él le agarró suavemente el brazo e hizo que lo levantara para que ella pudiera mirárselo.

Tenía razón. Morrigan se dio cuenta de que le brillaba la piel. Se miró ambas manos y se dio cuenta de que aquel brillo era el mismo que el de la selenita.

– ¿Cómo es posible? -preguntó Kyle en voz baja.

Ella respondió automáticamente, sin mirarlo.

– Soy la hija de una suma sacerdotisa que fue elegida por la diosa Epona.

Morrigan sabía que había más cosas en la historia de su madre, pero decir aquello hacía que se sintiera muy bien. Más que bien, se sentía maravillosamente. A su alrededor, oyó una risa, pero no era una risa burlona ni malvada, sino una risa dulce y melódica que estaba hecha de pura felicidad. Era su madre. ¡Tenía que ser su madre! Continuó hablando en un tono maravillado:

– Tengo dones divinos porque llevo la sangre de generaciones de sacerdotisas en mi interior.

No estaba segura del motivo, pero sabía que estaba diciendo la verdad.

– Eres la cosa más bonita que he visto en mi vida.

Morrigan apartó los ojos de su propia piel brillante y se quedó sobrecogida ante la mirada de pura pasión de Kyle.

– Eres una diosa -susurró él.

Ella abrió la boca para corregirlo, para decirle que no era una diosa, sino la hija de la sacerdotisa de una diosa. Sin embargo, antes de que pudiera hablar ocurrieron dos cosas a la vez. El viento comenzó a soplar a su alrededor, llevándole unos susurros seductores que repetían las palabras de Kyle como un eco.

«Sí… eres una diosa… eres la belleza…».

Al mismo tiempo, Morrigan no podía dejar de mirar a Kyle. Sus ojos estaban llenos de adoración. Era tan guapo, tan deseable, tan sexy…

«Sí… eres una diosa… toma el placer de donde quieras…».

A Morrigan se le aceleró el pulso. El poder de los cristales todavía le vibraba por la sangre, ardiente, dulce y espeso, y descendía para causarle una ráfaga de calor entre las piernas. De repente, deseaba a Kyle con una fuerza para la que su escasa experiencia con el sexo no la había preparado.

Kyle se acercó a ella, atraído por la llama abierta de su magnetismo.

– Eres increíble. Tan sexy… Quiero acariciarte…

– Entonces, acaríciame -susurró Morrigan.

Él, sin titubear, le rozó la mejilla. Después movió la mano hacia abajo y le acarició la suavidad de la curva del cuello.

Morrigan se echó a temblar. No por los nervios de una virgen, sino por la ráfaga líquida de sensaciones que fluía desde las yemas de los dedos de Kyle hacia todo su cuerpo.

– Más -susurró ella.

Con un gemido, Kyle la tomó entre sus brazos y la besó. Ella recibió su lengua en la boca, y se hundió en su calor, y se bebió sus gemidos de deseo. Ella le rodeó los hombros con los brazos. Nunca había sentido nada parecido, tan fuerte y poderoso. Succionó sus labios y se estrechó contra él, frotando el cuerpo contra su dureza masculina.

– ¡Dios mío! Esto es como un sueño increíble -jadeó Kyle contra sus labios. Entonces la agarró por el trasero y la ciñó todavía más a él.

Morrigan se sentía horrorizada por su comportamiento, pero no podía parar. No quería parar. Su piel brillante ardía de calor, de necesidad, de lujuria. Estaba ahíta de poder. ¡Era una diosa!

– Morrigan Christine Parker, ¿qué demonios está pasando aquí?

La voz del abuelo fue como un jarro de agua fría. Ella se apartó de Kyle de un salto y balbuceó:

– ¡Abuelo!

Con la cara roja, y la cabeza dándole vueltas, vio a su abuelo por encima del hombro de Kyle. Parecía un cruce entre oso pardo y pez globo furioso y gigante. Llevaba un abrigo de caza viejo y tenía entre las manos la enorme linterna del establo. Y, ¡oh, no! La abuela estaba a su lado. Los dos estaban mirando a Kyle con severidad.

– Jovencito, ¿quién es usted y por qué tiene las manos encima de mi nieta?

Morrigan estuvo a punto de echarse a reír. Típico del abuelo. Ignoró el hecho de que los cristales estuvieran encendidos a su alrededor, por el único poder de la magia, y el hecho de que ella se hubiera escapado y de que seguramente él estaba muy preocupado. Y por supuesto, obvió el hecho de que ella también tenía las manos encima de Kyle. El abuelo entornó los ojos, y su expresión decía que no importaba que tuviera setenta y cinco años. Estaba más que dispuesto, y era más que capaz, de patearle el trasero a quien, en su opinión, se estaba aprovechando de su nieta, supuestamente inocente.

– Señor, lo siento mucho -dijo Kyle, mientras se pasaba la mano por el pelo-. Yo… yo… me he dejado llevar. Es tan guapa que… yo… -perdió el hilo de lo que quería decir. Estaba completamente avergonzado-. No quería faltarle el respeto.

Carraspeó, dio unos pasos hacia mi abuelo, y le tendió la mano.

– Me llamo Kyle Cameron. Soy jefe de los guías y conservador del Parque Estatal de Las Cuevas de Alabastro. He conocido a su nieta hoy, cuando sus amigas y ella estaban de visita en las cuevas.

El abuelo refunfuñó y le estrechó la mano a Kyle, aunque de mala gana, sin dejar de mirarlo con fijeza. Morrigan no tenía duda de que además le estaba estrujando la mano.

– Bueno, Kyle Cameron, ¿y siempre manoseas a las jovencitas el mismo día en que las conoces? ¿O este comportamiento tan caballeroso es sólo con mi nieta?

– Señor, yo…

– Abuelo, él…

– Cariño, mira los cristales -dijo la abuela-. Creo que Morrigan es quien los hace brillar.

Como de costumbre, la abuela era la voz de la razón.

El abuelo, por fin, se dio cuenta de que había algo más en la cueva que Kyle y ella. Observó la Sala del Campamento y lo vio todo, desde los cristales resplandecientes del techo a la gran piedra encendida.

– Selenita -dijo con un gruñido, pensativamente-. Los pioneros usaron lajas de esa piedra para hacer las ventanas de sus casas.

– Sí, señor, exactamente -dijo Kyle.

El abuelo lo miró como si no tuviera sentido común.

– Soy profesor de biología retirado, hijo. Sé más de los ecosistemas de Oklahoma que cualquier profesor que te diera clase en el instituto.

– Señor, yo estoy terminando la carrera. Y el doctorado.

Richard Parker arqueó las cejas.

– No me digas. ¿En qué especialidad?

– Geología.

Morrigan tuvo que contener una sonrisa. Su abuelo estaba doctorado en zoología.

– Ah -refunfuñó-. Entonces debes de tener más de dieciocho años.

– Veintidós, señor. Aprobé con buenas notas los exámenes y estoy haciendo el proyecto final.

– Ya -dijo el abuelo-. Pues deberías tener sentido común y no manosear a mi nieta.

– Querido, Morrigan y los cristales… -le dijo mamá Parker, y le dio un suave codazo.

Él volvió a gruñir, pero se concentró en su nieta.

– Morgie, ¿tú estás haciendo esto?

– Sí, abuelo.

– Ah, ¿entonces has decidido que somos tus abuelos otra vez?

Morrigan se miró los pies.

– Siento haber dicho eso, abuelo -dijo, y miró con timidez a mamá Parker-. Lo siento, abuela.

– ¡Oh, querida, no te preocupes! Sé que eran demasiadas cosas para asimilar de golpe.

– Sí, ha sido demasiado, pero no debería haberlo pagado con vosotros. Vosotros siempre seréis mis abuelos, pase lo que pase.

– Por supuesto que sí, Morgie -dijo el abuelo. Después carraspeó y continuó-: Puedes hacer que brillen los cristales. ¿Qué más puedes hacer?

– Las piedras me hablan. Y yo puedo oírlas.

Mamá Parker asintió pensativamente.

– Tienes afinidad con los espíritus de la tierra. Los druidas celtas y los chamanes nativos americanos han dejado escritos sobre eso.

– Shannon oía a los espíritus de los árboles. La saludaban llamándola Elegida de Epona, y compartían su poder con ella cuando los llamaba -dijo el abuelo.

– A mí me llaman Portadora de la Luz -dijo Morrigan suavemente.

– ¿Te han llamado «Diosa»? ¿Te han saludado como la Elegida?

Morrigan iba a decir que no, pero Kyle la interrumpió.

– ¡Es una diosa! -exclamó-. Si la hubiera visto hace un momento, entendería lo que quiero decir. Le brillaba literalmente la piel.

– Hijo, no es una diosa. Es la hija de la sacerdotisa de una diosa.

«¡No permitas que niegue tu divinidad!», le dijo el viento. Morrigan intentó ignorarlo, pero notó una punzada de ira por las palabras de su abuelo. Se sentía como si le estuviera robando algo que era, o debería ser, suyo.

– Mi madre era más que una sacerdotisa -dijo Morrigan, repitiendo las palabras que se movían en el viento, a su alrededor-. Era la encarnación de Epona, y tenía el poder de la diosa.

Su abuelo frunció el ceño.

– Morrigan, tu madre, Rhiannon, fue la Elegida de Epona y también Suma Sacerdotisa, pero perdió su favor, y los poderes que le había concedido.

– ¿Los perdió, o se los robaron?

Morrigan se oyó a sí misma formulando aquella pregunta con una voz fría y desconocida.

Su abuelo hizo una pausa y la miró con los ojos entrecerrados.

– ¿Con quién estoy hablando? ¿Con Morrigan o con Rhiannon?

– ¿Es que ya no sabes si soy tu nieta o no? -Morrigan sintió un agudo dolor al pronunciar aquellas palabras. Sin embargo, en vez de lágrimas, sintió ira y tuvo la sensación de haber sido traicionada, y todo aquello formó una marea de amargura en su interior, le provocó un terremoto de emociones por dentro.

– ¡Ah, maldita sea! ¡Claro que sé que eres mi nieta! Sólo quiero que sigas siendo como ella, y no como una extraña locamente sedienta de poder.

Morrigan retrocedió como si la hubieran abofeteado.

– Durante toda la vida me has dicho que no estaba loca. ¿Cómo es que eso ha cambiado de repente?

– Morrigan Christine, yo no he dicho que estuvieras loca.

«Tú no eres ésa…».

– ¿Quién me puso el segundo nombre?

El abuelo pestañeó y se quedó desconcertado.

– Bueno, nosotros, cariño -dijo la abuela.

– Porque era el segundo nombre de Shannon -dijo Morrigan.

– No. Porque Christine es uno de mis nombres favoritos -dijo el abuelo con indignación.

– Mi madre no me lo puso. Yo no me llamo Morrigan Christine Parker. No soy esa chica, y Shannon Christine Parker no es mi madre. Yo me llamo Morrigan MacCallan, y soy hija de Rhiannon MacCallan, Elegida de Epona.

– Ella fue la Elegida, pero negó y traicionó a Epona, así que perdió el puesto -replicó el abuelo con la voz ronca.

– ¿Y cómo sabéis lo que pasó con tanta exactitud?

– Conocimos a Rhiannon. Y conocimos a Shannon. Tendrás que fiarte de nosotros y aceptar que te estamos diciendo la verdad.

Con un gruñido de frustración, Morrigan se dio la vuelta y se apoyó contra la piedra de selenita, intentando consolarse con los ecos de las palabras «Portadora de la Luz», que vibraban contra la palma de su mano. Estaba completamente confusa. Tenía un enredo en la cabeza, un lío de pensamientos y dudas. Su mundo se estaba haciendo añicos.

– ¡Morrigan! ¡Te he preguntado si tú estás haciendo esto!

La voz de Kyle penetró en su mente, y ella le clavó una mirada fulminante. Entonces, se preguntó por qué estaba tan pálido y tenía los ojos tan abiertos y tan oscuros.

– ¿Hacer qué? -le espetó.

– ¿Estás haciendo que retumbe la cueva?

– ¿Qué…?

Entonces, Morrigan miró hacia arriba, justo cuando del techo caía una enorme piedra.

«¡Ten cuidado, Portadora de la Luz! Estás en peligro. Debes marcharte rápidamente».

Y, a través de los cristales, tuvo el presentimiento de que si no salían de allí inmediatamente, todos iban a morir.


Capítulo 9

<p id="_Toc287304536">Capítulo 9</p>

– ¡Abuelo! ¡Abuela! ¡Tenéis que marcharos de aquí! -gritó Morrigan.

Racionalmente, sabía que ella debía salir corriendo hacia la salida y llevarse a sus abuelos y a Kyle, pero no podía apartar las manos de la piedra de selenita.

– Morrigan, ¿qué sucede? -preguntó Kyle.

De repente, cayó otra piedra del techo, en aquella ocasión tan cerca de su abuelo que a Morrigan se le encogió el estómago.

«¡Peligro, Portadora de la Luz!», gritaban los cristales.

– ¡Tenéis que iros! ¡El techo se va a derrumbar! -les dijo, mientras las tremendas vibraciones, que ella había creído tan sólo el caos de sentimientos que tenía por dentro, comenzaban a rugir por toda la cueva. Apartó los ojos del cristal y chilló-: ¡Tú también, Kyle! ¡Sal de aquí!

– ¿Morgie? -dijo el abuelo, dando un paso hacia ella.

– ¡Vete, abuelo! ¡Yo también voy a ir! -mintió.

Entonces, vio que su abuelo asentía, tomaba del brazo a la abuela y comenzaba a guiarla hacia la salida. Después de unos instantes se detuvieron y se giraron hacia ella.

– ¡Vamos, Morrigan! -gritó él por encima del estruendo.

Ella sonrió con tristeza y pensó en lo mucho que quería su rostro curtido, de facciones marcadas, que le recordaba tanto a Rooster Cogburn en la vieja película de John Wayne, El rifle y la Biblia. No tuvo que mirar a la piedra para saber que había cambiado, y que de nuevo le permitía mirar la imagen de aquella otra cueva. Sabía lo que tenía que ser aquella imagen, en el fondo del alma lo había sabido desde el principio. Incluso sabía lo que tenía que hacer. Morrigan empujó la piedra, y sus manos se hundieron en ella, como si la materia de la que estaba hecho se hubiera vuelto gelatina.

– ¡Te quiero, abuelo! ¡Te quiero, abuela! -gritó-. Siento esto. ¡Lo siento mucho!

La expresión de su abuelo cambió de la preocupación a la desesperación.

– ¡No, Morrigan!

Dio un paso hacia ella, pero se vio obligado a parar porque del techo de la cavidad cayó una piedra enorme que se hizo pedazos en el suelo; provocó una nube de polvo que impidió que Morrigan siguiera viéndolo. Ya no lo veía, pero oía su voz, aunque el estruendo del derrumbe amortiguara sus palabras.

– ¡Morrigan, sal de ahí! No sabes lo que estás haciendo. Cruzar al otro lado no es fácil.

– ¡Morrigan, tenemos que irnos ahora mismo! -le dijo Kyle con urgencia. La tomó del brazo e intentó apartarla de la piedra.

Ella se zafó de su mano y respondió:

– No. Vete tú. Yo me quedo.

– ¡Eso es una locura! -gritó él, y señaló al techo-. Se está cayendo, y te va a matar. ¡No te conozco, pero siento hacia ti algo que nunca había sentido, y no quiero perderte antes de entenderlo!

Ella lo miró a los ojos, e ignorando un horrible sentimiento de desolación, respondió con crueldad y con dureza.

– Tienes razón. No me conoces. ¡Márchate y déjame en paz!

Entonces, canalizó el poder de los cristales y lo empujó. Y se quedó completamente asombrada al ver que él salía disparado a varios metros de distancia.

¡Vaya! ¡Podía hacer lo mismo que Tormenta, de X-Men!

– Márchate, Kyle -dijo con firmeza.

– ¡Morrigan! -volvió a gritar su abuelo.

– ¡Salid de aquí! -respondió ella, elevando la voz por encima del rugido de la caverna.

Kyle se estaba poniendo en pie, mirándola con una mezcla de reverencia y miedo. Sin embargo, parecía que no era capaz de marcharse.

– Morrigan, no me empujes. No quiero separarme de ti -dijo.

Entonces, dio un paso titubeante hacia ella.

Y, con un crujido horrible, el techo que había sobre él se desprendió. Morrigan observó con un espanto silencioso, sin gritar, cómo Kyle quedaba enterrado bajo una avalancha de piedras. Todo su cuerpo se echó a temblar, y no podía apartar los ojos de aquella pila de rocas y polvo. No veía a Kyle, pero sabía que tenía que estar muerto. Oh no, tal vez no lo estuviera. Tal vez debería intentar apartar las piedras. Usaría el poder de los cristales para ayudarlo.

Sin embargo, antes de que separara las manos de la piedra de selenita, las palabras «su corazón ya no late» pasaron desde el cristal a su cuerpo.

Entonces, el suelo comenzó a temblar de nuevo, y la tierra rugió.

«¡Estás en peligro, Portadora de la Luz!», le dijeron los cristales con insistencia.

¿Qué pensaba que estaba haciendo? Aquello no era ningún juego. Había provocado la muerte de un hombre. Tenía que salir de allí. Apartó las manos de la piedra y se dirigió hacia el camino de salida. Sin embargo, las piedras siguieron cayendo y le cortaron la escapada. Tosiendo, sin poder respirar por el polvo cada vez más denso del aire, volvió hacia atrás y cayó sobre la piedra de selenita. La piedra se hundió bajo el peso de su cuerpo.

«Escapa a través de la División, hija. El sacrificio de sangre ya se ha realizado».

Morrigan miró frenéticamente a su alrededor. La voz del viento le parecía demasiado real, como si le perteneciera a alguien que estuviera sentado a su lado. Era la voz de una mujer. La había oído más veces, entre la multitud de voces que poblaban su imaginación, aunque no a menudo. Y no era la única voz que había oído desde que había entrado en la cueva.

Las piedras siguieron cayendo a su alrededor, y Morrigan se quitó las lágrimas y la suciedad de los ojos.

«Debes escapar ya, hija», repitió la voz.

– ¡No te conozco! -sollozó.

«Sí me conoces. Cree en ti misma, y deja que te guíen los cristales».

Morrigan se dio la vuelta y miró la gran piedra, y se abrazó a ella.

– ¡Sácame de aquí! -le pidió.

«Te oímos, Portadora de la Luz…».

Mientras el mundo temblaba y se derrumbaba a su alrededor, Morrigan cayó hacia la masa cálida y suave de la piedra, que la engulló entre líquido y presión. Intentó tomar aire, pero no pudo. Intentó gritar, pero no pudo. Movió los brazos frenéticamente, presa del pánico. ¡Se estaba ahogando!

«Cree en ti misma, hija…».

¡Aquella voz! Morrigan abrió los ojos y se quedó sobrecogida. Frente a ella estaba la mujer cuya cara le había sonreído desde muchas fotografías. Tenía el pelo largo y rojizo, y llevaba una túnica de gasa. Estaba suspendida en el aire, como si flotara en el agua. La sonrisa de aquella mujer no era tan abierta y alegre como la de Shannon, pero era bondadosa, aunque también triste.

«Ven, hija. Te espera tu propio destino. Todavía tienes mucho que hacer».

Rhiannon le tendió la mano. Morrigan se aferró a ella y, de repente, sintió un tirón a través de la presión espesa y sofocante que la rodeaba, y cayó sobre la dureza de un suelo de piedra. No veía nada, y no podía respirar. Con un doloroso jadeo, vomitó la amargura de los pulmones.

Lo último que pensó Morrigan antes de sumirse en la inconsciencia fue que si había visto a su madre, probablemente ella también estaba muerta…


TERCERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

<p id="_Toc287304537">TERCERA PARTE</p>
<p id="_Toc287304538">Capítulo 1</p>

Partholon

Justo antes de que mi vida se desmoronara, yo estaba cepillando a Epi y pensando que aquella mañana fresca sería un momento magnífico para salir a dar un paseo con ella.

– Puede que seamos viejas -le dije a la yegua, que inclinó las orejas color plata hacia atrás para poder escucharme-, pero todavía sabemos disfrutar de un buen paseo matinal. Mis muslos están a la altura de la prueba, ¿y los tuyos, preciosa?

Epi relinchó y se echó hacia atrás para darles un pequeño mordisco a mis pantalones de montar. Yo me eché a reír y le aparté suavemente la cabeza.

– ¡Qué fresca eres! ¡Sobre todo, siendo una anciana…!

– ¡Rhea! ¡Tienes que venir ahora mismo!

Yo fruncí el ceño y me di la vuelta. Entonces vi a Alanna, que se acercaba corriendo al box de Epi. Estaba tan pálida que a mí se me encogió el estómago automáticamente. Supe que ocurría algo muy malo.

Le entregué el cepillo a una de las sirvientas del establo y me despedí de Epi dándole un beso en la nariz. Después salí del box rápidamente para reunirme con Alanna; sin embargo, ella apenas esperó a que yo estuviera a su altura, se dio la vuelta y echó a andar con premura hacia la salida de los establos.

– ¿Qué sucede? -le pregunté.

– Myrna está de parto.

Yo me sentí eufórica y aterrorizada a la vez. El parto debería ser en otoño… Estábamos a mediados de agosto, y yo había ido a visitar a mi hija todos los días al nuevo hogar que había formado con Grant, en las tierras de su familia, que estaban junto al Templo de Epona. Myrna estaba deseando dar a luz a mi nieta, y yo lo entendía. Recordaba bien cómo era estar embarazada de nueve meses, algo que imposibilitaba hacer cualquier cosa con comodidad. Así que aquél debería ser un día de alegría. Sin embargo, Alanna estaba pálida y su expresión era grave.

– ¿Qué ocurre?

Mi amiga no me miró.

– Han traído a Myrna hace unos minutos. Carolan está con ella. Ha enviado a un centauro a avisar a ClanFintan, que está en el campo de entrenamiento de tiro con arco. Yo he venido a buscarte.

La tomé del brazo y la obligué a mirarme mientras caminábamos a toda prisa.

– ¿Algo va mal?

Ella asintió, y yo me di cuenta de que estaba conteniendo las lágrimas.

– Carolan dice que está sangrando demasiado. Dice que… -hizo una pausa, tragó saliva y después continuó-: Dice que se le ha roto algo por dentro.

– No…

Apenas pude susurrar aquella palabra. Me quedé helada. Alanna me tomó de la mano y atravesamos corriendo el patio de la enfermería del templo. Mis guardias personales, con actitud seria y sombría, abrieron las puertas en cuanto nos vieron.

– Por aquí, mi señora -dijo una de las enfermeras, una muchacha joven. Nos condujo a una de las salas interiores, y justo antes de que yo abriera la puerta, me tocó el hombro, respetuosamente, pero también con firmeza-. Mi señora, debería prepararse. Su hija va a necesitar su fuerza.

Yo entorné los ojos. Tuve ganas de golpearla y desahogar mi terror y mi rabia, de decirle que no debía suponer nada de lo que pudiera necesitar mi hija, pero lo que vi en sus ojos silenció mis palabras.

Era la seguridad de la muerte.

Me di la vuelta y apoyé la frente contra la pared.

«Oh, Epona», recé con fervor. «¡No permitas que suceda esto! Myrna no puede morir. No puedo perderla. Te ruego que, si necesitas una vida, tomes la mía. Pero, por favor, no te lleves a mi hija».

La voz de Epona sonó con una bondad casi insoportable en mi cabeza.

«Algunas veces, ni siquiera una diosa puede cambiar el destino, Amada. Pero sabes que Myrna también es mi hija, hija de mi Elegida, y que habitará durante toda la eternidad en mis praderas y que…».

– ¡No! -gemí yo, y me tapé los oídos como una niña-. No -sollocé.

Noté que Alanna me abrazaba, y me aferré a ella durante unos instantes. Después me erguí y me sequé las lágrimas de la cara con la manga de la camisa. Ya tendría tiempo de llorar más tarde. La enfermera tenía razón. Myrna necesitaba mi fuerza, no mi histerismo. Asentí y dije:

– De acuerdo, estoy preparada.

Entramos en la inmaculada habitación. Mi hija ocupaba una cama en el centro de la sala, y se retorcía a causa del dolor de las contracciones. Tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente. En vez de estar enrojecida por el esfuerzo y el dolor, Myrna estaba pálida, y tenía los labios teñidos de azul. Estaba desnuda, y su vientre era un montículo enorme, hinchado, que estaba cubierto con una sábana fina de lino. Miré hacia sus pies, junto a los cuales estaba Carolan, con el rostro cansado y pétreo mientras la examinaba. Le entregó a uno de sus ayudantes un trapo empapado en sangre. Me miró, y no tuvo que decir nada. Yo ya sabía lo que estaba ocurriendo.

Grant estaba en la cabecera de la cama, junto a su mujer, tan pálido como ella. Cuando le sonreí y me acerqué a Myrna, me dio la impresión de que iba a llorar de alivio.

Tomé a Myrna de la mano y le besé la frente.

– Hola, muñequita de mamá -susurré. Era una expresión de amor que le había dicho muchísimas veces durante su infancia.

Parpadeó débilmente y abrió los ojos.

– ¡Mamá! ¡Me alegro de que hayas venido! Iba a llamarte antes, pero todo ha ocurrido muy deprisa, y…

Se interrumpió, porque comenzó a sentir una contracción. Me apretó la mano con fuerza y gritó de dolor, con los ojos muy abiertos de pánico.

– Tranquila, mi amor. Mírame y respira conmigo, preciosa. Mamá está a tu lado. Todo va a salir bien. Mírame…

Myrna se aferró a mi mano y a mi voz para superar aquel dolor desgarrador. Cuando por fin pasó la contracción, las dos estábamos respirando pesadamente. Yo tomé un paño húmedo y fresco de las manos de una de las enfermeras y le enjugué la frente a Myrna, mientras Grant le apartaba el pelo de la cara y le murmuraba palabras de cariño.

– Ya veo a tu hija, Myrna -dijo Carolan con calma, con una voz reconfortante-. Quiere demostrar que es única, porque se empeña en llegar a este mundo del revés, así que la siguiente parte será la más difícil para ti. Quiero que, con la siguiente contracción, te concentres y empujes con todas tus fuerzas.

Myrna no abrió los ojos.

– No creo que pueda -susurró.

– Claro que puedes, preciosa mía -dije yo, y volví a besarle la frente-. Yo te ayudaré. Agárrate fuerte a mi mano y usa mi fuerza.

Yo tenía el don, concedido por la diosa, de canalizar el poder de la tierra, pero era mucho más efectivo cuando estaba en contacto con árboles ancianos. Me pregunté si todavía teníamos tiempo de trasladar a Myrna al exterior. Si pudiera llevarla al bosque que rodeaba al templo, tal vez pudiera salvarla, tal vez pudiera transmitirle la energía de los árboles para que sobreviviera a aquel nacimiento.

«No puedes cambiar su destino, Amada. Sólo le causarías un dolor innecesario».

Tuve que morderme el labio para no gritar al oír las palabras de Epona.

«Por favor, no dejes que sufra», le rogué a la diosa.

«Tienes mi promesa. No dejaré que sufra, Amada».

– Estoy muy contenta de que estés conmigo, mamá -repitió Myrna. Su voz era muy débil, pero me agarraba la mano con fuerza.

– Yo también, preciosa -dije suavemente.

– Mamá, tengo miedo.

Yo la rodeé con un brazo.

– No tienes por qué, mi niña. Estoy aquí. Epona está aquí. Y pronto, tu hija también estará aquí.

– Cuídala por mí, mamá. Y cuida también a Grant. Él te va a necesitar.

Yo sentí un golpe de dolor físico al oír sus palabras.

– Tú misma vas a cuidar de tu hija y de tu marido.

Myrna me miró fijamente.

– Sé que hay algo malo, mamá.

Yo me ahorré la respuesta, porque en aquel momento, ClanFintan entró en la habitación.

– ¡Papá! -gritó Myrna.

Él se acercó y le besó la frente.

– Ah, mi niña preciosa, ¿qué tal vas?

Le hablaba a Myrna, pero me miraba a mí. Vi la desesperación de sus ojos oscuros, en forma de almendra.

– Es difícil, papá, y… ¡Está empezando otra vez!

– ¡Tienes que empujar con esta contracción, Myrna! -le ordenó Carolan.

ClanFintan, Grant y yo nos inclinamos hacia ella y le susurramos palabras de aliento, mientras Myrna apretaba los dientes y empujaba con todas sus fuerzas. Entonces, hubo un segundo de descanso, y después Carolan volvió a pedirle que empujara. El ciclo se repitió incontables veces… yo miré hacia el cuerpo hinchado de Myrna y vi que Carolan tomaba un bisturí de una bandeja. Hubo un sonido horrible de rasgadura. Entonces, antes de que pudiera hablar, Myrna tuvo otra contracción y gritó, mientras su hija salía por fin de su cuerpo, en un río de sangre.

Después todo sucedió demasiado rápidamente.

– ¿Está viva? ¿Está viva? -repetía Myrna una y otra vez. Yo estaba intentando calmarla y ver lo que ocurría a los pies de la cama, y entonces, oí el llanto fuerte y claro de la recién nacida, seguido por una exclamación de alegría de los ayudantes de Carolan.

Carolan le entregó el bebé a Alanna, que había permanecido a su lado, pálida y silenciosa. Alanna, arrullándola suavemente, llevó a la niña hacia Myrna y se la entregó. Myrna abrazó a su hija y todos miramos la carita enrojecida de la niña, que era perfecta.

– Hola, Etain -dijo Myrna-. Soy muy feliz, porque has llegado por fin.

Todos estábamos llorando, y Grant y Myrna estaban besando al bebé, mientras ClanFintan y yo le acariciábamos los piececitos. Yo sentía tan amor y tan felicidad que creí que todo podía salir bien.

Entonces, Myrna jadeó y gimió. Sus ojos se clavaron en los míos.

– Mamá…

Por instinto, tomé a Etain en brazos y le besé la cabecita. Después se la entregué a Grant.

– Grant, sujétala cerca de Myrna, para que ella pueda verla y acariciarla.

No tuve que añadir que mi hija no tenía ya fuerzas para sostener a su bebé. Con mirar la cara cubierta de lágrimas de Grant, supe que él lo entendía. Tomé de la mano a ClanFintan y los dos nos acurrucamos junto a Myrna. Su marido y su hija estaban al otro lado de la cama.

Myrna sufrió un espasmo por todo el cuerpo, y el olor fecundo y metálico de la sangre del parto, mezclada con la sangre fresca de la hemorragia, nos envolvió. Yo sabía que Carolan estaba intentando contener la sangre que fluía del cuerpo de mi hija y que se estaba derramando por el suelo, formando un charco rojo. ClanFintan comenzó a entonar un cántico suave, el de un Sumo Chamán que se prepara para allanar el camino de un alma recién liberada hacia los prados de Epona. Sabía que estaba llorando, pero no vaciló en su plegaria, y la magia antigua que llenó la habitación fue tan intensa que yo notaba su roce contra la piel.

Sin embargo, no aparté la mirada del rostro de mi hija. Ella me observaba fijamente, buscando consuelo. Yo dejé a un lado mi tristeza insondable y me concentré en Myrna. Mi hija me necesitaba una vez más en su vida. Yo era la Elegida de Epona, la Suma Sacerdotisa de la diosa. Podía hacer aquello. Podía reconfortarla durante su tránsito al Otro Mundo.

– No debes tener miedo, muñequita -le dije, son-riéndola y acariciándole el pelo-. Epona te conoce y te quiere desde que naciste.

– Yo… te creo, mamá -respondió Myrna con la voz entrecortada, y giró la cabeza ligeramente para poder ver a Etain-. Dile que lo siento, mamá. Dile a Etain que la quiero, y que la voy a echar de menos.

Yo asentí y luché por no llorar.

«¡Ayúdame, Epona!». Al instante, sentí la calma que me enviaba la diosa.

– Se lo diré, mi pequeña -respondí, con la voz fuerte y segura-. Le contaré historias sobre su madre a Etain, y le hablaré sobre tu belleza, tu inteligencia y tu capacidad de amar.

Myrna me miró.

– Gracias, mamá.

Sufrió otro espasmo y cerró los ojos. Yo le sujeté la mano con fuerza mientras le pedía a la diosa que la reconfortara. Myrna abrió los ojos lentamente y volvió a mirarme.

– No… no duele, mamá. Ya no tengo miedo.

Entonces, alzó la vista y miró por encima de mi hombro. Abrió mucho los ojos.

– ¡Oh, mamá! ¡Es Epona! ¡Es tan bella…! -De repente, su rostro se había iluminado con una gran alegría-. Me está hablando. Epona dice que me dio el don de la magia, y que ese don es Etain. Ella será una gran princesa, amada y honrada por todo Partholon, y sus hijos serán grandes guerreros y grandes Sacerdotisas.

Myrna respiró con dificultad, y después dijo:

– Te quiero, mamá. Te esperaré con Epona…

Sonriendo, Myrna exhaló un suspiro, y después murió.

Yo la besé e incliné la cabeza.

– Ve con la diosa, preciosa mía. Volveremos a estar juntas algún día, en las praderas luminosas de Epona, donde no existe la muerte, ni el dolor, ni la pena. Hasta entonces, te echaré de menos a cada momento del día, y te tendré en mi corazón.

– Mi señora.

Yo miré a Grant, que tenía las mejillas llenas de lágrimas, y que me tendía a su hija.

– Se parece a Myrna -dijo con la voz quebrada.

Tomé al bebé, que verdaderamente, era una versión en miniatura de su difunta madre, y la abracé contra mi corazón, llorando.

<p id="_Toc287304539">Capítulo 2</p>

Morrigan tenía un tremendo dolor de cabeza. Nunca había tenido una migraña así. Bien, como si no tuviera ya suficientes problemas en su vida. Voces en el viento, la extraña habilidad de conseguir que le surgieran llamas de las manos, y la capacidad, todavía más rara, de oír a los cristales y hacer que brillaran, y el hecho de que su madre muerta no fuera su madre muerta. En realidad, eso le recordó algo: Kyle también estaba muerto y…

Morrigan recuperó todos los recuerdos de golpe, a través del velo espeso de dolor y desorientación de su mente.

¡El derrumbe de las cuevas! ¡Kyle! ¡Sus abuelos! ¡Había atravesado la gran piedra de selenita!

Abrió los ojos y jadeó de dolor. Tenía la vista borrosa, y le escocían los ojos. En realidad, le dolía todo el cuerpo.

– Descansad, Portadora de la Luz. Todo va bien.

Aquella voz era bondadosa, familiar. Morrigan cerró los ojos y sintió algo fresco contra ellos, algo que le alivió el escozor. Después le pusieron una copa contra los labios, y automáticamente, ella bebió algo que tenía un sabor a medicina dulce, mezclada con vino tino.

– Ahora, dormid. Estáis en casa -dijo aquella voz.

«Estoy en casa… dormir…».

La voz seductora de su mente repitió aquel susurro seductor.

Morrigan supo que no tenía elección, mientras aquel brebaje dulce la llevaba de vuelta a la inconsciencia.


Cuando volvió a despertar, Morrigan se pasó los labios y se dio cuenta de que tenía la boca desagradablemente seca.

– Bebed, mi señora. Esto calmará vuestra garganta.

¿«Mi señora»? ¿Por qué la llamaban así?

«Porque es tu derecho».

Las palabras no las decía el viento, no le llegaban a través del cristal. En aquella ocasión, resonaban con suavidad en su mente, lo que sirvió para aumentar la confusión de Morrigan.

– Bebed, mi señora, bebed.

Unas manos suaves la ayudaron a incorporarse, y le pusieron una copa de agua en los labios. Morrigan bebió con ganas. Después abrió los ojos. La luz era tenue, y ella tenía la visión borrosa. Pestañeó. Su cabeza estaba tan borrosa como su visión. ¿Qué ocurría? Parpadeó de nuevo, varias veces, y sus ojos se aclararon poco a poco. Lo primero que vio fue a una mujer que estaba sentada en un taburete cubierto de piel, sonriendo amablemente.

Morrigan abrió mucho los ojos, con sorpresa.

– ¡Abuela!

La sonrisa de la mujer vaciló sólo durante un instante.

– Bienvenida, Portadora de la Luz -dijo con la voz dulce y suave de su abuela, pero sin el acento de Oklahoma-. Soy Birkita, Sacerdotisa de Adsagsona -añadió. Después se levantó del taburete, se arrodilló e hizo una respetuosa reverencia-. Os doy la bienvenida a casa, en el nombre de la diosa. Ella nos ha concedido la presencia de una Portadora de la Luz.

Morrigan abrió la boca. Y la cerró. Finalmente, dijo:

– No eres mi abuela.

La mujer, de pelo oscuro, inclinó la cara. Tenía una sonrisa bondadosa, pero también fruncía el ceño con confusión.

– No, mi señora. Tengo edad para ser abuela, pero he preferido practicar la castidad y estar al servicio de la diosa desde que era una mujer joven, así que no tengo hijos ni nietos.

Morrigan se pasó la mano por la cara.

– Lo siento. Yo…

Se quedó en silencio. Trató de organizar los cientos de preguntas que tenía en la cabeza. No podía dejar de mirar a aquella mujer. Era exactamente igual que su abuela, salvo que la abuela siempre llevaba el pelo corto, y la mujer que tenía enfrente lo llevaba muy largo y recogido en una trenza. Además, era más frágil que su abuela, y no tenía un aspecto tan joven. Llevaba una túnica de cuero muy bonita, bordada con un diseño de nudos que formaban un laberinto.

Con sobresalto, Morrigan se dio cuenta de que aquella mujer seguía arrodillada, y de que ella la estaba mirando como una tonta.

– ¡Oh! ¡Levántate! -dijo rápidamente, y después añadió-: Por favor.

Birkita se levantó y volvió a sentarse en el taburete, junto a la cama de Morrigan.

– ¿Dónde estoy?

– Estáis en las Cuevas del Reino de los Sidethas.

– Eso no está en Oklahoma, ¿verdad?

Birkita frunció el ceño de nuevo.

– ¿Oklahoma? Lo siento, mi señora, no conozco ese territorio. ¿Está en los reinos del sur de Partholon? Yo nunca me he alejado mucho de nuestras cuevas, y no conozco Partholon.

– ¡Partholon! ¿Has dicho Partholon?

– Sí, Portadora de la Luz -respondió Birkita con una sonrisa.

– ¿Estoy muerta?

La risa melodiosa de Birkita era como la de su abuela, e hizo que la mujer rejuveneciera diez años.

– No, mi señora. Estáis viva, aunque yo me preocupé por vuestra vida cuando emergisteis por primera vez del Cristal Sagrado…

– No lo entiendo…

Sin embargo, de repente, Morrigan se acordó de que había visto aquella cueva a través de la piedra de selenita, y de que Rhiannon, su madre, la había guiado y había evitado que se ahogara en el líquido arenoso de su interior.

– El Cristal Sagrado. Está en Usgaran.

– La enorme piedra de cristales de selenita -murmuró Morrigan-. Yo… escapé tras ella.

– ¿De qué escapasteis, mi señora?

– Hubo un derrumbe. Yo… habría muerto si no hubiera atravesado la piedra.

Kyle había muerto. Al recordarlo, a Morrigan le temblaron las manos. Birkita se inclinó hacia delante, le dio unas palmaditas y le hizo sonidos reconfortantes para consolarla.

– Pero no sucedió, mi señora. Adsagsona os salvó y os guió a casa, con vuestra gente -dijo Birkita, y le acarició la mejilla con delicadeza, casi con reverencia-. La diosa vino a visitarme en sueños anoche. Adsagsona habló conmigo y me dijo que había elegido a una Portadora de la Luz, y que la conoceríamos porque nacería del Cristal Sagrado. Yo misma presencié vuestro nacimiento, Hija de la Diosa, Portadora de la Luz, Elegida de Adsagsona.

Morrigan tenía un zumbido ensordecedor en los oídos.

– Tengo que ver esa piedra -dijo, y súbitamente, bajó los pies al suelo y se incorporó.

Birkita se apresuró a ayudarla, y Morrigan se alegró de que fuera fuerte, porque tenía la visión borrosa y las rodillas débiles.

– Cuidado, mi señora. Todavía estáis muy débil.

– Estoy bien, estoy bien -dijo Morrigan-. Necesito ver la piedra.

– Por supuesto, mi señora -respondió Birkita.

Después, ayudó a Morrigan a levantarse y la sostuvo durante sus primeros y torpes pasos; la condujo por un túnel que estaba iluminado con una luz blanca, azulada, suave, y que pronto desembocó en una sala que le resultó muy familiar. Era la imagen de la Sala del Campamento, de las Cuevas de Alabastro de Oklahoma. Tenía el mismo techo bajo y el mismo suelo plano, y por uno de los extremos discurría un riachuelo. Sin embargo, en aquel mundo, el suelo estaba cubierto de pieles lujosas y lleno de mujeres que hablaban y se reían. Hasta que vieron a Morrigan y a Birkita.

Morrigan apenas se fijó en las mujeres, ni en los cambios de aquella sala. Todo su ser estaba concentrado en la bella piedra de cristal que descansaba en el centro de la sala, como un enorme huevo mágico. Ella se alejó de Birkita y caminó hacia la piedra, que era exactamente igual que la de Oklahoma, pero sin la luz rosa y chillona. Con un grito de felicidad que sonó muy parecido a un sollozo, Morrigan posó las palmas de las manos en la piedra. La respuesta fue inmediata, y tan fuerte que tuvo la sensación de que había agarrado un cable de electricidad, pero en vez de darle una descarga de dolor, la corriente de poder la estaba llenando, la estaba completando.

«¡Portadora de la Luz!».

– ¡Sí! Soy yo. Te necesito… -balbuceó Morrigan, que no entendía nada más, aparte de aquella necesidad. Afortunadamente, el Cristal la entendió.

«Te oímos, Portadora de la Luz».

La corriente de poder eléctrico cambió, se calentó, aumentó, hasta que, poco a poco, la tirantez que Morrigan tenía en el pecho fue relajándose, y la confusión ensordecedora y el entumecimiento de su cabeza se aclararon. Recuperó la lógica, y supo que Birkita era la imagen de su abuela, al igual que Shannon y Rhiannon eran el reflejo la una de la otra.

Morrigan estaba en Partholon.

Eso la entusiasmaba, la llenaba de alegría, pero también de una profunda tristeza. Morrigan no sabía cómo había conseguido llegar allí, así que tenía pocas posibilidades de saber cómo volver. Eso significaba que nunca iba a volver a ver a sus abuelos, ni a sus amigos, y que no iba a vivir el futuro que había imaginado. Los abuelos estarían devastados. Morrigan cerró los ojos por el dolor que le causaba saber lo tristes que estarían sin ella.

Tal vez supieran que estaba viva en Partholon. Seguramente, lo imaginarían cuando les dijeran que sólo se había encontrado el cuerpo de Kyle en la cueva. Morrigan notó que se le estaban cayendo las lágrimas. Tal vez sintieran un poco de alivio por el hecho de que ella hubiera dejado un mundo al que nunca había pertenecido de verdad, y hubiera encontrado el camino hacia la tierra de su madre y su destino.

«Hija de la Diosa… Portadora de la Luz… Elegida». Aquellos títulos que le había dado Birkita resonaron por su cabeza, y Morrigan comenzó a asimilarlos.

Estaba en Partholon, el mundo de su madre. Ya no era un bicho raro que estaba siempre fuera de lugar. Era la Elegida de la Diosa.

Morrigan estaba en casa.

«¡Sí, Portadora de la Luz! ¡Estás en casa!».

Los espíritus de los cristales cantaron a través de su pie, calentando su cuerpo y su alma.

– Estoy en casa -susurró Morrigan. Entonces, abrió los ojos y miró el cristal que brillaba bajo sus manos-. Estoy en casa -dijo en voz más alta. Después tomó aire y añadió con una sonrisa-: Estoy en casa, ¡así que iluminad toda la cueva para mí!

«¡Te oímos y te obedeceremos con alegría, Portadora de la Luz!».

La piedra resplandeció bajo sus manos, con una luz que tenía la pureza y la belleza de un diamante perfecto. Con una sonrisa, Morrigan levantó los brazos y señaló al techo de la cueva, lleno de cristales.

– ¡Allí arriba también!

Hubo un restallido en el aire, y el techo se iluminó con un brillo cristalino.

– Vaya -susurró Morrigan, mirando todas aquellas piedras brillantes-. Es asombroso.

– ¡Bendita sea la Portadora de la Luz, y bendita sea Adsagsona!

La voz de su abuela, llena de felicidad, sacó a Morrigan de su ensimismamiento. Miró a Birkita, y vio que se había puesto de rodillas. Tenía la cara llena de lágrimas, pero estaba sonriendo con adoración a Morrigan.

– ¡Ave, Portadora de la Luz! -gritó, y todas las mujeres del grupo repitieron sus palabras. También ellas habían caído de rodillas.

Entonces, Morrigan carraspeó, sin saber qué esperaban de ella.

– Eh… bueno, muchas gracias por darme una bienvenida tan agradable -dijo-. Por favor, no tenéis por qué arrodillaros ante mí. Podéis levantaros -añadió rápidamente.

Entonces, percibió un movimiento por el rabillo del ojo, y volvió la cabeza. Vio a un enorme gato que había saltado desde uno de los salientes de la pared y que se estiraba lánguidamente mientras la observaba con sus grandes ojos color ámbar, y con evidente inteligencia.

– ¡Demonios, qué gato más grande! -exclamó Morrigan.

Con una suave carcajada, las mujeres se incorporaron. La abuela… no, Birkita, se corrigió Morrigan mentalmente, le dijo:

– Es Brina, una hembra de lince que vive en la cueva, la mascota de las Sacerdotisas de Adsagsona. No se ha movido de aquí desde que la diosa apareció en mi sueño y me avisó de tu llegada.

Fascinada con la belleza del enorme felino, Morrigan sintió un gran placer cuando el animal se acercó a ella y la olisqueó delicadamente. Como si la encontrara aceptable, el animal comenzó a frotarse contra las piernas de Morrigan, ronroneando suavemente.

– Eres una gatita preciosa, preciosa -la arrulló Morrigan.

El lince era tan grande que ella no tuvo que agacharse para acariciarle la suave piel del lomo. Cuando Morrigan miró a Birkita, vio que estaba sonriendo, como el resto de las mujeres que había en la cueva.

– Creo que le caigo bien.

– Reconoce a la Elegida de la Diosa -dijo Birkita.

Aquellas palabras, «Elegida de la Diosa», le parecieron algo tangible. A Morrigan se le llenaron los ojos de lágrimas.

Birkita se acercó inmediatamente a ella y le acarició el brazo con preocupación de abuela.

– Debéis de tener hambre, Portadora de la Luz. Los trabajadores van a volver de los túneles, y todos vamos a tomar la comida de la noche. ¿Queréis uniros a nosotras, o preferís retiraros a vuestra habitación para comer y recuperar fuerzas en privado?

Morrigan carraspeó.

– No, me gustaría comer con vosotros -dijo-. Con todos vosotros. No estoy cansada, sino hambrienta.

Al tocar la piedra de selenita, se había llenado de una energía que había acabado con el agotamiento del cambio de mundo. Ahora quería comer, y quería empezar a explorar su nuevo y asombroso hogar.

– Como deseéis, mi señora -murmuró Birkita-. Éste es el camino hacia la Gran Cámara -dijo.

Con una sonrisa, la mujer que parecía su abuela la precedió hacia la salida de aquella sala gemela a la Sala del Campamento, mientras el lince caminaba a su lado silenciosamente. Morrigan siguió a Birkita a cenar, y a descubrir su nuevo futuro.

<p id="_Toc287304540">Capítulo 3</p>

La Gran Cámara había sido excavada desde la sala que Kyle había descrito como la más profunda de las Cuevas de Alabastro. Al pensar en él, le dolía el corazón, pero Morrigan intentó apartarse de la cabeza la tragedia de la muerte de Kyle y siguió a Birkita hasta que llegaron a la sala. Morrigan la reconoció, pero sólo vagamente. Aquella sala cavernosa, primitiva, llena de piedras de Oklahoma, sólo era la sombra de su magnífico reflejo en Partholon. Morrigan se detuvo maravillada en el umbral.

La gran sala estaba llena de gente que iba de un lado a otro sirviendo comida y bebida entre las largas filas de mesas que estaban talladas en la piedra, una piedra de color mantequilla. Piedra caliza… El nombre de la piedra le apareció en la mente cuando acarició el lado suave de la entrada a la sala. Asimiló el conocimiento con facilidad, y le envió su gratitud en silencio al espíritu de la piedra.

La sala estaba muy bien iluminada, con muchas llamas azuladas que ardían en recipientes de piedra situados sobre pedestales. Eran los mismos recipientes que había en la Sala del Campamento y en los túneles, y Morrigan se preguntó cómo era posible que ardieran sin emitir ningún humo. Sin embargo, su mirada no permaneció en las llamas; observó las paredes de la cueva, que tenían incrustados unos mosaicos bellísimos de animales, plantas y paisajes.

– Es increíble… -susurró Morrigan-. Precioso.

– Venid, Portadora de la Luz. Deberíais ocupar el lugar de honor.

Morrigan siguió a Birkita hacia la que, evidentemente, era la mesa principal. Tras ella, en la pared, habían formado la figura de una mujer con piedras pulidas del color de la luna. La figura tenía las manos abiertas y las palmas hacia abajo. Morrigan se sintió atraída hacia aquel mosaico de la misma manera que se sentía atraída hacia la gran piedra de selenita, con una determinación que hacía desaparecer todo lo demás. Lentamente, con reverencia, acarició las piedras de la figura. Al instante supo que era alabastro pulido, y que aquella mujer era la diosa del Reino de los Sidethas, Adsagsona. Morrigan sólo tuvo un momento para sentirse sobrecogida por todos sus nuevos conocimientos, porque comenzó a oír los murmullos de excitación que se estaban produciendo en toda la sala, tras ella.

– Portadora de la Luz… Elegida de Adsagsona… Hija de la Diosa…

Morrigan respiró profundamente, reunió valor y se dio la vuelta. La enorme sala estaba abarrotada, y todos los que habían acudido estaban esperando que ella les prestara toda su atención. La timidez innata de Morrigan se apoderó de ella, con tanta intensidad que estuvo a punto de paralizarla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlarse y concentrarse en lo que le estaba diciendo Birkita.

– Portadora de la Luz, me gustaría presentaros al Señor del Reino de los Sidethas, Perth, y a la Señora, Shayla -dijo.

El hombre se inclinó ante ella, y la mujer le hizo una reverencia elegante.

– Nos sentimos honrados por vuestra presencia -dijo Perth.

– Adsagsona nos ha bendecido -dijo Shayla.

– Gracias -murmuró Morrigan.

Estaba abrumada por aquellas dos personas, que tenían edad suficiente para ser sus padres y vestían ricamente, con pieles y joyas, como si fueran los reyes de los Sidethas. Y se estaban inclinando hacia ella.

– Por favor -dijo Perth, y le señaló la silla que había en la cabecera de la mesa-. Ocupad el lugar de honor.

– Será vuestro siempre que nos honréis con vuestra presencia -dijo Shayla.

Morrigan volvió a darles las gracias, e iba a sentarse en el lugar que le habían indicado cuando se dio cuenta de que Birkita había hecho una reverencia y se estaba alejando de aquella mesa.

– ¡No, Birkita, espera! -la exclamación de Morrigan hizo que todo el mundo se quedara callado y la mirara. Ella tragó saliva nerviosamente y continuó-: No quiero que te marches -dijo, y después, se volvió hacia la pareja, que se había sentado a su lado-: Si no os importa.

– Por supuesto, como deseéis -respondió Shayla-. Birkita es una de las Sacerdotisas de Adsagsona, y siempre es bienvenida a nuestra mesa.

Morrigan se dio cuenta de que, aunque las palabras de Shayla habían sonado apropiadas, Birkita se ruborizaba. Se sentó de manera vacilante junto a ella, y miró su plato con incomodidad. Morrigan se irritó y se puso a la defensiva.

– Pues me alegro de que Birkita sea bienvenida en esta mesa, porque a donde voy yo, va ella -dijo. Sostuvo la mirada fría de Shayla y le dedicó una sonrisa forzada-. Birkita es importante para Adsagsona, y también para mí -entonces, la gran gata le lamió y tobillo a Morrigan, y ella se sobresaltó-. Y el lince también va conmigo.

Entonces, fue Shayla quien se ruborizó, y Morrigan sintió cierta satisfacción cuando aquella mujer tan bella y bien vestida asintió y murmuró:

– Por supuesto, mi señora. Como vos queráis.

Después, hizo un gesto para indicar que podían empezar a servirles.

– Cuidado -le susurró Birkita cuando todas las conversaciones se reanudaron a su alrededor-. El Señor y la Señora son muy poderosos.

Morrigan sintió ira al percibir la preocupación en el tono de voz de Birkita.

– ¿De verdad? -le preguntó en un susurro-. ¿Y pueden hacer esto?

Morrigan se puso en pie de repente, y sin mirar a nadie ni pararse a pensar, se acercó a una de las paredes. Apoyó en ella las manos, cerró los ojos y le dijo suavemente a la piedra:

– Ilumínate, por favor.

«¡Te oímos y te obedecemos, Portadora de la Luz!».

La respuesta fue inmediata y poderosa. Hubo una corriente de energía que pasó desde su palma a la piedra, y Morrigan sintió que los cristales de la sala se iluminaban. Antes de que abriera los ojos, oyó las exclamaciones de asombro. Entonces se volvió hacia la sala. Todos la estaban mirando fijamente.

– Quería darle un poco de luz a la cena.

Morrigan se sintió agradada al ver las expresiones de asombro de Perth y Shayla, que como todos los demás, salvo Birkita, estaban mirando los cristales de selenita, que brillaban y resplandecían como estrellas. Cuando volvió a su silla, las conversaciones tenían un tono más bajo y las miradas eran menos curiosas y más reverentes.

– Así aprenderán -le dijo en un susurro a Birkita.

Sin embargo, Morrigan se llevó una sorpresa, porque la mujer la miró con tristeza. Era la misma mirada contemplativa de su abuela, cada vez que Morrigan hacía algo que la decepcionaba. No una gran desilusión, como suspender un examen o ganarse una multa por exceso de velocidad, sino algo pequeño y privado, como olvidar decir «por favor» o «gracias», o reírse del azoramiento de otra persona. Morrigan se sintió reprendida al instante, y se preguntó por qué. Era evidente que Birkita se había disgustado por culpa de Shayla. En realidad, cuanto más miraba a Perth y a Shayla, más se daba cuenta de que tenían una actitud altiva. Parecía que estaban separados de todos los demás por una pared transparente, pero helada. Estaba claro que eran respetados, pero el instinto le decía a Morrigan que no eran queridos.

– Me resultáis familiar -dijo en aquel momento Shayla, y sacó a Morrigan de su ensimismamiento-. ¿Tal vez os habéis educado en el Templo de la Musa?

– Nuestra Señora se educó en el Templo de la Musa. No es muy común que un Sidetha deje las Cuevas durante un periodo de tiempo tan largo, pero Shayla es una mujer poco corriente, como nuestra hija, Geally, que ha seguido el ejemplo de su madre y está en su tercer año de estudios en el templo -explicó Perth, y le dio unas palmaditas a su mujer en el dorso de la mano, con un gesto cálido que habría resultado afectuoso de no ser por la mirada de repulsión que Morrigan percibió en los ojos de Shayla.

– Eh… no. Yo nunca he estado en el Templo de la Musa -dijo Morrigan, mientras se preguntaba qué ocurría en aquel matrimonio, aunque no fuera asunto suyo-. Pero enhorabuena por haberte educado allí -añadió, significara lo que significara eso.

– ¿Habíais visitado alguna vez nuestras cuevas? -preguntó Shayla, mientras apartaba disimuladamente la mano de la de su marido.

– No, es la primera vez que vengo -dijo Morrigan, mirando a Birkita. Sin embargo, Birkita eludió el contacto visual. ¿Le habría explicado a aquella gente que ella había llegado a través de la piedra de selenita?

– Es extraño que me resultéis tan familiar… -dijo. Shayla dejó la frase inacabada y se concentró en su comida, pero Morrigan se dio cuenta de que continuaba mirándola de reojo.

– No me gustan nada -le susurró a Birkita. La mujer palideció, y Morrigan aligeró el tono y dijo-: Pero me encanta Brina.

Aprovechó para darle al lince un poco de lo que tenía en el plato, que parecía pescado frito.

Parecía que Birkita estaba aliviada por el cambio de tema, y Morrigan sentía lo mismo. Entre bocados, Birkita le dijo:

– Seguramente sabéis, mi señora, que Brina significa «protectora» en el Lenguaje Antiguo. Brina protege desde hace mucho tiempo el Cristal Sagrado de Usgaran, pero nunca ha mostrado predilección por una Sacerdotisa. Ahora parece que os protegerá a vos, además de a Usgaran.

– Brina es increíble -dijo Morrigan-. Birkita, has mencionado el nombre de Usgaran. ¿Qué es?

Antes de que Birkita pudiera responder, Shayla intervino.

– ¿Cómo es que la Suma Sacerdotisa de Adsagsona no sabe lo que es el Usgaran?

– Señora, la Portadora de la Luz viene de muy lejos, de un territorio llamado Oklahoma. Tal vez allí la habitación que contiene el Cristal Sagrado reciba otro nombre.

Toda la mesa la miró con expectación.

– La Sala del Campamento -dijo Morrigan, que se sentía totalmente fuera de su elemento-. Así la llamamos en Oklahoma.

– ¿Oklahoma? -preguntó Perth con desconcierto-. Nunca había oído el nombre de ese territorio. ¿Dónde está?

– Oklahoma está muy lejos. Al oeste de Partholon. Al suroeste, en realidad.

– Los Sidethas no tenemos costumbre de alejarnos de las Cuevas, pero eso no significa que ignore por completo la geografía de Partholon y del resto de territorios de este mundo. Y no hay ninguno llamado «Oklahoma».

– En realidad, no está en Partholon.

Hubo exclamaciones de sorpresa a su alrededor, y Morrigan oyó murmullos de «¡no está en Partholon!» y «¡La Portadora de la Luz viene de más allá del Mar de B'an!».

– Sí, Oklahoma está muy lejos de Partholon, y por eso hay muchas cosas que me resultan extrañas aquí. Así que voy a necesitar vuestra ayuda con los nombres de las cosas y con el funcionamiento de vuestro territorio -improvisó Morrigan.

– Las Cuevas son una parte del Reino de los Sidethas, al norte de Partholon, y también le rendimos homenaje a la Elegida de Epona. ¿En Oklahoma no hay reinos de cuevas?

– Claro que hay cuevas -dijo Morrigan-. Por ejemplo, Las Cuevas de Alabastro de Oklahoma.

– ¿Y Adsagsona? ¿Erais vos también la Portadora de la Luz en Las Cuevas de Alabastro de Oklahoma? -preguntó Shayla.

«La verdad», recordó Morrigan, pasando por alto el enfado que le estaba produciendo aquella conversación. «Diré la verdad en todo lo posible».

– Los cristales me hablaban en Oklahoma, y también se encendían por petición mía, pero yo no sabía nada de Adsagsona. Hasta que llegué aquí, pensaba… pensaba que era la Elegida de Epona.

En vez de asustar a todo el grupo, todos la entendieron. Hablaron entre ellos en voz baja y asintieron. Incluso Perth y Shayla se mostraron apaciguados.

Birkita le cubrió la mano brevemente.

– Algunas veces, los caminos que marcan los dioses y las diosas son difíciles de entender y de seguir. Sería inimaginable ser la Elegida de Adsagsona y la Portadora de la Luz y estar alejada de vuestra diosa. Como su pueblo, Adsagsona no quiere alejarse de las Cuevas de los Sidethas. Adsagsona ha demostrado su amor por vos encontrándoos en Oklahoma, sacándoos del lugar oscuro en que habitabais y reuniéndoos con vuestra gente.

Su caricia y sus palabras eran de una bondad tan familiar que Morrigan tuvo que pestañear para no derramar lágrimas de nostalgia.

– ¡Ave, Adsagsona! -dijo Birkita, y su grito de alegría tuvo el eco de las veces de las mujeres de la sala.

Morrigan se dio cuenta de que, aunque Shayla y Perth formaban la palabra con los labios, no pronunciaban el nombre de la diosa. Extraño…

El resto de la comida pasó con mucho menos dramatismo. Shayla y Perth estuvieron conversando en privado todo el tiempo, y Morrigan le pidió a Birkita que le hablara de los mosaicos que decoraban la enorme sala, y pudo relajarse y comer mientras el reflejo de su abuela le describía el arte y las piedras.

Cuando terminó de comer, tuvo que hacer un esfuerzo por no estirarse y bostezar, como Brina. Sin embargo, Birkita se dio cuenta de que estaba cansada.

– Mi señora, todavía estáis agotada de vuestro viaje.

– Quería que me enseñaras las cuevas, pero creo que tienes razón. Estoy mucho más cansada de lo que pensaba -dijo. Entonces se volvió hacia la pareja real y, con una sonrisa forzada, añadió-: Me alegro de haberos conocido. Gracias por la comida, y por hacer que me sintiera bienvenida.

– Habéis dicho que no sabíais que erais la Elegida de Adsagsona cuando estabais en Oklahoma -le dijo Shayla cuando Morrigan estaba a punto de levantarse.

– Sí -respondió con cautela-. Entonces no conocía a Adsagsona. Sin embargo, ahora sí. Sé que ella me trajo aquí, y que éste es mi sitio.

– Bien, entonces, si sois la Suma Sacerdotisa de Adsagsona y la Portadora de la Luz, querréis llevar a cabo el ritual de la luna nueva, mañana por la noche.

Morrigan no supo qué decir. Afortunadamente, intervino Birkita.

– ¿Si lady Morrigan es la Portadora de la Luz de Adsagsona y su Suma Sacerdotisa? -dijo en un tono áspero-. Ella ha viajado a través del Cristal Sagrado y ha llegado al corazón de Usgaran, tal y como yo predije, porque la diosa me avisó de su llegada en sueños. Los espíritus de las cuevas hablan con ella y la reconocen como su Portadora de la Luz. Todos hemos presenciado que puede darle vida a la luz que hay en el interior de los cristales. No quiero ofenderos, Señora, pero no hay duda de que lady Morrigan es la Suma Sacerdotisa de Adsagsona.

– Por supuesto que no hay duda -respondió Shayla con condescendencia-. Es obvio que es la Portadora de la Luz. Yo no he cuestionado eso. En realidad, la estaba honrando y mostrándole mi respeto al mencionar el ritual. Supongo que lady Morrigan ocupará tu posición, ¿o vas a seguir haciendo las labores de Suma Sacerdotisa? Yo creía que sólo podía haber una, pero tal vez estoy confundida. Después de todo, no estoy tan versada en los misterios de los dioses y las diosas como tú. Tengo demasiado trabajo con el trabajo, más terrenal, de dirigir los asuntos cotidianos de nuestro reino.

Birkita titubeó. Cuando volvió a hablar, su voz era sincera.

– No, Señora, no estáis confundida. Sólo puede haber una Suma Sacerdotisa. Yo me aparto voluntariamente de esa posición. Por supuesto, es la Portadora de la Luz y la Elegida de Adsagsona quien debe ocuparla.

– Espera, no… -empezó a decir Morrigan. Sin embargo, Birkita le posó una mano sobre el brazo y la interrumpió.

– Es la voluntad de Adsagsona. Yo ya no tengo edad de ser doncella, ni madre. Me alegro de tener un papel menos importante, mi señora -dijo Birkita, con una sonrisa cálida para Morrigan.

– Bien. Arreglado. Eso significa que, mañana por la noche, lady Morrigan será quien dirija el ritual -zanjó Shayla.

– Señora, no sé… -dijo Birkita entonces.

– ¿No es responsabilidad de la Suma Sacerdotisa? -le espetó Shayla.

– Sí, lo es -dijo Birkita.

– Entonces, lo haré -dijo Morrigan.

– Pero… habéis estado inconsciente varios días, y aunque la diosa os ha concedido fuerzas hoy a través de la piedra sagrada, no os habéis recuperado por completo.

– Nuestra Portadora de la Luz es joven y fuerte, y es evidente que la diosa le ha concedido sus bendiciones. Estoy segura de que se habrá recuperado totalmente mañana por la noche -dijo Shayla.

– Sí, Señora, nuestra Portadora de la Luz tiene la fuerza de la diosa -dijo Birkita, aunque de mala gana, mirando con preocupación a Morrigan.

– Mañana estaré perfectamente. Sólo necesito una buena noche de descanso -dijo Morrigan, sosteniendo con firmeza la fría mirada azul de Shayla.

– Excelente. Nuestra Suma Sacerdotisa dirigirá el ritual. Parece un presagio favorable para nuestra diosa el hecho de que su Portadora de la Luz llegara justo antes de la luna nueva. ¿No te parece, Birkita? -preguntó Perth.

– Sí, Señor. La luna nueva es prometedora para Adsagsona, así que la llegada de lady Morrigan en este momento es definitivamente un auspicio feliz -dijo Birkita.

Morrigan sonrió y tomó del brazo, suavemente, a Birkita, para indicarle que se pusiera en pie.

– Entonces, decidido. Seguramente, será distinto al… eh… ritual de la luna llena de Oklahoma, pero Birkita me pondrá al corriente de los detalles. Así pues, gracias por todo de nuevo.

Tomadas de brazo, Morrigan y Birkita salieron de la Gran Cámara, seguidas por Brina. Morrigan sentía los ojos de Shayla clavados en la espalda, pero también se dio cuenta de que varias personas inclinaban la cabeza, respetuosamente, a su paso.

<p id="_Toc287304541">Capítulo 4</p>

Birkita la precedió en cuanto salieron de la Gran Cámara.

– Bueno, ha sido un poco extraño -dijo Morrigan. Sin embargo, Birkita negó con la cabeza y le susurró:

– Aquí no, mi señora.

Así pues, Morrigan se quedó callada y dejó todas sus preguntas para más tarde.

En aquella ocasión, prestó atención a los lugares por los que pasaban. Allí, los túneles y salas no eran las mismas estructuras rudimentarias y sin explotar de Oklahoma. Las llamas sin humo iluminaban las anchas paredes, y a cada pocos metros se abrían nuevos túneles a derecha y a izquierda. Los caminos estaban limpios y no había rastro de escombros ni de humedades. En los salientes de roca había estatuillas y delicadas piezas de cerámica. En algunas partes había mosaicos incrustados en la piedra, que a Morrigan le parecieron imágenes bellas y exóticas de las maravillas subterráneas.

Pronto llegaron a Usgaran. La piedra de selenita seguía brillando, pero con suavidad. Cuando Morrigan se acercó y la acarició, los cristales resplandecieron de nuevo con la intensidad de los diamantes, como si ella hubiera accionado un interruptor secreto.

– Es tan bello… -murmuró.

– Sí -dijo Birkita-. La Sacerdotisa que me precedió me contó historias de la Portadora de la Luz, que a ella le había contado, a su vez, la anterior Sacerdotisa. Todos sabemos que puede darse vida a los cristales. Sin embargo, saberlo y verlo son dos cosas distintas. Hasta que vos llegasteis, yo sólo me había imaginado la belleza de la luz.

– Entonces, ¿no ha habido Portadora de la Luz antes de mí?

Birkita negó con la cabeza.

– No, durante más de tres generaciones -respondió. Después, con una sonrisa, señaló hacia uno de los túneles que salían de Usgaran-. Vuestra habitación está ahí. Aunque han pasado muchos años, las Sacerdotisas de Adsagsona han mantenido la habitación de la Portadora de la Luz preparada. Algunas de nosotras nunca dudamos de vuestro regreso.

Como si supiera exactamente adónde debía dirigirse, Brina se adelantó por el túnel. El pasadizo se estrechaba y dibujaba unas curvas en ése. Después, Morrigan subió tres escalones y siguiendo las indicaciones de Birkita, giró hacia la derecha y apartó una cortina que daba a una pequeña entrada. Más adelante, el túnel terminaba en una habitación asombrosa. Estaba iluminada con un pequeño pedestal de luz, y había un saliente ancho que recorría la pared de la derecha y que estaba lleno de pieles, cojines y edredones.

Al otro lado de la estancia había salientes llenos de frascos que parecían de perfume, y cajas transparentes, en las que brillaban collares de piedras semipreciosas. Había un tocador con un espejo y un armario tallado. Para completar el opulento mobiliario había dos sillas tapizadas de piel. Morrigan miró a su alrededor, abrumada por la riqueza de todo aquello. Entonces, sus ojos se dirigieron hacia arriba y con una exclamación de sorpresa, posó los dedos en la pared más cercana. «Portadora de la Luz…», sintió en la piel, y todas las estalactitas de cristal que colgaban como cascadas heladas desde el techo se iluminaron y exhibieron una belleza delicada y atemporal.

– Es tan bonito -musitó Birkita-. Nos dábamos cuenta de que las rocas colgantes eran de cristal, claro, pero verlas iluminadas… es impresionante -entonces, miró a Morrigan con una sonrisa-. Espero que la habitación sea de vuestro agrado. Las leyendas antiguas dicen que, cuando Adsagsona formó las cuevas para su pueblo, se ocupó en especial de diseñar una cámara para la más amada de sus Sacerdotisas. A su Suma Sacerdotisa, la diosa también le concedió el don de escuchar a los espíritus de la piedra, así como la habilidad de encender la luz de sus cristales sagrados.

Morrigan caminó por la habitación, acariciando los preciosos frascos y mirando las cajas de joyas.

– Todo esto es increíble. Y desconcertante. Birkita, necesito que me ayudes a entender este lugar -le dijo.

– Por supuesto, mi señora. Estoy aquí para serviros a vos y a la diosa.

Morrigan se sentó en la cama. Brina saltó y se colocó a su lado, y Morrigan la acarició mientras pensaba en lo primero que iba a decir.

– No quiero quitarte tu trabajo -dijo con tristeza.

– ¿Trabajo?

– El de ser Suma Sacerdotisa. No tengo derecho a llegar aquí y quitarte el trabajo que has tenido durante tantos años.

Birkita sonrió.

– Ser Suma Sacerdotisa no es un trabajo, es una vocación. No dejéis que eso os angustie, querida niña. Así son las cosas. Todas las Sacerdotisas son sustituidas algún día por una mujer más joven. En realidad, para mí será un alivio transmitiros mis deberes. Soy vieja y estoy cansada, y quiero cumplir servicios más ligeros a la diosa.

– No creo que sea mucho más ligero durante un tiempo. Yo no tengo ni idea de lo que debo hacer.

– Confiad en vos misma y en la diosa, Portadora de la Luz.

– Y en ti -añadió Morrigan.

Birkita inclinó la cabeza.

– Si lo deseáis, mi señora.

– Así que, dime, ¿qué pasa con Shayla y Perth? ¿Son los que mandan?

– Son el Señor y la Señora desde hace dos décadas. Nuestro pueblo ha prosperado bajo su mando -dijo Birkita, y su sonrisa se volvió irónica-. Incluso más de lo que es normal para los Sidethas, lo cual es bastante impresionante.

– Sois ricos, ¿verdad?

– Siempre hemos sido un pueblo próspero. Aquí hay piedras preciosas y valiosas que no pueden encontrarse en ningún lugar de Partholon. Nuestra gente tiene talento para encontrar vetas de piedra ocultas, sino también para crear objetos bellos con esas piedras. Las tierras del exterior de las Cuevas son fértiles, y aunque el clima es más frío aquí que en el resto del reino, nuestras cosechas son abundantes. No tenemos muchos motivos para salir de nuestro reino. Además, para nuestros Señores, la creación y la adquisición de riquezas son lo más importante.

– A ti tampoco te caen bien Perth y Shayla.

Birkita titubeó y respondió con palabras cuidadosamente elegidas.

– Me ha entristecido ver cómo cambiaba el objetivo de muchas personas, desde el amor por la belleza que pueden crear y la alabanza a Adsagsona por todo lo que nos ha dado, al amor por las riquezas que podemos comprar en el mundo exterior.

– Shayla me produce una sensación mala.

Birkita miró a Morrigan con inteligencia y complicidad.

– Confiad en vuestra intuición, mi señora.

– Eso haré.

Morrigan tomó de la mano a Birkita. Si no podía confiar en aquella mujer, que era el reflejo de su abuela, entonces estaba completamente perdida.

– Birkita, Oklahoma no está más allá del Mar de B'an. Es algo mucho más complicado.

Birkita le apretó la mano a Morrigan y asintió con solemnidad.

– Podéis contármelo, mi señora. Guardaré vuestro secreto.

– Oklahoma está en otro mundo. Yo soy de otro mundo. No sé casi nada de dioses y espíritus, mucho menos de la Portadora de la Luz.

– Pero… habéis dicho que pensabais que erais la Elegida de Epona.

Morrigan asintió.

– Conozco a Epona, pero sólo un poco. Verás, mi madre murió al darme a luz, y a mí me criaron mis abuelos -dijo. Sonrió, y añadió-: Tú eres como mi abuela.

– Eso es muy amable por vuestra parte, mi señora -dijo Birkita, con los ojos empañados.

– No, no lo entiendes. No me refiero a que te parezcas a ella. Quiero decir que eres ella, o su reflejo en este mundo. Sé que es muy raro, y ni siquiera yo lo entiendo. No entiendo cómo es posible que puedan existir dos mundos. Pero sé que es así. Sé que es así porque mi madre era de Partholon. Se quedó atrapada en Oklahoma, y por eso yo nací allí.

– Pero… habéis dicho que os criaron vuestros abuelos. ¿Eran los padres de vuestro padre?

– No. Son los padres del reflejo de mi madre.

– Mi señora, esto no tiene sentido.

Morrigan se mordió el labio.

– ¿Quién es la Elegida de Epona?

– Rhiannon MacCallan es la Amada de Epona, la Elegida.

– No. Rhiannon MacCallan fue la Elegida de Epona. Era mi madre. Murió hace dieciocho años, al darme a luz. La mujer que ha sido Elegida de Epona durante todo este tiempo se llama Shannon Parker, y es de Oklahoma.

Birkita se había quedado pálida.

– ¿Cómo es posible? Ella tiene las bendiciones de Epona.

– Yo no he dicho que Shannon no sea la Elegida de Epona. Lo que quiero decir es que no es Rhiannon MacCallan. Es el reflejo de Rhiannon. Intercambiaron sus lugares antes de que yo fuera concebida. Mi madre, Rhiannon, cometió errores bastante grandes. Comenzó a prestarle atención a un dios oscuro, y le dio la espalda a su pueblo. Epona tuvo que reemplazarla. Por eso yo creía que era la Elegida de Epona. Creía que tal vez la diosa me había dado un poder especial, para demostrar que de veras había perdonado a Rhiannon antes de que muriera.

– Sois la Elegida, lady Morrigan. No de la diosa de Partholon, Epona, sino de la diosa que reina en el Mundo Subterráneo. Adsagsona es una diosa llena de amor, que le da todo al corazón de nuestra tierra. Os resultará fácil quererla y serle fiel.

– Pero estoy asustada, porque no me crié aquí, y no sé si voy a reconocer la voz de Adsagsona. ¿Y si oigo al dios equivocado?

Birkita tomó a Morrigan por la barbilla y le secó suavemente las lágrimas.

– Vos no sois vuestra madre.

– Algunas veces tengo dudas…

– Las Portadoras de la Luz no se mezclan con el mal -dijo Birkita con firmeza.

– Tampoco la Elegida de Epona.

Birkita negó con la cabeza.

– En vos no hay mal. De eso estoy muy segura.

– Eso parece algo que hubiera dicho mi abuela.

Birkita sonrió.

– Entonces, deberíais creerme -dijo. Después, su expresión se volvió grave-. Mi señora, no creo que sea buena idea hablarle a nadie sobre este mundo de Oklahoma, ni de que la Elegida de Epona no es quien debería ser. No creo que esos conocimientos favorecieran a nadie en Partholon. Divulgarlos podría tener el efecto contrario. Podrían dañar los cimientos de nuestro mundo.

– Ella tiene una hija de mi edad, ¿no es así?

– Sí, la Elegida de Epona fue bendecida con una hija llamada Myrna. Hace poco recibimos la noticia de que pronto dará a luz.

– Tal vez yo sea su reflejo, o ella el mío.

Birkita bajó la mirada.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

– Quizá Shayla os haya reconocido. Me comentó cuánto os parecéis a lady Myrna.

– Si me parezco tanto como Rhiannon a Shannon, puede que seamos como dos gotas de agua.

– Entonces, es bueno que los Sidethas no se alejen mucho de nuestro reino. Y no es bueno que Shayla no cumpla esa norma.

«¡No debes esconderte de tu destino!».

Aquellas palabras, susurradas en su mente, sobresaltaron a Morrigan.

– Bueno, no voy a hacer un gran anuncio sobre mi madre, pero tampoco me voy a esconder como si hubiera hecho algo malo.

– ¡Claro que no habéis hecho nada malo! Pero todo esto es bastante sorprendente.

Birkita se pasó una mano por los ojos, y Morrigan se dio cuenta de que estaba más pálida que antes.

– Para mí también. Es decir… Siempre supe que era distinta de los demás niños. Ninguno de mis amigos entendía por qué me gustaba tanto estar al aire libre, y además, oigo voces desde que era niña. Siempre he estado fuera de lugar.

– Ahora ya no, Portadora de la Luz -dijo Birkita.

– Hace pocos días que supe quién era mi madre verdadera, y que supe de la existencia de Partholon. Fue el mismo día en que oí a los espíritus de los cristales y los iluminé. Entonces, ocurrió algo horrible en las cuevas de Oklahoma, y yo pasé aquí a través de la piedra de selenita.

– A vuestro hogar, mi señora. Adsagsona os trajo a casa a través de Usgaran, y mañana, llevaréis a cabo vuestro primer ritual para la diosa.

– ¿Estás segura de que debería hacerlo? No sé qué tengo que decir…

– El ritual es muy sencillo, y estaréis sola la mayor parte del tiempo, así que no debéis temer hacer algo equivocado. Las demás Sacerdotisas y yo os bañaremos y os ungiremos, y os llevaremos a Usgaran. Allí, le pediréis a Adsagsona su bendición para el nuevo ciclo lunar.

– ¿Eso es todo? Entonces, ¿por qué no querías que lo llevara a cabo cuando Shayla lo propuso?

– Me preocupaba vuestra salud, no vuestra capacidad para hacerlo. La Suma Sacerdotisa debe ayunar antes del ritual, y yo sé que vuestro viaje os ha agotado -dijo Birkita, y le apretó la mano a Morrigan para transmitirle confianza-. Sin embargo, Shayla tenía razón al decir que sois joven y fuerte, y que contáis con las bendiciones de la diosa. Todo irá bien, Portadora de la Luz. Y ahora, debéis descansar y prepararos para la diosa.

Birkita se acercó al gran armario y sacó un camisón. Ayudó a Morrigan a desvestirse y a ponérselo, y después, la acostó.

– La puerta que hay junto a la entrada de esta habitación es la de vuestros baños. Son sólo para vuestro uso, así que nadie invadirá vuestra privacidad -le dijo, y le acarició el pelo con ternura-. Bienvenida a casa, Portadora de la Luz.

– Gracias, Birkita. Te agradezco todo lo que has hecho por mí.

– Ha sido un placer.

– ¿Sabes? Tú también tienes aspecto de estar cansada. Duerme bien esta noche.

– Ahora que estáis aquí, sana y salva, me restableceré rápidamente -dijo con una sonrisa-. Volveré por la mañana.

Le dio un beso a Morrigan en la frente, y se marchó. Morrigan miró al techo.

– Ahora, no tan brillantes.

Los cristales disminuyeron su luz y crearon una penumbra muy agradable para el sueño.

– Estoy en Partholon -dijo Morrigan en voz alta, probando aquellas palabras-. Estoy en otro mundo. Y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

«Estás viviendo tu destino».

– ¿Adsagsona? ¿Eres tú? -preguntó Morrigan suavemente.

No hubo respuesta. Ni en su mente, ni en el aire que la rodeaba.

Ojalá estuviera allí el abuelo. Seguramente, él sabría cómo ayudarla en todo aquello. Además, le encantarían aquellas cuevas. Aquello hizo que sonriera, pero su sonrisa comenzó a temblar al darse cuenta de que su abuelo no iba a ver nunca las Cuevas de los Sidethas, sino que tampoco volvería a verla a ella.

– Y fui tan mala con él…

Su voz se quebró en un susurro, mientras toda la nostalgia y la tristeza se apoderaban de ella.

«Lo siento, abuelo. Lo siento, abuela. Por favor, perdonadme. Os quiero muchísimo… os echaré de menos siempre».

Brina maulló y le acarició la cara con la nariz. Morrigan se abrazó al lince, enterró la cara en su pelaje suave y lloró hasta quedarse dormida.

<p id="_Toc287304542">Capítulo 5</p>

El sueño de Morrigan fue oscuro, frío. No era la oscuridad relajante de una cueva, sino una negrura helada y opresora que le producía sueños de estar enterrada en vida. Intentó convencerse de que sólo era un sueño, y de que iba a despertar. Sin embargo, era una de aquellas pesadillas de las que uno no puede salir.

Morrigan no podía liberarse de aquella sensación sofocante. Y en aquella negrura las voces de su mente se sucedían y se entremezclaban. Primero, la risa de una mujer, baja y burlona, y su voz orgullosa ordenándole con altivez que la eligiera. Después, un hombre que proclamaba con arrogancia que Morrigan era suya. Después, una voz femenina, más distante, diciéndole que fuera sabia, fuerte. Y, finalmente, otra voz de mujer, aquélla no tan lejana, pero no menos enigmática, diciéndole que confiara en sí misma.

Morrigan luchó contra aquella oscuridad opresora. ¿Que confiara en sí misma? ¿Cómo? No conocía aquel mundo. No entendía nada de dioses y diosas antiguos. No sabía cómo hacer uso de los poderes mágicos. La oscuridad la oprimía más y más, como si estuvieran echándole tierra encima con una excavadora. «¡Estoy viva! ¡No me enterréis!». Le latía el corazón tan frenéticamente que sentía dolor en el pecho, y no podía respirar.

Finalmente, Morrigan se despertó gritando, sudorosa.

Brina estaba a su lado, mirándola con la cabeza ladeada y una expresión de interés felino. Morrigan se incorporó y se frotó los ojos, y por impulso, apoyó la mano en la pared y murmuró:

– Más luz, por favor.

Los cristales colgantes del techo se iluminaron al instante y acabaron con la oscuridad de la pesadilla. Morrigan estaba empezando a darse cuenta de que tenía mucha hambre, y de que tenía que ir al baño. En aquel momento, oyó la voz de Birkita desde el otro lado de la entrada.

– Mi señora, ¿os habéis despertado?

– ¡Sí! Estoy despierta -respondió Morrigan alegremente. Estaba decidida a no permitir que una estúpida pesadilla le estropeara el día.

Birkita entró en la habitación sonriendo e hizo una reverencia.

– Buenos días, Portadora de la Luz.

Morrigan sonrió e inclinó la cabeza.

– Buenos días, Birkita.

El hecho de ver la cara familiar de su abuela a primera hora de la mañana fue tan normal que la reconfortó y la ayudó a calmar el dolor por la ausencia de sus abuelos. Y hablando de la ausencia de alguien, no había ni rastro de Brina.

– ¿Adónde ha ido el lince?

Birkita miró a su alrededor y se encogió de hombros.

– Supongo que ha ido a cazar, pero no os preocupéis. Brina siempre está presente durante nuestros rituales.

– Ah, bueno -dijo Morrigan.

– Hoy tenemos mucho que hacer. Hemos recibido la noticia de que el Maestro de la Piedra y el Maestro Escultor llegarán al final de la jornada. Uno de los territorios más ricos está pensando en hacer un encargo para un nuevo templo. Sea cual sea la razón, la visita del Maestro Kai siempre es un acontecimiento importante, y en esta ocasión, además, vendrá acompañado por el Maestro Escultor, Kegan. Y el mismo día del ritual de la luna nueva. El reino estará muy ocupado…

Birkita continuó parloteando y quejándose del poco tiempo que tenían para prepararlo todo de una manera que a Morrigan le recordó por completo a su abuela, mientras la llevaba hacia el tocador y comenzaba a peinarle, de manera experta, la larga melena caoba.

Cuando, por fin, Birkita paró para tomar aire, Morrigan dijo:

– Eh… tengo que ir al baño.

– ¡Por supuesto! ¿En qué estaba pensando? Pasad a vuestros baños mientras yo arreglo las cosas aquí.

– Birkita -dijo Morrigan, y la tomó de la mano-. Yo puedo hacerme la cama y limpiar mi habitación. Tú eres una Sacerdotisa, no una mujer de la limpieza. No tienes por qué recoger mis cosas.

– Oh, en eso os equivocáis, mi señora. Es mi deber ocuparme de la Elegida. Algún día, vos haréis lo mismo por vuestra joven sustituta. Así, mostramos nuestro respeto y nuestro agradecimiento a Adsagsona. Me quedaré a vuestro lado hasta que os sintáis totalmente cómoda en vuestra posición de Suma Sacerdotisa.

– Bueno, me alegro de que vayas a estar a mi lado, pero quiero que te relajes y que descanses. Yo sé cuidar de mí misma.

– No os preocupéis. A mí me gusta hacerlo. Ahora, pasad a los baños.

«Exactamente igual que la abuela», pensó Morrigan mientras salía de la habitación. Birkita le dijo:

– Pero no os bañéis todavía. Debéis ser aseada y ungida de manera correcta para el ritual.

– De acuerdo -dijo Morrigan.

Apartó la cortina que marcaba la separación entre su dormitorio y el túnel que conducía a Usgaran. Al entrar en los baños, no encontró la sala rudimentaria que esperaba; por el contrario, era una sala enorme con utensilios modernos. Estaba iluminada con un par de pilares de un líquido inflamable. En la pared había anaqueles de piedra que acogían toallas esponjosas y preciosos frascos de jabón y perfume. Había un hueco bastante grande excavado en el suelo, y junto a él, un grifo y un asidero. Morrigan levantó el asidero, y al instante comenzó a salir agua clara y caliente del grifo hacia la bañera de piedra.

– Qué genial… -susurró.

Explorando más, encontró, al fondo de la sala, el servicio, y se entusiasmó al ver que había huecos también excavados en la piedra, por los que fluía agua constantemente. No resultaba en absoluto desagradable.

– Vaya -murmuró mientras se lavaba las manos-. ¿Quién ha dicho que los cavernícolas no pueden vivir bien?

Cuando volvió a su habitación, Birkita ya le había hecho la cama, y había dispuesto sobre ella un vestido de lino blanco, del color del cielo, con unas zapatillas a juego.

– Me muero de hambre, y no me siento ni la mitad de cansada que ayer -dijo, mientras Birkita la ayudaba a envolverse en aquella complicada prenda. Cuando dispuso el último pliegue, lo sujetó con un broche de plata muy bonito.

– Me alegro de que hayáis recuperado fuerzas, pero siento recordaros que no podéis desayunar todavía. Debéis guardar ayuno hasta el ritual.

– Oh, demonios, ¿no puedo? Eso se me había olvidado.

– Hasta después del ritual, no. Después, podéis daros un banquete para celebrar vuestro primer ritual para la diosa. Hasta ese momento, podéis tomar agua, té o vino.

– Aj. ¿Agua? ¿Para desayunar? ¿Y vino con el estómago vacío? Creo que voy a tomar té -refunfuñó Morrigan.

Birkita se echó a reír suavemente.

– Los jóvenes siempre tienen hambre de todo: de comida, de amor, de vida. Debéis tener paciencia y prepararos para servir a la diosa.

Morrigan contuvo un suspiro. Seguramente, Birkita tenía razón. La abuela siempre tenía razón.

– Bueno, ¿puedo llevarme una taza de té a Usgaran? Debería pasar un rato allí antes de que comience el ritual.

– Muy bien. Así habla una Suma Sacerdotisa de verdad.

– Me parece que necesito práctica en eso de ser Suma Sacerdotisa.

– No tenéis por qué preocuparos, mi señora, lo conseguiréis -dijo Birkita.

Después, ambas salieron juntas de la habitación.

Cuando llegaron a la entrada de Usgaran, Morrigan se quedó inmóvil observando la escena que se desarrollaba ante sí. Si se había imaginado que podría sentarse tranquilamente y comunicarse a solas con Adsagsona, se había confundido. Aquél no era un lugar silencioso, en penumbra, idóneo para la meditación y la oración. Parecía el centro de un pueblo bullicioso. Las mujeres estaban sentadas confortablemente, charlando. Algunas estaban cosiendo, otras pintaban y otras estaban tallando recipientes de piedra de color crema. Había algunos hombres, que también estaban ocupados creando obras de arte y joyas.

Morrigan acababa de abrir la boca para preguntarle a Birkita por qué, aparentemente, había muchas más mujeres que hombres en Usgaran, cuando entraron dos hombres jóvenes en la sala. Iban vestidos como todo el mundo, con túnicas ribeteadas de cuero y adornadas con piedras semipreciosas y pieles, pero a Morrigan le parecieron distintos. Se dio cuenta de que era por su actitud. Irradiaban tal arrogancia que rozaba el desdén.

Morrigan los observó con atención. Cada uno de ellos llevaba un cubo grande lleno de un líquido marrón oscuro. Se acercaron a la piedra de selenita y dejaron los cubos ante ella.

– Bien. Llegas justo a tiempo para bendecir la mezcla de savia de alabastro -dijo Birkita, y comenzó a caminar hacia el interior de la sala. Sin embargo, Morrigan la tomó de la mano y tiró de ella hacia la entrada.

– ¿Quiénes son esos jóvenes?

– Son aprendices de Maestros de las Cuevas. Sólo ellos se adentran lo suficiente en las entrañas de las cuevas como para recoger la savia de alabastro. Ven, y podrás bendecir la mezcla. Deberíamos darnos prisa. No podemos hacer esperar a los aprendices.

– ¿Por qué? Si son sólo aprendices, ¿por qué no pueden esperar? Además, yo no sé cómo se bendice la savia de alabastro. Ni siquiera sé lo que es la savia de alabastro.

Birkita abrió mucho los ojos a causa de la sorpresa, pero se lo explicó rápidamente.

– En esos cubos hay savia de alabastro. Se recoge de las cuevas más profundas, donde el alabastro es más puro y antiguo. Se hacen hendiduras en la roca, y allí se recoge la savia.

– Pero, si esa cosa arde, ¿no es inflamable todo el circuito de cuevas?

– No. La savia es inofensiva en su forma bruta. Sólo adquiere la capacidad de inflamarse cuando es bendecida por una sacerdotisa de Adsagsona y después, mezclada con el jugo de maíz destilado y purificado. Entonces, arde e irradia esa luz clara que ves por todas partes en las cuevas.

– ¿El jugo del maíz?

– Sí, en su forma más potente es incoloro, como el agua. Pero es muy poderoso. Los Sanadores lo usan para limpiar las heridas.

– ¡Es como alcohol! -exclamó Morrigan-. Claro, el alcohol es inflamable. Así que es esa sustancia la que produce la luz sin humo.

– Morrigan, si en Oklahoma no tenéis savia de alabastro, ¿cómo ilumináis las cuevas?

– Se usa algo llamado electricidad. Es como… eh… aprovechar la energía de un rayo.

Birkita la miró dubitativamente.

– Me gustaría ver a un rayo domesticado. ¿Podéis hacerlo?

– No, no. Yo sólo ilumino los cristales. La electricidad es un tipo de magia distinta.

La Sacerdotisa asintió.

– Me imagino que ese tipo de magia debe de ser muy difícil de dominar -dijo, y señaló con la cabeza a los hombres que esperaban impacientemente-. Como los aprendices de Maestro de las Cuevas, que también son difíciles de controlar.

– Pero tú eres la Suma Sacerdotisa de la diosa. O lo eras, antes que yo. ¿No deberían esperarnos ellos a nosotras? Sin nosotras, la savia no tendría la capacidad de arder.

– Bajo el reinado de Shayla y Perth, el poder y el respeto provienen de la riqueza, y no de Adsagsona -dijo Birkita.

– Se parece mucho a algunas partes del mundo del que yo provengo -musitó Morrigan-. Así que supongo que tendré que bendecir la savia, por muy arrogantes que sean esos tipos.

– Como decís, mi señora, deberíamos hacerlo antes de que se impacienten demasiado.

– Muy bien, pero ¿puedo ver primero cómo lo haces tú?

Birkita la miró bondadosamente.

– Debéis aprender a confiar en vos misma, mi señora. La diosa os ha elegido, y lo único que queda es que entréis formalmente a su servicio.

– Quiero hacerlo, de veras.

– Parte de la divinidad de Adsagsona está en vos. Venid. Yo bendeciré el primer cubo, y después veremos si queréis bendecir el segundo.

Morrigan sintió nerviosismo, pero asintió. Birkita y ella caminaron hasta los dos jóvenes y Birkita los saludó.

– Bien hallados, Beacan y Mannix -dijo, y sonrió-. Nos habéis proporcionado una buena cosecha de savia.

– No tenemos por qué esperar, Sacerdotisa -dijo el joven de menor estatura.

Morrigan sintió una punzada de ira instantánea al percibir su tono grosero. Sin dudarlo, lo miró a los ojos.

– Birkita estaba conmigo. Por eso ha llegado tarde.

– Vos sois la Portadora de la Luz -dijo el otro joven. Su tono era de curiosidad.

– Sí, yo soy la Portadora de la Luz. También soy la nueva Suma Sacerdotisa de Adsagsona.

Mientras hablaba, Morrigan envió una plegaria silenciosa a los espíritus de los cristales de la piedra de selenita, para que brillaran con intensidad. Los espíritus respondieron con un resplandor que explotó en fogonazos de luz. Morrigan acarició la piedra para darle las gracias antes de volverse hacia los aprendices, a quienes ignoró, aunque sentía sus miradas. «Mmm, ayer no debían de estar en la cena», pensó. Después sonrió a Birkita.

– Adelante, bendice ahora la savia. Usgaran no es lugar para la impaciencia, así que será mejor que estos jóvenes sigan su camino.

Morrigan oyó las exclamaciones de asombro de varias de las mujeres que estaban más cerca, pero no le importó. Ni siquiera se inquietó cuando Birkita le lanzó una mirada de preocupación, mientras se situaba frente al primero de los cubos. Morrigan sentía que había algo malo en todo aquello. Lo sintió en lo más profundo de su ser, de la misma manera que sabía que los cristales se iluminarían cuando los tocara. También sabía que debía hacer algo al respecto, pero Birkita elevó las manos, y el silencio de la habitación distrajo su atención de aquella advertencia que le hacía el instinto.

– Adsagsona, apelo a ti, en las alturas -hizo una pausa y movió las manos desde lo alto hacia abajo, con las palmas abiertas, formando una uve con los dedos, a cada lado de uno de los cubos-, y abajo.

Entonces, Birkita comenzó a girar las manos, a dibujar formas bellas por encima de cada uno de los cubos. Morrigan observó con fascinación cómo salía una oscuridad humosa de la savia gelatinosa, mientras Birkita continuaba hablando:

– De la oscuridad nace la luz. De la piedra fluye el líquido. Sabemos que nuestra diosa atiende nuestras plegarias porque nos alimenta en el vientre de su propio cuerpo. Somos Sidethas. De la diosa somos. Y del poder de Adsagsona obtenemos el conocimiento. Danos luz, diosa.

Se produjo un suave sonido de chisporroteo, y el humo negro que se había formado en el cubo se disipó súbitamente. La savia quedó clara, brillante, como una gelatina transparente.

– Vuestro turno, Suma Sacerdotisa.

Morrigan se sobresaltó. Alzó la vista desde la savia recién bendecida y se dio cuenta de que todo el mundo la estaba mirando con expectación. Abrió la boca para decirle a Birkita que no, que no podía, cuando oyó las palabras «acepta tu destino», y con otro respingo, se dio cuenta de que quería bendecir la savia.

Morrigan quería ser Suma Sacerdotisa.

Para no tener la oportunidad de acobardarse, se acercó al segundo cubo e, igual que Birkita, elevó las manos por encima de la cabeza y comenzó a hablar con voz clara.

– De la oscuridad nace la luz. De la piedra fluye el líquido -dijo, recordando con facilidad las palabras. Sin embargo, se detuvo, tomó aire y señaló con las manos hacia abajo. Cuando habló de nuevo, recitó las palabras que le salían del corazón, en vez de lo que recordaba de la plegaria-: Escúchame, Adsagsona. Soy Morrigan, tu Portadora de la Luz, y tu Suma Sacerdotisa. Te pido que vengas a mí, luz imposible de la oscuridad impenetrable. Sólo una diosa podría darme el poder de crearlo.

Morrigan hizo una pausa mientras comenzaba a trazar dibujos con las manos sobre la savia del cubo. Del alabastro líquido comenzó a surgir una niebla oscura, que se intensificó bajo sus manos. Sin embargo, en aquella oscuridad, Morrigan sintió la chispa de una luz cristalina que ya se había hecho familiar para ella, como una amiga de la infancia, y cuando completó la bendición con las palabras «enciéndete para mí, por favor, diosa», el poder que surgió bajo sus manos no fue un chisporroteo suave. Fue una descarga de energía y luz que sorprendió incluso a la propia Morrigan.

– ¡Bendita sea Adsagsona! -gritó Birkita.

– ¡Bendita sea Adsagsona! -repitieron todos.

Morrigan miró a los dos jóvenes arrogantes y vio que ellos eran los únicos que no le daban gracias a la diosa. En vez de eso, la estaban observando a ella con los ojos entornados, inquisitivos.

Con un cosquilleo de poder en las manos, Morrigan arqueó una ceja y los miró con petulancia.

<p id="_Toc287304543">Capítulo 6</p>

El resto de la mañana pasó rápidamente, pero Morrigan siguió el consejo que su abuelo le daba una y otra vez: «Si tienes la boca cerrada y escuchas, te sorprenderá lo que puedes aprender acerca de la gente que te rodea».

Así pues, una vez que los aprendices arrogantes se hubieron marchado, Morrigan se acomodó en uno de los asientos cubiertos de pieles. Brina se acurrucó a su lado mientras ella bebía té dulce y escuchaba. Naturalmente, el abuelo tenía razón. Si sonreía y asentía amable pero silenciosamente, la gente se olvidaba pronto de que estaba allí, o de repente tenía ganas de charla con ella. Como consecuencia, Morrigan aprendió varias cosas.

Primero, que muchas personas no respetaban a las sacerdotisas de Adsagsona desde que Perth y Shayla se habían convertido en los Señores del Reino de los Sidethas. Y era evidente que Shayla tenía mucho poder. A las sacerdotisas no les agradaba, pero estaba claro que pese a ello, temían a los Señores. También estaba claro que los Sidethas que no estaban al servicio de Adsagsona respaldaban a los actuales dirigentes, aunque no le cayeran bien a nadie. La gente era muy rica, y Shayla y Perth lo habían hecho posible.

Cuanto más escuchaba Morrigan, más se daba cuenta de que había caído en medio de una lucha de poder. Las Sacerdotisas no tenían nada en contra de que la gente viviera bien, pero creían que Adsagsona estaba siendo olvidada a causa de tanta ansia de riqueza, así que querían que la gente volviera a adorar a la diosa y recuperara el antiguo modo de vida sencillo. Fuera lo que fuera.

Aquella situación era doblemente incómoda, porque parecía que Shayla tenía tendencia a desterrar de las cuevas a todo aquél que le causara enfado. La palabra «destierro» se pronunciaba a menudo, en susurros, acompañada de escalofríos.

Así pues ¿en qué posición estaba Morrigan? Bien, claramente, las Sacerdotisas estaban entusiasmadas con su presencia, y Shayla, todo lo contrario. Bien. Justo lo que ella necesitaba. Verse en mitad de un tira y afloja.

Un poco después del mediodía, Birkita y dos Sacerdotisas que le habían sido presentadas aquella mañana, Deidre y Raelin, fueron a buscarla con una sonrisa de expectación y le dijeron que era la hora de bañarse y ungirse para el ritual. Morrigan se levantó de su asiento y las siguió hacia su habitación para someterse a los preparativos del ritual.


Después de un delicioso baño, las mujeres la secaron vigorosamente con una toalla y comenzaron a aplicarle un aceite con olor a almendra dulce en la piel. Morrigan se dio cuenta de que estaba comenzando a sentirse casi mareada de emoción.

¡Se estaba preparando para escuchar la voz de su diosa!

Morrigan, envuelta en la gruesa toalla y acompañada por las tres mujeres, fue a su habitación. Sobre la cama, había una prenda extraña hecha de una tela blanca como la luna, que brillaba bajo la luz de las estalactitas de selenita. Morrigan la acarició.

– Vaya, es como la seda, pero en realidad es cuero.

– Es piel de cabra, de las más finas, curtida por las manos de las Sacerdotisas de Adsagsona, teñida y bordada con los mejores diamantes por una Suma Sacerdotisa que fue a pasar su eternidad con la diosa hace décadas. Yo me puse esta prenda para mi primer ritual de la luna nueva, hace casi cincuenta años -explicó Birkita con una sonrisa de nostalgia-. Ojalá fuera joven y flexible para ponérmela otra vez.

Morrigan observó a Birkita. «Es igual que la abuela», pensó Morrigan, «no pesará más de cincuenta kilos».

– Oh, por favor. Tú todavía puedes ponerte esto.

Birkita se ruborizó, pero sonrió.

– Ya es hora de que haya una nueva Suma Sacerdotisa. Os deseo que lo llevéis durante muchos años -dijo.

Después, les indicó a Deidre y a Raelin que la ayudaran a vestir a Morrigan, y entre las tres comenzaron a envolverla en aquel suave cuero.

– Eh, eh… un momento. Debe de faltar una pieza. O dos. O tres -dijo Morrigan, al ver el resultado final en el espejo.

La pieza de cuero se le ajustaba al cuerpo y marcaba su delgada cintura y sus caderas amplias y curvas. Tenía aberturas a cada lado de los muslos, y ella no llevaba nada debajo. Pero lo que más le asustaba era que la prenda sólo llegaba hasta sus costillas, y le dejaba los pechos completamente al aire.

– Tenéis razón, lady Morrigan -dijo Birkita. Se acercó al armario y sacó otra prenda de cuero blanco-. Esto se añadió al traje ceremonial durante la última década.

Mientras lo decía, le puso la prenda sobre los hombros. Era una especie de capa que se abrochaba al cuello y tapaba la mayor parte de la desnudez de Morrigan.

«Mal… Está mal… Es blasfemo».

Morrigan oyó aquel susurro en la mente, enfadado y entrecortado, y Morrigan olvidó el azoramiento de verse medio desnuda.

– No está bien -murmuró mientras tocaba con un dedo la capa.

Las jóvenes Sacerdotisas se miraron con incomodidad, y miraron también a Birkita.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Morrigan-. ¿Qué es lo que no sé?

– Durante generaciones, las Sumas Sacerdotisas de Adsagsona han mostrado su pecho desnudo durante los rituales. Es lo correcto, lo lógico -dijo Birkita con la voz tirante-. Si una Sacerdotisa se cubre el cuerpo ante su diosa, ¿qué más puede estar tapando? ¿La culpabilidad? ¿Deseos secretos? ¿Falta de sinceridad?

– Si piensas así, ¿por qué empezaste a cubrirte tú?

– Shayla lo consideraba una falta de pudor. Le parecía una vulgaridad -dijo Birkita-. Oh, al principio no lo dijo así. Habló de mi edad. En vez de honrar a la Suma Sacerdotisa como una mujer valiosa, una mujer que ha pasado de Doncella a Madre y de ahí a Mujer Sabia, Shayla hacía pequeños comentarios acerca de lo poco apropiado que era ver los pechos desnudos de una mujer que tenía edad suficiente para ser abuela.

Morrigan miró a Birkita y vio el dolor y la vergüenza en su mirada, pero la antigua Suma Sacerdotisa alzó la barbilla con orgullo.

– Ninguna de las Sacerdotisas más jóvenes ha recibido la llamada para ser Elegida. No había otra que pudiera llevar a cabo los rituales. Sé que Adsagsona no ve más que belleza en mi cuerpo, pero la gente, la gente de los Señores, no son la diosa.

– Algunos de ellos ni siquiera conocen a la diosa -añadió Deidre con enfado.

– Entonces, ¿por eso dejaste de mostrar el pecho desnudo? -preguntó Morrigan.

– Shayla ordenó que confeccionaran esa capa para mí -dijo Birkita-. Me la obsequió en público, antes de uno de los rituales de la luna nueva. Dijo que era un regalo de la Señora del Reino de los Sidethas para la Suma Sacerdotisa de Adsagsona. Rehusarlo hubiera sido un gran insulto.

– ¿Y llevar la capa no es un insulto?

– Eso, mi señora, es algo que debéis decir vos misma. Ahora, sois vos la Suma Sacerdotisa de Adsagsona.

– Sí, supongo que sí… -murmuró Morrigan, mirándose al espejo.


Ya no tenía que ponerse nada más. Birkita le alisó el pelo, y en vez de sus rizos, creó pesadas ondas de cabello color caoba que brillaban como el agua oscura. Después le colgó de las orejas y del cuello joyas con piedras azules, llamadas topacios, porque según ella, hacían juego con sus ojos. Después, Morrigan se puso las zapatillas de cuero, parecidas a unas zapatillas de ballet, y las tres mujeres la inspeccionaron.

– Estáis muy bella, mi señora -dijo Deidre.

– Maravillosa -convino Raelin.

– Perfecta -dijo Birkita.

– Nerviosa. Otra vez -respondió Morrigan.

– Sacerdotisas, podéis dejarnos a solas. Convocad a la gente en Usgaran. La Suma Sacerdotisa acudirá en breve -les dijo Birkita a Deidre y a Raelin.

Morrigan les dio las gracias por su ayuda mientras ellas le hacían una reverencia. Después, se marcharon, y ella se volvió hacia Birkita.

– Muy bien. Ahora dime lo que tengo que hacer.

– Hay palabras rituales que debéis decir, y os las enseñaré con facilidad. Pero antes, decidme, en vuestro antiguo mundo, ¿qué significaba la luna nueva?

– La luna nueva simboliza los comienzos nuevos. Mi abuela dice que es el momento perfecto para emprender nuevos proyectos, comenzar relaciones, empezar un viaje. Cosas así.

– Vuestra abuela es muy sabia. Ciertamente, la luna nueva simboliza los nuevos comienzos. Pero hay más. La luna nueva es el momento en que el velo místico que hay entre nuestro mundo y el Otro Mundo, donde habitan los dioses, es más fino. Durante el periodo de luna nueva, se puede provocar una gran magia, para el bien y para el mal.

– ¿El mal? -preguntó Morrigan, con un escalofrío.

Birkita la tomó de la mano.

– No tenéis nada que temer. Adsagsona os ha elegido, y no otro poder oscuro.

– ¿Y por qué estás tan segura?

– Ya hemos hablado de esto. Sois la Portadora de la Luz. Las Portadoras de la Luz no se mezclan con el mal. Debéis acabar con vuestras dudas… Tal vez os ayude saber que Adsagsona es una diosa poco corriente. Habita en el Mundo Subterráneo, en el vientre de la tierra. Está cómoda en la oscuridad, como sus Sumas Sacerdotisas. Decidme, ¿habéis tenido alguna vez miedo a la oscuridad?

– No. En realidad, me gusta. Mis abuelos siempre me decían que encendiera una luz por las noches, cuando me levantaba para ir al baño, porque me iba a dar un golpe en algún dedo del pie, o algo así. Sin embargo, nunca me ocurrió. Me… me preocupaba que estar tan cómoda con la oscuridad fuera algo malo.

– No, hija mía. Era una señal temprana del favor de Adsagsona. Yo también me he sentido siempre cómoda en la oscuridad. Nuestra diosa es una madre afectuosa y protectora para los Sidethas. Ella marca a sus Sacerdotisas desde jóvenes, y las cuida durante toda la vida. Pero debéis recordar que, aunque Adsagsona prefiera la oscuridad, también adora la luz. Por ese motivo creó a las Portadoras de la Luz y les concedió el don de avivar la luz que hay en el interior de los cristales de la tierra. El mal que acecha en la oscuridad rehúye la luz. Vuestra luz puede abrasar a ese mal, si él intentara rozaros alguna vez.

– ¿El mal nunca te ha acechado a ti?

– No, hija. Yo nunca he encontrado nada en la oscuridad, aparte del amor de Adsagsona.

– No sé, pero no me siento mejor -dijo Morrigan.

– Acabad con vuestras dudas, Suma Sacerdotisa. Vuestra diosa es buena. Ella os ha concedido un gran poder. No permitáis que vuestra inexperiencia y juventud os hagan vacilar a la hora de servirle -le respondió Birkita con una sonrisa-. Ahora, debemos apresurarnos. La gente nos estará esperando. A vos, en realidad.

Rió suavemente, y después guió a Morrigan a Usgaran. Por el camino, siguió explicándole cosas.

– Vamos a entrar en Usgaran. La gente habrá formado un gran círculo alrededor del Cristal Sagrado. Vos os situaréis frente a él e invocaréis la presencia de la diosa.

– ¿Y cómo lo hago?

– Lo habéis hecho ya, cuando bendijisteis la savia de alabastro.

Morrigan asintió.

– Bien, eso puedo hacerlo. ¿Y después, qué?

– Después, sólo tenéis que agradecerle a Adsagsona todas las bendiciones que nos concedió durante la pasada fase de la luna. Cuando terminéis la bendición, diréis «¡ave, Adsagsona!», y la gente lo repetirá. Después, todo el mundo se marchará, y os dejará sola en Usgaran. La última parte del ritual es personal. Es algo entre la diosa y su Suma Sacerdotisa.

– Bueno, eso está bien.

– Desde hace mucho tiempo, es mi parte favorita del ritual -dijo Birkita-. Habrá vino para hacer una libación en una copa, cerca del Cristal Sagrado. Debéis tomar la copa y verter el vino alrededor. Después, extinguiréis las llamas de la savia, y las de los demás cristales. En la oscuridad es donde Adsagsona concede las bendiciones a la Sacerdotisa para las próximas fases lunares, para los Sidethas. Dadle las gracias a la diosa, prended de nuevo las llamas y reuniros con el resto de las sacerdotisas en la Gran Cámara para comer.

– Eso no suena mal -dijo Morrigan.

Habían llegado a la entrada de Usgaran, y se detuvieron en el interior de la entrada. La sala estaba abarrotada. Sus murmullos le recordaron a Morrigan a las hojas secas del otoño en una tormenta. Respiró profundamente y puso las yemas de los dedos sobre la piedra de la pared.

– Ilumina la piedra, por favor -susurró.

Después, sonrió a Birkita y, mientras la piedra de selenita comenzaba a resplandecer, entró en la sala.

– Que la suerte y la diosa estén contigo, hija mía -dijo Birkita, mientras Morrigan se alejaba y ella se ocultaba entre las sombras.

Nadie se dio cuenta de su presencia, y nadie se dio cuenta de que estaba llorando suavemente.

<p id="_Toc287304544">Capítulo 7</p>

La gente se quedó silenciosa en cuanto la piedra se iluminó. Todos los ojos se clavaron en Morrigan mientras avanzaba seguida de Brina. Cuando llegaron junto al Cristal Sagrado, Brina se situó a un lado de la gran piedra, moviendo la cola con inquietud, observando con sus ojos enormes a la multitud.

Morrigan esperó un momento, ordenó sus ideas y miró hacia las profundidades del bellísimo cristal iluminado. Entonces, siguiendo un impulso, Morrigan se volvió hacia el grupo que la rodeaba. Con un movimiento rápido, se desató el cordón de la capa de cuero y se la quitó de los hombros. Mientras la lanzaba lejos, Brina emitió un maullido de guerra que a Morrigan le puso el vello de punta.

«¡Sí!».

Aquella palabra le invadió la mente y acabó con todo su nerviosismo. Vio, más que oír, los jadeos de asombro de la gente, y apenas miró a Shayla, que tenía cara de profunda desaprobación, mientras se echaba el pelo hacia atrás y levantaba orgullosamente los brazos por encima de la cabeza. Con voz potente, invocó la presencia de la diosa.

– Adsagsona, ¡te llamo a las alturas! -dijo, y después, bajó la cabeza y las manos, y volvió las palmas hacia abajo, con los dedos abiertos, para formar una uve-. Y abajo. Diosa, te pido que estés conmigo en esta noche tan especial para ti, la noche de la luna nueva. Soy tu nueva Suma Sacerdotisa, y te prometo que haré que te sientas orgullosa de mí.

Morrigan cerró los ojos para concentrarse y rogó: «Por favor, no me decepciones. Por favor, no me dejes aquí sola». Después, prosiguió:

– ¡Ven a nosotros, Adsagsona, y deja que tu pueblo te agradezca las bendiciones que le has otorgado durante las últimas fases de la luna!

Entonces, Morrigan volvió a elevar las manos, y esperó que todo saliera bien.

«¡Bienvenida, Portadora de la Luz, de quien estoy tan satisfecha!».

Morrigan abrió los ojos de golpe al oír aquella voz. Lo único que vio fue luz, y sintió una inmensa oleada de poder y calor. Entonces se miró a sí misma, y apenas pudo creer lo que veía. ¡Su cuerpo estaba ardiendo! No… no ardía. Era como si la diosa hubiera accionado un interruptor dentro de ella, y su alma se hubiera encendido con una luz ardiente. ¡Era impresionante! Morrigan echó hacia atrás la cabeza y rió de pura alegría, un sonido que también se extendió entre el resto de las Sacerdotisas. Muchos de los presentes cayeron de rodillas, llorando de alegría y dándole las gracias a Adsagsona.

Ajena a aquella multitud atemorizada, Morrigan alzó las manos y le habló a la diosa con el corazón.

– Adsagsona, sé que debo darte las gracias por las riquezas que les has concedido a los Sidethas, pero soy la nueva Suma Sacerdotisa, y voy a hacer una bendición diferente -dijo. Hizo una pausa, y buscó con la mirada a individuos entre aquel numeroso grupo. Entonces, comenzó a hablarle a la diosa de algunas personas-: Quiero agradecerte la habilidad que tiene Donnetha para crear joyas bellísimas.

La mujer, de mediana edad, abrió unos ojos como platos al oír su nombre, y se ruborizó con alegría. Después, inclinó la cabeza. Morrigan encontró a otra mujer a la que reconoció.

– Quiero darte las gracias por la habilidad de Gladys para esculpir el mármol y darle vida -dijo con una sonrisa para la Maestra Escultora.

Así, continuó agradeciendo a Adsagsona las habilidades de aquéllos a quienes había visto crear belleza y arte. Finalmente, vio la cara más querida para ella en todo Sidetha. Sonrió con calidez y dijo:

– Y, sobre todo, quiero pedirte una bendición especial para tu Suma Sacerdotisa Birkita, que te ama, y me ama a mí con verdadera generosidad -dijo. Después, terminó las bendiciones-: Diosa, quiero darte las gracias por los dones que les has concedido a los Sidethas, su talento, en vez de las riquezas que han obtenido con esos dones. ¡Ave, Adsagsona!

Sólo hubo una ligera pausa, y después, guiados por las alegres voces de las Sacerdotisas, todos respondieron al grito de «¡Ave, Adsagsona!».

Morrigan permaneció allí, con la piel brillante, con el pecho orgullosamente desnudo, las palmas de las manos y los dedos hacia abajo, intentando recuperar el aliento, mientras toda la multitud quedaba en silencio y comenzaba a salir de Usgaran. Se miró, y se dio cuenta de que brillaba con una mezcla de aceite de ungir y de sudor. Y tuvo que admitir que sus senos tenían un aspecto magnífico, brillantes, desnudos y llenos de vida. Que Shayla intentara decirle que debía cubrirse. Esa bruja podía irse al infierno, porque no era el destino de Morrigan pasar de puntillas como una aspirante a reina hambrienta de poder. Su destino era ser Suma Sacerdotisa y Portadora de la Luz, ¡y ella cumpliría su destino!

Cuando por fin miró hacia arriba, Morrigan se sorprendió, porque Usgaran estaba completamente vacía, salvo por la presencia de Brina.

– Bien. Ha llegado el momento de calmarse y hacer lo siguiente -murmuró.

Birkita le había dicho que debía verter una copa de vino alrededor del Cristal Sagrado, como libación para la diosa, y después, llevar a cabo la última parte del ritual a oscuras, a solas.

Morrigan miró a su alrededor, y en uno de los salientes de roca que había en la pared, detrás de la piedra, vio una gran copa de vino. La tomó y admiró su delicado diseño. Había sido tallada en una sola pieza de cuarzo rosa, y estaba llena de vino tinto. Morrigan comenzó a verter el líquido alrededor de la piedra de cristal, dibujando un círculo. El vino perfumó el aire con la esencia de las uvas y de las especias, y la embriagó un poco, como si ella misma hubiera bebido una copa entera.

Después, con gracilidad, Morrigan apagó las llamas que iluminaban Usgaran, y se situó ante el Cristal Sagrado. Con los dedos, acarició la enorme piedra.

– Eres tan bello… sobre todo ahora, que la única luz que hay en la cueva es la tuya -murmuró Morrigan. Después se miró y, al ver aquella y asombrosa luz que brillaba en su interior, se echó a reír suavemente-. Bueno, salvo por mí.

«Te oímos, Portadora de la Luz, Elegida de Adsagsona».

Aquellas palabras pasaron a través de sus dedos, dándole calor, produciéndole entusiasmo.

– Gracias. Muchísimas gracias. Pero ahora, necesito que te apagues durante un rato, para poder terminar el ritual.

«¡Como desees, Portadora de la Luz!».

Inmediatamente, el Cristal Sagrado se apagó, y Morrigan quedó sumida en una oscuridad completa. Ni siquiera su piel brillaba. Pestañeó varias veces, para acostumbrar la vista a la falta de luz, y alzó los brazos una vez más. Repitió la invocación, y después, comenzó a sincerarse.

– Adsagsona, ahora estamos solas y no tengo que fingir que sé lo que estoy haciendo. Espero que… Espero que no te importe que te hable como una persona normal, aunque no quiero faltarte el respeto, porque sé que tú no eres cualquier mujer normal.

Morrigan se quedó callada y se mordió el labio. No sabía si lo que estaba diciendo sonaba estúpido.

«Puedes continuar, Portadora de la Luz».

Morrigan contuvo un gritito de sorpresa. La voz de la diosa no era poderosa como antes, y le llegó desde la oscuridad, como si fuera algo casi tangible.

– Quiero pedirte tu bendición para los Sidethas en las siguientes fases lunares.

«¿Para todos los Sidethas?».

– En realidad, es algo que quería precisar. No me gusta cómo se trata a Birkita. Algunas cosas… o mejor dicho, hay algunas personas por aquí que me dan mala impresión. Así que supongo que me gustaría pedirte tu bendición para aquéllos que no me dan mala impresión.

Morrigan se mordió el labio de nuevo, sin saber qué más decir.

«¿Y no debería la Elegida rezar por toda su gente?».

Morrigan frunció el ceño.

– Seguramente sí, pero no llevo mucho tiempo siendo Suma Sacerdotisa, y como sabes, no soy de este mundo. Así que tal vez lo esté haciendo mal.

La risa de Adsagsona provocó chispitas de luz en la oscuridad.

«Confía en tu instinto, niña. No te defraudará».

– Gracias, Diosa. Intentaré hacerlo.

«Debes saber que tienes mi bendición, Morrigan MacCallan, Portadora de la Luz. A través de ti, la gente será bendecida, y tu luz iluminará la oscuridad…».

Morrigan sintió una ráfaga de viento en la oscuridad. Envolvió su cuerpo, levantó su cabello y le acarició suavemente la piel, como el abrazo de una madre. Ella se echó a temblar al sentir toda aquella belleza, y susurró entre lágrimas:

– ¡Ave, Adsagsona!

Mientras la presencia de la diosa abandonaba la sala, se encendieron las llamas de todos los pedestales, con el sonido que hacían las olas al romper contra las rocas de la costa. Morrigan alzó la cabeza, se enjugó las lágrimas y se abrazó a sí misma, llena de felicidad.

¡Le pertenecía a una diosa!

<p id="_Toc287304545">Capítulo 8</p>

Morrigan estuvo a punto de no ponerse la capa para cubrirse el pecho antes de salir de Usgaran. Afortunadamente, se dio cuenta de que estaba medio desnuda, y como sabía que no era buena idea pasearse así por las cuevas ahora que había terminado el ritual, se colocó la capa blanca en los hombros y se la abrochó al cuello.

Esperaba que Birkita aprobara lo que había hecho. Ella la estaría esperando en la Gran Cámara, con Deidre y Raelin. Estaba impaciente por ver a las mujeres, y además, estaba hambrienta, así que salió apresuradamente de Usgaran, seguida de Brina.

Afortunadamente, recordaba perfectamente el camino hacia la Gran Cámara. Y de no haber sido así, sólo tendría que haber seguido a su nariz, puesto que el olor a pan recién hecho era más efectivo que cualquier señal de tráfico. Cuando Brina y ella entraron en la sala, Morrigan se quedó asombrada al ver tanta gente allí reunida. Todos estaban enfrascados en conversaciones alegres, y ella se dio cuenta enseguida de que había más carcajadas y más charla que la noche anterior. Gladys, la escultora a la que había mencionado Morrigan durante las bendiciones, la vio.

– ¡Ha llegado la Portadora de la Luz!

Con exclamaciones de felicidad, todas las mujeres se pusieron en pie y le hicieron reverencias, mientras los hombres se inclinaban respetuosamente ante ella. Toda aquella atención hizo que Morrigan sintiera un aleteo de nerviosismo en el estómago. Se detuvo en seco.

Entonces, Birkita apareció frente a ella y le hizo una reverencia, y Morrigan se inclinó rápidamente y la tomó de las manos.

– Por favor, no lo hagas.

Birkita sonrió entre lágrimas de felicidad.

– Lo adecuado es mostrarle respeto a la Suma Sacerdotisa.

– Tú no. Los demás pueden hacerlo, pero tú no -dijo Morrigan. La abrazó y le susurró-: ¿Cómo lo he hecho?

– Has estado maravillosa. Perfecta -dijo Birkita.

– Entonces, ¿lo de descubrirme el pecho estuvo bien?

Birkita se echó un poco hacia atrás y le acarició la mejilla.

– Fue apropiado, y agradó a la diosa. Pero quiero que tengas cuidado. El desprecio arrogante a la autoridad puede acarrearle problemas incluso a una Suma Sacerdotisa.

Morrigan tomó del brazo a Birkita.

– Mi jefa es la diosa, y yo no estoy despreciando su autoridad.

Parecía que Birkita quería decir algo más, pero ambas se vieron rodeadas por una marea de mujeres que hablaban alegremente, y que condujeron a Morrigan hasta la mesa principal, que estaba llena de comida y de jarras de vino. Morrigan se dio cuenta de que Shayla y Perth estaban ausentes, pero no tuvo mucho tiempo para preguntarse el motivo. Comió y charló con las mujeres, que querían alabar el brillo mágico de su piel, y decirle lo bellos que eran los cristales iluminados. Todo el mundo estaba emocionado y feliz. A Morrigan le pareció que la Gran Cámara se había llenado con el amor de la diosa, y que todos estaban disfrutando de él. Sin embargo, de repente oyó la voz sobria de Shayla, y para ella fue como un jarro de agua fría.

– Si no está demasiado ocupada, Suma Sacerdotisa, sería agradable que nos acompañara a recibir a nuestros invitados.

Morrigan miró hacia arriba y vio a Shayla y a Perth, frente a ella. Tragó la comida que tenía en la boca y respondió de buen humor:

– Claro. Iré, no hay problema. Es decir, iremos -añadió, refiriéndose a Birkita.

– La costumbre es que la Suma Sacerdotisa salude a los recién llegados distinguidos, no que lo haga una Sacerdotisa retirada -dijo Shayla sin mirar a Birkita.

Morrigan miró Shayla a los ojos.

– Ella me está enseñando a hacer mi trabajo, y viene conmigo -respondió. Tomó a Birkita de la mano y dijo con firmeza-: Estoy lista. No quisiera hacer esperar a vuestros invitados.

Sin decir una palabra más, Shayla le dio la espalda a Morrigan y salió de la Gran Cámara seguida de Perth.

– Esto será interesante -dijo Morrigan, mientras Birkita y ella seguían a la pareja real.

– No la provoques tanto, hija. Shayla es una enemiga peligrosa -susurró Birkita.

– No te preocupes, Birkita. Yo también soy peligrosa. Además, Adsagsona me ha dicho que haga caso de mi instinto, y el instinto me dice que te necesito a mi lado.

– ¿Y no podrías encontrar un modo más prudente de hacer caso a tu instinto?

Morrigan le pasó el brazo a Birkita por los hombros y la ciñó contra sí.

– Tengo dieciocho años. Nada de lo que hago es prudente.

Birkita suspiró.

– Eso es lo que me preocupa.

Morrigan no respondió. Se había unido a ellas demasiada gente como para que pudieran mantener una conversación privada. Además, sentía curiosidad. Estaban siguiendo un camino que ascendía ligeramente, y que era el reflejo del camino por el que ella había entrado a la cueva en Oklahoma.

Pronto llegaron a la entrada, que estaba iluminada con grandes antorchas y braseros abiertos. Sobre las cabezas de los hombres que allí había reunidos, Morrigan vio el cielo nocturno, sin luna, pero con un mar de estrellas.

– Ven -le susurró Birkita-. Debes estar junto a los Señores del Reino de los Sidethas para saludar a los recién llegados en nombre de Adsagsona.

– ¿Es eso todo lo que tengo que hacer? ¿Sólo saludarlos?

Birkita asintió.

– Haz que se sientan bienvenidos en nombre de Adsagsona.

– De acuerdo, lo haré, y después me dedicaré a mis asuntos.

Sin soltar de la mano a Birkita, Morrigan se abrió paso entre la multitud y se acercó a Shayla y a Perth. Perth ya estaba hablando con alguien que estaba fuera de la línea de visión de Morrigan.

– Kai, Maestro de la Piedra, siempre nos sentimos honrados por tu visita.

– Igualmente, Kegan Dhiannon, nos sentimos agradablemente sorprendidos y honrados por la visita del nuevo Maestro Escultor de Partholon -dijo Shayla.

Morrigan se dio cuenta de que era su turno, y dio un paso adelante para completar el saludo.

Y se quedó helada. No podía respirar. No podía pensar. Ante ella había un hombre de aspecto distinguido, de mediana edad, y al lado de aquel hombre… estaba Kyle, el guía de las Cuevas de Alabastro de Oklahoma. O por lo menos, la mitad superior de Kyle. ¡La mitad inferior era un caballo!

A Morrigan se le escapó un gritito sin que pudiera evitarlo. Sin embargo, aquel pequeño sonido atrajo la atención hacia ella, y vio que los dos hombres la miraban con total asombro.

– Kai, Maestro de la Piedra, Kegan, Maestro Escultor, permitidme que os presente a lady Morrigan, nueva Suma Sacerdotisa de Adsagsona y Portadora de la Luz -dijo Birkita, que se había acercado rápidamente.

– ¿Lady Morrigan?

– ¿Portadora de la Luz?

Los dos hombres hablaron a la vez. Se habían quedado mirándola fijamente. Morrigan también sintió la mirada penetrante de Shayla, y las miradas de curiosidad de los Sidethas.

– ¿Suma Sacerdotisa? -le dijo Birkita para que reaccionara.

– Hola. Adsagsona os da la bienvenida a las Cuevas del Reino de los Sidethas -dijo Morrigan, aparentando más calma de la que sentía. Por el rabillo del ojo, vio que Birkita hacía una reverencia y se colocaba a un lado. Apenas sin darse cuenta, Morrigan la imitó.

Durante unos horribles segundos, tuvo la sensación de que los hombres no podían hacer otra cosa que mirarla. Sin embargo, la voz imperiosa de Shayla rompió el hechizo.

– Venid, honorables huéspedes. Vuestro viaje desde el Templo de Epona ha sido largo. Hay vino y comida esperándoos.

– Gracias -dijo Kai. Con evidente esfuerzo, dejó de mirar a Morrigan y desmontó-. Doy las gracias por la hospitalidad Sidetha.

– Yo también -dijo el centauro.

Morrigan dio varios pasos hacia atrás, tan sigilosa y rápidamente como pudo. Ojalá fuera invisible. ¡Kyle! ¿Cómo era posible que estuviera allí? Kyle estaba en Oklahoma. ¡Y había muerto! ¿Y cómo podía tener la mitad del cuerpo de un caballo?

– Morrigan nos acompañará, por supuesto -dijo Shayla, y le cortó la retirada.

Ella sólo pudo asentir, pero no consiguió que sus pies la obedecieran para seguir al grupo hacia la Gran Cámara.

– Un momento, Portadora de la Luz. Se os ha desabrochado la capa -dijo Birkita. Se acercó a ella y fingió que le ataba los cordeles, para poder susurrarle-: ¿Qué ocurre? ¿Qué te sucede?

– ¡Es… es mitad caballo! -siseó Morrigan.

– Kegan es un Sumo Chamán centauro, del clan de los Dhiannon. Recientemente lo han nombrado Maestro Escultor de Partholon -dijo Birkita, con el ceño fruncido de preocupación-. Es joven, pero los Sidethas lo conocen bien, y ha estado viajando aquí desde que era un adolescente para practicar sus grandes dotes para la escultura.

– Birkita, en Oklahoma no hay centauros. ¡Ni en ninguna otra parte de mi mundo! Seguro que es un buen chico, o lo que sea. Pero el hecho de que exista es una gran impresión para mí.

– ¿Un mundo sin centauros? Es difícil de imaginar, aunque puedo entender que ver a un centauro por primera vez debe de ser muy extraño. Sin embargo, debes controlar tus reacciones y cumplir con tu deber -le dijo Birkita, y tiró suavemente de ella por el camino.

– No es sólo eso -dijo Morrigan-. Lo conozco, o por lo menos a su parte humana, de mi antiguo mundo.

– ¿Estás segura?

– Kyle debe de ser su reflejo, aunque me parece muy raro que un hombre pueda tener como reflejo a un centauro -murmuró, más para sí que para Birkita. Después sacudió la cabeza mientras reordenaba sus ideas-. Es como Rhiannon y Shannon, que eran el reflejo una de la otra.

– Y me temo que lady Myrna, hija de la Elegida de Epona, y tú, también sois reflejos la una de la otra.

– Oh -musitó Morrigan.

– Exactamente -dijo Birkita.

<p id="_Toc287304546">Capítulo 9</p>

– Tal vez Shayla sólo quiera demostrar que me controla. Puede que me deje en paz si aparezco y así demuestra que puede darme órdenes -dijo Morrigan.

Birkita y ella llegaron al exterior de la Gran Cámara.

– Esperemos… -dijo Birkita, pero su expresión era dubitativa, como la de Morrigan. Desde las sombras de la entrada, miraron al interior de la sala. Morrigan tuvo que reprimir un gruñido. Shayla se había sentado a la cabecera de la mesa, entre el centauro y Kai. Junto a Shayla, el centauro se había reclinado al final de la mesa, y su parte de caballo estaba en el suelo, con las piernas recogidas bajo él. Debería haber dado sensación de incomodidad, de torpeza, pero para él parecía que funcionaba perfectamente. Morrigan se frotó la sien, porque notaba el comienzo de un dolor de cabeza.

– ¿Así que Kegan ha venido muchas veces a las Cuevas de los Sidethas de visita? -le preguntó a Birkita.

– Sí, viene mucho más a menudo que el resto de los visitantes. Kegan es muy poco corriente, en muchos sentidos.

– ¿Por qué?

– Uno de los motivos es que se convirtió en Sumo Chamán a una edad muy temprana, lo cual no es del todo normal. Además, recientemente lo han nombrado Maestro Escultor de Partholon, y ése es un honor que normalmente se reserva para una persona que tenga el doble de edad que él -explicó Birkita, y sonrió-. Kegan es único. A mí me agrada mucho, aunque es un… granuja que tiene demasiado éxito con las doncellas.

Morrigan miró a Birkita. ¡Estaba ruborizada! Volvió a mirar a la mesa principal. Shayla le dio un empujoncito juguetón al centauro en el hombro y se rió ridículamente en respuesta a algo que él había dicho. Morrigan frunció el ceño. Era una coqueta.

– Bueno, de todos modos, Kegan viene mucho aquí, y también Kai.

– Sí -respondió Birkita-. Kai es el Maestro de la Piedra de Partholon, y su cometido es elegir las piedras que se van a usar para construir los edificios y las obras -dijo, y suavizó la voz antes de continuar-: Shayla presta mucha atención a los visitantes poderosos, y Kai siempre ha sido el favorito de la Señora. A menudo he pensado que se habría unido a él si hubiera sido un Sidetha, y su deseo por él es una de las razones por las que desdeña a Perth. Y no es de ayuda el hecho de que Kai venga tan a menudo a elegir piedras para las estatuas en honor a Epona.

– Entonces, si tiene que elegir las piedras para la diosa Epona, Kai debe de conocer a Shann… quiero decir, a Rhiannon.

– Sí. Kai vive desde hace mucho tiempo en el Templo de Epona. Si Kegan no se ha mudado a vivir allí, lo hará pronto. Lady Rhea, como se hace llamar la Elegida de Epona, también vive allí.

– Vaya. Entonces, los dos deben de conocer a Myrna.

– Sé que Kai está muy unido a lady Rhea y a su familia. Y, como Kegan, además de Maestro Escultor, es un Sumo Chamán, se reúne a menudo con el Sumo Chamán de Partholon, ClanFintan.

Morrigan miró a Birkita con desconcierto. Birkita suspiró.

– ClanFintan está unido a lady Rhea. Epona siempre crea a un Sumo Chamán centauro para que sea el compañero de su Elegida durante toda la vida.

A Morrigan le dio un vuelco el estómago.

– ¿Shannon se acuesta con un centauro? ¡El padre de Myrna es un hombre medio caballo, reflejo de mi padre! ¡Caramba! ¡No me extraña que Rhiannon huyera espantada a Oklahoma!

– Los Sumos Chamanes pueden cambiar de forma. Lady Rhea sólo mantiene relaciones sexuales cuando él adopta la forma humana.

– Vaya, eso es todo un alivio -dijo Morrigan, acariciándose de nuevo la frente-. Sin embargo, también quiere decir que soy exactamente igual que Myrna, y Kegan y Kai lo saben. Lo que tengo que hacer es evitarlos siempre que me sea posible. Con suerte, si no me ven no se preocuparán por mí. Además, hay gente que se parece a otra. No es tan raro.

– Tal vez tú tengas un parecido demasiado grande con lady Myrna.

– Sí, así que vamos a sentarnos a una mesa alejada de la mesa principal. Shayla está distraída, y quizá ni se dé cuenta. Cenaremos y nos iremos cuanto antes.

– Es un buen plan -dijo Birkita.

– Está bien, allá vamos…

Juntas, franquearon la entrada de la Gran Cámara. Morrigan se dirigió directamente hacia la mesa en la que estaban sentadas las demás Sacerdotisas.

– Ah, Morrigan. Ahí estás -dijo Shayla, desde el otro extremo de la sala.

Morrigan se detuvo e hizo una rápida reverencia en dirección a la mesa principal.

– Siento haberos hecho esperar. Me sentaré con las demás Sacerdotisas y…

– No, no, no. Tienes que sentarte con nosotros -dijo Shayla, y con el ceño fruncido, añadió-: Y Birkita también, por supuesto. El Maestro de la Piedra y el Maestro Escultor se niegan a revelarnos el motivo de su visita hasta que nuestra nueva Suma Sacerdotisa se una a nosotros.

Como Morrigan siguió vacilando, Birkita le susurró:

– Si te niegas sólo vas a llamar más la atención.

Morrigan se dirigió de mala gana a la mesa principal, y Birkita y ella ocuparon los dos sitios que quedaban libres, justo enfrente de Shayla y Kegan. Morrigan hizo un gesto para que uno de los sirvientes le llevara comida y bebida, sin mirar al centauro que estaba sentado frente a ella.

– ¿Cuándo habéis llegado a ser Suma Sacerdotisa, lady Morrigan?

La voz de Kegan, grave y sin emociones, era tan parecida a la de Kyle que a Morrigan se le encogió el estómago. Levantó la vista y se dio cuenta de que él la estaba observando con una intensidad que contradecía su tono de voz. Al mirarlo a los ojos, tuvo la sensación de que había dicho o hecho algo que le había disgustado mucho.

– Yo… bueno, me convertí en Suma Sacerdotisa hace pocos días.

– Yo estuve aquí hace cuatro ciclos de la luna. No os vi entonces con las demás Sacerdotisas, y nadie mencionó que Adsagsona hubiera elegido otra Suma Sacerdotisa -dijo Kai, que también estaba escrutándola.

– Ni tampoco tuvimos noticias de la llegada de una Portadora de la Luz -añadió Kegan.

– No la visteis y no supisteis nada de ella porque no estaba aquí -intervino Shayla, en un tono de irritación, dejando claro que le molestaba todo el interés que los hombres demostraban por Morrigan.

– Sí, Adsagsona nos la envió -dijo Perth.

– Sí, sí, sí. Birkita lo predijo. Esperó en Usgaran hasta que llegó Morrigan. Y ahora, ya conocéis la historia de nuestra nueva Portadora de la Luz y Suma Sacerdotisa -dijo Shayla. Se contuvo y sonrió a Kai y a Kegan, aunque ellos no se dieron cuenta porque continuaban mirando a Morrigan. Shayla siguió-: Maestro de la Piedra, has prometido que nos revelarías el motivo de vuestra visita cuando la Suma Sacerdotisa se sentara con nosotros. Lady Morrigan ya está aquí, así que no perdamos el tiempo.

Con evidente esfuerzo, Kai apartó la mirada de Morrigan. Ignoró a Shayla y le habló al centauro.

– Kegan, ¿quieres anunciarlo tú, o lo hago yo?

– Yo sólo soy el Maestro Escultor. Tú eres el Maestro de la Piedra y el mensajero -dijo el centauro.

– Muy bien -respondió Kai.

Se puso en pie y, con el semblante triste, comenzó a hablar.

– Vuestra Señora pregunta por qué hemos venido a vuestro reino, con tanta premura, el Maestro Escultor y yo. Hemos venido porque nos han encargado que elijamos el mármol para hacer la efigie de alguien que era muy querido en Partholon. Hace siete días, lady Myrna, Hija de la Amada de Epona, lady Rhea, murió dando a luz a una niña. La niña vive. Creo que el bebé es lo único que mantiene a lady Rhea vinculada a esta tierra -dijo, y tuvo que hacer una pausa para controlar sus emociones.

Morrigan sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. Myrna estaba muerta. Myrna. La hija de Shannon. Y había muerto siete días antes, el mismo día en que Morrigan había pasado de Oklahoma a Partholon a través de la piedra de selenita. Morrigan sintió un frío muy intenso y tuvo que abrazarse a sí misma.

Kai continuó:

– La Suma Sacerdotisa de Partholon está encerrada en su sufrimiento, y aunque lady Myrna ya ardió en su pira funeraria, lady Rhea ha pedido que se haga una estatua de su amada hija para que contenga sus cenizas y sirva de monumento para recordarla. Ésa es nuestra triste tarea -dijo Kai. Después inclinó la cabeza, ligeramente, hacia Shayla.

Kegan también habló, desde su sitio en la mesa.

– Lady Rhea ha pedido que se me permita quedarme en las Cuevas de los Sidethas hasta que haya terminado de esculpir la efigie. Pido permiso para hacerlo, Señora Shayla y Señor Perth.

– Kegan, por supuesto que tienes nuestro permiso para permanecer aquí hasta que termines tu tarea -dijo Shayla, que tomó a Kai de ambas manos-. Sé lo unido que estás a la Elegida de Epona y a su familia. Lo siento muchísimo.

Perth se puso en pie y se unió a las condolencias de su esposa. Entonces, Birkita le rodeó la cintura a Morrigan.

– ¿Estás bien, hija?

Morrigan se apoyó en ella, porque necesitaba su consuelo y su calor.

– No -susurró-. No, no estoy bien. Ése fue el día que yo llegué, ¿no?

– Sí.

– ¿Qué está pasando? No lo entiendo -susurró Morrigan frenéticamente.

– Aquí no, hija.

Morrigan apretó los labios para contener todas las preguntas que le habían invadido la mente. Birkita tenía razón. Debía controlarse.

Sintió su mirada antes de que él hablara.

– Tal vez podríais decir unas plegarias a vuestra diosa para pedirle que el viaje del espíritu de lady Myrna a las praderas de Epona sea rápido -le pidió Kegan.

Morrigan lo miró.

– Sí, por supuesto.

– Gracias, Suma Sacerdotisa -dijo él.

Aunque su sonrisa estaba teñida de tristeza, ella no pudo evitar responder a su presencia. ¡Se parecía tanto a Kyle! Era rubio, tanto, que su pelo espeso parecía de oro. Tenía la piel un poco más bronceada que su reflejo humano, lo que le hacía incluso más sexy.

Morrigan se dio cuenta de que se había quedado mirándolo fijamente, y dio un respingo.

– De nada -dijo rápidamente.

Kai, Shayla y Perth volvieron a sentarse, y Birkita le apretó el brazo a Morrigan. Cuando Morrigan la miró, Birkita asintió antes de ponerse en pie.

– Señora, si nos disculpa, la Suma Sacerdotisa ha dicho que le gustaría ofrecer una plegaria, mañana, por el espíritu de lady Myrna. De hecho, todas las Sacerdotisas deberían unirse a ella para pedirle a Adsagsona que ayude a lady Myrna en su viaje al Otro Mundo, y para ofrecer oraciones por la Elegida de Epona. Hay mucho que hacer para preparar la ceremonia -dijo. Después miró hacia atrás e hizo un gesto a las Sacerdotisas, que se pusieron en pie y comenzaron a salir de la Gran Cámara.

Morrigan también se puso en pie.

– Sí, tenemos mucho que hacer.

– Muy bien, podéis marcharos -dijo Shayla.

Morrigan ya había hecho una reverencia y había empezado a darse la vuelta cuando Kegan le preguntó:

– ¿De dónde venís?

Ella lo miró y abrió la boca para decir que procedía de Oklahoma, un territorio situado más allá del Mar de B'an, al suroeste, pero lo que realmente dijo fue:

– Vengo de la diosa.

Kegan siguió mirándola durante varios segundos, y después inclinó la cabeza y dijo con una sonrisa pequeña e irónica:

– De esto no tengo duda, mi señora.

Afortunadamente, Birkita la tomó de la mano y tiró de ella hacia la salida antes de que algo más inesperado pudiera salir de sus labios. Sin embargo, mientras atravesaban la enorme sala, Morrigan sentía los ojos de Kegan clavados en ella.

<p id="_Toc287304547">Capítulo 10</p>

No había muchas habitaciones de invitados en las Cuevas de los Sidethas, pero las que había eran grandes, cómodas y privadas. Kegan las conocía bien, porque había viajado incontables veces a aquel reino. Ahora necesitaba un baño, y una buena noche de sueño. El baño era fácil de conseguir; el sueño sería más esquivo. Tenía que hablar con el Maestro de la Piedra sobre lo que había ocurrido. Con un suspiro de cansancio, recorrió el camino hasta la siguiente habitación, pero titubeó antes de entrar. Lo más probable era que Kai hubiera sentido más agitación al verla que él mismo, y el estado de ánimo del Maestro de la Piedra ya había sido, durante aquella última temporada, lo suficientemente oscuro como para…

– Deja de merodear y entra ya -dijo Kai, malhumoradamente, desde el otro lado de la cortina de cuero que cubría la puerta.

Kegan la apartó y entró. El centauro miró a su alrededor y asintió.

– Me parece lógico que tu dormitorio sea más opulento que el mío. Tú eres el favorito.

Kai frunció el ceño.

– No creo que hayas venido a hablar sobre la decoración ni sobre mi estatus entre los Sidethas.

– Es raro, ¿no? Se parece demasiado a lady Myrna como para que sea una coincidencia.

– No es Myrna -dijo Kai rotundamente.

– De nuevo, digo que se parece demasiado a lady Myrna como para que sea una coincidencia. Eso es cosa de los dioses, de eso no tengo duda.

– La gente puede parecerse sin que haya intervención divina.

El centauro arqueó las cejas y sonrió irónicamente.

– La nueva Suma Sacerdotisa del Reino de los Sidethas y lady Myrna no sólo se parecen. Son como dos gotas de agua.

– No es para tanto. Myrna estaba embarazada. Lady Morrigan todavía está tan esbelta como…

– Como lady Myrna antes de quedar embarazada. No, lady Morrigan no se parece a lady Myrna tal y como era últimamente, pero sí a como fue siempre.

– Puede ser -admitió Kai de mala gana.

– ¿Qué haría lady Rhea si…?

– ¡No! Ni tú ni yo vamos a decirle a Rhea que la nueva Suma Sacerdotisa del Reino de los Sidethas se parece muchísimo a su hija.

– Tal vez le sirviera de consuelo -dijo Kegan-. Y se dice que lady Rhea se sintió decepcionada al darse cuenta de que lady Myrna no mostraba ningún signo de ser la Elegida de Epona. Lady Morrigan ya es Suma Sacerdotisa, y los Sidethas también la llaman Portadora de la Luz, ¿no es así?

– Sí.

– Kai, ser Portadora de la Luz significa tener un don espectacular. Tal vez la Elegida de Epona quiera saber que Adsagsona le ha concedido a su pueblo un don tan precioso…

– ¿No te das cuenta de que a Rhea le causaría mucho más dolor conocer a una poderosa Sacerdotisa que se parece tanto a su hija?

– Piénsalo bien, Kai. Claramente, esto es obra de una diosa.

– ¿Y qué sugieres que hagamos?

– Sólo sugiero que nos abramos a lo divino. Eso no significa que tengamos que llevarle esta dolorosa noticia a lady Rhea -dijo Kegan.

Iba a continuar hablando, pero Kai lo interrumpió y añadió:

– Lo que significa es que no deberíamos revelarle a ningún Sidetha que lady Morrigan se parece tanto a Myrna.

– Sí -dijo Kegan-. Creo que no es necesario que nadie de Partholon sepa que el reflejo de la hija de lady Rhea es la nueva Suma Sacerdotisa del Reino de los Sidethas, al menos por el momento. Tal vez cambiemos de opinión cuando llegue el momento de volver al Templo de Epona. Ahora, te dejo para que descanses -le dijo a Kai, inclinando la cabeza-. Deberías saber que he decidido pasar todo el tiempo posible con lady Morrigan, para permanecer abierto a lo divino. Te sugiero que tú pases el mismo tiempo evitando las preguntas de la Señora. Estoy seguro de que sabrás mantener su boca ocupada en otros menesteres -dijo, y riéndose, salió de la habitación de Kai seguido por su gruñido de «¡maldito centauro arrogante!».

Kegan todavía estaba sonriendo para sí cuando entró en sus baños privados. Mientras se quitaba de la piel las capas de polvo y sudor del viaje, no dejó de reflexionar. Qué asombroso giro del destino: encontrar a una Sacerdotisa poderosa que era la viva imagen de lady Myrna. Kegan se había sentido atraído hacia la hija de la Elegida de Epona desde el primer instante en que se habían conocido. Había sido todo un golpe para su ego el hecho de que ella no sintiera una atracción similar y que lo hubiera rechazado de plano. ¡Y todo por un humano sin poder alguno! A Kegan, aquello todavía le causaba asombro.

Tal vez la aparición de aquella otra Myrna, la joven tocada por lo divino y dotada de un poder poco corriente, pudiera ser una segunda oportunidad para él. A veces, los caminos de Epona eran misteriosos y difíciles.

Volvió a su habitación y se tendió con un suspiro en la cama de pieles que le habían preparado en el suelo. Cerró los ojos para intentar dormir, pero sólo podía ver la cara de lady Morrigan tras los párpados cerrados, la cara que tanto se parecía a la de lady Myrna. Cuando por fin durmió, sus sueños se llenaron con el eco del llanto de una mujer.


– Debo de parecerme tanto a Myrna como Kegan a Kyle -dijo Morrigan, mientras Birkita la ayudaba a ponerse el camisón.

Había enviado al resto de las Sacerdotisas a colgar guirnaldas de flores aromáticas para el ritual de oración del día siguiente, y por fin, estaban a solas.

– ¿Kyle? -preguntó Birkita.

– Sí, el chico al que conocí en Oklahoma, que se parece tanto a Kegan. Bueno, salvo que no es mitad caballo.

Birkita dejó de cepillarle el pelo a Morrigan y observó su rostro.

– Había algo entre Kyle y tú.

Morrigan suspiró.

– Eres igual que la abuela. Siempre sabe las cosas que yo no quiero que sepa.

– Cuéntamelo.

– Por casualidad, Kyle me sorprendió en la cueva cuando hice despertar la luz de todos los cristales, y…

Birkita siguió cepillando el pelo de Morrigan y sonrió.

– A veces, presenciar la obra de una diosa es una experiencia que inspira respeto reverencial…

– Bueno, fue algo más que respeto reverencial -dijo Morrigan, que notó que se ruborizaba-. Fue… fue realmente apasionado.

Birkita tenía una sonrisa sabia.

– Yo nunca me he casado, hija, pero eso no significa que la pasión me resulte extraña.

Morrigan tenía las mejillas ardiendo. Realmente, no quería explicar lo que había sucedido entre Kyle y ella.

– Bueno, de todos modos, mis abuelos me encontraron en la cueva con Kyle, y estábamos en mitad de una escena muy embarazosa cuando se produjo un derrumbe. Mis abuelos salieron, estoy segura, pero Kyle no quiso dejarme sola. Él… murió, pero yo pasé a través de la selenita y aparecí aquí.

– Y por eso te afecta tanto la presencia de Kegan.

Morrigan asintió.

– Esto es un lío, porque Kegan y el Maestro de la Piedra me han reconocido -dijo con tristeza.

– Tal vez no sea tan malo -dijo Birkita lentamente, mientras pensaba-. Kegan y Kai no van a salir corriendo al Templo de Epona para decirle a lady Rhea que el reflejo de su hija recién fallecida vive con los Sidethas. ¿Qué iban a conseguir con eso?

– No lo sé.

– Nada. Sólo conseguirían hacer sufrir más a lady Rhea. No van a decir nada, al menos hasta que haya pasado más tiempo. Y me parece que debe de haber una razón para que el Maestro Escultor de Partholon sea la imagen del hombre con quien estabas conectada en tu antiguo mundo. Tal vez Adsagsona te haya traído a Kegan. Y, querida niña, los regalos de una diosa nunca deben ser ignorados.


En sueños, aquella noche, un hombre se acercó a Morrigan. Tenía el cuerpo de Kyle. Sus manos eran las de Kyle, y sus labios eran los de Kyle, pero ella no podía verle la cara. Mientras le hacía el amor con una pasión que rayaba la violencia, su cabeza se llenó con la risa burlona de otro hombre.

<p id="_Toc287304548">Capítulo 11</p>

Por la mañana, Morrigan se despertó mucho antes de que Birkita fuera a su habitación. Se levantó y se puso un vestido de color crema, hecho de una tela que parecía una mezcla de seda gruesa y lino. Tenía una caída muy bella y se le ceñía al cuerpo suavemente, y estaba ribeteada con gemas amarillas. Después, Morrigan se tendió de nuevo en la cama y, mientras acariciaba a Brina, pensó en Myrna.

¿Qué era lo que le había dicho el espíritu de su madre? ¿Que era necesario hacer un sacrificio de sangre para que ella pudiera pasar a través de la División a Partholon? Morrigan había pensado que Rhiannon se refería a Kyle, pero ahora ya no estaba tan segura.

Ya era lo suficientemente desconcertante que la hija de Shannon fuera exactamente igual que ella, sino que además, le producía un sentimiento de angustia pensar que había muerto. «Y tal vez por mí», pensó. No. A Morrigan se le encogió el estómago. No. Ella no podía tener nada que ver con la muerte de Myrna. Estaba en Oklahoma cuando había ocurrido. Hasta el día de aquel derrumbe en la cueva, Morrigan ni siquiera sabía que existía Partholon, y mucho menos Myrna.

Sin embargo, el dios oscuro, Pryderi, sí sabía que existía Partholon, y seguramente también sabía que existía Myrna, y claramente, sabía que existía Morrigan. Según el abuelo, Pryderi había estado presente en su nacimiento.

– ¡No! Pryderi no tiene nada que ver conmigo. Yo le pertenezco a Adsagsona. No soy como mi madre. No voy a escuchar los susurros del dios oscuro.

– ¿Morrigan? -dijo Birkita desde el otro lado de la cortina de cuero-. ¿Puedo entrar?

– Sí, sí, por supuesto -respondió Morrigan.

Birkita miró a su alrededor al entrar en la habitación.

– ¿Estás sola? Me ha parecido oír que hablabas.

Morrigan sonrió con timidez.

– Estaba hablando sola.

Birkita sonrió también, aunque con un poco de preocupación.

– ¿Quieres que vayamos a desayunar?

– Creo… creo que antes quiero decir las plegarias por Myrna. Para mí tiene sentido. Ayer tuve que ayunar para el ritual de la luna llena. Esto no es menos importante.

– Sí, Morrigan -dijo Birkita en tono de aprobación-. Si esperas aquí, iré a llamar a las Sacerdotisas para que vengan a buscarte.

– Avisa también a Kai y a Kegan.

– Muy bien.

Después de que Birkita se marchara, Morrigan se miró en el espejo de la habitación.

– ¿Tienes la más mínima idea de lo que estás haciendo?

«Estás aceptando tu destino…».

Aquellas palabras flotaron a su alrededor en el aire fresco de la cueva. Morrigan intentó percibir la voz de la diosa en ellas, pero lo único de lo que pudo estar totalmente seguro fue del sonido de sus propias dudas.


Morrigan y sus Sacerdotisas se dirigieron a Usgaran para aquel ritual de oración. Las Sacerdotisas llevaban guirnaldas de lavanda y salvia que impregnaban el aire de una fragancia dulce. Había doce en total, y formaron filas de seis frente a Morrigan. Brina caminaba delante de ellas, y entre todas, formaban una procesión silenciosa que se movía en una ola de esencias.

La gran sala Usgaran estaba vacía, salvo por la presencia de Kai, Kegan y Birkita. Los tres estaban frente al Cristal Sagrado. Cuando las Sacerdotisas entraron a la sala, Birkita se acercó a Morrigan y le hizo una respetuosa reverencia. Las Sacerdotisas ocuparon su puesto, seis a cada lado de la piedra de cristal. Después, cada una de ellas se acercó a uno de los braseros que iluminaban la circunferencia de la estancia y prendieron la lavanda y la salvia sobre el fuego. Después de unos momentos, las Sacerdotisas apagaron las guirnaldas soplando suavemente, y volvieron a colocarse junto al Cristal Sagrado, mientras el humo de las hierbas se alzaba en volutas grises a su alrededor.

Morrigan se quedó de nuevo asombrada por la terrible belleza del centauro, y tuvo dificultades para dejar de mirarlo. Kegan parecía joven, era muy guapo y muy exótico, aunque tenía una expresión de tristeza.

Por fin, Morrigan apartó la mirada y se dirigió hacia el enorme Cristal Sagrado, que permanecía oscuro, tal y como ella lo había dejado. Cerró los ojos y se concentró. ¿Qué podía decir para ayudar al alma de Myrna, y para ayudar a todos aquéllos que había dejado atrás? Como su madre, por ejemplo. Shannon. La mujer con la que Morrigan siempre había soñado como si fuera su propia madre, y a la que había echado de menos durante toda la vida. Sintió una súbita punzada de ira y desesperación, y elevó los brazos por encima de la cabeza para comenzar el ritual.

– ¡Adsagsona, te llamo a las alturas! -Hizo una pausa, bajó los brazos y formó una uve con las manos-. Y abajo. Nuestros visitantes, el Maestro Escultor, Kyle y el Maestro de la Piedra, Kai, nos han traído noticias tristes. Myrna, la hija de la Elegida de Epona, ha muerto. Así que las Sacerdotisas y yo te rogamos que ayudes a su alma a encontrar el reino de su diosa, y que también ayudes a quienes dejó atrás. Alivia su pena y su dolor.

Sin abrir los ojos, Morrigan se detuvo, y luchó contra una ráfaga de celos que estuvo a punto de ahogarla. Seguramente en aquel momento, Shannon estaba llorando por la muerte de su hija, de la misma manera que Morrigan había empapado la almohada durante noches interminables durante su niñez, mientras lloraba hasta quedarse dormida, mirando la fotografía de Shannon, anhelando una madre que nunca podría tener. Pero durante todo aquel tiempo, todas aquellas noches, Shannon estaba viva y vivía en Partholon, y quería a su hija verdadera.

Con una intensidad que la hizo temblar, Morrigan deseó que sus abuelos no le hubieran ocultado la verdad. No era justo. Si se lo hubieran dicho, tal vez habría encontrado antes la manera de ir a Partholon, la habría buscado, y habría podido tener una madre, aunque fuera una madre que tuviera que compartir con su reflejo. Después de todo, Myrna estaba muerta, y ella estaba viva. Shannon la querría. Sin embargo, le habían arrebatado aquella elección. La frustración y la ira de Morrigan se encendieron.

La voz de Birkita llenó de repente el silencio que había empezado a hacerse espeso e incómodo en Usgaran.

– Oh, diosa que das el descanso, te agradecemos que guíes el espíritu de lady Myrna hacia las praderas de Epona. Deseamos que ese viaje sea jubiloso para lady Myrna, Hija de la Elegida de Epona y Amada de la Diosa, lady Rhea.

Al principio, Morrigan se había sentido aliviada porque Birkita hubiera continuado con el ritual, pero a medida que la escuchaba, la invadieron otros sentimientos. Birkita sabía que Rhiannon era la madre de Morrigan, y no de Myrna; sabía que lady Rhea era en realidad Shannon, el reflejo de Rhiannon ¡y sin embargo la había nombrado específicamente junto al título! ¿No podía haberla dicho sólo «Elegida de Epona»? ¿Por qué tenía que recordarle a todo el mundo que era «la Amada de la Diosa»? Su madre, la verdadera Rhiannon MacCallan, había desempeñado ese papel durante buena parte de su vida. El abuelo le había dicho que Epona la había perdonado por los errores cometidos antes de que muriera. Birkita debería mostrarle más respeto a Rhiannon. Antes de que la antigua Suma Sacerdotisa pudiera continuar, Morrigan habló, y lo hizo con la ira ardiendo en su interior.

«Sí… tu ira es justa… buena…», susurró una voz en su cabeza.

– Hoy no sólo rezo por Myrna, o por su madre. Rezo por todos aquéllos que han sufrido por su muerte. Todos los que se han entristecido por la injusticia de la situación -dijo Morrigan, hablando apasionadamente. Para ella, las palabras tenían más que un doble sentido. Tenían profundidad y diferentes significados, diferentes niveles de tristeza, dolor y pérdida-. Ayúdanos a encontrar la felicidad en la pena, significado en lo injusto, luz en la oscuridad. Y tal vez podamos ser parte de esa luz en la oscuridad.

La ira que había estado dentro de ella durante tantos años siguió ardiendo. Morrigan abrió los ojos y movió las manos ante sí como si estuviera arrojando todas aquellas emociones al Cristal Sagrado.

– ¡Escuchadme, espíritus de los cristales! ¡Que se haga la luz!

Y no sólo obtuvo la respuesta del cristal de selenita. Todo Usgaran resplandeció con una luz gloriosa.

Morrigan alzó los brazos, deleitándose con la pasión y el poder que vibraban dentro y fuera de ella.

«¡Eso es! ¡Reclama tu poder! ¡Reclama tu destino!».

– Reclamo lo que es mío. Soy la Suma Sacerdotisa y es mi luz la que brilla para todos los que han sido heridos o tratados con injusticia.

«Ya no soy una intrusa, ni una huérfana», añadió silenciosamente para responder a la voz de su mente.


En cuanto lady Morrigan entró a Usgaran, Kegan sintió el repiqueteo de impaciencia de los cristales. La vio aproximarse al Cristal Sagrado y se quedó sorprendido, y también inquieto, por el modo en que ella lo había escrutado. Cuando finalmente, comenzó el ritual, la voz de lady Morrigan era muy apasionada, como si estuviera devastada por la muerte de lady Myrna. Se había emocionado tanto que, durante un momento, no había podido continuar, y había parecido que Birkita había tenido que sustituirla y completar las plegarias por ella.

Entonces, lady Morrigan había empezado a hablar de nuevo, pero con un tono completamente distinto. Su voz estaba llena de ira y tenía una intensidad que estaba más relacionada con una batalla que con un funeral, y cuando abrió los ojos y les ordenó a los cristales que se encendieran, lo hizo con una fiereza que encendía la pasión, la ira y la necesidad, no el lamento y la pérdida.

Y los cristales no fueron lo único que se encendió; lady Morrigan también brilló. La habitación estaba nebulosa por el humo que desprendían las dulces hierbas del ritual, y la luz de los cristales atrapaba el vapor y le daba a todo un aspecto misterioso, como submarino. Lady Morrigan estaba en el centro de aquel reino de agua, como una diosa magnífica bañada en luz. El poder vibraba a su alrededor y le alzaba el pelo con su fuerza elemental. A Kegan se le escapó el aire de los pulmones mientras, hipnotizado, la veía reclamar su destino. El Sumo Chamán que había en su espíritu respondió inmediatamente a la Suma Sacerdotisa. Lady Morrigan no era lady Myrna, claramente. La hija de lady Rhea era bella e inteligente, dulce, amada por sus padres y satisfecha aunque su destino no fuera el de servir a la diosa.

La mujer que resplandecía ante él hacía que lady Myrna pareciera una copia incompleta del original. Y lo llamaba como si su luz fuera una llama de guía, haciendo que la atracción que había sentido por la hija de la Elegida de Epona pareciera débil e insustancial.

Entonces, Morrigan gritó:

– ¡Ave, Adsagsona!

Las Sacerdotisas repitieron su grito, y el ritual terminó. Morrigan bajó las manos y se apartó el pelo de la cara. Su cuerpo había perdido la mayoría de la luz. Kegan tuvo la sensación de que estaba ligeramente aturdida. Estaba allí, mirando fijamente la piedra, mientras las Sacerdotisas apagaban las guirnaldas de hierbas aromáticas y comenzaban a salir de Usgaran lanzándole a la Suma Sacerdotisa miradas furtivas, casi de miedo.

– Increíble -dijo Kai suavemente, mirando a Morrigan-. ¿Habías visto alguna vez algo así?

– No. Nadie había visto semejante poder durante más de tres generaciones.

– ¿Qué quieres decir?

– Que es una Portadora de la Luz. Eso significa que sus poderes son tan vastos como los míos. O más, quizá -explicó Kegan.

– ¿Es tan poderosa? ¿De veras?

– Sí.

– Entonces, ¿su poder podría rivalizar con el de la propia Elegida de Epona?

La pregunta de Kai hizo que Kegan se diera cuenta de algo que lo dejó helado.

– ¿Kegan? ¿Qué te ocurre?

– Es sólo que nunca había pensado en lo que puede significar para Partholon tener otra Suma Sacerdotisa cuyos poderes rivalicen con los de la Elegida de Epona.

– Pero ahora estás pensando en ello.

– Sí. Ahora sí, igual que tú.

Kegan miró a Morrigan. Birkita estaba hablando con ella. Kegan no oía lo que le estaba diciendo la anciana, pero le hablaba con una intensidad controlada, con el ceño fruncido y una expresión de inquietud. Kegan se preguntó qué era lo que ocurría. El ritual de oración de lady Morrigan había sido poco común, desde luego, pero ella era una Portadora de la Luz. Se sabía que eran mujeres de grandes dones, apasionadas, que dictaban sus propias normas. Birkita era una Suma Sacerdotisa muy culta y competente. Tenía que saber que las Portadoras de la Luz seguían su propio camino.

En aquel momento, Morrigan explotó de ira y alzó la voz.

– ¡Necesito salir a tomar el aire! -exclamó, e hizo un gesto brusco con la mano para interrumpir las palabras de Birkita-. No. No quiero oír nada más.

Entonces, la Portadora de la Luz lo miró. Kegan se sintió como si lo hubieran marcado a fuego. No había otra cosa en el mundo, salvo ella. Sus pensamientos, sus deseos, su visión, todo estaba concentrado en ella. Sin poder contenerse, se acercó a la Suma Sacerdotisa rápidamente.

– Por favor, permitidme que os acompañe a la superficie -dijo con una reverencia formal.

Morrigan titubeó durante un instante, y después le puso la mano en el brazo que él le había tendido.

– Muy bien. Necesito salir de aquí un rato.

– Vuestros deseos son órdenes para mí, lady Morrigan -dijo Kegan. Después, llamó a una de las Sacerdotisas que todavía estaba en Usgaran-. Por favor, que envíen una cesta con comida y vino a la superficie. Vuestra Portadora de la Luz necesita distraerse después del ritual.

– Sí, mi señor -dijo la muchacha, y se apresuró a cumplir su orden.

Kegan acompañó a Morrigan hacia la salida de Usgaran. Hasta mucho después de haberse marchado, sintió la mirada pensativa de Kai sobre él.

<p id="_Toc287304549">Capítulo 12</p>

Morrigan salió de la boca de la cueva como una estrella fugaz. Soltó el brazo del centauro y caminó hacia delante, se puso las manos en las caderas y miró al horizonte. Parpadeó con fuerza, medio cegada por el sol fuerte del mediodía, para adaptarse a la luz. Tomó bocanadas de aire cálido de la mañana para intentar calmar sus emociones tumultuosas, y respirar a través de los vestigios de poder y excitación que todavía electrificaban su cuerpo. El ritual había comenzado como respuesta al dolor y a la tristeza que sentía, pero se habían transformado rápidamente en ira. Entonces fue cuando se sintió completamente llena de poder. ¡Poder! La luz había atravesado su cuerpo de un modo más emocionante y fuerte que aquella vez en la cueva de Oklahoma, antes del derrumbe. Morrigan se estremeció al recordar el deseo que había sentido por Kyle, también.

– Vuestro ritual me ha conmovido.

A Morrigan se le había olvidado que el centauro seguía allí, y se sobresaltó un poco al oírlo. Estaba a su espalda, pero ella no se volvió a mirarlo.

– ¿De veras? A mí también.

– Ha sido diferente a cualquier otro ritual que haya presenciado.

Morrigan siguió sin mirarlo.

– Siento ser tan poco normal. Parece que también ha dejado alucinada a Birkita.

– ¿Alucinada?

Morrigan suspiró.

– «Alucinada» significa «asustada», o «maravillada», o «inquieta», o todo junto.

– Entonces, no, vuestro ritual no me ha dejado alucinado. He dicho que me ha conmovido, no que me haya asustado ni inquietado. Y, francamente, no entiendo por qué le ha parecido extraño a Birkita. Las Portadoras de la Luz siempre han seguido su propio camino.

Ella respiró profundamente y se dio la vuelta.

– ¿Qué sabes tú de las Portadoras de la Luz?

– Sé que históricamente, se las considera mujeres con gran talento y reglas propias -dijo Kegan con una sonrisa-. Pero nunca había visto a ninguna llevar a cabo un ritual, hasta hoy. Es mucho más interesante en persona que en las páginas secas y añejas de los libros de historia.

– Más o menos como los centauros.

La sonrisa de Kegan no vaciló.

– ¿Los centauros?

– Estabas presente ayer, cuando Shayla y Perth dijeron que Birkita había predicho mi venida, y que Adsagsona me había traído con los Sidethas, ¿verdad?

Kegan asintió.

– Sí.

– Todo eso es cierto. Pero no explicaron que Adsagsona me ha traído desde muy lejos.

– ¿Y dónde está el sitio del que venís? -le preguntó Kegan con curiosidad.

– Es un territorio llamado Oklahoma. Está… al suroeste. Y allí no hay centauros. Sólo en las… ¿cómo lo has dicho tú? En las páginas secas y añejas de los libros de historia.

Kegan pestañeó varias veces, completamente pasmado.

– ¿No hay centauros?

– Ni uno.

– ¿Yo soy el primer centauro que habéis visto en vuestra vida?

– El primero, sí.

– Y te has quedado… -Kegan titubeó después de decidirse a tutearla y arqueó las cejas por la familiaridad que tan rápidamente había sentido hacia ella-, alucinada conmigo.

Morrigan se echó a reír.

– Sí, admito que un poco.

– ¿Y cómo soy, en comparación con las páginas de los libros de historia? -preguntó él, con una sonrisa brillante que hizo que se pareciera todavía más a Kyle, si eso era posible.

Morrigan se tomó su tiempo para responder, aprovechando la excusa para estudiarlo. Primero, bajó los ojos desde su rostro a su torso humano, y después examinó su parte equina. Lo que había pensado sobre él antes era verdad: Kegan tenía una belleza terrible que era tan atrayente como extraña. Era diferente a Kyle. Su reflejo centauro era extremadamente masculino, un animal macho apenas templado por la parte humana. Y, al igual que en la cueva de Oklahoma, la excitación que todavía sentía después del poder del ritual la hizo acercarse a él con una fuerza elemental.

– Creo que eres magnífico -le dijo.

Él no se había movido mientras ella lo estudiaba, sino que había estado mirándola fijamente con sus ojos azules. Su expresión decía que disfrutaba de la atención, y agradecía su escrutinio.

– Entonces, tenemos eso en común. Yo también creo que eres magnífica.

Su voz se había hecho más grave, y Morrigan sintió escalofríos de electricidad.

– ¿Puedo preguntarte algo?

– Lo que quieras.

– Birkita me ha dicho que un Sumo Chamán centauro puede cambiar de forma. ¿Es verdad?

Él sonrió de nuevo.

– Sí, es cierto.

– ¿Y puedes adoptar cualquier forma?

– Cualquier forma de un ser vivo -corrigió él.

Lentamente, la tomó la mano y se la llevó a los labios. Le dio la vuelta y le besó la parte carnosa que había bajo el pulgar, y después, muy suavemente, la mordió allí, antes de decirle:

– Tal vez un día me permitas mostrarte mis habilidades.

Sus labios eran cálidos, y aquel delicado mordisco le envió a Morrigan chispas de placer por todo el cuerpo.

– ¿Puedes adoptar la forma de un hombre?

– Sea cual sea la forma que tome, deberías saber que siempre seré más que un hombre humano.

– Eso ya lo veo -dijo ella, con la voz un poco entrecortada.

Aquel flirteo burlón entre ellos hacía que Morrigan se sintiera de una manera que le encantaba. La belleza extraña de Kegan, combinada tan perfectamente con su parecido a Kyle, le excitaba, y Morrigan quería acariciarlo, aunque sabía que seguramente no debía hacerlo.

«¡Eres una Portadora de la Luz! ¡La pasión y el fuego son tu derecho!».

Aquella voz explotó en su cabeza y la impulsó a entrar en acción. Tiró de la mano, y Kegan la soltó fácilmente. Entonces, Morrigan vio cómo se le reflejaba la sorpresa en la mirada cuando ella, en vez de retroceder, se acercó todavía más a él.

– ¿Te importa que te toque?

– No sólo no me importa, sino que lo agradecería -dijo Kegan sin titubear.

Primero, ella le puso la mano sobre el hombro, justo por encima del bíceps. Él llevaba un chaleco de cuero que dejaba desnudo la mayoría de su torso. Kegan tenía una sonrisa juguetona.

– Ya me has tocado ahí.

– Lo sé, pero entonces estaba distraída y no estaba pensando realmente en ti.

– ¿Y ahora?

– Ahora, sí -dijo ella. Bajó la mano por su brazo poco a poco, y añadió-: Tienes la piel muy caliente. ¿Siempre es así?

– Sí. Los centauros tienen una temperatura corporal mayor que la de los humanos.

Con gran intriga, Morrigan puso la palma de la mano en la abertura de su chaleco, sobre la piel desnuda del pecho de Kegan, y extendió los dedos. Sin apartar los ojos de los de él, comenzó a bajar la mano, acariciándolo, por encima de sus músculos abdominales, bien formados, hacia la cintura, y más allá de su torso humano, donde el hombre se encontraba con la parte equina, de un pelaje dorado y brillante. Sintió que él temblaba, y se deleitó al ver que aquella pequeña caricia causaba una reacción tan evidente en Kegan.

– Asombroso -susurró Morrigan.

– Morrigan… -él gimió su nombre, mientras le pasaba la mano por la nuca para besarla.

El beso no fue una intrusión. Fue una pregunta. Morrigan respondió con entusiasmo. Le rodeó los hombros con los brazos, hasta donde pudo llegar, y recibió la lengua de Kegan con la suya. ¡Era tan cálido…! Y tenía un sabor salvaje, masculino y delicioso. La energía erótica que se había estado acumulando en su cuerpo se inflamó de nuevo, y ella se ciñó contra su cuerpo, deseando sumergirse en el calor y la pasión que él había encendido, como había deseado hacerlo una vez, en la cueva de Oklahoma.

– ¡Oh, disculpad, mi señora!

Morrigan se separó de Kegan y tuvo que contenerse para no gritarle a Deidre, que la estaba mirando boquiabierta.

Kegan se recuperó primero.

– Excelente. Has traído la comida.

Sonriendo, tomó la cesta cargada de manos de Deidre.

– Yo… yo… lo siento. No quería interrumpir -dijo la muchacha.

– No te preocupes -dijo Morrigan, aunque sí estaba enfadada por la interrupción. Le ardía el cuerpo, y estaba totalmente entregada a Kegan cuando había aparecido Deidre. Muy bien. Se imaginaba el cotilleo que iba a extenderse, por no mencionar lo que Birkita tendría que decir al respecto.

El tono áspero de Morrigan hizo que la Sacerdotisa se estremeciera y repitiera con nerviosismo:

– No quería interrumpir.

Morrigan dijo entonces, con exagerada amabilidad:

– Muchas gracias, Deidre. Ya puedes marcharte.

La Sacerdotisa hizo una reverencia, y prácticamente, salió corriendo hacia la cueva. Morrigan estaba lanzándole una mirada fulminante a la espalda cuando oyó la risa de Kegan, y se volvió con los ojos centelleantes hacia él.

Sin dejar de reírse, él le entregó la cesta, como si estuviera haciéndole una ofrenda a una diosa iracunda.

– Fui yo quien le pidió a la Sacerdotisa que trajera comida y vino. Ten piedad.

La reacción divertida de Kegan calmó a Morrigan. ¿Por qué estaba tan enfadada, de todos modos? La habían sorprendido besando a un centauro, y eso no tenía tanta importancia. Tenía que controlarse; sin embargo, sus emociones estaban a flor de piel, y todo se intensificaba: la sensibilidad, el enfado, la excitación… Volvió a mirar a Kegan. Bueno, la mayoría de sus amigas habían perdido la virginidad ya. ¿Por qué no…?

– ¿Estás decidiendo si me vas a lanzar una bola de fuego? -le preguntó él con una sonrisa.

Ella abrió la boca para decir que no podía hacer eso, y después lo pensó mejor. Tal vez sí pudiera. Se limitó a sonreír.

– No eres tú a quien se la lanzaría.

Kegan se rió de nuevo.

– Ten piedad de la pobre Sacerdotisa. Ya la has dejado alucinada.

Morrigan puso los ojos en blanco.

– Bueno, ya está bien de palabras de Oklahoma -dijo, y señaló la cesta. De repente, se había dado cuenta de que estaba hambrienta-. ¿Vas a compartir lo que hay en la cesta?

– Bueno, eso depende.

– ¿De qué?

– Voy a pedirte un pago por compartirlo -dijo Kegan, con una chispa de picardía en los ojos.

Morrigan frunció el ceño. Ella ya lo deseaba; pero no le gustaba pensar que él quisiera comerciar con su deseo.

– Yo no me vendo -respondió muy seriamente.

Él también se puso serio al instante.

– Me has malinterpretado, Morrigan. Yo nunca intentaría comprarte. Estaba haciendo una broma, aunque quizá no fuera acertada, e iba a pedirte que me enseñaras más palabras de Oklahoma.

Morrigan se ruborizó. Realmente, se estaba comportando como una bruja.

– Oh… siento haber reaccionado así.

– Tienes que comer. Después de un ritual intenso, el cuerpo y el alma tienen que nutrirse. Conozco un sitio cercano que será estupendo para comer.

– Me parece bien -dijo Morrigan.

Entonces, él le ofreció el brazo y ella lo tomó.

– ¿Te estás acostumbrando a tocarme? -le preguntó Kegan, inclinándose hacia ella de una manera íntima, y acercándose para que se rozaran al andar.

Ella lo miró, y sintió que la pasión invadía su cuerpo de nuevo. Sonrió con coquetería.

– No sé. Tal vez tenga que hacerlo más veces para saberlo con seguridad.

– Tus deseos son órdenes para mí.

<p id="_Toc287304550">Capítulo 13</p>

Kegan le mostró un camino que rodeaba el lateral de la salida de la cueva, y que después ascendía por la colina. Morrigan se dio cuenta de que era el mismo camino que conducía a la cueva de Oklahoma. En la cima de la colina había una preciosa zona de merendero, con parrillas y mesas, donde sus amigas y ella habían tomado la comida que les había preparado la abuela… ¡sólo una semana antes! A Morrigan le parecía que había pasado una vida entera, pero en realidad sólo habían pasado siete días.

Sobre la entrada de la cueva, Morrigan se quedó asombrada por la belleza exuberante y salvaje que la rodeaba.

– Así que esto es Partholon -dijo Morrigan.

Kegan se echó a reír.

– No, Morrigan, esto es el Reino de los Sidethas -respondió él. Después, señaló con el dedo-: ¿Ves aquel contorno verde, a lo lejos, en el sur? Eso es Partholon.

– Bueno, parecen bonitas, pero creo que yo tengo debilidad por esto -dijo Morrigan, e hizo un gesto con los brazos, para abarcar lo que tenía ante sí. El paisaje le recordaba a Oklahoma, pero tenía algunas diferencias: era más grande, más salvaje, como ella imaginaba que sería el Lejano Oeste. Tenía una belleza indómita y poderosa. A su izquierda había unas montañas escarpadas, sin vegetación, de un color rojizo más intenso que el color terroso de los alrededores de la cueva.

– Las Montañas Tier -dijo Kegan-. El Reino de los Sidethas se extiende en túneles bajo la mitad este de las Montañas, pero las Tier se extienden desde aquí hasta el mar. Salvo por el Castillo de la Guardia, que es el puesto de vigilancia del único paso que hay en esas montañas, nadie reclama esas tierras como propias. Tienen una reputación oscura, y es mejor no adentrarse en ellas.

Morrigan sintió una punzada de aprensión.

– Más al este, el Reino de los Sidethas se extiende hasta encontrarse con las inhóspitas Tierras de los Cíclopes.

Morrigan abrió unos ojos como platos.

– ¿Cíclopes?

Kegan se echó a reír.

– ¿Tampoco existen en Oklahoma?

– Sólo en los libros.

– Vienes de un lugar extraño, Morrigan.

– ¿Sabes? Estaba pensando exactamente lo mismo sobre ti -dijo ella. Entonces, él comenzó a protestar, pero ella le hizo un gesto con la mano y continuó-: Me gustaría seguir con el paseo, por favor.

Él sonrió con ironía e hizo una reverencia.

– Tus deseos, órdenes para mí -respondió. Entonces, señaló a las tierras que se extendían ante ellos, por encima de las Cuevas-: Las Salinas están en el Reino de los Sidethas, pero se extienden un poco más allá, hasta las Tierras Yermas, un territorio más inhabitable incluso que las Tierras de los Cíclopes.

Morrigan dio unos cuantos pasos hacia delante. La vista la dejó sin aliento, haciéndole sentirse pequeña, pero al mismo tiempo, conectada a la vasta majestuosidad del paisaje. Desde las montañas en las que estaba la entrada a las Cuevas de los Sidethas, el terreno descendía bruscamente hacia un lago enorme, como de cristal. De él emergían unas piedras en forma de estalagmitas, que tenían un brillo dorado bajo el sol de la mañana.

– ¿Aquello son las Salinas? ¿No es un lago?

– Se podría decir que sí, y a tanta distancia, lo parece, pero no es lo suficientemente profundo como para cubrirte la pantorrilla, y es mucho más salado que el mar.

– ¿Y las piedras son de oro de verdad?

– No, ese color se lo da el sol. En realidad, son del mismo cristal que las cuevas.

Morrigan abrió unos ojos como platos y lo agarró por los brazos en medio de su emoción.

– ¡Los cristales! ¡Mis cristales! ¿Esas enormes piedras son de los mismos cristales que me hablan?

– Sí. Sería magnífico que fuéramos a las Salinas al atardecer y les pidieras que encendieran su luz, ¿no te parece?

– ¡Claro que sí! ¡Kegan, va a ser maravilloso!

Impulsivamente, Morrigan lo abrazó, y al sentir su calor en la piel, recordó también lo maravilloso que había sentido sentir sus labios.

La mirada azul y vibrante de Kegan le dio a entender que él estaba recordando lo mismo.

– Entonces, vayamos hoy mismo, al atardecer -le dijo a Morrigan con una sonrisa atrevida y un tono de juego-: Conmigo, mi señora, tendréis protector y montura a la vez.

Morrigan sonrió.

– ¿Y si necesito protección contra ti?

Él no respondió. Se inclinó hacia ella y la besó, aunque demasiado ligeramente para gusto de Morrigan. Al separarse de Morrigan, Kegan sonrió, porque le había leído el pensamiento, y le pasó el brazo por los hombros con un gesto posesivo mientras iban hacia el lugar donde él había dejado la cesta.

– Tienes que comer algo, y más si vas a llamar a los cristales esta noche.

– Me muero de hambre -dijo Morrigan, y comenzó a sacar las cosas de la cesta. Se detuvo al ver que Kegan flexionaba las patas y se reclinaba frente a ella.

– ¿Diferente de lo que has visto en las páginas de un libro? -le preguntó él, al ver su mirada de curiosidad.

– Muy diferente.

Morrigan se sentó en una piedra, y después le entregó a Kegan un emparedado de beicon frío y queso.

– Mmm… Este queso huele muy bien -dijo, antes de morder su bocadillo.

Comieron durante un rato en silencio, pero Morrigan comenzó a sentirse incómoda. Sin pensarlo mucho, le formuló la primera pregunta que se le pasó por la cabeza.

– Entonces, ¿eres el Sumo Chamán y el Maestro Escultor más joven de Partholon?

– Pues sí. Lady Rhea me nombró Maestro Escultor durante la pasada luna. Hace cinco ciclos de estaciones, bebí del Cáliz, del Pozo de Epona, y acepté los dones de Sumo Chamán.

Morrigan, intrigada por aquel asunto, además de por aquel guapísimo centauro, siguió preguntando.

– ¿Está en Partholon el Pozo de Epona?

– No está en este mundo. Está en el Otro Mundo, en el lugar en el que habitan los dioses y los espíritus.

– ¿Te asustó ir hasta allí?

Kegan sonrió.

– Viajé hasta allí sólo en espíritu, y sí, algunas partes del viaje de un Chamán producen miedo.

– ¿Y qué hace un Sumo Chamán?

– ¿En Oklahoma no tenéis Sumos Chamanes?

– Algo parecido, pero allí es todo muy distinto. Ya sabes… no hay centauros.

Él resopló.

– Pues sí, es diferente. Bueno, yo tengo poderes espirituales. Puedo entrar en el Otro Mundo y encontrar almas destrozadas. Ayudo a alimentar al bien en mi pueblo, y a alejar al mal.

– Entonces, ¿eres como un médico del espíritu?

– Exacto. Pero, como soy el Sumo Chamán más joven de mi pueblo, ejercito tanto mi destreza con la espada como mis habilidades espirituales.

– ¿De verdad? Creía que ibas a decir que practicabas mucho tu destreza para la escultura. Maestro, Escultor, Sumo Chamán, guerrero… Es la parte de guerrero la que no encaja bien en la ecuación.

– Bueno, seguramente porque yo no tenía pensado ser escultor. En realidad, mi talento para la escultura se descubrió a causa de mi deseo de ser guerrero.

– Explícamelo.

– Era pequeño. Tendría unos diez ciclos de estaciones. Como es habitual con los potros, me sentía frustrado por la lentitud con la que mi instructor me enseñaba el manejo de la espada. Yo creía que ya lo sabía todo, y que ya podía dejar la espada de madera y empezar a practicar con una de verdad. Así que aproveché que era hijo del dirigente de mi clan, además de ser el más pequeño.

En aquel momento, Kegan cabeceó con ironía.

– Ahora entiendo que el herrero sólo me estaba siguiendo la corriente debido a mi rango.

Morrigan se echó a reír.

– Parece que los niños centauros son como los niños de Oklahoma. A mí me criaron mis abuelos, y recuerdo que pensaba que los profesores me prestaban una atención especial porque yo era muy lista y muy divertida. Y ahora sé que era porque mi abuelo se convirtió en una leyenda viva después de toda una vida de profesor y entrenador, y todos lo conocían. Lo único que hacían era cuidar a su nieta y seguirme la corriente.

– Pues eso es algo que tenemos en común. Así que el herrero me permitió diseñar mi propia espada de metal. Entonces cometí el error de escuchar a los espíritus del metal, aunque entonces no sabía quiénes eran. Me dijeron cómo querían que fuera la empuñadura, y yo la esculpí. En aquel momento me pareció una cosa facilísima, pero cuando el herrero vio la espada terminada, se la llevó a mi madre. Entonces, mis clases de espadachín fueron sustituidas por clases de escultura. El resto es historia.

– Hablas como si hubieras preferido que no descubrieran tu talento para la escultura.

– En aquel momento, lo habría preferido, sí. A medida que maduré, mis sentimientos fueron cambiando, y ahora agradezco mucho a la diosa que me concediera ese don. Entonces sólo quería hacerme guerrero.

– Pero has dicho que eres un guerrero, así que tuviste que continuar con las clases de manejo de la espada.

– Pues sí. Para exasperación de mis padres y de mi profesor de escultura. Temían que me cortara un dedo.

Morrigan se echó a reír, y él también. Después, siguió hablando:

– Sin embargo, hoy siento mucha gratitud por mi talento. Si no fuera el Maestro Escultor de Partholon, no me habrían pedido que viniera aquí con Kai para hacer la efigie de lady Myrna, y entonces no te habría conocido.

Morrigan asintió distraídamente y tomó un poco de vino. Después, preguntó:

– ¿Conocías bien a Myrna?

– Bastante. La cortejé.

Morrigan se sorprendió.

– ¿Eras pareja de Myrna?

– No. Intenté serlo. Myrna nunca tuvo el más mínimo interés en mí, ni en ningún otro centauro de los que la cortejaron. Conoció al hombre con el que se casó cuando eran niños. Él se ganó pronto su corazón y supo conservarlo, para consternación de lady Rhea, estoy seguro. Aunque, una vez que se comprometieron, la familia lo aceptó muy bien.

– Espera, ¿los padres de Myrna no aprobaban que se casara con él?

– Lo que he dicho de que lady Rhea se sentía consternada es sólo una suposición mía. Tendrás que preguntarle la verdad a Kai. Él tiene una relación muy estrecha con la Elegida de Epona y con ClanFintan. Yo creo que no se trata de que no les gustara Grant, sino lo que significaba que lady Myrna eligiera a un humano como compañero de vida.

Morrigan archivó en un lugar de la mente lo que Kegan había dicho sobre Kai. Y entonces, al acordarse de lo que le había contado Birkita sobre los centauros y la Elegida de Epona, Morrigan se dio cuenta de lo que quería decir Kegan.

– El hecho de que Myrna se uniera a un humano significaba que no iba a ser la Elegida de Epona después de su madre.

Kegan asintió pensativamente, dio otro bocado a su comida y, después, dijo:

– Tú te pareces a ella.

– ¿Me parezco a Myrna?

– Sí, bueno, y a lady Rhea también. Lady Myrna se parecía mucho a su madre.

– ¿En el color de los ojos, o algo así? -preguntó Morrigan, queriendo aparentar indiferencia.

– En todo. Lady Myrna y tú parecéis gemelas. Es como si hubierais nacido del mismo vientre.

– Eso es imposible. Mi madre murió al darme a luz.

– Lo siento.

– Gracias. De todos modos, algunas veces la gente se parece.

– Pero no tanto. Salvo por la diferencia que produce en ti el hecho de que seas Portadora de la Luz, lady Myrna y tú sois idénticas.

Morrigan frunció el ceño.

– ¿A qué te refieres?

– Supongo que eres consciente de los cambios que tienes cuando te llenan los espíritus de los cristales -dijo Kegan, y le acarició el brazo con la yema del dedo-. Lo que le sucede a tu cuerpo, cómo brillas, ardes y chisporroteas de pasión y poder -añadió, y sonrió lenta y sabiamente al notar que Morrigan se estremecía-. Lady Myrna nunca tuvo semejante poder.

Morrigan apartó el brazo y tuvo que contenerse para no frotar el lugar donde él la había acariciado.

– Pues ahí lo tienes. Myrna y yo no nos parecemos tanto. Es una coincidencia alucinante.

– Alucinante… -dijo Kegan, y respondió-. Eso me recuerda que me debes algunas palabras de Oklahoma.

Morrigan se alegró de poder cambiar de tema.

– No sé si puedo confiar en que las uses correctamente. Ya sabes, las palabras son armas poderosas.

– Pero debes recordar que soy Sumo Chamán además de guerrero. Estoy formado para blandir espadas y palabras.

– Está bien. Tal vez si eres bueno, esta noche te enseñe a decir «hola» al estilo de Oklahoma.

El centauro se inclinó hacia ella y le tomó la mano, y perezosamente, comenzó a acariciarla con el pulgar.

– Te aseguro, Morrigan, que soy muy bueno.

Kegan se estaba llevando el dorso de su mano a los labios, y Morrigan estaba intentando dar con una respuesta ingeniosa y sexy, cuando Brina apareció por el camino. El lince vio que Kegan estaba tocando a Morrigan, y se convirtió en una fiera. Entrecerró los ojos, que se convirtieron en dos rasgaduras amarillas y peligrosas, puso la cola recta y enseñó los dientes con un silbido de advertencia dirigido al centauro. Kegan, sabiamente, le soltó la mano a Morrigan.

– ¡Brina! ¿Qué te pasa? -preguntó Morrigan-. Ven aquí y pórtate bien.

Extendió la mano hacia el felino, y Brina se acercó a ella sin apartar su mirada fulminante de Kegan.

– Vamos, cálmate -le dijo Morrigan mientras la acariciaba. El lince se apoyó en ella, pero no dejó de mirar a Kegan-. Él no me estaba haciendo daño. Sólo me iba a besar la mano -le explicó Morrigan. Después miró a Kegan-. Disculpa.

– Es bueno que sea tan protectora con su ama.

– Lo que está claro es que sabe cómo dar al traste con un momento especial -respondió Morrigan con un suspiro. Después de acariciar a Brina de nuevo, comenzó a guardar lo que había sobrado de la comida, y el vino, en la cesta-. En realidad, salvo por sus malos modales, la interrupción de Brina ha sido para bien. Tengo que volver a la cueva. Necesito hacer algunas cosas antes de esta noche.

Una de aquellas cosas era pedirle perdón a Birkita. Morrigan estaba empezando a sentirse muy mal por su comportamiento con ella después del ritual. Tal vez Birkita no supiera tanto como Kegan sobre las Portadoras de la Luz. Tal vez no sabía que Morrigan debía hacer las cosas a su modo, recorrer su propio camino. Morrigan no debería haberse enfadado tanto. En realidad, Birkita no le había dicho nada malo.

– ¿Crees que esa gata dejará que te tome del brazo? -preguntó Kegan.

Morrigan se avergonzó un poco al darse cuenta de que Kegan la había estado observando mientras ella permanecía inmóvil, mirando pensativamente hacia el horizonte.

– Disculpa -dijo rápidamente.

– No te preocupes. Parece que estabas pensando en algo importante.

Comenzaron a descender hacia la entrada de la cueva, y ella le explicó:

– Pues sí. Estaba pensando en Birkita. Creo que he herido sus sentimientos, así que tengo que pedirle disculpas. Yo no debería haberme enfadado tanto con ella.

– Una Suma Sacerdotisa sabia se da cuenta de cuándo debe pedir disculpas.

– Una Suma Sacerdotisa sabia no hace cosas por las que luego tenga que disculparse -dijo Morrigan.

A los pocos minutos llegaron a la cueva. Morrigan se sorprendió al ver que todo el mundo estaba muy ocupado. Llevaban cestas de comida y otras provisiones de un lado para otro, por un camino que parecía muy concurrido. Morrigan se dio cuenta de que recibía miradas de curiosidad. De repente, se sintió nerviosa por ir agarrada del brazo de Kegan; se soltó de él y dio un paso atrás.

– Muchas gracias por haberme acompañado a comer -dijo.

No pareció que a Kegan le molestara su torpe retirada. Sonrió, y dijo formalmente:

– Sería un gran placer que me permitieras acompañarte esta noche a las Salinas.

– Sí, sí, claro -dijo ella rápidamente, y se preguntó por qué había perdido toda la seguridad en sí misma de repente.

Kegan se inclinó con galantería, con una actitud suave, confiada, todo lo contrario a la de ella.

– Avísame cuando estés lista. Y acuérdate de que tus deseos son órdenes para mí.

– Muy bien. Entonces, nos veremos esta noche.

Morrigan hizo una pequeña reverencia, apresuradamente, y después salió corriendo hacia Usgaran, antes de que él pudiera ver lo ruborizada que estaba.

<p id="_Toc287304551">Capítulo 14</p>

– Entonces, ¿me perdonas? -le preguntó Morrigan a Birkita por segunda vez.

La había encontrado exactamente donde creía que iba a encontrarla, en Usgaran, y la había llevado aparte para poder hablar con ella en privado.

– Por supuesto, mi señora.

– Pero si me estás llamando «mi señora» otra vez, con ese tono…

Birkita sonrió ligeramente.

– Sólo estoy demostrándoos el respeto adecuado.

– Todavía estás dolida. Conozco ese tono. Mi abuela y tú lo compartís.

Birkita le acarició la mejilla a Morrigan.

– Aquí está la muchacha a la que estoy conociendo y queriendo cada vez más. Y también el motivo por el que me he preocupado tanto durante el ritual.

Morrigan se puso tensa, y Birkita bajó la mano.

– Esta soy yo. Pero aquélla también. Las dos.

Birkita no vaciló bajo la mirada de Morrigan.

– Tienes que estar muy segura de eso, niña. Conócete bien, para que puedas reconocer la influencia de otros.

– Birkita -dijo Morrigan, intentando contener su irritación-. Tú nunca has oído las voces de los espíritus de los cristales. Y me has dicho que no ha habido una Portadora de la Luz en el Reino de los Sidethas desde hace más de tres generaciones, así que nadie se ha visto ahitó, desde hace mucho tiempo, de espíritus de cristales. Es algo increíble.

– Sí, estoy segura de que sí, pero…

– Kegan me ha dicho que, históricamente, las Portadoras de la Luz han seguido su propio camino y han tenido su forma de hacer las cosas. Y que es normal que yo haga cosas distintas y esté llena de pasiones y aventura.

– Te lo ha dicho Kegan.

– Sí, Kegan. Es Sumo Chamán además de Maestro Escultor. Creo que, por lo tanto, sabe algo de espíritus y cosas así.

– Cierto, Kegan es Sumo Chamán. Pero también es el reflejo de alguien a quien tú estuviste unida en Oklahoma. Tal vez por eso, te sientes inclinada a tomar sus palabras como si las hubiera pronunciado la diosa. Él es muy joven, Morrigan. Y debes entender que por ser Sumo Chamán o Suma Sacerdotisa, una persona no lo sabe todo.

– De acuerdo, sí, eso lo entiendo. Pero también es cierto que, por el hecho de que alguien sea joven, no tiene por qué estar siempre equivocado.

– Claro que no. No estoy diciendo que ninguno de vosotros dos esté equivocado. Lo único que digo es que tengáis cuidado. Progresa lentamente mientras estés explorando tus nuevos poderes. Recuerda que eres vulnerable a Kegan, por tu historia con su reflejo de Oklahoma. Y, sobre todo, escucha la voz de Adsagsona.

– Eso hago -dijo Morrigan.

– Hija, algunas veces la voz de la diosa puede resultar ahogada por la tuya. Una Suma Sacerdotisa es especial para su diosa, y también es el canal de comunicación de la diosa con su pueblo, y debería usar las bendiciones que ha recibido de ella para ayudar a los demás, y no para satisfacer sus propios deseos egoístas.

Morrigan se irguió con tensión.

– ¿Qué quieres decir?

– Morrigan, el ritual estaba dedicado al espíritu de lady Myrna, y a intentar aliviar la pena de aquéllos a quienes ha dejado atrás. En vez de eso, se convirtió en una exhibición de tu poder, alimentado por tus heridas personales. Entiendo cómo…

– ¡No! Tú no lo entiendes. Tuviste padre y madre. Nadie te mintió y te dijo que eras otra persona. ¡Ella ocupó mi lugar!

Morrigan se detuvo para tomar aire, y entonces, oyó las palabras «reclama tu destino», que resonaban en su mente.

– Está bien, Birkita, esto es lo que tengo que decirte. No quiero herir tus sentimientos. Me importas, y creo que eres una buena persona. Pero yo voy a ser una Suma Sacerdotisa diferente. Me parece que tu actitud bondadosa y amable no funcionaba muy bien. Shayla os estaba pisoteando a las demás Sacerdotisas y a ti. A mí no va a hacerme lo mismo. Así que quizá Adsagsona me haya traído aquí porque sus Sacerdotisas necesitan lo que tú dices que son mis deseos egoístas.

Birkita no vaciló ante la mirada de enfado de Morrigan. Simplemente, inclinó la cabeza y dijo con suavidad:

– Como desees. Ahora, tú eres la Suma Sacerdotisa y la Portadora de la Luz. Por derecho, eres tú quien está más cerca de la voluntad de la diosa.

Morrigan exhaló un suspiro de frustración.

– Muy bien. Por lo menos, eso está claro. Creo que ahora voy a explorar un poco la cueva. Ah, y no te preocupes. No tienes que acompañarme. Encontraré el camino yo sola.

– Sí, mi señora -dijo Birkita, y le hizo una reverencia.

Cuando Birkita comenzaba a darse la vuelta, Morrigan le tocó el hombro.

– No te enfades conmigo, ¿de acuerdo?

Birkita posó la mano sobre la de Morrigan, y respondió:

– Yo no puedo enfadarme contigo, hija.

Le apretó la mano, y después volvió al corazón de Usgaran con las demás Sacerdotisas y artesanos que estaban allí reunidos, llevando a cabo sus tareas.

Morrigan suspiró y posó las manos en la pared de la cueva.

– Quiero salir de aquí -les susurró a los espíritus de los cristales-. Llevadme a algún sitio maravilloso que no esté bajo la nariz de Birkita.

«¡Te oímos y te obedecemos, Portadora de la Luz!», respondieron los espíritus. Al instante, se encendieron una serie de pequeños cristales por la pared, a la altura de la cintura de Morrigan, y ella comenzó a seguir su señal serpenteante hacia un túnel. Era el reflejo del camino principal que había seguido en la cueva de Oklahoma. Avanzó cerca de la pared, para poder rozar los cristales con los dedos continuamente. La llevaron hacia un túnel más pequeño que giraba a la derecha. Era un túnel que no existía en Oklahoma, y Morrigan observó que en el suelo había unas vías estrechas. Pronto supo el motivo, porque apareció un vagón lleno de pedazos de piedra suave, blanca, con aspecto de mármol, tirado por dos hombres fornidos. La saludaron brevemente, y ella les contestó con un rápido «hola». Mmm. Así debía de ser como los Sidethas extraían las piedras de lo más profundo de la cueva hasta la superficie.

El túnel hacía una curva en forma de «S», y el suelo de alabastro descendía bruscamente. Cuanto más se adentraba en el vientre de las cuevas, menos gente encontraba por el camino, y más relajada se sentía. A los pocos minutos de descenso, los cristales la guiaron a través de una entrada en forma de arco. Al franquearla, a Morrigan se le escapó un jadeo. Se encontraba inmersa en una belleza increíble. La sala era grande y redonda, y las paredes y el techo estaban completamente cubiertos de racimos de cristales morados. Allí había un enorme brasero de iluminación, situado en un trípode en medio de la sala, y sus llamas blancas arrancaban brillos de los cristales.

– Amatista… -susurró Morrigan.

– Buenos días, mi señora. ¿Puedo hacer algo por vos?

Aquella voz hizo que Morrigan diera un respingo. No se había dado cuenta de que había alguien trabajando al fondo de la sala. Era un hombre que tenía un cincel delicado en una mano, y en la otra, un pequeño martillo, y que obviamente, estaba desprendiendo cristales de la pared.

– Oh, perdón. No quería interrumpir. Sólo estaba explorando.

Él sonrió con amabilidad.

– No os habréis perdido, ¿verdad, mi señora?

– No, yo… no creo que pueda perderme. Soy Morrigan, la Portadora de la Luz, y… bueno… -señaló el rastro de cristales iluminados y añadió-: Ellos me muestran el camino.

– Sí, mi señora. Sé quién sois.

– Bueno, y esto… ¿es amatista? -preguntó Morrigan, para llenar el silencio.

– Sí. Estoy eligiendo seis piezas para el Castillo de Laragon. Es una petición del propio jefe de la fortaleza. Este año, la cosecha de lavanda ha sido especialmente abundante, y quiere recompensar a los seis agricultores principales.

– Son bellísimos -dijo ella, con una sonrisa-. Bueno, me voy para que continúes con tu trabajo. Disculpa, pero no sé tu nombre.

– Arland, mi señora -respondió él, y le hizo una reverencia.

– Bueno, Arland, me alegro de conocerte.

– Y yo a vos, Portadora de la Luz.

Ella ya estaba agachando la cabeza para salir por la puerta arqueada y baja de la sala de las amatistas, cuando oyó que Arland la llamaba.

– ¿Mi señora?

Morrigan lo miró.

– Algunos pensamos que la diosa nos ha bendecido de verdad con vuestra presencia.

A Morrigan le dio un salto de alegría el corazón.

– Gracias, Arland -dijo. Después añadió impulsivamente-: Y que Adsagsona te bendiga por tu bondad.

Él todavía tenía la cabeza inclinada cuando ella salió al túnel. Se sentía mucho mejor que cuando había comenzado la exploración, y continuó casi a saltos por el camino que le marcaban los cristales. Estaba un poco mejor preparada para la belleza que encontró en la siguiente sala, pero de todos modos se quedó embobada mirando los cristales de color topacio que se volvían blancos en la base, y que estaban incrustados por todas las paredes y el techo. Le resultaban familiares, pero Morrigan no conseguía nombrarlos, así que posó una mano en la piedra.

«Citrino». El nombre le vino cuando lo acarició con las yemas de los dedos, y Morrigan sonrió de placer.

– Gracias -les dijo a las piedras resplandecientes.

En la siguiente sala había varios hombres rompiendo cuidadosamente pedazos de piedra de aspecto peligroso, de un color negro tan oscuro que, al entrar en la sala, daba la impresión de entrar en una boca sin fondo, llena de dientes letales. «Ónice»… le dijeron los espíritus de la piedra, y Morrigan se arrepintió de haber pensado algo siniestro de aquella bellísima piedra oscura. Pasó las manos por aquellas gemas irregulares mientras estudiaba los matices de color, que aparecían al mirar con más atención. Sin embargo, los hombres de aquella sala no eran amables como Arland, así que Morrigan decidió salir.

A los pocos instantes se encontró con Brina, que estaba en una pequeña rampa de bajada. Era como si estuviera esperando a Morrigan. Ella le acarició el lomo y las orejas, y la gran gata se arqueó de placer y se puso a ronronear.

Con Brina a su lado, Morrigan siguió el rastro que le marcaban los cristales con su luz, hasta una cámara que estaba llena de cuarzo del color del humo, y después a otra en la que descubrió esmeraldas.

Finalmente, los cristales la condujeron a una sala en la que, nada más entrar, Morrigan percibió algo diferente. Era un espacio enorme, y sus paredes no estaban llenas de cristales ni de gemas. Allí, los muros eran de un magnífico color mantequilla, con remolinos de color crema. Por el suelo había grandes pedazos de piedra amarilla, algunos de ellos, más altos que la propia Morrigan. Estaba a punto de posar la mano en uno de ellos cuando oyó un sonido que le llamó la atención.

Había un hombre, de rodillas, frente a una alta columna de piedra. Tenía las dos manos apoyadas contra el lateral de la columna, y la cabeza inclinada, como si estuviera rezando. Para no interrumpirlo, Morrigan se habría retirado silenciosamente de allí, pero Brina, que no había mostrado ningún interés por los otros trabajadores a quienes se habían encontrado, se dirigió directamente hacia el hombre y comenzó a frotarse contra su espalda con languidez. Morrigan oyó que él emitía un sonido ahogado, algo entre carcajada y sollozo.

– Brina, preciosa, ¿cómo sabías que necesitaba compañía justo ahora?

Morrigan se quedó paralizada de repente cuando él, con un gruñido de cansancio, se dio la vuelta para sentarse con la espalda apoyada en la columna de piedra. Estiró el brazo para acariciarle las orejas a Brina, tal y como le gustaba al lince, y fue entonces cuando vio a Morrigan.

<p id="_Toc287304552">Capítulo 15</p>

– Perdón, no quería molestar -dijo Morrigan, mientras reconocía enseguida a Kai, el Maestro de la Piedra.

Kai le sonrió, como si el hecho de que ella lo hubiera sorprendido de rodillas ante una piedra haciendo algo incomprensible no le avergonzara lo más mínimo.

– No, no molestáis, lady Morrigan. Como le he dicho a Brina, necesitaba compañía.

La curiosidad, y la actitud abierta de Kai, mitigaron la inseguridad de Morrigan, y ella atravesó la enorme cámara para acercarse a él.

– Llámame Morrigan, por favor -decidió que tenía que acabar cuanto antes con los formalismos-. ¿Qué es esa piedra?

Kai alzó la mano por encima de la cabeza, para acariciar la piedra con un gesto casi íntimo.

– Es el mejor mármol de todo Partholon. Y éste -dijo, dándole suaves golpecitos a aquella columna-, es el pedazo que Kegan va a transformar en la estatua de Myrna para su monumento.

Morrigan observó la piedra.

– ¿Cómo sabes que ésta es la pieza exacta?

– Puedo contestar preguntándote cómo has encontrado tú esta cámara.

– Me han guiado los cristales. Les pedí que me enseñaran la cueva. Y aquí estoy.

Kai sonrió.

– Ahí tienes la respuesta a tu pregunta.

– ¿Quieres decir que el mármol te ha guiado a ti también?

– Sí. El mármol me habla, como los espíritus de los cristales te hablan a ti. La diferencia es que, en vez de avivar la luz que hay en los cristales, yo conozco las formas que se esconden en el mármol, las figuras innatas que hay en él, o los deberes que desea desempeñar.

– ¿De veras? Cuéntame más -le pidió Morrigan, mientras rodeaba la columna, mirando hacia arriba.

Kai permaneció sentado, rascándole las orejas a Brina mientras se explicaba.

– Tú ya sabes que los cristales tienen alma. Todo lo que hay en la tierra tiene vida. Y todo tiene un propósito. El espíritu de una cosa conoce su propósito, al contrario que los hombres, que a menudo buscan y buscan, y nunca permanecen quietos el tiempo suficiente como para escucharse a sí mismos y conocer su propósito.

– Así que las piedras te cuentan cuál es su propósito.

– Sí.

– ¿Puedes oír el espíritu de todas las piedras?

– Puedo conectarme a todas las piedras, pero los espíritus del mármol son los más claros. ¿Y tú? ¿Oyes a otros espíritus, o sólo a los cristales sagrados?

Morrigan había completado el círculo y se había quedado frente a Kai.

– No lo sé. No lo había pensado hasta ahora. Las voces de los cristales son tan fuertes que no sé si puedo oír alguna otra cosa.

Él sonrió.

– Los espíritus de las cosas que no se mueven por sí mismas, como las piedras, los árboles o la misma tierra, pueden ser muy intensos.

– Sí, sí. Para mí han sido tan intensos que no se me había ocurrido intentar oír a ningún otro espíritu.

– Creo que deberías intentarlo -dijo Kai. Le rascó por última vez las orejas a Brina y se puso en pie-. Los únicos cristales sagrados que hay en esta cámara son los que están a la entrada, así que no podrán gritar tanto como para ahogar la voz del mármol.

– De acuerdo. Voy a intentarlo -dijo Morrigan.

Comenzó a elevar la mano para posarla sobre el pilar de Kai, pero el Maestro de la Piedra la sorprendió, bloqueándole el camino hasta la piedra.

– Ésta no.

– ¿Por qué no? -preguntó Morrigan, más curiosa que molesta.

– Los espíritus de esta piedra están lamentándose. Saben que su destino es ser esculpidos en la forma de la hija perdida de la Elegida de Epona.

– ¿Están tristes porque van a formar parte de la tumba de Myrna?

– No, no es eso en absoluto. El mármol está satisfecho con su destino. Cuando adopte su forma final, servirá de consuelo para aquéllos que visiten el monumento de lady Myrna. Están llorando por el dolor de lady Rhea. Ella no es sólo la Elegida de Epona. Nació bajo un signo de tierra, así que tiene una fuerte afinidad con la tierra, los árboles y las piedras. Todo Partholon siente su dolor hasta cierto punto. Y sobre todo, la piedra que fue creada para convertirse en la efigie de su hija.

Morrigan notó que se le secaba la boca.

– ¿El cumpleaños de Rhiannon… Rhea -recordó que en Partholon todo el mundo conocía a Shannon con ese sobrenombre- es el treinta de abril?

No pareció que a Kai le sorprendiera su pregunta.

– Sí.

– Ese día también es mi cumpleaños.

– También el de Myrna -dijo Kai, y después añadió con la voz llena de compasión-: Lo sabes, ¿verdad?

– Sé que soy igual que ella -murmuró Morrigan.

– Sí, eso es cierto. ¿Y sabes por qué ha ocurrido algo así?

– No, no sé el porqué de nada de esto. Kegan me dijo que estás muy unido a Rhea y a su familia.

– Sí.

– ¿Y me parezco mucho a ella? -preguntó Morrigan en un susurro.

Kai pensó unos segundos antes de responder.

– Te pareces a como hubiera sido Myrna de haber sido tocada por la mano de una diosa.

– ¿Myrna no tenía ningún poder divino?

– No, que yo sepa.

– ¿La querías?

Kai se sorprendió.

– ¿A Myrna?

– Sí, claro. A Myrna.

– La vi crecer, la vi progresar desde que era una niña precoz hasta que se convirtió en una mujer inteligente, que sabía lo que quería, que supo permanecer junto al hombre a quien había elegido, que supo recorrer el camino que se había marcado, cuando su madre, la persona más poderosa de todo Partholon, habría elegido lo contrario para ella. La respetaba y sí, la quería. Como un padre quiere a su hija favorita.

– ¿Y el hecho de que yo me parezca tanto a ella hace que sea duro para ti estar conmigo?

– Sí. Pero -matizó Kai rápidamente- eso no significa que no quiera conocerte mejor.

– Por mi parecido con Myrna.

– No, por tus diferencias.

– ¿De verdad?

– Sí, de verdad -contestó Kai, y señaló una piedra de color crema, que no estaba lejos de ellos-. Por ejemplo, veamos si oyes las voces del mármol, además de oír a los espíritus de los cristales sagrados.

– De acuerdo.

Morrigan se acercó con Kai al mármol. Era una piedra rectangular que le llegaba al pecho, y tenía bastante grosor.

– ¿Y ahora qué? -preguntó ella.

– Lo mismo que con los espíritus. Sólo tienes que tocarla.

Morrigan extendió las palmas de las manos sobre la superficie suave de la piedra. Cerró los ojos y se concentró para enviarle sus pensamientos.

– ¿Hola? -dijo-. ¿Estás ahí?

Tuvo una sensación fugaz de movimiento bajo las manos, y notó un poco de calor. Entonces, a través de los párpados cerrados, recibió unas imágenes que le cortaron la respiración. Vio edificios de color crema, con cúpulas muy bellas. Había mujeres muy atractivas por todas partes. Estaban ocupadas en tareas diferentes, como escuchar conferencias, tomar clases de pintura, estudiar un mapa oscuro cubierto con millones de cristales que emitían destellos. Morrigan se dio cuenta de que representaba las estrellas y las constelaciones. Finalmente, las imágenes se concentraron en una escena preciosa. Era un jardín lleno de rosas de todos los matices posibles del blanco y el amarillo. Entonces, con un pequeño tirón, el calor dejó sus manos y las imágenes se desvanecieron en la oscuridad.

Morrigan abrió los ojos. Kai la estaba observando.

– ¿Te ha hablado el mármol?

– No me ha hablado realmente, pero… ¡vaya! Ha sido increíble.

– ¿Te ha enviado sentimientos?

– No. He visto cosas. Cosas preciosas.

– Descríbemelas, Morrigan.

– He visto unos edificios maravillosos que parecían templos. Eran de color blanco y tenían cúpulas. Había mujeres por todas partes, y eran todas muy guapas. Me pareció una especie de escuela.

– Es el Templo de la Musa -dijo Kai-. ¿Te envió el mármol alguna escena en particular, o sólo visiones generales?

– Al final se concentró en una rosaleda -respondió Morrigan, y Kai se echó a reír-. ¿Qué? ¿Qué es lo que te parece tan divertido?

– Antes de que muriera Myrna y yo recibiera el encargo urgente de encontrar la piedra para su monumento, ya tenía planeado venir al Reino de los Sidethas porque Caliope me había encargado que encontrara un banco nuevo para su jardín de rosas.

Morrigan no sabía quién era Caliope, pero entendía el significado de lo que le había dicho Kai.

– ¿Esto va a ser un banco?

– Lo es, sí.

– Entonces, te he ayudado a encontrar la pieza de mármol que necesitabas.

– Y yo te lo agradezco, Morrigan -dijo Kai.

Con una sonrisa, él le tomó la mano y se inclinó formalmente hacia ella y se llevó el dorso a los labios, con un gesto de dulzura, en broma.

Sin embargo, antes de que sus labios rozaran la piel de Morrigan, ella sintió un calambre fuerte y desagradable en la mano, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Rápidamente, apartó la mano y se la frotó. Miró a Kai con una expresión de disculpa, para hacerle un comentario sobre su asombrosa personalidad, cuando vio la expresión de su cara. Estaba claro que Kai también había notado algo. Estaba rígido y la miraba con una expresión de horror y disgusto.

– ¿Quién eres? -le preguntó con la voz ahogada.

Ella sintió la necesidad de confesarle la verdad a aquel hombre, que podría haber sido su amigo, o su padre, y que, hasta el momento, había sido tan amable con ella. «¡No digas nada!». La voz de su mente todavía era débil, pero Morrigan percibía su tono de urgencia y de mando. Era evidente que la diosa no quería que Kai supiera la verdad sobre ella.

Así pues, Morrigan irguió los hombros. Ella no era ninguna niña indefensa a la que pudiera intimidar un hombre mayor que se había vuelto raro.

– Creía que me conocías. Soy la Portadora de la Luz, la Suma Sacerdotisa de Adsagsona. Acabo de ayudarte a encontrar la piedra adecuada para el banco de Caliope. Y no tengo idea de cuál es tu problema, así que te dejo tranquilo para que puedas resolverlo. Ah, y si te resulta muy duro estar en mi presencia porque me parezca tanto a Myrna, entonces, puedes evitarme. Como quieras.

Morrigan alzó la barbilla, se dio la vuelta y salió de la cueva de mármol seguida por Brina.


Después de que se marchara Morrigan, Kai no pudo concentrarse. Debería llamar a los mineros Sidethas e indicarles que transportaran la piedra a la habitación de Kegan, para que el centauro pudiera comenzar a tallar la imagen de Myrna. Además, tenía más encargos: el jefe del Castillo de Woulff quería una pieza de ónice única para hacer una talla de un lobo que situaría en su Gran Cámara… Había un clan centauro que quería una pieza de arenisca para una estatua de Epona…

Sin embargo, Kai sólo podía pensar en Morrigan, y en cómo se había sentido al tocarle la mano.

No era de extrañar que sintiera curiosidad por Morrigan. Aunque no se hubiera parecido tanto a la difunta Myrna, a quien él había querido como a la hija que nunca tuvo, Kai hubiera sentido el deseo de conocer a la Portadora de la Luz, sobre todo, después de su demostración de poder de aquel día. Tal y como Kegan le había explicado, las Sacerdotisas que tenían aquel don eran escasas, y seguramente, no habría ninguna otra durante el tiempo que durara la vida de Kai. Por otra parte, la afinidad de una Portadora de la Luz con la piedra era tan parecida a la suya, que a Kai le resultaba fascinante.

Habían tenido una conversación muy agradable. La niña era muy parecida a Myrna, realmente: brillante, lista e inquisitiva. Había sido un golpe de suerte que hubiera identificado a los espíritus del banco de Caliope. Le había ahorrado algo de tiempo. Entonces, él la había tocado, y de repente, había tenido un atisbo de lo que había escondido en su alma.

Oscuridad. Kai había recibido una descarga de la oscuridad que acechaba bajo la piel de la niña, como un hongo escondido. Morrigan estaba cercada por la oscuridad. Kai también había percibido la luz en ella, pero la oscuridad estaba consumiendo aquella luz.

¿Cómo era posible? La niña era una Portadora de la Luz, Elegida de la diosa de los Sidethas. Kegan había dicho que Adsagsona le había concedido un gran poder y que…

Kai se quedó sin aliento. ¿Y si su poder no era un don concedido por una diosa? Aquel parecido tan notable con Myrna no podía ser una coincidencia. ¿Y si la habían llevado allí unos poderes oscuros, con aquella forma y aquellos dones, en aquel momento preciso en el que Rhea estaba devastada por el dolor de la pérdida de Myrna? La Guerra Fomoriana había ocurrido casi veinte años antes, pero él la recordaba bien. Los Fomorians se habían infiltrado en Partholon porque la gente le había permitido a Pryderi, el espantoso dios de la oscuridad, que entrara en su alma en forma de susurros, y después en su vida, y después en su mundo.

Kai se estremeció. ¿Estaba sucediendo aquello de nuevo? ¿Era posible que Pryderi estuviera detrás del parecido de Morrigan con Myrna, y de sus poderes milagrosos?

Tenía que hablar con Kegan. El centauro era joven, pero era un Sumo Chamán, y sus poderes en el reino de los espíritus eran muy fuertes. Él sabría lo que tenían que hacer.

Primero, Kai iba a pedirles a los mineros que se llevaran la columna de mármol que había elegido, e iba a visitar rápidamente las salas de ónice y de arenisca. Trabajar con los espíritus de las piedras lo calmaría. Aquella noche hablaría con el centauro. Kai salió de aquella cámara de mármol con decisión, pero con la desagradable sensación de que alguien lo vigilaba con ojos atentos.

<p id="_Toc287304553">Capítulo 16</p>

Morrigan se refugió en la familiaridad, a donde se había estado retirando siempre para lamer sus heridas y recuperarse desde que era un bebé. O al menos, a lo más cercano a la familiaridad. Morrigan encontró a Birkita.

– ¡Ah, Morrigan! Has estado lejos toda la mañana. Estaba empezando a preocuparme.

– ¡Siento haber sido tan mala! -le dijo Morrigan a Birkita, y la abrazó, sin preocuparse de si provocaba los murmullos y las miradas de las Sacerdotisas de Usgaran. Birkita se retiró con gentileza y miró a Morrigan a la cara.

– Ven. Tienes aspecto de cansancio, y estás sucia. Lo que te hace falta es un buen baño.

Morrigan tomó del brazo a Birkita mientras caminaban hacia su habitación.

– Ya sabía que tú me ibas a decir lo que necesitaba.

No hablaron mucho mientras Birkita la ayudaba a quitarse el vestido y llenaba la bañera de piedra de agua caliente y jabonosa. Cuando Morrigan estuvo sumergida hasta el cuello y Birkita estaba tras ella, lavándole el pelo suavemente, Morrigan comenzó a abrirse.

Le contó cómo había sido su viaje por las Cuevas de los Sidethas, y las sensaciones que le habían producido las salas de amatista, citrino, ónice, y esmeraldas. Después comenzó a hablar de lo que le había sucedido en la sala de mármol.

– Allí me encontré a Kai.

– Sí, el Maestro de la Piedra ha comenzado hoy su búsqueda de la piedra para el monumento de Myrna.

– La ha encontrado. Brina y yo entramos en la sala poco después de que le hablara.

– ¿Y eso te disgustó?

– No. Sí -dijo Morrigan. Después, suspiró y comenzó de nuevo-: No exactamente. Me produce una sensación extraña el hecho de que Myrna muriera el mismo día que yo entré en Partholon. Me parece que… yo tuve algo que ver con lo que le ocurrió, y por eso, el hecho de que Kai encuentre su piedra y Kegan la talle para hacer una estatua para su tumba me disgusta.

– Hija, mírame.

Morrigan se dio la vuelta, de mala gana, para mirar a Birkita a los ojos.

– Escúchame bien. Tú no provocaste la muerte de Myrna. Murió de parto. Fue triste y trágico, pero era su destino. De lo contrario, te aseguro que Epona habría encontrado el modo de salvarle la vida.

– Quiero creerte, de veras.

– Créeme, Morrigan. Tú no provocaste su muerte, fue el destino. Y ahora, explícame lo que te ocurrió hoy. ¿Te has disgustado al ver la piedra que se usará para el monumento de lady Myrna?

– No, eso sólo ha sido una parte. Sucedió cuando Kai me tocó. Habíamos tenido una conversación muy agradable. Él me explicó cuál es su función como Maestro de la Piedra, y después me mostró cómo podía escuchar a los espíritus del mármol por mí misma -dijo Morrigan, y al recordarlo, sonrió-. Los espíritus del mármol me mostraron un jardín del Templo de la Musa. Kai me dijo que era el jardín de Caliope.

– Caliope es la Encarnación de la Musa de la Poesía Épica.

– Oh, gracias. No tenía ni idea de quién era, y no quería preguntárselo para que no se diera cuenta. Él me dijo que lo había ayudado a encontrar la pieza de mármol adecuada para tallar un banco para Caliope, y después, en broma, me tomó la mano para besármela, como para darme las gracias formalmente -explicó Morrigan, y tuvo que tragar saliva para aclararse la garganta-. Noté un calambre fuerte, muy extraño -dijo, y al ver la cara de desconcierto de Birkita, añadió-: Es como una parte pequeña de esa electricidad de la que te hablé.

– Ah, sí, el rayo domesticado.

– Exacto. Él también debió de sentirlo, porque su reacción fue extraña. Me miró como si me hubiera convertido en un monstruo o algo así, y me preguntó que quién era.

– ¿Y qué le dijiste tú? -preguntó Birkita, con arrugas de preocupación en la frente.

– No supe qué decir, ni qué hacer. Kai cambió tan de repente… Al principio había sido muy fácil hablar con él, y me había caído muy bien. Incluso hablamos de Myrna, y me dijo que soy igual que ella. Kegan también me lo dijo.

– Así que es cierto. Eres su reflejo.

Morrigan intentó no fruncir el ceño.

– A mí me gusta pensar que ella es mi reflejo, pero bueno. El resultado es el mismo. Los dos dicen que me parezco a Myrna, salvo por el detalle de que ella no tenía ningún poder divino.

Birkita asintió lentamente.

– Cuando se hizo el anuncio de que lady Myrna iba a desposarse con un hombre, todos supimos que no iba a seguir los pasos de su madre como Elegida de Epona. Pero ¿dices que no estaba en absoluto tocada por la mano de Epona?

Morrigan se encogió de hombros.

– Eso es lo que me dijeron Kegan y Kai. En realidad, Kegan dijo que ella y yo somos exactamente iguales, salvo cuando yo consigo que los cristales se iluminen. Me dijo que Myrna nunca jamás había tenido el mismo aspecto que yo cuando los cristales me llenan con el poder de su luz.

En vez de responder, Birkita le dijo a Morrigan que inclinara la cabeza hacia atrás para que la corriente de agua le aclarara el pelo. Dijo pocas cosas mientras ayudaba a Morrigan a salir de la bañera, la envolvía en una toalla gruesa y la situaba frente al espejo de su habitación para secarle y peinarle la melena. Finalmente, Morrigan no pudo soportarlo más.

– ¿Por qué crees que Kai reaccionó de un modo tan extraño a ese calambre que nos traspasó? ¿Y qué demonios podía ser el calambre?

Birkita la miró a los ojos en el espejo.

– Kai oye a los espíritus que hay en las piedras, sobre todo en el mármol. Sus espíritus le dicen cuál es la verdadera naturaleza de ese objeto, lo que son, a qué lugar pertenecen, qué tienen dentro de sí. Es como si conociera el destino de las piedras que toca.

– ¿Y es posible que sintiera la verdad sobre mí? ¿Que soy la verdadera hija de Rhiannon?

– Yo nunca había tenido noticia de que su habilidad fuera más allá de lo inanimado. No sabía que se extendiera más allá de la piedra.

– Pues está claro que supo algo cuando me tocó, y eso le asustó mucho. Se quedó horrorizado, como si hubiera descubierto algo pavoroso.

– Si creyera que la Elegida de Epona es una impostora, por supuesto que el Maestro de la Piedra se habría quedado horrorizado.

– Pero ¿cómo va a creer eso, pese a lo que haya podido sentir cuando me tocó? Mis abuelos me dijeron que Shannon era la Elegida de Epona de verdad. Tú misma me lo has dicho. Todo el mundo lo cree. Lo han creído desde antes de que yo naciera. No puedo creer que sólo el hecho de tocarme la mano haya conseguido que Kai se lo cuestione.

– Tal vez hayas malinterpretado su expresión. Puede que, al haber nacido en un mundo distinto, él haya percibido algo raro en ti, algo indeterminado que no entendió, y que le sorprendió.

– Supongo que tienes razón -contestó Morrigan, aunque con dudas-. No sé lo que ocurrió entre nosotros, pero creo que lo más inteligente es que lo evite en la medida de lo posible. De todos modos, ¿no va a marcharse pronto? Ya ha encontrado el mármol de Myrna, y yo le he ayudado a encontrar el mármol para el banco de Caliope. No tiene ningún motivo para permanecer aquí.

– A menudo, Kai viene a las Cuevas con varios encargos, así que no sería raro que se quedara.

– Sobre todo, si quiere vigilarme.

– Sí -dijo Birkita.

– Así que se lo pondré difícil, y entonces se marchará.

– Esperemos que no le cuente a lady Rhea nada sobre ti.

Morrigan se mordió el labio. Después dijo:

– ¿Y eso sería realmente tan espantoso? Entiendo que sería malo que todo el mundo supiera quién soy y comenzara a preguntarse si la Elegida de Epona es realmente la Elegida de Epona. Sin embargo, ¿y si sólo se enterara Shannon? ¿Sería tan malo que averiguara que estoy aquí?

– No sé lo que es perder a una hija, así que me resulta difícil contestar a eso, pero creo que para ella sería un gran dolor descubrirte tan poco después de la muerte de lady Myrna.

Morrigan tuvo que luchar contra el resentimiento que le produjeron las palabras de Birkita.

– Bueno, por lo menos eso significa que Kai no va a salir corriendo a contárselo.

– Vamos a resolver cosa por cosa.

– Así que voy a evitar a Kai.

– ¿Y vas a conocer mejor a Kegan?

– Hoy tengo una cita con él, para ir a ver las Salinas al atardecer.

– ¿El atardecer? Casi ha llegado ya.

– Oh, vaya. He perdido la noción del tiempo. Ayúdame a prepararme, por favor. ¿Y podrías pedirle a una de las Sacerdotisas que vaya a buscar a Kegan, para que puedas decirle que se reúna conmigo a la salida de la cueva?

– Por supuesto, hija.

Birkita la ayudó a elegir una preciosa tela que tenía el color violeta de los atardeceres, y la envolvió con ella hasta que, al llegar al hombro, prendió el extremo con un broche de oro. Después le puso un cinturón dorado alrededor de su esbelta cintura. Morrigan eligió unas sandalias, también doradas, que se ataban a las pantorrillas con unas cintas. Cuando estuvo arreglada, Birkita le dio un beso y salió apresuradamente para que Kegan recibiera el mensaje. Morrigan se miró una vez más al espejo y pensó que, con aquel atuendo, parecía de verdad una diosa, lo cual la ayudó a calmar los nervios mientras recorría el camino hasta la salida de la cueva. Iba a salir con un tipo que era mitad caballo.

Kegan ya estaba allí cuando llegó, y de nuevo, llevaba una cesta grande en las manos. Morrigan lo vio antes de que él la viera a ella, y tuvo tiempo de detenerse, respirar profundamente y pasarse los dedos entre el pelo por enésima vez. También lo vio darse la vuelta al oír que ella se acercaba, y observó la mirada de apreciación de sus preciosos ojos.

– Mi señora, vuestro acompañante os espera -dijo Kegan, con una sonrisa cálida, mientras le hacía una reverencia con una floritura.

– Gracias, amable señor -respondió ella, y le devolvió la reverencia-. Eh, ¿qué hay en la cesta?

– Birkita me ha dicho que te has pasado el día explorando las Cuevas, pero no me ha dicho nada de que hayas explorado las cocinas. He pensado que de nuevo, te habías quedado sin comer.

– Estás tomando la costumbre de darme de comer.

– Ésa sería una costumbre mucho más agradable que la mayoría.

– ¿De veras? -preguntó Morrigan, mientras caminaban juntos para salir de la cueva-. ¿Acaso tienes costumbres desagradables?

– Bueno, admito que me colaba en la cocina de mi casa por las noches. Muy a menudo. Mi madre me decía que esa costumbre me iba a causar pesadillas, pero hasta el momento no ha ocurrido.

– Creo que a mí me haría engordar -dijo Morrigan.

– Pues hoy me alegro de que no tengas la costumbre de comer por las noches. Eso haría que la siguiente parte de la velada fuera mucho menos agradable.

Ya habían salido de la cueva, y estaban a pocos metros de la abertura. Morrigan lo miró con una expresión exageradamente virginal, pudorosa y casta.

– ¡Oh, Dios mío! No querrás decir que piensas que me vas a ver desnuda, ¿verdad? Porque te diré que tal vez yo no sea de ese tipo de chicas.

Él sonrió, con una chispa de diversión en los ojos.

– Aunque la posibilidad de verte desnuda es fascinante, y admito que no ha estado lejos de mi mente durante el día de hoy, no era eso a lo que me refería.

– ¿Eh?

– El sol no se ha puesto todavía, pero no falta mucho. Si quieres que lleguemos a las Salinas antes del atardecer, tenemos que darnos pisa.

– Muy bien. Vamos.

Kegan sonrió.

– Me refiero a que debemos darnos mucha más prisa de la que tú puedes darte con esas preciosas piernas humanas.

– Así que necesito montar a… -Morrigan comenzó a mirar a su alrededor, en busca de un caballo. Entonces, lo entendió, y abrió unos ojos como platos-. ¡Tengo que montarte a ti!

Kegan sonrió y asintió.

– A mí, sí.

– Oh, vaya, entonces esta mañana no estabas bromeando cuando me dijiste que serías mi acompañante y mi montura.

– No estaba bromeando.

Morrigan miró su lomo, alto, y sin silla de montar.

– Yo… no sé…

Kegan, que obviamente estaba pasándolo muy bien, arqueó una ceja.

– ¿Es que no sabes montar?

– Por supuesto que sí.

– Bueno, no importa que no tengas experiencia. Necesito muy pocas indicaciones.

– Mira, listillo, eso no es lo que me preocupa, y soy una jinete experimentada, aunque admito que mi experiencia con los centauros es limitada.

– ¿A mí?

– Pues sí, limitada exclusivamente a ti.

– Exclusivamente a mí… -dijo Kegan. Se acercó a Morrigan, la tomó de la mano, y dijo-: Me gusta cómo suena eso, y te doy mi palabra de que seré dócil contigo.

– No tengo forma de subir hasta ahí -dijo ella, señalando su espalda equina-. No llevas silla, ni nada, y no hay estribos.

Kegan se echó a reír.

– Yo puedo ayudarte a montar, no te preocupes.

Morrigan notó que se ruborizaba, muy a su pesar.

– Llevo vestido.

– Ya lo veo. Es un vestido muy bonito.

Ella suspiró.

– Gracias. Pero no llevo ropa adecuada para montar, precisamente.

– Tal vez no lleves ropa adecuada para montar a caballo, pero estás perfectamente vestida para montar a un centauro que te adora.

Morrigan notó un pequeño cosquilleo en el estómago.

– Y ése eres tú.

– Ése soy yo -repitió él-. Vamos -dijo Kegan. Abrió los brazos hacia ella, y sonrió-. A menos que tengas miedo.

– No, no tengo miedo -dijo ella automáticamente.

– Pues entonces, debemos irnos ya. No vamos a llegar a tiempo.

– De acuerdo.

– Entonces, ven aquí.

Morrigan entró en el círculo de sus brazos, y él le puso una mano a cada lado de la cintura.

– ¿Lista?

– Sí -respondió ella, aunque no fuera cierto.

Y entonces, a Morrigan se le escapó un jadeo. Kegan la levantó del suelo como si no pesara nada, giró la cintura y la colocó sin ceremonias sobre su lomo.

Morrigan se ocupó arreglándose el vestido, dando gracias por no llevar una de sus minifaldas vaqueras.

– Agárrate fuerte. El descenso es empinado -dijo Kegan, mientras recogía la cesta y comenzaba a moverse.

– ¿Que me agarre a qué? No hay…

Morrigan se atragantó con las palabras cuando él pasó el borde de la cuesta y comenzó a deslizarse hacia abajo. Sin saber qué hacer, lo rodeó con los brazos e intentó no caerse mientras miraba por encima de su hombro. Sin que su paso vacilara, Kegan miró hacia atrás, hacia ella, y sonrió.

«Es un granuja, tal y como me dijo Birkita», pensó Morrigan. Aunque a ella no le importaba demasiado…

<p id="_Toc287304554">Capítulo 17</p>

– No ha estado tan mal, ¿verdad?

Una vez pasada la empinada cuesta, Morrigan se las había arreglado para dejar de abrazarlo. Iba muy erguida, intentando dar la apariencia de que estaba relajada, con las manos descansando ligeramente sobre los hombros desnudos de Kegan. En realidad, sentía cada centímetro donde se encontraban sus cuerpos, el de ella, íntimamente pegado al de él.

– Oh, sí, estupendo. Aunque hubiera preferido tener una silla -murmuró.

Kegan se rió y la miró por encima de su hombro.

– Tú no necesitas silla. Tienes un asiento precioso -dijo él, y el brillo de sus ojos le dio a aquellas palabras un claro doble sentido, que Morrigan prefirió pasar por alto.

– Voy a tener un asiento dolorido si no me bajo de aquí. ¿Falta mucho para llegar? Ya casi está atardeciendo.

– Está detrás de ese pequeño montículo -le aseguró Kegan.

Kegan ascendió la colina, y cuando salieron del bosquecillo de pinos que acababan de atravesar, se encontraron con una vasta extensión de agua salpicada de piedras enormes y puntiagudas.

– Ya hemos llegado. Deja que te ayude.

Kegan se giró hacia atrás y volvió a tomarla por la cintura para dejarla en el suelo, a su lado. Ella sonrió cuando él hizo un gesto de evidente reticencia a soltarla.

– Seguramente te he resultado pesada -dijo Morrigan, que se sentía nerviosa.

Él sonrió.

– Me has resultado perfecta.

– Bueno, ¿te doy las gracias o te hago unas caricias?

Su sonrisa aumentó.

– Creo que me gustarían ambas cosas.

– Veamos cómo te comportas en el viaje de vuelta. No quiero recompensarte tan rápidamente.

Kegan se rió.

– Ya veo que vas a ser uno de esos jinetes difíciles.

– Oh, así que sólo soy una de tantas. ¿A cuántas mujeres has llevado?

Él todavía estaba sonriendo, pero sus ojos tenían una mirada seria.

– He llevado a muchas mujeres, pero todas se han convertido en sombras del pasado, sin ningún interés, en comparación contigo, Portadora de la Luz.

– ¿Incluso Myrna? -preguntó Morrigan, sin poder contenerse.

– Incluso ella -dijo Kegan, y señaló hacia las Salinas-. Será mejor que bajemos al nivel del lago, celosa, o te perderás la puesta de sol.

Morrigan iba a decir que ella no estaba celosa, pero reprimió la mentira. En vez de hablar, hizo acopio de dignidad y caminó hasta el borde de la colina.

– ¡Vaya! Resulta más increíble desde aquí cerca.

– Entonces, vamos a acercarnos más -dijo Kegan, y después de dejar la cesta en el suelo, la tomó de la mano. Ambos descendieron por el terraplén hasta que llegaron al nivel de las Salinas.

Morrigan olfateó el aire.

– Huele como el mar, menos los peces.

– Es demasiado salino para tener peces. ¿Ves que incluso las plantas dejan de crecer a bastantes metros de la orilla?

Ella asintió, pero no estaba prestando demasiada atención. Su atención estaba centrada en las piedras de cristal que sobresalían de la superficie del agua. El sol estaba empezando a tocar el cielo del oeste, a su izquierda, y el color azul del cielo se estaba volviendo de los colores apasionados del atardecer: fucsia, azafrán y oro. Cuando el sol tocaba las enormes piedras, las encendía con los colores de la tarde.

– Quiero ir allí -dijo ella, que estaba a punto de saltar de emoción.

– Vuestros deseos, mi señora, son mis órdenes.

En aquella ocasión, cuando Kegan abrió los brazos, Morrigan se acercó sin titubear a él, y se colocó con más elegancia sobre su lomo ahora que ya no estaba concentrada en su azoramiento.

– ¡Allí! -dijo, señalando hacia una piedra de cristal que tenía la parte superior plana y era lo suficientemente ancha como para ponerse de pie sobre ella-. Llévame hasta aquélla.

El centauro entró al lago rompiendo la superficie del agua, y con facilidad, se dirigió hacia la piedra, que estaba a varios metros de la orilla. Morrigan se dio cuenta de que era mucho menos profundo de lo que parecía. Algunas veces, el agua apenas cubría los cascos de Kegan.

– Supongo que podría haber venido andando. Tenías razón, no es nada profundo.

Él sonrió.

– Y se te habrían estropeado esas sandalias tan bonitas. Además, a mí me gusta tener una excusa para llevarte a la espalda.

Ella le empujó el hombro y frunció el ceño, en broma.

– Ponme en esa piedra de ahí.

– Como tú digas.

Y, sin permitir que se le mojaran ni siquiera las puntas de los dedos del pie, Kegan la levantó de su lomo y la colocó sobre la piedra.

En cuanto Morrigan tocó la parte superior del cristal, lo sintió. El poder. Latía desde la piedra. Ella se agachó y posó las manos contra la superficie, y susurró:

– ¿Me conocéis?

«Te conocemos, Portadora de la Luz».

Al igual que en la cueva, la respuesta provenía de los cristales y atravesaba su piel y sus nervios, los músculos y la sangre de sus manos, y se abría paso, como una corriente, hacia su cuerpo.

– ¿Te reconocen los cristales? -le preguntó Kegan.

– ¡Sí! Me conocen. Es un poco distinto a lo que ocurre en el interior de la cueva. Aquí parece el eco de un sonido, no es tan intenso como allí. Pero me llaman Portadora de la Luz.

– Entonces, tal vez deberías pedirles que se iluminen -dijo Kegan. Después, dio varios pasos hacia atrás, como si quisiera dejarle espacio-. El momento es perfecto. El sol se está poniendo ahora.

Morrigan se puso en pie y se volvió. El sol estaba cayendo lentamente hacia el horizonte del oeste, lanzando más colores como llamas en el cielo. Desde la parte de las Salinas que ya quedaba a la sombra estaba empezando a surgir un poco de niebla, blanca y diáfana. De repente, aquel cielo brillante y la belleza de la niebla y el agua le recordaron a Oklahoma, y a muchos atardeceres gloriosos que había visto con sus abuelos. Morrigan tuvo una aguda sensación de nostalgia.

«Aquél era el lugar donde naciste, pero nunca fue tu mundo», le dijo la voz insistente de su cabeza, que sonaba más claramente y con más fuerza de lo que nunca hubiera sonado en Partholon.

«Que ames el lugar en el que has nacido no significa que denigres tu nuevo hogar…».

Morrigan dio un respingo al oír aquella otra voz, que el viento le llevaba como un susurro. Era raro que llevara tanto tiempo sin oírla. Entonces, agitó la cabeza y respiró profundamente. No. No quería escuchar ninguna voz. Ella no necesitaba aferrarse a susurros para encontrar su camino. Era una Portadora de la Luz, la Suma Sacerdotisa y la Elegida de la Diosa.

Morrigan alzó los brazos.

– ¡Espíritus del cristal, me llamáis Portadora de la Luz, así que os pido que me deis luz!

«¡Portadora de la Luz!».

El título resonó de una manera sobrenatural a su alrededor, a medida que las piedras de cristal respondían a su llamada y resplandecían. Y, mientras las piedras emitían una luz dorada que parecía vencer a los rayos del sol de poniente, Morrigan sintió que el poder la invadía. Era como si la luz estuviera atravesándole el cuerpo y llenándola de calor, sensaciones y alegría. Estiró los brazos para mirar cómo le brillaba la piel. Era como si fuera de cristal y se hubiera vuelto de carne y fuego. Y entonces, por capricho, puso la palma de la mano hacia arriba y dijo:

– ¡Enciéndete!

De su mano surgió una llama fuerte, segura, que hizo que Morrigan riera de placer y se volviera hacia Kegan:

– ¡Mira lo que soy capaz de hacer!

– Nunca había visto nada parecido. Nunca había visto nada como tú -dijo Kegan.

La estaba devorando con la mirada, y todo el calor, la alegría y la emoción que Morrigan sentía se convirtieron en pasión pura. El centauro leyó bien el cambio que se produjo en ella y comenzó a acercársele.

– Eres luz y llamas, tan bella, que es difícil no mirarte. Podrías iluminar cualquier oscuridad, Morrigan.

Se quedó frente a ella. Morrigan extinguió la llama de su palma con un movimiento de la muñeca, y se inclinó hacia él para abrazarlo. El deseo ardía con tanta fuerza en su cuerpo que tuvo que calmar la respiración antes de hablar.

– Quiero que me beses y que me hagas el amor mientras estoy ardiendo así.

Con un gemido, Kegan se inclinó para atrapar su boca, pero fue Morrigan quien se convirtió en perseguidora. Lo acogió con una pasión que ardía como los cristales que los rodeaban. Kegan la tomó en brazos, y cuando Morrigan advirtió que iba a llevarla así hasta la orilla, le pidió:

– No, por favor. Ponme de nuevo a tu espalda.

Sin decir una palabra, él cambió su posición y colocó a Morrigan sobre su espalda para que pudiera cabalgar a horcajadas. Ella lo rodeó con los brazos y ciñó su cuerpo vibrante contra el de Kegan, el pecho, los muslos, el centro de sí misma, mientras exploraba la columna fuerte de su cuello con los labios y los dientes.

– Tu cuerpo es tan cálido que parece que estás ardiendo -gimió Kegan.

– ¿Es demasiado? ¿Te hago daño? -le preguntó ella sin aliento.

– ¡No, no! No pares.

Kegan salió del agua y recorrió la corta distancia hasta la loma donde habían dejado la cesta. Levantó a Morrigan de su espalda sin separarse de ella, y devoró su boca. Cuando se apartó, ella hizo un sonido de frustración e intentó abrazarlo de nuevo.

– Espera, debo experimentar el Cambio.

Lo que él le estaba diciendo consiguió aplacar el deseo de la mente de Morrigan, y ella asintió temblorosamente.

– De acuerdo. ¿Qué quieres que haga?

– Debes permanecer muy callada, aunque te asuste lo que veas.

– Pero…

– ¿Confías en mí?

Morrigan no titubeó.

– Sí.

Kegan le dio un beso breve y fuerte, y después, se alejó varios pasos de ella. Con el fondo del atardecer, Morrigan vio la silueta de Kegan dibujada por la niebla y las piedras doradas y brillantes, mientras él inclinaba la cabeza y comenzaba a cantar. Hablaba en voz baja, y en un lenguaje que ella no entendía, pero sí sentía el poder de aquellas palabras rozándole la piel. Sin dejar de entonar aquel cántico, Kegan comenzó a elevar los brazos, y a Morrigan le pareció que su piel comenzaba a vibrar de una manera extraña, con unos movimientos demasiado rápidos como para que sus ojos pudieran detectarlos, y entonces, la vibración se hizo brillante, tan brillante que Morrigan sólo podía mirarlo a la cara. Tuvo que taparse la boca con la mano para que no se le escapara un grito al advertir su expresión de agonía. Y entonces, el cuerpo de Kegan estalló en luz.

Morrigan pestañeó para intentar disipar los puntos blancos de sus ojos. Quería llamar a Kegan, pero todavía estaba demasiado asustada como para hacer algo.

– Ahora puedes hablar -dijo Kegan, entre bocanadas de aire.

A Morrigan se le aclaró la visión, y entonces vio a Kegan, que estaba desnudo, salvo por el chaleco de cuero que llevaba, y arrodillado. Tenía la cabeza inclinada y estaba apoyado en uno de los brazos, y temblaba violentamente. Morrigan se acercó rápidamente a él, se arrodilló a su lado y comenzó a apartarle el pelo húmedo de la cara.

– ¡Oh, Kegan! ¿Estás bien? ¡Me has dado un susto de muerte!

Él la miró con una sonrisa.

– Cuesta un poco acostumbrarse al Cambio.

– ¡Y que lo digas! Ha sido horrible. Te ha hecho daño.

– Sí. Duele -dijo él.

Su sonrisa aumentó, y su respiración fue recuperando el ritmo normal. Se puso en pie, temblando sólo un poco, y la tomó en sus brazos.

– Deberías haberme dicho que dolía tanto -le dijo Morrigan, mientras posaba las manos suavemente en su pecho, casi con miedo de tocarlo.

– No estaba pensando en el dolor cuando decidí cambiar.

Morrigan cabeceó.

– Bueno, pues yo lo pensaré la próxima vez.

– Y a mí me alegra que haya una próxima vez.

Kegan se inclinó para besarla brevemente, y después, la tomó de la mano y caminó lentamente, con ella, hasta el lugar en el que habían dejado la cesta. Sin pudor alguno, se quitó el chaleco y abrió la cesta, de la que sacó una manta. Mientras la extendía por el suelo, Morrigan se llenó los ojos de él. Le gustó absolutamente todo lo que vio, pero estaba empezando a ponerse nerviosa. Muy nerviosa.

– ¿Paso la inspección?

– Sí -dijo ella rápidamente, al darse cuenta de que él había estado allí plantado, desnudo, observando cómo ella lo observaba.

– Bien. Me alegro de que te agrade cómo soy en mi figura humana.

– También me gustas en tu forma de centauro -respondió ella, muy en serio. Era muy guapo, de cualquier forma.

– Bien -repitió él, sonriendo lentamente-. ¿Puedo pedirte un favor?

Morrigan asintió.

Kegan señaló a las Salinas, y Morrigan siguió su mano con la mirada. Los cristales seguían brillando, pero no con la misma fuerza que antes. El cielo se estaba apagando, y la niebla le confería a todo un aspecto irreal.

– Haz que se iluminen de nuevo.

Morrigan miró desde las Salinas a Kegan.

– ¿Quieres que vuelva hasta allí?

– No, quiero que te quedes aquí conmigo.

– Pero no puedo hacer eso desde aquí.

– Yo creo que sí.

Caminó hasta donde la loma comenzaba a descender, y le tendió la mano.

Morrigan se acercó a él, y dejó que la girara para que estuviera mirando hacia los cristales, que resplandecían suavemente. El se quedó tras ella, con las manos posadas en sus hombros. Se inclinó, y su respiración cálida le hizo cosquillas en la oreja, consiguiendo que temblara de pasión.

– Diles que vuelvan a encenderse. Te oirán.

– No sé. Está muy lejos.

– Sí, están lejos, pero tú sigues estando conectada a los espíritus. Siente el suelo bajo tus pies. En algún lugar, por debajo de nosotros, están las Cuevas de los Sidethas, y en allí están tus cristales. Ellos te conectarán con los cristales de la Llanura de Sal. Concéntrate, Portadora de la Luz. Llámalos. Los espíritus te responderán.

«Usa tu poder…».

Aquellas palabras le llenaron la mente. Morrigan se concentró en el suelo, igual que se había concentrado antes, cuando estaba sobre la piedra de cristal. En aquella ocasión sintió más lejos, alcanzó más distancia… ¡Sí! Pronto tuvo una respuesta en forma de oleada de sensaciones que se elevaba de la tierra. «¡Portadora de la Luz! Te oímos». Era débil, pero era la voz jubilosa de los espíritus de los cristales de las Cuevas. Sonriendo, Morrigan elevó los brazos y gritó.

– ¡Iluminad las Salinas por mí!

Jadeó al sentir el poder de la luz que fluía a través de ella, y las piedras de cristal del lago se iluminaron otra vez, con aquella luz parecida a la del sol.

– Sabía que podías hacerlo. Eres mi fuego, mi brillo -dijo Kegan, con la voz entrecortada de deseo.

Morrigan apartó la vista de las piedras brillantes y se giró en sus brazos. No tuvo que mirarse la piel para saber que estaba brillando. La luz que tenía en su interior latía con su sangre, la calentaba y la llenaba de pasión. Al cuerno la virginidad. El nerviosismo de Morrigan se deshizo con el calor de su necesidad. Besó a Kegan largamente, con fuerza, de manera exigente. Entonces se separó de él y se acercó a la manta. Kegan la siguió. Morrigan lo supo sin mirarlo. Sentía su cuerpo masculino como si fuera una extensión del suyo propio. Sin darse la vuelta, Morrigan se quitó el vestido y lo dejó caer en una pila de tela, a sus pies. Cuando se volvió a mirar a Kegan, estaba completamente desnuda.

Se abrazaron sin titubeos. Morrigan no sintió timidez. Lo que le faltaba de experiencia lo suplió con pasión. Quería saborear, tocar, experimentarlo todo con Kegan. Era como si su piel brillante estuviera absorbiendo el deseo de él. Cuanto más lo acariciaba, más se excitaba. Kegan no era un amante sin experiencia. Se tomó su tiempo con ella, aunque Morrigan lo estaba llevando al límite. La saboreó y la preparó hasta que por fin se colocó sobre ella y entró en su cuerpo de una sola acometida.

Morrigan gritó de dolor, al notar la súbita intrusión de la carne dura, y Kegan echó la cabeza hacia atrás bruscamente.

– ¿Soy el primero? -preguntó en un jadeo.

Ella asintió.

– ¡Ah! -susurró él. Apoyó la frente en la de Kegan y musitó-: Tendrías que habérmelo dicho. Habría tenido más cuidado. Habría…

Ella detuvo sus palabras con los labios. Lo besó, y dejó que la deliciosa calidez de su interior, que sólo se había apagado brevemente, volviera a inflamarse. Su cuerpo ya se estaba acostumbrando a él. Morrigan se movía con inquietud, deseando más.

Kegan respondió, apartándose un poco, lo justo para poder mirarla a los ojos. Y cuando sus cuerpos se unieron y después se liberaron, ella gimió su nombre, y él volvió a besarla, susurrando contra sus labios.

– Mi amor…

<p id="_Toc287304555">Capítulo 18</p>

Morrigan estaba entre sus brazos, mientras Kegan observaba cómo se iba apagando el brillo de su piel. Estaba completamente fascinado por ella. Lo que había comenzado como curiosidad, como una simple atracción física, como interés por su poder, se había convertido en algo tan distinto a lo que normalmente sentía por una amante, que lo había desarmado.

La miró. Ella tenía los ojos cerrados, y una expresión relajada. Kegan tiró suavemente del borde de la manta hacia sí, y Morrigan suspiró y se acurrucó contra él.

Por el Cáliz Sagrado de Epona, ¡era virgen! Él nunca lo habría imaginado, por el modo desinhibido y apasionado en que había respondido. Morrigan era toda una contradicción. Poseía los dones de una Suma Sacerdotisa, pero parecía que aquellos dones le sorprendían. Ardía de deseo y pasión, pero nadie la había tocado antes de que él la poseyera.

Poseerla… Aquel pensamiento se repetía en su cabeza. La deseaba, de eso no tenía duda. Sin embargo, sentía algo más que deseo físico. Morrigan había tocado algo de su interior, algo que había estado dormido hasta que la había conocido. Era cierto que Myrna lo había despertado, pero ella sólo había sido para él una versión sin color de Morrigan, su fuego.

¿Acaso Epona lo había creado a él para Morrigan, y aquél era el motivo de su reacción hacia ella? Kegan frunció el ceño al pensar en que nunca había reflexionado sobre las implicaciones de ser el alma gemela de alguien. Por supuesto, había aparentado que reflexionaba sobre ello cuando estaba cortejando a lady Myrna. Los Sumos Chamanes centauros hablaban entre ellos sobre la responsabilidad de estar destinado a la Elegida de Epona. Se preguntaban cómo sería amar a una mujer creada por una diosa para ellos. Kegan recordó que a menudo, él había hecho comentarios sarcásticos al respecto, diciendo que si una diosa había creado una mujer para él, tal vez la hubiera creado sin el típico talento femenino para criticar.

Kegan cerró los ojos y suspiró. Había sido un joven muy repelente, tal y como le había dicho el Sumo Chamán más anciano de su clan.

– Estás suspirando -murmuró Morrigan.

– Estaba recordando errores del pasado -dijo él.

Ella se apoyó sobre el codo y arqueó una ceja.

– ¿Errores de tu pasado? Cuéntamelos. ¿Son aventuras sórdidas con muchos corazones rotos?

Él se echó a reír.

– No, mi amor, no lo son.

– ¿Nada de corazones rotos? Eso me resulta difícil de creer.

– ¿De veras?

– Pues sí. Quiero decir que es evidente que sabes lo que haces, así que debes de tener experiencia -dijo Morrigan, y Kegan observó divertido cómo se ruborizaba-. No es que me esperara que fueras virgen, ni nada por el estilo.

– Pero tú sí lo eras -dijo él suavemente.

Ella asintió. Morrigan no dijo nada, pero él leyó la profundidad de sus sentimientos en su mirada. Quería abrazarla y decirle que no podía haber sido más perfecta, que atesoraría el regalo que le había hecho para siempre, como la adoraría a ella. Sin embargo, Kegan tuvo la sensación de que a Morrigan aquellas palabras iban a parecerle condescendientes. Así pues, se limitó a besarla, y le dijo:

– Si me lo hubieras contado, habría elegido un lugar más bonito y un…

Morrigan le posó los dedos en los labios para contenerlo.

– No. No hubiera querido que fuera de ninguna otra manera. Este lugar es perfecto. Con los cristales allí, y las Cuevas bajo nosotros, me siento segura, como si éste fuera mi sitio.

– Es tu sitio. Tu sitio está a mi lado -dijo Kegan.

Puso su mano sobre la de Morrigan, y le besó los dedos. Tenía el corazón tan lleno que creía que le iba a explotar en el pecho. ¿Cómo había podido creer que su vida estaba completa antes de haberla conocido? Al darse cuenta de que su vida sin ella sería oscura, vacía, la abrazó y la estrechó contra sí, y la besó con una ternura recién descubierta.

Ella se apartó un poco para mirarlo cuando terminó aquel beso.

– ¿Qué te ocurre? -le preguntó.

Kegan pensó que una prueba de haber sido creados el uno para el otro debía de ser que eran capaces de leerse el pensamiento, tal vez con demasiada facilidad.

– ¿En Oklahoma existe una cosa que se llama «almas gemelas»?

Morrigan se quedó sorprendida por la pregunta.

– Supongo que sí -dijo ella, y pensó en sus abuelos-. Sí, creo que sí. Te he contado que a mí me criaron mis abuelos, ¿no?

– Sí.

– Bueno, pues yo diría que ellos son almas gemelas. No puedo imaginarme a uno sin el otro, y llevan casados toda la vida.

Él asintió, pero titubeó, porque no sabía cómo expresar lo que quería decirle.

– Sí, ése es un tipo de alma gemela. A menudo, cuando uno muere, el otro lo sigue.

Morrigan frunció el ceño.

– Kegan, no me gusta pensar que le haya ocurrido algo a alguno de los dos.

– Lo siento. No me refería a eso… -Kegan suspiró y comenzó de nuevo-: Lo estoy diciendo mal. No tengo experiencia en este tipo de cosas.

Morrigan sonrió con picardía.

– No me lo ha parecido.

Él le tiró suavemente de un rizo que había estado enroscándose en el dedo.

– No en ese tipo de cosas. Lo que quiero decir es que tengo poca experiencia en describir lo que ocurre cuando dos personas están creadas la una para la otra por la mano de los dioses. Cuando están predestinados a pasar la vida juntos. ¿Las parejas en Oklahoma experimentan algo así?

– En los libros.

– ¿En los libros?

– Sí, la gente escribe acerca de eso en los libros y… siempre hay un final feliz. Mi amiga Gena lo llama Romancelandia. Ya sabes, amantes desventurados, almas gemelas, estar hechos el uno para el otro, bla, bla, bla.

– Entonces, ¿tú no crees que sea posible que una persona esté creada para otra persona concreta?

– No lo sé. Nunca lo he pensado.

– Piénsalo.

– ¿Eh?

Kegan se pasó la mano por el pelo. Aquella conversación no estaba saliendo como él quería. No quería ser seco con ella, pero tenía el estómago encogido por la forma en que Morrigan le quitaba importancia a lo que le estaba diciendo.

– Morrigan, lo que quiero decir es que creo que nosotros hemos sido creados el uno para el otro -dijo. Ella se quedó mirándolo fijamente, sin responder, así que él continuó apresuradamente-: Tú eres una Sacerdotisa poderosa, con dones tan grandes, quizá, como los de la propia Elegida de Epona. La diosa siempre crea a un Sumo Chamán centauro para que ame a la Elegida. Me parece que Adsagsona también me ha creado para ser tu compañero, como tu Sumo Chamán.

Morrigan pestañeó un par de veces, como si necesitara aclararse la visión.

– Pero yo no soy la Elegida de Epona.

– Lo sé. Sin embargo, ¿no crees que tiene sentido que una Suma Sacerdotisa y Portadora de la Luz necesite un compañero que sea más su igual que un hombre corriente?

– Supongo que sí, pero tú lo dices de una manera que parece muy fría. Parece más un trato de negocios que algo sacado de Romancelandia.

Aquello hizo que Kegan sonriera.

– He dicho que tengo poca experiencia hablando de estas cosas, y que lo estaba haciendo mal -respondió. Entonces le tomó la mano, con delicadeza, y se la posó en el pecho, sobre el corazón-. La razón verdadera por la que pienso que fui creado para quererte puedes encontrarla aquí, donde mis palabras torpes no pueden enredarlo todo.

– Kegan, no sé qué decir -murmuró ella. Apartó la mano de su pecho y comenzó a meter cosas en la cesta de la comida-. Hoy lo he pasado muy bien, y me gustas mucho, pero en este momento, todo es muy confuso para mí, y no puedo pensar en una relación a largo plazo.

Él se puso en pie bruscamente y se alejó varios pasos de ella. ¿Qué acababa de ocurrir? ¿Cómo era posible que lo rechazara? ¿Había malinterpretado él lo que había visto en sus ojos? ¿Lo que había sentido en sus caricias?

– ¿Kegan? ¿Te has enfadado conmigo?

Él respondió por encima de su hombro.

– No, pero quiero invocar el Cambio.

– Muy bien. Me quedaré en silencio -dijo ella.

Kegan no podía dejar de notar su mirada clavada en él. Se concentró con esfuerzo, buscó dentro de sí mismo y más allá, y rozó aquella chispa de divinidad que todo lo conectaba en el mundo, que cambiaba el espíritu y la materia hasta que una podía intercambiarse con la otra. Kegan inhaló lo divino, y aceptó el dolor que lo atravesó cuando los tendones, los huesos, los músculos, la sangre y la piel recuperaran su forma de centauro.

– Es asombroso.

Él, con la respiración todavía entrecortada, se había dado la vuelta, y había descubierto que Morrigan continuaba mirándolo.

– Tú eres asombroso -continuó Morrigan.

Entonces, dejó el odre de vino que estaba a punto de guardar y se acercó a él. Kegan notó que la opresión que tenía en el pecho comenzaba a relajarse cuando ella le acarició la cara y se dejó abrazar.

– Vas a tener que darme un poco de tiempo -le dijo-. Para mí, hay muchas cosas que han cambiado con demasiada rapidez. No sé si puedo asimilar algo más.

Kegan se oyó diciendo unas palabras que, sólo un par de días antes, habrían hecho que despreciara a quien las hubiera pronunciado.

– Yo puedo ayudarte. No tienes por qué estar sola. No tienes por qué depender sólo de ti misma.

Morrigan arqueó una ceja.

– ¿No debería depender de Adsagsona?

– Tal vez tengas que pensar en la posibilidad de que fue tu diosa la que me trajo a ti, y que es su voluntad que estemos juntos.

Kegan se inclinó y la besó, y con aquel beso no sólo reclamó su boca, sino también su alma. Morrigan respondió, y él sintió una alegría inmensa. Sería suya. Tenía que ser suya.

Cuando terminaron de besarse, él se sintió aliviado, porque Morrigan estaba sin aliento. Entonces, al verla bien, advirtió que en sus ojos había una mirada extraña, casi como si estuviera intentando no llorar.

– Kegan, tengo que decirte una cosa.

Él sintió una punzada dolorosa de preocupación en el pecho, pero intentó sonreír.

– ¿De qué se trata, mi fuego?

– Sabes que me parezco mucho a Myrna, ¿verdad?

Kegan asintió.

– Sí, pero ya te he explicado que en realidad no me importaba mucho.

– Lo sé. No se trata de eso. En Oklahoma había alguien que se parecía tanto a ti como yo me parezco a Myrna.

Él tuvo la sensación de que le habían dado un puñetazo en el estómago.

– No lo entiendo.

– Yo tampoco lo entiendo muy bien.

– Pero… tú me dijiste que en tu mundo no hay centauros.

– No los hay. Kyle se parece a ti en tu forma humana. Es exactamente igual que tú.

Él comprendió la verdad.

– Querías a ese hombre.

Ella se ruborizó.

– No, no lo quería. No lo conocía tan bien como para eso.

– Pero estabas conectada a él.

– Probablemente, tanto como tú estabas conectado a Myrna.

Kegan soltó un resoplido.

Morrigan arqueó las cejas.

– Oh, así que había más de lo que has admitido entre Myrna y tú.

– No estamos hablando de lady Myrna. Estamos hablando de Kyle.

– Mira, creo que los dos estamos más que un poco celosos.

Kegan gruñó, como si estuviera dispuesto a admitirlo.

– Pero las relaciones con Myrna y Kyle no son lo que me inquieta. Lo que me asusta es el hecho de que murieran los dos el mismo día.

Kegan se quedó helado.

– ¿Kyle está muerto?

– Murió el mismo día que Myrna -repitió Morrigan, y él notó que estaba temblando-. Ese también fue el día en que Adsagsona me trajo desde Oklahoma al Reino de los Sidethas.

Kegan se sentía completamente aturdido. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Entonces, como si de veras estuviera en mitad de un sueño, oyó una voz desesperada.

– ¡Morrigan! ¡Kegan!

Morrigan salió del abrazo de Kegan.

– ¿Birkita?

La anciana Sacerdotisa se acercaba apresuradamente a la pequeña colina. Corriendo llegó hasta ellos, con la respiración entrecortada, temblando tanto que Morrigan tuvo que sujetarla para que no se cayera.

– Birkita, ¿qué ocurre? -preguntó Morrigan.

– Kai…

– ¡Kai! ¿Qué ha pasado? -preguntó Kegan.

– Ha tenido un accidente -dijo Birkita-. Debes venir corriendo, Kegan. Creo que se está muriendo.

<p id="_Toc287304556">Capítulo 19</p>

– ¿Estás seguro de que puedes llevarnos a las dos? -preguntó Morrigan mientras Kegan colocaba a Birkita a su espalda, detrás de ella.

– Por supuesto. Ni siquiera las dos a la vez sois demasiado pesadas para mí. Agarraos fuerte. Voy a cabalgar con rapidez.

Kegan le apretó la mano antes de bajar de la loma, y después comenzó a correr a tal velocidad que Morrigan no pudo hacerle más preguntas a Birkita. Birkita había dicho muy pocas cosas; en realidad, no había podido informarlos de nada, porque no había tenido tiempo de recuperar el aliento antes de que se pusieran en marcha. Kegan las había subido a su lomo en cuanto había percibido la gravedad de la situación. Morrigan se aferró a su torso e intentó, sin éxito, no sentirse como si la persiguiera una nube negra de muerte.

Kegan se detuvo junto a la entrada de las Cuevas. Allí los esperaba Perth, lo cual, para Morrigan, no fue una buena señal.

– Explícame lo que ha ocurrido -le dijo Kegan mientras bajaba a Birkita de su espalda. Cuando Perth abrió la boca para contárselo, Kegan dijo-: Habla mientras nos conduces hasta él.

Morrigan observó al centauro con atención mientras pasaba el brazo alrededor de la cintura de Birkita para darle apoyo a la anciana mientras seguían a Perth. Había visto a Kegan en actitud de flirteo, bromista, romántico y sexy. Aquélla era la primera vez que veía otra faceta suya, una faceta que se hacía cargo del mando con facilidad, con un liderazgo calmado en un momento de crisis.

Perth comenzó a explicar el accidente que había sufrido Kai mientras recorrían los túneles rápidamente.

– Han encontrado al Maestro de la Piedra en la sala del ónice. Debía de trepar para extraer una pieza de la piedra, y cayó. Está casi inconsciente, pero no permite que nadie lo mueva hasta que haya hablado con vos.

– La sala de ónice. Está cerca de donde yo lo he visto hoy -dijo Morrigan.

– ¿Has estado con Kai hoy? -preguntó Kegan.

– Sí, cuando estaba explorando las Cuevas. Estaba en la sala del mármol, con la piedra que tú tienes que tallar para la escultura de la tumba de Myrna.

– Entonces, encontró la piedra.

– Sí, y estaba bien cuando yo lo dejé.

Kegan la miró con extrañeza.

– Por supuesto que sí -dijo. Después se volvió de nuevo hacia Perth-. ¿Qué heridas tiene?

– Se ha golpeado la cabeza y tiene la pierna rota. Pero una de las piedras de ónice lo ha destripado.

– ¿Sobrevivirá? -preguntó Kegan.

– Creo que su insistencia en que nadie lo mueva hasta que tú estés allí responde esa pregunta.

Morrigan vio que a Kegan se le tensaba la mandíbula.

– ¡Más deprisa! -ordenó, y Perth y él echaron a correr.

Birkita no podía seguir su ritmo, así que Morrigan se quedó atrás para acompañar a la Sacerdotisa. Tenía un nudo frío en el estómago, pero intentó expresar con palabras el miedo sin nombre que la atenazaba.

– Birkita, ¿a qué se refería Perth cuando ha dicho que el hecho de que Kai llamara a Kegan respondía a la pregunta de si iba a sobrevivir o no?

Birkita habló entre jadeos.

– Kegan puede ayudar a Kai a pasar al Otro Mundo.

Morrigan quería hacerle más preguntas a Birkita, pero ya habían llegado a la entrada de la sala de ónice. Birkita precedió a Morrigan hacia el interior, que estaba atestado de gente. Todo el mundo se había arremolinado alrededor de la pared que tenía las piedras más grandes y más afiladas de todas. Morrigan tomó de la mano a Birkita y las dos juntas se aproximaron al grupo.

Morrigan estaba respirando profundamente para mantener la calma, cuando el olor la asaltó. Era el olor espeso y metálico de la sangre fresca, mezclado con otro repugnante, como de diarrea. Morrigan, entre náuseas, comenzó a respirar por la boca, mientras intentaba atisbar a Kai por encima de las cabezas de la gente. Se dio cuenta de que había unos picos de ónice que estaban húmedos, y sintió el sabor de la bilis. Si no hubiera estado agarrada a la mano de Birkita, habría salido corriendo de la sala.

«Valor… el Maestro de la Piedra ha encontrado su destino, simplemente…». Aquellas palabras resonaron en su mente casi al mismo tiempo que Birkita le susurraba:

– Animo, hija.

Morrigan apartó la mirada de las piedras manchadas de sangre, y la primera persona a la que vio realmente fue Shayla. La Señora de los Sidethas estaba inmóvil, con la espalda pegada a la pared de ónice, con las mejillas llenas de lágrimas mientras miraba al hombre que yacía a sus pies. Morrigan sintió pena por ella. Shayla estaba devastada. Tal vez amara de verdad a Kai. Entonces, vio a Kegan. Estaba de rodillas, inclinado sobre Kai, y a su lado había una mujer que a Morrigan le resultaba vagamente familiar. Debía de ser la Sanadora de los Sidethas. Junto a ellos había dos mujeres más jóvenes que le entregaban los instrumentos y las vendas cuando la doctora se los pedía. Por fin, Morrigan permitió que su mirada descendiera más.

Kai estaba tendido boca arriba, con la cabeza vendada y el cuerpo cubierto con una manta. Tanto la venda de la cabeza como la manta estaban manchadas de sangre, y Kai estaba pálido. Lo que era peor, estaba de color grisáceo y tenía los labios abiertos. Respiraba entrecortadamente, y sus ojos estaban cerrados.

Morrigan observó que Kegan lo tomaba de la mano. El centauro inclinó la cabeza sobre el Maestro de la Piedra y comenzó a pronunciar unas palabras que parecían el mismo lenguaje que había usado para invocar el Cambio. Entonces, Kai abrió de repente los ojos. Morrigan se asombró al oír que su voz tenía un sonido normal.

– Todavía no. Todavía no, amigo mío.

Kegan interrumpió su cántico al instante, y se acercó más a Kai.

– Me has pedido que viniera. Cuando estés preparado para comenzar tu viaje a las praderas de Epona, sólo tienes que asentir. Yo te guiaré, mi viejo amigo.

– Tienes que escucharme, Kegan.

– Estoy a tu lado, Kai.

– Ella está contaminada por la oscuridad.

Morrigan sintió las palabras de Kai como si fueran un cuchillo que le atravesaba el pecho. Se soltó de la mano de Birkita y dio un paso hacia delante.

– Kai, no lo entiendo, ¿quién está contaminada por la oscuridad?

Kai miró a su alrededor hasta que encontró a Morrigan.

– ¡Ella!

Su grito sonó extrañamente fuerte, y Morrigan se estremeció.

– La Portadora de la Luz lleva la oscuridad dentro.

Morrigan comenzó a negar con la cabeza. Sabía que Kegan la estaba mirando con asombro, y sabía que la multitud estaba murmurando sobre ella. Sin embargo, sólo podía mirar a Kai.

– ¡No! ¡Yo no! No soy como ella. Mi abuelo me dijo que no soy como ella. Yo no estoy llena de oscuridad.

– Eres tan joven… -dijo el Maestro de la Piedra compasivamente, con el rostro crispado de dolor-. Tu ego te ciega. Pero la oscuridad está allí -siguió diciendo Kai, y con la mano ensangrentada, señaló a Morrigan-. Deberías volver al lugar del que has venido, y llevarte la oscuridad contigo.

«El dolor lo engaña. No permitas que robe tu derecho de nacimiento».

– ¡No! -exclamó Morrigan-. Yo soy la Portadora de la Luz. Mi sitio está aquí -dijo, y comenzó a retroceder, a alejarse de Kai.

– Debes quedarte, Sacerdotisa -le dijo Birkita con firmeza-. Tu tarea es ayudar al Maestro de la Piedra en su viaje hacia las praderas de Epona, junto al Sumo Chamán.

– Ayúdalo tú. Él piensa que tengo que marcharme -replicó Morrigan.

Entonces, se zafó de la mano de Birkita y salió corriendo de la sala. No miró atrás. No podía. No quería ver la duda y el disgusto en la cara de Kegan, y la decepción en la de Birkita.

Morrigan no tenía ni idea de adónde iba. La verdad era que no le importaba. Lo único que sabía era que tenía que alejarse de su mirada, de la de Kai, de la de Kegan, de la de Birkita, de la de Shayla. De la de todos.

Seguramente, debería salir de la cueva para respirar aire puro. Sin embargo, cuando recuperó la calma se encontró en su propia habitación. Se acurrucó en la cama y se agarró las rodillas con las manos temblorosas. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Qué le había pasado a Kai?

Brina apartó con la nariz la cortina de cuero de la entrada y subió a la cama de un salto. Con un sollozo de alivio, Morrigan la abrazó.

– Yo no he tenido nada que ver con la muerte de Kai. Ni siquiera estaba en las Cuevas.

«Coraje, preciosa…».

– ¡No! -exclamó ella, y en un gesto inútil, se tapó los oídos con las manos-. ¡No quiero oír más voces! No quiero tener que preguntarme si estoy oyendo a una diosa o a un demonio. ¿No puedes dejarme en paz para que encaje en algún sitio? ¿No puedes dejar que sea normal, para variar?

Brina le acarició la cara con la nariz, y Morrigan se dio cuenta de que tenía las mejillas húmedas. Se las secó con una esquina del vestido. ¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Se volvería contra ella Birkita? ¿Y Kegan? Morrigan le dio un beso a Brina y apoyó la mejilla contra el calor del lince.

– Él dijo que estaba hecho para amarme. Me pregunto si sigue pensando lo mismo -susurró. Y, durante un instante, también se preguntó si podría encontrar el camino de vuelta a Oklahoma a través de la piedra de cristal.

Poco a poco, el agotamiento fue venciendo a Morrigan, y con Brina acurrucada a su lado, se quedó dormida.

Soñó que había vuelto a Oklahoma. Era uno de aquellos días de otoño que a ella siempre le habían encantado, porque el calor asfixiante del verano dejaba paso a la brisa fresca del norte. Las hojas del enorme roble del jardín empezaban a cambiar de color. Morrigan estaba sentada en una de las sillas de metal que había en el patio, con un vaso de té dulce de la abuela. Respiró profundamente y percibió el olor de las asclepias del abuelo. ¡Era tan maravilloso estar en casa!

«Huir no es la respuesta, hija».

Morrigan miró a su derecha. Estaba sentada en una de las otras dos sillas de metal. Lo primero que pensó Morrigan fue que era increíblemente bella. Lo segundo, era que nunca hubiera confundido a Rhiannon con Shannon. Las dos mujeres tenían la misma figura y la misma cara, pero ella nunca había visto aquella expresión en los cientos de fotografías de Shannon que le habían enseñado sus abuelos, aquella mezcla de tristeza y ternura.

– Eres mi madre.

La sonrisa de Rhiannon fue de alegría, pero tenía los ojos llenos de lágrimas.

– Sí, soy yo.

– ¿Es cierto esto? ¿Estás en mi sueño, o eres una invención mía?

– Algunas veces, nuestros sueños son la parte más real de nuestra vida.

– Eso no parece ni un «sí» ni un «no».

– Las cosas más importantes de la vida no se pueden responder con un «sí» o un «no». Son más complicadas.

– Dímelo a mí. En este momento, mi vida es tan complicada que ni siquiera la entiendo, y no sé qué hacer al respecto.

– Sabrás lo que tienes que hacer. Cuando llegue el momento de hacer una elección, entenderás lo que debes hacer -dijo Rhiannon.

– ¿Qué significa eso? ¿No puedes ayudarme de verdad? ¿No puedes decirme lo que tengo que hacer?

– Yo no puedo tomar decisiones por ti. Nadie puede hacerlo. Sin embargo, puedo decirte que la experiencia me ha enseñado que las decisiones tomadas por emociones negativas como la ira, los celos o el miedo son equivocaciones. En vez de eso, confía en el amor, en la lealtad y en el honor. Confía en ti misma, hija, y encontrarás a la diosa en tu interior. Ella te guiará hacia la verdad.

– ¿Y tú no puedes ayudarme?

– Yo siempre te he ayudado, Morrigan -dijo Rhiannon, y le acarició la mejilla a su hija-. Y siempre lo haré…

El cuerpo de Rhiannon comenzó a desvanecerse.

– ¡No, espera! ¡Tengo un millón de preguntas que hacerte!

Rhiannon sonrió.

– Confía en el amor, y recuerda que huir no es la respuesta. No lo fue para mí, y no lo es para ti.


Morrigan abrió los ojos y, automáticamente, posó los dedos en la pared de la cueva.

– Encendeos, por favor.

«¡Te oímos, Portadora de la Luz!».

Cuando se iluminaron las estalactitas, Morrigan se tumbó boca arriba y comenzó a acariciar al lince, que seguía acurrucada a su lado, mientras observaba la belleza que ella misma era capaz de invocar. ¿Podría hacer algo así si estuviera poseída por el mal? No, no lo creía. Tenía la esperanza de que no fuera cierto. Morrigan pensó en su sueño. Le había parecido absolutamente real, pero no estaba en Oklahoma. ¿Significaba eso que su madre tampoco estaba allí?

Para ella, la salida más fácil sería volver junto a la piedra de selenita e intentar hallar la forma de volver a Oklahoma.

«Huir no es la respuesta, hija». Aquellas palabras no se las susurró el viento, ni aparecieron en su mente. Provenían de su memoria. Así pues, si huir no era la respuesta, ¿cuál era? Rhiannon, o su subconsciente, o fuera lo que fuera, le había dicho que no tomara decisiones basadas en emociones negativas, sino que confiara en el amor, en la lealtad y en el honor. Sin embargo, era más fácil decir aquello que hacerlo.

Aunque tal vez no fuera tan difícil. Debería confiar en el amor. Si Kegan sentía de verdad algo por ella, si de verdad estaban hechos el uno para el otro, entonces él sería el amor en el que iba a confiar. Era un Sumo Chamán, y podría darle un buen consejo sobre lo que estaba ocurriendo.

La lealtad estaba representada por Birkita. Como la abuela, Birkita era completamente leal, aunque aquello no fuera siempre algo bueno. Morrigan se prometió a sí misma que, si Birkita todavía quería tener algo que ver con ella, dejaría de enfadarse cuando la Sacerdotisa le dijera algo que no quería escuchar. Escucharía a Birkita. Elegiría la lealtad por encima de la ira. Y elegiría el amor por encima del miedo. Si ellos dos se lo permitían.

Morrigan pensó en el honor. Si las otras dos emociones estaban simbolizadas por dos personas, entonces sería lógico pensar que el honor también lo estaba. Bueno, el abuelo no estaba allí, así que él no podía llenar aquel hueco. Desafortunadamente, Morrigan pensó en Kai. Hasta que la había tocado y había empezado a decir cosas horribles sobre ella, Morrigan habría pensado que él representaba el honor. Estupendo. ¿Y si era él, y ahora estaba muerto?

Morrigan escondió la cara contra el costado de Brina, intentando calmarse con la presencia cálida del felino.

Miedo… no. Iba a elegir el amor, no el miedo. Se concentró en Kegan, pero no pensó en la última vez que lo había visto, arrodillado junto a Kai, y mirándola con los ojos muy abiertos y una expresión indescifrable. Pensó en cómo lo había visto cuando hacían el amor, y en lo nervioso y vulnerable que estaba. Morrigan había tenido la impresión de que estaba muy enamorado. Distraídamente, pasó el brazo por encima de la cabeza y posó la mano en la pared de la cueva. Con todas las cosas que habían ocurrido desde aquel momento, ni siquiera había tenido ocasión de pensar en Kegan, ni tampoco en el sexo.

¡Ya no era virgen! Y todo había sido… Morrigan suspiró. Kegan había estado asombroso. Ojalá estuviera con ella en aquel momento, y que no hubiera ocurrido aquel accidente espantoso. Quería verlo, estar a su lado, que él le asegurara que todo lo que le había dicho era cierto. Que de verdad estaban hechos el uno para el otro.

«El Maestro Escultor está en su aposento».

Las palabras le llegaron de los cristales, a través de los dedos, y entraron en su alma. Morrigan parpadeó de la sorpresa, y se incorporó bruscamente. Apretó las manos con firmeza en la pared y preguntó:

– ¿Podéis guiarme hasta Kegan?

«¡Sí, Portadora de la Luz!».

Con un cosquilleo de nerviosismo en el estómago, ella dijo:

– Entonces, llevadme a verlo, por favor.

<p id="_Toc287304557">Capítulo 20</p>

Era tarde y, afortunadamente, Morrigan se encontró con pocas personas mientras los cristales la guiaban por el laberinto de túneles. No supo si la miraban, ni cómo lo hacían; mantuvo los ojos fijos en las paredes de la cueva. Llegó hasta la parte de las cuevas que estaba reservada para los huéspedes, moviéndose rápida y silenciosamente hasta que el hilo de luz de los cristales terminó, junto a una gruesa cortina de cuero que tapaba una puerta arqueada. Morrigan vaciló. Ahora que estaba allí, no sabía qué hacer. Y tenía un nudo en el estómago.

Hubiera sido mejor si hubiera podido tocar la puerta, o llamar al timbre. Y mucho mejor todavía si hubiera podido enviarle un mensaje a través del móvil. Sin embargo, ninguna de aquellas dos cosas era posible. Tendría que llamarlo, decir algo. ¿Y si él le gritaba y le decía que se fuera? Eso sería horrible. Bueno, lo único que podía hacer era entrar. Morrigan apartó la cortina y asomó la cabeza por la puerta.

Sólo había un brasero encendido en toda la cámara, y la única columna de mármol en bruto que se erguía con imponencia en mitad del espacio absorbía su luz, de manera que su superficie parecía luminosa. Morrigan reconoció aquel mármol al instante; era la piedra que Kai había seleccionado para la tumba de Myrna.

Kegan estaba de espaldas a ella y de frente al mármol. Tenía las manos apoyadas en la piedra, y la cabeza inclinada, y los hombros hundidos, como si estuviera soportando un gran peso. Morrigan entró silenciosamente en la habitación, sin saber si debía carraspear o tan sólo pronunciar su nombre.

– Sé que estás ahí -dijo Kegan, sin mirarla. Su voz sonó ahogada, ronca.

Morrigan dio un respingo.

– No quería espiarte, ni nada. Es que… No sabía si querrías verme, así que he entrado porque no quería oírte diciendo que me fuera.

Kegan se irguió. Lentamente, apartó las manos del mármol y se volvió hacia ella. Morrigan se dio cuenta enseguida de que había llorado, y automáticamente se dirigió hacia él con una mano extendida. Sin embargo, como no era capaz de descifrar la expresión de su rostro, se detuvo antes de tocarlo y bajó el brazo.

– ¿Acaso no has creído nada de lo que te he dicho hoy?

Las palabras de Kegan le dieron un poco de esperanza, pero su expresión era tan remota que ella no sabía si tocarlo.

– Creo que entonces lo decías de verdad, pero después de todo lo que ha pasado, no sé si sigues pensando lo mismo.

– Kai ha muerto.

Aquellas palabras oprimieron a Morrigan como si tuvieran peso de verdad.

– Lo siento muchísimo, Kegan.

– ¿Sabes por qué estaba llorando?

– Porque estás muy triste por Kai… -dijo ella, y después miró la columna de mármol-. Y también por Myrna.

– Estaba llorando porque, cuando he tocado el mármol y he visto la imagen de lady Myrna en su interior, me ha recordado a ti, y no podía soportar que hubieras huido de mí.

– Yo no he huido de ti. He huido de lo que Kai estaba diciendo sobre mí.

– Tendrías que haberte quedado. Podríamos haberlo soportado juntos.

– ¿Pero tú no piensas que soy mala? -preguntó Morrigan, temblando.

– Por supuesto que no -respondió él con enfado-. ¿Cómo puedes pensar que yo creo eso?

– ¿Y lo que dijo Kai?

– A lo mejor deberías contarme lo que ocurrió entre vosotros dos hoy.

Morrigan miró a Kegan a los ojos, y tomó una decisión: confiaría en el amor.

– Creo que lo que tengo que hacer es contártelo todo, y así, a lo mejor, podrás ayudarme a entender lo que nos pasó a Kai y a mí hoy.

– Primero ven aquí, mi amor. Si no te acaricio pronto, me voy a volver loco.

Con un sollozo, Morrigan se lanzó a sus brazos, y se vio envuelta en su calor y su olor. Amarlo no arreglaba las cosas, no cambiaba las cosas. Se estrechó contra él para protegerse en su solidez. Y, por primera vez, empezó a creer de verdad que estaban hechos el uno para el otro. Kegan le besó la cabeza, y ella sintió su respiración cálida en la piel cuando él empezó a hablar.

– Si la diosa nos hizo el uno para el otro, eso significa que uno de los dos no puede salir corriendo cada vez que las cosas se pongan difíciles.

– Bueno, el hecho de que yo esté llena de oscuridad no es precisamente lo mismo que el síndrome premenstrual.

– ¿El síndrome premenstrual?

Morrigan se echó a reír contra su pecho.

– No importa. Digamos que el mal absoluto y el mal humor no son exactamente lo mismo.

– Tú no estás llena de oscuridad, y yo ya sé que puedes ser muy gruñona.

Morrigan alzó la cabeza para poder verlo.

– No soy gruñona, ¿y cómo sabes que no estoy llena de oscuridad?

Kegan le tomó la cara entre las manos.

– Estás llena de luz, Morrigan, no de oscuridad.

Morrigan lo miró a los ojos. Quería creer lo que él le decía. Y tal vez pudiera creerlo, pero sólo después de que Kegan supiera toda la verdad.

– Necesito que nos sentemos, y te contaré toda la verdad sobre mí. Toda.

Él no hizo ninguna broma, ni intentó quitarle importancia a lo que ella había dicho. Asintió solemnemente y la besó. Después señaló las sillas que había en la habitación, con un gesto de la cabeza, y dijo:

– Siéntate en la que quieras. Yo prefiero pasearme.

– ¿Vas a pasearte de un lado a otro?

– Pienso mejor cuando me estoy moviendo. Ya te acostumbrarás.

Kegan le sirvió una copa de agua y se la entregó. Ella bebió con ganas, y se dio cuenta de lo seca que tenía la boca. Después, carraspeó y comenzó a contar su historia.

– Primero quiero que sepas que he detestado tener que mentir, y que he contado la verdad hasta donde me ha sido posible.

– Parece que te has visto obligada a mentir.

– Creo que sí. Incluso Birkita pensaba que era lo único que podíamos hacer, y yo estaba de acuerdo con ella.

– ¿Birkita sabe la verdad?

– Casi toda la verdad.

– Cuéntamela -dijo Kegan.

Así que Morrigan se lo contó todo, desde su nacimiento hasta el día en que descubrió sus poderes en las Cuevas de Alabastro. Le dijo la verdad sobre su padre y su madre, y sobre sus abuelos, que no eran en realidad sus abuelos, y le contó que ellos le habían dicho la verdad sobre todo aquello la misma noche en que ella se había asustado y se había escapado a las cuevas. Ésa fue una de las dos veces que él la interrumpió.

– ¡Por el Cáliz Sagrado! Entonces tú eres de verdad la hija de la Elegida de Epona.

A Morrigan le pareció que él se había quedado muy pálido, pero asintió.

– Sí. Soy hija de Rhiannon MacCallan. De la verdadera Rhiannon MacCallan.

Él se inclinó sobre la mesa de la habitación y se sirvió un poco de vino con las manos temblorosas. Cuando la miró de nuevo, parecía que estaba muy impresionado, pero sonrió, y volvió a hablar con una voz tan llena de alegría que consiguió, por un instante, ahuyentar el horror de lo que había sucedido aquel día.

– Fui creado para amarte, Morrigan MacCallan, Suma Sacerdotisa y Elegida de la Diosa -dijo.

Después echó la cabeza hacia atrás y rió con ganas.

– ¿Qué es lo que te parece tan divertido?

Él se acercó a ella y la besó.

– Yo soy lo divertido. Algún día te contaré las cosas tan ridículas que decía antes de conocerte, y te doy mi palabra de que te permitiré que me reprendas por ellas, incluso cuando seamos viejos.

– No entiendo nada de lo que dices -respondió Morrigan, pero sonrió sin poder evitarlo mientras continuaba contándole su historia.

Con el eco de las palabras de su madre en la cabeza, le explicó aquella noche final. Le contó cómo había hecho que los espíritus de los cristales se alumbraran, y que Kyle la había encontrado en aquel momento, y le habló de la pasión que habían descubierto juntos. Hasta que sus abuelos, y más concretamente su abuelo, los habían interrumpido.

En aquel momento, Kegan dejó de pasearse de un lado a otro y volvió a intervenir.

– Creo que me caería muy bien tu abuelo -dijo.

– Bueno, él aprecia mucho a los buenos caballos -respondió Morrigan.

Kegan resopló.

– De todos modos, poco después de que llegaran mis abuelos, hubo un derrumbe en las cuevas.

– Ese derrumbe… ¡así es como murió Kyle! ¿Y tus abuelos? ¿Murieron también?

– No, no, no creo -respondió Morrigan, agarrándose las manos en el regazo, con fuerza. Había empezado a temblar. No podía pensar en aquello-. Mis abuelos no murieron. Salieron. Yo los obligué a que salieran. Ellos pensaban que yo los estaba siguiendo, pero no lo hice. Sabía que no podía salir de la cueva así -dijo. Entonces alzó la vista y miró a Kegan a los ojos-. Kyle, en cambio, no quiso dejarme. Intenté mandarlo al exterior, pero no me hizo caso. Murió por mi culpa.

– Fue decisión suya, Morrigan, no tuya -replicó Kegan.

– Prométeme que tú nunca tomarás una decisión parecida.

– No pienso hacer semejante promesa.

– ¡Prométemelo! -le gritó ella-. Kyle murió por mi culpa. Myrna murió ese mismo día. Kai ha muerto hoy. No creo que pueda soportar el hecho de ir dejando un rastro de muerte allá por donde pase. Entonces sí huiría, me marcharía muy lejos, donde no pudiera ser la causa de más muertes.

Entonces, él se acercó a ella y la tomó de la mano.

– ¿Te acuerdas de que te he dicho que Epona crea compañeros centauros para las Sumas Sacerdotisas? Y tú crees que yo fui hecho para ti, ¿verdad?

Morrigan asintió.

– Una Suma Sacerdotisa necesita un compañero centauro porque quien esté a su lado tiene que ser más que un hombre -añadió él, y le lanzó una sonrisa deslumbrante-. ¿No te he demostrado ya que soy mucho más que un hombre? No te vas a poder librar de mí tan fácilmente.

Ella sonrió.

– Sólo prométeme que serás listo y prudente. No eres Lobezno, ni tampoco Seabiscuit.

Kegan frunció el ceño con desconcierto.

– Son más palabras de Oklahoma. Te las explicaré más tarde. Bueno, como te decía, cuando Kyle quedó sepultado bajo un montón de piedras del techo, yo creí que iba a morir también. Entonces oí una voz femenina, que me decía que entrara al cristal, y yo obedecí. Cuando salí de la piedra, estaba con Birkita en Usgaran.

– ¿Fue la voz de Adsagsona la que te dijo que entraras en el cristal?

– No -respondió Morrigan-. Fue la voz de mi madre. Sólo estoy segura de haber oído la voz de Adsagsona una vez, y fue en el ritual de la luna nueva que se celebró el día que llegasteis Kai y tú. Habló en voz alta, y todo el mundo la oyó.

– Pero tú has dicho que oyes una voz en la mente, muy a menudo.

– Sí, y otras en el viento, también. Pero ninguna se parece a la que oí en Usgaran, y no puedo estar completamente segura de que sea Adsagsona la que habla conmigo -dijo Morrigan. Después hizo una pausa, respiró profundamente y añadió-: Kegan, tal vez Kai tenga razón. Puede que las voces que oigo sean todas de Pryderi.

– ¡No! -Kegan dibujó un símbolo muy complicado en el aire, con el puño, y pronunció una serie de palabras ininteligibles que chisporrotearon de poder contra el cuerpo de Morrigan-. No pronunciamos el nombre de la criatura. Llámalo la Triple Cara de la Oscuridad si tienes que referirte a él, pero no digas su nombre. Hay demasiado poder en él.

Morrigan se estremeció.

– ¿Cómo sabemos que Kai no tenía razón?

Kegan comenzó a pasearse de nuevo.

– Tu abuelo te explicó que lady Rhiannon se había contaminado con los susurros oscuros que escuchó, ¿verdad?

– Sí. Hizo cosas muy malas, como escaparse de este mundo cuando estaba a punto de suceder una guerra con unos demonios.

– ¿Conocía de antemano la Guerra Fomoriana?

– Sí -dijo Morrigan con tristeza.

– Tú no harías eso.

– ¿El qué?

– Escaparte del Reino de los Sidethas si lo amenazara un invasor. Tú te quedarías a luchar por tu pueblo.

Morrigan sintió esperanza al oír aquello.

– Yo no me marcharía. Sé que no me marcharía.

– Y por eso, puedes saber que no te ha contaminado ningún dios malvado.

– ¿Sólo porque he dicho que no saldría corriendo si aparecieran unos monstruos horribles y nos atacaran? ¡Demonios, Kegan! Para mí es muy fácil decirlo.

Él sonrió.

– Sin embargo, lo que dices es la verdad. Y ésa no es la única prueba. La prueba está en tu comportamiento, en tus acciones. Morrigan, escúchame con atención. Tu comportamiento no es malvado. El de tu madre sí lo fue, por lo menos, antes de que rechazara la oscuridad y se reconciliara con Epona.

– De acuerdo, eso sí tiene sentido. Pero de todos modos, no sabemos de quiénes son las voces que oigo.

Kegan volvió a pasearse.

– Tú no lo has mencionado, pero tal vez podamos catalogar esas voces si nos remontamos a tu ritual de ascensión. Dices que sólo has oído una vez la voz de Adsagsona, pero la diosa tuvo que hablarte cuando te comprometiste a entrar a su servicio.

– Yo no he tenido ninguna ceremonia de ascensión. Ni siquiera sé lo que es eso.

Morrigan tuvo la sensación de que Kegan la miraba como si se hubiera vuelto loca.

– Has cruzado la División entre un mundo y otro. Eres la hija de una gran sacerdotisa. Eres la primera Portadora de la Luz que tiene el Reino de los Sidethas en más de tres generaciones. ¿Y todo eso, sin haberte puesto al servicio de tu diosa?

– Eh… pues sí -dijo Morrigan, que se sentía un poco tonta.

Kegan se acercó a ella y le acarició la mejilla. Tenía una sonrisa de ternura, aunque también tenía una expresión preocupada.

– Mi amor, eres la persona más asombrosa que he conocido. ¿Cómo es que nunca has celebrado un ritual de ascensión?

– En mi antiguo mundo no existen. O por lo menos, si existen, mis abuelos no los conocen. No es que no honremos a Epona. Mi abuela se asegura de que lo hagamos -dijo Morrigan con una sonrisa-. ¿Te había dicho que Birkita y ella son reflejo la una de la otra?

Kegan sonrió.

– No me sorprende -respondió, y le besó la frente-. Pero honrar a los dioses y ponerte a su servicio a través de un ritual de ascensión son cosas distintas.

– Entonces, ¿qué hago?

– Debes comprometerte con Adsagsona, aceptar a tu diosa y rechazar el servicio a cualquier otro dios.

– En concreto, a cualquier dios con tres caras.

– Exacto.

– ¿Y si ese dios oscuro me ha estado persiguiendo?

– Entonces, durante la ceremonia se dará a conocer a ti e intentará convencerte para que te entregues a él antes de que te comprometas con Adsagsona. Después de que te pongas al servicio de tu diosa, él ya no podrá hacer nada, porque a menos que renunciaras a ella, le pertenecerás a Adsagsona para toda la eternidad.

Morrigan volvió a respirar profundamente e intentó sonreír con valentía, pese a que tenía un nudo en el estómago.

– Entonces, parece que tenemos que organizar una ceremonia de ascensión.

<p id="_Toc287304558">Capítulo 21</p>

– Me duele mucho el estómago -dijo Morrigan.

– Respira hondo, todo va a ir bien -dijo Kegan, y le pasó el brazo por los hombros mientras caminaba a su lado en dirección a Usgaran.

– ¿Y si está enfadada conmigo?

– ¿Tal y como pensabas que estaba yo?

– Sí -respondió Morrigan, pasando por alto la ironía de su tono de voz-. O peor.

– Morrigan, tienes que confiar más en aquéllos que te quieren.

– No es que no confíe en vosotros. Lo que me preocupa es mi capacidad para estropearlo todo.

Él le dio un beso en la cabeza.

– Te preocupas demasiado.

– Sí, bueno, espera a que llevemos unos años juntos. Tendrás más respeto por mi capacidad de estropearlo todo.

– Me gusta cómo suena eso -dijo él.

– ¿El qué? ¿Mi capacidad de estropear las cosas?

– No. El hecho de que pasar años juntos. Además, seguramente yo también tendré cosas que a ti no te gustarán -afirmó, y le lanzó una sonrisa de picardía-. Aunque no muchas.

Morrigan arqueó una ceja.

– Ya sé que te encanta flirtear -le dijo. Al ver que él abría unos ojos como platos y fingía una gran inocencia, Morrigan puso los ojos en blanco-: Incluso Birkita me dijo que eres un granuja.

– ¿Birkita me llamó eso? -preguntó Kegan, intentando no sonreír.

– Sí. Aunque yo no necesitaba que me lo dijera.

Él suspiró.

– Habladurías feas y exageraciones.

– Oh, por favor. Lo que tú digas. Sin embargo, has de saber que en Oklahoma, las mujeres modernas no toleran que sus hombres vayan por ahí persiguiendo a otras.

Él sonrió.

– Yo nunca he tenido que perseguir a nadie.

Morrigan le devolvió la sonrisa.

– Muy bien, lo diré de otro modo. Según mi abuela, donde las dan las toman. En otras palabras, si tú no quieres que yo flirtee con otros hombres, o centauros, o lo que sea, te sugiero que te acuerdes de no flirtear con ninguna mujer, o mujer centauro, o lo que sea.

– Nunca te daré razones para dudar de mi fidelidad -rezongó él.

– Muy bien. Lo mismo digo -repuso Morrigan con petulancia.

Entonces advirtió que ya habían llegado a Usgaran. La sonrisa burlona se le borró de los labios y se detuvo en seco al ver que la sala estaba llena de artesanos y Sacerdotisas. Se dio cuenta inmediatamente de que todo el mundo estaba mucho más callado de lo normal. No había charlas agradables, y en el ambiente reinaba la tristeza. Birkita estaba sentada cerca del Cristal Sagrado, que estaba oscuro. En el regazo tenía un trozo de tela que estaba bordando con hilo de plata, pero tenía los ojos clavados en la piedra. A Morrigan le pareció que estaba más pálida de lo normal, y además, tenía ojeras. «Por mi culpa», pensó.

Se prometió que, cuando se aclarara la muerte de Kai y terminara su ceremonia de ascensión, iba a obligar a Birkita a no hacer otra cosa que dormir y descansar. Morrigan le serviría a ella, para variar, aunque la anciana protestara.

Entonces, Birkita alzó la vista, y sus miradas se encontraron. Morrigan intentó leer lo que veía en sus ojos, pero sólo distinguió el cansancio de la Sacerdotisa.

– Ve con ella -le susurró Kegan.

Morrigan asintió. Mientras caminaba hacia Birkita, todos estaban observándola, pero ella no se inmutó. Sólo miró hacia la mujer que era el reflejo de su abuela. Se encontraron en medio de la sala.

– Kegan me ha dicho que Kai ha muerto. Lo siento mucho. Sé que erais amigos.

Birkita sonrió con cansancio, pero también con calidez.

– Gracias, hija. Fui a tu habitación después de ungir su cuerpo. Debería haberme dado cuenta de que estarías con Kegan -dijo. Miró más allá de Morrigan e incluyó al centauro en su sonrisa.

– Entonces, ¿no estás enfadada conmigo?

– ¿Enfadada contigo, Portadora de la Luz? ¿Por qué? -preguntó Birkita, elevando la voz para que todos pudieran oírla-. ¿Por las alucinaciones de un moribundo, que estaba sufriendo tanto dolor que veía la oscuridad en todas partes? ¡Claro que no!

Morrigan no pudo contenerse, y la abrazó con fuerza.

– ¡Oh, gracias! -le susurró al oído.

Birkita correspondió a su abrazo, y después, se separó de ella suavemente.

– Y ahora, ¿quieres que nos retiremos a tu dormitorio a hablar de cuándo vas a celebrar el funeral de Kai?

– No, yo… -comenzó a decir Morrigan.

– ¡No!

Shayla entró en la sala gritando, rodeó a Kegan y se acercó a las dos mujeres. Habló con Birkita sin mirar a Morrigan.

– Ella no va a presidir el funeral de Kai. Ni siquiera asistirá. Su presencia sería un insulto para el alma del Maestro de la Piedra.

Birkita palideció, y todo el mundo comenzó a murmurar con inquietud.

– Deberíamos mantener esta conversación en privado.

– No. Esta conversación debe ser pública -dijo Morrigan con firmeza. Sin embargo, titubeó al ver a la Señora de los Sidethas. Shayla tenía los ojos hinchados y enrojecidos, el pelo enmarañado y el vestido lleno de manchas-. En realidad, estoy de acuerdo con Shayla. Yo no debo celebrar el funeral de Kai. Debes hacerlo tú, Birkita.

– No, Morrigan. Tú eres la Suma Sacerdotisa de los Sidetha. Ahora, ésa es tu obligación -dijo Birkita-. La única alternativa sería que la presidiera Kegan. Dado que es un Sumo Chamán, y era amigo de Kai, eso sí sería aceptable.

– ¡El funeral de Kai se celebrará según los ritos de los Sidethas! Éste era el segundo hogar del Maestro de la Piedra. Su pira se preparará conforme a nuestras tradiciones, y lo honraremos como a uno de los nuestros -Shayla terminó de hablar con un sollozo, y Morrigan sintió verdadera pena por ella, hasta que la Señora de los Sidethas añadió con desprecio-: Pero ella no estará presente.

«¡Nadie debería hablarte así!».

Morrigan intentó hacer caso omiso de la voz que oía en su mente, pero su ira no le permitió callar.

– ¿Dónde está tu marido, Shayla? ¿No debería estar contigo en un momento tan triste?

Shayla retrocedió como si Morrigan la hubiera abofeteado, y entornó los ojos. Abrió la boca para arrojar más veneno, pero Morrigan le dio la espalda y se dirigió a Birkita.

– El motivo por el que tienes que dirigir tú la ceremonia es que todavía eres la Suma Sacerdotisa de los Sidethas -le dijo. Al oír aquello, todo el mundo quedó en silencio. Cuando Morrigan continuó hablando, todos estaban escuchándola con atención-. He estado hablando con Kegan sobre esto y, bueno, sabes que en Oklahoma las cosas son distintas a como se hacen aquí, ¿verdad?

– Sí, tú y yo ya hemos hablado de eso.

– Pero no te había contado que nunca tuve una ceremonia de ascensión.

Birkita pestañeó.

– ¿No te has puesto formalmente al servicio de Adsagsona?

– No, nunca. Así que en realidad, todavía no soy Suma Sacerdotisa.

Birkita frunció el ceño con desconcierto.

– Pero eres Portadora de la Luz, y ésa es una posición mucho más poderosa que la de Suma Sacerdotisa.

– Lo cual no significa que Morrigan sea también Suma Sacerdotisa -intervino Kegan-. Es cierto que ser Portadora de la Luz es un gran don. Y también que la Sacerdotisa que tiene un poder así, concedido por una divinidad, se convierte por derecho en Suma Sacerdotisa para servir a su dios o a su diosa. Sin embargo, Morrigan ha venido de un lugar donde el orden natural de las cosas es distinto.

– Eso quiere decir que no tiene derecho a ser la Suma Sacerdotisa -dijo Shayla.

– Como Sumo Chamán puedo asegurarle, Señora, que no quiere decir eso -respondió Kegan con frialdad.

Morrigan ninguneó a Shayla y siguió hablando con Birkita.

– Lo que quiere decir es que tengo que ir despacio. Comenzar por el principio y aprender cómo se hacen las cosas aquí, para ganarme el derecho a ser Suma Sacerdotisa de Adsagsona. Y tú serás mi profesora.

Morrigan se sintió gratificada al oír que las Sacerdotisas de la sala murmuraban con aprobación.

– ¡Prohíbo que os convirtáis en Suma Sacerdotisa! -gritó Shayla.

Morrigan se volvió hacia ella.

– Tú no eres Adsagsona. Sé que te has estado comportando como si fueras una diosa, pero el hecho de representar ese papel no te convierte en diosa. Yo lo sé bien, porque he estado representando el papel de Suma Sacerdotisa cuando todavía no me he ganado ese derecho. Pero te prometo que será la diosa quien decida cómo y cuándo recibo ese título. No tú. Shayla, entiende esto de una vez por todas: tú estás a cargo del trabajo cotidiano del Reino de los Sidethas, no a cargo de los espíritus de la gente de tu pueblo.

– ¡No me habléis en ese tono!

Morrigan se puso furiosa. Con un gesto automático, elevó un brazo.

– ¡Luz! -ordenó.

De su mano alzada irradió una llama blanca hacia el techo de Usgaran, donde fue absorbida, y entonces, todos los cristales de selenita de la cámara, incluido el Cristal Sagrado, se encendieron con un resplandor poderoso. Aquel poder también encendió a Morrigan, calentó su sangre e hizo brillar su cuerpo. Se acercó a Shayla, con el cuerpo vibrante de fuerza, y dijo:

– Te hablaré como quiera si sigues entrometiéndote en los asuntos de la diosa. Los tiempos cambian, y será mejor que no te interpongas en mi camino o pasaré por encima de ti.

– Morrigan, ya es suficiente.

La voz de Kegan atravesó el muro de calor y furia que la rodeaba. Morrigan se apartó de Shayla. Y, extrañamente, la Señora de los Sidethas no parecía muy afectada por la amenaza de Morrigan. En vez de eso, sonreía.

– Gracias por la advertencia, Portadora de la Luz. La tendré en cuenta.

Shayla se atusó el pelo enmarañado, se dio la vuelta y salió majestuosamente de la cámara.

– La ira no es el camino, hija -dijo Birkita.

Morrigan miró a la frágil Suma Sacerdotisa, cuyos ojos estaban llenos de sabiduría y compasión, y supo que Birkita tenía razón. Tal y como le había dicho Rhiannon, la furia era destructiva y no iba a conducirla por el buen camino. Morrigan hizo un gran esfuerzo y ordenó al calor de su cuerpo que volviera a los cristales a los que pertenecía. Después, sonrió a Birkita con cansancio.

– Supongo que es una de las lecciones que vas a tener que enseñarme.

– Alguien deberá hacerlo -añadió Kegan.

Morrigan se echó a reír inesperadamente, y el calor que todavía permanecía en su cuerpo se enfrió. Ella se sintió un poco tonta, en mitad de la sala, con todo el mundo mirándola.

Carraspeó y dijo:

– Bueno, entonces, ¿queda decidido que tú presidirás el funeral de Kai?

– Sí -dijo Birkita-. Y también que, cuando terminemos con los funerales, te prepararás para la ceremonia de ascensión y el comienzo de tu servicio formal a la diosa.

– Muy bien -respondió Morrigan con una sonrisa.

– Y hay otra ceremonia más para la que debemos prepararnos -dijo Kegan.

Morrigan y Birkita miraron al centauro.

Kegan sonrió a Morrigan.

– Tal vez no. Quizá haya hablado demasiado pronto.

Entonces, hizo algo que dejó perpleja a Morrigan y a todos los presentes. La tomó de la mano, se inclinó con solemnidad ante ella y se posó la mano sobre el corazón.

– Morrigan, en este día proclamo mi amor por ti ante tu diosa, la Suma Sacerdotisa y tu gente. Te pido que me concedas el honor de casarte conmigo. Que seas mi compañera para toda la vida, y si la diosa lo permite, durante toda la eternidad. ¿Quieres casarte conmigo, Morrigan, Portadora de la Luz de los Sidethas?

Morrigan pensó que se le iba a escapar el corazón del pecho. Miró a Kegan a los ojos y vio en ellos un futuro de amor y felicidad. También vio que, con él, nunca volvería a ser una intrusa en ningún sitio. Vio al compañero de su alma.

– Sí, Kegan.

Con un grito de alegría, Kegan la tomó en brazos y la besó.

La risa de Birkita se mezcló con los vítores de las Sacerdotisas.

– Y así debe ser -dijo Birkita-. La vida equilibrando la muerte. La alegría iluminando la oscuridad de la tristeza.

Morrigan cerró los ojos, besó a Kegan y deseó que aquel momento nunca terminara.

<p id="_Toc287304559">Capítulo 22</p>

– A Kai le gustaría este lugar -dijo Kegan-. Adoraba las texturas y los colores diferentes. Sé que las Salinas le parecían un paisaje muy bello. Su espíritu estará satisfecho.

– Eso espero -dijo Morrigan, que estaba a su lado.

Se encontraban en la pequeña colina donde habían hecho el amor por primera vez, la que dominaba las Salinas. La pira de Kai se había construido sobre ella, y estaba formada por numerosas ramas empapadas con savia de alabastro. Sólo faltaban en ella el cuerpo de Kai y una cerilla.

– Entonces, ¿todo va a salir bien?

– ¿Todo? ¿A qué te refieres, mi amor?

– Me resulta raro celebrar su funeral sin… Ya sabes, ella.

A Morrigan le costaba llamar Rhiannon, a Shannon, así que se había acostumbrado a evitar su nombre.

– Birkita y yo hemos decidido que sería una crueldad enviarle un mensaje a lady Rhea diciéndole que su amado Maestro de la Piedra ha muerto, cuando está sumida en la tristeza por la pérdida de su hija. También hemos decidido que yo le llevaré las cenizas de Kai, y la noticia de su muerte, cuando traslade las efigies para los monumentos.

– Uno para Myrna y otro para Kai.

Kegan le apartó el pelo de la cara y le besó la frente.

– Primero tú tienes que encontrar la piedra que contiene la imagen de Kai, y después, sí, yo esculpiré su estatua.

– Lo sé. Lo haré.

Sin embargo, Morrigan todavía no había encontrado el valor necesario para preguntarles a los espíritus de las piedras. Intentaba convencerse de que, como sólo habían pasado dos días desde la muerte del Maestro de la Piedra, todavía tenía mucho tiempo para buscar la piedra. En el fondo de su corazón, no obstante, sabía que no era una cuestión de tiempo. Morrigan tenía miedo, aunque no entendía exactamente de qué.

Los dos días anteriores habían sido muy extraños. Las Sacerdotisas hablaban con ella. En realidad, se comportaban de un modo muy normal en su presencia. Birkita había sido maravillosa, como siempre, aunque Morrigan sabía que no estaba durmiendo lo suficiente, y le preocupaba que la anciana estuviera cansada. Y Kegan era… Morrigan suspiró y se acurrucó contra él. Kegan era increíble.

Todos los demás la ignoraban, o la miraban y se ponían a cuchichear en cuanto ella se alejaba. No había vuelto a ver a Shayla desde su enfrentamiento en Usgaran. Birkita le dijo que la Señora de los Sidethas estaba velando el cuerpo de Kai, y ungiéndolo con aceites y especias todos los días, como hubiera hecho una esposa. Morrigan se preguntó dónde estaba Perth durante aquella exhibición pública de los afectos de su esposa por otro hombre. Según Birkita, Perth se había adentrado en las entrañas de las Cuevas poco después de la muerte de Kai y no había vuelto a salir de allí. Suponía que Perth aparecería de nuevo pocos días después del funeral de Kai y continuaría la farsa de su matrimonio como si no hubiera pasado nada. Morrigan no estaba tan segura. Le parecía evidente que Shayla había cruzado ciertos límites de la razón. Creía que aquella mujer había dejado de amar a su marido, y seguramente el tiempo revelaría la verdad.

– ¿Morrigan?

– Disculpa, ¿decías algo?

– No, no. Sólo que la gente ya está llegando.

Kegan señaló hacia el camino que llevaba a la loma. Morrigan miró hacia allí, y vio a una fila de personas que salían de la cueva y se dirigían hacia ellos.

– Ahora me colocaré entre las sombras.

– Morrigan, ¿qué te ocurre? ¿Qué es lo que te tiene tan disgustada? Fue decisión tuya no participar en el funeral de Kai.

– Lo sé. Es sólo que estoy cansada de no hacer nada.

– No has estado sin hacer nada. Has estado preparándote.

– A mí me parece como si no hubiera hecho nada -dijo Morrigan.

Kegan la siguió mientras se alejaban de la pira para colocarse bajo las ramas de unos pinos. Los árboles estaban lo suficientemente cerca como para que ella formara parte de la ceremonia sin que su presencia fuera demasiado obvia, sin llamar la atención. Morrigan hubiera preferido no acudir al funeral, pero Birkita y Kegan estaban despidiendo a un amigo, y ella quería estar al lado de los dos.

– ¿Estarás bien aquí? -le preguntó Kegan, mientras la estudiaba con atención.

Morrigan sonrió con tirantez y agitó la mano.

– Vamos, vete. Birkita y tú debéis cumplir con vuestra tarea. Hablaremos después del funeral.

Él la besó rápidamente y volvió hacia la pira para reunirse con Birkita y con las demás Sacerdotisas, que acompañaban el cuerpo de Kai.

Morrigan sintió el roce de una nariz húmeda en la mano, y sonrió al ver a Brina.

– Me alegro de que hayas venido, bonita -le susurró al lince, y le acarició la cabeza, lo cual hizo que Brina comenzara a ronronear. Mientras le rascaba las orejas al animal, Morrigan intentó conservar la calma, observar y esperar.

Los Sidethas comenzaron a llenar la colina y formaron un círculo amplio alrededor de la pira funeraria, hasta que toda la loma estuvo ocupada. La multitud guardó una actitud solemne. Apenas había murmullos, y se oían algunos sollozos. Morrigan sabía que no eran falsos; Kai había sido muy querido entre los Sidethas.

Un nuevo movimiento captó la atención de Morrigan. Se dio cuenta de que el cuerpo se acercaba. Birkita caminaba al comienzo de la procesión, portando una antorcha que ardía suavemente a la suave luz del anochecer. El cuerpo iba sobre una camilla que trasladaban seis mineros, flanqueados a su vez por seis Sacerdotisas. Al final de la procesión, caminando cerca de la cabeza de Kai, había una sola mujer, y Morrigan supo que era Shayla. Iba vestida como las Sacerdotisas, con una túnica blanca sin ningún adorno, y llevaba un velo de gasa muy largo que le cubría la cara.

Mientras se acercaban a la pira, Morrigan atisbo el rostro de Shayla, y tuvo la sensación de que era una muerta viviente. Llevaba entre las manos la espada ritual de los Sidethas. La presencia de la espada en aquel funeral significaba que los Sidethas honraban a Kai como a uno de los suyos. Era una espada maravillosa, con la figura de Adsagsona en la empuñadura y con una hoja de doble filo que refulgía cuando el metal atrapaba la luz de la antorcha de Birkita.

La procesión se detuvo ante la enorme pira, cerca de Kegan, que se inclinó hacia Birkita y después hacia el cuerpo de Kai. Sin hablar, ayudó a los hombres a colocar el cuerpo sobre las ramas superiores de la pira. Las Sacerdotisas formaron un círculo a su alrededor, pero Shayla no se unió a ellas. Tampoco se unió a la multitud. Morrigan volvió a pensar que parecía enloquecida. No se había apartado el velo de la cara, y sujetaba la espada en alto sin apartar los ojos de Kai.

Birkita puso la antorcha en un asidero dispuesto en el suelo y, acto seguido, alzó los brazos y llamó a la diosa.

– Adsagsona, apelo a ti, en las alturas -hizo una pausa y formó una uve con los dedos, y añadió-: Y abajo. Oh, diosa que concedes el descanso, te pedimos que escuches nuestras plegarias por el Maestro de la Piedra, Kai, que te sirvió con sus dones y su corazón. Hoy lo reconocemos como uno de los nuestros, y a partir de este momento lo llamaremos Sidetha. Te pedimos que ayudes a su espíritu a llegar a las bellas praderas de Epona.

Entonces, Birkita y Kegan se colocaron uno frente al otro, y ella continuó el rito.

– Kegan, Sumo Chamán y Maestro Escultor de Partholon, te llamamos para que, junto a nosotros, le des honor y amor a Kai, a quien conociste.

Kegan elevó los brazos e inclinó la cabeza hacia atrás, y comenzó a hablar con una voz grave y fuerte, que llegó a todos los presentes en la colina.

– Oh, diosa que concedes el descanso, Señora de los reinos del atardecer y del vientre de la tierra, te hablo de la lealtad y la bondad de Kai, y de la gran pérdida que vamos a sufrir con su ausencia.

Entonces, Birkita habló de nuevo.

– Pero sabemos que esa pérdida sólo será temporal, y sabemos que Kai viaja hacia los verdes prados de Epona, donde siempre hay placidez y no existen el dolor ni la muerte, ni la tristeza ni la pérdida, y donde él tendrá la juventud de nuevo.

Kegan sonrió, y a Morrigan se le cortó la respiración al ver su expresión, que era de alegría.

– Morir es sólo un modo de descansar, un modo de ir hacia nuestra diosa para renovarnos y fortalecernos, y para, finalmente, regresar.

– Gran diosa Adsagsona, nos has dicho que encarnados nuevamente, naceremos de otra madre con un cuerpo más robusto y una mente más ágil, y nuestro viejo espíritu caminará por este mundo otra vez. Deseamos que ese viaje sea jubiloso para Kai, el Maestro de la Piedra de Partholon, amado de los Sidethas.

Birkita hizo una pausa y tomó la antorcha. Después se situó frente a la pira.

– Y ahora, liberamos a Kai de su cuerpo terrenal, y nos regocijamos, porque para él ha comenzado una nueva vida.

Entonces, alzó la antorcha y gritó:

– ¡Ave, Adsagsona!

– ¡No!

La respuesta de la multitud fue interrumpida por el grito de Shayla. Con una rapidez que dejó asombrada a Morrigan, dejó caer la espada y se abalanzó sobre Birkita.

– ¡No! ¡No te voy a permitir que lo quemes!

Empujó a Birkita hacia un lado. La antorcha salió despedida de manos de la Sacerdotisa y cayó sobre la pira, que se prendió al instante. Shayla enloqueció. Se arrancó el velo blanco que le cubría la cara y comenzó a golpear las llamas como si pudiera sofocarlas.

– ¡Lady Shayla, tenéis que deteneros! -gritó Birkita, que intentaba tirar de ella hacia atrás.

Morrigan no esperó para ver qué otras locuras iba a cometer Shayla. Se aproximó seguida por Brina, apartando a la gente a empellones. Birkita la necesitaba, así que iba a ayudarla.

– ¡Estáis profanando la pira de Kai!

La voz de Kegan se oyó por encima de las exclamaciones de horror de la gente y del crepitar de las llamas. Morrigan llegó a primera fila justo cuando el fuego envolvió por completo la pira con algo parecido a un rugido.

– ¡No! -gritó Shayla de nuevo.

Kegan y Birkita la tenían sujeta, cada uno de un brazo, y Brina estaba agazapada ante el trío, retorciendo la cola y gruñendo a Shayla. Las otras Sacerdotisas se habían quedado paralizadas, lo cual irritó a Morrigan. Iba a tener que exigirles que mostraran más valor. ¿Cómo podían permitir que Birkita, que era mayor que todas ellas, luchara con Shayla?

En aquel momento, la anciana soltó de repente el brazo de Shayla y dio un paso atrás. Birkita estaba frente a Morrigan, así que Morrigan pudo ver perfectamente su expresión. Tenía los ojos muy abiertos, y le temblaban las manos. Se posó una contra el pecho, y con la otra se agarró el brazo izquierdo. Abrió la boca para exclamar algo, pero los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó como si los huesos se le hubieran licuado.

– ¡Birkita!

Morrigan corrió hacia la Sacerdotisa y la tumbó boca arriba, frenéticamente. Birkita no respiraba. Morrigan le buscó el pulso, pero no lo halló.

– ¡No! ¡Por favor, Birkita, no!

Morrigan le inclinó la cabeza hacia atrás, le tapó la nariz y comenzó a hacerle la reanimación cardiopulmonar. Entre inhalaciones y opresiones en el pecho, le rogaba:

– ¡Abre los ojos! ¡Respira!

Oyó un cántico suave antes de sentir una mano cálida en el hombro. Con una punzada de ira, miró a Kegan.

– ¡No! ¡Deja de hacer eso! ¡No puede morirse!

El Sumo Chamán sólo interrumpió su plegaria para decir con tristeza:

– Birkita ya ha muerto, mi amor.


No tenía ni idea de qué hora era, ni de qué día era, cuando oí la voz de Epona.

«Amada, debes venir».

Había adoptado la costumbre de no responderle. Cerré los ojos con más fuerza y estreché a Etain contra mí, respirando su olor suave de bebé para que su calor me calmara. Ojalá Epona nos dejara solas. Ojalá todos nos dejaran solas. Entonces todo iría bien.

«Amada, debes venir», repitió la diosa. «Te necesito».

Yo estaba demasiado cansada como para enfadarme, así que respondí:

– Francamente, no me importa.

«¡Deja de compadecerte a ti misma».

Me senté en la cama y, en voz baja para no despertar a la niña, pregunté:

– ¿Que deje de compadecerme? Mi hija acaba de morir, ¿y tú dices que mi dolor y mi tristeza son un capricho?

Epona se materializó. La diosa estaba a los pies de mi cama, y aunque yo había visto su rostro muchas veces en los veinte años durante los que había sido su Elegida, su belleza era tan grande, su aura de amor y bondad tan brillante, que siempre me resultaba difícil mirarla directamente.

Y, sin embargo, no podía perdonarla.

«No, Amada, tu dolor y tu pena no son un capricho. Pero no puedes seguir rechazando a los que te quieren y te necesitan».

Yo noté un pinchazo de culpabilidad. ClanFintan. Sabía que él también estaba sufriendo, y entendía que lo necesitaba desesperadamente, y que él me necesitaba a mí. Sin embargo, no podía encontrar mi camino hacia su amor. Estaba perdida en un laberinto de dolor e ira, y la única persona a la que podía ver en aquella oscuridad era a Etain.

– Ahora no puedo ayudar a nadie -dije.

«Te daría más tiempo si pudiera, Amada, pero no puedo. Debes volver al mundo. Tu hija te necesita».

Las palabras «tu hija» me atravesaron el pecho como un puñal helado.

– Mi hija ha muerto.

«La hija de tu vientre ha muerto. La hija de tu espíritu está viva. Es ella quien te necesita».

– ¿Morrigan tiene dificultades?

«Sí, y temo por su alma».

Cerré los ojos ante otra ráfaga de dolor.

– Myrna está contigo, ¿verdad?

«Sabes que sí, Amada».

Abrí los ojos y la miré.

– He estado muy enfadada contigo.

«La gran ira no puede existir sin un gran amor».

Epona se inclinó y me besó en la frente. Yo me eché a temblar al sentir cómo me llenaba su amor, y cómo terminaba con la niebla que había envuelto mi cabeza y mi corazón.

– Ayudaré a Morrigan -dije. Me tendí en la cama y me preparé para el Sueño Mágico-. Vamos a Oklahoma.

«Morrigan no está en Oklahoma, Amada. La hija de tu espíritu está en nuestro mundo».

No tuve tiempo de sentir asombro, porque ella me dio otra noticia.

«Prepárate, Amada, vas a viajar al Reino de los Sidethas».

– ¿El lugar en el que están Kegan y Kai?

«Kegan está allí. Kai ha muerto, Amada. Lo mató la misma oscuridad que acecha el alma de Morrigan».

En aquella ocasión, mi ira fue purificante.

– El maldito dios de las tres caras.

«Sí, Amada, pero hoy, mi deseo es que la luz expulse a Pryderi de ambos mundos durante generaciones».

– De acuerdo. Vamos a hacer esto, pero vas a tener que explicarme qué demonios ha estado ocurriendo.

Cerré los ojos y me separé de mi cuerpo, y sentí cómo me catapultaba a través del techo del Templo de Epona, mientras la diosa me ponía al corriente.

<p id="_Toc287304560">Capítulo 23</p>

Morrigan no podía aceptar lo que le había dicho Kegan. Lo único que podía hacer era cabecear con incredulidad, igual que cuando había muerto Kyle… Igual que cuando estaba ante el lecho de muerte de Kai…

– ¡Vos lo habéis hecho! -gritó Shayla, junto a Morrigan-. No habéis traído la luz. Nos habéis traído la muerte. No sois la Portadora de la Luz, sois la Portadora de la Muerte.

– ¡Lady Shayla! -exclamó Kegan con dureza-. No sois vos misma. Habláis así debido a la pena. Lady Morrigan no ha tenido nada que ver con estas muertes trágicas.

Shayla miró a Morrigan con los ojos brillantes de odio.

– Yo encontré a Kai. Me dijo que fue la oscuridad que os sigue la que provocó su muerte. Dijo que os está acechando y que iba a devoraros. Todo esto es culpa vuestra. ¡Él ha muerto por vuestra culpa!

Morrigan no podía hablar. No podía contradecir a Shayla, porque tenía miedo de que estuviera en lo cierto. En aquel momento estaba abrazando el cuerpo de Birkita, y lo único que podía hacer era mirar fijamente a Shayla y a Kegan. No sentía dolor. Estaba desvinculada, como si observara lo que sucedía a través de una pantalla.

– ¡Ya está bien, lady Shayla! -dijo Kegan-. Os equivocáis, y Kai también estaba equivocado. Sabéis que la diosa no crearía a mi alma gemela de la oscuridad.

– ¡Kai era mi alma gemela! -gritó Shayla, y cayó al suelo, con la cabeza agachada, sacudida por los sollozos.

Kegan suspiró con cansancio.

– Mi señora, dejad que las Sacerdotisas os acompañen a vuestro aposento -dijo, y se agachó hacia ella para ayudarla a ponerse en pie-. Os enviaré a la Sanadora y…

Shayla agarró la espada de los Sidethas y con una fuerza antinatural, la clavó en el pecho de Kegan. Con otro movimiento anormalmente rápido, se sacó una daga brillante de entre los pliegues de la túnica y se la lanzó a Morrigan. Brina saltó entonces para interponerse en la trayectoria del puñal, y la cuchillada que iba dirigida a Morrigan atravesó la garganta del animal.

Morrigan reaccionó entonces, mientras Kegan y Brina caían al suelo. Gritando, se puso en pie. Brina quedó inmóvil, y Kegan intentó incorporarse con una mano, mientras con la otra tiraba inútilmente de la espada, que tenía hundida en el pecho.

– No, quédate quieto, no te muevas -le dijo Morrigan suavemente, mientras lo abrazaba para intentar sujetarlo-. ¡Traed a la Sanadora! -les gritó a las Sacerdotisas.

– No es lady Shayla -dijo Kegan entre jadeos. Tenía sangre entre los labios.

Morrigan miró a su alrededor, presa del pánico, pensando que Shayla iba a abalanzarse sobre ellos. Sin embargo, la Señora de los Sidethas estaba ante la pira, tan cerca que se le estaba quemando la túnica blanca. Shayla inclinó la cabeza como si estuviera escuchando la voz del viento.

– Sí, sí. Tenéis razón. Quiero reunirme con Kai -dijo.

Con una horrible sonrisa, se lanzó a la pira ardiente.

Morrigan no tenía tiempo para los gritos de espanto de la gente. Su mundo estaba centrado en Kegan. Estaba intentando limpiarle la sangre que brotaba de su boca y de la herida que rodeaba la hoja de la espada.

– Morrigan -dijo él en un susurro.

– Shhh, no hables. Sólo concéntrate en vivir.

– Tienes que escucharme -insistió él, y posó la mano, cansadamente, sobre la de Morrigan, para detener sus movimientos.

Morrigan lo miró a los ojos y vio en ellos la verdad. Kegan iba a morir. Dejó de intentar contener la hemorragia y tomó la mano de Kegan. No iba a llorar en aquel momento. Tendría tiempo para hacerlo después. En aquel instante, iba a atesorar todos los segundos que le quedaban junto a él.

– Estoy escuchándote -le dijo con suavidad.

– Lady Shayla estaba bajo la influencia del dios oscuro. Lo vi en sus ojos cuando me clavó la espada y mató a Brina -explicó él-. El dios no quería matarte a ti. Sólo quería despojarte de todos tus protectores -prosiguió. Respiraba con dificultad, y había empezado a temblar-. No permitas que gane. Él fue quien hizo todo esto, no tú. Recuérdalo, mi amor, mi vida.

– Lo recordaré, Kegan. Te quiero, y sé que fuiste creado para mí.

Kegan sonrió.

– Ah, sabía que al final ibas a creerme. Así que debes encontrarme, mi amor. En otra vida… en otro mundo… encuéntrame.

A Kegan se le borró la sonrisa de los labios. Jadeó una vez, le estrechó la mano a Morrigan, y después, el aliento dejó su cuerpo y él no volvió a respirar.

Morrigan escondió la cabeza en su pecho y descansó allí. No podía llorar. Estaba demasiado rota por dentro. No encontraba el camino hacia las lágrimas.

Entonces, una de las Sacerdotisas comenzó a gritar de terror, y Morrigan alzó la cabeza. Deidre estaba cerca de ella, mirando hacia la pira funeraria con una expresión de pavor. Morrigan siguió su mirada, y vio que el cuerpo de Shayla había empezado a retorcerse entre las llamas, y que una forma salía de ella y emergía del fuego. Era un hombre. Se sacudió como si fuera un perro mojado, y se volvió a mirar a Morrigan.

Era alto y fuerte. Tenía el pelo moreno y una cara de belleza clásica, con labios sensuales. Sonrió, e inundó a Morrigan de calidez y amor.

– Aquí estás, Amada Mía.

Aquella voz era muy familiar, y con el corazón encogido, Morrigan se dio cuenta de que había estado escuchando diferentes versiones de ella durante toda su vida.

– Pryderi -dijo.

– Qué fácilmente me has reconocido.

– Te reconocería en cualquier parte -respondió ella.

Qué tonta había sido. Nunca volvería a confundir sus susurros con los de otra persona.

– Te he visto crecer desde que eras una niña muy lista, y te has convertido en una mujer bella y poderosa. Estoy muy satisfecho contigo, Amada. ¿Estás lista para entregarte a mí, como Elegida?

Morrigan posó a Kegan, cuidadosamente, en el suelo. Le acarició la mejilla una última vez y se puso en pie, de cara al dios oscuro.

– Tú has hecho todo esto, ¿verdad? Has causado la muerte de Kai, Birkita, Brina, Kegan y Shayla -dijo, con calma, en un tono casi de desinterés.

– Te equivocas, Elegida.

– ¿Quién fue, entonces?

– Tú misma, Amada. Las diosas a quienes te has encomendado, Epona y después Adsagsona, no te han ayudado. Permitieron que tus poderes surgieran sin control -dijo él. Se echó a reír, y su risa sonó bella y cruel-. Dicen que así permiten que tengas libre voluntad. Yo creo que es negligencia divina, despreocupación por ti. Mira adonde te han llevado. Todos a quienes querías en este mundo han muerto por ti.

– ¿Y tú puedes cambiar eso?

– Puedo cambiarlo.

– Si me entrego a ti, ¿me los devolverás?

– ¡No, lady Morrigan! ¡No creáis sus mentiras! -gritó Deidre.

Con la velocidad de un rayo, Pryderi alzó la mano, y la Sacerdotisa salió impulsada hacia atrás, y cayó a tierra hecha un montón silencioso. El resto de las Sacerdotisas salieron corriendo, entre gritos, y bajaron la ladera de la colina hacia las Cuevas, siguiendo a los demás Sidethas.

– Las Sacerdotisas tienen que aprender a sujetar la lengua -dijo él.

Morrigan ni siquiera miró a la Deidre. Se limitó a repetir la pregunta.

– Si me entrego a tu servicio, ¿me los devolverás?

– Al contrario que las diosas, yo no voy a mentirte. No puedo devolverte a aquéllos que ya han muerto. Sin embargo, te prometo que nadie más sufrirá daños provocados por el descontrol de tus poderes. Entrégate a mí, Morrigan MacCallan, y te quitaré la carga de tener que controlar tu fuerza. No permitiré que hagas daño a los demás, y te adoraré durante toda la eternidad.

– Así que es cierto. Soy la Portadora de la Muerte, y no la Portadora de la Luz.

– Eres ambas cosas, Amada.

«Morrigan, te está mintiendo».

Al oír el sonido de aquella voz, Morrigan miró a la derecha. Ella estaba allí, aunque en espíritu. Sonrió a Morrigan, aunque estaba llorando.

– ¿Shannon?

«Hola, Morrigan».

– Vuelve con tu diosa equina, Elegida, ¡esto no es asunto tuyo! -dijo Pryderi con un tono venenoso.

«Cállate, criatura patética. Tengo todo el derecho a estar aquí. He perdido a una hija. No voy a perder a ésta también».

– ¡No tienes nada que decir! Morrigan me ha elegido a mí, y no a una diosa descuidada que la ha abandonado a la oscuridad. Vuelve a tu templo y déjame con mi Sacerdotisa.

Shannon no miró al dios oscuro. Sólo tenía ojos para Morrigan.

«Tú no has provocado la muerte de estas personas. Lo hizo Pryderi. No fue tu poder el que se descontroló, sino el suyo».

– Eso no quiere decir que todo esto no haya ocurrido por mi culpa -dijo Morrigan.

«Tú no tienes culpa de nada, cariño. Todo ha ocurrido porque él te desea. No le concedas lo que quiere. Adsagsona espera tu promesa».

– Entonces, ¿por qué no está aquí? -gritó Pryderi.

Sin mirarlo, Shannon respondió:

«Él sabe la respuesta tan bien como yo. Adsagsona, como Epona, no intentará engatusarte, mentir ni manipularte para que te pongas a su servicio. Debes acudir a ella libremente, por voluntad propia. Morgie, cariño, la diosa ya te ha elegido. Lo único que tienes que hacer es dar el paso siguiente».

Morrigan miró hacia atrás, hacia los cadáveres de Kegan, Birkita y Brina.

– Pero si elijo a Adsagsona, ¿va a controlar ella mis poderes?

«Las diosas no nos controlan. Nos aman y se preocupan por nosotras, y nos piden que hagamos la elección correcta para nosotras mismas y nuestra gente. Eres tú quien debe controlarse a sí misma».

La terrible risa de Pryderi resonó por toda la colina.

– Ya te lo dije. Son distantes, negligentes, demasiado divinas para amar de verdad.

Morrigan sintió su presencia antes de que hablara.

«Debes elegir por ti misma, hija mía».

Rhiannon se había materializado junto a Shannon. Su forma era menos visible que la de Shannon, pero el aire se llenó con su voz, y Morrigan sí la reconoció. La había oído en el viento, cantándole nanas, murmurándole expresiones de cariño que Pryderi casi conseguía ahogar con sus susurros poderosos y atrayentes. Casi, pero no por completo.

– ¡Mamá! -exclamó Morrigan, y se aferró a aquella palabra como a un salvavidas.

Rhiannon esbozó una sonrisa agridulce.

«Morrigan, hija mía, has confiado en el amor, has confiado en la lealtad, y ahora debes encontrar la fuerza para confiar en el honor».

– Pero ¿en qué honor puedo confiar? ¿En el de Adsagsona? Ni siquiera está aquí -dijo Morrigan.

«La diosa siempre está aquí, hija mía», dijo Rhiannon.

«Y eres tú misma quien representa el honor, cariño. Debes confiar en ti misma», añadió Shannon.

– Demuéstraselo, Amada Mía -dijo Pryderi-. Demuéstrales que tienes fuerza suficiente para elegirme.

Morrigan inclinó la cabeza, y de repente, vio las cosas con claridad. Supo, más allá de toda duda, lo que tenía que hacer, y también supo que tenía que reunir fuerzas para hacerlo. Tal y como había hecho aquella noche maravillosa que había pasado con Kegan, buscó dentro de sí, y en la tierra, y se comunicó con los cristales de selenita que había bajo ella.

«¡Portadora de la Luz!».

«Debéis acudir a mí cuando os llame. Todos», les dijo.

«Te oímos y te obedecemos, Portadora de la Luz».

Cuando Morrigan alzó la cabeza, no miró de nuevo a las dos personas muertas a quienes había querido tanto, ni al enorme lince que había sido su protector. No miró las formas brillantes de sus dos madres. Mantuvo la mirada fija en aquel dios oscuro, y en las piedras de cristal que, tras él, lanzaban rayos brillantes que rivalizaban con el fuego de la pira. Morrigan comenzó a caminar lentamente hacia él, y Pryderi sonrió triunfalmente.

– Sabía que serías mía, Amada. Juntos vamos a crear un nuevo mundo -dijo, y abrió los brazos-. Bésame, y serás mía para siempre.

Morrigan se dejó abrazar, pero en vez de besarlo, se aferró a él y gritó:

– ¡Luz! ¡Ven a mí! ¡Hazme arder!

Al instante, Morrigan ardió con el poder de los cristales, porque su luz blanca invadió su cuerpo, y engulló a Pryderi con ella. Él abrió los ojos con sorpresa, e intentó alejarla de sí, pero Morrigan volvió a gritar:

– ¡Mantenedlo aquí! ¡Unido a mí!

Los cristales obedecieron con su poder.

«¡Morrigan! ¿Qué estás haciendo?».

Shannon se acercó. Morrigan la veía por encima del hombro de Pryderi. Rhiannon seguía a su lado, pero no estaba disgustada. Su madre asintió y, con una voz llena de orgullo y amor, dijo:

«Has elegido bien, hija mía. Mi orgullo por ti será eterno».

Morrigan vio que Rhiannon tomaba de la mano a Shannon. Después, volvió a concentrarse en Pryderi, porque el dios estaba intentando liberarse.

– ¿Qué estás haciendo? -gritó-. ¡Suéltame!

– No, Pryderi. Verás, yo ya he hecho mi elección. He elegido a Adsagsona libremente. Y he decidido que es hora de que termine el mal.

– ¡No! -gritó Pryderi.

Su magnífico rostro se onduló y se deformó, mientras seguía intentando alejarse del poder ardiente y blanco de la Portadora de la Luz. Su boca sensual quedó sellada. Su nariz se convirtió en un agujero grotesco. Sus ojos ya no eran sonrientes y bondadosos. Tenían un brillo amarillo, inhumano. Entonces, mientras Morrigan se preparaba para lo que tenía que hacer, los ojos del dios se convirtieron en dos huecos oscuros, y su boca se abrió y mostró dos colmillos ensangrentados.

Morrigan observó aquella espantosa faz, y sonrió con tristeza.

– Ya estás acabado -dijo.

Con el dios oscuro atrapado entre sus brazos, Morrigan MacCallan, Portadora de la Luz y Elegida de Adsagsona, cerró los ojos, envió su última plegaria a la diosa, «ayúdame a encontrar de nuevo a Kegan», y se lanzó con él a la pira funeraria.

Sintió un dolor desgarrador y completo, pero duró sólo un instante. Y Morrigan se llevó al dios oscuro, Pryderi, con ella, al morir.


Capítulo 1

<p id="_Toc287304538">Capítulo 1</p>

Partholon

Justo antes de que mi vida se desmoronara, yo estaba cepillando a Epi y pensando que aquella mañana fresca sería un momento magnífico para salir a dar un paseo con ella.

– Puede que seamos viejas -le dije a la yegua, que inclinó las orejas color plata hacia atrás para poder escucharme-, pero todavía sabemos disfrutar de un buen paseo matinal. Mis muslos están a la altura de la prueba, ¿y los tuyos, preciosa?

Epi relinchó y se echó hacia atrás para darles un pequeño mordisco a mis pantalones de montar. Yo me eché a reír y le aparté suavemente la cabeza.

– ¡Qué fresca eres! ¡Sobre todo, siendo una anciana…!

– ¡Rhea! ¡Tienes que venir ahora mismo!

Yo fruncí el ceño y me di la vuelta. Entonces vi a Alanna, que se acercaba corriendo al box de Epi. Estaba tan pálida que a mí se me encogió el estómago automáticamente. Supe que ocurría algo muy malo.

Le entregué el cepillo a una de las sirvientas del establo y me despedí de Epi dándole un beso en la nariz. Después salí del box rápidamente para reunirme con Alanna; sin embargo, ella apenas esperó a que yo estuviera a su altura, se dio la vuelta y echó a andar con premura hacia la salida de los establos.

– ¿Qué sucede? -le pregunté.

– Myrna está de parto.

Yo me sentí eufórica y aterrorizada a la vez. El parto debería ser en otoño… Estábamos a mediados de agosto, y yo había ido a visitar a mi hija todos los días al nuevo hogar que había formado con Grant, en las tierras de su familia, que estaban junto al Templo de Epona. Myrna estaba deseando dar a luz a mi nieta, y yo lo entendía. Recordaba bien cómo era estar embarazada de nueve meses, algo que imposibilitaba hacer cualquier cosa con comodidad. Así que aquél debería ser un día de alegría. Sin embargo, Alanna estaba pálida y su expresión era grave.

– ¿Qué ocurre?

Mi amiga no me miró.

– Han traído a Myrna hace unos minutos. Carolan está con ella. Ha enviado a un centauro a avisar a ClanFintan, que está en el campo de entrenamiento de tiro con arco. Yo he venido a buscarte.

La tomé del brazo y la obligué a mirarme mientras caminábamos a toda prisa.

– ¿Algo va mal?

Ella asintió, y yo me di cuenta de que estaba conteniendo las lágrimas.

– Carolan dice que está sangrando demasiado. Dice que… -hizo una pausa, tragó saliva y después continuó-: Dice que se le ha roto algo por dentro.

– No…

Apenas pude susurrar aquella palabra. Me quedé helada. Alanna me tomó de la mano y atravesamos corriendo el patio de la enfermería del templo. Mis guardias personales, con actitud seria y sombría, abrieron las puertas en cuanto nos vieron.

– Por aquí, mi señora -dijo una de las enfermeras, una muchacha joven. Nos condujo a una de las salas interiores, y justo antes de que yo abriera la puerta, me tocó el hombro, respetuosamente, pero también con firmeza-. Mi señora, debería prepararse. Su hija va a necesitar su fuerza.

Yo entorné los ojos. Tuve ganas de golpearla y desahogar mi terror y mi rabia, de decirle que no debía suponer nada de lo que pudiera necesitar mi hija, pero lo que vi en sus ojos silenció mis palabras.

Era la seguridad de la muerte.

Me di la vuelta y apoyé la frente contra la pared.

«Oh, Epona», recé con fervor. «¡No permitas que suceda esto! Myrna no puede morir. No puedo perderla. Te ruego que, si necesitas una vida, tomes la mía. Pero, por favor, no te lleves a mi hija».

La voz de Epona sonó con una bondad casi insoportable en mi cabeza.

«Algunas veces, ni siquiera una diosa puede cambiar el destino, Amada. Pero sabes que Myrna también es mi hija, hija de mi Elegida, y que habitará durante toda la eternidad en mis praderas y que…».

– ¡No! -gemí yo, y me tapé los oídos como una niña-. No -sollocé.

Noté que Alanna me abrazaba, y me aferré a ella durante unos instantes. Después me erguí y me sequé las lágrimas de la cara con la manga de la camisa. Ya tendría tiempo de llorar más tarde. La enfermera tenía razón. Myrna necesitaba mi fuerza, no mi histerismo. Asentí y dije:

– De acuerdo, estoy preparada.

Entramos en la inmaculada habitación. Mi hija ocupaba una cama en el centro de la sala, y se retorcía a causa del dolor de las contracciones. Tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente. En vez de estar enrojecida por el esfuerzo y el dolor, Myrna estaba pálida, y tenía los labios teñidos de azul. Estaba desnuda, y su vientre era un montículo enorme, hinchado, que estaba cubierto con una sábana fina de lino. Miré hacia sus pies, junto a los cuales estaba Carolan, con el rostro cansado y pétreo mientras la examinaba. Le entregó a uno de sus ayudantes un trapo empapado en sangre. Me miró, y no tuvo que decir nada. Yo ya sabía lo que estaba ocurriendo.

Grant estaba en la cabecera de la cama, junto a su mujer, tan pálido como ella. Cuando le sonreí y me acerqué a Myrna, me dio la impresión de que iba a llorar de alivio.

Tomé a Myrna de la mano y le besé la frente.

– Hola, muñequita de mamá -susurré. Era una expresión de amor que le había dicho muchísimas veces durante su infancia.

Parpadeó débilmente y abrió los ojos.

– ¡Mamá! ¡Me alegro de que hayas venido! Iba a llamarte antes, pero todo ha ocurrido muy deprisa, y…

Se interrumpió, porque comenzó a sentir una contracción. Me apretó la mano con fuerza y gritó de dolor, con los ojos muy abiertos de pánico.

– Tranquila, mi amor. Mírame y respira conmigo, preciosa. Mamá está a tu lado. Todo va a salir bien. Mírame…

Myrna se aferró a mi mano y a mi voz para superar aquel dolor desgarrador. Cuando por fin pasó la contracción, las dos estábamos respirando pesadamente. Yo tomé un paño húmedo y fresco de las manos de una de las enfermeras y le enjugué la frente a Myrna, mientras Grant le apartaba el pelo de la cara y le murmuraba palabras de cariño.

– Ya veo a tu hija, Myrna -dijo Carolan con calma, con una voz reconfortante-. Quiere demostrar que es única, porque se empeña en llegar a este mundo del revés, así que la siguiente parte será la más difícil para ti. Quiero que, con la siguiente contracción, te concentres y empujes con todas tus fuerzas.

Myrna no abrió los ojos.

– No creo que pueda -susurró.

– Claro que puedes, preciosa mía -dije yo, y volví a besarle la frente-. Yo te ayudaré. Agárrate fuerte a mi mano y usa mi fuerza.

Yo tenía el don, concedido por la diosa, de canalizar el poder de la tierra, pero era mucho más efectivo cuando estaba en contacto con árboles ancianos. Me pregunté si todavía teníamos tiempo de trasladar a Myrna al exterior. Si pudiera llevarla al bosque que rodeaba al templo, tal vez pudiera salvarla, tal vez pudiera transmitirle la energía de los árboles para que sobreviviera a aquel nacimiento.

«No puedes cambiar su destino, Amada. Sólo le causarías un dolor innecesario».

Tuve que morderme el labio para no gritar al oír las palabras de Epona.

«Por favor, no dejes que sufra», le rogué a la diosa.

«Tienes mi promesa. No dejaré que sufra, Amada».

– Estoy muy contenta de que estés conmigo, mamá -repitió Myrna. Su voz era muy débil, pero me agarraba la mano con fuerza.

– Yo también, preciosa -dije suavemente.

– Mamá, tengo miedo.

Yo la rodeé con un brazo.

– No tienes por qué, mi niña. Estoy aquí. Epona está aquí. Y pronto, tu hija también estará aquí.

– Cuídala por mí, mamá. Y cuida también a Grant. Él te va a necesitar.

Yo sentí un golpe de dolor físico al oír sus palabras.

– Tú misma vas a cuidar de tu hija y de tu marido.

Myrna me miró fijamente.

– Sé que hay algo malo, mamá.

Yo me ahorré la respuesta, porque en aquel momento, ClanFintan entró en la habitación.

– ¡Papá! -gritó Myrna.

Él se acercó y le besó la frente.

– Ah, mi niña preciosa, ¿qué tal vas?

Le hablaba a Myrna, pero me miraba a mí. Vi la desesperación de sus ojos oscuros, en forma de almendra.

– Es difícil, papá, y… ¡Está empezando otra vez!

– ¡Tienes que empujar con esta contracción, Myrna! -le ordenó Carolan.

ClanFintan, Grant y yo nos inclinamos hacia ella y le susurramos palabras de aliento, mientras Myrna apretaba los dientes y empujaba con todas sus fuerzas. Entonces, hubo un segundo de descanso, y después Carolan volvió a pedirle que empujara. El ciclo se repitió incontables veces… yo miré hacia el cuerpo hinchado de Myrna y vi que Carolan tomaba un bisturí de una bandeja. Hubo un sonido horrible de rasgadura. Entonces, antes de que pudiera hablar, Myrna tuvo otra contracción y gritó, mientras su hija salía por fin de su cuerpo, en un río de sangre.

Después todo sucedió demasiado rápidamente.

– ¿Está viva? ¿Está viva? -repetía Myrna una y otra vez. Yo estaba intentando calmarla y ver lo que ocurría a los pies de la cama, y entonces, oí el llanto fuerte y claro de la recién nacida, seguido por una exclamación de alegría de los ayudantes de Carolan.

Carolan le entregó el bebé a Alanna, que había permanecido a su lado, pálida y silenciosa. Alanna, arrullándola suavemente, llevó a la niña hacia Myrna y se la entregó. Myrna abrazó a su hija y todos miramos la carita enrojecida de la niña, que era perfecta.

– Hola, Etain -dijo Myrna-. Soy muy feliz, porque has llegado por fin.

Todos estábamos llorando, y Grant y Myrna estaban besando al bebé, mientras ClanFintan y yo le acariciábamos los piececitos. Yo sentía tan amor y tan felicidad que creí que todo podía salir bien.

Entonces, Myrna jadeó y gimió. Sus ojos se clavaron en los míos.

– Mamá…

Por instinto, tomé a Etain en brazos y le besé la cabecita. Después se la entregué a Grant.

– Grant, sujétala cerca de Myrna, para que ella pueda verla y acariciarla.

No tuve que añadir que mi hija no tenía ya fuerzas para sostener a su bebé. Con mirar la cara cubierta de lágrimas de Grant, supe que él lo entendía. Tomé de la mano a ClanFintan y los dos nos acurrucamos junto a Myrna. Su marido y su hija estaban al otro lado de la cama.

Myrna sufrió un espasmo por todo el cuerpo, y el olor fecundo y metálico de la sangre del parto, mezclada con la sangre fresca de la hemorragia, nos envolvió. Yo sabía que Carolan estaba intentando contener la sangre que fluía del cuerpo de mi hija y que se estaba derramando por el suelo, formando un charco rojo. ClanFintan comenzó a entonar un cántico suave, el de un Sumo Chamán que se prepara para allanar el camino de un alma recién liberada hacia los prados de Epona. Sabía que estaba llorando, pero no vaciló en su plegaria, y la magia antigua que llenó la habitación fue tan intensa que yo notaba su roce contra la piel.

Sin embargo, no aparté la mirada del rostro de mi hija. Ella me observaba fijamente, buscando consuelo. Yo dejé a un lado mi tristeza insondable y me concentré en Myrna. Mi hija me necesitaba una vez más en su vida. Yo era la Elegida de Epona, la Suma Sacerdotisa de la diosa. Podía hacer aquello. Podía reconfortarla durante su tránsito al Otro Mundo.

– No debes tener miedo, muñequita -le dije, son-riéndola y acariciándole el pelo-. Epona te conoce y te quiere desde que naciste.

– Yo… te creo, mamá -respondió Myrna con la voz entrecortada, y giró la cabeza ligeramente para poder ver a Etain-. Dile que lo siento, mamá. Dile a Etain que la quiero, y que la voy a echar de menos.

Yo asentí y luché por no llorar.

«¡Ayúdame, Epona!». Al instante, sentí la calma que me enviaba la diosa.

– Se lo diré, mi pequeña -respondí, con la voz fuerte y segura-. Le contaré historias sobre su madre a Etain, y le hablaré sobre tu belleza, tu inteligencia y tu capacidad de amar.

Myrna me miró.

– Gracias, mamá.

Sufrió otro espasmo y cerró los ojos. Yo le sujeté la mano con fuerza mientras le pedía a la diosa que la reconfortara. Myrna abrió los ojos lentamente y volvió a mirarme.

– No… no duele, mamá. Ya no tengo miedo.

Entonces, alzó la vista y miró por encima de mi hombro. Abrió mucho los ojos.

– ¡Oh, mamá! ¡Es Epona! ¡Es tan bella…! -De repente, su rostro se había iluminado con una gran alegría-. Me está hablando. Epona dice que me dio el don de la magia, y que ese don es Etain. Ella será una gran princesa, amada y honrada por todo Partholon, y sus hijos serán grandes guerreros y grandes Sacerdotisas.

Myrna respiró con dificultad, y después dijo:

– Te quiero, mamá. Te esperaré con Epona…

Sonriendo, Myrna exhaló un suspiro, y después murió.

Yo la besé e incliné la cabeza.

– Ve con la diosa, preciosa mía. Volveremos a estar juntas algún día, en las praderas luminosas de Epona, donde no existe la muerte, ni el dolor, ni la pena. Hasta entonces, te echaré de menos a cada momento del día, y te tendré en mi corazón.

– Mi señora.

Yo miré a Grant, que tenía las mejillas llenas de lágrimas, y que me tendía a su hija.

– Se parece a Myrna -dijo con la voz quebrada.

Tomé al bebé, que verdaderamente, era una versión en miniatura de su difunta madre, y la abracé contra mi corazón, llorando.


Capítulo 2

<p id="_Toc287304539">Capítulo 2</p>

Morrigan tenía un tremendo dolor de cabeza. Nunca había tenido una migraña así. Bien, como si no tuviera ya suficientes problemas en su vida. Voces en el viento, la extraña habilidad de conseguir que le surgieran llamas de las manos, y la capacidad, todavía más rara, de oír a los cristales y hacer que brillaran, y el hecho de que su madre muerta no fuera su madre muerta. En realidad, eso le recordó algo: Kyle también estaba muerto y…

Morrigan recuperó todos los recuerdos de golpe, a través del velo espeso de dolor y desorientación de su mente.

¡El derrumbe de las cuevas! ¡Kyle! ¡Sus abuelos! ¡Había atravesado la gran piedra de selenita!

Abrió los ojos y jadeó de dolor. Tenía la vista borrosa, y le escocían los ojos. En realidad, le dolía todo el cuerpo.

– Descansad, Portadora de la Luz. Todo va bien.

Aquella voz era bondadosa, familiar. Morrigan cerró los ojos y sintió algo fresco contra ellos, algo que le alivió el escozor. Después le pusieron una copa contra los labios, y automáticamente, ella bebió algo que tenía un sabor a medicina dulce, mezclada con vino tino.

– Ahora, dormid. Estáis en casa -dijo aquella voz.

«Estoy en casa… dormir…».

La voz seductora de su mente repitió aquel susurro seductor.

Morrigan supo que no tenía elección, mientras aquel brebaje dulce la llevaba de vuelta a la inconsciencia.


Cuando volvió a despertar, Morrigan se pasó los labios y se dio cuenta de que tenía la boca desagradablemente seca.

– Bebed, mi señora. Esto calmará vuestra garganta.

¿«Mi señora»? ¿Por qué la llamaban así?

«Porque es tu derecho».

Las palabras no las decía el viento, no le llegaban a través del cristal. En aquella ocasión, resonaban con suavidad en su mente, lo que sirvió para aumentar la confusión de Morrigan.

– Bebed, mi señora, bebed.

Unas manos suaves la ayudaron a incorporarse, y le pusieron una copa de agua en los labios. Morrigan bebió con ganas. Después abrió los ojos. La luz era tenue, y ella tenía la visión borrosa. Pestañeó. Su cabeza estaba tan borrosa como su visión. ¿Qué ocurría? Parpadeó de nuevo, varias veces, y sus ojos se aclararon poco a poco. Lo primero que vio fue a una mujer que estaba sentada en un taburete cubierto de piel, sonriendo amablemente.

Morrigan abrió mucho los ojos, con sorpresa.

– ¡Abuela!

La sonrisa de la mujer vaciló sólo durante un instante.

– Bienvenida, Portadora de la Luz -dijo con la voz dulce y suave de su abuela, pero sin el acento de Oklahoma-. Soy Birkita, Sacerdotisa de Adsagsona -añadió. Después se levantó del taburete, se arrodilló e hizo una respetuosa reverencia-. Os doy la bienvenida a casa, en el nombre de la diosa. Ella nos ha concedido la presencia de una Portadora de la Luz.

Morrigan abrió la boca. Y la cerró. Finalmente, dijo:

– No eres mi abuela.

La mujer, de pelo oscuro, inclinó la cara. Tenía una sonrisa bondadosa, pero también fruncía el ceño con confusión.

– No, mi señora. Tengo edad para ser abuela, pero he preferido practicar la castidad y estar al servicio de la diosa desde que era una mujer joven, así que no tengo hijos ni nietos.

Morrigan se pasó la mano por la cara.

– Lo siento. Yo…

Se quedó en silencio. Trató de organizar los cientos de preguntas que tenía en la cabeza. No podía dejar de mirar a aquella mujer. Era exactamente igual que su abuela, salvo que la abuela siempre llevaba el pelo corto, y la mujer que tenía enfrente lo llevaba muy largo y recogido en una trenza. Además, era más frágil que su abuela, y no tenía un aspecto tan joven. Llevaba una túnica de cuero muy bonita, bordada con un diseño de nudos que formaban un laberinto.

Con sobresalto, Morrigan se dio cuenta de que aquella mujer seguía arrodillada, y de que ella la estaba mirando como una tonta.

– ¡Oh! ¡Levántate! -dijo rápidamente, y después añadió-: Por favor.

Birkita se levantó y volvió a sentarse en el taburete, junto a la cama de Morrigan.

– ¿Dónde estoy?

– Estáis en las Cuevas del Reino de los Sidethas.

– Eso no está en Oklahoma, ¿verdad?

Birkita frunció el ceño de nuevo.

– ¿Oklahoma? Lo siento, mi señora, no conozco ese territorio. ¿Está en los reinos del sur de Partholon? Yo nunca me he alejado mucho de nuestras cuevas, y no conozco Partholon.

– ¡Partholon! ¿Has dicho Partholon?

– Sí, Portadora de la Luz -respondió Birkita con una sonrisa.

– ¿Estoy muerta?

La risa melodiosa de Birkita era como la de su abuela, e hizo que la mujer rejuveneciera diez años.

– No, mi señora. Estáis viva, aunque yo me preocupé por vuestra vida cuando emergisteis por primera vez del Cristal Sagrado…

– No lo entiendo…

Sin embargo, de repente, Morrigan se acordó de que había visto aquella cueva a través de la piedra de selenita, y de que Rhiannon, su madre, la había guiado y había evitado que se ahogara en el líquido arenoso de su interior.

– El Cristal Sagrado. Está en Usgaran.

– La enorme piedra de cristales de selenita -murmuró Morrigan-. Yo… escapé tras ella.

– ¿De qué escapasteis, mi señora?

– Hubo un derrumbe. Yo… habría muerto si no hubiera atravesado la piedra.

Kyle había muerto. Al recordarlo, a Morrigan le temblaron las manos. Birkita se inclinó hacia delante, le dio unas palmaditas y le hizo sonidos reconfortantes para consolarla.

– Pero no sucedió, mi señora. Adsagsona os salvó y os guió a casa, con vuestra gente -dijo Birkita, y le acarició la mejilla con delicadeza, casi con reverencia-. La diosa vino a visitarme en sueños anoche. Adsagsona habló conmigo y me dijo que había elegido a una Portadora de la Luz, y que la conoceríamos porque nacería del Cristal Sagrado. Yo misma presencié vuestro nacimiento, Hija de la Diosa, Portadora de la Luz, Elegida de Adsagsona.

Morrigan tenía un zumbido ensordecedor en los oídos.

– Tengo que ver esa piedra -dijo, y súbitamente, bajó los pies al suelo y se incorporó.

Birkita se apresuró a ayudarla, y Morrigan se alegró de que fuera fuerte, porque tenía la visión borrosa y las rodillas débiles.

– Cuidado, mi señora. Todavía estáis muy débil.

– Estoy bien, estoy bien -dijo Morrigan-. Necesito ver la piedra.

– Por supuesto, mi señora -respondió Birkita.

Después, ayudó a Morrigan a levantarse y la sostuvo durante sus primeros y torpes pasos; la condujo por un túnel que estaba iluminado con una luz blanca, azulada, suave, y que pronto desembocó en una sala que le resultó muy familiar. Era la imagen de la Sala del Campamento, de las Cuevas de Alabastro de Oklahoma. Tenía el mismo techo bajo y el mismo suelo plano, y por uno de los extremos discurría un riachuelo. Sin embargo, en aquel mundo, el suelo estaba cubierto de pieles lujosas y lleno de mujeres que hablaban y se reían. Hasta que vieron a Morrigan y a Birkita.

Morrigan apenas se fijó en las mujeres, ni en los cambios de aquella sala. Todo su ser estaba concentrado en la bella piedra de cristal que descansaba en el centro de la sala, como un enorme huevo mágico. Ella se alejó de Birkita y caminó hacia la piedra, que era exactamente igual que la de Oklahoma, pero sin la luz rosa y chillona. Con un grito de felicidad que sonó muy parecido a un sollozo, Morrigan posó las palmas de las manos en la piedra. La respuesta fue inmediata, y tan fuerte que tuvo la sensación de que había agarrado un cable de electricidad, pero en vez de darle una descarga de dolor, la corriente de poder la estaba llenando, la estaba completando.

«¡Portadora de la Luz!».

– ¡Sí! Soy yo. Te necesito… -balbuceó Morrigan, que no entendía nada más, aparte de aquella necesidad. Afortunadamente, el Cristal la entendió.

«Te oímos, Portadora de la Luz».

La corriente de poder eléctrico cambió, se calentó, aumentó, hasta que, poco a poco, la tirantez que Morrigan tenía en el pecho fue relajándose, y la confusión ensordecedora y el entumecimiento de su cabeza se aclararon. Recuperó la lógica, y supo que Birkita era la imagen de su abuela, al igual que Shannon y Rhiannon eran el reflejo la una de la otra.

Morrigan estaba en Partholon.

Eso la entusiasmaba, la llenaba de alegría, pero también de una profunda tristeza. Morrigan no sabía cómo había conseguido llegar allí, así que tenía pocas posibilidades de saber cómo volver. Eso significaba que nunca iba a volver a ver a sus abuelos, ni a sus amigos, y que no iba a vivir el futuro que había imaginado. Los abuelos estarían devastados. Morrigan cerró los ojos por el dolor que le causaba saber lo tristes que estarían sin ella.

Tal vez supieran que estaba viva en Partholon. Seguramente, lo imaginarían cuando les dijeran que sólo se había encontrado el cuerpo de Kyle en la cueva. Morrigan notó que se le estaban cayendo las lágrimas. Tal vez sintieran un poco de alivio por el hecho de que ella hubiera dejado un mundo al que nunca había pertenecido de verdad, y hubiera encontrado el camino hacia la tierra de su madre y su destino.

«Hija de la Diosa… Portadora de la Luz… Elegida». Aquellos títulos que le había dado Birkita resonaron por su cabeza, y Morrigan comenzó a asimilarlos.

Estaba en Partholon, el mundo de su madre. Ya no era un bicho raro que estaba siempre fuera de lugar. Era la Elegida de la Diosa.

Morrigan estaba en casa.

«¡Sí, Portadora de la Luz! ¡Estás en casa!».

Los espíritus de los cristales cantaron a través de su pie, calentando su cuerpo y su alma.

– Estoy en casa -susurró Morrigan. Entonces, abrió los ojos y miró el cristal que brillaba bajo sus manos-. Estoy en casa -dijo en voz más alta. Después tomó aire y añadió con una sonrisa-: Estoy en casa, ¡así que iluminad toda la cueva para mí!

«¡Te oímos y te obedeceremos con alegría, Portadora de la Luz!».

La piedra resplandeció bajo sus manos, con una luz que tenía la pureza y la belleza de un diamante perfecto. Con una sonrisa, Morrigan levantó los brazos y señaló al techo de la cueva, lleno de cristales.

– ¡Allí arriba también!

Hubo un restallido en el aire, y el techo se iluminó con un brillo cristalino.

– Vaya -susurró Morrigan, mirando todas aquellas piedras brillantes-. Es asombroso.

– ¡Bendita sea la Portadora de la Luz, y bendita sea Adsagsona!

La voz de su abuela, llena de felicidad, sacó a Morrigan de su ensimismamiento. Miró a Birkita, y vio que se había puesto de rodillas. Tenía la cara llena de lágrimas, pero estaba sonriendo con adoración a Morrigan.

– ¡Ave, Portadora de la Luz! -gritó, y todas las mujeres del grupo repitieron sus palabras. También ellas habían caído de rodillas.

Entonces, Morrigan carraspeó, sin saber qué esperaban de ella.

– Eh… bueno, muchas gracias por darme una bienvenida tan agradable -dijo-. Por favor, no tenéis por qué arrodillaros ante mí. Podéis levantaros -añadió rápidamente.

Entonces, percibió un movimiento por el rabillo del ojo, y volvió la cabeza. Vio a un enorme gato que había saltado desde uno de los salientes de la pared y que se estiraba lánguidamente mientras la observaba con sus grandes ojos color ámbar, y con evidente inteligencia.

– ¡Demonios, qué gato más grande! -exclamó Morrigan.

Con una suave carcajada, las mujeres se incorporaron. La abuela… no, Birkita, se corrigió Morrigan mentalmente, le dijo:

– Es Brina, una hembra de lince que vive en la cueva, la mascota de las Sacerdotisas de Adsagsona. No se ha movido de aquí desde que la diosa apareció en mi sueño y me avisó de tu llegada.

Fascinada con la belleza del enorme felino, Morrigan sintió un gran placer cuando el animal se acercó a ella y la olisqueó delicadamente. Como si la encontrara aceptable, el animal comenzó a frotarse contra las piernas de Morrigan, ronroneando suavemente.

– Eres una gatita preciosa, preciosa -la arrulló Morrigan.

El lince era tan grande que ella no tuvo que agacharse para acariciarle la suave piel del lomo. Cuando Morrigan miró a Birkita, vio que estaba sonriendo, como el resto de las mujeres que había en la cueva.

– Creo que le caigo bien.

– Reconoce a la Elegida de la Diosa -dijo Birkita.

Aquellas palabras, «Elegida de la Diosa», le parecieron algo tangible. A Morrigan se le llenaron los ojos de lágrimas.

Birkita se acercó inmediatamente a ella y le acarició el brazo con preocupación de abuela.

– Debéis de tener hambre, Portadora de la Luz. Los trabajadores van a volver de los túneles, y todos vamos a tomar la comida de la noche. ¿Queréis uniros a nosotras, o preferís retiraros a vuestra habitación para comer y recuperar fuerzas en privado?

Morrigan carraspeó.

– No, me gustaría comer con vosotros -dijo-. Con todos vosotros. No estoy cansada, sino hambrienta.

Al tocar la piedra de selenita, se había llenado de una energía que había acabado con el agotamiento del cambio de mundo. Ahora quería comer, y quería empezar a explorar su nuevo y asombroso hogar.

– Como deseéis, mi señora -murmuró Birkita-. Éste es el camino hacia la Gran Cámara -dijo.

Con una sonrisa, la mujer que parecía su abuela la precedió hacia la salida de aquella sala gemela a la Sala del Campamento, mientras el lince caminaba a su lado silenciosamente. Morrigan siguió a Birkita a cenar, y a descubrir su nuevo futuro.


Capítulo 3

<p id="_Toc287304540">Capítulo 3</p>

La Gran Cámara había sido excavada desde la sala que Kyle había descrito como la más profunda de las Cuevas de Alabastro. Al pensar en él, le dolía el corazón, pero Morrigan intentó apartarse de la cabeza la tragedia de la muerte de Kyle y siguió a Birkita hasta que llegaron a la sala. Morrigan la reconoció, pero sólo vagamente. Aquella sala cavernosa, primitiva, llena de piedras de Oklahoma, sólo era la sombra de su magnífico reflejo en Partholon. Morrigan se detuvo maravillada en el umbral.

La gran sala estaba llena de gente que iba de un lado a otro sirviendo comida y bebida entre las largas filas de mesas que estaban talladas en la piedra, una piedra de color mantequilla. Piedra caliza… El nombre de la piedra le apareció en la mente cuando acarició el lado suave de la entrada a la sala. Asimiló el conocimiento con facilidad, y le envió su gratitud en silencio al espíritu de la piedra.

La sala estaba muy bien iluminada, con muchas llamas azuladas que ardían en recipientes de piedra situados sobre pedestales. Eran los mismos recipientes que había en la Sala del Campamento y en los túneles, y Morrigan se preguntó cómo era posible que ardieran sin emitir ningún humo. Sin embargo, su mirada no permaneció en las llamas; observó las paredes de la cueva, que tenían incrustados unos mosaicos bellísimos de animales, plantas y paisajes.

– Es increíble… -susurró Morrigan-. Precioso.

– Venid, Portadora de la Luz. Deberíais ocupar el lugar de honor.

Morrigan siguió a Birkita hacia la que, evidentemente, era la mesa principal. Tras ella, en la pared, habían formado la figura de una mujer con piedras pulidas del color de la luna. La figura tenía las manos abiertas y las palmas hacia abajo. Morrigan se sintió atraída hacia aquel mosaico de la misma manera que se sentía atraída hacia la gran piedra de selenita, con una determinación que hacía desaparecer todo lo demás. Lentamente, con reverencia, acarició las piedras de la figura. Al instante supo que era alabastro pulido, y que aquella mujer era la diosa del Reino de los Sidethas, Adsagsona. Morrigan sólo tuvo un momento para sentirse sobrecogida por todos sus nuevos conocimientos, porque comenzó a oír los murmullos de excitación que se estaban produciendo en toda la sala, tras ella.

– Portadora de la Luz… Elegida de Adsagsona… Hija de la Diosa…

Morrigan respiró profundamente, reunió valor y se dio la vuelta. La enorme sala estaba abarrotada, y todos los que habían acudido estaban esperando que ella les prestara toda su atención. La timidez innata de Morrigan se apoderó de ella, con tanta intensidad que estuvo a punto de paralizarla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlarse y concentrarse en lo que le estaba diciendo Birkita.

– Portadora de la Luz, me gustaría presentaros al Señor del Reino de los Sidethas, Perth, y a la Señora, Shayla -dijo.

El hombre se inclinó ante ella, y la mujer le hizo una reverencia elegante.

– Nos sentimos honrados por vuestra presencia -dijo Perth.

– Adsagsona nos ha bendecido -dijo Shayla.

– Gracias -murmuró Morrigan.

Estaba abrumada por aquellas dos personas, que tenían edad suficiente para ser sus padres y vestían ricamente, con pieles y joyas, como si fueran los reyes de los Sidethas. Y se estaban inclinando hacia ella.

– Por favor -dijo Perth, y le señaló la silla que había en la cabecera de la mesa-. Ocupad el lugar de honor.

– Será vuestro siempre que nos honréis con vuestra presencia -dijo Shayla.

Morrigan volvió a darles las gracias, e iba a sentarse en el lugar que le habían indicado cuando se dio cuenta de que Birkita había hecho una reverencia y se estaba alejando de aquella mesa.

– ¡No, Birkita, espera! -la exclamación de Morrigan hizo que todo el mundo se quedara callado y la mirara. Ella tragó saliva nerviosamente y continuó-: No quiero que te marches -dijo, y después, se volvió hacia la pareja, que se había sentado a su lado-: Si no os importa.

– Por supuesto, como deseéis -respondió Shayla-. Birkita es una de las Sacerdotisas de Adsagsona, y siempre es bienvenida a nuestra mesa.

Morrigan se dio cuenta de que, aunque las palabras de Shayla habían sonado apropiadas, Birkita se ruborizaba. Se sentó de manera vacilante junto a ella, y miró su plato con incomodidad. Morrigan se irritó y se puso a la defensiva.

– Pues me alegro de que Birkita sea bienvenida en esta mesa, porque a donde voy yo, va ella -dijo. Sostuvo la mirada fría de Shayla y le dedicó una sonrisa forzada-. Birkita es importante para Adsagsona, y también para mí -entonces, la gran gata le lamió y tobillo a Morrigan, y ella se sobresaltó-. Y el lince también va conmigo.

Entonces, fue Shayla quien se ruborizó, y Morrigan sintió cierta satisfacción cuando aquella mujer tan bella y bien vestida asintió y murmuró:

– Por supuesto, mi señora. Como vos queráis.

Después, hizo un gesto para indicar que podían empezar a servirles.

– Cuidado -le susurró Birkita cuando todas las conversaciones se reanudaron a su alrededor-. El Señor y la Señora son muy poderosos.

Morrigan sintió ira al percibir la preocupación en el tono de voz de Birkita.

– ¿De verdad? -le preguntó en un susurro-. ¿Y pueden hacer esto?

Morrigan se puso en pie de repente, y sin mirar a nadie ni pararse a pensar, se acercó a una de las paredes. Apoyó en ella las manos, cerró los ojos y le dijo suavemente a la piedra:

– Ilumínate, por favor.

«¡Te oímos y te obedecemos, Portadora de la Luz!».

La respuesta fue inmediata y poderosa. Hubo una corriente de energía que pasó desde su palma a la piedra, y Morrigan sintió que los cristales de la sala se iluminaban. Antes de que abriera los ojos, oyó las exclamaciones de asombro. Entonces se volvió hacia la sala. Todos la estaban mirando fijamente.

– Quería darle un poco de luz a la cena.

Morrigan se sintió agradada al ver las expresiones de asombro de Perth y Shayla, que como todos los demás, salvo Birkita, estaban mirando los cristales de selenita, que brillaban y resplandecían como estrellas. Cuando volvió a su silla, las conversaciones tenían un tono más bajo y las miradas eran menos curiosas y más reverentes.

– Así aprenderán -le dijo en un susurro a Birkita.

Sin embargo, Morrigan se llevó una sorpresa, porque la mujer la miró con tristeza. Era la misma mirada contemplativa de su abuela, cada vez que Morrigan hacía algo que la decepcionaba. No una gran desilusión, como suspender un examen o ganarse una multa por exceso de velocidad, sino algo pequeño y privado, como olvidar decir «por favor» o «gracias», o reírse del azoramiento de otra persona. Morrigan se sintió reprendida al instante, y se preguntó por qué. Era evidente que Birkita se había disgustado por culpa de Shayla. En realidad, cuanto más miraba a Perth y a Shayla, más se daba cuenta de que tenían una actitud altiva. Parecía que estaban separados de todos los demás por una pared transparente, pero helada. Estaba claro que eran respetados, pero el instinto le decía a Morrigan que no eran queridos.

– Me resultáis familiar -dijo en aquel momento Shayla, y sacó a Morrigan de su ensimismamiento-. ¿Tal vez os habéis educado en el Templo de la Musa?

– Nuestra Señora se educó en el Templo de la Musa. No es muy común que un Sidetha deje las Cuevas durante un periodo de tiempo tan largo, pero Shayla es una mujer poco corriente, como nuestra hija, Geally, que ha seguido el ejemplo de su madre y está en su tercer año de estudios en el templo -explicó Perth, y le dio unas palmaditas a su mujer en el dorso de la mano, con un gesto cálido que habría resultado afectuoso de no ser por la mirada de repulsión que Morrigan percibió en los ojos de Shayla.

– Eh… no. Yo nunca he estado en el Templo de la Musa -dijo Morrigan, mientras se preguntaba qué ocurría en aquel matrimonio, aunque no fuera asunto suyo-. Pero enhorabuena por haberte educado allí -añadió, significara lo que significara eso.

– ¿Habíais visitado alguna vez nuestras cuevas? -preguntó Shayla, mientras apartaba disimuladamente la mano de la de su marido.

– No, es la primera vez que vengo -dijo Morrigan, mirando a Birkita. Sin embargo, Birkita eludió el contacto visual. ¿Le habría explicado a aquella gente que ella había llegado a través de la piedra de selenita?

– Es extraño que me resultéis tan familiar… -dijo. Shayla dejó la frase inacabada y se concentró en su comida, pero Morrigan se dio cuenta de que continuaba mirándola de reojo.

– No me gustan nada -le susurró a Birkita. La mujer palideció, y Morrigan aligeró el tono y dijo-: Pero me encanta Brina.

Aprovechó para darle al lince un poco de lo que tenía en el plato, que parecía pescado frito.

Parecía que Birkita estaba aliviada por el cambio de tema, y Morrigan sentía lo mismo. Entre bocados, Birkita le dijo:

– Seguramente sabéis, mi señora, que Brina significa «protectora» en el Lenguaje Antiguo. Brina protege desde hace mucho tiempo el Cristal Sagrado de Usgaran, pero nunca ha mostrado predilección por una Sacerdotisa. Ahora parece que os protegerá a vos, además de a Usgaran.

– Brina es increíble -dijo Morrigan-. Birkita, has mencionado el nombre de Usgaran. ¿Qué es?

Antes de que Birkita pudiera responder, Shayla intervino.

– ¿Cómo es que la Suma Sacerdotisa de Adsagsona no sabe lo que es el Usgaran?

– Señora, la Portadora de la Luz viene de muy lejos, de un territorio llamado Oklahoma. Tal vez allí la habitación que contiene el Cristal Sagrado reciba otro nombre.

Toda la mesa la miró con expectación.

– La Sala del Campamento -dijo Morrigan, que se sentía totalmente fuera de su elemento-. Así la llamamos en Oklahoma.

– ¿Oklahoma? -preguntó Perth con desconcierto-. Nunca había oído el nombre de ese territorio. ¿Dónde está?

– Oklahoma está muy lejos. Al oeste de Partholon. Al suroeste, en realidad.

– Los Sidethas no tenemos costumbre de alejarnos de las Cuevas, pero eso no significa que ignore por completo la geografía de Partholon y del resto de territorios de este mundo. Y no hay ninguno llamado «Oklahoma».

– En realidad, no está en Partholon.

Hubo exclamaciones de sorpresa a su alrededor, y Morrigan oyó murmullos de «¡no está en Partholon!» y «¡La Portadora de la Luz viene de más allá del Mar de B'an!».

– Sí, Oklahoma está muy lejos de Partholon, y por eso hay muchas cosas que me resultan extrañas aquí. Así que voy a necesitar vuestra ayuda con los nombres de las cosas y con el funcionamiento de vuestro territorio -improvisó Morrigan.

– Las Cuevas son una parte del Reino de los Sidethas, al norte de Partholon, y también le rendimos homenaje a la Elegida de Epona. ¿En Oklahoma no hay reinos de cuevas?

– Claro que hay cuevas -dijo Morrigan-. Por ejemplo, Las Cuevas de Alabastro de Oklahoma.

– ¿Y Adsagsona? ¿Erais vos también la Portadora de la Luz en Las Cuevas de Alabastro de Oklahoma? -preguntó Shayla.

«La verdad», recordó Morrigan, pasando por alto el enfado que le estaba produciendo aquella conversación. «Diré la verdad en todo lo posible».

– Los cristales me hablaban en Oklahoma, y también se encendían por petición mía, pero yo no sabía nada de Adsagsona. Hasta que llegué aquí, pensaba… pensaba que era la Elegida de Epona.

En vez de asustar a todo el grupo, todos la entendieron. Hablaron entre ellos en voz baja y asintieron. Incluso Perth y Shayla se mostraron apaciguados.

Birkita le cubrió la mano brevemente.

– Algunas veces, los caminos que marcan los dioses y las diosas son difíciles de entender y de seguir. Sería inimaginable ser la Elegida de Adsagsona y la Portadora de la Luz y estar alejada de vuestra diosa. Como su pueblo, Adsagsona no quiere alejarse de las Cuevas de los Sidethas. Adsagsona ha demostrado su amor por vos encontrándoos en Oklahoma, sacándoos del lugar oscuro en que habitabais y reuniéndoos con vuestra gente.

Su caricia y sus palabras eran de una bondad tan familiar que Morrigan tuvo que pestañear para no derramar lágrimas de nostalgia.

– ¡Ave, Adsagsona! -dijo Birkita, y su grito de alegría tuvo el eco de las veces de las mujeres de la sala.

Morrigan se dio cuenta de que, aunque Shayla y Perth formaban la palabra con los labios, no pronunciaban el nombre de la diosa. Extraño…

El resto de la comida pasó con mucho menos dramatismo. Shayla y Perth estuvieron conversando en privado todo el tiempo, y Morrigan le pidió a Birkita que le hablara de los mosaicos que decoraban la enorme sala, y pudo relajarse y comer mientras el reflejo de su abuela le describía el arte y las piedras.

Cuando terminó de comer, tuvo que hacer un esfuerzo por no estirarse y bostezar, como Brina. Sin embargo, Birkita se dio cuenta de que estaba cansada.

– Mi señora, todavía estáis agotada de vuestro viaje.

– Quería que me enseñaras las cuevas, pero creo que tienes razón. Estoy mucho más cansada de lo que pensaba -dijo. Entonces se volvió hacia la pareja real y, con una sonrisa forzada, añadió-: Me alegro de haberos conocido. Gracias por la comida, y por hacer que me sintiera bienvenida.

– Habéis dicho que no sabíais que erais la Elegida de Adsagsona cuando estabais en Oklahoma -le dijo Shayla cuando Morrigan estaba a punto de levantarse.

– Sí -respondió con cautela-. Entonces no conocía a Adsagsona. Sin embargo, ahora sí. Sé que ella me trajo aquí, y que éste es mi sitio.

– Bien, entonces, si sois la Suma Sacerdotisa de Adsagsona y la Portadora de la Luz, querréis llevar a cabo el ritual de la luna nueva, mañana por la noche.

Morrigan no supo qué decir. Afortunadamente, intervino Birkita.

– ¿Si lady Morrigan es la Portadora de la Luz de Adsagsona y su Suma Sacerdotisa? -dijo en un tono áspero-. Ella ha viajado a través del Cristal Sagrado y ha llegado al corazón de Usgaran, tal y como yo predije, porque la diosa me avisó de su llegada en sueños. Los espíritus de las cuevas hablan con ella y la reconocen como su Portadora de la Luz. Todos hemos presenciado que puede darle vida a la luz que hay en el interior de los cristales. No quiero ofenderos, Señora, pero no hay duda de que lady Morrigan es la Suma Sacerdotisa de Adsagsona.

– Por supuesto que no hay duda -respondió Shayla con condescendencia-. Es obvio que es la Portadora de la Luz. Yo no he cuestionado eso. En realidad, la estaba honrando y mostrándole mi respeto al mencionar el ritual. Supongo que lady Morrigan ocupará tu posición, ¿o vas a seguir haciendo las labores de Suma Sacerdotisa? Yo creía que sólo podía haber una, pero tal vez estoy confundida. Después de todo, no estoy tan versada en los misterios de los dioses y las diosas como tú. Tengo demasiado trabajo con el trabajo, más terrenal, de dirigir los asuntos cotidianos de nuestro reino.

Birkita titubeó. Cuando volvió a hablar, su voz era sincera.

– No, Señora, no estáis confundida. Sólo puede haber una Suma Sacerdotisa. Yo me aparto voluntariamente de esa posición. Por supuesto, es la Portadora de la Luz y la Elegida de Adsagsona quien debe ocuparla.

– Espera, no… -empezó a decir Morrigan. Sin embargo, Birkita le posó una mano sobre el brazo y la interrumpió.

– Es la voluntad de Adsagsona. Yo ya no tengo edad de ser doncella, ni madre. Me alegro de tener un papel menos importante, mi señora -dijo Birkita, con una sonrisa cálida para Morrigan.

– Bien. Arreglado. Eso significa que, mañana por la noche, lady Morrigan será quien dirija el ritual -zanjó Shayla.

– Señora, no sé… -dijo Birkita entonces.

– ¿No es responsabilidad de la Suma Sacerdotisa? -le espetó Shayla.

– Sí, lo es -dijo Birkita.

– Entonces, lo haré -dijo Morrigan.

– Pero… habéis estado inconsciente varios días, y aunque la diosa os ha concedido fuerzas hoy a través de la piedra sagrada, no os habéis recuperado por completo.

– Nuestra Portadora de la Luz es joven y fuerte, y es evidente que la diosa le ha concedido sus bendiciones. Estoy segura de que se habrá recuperado totalmente mañana por la noche -dijo Shayla.

– Sí, Señora, nuestra Portadora de la Luz tiene la fuerza de la diosa -dijo Birkita, aunque de mala gana, mirando con preocupación a Morrigan.

– Mañana estaré perfectamente. Sólo necesito una buena noche de descanso -dijo Morrigan, sosteniendo con firmeza la fría mirada azul de Shayla.

– Excelente. Nuestra Suma Sacerdotisa dirigirá el ritual. Parece un presagio favorable para nuestra diosa el hecho de que su Portadora de la Luz llegara justo antes de la luna nueva. ¿No te parece, Birkita? -preguntó Perth.

– Sí, Señor. La luna nueva es prometedora para Adsagsona, así que la llegada de lady Morrigan en este momento es definitivamente un auspicio feliz -dijo Birkita.

Morrigan sonrió y tomó del brazo, suavemente, a Birkita, para indicarle que se pusiera en pie.

– Entonces, decidido. Seguramente, será distinto al… eh… ritual de la luna llena de Oklahoma, pero Birkita me pondrá al corriente de los detalles. Así pues, gracias por todo de nuevo.

Tomadas de brazo, Morrigan y Birkita salieron de la Gran Cámara, seguidas por Brina. Morrigan sentía los ojos de Shayla clavados en la espalda, pero también se dio cuenta de que varias personas inclinaban la cabeza, respetuosamente, a su paso.


Capítulo 4

<p id="_Toc287304541">Capítulo 4</p>

Birkita la precedió en cuanto salieron de la Gran Cámara.

– Bueno, ha sido un poco extraño -dijo Morrigan. Sin embargo, Birkita negó con la cabeza y le susurró:

– Aquí no, mi señora.

Así pues, Morrigan se quedó callada y dejó todas sus preguntas para más tarde.

En aquella ocasión, prestó atención a los lugares por los que pasaban. Allí, los túneles y salas no eran las mismas estructuras rudimentarias y sin explotar de Oklahoma. Las llamas sin humo iluminaban las anchas paredes, y a cada pocos metros se abrían nuevos túneles a derecha y a izquierda. Los caminos estaban limpios y no había rastro de escombros ni de humedades. En los salientes de roca había estatuillas y delicadas piezas de cerámica. En algunas partes había mosaicos incrustados en la piedra, que a Morrigan le parecieron imágenes bellas y exóticas de las maravillas subterráneas.

Pronto llegaron a Usgaran. La piedra de selenita seguía brillando, pero con suavidad. Cuando Morrigan se acercó y la acarició, los cristales resplandecieron de nuevo con la intensidad de los diamantes, como si ella hubiera accionado un interruptor secreto.

– Es tan bello… -murmuró.

– Sí -dijo Birkita-. La Sacerdotisa que me precedió me contó historias de la Portadora de la Luz, que a ella le había contado, a su vez, la anterior Sacerdotisa. Todos sabemos que puede darse vida a los cristales. Sin embargo, saberlo y verlo son dos cosas distintas. Hasta que vos llegasteis, yo sólo me había imaginado la belleza de la luz.

– Entonces, ¿no ha habido Portadora de la Luz antes de mí?

Birkita negó con la cabeza.

– No, durante más de tres generaciones -respondió. Después, con una sonrisa, señaló hacia uno de los túneles que salían de Usgaran-. Vuestra habitación está ahí. Aunque han pasado muchos años, las Sacerdotisas de Adsagsona han mantenido la habitación de la Portadora de la Luz preparada. Algunas de nosotras nunca dudamos de vuestro regreso.

Como si supiera exactamente adónde debía dirigirse, Brina se adelantó por el túnel. El pasadizo se estrechaba y dibujaba unas curvas en ése. Después, Morrigan subió tres escalones y siguiendo las indicaciones de Birkita, giró hacia la derecha y apartó una cortina que daba a una pequeña entrada. Más adelante, el túnel terminaba en una habitación asombrosa. Estaba iluminada con un pequeño pedestal de luz, y había un saliente ancho que recorría la pared de la derecha y que estaba lleno de pieles, cojines y edredones.

Al otro lado de la estancia había salientes llenos de frascos que parecían de perfume, y cajas transparentes, en las que brillaban collares de piedras semipreciosas. Había un tocador con un espejo y un armario tallado. Para completar el opulento mobiliario había dos sillas tapizadas de piel. Morrigan miró a su alrededor, abrumada por la riqueza de todo aquello. Entonces, sus ojos se dirigieron hacia arriba y con una exclamación de sorpresa, posó los dedos en la pared más cercana. «Portadora de la Luz…», sintió en la piel, y todas las estalactitas de cristal que colgaban como cascadas heladas desde el techo se iluminaron y exhibieron una belleza delicada y atemporal.

– Es tan bonito -musitó Birkita-. Nos dábamos cuenta de que las rocas colgantes eran de cristal, claro, pero verlas iluminadas… es impresionante -entonces, miró a Morrigan con una sonrisa-. Espero que la habitación sea de vuestro agrado. Las leyendas antiguas dicen que, cuando Adsagsona formó las cuevas para su pueblo, se ocupó en especial de diseñar una cámara para la más amada de sus Sacerdotisas. A su Suma Sacerdotisa, la diosa también le concedió el don de escuchar a los espíritus de la piedra, así como la habilidad de encender la luz de sus cristales sagrados.

Morrigan caminó por la habitación, acariciando los preciosos frascos y mirando las cajas de joyas.

– Todo esto es increíble. Y desconcertante. Birkita, necesito que me ayudes a entender este lugar -le dijo.

– Por supuesto, mi señora. Estoy aquí para serviros a vos y a la diosa.

Morrigan se sentó en la cama. Brina saltó y se colocó a su lado, y Morrigan la acarició mientras pensaba en lo primero que iba a decir.

– No quiero quitarte tu trabajo -dijo con tristeza.

– ¿Trabajo?

– El de ser Suma Sacerdotisa. No tengo derecho a llegar aquí y quitarte el trabajo que has tenido durante tantos años.

Birkita sonrió.

– Ser Suma Sacerdotisa no es un trabajo, es una vocación. No dejéis que eso os angustie, querida niña. Así son las cosas. Todas las Sacerdotisas son sustituidas algún día por una mujer más joven. En realidad, para mí será un alivio transmitiros mis deberes. Soy vieja y estoy cansada, y quiero cumplir servicios más ligeros a la diosa.

– No creo que sea mucho más ligero durante un tiempo. Yo no tengo ni idea de lo que debo hacer.

– Confiad en vos misma y en la diosa, Portadora de la Luz.

– Y en ti -añadió Morrigan.

Birkita inclinó la cabeza.

– Si lo deseáis, mi señora.

– Así que, dime, ¿qué pasa con Shayla y Perth? ¿Son los que mandan?

– Son el Señor y la Señora desde hace dos décadas. Nuestro pueblo ha prosperado bajo su mando -dijo Birkita, y su sonrisa se volvió irónica-. Incluso más de lo que es normal para los Sidethas, lo cual es bastante impresionante.

– Sois ricos, ¿verdad?

– Siempre hemos sido un pueblo próspero. Aquí hay piedras preciosas y valiosas que no pueden encontrarse en ningún lugar de Partholon. Nuestra gente tiene talento para encontrar vetas de piedra ocultas, sino también para crear objetos bellos con esas piedras. Las tierras del exterior de las Cuevas son fértiles, y aunque el clima es más frío aquí que en el resto del reino, nuestras cosechas son abundantes. No tenemos muchos motivos para salir de nuestro reino. Además, para nuestros Señores, la creación y la adquisición de riquezas son lo más importante.

– A ti tampoco te caen bien Perth y Shayla.

Birkita titubeó y respondió con palabras cuidadosamente elegidas.

– Me ha entristecido ver cómo cambiaba el objetivo de muchas personas, desde el amor por la belleza que pueden crear y la alabanza a Adsagsona por todo lo que nos ha dado, al amor por las riquezas que podemos comprar en el mundo exterior.

– Shayla me produce una sensación mala.

Birkita miró a Morrigan con inteligencia y complicidad.

– Confiad en vuestra intuición, mi señora.

– Eso haré.

Morrigan tomó de la mano a Birkita. Si no podía confiar en aquella mujer, que era el reflejo de su abuela, entonces estaba completamente perdida.

– Birkita, Oklahoma no está más allá del Mar de B'an. Es algo mucho más complicado.

Birkita le apretó la mano a Morrigan y asintió con solemnidad.

– Podéis contármelo, mi señora. Guardaré vuestro secreto.

– Oklahoma está en otro mundo. Yo soy de otro mundo. No sé casi nada de dioses y espíritus, mucho menos de la Portadora de la Luz.

– Pero… habéis dicho que pensabais que erais la Elegida de Epona.

Morrigan asintió.

– Conozco a Epona, pero sólo un poco. Verás, mi madre murió al darme a luz, y a mí me criaron mis abuelos -dijo. Sonrió, y añadió-: Tú eres como mi abuela.

– Eso es muy amable por vuestra parte, mi señora -dijo Birkita, con los ojos empañados.

– No, no lo entiendes. No me refiero a que te parezcas a ella. Quiero decir que eres ella, o su reflejo en este mundo. Sé que es muy raro, y ni siquiera yo lo entiendo. No entiendo cómo es posible que puedan existir dos mundos. Pero sé que es así. Sé que es así porque mi madre era de Partholon. Se quedó atrapada en Oklahoma, y por eso yo nací allí.

– Pero… habéis dicho que os criaron vuestros abuelos. ¿Eran los padres de vuestro padre?

– No. Son los padres del reflejo de mi madre.

– Mi señora, esto no tiene sentido.

Morrigan se mordió el labio.

– ¿Quién es la Elegida de Epona?

– Rhiannon MacCallan es la Amada de Epona, la Elegida.

– No. Rhiannon MacCallan fue la Elegida de Epona. Era mi madre. Murió hace dieciocho años, al darme a luz. La mujer que ha sido Elegida de Epona durante todo este tiempo se llama Shannon Parker, y es de Oklahoma.

Birkita se había quedado pálida.

– ¿Cómo es posible? Ella tiene las bendiciones de Epona.

– Yo no he dicho que Shannon no sea la Elegida de Epona. Lo que quiero decir es que no es Rhiannon MacCallan. Es el reflejo de Rhiannon. Intercambiaron sus lugares antes de que yo fuera concebida. Mi madre, Rhiannon, cometió errores bastante grandes. Comenzó a prestarle atención a un dios oscuro, y le dio la espalda a su pueblo. Epona tuvo que reemplazarla. Por eso yo creía que era la Elegida de Epona. Creía que tal vez la diosa me había dado un poder especial, para demostrar que de veras había perdonado a Rhiannon antes de que muriera.

– Sois la Elegida, lady Morrigan. No de la diosa de Partholon, Epona, sino de la diosa que reina en el Mundo Subterráneo. Adsagsona es una diosa llena de amor, que le da todo al corazón de nuestra tierra. Os resultará fácil quererla y serle fiel.

– Pero estoy asustada, porque no me crié aquí, y no sé si voy a reconocer la voz de Adsagsona. ¿Y si oigo al dios equivocado?

Birkita tomó a Morrigan por la barbilla y le secó suavemente las lágrimas.

– Vos no sois vuestra madre.

– Algunas veces tengo dudas…

– Las Portadoras de la Luz no se mezclan con el mal -dijo Birkita con firmeza.

– Tampoco la Elegida de Epona.

Birkita negó con la cabeza.

– En vos no hay mal. De eso estoy muy segura.

– Eso parece algo que hubiera dicho mi abuela.

Birkita sonrió.

– Entonces, deberíais creerme -dijo. Después, su expresión se volvió grave-. Mi señora, no creo que sea buena idea hablarle a nadie sobre este mundo de Oklahoma, ni de que la Elegida de Epona no es quien debería ser. No creo que esos conocimientos favorecieran a nadie en Partholon. Divulgarlos podría tener el efecto contrario. Podrían dañar los cimientos de nuestro mundo.

– Ella tiene una hija de mi edad, ¿no es así?

– Sí, la Elegida de Epona fue bendecida con una hija llamada Myrna. Hace poco recibimos la noticia de que pronto dará a luz.

– Tal vez yo sea su reflejo, o ella el mío.

Birkita bajó la mirada.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

– Quizá Shayla os haya reconocido. Me comentó cuánto os parecéis a lady Myrna.

– Si me parezco tanto como Rhiannon a Shannon, puede que seamos como dos gotas de agua.

– Entonces, es bueno que los Sidethas no se alejen mucho de nuestro reino. Y no es bueno que Shayla no cumpla esa norma.

«¡No debes esconderte de tu destino!».

Aquellas palabras, susurradas en su mente, sobresaltaron a Morrigan.

– Bueno, no voy a hacer un gran anuncio sobre mi madre, pero tampoco me voy a esconder como si hubiera hecho algo malo.

– ¡Claro que no habéis hecho nada malo! Pero todo esto es bastante sorprendente.

Birkita se pasó una mano por los ojos, y Morrigan se dio cuenta de que estaba más pálida que antes.

– Para mí también. Es decir… Siempre supe que era distinta de los demás niños. Ninguno de mis amigos entendía por qué me gustaba tanto estar al aire libre, y además, oigo voces desde que era niña. Siempre he estado fuera de lugar.

– Ahora ya no, Portadora de la Luz -dijo Birkita.

– Hace pocos días que supe quién era mi madre verdadera, y que supe de la existencia de Partholon. Fue el mismo día en que oí a los espíritus de los cristales y los iluminé. Entonces, ocurrió algo horrible en las cuevas de Oklahoma, y yo pasé aquí a través de la piedra de selenita.

– A vuestro hogar, mi señora. Adsagsona os trajo a casa a través de Usgaran, y mañana, llevaréis a cabo vuestro primer ritual para la diosa.

– ¿Estás segura de que debería hacerlo? No sé qué tengo que decir…

– El ritual es muy sencillo, y estaréis sola la mayor parte del tiempo, así que no debéis temer hacer algo equivocado. Las demás Sacerdotisas y yo os bañaremos y os ungiremos, y os llevaremos a Usgaran. Allí, le pediréis a Adsagsona su bendición para el nuevo ciclo lunar.

– ¿Eso es todo? Entonces, ¿por qué no querías que lo llevara a cabo cuando Shayla lo propuso?

– Me preocupaba vuestra salud, no vuestra capacidad para hacerlo. La Suma Sacerdotisa debe ayunar antes del ritual, y yo sé que vuestro viaje os ha agotado -dijo Birkita, y le apretó la mano a Morrigan para transmitirle confianza-. Sin embargo, Shayla tenía razón al decir que sois joven y fuerte, y que contáis con las bendiciones de la diosa. Todo irá bien, Portadora de la Luz. Y ahora, debéis descansar y prepararos para la diosa.

Birkita se acercó al gran armario y sacó un camisón. Ayudó a Morrigan a desvestirse y a ponérselo, y después, la acostó.

– La puerta que hay junto a la entrada de esta habitación es la de vuestros baños. Son sólo para vuestro uso, así que nadie invadirá vuestra privacidad -le dijo, y le acarició el pelo con ternura-. Bienvenida a casa, Portadora de la Luz.

– Gracias, Birkita. Te agradezco todo lo que has hecho por mí.

– Ha sido un placer.

– ¿Sabes? Tú también tienes aspecto de estar cansada. Duerme bien esta noche.

– Ahora que estáis aquí, sana y salva, me restableceré rápidamente -dijo con una sonrisa-. Volveré por la mañana.

Le dio un beso a Morrigan en la frente, y se marchó. Morrigan miró al techo.

– Ahora, no tan brillantes.

Los cristales disminuyeron su luz y crearon una penumbra muy agradable para el sueño.

– Estoy en Partholon -dijo Morrigan en voz alta, probando aquellas palabras-. Estoy en otro mundo. Y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

«Estás viviendo tu destino».

– ¿Adsagsona? ¿Eres tú? -preguntó Morrigan suavemente.

No hubo respuesta. Ni en su mente, ni en el aire que la rodeaba.

Ojalá estuviera allí el abuelo. Seguramente, él sabría cómo ayudarla en todo aquello. Además, le encantarían aquellas cuevas. Aquello hizo que sonriera, pero su sonrisa comenzó a temblar al darse cuenta de que su abuelo no iba a ver nunca las Cuevas de los Sidethas, sino que tampoco volvería a verla a ella.

– Y fui tan mala con él…

Su voz se quebró en un susurro, mientras toda la nostalgia y la tristeza se apoderaban de ella.

«Lo siento, abuelo. Lo siento, abuela. Por favor, perdonadme. Os quiero muchísimo… os echaré de menos siempre».

Brina maulló y le acarició la cara con la nariz. Morrigan se abrazó al lince, enterró la cara en su pelaje suave y lloró hasta quedarse dormida.


Capítulo 5

<p id="_Toc287304542">Capítulo 5</p>

El sueño de Morrigan fue oscuro, frío. No era la oscuridad relajante de una cueva, sino una negrura helada y opresora que le producía sueños de estar enterrada en vida. Intentó convencerse de que sólo era un sueño, y de que iba a despertar. Sin embargo, era una de aquellas pesadillas de las que uno no puede salir.

Morrigan no podía liberarse de aquella sensación sofocante. Y en aquella negrura las voces de su mente se sucedían y se entremezclaban. Primero, la risa de una mujer, baja y burlona, y su voz orgullosa ordenándole con altivez que la eligiera. Después, un hombre que proclamaba con arrogancia que Morrigan era suya. Después, una voz femenina, más distante, diciéndole que fuera sabia, fuerte. Y, finalmente, otra voz de mujer, aquélla no tan lejana, pero no menos enigmática, diciéndole que confiara en sí misma.

Morrigan luchó contra aquella oscuridad opresora. ¿Que confiara en sí misma? ¿Cómo? No conocía aquel mundo. No entendía nada de dioses y diosas antiguos. No sabía cómo hacer uso de los poderes mágicos. La oscuridad la oprimía más y más, como si estuvieran echándole tierra encima con una excavadora. «¡Estoy viva! ¡No me enterréis!». Le latía el corazón tan frenéticamente que sentía dolor en el pecho, y no podía respirar.

Finalmente, Morrigan se despertó gritando, sudorosa.

Brina estaba a su lado, mirándola con la cabeza ladeada y una expresión de interés felino. Morrigan se incorporó y se frotó los ojos, y por impulso, apoyó la mano en la pared y murmuró:

– Más luz, por favor.

Los cristales colgantes del techo se iluminaron al instante y acabaron con la oscuridad de la pesadilla. Morrigan estaba empezando a darse cuenta de que tenía mucha hambre, y de que tenía que ir al baño. En aquel momento, oyó la voz de Birkita desde el otro lado de la entrada.

– Mi señora, ¿os habéis despertado?

– ¡Sí! Estoy despierta -respondió Morrigan alegremente. Estaba decidida a no permitir que una estúpida pesadilla le estropeara el día.

Birkita entró en la habitación sonriendo e hizo una reverencia.

– Buenos días, Portadora de la Luz.

Morrigan sonrió e inclinó la cabeza.

– Buenos días, Birkita.

El hecho de ver la cara familiar de su abuela a primera hora de la mañana fue tan normal que la reconfortó y la ayudó a calmar el dolor por la ausencia de sus abuelos. Y hablando de la ausencia de alguien, no había ni rastro de Brina.

– ¿Adónde ha ido el lince?

Birkita miró a su alrededor y se encogió de hombros.

– Supongo que ha ido a cazar, pero no os preocupéis. Brina siempre está presente durante nuestros rituales.

– Ah, bueno -dijo Morrigan.

– Hoy tenemos mucho que hacer. Hemos recibido la noticia de que el Maestro de la Piedra y el Maestro Escultor llegarán al final de la jornada. Uno de los territorios más ricos está pensando en hacer un encargo para un nuevo templo. Sea cual sea la razón, la visita del Maestro Kai siempre es un acontecimiento importante, y en esta ocasión, además, vendrá acompañado por el Maestro Escultor, Kegan. Y el mismo día del ritual de la luna nueva. El reino estará muy ocupado…

Birkita continuó parloteando y quejándose del poco tiempo que tenían para prepararlo todo de una manera que a Morrigan le recordó por completo a su abuela, mientras la llevaba hacia el tocador y comenzaba a peinarle, de manera experta, la larga melena caoba.

Cuando, por fin, Birkita paró para tomar aire, Morrigan dijo:

– Eh… tengo que ir al baño.

– ¡Por supuesto! ¿En qué estaba pensando? Pasad a vuestros baños mientras yo arreglo las cosas aquí.

– Birkita -dijo Morrigan, y la tomó de la mano-. Yo puedo hacerme la cama y limpiar mi habitación. Tú eres una Sacerdotisa, no una mujer de la limpieza. No tienes por qué recoger mis cosas.

– Oh, en eso os equivocáis, mi señora. Es mi deber ocuparme de la Elegida. Algún día, vos haréis lo mismo por vuestra joven sustituta. Así, mostramos nuestro respeto y nuestro agradecimiento a Adsagsona. Me quedaré a vuestro lado hasta que os sintáis totalmente cómoda en vuestra posición de Suma Sacerdotisa.

– Bueno, me alegro de que vayas a estar a mi lado, pero quiero que te relajes y que descanses. Yo sé cuidar de mí misma.

– No os preocupéis. A mí me gusta hacerlo. Ahora, pasad a los baños.

«Exactamente igual que la abuela», pensó Morrigan mientras salía de la habitación. Birkita le dijo:

– Pero no os bañéis todavía. Debéis ser aseada y ungida de manera correcta para el ritual.

– De acuerdo -dijo Morrigan.

Apartó la cortina que marcaba la separación entre su dormitorio y el túnel que conducía a Usgaran. Al entrar en los baños, no encontró la sala rudimentaria que esperaba; por el contrario, era una sala enorme con utensilios modernos. Estaba iluminada con un par de pilares de un líquido inflamable. En la pared había anaqueles de piedra que acogían toallas esponjosas y preciosos frascos de jabón y perfume. Había un hueco bastante grande excavado en el suelo, y junto a él, un grifo y un asidero. Morrigan levantó el asidero, y al instante comenzó a salir agua clara y caliente del grifo hacia la bañera de piedra.

– Qué genial… -susurró.

Explorando más, encontró, al fondo de la sala, el servicio, y se entusiasmó al ver que había huecos también excavados en la piedra, por los que fluía agua constantemente. No resultaba en absoluto desagradable.

– Vaya -murmuró mientras se lavaba las manos-. ¿Quién ha dicho que los cavernícolas no pueden vivir bien?

Cuando volvió a su habitación, Birkita ya le había hecho la cama, y había dispuesto sobre ella un vestido de lino blanco, del color del cielo, con unas zapatillas a juego.

– Me muero de hambre, y no me siento ni la mitad de cansada que ayer -dijo, mientras Birkita la ayudaba a envolverse en aquella complicada prenda. Cuando dispuso el último pliegue, lo sujetó con un broche de plata muy bonito.

– Me alegro de que hayáis recuperado fuerzas, pero siento recordaros que no podéis desayunar todavía. Debéis guardar ayuno hasta el ritual.

– Oh, demonios, ¿no puedo? Eso se me había olvidado.

– Hasta después del ritual, no. Después, podéis daros un banquete para celebrar vuestro primer ritual para la diosa. Hasta ese momento, podéis tomar agua, té o vino.

– Aj. ¿Agua? ¿Para desayunar? ¿Y vino con el estómago vacío? Creo que voy a tomar té -refunfuñó Morrigan.

Birkita se echó a reír suavemente.

– Los jóvenes siempre tienen hambre de todo: de comida, de amor, de vida. Debéis tener paciencia y prepararos para servir a la diosa.

Morrigan contuvo un suspiro. Seguramente, Birkita tenía razón. La abuela siempre tenía razón.

– Bueno, ¿puedo llevarme una taza de té a Usgaran? Debería pasar un rato allí antes de que comience el ritual.

– Muy bien. Así habla una Suma Sacerdotisa de verdad.

– Me parece que necesito práctica en eso de ser Suma Sacerdotisa.

– No tenéis por qué preocuparos, mi señora, lo conseguiréis -dijo Birkita.

Después, ambas salieron juntas de la habitación.

Cuando llegaron a la entrada de Usgaran, Morrigan se quedó inmóvil observando la escena que se desarrollaba ante sí. Si se había imaginado que podría sentarse tranquilamente y comunicarse a solas con Adsagsona, se había confundido. Aquél no era un lugar silencioso, en penumbra, idóneo para la meditación y la oración. Parecía el centro de un pueblo bullicioso. Las mujeres estaban sentadas confortablemente, charlando. Algunas estaban cosiendo, otras pintaban y otras estaban tallando recipientes de piedra de color crema. Había algunos hombres, que también estaban ocupados creando obras de arte y joyas.

Morrigan acababa de abrir la boca para preguntarle a Birkita por qué, aparentemente, había muchas más mujeres que hombres en Usgaran, cuando entraron dos hombres jóvenes en la sala. Iban vestidos como todo el mundo, con túnicas ribeteadas de cuero y adornadas con piedras semipreciosas y pieles, pero a Morrigan le parecieron distintos. Se dio cuenta de que era por su actitud. Irradiaban tal arrogancia que rozaba el desdén.

Morrigan los observó con atención. Cada uno de ellos llevaba un cubo grande lleno de un líquido marrón oscuro. Se acercaron a la piedra de selenita y dejaron los cubos ante ella.

– Bien. Llegas justo a tiempo para bendecir la mezcla de savia de alabastro -dijo Birkita, y comenzó a caminar hacia el interior de la sala. Sin embargo, Morrigan la tomó de la mano y tiró de ella hacia la entrada.

– ¿Quiénes son esos jóvenes?

– Son aprendices de Maestros de las Cuevas. Sólo ellos se adentran lo suficiente en las entrañas de las cuevas como para recoger la savia de alabastro. Ven, y podrás bendecir la mezcla. Deberíamos darnos prisa. No podemos hacer esperar a los aprendices.

– ¿Por qué? Si son sólo aprendices, ¿por qué no pueden esperar? Además, yo no sé cómo se bendice la savia de alabastro. Ni siquiera sé lo que es la savia de alabastro.

Birkita abrió mucho los ojos a causa de la sorpresa, pero se lo explicó rápidamente.

– En esos cubos hay savia de alabastro. Se recoge de las cuevas más profundas, donde el alabastro es más puro y antiguo. Se hacen hendiduras en la roca, y allí se recoge la savia.

– Pero, si esa cosa arde, ¿no es inflamable todo el circuito de cuevas?

– No. La savia es inofensiva en su forma bruta. Sólo adquiere la capacidad de inflamarse cuando es bendecida por una sacerdotisa de Adsagsona y después, mezclada con el jugo de maíz destilado y purificado. Entonces, arde e irradia esa luz clara que ves por todas partes en las cuevas.

– ¿El jugo del maíz?

– Sí, en su forma más potente es incoloro, como el agua. Pero es muy poderoso. Los Sanadores lo usan para limpiar las heridas.

– ¡Es como alcohol! -exclamó Morrigan-. Claro, el alcohol es inflamable. Así que es esa sustancia la que produce la luz sin humo.

– Morrigan, si en Oklahoma no tenéis savia de alabastro, ¿cómo ilumináis las cuevas?

– Se usa algo llamado electricidad. Es como… eh… aprovechar la energía de un rayo.

Birkita la miró dubitativamente.

– Me gustaría ver a un rayo domesticado. ¿Podéis hacerlo?

– No, no. Yo sólo ilumino los cristales. La electricidad es un tipo de magia distinta.

La Sacerdotisa asintió.

– Me imagino que ese tipo de magia debe de ser muy difícil de dominar -dijo, y señaló con la cabeza a los hombres que esperaban impacientemente-. Como los aprendices de Maestro de las Cuevas, que también son difíciles de controlar.

– Pero tú eres la Suma Sacerdotisa de la diosa. O lo eras, antes que yo. ¿No deberían esperarnos ellos a nosotras? Sin nosotras, la savia no tendría la capacidad de arder.

– Bajo el reinado de Shayla y Perth, el poder y el respeto provienen de la riqueza, y no de Adsagsona -dijo Birkita.

– Se parece mucho a algunas partes del mundo del que yo provengo -musitó Morrigan-. Así que supongo que tendré que bendecir la savia, por muy arrogantes que sean esos tipos.

– Como decís, mi señora, deberíamos hacerlo antes de que se impacienten demasiado.

– Muy bien, pero ¿puedo ver primero cómo lo haces tú?

Birkita la miró bondadosamente.

– Debéis aprender a confiar en vos misma, mi señora. La diosa os ha elegido, y lo único que queda es que entréis formalmente a su servicio.

– Quiero hacerlo, de veras.

– Parte de la divinidad de Adsagsona está en vos. Venid. Yo bendeciré el primer cubo, y después veremos si queréis bendecir el segundo.

Morrigan sintió nerviosismo, pero asintió. Birkita y ella caminaron hasta los dos jóvenes y Birkita los saludó.

– Bien hallados, Beacan y Mannix -dijo, y sonrió-. Nos habéis proporcionado una buena cosecha de savia.

– No tenemos por qué esperar, Sacerdotisa -dijo el joven de menor estatura.

Morrigan sintió una punzada de ira instantánea al percibir su tono grosero. Sin dudarlo, lo miró a los ojos.

– Birkita estaba conmigo. Por eso ha llegado tarde.

– Vos sois la Portadora de la Luz -dijo el otro joven. Su tono era de curiosidad.

– Sí, yo soy la Portadora de la Luz. También soy la nueva Suma Sacerdotisa de Adsagsona.

Mientras hablaba, Morrigan envió una plegaria silenciosa a los espíritus de los cristales de la piedra de selenita, para que brillaran con intensidad. Los espíritus respondieron con un resplandor que explotó en fogonazos de luz. Morrigan acarició la piedra para darle las gracias antes de volverse hacia los aprendices, a quienes ignoró, aunque sentía sus miradas. «Mmm, ayer no debían de estar en la cena», pensó. Después sonrió a Birkita.

– Adelante, bendice ahora la savia. Usgaran no es lugar para la impaciencia, así que será mejor que estos jóvenes sigan su camino.

Morrigan oyó las exclamaciones de asombro de varias de las mujeres que estaban más cerca, pero no le importó. Ni siquiera se inquietó cuando Birkita le lanzó una mirada de preocupación, mientras se situaba frente al primero de los cubos. Morrigan sentía que había algo malo en todo aquello. Lo sintió en lo más profundo de su ser, de la misma manera que sabía que los cristales se iluminarían cuando los tocara. También sabía que debía hacer algo al respecto, pero Birkita elevó las manos, y el silencio de la habitación distrajo su atención de aquella advertencia que le hacía el instinto.

– Adsagsona, apelo a ti, en las alturas -hizo una pausa y movió las manos desde lo alto hacia abajo, con las palmas abiertas, formando una uve con los dedos, a cada lado de uno de los cubos-, y abajo.

Entonces, Birkita comenzó a girar las manos, a dibujar formas bellas por encima de cada uno de los cubos. Morrigan observó con fascinación cómo salía una oscuridad humosa de la savia gelatinosa, mientras Birkita continuaba hablando:

– De la oscuridad nace la luz. De la piedra fluye el líquido. Sabemos que nuestra diosa atiende nuestras plegarias porque nos alimenta en el vientre de su propio cuerpo. Somos Sidethas. De la diosa somos. Y del poder de Adsagsona obtenemos el conocimiento. Danos luz, diosa.

Se produjo un suave sonido de chisporroteo, y el humo negro que se había formado en el cubo se disipó súbitamente. La savia quedó clara, brillante, como una gelatina transparente.

– Vuestro turno, Suma Sacerdotisa.

Morrigan se sobresaltó. Alzó la vista desde la savia recién bendecida y se dio cuenta de que todo el mundo la estaba mirando con expectación. Abrió la boca para decirle a Birkita que no, que no podía, cuando oyó las palabras «acepta tu destino», y con otro respingo, se dio cuenta de que quería bendecir la savia.

Morrigan quería ser Suma Sacerdotisa.

Para no tener la oportunidad de acobardarse, se acercó al segundo cubo e, igual que Birkita, elevó las manos por encima de la cabeza y comenzó a hablar con voz clara.

– De la oscuridad nace la luz. De la piedra fluye el líquido -dijo, recordando con facilidad las palabras. Sin embargo, se detuvo, tomó aire y señaló con las manos hacia abajo. Cuando habló de nuevo, recitó las palabras que le salían del corazón, en vez de lo que recordaba de la plegaria-: Escúchame, Adsagsona. Soy Morrigan, tu Portadora de la Luz, y tu Suma Sacerdotisa. Te pido que vengas a mí, luz imposible de la oscuridad impenetrable. Sólo una diosa podría darme el poder de crearlo.

Morrigan hizo una pausa mientras comenzaba a trazar dibujos con las manos sobre la savia del cubo. Del alabastro líquido comenzó a surgir una niebla oscura, que se intensificó bajo sus manos. Sin embargo, en aquella oscuridad, Morrigan sintió la chispa de una luz cristalina que ya se había hecho familiar para ella, como una amiga de la infancia, y cuando completó la bendición con las palabras «enciéndete para mí, por favor, diosa», el poder que surgió bajo sus manos no fue un chisporroteo suave. Fue una descarga de energía y luz que sorprendió incluso a la propia Morrigan.

– ¡Bendita sea Adsagsona! -gritó Birkita.

– ¡Bendita sea Adsagsona! -repitieron todos.

Morrigan miró a los dos jóvenes arrogantes y vio que ellos eran los únicos que no le daban gracias a la diosa. En vez de eso, la estaban observando a ella con los ojos entornados, inquisitivos.

Con un cosquilleo de poder en las manos, Morrigan arqueó una ceja y los miró con petulancia.


Capítulo 6

<p id="_Toc287304543">Capítulo 6</p>

El resto de la mañana pasó rápidamente, pero Morrigan siguió el consejo que su abuelo le daba una y otra vez: «Si tienes la boca cerrada y escuchas, te sorprenderá lo que puedes aprender acerca de la gente que te rodea».

Así pues, una vez que los aprendices arrogantes se hubieron marchado, Morrigan se acomodó en uno de los asientos cubiertos de pieles. Brina se acurrucó a su lado mientras ella bebía té dulce y escuchaba. Naturalmente, el abuelo tenía razón. Si sonreía y asentía amable pero silenciosamente, la gente se olvidaba pronto de que estaba allí, o de repente tenía ganas de charla con ella. Como consecuencia, Morrigan aprendió varias cosas.

Primero, que muchas personas no respetaban a las sacerdotisas de Adsagsona desde que Perth y Shayla se habían convertido en los Señores del Reino de los Sidethas. Y era evidente que Shayla tenía mucho poder. A las sacerdotisas no les agradaba, pero estaba claro que pese a ello, temían a los Señores. También estaba claro que los Sidethas que no estaban al servicio de Adsagsona respaldaban a los actuales dirigentes, aunque no le cayeran bien a nadie. La gente era muy rica, y Shayla y Perth lo habían hecho posible.

Cuanto más escuchaba Morrigan, más se daba cuenta de que había caído en medio de una lucha de poder. Las Sacerdotisas no tenían nada en contra de que la gente viviera bien, pero creían que Adsagsona estaba siendo olvidada a causa de tanta ansia de riqueza, así que querían que la gente volviera a adorar a la diosa y recuperara el antiguo modo de vida sencillo. Fuera lo que fuera.

Aquella situación era doblemente incómoda, porque parecía que Shayla tenía tendencia a desterrar de las cuevas a todo aquél que le causara enfado. La palabra «destierro» se pronunciaba a menudo, en susurros, acompañada de escalofríos.

Así pues ¿en qué posición estaba Morrigan? Bien, claramente, las Sacerdotisas estaban entusiasmadas con su presencia, y Shayla, todo lo contrario. Bien. Justo lo que ella necesitaba. Verse en mitad de un tira y afloja.

Un poco después del mediodía, Birkita y dos Sacerdotisas que le habían sido presentadas aquella mañana, Deidre y Raelin, fueron a buscarla con una sonrisa de expectación y le dijeron que era la hora de bañarse y ungirse para el ritual. Morrigan se levantó de su asiento y las siguió hacia su habitación para someterse a los preparativos del ritual.


Después de un delicioso baño, las mujeres la secaron vigorosamente con una toalla y comenzaron a aplicarle un aceite con olor a almendra dulce en la piel. Morrigan se dio cuenta de que estaba comenzando a sentirse casi mareada de emoción.

¡Se estaba preparando para escuchar la voz de su diosa!

Morrigan, envuelta en la gruesa toalla y acompañada por las tres mujeres, fue a su habitación. Sobre la cama, había una prenda extraña hecha de una tela blanca como la luna, que brillaba bajo la luz de las estalactitas de selenita. Morrigan la acarició.

– Vaya, es como la seda, pero en realidad es cuero.

– Es piel de cabra, de las más finas, curtida por las manos de las Sacerdotisas de Adsagsona, teñida y bordada con los mejores diamantes por una Suma Sacerdotisa que fue a pasar su eternidad con la diosa hace décadas. Yo me puse esta prenda para mi primer ritual de la luna nueva, hace casi cincuenta años -explicó Birkita con una sonrisa de nostalgia-. Ojalá fuera joven y flexible para ponérmela otra vez.

Morrigan observó a Birkita. «Es igual que la abuela», pensó Morrigan, «no pesará más de cincuenta kilos».

– Oh, por favor. Tú todavía puedes ponerte esto.

Birkita se ruborizó, pero sonrió.

– Ya es hora de que haya una nueva Suma Sacerdotisa. Os deseo que lo llevéis durante muchos años -dijo.

Después, les indicó a Deidre y a Raelin que la ayudaran a vestir a Morrigan, y entre las tres comenzaron a envolverla en aquel suave cuero.

– Eh, eh… un momento. Debe de faltar una pieza. O dos. O tres -dijo Morrigan, al ver el resultado final en el espejo.

La pieza de cuero se le ajustaba al cuerpo y marcaba su delgada cintura y sus caderas amplias y curvas. Tenía aberturas a cada lado de los muslos, y ella no llevaba nada debajo. Pero lo que más le asustaba era que la prenda sólo llegaba hasta sus costillas, y le dejaba los pechos completamente al aire.

– Tenéis razón, lady Morrigan -dijo Birkita. Se acercó al armario y sacó otra prenda de cuero blanco-. Esto se añadió al traje ceremonial durante la última década.

Mientras lo decía, le puso la prenda sobre los hombros. Era una especie de capa que se abrochaba al cuello y tapaba la mayor parte de la desnudez de Morrigan.

«Mal… Está mal… Es blasfemo».

Morrigan oyó aquel susurro en la mente, enfadado y entrecortado, y Morrigan olvidó el azoramiento de verse medio desnuda.

– No está bien -murmuró mientras tocaba con un dedo la capa.

Las jóvenes Sacerdotisas se miraron con incomodidad, y miraron también a Birkita.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Morrigan-. ¿Qué es lo que no sé?

– Durante generaciones, las Sumas Sacerdotisas de Adsagsona han mostrado su pecho desnudo durante los rituales. Es lo correcto, lo lógico -dijo Birkita con la voz tirante-. Si una Sacerdotisa se cubre el cuerpo ante su diosa, ¿qué más puede estar tapando? ¿La culpabilidad? ¿Deseos secretos? ¿Falta de sinceridad?

– Si piensas así, ¿por qué empezaste a cubrirte tú?

– Shayla lo consideraba una falta de pudor. Le parecía una vulgaridad -dijo Birkita-. Oh, al principio no lo dijo así. Habló de mi edad. En vez de honrar a la Suma Sacerdotisa como una mujer valiosa, una mujer que ha pasado de Doncella a Madre y de ahí a Mujer Sabia, Shayla hacía pequeños comentarios acerca de lo poco apropiado que era ver los pechos desnudos de una mujer que tenía edad suficiente para ser abuela.

Morrigan miró a Birkita y vio el dolor y la vergüenza en su mirada, pero la antigua Suma Sacerdotisa alzó la barbilla con orgullo.

– Ninguna de las Sacerdotisas más jóvenes ha recibido la llamada para ser Elegida. No había otra que pudiera llevar a cabo los rituales. Sé que Adsagsona no ve más que belleza en mi cuerpo, pero la gente, la gente de los Señores, no son la diosa.

– Algunos de ellos ni siquiera conocen a la diosa -añadió Deidre con enfado.

– Entonces, ¿por eso dejaste de mostrar el pecho desnudo? -preguntó Morrigan.

– Shayla ordenó que confeccionaran esa capa para mí -dijo Birkita-. Me la obsequió en público, antes de uno de los rituales de la luna nueva. Dijo que era un regalo de la Señora del Reino de los Sidethas para la Suma Sacerdotisa de Adsagsona. Rehusarlo hubiera sido un gran insulto.

– ¿Y llevar la capa no es un insulto?

– Eso, mi señora, es algo que debéis decir vos misma. Ahora, sois vos la Suma Sacerdotisa de Adsagsona.

– Sí, supongo que sí… -murmuró Morrigan, mirándose al espejo.


Ya no tenía que ponerse nada más. Birkita le alisó el pelo, y en vez de sus rizos, creó pesadas ondas de cabello color caoba que brillaban como el agua oscura. Después le colgó de las orejas y del cuello joyas con piedras azules, llamadas topacios, porque según ella, hacían juego con sus ojos. Después, Morrigan se puso las zapatillas de cuero, parecidas a unas zapatillas de ballet, y las tres mujeres la inspeccionaron.

– Estáis muy bella, mi señora -dijo Deidre.

– Maravillosa -convino Raelin.

– Perfecta -dijo Birkita.

– Nerviosa. Otra vez -respondió Morrigan.

– Sacerdotisas, podéis dejarnos a solas. Convocad a la gente en Usgaran. La Suma Sacerdotisa acudirá en breve -les dijo Birkita a Deidre y a Raelin.

Morrigan les dio las gracias por su ayuda mientras ellas le hacían una reverencia. Después, se marcharon, y ella se volvió hacia Birkita.

– Muy bien. Ahora dime lo que tengo que hacer.

– Hay palabras rituales que debéis decir, y os las enseñaré con facilidad. Pero antes, decidme, en vuestro antiguo mundo, ¿qué significaba la luna nueva?

– La luna nueva simboliza los comienzos nuevos. Mi abuela dice que es el momento perfecto para emprender nuevos proyectos, comenzar relaciones, empezar un viaje. Cosas así.

– Vuestra abuela es muy sabia. Ciertamente, la luna nueva simboliza los nuevos comienzos. Pero hay más. La luna nueva es el momento en que el velo místico que hay entre nuestro mundo y el Otro Mundo, donde habitan los dioses, es más fino. Durante el periodo de luna nueva, se puede provocar una gran magia, para el bien y para el mal.

– ¿El mal? -preguntó Morrigan, con un escalofrío.

Birkita la tomó de la mano.

– No tenéis nada que temer. Adsagsona os ha elegido, y no otro poder oscuro.

– ¿Y por qué estás tan segura?

– Ya hemos hablado de esto. Sois la Portadora de la Luz. Las Portadoras de la Luz no se mezclan con el mal. Debéis acabar con vuestras dudas… Tal vez os ayude saber que Adsagsona es una diosa poco corriente. Habita en el Mundo Subterráneo, en el vientre de la tierra. Está cómoda en la oscuridad, como sus Sumas Sacerdotisas. Decidme, ¿habéis tenido alguna vez miedo a la oscuridad?

– No. En realidad, me gusta. Mis abuelos siempre me decían que encendiera una luz por las noches, cuando me levantaba para ir al baño, porque me iba a dar un golpe en algún dedo del pie, o algo así. Sin embargo, nunca me ocurrió. Me… me preocupaba que estar tan cómoda con la oscuridad fuera algo malo.

– No, hija mía. Era una señal temprana del favor de Adsagsona. Yo también me he sentido siempre cómoda en la oscuridad. Nuestra diosa es una madre afectuosa y protectora para los Sidethas. Ella marca a sus Sacerdotisas desde jóvenes, y las cuida durante toda la vida. Pero debéis recordar que, aunque Adsagsona prefiera la oscuridad, también adora la luz. Por ese motivo creó a las Portadoras de la Luz y les concedió el don de avivar la luz que hay en el interior de los cristales de la tierra. El mal que acecha en la oscuridad rehúye la luz. Vuestra luz puede abrasar a ese mal, si él intentara rozaros alguna vez.

– ¿El mal nunca te ha acechado a ti?

– No, hija. Yo nunca he encontrado nada en la oscuridad, aparte del amor de Adsagsona.

– No sé, pero no me siento mejor -dijo Morrigan.

– Acabad con vuestras dudas, Suma Sacerdotisa. Vuestra diosa es buena. Ella os ha concedido un gran poder. No permitáis que vuestra inexperiencia y juventud os hagan vacilar a la hora de servirle -le respondió Birkita con una sonrisa-. Ahora, debemos apresurarnos. La gente nos estará esperando. A vos, en realidad.

Rió suavemente, y después guió a Morrigan a Usgaran. Por el camino, siguió explicándole cosas.

– Vamos a entrar en Usgaran. La gente habrá formado un gran círculo alrededor del Cristal Sagrado. Vos os situaréis frente a él e invocaréis la presencia de la diosa.

– ¿Y cómo lo hago?

– Lo habéis hecho ya, cuando bendijisteis la savia de alabastro.

Morrigan asintió.

– Bien, eso puedo hacerlo. ¿Y después, qué?

– Después, sólo tenéis que agradecerle a Adsagsona todas las bendiciones que nos concedió durante la pasada fase de la luna. Cuando terminéis la bendición, diréis «¡ave, Adsagsona!», y la gente lo repetirá. Después, todo el mundo se marchará, y os dejará sola en Usgaran. La última parte del ritual es personal. Es algo entre la diosa y su Suma Sacerdotisa.

– Bueno, eso está bien.

– Desde hace mucho tiempo, es mi parte favorita del ritual -dijo Birkita-. Habrá vino para hacer una libación en una copa, cerca del Cristal Sagrado. Debéis tomar la copa y verter el vino alrededor. Después, extinguiréis las llamas de la savia, y las de los demás cristales. En la oscuridad es donde Adsagsona concede las bendiciones a la Sacerdotisa para las próximas fases lunares, para los Sidethas. Dadle las gracias a la diosa, prended de nuevo las llamas y reuniros con el resto de las sacerdotisas en la Gran Cámara para comer.

– Eso no suena mal -dijo Morrigan.

Habían llegado a la entrada de Usgaran, y se detuvieron en el interior de la entrada. La sala estaba abarrotada. Sus murmullos le recordaron a Morrigan a las hojas secas del otoño en una tormenta. Respiró profundamente y puso las yemas de los dedos sobre la piedra de la pared.

– Ilumina la piedra, por favor -susurró.

Después, sonrió a Birkita y, mientras la piedra de selenita comenzaba a resplandecer, entró en la sala.

– Que la suerte y la diosa estén contigo, hija mía -dijo Birkita, mientras Morrigan se alejaba y ella se ocultaba entre las sombras.

Nadie se dio cuenta de su presencia, y nadie se dio cuenta de que estaba llorando suavemente.


Capítulo 7

<p id="_Toc287304544">Capítulo 7</p>

La gente se quedó silenciosa en cuanto la piedra se iluminó. Todos los ojos se clavaron en Morrigan mientras avanzaba seguida de Brina. Cuando llegaron junto al Cristal Sagrado, Brina se situó a un lado de la gran piedra, moviendo la cola con inquietud, observando con sus ojos enormes a la multitud.

Morrigan esperó un momento, ordenó sus ideas y miró hacia las profundidades del bellísimo cristal iluminado. Entonces, siguiendo un impulso, Morrigan se volvió hacia el grupo que la rodeaba. Con un movimiento rápido, se desató el cordón de la capa de cuero y se la quitó de los hombros. Mientras la lanzaba lejos, Brina emitió un maullido de guerra que a Morrigan le puso el vello de punta.

«¡Sí!».

Aquella palabra le invadió la mente y acabó con todo su nerviosismo. Vio, más que oír, los jadeos de asombro de la gente, y apenas miró a Shayla, que tenía cara de profunda desaprobación, mientras se echaba el pelo hacia atrás y levantaba orgullosamente los brazos por encima de la cabeza. Con voz potente, invocó la presencia de la diosa.

– Adsagsona, ¡te llamo a las alturas! -dijo, y después, bajó la cabeza y las manos, y volvió las palmas hacia abajo, con los dedos abiertos, para formar una uve-. Y abajo. Diosa, te pido que estés conmigo en esta noche tan especial para ti, la noche de la luna nueva. Soy tu nueva Suma Sacerdotisa, y te prometo que haré que te sientas orgullosa de mí.

Morrigan cerró los ojos para concentrarse y rogó: «Por favor, no me decepciones. Por favor, no me dejes aquí sola». Después, prosiguió:

– ¡Ven a nosotros, Adsagsona, y deja que tu pueblo te agradezca las bendiciones que le has otorgado durante las últimas fases de la luna!

Entonces, Morrigan volvió a elevar las manos, y esperó que todo saliera bien.

«¡Bienvenida, Portadora de la Luz, de quien estoy tan satisfecha!».

Morrigan abrió los ojos de golpe al oír aquella voz. Lo único que vio fue luz, y sintió una inmensa oleada de poder y calor. Entonces se miró a sí misma, y apenas pudo creer lo que veía. ¡Su cuerpo estaba ardiendo! No… no ardía. Era como si la diosa hubiera accionado un interruptor dentro de ella, y su alma se hubiera encendido con una luz ardiente. ¡Era impresionante! Morrigan echó hacia atrás la cabeza y rió de pura alegría, un sonido que también se extendió entre el resto de las Sacerdotisas. Muchos de los presentes cayeron de rodillas, llorando de alegría y dándole las gracias a Adsagsona.

Ajena a aquella multitud atemorizada, Morrigan alzó las manos y le habló a la diosa con el corazón.

– Adsagsona, sé que debo darte las gracias por las riquezas que les has concedido a los Sidethas, pero soy la nueva Suma Sacerdotisa, y voy a hacer una bendición diferente -dijo. Hizo una pausa, y buscó con la mirada a individuos entre aquel numeroso grupo. Entonces, comenzó a hablarle a la diosa de algunas personas-: Quiero agradecerte la habilidad que tiene Donnetha para crear joyas bellísimas.

La mujer, de mediana edad, abrió unos ojos como platos al oír su nombre, y se ruborizó con alegría. Después, inclinó la cabeza. Morrigan encontró a otra mujer a la que reconoció.

– Quiero darte las gracias por la habilidad de Gladys para esculpir el mármol y darle vida -dijo con una sonrisa para la Maestra Escultora.

Así, continuó agradeciendo a Adsagsona las habilidades de aquéllos a quienes había visto crear belleza y arte. Finalmente, vio la cara más querida para ella en todo Sidetha. Sonrió con calidez y dijo:

– Y, sobre todo, quiero pedirte una bendición especial para tu Suma Sacerdotisa Birkita, que te ama, y me ama a mí con verdadera generosidad -dijo. Después, terminó las bendiciones-: Diosa, quiero darte las gracias por los dones que les has concedido a los Sidethas, su talento, en vez de las riquezas que han obtenido con esos dones. ¡Ave, Adsagsona!

Sólo hubo una ligera pausa, y después, guiados por las alegres voces de las Sacerdotisas, todos respondieron al grito de «¡Ave, Adsagsona!».

Morrigan permaneció allí, con la piel brillante, con el pecho orgullosamente desnudo, las palmas de las manos y los dedos hacia abajo, intentando recuperar el aliento, mientras toda la multitud quedaba en silencio y comenzaba a salir de Usgaran. Se miró, y se dio cuenta de que brillaba con una mezcla de aceite de ungir y de sudor. Y tuvo que admitir que sus senos tenían un aspecto magnífico, brillantes, desnudos y llenos de vida. Que Shayla intentara decirle que debía cubrirse. Esa bruja podía irse al infierno, porque no era el destino de Morrigan pasar de puntillas como una aspirante a reina hambrienta de poder. Su destino era ser Suma Sacerdotisa y Portadora de la Luz, ¡y ella cumpliría su destino!

Cuando por fin miró hacia arriba, Morrigan se sorprendió, porque Usgaran estaba completamente vacía, salvo por la presencia de Brina.

– Bien. Ha llegado el momento de calmarse y hacer lo siguiente -murmuró.

Birkita le había dicho que debía verter una copa de vino alrededor del Cristal Sagrado, como libación para la diosa, y después, llevar a cabo la última parte del ritual a oscuras, a solas.

Morrigan miró a su alrededor, y en uno de los salientes de roca que había en la pared, detrás de la piedra, vio una gran copa de vino. La tomó y admiró su delicado diseño. Había sido tallada en una sola pieza de cuarzo rosa, y estaba llena de vino tinto. Morrigan comenzó a verter el líquido alrededor de la piedra de cristal, dibujando un círculo. El vino perfumó el aire con la esencia de las uvas y de las especias, y la embriagó un poco, como si ella misma hubiera bebido una copa entera.

Después, con gracilidad, Morrigan apagó las llamas que iluminaban Usgaran, y se situó ante el Cristal Sagrado. Con los dedos, acarició la enorme piedra.

– Eres tan bello… sobre todo ahora, que la única luz que hay en la cueva es la tuya -murmuró Morrigan. Después se miró y, al ver aquella y asombrosa luz que brillaba en su interior, se echó a reír suavemente-. Bueno, salvo por mí.

«Te oímos, Portadora de la Luz, Elegida de Adsagsona».

Aquellas palabras pasaron a través de sus dedos, dándole calor, produciéndole entusiasmo.

– Gracias. Muchísimas gracias. Pero ahora, necesito que te apagues durante un rato, para poder terminar el ritual.

«¡Como desees, Portadora de la Luz!».

Inmediatamente, el Cristal Sagrado se apagó, y Morrigan quedó sumida en una oscuridad completa. Ni siquiera su piel brillaba. Pestañeó varias veces, para acostumbrar la vista a la falta de luz, y alzó los brazos una vez más. Repitió la invocación, y después, comenzó a sincerarse.

– Adsagsona, ahora estamos solas y no tengo que fingir que sé lo que estoy haciendo. Espero que… Espero que no te importe que te hable como una persona normal, aunque no quiero faltarte el respeto, porque sé que tú no eres cualquier mujer normal.

Morrigan se quedó callada y se mordió el labio. No sabía si lo que estaba diciendo sonaba estúpido.

«Puedes continuar, Portadora de la Luz».

Morrigan contuvo un gritito de sorpresa. La voz de la diosa no era poderosa como antes, y le llegó desde la oscuridad, como si fuera algo casi tangible.

– Quiero pedirte tu bendición para los Sidethas en las siguientes fases lunares.

«¿Para todos los Sidethas?».

– En realidad, es algo que quería precisar. No me gusta cómo se trata a Birkita. Algunas cosas… o mejor dicho, hay algunas personas por aquí que me dan mala impresión. Así que supongo que me gustaría pedirte tu bendición para aquéllos que no me dan mala impresión.

Morrigan se mordió el labio de nuevo, sin saber qué más decir.

«¿Y no debería la Elegida rezar por toda su gente?».

Morrigan frunció el ceño.

– Seguramente sí, pero no llevo mucho tiempo siendo Suma Sacerdotisa, y como sabes, no soy de este mundo. Así que tal vez lo esté haciendo mal.

La risa de Adsagsona provocó chispitas de luz en la oscuridad.

«Confía en tu instinto, niña. No te defraudará».

– Gracias, Diosa. Intentaré hacerlo.

«Debes saber que tienes mi bendición, Morrigan MacCallan, Portadora de la Luz. A través de ti, la gente será bendecida, y tu luz iluminará la oscuridad…».

Morrigan sintió una ráfaga de viento en la oscuridad. Envolvió su cuerpo, levantó su cabello y le acarició suavemente la piel, como el abrazo de una madre. Ella se echó a temblar al sentir toda aquella belleza, y susurró entre lágrimas:

– ¡Ave, Adsagsona!

Mientras la presencia de la diosa abandonaba la sala, se encendieron las llamas de todos los pedestales, con el sonido que hacían las olas al romper contra las rocas de la costa. Morrigan alzó la cabeza, se enjugó las lágrimas y se abrazó a sí misma, llena de felicidad.

¡Le pertenecía a una diosa!


Capítulo 8

<p id="_Toc287304545">Capítulo 8</p>

Morrigan estuvo a punto de no ponerse la capa para cubrirse el pecho antes de salir de Usgaran. Afortunadamente, se dio cuenta de que estaba medio desnuda, y como sabía que no era buena idea pasearse así por las cuevas ahora que había terminado el ritual, se colocó la capa blanca en los hombros y se la abrochó al cuello.

Esperaba que Birkita aprobara lo que había hecho. Ella la estaría esperando en la Gran Cámara, con Deidre y Raelin. Estaba impaciente por ver a las mujeres, y además, estaba hambrienta, así que salió apresuradamente de Usgaran, seguida de Brina.

Afortunadamente, recordaba perfectamente el camino hacia la Gran Cámara. Y de no haber sido así, sólo tendría que haber seguido a su nariz, puesto que el olor a pan recién hecho era más efectivo que cualquier señal de tráfico. Cuando Brina y ella entraron en la sala, Morrigan se quedó asombrada al ver tanta gente allí reunida. Todos estaban enfrascados en conversaciones alegres, y ella se dio cuenta enseguida de que había más carcajadas y más charla que la noche anterior. Gladys, la escultora a la que había mencionado Morrigan durante las bendiciones, la vio.

– ¡Ha llegado la Portadora de la Luz!

Con exclamaciones de felicidad, todas las mujeres se pusieron en pie y le hicieron reverencias, mientras los hombres se inclinaban respetuosamente ante ella. Toda aquella atención hizo que Morrigan sintiera un aleteo de nerviosismo en el estómago. Se detuvo en seco.

Entonces, Birkita apareció frente a ella y le hizo una reverencia, y Morrigan se inclinó rápidamente y la tomó de las manos.

– Por favor, no lo hagas.

Birkita sonrió entre lágrimas de felicidad.

– Lo adecuado es mostrarle respeto a la Suma Sacerdotisa.

– Tú no. Los demás pueden hacerlo, pero tú no -dijo Morrigan. La abrazó y le susurró-: ¿Cómo lo he hecho?

– Has estado maravillosa. Perfecta -dijo Birkita.

– Entonces, ¿lo de descubrirme el pecho estuvo bien?

Birkita se echó un poco hacia atrás y le acarició la mejilla.

– Fue apropiado, y agradó a la diosa. Pero quiero que tengas cuidado. El desprecio arrogante a la autoridad puede acarrearle problemas incluso a una Suma Sacerdotisa.

Morrigan tomó del brazo a Birkita.

– Mi jefa es la diosa, y yo no estoy despreciando su autoridad.

Parecía que Birkita quería decir algo más, pero ambas se vieron rodeadas por una marea de mujeres que hablaban alegremente, y que condujeron a Morrigan hasta la mesa principal, que estaba llena de comida y de jarras de vino. Morrigan se dio cuenta de que Shayla y Perth estaban ausentes, pero no tuvo mucho tiempo para preguntarse el motivo. Comió y charló con las mujeres, que querían alabar el brillo mágico de su piel, y decirle lo bellos que eran los cristales iluminados. Todo el mundo estaba emocionado y feliz. A Morrigan le pareció que la Gran Cámara se había llenado con el amor de la diosa, y que todos estaban disfrutando de él. Sin embargo, de repente oyó la voz sobria de Shayla, y para ella fue como un jarro de agua fría.

– Si no está demasiado ocupada, Suma Sacerdotisa, sería agradable que nos acompañara a recibir a nuestros invitados.

Morrigan miró hacia arriba y vio a Shayla y a Perth, frente a ella. Tragó la comida que tenía en la boca y respondió de buen humor:

– Claro. Iré, no hay problema. Es decir, iremos -añadió, refiriéndose a Birkita.

– La costumbre es que la Suma Sacerdotisa salude a los recién llegados distinguidos, no que lo haga una Sacerdotisa retirada -dijo Shayla sin mirar a Birkita.

Morrigan miró Shayla a los ojos.

– Ella me está enseñando a hacer mi trabajo, y viene conmigo -respondió. Tomó a Birkita de la mano y dijo con firmeza-: Estoy lista. No quisiera hacer esperar a vuestros invitados.

Sin decir una palabra más, Shayla le dio la espalda a Morrigan y salió de la Gran Cámara seguida de Perth.

– Esto será interesante -dijo Morrigan, mientras Birkita y ella seguían a la pareja real.

– No la provoques tanto, hija. Shayla es una enemiga peligrosa -susurró Birkita.

– No te preocupes, Birkita. Yo también soy peligrosa. Además, Adsagsona me ha dicho que haga caso de mi instinto, y el instinto me dice que te necesito a mi lado.

– ¿Y no podrías encontrar un modo más prudente de hacer caso a tu instinto?

Morrigan le pasó el brazo a Birkita por los hombros y la ciñó contra sí.

– Tengo dieciocho años. Nada de lo que hago es prudente.

Birkita suspiró.

– Eso es lo que me preocupa.

Morrigan no respondió. Se había unido a ellas demasiada gente como para que pudieran mantener una conversación privada. Además, sentía curiosidad. Estaban siguiendo un camino que ascendía ligeramente, y que era el reflejo del camino por el que ella había entrado a la cueva en Oklahoma.

Pronto llegaron a la entrada, que estaba iluminada con grandes antorchas y braseros abiertos. Sobre las cabezas de los hombres que allí había reunidos, Morrigan vio el cielo nocturno, sin luna, pero con un mar de estrellas.

– Ven -le susurró Birkita-. Debes estar junto a los Señores del Reino de los Sidethas para saludar a los recién llegados en nombre de Adsagsona.

– ¿Es eso todo lo que tengo que hacer? ¿Sólo saludarlos?

Birkita asintió.

– Haz que se sientan bienvenidos en nombre de Adsagsona.

– De acuerdo, lo haré, y después me dedicaré a mis asuntos.

Sin soltar de la mano a Birkita, Morrigan se abrió paso entre la multitud y se acercó a Shayla y a Perth. Perth ya estaba hablando con alguien que estaba fuera de la línea de visión de Morrigan.

– Kai, Maestro de la Piedra, siempre nos sentimos honrados por tu visita.

– Igualmente, Kegan Dhiannon, nos sentimos agradablemente sorprendidos y honrados por la visita del nuevo Maestro Escultor de Partholon -dijo Shayla.

Morrigan se dio cuenta de que era su turno, y dio un paso adelante para completar el saludo.

Y se quedó helada. No podía respirar. No podía pensar. Ante ella había un hombre de aspecto distinguido, de mediana edad, y al lado de aquel hombre… estaba Kyle, el guía de las Cuevas de Alabastro de Oklahoma. O por lo menos, la mitad superior de Kyle. ¡La mitad inferior era un caballo!

A Morrigan se le escapó un gritito sin que pudiera evitarlo. Sin embargo, aquel pequeño sonido atrajo la atención hacia ella, y vio que los dos hombres la miraban con total asombro.

– Kai, Maestro de la Piedra, Kegan, Maestro Escultor, permitidme que os presente a lady Morrigan, nueva Suma Sacerdotisa de Adsagsona y Portadora de la Luz -dijo Birkita, que se había acercado rápidamente.

– ¿Lady Morrigan?

– ¿Portadora de la Luz?

Los dos hombres hablaron a la vez. Se habían quedado mirándola fijamente. Morrigan también sintió la mirada penetrante de Shayla, y las miradas de curiosidad de los Sidethas.

– ¿Suma Sacerdotisa? -le dijo Birkita para que reaccionara.

– Hola. Adsagsona os da la bienvenida a las Cuevas del Reino de los Sidethas -dijo Morrigan, aparentando más calma de la que sentía. Por el rabillo del ojo, vio que Birkita hacía una reverencia y se colocaba a un lado. Apenas sin darse cuenta, Morrigan la imitó.

Durante unos horribles segundos, tuvo la sensación de que los hombres no podían hacer otra cosa que mirarla. Sin embargo, la voz imperiosa de Shayla rompió el hechizo.

– Venid, honorables huéspedes. Vuestro viaje desde el Templo de Epona ha sido largo. Hay vino y comida esperándoos.

– Gracias -dijo Kai. Con evidente esfuerzo, dejó de mirar a Morrigan y desmontó-. Doy las gracias por la hospitalidad Sidetha.

– Yo también -dijo el centauro.

Morrigan dio varios pasos hacia atrás, tan sigilosa y rápidamente como pudo. Ojalá fuera invisible. ¡Kyle! ¿Cómo era posible que estuviera allí? Kyle estaba en Oklahoma. ¡Y había muerto! ¿Y cómo podía tener la mitad del cuerpo de un caballo?

– Morrigan nos acompañará, por supuesto -dijo Shayla, y le cortó la retirada.

Ella sólo pudo asentir, pero no consiguió que sus pies la obedecieran para seguir al grupo hacia la Gran Cámara.

– Un momento, Portadora de la Luz. Se os ha desabrochado la capa -dijo Birkita. Se acercó a ella y fingió que le ataba los cordeles, para poder susurrarle-: ¿Qué ocurre? ¿Qué te sucede?

– ¡Es… es mitad caballo! -siseó Morrigan.

– Kegan es un Sumo Chamán centauro, del clan de los Dhiannon. Recientemente lo han nombrado Maestro Escultor de Partholon -dijo Birkita, con el ceño fruncido de preocupación-. Es joven, pero los Sidethas lo conocen bien, y ha estado viajando aquí desde que era un adolescente para practicar sus grandes dotes para la escultura.

– Birkita, en Oklahoma no hay centauros. ¡Ni en ninguna otra parte de mi mundo! Seguro que es un buen chico, o lo que sea. Pero el hecho de que exista es una gran impresión para mí.

– ¿Un mundo sin centauros? Es difícil de imaginar, aunque puedo entender que ver a un centauro por primera vez debe de ser muy extraño. Sin embargo, debes controlar tus reacciones y cumplir con tu deber -le dijo Birkita, y tiró suavemente de ella por el camino.

– No es sólo eso -dijo Morrigan-. Lo conozco, o por lo menos a su parte humana, de mi antiguo mundo.

– ¿Estás segura?

– Kyle debe de ser su reflejo, aunque me parece muy raro que un hombre pueda tener como reflejo a un centauro -murmuró, más para sí que para Birkita. Después sacudió la cabeza mientras reordenaba sus ideas-. Es como Rhiannon y Shannon, que eran el reflejo una de la otra.

– Y me temo que lady Myrna, hija de la Elegida de Epona, y tú, también sois reflejos la una de la otra.

– Oh -musitó Morrigan.

– Exactamente -dijo Birkita.


Capítulo 9

<p id="_Toc287304546">Capítulo 9</p>

– Tal vez Shayla sólo quiera demostrar que me controla. Puede que me deje en paz si aparezco y así demuestra que puede darme órdenes -dijo Morrigan.

Birkita y ella llegaron al exterior de la Gran Cámara.

– Esperemos… -dijo Birkita, pero su expresión era dubitativa, como la de Morrigan. Desde las sombras de la entrada, miraron al interior de la sala. Morrigan tuvo que reprimir un gruñido. Shayla se había sentado a la cabecera de la mesa, entre el centauro y Kai. Junto a Shayla, el centauro se había reclinado al final de la mesa, y su parte de caballo estaba en el suelo, con las piernas recogidas bajo él. Debería haber dado sensación de incomodidad, de torpeza, pero para él parecía que funcionaba perfectamente. Morrigan se frotó la sien, porque notaba el comienzo de un dolor de cabeza.

– ¿Así que Kegan ha venido muchas veces a las Cuevas de los Sidethas de visita? -le preguntó a Birkita.

– Sí, viene mucho más a menudo que el resto de los visitantes. Kegan es muy poco corriente, en muchos sentidos.

– ¿Por qué?

– Uno de los motivos es que se convirtió en Sumo Chamán a una edad muy temprana, lo cual no es del todo normal. Además, recientemente lo han nombrado Maestro Escultor de Partholon, y ése es un honor que normalmente se reserva para una persona que tenga el doble de edad que él -explicó Birkita, y sonrió-. Kegan es único. A mí me agrada mucho, aunque es un… granuja que tiene demasiado éxito con las doncellas.

Morrigan miró a Birkita. ¡Estaba ruborizada! Volvió a mirar a la mesa principal. Shayla le dio un empujoncito juguetón al centauro en el hombro y se rió ridículamente en respuesta a algo que él había dicho. Morrigan frunció el ceño. Era una coqueta.

– Bueno, de todos modos, Kegan viene mucho aquí, y también Kai.

– Sí -respondió Birkita-. Kai es el Maestro de la Piedra de Partholon, y su cometido es elegir las piedras que se van a usar para construir los edificios y las obras -dijo, y suavizó la voz antes de continuar-: Shayla presta mucha atención a los visitantes poderosos, y Kai siempre ha sido el favorito de la Señora. A menudo he pensado que se habría unido a él si hubiera sido un Sidetha, y su deseo por él es una de las razones por las que desdeña a Perth. Y no es de ayuda el hecho de que Kai venga tan a menudo a elegir piedras para las estatuas en honor a Epona.

– Entonces, si tiene que elegir las piedras para la diosa Epona, Kai debe de conocer a Shann… quiero decir, a Rhiannon.

– Sí. Kai vive desde hace mucho tiempo en el Templo de Epona. Si Kegan no se ha mudado a vivir allí, lo hará pronto. Lady Rhea, como se hace llamar la Elegida de Epona, también vive allí.

– Vaya. Entonces, los dos deben de conocer a Myrna.

– Sé que Kai está muy unido a lady Rhea y a su familia. Y, como Kegan, además de Maestro Escultor, es un Sumo Chamán, se reúne a menudo con el Sumo Chamán de Partholon, ClanFintan.

Morrigan miró a Birkita con desconcierto. Birkita suspiró.

– ClanFintan está unido a lady Rhea. Epona siempre crea a un Sumo Chamán centauro para que sea el compañero de su Elegida durante toda la vida.

A Morrigan le dio un vuelco el estómago.

– ¿Shannon se acuesta con un centauro? ¡El padre de Myrna es un hombre medio caballo, reflejo de mi padre! ¡Caramba! ¡No me extraña que Rhiannon huyera espantada a Oklahoma!

– Los Sumos Chamanes pueden cambiar de forma. Lady Rhea sólo mantiene relaciones sexuales cuando él adopta la forma humana.

– Vaya, eso es todo un alivio -dijo Morrigan, acariciándose de nuevo la frente-. Sin embargo, también quiere decir que soy exactamente igual que Myrna, y Kegan y Kai lo saben. Lo que tengo que hacer es evitarlos siempre que me sea posible. Con suerte, si no me ven no se preocuparán por mí. Además, hay gente que se parece a otra. No es tan raro.

– Tal vez tú tengas un parecido demasiado grande con lady Myrna.

– Sí, así que vamos a sentarnos a una mesa alejada de la mesa principal. Shayla está distraída, y quizá ni se dé cuenta. Cenaremos y nos iremos cuanto antes.

– Es un buen plan -dijo Birkita.

– Está bien, allá vamos…

Juntas, franquearon la entrada de la Gran Cámara. Morrigan se dirigió directamente hacia la mesa en la que estaban sentadas las demás Sacerdotisas.

– Ah, Morrigan. Ahí estás -dijo Shayla, desde el otro extremo de la sala.

Morrigan se detuvo e hizo una rápida reverencia en dirección a la mesa principal.

– Siento haberos hecho esperar. Me sentaré con las demás Sacerdotisas y…

– No, no, no. Tienes que sentarte con nosotros -dijo Shayla, y con el ceño fruncido, añadió-: Y Birkita también, por supuesto. El Maestro de la Piedra y el Maestro Escultor se niegan a revelarnos el motivo de su visita hasta que nuestra nueva Suma Sacerdotisa se una a nosotros.

Como Morrigan siguió vacilando, Birkita le susurró:

– Si te niegas sólo vas a llamar más la atención.

Morrigan se dirigió de mala gana a la mesa principal, y Birkita y ella ocuparon los dos sitios que quedaban libres, justo enfrente de Shayla y Kegan. Morrigan hizo un gesto para que uno de los sirvientes le llevara comida y bebida, sin mirar al centauro que estaba sentado frente a ella.

– ¿Cuándo habéis llegado a ser Suma Sacerdotisa, lady Morrigan?

La voz de Kegan, grave y sin emociones, era tan parecida a la de Kyle que a Morrigan se le encogió el estómago. Levantó la vista y se dio cuenta de que él la estaba observando con una intensidad que contradecía su tono de voz. Al mirarlo a los ojos, tuvo la sensación de que había dicho o hecho algo que le había disgustado mucho.

– Yo… bueno, me convertí en Suma Sacerdotisa hace pocos días.

– Yo estuve aquí hace cuatro ciclos de la luna. No os vi entonces con las demás Sacerdotisas, y nadie mencionó que Adsagsona hubiera elegido otra Suma Sacerdotisa -dijo Kai, que también estaba escrutándola.

– Ni tampoco tuvimos noticias de la llegada de una Portadora de la Luz -añadió Kegan.

– No la visteis y no supisteis nada de ella porque no estaba aquí -intervino Shayla, en un tono de irritación, dejando claro que le molestaba todo el interés que los hombres demostraban por Morrigan.

– Sí, Adsagsona nos la envió -dijo Perth.

– Sí, sí, sí. Birkita lo predijo. Esperó en Usgaran hasta que llegó Morrigan. Y ahora, ya conocéis la historia de nuestra nueva Portadora de la Luz y Suma Sacerdotisa -dijo Shayla. Se contuvo y sonrió a Kai y a Kegan, aunque ellos no se dieron cuenta porque continuaban mirando a Morrigan. Shayla siguió-: Maestro de la Piedra, has prometido que nos revelarías el motivo de vuestra visita cuando la Suma Sacerdotisa se sentara con nosotros. Lady Morrigan ya está aquí, así que no perdamos el tiempo.

Con evidente esfuerzo, Kai apartó la mirada de Morrigan. Ignoró a Shayla y le habló al centauro.

– Kegan, ¿quieres anunciarlo tú, o lo hago yo?

– Yo sólo soy el Maestro Escultor. Tú eres el Maestro de la Piedra y el mensajero -dijo el centauro.

– Muy bien -respondió Kai.

Se puso en pie y, con el semblante triste, comenzó a hablar.

– Vuestra Señora pregunta por qué hemos venido a vuestro reino, con tanta premura, el Maestro Escultor y yo. Hemos venido porque nos han encargado que elijamos el mármol para hacer la efigie de alguien que era muy querido en Partholon. Hace siete días, lady Myrna, Hija de la Amada de Epona, lady Rhea, murió dando a luz a una niña. La niña vive. Creo que el bebé es lo único que mantiene a lady Rhea vinculada a esta tierra -dijo, y tuvo que hacer una pausa para controlar sus emociones.

Morrigan sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. Myrna estaba muerta. Myrna. La hija de Shannon. Y había muerto siete días antes, el mismo día en que Morrigan había pasado de Oklahoma a Partholon a través de la piedra de selenita. Morrigan sintió un frío muy intenso y tuvo que abrazarse a sí misma.

Kai continuó:

– La Suma Sacerdotisa de Partholon está encerrada en su sufrimiento, y aunque lady Myrna ya ardió en su pira funeraria, lady Rhea ha pedido que se haga una estatua de su amada hija para que contenga sus cenizas y sirva de monumento para recordarla. Ésa es nuestra triste tarea -dijo Kai. Después inclinó la cabeza, ligeramente, hacia Shayla.

Kegan también habló, desde su sitio en la mesa.

– Lady Rhea ha pedido que se me permita quedarme en las Cuevas de los Sidethas hasta que haya terminado de esculpir la efigie. Pido permiso para hacerlo, Señora Shayla y Señor Perth.

– Kegan, por supuesto que tienes nuestro permiso para permanecer aquí hasta que termines tu tarea -dijo Shayla, que tomó a Kai de ambas manos-. Sé lo unido que estás a la Elegida de Epona y a su familia. Lo siento muchísimo.

Perth se puso en pie y se unió a las condolencias de su esposa. Entonces, Birkita le rodeó la cintura a Morrigan.

– ¿Estás bien, hija?

Morrigan se apoyó en ella, porque necesitaba su consuelo y su calor.

– No -susurró-. No, no estoy bien. Ése fue el día que yo llegué, ¿no?

– Sí.

– ¿Qué está pasando? No lo entiendo -susurró Morrigan frenéticamente.

– Aquí no, hija.

Morrigan apretó los labios para contener todas las preguntas que le habían invadido la mente. Birkita tenía razón. Debía controlarse.

Sintió su mirada antes de que él hablara.

– Tal vez podríais decir unas plegarias a vuestra diosa para pedirle que el viaje del espíritu de lady Myrna a las praderas de Epona sea rápido -le pidió Kegan.

Morrigan lo miró.

– Sí, por supuesto.

– Gracias, Suma Sacerdotisa -dijo él.

Aunque su sonrisa estaba teñida de tristeza, ella no pudo evitar responder a su presencia. ¡Se parecía tanto a Kyle! Era rubio, tanto, que su pelo espeso parecía de oro. Tenía la piel un poco más bronceada que su reflejo humano, lo que le hacía incluso más sexy.

Morrigan se dio cuenta de que se había quedado mirándolo fijamente, y dio un respingo.

– De nada -dijo rápidamente.

Kai, Shayla y Perth volvieron a sentarse, y Birkita le apretó el brazo a Morrigan. Cuando Morrigan la miró, Birkita asintió antes de ponerse en pie.

– Señora, si nos disculpa, la Suma Sacerdotisa ha dicho que le gustaría ofrecer una plegaria, mañana, por el espíritu de lady Myrna. De hecho, todas las Sacerdotisas deberían unirse a ella para pedirle a Adsagsona que ayude a lady Myrna en su viaje al Otro Mundo, y para ofrecer oraciones por la Elegida de Epona. Hay mucho que hacer para preparar la ceremonia -dijo. Después miró hacia atrás e hizo un gesto a las Sacerdotisas, que se pusieron en pie y comenzaron a salir de la Gran Cámara.

Morrigan también se puso en pie.

– Sí, tenemos mucho que hacer.

– Muy bien, podéis marcharos -dijo Shayla.

Morrigan ya había hecho una reverencia y había empezado a darse la vuelta cuando Kegan le preguntó:

– ¿De dónde venís?

Ella lo miró y abrió la boca para decir que procedía de Oklahoma, un territorio situado más allá del Mar de B'an, al suroeste, pero lo que realmente dijo fue:

– Vengo de la diosa.

Kegan siguió mirándola durante varios segundos, y después inclinó la cabeza y dijo con una sonrisa pequeña e irónica:

– De esto no tengo duda, mi señora.

Afortunadamente, Birkita la tomó de la mano y tiró de ella hacia la salida antes de que algo más inesperado pudiera salir de sus labios. Sin embargo, mientras atravesaban la enorme sala, Morrigan sentía los ojos de Kegan clavados en ella.


Capítulo 10

<p id="_Toc287304547">Capítulo 10</p>

No había muchas habitaciones de invitados en las Cuevas de los Sidethas, pero las que había eran grandes, cómodas y privadas. Kegan las conocía bien, porque había viajado incontables veces a aquel reino. Ahora necesitaba un baño, y una buena noche de sueño. El baño era fácil de conseguir; el sueño sería más esquivo. Tenía que hablar con el Maestro de la Piedra sobre lo que había ocurrido. Con un suspiro de cansancio, recorrió el camino hasta la siguiente habitación, pero titubeó antes de entrar. Lo más probable era que Kai hubiera sentido más agitación al verla que él mismo, y el estado de ánimo del Maestro de la Piedra ya había sido, durante aquella última temporada, lo suficientemente oscuro como para…

– Deja de merodear y entra ya -dijo Kai, malhumoradamente, desde el otro lado de la cortina de cuero que cubría la puerta.

Kegan la apartó y entró. El centauro miró a su alrededor y asintió.

– Me parece lógico que tu dormitorio sea más opulento que el mío. Tú eres el favorito.

Kai frunció el ceño.

– No creo que hayas venido a hablar sobre la decoración ni sobre mi estatus entre los Sidethas.

– Es raro, ¿no? Se parece demasiado a lady Myrna como para que sea una coincidencia.

– No es Myrna -dijo Kai rotundamente.

– De nuevo, digo que se parece demasiado a lady Myrna como para que sea una coincidencia. Eso es cosa de los dioses, de eso no tengo duda.

– La gente puede parecerse sin que haya intervención divina.

El centauro arqueó las cejas y sonrió irónicamente.

– La nueva Suma Sacerdotisa del Reino de los Sidethas y lady Myrna no sólo se parecen. Son como dos gotas de agua.

– No es para tanto. Myrna estaba embarazada. Lady Morrigan todavía está tan esbelta como…

– Como lady Myrna antes de quedar embarazada. No, lady Morrigan no se parece a lady Myrna tal y como era últimamente, pero sí a como fue siempre.

– Puede ser -admitió Kai de mala gana.

– ¿Qué haría lady Rhea si…?

– ¡No! Ni tú ni yo vamos a decirle a Rhea que la nueva Suma Sacerdotisa del Reino de los Sidethas se parece muchísimo a su hija.

– Tal vez le sirviera de consuelo -dijo Kegan-. Y se dice que lady Rhea se sintió decepcionada al darse cuenta de que lady Myrna no mostraba ningún signo de ser la Elegida de Epona. Lady Morrigan ya es Suma Sacerdotisa, y los Sidethas también la llaman Portadora de la Luz, ¿no es así?

– Sí.

– Kai, ser Portadora de la Luz significa tener un don espectacular. Tal vez la Elegida de Epona quiera saber que Adsagsona le ha concedido a su pueblo un don tan precioso…

– ¿No te das cuenta de que a Rhea le causaría mucho más dolor conocer a una poderosa Sacerdotisa que se parece tanto a su hija?

– Piénsalo bien, Kai. Claramente, esto es obra de una diosa.

– ¿Y qué sugieres que hagamos?

– Sólo sugiero que nos abramos a lo divino. Eso no significa que tengamos que llevarle esta dolorosa noticia a lady Rhea -dijo Kegan.

Iba a continuar hablando, pero Kai lo interrumpió y añadió:

– Lo que significa es que no deberíamos revelarle a ningún Sidetha que lady Morrigan se parece tanto a Myrna.

– Sí -dijo Kegan-. Creo que no es necesario que nadie de Partholon sepa que el reflejo de la hija de lady Rhea es la nueva Suma Sacerdotisa del Reino de los Sidethas, al menos por el momento. Tal vez cambiemos de opinión cuando llegue el momento de volver al Templo de Epona. Ahora, te dejo para que descanses -le dijo a Kai, inclinando la cabeza-. Deberías saber que he decidido pasar todo el tiempo posible con lady Morrigan, para permanecer abierto a lo divino. Te sugiero que tú pases el mismo tiempo evitando las preguntas de la Señora. Estoy seguro de que sabrás mantener su boca ocupada en otros menesteres -dijo, y riéndose, salió de la habitación de Kai seguido por su gruñido de «¡maldito centauro arrogante!».

Kegan todavía estaba sonriendo para sí cuando entró en sus baños privados. Mientras se quitaba de la piel las capas de polvo y sudor del viaje, no dejó de reflexionar. Qué asombroso giro del destino: encontrar a una Sacerdotisa poderosa que era la viva imagen de lady Myrna. Kegan se había sentido atraído hacia la hija de la Elegida de Epona desde el primer instante en que se habían conocido. Había sido todo un golpe para su ego el hecho de que ella no sintiera una atracción similar y que lo hubiera rechazado de plano. ¡Y todo por un humano sin poder alguno! A Kegan, aquello todavía le causaba asombro.

Tal vez la aparición de aquella otra Myrna, la joven tocada por lo divino y dotada de un poder poco corriente, pudiera ser una segunda oportunidad para él. A veces, los caminos de Epona eran misteriosos y difíciles.

Volvió a su habitación y se tendió con un suspiro en la cama de pieles que le habían preparado en el suelo. Cerró los ojos para intentar dormir, pero sólo podía ver la cara de lady Morrigan tras los párpados cerrados, la cara que tanto se parecía a la de lady Myrna. Cuando por fin durmió, sus sueños se llenaron con el eco del llanto de una mujer.


– Debo de parecerme tanto a Myrna como Kegan a Kyle -dijo Morrigan, mientras Birkita la ayudaba a ponerse el camisón.

Había enviado al resto de las Sacerdotisas a colgar guirnaldas de flores aromáticas para el ritual de oración del día siguiente, y por fin, estaban a solas.

– ¿Kyle? -preguntó Birkita.

– Sí, el chico al que conocí en Oklahoma, que se parece tanto a Kegan. Bueno, salvo que no es mitad caballo.

Birkita dejó de cepillarle el pelo a Morrigan y observó su rostro.

– Había algo entre Kyle y tú.

Morrigan suspiró.

– Eres igual que la abuela. Siempre sabe las cosas que yo no quiero que sepa.

– Cuéntamelo.

– Por casualidad, Kyle me sorprendió en la cueva cuando hice despertar la luz de todos los cristales, y…

Birkita siguió cepillando el pelo de Morrigan y sonrió.

– A veces, presenciar la obra de una diosa es una experiencia que inspira respeto reverencial…

– Bueno, fue algo más que respeto reverencial -dijo Morrigan, que notó que se ruborizaba-. Fue… fue realmente apasionado.

Birkita tenía una sonrisa sabia.

– Yo nunca me he casado, hija, pero eso no significa que la pasión me resulte extraña.

Morrigan tenía las mejillas ardiendo. Realmente, no quería explicar lo que había sucedido entre Kyle y ella.

– Bueno, de todos modos, mis abuelos me encontraron en la cueva con Kyle, y estábamos en mitad de una escena muy embarazosa cuando se produjo un derrumbe. Mis abuelos salieron, estoy segura, pero Kyle no quiso dejarme sola. Él… murió, pero yo pasé a través de la selenita y aparecí aquí.

– Y por eso te afecta tanto la presencia de Kegan.

Morrigan asintió.

– Esto es un lío, porque Kegan y el Maestro de la Piedra me han reconocido -dijo con tristeza.

– Tal vez no sea tan malo -dijo Birkita lentamente, mientras pensaba-. Kegan y Kai no van a salir corriendo al Templo de Epona para decirle a lady Rhea que el reflejo de su hija recién fallecida vive con los Sidethas. ¿Qué iban a conseguir con eso?

– No lo sé.

– Nada. Sólo conseguirían hacer sufrir más a lady Rhea. No van a decir nada, al menos hasta que haya pasado más tiempo. Y me parece que debe de haber una razón para que el Maestro Escultor de Partholon sea la imagen del hombre con quien estabas conectada en tu antiguo mundo. Tal vez Adsagsona te haya traído a Kegan. Y, querida niña, los regalos de una diosa nunca deben ser ignorados.


En sueños, aquella noche, un hombre se acercó a Morrigan. Tenía el cuerpo de Kyle. Sus manos eran las de Kyle, y sus labios eran los de Kyle, pero ella no podía verle la cara. Mientras le hacía el amor con una pasión que rayaba la violencia, su cabeza se llenó con la risa burlona de otro hombre.


Capítulo 11

<p id="_Toc287304548">Capítulo 11</p>

Por la mañana, Morrigan se despertó mucho antes de que Birkita fuera a su habitación. Se levantó y se puso un vestido de color crema, hecho de una tela que parecía una mezcla de seda gruesa y lino. Tenía una caída muy bella y se le ceñía al cuerpo suavemente, y estaba ribeteada con gemas amarillas. Después, Morrigan se tendió de nuevo en la cama y, mientras acariciaba a Brina, pensó en Myrna.

¿Qué era lo que le había dicho el espíritu de su madre? ¿Que era necesario hacer un sacrificio de sangre para que ella pudiera pasar a través de la División a Partholon? Morrigan había pensado que Rhiannon se refería a Kyle, pero ahora ya no estaba tan segura.

Ya era lo suficientemente desconcertante que la hija de Shannon fuera exactamente igual que ella, sino que además, le producía un sentimiento de angustia pensar que había muerto. «Y tal vez por mí», pensó. No. A Morrigan se le encogió el estómago. No. Ella no podía tener nada que ver con la muerte de Myrna. Estaba en Oklahoma cuando había ocurrido. Hasta el día de aquel derrumbe en la cueva, Morrigan ni siquiera sabía que existía Partholon, y mucho menos Myrna.

Sin embargo, el dios oscuro, Pryderi, sí sabía que existía Partholon, y seguramente también sabía que existía Myrna, y claramente, sabía que existía Morrigan. Según el abuelo, Pryderi había estado presente en su nacimiento.

– ¡No! Pryderi no tiene nada que ver conmigo. Yo le pertenezco a Adsagsona. No soy como mi madre. No voy a escuchar los susurros del dios oscuro.

– ¿Morrigan? -dijo Birkita desde el otro lado de la cortina de cuero-. ¿Puedo entrar?

– Sí, sí, por supuesto -respondió Morrigan.

Birkita miró a su alrededor al entrar en la habitación.

– ¿Estás sola? Me ha parecido oír que hablabas.

Morrigan sonrió con timidez.

– Estaba hablando sola.

Birkita sonrió también, aunque con un poco de preocupación.

– ¿Quieres que vayamos a desayunar?

– Creo… creo que antes quiero decir las plegarias por Myrna. Para mí tiene sentido. Ayer tuve que ayunar para el ritual de la luna llena. Esto no es menos importante.

– Sí, Morrigan -dijo Birkita en tono de aprobación-. Si esperas aquí, iré a llamar a las Sacerdotisas para que vengan a buscarte.

– Avisa también a Kai y a Kegan.

– Muy bien.

Después de que Birkita se marchara, Morrigan se miró en el espejo de la habitación.

– ¿Tienes la más mínima idea de lo que estás haciendo?

«Estás aceptando tu destino…».

Aquellas palabras flotaron a su alrededor en el aire fresco de la cueva. Morrigan intentó percibir la voz de la diosa en ellas, pero lo único de lo que pudo estar totalmente seguro fue del sonido de sus propias dudas.


Morrigan y sus Sacerdotisas se dirigieron a Usgaran para aquel ritual de oración. Las Sacerdotisas llevaban guirnaldas de lavanda y salvia que impregnaban el aire de una fragancia dulce. Había doce en total, y formaron filas de seis frente a Morrigan. Brina caminaba delante de ellas, y entre todas, formaban una procesión silenciosa que se movía en una ola de esencias.

La gran sala Usgaran estaba vacía, salvo por la presencia de Kai, Kegan y Birkita. Los tres estaban frente al Cristal Sagrado. Cuando las Sacerdotisas entraron a la sala, Birkita se acercó a Morrigan y le hizo una respetuosa reverencia. Las Sacerdotisas ocuparon su puesto, seis a cada lado de la piedra de cristal. Después, cada una de ellas se acercó a uno de los braseros que iluminaban la circunferencia de la estancia y prendieron la lavanda y la salvia sobre el fuego. Después de unos momentos, las Sacerdotisas apagaron las guirnaldas soplando suavemente, y volvieron a colocarse junto al Cristal Sagrado, mientras el humo de las hierbas se alzaba en volutas grises a su alrededor.

Morrigan se quedó de nuevo asombrada por la terrible belleza del centauro, y tuvo dificultades para dejar de mirarlo. Kegan parecía joven, era muy guapo y muy exótico, aunque tenía una expresión de tristeza.

Por fin, Morrigan apartó la mirada y se dirigió hacia el enorme Cristal Sagrado, que permanecía oscuro, tal y como ella lo había dejado. Cerró los ojos y se concentró. ¿Qué podía decir para ayudar al alma de Myrna, y para ayudar a todos aquéllos que había dejado atrás? Como su madre, por ejemplo. Shannon. La mujer con la que Morrigan siempre había soñado como si fuera su propia madre, y a la que había echado de menos durante toda la vida. Sintió una súbita punzada de ira y desesperación, y elevó los brazos por encima de la cabeza para comenzar el ritual.

– ¡Adsagsona, te llamo a las alturas! -Hizo una pausa, bajó los brazos y formó una uve con las manos-. Y abajo. Nuestros visitantes, el Maestro Escultor, Kyle y el Maestro de la Piedra, Kai, nos han traído noticias tristes. Myrna, la hija de la Elegida de Epona, ha muerto. Así que las Sacerdotisas y yo te rogamos que ayudes a su alma a encontrar el reino de su diosa, y que también ayudes a quienes dejó atrás. Alivia su pena y su dolor.

Sin abrir los ojos, Morrigan se detuvo, y luchó contra una ráfaga de celos que estuvo a punto de ahogarla. Seguramente en aquel momento, Shannon estaba llorando por la muerte de su hija, de la misma manera que Morrigan había empapado la almohada durante noches interminables durante su niñez, mientras lloraba hasta quedarse dormida, mirando la fotografía de Shannon, anhelando una madre que nunca podría tener. Pero durante todo aquel tiempo, todas aquellas noches, Shannon estaba viva y vivía en Partholon, y quería a su hija verdadera.

Con una intensidad que la hizo temblar, Morrigan deseó que sus abuelos no le hubieran ocultado la verdad. No era justo. Si se lo hubieran dicho, tal vez habría encontrado antes la manera de ir a Partholon, la habría buscado, y habría podido tener una madre, aunque fuera una madre que tuviera que compartir con su reflejo. Después de todo, Myrna estaba muerta, y ella estaba viva. Shannon la querría. Sin embargo, le habían arrebatado aquella elección. La frustración y la ira de Morrigan se encendieron.

La voz de Birkita llenó de repente el silencio que había empezado a hacerse espeso e incómodo en Usgaran.

– Oh, diosa que das el descanso, te agradecemos que guíes el espíritu de lady Myrna hacia las praderas de Epona. Deseamos que ese viaje sea jubiloso para lady Myrna, Hija de la Elegida de Epona y Amada de la Diosa, lady Rhea.

Al principio, Morrigan se había sentido aliviada porque Birkita hubiera continuado con el ritual, pero a medida que la escuchaba, la invadieron otros sentimientos. Birkita sabía que Rhiannon era la madre de Morrigan, y no de Myrna; sabía que lady Rhea era en realidad Shannon, el reflejo de Rhiannon ¡y sin embargo la había nombrado específicamente junto al título! ¿No podía haberla dicho sólo «Elegida de Epona»? ¿Por qué tenía que recordarle a todo el mundo que era «la Amada de la Diosa»? Su madre, la verdadera Rhiannon MacCallan, había desempeñado ese papel durante buena parte de su vida. El abuelo le había dicho que Epona la había perdonado por los errores cometidos antes de que muriera. Birkita debería mostrarle más respeto a Rhiannon. Antes de que la antigua Suma Sacerdotisa pudiera continuar, Morrigan habló, y lo hizo con la ira ardiendo en su interior.

«Sí… tu ira es justa… buena…», susurró una voz en su cabeza.

– Hoy no sólo rezo por Myrna, o por su madre. Rezo por todos aquéllos que han sufrido por su muerte. Todos los que se han entristecido por la injusticia de la situación -dijo Morrigan, hablando apasionadamente. Para ella, las palabras tenían más que un doble sentido. Tenían profundidad y diferentes significados, diferentes niveles de tristeza, dolor y pérdida-. Ayúdanos a encontrar la felicidad en la pena, significado en lo injusto, luz en la oscuridad. Y tal vez podamos ser parte de esa luz en la oscuridad.

La ira que había estado dentro de ella durante tantos años siguió ardiendo. Morrigan abrió los ojos y movió las manos ante sí como si estuviera arrojando todas aquellas emociones al Cristal Sagrado.

– ¡Escuchadme, espíritus de los cristales! ¡Que se haga la luz!

Y no sólo obtuvo la respuesta del cristal de selenita. Todo Usgaran resplandeció con una luz gloriosa.

Morrigan alzó los brazos, deleitándose con la pasión y el poder que vibraban dentro y fuera de ella.

«¡Eso es! ¡Reclama tu poder! ¡Reclama tu destino!».

– Reclamo lo que es mío. Soy la Suma Sacerdotisa y es mi luz la que brilla para todos los que han sido heridos o tratados con injusticia.

«Ya no soy una intrusa, ni una huérfana», añadió silenciosamente para responder a la voz de su mente.


En cuanto lady Morrigan entró a Usgaran, Kegan sintió el repiqueteo de impaciencia de los cristales. La vio aproximarse al Cristal Sagrado y se quedó sorprendido, y también inquieto, por el modo en que ella lo había escrutado. Cuando finalmente, comenzó el ritual, la voz de lady Morrigan era muy apasionada, como si estuviera devastada por la muerte de lady Myrna. Se había emocionado tanto que, durante un momento, no había podido continuar, y había parecido que Birkita había tenido que sustituirla y completar las plegarias por ella.

Entonces, lady Morrigan había empezado a hablar de nuevo, pero con un tono completamente distinto. Su voz estaba llena de ira y tenía una intensidad que estaba más relacionada con una batalla que con un funeral, y cuando abrió los ojos y les ordenó a los cristales que se encendieran, lo hizo con una fiereza que encendía la pasión, la ira y la necesidad, no el lamento y la pérdida.

Y los cristales no fueron lo único que se encendió; lady Morrigan también brilló. La habitación estaba nebulosa por el humo que desprendían las dulces hierbas del ritual, y la luz de los cristales atrapaba el vapor y le daba a todo un aspecto misterioso, como submarino. Lady Morrigan estaba en el centro de aquel reino de agua, como una diosa magnífica bañada en luz. El poder vibraba a su alrededor y le alzaba el pelo con su fuerza elemental. A Kegan se le escapó el aire de los pulmones mientras, hipnotizado, la veía reclamar su destino. El Sumo Chamán que había en su espíritu respondió inmediatamente a la Suma Sacerdotisa. Lady Morrigan no era lady Myrna, claramente. La hija de lady Rhea era bella e inteligente, dulce, amada por sus padres y satisfecha aunque su destino no fuera el de servir a la diosa.

La mujer que resplandecía ante él hacía que lady Myrna pareciera una copia incompleta del original. Y lo llamaba como si su luz fuera una llama de guía, haciendo que la atracción que había sentido por la hija de la Elegida de Epona pareciera débil e insustancial.

Entonces, Morrigan gritó:

– ¡Ave, Adsagsona!

Las Sacerdotisas repitieron su grito, y el ritual terminó. Morrigan bajó las manos y se apartó el pelo de la cara. Su cuerpo había perdido la mayoría de la luz. Kegan tuvo la sensación de que estaba ligeramente aturdida. Estaba allí, mirando fijamente la piedra, mientras las Sacerdotisas apagaban las guirnaldas de hierbas aromáticas y comenzaban a salir de Usgaran lanzándole a la Suma Sacerdotisa miradas furtivas, casi de miedo.

– Increíble -dijo Kai suavemente, mirando a Morrigan-. ¿Habías visto alguna vez algo así?

– No. Nadie había visto semejante poder durante más de tres generaciones.

– ¿Qué quieres decir?

– Que es una Portadora de la Luz. Eso significa que sus poderes son tan vastos como los míos. O más, quizá -explicó Kegan.

– ¿Es tan poderosa? ¿De veras?

– Sí.

– Entonces, ¿su poder podría rivalizar con el de la propia Elegida de Epona?

La pregunta de Kai hizo que Kegan se diera cuenta de algo que lo dejó helado.

– ¿Kegan? ¿Qué te ocurre?

– Es sólo que nunca había pensado en lo que puede significar para Partholon tener otra Suma Sacerdotisa cuyos poderes rivalicen con los de la Elegida de Epona.

– Pero ahora estás pensando en ello.

– Sí. Ahora sí, igual que tú.

Kegan miró a Morrigan. Birkita estaba hablando con ella. Kegan no oía lo que le estaba diciendo la anciana, pero le hablaba con una intensidad controlada, con el ceño fruncido y una expresión de inquietud. Kegan se preguntó qué era lo que ocurría. El ritual de oración de lady Morrigan había sido poco común, desde luego, pero ella era una Portadora de la Luz. Se sabía que eran mujeres de grandes dones, apasionadas, que dictaban sus propias normas. Birkita era una Suma Sacerdotisa muy culta y competente. Tenía que saber que las Portadoras de la Luz seguían su propio camino.

En aquel momento, Morrigan explotó de ira y alzó la voz.

– ¡Necesito salir a tomar el aire! -exclamó, e hizo un gesto brusco con la mano para interrumpir las palabras de Birkita-. No. No quiero oír nada más.

Entonces, la Portadora de la Luz lo miró. Kegan se sintió como si lo hubieran marcado a fuego. No había otra cosa en el mundo, salvo ella. Sus pensamientos, sus deseos, su visión, todo estaba concentrado en ella. Sin poder contenerse, se acercó a la Suma Sacerdotisa rápidamente.

– Por favor, permitidme que os acompañe a la superficie -dijo con una reverencia formal.

Morrigan titubeó durante un instante, y después le puso la mano en el brazo que él le había tendido.

– Muy bien. Necesito salir de aquí un rato.

– Vuestros deseos son órdenes para mí, lady Morrigan -dijo Kegan. Después, llamó a una de las Sacerdotisas que todavía estaba en Usgaran-. Por favor, que envíen una cesta con comida y vino a la superficie. Vuestra Portadora de la Luz necesita distraerse después del ritual.

– Sí, mi señor -dijo la muchacha, y se apresuró a cumplir su orden.

Kegan acompañó a Morrigan hacia la salida de Usgaran. Hasta mucho después de haberse marchado, sintió la mirada pensativa de Kai sobre él.


Capítulo 12

<p id="_Toc287304549">Capítulo 12</p>

Morrigan salió de la boca de la cueva como una estrella fugaz. Soltó el brazo del centauro y caminó hacia delante, se puso las manos en las caderas y miró al horizonte. Parpadeó con fuerza, medio cegada por el sol fuerte del mediodía, para adaptarse a la luz. Tomó bocanadas de aire cálido de la mañana para intentar calmar sus emociones tumultuosas, y respirar a través de los vestigios de poder y excitación que todavía electrificaban su cuerpo. El ritual había comenzado como respuesta al dolor y a la tristeza que sentía, pero se habían transformado rápidamente en ira. Entonces fue cuando se sintió completamente llena de poder. ¡Poder! La luz había atravesado su cuerpo de un modo más emocionante y fuerte que aquella vez en la cueva de Oklahoma, antes del derrumbe. Morrigan se estremeció al recordar el deseo que había sentido por Kyle, también.

– Vuestro ritual me ha conmovido.

A Morrigan se le había olvidado que el centauro seguía allí, y se sobresaltó un poco al oírlo. Estaba a su espalda, pero ella no se volvió a mirarlo.

– ¿De veras? A mí también.

– Ha sido diferente a cualquier otro ritual que haya presenciado.

Morrigan siguió sin mirarlo.

– Siento ser tan poco normal. Parece que también ha dejado alucinada a Birkita.

– ¿Alucinada?

Morrigan suspiró.

– «Alucinada» significa «asustada», o «maravillada», o «inquieta», o todo junto.

– Entonces, no, vuestro ritual no me ha dejado alucinado. He dicho que me ha conmovido, no que me haya asustado ni inquietado. Y, francamente, no entiendo por qué le ha parecido extraño a Birkita. Las Portadoras de la Luz siempre han seguido su propio camino.

Ella respiró profundamente y se dio la vuelta.

– ¿Qué sabes tú de las Portadoras de la Luz?

– Sé que históricamente, se las considera mujeres con gran talento y reglas propias -dijo Kegan con una sonrisa-. Pero nunca había visto a ninguna llevar a cabo un ritual, hasta hoy. Es mucho más interesante en persona que en las páginas secas y añejas de los libros de historia.

– Más o menos como los centauros.

La sonrisa de Kegan no vaciló.

– ¿Los centauros?

– Estabas presente ayer, cuando Shayla y Perth dijeron que Birkita había predicho mi venida, y que Adsagsona me había traído con los Sidethas, ¿verdad?

Kegan asintió.

– Sí.

– Todo eso es cierto. Pero no explicaron que Adsagsona me ha traído desde muy lejos.

– ¿Y dónde está el sitio del que venís? -le preguntó Kegan con curiosidad.

– Es un territorio llamado Oklahoma. Está… al suroeste. Y allí no hay centauros. Sólo en las… ¿cómo lo has dicho tú? En las páginas secas y añejas de los libros de historia.

Kegan pestañeó varias veces, completamente pasmado.

– ¿No hay centauros?

– Ni uno.

– ¿Yo soy el primer centauro que habéis visto en vuestra vida?

– El primero, sí.

– Y te has quedado… -Kegan titubeó después de decidirse a tutearla y arqueó las cejas por la familiaridad que tan rápidamente había sentido hacia ella-, alucinada conmigo.

Morrigan se echó a reír.

– Sí, admito que un poco.

– ¿Y cómo soy, en comparación con las páginas de los libros de historia? -preguntó él, con una sonrisa brillante que hizo que se pareciera todavía más a Kyle, si eso era posible.

Morrigan se tomó su tiempo para responder, aprovechando la excusa para estudiarlo. Primero, bajó los ojos desde su rostro a su torso humano, y después examinó su parte equina. Lo que había pensado sobre él antes era verdad: Kegan tenía una belleza terrible que era tan atrayente como extraña. Era diferente a Kyle. Su reflejo centauro era extremadamente masculino, un animal macho apenas templado por la parte humana. Y, al igual que en la cueva de Oklahoma, la excitación que todavía sentía después del poder del ritual la hizo acercarse a él con una fuerza elemental.

– Creo que eres magnífico -le dijo.

Él no se había movido mientras ella lo estudiaba, sino que había estado mirándola fijamente con sus ojos azules. Su expresión decía que disfrutaba de la atención, y agradecía su escrutinio.

– Entonces, tenemos eso en común. Yo también creo que eres magnífica.

Su voz se había hecho más grave, y Morrigan sintió escalofríos de electricidad.

– ¿Puedo preguntarte algo?

– Lo que quieras.

– Birkita me ha dicho que un Sumo Chamán centauro puede cambiar de forma. ¿Es verdad?

Él sonrió de nuevo.

– Sí, es cierto.

– ¿Y puedes adoptar cualquier forma?

– Cualquier forma de un ser vivo -corrigió él.

Lentamente, la tomó la mano y se la llevó a los labios. Le dio la vuelta y le besó la parte carnosa que había bajo el pulgar, y después, muy suavemente, la mordió allí, antes de decirle:

– Tal vez un día me permitas mostrarte mis habilidades.

Sus labios eran cálidos, y aquel delicado mordisco le envió a Morrigan chispas de placer por todo el cuerpo.

– ¿Puedes adoptar la forma de un hombre?

– Sea cual sea la forma que tome, deberías saber que siempre seré más que un hombre humano.

– Eso ya lo veo -dijo ella, con la voz un poco entrecortada.

Aquel flirteo burlón entre ellos hacía que Morrigan se sintiera de una manera que le encantaba. La belleza extraña de Kegan, combinada tan perfectamente con su parecido a Kyle, le excitaba, y Morrigan quería acariciarlo, aunque sabía que seguramente no debía hacerlo.

«¡Eres una Portadora de la Luz! ¡La pasión y el fuego son tu derecho!».

Aquella voz explotó en su cabeza y la impulsó a entrar en acción. Tiró de la mano, y Kegan la soltó fácilmente. Entonces, Morrigan vio cómo se le reflejaba la sorpresa en la mirada cuando ella, en vez de retroceder, se acercó todavía más a él.

– ¿Te importa que te toque?

– No sólo no me importa, sino que lo agradecería -dijo Kegan sin titubear.

Primero, ella le puso la mano sobre el hombro, justo por encima del bíceps. Él llevaba un chaleco de cuero que dejaba desnudo la mayoría de su torso. Kegan tenía una sonrisa juguetona.

– Ya me has tocado ahí.

– Lo sé, pero entonces estaba distraída y no estaba pensando realmente en ti.

– ¿Y ahora?

– Ahora, sí -dijo ella. Bajó la mano por su brazo poco a poco, y añadió-: Tienes la piel muy caliente. ¿Siempre es así?

– Sí. Los centauros tienen una temperatura corporal mayor que la de los humanos.

Con gran intriga, Morrigan puso la palma de la mano en la abertura de su chaleco, sobre la piel desnuda del pecho de Kegan, y extendió los dedos. Sin apartar los ojos de los de él, comenzó a bajar la mano, acariciándolo, por encima de sus músculos abdominales, bien formados, hacia la cintura, y más allá de su torso humano, donde el hombre se encontraba con la parte equina, de un pelaje dorado y brillante. Sintió que él temblaba, y se deleitó al ver que aquella pequeña caricia causaba una reacción tan evidente en Kegan.

– Asombroso -susurró Morrigan.

– Morrigan… -él gimió su nombre, mientras le pasaba la mano por la nuca para besarla.

El beso no fue una intrusión. Fue una pregunta. Morrigan respondió con entusiasmo. Le rodeó los hombros con los brazos, hasta donde pudo llegar, y recibió la lengua de Kegan con la suya. ¡Era tan cálido…! Y tenía un sabor salvaje, masculino y delicioso. La energía erótica que se había estado acumulando en su cuerpo se inflamó de nuevo, y ella se ciñó contra su cuerpo, deseando sumergirse en el calor y la pasión que él había encendido, como había deseado hacerlo una vez, en la cueva de Oklahoma.

– ¡Oh, disculpad, mi señora!

Morrigan se separó de Kegan y tuvo que contenerse para no gritarle a Deidre, que la estaba mirando boquiabierta.

Kegan se recuperó primero.

– Excelente. Has traído la comida.

Sonriendo, tomó la cesta cargada de manos de Deidre.

– Yo… yo… lo siento. No quería interrumpir -dijo la muchacha.

– No te preocupes -dijo Morrigan, aunque sí estaba enfadada por la interrupción. Le ardía el cuerpo, y estaba totalmente entregada a Kegan cuando había aparecido Deidre. Muy bien. Se imaginaba el cotilleo que iba a extenderse, por no mencionar lo que Birkita tendría que decir al respecto.

El tono áspero de Morrigan hizo que la Sacerdotisa se estremeciera y repitiera con nerviosismo:

– No quería interrumpir.

Morrigan dijo entonces, con exagerada amabilidad:

– Muchas gracias, Deidre. Ya puedes marcharte.

La Sacerdotisa hizo una reverencia, y prácticamente, salió corriendo hacia la cueva. Morrigan estaba lanzándole una mirada fulminante a la espalda cuando oyó la risa de Kegan, y se volvió con los ojos centelleantes hacia él.

Sin dejar de reírse, él le entregó la cesta, como si estuviera haciéndole una ofrenda a una diosa iracunda.

– Fui yo quien le pidió a la Sacerdotisa que trajera comida y vino. Ten piedad.

La reacción divertida de Kegan calmó a Morrigan. ¿Por qué estaba tan enfadada, de todos modos? La habían sorprendido besando a un centauro, y eso no tenía tanta importancia. Tenía que controlarse; sin embargo, sus emociones estaban a flor de piel, y todo se intensificaba: la sensibilidad, el enfado, la excitación… Volvió a mirar a Kegan. Bueno, la mayoría de sus amigas habían perdido la virginidad ya. ¿Por qué no…?

– ¿Estás decidiendo si me vas a lanzar una bola de fuego? -le preguntó él con una sonrisa.

Ella abrió la boca para decir que no podía hacer eso, y después lo pensó mejor. Tal vez sí pudiera. Se limitó a sonreír.

– No eres tú a quien se la lanzaría.

Kegan se rió de nuevo.

– Ten piedad de la pobre Sacerdotisa. Ya la has dejado alucinada.

Morrigan puso los ojos en blanco.

– Bueno, ya está bien de palabras de Oklahoma -dijo, y señaló la cesta. De repente, se había dado cuenta de que estaba hambrienta-. ¿Vas a compartir lo que hay en la cesta?

– Bueno, eso depende.

– ¿De qué?

– Voy a pedirte un pago por compartirlo -dijo Kegan, con una chispa de picardía en los ojos.

Morrigan frunció el ceño. Ella ya lo deseaba; pero no le gustaba pensar que él quisiera comerciar con su deseo.

– Yo no me vendo -respondió muy seriamente.

Él también se puso serio al instante.

– Me has malinterpretado, Morrigan. Yo nunca intentaría comprarte. Estaba haciendo una broma, aunque quizá no fuera acertada, e iba a pedirte que me enseñaras más palabras de Oklahoma.

Morrigan se ruborizó. Realmente, se estaba comportando como una bruja.

– Oh… siento haber reaccionado así.

– Tienes que comer. Después de un ritual intenso, el cuerpo y el alma tienen que nutrirse. Conozco un sitio cercano que será estupendo para comer.

– Me parece bien -dijo Morrigan.

Entonces, él le ofreció el brazo y ella lo tomó.

– ¿Te estás acostumbrando a tocarme? -le preguntó Kegan, inclinándose hacia ella de una manera íntima, y acercándose para que se rozaran al andar.

Ella lo miró, y sintió que la pasión invadía su cuerpo de nuevo. Sonrió con coquetería.

– No sé. Tal vez tenga que hacerlo más veces para saberlo con seguridad.

– Tus deseos son órdenes para mí.


Capítulo 13

<p id="_Toc287304550">Capítulo 13</p>

Kegan le mostró un camino que rodeaba el lateral de la salida de la cueva, y que después ascendía por la colina. Morrigan se dio cuenta de que era el mismo camino que conducía a la cueva de Oklahoma. En la cima de la colina había una preciosa zona de merendero, con parrillas y mesas, donde sus amigas y ella habían tomado la comida que les había preparado la abuela… ¡sólo una semana antes! A Morrigan le parecía que había pasado una vida entera, pero en realidad sólo habían pasado siete días.

Sobre la entrada de la cueva, Morrigan se quedó asombrada por la belleza exuberante y salvaje que la rodeaba.

– Así que esto es Partholon -dijo Morrigan.

Kegan se echó a reír.

– No, Morrigan, esto es el Reino de los Sidethas -respondió él. Después, señaló con el dedo-: ¿Ves aquel contorno verde, a lo lejos, en el sur? Eso es Partholon.

– Bueno, parecen bonitas, pero creo que yo tengo debilidad por esto -dijo Morrigan, e hizo un gesto con los brazos, para abarcar lo que tenía ante sí. El paisaje le recordaba a Oklahoma, pero tenía algunas diferencias: era más grande, más salvaje, como ella imaginaba que sería el Lejano Oeste. Tenía una belleza indómita y poderosa. A su izquierda había unas montañas escarpadas, sin vegetación, de un color rojizo más intenso que el color terroso de los alrededores de la cueva.

– Las Montañas Tier -dijo Kegan-. El Reino de los Sidethas se extiende en túneles bajo la mitad este de las Montañas, pero las Tier se extienden desde aquí hasta el mar. Salvo por el Castillo de la Guardia, que es el puesto de vigilancia del único paso que hay en esas montañas, nadie reclama esas tierras como propias. Tienen una reputación oscura, y es mejor no adentrarse en ellas.

Morrigan sintió una punzada de aprensión.

– Más al este, el Reino de los Sidethas se extiende hasta encontrarse con las inhóspitas Tierras de los Cíclopes.

Morrigan abrió unos ojos como platos.

– ¿Cíclopes?

Kegan se echó a reír.

– ¿Tampoco existen en Oklahoma?

– Sólo en los libros.

– Vienes de un lugar extraño, Morrigan.

– ¿Sabes? Estaba pensando exactamente lo mismo sobre ti -dijo ella. Entonces, él comenzó a protestar, pero ella le hizo un gesto con la mano y continuó-: Me gustaría seguir con el paseo, por favor.

Él sonrió con ironía e hizo una reverencia.

– Tus deseos, órdenes para mí -respondió. Entonces, señaló a las tierras que se extendían ante ellos, por encima de las Cuevas-: Las Salinas están en el Reino de los Sidethas, pero se extienden un poco más allá, hasta las Tierras Yermas, un territorio más inhabitable incluso que las Tierras de los Cíclopes.

Morrigan dio unos cuantos pasos hacia delante. La vista la dejó sin aliento, haciéndole sentirse pequeña, pero al mismo tiempo, conectada a la vasta majestuosidad del paisaje. Desde las montañas en las que estaba la entrada a las Cuevas de los Sidethas, el terreno descendía bruscamente hacia un lago enorme, como de cristal. De él emergían unas piedras en forma de estalagmitas, que tenían un brillo dorado bajo el sol de la mañana.

– ¿Aquello son las Salinas? ¿No es un lago?

– Se podría decir que sí, y a tanta distancia, lo parece, pero no es lo suficientemente profundo como para cubrirte la pantorrilla, y es mucho más salado que el mar.

– ¿Y las piedras son de oro de verdad?

– No, ese color se lo da el sol. En realidad, son del mismo cristal que las cuevas.

Morrigan abrió unos ojos como platos y lo agarró por los brazos en medio de su emoción.

– ¡Los cristales! ¡Mis cristales! ¿Esas enormes piedras son de los mismos cristales que me hablan?

– Sí. Sería magnífico que fuéramos a las Salinas al atardecer y les pidieras que encendieran su luz, ¿no te parece?

– ¡Claro que sí! ¡Kegan, va a ser maravilloso!

Impulsivamente, Morrigan lo abrazó, y al sentir su calor en la piel, recordó también lo maravilloso que había sentido sentir sus labios.

La mirada azul y vibrante de Kegan le dio a entender que él estaba recordando lo mismo.

– Entonces, vayamos hoy mismo, al atardecer -le dijo a Morrigan con una sonrisa atrevida y un tono de juego-: Conmigo, mi señora, tendréis protector y montura a la vez.

Morrigan sonrió.

– ¿Y si necesito protección contra ti?

Él no respondió. Se inclinó hacia ella y la besó, aunque demasiado ligeramente para gusto de Morrigan. Al separarse de Morrigan, Kegan sonrió, porque le había leído el pensamiento, y le pasó el brazo por los hombros con un gesto posesivo mientras iban hacia el lugar donde él había dejado la cesta.

– Tienes que comer algo, y más si vas a llamar a los cristales esta noche.

– Me muero de hambre -dijo Morrigan, y comenzó a sacar las cosas de la cesta. Se detuvo al ver que Kegan flexionaba las patas y se reclinaba frente a ella.

– ¿Diferente de lo que has visto en las páginas de un libro? -le preguntó él, al ver su mirada de curiosidad.

– Muy diferente.

Morrigan se sentó en una piedra, y después le entregó a Kegan un emparedado de beicon frío y queso.

– Mmm… Este queso huele muy bien -dijo, antes de morder su bocadillo.

Comieron durante un rato en silencio, pero Morrigan comenzó a sentirse incómoda. Sin pensarlo mucho, le formuló la primera pregunta que se le pasó por la cabeza.

– Entonces, ¿eres el Sumo Chamán y el Maestro Escultor más joven de Partholon?

– Pues sí. Lady Rhea me nombró Maestro Escultor durante la pasada luna. Hace cinco ciclos de estaciones, bebí del Cáliz, del Pozo de Epona, y acepté los dones de Sumo Chamán.

Morrigan, intrigada por aquel asunto, además de por aquel guapísimo centauro, siguió preguntando.

– ¿Está en Partholon el Pozo de Epona?

– No está en este mundo. Está en el Otro Mundo, en el lugar en el que habitan los dioses y los espíritus.

– ¿Te asustó ir hasta allí?

Kegan sonrió.

– Viajé hasta allí sólo en espíritu, y sí, algunas partes del viaje de un Chamán producen miedo.

– ¿Y qué hace un Sumo Chamán?

– ¿En Oklahoma no tenéis Sumos Chamanes?

– Algo parecido, pero allí es todo muy distinto. Ya sabes… no hay centauros.

Él resopló.

– Pues sí, es diferente. Bueno, yo tengo poderes espirituales. Puedo entrar en el Otro Mundo y encontrar almas destrozadas. Ayudo a alimentar al bien en mi pueblo, y a alejar al mal.

– Entonces, ¿eres como un médico del espíritu?

– Exacto. Pero, como soy el Sumo Chamán más joven de mi pueblo, ejercito tanto mi destreza con la espada como mis habilidades espirituales.

– ¿De verdad? Creía que ibas a decir que practicabas mucho tu destreza para la escultura. Maestro, Escultor, Sumo Chamán, guerrero… Es la parte de guerrero la que no encaja bien en la ecuación.

– Bueno, seguramente porque yo no tenía pensado ser escultor. En realidad, mi talento para la escultura se descubrió a causa de mi deseo de ser guerrero.

– Explícamelo.

– Era pequeño. Tendría unos diez ciclos de estaciones. Como es habitual con los potros, me sentía frustrado por la lentitud con la que mi instructor me enseñaba el manejo de la espada. Yo creía que ya lo sabía todo, y que ya podía dejar la espada de madera y empezar a practicar con una de verdad. Así que aproveché que era hijo del dirigente de mi clan, además de ser el más pequeño.

En aquel momento, Kegan cabeceó con ironía.

– Ahora entiendo que el herrero sólo me estaba siguiendo la corriente debido a mi rango.

Morrigan se echó a reír.

– Parece que los niños centauros son como los niños de Oklahoma. A mí me criaron mis abuelos, y recuerdo que pensaba que los profesores me prestaban una atención especial porque yo era muy lista y muy divertida. Y ahora sé que era porque mi abuelo se convirtió en una leyenda viva después de toda una vida de profesor y entrenador, y todos lo conocían. Lo único que hacían era cuidar a su nieta y seguirme la corriente.

– Pues eso es algo que tenemos en común. Así que el herrero me permitió diseñar mi propia espada de metal. Entonces cometí el error de escuchar a los espíritus del metal, aunque entonces no sabía quiénes eran. Me dijeron cómo querían que fuera la empuñadura, y yo la esculpí. En aquel momento me pareció una cosa facilísima, pero cuando el herrero vio la espada terminada, se la llevó a mi madre. Entonces, mis clases de espadachín fueron sustituidas por clases de escultura. El resto es historia.

– Hablas como si hubieras preferido que no descubrieran tu talento para la escultura.

– En aquel momento, lo habría preferido, sí. A medida que maduré, mis sentimientos fueron cambiando, y ahora agradezco mucho a la diosa que me concediera ese don. Entonces sólo quería hacerme guerrero.

– Pero has dicho que eres un guerrero, así que tuviste que continuar con las clases de manejo de la espada.

– Pues sí. Para exasperación de mis padres y de mi profesor de escultura. Temían que me cortara un dedo.

Morrigan se echó a reír, y él también. Después, siguió hablando:

– Sin embargo, hoy siento mucha gratitud por mi talento. Si no fuera el Maestro Escultor de Partholon, no me habrían pedido que viniera aquí con Kai para hacer la efigie de lady Myrna, y entonces no te habría conocido.

Morrigan asintió distraídamente y tomó un poco de vino. Después, preguntó:

– ¿Conocías bien a Myrna?

– Bastante. La cortejé.

Morrigan se sorprendió.

– ¿Eras pareja de Myrna?

– No. Intenté serlo. Myrna nunca tuvo el más mínimo interés en mí, ni en ningún otro centauro de los que la cortejaron. Conoció al hombre con el que se casó cuando eran niños. Él se ganó pronto su corazón y supo conservarlo, para consternación de lady Rhea, estoy seguro. Aunque, una vez que se comprometieron, la familia lo aceptó muy bien.

– Espera, ¿los padres de Myrna no aprobaban que se casara con él?

– Lo que he dicho de que lady Rhea se sentía consternada es sólo una suposición mía. Tendrás que preguntarle la verdad a Kai. Él tiene una relación muy estrecha con la Elegida de Epona y con ClanFintan. Yo creo que no se trata de que no les gustara Grant, sino lo que significaba que lady Myrna eligiera a un humano como compañero de vida.

Morrigan archivó en un lugar de la mente lo que Kegan había dicho sobre Kai. Y entonces, al acordarse de lo que le había contado Birkita sobre los centauros y la Elegida de Epona, Morrigan se dio cuenta de lo que quería decir Kegan.

– El hecho de que Myrna se uniera a un humano significaba que no iba a ser la Elegida de Epona después de su madre.

Kegan asintió pensativamente, dio otro bocado a su comida y, después, dijo:

– Tú te pareces a ella.

– ¿Me parezco a Myrna?

– Sí, bueno, y a lady Rhea también. Lady Myrna se parecía mucho a su madre.

– ¿En el color de los ojos, o algo así? -preguntó Morrigan, queriendo aparentar indiferencia.

– En todo. Lady Myrna y tú parecéis gemelas. Es como si hubierais nacido del mismo vientre.

– Eso es imposible. Mi madre murió al darme a luz.

– Lo siento.

– Gracias. De todos modos, algunas veces la gente se parece.

– Pero no tanto. Salvo por la diferencia que produce en ti el hecho de que seas Portadora de la Luz, lady Myrna y tú sois idénticas.

Morrigan frunció el ceño.

– ¿A qué te refieres?

– Supongo que eres consciente de los cambios que tienes cuando te llenan los espíritus de los cristales -dijo Kegan, y le acarició el brazo con la yema del dedo-. Lo que le sucede a tu cuerpo, cómo brillas, ardes y chisporroteas de pasión y poder -añadió, y sonrió lenta y sabiamente al notar que Morrigan se estremecía-. Lady Myrna nunca tuvo semejante poder.

Morrigan apartó el brazo y tuvo que contenerse para no frotar el lugar donde él la había acariciado.

– Pues ahí lo tienes. Myrna y yo no nos parecemos tanto. Es una coincidencia alucinante.

– Alucinante… -dijo Kegan, y respondió-. Eso me recuerda que me debes algunas palabras de Oklahoma.

Morrigan se alegró de poder cambiar de tema.

– No sé si puedo confiar en que las uses correctamente. Ya sabes, las palabras son armas poderosas.

– Pero debes recordar que soy Sumo Chamán además de guerrero. Estoy formado para blandir espadas y palabras.

– Está bien. Tal vez si eres bueno, esta noche te enseñe a decir «hola» al estilo de Oklahoma.

El centauro se inclinó hacia ella y le tomó la mano, y perezosamente, comenzó a acariciarla con el pulgar.

– Te aseguro, Morrigan, que soy muy bueno.

Kegan se estaba llevando el dorso de su mano a los labios, y Morrigan estaba intentando dar con una respuesta ingeniosa y sexy, cuando Brina apareció por el camino. El lince vio que Kegan estaba tocando a Morrigan, y se convirtió en una fiera. Entrecerró los ojos, que se convirtieron en dos rasgaduras amarillas y peligrosas, puso la cola recta y enseñó los dientes con un silbido de advertencia dirigido al centauro. Kegan, sabiamente, le soltó la mano a Morrigan.

– ¡Brina! ¿Qué te pasa? -preguntó Morrigan-. Ven aquí y pórtate bien.

Extendió la mano hacia el felino, y Brina se acercó a ella sin apartar su mirada fulminante de Kegan.

– Vamos, cálmate -le dijo Morrigan mientras la acariciaba. El lince se apoyó en ella, pero no dejó de mirar a Kegan-. Él no me estaba haciendo daño. Sólo me iba a besar la mano -le explicó Morrigan. Después miró a Kegan-. Disculpa.

– Es bueno que sea tan protectora con su ama.

– Lo que está claro es que sabe cómo dar al traste con un momento especial -respondió Morrigan con un suspiro. Después de acariciar a Brina de nuevo, comenzó a guardar lo que había sobrado de la comida, y el vino, en la cesta-. En realidad, salvo por sus malos modales, la interrupción de Brina ha sido para bien. Tengo que volver a la cueva. Necesito hacer algunas cosas antes de esta noche.

Una de aquellas cosas era pedirle perdón a Birkita. Morrigan estaba empezando a sentirse muy mal por su comportamiento con ella después del ritual. Tal vez Birkita no supiera tanto como Kegan sobre las Portadoras de la Luz. Tal vez no sabía que Morrigan debía hacer las cosas a su modo, recorrer su propio camino. Morrigan no debería haberse enfadado tanto. En realidad, Birkita no le había dicho nada malo.

– ¿Crees que esa gata dejará que te tome del brazo? -preguntó Kegan.

Morrigan se avergonzó un poco al darse cuenta de que Kegan la había estado observando mientras ella permanecía inmóvil, mirando pensativamente hacia el horizonte.

– Disculpa -dijo rápidamente.

– No te preocupes. Parece que estabas pensando en algo importante.

Comenzaron a descender hacia la entrada de la cueva, y ella le explicó:

– Pues sí. Estaba pensando en Birkita. Creo que he herido sus sentimientos, así que tengo que pedirle disculpas. Yo no debería haberme enfadado tanto con ella.

– Una Suma Sacerdotisa sabia se da cuenta de cuándo debe pedir disculpas.

– Una Suma Sacerdotisa sabia no hace cosas por las que luego tenga que disculparse -dijo Morrigan.

A los pocos minutos llegaron a la cueva. Morrigan se sorprendió al ver que todo el mundo estaba muy ocupado. Llevaban cestas de comida y otras provisiones de un lado para otro, por un camino que parecía muy concurrido. Morrigan se dio cuenta de que recibía miradas de curiosidad. De repente, se sintió nerviosa por ir agarrada del brazo de Kegan; se soltó de él y dio un paso atrás.

– Muchas gracias por haberme acompañado a comer -dijo.

No pareció que a Kegan le molestara su torpe retirada. Sonrió, y dijo formalmente:

– Sería un gran placer que me permitieras acompañarte esta noche a las Salinas.

– Sí, sí, claro -dijo ella rápidamente, y se preguntó por qué había perdido toda la seguridad en sí misma de repente.

Kegan se inclinó con galantería, con una actitud suave, confiada, todo lo contrario a la de ella.

– Avísame cuando estés lista. Y acuérdate de que tus deseos son órdenes para mí.

– Muy bien. Entonces, nos veremos esta noche.

Morrigan hizo una pequeña reverencia, apresuradamente, y después salió corriendo hacia Usgaran, antes de que él pudiera ver lo ruborizada que estaba.


Capítulo 14

<p id="_Toc287304551">Capítulo 14</p>

– Entonces, ¿me perdonas? -le preguntó Morrigan a Birkita por segunda vez.

La había encontrado exactamente donde creía que iba a encontrarla, en Usgaran, y la había llevado aparte para poder hablar con ella en privado.

– Por supuesto, mi señora.

– Pero si me estás llamando «mi señora» otra vez, con ese tono…

Birkita sonrió ligeramente.

– Sólo estoy demostrándoos el respeto adecuado.

– Todavía estás dolida. Conozco ese tono. Mi abuela y tú lo compartís.

Birkita le acarició la mejilla a Morrigan.

– Aquí está la muchacha a la que estoy conociendo y queriendo cada vez más. Y también el motivo por el que me he preocupado tanto durante el ritual.

Morrigan se puso tensa, y Birkita bajó la mano.

– Esta soy yo. Pero aquélla también. Las dos.

Birkita no vaciló bajo la mirada de Morrigan.

– Tienes que estar muy segura de eso, niña. Conócete bien, para que puedas reconocer la influencia de otros.

– Birkita -dijo Morrigan, intentando contener su irritación-. Tú nunca has oído las voces de los espíritus de los cristales. Y me has dicho que no ha habido una Portadora de la Luz en el Reino de los Sidethas desde hace más de tres generaciones, así que nadie se ha visto ahitó, desde hace mucho tiempo, de espíritus de cristales. Es algo increíble.

– Sí, estoy segura de que sí, pero…

– Kegan me ha dicho que, históricamente, las Portadoras de la Luz han seguido su propio camino y han tenido su forma de hacer las cosas. Y que es normal que yo haga cosas distintas y esté llena de pasiones y aventura.

– Te lo ha dicho Kegan.

– Sí, Kegan. Es Sumo Chamán además de Maestro Escultor. Creo que, por lo tanto, sabe algo de espíritus y cosas así.

– Cierto, Kegan es Sumo Chamán. Pero también es el reflejo de alguien a quien tú estuviste unida en Oklahoma. Tal vez por eso, te sientes inclinada a tomar sus palabras como si las hubiera pronunciado la diosa. Él es muy joven, Morrigan. Y debes entender que por ser Sumo Chamán o Suma Sacerdotisa, una persona no lo sabe todo.

– De acuerdo, sí, eso lo entiendo. Pero también es cierto que, por el hecho de que alguien sea joven, no tiene por qué estar siempre equivocado.

– Claro que no. No estoy diciendo que ninguno de vosotros dos esté equivocado. Lo único que digo es que tengáis cuidado. Progresa lentamente mientras estés explorando tus nuevos poderes. Recuerda que eres vulnerable a Kegan, por tu historia con su reflejo de Oklahoma. Y, sobre todo, escucha la voz de Adsagsona.

– Eso hago -dijo Morrigan.

– Hija, algunas veces la voz de la diosa puede resultar ahogada por la tuya. Una Suma Sacerdotisa es especial para su diosa, y también es el canal de comunicación de la diosa con su pueblo, y debería usar las bendiciones que ha recibido de ella para ayudar a los demás, y no para satisfacer sus propios deseos egoístas.

Morrigan se irguió con tensión.

– ¿Qué quieres decir?

– Morrigan, el ritual estaba dedicado al espíritu de lady Myrna, y a intentar aliviar la pena de aquéllos a quienes ha dejado atrás. En vez de eso, se convirtió en una exhibición de tu poder, alimentado por tus heridas personales. Entiendo cómo…

– ¡No! Tú no lo entiendes. Tuviste padre y madre. Nadie te mintió y te dijo que eras otra persona. ¡Ella ocupó mi lugar!

Morrigan se detuvo para tomar aire, y entonces, oyó las palabras «reclama tu destino», que resonaban en su mente.

– Está bien, Birkita, esto es lo que tengo que decirte. No quiero herir tus sentimientos. Me importas, y creo que eres una buena persona. Pero yo voy a ser una Suma Sacerdotisa diferente. Me parece que tu actitud bondadosa y amable no funcionaba muy bien. Shayla os estaba pisoteando a las demás Sacerdotisas y a ti. A mí no va a hacerme lo mismo. Así que quizá Adsagsona me haya traído aquí porque sus Sacerdotisas necesitan lo que tú dices que son mis deseos egoístas.

Birkita no vaciló ante la mirada de enfado de Morrigan. Simplemente, inclinó la cabeza y dijo con suavidad:

– Como desees. Ahora, tú eres la Suma Sacerdotisa y la Portadora de la Luz. Por derecho, eres tú quien está más cerca de la voluntad de la diosa.

Morrigan exhaló un suspiro de frustración.

– Muy bien. Por lo menos, eso está claro. Creo que ahora voy a explorar un poco la cueva. Ah, y no te preocupes. No tienes que acompañarme. Encontraré el camino yo sola.

– Sí, mi señora -dijo Birkita, y le hizo una reverencia.

Cuando Birkita comenzaba a darse la vuelta, Morrigan le tocó el hombro.

– No te enfades conmigo, ¿de acuerdo?

Birkita posó la mano sobre la de Morrigan, y respondió:

– Yo no puedo enfadarme contigo, hija.

Le apretó la mano, y después volvió al corazón de Usgaran con las demás Sacerdotisas y artesanos que estaban allí reunidos, llevando a cabo sus tareas.

Morrigan suspiró y posó las manos en la pared de la cueva.

– Quiero salir de aquí -les susurró a los espíritus de los cristales-. Llevadme a algún sitio maravilloso que no esté bajo la nariz de Birkita.

«¡Te oímos y te obedecemos, Portadora de la Luz!», respondieron los espíritus. Al instante, se encendieron una serie de pequeños cristales por la pared, a la altura de la cintura de Morrigan, y ella comenzó a seguir su señal serpenteante hacia un túnel. Era el reflejo del camino principal que había seguido en la cueva de Oklahoma. Avanzó cerca de la pared, para poder rozar los cristales con los dedos continuamente. La llevaron hacia un túnel más pequeño que giraba a la derecha. Era un túnel que no existía en Oklahoma, y Morrigan observó que en el suelo había unas vías estrechas. Pronto supo el motivo, porque apareció un vagón lleno de pedazos de piedra suave, blanca, con aspecto de mármol, tirado por dos hombres fornidos. La saludaron brevemente, y ella les contestó con un rápido «hola». Mmm. Así debía de ser como los Sidethas extraían las piedras de lo más profundo de la cueva hasta la superficie.

El túnel hacía una curva en forma de «S», y el suelo de alabastro descendía bruscamente. Cuanto más se adentraba en el vientre de las cuevas, menos gente encontraba por el camino, y más relajada se sentía. A los pocos minutos de descenso, los cristales la guiaron a través de una entrada en forma de arco. Al franquearla, a Morrigan se le escapó un jadeo. Se encontraba inmersa en una belleza increíble. La sala era grande y redonda, y las paredes y el techo estaban completamente cubiertos de racimos de cristales morados. Allí había un enorme brasero de iluminación, situado en un trípode en medio de la sala, y sus llamas blancas arrancaban brillos de los cristales.

– Amatista… -susurró Morrigan.

– Buenos días, mi señora. ¿Puedo hacer algo por vos?

Aquella voz hizo que Morrigan diera un respingo. No se había dado cuenta de que había alguien trabajando al fondo de la sala. Era un hombre que tenía un cincel delicado en una mano, y en la otra, un pequeño martillo, y que obviamente, estaba desprendiendo cristales de la pared.

– Oh, perdón. No quería interrumpir. Sólo estaba explorando.

Él sonrió con amabilidad.

– No os habréis perdido, ¿verdad, mi señora?

– No, yo… no creo que pueda perderme. Soy Morrigan, la Portadora de la Luz, y… bueno… -señaló el rastro de cristales iluminados y añadió-: Ellos me muestran el camino.

– Sí, mi señora. Sé quién sois.

– Bueno, y esto… ¿es amatista? -preguntó Morrigan, para llenar el silencio.

– Sí. Estoy eligiendo seis piezas para el Castillo de Laragon. Es una petición del propio jefe de la fortaleza. Este año, la cosecha de lavanda ha sido especialmente abundante, y quiere recompensar a los seis agricultores principales.

– Son bellísimos -dijo ella, con una sonrisa-. Bueno, me voy para que continúes con tu trabajo. Disculpa, pero no sé tu nombre.

– Arland, mi señora -respondió él, y le hizo una reverencia.

– Bueno, Arland, me alegro de conocerte.

– Y yo a vos, Portadora de la Luz.

Ella ya estaba agachando la cabeza para salir por la puerta arqueada y baja de la sala de las amatistas, cuando oyó que Arland la llamaba.

– ¿Mi señora?

Morrigan lo miró.

– Algunos pensamos que la diosa nos ha bendecido de verdad con vuestra presencia.

A Morrigan le dio un salto de alegría el corazón.

– Gracias, Arland -dijo. Después añadió impulsivamente-: Y que Adsagsona te bendiga por tu bondad.

Él todavía tenía la cabeza inclinada cuando ella salió al túnel. Se sentía mucho mejor que cuando había comenzado la exploración, y continuó casi a saltos por el camino que le marcaban los cristales. Estaba un poco mejor preparada para la belleza que encontró en la siguiente sala, pero de todos modos se quedó embobada mirando los cristales de color topacio que se volvían blancos en la base, y que estaban incrustados por todas las paredes y el techo. Le resultaban familiares, pero Morrigan no conseguía nombrarlos, así que posó una mano en la piedra.

«Citrino». El nombre le vino cuando lo acarició con las yemas de los dedos, y Morrigan sonrió de placer.

– Gracias -les dijo a las piedras resplandecientes.

En la siguiente sala había varios hombres rompiendo cuidadosamente pedazos de piedra de aspecto peligroso, de un color negro tan oscuro que, al entrar en la sala, daba la impresión de entrar en una boca sin fondo, llena de dientes letales. «Ónice»… le dijeron los espíritus de la piedra, y Morrigan se arrepintió de haber pensado algo siniestro de aquella bellísima piedra oscura. Pasó las manos por aquellas gemas irregulares mientras estudiaba los matices de color, que aparecían al mirar con más atención. Sin embargo, los hombres de aquella sala no eran amables como Arland, así que Morrigan decidió salir.

A los pocos instantes se encontró con Brina, que estaba en una pequeña rampa de bajada. Era como si estuviera esperando a Morrigan. Ella le acarició el lomo y las orejas, y la gran gata se arqueó de placer y se puso a ronronear.

Con Brina a su lado, Morrigan siguió el rastro que le marcaban los cristales con su luz, hasta una cámara que estaba llena de cuarzo del color del humo, y después a otra en la que descubrió esmeraldas.

Finalmente, los cristales la condujeron a una sala en la que, nada más entrar, Morrigan percibió algo diferente. Era un espacio enorme, y sus paredes no estaban llenas de cristales ni de gemas. Allí, los muros eran de un magnífico color mantequilla, con remolinos de color crema. Por el suelo había grandes pedazos de piedra amarilla, algunos de ellos, más altos que la propia Morrigan. Estaba a punto de posar la mano en uno de ellos cuando oyó un sonido que le llamó la atención.

Había un hombre, de rodillas, frente a una alta columna de piedra. Tenía las dos manos apoyadas contra el lateral de la columna, y la cabeza inclinada, como si estuviera rezando. Para no interrumpirlo, Morrigan se habría retirado silenciosamente de allí, pero Brina, que no había mostrado ningún interés por los otros trabajadores a quienes se habían encontrado, se dirigió directamente hacia el hombre y comenzó a frotarse contra su espalda con languidez. Morrigan oyó que él emitía un sonido ahogado, algo entre carcajada y sollozo.

– Brina, preciosa, ¿cómo sabías que necesitaba compañía justo ahora?

Morrigan se quedó paralizada de repente cuando él, con un gruñido de cansancio, se dio la vuelta para sentarse con la espalda apoyada en la columna de piedra. Estiró el brazo para acariciarle las orejas a Brina, tal y como le gustaba al lince, y fue entonces cuando vio a Morrigan.


Capítulo 15

<p id="_Toc287304552">Capítulo 15</p>

– Perdón, no quería molestar -dijo Morrigan, mientras reconocía enseguida a Kai, el Maestro de la Piedra.

Kai le sonrió, como si el hecho de que ella lo hubiera sorprendido de rodillas ante una piedra haciendo algo incomprensible no le avergonzara lo más mínimo.

– No, no molestáis, lady Morrigan. Como le he dicho a Brina, necesitaba compañía.

La curiosidad, y la actitud abierta de Kai, mitigaron la inseguridad de Morrigan, y ella atravesó la enorme cámara para acercarse a él.

– Llámame Morrigan, por favor -decidió que tenía que acabar cuanto antes con los formalismos-. ¿Qué es esa piedra?

Kai alzó la mano por encima de la cabeza, para acariciar la piedra con un gesto casi íntimo.

– Es el mejor mármol de todo Partholon. Y éste -dijo, dándole suaves golpecitos a aquella columna-, es el pedazo que Kegan va a transformar en la estatua de Myrna para su monumento.

Morrigan observó la piedra.

– ¿Cómo sabes que ésta es la pieza exacta?

– Puedo contestar preguntándote cómo has encontrado tú esta cámara.

– Me han guiado los cristales. Les pedí que me enseñaran la cueva. Y aquí estoy.

Kai sonrió.

– Ahí tienes la respuesta a tu pregunta.

– ¿Quieres decir que el mármol te ha guiado a ti también?

– Sí. El mármol me habla, como los espíritus de los cristales te hablan a ti. La diferencia es que, en vez de avivar la luz que hay en los cristales, yo conozco las formas que se esconden en el mármol, las figuras innatas que hay en él, o los deberes que desea desempeñar.

– ¿De veras? Cuéntame más -le pidió Morrigan, mientras rodeaba la columna, mirando hacia arriba.

Kai permaneció sentado, rascándole las orejas a Brina mientras se explicaba.

– Tú ya sabes que los cristales tienen alma. Todo lo que hay en la tierra tiene vida. Y todo tiene un propósito. El espíritu de una cosa conoce su propósito, al contrario que los hombres, que a menudo buscan y buscan, y nunca permanecen quietos el tiempo suficiente como para escucharse a sí mismos y conocer su propósito.

– Así que las piedras te cuentan cuál es su propósito.

– Sí.

– ¿Puedes oír el espíritu de todas las piedras?

– Puedo conectarme a todas las piedras, pero los espíritus del mármol son los más claros. ¿Y tú? ¿Oyes a otros espíritus, o sólo a los cristales sagrados?

Morrigan había completado el círculo y se había quedado frente a Kai.

– No lo sé. No lo había pensado hasta ahora. Las voces de los cristales son tan fuertes que no sé si puedo oír alguna otra cosa.

Él sonrió.

– Los espíritus de las cosas que no se mueven por sí mismas, como las piedras, los árboles o la misma tierra, pueden ser muy intensos.

– Sí, sí. Para mí han sido tan intensos que no se me había ocurrido intentar oír a ningún otro espíritu.

– Creo que deberías intentarlo -dijo Kai. Le rascó por última vez las orejas a Brina y se puso en pie-. Los únicos cristales sagrados que hay en esta cámara son los que están a la entrada, así que no podrán gritar tanto como para ahogar la voz del mármol.

– De acuerdo. Voy a intentarlo -dijo Morrigan.

Comenzó a elevar la mano para posarla sobre el pilar de Kai, pero el Maestro de la Piedra la sorprendió, bloqueándole el camino hasta la piedra.

– Ésta no.

– ¿Por qué no? -preguntó Morrigan, más curiosa que molesta.

– Los espíritus de esta piedra están lamentándose. Saben que su destino es ser esculpidos en la forma de la hija perdida de la Elegida de Epona.

– ¿Están tristes porque van a formar parte de la tumba de Myrna?

– No, no es eso en absoluto. El mármol está satisfecho con su destino. Cuando adopte su forma final, servirá de consuelo para aquéllos que visiten el monumento de lady Myrna. Están llorando por el dolor de lady Rhea. Ella no es sólo la Elegida de Epona. Nació bajo un signo de tierra, así que tiene una fuerte afinidad con la tierra, los árboles y las piedras. Todo Partholon siente su dolor hasta cierto punto. Y sobre todo, la piedra que fue creada para convertirse en la efigie de su hija.

Morrigan notó que se le secaba la boca.

– ¿El cumpleaños de Rhiannon… Rhea -recordó que en Partholon todo el mundo conocía a Shannon con ese sobrenombre- es el treinta de abril?

No pareció que a Kai le sorprendiera su pregunta.

– Sí.

– Ese día también es mi cumpleaños.

– También el de Myrna -dijo Kai, y después añadió con la voz llena de compasión-: Lo sabes, ¿verdad?

– Sé que soy igual que ella -murmuró Morrigan.

– Sí, eso es cierto. ¿Y sabes por qué ha ocurrido algo así?

– No, no sé el porqué de nada de esto. Kegan me dijo que estás muy unido a Rhea y a su familia.

– Sí.

– ¿Y me parezco mucho a ella? -preguntó Morrigan en un susurro.

Kai pensó unos segundos antes de responder.

– Te pareces a como hubiera sido Myrna de haber sido tocada por la mano de una diosa.

– ¿Myrna no tenía ningún poder divino?

– No, que yo sepa.

– ¿La querías?

Kai se sorprendió.

– ¿A Myrna?

– Sí, claro. A Myrna.

– La vi crecer, la vi progresar desde que era una niña precoz hasta que se convirtió en una mujer inteligente, que sabía lo que quería, que supo permanecer junto al hombre a quien había elegido, que supo recorrer el camino que se había marcado, cuando su madre, la persona más poderosa de todo Partholon, habría elegido lo contrario para ella. La respetaba y sí, la quería. Como un padre quiere a su hija favorita.

– ¿Y el hecho de que yo me parezca tanto a ella hace que sea duro para ti estar conmigo?

– Sí. Pero -matizó Kai rápidamente- eso no significa que no quiera conocerte mejor.

– Por mi parecido con Myrna.

– No, por tus diferencias.

– ¿De verdad?

– Sí, de verdad -contestó Kai, y señaló una piedra de color crema, que no estaba lejos de ellos-. Por ejemplo, veamos si oyes las voces del mármol, además de oír a los espíritus de los cristales sagrados.

– De acuerdo.

Morrigan se acercó con Kai al mármol. Era una piedra rectangular que le llegaba al pecho, y tenía bastante grosor.

– ¿Y ahora qué? -preguntó ella.

– Lo mismo que con los espíritus. Sólo tienes que tocarla.

Morrigan extendió las palmas de las manos sobre la superficie suave de la piedra. Cerró los ojos y se concentró para enviarle sus pensamientos.

– ¿Hola? -dijo-. ¿Estás ahí?

Tuvo una sensación fugaz de movimiento bajo las manos, y notó un poco de calor. Entonces, a través de los párpados cerrados, recibió unas imágenes que le cortaron la respiración. Vio edificios de color crema, con cúpulas muy bellas. Había mujeres muy atractivas por todas partes. Estaban ocupadas en tareas diferentes, como escuchar conferencias, tomar clases de pintura, estudiar un mapa oscuro cubierto con millones de cristales que emitían destellos. Morrigan se dio cuenta de que representaba las estrellas y las constelaciones. Finalmente, las imágenes se concentraron en una escena preciosa. Era un jardín lleno de rosas de todos los matices posibles del blanco y el amarillo. Entonces, con un pequeño tirón, el calor dejó sus manos y las imágenes se desvanecieron en la oscuridad.

Morrigan abrió los ojos. Kai la estaba observando.

– ¿Te ha hablado el mármol?

– No me ha hablado realmente, pero… ¡vaya! Ha sido increíble.

– ¿Te ha enviado sentimientos?

– No. He visto cosas. Cosas preciosas.

– Descríbemelas, Morrigan.

– He visto unos edificios maravillosos que parecían templos. Eran de color blanco y tenían cúpulas. Había mujeres por todas partes, y eran todas muy guapas. Me pareció una especie de escuela.

– Es el Templo de la Musa -dijo Kai-. ¿Te envió el mármol alguna escena en particular, o sólo visiones generales?

– Al final se concentró en una rosaleda -respondió Morrigan, y Kai se echó a reír-. ¿Qué? ¿Qué es lo que te parece tan divertido?

– Antes de que muriera Myrna y yo recibiera el encargo urgente de encontrar la piedra para su monumento, ya tenía planeado venir al Reino de los Sidethas porque Caliope me había encargado que encontrara un banco nuevo para su jardín de rosas.

Morrigan no sabía quién era Caliope, pero entendía el significado de lo que le había dicho Kai.

– ¿Esto va a ser un banco?

– Lo es, sí.

– Entonces, te he ayudado a encontrar la pieza de mármol que necesitabas.

– Y yo te lo agradezco, Morrigan -dijo Kai.

Con una sonrisa, él le tomó la mano y se inclinó formalmente hacia ella y se llevó el dorso a los labios, con un gesto de dulzura, en broma.

Sin embargo, antes de que sus labios rozaran la piel de Morrigan, ella sintió un calambre fuerte y desagradable en la mano, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Rápidamente, apartó la mano y se la frotó. Miró a Kai con una expresión de disculpa, para hacerle un comentario sobre su asombrosa personalidad, cuando vio la expresión de su cara. Estaba claro que Kai también había notado algo. Estaba rígido y la miraba con una expresión de horror y disgusto.

– ¿Quién eres? -le preguntó con la voz ahogada.

Ella sintió la necesidad de confesarle la verdad a aquel hombre, que podría haber sido su amigo, o su padre, y que, hasta el momento, había sido tan amable con ella. «¡No digas nada!». La voz de su mente todavía era débil, pero Morrigan percibía su tono de urgencia y de mando. Era evidente que la diosa no quería que Kai supiera la verdad sobre ella.

Así pues, Morrigan irguió los hombros. Ella no era ninguna niña indefensa a la que pudiera intimidar un hombre mayor que se había vuelto raro.

– Creía que me conocías. Soy la Portadora de la Luz, la Suma Sacerdotisa de Adsagsona. Acabo de ayudarte a encontrar la piedra adecuada para el banco de Caliope. Y no tengo idea de cuál es tu problema, así que te dejo tranquilo para que puedas resolverlo. Ah, y si te resulta muy duro estar en mi presencia porque me parezca tanto a Myrna, entonces, puedes evitarme. Como quieras.

Morrigan alzó la barbilla, se dio la vuelta y salió de la cueva de mármol seguida por Brina.


Después de que se marchara Morrigan, Kai no pudo concentrarse. Debería llamar a los mineros Sidethas e indicarles que transportaran la piedra a la habitación de Kegan, para que el centauro pudiera comenzar a tallar la imagen de Myrna. Además, tenía más encargos: el jefe del Castillo de Woulff quería una pieza de ónice única para hacer una talla de un lobo que situaría en su Gran Cámara… Había un clan centauro que quería una pieza de arenisca para una estatua de Epona…

Sin embargo, Kai sólo podía pensar en Morrigan, y en cómo se había sentido al tocarle la mano.

No era de extrañar que sintiera curiosidad por Morrigan. Aunque no se hubiera parecido tanto a la difunta Myrna, a quien él había querido como a la hija que nunca tuvo, Kai hubiera sentido el deseo de conocer a la Portadora de la Luz, sobre todo, después de su demostración de poder de aquel día. Tal y como Kegan le había explicado, las Sacerdotisas que tenían aquel don eran escasas, y seguramente, no habría ninguna otra durante el tiempo que durara la vida de Kai. Por otra parte, la afinidad de una Portadora de la Luz con la piedra era tan parecida a la suya, que a Kai le resultaba fascinante.

Habían tenido una conversación muy agradable. La niña era muy parecida a Myrna, realmente: brillante, lista e inquisitiva. Había sido un golpe de suerte que hubiera identificado a los espíritus del banco de Caliope. Le había ahorrado algo de tiempo. Entonces, él la había tocado, y de repente, había tenido un atisbo de lo que había escondido en su alma.

Oscuridad. Kai había recibido una descarga de la oscuridad que acechaba bajo la piel de la niña, como un hongo escondido. Morrigan estaba cercada por la oscuridad. Kai también había percibido la luz en ella, pero la oscuridad estaba consumiendo aquella luz.

¿Cómo era posible? La niña era una Portadora de la Luz, Elegida de la diosa de los Sidethas. Kegan había dicho que Adsagsona le había concedido un gran poder y que…

Kai se quedó sin aliento. ¿Y si su poder no era un don concedido por una diosa? Aquel parecido tan notable con Myrna no podía ser una coincidencia. ¿Y si la habían llevado allí unos poderes oscuros, con aquella forma y aquellos dones, en aquel momento preciso en el que Rhea estaba devastada por el dolor de la pérdida de Myrna? La Guerra Fomoriana había ocurrido casi veinte años antes, pero él la recordaba bien. Los Fomorians se habían infiltrado en Partholon porque la gente le había permitido a Pryderi, el espantoso dios de la oscuridad, que entrara en su alma en forma de susurros, y después en su vida, y después en su mundo.

Kai se estremeció. ¿Estaba sucediendo aquello de nuevo? ¿Era posible que Pryderi estuviera detrás del parecido de Morrigan con Myrna, y de sus poderes milagrosos?

Tenía que hablar con Kegan. El centauro era joven, pero era un Sumo Chamán, y sus poderes en el reino de los espíritus eran muy fuertes. Él sabría lo que tenían que hacer.

Primero, Kai iba a pedirles a los mineros que se llevaran la columna de mármol que había elegido, e iba a visitar rápidamente las salas de ónice y de arenisca. Trabajar con los espíritus de las piedras lo calmaría. Aquella noche hablaría con el centauro. Kai salió de aquella cámara de mármol con decisión, pero con la desagradable sensación de que alguien lo vigilaba con ojos atentos.


Capítulo 16

<p id="_Toc287304553">Capítulo 16</p>

Morrigan se refugió en la familiaridad, a donde se había estado retirando siempre para lamer sus heridas y recuperarse desde que era un bebé. O al menos, a lo más cercano a la familiaridad. Morrigan encontró a Birkita.

– ¡Ah, Morrigan! Has estado lejos toda la mañana. Estaba empezando a preocuparme.

– ¡Siento haber sido tan mala! -le dijo Morrigan a Birkita, y la abrazó, sin preocuparse de si provocaba los murmullos y las miradas de las Sacerdotisas de Usgaran. Birkita se retiró con gentileza y miró a Morrigan a la cara.

– Ven. Tienes aspecto de cansancio, y estás sucia. Lo que te hace falta es un buen baño.

Morrigan tomó del brazo a Birkita mientras caminaban hacia su habitación.

– Ya sabía que tú me ibas a decir lo que necesitaba.

No hablaron mucho mientras Birkita la ayudaba a quitarse el vestido y llenaba la bañera de piedra de agua caliente y jabonosa. Cuando Morrigan estuvo sumergida hasta el cuello y Birkita estaba tras ella, lavándole el pelo suavemente, Morrigan comenzó a abrirse.

Le contó cómo había sido su viaje por las Cuevas de los Sidethas, y las sensaciones que le habían producido las salas de amatista, citrino, ónice, y esmeraldas. Después comenzó a hablar de lo que le había sucedido en la sala de mármol.

– Allí me encontré a Kai.

– Sí, el Maestro de la Piedra ha comenzado hoy su búsqueda de la piedra para el monumento de Myrna.

– La ha encontrado. Brina y yo entramos en la sala poco después de que le hablara.

– ¿Y eso te disgustó?

– No. Sí -dijo Morrigan. Después, suspiró y comenzó de nuevo-: No exactamente. Me produce una sensación extraña el hecho de que Myrna muriera el mismo día que yo entré en Partholon. Me parece que… yo tuve algo que ver con lo que le ocurrió, y por eso, el hecho de que Kai encuentre su piedra y Kegan la talle para hacer una estatua para su tumba me disgusta.

– Hija, mírame.

Morrigan se dio la vuelta, de mala gana, para mirar a Birkita a los ojos.

– Escúchame bien. Tú no provocaste la muerte de Myrna. Murió de parto. Fue triste y trágico, pero era su destino. De lo contrario, te aseguro que Epona habría encontrado el modo de salvarle la vida.

– Quiero creerte, de veras.

– Créeme, Morrigan. Tú no provocaste su muerte, fue el destino. Y ahora, explícame lo que te ocurrió hoy. ¿Te has disgustado al ver la piedra que se usará para el monumento de lady Myrna?

– No, eso sólo ha sido una parte. Sucedió cuando Kai me tocó. Habíamos tenido una conversación muy agradable. Él me explicó cuál es su función como Maestro de la Piedra, y después me mostró cómo podía escuchar a los espíritus del mármol por mí misma -dijo Morrigan, y al recordarlo, sonrió-. Los espíritus del mármol me mostraron un jardín del Templo de la Musa. Kai me dijo que era el jardín de Caliope.

– Caliope es la Encarnación de la Musa de la Poesía Épica.

– Oh, gracias. No tenía ni idea de quién era, y no quería preguntárselo para que no se diera cuenta. Él me dijo que lo había ayudado a encontrar la pieza de mármol adecuada para tallar un banco para Caliope, y después, en broma, me tomó la mano para besármela, como para darme las gracias formalmente -explicó Morrigan, y tuvo que tragar saliva para aclararse la garganta-. Noté un calambre fuerte, muy extraño -dijo, y al ver la cara de desconcierto de Birkita, añadió-: Es como una parte pequeña de esa electricidad de la que te hablé.

– Ah, sí, el rayo domesticado.

– Exacto. Él también debió de sentirlo, porque su reacción fue extraña. Me miró como si me hubiera convertido en un monstruo o algo así, y me preguntó que quién era.

– ¿Y qué le dijiste tú? -preguntó Birkita, con arrugas de preocupación en la frente.

– No supe qué decir, ni qué hacer. Kai cambió tan de repente… Al principio había sido muy fácil hablar con él, y me había caído muy bien. Incluso hablamos de Myrna, y me dijo que soy igual que ella. Kegan también me lo dijo.

– Así que es cierto. Eres su reflejo.

Morrigan intentó no fruncir el ceño.

– A mí me gusta pensar que ella es mi reflejo, pero bueno. El resultado es el mismo. Los dos dicen que me parezco a Myrna, salvo por el detalle de que ella no tenía ningún poder divino.

Birkita asintió lentamente.

– Cuando se hizo el anuncio de que lady Myrna iba a desposarse con un hombre, todos supimos que no iba a seguir los pasos de su madre como Elegida de Epona. Pero ¿dices que no estaba en absoluto tocada por la mano de Epona?

Morrigan se encogió de hombros.

– Eso es lo que me dijeron Kegan y Kai. En realidad, Kegan dijo que ella y yo somos exactamente iguales, salvo cuando yo consigo que los cristales se iluminen. Me dijo que Myrna nunca jamás había tenido el mismo aspecto que yo cuando los cristales me llenan con el poder de su luz.

En vez de responder, Birkita le dijo a Morrigan que inclinara la cabeza hacia atrás para que la corriente de agua le aclarara el pelo. Dijo pocas cosas mientras ayudaba a Morrigan a salir de la bañera, la envolvía en una toalla gruesa y la situaba frente al espejo de su habitación para secarle y peinarle la melena. Finalmente, Morrigan no pudo soportarlo más.

– ¿Por qué crees que Kai reaccionó de un modo tan extraño a ese calambre que nos traspasó? ¿Y qué demonios podía ser el calambre?

Birkita la miró a los ojos en el espejo.

– Kai oye a los espíritus que hay en las piedras, sobre todo en el mármol. Sus espíritus le dicen cuál es la verdadera naturaleza de ese objeto, lo que son, a qué lugar pertenecen, qué tienen dentro de sí. Es como si conociera el destino de las piedras que toca.

– ¿Y es posible que sintiera la verdad sobre mí? ¿Que soy la verdadera hija de Rhiannon?

– Yo nunca había tenido noticia de que su habilidad fuera más allá de lo inanimado. No sabía que se extendiera más allá de la piedra.

– Pues está claro que supo algo cuando me tocó, y eso le asustó mucho. Se quedó horrorizado, como si hubiera descubierto algo pavoroso.

– Si creyera que la Elegida de Epona es una impostora, por supuesto que el Maestro de la Piedra se habría quedado horrorizado.

– Pero ¿cómo va a creer eso, pese a lo que haya podido sentir cuando me tocó? Mis abuelos me dijeron que Shannon era la Elegida de Epona de verdad. Tú misma me lo has dicho. Todo el mundo lo cree. Lo han creído desde antes de que yo naciera. No puedo creer que sólo el hecho de tocarme la mano haya conseguido que Kai se lo cuestione.

– Tal vez hayas malinterpretado su expresión. Puede que, al haber nacido en un mundo distinto, él haya percibido algo raro en ti, algo indeterminado que no entendió, y que le sorprendió.

– Supongo que tienes razón -contestó Morrigan, aunque con dudas-. No sé lo que ocurrió entre nosotros, pero creo que lo más inteligente es que lo evite en la medida de lo posible. De todos modos, ¿no va a marcharse pronto? Ya ha encontrado el mármol de Myrna, y yo le he ayudado a encontrar el mármol para el banco de Caliope. No tiene ningún motivo para permanecer aquí.

– A menudo, Kai viene a las Cuevas con varios encargos, así que no sería raro que se quedara.

– Sobre todo, si quiere vigilarme.

– Sí -dijo Birkita.

– Así que se lo pondré difícil, y entonces se marchará.

– Esperemos que no le cuente a lady Rhea nada sobre ti.

Morrigan se mordió el labio. Después dijo:

– ¿Y eso sería realmente tan espantoso? Entiendo que sería malo que todo el mundo supiera quién soy y comenzara a preguntarse si la Elegida de Epona es realmente la Elegida de Epona. Sin embargo, ¿y si sólo se enterara Shannon? ¿Sería tan malo que averiguara que estoy aquí?

– No sé lo que es perder a una hija, así que me resulta difícil contestar a eso, pero creo que para ella sería un gran dolor descubrirte tan poco después de la muerte de lady Myrna.

Morrigan tuvo que luchar contra el resentimiento que le produjeron las palabras de Birkita.

– Bueno, por lo menos eso significa que Kai no va a salir corriendo a contárselo.

– Vamos a resolver cosa por cosa.

– Así que voy a evitar a Kai.

– ¿Y vas a conocer mejor a Kegan?

– Hoy tengo una cita con él, para ir a ver las Salinas al atardecer.

– ¿El atardecer? Casi ha llegado ya.

– Oh, vaya. He perdido la noción del tiempo. Ayúdame a prepararme, por favor. ¿Y podrías pedirle a una de las Sacerdotisas que vaya a buscar a Kegan, para que puedas decirle que se reúna conmigo a la salida de la cueva?

– Por supuesto, hija.

Birkita la ayudó a elegir una preciosa tela que tenía el color violeta de los atardeceres, y la envolvió con ella hasta que, al llegar al hombro, prendió el extremo con un broche de oro. Después le puso un cinturón dorado alrededor de su esbelta cintura. Morrigan eligió unas sandalias, también doradas, que se ataban a las pantorrillas con unas cintas. Cuando estuvo arreglada, Birkita le dio un beso y salió apresuradamente para que Kegan recibiera el mensaje. Morrigan se miró una vez más al espejo y pensó que, con aquel atuendo, parecía de verdad una diosa, lo cual la ayudó a calmar los nervios mientras recorría el camino hasta la salida de la cueva. Iba a salir con un tipo que era mitad caballo.

Kegan ya estaba allí cuando llegó, y de nuevo, llevaba una cesta grande en las manos. Morrigan lo vio antes de que él la viera a ella, y tuvo tiempo de detenerse, respirar profundamente y pasarse los dedos entre el pelo por enésima vez. También lo vio darse la vuelta al oír que ella se acercaba, y observó la mirada de apreciación de sus preciosos ojos.

– Mi señora, vuestro acompañante os espera -dijo Kegan, con una sonrisa cálida, mientras le hacía una reverencia con una floritura.

– Gracias, amable señor -respondió ella, y le devolvió la reverencia-. Eh, ¿qué hay en la cesta?

– Birkita me ha dicho que te has pasado el día explorando las Cuevas, pero no me ha dicho nada de que hayas explorado las cocinas. He pensado que de nuevo, te habías quedado sin comer.

– Estás tomando la costumbre de darme de comer.

– Ésa sería una costumbre mucho más agradable que la mayoría.

– ¿De veras? -preguntó Morrigan, mientras caminaban juntos para salir de la cueva-. ¿Acaso tienes costumbres desagradables?

– Bueno, admito que me colaba en la cocina de mi casa por las noches. Muy a menudo. Mi madre me decía que esa costumbre me iba a causar pesadillas, pero hasta el momento no ha ocurrido.

– Creo que a mí me haría engordar -dijo Morrigan.

– Pues hoy me alegro de que no tengas la costumbre de comer por las noches. Eso haría que la siguiente parte de la velada fuera mucho menos agradable.

Ya habían salido de la cueva, y estaban a pocos metros de la abertura. Morrigan lo miró con una expresión exageradamente virginal, pudorosa y casta.

– ¡Oh, Dios mío! No querrás decir que piensas que me vas a ver desnuda, ¿verdad? Porque te diré que tal vez yo no sea de ese tipo de chicas.

Él sonrió, con una chispa de diversión en los ojos.

– Aunque la posibilidad de verte desnuda es fascinante, y admito que no ha estado lejos de mi mente durante el día de hoy, no era eso a lo que me refería.

– ¿Eh?

– El sol no se ha puesto todavía, pero no falta mucho. Si quieres que lleguemos a las Salinas antes del atardecer, tenemos que darnos pisa.

– Muy bien. Vamos.

Kegan sonrió.

– Me refiero a que debemos darnos mucha más prisa de la que tú puedes darte con esas preciosas piernas humanas.

– Así que necesito montar a… -Morrigan comenzó a mirar a su alrededor, en busca de un caballo. Entonces, lo entendió, y abrió unos ojos como platos-. ¡Tengo que montarte a ti!

Kegan sonrió y asintió.

– A mí, sí.

– Oh, vaya, entonces esta mañana no estabas bromeando cuando me dijiste que serías mi acompañante y mi montura.

– No estaba bromeando.

Morrigan miró su lomo, alto, y sin silla de montar.

– Yo… no sé…

Kegan, que obviamente estaba pasándolo muy bien, arqueó una ceja.

– ¿Es que no sabes montar?

– Por supuesto que sí.

– Bueno, no importa que no tengas experiencia. Necesito muy pocas indicaciones.

– Mira, listillo, eso no es lo que me preocupa, y soy una jinete experimentada, aunque admito que mi experiencia con los centauros es limitada.

– ¿A mí?

– Pues sí, limitada exclusivamente a ti.

– Exclusivamente a mí… -dijo Kegan. Se acercó a Morrigan, la tomó de la mano, y dijo-: Me gusta cómo suena eso, y te doy mi palabra de que seré dócil contigo.

– No tengo forma de subir hasta ahí -dijo ella, señalando su espalda equina-. No llevas silla, ni nada, y no hay estribos.

Kegan se echó a reír.

– Yo puedo ayudarte a montar, no te preocupes.

Morrigan notó que se ruborizaba, muy a su pesar.

– Llevo vestido.

– Ya lo veo. Es un vestido muy bonito.

Ella suspiró.

– Gracias. Pero no llevo ropa adecuada para montar, precisamente.

– Tal vez no lleves ropa adecuada para montar a caballo, pero estás perfectamente vestida para montar a un centauro que te adora.

Morrigan notó un pequeño cosquilleo en el estómago.

– Y ése eres tú.

– Ése soy yo -repitió él-. Vamos -dijo Kegan. Abrió los brazos hacia ella, y sonrió-. A menos que tengas miedo.

– No, no tengo miedo -dijo ella automáticamente.

– Pues entonces, debemos irnos ya. No vamos a llegar a tiempo.

– De acuerdo.

– Entonces, ven aquí.

Morrigan entró en el círculo de sus brazos, y él le puso una mano a cada lado de la cintura.

– ¿Lista?

– Sí -respondió ella, aunque no fuera cierto.

Y entonces, a Morrigan se le escapó un jadeo. Kegan la levantó del suelo como si no pesara nada, giró la cintura y la colocó sin ceremonias sobre su lomo.

Morrigan se ocupó arreglándose el vestido, dando gracias por no llevar una de sus minifaldas vaqueras.

– Agárrate fuerte. El descenso es empinado -dijo Kegan, mientras recogía la cesta y comenzaba a moverse.

– ¿Que me agarre a qué? No hay…

Morrigan se atragantó con las palabras cuando él pasó el borde de la cuesta y comenzó a deslizarse hacia abajo. Sin saber qué hacer, lo rodeó con los brazos e intentó no caerse mientras miraba por encima de su hombro. Sin que su paso vacilara, Kegan miró hacia atrás, hacia ella, y sonrió.

«Es un granuja, tal y como me dijo Birkita», pensó Morrigan. Aunque a ella no le importaba demasiado…


Capítulo 17

<p id="_Toc287304554">Capítulo 17</p>

– No ha estado tan mal, ¿verdad?

Una vez pasada la empinada cuesta, Morrigan se las había arreglado para dejar de abrazarlo. Iba muy erguida, intentando dar la apariencia de que estaba relajada, con las manos descansando ligeramente sobre los hombros desnudos de Kegan. En realidad, sentía cada centímetro donde se encontraban sus cuerpos, el de ella, íntimamente pegado al de él.

– Oh, sí, estupendo. Aunque hubiera preferido tener una silla -murmuró.

Kegan se rió y la miró por encima de su hombro.

– Tú no necesitas silla. Tienes un asiento precioso -dijo él, y el brillo de sus ojos le dio a aquellas palabras un claro doble sentido, que Morrigan prefirió pasar por alto.

– Voy a tener un asiento dolorido si no me bajo de aquí. ¿Falta mucho para llegar? Ya casi está atardeciendo.

– Está detrás de ese pequeño montículo -le aseguró Kegan.

Kegan ascendió la colina, y cuando salieron del bosquecillo de pinos que acababan de atravesar, se encontraron con una vasta extensión de agua salpicada de piedras enormes y puntiagudas.

– Ya hemos llegado. Deja que te ayude.

Kegan se giró hacia atrás y volvió a tomarla por la cintura para dejarla en el suelo, a su lado. Ella sonrió cuando él hizo un gesto de evidente reticencia a soltarla.

– Seguramente te he resultado pesada -dijo Morrigan, que se sentía nerviosa.

Él sonrió.

– Me has resultado perfecta.

– Bueno, ¿te doy las gracias o te hago unas caricias?

Su sonrisa aumentó.

– Creo que me gustarían ambas cosas.

– Veamos cómo te comportas en el viaje de vuelta. No quiero recompensarte tan rápidamente.

Kegan se rió.

– Ya veo que vas a ser uno de esos jinetes difíciles.

– Oh, así que sólo soy una de tantas. ¿A cuántas mujeres has llevado?

Él todavía estaba sonriendo, pero sus ojos tenían una mirada seria.

– He llevado a muchas mujeres, pero todas se han convertido en sombras del pasado, sin ningún interés, en comparación contigo, Portadora de la Luz.

– ¿Incluso Myrna? -preguntó Morrigan, sin poder contenerse.

– Incluso ella -dijo Kegan, y señaló hacia las Salinas-. Será mejor que bajemos al nivel del lago, celosa, o te perderás la puesta de sol.

Morrigan iba a decir que ella no estaba celosa, pero reprimió la mentira. En vez de hablar, hizo acopio de dignidad y caminó hasta el borde de la colina.

– ¡Vaya! Resulta más increíble desde aquí cerca.

– Entonces, vamos a acercarnos más -dijo Kegan, y después de dejar la cesta en el suelo, la tomó de la mano. Ambos descendieron por el terraplén hasta que llegaron al nivel de las Salinas.

Morrigan olfateó el aire.

– Huele como el mar, menos los peces.

– Es demasiado salino para tener peces. ¿Ves que incluso las plantas dejan de crecer a bastantes metros de la orilla?

Ella asintió, pero no estaba prestando demasiada atención. Su atención estaba centrada en las piedras de cristal que sobresalían de la superficie del agua. El sol estaba empezando a tocar el cielo del oeste, a su izquierda, y el color azul del cielo se estaba volviendo de los colores apasionados del atardecer: fucsia, azafrán y oro. Cuando el sol tocaba las enormes piedras, las encendía con los colores de la tarde.

– Quiero ir allí -dijo ella, que estaba a punto de saltar de emoción.

– Vuestros deseos, mi señora, son mis órdenes.

En aquella ocasión, cuando Kegan abrió los brazos, Morrigan se acercó sin titubear a él, y se colocó con más elegancia sobre su lomo ahora que ya no estaba concentrada en su azoramiento.

– ¡Allí! -dijo, señalando hacia una piedra de cristal que tenía la parte superior plana y era lo suficientemente ancha como para ponerse de pie sobre ella-. Llévame hasta aquélla.

El centauro entró al lago rompiendo la superficie del agua, y con facilidad, se dirigió hacia la piedra, que estaba a varios metros de la orilla. Morrigan se dio cuenta de que era mucho menos profundo de lo que parecía. Algunas veces, el agua apenas cubría los cascos de Kegan.

– Supongo que podría haber venido andando. Tenías razón, no es nada profundo.

Él sonrió.

– Y se te habrían estropeado esas sandalias tan bonitas. Además, a mí me gusta tener una excusa para llevarte a la espalda.

Ella le empujó el hombro y frunció el ceño, en broma.

– Ponme en esa piedra de ahí.

– Como tú digas.

Y, sin permitir que se le mojaran ni siquiera las puntas de los dedos del pie, Kegan la levantó de su lomo y la colocó sobre la piedra.

En cuanto Morrigan tocó la parte superior del cristal, lo sintió. El poder. Latía desde la piedra. Ella se agachó y posó las manos contra la superficie, y susurró:

– ¿Me conocéis?

«Te conocemos, Portadora de la Luz».

Al igual que en la cueva, la respuesta provenía de los cristales y atravesaba su piel y sus nervios, los músculos y la sangre de sus manos, y se abría paso, como una corriente, hacia su cuerpo.

– ¿Te reconocen los cristales? -le preguntó Kegan.

– ¡Sí! Me conocen. Es un poco distinto a lo que ocurre en el interior de la cueva. Aquí parece el eco de un sonido, no es tan intenso como allí. Pero me llaman Portadora de la Luz.

– Entonces, tal vez deberías pedirles que se iluminen -dijo Kegan. Después, dio varios pasos hacia atrás, como si quisiera dejarle espacio-. El momento es perfecto. El sol se está poniendo ahora.

Morrigan se puso en pie y se volvió. El sol estaba cayendo lentamente hacia el horizonte del oeste, lanzando más colores como llamas en el cielo. Desde la parte de las Salinas que ya quedaba a la sombra estaba empezando a surgir un poco de niebla, blanca y diáfana. De repente, aquel cielo brillante y la belleza de la niebla y el agua le recordaron a Oklahoma, y a muchos atardeceres gloriosos que había visto con sus abuelos. Morrigan tuvo una aguda sensación de nostalgia.

«Aquél era el lugar donde naciste, pero nunca fue tu mundo», le dijo la voz insistente de su cabeza, que sonaba más claramente y con más fuerza de lo que nunca hubiera sonado en Partholon.

«Que ames el lugar en el que has nacido no significa que denigres tu nuevo hogar…».

Morrigan dio un respingo al oír aquella otra voz, que el viento le llevaba como un susurro. Era raro que llevara tanto tiempo sin oírla. Entonces, agitó la cabeza y respiró profundamente. No. No quería escuchar ninguna voz. Ella no necesitaba aferrarse a susurros para encontrar su camino. Era una Portadora de la Luz, la Suma Sacerdotisa y la Elegida de la Diosa.

Morrigan alzó los brazos.

– ¡Espíritus del cristal, me llamáis Portadora de la Luz, así que os pido que me deis luz!

«¡Portadora de la Luz!».

El título resonó de una manera sobrenatural a su alrededor, a medida que las piedras de cristal respondían a su llamada y resplandecían. Y, mientras las piedras emitían una luz dorada que parecía vencer a los rayos del sol de poniente, Morrigan sintió que el poder la invadía. Era como si la luz estuviera atravesándole el cuerpo y llenándola de calor, sensaciones y alegría. Estiró los brazos para mirar cómo le brillaba la piel. Era como si fuera de cristal y se hubiera vuelto de carne y fuego. Y entonces, por capricho, puso la palma de la mano hacia arriba y dijo:

– ¡Enciéndete!

De su mano surgió una llama fuerte, segura, que hizo que Morrigan riera de placer y se volviera hacia Kegan:

– ¡Mira lo que soy capaz de hacer!

– Nunca había visto nada parecido. Nunca había visto nada como tú -dijo Kegan.

La estaba devorando con la mirada, y todo el calor, la alegría y la emoción que Morrigan sentía se convirtieron en pasión pura. El centauro leyó bien el cambio que se produjo en ella y comenzó a acercársele.

– Eres luz y llamas, tan bella, que es difícil no mirarte. Podrías iluminar cualquier oscuridad, Morrigan.

Se quedó frente a ella. Morrigan extinguió la llama de su palma con un movimiento de la muñeca, y se inclinó hacia él para abrazarlo. El deseo ardía con tanta fuerza en su cuerpo que tuvo que calmar la respiración antes de hablar.

– Quiero que me beses y que me hagas el amor mientras estoy ardiendo así.

Con un gemido, Kegan se inclinó para atrapar su boca, pero fue Morrigan quien se convirtió en perseguidora. Lo acogió con una pasión que ardía como los cristales que los rodeaban. Kegan la tomó en brazos, y cuando Morrigan advirtió que iba a llevarla así hasta la orilla, le pidió:

– No, por favor. Ponme de nuevo a tu espalda.

Sin decir una palabra, él cambió su posición y colocó a Morrigan sobre su espalda para que pudiera cabalgar a horcajadas. Ella lo rodeó con los brazos y ciñó su cuerpo vibrante contra el de Kegan, el pecho, los muslos, el centro de sí misma, mientras exploraba la columna fuerte de su cuello con los labios y los dientes.

– Tu cuerpo es tan cálido que parece que estás ardiendo -gimió Kegan.

– ¿Es demasiado? ¿Te hago daño? -le preguntó ella sin aliento.

– ¡No, no! No pares.

Kegan salió del agua y recorrió la corta distancia hasta la loma donde habían dejado la cesta. Levantó a Morrigan de su espalda sin separarse de ella, y devoró su boca. Cuando se apartó, ella hizo un sonido de frustración e intentó abrazarlo de nuevo.

– Espera, debo experimentar el Cambio.

Lo que él le estaba diciendo consiguió aplacar el deseo de la mente de Morrigan, y ella asintió temblorosamente.

– De acuerdo. ¿Qué quieres que haga?

– Debes permanecer muy callada, aunque te asuste lo que veas.

– Pero…

– ¿Confías en mí?

Morrigan no titubeó.

– Sí.

Kegan le dio un beso breve y fuerte, y después, se alejó varios pasos de ella. Con el fondo del atardecer, Morrigan vio la silueta de Kegan dibujada por la niebla y las piedras doradas y brillantes, mientras él inclinaba la cabeza y comenzaba a cantar. Hablaba en voz baja, y en un lenguaje que ella no entendía, pero sí sentía el poder de aquellas palabras rozándole la piel. Sin dejar de entonar aquel cántico, Kegan comenzó a elevar los brazos, y a Morrigan le pareció que su piel comenzaba a vibrar de una manera extraña, con unos movimientos demasiado rápidos como para que sus ojos pudieran detectarlos, y entonces, la vibración se hizo brillante, tan brillante que Morrigan sólo podía mirarlo a la cara. Tuvo que taparse la boca con la mano para que no se le escapara un grito al advertir su expresión de agonía. Y entonces, el cuerpo de Kegan estalló en luz.

Morrigan pestañeó para intentar disipar los puntos blancos de sus ojos. Quería llamar a Kegan, pero todavía estaba demasiado asustada como para hacer algo.

– Ahora puedes hablar -dijo Kegan, entre bocanadas de aire.

A Morrigan se le aclaró la visión, y entonces vio a Kegan, que estaba desnudo, salvo por el chaleco de cuero que llevaba, y arrodillado. Tenía la cabeza inclinada y estaba apoyado en uno de los brazos, y temblaba violentamente. Morrigan se acercó rápidamente a él, se arrodilló a su lado y comenzó a apartarle el pelo húmedo de la cara.

– ¡Oh, Kegan! ¿Estás bien? ¡Me has dado un susto de muerte!

Él la miró con una sonrisa.

– Cuesta un poco acostumbrarse al Cambio.

– ¡Y que lo digas! Ha sido horrible. Te ha hecho daño.

– Sí. Duele -dijo él.

Su sonrisa aumentó, y su respiración fue recuperando el ritmo normal. Se puso en pie, temblando sólo un poco, y la tomó en sus brazos.

– Deberías haberme dicho que dolía tanto -le dijo Morrigan, mientras posaba las manos suavemente en su pecho, casi con miedo de tocarlo.

– No estaba pensando en el dolor cuando decidí cambiar.

Morrigan cabeceó.

– Bueno, pues yo lo pensaré la próxima vez.

– Y a mí me alegra que haya una próxima vez.

Kegan se inclinó para besarla brevemente, y después, la tomó de la mano y caminó lentamente, con ella, hasta el lugar en el que habían dejado la cesta. Sin pudor alguno, se quitó el chaleco y abrió la cesta, de la que sacó una manta. Mientras la extendía por el suelo, Morrigan se llenó los ojos de él. Le gustó absolutamente todo lo que vio, pero estaba empezando a ponerse nerviosa. Muy nerviosa.

– ¿Paso la inspección?

– Sí -dijo ella rápidamente, al darse cuenta de que él había estado allí plantado, desnudo, observando cómo ella lo observaba.

– Bien. Me alegro de que te agrade cómo soy en mi figura humana.

– También me gustas en tu forma de centauro -respondió ella, muy en serio. Era muy guapo, de cualquier forma.

– Bien -repitió él, sonriendo lentamente-. ¿Puedo pedirte un favor?

Morrigan asintió.

Kegan señaló a las Salinas, y Morrigan siguió su mano con la mirada. Los cristales seguían brillando, pero no con la misma fuerza que antes. El cielo se estaba apagando, y la niebla le confería a todo un aspecto irreal.

– Haz que se iluminen de nuevo.

Morrigan miró desde las Salinas a Kegan.

– ¿Quieres que vuelva hasta allí?

– No, quiero que te quedes aquí conmigo.

– Pero no puedo hacer eso desde aquí.

– Yo creo que sí.

Caminó hasta donde la loma comenzaba a descender, y le tendió la mano.

Morrigan se acercó a él, y dejó que la girara para que estuviera mirando hacia los cristales, que resplandecían suavemente. El se quedó tras ella, con las manos posadas en sus hombros. Se inclinó, y su respiración cálida le hizo cosquillas en la oreja, consiguiendo que temblara de pasión.

– Diles que vuelvan a encenderse. Te oirán.

– No sé. Está muy lejos.

– Sí, están lejos, pero tú sigues estando conectada a los espíritus. Siente el suelo bajo tus pies. En algún lugar, por debajo de nosotros, están las Cuevas de los Sidethas, y en allí están tus cristales. Ellos te conectarán con los cristales de la Llanura de Sal. Concéntrate, Portadora de la Luz. Llámalos. Los espíritus te responderán.

«Usa tu poder…».

Aquellas palabras le llenaron la mente. Morrigan se concentró en el suelo, igual que se había concentrado antes, cuando estaba sobre la piedra de cristal. En aquella ocasión sintió más lejos, alcanzó más distancia… ¡Sí! Pronto tuvo una respuesta en forma de oleada de sensaciones que se elevaba de la tierra. «¡Portadora de la Luz! Te oímos». Era débil, pero era la voz jubilosa de los espíritus de los cristales de las Cuevas. Sonriendo, Morrigan elevó los brazos y gritó.

– ¡Iluminad las Salinas por mí!

Jadeó al sentir el poder de la luz que fluía a través de ella, y las piedras de cristal del lago se iluminaron otra vez, con aquella luz parecida a la del sol.

– Sabía que podías hacerlo. Eres mi fuego, mi brillo -dijo Kegan, con la voz entrecortada de deseo.

Morrigan apartó la vista de las piedras brillantes y se giró en sus brazos. No tuvo que mirarse la piel para saber que estaba brillando. La luz que tenía en su interior latía con su sangre, la calentaba y la llenaba de pasión. Al cuerno la virginidad. El nerviosismo de Morrigan se deshizo con el calor de su necesidad. Besó a Kegan largamente, con fuerza, de manera exigente. Entonces se separó de él y se acercó a la manta. Kegan la siguió. Morrigan lo supo sin mirarlo. Sentía su cuerpo masculino como si fuera una extensión del suyo propio. Sin darse la vuelta, Morrigan se quitó el vestido y lo dejó caer en una pila de tela, a sus pies. Cuando se volvió a mirar a Kegan, estaba completamente desnuda.

Se abrazaron sin titubeos. Morrigan no sintió timidez. Lo que le faltaba de experiencia lo suplió con pasión. Quería saborear, tocar, experimentarlo todo con Kegan. Era como si su piel brillante estuviera absorbiendo el deseo de él. Cuanto más lo acariciaba, más se excitaba. Kegan no era un amante sin experiencia. Se tomó su tiempo con ella, aunque Morrigan lo estaba llevando al límite. La saboreó y la preparó hasta que por fin se colocó sobre ella y entró en su cuerpo de una sola acometida.

Morrigan gritó de dolor, al notar la súbita intrusión de la carne dura, y Kegan echó la cabeza hacia atrás bruscamente.

– ¿Soy el primero? -preguntó en un jadeo.

Ella asintió.

– ¡Ah! -susurró él. Apoyó la frente en la de Kegan y musitó-: Tendrías que habérmelo dicho. Habría tenido más cuidado. Habría…

Ella detuvo sus palabras con los labios. Lo besó, y dejó que la deliciosa calidez de su interior, que sólo se había apagado brevemente, volviera a inflamarse. Su cuerpo ya se estaba acostumbrando a él. Morrigan se movía con inquietud, deseando más.

Kegan respondió, apartándose un poco, lo justo para poder mirarla a los ojos. Y cuando sus cuerpos se unieron y después se liberaron, ella gimió su nombre, y él volvió a besarla, susurrando contra sus labios.

– Mi amor…


Capítulo 18

<p id="_Toc287304555">Capítulo 18</p>

Morrigan estaba entre sus brazos, mientras Kegan observaba cómo se iba apagando el brillo de su piel. Estaba completamente fascinado por ella. Lo que había comenzado como curiosidad, como una simple atracción física, como interés por su poder, se había convertido en algo tan distinto a lo que normalmente sentía por una amante, que lo había desarmado.

La miró. Ella tenía los ojos cerrados, y una expresión relajada. Kegan tiró suavemente del borde de la manta hacia sí, y Morrigan suspiró y se acurrucó contra él.

Por el Cáliz Sagrado de Epona, ¡era virgen! Él nunca lo habría imaginado, por el modo desinhibido y apasionado en que había respondido. Morrigan era toda una contradicción. Poseía los dones de una Suma Sacerdotisa, pero parecía que aquellos dones le sorprendían. Ardía de deseo y pasión, pero nadie la había tocado antes de que él la poseyera.

Poseerla… Aquel pensamiento se repetía en su cabeza. La deseaba, de eso no tenía duda. Sin embargo, sentía algo más que deseo físico. Morrigan había tocado algo de su interior, algo que había estado dormido hasta que la había conocido. Era cierto que Myrna lo había despertado, pero ella sólo había sido para él una versión sin color de Morrigan, su fuego.

¿Acaso Epona lo había creado a él para Morrigan, y aquél era el motivo de su reacción hacia ella? Kegan frunció el ceño al pensar en que nunca había reflexionado sobre las implicaciones de ser el alma gemela de alguien. Por supuesto, había aparentado que reflexionaba sobre ello cuando estaba cortejando a lady Myrna. Los Sumos Chamanes centauros hablaban entre ellos sobre la responsabilidad de estar destinado a la Elegida de Epona. Se preguntaban cómo sería amar a una mujer creada por una diosa para ellos. Kegan recordó que a menudo, él había hecho comentarios sarcásticos al respecto, diciendo que si una diosa había creado una mujer para él, tal vez la hubiera creado sin el típico talento femenino para criticar.

Kegan cerró los ojos y suspiró. Había sido un joven muy repelente, tal y como le había dicho el Sumo Chamán más anciano de su clan.

– Estás suspirando -murmuró Morrigan.

– Estaba recordando errores del pasado -dijo él.

Ella se apoyó sobre el codo y arqueó una ceja.

– ¿Errores de tu pasado? Cuéntamelos. ¿Son aventuras sórdidas con muchos corazones rotos?

Él se echó a reír.

– No, mi amor, no lo son.

– ¿Nada de corazones rotos? Eso me resulta difícil de creer.

– ¿De veras?

– Pues sí. Quiero decir que es evidente que sabes lo que haces, así que debes de tener experiencia -dijo Morrigan, y Kegan observó divertido cómo se ruborizaba-. No es que me esperara que fueras virgen, ni nada por el estilo.

– Pero tú sí lo eras -dijo él suavemente.

Ella asintió. Morrigan no dijo nada, pero él leyó la profundidad de sus sentimientos en su mirada. Quería abrazarla y decirle que no podía haber sido más perfecta, que atesoraría el regalo que le había hecho para siempre, como la adoraría a ella. Sin embargo, Kegan tuvo la sensación de que a Morrigan aquellas palabras iban a parecerle condescendientes. Así pues, se limitó a besarla, y le dijo:

– Si me lo hubieras contado, habría elegido un lugar más bonito y un…

Morrigan le posó los dedos en los labios para contenerlo.

– No. No hubiera querido que fuera de ninguna otra manera. Este lugar es perfecto. Con los cristales allí, y las Cuevas bajo nosotros, me siento segura, como si éste fuera mi sitio.

– Es tu sitio. Tu sitio está a mi lado -dijo Kegan.

Puso su mano sobre la de Morrigan, y le besó los dedos. Tenía el corazón tan lleno que creía que le iba a explotar en el pecho. ¿Cómo había podido creer que su vida estaba completa antes de haberla conocido? Al darse cuenta de que su vida sin ella sería oscura, vacía, la abrazó y la estrechó contra sí, y la besó con una ternura recién descubierta.

Ella se apartó un poco para mirarlo cuando terminó aquel beso.

– ¿Qué te ocurre? -le preguntó.

Kegan pensó que una prueba de haber sido creados el uno para el otro debía de ser que eran capaces de leerse el pensamiento, tal vez con demasiada facilidad.

– ¿En Oklahoma existe una cosa que se llama «almas gemelas»?

Morrigan se quedó sorprendida por la pregunta.

– Supongo que sí -dijo ella, y pensó en sus abuelos-. Sí, creo que sí. Te he contado que a mí me criaron mis abuelos, ¿no?

– Sí.

– Bueno, pues yo diría que ellos son almas gemelas. No puedo imaginarme a uno sin el otro, y llevan casados toda la vida.

Él asintió, pero titubeó, porque no sabía cómo expresar lo que quería decirle.

– Sí, ése es un tipo de alma gemela. A menudo, cuando uno muere, el otro lo sigue.

Morrigan frunció el ceño.

– Kegan, no me gusta pensar que le haya ocurrido algo a alguno de los dos.

– Lo siento. No me refería a eso… -Kegan suspiró y comenzó de nuevo-: Lo estoy diciendo mal. No tengo experiencia en este tipo de cosas.

Morrigan sonrió con picardía.

– No me lo ha parecido.

Él le tiró suavemente de un rizo que había estado enroscándose en el dedo.

– No en ese tipo de cosas. Lo que quiero decir es que tengo poca experiencia en describir lo que ocurre cuando dos personas están creadas la una para la otra por la mano de los dioses. Cuando están predestinados a pasar la vida juntos. ¿Las parejas en Oklahoma experimentan algo así?

– En los libros.

– ¿En los libros?

– Sí, la gente escribe acerca de eso en los libros y… siempre hay un final feliz. Mi amiga Gena lo llama Romancelandia. Ya sabes, amantes desventurados, almas gemelas, estar hechos el uno para el otro, bla, bla, bla.

– Entonces, ¿tú no crees que sea posible que una persona esté creada para otra persona concreta?

– No lo sé. Nunca lo he pensado.

– Piénsalo.

– ¿Eh?

Kegan se pasó la mano por el pelo. Aquella conversación no estaba saliendo como él quería. No quería ser seco con ella, pero tenía el estómago encogido por la forma en que Morrigan le quitaba importancia a lo que le estaba diciendo.

– Morrigan, lo que quiero decir es que creo que nosotros hemos sido creados el uno para el otro -dijo. Ella se quedó mirándolo fijamente, sin responder, así que él continuó apresuradamente-: Tú eres una Sacerdotisa poderosa, con dones tan grandes, quizá, como los de la propia Elegida de Epona. La diosa siempre crea a un Sumo Chamán centauro para que ame a la Elegida. Me parece que Adsagsona también me ha creado para ser tu compañero, como tu Sumo Chamán.

Morrigan pestañeó un par de veces, como si necesitara aclararse la visión.

– Pero yo no soy la Elegida de Epona.

– Lo sé. Sin embargo, ¿no crees que tiene sentido que una Suma Sacerdotisa y Portadora de la Luz necesite un compañero que sea más su igual que un hombre corriente?

– Supongo que sí, pero tú lo dices de una manera que parece muy fría. Parece más un trato de negocios que algo sacado de Romancelandia.

Aquello hizo que Kegan sonriera.

– He dicho que tengo poca experiencia hablando de estas cosas, y que lo estaba haciendo mal -respondió. Entonces le tomó la mano, con delicadeza, y se la posó en el pecho, sobre el corazón-. La razón verdadera por la que pienso que fui creado para quererte puedes encontrarla aquí, donde mis palabras torpes no pueden enredarlo todo.

– Kegan, no sé qué decir -murmuró ella. Apartó la mano de su pecho y comenzó a meter cosas en la cesta de la comida-. Hoy lo he pasado muy bien, y me gustas mucho, pero en este momento, todo es muy confuso para mí, y no puedo pensar en una relación a largo plazo.

Él se puso en pie bruscamente y se alejó varios pasos de ella. ¿Qué acababa de ocurrir? ¿Cómo era posible que lo rechazara? ¿Había malinterpretado él lo que había visto en sus ojos? ¿Lo que había sentido en sus caricias?

– ¿Kegan? ¿Te has enfadado conmigo?

Él respondió por encima de su hombro.

– No, pero quiero invocar el Cambio.

– Muy bien. Me quedaré en silencio -dijo ella.

Kegan no podía dejar de notar su mirada clavada en él. Se concentró con esfuerzo, buscó dentro de sí mismo y más allá, y rozó aquella chispa de divinidad que todo lo conectaba en el mundo, que cambiaba el espíritu y la materia hasta que una podía intercambiarse con la otra. Kegan inhaló lo divino, y aceptó el dolor que lo atravesó cuando los tendones, los huesos, los músculos, la sangre y la piel recuperaran su forma de centauro.

– Es asombroso.

Él, con la respiración todavía entrecortada, se había dado la vuelta, y había descubierto que Morrigan continuaba mirándolo.

– Tú eres asombroso -continuó Morrigan.

Entonces, dejó el odre de vino que estaba a punto de guardar y se acercó a él. Kegan notó que la opresión que tenía en el pecho comenzaba a relajarse cuando ella le acarició la cara y se dejó abrazar.

– Vas a tener que darme un poco de tiempo -le dijo-. Para mí, hay muchas cosas que han cambiado con demasiada rapidez. No sé si puedo asimilar algo más.

Kegan se oyó diciendo unas palabras que, sólo un par de días antes, habrían hecho que despreciara a quien las hubiera pronunciado.

– Yo puedo ayudarte. No tienes por qué estar sola. No tienes por qué depender sólo de ti misma.

Morrigan arqueó una ceja.

– ¿No debería depender de Adsagsona?

– Tal vez tengas que pensar en la posibilidad de que fue tu diosa la que me trajo a ti, y que es su voluntad que estemos juntos.

Kegan se inclinó y la besó, y con aquel beso no sólo reclamó su boca, sino también su alma. Morrigan respondió, y él sintió una alegría inmensa. Sería suya. Tenía que ser suya.

Cuando terminaron de besarse, él se sintió aliviado, porque Morrigan estaba sin aliento. Entonces, al verla bien, advirtió que en sus ojos había una mirada extraña, casi como si estuviera intentando no llorar.

– Kegan, tengo que decirte una cosa.

Él sintió una punzada dolorosa de preocupación en el pecho, pero intentó sonreír.

– ¿De qué se trata, mi fuego?

– Sabes que me parezco mucho a Myrna, ¿verdad?

Kegan asintió.

– Sí, pero ya te he explicado que en realidad no me importaba mucho.

– Lo sé. No se trata de eso. En Oklahoma había alguien que se parecía tanto a ti como yo me parezco a Myrna.

Él tuvo la sensación de que le habían dado un puñetazo en el estómago.

– No lo entiendo.

– Yo tampoco lo entiendo muy bien.

– Pero… tú me dijiste que en tu mundo no hay centauros.

– No los hay. Kyle se parece a ti en tu forma humana. Es exactamente igual que tú.

Él comprendió la verdad.

– Querías a ese hombre.

Ella se ruborizó.

– No, no lo quería. No lo conocía tan bien como para eso.

– Pero estabas conectada a él.

– Probablemente, tanto como tú estabas conectado a Myrna.

Kegan soltó un resoplido.

Morrigan arqueó las cejas.

– Oh, así que había más de lo que has admitido entre Myrna y tú.

– No estamos hablando de lady Myrna. Estamos hablando de Kyle.

– Mira, creo que los dos estamos más que un poco celosos.

Kegan gruñó, como si estuviera dispuesto a admitirlo.

– Pero las relaciones con Myrna y Kyle no son lo que me inquieta. Lo que me asusta es el hecho de que murieran los dos el mismo día.

Kegan se quedó helado.

– ¿Kyle está muerto?

– Murió el mismo día que Myrna -repitió Morrigan, y él notó que estaba temblando-. Ese también fue el día en que Adsagsona me trajo desde Oklahoma al Reino de los Sidethas.

Kegan se sentía completamente aturdido. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Entonces, como si de veras estuviera en mitad de un sueño, oyó una voz desesperada.

– ¡Morrigan! ¡Kegan!

Morrigan salió del abrazo de Kegan.

– ¿Birkita?

La anciana Sacerdotisa se acercaba apresuradamente a la pequeña colina. Corriendo llegó hasta ellos, con la respiración entrecortada, temblando tanto que Morrigan tuvo que sujetarla para que no se cayera.

– Birkita, ¿qué ocurre? -preguntó Morrigan.

– Kai…

– ¡Kai! ¿Qué ha pasado? -preguntó Kegan.

– Ha tenido un accidente -dijo Birkita-. Debes venir corriendo, Kegan. Creo que se está muriendo.


Capítulo 19

<p id="_Toc287304556">Capítulo 19</p>

– ¿Estás seguro de que puedes llevarnos a las dos? -preguntó Morrigan mientras Kegan colocaba a Birkita a su espalda, detrás de ella.

– Por supuesto. Ni siquiera las dos a la vez sois demasiado pesadas para mí. Agarraos fuerte. Voy a cabalgar con rapidez.

Kegan le apretó la mano antes de bajar de la loma, y después comenzó a correr a tal velocidad que Morrigan no pudo hacerle más preguntas a Birkita. Birkita había dicho muy pocas cosas; en realidad, no había podido informarlos de nada, porque no había tenido tiempo de recuperar el aliento antes de que se pusieran en marcha. Kegan las había subido a su lomo en cuanto había percibido la gravedad de la situación. Morrigan se aferró a su torso e intentó, sin éxito, no sentirse como si la persiguiera una nube negra de muerte.

Kegan se detuvo junto a la entrada de las Cuevas. Allí los esperaba Perth, lo cual, para Morrigan, no fue una buena señal.

– Explícame lo que ha ocurrido -le dijo Kegan mientras bajaba a Birkita de su espalda. Cuando Perth abrió la boca para contárselo, Kegan dijo-: Habla mientras nos conduces hasta él.

Morrigan observó al centauro con atención mientras pasaba el brazo alrededor de la cintura de Birkita para darle apoyo a la anciana mientras seguían a Perth. Había visto a Kegan en actitud de flirteo, bromista, romántico y sexy. Aquélla era la primera vez que veía otra faceta suya, una faceta que se hacía cargo del mando con facilidad, con un liderazgo calmado en un momento de crisis.

Perth comenzó a explicar el accidente que había sufrido Kai mientras recorrían los túneles rápidamente.

– Han encontrado al Maestro de la Piedra en la sala del ónice. Debía de trepar para extraer una pieza de la piedra, y cayó. Está casi inconsciente, pero no permite que nadie lo mueva hasta que haya hablado con vos.

– La sala de ónice. Está cerca de donde yo lo he visto hoy -dijo Morrigan.

– ¿Has estado con Kai hoy? -preguntó Kegan.

– Sí, cuando estaba explorando las Cuevas. Estaba en la sala del mármol, con la piedra que tú tienes que tallar para la escultura de la tumba de Myrna.

– Entonces, encontró la piedra.

– Sí, y estaba bien cuando yo lo dejé.

Kegan la miró con extrañeza.

– Por supuesto que sí -dijo. Después se volvió de nuevo hacia Perth-. ¿Qué heridas tiene?

– Se ha golpeado la cabeza y tiene la pierna rota. Pero una de las piedras de ónice lo ha destripado.

– ¿Sobrevivirá? -preguntó Kegan.

– Creo que su insistencia en que nadie lo mueva hasta que tú estés allí responde esa pregunta.

Morrigan vio que a Kegan se le tensaba la mandíbula.

– ¡Más deprisa! -ordenó, y Perth y él echaron a correr.

Birkita no podía seguir su ritmo, así que Morrigan se quedó atrás para acompañar a la Sacerdotisa. Tenía un nudo frío en el estómago, pero intentó expresar con palabras el miedo sin nombre que la atenazaba.

– Birkita, ¿a qué se refería Perth cuando ha dicho que el hecho de que Kai llamara a Kegan respondía a la pregunta de si iba a sobrevivir o no?

Birkita habló entre jadeos.

– Kegan puede ayudar a Kai a pasar al Otro Mundo.

Morrigan quería hacerle más preguntas a Birkita, pero ya habían llegado a la entrada de la sala de ónice. Birkita precedió a Morrigan hacia el interior, que estaba atestado de gente. Todo el mundo se había arremolinado alrededor de la pared que tenía las piedras más grandes y más afiladas de todas. Morrigan tomó de la mano a Birkita y las dos juntas se aproximaron al grupo.

Morrigan estaba respirando profundamente para mantener la calma, cuando el olor la asaltó. Era el olor espeso y metálico de la sangre fresca, mezclado con otro repugnante, como de diarrea. Morrigan, entre náuseas, comenzó a respirar por la boca, mientras intentaba atisbar a Kai por encima de las cabezas de la gente. Se dio cuenta de que había unos picos de ónice que estaban húmedos, y sintió el sabor de la bilis. Si no hubiera estado agarrada a la mano de Birkita, habría salido corriendo de la sala.

«Valor… el Maestro de la Piedra ha encontrado su destino, simplemente…». Aquellas palabras resonaron en su mente casi al mismo tiempo que Birkita le susurraba:

– Animo, hija.

Morrigan apartó la mirada de las piedras manchadas de sangre, y la primera persona a la que vio realmente fue Shayla. La Señora de los Sidethas estaba inmóvil, con la espalda pegada a la pared de ónice, con las mejillas llenas de lágrimas mientras miraba al hombre que yacía a sus pies. Morrigan sintió pena por ella. Shayla estaba devastada. Tal vez amara de verdad a Kai. Entonces, vio a Kegan. Estaba de rodillas, inclinado sobre Kai, y a su lado había una mujer que a Morrigan le resultaba vagamente familiar. Debía de ser la Sanadora de los Sidethas. Junto a ellos había dos mujeres más jóvenes que le entregaban los instrumentos y las vendas cuando la doctora se los pedía. Por fin, Morrigan permitió que su mirada descendiera más.

Kai estaba tendido boca arriba, con la cabeza vendada y el cuerpo cubierto con una manta. Tanto la venda de la cabeza como la manta estaban manchadas de sangre, y Kai estaba pálido. Lo que era peor, estaba de color grisáceo y tenía los labios abiertos. Respiraba entrecortadamente, y sus ojos estaban cerrados.

Morrigan observó que Kegan lo tomaba de la mano. El centauro inclinó la cabeza sobre el Maestro de la Piedra y comenzó a pronunciar unas palabras que parecían el mismo lenguaje que había usado para invocar el Cambio. Entonces, Kai abrió de repente los ojos. Morrigan se asombró al oír que su voz tenía un sonido normal.

– Todavía no. Todavía no, amigo mío.

Kegan interrumpió su cántico al instante, y se acercó más a Kai.

– Me has pedido que viniera. Cuando estés preparado para comenzar tu viaje a las praderas de Epona, sólo tienes que asentir. Yo te guiaré, mi viejo amigo.

– Tienes que escucharme, Kegan.

– Estoy a tu lado, Kai.

– Ella está contaminada por la oscuridad.

Morrigan sintió las palabras de Kai como si fueran un cuchillo que le atravesaba el pecho. Se soltó de la mano de Birkita y dio un paso hacia delante.

– Kai, no lo entiendo, ¿quién está contaminada por la oscuridad?

Kai miró a su alrededor hasta que encontró a Morrigan.

– ¡Ella!

Su grito sonó extrañamente fuerte, y Morrigan se estremeció.

– La Portadora de la Luz lleva la oscuridad dentro.

Morrigan comenzó a negar con la cabeza. Sabía que Kegan la estaba mirando con asombro, y sabía que la multitud estaba murmurando sobre ella. Sin embargo, sólo podía mirar a Kai.

– ¡No! ¡Yo no! No soy como ella. Mi abuelo me dijo que no soy como ella. Yo no estoy llena de oscuridad.

– Eres tan joven… -dijo el Maestro de la Piedra compasivamente, con el rostro crispado de dolor-. Tu ego te ciega. Pero la oscuridad está allí -siguió diciendo Kai, y con la mano ensangrentada, señaló a Morrigan-. Deberías volver al lugar del que has venido, y llevarte la oscuridad contigo.

«El dolor lo engaña. No permitas que robe tu derecho de nacimiento».

– ¡No! -exclamó Morrigan-. Yo soy la Portadora de la Luz. Mi sitio está aquí -dijo, y comenzó a retroceder, a alejarse de Kai.

– Debes quedarte, Sacerdotisa -le dijo Birkita con firmeza-. Tu tarea es ayudar al Maestro de la Piedra en su viaje hacia las praderas de Epona, junto al Sumo Chamán.

– Ayúdalo tú. Él piensa que tengo que marcharme -replicó Morrigan.

Entonces, se zafó de la mano de Birkita y salió corriendo de la sala. No miró atrás. No podía. No quería ver la duda y el disgusto en la cara de Kegan, y la decepción en la de Birkita.

Morrigan no tenía ni idea de adónde iba. La verdad era que no le importaba. Lo único que sabía era que tenía que alejarse de su mirada, de la de Kai, de la de Kegan, de la de Birkita, de la de Shayla. De la de todos.

Seguramente, debería salir de la cueva para respirar aire puro. Sin embargo, cuando recuperó la calma se encontró en su propia habitación. Se acurrucó en la cama y se agarró las rodillas con las manos temblorosas. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Qué le había pasado a Kai?

Brina apartó con la nariz la cortina de cuero de la entrada y subió a la cama de un salto. Con un sollozo de alivio, Morrigan la abrazó.

– Yo no he tenido nada que ver con la muerte de Kai. Ni siquiera estaba en las Cuevas.

«Coraje, preciosa…».

– ¡No! -exclamó ella, y en un gesto inútil, se tapó los oídos con las manos-. ¡No quiero oír más voces! No quiero tener que preguntarme si estoy oyendo a una diosa o a un demonio. ¿No puedes dejarme en paz para que encaje en algún sitio? ¿No puedes dejar que sea normal, para variar?

Brina le acarició la cara con la nariz, y Morrigan se dio cuenta de que tenía las mejillas húmedas. Se las secó con una esquina del vestido. ¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Se volvería contra ella Birkita? ¿Y Kegan? Morrigan le dio un beso a Brina y apoyó la mejilla contra el calor del lince.

– Él dijo que estaba hecho para amarme. Me pregunto si sigue pensando lo mismo -susurró. Y, durante un instante, también se preguntó si podría encontrar el camino de vuelta a Oklahoma a través de la piedra de cristal.

Poco a poco, el agotamiento fue venciendo a Morrigan, y con Brina acurrucada a su lado, se quedó dormida.

Soñó que había vuelto a Oklahoma. Era uno de aquellos días de otoño que a ella siempre le habían encantado, porque el calor asfixiante del verano dejaba paso a la brisa fresca del norte. Las hojas del enorme roble del jardín empezaban a cambiar de color. Morrigan estaba sentada en una de las sillas de metal que había en el patio, con un vaso de té dulce de la abuela. Respiró profundamente y percibió el olor de las asclepias del abuelo. ¡Era tan maravilloso estar en casa!

«Huir no es la respuesta, hija».

Morrigan miró a su derecha. Estaba sentada en una de las otras dos sillas de metal. Lo primero que pensó Morrigan fue que era increíblemente bella. Lo segundo, era que nunca hubiera confundido a Rhiannon con Shannon. Las dos mujeres tenían la misma figura y la misma cara, pero ella nunca había visto aquella expresión en los cientos de fotografías de Shannon que le habían enseñado sus abuelos, aquella mezcla de tristeza y ternura.

– Eres mi madre.

La sonrisa de Rhiannon fue de alegría, pero tenía los ojos llenos de lágrimas.

– Sí, soy yo.

– ¿Es cierto esto? ¿Estás en mi sueño, o eres una invención mía?

– Algunas veces, nuestros sueños son la parte más real de nuestra vida.

– Eso no parece ni un «sí» ni un «no».

– Las cosas más importantes de la vida no se pueden responder con un «sí» o un «no». Son más complicadas.

– Dímelo a mí. En este momento, mi vida es tan complicada que ni siquiera la entiendo, y no sé qué hacer al respecto.

– Sabrás lo que tienes que hacer. Cuando llegue el momento de hacer una elección, entenderás lo que debes hacer -dijo Rhiannon.

– ¿Qué significa eso? ¿No puedes ayudarme de verdad? ¿No puedes decirme lo que tengo que hacer?

– Yo no puedo tomar decisiones por ti. Nadie puede hacerlo. Sin embargo, puedo decirte que la experiencia me ha enseñado que las decisiones tomadas por emociones negativas como la ira, los celos o el miedo son equivocaciones. En vez de eso, confía en el amor, en la lealtad y en el honor. Confía en ti misma, hija, y encontrarás a la diosa en tu interior. Ella te guiará hacia la verdad.

– ¿Y tú no puedes ayudarme?

– Yo siempre te he ayudado, Morrigan -dijo Rhiannon, y le acarició la mejilla a su hija-. Y siempre lo haré…

El cuerpo de Rhiannon comenzó a desvanecerse.

– ¡No, espera! ¡Tengo un millón de preguntas que hacerte!

Rhiannon sonrió.

– Confía en el amor, y recuerda que huir no es la respuesta. No lo fue para mí, y no lo es para ti.


Morrigan abrió los ojos y, automáticamente, posó los dedos en la pared de la cueva.

– Encendeos, por favor.

«¡Te oímos, Portadora de la Luz!».

Cuando se iluminaron las estalactitas, Morrigan se tumbó boca arriba y comenzó a acariciar al lince, que seguía acurrucada a su lado, mientras observaba la belleza que ella misma era capaz de invocar. ¿Podría hacer algo así si estuviera poseída por el mal? No, no lo creía. Tenía la esperanza de que no fuera cierto. Morrigan pensó en su sueño. Le había parecido absolutamente real, pero no estaba en Oklahoma. ¿Significaba eso que su madre tampoco estaba allí?

Para ella, la salida más fácil sería volver junto a la piedra de selenita e intentar hallar la forma de volver a Oklahoma.

«Huir no es la respuesta, hija». Aquellas palabras no se las susurró el viento, ni aparecieron en su mente. Provenían de su memoria. Así pues, si huir no era la respuesta, ¿cuál era? Rhiannon, o su subconsciente, o fuera lo que fuera, le había dicho que no tomara decisiones basadas en emociones negativas, sino que confiara en el amor, en la lealtad y en el honor. Sin embargo, era más fácil decir aquello que hacerlo.

Aunque tal vez no fuera tan difícil. Debería confiar en el amor. Si Kegan sentía de verdad algo por ella, si de verdad estaban hechos el uno para el otro, entonces él sería el amor en el que iba a confiar. Era un Sumo Chamán, y podría darle un buen consejo sobre lo que estaba ocurriendo.

La lealtad estaba representada por Birkita. Como la abuela, Birkita era completamente leal, aunque aquello no fuera siempre algo bueno. Morrigan se prometió a sí misma que, si Birkita todavía quería tener algo que ver con ella, dejaría de enfadarse cuando la Sacerdotisa le dijera algo que no quería escuchar. Escucharía a Birkita. Elegiría la lealtad por encima de la ira. Y elegiría el amor por encima del miedo. Si ellos dos se lo permitían.

Morrigan pensó en el honor. Si las otras dos emociones estaban simbolizadas por dos personas, entonces sería lógico pensar que el honor también lo estaba. Bueno, el abuelo no estaba allí, así que él no podía llenar aquel hueco. Desafortunadamente, Morrigan pensó en Kai. Hasta que la había tocado y había empezado a decir cosas horribles sobre ella, Morrigan habría pensado que él representaba el honor. Estupendo. ¿Y si era él, y ahora estaba muerto?

Morrigan escondió la cara contra el costado de Brina, intentando calmarse con la presencia cálida del felino.

Miedo… no. Iba a elegir el amor, no el miedo. Se concentró en Kegan, pero no pensó en la última vez que lo había visto, arrodillado junto a Kai, y mirándola con los ojos muy abiertos y una expresión indescifrable. Pensó en cómo lo había visto cuando hacían el amor, y en lo nervioso y vulnerable que estaba. Morrigan había tenido la impresión de que estaba muy enamorado. Distraídamente, pasó el brazo por encima de la cabeza y posó la mano en la pared de la cueva. Con todas las cosas que habían ocurrido desde aquel momento, ni siquiera había tenido ocasión de pensar en Kegan, ni tampoco en el sexo.

¡Ya no era virgen! Y todo había sido… Morrigan suspiró. Kegan había estado asombroso. Ojalá estuviera con ella en aquel momento, y que no hubiera ocurrido aquel accidente espantoso. Quería verlo, estar a su lado, que él le asegurara que todo lo que le había dicho era cierto. Que de verdad estaban hechos el uno para el otro.

«El Maestro Escultor está en su aposento».

Las palabras le llegaron de los cristales, a través de los dedos, y entraron en su alma. Morrigan parpadeó de la sorpresa, y se incorporó bruscamente. Apretó las manos con firmeza en la pared y preguntó:

– ¿Podéis guiarme hasta Kegan?

«¡Sí, Portadora de la Luz!».

Con un cosquilleo de nerviosismo en el estómago, ella dijo:

– Entonces, llevadme a verlo, por favor.


Capítulo 20

<p id="_Toc287304557">Capítulo 20</p>

Era tarde y, afortunadamente, Morrigan se encontró con pocas personas mientras los cristales la guiaban por el laberinto de túneles. No supo si la miraban, ni cómo lo hacían; mantuvo los ojos fijos en las paredes de la cueva. Llegó hasta la parte de las cuevas que estaba reservada para los huéspedes, moviéndose rápida y silenciosamente hasta que el hilo de luz de los cristales terminó, junto a una gruesa cortina de cuero que tapaba una puerta arqueada. Morrigan vaciló. Ahora que estaba allí, no sabía qué hacer. Y tenía un nudo en el estómago.

Hubiera sido mejor si hubiera podido tocar la puerta, o llamar al timbre. Y mucho mejor todavía si hubiera podido enviarle un mensaje a través del móvil. Sin embargo, ninguna de aquellas dos cosas era posible. Tendría que llamarlo, decir algo. ¿Y si él le gritaba y le decía que se fuera? Eso sería horrible. Bueno, lo único que podía hacer era entrar. Morrigan apartó la cortina y asomó la cabeza por la puerta.

Sólo había un brasero encendido en toda la cámara, y la única columna de mármol en bruto que se erguía con imponencia en mitad del espacio absorbía su luz, de manera que su superficie parecía luminosa. Morrigan reconoció aquel mármol al instante; era la piedra que Kai había seleccionado para la tumba de Myrna.

Kegan estaba de espaldas a ella y de frente al mármol. Tenía las manos apoyadas en la piedra, y la cabeza inclinada, y los hombros hundidos, como si estuviera soportando un gran peso. Morrigan entró silenciosamente en la habitación, sin saber si debía carraspear o tan sólo pronunciar su nombre.

– Sé que estás ahí -dijo Kegan, sin mirarla. Su voz sonó ahogada, ronca.

Morrigan dio un respingo.

– No quería espiarte, ni nada. Es que… No sabía si querrías verme, así que he entrado porque no quería oírte diciendo que me fuera.

Kegan se irguió. Lentamente, apartó las manos del mármol y se volvió hacia ella. Morrigan se dio cuenta enseguida de que había llorado, y automáticamente se dirigió hacia él con una mano extendida. Sin embargo, como no era capaz de descifrar la expresión de su rostro, se detuvo antes de tocarlo y bajó el brazo.

– ¿Acaso no has creído nada de lo que te he dicho hoy?

Las palabras de Kegan le dieron un poco de esperanza, pero su expresión era tan remota que ella no sabía si tocarlo.

– Creo que entonces lo decías de verdad, pero después de todo lo que ha pasado, no sé si sigues pensando lo mismo.

– Kai ha muerto.

Aquellas palabras oprimieron a Morrigan como si tuvieran peso de verdad.

– Lo siento muchísimo, Kegan.

– ¿Sabes por qué estaba llorando?

– Porque estás muy triste por Kai… -dijo ella, y después miró la columna de mármol-. Y también por Myrna.

– Estaba llorando porque, cuando he tocado el mármol y he visto la imagen de lady Myrna en su interior, me ha recordado a ti, y no podía soportar que hubieras huido de mí.

– Yo no he huido de ti. He huido de lo que Kai estaba diciendo sobre mí.

– Tendrías que haberte quedado. Podríamos haberlo soportado juntos.

– ¿Pero tú no piensas que soy mala? -preguntó Morrigan, temblando.

– Por supuesto que no -respondió él con enfado-. ¿Cómo puedes pensar que yo creo eso?

– ¿Y lo que dijo Kai?

– A lo mejor deberías contarme lo que ocurrió entre vosotros dos hoy.

Morrigan miró a Kegan a los ojos, y tomó una decisión: confiaría en el amor.

– Creo que lo que tengo que hacer es contártelo todo, y así, a lo mejor, podrás ayudarme a entender lo que nos pasó a Kai y a mí hoy.

– Primero ven aquí, mi amor. Si no te acaricio pronto, me voy a volver loco.

Con un sollozo, Morrigan se lanzó a sus brazos, y se vio envuelta en su calor y su olor. Amarlo no arreglaba las cosas, no cambiaba las cosas. Se estrechó contra él para protegerse en su solidez. Y, por primera vez, empezó a creer de verdad que estaban hechos el uno para el otro. Kegan le besó la cabeza, y ella sintió su respiración cálida en la piel cuando él empezó a hablar.

– Si la diosa nos hizo el uno para el otro, eso significa que uno de los dos no puede salir corriendo cada vez que las cosas se pongan difíciles.

– Bueno, el hecho de que yo esté llena de oscuridad no es precisamente lo mismo que el síndrome premenstrual.

– ¿El síndrome premenstrual?

Morrigan se echó a reír contra su pecho.

– No importa. Digamos que el mal absoluto y el mal humor no son exactamente lo mismo.

– Tú no estás llena de oscuridad, y yo ya sé que puedes ser muy gruñona.

Morrigan alzó la cabeza para poder verlo.

– No soy gruñona, ¿y cómo sabes que no estoy llena de oscuridad?

Kegan le tomó la cara entre las manos.

– Estás llena de luz, Morrigan, no de oscuridad.

Morrigan lo miró a los ojos. Quería creer lo que él le decía. Y tal vez pudiera creerlo, pero sólo después de que Kegan supiera toda la verdad.

– Necesito que nos sentemos, y te contaré toda la verdad sobre mí. Toda.

Él no hizo ninguna broma, ni intentó quitarle importancia a lo que ella había dicho. Asintió solemnemente y la besó. Después señaló las sillas que había en la habitación, con un gesto de la cabeza, y dijo:

– Siéntate en la que quieras. Yo prefiero pasearme.

– ¿Vas a pasearte de un lado a otro?

– Pienso mejor cuando me estoy moviendo. Ya te acostumbrarás.

Kegan le sirvió una copa de agua y se la entregó. Ella bebió con ganas, y se dio cuenta de lo seca que tenía la boca. Después, carraspeó y comenzó a contar su historia.

– Primero quiero que sepas que he detestado tener que mentir, y que he contado la verdad hasta donde me ha sido posible.

– Parece que te has visto obligada a mentir.

– Creo que sí. Incluso Birkita pensaba que era lo único que podíamos hacer, y yo estaba de acuerdo con ella.

– ¿Birkita sabe la verdad?

– Casi toda la verdad.

– Cuéntamela -dijo Kegan.

Así que Morrigan se lo contó todo, desde su nacimiento hasta el día en que descubrió sus poderes en las Cuevas de Alabastro. Le dijo la verdad sobre su padre y su madre, y sobre sus abuelos, que no eran en realidad sus abuelos, y le contó que ellos le habían dicho la verdad sobre todo aquello la misma noche en que ella se había asustado y se había escapado a las cuevas. Ésa fue una de las dos veces que él la interrumpió.

– ¡Por el Cáliz Sagrado! Entonces tú eres de verdad la hija de la Elegida de Epona.

A Morrigan le pareció que él se había quedado muy pálido, pero asintió.

– Sí. Soy hija de Rhiannon MacCallan. De la verdadera Rhiannon MacCallan.

Él se inclinó sobre la mesa de la habitación y se sirvió un poco de vino con las manos temblorosas. Cuando la miró de nuevo, parecía que estaba muy impresionado, pero sonrió, y volvió a hablar con una voz tan llena de alegría que consiguió, por un instante, ahuyentar el horror de lo que había sucedido aquel día.

– Fui creado para amarte, Morrigan MacCallan, Suma Sacerdotisa y Elegida de la Diosa -dijo.

Después echó la cabeza hacia atrás y rió con ganas.

– ¿Qué es lo que te parece tan divertido?

Él se acercó a ella y la besó.

– Yo soy lo divertido. Algún día te contaré las cosas tan ridículas que decía antes de conocerte, y te doy mi palabra de que te permitiré que me reprendas por ellas, incluso cuando seamos viejos.

– No entiendo nada de lo que dices -respondió Morrigan, pero sonrió sin poder evitarlo mientras continuaba contándole su historia.

Con el eco de las palabras de su madre en la cabeza, le explicó aquella noche final. Le contó cómo había hecho que los espíritus de los cristales se alumbraran, y que Kyle la había encontrado en aquel momento, y le habló de la pasión que habían descubierto juntos. Hasta que sus abuelos, y más concretamente su abuelo, los habían interrumpido.

En aquel momento, Kegan dejó de pasearse de un lado a otro y volvió a intervenir.

– Creo que me caería muy bien tu abuelo -dijo.

– Bueno, él aprecia mucho a los buenos caballos -respondió Morrigan.

Kegan resopló.

– De todos modos, poco después de que llegaran mis abuelos, hubo un derrumbe en las cuevas.

– Ese derrumbe… ¡así es como murió Kyle! ¿Y tus abuelos? ¿Murieron también?

– No, no, no creo -respondió Morrigan, agarrándose las manos en el regazo, con fuerza. Había empezado a temblar. No podía pensar en aquello-. Mis abuelos no murieron. Salieron. Yo los obligué a que salieran. Ellos pensaban que yo los estaba siguiendo, pero no lo hice. Sabía que no podía salir de la cueva así -dijo. Entonces alzó la vista y miró a Kegan a los ojos-. Kyle, en cambio, no quiso dejarme. Intenté mandarlo al exterior, pero no me hizo caso. Murió por mi culpa.

– Fue decisión suya, Morrigan, no tuya -replicó Kegan.

– Prométeme que tú nunca tomarás una decisión parecida.

– No pienso hacer semejante promesa.

– ¡Prométemelo! -le gritó ella-. Kyle murió por mi culpa. Myrna murió ese mismo día. Kai ha muerto hoy. No creo que pueda soportar el hecho de ir dejando un rastro de muerte allá por donde pase. Entonces sí huiría, me marcharía muy lejos, donde no pudiera ser la causa de más muertes.

Entonces, él se acercó a ella y la tomó de la mano.

– ¿Te acuerdas de que te he dicho que Epona crea compañeros centauros para las Sumas Sacerdotisas? Y tú crees que yo fui hecho para ti, ¿verdad?

Morrigan asintió.

– Una Suma Sacerdotisa necesita un compañero centauro porque quien esté a su lado tiene que ser más que un hombre -añadió él, y le lanzó una sonrisa deslumbrante-. ¿No te he demostrado ya que soy mucho más que un hombre? No te vas a poder librar de mí tan fácilmente.

Ella sonrió.

– Sólo prométeme que serás listo y prudente. No eres Lobezno, ni tampoco Seabiscuit.

Kegan frunció el ceño con desconcierto.

– Son más palabras de Oklahoma. Te las explicaré más tarde. Bueno, como te decía, cuando Kyle quedó sepultado bajo un montón de piedras del techo, yo creí que iba a morir también. Entonces oí una voz femenina, que me decía que entrara al cristal, y yo obedecí. Cuando salí de la piedra, estaba con Birkita en Usgaran.

– ¿Fue la voz de Adsagsona la que te dijo que entraras en el cristal?

– No -respondió Morrigan-. Fue la voz de mi madre. Sólo estoy segura de haber oído la voz de Adsagsona una vez, y fue en el ritual de la luna nueva que se celebró el día que llegasteis Kai y tú. Habló en voz alta, y todo el mundo la oyó.

– Pero tú has dicho que oyes una voz en la mente, muy a menudo.

– Sí, y otras en el viento, también. Pero ninguna se parece a la que oí en Usgaran, y no puedo estar completamente segura de que sea Adsagsona la que habla conmigo -dijo Morrigan. Después hizo una pausa, respiró profundamente y añadió-: Kegan, tal vez Kai tenga razón. Puede que las voces que oigo sean todas de Pryderi.

– ¡No! -Kegan dibujó un símbolo muy complicado en el aire, con el puño, y pronunció una serie de palabras ininteligibles que chisporrotearon de poder contra el cuerpo de Morrigan-. No pronunciamos el nombre de la criatura. Llámalo la Triple Cara de la Oscuridad si tienes que referirte a él, pero no digas su nombre. Hay demasiado poder en él.

Morrigan se estremeció.

– ¿Cómo sabemos que Kai no tenía razón?

Kegan comenzó a pasearse de nuevo.

– Tu abuelo te explicó que lady Rhiannon se había contaminado con los susurros oscuros que escuchó, ¿verdad?

– Sí. Hizo cosas muy malas, como escaparse de este mundo cuando estaba a punto de suceder una guerra con unos demonios.

– ¿Conocía de antemano la Guerra Fomoriana?

– Sí -dijo Morrigan con tristeza.

– Tú no harías eso.

– ¿El qué?

– Escaparte del Reino de los Sidethas si lo amenazara un invasor. Tú te quedarías a luchar por tu pueblo.

Morrigan sintió esperanza al oír aquello.

– Yo no me marcharía. Sé que no me marcharía.

– Y por eso, puedes saber que no te ha contaminado ningún dios malvado.

– ¿Sólo porque he dicho que no saldría corriendo si aparecieran unos monstruos horribles y nos atacaran? ¡Demonios, Kegan! Para mí es muy fácil decirlo.

Él sonrió.

– Sin embargo, lo que dices es la verdad. Y ésa no es la única prueba. La prueba está en tu comportamiento, en tus acciones. Morrigan, escúchame con atención. Tu comportamiento no es malvado. El de tu madre sí lo fue, por lo menos, antes de que rechazara la oscuridad y se reconciliara con Epona.

– De acuerdo, eso sí tiene sentido. Pero de todos modos, no sabemos de quiénes son las voces que oigo.

Kegan volvió a pasearse.

– Tú no lo has mencionado, pero tal vez podamos catalogar esas voces si nos remontamos a tu ritual de ascensión. Dices que sólo has oído una vez la voz de Adsagsona, pero la diosa tuvo que hablarte cuando te comprometiste a entrar a su servicio.

– Yo no he tenido ninguna ceremonia de ascensión. Ni siquiera sé lo que es eso.

Morrigan tuvo la sensación de que Kegan la miraba como si se hubiera vuelto loca.

– Has cruzado la División entre un mundo y otro. Eres la hija de una gran sacerdotisa. Eres la primera Portadora de la Luz que tiene el Reino de los Sidethas en más de tres generaciones. ¿Y todo eso, sin haberte puesto al servicio de tu diosa?

– Eh… pues sí -dijo Morrigan, que se sentía un poco tonta.

Kegan se acercó a ella y le acarició la mejilla. Tenía una sonrisa de ternura, aunque también tenía una expresión preocupada.

– Mi amor, eres la persona más asombrosa que he conocido. ¿Cómo es que nunca has celebrado un ritual de ascensión?

– En mi antiguo mundo no existen. O por lo menos, si existen, mis abuelos no los conocen. No es que no honremos a Epona. Mi abuela se asegura de que lo hagamos -dijo Morrigan con una sonrisa-. ¿Te había dicho que Birkita y ella son reflejo la una de la otra?

Kegan sonrió.

– No me sorprende -respondió, y le besó la frente-. Pero honrar a los dioses y ponerte a su servicio a través de un ritual de ascensión son cosas distintas.

– Entonces, ¿qué hago?

– Debes comprometerte con Adsagsona, aceptar a tu diosa y rechazar el servicio a cualquier otro dios.

– En concreto, a cualquier dios con tres caras.

– Exacto.

– ¿Y si ese dios oscuro me ha estado persiguiendo?

– Entonces, durante la ceremonia se dará a conocer a ti e intentará convencerte para que te entregues a él antes de que te comprometas con Adsagsona. Después de que te pongas al servicio de tu diosa, él ya no podrá hacer nada, porque a menos que renunciaras a ella, le pertenecerás a Adsagsona para toda la eternidad.

Morrigan volvió a respirar profundamente e intentó sonreír con valentía, pese a que tenía un nudo en el estómago.

– Entonces, parece que tenemos que organizar una ceremonia de ascensión.


Capítulo 21

<p id="_Toc287304558">Capítulo 21</p>

– Me duele mucho el estómago -dijo Morrigan.

– Respira hondo, todo va a ir bien -dijo Kegan, y le pasó el brazo por los hombros mientras caminaba a su lado en dirección a Usgaran.

– ¿Y si está enfadada conmigo?

– ¿Tal y como pensabas que estaba yo?

– Sí -respondió Morrigan, pasando por alto la ironía de su tono de voz-. O peor.

– Morrigan, tienes que confiar más en aquéllos que te quieren.

– No es que no confíe en vosotros. Lo que me preocupa es mi capacidad para estropearlo todo.

Él le dio un beso en la cabeza.

– Te preocupas demasiado.

– Sí, bueno, espera a que llevemos unos años juntos. Tendrás más respeto por mi capacidad de estropearlo todo.

– Me gusta cómo suena eso -dijo él.

– ¿El qué? ¿Mi capacidad de estropear las cosas?

– No. El hecho de que pasar años juntos. Además, seguramente yo también tendré cosas que a ti no te gustarán -afirmó, y le lanzó una sonrisa de picardía-. Aunque no muchas.

Morrigan arqueó una ceja.

– Ya sé que te encanta flirtear -le dijo. Al ver que él abría unos ojos como platos y fingía una gran inocencia, Morrigan puso los ojos en blanco-: Incluso Birkita me dijo que eres un granuja.

– ¿Birkita me llamó eso? -preguntó Kegan, intentando no sonreír.

– Sí. Aunque yo no necesitaba que me lo dijera.

Él suspiró.

– Habladurías feas y exageraciones.

– Oh, por favor. Lo que tú digas. Sin embargo, has de saber que en Oklahoma, las mujeres modernas no toleran que sus hombres vayan por ahí persiguiendo a otras.

Él sonrió.

– Yo nunca he tenido que perseguir a nadie.

Morrigan le devolvió la sonrisa.

– Muy bien, lo diré de otro modo. Según mi abuela, donde las dan las toman. En otras palabras, si tú no quieres que yo flirtee con otros hombres, o centauros, o lo que sea, te sugiero que te acuerdes de no flirtear con ninguna mujer, o mujer centauro, o lo que sea.

– Nunca te daré razones para dudar de mi fidelidad -rezongó él.

– Muy bien. Lo mismo digo -repuso Morrigan con petulancia.

Entonces advirtió que ya habían llegado a Usgaran. La sonrisa burlona se le borró de los labios y se detuvo en seco al ver que la sala estaba llena de artesanos y Sacerdotisas. Se dio cuenta inmediatamente de que todo el mundo estaba mucho más callado de lo normal. No había charlas agradables, y en el ambiente reinaba la tristeza. Birkita estaba sentada cerca del Cristal Sagrado, que estaba oscuro. En el regazo tenía un trozo de tela que estaba bordando con hilo de plata, pero tenía los ojos clavados en la piedra. A Morrigan le pareció que estaba más pálida de lo normal, y además, tenía ojeras. «Por mi culpa», pensó.

Se prometió que, cuando se aclarara la muerte de Kai y terminara su ceremonia de ascensión, iba a obligar a Birkita a no hacer otra cosa que dormir y descansar. Morrigan le serviría a ella, para variar, aunque la anciana protestara.

Entonces, Birkita alzó la vista, y sus miradas se encontraron. Morrigan intentó leer lo que veía en sus ojos, pero sólo distinguió el cansancio de la Sacerdotisa.

– Ve con ella -le susurró Kegan.

Morrigan asintió. Mientras caminaba hacia Birkita, todos estaban observándola, pero ella no se inmutó. Sólo miró hacia la mujer que era el reflejo de su abuela. Se encontraron en medio de la sala.

– Kegan me ha dicho que Kai ha muerto. Lo siento mucho. Sé que erais amigos.

Birkita sonrió con cansancio, pero también con calidez.

– Gracias, hija. Fui a tu habitación después de ungir su cuerpo. Debería haberme dado cuenta de que estarías con Kegan -dijo. Miró más allá de Morrigan e incluyó al centauro en su sonrisa.

– Entonces, ¿no estás enfadada conmigo?

– ¿Enfadada contigo, Portadora de la Luz? ¿Por qué? -preguntó Birkita, elevando la voz para que todos pudieran oírla-. ¿Por las alucinaciones de un moribundo, que estaba sufriendo tanto dolor que veía la oscuridad en todas partes? ¡Claro que no!

Morrigan no pudo contenerse, y la abrazó con fuerza.

– ¡Oh, gracias! -le susurró al oído.

Birkita correspondió a su abrazo, y después, se separó de ella suavemente.

– Y ahora, ¿quieres que nos retiremos a tu dormitorio a hablar de cuándo vas a celebrar el funeral de Kai?

– No, yo… -comenzó a decir Morrigan.

– ¡No!

Shayla entró en la sala gritando, rodeó a Kegan y se acercó a las dos mujeres. Habló con Birkita sin mirar a Morrigan.

– Ella no va a presidir el funeral de Kai. Ni siquiera asistirá. Su presencia sería un insulto para el alma del Maestro de la Piedra.

Birkita palideció, y todo el mundo comenzó a murmurar con inquietud.

– Deberíamos mantener esta conversación en privado.

– No. Esta conversación debe ser pública -dijo Morrigan con firmeza. Sin embargo, titubeó al ver a la Señora de los Sidethas. Shayla tenía los ojos hinchados y enrojecidos, el pelo enmarañado y el vestido lleno de manchas-. En realidad, estoy de acuerdo con Shayla. Yo no debo celebrar el funeral de Kai. Debes hacerlo tú, Birkita.

– No, Morrigan. Tú eres la Suma Sacerdotisa de los Sidetha. Ahora, ésa es tu obligación -dijo Birkita-. La única alternativa sería que la presidiera Kegan. Dado que es un Sumo Chamán, y era amigo de Kai, eso sí sería aceptable.

– ¡El funeral de Kai se celebrará según los ritos de los Sidethas! Éste era el segundo hogar del Maestro de la Piedra. Su pira se preparará conforme a nuestras tradiciones, y lo honraremos como a uno de los nuestros -Shayla terminó de hablar con un sollozo, y Morrigan sintió verdadera pena por ella, hasta que la Señora de los Sidethas añadió con desprecio-: Pero ella no estará presente.

«¡Nadie debería hablarte así!».

Morrigan intentó hacer caso omiso de la voz que oía en su mente, pero su ira no le permitió callar.

– ¿Dónde está tu marido, Shayla? ¿No debería estar contigo en un momento tan triste?

Shayla retrocedió como si Morrigan la hubiera abofeteado, y entornó los ojos. Abrió la boca para arrojar más veneno, pero Morrigan le dio la espalda y se dirigió a Birkita.

– El motivo por el que tienes que dirigir tú la ceremonia es que todavía eres la Suma Sacerdotisa de los Sidethas -le dijo. Al oír aquello, todo el mundo quedó en silencio. Cuando Morrigan continuó hablando, todos estaban escuchándola con atención-. He estado hablando con Kegan sobre esto y, bueno, sabes que en Oklahoma las cosas son distintas a como se hacen aquí, ¿verdad?

– Sí, tú y yo ya hemos hablado de eso.

– Pero no te había contado que nunca tuve una ceremonia de ascensión.

Birkita pestañeó.

– ¿No te has puesto formalmente al servicio de Adsagsona?

– No, nunca. Así que en realidad, todavía no soy Suma Sacerdotisa.

Birkita frunció el ceño con desconcierto.

– Pero eres Portadora de la Luz, y ésa es una posición mucho más poderosa que la de Suma Sacerdotisa.

– Lo cual no significa que Morrigan sea también Suma Sacerdotisa -intervino Kegan-. Es cierto que ser Portadora de la Luz es un gran don. Y también que la Sacerdotisa que tiene un poder así, concedido por una divinidad, se convierte por derecho en Suma Sacerdotisa para servir a su dios o a su diosa. Sin embargo, Morrigan ha venido de un lugar donde el orden natural de las cosas es distinto.

– Eso quiere decir que no tiene derecho a ser la Suma Sacerdotisa -dijo Shayla.

– Como Sumo Chamán puedo asegurarle, Señora, que no quiere decir eso -respondió Kegan con frialdad.

Morrigan ninguneó a Shayla y siguió hablando con Birkita.

– Lo que quiere decir es que tengo que ir despacio. Comenzar por el principio y aprender cómo se hacen las cosas aquí, para ganarme el derecho a ser Suma Sacerdotisa de Adsagsona. Y tú serás mi profesora.

Morrigan se sintió gratificada al oír que las Sacerdotisas de la sala murmuraban con aprobación.

– ¡Prohíbo que os convirtáis en Suma Sacerdotisa! -gritó Shayla.

Morrigan se volvió hacia ella.

– Tú no eres Adsagsona. Sé que te has estado comportando como si fueras una diosa, pero el hecho de representar ese papel no te convierte en diosa. Yo lo sé bien, porque he estado representando el papel de Suma Sacerdotisa cuando todavía no me he ganado ese derecho. Pero te prometo que será la diosa quien decida cómo y cuándo recibo ese título. No tú. Shayla, entiende esto de una vez por todas: tú estás a cargo del trabajo cotidiano del Reino de los Sidethas, no a cargo de los espíritus de la gente de tu pueblo.

– ¡No me habléis en ese tono!

Morrigan se puso furiosa. Con un gesto automático, elevó un brazo.

– ¡Luz! -ordenó.

De su mano alzada irradió una llama blanca hacia el techo de Usgaran, donde fue absorbida, y entonces, todos los cristales de selenita de la cámara, incluido el Cristal Sagrado, se encendieron con un resplandor poderoso. Aquel poder también encendió a Morrigan, calentó su sangre e hizo brillar su cuerpo. Se acercó a Shayla, con el cuerpo vibrante de fuerza, y dijo:

– Te hablaré como quiera si sigues entrometiéndote en los asuntos de la diosa. Los tiempos cambian, y será mejor que no te interpongas en mi camino o pasaré por encima de ti.

– Morrigan, ya es suficiente.

La voz de Kegan atravesó el muro de calor y furia que la rodeaba. Morrigan se apartó de Shayla. Y, extrañamente, la Señora de los Sidethas no parecía muy afectada por la amenaza de Morrigan. En vez de eso, sonreía.

– Gracias por la advertencia, Portadora de la Luz. La tendré en cuenta.

Shayla se atusó el pelo enmarañado, se dio la vuelta y salió majestuosamente de la cámara.

– La ira no es el camino, hija -dijo Birkita.

Morrigan miró a la frágil Suma Sacerdotisa, cuyos ojos estaban llenos de sabiduría y compasión, y supo que Birkita tenía razón. Tal y como le había dicho Rhiannon, la furia era destructiva y no iba a conducirla por el buen camino. Morrigan hizo un gran esfuerzo y ordenó al calor de su cuerpo que volviera a los cristales a los que pertenecía. Después, sonrió a Birkita con cansancio.

– Supongo que es una de las lecciones que vas a tener que enseñarme.

– Alguien deberá hacerlo -añadió Kegan.

Morrigan se echó a reír inesperadamente, y el calor que todavía permanecía en su cuerpo se enfrió. Ella se sintió un poco tonta, en mitad de la sala, con todo el mundo mirándola.

Carraspeó y dijo:

– Bueno, entonces, ¿queda decidido que tú presidirás el funeral de Kai?

– Sí -dijo Birkita-. Y también que, cuando terminemos con los funerales, te prepararás para la ceremonia de ascensión y el comienzo de tu servicio formal a la diosa.

– Muy bien -respondió Morrigan con una sonrisa.

– Y hay otra ceremonia más para la que debemos prepararnos -dijo Kegan.

Morrigan y Birkita miraron al centauro.

Kegan sonrió a Morrigan.

– Tal vez no. Quizá haya hablado demasiado pronto.

Entonces, hizo algo que dejó perpleja a Morrigan y a todos los presentes. La tomó de la mano, se inclinó con solemnidad ante ella y se posó la mano sobre el corazón.

– Morrigan, en este día proclamo mi amor por ti ante tu diosa, la Suma Sacerdotisa y tu gente. Te pido que me concedas el honor de casarte conmigo. Que seas mi compañera para toda la vida, y si la diosa lo permite, durante toda la eternidad. ¿Quieres casarte conmigo, Morrigan, Portadora de la Luz de los Sidethas?

Morrigan pensó que se le iba a escapar el corazón del pecho. Miró a Kegan a los ojos y vio en ellos un futuro de amor y felicidad. También vio que, con él, nunca volvería a ser una intrusa en ningún sitio. Vio al compañero de su alma.

– Sí, Kegan.

Con un grito de alegría, Kegan la tomó en brazos y la besó.

La risa de Birkita se mezcló con los vítores de las Sacerdotisas.

– Y así debe ser -dijo Birkita-. La vida equilibrando la muerte. La alegría iluminando la oscuridad de la tristeza.

Morrigan cerró los ojos, besó a Kegan y deseó que aquel momento nunca terminara.


Capítulo 22

<p id="_Toc287304559">Capítulo 22</p>

– A Kai le gustaría este lugar -dijo Kegan-. Adoraba las texturas y los colores diferentes. Sé que las Salinas le parecían un paisaje muy bello. Su espíritu estará satisfecho.

– Eso espero -dijo Morrigan, que estaba a su lado.

Se encontraban en la pequeña colina donde habían hecho el amor por primera vez, la que dominaba las Salinas. La pira de Kai se había construido sobre ella, y estaba formada por numerosas ramas empapadas con savia de alabastro. Sólo faltaban en ella el cuerpo de Kai y una cerilla.

– Entonces, ¿todo va a salir bien?

– ¿Todo? ¿A qué te refieres, mi amor?

– Me resulta raro celebrar su funeral sin… Ya sabes, ella.

A Morrigan le costaba llamar Rhiannon, a Shannon, así que se había acostumbrado a evitar su nombre.

– Birkita y yo hemos decidido que sería una crueldad enviarle un mensaje a lady Rhea diciéndole que su amado Maestro de la Piedra ha muerto, cuando está sumida en la tristeza por la pérdida de su hija. También hemos decidido que yo le llevaré las cenizas de Kai, y la noticia de su muerte, cuando traslade las efigies para los monumentos.

– Uno para Myrna y otro para Kai.

Kegan le apartó el pelo de la cara y le besó la frente.

– Primero tú tienes que encontrar la piedra que contiene la imagen de Kai, y después, sí, yo esculpiré su estatua.

– Lo sé. Lo haré.

Sin embargo, Morrigan todavía no había encontrado el valor necesario para preguntarles a los espíritus de las piedras. Intentaba convencerse de que, como sólo habían pasado dos días desde la muerte del Maestro de la Piedra, todavía tenía mucho tiempo para buscar la piedra. En el fondo de su corazón, no obstante, sabía que no era una cuestión de tiempo. Morrigan tenía miedo, aunque no entendía exactamente de qué.

Los dos días anteriores habían sido muy extraños. Las Sacerdotisas hablaban con ella. En realidad, se comportaban de un modo muy normal en su presencia. Birkita había sido maravillosa, como siempre, aunque Morrigan sabía que no estaba durmiendo lo suficiente, y le preocupaba que la anciana estuviera cansada. Y Kegan era… Morrigan suspiró y se acurrucó contra él. Kegan era increíble.

Todos los demás la ignoraban, o la miraban y se ponían a cuchichear en cuanto ella se alejaba. No había vuelto a ver a Shayla desde su enfrentamiento en Usgaran. Birkita le dijo que la Señora de los Sidethas estaba velando el cuerpo de Kai, y ungiéndolo con aceites y especias todos los días, como hubiera hecho una esposa. Morrigan se preguntó dónde estaba Perth durante aquella exhibición pública de los afectos de su esposa por otro hombre. Según Birkita, Perth se había adentrado en las entrañas de las Cuevas poco después de la muerte de Kai y no había vuelto a salir de allí. Suponía que Perth aparecería de nuevo pocos días después del funeral de Kai y continuaría la farsa de su matrimonio como si no hubiera pasado nada. Morrigan no estaba tan segura. Le parecía evidente que Shayla había cruzado ciertos límites de la razón. Creía que aquella mujer había dejado de amar a su marido, y seguramente el tiempo revelaría la verdad.

– ¿Morrigan?

– Disculpa, ¿decías algo?

– No, no. Sólo que la gente ya está llegando.

Kegan señaló hacia el camino que llevaba a la loma. Morrigan miró hacia allí, y vio a una fila de personas que salían de la cueva y se dirigían hacia ellos.

– Ahora me colocaré entre las sombras.

– Morrigan, ¿qué te ocurre? ¿Qué es lo que te tiene tan disgustada? Fue decisión tuya no participar en el funeral de Kai.

– Lo sé. Es sólo que estoy cansada de no hacer nada.

– No has estado sin hacer nada. Has estado preparándote.

– A mí me parece como si no hubiera hecho nada -dijo Morrigan.

Kegan la siguió mientras se alejaban de la pira para colocarse bajo las ramas de unos pinos. Los árboles estaban lo suficientemente cerca como para que ella formara parte de la ceremonia sin que su presencia fuera demasiado obvia, sin llamar la atención. Morrigan hubiera preferido no acudir al funeral, pero Birkita y Kegan estaban despidiendo a un amigo, y ella quería estar al lado de los dos.

– ¿Estarás bien aquí? -le preguntó Kegan, mientras la estudiaba con atención.

Morrigan sonrió con tirantez y agitó la mano.

– Vamos, vete. Birkita y tú debéis cumplir con vuestra tarea. Hablaremos después del funeral.

Él la besó rápidamente y volvió hacia la pira para reunirse con Birkita y con las demás Sacerdotisas, que acompañaban el cuerpo de Kai.

Morrigan sintió el roce de una nariz húmeda en la mano, y sonrió al ver a Brina.

– Me alegro de que hayas venido, bonita -le susurró al lince, y le acarició la cabeza, lo cual hizo que Brina comenzara a ronronear. Mientras le rascaba las orejas al animal, Morrigan intentó conservar la calma, observar y esperar.

Los Sidethas comenzaron a llenar la colina y formaron un círculo amplio alrededor de la pira funeraria, hasta que toda la loma estuvo ocupada. La multitud guardó una actitud solemne. Apenas había murmullos, y se oían algunos sollozos. Morrigan sabía que no eran falsos; Kai había sido muy querido entre los Sidethas.

Un nuevo movimiento captó la atención de Morrigan. Se dio cuenta de que el cuerpo se acercaba. Birkita caminaba al comienzo de la procesión, portando una antorcha que ardía suavemente a la suave luz del anochecer. El cuerpo iba sobre una camilla que trasladaban seis mineros, flanqueados a su vez por seis Sacerdotisas. Al final de la procesión, caminando cerca de la cabeza de Kai, había una sola mujer, y Morrigan supo que era Shayla. Iba vestida como las Sacerdotisas, con una túnica blanca sin ningún adorno, y llevaba un velo de gasa muy largo que le cubría la cara.

Mientras se acercaban a la pira, Morrigan atisbo el rostro de Shayla, y tuvo la sensación de que era una muerta viviente. Llevaba entre las manos la espada ritual de los Sidethas. La presencia de la espada en aquel funeral significaba que los Sidethas honraban a Kai como a uno de los suyos. Era una espada maravillosa, con la figura de Adsagsona en la empuñadura y con una hoja de doble filo que refulgía cuando el metal atrapaba la luz de la antorcha de Birkita.

La procesión se detuvo ante la enorme pira, cerca de Kegan, que se inclinó hacia Birkita y después hacia el cuerpo de Kai. Sin hablar, ayudó a los hombres a colocar el cuerpo sobre las ramas superiores de la pira. Las Sacerdotisas formaron un círculo a su alrededor, pero Shayla no se unió a ellas. Tampoco se unió a la multitud. Morrigan volvió a pensar que parecía enloquecida. No se había apartado el velo de la cara, y sujetaba la espada en alto sin apartar los ojos de Kai.

Birkita puso la antorcha en un asidero dispuesto en el suelo y, acto seguido, alzó los brazos y llamó a la diosa.

– Adsagsona, apelo a ti, en las alturas -hizo una pausa y formó una uve con los dedos, y añadió-: Y abajo. Oh, diosa que concedes el descanso, te pedimos que escuches nuestras plegarias por el Maestro de la Piedra, Kai, que te sirvió con sus dones y su corazón. Hoy lo reconocemos como uno de los nuestros, y a partir de este momento lo llamaremos Sidetha. Te pedimos que ayudes a su espíritu a llegar a las bellas praderas de Epona.

Entonces, Birkita y Kegan se colocaron uno frente al otro, y ella continuó el rito.

– Kegan, Sumo Chamán y Maestro Escultor de Partholon, te llamamos para que, junto a nosotros, le des honor y amor a Kai, a quien conociste.

Kegan elevó los brazos e inclinó la cabeza hacia atrás, y comenzó a hablar con una voz grave y fuerte, que llegó a todos los presentes en la colina.

– Oh, diosa que concedes el descanso, Señora de los reinos del atardecer y del vientre de la tierra, te hablo de la lealtad y la bondad de Kai, y de la gran pérdida que vamos a sufrir con su ausencia.

Entonces, Birkita habló de nuevo.

– Pero sabemos que esa pérdida sólo será temporal, y sabemos que Kai viaja hacia los verdes prados de Epona, donde siempre hay placidez y no existen el dolor ni la muerte, ni la tristeza ni la pérdida, y donde él tendrá la juventud de nuevo.

Kegan sonrió, y a Morrigan se le cortó la respiración al ver su expresión, que era de alegría.

– Morir es sólo un modo de descansar, un modo de ir hacia nuestra diosa para renovarnos y fortalecernos, y para, finalmente, regresar.

– Gran diosa Adsagsona, nos has dicho que encarnados nuevamente, naceremos de otra madre con un cuerpo más robusto y una mente más ágil, y nuestro viejo espíritu caminará por este mundo otra vez. Deseamos que ese viaje sea jubiloso para Kai, el Maestro de la Piedra de Partholon, amado de los Sidethas.

Birkita hizo una pausa y tomó la antorcha. Después se situó frente a la pira.

– Y ahora, liberamos a Kai de su cuerpo terrenal, y nos regocijamos, porque para él ha comenzado una nueva vida.

Entonces, alzó la antorcha y gritó:

– ¡Ave, Adsagsona!

– ¡No!

La respuesta de la multitud fue interrumpida por el grito de Shayla. Con una rapidez que dejó asombrada a Morrigan, dejó caer la espada y se abalanzó sobre Birkita.

– ¡No! ¡No te voy a permitir que lo quemes!

Empujó a Birkita hacia un lado. La antorcha salió despedida de manos de la Sacerdotisa y cayó sobre la pira, que se prendió al instante. Shayla enloqueció. Se arrancó el velo blanco que le cubría la cara y comenzó a golpear las llamas como si pudiera sofocarlas.

– ¡Lady Shayla, tenéis que deteneros! -gritó Birkita, que intentaba tirar de ella hacia atrás.

Morrigan no esperó para ver qué otras locuras iba a cometer Shayla. Se aproximó seguida por Brina, apartando a la gente a empellones. Birkita la necesitaba, así que iba a ayudarla.

– ¡Estáis profanando la pira de Kai!

La voz de Kegan se oyó por encima de las exclamaciones de horror de la gente y del crepitar de las llamas. Morrigan llegó a primera fila justo cuando el fuego envolvió por completo la pira con algo parecido a un rugido.

– ¡No! -gritó Shayla de nuevo.

Kegan y Birkita la tenían sujeta, cada uno de un brazo, y Brina estaba agazapada ante el trío, retorciendo la cola y gruñendo a Shayla. Las otras Sacerdotisas se habían quedado paralizadas, lo cual irritó a Morrigan. Iba a tener que exigirles que mostraran más valor. ¿Cómo podían permitir que Birkita, que era mayor que todas ellas, luchara con Shayla?

En aquel momento, la anciana soltó de repente el brazo de Shayla y dio un paso atrás. Birkita estaba frente a Morrigan, así que Morrigan pudo ver perfectamente su expresión. Tenía los ojos muy abiertos, y le temblaban las manos. Se posó una contra el pecho, y con la otra se agarró el brazo izquierdo. Abrió la boca para exclamar algo, pero los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó como si los huesos se le hubieran licuado.

– ¡Birkita!

Morrigan corrió hacia la Sacerdotisa y la tumbó boca arriba, frenéticamente. Birkita no respiraba. Morrigan le buscó el pulso, pero no lo halló.

– ¡No! ¡Por favor, Birkita, no!

Morrigan le inclinó la cabeza hacia atrás, le tapó la nariz y comenzó a hacerle la reanimación cardiopulmonar. Entre inhalaciones y opresiones en el pecho, le rogaba:

– ¡Abre los ojos! ¡Respira!

Oyó un cántico suave antes de sentir una mano cálida en el hombro. Con una punzada de ira, miró a Kegan.

– ¡No! ¡Deja de hacer eso! ¡No puede morirse!

El Sumo Chamán sólo interrumpió su plegaria para decir con tristeza:

– Birkita ya ha muerto, mi amor.


No tenía ni idea de qué hora era, ni de qué día era, cuando oí la voz de Epona.

«Amada, debes venir».

Había adoptado la costumbre de no responderle. Cerré los ojos con más fuerza y estreché a Etain contra mí, respirando su olor suave de bebé para que su calor me calmara. Ojalá Epona nos dejara solas. Ojalá todos nos dejaran solas. Entonces todo iría bien.

«Amada, debes venir», repitió la diosa. «Te necesito».

Yo estaba demasiado cansada como para enfadarme, así que respondí:

– Francamente, no me importa.

«¡Deja de compadecerte a ti misma».

Me senté en la cama y, en voz baja para no despertar a la niña, pregunté:

– ¿Que deje de compadecerme? Mi hija acaba de morir, ¿y tú dices que mi dolor y mi tristeza son un capricho?

Epona se materializó. La diosa estaba a los pies de mi cama, y aunque yo había visto su rostro muchas veces en los veinte años durante los que había sido su Elegida, su belleza era tan grande, su aura de amor y bondad tan brillante, que siempre me resultaba difícil mirarla directamente.

Y, sin embargo, no podía perdonarla.

«No, Amada, tu dolor y tu pena no son un capricho. Pero no puedes seguir rechazando a los que te quieren y te necesitan».

Yo noté un pinchazo de culpabilidad. ClanFintan. Sabía que él también estaba sufriendo, y entendía que lo necesitaba desesperadamente, y que él me necesitaba a mí. Sin embargo, no podía encontrar mi camino hacia su amor. Estaba perdida en un laberinto de dolor e ira, y la única persona a la que podía ver en aquella oscuridad era a Etain.

– Ahora no puedo ayudar a nadie -dije.

«Te daría más tiempo si pudiera, Amada, pero no puedo. Debes volver al mundo. Tu hija te necesita».

Las palabras «tu hija» me atravesaron el pecho como un puñal helado.

– Mi hija ha muerto.

«La hija de tu vientre ha muerto. La hija de tu espíritu está viva. Es ella quien te necesita».

– ¿Morrigan tiene dificultades?

«Sí, y temo por su alma».

Cerré los ojos ante otra ráfaga de dolor.

– Myrna está contigo, ¿verdad?

«Sabes que sí, Amada».

Abrí los ojos y la miré.

– He estado muy enfadada contigo.

«La gran ira no puede existir sin un gran amor».

Epona se inclinó y me besó en la frente. Yo me eché a temblar al sentir cómo me llenaba su amor, y cómo terminaba con la niebla que había envuelto mi cabeza y mi corazón.

– Ayudaré a Morrigan -dije. Me tendí en la cama y me preparé para el Sueño Mágico-. Vamos a Oklahoma.

«Morrigan no está en Oklahoma, Amada. La hija de tu espíritu está en nuestro mundo».

No tuve tiempo de sentir asombro, porque ella me dio otra noticia.

«Prepárate, Amada, vas a viajar al Reino de los Sidethas».

– ¿El lugar en el que están Kegan y Kai?

«Kegan está allí. Kai ha muerto, Amada. Lo mató la misma oscuridad que acecha el alma de Morrigan».

En aquella ocasión, mi ira fue purificante.

– El maldito dios de las tres caras.

«Sí, Amada, pero hoy, mi deseo es que la luz expulse a Pryderi de ambos mundos durante generaciones».

– De acuerdo. Vamos a hacer esto, pero vas a tener que explicarme qué demonios ha estado ocurriendo.

Cerré los ojos y me separé de mi cuerpo, y sentí cómo me catapultaba a través del techo del Templo de Epona, mientras la diosa me ponía al corriente.


Capítulo 23

<p id="_Toc287304560">Capítulo 23</p>

Morrigan no podía aceptar lo que le había dicho Kegan. Lo único que podía hacer era cabecear con incredulidad, igual que cuando había muerto Kyle… Igual que cuando estaba ante el lecho de muerte de Kai…

– ¡Vos lo habéis hecho! -gritó Shayla, junto a Morrigan-. No habéis traído la luz. Nos habéis traído la muerte. No sois la Portadora de la Luz, sois la Portadora de la Muerte.

– ¡Lady Shayla! -exclamó Kegan con dureza-. No sois vos misma. Habláis así debido a la pena. Lady Morrigan no ha tenido nada que ver con estas muertes trágicas.

Shayla miró a Morrigan con los ojos brillantes de odio.

– Yo encontré a Kai. Me dijo que fue la oscuridad que os sigue la que provocó su muerte. Dijo que os está acechando y que iba a devoraros. Todo esto es culpa vuestra. ¡Él ha muerto por vuestra culpa!

Morrigan no podía hablar. No podía contradecir a Shayla, porque tenía miedo de que estuviera en lo cierto. En aquel momento estaba abrazando el cuerpo de Birkita, y lo único que podía hacer era mirar fijamente a Shayla y a Kegan. No sentía dolor. Estaba desvinculada, como si observara lo que sucedía a través de una pantalla.

– ¡Ya está bien, lady Shayla! -dijo Kegan-. Os equivocáis, y Kai también estaba equivocado. Sabéis que la diosa no crearía a mi alma gemela de la oscuridad.

– ¡Kai era mi alma gemela! -gritó Shayla, y cayó al suelo, con la cabeza agachada, sacudida por los sollozos.

Kegan suspiró con cansancio.

– Mi señora, dejad que las Sacerdotisas os acompañen a vuestro aposento -dijo, y se agachó hacia ella para ayudarla a ponerse en pie-. Os enviaré a la Sanadora y…

Shayla agarró la espada de los Sidethas y con una fuerza antinatural, la clavó en el pecho de Kegan. Con otro movimiento anormalmente rápido, se sacó una daga brillante de entre los pliegues de la túnica y se la lanzó a Morrigan. Brina saltó entonces para interponerse en la trayectoria del puñal, y la cuchillada que iba dirigida a Morrigan atravesó la garganta del animal.

Morrigan reaccionó entonces, mientras Kegan y Brina caían al suelo. Gritando, se puso en pie. Brina quedó inmóvil, y Kegan intentó incorporarse con una mano, mientras con la otra tiraba inútilmente de la espada, que tenía hundida en el pecho.

– No, quédate quieto, no te muevas -le dijo Morrigan suavemente, mientras lo abrazaba para intentar sujetarlo-. ¡Traed a la Sanadora! -les gritó a las Sacerdotisas.

– No es lady Shayla -dijo Kegan entre jadeos. Tenía sangre entre los labios.

Morrigan miró a su alrededor, presa del pánico, pensando que Shayla iba a abalanzarse sobre ellos. Sin embargo, la Señora de los Sidethas estaba ante la pira, tan cerca que se le estaba quemando la túnica blanca. Shayla inclinó la cabeza como si estuviera escuchando la voz del viento.

– Sí, sí. Tenéis razón. Quiero reunirme con Kai -dijo.

Con una horrible sonrisa, se lanzó a la pira ardiente.

Morrigan no tenía tiempo para los gritos de espanto de la gente. Su mundo estaba centrado en Kegan. Estaba intentando limpiarle la sangre que brotaba de su boca y de la herida que rodeaba la hoja de la espada.

– Morrigan -dijo él en un susurro.

– Shhh, no hables. Sólo concéntrate en vivir.

– Tienes que escucharme -insistió él, y posó la mano, cansadamente, sobre la de Morrigan, para detener sus movimientos.

Morrigan lo miró a los ojos y vio en ellos la verdad. Kegan iba a morir. Dejó de intentar contener la hemorragia y tomó la mano de Kegan. No iba a llorar en aquel momento. Tendría tiempo para hacerlo después. En aquel instante, iba a atesorar todos los segundos que le quedaban junto a él.

– Estoy escuchándote -le dijo con suavidad.

– Lady Shayla estaba bajo la influencia del dios oscuro. Lo vi en sus ojos cuando me clavó la espada y mató a Brina -explicó él-. El dios no quería matarte a ti. Sólo quería despojarte de todos tus protectores -prosiguió. Respiraba con dificultad, y había empezado a temblar-. No permitas que gane. Él fue quien hizo todo esto, no tú. Recuérdalo, mi amor, mi vida.

– Lo recordaré, Kegan. Te quiero, y sé que fuiste creado para mí.

Kegan sonrió.

– Ah, sabía que al final ibas a creerme. Así que debes encontrarme, mi amor. En otra vida… en otro mundo… encuéntrame.

A Kegan se le borró la sonrisa de los labios. Jadeó una vez, le estrechó la mano a Morrigan, y después, el aliento dejó su cuerpo y él no volvió a respirar.

Morrigan escondió la cabeza en su pecho y descansó allí. No podía llorar. Estaba demasiado rota por dentro. No encontraba el camino hacia las lágrimas.

Entonces, una de las Sacerdotisas comenzó a gritar de terror, y Morrigan alzó la cabeza. Deidre estaba cerca de ella, mirando hacia la pira funeraria con una expresión de pavor. Morrigan siguió su mirada, y vio que el cuerpo de Shayla había empezado a retorcerse entre las llamas, y que una forma salía de ella y emergía del fuego. Era un hombre. Se sacudió como si fuera un perro mojado, y se volvió a mirar a Morrigan.

Era alto y fuerte. Tenía el pelo moreno y una cara de belleza clásica, con labios sensuales. Sonrió, e inundó a Morrigan de calidez y amor.

– Aquí estás, Amada Mía.

Aquella voz era muy familiar, y con el corazón encogido, Morrigan se dio cuenta de que había estado escuchando diferentes versiones de ella durante toda su vida.

– Pryderi -dijo.

– Qué fácilmente me has reconocido.

– Te reconocería en cualquier parte -respondió ella.

Qué tonta había sido. Nunca volvería a confundir sus susurros con los de otra persona.

– Te he visto crecer desde que eras una niña muy lista, y te has convertido en una mujer bella y poderosa. Estoy muy satisfecho contigo, Amada. ¿Estás lista para entregarte a mí, como Elegida?

Morrigan posó a Kegan, cuidadosamente, en el suelo. Le acarició la mejilla una última vez y se puso en pie, de cara al dios oscuro.

– Tú has hecho todo esto, ¿verdad? Has causado la muerte de Kai, Birkita, Brina, Kegan y Shayla -dijo, con calma, en un tono casi de desinterés.

– Te equivocas, Elegida.

– ¿Quién fue, entonces?

– Tú misma, Amada. Las diosas a quienes te has encomendado, Epona y después Adsagsona, no te han ayudado. Permitieron que tus poderes surgieran sin control -dijo él. Se echó a reír, y su risa sonó bella y cruel-. Dicen que así permiten que tengas libre voluntad. Yo creo que es negligencia divina, despreocupación por ti. Mira adonde te han llevado. Todos a quienes querías en este mundo han muerto por ti.

– ¿Y tú puedes cambiar eso?

– Puedo cambiarlo.

– Si me entrego a ti, ¿me los devolverás?

– ¡No, lady Morrigan! ¡No creáis sus mentiras! -gritó Deidre.

Con la velocidad de un rayo, Pryderi alzó la mano, y la Sacerdotisa salió impulsada hacia atrás, y cayó a tierra hecha un montón silencioso. El resto de las Sacerdotisas salieron corriendo, entre gritos, y bajaron la ladera de la colina hacia las Cuevas, siguiendo a los demás Sidethas.

– Las Sacerdotisas tienen que aprender a sujetar la lengua -dijo él.

Morrigan ni siquiera miró a la Deidre. Se limitó a repetir la pregunta.

– Si me entrego a tu servicio, ¿me los devolverás?

– Al contrario que las diosas, yo no voy a mentirte. No puedo devolverte a aquéllos que ya han muerto. Sin embargo, te prometo que nadie más sufrirá daños provocados por el descontrol de tus poderes. Entrégate a mí, Morrigan MacCallan, y te quitaré la carga de tener que controlar tu fuerza. No permitiré que hagas daño a los demás, y te adoraré durante toda la eternidad.

– Así que es cierto. Soy la Portadora de la Muerte, y no la Portadora de la Luz.

– Eres ambas cosas, Amada.

«Morrigan, te está mintiendo».

Al oír el sonido de aquella voz, Morrigan miró a la derecha. Ella estaba allí, aunque en espíritu. Sonrió a Morrigan, aunque estaba llorando.

– ¿Shannon?

«Hola, Morrigan».

– Vuelve con tu diosa equina, Elegida, ¡esto no es asunto tuyo! -dijo Pryderi con un tono venenoso.

«Cállate, criatura patética. Tengo todo el derecho a estar aquí. He perdido a una hija. No voy a perder a ésta también».

– ¡No tienes nada que decir! Morrigan me ha elegido a mí, y no a una diosa descuidada que la ha abandonado a la oscuridad. Vuelve a tu templo y déjame con mi Sacerdotisa.

Shannon no miró al dios oscuro. Sólo tenía ojos para Morrigan.

«Tú no has provocado la muerte de estas personas. Lo hizo Pryderi. No fue tu poder el que se descontroló, sino el suyo».

– Eso no quiere decir que todo esto no haya ocurrido por mi culpa -dijo Morrigan.

«Tú no tienes culpa de nada, cariño. Todo ha ocurrido porque él te desea. No le concedas lo que quiere. Adsagsona espera tu promesa».

– Entonces, ¿por qué no está aquí? -gritó Pryderi.

Sin mirarlo, Shannon respondió:

«Él sabe la respuesta tan bien como yo. Adsagsona, como Epona, no intentará engatusarte, mentir ni manipularte para que te pongas a su servicio. Debes acudir a ella libremente, por voluntad propia. Morgie, cariño, la diosa ya te ha elegido. Lo único que tienes que hacer es dar el paso siguiente».

Morrigan miró hacia atrás, hacia los cadáveres de Kegan, Birkita y Brina.

– Pero si elijo a Adsagsona, ¿va a controlar ella mis poderes?

«Las diosas no nos controlan. Nos aman y se preocupan por nosotras, y nos piden que hagamos la elección correcta para nosotras mismas y nuestra gente. Eres tú quien debe controlarse a sí misma».

La terrible risa de Pryderi resonó por toda la colina.

– Ya te lo dije. Son distantes, negligentes, demasiado divinas para amar de verdad.

Morrigan sintió su presencia antes de que hablara.

«Debes elegir por ti misma, hija mía».

Rhiannon se había materializado junto a Shannon. Su forma era menos visible que la de Shannon, pero el aire se llenó con su voz, y Morrigan sí la reconoció. La había oído en el viento, cantándole nanas, murmurándole expresiones de cariño que Pryderi casi conseguía ahogar con sus susurros poderosos y atrayentes. Casi, pero no por completo.

– ¡Mamá! -exclamó Morrigan, y se aferró a aquella palabra como a un salvavidas.

Rhiannon esbozó una sonrisa agridulce.

«Morrigan, hija mía, has confiado en el amor, has confiado en la lealtad, y ahora debes encontrar la fuerza para confiar en el honor».

– Pero ¿en qué honor puedo confiar? ¿En el de Adsagsona? Ni siquiera está aquí -dijo Morrigan.

«La diosa siempre está aquí, hija mía», dijo Rhiannon.

«Y eres tú misma quien representa el honor, cariño. Debes confiar en ti misma», añadió Shannon.

– Demuéstraselo, Amada Mía -dijo Pryderi-. Demuéstrales que tienes fuerza suficiente para elegirme.

Morrigan inclinó la cabeza, y de repente, vio las cosas con claridad. Supo, más allá de toda duda, lo que tenía que hacer, y también supo que tenía que reunir fuerzas para hacerlo. Tal y como había hecho aquella noche maravillosa que había pasado con Kegan, buscó dentro de sí, y en la tierra, y se comunicó con los cristales de selenita que había bajo ella.

«¡Portadora de la Luz!».

«Debéis acudir a mí cuando os llame. Todos», les dijo.

«Te oímos y te obedecemos, Portadora de la Luz».

Cuando Morrigan alzó la cabeza, no miró de nuevo a las dos personas muertas a quienes había querido tanto, ni al enorme lince que había sido su protector. No miró las formas brillantes de sus dos madres. Mantuvo la mirada fija en aquel dios oscuro, y en las piedras de cristal que, tras él, lanzaban rayos brillantes que rivalizaban con el fuego de la pira. Morrigan comenzó a caminar lentamente hacia él, y Pryderi sonrió triunfalmente.

– Sabía que serías mía, Amada. Juntos vamos a crear un nuevo mundo -dijo, y abrió los brazos-. Bésame, y serás mía para siempre.

Morrigan se dejó abrazar, pero en vez de besarlo, se aferró a él y gritó:

– ¡Luz! ¡Ven a mí! ¡Hazme arder!

Al instante, Morrigan ardió con el poder de los cristales, porque su luz blanca invadió su cuerpo, y engulló a Pryderi con ella. Él abrió los ojos con sorpresa, e intentó alejarla de sí, pero Morrigan volvió a gritar:

– ¡Mantenedlo aquí! ¡Unido a mí!

Los cristales obedecieron con su poder.

«¡Morrigan! ¿Qué estás haciendo?».

Shannon se acercó. Morrigan la veía por encima del hombro de Pryderi. Rhiannon seguía a su lado, pero no estaba disgustada. Su madre asintió y, con una voz llena de orgullo y amor, dijo:

«Has elegido bien, hija mía. Mi orgullo por ti será eterno».

Morrigan vio que Rhiannon tomaba de la mano a Shannon. Después, volvió a concentrarse en Pryderi, porque el dios estaba intentando liberarse.

– ¿Qué estás haciendo? -gritó-. ¡Suéltame!

– No, Pryderi. Verás, yo ya he hecho mi elección. He elegido a Adsagsona libremente. Y he decidido que es hora de que termine el mal.

– ¡No! -gritó Pryderi.

Su magnífico rostro se onduló y se deformó, mientras seguía intentando alejarse del poder ardiente y blanco de la Portadora de la Luz. Su boca sensual quedó sellada. Su nariz se convirtió en un agujero grotesco. Sus ojos ya no eran sonrientes y bondadosos. Tenían un brillo amarillo, inhumano. Entonces, mientras Morrigan se preparaba para lo que tenía que hacer, los ojos del dios se convirtieron en dos huecos oscuros, y su boca se abrió y mostró dos colmillos ensangrentados.

Morrigan observó aquella espantosa faz, y sonrió con tristeza.

– Ya estás acabado -dijo.

Con el dios oscuro atrapado entre sus brazos, Morrigan MacCallan, Portadora de la Luz y Elegida de Adsagsona, cerró los ojos, envió su última plegaria a la diosa, «ayúdame a encontrar de nuevo a Kegan», y se lanzó con él a la pira funeraria.

Sintió un dolor desgarrador y completo, pero duró sólo un instante. Y Morrigan se llevó al dios oscuro, Pryderi, con ella, al morir.


Epílogo

<p>Epílogo</p>

Oklahoma

– Maldita sea, no me importa lo que digan todos los sheriffs del condado. ¡No voy a dejar de buscar hasta que encuentre el cuerpo de mi nieta!

– Escuche, señor Parker. Entiendo lo que está sufriendo, pero…

– ¡Y un cuerno! -le ladró Richard Parker al sheriff-. ¿Acaso su nieta ha quedado sepultada en el derrumbe de una cueva?

– Bueno, señor, tengo veintisiete años. Todavía no tengo ninguna nieta.

– Eso es lo que yo digo. Usted no entiende nada. Y ahora, ayúdeme o quítese de en medio. A mí no me importa que la búsqueda haya terminado oficialmente. No voy a dejarlo hasta que haya terminado el trabajo -dijo Richard, y empujó al joven comisario para entrar de nuevo en la cueva-. Jovenzuelo imberbe. Hace falta tener frescura para decirme lo que tengo que hacer -murmuró.

– Entrenador, ¿seguimos excavando?

Richard se detuvo y miró a la docena de hombres que lo esperaban en el interior de las Cuevas de Alabastro. Tenían edades comprendidas entre los veinte y los cuarenta años, y eran de todas las razas y clases sociales. Pero todos estaban agotados y sucios. Y todos tenían una cosa en común: en algún momento de su vida habían jugado al fútbol para Richard Parker. Estaban dispuestos a hacer cualquier cosa que su entrenador pudiera pedirles.

Richard sonrió con tristeza.

– Sí, sí, seguimos excavando. Mamá Parker vendrá con la comida en cualquier momento. Cuando se ponga el sol, terminaremos, y empezaremos de nuevo mañana.

– Muy bien, entrenador.

Richard tomó su pala y su pico y se puso los guantes, con un gesto de dolor, porque se le habían explotado las ampollas de las palmas durante la hora anterior. Con resignación, ocupó su lugar, en la parte más profunda del túnel. Habían tardado diez días en despejar aquello. Sabía que estaban cerca. Tenían que estar cerca. Iba a encontrarla. No estaría viva, pero él iba a encontrar a su niña y la iba a llevar a casa para enterrarla.

Cuando tocó con la pala la gran piedra de selenita, supo que debía andar con cuidado, así que comenzó a trabajar sólo con las manos. Intentó no pensar mucho mientras apartaba los escombros. Intentó no recordar que, la última vez que había visto a Morgie, ella estaba junto a aquella piedra.

Encontró el espacio vacío al mover la enorme piedra plana. Había otras dos piedras planas que habían caído contra un lado de la piedra de cristal y habían formado un espacio parecido a una tienda india. Richard respiró profundamente y metió los brazos en él. Con los dedos enguantados, tocó algo demasiado blanco para ser una piedra. Rápidamente, se quitó los guantes con los dientes, y se puso de rodillas para poder meter la cabeza y el torso en aquel espacio. La tocó. Richard suspiró y le envió una oración a Epona, o a cualquiera que fuera el dios o la diosa que lo había guiado en aquella excavación. La agarró con fuerza, y se preparó para tirar del cuerpo de su niña y sacarla de entre las piedras.

Entonces, el viejo entrenador se quedó inmóvil. Notó que la carne no estaba fría y dura, como la de los muertos. Morrigan estaba caliente y blanda. Con cuidado, le palpó el cuello. El pulso de su nieta latía rítmicamente, con fuerza, contra sus dedos.

Gritó, y todos los hombres acudieron corriendo. Él sacó a Morrigan del hueco, y la tomó en brazos cuidadosamente, y comenzó a caminar hacia la boca de la cueva.

– ¡Llamad a Emergencias y a mamá Parker! ¡Y a ese sheriff imberbe! ¡He encontrado a mi niña, y está viva!


Cuando Morrigan abrió los ojos, su visión era muy clara. Estaba tumbada, y tapada hasta el pecho con una sábana y una manta fina. Morrigan no sentía dolor, y no tenía ni idea de dónde estaba. En el techo había un fluorescente encendido a baja potencia, y junto a su cama, había una bolsa de suero que estaba conectada mediante una vía a su brazo. Siguió los tubos con la mirada, y más allá, vio al abuelo y a la abuela, que estaban profundamente dormidos en un sofá. Morrigan sonrió. Al abuelo se le habían caído las gafas de la nariz. Se había quitado los zapatos, y estaba en calcetines, como de costumbre. Tenía el brazo sobre los hombros de la abuela, que era diminuta, y dulce, y estaba acurrucada junto a él, muy, muy viva. Birkita estaba muerta…

Aquel único pensamiento le provocó una ráfaga de dolor. Birkita estaba muerta. Kegan estaba muerto. Brina estaba muerta.

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