Paul Auster

La Noche Del Oráculo


Había estado mucho tiempo enfermo. Cuando llegó el día de salir del hospital, apenas sabía andar, casi no recordaba quién era. Haga un esfuerzo, me dijo el médico, y en tres o cuatro meses volverá a habituarse a las cosas. No le creí, pero de todos modos seguí su consejo. Me habían desahuciado, y ahora que había desbaratado sus predicciones y seguía misteriosamente con vida, ¿qué otra cosa podía hacer sino vivir como si tuviera todo un futuro por delante?

Empecé dando pequeños paseos, nada más que una o dos manzanas y luego vuelta a casa. Sólo tenía treinta y cuatro años, pero a todos los efectos la enfermedad me había convertido en un anciano: uno de esos viejales temblorosos que van arrastrando los pies y no pueden poner uno delante de otro sin mirar cuál es cuál. Incluso a la lentitud con que me movía entonces, andar me producía una extraña y volátil sensación de ligereza, un barullo de señales confusas y fallidas conexiones mentales. El mundo empezaba a girar y dar tumbos ante mis ojos, desplazándose como una imagen en un espejo ondulado, y siempre que intentaba centrar la mirada en una sola cosa, aislar un objeto de la vertiginosa avalancha de colores -un pañuelo azul anudado a la cabeza de una mujer, digamos, o la luz roja en la parte trasera de una furgoneta- empezaba inmediatamente a descomponerse, a esfumarse, a desaparecer como una gota de tinta en un vaso de agua. Todo temblaba y se estremecía, se disgregaba en todas direcciones, y durante las primeras semanas me costaba trabajo averiguar dónde acababa mi cuerpo y empezaba el resto del mundo. Me daba contra las paredes y los cubos de basura, me enredaba en las correas de los perros y los papeles que llevaba el viento, tropezaba en las aceras más lisas. Llevaba toda la vida viviendo en Nueva York, pero ya no entendía ni las calles ni el gentío, y cada vez que salía a una de mis breves excursiones me sentía como perdido en una ciudad desconocida.

El verano llegó pronto aquel año. Al final de la primera semana de junio empezó a hacer bochorno, un tiempo desagradable, agobiante: día tras día de cielos apáticos, verdosos; el aire impregnado de efluvios de basura y gases de los tubos de escape; el calor que emanaba de cada ladrillo y bloque de cemento. A pesar de todo seguí adelante, obligándome a bajar las escaleras y salir a la calle todas las mañanas, y a medida que el desconcierto se me iba disipando en la cabeza y las fuerzas me volvían poco a poco, fui capaz de alargar los paseos y llegar a algunos de los rincones más apartados del barrio. Diez minutos pasaron a ser veinte; una hora se convirtió en dos; dos horas se hicieron tres. Respirando trabajosamente, con la piel siempre bañada en sudor, caminaba sin rumbo como un espectador del sueño de otro, observando el bullicioso ajetreo del mundo y maravillándome de haber sido un día como aquella gente que me rodeaba: siempre con prisa, siempre de acá para allá, siempre tarde, apurándome para hacer un montón de cosas más antes de que se pusiera el sol. Ya no servía para seguir jugando a aquello. Ahora era mercancía estropeada, un cúmulo de piezas averiadas, un desbarajuste neurológico, y todo aquel afán de ganar y gastar me dejaba completamente frío. Para distraerme un poco, empecé a fumar otra vez y a pasar la tarde en cafeterías con aire acondicionado, pidiendo refrescos y emparedados de queso a la plancha mientras escuchaba conversaciones perdidas y me leía tres periódicos distintos de cabo a rabo. Pasó el tiempo.

El día en cuestión 18 de septiembre de 1982-, salí del apartamento entre las nueve y media y las diez de la mañana. Mi mujer y yo vivíamos en Brooklyn, en el barrio de Cobble Hill, a medio camino entre Brooklyn Heights y Carroll Gardens. Normalmente echaba a andar en dirección norte, pero aquel día fui hacia el sur, torciendo a la derecha al llegar a la calle Court y siguiendo seis o siete manzanas en línea recta. El cielo estaba del color del cemento: nubes oscuras, ambiente plomizo, llovizna arrastrada por grises ráfagas de viento. Siempre he tenido debilidad por esa clase de tiempo, y me sentía contento en aquella mañana deslucida, sin echar en absoluto de menos la canícula de días atrás. A los diez minutos de salir, a mitad de la manzana situada entre Carroll y President, vi una papelería en la acera de enfrente. Estaba encajonada entre un zapatero remendón y una tienda de comestibles abierta las veinticuatro horas, la única fachada alentadora en una hilera de edificios mediocres y ruinosos. Supuse que no llevaba mucho tiempo allí, pero a pesar de ser nueva y del ingenioso arreglo del escaparate (torres de bolígrafos, lapiceros y reglas colocados de forma que recordaban la silueta de Nueva York recortada contra el cielo), el Palacio de Papel parecía una papelería muy pequeña para ofrecer algo interesante. Si decidí cruzar la calle y entrar, debió de ser porque en mi fuero interno deseaba ponerme a trabajar otra vez; sin saberlo, sin ser consciente del impulso que iba creciendo en mi interior. No había escrito nada desde que volví del hospital en mayo -ni una frase, ni una palabra- y no sentía el menor deseo de hacerlo. Ahora, tras cuatro meses de apatía y silencio, se me metió de pronto en la cabeza que tenía que renovar las existencias: plumas y lapiceros, un cuaderno, cartuchos de tinta y gomas de borrar, carpetas y blocs de notas, de todo.

Había un chino sentado tras la caja registradora en la parte delantera. Parecía un poco más joven que yo. Y al mirar por el escaparate cuando me disponía a entrar en la tienda, vi que estaba inclinado sobre una libreta, escribiendo columnas de cifras con un portaminas de color negro. Pese al frío que hacía aquel día, llevaba una camisa de manga corta -una de esas ligeras y anchas prendas veraniegas de cuello abierto- que acentuaba la delgadez de sus brazos cobrizos. Sonó un campanilleo cuando abrí la puerta y el hombre alzó un momento la vista para saludarme cortésmente con un movimiento de cabeza. Le devolví el saludo, pero antes de que pudiera decirle algo volvió a bajar la vista para sumirse de nuevo en sus cálculos.

El tráfico debía de pasar por un rato de calma en la calle Court, a menos que el cristal del escaparate fuera sumamente grueso, porque mientras echaba a andar por el primer pasillo para inspeccionar la tienda, de pronto percibí el silencio que reinaba allí dentro. Yo era el primer cliente del día, y la quietud era tan absoluta que se oía el rasgueo del lapicero del chino a mi espalda. Siempre que pienso ahora en aquella mañana, el ruido del lápiz es lo primero que me viene a la memoria. En la medida en que la historia que me dispongo a contar tenga algún sentido, creo que ahí es donde comienza: en el lapso de aquellos breves segundos, cuando el ruido de aquel lápiz era el único sonido que quedaba en el mundo.

Empecé a recorrer el pasillo, deteniéndome cada dos o tres pasos para examinar los artículos de los anaqueles. Se trataba en su mayoría de material escolar y de oficina normal y corriente, pero para ser un local con tan poco espacio ofrecía una selección sorprendente y esmerada, y me impresionó el cuidado con que se había procedido a almacenar y colocar tal plétora de objetos, que parecían incluir desde sujetapapeles de latón de seis tamaños diferentes a doce modelos distintos de clips. Al dar la vuelta a la esquina y empezar a recorrer el otro pasillo hacia la parte delantera, observé que habían dedicado una estantería a una serie de artículos de importación de gran calidad: cuaderno italianos con tapas de piel, agendas de direcciones hechas en Francia, delicadas carpetas japonesas de papel de arroz, Había también dos montones de cuadernos alemanes y portugueses. Los portugueses me resultaban especialmente atractivos, y con sus tapas duras, sus líneas cuadriculadas y sus pliegos de resistente papel cosido donde no se corría la tinta, en cuanto cogí uno y lo tuve entre las manos supe que iba a comprármelo. No tenía nada de extravagante ni ostentoso. Era un artículo práctico: sobrio, sin pretensiones, funcional, nada de esos libros de hojas en blanco que a uno se le ocurriría comprar para hacer un regalo. Pero me gustaba el detalle de que estuviera encuadernado en tela, y también me complacía el formato: veintitrés centímetros y medio por dieciocho y medio, lo que lo hacía ligeramente más corto y más ancho que los cuadernos normales. No puedo explicar por qué, pero esas dimensiones me parecieron sumamente satisfactorias, y, al tener aquel cuaderno en las manos por primera vez, sentí algo parecido a un placer físico, una súbita, incomprensible oleada de bienestar. Sólo quedaban cuatro cuadernos en el montón, cada uno de distinto color: negro, rojo, marrón y azul. Me decidí por el azul, que por casualidad era el que estaba encima.

Tardé otros cinco minutos más o menos en encontrar el resto de las cosas que necesitaba, y luego me dirigí a la parte delantera de la papelería y lo dejé todo en el mostrador. El dueño me dedicó otra de sus corteses sonrisas y empezó a pulsar teclas en la caja, registrando el importe de los diversos artículos. Pero cuando llegó al cuaderno azul, se detuvo un momento, se quedó con él en la mano y pasó levemente la yema de los dedos por la tapa. Fue un gesto de apreciación, casi una caricia.

– Bonito libro – declaró, en un inglés con marcado acento extranjero -. Pero se acabó. Se acabó Portugal. Historia muy triste.

No entendí nada de lo que había dicho, pero en vez de ponerle en un apuro y pedirle que lo repitiera, murmuré algo sobre el encanto y la sencillez del cuaderno y luego cambié de tema.

– ¿Hace mucho que ha abierto la papelería? – le pregunté -. Está impecable, y todo parece muy nuevo.

– Un mes. Diez de agosto inauguración.

Al revelar ese dato, pareció ponerse un poco más derecho, sacando pecho con juvenil orgullo militar, pero cuando le pregunté cómo iba el negocio, dejó pausadamente el cuaderno sobre el mostrador y sacudió la cabeza.

– Muy flojo. Muchos disgustos.

Al mirarlo a los ojos, me di cuenta de que tenía más años de los que le había echado al principio: treinta y cinco por lo menos, incluso cuarenta. Hice algún torpe comentario sobre aguantar y esperar a que las cosas empezaran a funcionar, pero él sacudió la cabeza, esbozó una sonrisa y dijo:

– Mi sueño de siempre, tener una tienda. Una papelería como ésta, con plumas y papel, mi gran sueño americano. Negocio para todos, ¿verdad?

– Verdad -repetí, aunque no estaba completamente seguro de lo que quería decir.

– Todo el mundo hace palabras – prosiguió -. Todo el mundo escribe cosas. En colegio los niños hacen deberes en mis cuadernos. Los profesores ponen notas en mis cuadernos. En los sobres que vendo la gente manda cartas de amor. Libros de contabilidad, blocs de notas para listas de la compra, agendas para planificar semana. Todo aquí importante para vida, y eso me hace feliz, es un honor para mí.

El dueño de la papelería soltó ese pequeño discurso con tal solemnidad, con tan grave acento de responsabilidad y determinación, que confieso que me conmovió. ¿Qué clase de hombre era el dueño de aquella papelería, me pregunté, que disertaba ante sus clientes sobre la metafísica del papel y se veía a sí mismo cumpliendo una función esencial en la infinidad de los asuntos humanos? Había algo cómico en todo aquello, supongo, pero al oírle hablar ni por un momento se me ocurrió reír.

– Bien dicho -respondí-. No podría estar más de acuerdo con usted.

El cumplido pareció levantarle un poco el ánimo. Con una breve sonrisa y una inclinación de cabeza, siguió pulsando teclas en la caja registradora.

– Muchos escritores, aquí en Brooklyn. Bueno para negocio, quizá.

– Puede -contesté-. Lo malo de los escritores es que no les sobra el dinero para gastar.

– Ah -respondió, alzando la vista de la caja y dirigiéndome una sonrisa tan amplia que puso al descubierto una boca llena de dientes torcidos-. Usted debe ser escritor.

– No se lo diga a nadie -repuse, intentando mantener el tono de broma-. Se supone que es un secreto.

No era una observación muy graciosa, pero al dueño de la papelería debió de parecerle muy divertida, porque estuvo un buen rato a punto de morirse de un ataque de risa. En su forma de reír había un ritmo extraño, entrecortado -como si hablara y cantara a la vez-, y las carcajadas le salían a borbotones de la garganta en una alternancia de breves y mecánicos trinos: Ja ja ja. Ja ja ja.

– No digo a nadie -aseguró, una vez que cesó el arrebato-. Alto secreto. Sólo entre usted y yo. Mis labios sellados. Ja ja ja.

Reanudó su tarea con la máquina registradora y cuando terminó de meter mis cosas en una amplia bolsa blanca, volvió a ponerse serio.

– Si un día escribe historia en cuaderno azul de Portugal -me dijo- me hará muy feliz. Mi corazón lleno de alegría.

No supe qué contestar, pero antes de que se me ocurriera algo que decir, se sacó una tarjeta de visita del bolsillo de la camisa y me la pasó por encima del mostrador. En la parte superior estaban escritas en negrita las palabras

PALACIO DE PAPEL. Después la dirección y el teléfono del establecimiento, y luego, en la parte inferior derecha, había un último elemento de información que anunciaba: M. R. Chang, Propietario.

– Gracias, señor Chang -le dije, sin levantar la vista de la tarjeta. Luego me la guardé en el bolsillo y saqué la cartera para pagarle.

– Nada de señor -objetó Chang, exhibiendo de nuevo su amplia sonrisa-. M. R. Así parece más importante. Más americano.

De nuevo no supe qué decir. Se me pasaron por la cabeza algunas ideas sobre el significado de aquellas iniciales, pero me las guardé para mí. Medios de Reajuste. Múltiples Repasos. Misterios Revelados. Es mejor no formular determinadas observaciones, y no quise castigar al pobre hombre con mi deprimente ironía. Después de un breve y embarazoso silencio, me tendió la bolsa blanca y luego, a modo de agradecimiento, hizo una reverencia.

– Que tenga suerte con la tienda -le deseé.

– Un palacio muy pequeño -observó-. No hay mucho género. Pero usted dice lo que quiere, y yo pido. Cualquier cosa que pida, yo traigo.

– Vale -contesté-. Trato hecho.

Di media vuelta para marcharme, pero Chang salió precipitadamente de detrás del mostrador y me cortó el paso delante de la puerta. Parecía tener la impresión de que habíamos concluido un negocio de suma importancia, porque pretendía estrecharme la mano.

– Hecho -afirmó-. Bueno para usted, bueno para mí. ¿Vale?

– Vale -repetí, consintiendo en el apretón de manos. Encontré un tanto absurdo el hecho de hacer tanta ceremonia por tan poca cosa, pero no me costaba nada seguirle la corriente. Además, estaba impaciente por largarme, y cuanto menos abriera la boca, antes me marcharía de allí.

– Usted pide y yo traigo. Sea lo que sea, lo encuentro. M. R. Chang sirve lo pedido.

Me dio otros dos o tres apretones de manos y luego me abrió la puerta, saludando con la cabeza y sonriendo mientras pasaba por delante de él y salía a la fresca mañana de septiembre. [1]

Había pensado entrar a desayunar en una de las cafeterías del barrio, pero el billete de veinte dólares que había metido en la cartera antes de salir se había quedado reducido a tres de uno y unas cuantas monedas: ni siquiera daba para la especialidad de la casa de dos dólares con no venta y nueve centavos, contando la propina y los impuestos. De no haber sido por la bolsa, habría seguido con mi paseo, pero no tenía sentido ir cargando con ella por todo el vecindario, y como hacía un tiempo bastante desagradable (la fina llovizna de antes se había transformado en un incesante chaparrón), abrí el paraguas y decidí marcharme a casa.

Era sábado, y mi mujer aún seguía en la cama cuando salí de casa. Grace tenía un trabajo fijo de nueve a cinco, y los fines de semana podía aprovechar para levantarse tarde, permitiéndose el lujo de no poner el despertador. Como no quería molestarla, me marché tan sigilosamente como pude, dejándole una nota en la mesa de la cocina. Ahora vi que ella había añadido unas frases al pie de mi nota. Sidney: espero que el paseo haya sido divertido. Salgo a hacer unos recados. No tardaré mucho. Nos vemos luego. Te quiero, G.

Fui a mi cuarto de trabajo, al final del pasillo, y saqué los nuevos pertrechos. El recinto no era mucho más amplio que un armario -el espacio justo para un escritorio, una silla y una librería en miniatura con cuatro angostos estantes-, pero lo encontraba suficiente para mis necesidades, que nunca habían ido más allá de sentarme en la silla y escribir palabras en hojas de papel. Había entrado varias veces en el cuarto desde que me dieron de alta en el hospital, pero hasta aquel sábado de septiembre por la mañana -que yo prefiero denominar la mañana en cuestión-, no creo que me hubiera sentado una sola vez en la silla. Ahora, mientras aposentaba mis lamentables y flojas posaderas en el duro asiento de madera, me sentí como quien llega a casa después de un viaje largo y difícil, el desventurado viajero que vuelve para reclamar su legítimo lugar en el mundo. Me encontraba bien estando en el cuarto otra vez, con ganas de estar allí, y en la oleada de felicidad que me invadió mientras me instalaba frente a mi viejo escritorio, decidí señalar la ocasión escribiendo algo en el cuaderno azul.

Puse un cartucho de tinta en la pluma, abrí el cuaderno por la primera hoja y me quedé mirando la primera línea. No tenía ni idea de cómo empezar. El objeto del ejercicio no consistía en escribir algo concreto, sino en demostrarme a mí mismo que aún era capaz de escribir: lo que significaba que no importaba tanto lo que escribiera como el hecho de escribir algo. Cualquier cosa habría servido, cualquier frase habría sido enteramente válida, pero aun así no quería empezar el cuaderno con alguna estupidez, de modo que me quedé a la expectativa frente a la página cuadriculada, mirando las hileras de tenues líneas azules que se entrecruzaban en la blancura del papel convirtiéndolo en un campo de diminutos e idénticos cuadrados, y mientras dejaba vagar mis pensamientos por aquellos recintos tan finamente trazados recordé de pronto una conversación que había mantenido unas semanas antes con mi amigo John Trause. Rara vez hablábamos de libros cuando nos veíamos, pero aquel día John mencionó que estaba releyendo a ciertos novelistas que había admirado en su juventud. Tenía curiosidad por saber si su obra había perdido actualidad, si las opiniones que se había formado a los veinte años eran las mismas que se haría hoy, con treinta y tantos años más a sus espaldas. Pasó revista primero a diez escritores, luego a veinte, mencionándolos a todos, desde Faulkner y Fitzgerald a Dostoievski y Flaubert, pero el comentario que mejor grabado se me quedó en la memoria -y que ahora recordaba sentado a la mesa con el cuaderno abierto delante de mí- fue una pequeña digresión que hizo con respecto a una anécdota que se cuenta en una de las obras de Dashiell Hammett.


– En eso hay material para una novela -aseguró John-. yo ya estoy viejo para pensar en ello, pero un pipiolo como tú puede sacarle jugo a la idea, hacer algo con ella. Es un punto de partida fantástico. Lo único que hace falta es una historia que le vaya bien. [2]

Se refería al episodio de Flitcraft en el capítulo séptimo de El halcón maltés, la curiosa parábola que Sam Spade cuenta a Brigid O'Shaughnessy sobre un hombre que abandona la vida que lleva y desaparece de pronto. Flitcraft es un individuo absolutamente convenciona marido, padre, próspero hombre de negocios, una persona que no puede quejarse de nada. Un día sale a comer y cuando va andando por la calle una viga se desploma desde el décimo piso de un edificio en construcción y casi aterriza en su cabeza. Unos centímetros más y Flitcraft habría muerto aplastado, pero la viga le pasa rozando, y salvo por una esquirla que salta de la acera y le da en la cara, resulta ileso. De todos modos, el hecho de haber estado a un paso de la muerte lo perturba, y no puede sacarse el incidente de la cabeza. Según dice Hammett: «Se sintió como si le hubiesen quitado la tapadera que cubre la vida, permitiéndole ver su mecanismo.» Flitcraft cae en la cuenta de que el mundo no es un sitio tan racional y ordenado como él creía, de que ha estado equivocado desde el principio y jamás ha entendido ni palabra de lo que ocurría en él. Es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida; una vida de la que se nos puede privar en cualquier momento, sin razón aparente. Cuando termina de comer, Flitcraft concluye que no tiene más remedio que someterse a esa fuerza aniquiladora, que debe destruir su vida mediante algún gesto sin sentido, totalmente arbitrario, de negación de sí mismo. Pagará con la misma moneda, por decirlo así, y sin molestarse en volver a casa o despedirse de su familia, sin tomarse siquiera el trabajo de sacar dinero del banco, se levanta de la mesa, se dirige a otra ciudad y empieza una nueva vida.

En las dos semanas transcurridas desde que John y yo hablamos de ese pasaje, ni una sola vez se me había pasado por la cabeza que en algún momento me daría por asumir la difícil tarea de dar cuerpo a la historia. Estaba de acuerdo en que era un excelente punto de partida -porque todos hemos pensado alguna vez en dejar la vida que llevamos, y porque en algún momento todos hemos deseado ser otro-, pero eso no quería decir que tuviera interés en desarrollarlo. Aquella mañana, sin embargo, sentado frente al escritorio por primera vez en casi nueve meses, con la vista fija en el recién adquirido cuaderno y esperando a ver si se me ocurría una frase inicial que no me produjera un sentimiento de vergüenza ni me hiciera perder el ánimo, decidí probar suerte con el conocido episodio de Flitcraft. No se trataba más que de un pretexto, la búsqueda de un medio para abrir brecha. Si era capaz de transcribir un par de ideas medianamente interesantes, al menos podría decir que había empezado a hacer algo, aunque lo dejara al cabo de veinte minutos y no volviera a trabajar más en ello. Así que quité el capuchón a la pluma, puse el plumín sobre la primera línea de la primera hoja del cuaderno azul, y empecé a escribir.

Las palabras fluyeron con rapidez, fácilmente, sin requerir gran esfuerzo. Resultaba sorprendente, pero con tal de que no dejara de mover la mano de izquierda a derecha, la palabra siguiente siempre parecía estar allí, deseosa por salir de mi pluma. Di a mi Flitcraft el nombre de Nick Bowen. Tiene treinta y tantos años, es editor en una importante editorial de Nueva York y está casado con una mujer llamada Eva. Siguiendo el ejemplo del prototipo de Hammett, se trata de un individuo que forzosamente hace bien su trabajo, es objeto de la admiración de sus compañeros, goza de seguridad económica, es feliz en su matrimonio, y así sucesivamente. O eso parecería tras una observación superficial, pero cuando empieza mi versión de la historia, ya hace tiempo que en el interior de Bowen bullen ciertos problemas. Comienza a aburrirle el trabajo (aunque no está dispuesto a admitirlo), y al cabo de cinco años de relativa estabilidad y tranquila felicidad con Eva, su matrimonio ha llegado a un punto muerto (otro hecho al que no tiene el valor de enfrentarse). En lugar de reflexionar sobre su creciente insatisfacción, Nick pasa su tiempo libre en un garaje de la calle Desbrosses, en Tribeca, dedicado a la interminable empresa de reconstruir el motor de un Jaguar destartalado que compró a los tres años de casarse. Es uno de los editores más importantes de una prestigiosa editorial neoyorquina, pero lo cierto es que prefiere el trabajo manual.

Cuando empieza la historia, al despacho de Bowen acaba de llegar un manuscrito. Novela breve, con el sugestivo título de La noche del oráculo, es al parecer obra de Sylvia Maxwell, novelista famosa en los años veinte y treinta que murió hace casi dos décadas. Según el agente que la ha enviado, esa obra perdida data de 1927, año en que Maxwell se fugó a Francia con un inglés llamado Jeremy Scott, pintor de poca monta que posteriormente trabajó de escenógrafo en películas británicas y americanas. Sus relaciones duraron dieciocho meses, y cuando se acabaron Sylvia volvió a Nueva York, dejando la novela en manos de Scott. El inglés la guardó como oro en paño durante el resto de su vida, y cuando le sobrevino la muerte a los ochenta y siete años, unos meses antes del comienzo de mi historia, apareció una cláusula en su testamento por la cual legaba el manuscrito a la nieta de Maxwell, una joven norteamericana llamada Rosa Leightman. La novela fue a parar al agente literario a través de ella, con instrucciones explícitas de que se la enviaran primero a Nick Bowen, antes de que nadie más tuviera ocasión de leerla.

El paquete llega al despacho de Nick el viernes por la tarde, justo unos minutos después de que él se haya marchado de fin de semana. Cuando vuelve, el lunes por la mañana, se encuentra con el libro encima de la mesa. Nick es un entusiasta de las novelas de Sylvia Maxwell y, por tanto, no ve el momento de empezar a leerla. Pero nada más pasar la primera página suena el teléfono. Su secretaria le comunica que Rosa Leightman está en la recepción, preguntando si puede pasar a verlo un momento. Que pase, dice Nick, y antes de que pueda acabar de leer las primeras frases del libro (La guerra casi había terminado, pero nosotros no lo sabíamos. Éramos muy pequeños para darnos cuenta de las cosas, y como la guerra estaba en todas partes, no…), la nieta de Sylvia Maxwell entra en su despacho. Va vestida con ropa sencilla, apenas maquillada, el pelo corto, con un estilo que ya no se lleva, y sin embargo, piensa Nick, tiene un rostro tan fascinante, tan dolorosamente joven y sin reservas, evoca (se le ocurre de pronto) tal despliegue de esperanza y energía humana liberada, que por un momento llega a faltarle la respiración. Eso es precisamente lo que me sucedió a mí la primera vez que vi a Grace -una sacudida que me dejó paralizado, incapaz de tomar aliento-, de manera que no me resultó difícil trasladar esos sentimientos a Nick Bowen e imaginarlos en el contexto de otra historia. Para simplificar aún más las cosas, di el cuerpo de Grace a Rosa Leightman: hasta en los detalles más mínimos, más característicos, incluyendo la cicatriz de su infancia en la rodilla, el incisivo izquierdo ligeramente torcido, y el lunar en el lado derecho de la mandíbula. [3]

En cuanto a Bowen, en cambio, lo hice distinto de mí; lo contrario de mí mismo, en realidad. Como soy alto, lo hice bajo. Soy pelirrojo, así que hice que fuese moreno. Calzo un cuarenta y cuatro, de manera que le di un cuarenta y dos. No me inspiré en ningún conocido (al menos conscientemente), pero una vez que terminé de perfilarlo en mi imaginación, me resultó asombrosamente verosímil, tanto que casi podía verlo entrar en el estudio y quedarse de pie a mi lado, mirando al escritorio con la mano en mi hombro y leyendo lo que estaba escribiendo…, viendo cómo le daba vida con la pluma.

Por fin, Nick indica una silla a Rosa, que se sienta al otro lado del escritorio. Sigue una pausa de indecisión. Nick ha vuelto a recobrar el aliento, pero no se le ocurre nada que decir. Rosa rompe el hielo preguntándole si ha encontrado tiempo para leer el libro durante el fin de semana. No, contesta él, llegó tarde. No lo he recibido hasta esta mañana.

Rosa parece aliviada. Qué bien, dice. Corre el rumor de que la novela es un fraude, que no la escribió mi abuela. Como quería estar completamente segura, contraté a un grafólogo para que examinara el manuscrito original. Su informe me llegó el sábado, y en él se afirma que es auténtico. Sólo para que lo sepa. La noche del oráculo es obra de Sylvia Maxwell.

Parece que le ha gustado el libro, observa Nick, y Rosa confirma que sí, que la conmovió mucho. Si lo escribió en 1927, prosigue Nick, entonces viene después de La casa en llamas y Redención, pero antes de Paisaje con árboles, lo que la convertiría en su tercera novela. Por entonces aún no había cumplido los treinta, ¿verdad? Veintiocho, confirma Rosa. Los mismos que yo tengo ahora.

La conversación prosigue durante otros quince o veinte minutos. Nick tiene muchísimo que hacer esa mañana, pero no se decide a pedirle que se vaya. Hay algo tan directo en esa chica, tan lúcido, tan carente de artificio, que quiere seguir mirándola más tiempo y asimilar plenamente el impacto de su presencia: que resulta fascinante, decide, precisamente porque Rosa no es consciente de ello, por la absoluta indiferencia del efecto que produce en los demás. No dicen nada importante. Nick se entera de que es hija del hijo mayor de Sylvia Maxwell (fruto del segundo matrimonio de la escritora con Stuart Leightman, director de teatro) y que nació y se crió en Chicago. Cuando Nick le pregunta por qué tenía tanto interés en que él fuera el primero en recibir el libro, ella contesta que no sabe nada de cómo trabajan en las editoriales, pero que Alice Lazarre es su novelista contemporánea preferida y cuando se enteró de que Nick era su editor, decidió que era el más indicado para el libro de su abuela. Nick sonríe. Alice estará encantada, asegura Rosa, y unos minutos después, cuando Rosa se pone finalmente en pie para marcharse, él saca unos libros de un estante y le regala un montón de primeras ediciones de Alice Lazarre. Espero que La noche del oráculo no lo decepcione, dice Rosa. ¿Por qué iba a decepcionarme?, inquiere Nick. Sylvia Maxwell era una novelista de primera clase. Bueno, observa Rosa, es que este libro es diferente de los demás. ¿En qué sentido?, pregunta Nick. Pues no sé, dice Rosa, en todos. Ya lo averiguará usted mismo cuando lo lea.

Había otras decisiones que tomar, desde luego, una multitud de detalles importantes que imaginar e incorporar a la escena, para darle plenitud y autenticidad, por contrapeso narrativo. ¿Cuánto tiempo lleva Rosa viviendo en Nueva York?, por ejemplo. ¿Qué hace allí? ¿Tiene trabajo? Y, en caso afirmativo, ¿es importante para ella esa ocupación o simplemente un medio de ganar lo suficiente para pagar el alquiler? ¿Y en qué situación se encuentra en el plano amoroso? ¿Está soltera o casada, comprometida o sin compromiso, buscando algo o esperando pacientemente a que aparezca la persona adecuada? En un primer impulso pensé que fuera fotógrafa, o quizá ayudante de montaje, que tuviera un trabajo relacionado con imágenes, no con palabras, como el de Grace. Soltera, decididamente; sin duda nunca había estado casada, aunque quizá salía con alguien, o, mejor aún, acababa de romper después de una relación larga y tortuosa. No quería detenerme de momento en aquellas cuestiones, ni en cuestiones similares en relación con la mujer de Nick: profesión, ambiente familiar, gustos musicales, literarios, etcétera. Aún no me había puesto a escribir la historia, simplemente esbozaba la acción con trazos amplios, y no podía quedarme empantanado en nimiedades, en asuntos de menor importancia. Eso me habría obligado a pararme a pensar, y de momento sólo me interesaba seguir adelante, ver adónde iban a llevarme las imágenes que desfilaban por mi mente. No se trataba de frenar nada; ni tampoco de tomar decisiones. Aquella mañana mi tarea consistía simplemente en seguir lo que iba ocurriendo en mi interior, y para lograrlo tenía que mover la pluma lo más rápido posible.

Nick no es un aventurero ni un seductor. Está casado y no ha desarrollado la costumbre de engañar a su mujer, y además no es consciente de tener intenciones con respecto a la nieta de Sylvia Maxwell. Pero no cabe duda de que se siente atraído hacia ella, de que lo ha cautivado la deslumbrante sencillez de su actitud, y en cuanto Sylvia se levanta y sale del despacho, le pasa como un relámpago por la cabeza -un pensamiento espontáneo, el trueno figurativo del deseo- la idea de que sería capaz de cualquier cosa por acostarse con esa mujer, incluso de llegar al punto de sacrificar su matrimonio. Los hombres tienen esa clase de pensamientos veinte veces al día, y sólo porque alguien experimente un momentáneo destello de excitación no significa que tenga intención alguna de ceder al impulso, pero aun así, en cuanto se da cuenta de lo que se le ha ocurrido, Nick siente asco de sí mismo, asaltado por un sentimiento de culpa. Para apaciguar su conciencia, llama a su mujer a la oficina (gabinete jurídico, agencia bursátil, hospita se determinará más adelante) y le anuncia que va a reservar mesa en su restaurante favorito para llevarla a cenar esa misma noche.

Se encuentran a las ocho en punto. Las cosas van estupendamente mientras toman el aperitivo y los entrantes, pero luego empiezan a hablar de un asunto doméstico sin importancia (una silla rota, la inminente llegada de una prima de Eva a Nueva York, una cuestión enteramente secundaria), y enseguida se ponen a discutir. No de forma vehemente, quizá, pero sus voces denotan la suficiente irritación como para echar a perder su estado de ánimo. Nick expresa sus disculpas, y Eva las acepta; Eva expresa las suyas, y Nick las acepta. Pero la conversación pierde gracia, y no hay modo de recobrar la armonía de unos momentos antes. Cuando les sirven el primer plato, ambos guardan silencio. El restaurante está atestado, bulle de animación, y al recorrer Nick distraídamente la estancia con la mirada ve de pronto en un rincón a Rosa Leightman, sentada a una mesa con cinco o seis personas. Eva se da cuenta de que está mirando en una dirección determinada y le pregunta si ha visto a alguien conocido. Aquella chica, dice Nick. Ha venido a mi despacho esta mañana. Le cuenta algo sobre Rosa, menciona la novela escrita por su abuela, Sylvia Maxwell, y luego intenta cambiar de tema, pero Eva vuelve entonces la cabeza y se fija en la mesa de Rosa, situada al otro extremo de la sala. Es muy guapa, observa Nick, ¿no te parece? No está mal, contesta Eva. Pero qué pelo más raro lleva, Nicky, y va horrorosamente vestida. Eso no importa, afirma Nick. Está llena de vida…, hace tiempo que no veo a una persona tan llena de vida. Es la clase de mujer que puede hacer que un hombre pierda la cabeza.

Es horrible decir eso a la mujer de uno, sobre todo si la mujer ha empezado a notar que su marido se está alejando de ella. Bueno, dice Eva a la defensiva, pues qué lástima que tengas que estar conmigo. ¿Quieres que vaya a su mesa y la invite a sentarse con nosotros? Nunca he visto a un hombre perder la cabeza. Siempre se puede aprender algo nuevo.

Consciente de la crueldad que acaba de decir sin darse cuenta, Nick trata de reparar los daños. No hablaba de mí, contesta. Me refería a un hombre…, a cualquier hombre. Al hombre en abstracto.

Después de cenar, Nick y Eva vuelven a su casa, en el West Village. Es un dúplex pulcro y bien amueblado de la calle Barrow: el apartamento de John Trause, en realidad, que me he apropiado para mi narración flitcraftiana como inclinación silenciosa ante quien me sugirió la idea. Nick tiene que escribir una carta y pagar unas facturas, y mientras Eva se prepara para acostarse, se sienta a la mesa del comedor y se dispone a atender a esas pequeñas obligaciones. Eso le lleva tres cuartos de hora, pero aunque se está haciendo tarde, se siente inquieto, todavía no le apetece irse a la cama. Asoma la cabeza por la puerta del dormitorio, ve que Eva sigue despierta y le dice que sale a echar las cartas al correo. Sólo va hasta el buzón de la esquina. Tardará cinco minutos.

Entonces ocurre todo. Bowen coge la cartera (que sigue conteniendo el manuscrito de La noche del oráculo), mete en ella las cartas y sale a hacer el recado. Es el inicio de la primavera, y sopla un fuerte viento por la ciudad, haciendo sonar los letreros de las calles y removiendo desperdicios y papeles. Sin dejar de pensar en su inquietante encuentro con Rosa por la mañana, intentando aún comprender el incidente doblemente perturbador de haberla visto otra vez por la noche, Nick va hacia la esquina como envuelto en una nube y apenas mira por dónde pisa. Saca el correo de la cartera y lo echa al buzón. Algo se ha roto en su interior, dice para sí, y por primera vez desde que empezaron sus problemas con Eva, está dispuesto a admitir la realidad de su situación: que su matrimonio ha fracasado, que su vida ha llegado a un punto muerto. En vez de dar media vuelta y volver inmediatamente a casa, decide prolongar unos minutos el paseo. Sigue caminando por la calle, dobla la esquina, recorre otra calle y vuelve a torcer en la siguiente manzana. Once pisos por encima de él, la cabeza de una pequeña gárgola de piedra caliza sujeta a la fachada de un edificio de apartamentos se va desprendiendo poco a poco del resto de la estructura a causa de los embates del viento que sigue azotando la calle. Nick da otro paso, luego otro, y en el momento en que la cabeza de la gárgola por fin se suelta, él entra directamente en la trayectoria del objeto que se desploma. Así, de forma ligeramente modificada, comienza la historia de Flitcraft. Precipitándose en picado, la gárgola pasa a unos centímetros de la cabeza de Nick, rozándole el brazo, para estallar luego en mil pedazos contra la acera.

El impacto lo arroja al suelo. Se queda espantado, desorientado, anonadado. Al principio, no tiene idea de lo que acaba de ocurrir. Una fracción de segundo de alarma mientras la piedra le roza la manga, un instante de conmoción cuando la cartera se le escapa de la mano y luego el estrépito de la cabeza de la gárgola que se estrella contra la acera. Pasan unos momentos antes de que esté en condiciones de reconstruir la secuencia de los hechos, y cuando lo hace, se levanta del suelo comprendiendo que podría estar muerto. Aquella piedra era su destino. Esta noche ha salido de casa por el único motivo de encontrarse con la piedra, y si ha logrado escapar sano y salvo, eso sólo puede significar que se le ha otorgado una vida nueva, que su existencia anterior ha terminado, que hasta el más nimio momento de su pasado es ya de otra persona.

Un taxi da la vuelta a la esquina y viene por la calle en su dirección. Nick alza la mano. El taxi se detiene y Nick sube al vehículo. ¿Adónde?, pregunta el taxista. Nick no tiene ni idea, así que dice lo primero que se le ocurre. Al aeropuerto, contesta. ¿A cuál?, pregunta de nuevo el conductor. ¿Kennedy, La Guardia o Newark? A La Guardia, contesta Nick, de modo que a La Guardia se dirigen. Al llegar, Nick va al mostrador de billetes y pregunta cuándo sale el siguiente vuelo. ¿El vuelo adónde?, pregunta el empleado. A cualquier parte, responde Nick. El empleado consulta el horario. Kansas City, le informa. Hay un vuelo que tiene el embarque dentro de diez minutos. Muy bien, dice Nick, tendiéndole su tarjeta de crédito, déme un billete. ¿De ida, o ida y vuelta? Sólo de ida, contesta Nick, que media hora después está sentado en un avión, volando en plena noche hacia Kansas City.

Allí fue donde lo dejé aquella mañana: suspendido en el aire, volando estúpidamente hacia un futuro incierto y precario. No sabía cuánto tiempo llevaba trabajando, pero noté que me estaba quedando sin ideas, así que dejé la pluma y me levanté de la silla. En total, había escrito ocho páginas del cuaderno azul. Eso habría supuesto por lo menos dos o tres horas de trabajo, pero el tiempo había pasado tan deprisa que me sentía como si sólo llevara unos minutos allí dentro. Al salir del cuarto, fui pasillo adelante y entré en la cocina. Inesperadamente, Grace estaba delante del fogón, haciendo té.

– No sabía que estabas en casa -observó ella.

– Ya hace rato que he vuelto -expliqué-. Estaba en mi cuarto.

Grace pareció sorprendida.

– ¿No me has oído llamar?

– No, lo siento. Debía estar absorto en lo que estaba haciendo.

– Como no contestabas, he abierto la puerta y he mirado. Pero no estabas.

– Claro que estaba. Sentado a la mesa.

– Pues no te he visto. Estarías en otra parte. En el cuarto de baño, a lo mejor.

– No me acuerdo de haber ido al baño. Que yo sepa, he estado sentado a la mesa todo el tiempo.

Grace se encogió de hombros.

– Como tú digas, Sidney -concluyó.

Evidentemente no estaba de humor para discutir. Como mujer inteligente que era, me dirigió una de sus gloriosas y enigmáticas sonrisas y luego se volvió de nuevo hacia el fogón para terminar de preparar el té.

Dejó de llover hacia media tarde, y unas horas después un abollado Ford azul de una de las compañías de taxis del barrio cruzaba el puente de Brooklyn para conducirnos a nuestra cena quincenal con John Trause. Desde que salí del hospital, los tres habíamos insistido en reunirnos cada dos sábados por la noche, cenando unas veces en Brooklyn, en nuestro apartamento (donde invitábamos a John y preparábamos nosotros la comida), y otras dándonos extraordinarias comilonas en Chez Pierre, un restaurante nuevo y bastante caro del West Village (donde John siempre insistía en pagar la cuenta). En principio, el programa de aquella noche consistía en encontrarnos en el bar de Chez Pierre a las siete y media, pero John había llamado unos días antes para decirnos que le pasaba algo en la pierna y que tendríamos que cancelar la cita. Resultó que le había dado una flebitis (inflamación de una vena debida a la presencia de un coágulo de sangre), pero luego volvió a llamar el viernes por la tarde para decirnos que se encontraba algo mejor. No podía andar, nos advirtió, pero si no nos importaba ir a su apartamento y encargar comida china para que nos la subieran, quizá podríamos cenar juntos a pesar de todo.

– Me fastidiaría no veros a Gracie y a ti -afirmó-. Y de todas formas hay que comer, así que ¿por qué no cenamos juntos aquí? Con la pierna en alto, ya casi no me duele. [4]4

Yo le había robado el apartamento para mi historia del cuaderno azul, y cuando llegamos a la calle Barrow y John abrió la puerta para hacernos pasar, tuve la extraña sensación, no enteramente desagradable, de que entraba en un espacio imaginario, de que pisaba una habitación que no estaba allí. Había ido incontables veces a casa de Trause, pero ahora que había pasado varias horas pensando en ella en mi apartamento de Brooklyn, poblándola con los personajes imaginarios de mi relato, parecía pertenecer tanto al universo de la ficción como al mundo de los objetos materiales y los seres humanos de carne y hueso. Contra todo pronóstico, aquella sensación no desapareció. Si acaso, fue creciendo a medida que avanzaba la noche, y cuando llegó la comida china a las ocho y media, yo ya estaba instalándome en lo que habría podido denominarse (a falta de un término más preciso) un estado de doble conciencia. Por un lado formaba parte de lo que estaba pasando a mi alrededor, y por otro me sentía aislado del entorno, dejaba que mi imaginación vagara con toda libertad y me veía sentado a la mesa de mi cuarto de trabajo en Brooklyn, escribiendo sobre aquel apartamento en el cuaderno azul, mientras seguía sentado en una butaca en el último piso de un dúplex de Manhattan, anclado firmemente en mi cuerpo, escuchando lo que decían John y Grace e incluso añadiendo algunas observaciones de mi cosecha. No es insólito que una persona esté abstraída hasta el punto de parecer ausente, pero el caso era que yo no estaba ausente. Me encontraba en aquel espacio, plenamente inmerso en lo que estaba sucediendo; y al mismo tiempo no me hallaba allí, porque aquel sitio ya no pertenecía al mundo real. Era un ámbito ilusorio que existía en mi imaginación, y también el lugar donde yo estaba. En los dos sitios al mismo tiempo. En el apartamento y en la historia. En la historia desarrollada en el apartamento que seguía escribiendo en mi cabeza.

John tenía más dolores de lo que estaba dispuesto a reconocer. Fue a abrir la puerta apoyándose en una muleta, y mientras subía las escaleras y luego se dirigía renqueando a su sitio en el sofá -un mueble enorme, hundido en el medio, con un montón de almohadas y mantas para apoyar la pierna-, vi la mueca de dolor en su rostro, el sufrimiento que le costaba cada paso. Pero John no iba a hacer muchos aspavientos por eso. Había combatido en el Pacífico como soldado raso a los dieciocho años al final de la Segunda Guerra Mundial, y pertenecía a esa generación de hombres que consideraban una cuestión de honor el hecho de no autocompadecerse, que rehuían desdeñosamente las atenciones de cualquiera que se preocupara por ellos. Aparte de hacer algún comentario socarrón sobre Richard Nixon, que había dado cierta resonancia cómica a la palabra flebitis en la época de su administración, John se negó tercamente a hablar de su dolencia. No, eso no es enteramente exacto. Cuando pasamos a la habitación de arriba, permitió que Grace lo ayudara a instalarse en el sofá y a colocar de nuevo las almohadas y las mantas, disculpándose por lo que él denominaba su «estúpida decrepitud». Luego, una vez que se hubo acomodado en su sitio, se volvió hacia mí y dijo:

– Qué buena pareja hacemos, ¿verdad, Sid? Tú, con tus temblores y hemorragias nasales, y ahora yo con esta pierna. Sí que estamos bien jodidos, coño.

Trause nunca había prestado demasiada atención a su aspecto, pero aquella noche parecía especialmente desaliñado, y al ver lo arrugados que tenía los vaqueros y el suéter de algodón -por no hablar del matiz grisáceo que había teñido la parte baja de sus calcetines blancos- supuse que llevaba la misma ropa desde hacía varios días. Como es lógico, estaba despeinado, y en la nuca tenía el pelo aplastado y tieso de haberse pasado horas y horas tumbado en el sofá desde hacía una semana. Lo cierto era que John estaba demacrado, mucho más viejo de lo que siempre me había parecido, pero cuando alguien tiene dolores y sin duda duerme poco a consecuencia de ello, no cabe esperar que ofrezca su mejor aspecto. Yo no me alarmé por su apariencia, pero Grace, que normalmente era la persona más inmutable que conocía, pareció asustarse y quedarse preocupada al ver el estado en que se encontraba John. Antes de que pudiéramos centrarnos en la cuestión de pedir la cena se pasó diez minutos acribillándole a preguntas sobre médicos, medicinas y diagnósticos, y luego, cuando John la convenció de que no se iba a morir, pasó revista a toda una serie de asuntos prácticos: hacer la compra, cocinar, sacar la basura, lavar la ropa, los quehaceres cotidianos. Madame Dumas se ocupaba de todo, informó John refiriéndose a la señora de la Martinica que le limpiaba el apartamento desde hacía dos años. Y cuando ella no podía ir, acudía su hija.

– Veinte años -añadió-, y muy inteligente. Y además está de buen ver, dicho sea de paso. Parece que en vez de caminar se desliza por la habitación, como si no tocara el suelo con los pies. Me viene bien para practicar el francés.

Dejando aparte la cuestión de la pierna, John parecía contento de estar con nosotros, y se mostró más locuaz de lo habitual en tales ocasiones, no dejando de parlotear durante la mayor parte de la noche. No estoy seguro, pero creo que era el dolor lo que le soltaba la lengua y le hacía hablar por los codos. La charla parecía distraerlo del tumulto que corría por su pierna, procurándole una especie de desenfrenado alivio. Aparte de las grandes cantidades de alcohol que ingería. Siempre que se abría una botella, John era el primero en alargar la copa, y, de las tres botellas que cayeron aquella noche, aproximadamente la mitad del contenido acabó en su organismo. Lo cual suponía botella y media de vino, además de los dos vasos de whisky escocés puro que se bebió después. Yo ya le había visto trasegar esas cantidades en otras ocasiones, pero por mucho alcohol que consumiera nunca daba muestras de estar borracho. No arrastraba las palabras, no se le ponían los ojos vidriosos. Era un individuo corpulento -un metro ochenta y siete, algo menos de noventa kilos-, y podía aguantarlo.

– Más o menos una semana antes de que me empezara a doler la pierna -empezó a contarnos-, me llamó Richard, el hermano de Tina [5]. Hacía mucho tiempo que no tenía noticias suyas. Desde el día del entierro, en realidad, lo que significa que hace ya unos ocho años…, más de ocho años. Nunca tuve mucha relación con su familia mientras estuvimos casados, y cuando murió no me molesté en seguir en contacto con ellos. Ni ellos conmigo, si vamos a eso. Bueno, no es que me importe mucho. Todos esos Ostrow, los hermanos, con su asquerosa tienda de muebles de la Avenida Springfield, sus aburridas mujeres y sus insípidos hijos. Tina tenía unos ocho o nueve primos carnales, pero ella era la única con temple en la familia, la única con agallas para salir de aquel pequeño mundo de Nueva Jersey y tratar de hacer algo en la vida. Así que me sorprendió que Richard me llamara el otro día. Ahora vive en Florida, según me dijo, y tenía que venir a Nueva York en viaje de negocios. ¿Me apetecería salir a cenar con él? A algún sitio bonito, me dijo, invitaba él. Como no tenía otros planes, acepté. No sé por qué lo hice, pero tampoco había ninguna razón de peso para negarme, de manera que quedamos en encontrarnos al día siguiente a las ocho de la noche.

»Tenéis que entender una cosa de Richard. Siempre me ha dado la impresión de ser una persona insignificante. Es un año menor que Tina, por lo que ahora debe de andar por los cuarenta y tres, y salvo por unos momentos de gloria cuando jugaba al baloncesto en el instituto, la mayor parte del tiempo ha ido dando tumbos por ahí, primero cambiando dos o tres veces de universidad para suspender exámenes, y luego pasando de un empleo deprimente a otro, sin casarse, sin madurar verdaderamente. De carácter agradable, supongo, pero soso y apagado, siempre con la boca abierta y un aspecto de lelo que me saca de quicio. Lo único que alguna vez me ha gustado de él era su devoción por Tina. La quería tanto como yo, eso es seguro, un hecho indiscutible, y no voy a negar que fue un buen hermano para ella, un hermano ejemplar. Tú estuviste en el entierro, Gracie. Recuerdas lo que pasó. Asistieron cientos de personas, y todos los presentes en la capilla lloraban, sollozaban, gemían profundamente consternados. Fue una oleada de dolor colectivo, un sufrimiento a una escala que yo no había conocido jamás. Pero, de todos los asistentes al duelo, Richard era el que más sufría. El y yo juntos, sentados en el primer banco. Cuando acabó la ceremonia, casi se desmayó al tratar de ponerse en pie. Tuve que sujetarlo con todas mis fuerzas para que no se derrumbara. Literalmente tuve que abrazarlo para que no se cayera redondo al suelo.

»Pero eso fue hace años. Pasamos juntos aquel trauma y luego le perdí la pista. Cuando acepté cenar con él la otra noche, esperaba pasar un rato aburrido, aguantar como fuese un par de horas de conversación insustancial y después largarme corriendo a casa. Pero me equivoqué. Me alegra decir que estaba equivocado. Siempre me resulta estimulante descubrir nuevos ejemplos de mis prejuicios, darme cuenta de mi propia estupidez, de que no sé ni la mitad de lo que creo saber.

»Todo empezó con el placer de verle la cara. Había olvidado cuánto se parecía a su hermana, los muchos rasgos que tenían en común. Los mismos ojos rasgados, la curva de la barbilla, la boca elegante, el puente de la nariz: era Tina en un cuerpo de hombre, o en cualquier caso, breves destellos de ella que fulguraban en los momentos más inesperados. Me abrumaba el hecho de tenerla así otra vez, de sentir de nuevo su presencia, de ver que una parte de ella seguía viviendo en su hermano. En un par de ocasiones Richard volvió la cabeza de cierta manera, hizo un gesto determinado, movió los ojos de una forma especial, y me sentí tan conmovido que me dieron ganas de levantarme de la silla y darle un beso por encima de la mesa. Un besazo en los labios; un ósculo integral. A lo mejor os reís, pero lamento mucho no haberlo hecho.

»Richard seguía igual, era el mismísimo Richard de siempre, pero en cierto modo había mejorado, parecía más a gusto consigo mismo. Se ha casado y tiene dos hijas pequeñas. Puede que eso le haya servido de algo. O quizá sea que es ocho años mayor, no sé. Continúa ganándose laboriosamente la vida con uno de esos empleos insustanciales (vendedor de piezas de ordenador, asesor de gestión, se me ha olvidado a qué se dedica) y sigue pasándose las tardes delante de la televisión. Partidos de fútbol, telecomedias, series policíacas, documentales de naturaleza; de la televisión, le encanta todo. Pero nunca lee, le trae sin cuidado lo que pasa en el mundo y ni siquiera aparenta que tiene opinión sobre nada. Hace dieciséis años que lo conozco, y en todo ese tiempo no se ha tomado una sola vez la molestia de abrir un libro mío. No me importa, desde luego, pero lo menciono para que os hagáis una idea de lo vago que es, de su absoluta falta de curiosidad. Y sin embargo la otra noche lo pasé bien con él. Disfruté oyéndole hablar de sus programas de televisión favoritos, de su mujer y sus dos hijas, de cómo cada vez juega mejor al tenis, de las ventajas de vivir en Florida en comparación con Nueva Jersey. Mejor clima, ya sabéis. Se acabaron las tormentas de nieve y los inviernos heladores; verano todos los días del año. Tan común y corriente, muchachos, tan jodidamente satisfecho y, sin embargo…, ¿cómo decir…?, tan enteramente en paz consigo mismo, tan conforme con la vida que casi me dio envidia.

»Así que allí estábamos, cenando en uno de tantos restaurantes del centro, sentados frente a una cena sin demasiado interés, charlando de cosas sin gran importancia, cuando Richard alzó de pronto la cabeza del plato y empezó a contarme una historia. Por eso es por lo que os estoy diciendo todo esto, para llegar al relato de Richard. No sé si estaréis de acuerdo conmigo, pero a mí me parece una de las cosas más interesantes que he oído en mucho tiempo.

»Hace tres o cuatro meses, Richard estaba en el garaje de su casa, buscando algo en una caja de cartón, cuando se encontró con un estereoscopio. Recordaba vagamente que sus padres lo habían comprado cuando era niño, pero no se acordaba de en qué circunstancias ni para qué lo utilizaban. A menos que hubiera borrado la experiencia de su memoria, estaba casi seguro de que nunca había mirado por el visor, de que jamás lo había tenido siquiera en las manos. Cuando lo sacó de la caja y empezó a examinarlo, vio que no era uno de esos objetos baratos y endebles que sirven para mirar fotografías ya preparadas de sitios turísticos y paisajes bonitos. Era un aparato, óptico sólido y bien construido, una espléndida reliquia de la manía de las tres dimensiones de principios de los cincuenta. Aquella moda, que no duró mucho, consistía en que la gente tomara sus propias fotos tridimensionales con una cámara especial, las revelara en forma de diapositivas y luego las viera con el estereoscopio, que servía como una especie de álbum de fotografías en relieve. No encontró la cámara, pero sí una caja de diapositivas. Sólo había doce, me dijo, lo que parecía sugerir que sus padres no habían hecho más que un carrete con su cámara de moda, guardándola luego en algún sitio para olvidarse completamente de ella.

»Sin saber con lo que podía encontrarse, Richard puso una de las diapositivas en el visor, pulsó el botón que iluminaba el fondo y echó una mirada. En un instante, según me contó, se volatilizaron treinta años de su vida. De pronto se encontraba en 1953, en el cuarto de estar de la casa de su familia en West Orange, Nueva Jersey, entre los invitados al decimosexto cumpleaños de Tina. Ahora lo recordaba todo: la puesta de largo de su hermana, los camareros que servían en la fiesta desenvolviendo la comida en la cocina y alineando copas de champán en la encimera, el sonido del timbre de la puerta, el barullo de voces, el peinado con moño de Tina, el susurro de su largo vestido amarillo. Una tras otra, fue cambiando las diapositivas hasta poner las doce en el aparato. Todo el mundo estaba allí, aseguró. Su madre y su padre, sus primos, sus tíos, sus tías, su hermana, las amigas de su hermana, incluso él mismo, un escuálido adolescente de catorce años con su nuez protuberante, pelo cortado a cepillo y pajarita roja de clip. No era igual que ver fotografías normales, me explicó. Tampoco era lo mismo que ver películas domésticas, que siempre decepcionan con sus imágenes entrecortadas y sus colores desvaídos, con esa sensación de pertenecer a un pasado remoto. Las fotografías en tres dimensiones estaban increíblemente bien conservadas, tenían una nitidez sobrenatural. Todos los que salían parecían estar vivos, pletóricos de energía, presentes en aquel mismo momento, como formando parte de un eterno ahora que se había ido perpetuando a sí mismo a lo largo de casi treinta años. Colores intensos, que realzaban con toda claridad hasta el más mínimo detalle, creando ilusión de profundidad, de espacio alrededor. Cuanto más miraba las diapositivas, me dijo Richard, más impresión le daban los personajes de respirar, y cada vez que se detenía y pasaba a la siguiente, le parecía que si la hubiera mirado un poco más, sólo un momento más, habrían empezado a moverse de verdad.

»Después de verlas todas de la primera a la última, volvió a verlas de nuevo, y la segunda vez fue tomando conciencia poco a poco de que la mayoría de las personas retratadas ya estaban muertas. Su padre, fallecido de un ataque al corazón en 1969. Su madre, que murió en 1972 a consecuencia de un ataque renal. Tina, de cáncer, en 1974. Y de los seis tíos y tías que asistieron aquel día, cuatro ya estaban muertos y enterrados. En una de las fotos salía él en el jardín, con sus padres y Tina. Sólo estaban los cuatro -cogidos del brazo, apoyados los unos en los otros, una hilera de cuatro rostros sonrientes, ridículamente animados, haciendo el tonto delante de la cámara-, y cuando Richard puso la diapositiva en el visor por segunda vez, los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquélla fue la que pudo con él, me confesó, la que acabó derrotándolo. De pronto comprendió que se encontraba en el césped con tres fantasmas, que era el único superviviente de aquella tarde de treinta años atrás, y una vez que se le saltaron las lágrimas, no pudo hacer nada para contenerlas. Dejó el estereoscopio, se llevó las manos a la cara y prorrumpió en sollozos. Ésa fue la palabra que empleó cuando me contó la historia: sollozar. "Sollocé hasta que no pude más", explicó. "Me quedé deshecho."

»Se trataba de Richard, no lo olvidéis, una persona sin poesía alguna, un hombre con la sensibilidad de un picaporte; pero que cuando encontró esas fotografías, no podía pensar en otra cosa. El estereoscopio era como una linterna mágica que le permitía viajar en el tiempo y visitar a los muertos. Miraba las fotografías por la mañana, antes de salir a trabajar, y las miraba de nuevo por la tarde, cuando volvía a casa. Siempre en el garaje, a solas, lejos de su mujer y sus hijas, volviendo obsesivamente a aquella tarde de 1953, incapaz de cansarse de verlas. El hechizo duró dos meses, y luego una mañana Richard fue al garaje y el visor no funcionaba. El aparato se había atascado, era imposible apretar el botón para que se encendiera la luz. A lo mejor es que lo había utilizado demasiado, me dijo, y como no sabía arreglarlo supuso que se había terminado la aventura, que se había quedado de un plumazo sin aquella cosa maravillosa que había descubierto. Fue una pérdida catastrófica, la más cruel de las privaciones. Ni siquiera podía mirar las diapositivas poniéndolas a contraluz. Las transparencias en tres dimensiones no son diapositivas convencionales, y se necesita el estereoscopio para traducirlas a imágenes coherentes. Sin aparato, no hay imagen. Sin imágenes, se acabaron los viajes al pasado. Sin viajes al pasado, se terminó la alegría. Otro periodo de luto, otro tiempo de dolor; como si después de traer a los muertos de vuelta a la vida tuviera que enterrarlos otra vez.

»Ésa era la situación cuando lo vi hace dos semanas. El aparato estaba roto y Richard seguía tratando de entender lo que le había sucedido. No podéis imaginar lo que me emocionó su historia. Ver a aquel individuo inculto y vulgar convertido en un filósofo soñador, en un espíritu angustiado en busca de lo inalcanzable. Le dije que estaba dispuesto a hacer cuanto estuviera en mi mano para ayudarlo. Estamos en Nueva York, le recordé, y como en esta ciudad se puede encontrar cualquier cosa que exista en el mundo, tiene que haber alguien que sea capaz de arreglarlo. Richard pareció sentirse un tanto incómodo por mi entusiasmo, pero me agradeció el ofrecimiento y ahí dejamos el asunto. A la mañana siguiente, me puse en movimiento. Hice unas cuantas llamadas, investigué un poco y al cabo de un par de días localicé al dueño de una tienda de cámaras en la calle Treinta y uno Oeste que creía que podía arreglar el estereoscopio. Richard ya había vuelto a Florida, y cuando lo llamé aquella noche para darle la noticia pensé que se entusiasmaría, que enseguida empezaríamos a hablar de cómo embalar el aparato y mandarlo a Nueva York. Pero entonces hubo una larga pausa al otro extremo de la línea. "No sé, John", dijo Richard al cabo. "Lo he estado pensando mucho desde que nos vimos, y a lo mejor no es tan buena idea que me pase el tiempo mirando esas fotografías. Arlene estaba muy preocupada y yo no prestaba mucha atención a las niñas. Quizá sea mejor así. Hay que vivir en el presente, ¿no es verdad? El pasado, pasado está, y por mucho que mire esas fotos, jamás podré recuperarlo."

Y así acababa la historia. Un final decepcionante, según John, pero Grace no estaba de acuerdo con él. Después de estar dos meses comunicándose con los muertos, Richard se había puesto en peligro, afirmó ella, y quizá corría el riesgo de caer en una grave depresión. Yo estaba a punto de decir algo en aquel preciso instante, pero justo cuando abría la boca para exponer mi punto de vista, me empezó a sangrar otra vez la nariz. Eso me ocurría desde un par de meses antes de ingresar en el hospital, y aun cuando habían desaparecido casi todos los demás síntomas, aquellas infernales hemorragias persistían, se presentaban siempre, al parecer, en los momentos más inoportunos y nunca dejaban de causarme un fastidio considerable. No soportaba perder el dominio de mí mismo, encontrarme tranquilamente sentado en una habitación como lo estaba aquella noche, por ejemplo, tomando parte en una conversación, notar de pronto que me salía sangre a borbotones y ver cómo se me manchaban la camisa y el pantalón, sin poder hacer ni puñetera cosa por remediarlo. Los médicos me habían dicho que no me preocupara -no había secuelas clínicas, ni señales de problemas inminentes-, pero eso no hacía que me sintiera menos desvalido y avergonzado. Cada vez que me salía sangre de la nariz, me sentía como un niño que se mea en los pantalones.

Me levanté de un salto de la butaca y, llevándome un pañuelo a la cara, me precipité hacia el baño más próximo. Grace me preguntó si necesitaba ayuda, y debí de darle una respuesta un tanto desagradable, aunque no recuerdo lo que dije. «No te molestes», quizá, o «Déjame en paz». Algo con la suficiente mala uva como para que hiciese gracia a John, en cualquier caso, porque recuerdo claramente que oí cómo se reía cuando yo salía de la habitación. «Otra vez la fiel compañera», comentó. «La napia menstruante de Orr. No te deprimas por eso, Sidney. Al menos tienes la seguridad de que no estás embarazado.»

La casa tenía dos baños, uno en cada nivel del dúplex. En circunstancias normales habríamos pasado la tarde abajo, en el comedor y la sala de estar, pero la flebitis de John nos había obligado a subir a la segunda planta porque allí era donde él pasaba ahora la mayor parte del tiempo. La habitación del piso de arriba era una especie de salón suplementario, una estancia pequeña, cómoda y agradable, de amplios ventanales, estanterías con libros a lo largo de tres paredes y espacios empotrados para la televisión y el equipo de sonido estereofónico: el enclave perfecto para la convalecencia de un inválido. El cuarto de baño de aquella planta estaba junto al dormitorio de John, y para llegar a él tuve que cruzar el estudio, el cuarto donde escribía. Encendí la luz al entrar, pero estaba demasiado preocupado por la hemorragia para prestar atención a otra cosa. Debí de pasar unos quince minutos en el baño, con la cabeza echada hacia atrás y comprimiéndome las fosas nasales, pero cuando esos antiguos remedios empezaron a surtir efecto ya había perdido tanto líquido que me pregunté si no tendría que acudir al hospital para que me hicieran una transfusión de emergencia. Qué impresión producía el rojo de la sangre contra el blanco del lavabo de porcelana, pensé. Con cuánta viveza llegaba aquel color a la imaginación, vaya sacudida estética. En comparación, los demás fluidos que segregábamos eran pálidos, chorritos apagados. Babas blancuzcas, semen lechoso, meados amarillos, mocos verdosos. Excretábamos colores de otoño e invierno, pero corriendo invisible por nuestras venas, la esencia misma que nos mantenía con vida, estaba el carmesí de un pintor enloquecido: un rojo brillante como pintura fresca.

Cuando cedió el acceso, me quedé un rato frente al lavabo, haciendo lo posible por recuperar un aspecto presentable. Era demasiado tarde para quitarme las salpicaduras de la ropa (se habían solidificado, formando unos circulitos herrumbrosos que embadurnaron el tejido cuando intenté quitarlos), pero me lavé bien la cara y las manos y me mojé el pelo, peinándome después con el peine de John para rematar la tarea. Ya no me daba tanta lástima de mí mismo, me encontraba algo menos maltrecho. Seguía teniendo la camisa y los pantalones adornados con horribles lunares, pero el torrente ya no fluía, y felizmente se me había mitigado el escozor de la nariz.

Al cruzar la habitación de John y entrar en su cuarto de trabajo, eché una mirada al escritorio. No directamente, en realidad, sino abarcando la totalidad de la estancia mientras me dirigía a la puerta, pero allí, rodeado de un surtido de plumas, lápices y desordenados montones de papeles, saltaba a la vista un cuaderno azul de tapa dura bastante similar al que me había comprado en Brooklyn aquella misma mañana. La mesa de un escritor es un lugar sagrado, el santuario más íntimo del mundo, y está prohibido que los extraños se acerquen a él sin permiso. Nunca había estado en el estudio de John, pero me llevé tal sorpresa y sentí tal curiosidad por saber si el cuaderno era igual que el mío, que olvidé la discreción y me acerqué a echar un vistazo. El cuaderno estaba cerrado, puesto sobre un diccionario pequeño, y en el momento en que me agaché para examinarlo, vi que era exactamente igual que el que yo tenía en casa encima del escritorio. Por motivos que sigo sin explicarme, el descubrimiento me produjo una enorme agitación. ¿Qué más daba el tipo de cuaderno que utilizara John? Había vivido un par de años en Portugal, y sin duda aquellos cuadernos serían allí un artículo normal y corriente, fácil de conseguir en cualquier papelería. ¿Por qué no iba a escribir en un cuaderno azul de tapa dura hecho en Portugal? No había razón ni motivo alguno, y sin embargo, dadas las agradables y deliciosas sensaciones que había experimentado por la mañana al comprarme el cuaderno azul, y teniendo en cuenta que aquel mismo día me había pasado varias y fructíferas horas escribiendo en él (mis primeras tentativas literarias en casi un año), sin olvidar que había estado pensando en esos esfuerzos durante toda la noche en casa de John, aquello me pareció una conjunción asombrosa, un numerito de magia negra.

No pensaba mencionarlo al volver al cuarto de estar. Era un poco de locos, en cierto modo, demasiado extravagante y personal, y no quería dar a John la impresión de que había adquirido la costumbre de fisgonear en sus cosas. Pero al entrar en la habitación y verlo tumbado en el sofá, con la pierna en alto y mirando al techo con un tinte sombrío y derrotado en los ojos, cambié súbitamente de idea. Grace estaba abajo, en la cocina, fregando los platos y tirando a la basura los restos de la cena que nos habían traído del restaurante, así que me senté en la butaca que ella había ocupado antes y que por casualidad se encontraba justo a la derecha del sofá, a poco más de medio metro de la cabeza de John. Me preguntó si estaba mejor. Sí, respondí, mucho mejor, y entonces me incliné hacia él y le dije:

– Hoy me ha pasado una cosa de lo más extraña. Esta mañana, dando mi paseo de costumbre, he entrado en una papelería y me he comprado un cuaderno. Era un cuaderno tan exquisito, un objeto tan atractivo y tentador, que enseguida me han dado ganas de escribir. Y en cuanto he llegado a casa, me he sentado a la mesa y me he pasado dos horas y media escribiendo en él.

– Ésa es una buena noticia, Sidney -comentó John-. Has empezado a trabajar otra vez.

– El episodio de Flitcraft.

– Ah, mejor aún.

– Ya veremos. Hasta ahora no son más que notas para un borrador, nada del otro mundo. Pero el cuaderno parece haberme puesto las pilas, y estoy impaciente por utilizarlo mañana otra vez. Es azul oscuro, un tono muy bonito de azul, de tapa dura y con una tira de tela abarcando el lomo. Hecho ni más ni menos que en Portugal, figúrate.

– ¿En Portugal?

– No sé en qué ciudad. Pero en la contracubierta hay una etiquetita que dice MADE IN PORTUGAL.

– ¿Cómo demonios has encontrado en tu barrio una cosa así?

– Han abierto una papelería nueva, el Palacio de Papel. El dueño se llama Chang. Le quedan otros cuatro.

– Siempre que iba a Lisboa me compraba cuadernos de ésos. Son muy buenos. Muy sólidos. Una vez que se empieza a utilizarlos, no apetece escribir en otro papel.

– Hoy he tenido esa misma sensación. Espero que no signifique que vayan a crearme dependencia.

– Dependencia quizá sea una palabra un poco fuerte, pero es indudable que son sumamente tentadores. Ten cuidado, Sid. Hace años que los utilizo, y sé de lo que estoy hablando.

– Cualquiera que te oiga diría que son peligrosos.

– Depende de lo que escribas. Esos cuadernos son muy agradables, pero también pueden ser crueles, y tienes que estar atento para no perderte.

– Pues tú no pareces muy perdido; acabo de ver uno en tu mesa, cuando salía del baño.

– Compré un montón antes de volver a Nueva York. Lamentablemente, el que has visto es el último que me queda, y casi lo he terminado. No sabía que podían encontrarse en Estados Unidos. Estaba pensando en escribir al fabricante para encargarle unos cuantos.

– El dueño de la tienda me ha dicho que la fábrica ha cerrado.

– Menuda racha tengo. Pero no me sorprende. Al parecer no tienen mucha demanda.

– El lunes puedo comprarte uno, si quieres.

– ¿Queda alguno azul?

– Negro, rojo y marrón. Yo he comprado el último azul.

– Lástima. El azul es el único color que me gusta. Como la empresa ha dejado de existir, supongo que ahora tendré que contraer nuevos hábitos.

– Qué curioso, pero cuando los he visto esta mañana, me he ido derecho por el azul. Me atraía mucho, era como si no pudiera resistirlo. ¿Qué podrá significar eso, en tu opinión?


– No significa nada, Sid. Salvo que estás un poco ido de la cabeza. Y yo estoy tan chalado como tú. Escribimos libros, ¿no es verdad? ¿Qué otra cosa se puede esperar de gente como nosotros?

Las calles de Nueva York están siempre atestadas de gente los sábados por la noche, pero aquélla en particular el gentío era más denso que de costumbre, y entre una cosa y otra tardamos más de una hora en llegar a casa. Grace consiguió parar un taxi frente al portal de John, pero cuando subimos y le dijimos que íbamos a Brooklyn, el taxista alegó que tenía poca gasolina y no podía hacer la carrera. Empecé a montar un follón, pero Grace me cogió del brazo y con mucho tacto me hizo bajar del taxi. Después no volvió a aparecer ninguno, de manera que nos encaminamos a la Séptima Avenida, abriéndonos paso entre escandalosas pandillas de chavales borrachos y una media docena de mendigos trastornados. El Village vibraba de energía aquella noche, una cacofonía de manicomio que amenazaba con un estallido de violencia en cualquier momento, y me resultaba agotador avanzar entre aquel gentío, bien agarrado al brazo de Grace para mantener el equilibrio. Estuvimos más de diez minutos parados en la esquina de Barrow y la Séptima, y hasta que al fin nos paró un taxi, Grace llegó a disculparse unas seis veces por haberme obligado a salir del otro.

– Siento no haberte dejado que armaras un escándalo -confesó-. Es culpa mía. Lo que menos necesitas es estar parado en la calle con este frío, pero no me gusta discutir con gente estúpida. Es algo que me descompone.

Pero aquella noche Grace no estaba descompuesta únicamente por la estupidez de algunos taxistas. Momentos después de subir al segundo taxi, inexplicablemente, se puso a llorar. No con gran aparato, no con jadeantes prolongados sollozos, sino que el llanto se le empezó a agolpar en el rabillo de los ojos, y cuando paramos delante de un semáforo rojo en Clarkson y la luz de las farolas de la calle irrumpió en el interior del taxi, vi cómo refulgían sus lágrimas, que le inundaban los globos oculares como pequeñas lentes de aumento. Grace nunca se derrumbaba así. Nunca lloraba ni mostraba sus emociones, e incluso en los momentos de mayor tensión (durante mi enfermedad, por ejemplo, sobre todo en las primeras y desesperadas semanas de mi estancia en el hospital) parecía desplegar una capacidad innata para dominarse, para enfrentarse a las verdades más siniestras. Le pregunté lo que le pasaba, pero ella se limitó a sacudir la cabeza y volver la cara. Cuando la rodeé con el brazo y le repetí la pregunta, me apartó la mano con un brusco encogimiento de hombros; que era algo que nunca había hecho. No se trataba de un gesto realmente hostil, pero Grace tampoco solía comportarse así, y reconozco que me sentí un tanto dolido. Como no quería importunarla ni darle a entender que me había molestado su actitud, me retiré al otro extremo del asiento y esperé en silencio mientras el taxi avanzaba lentamente hacia el sur por la Séptima Avenida. Cuando llegamos al cruce de Canal con Varick, nos vimos atrapados durante varios minutos en un atasco. Era un embotellamiento monumenta coches y camiones que tocaban el claxon, los conductores gritándose tacos unos a otros, el caos neoyorquino en su más pura esencia. En medio de todo aquel jaleo y desconcierto, Grace se volvió bruscamente hacia mí y se disculpó.

– Es que John estaba tan descompuesto esta noche… -explicó-. Todos los hombres que quiero se están haciendo pedazos. Empieza a ser un poco difícil de sobrellevar.

No la creí. Yo iba mejorando, y no parecía muy convincente que Grace estuviera tan desalentada por la transitoria dolencia de John. Otra cosa la atormentaba, algún problema íntimo que no estaba dispuesta a compartir conmigo, pero yo sabía que si empezaba a insistir para que se desahogara, no haría sino empeorar las cosas. Le rodeé el hombro con el brazo y la atraje suavemente hacia mí. No ofreció resistencia esta vez. Sentí que relajaba los músculos y un momento después se acurrucaba contra mí y apoyaba la cabeza en mi pecho. Le puse la mano en la frente y empecé a acariciarle el pelo. Era un antiguo ritual nuestro, la expresión de una muda intimidad que seguía definiendo nuestra identidad de pareja, y como nunca me aburría de tocar a Grace, como nunca me cansaba de pasarle las manos por alguna parte del cuerpo, continué haciéndolo, repitiendo los gestos docenas de veces mientras nos abríamos camino hacia la parte oeste de Broadway y poco a poco nos acercábamos al puente de Brooklyn.

Estuvimos varios minutos sin decir palabra. Cuando el taxi dobló a la izquierda por la calle Chambers y se dirigió a la embocadura del puente, todas las vías de acceso estaban atascadas y apenas podíamos avanzar. El taxista, que se llamaba Boris Stepanovich, farfullaba maldiciones en ruso, sin duda lamentando la locura de tratar de cruzar el puente de Brooklyn un sábado por la noche. Me incliné hacia delante y traté de animarlo hablándole por la ranura por donde se pasaba el dinero, a través de la mampara de plástico llena de rayajos. No se preocupe, le dije, la paciencia siempre tiene su recompensa. ¿Ah, sí?, contestó. ¿Y qué me vale eso? Una buena propina, respondí. Con tal de que nos deje sanos y salvos en nuestro destino, recibirá usted la mayor propina de la noche.


Grace soltó una pequeña carcajada ante la incorrección -¿Y qué me vale eso?, lo que consideré una señal de que se le iba pasando el berrinche. Volví a recostarme en el asiento para continuar acariciándole la cabeza, y mientras subíamos por el puente a paso de tortuga, a una velocidad que no llegaba a los dos kilómetros por hora, suspendidos sobre el río con el resplandor de los edificios bañados en luz a nuestra espalda y la Estatua de la Libertad a la derecha, empecé a hablar -sin ton ni son, por decir algo- con objeto de retener su atención y evitar que volviera a alejarse de mí.

– Esta noche he hecho un descubrimiento interesante. -Algo bueno, supongo.

– He descubierto que John y yo tenemos la misma pasión.

– ¿Ah, sí?

– Resulta que los dos estamos enamorados del color azul. En particular, de una difunta serie de cuadernos que antes hacían en Portugal.

– Bueno, el azul es buen color. Muy tranquilo, muy sereno. Es agradable pensar en él. A mí me gusta mucho, me cuesta trabajo no utilizarlo en todas las cubiertas que me encargan.

– ¿Realmente transmiten emociones los colores?

– Pues claro que sí.

– ¿Y cualidades morales?

– ¿En qué sentido?

– Amarillo, cobardía. Blanco, pureza. Negro, maldad. Verde, inocencia.

– Verde, envidia.

– Sí, eso también. Pero ¿qué significa el azul?

– No sé. Esperanza, quizá.

– Y tristeza. Es un color frío. Sugiere soledad.

– No te olvides de la sangre azul.

– Sí, tienes razón. El azul aristocrático.

– Pero el rojo significa pasión. Todo el mundo está de acuerdo en eso.

– Al rojo vivo. La bandera roja del socialismo.

– La bandera blanca de la rendición.

– La bandera negra del anarquismo. El Partido Verde. -Pero el rojo, amor y odio. Rojo, guerra.

– Se defienden los colores al entrar en combate. ¿No se dice así?

– Creo que sí.

– ¿Has oído la expresión guerra de colores?

– No me suena.

– Es de mi infancia. Tú te pasabas los veranos montando a caballo en Virginia, pero a mí me enviaba mi madre a una colonia de vacaciones al norte del estado. Se llamaba Campamento Pontiac, como el gran jefe indio. A finales del verano nos dividían a todos en dos equipos, y durante cuatro o cinco días competían diversos grupos de ambos bandos.

– ¿Competían en qué?

– Béisbol, baloncesto, tenis, natación, la cuerda…, e incluso carreras de relevos y concursos de canto. Como los colores del campamento eran el rojo y el blanco, un bando se llamaba Equipo Rojo y el otro Equipo Blanco.

– Y eso es la guerra de los colores.

– Para un maniático de los deportes como yo, era tremendamente divertido. Unos años me tocaba en el Equipo Blanco y otros en el Rojo. Al cabo del tiempo, sin embargo, se creó un tercer equipo, una especie de sociedad secreta, una hermandad de almas gemelas. Hace años que no pienso en ello, pero en aquella época fue algo muy importante para mí. El Equipo Azul.


– Una hermandad secreta. Eso me suena a una bobada de críos.

– Eso fue. No…, en realidad no fue eso. Cuando ahora lo pienso, no me parece ninguna estupidez.

– Entonces debías de ser diferente. Ahora no quieres apuntarte a nada.

– No me apunté. Me eligieron. Como miembro fundador. Me sentí muy honrado.

– Ya tenías el Rojo y el Blanco. ¿Qué había de especial en el Azul?

– Se creó cuando yo tenía catorce años. Aquel año llegó un instructor nuevo a la colonia, algo mayor que los demás educadores, en su mayoría estudiantes universitarios de diecinueve o veinte años. Bruce…, Bruce no sé qué…, ya me acordaré luego del apellido. Bruce se había licenciado en filosofía y letras y acababa de terminar el primer curso de derecho en Columbia. Era un individuo pequeño y escuálido, un poco enano, la antítesis del atleta entregado al deporte que trabaja en un campamento de verano. Pero tenía un ingenio agudo y chispeante, siempre hacía preguntas comprometidas. Adler, eso es. Bruce Adler. Aunque todo el mundo lo llamaba el Rabino.

– ¿Y fue él quien inventó el Equipo Azul?

– Más o menos. Para ser exactos, lo recreó como un ejercicio de nostalgia.

– No te entiendo.

– Unos años antes había trabajado de instructor en otra colonia. Los colores de aquel campamento eran el azul y el gris. Cuando estalló la guerra de los colores aquel verano, a Bruce le pusieron en el Equipo Azul, y cuando miró a sus compañeros vio que en su equipo estaba toda la gente que le caía bien, todos los chicos que más respetaba. El Equipo Gris era justo lo contrario: lleno de quejitas y tíos desagradables, la hez del campamento. En el fuero interno de Bruce, las palabras Equipo Azul significaban algo más que unas vulgares carreras de relevos. Representaban un ideal humano, una asociación estrechamente unida de individuos tolerantes y comprensivos, el sueño de una sociedad perfecta.

– Esto se está poniendo muy raro, Sid.

– Lo sé. Pero Bruce no se lo tomaba en serio. Eso era lo bueno del Equipo Azul. Que todo parecía reducirse a una broma.

– No sabía que a los rabinos se les permitiera gastar bromas.

– Probablemente no. Pero Bruce no era rabino. Sólo era un estudiante de derecho con un trabajo de verano que pretendía divertirse un poco. Cuando vino a nuestro campamento, le habló del Equipo Azul a otro instructor, y juntos decidieron crear una nueva agrupación, dándole un aspecto de organización secreta.

– ¿Y cómo te eligieron a ti?

– Fue en plena noche. Yo estaba dormido como un tronco en mi cama, y Bruce y el otro instructor me despertaron zarandeándome. «Vamos», me dijeron, «tenemos que decirte algo», y luego nos llevaron a mí y a otros chicos al bosque guiándonos con linternas. Habían encendido una pequeña hoguera, así que nos sentamos alrededor del fuego y nos explicaron en qué consistía el Equipo Azul, los motivos por los que nos habían elegido como miembros fundadores y los requisitos que debían cumplir los candidatos…, en caso de que quisiéramos recomendar a otros.

– ¿Y cuáles eran?

– Pues no se trataba de nada especial, en realidad. Los miembros del Equipo Azul no se ajustaban a una tipología única, cada uno era una persona distinta e independiente. Pero no se admitía a nadie que no poseyera sentido del humor, cualquiera que fuese la forma en que lo expresara. Hay gente que no para de contar chistes; y hay individuos que con sólo enarcar una ceja en el momento oportuno hacen que todos los presentes se revuelquen de risa. Sentido del humor, simplemente, gusto por las ironías de la vida, apreciación del absurdo. Pero también cierta modestia y discreción, amabilidad para con los demás, un corazón generoso. Nada de fanfarrones ni estúpidos engreídos, ni embusteros ni ladrones. Un miembro del Equipo Azul debía ser curioso, leer libros y tener conciencia de que no podía cambiar el mundo por obra y gracia de su voluntad. Debía ser un observador perspicaz, alguien capaz de establecer finas distinciones morales, un amante de la justicia. Un miembro del Equipo Azul se quitaría la camisa para dársela a cualquier necesitado, aunque preferiría meterle en el bolsillo un billete de diez dólares cuando no se diera cuenta. ¿Empiezas a entenderlo? Era algo así, aunque no sabría decirte exactamente. Todo eso a la vez, cada elemento concreto en interrelación con todos los demás.

– Me acabas de dar la descripción de una buena persona. Pura y simplemente. Mi padre habla del hombre honrado. Betty Stolowitz emplea la palabra mensch. John utiliza los términos no es gilipollas. Es lo mismo.

– Puede. Pero a mí me gusta más Equipo Azul. Lo de equipo supone un vínculo entre los miembros, unos lazos de solidaridad. Si estás en el Equipo Azul, no tienes que explicar tus principios. Se ponen inmediatamente de manifiesto por la forma en que actúas.

– Pero la gente no siempre se comporta de la misma manera. Las personas son buenas en este preciso momento y dentro de un rato se vuelven malas. Cometen errores, Hay buenas personas que hacen cosas malas, Sid.

– Pues claro que sí. No estoy hablando de la perfección.

– Sí, precisamente. Estás hablando de gente que se cree mejor que sus semejantes, que se siente moralmente superior al común de los mortales. Apuesto a que tus amigos y tú teníais un saludo secreto, ¿a que sí? Para distinguiros de la chusma y de los tarados, ¿no es verdad? Para tener la seguridad de que poseíais un conocimiento especial al que los demás no podían acceder porque no eran lo bastante listos.

Joder, Grace. Sólo es una cosa sin importancia de hace veinte años. No hay por qué analizarlo ni interpretarlo de esa manera.

– Pero tú sigues creyendo en esas tonterías. Te lo noto en la voz.

– Yo no creo en nada. En estar vivo; en eso es en lo que creo. Vivir y estar contigo. Eso es lo único que existe para mí, Grace. No hay nada más, ni una sola cosa más en este puñetero mundo.

Era desalentador terminar así la conversación. Mi tentativa tan poco sutil de sacarla de su melancolía había dado resultado al principio, pero luego fui demasiado lejos, mencionando sin querer el tema menos adecuado, y se había vuelto contra mí con aquella denuncia tan cáustica. No era propio de ella hablar con tal beligerancia. Rara vez se molestaba por cuestiones de esa índole, y siempre que teníamos conversaciones de ese tipo (esos diálogos fluctuantes, sinuosos, que giran en torno a cualquier cosa, que pasan azarosamente de una asociación a otra), le hacían gracia las ideas que esgrimía frente a ella, sin tomarlas en serio ni ponerse a discutirlas, contenta con seguirme el juego y dejar que desgranara mis absurdas opiniones. Pero aquella noche no, no la noche del día en cuestión, y como de pronto se esforzaba de nuevo por contener las lágrimas, presa de la misma tristeza que la había invadido al principio del trayecto, me di cuenta de que estaba realmente afligida, de que no podía dejar de pensar en el desconocido problema que la atormentaba. Me habría gustado formularle un montón de preguntas, pero de nuevo me abstuve de hacerlo, sabiendo que no confiaría en mí hasta que se sintiera dispuesta a hablar; suponiendo que eso ocurriera alguna vez.

Para entonces ya habíamos pasado el puente y circulábamos por la calle Henry, una calzada estrecha, flanqueada de edificios sin ascensor, que llevaba de Brooklyn Heights a nuestra casa, en Cobble Hill, un poco más abajo de la Avenida Atlantic. No se trataba de algo personal, de eso estaba seguro. El pequeño arranque de Grace no era tanto una reacción contra mí como contra lo que yo había dicho: una chispa producida por una colisión accidental entre mis palabras y sus propias preocupaciones. Hay buenas personas que hacen cosas malas. ¿Había hecho Grace algo malo? Era imposible saberlo, pero alguien se sentía culpable de algo, resolví, y aun cuando mis palabras hubieran provocado las observaciones defensivas de Grace, estaba casi seguro de que el asunto no tenía nada que ver conmigo. Como para demostrar mi razonamiento, un momento después de cruzar la Avenida Atlantic y acometer el tramo final del trayecto Grace alargó el brazo, me puso la mano en la nuca, me atrajo hacia ella y apretó sus labios contra los míos, introduciendo despacio la lengua en un largo y provocador beso: un ósculo integral, como había dicho Trause.

– Hazme el amor esta noche -musitó-. En cuanto entremos por la puerta, arráncame la ropa y hazme el amor Párteme por la mitad, Sid.

Al día siguiente nos despertamos tarde, y no nos levantamos de la cama hasta las once y media o las doce. Una prima de Grace había venido a pasar el día a la ciudad, y habían quedado en encontrarse en el Guggenheim a las dos, para luego dirigirse al Metropolitan, donde pasarían unas horas viendo la colección permanente. Ver cuadros era la actividad preferida de Grace en los fines de semana, y a eso de la una salió de casa con cierta prisa y medianamente animada. [6] Me ofrecí a acompañarla al metro, pero ya se le estaba haciendo tarde y como la estación se encontraba a buena distancia de casa (había que ir hasta el final de la calle Montague), no quería que yo hiciera un esfuerzo excesivo caminando tantas manzanas a buen paso. La acompañé escaleras abajo y salimos a la calle, pero en la primera esquina nos despedimos y nos marchamos en direcciones opuestas. Grace se apresuró por la calle Court en dirección a los Heights, y yo recorrí tranquilamente unas cuantas manzanas hasta la confitería Landolfi's, donde compré un paquete de tabaco. A eso se redujo mi paseíto del día. Estaba ansioso por volver al cuaderno azul, de manera que en vez de dar mi caminata habitual por el barrio di media vuelta y me dirigí inmediatamente a casa. Diez minutos después me encontraba en el apartamento, sentado a la mesa de mi cuarto de trabajo al final del pasillo. Abrí el cuaderno, fui a la página donde lo había dejado el sábado y me puse a trabajar. No me molesté en leer lo que había escrito hasta entonces. Simplemente cogí la pluma y empecé a escribir. Bowen va en el avión, volando en plena noche hacia Kansas City. Tras la vorágine de gárgolas y alocadas carreras hacia el aeropuerto, una sensación de calma creciente, un sereno vacío en su interior. Bowen no se cuestiona lo que está haciendo. No se arrepiente, no reconsidera la decisión de marcharse de la ciudad y dejar su trabajo, no siente el menor remordimiento por abandonar a Eva. Es consciente de lo duro que será para ella, pero logra convencerse a sí mismo de que al final estará mejor sin él, de que una vez que se reponga del golpe de su desaparición, se le abrirá la posibilidad de empezar una nueva vida, mucho más satisfactoria. Una postura nada admirable ni simpática, pero Bowen está dominado por una idea, y esa idea es de tal amplitud, tan superior a sus mezquinas necesidades y obligaciones, que piensa que no tiene más remedio que plegarse a ella; aun a costa de comportarse de manera irresponsable, de hacer cosas que justo un día antes le habrían parecido repugnantes desde el punto de vista moral. «Los hombres morían por azar», según expresaba Hammett, «y vivían únicamente mientras la ciega casualidad los respetaba… Al ordenar sus asuntos con tan buen criterio, [Flitcraft] había ido en desacuerdo y no en armonía con la vida. Antes de que se hubiera alejado seis metros de donde se había desplomado la viga, comprendió que nunca volvería a estar en paz hasta haberse adaptado a aquel nuevo vislumbre de la vida. Cuando terminó el almuerzo, ya había encontrado la manera de conseguirlo. El azar de una viga caída podía poner fin a su vida: él cambiaría su vida mediante el azar de una simple huida.»

A mí no tenían que parecerme bien los actos de Bowen para escribir sobre ellos. Bowen era Flitcraft, y Flitcraft se había conducido de la misma manera con su mujer en la novela de Hammett. Ésa era la idea que servía de base a la historia, y yo no iba a incumplir el trato que había hecho conmigo mismo de no apartarme de esa premisa. Al mismo tiempo, comprendía que en todo aquello había algo más aparte de Bowen y de lo que le ocurre después de abordar el avión. También había que tener en cuenta a Eva, y por mucho que siguiera las aventuras de Nick en Kansas City, no haría justicia a la historia a menos que volviera a Nueva York y explorara lo que le estaba sucediendo a ella. Su destino era para mí tan importante como el de su marido. Bowen busca la indiferencia, la tranquila afirmación de las cosas tal como son, mientras que Eva, víctima de las circunstancias, está en guerra con esas mismas cosas, y desde el momento en que Nick no vuelve de su recado a la vuelta de la esquina, empieza a debatirse en un mar de emociones contradictorias: pánico y angustia, desesperación, cólera y pesar. Me entusiasmaba la idea de introducirme en aquel suplicio, de saber que podría describir esas pasiones y vivirlas con ella en los días venideros.

Media hora después de que el avión despega de La Guardia, Nick abre la cartera, saca el manuscrito de Sylvia Maxwell y empieza a leerlo. Ese era el tercer elemento de la narración que iba cobrando forma en mi cabeza, y resolví que debía presentarlo cuanto antes, incluso adelantándome al aterrizaje del avión en Kansas City. Primero, la historia de Nick; luego, la de Eva; y por último, el libro que Nick lee y continúa leyendo mientras las dos historias van desplegándose: la narración dentro de la narración. Al fin y al cabo, Nick es un hombre de letras, y por tanto sensible a la influencia de los libros. Poco a poco, gracias a la gran atención que presta a la prosa de Sylvia Maxwell, empieza a ver una relación entre lo que le pasa a él y la historia que se cuenta en la novela, como si de manera indirecta, muy metafórica, el libro le hablara de forma íntima sobre sus circunstancias del momento.

En ese momento yo sólo tenía una idea muy vaga de lo que pretendía que fuese La noche del oráculo, nada más que un titubeante y provisional esquema para un esbozo posterior. Aún había que resolver los detalles relativos a la trama, pero era consciente de que debía ser una breve novela filosófica sobre la predicción del futuro, una fábula acerca del tiempo. El protagonista se llama Lemuel Flagg, teniente inglés que se ha quedado ciego a consecuencia de una explosión de mortero en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Sangrando por las heridas, desorientado y aullando de dolor, camina sin rumbo, se aleja de la batalla y pierde el contacto con su regimiento. Avanzando a tientas, tropezando, sin saber dónde está, se adentra en el bosque de Las Ardenas hasta que acaba derrumbándose. Más tarde lo encuentran inconsciente dos niños franceses, un chico de once años y una chica de catorce, Francois y Geneviéve. Son huérfanos de guerra que viven solos en una cabaña abandonada en medio del bosque: auténticos personajes fantásticos en un escenario de puro cuento de hadas. Lo llevan a su morada, lo cuidan y hacen que recupere la salud, y cuando termina la guerra unos meses después, Flagg vuelve a Inglaterra llevándose a los niños con él. Es Geneviéve quien, rememorando el pasado en 1927, narra la historia de la extraña trayectoria y el suicidio final de su padre adoptivo. La ceguera ha conferido a Flagg el don de la profecía. Le dan súbitos ataques, cae en trance al suelo y empieza a agitar los brazos como un epiléptico. Los accesos le duran ocho o diez minutos, y durante todo ese tiempo la mente se le llena de imágenes del futuro. Los desvanecimientos le sobrevienen sin previo aviso, y nada puede hacer para evitarlos o controlarlos. Ese don es tanto una maldición como un regalo del cielo. Le depara riquezas e influencia, pero al mismo tiempo los ataques le causan un profundo dolor físico, por no hablar del padecimiento mental, ya que muchas de las visiones suministran a Flagg el conocimiento de cosas que preferiría no saber. El día que iba a morir su madre, por ejemplo, o el lugar donde ocurriría un accidente ferroviario en la India y en el que doscientas personas perderían la vida. Se esfuerza en llevar una existencia discreta con sus hijos, pero la asombrosa exactitud de sus predicciones (que van desde los pronósticos del tiempo hasta los resultados de elecciones parlamentarias, pasando por la clasificación de los equipos en competiciones internacionales de críquet) lo convierte en uno de los personajes más célebres de la Gran Bretaña de posguerra. Entonces, en el punto álgido de su fama, las cosas se le ponen feas en el amor, y su don acaba destruyéndolo. Se enamora de una mujer llamada Bettina Knott, y durante dos años ella le corresponde, hasta el punto de aceptar su proposición de matrimonio. Pero la víspera de la boda, por la noche, Flagg tiene otro de sus ataques. En él llega al conocimiento de que Bettina lo traicionará antes de que acabe el año. Sus predicciones nunca han sido erróneas, de modo que su matrimonio está condenado. La tragedia reside en la inocencia de Bettina, en que está absolutamente libre de culpa, pues aún no ha conocido al hombre con el que traicionará a su marido. Incapaz de afrontar el suplicio que le ha deparado el destino, Flagg se suicida clavándose un puñal en el corazón.

Aterriza el avión. Bowen vuelve a guardar en la cartera el manuscrito a medio leer, sale de la terminal y llama a un taxi. No sabe nada de Kansas City. Nunca ha estado allí, no conoce a nadie que viva a menos de ciento cincuenta kilómetros de esa ciudad y se vería en apuros para indicar su posición en el mapa. Dice al conductor que lo lleve al mejor hotel de la ciudad, y el taxista, un negro corpulento con el inverosímil nombre de Ed Victory, suelta una carcajada. Espero que no sea supersticioso, avisa.

¿Supersticioso?, repite Nick. ¿Y eso qué tiene que ver?

Usted quiere ir al mejor hotel, ¿no? Pues el mejor es el Hyatt Regency. No sé si lee usted los periódicos, pero hace un año se produjo allí una gran catástrofe. Las pasarelas colgantes se desprendieron del techo y cayeron al vestíbulo. Murieron más de cien personas.

Sí, lo recuerdo. Salió una foto en la primera página del New York Times.

Ya lo han vuelto a abrir, pero a algunos les da cierta aprensión alojarse allí. Si usted no es aprensivo ni supersticioso, ése es el hotel que le recomendaría.

De acuerdo, dice Nick. Al Hyatt. Hoy ya me ha fulminado un rayo. Si me quiere caer otro, ya sabe dónde encontrarme. [7]

Ed se echa a reír ante la respuesta de Nick y ambos prosiguen la conversación mientras van entrando en la ciudad. Resulta que Ed está a punto de jubilarse del taxi. Lleva treinta y cuatro años de taxista, y es su última noche de trabajo. Ése es su último turno, su última carrera del aeropuerto a la ciudad, y Bowen su último cliente: el último pasajero que subirá a su taxi. Nick le pregunta por la actividad que piensa ejercer ahora, y Edward M. Victory (pues ése es su nombre completo) se lleva la mano al bolsillo de la camisa, saca una tarjeta de visita y se la tiende a Nick. OFICINA DE PRESERVACIÓN HISTÓRICA, dice la tarjeta, con el nombre, dirección y número de teléfono de Ed en la parte de abajo. Nick está a punto de preguntarle lo que significan esas palabras, pero antes de que pueda formular la pregunta, el taxi para delante de la puerta del hotel y Ed alarga la mano para recibir el importe de la última carrera que hará en la vida. Bowen añade veinte dólares de propina, desea buena suerte al ya retirado taxista y, atravesando la puerta giratoria, entra en el vestíbulo del infortunado hotel.

Como dispone de poco dinero en efectivo y debe pagar con tarjeta de crédito, se registra con su nombre verdadero. Parece que hace apenas unos días que acaban de reconstruir el vestíbulo, y Nick no puede dejar de pensar que el hotel y él se encuentran más o menos en la misma situación: ambos tratan de olvidar el pasado, los dos intentan empezar una nueva vida. El luminoso edificio, con sus ascensores transparentes, gigantescas arañas de cristal y paredes de metal bruñido; y él, sin otra cosa que la ropa que lleva puesta, dos tarjetas de crédito en la billetera y una novela a medio leer en la cartera de piel. Hace un derroche y pide una suite, sube en el ascensor hasta la décima planta y no vuelve a aparecer hasta pasadas treinta y seis horas. Vestido únicamente con el albornoz del hotel, pide que le suban la comida a la habitación, pasa el tiempo de pie frente a la ventana, se mira en el espejo del cuarto de baño y lee el libro de Sylvia Maxwell. Lo termina esa primera noche antes de irse a la cama, y dedica todo el día siguiente a leerlo otra vez, y luego otra, y después una cuarta vez, devorando sus doscientas diecinueve páginas como si su vida dependiera de ello. La historia de Lemuel Flagg lo afecta profundamente, pero Bowen no lee La noche del oráculo porque ande en busca de emociones o entretenimiento, y tampoco se enfrasca en la novela con objeto de aplazar alguna decisión sobre el paso que debe dar a continuación. Ya sabe lo que tiene que hacer, y el libro es el único medio de que dispone para hacerlo. Debe entrenarse para no pensar en el pasado. Esa es la clave de toda la enloquecida aventura que empezó cuando la gárgola se estrelló contra la acera. Si ha perdido su vida anterior, debe comportarse como si acabara de nacer, vivir como si la carga del pasado no le pesara más que a un niño. Le asaltan los recuerdos, desde luego, pero ya no vienen al caso, no forman parte de la vida que acaba de empezar para él, y siempre que sus pensamientos lo llevan a su vida anterior en Nueva York -que se ha borrado, que ya no es más que una ilusión-, hace todo lo que está en su mano por apartar la vista del pasado y concentrarse en el presente. Por eso se dedica a leer el libro. Por eso no deja de leerlo. Tiene que alejarse de los engañosos recuerdos de una vida que ya no le pertenece, y como el manuscrito exige una entrega total para ser leído, una atención absoluta tanto física como mental, por fin llega a olvidarse de quién era cuando se pierde entre las páginas de la novela.

Al tercer día, Nick se aventura a salir por fin. En la calle, un poco más allá del hotel, entra en una sastrería y pasa una hora rebuscando en percheros, anaqueles y cajones. Poco a poco, se va haciendo con un nuevo guardarropa, aprovisionándose de todo, desde pantalones y camisas hasta calzoncillos y calcetines. Pero cuando entrega al empleado su American Express para pagar, la máquina rechaza la tarjeta. La cuenta está cancelada, explica el empleado. No importa, dice Nick. Pagará con la Visa. Pero cuando el empleado la desliza por la ranura del aparato, resulta que tampoco es válida. Es un momento embarazoso para Nick. Pretende hacer una broma, pero no se le ocurre nada gracioso que decir. Se disculpa ante el dependiente por haberlo molestado, da media vuelta y sale de la tienda.

La mala pasada tiene fácil explicación. Bowen ya lo ha comprendido antes de volver al hotel, y una vez que adivina el motivo por el que Eva ha anulado las tarjetas, admite a regañadientes que él habría hecho lo mismo en su lugar. El marido sale a echar una carta al buzón y no vuelve. ¿Qué debe pensar la mujer? El abandono de hogar es una posibilidad, desde luego, pero eso sólo vendrá después. La primera reacción sería la alarma, y luego la mujer repasaría un catálogo de posibles accidentes y peligros. Atropellado por un camión, apuñalado por la espalda, atracado a punta de pistola y luego dejado sin sentido con un golpe en la cabeza. Y si su marido ha sido víctima de un robo, entonces el ladrón se habrá llevado la cartera junto con las tarjetas de crédito. Sin pruebas que apoyaran una u otra hipótesis (ni información de un crimen, ni cadáver encontrado en la calle), la anulación de las tarjetas de crédito sólo habría constituido una medida de mínima precaución.

Nick sólo tiene sesenta y ocho dólares en efectivo. No lleva cheques, y cuando se detiene en un cajero automático de camino al hotel, averigua que su tarjeta Citibank también está anulada. Su situación se ha vuelto de pronto bastante desesperada. Se le han cerrado todas las posibilidades de conseguir dinero, y cuando en el hotel descubran que la tarjeta American Express con la que se ha registrado el lunes por la noche ya no es válida, se encontrará en un apuro horroroso, quizá hasta se vea obligado a comparecer ante un tribunal acusado de algún delito. Piensa en llamar a Eva y volver a casa, pero no se decide a hacerlo. No ha ido hasta allí sólo para cambiar de planes y volver corriendo en cuanto surge el menor problema, y el caso es que no desea volver a casa, no quiere volver. Por el contrario, sube en el ascensor hasta la décima planta del hotel, entra en su suite y marca el número de Rosa Leightman en Nueva York. Lo hace movido por un súbito impulso, sin tener la menor idea de lo que va a decirle. Afortunadamente, Rosa no está, de manera que le deja un mensaje en el contestador: un intrincado monólogo que no tiene mucho sentido, ni siquiera para él.

Estoy en Kansas City, le dice, no sé por qué he venido, pero aquí me quedo, puede que para mucho tiempo, y necesito hablar con usted. Lo mejor sería que nos viéramos, pero sé que es mucho pedir que coja un avión y venga para acá de forma tan precipitada. Si no puede venir, le ruego que me llame por teléfono. Me alojo en el Hyatt Regency, habitación diez cuarenta y seis. Ya he leído varias veces el libro de su abuela, y creo que es lo mejor de toda su producción. Le agradezco que me lo haya confiado a mí. Y también que viniera a mi despacho el lunes. No se moleste si le digo esto, pero desde entonces no he podido dejar de pensar en usted. Me produjo tal impresión que cuando se levantó para marcharse ya ni siquiera sabía dónde tenía la cabeza. ¿Es posible enamorarse de alguien en diez minutos? No sé nada sobre usted. Ni siquiera si está casada o vive con alguien, si es libre o tiene novio. Pero me encantaría hablar con usted, sería maravilloso volver a verla. Esto es muy bonito, dicho sea de paso. Todo resulta muy raro, tan llano. Estoy de pie delante de la ventana, contemplando la ciudad. Millares de edificios, centenares de calles, pero todo está envuelto en silencio. Los cristales no dejan pasar el ruido. Hay vida al otro lado de la ventana, pero aquí dentro todo parece muerto, irreal. El problema es que no puedo quedarme mucho tiempo en el hotel. Sé de alguien que vive al otro extremo de la ciudad. Es la única persona que he conocido hasta ahora, y dentro de un momento voy a salir a ver si la encuentro. Se llama Ed Victory. Tengo su tarjeta en el bolsillo y le voy a dar su número, por si me he marchado del hotel antes de que usted llame. Es posible que él conozca mi paradero. El teléfono es el 8167654321. Lo repito: 8167654321. Qué curioso. Acabo de darme cuenta de que los números van en orden decreciente, de uno en uno. ¿Cree que eso tendrá algún significado? Probablemente no. Aunque puede que sí, desde luego. Se lo diré cuando lo averigüe. Si no tengo noticias suyas, volveré a llamarla dentro de un par de días. Adiós. [8]*

Pasa una semana antes de que Rosa oiga el mensaje. Si Nick hubiera llamado veinte minutos antes, ella habría contestado al teléfono, pero acaba de salir de su casa y, por tanto, no sabe nada de esa llamada. En el momento en que Nick deja el mensaje en el contestador, Rosa se encuentra en un taxi a tres manzanas del túnel de Holland, de camino al aeropuerto de Newark, donde un vuelo de tarde la llevará a Chicago. Es miércoles. Su hermana se casa el sábado, y como la ceremonia va a celebrarse en casa de sus padres y además ella va a ser dama de honor, se reúne anticipadamente con la familia para ayudar en los preparativos. Hace algún tiempo que no ve a sus padres, de manera que aprovecha la visita para pasar unos días más con ellos después de la ceremonia. Piensa volver a Nueva York el martes por la mañana. Un hombre acaba de declarársele en el contestador, pero ella tardará una semana en enterarse.


En otra parte de Nueva York ese mismo miércoles por la tarde, la mujer de Nick, Eva, también se ha detenido a pensar en Rosa Leightman. Apenas han transcurrido cuarenta y ocho horas de la desaparición de Nick. Sin noticias de la policía con respecto a delitos o accidentes en los que esté implicado alguien que responda a la descripción de su marido, sin notas de rescate ni llamadas de teléfono de presuntos secuestradores, empieza a considerar la posibilidad de que Nick se haya fugado por voluntad propia, de que la haya abandonado. Hasta ese momento, nunca ha sospechado que Nick tuviera una aventura, pero cuando piensa en lo que le dijo de Rosa en el restaurante el lunes por la noche, y cuando recuerda lo mucho que le gustaba -incluso llegando al extremo de confesarlo en voz alta-, empieza a preguntarse si no tendrá una aventura adúltera y estará en los brazos de aquella rubia delgada, que llevaba los pelos de punta.

Busca su número en la guía y la llama a su casa. No contestan, desde luego, porque Rosa ya está en el avión. Eva deja un breve mensaje y cuelga. Al ver que Rosa no le devuelve la llamada, vuelve a llamarla por la noche y le deja otro mensaje. Esta pauta se repite a lo largo de varios días -una llamada por la mañana y otra por la noche-, y cuanto más dura el silencio de Rosa, más crece la impaciencia de Eva. Finalmente, se dirige a Chelsea, a casa de Rosa; sube tres tramos de escalera y llama a la puerta de su apartamento. No pasa nada. Vuelve a llamar, aporreando la puerta con los puños, casi haciéndola saltar de sus goznes, pero siguen sin contestar. Eva lo interpreta como la prueba definitiva de que Rosa está con Nick: una presunción irracional, pero a esas alturas Eva ya no está sujeta a la fuerza de la lógica, sino que teje frenéticamente una historia que explique la ausencia de su marido a partir de sus más negras aprensiones, de los peores miedos sobre ella misma y su matrimonio. Garabatea una nota en un trozo de papel y lo desliza bajo la puerta de Rosa. Necesito hablar con usted sobre Nick, le dice. Llámeme enseguida. Eva Bowen.

Para entonces, ya hace mucho que Nick se ha marchado del hotel. Ha encontrado a Ed Victory, que vive en una pequeña habitación en el último piso de una pensión situada en una de las zonas más sórdidas de la ciudad, un barrio de la periferia lleno de almacenes abandonados y edificios calcinados. Los pocos transeúntes que se ven por la calle son negros, pero estamos en un lugar de horror y devastación, que no se parece en absoluto a los enclaves de pobreza negra que Nick ha conocido en otras ciudades norteamericanas. No se encuentra tanto en un gueto urbano como en un distrito del infierno, una tierra de nadie salpicada de botellas vacías, jeringuillas usadas y restos de coches despiezados y llenos de herrumbre. La pensión es la única estructura intacta de toda la manzana, sin duda el último resto de lo que había sido el vecindario ochenta o cien años atrás. En cualquier otra calle habría pasado por un edificio en ruinas, pero dadas las circunstancias casi resulta atractivo: una casa de tres pisos, con la pintura amarilla descascarillada, tejado y escalones combados y tablas de contrachapado clavadas transversalmente en cada una de las nueve ventanas de la fachada delantera.

Nick llama a la puerta, pero nadie responde. Vuelve a llamar y, unos momentos después, una mujer de edad vestida con un albornoz verde y una peluca barata de color caoba aparece frente a él; desconcertada y recelosa, le pregunta qué es lo que quiere. Ed, contesta Bowen, Ed Victory. He hablado con él por teléfono hace una hora. Me está esperando. Durante una interminable pausa, la mujer no dice nada. Mira a Nick de hito en hito, examinándolo como si fuera un ser de una especie inclasificable, bajando la vista para observar la cartera de piel que lleva en la mano y alzándola de nuevo hacia su rostro, para tratar de averiguar lo que hace un hombre blanco a la puerta de su casa. Nick se mete la mano en el bolsillo y saca la tarjeta de Ed, con ánimo de convencerla de que se encuentra allí por una causa justificada, pero la mujer está medio ciega, y cuando se inclina hacia delante para mirar la tarjeta, Nick comprende que no distingue las palabras. No estará metido en algún lío, ¿verdad?, pregunta ella. En absoluto, contesta Nick. No que yo sepa, en cualquier caso. ¿Y seguro que no es poli?, pregunta la mujer. He venido a buscar consejo, le explica Nick, y Ed es la única persona que me lo puede dar. Sigue otro largo silencio, y finalmente la mujer señala la escalera con el dedo. Tercero G, le informa, la puerta de la izquierda. Procure llamar fuerte. Ed suele dormir a esta hora del día, y no anda muy bien del oído.

La mujer sabe lo que dice, porque cuando Nick sube la escalera en penumbra y localiza la puerta de Ed Victory al fondo del pasillo, tiene que llamar diez o doce veces antes de que el taxista le diga que entre. Fuerte y corpulento, con los tirantes colgando y el pantalón desabrochado, el único conocido de Nick en Kansas City está sentado en la cama con una pistola en la mano y apuntando al corazón del visitante. Es la primera vez que amenazan a Bowen con una pistola, pero antes de que se asuste lo suficiente para salir de la habitación, Victory baja el arma y la deposita en la mesilla de noche.

Es usted, dice. El neoyorquino fulminado.

¿Espera jaleo?, pregunta Nick, sintiendo tardíamente el terror de una posible bala en el pecho, aun cuando ya haya pasado el peligro.

Son tiempos difíciles, contesta Ed, y éste es un sitio difícil. Toda prudencia es poca. Sobre todo para un viejo de sesenta y siete años, con las piernas no muy ágiles.

Nadie corre más deprisa que una bala, observa Nick.

Ed responde con un gruñido, luego invita a Bowen a tomar asiento, refiriéndose inesperadamente a un pasaje de Walden mientras hace un gesto hacia la única silla de la habitación. Thoreau decía que en su casa había tres sillas, explica Ed. Una para la soledad, dos para la amistad y tres para la sociedad. Yo sólo tengo una para la soledad. Si añadimos la cama, quizá tengamos dos para la amistad. Pero aquí no hay sociedad. He tenido tiempo de hartarme de eso en el taxi.

Bowen se sienta en la silla de madera de respaldo recto y echa una mirada por la pequeña y ordenada habitación. Le hace pensar en la celda de un monje o en el refugio de un ermitaño: un sitio anodino, espartano, sólo con lo estrictamente indispensable para vivir. Una cama individual, una cómoda, un hornillo, un frigorífico pequeño, una mesa y una estantería con unas docenas de libros, entre los cuales se ven ocho o diez diccionarios y una gastada Enciclopedia Collier en veinte volúmenes. La habitación representa un mundo de sobriedad, introspección y disciplina, y mientras Bowen vuelve a prestar atención a Victory, que lo observa tranquilamente desde la cama, percibe un último detalle que se le ha escapado hasta entonces. No hay cuadro alguno colgando de las paredes, ni fotografías ni objetos personales a la vista. El único adorno es un calendario clavado con una chincheta en la pared, encima del escritorio: de 1945, abierto en el mes de abril.

Estoy en un apuro, anuncia Bowen, y pensé que usted podría ayudarme.

Todo depende, contesta Ed, cogiendo un paquete de Pall Mall sin filtro de encima de la mesilla de noche. Enciende un cigarrillo con una cerilla de madera, da una larga calada e inmediatamente se pone a toser. Años de flemas atascadas repiquetean en el fondo de sus consumidos bronquios, y durante veinte segundos en la habitación sólo se oyen sus convulsivos espasmos. Cuando cede el ataque, Ed sonríe a Bowen y dice: Siempre que me preguntan por qué fumo digo que porque me gusta toser.

No quisiera molestarlo, prosigue Nick. A lo mejor no es buen momento.

No me molesta. Un tío me da veinte dólares de propina y un par de días después se presenta en mi casa y me dice que tiene problemas. Me pica la curiosidad.

Necesito trabajo. Cualquier clase de trabajo. Soy un buen mecánico de coches, y se me ocurrió que quizá tenga usted influencia en la compañía de taxis en la que trabajaba.

Un tío de Nueva York con una cartera de piel y un traje de buena calidad me dice que quiere ser mecánico. Da una propina excesiva a un taxista y luego declara que está en la ruina. Y ahora me dirá que no quiere contestar a mis preguntas. ¿Me equivoco, o no?

Nada de preguntas. Soy el hombre fulminado, ¿recuerda? Estoy muerto, y da lo mismo quién haya sido antes. Lo único que cuenta es el presente. Y en este momento lo que necesito es ganar un poco de dinero.

Los que llevan ese negocio son unos sinvergüenzas y unos estúpidos. Olvídese de eso, neoyorquino. Pero si está verdaderamente desesperado, quizá tenga algo para usted en la Oficina. Se necesitan espaldas robustas y buena cabeza para los números. Si cumple esos requisitos, está contratado. Con un sueldo decente. Podrán decir que parezco un indigente, pero tengo dinero a espuertas, tanto que no sé lo que hacer con él.


La Oficina de Preservación Histórica. Su empresa.

No es una empresa. Por sus características, se parece más a un museo, a un archivo privado.

Tengo buenas espaldas, y sé sumar y restar. ¿En qué consiste el trabajo de que me está hablando?

Estoy reorganizando el sistema. Por una parte está el tiempo, y por otra el espacio. Ésas son las dos únicas posibilidades. Ahora todo está clasificado por orden geográfico, espacial. Pero quiero cambiarlo todo y organizarlo por orden cronológico. Es la mejor solución, y lamento que no se me haya ocurrido antes. Habrá que levantar mucho peso, y mi cuerpo ya no está para esos trotes. Necesito un ayudante.

Y si le digo que estoy dispuesto a ser ese ayudante, ¿cuándo podría empezar?

Ahora mismo, si quiere. Sólo deje que me abroche los pantalones y se lo enseñaré. Luego ya me dirá si le interesa o no.


Me paré entonces para comer algo (galletas saladas y una lata de sardinas), acompañando el tentempié con dos vasos de agua. Eran cerca de las cinco, y aunque Grace había dicho que volvería hacia las seis o seis y media, yo quería dedicar un poco más de tiempo al cuaderno azul antes de que volviera, seguir con ello hasta el último minuto posible. Al volver a mi estudio al fondo del pasillo, me metí en el cuarto de baño para echar una rápida meada y lavarme un poco la cara, sintiéndome lleno de energía y dispuesto a sumergirme de nuevo en la historia. Pero justo cuando salía de nuevo al pasillo, se abrió la puerta del apartamento y entró Grace, pálida y con aspecto de estar agotada. Su prima Lily tenía que haber venido a Brooklyn con ella (para cenar con nosotros, pasar la noche en el sofá cama del cuarto de estar y luego marcharse por la mañana temprano a New Haven, donde estudiaba segundo de arquitectura en Yale), pero Grace venía sola, y antes de que pudiera preguntarle lo que había pasado, me saludó con una débil sonrisa, se precipitó por el pasillo hacia mí, torció bruscamente a la izquierda y entró en el baño. En cuanto llegó a la taza del retrete, se hincó de rodillas y empezó a vomitar.

Cuando cesó el diluvio, la ayudé a ponerse en pie y la conduje a la habitación. Estaba tremendamente pálida, y con el brazo derecho rodeándole el hombro y el izquierdo alrededor de la cintura sentía que le temblaba todo el cuerpo, como atravesado por pequeñas corrientes eléctricas. Quizá fuese la comida china de la víspera, aventuró, pero le dije que no lo creía, porque yo había comido lo mismo que ella y tenía el estómago perfectamente. A lo mejor es que has pillado algo por ahí, sugerí. Sí, me parece que tienes razón, debe de ser uno de esos virus, contestó Grace, utilizando esa extraña palabrita de la que todos echamos mano para describir las invisibles plagas que flotan por la ciudad y terminan colándose en el organismo y la sangre de cualquiera. Pero nunca me pongo mala, añadió, mientras pasivamente me permitía quitarle la ropa y meterla en la cama. Le puse la mano en la frente, no percibí ni calor ni frío, y luego rebusqué en el cajón de la mesilla, cogí el termómetro y se lo puse en la boca. Resultó que tenía una temperatura normal. Buena señal, la animé. Sólo tienes que dormir bien esta noche y mañana por la mañana te encontrarás mejor. A lo que Grace repuso: Más me vale. Mañana tengo una reunión importante en el trabajo, y no puedo dejar de asistir.

Le di un té flojo y una rebanada de pan tostado, y me pasé aproximadamente una hora sentado junto a ella en la cama, hablándole de su prima Lily, que la había metido en un taxi después de que la primera oleada de náuseas la obligara a acudir al servicio de señoras en el Metropolitan. Tras dar unos sorbos de té, Grace declaró que se le estaban quitando las náuseas, sólo para no poder contenerse quince minutos después y tener que precipitarse por el pasillo hacia el cuarto de baño. A partir de aquel segundo acceso empezó a sentirse más tranquila, pero tuvieron que pasar otros treinta o cuarenta minutos hasta que se relajó lo suficiente para quedarse dormida. Entretanto, charlamos un poco, pasamos luego un buen rato en silencio, y durante unos minutos antes de que acabara durmiéndose le acaricié la cabeza con la palma de la mano. Me sentía bien haciendo de enfermero, le dije, aunque sólo fuese por unas horas. Había sido al revés durante tanto tiempo, que se me había olvidado que pudiera haber otra persona enferma en casa aparte de mí.

– ¿Es que no lo entiendes? -dijo Grace-. Esto es un castigo por lo de anoche.

– ¿Un castigo? ¿De qué estás hablando?

– Por ponerme así contigo en el taxi. Me porté como una gilipollas.

– No, no es verdad. Y aunque lo fuera, dudo que Dios se vengue de la gente inoculándole una gripe intestinal. Grace cerró los ojos y sonrió.

– Siempre me has querido, ¿verdad, Sidney?

– Desde el primer momento que te vi.

– ¿Sabes por qué me casé contigo?

– No. Nunca he tenido suficiente valor para preguntártelo.

– Porque sabía que nunca me ibas a fallar.

– Has apostado a caballo perdedor, Grace. Ya hace casi un año que te estoy fallando. En primer lugar, te hago pasar un calvario cayendo enfermo, y luego nos cubro de deudas con esas novecientas facturas sin pagar del hospital. Sin tu trabajo, estaríamos en la calle. Vivo a tu costa, señora Tebbetts. Soy un mantenido.

– No estoy hablando de dinero.

– Ya sé que no. Pero eso no quita para que no te haya tocado ninguna ganga.

– Soy yo quien está en deuda contigo, Sid. Más de lo que te imaginas; más de lo que nunca sabrás. Con tal que no te lleves una decepción conmigo, soy capaz de soportar cualquier cosa.

– No entiendo.

– No tienes que entender. Sólo sigue queriéndome, y todo lo demás se arreglará solo.

Era la segunda conversación desconcertante que manteníamos en dieciocho horas. Una vez más, Grace había insinuado algo que se negaba a nombrar, una especie de agitación interior que parecía suscitarle problemas de conciencia y que a mí me dejaba confuso y en la oscuridad, sin saber cómo averiguar lo que pasaba. Y sin embargo qué tierna se mostraba aquella noche, con qué alegría aceptaba mis insignificantes cuidados, lo feliz que estaba de tenerme sentado junto a ella en la cama. Después de todo lo que habíamos pasado juntos a lo largo del último año, después de toda la perseverancia y serenidad de que había hecho gala durante mi larga enfermedad, parecía imposible que alguna vez hiciera algo que pudiera decepcionarme. Y si lo hacía, yo era lo suficientemente estúpido y lo bastante fiel como para no hacer caso. Quería seguir casado con ella durante el resto de mi vida, y si Grace había dado un patinazo en algún momento o hecho algo de lo que no estaba orgullosa, ¿qué importancia podría tener eso a largo plazo? Juzgarla no era cosa mía. Yo era su marido, no un comisario de alguna policía moral, y tenía la firme intención de permanecer a su lado pasara lo que pasara. Sólo sigue queriéndome. Eran unas instrucciones fáciles de cumplir, y a menos que decidiera cancelarlas en una fecha futura, yo pensaba obedecerlas hasta el final.

Se quedó dormida poco después de las seis y media. Al salir de puntillas de la habitación y dirigirme a la cocina a beber un vaso de agua, me di cuenta de que me alegraba de que Lily hubiese abandonado sus planes de quedarse a pasar la noche para coger un tren de vuelta a New Haven por la tarde. No es que me resultara antipática la prima más joven de Grace -en realidad, me caía muy bien, y me gustaba oír su acento de Virginia, mucho más marcado que el de Grace-, pero tener que darle conversación toda la velada mientras Grace dormía en la habitación era un poco más de lo que hubiera podido soportar. No había contado con que pudiera seguir trabajando una vez que ellas hubieran vuelto de Manhattan, pero ahora que se había suspendido la cena, no había nada que me impidiera volver a zambullirme en el cuaderno azul. Aún era temprano; Grace estaba acostada; y después de mi frugal merienda de sardinas y galletas, ya no tenía hambre. De manera que volví a recorrer el pasillo, me senté de nuevo frente al escritorio y, por segunda vez en aquel día, abrí el cuaderno azul. Sin levantarme una sola vez de la silla, trabajé sin descanso hasta las tres y media de la madrugada.


Ha pasado el tiempo. Al lunes siguiente, siete días después de la desaparición de Bowen, su mujer recibe el último extracto de cuentas de la tarjeta cancelada de American Express. Examinando la lista de gastos, llega al último, el que está al final de la hoja -correspondiente al vuelo a Kansas City de la Delta Airlines del lunes anterior-, y de pronto comprende que Nick está vivo, que tiene que estar vivo. Pero ¿por qué Kansas City? Se esfuerza en imaginar por qué habrá viajado su marido a una ciudad donde no conoce a nadie (ni parientes, ni antiguos amigos, ni autores de su editorial), pero no se le ocurre un solo motivo posible. Al mismo tiempo, empieza a desechar la hipótesis sobre Rosa Leightman. Esa chica vive en Nueva York, y si Nick se ha fugado efectivamente con ella, ¿para qué demonios iba a llevársela al centro del país? A menos que Kansas sea el lugar de origen de Rosa Leightman, desde luego, pero eso le parece a Eva una conjetura traída por los pelos, una posibilidad de lo más rocambolesca.

Se ha quedado sin teorías, sin historias ni suposiciones, y la mala sangre que la ha ido consumiendo durante la pasada semana se va disipando poco a poco, hasta desaparecer del todo. En el vacío y la confusión subsiguientes, surge una nueva emoción que llena sus pensamientos: esperanza, o algo parecido a la esperanza. Nick está vivo, y teniendo en cuenta que en los gastos de la tarjeta de crédito únicamente figura la adquisición de un billete, hay buenas posibilidades de que se haya ido solo. Eva llama a la jefatura de Policía de Kansas City y pide que la pongan con la sección de personas desaparecidas, pero el agente que contesta al teléfono no se muestra muy servicial. Todos los días desaparece algún marido, afirma, y a menos que haya evidencias de delito, nada puede hacer la policía. Casi desesperada, dando rienda suelta finalmente a la tensión y la angustia que se han ido acumulando a lo largo de los últimos días, Eva dice al agente que es un hijo de puta sin sentimientos y cuelga. Cogerá un avión a Kansas City, resuelve entonces, y se pondrá a buscar a Nick ella misma. Demasiado nerviosa para quedarse quieta, decide marcharse esa misma noche.

Llama a su oficina y deja un mensaje en el contestador, dando complejas instrucciones a su secretaria sobre las cuestiones pendientes para esa semana, y explicando a continuación que debe ocuparse de un asunto urgente de familia. Estará un tiempo fuera de la ciudad, añade, pero se mantendrá en contacto por teléfono. Hasta ese momento no ha comunicado a nadie la desaparición de Nick salvo a la policía de Nueva York, que ha sido incapaz de hacer nada por ayudarla. Pero ha mantenido a sus amigos y compañeros en la más completa ignorancia, negándose incluso a mencionar el hecho a sus padres, y cuando el martes empezaron a llamarla de la oficina de Nick para saber por qué no había ido, eludió la cuestión diciéndoles que había caído enfermo con un virus intestinal y no podía levantarse de la cama. Y al lunes siguiente, cuando ya debía estar absolutamente recuperado y de vuelta en el trabajo, les dijo que se encontraba mucho mejor, pero que aquel fin de semana habían llevado a su madre de urgencia al hospital a consecuencia de una mala caída, y que había ido a Boston para estar con ella. Aquellas mentiras eran una especie de autoprotección, motivada por la vergüenza, la humillación y el miedo. ¿Qué clase de esposa sería si no pudiera dar explicaciones sobre el paradero de su marido? Lo cierto es que se encontraba en un maremágnum de incertidumbre, y la idea de confesar a alguien que Nick la había abandonado ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

Pertrechada con algunas fotografías recientes de Nick, hace una maleta pequeña y se dirige a La Guardia, tras haber reservado por teléfono un billete para el vuelo de las nueve y media. Horas más tarde, cuando aterriza en Kansas City, sube a un taxi y dice al conductor que le recomiende un hotel, repitiendo casi palabra por palabra la misma pregunta que su marido formuló a Ed Victory el lunes de la semana anterior. La única diferencia es que ella utiliza el término bueno, en vez de “el mejor”, pero a pesar de todos los matices de la distinción la respuesta del taxista es idéntica. La lleva al Hyatt, y lejos de imaginar que está siguiendo los pasos de su marido, Eva se registra en recepción y pide una habitación individual. No es de esas personas que tiran el dinero y se permiten suites caras, pero de todas formas su habitación está en la décima planta, en el mismo pasillo en que estuvo Nick los dos primeros días de su estancia en la ciudad. Salvo por el hecho de que su habitación se encuentra apenas un grado más al sur que la de Nick, Eva disfruta de la misma vista de la ciudad: la misma panorámica de edificios, la misma red viaria y el mismo cielo de nubes suspendidas que él catalogó para Rosa Leightman mientras estaba de pie delante de la ventana dejando el mensaje en el contestador antes de largarse del hotel sin pagar.

Eva duerme mal en la cama desconocida, con la garganta reseca, y se levanta por la noche dos o tres veces para ir al cuarto de baño, beber un vaso de agua, contemplar los brillantes números rojos del despertador digital y escuchar el murmullo de los ventiladores que giran en los conductos de aireación del techo. La vence el sueño a las cinco de la madrugada, duerme unas tres horas seguidas y luego llama al servicio de habitaciones y pide el desayuno. A las nueve y cuarto, ya duchada, vestida y recuperadas las fuerzas con una cafetera de café solo, llama al ascensor y se dirige a la planta baja para empezar la búsqueda. Todas sus esperanzas giran en torno a las fotografías que lleva en el bolso. Recorrerá la ciudad de punta a cabo enseñando el retrato de Nick al mayor número de gente posible, empezando por hoteles y restaurantes, siguiendo luego por tiendas y supermercados, compañías de taxis, edificios de oficinas y Dios sabe qué más, rezando para que alguien lo reconozca y le dé una pista. Si no logra nada concreto el primer día, hará copias de una de las instantáneas y empapelará la ciudad con ellas -pegándolas en muros, farolas y cabinas de teléfono-, y publicará la fotografía en el Kansas City Star y en los demás periódicos que circulan por la región. Y mientras baja en el ascensor con intención de comenzar en el vestíbulo, ya piensa en el texto que acompañará al anuncio. DESAPARECIDO. o bien: ¿HA VISTO A ESTE HOMBRE?, seguido del nombre de Nick, su edad, estatura, peso y color de pelo. Luego un teléfono de contacto y la promesa de alguna recompensa. Aún sigue tratando de calcular el importe adecuado cuando se abren las puertas del ascensor. ¿Mil dólares? ¿Cinco mil? ¿Diez mil dólares? Si falla el plan, se dice a sí misma, pasará a la siguiente fase y contratará los servicios de un detective privado. Nada de un antiguo policía con licencia, sino un experto, un investigador especializado en buscar a personas desaparecidas, a gente que se esfuma sin dejar rastro.

Tres minutos después de que Eva llegue al vestíbulo, ocurre un milagro. Enseña el retrato de Nick a la recepcionista, y la joven de cabello rubio y dientes blancos lo reconoce sin lugar a dudas. Eso lleva a una búsqueda en los archivos, y pese a la lentitud de los ordenadores de 1982 no tardan mucho en confirmar que Nick Bowen se alojó en el hotel durante dos noches y luego desapareció sin molestarse en pagar la cuenta. Tenían una impresión de su tarjeta de crédito, pero después de comunicar el número a la American Express resultó que no estaba operativa. Eva pregunta si puede ver al gerente del hotel para pagar la cuenta de Nick, y nada más sentarse en su despacho, cuando le entrega su tarjeta recientemente validada para abonar la factura que se debe, pierde el control por primera vez desde la desaparición de su marido y rompe a llorar. Ese desahogo de sufrimiento femenino desconcierta al señor Lloyd Sharkey, pero con la suavidad y los untuosos modales de un veterano profesional de la hostelería ofrece a la señora Bowen toda la asistencia que está en su mano prestarle. Varios minutos después, Eva vuelve a estar en la décima planta, hablando con la camarera mexicana encargada de limpiar la habitación 1046. La mujer le informa de que durante todo el tiempo que Nick ocupó la habitación hubo un cartel de NO MOLESTEN colgado en el pomo de la puerta, y que no vio a su marido ni una sola vez. Diez minutos más tarde, Eva está en la cocina, hablando con Leroy Washington, el camarero del servicio de habitaciones que subió a Nick casi todas sus comidas. Reconoce al marido de Eva por la foto, y añade que el señor Bowen daba propinas generosas, aunque no hablaba mucho y parecía «preocupado» por algo. Eva le pregunta si estaba solo o con una mujer. Solo, contesta Washington. A menos que hubiera alguna señora escondida en el cuarto de baño o en el armario, prosigue, pero las comidas siempre eran para una persona, y que él supiera, sólo se utilizaba un lado de la cama.

Ahora que ha pagado la factura de Nick, y que está casi segura de que no se ha fugado con otra mujer, Eva empieza a encajar de nuevo en su estado civil, a sentirse como una esposa con todas las de la ley, luchando por encontrar a su marido y salvar su matrimonio. De las entrevistas que lleva a cabo con otros miembros del personal del Hyatt Regency no saca en claro nada más. No tiene la menor idea de adónde pudo haber ido Nick al marcharse del hotel, pero se siente con ánimo, como si el hecho de saber que se encuentra en la misma ciudad, precisamente en ese momento, pudiera interpretarse como una señal de que no se ha alejado de ella, aunque no sea más que una curiosa casualidad, una coincidencia espacial sin sentido alguno.

Una vez que pone el pie en la calle, sin embargo, vuelve a sentirse abrumada por lo desesperado de su situación. Porque el caso es que Nick se ha marchado sin decir palabra -abandonándola, dejando su trabajo, alejándose de todo lo que tenía en Nueva York-, y la única explicación que ahora se le ocurre es que su marido ha perdido la cabeza, víctima de una fuerte tensión nerviosa. ¿Acaso se ha vuelto tan desgraciado por el hecho de vivir con ella? ¿Es ella quien lo ha inducido a dar ese paso tan drástico, quien lo ha empujado de esa forma a la desesperación? Sí, declara para sus adentros, es posible que le haya hecho eso. Y para empeorar las cosas está en la miseria. Un pobre desgraciado, medio enloquecido, vagando por una ciudad extraña sin un céntimo en el bolsillo. Y de eso también tenía ella la culpa, decide al fin, todo aquel espantoso asunto era culpa suya.

Esa misma mañana, mientras Eva inicia su infructuosa ronda de investigaciones, entrando y saliendo de restaurantes y tiendas del centro de Kansas City, Rosa Leightman vuelve a Nueva York. Abre la puerta de su apartamento de Chelsea a la una de la tarde y lo primero que ve es la nota de Eva en el umbral. Sorprendida, desconcertada por el tono de urgencia del mensaje, deja la maleta sin molestarse en abrirla y llama inmediatamente al primero de los dos números escritos al pie de la nota. Nadie contesta en el apartamento de la calle Barrow, pero deja un mensaje en el contestador en el que explica que ha estado ausente pero que ya ha vuelto y se la puede localizar en su casa. Seguidamente llama a la oficina de Eva. La secretaria le dice que la señora Bowen no se encuentra en la oficina porque está de viaje, ocupándose de unos asuntos, pero que llamará por la tarde y entonces le pasarán el recado. Rosa está perpleja. Sólo ha visto una vez a Nick Bowen, y no sabe nada de él. La conversación que mantuvieron en su despacho fue muy positiva, en su opinión, y aunque había notado que se sentía atraído hacia ella (lo advertía en los ojos, lo notaba en la forma en que la miraba), mostró una actitud reservada, caballeresca, un tanto distante. Un hombre más desorientado que agresivo, recuerda, con un inconfundible halo de melancolía flotando a su alrededor. Casado, comprende ahora, y por tanto terreno prohibido, inhabilitado como candidato. Pero enternecedor a su modo, un tipo simpático, de buenos instintos.

Deshace la maleta y mira el correo antes de escuchar los mensajes del contestador. Para entonces son casi las dos, y lo primero que oye en el aparato es la voz de Bowen declarándole su amor y pidiéndole que se reúna con él en Kansas City. Rosa se queda de piedra, escuchando con sobrecogida turbación. Se pone tan nerviosa al escuchar lo que le dice Nick, que tiene que rebobinar la cinta y escuchar el mensaje dos veces más hasta asegurarse de que ha escrito correctamente el número de Ed Victory: a pesar de la gradual e invariable disminución de las cifras, que hace el número casi imposible de olvidar. Está a punto de ceder a la tentación de desconectar el contestador y llamar inmediatamente a Kansas City, pero entonces decide pasar los catorce mensajes restantes para ver si Nick ha dejado alguno más. Así es. El viernes, y otra vez el domingo. «Espero que no se asustara por lo que le dije el otro día», era pieza el segundo mensaje, «pero hablaba completamente en serio. No puedo librarme de usted. La tengo continuamente en mis pensamientos, y aunque parece responderme que no está usted interesada -¿qué otra cosa puede significar su silencio?-, le agradecería que me llamara por teléfono. Aunque sólo sea para hablar del libro de su abuela. Llámeme al número de Ed, el que le di el otro día: 8167654321. Por cierto, ese número no es fruto de la casualidad. Ed lo pidió a propósito. Dice que es una metáfora; no sé de qué. Creo que quiere que lo adivine por mí mismo.» El último mensaje es el más breve de los tres, y en él Nick no da muestras de haber renunciado a ella. «Soy yo», dice, «intentándolo por última vez. Llámeme, por favor, aunque sólo sea para decirme que no quiere hablar conmigo.»

Rosa marca el número de Ed Victory, pero nadie coge el teléfono, y tras dejar que suene diez o doce veces concluye que es un aparato antiguo, de los que no tienen contestador. Sin detenerse a pensar en cuáles son sus sentimientos (no sabe lo que siente), Rosa cuelga el teléfono, convencida de que tiene la obligación moral de ponerse en contacto con Bowen; y de que debe hacerlo cuanto antes. Piensa en enviarle un telegrama, pero cuando llama al servicio de información telefónica de Kansas City para averiguar la dirección de Ed, la telefonista le dice que el número no aparece en la guía, lo que significa que no le está permitido facilitar ese tipo de información. Seguidamente, Rosa intenta llamar de nuevo a la oficina de Eva, esperando que la mujer de Nick haya llamado mientras tanto, pero la secretaria le dice que no hay noticias. Da la casualidad de que Eva está tan abrumada por su infortunio en Kansas City que pasan varios días sin que se acuerde de llamar a su oficina, y para cuando decida ponerse en contacto con su secretaria, la propia Rosa se habrá marchado y estará en un autobús de la Greyhound camino de Kansas City. ¿Por qué va? Porque durante varios días ha llamado a Ed Victory más de cien veces y nadie ha contestado al teléfono. Porque, a falta de nueva comunicación por parte de Nick, se ha convencido a sí misma de que Bowen está en apuros, de que tiene problemas graves y de que quizá corra peligro de muerte. Porque es joven y audaz, y actualmente está sin trabajo (ilustradora freelance, en ese momento está esperando un encargo), y tal vez -no puede dejar de hacerse cábalas al respecto- porque está subyugada por la idea de que alguien que apenas conoce haya confesado abiertamente que no puede dejar de pensar en ella, la idea de que ha conseguido que un hombre se enamore de ella a primera vista.


Retrocediendo al miércoles anterior, a la tarde en que Bowen sube las escaleras de la pensión y Ed le ofrece trabajar de ayudante en la Oficina de Preservación Histórica, reanudé entonces la crónica del Flitcraft de nuestros días…

Ed se abrocha los pantalones, apaga el Pall Mall a medio fumar y baja las escaleras seguido de Nick. Salen ambos a la calle, al fresco de una tarde de principios de primavera, y caminan a lo largo de nueve o diez manzanas, torciendo a la izquierda, luego a la derecha, avanzando despacio entre una serie de edificios ruinosos hasta que llegan a un establo abandonado cerca del río, la frontera líquida que divide Kansas City en dos mitades, una de Missouri y otra de Kansas. Siguen andando hasta encontrarse frente a la orilla, sin más edificios ni otra cosa a la vista que media docena de vías férreas que discurren en sentido paralelo y con aspecto de estar fuera de servicio, dada la oxidación de los raíles y las numerosas traviesas rotas y astilladas que se amontonan entre la grava del terreno circundante. Sopla un viento fuerte del río mientras los dos hombres cruzan la primera vía, y Nick no puede dejar de pensar en el viento que azotaba las calles de Nueva York el lunes por la noche, justo antes de que la gárgola se desprendiera del edificio y estuviera a punto de caerle encima y aplastarlo. Jadeando por el esfuerzo de su larga caminata, Ed se detiene bruscamente al cruzar la tercera vía y señala al suelo. Enterrada entre la grava hay una madera cuadrada, sin pintar, gastada por la intemperie, una especie de abertura o trampilla que se funde tan discretamente con el entorno que Nick duda que la hubiera encontrado yendo solo. Por favor, tenga la amabilidad de levantar la tapa y ponerla a un lado, le pide Ed. No me importaría hacerlo yo, pero últimamente me he puesto tan gordo que si me agacho me da la impresión de que voy a caerme al suelo.

Nick sigue las instrucciones de su nuevo jefe, y un momento después los dos hombres bajan por una escalera de hierro fijada a la pared de cemento. Llegan al fondo, a unos cuatro metros de la superficie. Gracias a la luz que entra por la trampilla abierta, Nick ve que se encuentran en un pasillo estrecho, delante de una puerta de contrachapado. No tiene pomo ni picaporte, pero hay un candado a la derecha, a la altura del pecho. Ed saca una llave del bolsillo y la inserta en la hendidura de la parte de abajo de la caja metálica. Una vez liberado el mecanismo del resorte, coge el candado con la mano, echa a un lado el pasador con el pulgar. y lo cuelga en la anilla de la puerta. Es un gesto ágil, experimentado, piensa Nick, sin duda fruto de incontables visitas a ese frío y húmedo escondite subterráneo a lo largo de los años. Ed da un pequeño empujón a la puerta, que gira sobre sus goznes mientras Nick atisba en la oscuridad que se abre ante él, incapaz de ver nada. Ed lo aparta suavemente con el codo, cruza el umbral y, un instante después, Nick oye que pulsa un interruptor, luego otro, después un tercero y tal vez incluso un cuarto. Entre una balbuceante sucesión de destellos y oscilantes zumbidos, varias hileras de luces fluorescentes van encendiéndose poco a poco en el techo, y Nick se encuentra de pronto en una nave amplia, una estancia sin ventanas que mide aproximadamente quince metros de' largo por nueve de ancho. Perfectamente alineadas a lo largo del local, una serie de estanterías metálicas de color gris ocupan todo el espacio del suelo al techo, que está a unos tres metros y medio de altura. Bowen tiene la impresión de haber entrado en el recinto de una biblioteca secreta, de una colección de libros prohibidos cuya lectura sólo está permitida a los iniciados.

La Oficina de Preservación Histórica, anuncia Ed, con un pequeño gesto de la mano. Eche una mirada. No toque nada, pero mire todo el tiempo que quiera.

Las circunstancias son tan extrañas, tan ajenas a todo lo que Nick esperaba, que ni siquiera se atreve a imaginar las sorpresas que le esperan. Recorre el primer pasillo y descubre que las estanterías están repletas de guías de teléfonos. Centenares de guías telefónicas, miles, organizadas alfabéticamente por nombres de ciudad y dispuestas en orden cronológico. Por casualidad se encuentra en la hilera que contiene Baltimore y Boston. Comprobando el lomo de las guías, ve que la más antigua de Baltimore corresponde al año 1927. A partir de ahí falta alguna que otra, pero desde 1946 la colección está completa hasta el año en curso, 1982. La primera de Boston es aún más antigua, data de 1919, y de nuevo falta una serie de volúmenes hasta llegar a 1946, pero a partir de entonces están todos los años. Con la solidez de esas escasas pruebas, Nick supone que Ed empezó la colección en 1946, un año después de concluida la Segunda Guerra Mundial, que por casualidad también es el año en que nació Bowen. Treinta y seis años dedicados a una empresa gigantesca y al parecer sin sentido, que abarca precisamente la totalidad de su existencia.

Atlanta, Buffalo, Cincinnati, Chicago, Detroit, Houston, Kansas City, Los Ángeles, Miami, Minneapolis, los cinco municipios de Nueva York, Filadelfia, Saint Louis, San Francisco, Seattle: hasta la última metrópoli norteamericana está a mano, junto con docenas de ciudades más pequeñas, condados rurales de Alabama, ciudades periféricas de Connecticut y territorios sin entidad administrativa de Maine. Pero la cosa no termina en Estados Unidos. Cuatro de las veinticuatro imponentes estanterías metálicas de doble cuerpo están dedicadas a urbes y ciudades de países extranjeros. Esos archivos no son tan completos ni exhaustivos como sus equivalentes nacionales, pero, además de Canadá y México, está representada la mayoría de los Estados de la Europa occidental y orienta Londres, Madrid, Estocolmo, París, Munich, Praga, Budapest. Lleno de asombro, Nick comprueba que Ed se las ha arreglado para adquirir una guía telefónica de Varsovia de 1937/38: Spis Abonentów Warszawskiej Sieci TELEFONÓW. Mientras combate la tentación de sacar el volumen del estante, se le ocurre que casi todos los judíos relacionados en la guía ya están muertos desde hace mucho, asesinados antes de que Ed empezara siquiera su colección.

La visita dura diez o quince minutos, y adonquiera que va Nick, lo sigue Ed con una sonrisita en la cara, disfrutando del visible desconcierto de su invitado. Cuando llegan a la última hilera de estanterías al fondo de la estancia, Ed dice al fin:

El tío no sale de su asombro. No hace más que preguntarse: Pero ¿de qué coño va esto?

Es una manera de decirlo, responde Nick.

¿Alguna idea…, o no hay más que confusión?

No estoy seguro, pero tengo la impresión de que esto es algo más que una distracción para usted. Eso por lo menos lo entiendo. No es de esos que acumulan cosas sólo por afán de coleccionar. Tapones de botellas, cajetillas de tabaco, ceniceros de hotel, elefantitos de cristal. Hay gente que se pasa el tiempo buscando toda clase de chucherías. Pero esto no es lo mismo. Las guías significan algo para usted.

Esta habitación contiene el mundo, responde Ed. O parte del mundo, al menos. Los nombres de los vivos y de los muertos. La Oficina de Preservación Histórica es la casa de la memoria, pero también el templo del presente. Juntando esas dos cosas en un solo sitio, me demuestro a mí mismo que la humanidad no se ha acabado.

Me parece que no lo entiendo.

Yo he visto el fin de todo, Hombre Fulminado. He bajado a las entrañas del infierno, y he visto el final. Quien vuelve de un viaje así, por mucho que siga viviendo, es consciente de que una parte de sí mismo ha muerto para siempre.

¿Cuándo ocurrió eso?

En abril de 1945. Mi unidad combatió en Alemania, y nos tocó liberar Dachau. Treinta mil esqueletos respirando. Usted lo conoce por fotografías, pero con las fotos no se hace uno idea de lo que era aquello. Había que estar allí y olerlo directamente, había que estar allí y tocarlo con las propias manos. Seres humanos hicieron aquello a sus propios semejantes, y lo hicieron con plena conciencia de lo que hacían. Aquello era el fin de la humanidad, señor Zapatos Buenos. Dios apartó la vista de nosotros y abandonó el mundo para siempre. Y yo estuve allí para presenciarlo.

¿Cuánto tiempo estuvo en el campo?

Dos meses. Era cocinero, de modo que hacía servicio de cocina. Mi tarea consistía en dar de comer a los supervivientes. Estoy seguro de que ha leído historias de cómo algunos no podían dejar de comer. Los más famélicos. Llevaban tanto tiempo pensando en la comida, que no podían remediarlo. Comían hasta que se les reventaba el estómago, y entonces se morían. A centenares. El segundo día se me acercó una mujer con un niño en brazos. Había perdido la cabeza, aquella mujer, se le veía, se sabía por la forma en que sus ojos no dejaban un momento de revolverse en sus cuencas, y qué delgada estaba, tan desnutrida que no sé cómo lograba mantenerse en pie. No pedía de comer, sólo quería que le diera leche al niño. Yo iba a complacerla con mucho gusto, pero entonces me entregó al niño y vi que estaba muerto, que llevaba varios días muerto. Tenía la cara reseca y arrugada, ensombrecida, más negra que la mía, una criaturita que no pesaba nada, que no era más que piel arrugada y pus seco y huesos vacíos. La mujer seguía pidiendo leche, así que vertí una poca en los labios del niño. No se me ocurrió otra cosa que hacer. Vertí leche en los labios de la criatura, y entonces la mujer volvió a coger a su hijo: satisfecha ya, tan feliz que empezó a tararear, casi a cantar, en serio, a cantar de esa forma jubilosa con que se arrulla a un niño. No sabría decir si en la vida he visto a alguien más feliz que aquella mujer en aquel momento, alejándose con su hijo muerto en brazos, cantando porque al fin ha conseguido darle un poco de leche. Me quedé allí parado, mirando cómo se alejaba. Caminó unos cinco metros a trompicones hasta que le cedieron las rodillas y, antes de que pudiera salir corriendo para sujetarla, cayó muerta en el barro. Eso fue lo que me movió a hacer esto. Cuando vi morir a la mujer, supe que tenía que hacer algo. No podía volver tranquilamente a casa después de la guerra y olvidar todo lo que había pasado. Debía mantener ese lugar en la memoria, seguir pensando en ello todos los días durante el resto de mi vida.

Nick sigue sin comprender. Puede captar la enormidad de la experiencia por la que pasó Ed, entender el sufrimiento y el horror que siguen persiguiéndolo, pero la forma en que esos sentimientos encuentran expresión en la absurda empresa de coleccionar guías de teléfono supera su capacidad de comprensión. Puede imaginarse otras cien maneras de trasladar la experiencia de un campo de concentración a una actividad que ocupe toda la vida, antes que aquel extraño archivo subterráneo lleno de nombres de gente de todo el mundo. Pero ¿quién es él para juzgar la pasión de nadie? Bowen necesita trabajo, le gusta la compañía de Ed y no tiene ningún reparo en pasar unas semanas o unos meses ayudándolo a reorganizar el sistema de almacenamiento de las guías, por inútil que parezca la tarea. Así que llegan a un acuerdo sobre el sueldo, el horario y demás cuestiones laborales, y luego se estrechan la mano para cerrar el trato. Pero Nick sigue encontrándose en la embarazosa situación de tener que pedir un anticipo a cuenta. Necesita ropa y un sitio para vivir, y los sesenta y tantos dólares que lleva en la billetera no bastan para cubrir esos gastos. Su nuevo jefe, sin embargo, se le adelanta. Hay una organización benéfica que vende ropa de segunda mano a menos de dos kilómetros de donde se encuentran, le informa, y esa misma tarde Nick puede hacer allí una buena provisión de prendas de vestir por unos cuantos dólares. Nada de finuras, desde luego, pero lo que va a necesitar es ropa de trabajo, no trajes de calle. Además, de ésos ya tiene uno, y si alguna vez le da por marcharse de la ciudad, lo único que ha de hacer es volvérselo a poner.

Solucionado ese problema, Ed inmediatamente le resuelve también el del alojamiento. Hay una habitación disponible en el recinto, le anuncia, y si a Nick no le espanta la idea de pasarse la noche bajo tierra, se puede quedar allí sin tener que pagar nada. Haciéndole una seña para que lo siga, Ed camina inseguro por uno de los pasillos centrales, avanzando cautelosamente con sus tobillos doloridos e hinchados, hasta que llega a la pared de bloques grises del lado izquierdo de la estancia. A veces me quedo a dormir aquí, dice, mientras se mete la mano en el bolsillo para sacar las llaves. Es un cuartito muy agradable.

Hay una puerta metálica empotrada en la pared, y como no sobresale y es del mismo tono gris del muro, Nick no ha reparado en ella cuando ha pasado por allí unos minutos antes. Al igual que la puerta de madera de entrada situada al otro extremo de la estancia, ésta no tiene pomo ni picaporte, y Ed la abre hacia dentro con un suave empujón de la mano. Sí, dice cortésmente Nick al entrar, es una habitación cómoda, aunque la encuentra más bien deprimente, sin adornos y con tan pocos muebles como el cuarto de la pensión de Ed. Pero dispone de todo lo necesario; salvo de ventana, claro está, de la posibilidad de mirar hacia fuera. Cama, mesa y silla, frigorífico, hornillo, retrete, aparador lleno de latas de conservas.


No es tan horrible, verdaderamente, y además ¿qué otra cosa puede hacer Nick sino aceptar el ofrecimiento del antiguo taxista? Ed parece encantado de que Nick esté dispuesto a quedarse allí, y cuando cierra la puerta y ambos tuercen por el pasillo para dirigirse a la escalera que volverá a llevarlos a la superficie, cuenta a Nick que empezó a construir aquella habitación hace veinte años. En el otoño del sesenta y dos, puntualiza, en plena crisis de los misiles cubanos. Pensaba que nos iban a tirar uno gordo, y decidí tener un sitio para ocultarme. Ya sabe, un refugio de ésos, como se llamen.

Un refugio antiatómico.

Eso. Así que hice un agujero en la pared y añadí esa pequeña habitación. La crisis concluyó antes de que yo hubiera acabado, pero nunca se sabe, ¿verdad? Esos locos que dirigen el mundo son capaces de cualquier cosa.

Nick siente una leve punzada de alarma cuando oye a Ed hablar así. No es que no comparta su opinión sobre los dirigentes mundiales, sino que se pregunta si no ha hecho causa común con algún maniático, con una persona desquiciada o completamente enloquecida. Es muy posible, dice para sus adentros, pero Ed Victory es la persona que le ha deparado el destino, y si piensa atenerse a los principios del desprendimiento de la gárgola, debe seguir adelante y mantener el rumbo que ha tomado; para bien o para mal. De otro modo, su marcha de Nueva York se convertirá en un gesto vacío, infantil. Si no es capaz de aceptar lo que está pasando, de aceptarlo y asumirlo activamente, debería reconocer la derrota y llamar a su mujer para anunciarle que vuelve a casa.

A la larga, esas preocupaciones resultan infundadas. Pasan los días y, mientras ambos trabajan juntos en la cripta bajo la vía férrea, llevando de un lado a otro de la estancia guías de teléfono que colocan en cajas de manzanas montadas en patines, Nick descubre que Ed es una persona íntegra, un hombre de palabra. Nunca pide a su ayudante que explique sus circunstancias ni que le cuente su historia, y Nick llega a admirar esa discreción, sobre todo en alguien tan parlanchín como el antiguo taxista, que por todos los poros destila curiosidad hacia el mundo. Ed tiene unos modales tan refinados, en realidad, que ni siquiera le pregunta su nombre. En un momento dado, Bowen sugiere a su jefe que le llame Bill, pero, sabiendo que ese nombre es pura invención, Ed rara vez se molesta en hacerlo, y prefiere dirigirse a su empleado con el apelativo de Hombre Fulminado, Nueva York o señor Zapatos Buenos. A Nick le parece perfecta la solución. Vestido con los diversos atuendos adquiridos en la tienda de ropa de segunda mano (camisas de franela, vaqueros y pantalones del ejército, calcetines elásticos blancos y raídas botas de baloncesto), piensa en los primeros dueños de las prendas que ahora lleva. La ropa desechada sólo puede tener dos orígenes, y únicamente puede regalarse por dos motivos. Alguien pierde interés por una prenda y la dona a una organización benéfica, o bien una persona muere y sus herederos se deshacen de sus pertenencias a cambio de una exigua deducción fiscal. A Nick le entusiasma la idea de andar por ahí con la ropa de un muerto. Ahora que ha puesto término a su vida anterior, parece adecuado ponerse la ropa de alguien que también ha dejado de existir: como si esa doble negación borrara su pasado de manera más completa, más permanente.

Pero Bowen, a pesar de todo, no debe bajar la guardia. Su jefe y él hacen frecuentes pausas en el trabajo, y a Ed, cada vez que interrumpen la actividad, le encanta pasar el tiempo charlando, a veces entremezclando sus observaciones con un trago de cerveza. Nick se entera entonces de la historia de Wilhamena, la primera mujer de Ed, que desapareció una mañana de 1953 con un vendedor de bebidas alcohólicas de Detroit, y de la de Rochelle, sucesora de Wilhamena, que le dio tres hijas y luego murió de un infarto en 1969. A Bowen le parece que Ed sabe contar anécdotas, pero se guarda mucho de hacerle preguntas sobre detalles concretos: para no dar pie a que le formule cuestiones personales. Han establecido un pacto de silencio para no sondear sus respectivos secretos, y por mucho que Nick desee saber si Victory es el verdadero nombre de Ed, por ejemplo, o si es realmente dueño del local subterráneo que alberga la Oficina de Preservación Histórica o simplemente se ha apropiado del almacén sin que lo hayan pillado las autoridades, no dice ni palabra de esos asuntos y se contenta con escuchar lo que Ed le ofrece por iniciativa propia. Más peligrosos son los momentos en que Nick casi se descubre a sí mismo, y cada vez que eso ocurre, se hace la advertencia de tener más cuidado con lo que dice. Una tarde, cuando Ed está hablando de sus experiencias de soldado en la Segunda Guerra Mundial, saca a relucir el nombre de un joven recluta que se incorporó a su regimiento a finales del cuarenta y cuatro, John Trause. Dieciocho años recién cumplidos, prosigue Ed, pero el tío más listo e inteligente que he conocido en la vida. Ahora se ha convertido en un escritor famoso, explica, y no es de extrañar cuando se piensa en el cerebro tan potente que tenía aquel chaval. Entonces es cuando Bowen da un patinazo casi catastrófico. Lo conozco, anuncia, y cuando Ed levanta la vista y le pregunta qué tal le va a John, Nick procede inmediatamente a despistarlo puntualizando su afirmación. No en persona, aclara. Me refiero a sus libros, he leído sus novelas y entonces dejan el tema y pasan a otra cosa. Pero lo cierto es que Nick trabaja con John y se dedica a actualizar el catálogo de su obra. En realidad, el mes pasado sin ir más lejos terminó de trabajar en una serie de encargos para las cubiertas de las ediciones de bolsillo de sus novelas. Hace años que lo conoce, y el principal motivo por el que solicitó el puesto en la editorial donde trabaja (o trabajaba hasta hace unos días) fue que las novelas de John Trause estaban publicadas allí.

Nick empieza a trabajar con Ed el jueves por la mañana, y ordenar de nuevo las guías de teléfono es una tarea de proporciones tan enormes, tan colosales desde el punto de vista de la carga que hay que manejar -el volumen y el peso de los innumerables tomos de mil páginas que se deben sacar de su estantería y acarrear a otra zona del almacén para luego volver a cogerlos y colocarlos en otro estante-, que adelantan poco, mucho menos de lo que han previsto. Deciden seguir trabajando durante todo el fin de semana, y al miércoles siguiente (el mismo día que Eva entra en una tienda de fotocopias para componer el cartel con el cual difundirá la noticia de la desaparición de su marido, que también resulta ser el día en que Rosa Leightman vuelve a Nueva York y escucha los mensajes de amor de Bowen en el contestador automático) la creciente preocupación de Nick por la salud de Ed se transforma finalmente en angustia declarada. El antiguo taxista tiene sesenta y siete años y pesa unos treinta kilos de más. Fuma tres paquetes al día de cigarrillos sin filtro, le cuesta trabajo andar, respira con dificultad y tiene las arterias cada vez más llenas de colesterol. Víctima de dos ataques al corazón en el pasado, no se encuentra en condiciones de soportar el trabajo que ambos pretenden llevar a cabo. Incluso bajar y subir la escalera todos los días requiere una gran concentración y fuerza de voluntad, lo que pone a prueba sus energías hasta tal punto que apenas puede respirar cuando llega al primero o al último peldaño. Nick es consciente de ello desde el principio, y anima continuamente a Ed para que se siente y descanse un poco, asegurándole que es capaz de hacer el trabajo él solo, pero Ed es un individuo testarudo, una persona con una misión que cumplir, y ahora que su sueño de reorganizar su museo de guías telefónicas se está haciendo por fin realidad, no hace caso del consejo de Bowen y salta del asiento a la menor oportunidad para ayudarlo. El viernes por la mañana, las cosas empiezan finalmente a ponerse feas. Bowen vuelve de un trayecto al otro extremo de la sala, remolcando su caja de manzanas vacía, y se encuentra con Ed sentado en el suelo y la espalda apoyada en una estantería. Tiene los ojos cerrados y la mano derecha firmemente apretada contra el corazón.

Dolor en el pecho, observa Nick, llegando enseguida a la conclusión evidente. ¿Le duele mucho?

Déme un minuto, contesta Ed. Se me pasará.

Pero Níck no se conforma con esa respuesta e insiste en acompañarlo a las urgencias del hospital más cercano. Tras oponerse con una débil protesta por pura fórmula, Ed consiente en ir al hospital.

Pasa más de una hora antes de que se encuentren en el asiento trasero de un taxi camino del Saint Anselm's Charity Hospital. Para empezar, está el arduo problema de empujar el enorme y voluminoso cuerpo de Ed escaleras arriba y sacarlo a la superficie; luego, se presenta la tarea igualmente desesperada de encontrar un taxi en esa zona sombría y desolada de la ciudad. Nick echa a correr y tarda veinte minutos en encontrar un teléfono público que funcione, y una vez que por fin consigue ponerse en comunicación con la compañía de taxis Red and White (para la que trabajaba Ed), espera otros quince minutos hasta que se presenta el coche. Nick da indicaciones al taxista, encaminándolo a la vía férrea cerca del río. Recogen al languideciente Ed, que está tumbado sobre la grava y tiene considerables dolores (aunque está consciente, con la suficiente presencia de ánimo para hacer un par de bromas mientras lo ayudan a subir al taxi), y salen para el hospital.

Esa urgencia médica es la responsable de que Rosa Leightman no llegue a ponerse en contacto con Ed ese mismo día. El individuo que se hace llamar Victory, pero cuyo nombre es Johnson según figura en el permiso de conducción y la tarjeta de seguridad social, ha sufrido su tercer ataque al corazón. En el momento en que Rosa lo llama desde Nueva York, él ya está internado en la unidad de cuidados intensivos del Saint Anselm's y, según los datos cardiovasculares anotados en el gráfico que cuelga a los pies de su cama, no volverá a su pensión en mucho tiempo. Desde ese miércoles hasta que salga para Kansas City el sábado por la mañana, Rosa lo sigue llamando a todas horas del día y de la noche, pero allí no hay nadie para oír el timbre del teléfono.

En el taxi, camino del hospital, Ed se está adelantando a los acontecimientos, preparándose para los malos augurios, aunque siga fingiendo que no está preocupado. Soy un tío gordo, le dice a Nick, y los gordos nunca mueren. Es una ley natural. Si el mundo nos da un puñetazo, nosotros no lo acusamos. Para algo tenemos todo este relleno…, para que nos sirva de protección en momentos como éste.


Nick le dice que no hable. Ahorre fuerzas, le aconseja, y mientras Ed trata de aguantar el dolor que le quema el pecho, que le baja por el brazo izquierdo y le sube hasta la mandíbula, sus pensamientos vuelven a la Oficina de Preservación Histórica. Probablemente voy a pasar un tiempo en el hospital, dice, y me fastidia pensar que se interrumpa el trabajo que hemos empezado. Nick le asegura que está dispuesto a seguir haciéndolo solo y Ed, conmovido por la lealtad de su ayudante, cierra los ojos para contener las lágrimas que involuntariamente se le agolpan en los párpados y le asegura que es una buena persona. Entonces, como está demasiado débil para hacerlo por sí mismo, dice a Bowen que le meta la mano en el bolsillo para cogerle la cartera y el llavero. Nick le saca las dos cosas del pantalón, y un momento después Ed le dice que abra la cartera y coja el dinero que hay dentro. Sólo déjeme veinte pavos, le dice, y quédese con lo demás: un adelanto por servicios prestados. Entonces es cuando Nick se entera de que su verdadero nombre es Johnson, pero enseguida decide que ese descubrimiento no tiene gran importancia y no hace observación alguna. En cambio, cuenta el dinero, que asciende a más de seiscientos dólares, y se guarda el fajo en el bolsillo derecho del pantalón. Y después, en una especie de jadeante letanía, esforzándose por hablar a pesar del dolor, Ed le especifica de dónde son las llaves del llavero: el portal de la pensión, la puerta de su habitación del último piso, el cajetín de la estafeta de correos del barrio, el candado de la puerta de madera de la Oficina y la puerta del apartamento subterráneo. Mientras Bowen introduce en el llavero su propia llave del apartamento, Ed le comunica que esa semana está esperando un envío de guías de teléfono europeas, por lo que Nick no debe olvidarse de pagar cuando haya llegado. Sigue un largo silencio a esa observación, mientras Ed se recluye en sí mismo y lucha por recobrar de nuevo el aliento, pero justo antes de llegar al hospital abre los ojos y dice a Nick que si quiere puede quedarse en su habitación de la pensión mientras él está en el hospital. Nick lo piensa un momento y luego rechaza el ofrecimiento. Es muy amable por su parte, le dice, pero no hay necesidad de cambiar nada. Estoy contento de vivir en mi agujero.

Permanece unas cuantas horas en el hospital, pues antes de irse quiere asegurarse de que Ed se encuentra fuera de peligro. Han previsto operarlo a la mañana siguiente para hacerle un triple bypass, y a las tres de la tarde, cuando sale del Saint Anselm's, Nick tiene plena confianza en que en su próxima visita Ed estará en vías de franca recuperación. O eso le induce a creer el cardiólogo. Pero nada es seguro en el reino de la medicina, y mucho menos si hay cuchillos que se abren camino entre la carne de cuerpos enfermos, y cuando Edward M. Johnson, más conocido como Ed Victory, expira en la mesa de operaciones el jueves por la mañana, el mismo cardiólogo que ofreció a Nick tan prometedor diagnóstico no puede hacer otra cosa que reconocer que se había equivocado.

Pero Nick ya no está en condiciones de hablar con el médico y preguntarle por qué se ha quedado su amigo en la operación. Menos de una hora después de volver el miércoles al archivo subterráneo, Bowen comete uno de los grandes errores de su vida, y como supone que Ed vivirá -y sigue creyéndolo después de que su jefe haya muerto-, no se da cuenta de la enorme calamidad que ha atraído sobre sí mismo.


Cuando baja la escalera hacia la entrada de la Oficina, lleva el llavero y el fajo de billetes que le ha dado Ed en el bolsillo delantero derecho del pantalón. Después de abrir el candado de la puerta de madera se guarda las llaves en el bolsillo izquierdo de los viejos pantalones del ejército que ha comprado en la tienda de ropa usada. Da la casualidad de que ese bolsillo tiene un gran agujero, y por ahí se le caen las llaves, que se van deslizando por su pierna hasta aterrizar a sus pies. Se agacha y las recoge, pero en vez de volver a guardárselas en el bolsillo derecho, se las queda en la mano, las lleva al sitio donde tiene intención de empezar a trabajar, y las deja en un anaquel delante de una fila de guías de teléfono; sólo para que no le abulten en los pantalones y se le claven en la pierna cuando empiece a agacharse y levantarse para coger los volúmenes y cambiarlos de sitio. En el subsuelo, la atmósfera es especialmente húmeda ese día. Nick trabaja media hora, esperando entrar en calor con el ejercicio, pero siente que el frío lo está calando hasta los huesos, y por fin decide retirarse al apartamento del fondo de la sala, que dispone de un calentador eléctrico portátil. Recuerda las llaves, vuelve al sitio donde ha dejado el llavero y de nuevo se queda con ellas en la mano. Pero en vez de ir derecho al apartamento se pone a pensar en la guía de teléfonos de Varsovia de 1937/38 que le llamó la atención el primer día que fue con Ed a la Oficina. Va a buscarla al otro extremo de la estancia, con idea de llevársela al apartamento y examinarla durante el descanso. De nuevo deja las llaves en un estante, pero esta vez, absorto en la búsqueda del volumen, se olvida de cogerlas cuando localiza la guía. En circunstancias normales, aquello no habría causado problema alguno. Al necesitar las llaves para abrir la puerta del apartamento, y una vez percatado del error, habría vuelto a recogerlas. Pero aquella mañana, en el frenesí subsiguiente al inesperado ataque de Ed, la puerta se había quedado abierta, y mientras se dirige ahora hacia allí, hojeando ya las páginas de la guía de teléfonos de Varsovia y pensando en alguna de las historias truculentas que Ed le ha contado en relación con 1945, Nick está lo bastante distraído como para no prestar atención a lo que hace. Si en un momento dado llega a pensar en las llaves, dará por sentado que las lleva en el bolsillo derecho, así que entra directamente en la habitación, enciende la luz del techo y cierra la puerta de una patada, quedándose por tanto encerrado. Ed ha instalado una puerta de cierre automático, y una vez que alguien entra en el cuarto, no puede salir a menos que utilice la llave para abrir la puerta desde dentro.

Como imagina que lleva la llave en el bolsillo, Nick sigue sin darse cuenta de lo que ha hecho. Enciende el calentador eléctrico, se sienta en la cama y empieza a leer la guía de Varsovia con más detenimiento, prestando plena atención a sus amarillentas y quebradizas páginas. Pasa una hora, y cuando Nick siente que ha entrado en calor lo suficiente para volver al trabajo, se da finalmente cuenta de su error. Su primera reacción es reírse, pero a medida que va percibiendo la escalofriante realidad de lo que ha hecho, deja de reír y se pasa dos horas intentando frenéticamente encontrar el modo de salir de allí.

Se trata de un refugio antiatómico, no de una habitación vulgar y corriente, y los muros de doble aislamiento tienen un metro veinte de espesor, el suelo de hormigón se prolonga noventa centímetros bajo sus pies, e incluso el techo, que Bowen considera el sitio más vulnerable, está construido con una mezcla de yeso y cemento tan sólida como inexpugnable. Los conductos de ventilación corren a lo largo de la parte alta de las cuatro paredes, pero después de que Bowen logra soltar una de las rejillas de su firme marco metálico, comprende que la abertura es demasiado estrecha para que un hombre pueda pasar a través de ella, incluso alguien de cuerpo menudo como él.

En la superficie, bajo la luminosidad del sol de la tarde, la mujer de Nick está pegando carteles con su retrato en todos los muros y farolas del centro de Kansas City, y al día siguiente, cuando los residentes de la zona se levanten de la cama y se dirijan a la cocina a tomar el café del desayuno, se encontrarán frente a la misma fotografía que figura en la página siete del periódico de la mañana: ¿HA VISTO A ESTE HOMBRE?

Agotado por el esfuerzo, Bowen se sienta en la cama y trata de volver a examinar con calma la situación. Pese a todo, decide que no hay necesidad de dejarse llevar por el pánico. El frigorífico y los aparadores están llenos de comida, hay abundante provisión de agua y cerveza, y en el peor de los casos estaría en condiciones de aguantar dos o tres semanas con relativa comodidad. Pero la cosa no durará tanto, dice para sus adentros, ni la mitad de eso. Ed saldrá del hospital dentro de unos días, y una vez que recupere la movilidad lo suficiente para volver a bajar la escalera, vendrá a la Oficina y lo liberará.

Como no puede hacer otra cosa, Bowen se resigna a que alguien ponga fin a su confinamiento solitario, esperando hacer suficiente acopio de paciencia y fortaleza para soportar su absurda situación. Pasa el tiempo leyendo el manuscrito de La noche del oráculo y examinando detenidamente el contenido de la guía de teléfonos de Varsovia. Medita, sueña y hace unas mil flexiones diarias. Traza planes para el futuro. Procura no pensar en el pasado. Aunque no cree en Dios, se dice a sí mismo que Dios lo está poniendo a prueba; y que no debe dejar de asumir su mala fortuna con gracia y espíritu ecuánime.

Cuando el autocar de Rosa Leightman llega a Kansas City el domingo por la noche, Nick lleva cinco días encerrado en la habitación. La liberación está próxima, dice para sí, Ed aparecerá en cualquier momento, y diez minutos después de haber pensado en eso la bombilla del techo se funde y Nick se encuentra sentado, solo y a oscuras, mirando la espiral anaranjada que fulgura en el calentador eléctrico.


Los médicos me habían dicho que la recuperación dependía de llevar un horario regular y dormir todas las noches un número determinado de horas. Trabajar hasta las tres de la madrugada no era precisamente una medida inteligente, pero había estado tan absorto en el cuaderno azul que no me había dado cuenta de cómo pasaba el tiempo, y cuando me metí en la cama al lado de Grace a las cuatro menos cuarto, comprendí que probablemente tendría que pagar las consecuencias de haberme saltado el régimen. Otra hemorragia nasal, quizá, o un nuevo acceso de temblores, o una prolongada jaqueca de gran intensidad: algo que prometía desequilibrarme el organismo y hacer que el día siguiente fuera más difícil que los demás. Sin embargo, cuando abrí los ojos a las nueve y media no me sentía peor que de costumbre al despertarme por la mañana. A lo mejor el remedio no era descansar, observé para mis adentros, sino escribir. El trabajo quizá fuera la medicina que necesitaba para volver a ponerme en plena forma.

Después de sus vómitos del domingo, había dado por supuesto que Grace se tomaría el lunes libre, pero cuando me di la vuelta para ver si seguía durmiendo, descubrí que su lado de la cama estaba vacío. Miré en el baño, pero allí no estaba. Cuando fui a la cocina, encontré una nota sobre la mesa. Me encuentro mucho mejor, decía. Gracias por portarte tan bien conmigo anoche. Eres un verdadero sol, Sid, Equipo Azul de píes a cabeza. Luego, después de firmar con su nombre, había añadido una posdata al pie de la página. Casi se me olvida. Nos hemos quedado sin celo y quiero envolver el regalo de cumpleaños de mi padre esta noche para que lo reciba a tiempo. ¿Podrías comprar un rollo cuando vayas a darte el paseo?

Era consciente de que sólo se trataba de un pequeño detalle, pero ese encargo parecía simbolizar todo lo bueno que tenía Grace. Trabajaba de diseñadora gráfica en una importante editorial de Nueva York, y si había algo de lo que su departamento estaba bien aprovisionado era de celo. Casi todos los oficinistas de Estados Unidos roban en el trabajo. Hordas de asalariados se meten rutinariamente en el bolsillo montones de bolígrafos, lápices, sobres, clips y gomas elásticas, y muy pocos sienten el más mínimo remordimiento de conciencia por esos mezquinos hurtos. Pero Grace no era de esas personas. No tenía nada que ver con el miedo de que la pillaran: sencillamente nunca se le había pasado por la cabeza coger algo que no fuera suyo. No por respeto a la ley, ni debido a una rectitud mojigata, ni tampoco porque la formación religiosa de su infancia le hubiese enseñado a temblar ante las exhortaciones de los Diez Mandamientos, sino porque la idea de robar era ajena al concepto que tenía de sí misma, contraria a la forma en que ella quería vivir. Puede que no le gustara mucho la sugerencia, pero Grace era del Equipo Azul hasta la médula, y me conmovió el hecho de que se hubiera molestado en sacar el tema a relucir en la nota.

Constituía su modo de decirme que lamentaba su pequeña salida de tono en el taxi el sábado por la noche, una manera discreta y enteramente típica de pedir disculpas. Gracie en su más pura esencia.

Me tragué las cuatro pastillas que debía tomarme por las mañanas con el desayuno, me bebí el café, comí un par de tostadas, y luego me dirigí al fondo del pasillo y abrí la puerta de mi cuarto de trabajo. Pensaba que podría seguir con la historia hasta la hora del almuerzo, después de lo cual saldría a hacer otra visita a la tienda de Chang: no sólo para comprarle el celo a Grace, sino para llevarme todos los cuadernos portugueses que todavía quedaran. No me importaba que no fuesen azules. Negros, rojos y marrones me servirían lo mismo, y quería tener a mano tantos como fuese posible. No para aquel momento, quizá, sino para acumular reservas para futuros proyectos, y cuanto más retrasara la vuelta a la tienda de Chang, más posibilidades habría de que se hubieran agotado.

Hasta entonces, escribir en el cuaderno azul no me había dado más que satisfacciones, una vertiginosa y frenética sensación de plenitud. Las palabras fluían fácilmente de mi interior, como dictadas por una voz que hablara en el cristalino lenguaje de los sueños, las pesadillas y la libre asociación de ideas. La mañana del 20 de septiembre, sin embargo, dos días después del día en cuestión, aquella voz enmudeció de pronto. Abrí el cuaderno y, cuando bajé la vista a la página que tenía ante mí, me di cuenta de que estaba perdido, de que ya no sabía lo que estaba haciendo. Había metido a Bowen en la habitación. Había cerrado la puerta a cal y canto y cortado la luz, y ahora no tenía la menor idea de cómo sacarlo de allí. Me pasaron por la cabeza docenas de soluciones, pero todas parecían trilladas, artificiales, insípidas. Dejar a Nick atrapado en el refugio antiatómico subterráneo era una idea cautivadora para mí -a la vez espeluznante y misteriosa, más allá de toda explicación racional- y no quería abandonarla. Pero, una vez impulsada la historia en esa dirección, me había apartado de la premisa inicial del ejercicio. Mi personaje ya no iba por el camino que Flitcraft había seguido. Hammett concluye su parábola con un giro claramente cómico, y aunque tiene cierto aire de inevitable, ese desenlace resulta un tanto previsible para mi gusto. Tras vagabundear un par de años, Flitcraft acaba parando en Spokane, donde se casa con una mujer que es casi clavada a su primera esposa. Así se lo dice Sam Spade a Brigid O'Shaughnessy: «No creo que se diera cuenta siquiera de que, con la mayor naturalidad del mundo, había vuelto a atarse a la misma rutina de la que había huido en Tacoma. Pero ésa es la parte que siempre me ha gustado. Se adaptó al hecho de que las vigas caían, y cuando dejaron de caer, se adaptó al hecho de que no cayeran.» Efectista, simétrico e irónico; pero sin la fuerza suficiente para el tipo de historia que a mí me interesaba contar. Permanecí más de una hora sentado a la mesa con la pluma en la mano, pero no escribí una palabra. Quizá era a eso a lo que se refería John cuando mencionó la «crueldad» de los cuadernos portugueses. Te lanzas a volar en ellos durante un tiempo, arrastrado por cierta sensación de poderío personal, como un Superman surcando como el rayo el cielo azul y la capa ondeando al viento, pero entonces, sin previo aviso, te caes y te estrellas contra el suelo. Después de tanta excitación y tanto hacerse ilusiones (incluso, lo confieso, hasta el punto de imaginar que podía convertir la historia en una novela), me sentía asqueado, lleno de vergüenza por haber permitido que tres docenas de páginas escritas a toda prisa me engañaran haciéndome pensar que de pronto había dado un vuelco súbito a las cosas. Lo único que había conseguido era volver a ponerme contra las cuerdas. A lo mejor había alguna salida, pero de momento yo no alcanzaba a verla. Lo único que veía aquella mañana era a mi desventurado hombrecillo sentado a oscuras en la habitación subterránea, esperando que alguien lo rescatara.

Hacía bueno aquel día, con una temperatura que rondaba los quince grados, pero habían vuelto las nubes, y cuando salí del apartamento a las once y media parecía que iba a ponerse a llover en cualquier momento. Pero no me molesté en subir otra vez para coger el paraguas. Volver a subir y bajar los tres tramos de escalera me habría costado demasiadas energías, de manera que decidí arriesgarme, contando con la posibilidad de que aguantara sin llover hasta que volviera a casa.

Recorrí a paso lento la calle Court, y empecé a flaquear por los efectos de mi sesión de trabajo hasta altas horas de la madrugada, con aquella vieja sensación de mareo y aturdimiento. Tardé más de quince minutos en llegar a la manzana comprendida entre Carroll y President. La zapatería estaba abierta, como lo estaba el sábado por la mañana, lo mismo que la tienda de comestibles de dos portales más allá, pero el local del medio estaba vacío. Sólo cuarenta y ocho horas antes, la papelería de Chang estaba abierta con toda normalidad, con el escaparate magníficamente adornado y el interior rebosante de existencias, pero ahora, para mi absoluta perplejidad, todo había desaparecido. Un cierre metálico con candado cubría la fachada, y cuando miré entre las aberturas romboidales vi que en el escaparate habían puesto un pequeño cartel escrito a mano: SE


ALQUILA LOCAL COMERCIAL. 8581143.


Estaba tan desconcertado que me quedé un buen rato mirando el local vacío. ¿Iba tan mal el negocio que Chang había decidido dejarlo de improviso? ¿Había desmantelado la tienda en un incontenible arranque de dolor y frustración, cargando con todas sus existencias en un solo fin de semana? No parecía posible. Durante unos instantes, me pregunté si no había imaginado la visita al Palacio de Papel el sábado por la mañana, o si no reinaba en mi cerebro cierta confusión en torno a la cronología de los acontecimientos, con el resultado de que recordaba algo que había sucedido mucho antes: no dos días sino dos semanas o dos meses atrás. Entré en la tienda de comestibles y hablé con el empleado de detrás del mostrador. Afortunadamente, estaba tan desconcertado como yo. La papelería de Chang estaba abierta el sábado, me dijo, y allí seguía cuando él se fue a casa a las siete de la tarde.

– Debió de pasar esa misma noche -prosiguió-, o ayer, quizá. Yo libro los domingos. Hable con Ramón; él es quien hace el turno del domingo. Cuando yo he llegado aquí esta mañana, la papelería estaba completamente vacía. Para cosas raras, amigo, ésa sí que es rara. Como si un mago de esos va y agita la varita mágica y, puf, el chino desaparece.

Conseguí el celo en otra parte y luego fui a Landolfi's a comprar un paquete de tabaco (Pall Mall, en honor al difunto Ed Victory) y unos periódicos para leer durante el almuerzo. A media manzana de la tienda de caramelos había una cafetería llamada Rita's, un local pequeño y bullicioso donde había pasado agradablemente el rato durante casi todo el verano. Hacía casi un mes que no aparecía por allí, y me gustó que la camarera y el que atendía la barra me saludaran calurosamente cuando me vieron entrar. Como no me encontraba bien aquel día, resultaba grato saber que no me habían olvidado. Pedí mi habitual sándwich de queso a la plancha y me puse a leer la prensa. Primero el Times, luego el Daily News para los deportes (los Mets habían perdido los dos partidos, el de ida y el de vuelta, con los Cardinals), y por último una ojeada al Newsday. Por entonces ya era un veterano en aquello de perder el tiempo, y con el trabajo en punto muerto y ningún asunto urgente que exigiera mi vuelta al apartamento, no tenía prisa por marcharme, sobre todo ahora que había empezado a llover y por pereza no había querido subir la escalera para coger un paraguas antes de salir a la calle.

Si no hubiera permanecido tanto tiempo en Rita's, pidiendo otro sándwich y una tercera taza de café, nunca habría visto el artículo impreso al pie de la página treinta y siete del Newsday. Justo la noche anterior había escrito varios párrafos sobre las experiencias de Ed Victory en Dachau. Aunque Ed era un personaje de ficción, la historia que contaba acerca de dar leche al niño muerto era real. La tomé prestada de un libro que leí una vez sobre la Segunda Guerra Mundial, [9] y mientras las palabras de Ed aún resonaban en mis oídos («Aquello era el fin de la humanidad»), me topé con una noticia torpemente escrita sobre otro niño muerto, otra información salida de las entrañas del infierno. La arranqué del periódico aquella tarde de hace veinte años y la he llevado en la cartera desde entonces.


TIRA AL NIÑO A LA BASURA

TRAS DAR A LUZ EN EL RETRETE


Según informó ayer la policía, una presunta prostituta de 22 años, bajo los efectos del crack, dio a luz en el cuarto de baño de la habitación de un hotel del Bronx y luego salió a la calle y tiró a su hijo muerto a un cubo de basura.

Según fuentes policiales, la mujer estaba manteniendo comercio carnal con un cliente hacia la una de la madrugada de ayer, cuando salió de la habitación del hotel que ocupaban, en Cyrus Pl. 450, y se dirigió al cuarto de baño para fumar crack. Sentada en el retrete, la mujer «siente que rompe aguas, nota que le sale algo», informó el sargento Michael Ryan.

Pero la policía añadió que la mujer -drogada de crack- no se percató de que estaba dando a luz.

Veinte minutos después, según dijo Ryan, la mujer vio al niño muerto en la taza, lo envolvió en una toalla y lo tiró a un cubo de basura. Luego volvió a la habitación para seguir manteniendo relaciones sexuales con su cliente. Pero poco después se suscitó una disputa relacionada con el pago y, según la policía, la mujer apuñaló en el pecho a su cliente alrededor de la una y cuarto de la madrugada.

Las mismas fuentes policiales afirmaron que la mujer, identificada como Kisha White, se dio a la fuga y se dirigió a su apartamento, en la calle Ciento ochenta y ocho. Más tarde, White volvió a recoger a su hijo de la basura. Pero un vecino la vio volver y avisó a la policía.


Cuando acabé de leer ese artículo por primera vez, dije para mis adentros: Ésta es la historia más horrible que he leído en la vida. Si ya era bastante difícil asimilar la información sobre el niño, cuando llegué al episodio del apuñalamiento en el cuarto párrafo, comprendí que estaba leyendo una historia sobre el fin de la humanidad, que aquella habitación del Bronx era el sitio exacto de la tierra donde la vida humana había perdido su significación. Me detuve unos momentos, intentando recobrar el aliento, tratando de dejar de temblar, y luego leí el artículo de nuevo. Esta vez los ojos se me llenaron de lágrimas. Fue algo tan súbito, tan inesperado, que inmediatamente me tapé la cara con las manos para que no me vieran llorar. Si la cafetería no hubiera estado llena de clientes, probablemente me habría derrumbado en un verdadero acceso de llanto. No llegué a ese extremo, pero tuve que emplear todas mis fuerzas para contenerme.

Volví a casa bajo la lluvia. Una vez que me despojé de la ropa mojada y me puse algo seco, me dirigí a mi cuarto de trabajo, me senté al escritorio y abrí el cuaderno azul. No en la historia que estaba escribiendo antes, sino en la última hoja, en la página anterior a la cubierta. El artículo me había dejado con tal nudo en el estómago que sentí la necesidad de escribir una especie de respuesta, de enfrentarme cara a cara al dolor que me había causado. Seguí en ello alrededor de una hora, escribiendo hacia atrás en el cuaderno, empezando en la página noventa y seis, pasando después a la noventa y cinco, y así sucesivamente. Cuando terminé mis pequeñas diatribas, cerré el cuaderno, me levanté de la mesa, salí al pasillo y me dirigí a la cocina. Me serví un vaso de zumo de naranja, y cuando volví a guardar el envase de cartón en la nevera, dirigí casualmente una mirada al teléfono que estaba sobre una mesita en un rincón de la estancia. Para mi sorpresa, la luz del contestador parpadeaba. Cuando volví de almorzar en Rita's no había ningún mensaje, pero ahora había dos. Qué raro. Un hecho insignificante, quizá, pero extraño. Porque el caso era que no había oído sonar el teléfono. ¿Había estado tan absorto en lo que estaba haciendo como para no oír nada? Probablemente. Pero, de ser así, era la primera vez que me pasaba eso. Nuestro teléfono tenía un timbre especialmente sonoro, y siempre se oía por el pasillo y en mi cuarto de trabajo, incluso con la puerta cerrada.

El primer mensaje era de Grace. Tenía que terminar un trabajo a tiempo y no podía salir de la oficina hasta las siete y media o las ocho. Si tenía hambre, me decía, podía cenar sin esperarla, ya se calentaría ella los restos cuando llegara.

El segundo era de mi agente, Mary Sklarr. Al parecer, la acababan de llamar de Los Ángeles para preguntarle si me interesaría escribir otro guión, y quería hablar conmigo para explicarme los detalles. [10] La llamé, pero dio un rodeo antes de entrar en materia. Como cualquiera de mis amistades, Mary empezó la conversación interesándose por mi salud. Todos mis amigos me habían dado por muerto, y aun después de salir del hospital y llevar ya cuatro meses en casa seguían sin creer que estaba vivo, que no me habían enterrado a principios de año en algún cementerio perdido.

– De primera -contesté-. Con algún que otro altibajo de vez en cuando, pero en general, bien. Mejor cada día.


– Por ahí corre el rumor de que has empezado a escribir algo. ¿Verdadero o falso?

– ¿Quién te ha dicho eso?

– John Trause. Me ha llamado esta mañana, y tu nombre ha salido a relucir.

– Es verdad. Pero todavía no sé adónde voy a ir a parar, A ningún sitio, podría ser.

Tabula rasa había sido una producción sindical, y para que figurara en los títulos de crédito como autor del guión me vi obligado a hacerme miembro de la Asociación de Escritores. La pertenencia a la Asociación conllevaba el abono de una cuota trimestral y la entrega de un porcentaje de las ganancias profesionales, pero entre las contrapartidas había una póliza de seguro de enfermedad bastante decente. Si no hubiera sido por eso, al salir del hospital habría ido de cabeza a la cárcel por impago. La mayoría de los gastos quedaban cubiertos, pero como ocurre con todos los seguros de enfermedad, había que tener en cuenta una infinidad de cuestiones: franquicias que había que asumir, cargos suplementarios por tratamientos experimentales, crípticos porcentajes y cálculos a escala móvil por medicamentos diversos y material desechable, una pasmosa serie de facturas que me habían endeudado por la friolera de treinta y seis mil dólares. Esa era la carga que Grace y yo debíamos soportar, y cuanto más recobraba las fuerzas, más me preocupaba el medio de liberarnos de la deuda. El padre de Grace nos había ofrecido ayuda, pero el juez no era rico, y con las dos hermanas pequeñas de Grace aún en la universidad, ni se nos pasaba por la cabeza aceptarla. En cambio, pagábamos una pequeña cantidad todos los meses, con idea de ir socavando poco a poco aquella montaña, pero al paso que íbamos, seguiríamos pagando después de jubilarnos. Grace trabajaba en una editorial, lo que significaba que su sueldo era escaso, por no decir otra cosa, y, en cuanto a mí, hacía casi un año que no recibía ingreso alguno. Unos cuantos derechos de autor, microscópicos, adelantos de alguna publicación en el extranjero, pero eso era todo. Lo que explica por qué devolví la llamada a Mary inmediatamente después de escuchar su mensaje. No había pensado escribir más guiones, pero si recibía un encargo bien pagado, no tenía intención de rechazarlo.


– Esperemos que no. He dicho a los del cine que habías empezado otra novela y que a lo mejor no te interesaba.

– Pues claro que me interesa. Y mucho. Sobre todo si hay buen dinero de por medio.

– Cincuenta mil dólares.

– Joder! Con cincuenta mil dólares Grace y yo podríamos salir de apuros.

– Ese proyecto es una tontería, Sid. No es lo tuyo, en serio. Ciencia ficción.

– Ah, ya veo lo que quieres decir. No es exactamente mi especialidad, ¿verdad? Pero ¿estamos hablando de ciencia ficticia o de ficción científica?

– ¿Es que no es lo mismo?

– No sé.-Están pensando en hacer una nueva versión de La máquina del tiempo.

– ¿De H. G. Wells?

– Exacto. Para que la dirija Bobby Hunter.

– ¿El que hace esas películas de acción de elevado presupuesto? ¿Y ése qué sabe de mí?

– Es admirador tuyo. Al parecer ha leído todos tus libros y le encantó la película de Tabula rasa.

– Supongo que debería sentirme halagado. Pero sigo sin entenderlo. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo para esto, quiero decir?

– No te preocupes, Sid. Los llamaré y les diré que no.

– Dame primero un par de días para pensarlo. Leeré el libro y veré lo que pasa. Nunca se sabe. A lo mejor se me ocurre alguna idea interesante.

– Vale, tú mandas. Les diré que lo estás pensando. Nada de promesas, pero quiero que te lo pienses bien antes de tomar una decisión.

– Estoy casi seguro de que hay un ejemplar de ese libro en casa. Una vieja edición de bolsillo que compré en tercer año de instituto. Me pondré a leerlo inmediatamente y te llamaré dentro de un par de días.

El libro había costado treinta y cinco centavos en 1961, e incluía dos novelas tempranas de Wells, La máquina del tiempo y La guerra de los mundos. La primera no llegaba a las cien páginas, y la terminé en menos de una hora. La encontré absolutamente decepcionante: una obra floja, mal escrita, crítica social disfrazada de relato de aventuras, y torpe en los dos sentidos. No me cabía en la cabeza que alguien quisiera realizar una adaptación fiel de aquel libro. Ya se había hecho una versión así, y si el tal Bobby Hunter conocía tan bien mi obra como afirmaba, entonces eso quería decir que aquel individuo pretendía que yo llevara la historia por otro lado, apartándome de la novela y encontrando la manera de hacer algo nuevo con los mismos elementos. Si no, ¿por qué pedírmelo a mí? Había cientos de guionistas profesionales con más experiencia que yo. Cualquiera de ellos podría haber plasmado la novela de Wells en un guión aceptable; y el producto, según imaginaba yo, habría acabado siendo semejante a la película de Rod Taylor e Yvette Mimieux que vi de niño, aunque con unos efectos especiales más deslumbrantes.

Si había algo que me atraía del libro, era la idea subyacente, la noción misma del viaje a través del tiempo. Pero me parecía que, en cierto modo, Wells se las había arreglado para entender mal también eso. Había enviado a su protagonista al futuro, pero cuanto más lo pensaba, más seguro estaba de que la mayoría de nosotros habría preferido ir a parar al pasado. La historia de Trause sobre su cuñado y el estereoscopio era un buen ejemplo del dominio que los muertos siguen ejerciendo sobre nosotros. Si me dieran a elegir entre ir adelante o hacia atrás, yo desde luego no lo dudaría. Preferiría con mucho encontrarme entre los que ya no viven que con los que aún no han nacido. Con tantísimos enigmas históricos por resolver, ¿es posible no sentir curiosidad por saber cómo era el mundo en, digamos, la Atenas de Sócrates o la Virginia de Thomas Jefferson? O, como el cuñado de Trause, ¿cómo resistirse al impulso de volver a encontrarse con los seres queridos que ya no están con nosotros? ¿Ver a tu padre y a tu madre el día que se conocieron, por ejemplo, o hablar con tus abuelos cuando eran pequeños? ¿Acaso rechazaría alguien esa oportunidad a cambio de un vistazo a un futuro desconocido e incomprensible? Lemuel Flagg veía el futuro en La noche del oráculo, y eso acabó con su vida. No queremos saber cuándo vamos a morir ni cuándo va a traicionarnos la persona a quien amamos. Pero nos encantaría saber cómo eran los muertos antes de morir, conocer a los muertos cuando estaban vivos.

Comprendía que Wells necesitara enviar a su personaje hacia delante en el tiempo con objeto de exponer su punto de vista sobre las injusticias del sistema de clases inglés, que podría exagerarse hasta niveles catastróficos si se situaba en el futuro, pero, aun concediéndole el derecho de hacerlo, en el libro había un problema más grave. Si alguien que viviera en Londres en el siglo XIX podía inventar una máquina del tiempo, entonces era lógico que otras personas que vivieran en el futuro estuvieran en condiciones de hacer lo mismo. Si no por sí mismas, al menos con ayuda del viajero del tiempo. Y si la gente de futuras generaciones pudiera viajar hacia delante y hacia atrás en el tiempo a través de los años y los siglos, entonces tanto el pasado como el futuro estarían llenos de personas que no pertenecerían a la época que estuvieran visitando. Al final, todas las épocas estarían contaminadas, abarrotadas de intrusos y turistas de otras eras, y una vez que la gente del futuro hiciera sentir su influencia en los hechos del pasado y la gente del pasado empezara a influir en los acontecimientos del futuro, la naturaleza del tiempo se modificaría. En vez de ser una continua progresión de discretos momentos que avanzan lentamente en una sola dirección, se disgregaría y se convertiría en una vasta y difusa nebulosa. Sencilla y llanamente, en cuanto una persona empezara a viajar en el tiempo, el tiempo tal como lo conocemos se destruiría.

Pero cincuenta mil dólares era mucho dinero, y no estaba dispuesto a permitir que unas cuantas contradicciones lógicas se interpusieran en mi camino. Dejé el libro y empecé a deambular por el apartamento, entrando y saliendo de las habitaciones, recorriendo con la vista los títulos de los libros en las estanterías, apartando los visillos y mirando por la ventana a la calle bañada por la lluvia, hasta pasar un par de horas sin hacer absolutamente nada. A las siete, fui a la cocina a preparar algo de cena para cuando Grace volviera de Manhattan. Una tortilla de champiñones, ensalada verde, patatas hervidas y brécol. Mis habilidades culinarias eran limitadas, pero una vez había trabajado en la plancha de una cafetería y no se me daba mal improvisar cenas sencillas y rápidas. La primera tarea consistía en pelar las patatas, y en cuanto empecé a poner las mondas en una bolsa de papel marrón me vino finalmente la trama de la historia. No era más que un principio, con muchas aristas por pulir y multitud de detalles que debían añadirse más tarde, pero me sentí satisfecho. No porque me pareciese buena, sino porque pensaba que podía gustar a Bobby Hunter, cuya opinión era la única que contaba.

Iba a haber dos viajeros del tiempo, según decidí, un hombre del pasado y una mujer del futuro. La acción saltaría de uno a otro hacia atrás y hacia delante hasta que emprendieran sus respectivos viajes, y entonces, más o menos hacia la tercera parte de la película, se encontrarían en el presente. Aún no sabía qué nombre ponerles, pero de momento los llamaba Jack y Jill.

Jack es parecido al personaje del libro de Wells, pero norteamericano, no inglés. Estamos en 1895 y vive en un rancho de Texas, tiene veintiocho años y es hijo de un magnate del ganado, ya fallecido. Independiente y adinerado, sin interés alguno en proseguir el negocio de su padre, deja la administración del rancho en manos de su madre y su hermana mayor y se dedica a la investigación científica y la experimentación. Al cabo de dos años de incesantes trabajos y fracasos, logra construir una máquina del tiempo. Emprende su primer viaje. No a miles de años en el futuro, como hace el personaje de Wells, sino sólo sesenta y ocho años hacia delante, y desembarca de su reluciente artefacto en un fresco y soleado día de noviembre de 1963.

Jill pertenece al mundo de mediados del siglo XXII En esa época se domina la técnica del viaje a través del tiempo, aunque sólo se practica rara vez, y su utilización es objeto de severas restricciones. Consciente de los posibles desastres y rupturas, el gobierno no permite realizar más que un viaje por persona. No por el placer de visitar otros momentos de la historia, sino como un rito de iniciación en la vida adulta, lo cual se produce al cumplir los veinte años. Se celebra una fiesta en honor del protagonista del acontecimiento, y esa misma noche se le envía al pasado para que transite por el mundo durante un año y observe la vida de sus antepasados. Se empieza unos doscientos años antes de la propia fecha de nacimiento, más o menos unas siete generaciones atrás, y luego se va avanzando poco a poco hacia delante hasta llegar de nuevo al punto del presente histórico de partida. El objeto del viaje consiste en aprender humildad y compasión, tolerancia hacia los semejantes. Entre los cientos de antepasados que puede encontrar en la travesía, todo el espectro de las posibilidades humanas desfila ante el viajero, todos los números de la lotería genética acabarán saliendo. El viajero comprenderá que procede de un inmenso crisol de contradicciones y que entre sus antecesores se encuentran mendigos y locos, santos y héroes, tullidos y seres hermosos, espíritus amables y criminales violentos, altruistas y ladrones. Al ver tantas vidas al descubierto en tan poco espacio de tiempo, el viajero adquiere una nueva comprensión de sí mismo y de su lugar en el mundo. Se ve como un elemento de un vasto conjunto, y se ve como un individuo diferenciado, un ser sin precedentes con un futuro personal insustituible. Y entiende, por último, que sobre él recae la exclusiva responsabilidad de ser quien es.

Se han de cumplir determinadas normas a todo lo largo del viaje. No debe revelarse la verdadera identidad; no debe interferirse en los actos de nadie; a nadie debe permitirse la entrada en la máquina. El quebrantamiento de alguna de esas normas supone el destierro de la propia época y la condena al exilio de por vida.

La historia de Jill empieza en la mañana de su vigésimo aniversario. Una vez que concluye la fiesta, se despide de sus padres y amigos y se abrocha el cinturón en su máquina del tiempo, facilitada por el gobierno. Lleva consigo una larga lista de nombres, un expediente de los antepasados con quienes se encontrará en la travesía. En el cuadro de mandos el dial señala el 20 de noviembre de 1963, exactamente doscientos años antes de su nacimiento. Estudia los papeles por última vez, se los guarda en el bolsillo y enciende el motor de la máquina. Diez segundos después, con sus amigos y su familia lanzándole emotivos adioses, la máquina desaparece como por ensalmo y Jill emprende el viaje.

La máquina de Jack se ha detenido en un prado a las afueras de Dallas. Es el 27 de noviembre, cinco días después del asesinato de Kennedy, y Oswald ya ha muerto, tiroteado por Jack Ruby en un pasaje de los sótanos del Ayuntamiento. A las seis horas de su llegada, Jack ha leído bastantes periódicos y escuchado suficientes boletines de noticias en la radio y la televisión como para comprender que ha llegado en medio de una tragedia nacional. Él ha vivido otro asesinato presidencial (Garfield, en 1881), y tiene un recuerdo doloroso del trauma y el caos que aquello produjo. Considera el problema durante un par de días, preguntándose si tiene el derecho moral de alterar los hechos de la historia, y al final concluye que sí lo tiene. Intervendrá por el bien de su país; hará todo lo que esté en su mano para salvar la vida de Kennedy. Vuelve a su máquina del tiempo, inmóvil en medio del prado, pone el dial del cronómetro en el 20 de noviembre y viaja nueve días hacia atrás en el tiempo. Cuando sale de la cabina de la nave, se encuentra a unos tres metros de otra máquina del tiempo: una versión del siglo XXII de líneas estilizadas. Jill, algo mareada y con el pelo alborotado, pone pie a tierra. Al ver a Jack parado delante de ella, mirándola con absoluta estupefacción, se mete la mano en el bolsillo y saca la lista de nombres. Disculpe, señor, le dice, me pregunto si por casualidad sabe dónde podría encontrar a un tal Lee Harvey Oswald.


A partir de ahí no sabía muy bien adónde ir. Estaba seguro de que Jack y Jill iban a enamorarse (al fin y al cabo, era para Hollywood), y también de que Jack acabaría convenciéndola de que lo ayudara a impedir que Oswald asesinara a Kennedy, aun a riesgo de convertirla en una fugitiva de la justicia, de condenarla a no volver a su propia época. El día 22 por la mañana sorprenderían a Oswald justo en el momento en que entraba en la Biblioteca Escolar de Texas, en Dallas, armado con el rifle, lo atarían y lo retendrían como rehén durante varias horas. Y sin embargo, pese a todos sus esfuerzos, nada cambiaría. A Kennedy lo matarían y la historia de Estados Unidos no se vería alterada en lo más mínimo. Oswald, al proclamarse cabeza de turco, había dicho la verdad. Hubiera o no disparado contra el presidente, no fue el único tirador implicado en la conspiración.

Como Jill ya no puede volver a casa, y Jack no puede soportar la idea de abandonarla porque se ha enamorado de ella, deciden quedarse en 1963. En la escena final de la película, destruyen sus máquinas del tiempo y las entierran en el prado. Luego, con el sol alzándose frente a ellos, se alejan en la mañana del 23 de noviembre: dos jóvenes que han renunciado a su pasado, preparándose para afrontar juntos el futuro.


Una verdadera chorrada, desde luego, literatura fantástica de lo peorcito, pero como película parecía posible, y eso era todo lo que pretendía: producir algo que encajara en la fórmula que ellos querían. No se trataba de prostitución sino más bien de un arreglo económico, y no me asaltaban dudas sobre la conveniencia de aceptar trabajos de encargo si con ello me agenciaba un montón de dinero, que buena falta me hacía. Había pasado un día fatal, primero con el fracaso para llevar adelante la historia que estaba escribiendo, luego con el sobresalto al descubrir que la papelería de Chang había cerrado y, para terminar, el horripilante artículo que había leído a la hora de comer. Aunque sólo fuera por eso, pensar en La máquina del tiempo me había servido de agradable distracción, y cuando Grace entró por la puerta a las ocho y media, me encontraba relativamente animado. Tenía la mesa puesta, una botella de vino blanco en el frigorífico y la tortilla preparada y lista para echarla a la sartén. Se sorprendió un poco de que la hubiera esperado, me parece, pero no hizo ningún comentario al respecto. Parecía agotada, mostraba círculos oscuros bajo los ojos y cierta pesadez de movimientos. Después de ayudarla a quitarse el abrigo, la llevé inmediatamente a la cocina y la senté a la mesa.

– Come -le dije-. Estarás hambrienta

Le puse un plato de ensalada y pan y me dirigí al fogón a preparar la tortilla.

Me felicitó por la cena, pero aparte de eso casi no habló mientras comíamos. Me alegraba ver que había recuperado el apetito, pero al mismo tiempo parecía estar en otra parte, menos presente que de costumbre. Cuando le conté lo del paseo para comprar el celo y el misterioso cierre de la papelería de Chang, apenas me escuchó. Estuve tentado de hablarle de la oferta del guión, pero no me pareció el momento adecuado. Tal vez después de cenar, pensé, y entonces, justo cuando me levanté para empezar a quitar la mesa, alzó la cabeza, me miró y dijo:

– Me parece que estoy embarazada, Sid.

Soltó la noticia de manera tan brusca, que no se me ocurrió otra cosa que hacer salvo volverme a sentar en la silla.

– Hace ya casi seis semanas desde la última vez que tuve el periodo. Ya sabes lo regular que soy. Y todos esos vómitos de ayer. ¿Qué otra cosa puede ser?

– No pareces muy contenta -observé al cabo.

– No sé cómo reaccionar. Siempre hemos hablado de tener niños, pero éste parece el peor momento posible.

– No necesariamente. Si la prueba da positivo, ya se nos ocurrirá algo. Eso es lo que hace todo el mundo. No somos idiotas, Grace. Ya encontraremos el modo.

– El apartamento es muy pequeño, no tenemos dinero y dentro de tres o cuatro meses tendré que dejar de trabajar. Si estuvieras completamente recuperado, nada de eso tendría importancia. Pero estás muy lejos de haberte repuesto del todo.

– Te he dejado embarazada, ¿no? ¿Quién dice que no estoy recuperado? En todo caso, no me pasa nada en las tuberías.

Grace sonrió.

– De modo que tú votas que sí.

– Pues claro.

– Eso hace un sí y un no. Y, ahora, ¿cómo hacemos? -No lo dirás en serio.

– ¿Qué quieres decir?

– Abortar. No estarás pensando en quitártelo de en medio, ¿verdad?

– No sé. Es una idea horrible, pero lo mejor sería olvidarnos de niños durante un tiempo.

– Los casados no matan a sus hijos. Cuando se quieren, no.

– No digas cosas horribles, Sidney. No me gusta.

– Anoche dijiste: «Sigue queriéndome, y todo lo demás se arreglará solo.» Eso es lo que intento hacer. Quererte y cuidar de ti.

– Eso no es amor. Es tratar de saber qué es lo mejor para nosotros.

– Ya lo sabes, ¿verdad?

– ¿Qué tengo que saber?

– Que estás embarazada. No es que creas que estás embarazada. Ya sabes que estás embarazada. ¿Cuándo te has hecho la prueba?

Por primera vez desde que la conocía, Grace apartó la vista al hablarme: incapaz de mirarme a los ojos, dirigía sus palabras a la pared. La había pillado en una mentira, y la humillación le resultaba casi insoportable.

– El sábado por la mañana -confesó en voz casi inaudible, apenas más alta que un susurro.

– ¿Y por qué no me lo has dicho, entonces?

– Porque no podía.

– ¿Que no podías?

– Estaba demasiado afectada. No quería aceptarlo, y necesitaba tiempo para asimilar la noticia. Lo lamento, Sid. Lo siento mucho.

Seguimos hablando y al cabo de un par de horas logré debilitar su resistencia, insistiendo una y otra vez hasta que al final se dio por vencida y me prometió que tendría el niño. Probablemente se trataba de la peor discusión que habíamos mantenido en nuestra vida en común. Desde cualquier punto de vista práctico, ella tenía razón en no estar segura con respecto a su embarazo, pero la misma lógica de sus dudas parecía suscitar en mí un miedo morboso e irracional, y continué atacándola con argumentos exageradamente emocionales que no tenían mucho sentido. Cuando llegamos al aspecto económico del asunto, mencioné tanto el guión como la historia que estaba bosquejando en el cuaderno azul, omitiendo añadir que el primer proyecto no era más que una tentativa vacilante, la más vaga promesa de un trabajo futuro, y que el segundo ya había llegado a un punto muerto. Si no salía ninguno de los dos, le aseguré, solicitaría una plaza de profesor en todos los departamentos de creación literaria de Estados Unidos, y si no conseguía nada por ese lado, volvería a mi puesto de profesor de historia en el instituto, sabiendo perfectamente que aún carecía del aguante físico necesario para cumplir con un trabajo fijo. En otras palabras, le mentí. Mi único objetivo era convencerla de que no abortara, y para defender mi causa estaba dispuesto a emplear toda clase de falsedades. La cuestión era por qué. Incluso cuando la hostigaba con mis interminables justificaciones y una retórica tan cruda como eficaz, echando por tierra cada uno de sus argumentos sosegados y perfectamente razonables, me preguntaba por qué estaba batallando tan duramente. En el fondo, yo no me sentía muy preparado para ser padre, y era consciente de que Grace tenía razón al sostener que no nos encontrábamos en el mejor momento, que no debíamos empezar a pensar en niños hasta que yo me hubiera recuperado del todo. Pasaron meses antes de que llegara a comprender mis verdaderas intenciones de aquella noche. No se trataba de tener un niño; se trataba de mí. Desde el momento en que conocí a Grace, había vivido con un miedo mortal a perderla. Ya la había perdido una vez antes de casarnos, y después de caer enfermo y quedarme hecho casi un inválido, había ido sucumbiendo poco a poco a una especie de desesperanza extrema, a la secreta convicción de que Grace estaría mejor sin mí. Tener un hijo borraría esa ansiedad y le evitaría pensar en levantar el campo. Y, a la inversa, el hecho de que ella presentara argumentos en contra de tener el niño era señal de que pensaba abandonarme, de que ya se me estaba escapando. Supongo que eso explica por qué puse tanto empeño aquella noche, por qué me defendí con una ferocidad digna de cualquier abogaducho sin escrúpulos, llegando incluso a sacar de la cartera aquel horrendo recorte de periódico y dárselo para que lo leyera. TIRA AL NIÑO A LA BASURA TRAS DAR A LUZ EN EL RETRETE. Cuando llegó al final del artículo, Grace me miró con lágrimas en los ojos y dijo:

– No es justo, Sidney. ¿Qué tiene que ver con nosotros esta…, esta pesadilla? Me has hablado de niños muertos en Dachau, de parejas que no pueden tener hijos, y ahora me enseñas esto. ¿Qué es lo que te pasa? Yo sólo hago lo que puedo para que estemos siempre juntos. ¿Es que no lo entiendes?

A la mañana siguiente, me levanté temprano, hice el desayuno para los dos y luego lo llevé a la habitación un minuto antes de que sonara el despertador. Dejé la bandeja encima de la cómoda, desactivé el despertador y me senté en la cama junto a Grace. En cuanto abrió los ojos empecé a besarle la mejilla, el cuello y el hombro, apretando la cabeza contra ella y disculpándome por las estupideces que había dicho la noche anterior. Le dije que era libre de hacer lo que le viniera en gana, que era ella quien decidía y que la apoyaría en cualquier resolución que tomara. La preciosa Grace, que jamás parecía embotada ni tenía los ojos apagados por la mañana, que siempre surgía del sueño con la presteza del recluta en el campamento o la vivacidad de un niño pequeño, pasando de la inconsciencia profunda a la actitud más alerta en cuestión de segundos, me atrajo hacia sí con un fuerte abrazo, sin articular palabra, pero emitiendo una serie de murmullos desde el fondo de la garganta que me transmitían el perdón, que daban por olvidada nuestra discrepancia.

Desayunamos en la cama. Primero zumo de naranja, luego una taza de café con un poco de leche, seguido todo ello de un par de huevos cocidos durante dos minutos y medio y una rebanada de pan tostado. Tenía buen apetito, sin rastro de malestar ni náuseas matinales, y mientras yo me tomaba mi café y mi tostada pensé que nunca la había visto con un aspecto tan espléndido corno aquella mañana. Mi mujer es una criatura luminosa, dije para mis adentros, y que me parta un rayo si alguna vez olvido la suerte que tengo de estar a su lado ahora mismo.

– He tenido un sueño de lo más extraño -anunció Grace-. Uno de esos frenéticos maratones donde todo se mezcla y una cosa se convierte en otra sin parar. Pero muy claro…, más real que la vida misma, no sé si entiendes lo que quiero decir.

– ¿Te acuerdas de lo que era?

– De la mayor parte, creo que sí, pero ya se está empezando a difuminar todo. No alcanzo a ver el principio, pero en un momento u otro estábamos los dos con mis padres. Buscábamos otro sitio para vivir.

– Un apartamento más grande, supongo.

– No, un apartamento, no. Una casa. Íbamos en coche por una ciudad. No era Nueva York ni Charlottesville, sino otro sitio, un lugar en el que nunca había estado. Y mi padre dijo que debíamos ir a ver una casa en la Avenida del Pájaro Azul. ¿De dónde crees que me he sacado eso? Avenida del Pájaro Azul.

– No sé. Pero es un nombre bonito.

– Eso es justo lo que dijiste en el sueño. Dijiste que era un nombre bonito.

– ¿Seguro que ha acabado el sueño? A lo mejor seguimos durmiendo todavía, y estamos teniendo el mismo sueño a la vez.

– No seas tonto. Íbamos en el coche de mis padres. Tú venías conmigo en el asiento de atrás, y le decías a mi madre: «Es un nombre muy bonito.»

– ¿Y luego?

– Paramos frente a una casa antigua. Era enorme, más bien una mansión, y entonces entramos los cuatro a echar una mirada. Todas las habitaciones estaban vacías, sin muebles ni nada, pero eran inmensas, como galerías de museo o canchas de baloncesto, y oíamos nuestros pasos que resonaban contra los muros. Luego mis padres decidieron subir por la escalera para ver cómo era el piso de arriba, pero yo quería bajar al sótano. Al principio tú no querías ir, pero te cogí de la mano y empecé a tirar de ti para que vinieras conmigo. Resultó ser más bonito que la planta baja, que no era más que una habitación detrás de otra, y justo en medio de la última estancia había una trampilla. La abrí de golpe y vi que había una escalera que conducía a un nivel inferior, y esta vez me seguiste sin rechistar. Entonces sentías tanta curiosidad como yo, y era como si estuviéramos viviendo una aventura. Dos críos explorando una casa extraña, ya sabes, los dos un poco asustados, pero pasándolo bien al mismo tiempo.

– ¿Era muy larga la escalera?

– No sé. Tres o cuatro metros. Algo así.

– Tres o cuatro metros… ¿Y luego?

– Estábamos en una habitación. Más pequeña que las de arriba, con el techo mucho más bajo. La sala entera estaba llena de estanterías. Metálicas, de color gris, como las que utilizan en las bibliotecas. Nos pusimos a mirar los títulos de los libros, y resultó que todos los habías escrito tú, Sid. Centenares y centenares de libros, y en cada uno de los lomos estaba escrito tu nombre: Sidney Orr.

– Terrorífico.

– No, nada de eso. Me sentí muy orgullosa de ti. Después de mirar los libros durante un rato, eché a andar de nuevo y, al final, encontré una puerta. La abrí y me encontré con un dormitorio pequeño pero al que no le faltaba nada. Era de mucho lujo, con suaves alfombras persas y cómodas butacas, cuadros en las paredes, incienso humeando sobre la mesa y una cama con almohadas de seda y un edredón de satén rojo. Te llamé y, en cuanto entraste en la habitación, empecé a besarte en la boca. Estaba de lo más caliente. Muriéndome de ganas.

– ¿Y yo?

– Tú tenías la mayor erección de tu vida.

– Como sigas así, Grace, aquí mismo me la vas a poner más grande todavía.

– Nos desnudamos y empezamos a revolcarnos en la cama, llenos de sudor y ansiosos el uno por el otro. Fue delicioso. Nos corrimos los dos a la vez, y entonces, sin detenernos a tomar aliento, empezamos a darle otra vez, echándonos uno encima del otro como animales.

– Parece una película porno.

– Fue salvaje. No sé cuánto tiempo seguimos así, pero en cierto momento oímos el coche de mis padres, que se marchaban. No nos molestamos. Ya los veremos luego, dijimos, y nos pusimos a follar otra vez. Acabamos exhaustos. Yo me dormí un rato y, cuando me desperté, estabas de pie ante la puerta, desnudo, tirando del picaporte con aire de desesperación. «¿Qué pasa?», te pregunté, y tú me contestaste: «Me parece que nos hemos quedado encerrados.»

– Es la cosa más extraña que he oído en la vida.

– No es más que un sueño, Sid. Todos los sueños son raros.

– No me has oído hablar dormido, ¿verdad?

– ¿Qué quieres decir?

– Sé que nunca entras en mi cuarto de trabajo. Pero si lo hicieras, y te diera por abrir el cuaderno azul que compré el sábado, verías que la historia que estoy escribiendo es parecida a tu sueño. La escalera por la que se baja a la habitación subterránea, las estanterías de biblioteca, el pequeño dormitorio al fondo. Mi protagonista está encerrado ahora mismo en esa habitación, y no sé cómo sacarlo de ahí.

– Qué raro.

– Más que raro, escalofriante.

– Lo curioso es que ahí se acababa el sueño. Tú tenías cara de susto, pero antes de que pudiera acudir en tu ayuda, me desperté. Y ahí estabas, a mi lado en la cama, rodeándome con tus brazos, lo mismo que en el sueño. Ha sido maravilloso. Parecía que seguía soñando incluso mucho después de haberme despertado.

– Así que no sabes lo que nos pasó después de que nos quedamos encerrados en la habitación.

– No llegué a eso. Pero seguro que habríamos encontrado una salida. En los sueños no se muere la gente, ¿sabes? Aunque la puerta siguiera cerrada, algo habría pasado para que saliéramos. Así es la cosa. Mientras estás soñando, siempre hay salvación.


Después de que Grace salió para Manhattan, me senté ante la máquina de escribir y empecé a trabajar en la versión preparatoria del guión para Bobby Hunter. Traté de reducir la sinopsis a cuatro páginas, pero acabé escribiendo seis. Había que aclarar algunos aspectos que, en mi opinión, resultaban confusos, y no quería que la historia tuviese fallos aparentes. En primer lugar, si el viaje de iniciación estaba erizado de peligros y suponía la posibilidad de un castigo tan severo, ¿por qué iba a querer alguien correr el riesgo de viajar al pasado? Resolví que el viaje debía ser facultativo, fruto de la propia voluntad, no una obligación. Y, en segundo lugar, ¿cómo saben los del siglo XXII que el viajero ha incumplido las normas? Me inventé una brigada especial de policía que se ocupaba de esos asuntos. Los agentes del viaje a través del tiempo trabajaban en bibliotecas y examinaban libros, revistas y periódicos, y cuando un joven viajero del tiempo interfería en algún acontecimiento del pasado, los datos de los libros cambiaban. El nombre de Lee Harvey Oswald, por ejemplo, desaparecía de pronto de todos los libros sobre el asesinato de Kennedy. Imaginándome aquella escena, comprendí que tales alteraciones podrían plasmarse con unos efectos visuales asombrosos: cientos de palabras disgregándose y ordenándose de otra forma en las páginas impresas, desplazándose hacia atrás y hacia delante como chinches enloquecidas.

Cuando terminé de teclear, leí el trabajo de principio a fin, corregí un par de erratas, salí al pasillo y llamé a la Agencia Sklarr. Mary estaba ocupada, hablando por otra línea, pero le dije a su secretaria que pasaría por su despacho en una hora para entregarle el texto.

– Qué rapidez -comentó ella.

– Sí, supongo -respondí-, pero ya sabes cómo son las cosas, Angela. Cuando viajas en el tiempo, no tienes un momento que perder.

Angela se rió de mi chiste malo.

– Vale -concluyó-. Le diré a Mary que vienes para acá.

Pero no hay tanta prisa, ¿sabes? Puedes enviarlo por correo y ahorrarte el viaje.

– No me fío del correo, señora -observé, pasando a mi acento nasal de vaquero de Oklahoma-. Nunca lo he hecho y nunca lo haré.

Nada más colgar, descolgué otra vez y marqué el número de Trause. La oficina de Mary estaba en la Quinta Avenida, entre las calles Doce y la Trece, no muy lejos de donde vivía John, y se me ocurrió que podría apetecerle que comiéramos juntos. También quería saber cómo le iba la pierna. No habíamos hablado desde el sábado por la noche, y ya era hora de llamarlo y enterarme de las últimas novedades.

– Nada nuevo -me dijo-. No va peor, pero tampoco ha mejorado. El médico me ha recetado un antiinflamatorio y ayer, cuando me tomé la primera pastilla, me hizo reacción. Empezó a darme vueltas la cabeza, vomité, en fin, de todo. Y hoy todavía no he recuperado las fuerzas.

– Voy a Manhattan dentro de un rato para ver a Mary Sklarr, y he pensado pasar por tu casa. A lo mejor podemos comer juntos luego, pero no parece buen momento.

– ¿Por qué no vienes mañana? Ya estaré bien. Más me vale, joder.

Salí de casa a las once y media y fui andando hasta la calle Bergen, donde cogí la línea F del metro hacia Manhattan. Por el camino se produjo una serie de misteriosos problemas técnicos -una prolongada espera en un túnel, un apagón en el vagón que duró el lapso de cuatro paradas, una travesía insólitamente lenta dé la estación de la calle York al otro lado del río-, y cuando llegué a la oficina de Mary, ella había salido a comer. Dejé la sinopsis a Angela, una chica gordita, fumadora empedernida, que contestaba al teléfono y enviaba los paquetes y que ahora me sorprendió levantándose de detrás de su escritorio para despedirme con un beso: uno en cada mejilla, en realidad, a la italiana.

– Lástima que estés casado -musitó-. Tú y yo habríamos hecho muy buenas migas juntos, Sid.

Angela siempre andaba tomándome el pelo con esas cosas, y al cabo de tres años de asidua práctica habíamos elaborado un numerito muy logrado. Cumpliendo con mi papel, le di la respuesta que esperaba.

– Nada es eterno. Ten un poco de paciencia, ángel mío, y antes o después acabaré siendo libre.

No tenía sentido volver a Brooklyn inmediatamente, así que decidí dar mi paseo vespertino en el Village, y luego rematar la excursión tomando un bocado en cualquier sitio antes de coger el metro y volverme a casa. Dejé la Quinta Avenida y me encaminé en dirección oeste, dando una vuelta por la calle Doce, con sus bonitas casas de piedra rojiza y sus arbolitos bien cuidados, y al pasar por delante de la Escuela Nueva y acercarme a la Sexta Avenida ya estaba completamente absorto en mis pensamientos. Bowen seguía atrapado en la habitación y, con los inquietantes detalles del sueño de Grace aún resonando en mi cabeza, se me habían ocurrido varias ideas nuevas sobre la historia. En algún momento perdí la noción de dónde estaba, y durante treinta o cuarenta minutos deambulé como un ciego por las calles, más en aquella estancia subterránea de Kansas City que en Manhattan, prestando muy escasa atención a las cosas que me rodeaban. Y no fue hasta que me encontré en la calle Hudson, pasando sin prisas por delante del escaparate de la Taberna del Caballo Blanco, cuando mis piernas dejaron finalmente de moverse. Me había entrado apetito, descubrí de pronto, y una vez que fui consciente de ello, dejé de pensar y centré la atención en el estómago. Ya podía sentarme a comer. [11]

En una época frecuenté asiduamente el Caballo Blanco, pero hacía años que no entraba, y en cuanto abrí la puerta me alegré de ver que nada había cambiado. Seguía siendo la misma tasca de siempre, con sus paneles de madera, el ambiente lleno de humo, las mesas llenas de marcas y las sillas tambaleantes, el serrín por el suelo, el reloj en la pared del fondo. Todas las mesas estaban ocupadas, pero en la barra había algún que otro hueco. Me senté en un taburete y pedí una hamburguesa y una cerveza. Rara vez bebía durante el día, pero el hecho de encontrarme en el Caballo Blanco me produjo nostalgia (el recuerdo de todas aquellas horas pasadas allí entre los diecinueve y los veintiún años), y decidí brindar por los viejos tiempos. Sólo después de haber pedido la consumición al camarero miré a un lado y me fijé en el parroquiano sentado a mi derecha. Lo había visto de espaldas al entrar en la taberna, un individuo delgado con un jersey marrón, encogido sobre un vaso, y algo en su postura activó una señal en mi cabeza. No supe por qué. Porque lo conocía, tal vez. O por un motivo aún más recóndito: la memoria de otro parroquiano con jersey marrón que años atrás había visto sentado en la misma postura, un fragmento liliputiense del remoto pasado. Aquel hombre tenía la cabeza inclinada y la mirada fija en el vaso, que estaba medio lleno de whisky escocés o de bourbon. Sólo podía verlo de perfil, parcialmente oculto por la mano izquierda, pero no cabía la menor duda de que aquel rostro era el de alguien a quien había creído que no volvería a ver nunca más. M. R. Chang.

– ¿Qué tal está, señor Chang? -lo saludé.

Al oír su nombre, Chang volvió la cabeza con expresión abatida. Parecía estar un poco borracho y al principio no se acordaba bien de mí, pero luego sus rasgos se fueron iluminando poco a poco.

– Ah -dijo-. Señor Sidney. Señor Sidney O. Buen tipo. -Ayer volví a su tienda -respondí-, pero todo había desaparecido. ¿Qué ha pasado?

– Gran problema -contestó Chang, que, al borde de las lágrimas, sacudió la cabeza y bebió un trago de su copa-. El dueño subió alquiler. Dije que tenía contrato, pero él rió y dijo que embargaba mercancía con juez si no pagaba dinero en mano lunes mañana. Así que recogí tienda sábado noche y me fui. Todos mafiosos en ese barrio. Te matan a tiros si no haces lo que mandan.

– Debería contratar a un abogado y denunciarlo.

– Nada de abogado. Mucho dinero. Mañana busco otro local. En Queens o Manhattan, quizá. Adiós Brooklyn. Palacio de Papel, fracaso. Gran sueño americano, fracaso.

No debí dejarme llevar por la compasión, pero cuando Chang me invitó a una copa, no tuve valor para decir que no. Ingerir whisky escocés a la una de la tarde no estaba en la lista de las múltiples terapias prescritas por el médico. Peor aún, ahora que Chang y yo habíamos hecho amistad y estábamos en plena conversación, me sentí obligado a corresponder y pedí otra ronda. Lo cual acabó siendo una cerveza y dos whiskys dobles en una hora aproximadamente. No lo suficiente para llegar a la embriaguez total, pero sí para tener una agradable sensación de levedad, y con mi habitual reserva debilitándose progresivamente a medida que pasaba el tiempo, empecé a hacer a Chang una serie de preguntas personales acerca de su vida en China y de cómo había venido a parar a Estados Unidos: algo a lo que jamás me hubiera atrevido de no haber bebido unas copas. Muchas de las cosas que me dijo me dejaron perplejo. Su capacidad de expresarse en inglés fue deteriorándose en proporción directa con su ingestión de alcohol, pero entre la plétora de historias sobre su infancia en Pekín, la revolución cultural y su peligrosa fuga del país a través de Hong Kong, hay una que destaca en particular, sin duda porque me la contó al principio de la conversación. [12]

– Mi padre era profesor de matemáticas -empezó diciendo-, y daba clases en Instituto de Enseñanza Media Número Once de Pekín. Cuando llega revolución cultural, dicen que es de la Banda Negra, individuo burgués y reaccionario. Un día, guardias rojos ordenan a Banda Negra que saquen de la biblioteca todos los libros no escritos por presidente Mao. Los azotan con cinturones para obligarlos a hacerlo. Son libros malos, afirman. Divulgan ideas capitalistas y revisionistas, y hay que quemarlos. Mi padre y demás profesores de Banda Negra llevan los libros al campo de juego. Guardias rojos gritan y los golpean para que vayan deprisa. Una y otra vez cargan con grandes montones, y hacen una enorme montaña de libros. Guardias rojos les prenden fuego, y mi padre se pone a llorar. Y por eso lo azotan con sus cinturones. Luego el fuego crece y da mucho calor, y guardias rojos empujan a Banda Negra hasta borde de llamas. Los obligan a bajar cabeza, a inclinarse. Dicen que el fuego de la gran revolución cultural es su juez. Es un caluroso día de agosto, con sol tremendo. Mi padre tiene ampollas en cara y brazos, heridas y cardenales en toda la espalda. En casa, mi madre llora al verlo. Mi padre llora. Todos lloramos, señor Sidney. A la semana siguiente, detienen a mi padre y nos mandan a todos a trabajar al campo. Entonces empiezo a odiar a mi país, a mi China. Desde aquel día, no hago más que soñar con Estados Unidos. En China tengo mi gran sueño americano, pero en América no hay sueño. Este país también es malo. En todos sitios igual. Gente mala y podrida. Todos los países malos y podridos."

Cuando apuré el segundo Cutty Sark, dije a Chang que era hora de marcharme y le estreché la mano. Eran las dos y media, le expliqué, y tenía que volver a Cobble Hill y hacer la compra para la cena. Chang pareció decepcionado. Yo no sabía lo que esperaba de mí, pero quizá pensaba que estaba dispuesto a pasarme el día de juerga con él.

– Ningún problema -acabó diciendo-. Lo llevaré a casa.

– ¿Tiene coche?

– Pues claro. Todo el mundo tiene coche. ¿Usted no?

– No. En realidad, en Nueva York no es necesario.

– Vamos, señor Sid. Usted me da ánimos, me devuelve alegría. Y ahora yo lo llevo a casa.

– No, gracias. En su estado no se debe conducir. Tiene una buena merluza.

– ¿Merluza?

– Ha bebido mucho.

– Tonterías. M. R. Chang está sobrio como un juez.

Sonreí al escuchar esa expresión tan norteamericana, y, al ver que me hacía gracia, Chang se echó de pronto a reír. Era el mismo estallido entrecortado del sábado, cuando soltó aquellas carcajadas en la papelería. Jajaja. Jajaja. Una hilaridad que resultaba desconcertante, seca e impersonal a la vez, sin ese timbre vibrante y cadencioso que suele oírse en la risa de la gente. Para demostrar su afirmación, se bajó de un salto del taburete y empezó a andar de un lado para otro por el local, exhibiendo su capacidad de mantener el equilibrio y caminar en línea recta. Para ser justos con él, debo reconocer que pasó la prueba. Sus movimientos eran espontáneos y naturales, y parecía estar en pleno dominio de sus facultades. Comprendiendo que no había forma de convencerlo, que su apasionada decisión de llevarme a casa era inquebrantable, cedí de mala gana y acepté su ofrecimiento.

Tenía el coche aparcado a la vuelta de la esquina, en la calle Perry: un flamante Pontiac rojo con ruedas blancas y techo corredizo. Le dije a Chang que me recordaba a un tomate maduro, pero no le pregunté cómo era posible que alguien como él, un sedicente fracasado americano, hubiera podido comprarse un vehículo tan costoso. Con evidente orgullo, me abrió la puerta y me hizo subir al asiento del pasajero. Luego, dando unas palmaditas al capó mientras daba la vuelta por la parte delantera del coche, subió a la acera y abrió la otra puerta. Una vez que se instaló al volante, se volvió hacia mí y sonrió.

– Chapa maciza -observó.

– Sí -respondí-. Muy impresionante.

– Póngase cómodo, señor Sid. Asientos reclinables. Se tumban del todo.

Se inclinó para enseñarme el botón que debía apretar y, efectivamente, el asiento empezó a echarse hacia atrás y no se detuvo hasta describir un ángulo de cuarenta y cinco grados.

– Eso es -aprobó Chang-. Siempre mejor viajar cómodamente.

Eso no se lo podía discutir, y en mi estado ligeramente achispado era agradable encontrarse en una posición distinta de la vertical. Chang puso el motor en marcha y yo cerré los ojos un momento tratando de adivinar lo que le apetecería cenar a Grace y lo que debía comprar al volver a Brooklyn. Aquello resultó ser un gran error. En lugar de volver a abrir los ojos para ver la dirección que tomaba Chang, me quedé dormido al instante: igual que un borracho cualquiera en una parranda de mediodía.

No me desperté hasta que el coche se detuvo y Chang apagó el motor. Dando por sentado que estaba de vuelta en Cobble Hill, me disponía a darle las gracias por el paseo y abrir la puerta cuando me di cuenta de que me encontraba en otro sitio: una calle comercial abarrotada de gente en un barrio desconocido, sin duda lejos de donde yo vivía. Cuando me senté en la forma adecuada para mirar mejor a mi alrededor, vi que la mayoría de los letreros estaba en chino.

– ¿Dónde estamos? -pregunté.

– En Flushing -contestó Chang-. El Segundo Barrio Chino.

– ¿Por qué me ha traído aquí?

– Conduciendo, se me ocurrió idea mejor. En siguiente manzana hay un club muy bonito, buen sitio para distraerse. Parece cansado, señor Sid. Lo llevo allí, se sentirá mejor.

– Pero ¿qué está diciendo? Son las tres y cuarto, y tengo que volver a casa.

– Sólo media hora. Le sentará la mar de bien, lo prometo. Luego lo llevo a casa. ¿Vale?

– Preferiría irme ahora. Sólo indíqueme la estación de metro más cercana y volveré solo a casa.

– Por favor. Es muy importante para mí. Quizá salga un negocio, y necesito consejo de hombre inteligente. Usted, muy inteligente, señor Sid. Puedo confiar en usted.

– No tengo la menor idea de lo que me está hablando. Primero quiere que me distraiga. Y luego necesita mi consejo. ¿En qué quedamos?

– Las dos cosas. Todo a la vez. Usted ve el local, se distrae y luego dice su opinión. Muy sencillo.

– ¿Media hora?

– No se preocupe de nada. Todo a mi cuenta, gratis. Luego lo llevo a Cobble Hill. ¿Hecho?

La tarde se iba volviendo cada vez más extraña, pero me dejé convencer y lo acompañé. En realidad no me explico por qué. Por curiosidad, tal vez, aunque puede que fuese precisamente lo contrario: una sensación de absoluta indiferencia. Chang había empezado a atacarme los nervios, y ya no podía soportar sus ruegos incesantes, sobre todo encerrado en aquel ridículo coche suyo. Si con otra media hora que pasara con él se quedaba satisfecho, entonces valdría la pena seguirle la corriente. De manera que bajé del Pontiac y lo seguí por aquella calle densamente transitada, respirando las penetrantes emanaciones y los desagradables olores de las pescaderías y verdulerías que se sucedían a lo largo de las aceras. En la primera esquina, torcimos a la izquierda, seguimos unos cuarenta metros más allá y luego volvimos a girar a la izquierda, entrando en un estrecho callejón con un pequeño edificio de bloques de hormigón al fondo, una casa pequeña, de tejado plano, una sola planta y sin ventanas. Era un sitio que ni pintado para un atraco, pero no tuve la menor impresión de amenaza. Chang estaba muy alegre, y con la habitual vehemencia que caracterizaba sus propósitos, parecía ansioso por llegar a nuestro destino.

Cuando estuvimos delante de la casa, pintada de amarillo, Chang pulsó el timbre con el dedo. Unos segundos después, la puerta se entreabrió y por la rendija asomó la cara de un chino de sesenta y tantos años. Saludó con una inclinación de cabeza cuando vio a Chang, con quien seguidamente intercambió unas frases en mandarín, y luego nos hizo pasar. El presunto club de esparcimiento resultó ser un pequeño taller clandestino. Veinte mujeres chinas se sentaban ante mesas provistas de máquinas de coser, ensamblando vestidos de colores vivos y tejidos sintéticos de aspecto ordinario. Ni una sola alzó la cabeza para mirarnos cuando entramos, y Chang pasó por delante de ellas lo más deprisa que pudo, haciendo como si no estuvieran allí. Seguimos adelante, avanzando entre las mesas, hasta que llegamos a una puerta situada al fondo del local. El chino viejo la abrió, y Chang y yo entramos en una sala tan lóbrega, tan oscura en comparación con el taller bañado de luz fluorescente que acabábamos de dejar atrás, que al principio fui incapaz de distinguir nada.

Una vez que se me habituaron un poco las pupilas, reparé en una serie de lámparas de pocos vatios que destellaban en diversos puntos de la estancia. Cada una de ellas tenía una bombilla de distinto color -rojo, amarillo, violeta, azul-, y por un momento pensé en los cuadernos portugueses de la fallida papelería de Chang. Me pregunté si aún le quedaría alguno de los que había visto el sábado y, en ese caso, si estaría dispuesto a vendérmelo. Tomé nota mentalmente de que debía preguntárselo antes de que nos despidiéramos.

Finalmente me condujo a una silla alta o taburete, de piel o imitación de piel, que giraba sobre su base y daba una agradable sensación de comodidad. Me senté, Chang hizo lo mismo a mi lado, y comprendí que estábamos en una especie de bar: delante de una barra esmaltada, de forma oval, que ocupaba la parte central de la sala. Ya empezaba a percibir el contorno de las cosas. Distinguía a varias personas sentadas un poco más allá, dos hombres con traje y corbata, un asiático con lo que parecía una camisa hawaiana, y dos o tres mujeres, ninguna de las cuales parecía llevar prenda de ropa alguna. Ah, dije para mis adentros, así que eso es este sitio. Un club de alterne. Por extraño que parezca, sólo entonces me di cuenta de que sonaba música de fondo: una melodía suave y retumbante que procedía de algún invisible sistema de sonido. Agucé la oreja para ver si reconocía la canción, pero fue imposible. Era una versión «ambiental» de un antiguo rock and roll, una canción de los Beatles, pensé, aunque a lo mejor no.

– Bueno, señor Sid -dijo Chang-. ¿Qué le parece?

Antes de que pudiera contestarle, apareció un camarero delante de nosotros y nos preguntó qué queríamos tomar. Podía ser el viejo que nos había abierto la puerta antes, pero no estaba seguro. Quizá fuese su hermano, o tal vez algún otro pariente con intereses en la empresa. Chang se inclinó hacia mí y me musitó al oído:

– Nada de alcohol -me advirtió-. Cerveza sin alcohol, Seven Up, CocaCola. Muy arriesgado servir bebidas alcohólicas en un local como éste. No tienen permiso.

Informado de todas las posibilidades, opté por una CocaCola. Chang pidió lo mismo.

– Local totalmente nuevo -prosiguió el ex propietario de la papelería-. Abrió el sábado pasado. No acaban de arreglar problemas, pero veo mucho potencial. Me preguntan si quiero invertir como socio minoritario.

– Es un burdel -le advertí-. ¿Está seguro de que quiere meterse en un negocio ilegal?

– No burdel. Club de esparcimiento con mujeres desnudas. Para consuelo de trabajadores.

– No se lo discuto, aunque me parece que eso es hilar muy fino. Si usted tiene tanto interés, adelante. Pero creía que estaba arruinado.

– Dinero nunca problema. Pido préstamo. Si beneficios de inversión son mayores que intereses de préstamo, todo bien.

– Si lo son.

– Lo son fácil. Traen chicas estupendas a trabajar aquí Miss Universo, Marilyn Monroe, la playmate del mes Sólo las mujeres más sensacionales, más atractivas. Ningún hombre puede resistirse. Venga, lo enseño.

– No, gracias, estoy casado. En casa tengo todo lo que necesito.

– Todos dicen lo mismo. Pero picha siempre más fuerte que deber. Ahora voy a demostrar.

Antes de que pudiera impedírselo, Chang giró en el taburete e hizo una seña a alguien con la mano. Miré en aquella dirección y vi cinco o seis reservados con mesas a lo largo de la pared, algo que no había observado antes. En tres de ellos había mujeres desnudas que, al parecer, estaban sentadas a la espera de clientes, pero los demás tenían una cortina echada, presumiblemente porque las ocupantes de esos habitáculos se encontraban en plena faena. Una de las mujeres se levantó del asiento y vino hacia nosotros.

– Esta es la mejor -aseguró Chang-, la más guapa de todas. Se llama Princesa de Africa.

Una negra de elevada estatura surgió de entre las sombras. Llevaba una gargantilla de perlas y diamantes de imitación, botas blancas hasta la rodilla y un tanga blanco. Tenía el pelo recogido en complejas y finas trenzas, con aros en los extremos que tintineaban a su paso como campanillas al viento. Poseía unos andares elegantes, lánguidos, erguidos: un porte majestuoso que sin duda explicaba por qué la llamaban Princesa. Cuando estuvo a unos dos metros de la barra, vi que Chang no había exagerado. Era de una belleza deslumbrante, tal vez la mujer más hermosa que había visto en la vida. Y no tendría más de veinte o veintidós años. Su piel era tan suave y tentadora a la vista, que despertaba unos irresistibles deseos de tocarla.


– Saluda a mi amigo -le pidió Chang-. Luego arreglo cuentas contigo.

Ella se volvió hacia mí y sonrió, descubriendo una dentadura asombrosamente blanca.

– Bonjour, chéri -me dijo-. Tu parles francais? -No, lo siento. Sólo hablo inglés.

– Me llamo Martine -prosiguió, con un fuerte acento criollo.

– Y yo, Sidney -contesté, y entonces, intentando entablar conversación, le pregunté de qué país africano era. Soltó una carcajada.

– Pas d'Afrique! Haití. -Pronunció la última palabra en tres sílabas bien diferenciadas: Haití-. Mal sitio -añadió-. Duvalier es muy méchant. Aquí se está mejor.

Asentí con la cabeza, sin saber qué decir. Quería levantarme del taburete y marcharme antes de meterme en algún lío, pero fui incapaz de moverme. Aquella chica era demasiado, no podía quitarle los ojos de encima.

– Tu veux danser avec moi? -me preguntó-. ¿Quieres bailar conmigo?

– Pues no sé. Supongo. El caso es que no se me da muy bien.

– ¿Otra cosa?

– No sé. Bueno, quizá sí… ¿Te importaría mucho si te tocara?

– ¿Tocarme? Pues claro. Lo que quieras. Tócame donde más te guste.

Extendí el brazo y le pasé la mano a lo largo del brazo desnudo.

– Eres muy tímido -observó-. ¿Es que no te has fijado en mis pechos? Mes seins sont trés jolis, n'estce pas?

Me encontraba lo bastante sereno para comprender que iba camino de la perdición, pero no por eso paré. Alcé las manos, le cogí los pequeños y redondos pechos y sostuve durante un tiempo; el suficiente para sentir cómo se erizaban sus pezones.

– Ah, eso está mejor -afirmó ella-. Ahora deja que y te toque a ti, ¿vale?

No dije que sí, pero tampoco que no. Supuse que estaría pensando en un gesto sin malicia: pasarme un dedo por los labios, darme una palmadita en la mejilla, un apretoncito en la mano. Nada comparado con lo que realmente hizo, en cualquier caso, que fue frotarse contra mí, introducir su fina mano en mis vaqueros y calibrar la erección que estaba teniendo desde hacía dos minutos. Al notar lo tiesa que la tenía, sonrió.

– Me parece que ya podemos bailar -dijo-. Ahora ven conmigo, ¿eh?

Dicho sea en su honor, Chang no se rió ante aquel triste espectáculo de debilidad masculina. Había demostrado su punto de vista, y en vez de regodearse con su triunfo se limitó a guiñarme un ojo cuando me introduje en el reservado detrás de Martine.

Todo el asunto no pareció durar más tiempo del que se tarda en llenar una bañera. Martine echó la cortina del reservado e inmediatamente me desabrochó los pantalones. Luego se puso de rodillas, me cerró la mano derecha en torno al pene, y tras unas suaves caricias, seguidas de unas sabias pasadas con la lengua, se lo metió en la boca. Empezó a mover la cabeza y, mientras yo escuchaba el tintineo de sus trenzas y contemplaba su extraordinaria espalda desnuda, sentí una cálida oleada que me subía por las piernas hasta la ingle. Deseé prolongar la experiencia y saborearla durante un buen rato, pero no pude. La boca de Martine era un instrumento mortal y, como un adolescente impetuoso, me corrí casi al instante.


El arrepentimiento empezó a asaltarme en cuestión de Segundos. Y cuando me subí los pantalones y me abroché el cinturón, los escrúpulos se habían convertido en vergüenza y remordimiento. Lo único que quería era salir de allí cuanto antes. Pegunté a Martine cuánto le debía, pero ella desechó mi ofrecimiento con un gesto diciendo que mi amigo ya se ocupaba de eso. Me besó cuando le dije adiós, un pequeño besito amistoso en la mejilla, y luego descorrí la cortina y salí al bar en busca de Chang. No lo vi. A lo mejor también se había ido con una mujer y estaba con ella en otro reservado, examinando las cualificaciones profesionales de su futura empleada. No me molesté en quedarme más tiempo por allí para averiguarlo. Di una vuelta por el bar, sólo para asegurarme de que Chang no estaba, y luego me dirigí a la puerta que llevaba al taller de costura y emprendí el camino de vuelta a casa.


A la mañana siguiente, miércoles, serví a Grace el desayuno en la cama. Esta vez no hablamos de sueños, y tampoco mencionamos su embarazo ni lo que ella pensaba hacer al respecto. La cuestión seguía en el aire, pero después de mi imperdonable conducta en Queens el día anterior me daba vergüenza sacar a relucir el tema. En el breve lapso de treinta y seis horas había pasado de ser un farisaico defensor de los principios morales a un marido abyecto, atormentado por los remordimientos.

Sin embargo, intenté poner buena cara, y aun cuando aquella mañana estaba más callada que de costumbre, no creo que Grace sospechara que pasaba algo malo. Insistí en acompañarla al metro, llevándola de la mano a lo largo de las cuatro manzanas hasta la estación de la calle Bergen, y durante casi todo el camino fuimos hablando de todo un poco: la cubierta que estaba preparando para un libro sobre fotografía francesa del siglo XIX, la adaptación cinematográfica que yo había entregado la víspera y el dinero que esperaba sacarle, lo que íbamos a cenar aquella noche. Al llegar a la última manzana, sin embargo, Grace cambió bruscamente el tono de la conversación. Apretándome la mano con fuerza, me dijo:

– Nosotros tenemos confianza el uno en el otro, ¿verdad, Sid?

– Pues claro que sí. De otro modo no podríamos vivir juntos. La idea del matrimonio se basa en la confianza.

– Todo el mundo pasa por momentos difíciles, ¿no es así? Pero eso no significa que las cosas no se acaben arreglando.

– Éste no es un momento difícil, Grace. Acabamos de pasar uno, y ya estamos empezando a salir del paso.

– Me alegro de que digas eso.

– Me parece muy bien que te alegres. Pero ¿por qué?

– Porque yo también lo creo. Pase lo que pase con el niño, todo irá bien entre nosotros. Lo vamos a lograr.

– Ya lo hemos logrado. Vamos por el buen camino, nena, y nada va a apartarnos de él.

Grace dejó de andar, me puso la mano en la nuca, me atrajo hacia ella y me besó.

– Eres el mejor, Sidney -declaró, dándome otro beso de propina-. Pase lo que pase, no lo olvides nunca.

No comprendí lo que quería decir, pero antes de que pudiera preguntárselo, se soltó de mis brazos y salió corriendo hacia el metro. Me quedé donde estaba, parado en medio de la acera, viendo cómo recorría los últimos diez metros. Luego llegó al primer escalón, se agarró a la barandilla y desapareció escaleras abajo.

De vuelta en casa, me dediqué a hacer cosas para matar el tiempo hasta las nueve y media, hora en que abría la Agencia Sklarr. Fregué los platos del desayuno, hice la cama, arreglé el cuarto de estar y luego volví a la cocina y llamé a Mary. El pretexto de la llamada era asegurarme de que Angela le había dado mis páginas, pero, teniendo la certeza de que así era, en realidad llamaba para conocer su opinión.

– Buen trabajo -afirmó, en un tono que no denotaba ni gran entusiasmo ni tremenda decepción.

Sin embargo, el hecho de que hubiera escrito la sinopsis con tal rapidez, le había permitido realizar un milagro en el ámbito de las comunicaciones a gran velocidad, y estaba que no cabía en sí de gozo. En aquella época, anterior al fax, al correo electrónico y a las cartas urgentes, ella había enviado mi adaptación a California por servicio de mensajería, lo que significaba que mi trabajo había atravesado el país en el último avión de la noche.

– Tenía que enviar un contrato a otro cliente de Los Ángeles -prosiguió Mary-, de modo que di instrucciones a la empresa de mensajería para que pasaran por la oficina a las tres de la tarde. Leí tu adaptación nada más almorzar, y media hora después aparece el tío para recoger el contrato. «Esto también es para Los Ángeles», le dije, «de manera que te lo puedes llevar también.» Así que le entregué tu manuscrito, y para allá fue, como si tal cosa. Dentro de unas tres horas estará en la mesa de Hunter.

– Estupendo -respondí-. Pero ¿qué te parece la idea? ¿Crees que tiene alguna posibilidad?

– Sólo lo leí una vez. No tuve tiempo de estudiarlo, pero me pareció bien, Sid. Muy interesante, bien desarrollado. Sólo que con esa gente de Hollywood nunca se sabe. Yo creo que es demasiado complicado para ellos.

– De manera que no debo hacerme muchas ilusiones.


– Yo no diría eso. Simplemente no cuentes con ello, eso es todo. '

– No contaré con ello. Pero ese dinero no me habría venido nada mal.

– Bueno, en ese aspecto tengo buenas noticias para ti. En realidad estaba a punto de llamarte, pero te me has adelantado. Una editorial portuguesa me ha hecho una oferta para tus dos últimas novelas.

– ¿Portuguesa?

– Autorretrato se publicó en España cuando tú estabas en el hospital. Eso ya lo sabes, te lo dije. Tuvo muy buenas críticas. Y ahora interesa en Portugal.

– Pues qué bien. Calculo que estarán ofreciendo alrededor de trescientos dólares.

– Cuatrocientos por cada libro. Pero no me será difícil subirlo a quinientos.

– A por ello, Mary. Tras descontar los honorarios de los agentes y los impuestos del extranjero, acabaré ganando unos cuarenta centavos.

– Cierto. Pero al menos habrás publicado en Portugal. No está mal, ¿verdad?

– Nada mal. Pessoa es uno de mis escritores preferidos. Los portugueses han echado a Salazar y ahora tienen un gobierno como es debido. Voltaire se inspiró en el terremoto de Lisboa para escribir Candide. Y Portugal ayudó a miles de judíos a salir de Europa durante la guerra. Es un país fantástico. Nunca he puesto los pies en él, desde luego, pero allí es donde vivo ahora, me guste o no. Portugal es perfecto. En vista de cómo van las cosas últimamente, tenía que ser Portugal.

– Pero ¿de qué estás hablando?

– Es una larga historia. Te la contaré en otra ocasión.


Llegué a casa de Trause a la una en punto. En cuanto llamé al timbre, se me ocurrió que podría haberme parado en algún sitio del barrio a comprar comida preparada para que almorzáramos juntos, pero me había olvidado de Madame Dumas, la señora de la Martinica que se ocupaba de los quehaceres domésticos. El almuerzo ya estaba preparado, y nos lo sirvieron en la segunda planta, en la estancia que John había convertido en su cubil y donde habíamos tomado la cena china el sábado por la noche. He de observar que Madame Dumas tenía el día libre. Fue su hija, Régine, quien me abrió la puerta y me condujo a la segunda planta, donde se encontraba Monsieur John. Recordé que Trause había dicho de ella que estaba «de buen ver», y ahora que la tenía delante de los ojos me vi obligado a reconocer que era sumamente atractiva: una chica alta, bien proporcionada, de luminosa piel de caoba y mirada atenta y perspicaz. No iba en tanga, claro está, ni llevaba los pechos al aire ni calzaba botas blancas de cuero, pero era la segunda negra de veinte años y francófona que conocía en el lapso de dos días, y esa repetición me pareció irritante, casi insoportable. ¿Por qué no podía ser Régine Dumas una chica bajita y fea, de piel áspera y con una joroba en la espalda? Quizá no tuviese la despampanante belleza de la Martine de Haití, pero a su modo también era una criatura hermosa, y cuando me abrió la puerta con una sonrisa cordial y llena de confianza, lo sentí como un reproche, una réplica burlona de mi conciencia atribulada. Había estado haciendo todo lo posible para no pensar en los acontecimientos de la víspera, para olvidar mi lamentable desliz y relegarlo al pasado, pero no había modo de escapar a lo que había hecho. Martine había aparecido de nuevo en mi vida en la forma de Régine Dumas. Ahora estaba en todas partes, incluso en el piso de mi amigo, en la calle Barrow, a medio mundo de distancia de aquella sórdida casa de bloques de hormigón del barrio de Queens.

En comparación con su apariencia descuidada del sábado por la noche, John ofrecía esta vez un aspecto presentable. Peinado con esmero, bien afeitado, camisa recién planchada y calcetines limpios. Pero seguía inmovilizado en el sofá, la pierna izquierda apoyada en una montaña de cojines y mantas, y parecía tener muchos dolores, tantos como aquella noche si no más. Su pulcro aspecto me había engañado. Cuando Régine nos subió el almuerzo en una bandeja (sándwiches de pavo, ensalada, agua mineral con gas), hice lo posible por no mirarla. Eso suponía centrar la atención en John, y cuando examiné sus rasgos con más detalle, observé que estaba agotado, que tenía los ojos hundidos, la mirada perdida y una inquietante palidez en el rostro. Se levantó del sofá dos veces mientras estuve allí, y en ambas ocasiones cogió la muleta antes de ponerse en pie. Por la mueca que asomaba a su rostro cada vez que tocaba el suelo con el pie izquierdo, la menor presión sobre la vena debía de ser insoportable.

Le pregunté cuándo iba a ponerse mejor, pero él no quería hablar de eso. Seguí insistiendo, sin embargo, y acabó reconociendo que el sábado por la noche no nos lo había dicho todo. No había querido asustar a Grace, afirmó, pero lo cierto era que tenía dos coágulos en la pierna, no uno. El primero se encontraba en una vena superficial. Para entonces ya casi se había disuelto y no suponía amenaza alguna, aun cuando fuera la causa principal de lo que John denominaba su «molestia». El segundo estaba alojado en una vena muy profunda, y ése era el que más preocupaba al médico. Le habían recetado enormes dosis de anticoagulantes, y el viernes tenían que hacerle un escáner en el Saint Vicent's. Si los resultados no eran buenos, el médico pensaba ingresarlo y tenerlo en el hospital hasta que hubiese desaparecido el coágulo. La trombosis en venas profundas podía ser fatal, me explicó John. Si se soltaba, el coágulo podía circular con la sangre y acabar en un pulmón, causando una embolia pulmonar y la muerte casi segura.

– Es como andar por ahí con una bomba en miniatura metida en la pierna. Si la muevo mucho, podría hacerme saltar en pedazos -dijo y, tras una pausa, añadió-: Ni una palabra a Gracie. Esto es estrictamente entre tú y yo. ¿Entendido? Ni puñetera palabra.

Poco después de eso, empezamos a hablar de su hijo. No recuerdo lo que nos arrastró a ese abismo de desesperación y mala conciencia, pero la angustia de Trause era palpable, y por mucha preocupación que sintiera por su pierna no era nada comparada con el desánimo que le inspiraba Jacob.

– Lo he perdido -aseveró-. Después de la faena que acaba de hacerme, nunca volveré a creer una sola palabra de lo que me diga.

Hasta la última crisis, Jacob estudiaba en Buffalo, en la Universidad del Estado de Nueva York. John conocía allí a varios miembros del departamento de inglés (uno de ellos, Charles Rothstein, había publicado un largo estudio sobre sus novelas), y después de la desastrosa trayectoria de Jacob en el instituto, que casi acabó en fracaso, había movido algunas influencias para que aceptaran al muchacho. El primer semestre había ido medianamente bien, y Jacob logró aprobar todas las asignaturas, pero al final del segundo sacó unas notas tan bajas que lo pusieron en periodo de prueba. Necesitaba sacar una media de notable para evitar la expulsión, pero en el semestre de otoño de segundo año faltó a clase con excesiva frecuencia, no estudió nada o muy poco, y sin más contemplaciones lo pusieron de patitas en la calle impidiéndole pasar al siguiente semestre. Se fue a East Hampton, donde su madre vivía con su tercer marido (en la misma casa en que Jacob había crecido con su padrastro, al que despreciaba profundamente, un marchante de obras de arte llamado Ralph Singleton), y encontró un trabajo a tiempo parcial en la pa_ nadería del vecindario. También formó una banda de rock con tres amigos del instituto, pero se produjeron tantas tensiones y peleas entre ellos que el grupo se disolvió al cabo de seis meses. Dijo a su padre que la universidad no le interesaba y que no quería volver, pero John consiguió convencerlo ofreciéndole determinados alicientes económicos: una holgada asignación, una guitarra nueva si sacaba buenas notas en el primer semestre, un minibús Volkswagen si acababa el año con una media de notable. El chico lo aceptó y a finales de agosto volvió a Buffalo para jugar a ser estudiante otra vez: con el pelo teñido de verde, una hilera de imperdibles colgándole de la oreja izquierda y un abrigo negro hasta los pies. La era del punk estaba entonces en pleno apogeo, y Jacob se había unido al club en continua expansión de irascibles renegados de la clase media. Estaba en la onda, vivía a tope y no aguantaba gilipolleces de nadie.

Jacob se matriculó para el semestre, prosiguió John, pero una semana después, sin haber asistido a una sola clase, volvió a la secretaría de la facultad y renunció al curso. Le devolvieron el importe de la matrícula, pero en vez de enviar el cheque a su padre (que fue quien le había facilitado el dinero), lo cobró en el primer banco que encontró, se guardó los tres mil dólares en el bolsillo y se marchó a Nueva York. Según las últimas noticias, vivía en alguna parte del East Village. Si los rumores que circulaban en torno a él eran ciertos, estaba enganchado a la heroína…, nada menos que desde hacía cuatro meses.

– ¿Quién te ha contado eso? -le pregunté-. ¿Cómo sabes que es verdad?

– Eleanor me llamó ayer por la mañana. Intentaba ponerse en contacto con Jacob para no sé qué, y su compañero de habitación contestó al teléfono. Su ex compañero, mejor dicho. Le dijo que Jacob se había largado de la facultad hacía dos semanas.

– ¿Y la heroína?

– También le contó eso. No tenía motivos para mentir sobre una cosa así. Según Eleanor, parecía muy preocupado. No es que me sorprenda, Sid. Siempre he sospechado que tomaba drogas. Sólo que no sabía que fuese tan grave.

– ¿Y qué vas a hacer?

– No sé. Tú eres el que ha trabajado con chavales. ¿Qué harías tú?

– Preguntas a la persona menos indicada. Todos mis alumnos eran pobres. Adolescentes negros, procedentes de barrios ruinosos y familias destrozadas. Muchos tomaban drogas, pero sus problemas no tenían nada que ver con los de Jacob.

– Eleanor cree que debemos ponernos en su busca. Pero yo no puedo moverme. La pierna me tiene amarrado a este sofá.

– Si quieres, puedo encargarme yo. Últimamente no estoy muy ocupado.

– No, no. No quiero que te metas en esto. No es problema tuyo. Ya lo harán Eleanor y su marido. Al menos eso es lo que me ha dicho ella. Con Eleanor, nunca se sabe si habla en serio.

– ¿Cómo es su último marido?

– No sé. No lo conozco. Lo curioso es que ni siquiera me acuerdo de cómo se llama. He tratado de hacer memoria aquí tumbado, pero no he conseguido acordarme. Don, me parece, pero no sé el apellido.

– ¿Y qué piensan hacer cuando encuentren a Jacob?

– Ingresarlo en algún centro de rehabilitación para drogodependientes.

– Esas cosas no son baratas. ¿Quién va a pagarlo?

– Pues yo, claro. Eleanor nada ahora en la abundancia, pero es tan jodidamente tacaña que ni siquiera me molestaría en preguntarle. El chico me ha birlado tres mil dólares, y ahora me toca aflojar otro montón de pasta para sacarlo del lío. Si quieres que te diga la verdad, me dan ganas de retorcerle el pescuezo. Menuda suerte la tuya, Sid, con eso de no tener hijos. Son un encanto de pequeños, pero después no te dan más que disgustos y acaban amargándote la vida. Metro y medio, como máximo. No debería permitirse que crecieran más.

Tras el último comentario de John, me fue imposible contenerme y le comuniqué la noticia.

– Puede que cambie esa suerte -le anuncié-. Aún no estamos seguros de lo que vamos a hacer, pero de momento Grace está embarazada. El sábado se hizo la prueba.

No sabía cómo iba a reaccionar, pero, aun después de sus amargas declaraciones sobre los sinsabores de la paternidad, pensaba que encontraría la forma de darme la enhorabuena aunque sólo fuese por cumplir. O que por lo menos me desearía suerte, haciéndome alguna que otra advertencia para que afrontara mis responsabilidades mejor que él. Algo, en cualquier caso, un pequeño gesto de simpatía. Pero John no pronunció palabra. Por un momento pareció profundamente afectado, como si acabaran de notificarle la muerte de algún ser querido, y luego apartó la vista, girando bruscamente la cabeza sobre la almohada y mirando al respaldo del sofá.

– Pobre Grace -murmuró.

– ¿Por qué dices eso?

John empezó a volverse despacio hacia mí, pero se detuvo a medio camino, la cabeza alineada con el sofá, y me contestó sin apartar la mirada del techo.

– Es que ha pasado mucho -declaró-. No es tan fuerte como tú crees. Necesita un descanso.

– Hará exactamente lo que quiera hacer. La decisión está en sus manos.

– Yo la conozco desde hace mucho más tiempo que tú. Un hijo es lo último que necesita ahora mismo.

– Si decide tenerlo, pensaba pedirte que fueras el padrino. Pero supongo que no te interesa. A juzgar por lo que estás diciendo.

– Procura no perderla, Sidney. Eso es lo único que te pido. Si las cosas se van a pique, sería una catástrofe para ella.

– Nada se va a ir a pique. Y no voy a perderla. Pero aunque así fuese, me parece que no es asunto tuyo.

– Grace es asunto mío. Siempre lo ha sido.

– Tú no eres su padre. Puede que te lo parezca a veces, pero no lo eres. Grace sabe desenvolverse. Si decide tener el niño, no seré yo quien se lo impida. Lo cierto es que me alegraría. Tener un hijo con ella sería lo más maravilloso que me hubiese ocurrido en la vida.

Era lo más cerca que John y yo habíamos estado nunca de un verdadero enfrentamiento. Fue un momento penoso para mí, y mientras mis últimas palabras resonaban con un eco desafiante en el ambiente, me pregunté si la conversación no iba a tomar un giro aún más desagradable. Afortunadamente, ambos retrocedimos antes de que la discusión fuese más lejos, comprendiendo que nos estábamos empujando mutuamente a decir cosas que luego lamentaríamos y que, por muchas disculpas que nos dirigiéramos cuando se hubieran calmado los ánimos, nunca se nos acabarían borrando de la memoria.

Muy sabiamente, John eligió aquel momento para ir al cuarto de baño. Y mientras observaba sus arduas maniobras para levantarse del sofá y salir renqueando de la habitación, se me quitó de pronto todo sentimiento de hostilidad. John estaba pasando por un momento de extrema tensión. La pierna lo estaba matando y se enfrentaba a las horrorosas noticias sobre su hijo, ¿cómo iba a guardarle rencor por haber dicho unas palabras desagradables? En el contexto de la traición de Jacob y su posible drogadicción, Grace era la hija buena y adorada, la que nunca le había fallado, y tal vez fuera por eso por lo que John había salido con tanta firmeza en su defensa, inmiscuyéndose en asuntos que en definitiva no le concernían. Estaba enfadado con su hijo, sí, pero en su cólera también pesaba una considerable carga de culpabilidad. John era consciente de haber dejado más o menos de lado sus responsabilidades paternas. Divorciado cuando Jacob tenía año y medio, había permitido que Eleanor se llevara al niño cuando se mudó a East Hampton con su segundo marido en 1966. A partir de entonces John había visto poco al chico: algún que otro fin de semana en Nueva York, unos cuantos viajes a Nueva Inglaterra y al Suroeste en las vacaciones de verano. Desde luego no podía decirse que se hubiese preocupado mucho de la educación de su hijo, y luego, tras la muerte de Tina, desapareció casi por completo de su vida, viéndolo sólo un par de veces desde que el chico tenía doce años hasta los dieciséis. Ahora, a los veinte, Jacob se había convertido en una auténtica calamidad, y ya fuera culpa suya o no, John se responsabilizaba de todo aquel desastre.

Estuvo ausente diez o quince minutos. Cuando volvió, lo ayudé a acomodarse de nuevo en el sofá, y lo primero que me dijo no tenía nada que ver con lo que hablábamos antes. Durante su excursión por el pasillo parecía haberse desentendido del conflicto, dándolo por terminado y olvidándolo.

– ¿Cómo va lo de Flitcraft? -me preguntó-. ¿Adelantas algo?

– Sí y no -respondí-. Estuve escribiendo dos días sin parar, pero ahora estoy atascado.

– Y te empiezan a entrar dudas sobre el cuaderno azul. -Puede. Ya no sé qué pensar.

– El otro día estabas tan acelerado que parecías un alquimista enloquecido. El primer hombre que convirtió el plomo en oro.

– Bueno, es que fue toda una experiencia. La primera vez que me puse con el cuaderno, Grace me dijo que no estaba en casa.

– ¿Qué quieres decir?

– Que había desaparecido. Ya sé que parece una ridiculez, pero llamó a la puerta del cuarto de trabajo cuando yo estaba escribiendo y, como no le contestaba, asomó la cabeza. Jura que no me vio.

– Pues estarías en otra habitación. En el cuarto de baño, tal vez.

– Claro. Eso es lo que dice Grace, también. Pero no recuerdo haber ido al baño. No me acuerdo de nada, sólo de estar sentado a la mesa, escribiendo

– Es posible que no te acuerdes, pero eso no significa que no fueras. Uno suele olvidarse del mundo cuando las palabras fluyen libremente. ¿No es cierto?

– Cierto. Ya lo creo. Pero el lunes volvió a ocurrir algo parecido. Estaba escribiendo en mi cuarto y no oí que sonaba el teléfono. Cuando me levanté de la mesa y fui a la cocina, había dos mensajes en el contestador.

– ¿Y qué?

– Que no lo oí sonar. Siempre oigo el teléfono cuando suena.

– Estabas abstraído, enfrascado en lo que hacías. -Puede, pero no creo. Ocurrió algo raro, y no lo entiendo.

– Llama a tu médico de cabecera, Sid, y pídele un volante para el psiquiatra.

– Lo sé. Todo está en mi cabeza. No digo que no, pero desde que me compré ese cuaderno, todo ha empezado a fallar. Ya no sé si soy yo quien utiliza el cuaderno o si el cuaderno me está utilizando a mí. ¿Tiene eso algún sentido?

– Un poco. Pero no mucho.

– Bueno, vale. Deja que te lo explique de otra manera. ¿Has oído hablar alguna vez de una escritora llamada Sylvia Maxwell? Una novelista norteamericana de los años veinte.

– He leído algunos libros de Sylvia Monroe. Publicó una serie de novelas en los años veinte y treinta. Pero de Sylvia Maxwell no.

– ¿Escribió esa Sylvia un libro titulado La noche del oráculo?

– No, que yo sepa. Pero me parece que escribió algo con la palabra noche en el título. La noche de La Habana, quizá. O Noche en Londres, no me acuerdo. Es fácil averiguarlo. No tienes más que ir a la biblioteca y consultar el catálogo.

Poco a poco, nos fuimos apartando del cuaderno azul y empezamos a hablar de asuntos más prácticos. De dinero, entre otras cosas, y de cómo esperaba resolver mis problemas económicos escribiendo un guión cinematográfico para Bobby Hunter. Le conté lo que se me había ocurrido, exponiéndole un breve resumen de la trama que había urdido para mi adaptación de La máquina del tiempo, pero no se excedió en comentarios. Inteligente, creo que dijo, o algún cumplido igualmente amable, y de pronto me sentí estúpido, avergonzado, como si Trause me considerase un escritor de pacotilla que intentara vender su mercancía al mejor postor. Pero me equivocaba al interpretar su apagada respuesta como desaprobación. Él era consciente de la apurada situación en que nos encontrábamos, y resultó que estaba distraído, pensando en algún medio para ayudarme.

– Sé que es una idiotez -concluí-, pero si les gusta la idea, volveremos a ser solventes. Si no, seguiremos en números rojos. No quisiera contar con una perspectiva tan poco sólida, pero es lo único que puedo sacarme de la manga.

– Quizá no -objetó John-. Si lo de La máquina del tiempo no cuaja, podrías escribir otro guión. Eso se te da bien. Si haces que Mary insista lo suficiente, estoy seguro de que encontrarás a alguien deseoso de soltar un buen fajo.

– Las cosas no son así. Son ellos los que vienen a ti, no al contrario. A menos que tengas una idea original, claro está. Que no es mi caso.

– Eso es precisamente lo que te estoy diciendo. A lo mejor tengo una idea para ti.

– ¿Una idea para una película? Creía que estabas en contra del cine.

– Hace un par de semanas encontré una caja con algunas cosas viejas mías. Historias primerizas, una novela a medio concluir, dos o tres obras dramáticas. Textos antiguos, escritos cuando tenía quince o veinte años. Todo sin publicar. Afortunadamente, debería añadir, pero al leer esas historias me encontré con una que no estaba nada mal. Sigo sin querer publicarla, pero si te la cediera, seguro que podrías recrearla y convertirla en una película. Puede que te venga bien mencionar mi nombre. Si dices a un productor cinematográfico que estás adaptando una historia inédita de John Trause, podrías suscitar su interés. No sé. Pero aun en el caso de que yo les importe una mierda, la historia posee un fuerte elemento visual. Creo que las imágenes se prestarían perfectamente para ser llevadas al cine.

– Claro que vendría bien tu nombre. Cambiaría mucho las cosas.

– Bueno, lee la historia y dime lo que te parece. No es más que un primer borrador, muy tosco, de manera que no juzgues mi prosa con demasiada severidad. Y recuerda que sólo era un crío cuando la escribí. Mucho más joven de lo que tú eres ahora.

– ¿De qué trata?

– Es una obra rara, muy distinta de todo mi trabajo posterior, de manera que al principio puedes llevarte una sorpresa. Creo que se podría calificar de parábola política. La acción se sitúa alrededor de 1830, pero en realidad se trata de los primeros años de 1950. McCarthy, el Comité de Actividades Antiamericanas, la amenaza comunista…, todas las cosas siniestras que sucedían por entonces. La idea es que los gobiernos siempre necesitan enemigos, aun cuando no estén en guerra. Si no tienen enemigos, se inventan uno y propagan rumores. Eso asusta a la población, y cuando la gente tiene miedo, procura ser obediente.

– ¿Y en qué país ocurre todo eso? ¿Se trata de una alegoría de Estados Unidos, o es otra cosa?

– Es en parte Norteamérica y en parte Sudamérica, pero con una historia enteramente distinta. Tiempo atrás, todas las potencias europeas establecieron colonias en el Nuevo Mundo. Las colonias evolucionaron, convirtiéndose en Estados independientes, y luego, poco a poco, al cabo de siglos de guerras y escaramuzas, fueron uniéndose hasta formar una enorme confederación. La cuestión es la siguiente: ¿qué ocurre tras la creación del imperio? ¿Qué enemigo puede inventarse con el fin de asustar a la gente lo bastante para mantener la unidad de la confederación?

– ¿Y cuál es la respuesta?

– Dicen que los bárbaros van a invadir el país. La confederación ya ha expulsado a esos pueblos fuera de sus fronteras, pero ahora esparcen el rumor de que un ejército de soldados contrarios a la confederación ha penetrado en los territorios primitivos y está incitando a los ciudadanos a la rebelión. No es cierto. Los soldados trabajan para el gobierno. Forman parte de una conspiración.

– ¿Quién cuenta la historia?

– Un agente enviado para investigar los rumores. Trabaja en un departamento del gobierno que no está implicado en la trama, pero acaban deteniéndolo y juzgándolo por traición. Para complicar aún más las cosas, el oficial que está al mando del falso ejército se fuga con la mujer del narrador.

– Engaño y corrupción a cada paso.

– Exactamente. Un hombre destruido por su propia inocencia.

– ¿Tiene título?

– «Imperio de huesos». No es muy larga. Cuarenta y cinco o cincuenta páginas, pero suficiente para hacer una película, creo yo. Tú decides. Si quieres utilizarla, te la cedo encantado. Si no te gusta, la tiras a la basura y aquí no ha pasado nada.

Al salir del apartamento de Trause me sentía abrumado, mudo de gratitud, y ni siquiera el pequeño tormento de despedirme de Régine en el piso de abajo pudo mermar mi felicidad. Llevaba el manuscrito en un bolsillo lateral de la chaqueta, metido en un sobre de papel marrón, y no dejé de apretarlo con la mano mientras me dirigía al metro, deseoso de abrirlo y empezar a leerlo. John siempre me había respaldado, tanto en lo personal como en el trabajo, pero no se me escapaba que aquel regalo tenía tanto que ver con Grace como conmigo. Yo era el tullido medio acabado que tenía la responsabilidad de cuidar de ella, y si él podía hacer algo para sacarnos del apuro, estaba dispuesto a hacerlo; hasta el punto de donar un manuscrito inédito para la causa. No existía más que una mínima posibilidad de que su idea diera algún fruto, pero lograra o no convertir su relato en una película, lo importante era su gran predisposición para ir más allá de los límites normales de la amistad y mezclarse personalmente en nuestros asuntos. Desinteresadamente, sin la menor intención de sacar provecho.

Eran ya las cinco pasadas cuando llegué a la estación de la calle Cuatro Oeste. La hora punta estaba en pleno auge, y cuando bajé los dos tramos de escaleras hacia el andén F de la línea del centro, agarrándome bien a la barandilla para no tropezar, perdí las esperanzas de encontrar asiento en el vagón. Seguro que habría un gentío horrible en dirección a Brooklyn. Eso suponía que tendría que leer de pie el relato de John, y como iba a resultar una operación bastante difícil, me preparé para luchar por un poco de espacio si era necesario. Cuando se abrieron las puertas del vagón, pasé por alto el protocolo 'del metro, colándome entre los pasajeros que pugnaban por salir para entrar el primero, pero no me sirvió de nada. Una avalancha de gente entró detrás de mí. Me vi empujado al centro del vagón, y cuando las puertas se cerraron y el tren salió de la estación, estaba tan apretujado entre el gentío que tenía los brazos pegados a los costados, sin ningún margen de maniobra para sacarme el sobre del bolsillo. Apenas podía evitar los encontronazos con los demás pasajeros mientras el metro daba bandazos y sacudidas a lo largo del túnel. En un momento dado, logré levantar el brazo por encima de la cabeza lo suficiente para agarrarme a la barra, pero ésa fue toda la libertad de movimiento que pude alcanzar dadas las circunstancias. Pocos viajeros se bajaron en las siguientes paradas, y por cada uno que salía, otros dos ocupaban a empujones su lugar. Centenares de personas se quedaban plantadas en los andenes a la espera del siguiente tren, y desde el principio al fin del viaje no tuve la menor ocasión de echar un vistazo al relato. Cuando llegamos a la estación de la calle Bergen, me llevé la mano al bolsillo para intentar sacarlo, pero me empujaron por detrás, me zarandearon a izquierda y derecha, y mientras me preparaba para salir del vagón girando en torno a la barra central, el tren se detuvo bruscamente, las puertas se abrieron y me vi precipitado hacia el andén antes de que pudiera comprobar si el sobre seguía estando allí. No estaba. La oleada de la muchedumbre que salía me arrastró unos metros y cuando logré volverme para subir de nuevo al vagón, las puertas ya se habían cerrado y el metro se había puesto otra vez en movimiento. Aporreé con el puño una ventanilla que pasaba, pero el revisor no me hizo caso. El metro prosiguió su lenta marcha, salió de la estación y segundos después se perdió de vista.

Esa falta de concentración se había repetido en diversas ocasiones desde que salí del hospital, pero ninguna había tenido un resultado peor ni más catastrófico que aquélla. En vez de llevar el sobre en la mano, me lo había metido como un idiota en un bolsillo demasiado pequeño para su tamaño, y ahora el manuscrito de John iba tirado en el suelo de un vagón de metro en dirección a Coney Island, sin duda manchado y pisoteado por la mitad de los zapatos y zapatillas deportivas del barrio de Brooklyn. Era un error imperdonable. John me había confiado el único ejemplar de un relato inédito, y dado el interés que el mundo universitario sentía por su obra, sólo el manuscrito probablemente valdría varios cientos de dólares, quizá miles. ¿Qué iba a decirle cuando me preguntara por él? John me había dicho que podía tirarlo a la basura si no me gustaba, pero eso no era sino una manera hiperbólica de menospreciar su propia obra, una simple broma. Claro que querría recuperar el manuscrito, tanto si me gustaba como si no. No tenía idea de cómo reparar mi error. Si alguien me hubiera hecho a mí lo que yo acababa de hacerle a Trause, me habría puesto tan furioso como para querer estrangularlo.

Por desalentadora que fuese esa pérdida, no era más que el principio de lo que resultó ser una noche larga y difícil. Cuando llegué a casa y subí los tres tramos de escaleras, me encontré con la puerta abierta; no simplemente entornada, sino empujada hasta el fondo sobre sus goznes y pegada a la pared. Lo primero que me vino a la cabeza fue que Grace había vuelto pronto a casa, quizá cargada con un montón de paquetes y bolsas de la compra, y luego se le olvidó cerrar la puerta. Tras una mirada al cuarto de estar, sin embargo, comprendí que Grace nada tenía que ver con aquello. Habían entrado a robar, lo más probable subiendo por la escalera de incendios y forzando la ventana de la cocina. Se veían libros tirados por el suelo, había desaparecido nuestra pequeña televisión en blanco y negro, y una fotografía de Grace, colocada desde siempre en la repisa de la chimenea, estaba rota en pedacitos desperdigados sobre el asiento del sofá. Me pareció un gesto de asombrosa crueldad, casi un ataque personal. Cuando fui a la biblioteca a ver lo que se habían llevado, comprobé que sólo faltaban los libros más valiosos: ejemplares firmados de novelas de Trause y otros escritores amigos nuestros, aparte de media docena de primeras ediciones que me habían ido regalando a lo largo de los años. Hawthorne, Dickens, Henry James, Fitzgerald, Wallace Stevens, Emerson. Quienquiera que hubiese perpetrado el robo, no era un ladrón normal y corriente. Sabía algo de literatura, y se había centrado en los pocos tesoros que poseíamos.

Mi cuarto de trabajo parecía intacto, pero el dormitorio había sido objeto de un pillaje sistemático, a conciencia. Habían sacado hasta el último cajón de la cómoda y dado la vuelta al colchón, y la litografía de Bram van Velde que Grace había comprado a principios de los años setenta en la galeria Maeght de París faltaba de su sitio en la pared de encima de la cama. Cuando inspeccioné el contenido de los cajones de la cómoda, descubrí que también había desaparecido el joyero de Grace. No tenía muchas cosas, pero en aquella caja guardaba unos pendientes de ópalo, herencia de su abuela, así como una pulsera de dijes de su infancia y un collar de plata que yo le había regalado en su último cumpleaños. Y ahora un desconocido se había largado con todo eso, lo que me pareció tan absurdo y brutal como una violación, un saqueo feroz de nuestro pequeño mundo.

No teníamos seguro de robo ni de hogar, y no me sentía inclinado a llamar a la policía para dar parte del delito. Nunca cogían a los ladrones, y no vi razón para luchar por lo que parecía una causa perdida, pero antes de tomar esa decisión tenía que averiguar si habían robado a algún otro vecino. Había otros tres apartamentos en el edificio -uno encima y dos debajo del nuestro-, y empecé por bajar las escaleras hasta la primera planta y hablar con la señora Caramello, que compartía las funciones de portera con su marido, peluquero jubilado que pasaba la mayor parte del tiempo viendo la televisión y jugando a las quinielas. En su casa no habían entrado, pero la señora Caramello se quedó tan consternada por las noticias que fue a llamar a su marido, quien, calzado con zapatillas, acudió a la puerta arrastrando los pies y se limitó a suspirar cuando le conté lo que había pasado.

– Uno de esos puñeteros yonquis, lo más seguro -aventuró-. Tenéis que poner rejas en las ventanas, Sid. No hay otro modo de impedir que entren esos desgraciados.

Los otros dos inquilinos también se habían librado. Al parecer, todos tenían una reja en las ventanas de atrás menos nosotros, por lo que nos habíamos convertido en un blanco fáci unos estúpidos confiados que no se habían molestado en adoptar las mínimas precauciones. Todos nos compadecían, pero el mensaje implícito era que nos merecíamos lo que había ocurrido.

Volví al apartamento, horrorizándome aún más ahora que podía contemplar el revoltijo con un estado de ánimo más templado. Uno por uno, me saltaban de pronto a la vista detalles que antes se me habían pasado por alto, agravando aún más el efecto de la intrusión. Una lámpara de pie a la izquierda del sofá yacía rota en el suelo, un florero de cristal estaba hecho añicos en la alfombra, e incluso nuestra lamentable tostadora había desaparecido de su sitio en la encimera de la cocina. Llamé a Grace a la oficina, con idea de prepararla para la conmoción que la aguardaba, pero no contestaron, lo que parecía significar que ya se había marchado y venía de camino a casa. Como no se me ocurría otra cosa que hacer, me puse a arreglar el apartamento. Entonces debían de ser alrededor de las seis y media, y aun cuando esperaba que Grace entrara en cualquier momento por la puerta, estuve trabajando sin parar durante más de una hora, recogiendo los destrozos, colocando los libros en las estanterías, haciendo otra vez la cama, volviendo a meter los cajones en la cómoda. Al principio, me alegré de hacer tal cantidad de cosas antes de que volviera Grace. Cuanto más eficaces fueran mis esfuerzos por ordenar el piso, menos se disgustaría al entrar en casa. Pero resultó que al terminar la tarea, ella seguía sin volver. Ya eran las ocho menos cuarto, tiempo más que suficiente para arreglar cualquier avería del metro que hubiera podido justificar su retraso. Cierto que a veces se quedaba trabajando hasta tarde, pero siempre me llamaba para decirme cuándo iba a salir de la oficina, y en el contestador no había ningún mensaje suyo. Volví a marcar su número de la Holst y McDermott, sólo para asegurarme, pero tampoco contestaron esta vez. No estaba en el trabajo y tampoco había venido a casa, y de pronto lo del robo parecía algo sin importancia, un pequeño inconveniente de un pasado lejano. Grace había desaparecido, y cuando dieron las ocho, ya me había entrado un pánico febril, absoluto.

Hice una serie de llamadas -a colegas, amigas, incluso a su prima Lily, a Connecticut-, pero sólo la última persona con quien hablé me dio cierta información. Greg Fitzgerald era el diseñador jefe de Holst y McDermott, y según me dijo, Grace había llamado a la oficina poco después de las nueve de la mañana para decirle que no podía ir a trabajar aquel día. Lo lamentaba mucho, pero le había surgido un asunto urgente que requería su inmediata atención. No había dicho de qué se trataba, pero al parecer, cuando Greg le había preguntado si se encontraba bien, ella había dudado antes de contestar. «Creo que sí», había dicho al cabo, y a Greg, que la conocía desde hacía años y le tenía mucho cariño (era el homosexual medio enamorado de la compañera más guapa), esa respuesta le había parecido desconcertante. «Impropia de ella», me parece que dijo textualmente, pero cuando percibió la creciente alarma en mi tono de voz, procuró tranquilizarme añadiendo que Grace había concluido la conversación diciéndole que volvería a la oficina al día siguiente por la mañana.

– No te preocupes, Sidney -prosiguió Greg-. Cuando Grace dice que va a hacer algo, lo hace. Hace cinco años que trabajo con ella, y no me ha fallado una sola vez.

Me quedé esperándola toda la noche, medio enloquecido de terror y confusión. Antes de hablar con Fitzgerald, estaba convencido de que Grace había sido objeto de algún hecho violento: atracada, violada, atropellada por un camión o un taxi lanzado a toda velocidad, víctima de alguna de las innumerables brutalidades que pueden ocurrirle a una mujer sola en las calles de Nueva York. Eso parecía improbable ahora, pero si no estaba muerta ni corría peligro físico, ¿qué podía haberle pasado, y por qué no me había llamado para decirme dónde se encontraba? Pensé una y otra vez en la conversación que habíamos mantenido por la mañana camino del metro, intentando comprender sus declaraciones curiosamente emocionales sobre la confianza, recordando los besos que me había dado y la manera en que, sin previo aviso, se había soltado de mis brazos para echar a correr por la acera sin molestarse siquiera en volverse para decirme adiós con la mano antes de desaparecer escaleras abajo. Ése sería el comportamiento de una mujer que acababa de tomar una decisión brusca e impulsiva, que había llegado a una determinación sobre cierto asunto pero que aún estaba llena de dudas e incertidumbre, tan poco segura de su resolución que no se atrevió a detenerse para lanzar una sola mirada atrás, temiendo que el simple hecho de mirarme pudiera alterar su determinación de llevar a cabo sus propósitos. Hasta ahí lo entendía todo, o eso me parecía, pero más allá de ese punto no estaba seguro de nada. Grace se había convertido para mí en un espacio en blanco, y cada cosa que aquella noche se me ocurría acerca de ella se transformaba rápidamente en una historia, en un pequeño melodrama que se nutría de mis ansiedades más profundas sobre nuestro futuro: lo que rápidamente parecía traducirse en una absoluta falta de futuro.

Llegó a casa pocos minutos después de las siete, unas dos horas después de haberme resignado a la idea de que no volvería a verla nunca más. Llevaba distinta ropa que el día anterior, tenía aspecto descansado y estaba guapa, con los labios pintados de carmín brillante, los ojos elegantemente maquillados y un toque de colorete en las mejillas. Yo estaba sentado en el sofá del cuarto de estar, y tal fue mi estupefacción al verla entrar que me quedé sin habla, sin poder articular palabra. Grace me dirigió una sonrisa -tranquila, resplandeciente, enteramente dueña de sí misma-, se acercó a donde yo estaba y me besó en los labios.

– Sé que te las he hecho pasar moradas -me dijo-, pero tenía que ser así. Esto no volverá a ocurrir nunca, Sidney. Te lo prometo.

Se sentó a mi lado y volvió a besarme, pero no fui capaz de estrecharla en mis brazos.

– Tienes que decirme dónde has estado -respondí, sorprendido por la cólera y la amargura de mi voz-. Se acabó el silencio, Grace. Tienes que hablar.

– No puedo -aseguró ella.

– Claro que puedes. Debes hacerlo.

– Ayer por la mañana dijiste que confiabas en mí. Sigue confiando en mí, Sid. Eso es todo lo que pido.

– Cuando alguien dice eso, es que está ocultando algo. Siempre. Es como una ley matemática, Grace. ¿De qué se trata? ¿Qué es lo que no quieres decirme?

– Nada. Es que ayer necesitaba estar sola, eso es todo. Me hacía falta tiempo para pensar.

– Pues muy bien. Piensa. Pero no me tortures y llámame para decirme dónde estás.

– Quería llamarte, pero luego no pude. No sé por qué. Era como si tuviera que aparentar que ya no te conocía. Sólo por poco tiempo. Ha sido una maldad por mi parte, pero me ha servido de ayuda, de verdad.

– ¿Dónde has pasado la noche?

– No es nada de eso, créeme. He estado sola. Pedí habitación en el Hotel Gramercy Park.

– ¿En qué piso? ¿Qué número de habitación tenías?

– Por favor, Sid, no sigas. No está bien.

– Podría llamar y averiguarlo, ¿no te parece?

– Claro que sí. Pero eso significaría que no me crees. Y entonces tendríamos problemas. Pero no los tenemos. De eso se trata. Estamos bien, y el hecho de que yo esté aquí ahora lo demuestra.

– Supongo que pensarías en lo del niño…

– Sí, entre otras cosas.

– ¿Has decidido algo?

– Todavía estoy en la encrucijada. No sé hacia dónde tirar.

– Ayer estuve con John, hablamos un rato y me dijo que debías abortar. Insistió bastante en eso.

Grace pareció sorprendida y a la vez disgustada. -¿John? Pero si no sabe que estoy embarazada. -Se lo dije yo.

– Oh, Sidney. No debías habérselo dicho.

– ¿Por qué no? ¿Acaso no es amigo nuestro? ¿Por qué no debería saberlo?

Dudó unos momentos antes de contestar a mi pregunta.

– Porque es nuestro secreto -dijo al cabo-, y todavía no hemos decidido lo que vamos a hacer. Ni siquiera se lo he dicho a mi familia. Si John habla con mi padre, las cosas podrían complicarse bastante.

– No se lo dirá. Está demasiado preocupado por ti para decírselo.

– ¿Preocupado?

– Sí, preocupado. De la misma manera que yo también lo estoy. Estás muy rara últimamente. Las personas que te quieren no tienen más remedio que estar preocupadas.

Se iba mostrando un poco menos evasiva a medida que avanzaba la conversación, y yo tenía la intención de seguir pinchándola hasta que toda la historia saliera a la luz, hasta comprender lo que la había impulsado a emprender una misteriosa fuga de veinticuatro horas. Había tanto en juego, pensé, que si no lo confesaba todo y me decía la verdad, ¿cómo iba a ser capaz de seguir confiando en ella? Confianza era lo único que me pedía, y sin embargo desde el momento en que se derrumbó el sábado por la noche en el taxi, había sido imposible no pensar que algo andaba mal, que Grace se iba hundiendo poco a poco bajo el peso de una carga que se negaba a compartir conmigo. Durante un tiempo, el embarazo pareció explicarlo todo, pero ya no estaba seguro de eso. Era otra cosa, algo además de lo del niño, y antes de empezar a atormentarme a mí mismo pensando en otros hombres, en aventuras clandestinas y traiciones siniestras, necesitaba que me dijera lo que estaba pasando. Lamentablemente, la conversación se interrumpió bruscamente en ese punto, y ya no estuve en condiciones de seguir el hilo de mis conjeturas. Ocurrió justo después de que le dijera lo preocupado que estaba por ella. La cogí de la mano, y mientras la atraía hacia mí para besarla en la mejilla, por fin se dio cuenta de que la lámpara ya no estaba donde debía estar, de que el espacio a la izquierda del sofá se encontraba vacío. Tuve que contarle lo del robo, y de buenas a primeras cambió la situación y en vez de hablar de una cosa no tuve más remedio que hablarle de otra.

Al principio, Grace pareció tomarse las noticias con calma. Le enseñé el hueco de la estantería que ocupaban las primeras ediciones, le señalé con el dedo la mesita donde estaba la televisión portátil, y luego la conduje a la cocina y le informé de que había que comprar otra tostadora. Grace abrió los cajones de debajo de la encimera (cosa que yo había olvidado hacer) y descubrió que nuestra mejor cubertería, regalo de sus padres en nuestro primer aniversario de boda, también había desaparecido. Entonces fue cuando montó en cólera. Con el pie derecho dio una patada al último cajón y empezó a maldecir. Grace rara vez decía tacos, pero aquella mañana se puso fuera de sí y en escasos momentos soltó un aluvión de invectivas que superaba todo lo que jamás había oído de sus labios. Luego pasamos al dormitorio, y su ira se transformó en llanto. Le empezó a temblar el labio inferior cuando le dije lo del joyero, pero al ver que también faltaba la litografía se sentó en la cama y rompió a llorar. Hice lo que pude para consolarla, prometiéndole encontrar otro Van Velde cuanto antes, pero sabía que nada podría sustituir jamás el que ella había comprado a los veinte años en su primer viaje a París: una profusión de abigarrados y destellantes azules, interrumpida en el centro por un óvalo blanco y un trazo discontinuo de color rojo. Hacía años que la veía todos los días, y nunca me había cansado de mirarla. Era una de esas obras que siempre ofrecen algo, que nunca parecen agotarse. [13]

Tardó unos quince o veinte minutos en calmarse, y luego fue al cuarto de baño a quitarse el rímel, que se le había corrido, y a lavarse la cara. La esperé en la habitación, pensando que allí podríamos proseguir nuestra conversación, pero cuando volvió sólo fue para anunciar que se le estaba haciendo tarde y tenía que ir a trabajar. Traté de convencerla de que no fuera, pero no transigió. Había prometido a Greg que iría aquella mañana, explicó, y después de lo comprensivo que había sido para darle permiso el día anterior, no quería seguir aprovechándose de su amistad. Una promesa era una promesa, afirmó, a lo cual contesté que aún teníamos cosas de que hablar. Quizá sí, repuso ella, pero eso podía esperar a que volviera del trabajo. Y como para demostrar sus buenos propósitos, antes de marcharse se sentó en la cama, me rodeó con los brazos y me apretó contra ella durante lo que me pareció un buen rato.

– No te preocupes por mí -me recomendó-. Ya estoy bien, de verdad. Lo de ayer me ha servido de mucho.

Tomé mis pastillas de la mañana, volví a la habitación y dormí hasta media tarde. No tenía ningún plan para ese día, y mi única obligación consistía en pasar el tiempo lo más tranquilamente posible hasta que Grace volviera a casa. Había prometido que seguiríamos hablando por la noche, y si una promesa era una promesa, mi empeño era obligarla a que la cumpliera y hacer lo posible por sacarle la verdad. No me sentía muy optimista, pero fracasara o no, no iba a llegar a ninguna parte a menos que lo intentara.

El cielo estaba claro y luminoso aquella tarde, pero la temperatura había bajado a ocho grados, y por primera vez desde el día en cuestión sentí un regusto de invierno en el ambiente, un presagio de acontecimientos venideros. Una vez más, se había alterado mi ritmo normal de sueño, y me encontraba en peor forma que de costumbre: sin mucha seguridad de movimientos, me costaba trabajo respirar y me tambaleaba precariamente a cada paso que daba. Era como si hubiese retrocedido a una etapa anterior en el proceso de recuperación, volviendo al periodo del vértigo de colores y las percepciones inestables, escindidas. Me sentía sumamente vulnerable, como si el aire mismo fuera una amenaza, como si un inesperado golpe de viento pudiera traspasarme de lado a lado y dejar el suelo salpicado con pedacitos de mi cuerpo.

Compré una tostadora nueva en una tienda de electrodomésticos de la calle Court, y esa simple operación agotó casi todos mis recursos físicos. Cuando acabé de elegir una que se ajustaba a nuestro presupuesto y hube sacado el dinero de la billetera para entregárselo a la empleada de detrás del mostrador, temblaba de pies a cabeza y estaba a punto de echarme a llorar. La mujer me preguntó si me pasaba algo. Le dije que no, pero mi respuesta no debió de convencerla, porque acto seguido me estaba preguntando si quería sentarme y tomar un vaso de agua. Era gruesa, de sesenta y pocos años, con un leve indicio de bigote en el labio superior, y la tienda que llevaba era un oscuro y polvoriento cuchitril, un negocio familiar venido a menos, con casi la mitad de los estantes desprovistos de existencias. Por generoso que fuera su ofrecimiento, no me apetecía estar allí ni un minuto más. Le di las gracias y eché a andar hacia la salida, tambaleándome y apoyándome luego contra la puerta para abrirla con el hombro. Después me quedé unos momentos en la acera sin moverme, aspirando profundas bocanadas de aire fresco mientras esperaba que se me pasara el vértigo. Al recordarlo ahora, me doy cuenta de que la gente debía de pensar que estaba a punto de perder el conocimiento.

Pedí un trozo de pizza y una CocaCola grande en Vinny's, dos portales más abajo, y cuando me levanté para marcharme me sentía un poco mejor. Entonces eran sobre las tres y media, y Grace no llegaría a casa hasta las seis como muy pronto. No me encontraba con fuerzas para deambular por el barrio haciendo la compra, y era consciente de que no estaba en condiciones de cocinar. Salir a cenar era un lujo para nosotros, pero me figuré que podríamos pedir comida para llevar en el Jardín de Siam, un restaurante tailandés que acababa de abrir cerca de la Avenida Atlantic. Estaba seguro de que Grace lo entendería. Cualesquiera que fuesen las dificultades que pudiéramos estar atravesando, mi salud la preocupaba lo suficiente como para no reprocharme ese tipo de cosas.

Cuando hube despachado el trozo de pizza, decidí acercarme a la sucursal de la biblioteca pública de la calle Clinton para ver si había algún libro de Sylvia Monroe, la novelista que me había mencionado Trause el día anterior. Había dos títulos en el catálogo de fichas, Noche en Madrid y Ceremonia de otoño, pero hacía más de diez años que nadie los había pedido. Me senté a una de las largas mesas de la sala de lectura y me puse a hojearlos, descubriendo enseguida que Sylvia Monroe no tenía nada en común con Sylvia Maxwell. Los libros de Monroe eran relatos de misterio convencionales, escritos al estilo de Agatha Christie, y mientras leía la prosa llena de ingenio y hábilmente artificiosa de las dos novelas, me fui sintiendo cada vez más decepcionado, molesto conmigo mismo por haber creído que podría existir alguna semejanza entre las dos Sylvia M. Pensé que, como mínimo, había leído un libro de Sylvia Monroe en mi infancia para olvidarlo después y suscitar ahora un recuerdo inconsciente de ella en la persona de Sylvia Maxwell, supuesta autora de una supuesta autora de una narración ficticia. Pero parecía que me había inventado enteramente a Maxwell y que La noche del oráculo era una historia original, sin relación alguna con ninguna otra novela. Probablemente tendría que haberme sentido aliviado, pero no fue así.

Al volver al apartamento a las cinco y media me encontré con un mensaje de Grace en el contestador. Sin rodeos pero con calma, en una serie de frases sencillas y directas, desmontó la arquitectura de desdicha que se había erigido a nuestro alrededor durante los últimos días. Llamaba desde la oficina, decía, y tenía que hablar en voz baja, «pero si puedes oírme, Sid», proseguía, «hay cuatro cosas que quiero que sepas. Primero, no he dejado de pensar en ti desde que salí de casa esta mañana. Segundo, he decidido tener el niño, y nunca más vamos a pronunciar la palabra aborto. Tercero, no te molestes en preparar cena. Salgo de la oficina a las cinco en punto, y voy a ir derecha a Balducci's a pedir una buena comida preparada que se pueda calentar en el horno. Si no hay avería en el metro, estaré en casa a las seis y veinte o las seis y media. Cuarto, procura que el señor Johnson esté preparado para entrar en acción. Voy a saltarte encima en cuanto entre por la puerta, amor mío, así que vete preparando. La señorita Virginia se muere por estar desnuda con su amante.» [14]

Suspendí el interrogatorio que venía planeando para la noche y no le formulé ninguna pregunta sobre su ausencia de la víspera. Hicimos todo lo que me había anunciado en el mensaje del contestador, echándonos el uno en brazos del otro y rodando por el suelo en cuanto entró en el apartamento, y luego arrastrándonos medio desnudos hacia el dormitorio, adonde no conseguimos llegar del todo. Más tarde, ya con la bata puesta, calentamos la comida en el horno y nos sentamos a cenar. Le enseñé la tostadora que había comprado por la tarde, con sus anchas ranuras donde cabían panecillos redondos, y aunque eso nos condujo al doloroso asunto del robo, la conversación no duró mucho porque de pronto me empezó a sangrar la nariz, salpicando la tartaleta de albaricoque que Grace acababa de ponerme de postre. Mientras yo echaba la cabeza atrás frente a la pila y esperaba a que se cortara la hemorragia, ella se puso a mi espalda, me abrazó y empezó a besarme en el hombro y el cuello, sugiriendo todo el tiempo divertidos nombres para ponerle al niño. Si era niña, decidimos llamarla Goldie Orr. Si era niño, lo llamaríamos Ira Orr, como un libro de Kierkegaard. Aquella noche fuimos estúpidamente felices, y no recuerdo otro momento en que Grace se hubiera mostrado más pródiga o efusiva en sus manifestaciones de cariño hacia mí. Cuando la sangre dejó finalmente de manarme de la nariz, Grace hizo que me volviera hacia ella y me lavó la cara con una toalla húmeda, mirándome fijamente a los ojos mientras me limpiaba la boca y la barbilla hasta que hubo desaparecido el último rastro de la hemorragia.

– Ya arreglaremos la cocina por la mañana -me dijo. Entonces, sin añadir una palabra más, me cogió de la mano y me condujo a la habitación.


Me desperté tarde al día siguiente, y cuando por fin me levanté a las diez y media, hacía mucho que Grace se había ido. Fui a la cocina a poner la cafetera y tomarme las pastillas, y luego empecé a arreglar con parsimonia el desorden que habíamos dejado la noche anterior. Diez minutos después de haber colocado el último plato en el aparador, Mary Sklarr llamó para darme malas noticias. Después de leer mi adaptación, la gente de Bobby Hunter había decidido pasar de ella.

– Lo siento -prosiguió Mary-, pero no voy a decir que estoy conmocionada.

– No pasa nada -respondí, sintiéndome menos disgustado de lo que hubiera pensado-. La idea era una verdadera mierda. Me alegro de que no lo quieran.

– Han dicho que tu argumento les parecía demasiado cerebral.

– Me sorprende que sepan lo que significa esa palabra. -Me alegro de que no te lo tomes a mal. No merece la pena.

– Sólo me interesaba el dinero, nada más. Puro afán de lucro. Y tampoco he obrado de manera muy profesional, ¿verdad? No se debe escribir nada si no hay contrato de por medio. Es la primera regla del oficio.

– Bueno, los dejaste bastante asombrados. La rapidez con que lo hiciste. No están acostumbrados a tales excesos de celo. Primero les gusta mantener largas discusiones con abogados y agentes. Así tienen la impresión de que están haciendo algo importante.

– Sigo sin entender por qué pensaron en mí.

– Ahí hay alguien a quien le gusta tu obra. Puede ser Bobby Hunter o el chico que distribuye el correo. ¿Quién sabe? En cualquier caso, te van a mandar un cheque. Como muestra de buena voluntad. Escribiste el guión sin contrato, pero quieren resarcirte por el tiempo que has empleado.

– ¿Un cheque?

– Sólo un detalle.

– ¿A cuánto asciende ese detalle?

– A mil dólares.

– Bueno, menos es nada. El primer dinero que gano en mucho tiempo.

– Te olvidas de Portugal.

– Sí, Portugal. ¿Cómo se me puede olvidar Portugal?

– ¿Algo nuevo sobre la novela que puedes o no puedes estar escribiendo?


– No mucho. Quizá haya una parte que valga la pena rescatar, pero no estoy seguro. Una novela dentro de la novela. Sigo pensando en ello, de manera que quizá sea buena señal.

– Dame cincuenta páginas y te conseguiré un contrato, Sid.

– Nunca me han pagado por un libro que no hubiera terminado. ¿Qué pasaría si no fuera capaz de escribir la página cincuenta y uno?

– Son tiempos difíciles, amigo mío. Si necesitas dinero, yo trataré de conseguírtelo. Es mi trabajo.

– Deja que me lo piense.

– Tú te lo piensas y yo te espero. Cuando te decidas, llámame.

Después de colgar, fui a la habitación a coger la chaqueta del armario. Ahora que el asunto de La máquina del tiempo estaba muerto y enterrado, tenía que ponerme a pensar en un nuevo proyecto, y me figuré que me vendría bien un paseo y tomar el aire. Pero justo cuando me disponía a salir del apartamento, volvió a sonar el teléfono. Tentado estuve de no cogerlo, pero luego cambié de opinión y contesté a la cuarta llamada, esperando que fuera Grace. Resultó que era Trause, probablemente la última persona del mundo con la que me apetecía hablar en aquel preciso momento. Todavía no le había dicho que había perdido su relato, y al prepararme para hacerle entonces la confesión que había estado aplazando durante los últimos dos días, me dejé arrastrar por mis pensamientos hasta el punto de no entender muy bien lo que me estaba diciendo. Eleanor y su marido habían encontrado a Jacob, me explicó. Ya lo habían ingresado en una clínica para toxicómanos: un sitio llamado Smithers, en el Upper East Side.

– ¿Me has oído? -preguntó John-. Lo van a someter a un tratamiento de veintiocho días. Probablemente no sea suficiente, pero no está mal para empezar.

– Ah -respondí con voz débil-. ¿Cuándo lo han encontrado?

– El miércoles por la tarde, poco después de que tú te marcharas. Tuvieron que utilizar sus influencias para que lo admitieran. Afortunadamente, Don conocía a alguien que a su vez conocía a alguien, y así lograron saltarse la burocracia.

– ¿Don?

– El marido de Eleanor.

– Claro. El marido de Eleanor.

– ¿Te encuentras bien, Sid? Parece que estás con la cabeza en otra parte.

– No, no. Estoy bien. Don. El actual marido de Eleanor.

– Te llamo para pedirte un favor. Espero que no te importe.

– No me importa. Sea lo que sea. No tienes más que pedírmelo.

– Mañana es sábado, y el horario de visita de la clínica es de nueve a cinco. Me preguntaba si podías ir en mi lugar y ver cómo está. No tienes que quedarte mucho rato. Eleanor y Don no pueden ir. Están de vuelta en Long Island, y en realidad ya han hecho bastante. Sólo quiero saber si se encuentra bien. Es un centro de puertas abiertas. Como se trata de un tratamiento voluntario, me gustaría asegurarme de que no ha cambiado de opinión. Después de todo lo que hemos pasado, sería una pena que decidiera abandonarlo.

– ¿No crees que deberías ir tú? Al fin y al cabo, eres su padre. Yo apenas conozco al chico.


– A mí no me dirige la palabra. Y si por casualidad se le olvida que no me habla, no me soltará más que un montón de mentiras. Si pensara que con eso arreglaría algo, cogería la muleta y me iría cojeando hasta allí. Pero no serviría de nada.

– ¿Y por qué crees que hablará conmigo?

– Le caes bien. No me preguntes por qué, pero te considera una persona genial. Sus palabras textuales. «Sid es una persona genial.» Puede que sea porque eres joven, no sé. O a lo mejor porque una vez le hablaste de un grupo de rock que a él le interesaba.

– Los Bean Spasms, una banda punk de Chicago. Una noche, un amigo mío me puso un par de canciones suyas. No son muy buenos. Creo que ya se han disuelto.

– Al menos sabías quiénes eran.

– Ésa fue la conversación más larga que he mantenido nunca con Jacob. Duró unos cuatro minutos.

– Bueno, cuatro minutos no está mal. Si mañana consigues que te atienda durante cuatro minutos, será toda una hazaña.

– ¿No crees que sería mejor que llevara a Grace conmigo? Ella lo conoce desde hace mucho más tiempo que yo. -Ni hablar.

– ¿Por qué?

– Jacob la odia profundamente. No soporta estar en la misma habitación que ella.

– Nadie odia a Grace. Sólo un enfermo mental podría odiarla.

– Mi hijo no opina lo mismo.

– Ella nunca me ha dicho una palabra de eso.

– Todo viene de la primera vez que se vieron. Grace tenía trece años, y Jacob tres. Eleanor y yo acabábamos de concluir los trámites del divorcio, y Bill Tebbetts me invitó a pasar un par de semanas con la familia en su casa de campo de Virginia. Era verano, y fui con Jacob. Parecía llevarse bien con los críos de los Tebbetts, pero cada vez que Grace se presentaba en la habitación, le daba un puñetazo o se ponía a tirarle cosas. Una vez, cogió un camión de juguete y se lo aplastó en la rodilla. La pobre chica empezó a sangrar y lo puso todo perdido. La llevamos inmediatamente al médico, que tuvo que darle diez puntos para coserle la herida.

– Conozco esa cicatriz. Grace me contó una vez cómo se la había hecho, pero no mencionó a Jacob. Dijo que había sido un niño pequeño, nada más.

– Parece que la odia desde el principio, desde el momento en que puso los ojos en ella.

– Probablemente notó lo mucho que la querías, y se convirtió en una rival. Los niños de tres años son unos seres tremendamente irracionales. No poseen mucho vocabulario, y cuando se enfadan, sólo saben expresarse con los puños.

– Puede ser. Pero él se mantuvo en sus trece incluso cuando se hizo mayor. Lo peor pasó en Portugal, unos dos años después de la muerte de Tina. Yo acababa de comprarme la casita en la costa norte, y Eleanor me lo mandó allí para que pasara un mes conmigo. Entonces tenía catorce años, y sabía tanto vocabulario como yo. Dio la casualidad de que Grace estaba allí cuando él se presentó. Por entonces Grace había terminado la carrera y en septiembre empezaba a trabajar en Holst y McDermott. En julio fue a Europa a ver cuadros; primero a Amsterdam, luego a París y después a Madrid, desde donde vino en tren a Portugal. Hacía dos años que no la veía, y teníamos que ponernos al tanto de muchas cosas, pero entonces llegó Jacob y se negó a aceptar su presencia. Se ponía a mascullar y la insultaba en voz baja, hacía como si no la oyera cuando ella le preguntaba algo y un par de veces incluso se las arregló para mancharla, echándole comida encima. Yo no me cansaba de llamarle la atención, de decirle que abandonara aquella actitud. Otra mala pasada, le advertí, y te envío de vuelta a Estados Unidos con tu madre y tu padrastro. Y entonces se pasó de la raya, con lo que lo metí en un avión y lo mandé a casa.

– ¿Qué es lo que hizo?

– Escupió a Grace en la cara.

– ¡Santo Dios!

– Estábamos los tres en la cocina, limpiando verduras para la cena. Grace hizo una observación inofensiva, ni siquiera recuerdo sobre qué, y Jacob se molestó. Se acercó a ella blandiendo un cuchillo y llamándola zorra estúpida, con lo que Grace acabó perdiendo los estribos. Entonces fue cuando le escupió. Aunque ahora, mirándolo bien, fue una suerte que no le clavara el cuchillo en el pecho.

– ¿Y a esa persona es a quien quieres que vaya a ver mañana? Lo que se merece es una buena patada en el culo.

– Me temo que eso es lo que pasaría en caso de que fuera yo. Pero sería mejor para todos que fueras tú. -¿Pasó algo más después de Portugal?

– Los he mantenido aparte. Hace años que no se han vuelto a ver, y por lo que a mí respecta, el mundo será un sitio más seguro si no vuelven a encontrarse. [15]

Grace no tenía que ir a trabajar a la mañana siguiente y aún seguía dormida cuando salí del apartamento. Tras mi conversación del viernes con Trause, decidí no hablarle de la promesa que había hecho de ir a Smithers aquella tarde. Eso la habría obligado a hablarme de Jacob, y no quería correr el riesgo de traerle malos recuerdos. Acabábamos de pasar unos días difíciles, y me resistía a hablar de nada que pudiera causar la menor agitación, rompiendo así el frágil equilibrio que habíamos logrado recuperar en las últimas cuarenta y ocho horas. Le dejé una nota en la mesa de la cocina para decirle que iba a Manhattan a ver unas cuantas librerías y que volvería a casa a las seis como muy tarde. Otra mentira, añadida a todas las demás mentirijillas que nos habíamos dicho el uno al otro la semana anterior. Pero yo no tenía intención de engañarla. Simplemente quería protegerla de nuevas situaciones desagradables, hacer que el espacio que compartíamos siguiera siendo lo más reducido y privado posible, sin tener que enredarnos en penosos asuntos del pasado.

El centro de rehabilitación estaba en una amplia mansión que en tiempos había pertenecido a Billy Rose, el productor de Hollywood. No sabía cómo ni cuándo se había convertido en clínica aquel edificio, pero era un sólido ejemplo de la antigua arquitectura neoyorquina, un palacete de piedra caliza de una época en la que la opulencia hacía alarde de diamantes, sombreros de copa y guantes blancos. Qué extraño que ahora lo habitase la escoria de la sociedad, una población incesantemente cambiante de dogradictos, alcohólicos y antiguos delincuentes. Se había convertido en parada obligada para los descarriados, y cuando la puerta se abrió con un zumbido y entré, vi que en su interior empezaba a declararse cierta especie de abandono. El esqueleto del edificio seguía intacto (el enorme vestíbulo con su suelo de baldosas blancas y negras, la escalera curva con la barandilla de caoba), pero la carne ofrecía un aspecto triste y sucio, venido a menos tras largos años de ansiedad y agotamiento.

Pregunté por Jacob en el mostrador de recepción, anunciándome como amigo de la familia. La recepcionista parecía desconfiar de mí, y tuve que vaciarme los bolsillos para demostrar que no intentaba pasar drogas ni armas de contrabando. Aun después de pasar la prueba, estaba convencido de que no iba a dejarme entrar, pero antes de que pudiera alegar algo a mi favor, dio la casualidad de que Jacob, que se dirigía al comedor en compañía de otros tres o cuatro internos, apareció en el vestíbulo. Parecía más alto que la última vez que lo había visto, y con su ropa negra, su pelo verde y su exagerada delgadez ofrecía un aspecto un tanto grotesco y ridículo, como un polichinela fantasma que fuese a ejecutar una danza para el Duque de la Muerte. Lo llamé, y cuando se volvió y me vio, pareció quedarse mudo de asombro: ni contento ni descontento, sólo sorprendido.

– Sid -masculló-. Pero ¿qué haces aquí?

Se apartó del grupo y vino hacia donde yo estaba, lo que animó a la recepcionista a formular una pregunta su perflua:

– ¿Conoce a este señor?

– Sí -respondió Jacob-. Lo conozco. Es amigo de mi padre.

Aquella afirmación fue suficiente para franquearme el paso. La mujer me pasó la hoja de visitas, y una vez que hube escrito mi nombre con letras de imprenta, acompañé a Jacob por un largo pasillo hasta el comedor.

– Nadie me ha avisado de que ibas a venir -observó-.

Supongo que habrá sido un encarguito del viejo, ¿no?

– En realidad, no. Andaba por el barrio y he pensado en pasar a verte para ver qué tal te iba.

Jacob emitió un gruñido, sin molestarse siquiera en comentar que no me creía lo más mínimo. Estaba claro que se trataba de una excusa, pero mentí con objeto de dejar a John fuera de la conversación, pensando que sacaría más de Jacob si evitaba hablar de su familia. Seguimos en silencio durante unos momentos y entonces, inesperadamente, me puso la mano en el hombro.

– Me han dicho que has estado muy enfermo -me dijo.

– Sí, es verdad. Pero ya parece que estoy mejor.

– Pensaban que te ibas a morir, ¿verdad?

– Eso me dijeron. Pero conseguí engañarlos, y ya hace cuatro meses que me largué de allí.

– Eso significa que eres inmortal, Sid. No la vas a cascar hasta que cumplas los ciento diez.


El comedor era una estancia amplia y luminosa con puertas correderas de cristal que daban a un pequeño jardín, donde algunos internos y sus familias habían salido a fumar y tomar café. Había que servirse uno mismo, y después de que llenamos las bandejas con empanada de carne, puré de patatas y ensalada, Jacob y yo nos pusimos a buscar una mesa libre. Debía de haber unas cincuenta o sesenta personas en el comedor, y tuvimos que estar unos minutos dando vueltas antes de encontrar una. Esa tardanza pareció irritarlo, hasta el punto de que casi se lo tomó como algo personal. Cuando al fin nos sentamos, le pregunté cómo iban las cosas y me soltó una lista de amargas quejas, moviendo nerviosamente la pierna izquierda mientras hablaba.

– Este sitio es una mierda -proclamó-. Lo único que hacemos es asistir a reuniones donde cada uno habla de su caso particular. Es un aburrimiento que no te puedes imaginar. Como si alguien tuviera ganas de escuchar a esos capullos y ver cómo se desahogan contando sus estúpidas historias sobre la infancia tan jodida que tuvieron y cómo se apartaron del camino recto para caer en las garras de Satanás.

– ¿Y qué pasa cuando te toca a ti? ¿Te levantas y te pones a hablar?

– No tengo más remedio. Si no digo nada, me señalan con el dedo y empiezan a llamarme cobarde. Así que me invento algo parecido a lo que cuentan los demás, y luego me echo a llorar. Eso siempre funciona. Soy muy buen actor, ¿sabes? Les digo que soy una basura, y luego me derrumbo porque no puedo soportarlo más y todo el mundo tan contento.

– ¿Y para qué engañarlos? Con eso sólo conseguirás perder el tiempo.

– Pues porque no soy drogadicto. He hecho un poco el tonto con el caballo, pero no es nada serio. Puedo dejarlo cuando me dé la gana.

– Eso es lo que decía mi compañero de cuarto en la universidad. Y luego una noche lo encontraron muerto de sobredosis.

– Sí, bueno, sería un idiota, probablemente. Yo sé lo que hago, y no la voy a palmar de sobredosis. No estoy enganchado al jaco. Mi madre cree que sí, pero ella no sabe una mierda.

– Entonces, ¿por qué has consentido en venir aquí?

– Porque me dijo que me cortaría el suministro. Ya he cabreado bastante a tu colega, el todopoderoso Sir John, y no quiero que a Lady Eleanor se le ocurra la estúpida idea de no pasarme la asignación.

– Siempre podrías ponerte a trabajar.

– Sí, claro, pero no quiero. Tengo otros planes, y necesito un poco más de tiempo para ponerlos en práctica.

– Así que estás metido entre estas cuatro paredes esperando que pasen los veintiocho días.

– No sería tan coñazo si no nos tuvieran ocupados todo el tiempo. Cuando no perdemos el culo para acudir a esas puñeteras reuniones, nos hacen estudiar esos libros tan acojonantes. Nunca en la vida he leído semejantes tonterías.

– ¿Qué libros?

– El manual de Drogadictos Anónimos, el programa de los doce pasos, esas gilipolleces.

– Puede que sea una gilipollez, pero ha servido de ayuda a un montón de gente.

– Eso es para cretinos, Sid. Toda esa mierda de confiar en un poder supremo. Es como una especie de religión para niños. Entrégate al poder supremo y te salvarás. Hace falta ser imbécil para tragarse esa estupidez. No existe el poder supremo. Mira bien a tu alrededor y dime dónde está. Porque yo no lo veo. Sólo estamos tú y yo, aparte de esos de ahí. Una pandilla de pobres desgraciados que hacen lo que pueden para seguir viviendo.

No llevábamos ni cinco minutos hablando y ya me sentía agotado, abrumado por las observaciones cínicas e insulsas del muchacho. No veía el momento de largarme de allí, pero por guardar las formas decidí esperar a que concluyese el almuerzo. La cocina de Smithers no parecía despertarle mucho el apetito. Pálido y demacrado, el hijo de Trause se dedicó a picotear el puré de patatas, probó un bocado de la empanada de carne y luego dejó el tenedor en la mesa. Un momento después, se levantó de la silla y me preguntó si quería postre. Negué con la cabeza y se dirigió a la cola con paso firme. Volvió con dos copas de crema de chocolate, que colocó frente a él y devoró una tras otra, mostrando mucho más interés en los dulces que en el plato principal. A falta de droga, el azúcar era el único placebo disponible, de modo que saboreó la crema con el mismo deleite que un niño pequeño, rebañando las copas hasta la última cucharadita. Entre la primera y la segunda copa, un hombre se detuvo frente a nuestra mesa y lo saludó. Andaría por los treinta y tantos años, cara áspera, marcada por la viruela, y pelo recogido en la nuca en una breve cola de caballo. Jacob lo presentó con el nombre de Freddy, y con el calor y la seriedad del auténtico veterano de los centros de rehabilitación el recién llegado me tendió la mano y afirmó que era un placer conocer a un amigo de Jake.

– Sid es un novelista famoso -anunció Jacob, sin venir a cuento-. Ha publicado unos cincuenta libros.

– No le haga caso -advertí a Freddy-. Le da por exagerar. -Sí, lo sé -respondió Freddy-. Este tío es un verdadero liante. No hay que perderlo de vista ni un momento. ¿Verdad, chico?

Jacob bajó los ojos hacia la mesa y entonces Freddy le dio una palmadita en la cabeza y se alejó. Cuando atacó la segunda copa de crema de chocolate, me informó de que Freddy era su jefe de grupo y de que, bien mirado, no era mal tipo.

– Se dedicaba a robar cosas -añadió-. Ya sabes, ladrón de tiendas profesional. Pero tenía una buena técnica, así que nunca lo pillaron. En vez de entrar en los comercios con un enorme abrigo puesto, como hacen casi todos, se disfrazaba de cura. Nadie sospechó jamás de él. El padre Freddy, un sacerdote. Pero una vez se vio envuelto en un extraño lío. Andaba cerca del centro, a punto de entrar a robar en un drugstore, cuando se produjo un tremendo accidente de tráfico. Un coche atropelló a un tío que estaba cruzando la calle. Lo cogieron y lo llevaron a rastras a la acera, justo por donde pasaba Freddy. Había sangre por todas partes, el tío estaba inconsciente, parecía que se iba a morir. Una multitud se congrega a su alrededor, y de pronto una mujer ve a Freddy vestido de cura y le pide que le dé los últimos sacramentos. El padre Freddy lo tiene crudo. No sabe ni una sola oración, pero si sale corriendo, se enterarán de que es un impostor y lo detendrán por hacerse pasar por cura. De manera que se inclina sobre el tío tendido, junta las manos para hacer como que está rezando y murmura una solemne tontería que una vez oyó en una película. Luego se incorpora, hace la señal de la cruz y se larga. Divertido, ¿no?

– Parece que estás aprendiendo muchas cosas en esas reuniones.

– Eso no es nada. Bueno, entiéndeme, es que Freddy no era un yonqui que trataba de pagarse el vicio. Por aquí hay muchos que han hecho verdaderas locuras. ¿Ves aquel negro sentado en la mesa del rincón, aquel tío grande del jersey azul? Es Jerome. Pasó doce años en Attica por asesinato. ¿Y aquella rubia que está con su madre en la mesa de al lado? Sally. Se crió en Park Avenue, y su familia es una de las más ricas de Nueva York. Ayer nos contó que ha estado haciendo de puta en la Décima Avenida, por el Túnel Lincoln, follando en el coche de los clientes a veinte dólares el polvo. ¿Y ves a ese hispano que está al fondo del comedor, el de la camisa amarilla? Alfonso. Lo metieron en la cárcel por violar a su hija de diez años. Te lo aseguro, Sid, comparado con la mayoría de estos personajes, no soy más que un chico muy majo de clase media.

La crema de chocolate parecía haberle inoculado algo de energía, y cuando llevamos las bandejas sucias a la cocina, caminaba con cierto brío, ya no era el sonámbulo que iba arrastrando los pies por el vestíbulo antes de comer. En total, creo que estuve con él unos treinta o treinta y cinco minutos: lo suficiente para considerar que había cumplido con mi obligación hacia John. Al salir del comedor, Jacob me preguntó si quería subir a ver su habitación. A la una y media iba a celebrarse una reunión con mucha gente a la que, según dijo, podían asistir invitados y miembros de la familia. Si me apetecía ir, sería bien recibido, y hasta que empezara podíamos estar en su habitación del cuarto piso. Había algo patético en la manera en que se agarraba a mí, en lo reacio que se mostraba a dejarme marchar. Apenas nos conocíamos, pero debía de sentirse tan solo en aquel sitio que me consideraba amigo suyo, aun cuando era consciente de que había ido a verlo en calidad de agente secreto de su padre. Traté de sentir un poco de lástima por él, pero no lo conseguí. Aquel mismo individuo había escupido a mi mujer en la cara, y aunque el incidente se remontaba a seis años atrás, fui incapaz de perdonárselo. Miré el reloj y le dije que tenía una cita dentro de diez minutos en la Segunda Avenida. Vi un destello de decepción en sus ojos, pero entonces, casi enseguida, sus facciones se endurecieron y adoptó una máscara de indiferencia.

– No pasa nada, hombre -dijo-. Si te tienes que ir, vete.

– Haré lo posible por venir la semana que viene -respondí, sabiendo perfectamente que no volvería.

– Como quieras, Sid. Tú mismo.

Me dio una palmadita condescendiente en la espalda, y antes de que pudiera estrecharle la mano para despedirme, dio media vuelta y se dirigió a las escaleras. Me quedé unos momentos en el vestíbulo, por ver si se volvía para despedirse con un movimiento de cabeza, pero no lo hizo. Continuó subiendo los peldaños, y cuando torció por el rellano y se perdió de vista, me acerqué a la mujer de la recepción, le firmé el registro de salida y me marché.


Pasaba un poco de la una. Rara vez venía al Upper East Side, y como a lo largo de la última hora había mejorado el tiempo, y la temperatura había subido hasta el punto de que me sobraba la chaqueta, convertí mi paseo diario en una excusa para merodear por aquel barrio. Iba a ser difícil decirle a John lo deprimente que me había resultado la visita, y en lugar de llamarlo enseguida decidí aplazar el momento hasta que volviera a Brooklyn. No podía llamarlo desde el apartamento (al menos si Grace estaba en casa), pero en la otra esquina de Landolfi's había una cabina de las antiguas, con una puerta plegable que se podía cerrar y todo, y me figuré que desde allí podría hacerlo con la suficiente intimidad.

Veinte minutos después de haber salido de Smithers, me encontraba por el número noventa y tantos de la Avenida Lexington, pensando en volverme a casa mientras caminaba entre una pequeña multitud de peatones. Uno de ellos tropezó conmigo, rozándome accidentalmente el hombro izquierdo al pasar, y al volverme para ver quién era pasó algo extraño, algo tan impensable que al principio lo tomé por una alucinación. Justo al otro lado de la avenida, en perfecto ángulo recto respecto al punto donde yo me encontraba, vi una tienda pequeña con un letrero encima de la puerta que decía: PALACIO DE PAPEL. ¿Sería posible que Chang hubiera logrado abrir su papelería en otro sitio? Me parecía increíble, pero dada la rapidez con que aquel hombre llevaba sus asuntos -cerrando la tienda de un día para otro, recorriendo velozmente la ciudad en su coche rojo, invirtiendo en empresas dudosas, pidiendo préstamos, derrochando dinero-, ¿qué razón tenía para dudarlo? Chang parecía vivir en una neblina de movimiento acelerado, como si el reloj del mundo girara más despacio para él que para el resto de los mortales. Un minuto debía de parecerle una hora, y con tantísimo tiempo de sobra entre las manos, ¿por qué no podría haberse mudado a la Avenida Lexington en los pocos días transcurridos desde la última vez que nos vimos?

Por otro lado, también podría ser una coincidencia. El Palacio de Papel no era un nombre muy original para una papelería, y fácilmente podría haber más de una en toda la ciudad. Crucé a la otra acera para averiguarlo, cada vez más convencido de que el dueño de aquel local de Manhattan no era Chang, sino otra persona. La disposición del escaparate resultó ser diferente de la que me había llamado la atención en Brooklyn el sábado anterior. No había torres de papel que sugirieran el horizonte urbano de Nueva York, pero me pareció que aquella vitrina era aún más imaginativa que la primera, mucho más ingeniosa. Exponía la estatuilla de un hombre sentado a una pequeña mesa en la que había una diminuta máquina de escribir. El hombrecillo tenía las manos sobre el teclado, y del rodillo sobresalía una hoja de papel en la que, apretando la frente contra la luna del escaparate y mirando con mucha atención, podían leerse las siguientes palabras mecanografiadas: Eran los mejores tiempos, era la peor época, la edad de la sabiduría, el ciclo de la estupidez, la fase de la creencia, la etapa de la incredulidad, la estación de la Luz, la hora de las Sombras, era la primavera de la esperanza, el invierno de la desesperación, lo teníamos todo por delante, nada había frente a nosotros…

Abrí la puerta y entré. Al cruzar el umbral oí el mismo tintineo de campanillas que el día 18 en el otro Palacio de Papel. La tienda de Brooklyn era pequeña, pero ésta lo era aún más, y las mercancías se apilaban en grandes cantidades sobre estantes de madera que llegaban hasta el techo. Esta vez, tampoco había clientes en la tienda. Al principio no vi a nadie, pero se oían unos ruiditos tenues y apagados, como de alguien que estuviera agachado detrás del mostrador: atándose el zapato, quizá, o recogiendo un bolígrafo o un lápiz que se le hubiera caído al suelo. Me aclaré la garganta y unos instantes después Chang se levantaba apoyando las manos en el mostrador, como para no perder el equilibrio. Esta vez llevaba el suéter marrón, y estaba despeinado. Parecía más delgado que la última vez que nos vimos, tenía un cerco de profundas arrugas en la boca y los ojos levemente enrojecidos.


– Enhorabuena -le dije-. El Palacio de Papel ha vuelto a ponerse en pie.

Chang me miró fijamente, con el rostro carente de expresión, sin poder o sin querer reconocerme.

– Lo siento -respondió-. Me parece que no lo conozco. -Claro que me conoce. Soy Sidney Orr. El otro día pasamos la tarde juntos.

– Sidney Orr no es mi amigo. Antes pensaba que es buen tío, pero ya no.

– Pero ¿qué está diciendo?

– Usted decepciona, señor Sid. Me pone en situación embarazosa. No conozco, no quiero. Adiós amistad. -No entiendo. ¿Qué es lo que he hecho?

– Me deja plantado en taller de sastrería. Ni siquiera se despide. ¿Qué clase de amigo es?

– Lo busqué por todas partes. Recorrí el bar de un extremo a otro, y como no lo encontraba supuse que estaría en uno de los reservados y no quise molestarlo. Así que me marché. Se me estaba haciendo tarde, y tenía que volver a casa.

– A casa con su mujer querida. Justo después de que Princesa de África le hace mamada. ¿No es divertido, señor Sid? Si Martine entra ahora en mi tienda, usted hace otra vez lo mismo. Justo ahí, en el suelo. Folla como a perra y queda encantado.

– Estaba borracho. Y ella era muy hermosa. Perdí el dominio de mí mismo. Pero eso no quiere decir que lo haría otra vez.

– No borracho. Hipócrita degenerado, como toda la gente egoísta.

– Usted dijo que nadie se le podía resistir, y tenía razón. Debe estar orgulloso de sí mismo, Chang. Me caló usted, y descubrió mi flaqueza.

– Porque sabía que no piensa bien de mí, por eso. Entiendo lo que pasa en su cabeza.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué era lo que estaba pensando aquel día?

– Piensa que Chang hace negocios sucios. Repugnante chulo putas, tipo sin corazón. Sólo piensa en dinero.

– Eso no es cierto.

– Sí, señor Sid, es cierto. Muy cierto. Ahora dejamos de hablar. Ha llenado mi espíritu de tristeza, y ya basta. Eche una mirada por la tienda, si quiere. Es cliente bienvenido a mi Palacio de Papel, pero no amigo. Amistad, muerta y enterrada. Se acabó.

No creo que nadie me haya insultado nunca más a conciencia de lo que Chang lo hizo aquella tarde. Le había causado un gran dolor, había herido involuntariamente su dignidad y su particular sentido del honor, y me fustigaba con aquellas frases duras y medidas como si estuviera convencido de que merecía ser destripado y descuartizado por mis crímenes. Lo que hizo el ataque aún más molesto fue el hecho de que la mayoría de sus acusaciones estaban justificadas. Lo había dejado plantado en el taller sin decirle adiós, había caído finalmente en los brazos de la Princesa de África, y había puesto en duda su integridad moral por su intención de realizar una inversión en el club. Poco podía alegar en mi defensa. Por mucho que lo negara sería inútil, y aunque mis transgresiones habían tenido una importancia relativamente pequeña, me seguía sintiendo lo bastante culpable por mi sesión con Martine detrás de la cortina para no desear que el asunto saliera de nuevo a relucir. Tenía que haberme despedido de Chang y marchado inmediatamente de la papelería, pero no lo hice. Para entonces los cuadernos portugueses se habían convertido en una obsesión demasiado imperiosa, y fui incapaz de marcharme sin ver primero si quedaba alguno. Era consciente de la imprudencia que suponía quedarme en un sitio donde no era bien recibido, pero no podía evitarlo. Sencillamente, tenía que averiguarlo.

Quedaba uno, entre una serie de cuadernos alemanes y canadienses colocados en una estantería baja al fondo de la tienda. Era rojo, sin duda el mismo que había visto en Brooklyn el sábado anterior, y el precio era el mismo de entonces, cinco dólares justos. Cuando lo llevé al mostrador y se lo entregué a Chang, me disculpé por haberlo puesto en evidencia o herido sus sentimientos. Le dije que podía seguir considerándome un amigo y que yo continuaría yendo a su tienda a comprar objetos de escritorio, aunque supusiera apartarme mucho de mi camino habitual. Pese a todo el arrepentimiento que intenté mostrar, Chang movió la cabeza de un lado a otro y dio unas palmaditas al cuaderno con la mano derecha.

– Lo siento -advirtió-. Este no vendo.

– ¿Qué quiere decir? Esto es una tienda. Aquí se vende todo. -Saqué de la cartera un billete de diez dólares, lo extendí sobre el mostrador y añadí-: Ahí tiene el dinero. La etiqueta del precio dice que cuesta cinco dólares. Ahora le ruego que me entregue el cuaderno y el cambio.

– Imposible. Rojo, último cuaderno portugués que queda en tienda. Reservado para otro cliente.

– Si lo ha reservado alguien, ¿por qué no lo pone detrás del mostrador, donde no se vea? Porque si está en la estantería, se supone que lo puede comprar cualquiera.

– Menos usted, señor Sid.

– ¿Por cuánto va a comprar el cuaderno el otro cliente? -Por cinco dólares, como dice etiqueta.

– Bueno, pues yo le doy diez y se acabó el asunto. ¿Qué le parece?

– Por diez dólares, no. Diez mil.

– ¿Diez mil dólares? ¿Es que se ha vuelto loco?

– Este cuaderno no es para usted, Sidney Orr. Compre otro cualquiera, y todos contentos. ¿Vale?

– Mire -le dije, perdiendo finalmente la paciencia- el cuaderno cuesta cinco dólares y estoy dispuesto a darle diez por él. Pero eso es todo lo que pienso pagar.

– Usted me da cinco mil dólares ahora y otros cinco mil el lunes. Ése es el trato. Si no, compre usted otro cuaderno, por favor.

Habíamos entrado en un ámbito de auténtica locura. Las absurdas exigencias y los insultos de Chang habían terminado por sacarme de quicio, y en lugar de seguir discutiendo con él le quité el cuaderno de la mano y eché a andar hacia la puerta.

– Se acabó -sentencié-. Quédese con los diez dólares y que le den por culo. Me voy.

No había dado dos pasos cuando Chang salió precipitadamente de detrás del mostrador para cortarme la retirada e impedir que llegara a la puerta. Traté de eludirlo, sirviéndome del hombro para echarlo a un lado, pero Chang aguantó el envite y un momento después cogía el cuaderno y trataba de quitármelo. Yo tiré de él a mi vez y me lo apreté contra el pecho, agarrándolo con todas mis fuerzas, pero el dueño del Palacio de Papel era una pequeña y temible máquina de tendones, nervios y músculos, y en menos de diez segundos me lo arrebató. Yo sabía que jamás sería capaz de volvérselo a quitar, pero estaba tan furioso, tan lleno de frustración, que lo sujeté del brazo con la mano izquierda mientras le lanzaba un puñetazo con la derecha. Era el primero que dirigía contra alguien desde la escuela primaria, y lo fallé. En cambio, Chang me dio un golpe de karate en el hombro izquierdo. Lo sentí como una cuchillada, y el dolor fue tan intenso que creí que se me iba a desprender el brazo. Caí de rodillas, y antes de que pudiera ponerme de nuevo en pie, Chang empezó a darme patadas en la espalda. Le grité que parase, pero él siguió dándome con la punta del pie en las costillas y en la columna vertebra una patada tras otra, breve y brutal, mientras yo rodaba hacia la salida, intentando desesperadamente salir de allí. Cuando mi cuerpo tropezó con el marco metálico de la parte inferior de la puerta, Chang giró el picaporte; el pestillo se abrió y caí a la acera.

– ¡No vuelva por aquí! -gritó-. ¡Próxima vez que venga, lo mato! ¿Me oye, Sidney Orr? ¡Le arranco el corazón y se lo echo a los cerdos!


Nunca hablé a Grace de Chang, ni de la paliza ni de nada de lo que había pasado aquella tarde en el Upper East Side. Me dolían todos los músculos del cuerpo, pero pese al ensañamiento del vengativo pie de Chang, la paliza sólo me había dejado unas cuantas magulladuras leves en la parte inferior de la espalda. La chaqueta y el jersey que llevaba debieron de servirme de protección, y al recordar lo cerca que había estado de quitarme la chaqueta mientras deambulaba por aquel barrio, reconocí que había sido una suerte entrar con ella puesta en el Palacio de Papel; aunque esa palabra resulte un tanto extraña en ese contexto. Últimamente, siempre que hacía calor, Grace y yo dormíamos desnudos, pero ahora que estaba refrescando otra vez, ella había empezado a dormir con un pijama de seda, y no le extrañó que me acostara a su lado con una camiseta. Incluso cuando hicimos el amor (el domingo por la noche), en la habitación estaba lo suficientemente oscuro como para que los verdugones le pasaran inadvertidos.

Llamé a Trause desde Landolfi's cuando salí por el Times el domingo por la mañana. Le conté todo lo que podía recordar de la visita que hice a Jacob, incluyendo el hecho de que su hijo se había quitado los imperdibles de la oreja (como medida de protección, sin duda), y le hice un resumen de cada una de las opiniones que había expresado desde el momento en que llegué hasta el instante en que lo vi desaparecer por el recodo de la escalera. John quería conocer mi impresión sobre si su hijo iba a quedarse todo el mes o si se largaría antes de tiempo, y yo le contesté que no lo sabía. Hizo alguna inquietante observación de que tenía planes, le advertí, lo que indicaba que había cosas en su vida que nadie de la familia conocía, secretos que él no estaba dispuesto a revelar. John pensaba que podría guardar relación con el tráfico de drogas. Le pregunté por qué sospechaba eso, pero, aparte de hacer una referencia de pasada al dinero robado de la matrícula, no añadió nada nuevo. La conversación empezó entonces a decaer, y en el breve silencio que siguió, finalmente hice acopio de valor para contarle lo que me había pasado días atrás en el metro y cómo había perdido «Imperio de huesos». No podía haber elegido peor momento para sacar a la luz aquel asunto, y al principio Trause no entendió una palabra de lo que le estaba diciendo. Volví a repetirle la historia. Cuando comprendió que su manuscrito probablemente habría acabado en Coney Island, se echó a reír.

– No te atormentes por eso -me recomendó-. Todavía conservo dos copias hechas con papel carbón. En aquellos tiempos no había fotocopiadoras, y siempre se sacaban por lo menos dos calcos de todo lo que se escribía a máquina. Meteré una en un sobre y haré que Madame Dumas te la mande por correo esta misma semana.

A la mañana siguiente, lunes, volví al cuaderno azul por última vez. Ya había escrito cuarenta de las noventa y seis páginas, pero quedaban más que suficientes en blanco para ocupar unas cuantas horas de trabajo. Empecé una página nueva, más o menos a la mitad, abandonando definitivamente el descalabro de Flitcraft. Bowen quedaría por siempre atrapado en aquella habitación, y decidí que había llegado finalmente el momento de renunciar a todo intento de rescatarlo. Si había aprendido algo de mi feroz encuentro con Chang el sábado, era que el cuaderno sólo me procuraba problemas, y que cualquier cosa que tratara de escribir en él estaría abocada al fracaso. Cada relato quedaría interrumpido a la mitad; cada proyecto me transportaría hasta cierto punto, llegado al cual levantaría la cabeza para descubrir que me había perdido. Sin embargo, estaba lo suficientemente enfurecido con Chang como para querer negarle la satisfacción de tener la última palabra. Era consciente de que debía despedirme del cuaderno portugués, pero a menos que lo hiciera con arreglo a mis propios términos, su recuerdo seguiría persiguiéndome como una derrota moral. Aunque no hiciera otra cosa, pensé que debía demostrarme a mí mismo que no era un cobarde.

Me puse despacio a la tarea, con cautela, impulsado más por una sensación de desafío que por la imperiosa necesidad de escribir. No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que empezara a pensar en Grace, y tras dejar el cuaderno abierto sobre la mesa fui al cuarto de estar a buscar un álbum de fotos del último cajón de una cómoda de roble donde guardábamos multitud de cosas. Afortunadamente, el ladrón no lo había tocado cuando entró a robar el miércoles por la tarde. Era un álbum especial, un regalo de boda de Flo, la hermana pequeña de Grace, y contenía unas cien fotografías: una historia visual de los primeros veintisiete años de la vida de Grace: Grace antes de que la conociera. No había mirado aquel álbum desde que volví del hospital, y al pasar las hojas en mi cuarto de trabajo aquella mañana me vino a la memoria el episodio que Trause me había contado sobre su cuñado y el estereoscopio, porque empecé a sentir la misma especie de fascinación ante las imágenes que me arrastraban hacia el pasado.

Allí estaba Grace recién nacida, tendida en su cuna. Y ahí, a los dos años, de pie en un campo cubierto de hierba alta, desnuda, con los brazos alzados al cielo, riendo. Y ahí la tenía, a los cuatro, a los seis, a los nueve años, sentada a una mesa, dibujando una casa, sonriendo al objetivo de la cámara del fotógrafo escolar con algunos dientes de menos, irguiéndose en la silla de montar mientras trotaba por la campiña de Virginia en una yegua alazana. Grace a los doce años, con una cola de caballo, tímida, un poco rara, incómoda consigo misma, y luego a los quince, súbitamente guapa, definida, primera encarnación de la mujer que acabaría siendo. También había fotos de ella con otras personas: retratos de familia de los Tebbetts, con varios amigos sin identificar del instituto y la universidad, sentada en las rodillas de Trause a los catorce años con sus padres a los lados, Trause agachándose y besándola en la mejilla en la fiesta de su décimo o undécimo cumpleaños, Grace y Greg Fitzgerald poniendo cara de bobos en la fiesta de Navidad de Holst y McDermott. Grace con un vestido de baile a los diecisiete años. Grace a los veinte, estudiante universitaria en París con el pelo largo y un jersey negro de cuello alto, sentada en la terraza de un café y fumando un cigarrillo. Grace con Trause en Portugal a los veinticuatro años, el pelo corto, ya con su aspecto adulto, irradiando una confianza sublime, ya segura de quién era. Grace en su elemento.


Debí de pasarme más de una hora mirando el álbum antes de coger la pluma y ponerme a escribir. La conmoción de los últimos días obedecía a algún motivo, y en ausencia de datos que apoyaran una u otra interpretación, no tenía nada en que basarme aparte del instinto y ciertas sospechas. Debía de haber una historia detrás de los desconcertantes cambios de humor de Grace, de sus lágrimas y sus enigmáticas palabras, de su desaparición el miércoles por la noche, del trabajo que le había costado llegar a una decisión con lo del niño, y esa historia, cuando me senté a escribir, empezaba y terminaba con Trause. Podía equivocarme, desde luego, pero ahora que la crisis parecía haber pasado, me sentía lo bastante seguro para considerar las más siniestras y perturbadoras posibilidades. Imagínatelo, dije para mis adentros. Imagínatelo, y luego mira a ver lo que sale.

Dos años después de la muerte de Tina, una Grace adulta e irresistiblemente atractiva visita a Trause en Portugal. Él ya ha cumplido los cincuenta, es un cincuentón aún joven y vigoroso que lleva años interviniendo en ciertos aspectos de su desarrollo: enviándole libros para leer, recomendándole cuadros para estudiar, incluso ayudándola a adquirir una litografía que se convertirá en su posesión más preciada. Ella probablemente está enamorada en secreto de él desde la adolescencia, y Trause, que la conoce desde que nació, siempre le ha tenido mucho cariño. Ahora es un hombre solo, que aún lucha por recobrar el equilibrio tras la muerte de su mujer, y ella, una joven en el apogeo de su belleza, tan afectuosa y compasiva, tan dispuesta, está verdaderamente loca por él. ¿Quién podría reprocharle que se hubiera enamorado de ella? En mi opinión, cualquier hombre en su sano juicio habría hecho lo mismo.

Se hacen amantes. Cuando el hijo de Trause, de catorce años, llega a casa, se siente asqueado por su dudoso comportamiento. Nunca le ha caído bien Grace, y ahora que ha usurpado su posición, robándole a su padre, se dedica a sabotear su felicidad. Pasan una época horrorosa. Finalmente, Jacob se convierte en tal incordio que lo echan de casa y lo mandan de vuelta con su madre.

Trause ama a Grace, pero Grace tiene veintiséis años menos que él, además de ser la hija de su mejor amigo. Y poco a poco, pero implacablemente, el remordimiento triunfa sobre el deseo. Se está acostando con una muchacha a la que cantaba nanas cuando era pequeña. Si se tratara de cualquier otra mujer de veinticuatro años, no habría problema alguno. Pero ¿cómo puede presentarse ante su mejor amigo y decirle que está enamorado de su hija? Bill Tebbetts lo tacharía de pervertido y lo echaría a patadas de su casa. Sería un escándalo, y si Trause se mantenía en sus trece y decidía casarse con ella de todas formas, Grace empezaría a sufrir. Su familia se volvería contra ella, y él nunca podría perdonárselo. Le dice que debe estar con un hombre de su edad. Si se queda con él, advierte, será viuda antes de cumplir los cincuenta.

Concluye el idilio y Grace vuelve a Nueva York, deshecha, incrédula, con el corazón destrozado. Pasa año y medio y entonces Trause regresa a su vez a Nueva York. Se instala en el apartamento de la calle Barrow y la aventura amorosa se reanuda, pero a pesar de lo mucho que la quiere, persisten las dudas y el conflicto de antaño. El lo mantiene en secreto (para evitar que la noticia llegue a su padre) y Grace le sigue la corriente, indiferente a la cuestión del matrimonio ahora que ha recuperado a su amante. Cuando algún compañero de Holst y McDermott la invita a salir, lo rechaza. Su vida privada es un misterio, y la hermética Grace nunca cuenta nada.

Al principio todo va bien, pero al cabo de dos o tres meses empieza a establecerse una pauta de conducta y Grace comprende que está atrapada en un mecanismo. Trause la quiere y a la vez no la quiere. El sabe que debe renunciar a ella, pero es incapaz de hacerlo. Desaparece y reaparece, se aleja y vuelve, y siempre que la llama ella vuela a sus brazos. La ama un día, una semana o un mes, y luego vuelven sus dudas y se aparta de nuevo. El mecanismo se pone en marcha y se para, se enciende y se apaga… y Grace no tiene acceso al interruptor. No puede hacer nada para cambiar esa pauta.

Nueve meses después del comienzo de esa locura, aparezco yo. Me enamoro de Grace, y, pese a su relación con Trause, no le resulto del todo indiferente. La persigo incansablemente, a sabiendas de que hay otro, consciente de que existe un rival anónimo que compite por su cariño, pero incluso después de que me presenta a Trause (John Trause, escritor famoso y amigo de la familia desde hace muchos años), ni por un momento se me ocurre que ése es el otro hombre que hay en su vida. Durante varios meses va y viene entre los dos, incapaz de decidirse. Cuando Trause vacila, Grace viene a mí; cuando Trause quiere volver, ella no desea verme. Esas decepciones me hacen sufrir lo indecible, aunque no pierdo la esperanza de que todo se arregle, pero entonces ella rompe conmigo, y doy por hecho que la he perdido para siempre. Puede que lamente su decisión en el momento en que cae de nuevo en el mecanismo, o que Trause la quiera tanto que empiece a empujarla hacia mí, sabiendo que yo represento para ella un futuro más prometedor que la vida oculta y sin salida que ella lleva con él. Incluso es posible que la convenza para que se case conmigo. Eso explicaría su repentino e inexplicable cambio de parecer. No sólo quiere volver conmigo, sino que a renglón seguido declara que quiere ser mi mujer, y que cuanto antes nos casemos, mejor.

Vivimos una época dorada que dura dos años. Estoy casado con la mujer que amo, y Trause entabla amistad conmigo. Respeta mi trabajo como escritor, le gusta mi compañía y cuando los tres estamos juntos no detecto señales de su antigua relación con Grace. Se ha convertido en una figura casi paternal, llena de afecto, y en la medida en que considera a Grace su hija imaginaria, a mí me trata como a un hijo imaginario. Al fin y al cabo, es en parte responsable de nuestro matrimonio, y no va a hacer nada que pueda ponerlo en peligro.

Entonces ocurre la catástrofe. El 12 de enero de 1982, sufro un desvanecimiento en la estación del metro de la calle Catorce y me caigo por las escaleras. Tengo varios huesos rotos. Desgarro en órganos internos. Dos traumatismos distintos en la cabeza y trastornos neurológicos. Me llevan al Saint Vincent's Hospital y me tienen cuatro meses allí. Durante las primeras semanas, los médicos se muestran pesimistas. Un día, el doctor Justin Berg lleva a Grace aparte y le confiesa que han renunciado a toda esperanza. Dudan que viva más de unos días, y le aconseja que se vaya preparando para lo peor. Si él estuviera en su lugar, concluye, iría pensando en posibilidades de donación de órganos, en funerarias y cementerios. La franqueza y frialdad de que hace gala el médico horrorizan a Grace, pero el veredicto parece inapelable, y no le queda más remedio que resignarse ante la perspectiva de mi muerte inminente. Sale del hospital tambaleándose, destrozada por las palabras del médico, y sin dudarlo se encamina a la calle Barrow, que sólo está a unas manzanas de allí. ¿A quién puede dirigirse en un momento así sino a Trause? John tiene en casa una botella de whisky escocés, y Grace empieza a beber nada más sentarse. Bebe mucho, y al cabo de media hora rompe a llorar de manera incontrolable. Trause se acerca a ella para consolarla, la rodea con los brazos y le acaricia la cabeza, y antes de que se dé cuenta de lo que hace, Grace tiene los labios apretados contra los suyos. No se han tocado en más de dos años, y el beso les vuelve a traer todo a la memoria. Sus cuerpos recuerdan el pasado, y una vez que empiezan a revivir lo que han sentido juntos, ya no pueden detenerse. El pasado triunfa sobre el presente, y de momento el futuro ya no existe. Grace se abandona. Y Trause no encuentra fuerzas para resistirse.

Grace me quiere. De eso no cabe la menor duda, pero yo ya soy hombre muerto y ella, medio enloquecida de dolor, se está desmoronando y necesita a Trause para no caerse a pedazos. Imposible reprochárselo, imposible echar la culpa a ninguno de los dos, pero mientras pasan los días y yo sigo consumiéndome en el Saint Vincent's durante las siguientes semanas, no muerto todavía, pero tampoco enteramente vivo, Grace continúa con sus visitas al apartamento de Trause, y poco a poco vuelve a enamorarse de él. Ahora ama a dos hombres, y aun después de que yo desafíe a los expertos en medicina e inicie mi milagrosa recuperación, continúa queriéndonos a los dos. En mayo, cuando salgo del hospital, apenas soy consciente de quién soy. No me doy cuenta de las cosas, me muevo con paso vacilante, medio en trance, y a causa de una quinta pastilla que forma parte de mi régimen diario durante los tres primeros meses, no estoy en condiciones de cumplir con mis deberes de esposo. Grace es buena conmigo. Es un modelo de amabilidad y paciencia, tierna y cariñosa, me anima, pero no puedo darle nada a cambio. Prosigue su aventura con Trause, odiándose por tener que mentirme, asqueada consigo misma por llevar una doble vida, y cuanto más progresa mi recuperación, más se agudiza su sufrimiento. A principios de agosto ocurren dos cosas que evitan que nuestro matrimonio se vaya a pique. Ambas se suceden rápidamente, pero no están relacionadas. Grace encuentra valor para romper con John, y yo dejo de tomar la quinta píldora. Mi entrepierna vuelve de nuevo a la vida, y por primera vez desde que salí del hospital, Grace ya no duerme en dos camas. El horizonte se ha despejado, y como no sé nada de los engaños de los últimos meses, en mi ignorancia me siento absolutamente feliz: un ex cornudo que adora a su mujer y aprecia la amistad que tiene con el hombre que ha estado a punto de arrebatársela.

Ese debería ser el fin de la historia, pero no lo es. Sigue un mes de armonía. Grace vuelve a encontrar la calma conmigo, y justo cuando parece que se han acabado nuestros problemas, vuelve a estallar otra tormenta. El desastre ocurre el día en cuestión, 18 de septiembre de 1982, un par de horas después de encontrar el cuaderno azul en la papelería de Chang, quizás en el preciso momento en que me siento a escribir en el cuaderno por primera vez. El 27, abro el cuaderno por última vez y consigno esas suposiciones en un esfuerzo por entender los acontecimientos de los últimos nueve días. Ya sean fundadas o no, puedan o no verificarse, la historia continúa cuando Grace va al médico y se entera de que está embarazada. Espléndida noticia, quizá, salvo si no se sabe quién es el padre. Una y otra vez, repasa mentalmente las fechas, pero no termina de estar segura de si el niño es mío o de John. Aplaza el momento de decírmelo hasta que no puede más, pero está atormentada, con la sensación de que está pagando caro sus pecados, pensando que tiene el castigo que merece. Por eso es por lo que se derrumba en el taxi el 18 por la noche y me ataca cuando recuerdo los viejos tiempos del Equipo Azul. La fraternidad del bien no existe, afirma, porque incluso los mejores hacen cosas malas. Por eso es por lo que habla de confianza y de capear el temporal; por eso me implora que la siga queriendo. Y cuando al fin me anuncia lo del niño, por eso es por lo que inmediatamente se pone a hablar del aborto. No tiene nada que ver con la falta de dinero; es porque no sabe. La idea de no saber la consume. No está dispuesta a crear una familia de ese modo, pero tampoco puede decirme la verdad, y como yo me encuentro en la más completa ignorancia, trato de convencerla para que tenga el niño. Si hago algo bien en todo esto, es cuando a la mañana siguiente insisto en que la decisión es suya. Por primera vez desde hace días, Grace empieza a percibir la posibilidad de ser libre. Huye para estar sola, dándome un susto de muerte al no aparecer en toda la noche, pero cuando vuelve a la mañana siguiente se la ve más tranquila, más capaz de pensar con claridad, menos asustada. Sólo tarda unas horas en averiguar lo que quiere hacer, y es entonces cuando me deja aquel extraordinario mensaje en el contestador. Piensa que me debe un gesto de lealtad. Decide que el niño es mío y se convence de que sus dudas han quedado atrás. Es un puro acto de fe, y ahora comprendo el valor que le hizo falta para tomar esa resolución. Quiere seguir casada conmigo. El episodio con Trause ha terminado, y mientras ella siga queriendo estar casada conmigo, jamás le diré una sola palabra sobre la historia que acabo de escribir en el cuaderno azul. No sé si es realidad o ficción, pero en el fondo no me importa. Con tal de que Grace me quiera, el pasado no tiene importancia.


Ahí fue donde lo dejé. Puse el capuchón a la pluma, me levanté de la mesa y volví a llevar el álbum de fotos al cuarto de estar. Todavía era pronto: la una o la una y media. Me preparé un bocadillo en la cocina y cuando me lo terminé, volví al cuarto de trabajo con una bolsa pequeña de basura. Una por una, fui arrancando las hojas del cuaderno azul y rompiéndolas en pequeños trozos. Flitcraft y Bowen, la diatriba sobre el niño muerto del Bronx, mi culebrón sobre la vida amorosa de Grace: todo a la basura. Tras una breve pausa, decidí arrancar las hojas en blanco y tirarlas también. Cerré la bolsa con un doble nudo bien apretado y unos minutos después salí a dar el paseo y me la llevé. Giré a la derecha por la calle Court, seguí andando varias manzanas hasta dejar atrás la papelería de Chang, vacía y cerrada con candado, y entonces, sin otro motivo que porque estaba lejos de casa, en una esquina tiré la bolsa a un cubo de basura, donde desapareció bajo un ramo de rosas mustias y las páginas de tiras cómicas del Daily News.


Al principio de nuestra amistad, Trause me contó una historia sobre un escritor francés que había conocido en París en los primeros años cincuenta. No recuerdo su nombre, pero John me dijo que había publicado dos novelas y una colección de relatos y se le consideraba uno de los mejores representantes de la nueva generación. También escribía algo de poesía, y poco antes de que John volviera a Estados Unidos, en 1958 (tras vivir seis años en París), aquel escritor conocido suyo publicó un poema narrativo que giraba en torno a un niño ahogado. Dos meses después de publicado el libro, el escritor y su familia fueron de vacaciones a la costa de Normandía, y en el último día de viaje su hija de cinco años se metió en las picadas aguas del Canal de la Mancha y se ahogó. El escritor era un hombre sensato, afirmó John, una persona conocida por su lucidez y agudeza mental, pero echó al poema la culpa de la muerte de su hija. Sumido en su gran dolor, se convenció a sí mismo de que las palabras que había escrito sobre un ahogamiento imaginario habían causado una muerte verdadera, de que su ficción trágica había provocado una tragedia real. En consecuencia, aquel escritor de enormes dotes, aquel hombre que había nacido para escribir libros, juró no volver a escribir jamás. Había descubierto que las palabras mataban. Las palabras tenían la virtud de alterar la realidad y, por tanto, eran demasiado peligrosas para que pudieran confiarse a un hombre que las amaba por encima de todas las cosas. Cuando John me contó esa historia, la hija llevaba muerta veintiún años, pero el escritor seguía sin quebrantar su promesa. En los círculos literarios franceses, aquel silencio lo había convertido en una figura legendaria. Se le tenía en la más alta consideración por la dignidad de su sufrimiento, era compadecido por todos los que lo conocían, mirado con el mayor de los respetos.

John y yo hablamos largo y tendido sobre esa historia, y recuerdo que me mantuve firme al calificar la decisión del escritor como un error, como una interpretación del mundo mal concebida. Entre lo imaginado y lo real, afirmaba yo, no existía relación alguna, no había causa y efecto entre las palabras de un poema y los acontecimientos de nuestra vida. Así podría parecerle al escritor, pero lo que le ocurrió no fue más que una horrible coincidencia, una manifestación de la mala suerte en su forma más cruel y perversa. Eso no significaba que le reprochara los sentimientos que manifestaba, pero, a pesar de compadecerlo por su terrible pérdida, veía su silencio como el rechazo a aceptar el poder de las fuerzas imprevisibles, puramente accidentales, que moldean nuestro destino, y le dije a Trauser que en mi opinión aquel escritor se estaba castigando sin razón alguna.

Se trataba de un argumento insulso, lleno de sentido común, una defensa del pragmatismo y la ciencia contra el pensamiento mágico, primitivo. Para mi sorpresa, John era de la opinión contraria. Yo no estaba seguro de si me estaba tomando el pelo o intentaba hacer de abogado del diablo, pero afirmó que, para él, la decisión del escritor tenía mucho sentido y que admiraba a su amigo por haber mantenido su palabra.

– Los pensamientos son reales -sentenció-. Las palabras son reales. Todo lo humano es real, y a veces conocemos las cosas antes de que ocurran, aun cuando no seamos conscientes de ello. Vivimos en el presente, pero el futuro está siempre en nosotros. Puede que el escribir se reduzca a eso, Sid. No a consignar los hechos del pasado, sino a hacer que ocurran cosas en el futuro.

Unos tres años después de que Trause y yo tuviéramos esa conversación, rompí el cuaderno azul y lo tiré a un cubo de basura en la esquina de Third Place con la calle Court, en los Carroll Gardens de Brooklyn. En aquel momento, pensé que era lo que debía hacer, y al volver a casa aquel lunes de septiembre por la tarde, nueve días después del día en cuestión, estaba más o menos convencido de que los fracasos y las decepciones de la última semana habían quedado definitivamente atrás. Pero no era así. La historia sólo acababa de comenzar -la verdadera historia sólo empezó entonces, después de romper el cuaderno azul- y todo lo que he escrito hasta aquí no es sino el preludio de los horrores que ahora me dispongo a relatar.


¿Existe algún vínculo entre el antes y el después? No lo sé. ¿Mató realmente el desdichado escritor francés a su hija con su poema, o se limitaron simplemente sus palabras a predecir su muerte? No lo sé. Lo único que sé es que hoy ya no discutiría su decisión. Respeto el silencio que se impuso, y comprendo la repulsión que debía de sentir siempre que pensara en volver a escribir. Al cabo de más de veinte años de aquellos hechos, creo que Trause estaba en lo cierto. A veces conocemos las cosas antes de que ocurran, aunque no lo sepamos. Fui dando tumbos por aquellos nueve días de septiembre de 1982 como quien anda metido en una nube. Traté de escribir un relato y llegué a un callejón sin salida. Intenté vender una idea para una película y la rechazaron. Perdí el manuscrito de mi amigo. Casi perdí a mi mujer, y pese al fervoroso amor que sentía por ella, no dudé en bajarme los pantalones en la oscuridad de un club de alterne para meterme en la boca de una desconocida. Era un hombre perdido, un enfermo, una persona que luchaba por recobrar el equilibrio, pero a pesar de todos los deslices e imprudencias que cometí aquella semana, sabía una cosa que no era consciente de saber. A lo largo de aquellos días hubo momentos en que tenía la sensación de que mi cuerpo se había vuelto transparente, como una membrana porosa a través de la cual pasaban las fuerzas invisibles del mundo: una red aérea de descargas eléctricas transmitidas por los pensamientos y sentimientos de los demás. Sospecho que ese estado fue el que condujo al nacimiento de Lemuel Flagg, el protagonista ciego de La noche del oráculo, un hombre tan sensible a las vibraciones del mundo circundante que sabía lo que iba a pasar antes de que los acontecimientos propiamente dichos se produjeran en realidad. Yo no lo sabía, pero hasta el último pensamiento que me pasaba por la cabeza apuntaba en esa dirección. Niños nacidos muertos, atrocidades de campos de concentración, asesinatos presidenciales, esposas desaparecidas, imposibles viajes hacia atrás y hacia delante en el tiempo. El futuro ya estaba en mí, y me estaba preparando para los desastres que habían de venir.


Había comido con Trause el miércoles, pero aparte de las dos conversaciones telefónicas que después mantuvimos a lo largo de la semana, no tuve más contacto con él antes de deshacerme del cuaderno azul el día 27. Habíamos hablado de Jacob y del manuscrito perdido de su antiguo relato, pero eso había sido todo, y no tenía idea de lo que había estado haciendo en aquellos días, aparte de estar tumbado en el sofá y cuidarse la pierna. No fue hasta 1994, año en que James Gillespie publicó El laberinto de los sueños: vida de John Trause, cuando por fin me enteré en detalle de las actividades de John entre el 22 y el 27. El voluminoso libro de seiscientas páginas de Gillespie resulta pobre en análisis literario y presta poca atención al contexto histórico de la obra de John, pero es muy completo a la hora de reseñar hechos biográficos, y dado que se pasó diez años trabajando en el proyecto y al parecer habló hasta con la última persona que conoció a Trause (incluido yo mismo), no tengo motivos para dudar de la cronología que expone.

El miércoles, después de que me marché de su casa, trabajó hasta la hora de cenar, leyendo las pruebas y haciendo pequeñas correcciones en su novela El extraño destino de Gerald Fuchs, que al parecer había concluido unos días antes de su acceso de flebitis. Ese era el libro que yo sospechaba que estaba escribiendo pero del que nunca tuve certidumbre: un trabajo de casi quinientas páginas que, según informa Gillespie, había empezado en los últimos meses de su estancia en Portugal, y que por tanto había tardado cuatro años en culminar. Para que luego digan que John había dejado de escribir a la muerte de Tina. Adiós al rumor de que el otrora gran novelista había renunciado a su vocación y estaba viviendo de sus antiguos éxitos, un escritor acabado sin nada más que decir.

Aquella tarde, Eleanor llamó con la noticia de que habían encontrado a Jacob, y al día siguiente por la mañana, jueves, Trause telefoneó a su abogado, Francis W. Byrd. Los abogados rara vez acuden a casa de sus clientes, pero Byrd llevaba más de diez años representando a Trause, y cuando un cliente de la categoría de John informa a su abogado de que está tumbado en el sofá con una pierna enferma y necesita verlo para un asunto urgente a las dos de la tarde, el abogado cancela sus citas y llega a la hora señalada, provisto de todos los documentos y papeles necesarios, que habrá recogido en los archivos de su gabinete antes de dirigirse al centro de la ciudad. Cuando Byrd llegó al apartamento de la calle Barrow, John le ofreció una copa, y una vez que terminaron sus respectivos whiskys con soda, se pusieron a redactar el nuevo testamento de Trause. El antiguo se había elaborado más de siete años atrás, y ya no representaba los deseos de John con respecto a la disposición de sus bienes. En el periodo que siguió a la muerte de Tina, había designado a Jacob como su único heredero y beneficiario, nombrando albacea a su hermano Gilbert hasta que el chico cumpliera veinticinco años. Ahora, con el simple gesto de romper todas las copias de aquel documento, Trause desheredaba a su hijo ante los ojos de su abogado. Byrd mecanografió seguidamente un nuevo testamento que legaba a Gilbert todos los bienes de John. A partir de entonces, su hermano menor heredaría todo el dinero, todas las acciones y obligaciones, todas las propiedades y todos los futuros derechos de autor derivados de la obra literaria de Trause. Acabaron a las cinco y media. John estrechó la mano de Byrd, agradeciéndole su ayuda, y el abogado salió del apartamento con tres ejemplares firmados del nuevo testamento. Veinte minutos después, John volvió a la lectura de las pruebas de su novela. Madame Dumas le sirvió la cena a las ocho, y a las nueve y media Eleanor volvió a llamar para decirle que habían admitido a Jacob en Smithers, donde había ingresado a las cuatro y media para someterse a un tratamiento de desintoxicación.

El viernes era el día que Trause debía ir al Saint Vincent's Hospital a que le examinaran la pierna, pero se le pasó mirar el calendario y no se acordó de ir. Con toda la agitación suscitada por el asunto de Jacob, la cita con el médico se le había olvidado por completo, y en el preciso momento en que debía encontrarse en la consulta del médico (un cirujano cardiovascular llamado Willard Dunmore), estaba hablando conmigo por teléfono, contándome la animosidad que su hijo Jacob había manifestado durante toda la vida hacia Grace y pidiéndome que fuera a verlo a Smithers el sábado. Según Gillespie, el médico llamó al apartamento de Trause a las once y media para preguntarle por qué no había acudido al hospital. Cuando Trause le explicó que había tenido una urgencia familiar, Dunmore le soltó un airado sermón sobre la importancia del escáner, advirtiendo a su paciente que tan desdeñosa actitud hacia su propia salud era una irresponsabilidad que podría tener graves consecuencias. Trause le preguntó si sería posible hacerlo después de comer, a lo que Dunmore contestó que ya era muy tarde y que tendrían que aplazarlo hasta el lunes a las cuatro. Insistió en que no se le olvidara tomar la medicina y en que se moviera lo menos posible durante el fin de semana. Cuando Madame Dumas llegó a la una, encontró a John en su sitio de costumbre en el sofá, corrigiendo las páginas de su libro.

El sábado, mientras yo estaba visitando a Jacob en Smithers y peleándome por un cuaderno rojo en la papelería de Chang, Trause siguió trabajando en su novela. Su factura telefónica indica que hizo tres llamadas interurbanas: una a Eleanor a East Hampton, otra a su hermano a Ann Arbor (Gilbert era profesor de musicología en la Universidad de Michigan), y la última a su agente literaria, Alice Lazarre, a su segunda residencia de los condados rurales de Berkshire. Le informó de que había adelantado mucho con el libro, y de que si no se topaba con algún problema imprevisto en los próximos días, podría entregarle un texto definitivo a finales de semana.

El domingo por la mañana, lo llamé desde Landolfi's para ponerle al corriente de mi breve visita a Jacob. Luego acabé confesándole la pérdida de su relato, y John soltó una carcajada. Si no me equivoco, no se rió porque le hiciera gracia sino más bien de alivio. Es difícil saberlo con certeza, pero creo que Trause me dio aquel relato por motivos sumamente complejos; y lo que me dijo sobre que me facilitaba el argumento para una película no era más que un pretexto, una consideración secundaria. El relato trataba sobre las sanguinarias maquinaciones de una conspiración política, pero también incluía un triángulo amoroso (la mujer fugándose con el mejor amigo del marido), y si había algo de verdad en las conjeturas que plasmé en el cuaderno el día 27, entonces John quizá me ofreció aquella historia con objeto de formular algún comentario sobre mi situación matrimonia de manera indirecta, con las metáforas y códigos delicadamente matizados de la ficción. El hecho de que el relato se hubiese escrito en 1952, año del nacimiento de Grace, carecía de importancia. «Imperio de huesos» era una premonición de acontecimientos futuros. Lo habían metido en una caja y allí lo habían dejado incubar durante treinta años, y poco a poco se había ido convirtiendo en una historia sobre la mujer que los dos amábamos: mi mujer, mi brava y perseverante esposa.

He dicho que se rió con alivio porque creo que lamentaba lo que había hecho. El miércoles, cuando almorzamos juntos, reaccionó con gran emoción ante la noticia del embarazo de Grace, y acto seguido estuvimos a punto de enzarzarnos en una desagradable discusión. El mal momento pasó enseguida, pero ahora me pregunto si Trause no estaba bastante más molesto conmigo de lo que dejó entrever. Era amigo mío, pero también debía de albergar cierto resentimiento contra mí por haber conquistado de nuevo a Grace. La decisión de dar por terminada su aventura amorosa había salido de ella, y ahora que estaba embarazada, no había la menor posibilidad de que él volviera a recuperarla alguna vez. Si eso era cierto, el hecho de ofrecerme el relato habría sido una velada y críptica manera de vengarse, una forma grosera de quedar por encima; como si dijera: No te enteras de nada, Sidney. Nunca te has enterado de nada, pero en esto tengo yo más experiencia que tú. Puede ser. No hay manera de demostrarlo, pero si he interpretado mal sus intenciones, ¿cómo explicar el hecho de que nunca me envió el relato? Me prometió que Madame Dumas me remitiría por correo una copia en papel carbón, pero acabó enviándome otra cosa distinta, que yo consideré no sólo un ejemplo de grandeza de ánimo sino también un acto de contrición. Al perder el sobre en el metro, le había ahorrado el bochorno de su momentáneo acceso de rencor. Lamentaba haber sido incapaz de controlar sus pasiones, y ahora que mi torpeza lo había sacado del apuro, estaba resuelto a compensarme con un gesto de generosidad y buena voluntad, tan espectacular como enteramente innecesario.

Hablamos el domingo entre las diez y media y las once. Madame Dumas llegó a mediodía, y diez minutos más tarde Trause le entregaba su tarjeta bancaria con instrucciones de que fuera al Citibank del barrio, cerca de Sheridan Square, e hiciera una transferencia de cuarenta mil dólares de su libreta de ahorro a su cuenta corriente. Gillespie nos cuenta que pasó el resto del día trabajando en su novela, y que por la noche, después de que Madame Dumas le sirvió la cena, se levantó como pudo del sofá y se dirigió cojeando a su cuarto de trabajo, donde se sentó a la mesa y me extendió un cheque por valor de treinta y seis mil dólares: la suma exacta de la factura del hospital, que aún estaba por pagar. A continuación me escribió esta breve carta:


Querido Sid:

Sé que te prometí una copia del manuscrito, pero creo que no tiene sentido. Se trataba de que ganaras un poco de dinero, de manera que, para no andarnos con rodeos, te he extendido el cheque adjunto. Se trata de un regalo, sencilla y llanamente. Sin condiciones ni compromisos; no es preciso que me lo devuelvas. Sé que no tienes un céntimo, así que, por favor, no lo rompas en un rapto de altanería. Gástalo, aprovéchalo, utilízalo para ponerte otra vez en marcha. No quiero que pierdas el tiempo pensando en películas. Sigue con la literatura. Ahí es donde está tu futuro: espero grandes cosas de ti.


Gracias por molestarte en visitar ayer al mocoso. Se te agradece mucho; no, más que eso, porque sé lo desagradable que debió de ser para ti.

¿Cenamos este sábado? No sé dónde todavía, porque todo depende de esta puñetera pierna. Cosa rara: el coágulo lo provocó mi propia tacañería. Diez días antes de que me empezara el dolor, hice un viaje relámpago a París -ida y vuelta en treinta y seis horas- para pronunciar unas palabras en el funeral de Philippe Joubert, mi viejo amigo y traductor. Fui en clase turista y me pasé los dos vuelos durmiendo; según el médico, ésa fue la causa. Todo encogido en esos asientos para enanos. De ahora en adelante, sólo viajaré en primera clase.

Da un beso a Gracie de mi parte. Y no renuncies a Flitcraft. Lo único que necesitas es otro cuaderno, y ya verás como las palabras empiezan a fluir otra vez.

J.T.


Metió la carta y el cheque en un sobre y luego escribió mi nombre y dirección con letras mayúsculas en la parte delantera, pero como no le quedaban sellos en casa, cuando Madame Dumas se marchó a las diez de la calle Barrow para volver a su apartamento del Bronx, Trause le dio un billete de veinte dólares y le pidió que fuera por la mañana a la oficina de correos a comprar sellos. Madame Dumas, siempre tan eficiente, hizo el recado y cuando se presentó a trabajar el lunes a las once de la mañana, John pudo por fin poner el sello a la carta. A la una le sirvió un almuerzo ligero. Después de comer, Trause siguió leyendo las pruebas de su novela, y cuando Madame Dumas salió del apartamento a las dos y media para hacer la compra, Trause le entregó la carta y le encargó que la echara al buzón por el camino. Ella le prometió que estaría de vuelta antes de las tres y media, y que entonces lo ayudaría a bajar las escaleras y subir al taxi que él había pedido para que lo llevara a su cita con el doctor Dunmore en el hospital. Tras la marcha de Madame Dumas, Gillespie nos dice que sólo podemos estar seguros de una cosa. Eleanor llamó a las dos cuarenta y cinco para informar a Trause de que Jacob había desaparecido. Se había marchado de Smithers en plena noche, y desde entonces nadie sabía nada de él. Gillespie, citando palabras textuales de Eleanor, dice que John «se alteró mucho» y siguió hablando con ella durante quince o veinte minutos. «Ahora está solo», concluyó John. «Ya no podemos hacer nada por él.»

Ésas fueron las últimas palabras de Trause. Ignoramos lo que le pasó después de colgar el teléfono, pero cuando Madame Dumas volvió a las tres y media, se lo encontró tendido en el suelo a los pies de la cama. Eso parecería indicar que fue a su habitación para cambiarse de ropa y prepararse para la cita con Dunmore, pero se trata de una simple conjetura. Lo único que sabemos seguro es que falleció entre las tres y las tres y media del 27 de septiembre de 1982: menos de dos horas después de que yo arrojara los restos del cuaderno azul a un cubo de basura en la esquina de una calle al sur de Brooklyn.

En un principio la causa de la muerte se atribuyó a un ataque al corazón, pero tras el examen posterior el forense dictaminó que fue debida a una embolia pulmonar. El coágulo de sangre que había estado inmovilizado en la pierna de John durante dos semanas se soltó, remontándose por su organismo hasta alcanzar el blanco. La pequeña bomba acabó estallando en su interior, y mi amigo murió a los cincuenta y seis años. Muy pronto. Treinta años antes de tiempo. Demasiado pronto para agradecerle que me enviara aquel dinero y tratara de salvarme la vida.


La muerte de John se anunció al término de las noticias locales de las seis. En circunstancias normales, Grace y yo habríamos encendido la tele mientras poníamos la mesa y preparábamos la cena, pero ya no teníamos televisión, así que nos quedamos sin saber que John yacía en el depósito de cadáveres, sin saber que su hermano Gilbert ya había abordado un avión en Detroit con destino a Nueva York, sin saber que Jacob andaba suelto. Después de cenar, fuimos al cuarto de estar y nos tumbamos juntos en el sofá, hablando de la próxima cita de Grace con la doctora Vitale, una tocóloga recomendada por Betty Stolowitz, que había dado a luz su primer hijo en el mes de marzo. La consulta estaba prevista para el viernes por la tarde, y dije a Grace que quería acompañarla y que pasaría a buscarla a su oficina, en la calle Novena Oeste, a las cuatro en punto. Mientras hacíamos esos planes, Grace se acordó de pronto de que Betty le había dado aquella mañana un libro sobre el embarazo -uno de esos voluminosos compendios en rústica llenos de gráficos e ilustraciones-, de manera que se levantó de un salto del sofá y fue a la habitación a cogerlo del bolso. Cuando salió del cuarto de estar, llamaron a la puerta. Supuse que sería algún vecino que venía a pedir una linterna o una caja de cerillas. No podía ser nadie de fuera, porque el portal siempre estaba cerrado, y quien no tuviera llave y quisiera entrar debía llamar al timbre de abajo y anunciarse por el portero automático. Recuerdo que estaba descalzo, y que cuando me levanté del sofá y fui a abrir la puerta, me clavé una pequeña astilla en la planta del pie izquierdo. También me acuerdo de que miré el reloj y vi que eran las ocho y media. No me molesté en preguntar quién era. Simplemente abrí la puerta y, en ese momento, el mundo dio un vuelco. No sé de qué otra manera decirlo. Abrí la puerta, y lo que había estado incubándose en mi interior durante los últimos días cobró cuerpo de pronto: el futuro estaba delante de mí.

Era Jacob. Se había teñido el pelo de oscuro y llevaba un largo abrigo negro que le llegaba a los tobillos. Con las manos hundidas en los bolsillos, saltando impaciente sobre la punta de los pies, parecía un enterrador futurista que hubiera venido a llevarse un cadáver. El payaso de pelo verde con quien había hablado el sábado ya era lo bastante inquietante, pero aquella nueva criatura me asustaba, y no quería dejarlo entrar.

– Tienes que ayudarme -me instó-. Estoy en un verdadero lío, Sid, y tú eres mi último recurso.

Antes de que pudiera decirle que se marchara, me apartó de un empujón, entró en casa y cerró la puerta tras él.

– Vuelve a Smithers -le aconsejé-. No puedo hacer nada por ti.

– No puedo volver. Ellos han descubierto que estaba en ese sitio. Si vuelvo allí, soy hombre muerto.

– ¿Quiénes son ellos? ¿De qué estás hablando?

– Esos tíos, Richie y Phil. Afirman que les debo dinero. Si no les llevo cinco mil dólares, me matarán.

– No te creo, Jacob.

– Me metí en Smithers por ellos. No fue por mi madre, sino para esconderme de ellos.

– Sigo sin creerte. Pero aunque te creyera, no estaría en condiciones de ayudarte. No tengo cinco mil dólares. Ni siquiera quinientos. Llama a tu madre. Si ella te los niega, llama a tu padre. Pero no nos metas en esto a Grace y a mí.

Oí la cisterna del retrete al final del pasillo, señal de que Grace volvería al cuarto de estar en cualquier momento. El ruido llamó la atención de Jacob, que volvió la cabeza hacia aquel lado del apartamento, y al verla entrar con el libro sobre el embarazo en la mano le dedicó una amplia sonrisa.

– Qué hay, Gracie -la saludó-. Cuánto tiempo. Grace se detuvo en seco.

– ¿Se puede saber qué hace aquí? -inquirió, dirigiéndose a mí.

Parecía estupefacta, y en su voz había una especie de rabia contenida. Procuraba no mirar directamente a Jacob.

– Quiere que le prestemos dinero -le contesté.

– Vamos, Gracie -dijo Jacob en un tono medio irritado, medio sarcástico-. ¿Es que ni siquiera vas a decirme hola? Oye, que un poco de educación no cuesta nada, ¿no te parece?

Al verlos allí a los dos, me fue imposible no pensar en la fotografía rota que habían dejado en el sofá el día del robo. Se habían llevado el marco, pero sólo alguien con un antiguo y profundo rencor hacia la persona retratada se habría tomado la molestia de romper la foto en pedazos. Un ladrón profesional la habría dejado intacta. Pero Jacob no era un profesional; era un chico desquiciado, ofuscado por la droga, que se había tomado muchas molestias para perjudicarnos: para hacer daño a su padre atacando a dos de sus más íntimos amigos.

– Ya vale -le dije-. Ella no quiere hablar contigo, y yo tampoco. Tú eres quien entró a robarnos la semana pasada. Te metiste por la ventana de la cocina, destrozaste el apartamento y luego te largaste con todos los objetos de valor que pudiste encontrar. Una de dos, o te marchas o cojo el teléfono y llamo a la policía. Tú eliges. Me gustaría mucho llamarla, créeme. Presentaré una denuncia contra ti, y terminarás en la cárcel.


Esperaba que negase la acusación, que fingiese estar ofendido por el hecho de que se me pudiera ocurrir algo así de él, pero el chico era demasiado listo para eso. Emitió un suspiro de remordimiento maravillosamente bien calibrado, y luego se sentó en una butaca, moviendo despacio la cabeza de arriba abajo, como indignado por su propia conducta. Era la misma manifestación de desprecio hacia sí mismo que había mencionado el sábado cuando se ufanaba de sus dotes teatrales.

– Lo lamento -dijo-. Pero lo que te he dicho de Richie y Phil es verdad. Andan detrás de mí, y si no les doy sus cinco mil dólares, me van a meter un balazo en la cabeza. El otro día vine con idea de llevarme prestado tu talonario de cheques, pero no lo encontré. Así que, en cambio, cogí otras cosas. Fue una estupidez. Lo siento mucho. Lo que me llevé no valía la pena, no debí haberlo hecho. Si quieres, mañana mismo os lo devuelvo. Todavía lo tengo en mi apartamento, os lo traeré a primera hora de la mañana.

– Gilipolleces -objetó Grace-. Ya has vendido todo lo que podías vender, y has tirado todo lo demás. No nos vengas con ese numerito de niño bueno arrepentido, Jacob. Ya eres muy mayor para eso. Entraste a robarnos la semana pasada y ahora vienes por más.

– Esos tíos están dispuestos a acabar conmigo -respondió él-, y quieren su dinero mañana mismo. Ya sé que no andáis muy boyantes, pero joder, Gracie, tu padre es juez federal. No va a rechistar si le pides un préstamo. O sea, ¿qué son cinco mil dólares para un anciano caballero del Sur?

– Ni lo sueñes -le advertí-. Nada de mezclar en esto a Bill Tebbetts.

– Sácalo de aquí, Sid -me dijo Grace, la voz tensa de ira-. No lo aguanto más.

– Creí que éramos de la familia -replicó Jacob, mirando fijamente a Grace, casi obligándola a devolverle la mirada.

Había empezado a poner mala cara, pero de una forma curiosamente falsa, como si quisiera burlarse de ella y utilizar en beneficio propio la aversión que sentía por él.

– Al fin y al cabo, eres algo así como mi madrastra extraoficial, ¿verdad? O por lo menos lo has sido. Eso cuenta para algo, ¿no?

En ese momento, Grace estaba cruzando el cuarto de estar para ir a la cocina.

– Voy a llamar a la policía -anunció-. Ya que tú no lo haces, Sid, lo haré yo. Quiero que este canalla se vaya de aquí.

Sin embargo, para ir a la cocina y llamar por teléfono tenía que pasar por delante de la butaca donde Jacob estaba sentado, y antes de que llegara, el chico ya se había levantado para salir a su encuentro. Hasta entonces, la confrontación había sido exclusivamente verbal. Los tres habíamos dicho cosas, pero por desagradable que hubiese sido nuestra discusión, no me esperaba que las palabras dieran paso a un estallido de violencia. Yo estaba de pie cerca del sofá, a unos tres metros de la butaca, y cuando Grace trató de pasar por delante de él, Jacob la cogió del brazo y dijo:

– A la policía no, estúpida. A tu padre. Al único al que vas a llamar es al juez…, para pedirle dinero.

Grace trató de soltarse dando tirones y retorciéndose como un animal enfurecido, pero Jacob era doce o quince centímetros más alto, lo que le daba ventaja y le permitía echarle todo su peso encima. Me precipité hacia él, con los reflejos entorpecidos por los músculos doloridos y la astilla en la planta del pie, pero antes de que llegara a tocarlo ya la había agarrado fuertemente de los hombros y la estaba sacudiendo contra la pared. Me abalancé sobre él por detrás, rodeándole el torso con los brazos para tratar de apartarlo de ella, pero el chico era fuerte, mucho más fuerte de lo que había imaginado, y sin volverse siquiera me lanzó un codazo directamente al estómago. Me quedé sin respiración y caí al suelo, y antes de que pudiera arremeter de nuevo contra él, empezó a propinar a Grace puñetazos en la boca y patadas en el vientre con sus gruesas botas de cuero. Ella intentaba defenderse, pero cada vez que se levantaba, él le daba un mamporro en la cara, le golpeaba la cabeza contra la pared y la arrojaba al suelo. Vi que Grace sangraba por la nariz y me dispuse de nuevo al ataque, pero me encontraba muy decaído para que mi empeño tuviera el menor efecto, muy débil para detenerlo con mis tristes y frágiles puños. Grace gemía, casi inconsciente ya, y comprendí que había verdadero peligro de que la matara a golpes. En vez de lanzarme derecho a él, me precipité hacia la cocina y del cajón superior de al lado de la pila saqué un gran cuchillo de trinchar.

– ¡Déjala, Jacob! -grité-. ¡Déjala, o te mato!

Creo que al principio ni siquiera me oyó. Estaba enteramente ciego de furia, era un bárbaro enloquecido que ya no sabía lo que hacía, pero mientras avanzaba hacia él con el cuchillo, debió de alcanzar a verme con el rabillo del ojo. Volvió la cabeza a la izquierda, y cuando me vio con el cuchillo en alto, de pronto dejó de golpear a Grace. Tenía la mirada perdida, con un brillo feroz en los ojos, y el sudor le corría de la nariz a la afilada y temblorosa barbilla. Estaba seguro de que ahora se abalanzaría sobre mí. No habría dudado en clavarle el cuchillo en el pecho, pero cuando bajó la vista y vio a Grace en el suelo, sangrando e inmóvil, dejó caer los brazos a los costados y dijo:

– Muchas gracias, Sid. Ahora ya soy hombre muerto.

Entonces dio media vuelta y salió del apartamento, desapareciendo en las calles de Brooklyn minutos antes de que la ambulancia y los coches patrulla parasen delante de casa.

Grace perdió el niño. Las patadas que Jacob le había propinado con sus gruesas botas le desgarraron las entrañas, y cuando se declaró la hemorragia el diminuto embrión fue arrancado de la pared del útero y arrastrado en una triste efusión de sangre. Un aborto espontáneo, según la denominación técnica; un embarazo malogrado; una vida que nunca llegó a ser. La llevaron por el otro lado del Canal Gowanus al Hospital Metodista de Park Slope, y mientras iba a su lado en la parte de atrás de la ambulancia, apretujado entre dos enfermeros y los tubos de oxígeno, no aparté la vista de su pobre rostro maltratado, incapaz de dejar de temblar, presa de incesantes espasmos que me agitaban el pecho y me recorrían el cuerpo entero. Grace tenía la nariz rota, el lado izquierdo de la cara cubierto de magulladuras, y el párpado derecho tan hinchado que parecía que nunca iba a volver a ver con ese ojo. En el hospital, la llevaron en camilla a la planta baja para hacerle una radiografía y luego la subieron al quirófano, donde estuvieron con ella más de dos horas. No sé cómo lo conseguí, pero mientras esperaba a que los cirujanos acabaran su tarea, logré dominarme lo suficiente para llamar a los padres de Grace a Charlottesville. Entonces fue cuando me enteré de que John había muerto. Sally Tebbetts contestó al teléfono, y al final de una interminable y agotadora conversación, me dijo que Gilbert los había llamado aquella misma tarde para comunicarles la noticia. Bill y ella estaban conmocionados, me dijo, y ahora yo llamaba para decirles que el hijo de John había intentado matar a su hija. ¿Es que el mundo se había vuelto loco?, inquirió, y entonces se le entrecortó la voz y rompió a llorar. Pasó el teléfono a su marido, y cuando Bill Tebbetts se puso, fue derecho al grano y me hizo la única pregunta que valía la pena formular. ¿Se salvaría Grace? Sí, le contesté, vivirá. Yo aún no estaba seguro de eso, pero no iba a decirle que Grace se encontraba en estado crítico y era posible que no lo superara. No quería lanzar un maleficio sobre sus posibilidades de salvarse, diciendo lo que no debía. Si las palabras podían matar, entonces debía tener mucho cuidado con la lengua para no expresar jamás dudas ni ningún pensamiento negativo. No acababa de burlar a la muerte para ver morir a mi mujer. La pérdida de John ya era bastante horrorosa, y no iba a perder a nadie más. Sencillamente, eso no iba a pasar. Aunque no tuviera ni voz ni voto en el asunto, no estaba dispuesto a permitir que eso ocurriera.

Durante las setenta y dos horas siguientes, permanecí sentado a su cabecera sin moverme del sitio. Me lavaba y afeitaba en el baño de la habitación, comía viendo cómo le iba entrando en el brazo el líquido transparente del gota a gota, y vivía para aquellos raros momentos en que Grace abría el ojo bueno y me decía unas palabras. Con tantos calmantes circulando por su sangre, no parecía tener ningún recuerdo de lo que Jacob le había hecho, y sólo una idea muy vaga de que se encontraba en el hospital. Tres o cuatro veces me preguntó dónde estaba, pero luego volvió a quedarse dormida para olvidar inmediatamente mi respuesta. A menudo se quejaba en sueños, gimiendo levemente mientras daba manotazos a las vendas que le cubrían el rostro, y una vez se despertó con lágrimas en los ojos, preguntando:

– ¿Por qué me duele tanto? ¿Qué me pasa?

Estuvo viniendo gente durante esos días, pero no guardo más que un recuerdo muy vago de quiénes eran, y no me acuerdo de una sola de las conversaciones que seguramente mantuve con ellos. La agresión ocurrió un lunes por la noche, y el martes por la mañana los padres de Grace ya habían venido de Virginia en avión. Su prima Lily llegó en coche de Connecticut aquella misma tarde. Sus hermanas pequeñas, Darcy y Flo, a la mañana siguiente. Vinieron Betty Stolowitz y Greg Fitzgerald. Y también Mary Sklarr. Y el señor y la señora Caramello. Debí de hablar con ellos y salir de cuando en cuando de la habitación, pero no me acuerdo de nada aparte de estar sentado junto a Grace. Pasó casi todo el martes y el miércoles en un letargo semiconsciente -adormilada, profundamente dormida, despierta sólo durante unos minutos de cuando en cuando-, pero el miércoles por la tarde empezó a mostrar más coherencia y a permanecer consciente durante periodos más largos de tiempo. Aquella noche durmió bien, y cuando se despertó el jueves por la mañana, por fin me reconoció. La cogí de la mano, y cuando nuestras palmas entraron en contacto, murmuró mi nombre, repitiéndolo luego varias veces, como si aquella palabra de una sola sílaba fuese un encantamiento capaz de transformarla de nuevo de fantasma en ser vivo.

– Estoy en el hospital, ¿verdad? -preguntó.

– En el Hospital Metodista de Park Slope -le contesté-. Y yo estoy sentado a tu lado, cogiéndote de la mano. No estás soñando, Grace. Estamos aquí de verdad, y poco a poco te vas a ir poniendo bien.


– ¿No me voy a morir?

– No, no te vas a morir.

– Me dio una paliza, ¿verdad? Me dio puñetazos y patadas, y recuerdo que pensé que me iba a matar. ¿Dónde estabas tú, Sid? ¿Por qué no me defendiste?

– Intenté sujetarlo con los brazos, pero no pude apartarlo de ti. Tuve que amenazarlo con un cuchillo. Estaba dispuesto a matarlo, Grace, pero salió corriendo antes de que pasara nada. Luego llamé al novecientos once, vino una ambulancia y te trajeron aquí.

– ¿Cuándo fue eso?

– Hace tres noches.

– ¿Y qué es todo esto que tengo en la cara?

– Vendas. Y la nariz entablillada.

– ¿Me partió la nariz?

– Sí. Y te produjo conmoción cerebral. Pero se te está despejando la cabeza, ¿verdad? Ya se te está pasando.

– ¿Y el niño? Me duele mucho el vientre, Sid, y me parece que sé lo que significa. Dime que no es cierto, ¿eh?

– Me temo que sí. Todo lo demás se va a arreglar, pero eso no.

Al día siguiente, esparcimos las cenizas de Trause en el césped de Central Park. Debíamos de ser unos treinta o cuarenta aquella mañana, un grupo de amigos, parientes y colegas escritores, sin representantes de ninguna religión y sin nadie que mencionara a Dios entre quienes tomaron la palabra. Grace no sabía nada de la muerte de John, y sus padres y yo habíamos decidido ocultárselo mientras pudiéramos. Bill fue conmigo a la ceremonia, pero Sally se quedó en el hospital con Grace, a quien habíamos dicho que su padre se volvía a Virginia y que yo lo acompañaba al aeropuerto. Grace iba mejorándo a ojos vistas, pero aún no tenía fuerzas suficientes para resistir un golpe de tal magnitud. Las tragedias de una en una, dije a sus padres, eso es más que suficiente. Como las gotas que caían de la bolsa de plástico a la sonda introducida en el brazo de Grace, la poción tenía que administrarse en pequeñas dosis. La pérdida del niño era más que suficiente por el momento. Lo de John podía esperar hasta que se hubiera recuperado lo bastante para resistir otra embestida de dolor.

Nadie mencionó a Jacob en la ceremonia, pero estuvo presente en mi pensamiento mientras escuchaba al hermano de John y a Bill y a otros amigos pronunciar el panegírico bajo la resplandeciente luz de aquella mañana de otoño. Qué desgracia que un hombre muera antes de tener ocasión de llegar a viejo, dije para mis adentros, qué deprimente pensar en la obra que aún tenía por delante. Pero si John tenía que morir ahora, pensé, entonces mejor que hubiera muerto el lunes, y no el martes o el miércoles. De haber vivido otras veinticuatro horas, se habría enterado de lo que Jacob había hecho a Grace, y estaba seguro de que nada más saberlo se habría muerto. Y tal como estaban las cosas, nunca tendría que enfrentarse al hecho de que había engendrado un monstruo, no tendría que soportar la carga del ultraje perpetrado por su hijo contra la persona a la que él más quería en el mundo. Jacob se había convertido en lo innombrable, pero yo me consumía de odio hacia él y esperaba con impaciencia el momento en que la policía lo atrapara finalmente para tener ocasión de testificar contra él en un tribunal. Para mi eterno pesar, nunca se me dio esa oportunidad. Mientras estábamos en Central Park aquella mañana rindiendo las honras fúnebres a su padre, Jacob ya estaba muerto. Ninguno de nosotros podíamos saberlo entonces, porque pasaron otros dos meses antes de que su cadáver descompuesto se descubriera -envuelto en un plástico negro y tirado en un contenedor de escombros- en una obra abandonada cerca del río Harlem en el Bronx. Lo habían matado de dos tiros en la cabeza. Richie y Phil no eran criaturas de su imaginación, y cuando en el juicio a que se los sometió al año siguiente se presentó como prueba el informe del forense, resultó que cada bala había sido disparada por una pistola distinta.

Aquel mismo día (1 de octubre), la carta enviada desde Manhattan por Madame Dumas llegó a su destino en Brooklyn. La encontré en el buzón después de volver a casa de Central Park (para cambiarme de ropa antes de ir de nuevo al hospital), y como en el sobre no había remite, no supe de quién era hasta que subí a casa y la abrí. Trause había escrito la carta a mano, y la caligrafía era tan irregular, de tan precipitada ejecución, que me costó trabajo descifrarla. Tuve que repasar varias veces el texto antes de conseguir desvelar el misterio de su letra ganchuda e ilegible, pero en cuanto logré traducir aquellos trazos en palabras, pude oír la voz de John: una voz viva, que me hablaba desde la otra orilla de la muerte, desde el otro lado de la nada. Luego encontré el cheque dentro del sobre, y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Vi las cenizas de John brotando de la urna en el parque aquella mañana. Vi a Grace, postrada en la cama del hospital. Me vi a mí mismo rompiendo las hojas del cuaderno azul, y al cabo de un rato -por decirlo con las palabras de Richard, el cuñado de John- me llevé las manos a la cara y sollocé hasta que no pude más. No sé cuánto tiempo pasé así, pero mientras las lágrimas manaban de mis ojos, me sentía feliz, más feliz por estar vivo de lo que me había sentido jamás. Era una felicidad que estaba más allá del consuelo, más allá del dolor, más allá de toda la fealdad y la belleza del mundo. Finalmente, el llanto cedió y me dirigí a la habitación a cambiarme de ropa. Diez minutos después, estaba otra vez en la calle, camino del hospital para ver a Grace.


Paul Auster

<p>Paul Auster</p>
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