Poul Anderson

La única partida en esta ciudad


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John Sandoval no encajaba con su nombre. Ni tampoco parecía adecuado que estuviese de pie vestido con pantalones cortos y una camisa hawaiana frente a una ventana de apartamento abierta sobre Manhattan a mediados del siglo XX. Everard estaba acostumbrado a los anacronismos, pero el rostro oscuro que lo miraba siempre parecía desear pinturas de guerra, un caballo y un rifle apuntando a algún ladrón pálido.

—Vale —dijo—. Los chinos descubrieron América, pero ¿por qué es necesaria mi intervención?

—Ya me gustaría saberlo —contestó Sandoval.

Su forma pesada giró sobre la alfombra de oso polar, que Bjarni Herjólfsson le había regalado en una ocasión a Everard, hasta que se quedó mirando hacia el exterior. Las torres destacaban sobre el cielo despejado; el sonido del tráfico quedaba apagado por la altura. Se agarraba y soltaba las manos tras la espalda.

—Se me ordenó buscar a un agente No asignado, volver con él y tomar las medidas que parecieran indicadas. —Al cabo de un momento siguió hablando—. A ti es a quien conozco mejor, así… —Dejó de hablar.

—Pero ¿no deberías buscar a un indio como tú? —preguntó Everard—. Yo estaría muy fuera de lugar en la América del siglo XIII.

—Mejor aún. Para que seas misterioso e impresionante… Realmente no será un trabajo demasiado difícil.

—Claro que no —dijo Everard—. Sea cual sea el trabajo.

Sacó pipa y tabaco de la vergonzosa chaqueta de fumar y llenó la cazoleta con dedos rápidos y nerviosos. Una de las lecciones más duras que había tenido que aprender, cuando se le reclutó en la Patrulla del Tiempo, fue que toda tarea importante no requiere de una vasta organización. Ésa era la forma característica de hacerlo en el siglo XX; pero culturas anteriores, como la ateniense y el Japón del periodo Kamakura —y también civilizaciones posteriores, por aquí y allá en la historia— se habían concentrado en el desarrollo de la excelencia individual. Un único graduado de la Academia de la Patrulla (equipado, claro, con armas y herramientas del futuro) podría ser el equivalente de una brigada.

Pero era una cuestión de necesidad tanto como de estética. Había muy pocas personas para vigilar demasiados millares de años.

—Tengo la impresión —dijo Everard despacio—, de que esto no es una simple rectificación de una interferencia extratemporal.

—Cierto —dijo Sandoval con voz dura—. Cuando informé de lo que había descubierto, la oficina del entorno Yuan llevó a cabo una investigación exhaustiva. No hay viajeros temporales implicados. A Kublai Kan se le ocurrió todo esto sólito. Podría haberse inspirado en los relatos de Marco Polo sobre los viajes por mar de venecianos y árabes, pero es historia legítima, aunque el libro de Marco Polo no mencione nada parecido.

—Lo chinos tienen una larga tradición náutica —dijo Everard—. Oh, es todo muy natural. Por tanto, ¿cómo intervenimos?


Encendió la pipa y la chupó con fuerza. Sandoval todavía no había hablado, así que preguntó:

—¿Cómo te topaste con esa expedición? No estaba en territorio navajo, ¿no?

—Demonios, no estoy confinado a estudiar a mi propia tribu —contestó Sandoval—. Hay muy pocos amerindios en la Patrulla y es un incordio disfrazarse de otra tribu. Generalmente trabajo en las migraciones de athabascos. —Como Keith Denison, un especialista étnico que estudiaba la historia de gente que nunca escribió la suya propia para que la Patrulla supiese exactamente qué estaba protegiendo—. Estaba trabajando en la ladera oriental de la cordillera de las Cascadas, cerca del lago del Cráter —siguió diciendo—. Eso es territorio lutuami, pero tenía razones para creer que una tribu athabasca a la que había perdido el rastro había pasado por allí. Los nativos hablaban de misteriosos hombres extraños que venían del norte. Fui a echar un vistazo, y allí estaba la expedición, mongoles a caballo. Comprobé su procedencia y encontré su campamento en la boca del río Chehalis, donde unos cuantos mongoles más ayudaban a los marineros chinos a proteger las naves. Salté al futuro como un murciélago huye de Los Ángeles e informé.

Everard permaneció sentado y miró al otro hombre.

—¿Fue muy profunda la investigación realizada en el lado chino? —dijo—. ¿Estás completamente seguro de que no hay intervención extratemporal? Podría ser uno de esos fallos no planificados, ya sabes, cuyas consecuencias no son evidentes hasta décadas después.

—También lo pensé, cuando recibí la orden —asintió Sandoval—. Incluso fui directamente al cuartel general del entorno Yuan en Kan Baligh… Cambaluc o Pekín para ti. Me dijeron que habían comprobado que no había problemas durante toda la vida de Gengis y espacialmente hasta Indonesia. Y todo estaba bien, como los noruegos y su Vinlandia. Simplemente no han tenido la misma publicidad. Por lo que la corte china sabía, se había enviado una expedición que nunca regresó y Kublai había decidido que no valía la pena enviar otra. Los registros estaban en los archivos imperiales, pero fueron destruidos durante la revuelta Ming que expulsó a los mongoles. La historiografía olvidó el incidente.

Aun así Everard meditaba. Normalmente le gustaba su trabajo, pero en esta ocasión notaba que algo no encajaba.

—Evidentemente —dijo—, la expedición acabó en desastre. Nos gustaría saber cómo. Pero ¿por qué necesitas un agente No asignado para espiarlos ?

Sandoval se apartó de la ventana. Volvió a pasar por la mente de Everard lo poco que encajaba allí el navajo. Había nacido en 1930, había luchado en Corea y había ido a la universidad pagado por el Ejército antes de que la Patrulla contactase con él; pero de alguna forma nunca había encajado en el siglo XX.

Bien, ¿encaja alguno de nosotros? ¿Podría un hombre con verdaderas raíces quedarse quieto sabiendo lo que finalmente pasará con su gente?

—¡Pero si no tengo que espiar! —exclamó Sandoval—. Cuando informé, las órdenes me llegaron directamente desde el cuartel general daneliano. Sin explicaciones, sin excusas, la orden escueta: reparar ese desastre. ¡Debo revisarla historia!


2

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Anno Domini mil doscientos ochenta:

El territorio dominado por Kublai Kan se extendía a lo largo de varios grados de latitud y longitud; soñaba con un imperio mundial, y su corte recibía con honores a cualquier invitado que trajese nuevos conocimientos o nuevas filosofías. Un joven mercader veneciano llamado Marco Polo se había convertido en un favorito especial. Pero no todos los pueblos deseaban un gobernante mongol. Sociedades secretas revolucionarias germinaban en los reinos conquistados que habían sido unificados, como Catay. Japón, con la poderosa familia Hojo tras el trono, ya había repelido una invasión. Ni tampoco estaban los mongoles unidos, más que en teoría. Los príncipes rusos se habían convertido en recaudadores de impuestos para la Horda de Oro; el Il-Kan Abaka reinaba en Bagdad.

En otros puntos, un indefinido califato abasí se ocultaba en El Cairo; Delhi se encontraba bajo la dinastía del esclavo Qutb-ud-Din; Nicolás III era Papa; güelfos y gibelinos destrozaban Italia; Rodolfo I de Habsburgo era el emperador alemán; Felipe III el Atrevido era rey de Francia; Eduardo I gobernaba Inglaterra. Entre los contemporáneos se contaban Dante Alighieri, Juan Duns Escoto, Roger Bacon y Thomas de Erceldoune.

Y en Norteamérica, Manse Everard y John Sandoval detuvieron los caballos para mirar desde lo alto de una colina.

—Los vi por primera vez la semana pasada —dijo el navajo—. Desde entonces han avanzado mucho. A este ritmo, estarán en México dentro de un par de meses, incluso teniendo en cuenta lo duro del terreno.

—Para ser mongoles —comentó Everard—, se están tomando su tiempo.

Levantó los binoculares. A su alrededor la tierra ardía verde de abril. Incluso las más altas y antiguas hayas tenían hojas nuevas. Los pinos rugían al viento, que soplaba desde las montañas, frío y rápido y lleno del olor de la nieve fundida, y por el cielo cruzaban pájaros en dirección a casa, en tal número que oscurecían el sol. Los picos de la cordillera de las Cascadas parecían flotar al oeste, blancoazulados, distantes y sagrados. Al este las colinas se hundían en bosques y prados hasta un valle y, por fin, más allá del horizonte, las praderas retumbaban con los búfalos. Everard se centró en la expedición. Se movían a campo abierto, más o menos siguiendo un riachuelo. Unos setenta hombres montados a caballo; animales asiáticos de cabeza larga, patas cortas, pardos y de pelo largo. Traían animales de carga y monturas. Identificó a algunos guías nativos, tanto por su extraña postura sobre las sillas corno por la fisonomía y la ropa. Pero los recién llegados eran los que más llamaban su atención.

—Muchas yeguas preñadas —comentó, a medias para sí—. Supongo que metieron en los barcos todos los animales que pudieron y los han dejado salir para hacer ejercicio allí donde hacían escala. Ahora se dedican a su cría a medida que avanzan. Ese tipo de animal puede soportar un trato muy duro.


—El destacamento de los barcos también cría caballos —le informó Sandoval—. Eso lo vi.

—¿Qué más sabes de ese grupo?

—No más de lo que he te dicho, que es poco más de lo que ahora ves. Y lo de ese informe que estuvo un tiempo en los archivos de Kublai. Pero si lo recuerdas, señalaba simplemente que cuatro barcos bajo el mando del Noyon Toktai y el estudioso Li Tai-Tsung fueron enviados a explorar las islas más allá de Japón.

Everard asintió ausente. No tenía sentido quedarse parados repasando lo que ya habían comentado un centenar de veces. No era más que una forma de posponer la acción.

Sandoval se aclaró la garganta:

—Todavía tengo dudas sobre que los dos vayamos ahí abajo —dijo—. ¿Por qué no te reservas para el caso de que se pongan desagradables?

—Complejo de héroe, ¿eh? —dijo Everard—. No, estaremos mejor juntos y, en todo caso, no espero problemas. Todavía no. Esos chinos son demasiado inteligentes para oponerse gratuitamente a nadie. Han mantenido buenas relaciones con los indios, ¿no? Y nosotros seremos un factor mucho más desconocido… pero antes no me importaría echar un trago.

—Sí. ¡Ni después tampoco!

Cada uno metió la mano en su mochila, sacaron las cantimploras y bebieron. Everard sintió el whisky amargo en la garganta, aunque le calentó las venas. Hizo que el caballo se pusiera en marcha y los dos patrulleros bajaron la colina.

Un silbido cortó el aire. Los habían visto. Mantuvo un ritmo constante hacia la cabeza de la línea mongol. Un par de jinetes se situaron a ambos lados, con las flechas dispuestas en los potentes arcos cortos, pero no interfirieron.

Supongo que tenemos un aspecto inofensivo, pensó Everard. Como Sandoval, llevaba ropas de expedición del siglo XX; chaqueta de caza para el viento, sombrero para protegerse de la lluvia. Su propio traje era mucho menos elegante que el modelo de Abercrombie Fitch del navajo. Los dos llevaban dagas a la vista, pistolas automáticas, y aturdidores del siglo XXX para los asuntos serios.

La tropa se detuvo, tan disciplinada que sus miembros parecían un solo hombre. Everard los examinó de cerca. Había obtenido una educación electrónica bastante completa en una hora o poco más antes de partir —lenguaje, historia, tecnología, modales, moral— sobre los mongoles y chinos e incluso sobre los indios locales. Pero nunca había visto a esa gente de cerca.

No eran espectaculares: bajos, de piernas arqueadas, barba rala y rostro chato y ancho sudoroso bajo el sol. Todos iban bien equipados, con botas y pantalones, petos de cuero laminado con adornos lacados, cascos cónicos de metal que en el extremo podían llevar una punta o una pluma. Las armas eran espadas curvas, cuchillos, lanzas, arcos. Uno de los hombres cerca de la cabeza llevaba un estandarte de colas de yak trenzadas con oro. Observaron acercarse a los patrulleros, con los ojos oscuros y rasgados completamente impasibles.

No resultaba difícil identificar al jefe. Iba en vanguardia y la capa de seda volaba sobre sus hombros. Era alto y de rostro más duro que el del soldado medio, con una barba rojiza y una nariz casi romana. El guía indio que iba a su lado se quedó boquiabierto y retrocedió; pero Toktai mantuvo la compostura y le tomó la medida a Everard con una mirada firme y carnívora.

—Saludos —dijo, cuando estuvieron cerca—. ¿Qué espíritu os guía? —Habló en el dialecto lutami, que más tarde se convertiría en la lengua klamath, con un acento atroz.

Everard contestó en un perfecto mongol.

—Saludos a ti, Toktai hijo de Batu. Por la voluntad de Tengri, venimos en paz.

Fue un toque de efecto. Everard vio que los mongoles buscaban amuletos de la suerte, o hacían gestos contra el mal de ojo. Pero el hombre montado a la izquierda de Toktai se recuperó con rapidez y fingió autocontrol.

—Ah —dijo—, así que hombres de las tierras del oeste han llegado también a esta región. No lo sabíamos.

Everard lo miró. Era más alto que cualquier mongol, de piel casi blanca, con rasgos y manos delicados. Aunque vestido como los otros, no llevaba armas. Parecía mayor que el Noyon, quizá tenía cincuenta años. Everard se inclinó sobre la silla y pasó a chino del norte.

—Honorable Li Tai-Tsung, apena a esta insignificante persona contradecir a vuestra eminencia, pero pertenecemos al gran reino del sur.

—Hemos oído rumores —dijo el estudioso. No pudo reprimir del todo la emoción—. Incluso hasta estas regiones del norte han llegado historias de un país rico y espléndido. Lo buscamos para poder llevar a su Kan los saludos del Ka Kan, Kublai hijo de Tuli, hijo de Gengis; Ja tierra yace a sus pies.

—Sabemos del Ka Kan —dijo Everard—, y sabemos del califa, del Papa, del emperador, y de monarcas menores. —Tenía que recorrer con cuidado su sendero, para no insultar abiertamente al gobernante de Catay pero sí para ponerlo sutilmente en su lugar—. En cambio poco se sabe de nosotros, porque nuestro amo no busca el mundo exterior ni nos anima a buscarlo. Permitid que presente mi humilde persona. Me llamo Everard y no soy, como mi apariencia podría sugerir, ruso o occidental. Pertenezco a la guardia de frontera.

Que se imaginase lo que eso implicaba.

—No venís con demasiada compañía —dijo Toktai.

—Más de la necesaria —dijo Everard con su voz más tranquila.

—Y estáis muy lejos de casa —añadió Li.

—No más de lo que estaríais vosotros, honorables señores, en las planicies de Kirguizia.

Toktai colocó una mano sobre la empuñadura de la espada. Sus ojos eran fríos y cansados.

—Venid —dijo—. Os damos la bienvenida como embajadores. Acampemos y oigamos el mensaje de vuestro rey.


3

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El sol, bajo sobre los picos occidentales, tino de plata sus cimas cubiertas de nieve. Las sombras se alargaban por el valle, el bosque se oscurecía, pero los prados abiertos relucían más brillantes. La calma hacía de cámara de resonancia para los pocos ruidos que se producían: el rápido fluir del río, el sonido de un hacha, los caballos comiendo la hierba crecida. El humo de madera cargaba el aire.

Los mongoles, evidentemente, habían sido tomados por sorpresa por sus visitantes y aquel temprano encuentro. Mantenían las caras serias, pero los ojos se les escapaban en dirección a Everard y Sandoval mientras éstos recitaban fórmulas de varias religiones… principalmente paganas, pero algunas oraciones budistas, musulmanas y nestorianas. Eso no disminuyó la eficacia con que montaron el campamento, apostaron guardias, cuidaron de los animales y prepararon la cena. Pero Everard juzgó que estaban más silenciosos de lo habitual. La idea impresa en su mente por los educadores decía que los mongoles eran por lo general habladores y alegres.

Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el suelo de una tienda. Sandoval, Toktai, y Li completaban el círculo. Debajo tenían alfombras y un brasero mantenía caliente el té. Era la única tienda montada, probablemente la única disponible, traída para usarla en ceremonias como aquélla. Toktai sirvió kumiss con sus propias manos y se lo ofreció a Everard, que lo bebió haciendo mucho ruido como exigía la etiqueta y lo pasó. Había bebido cosas peores que leche de yegua fermentada, pero se alegró de que, acabado el ritual, pasasen al té.

Habló el jefe mongol. No podía mantener el tono sereno, como hacía su amanuense chino. Había en él una brusquedad instintiva: ¿qué extranjero se atrevía a acercarse a los hombres del Ka Kan sin arrastrarse sobre el estómago? Pero las palabras siguieron siendo corteses:

—Ahora que nuestros invitados expongan los mensajes de su rey. Primero, ¿podríais decirnos su nombre?

—Su nombre no debe ser pronunciado —dijo Everard—. De su reino sólo habéis oído pálidos rumores. Podéis juzgar su poder, Noyon, por el hecho de que sólo necesitaba que dos de nosotros llegásemos hasta aquí, y que nosotros sólo necesitamos una montura cada uno.

Toktai gruñó: —Son hermosos animales, pero me pregunto cómo les iría en las estepas. ¿Os llevó mucho tiempo llegar aquí?

—No más de un día, Noyon. Tenemos medios.

Everard metió la mano en la chaqueta y sacó unos regalos envueltos.

—Nuestro señor nos ordenó entregar estas muestras de afecto a los líderes de Catay.

Mientras retiraban el papel, Sandoval se inclinó y dijo en inglés:

—Examina sus expresiones, Manse. Hemos fallado un poco.

—¿Cómo?

—Ese celofán reluciente ha impresionado a Toktai. Pero mira a Li. Su civilización se dedicaba a la caligrafía cuando los antepasados de Bonwit Teller se pintaban la cara de azul. Su opinión sobre nuestro gusto acaba de hundirse.

Everard se encogió de hombros imperceptiblemente.

—Bien, tiene razón, ¿no?

Su coloquio no había escapado a la atención de los otros. Toktai les dedicó una mirada dura, pero volvió a su regalo, una linterna, que tuvo que ser probada y que todos admiraron. Al principio le tuvo un poco de miedo, incluso murmuró un encantamiento; pero luego recordó que a un mongol no se le permitía tener miedo de nada excepto del trueno, recuperó el control, y no tardó en estar encantado como un niño. La mejor apuesta para un estudioso confuciano como Li parecía, un libro, la colección La familia del hombre, cuya diversidad y extrañas técnicas pictográficas podrían impresionarlo. Fue efusivo en sus agradecimientos, pero Everard dudaba que estuviese anonadado. Un patrullero pronto aprendía que la sofisticación existía en cualquier nivel de desarrollo tecnológico.

Ellos a su vez tenían que hacer regalos: una hermosa espada china y un montón de pieles de nutría de la costa. Pasó bastante tiempo antes de que la conversación pudiese volver a los negocios. Luego Sandoval se las apañó para conseguir primero el relato de sus anfitriones.

—Ya que sabéis tanto —empezó diciendo Toktai—, también debéis saber que hace unos años fracasó nuestra invasión de Japón.

—La voluntad del cielo era otra —dijo Li, con amabilidad de cortesano.

—¡Manzanas de caballo! —dijo Toktai—. La estupidez de los hombres, queréis decir. Éramos muy pocos, muy ignorantes, y habíamos navegado demasiado por mares peligrosos. Y, ¿qué importa? Regresaremos algún día. Everard sabía que lamentablemente así sería, y que una tormenta hundiría la flota y ahogaría a quién sabe cuántos hombres jóvenes. Pero dejó que Toktai siguiese hablando:

—El Ka Kan comprendió que debíamos aprender más sobre las islas. Quizá deberíamos establecer primero una base en algún lugar al norte de Hokkaido. Entonces, también oímos rumores de una tierra más al oeste. De vez en cuando el viento saca de su curso a los pescadores, y ven cosas; los comerciantes de Siberia hablan de un estrecho y un país más allá. El Ka Kan fletó cuatro naves con tripulaciones chinas y me dijo que cogiese a un centenar de guerreros mongoles y viese lo que podía descubrir.

Everard asintió, sin sorprenderse. Los chinos llevaban fletando juncos desde hacía cientos de años, algunos con capacidad hasta para mil pasajeros. Cierto, esas naves no eran tan buenas como serían en siglos posteriores bajo la influencia portuguesa, y sus dueños jamás se habían sentido demasiado atraídos por el océano, y menos aún por las frías aguas del norte. Pero aun así, había algunos navegantes chinos que podían haber pillado algún truco de coreanos o formosianos perdidos, si no de sus padres. Debían al menos de estar familiarizados con las Kuriles.

—Seguimos dos cadenas de islas, una después de la otra —dijo Toktai—. Eran desoladas, pero podíamos detenernos de vez en cuando, dejar salir a los caballos y aprender algo de los nativos. ¡Aunque Tengri sabe que es difícil hacer eso último, cuando tienes que interpretar hasta seis lenguas! Descubrimos que hay dos grandes tierras, Siberia y otra, que se acercan tanto al norte que un hombre podría ir de una a otra con un bote de piel y, en ocasiones, durante el invierno, caminando sobre el hielo. Finalmente llegamos a la nueva tierra. Una gran región; bosques, mucha caza y focas. Pero demasiado lluviosa. Las naves parecían querer continuar, así que seguimos más o menos la costa.

Everard visualizó un mapa. Si ibas primero a las Kuriles y luego a las Aleutianas, nunca te alejabas demasiado de tierra. Afortunados al poder evitar un naufragio, lo que era una clara posibilidad, los juncos bajos habían conseguido anclar en las islas rocosas. Además, la corriente los empujaba, y casi se encontraban en una larga ruta circular. Toktai había descubierto Alaska antes de saber qué pasaba. Como la región se hacía más hospitalaria al dirigirse al sur, dejó atrás Puget Sound y fue directo al río Chehalis. Quizá los indios le habían advertido que la desembocadura del Columbia, más adelante, era peligrosa… y, más recientemente, esos mismos indios habían ayudado a los caballos a cruzar la gran corriente con balsas.

—Establecimos un campamento cuando la guerra terminaba —dijo el mongol—. Aquí las tribus son atrasadas, pero amistosas. Nos dieron comida, mujeres y toda la ayuda que pudiésemos necesitar. A cambio, nuestros marineros les enseñaron algunos trucos para pescar y construir botes. Hemos pasado allí el invierno, aprendimos algunas de las lenguas y realizamos viajes al interior. Por todas partes había relatos de grandes bosques y praderas donde las manadas de bestias salvajes ocultan la tierra. Vimos lo suficiente para saber que esas historias eran ciertas. Nunca he estado en una tierra tan rica. —Los ojos le relucían como los de un tigre—. Y con tan pocos habitantes, que todavía desconocen el uso del hierro.

—Noyon —murmuró Li para advertirlo. Inclinó ligeramente la cabeza hacia los patrulleros. Toktai cerró la boca inmediatamente.

Li se volvió hacia Everard y dijo:

—Había también rumores de un reino dorado muy al sur. Nos sentimos en la obligación de investigarlo, así como de explorar el territorio intermedio. No habíamos previsto el honor de encontrarnos con vosotros.

—El honor es todo nuestro —comentó Everard. Luego, adoptando una expresión más seria, añadió—: Mi señor del Imperio Dorado, que no puede ser nombrado, nos ha enviado en espíritu de amistad. Le apenaría mucho que sufrieseis un desastre. Venimos a advertirás.

—¿ Qué ? —Toktai se envaró. Una mano llena de tendones cogió la espada que, por amabilidad, no llevaba al cinto—. ¿De qué demonios se trata?

—De un infierno, de eso se trata, ciertamente, Noyon. Por agradable que esta región pueda parecer, está sometida a una maldición. Cuéntaselo, hermano.

Sandoval, que tenía mejor voz, tomó la palabra. Su relato había sido fabricado con la idea de explotar la superstición de los semicivilizados mongoles sin despertar demasiado escepticismo en los chinos. Realmente había dos grandes reinos al sur, les explicó. El suyo estaba muy lejos; el de sus rivales estaba al norte y al este, con una ciudadela en las planicies. Ambos estados poseían inmenso poder, llamárase magia o ingeniería inteligente. Los del imperio del norte, los malos, consideraban suyo todo aquel territorio y no tolerarían una expedición extranjera. Era seguro que sus exploradores no tardarían en encontrar a los mongoles y que los aniquilarían con truenos. La benévola tierra al sur de los buenos no podía ofrecerles protección, sólo enviar a unos emisarios para que advirtiesen del peligro a los mongoles.

—¿Por qué los nativos no han hablado de esos señores? —preguntó Li con astucia.

—¿Han oído hablar del Ka Kan todos los pequeños pobladores de las selvas de Burma? —respondió Sandoval.

—Soy un extranjero ignorante —dijo Li—. Perdonadme si no os entiendo cuando habláis de armas irresistibles.

Que es la forma más amable en la que jamás me han llamado mentiroso, pensó Everard. En voz alta dijo:

—Puedo ofreceros una pequeña demostración, si el Noyon dispone de algún animal que podamos matar.

Toktai lo pensó. Su rostro podría haber estado grabado en piedra, pero estaba cubierto de sudor. Entrechocó las manos y ladró a los guardias. Después siguieron hablando de cosas intrascendentes mientras el silencio se hacía más denso.

Un guerrero apareció al cabo de una hora casi interminable. Dijo que un par de jinetes habían capturado un ciervo. ¿Serviría para los propósitos del Noyon? Sí. Toktai fue el primero en salir, abriéndose paso por entre un montón de hombres reunidos. Everard lo siguió, deseando que aquello no fuese necesario. Montó el rifle.

—¿Te encargas tú? —le preguntó a Sandoval.

—Dios, no.

El ciervo, una gama, había sido llevado a la fuerza al campamento. Temblaba cerca del río, con las cuerdas alrededor del cuello. El sol, que apenas tocaba los picos occidentales, le daba el color del bronce. Había una especie de bondad ciega en su mirada a Everard. Él indicó a los hombres que se apartasen y apuntó. El primer tiro lo mató, pero siguió disparando hasta destrozar el cuerpo.

Cuando bajó el arma, el aire parecía rígido. Miró los gruesos cuerpos de piernas torcidas, los rostros redondos y bajo control; los olía con intensidad sobrenatura el olor limpio de sudor, caballo y humo. Se sentía como el inhumano que ellos debían ver.

—Ésta es la menor de las armas que se usan aquí—dijo—. Un alma tan arrancada del cuerpo no encontraría el camino a casa.

Se dio la vuelta. Sandoval lo siguió. Sus caballos estaban fuera, con las cosas apiladas a un lado. Ensillaron, sin hablar, montaron y se internaron en el bosque.


4

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El fuego ardía con los golpes de viento. En aquel momento apenas los sacaba de las sombras… frente, nariz y mejillas entrevistas, un brillo en los ojos. El fuego volvió a hundirse en el rojo y azul sobre los tizones blancos y las oscuridad envolvió a los hombres.

Everard no lo sentía. Cogió la pipa entre las manos, chupó de ella y tragó el humo, pero encontró poco alivio. Cuando habló, el vasto susurro de los árboles, en lo alto casi ahogó su voz, y tampoco eso lamentó.

Cerca había sacos de dormir, sus caballos, el escúter —trineo antigravedad y saltador espaciotemporal— que los había traído. Por lo demás la zona estaba vacía; kilómetro tras kilómetro, los fuegos humanos como el suyo eran tan pequeños y solitarios como las estrellas en el universo. En algún lugar aulló un lobo.

—Supongo —dijo Everard—, que todo policía, de vez en cuando, se siente como un bastardo. Hasta ahora tú has sido sólo un observador, Jack. Las misiones de acción, como las que yo llevo a cabo, son en ocasiones difíciles de aceptar.

—Sí. —Sandoval había estado más callado que su amigo. Apenas se había movido desde la cena.

—Y ahora esto. Sea lo que sea lo que debas hacer para cancelar una interferencia temporal, al menos siempre puedes pensar que estás restaurando la línea original de desarrollo. —Everard dio una chupada de la pipa—. No me recuerdes que «original» no tiene sentido en este contexto. Es una palabra de consuelo.

—Aja.

—Pero cuando nuestros jefes, nuestros queridos superhombres danelianos, nos dicen que debemos interferir… sabemos que la gente de Toktai nunca regresó a Catay. ¿Por qué tú o yo tenemos que intervenir? Si se encontrasen con indios hostiles o algo así y fuesen exterminados, no me importaría. Al menos, no más de lo que me importa cualquier incidente similar en ese matadero que llaman historia humana.

—No tenemos por qué matarlos, ya lo sabes. Sólo hay que conseguir que regresen. La demostración de esta tarde podría ser suficiente. —Sí. Regresar… ¿y qué? Probablemente morir en el mar. No tendrán un viaje de regreso fáci tormentas, niebla, corrientes contrarias, rocas, en esas naves primitivas concebidas para los ríos. ¡Y los enviaremos a ese viaje precisamente en este momento! Si no hubiésemos interferido, hubiesen regresado a casa después, en unas circunstancias distintas para el viaje… ¿Por qué debemos aceptar la culpa?

—Podrían incluso llegar a casa —murmuró Sandoval.

—¿Qué? —Everard estaba sorprendido.

—Por la forma en que hablaba Toktai. Estoy seguro de que planea regresar a caballo, no en esos barcos. Como ha supuesto, es fácil cruzar el estrecho de Bering; los aleutianos lo hacen continuamente. Manse, me temo que no es suficiente con dejarlos partir.

—¡Pero no van a volver a casa! ¡Eso lo sabemos!

—Supón que lo consiguen. —Sandoval empezó a hablar en un tono un poco más alto y con mayor rapidez. El viento nocturno rugía alrededor de las palabras—. Vamos a jugar un momento con la idea. Supongamos que Toktai va al sudeste. Es difícil saber qué podría detenerlo. Sus hombres son capaces de vivir de los frutos de la tierra, incluso en los desiertos, con mucha mayor facilidad que Coronado o tipos parecidos. No tiene que avanzar demasiado hasta encontrarse con gente del neolítico, con las tribus agrícolas pueblo. Eso lo animará aún más. Estará en México antes de agosto. México es ahora tan deslumbrante como lo fue, lo será, en los días de Cortez. E incluso más tentadora: los aztecas y toltecas todavía están decidiendo quién es el amo, con un montón de tribus por ahí dispuestas a ayudar a un recién llegado contra ambos. Las armas españolas no representaron, no representarán, ninguna diferencia real, como recordarás si has leído a Díaz. Los mongoles son superiores, en el combate cuerpo a cuerpo, a cualquier español… No es que imagine que Toktai vaya a meterse directamente. Sin duda será muy amable, pasará el invierno, y aprenderá todo lo que pueda. El año próximo volverá al norte, se irá a casa, ¡informará a Kublai de que uno de los territorios más ricos y lleno de oro del mundo está listo para ser conquistado!

—¿Qué hay de los otros indios? —dijo Everard—. No sé mucho de ellos.

—El nuevo Imperio maya está en su cumbre. Una nuez muy dura, pero por eso provechosa. Pienso que una vez que los mongoles se establezcan en México, nada los detendrá. Perú tiene una cultura incluso superior en este momento, y mucha menos organización de la que se encontró Pizarro; la quechuaymar, la llamada raza inca, es todavía sólo un poder entre varios.

»¡Y luego está la tierra! ¿Puedes imaginar lo que la tribu mongol haría con las grandes praderas? —No me los imagino emigrando en hordas —dijo Everard. Había algo en la voz de Sandoval que le inducía a ponerse a la defensiva—. Hay demasiada Siberia y Alaska en el camino.

—Se han superado peores obstáculos. No pretendo decir que vayan a venir todos a una. Podrían tardar siglos en empezar una inmigración en masa, como tardarán los europeos. Puedo imaginarme una cadena de clanes y tribus establecida durante varios años por todo el oeste de Norteamérica. México y Yucatán serán devorados… o es más probable que se conviertan en kanatos. Las tribus de pastoreo se trasladarán al este a medida que crezca la población y lleguen nuevos inmigrantes. Recuerda, la dinastía Yuan será derrocada dentro de menos de un siglo. Eso presionará a los mongoles de Asia para que se vayan a otra parte. Y los chinos también vendrán aquí, para plantar y coger su parte del oro.

—Yo diría, si no te importa que lo cuente —añadió Everard con suavidad—, que tú precisamente no querrás acelerar la conquista de América.

—Será una conquista diferente —dijo Sandoval—. No me importan los aztecas; si los estudias estarás de acuerdo en que Cortez le hizo un favor a México. Será difícil para otras tribus más pacíficas, durante un tiempo. Y sin embargo, los mongoles no son unos demonios. ¿No? Nuestro pasado occidental nos ha llenado de prejuicios. Olvidamos las masacres y torturas que los europeos estaban realizando al mismo tiempo.

«Realmente, los mongoles son un poco como los antiguos romanos. La misma práctica de despoblar las áreas que se resisten, pero respetan los derechos de los pueblos que se rinden. Aportan un mismo modo de gobierno y protección armada competente. Un mismo carácter nacional sin imaginación ni creatividad; pero el mismo asombro y la envidia de la verdadera civilización. La Pax Mongólica, ahora mismo, mantiene unida un área mayor, y produce el contacto estimulante de más gente diferente de lo que nunca hubiese soñado el raquítico Imperio romano.

»Y en cuanto a los indios… recuerda, los mongoles son ganaderos. No se producirá el conflicto insoluble entre agricultores y cazadores que llevó al hombre blanco a destruir a los indios. Los mongoles tampoco tienen prejuicios de raza. Y después de un poco de lucha, el navajo, cherokee, seminola, algonquino, chippewa o dakota medio estará feliz de someterse y convertirse en aliado. ¿Por qué no? Obtendrán caballos, ovejas, vacas, telas, metalurgia. Superarán en número a los invasores y estarán más en pie de igualdad con ellos que con los granjeros blancos y la industria de la máquina. Y estarán los chinos, repito, fermentando la mezcla, enseñando civilización y mejorando las habilidades…

»¡Buen Dios, Manse! ¡Cuando Colón llegue aquí, sí se encontrará con el Gran Kan! ¡El Kan de la nación más poderosa de la Tierra!

Sandoval se detuvo. Everard prestó atención a los crujidos de las ramas al viento. Miró a la noche durante un buen rato antes de decir:

—Podrá ser. Claro está, tendremos que permanecer en este siglo hasta que pase el punto crucial. Nuestro propio mundo no existiría. Nunca habría existido.

—Tampoco era un mundo tan bueno —dijo Sandoval, como en un sueño.

—Podrías pensar en… oh… tus padres. Ellos tampoco habrían nacido nunca.

—Vivían en una cueva navajo ruinosa. En una ocasión vi llorar a mi padre porque no podía comprarnos zapatos para el invierno. Mi madre murió de tuberculosis.

Everard permaneció sin moverse. Fue Sandoval el que se agitó y se puso en pie riendo.

—¿Qué estoy diciendo? Sólo era una historia, Manse. Vamos a hacer turnos. ¿El primero para mí?

Everard estuvo de acuerdo, pero tardó mucho en dormirse.


5

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El escúter había saltado dos días al futuro y ahora flotaba invisible muy lejos de lo que el ojo podía apreciar. A su alrededor, el aire era tenue y muy frío. Everard se estremeció mientras ajustaba el telescopio electrónico. Incluso con ampliación total, la caravana era poco más que unas motas moviéndose sobre una inmensidad verde. Pero nadie más en el hemisferio occidental podía ir montado a caballo.

Se giró sobre el asiento para encararse con su compañero.

—¿Y ahora qué? El ancho rostro de Sandoval le resultó impenetrable.

—Bien, si la demostración no funcionó…

—¡Es evidente que no! Juraría que van hacia el sur al doble de velocidad que antes. ¿Por qué?

—Tendría que conocerlos individualmente mejor para darte una respuesta certera, Manse, pero esencialmente debe de ser porque desafiaste su coraje. Para una cultura guerrera, el nervio y el trabajo duro son las virtudes absolutas… ¿qué elección les quedaba sino continuar? Si se retiraban ante una mera amenaza, nunca podrían vivir consigo mismos.

—¡Pero los mongoles no son idiotas! No conquistaron a todo el mundo mediante la fuerza bruta, sino porque comprendían mejor los principios militares. Toktai debería retirarse, contar al emperador lo que vio y organizar una expedición mayor.

—Los hombres de los barcos pueden hacerlo —le recordó Sandoval—. Ahora que lo pienso, comprendo que hemos subestimado en mucho a Toktai. Debe de haber establecido una fecha, presumiblemente del año próximo, para que las naves intenten regresar a casa si no vuelve. Cuando encuentra algo interesante por el camino, como nosotros, puede enviar un indio con una carta al campamento base.

Everard asintió. Se le ocurrió pensar que se había apresurado a meterse en el trabajo, directamente, sin pararse a pensar lo que debían hacer. De ahí el fallo. Pero ¿ qué parte de culpa debía caer sobre la renuencia inconsciente de Sandoval? Al cabo de un minuto, Everard dijo:

—Incluso puede que se oliese que no todo estaba claro con nosotros. Los mongoles siempre han sido muy buenos en la guerra psicológica.

—Podría ser. Pero ¿cuál será el próximo movimiento?

Bajar desde lo alto, disparar unos rayos del cañón de energía del siglo XL1 que está instalado en el cronociclo, y eso será el final… No, por Dios, pueden enviarme al planeta de exilio antes que hacer algo así. Hay límites a la decencia.

—Montaremos una demostración más impresionante —dijo Everard.

—¿Y si también fracasa?

—¡Calla! ¡Dales una oportunidad!

—Sólo me lo preguntaba. —El viento sopló bajo las palabras de Sandoval—. ¿Por qué no cancelar la expedición? Ir al pasado un par de años y convencer a Kublai Kan de que no vale la pena explorar el este. Entonces todo esto no habría sucedido. —Sabes que las reglas de la Patrulla prohiben realizar cambios históricos.

—¿Cómo llamas a lo que estamos haciendo aquí?

—Algo específicamente ordenado por el cuartel general supremo. Quizá para corregir alguna interferencia en algún otro lugar o tiempo. ¿Cómo iba a saberlo? Sólo soy un peldaño en la escala evolutiva. Tienen habilidades un millón de años en el futuro que yo no puedo ni imaginar.

—Papá sabe lo que hace —murmuró Sandoval.

Everard apretó la mandíbula.

—Queda el hecho —dijo— de que la corte de Kublai, el hombre más poderoso sobre la Tierra, es más importante y crucial que cualquier cosa que haya en América. No, me metiste en este trabajo miserable y ahora impondré mi graduación si debo hacerlo. Nuestras órdenes son hacer que esta gente deje su exploración. Lo que suceda después no es asunto nuestro. Así que no regresarán a casa. No seremos nosotros la causa, de la misma forma que no eres un asesino por invitar a cenar a un hombre que sufre un accidente fatal durante el camino.

—Deja de sermonear y vamos a trabajar —contestó Sandoval.

Everard envió el escúter hacia delante.

—¿Ves esa colina? —dijo señalando después de volar un rato—. Está en la línea de marcha de Toktai, pero creo que esta noche acampará unos kilómetros antes de llegar a ella, en ese prado cercano a la corriente. Pero verán la colina perfectamente. Vamos a montar algo allí.

—¿Fuegos artificiales? Tendrán que ser espectaculares. Los chinos conocen la pólvora. Incluso tienen cohetes militares.

—Sí, pequeños. Lo sé. Pero cuando reuní el material para el viaje, incluí algunas cosas muy avanzadas, por si el primer intento fallaba.

Un pinar cubría la colina. Everard aterrizó el escúter entre los pinos y comenzó a descargar las cajas del voluminoso compartimento de equipaje. Sandoval lo ayudó, sin hablar. Los caballos, entrenados por la Patrulla, bajaron con tranquilidad de las estructuras que los habían llevado y empezaron a pacer.

Después de un rato, el indio rompió el silencio.

—No conozco eso. ¿Qué estás montando?

Everard acarició la pequeña máquina que había dispuesto.

—Está adaptado a partir de un sistema de control climático empleado en la era de los Siglos Fríos del futuro. Es un distribuidor potencial. Puede producir los rayos más aterradores que hayas visto, acompañados de truenos.

—Vaya… la gran debilidad de los mongoles. —De pronto Sandoval sonrió—. Tú ganas. Bien podemos relajarnos y disfrutar de esto.

—¿Preparas la cena, mientras monto esto? Por supuesto, nada de fuego. No queremos humo común… Oh, sí, también tengo un proyector de espejismos. Si te cambias de ropa y te pones un casco o algo, para que no te reconozcan, podré proyectar una imagen de dos kilómetros de alto, aterradora.

—¿Y un sistema de amplificación? Los cantos navajos resultan alarmantes si no sabes que sólo son un yeibichai o algo así.

—¡Oído cocina!

El día se apagaba. Bajo los pinos se hizo la oscuridad; el aire era frío. Finalmente Everard devoró un bocadillo y observó con los binoculares cómo la vanguardia mongola examinaba el lugar que había predicho. Otros acudieron presurosos con la caza diaria y empezaron a cocinar. El resto del grupo llegó con la puesta de sol, se situó con eficacia y comió. Toktai realmente avanzaba a marchas forzadas, aprovechando cada momento de luz solar. Mientras se hacía la oscuridad, Everard vio que había centinelas apostados con los arcos listos. Él no podía mantenerse con ánimo por mucho que lo intentase. Iba a asustar a hombres que habían hecho estremecerse la tierra.

Las primeras estrellas empezaron a relucir sobre los picos nevados. Era hora de empezar a trabajar.

—¿Has atado los caballos, Jack? Podrían asustarse. ¡Estoy seguro de que eso sucederá con los caballos de los mongoles! Vale, allá vamos. —Everard le dio al interruptor principal y se colocó cerca de los controles, débilmente iluminados, del aparato.

Primero se produjo un pálido resplandor azul entre cielo y tierra. Luego comenzaron los rayos, lengua tras lengua dividida saltando, los árboles destrozados, las montañas estremeciéndose por el ruido. Everard lanzó rayos esféricos, esferas de llamas que giraban y corveteaban dejando un rastro de chispas, volaban hacia al campamento y explotaban justo encima de él hasta que el cielo estuvo al rojo vivo.

Sordo y casi cegado, Everard se las arregló para proyectar una lámina de ionización fluorescente. Como la aurora boreal, las grandes bandas se retorcieron, de rojo sangre y blanco óseo, siseando bajo el repetido estampido de los truenos. Sandoval se adelantó. Se había quitado los pantalones y untado el cuerpo con arcilla formando dibujos arcaicos; al final no se había cubierto la cara, sino que se la había embarrado y la retorcía en una mueca que lo hacía irreconocible incluso para Everard. La máquina escaneó y alteró su imagen. Lo que se situó frente a la aurora era más alto que una montaña. Se movió en una danza cambiante, de horizonte a horizonte y de vuelta al cielo, y gimió y ladró en un falsete más intenso que el trueno.

Everard estaba acurrucado bajo las luces brillantes, con los dedos rígidos sobre los controles. Experimentaba un terror primitivo propio; la danza despertaba en él sentimientos que había olvidado.

¡Maldición! Si esto no los hace retroceder…

Recuperó la serenidad. Incluso miró el reloj. Llevaban media hora… que pasaran otros quince minutos antes de que acabara el espectáculo… Estaba claro que se quedarían en el campamento hasta el amanecer en lugar de salir a ciegas; tenían la suficiente disciplina. Así que lo mantendrían todo tranquilo durante varias horas más, y luego administrarían el último golpe a sus nervios con un único rayo que destrozaría un árbol que tenían justo al lado… Everard le hizo una señal a Sandoval para que volviese. El indio se sentó, jadeando más de lo que parecía razonable.

Cuando el ruido se hubo apagado, Everard dijo:

—Buen espectáculo, Jack. —Su propia voz le sonó diminuta y extraña.

—No había hecho nada así desde hacía años —murmuró Sandoval. Encendió una cerilla, que produjo un ruido inesperado en el silencio. La breve llama mostró sus labios convertidos en líneas. Luego agitó la cerilla y sólo quedó encendida la punta del cigarrillo.

»Ninguno de mis conocidos en la reserva se tomaba estas cosas en serio —dijo al cabo de un momento—. Algunos de los ancianos querían que los jóvenes aprendiésemos para mantener viva la tradición, para recordarnos que todavía éramos un pueblo. Pero, en general, nuestra intención era ganar unas monedas bailando para los turistas.

Hizo una pausa mayor. Everard apagó por completo el proyector. En la oscuridad subsiguiente, el cigarrillo de Sandoval creció y se redujo, una pequeña Algol roja.

—¡Turistas! —dijo al fin.

Después de unos minutos más:

—Esta noche he bailado con un propósito. Significaba algo. Nunca me había sentido así.

Everard guardó silencio. Hasta que uno de los caballos, que se habían puesto nerviosos durante el espectáculo, relinchó.

Everard levantó la vista. Sólo veía oscuridad.

—¿Has oído algo, Jack?

El rayo de la linterna le dio de lleno.

Por un instante lo miró cegado. Luego se puso en pie de un salto, maldiciendo y buscando el aturdidor. De detrás de uno de los árboles salió corriendo una sombra. Le golpeó en las costillas. Cayó hacia atrás. La pistola de rayos fue a parar a su mano. Disparó a ciegas.

La linterna barrió la escena una vez más. Everard vio a Sandoval. El navajo no llevaba armas. Desarmado, esquivó una hoja mongol. El espadachín corrió tras él. Sandoval recurrió al judo de la Patrulla. Se apoyó sobre una rodilla. De pie, el mongol atacó, falló y corrió directamente hacia el bloqueo de los hombros. Sandoval se puso en pie con el impacto. Con la mano golpeó la barbilla del mongol. La cabeza fue hacia atrás. Sandoval golpeó con la mano en la nuez de Adán, arrancó la espada de manos de su propietario y se dio la vuelta para detener un golpe.

Un voz gritaba por encima de los quejidos del mongol, dando órdenes. Everard se apartó. Había derribado a un atacante de un disparo. Debía de haber otros entre él y el escúter. Se dio la vuelta para enfrentarse a ellos. Un lazo le pasó alrededor de los hombros. Una mano experta lo apretó. Cayó. Cuatro hombres se arrojaron encima de él. Vio media docenas de astas de lanza golpear la cabeza de Sandoval; no había tiempo para otra cosa que no fuese luchar. Dos veces se puso en pie, pero había perdido el arma, y la pistola se le había caído de la cartuchera; los hombrecillos eran también muy buenos en el estilo de lucha yawara. Consiguieron reducirlo y le golpearon con puños, botas y astas. No llegó a perder la conciencia del todo, pero al fin dejó de preocuparse.


6

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Toktai llegó al campamento antes del amanecer. Los primeros rayos del sol le mostraron a sus tropas moviéndose entre cadáveres esparcidos por un amplio valle. La tierra estaba haciéndose cada vez más llana y árida, las montañas, a la derecha, eran cada vez más lejanas y los escasos picos visibles fantasmales sobre el cielo pálido.

Los pequeños y duros caballos mongoles trotaban al frente; golpeteo de cascos, chirriar de arreos. Mirando hacia atrás, Everard vio la fila como una masa compacta; las lanzas subían y bajaban, debajo de ellas se agitaban estandartes, plumas y capas, y aún por debajo estaban los cascos sobre caras oscuras de ojos rasgados y unos petos grotescamente pintados, visibles aquí y allá. Nadie hablaba, y no podía leer los rostros.

Sentía la mente embotada. Le habían dejado las manos libres, pero le habían atado los talones a los estribos y las cuerdas le cortaban. También le habían desnudado —una precaución razonable, ¿quién sabe que instrumentos podía ocultar entre la ropa?— y el traje mongol que le habían dado a cambio de su ropa era ridículamente pequeño. Tuvieron que abrir las costuras para ponerle la túnica.

El proyector y el escúter se encontraban en la colina. Toktai no iba a arriesgarse con esos instrumentos de poder. Tuvo que gritar a varios de sus aterrados guerreros antes de que aceptasen traer los extraños caballos, con sillas y equipo, sin jinete, entre las yeguas.

Se oyeron unos cascos rápidos. Uno de los arqueros que rodeaban a Everard gruñó y apartó un poco el caballo. Li Tai-Tsun se acercó.

El patrullero le dirigió una mirada apagada.

—¿Bien? —dijo.

—Me temo que vuestro amigo no volverá a despertar —contestó el chino—. Le he puesto un poco más cómodo.

Pero está tendido atado sobre una litera improvisada entre dos caballos, inconsciente… Sí, una conmoción, cuando le golpearon la pasada noche. Un hospital de la Patrulla podría curarlo con rapidez. Pero la base de la Patrulla más cercana está en Cambaluc y no me imagino a Toktai dejándome volver al escúter para usar la radio. John Sandoval va a morir aquí, seiscientos cincuenta años antes de su nacimiento.

Everard miró los fríos ojos marrones, interesados, no del todo compasivos, pero extraños para él. Sabía que no tenía sentido; los argumentos que eran lógicos en su propia cultura de nada servían hoy; pero había que intentarlo.

—¿Al menos no podéis hacerle comprender a Toktai la ruina que va a traer sobre sí mismo y toda su gente por esto?

Li se acarició la doble barba.

—Es evidente, señor, que vuestra nación conoce artes que nos son desconocidas —dijo—. Pero ¿qué importa? Los bárbaros… —le dedicó al guardia mongol de Everard una breve mirada, pero evidentemente éste no entendía el chino sung que empleaba— conquistaron muchos reinos superiores a ellos en todo menos en habilidad guerrera. Ahora sabemos que faltasteis a la verdad cuando hablasteis de un imperio hostil cerca de estas tierras. ¿Por qué iba a intentar vuestro rey asustarnos con falsedades si no nos temiese?

Everard habló con cuidado:

—A nuestro glorioso emperador no le gusta derramar sangre. Pero si se ve obligado, os destruirá…

—Por favor. —Li parecía dolido. Agitó una mano fina, como si alejara un insecto—. Decidle a Toktai lo que queráis y no interferiré. No me entristecería volver a casa; vine sólo por orden imperial. Pero nosotros dos, hablando en confianza, será mejor que no insultemos nuestras respectivas inteligencias. ¿No entendéis, eminente señor, que no hay daño posible con el que podáis amenazar a estos hombres? Desprecian la muerte; incluso la tortura más lenta acabará matándolos; incluso la más deshonrosa mutilación nada es para un hombre dispuesto a morderse la lengua y morir. Toktai considera una vergüenza eterna regresar en este momento y ve una buena oportunidad de gloria eterna e incontables riquezas si continúa.

Everard suspiró. Su propia humillante captura había sido el punto de inflexión. Los mongoles casi se habían rendido ante el espectáculo de truenos. Muchos se habían arrastrado y gemido (y a partir de ahora serían más agresivos para borrar el recuerdo). Toktai cargó contra la fuente de su miedo tan lleno de horror como de desafío; unos pocos hombres y caballos habían podido llegar. Li era en parte responsable de ello: estudioso, escéptico, familiarizado con los engaños y los espectáculos pirotécnicos, el chino había animado a Toktai a atacar antes de que uno de los truenos cayese demasiado cerca.

Lo cierto es, hijo, que nos equivocamos con esta gente. Deberíamos haber traído a un Especialista que tuviese una comprensión intuitiva de los matices de esta cultura. Pero no, dimos por supuesto que unos cuantos datos serían suficientes. ¿Ahora qué? Una expedición de ayuda de la Patrulla podría presentarse pasado un tiempo, pero Jack estará muerto dentro de un día o dos… —Everard miró la cara pétrea del guerrero que tenía a su izquierda—. Muy probablemente yo también lo estaré. Todavía siguen nerviosos. Probablemente se desharán pronto de mí.

E incluso en el caso (¡muy improbable!) de sobrevivir para ser res catado de aquel embrollo por otro equipo de la Patrulla… sería difícil enfrentarse a sus compañeros. Se suponía que un agente No asignado, con todos los privilegios especiales de su rango, debía manejar las situaciones sin ayuda. Sin llevar a la muerte a hombres valiosos.

—Así que os aconsejo con toda sinceridad que no intentéis más engaños.

—¿Qué? —Everard se volvió hacia Li.

—¿No comprendéis —dijo el chino— que los guías nativos han huido? ¿Que ahora vais a ocupar su lugar? Esperamos encontrarnos pronto con otras tribus, establecer comunicación…

Everard bajó la cabeza, que le palpitaba. La luz del sol le atravesaba los ojos. No estaba asombrado por el rápido progreso de los mongoles en variedades lingüísticas distintas. Si no eras demasiado quisquilloso con la gramática, bastaban unas horas para aprender un número limitado de palabras y gestos básicos; después podías pasar días o semanas aprendiendo a hablar con la escolta contratada.

—… y volver a obtener guías zona a zona, como hicimos antes —siguió diciendo Li—. Cualquier indicación falsa quedaría pronto en evidencia. Toktai la castigaría de forma muy poco civilizada. Por otra parte, un servicio leal tendría su recompensa. Podréis esperar ascender a lo alto de la corte provincial tras la conquista.


Everard no se movió. El alarde inintencionado fue como una explosión en su cabeza.

Había dado por supuesto que la Patrulla enviaría otro equipo. Evidentemente, algo iba a evitar que Toktai regresase. Pero ¿era eso tan evidente? ¿Por qué habría sido ordenada la interferencia si no hubiese —de alguna forma paradójica que la lógica del siglo XX no podía expresar—una incertidumbre, un debilidad del continuo en ese punto ?

¡Maldición! ¡Quizá la expedición mongol iba a tener éxito! Quizá todo el futuro del kanato americano que Sandoval no se atrevió del todo a soñar… era el futuro real.

Había caprichos y discontinuidades en el espacio-tiempo. Las líneas del mundo podían plegarse y morderse a sí mismas, de forma que las cosas y los acontecimientos pareciesen no tener causa, como una ondulación sin sentido pronto perdida y olvidada. Como un Manse Everard, varado en el pasado con un John Sandoval muerto, venido de un futuro que nunca existió como agente de una Patrulla del Tiempo que nunca fue.


7

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A la puesta de sol, el ritmo despiadado había llevado a la expedición hasta una zona de artemisa y árbol de la grasa. Las colinas eran altas y marrones; los cascos levantaban polvo; los arbustos, de un verde plateado, eran escasos y endulzaban el aire cuando los rozaban, pero poco más.

Everard ayudó a colocar a Sandoval en el suelo. Los ojos del navajo estaban cerrados, su rostro hundido y caliente. En ocasiones se agitaba y murmuraba un poco. Everard le echó agua sobre los labios agrietados escurriendo un trapo empapado, pero no podía hacer nada más.

Los mongoles levantaron el campamento con mayor alegría que antes. Habían derrotado a dos poderosos hechiceros y no habían sufrido más ataques. Poco a poco, iban comprendiendo lo que eso implicaba. Se dedicaron a sus labores hablando unos con otros y, después de una comida frugal, sacaron los pellejos de kumiss.

Everard permaneció con Sandoval cerca del centro del campamento. Dos guardias lo vigilaban. Estaban sentados con los arcos listos a escasos metros, pero no hablaban. De vez en cuando uno de ellos se levantaba para mantener el pequeño fuego. Con el tiempo también se hizo el silencio entre sus compañeros. Incluso aquella correosa hueste se cansaba; los hombres se fueron a dormir, los miembros del puesto avanzado movían los ojos somnolientos, otros fuegos ardieron hasta consumirse mientras las estrellas titilaban en el cielo, un coyote aulló a kilómetros de distancia. Everard protegió a Sandoval contra el frío; las llamas del fuego revelaban escarcha sobre las hojas de artemisa. Se arrebujó en la capa y deseó que al menos sus captores le permitiesen tener la pipa.


Unos pies pisaron la tierra seca. Los guardias de Everard cogieron flechas para los arcos. Toktai entró en la luz, con las cabeza desnuda sobre un manto. Los guardias se inclinaron y retrocedieron hacia las sombras.

Toktai se detuvo. Everard levantó la vista y la volvió a bajar. El Noyon miró a Sandoval un buen rato. Al final, casi con amabilidad, dijo:

—No creo que tu amigo viva hasta la próxima puesta de sol.

Everard soltó un gruñido.

—¿Tienes alguna medicina que pueda ayudarle? —preguntó Toktai—. Hay algunas cosas raras en tus alforjas. —Tengo un remedio contra la infección y otro contra el dolor —dijo Everard mecánicamente—. Pero para un cráneo roto, hay que llevarlo a un médico hábil.

Toktai se sentó y tendió las manos hacia el fuego.

—Lamento no llevar ningún cirujano.

—Podrías dejarnos ir —dijo Everard sin esperanza—. Mi carruaje, el del anterior campamento, podría conseguirle ayuda.

—¡Sabes que no puedo hacer eso! —Rió Toktai. Su pena por el moribundo se apagó—. Después de todo, Eburar, tú empezaste este asunto.

Como era cierto, el patrullero no contestó.

—No te lo echo en cara —añadió Toktai—. De hecho, sigo deseando que seamos amigos. Si no lo quisiera, me detendría durante unos días y te lo sacaría todo por la fuerza.

Everard despertó.

—¡Podrías intentarlo!

—Y creo que tendría éxito, con un hombre que debe llevar medicinas contra el dolor. —La sonrisa de Toktai era lobuna—. Sin embargo, podrías ser útil como rehén. Y aprecio tu valor. Incluso te contaré una idea que se me ha ocurrido. Creo que quizá no pertenezcas a esa rica tierra del sur. Creo que eres un aventurero, miembro de una pequeña banda de brujos. Tienes al rey del sur en tu poder, o esperas tenerlo, y no quieres interferencias. —Toktai escupió al fuego—. Hay viejas historias sobre esas cosas. Al final, un héroe derrota al hechicero. ¿Por qué no yo?

Everard suspiró.

—Descubrirás por qué no, Noyon. —se preguntó si tenía demasiada razón.

—Oh, vamos. —Toktai le dio una palmada en la espalda—. ¿No puedes decirme ni un poquito? No hay odio de sangre entre nosotros. Seamos amigos.

Everard señaló con un pulgar a Sandoval.

—Es un pena —dijo Toktai—, pero seguía resistiéndose a un oficial del Ka Kan. Venga, bebamos juntos, Eburar. Haré que un hombre traiga el pellejo.

El patrullero hizo una mueca.

—¡Ésa no es forma de amansarme!

—Oh, ¿a tu gente no le gusta el kumiss. Me temo que es todo lo que tenemos. Nos bebimos todo el vino hace tiempo.

—Podrías dejarme mi whisky. —Everard volvió a mirar a Sandoval, la noche, y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo—. ¡Dios, me vendría bien!

—¿Eh?

—Una bebida nuestra. Tengo un poco en las alforjas.

—Bien… —Toktai vaciló—. Muy bien. Ven y la tomaremos.

Los guardias siguieron al jefe y al prisionero, por entre los matorrales y los guerreros dormidos, hasta una pila de materiales diversos también protegida por guardias. Uno de estos últimos encendió una llama para dar luz a Everard. Los músculos de la espalda del patrullero se pusieron tensos —había flechas apuntándole, tensadas hasta la pluma— pero se agachó y repasó sus cosas, con cuidado de no moverse demasiado deprisa. Cuando tuvo las dos cantimploras de whisky, volvió a su sitio.

Toktai se sentó al otro lado del fuego. Observó cómo Everard se servía un trago en la tapa de la cantimplora y se lo bebía.

—Huele raro —dijo.

—Pruébalo. —El patrullero le pasó la cantimplora.

Fue un impulso de absoluta soledad. Toktai no era tan mal tipo. No según sus propios términos. Y cuando estás sentado al lado de tu compañero moribundo, beberías con el mismísimo diablo, sólo para evitar tener que pensar. El mongol olisqueó dubitativo, miró a Everard, hizo una pausa y luego se llevó la cantimplora a los labios con un gesto de arrojo.

—¡Uuuuuuuuuu!

Everard se movió para atrapar la cantimplora antes de que se perdiese mucho líquido. Toktai boqueaba y escupía. Un guardia tensó una flecha, el otro saltó para colocar una mano sobre el hombro de Everard. La espada en alto, brillaba.

—¡No es veneno! —exclamó el patrullero—. Sólo es demasiado fuerte para él. Mirad, yo beberé un poco más.

Toktai hizo retroceder a los guardias con un gesto y miró con ojos acuosos.

—¿Con qué fabricáis eso? —logró decir, tosiendo—. ¿Con sangre de dragón?

—Cebada. —Everard no se sentía con ganas de explicar el proceso de destilación. Se sirvió otro trago—. Adelante, bebe tu leche de yegua.

Toktai chasqueó los labios.

—Te calienta, ¿no? Como la pimienta. —Alargó una mano mugrienta—. Dame un poco más. Everard se quedó quieto unos segundos.

—¿Bien? —gruñó Toktai.

El patrullero negó con la cabeza.

—Ya te lo he dicho, es demasiado fuerte para los mongoles.

—¿Qué? Tú, hijo de un turco con cara de leche…

—Entonces es cosa tuya. Te lo advierto, pongo a tus hombres por testigos de que mañana estarás enfermo.

Toktai bebió un buen trago, eructó y le devolvió la cantimplora.

—Tonterías. Simplemente la primera vez no estaba preparado. ¡Bebe!

Everard se tomó su tiempo. Toktai se impacientó.

—Date prisa. No, dame la otra.

—Muy bien. Eres el jefe. Pero te lo ruego, no intentes igualarme trago a trago. No puedes.

—¿Qué quieres decir con que no puedo? Vaya, en Karakorum emborraché a veinte hombres hasta dejarlos inconscientes. Y no eran chinos sin entrañas: todos mongoles. —Toktai bebió un trago más.

Everard sorbió con cuidado. Pero de todas formas apenas notaba otro efecto que un ardor en el gaznate. Estaba demasiado tenso. De pronto entrevió lo que podía ser una salida.

—Venga, la noche es fría —dijo, y le ofreció la cantimplora al guardia más cercano—. Tomad un poco para manteneros calientes.

Toktai levantó la vista, algo atontado.

—Buena bebida —fue su objeción—. Demasiado buena para… —Se controló y cortó las palabras. El Imperio mongol podía ser cruel y absolutista, pero los oficiales compartían en igualdad con sus hombres.

El guerrero agarró el recipiente, dedicándole a su jefe una mirada de resentimiento, y lo inclinó sobre la boca.

—Calma —dijo Everard—. Es fuerte.

—Nada es fuerte para mí. —Toktai se metió una dosis más—. Sobrio como un bonzo. —Agitó el dedo—. Ése es el problema de ser un mongol. Eres tan duro que no puedes emborracharte.

—¿Te quejas o presumes? —preguntó Everard. El primer guerrero chasqueó la lengua, recuperó la postura de alerta y le pasó la botella a su compañero. Toktai volvió a beber de la otra cantimplora.

—¡Ahhh! —Miró como un búho—. Eso ha estado bien. Bueno, será mejor que ahora me vaya a dormir. Hombres, devolvedle su licor.

A Everard se le agarrotó la garganta. Pero se las arregló para decir: —Sí, gracias, me apetece un poco más. Me alegra que hayas comprendido que no puedes soportarlo.

—¿A qué te refieres? —Toktai lo miró con furia—. Nunca es demasiado. ¡No para un mongol! —Volvió a beber. El primer guardián recibió la otra cantimplora y dio un trago rápido antes de que fuese demasiado tarde.

Everard respiró profundamente. Podría salir bien después de todo. Podría.

Toktai estaba acostumbrado a correrse juergas. No hay duda de que él o sus hombres podían aguantar kumiss, vino, cerveza, hidromiel, kvass, esa cerveza suave mal llamada vino de arroz, cualquier bebida de su época. Sabrían cuándo habían tomado demasiado, dirían buenas noches y se irían en fila india al dormitorio. El problema era que ninguna sustancia simplemente fermentada superaba los veinticuatro grados —los productos de desecho detenían el proceso— y la mayor parte de lo que se fermentaba en el siglo XIII estaba muy por debajo del cinco por ciento de alcohol, y además iba acompañado de un buen montón de material nutriente.

El whisky escocés era algo muy diferente. Si intentabas beberlo como si fuera cerveza, o incluso vino, tenías problemas. Perdías el juicio antes de notar su ausencia, y la conciencia le seguía poco después.

Everard alargó la mano hacia la cantimplora, en posesión de uno de los guardias.

—¡Dámela! —exigió—. ¡Vas a bebértelo todo!

El guerrero sonrió y tomó otro trago largo antes de pasársela a su compañero. Everard se puso en pie y fingió intentar cogerla. Un guardia le golpeó en el estómago. Cayó de espaldas. Los mongoles rieron, apoyándose el uno en el otro. Un chiste tan bueno exigía otro trago.

Cuando Toktai cayó, sólo Everard se dio cuenta. El Noyon pasó de estar con las piernas cruzadas a posición tendida. El fuego alumbraba lo suficiente para que se viera la tonta sonrisa de su cara. Everard se quedó sentado completamente tenso.

El final de uno de los guardias vino pocos minutos después. Se tambaleó, se puso a cuatro patas y empezó a vomitar la cena. El otro se volvió, parpadeando, buscando la espada.

—¿Qué passa?—gruñó—. ¿Qué has hecho? ¿Veneno?

Everard entró en acción.

Había saltado por encima del fuego y caído sobre Toktai antes de que el último guardia comprendiese lo que pasaba. El mongol avanzó, gritando. Everard encontró la espada de Toktai. Salió reluciendo de la vaina mientras se ponía en pie. El guerrero blandía su propia hoja. A Everard no le gustaba la idea de matar a un hombre casi indefenso. Se acercó, apañó el arma de un movimiento y le golpeó con el puño. El mongol cayó de rodillas, tuvo náuseas y se quedó dormido.

Everard se alejó. Los hombres se movían en la oscuridad, gritando. Oyó el golpe de los cascos cuando uno de los guardias montados acudió a investigar. Alguien cogió una tea de un fuego casi extinguido y la agitó hasta que se encendió. Everard se echó al suelo.

Un guerrero pasó a su lado, sin verlo, entre los arbustos. Everard se deslizó hacia una zona aún más oscura.

Un grito detrás y una ristra de maldiciones le indicaron que alguien había encontrado al Noyon.

Everard se puso en pie y comenzó a correr.

A los caballos les habían puesto maniotas y los habían dejado sueltos, sin vigilancia, como era habitual. Formaban una masa oscura sobre la pradera de un gris blanquecino bajo el cielo lleno de estrellas relucientes. Everard vio que uno de los vigilantes mongoles galopaba hacia él. Una voz preguntó:

—¿Qué sucede?

Respondió con voz aguda:

—¡Ataque al campamento! —Sólo era para ganar tiempo, para evitar que el jinete le reconociese y disparase una flecha. Se agachó, dejándose ver sólo como una forma baja y cubierta. El mongol se detuvo entre una nube de polvo. Everard saltó.

Agarró las riendas del pony antes de ser reconocido. Luego el guardián gritó y desenvainó una espada. Atacó hacia abajo. Pero Everard estaba en el lado izquierdo. El golpe desde arriba fue torpe, fácil de evitar. Everard atacó a su vez y sintió la hoja penetrar en la carne. El caballo se encabritó alarmado. El jinete cayó de la silla. Se giró y atacó una vez más, aullando. Everard ya tenía un pie en el estribo. El mongol se digirió hacia él, con la sangre manando, más oscura que la noche, de una pierna herida. Everard montó y golpeó la grupa del caballo con la espada.

Se dirigió hacia la manada. Otro jinete intentó interceptarlo. Everard se agachó. Una flecha pasó por donde había estado. El pony robado cabeceó, luchando contra el peso desconocido. Everard necesitaba un minuto para controlarlo. El arquero podría haberle alcanzado entonces, acercándose y luchando cuerpo a cuerpo. Pero el hábito le en vio al galope, disparando. En la oscuridad falló. Antes de que pudiera volver, Everard se había internado en la noche.

El patrullero cogió un lazo de la silla y penetró en la asustadiza manada. Atrapó al animal más cercano, que lo aceptó con bendita sumisión. Inclinándose, cortó las maniotas con la espada y se alejó con la montura de refresco. Salió al otro lado de la manada y se dirigió al norte.

Una persecución en serio es una larga persecución —se dijo Everard sin necesidad—. Pero me acabarán atrapando si no los pierdo. Veamos, si recuerdo el terreno, el campo de lava está al noreste de aquí.

Dio un vistazo atrás. Nadie lo seguía todavía. Necesitaban un rato para organizarse. Sin embargo…

Rayos delgados saltaron desde arriba. El aire hendido resonó tras ellos. Sintió un escalofrío, más profundo que el frío de la noche. Pero redujo el ritmo. Ya no había razón para apresurarse. Ése debía de ser Manse Everard…

… que había llegado al vehículo de la Patrulla y había volado con él al sur en el espacio y hacia atrás en el tiempo, a ese mismo instante.

Eso es ir justo —pensó. La doctrina de la Patrulla veía con malos ojos ayudarse de esa forma a uno mismo. Había demasiado peligro de producir un bucle causal cerrado o de entremezclar el pasado y el futuro—. Pero en este caso, me saldré con la mía. Ni siquiera me reprenderán. Porque es para salvar a John Sandoval y no a mí mismo. Yo ya me he liberado. Podría evitar la persecución en las montañas, que yo conozco y los mongoles no. El salto en el tiempo es solo para salvar la vida de mi amigo.

Además —con creciente amargura—, ¿qué ha sido toda esta misión sino el futuro regresando para crear su propio pasado? Sin nosotros, los mongoles podrían haber conquistado América, y entonces ninguno de nosotros habría existido.

El cielo era enorme, de un negro cristalino; raramente se veían tantas estrellas. La Osa Mayor resplandecía sobre la tierra blanca; el sonido de los cascos rompía el silencio. Everard nunca se había sentido tan solo.

—¿Y qué hago aquí? —preguntó en voz alta.

La respuesta le llegó, y se tranquilizó un poco, se ajustó al ritmo de lo caballos y empezó a devorar kilómetros. Quería terminar aquello. Pero lo que debía hacer resultó menos terrible de lo que había temido.

Toktai y Li Tai-Tsung nunca regresaron a casa. Pero no fue porque perecieran en el mar o en los bosques. Fue porque un hechicero llegó del cielo y mató con truenos a sus caballos, y destrozó y quemó las naves en la boca del río. Ningún marinero chino se aventuraría en aquellas aguas traicioneras con el barco tosco que pudiesen construir allí; ningún mongol creería posible regresar a casa a pie. Es más, probablemente era imposible. La expedición permanecería allí, sus miembros se emparentarían con los indios, vivirían sus vidas. Chinook, tlingit, nootka, todas las tribus potlatch, con sus grandes canoas marineras, sus casitas, los trabajos en cobre, las pieles, la ropa y su altanería… bien, un Noyon mongol, incluso un estudioso confuciano, podía tener una vida menos feliz y útil que la de crear un modo de existencia para una raza así.

Everard asintió para sí. Eso ya estaba. Más difícil que aceptar el fin de las ambiciones sangrientas de Toktai era aceptar la verdad sobre la Patrulla, a la que consideraba su familia, su nación y su razón de vivir. Los distantes superhombres habían resultado no ser tan idealistas después de todo. No se limitaban a proteger una historia, quizá decretada divinamente, que conducía hasta ellos. Aquí y allá, también intervenían para crear su propio pasado… No preguntes si alguna vez hubo un «esquema» original de las cosas. Mantén cerrada la mente. Mira el sendero terrible que la humanidad tenía que recorrer y convéncete de que si en algunos momentos podía ser mejor, en otros podía ser peor.

—Es posible que la partida esté amañada —dijo Everard—, pero es la única de esta ciudad.

Su voz sonó tan fuerte en aquella extensa tierra blanca, que no volvió a decir nada más. Hizo avanzar más rápido el caballo y se acercó un poco más deprisa al norte.