Poul Anderson

La nave de un millón de años


Presentación

<p>Presentación</p>

Poul Anderson es uno de los nombres clásicos en la ciencia ficción de todos los tiempos. Prueba de ello son los siete premios Hugo que ha recibido y que lo convierten, junto a Harían Ellison, en el autor que más premios Hugo ha obtenido en la historia del género. Se trata de un dato poco difundido en nuestro país, donde no parece haberse valorado adecuadamente la obra de este autor.

Porque lo cierto es que, hasta ahora, Anderson ha tenido mala suerte en España. Muy frecuente en los años cincuenta y sesenta, la publicación de su obra dejó de tener continuidad y, así, los lectores españoles desconocen la mayor parte de la producción más reciente de este autor. Anderson disfrutó de cierta fama en nuestro país gracias a un título emblemático: El fix-up de guardianes del tiempo (1960), narración acerca de las aventuras de la «Patrulla del Tiempo» que protege diversas líneas alternativas del devenir temporal para evitar que surjan paradojas. Un libro clásico del subgénero de las aventuras en el tiempo, temática a la que Anderson ha vuelto recientemente con the year of the ransom (1988) y the shield of time (1990).

Algunas de las novelas más famosas de Anderson siguen todavía inéditas en castellano. Un título muy representativo es tau zero (1971), la historia de una exploración interestelar a velocidades casi lumínicas, y que se detiene en el análisis de la conmoción psíquica que representa la relatividad y las dificultades de convivencia en el espacio físico de la nave. Es tal la fama de esta novela que ha sido en cierta forma homenajeada en Redshift Rendezvous (1990) de John E. Stith; tal vez en la misma línea que adoptó Robert L. Forward al escribir huevo del dragón (1980) tras las huellas de otro clásico como Mission of Gravity (1953) de Hal Clement.

Asimismo, sigue inédita en España, por ahora, la serie de la Liga Polesotécnica, una space opera también famosa y ya clásica. En ella, Anderson elabora una historia futura de la galaxia en torno a dos protagonistas: el comerciante Nicholas van Rijn en el momento álgido de la civilización galáctica y el agente secreto Dominic Flandry durante la decadencia del Imperio, unos trescientos años después.

Afortunadamente, Anderson ha obtenido la mayoría de los premios Hugo y Nébula en la categoría de novela corta y relato. Y, en este ámbito, los lectores españoles sí han podido disfrutar de buenas antologías, como The Best of Poul Anderson (1976) editada en España en dos volúmenes: el pueblo del aire y el último viaje. El cambio de título afectó también a otra antología posterior, Beyond the Beyond (1969) conocida en España precisamente como Lo mejor de poul anderson: Por suerte se mantuvo el título en otra de sus antologías: Los muchos mundos de poul anderson (1974).

Anderson, autor prolífico donde los haya, es también conocido por sus obras de fantasía, como la espada rota (1954) y tres corazones y tres leones (1961), que han merecido ser citadas entre las cien mejores novelas de la moderna fantasía por un crítico tan selecto y elitista como David Príngle. Pero sólo ahora empiezan a editarse en España. En este campo fantástico, la obra más reciente de Anderson es una serie sobre la antigua Roma, the king of ys (iniciada en 1986), escrita en colaboración con su esposa Karen.

Pero lo cierto es que Anderson continúa siendo un autor conocido de modo tan sólo parcial en España, donde los editores no parecen haberle prestado el debido interés en las últimas décadas.

Para ayudar a paliar este desconocimiento, me había propuesto desde hace ya unos años la traducción de tau zero y su publicación en NOVA ciencia ficción. Elevó tiempo encontrar los derechos y un ejemplar en inglés para las labores de traducción (yo la había leído en francés), y el mismo Anderson colaboró enviándolo personalmente. Cuando ya estaba todo prácticamente dispuesto, se publicó en Estados Unidos la nave de un millón DE años (1989), la más ambiciosa novela de Anderson hasta la fecha, en la que aborda con gran maestría el tema de la inmortalidad.

Ante una obra así había que cambiar de planes. Me pareció más adecuado iniciar la aparición de Anderson en NOVA ciencia ficción con esta interesante novela que, tras haber sido finalista de los premios Hugo y Nébula, marca el triunfal retorno de uno de los grandes autores clásicos de la ciencia ficción de todos los tiempos.

En la nave de un millón de años, Anderson, gracias a sus personajes inmortales, recorre toda la historia de la humanidad siguiendo el decurso de las civilizaciones y culturas humanas. Se trata de un repaso completo a la Historia y a un posible futuro entre las estrellas, un estudio detenido y complejo de eso que etiquetamos como «Humanidad». Con toda seguridad es la mejor novela de Anderson y un hito ya imprescindible en el desarrollo de la ciencia ficción contemporánea: una narración sofisticada, precisa en el aspecto histórico, inteligente y emotiva, que ofrece una visión panorámica de la Humanidad, de su historia y de su futuro.

En esta ocasión, cuando podía obtener por primera vez el Hugo de novela, Anderson tuvo la mala suerte de encontrarse ante hyperion, de Dan Simmons, una de esas novelas «redondas» que sólo surgen una vez cada muchos años y de la cual tendré ocasión de hablarles en su momento. la nave de un millón de años no consiguió el Hugo, pero ello no impide que se erija en lo que es: una acertada y ambiciosa especulación acerca del pasado y del futuro de un nuevo «homo inmortalis», y también una cumplida demostración de la habilidad y maestría de su autor.

Maestría que nadie discute. En 1979, la famosa enciclopedia de Peter Nicholls decía de Anderson que se encontraba «en lo mejor de una carrera extraordinaria y provechosa» y le consideraba «una figura en el panteón de los escritores de ciencia ficción norteamericana (como el Asimov de la Edad de Oro o el Frank Herbert de una década posterior)».

Iguales elogios ha merecido este ambicioso retorno de Anderson a la gran novelística de ciencia ficción. No me resisto a transcribir algunos de los muchos comentarios que han saludado la aparición de la nave de un millón de años:


Ambicioso en el objetivo, meticuloso en el detalle, y brillante en el estilo… Altamente recomendable.

Library Journal

Un libro inolvidable que tiene a la Humanidad como personaje central, y una aventura que sigue el curso del tiempo. Léalo, disfrútelo, saboréelo…, puede ser el mejor libro del año, no; de la década.»

Jerry Pournelle

Un penetrante repaso al pasado y al futuro de la Humanidad… Nos hace experimentar las pasiones de esos escasos inmortales y maravillarnos de su destino.

David Brin

Poul Anderson ha creado un trabajo mayestático por su amplitud. […] Una gran profusión de pasajes de gran alcance poético se suceden unos tras otros; los personajes viven y respiran. Considero que este libro es un gran éxito.

Jack Vance

Un gran viaje por la Historia, el pasado, el presente y el futuro…, que incluye suficientes ideas para mantener la carrera de un escritor medio durante una década.

Lois McMaster Bujold

Y no quisiera finalizar esta presentación sin contarles una anécdota que muestra cómo, de forma un tanto lateral, Anderson y su obra pueden influir también en el auge actual y tal vez futuro de la ciencia ficción en España.

Es posible que ya sepan ustedes que, en julio de 1991 (justo cuando este libro debería estar ya publicado), se cierra el plazo de admisión del Primer Premio de Novela Corta de Ciencia Ficción 1991 que promueve la Universidad Politécnica de Catalunya (UPC) en su XX aniversario y que, a su debido tiempo, encontrará también cabida en NOVA ciencia ficción.

No es habitual que una universidad española proponga premiar con un millón de pesetas una novela corta de ciencia ficción y creo que, como impulsor del premio, debo agradecer la involuntaria colaboración de Anderson a su establecimiento definitivo.

Ocurrió que, en enero de 1991, una nutrida delegación de la UPC visitaba la Universidad Politécnica de Virginia (EE. UU.) en uno de los muchos intercambios internacionales de la UPC. Una de las razones de la visita era conocer los detalles del sistema informático de gestión de la biblioteca de la universidad (VTLS), sistema que había sido adquirido por tres de las cuatro universidades públicas catalanas, entre ellas la UPC.

Huelga decir que yo intentaba aprovechar el viaje para convencer a Gabriel Ferrate, rector de la UPC, de la conveniencia de establecer el Premió UPC de Novela Corta de Ciencia Ficción y de que la ciencia ficción tiene cabida en el mundo universitario. Un elemento importante para la nueva consideración que de la ciencia ficción tiene hoy la UPC apareció en la demostración del sistema de búsqueda bibliográfica del VTL5. John Espley, director comercial de VTLS Inc., eligió precisamente demostrarlo con la búsqueda de los títulos de ciencia ficción de Poul Anderson.

Así me enteré de que, en esa biblioteca, había un total de setenta y tres obras de Anderson y, de pasada, el rector y los responsables de la biblioteca de la UPC obtuvieron un inesperado ejemplo de que la ciencia ficción es un género claramente presente en el mundo universitario anglosajón. Por último, gracias a Espley (e, involuntariamente, gracias a Anderson), nació por fin el Premio UPC de Novela Corta de Ciencia Ficción 1991.

Pero del Premio les hablaré con mayor detalle en otra ocasión. De momento disfruten ustedes con el que, posiblemente, sea el mejor de esos setenta y tres títulos de Anderson que John Espley encontró en la biblioteca de la Universidad Politécnica de Virginia. Ojalá pronto podamos decir algo parecido de la biblioteca de una universidad española…


Miquel Barceló


AGRADECIMIENTOS

<p>AGRADECIMIENTOS</p>

El capítulo 3, «El camarada», se publicó en Analog Science Fiction/Science Fact, junio de 1988. © 1988 by Davis Publications, Inc.

El capítulo 5, «Ningún hombre escapa a su destino», es un homenaje al difunto Johannes V. Jensen.

Karen Anderson preparó el epígrafe, modificando ligeramente su traducción a mi requerimiento, y su ayuda como erudita y crítica fue invalorable.

El «CCCP» se debe a George W. Price.

También agradezco la ayuda de John Anderson, Víctor

Fernández-Dávila y David Hartwell.


A G. C. y Carmen Edmondson Salud, amor, dinero y tiempo para gustarlos[1]



Que zarpe en la nave del alba, que atraque en la nave del ocaso, que bogue entre los eternos astros, que viaje en la Nave de un Millón de Años. El Libro de la Navegación Diurna (Texto tebano, circa dinastía 18.a)

I. Thule

1

2

3

4

5

6

7

8

<p>I. Thule</p>
<p>1</p>

—Navegar más allá del mundo…

La voz de Hanno se perdió en un murmullo. Piteas clavó los ojos en él. En la habitación austera y blanqueada donde estaban, el fenicio relucía como un destello de sol. Quizá se debía al brillo de los ojos y los dientes, o a la tez bronceada aún en invierno. Por lo demás, era un hombre común, esbelto y ágil pero de estatura media, con los rasgos aquilinos, el pelo y la pulcra barba negros como ala de cuervo. Vestía una túnica sencilla, sandalias de suela plana, un único anillo de oro.

—No hablarás en serio —espetó el griego.

Hanno despertó de su ensoñación, sacudió el cuerpo, rió.

—Oh, no. Un tropo, desde luego. Aunque convendrá asegurarnos de antemano de que muchos de tus hombres crean que vivimos en una esfera. Ya tendrán demasiados terrores e inquietudes sin temer una caída al abismo. —Pareces un hombre culto —dijo lentamente Piteas.

—¿Por qué no? He viajado, pero también he estudiado. Y tú amigo, un hombre sabio, un filósofo, propones un viaje a lo desconocido. Por lo visto, tienes esperanzas de regresar. —Cogió una copa de la mesilla que había entre ambos y bebió un sorbo del vino templado que había traído un esclavo.

Piteas se movió inquieto en el taburete. El brasero de carbón caldeaba la habitación. Los pulmones de Piteas anhelaban aire fresco.

—No tan desconocido —aseguró—. Tu gente llega hasta esa distancia. Lykias dice que tú afirmas haber estado allí.

—Le dije la verdad —respondió Hanno con voz seria—. He viajado hacia allá más de una vez, por tierra y por mar. Pero hay muchos lugares agrestes, y muchas cosas están cambiando hoy en día, de modo, imprevisible, aunque habitualmente violento. A los cartagineses sólo les interesa el estaño y dan poca importancia a lo demás. Sólo llegan al extremo sur de las islas Británicas. El resto escapa a su conocimiento, y al de todo hombre civilizado.

No obstante, deseas acompañarme.

Hanno estudió a su anfitrión antes de responder. Piteas también vestía con gran sencillez. Era alto para ser griego, flaco, de ojos grises, con rasgos marcados bajo la frente amplia. La cara bien rasurada mostraba arrugas profundas, y el pelo castaño y rizado estaba salpicado de canas en las sienes. Ambos se miraron con la intensidad que denotaba fervor, inocencia o tal vez ambas cosas.

—Creo que sí —admitió Hanno con cautela—. Tendremos que hablar más. Sin embargo, a mi manera, como tú a la tuya, deseo aprender todo lo posible acerca de esta tierra y su gente mientras estoy en ella. Cuando tu servidor Lykias recorrió la ciudad buscando posibles asesores, y me enteré, fui a verlo con agrado. —Sonrió de nuevo—. Además, necesito empleo. Esto arrojará buenas ganancias.

—No vamos como mercaderes —explicó Piteas—. Llevaremos mercancías, pero para cambiarlas por lo que necesitemos, no para enriquecernos. No obstante, se nos promete una paga excelente a nuestro regreso.

—¿Acaso la ciudad patrocina la empresa?

—Correcto. Un consorcio de mercaderes. Quieren saber qué posibilidades y riesgos entraña una ruta marítima hacia el septentrión, ahora que los galos vuelven peligrosa la ruta terrestre. No se trata sólo de estaño, ¿entiendes? Tal vez el estaño sea lo menos importante. Ámbar, pieles, esclavos, todo lo que esas comarcas ofrezcan.

—Los galos, vaya. —No era necesario añadir nada más. Habían bajado por las montañas para adueñarse del norte de Italia; muchísimo tiempo atrás resonaron los carros de guerra, destellaron las espadas, ardieron las casas, lobos y cuervos se dieron un festín por toda Europa. Hanno añadió—: Los conozco un poco. Eso sería una ayuda. Pero te recuerdo que esa ruta es mala. Además de ellos, están los cartagineses.

—Lo sé.

Hanno ladeó la cabeza.

—No obstante, organizas esta expedición.

—Para buscar el conocimiento —respondió Piteas en voz baja—. Por fortuna, dos de los patrocinadores son… más inteligentes que la mayoría. Valoran el entendimiento por sí mismo.

—El conocimiento suele rendir frutos inesperados. —Hanno sonrió—. Perdóname. Soy un tosco fenicio. Tú eres hombre de importancia pública. He oído que has heredado dinero, pero que ante todo eres filósofo. Necesitas un navegante en el mar, un guía e intérprete en la costa. Creo que soy la persona indicada.

—¿Qué estás haciendo en Massalia? —preguntó Piteas con voz cortante—. ¿Por qué estás dispuesto a colaborar en algo que no favorece a Cartago?

Hanno se puso serio.

—No soy un traidor, pues no soy cartaginés. Claro que he vivido en Cartago, entre muchos otros lugares. Pero no me entusiasma. Son demasiado puritanos, muy poco influidos por las gracias de Grecia o Persia. Y sus sacrificios humanos… —Se encogió de hombros con una mueca—. Es necio juzgar los actos de la gente. De cualquier modo, insistirán en cometerlos. En cuanto a mí, soy de la Antigua Fenicia, del Oriente. Alejandro destruyó Tiro, y a su muerte las guerras civiles arruinaron esa parte del mundo. Yo busco mi fortuna donde puedo. Soy trotamundos por naturaleza.

—Tendré que conocerte mejor —dijo Piteas, con tono más franco del habitual. ¿Ya se sentía cómodo con ese forastero?

—Por cierto —añadió Hanno, de nuevo jovial—. He pensado cómo demostrarte mis habilidades. En poco tiempo. Comprenderás que es preciso embarcarse pronto, ¿verdad? Preferiblemente al comienzo de la temporada de navegación.

—¿Por los cartagineses?

Hanno asintió con la cabeza.

—Esa nueva guerra en Sicilia los mantendrá ocupados un tiempo. Agátocles de Siracusa es un enemigo más difícil de lo que creen los sufetas cartagineses. No me extrañaría que llevara la lucha a las costas de Cartago.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Piteas, sorprendido.

—He aprendido a prestar atención, y he estado allí hace poco. También en Cartago. Tú sabes que Cartago desalienta todo tráfico extranjero más allí de las Columnas de Heracles, a menudo con métodos que llamaríamos piratería si los emplearan sectores privados. Bien, los sufetas hablan ahora de un bloqueo. Sospecho que si ganan esta guerra, o si a menos logran un empate, quedarán sin recursos durante un tiempo. Pero al final lo harán. Tu expedición tardará por lo menos un par de años, quizá tres, posiblemente más. Cuanto antes zarpes, antes regresarás, siempre que regreses… y note toparás con una patrulla cartaginesa. Después de semejante odisea, sería una lástima terminar en el fondo del mar o en una subasta.

—Tendremos una escolta de navíos de guerra,

Hanno meneó la cabeza.

—Oh, no. Todo buque inferior a una quinquerreme sería inútil, y ese largo casco no sobreviviría en el Atlántico Norte. Amigo, no has visto olas ni tormentas si no has estado allí. Además, ¿cómo llevarás alimentos y agua para tantos remeros? Son voraces como el fuego, y reaprovisionarse no será fácil. Mi tocayo pudo explorar las costas africanas en galeras, pero él se dirigía al sur. Necesitarás buen velamen. Déjame aconsejarte qué naves comprar.

—Alardeas de muchas habilidades —masculló Piteas.

—Bueno, he asistido a muchas escuelas —replicó Hanno.

Hablaron una hora más, y acordaron reunirse de nuevo al día siguiente. Piteas acompañó afuera a su visitante. Se detuvieron un instante en la puerta.

La casa se erguía en un risco sobre la bahía. Al este, allende las murallas de la ciudad, las colinas relucían en el poniente. Las calles de la antigua colonia griega eran ríos de sombra. Voces, pisadas y ruedas enmudecían en el aire quieto y cortante. Sobre las aguas del oeste el sol trazaba un puente contra el cual se perfilaban los mástiles del puerto. Las gaviotas que revoloteaban en el cielo azul recibían el fulgor dorado en las alas.

—Una vista encantadora —murmuró Piteas—. Esta costa ha de ser la más bella del mundo.

Hanno entreabrió los labios como para hablar de otras costas que conocía, pero en cambio dijo:

—Entonces tratemos de que regreses aquí. No será fácil.

<p>2</p>

Tres buques navegaban bajo el claro de luna. Sus capitanes no se atrevían a recalar en Gadeira ni en Tartesos —territorio cartaginés— y de noche se mantenían en alta mar. Los tripulantes murmuraban; pero la navegación nocturna en rutas conocidas no era algo inaudito, y estar en el mismo océano era de una extrañeza que superaba todo lo demás.

Las naves eran similares, de modo que pudieran viajar en convoy. Eran buques mercantes, aunque su cargamento principal eran hombres bien armados y sus provisiones. De manga más angosta que lo habitual, el casco negro se extendía unos treinta metros desde la alta popa, donde estaban los remos gemelos para timonear y se erguía una cabeza de cisne, hasta el tajamar de la proa. En el medio un mástil portaba una gran vela cuadrada y una gavia triangular. A proa había una pequeña camareta, y a popa dos botes de remo, para remolcar la nave en caso de necesidad o para salvar vidas en caso de desesperación. Cada nave alcanzaba un ángulo de maniobra de hasta ochenta grados, despacio y con torpeza; existían aparejos más flexibles, pero menos potentes. Esa noche, con brisa favorable, iban a cinco nudos.

Hanno salió. La cabina que compartían los oficiales era sofocante para una persona de sus hábitos. A menudo dormía en cubierta, junto a los tripulantes que no soportaban el encierro ni el tufo de los compartimentos de abajo.

Arropados en mantas, se acostaban en esteras de paja a lo largo de los macarrones. El aire era frío, y Hanno se envolvió en la clámide. El viento soplaba sobre el mugido de las olas, el crujido de las maderas y los avíos. La nave se mecía, haciendo flexionar los músculos en una danza.

Había una figura a estribor, junto al castillo de proa. Hanno reconoció el perfil de Piteas contra el azogado resplandor de la luna y se le acercó.

—¡Bien! ¡Bien! —saludó—. ¿Tampoco puedes dormir?

—Esperaba ver algo —respondió el griego—. Tendremos pocas noches tan claras, ¿verdad?

Hanno miró hacia el mar. El brillo ondeaba, fulguraba, chispeaba en el agua. La espuma titilaba como un fantasma. Hanno apenas veía los fanales coleados de la verga, pero sí el centelleo y el vaivén de los faroles de los otros barcos. En las honduras de esa movediza mezcla de luz y de tinieblas se erguía una masa oscura, Iberia.

—Hasta ahora hemos tenido suerte con el tiempo —dijo Hanno. Señaló el goniómetro que Piteas tenía en la mano—. ¿Esa cosa es útil aquí?

—Sería mucho más precisa en la costa. Si tan sólo pudiéramos… Bien, sin duda encontraremos mejores oportunidades. Las Osas estarán más altas en el cielo.

Hanno miró esas constelaciones. El ascenso de la luna las había opacado.

—¿ Qué tratas de medir? —Quiero localizar el Polo Norte celestial con mayor exactitud de lo que se ha hecho hasta ahora. —Piteas señaló—. ¿Ves que las dos estrellas más brillantes de la Osa Menor y el primer astro de la cola forman tres puntas de un cuadrángulo? El Polo es la cuarta. O eso dicen.

—Lo sé. Yo soy tu navegante.

—Disculpa. Lo olvidé en mi entusiasmo. —Piteas rió entre dientes, luego continuó con avidez—. Si esta norma práctica se puede refinar, sería de gran ayuda para los marinos, y más aún para los geógrafos y cosmógrafos. Ya que los dioses no han querido poner una estrella justo en el polo, o razonablemente cerca, debemos apañarnos como podamos.

—Hubo tales estrellas en el pasado —dijo Hanno—. Volverá a haberlas en el futuro.

—¿Qué? —Piteas lo miró intensamente en ese resplandor fantasmal—. ¿Quieres decir que los cielos cambian?

—Con los siglos. —Hanno desechó el comentario con un gesto—. Olvídalo. Como tú, hablé sin pensar. No espero que me creas. Considéralo una patraña de marino.

Piteas se acarició la barbilla.

—A decir verdad —murmuró despacio—, un colega mío que me escribe desde Alejandría, donde está la gran biblioteca, me ha mencionado que algunos documentos insinúan… Se requiere un estudio más profundo. Pero tú, Hanno…

El fenicio sonrió con simpatía.

—A veces acierto por casualidad.

—Eres… singular en muchos aspectos. Me has hablado muy poco de ti. ¿Es «Hanno» tu nombre de nacimiento?

—Cumple su función.

—No pareces tener hogar, familia ni ataduras. —Impulsivamente añadió—: Odio pensar que eres un solitario indefenso.

—Gracias, pero no necesito compasión. —Hanno se apresuró a moderar el tono—. Me juzgas por tus propios sentimientos. ¿Ya echas de menos tu hogar?

—No, no en este viaje con que he soñado durante años —‹lijo el griego, e hizo una pausa—. Pero sí tengo raíces, esposa, hijos. Mi hijo mayor está casado. Cuando regrese, tendré nietos. —Sonrió—. Mi hija mayor ya está en edad de casarse. La he dejado a cargo de mi hermano, con aprobación de mi esposa. Sí, quizá también mi pequeña Dánae tenga un pequeño para entonces. —Tiritó, como por efecto del viento—. No tiene caso ponerse nostálgico. Estaremos lejos mucho tiempo.

Hanno se encogió de hombros.

—Y por lo que sé, las mujeres bárbaras son complacientes.

Piteas lo observó en silencio y no dijo nada sobre los varones jóvenes que ya estaban disponibles. Fueran cuales fuesen los gustos de Hanno, no esperaba que el fenicio llegara a intimar con ningún miembro de la expedición. A pesar de su aparente calidez, parecía haber perdido su humanidad.

<p>3</p>

De pronto, como un puñetazo en el vientre, aparecieron los keltoi. Del bosque salieron guerreros altos y bajaron a la playa por la pendiente cubierta de hierba: veinte, cien, doscientos o más. Otros enfilaron hacia los promontorios gemelos que protegían la caleta donde habían anclado las naves.

Los marineros gritaron, abandonaron sus faenas, cogieron las armas y dieron vueltas por la nave. Los soldados que había entre ellos, hoplitas y peltastas, la mayoría de ellos con armadura, se abrieron paso en medio del revuelo para formarse. Yelmos, petos, escudos, espadas y lanzas relucían en la llovizna. Hanno corrió hacia el capitán, Demetrios, le cogió la muñeca y ordenó:

—No inicies las hostilidades. Les encantaría llevarse nuestras cabezas como recuerdo. Trofeos de guerra.

Una sonrisa arisca cruzó de pronto el duro rostro del capitán.

—¿Crees que si nos quedamos quietos nos abrazarán?

—Depende. —Hanno escrutó la penumbra. A su espalda, el sol debía de estar cerca del horizonte. Los árboles formaban una muralla gris detrás de los atacantes. Los gritos de guerra resaltaban sobre el estruendo del oleaje de la pequeña bahía, resonaban de peñasco en peñasco, ahuyentaban las gaviotas—. Alguien nos vio, quizás hace días y envió un mensaje al resto del clan. Han seguido nuestro curso, amparándose en la arboleda, esperaban que acampáramos en uno de los sitios que usan los cartagineses…, veríamos la leña quemada, los desperdicios, las huellas y nos adentraríamos… —Estaba pensando en voz alta.

—¿Por qué no esperaron a que todos estuviéramos dormidos, excepto los centinelas?

—Deben de temer la oscuridad. Esta comarca no les pertenece… Y así… Un momento… Dame esto… Necesitaría una vara pelada o una rama verde, pero tal vez esto sirva. —Hanno se volvió para coger el estandarte, cuyo portador se resistió insultándolo—. ¡Demetrios, dile que me lo dé! El jefe mercenario vaciló un instante antes de ordenar.

—Dáselo, Kleanthes.

—Bien. Ahora tocad las trompetas y golpead los escudos. Armad un buen alboroto, pero quedaos donde estáis.

El emblema en alto, Hanno avanzó. Caminaba despacio, gravemente, el estandarte en la mano derecha y la espada desenvainada en la mano izquierda. A sus espaldas estalló un clamor de hierro y bronce.

Los cartagineses habían despejado las matas hasta el manantial donde obtenían agua, a la distancia de un estadio ateniense. Habían crecido nuevos matorrales que estorbaban el paso e impedían un avance silencioso. Por lo tanto, la sorpresa total era imposible, y los galos aún no habían iniciado esa embestida tan temida por los hombres civilizados. Individuos y grupos pequeños trotaban en aguerrido tumulto.

Eran hombres corpulentos de tez clara. La mayoría de ellos lucían grandes bigotes; ninguno se había rasurado últimamente. Los que no se trenzaban el pelo lo habían tratado con un material que lo enrojecía y endurecía formando puntas. Pinturas y tatuajes adornaban cuerpos a veces desnudos, a menudo envueltos en una falda de lana teñida —una especie de himation primitiva— o con pantalones y quizás una túnica de colores chillones. Las armas eran espadas largas, lanzas, dagas; algunos portaban escudos redondos y unos pocos tenían yelmo.

El gigante que encabezaba la hilera semicircular Usaba un yelmo dorado con cuernos, un collar de bronce en la garganta y brazaletes de oro. Estaba flanqueado por guerreros casi igual de llamativos. Debía de ser el jefe. Hanno avanzó hacia él.

El bullicio que hacían los griegos desconcertó a los bárbaros. Aminoraron la marcha; miraron en torno, acallaron sus gritos y murmuraron entre ellos. Piteas vio que Hanno iba al encuentro del líder. Oyó trompetazos de cuerno, voces vibrantes. Algunos hombres correteaban transmitiendo órdenes que él no entendía. Los galos se detuvieron, retrocedieron unos pasos, se acuclillaron o se apoyaron en las lanzas, esperando. La llovizna arreció, la luz del día se desvaneció y Piteas sólo pudo ver sombras.

Transcurrió una hora en el crepúsculo y varias fogatas florecieron al pie del bosque.

Hanno regresó. Como una sombra más, atravesó las filas de Demetrios, pasó entre los callados y apiñados marineros, y encontró a Piteas cerca de las naves. No es que estuviera dispuesto a huir, sino que allí el agua arrojaba un resplandor que aclaraba un poco la húmeda penumbra.

—Estamos a salvo —declaró Hanno. Piteas soltó un bufido—. Pero nos espera una noche atareada. Enciende fogatas, levanta tiendas, trae lo mejor de nuestros pobres alimentos y pongámonos a cocinar, aunque nuestros visitantes no se fijarán en la calidad. Para ellos cuenta la cantidad.

Piteas trató de estudiar ese semblante que apenas veía.

—¿Qué ha sucedido? —rezongó—. ¿Qué has hecho?

Hanno habló con voz serena, un poco burlona.

—Sabes que sé suficiente celta como para apañármelas, y conozco bastante bien sus costumbres y creencias. No son muy diferentes de otros salvajes. La intuición me permite llenar las lagunas de mi conocimiento. Fui hacia ellos como un heraldo, lo cual hizo sagrada mi persona, y hablé con el jefe. No es mal sujeto, para ser quien es. He conocido a monstruos peores gobernando a helenos, persas, fenicios, egipcios…, no tiene importancia.

—¿Qué querían?

—Cerrarnos el paso, desde luego, y adueñarse de nuestras naves para saquearlas. Eso me sugirió que no debían de ser oriundos de aquí. Los cartagineses tienen tratados con los nativos. Claro que éstos podrían haber objetado el acuerdo por alguna razón pueril. Pero en tal caso habrían atacado después del anochecer. Alardean de ser temerarios pero, cuando se trata de botín más que de gloria, no quieren sufrir bajas innecesarias ni toparse con una dura resistencia mientras la mayoría escapa hacia las naves. No obstante embistieron en cuanto estuvimos en la costa, así que deben de temer la oscuridad…, los fantasmas y dioses de los muertos recientes, aún no apaciguados. Recurrí a eso, entre otras cosas.

—¿Quiénes son?

—Fictos del este que intentan instalarse en esta comarca. —Hanno echó a andar de aquí para allá bajo la mirada de Piteas, haciendo crujir la arena húmeda—. No se parecen mucho a esas tribus dóciles de las inmediaciones de Massalia, pero están emparentados con ellas. Tienen más respeto por la destreza y el conocimiento que el griego medio, por lo que he visto. Sus adornos y objetos artesanales son bellos. No sólo es sagrado el heraldo, sino el poeta o cualquier persona sabia. Les demostré que era un mago, lo que ellos llaman druida, con trucos de prestidigitación y jerigonza ocultista. Con mucho tacto, les amenacé con escribir una sátira acerca de ellos si me ofendían. Primero los convencí de que era poeta, plagiando descaradamente versos de Hornero. Tendré que hacer un esfuerzo, pues les prometí más.

—¿Que tú qué?

Hanno soltó una carcajada.

—Ten listo el campamento. Prepara el festín. Di a los hombres de Demetrios que ellos formarán la guardia de honor. Recibiremos a nuestros huéspedes al alba, y sin duda los festejos continuarán todo el día. Esperarán obsequios generosos, pero tenemos suficientes mercancías, y el honor exigirá que recibas varias veces ese valor en cosas que nos vendrán mejor. Además, ahora tenemos salvoconducto para viajar un buen trecho hacia el norte. —Hizo una pausa. El mar y la tierra suspiraban alrededor—. Oh, y si mañana por la noche tenemos buen tiempo, observa las estrellas, Piteas. Eso les impresionará.

—Y forma parte de aquello por lo cual viajamos —susurró el griego—. De aquello que tú has salvado.

<p>4</p>

Detrás se extendían las importantes minas de estaño de Dumnon, y el puerto al cual no iría ningún cartaginés mientras durase la guerra, y las tres naves. Lykias las custodiaba y se encargaba del calafateo y las reparaciones. Demetrios organizaba exploraciones terrestres en las costas del oeste y del sur. Piteas exploraba el interior y el norte de Pretania.

Con Hanno y una pequeña escolta militar, salió de las colinas a una llanura ondulante y agreste tachonada de pastos y tierras de labranza. Dominaban el paisaje terraplenes y un montículo gigantesco que se erguía dentro de una fosa. Ese cráter gredoso de cima hueca albergaba a hombres armados y sus viviendas.

El comandante recibió hospitalariamente a los viajeros, una vez que estuvo seguro de sus intenciones. La gente siempre ansiaba recibir noticias del exterior; la mayoría de los bárbaros tenían horizontes patéticamente estrechos. Hanno charlaba con un dumnoniano que los había acompañado hasta allí y ahora quería ir a casa. Un hombre llamado Segovax se ofreció para reemplazarlo y conducirlos hasta una gran maravilla de las cercanías.

Soplaba un helado viento otoñal. Las hojas ya eran amarillas, pardas y rojizas y empezaban a caer. Un sendero subía hasta una elevación donde raleaban los árboles. Las sombras de las nubes y la pálida luz del sol segaban inmensidades de hierba cetrina. A lo lejos, rebaños de ovejas se perdían en la soledad. Los griegos marchaban enérgicamente, conduciendo los ponis de carga que habían adquirido en Dumnonia. No regresarían al fuerte de la colina, sino que continuarían avanzando. Un invierno era poco tiempo para recorrer esa comarca, y Piteas tenía que estar de vuelta en el puerto en primavera.

Poco a poco, Piteas vio de qué se trataba. Al principio parecía pequeño, y supuso que la gente le daba tanta importancia porque no conocía nada mejor. Al acercarse, reparó cada vez más en su enorme tamaño. Dentro de una muralla de tierra derruida se erguía un triple círculo de piedras de unos setenta cubitos de anchura, y la más alta debía de tener la talla de tres hombres. Tenían encima losas de tamaño similar, grises, manchadas de liquen, castigadas por la intemperie, inescrutablemente poderosas.

—¿Qué es esto? —jadeó.

—Has visto obras megalíticas en el sur, ¿verdad? —susurró Hanno, la voz menos serena que las palabras.

—Sí, pero nada como esto… ¡Pregunta!

Hanno se volvió hacia Segovax y hablaron en celta.

—Dice que los gigantes lo construyeron en la alborada del mundo —le explicó Hanno a Piteas.

—Entonces esta gente es tan ignorante como nosotros —murmuró el griego—. Acamparemos aquí, al menos para pasar la noche. Tal vez aprendamos algo. —Era más una plegaria que una esperanza.

Durante el resto del día se dedicó a mirar y hacer mediciones. Hanno podía brindarle escasa ayuda y Segovax poca información. Piteas pasó un largo rato tratando de hallar el centro exacto del complejo y estudiando el lugar.

—Creo que aquella piedra… —dijo señalando—. El sol se elevará sobre ella el día del solsticio de verano. Pero no estoy seguro, y no podemos esperar para confirmarlo, ¿verdad?

Atardecía. Los soldados, que habían aprovechado la ocasión para remolonear, encendieron una fogata, cocinaron, se relajaron. Charlaban y reían. No tenían razones para temer un ataque de hombres mortales, ni para preguntarse qué fantasmas moraban allí.

El cielo se había despejado y, al anochecer, Piteas se alejó del campamento para efectuar observaciones, como hacía siempre que podía. Hanno lo acompañó, llevando una tablilla de cera y un estilo para registrar las mediciones. Como buen fenicio, sabía escribir sin luz. Piteas se valía de las protuberancias y los surcos para leer los instrumentos con los dedos, una medición menos precisa de la que deseaba pero preferible a ninguna. Cuando una roca bloqueó las fogatas, quedaron a solas con el cielo, en medio del círculo.

Titánicas masas negras los cercaban. Las estrellas titilaban como atrapadas entre las piedras. En lo alto se curvaba la Galaxia, un río de bruma por donde nadaba el Cisne. La Lira colgaba en silencio. El Dragón se enroscaba alrededor de un polo extrañamente alto en el cielo. El frío se intensificaba con las horas, la vasta rueda giraba, la escarcha blanqueaba las piedras.

—¿No nos convendría dormir? —preguntó Hanno al fin—. Estoy olvidando qué es la tibieza.

—Supongo que sí —masculló Piteas—. He aprendido todo lo posible. —Y de pronto exclamó—: ¡No es suficiente! Jamás lo será. Tendríamos que vivir un millón de años.

<p>5</p>

Siguieron rumbo al norte, dejando atrás tierras cada vez más agrestes rodeadas de arrecifes, hasta que la costa se curvó hacia el este. Las aguas eran tan escabrosas como la tierra donde se estrellaban las olas; los buques se mantenían lejos de la orilla y anclaban al atardecer. Era preferible privarse de una fogata a tener visitantes desconocidos. El cuarto día los promontorios rojos y amarillos de una isla se recortaron en la bruma. Piteas decidió pasar entre ella y la costa principal. Las naves continuaron su arduo avance hasta el anochecer.

Los hombres no vieron el alba, pues el aire era aún más denso. A popa una muralla de blancura se erguía en el horizonte. Soplaba una brisa ligera y había una visibilidad de unos doce estadios atenienses, así que izaron las velas goteantes. Dejaron atrás la abrupta isla y adelante, a estribor, distinguieron un borrón que debía de ser una isla más pequeña. Creció el rumor de las rompientes, y un estruendo subterráneo.

La muralla blanca rodó sobre ellos, cegándolos. La brisa murió y siguió una calma chicha que los dejó impotentes.

Esa niebla era inaudita. Desde el centro de la nave no se veía la proa ni la popa; un remolino gris y sofocante desdibujaba las cosas. Al costado apenas se distinguía la turbulencia estriada de espuma. El agua se posaba sobre el cordaje y se precipitaba en una llovizna maligna que bruñía la cubierta. La humedad apelmazaba el pelo, la ropa, el aliento y el frío los calaba hasta los huesos como si ya se estuvieran ahogando. No había formas, sólo ruidos. En el denso mar, los maderos crujían y el casco se mecía sin ton ni son. Soplaban ráfagas susurrantes, el oleaje rugía. Con cornetazos y voces roncas, cada nave llamaba desesperadamente a las otras naves invisibles.

Piteas, a popa junto al timón, meneó la cabeza.

—¿Por qué se elevan las olas cuando no hay viento? —preguntó en medio del bullicio.

El timonel aferró el inservible timón y se estremeció.

—Criaturas de la profundidades —jadeó— o los dioses de estas aguas, enfurecidos porque los molestamos.

—Lanza los botes —le aconsejó Hanno a Piteas—. Nos advertirán sí estamos a punto de chocar contra una roca, o quizá puedan sacarnos de aquí.

El timonel mostró los dientes.

—¿Pero qué estás diciendo? —exclamó— ¡No enviarás a esos hombres a los demonios! No irán.

—¡No los enviaré! —replicó Hanno— Yo los conduciré.

—¿Oyó —dijo Piteas.

El fenicio meneó la cabeza.

—No podemos arriesgar tu vida. ¿Quién más pudo habernos traído tan lejos, quién nos llevará de vuelta? Sin ti todos estamos perdidos. Ven, ayúdame a alentar a la tripulación.

Consiguió hombres, pues las serenas palabras de Piteas aplacaron el terror de los marineros. Desataron un bote, lo arrastraron hacia el flanco, lo alzaron sobre la borda cuando la cubierta se ladeó y olas de blancas crines galoparon debajo. Hanno bajó de un brinco, plantó las pantorrillas entre dos bancos, cogió un remo que le entregó un marinero, se apartó de la nave mientras otros remeros lo seguían. Avanzaron sujetos al extremo de un cabo, seguidos por el otro bote.

—Espero que los otros capitanes… —empezó Hanno. Una ráfaga de espuma ahogó palabras que nadie había oído.

La nave se perdió en la humosa humedad. El bote trepó por una ola que era como un cerro móvil, revoloteó en la cresta, se despeñó en un canal donde los hombres quedaron al pie de las murallas de agua que los rodeaban. El ruido rodaba sin rumbo. Hanno, al timón, sólo podía tratar de evitar que la estacha se enredara detrás.

—¡Remad! —gritó—. ¡Remad, remad, remad!

Los hombres jadeaban remando y achicando el agua. El mar les lamía los tobillos.

Una ola monstruosa los embistió. Giraron. Una catarata saltó de la niebla y rompió sobre sus cabezas. Cuando pudieron ver de nuevo, tenían el barco encima. El bote se estrelló contra el casco. El agua lo aplastó contra las tracas. La madera crujió, escupió clavos, gimió. El bote se partió en dos.

Piteas miró desde arriba. Un hombre pataleaba. El mar lo arrojó contra la nave, partiéndole el cráneo. Las aguas arrastraron los sesos, la sangre, el cuerpo.

—¡Cuerdas fuera! —gritó Piteas. No perdió tiempo en desenrollar un cabo. Desenvainó el cuchillo y liberó una escota de la floja vela mayor. Arrojó el extremo por la borda, hacia la niebla y la espuma. Los nadadores que se entreveían, perdidos en las aguas, no lograban alcanzarla. Pidió más cuerda. Aferrando la escota cortada en la mano izquierda, se deslizó por la borda. Los pies plantados en el casco, tendiendo el brazo para tensar el cordaje y mantenerse firme, se estiró. Con la mano derecha lanzó la segunda cuerda como un látigo.

Ahora era visible para aquellos a quienes deseaba salvar, excepto cuando ese lado de la nave se elevaba y una ola bañaba a Piteas. Un hombre le pasó al lado. Piteas le arrojó la cuerda. El hombre la agarró y los marineros de cubierta lo subieron a bordo.

El tercero a quien Piteas rescató fue Hanno, que estaba aferrado de un remo. Después se le agotaron las fuerzas. Subió con la ayuda de dos marineros y cayó desmañadamente junto al fenicio. Nadie más intentó imitar la hazaña; pero no se vieron más náufragos en las encrespadas aguas.

Hanno se incorporó.

—A la cabina, tú, yo y estos dos —ordenó. Le castañeteaban los dientes—. De lo contrario el frío nos matará. No habríamos sobrevivido diez minutos en esas aguas.

Una vez dentro, los hombres se desnudaron, se frotaron con toallas para acelerar la sangre, se arroparon con mantas.

—Estuviste magnífico, amigo —dijo Hanno—. No pensé que un erudito como tú, curtido, pero erudito al fin y al cabo, pudiera lograrlo.

—Tampoco yo —resolló Piteas.

—Nos salvaste de las consecuencias de mi locura.

—Locura no. ¿Quién podía prever que el mar fuera tan bravo cuando no hay viento?

—¿Qué puede haberlo causado?

—Demonios —murmuró un marinero.

—No —dijo Piteas—. Debe ser un truco de estas marejadas del Atlántico, corrientes en un estrecho erizado de islas y arrecifes.

Hanno rió entre dientes.

—¡Ha hablado el filósofo!

—Aún nos queda un bote —dijo Piteas—. Y nuestra suerte puede cambiar. Si queréis, muchachos, rezad a vuestros dioses. —Se tendió en su litera—. Yo pienso dormir.

<p>6</p>

Las naves resistieron, aunque una rozó una roca y se le abrieron las juntas. Cuando se disipó la niebla y se calmaron las aguas, los remeros impulsaron los tres navíos hacia la isla alta. Encontraron una caleta segura con una loma donde podrían reparar los daños con la bajamar.

Varias familias vivían en las cercanías: pescadores hirsutos, vestidos con pieles, que cuidaban algunos animales y sembraban diminutos jardines. Sus viviendas eran piedras amontonadas y techos de hierba sobre fosos. Al principio huyeron y los observaron de lejos. Cuando Piteas ordenó que les entregaran obsequios, regresaron tímidamente para recogerlos. Luego acogieron a los griegos como huéspedes.

Fue una suerte, pues una borrasca sopló desde el oeste. La caleta daba al este y los peñascos que la rodeaban apenas guarecían las naves, pero en otras partes la tormenta rugió con furia días y noches. Los hombres no lo resistían. Dentro, se esforzaban para hablar y oír a pesar del bullicio. Olas más altas que murallas se estrellaban contra los riscos del oeste. Rocas que pesaban toneladas eran arrancadas de los bajíos. La tierra temblaba. El aire era un torrente espumoso y salobre que azotaba la cara y cegaba los ojos. Era como si el mundo se hubiera precipitado en el caos primordial.

Piteas, Hanno y sus compañeros se agazapaban sobre algas secas tendidas sobre el suelo de tierra de una caverna sombría. Los rescoldos ardían en el hogar. Un humo acre flotaba en el aire helado. Piteas era una sombra más, y sus palabras un susurro en medio de esa violencia.

—La niebla, y ahora esto. Aquí no hay mar ni tierra ni aire. Todos se han vuelto uno, algo semejante a un pulmón marino. Más al norte sólo puede haber el Gran Hielo. Creo que estamos cerca de la frontera del reino de la vida. —Irguió la cabeza—. Pero no hemos llegado al fin de nuestra búsqueda.

<p>7</p>

Hacia el este, a cuatro días de navegación desde la punta norte de Pretania, los exploradores hallaron otra tierra. Se elevaba abruptamente desde el agua, pero las vegas protegían una gran bahía. En un extremo vivía un pueblo que recibió con los brazos abiertos a los recién llegados. No eran celtas, y eran aún más altos y rubios. Hablaban un idioma emparentado con una lengua germánica cuyos rudimentos Hanno había aprendido en viajes anteriores. Pronto se hizo entender. Ese pueblo mostraba la influencia de los celtas en las herramientas y las armas de hierro, en las artes y el modo de vida, pero tenía un espíritu más sobrio, menos obsesionado por lo sobrenatural. Los griegos se proponían permanecer poco tiempo allí, preguntar acerca de los parajes que buscaban, reaprovísionarse y continuar viaje. Pero su estancia se prolongó. Los afanes, los peligros y las pérdidas los habían desgastado. Aquí encontraban hospitalidad y admiración. A medida que aprendían el idioma, hallaban camaradería, compartían tareas, intercambiaban ideas, recuerdos y canciones, retozaban, se divertían. Las mujeres eran complacientes. Nadie pidió a Piteas que ordenara levar anclas ni le preguntó por qué no lo hacía.

Los huéspedes no eran parásitos. Les ofrecieron maravillosos regalos. Condujeron a bordo de una de sus naves a hombres que sólo conocían botes largos hechos de tablones cosidos, impulsados por remos. Esos hombres aprendieron más acerca de sus propias aguas y sus comunidades de otras tierras de lo que jamás habían soñado. Iniciaron transacciones comerciales, y visitaron algunos parajes por primera vez. Tierra adentro la caza era excelente, y los soldados llevaban gran cantidad de carne a casa. La presencia de los griegos, que revelaba la existencia de un mundo exterior, daba nueva chispa a la vida. Se sentían acogidos como hermanos.

Éste era el país que su gente llamaba Thule.

Llegó el verano, con sus noches de luz.

Hanno y una joven fueron a juntar bayas. Solos bajo la dulzura de los abedules, hicieron el amor. El largo día fatigó a la muchacha y al regresar a casa de su padre, durmió feliz. Hanno no pudo dormir. Se quedó tendido un buen rato en el camastro de pieles, sintiendo la tibieza de ella, oyendo la respiración de la familia, aspirando el tufo de las vacas del establo que había en un extremo de la única y larga habitación. Aunque la fogata a veces chisporroteaba, esa luz tenue no nacía allí sino en el cielo que se extendía más allá de la puerta de mimbre. Hanno se levantó, se cubrió la cabeza con la túnica y salió con sigilo.

Sobre él se extendía una profunda claridad que evocaba recuerdos de rosas blancas. Un puñado de estrellas casi invisibles titilaba a través del fulgor. El aire fresco estaba tan quieto que se oía el agua batiendo contra la orilla. El rocío centelleaba en el declive que descendía hacia la ancha superficie de plata. Tierra adentro, el suelo trepaba hacia montañas cuyos riscos azules se recortaban contra el cielo.

Se alejó de la aldea. Las casas estaban apiñadas en una doble hilera que terminaba en un gran cobertizo donde trillaban el grano, en ese clima lluvioso, y que hacía las veces de fortaleza en caso de ataque. Más allá había arrozales, colmenares, parcelas que la proximidad de la cosecha pintaba de oro. Caminó en dirección opuesta, hacia la playa. Cuando llegó a la hierba, se limpió de los pies descalzos la suciedad que los cerdos y pollos sueltos habían dejado en el sendero. La humedad lo acarició. Siguió andando hasta una playa de guijarros, piedras frías y duras pero redondeadas. La marea bajaba, una pulsación potente que apenas se conocía en el Mediterráneo, y las algas se esparcían sobre la playa. Olían a sal, profundidades, misterios.

A cierta distancia un hombre miraba hacia arriba. El bronce del instrumento que él apuntaba al cielo despedía un fulgor. Hanno se le acercó.

—¿Tú también? —murmuró.

Piteas se sobresaltó, dio media vuelta.

—¡Qué alegría! —saludó mecánicamente. En el luminoso crepúsculo era evidente que la sonrisa era forzada.

—No es fácil dormir con tanta claridad —aventuró Hanno. Los nativos no dormían mucho.

Piteas asintió. —Odio perder un solo minuto de esta magnificencia.

—Aunque es pésima para la astronomía.

—Aja. Durante el día he estado recogiendo datos que arrojarán un valor más preciso para la oblicuidad de la eclíptica.

—Ya deberías tener bastantes. Ha pasado el solsticio.

Piteas desvió la mirada.

—Y hablas a la defensiva —insistió Hanno— ¿por qué nos demoramos aquí?

Piteas se mordió el labio.

—Aún quedan muchos descubrimientos por hacer. Es como un mundo nuevo.

—Como la tierra de los lotófagos —rezongó Hanno.

Piteas alzó el cuadrante como si fuera un escudo.

—No, no, éstas son personas reales. Trabajan y tienen hijos y envejecen y mueren, al igual que todos nosotros.

Hanno lo observó. Las aguas susurraban.

—Es Vana, ¿verdad? —dijo al fin el fenicio.

Piteas quedó atónito.

—Muchas de estas muchachas son bellas —continuó Hanno—. Altas, esbeltas, una tez bronceada por el verano, ojos como el cielo que rodea el sol, y esas melenas rubias… oh, sí. Y la que está contigo es la más guapa de todas.

—Es más que eso —dijo Piteas—. Ella es… libre. Sin prejuicios, cándida, pero muy rápida y ávida de aprender. Orgullosa, valiente. Los griegos enjaulamos a nuestras esposas. Nunca hacía pensado en ello, ¿pero no es culpa nuestra si las pobres criaturas se vuelven tan obtusas que buscamos solaz en otros hombres?

—O en prostitutas.

—Vana es tan ardiente como la hetaira más fogosa. Pero no está en venta, Hanno. Me ama de veras. Hace unos días descubrimos que está encinta. Vino a mis brazos llorando y riendo.

—Es magnífica, sin duda, pero es bárbara.

—Eso se puede alterar.

Hanno meneó la cabeza.

—No té engañes. No es como tú. ¿Crees que podrás llevarla cuando zarpemos? Si sobreviviera a la travesía, se marchitaría y moriría en Massalia, como toda flor silvestre arrancada. ¿Qué haría de sí misma? ¿Qué clase de vida podrías darle? Es muy tarde. Para ambos.

Piteas guardó silencio de nuevo.

—Tampoco puedes instalarte aquí —dijo Hanno—. Recapacita. Tú, un hombre civilizado, un filósofo, apiñado con seres humanos y vacas en una mísera choza de argamasa tosca. Sin libros. Sin correspondencia. Sin oratoria. Sin esculturas, templos ni tradiciones propias, nada de lo que ha formado tu alma. Esa dama envejecerá deprisa, se le caerán los dientes y se le aflojarán los senos, y la odiarás porque fue el señuelo que te atrapó. Recapacita, por favor.

Piteas cerró la mano libre con fuerza y se golpeó el muslo una y otra vez.

—Pero ¿qué puedo hacer?

—Márchate. A ella no le costará conseguir un esposo que críe al niño. Su padre es una persona de buena posición, ella ha demostrado que es fértil, y cada niño es precioso, dado los que pierden. Hazte a la mar. Vinimos en busca de la isla del Ámbar, ¿recuerdas? Y si es un mito, queremos descubrir cuál es la realidad. Debemos aprender un poco sobre estas costas y mares del este. Nos proponemos regresar a Pretania y terminar de circunnavegarla, determinar su forma y tamaño, porque es importante para Europa de un modo que Thule no lo será durante siglos. Y luego regresarás a tu gente, tu ciudad, tu esposa, tus hijos y tus nietos. ¡Cumple con tu deber, nombre!

—Hablas con crudeza.

—Debido al respeto que siento por ti, Piteas.

El griego miró de un lado a otro: las montañas erguidas contra ese cielo cuya luz velaba las estrellas, los bosques y los prados, el océano, invisible allende la brillante bahía.

—Sí —dijo al fin—. Tienes razón. Tendríamos que haber partido hace tiempo. Lo haremos. Soy un necio reblandecido por la edad.

Hanno sonrió.

—No, simplemente un hombre. Ella te devolvió una primavera que creías haber perdido en el corazón. Es algo que he visto a menudo.

—¿Te ha pasado a ti?

Hanno apoyó la mano en el hombro de su amigo.

—Ven —dijo—, volvamos y tratemos de dormir. Tenemos trabajo que hacer.

<p>8</p>

Maltrechas, zarandeadas, despintadas y triunfantes, las tres naves se acercaron al puerto de Massalia. Era un vivido día de otoño, y el agua bailaba y chispeaba como si hubieran esparcido diamantes sobre zafiros, pero soplaba poco viento y las quillas estaban sucias, avanzaban despacio.

Piteas llamó a Hanno.

—Quédate conmigo en la proa —le solicitó—, pues quizá sea la última charla tranquila que tengamos.

El fenicio se le acercó. Piteas era su propio vigía en esta hora final de la travesía. —Estarás muy ocupado —convino Hanno—. Todo el mundo querrá hablar contigo, interrogarte, oír tus declaraciones, enviarte cartas, pedirte que escribas tus experiencias.

Piteas torció los labios.

—Siempre de broma, ¿verdad?

Miraron un rato el mar. Ahora que terminaba la temporada de navegación, las olas —pequeñas y suaves, tan distintas a las del Atlántico— estaban atestadas de embarcaciones. Botes de remo, chalanas, pesqueros sucios de brea, rechonchos buques mercantes, un gran carguero con grano de Egipto, una barcaza con bordes dorados, dos esbeltas naves de guerra erizadas de remos, todas procuraban avanzar. Se oían órdenes y juramentos. Las velas tronaban, las vergas rechinaban, los toletes crujían. La ciudad brillaba en frente y un intrincado resplandor blanco con matices azules rebosaba sus murallas. Jirones de humo ondeaban sobre los tejados rojos. Granjas y villas se apiñaban entre rastrojos, prados aún verdes, pinos oscuros y huertos amarillentos. Detrás de las colinas se erguía una cordillera. Cientos de gaviotas aleteaban y graznaban como una nevisca del norte.

—¿No cambiarás de parecer, Hanno? —preguntó Piteas.

—No puedo —masculló Hanno—. Me quedaré para cobrar mi paga y luego me marcharé.

—¿Por qué? No lo entiendo. Y no quieres explicarte.

—Es mejor.

—Un hombre hábil como tú tiene un gran futuro aquí…, posibilidades ilimitadas. Y no como extranjero. Con mis influencias, puedo hacerte ciudadano de Massalia, Hanno.

—Lo sé. Lo has dicho antes. Gracias, pero no.

Piteas tocó la mano del fenicio, que aferró la borda con fuerza. —¿Temes que la gente te recrimine tu origen? No lo hará, te lo prometo. Estamos por encima de eso, somos una cosmópolis.

—Soy un extraño en todas partes.

—Nunca me has abierto tu alma —suspiró Piteas—, tal como yo te la he abierto a ti. Y aun así… nunca me he sentido tan cerca de nadie. Ni siquiera de… —Se interrumpió, y ambos desviaron los ojos.

Hanno adoptó de nuevo su voz tranquila. Sonrió.

—Hemos compartido cosas tremendas, buenas y malas, terribles y aburridas, divertidas y espantosas, deliciosas y mortales. Eso forja vínculos.

—Y sin embargo los cortarás… ¿Sin más? —musitó Piteas—. ¿Simplemente dirás adiós?

Por un instante, antes de que Hanno recobrara su expresión burlona, algo se desgarró en él y el griego entrevió un dolor desconcertante.

—¿Qué es la vida sino siempre decir adiós?


1

<p>1</p>

—Navegar más allá del mundo…

La voz de Hanno se perdió en un murmullo. Piteas clavó los ojos en él. En la habitación austera y blanqueada donde estaban, el fenicio relucía como un destello de sol. Quizá se debía al brillo de los ojos y los dientes, o a la tez bronceada aún en invierno. Por lo demás, era un hombre común, esbelto y ágil pero de estatura media, con los rasgos aquilinos, el pelo y la pulcra barba negros como ala de cuervo. Vestía una túnica sencilla, sandalias de suela plana, un único anillo de oro.

—No hablarás en serio —espetó el griego.

Hanno despertó de su ensoñación, sacudió el cuerpo, rió.

—Oh, no. Un tropo, desde luego. Aunque convendrá asegurarnos de antemano de que muchos de tus hombres crean que vivimos en una esfera. Ya tendrán demasiados terrores e inquietudes sin temer una caída al abismo. —Pareces un hombre culto —dijo lentamente Piteas.

—¿Por qué no? He viajado, pero también he estudiado. Y tú amigo, un hombre sabio, un filósofo, propones un viaje a lo desconocido. Por lo visto, tienes esperanzas de regresar. —Cogió una copa de la mesilla que había entre ambos y bebió un sorbo del vino templado que había traído un esclavo.

Piteas se movió inquieto en el taburete. El brasero de carbón caldeaba la habitación. Los pulmones de Piteas anhelaban aire fresco.

—No tan desconocido —aseguró—. Tu gente llega hasta esa distancia. Lykias dice que tú afirmas haber estado allí.

—Le dije la verdad —respondió Hanno con voz seria—. He viajado hacia allá más de una vez, por tierra y por mar. Pero hay muchos lugares agrestes, y muchas cosas están cambiando hoy en día, de modo, imprevisible, aunque habitualmente violento. A los cartagineses sólo les interesa el estaño y dan poca importancia a lo demás. Sólo llegan al extremo sur de las islas Británicas. El resto escapa a su conocimiento, y al de todo hombre civilizado.

No obstante, deseas acompañarme.

Hanno estudió a su anfitrión antes de responder. Piteas también vestía con gran sencillez. Era alto para ser griego, flaco, de ojos grises, con rasgos marcados bajo la frente amplia. La cara bien rasurada mostraba arrugas profundas, y el pelo castaño y rizado estaba salpicado de canas en las sienes. Ambos se miraron con la intensidad que denotaba fervor, inocencia o tal vez ambas cosas.

—Creo que sí —admitió Hanno con cautela—. Tendremos que hablar más. Sin embargo, a mi manera, como tú a la tuya, deseo aprender todo lo posible acerca de esta tierra y su gente mientras estoy en ella. Cuando tu servidor Lykias recorrió la ciudad buscando posibles asesores, y me enteré, fui a verlo con agrado. —Sonrió de nuevo—. Además, necesito empleo. Esto arrojará buenas ganancias.

—No vamos como mercaderes —explicó Piteas—. Llevaremos mercancías, pero para cambiarlas por lo que necesitemos, no para enriquecernos. No obstante, se nos promete una paga excelente a nuestro regreso.

—¿Acaso la ciudad patrocina la empresa?

—Correcto. Un consorcio de mercaderes. Quieren saber qué posibilidades y riesgos entraña una ruta marítima hacia el septentrión, ahora que los galos vuelven peligrosa la ruta terrestre. No se trata sólo de estaño, ¿entiendes? Tal vez el estaño sea lo menos importante. Ámbar, pieles, esclavos, todo lo que esas comarcas ofrezcan.

—Los galos, vaya. —No era necesario añadir nada más. Habían bajado por las montañas para adueñarse del norte de Italia; muchísimo tiempo atrás resonaron los carros de guerra, destellaron las espadas, ardieron las casas, lobos y cuervos se dieron un festín por toda Europa. Hanno añadió—: Los conozco un poco. Eso sería una ayuda. Pero te recuerdo que esa ruta es mala. Además de ellos, están los cartagineses.

—Lo sé.

Hanno ladeó la cabeza.

—No obstante, organizas esta expedición.

—Para buscar el conocimiento —respondió Piteas en voz baja—. Por fortuna, dos de los patrocinadores son… más inteligentes que la mayoría. Valoran el entendimiento por sí mismo.

—El conocimiento suele rendir frutos inesperados. —Hanno sonrió—. Perdóname. Soy un tosco fenicio. Tú eres hombre de importancia pública. He oído que has heredado dinero, pero que ante todo eres filósofo. Necesitas un navegante en el mar, un guía e intérprete en la costa. Creo que soy la persona indicada.

—¿Qué estás haciendo en Massalia? —preguntó Piteas con voz cortante—. ¿Por qué estás dispuesto a colaborar en algo que no favorece a Cartago?

Hanno se puso serio.

—No soy un traidor, pues no soy cartaginés. Claro que he vivido en Cartago, entre muchos otros lugares. Pero no me entusiasma. Son demasiado puritanos, muy poco influidos por las gracias de Grecia o Persia. Y sus sacrificios humanos… —Se encogió de hombros con una mueca—. Es necio juzgar los actos de la gente. De cualquier modo, insistirán en cometerlos. En cuanto a mí, soy de la Antigua Fenicia, del Oriente. Alejandro destruyó Tiro, y a su muerte las guerras civiles arruinaron esa parte del mundo. Yo busco mi fortuna donde puedo. Soy trotamundos por naturaleza.

—Tendré que conocerte mejor —dijo Piteas, con tono más franco del habitual. ¿Ya se sentía cómodo con ese forastero?

—Por cierto —añadió Hanno, de nuevo jovial—. He pensado cómo demostrarte mis habilidades. En poco tiempo. Comprenderás que es preciso embarcarse pronto, ¿verdad? Preferiblemente al comienzo de la temporada de navegación.

—¿Por los cartagineses?

Hanno asintió con la cabeza.

—Esa nueva guerra en Sicilia los mantendrá ocupados un tiempo. Agátocles de Siracusa es un enemigo más difícil de lo que creen los sufetas cartagineses. No me extrañaría que llevara la lucha a las costas de Cartago.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Piteas, sorprendido.

—He aprendido a prestar atención, y he estado allí hace poco. También en Cartago. Tú sabes que Cartago desalienta todo tráfico extranjero más allí de las Columnas de Heracles, a menudo con métodos que llamaríamos piratería si los emplearan sectores privados. Bien, los sufetas hablan ahora de un bloqueo. Sospecho que si ganan esta guerra, o si a menos logran un empate, quedarán sin recursos durante un tiempo. Pero al final lo harán. Tu expedición tardará por lo menos un par de años, quizá tres, posiblemente más. Cuanto antes zarpes, antes regresarás, siempre que regreses… y note toparás con una patrulla cartaginesa. Después de semejante odisea, sería una lástima terminar en el fondo del mar o en una subasta.

—Tendremos una escolta de navíos de guerra,

Hanno meneó la cabeza.

—Oh, no. Todo buque inferior a una quinquerreme sería inútil, y ese largo casco no sobreviviría en el Atlántico Norte. Amigo, no has visto olas ni tormentas si no has estado allí. Además, ¿cómo llevarás alimentos y agua para tantos remeros? Son voraces como el fuego, y reaprovisionarse no será fácil. Mi tocayo pudo explorar las costas africanas en galeras, pero él se dirigía al sur. Necesitarás buen velamen. Déjame aconsejarte qué naves comprar.

—Alardeas de muchas habilidades —masculló Piteas.

—Bueno, he asistido a muchas escuelas —replicó Hanno.

Hablaron una hora más, y acordaron reunirse de nuevo al día siguiente. Piteas acompañó afuera a su visitante. Se detuvieron un instante en la puerta.

La casa se erguía en un risco sobre la bahía. Al este, allende las murallas de la ciudad, las colinas relucían en el poniente. Las calles de la antigua colonia griega eran ríos de sombra. Voces, pisadas y ruedas enmudecían en el aire quieto y cortante. Sobre las aguas del oeste el sol trazaba un puente contra el cual se perfilaban los mástiles del puerto. Las gaviotas que revoloteaban en el cielo azul recibían el fulgor dorado en las alas.

—Una vista encantadora —murmuró Piteas—. Esta costa ha de ser la más bella del mundo.

Hanno entreabrió los labios como para hablar de otras costas que conocía, pero en cambio dijo:

—Entonces tratemos de que regreses aquí. No será fácil.


2

<p>2</p>

Tres buques navegaban bajo el claro de luna. Sus capitanes no se atrevían a recalar en Gadeira ni en Tartesos —territorio cartaginés— y de noche se mantenían en alta mar. Los tripulantes murmuraban; pero la navegación nocturna en rutas conocidas no era algo inaudito, y estar en el mismo océano era de una extrañeza que superaba todo lo demás.

Las naves eran similares, de modo que pudieran viajar en convoy. Eran buques mercantes, aunque su cargamento principal eran hombres bien armados y sus provisiones. De manga más angosta que lo habitual, el casco negro se extendía unos treinta metros desde la alta popa, donde estaban los remos gemelos para timonear y se erguía una cabeza de cisne, hasta el tajamar de la proa. En el medio un mástil portaba una gran vela cuadrada y una gavia triangular. A proa había una pequeña camareta, y a popa dos botes de remo, para remolcar la nave en caso de necesidad o para salvar vidas en caso de desesperación. Cada nave alcanzaba un ángulo de maniobra de hasta ochenta grados, despacio y con torpeza; existían aparejos más flexibles, pero menos potentes. Esa noche, con brisa favorable, iban a cinco nudos.

Hanno salió. La cabina que compartían los oficiales era sofocante para una persona de sus hábitos. A menudo dormía en cubierta, junto a los tripulantes que no soportaban el encierro ni el tufo de los compartimentos de abajo.

Arropados en mantas, se acostaban en esteras de paja a lo largo de los macarrones. El aire era frío, y Hanno se envolvió en la clámide. El viento soplaba sobre el mugido de las olas, el crujido de las maderas y los avíos. La nave se mecía, haciendo flexionar los músculos en una danza.

Había una figura a estribor, junto al castillo de proa. Hanno reconoció el perfil de Piteas contra el azogado resplandor de la luna y se le acercó.

—¡Bien! ¡Bien! —saludó—. ¿Tampoco puedes dormir?

—Esperaba ver algo —respondió el griego—. Tendremos pocas noches tan claras, ¿verdad?

Hanno miró hacia el mar. El brillo ondeaba, fulguraba, chispeaba en el agua. La espuma titilaba como un fantasma. Hanno apenas veía los fanales coleados de la verga, pero sí el centelleo y el vaivén de los faroles de los otros barcos. En las honduras de esa movediza mezcla de luz y de tinieblas se erguía una masa oscura, Iberia.

—Hasta ahora hemos tenido suerte con el tiempo —dijo Hanno. Señaló el goniómetro que Piteas tenía en la mano—. ¿Esa cosa es útil aquí?

—Sería mucho más precisa en la costa. Si tan sólo pudiéramos… Bien, sin duda encontraremos mejores oportunidades. Las Osas estarán más altas en el cielo.

Hanno miró esas constelaciones. El ascenso de la luna las había opacado.

—¿ Qué tratas de medir? —Quiero localizar el Polo Norte celestial con mayor exactitud de lo que se ha hecho hasta ahora. —Piteas señaló—. ¿Ves que las dos estrellas más brillantes de la Osa Menor y el primer astro de la cola forman tres puntas de un cuadrángulo? El Polo es la cuarta. O eso dicen.

—Lo sé. Yo soy tu navegante.

—Disculpa. Lo olvidé en mi entusiasmo. —Piteas rió entre dientes, luego continuó con avidez—. Si esta norma práctica se puede refinar, sería de gran ayuda para los marinos, y más aún para los geógrafos y cosmógrafos. Ya que los dioses no han querido poner una estrella justo en el polo, o razonablemente cerca, debemos apañarnos como podamos.

—Hubo tales estrellas en el pasado —dijo Hanno—. Volverá a haberlas en el futuro.

—¿Qué? —Piteas lo miró intensamente en ese resplandor fantasmal—. ¿Quieres decir que los cielos cambian?

—Con los siglos. —Hanno desechó el comentario con un gesto—. Olvídalo. Como tú, hablé sin pensar. No espero que me creas. Considéralo una patraña de marino.

Piteas se acarició la barbilla.

—A decir verdad —murmuró despacio—, un colega mío que me escribe desde Alejandría, donde está la gran biblioteca, me ha mencionado que algunos documentos insinúan… Se requiere un estudio más profundo. Pero tú, Hanno…

El fenicio sonrió con simpatía.

—A veces acierto por casualidad.

—Eres… singular en muchos aspectos. Me has hablado muy poco de ti. ¿Es «Hanno» tu nombre de nacimiento?

—Cumple su función.

—No pareces tener hogar, familia ni ataduras. —Impulsivamente añadió—: Odio pensar que eres un solitario indefenso.

—Gracias, pero no necesito compasión. —Hanno se apresuró a moderar el tono—. Me juzgas por tus propios sentimientos. ¿Ya echas de menos tu hogar?

—No, no en este viaje con que he soñado durante años —‹lijo el griego, e hizo una pausa—. Pero sí tengo raíces, esposa, hijos. Mi hijo mayor está casado. Cuando regrese, tendré nietos. —Sonrió—. Mi hija mayor ya está en edad de casarse. La he dejado a cargo de mi hermano, con aprobación de mi esposa. Sí, quizá también mi pequeña Dánae tenga un pequeño para entonces. —Tiritó, como por efecto del viento—. No tiene caso ponerse nostálgico. Estaremos lejos mucho tiempo.

Hanno se encogió de hombros.

—Y por lo que sé, las mujeres bárbaras son complacientes.

Piteas lo observó en silencio y no dijo nada sobre los varones jóvenes que ya estaban disponibles. Fueran cuales fuesen los gustos de Hanno, no esperaba que el fenicio llegara a intimar con ningún miembro de la expedición. A pesar de su aparente calidez, parecía haber perdido su humanidad.


3

<p>3</p>

De pronto, como un puñetazo en el vientre, aparecieron los keltoi. Del bosque salieron guerreros altos y bajaron a la playa por la pendiente cubierta de hierba: veinte, cien, doscientos o más. Otros enfilaron hacia los promontorios gemelos que protegían la caleta donde habían anclado las naves.

Los marineros gritaron, abandonaron sus faenas, cogieron las armas y dieron vueltas por la nave. Los soldados que había entre ellos, hoplitas y peltastas, la mayoría de ellos con armadura, se abrieron paso en medio del revuelo para formarse. Yelmos, petos, escudos, espadas y lanzas relucían en la llovizna. Hanno corrió hacia el capitán, Demetrios, le cogió la muñeca y ordenó:

—No inicies las hostilidades. Les encantaría llevarse nuestras cabezas como recuerdo. Trofeos de guerra.

Una sonrisa arisca cruzó de pronto el duro rostro del capitán.

—¿Crees que si nos quedamos quietos nos abrazarán?

—Depende. —Hanno escrutó la penumbra. A su espalda, el sol debía de estar cerca del horizonte. Los árboles formaban una muralla gris detrás de los atacantes. Los gritos de guerra resaltaban sobre el estruendo del oleaje de la pequeña bahía, resonaban de peñasco en peñasco, ahuyentaban las gaviotas—. Alguien nos vio, quizás hace días y envió un mensaje al resto del clan. Han seguido nuestro curso, amparándose en la arboleda, esperaban que acampáramos en uno de los sitios que usan los cartagineses…, veríamos la leña quemada, los desperdicios, las huellas y nos adentraríamos… —Estaba pensando en voz alta.

—¿Por qué no esperaron a que todos estuviéramos dormidos, excepto los centinelas?

—Deben de temer la oscuridad. Esta comarca no les pertenece… Y así… Un momento… Dame esto… Necesitaría una vara pelada o una rama verde, pero tal vez esto sirva. —Hanno se volvió para coger el estandarte, cuyo portador se resistió insultándolo—. ¡Demetrios, dile que me lo dé! El jefe mercenario vaciló un instante antes de ordenar.

—Dáselo, Kleanthes.

—Bien. Ahora tocad las trompetas y golpead los escudos. Armad un buen alboroto, pero quedaos donde estáis.

El emblema en alto, Hanno avanzó. Caminaba despacio, gravemente, el estandarte en la mano derecha y la espada desenvainada en la mano izquierda. A sus espaldas estalló un clamor de hierro y bronce.

Los cartagineses habían despejado las matas hasta el manantial donde obtenían agua, a la distancia de un estadio ateniense. Habían crecido nuevos matorrales que estorbaban el paso e impedían un avance silencioso. Por lo tanto, la sorpresa total era imposible, y los galos aún no habían iniciado esa embestida tan temida por los hombres civilizados. Individuos y grupos pequeños trotaban en aguerrido tumulto.

Eran hombres corpulentos de tez clara. La mayoría de ellos lucían grandes bigotes; ninguno se había rasurado últimamente. Los que no se trenzaban el pelo lo habían tratado con un material que lo enrojecía y endurecía formando puntas. Pinturas y tatuajes adornaban cuerpos a veces desnudos, a menudo envueltos en una falda de lana teñida —una especie de himation primitiva— o con pantalones y quizás una túnica de colores chillones. Las armas eran espadas largas, lanzas, dagas; algunos portaban escudos redondos y unos pocos tenían yelmo.

El gigante que encabezaba la hilera semicircular Usaba un yelmo dorado con cuernos, un collar de bronce en la garganta y brazaletes de oro. Estaba flanqueado por guerreros casi igual de llamativos. Debía de ser el jefe. Hanno avanzó hacia él.

El bullicio que hacían los griegos desconcertó a los bárbaros. Aminoraron la marcha; miraron en torno, acallaron sus gritos y murmuraron entre ellos. Piteas vio que Hanno iba al encuentro del líder. Oyó trompetazos de cuerno, voces vibrantes. Algunos hombres correteaban transmitiendo órdenes que él no entendía. Los galos se detuvieron, retrocedieron unos pasos, se acuclillaron o se apoyaron en las lanzas, esperando. La llovizna arreció, la luz del día se desvaneció y Piteas sólo pudo ver sombras.

Transcurrió una hora en el crepúsculo y varias fogatas florecieron al pie del bosque.

Hanno regresó. Como una sombra más, atravesó las filas de Demetrios, pasó entre los callados y apiñados marineros, y encontró a Piteas cerca de las naves. No es que estuviera dispuesto a huir, sino que allí el agua arrojaba un resplandor que aclaraba un poco la húmeda penumbra.

—Estamos a salvo —declaró Hanno. Piteas soltó un bufido—. Pero nos espera una noche atareada. Enciende fogatas, levanta tiendas, trae lo mejor de nuestros pobres alimentos y pongámonos a cocinar, aunque nuestros visitantes no se fijarán en la calidad. Para ellos cuenta la cantidad.

Piteas trató de estudiar ese semblante que apenas veía.

—¿Qué ha sucedido? —rezongó—. ¿Qué has hecho?

Hanno habló con voz serena, un poco burlona.

—Sabes que sé suficiente celta como para apañármelas, y conozco bastante bien sus costumbres y creencias. No son muy diferentes de otros salvajes. La intuición me permite llenar las lagunas de mi conocimiento. Fui hacia ellos como un heraldo, lo cual hizo sagrada mi persona, y hablé con el jefe. No es mal sujeto, para ser quien es. He conocido a monstruos peores gobernando a helenos, persas, fenicios, egipcios…, no tiene importancia.

—¿Qué querían?

—Cerrarnos el paso, desde luego, y adueñarse de nuestras naves para saquearlas. Eso me sugirió que no debían de ser oriundos de aquí. Los cartagineses tienen tratados con los nativos. Claro que éstos podrían haber objetado el acuerdo por alguna razón pueril. Pero en tal caso habrían atacado después del anochecer. Alardean de ser temerarios pero, cuando se trata de botín más que de gloria, no quieren sufrir bajas innecesarias ni toparse con una dura resistencia mientras la mayoría escapa hacia las naves. No obstante embistieron en cuanto estuvimos en la costa, así que deben de temer la oscuridad…, los fantasmas y dioses de los muertos recientes, aún no apaciguados. Recurrí a eso, entre otras cosas.

—¿Quiénes son?

—Fictos del este que intentan instalarse en esta comarca. —Hanno echó a andar de aquí para allá bajo la mirada de Piteas, haciendo crujir la arena húmeda—. No se parecen mucho a esas tribus dóciles de las inmediaciones de Massalia, pero están emparentados con ellas. Tienen más respeto por la destreza y el conocimiento que el griego medio, por lo que he visto. Sus adornos y objetos artesanales son bellos. No sólo es sagrado el heraldo, sino el poeta o cualquier persona sabia. Les demostré que era un mago, lo que ellos llaman druida, con trucos de prestidigitación y jerigonza ocultista. Con mucho tacto, les amenacé con escribir una sátira acerca de ellos si me ofendían. Primero los convencí de que era poeta, plagiando descaradamente versos de Hornero. Tendré que hacer un esfuerzo, pues les prometí más.

—¿Que tú qué?

Hanno soltó una carcajada.

—Ten listo el campamento. Prepara el festín. Di a los hombres de Demetrios que ellos formarán la guardia de honor. Recibiremos a nuestros huéspedes al alba, y sin duda los festejos continuarán todo el día. Esperarán obsequios generosos, pero tenemos suficientes mercancías, y el honor exigirá que recibas varias veces ese valor en cosas que nos vendrán mejor. Además, ahora tenemos salvoconducto para viajar un buen trecho hacia el norte. —Hizo una pausa. El mar y la tierra suspiraban alrededor—. Oh, y si mañana por la noche tenemos buen tiempo, observa las estrellas, Piteas. Eso les impresionará.

—Y forma parte de aquello por lo cual viajamos —susurró el griego—. De aquello que tú has salvado.


4

<p>4</p>

Detrás se extendían las importantes minas de estaño de Dumnon, y el puerto al cual no iría ningún cartaginés mientras durase la guerra, y las tres naves. Lykias las custodiaba y se encargaba del calafateo y las reparaciones. Demetrios organizaba exploraciones terrestres en las costas del oeste y del sur. Piteas exploraba el interior y el norte de Pretania.

Con Hanno y una pequeña escolta militar, salió de las colinas a una llanura ondulante y agreste tachonada de pastos y tierras de labranza. Dominaban el paisaje terraplenes y un montículo gigantesco que se erguía dentro de una fosa. Ese cráter gredoso de cima hueca albergaba a hombres armados y sus viviendas.

El comandante recibió hospitalariamente a los viajeros, una vez que estuvo seguro de sus intenciones. La gente siempre ansiaba recibir noticias del exterior; la mayoría de los bárbaros tenían horizontes patéticamente estrechos. Hanno charlaba con un dumnoniano que los había acompañado hasta allí y ahora quería ir a casa. Un hombre llamado Segovax se ofreció para reemplazarlo y conducirlos hasta una gran maravilla de las cercanías.

Soplaba un helado viento otoñal. Las hojas ya eran amarillas, pardas y rojizas y empezaban a caer. Un sendero subía hasta una elevación donde raleaban los árboles. Las sombras de las nubes y la pálida luz del sol segaban inmensidades de hierba cetrina. A lo lejos, rebaños de ovejas se perdían en la soledad. Los griegos marchaban enérgicamente, conduciendo los ponis de carga que habían adquirido en Dumnonia. No regresarían al fuerte de la colina, sino que continuarían avanzando. Un invierno era poco tiempo para recorrer esa comarca, y Piteas tenía que estar de vuelta en el puerto en primavera.

Poco a poco, Piteas vio de qué se trataba. Al principio parecía pequeño, y supuso que la gente le daba tanta importancia porque no conocía nada mejor. Al acercarse, reparó cada vez más en su enorme tamaño. Dentro de una muralla de tierra derruida se erguía un triple círculo de piedras de unos setenta cubitos de anchura, y la más alta debía de tener la talla de tres hombres. Tenían encima losas de tamaño similar, grises, manchadas de liquen, castigadas por la intemperie, inescrutablemente poderosas.

—¿Qué es esto? —jadeó.

—Has visto obras megalíticas en el sur, ¿verdad? —susurró Hanno, la voz menos serena que las palabras.

—Sí, pero nada como esto… ¡Pregunta!

Hanno se volvió hacia Segovax y hablaron en celta.

—Dice que los gigantes lo construyeron en la alborada del mundo —le explicó Hanno a Piteas.

—Entonces esta gente es tan ignorante como nosotros —murmuró el griego—. Acamparemos aquí, al menos para pasar la noche. Tal vez aprendamos algo. —Era más una plegaria que una esperanza.

Durante el resto del día se dedicó a mirar y hacer mediciones. Hanno podía brindarle escasa ayuda y Segovax poca información. Piteas pasó un largo rato tratando de hallar el centro exacto del complejo y estudiando el lugar.

—Creo que aquella piedra… —dijo señalando—. El sol se elevará sobre ella el día del solsticio de verano. Pero no estoy seguro, y no podemos esperar para confirmarlo, ¿verdad?

Atardecía. Los soldados, que habían aprovechado la ocasión para remolonear, encendieron una fogata, cocinaron, se relajaron. Charlaban y reían. No tenían razones para temer un ataque de hombres mortales, ni para preguntarse qué fantasmas moraban allí.

El cielo se había despejado y, al anochecer, Piteas se alejó del campamento para efectuar observaciones, como hacía siempre que podía. Hanno lo acompañó, llevando una tablilla de cera y un estilo para registrar las mediciones. Como buen fenicio, sabía escribir sin luz. Piteas se valía de las protuberancias y los surcos para leer los instrumentos con los dedos, una medición menos precisa de la que deseaba pero preferible a ninguna. Cuando una roca bloqueó las fogatas, quedaron a solas con el cielo, en medio del círculo.

Titánicas masas negras los cercaban. Las estrellas titilaban como atrapadas entre las piedras. En lo alto se curvaba la Galaxia, un río de bruma por donde nadaba el Cisne. La Lira colgaba en silencio. El Dragón se enroscaba alrededor de un polo extrañamente alto en el cielo. El frío se intensificaba con las horas, la vasta rueda giraba, la escarcha blanqueaba las piedras.

—¿No nos convendría dormir? —preguntó Hanno al fin—. Estoy olvidando qué es la tibieza.

—Supongo que sí —masculló Piteas—. He aprendido todo lo posible. —Y de pronto exclamó—: ¡No es suficiente! Jamás lo será. Tendríamos que vivir un millón de años.


5

<p>5</p>

Siguieron rumbo al norte, dejando atrás tierras cada vez más agrestes rodeadas de arrecifes, hasta que la costa se curvó hacia el este. Las aguas eran tan escabrosas como la tierra donde se estrellaban las olas; los buques se mantenían lejos de la orilla y anclaban al atardecer. Era preferible privarse de una fogata a tener visitantes desconocidos. El cuarto día los promontorios rojos y amarillos de una isla se recortaron en la bruma. Piteas decidió pasar entre ella y la costa principal. Las naves continuaron su arduo avance hasta el anochecer.

Los hombres no vieron el alba, pues el aire era aún más denso. A popa una muralla de blancura se erguía en el horizonte. Soplaba una brisa ligera y había una visibilidad de unos doce estadios atenienses, así que izaron las velas goteantes. Dejaron atrás la abrupta isla y adelante, a estribor, distinguieron un borrón que debía de ser una isla más pequeña. Creció el rumor de las rompientes, y un estruendo subterráneo.

La muralla blanca rodó sobre ellos, cegándolos. La brisa murió y siguió una calma chicha que los dejó impotentes.

Esa niebla era inaudita. Desde el centro de la nave no se veía la proa ni la popa; un remolino gris y sofocante desdibujaba las cosas. Al costado apenas se distinguía la turbulencia estriada de espuma. El agua se posaba sobre el cordaje y se precipitaba en una llovizna maligna que bruñía la cubierta. La humedad apelmazaba el pelo, la ropa, el aliento y el frío los calaba hasta los huesos como si ya se estuvieran ahogando. No había formas, sólo ruidos. En el denso mar, los maderos crujían y el casco se mecía sin ton ni son. Soplaban ráfagas susurrantes, el oleaje rugía. Con cornetazos y voces roncas, cada nave llamaba desesperadamente a las otras naves invisibles.

Piteas, a popa junto al timón, meneó la cabeza.

—¿Por qué se elevan las olas cuando no hay viento? —preguntó en medio del bullicio.

El timonel aferró el inservible timón y se estremeció.

—Criaturas de la profundidades —jadeó— o los dioses de estas aguas, enfurecidos porque los molestamos.

—Lanza los botes —le aconsejó Hanno a Piteas—. Nos advertirán sí estamos a punto de chocar contra una roca, o quizá puedan sacarnos de aquí.

El timonel mostró los dientes.

—¿Pero qué estás diciendo? —exclamó— ¡No enviarás a esos hombres a los demonios! No irán.

—¡No los enviaré! —replicó Hanno— Yo los conduciré.

—¿Oyó —dijo Piteas.

El fenicio meneó la cabeza.

—No podemos arriesgar tu vida. ¿Quién más pudo habernos traído tan lejos, quién nos llevará de vuelta? Sin ti todos estamos perdidos. Ven, ayúdame a alentar a la tripulación.

Consiguió hombres, pues las serenas palabras de Piteas aplacaron el terror de los marineros. Desataron un bote, lo arrastraron hacia el flanco, lo alzaron sobre la borda cuando la cubierta se ladeó y olas de blancas crines galoparon debajo. Hanno bajó de un brinco, plantó las pantorrillas entre dos bancos, cogió un remo que le entregó un marinero, se apartó de la nave mientras otros remeros lo seguían. Avanzaron sujetos al extremo de un cabo, seguidos por el otro bote.

—Espero que los otros capitanes… —empezó Hanno. Una ráfaga de espuma ahogó palabras que nadie había oído.

La nave se perdió en la humosa humedad. El bote trepó por una ola que era como un cerro móvil, revoloteó en la cresta, se despeñó en un canal donde los hombres quedaron al pie de las murallas de agua que los rodeaban. El ruido rodaba sin rumbo. Hanno, al timón, sólo podía tratar de evitar que la estacha se enredara detrás.

—¡Remad! —gritó—. ¡Remad, remad, remad!

Los hombres jadeaban remando y achicando el agua. El mar les lamía los tobillos.

Una ola monstruosa los embistió. Giraron. Una catarata saltó de la niebla y rompió sobre sus cabezas. Cuando pudieron ver de nuevo, tenían el barco encima. El bote se estrelló contra el casco. El agua lo aplastó contra las tracas. La madera crujió, escupió clavos, gimió. El bote se partió en dos.

Piteas miró desde arriba. Un hombre pataleaba. El mar lo arrojó contra la nave, partiéndole el cráneo. Las aguas arrastraron los sesos, la sangre, el cuerpo.

—¡Cuerdas fuera! —gritó Piteas. No perdió tiempo en desenrollar un cabo. Desenvainó el cuchillo y liberó una escota de la floja vela mayor. Arrojó el extremo por la borda, hacia la niebla y la espuma. Los nadadores que se entreveían, perdidos en las aguas, no lograban alcanzarla. Pidió más cuerda. Aferrando la escota cortada en la mano izquierda, se deslizó por la borda. Los pies plantados en el casco, tendiendo el brazo para tensar el cordaje y mantenerse firme, se estiró. Con la mano derecha lanzó la segunda cuerda como un látigo.

Ahora era visible para aquellos a quienes deseaba salvar, excepto cuando ese lado de la nave se elevaba y una ola bañaba a Piteas. Un hombre le pasó al lado. Piteas le arrojó la cuerda. El hombre la agarró y los marineros de cubierta lo subieron a bordo.

El tercero a quien Piteas rescató fue Hanno, que estaba aferrado de un remo. Después se le agotaron las fuerzas. Subió con la ayuda de dos marineros y cayó desmañadamente junto al fenicio. Nadie más intentó imitar la hazaña; pero no se vieron más náufragos en las encrespadas aguas.

Hanno se incorporó.

—A la cabina, tú, yo y estos dos —ordenó. Le castañeteaban los dientes—. De lo contrario el frío nos matará. No habríamos sobrevivido diez minutos en esas aguas.

Una vez dentro, los hombres se desnudaron, se frotaron con toallas para acelerar la sangre, se arroparon con mantas.

—Estuviste magnífico, amigo —dijo Hanno—. No pensé que un erudito como tú, curtido, pero erudito al fin y al cabo, pudiera lograrlo.

—Tampoco yo —resolló Piteas.

—Nos salvaste de las consecuencias de mi locura.

—Locura no. ¿Quién podía prever que el mar fuera tan bravo cuando no hay viento?

—¿Qué puede haberlo causado?

—Demonios —murmuró un marinero.

—No —dijo Piteas—. Debe ser un truco de estas marejadas del Atlántico, corrientes en un estrecho erizado de islas y arrecifes.

Hanno rió entre dientes.

—¡Ha hablado el filósofo!

—Aún nos queda un bote —dijo Piteas—. Y nuestra suerte puede cambiar. Si queréis, muchachos, rezad a vuestros dioses. —Se tendió en su litera—. Yo pienso dormir.


6

<p>6</p>

Las naves resistieron, aunque una rozó una roca y se le abrieron las juntas. Cuando se disipó la niebla y se calmaron las aguas, los remeros impulsaron los tres navíos hacia la isla alta. Encontraron una caleta segura con una loma donde podrían reparar los daños con la bajamar.

Varias familias vivían en las cercanías: pescadores hirsutos, vestidos con pieles, que cuidaban algunos animales y sembraban diminutos jardines. Sus viviendas eran piedras amontonadas y techos de hierba sobre fosos. Al principio huyeron y los observaron de lejos. Cuando Piteas ordenó que les entregaran obsequios, regresaron tímidamente para recogerlos. Luego acogieron a los griegos como huéspedes.

Fue una suerte, pues una borrasca sopló desde el oeste. La caleta daba al este y los peñascos que la rodeaban apenas guarecían las naves, pero en otras partes la tormenta rugió con furia días y noches. Los hombres no lo resistían. Dentro, se esforzaban para hablar y oír a pesar del bullicio. Olas más altas que murallas se estrellaban contra los riscos del oeste. Rocas que pesaban toneladas eran arrancadas de los bajíos. La tierra temblaba. El aire era un torrente espumoso y salobre que azotaba la cara y cegaba los ojos. Era como si el mundo se hubiera precipitado en el caos primordial.

Piteas, Hanno y sus compañeros se agazapaban sobre algas secas tendidas sobre el suelo de tierra de una caverna sombría. Los rescoldos ardían en el hogar. Un humo acre flotaba en el aire helado. Piteas era una sombra más, y sus palabras un susurro en medio de esa violencia.

—La niebla, y ahora esto. Aquí no hay mar ni tierra ni aire. Todos se han vuelto uno, algo semejante a un pulmón marino. Más al norte sólo puede haber el Gran Hielo. Creo que estamos cerca de la frontera del reino de la vida. —Irguió la cabeza—. Pero no hemos llegado al fin de nuestra búsqueda.


7

<p>7</p>

Hacia el este, a cuatro días de navegación desde la punta norte de Pretania, los exploradores hallaron otra tierra. Se elevaba abruptamente desde el agua, pero las vegas protegían una gran bahía. En un extremo vivía un pueblo que recibió con los brazos abiertos a los recién llegados. No eran celtas, y eran aún más altos y rubios. Hablaban un idioma emparentado con una lengua germánica cuyos rudimentos Hanno había aprendido en viajes anteriores. Pronto se hizo entender. Ese pueblo mostraba la influencia de los celtas en las herramientas y las armas de hierro, en las artes y el modo de vida, pero tenía un espíritu más sobrio, menos obsesionado por lo sobrenatural. Los griegos se proponían permanecer poco tiempo allí, preguntar acerca de los parajes que buscaban, reaprovísionarse y continuar viaje. Pero su estancia se prolongó. Los afanes, los peligros y las pérdidas los habían desgastado. Aquí encontraban hospitalidad y admiración. A medida que aprendían el idioma, hallaban camaradería, compartían tareas, intercambiaban ideas, recuerdos y canciones, retozaban, se divertían. Las mujeres eran complacientes. Nadie pidió a Piteas que ordenara levar anclas ni le preguntó por qué no lo hacía.

Los huéspedes no eran parásitos. Les ofrecieron maravillosos regalos. Condujeron a bordo de una de sus naves a hombres que sólo conocían botes largos hechos de tablones cosidos, impulsados por remos. Esos hombres aprendieron más acerca de sus propias aguas y sus comunidades de otras tierras de lo que jamás habían soñado. Iniciaron transacciones comerciales, y visitaron algunos parajes por primera vez. Tierra adentro la caza era excelente, y los soldados llevaban gran cantidad de carne a casa. La presencia de los griegos, que revelaba la existencia de un mundo exterior, daba nueva chispa a la vida. Se sentían acogidos como hermanos.

Éste era el país que su gente llamaba Thule.

Llegó el verano, con sus noches de luz.

Hanno y una joven fueron a juntar bayas. Solos bajo la dulzura de los abedules, hicieron el amor. El largo día fatigó a la muchacha y al regresar a casa de su padre, durmió feliz. Hanno no pudo dormir. Se quedó tendido un buen rato en el camastro de pieles, sintiendo la tibieza de ella, oyendo la respiración de la familia, aspirando el tufo de las vacas del establo que había en un extremo de la única y larga habitación. Aunque la fogata a veces chisporroteaba, esa luz tenue no nacía allí sino en el cielo que se extendía más allá de la puerta de mimbre. Hanno se levantó, se cubrió la cabeza con la túnica y salió con sigilo.

Sobre él se extendía una profunda claridad que evocaba recuerdos de rosas blancas. Un puñado de estrellas casi invisibles titilaba a través del fulgor. El aire fresco estaba tan quieto que se oía el agua batiendo contra la orilla. El rocío centelleaba en el declive que descendía hacia la ancha superficie de plata. Tierra adentro, el suelo trepaba hacia montañas cuyos riscos azules se recortaban contra el cielo.

Se alejó de la aldea. Las casas estaban apiñadas en una doble hilera que terminaba en un gran cobertizo donde trillaban el grano, en ese clima lluvioso, y que hacía las veces de fortaleza en caso de ataque. Más allá había arrozales, colmenares, parcelas que la proximidad de la cosecha pintaba de oro. Caminó en dirección opuesta, hacia la playa. Cuando llegó a la hierba, se limpió de los pies descalzos la suciedad que los cerdos y pollos sueltos habían dejado en el sendero. La humedad lo acarició. Siguió andando hasta una playa de guijarros, piedras frías y duras pero redondeadas. La marea bajaba, una pulsación potente que apenas se conocía en el Mediterráneo, y las algas se esparcían sobre la playa. Olían a sal, profundidades, misterios.

A cierta distancia un hombre miraba hacia arriba. El bronce del instrumento que él apuntaba al cielo despedía un fulgor. Hanno se le acercó.

—¿Tú también? —murmuró.

Piteas se sobresaltó, dio media vuelta.

—¡Qué alegría! —saludó mecánicamente. En el luminoso crepúsculo era evidente que la sonrisa era forzada.

—No es fácil dormir con tanta claridad —aventuró Hanno. Los nativos no dormían mucho.

Piteas asintió. —Odio perder un solo minuto de esta magnificencia.

—Aunque es pésima para la astronomía.

—Aja. Durante el día he estado recogiendo datos que arrojarán un valor más preciso para la oblicuidad de la eclíptica.

—Ya deberías tener bastantes. Ha pasado el solsticio.

Piteas desvió la mirada.

—Y hablas a la defensiva —insistió Hanno— ¿por qué nos demoramos aquí?

Piteas se mordió el labio.

—Aún quedan muchos descubrimientos por hacer. Es como un mundo nuevo.

—Como la tierra de los lotófagos —rezongó Hanno.

Piteas alzó el cuadrante como si fuera un escudo.

—No, no, éstas son personas reales. Trabajan y tienen hijos y envejecen y mueren, al igual que todos nosotros.

Hanno lo observó. Las aguas susurraban.

—Es Vana, ¿verdad? —dijo al fin el fenicio.

Piteas quedó atónito.

—Muchas de estas muchachas son bellas —continuó Hanno—. Altas, esbeltas, una tez bronceada por el verano, ojos como el cielo que rodea el sol, y esas melenas rubias… oh, sí. Y la que está contigo es la más guapa de todas.

—Es más que eso —dijo Piteas—. Ella es… libre. Sin prejuicios, cándida, pero muy rápida y ávida de aprender. Orgullosa, valiente. Los griegos enjaulamos a nuestras esposas. Nunca hacía pensado en ello, ¿pero no es culpa nuestra si las pobres criaturas se vuelven tan obtusas que buscamos solaz en otros hombres?

—O en prostitutas.

—Vana es tan ardiente como la hetaira más fogosa. Pero no está en venta, Hanno. Me ama de veras. Hace unos días descubrimos que está encinta. Vino a mis brazos llorando y riendo.

—Es magnífica, sin duda, pero es bárbara.

—Eso se puede alterar.

Hanno meneó la cabeza.

—No té engañes. No es como tú. ¿Crees que podrás llevarla cuando zarpemos? Si sobreviviera a la travesía, se marchitaría y moriría en Massalia, como toda flor silvestre arrancada. ¿Qué haría de sí misma? ¿Qué clase de vida podrías darle? Es muy tarde. Para ambos.

Piteas guardó silencio de nuevo.

—Tampoco puedes instalarte aquí —dijo Hanno—. Recapacita. Tú, un hombre civilizado, un filósofo, apiñado con seres humanos y vacas en una mísera choza de argamasa tosca. Sin libros. Sin correspondencia. Sin oratoria. Sin esculturas, templos ni tradiciones propias, nada de lo que ha formado tu alma. Esa dama envejecerá deprisa, se le caerán los dientes y se le aflojarán los senos, y la odiarás porque fue el señuelo que te atrapó. Recapacita, por favor.

Piteas cerró la mano libre con fuerza y se golpeó el muslo una y otra vez.

—Pero ¿qué puedo hacer?

—Márchate. A ella no le costará conseguir un esposo que críe al niño. Su padre es una persona de buena posición, ella ha demostrado que es fértil, y cada niño es precioso, dado los que pierden. Hazte a la mar. Vinimos en busca de la isla del Ámbar, ¿recuerdas? Y si es un mito, queremos descubrir cuál es la realidad. Debemos aprender un poco sobre estas costas y mares del este. Nos proponemos regresar a Pretania y terminar de circunnavegarla, determinar su forma y tamaño, porque es importante para Europa de un modo que Thule no lo será durante siglos. Y luego regresarás a tu gente, tu ciudad, tu esposa, tus hijos y tus nietos. ¡Cumple con tu deber, nombre!

—Hablas con crudeza.

—Debido al respeto que siento por ti, Piteas.

El griego miró de un lado a otro: las montañas erguidas contra ese cielo cuya luz velaba las estrellas, los bosques y los prados, el océano, invisible allende la brillante bahía.

—Sí —dijo al fin—. Tienes razón. Tendríamos que haber partido hace tiempo. Lo haremos. Soy un necio reblandecido por la edad.

Hanno sonrió.

—No, simplemente un hombre. Ella te devolvió una primavera que creías haber perdido en el corazón. Es algo que he visto a menudo.

—¿Te ha pasado a ti?

Hanno apoyó la mano en el hombro de su amigo.

—Ven —dijo—, volvamos y tratemos de dormir. Tenemos trabajo que hacer.


8

<p>8</p>

Maltrechas, zarandeadas, despintadas y triunfantes, las tres naves se acercaron al puerto de Massalia. Era un vivido día de otoño, y el agua bailaba y chispeaba como si hubieran esparcido diamantes sobre zafiros, pero soplaba poco viento y las quillas estaban sucias, avanzaban despacio.

Piteas llamó a Hanno.

—Quédate conmigo en la proa —le solicitó—, pues quizá sea la última charla tranquila que tengamos.

El fenicio se le acercó. Piteas era su propio vigía en esta hora final de la travesía. —Estarás muy ocupado —convino Hanno—. Todo el mundo querrá hablar contigo, interrogarte, oír tus declaraciones, enviarte cartas, pedirte que escribas tus experiencias.

Piteas torció los labios.

—Siempre de broma, ¿verdad?

Miraron un rato el mar. Ahora que terminaba la temporada de navegación, las olas —pequeñas y suaves, tan distintas a las del Atlántico— estaban atestadas de embarcaciones. Botes de remo, chalanas, pesqueros sucios de brea, rechonchos buques mercantes, un gran carguero con grano de Egipto, una barcaza con bordes dorados, dos esbeltas naves de guerra erizadas de remos, todas procuraban avanzar. Se oían órdenes y juramentos. Las velas tronaban, las vergas rechinaban, los toletes crujían. La ciudad brillaba en frente y un intrincado resplandor blanco con matices azules rebosaba sus murallas. Jirones de humo ondeaban sobre los tejados rojos. Granjas y villas se apiñaban entre rastrojos, prados aún verdes, pinos oscuros y huertos amarillentos. Detrás de las colinas se erguía una cordillera. Cientos de gaviotas aleteaban y graznaban como una nevisca del norte.

—¿No cambiarás de parecer, Hanno? —preguntó Piteas.

—No puedo —masculló Hanno—. Me quedaré para cobrar mi paga y luego me marcharé.

—¿Por qué? No lo entiendo. Y no quieres explicarte.

—Es mejor.

—Un hombre hábil como tú tiene un gran futuro aquí…, posibilidades ilimitadas. Y no como extranjero. Con mis influencias, puedo hacerte ciudadano de Massalia, Hanno.

—Lo sé. Lo has dicho antes. Gracias, pero no.

Piteas tocó la mano del fenicio, que aferró la borda con fuerza. —¿Temes que la gente te recrimine tu origen? No lo hará, te lo prometo. Estamos por encima de eso, somos una cosmópolis.

—Soy un extraño en todas partes.

—Nunca me has abierto tu alma —suspiró Piteas—, tal como yo te la he abierto a ti. Y aun así… nunca me he sentido tan cerca de nadie. Ni siquiera de… —Se interrumpió, y ambos desviaron los ojos.

Hanno adoptó de nuevo su voz tranquila. Sonrió.

—Hemos compartido cosas tremendas, buenas y malas, terribles y aburridas, divertidas y espantosas, deliciosas y mortales. Eso forja vínculos.

—Y sin embargo los cortarás… ¿Sin más? —musitó Piteas—. ¿Simplemente dirás adiós?

Por un instante, antes de que Hanno recobrara su expresión burlona, algo se desgarró en él y el griego entrevió un dolor desconcertante.

—¿Qué es la vida sino siempre decir adiós?


II. Los melocotones de la eternidad

<p>II. Los melocotones de la eternidad</p>

Un inspector de Ch'ang-an visitaría a Yen Ting-kuo, subprefecto del distrito del Arroyo Caudaloso, por encargo del mismo emperador. Un correo llegó de antemano, dando a la familia tiempo para preparar una bienvenida adecuada. La partida llegó al mediodía: primero una polvareda en el camino del este, luego una tropa de hombres montados, servidores y soldados, escoltando un carruaje tirado por cuatro caballos blancos.

La gallardía de los pendones en alto y el metal relampagueante contrastaba con la serenidad del paisaje. Desde la cima de la colina donde vivía Yen Ting-kuo, la vista abarcaba hasta la Aldea de Piedra Molar, paredes de tierra, techos de tejas o bálago apiñados a lo largo de callejones donde trajinaban cerdos y labriegos, un grato espectáculo que formaba parte del amarillento suelo de loes del cual los hombres extraían su alimento. Más allá se extendían las tierras. Empezaba el verano, y el intenso verdor de la cebada y el mijo cubría las terrazas, moteadas con las prendas azules de los labriegos. Las diminutas granjas estaban muy desperdigadas. Aquí y allá los huertos habían terminado de florecer, los frutos estaban maduros y las hojas llenas de sol. A lo largo de las zanjas de irrigación, los sauces tiritaban en una brisa que olía a fecundidad. En las lomas lejanas los pinos y cipreses se erguían con oscura dignidad. A izquierda y derecha los contornos de los altos pastos se perfilaban en la sombra.

Al oeste de la aldea las colinas se volvían abruptas y boscosas. El viaje a la frontera, hasta los dominios de los tibetanos, los mongoles y otros bárbaros, continuaba siendo difícil, pero aquí la civilización ya empezaba a ralear y se valoraba más que en los centros urbanos, donde disfrutaban de ella plenamente.

Yen Ting-kuo murmuró:

Bella es la procesión de estaciones que nos legaron los dioses, y la procesión de costumbres y ritos que nos legaron los antepasados…pero interrumpió el antiguo poema y entró por el portón. Normalmente habría seguido hasta la casa y habría esperado dentro. Para recibir al enviado imperial, se instaló en el porche con sus hijos, ataviados con sus mejores prendas. Los criados flanqueaban el camino que atravesaba el patio interior; en otras partes los arbustos formaban un laberinto que conducía a un estanque con pececillos. Mujeres, niños y peones se apiñaban en otros edificios del complejo.

Repiqueteos, cascabeles y clamores anunciaron la llegada. Un palafrenero la anunció más formalmente, y al desmontar fue recibido por el chambelán del subprefecto. Intercambiaron gestos y palabras. Luego apareció el inspector. Los criados se prosternaron y Yen Ting-kuo hizo la reverencia debida a un noble de rango menor. Ts'ai Li respondió con cortesía. No era imponente, sino de talla baja y bastante joven para su jerarquía, mientras que el subprefecto era alto y canoso. Incluso los emblemas que el inspector se había puesto al bajar del vehículo mostraban indicios de Un viaje agotador. Sin embargo, su aplomo revelaba muchas generaciones de proximidad con el trono. Anfitrión y huésped simpatizaron de inmediato.

Poco después pudieron hablar a solas. Ts'ai Li había ido a sus aposentos, donde lo habían bañado y le habían cambiado el atuendo. Entretanto se hicieron arreglos para que su séquito, sus asistentes y criados se alojaran en el complejo según el rango, y los soldados entre los aldeanos. Atractivos aromas flotaban en el aire, la preparación de un banquete: especias, hierbas, carnes asadas —aves, lechones, perro, tortuga— y tibios licores. Chasquidos de cítara y campanilleos llegaban desde la casa donde ensayaban los cantores y las bailarinas.

El inspector había insinuado que antes de la reunión con los funcionarios locales deseaba entablar una charla confidencial. Conversaron en una cámara casi desnuda excepto por dos biombos, esteras de paja fresca, apoyabrazos, una mesa baja con vino y tortas de arroz del sur.

Era una habitación brillante y aireada de agradables proporciones; las pinturas —bambúes y una escena de montaña— y la caligrafía de los biombos eran exquisitas. Ts'ai Li manifestó mesuradamente su admiración, dando a entender que le agradaban pero no exigía que se las obsequiaran.

—El esclavo de mi señor lo agradece con humildad —dijo Yen Ting-kuo—. Temo que en estas zonas remotas nos encontrará pobres e incultos.

—En absoluto —replicó Ts'ai Li. Sus largas uñas pintadas relucieron cuando se acercó la taza a los lacios—. En verdad, esto parece un refugio de paz y orden. Cielos, aun cerca de la capital medran la chusma y el bandidaje, mientras que en otras partes cunde la rebelión abierta, y sin duda los hsiung-nu nos vuelven a mirar ávidamente desde allende la Muralla. Por eso llevo mi escolta. —Su tono manifestó desdén por los soldados, la más baja de las clases libres—. Gracias al Cielo, no fue necesario utilizarla. Los astrólogos anunciaron que era un día propicio para mi partida.

—Quizá la presencia de los soldados contribuyó a que lo fuera —dijo Yen Ting-kuo, con sequedad.

Ts'ai Li sonrió.

—Palabras de un benévolo y viejo barón. Supongo que nuestra familia ha brindado líderes a este distrito por mucho tiempo.

—Desde que el emperador Wu-ti escogió a mi honrado antepasado Yen Chi después de sus servicios contra los bárbaros del Norte.

—¡Ah, ésos fueron días de gloria! —suspiró Ts'ai Li—. Nosotros, herederos empobrecidos, sólo podemos luchar contra un creciente caudal de problemas.

Yen Ting-kuo se balanceó sobre los talones, se aclaró la garganta y miró a su huésped.

—Sin duda mi señor guía ese esfuerzo —dijo—, habiendo realizado un viaje tan largo y arduo. ¿En qué podemos contribuir a sus rectos propósitos?

—Ante todo necesito información, y tal vez un guía. A la capital han llegado ciertos rumores sobre un sabio, un verdadero santo, que vive en vuestros dominios.

—¿Qué? —exclamó Yen Ting-kuo, asombrado.

—Historias de viajeros, pero hemos interrogado a varios de ellos, y sus descripciones coinciden. Predica el Tao, y su virtud parece haberle proporcionado gran longevidad. —Ts'ai Li titubeó—. ¿Inmortalidad, acaso? ¿Qué sabéis, subprefecto? —Ya. —Yen Ting-kuo frunció el ceño—. Entiendo. El que se hace llamar Tu Shan.

—¿Sois escéptico, entonces?

—No concuerda con mi idea de un santo, inspector —masculló Yen Ting-kuo—. Por aquí hay muchos que afirman ser tal cosa, pues la gente sencilla es demasiado crédula, especialmente en tiempos turbulentos. Vagabundos sin amo, que en vez de trabajar mendigan o lisonjean para ganarse la vida. Se atribuyen poderes tremendos. Los campesinos juran que han visto a uno de ellos curar a los enfermos, exorcizar demonios, resucitar a los muertos y cosas por el estilo. He examinado algunos casos sin hallar pruebas de nada, excepto de que a menudo el vagabundo se apropia del dinero de los hombres y del cuerpo de las mujeres, convenciéndolos de que ése es el Camino, antes de continuar la marcha.

Ts'ai Li entornó los ojos.

—Sabemos que hay charlatanes —dijo—. También sabemos que hay vulgares wu, magos tradicionales, honestos pero analfabetos y muy supersticiosos. En verdad, sus creencias y prácticas han contaminado las otrora puras enseñanzas de Lao Tse. Es lamentable.

—¿Acaso la corte no sigue los preceptos del gran K'ung Fu Tse?

—Exacto. Aun así, subprefecto, la sabiduría y la fortaleza escasean. Debemos buscarlas donde las podamos encontrar. Lo que hemos oído sobre el tal Tu Shan induce al Único a creer que será una voz deseable entre los consejeros imperiales.

Yen Ting-kuo miró la taza como buscando una revelación confortante.

—La gente como yo no es quien para cuestionar al Hijo del Cielo —dijo al fin—. Y sin duda ese sujeto es inofensivo. —Rió—. Tal vez sus consejos no resulten peores que los de otros. Ts'ai Li lo miró en silencio antes de susurrar:

—¿Insinúas, subprefecto, que el emperador ha recibido mal asesoramiento en el pasado?

Yen Ting-kuo palideció, se sonrojó y se apresuró a responder:

—No quise ser irrespetuoso, mandarín.

—Claro que no. Por supuesto —murmuró Ts'ai Li—. Aunque, entre nosotros, la insinuación es muy atinada.

Yen Ting-kuo lo miró desconcertado.

—Reflexionad —lo exhortó Ts'ai Li—. Hace diez años que el glorioso Wang Mang recibió el Mandato del Cielo. Ha decretado muchas reformas y ha buscado por todos los medios mejorar la situación de su pueblo. Pero cunde la inquietud. Así como cunden la pobreza en el interior y la arrogancia de los bárbaros en el exterior. —Tácitamente daba a entender: Muchos, cada vez más, afirman que los Hsin no constituyen una nueva dinastía sino una mera usurpación, un producto de las intrigas palaciegas, y que es hora de devolver a los Han el poder que les corresponde—. Es obvio que se necesita mejor asesoramiento. La inteligencia y la virtud a menudo moran bajo el techo de un plebeyo.

—La situación ha de ser desesperada, si os enviaron tan lejos para seguir un mero rumor —exclamó Yen Ting-kuo. Y se apresuró a añadir—: Desde luego, vuestra exaltada presencia nos honra y nos deleita, mi señor.

—Sois muy gentil, subprefecto —dijo Ts'ai Li con voz cortante—. ¿Pero qué podéis decirme de Tu Shan?

Yen Ting-kuo desvió los ojos, frunció el ceño, se mesó la barba y habló despacio.

—Francamente, no puedo decir que sea un bribón. Investigo todas las cosas cuestionables que llegan a mis oídos, y no he sabido que defraudara a nadie ni que hiciera nada malo. Es sólo que… no concuerda con mi idea de lo que es un santo.

—Los buscadores del Tao pueden ser… un poco excéntricos.

—Lo sé. Aun así… Pero dejadme contaros. Se presentó entre nosotros hace cinco años, tras atravesar comunidades del norte y del este, habitando un tiempo en algunas de ellas. Con él viajaba un solo discípulo, un joven granjero. Desde entonces reclutó dos más, y rechazó a otros. Se ha instalado en una caverna del bosque, a tres o cuatro horas de marcha, junto a una cascada. Allí medita, o eso afirma. He ido allí, y Tu Shan ha transformado la caverna en una cómoda morada. No tiene lujos, pero no sufre escasez. Los discípulos han construido una cabaña en las cercanías. Cultivan grano, pescan, recogen avellanas, bayas y raíces. La gente les lleva otros obsequios, incluido dinero. Van allí a oír sus palabras y confiarle sus penas, pues él sabe escuchar, y recibir su bendición o simplemente pasar un rato en su silenciosa presencia. De cuando en cuando viene aquí y se está un par de días. Entonces ocurre lo mismo, salvo que bebe y come bien en nuestra única posada y se solaza en nuestra única casa de placer. Me han dicho que es un amante fogoso. Bien, no he oído decir que sedujera a la esposa ni a la hija de nadie. No obstante, su conducta no me parece piadosa, ni sus prédicas parecen tener mucho sentido.

—El Tao no se puede expresar en palabras.

—Lo sé. Aun así, aun así…

—Y en cuanto a hacer el amor, he oído que los entendidos en el Tao afirman que de ese modo, especialmente si se prolonga el acto todo lo posible, un hombre logra equilibrar su Yang con el Yin. Al menos, eso es lo que afirma una corriente de pensamiento, aunque me han dicho que otros no están de acuerdo. Pero no podemos esperar una conducta convencionalmente respetable en un hombre cuyo propósito en la vida es la iluminación.

Yen Ting-kuo sonrió amargamente.

—Creo que mi señor es más tolerante que yo.

—No, sólo deseo prepararme antes de partir, para comprender mejor lo que encuentre. —Ts'ai Li hizo una pausa—. ¿Qué sabéis de la vida anterior de Tu Shan? ¿Cuánta verdad hay en su presunta longevidad? Oí decir que tiene aspecto de hombre joven.

—Tiene el aspecto, el vigor y todo lo demás. ¿Un sabio no debería tener un aire más circunspecto? —Yen Ting-kuo aspiró—. Bien, he investigado acerca de esas afirmaciones. Aunque él no las hace en voz alta. De hecho, nunca menciona el asunto a menos que deba hacerlo por alguna razón, como para explicar que Chou P'eng, muerto hace mucho, fue su maestro. Pero tampoco ha intentado disimular. He podido interrogar a personas y visitar algunos sitios, cuando mis ocupaciones me llevaban por esos rumbos.

—Por favor, contadme qué habéis averiguado, para que pueda compararlo con el resto de mi información.

—Bien, es evidente que nació hace más de cien años. Fue en el distrito de las Tres Rocas Grandes, y pertenecía sólo a la clase de los artesanos. Siguió el oficio del padre, herrero, se casó, tuvo hijos, nada inusitado al margen de no envejecer. Eso lo transformó gradualmente en la maravilla del poblado, pero al parecer no sacó partido de ello. En cambio, cuando se casaron sus hijos y falleció su esposa, anunció que buscaría la sabiduría, la razón de su extraña condición y de todo lo demás en este mundo. Echó a andar, y no se volvió a oír hablar de él hasta que se hizo discípulo de Chou P'eng. Cuando murió ese viejo sabio, Tu Shan continuó viaje, enseñando y practicando el Tao tal como él lo entendía. No sé cuan fiel es a las enseñanzas de Chou P'eng. Tampoco sé cuánto tiempo piensa quedarse aquí. Tal vez él mismo no lo sepa. Le he preguntado, pero estas personas son hábiles para evadir preguntas que no desean responder.

—Gracias. Eso confirma los informes que he recibido. Un hombre de vuestra perspicacia, subprefecto, verá que esa vida indica poderes extraordinarios de alguna clase y…

Una figura respetuosa apareció en la puerta.

—Entra y habla —dijo Yen Ting-kuo.

El secretario de Ts'ai Li avanzó un paso, hizo una reverencia y anunció:

—Este servidor suplica perdón por molestar a sus superiores. Sin embargo, se ha enterado de algo que puede resultar de interés y aun de urgencia. El sabio Tu Shan se dirige a la aldea por el camino del oeste. ¿Mi señor tiene alguna orden?

—Bien, bien —murmuró el subprefecto—. Qué interesante coincidencia.

—Si es una coincidencia… —respondió Ts'ai Li.

Yen Ting-kuo enarcó las pobladas cejas.

—¿Acaso previo la llegada y el propósito de mi señor?

—No es preciso que sean poderes ocultos. El Tao obra para armonizar los acontecimientos.

—¿Deseáis que lo convoque aquí, o que le ordene esperar a mi señor?

—Ninguna de ambas cosas. Aunque me duele interrumpir esta fascinante conversación, yo iré a verlo a él. —Ante la mirada sorprendida del anfitrión, Ts'ai Li añadió—: A fin de cuentas, si él no hubiera venido yo habría ido a su refugio. Si es digno de respeto, demostremos respeto.

Con su susurro de seda y brocado, se levantó del cojín y echó a andar. Yen Ting-kuo lo siguió. El palafrenero del inspector se apresuró a llamar a una cantidad apropiada de asistentes para seguir a los magnates. Atravesaron el portón y marcharon colina abajo con paso digno.

Un viento fuerte soplaba ahora desde el norte, enfriando el aire, empujando nubes cuyas sombras cruzaban la tierra como guadañas. El polvo amarillo se arremolinaba sobre los campos y el camino. Una bandada de cuervos pasó volando. Sus graznidos se enredaron con los murmullos de la gente, la multitud se había reunido ante el pozo de la aldea. Estaban aquellos que no trabajaban en los campos: comerciantes, artesanos, sus mujeres e hijos, los viejos e inválidos. Los soldados de la escolta del enviado imperial se mezclaban con ellos, acuciados por la curiosidad.

Todos rodeaban a un hombre que se había detenido junto al brocal. Era de complexión robusta y vestía como un labriego: pantalones y chaqueta acolchados y azules. Iba descalzo, los pies llenos de callos. Llevaba la cabeza descubierta, y rizos negros ondeaban bajo el pelo anudado en la coronilla. Tenía una cara ancha, de nariz chata, curtida. Había apoyado un cayado cerca del brocal y tenía una niñita en el hombro. Cerca de él había tres jóvenes, vestidos tan sencillamente como él.

—¡Ja, pequeña! —rió el hombre, haciéndole cosquillas—. ¿Quieres montar tu viejo caballo? Pequeña desvergonzada. —Ella se contorsionó entre risitas.

—Bendícela, maestro —pidió la madre.

—Vaya, pues ella misma es la bendición —replicó el hombre—. Aún está cerca del Manantial de la Quietud al cual ansían regresar los hombres sabios. Aunque eso no te impide desear una golosina, ¿eh, Meimei?

—¿La infancia puede ser mejor que la vejez? —preguntó con voz trémula un encorvado anciano de abundante barba blanca. —¿Queréis que enseñe con el gaznate reseco por el polvo del camino? —respondió cordialmente el hombre—. No, por favor, primero unas copas de vino. Todo exceso es malo, incluso en la autonegación.

—¡Abrid paso! —exclamó el palafrenero—. ¡Paso al señor Ts'ai Li, enviado imperial de Ch'ang-an, y el señor del distrito, Yen Ting-kuo!

Todos enmudecieron. La gente se apartó. La asustada niña gimoteó y buscó a la madre. El hombre se la entregó a la mujer y se inclinó, cortés pero no sirviente, ante las dos figuras con túnica.

—He aquí a nuestro sabio Tu Shan, inspector —dijo el subprefecto.

—¡Largo de aquí! —ordenó el palafrenero a los plebeyos—. Ésta es una cuestión de Estado.

—Pueden escuchar si desean —dijo Ts'ai Li con suavidad.

—El hedor de esa chusma no debe ofender el olfato de mi señor —declaró el palafrenero, y la multitud retrocedió, formando grupos y mirando boquiabierta.

—Volvamos, pues, a la casa —propuso Yen Tingkuo—. Hoy recibes un gran honor, Tu Shan.

—Doy las gracias de todo corazón a mi señor —respondió el recién llegado—, pero estamos harapientos y sucios, y no merecemos entrar en vuestro hogar. —El acento no era educado pero tampoco soltaba inculto. La profunda voz era risueña, al igual que los ojos chispeantes—. ¿Puedo tomarme la libertad de presentar a mis discípulos Ch'i, Wei y Ma? —Los tres jóvenes se prosternaron hasta que él les indicó que se levantaran.

—Pueden acompañarnos —dijo Yen Ting-kuo, sin ocultar su disgusto.

Tu Shan lo percibió.

—Quizá mi señor desee explicar enseguida su cometido —le dijo a Ts'ai Li—. Entonces sabremos si pierde el tiempo o no al buscarlo.

El inspector sonrió.

—Espero que no, sabio señor, pues ya he perdido mucho —dijo. Al barón, al secretario y al resto, estupefactos ante lo que habían oído, comentó—: Tu Shan tiene razón. Me ha ahorrado la dificultosa marcha hasta su ermita.

—Casualidad —dijo el aludido—. Y tampoco se requiere una percepción sobrenatural para adivinar vuestro cometido.

—Alégrate —respondió Ts'ai Li—. Los comentarios sobre ti han llegado a los augustos oídos del emperador. Me pidió que te buscara y te llevara a Ch'ang-an, para que el reino se beneficie con tu sabiduría.

Los discípulos soltaron una exclamación antes de recobrar la compostura. Tu Shan no se inmutó.

—Sin duda el Hijo del Cielo tiene un sinfín de consejeros —dijo.

—En efecto, pero son insuficientes. Como dice el proverbio, mil ratones no equivalen a un tigre.

—Tal vez mi señor sea un poco injusto con los consejeros y ministros. Ellos realizan tareas abrumadoras que mi pobre y escaso ingenio no puede comprender.

—Tu modestia es loable. Revela tu carácter.

Tu Shan negó con la cabeza.

—No, soy necio e ignorante. ¿Cómo podría atreverme siquiera a ver el trono imperial?

—Te menosprecias —replicó Ts'ai Li con impaciencia—. Nadie puede haber vivido tanto como tú sin ser inteligente y sin haber ganado experiencia. Más aún, has reflexionado sobre lo que observaste y has extraído de ello valiosas lecciones.

Tu Shan sonrió hoscamente como si estuviera ante un igual. —Sí algo he aprendido, es que la inteligencia y el conocimiento valen poco por sí mismos. Sin la iluminación que trasciende las palabras y el mundo, sólo nos brindan maravillosas razones para hacer lo que pensábamos hacer de todos modos.

Yen Ting-kuo no pudo abstenerse de intervenir.

—Vamos, no eres un asceta. El emperador recompensa con imperial generosidad a todos los que le sirven bien.

Tu Shan cambió sutilmente de actitud, como un maestro ante un alumno lerdo.

—He visitado Ch'ang-an en mis vagabundeos. Y aunque no entré en el palacio, estuve en mansiones. Señores míos, allí hay demasiadas paredes. Cada pabellón está apartado del otro, y cuando al atardecer suenan los tambores de las torres, los portones se cierran para todos salvo para los nobles. En las montañas uno viaja libremente bajo las estrellas.

—Para quien recorre el Camino, todos los lugares deberían ser semejantes —dijo Ts'ai Li.

Tu Shan inclinó la cabeza.

—Mi señor es versado en el Libro del Camino y su Virtud. Pero yo soy un torpe, medio ciego, que se tropezaría constantemente contra esas paredes.

Ts'ai Li dijo con frialdad:

—Creo que presentas excusas para eludir un deber difícil. ¿Para qué predicas entre los demás, si te importan tan poco que no pones tus ideas al servicio de ellos?

—Así no se les puede ayudar. —Aunque Tu Shan habló en voz baja, sus palabras vibraron en el viento—. Sólo ellos pueden encararse a sus problemas, así como cada hombre sólo puede encontrar el Tao por sí mismo.

—¿Niegas la beneficencia del emperador? —preguntó Ts'ai Li, con voz cortante como una daga.

—Muchos emperadores han ido y venido. Muchos más lo harán. —Tu Shan gesticuló—. Mira la polvareda. Otrora también tuvo vida. Sólo el Tao permanece.

—Te arriesgas… a ser castigado, sabio señor.

Tu Shan soltó una carcajada y se palmeó el muslo.

—¿Cómo puede dar consejos una cabeza separada del cuello? —dijo, recobrando la calma—. Mi señor, no deseo ser irrespetuoso. Sólo digo que no soy apto para la tarea que tienes en mente, y soy indigno de ella. Llévame contigo y pronto te convencerás de ello. Será mejor que ahorres el valioso tiempo del Único.

Ts'ai Li suspiró. Yen Ting-kuo, observando al inspector, se calmó un poco.

—Bribón —rezongó Ts'ai Li—, usas el Libro…, ¿cómo dice ese verso? «Como agua, blanda y dócil, que desgasta la piedra más dura…»

Tu Shan hizo una reverencia.

—¿No deberíamos decir, más bien, que el arroyo fluye hacia su destino mientras la estúpida roca se queda donde estaba?

Ahora fue Ts'ai Li quien habló como ante un igual.

—Si no deseas ir, así sea. Perdóname cuando comuniqué que me habías defraudado.

—Lo expresáis con gran astucia.

Tu Shan esbozó una sonrisa y se inclinó ante Yen Ting-kuo.

—Como puedes ver, mi señor, no hay razones para que yo ensucie tus bellas esteras. Será mejor que mis discípulos y yo nos retiremos al instante de tu presencia.

—Bien —dijo con frialdad el subprefecto.

El inspector le lanzó una mirada reprobatoria, se volvió de nuevo hacia Tu Shan y preguntó casi en un susurro: —Sin embargo, sabio señor, has vivido más que casi cualquier otro hombre, y no muestras signos de vejez. ¿Puedes al menos decirme cómo ha ocurrido?

El rostro de Tu Shan adquirió una expresión solemne.

—Siempre me lo he preguntado —respondió, casi con piedad.

—¿Y bien?

—Nunca doy una respuesta clara, pues no la tengo.

—Sin duda la conoces.

—He dicho que no, pero la gente insiste. —Tu Shan pareció ahuyentar la tristeza—. Cuenta la historia que en el jardín de Hsi Wang Mu, Madre del Oeste, crecen ciertos melocotones, y que aquel a quien ella le permite saborearlos se vuelve inmortal.

Ts'ai Li lo miró durante un largo rato.

—Como desees, sabio señor —respondió al fin con un hilo de voz. Los curiosos suspiraron, miraron a su alrededor y se retiraron uno por uno. El inspector inclinó la cabeza—. Me marcho asombrado.

Tu Shan respondió al saludo.

—Saluda al emperador. También él merece compasión.

Yen Ting-kuo se aclaró la garganta, titubeó y ante un gesto siguió a Ts'ai Li fuera de la aldea. Regresaron a la mansión subiendo por la colina, seguidos por sus asistentes. Los plebeyos hicieron una reverencia, agachándose sobre las manos entrelazadas y retrocedieron hacia sus hogares. Tu Shan y sus discípulos permanecieron a solas junto al pozo. El viento murmuraba en el silencio. Las sombras iban y tenían.

Tu Shan cogió el cayado.

—Venid —dijo.

—¿Adonde, maestro? —aventuró Ch'i. —A nuestro refugio. Después… —Por un instante, el dolor le cruzó la cara—. No sé. A otra parte. Hacia las montañas del oeste, tal vez.

—¿Temes una represalia, maestro? —preguntó Wei.

—No. Confío en la palabra de ese señor. Pero conviene marcharse. Este viento huele a problemas.

—El maestro lo sabe —dijo el atrevido Ma—. Debe de haber sentido ese olor a menudo en sus muchos años. ¿De veras saboreaste esos melocotones?

Tu Shan sonrió.

—Tenía que decirle algo a ese hombre. Sin duda la historia se difundirá, y se inventarán anécdotas sobre otros que hicieron lo mismo. Bien, nosotros estaremos lejos.

Se puso en marcha.

—Os he advertido, jóvenes —continuó—, y os advertiré de nuevo. No tengo inspiración, ni secretos que revelar. Soy la más común de las personas, excepto que de algún modo, por alguna razón, mi cuerpo ha permanecido joven. Así que busqué el entendimiento, y descubrí que éste es el único modo de vida posible para los que son como yo. Si queréis escucharme, hacedlo. De lo contrario, id con mi bendición. Entretanto, andemos más deprisa.

—Pero dijisteis que no tenemos nada que temer, maestro —protestó Ma.

—No, no dije eso —respondió Tu Shan con voz cortante—. Temo presenciar lo que muy probablemente le pasará a esta gente a quien tanto amo. Son tiempos malignos. Debemos buscar un sitio apartado, y el Tao.

Echaron a andar en el viento.


III. El camarada

1

2

3

<p>III. El camarada</p>
<p>1</p>

Una nave estaba cargando en el muelle Claudiano. Era grande para tratarse de un buque oceánico, con dos mástiles y el vientre negro y redondo con capacidad para unas quinientas toneladas. El dorado codaste, curvado sobre la cabeza y el cuello de cisne que adornaban la popa, también hablaba de riqueza. Luego se acercó para curiosear. Andaba por allí y había resuelto desviarse para ver qué novedades había en puerto. Siempre intentaba estar al corriente de todo lo que pasaba a su alrededor.

Los estibadores eran esclavos. Aunque era una mañana fresca, los cuerpos relucían y apestaban a sudor mientras subían ánforas por la plancha, dos hombres por vasija. La brisa del río mezclaba el olor de la brea fresca del barco con el de los esclavos. Lugo se acercó al capataz.

—El Nerida —contestó el capataz—, con vino, cristal, sedas y no sé qué más, para Britania. El capitán quiere coger la primera marea de mañana. ¡Eh, tú! —El látigo restalló sobre una espalda desnuda. Era de una sola cola y no tenía puntas, pero trazó una marca entre la clavícula y el taparrabo—. ¡Muévete! —El esclavo lo miró con furia resignada y se dirigió no sin dificultad hacia el siguiente fardo—. Hay que mantenerlos alerta —explicó el capataz—. Se ablandan y se ponen perezosos cuando remolonean. No son suficientes —suspiró—. En estos malos tiempos, puedes despedir a un hombre libre para llamarlo cuando lo necesitas. Pero la gente que ocupa su puesto de por vida…

—Me asombra que esta nave pueda zarpar —dijo Lugo—. ¿No atraerá piratas como un cadáver a las moscas? He oído que los sajones y escoceses arrasan las costas de Armórica.

—La Casa de los Cielos siempre fue inescrutable, y supongo que aguardan pingües beneficios a los pocos que se atrevan a navegar —respondió el capataz.

Luego asintió, se acarició la barbilla y murmuró:

—Es cierto que los ladrones del mar buscan su botín en tierra. Sin duda el Nereida llevará guardias, además de una tripulación bien armada. Aunque ataquen varios buques bárbaros, quizá los escoceses no puedan escalar esa alta borda desde sus carracas, y con el menor viento esta nave puede dejar a la zaga a las galeras sajonas.

—Hablas como marinero, pero no lo pareces. —El capataz lo miró con mayor atención, pues la suspicacia estaba en el orden del día. Vio a un hombre juvenil y musculoso de talla media, cara angosta y pómulos altos, nariz curva, ojos castaños un tanto oblicuos; pelo negro y barba pulcramente recortada, a la moda; túnica limpia y blanca, capa azul con cogulla echada hacia atrás; sandalias fuertes y un cayado en la mano, aunque caminaba con agilidad.

Lugo se encogió de hombros.

—Conozco el mundo. Y me agrada hablar con la gente. Contigo por ejemplo. —Sonrió—. Gracias por satisfacer mi enorme curiosidad, y que tengas un buen día.

—Ve con Dios —contestó el capataz, desarmado, volviéndose hacia los esclavos.

Lugo continuó su paseo. Cuando llegó a la puerta siguiente, se detuvo para admirar el paisaje del este. Sus pestañas atraparon la luz del sol y formaron franjas irisadas.

Ante él se extendía el Garumna, en su camino hacia la confluencia con el Duranius, su estuario común y el mar. En la brillante extensión de agua se mecían varios botes de remo, un pesquero que bogaba corriente arriba con su carga, una gárrula vela sobre un bote alargado. Las tierras de la otra margen eran bajas e intensamente verdes; vio los pardos muros y las rosadas tejas de dos mansiones entre sus viñas y jirones de humo brotando de humildes techos de paja. Los pájaros revoloteaban por todas partes; petirrojos, golondrinas, grullas, patos, un halcón en lo alto, y un martín pescador asombrosamente azul. Sus trinos resbalaban sobre el murmullo del río. Era difícil creer que los infieles germanos amenazaban las puertas de Lugdunum, que la principal ciudad de la Galia central, a menos de quinientos kilómetros, hubiera caído en sus manos.

Pero también era fácil creerlo. Lugo tensó la boca. Olvídalo, se dijo. Era más proclive a la ensoñación que otros hombres, pero con menos excusas. Esta región se había salvado hasta ahora, pero cada año Lugo leía mejor las escrituras de la pared, como habrían dicho ciertos judíos que había conocido. Dio media vuelta y entró en la ciudad.

Era una puerta menor una abertura en las murallas cuyas torres y almenas rodeaban toda Burdigala. Un centinela medio dormido se apoyaba en la lanza contra las piedras entibiadas por el sol. Era un auxiliar, un germano. Las legiones estaban en Italia o cerca de las fronteras, y eran la sombra de lo que habían sido antaño. Entretanto, los bárbaros arrancaban a los emperadores el permiso para establecerse en tierras romanas. A cambio, debían obedecer las leyes y ceder tropas; pero en Lugdunensis, por ejemplo, se había rebelado…

Lugo atravesó el pomoeriurn abierto y entró en una calle que reconoció como la vía Vindomariana. Serpeaba entre edificios cuyos flancos chatos tapaban el cielo, con adoquines embadurnados por entrañas pestilentes, un callejón oscuro que quizá se remontaba a épocas en que sólo los bituriges se acuclillaban allí. Lugo había aprendido a conocer la ciudad entera, tanto la parte vieja como los barrios nuevos.

Aquí se cruzaba con pocas personas, la mayoría vestidas con harapos. Las mujeres parloteaban a la vez que llevaban ropa sucia al río, cubos con agua del acueducto o cestos de hortalizas del mercado local. Un porteador llevaba una carga tan pesada como el carro contra el cual chocó; él y el cochero maldijeron, tratando de pasar. Un aprendiz que buscaba lana para su maestro se había detenido para cortejar a una muchacha. Dos campesinos con chaquetas y pantalones a la antigua, tal vez arrieros, hicieron comentarios con un acento tan dialectal y tantas palabras galas que Lugo apenas entendió lo que oía. Un borracho —un peón a juzgar por las manos, y sin trabajo a juzgar por el estado— caminaba dando tumbos buscando una juerga o una riña; el desempleo proliferaba mientras las turbulencias de la década anterior atentaban contra un comercio en decadencia. Una meretriz con ropas patéticamente ostentosas, buscando clientes ya a esas horas, rozó a Lugo. El la ignoró,

aunque aferró la bolsa que le colgaba de la cintura. Un mendigo jorobado pidió limosna en nombre de Cristo. Lugo también lo ignoró y el mendigo probó suerte con Júpiter; Mitra, Isis, la Gran Madre, y la céltica Epona; al fin lanzó maldiciones contra la espalda de Lugo. Niños desgreñados con ropas mugrientas hacían recados o jugaban. Por ellos sintió un aguijonazo de compasión.

Los rasgos levantinos de Lugo llamaban la atención. Burdigala era cosmopolita y llevaba sangre de Italia, Grecia, África y Asia. Pero la mayoría de sus habitantes seguían siendo como sus antepasados: robustos, de cabeza redonda, de pelo oscuro pero de tez clara. Hablaban latín con una entonación nasal que él nunca había llegado a dominar.

La tienda de un alfarero, que exhibía sus mercaderías y su rueda ronroneante, le indicó que debía girar hacia la más ancha calle Teutatis, a la cual el obispo últimamente intentaba hacer llamar San Johannes. Era la ruta más rápida para llegar por ese laberinto al callejón de la Madre Thornbesom, donde vivía el que buscaba. Tal vez Rufus no estuviera en casa, pero ciertamente no estaba trabajando. Hacía más de un año que el astillero no recibía pedidos, y los hombres dependían del Estado para comer; los circos sólo presentaban osos adiestrados o cosas similares. Si no encontraba a Rufus, esperaría en el vecindario sin hacerse notar. Había aprendido a ser paciente.

Había andado un trecho cuando se oyó un rumor. Otros también lo oyeron, se detuvieron, prestaron atención, ladearon la cabeza y entornaron los ojos. La mayoría empezó a retroceder. Los tenderos y aprendices se apresuraron a cerrar puertas y postigos. Algunos hombres se frotaron las manos y echaron a andar hacia el ruido. El revuelo llamaba a los revoltosos. El bullicio creció, sofocado por las casas y los sinuosos callejones, pero inconfundible. Lugo conocía desde tiempo atrás ese gruñido profundo y brutal, los gritos y abucheos. La turba cazaba a alguien.

Comprendió con un escalofrío quién podía ser la presa. Vaciló un instante. ¿Valía la pena correr el riesgo? Cordelia, sus hijos, él y su familia podían tener treinta o cuarenta años por delante.

Tomó una decisión. Al menos vería si la situación era desesperada o no. Se cubrió la cabeza con la capucha. Cosido al borde tenía un velo, y lo bajó. Le permitía ver a través de la gasa, pero le ocultaba la cara. Lugo había aprendido a estar preparado.

Si lo veía una patrulla militar; quizá se extrañara y lo detuviera para interrogarlo. Sin embargo, si hubiera una patrulla en el vecindario, la turba no estaría persiguiendo a Rufus. Si la hubiera, pensó Lugo con un rictus, lo más probable era que arrestara a Rufus.

Lugo avanzó para interceptar el tumulto. Iba un poco más deprisa que los revoltosos, aunque no tanto como para llamar la atención. La capucha arrojaba una sombra que impedía ver el velo; tal vez nadie reparó en él. Para sus adentros, Lugo recitó antiguos encantamientos contra el peligro. Que no te domine el terror; mantén los tendones flojos y los sentidos alerta, dispuesto a entrar en acción en cualquier momento. Tranquilo, alerta, ágil; tranquilo, alerta, ágil…

Salió a la plaza Hércules al mismo tiempo que el perseguido. Una corroída estatua de bronce del héroe daba su nombre a la plazoleta. Varias calles partían desde allí. El perseguido era un sujeto corpulento, pecoso, de rasgos toscos, pelo fino, barba desaliñada y rojiza. La túnica que le ondeaba sobre las gruesas piernas estaba empapada de maloliente sudor. Éste debía de ser Rufus y «Rufus» —el Rojo —era un apodo.

El fugitivo era fuerte, pero no rápido. Sus perseguidores estaban a punto de alcanzarlo. Eran una cincuentena de trabajadores como él, con ropas raídas. Había varias mujeres, cuyos rizos de Medusa enfurecida enmarcaban rostros de ménade. La mayoría llevaba armas improvisadas, cuchillos, martillos, palos, adoquines. Algunas palabras sobresalían entre los gritos: «¡Hechicero…! ¡Pagano…! ¡Satanás! ¡Te mataremos!». Una piedra golpeó a Rufus entre los hombros. Rufus se tambaleó pero siguió adelante. Tenía la boca tensa, el pecho jadeante, los ojos desorbitados.

Lugo echó una rápida ojeada. A veces no se podía esperar para ver qué sucedía, había que tomar una decisión al instante. Calibró la situación, la distancia, las velocidades, la índole de la turba. El odio con que gritaban denotaba terror. Valía la pena intentar el rescate. Si fallaba, quizá pudiera escapar sin heridas graves, sanaría pronto.

—¡A mí, Rufus! —gritó. Y a la turba—: ¡Alto! ¡Deteneos, perros sin ley!

El cabecilla de los perseguidores lanzó un gruñido. Lugo cerró las manos sobre el cayado. Era de roble. Le había abierto orificios en las puntas y los había rellenado de plomo. El cayado silbó y golpeó. El hombre gritó y cayó a un lado. Una costilla rota, probablemente. El arma de Lugo golpeó a otro debajo del pecho, arrancándole un bufido. Otro recibió un golpe en la rótula, gritó de dolor y cayó sobre dos que lo seguían. Una mujer blandió un estropajo. Lugo la esquivó y le pegó en los nudillos. Quizá quebró un par de huesos.

La multitud retrocedió, giró, gimió, chilló. Escudado tras su cayado movedizo, casi invisible, Lugo sonrió a los perseguidores y a los curiosos que habían aparecido.

—Regresad a casa —dijo—. ¿Os atrevéis a tomar en vuestras manos la ley del César? ¡Largo!

Alguien arrojó una piedra y erró. Lugo descargó un golpe en el cráneo más cercano. Controló su fuerza. Las cosas ya estaban bastante mal sin cadáveres que provocaran una inmediata acción oficial. No obstante, la herida sangró espectacularmente: un charco rojo en la piel y el pavimento, un motivo de alarma.

Rufus resollaba.

—Vamos —murmuró Lugo—. Despacio y tranquilo. Si corremos, nos perseguirán de nuevo. —Retrocedió, agitando el cayado con una sonrisa lobuna. Por el rabillo del ojo, vio que Rufus caminaba a su derecha. Bien. El sujeto había conservado cierta compostura.

Los perseguidores murmuraban boquiabiertos. Los heridos gemían. Lugo entró en la calle angosta que había escogido. Dobló la esquina y perdió a Hércules de vista.

—Ahora, en marcha —masculló, volviéndose hacia Rufus y cogiéndole la manga—. No, no corras. Camina.

Los testigos lo miraron con recelo, pero no se entrometieron. Lugo se metió en un callejón que conectaba con otra calle. Cuando estuvieron solos en medio del ajetreo, ordenó a Rufus que se detuviera. Se puso el cayado bajo el brazo y asió el broche que le sujetaba la capa.

—Te pondremos esto encima. —Guardó el velo dentro de la capucha antes de cubrir el llamativo pelo del acompañante—. Muy bien. Somos dos hombres apacibles que se dedican a sus ocupaciones. ¿Puedes recordarlo?

El artesano pestañeó. El sudor relucía en la escasa luz.

—¿Quién eres? —dijo con voz trémula—. ¿Qué buscas?

—Salvarte la vida —dijo con frialdad—, pero no me propongo arriesgar más la mía. Haz lo que digo y quizá encontremos un refugio. —El aturdido Rufus titubeó y Lugo se apresuró a añadir—: Acude a las autoridades, si lo deseas. Ve de inmediato, antes de que tus queridos vecinos se armen de valor y vengan a por ti. Di al prefecto que estás acusado de hechicería. Él lo averiguará, de todos modos. Mientras te interrogan bajo tortura, quizá puedas demostrar tu inocencia. La hechicería es un crimen capital, ya sabes.

—Pero tú…

—No soy más culpable que tú. Sospecho que podemos ayudarnos. Si no estás de acuerdo, adiós. De lo contrario, ven conmigo y mantén la boca cerrada.

El corpulento Rufus resopló. Se cubrió con la capa y comenzó a andar.

Pronto caminó con mayor soltura, pues nadie los detuvo. Ambos se mezclaron con el tráfico.

—Quizá creas que es el fin del mundo —murmuró Lugo—, pero fue un alboroto puramente local. Nadie más ha oído hablar de ello, o en todo caso a nadie le importa. He visto a la gente seguir con su vida cotidiana mientras el enemigo irrumpía por la puerta.

Rufus lo miró de soslayo y tragó saliva, pero guardó silencio.

<p>2</p>

La casa de Lugo estaba en el distrito noroeste, en la calle de los Zapateros, una zona tranquila. La casa era discreta, bastante vieja, y aquí y allá el estuco se desprendía de la pared. Lugo llamó y el mayordomo abrió la puerta; Lugo tenía pocos esclavos, cuidadosamente escogidos y seleccionados a través de los años.

—Este hombre y yo tendremos una charla confidencial, Perseo —dijo—. Quizá se quede un tiempo con nosotros. No quiero que nadie lo moleste.

El cretense asintió y sonrió.

—Entendido, amo —replicó—. Informaré a los demás.

—Podemos confiar en ellos —le dijo a Rufus, en un aparte—. Saben que tienen camas mullidas. —Y dirigiéndose a Perseo, añadió—: Como puedes ver y oler, mi amigo ha pasado un mal rato. Lo alojaremos en la Sala Baja. Trae comida de inmediato; agua en cuanto puedas calentar una buena cantidad, toallas y ropa limpia. ¿Está hecha la cama?

—Siempre lo está, amo —dijo el esclavo, un poco ofendido. Reflexionó—. En cuanto a la indumentaria, la vuestra no servirá. Se la pediré prestada a Durig. ¿Debo comprar más?

—Todavía no —resolvió Lugo. Quizá necesitara de repente todo el efectivo disponible. Aunque no las envilecidas monedas pequeñas. Hacían demasiado bulto; un solidus de oro equivalía a catorce mil nummi—. Durig es nuestro peón —le explicó a Rufus—. Además, tenemos un hábil cocinero y un par de criadas. Un hogar modesto. —Los detalles domésticos tal vez calmaran a Rufus, poniéndolo en condiciones de responder a varias preguntas.

Del atrio pasaron a una sala de estar, igualmente austera. La luz del sol se volvía verdosa al atravesar las ventanas de estilo eclesiástico. En el centro del piso, un mosaico presentaba una pantera rodeada por pavos reales. Incrustados en las paredes había paneles de madera con motivos más comunes, el Pez y Chi Rho entre flores, un Buen Pastor de grandes ojos. Desde el reinado de Constantino el Grande había sido cada vez más imperativo profesar el cristianismo, y en esta región además convenía ser católico. Lugo seguía siendo catecúmeno; el bautismo le habría impuesto obligaciones inconvenientes. La mayoría de los creyentes lo postergaban hasta un período tardío de la vida.

Su esposa lo había oído llegar y le salió al encuentro.

—Bienvenido, querido —dijo con alegría—. Has vuelto pronto.

Vio a Rufus y se turbó visiblemente.

—Este hombre y yo tenemos asuntos urgentes —dijo Lugo—. Es muy confidencial. ¿Entiendes?

Ella tragó saliva pero asintió.

—Bienvenido seas —saludó con voz sumisa.

Buena chica, pensó Lugo. Era difícil dejar de mirarla. Cordelia tenía diecinueve años, de estatura baja pero formas deliciosamente redondeadas, con rasgos delicados y labios entreabiertos bajo una lustrosa mata de pelo castaño. Hacía cuatro años que era su esposa y le había dado dos hijos que aún vivían. El matrimonio le había brindado contactos útiles, ya que el padre de Cordelia era curial, pero no una dote digna de mención, pues la clase curial estaba agobiada por los impuestos y los deberes cívicos. Pero lo más importante para ambos esposos era la atracción mutua, y el lecho nupcial era un deleite cada vez mayor.

—Marco, ésta es mi esposa Cordelia —dijo Lugo. «Marco» era un hombre bastante común. Rufus inclinó la cabeza y gruñó. A ella le dijo—: Debemos hablar de inmediato. Perseo se ocupará de todo. Estaré contigo cuanto antes.

Ella los siguió con la mirada. ¿Acaso suspiraba? Lugo sintió una punzada de temor. Había seguido adelante impulsado por la esperanza, una esperanza tan desbocada que insistía en negarla, recriminándose por ello. Ahora veía hacia dónde podía conducir la realidad.

No, no debía pensar en ello. No ahora. Un paso, dos pasos, pie izquierdo, pie derecho, así era como se avanzaba a través del tiempo.

La Sala Baja estaba en el subsuelo, parte del sótano que Lugo había cerrado con ladrillos tras adquirir la casa. Esos escondrijos eran comunes y no llamaban la atención. A menudo estaban destinados a las plegarias o a las austeridades íntimas. En el oficio del Lugo, era obvio que necesitaba un sitio a salvo de los curiosos. La celda era estrecha. Tres ventanas diminutas daban al jardín con peristilo de la planta baja. El vidrio era tan grueso y ondulante que impedía ver el interior; pero la luz que se filtraba resplandecía en las paredes blanqueadas, aclarando un poco la penumbra. En un anaquel había velas de sebo, y al lado un pedernal, acero y madera. Los únicos muebles eran una cama, un taburete y un orinal en el piso de tierra.

—Siéntate —invitó Lugo—. Descansa. Estás a salvo, amigo, a salvo.

Rufus se desplomó en el taburete. Se echó la capucha hacia atrás, pero se aferró la paenula contra la túnica; ese sitio estaba helado. Irguió la cabeza roja en un gesto desafiante.

—¿Quién demonios eres? —gruñó.

Su anfitrión se apoyó en la pared y sonrió.

—Flavio Lugo —dijo—. Y tú, según creo, eres un carpintero del astillero, sin empleo, a quien llaman Rufus. ¿Cuál es tu verdadero nombre?

Rufus barbotó una obscenidad y una pregunta:

—¿Qué te importa?

Lugo se encogió de hombros.

—Poco o nada, supongo. Podrías ser más amable conmigo. Esa chusma te habría quitado la vida.

—¿Y en qué te concierne? —replicó Rufus con dureza—. ¿Por qué te entrometiste? Mira, no soy hechicero. No me interesan la magia ni las prácticas paganas. Soy buen cristiano, un ciudadano romano libre.

Lugo enarcó las cejas.

—¿Nunca has hecho ofrendas salvo en las iglesias? —murmuró.

—Bien… eh, bien… Epona, cuando mi esposa agonizaba. —Rufus se encolerizó—. ¡Por el estiércol de Cernunnos! ¿Tú eres hechicero?

Lugo alzó la palma. Acarició el cayado persuasivamente.

—No lo soy. Ni te puedo leer la mente. Sin embargo, las viejas costumbres tarden en morir; aun en las ciudades, y la campiña es mayormente pagana. Por tu aspecto y tu modo de hablar yo diría que tus familiares fueron cadurci hace una o dos generaciones, en las colinas del valle del Duranius.

Rufus se aplacó. Respiraba ruidosamente. Se tranquilizó poco a poco y esbozó una sonrisa.

—Mis padres vienen de esa tribu —rezongó—. Mi nombre es Cotuadun. Pero todos me llaman Rufus. Eres observador.

—Me gano la vida con eso.

—Tú no eres galo. Cualquiera puede llamarse Flavio, ¿pero quién se llama Lugo? ¿De dónde eres?

—Hace varios años que me establecí en Burdigala.

—Se oyó un golpe en la puerta de madera—. Ah, aquí viene el amable Perseo con el refrigerio que ordené. Creo que tú lo necesitas más que yo.

El mayordomo trajo una bandeja con jarras de vino y agua, cuencos de pan, queso, aceitunas. La dejó en el suelo y se marchó a una seña de Lugo, cerrando la puerta. Lugo se sentó en la cama, sirvió vino, ofreció a Rufus un trago con poca agua, pero diluyó bien el suyo.

—A tu salud —propuso—. Hoy casi la perdiste. Rufus bebió un largo sorbo.

—¡Ahhh! Que me cuelguen, qué bueno está.

—Miró a su salvador con ojos entornados—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué significo para ti?

—Bien, en todo caso, esa chusma no tenía derecho a matarte. Eso es tarea del Estado, una vez que te han hallado culpable…, y no creo que lo seas. Me correspondía aplicar la ley.

—Me conocías.

Lugo bebió. El vino de Falerno tenía un sabor dulzón.

—Había oído hablar de ti. Rumores. Es natural. Me mantengo al corriente de lo que ocurre. Tengo mis agentes. Pero no te asustes, no son informadores secretos. Sólo mocosos callejeros, por ejemplo, que se ganan una moneda comunicándome las novedades de interés. Decidí buscarte y averiguar más. Fue una suerte para ti que eso ocurriera exactamente cuando y donde pude rescatarte de tus compañeros de fatigas.

La pregunta lo turbó: ¿Cuántas oportunidades había perdido, y por qué márgenes, a través de los años? No compartía la difundida fe actual en la astrología. Pensaba que el mero accidente regía el mundo. Tal vez en esta ocasión había correspondido que los dados rodaran a su favor.

Siempre que el juego fuera real. Siempre que existiera alguien más como él, que alguna vez hubiera existido.

Rufus irguió la cabeza sobre los hombros macizos.

—¿Por qué lo hiciste? —rezongó—. ¿Qué demonios buscas?

Era preciso calmarlo. Lugo aplacó su propia ansiedad, su propio temor.

—Bebe el vino —dijo—. Escucha y me explicaré. Esta casa te habrá inducido a creer que soy un curial, o un tendero próspero, o algo por el estilo. No lo soy. No lo había sido en mucho tiempo. El decreto de Diocleciano había congelado a todos en la categoría dentro de la cual habían nacido, incluidas las clases medias. Pero en vez de dejarse aplastar; grano por grano, entre las piedras molares de los gravámenes, las regulaciones, la moneda envilecida, el comercio languideciente, cada vez más personas se daban a la fuga. Escapaban, cambiaban de nombre, se transformaban en siervos o esclavos, trabajadores migratorios ilegales y charlatanes; algunos se unían a las Baucaudae, cuyas pandillas de bandidos aterrorizaban las atrasadas zonas rurales, otros acudían a los bárbaros. Lugo había hecho arreglos más convenientes, muy de antemano. Estaba habituado a ser previsor.

—Actualmente soy empleado de un tal Aureliano, un senador de esta ciudad —continuó.

Rufus manifestó hostilidad.

—He oído hablar de él.

Lugo se encogió de hombros.

—Pues sí, llegó a ese cargo mediante el soborno, e incluso entre sus colegas es increíblemente corrupto. ¿Y qué? Es un hombre capaz de comprender que es sabio ser leal a quienes lo sirven. Los senadores no pueden participar en el comercio, como sabrás, pero él tiene variados intereses. Eso exige intermediarios que no sean meros mascarones. Yo soy su representante. Voy y vengo, huelo peligros y posibilidades, comunico mensajes, ejecuto tareas que requieren discreción, doy consejos cuando es apropiado. Hay posiciones peores en la vida. De hecho, hay algunas mucho menos honorables.

—¿Y qué quiere de mi Aureliano? —preguntó Rufus, inquieto.

—Nada. Jamás ha oído hablar de ti. Si el destino lo quiere nunca oirá hablar de ti. Te he buscado por decisión propia. Tú y yo podemos ayudarnos mucho.

—Lugo habló con voz más cortante—. No amenazo. Si no podemos trabajar juntos pero haces lo posible para colaborar conmigo, al menos intentaré sacarte de Burdigala para que empieces de nuevo en otro sitio. Recuerda que me debes la vida. Si te abandono, eres hombre muerto.

—Sabrán que me has escondido aquí —respondió con un gesto obsceno.

—Yo mismo se lo diré —declaró Lugo sin inmutarse—. Como ciudadano respetable, no quería que te descuartizaran ilegalmente, sino que creí mi deber entrevistarte en privado, sacarte de… ¡Alto! —Había dejado el tazón en el suelo mientras hablaba, suponiendo que Rufus se sulfuraría. Cogió el cayado con ambas manos—. Quédate donde estás, muchacho. Eres fuerte, pero ya has visto lo que puedo hacer con esto.

Rufus se quedó en su sitio y Lugo se echó a reír.

—Así está mejor. No seas tan irritable. No te quiero causar daño, de verdad. Déjame repetirlo. Si eres franco conmigo y haces lo que te digo, lo peor que puede ocurrirte es irte de Burdigala bajo un disfraz. Aureliano posee un vasto latifundio; sin duda le vendrá bien un peón, si yo lo recomiendo, y el senador encubriría todas las pequeñas irregularidades. Y lo mejor…, bien, aún no lo sé, así que no haré promesas, pero superaría la gloria de tus mayores sueños infantiles, Rufus.

Sus palabras y el tono tranquilizador surtieron efecto. Y también el vino. Rufus calló un instante, asintió, sonrió, bebió un sorbo, extendió la mano.

—¡Por la Trinidad, de acuerdo! —exclamó.

Lugo estrechó la dura palma. El gesto era nuevo en la Galia, quizás aprendido de inmigrantes germanos.

—Espléndido —dijo—. Tan sólo habla con franqueza. Sé que no será fácil, pero recuerda que tengo mis razones. Me propongo ser benévolo contigo, tanto como Dios permita.

Llenó el tazón vacío. A pesar de su aire jovial, estaba cada vez más tenso.

Rufus bebió, agitó el tazón.

—¿Qué quieres saber? —preguntó.

—Primero, por qué tienes problemas.

Rufus hizo una mueca de disgusto, apartando los ojos.

—Porque mi esposa falleció —masculló Rufus—. Eso inició los rumores.

—Muchos hombres enviudan —dijo Lugo, al mismo tiempo que los recuerdos le revolvían una espada en las entrañas.

La manaza se cerró sobre el tazón hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Mi Livia era vieja. Pelo blanco, arrugas, sin dientes. Teníamos dos hijos crecidos, varón y mujer. Están casados, tienen sus propios hijos. Y han envejecido.

—Me imaginaba algo así —susurró Lugo, pero no en latín—. ¡Oh Ashtoreth…! —Y en voz alta, usando la lengua común—: Los rumores que oí me sugerían algo parecido. Por eso fui a buscarte. ¿Dónde naciste Rufus?

—¿Y qué diablos sé yo? —respondió hurañamente—. ¡Demonios! Los pobres no llevan la cuenta como vosotros los ricos. No podría decirte quién es cónsul este año, y mucho menos quién lo era entonces. Pero mi Livia era joven como yo cuando nos enamoramos…, catorce, quince años. Era una hembra fuerte, paría vástagos como semillas de melón, aunque sólo dos llegaron a crecer. No se agotó pronto, como otras hembras.

—Entonces quizá tengas más de setenta años —murmuró Lugo—. Pero no aparentas más de veinticinco. ¿Alguna vez estuviste enfermo?

—No, a menos que cuentes un par de veces que me hirieron. Heridas feas, pero sanaron en pocos días, ni siquiera me dejaron cicatrices. Nunca tuve dolor de muelas. Una vez me cayeron tres dientes en una pelea, y volvieron a crecer. —Rufus habló con menos arrogancia—. La gente me miraba con creciente desconfianza. Cuando murió Livia, empezaron los rumores. —Rufus gruñó—. Decían que yo había hecho un paco con el diablo. Ella me dijo lo que había oído. Pero ¿qué cuernos podía hacer yo? Dios me dio un cuerpo fuerte, eso es todo. Ella me creyó.

—Yo también, Rufus.

—Cuando ella enfermó al fin, muchos dejaron de hablarme. Se alejaban de mí en la calle, se persignaban, se escupían el pecho. Acudí a un sacerdote. Él también se asustó de mí. Me dijo que viera al obispo, pero el bastardo no quiso acompañarme. Luego murió Livia.

—Una liberación —sugirió Lugo, sin poder contenerse.

—Bien, hacia tiempo que yo iba a un burdel —respondió Rufus sin rodeos. Se encolerizó—. Pero esas zorras me dijeron que me fuera y no regresara. Me enfurecí, armé un escándalo. La gente lo oyó y se agrupó fuera. Cuando salí, los cerdos me insultaron. Tumbé al que más gritaba. Logré zafarme y echar a correr. Pero me persiguieron y eran cada vez más.

—Y habrías muerto pisoteado por ellos. O los rumores habrían llegado a oídos del prefecto. La historia de un hombre que no envejecía y obviamente no era un santo, así que debía de estar aliado con el diablo. Te habrían arrestado, interrogado bajo tortura, y sin duda decapitado. Éstos son malos tiempos. Nadie sabe qué esperar. ¿Vencerán los bárbaros? ¿Tendremos otra guerra civil? ¿Nos destruirá la peste, el hambre, el colapso total del comercio? Los herejes y hechiceros son objeto de temor.

—¡No soy nada de eso!

—No he dicho que lo fueras. Acepto que eres un hombre común, común como el que más, aparte de… Dime, ¿has oído hablar de alguien como tú, a quien el tiempo no parece afectar? ¿Parientes, quizá?

Rufus negó con la cabeza. Lugo suspiró.

—Tampoco yo. —Se armó de coraje y continuó—. Aunque he esperado e intentado, buscado y resistido, desde que llegué a comprender.

—¿Eh? —El vino goteó del tazón de Rufus. Lugo bebió un sorbo en busca de consuelo.

—¿Qué edad crees que tengo? —preguntó.

Rufus lo escudriñó antes de decir con voz gutura

—Aparentas veinticinco.

Lugo torció la boca en una sonrisa.

—Como tú, tampoco sé mi edad con certeza —respondió lentamente—. Pero Hiram era rey de Tiro cuando yo nací allí. Las crónicas que he podido estudiar desde entonces indican que eso fue hace doce siglos.

Rufus se quedó boquiabierto. Las pecas lucían sombrías sobre la tez repentinamente blanca. Se persignó con la mano libre.

—No temas —lo exhortó Lugo—. No hice ningún pacto con las tinieblas. Ni con el cielo, llegado el caso, ni con ninguna potestad o ningún alma. Soy de tu misma carne, si eso significa algo. Simplemente, llevo más tiempo sobre la Tierra. Eso te hace sentir solo. Tú apenas has tenido tiempo de saborear esa soledad.

Se levantó, dejando el cayado y el tazón, para caminar por la estrecha habitación, las manos en la espalda.

—Flavio Lugo no fue el nombre con que nací, desde luego. Ese es sólo mi nombre más reciente. He perdido la cuenta de los que tuve. El primero fue…, no importa. Un nombre fenicio. Era un mercader hasta que los años me causaron los mismos problemas que tú tienes hoy. Durante mucho tiempo fui marino, guardia de caravanas, mercenario, bardo errante, todos los oficios en que un hombre puede ir y venir inadvertido. Tuve que asistir a una dura escuela. A menudo estuvieron a punto de matarme las heridas, los naufragios, el hambre, la sed, muchos peligros. A veces habría muerto, de no ser por el extraño vigor de este cuerpo. Un peligro más lento, más temible cuando empecé a notarlo, era el desquiciarme, de perder el juicio entre los recuerdos. Por un tiempo estuve fuera de mis cabales. En cierto modo fue piadoso; amortiguó el dolor de perder a todas las personas que llegaba a amar; perderlo a él, perderla a ella, perder a los niños… Poco a poco elaboré el arte de la memoria. Ahora tengo capacidad de recordar; soy como una biblioteca de Alejandría ambulante… No, ésa ardió, ¿verdad? —Rió entre dientes—. Tengo mis deslices. Pero domino el arte de almacenar lo que sé hasta que lo necesito, y entonces lo recobro. Domino el arte de controlar la pena. Domino…

Observo la mirada estupefacta de Rufus y se interrumpió.

—¿Mil doscientos años? —jadeó el artesano—. ¿Viste al Salvador?

Lugo esbozó una sonrisa forzada.

—Lo lamento, pero no lo vi. Si nació durante el reinado de Augusto, como dicen, eso habría sido entre trescientos y cuatrocientos años atrás. Entonces yo estaba en Britania. Roma aún no la había conquistado, pero el comercio era activo y las tribus meridionales eran cultas a su manera. Y mucho menos pendencieras. Es una característica siempre deseable en un lugar. Difícil de encontrar hoy en día, a menos que huyas hacia los germanos, los escoceses o lo que sea. Y aun ellos…

»También domino el arte de aparentar más edad. Polvo capilar; tinturas, esas cosas son incómodas y poco fiables. Dejo que todos comenten sobre mi apariencia juvenil. A fin de cuentas, algunas personas aparentan menos edad de la que tienen. Pero entretanto empiezo a encorvarme, a arrastrar los pies, a toser; a fingir que oigo mal, a quejarme de dolores y malestares y de la insolencia de la juventud moderna. Sólo funciona hasta cierto punto, desde luego. Finalmente debo esfumarme e iniciar otra vida en otra parte, con otro nombre. Trato de arreglar las cosas para hacer creer que me escapé y me topé con algún infortunio, quizá porque envejecí y me volví distraído. Y en general he podido prepararme para esa circunstancia. Acumulo gran cantidad de oro, estudio el lugar adonde iré, a veces lo visito para establecer mi nueva identidad.

La fatiga de los siglos lo abrumó un instante.

—Detalles, detalles. —Calló y miró por una de las ventanas ciegas—. ¿Me estoy volviendo senil? Rara vez divago de esta manera. Bien, tú eres el primer congénere que encuentro, Rufus, el primero. Esperemos que no seas el último.

—¿Has oído hablar de otros? —aventuró Rufus a sus espaldas.

Lugo meneó la cabeza.

—Ya te he dicho que no. ¿Cómo podría saberlo? A veces creí hallar un rastro, pero lo perdí o resultó falso. Quizá una vez. No estoy seguro.

—¿Quién era…, amo? ¿Quieres contarme?

—Por qué no. Fue en Siracusa, donde pasé muchos años a causa de sus lazos con Cartago. Maravillosa ciudad. Una mujer llamada Althea, de bonita apariencia, y brillante como a veces eran las mujeres en los últimos días de las colonias griegas. Ella y su esposo eran conocidos míos. Él era un magnate naviero y yo era capitán de un carguero volandero. Hacía más de tres décadas que estaban casados. Él estaba calvo y barrigón, y ella le había dado doce hijos y el mayor de ellos peinaba canas, pero Althea parecía una doncella en primavera.

Calló un rato antes de continuar.

Luego dijo con voz monocorde:

—Los romanos capturaron la ciudad. La saquearon. Yo estaba ausente. Siempre has de tener una excusa para largarte cuando ves venir esas cosas. Cuando regresé, hice preguntas. Quizá la tomaron como esclava. Pude haber tratado de encontrarla y comprarla para darle la libertad. Pero no, cuando hallé a alguien que sabía, tan insignificante como para haber sobrevivido, supe que estaba muerta. Violada y apuñalada. No sé si es cierto o no. Las historias crecen con cada versión. No importa. Fue hace mucho tiempo.

—Qué lástima. Tendrías que haber llegado antes allí. —Rufus se puso tenso—. Eh, lo lamento, amo. Pero no pareces odiar a Roma.

—¿Por qué habría de odiarla? Es la misma y eterna historia. Guerra, tiranía, exterminio, esclavitud. Yo mismo he formado parte de ello. Ahora Roma es la perjudicada.

—¿Qué? —jadeó Rufus—. ¡No puede ser! ¡Roma es eterna!

—Como gustes. —Lugo se volvió hacia él—. Parece que al fin he hallado a otro inmortal. Por lo menos, he aquí a alguien a quien puedo salvaguardar; vigilar; para asegurarme. Bastará con dos o tres décadas. Aunque ya no tengo dudas.

Inhaló profundamente.

—¿Comprendes qué significa? No, no puedes comprender. No has tenido tiempo para pensar en ello.

Examinó el tosco semblante, la frente baja, la consternación transformada en primitiva alegría.

«No creo que jamás comprendas —pensó—. Eres un carpintero más o menos competente, eso es todo. Y aun así tengo suerte de haberte encontrado. A menos que Althea…, pero ella se me escurrió entre los dedos. La muerte me la arrebató.»

—Significa que no soy único —dijo Lugo—. Si hay dos de nosotros, debe de haber más. Muy pocos, muy infrecuentes. No está en la herencia sanguínea, como la altura o el color o las deformidades típicas de una familia. Fuera cual fuese la causa, pasa por accidente. O por voluntad de Dios, si prefieres, aunque en tal caso Dios es bastante caprichoso. Y sin duda meros accidentes eliminan a muchos inmortales en su juventud, tal como eliminan a hombres, mujeres y niños comunes. Podemos escapar de la enfermedad, pero no de la espada ni del caballo desbocado ni de la inundación ni del fuego ni del hambre. Posiblemente otros mueren a manos de vecinos que los consideran demonios, magos, monstruos.

—La cabeza me da vueltas —gimió Rufus, intimidado.

—Bien, has pasado un mal rato. Los inmortales también necesitan descanso. Duerme si lo deseas.

Rufus tenía los ojos vidriosos.

—¿Por qué no podemos decir que somos… santos? ¿Ángeles?

—¿Cuán lejos habrías llegado así? —se burló Lugo—. Tal vez, un hombre nacido en la realeza… Pero no creo que eso nunca haya ocurrido, tan rara como es nuestra especie. No, si sobrevivimos, pronto aprendemos a pasar inadvertidos.

—¿Entonces cómo nos encontraremos? —Rufus hipó y ventoseó.

<p>3</p>

—Ven conmigo al peristilo —dijo Lugo.

—Oh, encantada —canturreó Cordelia, casi bailando.

Era un atardecer sereno y despejado. La luna, casi llena, brillaba sobre el tejado este en un cielo azul violáceo. Hacia el oeste, el cielo se oscurecía y despuntaban estrellas trémulas. El claro de luna moteaba los canteros, tiritaba sobre el agua de un estanque, bañaba de plata el rostro joven y los senos de Cordelia.

Permanecieron unos pocos minutos tomados de la mano.

—Hoy has estado atareado —dijo ella al fin—. Cuando regresaste temprano, pensé… Desde luego, tenias trabajo que hacer.

—Por desgracia, sí —respondió Lugo—. Pero estas horas nos pertenecen.

Se apoyó en él. Su melena castaña conservaba la fragancia del sol.

—Los cristianos deben agradecer lo que tienen. —Cordelia rió—. Es fácil ser cristiana esta noche.

—¿Cómo se han portado hoy los niños? —preguntó él. Su hijo Julius, que ya no se tambaleaba sino que brincaba por todas partes, y empezaba a hablar; y la pequeña Dora, dormida en su cuna, las manitas entrelazadas.

—Bien, muy bien —dijo Cordelia, algo sorprendida.

—Los veo tan poco.

—Te interesas por ellos. Pocos padres se interesan tanto como tú. —Cordelia le apretó la mano—. Quiero darte muchos hijos. —Y añadió con picardía: —Podemos empezar enseguida.

—Yo… he intentado ser amable.

Ella oyó cómo arrastraba las palabras, soltó a Lugo, y lo miró con alarma.

—¿Qué pasa, querido?

Él se obligó a aferrarle los hombros, a mirarla a la cara. El claro de luna la hacía desgarradoramente bella.

—Entre nosotros, nada —respondió. Sólo que tú envejecerás y morirás. Y ha ocurrido tantas, tantas veces. No puedo contar las muertes. No hay medida para el dolor; pero creo que no ha disminuido; simplemente he aprendido a convivir con él, como un mortal aprende a convivir con una herida incurable. Creí que tendríamos treinta, quizá cuarenta años antes de mi partida. Habría sido maravilloso—. Pero debo realizar un viaje inesperado.

—¿Algo que te dijo ese hombre, Marco? —Lugo asintió. Cordelia hizo una mueca de disgusto—. No me agrada. Perdóname, pero no me agrada. Es tosco y estúpido.

—En efecto —convino Lugo. Le había parecido conveniente que Rufus compartiera la cena con ellos. El encierro en la Sala Baja, con la única compañía de sus temores y esperanzas animales, habría desbaratado la poca compostura que le quedaba y la necesitaría para el porvenir—. Aún así, me trajo información importante.

—¿Puedes decirme de qué se trata? —Cordelia se esforzó para que no pareciera una súplica.

—Lo lamento, no. Tampoco puedo decir adónde me dirijo ni cuánto tardaré en regresar.

Ella le cogió ambas manos. Se le habían enfriado los dedos.

—Los bárbaros. Piratas. Bacaudae.

—El viaje tiene sus peligros —admitió él—. He pasado buena parte del día haciendo arreglos para ti. Por si acaso, querida, por si acaso. —La besó. Los trémulos labios de Cordelia tenían un tenue gusto a sal—. Debes saber que éste es un asunto que puede interesar o no a Aureliano, pero en caso afirmativo se debe investigar de inmediato, y él está en Italia. Se lo he dicho a su amanuense Corbilo, y él te dará mi paga para tus necesidades. También te he dejado una suma sustancial en la iglesia. El sacerdote Antonino la ha guardado y me entregó un recibo que te daré. Y eres heredera de esta propiedad. Tú y los niños estaréis bien. —Siempre que Roma resista.

Ella se arrojó a sus brazos y se acurrucó. Él le acarició el pelo, la espalda, arrugando el vestido, transformando la caricia en abrazo.

—Calma, calma —la arrulló—, esto es sólo una previsión. No temas. No correré grandes riesgos. —Eso creía—. Regresaré. —Eso no era cierto y decirlo era doloroso como una llamarada.

Bien, sin duda ella se casaría de nuevo, cuando lo dieran por muerto. Lo vieron por última vez en la costa ordovicia, cuando atacaron los escoceses…

Ella se apartó, se abrazó el cuerpo, tragó saliva, sonrió trémulamente.

—Claro que S-S-sí —respondió—. R-r-rezaré por ti todo el tiempo. Y tenemos esta noche.

Hasta poco antes del alba, cuando zarpaba el Nereida. Había comprado pasajes para él y para Rufus. La mayor parte de Britania continuaba segura, pero los bárbaros causaban suficientes estragos como para que nadie cuestionada a un par de hombres que aparecían en Aquae Sulis o Augusta Londinium contando que habían huido. Dinero en mano, podrían comenzar de nuevo; y Lugo había enterrado una buena provisión de monedas fuertes en la isla, varias generaciones atrás.

—Si tan sólo pudieras quedarte —dijo Cordelia sin querer.

—Si pudiera.

Pero Rufus estaba marcado en Burdigala.

Rufus, el patán, el inmortal, quien sin duda perecería sin un hombre inteligente que lo cuidara. Y no debía morir. Por torpe que fuera, la suya era la única ayuda con que Lugo podría contar cuando se reuniera su raza.

Cordelia notó con qué dolor decía su esposo esas palabras.

—No lloraré —declaró—. Tenemos esta noche. Y muchas, muchas más cuando regreses. Te esperare, te esperaré por siempre jamás.

No, pensó Lugo, no lo harás. No tendrá sentido, una vez que consideres que eres viuda, aún joven pero con el tiempo pisándote los talones.

Tampoco podrías haber esperado por siempre jamás.

Busco a aquella que nunca tendrá que abandonarme.


1

<p>1</p>

Una nave estaba cargando en el muelle Claudiano. Era grande para tratarse de un buque oceánico, con dos mástiles y el vientre negro y redondo con capacidad para unas quinientas toneladas. El dorado codaste, curvado sobre la cabeza y el cuello de cisne que adornaban la popa, también hablaba de riqueza. Luego se acercó para curiosear. Andaba por allí y había resuelto desviarse para ver qué novedades había en puerto. Siempre intentaba estar al corriente de todo lo que pasaba a su alrededor.

Los estibadores eran esclavos. Aunque era una mañana fresca, los cuerpos relucían y apestaban a sudor mientras subían ánforas por la plancha, dos hombres por vasija. La brisa del río mezclaba el olor de la brea fresca del barco con el de los esclavos. Lugo se acercó al capataz.

—El Nerida —contestó el capataz—, con vino, cristal, sedas y no sé qué más, para Britania. El capitán quiere coger la primera marea de mañana. ¡Eh, tú! —El látigo restalló sobre una espalda desnuda. Era de una sola cola y no tenía puntas, pero trazó una marca entre la clavícula y el taparrabo—. ¡Muévete! —El esclavo lo miró con furia resignada y se dirigió no sin dificultad hacia el siguiente fardo—. Hay que mantenerlos alerta —explicó el capataz—. Se ablandan y se ponen perezosos cuando remolonean. No son suficientes —suspiró—. En estos malos tiempos, puedes despedir a un hombre libre para llamarlo cuando lo necesitas. Pero la gente que ocupa su puesto de por vida…

—Me asombra que esta nave pueda zarpar —dijo Lugo—. ¿No atraerá piratas como un cadáver a las moscas? He oído que los sajones y escoceses arrasan las costas de Armórica.

—La Casa de los Cielos siempre fue inescrutable, y supongo que aguardan pingües beneficios a los pocos que se atrevan a navegar —respondió el capataz.

Luego asintió, se acarició la barbilla y murmuró:

—Es cierto que los ladrones del mar buscan su botín en tierra. Sin duda el Nereida llevará guardias, además de una tripulación bien armada. Aunque ataquen varios buques bárbaros, quizá los escoceses no puedan escalar esa alta borda desde sus carracas, y con el menor viento esta nave puede dejar a la zaga a las galeras sajonas.

—Hablas como marinero, pero no lo pareces. —El capataz lo miró con mayor atención, pues la suspicacia estaba en el orden del día. Vio a un hombre juvenil y musculoso de talla media, cara angosta y pómulos altos, nariz curva, ojos castaños un tanto oblicuos; pelo negro y barba pulcramente recortada, a la moda; túnica limpia y blanca, capa azul con cogulla echada hacia atrás; sandalias fuertes y un cayado en la mano, aunque caminaba con agilidad.

Lugo se encogió de hombros.

—Conozco el mundo. Y me agrada hablar con la gente. Contigo por ejemplo. —Sonrió—. Gracias por satisfacer mi enorme curiosidad, y que tengas un buen día.

—Ve con Dios —contestó el capataz, desarmado, volviéndose hacia los esclavos.

Lugo continuó su paseo. Cuando llegó a la puerta siguiente, se detuvo para admirar el paisaje del este. Sus pestañas atraparon la luz del sol y formaron franjas irisadas.

Ante él se extendía el Garumna, en su camino hacia la confluencia con el Duranius, su estuario común y el mar. En la brillante extensión de agua se mecían varios botes de remo, un pesquero que bogaba corriente arriba con su carga, una gárrula vela sobre un bote alargado. Las tierras de la otra margen eran bajas e intensamente verdes; vio los pardos muros y las rosadas tejas de dos mansiones entre sus viñas y jirones de humo brotando de humildes techos de paja. Los pájaros revoloteaban por todas partes; petirrojos, golondrinas, grullas, patos, un halcón en lo alto, y un martín pescador asombrosamente azul. Sus trinos resbalaban sobre el murmullo del río. Era difícil creer que los infieles germanos amenazaban las puertas de Lugdunum, que la principal ciudad de la Galia central, a menos de quinientos kilómetros, hubiera caído en sus manos.

Pero también era fácil creerlo. Lugo tensó la boca. Olvídalo, se dijo. Era más proclive a la ensoñación que otros hombres, pero con menos excusas. Esta región se había salvado hasta ahora, pero cada año Lugo leía mejor las escrituras de la pared, como habrían dicho ciertos judíos que había conocido. Dio media vuelta y entró en la ciudad.

Era una puerta menor una abertura en las murallas cuyas torres y almenas rodeaban toda Burdigala. Un centinela medio dormido se apoyaba en la lanza contra las piedras entibiadas por el sol. Era un auxiliar, un germano. Las legiones estaban en Italia o cerca de las fronteras, y eran la sombra de lo que habían sido antaño. Entretanto, los bárbaros arrancaban a los emperadores el permiso para establecerse en tierras romanas. A cambio, debían obedecer las leyes y ceder tropas; pero en Lugdunensis, por ejemplo, se había rebelado…

Lugo atravesó el pomoeriurn abierto y entró en una calle que reconoció como la vía Vindomariana. Serpeaba entre edificios cuyos flancos chatos tapaban el cielo, con adoquines embadurnados por entrañas pestilentes, un callejón oscuro que quizá se remontaba a épocas en que sólo los bituriges se acuclillaban allí. Lugo había aprendido a conocer la ciudad entera, tanto la parte vieja como los barrios nuevos.

Aquí se cruzaba con pocas personas, la mayoría vestidas con harapos. Las mujeres parloteaban a la vez que llevaban ropa sucia al río, cubos con agua del acueducto o cestos de hortalizas del mercado local. Un porteador llevaba una carga tan pesada como el carro contra el cual chocó; él y el cochero maldijeron, tratando de pasar. Un aprendiz que buscaba lana para su maestro se había detenido para cortejar a una muchacha. Dos campesinos con chaquetas y pantalones a la antigua, tal vez arrieros, hicieron comentarios con un acento tan dialectal y tantas palabras galas que Lugo apenas entendió lo que oía. Un borracho —un peón a juzgar por las manos, y sin trabajo a juzgar por el estado— caminaba dando tumbos buscando una juerga o una riña; el desempleo proliferaba mientras las turbulencias de la década anterior atentaban contra un comercio en decadencia. Una meretriz con ropas patéticamente ostentosas, buscando clientes ya a esas horas, rozó a Lugo. El la ignoró,

aunque aferró la bolsa que le colgaba de la cintura. Un mendigo jorobado pidió limosna en nombre de Cristo. Lugo también lo ignoró y el mendigo probó suerte con Júpiter; Mitra, Isis, la Gran Madre, y la céltica Epona; al fin lanzó maldiciones contra la espalda de Lugo. Niños desgreñados con ropas mugrientas hacían recados o jugaban. Por ellos sintió un aguijonazo de compasión.

Los rasgos levantinos de Lugo llamaban la atención. Burdigala era cosmopolita y llevaba sangre de Italia, Grecia, África y Asia. Pero la mayoría de sus habitantes seguían siendo como sus antepasados: robustos, de cabeza redonda, de pelo oscuro pero de tez clara. Hablaban latín con una entonación nasal que él nunca había llegado a dominar.

La tienda de un alfarero, que exhibía sus mercaderías y su rueda ronroneante, le indicó que debía girar hacia la más ancha calle Teutatis, a la cual el obispo últimamente intentaba hacer llamar San Johannes. Era la ruta más rápida para llegar por ese laberinto al callejón de la Madre Thornbesom, donde vivía el que buscaba. Tal vez Rufus no estuviera en casa, pero ciertamente no estaba trabajando. Hacía más de un año que el astillero no recibía pedidos, y los hombres dependían del Estado para comer; los circos sólo presentaban osos adiestrados o cosas similares. Si no encontraba a Rufus, esperaría en el vecindario sin hacerse notar. Había aprendido a ser paciente.

Había andado un trecho cuando se oyó un rumor. Otros también lo oyeron, se detuvieron, prestaron atención, ladearon la cabeza y entornaron los ojos. La mayoría empezó a retroceder. Los tenderos y aprendices se apresuraron a cerrar puertas y postigos. Algunos hombres se frotaron las manos y echaron a andar hacia el ruido. El revuelo llamaba a los revoltosos. El bullicio creció, sofocado por las casas y los sinuosos callejones, pero inconfundible. Lugo conocía desde tiempo atrás ese gruñido profundo y brutal, los gritos y abucheos. La turba cazaba a alguien.

Comprendió con un escalofrío quién podía ser la presa. Vaciló un instante. ¿Valía la pena correr el riesgo? Cordelia, sus hijos, él y su familia podían tener treinta o cuarenta años por delante.

Tomó una decisión. Al menos vería si la situación era desesperada o no. Se cubrió la cabeza con la capucha. Cosido al borde tenía un velo, y lo bajó. Le permitía ver a través de la gasa, pero le ocultaba la cara. Lugo había aprendido a estar preparado.

Si lo veía una patrulla militar; quizá se extrañara y lo detuviera para interrogarlo. Sin embargo, si hubiera una patrulla en el vecindario, la turba no estaría persiguiendo a Rufus. Si la hubiera, pensó Lugo con un rictus, lo más probable era que arrestara a Rufus.

Lugo avanzó para interceptar el tumulto. Iba un poco más deprisa que los revoltosos, aunque no tanto como para llamar la atención. La capucha arrojaba una sombra que impedía ver el velo; tal vez nadie reparó en él. Para sus adentros, Lugo recitó antiguos encantamientos contra el peligro. Que no te domine el terror; mantén los tendones flojos y los sentidos alerta, dispuesto a entrar en acción en cualquier momento. Tranquilo, alerta, ágil; tranquilo, alerta, ágil…

Salió a la plaza Hércules al mismo tiempo que el perseguido. Una corroída estatua de bronce del héroe daba su nombre a la plazoleta. Varias calles partían desde allí. El perseguido era un sujeto corpulento, pecoso, de rasgos toscos, pelo fino, barba desaliñada y rojiza. La túnica que le ondeaba sobre las gruesas piernas estaba empapada de maloliente sudor. Éste debía de ser Rufus y «Rufus» —el Rojo —era un apodo.

El fugitivo era fuerte, pero no rápido. Sus perseguidores estaban a punto de alcanzarlo. Eran una cincuentena de trabajadores como él, con ropas raídas. Había varias mujeres, cuyos rizos de Medusa enfurecida enmarcaban rostros de ménade. La mayoría llevaba armas improvisadas, cuchillos, martillos, palos, adoquines. Algunas palabras sobresalían entre los gritos: «¡Hechicero…! ¡Pagano…! ¡Satanás! ¡Te mataremos!». Una piedra golpeó a Rufus entre los hombros. Rufus se tambaleó pero siguió adelante. Tenía la boca tensa, el pecho jadeante, los ojos desorbitados.

Lugo echó una rápida ojeada. A veces no se podía esperar para ver qué sucedía, había que tomar una decisión al instante. Calibró la situación, la distancia, las velocidades, la índole de la turba. El odio con que gritaban denotaba terror. Valía la pena intentar el rescate. Si fallaba, quizá pudiera escapar sin heridas graves, sanaría pronto.

—¡A mí, Rufus! —gritó. Y a la turba—: ¡Alto! ¡Deteneos, perros sin ley!

El cabecilla de los perseguidores lanzó un gruñido. Lugo cerró las manos sobre el cayado. Era de roble. Le había abierto orificios en las puntas y los había rellenado de plomo. El cayado silbó y golpeó. El hombre gritó y cayó a un lado. Una costilla rota, probablemente. El arma de Lugo golpeó a otro debajo del pecho, arrancándole un bufido. Otro recibió un golpe en la rótula, gritó de dolor y cayó sobre dos que lo seguían. Una mujer blandió un estropajo. Lugo la esquivó y le pegó en los nudillos. Quizá quebró un par de huesos.

La multitud retrocedió, giró, gimió, chilló. Escudado tras su cayado movedizo, casi invisible, Lugo sonrió a los perseguidores y a los curiosos que habían aparecido.

—Regresad a casa —dijo—. ¿Os atrevéis a tomar en vuestras manos la ley del César? ¡Largo!

Alguien arrojó una piedra y erró. Lugo descargó un golpe en el cráneo más cercano. Controló su fuerza. Las cosas ya estaban bastante mal sin cadáveres que provocaran una inmediata acción oficial. No obstante, la herida sangró espectacularmente: un charco rojo en la piel y el pavimento, un motivo de alarma.

Rufus resollaba.

—Vamos —murmuró Lugo—. Despacio y tranquilo. Si corremos, nos perseguirán de nuevo. —Retrocedió, agitando el cayado con una sonrisa lobuna. Por el rabillo del ojo, vio que Rufus caminaba a su derecha. Bien. El sujeto había conservado cierta compostura.

Los perseguidores murmuraban boquiabiertos. Los heridos gemían. Lugo entró en la calle angosta que había escogido. Dobló la esquina y perdió a Hércules de vista.

—Ahora, en marcha —masculló, volviéndose hacia Rufus y cogiéndole la manga—. No, no corras. Camina.

Los testigos lo miraron con recelo, pero no se entrometieron. Lugo se metió en un callejón que conectaba con otra calle. Cuando estuvieron solos en medio del ajetreo, ordenó a Rufus que se detuviera. Se puso el cayado bajo el brazo y asió el broche que le sujetaba la capa.

—Te pondremos esto encima. —Guardó el velo dentro de la capucha antes de cubrir el llamativo pelo del acompañante—. Muy bien. Somos dos hombres apacibles que se dedican a sus ocupaciones. ¿Puedes recordarlo?

El artesano pestañeó. El sudor relucía en la escasa luz.

—¿Quién eres? —dijo con voz trémula—. ¿Qué buscas?

—Salvarte la vida —dijo con frialdad—, pero no me propongo arriesgar más la mía. Haz lo que digo y quizá encontremos un refugio. —El aturdido Rufus titubeó y Lugo se apresuró a añadir—: Acude a las autoridades, si lo deseas. Ve de inmediato, antes de que tus queridos vecinos se armen de valor y vengan a por ti. Di al prefecto que estás acusado de hechicería. Él lo averiguará, de todos modos. Mientras te interrogan bajo tortura, quizá puedas demostrar tu inocencia. La hechicería es un crimen capital, ya sabes.

—Pero tú…

—No soy más culpable que tú. Sospecho que podemos ayudarnos. Si no estás de acuerdo, adiós. De lo contrario, ven conmigo y mantén la boca cerrada.

El corpulento Rufus resopló. Se cubrió con la capa y comenzó a andar.

Pronto caminó con mayor soltura, pues nadie los detuvo. Ambos se mezclaron con el tráfico.

—Quizá creas que es el fin del mundo —murmuró Lugo—, pero fue un alboroto puramente local. Nadie más ha oído hablar de ello, o en todo caso a nadie le importa. He visto a la gente seguir con su vida cotidiana mientras el enemigo irrumpía por la puerta.

Rufus lo miró de soslayo y tragó saliva, pero guardó silencio.


2

<p>2</p>

La casa de Lugo estaba en el distrito noroeste, en la calle de los Zapateros, una zona tranquila. La casa era discreta, bastante vieja, y aquí y allá el estuco se desprendía de la pared. Lugo llamó y el mayordomo abrió la puerta; Lugo tenía pocos esclavos, cuidadosamente escogidos y seleccionados a través de los años.

—Este hombre y yo tendremos una charla confidencial, Perseo —dijo—. Quizá se quede un tiempo con nosotros. No quiero que nadie lo moleste.

El cretense asintió y sonrió.

—Entendido, amo —replicó—. Informaré a los demás.

—Podemos confiar en ellos —le dijo a Rufus, en un aparte—. Saben que tienen camas mullidas. —Y dirigiéndose a Perseo, añadió—: Como puedes ver y oler, mi amigo ha pasado un mal rato. Lo alojaremos en la Sala Baja. Trae comida de inmediato; agua en cuanto puedas calentar una buena cantidad, toallas y ropa limpia. ¿Está hecha la cama?

—Siempre lo está, amo —dijo el esclavo, un poco ofendido. Reflexionó—. En cuanto a la indumentaria, la vuestra no servirá. Se la pediré prestada a Durig. ¿Debo comprar más?

—Todavía no —resolvió Lugo. Quizá necesitara de repente todo el efectivo disponible. Aunque no las envilecidas monedas pequeñas. Hacían demasiado bulto; un solidus de oro equivalía a catorce mil nummi—. Durig es nuestro peón —le explicó a Rufus—. Además, tenemos un hábil cocinero y un par de criadas. Un hogar modesto. —Los detalles domésticos tal vez calmaran a Rufus, poniéndolo en condiciones de responder a varias preguntas.

Del atrio pasaron a una sala de estar, igualmente austera. La luz del sol se volvía verdosa al atravesar las ventanas de estilo eclesiástico. En el centro del piso, un mosaico presentaba una pantera rodeada por pavos reales. Incrustados en las paredes había paneles de madera con motivos más comunes, el Pez y Chi Rho entre flores, un Buen Pastor de grandes ojos. Desde el reinado de Constantino el Grande había sido cada vez más imperativo profesar el cristianismo, y en esta región además convenía ser católico. Lugo seguía siendo catecúmeno; el bautismo le habría impuesto obligaciones inconvenientes. La mayoría de los creyentes lo postergaban hasta un período tardío de la vida.

Su esposa lo había oído llegar y le salió al encuentro.

—Bienvenido, querido —dijo con alegría—. Has vuelto pronto.

Vio a Rufus y se turbó visiblemente.

—Este hombre y yo tenemos asuntos urgentes —dijo Lugo—. Es muy confidencial. ¿Entiendes?

Ella tragó saliva pero asintió.

—Bienvenido seas —saludó con voz sumisa.

Buena chica, pensó Lugo. Era difícil dejar de mirarla. Cordelia tenía diecinueve años, de estatura baja pero formas deliciosamente redondeadas, con rasgos delicados y labios entreabiertos bajo una lustrosa mata de pelo castaño. Hacía cuatro años que era su esposa y le había dado dos hijos que aún vivían. El matrimonio le había brindado contactos útiles, ya que el padre de Cordelia era curial, pero no una dote digna de mención, pues la clase curial estaba agobiada por los impuestos y los deberes cívicos. Pero lo más importante para ambos esposos era la atracción mutua, y el lecho nupcial era un deleite cada vez mayor.

—Marco, ésta es mi esposa Cordelia —dijo Lugo. «Marco» era un hombre bastante común. Rufus inclinó la cabeza y gruñó. A ella le dijo—: Debemos hablar de inmediato. Perseo se ocupará de todo. Estaré contigo cuanto antes.

Ella los siguió con la mirada. ¿Acaso suspiraba? Lugo sintió una punzada de temor. Había seguido adelante impulsado por la esperanza, una esperanza tan desbocada que insistía en negarla, recriminándose por ello. Ahora veía hacia dónde podía conducir la realidad.

No, no debía pensar en ello. No ahora. Un paso, dos pasos, pie izquierdo, pie derecho, así era como se avanzaba a través del tiempo.

La Sala Baja estaba en el subsuelo, parte del sótano que Lugo había cerrado con ladrillos tras adquirir la casa. Esos escondrijos eran comunes y no llamaban la atención. A menudo estaban destinados a las plegarias o a las austeridades íntimas. En el oficio del Lugo, era obvio que necesitaba un sitio a salvo de los curiosos. La celda era estrecha. Tres ventanas diminutas daban al jardín con peristilo de la planta baja. El vidrio era tan grueso y ondulante que impedía ver el interior; pero la luz que se filtraba resplandecía en las paredes blanqueadas, aclarando un poco la penumbra. En un anaquel había velas de sebo, y al lado un pedernal, acero y madera. Los únicos muebles eran una cama, un taburete y un orinal en el piso de tierra.

—Siéntate —invitó Lugo—. Descansa. Estás a salvo, amigo, a salvo.

Rufus se desplomó en el taburete. Se echó la capucha hacia atrás, pero se aferró la paenula contra la túnica; ese sitio estaba helado. Irguió la cabeza roja en un gesto desafiante.

—¿Quién demonios eres? —gruñó.

Su anfitrión se apoyó en la pared y sonrió.

—Flavio Lugo —dijo—. Y tú, según creo, eres un carpintero del astillero, sin empleo, a quien llaman Rufus. ¿Cuál es tu verdadero nombre?

Rufus barbotó una obscenidad y una pregunta:

—¿Qué te importa?

Lugo se encogió de hombros.

—Poco o nada, supongo. Podrías ser más amable conmigo. Esa chusma te habría quitado la vida.

—¿Y en qué te concierne? —replicó Rufus con dureza—. ¿Por qué te entrometiste? Mira, no soy hechicero. No me interesan la magia ni las prácticas paganas. Soy buen cristiano, un ciudadano romano libre.

Lugo enarcó las cejas.

—¿Nunca has hecho ofrendas salvo en las iglesias? —murmuró.

—Bien… eh, bien… Epona, cuando mi esposa agonizaba. —Rufus se encolerizó—. ¡Por el estiércol de Cernunnos! ¿Tú eres hechicero?

Lugo alzó la palma. Acarició el cayado persuasivamente.

—No lo soy. Ni te puedo leer la mente. Sin embargo, las viejas costumbres tarden en morir; aun en las ciudades, y la campiña es mayormente pagana. Por tu aspecto y tu modo de hablar yo diría que tus familiares fueron cadurci hace una o dos generaciones, en las colinas del valle del Duranius.

Rufus se aplacó. Respiraba ruidosamente. Se tranquilizó poco a poco y esbozó una sonrisa.

—Mis padres vienen de esa tribu —rezongó—. Mi nombre es Cotuadun. Pero todos me llaman Rufus. Eres observador.

—Me gano la vida con eso.

—Tú no eres galo. Cualquiera puede llamarse Flavio, ¿pero quién se llama Lugo? ¿De dónde eres?

—Hace varios años que me establecí en Burdigala.

—Se oyó un golpe en la puerta de madera—. Ah, aquí viene el amable Perseo con el refrigerio que ordené. Creo que tú lo necesitas más que yo.

El mayordomo trajo una bandeja con jarras de vino y agua, cuencos de pan, queso, aceitunas. La dejó en el suelo y se marchó a una seña de Lugo, cerrando la puerta. Lugo se sentó en la cama, sirvió vino, ofreció a Rufus un trago con poca agua, pero diluyó bien el suyo.

—A tu salud —propuso—. Hoy casi la perdiste. Rufus bebió un largo sorbo.

—¡Ahhh! Que me cuelguen, qué bueno está.

—Miró a su salvador con ojos entornados—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué significo para ti?

—Bien, en todo caso, esa chusma no tenía derecho a matarte. Eso es tarea del Estado, una vez que te han hallado culpable…, y no creo que lo seas. Me correspondía aplicar la ley.

—Me conocías.

Lugo bebió. El vino de Falerno tenía un sabor dulzón.

—Había oído hablar de ti. Rumores. Es natural. Me mantengo al corriente de lo que ocurre. Tengo mis agentes. Pero no te asustes, no son informadores secretos. Sólo mocosos callejeros, por ejemplo, que se ganan una moneda comunicándome las novedades de interés. Decidí buscarte y averiguar más. Fue una suerte para ti que eso ocurriera exactamente cuando y donde pude rescatarte de tus compañeros de fatigas.

La pregunta lo turbó: ¿Cuántas oportunidades había perdido, y por qué márgenes, a través de los años? No compartía la difundida fe actual en la astrología. Pensaba que el mero accidente regía el mundo. Tal vez en esta ocasión había correspondido que los dados rodaran a su favor.

Siempre que el juego fuera real. Siempre que existiera alguien más como él, que alguna vez hubiera existido.

Rufus irguió la cabeza sobre los hombros macizos.

—¿Por qué lo hiciste? —rezongó—. ¿Qué demonios buscas?

Era preciso calmarlo. Lugo aplacó su propia ansiedad, su propio temor.

—Bebe el vino —dijo—. Escucha y me explicaré. Esta casa te habrá inducido a creer que soy un curial, o un tendero próspero, o algo por el estilo. No lo soy. No lo había sido en mucho tiempo. El decreto de Diocleciano había congelado a todos en la categoría dentro de la cual habían nacido, incluidas las clases medias. Pero en vez de dejarse aplastar; grano por grano, entre las piedras molares de los gravámenes, las regulaciones, la moneda envilecida, el comercio languideciente, cada vez más personas se daban a la fuga. Escapaban, cambiaban de nombre, se transformaban en siervos o esclavos, trabajadores migratorios ilegales y charlatanes; algunos se unían a las Baucaudae, cuyas pandillas de bandidos aterrorizaban las atrasadas zonas rurales, otros acudían a los bárbaros. Lugo había hecho arreglos más convenientes, muy de antemano. Estaba habituado a ser previsor.

—Actualmente soy empleado de un tal Aureliano, un senador de esta ciudad —continuó.

Rufus manifestó hostilidad.

—He oído hablar de él.

Lugo se encogió de hombros.

—Pues sí, llegó a ese cargo mediante el soborno, e incluso entre sus colegas es increíblemente corrupto. ¿Y qué? Es un hombre capaz de comprender que es sabio ser leal a quienes lo sirven. Los senadores no pueden participar en el comercio, como sabrás, pero él tiene variados intereses. Eso exige intermediarios que no sean meros mascarones. Yo soy su representante. Voy y vengo, huelo peligros y posibilidades, comunico mensajes, ejecuto tareas que requieren discreción, doy consejos cuando es apropiado. Hay posiciones peores en la vida. De hecho, hay algunas mucho menos honorables.

—¿Y qué quiere de mi Aureliano? —preguntó Rufus, inquieto.

—Nada. Jamás ha oído hablar de ti. Si el destino lo quiere nunca oirá hablar de ti. Te he buscado por decisión propia. Tú y yo podemos ayudarnos mucho.

—Lugo habló con voz más cortante—. No amenazo. Si no podemos trabajar juntos pero haces lo posible para colaborar conmigo, al menos intentaré sacarte de Burdigala para que empieces de nuevo en otro sitio. Recuerda que me debes la vida. Si te abandono, eres hombre muerto.

—Sabrán que me has escondido aquí —respondió con un gesto obsceno.

—Yo mismo se lo diré —declaró Lugo sin inmutarse—. Como ciudadano respetable, no quería que te descuartizaran ilegalmente, sino que creí mi deber entrevistarte en privado, sacarte de… ¡Alto! —Había dejado el tazón en el suelo mientras hablaba, suponiendo que Rufus se sulfuraría. Cogió el cayado con ambas manos—. Quédate donde estás, muchacho. Eres fuerte, pero ya has visto lo que puedo hacer con esto.

Rufus se quedó en su sitio y Lugo se echó a reír.

—Así está mejor. No seas tan irritable. No te quiero causar daño, de verdad. Déjame repetirlo. Si eres franco conmigo y haces lo que te digo, lo peor que puede ocurrirte es irte de Burdigala bajo un disfraz. Aureliano posee un vasto latifundio; sin duda le vendrá bien un peón, si yo lo recomiendo, y el senador encubriría todas las pequeñas irregularidades. Y lo mejor…, bien, aún no lo sé, así que no haré promesas, pero superaría la gloria de tus mayores sueños infantiles, Rufus.

Sus palabras y el tono tranquilizador surtieron efecto. Y también el vino. Rufus calló un instante, asintió, sonrió, bebió un sorbo, extendió la mano.

—¡Por la Trinidad, de acuerdo! —exclamó.

Lugo estrechó la dura palma. El gesto era nuevo en la Galia, quizás aprendido de inmigrantes germanos.

—Espléndido —dijo—. Tan sólo habla con franqueza. Sé que no será fácil, pero recuerda que tengo mis razones. Me propongo ser benévolo contigo, tanto como Dios permita.

Llenó el tazón vacío. A pesar de su aire jovial, estaba cada vez más tenso.

Rufus bebió, agitó el tazón.

—¿Qué quieres saber? —preguntó.

—Primero, por qué tienes problemas.

Rufus hizo una mueca de disgusto, apartando los ojos.

—Porque mi esposa falleció —masculló Rufus—. Eso inició los rumores.

—Muchos hombres enviudan —dijo Lugo, al mismo tiempo que los recuerdos le revolvían una espada en las entrañas.

La manaza se cerró sobre el tazón hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Mi Livia era vieja. Pelo blanco, arrugas, sin dientes. Teníamos dos hijos crecidos, varón y mujer. Están casados, tienen sus propios hijos. Y han envejecido.

—Me imaginaba algo así —susurró Lugo, pero no en latín—. ¡Oh Ashtoreth…! —Y en voz alta, usando la lengua común—: Los rumores que oí me sugerían algo parecido. Por eso fui a buscarte. ¿Dónde naciste Rufus?

—¿Y qué diablos sé yo? —respondió hurañamente—. ¡Demonios! Los pobres no llevan la cuenta como vosotros los ricos. No podría decirte quién es cónsul este año, y mucho menos quién lo era entonces. Pero mi Livia era joven como yo cuando nos enamoramos…, catorce, quince años. Era una hembra fuerte, paría vástagos como semillas de melón, aunque sólo dos llegaron a crecer. No se agotó pronto, como otras hembras.

—Entonces quizá tengas más de setenta años —murmuró Lugo—. Pero no aparentas más de veinticinco. ¿Alguna vez estuviste enfermo?

—No, a menos que cuentes un par de veces que me hirieron. Heridas feas, pero sanaron en pocos días, ni siquiera me dejaron cicatrices. Nunca tuve dolor de muelas. Una vez me cayeron tres dientes en una pelea, y volvieron a crecer. —Rufus habló con menos arrogancia—. La gente me miraba con creciente desconfianza. Cuando murió Livia, empezaron los rumores. —Rufus gruñó—. Decían que yo había hecho un paco con el diablo. Ella me dijo lo que había oído. Pero ¿qué cuernos podía hacer yo? Dios me dio un cuerpo fuerte, eso es todo. Ella me creyó.

—Yo también, Rufus.

—Cuando ella enfermó al fin, muchos dejaron de hablarme. Se alejaban de mí en la calle, se persignaban, se escupían el pecho. Acudí a un sacerdote. Él también se asustó de mí. Me dijo que viera al obispo, pero el bastardo no quiso acompañarme. Luego murió Livia.

—Una liberación —sugirió Lugo, sin poder contenerse.

—Bien, hacia tiempo que yo iba a un burdel —respondió Rufus sin rodeos. Se encolerizó—. Pero esas zorras me dijeron que me fuera y no regresara. Me enfurecí, armé un escándalo. La gente lo oyó y se agrupó fuera. Cuando salí, los cerdos me insultaron. Tumbé al que más gritaba. Logré zafarme y echar a correr. Pero me persiguieron y eran cada vez más.

—Y habrías muerto pisoteado por ellos. O los rumores habrían llegado a oídos del prefecto. La historia de un hombre que no envejecía y obviamente no era un santo, así que debía de estar aliado con el diablo. Te habrían arrestado, interrogado bajo tortura, y sin duda decapitado. Éstos son malos tiempos. Nadie sabe qué esperar. ¿Vencerán los bárbaros? ¿Tendremos otra guerra civil? ¿Nos destruirá la peste, el hambre, el colapso total del comercio? Los herejes y hechiceros son objeto de temor.

—¡No soy nada de eso!

—No he dicho que lo fueras. Acepto que eres un hombre común, común como el que más, aparte de… Dime, ¿has oído hablar de alguien como tú, a quien el tiempo no parece afectar? ¿Parientes, quizá?

Rufus negó con la cabeza. Lugo suspiró.

—Tampoco yo. —Se armó de coraje y continuó—. Aunque he esperado e intentado, buscado y resistido, desde que llegué a comprender.

—¿Eh? —El vino goteó del tazón de Rufus. Lugo bebió un sorbo en busca de consuelo.

—¿Qué edad crees que tengo? —preguntó.

Rufus lo escudriñó antes de decir con voz gutura

—Aparentas veinticinco.

Lugo torció la boca en una sonrisa.

—Como tú, tampoco sé mi edad con certeza —respondió lentamente—. Pero Hiram era rey de Tiro cuando yo nací allí. Las crónicas que he podido estudiar desde entonces indican que eso fue hace doce siglos.

Rufus se quedó boquiabierto. Las pecas lucían sombrías sobre la tez repentinamente blanca. Se persignó con la mano libre.

—No temas —lo exhortó Lugo—. No hice ningún pacto con las tinieblas. Ni con el cielo, llegado el caso, ni con ninguna potestad o ningún alma. Soy de tu misma carne, si eso significa algo. Simplemente, llevo más tiempo sobre la Tierra. Eso te hace sentir solo. Tú apenas has tenido tiempo de saborear esa soledad.

Se levantó, dejando el cayado y el tazón, para caminar por la estrecha habitación, las manos en la espalda.

—Flavio Lugo no fue el nombre con que nací, desde luego. Ese es sólo mi nombre más reciente. He perdido la cuenta de los que tuve. El primero fue…, no importa. Un nombre fenicio. Era un mercader hasta que los años me causaron los mismos problemas que tú tienes hoy. Durante mucho tiempo fui marino, guardia de caravanas, mercenario, bardo errante, todos los oficios en que un hombre puede ir y venir inadvertido. Tuve que asistir a una dura escuela. A menudo estuvieron a punto de matarme las heridas, los naufragios, el hambre, la sed, muchos peligros. A veces habría muerto, de no ser por el extraño vigor de este cuerpo. Un peligro más lento, más temible cuando empecé a notarlo, era el desquiciarme, de perder el juicio entre los recuerdos. Por un tiempo estuve fuera de mis cabales. En cierto modo fue piadoso; amortiguó el dolor de perder a todas las personas que llegaba a amar; perderlo a él, perderla a ella, perder a los niños… Poco a poco elaboré el arte de la memoria. Ahora tengo capacidad de recordar; soy como una biblioteca de Alejandría ambulante… No, ésa ardió, ¿verdad? —Rió entre dientes—. Tengo mis deslices. Pero domino el arte de almacenar lo que sé hasta que lo necesito, y entonces lo recobro. Domino el arte de controlar la pena. Domino…

Observo la mirada estupefacta de Rufus y se interrumpió.

—¿Mil doscientos años? —jadeó el artesano—. ¿Viste al Salvador?

Lugo esbozó una sonrisa forzada.

—Lo lamento, pero no lo vi. Si nació durante el reinado de Augusto, como dicen, eso habría sido entre trescientos y cuatrocientos años atrás. Entonces yo estaba en Britania. Roma aún no la había conquistado, pero el comercio era activo y las tribus meridionales eran cultas a su manera. Y mucho menos pendencieras. Es una característica siempre deseable en un lugar. Difícil de encontrar hoy en día, a menos que huyas hacia los germanos, los escoceses o lo que sea. Y aun ellos…

»También domino el arte de aparentar más edad. Polvo capilar; tinturas, esas cosas son incómodas y poco fiables. Dejo que todos comenten sobre mi apariencia juvenil. A fin de cuentas, algunas personas aparentan menos edad de la que tienen. Pero entretanto empiezo a encorvarme, a arrastrar los pies, a toser; a fingir que oigo mal, a quejarme de dolores y malestares y de la insolencia de la juventud moderna. Sólo funciona hasta cierto punto, desde luego. Finalmente debo esfumarme e iniciar otra vida en otra parte, con otro nombre. Trato de arreglar las cosas para hacer creer que me escapé y me topé con algún infortunio, quizá porque envejecí y me volví distraído. Y en general he podido prepararme para esa circunstancia. Acumulo gran cantidad de oro, estudio el lugar adonde iré, a veces lo visito para establecer mi nueva identidad.

La fatiga de los siglos lo abrumó un instante.

—Detalles, detalles. —Calló y miró por una de las ventanas ciegas—. ¿Me estoy volviendo senil? Rara vez divago de esta manera. Bien, tú eres el primer congénere que encuentro, Rufus, el primero. Esperemos que no seas el último.

—¿Has oído hablar de otros? —aventuró Rufus a sus espaldas.

Lugo meneó la cabeza.

—Ya te he dicho que no. ¿Cómo podría saberlo? A veces creí hallar un rastro, pero lo perdí o resultó falso. Quizá una vez. No estoy seguro.

—¿Quién era…, amo? ¿Quieres contarme?

—Por qué no. Fue en Siracusa, donde pasé muchos años a causa de sus lazos con Cartago. Maravillosa ciudad. Una mujer llamada Althea, de bonita apariencia, y brillante como a veces eran las mujeres en los últimos días de las colonias griegas. Ella y su esposo eran conocidos míos. Él era un magnate naviero y yo era capitán de un carguero volandero. Hacía más de tres décadas que estaban casados. Él estaba calvo y barrigón, y ella le había dado doce hijos y el mayor de ellos peinaba canas, pero Althea parecía una doncella en primavera.

Calló un rato antes de continuar.

Luego dijo con voz monocorde:

—Los romanos capturaron la ciudad. La saquearon. Yo estaba ausente. Siempre has de tener una excusa para largarte cuando ves venir esas cosas. Cuando regresé, hice preguntas. Quizá la tomaron como esclava. Pude haber tratado de encontrarla y comprarla para darle la libertad. Pero no, cuando hallé a alguien que sabía, tan insignificante como para haber sobrevivido, supe que estaba muerta. Violada y apuñalada. No sé si es cierto o no. Las historias crecen con cada versión. No importa. Fue hace mucho tiempo.

—Qué lástima. Tendrías que haber llegado antes allí. —Rufus se puso tenso—. Eh, lo lamento, amo. Pero no pareces odiar a Roma.

—¿Por qué habría de odiarla? Es la misma y eterna historia. Guerra, tiranía, exterminio, esclavitud. Yo mismo he formado parte de ello. Ahora Roma es la perjudicada.

—¿Qué? —jadeó Rufus—. ¡No puede ser! ¡Roma es eterna!

—Como gustes. —Lugo se volvió hacia él—. Parece que al fin he hallado a otro inmortal. Por lo menos, he aquí a alguien a quien puedo salvaguardar; vigilar; para asegurarme. Bastará con dos o tres décadas. Aunque ya no tengo dudas.

Inhaló profundamente.

—¿Comprendes qué significa? No, no puedes comprender. No has tenido tiempo para pensar en ello.

Examinó el tosco semblante, la frente baja, la consternación transformada en primitiva alegría.

«No creo que jamás comprendas —pensó—. Eres un carpintero más o menos competente, eso es todo. Y aun así tengo suerte de haberte encontrado. A menos que Althea…, pero ella se me escurrió entre los dedos. La muerte me la arrebató.»

—Significa que no soy único —dijo Lugo—. Si hay dos de nosotros, debe de haber más. Muy pocos, muy infrecuentes. No está en la herencia sanguínea, como la altura o el color o las deformidades típicas de una familia. Fuera cual fuese la causa, pasa por accidente. O por voluntad de Dios, si prefieres, aunque en tal caso Dios es bastante caprichoso. Y sin duda meros accidentes eliminan a muchos inmortales en su juventud, tal como eliminan a hombres, mujeres y niños comunes. Podemos escapar de la enfermedad, pero no de la espada ni del caballo desbocado ni de la inundación ni del fuego ni del hambre. Posiblemente otros mueren a manos de vecinos que los consideran demonios, magos, monstruos.

—La cabeza me da vueltas —gimió Rufus, intimidado.

—Bien, has pasado un mal rato. Los inmortales también necesitan descanso. Duerme si lo deseas.

Rufus tenía los ojos vidriosos.

—¿Por qué no podemos decir que somos… santos? ¿Ángeles?

—¿Cuán lejos habrías llegado así? —se burló Lugo—. Tal vez, un hombre nacido en la realeza… Pero no creo que eso nunca haya ocurrido, tan rara como es nuestra especie. No, si sobrevivimos, pronto aprendemos a pasar inadvertidos.

—¿Entonces cómo nos encontraremos? —Rufus hipó y ventoseó.


3

<p>3</p>

—Ven conmigo al peristilo —dijo Lugo.

—Oh, encantada —canturreó Cordelia, casi bailando.

Era un atardecer sereno y despejado. La luna, casi llena, brillaba sobre el tejado este en un cielo azul violáceo. Hacia el oeste, el cielo se oscurecía y despuntaban estrellas trémulas. El claro de luna moteaba los canteros, tiritaba sobre el agua de un estanque, bañaba de plata el rostro joven y los senos de Cordelia.

Permanecieron unos pocos minutos tomados de la mano.

—Hoy has estado atareado —dijo ella al fin—. Cuando regresaste temprano, pensé… Desde luego, tenias trabajo que hacer.

—Por desgracia, sí —respondió Lugo—. Pero estas horas nos pertenecen.

Se apoyó en él. Su melena castaña conservaba la fragancia del sol.

—Los cristianos deben agradecer lo que tienen. —Cordelia rió—. Es fácil ser cristiana esta noche.

—¿Cómo se han portado hoy los niños? —preguntó él. Su hijo Julius, que ya no se tambaleaba sino que brincaba por todas partes, y empezaba a hablar; y la pequeña Dora, dormida en su cuna, las manitas entrelazadas.

—Bien, muy bien —dijo Cordelia, algo sorprendida.

—Los veo tan poco.

—Te interesas por ellos. Pocos padres se interesan tanto como tú. —Cordelia le apretó la mano—. Quiero darte muchos hijos. —Y añadió con picardía: —Podemos empezar enseguida.

—Yo… he intentado ser amable.

Ella oyó cómo arrastraba las palabras, soltó a Lugo, y lo miró con alarma.

—¿Qué pasa, querido?

Él se obligó a aferrarle los hombros, a mirarla a la cara. El claro de luna la hacía desgarradoramente bella.

—Entre nosotros, nada —respondió. Sólo que tú envejecerás y morirás. Y ha ocurrido tantas, tantas veces. No puedo contar las muertes. No hay medida para el dolor; pero creo que no ha disminuido; simplemente he aprendido a convivir con él, como un mortal aprende a convivir con una herida incurable. Creí que tendríamos treinta, quizá cuarenta años antes de mi partida. Habría sido maravilloso—. Pero debo realizar un viaje inesperado.

—¿Algo que te dijo ese hombre, Marco? —Lugo asintió. Cordelia hizo una mueca de disgusto—. No me agrada. Perdóname, pero no me agrada. Es tosco y estúpido.

—En efecto —convino Lugo. Le había parecido conveniente que Rufus compartiera la cena con ellos. El encierro en la Sala Baja, con la única compañía de sus temores y esperanzas animales, habría desbaratado la poca compostura que le quedaba y la necesitaría para el porvenir—. Aún así, me trajo información importante.

—¿Puedes decirme de qué se trata? —Cordelia se esforzó para que no pareciera una súplica.

—Lo lamento, no. Tampoco puedo decir adónde me dirijo ni cuánto tardaré en regresar.

Ella le cogió ambas manos. Se le habían enfriado los dedos.

—Los bárbaros. Piratas. Bacaudae.

—El viaje tiene sus peligros —admitió él—. He pasado buena parte del día haciendo arreglos para ti. Por si acaso, querida, por si acaso. —La besó. Los trémulos labios de Cordelia tenían un tenue gusto a sal—. Debes saber que éste es un asunto que puede interesar o no a Aureliano, pero en caso afirmativo se debe investigar de inmediato, y él está en Italia. Se lo he dicho a su amanuense Corbilo, y él te dará mi paga para tus necesidades. También te he dejado una suma sustancial en la iglesia. El sacerdote Antonino la ha guardado y me entregó un recibo que te daré. Y eres heredera de esta propiedad. Tú y los niños estaréis bien. —Siempre que Roma resista.

Ella se arrojó a sus brazos y se acurrucó. Él le acarició el pelo, la espalda, arrugando el vestido, transformando la caricia en abrazo.

—Calma, calma —la arrulló—, esto es sólo una previsión. No temas. No correré grandes riesgos. —Eso creía—. Regresaré. —Eso no era cierto y decirlo era doloroso como una llamarada.

Bien, sin duda ella se casaría de nuevo, cuando lo dieran por muerto. Lo vieron por última vez en la costa ordovicia, cuando atacaron los escoceses…

Ella se apartó, se abrazó el cuerpo, tragó saliva, sonrió trémulamente.

—Claro que S-S-sí —respondió—. R-r-rezaré por ti todo el tiempo. Y tenemos esta noche.

Hasta poco antes del alba, cuando zarpaba el Nereida. Había comprado pasajes para él y para Rufus. La mayor parte de Britania continuaba segura, pero los bárbaros causaban suficientes estragos como para que nadie cuestionada a un par de hombres que aparecían en Aquae Sulis o Augusta Londinium contando que habían huido. Dinero en mano, podrían comenzar de nuevo; y Lugo había enterrado una buena provisión de monedas fuertes en la isla, varias generaciones atrás.

—Si tan sólo pudieras quedarte —dijo Cordelia sin querer.

—Si pudiera.

Pero Rufus estaba marcado en Burdigala.

Rufus, el patán, el inmortal, quien sin duda perecería sin un hombre inteligente que lo cuidara. Y no debía morir. Por torpe que fuera, la suya era la única ayuda con que Lugo podría contar cuando se reuniera su raza.

Cordelia notó con qué dolor decía su esposo esas palabras.

—No lloraré —declaró—. Tenemos esta noche. Y muchas, muchas más cuando regreses. Te esperare, te esperaré por siempre jamás.

No, pensó Lugo, no lo harás. No tendrá sentido, una vez que consideres que eres viuda, aún joven pero con el tiempo pisándote los talones.

Tampoco podrías haber esperado por siempre jamás.

Busco a aquella que nunca tendrá que abandonarme.


IV. Muerte en Palmira

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

<p>IV. Muerte en Palmira</p>

La caravana de Trípolis partiría al romper el alba. Nebozabad, el jefe, quería que todo estuviera listo la noche anterior. Quería que cada hombre ensayara cómo instalar y levantar el campamento. Las demoras no sólo costaban dinero, sino que multiplicaban los riesgos.

Así pensaba él. Algunos le decían que se lo tomara con calma. Afirmaban que la paz era segura, con Siria en manos árabes. ¿Acaso el califa mismo no había pasado por Tadmor, en su camino hacia la santa Jerusalén, tres años atrás? Nebozabad era menos confiado. Durante su vida había visto demasiadas guerras, con el consiguiente desmoronamiento del comercio, el colapso del orden y el auge del bandidaje. Se proponía usar cada hora de oportunidad que Dios le brindara.

Por lo tanto sus acompañantes no dormían en un caravasar sino en un terreno más allá de la Puerta de Filipo. Él iba de aquí para allá, hablando con los conductores de camellos, los guardias, los comerciantes, los plebeyos, dando órdenes cuando era necesario, dando al tumulto una forma y un sentido. Era bien entrada la noche cuando terminó. Se detuvo, pues, para disfrutar de un momento a solas. El humo de las fogatas que chispeaban en el campamento flotaba en el aire fresco. Alrededor todo era negrura. Distinguió la punta de algunas tiendas, alzadas por sus viajeros más prósperos, y a veces la luz rebotaba en la punta de la lanza de un centinela. Nebozabad quería que todo lo rutinario funcionara desde el principio. Le llegaban murmullos a los oídos, palabras de hombres que permanecían levantados, en ocasiones el suave relincho de un caballo o el gorgoteo gutural de un camello.

Un sinfín de estrellas titilaba en el cielo. Desde el oeste una luna gibosa alumbraba el valle angosto, escarchando colinas, palmares, las tumbas monumentales que se elevaban en las sombras, las torres y almenas de la muralla de la ciudad. Esa pared blanca y grisácea se elevaba como si hubieran levantado una franja de la estepa que rodeaba esta cuenca. Parecía tan eterna e inquebrantable como si la vida que ahora dormía a su amparo pudiera palpitar todos los días para siempre.

Nebozabad se mordió el labio ante esta idea. Bien sabía que no era así. En su propia vida los persas habían expulsado a los romanos, y luego los romanos habían expulsado a los persas, y por aquel entonces, ambas naciones huían de la espada del Islam; y aunque las rutas comerciales de Tadmor aún llevaban y traían fortunas, la gloria de la ciudad había pasado. Ah, haber vivido cuando ella —Palmira en las lenguas latina y griega— era la reina de Siria, antes de que el emperador Aureliano aplastara el intento de liberación de Zenobia…

Nebozabad suspiró, se encogió de hombros, dio media vuelta y echó a andar. Una ciudad, como un hombre, debía someterse a los designios de Dios. En eso, al menos, los musulmanes tenían razón.

A su paso oyó y respondió varios saludos: «Cristo sea contigo, señor.» «Y con tu espíritu.» Todos reconocían su forma corpulenta en el sencillo djellakak, sus gruesos rasgos a la intemperie. La luz de la luna le rozaba las estrías blancas del pelo y de la barba recortada.

Se acercó a su tienda. Era de buen material, aunque de tamaño modesto. Nunca llevaba un peso que podría ir, en cambio, en artículos de valor.

El fulgor amarillo de la lámpara se filtraba por la entrada abierta.

Una mano le aferró el tobillo. Se paró en seco, ahogó un suspiro, cerró los dedos sobre la empuñadura del cuchillo.

—Silencio. —Un susurro frenético—. Por la misericordia de Dios, te lo suplico. No quiero hacerte daño.

No obstante sintió un escalofrío al mirar. Alguien estaba agazapado en el suelo, una palidez entre las sombras.

—Necesito ayuda —dijo la voz, y Nebozabad creyó reconocerla—. ¿Podemos hablar a solas? Mira, no llevo armas.

A menudo Nebozabad tenía que tomar decisiones rápidas.

—Espera —murmuró. La mano implorante lo soltó. Nebozabad dio la vuelta hasta el frente de la tienda y entró en ella tratando de que nadie lo viera. Dentro, la tela de pelo de camello encerraba algo de tibieza. Una lámpara de arcilla alumbraba el lecho preparado, la jarra y el cuenco de agua y dos o tres pequeñas comodidades. Su sirviente lo saludó tocando la tierra con las rodillas, las manos y la frente.

—¿Qué desea mi amo? —preguntó.

—Espero una visita —dijo Nebozabad—. Sal cautelosamente, tal como yo llegué. Cuando haya cerrado la entrada, no dejes que nadie venga, ni menciones una palabra sobre esto. —Que caiga sobre mi cabeza, amo. —El esclavo se fue con el mayor sigilo. Nebozabad lo había escogido y lo había adiestrado bien; era del todo leal. Cuando se hubo marchado, Nebozabad se asomó un instante, susurró «Adentro» y se retiró.

La otra persona se escurrió, se enderezó, y lo miró cara a cara. A pesar de que lo sospechaba, Nebozabad jadeó. Una mujer. ¡Oh, vaya mujer!

Ella se había acuclillado, las manos tendidas sobre el regazo. Las trenzas le cubrían los hombros, se le derramaban sobre los pechos. Nebozabad supuso que no era por mera coincidencia. No tenía nada más encima, excepto mugre, una estría de sangre coagulada en el brazo izquierdo, sudor que resplandecía a la luz de la lámpara, y ese aire de abatimiento. Su cuerpo podía haber pertenecido a una diosa antigua, esbelto, pechos firmes, cintura delgada, caderas redondas. Tenía pómulos altos, nariz recta, labios carnosos sobre la tersa mandíbula. La tez era ligeramente dorada y los grandes ojos, bajo cejas arqueadas, eran castaños. En ella, el romano de Occidente, el romano de Oriente, el heleno y el persa se habían mezclado con Siria.

Él la observó. Parecía una doncella, no, una matrona joven, no, algo para lo cual no tenía nombre. Pero la conocía.

—Oh Nebozabad, viejo amigó —dijo ella con voz trémula y acariciante—, tú eres mi única esperanza. Ayúdame, como una vez mi casa te ayudó. Nos conoces desde siempre.

Cuarenta y pico de años. El pensamiento fue como un mazazo. Su mente retrocedió una treintena de esos años.

<p>1</p>

Aliyat ansiaba el retorno de Barikai, pero también lo temía. Tendría el solaz de abrazarlo y brindarle su amor sin freno. Así habían permanecido juntos al perder otros niños, pero ésos eran bebés. Ante todo debería contarle qué había ocurrido.

Él estaba en otra parte de Tadmor, hablando con el mercader Taimarsu. Las noticias del frente eran desalentadoras. Los persas infligían una derrota tras otra a los romanos, internándose en Mesopotamia, con las escasas defensas de Siria a la izquierda. Cada vez más, el comercio con la costa se encerraba en su caparazón y aguardaba el desenlace. Los caravaneros como Barikai sufrían. La mayoría tenía miedo de aventurarse en cualquier parte. Él, más audaz, persuadía a los mercaderes para que no permitieran que las mercancías se estropearan en los depósitos.

Ella imaginó el ímpetu, la risa de Barikai: «Los llevaré. ¡Los precios de Trípolis y Berytus estarán en alza! La recompensa es para los valientes.» Ella lo había alentado. Hija de un hombre del mismo oficio, estaba más cerca del marido que la mayoría de las mujeres, casi un socio además de amante y madre de sus hijos. Eso calmaba la angustia que sentía cuando subía a la muralla de la ciudad para verlo marchar más allá del horizonte.

Pero ese día… Una esclava la halló en el jardín y anunció: «El amo está aquí.» El corazón se le encogió. Se armó de coraje, como deben hacerlo las mujeres en el lecho del parto o junto a un lecho de muerte, y se apresuró. Sus faldas susurraron a través de un silencio lleno de ojos. Todos los criados estaban al corriente.

Era una servidumbre numerosa en un gran edificio. Hasta tiempos recientes, Barikai, como su padre, había prosperado. Aliyat esperaba no tener que vender ningún esclavo; les tenía afecto. Estaba instituyendo la frugalidad… ¿Qué importaban esas cosas?

El atrio estaba oscuro en el anochecer. Aliyat miró la imagen de la Virgen, erguida en un nicho, un fulgor azul y oro contra la pared blanqueada. Se arrodilló un instante ante ella, rogando en silencio que la noticia no fuera cierta. La imagen la miró sin inmutarse.

Barikai acababa de entregar la capa a un sirviente. Debajo usaba una túnica decorada con hilo de oro, para demostrar poder y confianza. Aunque el tiempo le había agrisado el pelo oscuro y le había arrugado la cara enjuta, aún caminaba con agilidad.

—Cristo sea contigo, señora mía —comenzó como correspondía en presencia de criados. Aguzó los ojos. Se acercó a ella a grandes pasos y le cogió los hombros—. ¿Qué ha ocurrido?

Ella tuvo que tragar saliva dos veces antes de rogarle que la acompañara. Sin añadir ni una palabra más, la siguió en silencio hasta el jardín.

Rodeado por la casa, éste era un lugar tranquilo y fresco, un refugio apartado del mundo. Jazmines y rosas crecían alrededor de un estanque con lirios de agua. Las fragancias impregnaban el aire. El cielo se había vuelto espléndidamente azul mientras el sol se hundía detrás del tejado. Era un lugar donde dos personas podían estar a solas.

Aliyat se volvió a Barikai. Cerró los puños y exclamó:

—¡Manu ha muerto!

Él no se movió.

—El joven Mogim trajo la noticia esta mañana —prosiguió Aliyat—. Estaba entre los pocos que escaparon. El escuadrón patrullaba al sur de Khalep cuando lo sorprendió la caballería persa. Mogim vio que Manu recibía una flecha en el ojo, caía de la silla y rodaba bajo los cascos.

—Al sur de Khalep —graznó Barikai—. Ya. Entonces están entrando en Siria.

Ella supo que ese pensamiento de hombre era el primer escudo que él podía alzar. Era frágil, y pronto se resquebrajó.

—Manu —dijo Barikai—. Nuestro primogénito. Muerto. —Le tembló la mano mientras se persignaba una y otra vez—. Dios se apiade de él. Cristo lo acoja en su seno. Ayúdalo, santo Georgios.

Yo también debería rezar, pensó Aliyat y supo con vaga sorpresa que el deseo de hacerlo se había marchitado.

—¿Se lo has dicho a Aqmat? —preguntó Barikai.

—Desde luego. Creo que es mejor dejarla a ella y sus hijos en paz por un tiempo. —La joven esposa de Manu había vivido aterrada por esto desde que lo habían llamado para la guerra. La noticia había sido como un martillazo.

—Envié un mensajero a Haira, pero su amo lo ha despachado a Emesa con algún encargo —continuó Aliyat. El menor de sus hijos trabajaba para un vinatero—. Las hermanas guardan luto en casa. —Sus tres hijas vivas estaban bien casadas, y ella se alegraba de haberse esforzado para ahorrar buenas dotes para ellas.

—Creo…, para continuar mi trabajo…, creo que tomaré a Nebozabad como aprendiz —murmuró Barikai—. Lo conoces, ¿verdad? Hijo de la viuda Hafsa. Tiene sólo diez años, pero es un mozo capaz. Y sería un acto de bondad. Tal vez los santos sonrían al alma de Manu.

De pronto la apretó con mucha fuerza, haciéndole daño.

—¿Pero por qué divago de este modo? —gritó—. ¡Manu ha muerto! Ella le aflojó las manos, se cobijó en sus brazos y lo estrechó con fuerza. Así permanecieron largo rato, mientras las sombras se elevaban en el jardín y la luz se derramaba desde el cielo.

—¡Aliyat, Aliyat! —susurró él al fin, con voz trémula—, mi amor, mi fuerza. ¿Cómo puede ser que seas así? Esposa mía, madre, abuela, y sin embargo, bien podrías ser la joven con quien me desposé.

<p>2</p>

Cuando los persas ocuparon Tadmor, primero impusieron un oneroso tributo. Luego no fueron malos señores, no peores que los romanos, pensaba Aliyat en secreto. Los zoroastrianos, que consideraban sagrado el fuego, dejaban que todos adorasen de acuerdo con sus creencias, e incluso evitaron que los cristianos ortodoxos, los cristianos nestorianos y los judíos se molestaran entre sí. Entretanto, el firme control de los territorios que conquistaron permitió reiniciar el comercio, incluso con su propio país. Al cabo de doce años, la gente oyó que avanzaban aún más, que tomaban Jerusalén y luego Egipto. Aliyat se preguntaba si continuarían hasta la vieja Roma, pero, por lo que había oído decir sobre Italia, esa tierra arrasada, dividida entre jefes lombardos, el Papa católico y restos de guarniciones imperiales, supuso que no valía la pena.

Llegaron rumores de que un nuevo emperador, Heraclio, reinaba en Constantinopla, y se decía que era enérgico y capaz. Sin embargo, tenía problemas. Apenas había logrado impedir que los salvajes avaros tomaran la capital. En Tadmor esos acontecimientos parecían remotos e irreales. Aliyat era casi la única mujer de allí que siquiera tenía noticias de ellos. Uno debía solucionar su vida privada. Para ella, además, los años y los días se confundían. El nacimiento de un nieto, la muerte de un amigo, afloraban a la realidad y luego se erguían en la memoria como cerros solitarios espiando una larga caravana.

Así estaban las cosas en el momento en que llegaron a su fin.

Aliyat enfiló hacia el ágora con una corpulenta criada. Partieron temprano por la mañana, para terminar los regateos y nacer las compras antes de que el calor del día indujera a la gente a descansar. Barikai murmuró una despedida que ella apenas pudo oír. Últimamente él estaba débil, con espasmos en el pecho y resuellos; él, que había sido tan fuerte. Ni las plegarias ni los médicos servían de mucho.

Aliyat y Mará caminaron por la sinuosa calle hasta el peristilo y continuaron avanzando. La gran doble hilera de columnas relucía triunfalmente entre los arcos de ambos extremos, estallando en una florescencia allí donde los capiteles desafiaban el cielo. Desde un reborde de cada hilera, la estatua de un ciudadano célebre miraba hacia abajo, siglos de historia en actitud solemne. Debajo, las calles estaban atestadas de tiendas, oficinas comerciales, capillas, burdeles, seres humanos. Los olores eran punzantes: humo, sudor, estiércol, perfume, aroma de especias, aceites y frutos. El ruido era tumulto de pisadas, cascos, ruedas crujientes, martillazos, cánticos, gritos, discursos, en general en el arameo de ese país pero también en griego, persa, árabe y lenguas de tierras aún más distantes. Giraban los colores, una manta, una túnica, un velo, un tocado, un pendón ondeando sobre una lanza, un adorno, un amuleto. Un vendedor de alfombras estaba sentado entre los ricos matices de sus mercancías. Un vinatero mantenía en alto su vasija de cuero. Un calderero trabajaba el metal. Un carro de bueyes avanzaba entre las multitudes, cargado con dátiles del desierto. Un camello gruñía y se bamboleaba bajo los fardos, más allá de la vista de Aliyat. Un grupo de jinetes persas trotaba detrás de un heraldo que ordenaba a la multitud que despejara el camino; las armaduras centelleaban, los penachos ondeaban. Una litera trasladaba a un rico comerciante, y otra a una acicalada cortesana, y ambos miraban con indolente insolencia. Un sacerdote cristiano dejó pasar a un austero mago y se persignó. Arrieros que traían ovejas de las áridas estepas caminaban boquiabiertos entre tentaciones que quizá los dejaran sin un céntimo antes de regresar a sus tiendas. Una flauta gorjeaba, un tamboril repiqueteaba, alguien cantaba con voz aguda y trémula.

Ésta era su ciudad, Aliyat lo sabía, ésta era su gente, y sin embargo, estaba cada vez más lejos de ellos.

—¡Señora! ¡Señora!

Aliyat se detuvo y miró alrededor. Nebozabad se abría paso a codazos, y la gente lo maldecía agitando los puños. Él continuó sin prestar atención hasta llegar a ella. Aliyat le miró el semblante y sintió un nudo en el estómago.

—Señora, esperaba poder alcanzarte —jadeó el joven—. Yo estaba con mi amo, tu esposo, cuando él sufrió un ataque. Dijo tu nombre. Mandé buscar un médico y vine a avisarte.

—Vamos —dijo Aliyat.

Él la guió abriéndole paso a gritos. Bajo un cielo brillante y despiadado regresaron a la casa.

—Espera —ordenó Aliyat ante la puerta del dormitorio y entró sola.

No tenía por qué haber lastimado a Nebozabad dejándolo en el corredor. No había reflexionado. Dentro había varios esclavos, apartados conmocionados e impotentes. Pero también estaba el hijo varón que les quedaba. Hairan, inclinado sobre la cama, se aferraba al que estaba tendido en ella.

—Padre —suplicaba—, padre, ¿puedes oírme?

Barikai tenía los ojos echados hacía atrás, un blanco insidioso contra el azul que trepaba por debajo de la piel. Le salía espuma por los labios. La respiración era violenta, ronca, entrecortada. Las cortinas de abalorios de las ventanas trataban de oscurecer el espectáculo. Para Aliyat sólo creaban un crepúsculo donde lo veía con mayor crudeza.

Hairan alzó los ojos, la barba humedecida por las lágrimas.

—Temo que está agonizando, madre.

—Lo sé. —Aliyat se arrodilló, apartó las manos del hijo, tendió los brazos sobre Barikai y apoyó la mejilla en el pecho de su esposo. Oyó y sintió cómo se le escapaba la vida.

Levantándose, le cerró los ojos y trató de enjugarle la cara. En ese momento, llegó el médico.

—Yo me encargaré de eso, señora —ofreció.

Ella negó con la cabeza.

—Yo lo prepararé —dijo—. Es mi derecho.

—No temas, madre —tartamudeó Hairan—. Cuidaré de ti, tendrás una vejez apacible… —Las palabras murieron. Él la miró fijamente, al igual que el médico y los esclavos. Barikai, caravanero, no había llegado a los setenta años, pero los aparentaba, con el pelo blanco, el rostro consumido, los músculos marchitos sobre los huesos. La viuda, en cambio, parecía una mujer de veinte primaveras.

<p>3</p>

Hairan el vinatero tuvo un nieto varón, para gran regocijo de su casa. La fiesta con que él y su padre agasajaron a parientes y amigos duró hasta tarde en la noche. Aliyat se retiró temprano a la parte trasera del edificio, donde tenía una habitación. Nadie lo tomó a mal; a fin de cuentas, aunque sus años le granjearan respeto, eran un peso.

No fue a descansar como todos suponían. Una vez a solas, irguió la espalda y dejó de arrastrar los pies. Ligera y ágil, salió por una puerta trasera. Las abultadas prendas negras que le disimulaban la figura ondeaban con su prisa. Llevaba la cabeza cubierta, como de costumbre, para ocultar la negrura de sus rizos. La familia y los sirvientes a menudo comentaban que su rostro y sus manos eran asombrosamente juveniles, pero ahora se cubrió con un velo.

Se cruzó con un esclavo que realizaba sus tareas, y él la reconoció pero se limitó a saludarla. No diría que la había visto. Él también era viejo, y sabía que uno debe soportar a los viejos si a veces se ponen un poco raros.

El aire de la noche era benignamente fresco. La calle era un corredor de sombras, pero los pies de Aliyat conocían cada piedra y la llevaron sin dificultad al peristilo. Desde allí caminó hacia el ágora. La luna llena alumbraba las azoteas. El fulgor ocultaba algunas estrellas, aunque más abajo titilaban en enjambres. Las columnas relucían de blancura. Las pisadas de Aliyat retumbaban en el silencio. Casi toda la gente dormía. Era arriesgado, pero no tanto. Bajo dominio persa, los guardias de la ciudad continuaban manteniendo la ley y el orden. Aliyat se ocultó detrás de una columna cuando vio pasar un escuadrón. Las puntas de las picas relucieron bajo la luz de la luna. Si la hubieran visto, habrían tratado de llevarla a su casa, a menos que la tomaran por una ramera, lo cual habría suscitado preguntas para las cuales no tenía respuesta.

«¿Por qué vagabundeas en la oscuridad?» Lo ignoraba, pero tenía que marcharse un rato o de lo contrario empezaría a gritar.

No era la primera vez.

En la calle de los Mercaderes viró hacia el sur. El grácil teatro se elevó a su derecha. A la izquierda se erguían el pórtico y la muralla que rodeaban el ágora, fantasmales bajo la luna. Aliyat había oído decir que eran sólo fragmentos de lo que habían sido antaño, antes de que hombres desesperados los destruyeran buscando material de fortificación cuando los romanos cerraban el cerco sobre Zenobia. Eso congeniaba con su estado de ánimo. Atravesó un portal y salió a la ancha plaza.

El recuerdo del ajetreo diurno la hacía parecer aún más vacía. Las estatuas de altos funcionarios, comandantes militares, senadores y, sí, caravaneros, la rodeaban como centinelas de una necrópolis. Aliyat caminó hasta el centro, bajo el claro de luna, y se detuvo. Sólo oía sus jadeos, las palpitaciones de su corazón.

—Miriamne, Madre de Dios, te… agradezco… —Las palabras murieron en sus labios. Eran tan huecas como el lugar donde se encontraba, y si las terminaba serían una parodia.

¿Por qué no sentía satisfacción ni gratitud? El hijo de su hijo había tenido un hijo. La vida de Barikai perduraba en ellos. Si Aliyat hubiera podido invocar la amada sombra de su esposo en la noche, sin duda él habría sonreído.

Tiritó. No podía evocar el recuerdo. El rostro de Barikai era apenas un borrón; tenía palabras para describirlo, pero ya no lo veía. Todo retrocedía en el pasado, sus amores morían y morían y morían, y Dios no le permitía seguirlos.

Debía alabarlo con canciones por estar lozana e íntegra, no tocada por los años. ¿Cuántos, postrados, arrugados, desdentados, medio ciegos, inflamados por el dolor, ansiaban la misericordia de la muerte? Mientras que ella… Pero el temor crecía año a año, las miradas furtivas, los murmullos, los signos furtivos para ahuyentar el mal. Hairan mismo veía en el espejo su pelo gris y su frente arrugada y se preguntaba qué pasaba con la madre; Aliyat sabía, lo sabía. Trataba de mantenerse aparte, para no despertar sospechas y comprendía que sus parientes participaban en una conspiración silenciosa para no mencionarla ante los extraños. Y así ella se convertía en la extraña, la que estaba siempre sola. ¿Cómo podía ser bisabuela cuando en sus entrañas ardía el deseo? ¿Era ésa la razón del castigo, o habría olvidado algún espantoso pecado de la niñez?

La luna avanzó en el cielo mientras giraban las estrellas. Lentamente, el cielo le transmitió su turbadora serenidad. Aliyat emprendió el regreso. No se rendiría. Aún no.

<p>4</p>

La guerra devoró una generación, pero al fin Heraclio venció. Acosó a los persas hasta que pidieron la paz. Veintidós años después de marcharse, los romanos entraron de nuevo en Tadmor.

Los seguía un nuevo residente, Zabdas, un mercader de especias de Emesa, una ciudad más grande y más cercana a la costa, y por lo tanto más rica y gobernada con más celo. La firma de la familia de Zabdas tenía una filial en Tadmor. Después del caos de la batalla y del último cambio de gobernantes, necesitaba reorganización, una mano astuta que llevara las riendas y un ojo alerta a las oportunidades.

Zabdas llegó y se puso al frente. Tenía que establecer contactos y alianzas con los lugareños. Su reciente viudez era un obstáculo, y pronto empezó a buscar esposa.

Nadie le habló a Aliyat de él, y cuando Zabdas visitó a Hairan por primera vez fue por negocios. La dignidad de la casa, del huésped y de ella misma exigían que Aliyat estuviera entre las mujeres qué le daban la bienvenida antes de que comieran los hombres. Por mera rebeldía, o eso creyó, ella dejó sus insípidas ropas de abuela y se vistió con recato pero con elegancia. Notó que él se quedaba atónito al enterarse de quién era; los ojos de ambos se cruzaron, y ella intentó controlar el estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. Zabdas era un hombre bajo de cincuenta años, pero erguido y despierto, con pocas canas y un rostro bien conformado. Intercambiaron cortesías rituales. Ella regresó a su habitación.

Aunque a menudo le costaba escoger un recuerdo específico entre los muchos que la acuciaban, ciertas situaciones se repetían con tal frecuencia que le habían proporcionado experiencia. Entendía bien lo que significaban las furtivas miradas de Hairan, las palabras que le decía y las que callaba. Notaba la creciente excitación en las esposas y esclavas, incluso en los niños mayores. No podía dormir, caminaba o se escapaba al anochecer. Había perdido el consuelo que a veces hallaba en los libros.

No se sorprendió cuando al fin Hairan quiso verla en privado. Fue un anochecer de invierno, cuando casi todos se habían ido a acostar. Hairan la hizo entrar, la acompañó hasta un taburete acolchado, se sentó con las piernas cruzadas en la alfombra, detrás de una mesa donde había vino, dátiles, tonas. Permanecieron un rato en silencio. Las lámparas de bronce relucían en el suave fulgor que arrojaban. La luz fluctuaba sobre las estampas florales de los frescos, los rojos, azules y marrones de una alfombra, los pliegues de la túnica y las arrugas del rostro de Hairan. Tenía el pelo cano y le había crecido el vientre. Pestañeó con ojos débiles. El brocado verde y oro que vestía Aliyat le ceñía las curvas; sobre la toca, una guirnalda de oro enmarcaba las cejas claras.

—¿Quieres un refrigerio, madre? —invitó él en voz baja.

—Gracias. —Ella cogió una copa. El vino le relució en la lengua. La bebida y la comida también eran un consuelo. No habían perdido el sabor con los años, y ella no había engordado.

—No tienes que agradecérmelo. —Hairan desvió los ojos—. Es mi deber procurar tu bienestar.

—Lo has cumplido muy bien, hijo.

—Hice lo posible. —Deprisa, sin mirarla—: Sin embargo, tú eres desdichada entre nosotros. ¿Verdad? Aún no soy ciego ni sordo. Nunca te quejas, pero no puedo evitar notarlo.

Ella envaró el cuerpo, dominó la voz.

—Es verdad. No es culpa tuya ni de nadie. —Debía obligarse a herirlo—. Quizá tú te sientas como un joven atrapado en carnes que envejecen. Bien, yo soy anciana atrapada en carnes que permanecen jóvenes. Sólo Dios sabe por qué.

Él entrelazó los dedos.

—¿Qué edad tienes? ¿Setenta años? Bien, algunas personas llevan bien sus años y son muy longevas. Si vivieras cien años con buena salud, no sería inaudito. Dios te lo conceda. —Aliyat notó que él evitaba mencionar que, excepto por los dientes gastados, ella no revelaba rastros del tiempo transcurrido.

Debía alentarlo a decir lo que él deseaba decir.

—Entenderás que mi inutilidad me pone muy inquieta.

—¡No es preciso! —exclamó él. Alzó los ojos. Aliyat vio que estaba sudando—. Oye, Zabdas, un hombre respetable, un mercader, ha pedido tu mano en matrimonio.

Lo sabía, pensó ella.

—Sé de quién hablas —dijo en voz alta, sin mencionar las cautas indagaciones que había realizado—. Pero él y yo nos vimos una sola vez.

—Ha preguntado por ti, ha hablado a menudo conmigo y… es un hombre honorable, acaudalado y con excelentes perspectivas para el futuro, un viudo que necesita esposa. Comprende que tú eres mayor que él, pero no cree que eso sea un obstáculo. Tiene hijos crecidos, nietos por venir, y sólo desea una compañera. Créeme, me he cerciorado de ello.

—¿Deseas esta unión, Hairan? —preguntó Aliyat en voz baja.

Bebió un sorbo mientras él tartamudeaba, acariciaba la copa, miraba aquí y allá.

—Jamás te obligaría, madre —dijo al fin—. Simplemente creo… que puede convenirte. No negaré que él ofrece ciertos acuerdos comerciales que serían… ventajosos. Mi empresa ha pasado tiempos difíciles.

—Lo sé. —Hairan quedó sorprendido, y Aliyat añadió con tono hiriente— ¿Creías que yo era ciega o sorda? Trabajé al lado de tu padre, Halran como jamás me dejaste trabajar contigo.

—Yo…, madre, no quise…

—Oh, has sido tan amable como sabes serlo. —Rió—. Olvidemos ese tema. Cuéntame más.

<p>5</p>

La boda y la consiguiente celebración fueron una ocasión modesta, casi tímida. Al final la novia fue escoltada hasta el dormitorio del novio y quedó a solas con una criada.

Era una habitación mediana, con paredes blanqueadas y muebles austeros. Habían colgado algunas guirnaldas. Un biombo ocultaba un rincón. Un candelabro de tres brazos daba luz. Sobre la cama había dos batas.

Aliyat sabía que ella debía ponerse la suya. En silencio, dejó que la criada la ayudara. Ella y Barikai habían retozado desnudos bajo el resplandor de las velas. Bien, los tiempos cambiaban, o quizá la gente. Hacía mucho que no participaba en los chismorreos para saberlo.

Cuando la vio desnuda, la esclava de Zabdas exclamó:

—¡Pero mi señora es bellísima!

Aliyat se acarició los costados con las manos. Sintió un cosquilleo, y se dominó para no acariciarse la entrepierna. Esta noche conocería de nuevo el placer verdadero que había añorado durante… ¿cuántos años? Sonrió.

—Gracias.

—Había oído decir que eras vieja —tartamudeó la joven.

—Lo soy —respondió Aliyat con una voz que imponía temor y silencio.

Estuvo un par de horas a solas en la cama. Pensamientos desbocados le cruzaban la cabeza. De cuando en cuando tiritaba de inquietud. Al menos, los días en casa del hijo eran previsibles. Claro que eso mismo los había vuelto horrorosos.

Se irguió sobresaltada cuando entró Zabdas. Él cerró la puerta y la miró un instante. Estaba muy… elegante con el traje de fiesta. La bata de Aliyat era de tela gruesa, y no era ceñida, pero se marcaba el pecho.

—Eres más bella de lo que pensé —dijo él con cautela.

Ella bajó las pestañas.

—Gracias, mi señor —respondió con un nudo en la garganta.

Él avanzó.

—Aun así, eres una mujer discreta, con la sabiduría de tus años —dijo—. Eso es lo que necesito. —Se detuvo ante el icono de san Ephraem Syrus, que era el único adorno fijo de la habitación, y se persignó—. Bríndanos una satisfactoria vida en común —rezó.

Cogió la bata, fue detrás del biombo y apiló pulcramente las ropas encima. Cuando regresó vestido para dormir, se agachó, cubrió cada vela con la mano y las sopló para apagarlas. Se metió en la cama con su habitual economía de movimientos.

Ella extendió los brazos, lo buscó con la boca.

—¿Qué? —exclamó Zabdas—. Tranquilízate. No te haré daño.

—Hazlo, si deseas. —Ella se apretó contra él—. ¿Cómo puedo complacerte?

—Vaya, esto es…, por favor, calma, señora. Recuerda tus años.

Ella obedeció. A veces ella y Barikai habían jugado al amo y la esclava. O al joven y la ramera. Zabdas se apoyó sobre el codo y le acarició la bata con la mano libre. Ella la subió y abrió los muslos. Él montó sobre ella. Le apoyó todo su peso encima, algo que Barikai no hacía, pero Zabdas era mucho más liviano. Quiso guiarlo con la mano, pero él tomó la iniciativa le aferró los pechos cubiertos por la bata y la penetró. No pareció notar cómo ella lo estrechaba con los brazos y las piernas. Pronto acabó todo. Él se separó y se quedó tendido, recobrando el aliento. Ella apenas lo veía como una sombra más en la noche.

—Qué húmeda estabas —dijo con tono preocupado—. Tienes el cuerpo de una mujer joven, además del rostro.

—Para ti —murmuró ella.

Notó que Zabdas se ponía tenso.

—¿Cuántos años tienes, en verdad? —Así que Hairan había evitado decirlo directamente; o quizá Zabdas había evitado preguntar.

Eran ochenta y uno.

—Nunca he llevado la cuenta:—fue la respuesta—. Pero no ha habido engaño, mi señor. Soy la madre de Hairan. Yo era muy joven cuando lo tuve, y has visto que llevo mi edad mejor que la mayoría.

—Una maravilla —jadeó él.

—Algo infrecuente. Una bendición. Soy indigna de ello, pero… —debía decirlo—. Mis períodos aún no han terminado. Puedo darte hijos, Zabdas.

—Esto es… —Zabdas buscó una palabra—, inesperado.

—Demos las gracias a Dios.

—Sí. Deberíamos hacerlo. Pero ahora será mejor dormir. Tengo mucho que hacer por la mañana.

<p>6</p>

El caravanero Nebozabad fue a ver a Zabdas. Debían hablar sobre un embarque a Darmesek. Una travesía tan larga no se podía tomar a la ligera. Circulaban ominosas noticias sobre la embestida árabe contra Persia y su amenaza contra Nueva Roma. El mercader recibió bien a su huésped, como lo hacía con todas las personas encumbradas, y lo invitó a cenar. Aliyat insistió en servirles ella misma. Mientras disfrutaban de los postres, Zabdas se excusó y se marchó. A veces sufría de trastornos intestinales. Nebozabad esperó a solas.

La habitación era la mejor amueblada de la casa, con colgaduras rojas bordadas, cuatro candelabros de bronce de siete brazos, una mesa de teca con tallas foliadas e incrustaciones de nácar, utensilios de plata o de fino cristal. Una pizca de incienso en el brasero volvía el aire denso, aun en el cálido atardecer.

Nebozabad alzó los ojos cuando Aliyat entró con una bandeja de frutas. Ella se detuvo frente a él, con prendas oscuras que sólo permitían ver las manos, el rostro y los grandes ojos castaños.

—Siéntate, señora —pidió él.

Ella negó con la cabeza.

—No sería apropiado —respondió con un susurro.

—Entonces yo me pondré de pie. —Nebozabad se levantó—. Ha pasado mucho tiempo desde que te vi por última vez. ¿Cómo estás?

—Bastante bien. —Ella no pudo contener sus preguntas—: ¿Y cómo estás tú? ¿Y Hairan, y todos los demás? He recibido pocas noticias.

—No ves mucho a nadie… ¿verdad, señora?

—Mi esposo entiende que sería… indiscreto… a mi edad. Pero ¿cómo estás, Nebozabad? ¡Cuéntame, por favor!

—Bastante bien —repitió su misma frase—. Has tenido otra nieta, ¿lo sabías? En cuanto a mí, tengo dos hijos varones y una mujer, por gracia de Dios. Los negocios… —Se encogió de hombros—. Por eso he venido.

—¿Los árabes representan un gran peligro?

—Eso temo. —El calló y se atusó la barba—. Cuando vivías con el amo Barikai, el Cielo lo guaiv de, tú sabías todo lo que sucedía. Incluso participabas.

Ella se mordió el labio.

—Zabdas piensa de otra manera.

—Supongo que desea apaciguar los rumores, y por eso nunca invita aquí a Hairan, ni a ningún otro pariente… ¡Perdóname! —exclamó al verle la expresión—. No debería inmiscuirme. Es sólo que eras la señora de mi señor cuando yo era joven, y siempre fuiste amable conmigo, y… —Calló.

—Eres bondadoso al preocuparte. —Se enderezó—. Pero tengo menos preocupaciones que muchos otros.

—Oí decir que tu hijo murió. Lo lamento.

—Eso fue el año pasado —suspiró ella—. Las heridas sanan. Lo intentaremos de nuevo.

—¿Aún no lo habéis intentado…? Lo siento, otra vez he hablado demasiado. Es el vino. Perdóname. Viendo cuan bella eres aún, pensé…

Ella se sonrojó.

—Mi esposo no es demasiado viejo.

—Sin embargo, él… No. Aliyat, señora mía, si alguna vez necesitas ayuda…

Zabdas regresó y Aliyat, tras dejar la bandeja, se despidió dando las buenas noches.

<p>7</p>

Mientras los romanos y los persas se desangraban hasta el agotamiento, Mahoma ibn Abdallah, en la lejana Makkah, tuvo visiones, predicó, tuvo que huir a Yathrib, prevaleció sobre sus enemigos, dio a su refugio el nuevo nombre de Medinat Rasul Allah, la Ciudad del Apóstol de Dios y murió siendo amo de Arabia. Su califa o sucesor Abu Bakr reprimió revueltas y lanzó esas guerras santas que unían al pueblo y propagaban la fe por el mundo.

Seis años después que las tropas del emperador Heraclio reclamaran Tadmor, las tropas del califa Ornar la tomaron. Al año estaban en Jerusalén, y un año después el califa visitó la ciudad santa, atravesando triunfalmente una Siria subyugada mientras los correos traían noticias de que los estandartes islámicos se internaban en el corazón de Persia.

El día que el califa pasó por Tadmor, Aliyat, desde su azotea fue testigo del esplendor: gallardos caballos, camellos con ricos caparazones, jinetes cuyos yelmos, cotas de malla, lanzas y escudos relucían al sol, capas de color ondeando en el viento, trompetas, tambores y profundos cánticos. La calle y el oasis eran un hervidero de conquistadores. Pero ella había notado que la mayoría eran flacos y estaban toscamente vestidos. Lo mismo ocurría con la guarnición, cuyos oficiales llevaban una vida sencilla, humillándose cinco veces diarias ante Dios cuando la llamada del almuecín gemía en el viento.

No eran tan malos gobernantes. Exigían tributo, pero era soportable. Transformaron algunas iglesias en mezquitas, pero dejaron vivir a los cristianos y judíos en la paz que habían impuesto por la fuerza. El cadí, su juez principal, administraba justicia bajo la arcada del extremo este del peristilo, cerca del ágora, y aun los más humildes podían apelar directamente a él. La irrupción de los árabes había sido demasiado rápida para perjudicar mucho el comercio, que pronto empezó a revivir.

Aliyat no se sorprendió demasiado cuando Zabdas le dijo, con ese tono que implicaba que la enviaría a una habitación del fondo si ella se oponía: —He tomado una gran decisión. Esta casa abrazará el Islam.

No obstante, ella guardó silencio entre las sombras que la única lámpara arrojaba en el dormitorio. Al fin habló lentamente, clavándole los ojos.

—Éste es un asunto de suma importancia. ¿Te han obligado?

—No, no. No obligan a nadie…, excepto a los paganos, por lo que he oído —sonrió vagamente—. Prefieren que la mayoría sigamos siendo cristianos, para que podamos poseer tierras, algo que no pueden hacer los creyentes, y pagar tributo por ellas, así como los demás impuestos. Mis charlas con el imán han sido arduas. Pero desde luego no puede rechazar a un converso sincero.

—Obtendrás muchas ventajas.

—¿Me llamas hipócrita? —preguntó enrojeciendo hasta la raíz del pelo.

—No, por cierto que no, mi señor.

—Te comprendo —dijo en un tono más moderado—. Esto te conmociona, pues te han educado para adorar a Cristo. Piensa, sin embargo, que El Profeta jamás negó que Jesús también fuera un profeta. Simplemente no fue el último, aquel a quien Dios reveló la plena verdad. El Islam barre con las supersticiones acerca de un sinfín de santos, los sacerdotes que se interponen entre un hombre y su dios, los insensatos mandamientos y restricciones. Sólo tenemos que reconocer que hay un Dios y que Mahoma es su profeta. Sólo tenemos que vivir con rectitud. —Alzó el índice—. Piensa. ¿Podrían los árabes haber arrasado con todos los obstáculos, tal como han hecho y harán, si su causa no fuera bendita, si su fe no fuera verdadera? Deseo que nos acerquemos a la verdad, Aliyat. —La miró con ojos entornados—. Deseas la verdad, ¿no es cierto? No puede dañarte, ¿no? Ella avanzó hacia él.

—He oído que el hombre que se vuelve musulmán debe someterse a lo mismo que los niños judíos.

—Eso no me incapacitará —rezongó él, encolerizándose—. No espero que una mujer comprenda estos asuntos profundos. Sólo confía en mí.

Ella tragó saliva, y se impuso calma, mientras se acercaba a Zabdas.

—Confío en ti, mi señor —murmuró. Tal vez debía incitarlo a engendrar un tercer hijo con ella, y tal vez ése sobreviviera para devolver sentido a su vida. Él rara vez la poseía y casi siempre cuando ella lo provocaba con esa misma esperanza. Era como si Zabdas la temiera cada vez más.

En cuanto al cambio de religión, tenía menos importancia de la que él suponía. ¿En qué habían ayudado los santos durante tantos años?

<p>8</p>

Aliyat no había previsto las consecuencias del cambio. El Islam irrumpió en Siria de repente. Zabdas lo estudió antes de tomar su decisión, pero ella sólo se enteró cuando todo hubo concluido.

El Profeta había impuesto sobre las mujeres de la fe las antiguas usanzas de Arabia. En público debían usar el gashmak, el grueso velo que ocultaba todo salvo los ojos, y también en casa, en presencia de todo hombre que no fuera el padre, el hermano, el esposo o el hijo. El adulterio se castigaba con la muerte. Las habitaciones de hombres y mujeres estaban separadas, como si en medio de la casa hubiera una pared invisible de cuya puerta el amo tenía la única llave. La sumisión de la mujer al esposo no estaba limitada por la ley y la costumbre como entre los cristianos y judíos; mientras durase el matrimonio, era total y él tenía derecho a mutilar o matar a la desobediente. Al margen de tareas tales como hacer compras, ella no tendría nada que ver con el mundo exterior; el esposo, los hijos que con éste tuviera y la morada de él serían su universo. Para ella no había iglesia, ni compartiría con él el Paraíso.

Así se fue explicando Zabdas a medida que surgía la oportunidad. Aliyat no estaba muy segura de que la Ley fuera tan unilateral. Estaba convencida de que en la mayoría de las familias la práctica la suavizaba. Fuera como fuese, era una prisionera.

Incluso se le negó el solaz del vino. Qué más daba, pensó cuando se aplacó su furia inicial. Había recurrido a él más de lo conveniente.

Curiosamente, sin embargo, con el transcurso de los meses musulmanes se encontró menos sola que hasta entonces. Viviendo juntas, las mujeres de la casa —no sólo ella y las esclavas, sino las esposas y nietas de dos hijos de Zabdas que se habían reunido con él en Tadmor— al principio riñeron, pero luego empezaron a confiar unas en otras. La posición y lozanía de Aliyat la habían alejado de todas. Ahora que la veían compartir la impotencia de las demás, las mujeres descubrieron que podían pasar por alto esas cosas. Si le contaban sus problemas, ella hacía lo poco que podía para ayudarlas.

Por su parte, aprendió, poco a poco, que no estaba aislada del todo. En algunos sentidos, tuvo mayor contacto con la ciudad del que había tenido desde la muerte de Barikai. Aunque ella estuviera encerrada, las mujeres de menor jerarquía debían hacer ciertos recados, y tenían parientes con quienes chismorreaban a la menor oportunidad; y a nadie le importaba ser severo con los humildes, ni pensaba que tuvieran oídos agudos, ojos abiertos ni mentes inquisitivas. Tal como el contacto de una mosca hace vibrar la tela hasta alejar a la araña acechante, así llegaban a Aliyat los jirones de información.

No estaba presente cuando Zabdas fue a ver al cadí poco después de su conversión; pero, dado lo que se oía y decía, y lo que ocurrió después, al fin creyó poder reconstruirlo casi como si hubiera escuchado sin ser vista.

Habitualmente, el cadí atendía las súplicas en público. Todos eran libres de asistir. Ella habría podido hacerlo, si hubiera tenido una queja. Lo pensó y llegó a la desalentadora conclusión de que no la tema. Zabdas no abusaba de ella. Le daba lo necesario. Si ya no la visitaba en el lecho, ¿qué podía esperar una mujer de noventa años, aunque le hubiera dado un hijo que aún vivía? La sola idea era obscena.

Zabdas pidió una audiencia privada y el cadí se la concedió. Los dos se sentaron en la casa de Mitkhal ibn Dirdar y bebieron zumo de granada helado mientras hablaban, sin prestar atención al eunuco que los servía; pero éste tenía conocidos fuera, quienes a su vez conocían a otras personas.

—Sí, claro que puedes divorciarte de tu esposa —dijo Mitkhal—. Es fácil de hacer. Sin embargo, bajo la Ley ella retiene toda la propiedad que le pertenecía, y entiendo que ella aportó una buena cantidad al matrimonio. En todo caso, debes velar para que ella no quede desvalida ni carezca de protección. —Y añadió juntando los dedos—. Más aún, ¿deseas ofender a sus parientes?

—La buena voluntad de Hairan vale poco hoy en día —replicó Zabdas—. Sus negocios andan mal. Los demás hijos de Aliyat, los de su primer matrimonio, apenas la reconocen. Pero los requerimientos que tú describes podrían causar inconvenientes.

Mitkhal lo miró de hito en hito.

—¿Por qué deseas librarte de esta mujer? ¿Qué falta ha cometido?

—Orgullosa, resentida, huraña… No —reconoció Zabdas, intimidado por esa mirada—. No puedo, con franqueza, decir que sea contumaz.

—¿No te ha dado un hijo?

—Una niña. Los dos anteriores murieron pronto. La niña es menuda y enfermiza.

—Es poco fundamento para una acusación, amigo mío. La simiente vieja da frutos frágiles.

Zabdas optó por entender mal.

—Vieja, sí, pero ¡por el Profeta! He consultado. Debí hacerlo antes, pero… señor, ella raya en los cien años.

Los labios del cadí formaron un silencioso silbido.

—Y sin embargo…, uno oye rumores… ¿Acaso no es atractiva? Y tú me dices que conserva la salud y la fertilidad.

Zabdas se inclinó hacia delante. La luz del sol se filtraba por el enrejado de una ventana moteándole la calva. Detrás de patillas ralas, las verrugas del cuello se le hincharon cuando graznó con voz ronca.

—¡Es antinatural! Hace poco perdió un par de dientes y yo creí que al fin, al fin… Pero le están creciendo otros nuevos, como si fuera una criatura de seis o siete años. Debe de ser una bruja, o un ifrit, un demonio, o… Eso es lo que solicito. Eso es lo que pido, una investigación, la certeza de que puedo librarme de ella sin… sin temer su venganza. ¡Ayúdame!

Mitkhal alzó la palma.

—Un momento —dijo con suavidad—. Cálmate. En verdad tenemos aquí una maravilla. Pero todas las cosas son posibles para Dios el Omnipotente. Ella no ha sido impía ni pecaminosa, ¿verdad? Tal vez hayas hecho bien en mantenerla recluida, puesto que tú, el esposo, sentías este terror. Si la historia se difundiera y cundiese el pánico, quizá la hubieran atacado en las calles. Ten cuidado con eso. —Y añadió severamente—: Los antiguos patriarcas vivieron hasta cerca de los mil años. Si Dios el Omnipotente cree oportuno permitir que Aliyat viva hasta los cien sin envejecer, ¿quiénes somos para cuestionar Su voluntad o adivinar Su propósito?

Zabdas agachó la cabeza. Los pocos dientes que le quedaban castañeteaban.

—No obstante… —murmuró.

—Mi consejo es que la conserves mientras no te haga daño, pues ello es justicia para tu esposa y prudencia para ti. Mi decreto según la Ley, es que no le hagas daño cuando ella no te ha causado ninguno, ni presentes acusaciones infundadas. —Mitkhal cogió su copa, bebió, sonrió—. Pero, si acostarte con un vejestorio te parece indecente, tuya es la opción. ¿Has pensado en tomar una segunda esposa? Se te permiten cuatro, además de las concubinas.

Zabdas se aplacó. Guardó silencio un instante, mirando un rincón del cuarto. Luego sonrió y murmuró:

—Agradezco a mi señor su sabio y misericordioso juicio.

<p>9</p>

Un buen día llamó a Aliyat a su oficina.

Era una cámara desnuda y estrecha. Una ventana daba al patio interior, pero era demasiado alta para que se vieran el agua o las flores. Había un nicho vacío que otrora había albergado la figura de un santo. En el otro extremo, una tarima sostenía una mesa llena de cartas, documentos y materiales para escribir. Él estaba sentado detrás, en un banco. Aliyat entró. Él dejó a un lado una crujiente hoja de papiro y señaló el suelo. Ella se acuclilló sobre los mosaicos desnudos. Se hizo un silencio.

—¿Bien? —dijo Zabdas.

—¿Cuál es el deseo de mi señor? —le preguntó mientras mantenía los ojos bajos.

—¿Qué tienes que decir en tu defensa?

—¿De qué debe defenderse tu esclava?

—¡No te burles de mí! —gritó Zabdas—. Estoy harto de tu insolencia. Ahora has abofeteado a mi esposa. Es demasiado.

Aliyat alzó los ojos y le sostuvo la mirada.

—Suponía que Furja vendría lloriqueando a verte. ¿Qué historia se ha inventado? Tráela y déjame oírla.

Él descargó un puñetazo en el escritorio.

—Yo arreglaré esto. Yo soy el amo. Trato de ser amable. Te doy la oportunidad de explicar por qué no debo azotarte.

Ella contuvo el aliento. Lo había sospechado desde el principio, y había tenido un par de horas para ordenar las ideas.

—Mi señor debe saber que su nueva esposa y yo somos proclives a reñir. —Criatura estúpida, servil, despreciable, siempre procurando obtener los favores del hombre y dominar el harén—. Lamento que sea así. Está mal. —Le disgustaba pero tenía que decirlo—. Me insultó de modo intolerable. Le pegué una vez, con la mano abierta, entre las costillas. Ella rompió a llorar y echó a correr… hacia ti, que tienes asuntos más importantes que atender.

—A menudo ha venido con quejas. La has fastidiado desde que entró en mi casa.

—No pido más que el respeto debido a tu primera esposa, mi señor. —No me transformaré en una esclava, una perra, una cosa.

—¿Cuál fue ese insulto? —preguntó Zabdas.

—Es una infamia. ¿Debo ponerlo en mis labios?

—Descríbelo.

—Ella gritó que yo conservaba mi aspecto y mi fortaleza por… medios cuya descripción no se puede repetir en compañía decente.

—¿Estás segura? Las mujeres tienen memoria frágil.

—Supongo que si la llamaras para preguntarle, ella lo negaría. No es su primera mentira.

—La palabra de una contra la de otra —suspiró Zabdas—. ¿Qué debe creer un hombre? ¿Cuándo hallará paz para realizar su trabajo? ¡Mujeres!

—Creo que también los hombres perderían los estribos si estuvieran siempre encerrados sin nada que hacer —dijo Aliyat, pues tenía poco que perder.

—Si he decidido no… molestarte, ha sido por consideración a tu edad.

—¿Y la tuya, señor? —se atrevió a murmurar Aliyat.

Zabdas palideció. Las manchas pardas de la piel se volvieron muy visibles.

—¡Furja no me encuentra deficiente!

No todas las noches del mes, pensó Aliyat. Y, con repentina y sorprendente piedad: teme que su inquietud ante mí lo prive de la virilidad; y en verdad es probable que ese temor surta tal efecto, se dijo.

Pero se estaban acercando a un terreno peligroso. Ella retrocedió:

—Ruego el perdón de mi señor. Sin duda parte de la culpa es mía, de su servidora. Simplemente deseaba explicarle por qué hay riñas en su harén. Si Furja me demuestra cortesía, haré lo mismo.

Zabdas se frotó la barbilla y miró a lo lejos. Aliyat tuvo la turbadora sensación de que él había estado aguardando esta oportunidad. Al fin la miró y dijo con voz tensa:

—La vida era diferente para ti cuando eras joven. A los viejos les cuesta cambiar. Al mismo tiempo, el vigor que conservas te impide resignarte. ¿Estoy en lo cierto?

Ella tragó saliva.

—Mi señor dice la verdad —respondió, sorprendida de que él demostrara alguna comprensión.

—Y he oído que ayudabas a tu primer esposo en sus negocios —continuó.

Ella sólo pudo asentir.

—Bien, he pensado mucho en ti, Aliyat —dijo Zabdas con más prisa—. Mi deber ante Dios es brindarte bienestar, y eso incluye el de tu espíritu. Si el tiempo, se ha vuelto vacío para ti, si nuestra hija no es suficiente… bien, quizá podamos encontrar algo más.

El corazón de Aliyat dio un vuelco. La sangre le martilleó las sienes. De nuevo Zabdas miró a lo lejos.

—Lo que tengo en mente es irregular —dijo con cautela—. No viola la Ley, por supuesto, pero causaría habladurías. Estoy dispuesto a correr este riesgo por ti, pero debes cumplir tu parte. Debes actuar con suma discreción.

—¡Lo que ordene mi señor!

—Será un comienzo, una prueba. Si haces bien tu labor, quién sabe cómo seguiremos. Pero escucha… —agitó el índice—. En Emesa hay un joven, un pariente lejano mío, que ansia iniciarse en el negocio. Su padre quedará complacido si lo invito aquí y le instruyo. Pero yo no tengo tiempo para enseñarle los pormenores, las reglas y costumbres y tradiciones propias de Tadmor, así como los problemas prácticos…, especialmente cuando se trata de embarques, de tratar con caravaneros. Podría designar a uno de mis hombres para que lo instruya, pero no puedo prescindir de nadie. Sin embargo, supongo que tú lo recordarás. Desde luego, la discreción es esencial.

Aliyat se postró.

—¡Confía en mí, mi señor! —sollozó.

<p>10</p>

Bonnur era alto, de hombros anchos y cintura delgada. Su barba era apenas un velo de seda sobre rasgos delicados, pero sus manos tenían una fortaleza viril. Tenía los ojos y los movimientos de una gacela. Aunque era cristiano, Zabdas lo recibió cordialmente antes de indicarle que buscara una cama entre los demás jóvenes que trabajaban y estudiaban allí.

Un año antes, el mercader había comprado un edificio más pequeño, contiguo a la casa. Contrató peones para levantar paredes y un techo que unieran ambas viviendas, luego derrumbó las separaciones para hacer una sola casa. Así tendría más oficinas, depósitos y alojamiento para el nuevo personal; sus negocios eran prósperos. Hacía poco había ordenado detener la construcción. Declaraba que era conveniente esperar a ver qué efecto tenía la actual conquista de Persia sobre el tráfico con la India. El anexo estaba pues sin muebles, desocupado, polvoriento y silencioso.

Cuando Zabdas la condujo allí, Aliyat se sorprendió de encontrar una habitación apartada, limpia y ordenada. Una sencilla pero gruesa alfombra de lana suavizaba el suelo. La alta ventana estaba flanqueada por colgaduras. En una mesa había una jarra de agua, tazas, papiro, tinta, plumas. Dos tabú- retes aguardaban, y Bonnur. Aunque ya se lo habían presentado, a Aliyat se le aceleró el pulso.

Él hizo una profunda reverencia.

—Poneos cómodos —dijo Zabdas con inusitada cordialidad—, poneos cómodos, queridos míos. Si hemos de actuar con cierta irregularidad, al menos disfrutemos de ello. —Dio una vuelta por la habitación, sin dejar de hablar—: Para que mi esposa te explique las cosas, Bonnur, y para que tú hagas preguntas, necesitáis libertad. No soy el sujeto insulso por quien me toma la gente. Sé que las costumbres y sutilezas de una ciudad no se pueden registrar en los libros ni analizar como una frase. Las miradas y risitas, los constreñimientos que sentiríais, si os pusierais a hablar delante de cualquier necio, os sujetarían la lengua y la mente. La tarea se volvería ardua, prolongada, tal vez imposible. Y por cierto, me considerarían un excéntrico por impulsaros a ella. Los hombres se preguntarían si no empiezo a delirar. Eso sería malo para el comercio.

»De ahí este retiro. En los momentos que yo considere oportunos, cuando tus servicios no se requieran en otra parte, Bonnur, te lo haré saber. Abandonarás la casa y entrarás en este sector por la puerta trasera, por la calleja del fondo. Y a ti te daré una señal, Aliyat. Vendrás directamente aquí. De hecho, a veces vendrás aquí para estar sola. Deseabas ayudarme; muy bien, puedes examinar los informes y cifras que te daré, sin molestias, y darme tu opinión. Esto lo sabrán todos. En otras ocasiones, sin que lo sepa nadie más, te encontrarás con Bonnur.

—¡Pero señor! —exclamó el joven, ruborizándose—. ¿La señora y yo y nadie más? Sin duda una criada, un eunuco o… o…

Zabdas meneó la cabeza.

—Tus objeciones te honran —replicó—. Sin embargo, un observador atentaría contra mi propósito, que es darte a conocer las condiciones de Tadmor al tiempo que se evitan burlas e insinuaciones. —Los miró a ambos—. Sin duda puedo confiar en un pariente y en mi primera esposa. —Con una fugaz sonrisa—: A fin de cuentas, ella tiene más edad de la habitual.

—¿Qué? —exclamó Bonnur—. ¡Señor, bromeas! El velo, la bata, no pueden ocultar…

—Es verdad —declaró Zabdas con voz sibilante—. Ella misma te lo dirá, junto con otras cosas menos llamativas.

<p>11</p>

Se acercaba el poniente.

—Bien —dijo Aliyat—, será mejor que lo dejemos. Tengo otros deberes.

—También yo. Y debo reflexionar sobre lo que me has revelado en esta ocasión —dijo Bonnur, arrastrando la voz.

Ninguno de los dos se levantó de los taburetes donde estaban sentados. De pronto, él se sonrojó, agachó la mirada y exclamó:

—Mi señora tiene… tiene una extraordinaria inteligencia.

Fue casi como una caricia.

—No, no —objetó ella—. En una larga vida, aun una persona estúpida aprende algo.

Notó que Bonnur rompió una barrera para mirarla a los ojos.

—Es difícil creer que seas vieja.

—Llevo bien mis años. —¿Cuántas veces había repetido esa frase? Cuan mecánica se había vuelto. —Todo lo que has visto… —siguió impulsivamente—: El cambio de fe. ¡Te obligaron a alejarte de Cristo!

—No tengo nada que lamentar.

—¿De veras? ¿Ni siquiera la libertad que has perdido, la libertad que han perdido tus amigos, la simple libertad de mirarte…?

Por un instante ella quiso silenciarlo. Nada cubría la puerta salvo una cortina de abalorios. Sin embargo, la cortina ahogaba un poco el sonido, y más allá se extendían corredores y habitaciones desiertas hasta la parte habitada, y él había hablado en voz baja y gutural, mientras las lágrimas le brillaban en las pestañas.

—¿A quién le interesa ver a una vieja? —exclamó Aliyat, sabiendo que lo estaba provocando.

—¡No lo eres! No tendrías que ocultarte detrás de ese velo. Lo noté cuando olvidaste encorvarte y simular temblores.

—Parece que me has observado con atención —dijo ella, combatiendo un mareo.

—No puedo evitarlo —confesó Bonnur.

—Sientes demasiada curiosidad. —Como si otra criatura le guiara la lengua y las manos—: Será mejor que la aplaquemos. Observa.

Se apartó elyashmak. Él suspiró. Ella se lo puso de nuevo y se levantó.

—¿Estás satisfecho? Guarda silencio, o tendremos que suspender estas reuniones. A mi señor no le agradaría eso.

Se marchó, y su hija le salió al encuentro en el harén.

—Mamá, ¿dónde estabas? Gutne no me deja jugar con el león de paño.

Aliyat trató de armarse de paciencia. Tenía que amar a esa niña. Pero Thirya era quejumbrosa, enfermiza y se parecía a su padre.

<p>12</p>

A veces la monotonía de los días se quebraba, cuando Zabdas daba a Aliyat materiales para estudiar y preparar informes. En ese cuarto apartado, ella trataba de comprender lo que leía, pero las palabras se le escapaban reptando como gusanos. Dos veces se encontró allí con Bonnur. La segunda vez se quitó el velo desde el principio, y llevaba una bata de tela ligera.

—El calor es agobiante —le dijo—, y soy sólo una abuela, no, una bisabuela.

No avanzaron demasiado. A menudo se hacía un silencio entre ambos.

Los días pasaron muy lentamente, y ella perdió la cuenta. ¿Qué importaba el número? Cada cual era igual al anterior, salvo por riñas y molestias y, de noche, sueños. ¿Satanás inducía algunos de ellos? En tal caso, le estaba agradecida.

Luego Zabdas la llamó a su oficina.

—Tus consejos se han vuelto inservibles —gruñó—. ¿Al fin empiezas a chochear?

Ella contuvo la furia.

—Lamento, mi señor, que últimamente no se me haya ocurrido ninguna idea. Trataré de mejorar.

—¿De qué vale? Ya no sirves para nada. Furja, en cambio, entibia mi cama, y sin duda pronto dará fruto. —Zabdas agitó la mano con desdén—. Bien lárgate. Ve a esperar a Bonnur. Te lo mandaré. Tal vez al menos puedas persuadirlo de enmendar sus hábitos soñadores. Por todos los santos… Por las barbas del Profeta, lamento mis promesas a ambos.

Aliyat atravesó la parte vacía de la casa apretando los puños. En el cuarto de reuniones caminó de un lado a otro. Era una jaula. Se detuvo ante la ventana y miró a través del enrejado. Desde allí veía el antiguo templo de Bel. El sol furibundo desteñía la piedra caliza. Los capiteles de bronce de las columnas del pórtico ardían. El calor hacía temblar los bajorrelieves del santuario. Durante mucho tiempo había estado en desuso, vacío como ella. Ahora lo estaban restaurando. Había oído de cuarta o quinta mano que los árabes planeaban transformarlo en fortaleza.

¿Pero esas potestades estaban totalmente muertas? Bel de la tormenta, Jarhibol del sol, Aglibol de la luna, Ashtoreth de la concepción y el nacimiento, de terrible belleza, la que había descendido al infierno para recobrar a su amante: invisibles, caminaban por la tierra sin ser vistos; gritaban desde el cielo sin ser oídos; el mar que Aliyat nunca había conocido le tronaba en el pecho.

Una pisada, un chasquido de abalorios. Se dio media vuelta. Bonnur se paró en seco. Brillaba de sudor. Aliyat sintió el olor en el calor y el silencio, olor de hombre. Estaba húmeda con su propia transpiración; se le pegaba el vestido.

Se desató el velo y lo arrojó al suelo.

—Mi señora —dijo él con voz sofocada—, oh, mi señora.

Aliyat avanzó. Sus caderas se meneaban con vida propia. Jadeaba.

—¿Qué quieres de mí, Bonnur?

Los ojos de gacela se movían de izquierda a derecha, arrinconados.

Bonnur retrocedió un paso, alzó las manos para defenderse.

—No —suplicó.

—¿No qué? —rió ella. Se plantó ante Bonnur y él tuvo que encararse a su mirada—. Tenemos cosas que hacer, tú y yo.

Si es sabio, estará de acuerdo. Se sentará y me preguntará cuál es el mejor modo de regatear con un caravanero. No le dejaré ser sabio.

<p>13</p>

—Tengo asuntos en Tripolis —dijo Zabdas—. Tal vez me demore unas semanas. Iré con Nebozabad, quien partirá dentro de pocos días.

Aliyat se alegró de haberse dejado el velo para ir a su oficina.

—¿Mi señor desea informarme de qué asunto se trata?

—No tiene sentido. Tus consejos ya no sirven, al igual que el resto. Te informo en privado para decirte lo que es obvio, que en mi ausencia debes permanecer en el harén y ocuparte de los asuntos propios de una esposa.

—Desde luego, mi señor.

Ella y Bonnur ya habían pasado dos tardes juntos.

<p>14</p>

Thirya se despertó.

—Mamá…

Aliyat contuvo su furia.

—Calla, querida —susurró—. Duérmete. —Y tuvo que esperar mientras la niña se movía y gemía, hasta que al fin la cama se aquietó.

¡Al fin!

Sus pies la guiaron por la oscuridad. Se aferró la bata por si rozaba algo. Pensó: Así abandonan sus tumbas los muertos sin reposo. Pero ella iba hacia la vida. Ya sentía fluir sus calientes jugos. Su olfato bebía el aroma de cedro de su deseo. Nadie más se despertó, y un harén tan pequeño y austero no tenía guardias. Sus dedos palparon las paredes, guiándola, hasta que la llevaron al último corredor. No, no corras, no hagas ruidos innecesarios. Las cuentas de la puerta de abalorios la rodearon como serpientes. La ventana enmarcaba estrellas. Una fresca brisa del desierto soplaba desde allí. Se le aceleró el pulso. Se quitó la bata y la arrojó a un lado.

Bonnur fue hacia ella. Los pies de Aliyat rozaron la alfombra.

—Aliyat. —El ronco susurro le retumbó en la cabeza. Bonnur tropezó, tumbó un taburete, jadeó. Ella ahogó una risa y se le acercó.

—Sabía que vendrías, amado —canturreó. Los brazos de él la estrecharon y Aliyat lo apretó contra sí, metiéndole la lengua entre los labios.

Bonnur la tendió sobre la alfombra, Aliyat pensó que debía tener cuidado de no mancharla, él soltó un gruñido de satisfacción mientras ella lo acariciaba.

La luz de una lámpara los cegó.

—¡Mirad! —graznó Zabdas.

Bonnur se apartó de Aliyat. Ambos se irguieron, retrocedieron, se levantaron. La lámpara se mecía en la mano de Zabdas, arrojando sombras deformes contra la pared. Ella lo vio en fragmentos: ojos, nariz, dientes húmedos, arrugas, odio. Lo flanqueaban sus dos hijos varones, con espadas desenvainadas. El acero centelleaba.

—¡Hijos, capturadlos! —gritó Zabdas.

Bonnur retrocedió alzando las manos como un mendigo.

—No, amo, mi señor, no.

Aliyat comprendió de golpe: Zabdas lo había planeado desde el principio. No pensaba ir con la caravana. Los tres aguardaban en otra habitación, con la luz tapada, sabiendo lo que ocurriría. Ahora se libraría de ella, se quedaría con su propiedad y creería que ni siquiera un ifrit —o cualquier otra criatura inhumana por quien la tomara— escaparía al castigo por adulterio.

Una vez habría recibido con agrado ese final. Pero la fatiga de los años se había consumido.

—¡Pelea, Bonnur! —gritó—. ¡Nos encerrarán en un saco y nos lapidarán! —Le apoyó las manos en la espalda y lo empujó hacia delante—. ¿Eres hombre? ¡Sálvanos!

Él gritó y brincó. Un hombre agitó la espada, pero erró por falta de práctica. Bonnur le cogió ese brazo con una mano y le asestó un puñetazo en la nariz. El segundo avanzó torpemente, temiendo herir al hermano. Los contrincantes dejaron atrás a Aliyat, manchándola de sangre. Aliyat se apartó de ellos.

Zabdas le cerraba el paso. Aliyat arrebató el farol de las débiles manos del viejo y lo arrojó al suelo. El aceite brincó en llamas amarillas. Zabdas se tambaleó. Gritó cuando el fuego le lamió el tobillo.

Aliyat atravesó la cortina de abalorios, corrió por el pasillo, bajó la escalera, salió por la puerta del fondo y fue por el callejón hasta las calles fantasmales. La Puerta de Filipo permanecía abierta después del anochecer cuando se preparaba una caravana. Con cuidado y sigilo, podría pasar sin ser vista por los centinelas.

—¡Oh, Bonnur!

Pero no le quedaban lágrimas ni aliento para él, todavía no, no si quería sobrevivir.

<p>15</p>

Desde la caravana, al mirar atrás, se veía el primer destello del sol en las torres de Tadmor. Treparon por el valle y salieron a la estepa. Adelante el cielo se iluminó hasta que se esfumaron las últimas estrellas.

Las señales humanas fueron escasas en ese día de viaje. Cuando Nebozabad dejó la carretera romana para cortar camino por el desierto, siguieron una senda trazada por las generaciones que habían viajado antes por el mismo sitio. Al anochecer, Nebozabad ordenó un alto ante un lago fangoso donde podían abrevar los caballos. Los hombres se conformaron con lo que habían llevado en sus sacos de piel, los camellos con los secos arbustos que encontraron.

En medio del bullicio y el ajetreo, el jefe de la caravana se acercó a un conductor.

—Cogeré ese fardo ahora, Hatim —le dijo. El otro sonrió. Como la mayoría de sus colegas, consideraba que el contrabando formaba parte del oficio y nunca hacía preguntas innecesarias.

El fardo era en realidad un bulto largo atado con cuerdas, insertado en el cargamento que llevaba el camello. El esclavo de Nebozabad lo llevó hasta la tienda del amo, lo dejó en el suelo, hizo una reverencia y salió para impedir que entraran extraños. Nebozabad se arrodilló, deshizo los nudos, desató el paño.

Aliyat se incorporó. El sudor le pegaba el pelo y el djellabab que él le había prestado al sinuoso cuerpo. Tenía los ojos hundidos y los labios cuarteados. Pero una vez que él le dio agua y un bocado, se recobró con turbadora rapidez.

—Habla en voz baja —advirtió Nebozabad—. ¿Cómo te ha ido? —Sufrí el calor y el polvo y los barquinazos —respondió ella con voz más sedosa que ronca—, pero te lo agradeceré eternamente. ¿Vino una partida en mi busca?

Él hizo un gesto de asentimiento.

—En cuanto nos fuimos. Algunos soldados árabes, malhumorados… Supongo que Zabdas se ganó su mala voluntad por despertar al cadí. Estaban somnolientos y apáticos. No era preciso ocultarte tan bien.

Ella estaba sentada con las rodillas juntas. Suspiró, se pasó los dedos por las trenzas apelmazadas y le obsequió una sonrisa que brillaba en el fulgor de la lámpara.

—Has cuidado de mí, querido amigo.

Nebozabad, con las piernas cruzadas ante ella, frunció el ceño.

—Fui imprudente. Podría costarme la cabeza, y tengo una familia en que pensar.

Ella le acarició los dedos.

—Preferiría morir antes que causarte daño. Dame agua y un poco de pan y me marcharé por el desierto.

—¡No, no! —exclamó él—. Eso significaría una muerte más lenta. A menos que te hallaran los nómadas, lo cual sería aun peor. No, puedo llevarte. Te arroparemos con prendas amplias, te mantendremos aparte y no hablarás. Diré que eres un joven pariente que pidió que lo llevara a Tripolis. —Sonrió sin convicción—. Quienes duden del parentesco se reirán a mis espaldas. Bien, así sea. Compartirás mi tienda mientras dure el viaje.

—Dios te lo pague, si yo no puedo hacerlo. Barikai intercederá por tu alma desde el paraíso.

Nebozabad se encogió de hombros.

—Me pregunto de qué servirá, cuando estoy colaborando en la fuga de una adúltera confesa. A ella le tembló la boca. Una lágrima le humedeció el sudor y el polvo que le manchaban las mejillas.

—Pero está bien —se apresuró a añadir Nebozabad—. Me has contado qué crueldades te sacaron de tus cabales.

Él le cogió una mano y la aferró. Se aclaró la garganta.

—Pero debes entender, Aliyat, que no puedo hacer más por ti. En Tripolis debo dejarte, con las pocas monedas que pueda ofrecerte, y luego estarás sola. Si me acusan de haberte ayudado, lo negaré todo.

—Y yo negaré que te vi. Pero no temas. Me esfumaré.

—¿Adonde irás? ¿Cómo vivirás sin ayuda?

—Lo haré. Ya tengo noventa años. Mira. ¿Me han dejado alguna marca?

Él miró, sorprendido.

—No —murmuró—. Eres extraña, extraña.

—No obstante… sólo una mujer. Nebozabad, puedo hacer algo para pagar parte de tu generosidad. Lo único que puedo ofrecer son recuerdos, pero podrás llevarlos a casa contigo.

Nebozabad se quedó inmóvil.

Aliyat se le acercó.

—Es mi deseo —susurró—. También serán mis recuerdos.

<p>16</p>

Y son muy gratos, pensó ella cuando él estaba durmiendo. Casi envidió a la esposa.

Hasta que él envejeciera, y ella. A menos que una enfermedad se llevara a uno o al otro. Aliyat nunca había estado enferma. Sus carnes habían olvidado los ultrajes del día y de la noche que había pasado. La dominaba una agradable languidez, pero se excitaría de inmediato si él llegaba a despertar.

Sonrió en la oscuridad. Debía dejarlo descansar. Deseaba salir a caminar un rato bajo la luna y las altas estrellas del desierto. No, demasiado arriesgado. Debes esperar. Esperar. Había aprendido.

Sintió una punzada de dolor. Pobre Bonnur. Pobre Thirya. Pero si se daba el lujo de llorar por los que vivían poco, no dejaría de llorar nunca. Pobre Tadmor. Pero una nueva ciudad esperaba adelante, y más allá todo el mundo y el tiempo.

Una mujer que no envejecía tenía al menos un recurso para seguir viviendo en libertad.


La caravana de Trípolis partiría al romper el alba. Nebozabad, el jefe, quería que todo estuviera listo la noche anterior. Quería que cada hombre ensayara cómo instalar y levantar el campamento. Las demoras no sólo costaban dinero, sino que multiplicaban los riesgos.

Así pensaba él. Algunos le decían que se lo tomara con calma. Afirmaban que la paz era segura, con Siria en manos árabes. ¿Acaso el califa mismo no había pasado por Tadmor, en su camino hacia la santa Jerusalén, tres años atrás? Nebozabad era menos confiado. Durante su vida había visto demasiadas guerras, con el consiguiente desmoronamiento del comercio, el colapso del orden y el auge del bandidaje. Se proponía usar cada hora de oportunidad que Dios le brindara.

Por lo tanto sus acompañantes no dormían en un caravasar sino en un terreno más allá de la Puerta de Filipo. Él iba de aquí para allá, hablando con los conductores de camellos, los guardias, los comerciantes, los plebeyos, dando órdenes cuando era necesario, dando al tumulto una forma y un sentido. Era bien entrada la noche cuando terminó. Se detuvo, pues, para disfrutar de un momento a solas. El humo de las fogatas que chispeaban en el campamento flotaba en el aire fresco. Alrededor todo era negrura. Distinguió la punta de algunas tiendas, alzadas por sus viajeros más prósperos, y a veces la luz rebotaba en la punta de la lanza de un centinela. Nebozabad quería que todo lo rutinario funcionara desde el principio. Le llegaban murmullos a los oídos, palabras de hombres que permanecían levantados, en ocasiones el suave relincho de un caballo o el gorgoteo gutural de un camello.

Un sinfín de estrellas titilaba en el cielo. Desde el oeste una luna gibosa alumbraba el valle angosto, escarchando colinas, palmares, las tumbas monumentales que se elevaban en las sombras, las torres y almenas de la muralla de la ciudad. Esa pared blanca y grisácea se elevaba como si hubieran levantado una franja de la estepa que rodeaba esta cuenca. Parecía tan eterna e inquebrantable como si la vida que ahora dormía a su amparo pudiera palpitar todos los días para siempre.

Nebozabad se mordió el labio ante esta idea. Bien sabía que no era así. En su propia vida los persas habían expulsado a los romanos, y luego los romanos habían expulsado a los persas, y por aquel entonces, ambas naciones huían de la espada del Islam; y aunque las rutas comerciales de Tadmor aún llevaban y traían fortunas, la gloria de la ciudad había pasado. Ah, haber vivido cuando ella —Palmira en las lenguas latina y griega— era la reina de Siria, antes de que el emperador Aureliano aplastara el intento de liberación de Zenobia…

Nebozabad suspiró, se encogió de hombros, dio media vuelta y echó a andar. Una ciudad, como un hombre, debía someterse a los designios de Dios. En eso, al menos, los musulmanes tenían razón.

A su paso oyó y respondió varios saludos: «Cristo sea contigo, señor.» «Y con tu espíritu.» Todos reconocían su forma corpulenta en el sencillo djellakak, sus gruesos rasgos a la intemperie. La luz de la luna le rozaba las estrías blancas del pelo y de la barba recortada.

Se acercó a su tienda. Era de buen material, aunque de tamaño modesto. Nunca llevaba un peso que podría ir, en cambio, en artículos de valor.

El fulgor amarillo de la lámpara se filtraba por la entrada abierta.

Una mano le aferró el tobillo. Se paró en seco, ahogó un suspiro, cerró los dedos sobre la empuñadura del cuchillo.

—Silencio. —Un susurro frenético—. Por la misericordia de Dios, te lo suplico. No quiero hacerte daño.

No obstante sintió un escalofrío al mirar. Alguien estaba agazapado en el suelo, una palidez entre las sombras.

—Necesito ayuda —dijo la voz, y Nebozabad creyó reconocerla—. ¿Podemos hablar a solas? Mira, no llevo armas.

A menudo Nebozabad tenía que tomar decisiones rápidas.

—Espera —murmuró. La mano implorante lo soltó. Nebozabad dio la vuelta hasta el frente de la tienda y entró en ella tratando de que nadie lo viera. Dentro, la tela de pelo de camello encerraba algo de tibieza. Una lámpara de arcilla alumbraba el lecho preparado, la jarra y el cuenco de agua y dos o tres pequeñas comodidades. Su sirviente lo saludó tocando la tierra con las rodillas, las manos y la frente.

—¿Qué desea mi amo? —preguntó.

—Espero una visita —dijo Nebozabad—. Sal cautelosamente, tal como yo llegué. Cuando haya cerrado la entrada, no dejes que nadie venga, ni menciones una palabra sobre esto. —Que caiga sobre mi cabeza, amo. —El esclavo se fue con el mayor sigilo. Nebozabad lo había escogido y lo había adiestrado bien; era del todo leal. Cuando se hubo marchado, Nebozabad se asomó un instante, susurró «Adentro» y se retiró.

La otra persona se escurrió, se enderezó, y lo miró cara a cara. A pesar de que lo sospechaba, Nebozabad jadeó. Una mujer. ¡Oh, vaya mujer!

Ella se había acuclillado, las manos tendidas sobre el regazo. Las trenzas le cubrían los hombros, se le derramaban sobre los pechos. Nebozabad supuso que no era por mera coincidencia. No tenía nada más encima, excepto mugre, una estría de sangre coagulada en el brazo izquierdo, sudor que resplandecía a la luz de la lámpara, y ese aire de abatimiento. Su cuerpo podía haber pertenecido a una diosa antigua, esbelto, pechos firmes, cintura delgada, caderas redondas. Tenía pómulos altos, nariz recta, labios carnosos sobre la tersa mandíbula. La tez era ligeramente dorada y los grandes ojos, bajo cejas arqueadas, eran castaños. En ella, el romano de Occidente, el romano de Oriente, el heleno y el persa se habían mezclado con Siria.

Él la observó. Parecía una doncella, no, una matrona joven, no, algo para lo cual no tenía nombre. Pero la conocía.

—Oh Nebozabad, viejo amigó —dijo ella con voz trémula y acariciante—, tú eres mi única esperanza. Ayúdame, como una vez mi casa te ayudó. Nos conoces desde siempre.

Cuarenta y pico de años. El pensamiento fue como un mazazo. Su mente retrocedió una treintena de esos años.


1

<p>1</p>

Aliyat ansiaba el retorno de Barikai, pero también lo temía. Tendría el solaz de abrazarlo y brindarle su amor sin freno. Así habían permanecido juntos al perder otros niños, pero ésos eran bebés. Ante todo debería contarle qué había ocurrido.

Él estaba en otra parte de Tadmor, hablando con el mercader Taimarsu. Las noticias del frente eran desalentadoras. Los persas infligían una derrota tras otra a los romanos, internándose en Mesopotamia, con las escasas defensas de Siria a la izquierda. Cada vez más, el comercio con la costa se encerraba en su caparazón y aguardaba el desenlace. Los caravaneros como Barikai sufrían. La mayoría tenía miedo de aventurarse en cualquier parte. Él, más audaz, persuadía a los mercaderes para que no permitieran que las mercancías se estropearan en los depósitos.

Ella imaginó el ímpetu, la risa de Barikai: «Los llevaré. ¡Los precios de Trípolis y Berytus estarán en alza! La recompensa es para los valientes.» Ella lo había alentado. Hija de un hombre del mismo oficio, estaba más cerca del marido que la mayoría de las mujeres, casi un socio además de amante y madre de sus hijos. Eso calmaba la angustia que sentía cuando subía a la muralla de la ciudad para verlo marchar más allá del horizonte.

Pero ese día… Una esclava la halló en el jardín y anunció: «El amo está aquí.» El corazón se le encogió. Se armó de coraje, como deben hacerlo las mujeres en el lecho del parto o junto a un lecho de muerte, y se apresuró. Sus faldas susurraron a través de un silencio lleno de ojos. Todos los criados estaban al corriente.

Era una servidumbre numerosa en un gran edificio. Hasta tiempos recientes, Barikai, como su padre, había prosperado. Aliyat esperaba no tener que vender ningún esclavo; les tenía afecto. Estaba instituyendo la frugalidad… ¿Qué importaban esas cosas?

El atrio estaba oscuro en el anochecer. Aliyat miró la imagen de la Virgen, erguida en un nicho, un fulgor azul y oro contra la pared blanqueada. Se arrodilló un instante ante ella, rogando en silencio que la noticia no fuera cierta. La imagen la miró sin inmutarse.

Barikai acababa de entregar la capa a un sirviente. Debajo usaba una túnica decorada con hilo de oro, para demostrar poder y confianza. Aunque el tiempo le había agrisado el pelo oscuro y le había arrugado la cara enjuta, aún caminaba con agilidad.

—Cristo sea contigo, señora mía —comenzó como correspondía en presencia de criados. Aguzó los ojos. Se acercó a ella a grandes pasos y le cogió los hombros—. ¿Qué ha ocurrido?

Ella tuvo que tragar saliva dos veces antes de rogarle que la acompañara. Sin añadir ni una palabra más, la siguió en silencio hasta el jardín.

Rodeado por la casa, éste era un lugar tranquilo y fresco, un refugio apartado del mundo. Jazmines y rosas crecían alrededor de un estanque con lirios de agua. Las fragancias impregnaban el aire. El cielo se había vuelto espléndidamente azul mientras el sol se hundía detrás del tejado. Era un lugar donde dos personas podían estar a solas.

Aliyat se volvió a Barikai. Cerró los puños y exclamó:

—¡Manu ha muerto!

Él no se movió.

—El joven Mogim trajo la noticia esta mañana —prosiguió Aliyat—. Estaba entre los pocos que escaparon. El escuadrón patrullaba al sur de Khalep cuando lo sorprendió la caballería persa. Mogim vio que Manu recibía una flecha en el ojo, caía de la silla y rodaba bajo los cascos.

—Al sur de Khalep —graznó Barikai—. Ya. Entonces están entrando en Siria.

Ella supo que ese pensamiento de hombre era el primer escudo que él podía alzar. Era frágil, y pronto se resquebrajó.

—Manu —dijo Barikai—. Nuestro primogénito. Muerto. —Le tembló la mano mientras se persignaba una y otra vez—. Dios se apiade de él. Cristo lo acoja en su seno. Ayúdalo, santo Georgios.

Yo también debería rezar, pensó Aliyat y supo con vaga sorpresa que el deseo de hacerlo se había marchitado.

—¿Se lo has dicho a Aqmat? —preguntó Barikai.

—Desde luego. Creo que es mejor dejarla a ella y sus hijos en paz por un tiempo. —La joven esposa de Manu había vivido aterrada por esto desde que lo habían llamado para la guerra. La noticia había sido como un martillazo.

—Envié un mensajero a Haira, pero su amo lo ha despachado a Emesa con algún encargo —continuó Aliyat. El menor de sus hijos trabajaba para un vinatero—. Las hermanas guardan luto en casa. —Sus tres hijas vivas estaban bien casadas, y ella se alegraba de haberse esforzado para ahorrar buenas dotes para ellas.

—Creo…, para continuar mi trabajo…, creo que tomaré a Nebozabad como aprendiz —murmuró Barikai—. Lo conoces, ¿verdad? Hijo de la viuda Hafsa. Tiene sólo diez años, pero es un mozo capaz. Y sería un acto de bondad. Tal vez los santos sonrían al alma de Manu.

De pronto la apretó con mucha fuerza, haciéndole daño.

—¿Pero por qué divago de este modo? —gritó—. ¡Manu ha muerto! Ella le aflojó las manos, se cobijó en sus brazos y lo estrechó con fuerza. Así permanecieron largo rato, mientras las sombras se elevaban en el jardín y la luz se derramaba desde el cielo.

—¡Aliyat, Aliyat! —susurró él al fin, con voz trémula—, mi amor, mi fuerza. ¿Cómo puede ser que seas así? Esposa mía, madre, abuela, y sin embargo, bien podrías ser la joven con quien me desposé.


2

<p>2</p>

Cuando los persas ocuparon Tadmor, primero impusieron un oneroso tributo. Luego no fueron malos señores, no peores que los romanos, pensaba Aliyat en secreto. Los zoroastrianos, que consideraban sagrado el fuego, dejaban que todos adorasen de acuerdo con sus creencias, e incluso evitaron que los cristianos ortodoxos, los cristianos nestorianos y los judíos se molestaran entre sí. Entretanto, el firme control de los territorios que conquistaron permitió reiniciar el comercio, incluso con su propio país. Al cabo de doce años, la gente oyó que avanzaban aún más, que tomaban Jerusalén y luego Egipto. Aliyat se preguntaba si continuarían hasta la vieja Roma, pero, por lo que había oído decir sobre Italia, esa tierra arrasada, dividida entre jefes lombardos, el Papa católico y restos de guarniciones imperiales, supuso que no valía la pena.

Llegaron rumores de que un nuevo emperador, Heraclio, reinaba en Constantinopla, y se decía que era enérgico y capaz. Sin embargo, tenía problemas. Apenas había logrado impedir que los salvajes avaros tomaran la capital. En Tadmor esos acontecimientos parecían remotos e irreales. Aliyat era casi la única mujer de allí que siquiera tenía noticias de ellos. Uno debía solucionar su vida privada. Para ella, además, los años y los días se confundían. El nacimiento de un nieto, la muerte de un amigo, afloraban a la realidad y luego se erguían en la memoria como cerros solitarios espiando una larga caravana.

Así estaban las cosas en el momento en que llegaron a su fin.

Aliyat enfiló hacia el ágora con una corpulenta criada. Partieron temprano por la mañana, para terminar los regateos y nacer las compras antes de que el calor del día indujera a la gente a descansar. Barikai murmuró una despedida que ella apenas pudo oír. Últimamente él estaba débil, con espasmos en el pecho y resuellos; él, que había sido tan fuerte. Ni las plegarias ni los médicos servían de mucho.

Aliyat y Mará caminaron por la sinuosa calle hasta el peristilo y continuaron avanzando. La gran doble hilera de columnas relucía triunfalmente entre los arcos de ambos extremos, estallando en una florescencia allí donde los capiteles desafiaban el cielo. Desde un reborde de cada hilera, la estatua de un ciudadano célebre miraba hacia abajo, siglos de historia en actitud solemne. Debajo, las calles estaban atestadas de tiendas, oficinas comerciales, capillas, burdeles, seres humanos. Los olores eran punzantes: humo, sudor, estiércol, perfume, aroma de especias, aceites y frutos. El ruido era tumulto de pisadas, cascos, ruedas crujientes, martillazos, cánticos, gritos, discursos, en general en el arameo de ese país pero también en griego, persa, árabe y lenguas de tierras aún más distantes. Giraban los colores, una manta, una túnica, un velo, un tocado, un pendón ondeando sobre una lanza, un adorno, un amuleto. Un vendedor de alfombras estaba sentado entre los ricos matices de sus mercancías. Un vinatero mantenía en alto su vasija de cuero. Un calderero trabajaba el metal. Un carro de bueyes avanzaba entre las multitudes, cargado con dátiles del desierto. Un camello gruñía y se bamboleaba bajo los fardos, más allá de la vista de Aliyat. Un grupo de jinetes persas trotaba detrás de un heraldo que ordenaba a la multitud que despejara el camino; las armaduras centelleaban, los penachos ondeaban. Una litera trasladaba a un rico comerciante, y otra a una acicalada cortesana, y ambos miraban con indolente insolencia. Un sacerdote cristiano dejó pasar a un austero mago y se persignó. Arrieros que traían ovejas de las áridas estepas caminaban boquiabiertos entre tentaciones que quizá los dejaran sin un céntimo antes de regresar a sus tiendas. Una flauta gorjeaba, un tamboril repiqueteaba, alguien cantaba con voz aguda y trémula.

Ésta era su ciudad, Aliyat lo sabía, ésta era su gente, y sin embargo, estaba cada vez más lejos de ellos.

—¡Señora! ¡Señora!

Aliyat se detuvo y miró alrededor. Nebozabad se abría paso a codazos, y la gente lo maldecía agitando los puños. Él continuó sin prestar atención hasta llegar a ella. Aliyat le miró el semblante y sintió un nudo en el estómago.

—Señora, esperaba poder alcanzarte —jadeó el joven—. Yo estaba con mi amo, tu esposo, cuando él sufrió un ataque. Dijo tu nombre. Mandé buscar un médico y vine a avisarte.

—Vamos —dijo Aliyat.

Él la guió abriéndole paso a gritos. Bajo un cielo brillante y despiadado regresaron a la casa.

—Espera —ordenó Aliyat ante la puerta del dormitorio y entró sola.

No tenía por qué haber lastimado a Nebozabad dejándolo en el corredor. No había reflexionado. Dentro había varios esclavos, apartados conmocionados e impotentes. Pero también estaba el hijo varón que les quedaba. Hairan, inclinado sobre la cama, se aferraba al que estaba tendido en ella.

—Padre —suplicaba—, padre, ¿puedes oírme?

Barikai tenía los ojos echados hacía atrás, un blanco insidioso contra el azul que trepaba por debajo de la piel. Le salía espuma por los labios. La respiración era violenta, ronca, entrecortada. Las cortinas de abalorios de las ventanas trataban de oscurecer el espectáculo. Para Aliyat sólo creaban un crepúsculo donde lo veía con mayor crudeza.

Hairan alzó los ojos, la barba humedecida por las lágrimas.

—Temo que está agonizando, madre.

—Lo sé. —Aliyat se arrodilló, apartó las manos del hijo, tendió los brazos sobre Barikai y apoyó la mejilla en el pecho de su esposo. Oyó y sintió cómo se le escapaba la vida.

Levantándose, le cerró los ojos y trató de enjugarle la cara. En ese momento, llegó el médico.

—Yo me encargaré de eso, señora —ofreció.

Ella negó con la cabeza.

—Yo lo prepararé —dijo—. Es mi derecho.

—No temas, madre —tartamudeó Hairan—. Cuidaré de ti, tendrás una vejez apacible… —Las palabras murieron. Él la miró fijamente, al igual que el médico y los esclavos. Barikai, caravanero, no había llegado a los setenta años, pero los aparentaba, con el pelo blanco, el rostro consumido, los músculos marchitos sobre los huesos. La viuda, en cambio, parecía una mujer de veinte primaveras.


3

<p>3</p>

Hairan el vinatero tuvo un nieto varón, para gran regocijo de su casa. La fiesta con que él y su padre agasajaron a parientes y amigos duró hasta tarde en la noche. Aliyat se retiró temprano a la parte trasera del edificio, donde tenía una habitación. Nadie lo tomó a mal; a fin de cuentas, aunque sus años le granjearan respeto, eran un peso.

No fue a descansar como todos suponían. Una vez a solas, irguió la espalda y dejó de arrastrar los pies. Ligera y ágil, salió por una puerta trasera. Las abultadas prendas negras que le disimulaban la figura ondeaban con su prisa. Llevaba la cabeza cubierta, como de costumbre, para ocultar la negrura de sus rizos. La familia y los sirvientes a menudo comentaban que su rostro y sus manos eran asombrosamente juveniles, pero ahora se cubrió con un velo.

Se cruzó con un esclavo que realizaba sus tareas, y él la reconoció pero se limitó a saludarla. No diría que la había visto. Él también era viejo, y sabía que uno debe soportar a los viejos si a veces se ponen un poco raros.

El aire de la noche era benignamente fresco. La calle era un corredor de sombras, pero los pies de Aliyat conocían cada piedra y la llevaron sin dificultad al peristilo. Desde allí caminó hacia el ágora. La luna llena alumbraba las azoteas. El fulgor ocultaba algunas estrellas, aunque más abajo titilaban en enjambres. Las columnas relucían de blancura. Las pisadas de Aliyat retumbaban en el silencio. Casi toda la gente dormía. Era arriesgado, pero no tanto. Bajo dominio persa, los guardias de la ciudad continuaban manteniendo la ley y el orden. Aliyat se ocultó detrás de una columna cuando vio pasar un escuadrón. Las puntas de las picas relucieron bajo la luz de la luna. Si la hubieran visto, habrían tratado de llevarla a su casa, a menos que la tomaran por una ramera, lo cual habría suscitado preguntas para las cuales no tenía respuesta.

«¿Por qué vagabundeas en la oscuridad?» Lo ignoraba, pero tenía que marcharse un rato o de lo contrario empezaría a gritar.

No era la primera vez.

En la calle de los Mercaderes viró hacia el sur. El grácil teatro se elevó a su derecha. A la izquierda se erguían el pórtico y la muralla que rodeaban el ágora, fantasmales bajo la luna. Aliyat había oído decir que eran sólo fragmentos de lo que habían sido antaño, antes de que hombres desesperados los destruyeran buscando material de fortificación cuando los romanos cerraban el cerco sobre Zenobia. Eso congeniaba con su estado de ánimo. Atravesó un portal y salió a la ancha plaza.

El recuerdo del ajetreo diurno la hacía parecer aún más vacía. Las estatuas de altos funcionarios, comandantes militares, senadores y, sí, caravaneros, la rodeaban como centinelas de una necrópolis. Aliyat caminó hasta el centro, bajo el claro de luna, y se detuvo. Sólo oía sus jadeos, las palpitaciones de su corazón.

—Miriamne, Madre de Dios, te… agradezco… —Las palabras murieron en sus labios. Eran tan huecas como el lugar donde se encontraba, y si las terminaba serían una parodia.

¿Por qué no sentía satisfacción ni gratitud? El hijo de su hijo había tenido un hijo. La vida de Barikai perduraba en ellos. Si Aliyat hubiera podido invocar la amada sombra de su esposo en la noche, sin duda él habría sonreído.

Tiritó. No podía evocar el recuerdo. El rostro de Barikai era apenas un borrón; tenía palabras para describirlo, pero ya no lo veía. Todo retrocedía en el pasado, sus amores morían y morían y morían, y Dios no le permitía seguirlos.

Debía alabarlo con canciones por estar lozana e íntegra, no tocada por los años. ¿Cuántos, postrados, arrugados, desdentados, medio ciegos, inflamados por el dolor, ansiaban la misericordia de la muerte? Mientras que ella… Pero el temor crecía año a año, las miradas furtivas, los murmullos, los signos furtivos para ahuyentar el mal. Hairan mismo veía en el espejo su pelo gris y su frente arrugada y se preguntaba qué pasaba con la madre; Aliyat sabía, lo sabía. Trataba de mantenerse aparte, para no despertar sospechas y comprendía que sus parientes participaban en una conspiración silenciosa para no mencionarla ante los extraños. Y así ella se convertía en la extraña, la que estaba siempre sola. ¿Cómo podía ser bisabuela cuando en sus entrañas ardía el deseo? ¿Era ésa la razón del castigo, o habría olvidado algún espantoso pecado de la niñez?

La luna avanzó en el cielo mientras giraban las estrellas. Lentamente, el cielo le transmitió su turbadora serenidad. Aliyat emprendió el regreso. No se rendiría. Aún no.


4

<p>4</p>

La guerra devoró una generación, pero al fin Heraclio venció. Acosó a los persas hasta que pidieron la paz. Veintidós años después de marcharse, los romanos entraron de nuevo en Tadmor.

Los seguía un nuevo residente, Zabdas, un mercader de especias de Emesa, una ciudad más grande y más cercana a la costa, y por lo tanto más rica y gobernada con más celo. La firma de la familia de Zabdas tenía una filial en Tadmor. Después del caos de la batalla y del último cambio de gobernantes, necesitaba reorganización, una mano astuta que llevara las riendas y un ojo alerta a las oportunidades.

Zabdas llegó y se puso al frente. Tenía que establecer contactos y alianzas con los lugareños. Su reciente viudez era un obstáculo, y pronto empezó a buscar esposa.

Nadie le habló a Aliyat de él, y cuando Zabdas visitó a Hairan por primera vez fue por negocios. La dignidad de la casa, del huésped y de ella misma exigían que Aliyat estuviera entre las mujeres qué le daban la bienvenida antes de que comieran los hombres. Por mera rebeldía, o eso creyó, ella dejó sus insípidas ropas de abuela y se vistió con recato pero con elegancia. Notó que él se quedaba atónito al enterarse de quién era; los ojos de ambos se cruzaron, y ella intentó controlar el estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. Zabdas era un hombre bajo de cincuenta años, pero erguido y despierto, con pocas canas y un rostro bien conformado. Intercambiaron cortesías rituales. Ella regresó a su habitación.

Aunque a menudo le costaba escoger un recuerdo específico entre los muchos que la acuciaban, ciertas situaciones se repetían con tal frecuencia que le habían proporcionado experiencia. Entendía bien lo que significaban las furtivas miradas de Hairan, las palabras que le decía y las que callaba. Notaba la creciente excitación en las esposas y esclavas, incluso en los niños mayores. No podía dormir, caminaba o se escapaba al anochecer. Había perdido el consuelo que a veces hallaba en los libros.

No se sorprendió cuando al fin Hairan quiso verla en privado. Fue un anochecer de invierno, cuando casi todos se habían ido a acostar. Hairan la hizo entrar, la acompañó hasta un taburete acolchado, se sentó con las piernas cruzadas en la alfombra, detrás de una mesa donde había vino, dátiles, tonas. Permanecieron un rato en silencio. Las lámparas de bronce relucían en el suave fulgor que arrojaban. La luz fluctuaba sobre las estampas florales de los frescos, los rojos, azules y marrones de una alfombra, los pliegues de la túnica y las arrugas del rostro de Hairan. Tenía el pelo cano y le había crecido el vientre. Pestañeó con ojos débiles. El brocado verde y oro que vestía Aliyat le ceñía las curvas; sobre la toca, una guirnalda de oro enmarcaba las cejas claras.

—¿Quieres un refrigerio, madre? —invitó él en voz baja.

—Gracias. —Ella cogió una copa. El vino le relució en la lengua. La bebida y la comida también eran un consuelo. No habían perdido el sabor con los años, y ella no había engordado.

—No tienes que agradecérmelo. —Hairan desvió los ojos—. Es mi deber procurar tu bienestar.

—Lo has cumplido muy bien, hijo.

—Hice lo posible. —Deprisa, sin mirarla—: Sin embargo, tú eres desdichada entre nosotros. ¿Verdad? Aún no soy ciego ni sordo. Nunca te quejas, pero no puedo evitar notarlo.

Ella envaró el cuerpo, dominó la voz.

—Es verdad. No es culpa tuya ni de nadie. —Debía obligarse a herirlo—. Quizá tú te sientas como un joven atrapado en carnes que envejecen. Bien, yo soy anciana atrapada en carnes que permanecen jóvenes. Sólo Dios sabe por qué.

Él entrelazó los dedos.

—¿Qué edad tienes? ¿Setenta años? Bien, algunas personas llevan bien sus años y son muy longevas. Si vivieras cien años con buena salud, no sería inaudito. Dios te lo conceda. —Aliyat notó que él evitaba mencionar que, excepto por los dientes gastados, ella no revelaba rastros del tiempo transcurrido.

Debía alentarlo a decir lo que él deseaba decir.

—Entenderás que mi inutilidad me pone muy inquieta.

—¡No es preciso! —exclamó él. Alzó los ojos. Aliyat vio que estaba sudando—. Oye, Zabdas, un hombre respetable, un mercader, ha pedido tu mano en matrimonio.

Lo sabía, pensó ella.

—Sé de quién hablas —dijo en voz alta, sin mencionar las cautas indagaciones que había realizado—. Pero él y yo nos vimos una sola vez.

—Ha preguntado por ti, ha hablado a menudo conmigo y… es un hombre honorable, acaudalado y con excelentes perspectivas para el futuro, un viudo que necesita esposa. Comprende que tú eres mayor que él, pero no cree que eso sea un obstáculo. Tiene hijos crecidos, nietos por venir, y sólo desea una compañera. Créeme, me he cerciorado de ello.

—¿Deseas esta unión, Hairan? —preguntó Aliyat en voz baja.

Bebió un sorbo mientras él tartamudeaba, acariciaba la copa, miraba aquí y allá.

—Jamás te obligaría, madre —dijo al fin—. Simplemente creo… que puede convenirte. No negaré que él ofrece ciertos acuerdos comerciales que serían… ventajosos. Mi empresa ha pasado tiempos difíciles.

—Lo sé. —Hairan quedó sorprendido, y Aliyat añadió con tono hiriente— ¿Creías que yo era ciega o sorda? Trabajé al lado de tu padre, Halran como jamás me dejaste trabajar contigo.

—Yo…, madre, no quise…

—Oh, has sido tan amable como sabes serlo. —Rió—. Olvidemos ese tema. Cuéntame más.


5

<p>5</p>

La boda y la consiguiente celebración fueron una ocasión modesta, casi tímida. Al final la novia fue escoltada hasta el dormitorio del novio y quedó a solas con una criada.

Era una habitación mediana, con paredes blanqueadas y muebles austeros. Habían colgado algunas guirnaldas. Un biombo ocultaba un rincón. Un candelabro de tres brazos daba luz. Sobre la cama había dos batas.

Aliyat sabía que ella debía ponerse la suya. En silencio, dejó que la criada la ayudara. Ella y Barikai habían retozado desnudos bajo el resplandor de las velas. Bien, los tiempos cambiaban, o quizá la gente. Hacía mucho que no participaba en los chismorreos para saberlo.

Cuando la vio desnuda, la esclava de Zabdas exclamó:

—¡Pero mi señora es bellísima!

Aliyat se acarició los costados con las manos. Sintió un cosquilleo, y se dominó para no acariciarse la entrepierna. Esta noche conocería de nuevo el placer verdadero que había añorado durante… ¿cuántos años? Sonrió.

—Gracias.

—Había oído decir que eras vieja —tartamudeó la joven.

—Lo soy —respondió Aliyat con una voz que imponía temor y silencio.

Estuvo un par de horas a solas en la cama. Pensamientos desbocados le cruzaban la cabeza. De cuando en cuando tiritaba de inquietud. Al menos, los días en casa del hijo eran previsibles. Claro que eso mismo los había vuelto horrorosos.

Se irguió sobresaltada cuando entró Zabdas. Él cerró la puerta y la miró un instante. Estaba muy… elegante con el traje de fiesta. La bata de Aliyat era de tela gruesa, y no era ceñida, pero se marcaba el pecho.

—Eres más bella de lo que pensé —dijo él con cautela.

Ella bajó las pestañas.

—Gracias, mi señor —respondió con un nudo en la garganta.

Él avanzó.

—Aun así, eres una mujer discreta, con la sabiduría de tus años —dijo—. Eso es lo que necesito. —Se detuvo ante el icono de san Ephraem Syrus, que era el único adorno fijo de la habitación, y se persignó—. Bríndanos una satisfactoria vida en común —rezó.

Cogió la bata, fue detrás del biombo y apiló pulcramente las ropas encima. Cuando regresó vestido para dormir, se agachó, cubrió cada vela con la mano y las sopló para apagarlas. Se metió en la cama con su habitual economía de movimientos.

Ella extendió los brazos, lo buscó con la boca.

—¿Qué? —exclamó Zabdas—. Tranquilízate. No te haré daño.

—Hazlo, si deseas. —Ella se apretó contra él—. ¿Cómo puedo complacerte?

—Vaya, esto es…, por favor, calma, señora. Recuerda tus años.

Ella obedeció. A veces ella y Barikai habían jugado al amo y la esclava. O al joven y la ramera. Zabdas se apoyó sobre el codo y le acarició la bata con la mano libre. Ella la subió y abrió los muslos. Él montó sobre ella. Le apoyó todo su peso encima, algo que Barikai no hacía, pero Zabdas era mucho más liviano. Quiso guiarlo con la mano, pero él tomó la iniciativa le aferró los pechos cubiertos por la bata y la penetró. No pareció notar cómo ella lo estrechaba con los brazos y las piernas. Pronto acabó todo. Él se separó y se quedó tendido, recobrando el aliento. Ella apenas lo veía como una sombra más en la noche.

—Qué húmeda estabas —dijo con tono preocupado—. Tienes el cuerpo de una mujer joven, además del rostro.

—Para ti —murmuró ella.

Notó que Zabdas se ponía tenso.

—¿Cuántos años tienes, en verdad? —Así que Hairan había evitado decirlo directamente; o quizá Zabdas había evitado preguntar.

Eran ochenta y uno.

—Nunca he llevado la cuenta:—fue la respuesta—. Pero no ha habido engaño, mi señor. Soy la madre de Hairan. Yo era muy joven cuando lo tuve, y has visto que llevo mi edad mejor que la mayoría.

—Una maravilla —jadeó él.

—Algo infrecuente. Una bendición. Soy indigna de ello, pero… —debía decirlo—. Mis períodos aún no han terminado. Puedo darte hijos, Zabdas.

—Esto es… —Zabdas buscó una palabra—, inesperado.

—Demos las gracias a Dios.

—Sí. Deberíamos hacerlo. Pero ahora será mejor dormir. Tengo mucho que hacer por la mañana.


6

<p>6</p>

El caravanero Nebozabad fue a ver a Zabdas. Debían hablar sobre un embarque a Darmesek. Una travesía tan larga no se podía tomar a la ligera. Circulaban ominosas noticias sobre la embestida árabe contra Persia y su amenaza contra Nueva Roma. El mercader recibió bien a su huésped, como lo hacía con todas las personas encumbradas, y lo invitó a cenar. Aliyat insistió en servirles ella misma. Mientras disfrutaban de los postres, Zabdas se excusó y se marchó. A veces sufría de trastornos intestinales. Nebozabad esperó a solas.

La habitación era la mejor amueblada de la casa, con colgaduras rojas bordadas, cuatro candelabros de bronce de siete brazos, una mesa de teca con tallas foliadas e incrustaciones de nácar, utensilios de plata o de fino cristal. Una pizca de incienso en el brasero volvía el aire denso, aun en el cálido atardecer.

Nebozabad alzó los ojos cuando Aliyat entró con una bandeja de frutas. Ella se detuvo frente a él, con prendas oscuras que sólo permitían ver las manos, el rostro y los grandes ojos castaños.

—Siéntate, señora —pidió él.

Ella negó con la cabeza.

—No sería apropiado —respondió con un susurro.

—Entonces yo me pondré de pie. —Nebozabad se levantó—. Ha pasado mucho tiempo desde que te vi por última vez. ¿Cómo estás?

—Bastante bien. —Ella no pudo contener sus preguntas—: ¿Y cómo estás tú? ¿Y Hairan, y todos los demás? He recibido pocas noticias.

—No ves mucho a nadie… ¿verdad, señora?

—Mi esposo entiende que sería… indiscreto… a mi edad. Pero ¿cómo estás, Nebozabad? ¡Cuéntame, por favor!

—Bastante bien —repitió su misma frase—. Has tenido otra nieta, ¿lo sabías? En cuanto a mí, tengo dos hijos varones y una mujer, por gracia de Dios. Los negocios… —Se encogió de hombros—. Por eso he venido.

—¿Los árabes representan un gran peligro?

—Eso temo. —El calló y se atusó la barba—. Cuando vivías con el amo Barikai, el Cielo lo guaiv de, tú sabías todo lo que sucedía. Incluso participabas.

Ella se mordió el labio.

—Zabdas piensa de otra manera.

—Supongo que desea apaciguar los rumores, y por eso nunca invita aquí a Hairan, ni a ningún otro pariente… ¡Perdóname! —exclamó al verle la expresión—. No debería inmiscuirme. Es sólo que eras la señora de mi señor cuando yo era joven, y siempre fuiste amable conmigo, y… —Calló.

—Eres bondadoso al preocuparte. —Se enderezó—. Pero tengo menos preocupaciones que muchos otros.

—Oí decir que tu hijo murió. Lo lamento.

—Eso fue el año pasado —suspiró ella—. Las heridas sanan. Lo intentaremos de nuevo.

—¿Aún no lo habéis intentado…? Lo siento, otra vez he hablado demasiado. Es el vino. Perdóname. Viendo cuan bella eres aún, pensé…

Ella se sonrojó.

—Mi esposo no es demasiado viejo.

—Sin embargo, él… No. Aliyat, señora mía, si alguna vez necesitas ayuda…

Zabdas regresó y Aliyat, tras dejar la bandeja, se despidió dando las buenas noches.


7

<p>7</p>

Mientras los romanos y los persas se desangraban hasta el agotamiento, Mahoma ibn Abdallah, en la lejana Makkah, tuvo visiones, predicó, tuvo que huir a Yathrib, prevaleció sobre sus enemigos, dio a su refugio el nuevo nombre de Medinat Rasul Allah, la Ciudad del Apóstol de Dios y murió siendo amo de Arabia. Su califa o sucesor Abu Bakr reprimió revueltas y lanzó esas guerras santas que unían al pueblo y propagaban la fe por el mundo.

Seis años después que las tropas del emperador Heraclio reclamaran Tadmor, las tropas del califa Ornar la tomaron. Al año estaban en Jerusalén, y un año después el califa visitó la ciudad santa, atravesando triunfalmente una Siria subyugada mientras los correos traían noticias de que los estandartes islámicos se internaban en el corazón de Persia.

El día que el califa pasó por Tadmor, Aliyat, desde su azotea fue testigo del esplendor: gallardos caballos, camellos con ricos caparazones, jinetes cuyos yelmos, cotas de malla, lanzas y escudos relucían al sol, capas de color ondeando en el viento, trompetas, tambores y profundos cánticos. La calle y el oasis eran un hervidero de conquistadores. Pero ella había notado que la mayoría eran flacos y estaban toscamente vestidos. Lo mismo ocurría con la guarnición, cuyos oficiales llevaban una vida sencilla, humillándose cinco veces diarias ante Dios cuando la llamada del almuecín gemía en el viento.

No eran tan malos gobernantes. Exigían tributo, pero era soportable. Transformaron algunas iglesias en mezquitas, pero dejaron vivir a los cristianos y judíos en la paz que habían impuesto por la fuerza. El cadí, su juez principal, administraba justicia bajo la arcada del extremo este del peristilo, cerca del ágora, y aun los más humildes podían apelar directamente a él. La irrupción de los árabes había sido demasiado rápida para perjudicar mucho el comercio, que pronto empezó a revivir.

Aliyat no se sorprendió demasiado cuando Zabdas le dijo, con ese tono que implicaba que la enviaría a una habitación del fondo si ella se oponía: —He tomado una gran decisión. Esta casa abrazará el Islam.

No obstante, ella guardó silencio entre las sombras que la única lámpara arrojaba en el dormitorio. Al fin habló lentamente, clavándole los ojos.

—Éste es un asunto de suma importancia. ¿Te han obligado?

—No, no. No obligan a nadie…, excepto a los paganos, por lo que he oído —sonrió vagamente—. Prefieren que la mayoría sigamos siendo cristianos, para que podamos poseer tierras, algo que no pueden hacer los creyentes, y pagar tributo por ellas, así como los demás impuestos. Mis charlas con el imán han sido arduas. Pero desde luego no puede rechazar a un converso sincero.

—Obtendrás muchas ventajas.

—¿Me llamas hipócrita? —preguntó enrojeciendo hasta la raíz del pelo.

—No, por cierto que no, mi señor.

—Te comprendo —dijo en un tono más moderado—. Esto te conmociona, pues te han educado para adorar a Cristo. Piensa, sin embargo, que El Profeta jamás negó que Jesús también fuera un profeta. Simplemente no fue el último, aquel a quien Dios reveló la plena verdad. El Islam barre con las supersticiones acerca de un sinfín de santos, los sacerdotes que se interponen entre un hombre y su dios, los insensatos mandamientos y restricciones. Sólo tenemos que reconocer que hay un Dios y que Mahoma es su profeta. Sólo tenemos que vivir con rectitud. —Alzó el índice—. Piensa. ¿Podrían los árabes haber arrasado con todos los obstáculos, tal como han hecho y harán, si su causa no fuera bendita, si su fe no fuera verdadera? Deseo que nos acerquemos a la verdad, Aliyat. —La miró con ojos entornados—. Deseas la verdad, ¿no es cierto? No puede dañarte, ¿no? Ella avanzó hacia él.

—He oído que el hombre que se vuelve musulmán debe someterse a lo mismo que los niños judíos.

—Eso no me incapacitará —rezongó él, encolerizándose—. No espero que una mujer comprenda estos asuntos profundos. Sólo confía en mí.

Ella tragó saliva, y se impuso calma, mientras se acercaba a Zabdas.

—Confío en ti, mi señor —murmuró. Tal vez debía incitarlo a engendrar un tercer hijo con ella, y tal vez ése sobreviviera para devolver sentido a su vida. Él rara vez la poseía y casi siempre cuando ella lo provocaba con esa misma esperanza. Era como si Zabdas la temiera cada vez más.

En cuanto al cambio de religión, tenía menos importancia de la que él suponía. ¿En qué habían ayudado los santos durante tantos años?


8

<p>8</p>

Aliyat no había previsto las consecuencias del cambio. El Islam irrumpió en Siria de repente. Zabdas lo estudió antes de tomar su decisión, pero ella sólo se enteró cuando todo hubo concluido.

El Profeta había impuesto sobre las mujeres de la fe las antiguas usanzas de Arabia. En público debían usar el gashmak, el grueso velo que ocultaba todo salvo los ojos, y también en casa, en presencia de todo hombre que no fuera el padre, el hermano, el esposo o el hijo. El adulterio se castigaba con la muerte. Las habitaciones de hombres y mujeres estaban separadas, como si en medio de la casa hubiera una pared invisible de cuya puerta el amo tenía la única llave. La sumisión de la mujer al esposo no estaba limitada por la ley y la costumbre como entre los cristianos y judíos; mientras durase el matrimonio, era total y él tenía derecho a mutilar o matar a la desobediente. Al margen de tareas tales como hacer compras, ella no tendría nada que ver con el mundo exterior; el esposo, los hijos que con éste tuviera y la morada de él serían su universo. Para ella no había iglesia, ni compartiría con él el Paraíso.

Así se fue explicando Zabdas a medida que surgía la oportunidad. Aliyat no estaba muy segura de que la Ley fuera tan unilateral. Estaba convencida de que en la mayoría de las familias la práctica la suavizaba. Fuera como fuese, era una prisionera.

Incluso se le negó el solaz del vino. Qué más daba, pensó cuando se aplacó su furia inicial. Había recurrido a él más de lo conveniente.

Curiosamente, sin embargo, con el transcurso de los meses musulmanes se encontró menos sola que hasta entonces. Viviendo juntas, las mujeres de la casa —no sólo ella y las esclavas, sino las esposas y nietas de dos hijos de Zabdas que se habían reunido con él en Tadmor— al principio riñeron, pero luego empezaron a confiar unas en otras. La posición y lozanía de Aliyat la habían alejado de todas. Ahora que la veían compartir la impotencia de las demás, las mujeres descubrieron que podían pasar por alto esas cosas. Si le contaban sus problemas, ella hacía lo poco que podía para ayudarlas.

Por su parte, aprendió, poco a poco, que no estaba aislada del todo. En algunos sentidos, tuvo mayor contacto con la ciudad del que había tenido desde la muerte de Barikai. Aunque ella estuviera encerrada, las mujeres de menor jerarquía debían hacer ciertos recados, y tenían parientes con quienes chismorreaban a la menor oportunidad; y a nadie le importaba ser severo con los humildes, ni pensaba que tuvieran oídos agudos, ojos abiertos ni mentes inquisitivas. Tal como el contacto de una mosca hace vibrar la tela hasta alejar a la araña acechante, así llegaban a Aliyat los jirones de información.

No estaba presente cuando Zabdas fue a ver al cadí poco después de su conversión; pero, dado lo que se oía y decía, y lo que ocurrió después, al fin creyó poder reconstruirlo casi como si hubiera escuchado sin ser vista.

Habitualmente, el cadí atendía las súplicas en público. Todos eran libres de asistir. Ella habría podido hacerlo, si hubiera tenido una queja. Lo pensó y llegó a la desalentadora conclusión de que no la tema. Zabdas no abusaba de ella. Le daba lo necesario. Si ya no la visitaba en el lecho, ¿qué podía esperar una mujer de noventa años, aunque le hubiera dado un hijo que aún vivía? La sola idea era obscena.

Zabdas pidió una audiencia privada y el cadí se la concedió. Los dos se sentaron en la casa de Mitkhal ibn Dirdar y bebieron zumo de granada helado mientras hablaban, sin prestar atención al eunuco que los servía; pero éste tenía conocidos fuera, quienes a su vez conocían a otras personas.

—Sí, claro que puedes divorciarte de tu esposa —dijo Mitkhal—. Es fácil de hacer. Sin embargo, bajo la Ley ella retiene toda la propiedad que le pertenecía, y entiendo que ella aportó una buena cantidad al matrimonio. En todo caso, debes velar para que ella no quede desvalida ni carezca de protección. —Y añadió juntando los dedos—. Más aún, ¿deseas ofender a sus parientes?

—La buena voluntad de Hairan vale poco hoy en día —replicó Zabdas—. Sus negocios andan mal. Los demás hijos de Aliyat, los de su primer matrimonio, apenas la reconocen. Pero los requerimientos que tú describes podrían causar inconvenientes.

Mitkhal lo miró de hito en hito.

—¿Por qué deseas librarte de esta mujer? ¿Qué falta ha cometido?

—Orgullosa, resentida, huraña… No —reconoció Zabdas, intimidado por esa mirada—. No puedo, con franqueza, decir que sea contumaz.

—¿No te ha dado un hijo?

—Una niña. Los dos anteriores murieron pronto. La niña es menuda y enfermiza.

—Es poco fundamento para una acusación, amigo mío. La simiente vieja da frutos frágiles.

Zabdas optó por entender mal.

—Vieja, sí, pero ¡por el Profeta! He consultado. Debí hacerlo antes, pero… señor, ella raya en los cien años.

Los labios del cadí formaron un silencioso silbido.

—Y sin embargo…, uno oye rumores… ¿Acaso no es atractiva? Y tú me dices que conserva la salud y la fertilidad.

Zabdas se inclinó hacia delante. La luz del sol se filtraba por el enrejado de una ventana moteándole la calva. Detrás de patillas ralas, las verrugas del cuello se le hincharon cuando graznó con voz ronca.

—¡Es antinatural! Hace poco perdió un par de dientes y yo creí que al fin, al fin… Pero le están creciendo otros nuevos, como si fuera una criatura de seis o siete años. Debe de ser una bruja, o un ifrit, un demonio, o… Eso es lo que solicito. Eso es lo que pido, una investigación, la certeza de que puedo librarme de ella sin… sin temer su venganza. ¡Ayúdame!

Mitkhal alzó la palma.

—Un momento —dijo con suavidad—. Cálmate. En verdad tenemos aquí una maravilla. Pero todas las cosas son posibles para Dios el Omnipotente. Ella no ha sido impía ni pecaminosa, ¿verdad? Tal vez hayas hecho bien en mantenerla recluida, puesto que tú, el esposo, sentías este terror. Si la historia se difundiera y cundiese el pánico, quizá la hubieran atacado en las calles. Ten cuidado con eso. —Y añadió severamente—: Los antiguos patriarcas vivieron hasta cerca de los mil años. Si Dios el Omnipotente cree oportuno permitir que Aliyat viva hasta los cien sin envejecer, ¿quiénes somos para cuestionar Su voluntad o adivinar Su propósito?

Zabdas agachó la cabeza. Los pocos dientes que le quedaban castañeteaban.

—No obstante… —murmuró.

—Mi consejo es que la conserves mientras no te haga daño, pues ello es justicia para tu esposa y prudencia para ti. Mi decreto según la Ley, es que no le hagas daño cuando ella no te ha causado ninguno, ni presentes acusaciones infundadas. —Mitkhal cogió su copa, bebió, sonrió—. Pero, si acostarte con un vejestorio te parece indecente, tuya es la opción. ¿Has pensado en tomar una segunda esposa? Se te permiten cuatro, además de las concubinas.

Zabdas se aplacó. Guardó silencio un instante, mirando un rincón del cuarto. Luego sonrió y murmuró:

—Agradezco a mi señor su sabio y misericordioso juicio.


9

<p>9</p>

Un buen día llamó a Aliyat a su oficina.

Era una cámara desnuda y estrecha. Una ventana daba al patio interior, pero era demasiado alta para que se vieran el agua o las flores. Había un nicho vacío que otrora había albergado la figura de un santo. En el otro extremo, una tarima sostenía una mesa llena de cartas, documentos y materiales para escribir. Él estaba sentado detrás, en un banco. Aliyat entró. Él dejó a un lado una crujiente hoja de papiro y señaló el suelo. Ella se acuclilló sobre los mosaicos desnudos. Se hizo un silencio.

—¿Bien? —dijo Zabdas.

—¿Cuál es el deseo de mi señor? —le preguntó mientras mantenía los ojos bajos.

—¿Qué tienes que decir en tu defensa?

—¿De qué debe defenderse tu esclava?

—¡No te burles de mí! —gritó Zabdas—. Estoy harto de tu insolencia. Ahora has abofeteado a mi esposa. Es demasiado.

Aliyat alzó los ojos y le sostuvo la mirada.

—Suponía que Furja vendría lloriqueando a verte. ¿Qué historia se ha inventado? Tráela y déjame oírla.

Él descargó un puñetazo en el escritorio.

—Yo arreglaré esto. Yo soy el amo. Trato de ser amable. Te doy la oportunidad de explicar por qué no debo azotarte.

Ella contuvo el aliento. Lo había sospechado desde el principio, y había tenido un par de horas para ordenar las ideas.

—Mi señor debe saber que su nueva esposa y yo somos proclives a reñir. —Criatura estúpida, servil, despreciable, siempre procurando obtener los favores del hombre y dominar el harén—. Lamento que sea así. Está mal. —Le disgustaba pero tenía que decirlo—. Me insultó de modo intolerable. Le pegué una vez, con la mano abierta, entre las costillas. Ella rompió a llorar y echó a correr… hacia ti, que tienes asuntos más importantes que atender.

—A menudo ha venido con quejas. La has fastidiado desde que entró en mi casa.

—No pido más que el respeto debido a tu primera esposa, mi señor. —No me transformaré en una esclava, una perra, una cosa.

—¿Cuál fue ese insulto? —preguntó Zabdas.

—Es una infamia. ¿Debo ponerlo en mis labios?

—Descríbelo.

—Ella gritó que yo conservaba mi aspecto y mi fortaleza por… medios cuya descripción no se puede repetir en compañía decente.

—¿Estás segura? Las mujeres tienen memoria frágil.

—Supongo que si la llamaras para preguntarle, ella lo negaría. No es su primera mentira.

—La palabra de una contra la de otra —suspiró Zabdas—. ¿Qué debe creer un hombre? ¿Cuándo hallará paz para realizar su trabajo? ¡Mujeres!

—Creo que también los hombres perderían los estribos si estuvieran siempre encerrados sin nada que hacer —dijo Aliyat, pues tenía poco que perder.

—Si he decidido no… molestarte, ha sido por consideración a tu edad.

—¿Y la tuya, señor? —se atrevió a murmurar Aliyat.

Zabdas palideció. Las manchas pardas de la piel se volvieron muy visibles.

—¡Furja no me encuentra deficiente!

No todas las noches del mes, pensó Aliyat. Y, con repentina y sorprendente piedad: teme que su inquietud ante mí lo prive de la virilidad; y en verdad es probable que ese temor surta tal efecto, se dijo.

Pero se estaban acercando a un terreno peligroso. Ella retrocedió:

—Ruego el perdón de mi señor. Sin duda parte de la culpa es mía, de su servidora. Simplemente deseaba explicarle por qué hay riñas en su harén. Si Furja me demuestra cortesía, haré lo mismo.

Zabdas se frotó la barbilla y miró a lo lejos. Aliyat tuvo la turbadora sensación de que él había estado aguardando esta oportunidad. Al fin la miró y dijo con voz tensa:

—La vida era diferente para ti cuando eras joven. A los viejos les cuesta cambiar. Al mismo tiempo, el vigor que conservas te impide resignarte. ¿Estoy en lo cierto?

Ella tragó saliva.

—Mi señor dice la verdad —respondió, sorprendida de que él demostrara alguna comprensión.

—Y he oído que ayudabas a tu primer esposo en sus negocios —continuó.

Ella sólo pudo asentir.

—Bien, he pensado mucho en ti, Aliyat —dijo Zabdas con más prisa—. Mi deber ante Dios es brindarte bienestar, y eso incluye el de tu espíritu. Si el tiempo, se ha vuelto vacío para ti, si nuestra hija no es suficiente… bien, quizá podamos encontrar algo más.

El corazón de Aliyat dio un vuelco. La sangre le martilleó las sienes. De nuevo Zabdas miró a lo lejos.

—Lo que tengo en mente es irregular —dijo con cautela—. No viola la Ley, por supuesto, pero causaría habladurías. Estoy dispuesto a correr este riesgo por ti, pero debes cumplir tu parte. Debes actuar con suma discreción.

—¡Lo que ordene mi señor!

—Será un comienzo, una prueba. Si haces bien tu labor, quién sabe cómo seguiremos. Pero escucha… —agitó el índice—. En Emesa hay un joven, un pariente lejano mío, que ansia iniciarse en el negocio. Su padre quedará complacido si lo invito aquí y le instruyo. Pero yo no tengo tiempo para enseñarle los pormenores, las reglas y costumbres y tradiciones propias de Tadmor, así como los problemas prácticos…, especialmente cuando se trata de embarques, de tratar con caravaneros. Podría designar a uno de mis hombres para que lo instruya, pero no puedo prescindir de nadie. Sin embargo, supongo que tú lo recordarás. Desde luego, la discreción es esencial.

Aliyat se postró.

—¡Confía en mí, mi señor! —sollozó.


10

<p>10</p>

Bonnur era alto, de hombros anchos y cintura delgada. Su barba era apenas un velo de seda sobre rasgos delicados, pero sus manos tenían una fortaleza viril. Tenía los ojos y los movimientos de una gacela. Aunque era cristiano, Zabdas lo recibió cordialmente antes de indicarle que buscara una cama entre los demás jóvenes que trabajaban y estudiaban allí.

Un año antes, el mercader había comprado un edificio más pequeño, contiguo a la casa. Contrató peones para levantar paredes y un techo que unieran ambas viviendas, luego derrumbó las separaciones para hacer una sola casa. Así tendría más oficinas, depósitos y alojamiento para el nuevo personal; sus negocios eran prósperos. Hacía poco había ordenado detener la construcción. Declaraba que era conveniente esperar a ver qué efecto tenía la actual conquista de Persia sobre el tráfico con la India. El anexo estaba pues sin muebles, desocupado, polvoriento y silencioso.

Cuando Zabdas la condujo allí, Aliyat se sorprendió de encontrar una habitación apartada, limpia y ordenada. Una sencilla pero gruesa alfombra de lana suavizaba el suelo. La alta ventana estaba flanqueada por colgaduras. En una mesa había una jarra de agua, tazas, papiro, tinta, plumas. Dos tabú- retes aguardaban, y Bonnur. Aunque ya se lo habían presentado, a Aliyat se le aceleró el pulso.

Él hizo una profunda reverencia.

—Poneos cómodos —dijo Zabdas con inusitada cordialidad—, poneos cómodos, queridos míos. Si hemos de actuar con cierta irregularidad, al menos disfrutemos de ello. —Dio una vuelta por la habitación, sin dejar de hablar—: Para que mi esposa te explique las cosas, Bonnur, y para que tú hagas preguntas, necesitáis libertad. No soy el sujeto insulso por quien me toma la gente. Sé que las costumbres y sutilezas de una ciudad no se pueden registrar en los libros ni analizar como una frase. Las miradas y risitas, los constreñimientos que sentiríais, si os pusierais a hablar delante de cualquier necio, os sujetarían la lengua y la mente. La tarea se volvería ardua, prolongada, tal vez imposible. Y por cierto, me considerarían un excéntrico por impulsaros a ella. Los hombres se preguntarían si no empiezo a delirar. Eso sería malo para el comercio.

»De ahí este retiro. En los momentos que yo considere oportunos, cuando tus servicios no se requieran en otra parte, Bonnur, te lo haré saber. Abandonarás la casa y entrarás en este sector por la puerta trasera, por la calleja del fondo. Y a ti te daré una señal, Aliyat. Vendrás directamente aquí. De hecho, a veces vendrás aquí para estar sola. Deseabas ayudarme; muy bien, puedes examinar los informes y cifras que te daré, sin molestias, y darme tu opinión. Esto lo sabrán todos. En otras ocasiones, sin que lo sepa nadie más, te encontrarás con Bonnur.

—¡Pero señor! —exclamó el joven, ruborizándose—. ¿La señora y yo y nadie más? Sin duda una criada, un eunuco o… o…

Zabdas meneó la cabeza.

—Tus objeciones te honran —replicó—. Sin embargo, un observador atentaría contra mi propósito, que es darte a conocer las condiciones de Tadmor al tiempo que se evitan burlas e insinuaciones. —Los miró a ambos—. Sin duda puedo confiar en un pariente y en mi primera esposa. —Con una fugaz sonrisa—: A fin de cuentas, ella tiene más edad de la habitual.

—¿Qué? —exclamó Bonnur—. ¡Señor, bromeas! El velo, la bata, no pueden ocultar…

—Es verdad —declaró Zabdas con voz sibilante—. Ella misma te lo dirá, junto con otras cosas menos llamativas.


11

<p>11</p>

Se acercaba el poniente.

—Bien —dijo Aliyat—, será mejor que lo dejemos. Tengo otros deberes.

—También yo. Y debo reflexionar sobre lo que me has revelado en esta ocasión —dijo Bonnur, arrastrando la voz.

Ninguno de los dos se levantó de los taburetes donde estaban sentados. De pronto, él se sonrojó, agachó la mirada y exclamó:

—Mi señora tiene… tiene una extraordinaria inteligencia.

Fue casi como una caricia.

—No, no —objetó ella—. En una larga vida, aun una persona estúpida aprende algo.

Notó que Bonnur rompió una barrera para mirarla a los ojos.

—Es difícil creer que seas vieja.

—Llevo bien mis años. —¿Cuántas veces había repetido esa frase? Cuan mecánica se había vuelto. —Todo lo que has visto… —siguió impulsivamente—: El cambio de fe. ¡Te obligaron a alejarte de Cristo!

—No tengo nada que lamentar.

—¿De veras? ¿Ni siquiera la libertad que has perdido, la libertad que han perdido tus amigos, la simple libertad de mirarte…?

Por un instante ella quiso silenciarlo. Nada cubría la puerta salvo una cortina de abalorios. Sin embargo, la cortina ahogaba un poco el sonido, y más allá se extendían corredores y habitaciones desiertas hasta la parte habitada, y él había hablado en voz baja y gutural, mientras las lágrimas le brillaban en las pestañas.

—¿A quién le interesa ver a una vieja? —exclamó Aliyat, sabiendo que lo estaba provocando.

—¡No lo eres! No tendrías que ocultarte detrás de ese velo. Lo noté cuando olvidaste encorvarte y simular temblores.

—Parece que me has observado con atención —dijo ella, combatiendo un mareo.

—No puedo evitarlo —confesó Bonnur.

—Sientes demasiada curiosidad. —Como si otra criatura le guiara la lengua y las manos—: Será mejor que la aplaquemos. Observa.

Se apartó elyashmak. Él suspiró. Ella se lo puso de nuevo y se levantó.

—¿Estás satisfecho? Guarda silencio, o tendremos que suspender estas reuniones. A mi señor no le agradaría eso.

Se marchó, y su hija le salió al encuentro en el harén.

—Mamá, ¿dónde estabas? Gutne no me deja jugar con el león de paño.

Aliyat trató de armarse de paciencia. Tenía que amar a esa niña. Pero Thirya era quejumbrosa, enfermiza y se parecía a su padre.


12

<p>12</p>

A veces la monotonía de los días se quebraba, cuando Zabdas daba a Aliyat materiales para estudiar y preparar informes. En ese cuarto apartado, ella trataba de comprender lo que leía, pero las palabras se le escapaban reptando como gusanos. Dos veces se encontró allí con Bonnur. La segunda vez se quitó el velo desde el principio, y llevaba una bata de tela ligera.

—El calor es agobiante —le dijo—, y soy sólo una abuela, no, una bisabuela.

No avanzaron demasiado. A menudo se hacía un silencio entre ambos.

Los días pasaron muy lentamente, y ella perdió la cuenta. ¿Qué importaba el número? Cada cual era igual al anterior, salvo por riñas y molestias y, de noche, sueños. ¿Satanás inducía algunos de ellos? En tal caso, le estaba agradecida.

Luego Zabdas la llamó a su oficina.

—Tus consejos se han vuelto inservibles —gruñó—. ¿Al fin empiezas a chochear?

Ella contuvo la furia.

—Lamento, mi señor, que últimamente no se me haya ocurrido ninguna idea. Trataré de mejorar.

—¿De qué vale? Ya no sirves para nada. Furja, en cambio, entibia mi cama, y sin duda pronto dará fruto. —Zabdas agitó la mano con desdén—. Bien lárgate. Ve a esperar a Bonnur. Te lo mandaré. Tal vez al menos puedas persuadirlo de enmendar sus hábitos soñadores. Por todos los santos… Por las barbas del Profeta, lamento mis promesas a ambos.

Aliyat atravesó la parte vacía de la casa apretando los puños. En el cuarto de reuniones caminó de un lado a otro. Era una jaula. Se detuvo ante la ventana y miró a través del enrejado. Desde allí veía el antiguo templo de Bel. El sol furibundo desteñía la piedra caliza. Los capiteles de bronce de las columnas del pórtico ardían. El calor hacía temblar los bajorrelieves del santuario. Durante mucho tiempo había estado en desuso, vacío como ella. Ahora lo estaban restaurando. Había oído de cuarta o quinta mano que los árabes planeaban transformarlo en fortaleza.

¿Pero esas potestades estaban totalmente muertas? Bel de la tormenta, Jarhibol del sol, Aglibol de la luna, Ashtoreth de la concepción y el nacimiento, de terrible belleza, la que había descendido al infierno para recobrar a su amante: invisibles, caminaban por la tierra sin ser vistos; gritaban desde el cielo sin ser oídos; el mar que Aliyat nunca había conocido le tronaba en el pecho.

Una pisada, un chasquido de abalorios. Se dio media vuelta. Bonnur se paró en seco. Brillaba de sudor. Aliyat sintió el olor en el calor y el silencio, olor de hombre. Estaba húmeda con su propia transpiración; se le pegaba el vestido.

Se desató el velo y lo arrojó al suelo.

—Mi señora —dijo él con voz sofocada—, oh, mi señora.

Aliyat avanzó. Sus caderas se meneaban con vida propia. Jadeaba.

—¿Qué quieres de mí, Bonnur?

Los ojos de gacela se movían de izquierda a derecha, arrinconados.

Bonnur retrocedió un paso, alzó las manos para defenderse.

—No —suplicó.

—¿No qué? —rió ella. Se plantó ante Bonnur y él tuvo que encararse a su mirada—. Tenemos cosas que hacer, tú y yo.

Si es sabio, estará de acuerdo. Se sentará y me preguntará cuál es el mejor modo de regatear con un caravanero. No le dejaré ser sabio.


13

<p>13</p>

—Tengo asuntos en Tripolis —dijo Zabdas—. Tal vez me demore unas semanas. Iré con Nebozabad, quien partirá dentro de pocos días.

Aliyat se alegró de haberse dejado el velo para ir a su oficina.

—¿Mi señor desea informarme de qué asunto se trata?

—No tiene sentido. Tus consejos ya no sirven, al igual que el resto. Te informo en privado para decirte lo que es obvio, que en mi ausencia debes permanecer en el harén y ocuparte de los asuntos propios de una esposa.

—Desde luego, mi señor.

Ella y Bonnur ya habían pasado dos tardes juntos.


14

<p>14</p>

Thirya se despertó.

—Mamá…

Aliyat contuvo su furia.

—Calla, querida —susurró—. Duérmete. —Y tuvo que esperar mientras la niña se movía y gemía, hasta que al fin la cama se aquietó.

¡Al fin!

Sus pies la guiaron por la oscuridad. Se aferró la bata por si rozaba algo. Pensó: Así abandonan sus tumbas los muertos sin reposo. Pero ella iba hacia la vida. Ya sentía fluir sus calientes jugos. Su olfato bebía el aroma de cedro de su deseo. Nadie más se despertó, y un harén tan pequeño y austero no tenía guardias. Sus dedos palparon las paredes, guiándola, hasta que la llevaron al último corredor. No, no corras, no hagas ruidos innecesarios. Las cuentas de la puerta de abalorios la rodearon como serpientes. La ventana enmarcaba estrellas. Una fresca brisa del desierto soplaba desde allí. Se le aceleró el pulso. Se quitó la bata y la arrojó a un lado.

Bonnur fue hacia ella. Los pies de Aliyat rozaron la alfombra.

—Aliyat. —El ronco susurro le retumbó en la cabeza. Bonnur tropezó, tumbó un taburete, jadeó. Ella ahogó una risa y se le acercó.

—Sabía que vendrías, amado —canturreó. Los brazos de él la estrecharon y Aliyat lo apretó contra sí, metiéndole la lengua entre los labios.

Bonnur la tendió sobre la alfombra, Aliyat pensó que debía tener cuidado de no mancharla, él soltó un gruñido de satisfacción mientras ella lo acariciaba.

La luz de una lámpara los cegó.

—¡Mirad! —graznó Zabdas.

Bonnur se apartó de Aliyat. Ambos se irguieron, retrocedieron, se levantaron. La lámpara se mecía en la mano de Zabdas, arrojando sombras deformes contra la pared. Ella lo vio en fragmentos: ojos, nariz, dientes húmedos, arrugas, odio. Lo flanqueaban sus dos hijos varones, con espadas desenvainadas. El acero centelleaba.

—¡Hijos, capturadlos! —gritó Zabdas.

Bonnur retrocedió alzando las manos como un mendigo.

—No, amo, mi señor, no.

Aliyat comprendió de golpe: Zabdas lo había planeado desde el principio. No pensaba ir con la caravana. Los tres aguardaban en otra habitación, con la luz tapada, sabiendo lo que ocurriría. Ahora se libraría de ella, se quedaría con su propiedad y creería que ni siquiera un ifrit —o cualquier otra criatura inhumana por quien la tomara— escaparía al castigo por adulterio.

Una vez habría recibido con agrado ese final. Pero la fatiga de los años se había consumido.

—¡Pelea, Bonnur! —gritó—. ¡Nos encerrarán en un saco y nos lapidarán! —Le apoyó las manos en la espalda y lo empujó hacia delante—. ¿Eres hombre? ¡Sálvanos!

Él gritó y brincó. Un hombre agitó la espada, pero erró por falta de práctica. Bonnur le cogió ese brazo con una mano y le asestó un puñetazo en la nariz. El segundo avanzó torpemente, temiendo herir al hermano. Los contrincantes dejaron atrás a Aliyat, manchándola de sangre. Aliyat se apartó de ellos.

Zabdas le cerraba el paso. Aliyat arrebató el farol de las débiles manos del viejo y lo arrojó al suelo. El aceite brincó en llamas amarillas. Zabdas se tambaleó. Gritó cuando el fuego le lamió el tobillo.

Aliyat atravesó la cortina de abalorios, corrió por el pasillo, bajó la escalera, salió por la puerta del fondo y fue por el callejón hasta las calles fantasmales. La Puerta de Filipo permanecía abierta después del anochecer cuando se preparaba una caravana. Con cuidado y sigilo, podría pasar sin ser vista por los centinelas.

—¡Oh, Bonnur!

Pero no le quedaban lágrimas ni aliento para él, todavía no, no si quería sobrevivir.


15

<p>15</p>

Desde la caravana, al mirar atrás, se veía el primer destello del sol en las torres de Tadmor. Treparon por el valle y salieron a la estepa. Adelante el cielo se iluminó hasta que se esfumaron las últimas estrellas.

Las señales humanas fueron escasas en ese día de viaje. Cuando Nebozabad dejó la carretera romana para cortar camino por el desierto, siguieron una senda trazada por las generaciones que habían viajado antes por el mismo sitio. Al anochecer, Nebozabad ordenó un alto ante un lago fangoso donde podían abrevar los caballos. Los hombres se conformaron con lo que habían llevado en sus sacos de piel, los camellos con los secos arbustos que encontraron.

En medio del bullicio y el ajetreo, el jefe de la caravana se acercó a un conductor.

—Cogeré ese fardo ahora, Hatim —le dijo. El otro sonrió. Como la mayoría de sus colegas, consideraba que el contrabando formaba parte del oficio y nunca hacía preguntas innecesarias.

El fardo era en realidad un bulto largo atado con cuerdas, insertado en el cargamento que llevaba el camello. El esclavo de Nebozabad lo llevó hasta la tienda del amo, lo dejó en el suelo, hizo una reverencia y salió para impedir que entraran extraños. Nebozabad se arrodilló, deshizo los nudos, desató el paño.

Aliyat se incorporó. El sudor le pegaba el pelo y el djellabab que él le había prestado al sinuoso cuerpo. Tenía los ojos hundidos y los labios cuarteados. Pero una vez que él le dio agua y un bocado, se recobró con turbadora rapidez.

—Habla en voz baja —advirtió Nebozabad—. ¿Cómo te ha ido? —Sufrí el calor y el polvo y los barquinazos —respondió ella con voz más sedosa que ronca—, pero te lo agradeceré eternamente. ¿Vino una partida en mi busca?

Él hizo un gesto de asentimiento.

—En cuanto nos fuimos. Algunos soldados árabes, malhumorados… Supongo que Zabdas se ganó su mala voluntad por despertar al cadí. Estaban somnolientos y apáticos. No era preciso ocultarte tan bien.

Ella estaba sentada con las rodillas juntas. Suspiró, se pasó los dedos por las trenzas apelmazadas y le obsequió una sonrisa que brillaba en el fulgor de la lámpara.

—Has cuidado de mí, querido amigo.

Nebozabad, con las piernas cruzadas ante ella, frunció el ceño.

—Fui imprudente. Podría costarme la cabeza, y tengo una familia en que pensar.

Ella le acarició los dedos.

—Preferiría morir antes que causarte daño. Dame agua y un poco de pan y me marcharé por el desierto.

—¡No, no! —exclamó él—. Eso significaría una muerte más lenta. A menos que te hallaran los nómadas, lo cual sería aun peor. No, puedo llevarte. Te arroparemos con prendas amplias, te mantendremos aparte y no hablarás. Diré que eres un joven pariente que pidió que lo llevara a Tripolis. —Sonrió sin convicción—. Quienes duden del parentesco se reirán a mis espaldas. Bien, así sea. Compartirás mi tienda mientras dure el viaje.

—Dios te lo pague, si yo no puedo hacerlo. Barikai intercederá por tu alma desde el paraíso.

Nebozabad se encogió de hombros.

—Me pregunto de qué servirá, cuando estoy colaborando en la fuga de una adúltera confesa. A ella le tembló la boca. Una lágrima le humedeció el sudor y el polvo que le manchaban las mejillas.

—Pero está bien —se apresuró a añadir Nebozabad—. Me has contado qué crueldades te sacaron de tus cabales.

Él le cogió una mano y la aferró. Se aclaró la garganta.

—Pero debes entender, Aliyat, que no puedo hacer más por ti. En Tripolis debo dejarte, con las pocas monedas que pueda ofrecerte, y luego estarás sola. Si me acusan de haberte ayudado, lo negaré todo.

—Y yo negaré que te vi. Pero no temas. Me esfumaré.

—¿Adonde irás? ¿Cómo vivirás sin ayuda?

—Lo haré. Ya tengo noventa años. Mira. ¿Me han dejado alguna marca?

Él miró, sorprendido.

—No —murmuró—. Eres extraña, extraña.

—No obstante… sólo una mujer. Nebozabad, puedo hacer algo para pagar parte de tu generosidad. Lo único que puedo ofrecer son recuerdos, pero podrás llevarlos a casa contigo.

Nebozabad se quedó inmóvil.

Aliyat se le acercó.

—Es mi deseo —susurró—. También serán mis recuerdos.


16

<p>16</p>

Y son muy gratos, pensó ella cuando él estaba durmiendo. Casi envidió a la esposa.

Hasta que él envejeciera, y ella. A menos que una enfermedad se llevara a uno o al otro. Aliyat nunca había estado enferma. Sus carnes habían olvidado los ultrajes del día y de la noche que había pasado. La dominaba una agradable languidez, pero se excitaría de inmediato si él llegaba a despertar.

Sonrió en la oscuridad. Debía dejarlo descansar. Deseaba salir a caminar un rato bajo la luna y las altas estrellas del desierto. No, demasiado arriesgado. Debes esperar. Esperar. Había aprendido.

Sintió una punzada de dolor. Pobre Bonnur. Pobre Thirya. Pero si se daba el lujo de llorar por los que vivían poco, no dejaría de llorar nunca. Pobre Tadmor. Pero una nueva ciudad esperaba adelante, y más allá todo el mundo y el tiempo.

Una mujer que no envejecía tenía al menos un recurso para seguir viviendo en libertad.


V. Ningún hombre escapa a su destino

1

2

<p>V. Ningún hombre escapa a su destino</p>

Se cuenta en la saga de Olaf Tryggvason que Nornagest fue a verlo cuando estaba en Nidharos y permaneció un tiempo en la residencia del rey; pues muy maravillosas eran las historias que conocía Gest Una noche tras otra, mientras el año se arrastraba hacia el invierno, los hombres se sentaban a escuchar junto al fuego. Escuchaban historias de tiempos pasados y de los confines del mundo. A menudo Nornagest cantaba estrofas, pues era un escaldo y sabía acompañar las palabras con arpa, al estilo inglés. Algunos mascullaban que debía de ser un embustero, preguntándose cómo un hombre podía haber viajado o ser tan viejo. Pero el rey Olaf los silenciaba y escuchaba con atención.

—Yo vivía en una granja de las tierras altas —acababa de decir Gest—. Mi último hijo murió, y de nuevo estaba harto de mi morada, más harto que nunca, señor. Me llegaron noticias tuyas, y he venido para ver si son ciertas.

—Las buenas noticias que has oído son ciertas —respondió el sacerdote Conor—. Por la gracia de Dios, él está trayendo un nuevo día a Noruega.

—Pero tu primer día amaneció ya hace mucho tiempo, ¿eh, Gest? —musitó Olaf—. Hemos oído hablar de ti una y otra vez, aunque sólo tus vecinos de las montañas te han visto durante muchos años, y yo creía que estabas muerto. —El forastero era un hombre alto y delgado de espalda recta, pelo y barba gris, pero con pocas arrugas sobre los fuertes huesos de la cara—. No has envejecido.

—Soy más viejo de lo que parezco, señor —suspiró Gest.

—Nornagest: Huésped de las Nornas. Un apodo extraño y pagano —dijo lentamente el rey—. ¿Cómo te lo has ganado?

—Tal vez no quieras saberlo.

Y Gest cambió de tema.

Conocía muy bien ese arte. Una y otra vez, Olaf lo exhortaba a aceptar el bautismo y salvarse. Pero el rey no hacía amenazas ni ordenaba su muerte, como hacía con la mayoría de los obstinados. Las historias de Gest eran tan cautivadoras que deseaba retener allí a ese vagabundo.

Conor insistía, y buscaba a Gest casi a diario. El sacerdote cumplía celosamente con su deber. Había ido a ver a Olaf cuando el rey navegó de Dublín a Noruega, derrocó a Hákon Jarl y conquistó la comarca. Ahora el rey llamaba a misioneros de Inglaterra y Alemania, así como de Irlanda, y quizá Conor se sentía un poco excluido.

Gest lo escuchaba con gravedad y respondía con suavidad.

—No desconozco a tu Cristo —le dijo—. A menudo me he topado con él, o con sus adoradores. No reverencio a Odín ni a Thor. —Sonrió con escepticismo.— He conocido a demasiados dioses.

—Pero éste es el Dios único y verdadero —le replicó Conor—. No te resistas, o te perderás. Dentro de pocos años habrán transcurrido mil desde Su nacimiento entre los hombres. Entonces regresará, pondrá fin al mundo y levantará a los muertos para juzgarlos.

Gest miró a lo lejos.

—Ojalá pudiera creer que veré de nuevo a mis muertos —susurró, y dejó que Conor siguiera hablando.

Sin embargo, al anochecer, después de las carnes, cuando se llevaban las mesas del salón y las mujeres traían los cuernos para beber, Gest hablaba de otras cosas. Contaba relatos, cantaba versos, respondía preguntas. Una vez un par de guardias hablaron de la gran batalla de Bravellir.

—Mi antepasado Grani de Bryndal estuvo entre los islandeses que lucharon contra el rey Sigurdh Anillo —alardeó uno—. Avanzó tanto que pudo ver la caída del rey Harald Diente de Guerra. Ni siquiera Starkadh tuvo fuerzas para salvar a los daneses ese día.

—Perdona —intervino Gest—. No hubo islandeses en Bravellir. Los escandinavos aún no habían descubierto esa isla.

El guerrero se enfadó.

—¿Nunca has oído el poema que compuso Starkadh? —replicó—. Menciona todas las hazañas que ambos bandos hicieron durante la refriega.

Gest meneó la cabeza.

—Lo he oído, y no te llamo embustero, Eyvind. Tú cuentas lo que te contaron. Pero Starkadh nunca compuso ese poema. El autor fue otro escaldo, mucho después, y lo puso en labios del rey. La batalla de Bravellir… —Se interrumpió para recordar mientras las llamas siseaban y crepitaban—. ¿Fue hace trescientos años? Lo he olvidado.

—¿Quieres decir que Starkadh no estuvo allí, y tú sí? —se burló el guardia.

—Oh, estuvo —dijo Gest—, aunque no era como en las historias que hoy cuentan los hombres, ni estaba cojo, viejo y medio ciego cuando al fin encontró la muerte.

De nuevo se hizo el silencio. El rey Olaf escrutó las fluctuantes sombras antes de preguntarle:

—¿Entonces lo conociste?

Gest asintió.

—En efecto. Lo conocí justo después de Bravellir.

<p>1</p>

Su cayado era una lanza, pues ningún hombre viajaba desarmado en el norte; pero en el hatillo llevaba un arpa enfundada, y no dañaba a nadie. Cuando encontraba una casa al anochecer, dormí allí, pagando la hospitalidad con canciones y relatos y noticias del exterior. De lo contrario, se arropaba en la manta y al amanecer bebía en un manantial o un arroyo o comía el pan y el queso que le había dado el último anfitrión. Así había viajado la mayor parte de sus años, de un confín al otro del mundo.

Era un día fresco bajo un cielo borroso donde escaseaban las nubes y el sol giraba hacia el sur. Los bosques que rodeaban las colinas de Gautlandia guardaban silencio. Los abedules habían empezado a amarillearse, y el verde de los robles y encinas era menos brillante. Oscuros abetos se erguían entre ellos. Grosellas maduras relucían en la sombra. El olor de la tierra y la humedad impregnaba el aire.

Gest oteó desde el risco al que había trepado. Abajo, la tierra rodaba hasta un horizonte desleído. En general era terreno boscoso, pero prados y campos arados asomaban aquí y allá. Vio un par de casas empequeñecidas por la distancia; penachos de humo adornaban los tejados. En las cercanías un arroyo rutilante corría hacia un lago que brillaba en la distancia.

Se había alejado tanto del campo de batalla que los destrozos y los muertos resultaban borrosos. Aves carroñeras sobrevolaban el lugar, una negrura giratoria que también se había vuelto diminuta. Apenas podía oír los gritos. A veces el aullido de un lobo se elevaba y quedaba suspendido sobre las colinas antes de morir entre ecos.

Los supervivientes se habían retirado rumbo a sus hogares. Llevaban consigo a los parientes y amigos heridos, pero apenas habían podido echar unos terrones sobre los caídos que conocían. Un grupo con el que Gest se había cruzado esa mañana afirmaba que el rey Sigurdh, en resguardo de su propio honor, se había llevado el cuerpo de su enemigo el rey Harald para ofrecerle dignos funerales en Upsala.

Gest se apoyó en su lanza, menó la cabeza y sonrió tristemente ¿Cuántas veces había visto esto, después de que los jóvenes embistieron para perder la vida? No lo sabía. Había perdido la cuenta en el desierto de los siglos. O bien nunca había tenido ánimo para llevar la cuenta, ya no sabía cuál de ambas cosas. Como siempre, sintió la necesidad de brindar una despedida, lo único que él o cualquier otro podía ahora brindar a esos jóvenes.

No fue un drapa lo que acudió a sus labios. Las palabras eran nórdicas para que los muertos las entendieran si podían oírlas, pero no tenía deseos de elogiar el valor y evocar hazañas violentas. La forma poética que escogió procedía de un País del oriente donde gente baja de ojos rasgados sabía mucho y confeccionaba objetos de gran belleza, aunque también allá la espada causaba estragos.

Al morir el verano, el frío teñirá las hojas de sangre. ¿Adónde volarán los gansos? Esta tierra ya enrojeció mientras el viento llamaba a las almas.

Gest se quedó un rato más, después dio media vuelta y partió. Los daneses con quienes se había cruzado habían podido ver al que él buscaba, quien había ido hacia el este siguiendo a media docena de suecos. Gest había ido a Bravellir y había buscado hasta que su ojo de cazador halló lo que debía de ser un rastro. Era mejor darse prisa. No obstante, mantuvo su paso de todos los días. Parecía lento, pero en una jornada cubría tanto camino como un caballo, o más, y le permitía observar todo.

Estaba en una senda de cazadores. Los reyes se habían enfrentado en Bravellir porque era un ancho prado atravesado por una carretera de norte a sur, a medio camino entre Harald en Escania y Sigurdh en Suecia. La tierra del sendero aún estaba floja. Los seis que seguían ese rumbo debían de enfilar hacia la costa del Báltico, donde se hallaban las naves que los habían traído. Su escaso número indicaba que la batalla había sido atroz. Sería recordada, cantada y exagerada en la memoria de los hombres durante cientos de años. Y aquellos que araban los campos vecinos morirían olvidados.

Los zapatos de Gest se hundían suavemente en el suelo. Las ramas formaban un dosel por donde los rayos del sol penetraban formando charcos de luz e umbrío corredor que tenía delante. Una ardilla trepa un árbol como una llamarada. En alguna parte arrulló una paloma. Crujieron arbustos a la izquierda y una silueta grande y opaca huyó, un alce. Gest dejó que su alma vagara por esos lugares de dulce olor. Entretanto, siguió estudiando los rastros. Era fáci huellas, ramas rotas, telarañas rasgadas, marcas en troncos musgosos donde los hombres se habían sentado a descansar. No eran cazadores profesionales, como él lo había sido buena parte de su vida. Tampoco lo era el que los seguía sin detenerse, acortando la distancia. Esos pies eran enormes.

Pasó el tiempo. Los rayos del sol se volvieron más oblicuos y cobraron un tono dorado. El aire se enfrió.

De pronto, Gest se detuvo. Se inclinó hacia delante, y ladeó la cabeza. Oyó un ruido que le pareció familiar.

Apuró el paso. Al principio sofocado por las hojas, el ruido creció. Vibraciones metálicas y gritos, y pronto crujidos, chasquidos y resuellos. Gest preparó la lanza y avanzó con sigilo.

Había un cadáver en el camino. Había caído en un arbusto que le tapaba el torso. La sangre goteaba de los tallos formando un charco brillante. Le habían abierto un tajo desde el hombro izquierdo hasta el esternón. Le sobresalían trozos de costillas y los pulmones. El sudor le pegaba el pelo rubio a las mejillas lampiñas. El muchacho muerto miraba con ojos vacíos.

Gest se apartó y tropezó con otro cuerpo. En las cercanías, el combate agitaba los arbustos. Entrevió hombres, hierro, sangre y más sangre. Un arma chocaba contra otra, rozaba yelmos, golpeaba escudos de madera. Otro guerrero cayó, el muslo chorreando, pataleando y gritando con un chillido animal. Un cuarto guerrero cayó y quedó tendido entre ortigas. Tenía la cabeza casi arrancada.

Gest se ocultó detrás de un abeto. Lo protegía, pero le permitía ver entre las ramas. Quedaban dos de la banda que el recién llegado había alcanzado y atacado. Como sus compañeros, usaban sólo camisas, chaquetas, pantalones. Si alguno tenía una cota de malla, no se la había puesto a tiempo. La mayoría tenía cascos redondos. Uno llevaba una espada y un escudo, otro un hacha.

El enemigo solitario llevaba una armadura completa, con una cota de malla larga hasta las rodillas, un yelmo cónico con protector nasal, un escudo con borde de hierro en la mano izquierda y una espada descomunal en la derecha. Era enorme: superaba al alto Gest por una cabeza, hombros anchos como el marco de una puerta, brazos y piernas como ramas de roble. Una desaliñada barba negra le caía hasta el pecho.

El par se había recobrado de la sorpresa del ataque. Combatían juntos ladrándose indicaciones. El espadachín se lanzó contra el gigante. Los aceros chocaron, un destello cuando les daba el sol, un borrón cuando se movían hacia abajo o al costado. El sueco recibió un golpe en el escudo y trastabilló, pero conservó su posición y devolvió el golpe. El del hacha se acercó a su enemigo por la espalda.

El hombretón se dio cuenta y con desconcertante rapidez, giró sobre los talones y embistió de costado, esquivando el hachazo. Lanzó una estocada. El otro se tambaleó, soltó el hacha, se miró el antebrazo derecho abierto con el hueso astillado. El gigante dio un brinco, dejándolo atrás. Había una franja de hierba entre él y el otro espadachín. En el linde dio media vuelta y echó a correr hacia su enemigo. Los escudos chocaron con estruendo. El aturdido sueco cayó de espaldas. Atinó a aferrar la espalda y alzar el escudo. El gigante dio un brinco y aterrizó sobre él. El escudo chocó contra las costillas. Gest las oyó crujir. El caído soltó un resuello. El gigante se montó a horcajadas sobre el cuerpo trémulo y lo liquidó de dos tajos.

Miró en torno. El hombre herido echaba a correr, tropezando entre los troncos. El vencedor lo persiguió y lo abatió.

Los chillidos del hombre herido en el muslo se redujeron a un graznido, un gemido, un silencio.

El vencedor soltó una fuerte risotada. Golpeó la espada tres veces contra el suelo, la enjugó en la camisa de un caído y la envainó. Respiró con más calma. Se quitó el yelmo y el gorro, los tiró al suelo, se secó el sudor de la frente con la mano velluda.

Gest salió de detrás del abeto. El gigante cogió la espada envainada. Gest apoyó la lanza en la horqueta de un árbol y extendió las palmas.

—Vengo en son de paz —dijo.

El guerrero permaneció tenso.

—¿Pero estás solo? —preguntó. La voz era como la rompiente en una playa pedregosa.

Gest miró la cara surcada de arrugas, los ojos glaciales y azules, y asintió.

—Estoy solo. Además, después de lo que he visto, creo que Starkadh no necesita tener miedo de nada ni de nadie.

El guerrero sonrió.

—Ah, me conoces. Pero nunca nos hemos visto.

—En el norte todos han oído hablar de Starkadh el Fuerte. Y… te estaba buscando.

—¿De veras? —La sorpresa se transformó en cólera—. Entonces ha sido una cobardía permanecer al margen sin ayudarme.

—No lo necesitabas —dijo Gest con tono conciliador———. Además la batalla ha sido muy rápida. Jamás he visto a alguien tan diestro con las armas.

Complacido, Starkadh habló con voz más cordial.

—¿Quién eres?

—He tenido muchos nombres. En el norte el más frecuente es Gest.

—CY qué quieres de mí?

—Es una larga historia. ¿Puedo antes preguntarte por qué perseguiste y mataste a estos hombres?

Starkadh miró hacia el sol cuya luz formaba haces amarillos entre los árboles que se oscurecían contra el cielo. Movió los labios. Al cabo de un rato asintió con la cabeza, miró de nuevo a Gest y empezó:

Aquí no tendrán hambre los lobos. Harald alimentó los cuervos. Honor ganamos. Sólo Odín nos superó. No tengo cerveza, mas ofrezco a Harald todos estos enemigos. Él nunca fue tacaño. Ahora he demostrado mi gratitud.

Conque era cierto lo que contaban, pensó Gest. Además de ser el mejor guerrero, Starkadh tenía cierto talento como escaldo. ¿Qué otra habilidad tendría?

—Entiendo —convino Gest—. Luchaste por Harald, y deseabas vengar a tu señor caído, aunque guerra ha terminado.

Starkadh asintió.

—Espero haber complacido a su espíritu. Más aún, espero haber complacido a su antepasado, el rey Frodhi, quien fue el mejor de los señores y nunca me escatimó el oro ni las armas ni otras cosas de valor.

Gest sintió un cosquilleo en la espalda.

—¿Te refieres a Frodhi Fridhleifsson de Dinamarca? Dicen que Starkadh pertenecía a su linaje. Pero él murió hace generaciones.

—Soy más viejo de lo que parezco —respondió. Starkadh con renovada hosquedad y le recorrió un estremecimiento—. Después de un día tan ajetreado, estoy sediento. ¿Sabes dónde hay agua?

—Sé cómo encontrarla, si vienes conmigo —dijo Gest—. ¿Pero qué pasa con estos cadáveres?

Starkadh se encogió de hombros.

—No soy cuervo para limpiarles los huesos. Dejémoslos para las hormigas. —Las moscas revoloteaban sobre ojos ciegos, lenguas resecas y sangre coagulada. El tufo era nauseabundo.

Gest estaba habituado a ese espectáculo pero siempre se alegraba de dejarlo atrás, y trataba de no pensar en las viudas, los hijos, las madres. Las vidas que había compartido eran breves, apenas un parpadeo, y después, en otro parpadeo, la mayoría eran olvidadas por todos salvo por él. Cogió la lanza y encabezó la marcha por el sendero.

—¿Regresarás a Dinamarca? —preguntó.

—No creo —tronó Starkadh a sus espaldas—. Sigurdh se cerciorará de que el próximo rey de Hleidhra le sea leal, y de que todos los reyezuelos riñan entre ellos.

—Oportunidades para un guerrero.

—Pero me disgustaría ver derrumbarse el reino construido por Frodhi y reconstruido por Harald Diente de Guerra.

—Por lo que he oído, la simiente de algo grande pereció en Bravellir —suspiró Gest—. ¿Qué harás?

—Tomar las naves que poseo, juntar tripulantes y hacerme vikingo… Iré hacia el este, creo, a Wendland y Gardhariki. ¿Es un arpa lo que llevas allí?

Gest asintió.

—He practicado muchos oficios, pero ante todo soy escaldo.

—Entonces ven conmigo. Cuando lleguemos a la morada de un señor, compondrás un drapa sobre lo que he hecho hoy. Te recompensaré bien.

—Debemos hablar sobre eso.

Ambos callaron. Al cabo de un rato Gest tomó por una senda lateral. Daba a un claro salpicado de tréboles. Un manantial borboteaba en el centro y el agua se escurría en la hierba para perderse bajo los árboles. Éstos formaban una muralla alrededor, oscura abajo, verde oro arriba, donde las rozaban los últimos rayos del sol. El cielo del este era azul violáceo. Una bandada de cornejas volaba hacia el hogar. Starkadh se arrojó de bruces y bebió con avidez. Cuando al fin alzó la barba goteante, vio que Gest había tendido la capa, abierto la mochila, y desparramado cosas. Ahora recogía leña bajo los árboles y arbustos que rodeaban el claro.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Starkadh.

—Estoy preparándome para pasar la noche —dijo Gest.

—¿No vive nadie en las cercanías? La choza de un porquerizo bastaría.

—Lo ignoro, y quizá nos sorprenda la oscuridad mientras buscamos. Además, es mucho mejor descansar aquí que en un suelo de lodo, oliendo humo y flatulencias.

—Oh, he dormido a menudo bajo las estrellas, y también he padecido hambre. Veo que traes comida. ¿Deseas compartirla?

Gest miró de hito en hito la guerrero.

—¿No me la arrebatarías?

—No, no. No eres un enemigo ni un absoluto extraño. —Starkadh se echó a reír—. Tampoco una mujer. Qué pena.

Gest sonrió.

—Repartiremos lo que hay, aunque no es mucho para un hombre de tu talla. Pondré trampas. Por la mañana, con suerte, tendremos ratones campestres para cocinar, o incluso una ardilla o un erizo. —Hizo una pausa—. ¿Quieres ayudarme? Si haces lo que te indico, podremos estar cómodos antes del anochecer.

Starkadh se levantó.

—¿Me tomas por uno de esos torpes mineros? Claro que te ayudaré. ¿Eres finés, o has vivido entre fineses, para saber cómo sobrevivir en el bosque?

—No, nací en Dinamarca, como tú… hace mucho tiempo. Pero aprendí el arte del cazador en mi infancia.

Gest notó sin sorpresa que debía escoger las palabras con cuidado al dar instrucciones. La arrogancia de Starkadh. podía estallar a cada instante. En una ocasión rugió «¿Acaso soy un cautivo?» y desenvainó la espada. Al fin la envainó, se dio un puñetazo en la palma e hizo lo que se le pedía, pero por un segundo el dolor le contrajo la cara.

La luz del día se derramaba desde el oeste. Cada vez despuntaban más estrellas. Cuando la penumbra cubrió el claro, los hombres tenían preparado el campamento. Un refugio de leña, con helechos y ramas en el interior, les permitía descansar a resguardo del rocío, las nieblas nocturnas y las posibles lluvias. La hierba apilada en la entrada mantenía la tibieza de una fogata que Gest había encendido con una barrena. Además de piñones y bayas, había hallado piñas, juncos y raíces para acompañar el pan con queso. Una vez que las asaran, él y Starkadh podrían dormir bastante satisfechos.

Gest se acuclilló ante el fuego, cortando una vara verde con el cuchillo para tallar un utensilio de cocina. Era un fuego más pequeño del que habría preparado el guerrero, y chisporroteaba suavemente. El humo ligero olía a resina. Aunque el aire se enfriaba deprisa en esa temporada, Starkadh comprendió que podía mantenerse tibio quedándose cerca. Las llamas rojas y amarillas arrojaban una luz trémula sobre los pómulos y la nariz de Gest; le resbalaba en los ojos y le arrojaba sombras en la barba gris.

—Eres muy hábil —dijo Starkadh—. Desde luego, viajarás conmigo.

—Ya hablaremos de eso —respondió Gest, mirando su labor.

—¿Por qué? Me has dicho que me buscabas.

—Sí, exacto. —Gest inhaló con fuerza—. Largo tiempo estuve lejos, hasta que al fin los recuerdos del norte me abrumaron y tuve que regresar para ver si los álamos aún temblaban en las ligeras noches de verano. —No mencionó a la mujer que había muerto después de que ambos hubieran viajado treinta años juntos por las vastas praderas del Oriente con una tribu de pastores—. Había perdido las esperanzas, había dejado de buscar… hasta que atravesé los bosques y los brezales de Jutlandia y la vieja lengua volvió a despertar en mí, sin muchos cambios desde mi partida. Oí hablar de Starkadh—. ¡Debía encontrarlo! Seguí los rumores hasta Hleidhra, donde me dijeron que había cruzado el mar para reunirse con el rey Harald e ir a la guerra. Seguí ese rastro hasta Bravellir, y llegué al atardecer, cuando la matanza de ese día había terminado. Por la mañana hallé a hombres que lo habían visto alejarse de allí, y seguí el camino que me indicaron. Y aquí estamos, Starkadh.

El hombre corpulento se movió.

—¿Qué deseas de mí? —gruñó.

—Primero, que me cuentes la historia de tu vida. He oído algunas anécdotas llamativas.

—Te gustan los chismes.

—He buscado el conocimiento por todo el mundo. ¿Cómo puede un narrador de historias pagar el alojamiento de una noche o un escaldo componer estrofas para los jefes a menos que tenga entre los labios algo digno de contar?

Starkadh se había desabrochado la espada, pero llevó la mano al cuchillo.

—¿Se trata de una brujería? Eres extraño, Gest.

El vagabundo clavó los ojos en el guerrero y respondió:

—Juro que no obraré ningún hechizo. Lo que busco es aún más extraño.

Starkadh reprimió un temblor. Como si embistiera contra el miedo para pisotearlo, dijo deprisa:

—Mis actos son célebres, aunque nadie salvo yo los conoce todos. Pero sin duda historias exageradas e insidiosas han circulado con los años. No desciendo de los gigantes. Eso es un cuento de viejas. Mi padre era un hacendado del norte de Zelanda, mi madre venía de una aldea de pescadores, y tuvieron otros hijos que crecieron, vivieron como gente común, envejecieron y fueron a la tumba, también como gente común… cuando no los arrebataron la batalla, la enfermedad o el mar.

—¿Cuánto hace que reposan bajo tierra? —preguntó Gest, pero Starkadh ignoró la respuesta.

—Yo era grande y fuerte, como ves. Desde la infancia me desagradó trabajar los campos o izar redes llenas de peces malolientes. A los doce años me hice vikingo. Algunos hombres de la vecindad tenían un barco en común. Se juntaron con otros barcos y durante un tiempo realizaron incursiones en las costas escandinavas. Cuando regresaron para cosechar el heno, yo me quedé. Busqué a un capitán que se quedara durante el invierno; y desde entonces mi fama creció rápidamente.

»¿He de hablarte de batallas, saqueos, incendios, banquetes, hambre, frío, camaradas, mujeres, ofrendas a los dioses, luchas contra la tormenta y la mala suerte cuando los dioses se encolerizaban con nosotros, reyes a quienes servimos y reyes a quienes derrocamos? Los años se confunden dentro de mí como restos de naufragio en un arrecife.

»Frodhi, rey de Hleidhra, me acogió cuando me fui a pique. Me puso al mando de las tropas de su palacio, y yo le convertí en el mayor de los señores de su tiempo. Pero su hijo Ingjald resultó ser debilucho, perezoso y glotón. Se lo reproché y abandoné la comarca disgustado. Pero en ocasiones regresé para empuñar la espada por hombres más dignos de la casa Skjoldung. Harald fue el mejor de ellos. Fue el primero de los reyes de toda Dinamarca y Gautlandia, e incluso de Suecia; pero ahora Harald ha caído, y su obra se ha desmoronado, y estoy solo de nuevo.

Se aclaró la garganta y escupió. Tal vez era su forma de no llorar.

—Me dijeron que Harald era viejo —dijo Gest—. Tuvo que viajar a Bravellir en carreta, y estaba casi ciego.

—¡Murió como un hombre!

Gest asintió, calló y preparó la cena. Comieron en silencio. Luego aplacaron de nuevo la sed en el manantial y se alejaron para orinar. Cuando Starkadh regresó a la fogata encontró a Gest de vuelta, agazapado. Había anochecido por completo. El Carro de Thor relucía enorme, desnudo sobre las copas de los árboles, y la Estrella del Norte estaba más alta que una punta de lanza.

Starkadh se plantó ante el fuego, las piernas separadas, los brazos en jarras, y bramó:

—Estoy ya harto de tus arteras evasivas. ¿Qué quieres? Dilo, o te abatiré.

Gest alzó los ojos.

—Una última pregunta ——dijo—. Luego lo sabrás. ¿Cuándo naciste, Starkadh?

El gigante escupió una maldición.

—¡Preguntas y preguntas y preguntas, pero nada dices! ¿Qué clase de criatura eres? Te sientas en cuclillas como un hechicero finés.

Gest negó con la cabeza.

—Aprendí esto más hacia el este —replicó con voz mansa—, y muchas cosas más, pero nada de hechicería.

—¡Aprendiste a portarte como una mujer! ¡Llegaste tarde al campo de batalla y te quedaste mirando mientras yo luchaba con seis hombres!

Gest se levantó, enderezó la espalda, miró a través de las llamas.

—Ésa no era mi guerra, y no habría perseguido a hombres que ya no me amenazaban —dijo con una voz que parecía acero deslizándose en la vaina. En la fluctuante penumbra, bajo las estrellas y el Camino del Invierno, de pronto parecía tan alto como el guerrero, o más aún—. Oí decir que eres formidable en la batalla, pero que estás condenado a hacer malos actos, cosas despreciables una y otra vez. Dicen que Thor te impuso esto porque te odia. Dicen que el dios que te profesa buena voluntad es Odín, padre de la brujería. ¿Es verdad?

El gigante jadeó intimidado. Alzó las manos y las agitó en el aire.

—Cháchara vacía —gruñó—. Nada más.

Gest continuó su embestida.

—Pero has cometido traiciones. ¿Cuántas, en todas las vidas que has vivido?

—¡Contén la lengua! —bramó Starkadh—. —Tú qué sabes de no tener edad? Calla, o te partiré en dos como el insecto que eres.

—Tal vez no sea tan fácil —murmuró Gest—. Yo también he vivido un largo tiempo. Mucho más que tú, amigo mío.

Starkadh respiró roncamente. Lo miró boquiabierto.

—Bien —dijo secamente Gest—, nadie en estas comarcas lleva la cuenta de los años, como en el sur o en el este. Oí decir que habías vivido las vidas de tres hombres. Eso debe significar simplemente que la gente recuerda que sus abuelos hablaron de ti. Supongo que cien años es una buena estimación.

—Yo… pensaba que era más.

De nuevo Gest miró a Starkadh de hito en hito. Habló con voz más suave pero más sombría, trémula como una brisa en la noche.

—Yo no sé qué edad tengo. Pero en mi infancia aún no conocían el metal en estas tierras. De piedra eran los cuchillos, las puntas de hacha, de lanza y de flecha y las cámaras funerarias. No fueron los gigantes quienes levantaron esos dólmenes que se yerguen sobre la tierra. Fuimos nosotros, tus antepasados, quienes poníamos nuestros muertos a descansar y ofrendábamos a nuestros dioses. Aunque esos «nosotros» ya no existen. Los he sobrevivido, sólo yo, así como he sobrevivido a sucesivas generaciones de hombres… hasta hoy, Starkadh.

—Has encanecido —dijo el guerrero, con un gemido que era una negación.

—Encanecí cuando era joven. Les ocurre a algunas personas. En nada más he cambiado. Nunca he estado enfermo, y las heridas sanan deprisa, sin dejar cicatriz. Cuando se me caen los dientes, crecen otros nuevos. ¿Te sucede lo mismo?

Starkadh tragó saliva y asintió.

—Supongo que has sufrido más heridas que yo, con la vida que llevas ——dijo Gest con tono reflexivo—. Yo he sido tan pacífico como me permitían los demás, y tan cauto como cualquier viajero. Cuando los carros irrumpieron en lo que hoy llamamos Dinamarca… —Frunció el ceño—. Eso está olvidado, sus guerras, sus hazañas y su misma lengua. La sabiduría perdura. Eso es lo que he buscado a través del mundo.

Starkadh se estremeció.

—Gest —murmuró—, ahora recuerdo que en mi juventud se contaban historias sobre un viajero que… Nornagest. ¿Eres tú? Pensé que era sólo una historia.

—A menudo me fui del norte por cientos de años. Siempre sentía ganas de volver. Mi última estancia aquí fue ochenta años atrás. Una ausencia más breve que las anteriores, pero… —Gest suspiró de nuevo,_. Cada vez me canso más de deambular por la tierra entre los vientos. Conque las gentes me recordaron por un tiempo, ¿eh?

El aturdido Starkadh sacudió la cabeza.

—Y pensar que yo estaba vivo entonces. Pero debía de estar viajando… ¿Es verdad que las Nornas contaron a tu madre que morirías cuando se agotara una vela, y que ella la apagó y tú aún la llevas contigo?

Gest sonrió.

—¿Tú crees que Odín te ha dado longevidad? —Adoptó un semblante grave—. No sé por qué ambos somos lo que somos. Es un enigma tan oscuro como la muerte del resto de los hombres. ¿Nornas, dioses? El hambre de saber me llevó hasta los confines del mundo, además de la esperanza de encontrar a otros como yo. Oh, ver a una amada esposa marchitarse, y ver que nuestros hijos la siguen… Pero en ninguna parte hallé a alguien a quien el tiempo perdonara, ni encontré ninguna respuesta. En cambio, oí demasiados consejos, conocí demasiados dioses. Allende el mar invocan a Cristo, pero si viajas muy al sur está Mahoma; y en el Oriente está Gautama Buda, salvo allá donde dicen que el mundo es un sueño de Brahma, o hacen ofrendas a una hueste de dioses y fantasmas, y elfos como los de nuestras tierras del norte. Y casi todos los hombres a quienes pregunté me dijeron que su gente sabía la verdad mientras que los demás estaban confundidos. Si tan sólo pudiera oír una palabra que tuviera al menos un viso de certeza…

—No te inquietes por eso —dijo Starkadh, con renovada arrogancia—. Las cosas son lo que son, y ningún hombre escapa a su destino. La libertad consiste en dejar un alto nombre detrás.

—Me preguntaba si estaba solo, si mi inmortalidad era una maldición lanzada sobre mí por alguna culpa horrenda que he olvidado —continuó Gest—. Pero eso parecía erróneo. Ocurren nacimientos extraños. A menudo son inválidos o deformes, pero de vez en cuando surge una criatura que puede florecer, como un trébol de cuatro hojas. ¿Seremos los inmortales algo parecido? Seríamos muy pocos. La mayoría bien podría morir en guerras o accidentes antes de descubrir que son distintos. Otros podrían morir en manos de vecinos que temen que sean brujos. O quizá huyan, adopten nuevos nombres, aprendan a ocultar lo que son. Yo hice esto, y rara vez permanecí mucho tiempo en el mismo lugar. De cuando en cuando hallé gente dispuesta a aceptarme tal como soy, hombres sabios del Oriente, o toscos habitantes del bosque como mis nórdicos, pero al final siempre había demasiada pena, el peso agobiante de los recuerdos, y también debí marcharme.

»Nunca hallé a los de mi especie. Muchos caminos seguí, a veces durante años, pero ninguno condujo a nada. Al final perdí las esperanzas y emprendí la Vuelta hacia mi hogar. Al menos, la primavera nórdica es eternamente joven.

»Y entonces oí hablar de ti.

Gest se acercó al fuego. Apoyó las manos en los hombros de Starkadh.

—Aquí termina mi búsqueda, donde comenzó —dijo. Las lágrimas le temblaban en las pestañas—. Ahora somos dos, y ya no estamos solos. Y así sabemos que tiene que haber más, mujeres entre ellos. Juntos, ayudándonos y alentándonos, podemos buscar hasta encontrarlos. ¡Starkadh, hermano mío!

El guerrero permaneció inmóvil.

—Esto… es… inesperado —musitó.

Gest lo soltó.

—En efecto. Yo tuve mucho tiempo para pensar desde que recibí noticias de ti. Bien, tómate tu tiempo. Nosotros tenemos más de lo que tienen la mayoría de los hombres.

Starkadh escrutó la oscuridad.

—Pensé que un día sería viejo y débil como Harald —jadeó—. A menos que primero cayera en la batalla, y pensé en tratar de que así fuera… Pero me dices que siempre seré joven. Siempre.

—Una carga que a menudo ha resultado insoportable para mí —declaró Gest—. Pero, compartida, será más liviana.

Starkadh apretó los puños duros como roble.

—¿Qué haremos con ella?

—Cuidar de nuestro don. Tal vez, a pesar de todo, venga del Más Allá y quienes lo reciben estén señalados para hazañas que cambiarán el mundo.

—Sí. —La alegría palpitó en la voz de Starkadh—. Una fama imperecedera, y estar vivo para disfrutarla. Reunir huestes guerreras, capturar reinos, fundar casas reales.

—Aguarda, aguarda —dijo Gest—. No somos dioses. Nos pueden asesinar, ahogar, quemar, matar de hambre, como a los demás hombres. He permanecido en la tierra tantos años gracias a mi cautela.

Starkadh lo miró con frialdad.

—Lo entiendo —barbotó con desdén—. ¿Tú sabes de honor?

—No quiero decir que actuemos como timoratos. Procuremos tener poder, y un escondrijo por si la suerte no nos sonríe. Después daremos a conocer lo que somos poco a poco, a la gente en quien Podamos confiar. Su respeto nos ayudará, pero eso no es suficiente; para conducir, debemos servir, debemos dar.

—¿Cómo podemos dar a menos que tengamos oro, tesoros, un botín tal como el que pueden acumular vikingos inmortales?

Gest frunció el ceño.

—Estamos a punto de discutir. Será mejor que no hablemos más, sino que reflexionemos mientras descansamos. Mañana, después de dormir, pensaremos con mayor claridad.

—¿Puedes dormir… después de esto?

—¿Qué? ¿Tú no estás agotado?

Starkadh rió.

—Después de recoger tan buena cosecha, quise decir. —No llegó a ver la mueca de disgusto de Gest.— Como quieras. Al lecho.

Sin embargo, en el refugio pataleó y murmuró y movió los brazos. Al fin Gest decidió salir.

Encontró un lugar seco cerca del manantial, pero optó por buscar descanso en la meditación y no en el sueño. Tras adoptar la posición del loto, indujo la calma dentro de sí mismo. Eso fue fácil. Tiempo atrás había superado a sus gurús en comarcas que estaban al este de las alboradas de Dinamarca: pues había tenido siglos para practicar las disciplinas mentales y corporales que ellos enseñaban. Pero no habría podido resistir tanto sin sus enseñanzas. ¿Cómo les iría a esos maestros, a esos chelas amigos? ¿Natha y Lobsang al fin se habrían liberado de la Rueda?

¿Él se liberaría alguna vez? Sintió esperanza. Nunca podía abandonarla M todo. ¿Eso significaba que él rechazaba la fe? «Om mani padme hum.» Esas palabras no le habían capturado el alma. ¿Pero era porque él no lo consentía? Si tan sólo hallara un Dios a quien entregarse…

Al menos se había vuelto semejante a los sabios que controlaban el cuerpo y sus pasiones. Había alcanzado el poder que ellos buscaban. A una orden, el aliento y el pulso disminuyeron hasta que dejó de percibirlos. El frío dejó de ser algo que le invadía la piel; Gest fue el frío, fue el mundo nocturno, se transformó en la estrofa que decía:

Despacio asciende la luna. Su filoso borde hiende la oscuridad. Astros y escarcha, quietos como los muertos, anuncian el ocaso de otro año.

Un ruido lo sacó del trance. Habían pasado horas. El cielo del este estaba gris sobre los árboles. El rocío irradiaba los únicos resplandores en una penumbra sin matices. Humeaban brumas encima de esa penumbra y en el aliento de los hombres. El claro gorgoteo del manantial parecía más fuerte de lo que era.

Starkadh estaba acuclillado ante el refugio. Al salir lo había desbaratado con su andar torpe. Empuñaba la espada envainada que había dejado sobre la cota de malla. Miró a su alrededor con los ojos irritados hasta encontrar a Gest. Soltó un gruñido y se le acercó. Gest se levantó.

—Buenos días —saludó.

—¿Has pasado la noche sentado? —preguntó Starkadh con voz ronca—. Yo tampoco he podido dormir.

—Espero que hayas descansado, de todos modos. Iré a ver qué hay en las trampas.

—Espera. Antes de continuar juntos…

Gest sintió un escalofrío.

—¿Qué te molesta?

—Tú. Tu lengua evasiva. Me he agitado como en una pesadilla, procurando entender lo que dijiste ayer. Ahora explícate.

—Vaya, pensé que te lo había explicado. Somos dos inmortales. Nuestra soledad ha llegado a su fin. Pero debe de haber otros, mujeres entre ellos, y debemos encontrarlos y… permanecer juntos. Para ello, haremos juramentos, seremos hermanos.

—¿De qué tipo? —gruñó Starkadh—. Yo el jefe, luego el rey; tú mi escaldo y vasallo… ¡Pero no fue eso lo que dijiste! —Tragó saliva—. ¿Tú también quieres ser rey? —Sonriendo—: ¡Claro! Podemos dividirnos el mundo.

—Moriríamos en el intento.

—Nuestra fama nunca morirá.

—Peor aún, podríamos distanciarnos. ¿Cómo pueden permanecer juntos dos que siempre trafican con la muerte y la traición?

De inmediato Gest comprendió su error. Había querido decir que así era la naturaleza del poder. Apresarlo y conservarlo eran dos actos igualmente sucios. Pero antes de que él pudiera continuar, Starkadh se llevó la mano a la empuñadura. La cara de piedra palideció.

—Conque enlodas mi honor —dijo Starkadh con voz gutural.

Gest alzó la mano, la palma hacia fuera.

—No. Deja que me explique.

Starkadh se inclinó haciendo aletear las fosas nasales.

—¿Qué has oído decir de mí? ¡Escúpelo!

Gest sabía bien que debía hacerlo.

—Dicen que tomaste cautivo a un reyezuelo y lo colgaste como ofrenda a Odín, después de prometerle la vida. Dicen que asesinaste a otro en su casa de baños, en venganza. Pero…

—¡Tuve que hacerlo! —aulló Starkadh—. Siempre fui un forastero. Los demás eran demasiado jóvenes y… —bramó como un uro.

—Y tu soledad te fustigó hasta que devolviste los golpes, a ciegas —dijo Gest—. Comprendo. Lo comprendí en cuanto oí hablar de ti. A menudo me he sentido así. Recuerdo actos míos que me dolieron como quemaduras. Es sólo que no me gusta matar.

Starkadh escupió en el suelo.

—Correcto. Te has abrazado a tus años como una vieja arropándose en la manta.

—¿Pero no ves que las cosas han cambiado para ambos? —exclamó Gest—. Ahora tenemos tareas mejores que atacar a gente que nunca nos ha hecho daño. Lo que te trajo deshonor fue el afán de fama, riqueza y poder.

Starkadh soltó un grito y desenvainó la espada. Atacó.

Gest se deslizó como una sombra, pero el acero le mordió el brazo izquierdo. La sangre brotó, empapó la tela, goteó en el arroyuelo que salía del manantial.

Retrocedió, extrajo el cuchillo, se agazapó. Starkadh—. se quedó donde estaba.

—Debería partirte en dos por lo que has dicho —jadeó. Tragó aire—. Pero creo que morirás pronto de este tajo. —Una risotada vibrante—. Qué lastima. Esperaba que fueras mi amigo. El primer amigo verdadero de mi vida. Bien, las Nornas lo han dispuesto de otro modo.

«Nuestros caracteres lo han dispuesto de otro modo —pensó Gest—. Qué fácil sería matarte. Qué vulnerable eres a cien trucos marciales que conozco.

—En cambio, tendré que continuar como antes —dijo Starkadh—. Solo.

«Así sea», pensó Gest.

Con los dedos de la mano derecha tanteó bajo la camisa rasgada y juntó los labios de la herida.

Transformó el dolor en algo muy distante de sí mismo, como las brumas que se despedazaban bajo la creciente luz. Concentró la mente en el flujo sanguíneo.

Starkadh destrozó el refugio a patadas, cogió su cota de malla, se la puso sobre la tela mullida donde se había acostado a la noche. Se puso el casco y el yelmo, se calzó la espada, alzó el escudo. Cuando estuvo preparado para marcharse, miró con asombro al otro hombre.

—¿Qué? ¿Todavía estás en pie? —dijo—. ¿Debo rematarte?

Si lo hubiera intentado, Gest lo habría matado él. Pero Starkadh se detuvo, se estremeció y dio media vuelta.

—No —murmuró—. Esto me da escalofríos. Parto hacia mi propio destino, Nornagest.

Echó a andar camino arriba, se internó en el bosque y se perdió de vista.

Entonces Gest pudo sentarse y prestar plena atención a su cuerpo. Había detenido la hemorragia antes de perder mucha sangre, pero estaría débil durante unos días. No importaba. Podía quedarse allí hasta que estuviera en condiciones de viajar; la tierra proveería. Trató de apresurar la unión de la carne herida.

No se atrevió a pensar en la incurable herida interior.

<p>2</p>

—Sin embargo, nos vimos muy poco, Starkadh y yo —continuó Gest—. Después de eso oí rumores sobre él, hasta que me marché de nuevo; y cuando regresé había muerto hacía tiempo, del modo que él deseaba.

—¿Por qué has viajado tanto? —preguntó el rey Olaf—. ¿Qué buscabas?

—Lo que nunca he encontrado —le respondió Gest—. Paz.

No, eso no era del todo cierto. Una y otra vez había encontrado la paz, en la cercanía de la belleza o la sabiduría, en los brazos de una mujer, en la risa de los niños. ¡Pero qué breves momentos! Su último matrimonio, en las tierras altas de Noruega, ya parecía el sueño de una sola noche: Ingridh y su juvenil alegría, sus vástagos en la cuna que Gest había tallado, sus bríos aún mientras se volvía más canosa que él, pero luego los años de agotamiento, y después los entierros, los entierros. ¿Dónde estaba Ingridh ahora? Gest no podía seguirla, ni a ella ni a todas las que titilaban en el linde de la memoria, ni a la primera y más dulce de todas, con guirnaldas de laurel y un cuchillo de pedernal en la mano…

—En Dios está la paz —dijo el sacerdote.

Quizá, quizá. Hoy las campanadas de la iglesia repicaban en Noruega, como durante una generación o más habían repicado en Dinamarca, sí, en la zona sagrada de la Madre donde él y la muchacha de las guirnaldas habían ofrecido flores… Había visto la invasión de los carros de guerra y los dioses de la tormenta en el terruño, había visto bronce y hierro, las caravanas que enfilaban a Roma y las naves vikingas que infiltraban a Inglaterra, la enfermedad y el hambre, la sequía y la guerra, y la vida que comenzaba pacientemente de nuevo; cada año se hundía en la muerte y aguardaba la llegada del sol para renacer; él también podía marcharse si deseaba y errar en el viento con las hojas.

El sacerdote del rey Olaf pensaba que pronto terminarían todas las búsquedas y los muertos se levantarían de las tumbas. Ojalá fuera así. Muchos otros lo creían. ¿Por qué no el?

Venid a mí, todos los que trabajáis y sufrís una pesada carga, y yo os daré reposo.

Días después, Gest dijo:

—Sí. aceptaré el bautismo.

El sacerdote lloró de alegría y Olaf dio muestras de alegría.

Pero esa noche en el salón, cuando todo hubo terminado, Gest cogió una vela y la encendió con una antorcha. Se echó en un banco desde donde pudiera verla y afirmó:

—Ahora puedo morir.

«Ahora me he rendido. »

Dejó que la luz de la vela le inundara la visión, el ser. Fue uno con ella. La luz creció hasta que Gest vio que brillaba en esas caras perdidas, las arrancaba de la oscuridad, las acercaba cada vez más. Los latidos del corazón seguían a Gest, internándose en la quietud.

Olaf y los jóvenes guerreros quedaron atónitos. El sacerdote se arrodilló en la sombra y rezó en voz baja.

La luz de la vela se apagó. Nornagest permanecía inmóvil. En el salón ululaba un viento invernal.


Se cuenta en la saga de Olaf Tryggvason que Nornagest fue a verlo cuando estaba en Nidharos y permaneció un tiempo en la residencia del rey; pues muy maravillosas eran las historias que conocía Gest Una noche tras otra, mientras el año se arrastraba hacia el invierno, los hombres se sentaban a escuchar junto al fuego. Escuchaban historias de tiempos pasados y de los confines del mundo. A menudo Nornagest cantaba estrofas, pues era un escaldo y sabía acompañar las palabras con arpa, al estilo inglés. Algunos mascullaban que debía de ser un embustero, preguntándose cómo un hombre podía haber viajado o ser tan viejo. Pero el rey Olaf los silenciaba y escuchaba con atención.

—Yo vivía en una granja de las tierras altas —acababa de decir Gest—. Mi último hijo murió, y de nuevo estaba harto de mi morada, más harto que nunca, señor. Me llegaron noticias tuyas, y he venido para ver si son ciertas.

—Las buenas noticias que has oído son ciertas —respondió el sacerdote Conor—. Por la gracia de Dios, él está trayendo un nuevo día a Noruega.

—Pero tu primer día amaneció ya hace mucho tiempo, ¿eh, Gest? —musitó Olaf—. Hemos oído hablar de ti una y otra vez, aunque sólo tus vecinos de las montañas te han visto durante muchos años, y yo creía que estabas muerto. —El forastero era un hombre alto y delgado de espalda recta, pelo y barba gris, pero con pocas arrugas sobre los fuertes huesos de la cara—. No has envejecido.

—Soy más viejo de lo que parezco, señor —suspiró Gest.

—Nornagest: Huésped de las Nornas. Un apodo extraño y pagano —dijo lentamente el rey—. ¿Cómo te lo has ganado?

—Tal vez no quieras saberlo.

Y Gest cambió de tema.

Conocía muy bien ese arte. Una y otra vez, Olaf lo exhortaba a aceptar el bautismo y salvarse. Pero el rey no hacía amenazas ni ordenaba su muerte, como hacía con la mayoría de los obstinados. Las historias de Gest eran tan cautivadoras que deseaba retener allí a ese vagabundo.

Conor insistía, y buscaba a Gest casi a diario. El sacerdote cumplía celosamente con su deber. Había ido a ver a Olaf cuando el rey navegó de Dublín a Noruega, derrocó a Hákon Jarl y conquistó la comarca. Ahora el rey llamaba a misioneros de Inglaterra y Alemania, así como de Irlanda, y quizá Conor se sentía un poco excluido.

Gest lo escuchaba con gravedad y respondía con suavidad.

—No desconozco a tu Cristo —le dijo—. A menudo me he topado con él, o con sus adoradores. No reverencio a Odín ni a Thor. —Sonrió con escepticismo.— He conocido a demasiados dioses.

—Pero éste es el Dios único y verdadero —le replicó Conor—. No te resistas, o te perderás. Dentro de pocos años habrán transcurrido mil desde Su nacimiento entre los hombres. Entonces regresará, pondrá fin al mundo y levantará a los muertos para juzgarlos.

Gest miró a lo lejos.

—Ojalá pudiera creer que veré de nuevo a mis muertos —susurró, y dejó que Conor siguiera hablando.

Sin embargo, al anochecer, después de las carnes, cuando se llevaban las mesas del salón y las mujeres traían los cuernos para beber, Gest hablaba de otras cosas. Contaba relatos, cantaba versos, respondía preguntas. Una vez un par de guardias hablaron de la gran batalla de Bravellir.

—Mi antepasado Grani de Bryndal estuvo entre los islandeses que lucharon contra el rey Sigurdh Anillo —alardeó uno—. Avanzó tanto que pudo ver la caída del rey Harald Diente de Guerra. Ni siquiera Starkadh tuvo fuerzas para salvar a los daneses ese día.

—Perdona —intervino Gest—. No hubo islandeses en Bravellir. Los escandinavos aún no habían descubierto esa isla.

El guerrero se enfadó.

—¿Nunca has oído el poema que compuso Starkadh? —replicó—. Menciona todas las hazañas que ambos bandos hicieron durante la refriega.

Gest meneó la cabeza.

—Lo he oído, y no te llamo embustero, Eyvind. Tú cuentas lo que te contaron. Pero Starkadh nunca compuso ese poema. El autor fue otro escaldo, mucho después, y lo puso en labios del rey. La batalla de Bravellir… —Se interrumpió para recordar mientras las llamas siseaban y crepitaban—. ¿Fue hace trescientos años? Lo he olvidado.

—¿Quieres decir que Starkadh no estuvo allí, y tú sí? —se burló el guardia.

—Oh, estuvo —dijo Gest—, aunque no era como en las historias que hoy cuentan los hombres, ni estaba cojo, viejo y medio ciego cuando al fin encontró la muerte.

De nuevo se hizo el silencio. El rey Olaf escrutó las fluctuantes sombras antes de preguntarle:

—¿Entonces lo conociste?

Gest asintió.

—En efecto. Lo conocí justo después de Bravellir.


1

<p>1</p>

Su cayado era una lanza, pues ningún hombre viajaba desarmado en el norte; pero en el hatillo llevaba un arpa enfundada, y no dañaba a nadie. Cuando encontraba una casa al anochecer, dormí allí, pagando la hospitalidad con canciones y relatos y noticias del exterior. De lo contrario, se arropaba en la manta y al amanecer bebía en un manantial o un arroyo o comía el pan y el queso que le había dado el último anfitrión. Así había viajado la mayor parte de sus años, de un confín al otro del mundo.

Era un día fresco bajo un cielo borroso donde escaseaban las nubes y el sol giraba hacia el sur. Los bosques que rodeaban las colinas de Gautlandia guardaban silencio. Los abedules habían empezado a amarillearse, y el verde de los robles y encinas era menos brillante. Oscuros abetos se erguían entre ellos. Grosellas maduras relucían en la sombra. El olor de la tierra y la humedad impregnaba el aire.

Gest oteó desde el risco al que había trepado. Abajo, la tierra rodaba hasta un horizonte desleído. En general era terreno boscoso, pero prados y campos arados asomaban aquí y allá. Vio un par de casas empequeñecidas por la distancia; penachos de humo adornaban los tejados. En las cercanías un arroyo rutilante corría hacia un lago que brillaba en la distancia.

Se había alejado tanto del campo de batalla que los destrozos y los muertos resultaban borrosos. Aves carroñeras sobrevolaban el lugar, una negrura giratoria que también se había vuelto diminuta. Apenas podía oír los gritos. A veces el aullido de un lobo se elevaba y quedaba suspendido sobre las colinas antes de morir entre ecos.

Los supervivientes se habían retirado rumbo a sus hogares. Llevaban consigo a los parientes y amigos heridos, pero apenas habían podido echar unos terrones sobre los caídos que conocían. Un grupo con el que Gest se había cruzado esa mañana afirmaba que el rey Sigurdh, en resguardo de su propio honor, se había llevado el cuerpo de su enemigo el rey Harald para ofrecerle dignos funerales en Upsala.

Gest se apoyó en su lanza, menó la cabeza y sonrió tristemente ¿Cuántas veces había visto esto, después de que los jóvenes embistieron para perder la vida? No lo sabía. Había perdido la cuenta en el desierto de los siglos. O bien nunca había tenido ánimo para llevar la cuenta, ya no sabía cuál de ambas cosas. Como siempre, sintió la necesidad de brindar una despedida, lo único que él o cualquier otro podía ahora brindar a esos jóvenes.

No fue un drapa lo que acudió a sus labios. Las palabras eran nórdicas para que los muertos las entendieran si podían oírlas, pero no tenía deseos de elogiar el valor y evocar hazañas violentas. La forma poética que escogió procedía de un País del oriente donde gente baja de ojos rasgados sabía mucho y confeccionaba objetos de gran belleza, aunque también allá la espada causaba estragos.

Al morir el verano, el frío teñirá las hojas de sangre. ¿Adónde volarán los gansos? Esta tierra ya enrojeció mientras el viento llamaba a las almas.

Gest se quedó un rato más, después dio media vuelta y partió. Los daneses con quienes se había cruzado habían podido ver al que él buscaba, quien había ido hacia el este siguiendo a media docena de suecos. Gest había ido a Bravellir y había buscado hasta que su ojo de cazador halló lo que debía de ser un rastro. Era mejor darse prisa. No obstante, mantuvo su paso de todos los días. Parecía lento, pero en una jornada cubría tanto camino como un caballo, o más, y le permitía observar todo.

Estaba en una senda de cazadores. Los reyes se habían enfrentado en Bravellir porque era un ancho prado atravesado por una carretera de norte a sur, a medio camino entre Harald en Escania y Sigurdh en Suecia. La tierra del sendero aún estaba floja. Los seis que seguían ese rumbo debían de enfilar hacia la costa del Báltico, donde se hallaban las naves que los habían traído. Su escaso número indicaba que la batalla había sido atroz. Sería recordada, cantada y exagerada en la memoria de los hombres durante cientos de años. Y aquellos que araban los campos vecinos morirían olvidados.

Los zapatos de Gest se hundían suavemente en el suelo. Las ramas formaban un dosel por donde los rayos del sol penetraban formando charcos de luz e umbrío corredor que tenía delante. Una ardilla trepa un árbol como una llamarada. En alguna parte arrulló una paloma. Crujieron arbustos a la izquierda y una silueta grande y opaca huyó, un alce. Gest dejó que su alma vagara por esos lugares de dulce olor. Entretanto, siguió estudiando los rastros. Era fáci huellas, ramas rotas, telarañas rasgadas, marcas en troncos musgosos donde los hombres se habían sentado a descansar. No eran cazadores profesionales, como él lo había sido buena parte de su vida. Tampoco lo era el que los seguía sin detenerse, acortando la distancia. Esos pies eran enormes.

Pasó el tiempo. Los rayos del sol se volvieron más oblicuos y cobraron un tono dorado. El aire se enfrió.

De pronto, Gest se detuvo. Se inclinó hacia delante, y ladeó la cabeza. Oyó un ruido que le pareció familiar.

Apuró el paso. Al principio sofocado por las hojas, el ruido creció. Vibraciones metálicas y gritos, y pronto crujidos, chasquidos y resuellos. Gest preparó la lanza y avanzó con sigilo.

Había un cadáver en el camino. Había caído en un arbusto que le tapaba el torso. La sangre goteaba de los tallos formando un charco brillante. Le habían abierto un tajo desde el hombro izquierdo hasta el esternón. Le sobresalían trozos de costillas y los pulmones. El sudor le pegaba el pelo rubio a las mejillas lampiñas. El muchacho muerto miraba con ojos vacíos.

Gest se apartó y tropezó con otro cuerpo. En las cercanías, el combate agitaba los arbustos. Entrevió hombres, hierro, sangre y más sangre. Un arma chocaba contra otra, rozaba yelmos, golpeaba escudos de madera. Otro guerrero cayó, el muslo chorreando, pataleando y gritando con un chillido animal. Un cuarto guerrero cayó y quedó tendido entre ortigas. Tenía la cabeza casi arrancada.

Gest se ocultó detrás de un abeto. Lo protegía, pero le permitía ver entre las ramas. Quedaban dos de la banda que el recién llegado había alcanzado y atacado. Como sus compañeros, usaban sólo camisas, chaquetas, pantalones. Si alguno tenía una cota de malla, no se la había puesto a tiempo. La mayoría tenía cascos redondos. Uno llevaba una espada y un escudo, otro un hacha.

El enemigo solitario llevaba una armadura completa, con una cota de malla larga hasta las rodillas, un yelmo cónico con protector nasal, un escudo con borde de hierro en la mano izquierda y una espada descomunal en la derecha. Era enorme: superaba al alto Gest por una cabeza, hombros anchos como el marco de una puerta, brazos y piernas como ramas de roble. Una desaliñada barba negra le caía hasta el pecho.

El par se había recobrado de la sorpresa del ataque. Combatían juntos ladrándose indicaciones. El espadachín se lanzó contra el gigante. Los aceros chocaron, un destello cuando les daba el sol, un borrón cuando se movían hacia abajo o al costado. El sueco recibió un golpe en el escudo y trastabilló, pero conservó su posición y devolvió el golpe. El del hacha se acercó a su enemigo por la espalda.

El hombretón se dio cuenta y con desconcertante rapidez, giró sobre los talones y embistió de costado, esquivando el hachazo. Lanzó una estocada. El otro se tambaleó, soltó el hacha, se miró el antebrazo derecho abierto con el hueso astillado. El gigante dio un brinco, dejándolo atrás. Había una franja de hierba entre él y el otro espadachín. En el linde dio media vuelta y echó a correr hacia su enemigo. Los escudos chocaron con estruendo. El aturdido sueco cayó de espaldas. Atinó a aferrar la espalda y alzar el escudo. El gigante dio un brinco y aterrizó sobre él. El escudo chocó contra las costillas. Gest las oyó crujir. El caído soltó un resuello. El gigante se montó a horcajadas sobre el cuerpo trémulo y lo liquidó de dos tajos.

Miró en torno. El hombre herido echaba a correr, tropezando entre los troncos. El vencedor lo persiguió y lo abatió.

Los chillidos del hombre herido en el muslo se redujeron a un graznido, un gemido, un silencio.

El vencedor soltó una fuerte risotada. Golpeó la espada tres veces contra el suelo, la enjugó en la camisa de un caído y la envainó. Respiró con más calma. Se quitó el yelmo y el gorro, los tiró al suelo, se secó el sudor de la frente con la mano velluda.

Gest salió de detrás del abeto. El gigante cogió la espada envainada. Gest apoyó la lanza en la horqueta de un árbol y extendió las palmas.

—Vengo en son de paz —dijo.

El guerrero permaneció tenso.

—¿Pero estás solo? —preguntó. La voz era como la rompiente en una playa pedregosa.

Gest miró la cara surcada de arrugas, los ojos glaciales y azules, y asintió.

—Estoy solo. Además, después de lo que he visto, creo que Starkadh no necesita tener miedo de nada ni de nadie.

El guerrero sonrió.

—Ah, me conoces. Pero nunca nos hemos visto.

—En el norte todos han oído hablar de Starkadh el Fuerte. Y… te estaba buscando.

—¿De veras? —La sorpresa se transformó en cólera—. Entonces ha sido una cobardía permanecer al margen sin ayudarme.

—No lo necesitabas —dijo Gest con tono conciliador———. Además la batalla ha sido muy rápida. Jamás he visto a alguien tan diestro con las armas.

Complacido, Starkadh habló con voz más cordial.

—¿Quién eres?

—He tenido muchos nombres. En el norte el más frecuente es Gest.

—CY qué quieres de mí?

—Es una larga historia. ¿Puedo antes preguntarte por qué perseguiste y mataste a estos hombres?

Starkadh miró hacia el sol cuya luz formaba haces amarillos entre los árboles que se oscurecían contra el cielo. Movió los labios. Al cabo de un rato asintió con la cabeza, miró de nuevo a Gest y empezó:

Aquí no tendrán hambre los lobos. Harald alimentó los cuervos. Honor ganamos. Sólo Odín nos superó. No tengo cerveza, mas ofrezco a Harald todos estos enemigos. Él nunca fue tacaño. Ahora he demostrado mi gratitud.

Conque era cierto lo que contaban, pensó Gest. Además de ser el mejor guerrero, Starkadh tenía cierto talento como escaldo. ¿Qué otra habilidad tendría?

—Entiendo —convino Gest—. Luchaste por Harald, y deseabas vengar a tu señor caído, aunque guerra ha terminado.

Starkadh asintió.

—Espero haber complacido a su espíritu. Más aún, espero haber complacido a su antepasado, el rey Frodhi, quien fue el mejor de los señores y nunca me escatimó el oro ni las armas ni otras cosas de valor.

Gest sintió un cosquilleo en la espalda.

—¿Te refieres a Frodhi Fridhleifsson de Dinamarca? Dicen que Starkadh pertenecía a su linaje. Pero él murió hace generaciones.

—Soy más viejo de lo que parezco —respondió. Starkadh con renovada hosquedad y le recorrió un estremecimiento—. Después de un día tan ajetreado, estoy sediento. ¿Sabes dónde hay agua?

—Sé cómo encontrarla, si vienes conmigo —dijo Gest—. ¿Pero qué pasa con estos cadáveres?

Starkadh se encogió de hombros.

—No soy cuervo para limpiarles los huesos. Dejémoslos para las hormigas. —Las moscas revoloteaban sobre ojos ciegos, lenguas resecas y sangre coagulada. El tufo era nauseabundo.

Gest estaba habituado a ese espectáculo pero siempre se alegraba de dejarlo atrás, y trataba de no pensar en las viudas, los hijos, las madres. Las vidas que había compartido eran breves, apenas un parpadeo, y después, en otro parpadeo, la mayoría eran olvidadas por todos salvo por él. Cogió la lanza y encabezó la marcha por el sendero.

—¿Regresarás a Dinamarca? —preguntó.

—No creo —tronó Starkadh a sus espaldas—. Sigurdh se cerciorará de que el próximo rey de Hleidhra le sea leal, y de que todos los reyezuelos riñan entre ellos.

—Oportunidades para un guerrero.

—Pero me disgustaría ver derrumbarse el reino construido por Frodhi y reconstruido por Harald Diente de Guerra.

—Por lo que he oído, la simiente de algo grande pereció en Bravellir —suspiró Gest—. ¿Qué harás?

—Tomar las naves que poseo, juntar tripulantes y hacerme vikingo… Iré hacia el este, creo, a Wendland y Gardhariki. ¿Es un arpa lo que llevas allí?

Gest asintió.

—He practicado muchos oficios, pero ante todo soy escaldo.

—Entonces ven conmigo. Cuando lleguemos a la morada de un señor, compondrás un drapa sobre lo que he hecho hoy. Te recompensaré bien.

—Debemos hablar sobre eso.

Ambos callaron. Al cabo de un rato Gest tomó por una senda lateral. Daba a un claro salpicado de tréboles. Un manantial borboteaba en el centro y el agua se escurría en la hierba para perderse bajo los árboles. Éstos formaban una muralla alrededor, oscura abajo, verde oro arriba, donde las rozaban los últimos rayos del sol. El cielo del este era azul violáceo. Una bandada de cornejas volaba hacia el hogar. Starkadh se arrojó de bruces y bebió con avidez. Cuando al fin alzó la barba goteante, vio que Gest había tendido la capa, abierto la mochila, y desparramado cosas. Ahora recogía leña bajo los árboles y arbustos que rodeaban el claro.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Starkadh.

—Estoy preparándome para pasar la noche —dijo Gest.

—¿No vive nadie en las cercanías? La choza de un porquerizo bastaría.

—Lo ignoro, y quizá nos sorprenda la oscuridad mientras buscamos. Además, es mucho mejor descansar aquí que en un suelo de lodo, oliendo humo y flatulencias.

—Oh, he dormido a menudo bajo las estrellas, y también he padecido hambre. Veo que traes comida. ¿Deseas compartirla?

Gest miró de hito en hito la guerrero.

—¿No me la arrebatarías?

—No, no. No eres un enemigo ni un absoluto extraño. —Starkadh se echó a reír—. Tampoco una mujer. Qué pena.

Gest sonrió.

—Repartiremos lo que hay, aunque no es mucho para un hombre de tu talla. Pondré trampas. Por la mañana, con suerte, tendremos ratones campestres para cocinar, o incluso una ardilla o un erizo. —Hizo una pausa—. ¿Quieres ayudarme? Si haces lo que te indico, podremos estar cómodos antes del anochecer.

Starkadh se levantó.

—¿Me tomas por uno de esos torpes mineros? Claro que te ayudaré. ¿Eres finés, o has vivido entre fineses, para saber cómo sobrevivir en el bosque?

—No, nací en Dinamarca, como tú… hace mucho tiempo. Pero aprendí el arte del cazador en mi infancia.

Gest notó sin sorpresa que debía escoger las palabras con cuidado al dar instrucciones. La arrogancia de Starkadh. podía estallar a cada instante. En una ocasión rugió «¿Acaso soy un cautivo?» y desenvainó la espada. Al fin la envainó, se dio un puñetazo en la palma e hizo lo que se le pedía, pero por un segundo el dolor le contrajo la cara.

La luz del día se derramaba desde el oeste. Cada vez despuntaban más estrellas. Cuando la penumbra cubrió el claro, los hombres tenían preparado el campamento. Un refugio de leña, con helechos y ramas en el interior, les permitía descansar a resguardo del rocío, las nieblas nocturnas y las posibles lluvias. La hierba apilada en la entrada mantenía la tibieza de una fogata que Gest había encendido con una barrena. Además de piñones y bayas, había hallado piñas, juncos y raíces para acompañar el pan con queso. Una vez que las asaran, él y Starkadh podrían dormir bastante satisfechos.

Gest se acuclilló ante el fuego, cortando una vara verde con el cuchillo para tallar un utensilio de cocina. Era un fuego más pequeño del que habría preparado el guerrero, y chisporroteaba suavemente. El humo ligero olía a resina. Aunque el aire se enfriaba deprisa en esa temporada, Starkadh comprendió que podía mantenerse tibio quedándose cerca. Las llamas rojas y amarillas arrojaban una luz trémula sobre los pómulos y la nariz de Gest; le resbalaba en los ojos y le arrojaba sombras en la barba gris.

—Eres muy hábil —dijo Starkadh—. Desde luego, viajarás conmigo.

—Ya hablaremos de eso —respondió Gest, mirando su labor.

—¿Por qué? Me has dicho que me buscabas.

—Sí, exacto. —Gest inhaló con fuerza—. Largo tiempo estuve lejos, hasta que al fin los recuerdos del norte me abrumaron y tuve que regresar para ver si los álamos aún temblaban en las ligeras noches de verano. —No mencionó a la mujer que había muerto después de que ambos hubieran viajado treinta años juntos por las vastas praderas del Oriente con una tribu de pastores—. Había perdido las esperanzas, había dejado de buscar… hasta que atravesé los bosques y los brezales de Jutlandia y la vieja lengua volvió a despertar en mí, sin muchos cambios desde mi partida. Oí hablar de Starkadh—. ¡Debía encontrarlo! Seguí los rumores hasta Hleidhra, donde me dijeron que había cruzado el mar para reunirse con el rey Harald e ir a la guerra. Seguí ese rastro hasta Bravellir, y llegué al atardecer, cuando la matanza de ese día había terminado. Por la mañana hallé a hombres que lo habían visto alejarse de allí, y seguí el camino que me indicaron. Y aquí estamos, Starkadh.

El hombre corpulento se movió.

—¿Qué deseas de mí? —gruñó.

—Primero, que me cuentes la historia de tu vida. He oído algunas anécdotas llamativas.

—Te gustan los chismes.

—He buscado el conocimiento por todo el mundo. ¿Cómo puede un narrador de historias pagar el alojamiento de una noche o un escaldo componer estrofas para los jefes a menos que tenga entre los labios algo digno de contar?

Starkadh se había desabrochado la espada, pero llevó la mano al cuchillo.

—¿Se trata de una brujería? Eres extraño, Gest.

El vagabundo clavó los ojos en el guerrero y respondió:

—Juro que no obraré ningún hechizo. Lo que busco es aún más extraño.

Starkadh reprimió un temblor. Como si embistiera contra el miedo para pisotearlo, dijo deprisa:

—Mis actos son célebres, aunque nadie salvo yo los conoce todos. Pero sin duda historias exageradas e insidiosas han circulado con los años. No desciendo de los gigantes. Eso es un cuento de viejas. Mi padre era un hacendado del norte de Zelanda, mi madre venía de una aldea de pescadores, y tuvieron otros hijos que crecieron, vivieron como gente común, envejecieron y fueron a la tumba, también como gente común… cuando no los arrebataron la batalla, la enfermedad o el mar.

—¿Cuánto hace que reposan bajo tierra? —preguntó Gest, pero Starkadh ignoró la respuesta.

—Yo era grande y fuerte, como ves. Desde la infancia me desagradó trabajar los campos o izar redes llenas de peces malolientes. A los doce años me hice vikingo. Algunos hombres de la vecindad tenían un barco en común. Se juntaron con otros barcos y durante un tiempo realizaron incursiones en las costas escandinavas. Cuando regresaron para cosechar el heno, yo me quedé. Busqué a un capitán que se quedara durante el invierno; y desde entonces mi fama creció rápidamente.

»¿He de hablarte de batallas, saqueos, incendios, banquetes, hambre, frío, camaradas, mujeres, ofrendas a los dioses, luchas contra la tormenta y la mala suerte cuando los dioses se encolerizaban con nosotros, reyes a quienes servimos y reyes a quienes derrocamos? Los años se confunden dentro de mí como restos de naufragio en un arrecife.

»Frodhi, rey de Hleidhra, me acogió cuando me fui a pique. Me puso al mando de las tropas de su palacio, y yo le convertí en el mayor de los señores de su tiempo. Pero su hijo Ingjald resultó ser debilucho, perezoso y glotón. Se lo reproché y abandoné la comarca disgustado. Pero en ocasiones regresé para empuñar la espada por hombres más dignos de la casa Skjoldung. Harald fue el mejor de ellos. Fue el primero de los reyes de toda Dinamarca y Gautlandia, e incluso de Suecia; pero ahora Harald ha caído, y su obra se ha desmoronado, y estoy solo de nuevo.

Se aclaró la garganta y escupió. Tal vez era su forma de no llorar.

—Me dijeron que Harald era viejo —dijo Gest—. Tuvo que viajar a Bravellir en carreta, y estaba casi ciego.

—¡Murió como un hombre!

Gest asintió, calló y preparó la cena. Comieron en silencio. Luego aplacaron de nuevo la sed en el manantial y se alejaron para orinar. Cuando Starkadh regresó a la fogata encontró a Gest de vuelta, agazapado. Había anochecido por completo. El Carro de Thor relucía enorme, desnudo sobre las copas de los árboles, y la Estrella del Norte estaba más alta que una punta de lanza.

Starkadh se plantó ante el fuego, las piernas separadas, los brazos en jarras, y bramó:

—Estoy ya harto de tus arteras evasivas. ¿Qué quieres? Dilo, o te abatiré.

Gest alzó los ojos.

—Una última pregunta ——dijo—. Luego lo sabrás. ¿Cuándo naciste, Starkadh?

El gigante escupió una maldición.

—¡Preguntas y preguntas y preguntas, pero nada dices! ¿Qué clase de criatura eres? Te sientas en cuclillas como un hechicero finés.

Gest negó con la cabeza.

—Aprendí esto más hacia el este —replicó con voz mansa—, y muchas cosas más, pero nada de hechicería.

—¡Aprendiste a portarte como una mujer! ¡Llegaste tarde al campo de batalla y te quedaste mirando mientras yo luchaba con seis hombres!

Gest se levantó, enderezó la espalda, miró a través de las llamas.

—Ésa no era mi guerra, y no habría perseguido a hombres que ya no me amenazaban —dijo con una voz que parecía acero deslizándose en la vaina. En la fluctuante penumbra, bajo las estrellas y el Camino del Invierno, de pronto parecía tan alto como el guerrero, o más aún—. Oí decir que eres formidable en la batalla, pero que estás condenado a hacer malos actos, cosas despreciables una y otra vez. Dicen que Thor te impuso esto porque te odia. Dicen que el dios que te profesa buena voluntad es Odín, padre de la brujería. ¿Es verdad?

El gigante jadeó intimidado. Alzó las manos y las agitó en el aire.

—Cháchara vacía —gruñó—. Nada más.

Gest continuó su embestida.

—Pero has cometido traiciones. ¿Cuántas, en todas las vidas que has vivido?

—¡Contén la lengua! —bramó Starkadh—. —Tú qué sabes de no tener edad? Calla, o te partiré en dos como el insecto que eres.

—Tal vez no sea tan fácil —murmuró Gest—. Yo también he vivido un largo tiempo. Mucho más que tú, amigo mío.

Starkadh respiró roncamente. Lo miró boquiabierto.

—Bien —dijo secamente Gest—, nadie en estas comarcas lleva la cuenta de los años, como en el sur o en el este. Oí decir que habías vivido las vidas de tres hombres. Eso debe significar simplemente que la gente recuerda que sus abuelos hablaron de ti. Supongo que cien años es una buena estimación.

—Yo… pensaba que era más.

De nuevo Gest miró a Starkadh de hito en hito. Habló con voz más suave pero más sombría, trémula como una brisa en la noche.

—Yo no sé qué edad tengo. Pero en mi infancia aún no conocían el metal en estas tierras. De piedra eran los cuchillos, las puntas de hacha, de lanza y de flecha y las cámaras funerarias. No fueron los gigantes quienes levantaron esos dólmenes que se yerguen sobre la tierra. Fuimos nosotros, tus antepasados, quienes poníamos nuestros muertos a descansar y ofrendábamos a nuestros dioses. Aunque esos «nosotros» ya no existen. Los he sobrevivido, sólo yo, así como he sobrevivido a sucesivas generaciones de hombres… hasta hoy, Starkadh.

—Has encanecido —dijo el guerrero, con un gemido que era una negación.

—Encanecí cuando era joven. Les ocurre a algunas personas. En nada más he cambiado. Nunca he estado enfermo, y las heridas sanan deprisa, sin dejar cicatriz. Cuando se me caen los dientes, crecen otros nuevos. ¿Te sucede lo mismo?

Starkadh tragó saliva y asintió.

—Supongo que has sufrido más heridas que yo, con la vida que llevas ——dijo Gest con tono reflexivo—. Yo he sido tan pacífico como me permitían los demás, y tan cauto como cualquier viajero. Cuando los carros irrumpieron en lo que hoy llamamos Dinamarca… —Frunció el ceño—. Eso está olvidado, sus guerras, sus hazañas y su misma lengua. La sabiduría perdura. Eso es lo que he buscado a través del mundo.

Starkadh se estremeció.

—Gest —murmuró—, ahora recuerdo que en mi juventud se contaban historias sobre un viajero que… Nornagest. ¿Eres tú? Pensé que era sólo una historia.

—A menudo me fui del norte por cientos de años. Siempre sentía ganas de volver. Mi última estancia aquí fue ochenta años atrás. Una ausencia más breve que las anteriores, pero… —Gest suspiró de nuevo,_. Cada vez me canso más de deambular por la tierra entre los vientos. Conque las gentes me recordaron por un tiempo, ¿eh?

El aturdido Starkadh sacudió la cabeza.

—Y pensar que yo estaba vivo entonces. Pero debía de estar viajando… ¿Es verdad que las Nornas contaron a tu madre que morirías cuando se agotara una vela, y que ella la apagó y tú aún la llevas contigo?

Gest sonrió.

—¿Tú crees que Odín te ha dado longevidad? —Adoptó un semblante grave—. No sé por qué ambos somos lo que somos. Es un enigma tan oscuro como la muerte del resto de los hombres. ¿Nornas, dioses? El hambre de saber me llevó hasta los confines del mundo, además de la esperanza de encontrar a otros como yo. Oh, ver a una amada esposa marchitarse, y ver que nuestros hijos la siguen… Pero en ninguna parte hallé a alguien a quien el tiempo perdonara, ni encontré ninguna respuesta. En cambio, oí demasiados consejos, conocí demasiados dioses. Allende el mar invocan a Cristo, pero si viajas muy al sur está Mahoma; y en el Oriente está Gautama Buda, salvo allá donde dicen que el mundo es un sueño de Brahma, o hacen ofrendas a una hueste de dioses y fantasmas, y elfos como los de nuestras tierras del norte. Y casi todos los hombres a quienes pregunté me dijeron que su gente sabía la verdad mientras que los demás estaban confundidos. Si tan sólo pudiera oír una palabra que tuviera al menos un viso de certeza…

—No te inquietes por eso —dijo Starkadh, con renovada arrogancia—. Las cosas son lo que son, y ningún hombre escapa a su destino. La libertad consiste en dejar un alto nombre detrás.

—Me preguntaba si estaba solo, si mi inmortalidad era una maldición lanzada sobre mí por alguna culpa horrenda que he olvidado —continuó Gest—. Pero eso parecía erróneo. Ocurren nacimientos extraños. A menudo son inválidos o deformes, pero de vez en cuando surge una criatura que puede florecer, como un trébol de cuatro hojas. ¿Seremos los inmortales algo parecido? Seríamos muy pocos. La mayoría bien podría morir en guerras o accidentes antes de descubrir que son distintos. Otros podrían morir en manos de vecinos que temen que sean brujos. O quizá huyan, adopten nuevos nombres, aprendan a ocultar lo que son. Yo hice esto, y rara vez permanecí mucho tiempo en el mismo lugar. De cuando en cuando hallé gente dispuesta a aceptarme tal como soy, hombres sabios del Oriente, o toscos habitantes del bosque como mis nórdicos, pero al final siempre había demasiada pena, el peso agobiante de los recuerdos, y también debí marcharme.

»Nunca hallé a los de mi especie. Muchos caminos seguí, a veces durante años, pero ninguno condujo a nada. Al final perdí las esperanzas y emprendí la Vuelta hacia mi hogar. Al menos, la primavera nórdica es eternamente joven.

»Y entonces oí hablar de ti.

Gest se acercó al fuego. Apoyó las manos en los hombros de Starkadh.

—Aquí termina mi búsqueda, donde comenzó —dijo. Las lágrimas le temblaban en las pestañas—. Ahora somos dos, y ya no estamos solos. Y así sabemos que tiene que haber más, mujeres entre ellos. Juntos, ayudándonos y alentándonos, podemos buscar hasta encontrarlos. ¡Starkadh, hermano mío!

El guerrero permaneció inmóvil.

—Esto… es… inesperado —musitó.

Gest lo soltó.

—En efecto. Yo tuve mucho tiempo para pensar desde que recibí noticias de ti. Bien, tómate tu tiempo. Nosotros tenemos más de lo que tienen la mayoría de los hombres.

Starkadh escrutó la oscuridad.

—Pensé que un día sería viejo y débil como Harald —jadeó—. A menos que primero cayera en la batalla, y pensé en tratar de que así fuera… Pero me dices que siempre seré joven. Siempre.

—Una carga que a menudo ha resultado insoportable para mí —declaró Gest—. Pero, compartida, será más liviana.

Starkadh apretó los puños duros como roble.

—¿Qué haremos con ella?

—Cuidar de nuestro don. Tal vez, a pesar de todo, venga del Más Allá y quienes lo reciben estén señalados para hazañas que cambiarán el mundo.

—Sí. —La alegría palpitó en la voz de Starkadh—. Una fama imperecedera, y estar vivo para disfrutarla. Reunir huestes guerreras, capturar reinos, fundar casas reales.

—Aguarda, aguarda —dijo Gest—. No somos dioses. Nos pueden asesinar, ahogar, quemar, matar de hambre, como a los demás hombres. He permanecido en la tierra tantos años gracias a mi cautela.

Starkadh lo miró con frialdad.

—Lo entiendo —barbotó con desdén—. ¿Tú sabes de honor?

—No quiero decir que actuemos como timoratos. Procuremos tener poder, y un escondrijo por si la suerte no nos sonríe. Después daremos a conocer lo que somos poco a poco, a la gente en quien Podamos confiar. Su respeto nos ayudará, pero eso no es suficiente; para conducir, debemos servir, debemos dar.

—¿Cómo podemos dar a menos que tengamos oro, tesoros, un botín tal como el que pueden acumular vikingos inmortales?

Gest frunció el ceño.

—Estamos a punto de discutir. Será mejor que no hablemos más, sino que reflexionemos mientras descansamos. Mañana, después de dormir, pensaremos con mayor claridad.

—¿Puedes dormir… después de esto?

—¿Qué? ¿Tú no estás agotado?

Starkadh rió.

—Después de recoger tan buena cosecha, quise decir. —No llegó a ver la mueca de disgusto de Gest.— Como quieras. Al lecho.

Sin embargo, en el refugio pataleó y murmuró y movió los brazos. Al fin Gest decidió salir.

Encontró un lugar seco cerca del manantial, pero optó por buscar descanso en la meditación y no en el sueño. Tras adoptar la posición del loto, indujo la calma dentro de sí mismo. Eso fue fácil. Tiempo atrás había superado a sus gurús en comarcas que estaban al este de las alboradas de Dinamarca: pues había tenido siglos para practicar las disciplinas mentales y corporales que ellos enseñaban. Pero no habría podido resistir tanto sin sus enseñanzas. ¿Cómo les iría a esos maestros, a esos chelas amigos? ¿Natha y Lobsang al fin se habrían liberado de la Rueda?

¿Él se liberaría alguna vez? Sintió esperanza. Nunca podía abandonarla M todo. ¿Eso significaba que él rechazaba la fe? «Om mani padme hum.» Esas palabras no le habían capturado el alma. ¿Pero era porque él no lo consentía? Si tan sólo hallara un Dios a quien entregarse…

Al menos se había vuelto semejante a los sabios que controlaban el cuerpo y sus pasiones. Había alcanzado el poder que ellos buscaban. A una orden, el aliento y el pulso disminuyeron hasta que dejó de percibirlos. El frío dejó de ser algo que le invadía la piel; Gest fue el frío, fue el mundo nocturno, se transformó en la estrofa que decía:

Despacio asciende la luna. Su filoso borde hiende la oscuridad. Astros y escarcha, quietos como los muertos, anuncian el ocaso de otro año.

Un ruido lo sacó del trance. Habían pasado horas. El cielo del este estaba gris sobre los árboles. El rocío irradiaba los únicos resplandores en una penumbra sin matices. Humeaban brumas encima de esa penumbra y en el aliento de los hombres. El claro gorgoteo del manantial parecía más fuerte de lo que era.

Starkadh estaba acuclillado ante el refugio. Al salir lo había desbaratado con su andar torpe. Empuñaba la espada envainada que había dejado sobre la cota de malla. Miró a su alrededor con los ojos irritados hasta encontrar a Gest. Soltó un gruñido y se le acercó. Gest se levantó.

—Buenos días —saludó.

—¿Has pasado la noche sentado? —preguntó Starkadh con voz ronca—. Yo tampoco he podido dormir.

—Espero que hayas descansado, de todos modos. Iré a ver qué hay en las trampas.

—Espera. Antes de continuar juntos…

Gest sintió un escalofrío.

—¿Qué te molesta?

—Tú. Tu lengua evasiva. Me he agitado como en una pesadilla, procurando entender lo que dijiste ayer. Ahora explícate.

—Vaya, pensé que te lo había explicado. Somos dos inmortales. Nuestra soledad ha llegado a su fin. Pero debe de haber otros, mujeres entre ellos, y debemos encontrarlos y… permanecer juntos. Para ello, haremos juramentos, seremos hermanos.

—¿De qué tipo? —gruñó Starkadh—. Yo el jefe, luego el rey; tú mi escaldo y vasallo… ¡Pero no fue eso lo que dijiste! —Tragó saliva—. ¿Tú también quieres ser rey? —Sonriendo—: ¡Claro! Podemos dividirnos el mundo.

—Moriríamos en el intento.

—Nuestra fama nunca morirá.

—Peor aún, podríamos distanciarnos. ¿Cómo pueden permanecer juntos dos que siempre trafican con la muerte y la traición?

De inmediato Gest comprendió su error. Había querido decir que así era la naturaleza del poder. Apresarlo y conservarlo eran dos actos igualmente sucios. Pero antes de que él pudiera continuar, Starkadh se llevó la mano a la empuñadura. La cara de piedra palideció.

—Conque enlodas mi honor —dijo Starkadh con voz gutural.

Gest alzó la mano, la palma hacia fuera.

—No. Deja que me explique.

Starkadh se inclinó haciendo aletear las fosas nasales.

—¿Qué has oído decir de mí? ¡Escúpelo!

Gest sabía bien que debía hacerlo.

—Dicen que tomaste cautivo a un reyezuelo y lo colgaste como ofrenda a Odín, después de prometerle la vida. Dicen que asesinaste a otro en su casa de baños, en venganza. Pero…

—¡Tuve que hacerlo! —aulló Starkadh—. Siempre fui un forastero. Los demás eran demasiado jóvenes y… —bramó como un uro.

—Y tu soledad te fustigó hasta que devolviste los golpes, a ciegas —dijo Gest—. Comprendo. Lo comprendí en cuanto oí hablar de ti. A menudo me he sentido así. Recuerdo actos míos que me dolieron como quemaduras. Es sólo que no me gusta matar.

Starkadh escupió en el suelo.

—Correcto. Te has abrazado a tus años como una vieja arropándose en la manta.

—¿Pero no ves que las cosas han cambiado para ambos? —exclamó Gest—. Ahora tenemos tareas mejores que atacar a gente que nunca nos ha hecho daño. Lo que te trajo deshonor fue el afán de fama, riqueza y poder.

Starkadh soltó un grito y desenvainó la espada. Atacó.

Gest se deslizó como una sombra, pero el acero le mordió el brazo izquierdo. La sangre brotó, empapó la tela, goteó en el arroyuelo que salía del manantial.

Retrocedió, extrajo el cuchillo, se agazapó. Starkadh—. se quedó donde estaba.

—Debería partirte en dos por lo que has dicho —jadeó. Tragó aire—. Pero creo que morirás pronto de este tajo. —Una risotada vibrante—. Qué lastima. Esperaba que fueras mi amigo. El primer amigo verdadero de mi vida. Bien, las Nornas lo han dispuesto de otro modo.

«Nuestros caracteres lo han dispuesto de otro modo —pensó Gest—. Qué fácil sería matarte. Qué vulnerable eres a cien trucos marciales que conozco.

—En cambio, tendré que continuar como antes —dijo Starkadh—. Solo.

«Así sea», pensó Gest.

Con los dedos de la mano derecha tanteó bajo la camisa rasgada y juntó los labios de la herida.

Transformó el dolor en algo muy distante de sí mismo, como las brumas que se despedazaban bajo la creciente luz. Concentró la mente en el flujo sanguíneo.

Starkadh destrozó el refugio a patadas, cogió su cota de malla, se la puso sobre la tela mullida donde se había acostado a la noche. Se puso el casco y el yelmo, se calzó la espada, alzó el escudo. Cuando estuvo preparado para marcharse, miró con asombro al otro hombre.

—¿Qué? ¿Todavía estás en pie? —dijo—. ¿Debo rematarte?

Si lo hubiera intentado, Gest lo habría matado él. Pero Starkadh se detuvo, se estremeció y dio media vuelta.

—No —murmuró—. Esto me da escalofríos. Parto hacia mi propio destino, Nornagest.

Echó a andar camino arriba, se internó en el bosque y se perdió de vista.

Entonces Gest pudo sentarse y prestar plena atención a su cuerpo. Había detenido la hemorragia antes de perder mucha sangre, pero estaría débil durante unos días. No importaba. Podía quedarse allí hasta que estuviera en condiciones de viajar; la tierra proveería. Trató de apresurar la unión de la carne herida.

No se atrevió a pensar en la incurable herida interior.


2

<p>2</p>

—Sin embargo, nos vimos muy poco, Starkadh y yo —continuó Gest—. Después de eso oí rumores sobre él, hasta que me marché de nuevo; y cuando regresé había muerto hacía tiempo, del modo que él deseaba.

—¿Por qué has viajado tanto? —preguntó el rey Olaf—. ¿Qué buscabas?

—Lo que nunca he encontrado —le respondió Gest—. Paz.

No, eso no era del todo cierto. Una y otra vez había encontrado la paz, en la cercanía de la belleza o la sabiduría, en los brazos de una mujer, en la risa de los niños. ¡Pero qué breves momentos! Su último matrimonio, en las tierras altas de Noruega, ya parecía el sueño de una sola noche: Ingridh y su juvenil alegría, sus vástagos en la cuna que Gest había tallado, sus bríos aún mientras se volvía más canosa que él, pero luego los años de agotamiento, y después los entierros, los entierros. ¿Dónde estaba Ingridh ahora? Gest no podía seguirla, ni a ella ni a todas las que titilaban en el linde de la memoria, ni a la primera y más dulce de todas, con guirnaldas de laurel y un cuchillo de pedernal en la mano…

—En Dios está la paz —dijo el sacerdote.

Quizá, quizá. Hoy las campanadas de la iglesia repicaban en Noruega, como durante una generación o más habían repicado en Dinamarca, sí, en la zona sagrada de la Madre donde él y la muchacha de las guirnaldas habían ofrecido flores… Había visto la invasión de los carros de guerra y los dioses de la tormenta en el terruño, había visto bronce y hierro, las caravanas que enfilaban a Roma y las naves vikingas que infiltraban a Inglaterra, la enfermedad y el hambre, la sequía y la guerra, y la vida que comenzaba pacientemente de nuevo; cada año se hundía en la muerte y aguardaba la llegada del sol para renacer; él también podía marcharse si deseaba y errar en el viento con las hojas.

El sacerdote del rey Olaf pensaba que pronto terminarían todas las búsquedas y los muertos se levantarían de las tumbas. Ojalá fuera así. Muchos otros lo creían. ¿Por qué no el?

Venid a mí, todos los que trabajáis y sufrís una pesada carga, y yo os daré reposo.

Días después, Gest dijo:

—Sí. aceptaré el bautismo.

El sacerdote lloró de alegría y Olaf dio muestras de alegría.

Pero esa noche en el salón, cuando todo hubo terminado, Gest cogió una vela y la encendió con una antorcha. Se echó en un banco desde donde pudiera verla y afirmó:

—Ahora puedo morir.

«Ahora me he rendido. »

Dejó que la luz de la vela le inundara la visión, el ser. Fue uno con ella. La luz creció hasta que Gest vio que brillaba en esas caras perdidas, las arrancaba de la oscuridad, las acercaba cada vez más. Los latidos del corazón seguían a Gest, internándose en la quietud.

Olaf y los jóvenes guerreros quedaron atónitos. El sacerdote se arrodilló en la sombra y rezó en voz baja.

La luz de la vela se apagó. Nornagest permanecía inmóvil. En el salón ululaba un viento invernal.


VI. Encuentro

<p>VI. Encuentro</p>

El oro brillaba a lo lejos como una estrella vespertina. A veces lo ocultaban los árboles, una fronda o los restos de un bosque, pero los viajeros siempre lo veían de nuevo al moverse hacia el oeste, rutilante en un cielo vasto donde escasas nubes cabalgaban sobre una llanura ventosa salpicada de aldeas y verdes sembradíos.

Horas después, cuando los rayos del sol se enredaban en las cejas de Svoboda Volodarovna, las colinas se perfilaron con claridad, con la ciudad en la más alta. Detrás de las murallas y torres se elevaban cúpulas, capiteles, el humo de mil hogares; y encima de todo fulguraba el cielo. Svoboda oyó tañidos, no la voz solitaria de una capilla campestre sino varias campanas, que debían de ser grandes para llegar a tanta distancia, repicando juntas en un son que sin duda era similar a la música de los ángeles o de la morada de Yarilo.

—El campanario, la cúpula dorada, pertenece a la catedral de Sviataya Sophia —señaló Gleb Ilyev—. No es el nombre de un santo, sino que significa «Santa Sabiduría». Viene de los griegos, quienes trajeron la palabra de Cristo a los rusos. —Ese hombre bajo y rechoncho, de nariz respingona y barba hirsuta y entrecana, era algo presuntuoso. Pero la tez curtida indicaba muchos años de viajes, a menudo a través del peligro, y la ropa elegante indicaba su éxito.

—¿Entonces todo esto es nuevo? —preguntó asombrada Svoboda.

—Bien, esa iglesia y otras cosas —replicó Gleb—. El gran príncipe Yaroslav Vladimirovitch las ha construido desde que capturó estas tierras y trasladó su sede desde Novgorod. Pero desde luego Kiyiv ya era grande. Fue fundada en tiempos de Rurik…, hace dos siglos, creo.

Y para mí esto era sólo un sueño, pensó Svoboda. Habría sido menos real que los viejos dioses que según suponemos aún rondan el desierto, si mercaderes como Gleb no atravesaran nuestra aldea de vez en cuando, trayendo mercancías que pocos pueden costear pero también historias que todos ansían oír.

Azuzó al caballo y lo espoleó con los talones. Estas tierras bajas cercanas al río aún estaban húmedas después de las inundaciones de primavera, y el lodo del camino había fatigado al caballo. Detrás de ella y su guía venían sus acompañantes, media docena de empleados y dos aprendices que conducían animales de carga y un par de carromatos con mercancías. Aquí, a salvo de los bandidos y los guerreros pecheneg, habían dejado las armas y sólo llevaban túnicas, pantalones, sombreros altos. Gleb se había puesto buenas ropas esa mañana, para tener un aspecto adecuado al llegar; se había echado una capa orlada de piel sobre una chaqueta de brocado.

También Svoboda estaba elegante, con un vestido de lana gris con un ribete bordado. Iba sentada de costado en la silla, y sus faldas revelaban botas con finas costuras. Un pañuelo cubría sus trenzas rubias. La intemperie apenas la había bronceado, el trabajo la había fortalecido sin encorvarle la espalda ni ajarle las manos. Los huesos grandes no le afeaban la buena figura, y tenía ojos azules, nariz roma, labios carnosos y barbilla cuadrada. El linaje y la fortuna eran manifiestos; su padre había sido jefe de la aldea en sus tiempos, y cada uno de sus esposos había sido más acaudalado que la mayoría de los hombres: herrero, trampero, criador de caballos, comerciante. No obstante, debía contenerse para manifestar calma, y el corazón le saltaba en el pecho.

Cuando llegó ante el Dnieper, contuvo el aliento. El pardo y caudaloso río fluía a pocos metros de distancia. A la derecha, una isla baja y cubierta de hierba lo dividía. Arroyos menores salían de cada orilla. La margen opuesta era mucho más boscosa, aunque casas y otros edificios jalonaban el camino desde las aguas hasta la ciudad y se apiñaban alrededor de las murallas, mientras que la colina presentaba huertos, pequeñas granjas o tierras de pastoreo.

En esta margen había apenas un lodoso apiñamiento de viviendas. Sus braceros y labriegos prestaban poca atención a los viajeros; estaban habituados a ellos. Pero ella sí atrajo miradas y provocó murmullos. Pocas mujeres acompañaban a los mercaderes, y éstas no gozaban de buena reputación. Una barcaza estaba esperando. El dueño salió al encuentro de Gleb y regateó con él, luego pidió a los tripulantes que ocuparan sus puestos. Se necesitarían tres viajes. La pasarela era empinada, pues el muelle estaba construido previendo la crecida anual. Gleb y Svoboda estuvieron entre los primeros en cruzar. Se instalaron a proa para mirar mejor. Se impartieron órdenes, la madera crujió y el agua gorgoteó al zarpar la nave. Soplaba una brisa fresca. Revoloteaban aves alrededor: patos, gansos, pájaros pequeños, una bandada de cisnes, pero no tantos como en casa; aquí los cazaban más.

—Venimos en un momento de muchísimo trajín —advirtió Gleb—. La ciudad está llena de forasteros. Las trifulcas son comunes, y pueden ocurrir cosas aún peores, a pesar de los esfuerzos del gran príncipe para mantener el orden. Tendré que dejarte sola mientras atiendo mi trabajo. Ten mucho cuidado, Svoboda Volodarovna.

Ella asintió con impaciencia, oyendo apenas las palabras que él había repetido una y otra vez, mirando hacia delante. Cuando se acercaron a la margen oeste, las naves reunidas allí parecieron multiplicarse. Ella aguzó los sentidos y notó que ahora las naves ancladas no tapaban las que estaban junto a los muelles, y debían de sumar veintenas y no centenares. Aun así quedó impresionada. Aquí no había barcazas como aquella en que viajaba, ni botes o bateas como las que usaba su gente. Eran naves largas y delgadas, de tingladillo, de colores chillones, muchas con antojadizos mascarones en la proa. Remos, vergas y mástiles sacados de la carlinga descansaban sobre caballetes encima de los bancos. ¡Debían de extender las velas como alas cuando se hacían a la mar!

—Sí, la famosa flota mercante —dijo Gleb—. Ahora deben de estar todas. Quizá mañana zarpen para Constantinopla, Nueva Roma.

Svoboda seguía sin escuchar. Trataba de imaginar el mar que las naves hallarían en la desembocadura del río. Se extendía allende la mirada de los hombres; era bravío, oscuro y salobre; enormes serpientes y seres que eran mitad pez habitaban sus olas. Eso contaban las historias. Trató de verlo con la mente, pero no pudo. En cuanto a la ciudad del basileus, ¿cómo podía ser que hiciera parecer a la propia Kiyiv pequeña y pobre en comparación?

—¡Quién pudiera ir allí y averiguarlo!

Suspiró una vez, pero contuvo sus anhelos. Con frecuencia había novedades ante uno. Tanto las ganancias como los sufrimientos eran imprevisibles. Ni siquiera en los cuentos de vieja una mujer se había aventurado donde ella lo hacía. Pero ninguna había sido impulsada por tamaña necesidad.

Evocó recuerdos, pensamientos secretos que la habían asaltado cuando estaba sola, trabajando en la casa o el jardín, recogiendo bayas o leña en el lindero del bosque, pasando las noches en vela. ¿Podía ella ser tan especial, una princesa robada de la cuna, una niña escogida por los antiguos dioses o los santos cristianos? Sin duda todos los niños abrigaban ensueños semejantes que siempre se esfumaban al crecer. Pero en ella se habían vuelto a encender poco a poco…

Ningún príncipe había acudido al rescate, ningún zorro ni pájaro de fuego había pronunciado palabras humanas. La vida, simplemente, continuó año tras año hasta que al fin ella se liberó; y eso era obra de ella. Y aquí estaba.

El corazón se le aceleró, liberándola del miedo. ¡Maravillas, por cierto!

La barcaza golpeó contra el muelle. La tripulación la amarró. Los pasajeros desembarcaron internándose en el ajetreo. Gleb se abrió paso entre la multitud de peones, buhoneros, marineros, soldados, remolones. Svoboda permanecía a su lado. Siempre trataba de demostrar carácter en presencia de Gleb, de negociar en vez de suplicar, de ser cordial en vez de apocada; pero en ese momento él sabía qué hacer y ella estaba confundida. Esto no era como las ferias de ese pueblo que conocía, poco más que un fuerte donde los aldeanos buscaban refugio.

Observaba, escuchaba, aprendía. Gleb habló con un funcionario de la capitanía de puerto y un funcionario del príncipe, ordenó a uno de sus hombres que reuniera al resto en determinado lugar, y al fin la condujo colina arriba hacia la ciudad. se habían casado, ganaba algún dinero extra aceptando inquilinos de confianza.

Una criada abrió la puerta y los recibió la dueña de casa. Los seguidores de Gleb entraron el equipaje de Svoboda, y Gleb pagó a la mujer. Fueron a la habitación que ocuparía Svoboda. Era pequeña y tenía una cama estrecha, un taburete, un orinal, una jofaina y una jarra de agua. Sobre la cama colgaba la imagen de un hombre con aureola, rodeado por las letras de su nombre. Era san Yuri, explicó la mujer.

—Mató a un dragón y salvó a una doncella —explicó—. Un buen guardián para ti, querida. Has venido a casarte, ¿verdad? —El marcado y rápido acento obligó a Svoboda a prestar atención.

—En eso confiamos —replicó Gleb—. Arreglar la boda llevará días, Olga Borisovna, y luego están los preparativos. Por ahora, esta dama está cansada después de una larga y ardua travesía.

—Desde luego, Gleb Ilyev. Y sin duda hambrienta. Iré a ver si la sopa esta caliente. Venid a la cocina cuando estéis listos, ambos.

—Yo debo marcharme inmediatamente —dijo Gleb—. Sabes que un comerciante tiene que mirar y trajinar como un halcón en esta temporada, si desea hacer negocios que valgan la pena.

La mujer se fue, y también sus hombres, cuando él les hizo una seña. Por un instante Gleb y Svoboda se quedaron a solas.

La habitación estaba en penumbra, pues sólo había una ventana pequeña cubierta por una tela. Svoboda escrutó la cara de Gleb, que se encontraba en la puerta.

—¿Hoy verás a Igor Olegev? —preguntó en voz baja.

—Lo dudo —suspiró él—. Es un hombre importante, a fin de cuentas, e influyente. Está muy atareado cuando la flota está aquí, no sólo como.

Las murallas eran macizas, terrosas y en algunos puntos estaban blanqueadas. Un pórtico arqueado, flanqueado por roquetas y coronado por una torre, les cedió el paso. Los guardias con yelmo y cota de malla se apoyaban en las picas sin estorbar el tráfico que circulaba en ambas direcciones, a pie, a caballo, en carros tirados por asnos o bueyes, a veces ovejas o vacas rumbo al sacrificio, o en una bestia monstruosa y de pesadilla que Gleb dijo que era un camello. Más allá se elevaban calles serpenteantes. La mayoría de los pintorescos edificios eran de madera, con techos de tejas musgosas o hierba floreciente. A menudo tenían dos o tres pisos. En las ventanas de los edificios de ladrillo relucía el vidrio. Sobre ellos se erguía la cúpula dorada donde anidaban las campanas, coronada por una cruz.

El ruido, los olores y el trajín aturdieron a Svoboda. Gleb debía alzar la voz para identificar a los personajes que veían. Svoboda reconoció enseguida a los sacerdotes, con túnica negra y barba larga; pero un hombre con harapos era un monje que venía a la ciudad desde su remota caverna, mientras que un anciano ricamente vestido y en litera era un obispo. La gente de la ciudad —comadres regateando en un mercado rebosante de mercancías y personas, corpulentos mercaderes, peones, esclavos, niños, campesinos— usaba una gran variedad de atuendos, y ninguno llevaba los adornos que ella conocía. Marineros sucios de brea, nórdicos altos y rubios, polacos y fineses con sus variados atavíos, tribus esteparias de altos pómulos, un par de bizantinos elegantes y desdeñosos: se sentía perdida, y también excitada, entusiasmada, ebria.

En una casa cercana a la muralla sur. Gleb se detuvo.

—Aquí te quedarás —dijo. Ella asintió. Él le había descrito el lugar. Un maestro tejedor, cuyas hijas abastecedor de buques sino…, bien, cuando tratas con hombres de muchas naciones, todo es política y planes y… —No era su costumbre hablar con tanta torpeza—. Le dejaré el mensaje y quizá me reciba mañana. Luego fijaremos una hora para que lo veas y… rezaré por un buen desenlace.

—Dijiste que era seguro.

—No, comenté que me parecía probable. Está interesado. Conozco bien a ese hombre y su situación. Pero ¿cómo puedo hacerte promesas?

Ella suspiró.

—Es verdad. En el peor de los casos, dijiste, puedes encontrar a alguien de inferior posición.

Él miró los juncos del suelo.

—Tampoco es necesario que sea… así. Somos viejos amigos, ¿verdad? Yo podría cuidarte… mejor de lo que me has permitido hacerlo hasta ahora.

—Has sido muy generoso conmigo —dijo ella con suavidad—. Tu esposa es una mujer afortunada.

—Será mejor que me vaya —masculló Gleb—. Debo reunir a mi gente, alojarla, depositar las mercancías, y luego… Mañana, cuando pueda, pasaré por aquí para darte la noticia. Hasta entonces, que Dios te acompañe, Svoboda Volodarovna. —Dio media vuelta y se fue.

Ella se quedó un rato sumida en sus pensamientos antes de dirigirse a la cocina. Óigale ofreció un cuenco de espeso caldo de carne, llena de puerros y zanahorias, acompañado por pan negro y mantequilla. Se sentó frente a ella y le dio conversación.

—Gleb Ilyev me ha hablado tanto de ti…

Con la cautela que le habían enseñado los años, Svoboda cambió de tema. ¿Cuánto habría dicho ese hombre? Fue un alivio comprobar que había sido astuto como de costumbre. Había descrito a una viuda sin hijos que dependieran de ella y sin perspectivas de nuevo matrimonio en su distante y tosco villorrio.

Por caridad, y con la esperanza de ganar los favores del Cielo, Gleb la había recomendado al proveedor Igor Olegev de Kiyiv, también viudo con varios hijos. La perspectiva parecía buena; una campesina podía aprender los modales urbanos si era sagaz, y esta mujer tenía además otras cualidades. Por lo tanto Gleb ayudó a Svoboda a convertir su herencia en dinero, una dote, y la llevó en su siguiente viaje.

—Ah, pobre niña, pobre pequeña. —Olga se enjugó las lágrimas—. ¿Ningún hijo tuyo en esta tierra, y ningún hombre que se case con una joven tan bella? No lo entiendo.

Svoboda se encogió de hombros.

—Había rencillas. Por favor, prefiero no hablar de ello.

—Sí, rencillas de aldea. La gente se vuelve maliciosa cuando se pasa toda la vida sin ver a nadie más. Además son presa de temores paganos. ¿Acaso creen que traes mala suerte, que te maldijo una bruja, sólo porque tuviste tantas penas? Que ahora Dios traiga, al fin, prosperidad a tu vida.

Conque Gleb había contado la verdad, incluso mientras la ocultaba. Una habilidad de comerciante. Por un instante, Svoboda pensó en él. Se llevaban bien, y podían llegar a algo más, si este plan matrimonial fracasaba. Que los curas lo llamaran pecado. Kupala el Jovial no lo llamaría así, y quizá los viejos dioses aún permanecieran sobre la tierra… Pero no. Gleb ya peinaba canas. Le quedaba demasiado poco tiempo para que Svoboda se animara a lastimar a una esposa que nunca había conocido. Sabía cuánto dolía una pérdida.

Después de comer, cuando Olga regresó a sus tareas, Svoboda fue a su habitación. Desempacó, guardó sus pertenencias y se preguntó qué hacer. Siempre había tenido alguna ocupación, al menos hilar. Pero había dejado sus enseres al abandonar su hogar. Y no podía resignarse al bendito ocio, saboreándolo, ni al sueño, como hacía la gente del campo cuando tenía la rara oportunidad. Así no se comportaba la hija de un notable, la esposa de un hombre importante. La embargó la inquietud. Caminó de un lado a otro, se tumbó en la cama, se levantó, bostezó, miró a su alrededor, caminó de nuevo. ¿Debía ir a ayudar a los criados de Olga? No, no estaba familiarizada con el lugar. Además, Igor Olegev podía pensar que eso rebajaba a la novia. Siempre que él tuviera interés. ¿Cómo era Igor? Gleb lo llamaba un buen sujeto, pero Gleb nunca lo vería con ojos de mujer, y ni siquiera lo que Gleb decía sobre su apariencia evocaba una imagen real para Svoboda.

Al menos podía apreciar a san Yuri, enjuto, de ojos grandes… Se arrodilló ante él para pedirle su bendición. Las palabras se le atascaron en la garganta. Era obediente pero no devota, y hoy no estaba de ánimo para la mansedumbre.

Se puso a caminar. Poco a poco tomó una decisión. ¿Por qué permanecer encerrada entre esas paredes? Gleb le había dicho que fuera prudente, pero a menudo se había internado sola en el bosque, sin temer al lobo ni al oso, y no había sufrido ningún daño. Una vez cogió a un caballo desbocado por las bridas y lo obligó a detenerse, en otra ocasión mató a un perro rabioso con el hacha, otra vez ella y los vecinos se apiñaron en la aldea amurallada y rechazaron un ataque pecheheg. Además, mientras aquí las horas se arrastraban, allá bullía la vida, la novedad, la maravilla. El campanario, alto y brillante…

¡Claro! La iglesia de la Santa Sabiduría. Allí sentiría ánimo de rezar, allí Dios la oiría y le daría ayuda. Sin duda.

Se puso una capa, la abrocho, se cubrió con la capucha y salió. Nadie podía prohibirle que se fuera, pero sería mejor que pasara inadvertida. Se cruzó con un sirviente, quizás un esclavo, pero él le clavó una mirada obtusa y siguió fregando una estufa de mosaicos en la sala principal. Svoboda cerró la puerta. La calle la absorbió.

Vagabundeó un rato, tímidamente al principio, luego aturdida por el deleite. Nadie la trató con rudeza. Varios jóvenes la miraron y algunos se sonrieron y se codearon, pero eso sólo le provocó un cosquilleo. Algunos la empujaron sin querer. Era menos frecuente que antes, pues las calles estaban menos atestadas a medida que caía el sol. Al fin tuvo una clara vista de la catedral y se dejó guiar por ella.

Cuando contempló Santa Sofía entera, contuvo el aliento. Calculó, deslumbrada, que tendría sesenta pasos de longitud. La masa blanca y verde se erguía con sus paredes y entradas, pasajes con arcadas y altas ventanas de cristal, diez cúpulas en total, seis con cruces y cuatro coronadas de estrellas. Durante un largo tiempo sólo pudo admirarla. Al fin, armándose de coraje, entró dejando atrás a los obreros que acrecentaban ese esplendor. El corazón le latía con gran fuerza. ¿Estaba prohibido? Pero además de los sacerdotes, había plebeyos que entraban y salían. Atravesó la entrada.

Después, durante un tiempo sin tiempo, se desplazó como una rusaíka bajo el agua. Casi se preguntó si ella también se habría ahogado convirtiéndose en uno de esos espíritus. El crepúsculo y el silencio la envolvieron, las ventanas relucientes de colores e imágenes, las paredes de oro e imágenes…, pero no, ese rostro extraño y severo era Cristo, Señor del Mundo, rodeado por sus apóstoles, y esa gigante hecha de pequeñas piedras era Su Madre y… la canción, los tonos profundos y plañideros que se elevaban desde atrás de un tabique tallado, mientras arriba repicaban campanas, eran en alabanza del Padre… Se postró sobre las losas frías. Despertó del trance mucho después. La iglesia era una caverna tenebrosa; Svoboda estaba sola, excepto por unos clérigos y muchas velas. ¿Adonde había ido el día? Se persignó y salió deprisa.

Había caído el sol, y el cielo aún estaba azul pero se ennegrecía con rapidez. La penumbra inundaba las calles entre paredes en cuyas ventanas fluctuaba una luz amarilla. Hacía rato que estaban desiertas. Svoboda notó que su respiración, sus pisadas y el susurro de sus faldas resonaban en el silencio. Doblar a la derecha en esa esquina, a la izquierda en la siguiente… No, se había equivocado, nunca había visto esa casa con las puntas de las vigas talladas con forma de cabezas… Se había perdido.

Se detuvo, se llenó los pulmones, exhaló el aire, hizo una mueca.

—Tonta —susurró—. A tu edad deberías ser más avispada.

Miró en torno. Los techos negros se recortaban contra el cielo casi igualmente oscuro donde temblaban tres estrellas. Enfrente crecía una palidez, la luna en ascenso. Así pues, oeste y este. Su vivienda estaba cerca de la pared sur. Si continuaba ese camino, tanto como lo permitían esas callejas sinuosas, tendría que llegar. Luego podría llamar a una puerta y pedir instrucciones. Sin duda Olga armaría un alboroto y mañana Gleb la reprendería.

Irguió la espalda. Era la hija del notable volodar. Avanzando con cuidado, recogiendo la falda para no mancharla de lodo, se puso en marcha.

Anocheció. El aire se volvió frío. La luna irradiaba una luz tenue cuando atinaba a verla, pero casi siempre la ocultaban los tejados.

Una puerta entornada dejó escapar el fulgor de una lámpara, olor a kvass y comida. Se oían vozarrones y carcajadas. Intimidada, Svoboda avanzó por el otro lado de la calle. Una posada donde los hombres se embriagaban. Había visto cosas similares al visitar el pueblo con un esposo. Rostislav se había aficionado demasiado a ello y regresaba a casa sudoroso y maloliente…

Unas botas taconearon a sus espaldas.

Apuró el paso. La sombra también apuró el paso, y la alcanzó.

—Ja —espetó—, te saludo. —Ella apenas pudo entenderle.

Entraron en un retazo de luz lunar y él dejó de ser una sombra. Una cabeza más alta que ella le impedía ver las estrellas del oeste. Tenía la coronilla rasurada excepto por un rizo en el lado derecho, un bigote bajo una nariz partida, tatuajes sobre el pecho velludo y en los brazos fornidos. Llevaba una camisa entreabierta, pantalones anchos, capa corta, todo endurecido por la grasa. En el cinturón llevaba un cuchillo que casi parecía una espada, un arma prohibida dentro de la ciudad salvo para los guardias del príncipe.

Un demonio, pensó Svoboda con un escalofrío, y luego: No, un varyag. He oído hablar de ellos, nórdicos y rusos que recorren los ríos, afrontan tormentas… Desvió los ojos e intentó continuar.

Una mano le aferró el brazo derecho.

—Ea, no te apresures —rió el hombre—. ¿Buscas diversión a estas horas, eh? Yo te daré diversión.

—¡Dejadme en paz! —exclamó Svoboda, dando un tirón. Él apretó con más fuerza. Una punzada de dolor le apuñaló el hombro. Svoboda trastabilló. Él la sostuvo.

—Ven, allá hay un callejón, te gustará —dijo. El tufo del hombre se le atoró en el gaznate. Tuvo que inhalar para gritar.

—¡Cállate! Nadie vendrá. —La alzó con la mano libre. Svoboda sintió un mareo, un rugido en la cabeza, pero pataleó y gritó de nuevo. —Cállate o…, vaya. —La dejó caer en los adoquines. Ella miró hacia arriba y vio que el hombre se había vuelto hacia otros dos.

Debían de estar en una calle lateral y la habían oído, pensó en su aturdimiento. Que me ayuden. Cristo, Dazhbog, Yarilo, san Yuri, haced que me ayuden.

El varyag había desenvainado el cuchillo.

—Largo —rugió—. No os necesito. —Svoboda comprendió que estaba ebrio, y que eso lo volvía más peligroso.

El más pequeño de los otros dos hombres avanzó con agilidad gatuna.

—Mejor que te refresques la cabezota, amigo —replicó, sacando el cuchillo. Era un utensilio para comer y trabajar, una astilla comparada con la otra arma. Y el que la empuñaba no parecía un guerrero. Era esbelto. Llevaba una chaqueta orlada de piel y pantalones metidos en botas blandas. Svoboda logró distinguir eso porque el acompañante llevaba un farol que arrojaba un fulgor opaco sobre ambos y un charco de luz a sus pies.

El varyag sonrió bajo la luna.

—El lechuguino y el tullido —se burló—. ¿Tú me dices qué debo hacer? Cierra el pico, o descubriré cuan blancas son tus tripas.

El segundo hombre dejó el farol en el suelo con la mano izquierda. No tenía mano derecha. De un tazón de cuero sujeto al antebrazo surgió un garfio de hierro. Era un hombre musculoso, con ropa gruesa y sencilla. Extrajo su pequeño cuchillo.

—Nosotros dos —gruñó—. Tú solo. Cadoc dice largo, tú vas. —Al contrario del hombre delgado, apenas podía hablar ruso.

—¡Dos cucarachas! —aulló el varyag—. ¡Por el trueno de Perun, se acabó!

Dio una zancada hacia delante. Su arma centelleó. El hombre delgado —¿Cadoc?— se movió a un lado y estiró el tobillo. El varyag tropezó, cayó en los adoquines. El hombre del garfio rió. El varyag rugió, se levantó y embistió.

El garfio atacó. La curva terminaba en una punta que se hundió en el brazo del atacante. El varyag aulló. El cuchillo del oponente le abrió un tajo en la muñeca y el varyag soltó su arma. Cadoc se acercó de un brinco y juguetonamente le cogió el rizo y lo cortó.

—Tomaremos el próximo trofeo de tu entrepierna —dijo Cadoc con voz socarrona. El varyag gritó, viró en redondo y huyó. Los ecos murieron.

Cadoc se acercó a Svoboda.

—¿Estás bien, señora? —preguntó—. Ven, apóyate en mí.

La ayudó a levantarse mientras su compañero recogía el cuchillo del varyag.

—No, deja eso —ordenó Cadoc. Sin duda hablaba en ruso para que ella entendiera—. No quiero que los guardias nos lo encuentren encima. Sería tan problemático como el cadáver de ese energúmeno. Vámonos. El alboroto puede haber despertado una curiosidad que no nos interesa. Ven, mi señora.

—Yo no estoy lastimada —jadeó Svoboda. En efecto, sólo había sufrido magulladuras. Aún estaba un poco aturdida. Echó a andar a ciegas, guiada por la mano de Cadoc.

El hombre del farol y el garfio preguntó algo que debía significar: «¿Adonde vamos?»

—A nuestro alojamiento, desde luego —replicó Cadoc en ruso—. Si nos topamos con una patrulla, no ha ocurrido nada. Simplemente salimos en busca de bebida y jolgorio. ¿Estás de acuerdo, señora? Nos debes algo, y no queremos perder la partida de la flota por la mañana tan sólo porque los oficiales de Yaroslav desean interrogarnos. —Debo volver a casa —imploró ella.

—Volverás. Te acompañaremos, no temas. Pero antes… —Se oyeron gritos detrás—. ¡Oíd! Alguien viene. Han encontrado el cuchillo y si también tienen un farol, habrán visto la sangre y las huellas de la pelea. —Cadoc los condujo a un callejón, un túnel tenebroso—. Un camino indirecto, pero evita problemas. Nos ocultaremos un par de horas y luego te escoltaremos, señora.

Salieron a una calle ancha iluminada por la luna. Svoboda había recobrado la compostura. Se preguntó si podría confiar en ese par. ¿No sería más prudente regresar de inmediato a casa de Olga? Si rehusaban, ella iría sola, y no estaría peor que antes. Pero antes no le había ido muy bien. Y —un cosquilleo, una tibieza— nunca había conocido a nadie así. Tal vez nunca lo conocería. Zarparían por la mañana y ella se casaría una vez más.

Cadoc tiró de la manga del compañero y dijo alegremente.

—Ea, Rufus, no pases de largo.

Una casa se erguía ante ellos. La puerta no tenía tranca. Se limpiaron los pies y entraron en una sala en penumbra con mesas, bancos y un par de faroles encendidos.

—La sala común —le dijo Cadoc al oído—. Éste es un hostal para quienes pueden costearlo. Silencio, por favor.

Ella los examinó. Rufus, a la luz del farol, mostraba rasgos toscos, pecas, patillas pobladas y pelo fino, rojizo y brillante. Cadoc tenía aspecto extranjero, cara angosta y aquilina, ojos un tanto rasgados, como los de un danés, pero grandes y castaños, el pelo largo hasta los hombros y tan negro como la barba puntiaguda. Llevaba un anillo de oro con tallas igualmente extrañas, una serpiente que se mordía la cola. Rara vez Svoboda había visto una sonrisa tan afable.

—Bien, bien —murmuró Cadoc—. No sabía que la dama en apuros era tan bonita. —Le hizo una reverencia, como si fuera una princesa—. No temas repito. Te cuidaremos. Qué pena tu vestido. Al mirarse, Svoboda vio que estaba embadurnado de fango.

—Oh, puedo decir que me caí —tartamudeó Svoboda—. Es verdad.

—Creo que podemos hacer algo mejor —dijo Cadoc.

Rufus los siguió arriba, hasta una cámara. Era amplia, con paneles de madera, colgaduras junto a una ventana esmerilada, una alfombra en el suelo. Había cuatro camas, una mesa, varios taburetes y otras comodidades. Rufus cogió la vela del farol y la usó para encender las palmatorias de un candelabro de bronce de siete brazos. Su destreza indicó a Svoboda que debía de haber perdido la mano tiempo atrás, pues se las apañaba muy bien sin ella.

—Somos sólo nosotros dos —le explicó Cadoc a Svoboda—. Vale la pena el coste. Ahora… —Se agachó junto a un baúl, sacó una llave de la faltriquera, abrió el cerrojo—. La mayoría de nuestros bienes están en nuestra nave, desde luego, pero aquí hay algunos muy valiosos, tanto del exterior como adquiridos en Kiyiv. Incluyen… —Hurgó en el baúl—. Ah, sí. —Extrajo una tela que brilló a la luz de las velas—. Lamento que no podamos preparar un baño caliente a estas horas, señora mía, pero allá encontrarás una jofaina, una jarra de agua, jabón, toallas, una tinaja para el agua sucia. Usa lo que desees, y luego ponte esto. Entretanto, por supuesto, Rufus y yo nos ausentaremos. Si entreabres la puerta y extiendes tus prendas sucias, él verá qué puede hacer para limpiarlas.

El pelirrojo torció la boca y gruñó en una lengua desconocida. Cadoc le respondió en tono jocoso hasta persuadirlo. Ambos cogieron velas y salieron. Svoboda se quedó a solas con su desconcierto. ¿Había soñado? ¿Se había internado en la tierra de los elfos o había encontrado a un par de dioses, allí en ese baluarte cristiano? Se echó a reír. ¡Fuera lo que fuese, era nuevo, era maravilloso!

Abrió broches, desató cordones, se quitó la ropa, la pasó por la puerta como había sugerido Cadoc. Alguien la cogió. Ella cerró la puerta y fue a lavarse. Acarició una desnudez lamida por el aire fresco. Se frotó con languidez. Oyó un golpe en la puerta, contestó «Aún no» y se apresuró a secarse. La prenda estirada sobre una cama le arrancó un suspiro de admiración. Era una túnica de tela brillante y tersa, azul con bordes dorados, con botones de plata. Tenía los pies descalzos. Bien, mirando por debajo de la falda, los pies espiarían, pensó con un sonrojo. Se peinó los rizos que le habían caído sobre las trenzas recogidas, y supo que su pelo ámbar luciría bien con el vestido.

—Adelante —dijo con voz trémula.

Apareció Cadoc con una bandeja en la mano izquierda. Cerró la puerta y puso la bandeja en la mesa. Traía una jarra y dos tazas.

—Nunca pensé que la seda pudiera ser tan bella —dijo.

—¿Qué? —preguntó Svoboda, deseando que se le aplacara el pulso.

—No importa. A menudo soy muy directo. Por favor siéntate y disfruta de una copa conmigo. He despertado al camarero para que me sirviera lo mejor. Tranquilízate, recóbrate de esa desdichada experiencia.

Ella se sentó en un taburete. Antes de imitarla, Cadoc sirvió un líquido rojo con un aroma estival.

—Eres muy amable —susurró Svoboda. Gleb también es amable, pensó; luego, involuntariamente, se dijo: No, Gleb es un campesino que envejece.

Sabe leer y escribir, ¿pero qué más sabe? ¿Qué más ha visto y hecho fuera de sus cortos recorridos?—. ¿Cómo puedo recompensarte? —Y pensó: ¡Qué tontería he dicho!

Pero Cadoc sólo sonrió, alzó la taza y replicó:

—Puedes decirme tu nombre, señora, y cualquier otra cosa que desees. Puedes complacerme un rato con tu compañía. Es más que suficiente. Bebe, por favor.

Ella bebió un sorbo. Sintió un delicioso sabor en el paladar. Esto no era vino de bayas de los bosques, era… era…

—Yo soy… —Casi le dio su nombre de pila. Pero desde luego eso sería imprudente. Creía que podía confiar en Cadoc, pero sería vulnerable a los hechizos si ese nombre llegaba a oídos de un brujo. Además, rara vez pensaba en él—. Svoboda Volodarovna —dijo. El nombre que usaba en casa—. De… muy lejos. ¿Dónde está tu amigo?

—¿Rufus? Oh, lo he puesto a limpiar tu ropa. Así no nos molestará. Le di su propio vino para que tuviera compañía. Un hombre leal y valiente, pero limitado.

—¿Tu sirviente, pues?

¿Una sombra cruzó la cara de Cadoc?

—Un compañero de hace mucho tiempo. Perdió la mano luchando, cubriéndome la espalda, cuando nos emboscó una pandilla de sajones. Continuó luchando con la mano izquierda, y escapamos.

¿Qué eran los sajones? ¿Salteadores?

—Semejante herida debió dejarlo inválido. La mayoría de los hombres pronto habrían muerto por su causa.

—Somos duros de pelar. Pero no hablemos más de eso. ¿Por qué estabas en la calle después del anochecer, Svoboda Volodarovna? Sin duda no eres de las que frecuentan las calles. Fue pura suerte que Rufus y yo estuviéramos en las cercanías. Estábamos bebiendo una última copa con un agente comercial ruso que conozco; nos despedimos, pues mañana debemos madrugar, nos fuimos y entonces… Ah, parece que Dios no desea que una dama como tú sufra un episodio tan sórdido.

El vino brillaba y le cosquilleaba en la sangre. Recordó que debía ser cauta, pero se sorprendió revelando tantas cosas como Gleb le había revelado a Olga Borisovna y aun a Igor Olegev. Las preguntas de Cadoc, serenas y astutas, facilitaron las respuestas.

—Ah —murmuró Cadoc al fin—. Gracias a los santos, te salvamos de la ruina. Ese maldito mercenario no te habría dejado en condiciones de ocultar lo sucedido, siempre que te hubiera dejado con vida. —Hizo una pausa—. Ahora puedes contar a la dueña de casa, y al hombre que te cuida como un padre, que te quedaste hasta tarde en la iglesia, sumida en la plegaria. No es nada insólito por aquí.

Ella se ofuscó.

—¿Debo decir una mentira? Soy una persona de honor.

—Oh, vamos —sonrió Cadoc—. No acabas de salir de un claustro. —Ella no sabía qué era eso, pero entendió el sentido—. ¿Cuántas veces en tu vida un embuste ha sido no sólo inofensivo, sino un escudo contra el dolor? ¿Por qué poner al pobre Gleb en una situación embarazosa, cuando ha trabajado con tanto empeño por ti —y añadió sin ningún pudor—: Como intermediario entre Igor el Proveedor y una magnífica prometida, Gleb puede esperar excelentes negocios, Svoboda.

Ella ocultó su confusión empinando el tazón. Cadoc lo llenó de nuevo.

—Entiendo —dijo—. Eres joven, y los jóvenes son idealistas. No obstante, tienes más imaginación y audacia que la mayoría a tu edad, y que la mayoría de los hombres, y podrías buscar una vida diferente. Usa esa sabiduría.

De pronto se sintió embargada por la desolación. Pero había aprendido a transformarla en una especie de alegría.

—Hablas como mi abuelo —dijo—. ¿Qué edad tienes?

—Aún no estoy senil —bromeó él. La ansiedad de saber surgió como el deseo. Se inclinó hacia delante, notando que él le miraba los pechos. El vino zumbaba como abejas en un prado de tréboles.

—No has dicho nada de ti mismo. ¿Qué eres? ¿Un príncipe o boyardo cuyo nombre paterno no terminaba en «ev» sino en «vitch»? ¿El vástago de un dios del bosque?

—Un comerciante —dijo Cadoc—. He seguido esta ruta durante años amasando mi fortuna hasta adquirir una nave. Mi ramo son las exquisiteces: ámbar y pieles del norte, paños y golosinas del sur, costosas sin ser voluminosas ni pesadas. —Tal vez el vino también lo había afectado un poco, pues añadió, casi sin aliento—. Me permite conocer una gran variedad de gente. Soy muy curioso. —¿ De dónde eres ?

—Oh, he venido por Novgorod, como los mercaderes de mi tierra, a través de ríos, lagos y encrucijadas terrestres, hasta aquí. Delante esperan el gran Dnieper y sus cascadas, el cruce terrestre más difícil, y nuestra escolta militar, muy necesaria en caso de que nos ataquen salteadores de la estepa…, luego el mar, y al fin Constantinopla. Claro que no efectúo el viaje cada año. Es largo en ambos sentidos, a fin de cuentas. La mayoría de los cargamentos trasbordan aquí en Kiyiv. Regreso a puertos suecos y daneses, y a menudo a Inglaterra. Sin embargo, como decía, quiero viajar todo lo posible. ¿He respondido satisfactoriamente?

Ella meneó la cabeza.

No. Preguntaba cuál es tu nación.

Él habló con mayor cautela.

—Rufus y yo… Cymriu, llaman los habitantes a esa comarca. Forma parte de la misma isla que Inglaterra, es el último resabio de la antigua Bretaña, lo cual es mejor porque allí nadie me confundiría con un inglés. Rufus no importa. Es mi viejo servidor, y ha usado ese apodo tanto tiempo que ya ha olvidado todo lo demás. Yo soy Cadoc ap Rhys.

—Nunca he oído hablar de esas tierras.

—No —suspiró él—. Lo suponía.

—Tengo la sensación de que has viajado más de lo que dices.

—He deambulado mucho, es verdad.

—Te envidio —dijo Svoboda sin poder contenerse—. ¡Oh, te envidio!

Él enarcó las cejas.

—¿Qué? Es una vida dura, a menudo peligrosa y siempre solitaria.

—Pero libre. Eres tu propio amo. Si pudiera viajar como tú… —Le ardían los ojos. Tragó saliva y trató de contener las lágrimas.

Él meneó la cabeza con gravedad.

—Tú no sabes qué ocurre a las que siguen a los viajeros, Svoboda Volodarovna. Yo sí.

Ella comprendió.

—Eres un hombre solitario, Cadoc —masculló—. ¿Por qué?

—Saca partido de la vida que tienes —aconsejó él—. Cada cual a su modo, todos estamos atrapados en la nuestra.

—Tú también. —Tu fuerza languidecerá, tu orgullo se derrumbará, en un santiamén serás sepultado en la tierra y poco después incluso tu nombre será olvidado, polvo en el viento.

Él hizo una mueca.

—Sí. Así parece.

—¡Te recordaré! —exclamó ella.

—¿Qué?

—Yo…, nada, nada. Estoy conmocionada y cansada, y creo que un poco ebria.

—¿Deseas dormir hasta que tu ropa esté lista? Yo me callaré… Svoboda, estás llorando. —Cadoc se le acercó, se agachó junto a ella, le apoyó el brazo en los hombros.

—Perdóname, mi actitud es débil y tonta. No soy así, créeme, no soy así.

—No, claro que no, querida viajera. Sé cómo te sientes. —Los labios de Cadoc rozaron el pelo de Svoboda. Ella volvió la cabeza, sabiendo que él la besaría. Fue un beso tierno. Las lágrimas le dieron el sabor del mar.

—Soy un hombre honorable, en cierto modo —le dijo Cadoc al oído. Cuan tibios eran su aliento y su cuerpo—. No te obligaría a nada.

—No es preciso —murmuró ella, aún temblando.

—Parto poco después del alba, Svoboda, y tu boda te espera.

Ella lo aferró con fuerza, clavándole las uñas.

—Ya he tenido tres esposos, y a veces, junto al lago, la fiesta primaveral de Kupala… Oh, sí, Cadoc.

Por un instante ella notó que había dicho demasiado. Ahora debía responder a sus preguntas, con la cabeza hecha un remolino… Pero él le dio la mano, levantándola, y la acompañó hasta una cama.

Luego ella se hundió de nuevo en un ensueño. El deseo la arrasaba como un torrente, y suponía que él le permitiría desahogarse. No era un hombre corpulento, pero debía de ser fuerte; tal vez alargara las cosas el tiempo suficiente, y luego ella dormiría. En cambio, él le quitó la túnica por un tiempo que se prolongó más y más y la guió para ayudarlo a quitarse su vestimenta, siempre sabiendo qué hacer, qué suscitar, con los dedos y la boca; y aunque la cama era angosta, cuando la tendió allí siguió acariciándola y besándola hasta que ella le rogó que abriera los cielos y desencadenara los soles.

Después se acariciaron, rieron, bromearon, tendieron dos esteras de paja en el suelo para tener espacio donde moverse, jugaron, se amaron, él descansó apoyándole la cabeza entre los senos, ella lo incitó una y otra vez, él juró que nunca había conocido a nadie igual y esa convicción fue como un fuego.

El vidrio de la ventana se oscureció. Las velas se habían consumido. El humo acre impregnó un aire helado que ella al fin empezó a sentir.

—Debo acompañarte hasta tu casa —dijo él, en sus brazos.

—Oh, no tan rápido —suplicó ella.

—La flota zarpa pronto. Y debes ir al encuentro de tu mundo. Primero tendrás que descansar, querida Svoboda.

—Estoy tan agotada como si hubiera arado diez campos —murmuró ella, riendo—. Aunque fuiste tú quien aró. Pícaro, apenas puedo caminar. —Le hundió la cara en la sedosa barba—. Gracias, gracias.

—Yo dormiré profundamente en la nave. Después despertaré para recordarte. Y te echaré de menos, Svoboda. Pero ése es el precio, supongo.

—Si tan sólo…

—Te lo he dicho, mis actuales negocios no son aconsejables para una mujer.

—Regresarás después de la temporada, ¿verdad?

Él se incorporó. Su cara parecía gris como la luz.

—Ya no tengo hogar. No me atrevo. No podrías entender. Vamos, debemos darnos prisa, pero no tenemos por qué arruinar lo que hemos tenido.

Aturdida, ella esperó mientras él se vestía e iba a pedirle la ropa a Rufus. Jugueteó con ese pensamiento: Tiene razón, es imposible, o al menos sería demasiado breve y pronto nos causaría dolor. Sin embargo, él no sabe por qué tiene razón.

Las ropas de Svoboda aún estaban mojadas. Se le pegaron al cuerpo. Bien, con suerte llegaría inadvertida hasta su habitación.

—Ojalá pudiera darte la túnica de seda —dijo Cadoc—. Si puedes explicarla… ¿No? —Quizá pensara en ella cuando se la regalara a otra muchacha en otro lugar—. También me agradaría darte de comer. Ambos estamos bajo el látigo del tiempo. Ven. —Sí, Svoboda estaba débil de hambre, fatiga y dolor. Eso era bueno. La devolvía a la realidad.

La niebla oscurecía las calles. El sol despuntaba apenas en el este que Svoboda no había logrado encontrar. Caminó con Cadoc de la mano. Entre los rusos, eso sólo significaba amistad. Nadie sabría cuándo se estrujaban con fuerza, y de todas maneras había poca gente en la calle. Un peatón indicó a Cadoc el camino hacia la casa de Olga.

Se detuvieron ante ella.

—Buena suerte, Svoboda.

—Igualmente —fue todo lo que pudo responder.

—Te recordaré… —dijo Cadoc, con una sonrisa amarga—, más de lo conveniente.

—Yo te recordaré para siempre, Cadoc —dijo ella.

Él le cogió ambas manos, se inclinó, se enderezó, la dejó ir, dio media vuelta y se fue. Pronto se perdió en la niebla.

—Para siempre —le dijo ella al vacío.

Permaneció un rato allí. El cielo claro cobraba un tono azul brillante. Un halcón recibió en las alas la luz del sol oculto.

Tal vez es mejor que haya sido esto y nada más, pensó. Un momento arrebatado al tiempo para que yo recuerde a través de los años.

Tres esposos he sepultado, y creo que fue una liberación, decirles adiós con una oración y ver cómo los enterraban, pues entonces ya estaban desgastados y marchitos y no eran los hombres que me llevaron orgullosamente a la boda. Y Rostislav me miraba con recelo, me acusaba, me aporreaba cuando se embriagaba… No, sepultar a mis hijos, eso fue lo peor. No tanto los pequeños, mueren y mueren y no tienes tiempo de conocerlos excepto como un fulgor pasajero. Incluso mi primer nieto era pequeño. Pero Svetlana era una mujer, una esposa, fue mi bisnieto quien la mató en el parto.

Al menos eso había terminado. Los aldeanos, sí, mis hijos vivientes, ya no podían soportar que yo fuera lo que soy, que nunca envejeciera como es debido. Me temen, y por lo tanto me odian. Y yo tampoco podía soportarlo. Tal vez hubiera bendecido el día en que vinieran con hachas y garrotes para poner fin a todo.

Gleb Ilgev, el feo y codicioso Gleb, tiene la hombría para ver más allá de lo extraño, ver la mujer que no es hija de los dioses ni criatura de Satanás, pero es el más extraviado y desconcertado de todos. Ojalá pudiera recompensar a Gleb con algo más que dinero. Bien, deseo muchas cosas imposibles.

A través de él he encontrado cómo permanecer viva. Seré una buena esposa para Igor Olegev. Pero al pasar los años entablaré amistad con alguien como Gleb, y cuando llegue el momento él hallará un nuevo lugar, un nuevo comienzo para mí. La viuda de un hombre se puede casar de nuevo, en alguna ciudad o granja remota, y ninguno de sus conocidos la considerara extravagante, y nadie le hará preguntas que no pueda responder. Desde luego, hay que dejar bien provistos a los hijos que no han crecido. Seré una buena madre.

Sonrió.

Quién sabe, tal vez algunos esposos míos sean como Cadoc.

El vestido mojado se le pegaba al cuerpo. Tiritando de frío, caminó despacio hacia la puerta de la casa.


VII. De la misma especie

1

2

3

4

5

<p>VII. De la misma especie</p>
<p>1</p>

Las costumbres tardan en morir, y a veces regresan de la tumba.

—¿Qué sabes de esa furcia, Lugo? —preguntó Rufus en un latín que no se había oído en siglos, ni siquiera entre los clérigos de Occidente.

Y hacía tiempo que Cadoc no usaba ese nombre.

—Practica más tus lenguas vivas —respondió en griego—. Afina tu vocabulario. La palabra que has usado no conviene a la cortesana más célebre y cara de Constantinopla.

—Una puta es una puta —dijo Rufus con terquedad, aunque adoptando la lengua moderna del Imperio—. La has investigado, has hablado con personas, les sonsacaste información desde que llegaste. Semanas. Y yo he de chuparme el dedo. —Se miró el muñón de la muñeca izquierda—. ¿Cuándo haremos algo?

—Quizá muy pronto —respondió Cadoc—. O quizá no. Depende de lo que logre averiguar sobre la bella Athenais. Y de muchas otras cosas, por cierto. No sólo es hora de que yo cambie de identidad, sino de que ambos cambiemos de ocupación. El comercio ruso se está arruinando deprisa.

—Sí, sí, lo has dicho a menudo. Lo he visto yo mismo. ¿Pero qué hay de esta mujer? No me has dicho nada sobre ella.

—Eso es porque la paciencia ante la decepción no es una de tus virtudes. —Cadoc caminó hasta la única ventana y miró hacia fuera El aire estival estaba impregnado de olores de humo, brea, estiércol y fragancias, ruido de ruedas, cascos, pies y voces. Desde esta habitación del tercer piso de una posada se veían tejados, calles, la muralla de la ciudad, la puerta y la bahía del Kontoskalion. Un bosque de mástiles se erguía sobre los muelles. Más allá centelleaba el mar de Mármara. Las naves se mecían en la extensión azul, desde botes vivanderos con forma de jofaina hasta un velero de carga y una galera militar. Costaba imaginar y sentir la sombra bajo la cual se extendía todo esto.

Cadoc entrelazó las manos detrás de la espalda.

—Sin embargo, conviene que te informe ahora. Hoy tengo esperanzas de llegar al fin del camino, o de descubrir que fue una pista falsa. Ha sido muy vaga, como era de esperar. Fulano me cuenta que alguna vez Mengano le contó algo. Con dificultad, porque se ha mudado, llego hasta Mengano para verificarlo, y por lo que él recuerda eso no es exactamente lo que contó a Fulano, sino que un tercero le dijo una vez… En fin.

»Básicamente, Alheñáis es el último nombre que ha adoptado esta dama. Eso no es sorprendente. Los cambios de nombre son habituales en su profesión; y desde luego prefiere ocultar sus orígenes, dado que no siempre fue la mimada de la ciudad. He confirmado que anteriormente trabajó como Zoe en uno de los mejores burdeles de Galacia; y estoy prácticamente seguro de que antes estuvo en este lado del Cuerno de Oro, en el barrio de Phanar, como una muchacha menos elegante que se llamaba Eudoxia. Al margen de eso, la información es escasa e imprecisa. Demasiadas personas han muerto o desaparecido.

»Pero la conducta ha sido siempre la misma: una mujer exteriormente afable pero muy elusiva que evita a los rufianes (al principio, en el peor de los casos, les pagaba lo que correspondía) y no gasta en fruslerías más de lo debido. En cambio, ahorra (sospecho que invierte) con miras a ascender otro peldaño en la escala. Ahora es independiente, incluso poderosa, con sus conexiones y las cosas que sin duda sabe. Y… —A pesar del monótono trabajo de investigación, a pesar de la voz calma, Cadoc sintió un cosquilleo en la espalda que le llegó hasta la coronilla y la punta de los dedos—. El rastro llega hasta por lo menos treinta años en el pasado, Rufus. Quizá tenga cincuenta años o más. Siempre se mantiene joven, siempre se mantiene hermosa.

—Sabía lo que buscabas —dijo el pelirrojo, bajando la voz—, pero había dejado de creer que lo encontrarías.

—También yo. Hace siete siglos te encontré a ti, y luego a nadie más, a pesar de mis búsquedas. Sí, la esperanza se agota. Pero hoy, al fin… —Cadoc se estremeció, dio media vuelta y se echó a reír—. Pronto debo ir a verla. ¡No me atrevo a contarte cuánto cuestan unas horas allí!

—Cuídate —gruñó Rufus—. Una puta es una puta. Yo iré a buscarme una barata, ¿eh?

Impulsivamente, Cadoc metió la mano en la faltriquera y le dio un puñado de monedas de plata.

—Añade esto a tu capital y diviértete, viejo amigo. Es una lástima que el Hipódromo aún no esté abierto, aunque debes conocer varios odeones donde las representaciones son lo bastante procaces para tus momentos menos elevados. Pero no hables en exceso.

—Tú me enseñaste eso. Pásalo bien. Espero que sea la que buscas, amo. Yo usaré parte del dinero para comprarte un amuleto de la buena suerte. —Ésa parecía ser la única perspectiva que conmocionaba la estolidez de Rufus. Pero, pensó Cadoc, carece del ingenio para comprender qué significa hallar a otro inmorta una mujer. Al menos, en lo inmediato; quizá lo entienda después.

Creo que yo mismo no lo entiendo aún.

Rufus salió. Cadoc cogió un manto bordado de la percha y se lo puso sobre el elegante sakkos de lino y la dalmática enjoyada. Iba calzado con zapatos curvos de la lejana Córdoba. Aun para una cita de una tarde, uno iba a ver a Alheñáis vestido con decoro.

Ya se había hecho cortar el pelo y rasurar la barba. Dominaba el griego y estaba familiarizado, tras muchos vagabundeos, con los pasajes de la ciudad, así que podía pasar por bizantino. Claro que no lo intentaría innecesariamente. El riesgo no valía la pena. Se suponía que los mercaderes rusos debían permanecer en el suburbio de San Mamo, en el lado gálata del Cuerno, cruzando el puente de la Puerta de Blaquerna de día y retornando al anochecer. Él aún estaba entre ellos. Había obtenido la autorización para alojarse aquí mediante el soborno y la labia. En realidad no era ruso, dijo a los oficiales, y estaba a punto de retirarse del oficio. Ambas declaraciones eran ciertas. Había descrito con persuasivas mentiras los nuevos pasos que pensaba dar, los cuales serían tan lucrativos para los magnates locales como para él mismo. En el curso de las generaciones, y dado un talento innato para ello, uno aprende a convencer. Así conquistó la libertad para continuar sus averiguaciones con máxima eficiencia. El ajetreo hacía palpitar y canturrear las calles. Siguió los empinados ascensos hasta la Mese, la avenida que corría de un extremo al otro de la ciudad, ramificándose. A la derecha vio la columna que sostenía la estatua ecuestre de Justiniano en el Foro de Constantino, y más allá atisbo las murallas del palacio imperial, la cámara del senado, los tribunales, el Hipódromo, las cúpulas de Hagia Sophia, los jardines y los brillantes edificios de la Acrópolis: glorias construidas por una generación transitoria tras otra.

Giró a la izquierda. El brillo lo envolvía y se derramaba desde las arcadas que bordeaban la avenida. Allí casi no se notaba la gente sencilla, obreros, porteadores, carreteros, granjeros, sacerdotes de las ordenes menores. Aun los buhoneros y actores ambulantes exhibían colores chillones mientras pregonaban las maravillas que ofrecían; incluso los esclavos lucían la librea de casas importantes. Un noble pasaba en su palanquín, jóvenes petimetres festejaban en una bodega, una tropa de guardias pasó con relucientes cotas de malla, un oficial de caballería y sus soldados con catafracta trotaron con arrogancia detrás de un fugitivo que gritaba apartando a la gente a codazos; ondeaban estandartes, capas y bufandas en el brioso viento marino. Nueva Roma parecía inmortalmente joven. La religión cedía ante el comercio y la diplomacia, y abundaban los extranjeros, desde los delicados sirios musulmanes, los torpes normandos católicos o gente de tierras aún más lejanas y extrañas. Cadoc se alegró de desaparecer en la marea humana.

En el Foro de Teodosio cruzó hacia la esquina norte, ignorando a los vendedores que pregonaban sus mercancías y a los mendigos que pregonaban sus carencias. Se detuvo un instante allí donde el Acueducto de Valente se veía sobre los tejados. El paisaje se extendía hasta la muralla y las almenas, la Puerta de los Drungarios, el Cuerno de Oro lleno de naves, y más allá de esas aguas las colinas verdes, las blancas casas de Pera y Galacia. Las gaviotas formaban una nevisca viviente. Se puede distinguir un puerto rico por las gaviotas, pensó Cadoc. ¿Cuánto tiempo volarán y graznarán aquí en tal profusión?

Olvidó la tristeza y continuó viaje hacia el norte, colina abajo, hasta hallar la casa que buscaba. Por fuera era un discreto edificio de tres pisos, apretado entre sus vecinos, con una fachada de yeso rosado. Pero era suficiente para una mujer, sus sirvientes y los placeres que esa mujer presidía.

Había una aldaba de bronce con forma de venera. El corazón de Cadoc dio un brinco. ¿Acaso ella recordaba que este emblema cristiano y occidental de los romeros había pertenecido antaño a Ashtoreth? Lo tocó con dedos humedecidos por el sudor.

La puerta se abrió y se topó con un enorme negro con camisa y pantalones de estilo asiático: un varón entero, quizás un empleado y no un esclavo, capaz de echar a cualquiera que su patrona considerara objetable.

—Cristo sea contigo, kyrie. ¿Puedo preguntar qué deseas?

—Mi nombre es Cadoc ap Rhys. Alheñáis me aguarda. —El visitante entregó el pergamino de identificación que le habían dado cuando pagó el precio al agente. Esa mujer tenía primero que decidir si era suficientemente refinado, y aun asile había dicho que no tendría tiempo disponible en una semana. Cadoc entregó al portero un besante de oro: una extravagancia, quizá, pero le convenía causar buena impresión.

Por cierto le granjeó deferencia. Entre los gorjeos de una nube de muchachas bonitas y eunucos, atravesó una antecámara ricamente amueblada, cuyas paredes estaban adornadas con escenas discretamente eróticas, y subió por una suntuosa escalera hasta la cámara exterior de una habitación. Estaba revestida de terciopelo rojo, con una alfombra oriental con motivos florales. Las sillas flanqueaban una mesa de ébano incrustado donde había una jarra de vino, copas de vidrio tallado, bandejas con golosinas, dátiles y naranjas. Una luz opaca atravesaba las pequeñas ventanas, pero ardían velas en muchos candelabros. Un incensario de oro impregnaba el aire de un aroma dulzón. En una jaula de plata había una alondra.

En esa sala estaba, Athenais, quien dejó a un lado el arpa que estaba tocando.

—Bienvenido, kyrie Cadoc de muy lejos —dijo con voz suave y educada, tan musical como las cuerdas que tañía—. Dos veces bienvenido, pues traes noticias sobre maravillas, como una brisa fresca.

Él hizo una reverencia.

—Mi señora es demasiado gentil con un pobre viajero.

Entretanto, la evaluó con tanta atención como si fuera una enemiga. Ella estaba sentada en un diván, tendida contra el respaldo blanco y oro, con una bata que realzaba en vez de mostrar. Tenía la inteligencia de enfatizar su persona, no su riqueza, y su espíritu más que su persona. Su figura era magnífica en un voluptuoso estilo oriental, pero Cadoc juzgó que también era ágil y fuerte. El rostro era simplemente elegante: ancho, de nariz recta, labios carnosos, ojos castaños bajo cejas arqueadas, pelo negro azulado recogido sobre la tez bronceada. No había conseguido esa casa gracias a su aspecto, sino gracias al conocimiento, la astucia, la percepción, fruto de una larga experiencia.

La risa de Athenais campanilleó.

—¡Ningún hombre pobre entra aquí! Ven, siéntate, toma algo. Conozcámonos. Había oído que ella nunca se apresuraba a entrar en el dormitorio, a menos que los clientes insistieran, y a éstos rara vez los recibía de nuevo. La conversación y la seducción formaban parte de un deleite que, según la fama, tenía una culminación incomparable.

—He visto maravillas, sí —declaró Cadoc—, pero hoy veo la mejor de todas. —Permitió que un sirviente le quitara la prenda de abrigo y se sentó junto a ella. Una muchacha se arrodilló para llenarles las copas. Ante un ademán de Alheñáis, todos los sirvientes se marcharon.

Ella parpadeó antes de continuar:

—Algunos hombres de Britannia son más refinados de lo que sugieren los rumores —murmuró—. ¿Vienes directamente de allá? —Él observó la agudeza de esa mirada tímida y supo que también ella lo estaba evaluando. Si quería una mujer que tuviera algo más que una boca, eso es lo que ella ofrecía.

Por lo tanto…

Le tembló el pulso. La miró, bebió un sorbo del exquisito vino y sonrió con un aplomo que era fruto de los siglos.

—No —dijo—, hace tiempo que no estoy en Britannia, o Inglaterra y Gales, como hoy la llaman. Aunque le dije a tu criada que ése era mi país cuando ella me preguntó, en realidad no soy de allá. Ni de ninguna otra parte, de hecho, en mi última visita oí rumores sobre ti que me hicieron regresar tan pronto como pude.

Ella iba a responder, se interrumpió y lo escrutó con mirada felina demasiado hábil para exclamar: «¡Zalamero!»

Él sonrió calculadamente.

—Debo decir que tus… visitantes… incluyen a algunos con diversas peculiaridades. Los gratificas o no según tu inclinación. Has de haber luchado duramente para ganar esta independencia. Pues bien, ¿complacerás mi capricho? Es del todo inofensivo. Sólo deseo hablar contigo un corto rato. Me gustaría contarte una historia. Quizá te resulte divertida. Eso es todo. ¿Me permites?

Ella no logró ocultar su tensión.

—He oído muchas historias, kyrie. Continúa.

Él se recostó y habló con soltura mirando hacia delante, observándola por el rabillo del ojo.

—Es la clase de historia que inventan los marineros durante las noches de vigilia o en las tabernas de la costa. Alude a un marino, aunque después hizo muchas otras cosas. Se creía un hombre común de su pueblo. Eso creían todos los demás. Pero poco a poco, año a año, notó algo muy raro en él. No enfermaba ni envejecía. Su esposa se hizo vieja y murió, sus hijos encanecieron, los hijos de ellos engendraron y criaron hijos y también fueron presa del tiempo, pero en este hombre nada cambió desde la tercera década de su vida. ¿No es notable?

Notó con satisfacción que la había atrapado. Athenais lo miraba con intensidad.

—Al principio parecía una bendición de los dioses. Pero el hombre no demostraba otros poderes, ni realizó actos especiales. Aunque hizo costosos sacrificios y luego, al borde de la desesperación, consultó a costosos magos, no obtuvo ninguna revelación, ni recibió ningún solaz cuando sus seres amados morían. Entretanto, el lento crecimiento del asombro entre su gente se transformó, con igual lentitud, en envidia, en temor, en odio. ¿Qué había hecho para merecer esa condena, o qué había vendido para recibir ese don? ¿Qué era él? ¿Hechicero, demonio, cadáver ambulante, qué? Apenas logró evadir los atentados contra su vida. Al fin las autoridades decidieron investigarlo y condenarlo a muerte. Sabía que podían herirlo, aunque se recobrase deprisa, y estaba seguro de que las peores heridas le resultarían tan fatales como a los demás. A pesar de su soledad, era un joven que amaba la vida y deseaba disfrutarla.

«Durante cientos de años ambuló por la faz de la Tierra. A menudo se dejó abrumar por la añoranza y se instaló en alguna parte, se casó, crió una familia, vivió como los mortales. Pero siempre debía perderlos, y al cabo de un tiempo desaparecer. En los intervalos, es decir casi siempre, buscaba oficios donde los hombres van y vienen inadvertidos. El de marino era uno de ellos, y lo ejerció en muchas partes del mundo. Siempre buscaba a otros iguales a él. ¿Era único en toda la creación? ¿O simplemente su especie era muy rara? Aquellos a quienes el infortunio o la malicia no destruían al principio sin duda aprendían a permanecer ocultos, como él. Pero si era así, ¿cómo los encontraría, o cómo lo encontrarían a él?

»Y si ésta era una suerte cruel y frágil, cuanto peor debía de ser para una mujer. ¿Qué podía hacer? Sin duda sólo las más fuertes y sagaces sobrevivían. ¿Cómo?

»¿Interesa ese enigma a mi señora?

Bebió vino, buscando un poco de serenidad. Ella miraba el vacío. El silencio se prolongó.

Al fin ella inhaló, lo miró a los ojos y dijo lentamente.

—Una historia muy curiosa, kyrie Cadoc.

—Una mera historia, desde luego, una fantasía para entretenerte. No me interesa que me encierren por loco.

—Comprendo. —Una sonrisa le cruzó el semblante—. Por favor, continúa. ¿Ese inmortal encontró alguna vez a otros?

—Eso queda por contarse, señora.

—Entiendo —asintió ella—. Pero háblame más de él. Todavía es una sombra para mí. ¿Dónde nació y cuándo?

—Imaginemos que fue en la antigua Tiro. Era un niño cuando el rey Hiram ayudó al rey Salomón a construir el templo de Jerusalén.

—¡Hace mucho tiempo! —jadeó ella.

—Dos mil años, creo. Él perdió la cuenta, y luego intentó consultar los documentos, que eran fragmentarios y contradictorios. No importa.

—¿Conoció al… Salvador? —susurró ella.

Él suspiró y meneó la cabeza.

—No, en ese momento estaba en otra parte. Vio ir y venir muchos dioses. Y reyes, naciones, historias. Por fuerza vivió entre ellos, con nombres adecuados, mientras ellos duraban y hasta que perecían. Nombres que se volvieron borrosos, como los años. Fue Hanno, Ithobaal, Snefru, Phaon, Shlomo, Rashid, Gobor, Flavio Lugo y muchos más de los que puede recordar.

Ella se irguió en el diván, como dispuesta a brincar, ya hacia él o para huir de él.

—¿Estará Cadoc entre esos nombres? —preguntó con voz gutural.

Él se mantuvo sentado, se reclinó, pero la miró a los ojos.

—Tal vez, así como una dama pudo haberse llamado Zoe, y antes Eudoxia, y antes…, nombres que quizás aún se puedan descubrir.

Ella se estremeció.

—¿ Qué quieres de mí ?

Él dejó la copa, sonrió, extendió las manos con las palmas para arriba y le dijo con voz muy suave:

—Lo que quieras ofrecer. Tal vez nada. ¿Cómo puedo obligarte, en el remoto caso de que ése fuera mi deseo? Si te desagradan los lunáticos inofensivos, no tienes que volver a verme ni oír hablar de mí.

—¿Qué… estás… dispuesto a ofrecer?

—Una fe compartida y duradera. Ayuda, consejo, protección, el final de la soledad. He aprendido mucho sobre la supervivencia, y prospero casi siempre, y tengo mis ahorros para los malos tiempos. En este momento dispongo de una modesta fortuna. Más importante aún, soy leal a mis amigos y prefiero ser el amante de una mujer y no su amo. Quién sabe. Tal vez los hijos de dos inmortales también lo sean.

Ella lo estudió unos instantes.

—Pero siempre te guardas algo, ¿verdad?

—Un hábito fenicio, fortalecido por una vida de desarraigo. Podría abandonarlo.

—Nunca fue mi estilo —jadeó ella, acercándose.

<p>2</p>

Estaban recostados contra las almohadas en el cabezal de la enorme cama. La conversación florecía como una planta en primavera. De vez en cuando, ahora que había pasado el frenesí, se acariciaban con suavidad. Un sopor los dominaba entre los olores del incienso y del amor, pero sus mentes despertaban. Hablaban con calma, con ternura.

—Hace cuatrocientos años fui Aliyat en Palmira —dijo ella—. ¿Y tú, en tu antigua Fenicia?

—Mi nombre de nacimiento era Hanno —respondió—. Lo usé a menudo, después, hasta que murió en todas las lenguas.

—Qué aventuras debes de haber tenido.

—Y tú.

Ella hizo una mueca.

—Preferiría no hablar de ello.

—¿Estás avergonzada? —Él le puso un dedo bajo la barbilla y la obligó a mirarlo—. No lo estés —añadió con tono grave—. Yo no lo estoy. Hemos sobrevivido con los medios que eran necesarios. Todo eso ha pasado. Deja que se pierda en las tinieblas junto con las ruinas de Babilonia. Pertenecemos a nuestro futuro.

—¿No me encuentras… pecaminosa?

—Sospecho que si ambos habláramos con franqueza de nuestro pasado —sonrió—, serías tú quien se escandalizaría.

—¿Y no temes la maldición de Dios?

—He aprendido mucho en dos mil años, pero nada sobre ningún Dios, excepto que surgen, cambian, envejecen y mueren. Si hay algo más allá del universo, dudo que se interese por nosotros.

Temblaron lágrimas en las pestañas de Alheñáis.

—Eres fuerte y amable, —se acurrucó contra él—. Habíame de ti.

—Eso llevaría un tiempo. Me daría sed.

Ella cogió una campanilla y la agitó.

—Podemos solucionarlo —dijo con una sonrisa fugaz—.Tienes razón, sin embargo. Tenemos todo el futuro para explorar nuestro pasado. Habíame primero de Cadoc. Necesito comprenderlo, para que tracemos nuestros planes.

—Bien, todo comenzó cuando la Vieja Roma se marchó de Britannia… No, espera, he olvidado algo, en medio de tanta alegría. Primero debe hablarte de Rufus.

Entró una criada. Agachó la vista, aunque no parecía turbada por los dos cuerpos desnudos. Athenais ordenó que le trajeran el vino y los refrigerios de la antecámara. Entretanto Cadoc ordenó sus pensamientos. Cuando estuvieron a solas, describió a su compañero.

—Pobre Rufus —suspiró ella—. Cómo te envidiará.

—Oh, espero que no —replicó Cadoc—. Está habituado a ser mi subalterno. A cambio, yo pienso por él. Si come, bebe y copula lo suficiente, está satisfecho.

—Entonces no ha sido un bálsamo para tu soledad —murmuró Alheñáis.

—No mucho. Pero le debo la vida, pues me ha salvado varias veces, y por lo tanto el esplendor de este día.

—Canalla adulador. —Athenais le dio un beso y él hundió el rostro en su cabellera fragante hasta que ella le dio una copa de vino y un tentempié y lo invitó a continuar.

—Los britanos del oeste conservaron algún vestigio de civilización. Sí, con frecuencia pensé en venir aquí, pues sabía que el Imperio continuaba. Pero por mucho tiempo no tuve perspectivas de llegar con algún dinero, de llegar siquiera. Entretanto, la vida entre los britanos no era tan mala. Había llegado a conocerlos. Era muy fácil cambiar de identidad y estar económicamente desahogado. Podía esperar a que los ingleses, los francos y los normandos adquirieran hábitos más corteses, a que la civilización renaciera en Europa. Después de eso, como he dicho, la ruta comercial rusa me permitió vivir bien y conocer a una variedad de personas, tanto durante el viaje como aquí, en el mundo mediterráneo. Comprenderás que ésa era mi única esperanza de encontrar a alguien igual a mí. Sin duda has abrigado la misma esperanza. Athenais… Aliyat.

—Hasta que se volvió muy dolorosa —respondió ella con un hilo de voz.

Él le besó la mejilla, y ella le acercó los labios y susurró:

—Ahora ha terminado. Me encontraste. Trato de creer que esto es real.

—Lo es, y haremos que lo siga siendo.

Con un sentido práctico que indicaba inteligencia, ella preguntó:

—¿Qué propones que hagamos?

—Bien —dijo él—, de todos modos era hora de que yo terminara con Cadoc. Ha estado en escena más de la cuenta; algunos viejos conocidos pueden empezar a hacer preguntas. Además, desde que el duque normando se nombró a sí mismo rey de Inglaterra, cada vez más jóvenes ingleses descontentos vienen al sur para unirse a la guardia del emperador Varangiano. Los que han oído hablar de Cadoc sabrían cuan improbable es que un galés realice tráfico de esta clase.

»Pero aún, cuando el señor ruso Yaroslav murió, el reino se dividió entre los hijos, y ahora están distanciándose. Los bárbaros de las planicies aprovechan la situación. Las rutas son peligrosas. Es posible que los rusos vuelvan a atacar Constantinopla, y eso afectaría el comercio más que nunca. Recuerdo bien las dificultades que causaron incursiones anteriores.

»Así, dejemos que Athenais y Cadoc se retiren de sus respectivos oficios, alejémonos y no veamos más a nuestros conocidos. Primero, naturalmente, Aliyat y Hanno habrán liquidado sus pertenencias.

Ella frunció el ceño.

—Hablas como si quisieras abandonar Constantinopla. ¿Debemos hacerlo? Es la reina del mundo.

—No lo será para siempre —dijo sombríamente Cadoc.

Ella lo miró con asombro.

—Piensa —dijo Cadoc—. Los normandos han tomado el último baluarte imperial en Italia. Los sarracenos dominan todo el sur desde España hasta Siria. Últimamente no han sido hostiles. Sin embargo, la derrota imperial del año pasado en Manzikert fue algo más que un desastre militar que provocó un abrupto cambio de emperadores. Los turcos ya habían capturado Armenia. Ahora Anatolia está abierta para ellos. Dependerá de que el imperio pueda defender contra ellos el litoral jónico. Entretanto, el descontento cunde en las provincias balcánicas y los normandos se aventuran hacia el este. Aquí el comercio mengua, crecen la pobreza y los disturbios, la corrupción de la corte otorga poder a los incompetentes. Oh, quizá la catástrofe tarde un tiempo en caer sobre Nueva Roma. Pero larguémonos antes de que suceda.

—¿Adonde? ¿Hay algún sitio seguro y decente?

—Bien, algunas capitales musulmanas son brillantes. He oído que hacia el este un emperador gobierna un reino vasto, apacible y glorioso. Pero es gente extraña; los caminos que llegan allá son largos y peligrosos. El oeste de Europa sería más fácil, pero todavía es turbulento y retrógrado. Además, desde que un cisma dividió las iglesias, la vida allá ha sido dura para la gente de países ortodoxos. Tendríamos que convertirnos públicamente al catolicismo, y no nos conviene llamar la atención de esa manera. No, creo que sería mejor permanecer dentro del Imperio Romano por un par de siglos. En Grecia nadie nos conoce.

—¿Grecia? ¿No se ha vuelto bárbara?

—No tanto. Hay una densa población de eslavos en el norte y de valacos en Tesalia, mientras que los normandos causan estragos en el mar Egeo. Pero las ciudades como Tebas y Corinto son prósperas y están bien defendidas. Un bello país, lleno de recuerdos. Ahí podemos ser felices.

Cadoc enarcó las cejas.

—¿Pero tú no has pensado en ello? —continuó—. A lo sumo habrías podido quedarte aquí diez años. Luego tendrías que retirarte, antes de que los hombres notaran que no envejeces. Y siendo una figura pública tan notoria, no podrías quedarte aquí.

—Es verdad. —Alheñáis sonrió—. Me proponía anunciar que había cambiado de opinión, me arrepentía de mi maldad y me marcharía para iniciar una nueva vida de pobreza, plegaria y buenas obras. Ya había hecho los arreglos necesarios para transportar a toda prisa mi fortuna, por si tenía que escapar de repente. A fin de cuentas, así ha sido mi vida, largarme de un lugar para empezar de nuevo en otro.

Él frunció el ceño.

—¿Siempre así?

—La necesidad me obliga —respondió ella con tristeza—. No tengo predisposición para ser monja ni ermitaña. A menudo digo que soy una viuda acaudalada, pero al fin el dinero se acaba, a menos que disturbios, guerras, saqueos o pestes traigan la ruina primero. Una mujer no puede invertir su dinero como un hombre. Cuando tengo problemas, debo comenzar desde abajo y… trabajar para ahorrar y ser complaciente para estar en mejor posición.

Cadoc sonrió con amargura.

—Mi vida también fue así.

—Un hombre tiene más opciones. —Ella hizo una pausa—. Estudio las cosas de antemano. Estoy de acuerdo, Corinto será lo mejor para nosotros.

—¿Qué? —dijo Cadoc, irguiéndose con asombro—. ¿Me dejaste divagar acerca de algo que conocías perfectamente bien?

—Los hombres tienen que alardear de su sagacidad.

Cadoc se echó a reír.

—¡Magnífico! Una mujer que pueda llevarme de la nariz…, ésa es la mujer con quien me quedaré para siempre. —Se calmó—. Pero ahora debemos actuar cuanto antes. De inmediato, a ser posible. Salgamos de esta… inmundicia para ir al primer hogar que cualquiera de ambos ha tenido desde…

Ella le apoyó los dedos en los labios.

—Calma, amor —murmuró—. Si tan sólo pudiera ser así. Pero no podemos desaparecer y nada más.

—¿Porqué no?

—Llamaría la atención —suspiró ella—. Por lo menos, a mí me buscarían. Hay nombres muy encumbrados que se interesan en mí, que temerían una mala pasada de mi parte. Si nos buscaran… No. —Apretó el puño—. Debemos seguir fingiendo. Una vez más, tal vez, mientras preparo el terreno hablando de un… peregrinaje, algo por el estilo.

Él sólo habló al cabo de unos instantes.

—Bien, un mes, cuando nos quedan siglos…

—Para mí, será el mes más largo que jamás conocí. Pero entretanto nos veremos, ¿verdad?

—Desde luego.

—Odio hacerte pagar, pero comprenderás que debo hacerlo. De todos modos, el dinero será de ambos cuando seamos libres.

—Sí, tenemos que hacer planes, preparativos.

—Espera hasta la próxima vez. El tiempo que tenemos hoy es muy breve. Luego debo prepararme para el próximo hombre.

Él se mordió el labio.

—¿No puedes decir que estás enferma?

—Mejor no. Es uno de los más importantes; su buena voluntad puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Bardas Manasses, un manglahites de la plana mayor de los archiestrategos.

—Sí, un militar de alto rango. Entiendo.

—Oh, querido, no te mortifiques. —Athenais lo abrazó—. No sufras. Olvídate de todo salvo de nosotros dos. Aún tenemos una hora en el paraíso.

Era tan experta, hábil y excitante como contaban los hombres.

<p>3</p>

Una pequeña procesión cruzó el puente del Cuerno y se acercó a la Puerta de Blaquerna. Eran cuatro rusos, dos normandos y un par de otra raza. Los rusos llevaban un pesado corre, colgado de dos varas. Los normandos eran de la Guardia Varangiana, con yelmo y cota de malla, hachas al hombro. Aunque era obvio que estaban ganando un dinero extra custodiando una carga valiosa, también era obvio que lo hacían con autorización oficial, y los centinelas dejaron pasar al grupo.

Continuaron por las calles que había al pie de la muralla de la ciudad. Las almenas y el cielo se alzaban sobre ellos. La mañana aún era joven y las sombras eran profundas, casi heladas después del resplandor del agua. Las mansiones de los ricos quedaron atrás y los hombres entraron en el más humilde y atareado distrito de Phanar.

—Esto es una necedad —gruñó Rufus en latín—. Incluso has vendido el barco, ¿verdad? Hiciste un mal negocio, por lo rápido que te deshiciste de todo.

—Transformándolo en oro, gemas, riqueza portátil —corrigió Cadoc alegremente, en la misma lengua. Aunque no había razones para desconfiar de la escolta, la cautela formaba parte de su espíritu—. Partiremos dentro de un par de semanas, ¿lo has olvidado?

—Pero entretanto…

—Entretanto estará a buen recaudo, en un sitio donde podemos sacarlo en cualquier momento del día o de la noche sin aviso previo. Has pasado mucho tiempo preocupándote cuando no te estabas embriagando, amigo. ¿Nunca me escuchas? Aliyat preparó esto. —¿Qué dijo a los poderosos para que todo resultara tan fácil?

Cadoc sonrió.

—Que le insinué que yo haría un magnífico trato con ciertos poderosos…, un trato del que estos hombres sacarán buen provecho si me ayudan. Las mujeres también aprenden a vérselas con el mundo.

Rufus rezongó.

El edificio donde Petros Simonides, joyero, vivía y tenía su tienda, era modesto. Sin embargo, Cadoc sabía desde tiempo atrás qué negocios se efectuaban allí, además de las actividades visibles. A varios miembros de la corte imperial les resultaba útil que las autoridades hicieran la vista gorda. Petros recibió jovialmente a los visitantes. Un par de matones a quienes llamaba sobrinos, aunque no se le parecían en absoluto, los ayudaron a llevar el cofre al sótano y guardarlo detrás de un panel falso. Cadoc pagó y declinó la hospitalidad pretextando que tenía prisa. Regresó con sus hombres a la calle.

—Bien, Arnulf, Sviatopolk, a todos vosotros, gracias —dijo—. Ahora podéis ir donde os guste. Recordad que debéis guardar silencio. Eso no os impedirá beber por mi salud y buena fortuna. —Les entregó una generosa propina. Los marineros y soldados partieron satisfechos.

—¿No crees que el vino y la comida de Petros sean buenos?,—preguntó Rufus.

—Sin duda lo son —dijo Cadoc—, pero tengo prisa. Athenais ha reservado la tarde entera para mí, y primero quiero prepararme bien en los baños.

—¡Ja! Como todo este tiempo desde que la conociste. Nunca te había visto enamorado. Pareces un quinceañero.

—Me siento renacido —murmuró Cadoc. Miró más allá del ajetreo que lo rodeaba—. También tú te sentirás así, cuando encontremos a tu verdadera esposa.

—Con mi suerte, será una marrana.

Cadoc rió, palmeó a Rufus en la espalda y le deslizó un besante en la única palma.

—Ve a ahogar ese ánimo sombrío. Mejor aún, échalo fuera con una mujerzuela fogosa.

—Gracias. —Rufus no cambió el semblante—. Estos días estás muy generoso.

—Una extraña cualidad de la alegría pura —dijo Cadoc—. Uno desea compartirla. —Echó a andar, silbando. Rufus, con los hombros encorvados, lo siguió con la mirada.

<p>4</p>

Las estrellas y la luna daban buena luz. Las silenciosas calles estaban desiertas. A veces pasaba una patrulla y el fulgor de un farol bañaba el metal, encarnación de ese poder que mantenía la paz en la ciudad. Un hombre podía caminar tranquilo.

Cadoc bebió el aire nocturno. El calor era menos sofocante, y el humo, el polvo, los hedores y las pestilencias habían disminuido. Al acercarse al Kontoskalion, olió a brea y sonrió. Los olores evocaban recuerdos. Una galera en el puerto egipcio de Sor, curtida por fabulosos mares, y su padre junto a él, cogiéndole la mano… Se llevó esa misma mano a la nariz. El vello le hizo cosquillas en el labio. Un aroma de jazmín, el perfume de Aliyat, y quizás un dejo de su dulzura. Se habían dado un largo beso de despedida.

Y sentía una dichosa fatiga. Rió entre dientes. A su llegada, ella había dicho que el gran Bardas Manasses le había enviado un mensaje: no podría visitarla esa noche según lo planeado, así que ella y su amado tendrían tiempo de más, un obsequio de Afrodita. «He descubierto qué significa fuerza inmortal», ronroneó ella al fin, abrazada a Cadoc.

Cadoc bostezó. Dormiría bien. Si tan sólo pudiera tenerla al lado… Pero los sirvientes ya habían notado que ella sentía predilección por ese extranjero. Era mejor no llamar la atención. Los chismes podían llegar a oídos inconvenientes.

¡Pero pronto, pronto!

De golpe se ahondó la oscuridad. Había tomado por una calleja, cerca del puerto y de su posada. A ambos costados se erguían altas paredes de ladrillo, dejando arriba un retazo de cielo. Anduvo más despacio, para no tropezar con nada. El silencio también era profundo. ¿Pisadas a sus espaldas? Recordó que varias veces había entrevisto la misma figura encapuchada. ¿Era mera coincidencia que siguieran el mismo rumbo?

Un destello de luz, un farol en un callejón le cegó por un instante.

—¡Es él! —oyó. Tres hombres salieron del callejón y resplandeció una espada.

Cadoc dio un salto atrás. Los hombres se desplegaron, derecha, izquierda, frente. Lo tenían arrinconado contra una pared.

Desenvainó el cuchillo. Dos de los atacantes portaban armas similares. No gastó saliva en gritos de protesta ni en pedir auxilio. Si no podía salvarse solo, era hombre muerto. Se desabrochó la túnica con la mano izquierda.

El espadachín se lanzó al ataque. El farol, que había quedado en la boca del callejón, lo transformaba en una sombra, pero Cadoc le vio un destello de luz en la cadera. Tenía una cota de malla. El acero susurró. Cadoc se movió a un costado. Arrojó la túnica contra la cara invisible, arrancándole una maldición y desviando el arma. Cadoc saltó a la derecha. Esperaba esquivar al que estaba allí, pero el sujeto era hábil y le cerró el paso. Lo atacó con la daga. Cadoc habría recibido la puñalada en el vientre si no hubiera contado con su vigor de inmortal. Detuvo el golpe con el cuchillo y retrocedió.

Los ladrillos le mordieron la espalda. Estaba acorralado, pero se defendió. Los dos hombres con dagas recularon. El espadachín se dispuso a atacar de nuevo.

Se oyeron sandalias sobre adoquines. La luz centelleó sobre una barba cobriza. El garfio de Rufus se hundió en la garganta del espadachín. Rufus movió el garfio salvajemente. El hombre soltó la espada, se agarró al garfio, cayó de rodillas. Soltó un graznido a través de la sangre.

Cadoc se agachó, cogió la espada y se irguió. No manejaba muy bien ese arma, pero había tratado de dominar todas las artes de la lucha a través de los siglos. Uno de los contrincantes se apartó. Cadoc giró a tiempo para detener al segundo, que estaba a sus espaldas. La hoja dio contra un brazo, haciendo crujir el hueso. El hombre gritó, trastabilló y huyó.

Gruñendo, Rufus extrajo el garfio y fue en busca del otro atacante, que también desapareció en la noche. Rufus se detuvo y dio media vuelta.

—¿Estás herido?—jadeó.

—No. —Cadoc también estaba sin aliento. Le martilleaba el corazón. Pero tenía la mente fría y despejada como hielo flotando en el mar de Thule. Miró al hombre con cota de malla, quien se contorsionaba entre gemidos y perdía mucha sangre—. Vámonos… antes de que… alguien venga. —Tiró la espada delatora.

—¿A la posada?

—No. —Cadoc echó a trotar. Recobró el aliento, se le apaciguó el pulso—. Éstos me conocían. Por lo tanto, sabían dónde esperar y deben de saber dónde me alojo. Quien los haya enviado querrá intentarlo de nuevo.

—Pensé que sería buena idea seguirte. Dejaste un buen tesoro en casa de ese cerdo de Phanar.

—No debería enorgullecerme de mi inteligencia —dijo el consternado Cadoc—. Tú has demostrado mucha más que yo.

—Bah, estás enamorado y eso es peor que estar ebrio. ¿Adonde vamos? Supongo que las calles principales son seguras. Quizá podamos despertar a otro posadero. Yo tengo suficiente dinero, si tú no tienes.

Cadoc meneó la cabeza. Habían salido a una avenida, desnuda y opaca bajo la luna.

—No. Vagaremos hasta el amanecer, luego nos mezclaremos con gente que salga de la ciudad. Éstos no eran vulgares matones, ni siquiera asesinos a sueldo. Armadura, espada…, por lo menos uno de ellos era un soldado imperial.

<p>5</p>

Vsevolod el Gordo, una eminencia entre los mercaderes rusos, poseía una casa en San Mamo. Era pequeña, pues sólo la usaba cuando estaba en Constantinopla, pero estaba adornada con opulencia bárbara y, durante sus estancias, con un par de mujerzuelas. Los sirvientes eran parientes jóvenes de Vsevolod, y se podía confiar en su lealtad. Arriba había una habitación disimulada.

Entró en ella al terminar el día. La barba entrecana le llegaba hasta el vientre que hinchaba la túnica bordada. Llevaba una jarra.

—He traído vino —saludó— Barato, pero abundante. Pues lo querréis abundante, sin fijaros en la calidad. —Se lo dio a Cadoc.

Éste se levantó sin prestar atención. Rufus cogió la jarra y se la llevó a la boca. Había roncado durante horas, mientras Cadoc caminaba entre las paredes desnudas o miraba el Cuerno de Oro y la ciudad de muchas cúpulas por la ventana.

—¿Qué has averiguado, Vsevolod Izyaslavev? —preguntó Cadoc en ruso.

El mercader se desplomó en la cama, haciéndola crujir.

—Malas noticias —dijo—. Fui a la tienda de Petros Simonides y hallé guardias apostados. Me costó sonsacarles una respuesta franca, y de todos modos no saben nada. Pero dicen que lo arrestaron para interrogarlo. —Un suspiro, como un viento estepario—. Si eso es verdad, si no lo dejan salir, adiós a la mejor agencia de contrabando que he tenido. ¡Ah, santos misericordiosos, ayudad a un pobre viejo a ganar el pan de su esposa y sus hijos!

—¿Y qué hay de mí?

—¿No entiendes, Cadoc Rhysev? No me atreví a insistir demasiado. No soy joven como tú. El coraje se ha ido con la juventud y el vigor. Recuerda al Señor, en estos días felices de tu vida, antes de que te agobien la edad y el pesar. Pero he hablado con un capitán de la guardia a quien conozco. Sí, es como temías, te están buscando. No sabe por qué, pero mencionó una trifulca cerca de tu posada y la muerte de un hombre. Lo cual ya sabía, por lo que me contaste.

—Eso pensaba —dijo Cadoc—. Gracias.

Rufus dejó la jarra.

—¿Qué nacemos? —rezongó. —Será mejor que os quedéis aquí, donde habéis buscado refugio —replicó Vsevolod—. Pronto volveré a Chernigov. Podéis venir conmigo. Los griegos no os conocerán en mi nave. Tal vez te disfrace e bella esclava circasiana, ¿eh, Rufus? —Soltó una risotada.

—No podemos pagarte el pasaje —dijo Cadoc.

—No importa. Eres mi amigo, mi hermano en Cristo. Confío en que me pagarás más tarde. Treinta por ciento de interés, ¿de acuerdo? Y cuéntame cómo te metiste en este aprieto. Me serviría de advertencia.

Cadoc asintió.

—Te lo contaré una vez que hayamos salido.

—Bien. —Vsevolod echó una ojeada a sus huéspedes—. Creí que esta noche pasaríamos un momento alegre y nos embriagaríamos, pero no estás de ánimo. Sí, es una pena perder tanto dinero. Os haré enviar la cena. Nos veremos mañana. Dios alegre vuestro sueño. —Se levantó y salió con torpeza, cerrando el panel.

Constantinopla era una sombra azul sobre las aguas doradas, contra el poniente rojizo. La penumbra inundó la habitación de San Mamo. Cadoc cogió la jarra de vino, bebió un sorbo, la dejó.

—¿De veras vas a contárselo? —preguntó Rufus.

—Oh, no. No la verdad. —Ahora hablaban en latín—. Inventaré una historia creíble y eso no le causará daño. Algo sobre un funcionario que decidió deshacerse de mí y apoderarse del oro en vez de esperar su parte de la ganancia.

—Ese cerdo también podría estar celoso —sugirió Rufus—. Quizá Vsevolod sepa que veías a Alheñáis.

—De todos modos tengo que inventar una historia —dijo Cadoc con voz quebrada—. Yo mismo no sé qué sucedió.

—¿Ah, no? Vaya, está claro como el agua. Esa zorra le habló a uno de sus clientes. Te hubieran cerrado el pico para siempre, y después me habrían buscado a mí para apoderarse del dinero. Tal vez ella tenga influencia sobre algún sujeto del gobierno, puede que sepa algo sobre él. O tal vez él se contentó con nacerte el favor y recibir su parte. Tuvimos suerte de salir vivos, pero ella ha ganado. Nos persiguen. Si queremos conservar el pellejo, no regresaremos en veinticinco años. —Rufus bebió un trago de vino—. Olvídala.

Cadoc dio un puñetazo contra la pared. El yeso se rajó y cayó.

—¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo?

—Ah, fue fácil. Tú mismo le armaste la trampa. —Rufus dio unas palmadas al hombro de Cadoc—. No te sientas mal. En una generación ganarás otro cofre de oro.

—¿Por qué? —Cadoc se apoyó en la pared, hundiendo la cara en el brazo.

Rufus se encogió de hombros.

—Una puta es una puta.

—No, pero ella… es inmortal…, le ofrecí… —Cadoc no pudo continuar.

Rufus apretó los labios en la oscuridad.

—Deberías entenderlo. Piensas mejor que yo cuando te lo propones. ¿Cuánto tiempo hace que es lo que es? ¿Cuatrocientos años, dijiste? Bien, eso significa muchos hombres. ¿Mil por año? Tal vez menos hoy en día, pero puede que antes más.

—Ella me dijo que se toma… tantas libertades como puede… en la vida…

—Eso te demuestra cuánto le gusta. Tú sabes qué quieren los hombres de una puta. Y todas las veces que una mujer es maltratada, asaltada, pateada, aporreada y abandonada… ¿Crees que puede dejar eso en un bote de basura? Cuatrocientos años, Lugo. ¿Qué crees que siente por los hombres? Y nunca llegaría a verte envejecer.


1

<p>1</p>

Las costumbres tardan en morir, y a veces regresan de la tumba.

—¿Qué sabes de esa furcia, Lugo? —preguntó Rufus en un latín que no se había oído en siglos, ni siquiera entre los clérigos de Occidente.

Y hacía tiempo que Cadoc no usaba ese nombre.

—Practica más tus lenguas vivas —respondió en griego—. Afina tu vocabulario. La palabra que has usado no conviene a la cortesana más célebre y cara de Constantinopla.

—Una puta es una puta —dijo Rufus con terquedad, aunque adoptando la lengua moderna del Imperio—. La has investigado, has hablado con personas, les sonsacaste información desde que llegaste. Semanas. Y yo he de chuparme el dedo. —Se miró el muñón de la muñeca izquierda—. ¿Cuándo haremos algo?

—Quizá muy pronto —respondió Cadoc—. O quizá no. Depende de lo que logre averiguar sobre la bella Athenais. Y de muchas otras cosas, por cierto. No sólo es hora de que yo cambie de identidad, sino de que ambos cambiemos de ocupación. El comercio ruso se está arruinando deprisa.

—Sí, sí, lo has dicho a menudo. Lo he visto yo mismo. ¿Pero qué hay de esta mujer? No me has dicho nada sobre ella.

—Eso es porque la paciencia ante la decepción no es una de tus virtudes. —Cadoc caminó hasta la única ventana y miró hacia fuera El aire estival estaba impregnado de olores de humo, brea, estiércol y fragancias, ruido de ruedas, cascos, pies y voces. Desde esta habitación del tercer piso de una posada se veían tejados, calles, la muralla de la ciudad, la puerta y la bahía del Kontoskalion. Un bosque de mástiles se erguía sobre los muelles. Más allá centelleaba el mar de Mármara. Las naves se mecían en la extensión azul, desde botes vivanderos con forma de jofaina hasta un velero de carga y una galera militar. Costaba imaginar y sentir la sombra bajo la cual se extendía todo esto.

Cadoc entrelazó las manos detrás de la espalda.

—Sin embargo, conviene que te informe ahora. Hoy tengo esperanzas de llegar al fin del camino, o de descubrir que fue una pista falsa. Ha sido muy vaga, como era de esperar. Fulano me cuenta que alguna vez Mengano le contó algo. Con dificultad, porque se ha mudado, llego hasta Mengano para verificarlo, y por lo que él recuerda eso no es exactamente lo que contó a Fulano, sino que un tercero le dijo una vez… En fin.

»Básicamente, Alheñáis es el último nombre que ha adoptado esta dama. Eso no es sorprendente. Los cambios de nombre son habituales en su profesión; y desde luego prefiere ocultar sus orígenes, dado que no siempre fue la mimada de la ciudad. He confirmado que anteriormente trabajó como Zoe en uno de los mejores burdeles de Galacia; y estoy prácticamente seguro de que antes estuvo en este lado del Cuerno de Oro, en el barrio de Phanar, como una muchacha menos elegante que se llamaba Eudoxia. Al margen de eso, la información es escasa e imprecisa. Demasiadas personas han muerto o desaparecido.

»Pero la conducta ha sido siempre la misma: una mujer exteriormente afable pero muy elusiva que evita a los rufianes (al principio, en el peor de los casos, les pagaba lo que correspondía) y no gasta en fruslerías más de lo debido. En cambio, ahorra (sospecho que invierte) con miras a ascender otro peldaño en la escala. Ahora es independiente, incluso poderosa, con sus conexiones y las cosas que sin duda sabe. Y… —A pesar del monótono trabajo de investigación, a pesar de la voz calma, Cadoc sintió un cosquilleo en la espalda que le llegó hasta la coronilla y la punta de los dedos—. El rastro llega hasta por lo menos treinta años en el pasado, Rufus. Quizá tenga cincuenta años o más. Siempre se mantiene joven, siempre se mantiene hermosa.

—Sabía lo que buscabas —dijo el pelirrojo, bajando la voz—, pero había dejado de creer que lo encontrarías.

—También yo. Hace siete siglos te encontré a ti, y luego a nadie más, a pesar de mis búsquedas. Sí, la esperanza se agota. Pero hoy, al fin… —Cadoc se estremeció, dio media vuelta y se echó a reír—. Pronto debo ir a verla. ¡No me atrevo a contarte cuánto cuestan unas horas allí!

—Cuídate —gruñó Rufus—. Una puta es una puta. Yo iré a buscarme una barata, ¿eh?

Impulsivamente, Cadoc metió la mano en la faltriquera y le dio un puñado de monedas de plata.

—Añade esto a tu capital y diviértete, viejo amigo. Es una lástima que el Hipódromo aún no esté abierto, aunque debes conocer varios odeones donde las representaciones son lo bastante procaces para tus momentos menos elevados. Pero no hables en exceso.

—Tú me enseñaste eso. Pásalo bien. Espero que sea la que buscas, amo. Yo usaré parte del dinero para comprarte un amuleto de la buena suerte. —Ésa parecía ser la única perspectiva que conmocionaba la estolidez de Rufus. Pero, pensó Cadoc, carece del ingenio para comprender qué significa hallar a otro inmorta una mujer. Al menos, en lo inmediato; quizá lo entienda después.

Creo que yo mismo no lo entiendo aún.

Rufus salió. Cadoc cogió un manto bordado de la percha y se lo puso sobre el elegante sakkos de lino y la dalmática enjoyada. Iba calzado con zapatos curvos de la lejana Córdoba. Aun para una cita de una tarde, uno iba a ver a Alheñáis vestido con decoro.

Ya se había hecho cortar el pelo y rasurar la barba. Dominaba el griego y estaba familiarizado, tras muchos vagabundeos, con los pasajes de la ciudad, así que podía pasar por bizantino. Claro que no lo intentaría innecesariamente. El riesgo no valía la pena. Se suponía que los mercaderes rusos debían permanecer en el suburbio de San Mamo, en el lado gálata del Cuerno, cruzando el puente de la Puerta de Blaquerna de día y retornando al anochecer. Él aún estaba entre ellos. Había obtenido la autorización para alojarse aquí mediante el soborno y la labia. En realidad no era ruso, dijo a los oficiales, y estaba a punto de retirarse del oficio. Ambas declaraciones eran ciertas. Había descrito con persuasivas mentiras los nuevos pasos que pensaba dar, los cuales serían tan lucrativos para los magnates locales como para él mismo. En el curso de las generaciones, y dado un talento innato para ello, uno aprende a convencer. Así conquistó la libertad para continuar sus averiguaciones con máxima eficiencia. El ajetreo hacía palpitar y canturrear las calles. Siguió los empinados ascensos hasta la Mese, la avenida que corría de un extremo al otro de la ciudad, ramificándose. A la derecha vio la columna que sostenía la estatua ecuestre de Justiniano en el Foro de Constantino, y más allá atisbo las murallas del palacio imperial, la cámara del senado, los tribunales, el Hipódromo, las cúpulas de Hagia Sophia, los jardines y los brillantes edificios de la Acrópolis: glorias construidas por una generación transitoria tras otra.

Giró a la izquierda. El brillo lo envolvía y se derramaba desde las arcadas que bordeaban la avenida. Allí casi no se notaba la gente sencilla, obreros, porteadores, carreteros, granjeros, sacerdotes de las ordenes menores. Aun los buhoneros y actores ambulantes exhibían colores chillones mientras pregonaban las maravillas que ofrecían; incluso los esclavos lucían la librea de casas importantes. Un noble pasaba en su palanquín, jóvenes petimetres festejaban en una bodega, una tropa de guardias pasó con relucientes cotas de malla, un oficial de caballería y sus soldados con catafracta trotaron con arrogancia detrás de un fugitivo que gritaba apartando a la gente a codazos; ondeaban estandartes, capas y bufandas en el brioso viento marino. Nueva Roma parecía inmortalmente joven. La religión cedía ante el comercio y la diplomacia, y abundaban los extranjeros, desde los delicados sirios musulmanes, los torpes normandos católicos o gente de tierras aún más lejanas y extrañas. Cadoc se alegró de desaparecer en la marea humana.

En el Foro de Teodosio cruzó hacia la esquina norte, ignorando a los vendedores que pregonaban sus mercancías y a los mendigos que pregonaban sus carencias. Se detuvo un instante allí donde el Acueducto de Valente se veía sobre los tejados. El paisaje se extendía hasta la muralla y las almenas, la Puerta de los Drungarios, el Cuerno de Oro lleno de naves, y más allá de esas aguas las colinas verdes, las blancas casas de Pera y Galacia. Las gaviotas formaban una nevisca viviente. Se puede distinguir un puerto rico por las gaviotas, pensó Cadoc. ¿Cuánto tiempo volarán y graznarán aquí en tal profusión?

Olvidó la tristeza y continuó viaje hacia el norte, colina abajo, hasta hallar la casa que buscaba. Por fuera era un discreto edificio de tres pisos, apretado entre sus vecinos, con una fachada de yeso rosado. Pero era suficiente para una mujer, sus sirvientes y los placeres que esa mujer presidía.

Había una aldaba de bronce con forma de venera. El corazón de Cadoc dio un brinco. ¿Acaso ella recordaba que este emblema cristiano y occidental de los romeros había pertenecido antaño a Ashtoreth? Lo tocó con dedos humedecidos por el sudor.

La puerta se abrió y se topó con un enorme negro con camisa y pantalones de estilo asiático: un varón entero, quizás un empleado y no un esclavo, capaz de echar a cualquiera que su patrona considerara objetable.

—Cristo sea contigo, kyrie. ¿Puedo preguntar qué deseas?

—Mi nombre es Cadoc ap Rhys. Alheñáis me aguarda. —El visitante entregó el pergamino de identificación que le habían dado cuando pagó el precio al agente. Esa mujer tenía primero que decidir si era suficientemente refinado, y aun asile había dicho que no tendría tiempo disponible en una semana. Cadoc entregó al portero un besante de oro: una extravagancia, quizá, pero le convenía causar buena impresión.

Por cierto le granjeó deferencia. Entre los gorjeos de una nube de muchachas bonitas y eunucos, atravesó una antecámara ricamente amueblada, cuyas paredes estaban adornadas con escenas discretamente eróticas, y subió por una suntuosa escalera hasta la cámara exterior de una habitación. Estaba revestida de terciopelo rojo, con una alfombra oriental con motivos florales. Las sillas flanqueaban una mesa de ébano incrustado donde había una jarra de vino, copas de vidrio tallado, bandejas con golosinas, dátiles y naranjas. Una luz opaca atravesaba las pequeñas ventanas, pero ardían velas en muchos candelabros. Un incensario de oro impregnaba el aire de un aroma dulzón. En una jaula de plata había una alondra.

En esa sala estaba, Athenais, quien dejó a un lado el arpa que estaba tocando.

—Bienvenido, kyrie Cadoc de muy lejos —dijo con voz suave y educada, tan musical como las cuerdas que tañía—. Dos veces bienvenido, pues traes noticias sobre maravillas, como una brisa fresca.

Él hizo una reverencia.

—Mi señora es demasiado gentil con un pobre viajero.

Entretanto, la evaluó con tanta atención como si fuera una enemiga. Ella estaba sentada en un diván, tendida contra el respaldo blanco y oro, con una bata que realzaba en vez de mostrar. Tenía la inteligencia de enfatizar su persona, no su riqueza, y su espíritu más que su persona. Su figura era magnífica en un voluptuoso estilo oriental, pero Cadoc juzgó que también era ágil y fuerte. El rostro era simplemente elegante: ancho, de nariz recta, labios carnosos, ojos castaños bajo cejas arqueadas, pelo negro azulado recogido sobre la tez bronceada. No había conseguido esa casa gracias a su aspecto, sino gracias al conocimiento, la astucia, la percepción, fruto de una larga experiencia.

La risa de Athenais campanilleó.

—¡Ningún hombre pobre entra aquí! Ven, siéntate, toma algo. Conozcámonos. Había oído que ella nunca se apresuraba a entrar en el dormitorio, a menos que los clientes insistieran, y a éstos rara vez los recibía de nuevo. La conversación y la seducción formaban parte de un deleite que, según la fama, tenía una culminación incomparable.

—He visto maravillas, sí —declaró Cadoc—, pero hoy veo la mejor de todas. —Permitió que un sirviente le quitara la prenda de abrigo y se sentó junto a ella. Una muchacha se arrodilló para llenarles las copas. Ante un ademán de Alheñáis, todos los sirvientes se marcharon.

Ella parpadeó antes de continuar:

—Algunos hombres de Britannia son más refinados de lo que sugieren los rumores —murmuró—. ¿Vienes directamente de allá? —Él observó la agudeza de esa mirada tímida y supo que también ella lo estaba evaluando. Si quería una mujer que tuviera algo más que una boca, eso es lo que ella ofrecía.

Por lo tanto…

Le tembló el pulso. La miró, bebió un sorbo del exquisito vino y sonrió con un aplomo que era fruto de los siglos.

—No —dijo—, hace tiempo que no estoy en Britannia, o Inglaterra y Gales, como hoy la llaman. Aunque le dije a tu criada que ése era mi país cuando ella me preguntó, en realidad no soy de allá. Ni de ninguna otra parte, de hecho, en mi última visita oí rumores sobre ti que me hicieron regresar tan pronto como pude.

Ella iba a responder, se interrumpió y lo escrutó con mirada felina demasiado hábil para exclamar: «¡Zalamero!»

Él sonrió calculadamente.

—Debo decir que tus… visitantes… incluyen a algunos con diversas peculiaridades. Los gratificas o no según tu inclinación. Has de haber luchado duramente para ganar esta independencia. Pues bien, ¿complacerás mi capricho? Es del todo inofensivo. Sólo deseo hablar contigo un corto rato. Me gustaría contarte una historia. Quizá te resulte divertida. Eso es todo. ¿Me permites?

Ella no logró ocultar su tensión.

—He oído muchas historias, kyrie. Continúa.

Él se recostó y habló con soltura mirando hacia delante, observándola por el rabillo del ojo.

—Es la clase de historia que inventan los marineros durante las noches de vigilia o en las tabernas de la costa. Alude a un marino, aunque después hizo muchas otras cosas. Se creía un hombre común de su pueblo. Eso creían todos los demás. Pero poco a poco, año a año, notó algo muy raro en él. No enfermaba ni envejecía. Su esposa se hizo vieja y murió, sus hijos encanecieron, los hijos de ellos engendraron y criaron hijos y también fueron presa del tiempo, pero en este hombre nada cambió desde la tercera década de su vida. ¿No es notable?

Notó con satisfacción que la había atrapado. Athenais lo miraba con intensidad.

—Al principio parecía una bendición de los dioses. Pero el hombre no demostraba otros poderes, ni realizó actos especiales. Aunque hizo costosos sacrificios y luego, al borde de la desesperación, consultó a costosos magos, no obtuvo ninguna revelación, ni recibió ningún solaz cuando sus seres amados morían. Entretanto, el lento crecimiento del asombro entre su gente se transformó, con igual lentitud, en envidia, en temor, en odio. ¿Qué había hecho para merecer esa condena, o qué había vendido para recibir ese don? ¿Qué era él? ¿Hechicero, demonio, cadáver ambulante, qué? Apenas logró evadir los atentados contra su vida. Al fin las autoridades decidieron investigarlo y condenarlo a muerte. Sabía que podían herirlo, aunque se recobrase deprisa, y estaba seguro de que las peores heridas le resultarían tan fatales como a los demás. A pesar de su soledad, era un joven que amaba la vida y deseaba disfrutarla.

«Durante cientos de años ambuló por la faz de la Tierra. A menudo se dejó abrumar por la añoranza y se instaló en alguna parte, se casó, crió una familia, vivió como los mortales. Pero siempre debía perderlos, y al cabo de un tiempo desaparecer. En los intervalos, es decir casi siempre, buscaba oficios donde los hombres van y vienen inadvertidos. El de marino era uno de ellos, y lo ejerció en muchas partes del mundo. Siempre buscaba a otros iguales a él. ¿Era único en toda la creación? ¿O simplemente su especie era muy rara? Aquellos a quienes el infortunio o la malicia no destruían al principio sin duda aprendían a permanecer ocultos, como él. Pero si era así, ¿cómo los encontraría, o cómo lo encontrarían a él?

»Y si ésta era una suerte cruel y frágil, cuanto peor debía de ser para una mujer. ¿Qué podía hacer? Sin duda sólo las más fuertes y sagaces sobrevivían. ¿Cómo?

»¿Interesa ese enigma a mi señora?

Bebió vino, buscando un poco de serenidad. Ella miraba el vacío. El silencio se prolongó.

Al fin ella inhaló, lo miró a los ojos y dijo lentamente.

—Una historia muy curiosa, kyrie Cadoc.

—Una mera historia, desde luego, una fantasía para entretenerte. No me interesa que me encierren por loco.

—Comprendo. —Una sonrisa le cruzó el semblante—. Por favor, continúa. ¿Ese inmortal encontró alguna vez a otros?

—Eso queda por contarse, señora.

—Entiendo —asintió ella—. Pero háblame más de él. Todavía es una sombra para mí. ¿Dónde nació y cuándo?

—Imaginemos que fue en la antigua Tiro. Era un niño cuando el rey Hiram ayudó al rey Salomón a construir el templo de Jerusalén.

—¡Hace mucho tiempo! —jadeó ella.

—Dos mil años, creo. Él perdió la cuenta, y luego intentó consultar los documentos, que eran fragmentarios y contradictorios. No importa.

—¿Conoció al… Salvador? —susurró ella.

Él suspiró y meneó la cabeza.

—No, en ese momento estaba en otra parte. Vio ir y venir muchos dioses. Y reyes, naciones, historias. Por fuerza vivió entre ellos, con nombres adecuados, mientras ellos duraban y hasta que perecían. Nombres que se volvieron borrosos, como los años. Fue Hanno, Ithobaal, Snefru, Phaon, Shlomo, Rashid, Gobor, Flavio Lugo y muchos más de los que puede recordar.

Ella se irguió en el diván, como dispuesta a brincar, ya hacia él o para huir de él.

—¿Estará Cadoc entre esos nombres? —preguntó con voz gutural.

Él se mantuvo sentado, se reclinó, pero la miró a los ojos.

—Tal vez, así como una dama pudo haberse llamado Zoe, y antes Eudoxia, y antes…, nombres que quizás aún se puedan descubrir.

Ella se estremeció.

—¿ Qué quieres de mí ?

Él dejó la copa, sonrió, extendió las manos con las palmas para arriba y le dijo con voz muy suave:

—Lo que quieras ofrecer. Tal vez nada. ¿Cómo puedo obligarte, en el remoto caso de que ése fuera mi deseo? Si te desagradan los lunáticos inofensivos, no tienes que volver a verme ni oír hablar de mí.

—¿Qué… estás… dispuesto a ofrecer?

—Una fe compartida y duradera. Ayuda, consejo, protección, el final de la soledad. He aprendido mucho sobre la supervivencia, y prospero casi siempre, y tengo mis ahorros para los malos tiempos. En este momento dispongo de una modesta fortuna. Más importante aún, soy leal a mis amigos y prefiero ser el amante de una mujer y no su amo. Quién sabe. Tal vez los hijos de dos inmortales también lo sean.

Ella lo estudió unos instantes.

—Pero siempre te guardas algo, ¿verdad?

—Un hábito fenicio, fortalecido por una vida de desarraigo. Podría abandonarlo.

—Nunca fue mi estilo —jadeó ella, acercándose.


2

<p>2</p>

Estaban recostados contra las almohadas en el cabezal de la enorme cama. La conversación florecía como una planta en primavera. De vez en cuando, ahora que había pasado el frenesí, se acariciaban con suavidad. Un sopor los dominaba entre los olores del incienso y del amor, pero sus mentes despertaban. Hablaban con calma, con ternura.

—Hace cuatrocientos años fui Aliyat en Palmira —dijo ella—. ¿Y tú, en tu antigua Fenicia?

—Mi nombre de nacimiento era Hanno —respondió—. Lo usé a menudo, después, hasta que murió en todas las lenguas.

—Qué aventuras debes de haber tenido.

—Y tú.

Ella hizo una mueca.

—Preferiría no hablar de ello.

—¿Estás avergonzada? —Él le puso un dedo bajo la barbilla y la obligó a mirarlo—. No lo estés —añadió con tono grave—. Yo no lo estoy. Hemos sobrevivido con los medios que eran necesarios. Todo eso ha pasado. Deja que se pierda en las tinieblas junto con las ruinas de Babilonia. Pertenecemos a nuestro futuro.

—¿No me encuentras… pecaminosa?

—Sospecho que si ambos habláramos con franqueza de nuestro pasado —sonrió—, serías tú quien se escandalizaría.

—¿Y no temes la maldición de Dios?

—He aprendido mucho en dos mil años, pero nada sobre ningún Dios, excepto que surgen, cambian, envejecen y mueren. Si hay algo más allá del universo, dudo que se interese por nosotros.

Temblaron lágrimas en las pestañas de Alheñáis.

—Eres fuerte y amable, —se acurrucó contra él—. Habíame de ti.

—Eso llevaría un tiempo. Me daría sed.

Ella cogió una campanilla y la agitó.

—Podemos solucionarlo —dijo con una sonrisa fugaz—.Tienes razón, sin embargo. Tenemos todo el futuro para explorar nuestro pasado. Habíame primero de Cadoc. Necesito comprenderlo, para que tracemos nuestros planes.

—Bien, todo comenzó cuando la Vieja Roma se marchó de Britannia… No, espera, he olvidado algo, en medio de tanta alegría. Primero debe hablarte de Rufus.

Entró una criada. Agachó la vista, aunque no parecía turbada por los dos cuerpos desnudos. Athenais ordenó que le trajeran el vino y los refrigerios de la antecámara. Entretanto Cadoc ordenó sus pensamientos. Cuando estuvieron a solas, describió a su compañero.

—Pobre Rufus —suspiró ella—. Cómo te envidiará.

—Oh, espero que no —replicó Cadoc—. Está habituado a ser mi subalterno. A cambio, yo pienso por él. Si come, bebe y copula lo suficiente, está satisfecho.

—Entonces no ha sido un bálsamo para tu soledad —murmuró Alheñáis.

—No mucho. Pero le debo la vida, pues me ha salvado varias veces, y por lo tanto el esplendor de este día.

—Canalla adulador. —Athenais le dio un beso y él hundió el rostro en su cabellera fragante hasta que ella le dio una copa de vino y un tentempié y lo invitó a continuar.

—Los britanos del oeste conservaron algún vestigio de civilización. Sí, con frecuencia pensé en venir aquí, pues sabía que el Imperio continuaba. Pero por mucho tiempo no tuve perspectivas de llegar con algún dinero, de llegar siquiera. Entretanto, la vida entre los britanos no era tan mala. Había llegado a conocerlos. Era muy fácil cambiar de identidad y estar económicamente desahogado. Podía esperar a que los ingleses, los francos y los normandos adquirieran hábitos más corteses, a que la civilización renaciera en Europa. Después de eso, como he dicho, la ruta comercial rusa me permitió vivir bien y conocer a una variedad de personas, tanto durante el viaje como aquí, en el mundo mediterráneo. Comprenderás que ésa era mi única esperanza de encontrar a alguien igual a mí. Sin duda has abrigado la misma esperanza. Athenais… Aliyat.

—Hasta que se volvió muy dolorosa —respondió ella con un hilo de voz.

Él le besó la mejilla, y ella le acercó los labios y susurró:

—Ahora ha terminado. Me encontraste. Trato de creer que esto es real.

—Lo es, y haremos que lo siga siendo.

Con un sentido práctico que indicaba inteligencia, ella preguntó:

—¿Qué propones que hagamos?

—Bien —dijo él—, de todos modos era hora de que yo terminara con Cadoc. Ha estado en escena más de la cuenta; algunos viejos conocidos pueden empezar a hacer preguntas. Además, desde que el duque normando se nombró a sí mismo rey de Inglaterra, cada vez más jóvenes ingleses descontentos vienen al sur para unirse a la guardia del emperador Varangiano. Los que han oído hablar de Cadoc sabrían cuan improbable es que un galés realice tráfico de esta clase.

»Pero aún, cuando el señor ruso Yaroslav murió, el reino se dividió entre los hijos, y ahora están distanciándose. Los bárbaros de las planicies aprovechan la situación. Las rutas son peligrosas. Es posible que los rusos vuelvan a atacar Constantinopla, y eso afectaría el comercio más que nunca. Recuerdo bien las dificultades que causaron incursiones anteriores.

»Así, dejemos que Athenais y Cadoc se retiren de sus respectivos oficios, alejémonos y no veamos más a nuestros conocidos. Primero, naturalmente, Aliyat y Hanno habrán liquidado sus pertenencias.

Ella frunció el ceño.

—Hablas como si quisieras abandonar Constantinopla. ¿Debemos hacerlo? Es la reina del mundo.

—No lo será para siempre —dijo sombríamente Cadoc.

Ella lo miró con asombro.

—Piensa —dijo Cadoc—. Los normandos han tomado el último baluarte imperial en Italia. Los sarracenos dominan todo el sur desde España hasta Siria. Últimamente no han sido hostiles. Sin embargo, la derrota imperial del año pasado en Manzikert fue algo más que un desastre militar que provocó un abrupto cambio de emperadores. Los turcos ya habían capturado Armenia. Ahora Anatolia está abierta para ellos. Dependerá de que el imperio pueda defender contra ellos el litoral jónico. Entretanto, el descontento cunde en las provincias balcánicas y los normandos se aventuran hacia el este. Aquí el comercio mengua, crecen la pobreza y los disturbios, la corrupción de la corte otorga poder a los incompetentes. Oh, quizá la catástrofe tarde un tiempo en caer sobre Nueva Roma. Pero larguémonos antes de que suceda.

—¿Adonde? ¿Hay algún sitio seguro y decente?

—Bien, algunas capitales musulmanas son brillantes. He oído que hacia el este un emperador gobierna un reino vasto, apacible y glorioso. Pero es gente extraña; los caminos que llegan allá son largos y peligrosos. El oeste de Europa sería más fácil, pero todavía es turbulento y retrógrado. Además, desde que un cisma dividió las iglesias, la vida allá ha sido dura para la gente de países ortodoxos. Tendríamos que convertirnos públicamente al catolicismo, y no nos conviene llamar la atención de esa manera. No, creo que sería mejor permanecer dentro del Imperio Romano por un par de siglos. En Grecia nadie nos conoce.

—¿Grecia? ¿No se ha vuelto bárbara?

—No tanto. Hay una densa población de eslavos en el norte y de valacos en Tesalia, mientras que los normandos causan estragos en el mar Egeo. Pero las ciudades como Tebas y Corinto son prósperas y están bien defendidas. Un bello país, lleno de recuerdos. Ahí podemos ser felices.

Cadoc enarcó las cejas.

—¿Pero tú no has pensado en ello? —continuó—. A lo sumo habrías podido quedarte aquí diez años. Luego tendrías que retirarte, antes de que los hombres notaran que no envejeces. Y siendo una figura pública tan notoria, no podrías quedarte aquí.

—Es verdad. —Alheñáis sonrió—. Me proponía anunciar que había cambiado de opinión, me arrepentía de mi maldad y me marcharía para iniciar una nueva vida de pobreza, plegaria y buenas obras. Ya había hecho los arreglos necesarios para transportar a toda prisa mi fortuna, por si tenía que escapar de repente. A fin de cuentas, así ha sido mi vida, largarme de un lugar para empezar de nuevo en otro.

Él frunció el ceño.

—¿Siempre así?

—La necesidad me obliga —respondió ella con tristeza—. No tengo predisposición para ser monja ni ermitaña. A menudo digo que soy una viuda acaudalada, pero al fin el dinero se acaba, a menos que disturbios, guerras, saqueos o pestes traigan la ruina primero. Una mujer no puede invertir su dinero como un hombre. Cuando tengo problemas, debo comenzar desde abajo y… trabajar para ahorrar y ser complaciente para estar en mejor posición.

Cadoc sonrió con amargura.

—Mi vida también fue así.

—Un hombre tiene más opciones. —Ella hizo una pausa—. Estudio las cosas de antemano. Estoy de acuerdo, Corinto será lo mejor para nosotros.

—¿Qué? —dijo Cadoc, irguiéndose con asombro—. ¿Me dejaste divagar acerca de algo que conocías perfectamente bien?

—Los hombres tienen que alardear de su sagacidad.

Cadoc se echó a reír.

—¡Magnífico! Una mujer que pueda llevarme de la nariz…, ésa es la mujer con quien me quedaré para siempre. —Se calmó—. Pero ahora debemos actuar cuanto antes. De inmediato, a ser posible. Salgamos de esta… inmundicia para ir al primer hogar que cualquiera de ambos ha tenido desde…

Ella le apoyó los dedos en los labios.

—Calma, amor —murmuró—. Si tan sólo pudiera ser así. Pero no podemos desaparecer y nada más.

—¿Porqué no?

—Llamaría la atención —suspiró ella—. Por lo menos, a mí me buscarían. Hay nombres muy encumbrados que se interesan en mí, que temerían una mala pasada de mi parte. Si nos buscaran… No. —Apretó el puño—. Debemos seguir fingiendo. Una vez más, tal vez, mientras preparo el terreno hablando de un… peregrinaje, algo por el estilo.

Él sólo habló al cabo de unos instantes.

—Bien, un mes, cuando nos quedan siglos…

—Para mí, será el mes más largo que jamás conocí. Pero entretanto nos veremos, ¿verdad?

—Desde luego.

—Odio hacerte pagar, pero comprenderás que debo hacerlo. De todos modos, el dinero será de ambos cuando seamos libres.

—Sí, tenemos que hacer planes, preparativos.

—Espera hasta la próxima vez. El tiempo que tenemos hoy es muy breve. Luego debo prepararme para el próximo hombre.

Él se mordió el labio.

—¿No puedes decir que estás enferma?

—Mejor no. Es uno de los más importantes; su buena voluntad puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Bardas Manasses, un manglahites de la plana mayor de los archiestrategos.

—Sí, un militar de alto rango. Entiendo.

—Oh, querido, no te mortifiques. —Athenais lo abrazó—. No sufras. Olvídate de todo salvo de nosotros dos. Aún tenemos una hora en el paraíso.

Era tan experta, hábil y excitante como contaban los hombres.


3

<p>3</p>

Una pequeña procesión cruzó el puente del Cuerno y se acercó a la Puerta de Blaquerna. Eran cuatro rusos, dos normandos y un par de otra raza. Los rusos llevaban un pesado corre, colgado de dos varas. Los normandos eran de la Guardia Varangiana, con yelmo y cota de malla, hachas al hombro. Aunque era obvio que estaban ganando un dinero extra custodiando una carga valiosa, también era obvio que lo hacían con autorización oficial, y los centinelas dejaron pasar al grupo.

Continuaron por las calles que había al pie de la muralla de la ciudad. Las almenas y el cielo se alzaban sobre ellos. La mañana aún era joven y las sombras eran profundas, casi heladas después del resplandor del agua. Las mansiones de los ricos quedaron atrás y los hombres entraron en el más humilde y atareado distrito de Phanar.

—Esto es una necedad —gruñó Rufus en latín—. Incluso has vendido el barco, ¿verdad? Hiciste un mal negocio, por lo rápido que te deshiciste de todo.

—Transformándolo en oro, gemas, riqueza portátil —corrigió Cadoc alegremente, en la misma lengua. Aunque no había razones para desconfiar de la escolta, la cautela formaba parte de su espíritu—. Partiremos dentro de un par de semanas, ¿lo has olvidado?

—Pero entretanto…

—Entretanto estará a buen recaudo, en un sitio donde podemos sacarlo en cualquier momento del día o de la noche sin aviso previo. Has pasado mucho tiempo preocupándote cuando no te estabas embriagando, amigo. ¿Nunca me escuchas? Aliyat preparó esto. —¿Qué dijo a los poderosos para que todo resultara tan fácil?

Cadoc sonrió.

—Que le insinué que yo haría un magnífico trato con ciertos poderosos…, un trato del que estos hombres sacarán buen provecho si me ayudan. Las mujeres también aprenden a vérselas con el mundo.

Rufus rezongó.

El edificio donde Petros Simonides, joyero, vivía y tenía su tienda, era modesto. Sin embargo, Cadoc sabía desde tiempo atrás qué negocios se efectuaban allí, además de las actividades visibles. A varios miembros de la corte imperial les resultaba útil que las autoridades hicieran la vista gorda. Petros recibió jovialmente a los visitantes. Un par de matones a quienes llamaba sobrinos, aunque no se le parecían en absoluto, los ayudaron a llevar el cofre al sótano y guardarlo detrás de un panel falso. Cadoc pagó y declinó la hospitalidad pretextando que tenía prisa. Regresó con sus hombres a la calle.

—Bien, Arnulf, Sviatopolk, a todos vosotros, gracias —dijo—. Ahora podéis ir donde os guste. Recordad que debéis guardar silencio. Eso no os impedirá beber por mi salud y buena fortuna. —Les entregó una generosa propina. Los marineros y soldados partieron satisfechos.

—¿No crees que el vino y la comida de Petros sean buenos?,—preguntó Rufus.

—Sin duda lo son —dijo Cadoc—, pero tengo prisa. Athenais ha reservado la tarde entera para mí, y primero quiero prepararme bien en los baños.

—¡Ja! Como todo este tiempo desde que la conociste. Nunca te había visto enamorado. Pareces un quinceañero.

—Me siento renacido —murmuró Cadoc. Miró más allá del ajetreo que lo rodeaba—. También tú te sentirás así, cuando encontremos a tu verdadera esposa.

—Con mi suerte, será una marrana.

Cadoc rió, palmeó a Rufus en la espalda y le deslizó un besante en la única palma.

—Ve a ahogar ese ánimo sombrío. Mejor aún, échalo fuera con una mujerzuela fogosa.

—Gracias. —Rufus no cambió el semblante—. Estos días estás muy generoso.

—Una extraña cualidad de la alegría pura —dijo Cadoc—. Uno desea compartirla. —Echó a andar, silbando. Rufus, con los hombros encorvados, lo siguió con la mirada.


4

<p>4</p>

Las estrellas y la luna daban buena luz. Las silenciosas calles estaban desiertas. A veces pasaba una patrulla y el fulgor de un farol bañaba el metal, encarnación de ese poder que mantenía la paz en la ciudad. Un hombre podía caminar tranquilo.

Cadoc bebió el aire nocturno. El calor era menos sofocante, y el humo, el polvo, los hedores y las pestilencias habían disminuido. Al acercarse al Kontoskalion, olió a brea y sonrió. Los olores evocaban recuerdos. Una galera en el puerto egipcio de Sor, curtida por fabulosos mares, y su padre junto a él, cogiéndole la mano… Se llevó esa misma mano a la nariz. El vello le hizo cosquillas en el labio. Un aroma de jazmín, el perfume de Aliyat, y quizás un dejo de su dulzura. Se habían dado un largo beso de despedida.

Y sentía una dichosa fatiga. Rió entre dientes. A su llegada, ella había dicho que el gran Bardas Manasses le había enviado un mensaje: no podría visitarla esa noche según lo planeado, así que ella y su amado tendrían tiempo de más, un obsequio de Afrodita. «He descubierto qué significa fuerza inmortal», ronroneó ella al fin, abrazada a Cadoc.

Cadoc bostezó. Dormiría bien. Si tan sólo pudiera tenerla al lado… Pero los sirvientes ya habían notado que ella sentía predilección por ese extranjero. Era mejor no llamar la atención. Los chismes podían llegar a oídos inconvenientes.

¡Pero pronto, pronto!

De golpe se ahondó la oscuridad. Había tomado por una calleja, cerca del puerto y de su posada. A ambos costados se erguían altas paredes de ladrillo, dejando arriba un retazo de cielo. Anduvo más despacio, para no tropezar con nada. El silencio también era profundo. ¿Pisadas a sus espaldas? Recordó que varias veces había entrevisto la misma figura encapuchada. ¿Era mera coincidencia que siguieran el mismo rumbo?

Un destello de luz, un farol en un callejón le cegó por un instante.

—¡Es él! —oyó. Tres hombres salieron del callejón y resplandeció una espada.

Cadoc dio un salto atrás. Los hombres se desplegaron, derecha, izquierda, frente. Lo tenían arrinconado contra una pared.

Desenvainó el cuchillo. Dos de los atacantes portaban armas similares. No gastó saliva en gritos de protesta ni en pedir auxilio. Si no podía salvarse solo, era hombre muerto. Se desabrochó la túnica con la mano izquierda.

El espadachín se lanzó al ataque. El farol, que había quedado en la boca del callejón, lo transformaba en una sombra, pero Cadoc le vio un destello de luz en la cadera. Tenía una cota de malla. El acero susurró. Cadoc se movió a un costado. Arrojó la túnica contra la cara invisible, arrancándole una maldición y desviando el arma. Cadoc saltó a la derecha. Esperaba esquivar al que estaba allí, pero el sujeto era hábil y le cerró el paso. Lo atacó con la daga. Cadoc habría recibido la puñalada en el vientre si no hubiera contado con su vigor de inmortal. Detuvo el golpe con el cuchillo y retrocedió.

Los ladrillos le mordieron la espalda. Estaba acorralado, pero se defendió. Los dos hombres con dagas recularon. El espadachín se dispuso a atacar de nuevo.

Se oyeron sandalias sobre adoquines. La luz centelleó sobre una barba cobriza. El garfio de Rufus se hundió en la garganta del espadachín. Rufus movió el garfio salvajemente. El hombre soltó la espada, se agarró al garfio, cayó de rodillas. Soltó un graznido a través de la sangre.

Cadoc se agachó, cogió la espada y se irguió. No manejaba muy bien ese arma, pero había tratado de dominar todas las artes de la lucha a través de los siglos. Uno de los contrincantes se apartó. Cadoc giró a tiempo para detener al segundo, que estaba a sus espaldas. La hoja dio contra un brazo, haciendo crujir el hueso. El hombre gritó, trastabilló y huyó.

Gruñendo, Rufus extrajo el garfio y fue en busca del otro atacante, que también desapareció en la noche. Rufus se detuvo y dio media vuelta.

—¿Estás herido?—jadeó.

—No. —Cadoc también estaba sin aliento. Le martilleaba el corazón. Pero tenía la mente fría y despejada como hielo flotando en el mar de Thule. Miró al hombre con cota de malla, quien se contorsionaba entre gemidos y perdía mucha sangre—. Vámonos… antes de que… alguien venga. —Tiró la espada delatora.

—¿A la posada?

—No. —Cadoc echó a trotar. Recobró el aliento, se le apaciguó el pulso—. Éstos me conocían. Por lo tanto, sabían dónde esperar y deben de saber dónde me alojo. Quien los haya enviado querrá intentarlo de nuevo.

—Pensé que sería buena idea seguirte. Dejaste un buen tesoro en casa de ese cerdo de Phanar.

—No debería enorgullecerme de mi inteligencia —dijo el consternado Cadoc—. Tú has demostrado mucha más que yo.

—Bah, estás enamorado y eso es peor que estar ebrio. ¿Adonde vamos? Supongo que las calles principales son seguras. Quizá podamos despertar a otro posadero. Yo tengo suficiente dinero, si tú no tienes.

Cadoc meneó la cabeza. Habían salido a una avenida, desnuda y opaca bajo la luna.

—No. Vagaremos hasta el amanecer, luego nos mezclaremos con gente que salga de la ciudad. Éstos no eran vulgares matones, ni siquiera asesinos a sueldo. Armadura, espada…, por lo menos uno de ellos era un soldado imperial.


5

<p>5</p>

Vsevolod el Gordo, una eminencia entre los mercaderes rusos, poseía una casa en San Mamo. Era pequeña, pues sólo la usaba cuando estaba en Constantinopla, pero estaba adornada con opulencia bárbara y, durante sus estancias, con un par de mujerzuelas. Los sirvientes eran parientes jóvenes de Vsevolod, y se podía confiar en su lealtad. Arriba había una habitación disimulada.

Entró en ella al terminar el día. La barba entrecana le llegaba hasta el vientre que hinchaba la túnica bordada. Llevaba una jarra.

—He traído vino —saludó— Barato, pero abundante. Pues lo querréis abundante, sin fijaros en la calidad. —Se lo dio a Cadoc.

Éste se levantó sin prestar atención. Rufus cogió la jarra y se la llevó a la boca. Había roncado durante horas, mientras Cadoc caminaba entre las paredes desnudas o miraba el Cuerno de Oro y la ciudad de muchas cúpulas por la ventana.

—¿Qué has averiguado, Vsevolod Izyaslavev? —preguntó Cadoc en ruso.

El mercader se desplomó en la cama, haciéndola crujir.

—Malas noticias —dijo—. Fui a la tienda de Petros Simonides y hallé guardias apostados. Me costó sonsacarles una respuesta franca, y de todos modos no saben nada. Pero dicen que lo arrestaron para interrogarlo. —Un suspiro, como un viento estepario—. Si eso es verdad, si no lo dejan salir, adiós a la mejor agencia de contrabando que he tenido. ¡Ah, santos misericordiosos, ayudad a un pobre viejo a ganar el pan de su esposa y sus hijos!

—¿Y qué hay de mí?

—¿No entiendes, Cadoc Rhysev? No me atreví a insistir demasiado. No soy joven como tú. El coraje se ha ido con la juventud y el vigor. Recuerda al Señor, en estos días felices de tu vida, antes de que te agobien la edad y el pesar. Pero he hablado con un capitán de la guardia a quien conozco. Sí, es como temías, te están buscando. No sabe por qué, pero mencionó una trifulca cerca de tu posada y la muerte de un hombre. Lo cual ya sabía, por lo que me contaste.

—Eso pensaba —dijo Cadoc—. Gracias.

Rufus dejó la jarra.

—¿Qué nacemos? —rezongó. —Será mejor que os quedéis aquí, donde habéis buscado refugio —replicó Vsevolod—. Pronto volveré a Chernigov. Podéis venir conmigo. Los griegos no os conocerán en mi nave. Tal vez te disfrace e bella esclava circasiana, ¿eh, Rufus? —Soltó una risotada.

—No podemos pagarte el pasaje —dijo Cadoc.

—No importa. Eres mi amigo, mi hermano en Cristo. Confío en que me pagarás más tarde. Treinta por ciento de interés, ¿de acuerdo? Y cuéntame cómo te metiste en este aprieto. Me serviría de advertencia.

Cadoc asintió.

—Te lo contaré una vez que hayamos salido.

—Bien. —Vsevolod echó una ojeada a sus huéspedes—. Creí que esta noche pasaríamos un momento alegre y nos embriagaríamos, pero no estás de ánimo. Sí, es una pena perder tanto dinero. Os haré enviar la cena. Nos veremos mañana. Dios alegre vuestro sueño. —Se levantó y salió con torpeza, cerrando el panel.

Constantinopla era una sombra azul sobre las aguas doradas, contra el poniente rojizo. La penumbra inundó la habitación de San Mamo. Cadoc cogió la jarra de vino, bebió un sorbo, la dejó.

—¿De veras vas a contárselo? —preguntó Rufus.

—Oh, no. No la verdad. —Ahora hablaban en latín—. Inventaré una historia creíble y eso no le causará daño. Algo sobre un funcionario que decidió deshacerse de mí y apoderarse del oro en vez de esperar su parte de la ganancia.

—Ese cerdo también podría estar celoso —sugirió Rufus—. Quizá Vsevolod sepa que veías a Alheñáis.

—De todos modos tengo que inventar una historia —dijo Cadoc con voz quebrada—. Yo mismo no sé qué sucedió.

—¿Ah, no? Vaya, está claro como el agua. Esa zorra le habló a uno de sus clientes. Te hubieran cerrado el pico para siempre, y después me habrían buscado a mí para apoderarse del dinero. Tal vez ella tenga influencia sobre algún sujeto del gobierno, puede que sepa algo sobre él. O tal vez él se contentó con nacerte el favor y recibir su parte. Tuvimos suerte de salir vivos, pero ella ha ganado. Nos persiguen. Si queremos conservar el pellejo, no regresaremos en veinticinco años. —Rufus bebió un trago de vino—. Olvídala.

Cadoc dio un puñetazo contra la pared. El yeso se rajó y cayó.

—¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo?

—Ah, fue fácil. Tú mismo le armaste la trampa. —Rufus dio unas palmadas al hombro de Cadoc—. No te sientas mal. En una generación ganarás otro cofre de oro.

—¿Por qué? —Cadoc se apoyó en la pared, hundiendo la cara en el brazo.

Rufus se encogió de hombros.

—Una puta es una puta.

—No, pero ella… es inmortal…, le ofrecí… —Cadoc no pudo continuar.

Rufus apretó los labios en la oscuridad.

—Deberías entenderlo. Piensas mejor que yo cuando te lo propones. ¿Cuánto tiempo hace que es lo que es? ¿Cuatrocientos años, dijiste? Bien, eso significa muchos hombres. ¿Mil por año? Tal vez menos hoy en día, pero puede que antes más.

—Ella me dijo que se toma… tantas libertades como puede… en la vida…

—Eso te demuestra cuánto le gusta. Tú sabes qué quieren los hombres de una puta. Y todas las veces que una mujer es maltratada, asaltada, pateada, aporreada y abandonada… ¿Crees que puede dejar eso en un bote de basura? Cuatrocientos años, Lugo. ¿Qué crees que siente por los hombres? Y nunca llegaría a verte envejecer.


VIII. Dama de honor

<p>VIII. Dama de honor</p>

La silenciosa llovizna se perdía en las brumas que flotaban sobre el suelo, diluyendo el mundo como un sueño. Desde la veranda, Okura miró el jardín donde las piedras y los cipreses enanos lucían borrosos. El agua goteaba de las tejas y formaba una pátina sobre la pared blanqueada. Más allá no se veía nada. Aunque la ancha puerta sur estaba abierta, ella apenas distinguía la avenida exterior, un charco, un cerezo deshojado. La niebla había cubierto el palacio. Era como si Heian-kyo no existiera.

Okura tiritó y regresó a sus aposentos. Las dos o tres criadas con quienes se cruzó estaban cubiertas de ropa acolchada. Sus quimonos superpuestos mantenían el calor, y los colores invernales cuidadosamente escogidos preservaban una melancólica elegancia. El aliento flotaba como un fantasma. Cuando Okura entró en la mansión, el crepúsculo la envolvió. Era como si el frío también la envolviera. Las persianas y postigos podían contener el viento, pero la humedad se filtraba y los braseros servían de poco.

Sin embargo, la aguardaban ciertas comodidades. Masamichi había tenido la gentileza de adjudicarle una plataforma para dormir en el pabellón oeste. Entre los biombos corredizos que separaban la habitación, un par de cofres y una mesa de se agazapaban en el suelo. Okura imaginó que deseaban ocultarse debajo del grueso tatami que cubría la plataforma. No había nadie más, así que las cortinas estaban cerradas. Bajo la luz fluctuante de algunas palmatorias, el futon y los cojines Parecían bultos negros.

Okura abrió el armario donde estaba su koto. Era. uno de los legados que aún no habían retirado; se llamaba Canción del Cuclillo. Cuan apropiado para un día como ése, pensó: el pájaro que es el amante inconstante, que puede llevar mensajes entre los vivos y los muertos, que encarna el ineluctable paso del tiempo. Tenía en mente una melodía que le agradaba en la infancia. Luego siempre la había tocado para sus hombres, esos dos amantes a quienes quería de veras. Pero no, recordó que el instrumento ahora estaba afinado para una modalidad invernal. Una criada entró en la habitación, se acercó, saludó con una reverencia y gorjeó:

—Un mensajero del noble señor Yasuhira acaba de llegar, señora.

Sus modales no revelaban sorpresa. La relación entre Chikuzen no Okura, dama de honor de la casa del ex emperador Tsuchimikado, y Nakahari no Yasuhira, hasta hacía poco un consejero menor del emperador Go-Toba, se remontaba a muchos años atrás. Ella lo llamaba Mi-yuki, Nieve Espesa, porque ésa había sido la primera excusa que puso él para pasar la noche con ella.

—Tráelo —dijo Okura, con el pulso trémulo.

La criada se marchó. Regresó cuando el mensajero apareció en la veranda. Como la luz le daba en la espalda, Okura no sólo pudo ver a través de la persiana traslúcida que era un niño, sino que notó que la chaqueta de brocado estaba seca y que los pantalones blancos apenas estaban arrugados. Además de usar una capa de paja, debía de haber viajado a caballo. Esbozó una sonrisa al pensar que Nieve Espesa conservaría las apariencias hasta el final.

Dejó de sonreír. Se acercaba el final para ambos.

Con el apropiado ritual, el mensajero deslizó lo que traía bajo la persiana, dándoselo a la criada y se arrodilló esperando la respuesta. La criada le llevó la carta a Okura y salió. Okura la desenrolló. Yasuhira había usado un papel verde claro, sujeto a un broche de sauce. La caligrafía era menos precisa que en otros tiempos; Yasuhira era miope.

«Consternadamente he sabido que perdiste tu posición en la corte. Esperaba que la consorte del ex emperador te protegiera de la ira que ha caído sobre tu pariente Chikuzen no Masamichi. ¿Qué será de ti, privada de su protección cuando tampoco yo puedo hacer nada? Ésta es una pena que sólo Tu Fu podría expresar. A mi pobre intento añado el deseo de que al menos podamos vernos pronto.

En el año que languidece mis mangas, que yacían sobre las tuyas, están húmedas como la tierra, aunque la lluvia que las cubre es sal de un mar de pesadumbre por ti.»

Sin duda, los poemas de Yasuhira no serían citados junto a los del gran maestro chino, pensó Okura. No obstante, sintió un repentino deseo de verlo. Se preguntó por qué. El ardor que habían sentido antaño se había enfriado convirtiéndose en amistad; ya no recordaba la última vez que habían compartido el lecho.

Bien, un encuentro podría fortalecerlos con el conocimiento de que ninguno de ambos estaba solo en el infortunio. Okura había oído que el nuevo gobernador militar estaba confiscando miles de propiedades de familias que habían apoyado la causa del emperador; pero eso era sólo un número, tan irreal como la vida interior de un labriego, un peón o un perro. Esa casa quedaría en manos de un seguidor del clan Hojo, pero para ella sólo había significado un alojamiento que se le brindaba por deber hacia antepasados comunes. Lo que le dolía de veras era que la hubieran echado de la corte. La separaba de su mundo.

Aun así, en poco tiempo habría partido de todas maneras. Sin duda, el aislamiento de Yasuhira era peor. Deberían solazarse mutuamente.

Uno debía respetar las formas, aun al responder lo que reconocía como una súplica. Okura se arrodilló en silencio, componiendo, decidiendo, antes de llamar a una criada.

—Quiero una rama de ciruelo —ordenó.

Eso complementaría su respuesta con mayor sutileza que el cerezo. De sus materiales para escribir escogió una hoja color gris perla. Cuando terminó de preparar la tinta, ya veía las palabras con claridad. Eran sólo otro poema.

Los capullos fueron fragantes, luego se marchitaron y volaron dejando amargo fruto. Cayó, y en ramas desnudas un brote llama a otro a través del viento.

Él comprendería y vendría.

Preparó el envoltorio con la elegancia que merecía y se lo dio a una criada para que lo entregara al mensajero. Éste viajaría deprisa por la ciudad, pero el carruaje tirado por bueyes del amo, el único medio adecuado para un noble, tardaría casi una hora. Okura tenía tiempo para prepararse.

Se examinó la cara en un espejo a la luz de una palmatoria. Nunca había sido bella: demasiado delgada, pómulos demasiado enérgicos, ojos demasiado anchos, boca demasiado grande. Sin embargo, estaba correctamente empolvada, con las cejas bien depiladas, las cejas cosméticas pintadas a suficiente altura, los dientes bien ennegrecidos. Su figura también dejaba que desear, más busto y menos caderas de las que debía tener, pero llevaba la ropa con elegancia; las sedas ondeaban grácilmente cuando ella avanzaba con el andar correcto. El pelo redimía muchos defectos, una catarata negra que se arrastraba por el suelo.

Ordenó que preparasen vino de arroz y tortas. Su karma y el de Yasuhira no podían ser tan malos, pues ella estaba ahora a solas con pocos sirvientes. Masamichi había llevado a su esposa, dos concubinas e hijos a casa de un amigo que les ofrecía refugio momentáneo. Llevaban sus posesiones para guardarlas en alguna parte. Había dicho que Okura podía ir con las suyas, pero se mostró aliviado cuando ella respondió que tenía sus propios planes para el futuro. La bien educada familia no había dicho nada indecoroso sobre los hombres que la visitaban y que a veces pasaban la noche con ella. No obstante, el hecho de que alguien de importancia oyera cosas habría inhibido la conversación en un día en que debía ser franca o inútil.

Privada de la clepsidra, y con ese sol oscurecido, Okura no podía calcular la hora, pero Yasuhira debió de llegar alrededor del mediodía, la Hora del Caballo. Okura ordenó a un criado que instalara el biombo de gala en un sitio conveniente, y al oír los pasos en la veranda esperó arrodillada detrás del biombo. No sólo por los sirvientes, sino por Yasuhira, pensó con amargura. Cuando el mundo de ambos se desmonoronaba, era más importante que nunca observar el decoro. Dedicaron un rato a las formalidades y la charla menuda. Luego ella rompió las convenciones y corrió el biombo. En otros tiempos eso habría implicado que iban a hacer el amor. Ese día un par de referencias poéticas entre las trivialidades habían aclarado que ése no era el propósito de ninguno de ellos. Sólo deseaban hablar con libertad.

Las criadas Kodayu y Ukon quizá se escandalizaron más ante esto que ante la unión de dos cuerpos a plena luz del día. Mantuvieron su ciega deferencia y trajeron los refrigerios. Buenas chicas, pensó Okura cuando se marcharon. ¿Qué sería de ellas? Ligeramente sorprendida, deseó que el nuevo amo conservara al personal y lo tratara con amabilidad. Pero temía lo contrario, dada la clase de criatura que era.

Ella y su visitante se acomodaron en el suelo. Mientras Yasuhira observaba cortésmente el dibujo floral de su tazón de vino, Okura pensó que parecía haber envejecido de la noche a la mañana. Había encanecido años atrás, pero la cara de luna, los ojos entornados, la boca semejante a un pimpollo, la barba pequeña y suave habían conservado la lozanía de la juventud. Muchas damas suspiraban comparándolo con Genji, el Príncipe Brillante de la historia de Murasaki, que ya tenía doscientos años. Hoy la lluvia le había corrido el maquillaje y el carmín, revelando ojeras, un semblante abotargado, arrugas profundas, y Yasuhira tenía los hombros encorvados.

Pero no había perdido la gracia cortesana con que sorbía el vino.

—Ah —musitó—, esto es muy agradable, Asagao. —«Gloria de la Mañana», el nombre con que la llamaba en la intimidad—. Sabor, aroma y tibieza. «Luz esplendorosa…»

Ella se sintió obligada a cerrar la alusión literaria diciendo:

—Pero no, me temo, «fortuna eterna» —y añadió con mayor suavidad—: En cuanto a Gloria de la Mañana, ¿a mi edad no sería mejor Pino?

Él sonrió.

—Conque he conservado cierto tacto para guiar la conversación. ¿Nos libramos de los temas desagradables? Luego podremos hablar de los viejos tiempos y sus alegrías.

—Si tenemos el ánimo de hacerlo. —Si tú tienes el ánimo, quería decir. Yo nunca tuve más opción que ser fuerte.

—Esperaba que el señor Tsuchimikado te retuviera.

—En estas circunstancias, irme de la corte no es lo peor que podía ocurrirme —dijo Okura. Él no ocultó su desconcierto. Okura explicó—: Sin una familia que posea tierras, yo sería apenas una mendiga, sin siquiera un lugar como éste para retirarme. Las otras me despreciarían y pronto me ultrajarían.

—¿De veras?

—Las mujeres son tan crueles como los hombres, Mi-yuki.

Él mordisqueó una torta. Okura comprendió que era un modo de darse tiempo para pensar.

—Debo confesar que el conocimiento de la situación me llevó a abrigar pocas esperanzas por ti —dijo al fin.

—¿Por qué? —Okura conocía muy bien la respuesta, pero sabía que a él le haría bien explicarse.

—Es verdad que el señor Tsuchimikado se mantuvo en paz durante el levantamiento pero, aunque no conspiró contra los jefes Hojo, tampoco los ayudó. Creo que ahora siente la necesidad de buscar favores, sobre todo porque pueden nombrar próximo emperador a uno de su linaje cuando muera o abdique el actual soberano. Librarse de los miembros de todas las familias que estuvieron en la revuelta parece un gesto trivial. Empero, es un gesto, y el señor Tokifusa, a quien han designado gobernador militar de Heiankyo, reparará en él.

—Me pregunto qué pecado de una vida pasada instó al señor Go-Toba a tratar de recobrar el trono que había abandonado —musitó Okura.

—Ah, no fue una locura, sino un noble esfuerzo que debió haber triunfado. Recuerda que su hermano, el entonces emperador Juntoku, estuvo junto a él, así como familias como las nuestras y sus seguidores, soldados de los Taira que deseaban vengar lo que los Minamoto habían hecho a sus padres. Incluso muchos monjes empuñaron las armas.

Okura se estremeció. Sabía que los monjes del monte Hiei a menudo bajaban a la ciudad para sembrar el terror, no sólo mediante amenazas sino con palizas, muertes, saqueos e incendios. Iban para imponer decisiones políticas que ellos deseaban. ¿Pero eran mejores que las pandillas de malhechores que dominaban la mitad oeste de la capital?

—No, sin duda fallamos por nuestros propios pecados anteriores —continuó Yasuhira—. ¡Cuánto hemos caído desde los días dorados! Habríamos vencido para un emperador que gobernara de verdad.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Okura, intuyendo que él necesitaba expresar su amargura.

—Vaya —protestó Yasuhira—, durante generaciones el emperador sólo ha sido un títere en manos de los poderosos, entronizado en la infancia y obligado a retirarse cuando era un adulto. Y entretanto, los clanes han irrigado la tierra con sangre luchando para decidir quién nombraría al shogun. —Recobró el aliento y continuó precipitadamente—: El shogun es el jefe militar de Kamakura, el verdadero amo del Imperio. O lo era. Hoy… hoy los Hojo han ganado las guerras entre clanes, y el shogun de ellos es un niño, otro títere que dice lo que sus señores desean que diga. —Se contuvo y pidió disculpas—. Suplico el perdón de Asagao. Debes de estar escandalizada ante mi franqueza. Y sin necesidad, pues por cierto una mujer no puede entender estas cosas.

Okura, que había mantenido los oídos abiertos y la mente alerta el tiempo suficiente para saber todo lo que él había contado, replicó:

—Desde luego, no son para ella. Pero sí entiendo que sientes pesar por lo que hemos perdido. Pobre Mi-yuki, ¿qué será de ti?

—Yo estaba en mejor posición para solicitar lenidad que Masamichi o la mayoría de los demás —continuó con más calma—. Así obtuve autorización para ocupar mi mansión de Heian-kyo por un corto tiempo. Después tendré que marcharme. Iré a una granja del este que me permitirán conservar, más allá de Ise. Los arrendatarios me mantendrán a mí y al resto de mis dependientes.

—¡Pero en la pobreza! Y tan lejos, entre toscos campesinos. Será como haber cruzado el borde del mundo.

Él asintió.

—A menudo caerán todas mis lágrimas. Aun así… —Ella no pudo seguir la cita, pues había tenido pocas oportunidades de practicar el chino hablado, pero dedujo que se trataba de conservar el sosiego en la adversidad—. He oído que se ve la montaña sagrada Fuji. Y podré llevar conmigo algunos libros y mi flauta.

—Entonces no estás destruido del todo. Ésa es una mota brillante en el aire oscuro.

—¿Y qué será de ti? ¿Qué le ha ocurrido a esta casa?

—Ayer vino el barón, que tomará posesión de ella. Un patán con la cara sin empolvar, curtido como un labriego, hirsuto, tosco como un mono, gruñendo en un dialecto tan bárbaro que apenas pude comprenderlo. En cuanto a los soldados del séquito, no parecen salvajes de Hokkaido. Sí, el conocimiento de lo que dejo atrás tal vez aplaque mi añoranza por Heian-kyo. Nos dio unos días para realizar nuestros preparativos.

Yasuhira titubeó.

—La mía no será existencia adecuada para una dama bien nacida —dijo al fin—. Sin embargo, si no tienes nada más, ven con los míos. Por el resto de nuestros días procuraremos consolarnos mutuamente.

—Te lo agradezco, viejo y querido amigo —murmuró Okura—, pero me aguarda mi propio camino.

Él vació el cuenco de vino.

Ella lo llenó de nuevo.

—¿De veras? Permíteme sentir alegría por ti, no decepción por mí. ¿Quién te acogerá?

—Nadie. Buscaré el templo de Higashiyama, donde a menudo estuve con la ex consorte imperial y el sumo sacerdote me conoce. Iré a tomar mis votos.

No había esperado que él demostrara consternación. Yasuhira casi soltó el cuenco. El vino le salpicó la túnica.

—¿Qué? ¿Hablas de votos plenos? ¿Te transformarás en monja?

—Eso creo.

—¿Te cortarás ese bello pelo, te pondrás vestimentas toscas y negras, vivirás…? ¿Cómo vivirás?

—Ni el bandido más feroz se atreve a hacer daño a una monja; la cabaña más humilde no le niega refugio ni arroz. Me propongo ir en perpetua peregrinación, de altar en altar, para ganar méritos en los años de vida que me resten. —Okura sonrió—. Durante esos años, quizá pueda visitarte en ocasiones. Entonces recordaremos juntos.

Él meneó la cabeza, confundido. Como la mayoría de los cortesanos, nunca había ido lejos, rara vez a más de un día de viaje de Heian-kyo. Y lo había hecho en carruaje, para asistir a ceremonias que para gente como él eran más sociales que religiosas; para contemplar capullos en la campiña primaveral o las hojas de arce en otoño; para admirar el claro de luna en el lago Biwa y componer poemas sobre ello.

—A pie —murmuró—. Caminos que con la lluvia se convierten en lodazales. Montañas, desfiladeros, ríos caudalosos. Hambre, lluvia, nieve, viento, un sol aplastante. Plebeyos ignorantes. Bestias, demonios, fantasmas. No. —Dejó el cuenco, se enderezó, habló con firmeza—. No lo harás. Sería arduo para un hombre joven. Tú eres una mujer de cierta edad, y perecerás miserablemente. No lo toleraré.

En vez de recordarle que él no tenía autoridad sobre ella, pues su preocupación era conmovedora, Okura preguntó dulcemente.

—¿Te parezco frágil?

Él guardó silencio. La escrutó con los ojos como deseando atravesar las vestiduras y mirar el cuerpo que otrora había poseído. Pero no, pensó ella, eso jamás se le ocurriría. Era un hombre decente a quien repugnaba la desnudez. Siempre habían conservado por lo menos una capa de ropa.

—Es cierto —murmuró al fin Yasuhira—, es perturbador, los años apenas te han tocado. Podrías pasar por una mujer de veinte. ¿Pero cuál es tu edad? Nos conocemos desde hace casi treinta años y debías de tener veinte cuando llegaste a la corte, con lo cual sólo eres un poco más joven que yo. Y mis fuerzas se han debilitado.

Dices la verdad, pensó ella. Poco a poco he visto cómo alejabas un libro de tus ojos o cómo pestañeabas ante palabras que no oías; has perdido la mitad de los dientes; cada vez te asedian más fiebres, toses, escalofríos. ¿Te duelen los huesos cuando te levantas por la mañana? Conozco bien los signos, pues a menudo he visto cómo afectaban a seres amados.

Había sentido el impulso días atrás, cuando supo la mala noticia y comenzó a pensar qué significaba y qué debía hacer. Había intentado combatirlo, pero en vano. ¿Qué mal habría en seguirlo? Podía confiar en este hombre, aunque no sabía si aplacaría su dolor o lo agudizaría.

Decidió ser franca. Al menos le daría algo en qué pensar además de su gran pérdida, en la soledad que le esperaba.

—No tengo la edad que crees, querido —dijo en voz baja—. ¿Deseas conocer la verdad? Te advierto que al principio pensarás que estoy loca.

Él la estudió antes de responder con la misma suavidad:

—Lo dudo. Hay en ti algo más de lo que muestras. Siempre lo he sabido de forma vaga, pero con certeza. Quizá nunca me he atrevido a preguntar.

Entonces eres más sabio de lo que yo creía, pensó Okura. Su decisión se afirmó.

—Salgamos —dijo—. Nadie más debe oír lo que te contaré.

Salieron juntos a la veranda sin ponerse abrigo. Rodearon el pabellón y caminaron por una galería cubierta hasta un quiosco que estaba al borde del estanque. En esa placidez se erguía una piedra alta como un hombre en cuya rugosa superficie estaba tallado el emblema del clan que había perdido esta morada. Okura se detuvo.

—He aquí un buen sitio para demostrarte que ningún espíritu maligno usa mi lengua para decir falsedades —dijo Okura.

Recitó solemnemente un pasaje escogido del Sutra del Loto.

—Sí, eso es suficiente —dijo Yasuhira con igual gravedad. Pertenecía a la secta Amidist, que sostenía que el Buda mismo protege a la humanidad.

Se quedaron observando objetos de, casta belleza. La neblina cubría el quiosco y dejaba gotas en el pelo, la ropa y las pestañas. El frío y el silencio eran como presencias remotas.

—Tú supones que tengo cincuenta años —dijo Okura—, pero tengo más del doble.

Él contuvo el aliento, la miró fijamente, desvió los ojos, y preguntó con estudiada calma:

—¿Cómo es posible?

—No lo sé —suspiró Okura—. Sólo sé que nací durante el reinado del emperador Toba, durante el cual el clan Fujiwara gobernaba con tanta energía que mantenía la paz por doquier. Me crié como cualquier niña de buena cuna, salvo que nunca estuve enferma, pero cuando llegué a ser plenamente mujer, todo cambio cesó en mí, y así ha sido desde entonces.

—¿Cuál es tu karma? —susurró Yasuhira.

—Te repito que no lo sé. He estudiado, orado, meditado, practicado austeridades, pero no he alcanzado la iluminación. Al fin decidí que lo más conveniente era continuar esta larga vida como pudiera.

—Eso debe ser… difícil.

—Lo es.

—¿Por qué no te has revelado? —dijo Yasuhira con voz trémula—. Debes de ser una santa, una bodhisattva.

—Sé que no lo soy. Sufro la turbación, la incertidumbre y el tormento del deseo, el miedo, la esperanza, todos los males de la carne. Además, a medida que otros reparaban en mi longevidad, me topé con celos, despecho y espanto. Sin embargo, no he podido renunciar al mundo y retirarme a una vida de sagrada pobreza. No sé qué soy, Mi-yuki, pero no soy santa. Él caviló. La bruma se arremolinaba más allá de la muralla del jardín.

—¿Qué has hecho? —preguntó al fin—. ¿Cómo has pasado los años?

—Cuando tenía catorce años, un hombre de más edad, cuyo nombre ya no importa, fue a buscarme. Como era influyente, mis padres lo alentaron. Yo no le tenía afecto, pero no sabía cómo rehusar. Al fin pasó las tres noches conmigo y luego me hizo esposa secundaria. También me consiguió una posición en la corte de Toba, quien para entonces había abdicado. Le di hijos, y dos de ellos vivieron. Toba murió. Poco después murió mi esposo.

»Para entonces las guerras entre los Taira y los Minamoto habían estallado. Aproveché para abandonar el servicio de la viuda de Toba y, llevando mi herencia, regresé a la familia donde nací. Fue una ayuda que una dama que no está en la corte viva tan apartada. ¡Pero qué existencia tan vacía!

»Al final confié en un amante que tenía, un hombre de cierta riqueza y poder. Me llevó a una finca rural, donde pasé varios años. Entretanto él dio a mi hija en matrimonio en otra parte. Me llevó de regreso a Heian-kyo con el nombre de ella. Las gentes que me recordaban se maravillaban ante la semejanza con la madre. Bajo su patrocinio, volví a servir en una casa real. Poco a poco superé el desprecio que sienten por lo provincianos; pero cuando notaron que yo conservaba la juventud…

«¿Deseas oírlo todo? —dijo en un arrebato de fatiga—. Ésta ha sido mi tercera renovación. Los trucos, los engaños, los hijos que he alumbrado, logrando que de un modo u otro los adoptaran en otra parte, para que no resultara demasiado obvio que ellos envejecían mientras yo no. Eso ha sido lo más doloroso. Me pregunto cuánto más podré resistir.

—Por lo tanto abandonas todo —jadeó él.

—Ya era hora. Vacilé a causa de la lucha, la incertidumbre acerca del destino de mis parientes. Bien, eso ya está decidido. Es casi una liberación.

—Si tomas votos de monja, no podrás regresar aquí como antes.

—No lo deseo. Estoy harta de las mezquinas intrigas y las hueras diversiones. Son menos las estrellas de la medianoche que los bostezos que he ahogado, las horas que he mirado el vacío esperando que algo ocurriera, cualquier cosa. —Le tocó la mano—. Tú me diste una razón para quedarme. Pero ahora tú también debes irte. Además, me pregunto cuánto tiempo más podrán mantener la farsa en Heian-kyo.

—Creo que escoges un camino más difícil del que imaginas.

—No más difícil, creo yo, que la mayoría de los caminos en los tiempos venideros. Es una época cruel. Al menos una monja vagabunda cuenta con el respeto de la gente… y nadie le hace preguntas. Tal vez un día incluso llegue a comprender por qué sufrimos como sufrimos.

—¿Podría yo demostrar tanto valor como el de ella? —le preguntó Yasuhira a la lluvia.

Ella le tocó la mano una vez más.

—Temí que esta historia te angustiara.

Él seguía mirando la bruma plateada.

—Por tu causa, tal vez. No ha cambiado lo que eres para mí. Mientras yo viva, siempre serás mi Gloria de la Mañana. Y ahora me has ayudado a recordar que afortunadamente soy mortal. ¿Rezarás por mí?

—Siempre —prometió ella.

Permanecieron un rato en silencio, luego entraron. Hablaron de cosas gratas y evocaron recuerdos felices, placeres y deleites que habían compartido. Él se achispó un poco. No obstante, cuando se dijeron adiós, lo hicieron con la dignidad propia de un noble y una dama de la corte imperial.


IX. Fantasmas

<p>IX. Fantasmas</p>

¿La despertó el humo? Le rozaba las fosas nasales, le raspaba los pulmones. Tosió. Se le partía el cráneo. Las astillas cayeron con estrépito. Se estrellaron como trozos de hielo en un lago bajo la tormenta. Tosió de nuevo, y de nuevo. En medio del ruido y del filoso dolor oyó una crepitación cada vez más fuerte.

Abrió los ojos. El humo los inflamó. Borrosamente vio las llamas. Todo ese lado de la capilla estaba ardiendo. El fuego ya lamía el techo. No podía distinguir los santos pintados, ni los iconos de las paredes —¿habían desaparecido?— pero el altar seguía en pie. Entre las volutas de humo y la penumbra fluctuante, la mole del altar parecía temblar. Tuvo la vaga sensación de que flotaba a la deriva, de que pronto la alcanzaría y la aplastaría o se perdería para siempre en la humareda.

Entre las vaharadas de calor se arrastró a gatas. Por un tiempo no pudo alzar la cabeza. Le dolía demasiado. Luego algo en el límite de su visión la guió en un lento bamboleo. Se incorporó a duras penas y trató de comprender.

La hermana Elena. Tendida de espaldas. Muy quieta, más que el altar, totalmente tiesa. Ojos donde bailaba la luz del luego. La boca abierta, la lengua fuera, seca. Piernas y abdomen asombrosamente blancos contra el suelo de arcilla y el hábito que los dejaba al desnudo. Gotas blancas relumbrando sobre la entrepierna. Brillantes manchas de sangre en los muslos y el vientre.

A Varvara se le revolvió el estómago. Vomitó. Una, dos, tres veces. Las convulsiones le provocaban ondas en la cabeza. Cuando terminó y sólo quedaron el gusto desagradable y la irritación, estaba más alerta. Se preguntó si ésta había sido la violación definitiva o un signo de la gracia de Dios, ocultando el rastro de lo que le habían hecho a Elena.

«Eras mi hermana en Cristo —pensó Varvara—. Tan joven, oh, tan joven. Ojalá yo no te hubiera intimidado tanto. Era dulce oír tu risa. Ojalá a veces hubiéramos estado juntas, sólo nosotras dos, contándonos secretos y riendo antes de ir a orar. Bien, supongo que has ganado el martirio. Ve a tu hogar en el Cielo.»

Las palabras temblaron en medio del dolor las palpitaciones, los mareos. El fuego rugía. El calor se volvía más denso. Bailaban chispas en el humo. Algunas le cayeron en las mangas. Se apagaron, pero debía huir o se quemaría viva.

Por un instante la abrumó la fatiga. ¿Por qué no morir junto a la pequeña Elena? Poner fin a los siglos, ahora que todo lo demás llegaba a su fin. Si respiraba hondo, la agonía sería breve. Luego, la paz.

La broncínea luz del sol atravesó la humareda y el hollín. Había salido a rastras mientras pensaba en la muerte. El asombro le devolvió la compostura. Miró hacia ambos lados. No había nadie cerca. Los edificios, construidos principalmente con madera, ardían a su alrededor. Logró levantarse y alejarse dando tumbos.

Más allá de los edificios, la dominó una cautela animal. Se agazapó junto a una pared y atisbó. El monasterio y el convento estaban cerca de la ciudad, como era habitual. Los religiosos habrían hallado refugio detrás de las defensas. Pero no habían tenido tiempo. Los tártaros llegaron de pronto, interponiendo sus caballos entre ellos y la seguridad. Retrocedieron y rogaron a la Virgen, los santos y los ángeles. Poco después, esos salvajes se les acercaron aullando como perros.

Varvara se dio cuenta de que no había gran diferencia. Pereyaslavl había caído. Sin duda los tártaros la habían asolado antes de ir a la casa de la Virgen. Una monstruosa nube negra se elevaba desde las murallas, tocando el cielo, donde se deshacía en borrones sobre la pureza del atardecer. Abajo crecían las llamas, tiñendo las sombras con un rojo inquieto. Varvara recordó que el Señor se presentaba a los israelitas como una columna de humo durante el día y una columna de fuego durante la noche. ¿Acaso Su voz rugía como la pira que había sido Preyaslavl?

En la campiña ondulante también ardían villorrios y huían sombras. Los tártaros parecían estar reunidos cerca de la ciudad. Grupos de jinetes cabalgaban por los campos hacia el cuerpo principal. Guerreros a pie arreaban a los cautivos, que no eran muchos. Varvara vio que los invasores no constituían un ejército enorme, que no eran la manga de langostas de los rumores, apenas unos centenares. Tampoco llevaban ropa de acero, sino cuero y piel sobre los cuerpos fornidos. A veces se veía un destello, pero debía de ser un arma y no un yelmo. En el carro uno portaba el estandarte, una estaca de cuyo travesaño colgaban… ¿colas de bueyes? Las monturas eran meros ponnis, pardos, hirsutos, de cabeza larga.

Pero esos hombres habían arrasado la tierra como una llamarada, ahuyentando o pisoteando a todos. Aun las habitantes del claustro habían oído, años atrás, que los pechenegs mismos habían huido para suplicar socorro a los rusos. Jinetes que atacaban como un dragón con mil patas asesinas, flechas que volaban como una tormenta de granizo…

Hacia el este, la verde campiña se extendía en una placidez casi ofensiva. La luz inundaba el Trubezh, de modo que el río parecía un torrente de oro. Bandadas de aves acuáticas volaban hacia las marismas de las costas.

«Allá está mi refugio —pensó Varvara—, mi única esperanza.»

¿Cómo llegar? Su carne era un guiñapo de dolor, astillado de angustia, y los huesos eran como pesas. No obstante, con el fuego a sus espaldas, debía marcharse. La astucia compensaría la torpeza. Podría avanzar un trecho, detenerse, esperar hasta que pareciera seguro seguir adelante. Eso significaba mucho tiempo hasta llegar a su meta, pero el tiempo le sobraba. Claro que si. Ahogó una risa histérica.

Al principio, un huerto del claustro le permitió ocultarse. ¡Cuántas veces esos árboles habían sido rosados y blancos al florecer en primavera, verdes y susurrantes en verano, dulces y crepitantes en otoño, esqueléticamente bellos en el gris invierno, para ella y sus hermanas! Varvara había perdido la cuenta de los años. Recordó a algunas personas, Elena, la astuta Marina, la regordeta y plácida Yuliana, el obispo Simeón, grave detrás de su barba semejante a una mata. Muertos en ese día o años atrás, fantasmas y quizá ella misma estaba muerta, aunque le negaran el reposo, una rusa ika que regresaba a su río.

Más allá del huerto había un prado. Varvara pensó que le convendría aguardar al anochecer entre los árboles. El terror la obligó a seguir. Avanzaba con creciente cautela. Recobró la destreza que había adquirido en la infancia. Antes de que Cristo llegara a los rusos y durante generaciones, las mujeres a menudo recorrían los bosques, libres como los hombres. No el corazón del bosque, un sitio donde no había senderos y merodeaban las fieras y los demonios, sino los lindes, donde llegaba la luz del sol y se podían coger avellanas y bayas.

Ese verdor perdido parecía más cercano que el claustro. No recordaba qué había sucedido cuando el enemigo se acercó al santuario.

Oyó pisadas y se tumbó en la hierba. A pesar de la fatiga, el corazón le martilleaba y sentía un canturreo entre las sienes. Por suerte no se había quedado en la capilla. Varios caballos tártaros cruzaron la arboleda al trote y salieron a la ladera. Varvara vio claramente a uno de los jinetes, la cara ancha y parda, los ojos rasgados, las patillas pobladas. ¿Lo conocía? ¿Él la había conocido en la capilla? Pasaron cerca pero siguieron adelante sin verla.

El pecho se le colmó de gratitud. Sólo después recordó que no había agradecido a Dios ni a los santos sino a Dazhbog del Sol, el Protector. Otro antiguo recuerdo, otro fantasma insistente.

El crepúsculo suavizaba los horizontes cuando llegó a la marisma. Temblores rojizos aún teñían el humo de Pereyaslavl; los villorrios de las inmediaciones debían de ser cenizas y carbón. Las fogatas tártaras empezaron a titilar en cúmulos ordenados. Eran pequeñas, como sus amos, y sangrientas.

El lodo frío resbalaba por las sandalias de Varvara, entre los dedos de los pies, en los tobillos. Encontró una loma menos fangosa y se tendió en la hierba húmeda y mullida. Hundió los dedos en la hierba y el suelo. ¡Tierra, Madre de Todo, abrázame, no me dejes ir, consuela a tu hija!

Despuntaron las primeras estrellas. Varvara al fin pudo llorar.

Luego se quitó las vestiduras, capa por capa. Una brisa le acarició la desnudez. Apiló la ropa y caminó entre los juntos hasta llegar a un arroyo. Allí se lavó la boca y la garganta, bebió y bebió. Casi no sentía el contacto del agua en los dedos magullados. Se agazapó y se frotó una y otra vez. El río la bañaba, lamía, acariciaba. Se acuclilló y abrió las piernas.

—Límpiame —suplicó.

La luz de las estrellas y la Senda del Cielo se reflejaban en la corriente, lo cual le permitió encontrar el camino de regreso. Se irguió en la loma para dejarse secar por la brisa. Tiritaba, pero no tardó mucho. Le temblaron los labios un momento. El pelo cortado al rape era un legado del claustro, útil esta noche. Cogió la ropa y sintió náuseas. Ahora olía el tufo a transpiración, sangre, tártaro. Le costó gran esfuerzo ponérsela de nuevo. Quizá no habría podido si el olor del humo no hubiera tapado lo demás. Otro legado, otro recuerdo. Debía protegerse del frío de la noche. Aunque nunca había enfermado, quizá estuviera demasiado débil para resistir una fiebre.

Se acostó en la loma y cayó en un sueño ligero poblado por fantasmas.

La despertó el alba. Varvara estornudó, rezongó, tembló. Una fría lucidez la dominó mientras la claridad se alargaba sobre la tierra. Moviéndose con cautela cerca de su escondrijo, notó que tenía las articulaciones menos rígidas, que se aplacaban los dolores. Las heridas aún dolían, pero menos a medida que el día las entibiaba; sabía que sanarían.

No se alejó de los juncos, pero en ocasiones echaba una ojeada. Vio que los tártaros abrevaban los caballos, pero el río disolvía la suciedad antes de que llegara a ella. Cabalgaban de un horizonte al otro. A menudo regresaban con bultos, botín. Cuando las sombras movedizas del campamento se apartaron, logró ver a los cautivos, apiñados y bajo vigilancia. Niños y mujeres jóvenes, supuso, los que valía la pena tomar como esclavos. Los demás yacían muertos en las cenizas.

No recordaba sus últimas horas en el claustro. Un golpe en la cabeza podía haber producido ese efecto. Y no deseaba saber nada. Bastaba con la imaginación. Cuando irrumpieron los jinetes, las religiosas se debían de haber dispersado. Quizá Varvara había cogido la mano de Elena y la había guiado hasta la capilla de Santa Eudoxia. Era un edificio pequeño, apartado, y no albergaba tesoros. Esperaba que esos demonios lo pasaran por alto. Pero no fue así.

¿Qué había ocurrido? ¿Cómo había muerto Elena? Varvara…, bien, esperaba haberse defendido, obligado a tres o cuatro a aferrarla por turnos. Era grande y fuerte, una superviviente habituada a cuidarse. Supuso que al fin, un tártaro, quizá cuando ella lo mordió, le había aplastado la cabeza contra el suelo. Pero Elena… Elena era menuda, frágil, dulce, soñadora. Se habría quedado inerme mientras ese horror continuaba. Tal vez el último hombre, al ver cómo su compañero castigaba a Varvara, había hecho lo mismo con Elena y ella murió. ¿También dieron por muerta a la compañera, se abrocharon los pantalones y se fueron? ¿No les importaba?

Al menos no habían usado cuchillos. Varvara no habría sobrevivido a eso. Aunque su cráneo parecía bastante duro, quizá ni siquiera se hubiera levantado a tiempo para escapar, salvo por la vitalidad que la mantenía inmortal. Tendría que darle gracias a Dios.

—No —jadeó—, primero. Te agradezco por permitir que Elena muriera. Habría quedado deshecha, condenada a días de obsesión y noches de insomnio.

No encontró otra cosa que agradecer.

El río y las horas se deslizaban con un murmullo. Piaban pájaros. Las moscas zumbaban en densos enjambres, atraídas por su ropa pestilente. El hambre empezó a acuciarla. Recordó otra antigua destreza, se tendió de bruces en el lodo de un charco formado por unas matas a la deriva, esperó.

Ya no estaba sola. Los fantasmas se apiñaban. Acariciaban, tironeaban, susurraban, llamaban. Al principio eran horribles. La tomaban contra su voluntad, esposos ebrios y dos canallas que la habían sorprendido en esos años de vagabundeo. Con un tercero había tenido suerte y lo había apuñalado primero.

—Arde en el infierno con esos tártaros —gruñó—. He vivido más que tú. Viviré más que ellos.

Sí, y los recuerdos. En todo caso, vencería a los nuevos fantasmas como había superado a los viejos. Quizá tardara años —tenía años por delante— pero al fin la fortaleza que la había mantenido viva tanto tiempo le permitiría gozar de la vida.

—Buenos hombres, volved a mí. Os echo de menos. Fuimos felices juntos, ¿verdad?

Papá. El abuelo de barbas blancas, a quién podía pedirle cualquier cosa. Su hermano mayor Bogdan, cómo reñían, pero qué apuesto fue después, hasta que una enfermedad le comió las entrañas y lo abatió. Su hermano menor, sí, y sus burlonas hermanas, a quienes tanto quería. Vecinos. Dir; quien la besaba tímidamente en un prado de tréboles donde zumbaban las abejas; ella tenía doce años y el mundo se tambaleaba. Vladimir, el primero de sus esposos, un hombre fuerte hasta que la edad lo debilitó, pero siempre tierno con ella. Esposos posteriores, los que le habían gustado. Amigos que la habían defendido, sacerdotes que la habían consolado cuando la dominaba la pena. Recordaba bien al feo y pequeño Gleb Ilyev, el primero que la ayudó a escapar cuando su hogar se transformó en una trampa. Y sus hijos, sus nietos y bisnietos, arrebatados por el tiempo. Cada fantasma tenía una cara que cambiaba, envejecía y al fin era la máscara de la muerte.

No, no todos. Algunos habían sido muy fugaces. Recordaba con extraña nitidez a ese mercader extranjero. ¿Cadoc? Sí, Cadoc. Le alegraba no haber visto cómo se derrumbaba… ¿Cuándo? Doscientos años, desde esa noche en Kiyiv. Aunque quizá hubiera muerto pronto, en la flor de la juventud.

Otros eran borrosos. No sabía si algunos eran reales o meros jirones de sueños que se pegaban a la memoria.

Una rana chapoteó entre los juncos, cerca de la arboleda. Se acomodó, gorda, blanca y verde, para cazar moscas. Varvara se quedó inmóvil. Notó que la rana miraba hacia otra parte. Estiró la mano.

La fría y resbalosa rana se resistió hasta que Varvara le golpeó la cabeza. La descuartizó, la mordisqueó arrancando la carne de los huesos, los arrojó al río mascullando las gracias. Flotaban patos en la corriente. Varvara podía quitarse la ropa, zambullirse y nadar bajo el agua hasta coger una de las patas. Pero quizá los tártaros la vieran. En cambio, cogió unos juncos con raíces comestibles. Si, aún sabía sobrevivir en el bosque. Nunca había perdido esa habilidad.

De lo contrario… Suponía que una creciente angustia, la sensación de estar perdiendo el alma, la había conducido hasta el santuario. No, no sólo eso. Demasiados adioses. En la casa de Dios el refugio sería más perdurable.

Sin duda había paz alrededor; aunque no siempre en su interior. Los apetitos de la carne se negaban a morir, entre ellos el deseo de sentir una pequeña tibieza en los brazos, una boquita de amamantar. Contenía esas ansias, pero a veces le despertaban el deseo de burlarse de la Fe, recuerdos de viejos dioses vernáculos, ansias de ver allende los muros y viajar a otros horizontes. Y también pecados menores, furia contra las hermanas, impaciencia con los sacerdotes y las monótonas tareas. No obstante, había paz. Entre las faenas, los enfados y la desconcertada búsqueda de santidad hubo horas en las que pudo, año a año, reconstruirse. Descubrió cómo ordenar los recuerdos, tenerlos disponibles en vez de permitir que se esfumaran o que la abrumaran con su variedad. Domó a sus fantasmas.

El viento agitó los juncos. Ella tembló también. ¿Y si había fracasado? Si no estaba sola en el mundo, ¿era el destino común de su especie errar sin saberlo y perecer sin ayuda?

¿O ella era la única que sufría esa bendición o maldición? Por cierto, el claustro no tenía registros de tales seres, desde que Matusalén había vivido en la alborada del mundo. Tampoco ella había contado nada a nadie, al principio. La cautela de siglos se lo impedía. Se había presentado como una viuda que tomaba los hábitos porque la iglesia exhortaba a las viudas a hacerlo.

Por cierto, cuando transcurrieron las décadas y sus carnes conservaban la juventud…

Estallaron ruidos en la marisma, gritos, relinchos, tamborileos. Se agazapó para mirar. Los tártaros habían juntado el botín y ordenaban la tropa. Se marchaban. No vio cautivos, pero supuso que iban sujetos a caballos de carga junto con los demás bártulos. Un humo claro aún flotaba sobre las murallas rotas y chamuscadas de Pereyaslavl.

Los tártaros enfilaron hacia el nordeste, alejándose del Trubezh, rumbo al Dnieper y Kiyiv. La gran ciudad estaba a un día de marcha en esa dirección, menos de un día yendo a caballo.

Oh Cristo, ten piedad. ¿Tomarían Kiyiv?

No, eran pocos.

Pero otros debían de estar asolando otras comarcas de la tierra rusa.

El rey demonio debía de tener un plan. Podían juntarse, afilar las espadas melladas por la matanza y continuar como una horda conquistadora.

«En la casa de Dios busqué la eternidad —pensó Varvara—. Acabo de ver que eso también tiene un final.

¿También yo?

Sí, puedo morir, aunque sólo sea mediante el acero, el fuego, el hambre o la inundación; por lo tanto algún día moriré. Para aquellos entre quienes fui inmortal, aquellos que viven, ya soy un fantasma, o menos que un fantasma.»

Primero las monjas, luego los monjes y los seglares, y al fin los laicos, empezaron a maravillarse ante la hermana Varvara. Al cabo de cincuenta años, los labriegos la buscaban para pedir alivio a sus penurias y los peregrinos llegaban desde sitios lejanos. Como ella había temido desde el principio, no tuvo más remedio que contar al confesor la verdad sobre su pasado. Con el renuente permiso de Varvara, él le contó al obispo Simeón. Éste planeaba informar al metropolitano. Si la hermana Varvara del claustro de la Virgen no era una santa —y ella declaraba que no lo era—, se trataba de un milagro.

¿Cómo conviviría ella con eso?

Pero ya no tendría que hacerlo. El obispo, los sacerdotes y los creyentes habían muerto o huido. Los anales del claustro estaban quemados.

En otras partes todo estaba igualmente destruido, o lo estaría pronto, o estaba condenado a ajarse en el olvido ahora que la gente tenía tantas muertes en que pensar. Algunos la recordarían, pero rara vez tendrían la oportunidad de mencionarla y el recuerdo moriría con ellos.

¿Los tártaros habían venido como una negación de Dios. Su decisión de que ella era indigna, o para liberarla de un peso que ningún hijo de Adán debería soportar? ¿O acaso ella, ultrajada y desgarrada, sólo se creía importante porque estaba llena de orgullo mundano?

Se aferró a la loma. La tierra y el sol, la luna y las estrellas, el viento y la lluvia y el amor humano: entendía a los antiguos dioses mejor que a Cristo. Pero el hombre los había abandonado, y sólo los recordaba en danzas y fiestas, en historias que se contaban junto al fuego; eran fantasmas.

Pero el rayo, el trueno y la venganza recorrían siempre los cielos de Rusia, pertenecieran a Perun o a san Yuri el matador de dragones. Varvara extrajo fuerzas del suelo, como un bebé de la leche materna.

Cuando los tártaros se perdieron de vista, se puso de pie, sacudió el puño y gritó:

—¡Permaneceremos! ¡Duraremos más que vosotros, y al final os aplastaremos para recobrar lo que es nuestro!

Más calmada, se quitó la ropa, la lavó en el río, la tendió a secar en una ladera.

Se limpió de nuevo y buscó más comida. A la mañana siguiente registró las ruinas.

Cenizas, madera chamuscada, restos de ladrillo y piedra yacían en silencio bajo el cielo. Quedaban en pie un par de iglesias manchadas de hollín. Dentro había cadáveres por doquier. Fuera, los muertos eran muchos más, y estaban en peores condiciones. Las aves carroñeras reñían y echaban a volar con una salva de aleteos y graznidos cuando Varvara se acercaba. No podía hacer nada, salvo ofrecer una plegaria.

Encontró ropa, zapatos, un cuchillo intacto y otros utensilios. Tomándolos, sonrió y susurró «Gracias» al fantasma del dueño. El viaje sería arduo y peligroso. No pensaba detenerse hasta encontrar el nuevo hogar que deseaba, fuera donde fuese.

En el alba, antes de partir; le dijo al cielo:

—Recuerda mi nombre. Ya no soy Varvara. De nuevo soy Svoboda. Libertad.


X. En las colinas

1

2

3

4

5

<p>X. En las colinas</p>
<p>1</p>

Una aldea se acurrucaba allí donde las montañas iniciaban su largo ascenso hacia el Tibet. En tres lados el valle se erguía abruptamente, cerrando los altos horizontes. Un arroyo del oeste se despeñaba por altos bosques de cipreses y robles enanos, centelleaba formando una cascada, gorgoteaba entre las casas y se perdía en los bambúes y los terrenos escabrosos del este. La gente cultivaba trigo, soja, hortalizas, melones, algunos árboles frutales en el suelo del valle y en pequeñas terrazas. Tenía cerdos, pollos y un estanque con peces. La veintena de casas de arcilla con techo de hierbas y sus habitantes habían estado allí tanto tiempo que el sol, la lluvia, la nieve el viento y el tiempo los habían fundido con el paisaje, y formaban parte de él como el pavo real, el panda o las flores silvestres en primavera.

Hacia el este se abría una vista de irregularidades boscosas, verdes y pardas. A izquierda y derecha picos nevados flotaban en el cielo. Una carretera serpenteante, apenas una huella, terminaba en la aldea. El tráfico era escaso. Varias veces por año, los hombres emprendían un viaje de días hasta el mercado de una pequeña ciudad y regresaban. Allí pagaban los impuestos en especie. El gobernador rara vez les enviaba un agente. Cuando lo hacía, el inspector se quedaba una sola noche, preguntaba a los ancianos cómo andaban las cosas, recibía respuestas rituales y se marchaba deprisa. El lugar tenía una reputación inquietante.

Eso era para los forasteros convencionales. Para otros era sagrado. Dado este aura de extrañeza, y el aislamiento, la guerra y los bandidos no habían tocado la aldea. Seguía sus propias costumbres, soportando sólo las penas y calamidades comunes de la vida. En ocasiones, un peregrino superaba los obstáculos —distancia, penurias, peligro— para visitarla. En el curso de las generaciones, algunos de ellos se habían quedado. La aldea los acogía en su paz. Así eran las cosas. Así habían sido siempre. Sólo el mito y el Maestro conocían los comienzos.

Hubo gran alboroto, pues, cuando un pastorcillo fue corriendo a avisar que se acercaba un viajero.

—Deberías avergonzarte de haber descuidado tu buey —le reprochó el abuelo, pero con dulzura. El niño explicó que primero había amarrado la bestia; y, a fin de cuentas, ningún tigre se había acercado. El abuelo lo perdonó. Entretanto la gente corría y gritaba. Pronto un discípulo hizo sonar el gong del altar. Una voz metálica vibró, reverberó en Tas laderas, se mezcló con el susurro de la cascada y el murmullo del viento.

El otoño llega temprano a las colinas altas. Los bosques estaban moteados de marrón y amarillo, la hierba se estaba secando, las hojas caídas crujían cerca de los charcos dejados por la lluvia de la noche anterior. Arriba se arqueaba un cielo inexpresablemente azul, surcado por pájaros. Los gritos de las aves flotaban en el aire de la ladera. El humo de los hogares era más denso.

Cuando el anunciado viajero recorrió el último tramo del camino, los aldeanos reunidos vieron con asombro que era una mujer. La raída bata de tosco algodón estaba desteñida y gris. Las botas estaban igualmente ajadas, y el uso había gastado el cayado que le colgaba de la mano derecha. Del hombro izquierdo le colgaba una manta enrollada, igualmente andrajosa, que sostenía un cuenco de madera y un par de enseres más.

Pero no era una anciana. El cuerpo era recto y delgado, el andar firme y ágil. La bufanda ondeante dejaba al descubierto un pelo semejante al ala de un cuervo, cortado a la altura de las orejas; y el rostro curtido y enjuto no tenía arrugas. Nunca había aparecido semejante rostro en esa región. Ni siquiera parecía de la misma raza que los habitantes de las tierras bajas del país.

El anciano Tsong se adelantó. A falta de mejor ocurrencia, la saludó de acuerdo con el antiguo rito, a pesar de que todos los recién llegados hasta el momento habían sido varones.

—En nombre del Maestro y del pueblo, os doy la bienvenida a nuestra Aldea del Rocío de la Mañana. Que siga en paz la senda de Tao y que los dioses y espíritus os acompañen. Que la hora de vuestra llegada sea afortunada. Entrad como huésped, partid como amigo.

—Esta humilde persona os lo agradece, honorable señor —respondió ella. El acento era extraño, pero eso no era sorprendente—.Vengo en busca de… iluminación. —Dijo la palabra con temblor. Debía de sentir una gran esperanza.

Tsong se volvió hacia el altar y la casa del Maestro y se inclinó. —Aquí está el hogar del Camino —dijo. Algunos sonrieron con satisfacción. Era su hogar.

—¿Podemos saber tu nombre, para comunicarlo al Maestro? —preguntó Tsong.

—Me llamo Li, honorable señor —le respondió ella tras un titubeo.

Tsong cabeceó. El viento le agitó la barba blanca.

—Si has escogido ése, probablemente has escogido bien. —En la pronunciación de la forastera, la palabra podía aludir a la medida de distancia. Ignorando los susurros, los murmullos y los cuchicheos, se abstuvo de preguntar más—. Ven. Tomarás un refrigerio y te alojarás conmigo.

—Vuestro… líder…

—A su debido tiempo, jovencita, a su debido tiempo. Ven, por favor.

Los rasgos de Li adoptaron una expresión insondable, algo entre la resignación y una determinación sin edad.

—De nuevo, mis humildes gracias —dijo Li, y lo acompañó.

Los aldeanos la dejaron pasar. Algunos le manifestaron sus buenos augurios. Al margen de la natural curiosidad, todos eran tan semejantes en su discreción —aun los niños— como en la ropa acolchada y las manos curtidas. También eran similares los rostros, anchos y de nariz chata, los cuerpos robustos. Cuando desaparecieron Tsong, su familia y Li, los aldeanos charlaron un rato y luego regresaron a las fogatas, molinos, telares, herramientas y animales que los mantenían vivos como habían mantenido a sus antepasados desde tiempo inmemorial.

El hijo mayor de Tsong, con esposa e hijos, vivía con el anciano. Permanecían en el fondo, salvo para servir té y comida. La casa era más amplia que la mayoría, cuatro habitaciones dentro de paredes de tierra apisonada, oscuras pero acogedoramente tibias.

Aunque las casas tenían un mobiliario tosco y pobre, nadie pasaba necesidades, sino que reinaban la satisfacción y la jovialidad. Tsong y Li se sentaron en esteras ante una mesa baja y disfrutaron de un caldo condimentado con granos de pimienta roja, fragantes entre los sabores de otros alimentos colgados bajo el techo.

—Te lavarás y descansarás antes que nos reunamos con los demás ancianos —prometió.

La cuchara de Li tembló.

—Por favor —espetó—, ¿cuándo puedo ver al Maestro? He realizado un largo y fatigoso viaje.

Tsong frunció el ceño.

—Entiendo tu ansiedad. Pero no sabemos nada de ti, amiga Li.

Ella bajó las pestañas.

—Perdóname. Creo que lo que debo decir es sólo para los oídos del Maestro. Y suplico que desee verme pronto. ¡Pronto!

—No debemos precipitarnos. Eso sería irreverente, y quizás infortunado. ¿Qué sabes de él?

—Sólo rumores, lo confieso. La historia…, no, diferentes historias en los diferentes sitios que recorrí. Al principio parecían leyendas. Un hombre santo en el oeste, tan santo que la muerte no se atreve a tocarlo… Sólo cuando llegué más cerca alguien me dijo que aquí es donde habita. Pocos se atrevían a decir tanto. Parecían temerosos de hablar, aunque… nunca he oído decir nada malo de él.

—No hay nada malo que decir —dijo Tsong, aplacado por el fervor de la joven—. Debes de tener una gran alma para haberte aventurado en este peregrinaje. Una mujer joven, sola. Sin duda tus estrellas son fuertes, pues no has sufrido ningún daño. Es un buen presagio.

Con la vista débil, y en la luz del atardecer, no atinó a ver el estremecimiento de ella. —No obstante, nuestro brujo debe leer los huesos —continuó reflexivamente—, y debemos hacer ofrendas a los antepasados y espíritus, sí, celebrar una purificación. Pues tú eres mujer.

—¿Qué puede temer el hombre santo, si el tiempo mismo le obedece? —exclamó ella.

El tono del anciano la serenó.

—Supongo que nada. Y por cierto nos protegerá a nosotros, su amado pueblo, como siempre lo hizo. ¿Qué deseas saber sobre él?

—Todo, todo —susurró Li.

Tsong sonrió. Sus pocos dientes relucieron en la escasa luz que se filtraba por una ventana diminuta. .

—Eso llevaría años —dijo—. Hace siglos que está con nosotros, o más.

—¿Cuándo llegó? —preguntó, de nuevo en tensión.

Tsong bebió un sorbo de té.

—Quién sabe. Tiene libros, sabe leer y escribir, pero el resto de nosotros no sabemos. Contamos los meses, pero no los años. ¿Para qué? Bajo su égida bondadosa, las vidas son semejantes, tan dichosas como pueden permitirlo los astros y los espíritus. El mundo exterior jamás nos molesta. Las guerras, el hambre y las pestes son sólo rumores en la ciudad, que también oye poco. No sé decirte quién reina en Nanking en esos días, ni me importa.

—Los Ming echaron a los extranjeros Yuan hace unos doscientos años, y la sede imperial es Pekín.

—Conque eres culta —rió el viejo—. Sí, nuestros antepasados oyeron hablar de invasores procedentes del norte, y sabemos que ahora se han ido. Sin embargo, los tibetanos están mucho más cerca, y hace generaciones que no atacan esta comarca, y menos esta aldea. Gracias al Maestro.

—¿Es, pues, vuestro rey?

—No, no. —El viejo meneó la cabeza calva—. Gobernarnos estaría por debajo de su dignidad. Da consejos a los ancianos cuando los pedimos, y desde luego obedecemos. Nos instruye, durante la infancia y el resto de nuestra vida, en el Camino; y desde luego lo seguimos gustosamente, tanto como podemos. Cuando alguien se aparta de él, los castigos que ordena son moderados, aunque suficientes, pues una verdadera fechoría significa la expulsión, el exilio, el desarraigo de por vida y por siempre jamás. —Le recorrió un temblor antes de que pudiese continuar—: Recibe a los peregrinos. Entre ellos, y entre nuestros jóvenes, acepta algunos discípulos cada vez. Ellos sirven a sus necesidades mundanas, escuchan su sabiduría, procuran alcanzar una parte de su santidad. Aunque eso no les impide formar luego sus propios hogares; y a menudo el Maestro honra a una familia, cualquier familia de la aldea, con su presencia o su sangre.

—¿Su sangre?

Li se sonrojó cuando Tsong respondió:

—Tienes mucho que aprender, jovencita. El Yang masculino y el Yin femenino deben unirse para alcanzar la salud del cuerpo, el alma y el mundo. Yo mismo soy nieto del Maestro. Dos hijas mías le han dado hijos. Una ya estaba casada, pero su esposo se abstuvo de tocarla hasta que estuvieron seguros de que sería un hijo de Tu Shan quien bendeciría su hogar. La segunda, que es coja, de pronto necesitó sólo un cobertor como dote. Así es el Camino.

—Entiendo. —Él apenas pudo oírla. Li había palidecido.

—Si no puedes aceptarlo —dijo él—, aun así podrás conocerlo y recibir su bendición antes de partir. Él no obliga a nadie.

Ella cogió la cuchara como si el mango fuera un poste al cual pudiera aferrarse para no echar a volar.

—No, sin duda haré su voluntad —musitó—. He recorrido muchos li para encontrarlo, en todos estos años.

<p>2</p>

Podría haber sido un labriego de la aldea —aunque por cierto, todos tenían un lazo de parentesco con él, cercano o lejano—, con el mismo cuerpo macizo, la chaqueta y, los pantalones gruesos, la misma tierra y los mismos callos en los pies que llevaba descalzos dentro de la casa. Tenía una barba fina, negra y juvenil, y el pelo recogido en un rodete. La casa donde vivía con sus discípulos era tan grande como las demás, pero no más grande, y también era de tierra con suelo de arcilla. La habitación adonde la condujo uno de los jóvenes antes de marcharse con una reverencia no estaba mejor amueblada que las demás. Había un lecho, de suficiente anchura para él y la mujer que lo atendiera; esteras de paja, taburetes, una mesa; un rollo caligráfico, con manchas pardas y excrementos de moscas, en la pared, sobre un altar de piedra; un baúl de madera para ropa, uno de bronce que sin duda contenía libros; algunos cuencos, tazas* paños y otros enseres domésticos. La ventana estaba cerrada, pues soplaba un viento fuerte. La única lámpara apenas alumbraba la penumbra. Al entrar desde fuera, Li notó ante todo el olor. No era desagradable, pero era denso, una mezcla de humo viejo y grasa, estiércol pegado a los zapatos, humanidad, siglos.

Desde su asiento, él alzó la mano para saludarla.

—Bienvenida —dijo en el dialecto montañés—. Que los espíritus te guíen a lo largo del Camino. —Tenía una mirada muy astuta—. ¿Deseas hacer una ofrenda?

Ella se inclinó.

—Soy una pobre vagabunda, Maestro.

—Eso me han dicho. —Sonrió—. No temas. La mayoría de los que vienen aquí piensan que los obsequios les ganarán el favor de los dioses. Bien, si les ayuda a elevar el alma, tienen razón. Pero el alma que busca es en sí misma el único sacrificio válido. Siéntate, Li, y conozcámonos.

Tal como le habían indicado los ancianos, Li se arrodilló en la estera. El Maestro la escudriñó.

—Haces eso de modo diferente a otras mujeres —murmuró—. Y también hablas de otro modo.

—Soy nueva en esta región, Maestro.

—Quiero decir que no hablas como un habitante de las tierras bajas que ha aprendido el dialecto de las tierras altas.

—Creía que había aprendido bien más de una lengua china, mientras estuve en el Reino Medio —dijo Li.

—Yo también he viajado mucho. —El Maestro adoptó el dialecto de Shansi o Honan, aunque no era similar a lo que ella recordaba de las ricas y populosas provincias del noreste y lo usaba con torpeza—. ¿Estarás más cómoda si usamos esta lengua?

—La aprendí primero, Maestro.

—Hace tiempo que yo no… Pero ¿de dónde eres?

Ella alzó la cara. El corazón le latía con fuerza. Con esfuerzo, como frenando un caballo desbocado, mantuvo la voz serena.

—Maestro, nací allende el mar, en el país de Nipón. Él abrió los ojos.

—Has viajado mucho en busca de tu propia salvación.

—Mucho y mucho tiempo, Maestro. —Ella inhaló. Se le había secado la boca—. Nací hace cuatrocientos años.

—¿ Qué ? —El Maestro se incorporó de un brinco.

Ella también se levantó.

—Es verdad, es verdad —dijo con desesperación—. ¿Cómo me atrevería a mentirte? La iluminación que busco, que he buscado, oh, era hallar a alguien como yo, que nunca envejeciera…

Ya no pudo contener las lágrimas. Él la rodeó con los brazos. Ella se acurrucó y notó que él también temblaba.

Al cabo se separaron y se miraron. Fuera restallaba el viento.

Una extraña calma la había invadido. Pestañeó para secar las lágrimas.

—Desde luego solamente cuentas con mi palabra —dijo—. Aprendí muy pronto a pasar inadvertida, para que no me recordaran.

—Te creo —le respondió él con voz ronca—. Tu presencia, siendo extranjera y mujer, también habla en tu favor. Y supongo que tengo miedo de no creerte. :

Ella fió entre dientes.

—Tendrás mucho tiempo para cerciorarte.

—Tiempo —murmuró él—. Cientos, miles de años. Y eres una mujer.

Viejos temores despertaban. Li agitó las manos. Se obligó á permanecer donde estaba.

—Soy monja. Juré lealtad a Amida Butsu…, el Buda.

Él asintió al mismo tiempo que dominaba la tensión de sus músculos.

—¿De qué otro modo podías viajar con libertad?

—No siempre estuve a salvo —exclamó ella—. Fui ultrajada en tierras salvajes de este reino. Y no siempre fui leal. A veces acepté refugio cuando un hombre lo ofrecía, y permanecí con él hasta que murió.

—Seré amable —prometió él.

—Lo sé. Pregunté a algunas mujeres de aquí… Pero ¿qué hay de esos votos? Antes creía que no tenía otra opción, pero ahora…

Él soltó una fuerte risotada.

—¡Ja! Te libero de ellos.

—¿Puedes?

—Soy el Maestro, ¿verdad? La gente no debería rezarme, pero sé que lo hace, más que a sus dioses. Nada malo ha derivado de ello. En cambio, hemos tenido paz, una generación tras otra.

—¿Tú lo previste así?

Él se encogió de hombros.

—No. Yo tengo… unos mil quinientos años. No recuerdo cuándo llegué aquí.

El pasado se adueñó del Maestro, quien miró el vacío y habló en voz baja y apresurada.

—Los años se confunden, se convierten en uno, los muertos son tan reales como los vivos y los vivos tan irreales como los muertos. Durante un tiempo, hace mucho, perdí la razón, anduve como un sonámbulo. Algunos monjes me acogieron y despacio, no sé cómo, logré pensar de nuevo. Ah, veo que algo parecido te ocurrió también. Bien, a menudo aún me cuesta tener claridad en mis recuerdos, y olvido muchas cosas.

» Había descubierto, como tú, que lo más seguro era ser un religioso errabundo. Sólo me proponía quedarme aquí unos años, después de que me recibieron. Pero el tiempo continuó, éste era un refugio acogedor y los enemigos temían venir, una vez que se corrieron rumores sobre mí. ¿Y qué sitio mejor había? He tratado de no causar daño a mi gente. Creo que les hago bien.

Se sacudió, avanzó un paso, le cogió ambas manos. Las de él eran grandes y fuertes, pero menos ásperas que las de otros hombres. Li había oído decir que vivía de los aldeanos, y a lo sumo se distraía ejerciendo su antiguo oficio de herrero.

—Pero ¿quién eres tú, Li? ¿Qué eres?

Ella suspiró con repentina fatiga.

—He tenido muchos nombres, Okura, Asagao, Yukiko… Los nombres no importaban entre nosotros, cambiaban cuando cambiábamos de posición, y usábamos un apodo diferente para cada amigo. Fui una dama de la corte que se transformó en una sombra. Cuando ya no pude fingir que era mortal, y temí proclamar quién era, me convertí en monja y avancé mendigando de altar en altar, de sitio en sitio.

—Para mí fue más fácil —admitió él—, pero también yo descubrí que era más conveniente continuar la marcha, y mantenerme alejado de todos los poderosos que me pidieran quedarme. Hasta que hallé este refugio. ¿Cómo abandonaste… Nipón? ¿Así llamas a esa tierra?

—Esperaba hallar a alguien como yo, un fin para la soledad, la falta de sentido. Pues había tratado de encontrar sentido en el Buda, y nunca recibí la iluminación. Bien, nos llegaron noticias de que habían expulsado a los mongoles, los que habían conquistado China y trataban de invadirnos cuando el Viento Divino hundió sus barcos. Los chinos navegaban a todas partes, incluso a nuestras tierras. Este país es nuestra patria espiritual, la madre de la civilización. —Notó que él se asombraba, y recordó que era de baja cuna y había vivido retirado desde antes que ella naciera—. Sabíamos acerca de muchos sitios sagrados de China. Pensé también que allí, si los había en alguna parte, habría otros… inmortales. Así que saqué pasaje de peregrina, el capitán ganó méritos al llevarme, y desembarqué en estas costas… sin saber cuan vasto es el País.

—¿Nunca has deseado ir a tu hogar?

—¿Qué significa hogar? Además, los chinos han dejado de navegar. Han destruido sus grandes naves. Está prohibido abandonar el Imperio, so pena de muerte. ¿No lo has oído?

—Aquí estamos libres de los grandes señores. Bienvenida, bienvenida —dijo con voz más profunda y enérgica. Le soltó las manos y una vez más le rodeó la cintura, aunque ahora con firmeza, y con la respiración algo entrecortada—. Me has encontrado. ¡Estamos juntos, esposa mía! Esperé, esperé, rogué, ofrendé, obré hechizos, hasta que al fin abandoné toda esperanza. ¡Y ahora has llegado tú, Li!

Intentó besarla. Ella apartó la boca, protestó. Era demasiado apresurado, e indecoroso. Él no le prestó atención. No era un ataque, pero era abrumador. Sucumbió como podría haberlo hecho a una tormenta o a un sueño. Mientras él la poseía, trató de ordenar sus pensamientos. Después, él actuó con somnolencia y ternura durante un rato, para dar paso luego a una desenfrenada alegría.

<p>3</p>

El invierno llegó con neviscas enceguecedoras que se abatían sobre las casas y se colaban por cada fisura de las puertas y postigos. La calma que siguió era tan fría que el silencio parecía vibrar, con un sinfín de estrellas sobre una dureza blanca que reflejaba su resplandor. La gente sólo salía a la intemperie cuando era necesario para cuidar el ganado y obtener combustible. En casa se acuclillaban sobre pequeñas fogatas o pasaban el tiempo durmiendo bajo pieles de oveja.

Li sintió náuseas. Siempre las sentía por la mañana durante la primera etapa de una preñez. No le sorprendió haber concebido, pues Tu Shan dormía a menudo con ella. Tampoco lo lamentaba. Él era bien intencionado, y poco a poco sin hacerlo de forma evidente, ella le fue enseñando qué le agradaba, hasta que también ella pudo echar a volar de placer y luego descansar con dichosa fatiga en la tibieza y el aroma de Tu Shan. Y este niño que habían concebido juntos quizá también fuera inmortal.

Aun así, ella deseaba poder alegrarse tanto como él. En sus mejores días estaba libre de malos presentimientos. Tan sólo deseaba alguna actividad. Al menos en Heian-kyo había color, música, la ronda de las ceremonias, las insidiosas pero excitantes intrigas. Al menos, en el camino había tierras cambiantes, las personas distintas, incertidumbres, pequeñas victorias sobre los problemas, los peligros y la desesperación. Aquí podía, si lo deseaba, tejer las mismas telas, cocinar los mismos platos, barrer los mismos suelos, vaciar los mismos cubos de basura —aunque los discípulos deseaban hacer las tareas serviles— e intercambiar las mismas palabras con mujeres que sólo pensaban en las hortalizas del año próximo.

Los hombres tenían otros intereses, pero no demasiados. Sin embargo, se sentían incómodos con ella. Sabían que era la escogida del Maestro y le otorgaban respeto, con cierta torpeza. También sabían que era una mujer; y pronto la consideraron algo sagrado pero que formaba parte de lo cotidiano, como Tu Shan; y las mujeres no participaban en las reuniones de los hombres.

Li supuso que no perdía demasiado.

Un día de ese invierno se destacaba en el recuerdo, una isla en medio de un abismo que devoraba el resto. La puerta se abrió dejando entrar deslumbrantes y azuladas ráfagas de nieve. Una oleada de frío sopló por la abertura. La mole de Tu Shan bloqueó la luz. Entró y cerró la puerta. La penumbra se impuso de nuevo.

—¡Hoo! —relinchó, sacudiéndose la nieve de las botas—. Hace frío de sobras para congelar el fuego y el yunque.

Le había oído decir eso un centenar de veces, y otras pocas expresiones favoritas. Li lo miró desde la estera donde estaba arrodillada. Manchas brillantes bailaban ante ella. Se debían al reflejo en el cofre de bronce, que los discípulos mantenían bruñido. Lo había mirado un par de horas mientras estaba sumida en el sueño ligero que era su refugio en esos meses vacíos.

Tuvo una gran idea, tan repentina que contuvo el aliento. De pronto se preguntó por qué no lo había pensado antes, y dio por sentado que esta nueva vida le había impedido pensar en otra cosa hasta que comenzó el tedio.

—Herradura —dijo, llamándolo por el apodo que le había puesto—, nunca he mirado dentro de esa caja.

El abrió la boca, callando lo que iba a decir. Luego respondió despacio.

—Bien, son los libros. Y rollos, sí, rollos. Las escrituras sagradas.

Ella sintió ansiedad.

—¿ Puedo verlos ?

—No son para… ojos comunes.

Ella se levantó.

—Yo también soy inmortal —replicó—. ¿Lo has olvidado? —Oh, no, no. —Agitó las manos—. Pero eres mujer. No sabes leerlas.

La mente de Li retrocedió varios siglos. Las damas de la corte de Heian-kyo dominaban la lengua vernácula, pero rara vez utilizaban el chino. Ésa era la lengua clásica, que sólo los hombres debían comprender. Aun así se las había ingeniado para estudiar la escritura, y a veces en China había tenido la oportunidad, cuando reposaba en un lugar tranquilo, de refrescar ese conocimiento. Más aún, esos textos debían de ser budistas; esa fe se había mezclado aquí con el taoísmo y el animismo primitivo. Reconocería ciertos pasajes.

—Sé —dijo.

Él la miró boquiabierto.

—¿De verdad? —Meneó la cabeza—. Bien, los . dioses te han escogido… Sí, míralas si lo deseas. Pero hazlo con cuidado. Son muy viejas.

Con alegría, ella fue hasta el cofre y lo abrió. Al principio sólo vio sombras. Trajo la lámpara. Una luz tenue alumbró el interior.

En el cofre había podredumbre, moho y hongos.

Gimió. Apenas pudo evitar que el sebo caliente se derramara en esa corrupción. Con la mano libre tanteó, cogió algo, alzó un jirón gris.

Tu Shan se agachó.

—Bueno, bueno —murmuró—. Debe de haber entrado algo. Qué pena.

Ella soltó el jirón, dejó la lámpara, se levantó para mirarle a los ojos.

—¿Cuándo abriste la caja por última vez? —jadeó.

—No sé —apartó la vista—. No tenía razones para hacerlo.

—¿Nunca lees los textos sagrados? ¿Te los sabes de memoria?

—Eran obsequios de los peregrinos. ¿Qué significan para mí? —Recobró la compostura—. No necesito escritos. Soy el Maestro. Es suficiente.

—No sabes leer ni escribir —dijo ella.

—Ellos creen que sé y… ¿A quién perjudico? Dime a quién perjudico. Deja de fastidiarme. Ve. Ve a los otros cuartos. Déjame en paz.

Li sintió piedad. A fin de cuentas era muy vulnerable: un hombre simple, un hombre común a quien el karma o los dioses o los demonios o la ciega suerte habían vuelto inmortal sin razón manifiesta. Había sobrevivido con su astucia campesina. Había aprendido las frases altisonantes que diría un santo. Y no había abusado de su posición en la aldea; era una figura divina que exigía poco y daba mucho: seguridad, protección, integridad. Pero el inmutable ciclo de las estaciones le había ofuscado el entendimiento y le había drenado el coraje.

—Lo lamento —dijo, cogiéndole la mano—. No quise hacerte un reproche. No se lo contaré a nadie, puedes estar completamente seguro. Limpiaré esto y a partir de ahora cuidaré de estas cosas. Por ti…, por nosotros.

—Gracias —respondió él un tanto incómodo—. Aun así, quería decirte que tendrás que quedarte en la habitación del fondo hasta el anochecer.

—Una mujer viene a verte —dijo ella con voz apagada.

—A ellos les gusta —dijo él con voz más estentórea—. Así ha sido desde… desde el comienzo. ¿Qué otra posibilidad tenía yo? No puedo privarlos de pronto de mi bendición, ¿verdad?

—Y ella es joven y bonita.

—Bien, cuando no lo eran, también fui amable con ellas. —Tu Shan aparentó cierta indignación—. ¿Quién eres tú para llamarme infiel? ¿Con cuántos nombres estuviste en tus tiempos? Y eras monja.

—No he dicho nada contra ti. —Li dio media vuelta—. Muy bien, me marcho. —El alivio de él era casi palpable.

Los cuatro discípulos se apiñaban en una habitación de sus aposentos, sombras a la luz de la lámpara, y jugaban con palillos que arrojaban al suelo. Se levantaron de un brinco cuando entró Li, hicieron una torpe reverencia y guardaron un tímido silencio. Sabían muy bien por qué ella estaba allí, pero no sabían qué decir.

Cuan jóvenes eran, pensó Li. Y qué guapo era Wan. Imaginó el contacto de ese cuerpo, ágil, caliente, exultante.

Tal vez después. Había un después sin límites. Les sonrió.

—El Maestro quiere que os enseñe el Sutra del Diamante —les dijo.

<p>4</p>

Llovía cuando la aldea sepultó al primer hijo del Maestro y la Dama. Habían esperado que hubiera sol, pero el brujo y el diminuto cadáver les decían que no tenía sentido aguardar más tiempo. La primavera había llegado tarde ese año. Las sombras y la humedad se prolongaron hasta el verano. Invadieron los pulmones de la niña, que luchó por respirar durante varios días antes de quedarse quieta. Muy quieta, cuando dejó de llorar, sorber y agitarse.

El brujo bajó el ataúd a una cavidad encharcada. Los discípulos estaban cerca de Tu Shan y Li, y el resto de la gente formaba un círculo. Más allá, Li vio nieblas, laderas borrosas, una majestuosidad disuelta en humedad gris que le tamborileaba en la cara, le goteaba del sombrero y le apelmazaba el pelo. La lana mojada apestaba. La leche le provocaba dolor en los senos.

El brujo se levantó, cogió la campanilla que llevaba bajo el cinturón de cuerda y la agitó mientras bailoteaba gritando alrededor de la tumba. Así ahuyentaba los malos espíritus. Los discípulos y otros hicieron girar las ruedas para orar. Todos se mecían. El tosco cántico —honrados antepasados, grandes almas, honrados antepasados, grandes almas— resonó una y otra vez, un rito pagano que el Tao y el Buda apenas habían afectado.

Tu Shan alzó los brazos y entonó palabras más adecuadas, pero gangosas y mecánicas. Las había dicho con demasiada frecuencia. Li ni siquiera prestó atención. Ella también había presenciado demasiadas muertes. No llevaba la cuenta de la cantidad de niños que había alumbrado y perdido. ¿Siete, ocho, doce? Le dolía más ver cómo envejecían. Adiós, hija mía. Que no sientas miedo ni soledad, dondequiera que estés.

Li sentía ahora la firmeza de una resolución.

La ceremonia terminó. La gente murmuró palabras y reanudó sus tareas. El brujo se quedó. Era su tarea llenar la tumba. A sus espaldas, mientras el brujo continuaba su canturreo, Li oyó el impacto de la tierra contra el ataúd.

Los discípulos fueron a las casas de sus respectivos padres. Li y Tu Shan entraron en una casa vacía. Él dejó la puerta entornada para que entrara luz. Los carbones encendidos en el hogar habían entibiado un poco la habitación. Se quitó la chaqueta y la arrojó en la cama mientras soltaba un suspiro.

—Bien —dijo—. Está hecho. —Y al cabo de un rato—: La pobre niña. Pero ocurre. Tendremos mejor suerte la próxima vez, ¿eh? Y tal vez sea un varón. —No habrá próxima vez, aquí —le respondió muy tensa.

—¿Qué? —Se volvió hacia ella con los brazos a los costados.

—No me quedaré —sentenció, mirándolo a los ojos—. Y tú deberías venir conmigo.

—¿Estás loca? —El miedo cruzó ese semblante habitualmente enérgico—. ¿Te ha poseído un demonio?

Ella negó con la cabeza.

—Simplemente, he comprendido, y cada vez más en los últimos meses. Esta vida no es para nosotros.

—Es apacible. Es feliz.

—Así la ves tú, porque has estado aquí demasiado tiempo. Yo sólo veo estancamiento y sordidez —dijo Li con calma, sin tristeza—. Al principio, sí, después de mis vagabundeos, creí que había hallado un refugio. Tu Shan… —no lo llamaría por su apodo cariñoso hasta que él cediera— he aprendido lo que debiste ver hace siglos. La tierra no tiene refugios para nadie, en ninguna parte.

El asombro de Tu Shan le aplacó la furia.

—Quieres regresar a tus palacios y a tus simiescos cortesanos, ¿eh?

—No. Ésa fue otra trampa. Quiero… la libertad…, ser lo que pueda ser. Lo que podamos ser.

—¡Aquí me necesitan!

Li procuró ocultar su desprecio. Si manifestaba su desdén por esas criaturas casi animales, tal vez lo perdiera. Y era cierto que en su afecto por ellas, su preocupación y compasión, él era mejor que ella. Necesitaba emplear toda su fuerza de voluntad. Si cedía y se quedaba, poco a poco se transformaría en uno de esos aldeanos. Eso podría ayudarla a desprenderse del yo, a liberarse de la Rueda; pero renunciaría a todo posible logro que pudiera alcanzar en la vida. ¿Qué otro modo tenía de escapar de ella, excepto la violencia fortuita?

—Vivían del mismo modo antes de que llegaras —dijo—. Seguirán haciéndolo después. Y contigo o sin ti, no puede ser para siempre. Los Han se desplazan hacia el sur. Los he visto talando bosques y arando la tierra. Algún día tomarán esta comarca.

—¿Adonde podemos ir? —dijo él desconcertado—. ¿Serías de nuevo una mendiga?

—Si es menester, pero sólo por un tiempo. Tu Shan, hay todo un mundo más allá del horizonte.

—No… sabemos nada sobre él.

—Yo sé algo. —A través del hielo de su resolución resplandecía un fuego vigorizante—. Naves extranjeras tocan las costas de China. Los bárbaros avanzan. He oído acerca de grandes tumultos en el sur, al otro lado de las montañas.

—Me habías dicho que estaba prohibido dejar el Imperio…

—¿Qué puede significar eso para nosotros? ¿Qué guardias vigilan los senderos que podemos descubrir? Si no aprovechamos las oportunidades que nos esperan por doquier, no mereceremos nuestras vidas.

—Si nos hacemos famosos, notarán que no envejecemos.

—Podemos arreglárnoslas. El cambio corre sin freno por el mundo. El Imperio no puede permanecer encerrado para siempre en sí mismo, y tampoco esta aldea. Sacaremos partido de ello. Quizá podamos poner dinero a interés por un largo tiempo. Veremos. Mis años han sido más duros que los tuyos. Sé que el caos está lleno de lugares secretos. Sí, podemos caer, podemos perecer, pero hasta entonces habremos estado plenamente vivos.

Él la miró aturdido. Li sabía que necesitaría meses para convencerlo. Bien, contaba con la paciencia de siglos, y valía la pena.

Las nubes ralearon, irrumpió la luz y las gotas de lluvia relucieron como flechas.

<p>5</p>

Volvió la primavera, y ese año fue templada, de un brillo abrumador, llena de fragancias. Regresaron los trinos de las aves silvestres. Hinchado de nieve derretida, el arroyo brincaba entre las hojas de la ladera, rugía por el valle, se zambullía en el bosque de bambúes, dirigiéndose al gran río y al mar.

Un hombre y una mujer lo seguían por el camino. Iban vestidos para el viaje. Llevaban estacas en la mano. El hombre cargaba en la espalda los objetos necesarios, la mujer un niño que gorjeaba feliz mirando las maravillas que lo rodeaban.

La gente estaba reunida detrás, en el límite de la aldea, llorando.


1

<p>1</p>

Una aldea se acurrucaba allí donde las montañas iniciaban su largo ascenso hacia el Tibet. En tres lados el valle se erguía abruptamente, cerrando los altos horizontes. Un arroyo del oeste se despeñaba por altos bosques de cipreses y robles enanos, centelleaba formando una cascada, gorgoteaba entre las casas y se perdía en los bambúes y los terrenos escabrosos del este. La gente cultivaba trigo, soja, hortalizas, melones, algunos árboles frutales en el suelo del valle y en pequeñas terrazas. Tenía cerdos, pollos y un estanque con peces. La veintena de casas de arcilla con techo de hierbas y sus habitantes habían estado allí tanto tiempo que el sol, la lluvia, la nieve el viento y el tiempo los habían fundido con el paisaje, y formaban parte de él como el pavo real, el panda o las flores silvestres en primavera.

Hacia el este se abría una vista de irregularidades boscosas, verdes y pardas. A izquierda y derecha picos nevados flotaban en el cielo. Una carretera serpenteante, apenas una huella, terminaba en la aldea. El tráfico era escaso. Varias veces por año, los hombres emprendían un viaje de días hasta el mercado de una pequeña ciudad y regresaban. Allí pagaban los impuestos en especie. El gobernador rara vez les enviaba un agente. Cuando lo hacía, el inspector se quedaba una sola noche, preguntaba a los ancianos cómo andaban las cosas, recibía respuestas rituales y se marchaba deprisa. El lugar tenía una reputación inquietante.

Eso era para los forasteros convencionales. Para otros era sagrado. Dado este aura de extrañeza, y el aislamiento, la guerra y los bandidos no habían tocado la aldea. Seguía sus propias costumbres, soportando sólo las penas y calamidades comunes de la vida. En ocasiones, un peregrino superaba los obstáculos —distancia, penurias, peligro— para visitarla. En el curso de las generaciones, algunos de ellos se habían quedado. La aldea los acogía en su paz. Así eran las cosas. Así habían sido siempre. Sólo el mito y el Maestro conocían los comienzos.

Hubo gran alboroto, pues, cuando un pastorcillo fue corriendo a avisar que se acercaba un viajero.

—Deberías avergonzarte de haber descuidado tu buey —le reprochó el abuelo, pero con dulzura. El niño explicó que primero había amarrado la bestia; y, a fin de cuentas, ningún tigre se había acercado. El abuelo lo perdonó. Entretanto la gente corría y gritaba. Pronto un discípulo hizo sonar el gong del altar. Una voz metálica vibró, reverberó en Tas laderas, se mezcló con el susurro de la cascada y el murmullo del viento.

El otoño llega temprano a las colinas altas. Los bosques estaban moteados de marrón y amarillo, la hierba se estaba secando, las hojas caídas crujían cerca de los charcos dejados por la lluvia de la noche anterior. Arriba se arqueaba un cielo inexpresablemente azul, surcado por pájaros. Los gritos de las aves flotaban en el aire de la ladera. El humo de los hogares era más denso.

Cuando el anunciado viajero recorrió el último tramo del camino, los aldeanos reunidos vieron con asombro que era una mujer. La raída bata de tosco algodón estaba desteñida y gris. Las botas estaban igualmente ajadas, y el uso había gastado el cayado que le colgaba de la mano derecha. Del hombro izquierdo le colgaba una manta enrollada, igualmente andrajosa, que sostenía un cuenco de madera y un par de enseres más.

Pero no era una anciana. El cuerpo era recto y delgado, el andar firme y ágil. La bufanda ondeante dejaba al descubierto un pelo semejante al ala de un cuervo, cortado a la altura de las orejas; y el rostro curtido y enjuto no tenía arrugas. Nunca había aparecido semejante rostro en esa región. Ni siquiera parecía de la misma raza que los habitantes de las tierras bajas del país.

El anciano Tsong se adelantó. A falta de mejor ocurrencia, la saludó de acuerdo con el antiguo rito, a pesar de que todos los recién llegados hasta el momento habían sido varones.

—En nombre del Maestro y del pueblo, os doy la bienvenida a nuestra Aldea del Rocío de la Mañana. Que siga en paz la senda de Tao y que los dioses y espíritus os acompañen. Que la hora de vuestra llegada sea afortunada. Entrad como huésped, partid como amigo.

—Esta humilde persona os lo agradece, honorable señor —respondió ella. El acento era extraño, pero eso no era sorprendente—.Vengo en busca de… iluminación. —Dijo la palabra con temblor. Debía de sentir una gran esperanza.

Tsong se volvió hacia el altar y la casa del Maestro y se inclinó. —Aquí está el hogar del Camino —dijo. Algunos sonrieron con satisfacción. Era su hogar.

—¿Podemos saber tu nombre, para comunicarlo al Maestro? —preguntó Tsong.

—Me llamo Li, honorable señor —le respondió ella tras un titubeo.

Tsong cabeceó. El viento le agitó la barba blanca.

—Si has escogido ése, probablemente has escogido bien. —En la pronunciación de la forastera, la palabra podía aludir a la medida de distancia. Ignorando los susurros, los murmullos y los cuchicheos, se abstuvo de preguntar más—. Ven. Tomarás un refrigerio y te alojarás conmigo.

—Vuestro… líder…

—A su debido tiempo, jovencita, a su debido tiempo. Ven, por favor.

Los rasgos de Li adoptaron una expresión insondable, algo entre la resignación y una determinación sin edad.

—De nuevo, mis humildes gracias —dijo Li, y lo acompañó.

Los aldeanos la dejaron pasar. Algunos le manifestaron sus buenos augurios. Al margen de la natural curiosidad, todos eran tan semejantes en su discreción —aun los niños— como en la ropa acolchada y las manos curtidas. También eran similares los rostros, anchos y de nariz chata, los cuerpos robustos. Cuando desaparecieron Tsong, su familia y Li, los aldeanos charlaron un rato y luego regresaron a las fogatas, molinos, telares, herramientas y animales que los mantenían vivos como habían mantenido a sus antepasados desde tiempo inmemorial.

El hijo mayor de Tsong, con esposa e hijos, vivía con el anciano. Permanecían en el fondo, salvo para servir té y comida. La casa era más amplia que la mayoría, cuatro habitaciones dentro de paredes de tierra apisonada, oscuras pero acogedoramente tibias.

Aunque las casas tenían un mobiliario tosco y pobre, nadie pasaba necesidades, sino que reinaban la satisfacción y la jovialidad. Tsong y Li se sentaron en esteras ante una mesa baja y disfrutaron de un caldo condimentado con granos de pimienta roja, fragantes entre los sabores de otros alimentos colgados bajo el techo.

—Te lavarás y descansarás antes que nos reunamos con los demás ancianos —prometió.

La cuchara de Li tembló.

—Por favor —espetó—, ¿cuándo puedo ver al Maestro? He realizado un largo y fatigoso viaje.

Tsong frunció el ceño.

—Entiendo tu ansiedad. Pero no sabemos nada de ti, amiga Li.

Ella bajó las pestañas.

—Perdóname. Creo que lo que debo decir es sólo para los oídos del Maestro. Y suplico que desee verme pronto. ¡Pronto!

—No debemos precipitarnos. Eso sería irreverente, y quizás infortunado. ¿Qué sabes de él?

—Sólo rumores, lo confieso. La historia…, no, diferentes historias en los diferentes sitios que recorrí. Al principio parecían leyendas. Un hombre santo en el oeste, tan santo que la muerte no se atreve a tocarlo… Sólo cuando llegué más cerca alguien me dijo que aquí es donde habita. Pocos se atrevían a decir tanto. Parecían temerosos de hablar, aunque… nunca he oído decir nada malo de él.

—No hay nada malo que decir —dijo Tsong, aplacado por el fervor de la joven—. Debes de tener una gran alma para haberte aventurado en este peregrinaje. Una mujer joven, sola. Sin duda tus estrellas son fuertes, pues no has sufrido ningún daño. Es un buen presagio.

Con la vista débil, y en la luz del atardecer, no atinó a ver el estremecimiento de ella. —No obstante, nuestro brujo debe leer los huesos —continuó reflexivamente—, y debemos hacer ofrendas a los antepasados y espíritus, sí, celebrar una purificación. Pues tú eres mujer.

—¿Qué puede temer el hombre santo, si el tiempo mismo le obedece? —exclamó ella.

El tono del anciano la serenó.

—Supongo que nada. Y por cierto nos protegerá a nosotros, su amado pueblo, como siempre lo hizo. ¿Qué deseas saber sobre él?

—Todo, todo —susurró Li.

Tsong sonrió. Sus pocos dientes relucieron en la escasa luz que se filtraba por una ventana diminuta. .

—Eso llevaría años —dijo—. Hace siglos que está con nosotros, o más.

—¿Cuándo llegó? —preguntó, de nuevo en tensión.

Tsong bebió un sorbo de té.

—Quién sabe. Tiene libros, sabe leer y escribir, pero el resto de nosotros no sabemos. Contamos los meses, pero no los años. ¿Para qué? Bajo su égida bondadosa, las vidas son semejantes, tan dichosas como pueden permitirlo los astros y los espíritus. El mundo exterior jamás nos molesta. Las guerras, el hambre y las pestes son sólo rumores en la ciudad, que también oye poco. No sé decirte quién reina en Nanking en esos días, ni me importa.

—Los Ming echaron a los extranjeros Yuan hace unos doscientos años, y la sede imperial es Pekín.

—Conque eres culta —rió el viejo—. Sí, nuestros antepasados oyeron hablar de invasores procedentes del norte, y sabemos que ahora se han ido. Sin embargo, los tibetanos están mucho más cerca, y hace generaciones que no atacan esta comarca, y menos esta aldea. Gracias al Maestro.

—¿Es, pues, vuestro rey?

—No, no. —El viejo meneó la cabeza calva—. Gobernarnos estaría por debajo de su dignidad. Da consejos a los ancianos cuando los pedimos, y desde luego obedecemos. Nos instruye, durante la infancia y el resto de nuestra vida, en el Camino; y desde luego lo seguimos gustosamente, tanto como podemos. Cuando alguien se aparta de él, los castigos que ordena son moderados, aunque suficientes, pues una verdadera fechoría significa la expulsión, el exilio, el desarraigo de por vida y por siempre jamás. —Le recorrió un temblor antes de que pudiese continuar—: Recibe a los peregrinos. Entre ellos, y entre nuestros jóvenes, acepta algunos discípulos cada vez. Ellos sirven a sus necesidades mundanas, escuchan su sabiduría, procuran alcanzar una parte de su santidad. Aunque eso no les impide formar luego sus propios hogares; y a menudo el Maestro honra a una familia, cualquier familia de la aldea, con su presencia o su sangre.

—¿Su sangre?

Li se sonrojó cuando Tsong respondió:

—Tienes mucho que aprender, jovencita. El Yang masculino y el Yin femenino deben unirse para alcanzar la salud del cuerpo, el alma y el mundo. Yo mismo soy nieto del Maestro. Dos hijas mías le han dado hijos. Una ya estaba casada, pero su esposo se abstuvo de tocarla hasta que estuvieron seguros de que sería un hijo de Tu Shan quien bendeciría su hogar. La segunda, que es coja, de pronto necesitó sólo un cobertor como dote. Así es el Camino.

—Entiendo. —Él apenas pudo oírla. Li había palidecido.

—Si no puedes aceptarlo —dijo él—, aun así podrás conocerlo y recibir su bendición antes de partir. Él no obliga a nadie.

Ella cogió la cuchara como si el mango fuera un poste al cual pudiera aferrarse para no echar a volar.

—No, sin duda haré su voluntad —musitó—. He recorrido muchos li para encontrarlo, en todos estos años.


2

<p>2</p>

Podría haber sido un labriego de la aldea —aunque por cierto, todos tenían un lazo de parentesco con él, cercano o lejano—, con el mismo cuerpo macizo, la chaqueta y, los pantalones gruesos, la misma tierra y los mismos callos en los pies que llevaba descalzos dentro de la casa. Tenía una barba fina, negra y juvenil, y el pelo recogido en un rodete. La casa donde vivía con sus discípulos era tan grande como las demás, pero no más grande, y también era de tierra con suelo de arcilla. La habitación adonde la condujo uno de los jóvenes antes de marcharse con una reverencia no estaba mejor amueblada que las demás. Había un lecho, de suficiente anchura para él y la mujer que lo atendiera; esteras de paja, taburetes, una mesa; un rollo caligráfico, con manchas pardas y excrementos de moscas, en la pared, sobre un altar de piedra; un baúl de madera para ropa, uno de bronce que sin duda contenía libros; algunos cuencos, tazas* paños y otros enseres domésticos. La ventana estaba cerrada, pues soplaba un viento fuerte. La única lámpara apenas alumbraba la penumbra. Al entrar desde fuera, Li notó ante todo el olor. No era desagradable, pero era denso, una mezcla de humo viejo y grasa, estiércol pegado a los zapatos, humanidad, siglos.

Desde su asiento, él alzó la mano para saludarla.

—Bienvenida —dijo en el dialecto montañés—. Que los espíritus te guíen a lo largo del Camino. —Tenía una mirada muy astuta—. ¿Deseas hacer una ofrenda?

Ella se inclinó.

—Soy una pobre vagabunda, Maestro.

—Eso me han dicho. —Sonrió—. No temas. La mayoría de los que vienen aquí piensan que los obsequios les ganarán el favor de los dioses. Bien, si les ayuda a elevar el alma, tienen razón. Pero el alma que busca es en sí misma el único sacrificio válido. Siéntate, Li, y conozcámonos.

Tal como le habían indicado los ancianos, Li se arrodilló en la estera. El Maestro la escudriñó.

—Haces eso de modo diferente a otras mujeres —murmuró—. Y también hablas de otro modo.

—Soy nueva en esta región, Maestro.

—Quiero decir que no hablas como un habitante de las tierras bajas que ha aprendido el dialecto de las tierras altas.

—Creía que había aprendido bien más de una lengua china, mientras estuve en el Reino Medio —dijo Li.

—Yo también he viajado mucho. —El Maestro adoptó el dialecto de Shansi o Honan, aunque no era similar a lo que ella recordaba de las ricas y populosas provincias del noreste y lo usaba con torpeza—. ¿Estarás más cómoda si usamos esta lengua?

—La aprendí primero, Maestro.

—Hace tiempo que yo no… Pero ¿de dónde eres?

Ella alzó la cara. El corazón le latía con fuerza. Con esfuerzo, como frenando un caballo desbocado, mantuvo la voz serena.

—Maestro, nací allende el mar, en el país de Nipón. Él abrió los ojos.

—Has viajado mucho en busca de tu propia salvación.

—Mucho y mucho tiempo, Maestro. —Ella inhaló. Se le había secado la boca—. Nací hace cuatrocientos años.

—¿ Qué ? —El Maestro se incorporó de un brinco.

Ella también se levantó.

—Es verdad, es verdad —dijo con desesperación—. ¿Cómo me atrevería a mentirte? La iluminación que busco, que he buscado, oh, era hallar a alguien como yo, que nunca envejeciera…

Ya no pudo contener las lágrimas. Él la rodeó con los brazos. Ella se acurrucó y notó que él también temblaba.

Al cabo se separaron y se miraron. Fuera restallaba el viento.

Una extraña calma la había invadido. Pestañeó para secar las lágrimas.

—Desde luego solamente cuentas con mi palabra —dijo—. Aprendí muy pronto a pasar inadvertida, para que no me recordaran.

—Te creo —le respondió él con voz ronca—. Tu presencia, siendo extranjera y mujer, también habla en tu favor. Y supongo que tengo miedo de no creerte. :

Ella fió entre dientes.

—Tendrás mucho tiempo para cerciorarte.

—Tiempo —murmuró él—. Cientos, miles de años. Y eres una mujer.

Viejos temores despertaban. Li agitó las manos. Se obligó á permanecer donde estaba.

—Soy monja. Juré lealtad a Amida Butsu…, el Buda.

Él asintió al mismo tiempo que dominaba la tensión de sus músculos.

—¿De qué otro modo podías viajar con libertad?

—No siempre estuve a salvo —exclamó ella—. Fui ultrajada en tierras salvajes de este reino. Y no siempre fui leal. A veces acepté refugio cuando un hombre lo ofrecía, y permanecí con él hasta que murió.

—Seré amable —prometió él.

—Lo sé. Pregunté a algunas mujeres de aquí… Pero ¿qué hay de esos votos? Antes creía que no tenía otra opción, pero ahora…

Él soltó una fuerte risotada.

—¡Ja! Te libero de ellos.

—¿Puedes?

—Soy el Maestro, ¿verdad? La gente no debería rezarme, pero sé que lo hace, más que a sus dioses. Nada malo ha derivado de ello. En cambio, hemos tenido paz, una generación tras otra.

—¿Tú lo previste así?

Él se encogió de hombros.

—No. Yo tengo… unos mil quinientos años. No recuerdo cuándo llegué aquí.

El pasado se adueñó del Maestro, quien miró el vacío y habló en voz baja y apresurada.

—Los años se confunden, se convierten en uno, los muertos son tan reales como los vivos y los vivos tan irreales como los muertos. Durante un tiempo, hace mucho, perdí la razón, anduve como un sonámbulo. Algunos monjes me acogieron y despacio, no sé cómo, logré pensar de nuevo. Ah, veo que algo parecido te ocurrió también. Bien, a menudo aún me cuesta tener claridad en mis recuerdos, y olvido muchas cosas.

» Había descubierto, como tú, que lo más seguro era ser un religioso errabundo. Sólo me proponía quedarme aquí unos años, después de que me recibieron. Pero el tiempo continuó, éste era un refugio acogedor y los enemigos temían venir, una vez que se corrieron rumores sobre mí. ¿Y qué sitio mejor había? He tratado de no causar daño a mi gente. Creo que les hago bien.

Se sacudió, avanzó un paso, le cogió ambas manos. Las de él eran grandes y fuertes, pero menos ásperas que las de otros hombres. Li había oído decir que vivía de los aldeanos, y a lo sumo se distraía ejerciendo su antiguo oficio de herrero.

—Pero ¿quién eres tú, Li? ¿Qué eres?

Ella suspiró con repentina fatiga.

—He tenido muchos nombres, Okura, Asagao, Yukiko… Los nombres no importaban entre nosotros, cambiaban cuando cambiábamos de posición, y usábamos un apodo diferente para cada amigo. Fui una dama de la corte que se transformó en una sombra. Cuando ya no pude fingir que era mortal, y temí proclamar quién era, me convertí en monja y avancé mendigando de altar en altar, de sitio en sitio.

—Para mí fue más fácil —admitió él—, pero también yo descubrí que era más conveniente continuar la marcha, y mantenerme alejado de todos los poderosos que me pidieran quedarme. Hasta que hallé este refugio. ¿Cómo abandonaste… Nipón? ¿Así llamas a esa tierra?

—Esperaba hallar a alguien como yo, un fin para la soledad, la falta de sentido. Pues había tratado de encontrar sentido en el Buda, y nunca recibí la iluminación. Bien, nos llegaron noticias de que habían expulsado a los mongoles, los que habían conquistado China y trataban de invadirnos cuando el Viento Divino hundió sus barcos. Los chinos navegaban a todas partes, incluso a nuestras tierras. Este país es nuestra patria espiritual, la madre de la civilización. —Notó que él se asombraba, y recordó que era de baja cuna y había vivido retirado desde antes que ella naciera—. Sabíamos acerca de muchos sitios sagrados de China. Pensé también que allí, si los había en alguna parte, habría otros… inmortales. Así que saqué pasaje de peregrina, el capitán ganó méritos al llevarme, y desembarqué en estas costas… sin saber cuan vasto es el País.

—¿Nunca has deseado ir a tu hogar?

—¿Qué significa hogar? Además, los chinos han dejado de navegar. Han destruido sus grandes naves. Está prohibido abandonar el Imperio, so pena de muerte. ¿No lo has oído?

—Aquí estamos libres de los grandes señores. Bienvenida, bienvenida —dijo con voz más profunda y enérgica. Le soltó las manos y una vez más le rodeó la cintura, aunque ahora con firmeza, y con la respiración algo entrecortada—. Me has encontrado. ¡Estamos juntos, esposa mía! Esperé, esperé, rogué, ofrendé, obré hechizos, hasta que al fin abandoné toda esperanza. ¡Y ahora has llegado tú, Li!

Intentó besarla. Ella apartó la boca, protestó. Era demasiado apresurado, e indecoroso. Él no le prestó atención. No era un ataque, pero era abrumador. Sucumbió como podría haberlo hecho a una tormenta o a un sueño. Mientras él la poseía, trató de ordenar sus pensamientos. Después, él actuó con somnolencia y ternura durante un rato, para dar paso luego a una desenfrenada alegría.


3

<p>3</p>

El invierno llegó con neviscas enceguecedoras que se abatían sobre las casas y se colaban por cada fisura de las puertas y postigos. La calma que siguió era tan fría que el silencio parecía vibrar, con un sinfín de estrellas sobre una dureza blanca que reflejaba su resplandor. La gente sólo salía a la intemperie cuando era necesario para cuidar el ganado y obtener combustible. En casa se acuclillaban sobre pequeñas fogatas o pasaban el tiempo durmiendo bajo pieles de oveja.

Li sintió náuseas. Siempre las sentía por la mañana durante la primera etapa de una preñez. No le sorprendió haber concebido, pues Tu Shan dormía a menudo con ella. Tampoco lo lamentaba. Él era bien intencionado, y poco a poco sin hacerlo de forma evidente, ella le fue enseñando qué le agradaba, hasta que también ella pudo echar a volar de placer y luego descansar con dichosa fatiga en la tibieza y el aroma de Tu Shan. Y este niño que habían concebido juntos quizá también fuera inmortal.

Aun así, ella deseaba poder alegrarse tanto como él. En sus mejores días estaba libre de malos presentimientos. Tan sólo deseaba alguna actividad. Al menos en Heian-kyo había color, música, la ronda de las ceremonias, las insidiosas pero excitantes intrigas. Al menos, en el camino había tierras cambiantes, las personas distintas, incertidumbres, pequeñas victorias sobre los problemas, los peligros y la desesperación. Aquí podía, si lo deseaba, tejer las mismas telas, cocinar los mismos platos, barrer los mismos suelos, vaciar los mismos cubos de basura —aunque los discípulos deseaban hacer las tareas serviles— e intercambiar las mismas palabras con mujeres que sólo pensaban en las hortalizas del año próximo.

Los hombres tenían otros intereses, pero no demasiados. Sin embargo, se sentían incómodos con ella. Sabían que era la escogida del Maestro y le otorgaban respeto, con cierta torpeza. También sabían que era una mujer; y pronto la consideraron algo sagrado pero que formaba parte de lo cotidiano, como Tu Shan; y las mujeres no participaban en las reuniones de los hombres.

Li supuso que no perdía demasiado.

Un día de ese invierno se destacaba en el recuerdo, una isla en medio de un abismo que devoraba el resto. La puerta se abrió dejando entrar deslumbrantes y azuladas ráfagas de nieve. Una oleada de frío sopló por la abertura. La mole de Tu Shan bloqueó la luz. Entró y cerró la puerta. La penumbra se impuso de nuevo.

—¡Hoo! —relinchó, sacudiéndose la nieve de las botas—. Hace frío de sobras para congelar el fuego y el yunque.

Le había oído decir eso un centenar de veces, y otras pocas expresiones favoritas. Li lo miró desde la estera donde estaba arrodillada. Manchas brillantes bailaban ante ella. Se debían al reflejo en el cofre de bronce, que los discípulos mantenían bruñido. Lo había mirado un par de horas mientras estaba sumida en el sueño ligero que era su refugio en esos meses vacíos.

Tuvo una gran idea, tan repentina que contuvo el aliento. De pronto se preguntó por qué no lo había pensado antes, y dio por sentado que esta nueva vida le había impedido pensar en otra cosa hasta que comenzó el tedio.

—Herradura —dijo, llamándolo por el apodo que le había puesto—, nunca he mirado dentro de esa caja.

El abrió la boca, callando lo que iba a decir. Luego respondió despacio.

—Bien, son los libros. Y rollos, sí, rollos. Las escrituras sagradas.

Ella sintió ansiedad.

—¿ Puedo verlos ?

—No son para… ojos comunes.

Ella se levantó.

—Yo también soy inmortal —replicó—. ¿Lo has olvidado? —Oh, no, no. —Agitó las manos—. Pero eres mujer. No sabes leerlas.

La mente de Li retrocedió varios siglos. Las damas de la corte de Heian-kyo dominaban la lengua vernácula, pero rara vez utilizaban el chino. Ésa era la lengua clásica, que sólo los hombres debían comprender. Aun así se las había ingeniado para estudiar la escritura, y a veces en China había tenido la oportunidad, cuando reposaba en un lugar tranquilo, de refrescar ese conocimiento. Más aún, esos textos debían de ser budistas; esa fe se había mezclado aquí con el taoísmo y el animismo primitivo. Reconocería ciertos pasajes.

—Sé —dijo.

Él la miró boquiabierto.

—¿De verdad? —Meneó la cabeza—. Bien, los . dioses te han escogido… Sí, míralas si lo deseas. Pero hazlo con cuidado. Son muy viejas.

Con alegría, ella fue hasta el cofre y lo abrió. Al principio sólo vio sombras. Trajo la lámpara. Una luz tenue alumbró el interior.

En el cofre había podredumbre, moho y hongos.

Gimió. Apenas pudo evitar que el sebo caliente se derramara en esa corrupción. Con la mano libre tanteó, cogió algo, alzó un jirón gris.

Tu Shan se agachó.

—Bueno, bueno —murmuró—. Debe de haber entrado algo. Qué pena.

Ella soltó el jirón, dejó la lámpara, se levantó para mirarle a los ojos.

—¿Cuándo abriste la caja por última vez? —jadeó.

—No sé —apartó la vista—. No tenía razones para hacerlo.

—¿Nunca lees los textos sagrados? ¿Te los sabes de memoria?

—Eran obsequios de los peregrinos. ¿Qué significan para mí? —Recobró la compostura—. No necesito escritos. Soy el Maestro. Es suficiente.

—No sabes leer ni escribir —dijo ella.

—Ellos creen que sé y… ¿A quién perjudico? Dime a quién perjudico. Deja de fastidiarme. Ve. Ve a los otros cuartos. Déjame en paz.

Li sintió piedad. A fin de cuentas era muy vulnerable: un hombre simple, un hombre común a quien el karma o los dioses o los demonios o la ciega suerte habían vuelto inmortal sin razón manifiesta. Había sobrevivido con su astucia campesina. Había aprendido las frases altisonantes que diría un santo. Y no había abusado de su posición en la aldea; era una figura divina que exigía poco y daba mucho: seguridad, protección, integridad. Pero el inmutable ciclo de las estaciones le había ofuscado el entendimiento y le había drenado el coraje.

—Lo lamento —dijo, cogiéndole la mano—. No quise hacerte un reproche. No se lo contaré a nadie, puedes estar completamente seguro. Limpiaré esto y a partir de ahora cuidaré de estas cosas. Por ti…, por nosotros.

—Gracias —respondió él un tanto incómodo—. Aun así, quería decirte que tendrás que quedarte en la habitación del fondo hasta el anochecer.

—Una mujer viene a verte —dijo ella con voz apagada.

—A ellos les gusta —dijo él con voz más estentórea—. Así ha sido desde… desde el comienzo. ¿Qué otra posibilidad tenía yo? No puedo privarlos de pronto de mi bendición, ¿verdad?

—Y ella es joven y bonita.

—Bien, cuando no lo eran, también fui amable con ellas. —Tu Shan aparentó cierta indignación—. ¿Quién eres tú para llamarme infiel? ¿Con cuántos nombres estuviste en tus tiempos? Y eras monja.

—No he dicho nada contra ti. —Li dio media vuelta—. Muy bien, me marcho. —El alivio de él era casi palpable.

Los cuatro discípulos se apiñaban en una habitación de sus aposentos, sombras a la luz de la lámpara, y jugaban con palillos que arrojaban al suelo. Se levantaron de un brinco cuando entró Li, hicieron una torpe reverencia y guardaron un tímido silencio. Sabían muy bien por qué ella estaba allí, pero no sabían qué decir.

Cuan jóvenes eran, pensó Li. Y qué guapo era Wan. Imaginó el contacto de ese cuerpo, ágil, caliente, exultante.

Tal vez después. Había un después sin límites. Les sonrió.

—El Maestro quiere que os enseñe el Sutra del Diamante —les dijo.


4

<p>4</p>

Llovía cuando la aldea sepultó al primer hijo del Maestro y la Dama. Habían esperado que hubiera sol, pero el brujo y el diminuto cadáver les decían que no tenía sentido aguardar más tiempo. La primavera había llegado tarde ese año. Las sombras y la humedad se prolongaron hasta el verano. Invadieron los pulmones de la niña, que luchó por respirar durante varios días antes de quedarse quieta. Muy quieta, cuando dejó de llorar, sorber y agitarse.

El brujo bajó el ataúd a una cavidad encharcada. Los discípulos estaban cerca de Tu Shan y Li, y el resto de la gente formaba un círculo. Más allá, Li vio nieblas, laderas borrosas, una majestuosidad disuelta en humedad gris que le tamborileaba en la cara, le goteaba del sombrero y le apelmazaba el pelo. La lana mojada apestaba. La leche le provocaba dolor en los senos.

El brujo se levantó, cogió la campanilla que llevaba bajo el cinturón de cuerda y la agitó mientras bailoteaba gritando alrededor de la tumba. Así ahuyentaba los malos espíritus. Los discípulos y otros hicieron girar las ruedas para orar. Todos se mecían. El tosco cántico —honrados antepasados, grandes almas, honrados antepasados, grandes almas— resonó una y otra vez, un rito pagano que el Tao y el Buda apenas habían afectado.

Tu Shan alzó los brazos y entonó palabras más adecuadas, pero gangosas y mecánicas. Las había dicho con demasiada frecuencia. Li ni siquiera prestó atención. Ella también había presenciado demasiadas muertes. No llevaba la cuenta de la cantidad de niños que había alumbrado y perdido. ¿Siete, ocho, doce? Le dolía más ver cómo envejecían. Adiós, hija mía. Que no sientas miedo ni soledad, dondequiera que estés.

Li sentía ahora la firmeza de una resolución.

La ceremonia terminó. La gente murmuró palabras y reanudó sus tareas. El brujo se quedó. Era su tarea llenar la tumba. A sus espaldas, mientras el brujo continuaba su canturreo, Li oyó el impacto de la tierra contra el ataúd.

Los discípulos fueron a las casas de sus respectivos padres. Li y Tu Shan entraron en una casa vacía. Él dejó la puerta entornada para que entrara luz. Los carbones encendidos en el hogar habían entibiado un poco la habitación. Se quitó la chaqueta y la arrojó en la cama mientras soltaba un suspiro.

—Bien —dijo—. Está hecho. —Y al cabo de un rato—: La pobre niña. Pero ocurre. Tendremos mejor suerte la próxima vez, ¿eh? Y tal vez sea un varón. —No habrá próxima vez, aquí —le respondió muy tensa.

—¿Qué? —Se volvió hacia ella con los brazos a los costados.

—No me quedaré —sentenció, mirándolo a los ojos—. Y tú deberías venir conmigo.

—¿Estás loca? —El miedo cruzó ese semblante habitualmente enérgico—. ¿Te ha poseído un demonio?

Ella negó con la cabeza.

—Simplemente, he comprendido, y cada vez más en los últimos meses. Esta vida no es para nosotros.

—Es apacible. Es feliz.

—Así la ves tú, porque has estado aquí demasiado tiempo. Yo sólo veo estancamiento y sordidez —dijo Li con calma, sin tristeza—. Al principio, sí, después de mis vagabundeos, creí que había hallado un refugio. Tu Shan… —no lo llamaría por su apodo cariñoso hasta que él cediera— he aprendido lo que debiste ver hace siglos. La tierra no tiene refugios para nadie, en ninguna parte.

El asombro de Tu Shan le aplacó la furia.

—Quieres regresar a tus palacios y a tus simiescos cortesanos, ¿eh?

—No. Ésa fue otra trampa. Quiero… la libertad…, ser lo que pueda ser. Lo que podamos ser.

—¡Aquí me necesitan!

Li procuró ocultar su desprecio. Si manifestaba su desdén por esas criaturas casi animales, tal vez lo perdiera. Y era cierto que en su afecto por ellas, su preocupación y compasión, él era mejor que ella. Necesitaba emplear toda su fuerza de voluntad. Si cedía y se quedaba, poco a poco se transformaría en uno de esos aldeanos. Eso podría ayudarla a desprenderse del yo, a liberarse de la Rueda; pero renunciaría a todo posible logro que pudiera alcanzar en la vida. ¿Qué otro modo tenía de escapar de ella, excepto la violencia fortuita?

—Vivían del mismo modo antes de que llegaras —dijo—. Seguirán haciéndolo después. Y contigo o sin ti, no puede ser para siempre. Los Han se desplazan hacia el sur. Los he visto talando bosques y arando la tierra. Algún día tomarán esta comarca.

—¿Adonde podemos ir? —dijo él desconcertado—. ¿Serías de nuevo una mendiga?

—Si es menester, pero sólo por un tiempo. Tu Shan, hay todo un mundo más allá del horizonte.

—No… sabemos nada sobre él.

—Yo sé algo. —A través del hielo de su resolución resplandecía un fuego vigorizante—. Naves extranjeras tocan las costas de China. Los bárbaros avanzan. He oído acerca de grandes tumultos en el sur, al otro lado de las montañas.

—Me habías dicho que estaba prohibido dejar el Imperio…

—¿Qué puede significar eso para nosotros? ¿Qué guardias vigilan los senderos que podemos descubrir? Si no aprovechamos las oportunidades que nos esperan por doquier, no mereceremos nuestras vidas.

—Si nos hacemos famosos, notarán que no envejecemos.

—Podemos arreglárnoslas. El cambio corre sin freno por el mundo. El Imperio no puede permanecer encerrado para siempre en sí mismo, y tampoco esta aldea. Sacaremos partido de ello. Quizá podamos poner dinero a interés por un largo tiempo. Veremos. Mis años han sido más duros que los tuyos. Sé que el caos está lleno de lugares secretos. Sí, podemos caer, podemos perecer, pero hasta entonces habremos estado plenamente vivos.

Él la miró aturdido. Li sabía que necesitaría meses para convencerlo. Bien, contaba con la paciencia de siglos, y valía la pena.

Las nubes ralearon, irrumpió la luz y las gotas de lluvia relucieron como flechas.


5

<p>5</p>

Volvió la primavera, y ese año fue templada, de un brillo abrumador, llena de fragancias. Regresaron los trinos de las aves silvestres. Hinchado de nieve derretida, el arroyo brincaba entre las hojas de la ladera, rugía por el valle, se zambullía en el bosque de bambúes, dirigiéndose al gran río y al mar.

Un hombre y una mujer lo seguían por el camino. Iban vestidos para el viaje. Llevaban estacas en la mano. El hombre cargaba en la espalda los objetos necesarios, la mujer un niño que gorjeaba feliz mirando las maravillas que lo rodeaban.

La gente estaba reunida detrás, en el límite de la aldea, llorando.


XI. El gatito y el cardenal

<p>XI. El gatito y el cardenal</p>

Armand Jean du Plessis de Richelieu, cardenal de la Iglesia, primer ministro de Su Muy Cristiana Majestad Luis XIII, quien lo había nombrado duque, estudió a su visitante. El hombre estaba por completo fuera de lugar en esa cámara de elegancia azul y oro. Aunque decentemente vestido, para ser un plebeyo, tenía el aspecto del marino que decía ser. De talla mediana, gozaba de la esbeltez de la juventud, y la oscura cara de halcón no tenía arrugas; pero algo en él —quizá la firmeza de la mirada— delataba un conocimiento del mundo que sólo se obtenía tras muchos años en distintos lugares.

Las fragancias estivales de los campos y bosques de Poitou entraban por las ventanas abiertas. El río Mable canturreaba junto a su castillo ancestral últimamente reconstruido como palacio moderno. La luz del sol se reflejaba en el agua y bailaba en astillas entre los querubines y los héroes antiguos que adornaban el techo. A cierta distancia del imponente sillón del cardenal, un gatito jugueteaba con su sombra sobre el parqué.

Los delgados dedos de Richelieu acariciaron el pergamino. El contraste con ese color pardo manchado por los siglos infundía a la túnica del cardenal el brillo de la sangre. Para este encuentro se había puesto todos sus atributos canónicos, como si deseara protegerse de los demonios. Pero habló con su acostumbrada calma glacial.

—Si esto no es falso, hoy quizá vea la más extraña audiencia que he otorgado jamás.

Jacques Lacy se inclinó con mayor gracia de la que cabía esperar.

—Doy las gracias a Su Eminencia, y le aseguro que es verdad. —El acento no era regional, ni de ningún lugar de Francia. ¿El canturreo de Irlanda, o de una tierra más lejana? Al menos indicaba que, aunque no tuviera educación formal, había leído muchos libros. ¿De dónde sacaba el tiempo un capitán que navegaba entre el Nuevo y el Viejo Mundo?

—Dáselas al obispo que me convenció —le espetó Richelieu.

—Después que el cura de St. Félix hubiera convencido a otro, Eminencia.

—Eres realmente atrevido, capitán Lacy. Sé prudente. Este asunto ya es bastante peligroso de por sí.

—Humildemente ruego el perdón de Su Eminencia. —El tono no era insolente, pero tampoco indicaba arrepentimiento.

—Bien, continuemos con esto. —Aun lejos de París, las horas eran preciosas; y tal vez el futuro no le reservara muchas. No obstante, Richelieu reflexionó un minuto, acariciándose la barba que realzaba sus rasgos puntiagudos, antes de ordenar—: Cuéntame qué le dijiste al sacerdote para persuadirlo.

La sorpresa hizo titubear a Lacy.

—Su Eminencia lo sabe.

—Compararé las versiones. —Richelieu suspiró—. Y puedes guardarte los tratamientos honoríficos. Estamos a solas.

—Agradezco a Su… Bien. —El marino inhaló—. Lo busqué en la iglesia de St. Nazaire cuando supe que… monsieur agraciaría con su presencia estos parajes, que no están a gran distancia de allí. Le hablé del cofre. Mejor dicho, se lo recordé, pues él sabía algo, aunque lo había olvidado. Desde luego, eso le llamó la atención, pues nadie más lo recordaba. Simplemente, había acumulado polvo en la cripta durante cuatrocientos años.

El gatito dio un brinco a los pies de Lacy. Una sonrisa cruzó los labios del cardenal. Luego clavó en el hombre los ojos enormes y febrilmente luminosos.

—¿Le contaste cómo había llegado allí? —continuó.

—Por supuesto, monsieur. Era una prueba de mi buena fe, pues la historia no formaba parte de las tradiciones.

—Cuéntalo de nuevo.

—Ah… En esa época un mercader bretón llamado Pier, de Ploumanac'h, se instaló en St. Nazaire. Era apenas un villorrio. Claro que en la actualidad no es gran cosa, como bien sabe monsieur. Lo cierto es que por esa razón una casa costaba poco, y el lugar era apropiado para el pequeño navío costero que adquirió. Entonces resultaba más fácil para los hombres cambiar de hogar y de oficio. Pier gozó de cierta prosperidad, se casó y tuvo hijos. Cuando enviudó, declaró que se alistaría en la cruzada que estaba a punto de lanzar el rey San Luis, que resultó ser la última. Para entonces ya era viejo, pero se conservaba bien. Muchos decían que aún parecía joven. Nunca más volvieron a verlo, y la gente supuso que había muerto.

«Antes de partir, ofreció una importante donación a la iglesia parroquial. Eso era común cuando alguien emprendía un largo viaje, mucho más si iba a la guerra. Sin embargo, otorgó este presente con una condición. La iglesia debería guardarle una caja. Mostró al sacerdote que sólo contenía un pergamino enrollado, un documento de cierta importancia y confidencial; luego lo selló. Un día él o un heredero regresarían para reclamarlo, y el pergamino mismo daría validez a esa petición. Bien, estos requerimientos no eran inauditos, y el sacerdote lo consignó en los anales. Pasaron muchas generaciones. Cuando aparecí, pensé que tendría que indicar al actual sacerdote cómo encontrar el documento, pero él es un anticuario y había mirado los libros.

Richelieu alzó el pergamino y lo leyó, quizá por séptima vez, echando repetidas ojeadas a Lacy.

—Sí —murmuró—, esto estipula que el heredero legítimo será igual que Pier de Ploumanac'h, sea cual fuere su nombre, y lo escribe con todo detalle. Una descripción muy bien redactada. —El cardenal se consideraba un letrado, y había escrito y producido varios dramas—. Más aún, hay una serie de versos con sílabas sin sentido, que el aspirante podrá recitar sin mirar el texto.

—¿Desea monsieur que lo haga?

—No es menester… todavía. Los has recitado ante el sacerdote, y luego ante el obispo. Basta como prueba que él haya escrito al obispo de esta diócesis, persuadiéndole de que me convenciera para verte. Pues el documento concluye declarando que el… heredero… traerá noticias de suma importancia. ¿Por qué te negaste a describir a ambos prelados de qué se trataba?

—Son sólo para el hombre más grande de esta tierra.

—Ése es Su Majestad,

El visitante se encogió de hombros.

—¿Qué probabilidades tendría yo de que el rey me recibiera? En cambio, me arrestarían bajo sospecha de cualquier cosa, y me sonsacarían la información bajo tortura. Su Eminencia tiene fama de ser más… flexible. Inquisitivo. Patrocina a hombres cultos y literatos, ha fundado una academia nacional, ha reconstruido la Sorbona, otorgándole una generosa suma, y en cuanto a los logros políticos… —Guardó silencio e hizo un ademán significativo. Obviamente, pensaba en los hugonotes sometidos, pero apaciguados; en la reducción del poder de los nobles, cuyos castillos feudales estaban en su mayoría demolidos; en los rivales cortesanos del cardenal burlados y derrotados, algunos exiliados o ejecutados; en la larga guerra contra los imperialistas, en la cual Francia (junto con la Suecia protestante, el aliado obtenido por Richelieu) estaba venciendo al fin. ¿Quién era el verdadero gobernante de esas tierras?

Richelieu enarcó las cejas.

—Estás muy bien informado para ser un humilde capitán.

—Necesito estarlo, monsieur —replicó Lacy en voz baja.

Richelieu asintió.

—Puedes sentarte.

Lacy hizo una reverencia y buscó una silla más pequeña, que puso a respetuosa distancia, y se sentó. Se reclinó, aparentemente relajado, pero quien lo conociera sabía que estaba alerta. No porque hubiera algún peligro, aunque había guardias apostados frente a la puerta.

—¿Cuáles son esas noticias? —le preguntó Richelieu.

Lacy frunció el ceño.

—No espero que Su Eminencia me crea con sólo oírlas. Apuesto mi vida a la suposición de que tendrá paciencia y despachará hombres de fiar para traer pruebas más sólidas.

El gatito jugó entre sus tobillos.

—Charlot te tiene simpatía —señaló el cardenal, con cierta calidez en la voz. Lacy sonrió.

—Dicen que a monsieur le gustan los gatos.

—Cuando son jóvenes. Continúa. Veamos qué sabes sobre ellos. Me indicará algo sobre ti.

Lacy se inclinó y acarició al cachorro entre las orejas. Él gato estiró las pequeñas garras y se refregó contra sus medias. Lacy se lo puso en el regazo, le tocó la garganta y le acarició el suave pelaje.

—Yo también he tenido gatos —dijo—. En el mar y en tierra. Eran sagrados en el antiguo Egipto. Arrastraban el carruaje de la diosa nórdica del amor. A menudo dicen que son familiares de las brujas, pero eso es un disparate. Los gatos son como son, y no intentan ser otra cosa, como los perros. Supongo que por eso los humanos los consideran misteriosos, y algunos les temen o los odian.

—Mientras que otros parecen simpatizar con ellos más que con sus congéneres, Dios los perdone. —El cardenal se persignó—. Eres un hombre notable, capitán Lacy.

—A mi manera, monsieur, que es muy diferente de la vuestra.

Richelieu lo miró con ojos más intensos.

—Pedí un informe sobre ti, desde luego, cuando supe lo que deseabas —dijo despacio—. Pero háblame de tu vida pasada con tus propias palabras.

—¿Para que monsieur pueda juzgar esas palabras… y a mí? —El marino miró al vacío mientras seguía acariciando al gato con la mano derecha—. Bien, pues, la contaré de manera extraña. Pronto comprenderá la razón para ello, que consiste en que no deseo mentir.

»Seamus Lacy es oriundo del norte de Irlanda. No sabe cuándo nació, pues el registro bautismal está allí, si no lo han destruido; pero calcula que tiene unos cincuenta años. En el año 1611 el rey de Inglaterra desplazó a los irlandeses de las mejores partes del Ulster e instaló a escoceses protestantes. Lacy está entre los que abandonaron el país. Se llevó algún dinero, pues procedía de una familia de marinos más o menos acomodada. En Nantes buscó refugio entre mercaderes irlandeses establecidos desde tiempo atrás, lo cual le ayudó a regularizar su situación. Adoptó la forma francesa de su nombre de pila, se hizo súbdito francés y se casó con una francesa. Siendo marino, realizó largos viajes, llegando hasta el África, las Indias Occidentales y Nueva Francia. A la larga llegó a ser capitán de un buque. Tiene cuatro hijos vivos, cuyas edades van de trece a cinco, pero su esposa murió hace dos años y no se ha vuelto a casar.

—Y cuando supo que yo estaría en Poitou varias semanas, fue hasta St. Nazaire y abrió el cofre que su… antepasado había dejado en la iglesia —dijo Richelieu en voz baja.

Lacy lo miró a los ojos.

—Así es, Eminencia.

—Parece que siempre has sabido de su existencia.

—Obviamente, sí.

—¿Aunque seas irlandés? Y ningún miembro de tu familia reclamó ese objeto durante cuatro siglos. Tú mismo viviste casi treinta años en la cercana Nantes antes de reclamarlo. ¿Por qué?

—Tenía que estar seguro de la situación. Fue una decisión difícil.

—El informe consigna que tienes un socio, un manco pelirrojo a quien llaman MacMahon. Últimamente ha desaparecido. ¿Por qué?

—Con todo respeto, Su Eminencia, lo envié afuera porque no sabía cuál sería el desenlace de esto, y no era correcto arriesgar también su vida. —Lacy sonrió. El gatito se le restregó contra la muñeca—. Además, es un sujeto zafio. Podría ofender a alguien. —Hizo una pausa—. Tuve el cuidado de no saber exactamente adonde fue. Él averiguará si yo he regresado a casa sano y salvo.

—Demuestras una desconfianza que… no es muy cordial.

—Por el contrario. Deposito en monsieur una fe que no he depositado por mucho tiempo en nadie salvo en mi camarada. Apuesto todo a la creencia de que monsieur no se apresurará a pensar que soy un demente, un agente enemigo o un hechicero.

Richelieu aferró los brazos del sillón. A pesar de la túnica, se notó que tenía el cuerpo en tensión. Pero los ojos permanecieron firmes.

—¿Qué eres, pues? —preguntó con voz acerada.

—Soy Jacques Lacy de Irlanda, Eminencia —replicó el visitante con tono similar—. La única falsedad es que sea oriundo de allí pues no lo soy. Pasé más de un siglo en Irlanda. Fuera de las zonas dominadas por los ingleses, la gente goza de una libertad que facilita el cambio de vida. Pero temo que están condenadas a la conquista, y la invasión del Ulster me dio una incuestionable razón para partir.

»Regresé adonde una vez había sido Pier de Ploumanac'h quien no era bretón de nacimiento. Antes y después de él he usado otros nombres, vivido en otros lugares y desempeñado otros oficios. Ha sido mi modo de sobrevivir a través de los milenios.

Richelieu soltó un bufido.

—No me sorprende del todo. Desde que me habló el obispo, he estado pensando… ¿Eres el Judío Errante?

Lacy negó con la cabeza; el gatito percibió la tensión y se agazapó.

—Sé de rufianes que se han hecho pasar por él. No, monsieur. Yo estaba vivo cuando Nuestro Señor estuvo en la tierra, pero no lo vi, ni me enteré de su existencia hasta mucho más tarde. En ocasiones me hice pasar por judío, porque era más seguro o más simple, pero era una farsa. También he sido musulmán. —Sonrió con amargura—. Para desempeñar esos papeles, me hice circuncidar. La piel volvió a crecer. En mi especie, una herida cura sin cicatrices, a menos que sea tan grande como la pérdida de una mano.

—Debo recapacitar. —Richelieu cerró los ojos. Luego movió los labios. Recitó el Padre Nuestro y el Ave María, mientras los dedos acariciaban la Cruz.

Cuando hubo terminado y regresó al mundo, miró el pergamino y habló con tono práctico.

—Vi de inmediato que estos versos no son disparatados. Guardan cierta semejanza con el hebreo, transcrito a caracteres latinos, pero son diferentes. ¿Qué es?

—Antiguo fenicio, Eminencia. Nací en Tiro cuando Hiram era el rey. En Jerusalén gobernaba David, o Salomón.

De nuevo Richelieu cerró los ojos.

—Hace dos milenios y medio —susurró. Abrió los ojos—. Recita esos versos. Quiero oír esa lengua.

Lacy obedeció. Las palabras rápidas y guturales vibraron entre sonidos de viento y de agua en el silencio de la cámara. El gatito saltó al suelo y se agachó en un rincón.

El silencio se prolongó medio minuto.

—¿Qué significa? —preguntó Richelieu.

—Es el fragmento de una canción como las que los hombres cantaban entonces en las tabernas o cuando acampaban en la costa durante una travesía. Negro como el cielo de la noche es el pelo de mi amada, brillantes como las estrellas son sus ojos, redondos y blancos como la luna son sus senos, y ella se mueve como el mar de Ashtoreth, ¡Quisiera poseerla toda, con la vista y las manos y yo mismo! Lamento que sea tan profana, monsieur. Es lo que pude recordar, e incluso tuve que reconstruirla.

Richelieu esbozó una sonrisa.

—Sí, supongo que uno olvida muchas cosas en miles de años. Y en tiempos de… Pier los clérigos eran menos refinados que hoy. —Y añadió con astucia—: Pero ¿esperabas que algo como esto sirviera para identificarte, porque es la clase de cosa que se conserva en la memoria de un hombre?

—No estoy mintiendo, Eminencia. En nada.

—En ese caso, has sido un mentiroso a través de los siglos.

Lacy abrió las palmas.

—¿Qué otra cosa podía hacer? Imagine, monsieur, que aun en esta esclarecida época y en este país yo proclamara abiertamente lo que soy. En el mejor de los casos me tomarían por un farsante, y tendría suerte de escapar con una paliza. Bien podría ser condenado a las galeras, o a la horca. En el peor de los casos me acusarían de ser un hechicero asociado con Satanás, y me quemarían. Sufriría males sin siquiera decir una palabra si me quedara en el mismo sitio, conservando la vida mientras sepultan a mis hijos y nietos, sin demostrar signos de vejez. Oh, he conocido a gente (muchos viven ahora en el Nuevo Mundo) para quienes sería un santo o un dios; pero eran salvajes, y prefiero la civilización. Además, la civilización tarde o temprano arrasa con los salvajes. No, prefiero buscar un nuevo hogar como forastero, instalarme allí unas décadas y al fin seguir mi camino de tal modo que la gente crea que he muerto.

—¿Cómo sufriste este destino? —preguntó Richelieu, persignándose de nuevo.

—Sólo Dios lo sabe, Eminencia. No soy un santo, pero creo que nunca fui un pecador imperdonable. Y, sí, estoy bautizado.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace mil doscientos años.

—¿Quién te convirtió?

—Había sido cristiano catecúmeno durante mucho tiempo, pero las costumbres cambiaron y… ¿Puedo pedir autorización para postergar el relato de cómo ocurrió?

—¿Por qué?

—Porque debo convencer a Su Eminencia de que digo la verdad, y en este caso la verdad parece un invento… —Ante la mirada de Richelieu, Lacy se interrumpió, agitó las manos, rió y dijo—: Muy bien, si monsieur insiste. Estaba en Gran Bretaña cuando se marcharon los romanos, en la corte de un señor guerrero. Lo apodaban Riothamus, «gran rey», pero principalmente tenía algunas tropas con catafracta. Con ellas contuvo a los invasores ingleses. Se llamaba Artorius.

Richelieu permaneció inmóvil.

—Oh, no fui uno de sus caballeros, sólo un mercader que estaba de paso —declaró Lacy—. Tampoco conocí a ningún Lanzarote, Gawain ni Galahad, ni vi Camelot. Roma no había dejado muchos vestigios. Yo supongo que éste fue el germen de la leyenda de Arturo. Pero monsieur comprenderá por qué yo era reacio a mencionarlo. Sentí la tentación de inventar una mentira prosaica.

Richelieu asintió con la cabeza.

—Entiendo. Si aún estás mintiendo, eres uno de los embusteros más hábiles que he conocido en una vasta experiencia. —Se abstuvo de preguntar si el fenicio había abrazado a Cristo por necesidad práctica, tal como había adorado a muchos otros dioses.

—No insultaré a monsieur —dijo incisivamente Lacy— negando que he reflexionado mucho antes de solicitar esta entrevista.

Richelieu cogió el pergamino y lo arrojó al suelo. Cayó con un chasquido que llamó la atención del gato. Fue el único gesto corporal que se permitió el cardenal. Se inclinó hacia delante, uniendo los dedos. La luz del sol refulgió en un gran anillo de oro y esmeralda.

—¿Qué quieres de mí? —rezongó.

—Protección, monsieur —replicó Lacy—, para mí y para mis semejantes. —El color fluctuaba en las mejillas hundidas, sobre la pulcra barba sin un solo pelo plateado.

—¿Quiénes son?

—MacMahon es uno, como Su Eminencia habrá adivinado. Nos conocimos cuando Francia aún era la Galia. He encontrado u oído hablar de tres más que me llamaban la atención, pero una infortunada muerte los arrebató antes de que yo pudiera cerciorarme. Y hubo alguien que era sin duda como yo, pero esa persona… desapareció. Los miembros de nuestra especie han de ser muy raros, y tímidos para revelarse.

—Irritantemente raros, como diría el culto doctor Descartes —dijo Richelieu en un arranque de humor corrosivo.

—Algunos, con el correr de los siglos, quizá trataron de hacer lo que yo trato de hacer ahora, y pagaron por ello. Es improbable que haya documentación sobre ellos, si alguna vez la hubo.

El gato avanzó cautelosamente hacia el pergamino. Richelieu se reclinó en el sillón. Lacy había permanecido casi inmóvil, con las manos entrelazadas sobre las calzas de color apagado.

—¿Qué otras pruebas puedes ofrecer? —preguntó el cardenal.

Lacy desvió los ojos.

—Pensé sobre ello muchos siglos antes de tomar las primeras medidas —declaró con voz metódica—. Uno adquiere el hábito de ser previsor y saber esperar. Quizá demasiado. Quizá se pierden oportunidades y es demasiado tarde. Pero uno ha aprendido, a veces a un alto precio, monsieur, que este mundo es peligroso y nada en él permanece. Los reyes y las naciones, los papas y los dioses, dicho con todo respeto, pronto caen en el polvo o se disuelven en llamas. Tengo mis provisiones, acumuladas a través de los siglos, tesoros enterrados aquí y allá, trucos para cambiar de identidad, una variedad de habilidades y… mis relicarios. No todos se encuentran en iglesias, ni todos son cofres con pergaminos. Pero en Europa, en el norte de África y en la lejana Asia se hallan las señales que oculté cada vez que pude. Mi idea era que, si surgía una esperanza, yo iría al más cercano de esos escondrijos y recobraría los objetos. Eso me permitiría iniciar mi jugada.

»Si Su Eminencia gusta, puedo describir algunos que sus agentes podrán encontrar. No puedo decir exactamente de qué naturaleza son, y donde se encuentran. En varios casos, al menos, habrán estado allí largo tiempo. En cada caso, pueden verificar que el capitán Jacques Lacy no pudo haber preparado eso durante el medio siglo que lo conocieron los hombres.

Richelieu se acarició la barba.

—Y entretanto aguardarás bajo custodia, rehén de ese material —murmuró—. Sí. Sin duda existe, pues no demuestras síntomas de locura. Por lo tanto no puedes ser un impostor ni un criminal. A menos que seas un hechicero o un demonio.

Una pátina de sudor brilló en la frente de Lacy, quien respondió con firmeza.

—No me lastiman el agua bendita ni el exorcismo. Monsieur puede someterme a la prueba. Descubrirá que sano rápidamente cuando la herida no mata ni mutila totalmente. Vine aquí porque todo lo que averigüé me hizo pensar que monsieur es demasiado sabio (y no digo «misericordioso», monsieur, digo «sabio, esclarecido, inteligente») para recurrir a eso.

—Otros me exhortarán a hacerlo.

—Su Eminencia tiene poder para negarse. Es otra razón por la que vine aquí. He esperado durante siglos a semejante hombre punto clave de la historia.

El gato llegó hasta el pergamino, tendió la pata, lo acarició. El documento se había vuelto a enrollar, y se movió con un susurro. Complacido, el gato brincó de aquí para allá.

Richelieu lo miró con severidad.

—¿Nunca has tenido un protector?

—Una vez, monsieur —suspiró Lacy—. Trescientos años después de mi nacimiento, en Egipto.

—Cuéntame.

—Como muchos fenicios, pues había recobrado esa nacionalidad, navegué al servicio del faraón Psam-metk. Habréis leído algo sobre él, con el nombre de Psamético. Era fuerte y sabio, como monsieur, un hombre que salvó al país del desastre y lo volvió seguro una vez más. Oh, yo no había planeado nada, salvo partir de la manera habitual cuando llegara el momento. Pero ocurrió que este rey era longevo, y reinó más de cincuenta años. Y yo…, bien, estaba en buena situación; y cuando murió mi primera esposa egipcia, me casé con otra y fuimos extraordinariamente felices. Me quedé pues, y el rey al fin vio más allá de las afectaciones con que yo fingía el paso de la edad. Me persuadió de confiar en él, y me tomó bajo su protección. Para él, yo era sagrado, escogido por los dioses para un propósito desconocido pero sin duda elevado. Realizó averiguaciones en todo su reino y otros lugares distantes. Nada resultó de ellas. Como he dicho, los miembros de mi especie han de ser muy raros.

—¿Qué ocurrió al fin?

—Psammetk murió. Lo sucedió su hijo Neco, quien no me amaba. Tampoco me odiaba, supongo, pero la mayoría de los sacerdotes y cortesanos sí, pues me veían como una amenaza para sus posiciones. Era obvio que yo no duraría en el palacio real. En cualquier momento me matarían. Pero el nuevo rey me negó permiso para irme. Creo que temía lo que yo pudiera hacer.

»Bien, se hablaba de despachar una tripulación fenicia para circunnavegar África. Yo me valí de la escasa influencia que me quedaba para que se concretara el proyecto y me incluyeran en él. Un hombre inmortal podía resultar valioso en países remotos. —Lacy se encogió de hombros—. A la primera oportunidad, salté del barco y llegué hasta Europa. Nunca supe si la expedición tuvo éxito. Herodoto afirma que sí, pero a menudo era chapucero con su información.

—Y supongo que toda documentación sobre ti en Egipto habrá desaparecido, si tus enemigos no la expurgaron —dijo Richelieu—. Aunque tampoco sabemos leer los jeroglíficos.

—Deseo que monsieur pueda entender —suplicó Lacy— que rara vez estuve en presencia de los poderosos. Psammetk, Artorius, dos o tres más, pero en general de poco peso; y ahora Su Eminencia. He visto más, pero sólo cuando estaba en una multitud. Siempre me ha convenido mantenerme oculto. Además soy sólo un viejo navegante, sin nada especial que ofrecer. Excepto mis recuerdos —añadió con avidez—. Piense monsieur en lo que significarían para los estudiosos. Y si, bajo la protección de monsieur, atraigo a otros inmortales…, piensa, mi señor, en lo que significaría para Francia.

De nuevo reinó el silencio, excepto por el viento, el río, el tictac de un reloj y el gatito que jugaba con el pergamino. Richelieu reflexionó. Lacy esperó. —¿Qué quieres exactamente de mí? —preguntó al fin el cardenal.

—¡Os lo he dicho, monsieur! Vuestra protección. Un puesto a vuestro servicio. La proclama de lo que soy, y la promesa de que todos mis congéneres tendrán la misma seguridad.

—Todos los malandrines de Europa vendrán aquí.

—Yo sabré qué preguntas hacer, si vuestros hombres cultos no lo saben.

—Sí, supongo que sí.

—Tras algunos escarmientos, dejarán de fastidiar. —Lacy titubeó—. Tampoco sé cómo serán los inmortales. He admitido que mi MacMahon es un sujeto tosco. La otra persona de quien estoy seguro es, o ha sido, una prostituta, si aún vive. Uno sobrevive como puede.

—Pero algunos pueden ser decentes, o arrepentirse. Algunos quizá sean realmente santos…, ermitaños, tal vez. —La voz soñadora de Richelieu pronto se agudizó—. ¿No buscaste ningún otro protector después del rey egipcio, hace más de dos mil años?

—Ya lo he dicho, Eminencia. Uno se vuelve cauto.

—¿Por qué bajas la guardia ahora?

—En parte por vos —respondió Lacy—. Su Eminencia oye muchas adulaciones. No es preciso que dé detalles sobre la llana verdad. Ya la he dicho.

«Pero sólo vos no habría bastado. También espero que los tiempos sean apropiados.

El pergamino se aplastó contra una pata del majestuoso sillón y resistió nuevos ataques. El gatito maulló. Richelieu bajó la vista y tendió la mano.

—¿Desea mi señor…? —Lacy se levantó para recoger al animal y entregárselo. Richelieu cogió la forma peluda en ambas manos y se la apoyó en el regazo donde antes había puesto el pergamino. Lacy hizo una reverencia y se sentó.

—Continúa —dijo el cardenal mientras acariciaba al animalito.

—He observado el decurso de las cosas como puede hacerlo un hombre que está en medio de ellas —dijo Lacy—. He leído libros y he escuchado a los filósofos, y a gente común con ingenio natural. He reflexionado. La inmortalidad es solitaria, monsieur. Deja mucho tiempo para pensar.

»Creo que en los dos o tres últimos siglos un cambio ha sobrevenido en el mundo. No sólo el ascenso o la caída de otro imperio; un cambio tan grande como cuando se pasa de ser niño a hombre, o aun de gusano a mariposa. Los mortales también lo sienten. Hablan de un Renacimiento que comenzó unos mil cuatrocientos años después de Nuestro Señor. Pero yo lo veo con mayor claridad. ¿A qué distancia podían llegar los estafetas del faraón Psam-metk? ¿A cuántos podían hallar que comprendieran las preguntas que yo enviaba sin recular por obra del miedo y la ignorancia? Y era un rey tan poderoso como el que más. Los griegos, los romanos, los bizantinos, los persas, todo el resto, no estaban mucho mejor en lo que hace al conocimiento o los horizontes. Tampoco volví a tener acceso a un gobernante en quien confiara; tampoco había pensado en prepararme para semejante encuentro. Eso vino después.

»Hoy los hombres han circunnavegado el globo; y saben que es un globo. Los descubrimientos de hombres como Copérnico y Galileo… —Notó que Richelieu fruncía el ceño—. Bien, sea como fuere, los hombres aprenden maravillas. Europa viaja hacia un hemisferio totalmente nuevo. En casa, por primera vez desde que cayó Roma, empezamos a tener buenos caminos; se puede viajar deprisa, y en general con seguridad o lo largo de centenares de leguas…, miles, una vez que haya terminado esta guerra. Ante todo, quizá, tenemos la imprenta, y cada año más personas leen, se puede llegar a ellas. ¡Al fin . podemos reunir a los inmortales!

Richelieu acarició al gato, que se estaba adormilando, mientras bajaba las cejas.

—Eso llevará un tiempo considerable —dijo.

—Oh, sí, para los mortales… Perdón, Eminencia.

—No importa —tosió Richelieu—. Sólo Charlot nos oye, así que podemos hablar sin rodeos. ¿De veras crees que la humanidad, digamos aquí en Francia, ha alcanzado la seguridad que te parecía una mera ilusión durante la historia anterior?

Lacy tartamudeó desconcertado.

—N-no, excepto que… Creo que Francia será fuerte y estable durante generaciones. En gran medida gracias a Su Eminencia.

Richelieu tosió de nuevo, llevándose la mano izquierda a la boca mientras sostenía el gato con la derecha.

—No gozo de buena salud, capitán —dijo con voz ronca—. Nunca he gozado de ella. Dios puede llamarme en cualquier momento.

El semblante de Lacy cobró una expresión distante.

—Lo sé —susurró—. Ojalá se conserve entre nosotros muchos años. Pero…

—Tampoco el rey goza de buena salud —interrumpió Richelieu—. Al fin él y la reina han recibido la bendición de un hijo, un varón; pero el príncipe aún no tiene dos años. Cuando él nació yo perdí al padre José, mi consejero de confianza y mi asistente más capaz.

—También lo sé. Pero tenéis a ese hombre de origen italiano, Mazarino, quien es muy parecido a vos.

—Y a quien estoy preparando para que sea mi sucesor. —En la cara de Richelieu se dibujó una sonrisa—. Sí, nos has estudiado con atención.

—Tuve que hacerlo. He aprendido cómo, durante mi estancia en la Tierra. Y también sois previsor. —Lacy habló con prisa—. Os suplico que lo penséis. Necesitaréis tiempo para reflexionar, y para verificar mi historia. Me asombra que la hayáis escuchado con tanta calma. Pero un inmortal, y con el tiempo un grupo de inmortales, al servicio del rey, del rey de hoy, y luego de su hijo, quien reinaría larga y vigorosamente… ¿Imagináis qué significará eso para su gloria, y para la gloria y el poder de Francia?

—No —replicó Richelieu—. Y tú tampoco. Y yo también he aprendido a ser cauto.

—Pero, Eminencia, puedo daros pruebas…

—Silencio —ordenó Richelieu.

Apoyó el codo izquierdo en el brazo del sillón, la barbilla en el puño, y escrutó el vacío, como si viera más allá de las paredes, la provincia, el reino. Con la mano derecha acariciaba dulcemente al gato, éste se durmió y Richelieu apartó los dedos. El viento y el río susurraban. Al fin —el reloj, donde Faetón corría desesperadamente en la desbocada carroza solar de Apolo, había andado casi un cuarto de hora— se movió y miró al otro hombre. Lacy se había vuelto impasible como un oriental. Su rostro cobró vida. Respiraba entrecortadamente.

—No es menester que me moleste en ver tus objetos —suspiró Richelieu—. Doy por sentado que dices la verdad. Eso no cambia las cosas.

—¿Cómo… cómo ha dicho Su Eminencia? —susurró Lacy.

—Dime —continuó Richelieu, casi con amabilidad—, después de lo que has visto y sufrido, ¿de veras crees que hemos alcanzado una situación estable? —N-no —confesó Lacy—. No, creo que todo está cambiando, y esto continuará y nadie puede saber cuál será el final. Pero, a causa de ello, nuestras vidas y las de generaciones venideras serán diferentes de todas las anteriores. Las viejas apuestas quedan canceladas. —Hizo una pausa—. Me he cansado de no tener hogar. No imagináis cuánto. Aprovecharé cualquier oportunidad de escapar.

Richelieu ignoró el lenguaje informal. Tal vez no lo notó. Asintió y dijo como si le hablara a una de sus mascotas.

—Pobre alma. Cuánto valor tienes para aventurarte a esto. O bien, como dices, cuánta fatiga. Pero tú sólo tienes tu vida que perder. Yo tengo millones.

Lacy ladeó la cabeza.

—¿Cómo decís?

—Soy responsable de este reino —dijo Richelieu—. El Santo Padre está viejo y turbado y nunca tuvo dones de estadista. Así que en cierta medida también soy responsable de la fe católica, lo cual equivale a decir la Cristiandad. Muchos piensan que me he entregado al Diablo, y confieso que desprecio la mayoría de los escrúpulos. Pero a fin, de cuentas, soy responsable.

»Tú ves aquí una era de convulsiones, pero también de esperanzas. Quizá tengas razón, pero en tal caso la miras con ojos de inmortal. Yo sólo puedo ver las convulsiones: una guerra devasta las tierras alemanas; un imperio (nuestro enemigo, sí, pero aun así el Sacro Imperio Romano fundado por Carlomagno) que se desangra; el surgimiento de una secta protestante tras otra; cada cual con su propia doctrina, su propio fanatismo; los ingleses recobran el poder; los holandeses lo alcanzan, voraces e implacables, agitación en Rusia, India, China. Dios sabe qué ocurre en las Américas, cañones y mosquetes abaten las antiguas fortalezas, las antiguas fuerzas… ¿pero qué las reemplazará? Para ti, los descubrimientos de los filósofos naturales, los libros y folletos que surgen de las imprentas, son maravillas que traerán una nueva era. Estoy de acuerdo; pero, en mi posición, debo preguntarme cómo será esa era. Debo tratar de estar a su altura, mantenerla bajo control, sabiendo que moriré sin éxito y que quienes me sucedan fracasarán. ¿Cómo te atreves pues a suponer —pregunto incisivamente— que permitiría, alentaría y anunciaría el conocimiento de que existen personas a quienes no afecta la vejez? ¿Debería yo, como diría el doctor Descartes, introducir otro factor ignoto e inmanejable en una ecuación ya insoluble? «Inmanejable.» Es la palabra atinada. La única certidumbre que tengo es que esta chispa encendería mil nuevas locuras religiosas y volvería imposible la paz en Europa por otra generación o más.

»No, capitán cómo-te-llames —finalizó con el tono glacial que el mundo había aprendido a temer—. No quiero saber nada de ti ni de tus inmortales. Francia no quiere saber nada.

Lacy guardó silencio. Ya había sufrido sus reveses.

—¿Puedo intentar persuadir a Su Eminencia de lo contrario, dentro de días o dentro de años? —preguntó.

—No puedes. Tengo demasiado en qué pensar, y muy poco tiempo para ello.

Richelieu se tranquilizó.

—No te preocupes —dijo con una media sonrisa—. Partirás libremente. La cautela me induce a hacerte arrestar y agarrotar al instante. O bien eres un charlatán y lo mereces, o bien eres un peligro mortal y lo requieres. Sin embargo, te considero un hombre sensato que volverá al anonimato. Y te agradezco ese atisbo fascinante de… algo que más vale no tocar. Si pudiera actuar a mi gusto, te quedarías un rato y hablaríamos largamente. Pero eso sería arriesgado para mí y desconsiderado hacia ti. Guardemos pues esta tarde no entre nuestros recuerdos sino entre nuestras fantasías.

Lacy permaneció callado, luego recobró el aliento y respondió:

—Su Eminencia es generoso. ¿Cómo sabe que no traicionaré su confianza para buscar en otra parte?

—¿En qué otra parte? —rió Richelieu—. Has dicho que soy único. La reina de Suecia siente predilección por los personajes extravagantes, es verdad. Pero aún es joven, y por lo que sé de ella, cuando tome el poder te aconsejo sinceramente que te mantengas alejado. Tú ya conoces los riesgos en cualquier otro país que importe. —Arqueó los dedos y continuó con tono didáctico—: De todas maneras, tu plan dejaba que desear desde un principio, y te aconsejo que lo abandones para siempre. Has visto demasiada historia, ¿pero en qué medida has formado parte de ella? Sospecho que yo, en mis breves décadas, he aprendido lecciones que tu nariz, ni siquiera rozó.

»Ve a casa. Te sugiero que reúnas lo necesario para tus hijos y desaparezcas con tu amigo. Inicia una nueva vida, tal vez en el Nuevo Mundo. Evita la tentación, y evítamela a mí. Ni siquiera me la recuerdes. Pues sueñas el sueño de un necio.

—¿Por qué? —graznó Lacy.

—¿No lo has adivinado? Vaya, me defraudas. La esperanza ha triunfado sobre la experiencia. Haz memoria. Recuerda que los reyes guardan animales salvajes en jaulas… y fenómenos en la corte. Oh, si te aceptara, yo sería honesto en mis propósitos, y quizá lo fuera Mazarino después. Pero ¿qué ocurrirá con el joven Luis XIV cuando llegue a la madurez? ¿Qué ocurrirá con cualquier rey, cualquier gobierno? Las excepciones son pocas y fugaces. Aun si los inmortales fuerais una raza de filósofos que también comprendieran cómo gobernar, ¿crees que quienes gobiernan compartirían el poder con vosotros? Y has admitido que sólo sois extraordinarios por vuestra longevidad. Sólo podríais ser animales en un zoológico palaciego, constantemente vigilados por la policía secreta y eliminados en cuanto hablarais más de la cuenta. No, conserva la libertad, a cualquier precio. Me suplicaste que pensara en tu propuesta. Yo te digo que te marches y pienses en mi consejo.

El reloj marcaba el paso del tiempo, se oía el viento y el murmullo del río.

—¿Es la última palabra de Su Eminencia? —preguntó Lacy con voz gutural.

—En efecto —dijo Richelieu.

Lacy se levantó.

—Será mejor que me vaya.

—Ojalá pudiera concederte más tiempo —dijo—, y concedérmelo a mí mismo.

Lacy se le acercó. Richelieu extendió la mano derecha. Se inclinó para besarla y enderezándose dijo:

—Su Eminencia es uno de los hombres más grandes que he conocido.

—En tal caso, Dios se apiade de la humanidad —replicó Richelieu.

—Jamás olvidaré a monsieur.

—Lo tendré en cuenta durante el tiempo que se me conceda. Adiós, vagabundo.

Lacy fue hasta la puerta y llamó. Un guardia abrió, Richelieu le indicó que dejara pasar al hombre y cerrara. Luego se sentó a reflexionar. Los rayos del sol se alargaron. El gato despertó, bajó por la túnica y continuó con su vida.


XII. La última medicina

1

2

<p>XII. La última medicina</p>
<p>1</p>

Los jóvenes jinetes galopaban por la llanura del norte meciéndose como la hierba en el viento. También se mecían los altos girasoles, con pétalos amarillos como la luz que se derramaba por el mundo. La tierra y el cielo no tenían límites. El verde se confundía con el azul en el límite de la visión, y la distancia continuaba hasta más allá de donde podían volar los sueños. Un halcón surcaba el aire, las alas como llamas gemelas. Se elevó una bandada de aves acuáticas, tantas que oscurecieron una parte del cielo.

Los niños que ahuyentaban los cuervos de los campos fueron los primeros en ver a los jóvenes jinetes. El mayor corrió hacia la aldea, sintiéndose importante; pues Inmortal había ordenado que le anunciaran el retorno. Pero cuando el niño atravesó la empalizada y estuvo entre las casas, se desanimó. ¿Quién era él para hablar con el más poderoso de los chamanes? ¿Se atrevería a interrumpir un hechizo o una visión? Las atareadas mujeres notaron su consternación.

—Pequeña Liebre —dijo una—, ¿qué ocurre en tu corazón?

Pero eran sólo mujeres, y los viejos eran sólo viejos, y sin duda éste era un asunto de terrible poder si Inmortal se interesaba tanto.

El niño tragó saliva y enfiló hacia una casa. El tepe pardo se erguía ante él. La puerta daba a un interior cavernoso donde ardía una fogata roja. Las familias que la compartían estaban en otra parte, realizando sus tareas o, si no tenían ninguna, descansando junto al río. Quedaba una persona, la que Pequeña Liebre esperaba ver, un hombre vestido con ropa de mujer, moliendo maíz. El hombre alzó los ojos y dijo con su voz serena:

—¿Qué buscas, niño?

Pequeña Liebre tragó saliva.

—Regresan los cazadores —dijo—. ¿Irás a avisar al chamán, Tres Gansos?

El ruido de la piedra cesó. El berdache se levantó.

—Iré —replicó.

Los que eran como él tenían cierto poder contra lo invisible, quizá porque los espíritus les compensaban así la falta de virilidad. Además, era hijo de Inmortal. Se sacudió restos de comida de la piel de ante, se soltó las trenzas y partió con paso digno. Pequeña Liebre suspiró de alivio antes de regresar a sus tareas. Sentía un cosquilleo de ansiedad. ¡Qué espectáculo darían los jinetes cuando pasaran!

La casa del chamán estaba cerca de la cabaña de medicinas, en el centro de la aldea. Era más pequeña que las demás porque era sólo para él y su familia. Estaba allí con sus esposas. Brillo Cobrizo, la madre de Tres Gansos, estaba sentada fuera, vigilando a las dos pequeñas hijas de Ala de Codorniz, que jugaban al sol. Encorvada y medio ciega, se alegraba de poder ser útil a su edad. En la puerta, Lluvia del Atardecer, que había nacido el mismo invierno que el berdache, ayudaba a su propia hija, Bruma del Alba, a adornar un vestido con plumas teñidas para la inminente boda de la doncella. Saludó al recién llegado y fue a llamar al esposo. Inmortal salió poco después, sujetándose el taparrabo. La joven Ala de Codorniz miró desde dentro con aire desaliñado y feliz.

—Padre —dijo Tres Gansos con el debido respeto, pero sin el temor reverencial propio de los niños como Pequeña Liebre. A fin de cuentas, ese hombre lo había acunado cuando era bebé, le había enseñado a conocer las estrellas, a poner trampas y todo lo que fuera necesario o agradable. Y cuando fue obvio que el joven nunca llegaría a ser un hombre pleno, no lo amó menos sino que aceptó el hecho con la calma de alguien que había visto cientos de vidas perdiéndose en el viento—. Anuncian que la partida de Lobo Corredor viene de regreso.

Inmortal permaneció callado un instante. Frunció el ceño, y una sola arruga le cruzó la cara. El sudor le hacía relucir la piel sobre los tensos músculos como rocío sobre la roca; el pelo era como la roca misma, obsidiana bruñida.

—¿Están seguros de que son ellos? —preguntó.

—¿Y quién más podría ser? —replicó Tres Gansos.

—Enemigos…

—Los enemigos no vendrían tan abiertamente, a plena luz del día. Padre, has oído hablar de los pariki y sus costumbres.

—Oh, claro que sí —murmuró el chamán, como si lo hubiese olvidado y necesitara que se lo recordaran—. Bien, ahora debo darme prisa, pues quiero hablar a solas con los cazadores.

Entró de nuevo en su casa. El berdache y las mujeres intercambiaron miradas inquietas. Inmortal no había estado de acuerdo con la cacería del búfalo, pero Lobo Corredor había reunido a los suyos y había partido deprisa sin dar tiempo para conversar en serio sobre el asunto. Desde entonces Inmortal había meditado, y a veces había llevado aparte a los ancianos, quienes después guardaron silencio. ¿Qué temían?

Pronto reapareció Inmortal. Se había puesto una camisa con fuertes signos grabados con fuego en el cuero. Rizos de pintura blanca le marcaban el semblante; una gorra hecha con la piel de un visón blanco le ceñía la frente. En la mano izquierda llevaba un calabacín con cascabeles, en la mano derecha una vara coronada por el cráneo de un cuervo. Los demás permanecieron aparte, e incluso los niños guardaron silencio. Este ya no era el esposo y padre bondadoso y callado a quien conocían; éste era aquel en quien habitaba un espíritu, el que nunca envejecía, el cual durante las edades había guiado a su gente haciéndola diferente del resto.

Todos callaban mientras caminaba entre las casas. No todos lo miraban con la antigua reverencia. Algunos jóvenes lo seguían con ojos rencorosos.

Atravesó la puerta abierta de la empalizada y las parcelas de maíz, habichuelas y calabazas. La aldea estaba en un risco que daba sobre un río ancho y poco profundo y los álamos de las orillas. Al norte el terreno se curvaba en una vastedad ondulante. Aquí la pradera de hierba corta se transformaba en una llanura de pastos altos. Las sombras se volvían misteriosas sobre las verdes ondas. Los cazadores ya estaban muy cerca. El trepidar de los cascos sacudía la tierra.

Cuando reconoció al hombre a pie, Lobo Corredor dio la orden de alto y frenó. Su mustang relinchó y corcoveó antes de calmarse. Con las perneras contra las costillas del animal, el jinete montaba la bestia como si formara parte de ella. Sus seguidores eran igualmente diestros. Bajo el sol, tanto los hombres como los caballos fulguraban de vitalidad. Algunos empuñaban lanzas, y algunos llevaban arcos y aljabas. Un cuchillo del mejor pedernal colgaba de cada cintura. Llevaban cintas en la cabeza con dibujos de rayos, pájaros de trueno, avispas. De la de Lobo Corredor surgían plumas de águila y grajo. ¿Pensaba que un día echaría a volar?

—Saludos, gran hombre —dijo a regañadientes—. Nos honras.

—¿Cómo ha ido la cacería? —le preguntó Inmortal.

Lobo Corredor señaló hacia las bestias de carga. Traían pieles, cabezas, ancas, lomos, entrañas, vísceras, una abundancia sujetada con cuerdas de cuero. La grasa y la sangre coagulada atraían moscas ahora que estaban detenidos.

—¡Nunca hubo tanta diversión, tanta matanza! —exclamó con euforia—. Dejamos más que esto para los coyotes. Hoy el pueblo comerá hasta hartarse.

—Los espíritus castigarán el despilfarro —advirtió Inmortal.

Lobo Corredor lo miró con ojos entornados.

—¿Qué? ¿Acaso Coyote no se alegra de que también alimentemos a los suyos? Y los búfalos son tan abundantes como las hojas de hierba.

—Un solo incendio puede ennegrecer la tierra…

—Que reverdece con las primeras lluvias.

Se oyeron resuellos cuando el líder se atrevió a interrumpir así al chamán; pero los de la partida no estaban escandalizados. Dos de ellos sonreían. Inmortal ignoró la interrupción, pero su tono se volvió más severo.

—Cuando pasa el búfalo, nuestros hombres van a buscarlo. Primero ofrecen las danzas y sacrificios apropiados. Luego yo explico nuestra necesidad a los fantasmas de las presas, para apaciguarlos. Así ha sido siempre, y hemos prosperado en paz. Vendrán males si abandonamos el antiguo sendero. Te diré qué compensación puedes ofrecer, y te guiaré en ello.

—¿Y volveremos a esperar a que una manada pase cerca de aquí? ¿Trataremos de apartar unos pocos búfalos y matarlos sin que ningún hombre sea herido ni pisoteado? ¿O, con suerte, provocaremos una estampida para que la manada caiga por un precipicio, y veremos como la mayor parte de la carne se pudre antes de que podamos comerla? Si nuestros padres traían poca carne a casa, era porque no podían traer más, ni los perros podían cargar mucho en esas lamentables parihuelas —dijo Lobo Corredor con desdén, sin titubear. Evidentemente, había previsto este enfrentamiento, y había planeado sus palabras.

—Y si las nuevas costumbres traen mala suerte —exclamó Halcón Rojo—, ¿por qué las tribus que las siguen prosperan tanto? ¿Ellos tomarán todo y nosotros nos quedaremos con la carroña?

Lobo Corredor frunció el ceño ordenando silencio. Inmortal suspiró.

—Sabía que hablarías así —le dijo casi con dulzura—. Por tanto te salí al encuentro donde nadie más puede oír. Para un hombre es difícil admitir que se ha equivocado. Juntos hallaremos el modo de enderezar las cosas sin herir tu orgullo. Acompáñame a la cabaña de medicinas, y buscaremos una visión.

Lobo Corredor se irguió contra el cielo.

—¿Visión? —exclamó—. He tenido la mía, viejo, bajo las altas estrellas después de un día de cabalgar con el viento. Vi riquezas desbordantes, hazañas que los hombres recordarán durante más tiempo del que tú has vivido, gloria, maravillas. Nuestros dioses hollan estas tierras, recién salidos de las manos del Creador y montan caballos cuyos cascos suenan como el trueno y despiden rayos. ¡A ti te corresponde hacer la paz con ellos!

Inmortal alzó la vara y sacudió el cascabel. Los rostros se turbaron. Los caballos resoplaron, corcovearon, patearon el suelo.

—No quería ofenderte, gran hombre —se apresuró a decir Lobo Corredor—. Tú deseas que hablemos sin temor y sin alarde, ¿no? Bien, si he hablado con altanería, lo lamento. —Irguió la cabeza—. No obstante, tuve ese sueño. Lo he contado a mis camaradas, y ellos me creen.

Los objetos mágicos del chamán apuntaron a la tierra. Inmortal permaneció inmóvil un rato, oscuro entre la luz del sol y la hierba.

—Debemos hablar más y hallar el significado de lo que ha ocurrido —dijo en voz baja.

—Claro que sí —dijo Lobo Corredor, con alivio y amabilidad—. Mañana. Ven, gran hombre, déjame prestarte mi caballo favorito, y yo caminaré mientras tú entras cabalgando en la aldea. Ahí nos bendecirás como siempre has bendecido a los cazadores que regresan.

—No. —Inmortal se alejó.

Permanecieron callados, perturbados, hasta que Lobo Corredor se echó a reír. Hacía honor a su nombre, pues la risa parecía el aullido del lobo en las comarcas boscosas del este.

—La alegría de nuestro pueblo será bendición suficiente. ¡Y para nosotros las mujeres, más ardientes que sus fogatas! —dijo.

La mayoría rió de mala gana, pero aun así se sintieron alentados. Con Lobo Corredor al frente, azuzaron a los caballos y se lanzaron al galope. Dejaron atrás el chamán, sin mirarlo.

Cuando llegó a la aldea, Inmortal encontró una algarabía. La gente rodeaba la partida, gritaban, daban vivas y festejaban. Los perros aullaban. No sólo había carne en abundancia, sino grasa, hueso, cuerno, tripas, tendones, todo lo que necesitaban para fabricar las cosas que deseaban. Y esto era apenas el comienzo. Las pieles se transformarían en cubiertas para los tipis, cuando no las trocaran en el este por estacas, y familias enteras podían moverse hacia donde desearan, cazar, desollar, curtir, preservar, antes de pasar a la próxima cacería, y la siguiente…

—No de la noche a la mañana —advirtió Lobo Corredor. Luego habló con voz estentórea, por encima del alboroto—. Aún tenemos pocos caballos. Y primero debemos cuidar de éstos que nos han servido bien. —Con tono triunfal—: Pero pronto tendremos mas. Cada hombre tendrá el suyo.

Alguien aulló, otro lo imitó, y pronto la tribu entera se puso a aullar: gritando su signo, su nombre, su futuro liderazgo.

Inmortal pasó de largo. Pocos repararon en él, y desviaron los ojos avergonzados antes de continuar la celebración con entusiasmo.

Las esposas e hijos más pequeños de Inmortal estaban de pie fuera de la casa. Desde allí no podían ver la multitud, pero oían los gritos. Ala de Codorniz miraba hacia allá con curiosidad. Era poco más que una niña. Inmortal se detuvo frente a ellos. Entreabrieron los labios, pero nadie habló.

—Habéis sido buenos al esperar aquí —dijo Inmortal—. Ahora podéis reuniros con los demás, ayudar a preparar la comida, compartir la fiesta.

—¿Y tú? —preguntó Lluvia del Atardecer.

—No lo he prohibido —dijo él con amargura—. ¿Cómo podría hacerlo?

—Te opusiste a los caballos, te opusiste a la cacería —anunció con voz trémula Brillo Cobrizo—. ¿Qué locura los posee que ya no te escuchan?

—Ya aprenderán —declaró Lluvia del Atardecer.

—Agradezco que pronto hallaré confortación con la muerte —dijo Brillo Cobrizo tendiendo una mano nudosa hacia Inmortal—. Pero tú, querido mío, deberás soportar esa afrenta.

Ala de Codorniz miró a sus hijos y se estremeció.

—Id —dijo el hombre—. Disfrutadlo. Además, será prudente. No debemos crear divisiones en el pueblo. Eso podrá destruirlo. Siempre he procurado mantenerlo unido.

Lluvia del Atardecer lo estudió.

—Pero ¿tú te mantendrás aparte?

—Trataré de pensar qué se debe hacer —respondió, y entró en la cabaña de medicinas. Preocupados, tardaron un poco en irse. La inseguridad de Inmortal, a quien habían desafiado, era un golpe en el corazón de todas sus creencias.

Con la entrada hacia el sol naciente, la cabaña se había vuelto sombría a esta hora del día. La luz de la puerta y el agujero del techo se perdían en las sombras que envolvían el suelo circular y las paredes. Los objetos mágicos eran borrones, destellos, bultos agazapados.

<p>2</p>

Inmortal puso estiércol de búfalo en la cavidad central. Trabajó con la barrena y la leña hasta que ardieron las llamas. Tras cubrir el fuego, llenó su calumet con tabaco que los mercaderes traían desde lejos, la encendió, aspiró y dejó que el aturdimiento sagrado lo llevara a la meditación.

No veía con claridad. Se alegró cuando una forma oscureció la entrada. Para entonces el sol estaba sobre el lado del horizonte que él no podía ver. La luz teñía de amarillo el humo denso y aromático que flotaba sobre las fogatas. El bullicio de la celebración era fuerte y remoto a la vez, casi irreal.

—¿Padre? —susurró una voz.

—Entra —dijo Inmortal—. Bienvenido.

Tres Gansos se agachó, entró, se sentó al otro lado de la cavidad. La cara era apenas visible, surcada por las arrugas de la acechante vejez, llena de la preocupación que un berdache podía manifestar sin vergüenza.

—Esperaba que me acogieras aquí, padre.

—¿Por qué? —preguntó Inmortal—. ¿Alguien te ha ofendido?

—No, no. Todos están alegres. —Tres Gansos hizo una mueca—. Eso es lo que me duele. Aun los viejos parecen haber renunciado a las dudas.

—Excepto tú.

—Y tal vez algunos más. ¿Cómo saberlo? El corazón de muchas mujeres está con nosotros, pero los hombres las arrastran. Y sin duda Lobo Corredor y los suyos han traído un gran botín.

—Promete mucho más para el futuro.

Tres Gansos gruñó una afirmación.

—¿Por qué no compartes esas esperanzas? —le preguntó Inmortal.

—Tú eres mi padre, y siempre has sido bondadoso conmigo —dijo el berdache—. Temo que habrá poca bondad en el mañana que nos promete Lobo Corredor.

—Por lo que sabemos sobre las tribus que han seguido el camino del caballo, así es.

—He oído decir a los hombres, cuando lograba oír sus conversaciones, que algunas están obligadas a ello.

—Es verdad. Son expulsadas hacia la pradera desde sus antiguos hogares, las tierras boscosas del este, por invasores que vienen desde más al este. Dicen que esos invasores usan armas horrendas que escupen rayos. Las reciben de los extranjeros de piel pálida sobre los parki, han adoptado el caballo por propia voluntad, y vienen desde el oeste, desde aquellas montañas.

»No tenían por qué hacerlo. Nosotros no tenemos por qué hacerlo. He hablado con viajeros, traficantes, todos los que traen noticias del exterior. Al norte, los arikara, los hidatsa y los mandan siguen las antiguas tradiciones. Conservan la fuerza, el bienestar, la satisfacción. Preferiría que nosotros hiciéramos lo mismo.

—He hablado con dos o tres de los jóvenes que trajeron caballos a pesar de tu consejo, padre —dijo Tres Gansos—. Uno de ellos salió con Lobo Corredor, primero para practicar; luego en la cacería de búfalos. Dice que no se propone faltar el respeto ni dar por tierra con nada. Sólo quiere lo que hay de bueno para nosotros en las nuevas costumbres.

—Lo sé. También sé que no se puede escoger. El cambio es un hato de medicinas. Lo rechazas todo, o aceptas todo.

—Padre —dijo Tres Gansos, la voz afinada por el pesar—, no cuestiono tu sabiduría, pero sé que algunos la ponen en duda. Se preguntan si puedes entender el cambio, tú que vives al margen del tiempo.

Inmortal sonrió tristemente en la penumbra.

—Qué extraño, hijo mío. Sólo ahora, cuando te acercas al final de tus días, hablamos con entera confianza. —Aspiró el aire—. Bien, rara vez hablo de mi juventud. Fue hace tanto tiempo que parece un sueño olvidado. Pero en mi infancia mi padre hablaba de la sequía de muchos años, que obligó a nuestro pueblo a emigrar hacia el este desde las tierras altas, para hallar aquí un hogar mejor. Aún aprendíamos a ser un pueblo de las planicies cuando llegué a ser hombre. Entonces no sabía que era lo que soy. No, esperaba envejecer y tenderme a reposar en la tierra como todos los demás. Cuando poco a poco comprendimos que no era así… ¿qué cambio más estremecedor puedes imaginar? Como era claro que los dioses me habían elegido, debí buscar al chamán, pedirle que me instruyera, pasar de ser hombre a ser discípulo, y luego de padre de familia a chamán. Y los años volaban deprisa. Vi nacer niñas a quienes desposé cuando crecieron y a quienes sepulté cuando murieron, junto con los hijos. Vi más tribus que llegaban a las llanuras, y estalló la guerra entre ellas. ¿Sabes que fue sólo en la infancia de tu madre cuando decidimos construir la empalizada?

—Es verdad, cierto temor por mí ha contribuido a ahuyentar a los enemigos, pero… Lobo Corredor ha tenido una visión de nuevos dioses.

»Sí, hijo mío —rió con fatiga—. He conocido el cambio. He sentido que el tiempo corría como un río caudaloso, arrastrando en su torrente esperanzas naufragadas. ¿Ahora entiendes por qué intento prevenir a mi pueblo contra el cambio?

—Deben escucharte —gruñó Tres Gansos—. Haz una medicina que les abra los ojos y les destape los oídos.

—¿Quién puede preparar una medicina contra el tiempo?

—Si alguien puede, padre, ése eres tú. —El berdache se abrazó el cuerpo y tiritó, aunque el aire todavía estaba templado—. Llevamos una vida buena, una vida dichosa. ¡Haz que continúe!

—Lo intentaré —dijo Inmortal—. Déjame a solas con los espíritus. —Extendió los brazos—. Pero antes permíteme abrazarte, hijo mío.

El cuerpo viejo y frío tembló contra la carne firme y tibia, luego Tres Gansos dijo adiós y se marchó. Inmortal permaneció inmóvil mientras los rescoldos se apagaban y la noche brotaba de la tierra. El ruido continuaba, tambores, cánticos, pies brincando alrededor de una gran hoguera. Creció cuando la puerta resplandeció de nuevo. Había despuntado la luna llena. Ese gris se volvió negro cuando la luna subió más, aunque fuera el suelo permaneció blanco. Al fin los festejos se acallaron hasta que el silencio tendió su manto sobre la aldea.

No había acudido ninguna visión. Tal vez acudiera un sueño. Había oído que los hombres de las tribus nómadas a menudo se torturaban con la esperanza de invocar así los espíritus. Él se atendría a las antiguas armonías naturales. Durmió sobre pieles apiladas, echándose una encima.

Las estrellas surcaron el cielo. El rocío titiló en el frío profundo. Los coyotes callaron. Sólo el río murmuraba a lo largo de las orillas, al pie de los álamos, alrededor de los bancos de arena, escapando de la luna en descenso.

Lentamente, las estrellas del este palidecieron mientras esa parte del cielo se aclaraba.

Los cascos que se acercaban apenas rompieron la quietud. Desmontaron jinetes, dejaron sus animales a cargo de compañeros escogidos y se acercaron a pie.

Se proponían robar los caballos atados fuera de la empalizada. Un niño que montaba guardia los vio y corrió hacia la puerta. Gritó una advertencia hasta que un guerrero lo alcanzó. Un lanzazo lo abatió. Pequeña Liebre gorgoteó a través de la sangre que le inundaba la boca. Pataleó hasta caer hecho un guiñapo. Gritos de guerra desgarraron el alba.

—¡Afuera! —rugió Lobo Corredor frente a su casa—. ¡Es un ataque! ¡Salvad los caballos!

Fue el primero en salir a campo abierto, pero los hombres lo seguían en un enjambre, casi desnudos, empuñando las armas que habían cogido. Los forasteros se lanzaron sobre ellos. Se oyeron palabras extranjeras. Silbaron flechas. Los hombres gritaban al caer; con menos dolor que furia. Lobo Corredor empuñaba un tomahawk. Buscó al grueso del enemigo y atacó como un tornado.

Los aldeanos, aunque desconcertados, superaban en número a los atacantes. El líder pariki ladró órdenes, agitando la lanza. Sus guerreros se reunieron alrededor de él. Como un solo hombre, apartaron a los defensores y entraron por la puerta abierta.

La luz del alba se intensificó. Como perros de la pradera, las mujeres, los niños y los viejos se recluyeron en las casas. Los pariki rieron y los persiguieron.

Lobo Corredor perdió tiempo en reunir a sus consternados guerreros. Mientras tanto, los pariki se adueñaban de lo que podían —una mujer o un niño, finas pieles, una túnica de búfalo, una camisa con coloridas plumas— y se juntaron en el camino que conducía a la puerta.

Un guerrero encontró a una bella joven con una mujer madura y una vieja en la casa más pequeña, cerca de una cabaña redonda. Ella gimió y le arañó los ojos. Él le sujetó las muñecas contra la espalda y la arrastró, a pesar de sus forcejeos y de los esfuerzos de las otras para detenerlo. Un hombre salió de la cabaña. Estaba desarmado, salvo por una vara y un cascabel. Cuando los sacudió, el guerrero aulló y lo amenazó con el tomahawk. El hombre tuvo que retroceder. El atacante y su presa se reunieron con el resto de los enemigos.

Los hombres de Lobo Corredor se agruparon en la entrada. A sus espaldas, los pariki que cuidaban los caballos llegaron al galope, con las bestias libres sujetas con cuerdas. Los aldeanos se dispersaron. Los atacantes cogieron las crines, montaron de un brinco, llevando consigo el botín o los cautivos. Los hombres que ya estaban montados ayudaron a los camaradas heridos y recogieron a tres o cuatro muertos.

Lobo Corredor aullaba, alentando a su gente. No les quedaban flechas, pero al menos logró reunir hombres suficientes para que el enemigo no intentara atacar de nuevo. Los pariki cabalgaron hacia el oeste, llevándose sus trofeos. Aturdidos de horror; los aldeanos no los persiguieron.

Despuntó el sol. La sangre relucía.

Inmortal inspeccionó el campo de batalla. La gente estaba atareada. Algunos mutilaron dos cadáveres que el enemigo no había recobrado, para que sus fantasmas erraran para siempre en las tinieblas; esas personas lamentaban no tener prisioneros vivos para matarlos con torturas. Otros atendían a sus propios muertos. Tres Gansos estaba entre los que cuidaban a los heridos. Sus manos calmaban la angustia; su voz serena ayudaba a los hombres a contener los gritos.

Inmortal se reunió con él. Las artes curativas formaban parte de la sabiduría del chamán.

—Padre —dijo el berdache—, creo que te necesitamos más para que prepares medicinas contra nuevos infortunios.

—No sé si me queda poder para ello —replicó Inmortal.

Tres Gansos hundió una lanza en un hombre, hasta que la cabeza salió por atrás y pudo sacarla del todo. La sangre manaba, las moscas zumbaban. Tapó el orificio con hierba.

—Me avergüenza no haber participado en la lucha —murmuró.

—Hace tiempo que no eres joven, y la lucha nunca fue para ti —dijo Inmortal—. Pero yo…, bien, me cogió por sorpresa, y he olvidado lo que alguna vez supe sobre el combate.

Lobo Corredor se acercó, evaluando los daños. Oyó la conversación.

—Ninguno de nosotros sabía nada —rezongó. Nos irá mejor la próxima vez.

Tres Gansos se mordió el labio. Inmortal calló. Después cumplió con sus deberes de chamán. Con su discípulo, que el día anterior no se le había acercado, celebró los ritos para los caídos, obró hechizos para que cerraran las heridas, hizo ofrendas a los espíritus.

Un anciano se armó de coraje para preguntarle por qué no buscaba presagios.

—El futuro se ha vuelto muy extraño —respondió Inmortal, para sorpresa del viejo. Al atardecer fue a consolar a los hijos de Ala de Codorniz por la captura de la madre, antes de regresar a solas a la cabaña de medicinas.

La mañana siguiente enterraron a los muertos. Luego bailaron en su honor. Pero antes los hombres se juntaron en un sitio que había conocido reuniones más felices. Lobo Corredor lo había exigido —no un consejo de ancianos que buscara con calma un acuerdo, sino todos los hombres que pudieran caminar— y nadie se atrevió a contradecirlo.

Se reunieron ante una loma cerca del linde del risco. Desde allí se veía, al este, el ancho y pardo río con sus álamos, los únicos árboles a la vista; al este de la empalizada, los campos apiñados, con viejos y gastados túmulos funerarios; en otras partes, rutilantes hierbas verdes y blancas que ondeaban bajo el viento ululante. Las nubes pasaban proyectando sombras contra la cruda luz del sol. Negras cabezas de tormenta acechaban en el oeste. Desde aquí, las obras del hombre parecían meros hormigueros, desprovistos de vida. Sólo los caballos se movían a la distancia. Tironeaban de las cuerdas, ansiosos de liberarse.

Lobo Corredor subió a la loma y alzó un brazo.

—Oídme, hermanos míos —dijo. Arropado en una túnica de búfalo, parecía más alto de lo que era. Se había abierto tajos en las mejillas en señal de duelo y se había pintado franjas negras en la cara en señal de venganza. El viento le agitaba el penacho de plumas—. Sabemos cuánto hemos sufrido —dijo a los ojos y almas que lo escrutaban—. Ahora debemos pensar por qué ocurrió y cómo impediremos que ocurra de nuevo.

»Las respuestas son simples. Tenemos pocos caballos. Tenemos pocos hombres que sepan cazar con ellos, y no tenemos guerreros avezados. Somos pobres y estamos solos, apiñados dentro de nuestras míseras paredes, viviendo de nuestras magras cosechas. Entretanto, otras tribus cabalgan para coger la riqueza de las llanuras. Nutridas con carne, se fortalecen. Pueden alimentar muchas bocas, y así engendrar muchos hijos varones, que luego se convierten en jinetes cazadores. Tienen el tiempo y las agallas para aprender a guerrear. Sus tribus están muy desperdigadas, pero los unen orgullosas fraternidades, ligadas por juramentos. ¿Debe asombrarnos que seamos su presa?

Lanzó una dura mirada a Inmortal, quien estaba en la fila delantera, al pie de la loma. El chamán se la devolvió con ojos firmes pero inexpresivos.

—Durante varios años se contuvieron —dijo Lobo Corredor—. Sabían que entre nosotros había un lleno del poder de los espíritus. No obstante, un puñado de jóvenes, al fin, decidió intentar una incursión. Creo que algunos de ellos tuvieron visiones. Las visiones acuden fácilmente al que cabalga día tras día por espacios desiertos y acampa noche tras noche bajo los cielos constelados de estrellas. Tal vez se exhortaron unos a otros. Supongo que sólo querían nuestros caballos. La lucha fue muy sangrienta porque nosotros ignorábamos cómo librarla. Esto también debemos aprenderlo.

»Pero lo que han descubierto los pariki, y lo que pronto sabrán todos los que recorren las praderas, es que hemos perdido nuestra defensa. ¿Qué nueva medicina tenemos?

Se cruzó de brazos.

—Te pregunto, gran Inmortal, ¿qué nueva medicina puedes preparar? —dijo.

Lentamente, se hizo a un lado.

Los hombres susurraron bajo la humedad helada que descendía de las nubes. Clavaron los ojos en el chamán, quien permaneció quieto un instante. Luego subió a la loma y se encaró a Lobo Corredor.

No se había puesto ornamentos, sólo la ropa de piel de ante. Al lado del otro hombre, parecía enclenque, un ser sin vitalidad. Pero habló con firmeza.

—Primero déjame preguntarte, a ti que no respetas a los ancianos, déjame preguntarte qué deseas que haga tu pueblo.

—¡Ya lo he dicho! —declaró Lobo Corredor—. Debemos conseguir más caballos. Podemos criarlos, comprarlos, capturarlos y, sí, también robarlos. Debemos ganar nuestra parte de las riquezas de las praderas. Debemos dominar las artes de la guerra. Debemos buscar aliados, formar fraternidades, ocupar nuestro sitio legítimo entre los pueblos que hablan las lenguas lakotan. Y debemos comenzar de inmediato, antes de que sea tarde.

—Así es tu comienzo —murmuró Inmortal—. El final es que abandonarás tu hogar y las tumbas de tus antepasados. No tendrás más morada que vuestros tipis, y seréis vagabundos en la tierra, como el búfalo, el coyote y el viento.

—Quizá —replicó Lobo Corredor con la misma firmeza—. ¿Qué tiene de malo?

Corrió un murmullo entre la mayoría de los presentes; pero varios jóvenes cabecearon como caballos.

—Sé respetuoso —chilló un viejo, nieto del chamán—. Él es todavía el Inmortal.

Lo es —admitió Lobo Corredor—. He dicho lo que había en mi corazón. Si es erróneo, dilo. Entonces dinos qué hacer.

Sólo él oyó la respuesta. El resto la adivinó, y algunos lucharon con el terror mientras otros meditaban y otros temblaban como en una cacería.

—No puedo.

Inmortal se alejó de Lobo Corredor y echó a andar hacia los reunidos. Elevó la voz, y cada palabra cayo como una piedra.

—Ya no tengo nada que hacer aquí. No tengo más medicina. Antes que vosotros hubierais nacido, me llegaron rumores sobre estas nuevas criaturas, los caballos, y los extraños hombres que habían cruzado grandes aguas dominando el rayo. Con el tiempo los caballos llegaron a nuestra comarca, y lo que yo temía comenzó a ocurrir. Hoy está hecho. Nadie sabe qué resultará de ello. Todo lo que yo sabía se me ha disuelto entre los dedos.

»Debáis cambiar o no (y quizá debáis hacerlo, pues no sois suficientes para defender un campamento), cambiaréis, pueblo mío. Muchos de vosotros lo desean, y arrastrarán a los demás. Yo ya no puedo. El tiempo me ha alcanzado. —Alzó la mano—. Con mi bendición, pues, dejadme ir.

—¿Ir? —exclamó Lobo Corredor—. ¡Claro que no! Siempre has sido nuestro.

Inmortal apenas sonrió.

—Si algo he aprendido durante tantas generaciones —dijo—, es que no hay «siempre».

—¿Pero adónde irías? ¿cómo?

—Mi discípulo puede llevar a cabo lo necesario, hasta que consiga medicina más fuerte de las tribus guerreras. Mis hijos crecidos se encargarán del bienestar de mis dos esposas viejas y mis hijos pequeños. En cuanto a mi, creo que viajaré a solas en busca de renovación, o bien de la muerte y el final de mis afanes. —Rodeado por el silencio, concluyó—: Os serví bien mientras pude. Ahora dejadme partir.

Caminó cuesta abajo, alejándose sin mirar atrás.


1

<p>1</p>

Los jóvenes jinetes galopaban por la llanura del norte meciéndose como la hierba en el viento. También se mecían los altos girasoles, con pétalos amarillos como la luz que se derramaba por el mundo. La tierra y el cielo no tenían límites. El verde se confundía con el azul en el límite de la visión, y la distancia continuaba hasta más allá de donde podían volar los sueños. Un halcón surcaba el aire, las alas como llamas gemelas. Se elevó una bandada de aves acuáticas, tantas que oscurecieron una parte del cielo.

Los niños que ahuyentaban los cuervos de los campos fueron los primeros en ver a los jóvenes jinetes. El mayor corrió hacia la aldea, sintiéndose importante; pues Inmortal había ordenado que le anunciaran el retorno. Pero cuando el niño atravesó la empalizada y estuvo entre las casas, se desanimó. ¿Quién era él para hablar con el más poderoso de los chamanes? ¿Se atrevería a interrumpir un hechizo o una visión? Las atareadas mujeres notaron su consternación.

—Pequeña Liebre —dijo una—, ¿qué ocurre en tu corazón?

Pero eran sólo mujeres, y los viejos eran sólo viejos, y sin duda éste era un asunto de terrible poder si Inmortal se interesaba tanto.

El niño tragó saliva y enfiló hacia una casa. El tepe pardo se erguía ante él. La puerta daba a un interior cavernoso donde ardía una fogata roja. Las familias que la compartían estaban en otra parte, realizando sus tareas o, si no tenían ninguna, descansando junto al río. Quedaba una persona, la que Pequeña Liebre esperaba ver, un hombre vestido con ropa de mujer, moliendo maíz. El hombre alzó los ojos y dijo con su voz serena:

—¿Qué buscas, niño?

Pequeña Liebre tragó saliva.

—Regresan los cazadores —dijo—. ¿Irás a avisar al chamán, Tres Gansos?

El ruido de la piedra cesó. El berdache se levantó.

—Iré —replicó.

Los que eran como él tenían cierto poder contra lo invisible, quizá porque los espíritus les compensaban así la falta de virilidad. Además, era hijo de Inmortal. Se sacudió restos de comida de la piel de ante, se soltó las trenzas y partió con paso digno. Pequeña Liebre suspiró de alivio antes de regresar a sus tareas. Sentía un cosquilleo de ansiedad. ¡Qué espectáculo darían los jinetes cuando pasaran!

La casa del chamán estaba cerca de la cabaña de medicinas, en el centro de la aldea. Era más pequeña que las demás porque era sólo para él y su familia. Estaba allí con sus esposas. Brillo Cobrizo, la madre de Tres Gansos, estaba sentada fuera, vigilando a las dos pequeñas hijas de Ala de Codorniz, que jugaban al sol. Encorvada y medio ciega, se alegraba de poder ser útil a su edad. En la puerta, Lluvia del Atardecer, que había nacido el mismo invierno que el berdache, ayudaba a su propia hija, Bruma del Alba, a adornar un vestido con plumas teñidas para la inminente boda de la doncella. Saludó al recién llegado y fue a llamar al esposo. Inmortal salió poco después, sujetándose el taparrabo. La joven Ala de Codorniz miró desde dentro con aire desaliñado y feliz.

—Padre —dijo Tres Gansos con el debido respeto, pero sin el temor reverencial propio de los niños como Pequeña Liebre. A fin de cuentas, ese hombre lo había acunado cuando era bebé, le había enseñado a conocer las estrellas, a poner trampas y todo lo que fuera necesario o agradable. Y cuando fue obvio que el joven nunca llegaría a ser un hombre pleno, no lo amó menos sino que aceptó el hecho con la calma de alguien que había visto cientos de vidas perdiéndose en el viento—. Anuncian que la partida de Lobo Corredor viene de regreso.

Inmortal permaneció callado un instante. Frunció el ceño, y una sola arruga le cruzó la cara. El sudor le hacía relucir la piel sobre los tensos músculos como rocío sobre la roca; el pelo era como la roca misma, obsidiana bruñida.

—¿Están seguros de que son ellos? —preguntó.

—¿Y quién más podría ser? —replicó Tres Gansos.

—Enemigos…

—Los enemigos no vendrían tan abiertamente, a plena luz del día. Padre, has oído hablar de los pariki y sus costumbres.

—Oh, claro que sí —murmuró el chamán, como si lo hubiese olvidado y necesitara que se lo recordaran—. Bien, ahora debo darme prisa, pues quiero hablar a solas con los cazadores.

Entró de nuevo en su casa. El berdache y las mujeres intercambiaron miradas inquietas. Inmortal no había estado de acuerdo con la cacería del búfalo, pero Lobo Corredor había reunido a los suyos y había partido deprisa sin dar tiempo para conversar en serio sobre el asunto. Desde entonces Inmortal había meditado, y a veces había llevado aparte a los ancianos, quienes después guardaron silencio. ¿Qué temían?

Pronto reapareció Inmortal. Se había puesto una camisa con fuertes signos grabados con fuego en el cuero. Rizos de pintura blanca le marcaban el semblante; una gorra hecha con la piel de un visón blanco le ceñía la frente. En la mano izquierda llevaba un calabacín con cascabeles, en la mano derecha una vara coronada por el cráneo de un cuervo. Los demás permanecieron aparte, e incluso los niños guardaron silencio. Este ya no era el esposo y padre bondadoso y callado a quien conocían; éste era aquel en quien habitaba un espíritu, el que nunca envejecía, el cual durante las edades había guiado a su gente haciéndola diferente del resto.

Todos callaban mientras caminaba entre las casas. No todos lo miraban con la antigua reverencia. Algunos jóvenes lo seguían con ojos rencorosos.

Atravesó la puerta abierta de la empalizada y las parcelas de maíz, habichuelas y calabazas. La aldea estaba en un risco que daba sobre un río ancho y poco profundo y los álamos de las orillas. Al norte el terreno se curvaba en una vastedad ondulante. Aquí la pradera de hierba corta se transformaba en una llanura de pastos altos. Las sombras se volvían misteriosas sobre las verdes ondas. Los cazadores ya estaban muy cerca. El trepidar de los cascos sacudía la tierra.

Cuando reconoció al hombre a pie, Lobo Corredor dio la orden de alto y frenó. Su mustang relinchó y corcoveó antes de calmarse. Con las perneras contra las costillas del animal, el jinete montaba la bestia como si formara parte de ella. Sus seguidores eran igualmente diestros. Bajo el sol, tanto los hombres como los caballos fulguraban de vitalidad. Algunos empuñaban lanzas, y algunos llevaban arcos y aljabas. Un cuchillo del mejor pedernal colgaba de cada cintura. Llevaban cintas en la cabeza con dibujos de rayos, pájaros de trueno, avispas. De la de Lobo Corredor surgían plumas de águila y grajo. ¿Pensaba que un día echaría a volar?

—Saludos, gran hombre —dijo a regañadientes—. Nos honras.

—¿Cómo ha ido la cacería? —le preguntó Inmortal.

Lobo Corredor señaló hacia las bestias de carga. Traían pieles, cabezas, ancas, lomos, entrañas, vísceras, una abundancia sujetada con cuerdas de cuero. La grasa y la sangre coagulada atraían moscas ahora que estaban detenidos.

—¡Nunca hubo tanta diversión, tanta matanza! —exclamó con euforia—. Dejamos más que esto para los coyotes. Hoy el pueblo comerá hasta hartarse.

—Los espíritus castigarán el despilfarro —advirtió Inmortal.

Lobo Corredor lo miró con ojos entornados.

—¿Qué? ¿Acaso Coyote no se alegra de que también alimentemos a los suyos? Y los búfalos son tan abundantes como las hojas de hierba.

—Un solo incendio puede ennegrecer la tierra…

—Que reverdece con las primeras lluvias.

Se oyeron resuellos cuando el líder se atrevió a interrumpir así al chamán; pero los de la partida no estaban escandalizados. Dos de ellos sonreían. Inmortal ignoró la interrupción, pero su tono se volvió más severo.

—Cuando pasa el búfalo, nuestros hombres van a buscarlo. Primero ofrecen las danzas y sacrificios apropiados. Luego yo explico nuestra necesidad a los fantasmas de las presas, para apaciguarlos. Así ha sido siempre, y hemos prosperado en paz. Vendrán males si abandonamos el antiguo sendero. Te diré qué compensación puedes ofrecer, y te guiaré en ello.

—¿Y volveremos a esperar a que una manada pase cerca de aquí? ¿Trataremos de apartar unos pocos búfalos y matarlos sin que ningún hombre sea herido ni pisoteado? ¿O, con suerte, provocaremos una estampida para que la manada caiga por un precipicio, y veremos como la mayor parte de la carne se pudre antes de que podamos comerla? Si nuestros padres traían poca carne a casa, era porque no podían traer más, ni los perros podían cargar mucho en esas lamentables parihuelas —dijo Lobo Corredor con desdén, sin titubear. Evidentemente, había previsto este enfrentamiento, y había planeado sus palabras.

—Y si las nuevas costumbres traen mala suerte —exclamó Halcón Rojo—, ¿por qué las tribus que las siguen prosperan tanto? ¿Ellos tomarán todo y nosotros nos quedaremos con la carroña?

Lobo Corredor frunció el ceño ordenando silencio. Inmortal suspiró.

—Sabía que hablarías así —le dijo casi con dulzura—. Por tanto te salí al encuentro donde nadie más puede oír. Para un hombre es difícil admitir que se ha equivocado. Juntos hallaremos el modo de enderezar las cosas sin herir tu orgullo. Acompáñame a la cabaña de medicinas, y buscaremos una visión.

Lobo Corredor se irguió contra el cielo.

—¿Visión? —exclamó—. He tenido la mía, viejo, bajo las altas estrellas después de un día de cabalgar con el viento. Vi riquezas desbordantes, hazañas que los hombres recordarán durante más tiempo del que tú has vivido, gloria, maravillas. Nuestros dioses hollan estas tierras, recién salidos de las manos del Creador y montan caballos cuyos cascos suenan como el trueno y despiden rayos. ¡A ti te corresponde hacer la paz con ellos!

Inmortal alzó la vara y sacudió el cascabel. Los rostros se turbaron. Los caballos resoplaron, corcovearon, patearon el suelo.

—No quería ofenderte, gran hombre —se apresuró a decir Lobo Corredor—. Tú deseas que hablemos sin temor y sin alarde, ¿no? Bien, si he hablado con altanería, lo lamento. —Irguió la cabeza—. No obstante, tuve ese sueño. Lo he contado a mis camaradas, y ellos me creen.

Los objetos mágicos del chamán apuntaron a la tierra. Inmortal permaneció inmóvil un rato, oscuro entre la luz del sol y la hierba.

—Debemos hablar más y hallar el significado de lo que ha ocurrido —dijo en voz baja.

—Claro que sí —dijo Lobo Corredor, con alivio y amabilidad—. Mañana. Ven, gran hombre, déjame prestarte mi caballo favorito, y yo caminaré mientras tú entras cabalgando en la aldea. Ahí nos bendecirás como siempre has bendecido a los cazadores que regresan.

—No. —Inmortal se alejó.

Permanecieron callados, perturbados, hasta que Lobo Corredor se echó a reír. Hacía honor a su nombre, pues la risa parecía el aullido del lobo en las comarcas boscosas del este.

—La alegría de nuestro pueblo será bendición suficiente. ¡Y para nosotros las mujeres, más ardientes que sus fogatas! —dijo.

La mayoría rió de mala gana, pero aun así se sintieron alentados. Con Lobo Corredor al frente, azuzaron a los caballos y se lanzaron al galope. Dejaron atrás el chamán, sin mirarlo.

Cuando llegó a la aldea, Inmortal encontró una algarabía. La gente rodeaba la partida, gritaban, daban vivas y festejaban. Los perros aullaban. No sólo había carne en abundancia, sino grasa, hueso, cuerno, tripas, tendones, todo lo que necesitaban para fabricar las cosas que deseaban. Y esto era apenas el comienzo. Las pieles se transformarían en cubiertas para los tipis, cuando no las trocaran en el este por estacas, y familias enteras podían moverse hacia donde desearan, cazar, desollar, curtir, preservar, antes de pasar a la próxima cacería, y la siguiente…

—No de la noche a la mañana —advirtió Lobo Corredor. Luego habló con voz estentórea, por encima del alboroto—. Aún tenemos pocos caballos. Y primero debemos cuidar de éstos que nos han servido bien. —Con tono triunfal—: Pero pronto tendremos mas. Cada hombre tendrá el suyo.

Alguien aulló, otro lo imitó, y pronto la tribu entera se puso a aullar: gritando su signo, su nombre, su futuro liderazgo.

Inmortal pasó de largo. Pocos repararon en él, y desviaron los ojos avergonzados antes de continuar la celebración con entusiasmo.

Las esposas e hijos más pequeños de Inmortal estaban de pie fuera de la casa. Desde allí no podían ver la multitud, pero oían los gritos. Ala de Codorniz miraba hacia allá con curiosidad. Era poco más que una niña. Inmortal se detuvo frente a ellos. Entreabrieron los labios, pero nadie habló.

—Habéis sido buenos al esperar aquí —dijo Inmortal—. Ahora podéis reuniros con los demás, ayudar a preparar la comida, compartir la fiesta.

—¿Y tú? —preguntó Lluvia del Atardecer.

—No lo he prohibido —dijo él con amargura—. ¿Cómo podría hacerlo?

—Te opusiste a los caballos, te opusiste a la cacería —anunció con voz trémula Brillo Cobrizo—. ¿Qué locura los posee que ya no te escuchan?

—Ya aprenderán —declaró Lluvia del Atardecer.

—Agradezco que pronto hallaré confortación con la muerte —dijo Brillo Cobrizo tendiendo una mano nudosa hacia Inmortal—. Pero tú, querido mío, deberás soportar esa afrenta.

Ala de Codorniz miró a sus hijos y se estremeció.

—Id —dijo el hombre—. Disfrutadlo. Además, será prudente. No debemos crear divisiones en el pueblo. Eso podrá destruirlo. Siempre he procurado mantenerlo unido.

Lluvia del Atardecer lo estudió.

—Pero ¿tú te mantendrás aparte?

—Trataré de pensar qué se debe hacer —respondió, y entró en la cabaña de medicinas. Preocupados, tardaron un poco en irse. La inseguridad de Inmortal, a quien habían desafiado, era un golpe en el corazón de todas sus creencias.

Con la entrada hacia el sol naciente, la cabaña se había vuelto sombría a esta hora del día. La luz de la puerta y el agujero del techo se perdían en las sombras que envolvían el suelo circular y las paredes. Los objetos mágicos eran borrones, destellos, bultos agazapados.


2

<p>2</p>

Inmortal puso estiércol de búfalo en la cavidad central. Trabajó con la barrena y la leña hasta que ardieron las llamas. Tras cubrir el fuego, llenó su calumet con tabaco que los mercaderes traían desde lejos, la encendió, aspiró y dejó que el aturdimiento sagrado lo llevara a la meditación.

No veía con claridad. Se alegró cuando una forma oscureció la entrada. Para entonces el sol estaba sobre el lado del horizonte que él no podía ver. La luz teñía de amarillo el humo denso y aromático que flotaba sobre las fogatas. El bullicio de la celebración era fuerte y remoto a la vez, casi irreal.

—¿Padre? —susurró una voz.

—Entra —dijo Inmortal—. Bienvenido.

Tres Gansos se agachó, entró, se sentó al otro lado de la cavidad. La cara era apenas visible, surcada por las arrugas de la acechante vejez, llena de la preocupación que un berdache podía manifestar sin vergüenza.

—Esperaba que me acogieras aquí, padre.

—¿Por qué? —preguntó Inmortal—. ¿Alguien te ha ofendido?

—No, no. Todos están alegres. —Tres Gansos hizo una mueca—. Eso es lo que me duele. Aun los viejos parecen haber renunciado a las dudas.

—Excepto tú.

—Y tal vez algunos más. ¿Cómo saberlo? El corazón de muchas mujeres está con nosotros, pero los hombres las arrastran. Y sin duda Lobo Corredor y los suyos han traído un gran botín.

—Promete mucho más para el futuro.

Tres Gansos gruñó una afirmación.

—¿Por qué no compartes esas esperanzas? —le preguntó Inmortal.

—Tú eres mi padre, y siempre has sido bondadoso conmigo —dijo el berdache—. Temo que habrá poca bondad en el mañana que nos promete Lobo Corredor.

—Por lo que sabemos sobre las tribus que han seguido el camino del caballo, así es.

—He oído decir a los hombres, cuando lograba oír sus conversaciones, que algunas están obligadas a ello.

—Es verdad. Son expulsadas hacia la pradera desde sus antiguos hogares, las tierras boscosas del este, por invasores que vienen desde más al este. Dicen que esos invasores usan armas horrendas que escupen rayos. Las reciben de los extranjeros de piel pálida sobre los parki, han adoptado el caballo por propia voluntad, y vienen desde el oeste, desde aquellas montañas.

»No tenían por qué hacerlo. Nosotros no tenemos por qué hacerlo. He hablado con viajeros, traficantes, todos los que traen noticias del exterior. Al norte, los arikara, los hidatsa y los mandan siguen las antiguas tradiciones. Conservan la fuerza, el bienestar, la satisfacción. Preferiría que nosotros hiciéramos lo mismo.

—He hablado con dos o tres de los jóvenes que trajeron caballos a pesar de tu consejo, padre —dijo Tres Gansos—. Uno de ellos salió con Lobo Corredor, primero para practicar; luego en la cacería de búfalos. Dice que no se propone faltar el respeto ni dar por tierra con nada. Sólo quiere lo que hay de bueno para nosotros en las nuevas costumbres.

—Lo sé. También sé que no se puede escoger. El cambio es un hato de medicinas. Lo rechazas todo, o aceptas todo.

—Padre —dijo Tres Gansos, la voz afinada por el pesar—, no cuestiono tu sabiduría, pero sé que algunos la ponen en duda. Se preguntan si puedes entender el cambio, tú que vives al margen del tiempo.

Inmortal sonrió tristemente en la penumbra.

—Qué extraño, hijo mío. Sólo ahora, cuando te acercas al final de tus días, hablamos con entera confianza. —Aspiró el aire—. Bien, rara vez hablo de mi juventud. Fue hace tanto tiempo que parece un sueño olvidado. Pero en mi infancia mi padre hablaba de la sequía de muchos años, que obligó a nuestro pueblo a emigrar hacia el este desde las tierras altas, para hallar aquí un hogar mejor. Aún aprendíamos a ser un pueblo de las planicies cuando llegué a ser hombre. Entonces no sabía que era lo que soy. No, esperaba envejecer y tenderme a reposar en la tierra como todos los demás. Cuando poco a poco comprendimos que no era así… ¿qué cambio más estremecedor puedes imaginar? Como era claro que los dioses me habían elegido, debí buscar al chamán, pedirle que me instruyera, pasar de ser hombre a ser discípulo, y luego de padre de familia a chamán. Y los años volaban deprisa. Vi nacer niñas a quienes desposé cuando crecieron y a quienes sepulté cuando murieron, junto con los hijos. Vi más tribus que llegaban a las llanuras, y estalló la guerra entre ellas. ¿Sabes que fue sólo en la infancia de tu madre cuando decidimos construir la empalizada?

—Es verdad, cierto temor por mí ha contribuido a ahuyentar a los enemigos, pero… Lobo Corredor ha tenido una visión de nuevos dioses.

»Sí, hijo mío —rió con fatiga—. He conocido el cambio. He sentido que el tiempo corría como un río caudaloso, arrastrando en su torrente esperanzas naufragadas. ¿Ahora entiendes por qué intento prevenir a mi pueblo contra el cambio?

—Deben escucharte —gruñó Tres Gansos—. Haz una medicina que les abra los ojos y les destape los oídos.

—¿Quién puede preparar una medicina contra el tiempo?

—Si alguien puede, padre, ése eres tú. —El berdache se abrazó el cuerpo y tiritó, aunque el aire todavía estaba templado—. Llevamos una vida buena, una vida dichosa. ¡Haz que continúe!

—Lo intentaré —dijo Inmortal—. Déjame a solas con los espíritus. —Extendió los brazos—. Pero antes permíteme abrazarte, hijo mío.

El cuerpo viejo y frío tembló contra la carne firme y tibia, luego Tres Gansos dijo adiós y se marchó. Inmortal permaneció inmóvil mientras los rescoldos se apagaban y la noche brotaba de la tierra. El ruido continuaba, tambores, cánticos, pies brincando alrededor de una gran hoguera. Creció cuando la puerta resplandeció de nuevo. Había despuntado la luna llena. Ese gris se volvió negro cuando la luna subió más, aunque fuera el suelo permaneció blanco. Al fin los festejos se acallaron hasta que el silencio tendió su manto sobre la aldea.

No había acudido ninguna visión. Tal vez acudiera un sueño. Había oído que los hombres de las tribus nómadas a menudo se torturaban con la esperanza de invocar así los espíritus. Él se atendría a las antiguas armonías naturales. Durmió sobre pieles apiladas, echándose una encima.

Las estrellas surcaron el cielo. El rocío titiló en el frío profundo. Los coyotes callaron. Sólo el río murmuraba a lo largo de las orillas, al pie de los álamos, alrededor de los bancos de arena, escapando de la luna en descenso.

Lentamente, las estrellas del este palidecieron mientras esa parte del cielo se aclaraba.

Los cascos que se acercaban apenas rompieron la quietud. Desmontaron jinetes, dejaron sus animales a cargo de compañeros escogidos y se acercaron a pie.

Se proponían robar los caballos atados fuera de la empalizada. Un niño que montaba guardia los vio y corrió hacia la puerta. Gritó una advertencia hasta que un guerrero lo alcanzó. Un lanzazo lo abatió. Pequeña Liebre gorgoteó a través de la sangre que le inundaba la boca. Pataleó hasta caer hecho un guiñapo. Gritos de guerra desgarraron el alba.

—¡Afuera! —rugió Lobo Corredor frente a su casa—. ¡Es un ataque! ¡Salvad los caballos!

Fue el primero en salir a campo abierto, pero los hombres lo seguían en un enjambre, casi desnudos, empuñando las armas que habían cogido. Los forasteros se lanzaron sobre ellos. Se oyeron palabras extranjeras. Silbaron flechas. Los hombres gritaban al caer; con menos dolor que furia. Lobo Corredor empuñaba un tomahawk. Buscó al grueso del enemigo y atacó como un tornado.

Los aldeanos, aunque desconcertados, superaban en número a los atacantes. El líder pariki ladró órdenes, agitando la lanza. Sus guerreros se reunieron alrededor de él. Como un solo hombre, apartaron a los defensores y entraron por la puerta abierta.

La luz del alba se intensificó. Como perros de la pradera, las mujeres, los niños y los viejos se recluyeron en las casas. Los pariki rieron y los persiguieron.

Lobo Corredor perdió tiempo en reunir a sus consternados guerreros. Mientras tanto, los pariki se adueñaban de lo que podían —una mujer o un niño, finas pieles, una túnica de búfalo, una camisa con coloridas plumas— y se juntaron en el camino que conducía a la puerta.

Un guerrero encontró a una bella joven con una mujer madura y una vieja en la casa más pequeña, cerca de una cabaña redonda. Ella gimió y le arañó los ojos. Él le sujetó las muñecas contra la espalda y la arrastró, a pesar de sus forcejeos y de los esfuerzos de las otras para detenerlo. Un hombre salió de la cabaña. Estaba desarmado, salvo por una vara y un cascabel. Cuando los sacudió, el guerrero aulló y lo amenazó con el tomahawk. El hombre tuvo que retroceder. El atacante y su presa se reunieron con el resto de los enemigos.

Los hombres de Lobo Corredor se agruparon en la entrada. A sus espaldas, los pariki que cuidaban los caballos llegaron al galope, con las bestias libres sujetas con cuerdas. Los aldeanos se dispersaron. Los atacantes cogieron las crines, montaron de un brinco, llevando consigo el botín o los cautivos. Los hombres que ya estaban montados ayudaron a los camaradas heridos y recogieron a tres o cuatro muertos.

Lobo Corredor aullaba, alentando a su gente. No les quedaban flechas, pero al menos logró reunir hombres suficientes para que el enemigo no intentara atacar de nuevo. Los pariki cabalgaron hacia el oeste, llevándose sus trofeos. Aturdidos de horror; los aldeanos no los persiguieron.

Despuntó el sol. La sangre relucía.

Inmortal inspeccionó el campo de batalla. La gente estaba atareada. Algunos mutilaron dos cadáveres que el enemigo no había recobrado, para que sus fantasmas erraran para siempre en las tinieblas; esas personas lamentaban no tener prisioneros vivos para matarlos con torturas. Otros atendían a sus propios muertos. Tres Gansos estaba entre los que cuidaban a los heridos. Sus manos calmaban la angustia; su voz serena ayudaba a los hombres a contener los gritos.

Inmortal se reunió con él. Las artes curativas formaban parte de la sabiduría del chamán.

—Padre —dijo el berdache—, creo que te necesitamos más para que prepares medicinas contra nuevos infortunios.

—No sé si me queda poder para ello —replicó Inmortal.

Tres Gansos hundió una lanza en un hombre, hasta que la cabeza salió por atrás y pudo sacarla del todo. La sangre manaba, las moscas zumbaban. Tapó el orificio con hierba.

—Me avergüenza no haber participado en la lucha —murmuró.

—Hace tiempo que no eres joven, y la lucha nunca fue para ti —dijo Inmortal—. Pero yo…, bien, me cogió por sorpresa, y he olvidado lo que alguna vez supe sobre el combate.

Lobo Corredor se acercó, evaluando los daños. Oyó la conversación.

—Ninguno de nosotros sabía nada —rezongó. Nos irá mejor la próxima vez.

Tres Gansos se mordió el labio. Inmortal calló. Después cumplió con sus deberes de chamán. Con su discípulo, que el día anterior no se le había acercado, celebró los ritos para los caídos, obró hechizos para que cerraran las heridas, hizo ofrendas a los espíritus.

Un anciano se armó de coraje para preguntarle por qué no buscaba presagios.

—El futuro se ha vuelto muy extraño —respondió Inmortal, para sorpresa del viejo. Al atardecer fue a consolar a los hijos de Ala de Codorniz por la captura de la madre, antes de regresar a solas a la cabaña de medicinas.

La mañana siguiente enterraron a los muertos. Luego bailaron en su honor. Pero antes los hombres se juntaron en un sitio que había conocido reuniones más felices. Lobo Corredor lo había exigido —no un consejo de ancianos que buscara con calma un acuerdo, sino todos los hombres que pudieran caminar— y nadie se atrevió a contradecirlo.

Se reunieron ante una loma cerca del linde del risco. Desde allí se veía, al este, el ancho y pardo río con sus álamos, los únicos árboles a la vista; al este de la empalizada, los campos apiñados, con viejos y gastados túmulos funerarios; en otras partes, rutilantes hierbas verdes y blancas que ondeaban bajo el viento ululante. Las nubes pasaban proyectando sombras contra la cruda luz del sol. Negras cabezas de tormenta acechaban en el oeste. Desde aquí, las obras del hombre parecían meros hormigueros, desprovistos de vida. Sólo los caballos se movían a la distancia. Tironeaban de las cuerdas, ansiosos de liberarse.

Lobo Corredor subió a la loma y alzó un brazo.

—Oídme, hermanos míos —dijo. Arropado en una túnica de búfalo, parecía más alto de lo que era. Se había abierto tajos en las mejillas en señal de duelo y se había pintado franjas negras en la cara en señal de venganza. El viento le agitaba el penacho de plumas—. Sabemos cuánto hemos sufrido —dijo a los ojos y almas que lo escrutaban—. Ahora debemos pensar por qué ocurrió y cómo impediremos que ocurra de nuevo.

»Las respuestas son simples. Tenemos pocos caballos. Tenemos pocos hombres que sepan cazar con ellos, y no tenemos guerreros avezados. Somos pobres y estamos solos, apiñados dentro de nuestras míseras paredes, viviendo de nuestras magras cosechas. Entretanto, otras tribus cabalgan para coger la riqueza de las llanuras. Nutridas con carne, se fortalecen. Pueden alimentar muchas bocas, y así engendrar muchos hijos varones, que luego se convierten en jinetes cazadores. Tienen el tiempo y las agallas para aprender a guerrear. Sus tribus están muy desperdigadas, pero los unen orgullosas fraternidades, ligadas por juramentos. ¿Debe asombrarnos que seamos su presa?

Lanzó una dura mirada a Inmortal, quien estaba en la fila delantera, al pie de la loma. El chamán se la devolvió con ojos firmes pero inexpresivos.

—Durante varios años se contuvieron —dijo Lobo Corredor—. Sabían que entre nosotros había un lleno del poder de los espíritus. No obstante, un puñado de jóvenes, al fin, decidió intentar una incursión. Creo que algunos de ellos tuvieron visiones. Las visiones acuden fácilmente al que cabalga día tras día por espacios desiertos y acampa noche tras noche bajo los cielos constelados de estrellas. Tal vez se exhortaron unos a otros. Supongo que sólo querían nuestros caballos. La lucha fue muy sangrienta porque nosotros ignorábamos cómo librarla. Esto también debemos aprenderlo.

»Pero lo que han descubierto los pariki, y lo que pronto sabrán todos los que recorren las praderas, es que hemos perdido nuestra defensa. ¿Qué nueva medicina tenemos?

Se cruzó de brazos.

—Te pregunto, gran Inmortal, ¿qué nueva medicina puedes preparar? —dijo.

Lentamente, se hizo a un lado.

Los hombres susurraron bajo la humedad helada que descendía de las nubes. Clavaron los ojos en el chamán, quien permaneció quieto un instante. Luego subió a la loma y se encaró a Lobo Corredor.

No se había puesto ornamentos, sólo la ropa de piel de ante. Al lado del otro hombre, parecía enclenque, un ser sin vitalidad. Pero habló con firmeza.

—Primero déjame preguntarte, a ti que no respetas a los ancianos, déjame preguntarte qué deseas que haga tu pueblo.

—¡Ya lo he dicho! —declaró Lobo Corredor—. Debemos conseguir más caballos. Podemos criarlos, comprarlos, capturarlos y, sí, también robarlos. Debemos ganar nuestra parte de las riquezas de las praderas. Debemos dominar las artes de la guerra. Debemos buscar aliados, formar fraternidades, ocupar nuestro sitio legítimo entre los pueblos que hablan las lenguas lakotan. Y debemos comenzar de inmediato, antes de que sea tarde.

—Así es tu comienzo —murmuró Inmortal—. El final es que abandonarás tu hogar y las tumbas de tus antepasados. No tendrás más morada que vuestros tipis, y seréis vagabundos en la tierra, como el búfalo, el coyote y el viento.

—Quizá —replicó Lobo Corredor con la misma firmeza—. ¿Qué tiene de malo?

Corrió un murmullo entre la mayoría de los presentes; pero varios jóvenes cabecearon como caballos.

—Sé respetuoso —chilló un viejo, nieto del chamán—. Él es todavía el Inmortal.

Lo es —admitió Lobo Corredor—. He dicho lo que había en mi corazón. Si es erróneo, dilo. Entonces dinos qué hacer.

Sólo él oyó la respuesta. El resto la adivinó, y algunos lucharon con el terror mientras otros meditaban y otros temblaban como en una cacería.

—No puedo.

Inmortal se alejó de Lobo Corredor y echó a andar hacia los reunidos. Elevó la voz, y cada palabra cayo como una piedra.

—Ya no tengo nada que hacer aquí. No tengo más medicina. Antes que vosotros hubierais nacido, me llegaron rumores sobre estas nuevas criaturas, los caballos, y los extraños hombres que habían cruzado grandes aguas dominando el rayo. Con el tiempo los caballos llegaron a nuestra comarca, y lo que yo temía comenzó a ocurrir. Hoy está hecho. Nadie sabe qué resultará de ello. Todo lo que yo sabía se me ha disuelto entre los dedos.

»Debáis cambiar o no (y quizá debáis hacerlo, pues no sois suficientes para defender un campamento), cambiaréis, pueblo mío. Muchos de vosotros lo desean, y arrastrarán a los demás. Yo ya no puedo. El tiempo me ha alcanzado. —Alzó la mano—. Con mi bendición, pues, dejadme ir.

—¿Ir? —exclamó Lobo Corredor—. ¡Claro que no! Siempre has sido nuestro.

Inmortal apenas sonrió.

—Si algo he aprendido durante tantas generaciones —dijo—, es que no hay «siempre».

—¿Pero adónde irías? ¿cómo?

—Mi discípulo puede llevar a cabo lo necesario, hasta que consiga medicina más fuerte de las tribus guerreras. Mis hijos crecidos se encargarán del bienestar de mis dos esposas viejas y mis hijos pequeños. En cuanto a mi, creo que viajaré a solas en busca de renovación, o bien de la muerte y el final de mis afanes. —Rodeado por el silencio, concluyó—: Os serví bien mientras pude. Ahora dejadme partir.

Caminó cuesta abajo, alejándose sin mirar atrás.


XIII. El camino de la vasija

<p>XIII. El camino de la vasija</p>

Los fulgores y estruendos de la tormenta duraron toda la noche. Por la mañana el cielo estaba despejado y todo chispeaba, pero los campos estaban demasiado mojados para trabajar. No importaba. Las cosechas eran buenas, una alfalfa de un verde profundo, y el maíz estaría alto para el Cuatro de Julio. Matthew Edmonds decidió que después de las faenas y el desayuno repararía el arado. Tenía que afilar la reja y había una fisura en el balancín. Si lo reforzaba, podría usarlo otra temporada antes de que la prudencia aconsejara un reemplazo. Además, Jane necesitaba que le arreglara varias cosas en la casa. Cerró la puerta de la cocina y aspiró el aire fresco y húmedo, cargado con los olores del suelo, los animales, las plantas. A la derecha, el sol acababa de ascender desde los árboles que había detrás del establo; la veleta con forma de gallo reflejaba la luz contra un cielo profundo. El patio estaba enfangado, pero los charcos brillaban como espejos. Miró el silo, el porquerizo, el gallinero, los acres ondulantes cargados con la fecundidad de la tierra. ¿Era posible retribuir de veras las bendiciones del Señor?

Algo fluctuó en la lontananza. Edmonds volvió la cabeza a la izquierda. Desde allí se veía la carretera del condado, a cien metros por el mareen oeste de la propiedad. Al otro lado se extendía la finca de Jesse Lyndon, pero la casa estaba al norte, oculta por su propia arboleda. La calzada de los Edmonds también estaba oculta, bordeada por manzanos cuyos frutos empezaban a hincharse entre hojas relucientes. Entre ellos corría una mujer.

Por suerte, Jacob, su hijo de diez años, se había llevado a Jefe, el mestizo de collie, para que lo ayudara a apacentar las vacas. La mujer se asustó de los ladridos de Frankie, que era sólo un fox terrier. Al menos, retrocedía agitando las manos. Pero seguía corriendo. No, tambaleó, agotada, a punto de caer. Sólo llevaba encima un vestido delgado que alguna vez había sido amarillo y le llegaba a las pantorrillas. Andrajoso, mugriento, empapado, se pegaba a la piel que cubría un cuerpo flaco. Esa piel tenía el color del café liviano.

Edmonds bajó la escalinata y echó a correr.

—¡Frankie, basta ya! —bramó—. ¡Cállate! —El perro se apartó y meneó la cola, con la lengua fuera.

El hombre y la mujer se encontraron cerca del granero, se detuvieron y se miraron. Ella aparentaba unos veinte años, a pesar de las penurias que había sufrido. Bien alimentada, sería esbelta y alta en vez de esmirriada. La cara era especial, angosta, con la nariz curva y no muy ancha, los labios apenas más carnosos que en algunos blancos, ojos grandes con bellas pestañas largas. El pelo corto no era ensortijado; se expandiría como una mata si se dejaba crecer. Edmonds pensó con pesadumbre que un propietario de esclavos debía de haber forzado a su madre o su abuela.

Ella resoplaba. Trató de enderezarse, pero un temblor la sacudió.

—Tranquila, tranquila —dijo Edmonds—. Estás con amigos. Ella le clavó los ojos. Era un hombre corpulento y rubio, con ropa inusitadamente oscura y un sombrero de copa chata y alas anchas. Al cabo de un instante farfulló:

—¿Usted, amo Edmonds?

—Sí —asintió con voz reposada—. Y creo que tú eres una fugitiva.

Ella alzó las manos.

—Por favor, amo, por favor, me siguen. Están cerca.

—Entonces, ven. —Le cogió el brazo y la condujo por el patio hasta la puerta de la cocina.

Era una habitación amplia y soleada, inmaculadamente limpia pero llena de olores dulzones. Jane Edmonds estaba dando de comer a Nellie, que aún no tenía un año, mientras que William, de cuatro, se erguía sobre un taburete y enérgicamente bombeaba agua en una cacerola recién sacada de la estufa. El contenido humeaba en una sartén. Todos se quedaron petrificados cuando aparecieron el padre y la muchacha negra.

—Esta joven necesita refugio, y deprisa —le dijo Edmonds a la esposa.

Esa mujer de huesos menudos, cuyo pelo rojo asomaba bajo un pañuelo, soltó la cuchara y se aferró el puño con los dedos.

—Cielos, no tenemos preparado ningún escondrijo. —Y añadió con decisión—. Bien, el altillo servirá. El sótano es mal lugar. Tal vez el viejo baúl, si examinan la casa…

La joven negra se apoyó en el fregadero. Ya no jadeaba ni temblaba, pero tenía los ojos desorbitados.

—Ve con Jane —le dijo Edmonds—. Haz lo que te dice. Cuidaremos de ti.

Ella movió la mano oscura y empuñó el gran cuchillo de trinchar. —¡No me atraparán viva! —gritó.

—Deja eso —dijo Jane, alarmada.

—Niña, niña, no debes ser violenta —añadió Edmonds—. Confía en el Señor.

La muchacha retrocedió asiendo el cuchillo.

—No quiero lastimar a nadie —respondió con voz agitada—, pero si me encuentran me mataré antes de dejarme llevar, y primero mataré a uno de ellos si el Señor me ayuda.

—¿Qué te han hecho para ponerte así?—preguntó Jane con ojos llorosos.

Edmonds ladeó la cabeza.

—Frankie esta ladrando de nuevo. No esperes. Déjale conservar el cuchillo, pero ocúltala. Yo iré a hablarles.

Como tenía las botas embarradas, salió directamente y rodeó la esquina de la casa para enfilar hacia el porche del lado oeste. El camino se ramificaba donde terminaban los manzanos y un brazo conducía al sur. Edmonds silenció al perro y se plantó en el escalón ante el cancel con los brazos cruzados. Cuando los dos hombres lo vieron, trotaron hacia él y contuvieron las riendas.

Los caballos estaban sudados pero bastante frescos. En cada silla de montar había una escopeta enfundada y de cada cinturón colgaba un revólver. Un jinete era corpulento y rubio, el Otro flaco y moreno.

—Buenos días, amigos —saludó Edmonds—. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

—Perseguimos a una negra fugitiva —dijo el rubio—. ¿La ha visto usted?

—¿Cómo saberlo? —dijo Edmonds—. Ohio es un estado libre. Toda persona de color que pasara sería tan libre como usted o yo.

El hombre moreno escupió.

—¿Cuántos tiene usted por aquí? Son todos fugitivos, y usted lo sabe bien, cuáquero. —No lo sé, amigo —dijo Edmonds con una sonrisa—. Vaya, podría nombrar a George, el de la tienda, a Caesar, el de la herrería, a Mandy, la ama de llaves de los Abshire.

—Basta de demorarnos —rezongó el rubio—. Escuche, esta mañana temprano la vimos a distancia. Se escurrió entre unos árboles y se nos escapó, pero éste es el único lugar al que ha podido venir, y encontramos huellas de pies descalzos en el camino.

—¡Y en su sendero! —graznó el acompañante.

Edmonds se encogió de hombros.

—Pronto llegará el verano. Los niños se quitan los zapatos cuando los dejamos.

El rubio entornó los ojos.

—De acuerdo, amigo —murmuró—. Si es usted tan inocente, no le importará que registremos su casa, ¿verdad?

—Tal vez ella haya entrado sin que usted la viera —sugirió el otro con una sonrisa forzada—. No le gustaría eso, teniendo usted esposa e hijos. Tan sólo nos cercioraremos.

—Sí, usted no quebrantaría la ley —dijo el primero—. Sin duda, cooperará. Ven, Alien.

Iba a desmontar, pero Edmonds alzó la manaza.

—Espere, amigo —dijo en voz baja—. Lo siento, pero no puedo invitarlos a entrar.

—;Eh? —gruñó el rubio.

Alien rió entre dientes.

—Teme que su esposa se enfade si le manchamos el suelo, Gabe. No se preocupe, compañero, nos limpiaremos bien las botas.

Edmodns meneó la cabeza.

—Lo lamento, amigos, pero no son bienvenidos. Por favor lárguense.

—¡Entonces, usted tiene a esa negra! —estalló Gabe.

—No he dicho eso, amigo. Es sólo que no deseo hablar más con ustedes. Por favor, márchense de mi propiedad.

—Escuche, ayudar a un fugitivo es un delito federal. Le costaría mil dólares o seis meses en la cárcel. La ley establece que debe usted ayudarnos.

—Una ordenanza inocua, tan errónea como los planes del presidente Pierce para Cuba, claramente contrarios a los mandamientos de Dios.

Alien desenfundó la pistola.

—Le daré un mandamiento —gruñó—. Apártese.

Edmonds no se movió.

—La Constitución nos garantiza a mí y a mi familia el derecho de estar a salvo en nuestro hogar —replicó con calma.

—Por Dios… —Alien alzó el arma—. ¿Quiere que le dispare?

—Sería una pena. Lo colgarían a usted, como bien sabe.

—Guarda eso, Alien. —Gabe se irguió en la silla—. De acuerdo, protector de negros. El pueblo no está lejos. Iré allá y conseguiré una orden y un alguacil. Alien, tu vigila y cuida de que nadie se escabulla mientras no estoy. —Se volvió hacia Edmonds—. ¿O prefiere ser razonable? Es su última oportunidad.

—A menos que el Señor me indique lo contrario —dijo Edmonds—, creo que soy el único hombre razonable aquí, y ustedes, amigos míos, están muy equivocados.

—¡Vale! Era hora de que empezáramos a escarmentar a algunos. Vigila, Alien. —Gabe hizo girar el caballo y le espoleó los flancos. Se alejó al galope en una lluvia de lodo. El trepidar de los cascos tapó los ladridos de Frankie.

—Ahora, amigo, tenga la amabilidad de largarse —le dijo Edmonds a Alien. El cazador de esclavos sonrió:

—Oh, creo que simplemente cabalgaré por aquí en esta hermosa mañana. No estropearé nada ni husmearé en ninguna parte.

—No obstante, estará violando propiedad privada.

—No creo que el juez lo llame así, considerando que usted quebranta la ley.

—Amigo, en nuestra familia siempre hemos procurado humildemente observar la ley.

—Sí, sí. —Alien cogió la escopeta y la apoyó en el pomo de la silla. Chasqueó la lengua y el caballo echó a andar.

Edmonds regresó adentro. Jane estaba agachada, limpiando las huellas del suelo. Se levantó y guardó silencio mientras el esposo le contaba lo ocurrido.

—¿Qué haremos? —preguntó.

—Debo pensar —respondió él—. Sin duda el Señor proveerá. —Volvió los ojos hacia William—. Hijo mío, eres feliz porque eres pequeño y no conoces el mal. Sin embargo, tú puedes ayudar. Por favor, guarda silencio, a menos que necesites algo, y habla sólo con tu madre. No digas una palabra a nadie hasta que te lo diga. ¿Puedes hacerlo?

—Sí, padre —exclamó el niño, complacido por la responsabilidad.

Edmonds rió.

—A tu edad, no será tan fácil. Luego te contaré una historia sobre otro niño llamado William. Se hizo famoso por callar. Aún hoy lo llaman William el Silencioso. Pero será mejor que te mantengas apartado. Puedes ir a jugar con tus juguetes.

El niño se marchó. Jane se frotó las manos.

—Matthew, ¿debemos arriesgar a los niños?

Edmonds le cogió ambas manos.

—Es mucho más arriesgado no oponerse a la maldad… Bien, ve a ver a Nellie. Será mejor que acompañe a Jacob en su camino de regreso. Y todos tenemos trabajo que hacer.

Su hijo mayor, bronceado y rubio, venía desde el establo cuando Edmonds salió de nuevo. Caminó sin prisa hacia él. Alien los vio desde lejos y cabalgó hacia ambos. El perro grande, Jefe, oyó problemas y gruñó.

Edmonds lo calmó.

—Jacob —dijo—, ve a lavarte.

—Claro, padre —le respondió el niño, sorprendido.

—Pero no vayas a la escuela. Espera en casa. Creo que tenemos un recado para ti.

El niño abrió los ojos azules, miró al forastero, miró de nuevo al padre: había comprendido.

—¡Sí, señor! —dijo, echando a correr.

Alien se detuvo.

—¿De qué hablaban? —preguntó.

—¿Acaso un hombre ya no puede hablar con su propio hijo en estos Estados Unidos? —replicó Edmonds con cierta rudeza—. Casi deseo que mi religión me permitiera echarlo a puntapiés de mi propiedad. Entretanto, déjenos hacer nuestras tareas, que al menos no perjudican a nadie.

A pesar de sus armas, Alien se intimidó. Edmonds sé irguió imponente como un oso.

—Tengo que ganarme la vida, igual que usted —masculló el cazador de esclavos.

—Hay muchos trabajos honestos. ¿De dónde es usted?

—Kentucky. ¿De qué otra parte? Hace días que Gabe Yancy y yo seguimos a esa negra.

—Entonces la pobre criatura debe de estar medio muerta de hambre y fatiga. El Ohio es un río ancho. No pensará que ella ha cruzado a nado, ¿verdad?

—No sé cómo, pero los negros tienen sus trucos. Alguien la vio ayer en la otra orilla, como si pensara cruzar. Así que esta mañana atravesamos el río en la barcaza y encontramos a alguien que la había visto. Y luego la vimos con nuestros propios ojos, hasta que se perdió en la arboleda. Si tan sólo tuviéramos un par de perros…

—Vaya valentía, cazar a mujeres desarmadas como si fueran animales.

El jinete se inclinó hacia delante.

—Escuche —dijo—, no es sólo la fugitiva de una plantación. Tiene algo raro, algo peligroso. Por eso el señor Montgomery deseaba venderla en el sur. La quiere de vuelta por más dinero del que vale. —Se relamió los labios—. Y no olvide que si ella escapa usted le deberá mil dólares a Montgomery, además de la multa y la cárcel.

—Siempre que prueben que yo tuve algo que ver con la fuga.

—No se saldrá de ésta con mentiras —exclamó airadamente el otro.

—Mentir va contra los principios de la Sociedad de Amigos. Ahora permítame continuar con mi labor.

—Conque usted no le miente a nadie, ¿eh? ¿Está dispuesto a jurar que no esconde a ningún negro?

—Jurar también va contra nuestra religión. No mentimos, eso es todo. Eso no significa que tengamos que entablar conversación.

Edmonds le dio la espalda y echó a andar. Alien no lo siguió, sino que al cabo de un minuto continuó patrullando.

En la penumbra del cobertizo, Edmonds empezó a reparar el arado. No se podía concentrar en la tarea. Al final regresó a la casa. Alien lo seguía con la mirada.

—¿Cómo está nuestra huésped? —le preguntó Edmonds a Jane, dentro de la casa. —Le he llevado comida. Está famélica. Ésta es la primera estación que encuentra.

—¿Huyó sin ninguna ayuda?

—Bien, había oído hablar del Ferrocarril Clandestino, pero sólo sabe que existe. Se alimentó de raíces y juncos, a veces comió algo en una cabaña de esclavos. Cruzó el río a nado anoche, durante la tormenta, manteniéndose a flote con un tronco.

—Si alguna vez alguien se ha ganado la libertad, es ella. ¿Cómo nos ha encontrado?

—Se cruzó con un hombre de color y le preguntó. Por lo que me ha explicado, tiene que haber sido Tommy Bradford.

Edmonds frunció el ceño.

—Será mejor que hable con Tommy. Es buena gente, pero tendremos que ser más cautos en el futuro… Bien, somos nuevos en este tráfico. Nuestra primera pasajera.

—Demasiado pronto —dijo ella, con temor—. Tendríamos que haber esperado a tener preparado el escondrijo.

—Este deber no puede esperar, querida.

—No, pero… ¿Qué haremos? Esos temibles antiabolicionistas del vecindario se alegrarían de vernos en la ruina…

—No hables mal de la gente. Jesse Lyndon está equivocado, pero no es hombre de mal corazón. Al final verá la luz. Entretanto tengo una idea. —Edmonds alzó la voz—. iJacobs!

El niño entró en el cómodo y austero vestíbulo.

—Sí, padre —dijo con excitación.

Edmonds le apoyó una mano en el hombro.

—Escucha bien, hijo. Tengo un encargo. Hoy tenemos una huésped. Por razones que no necesitas saber, se aloja en el altillo. Su ropa no es la adecuada. Es todo lo que tenía, pero le daremos ropa decente. Quiero que lleves esas prendas viejas y sucias a otra parte y te liberes de ellas. ¿Podrás hacerlo?

—Sí, claro, pero…

—Te dije que escucharas bien. Puedes ir descalzo, pues sé que te agrada, y llevar un cesto. Recoge leña para el fuego en el camino de regreso, ¿vale? Guarda el vestido en el cesto. No queremos que nadie se ofenda. No hay prisa. Llega hasta el bosque de los Lyndon. No recojas leña allí, desde luego, pues eso sería un robo. Pasea, disfruta de la bella creación de Dios. Cuando estés solo, ponte un pañuelo negro que te dará tu madre para cubrirte el pelo del sol. Hay bastante barro. Harías bien en arremangarte la camisa y los pantalones y ponerte el vestido encima. Así mantendrás limpia tu ropa, ¿entiendes? No obstante, te enlodarás la cabeza, los brazos y las piernas, hasta ponerte negro. Bien, recuerdo que eso me agradaba cuando niño. —Edmonds rió—. ¡Hasta que regresaba y me veía mi madre! Pero hoy es un día de fiesta para ti, así que ese descuido será tolerable. —Hizo una pausa—. Si llegas a pasar cerca de la casa de los Lyndon, y te ven, no te detengas. No los mires de frente, avanza deprisa. Se escandalizarían al saber que el joven Jacob Edmonds está vestido y enlodado de esa manera. Intérnate en el bosque y entierra el vestido en alguna parte. Luego regresa a nuestra tierra y recoge la leña. Tal vez esto te lleve varias horas. —Le estrujó el hombro y sonrió—. ¿Qué te parece?

—¡Sí, señor! —exclamó atónito—. ¡Maravilloso! ¡Puedo hacerlo!

—Matthew, querido, es sólo un niño —protestó Jane asiendo el brazo de su esposo.

Jacob se ruborizó. Edmonds alzó la palma.

—No correrá peligro si es tan listo como creo. Y tú —le dijo severamente al niño—, recuerda que a Jesús no le agradan los alardes. Mañana te daré una nota para el maestro, diciendo que hoy necesitaba tu ayuda aquí. Eso es todo lo que ambos deberemos decir sobre esto. ¿Entiendes?

Jacob irguió los hombros.

—Sí, señor. Entiendo.

—Bien. Será mejor que yo vuelva al trabajo. Que te diviertas. —Edmonds acarició la mejilla de la esposa antes de salir.

Cuando cruzaba el patio, Alien se le acercó.

—¿Qué estaba haciendo? —rugió.

—Metiéndome en mis propios asuntos —exclamó Edmonds—. Tenemos una granja, ¿se entera? —Entró en el cobertizo y continuó con la faena.

Era cerca del mediodía y empezaba a tener hambre —Jacob sin duda estaría devorando los bocadillos preparados por Jane— cuando ladraron los perros y Alien soltó un grito. Edmonds salió a la tibia luz del sol. Junto a Gabe cabalgaba un hombre de pelo castaño y rostro joven y cejijunto. Los tres se acercaron al granjero.

—Buenos días, amigo Peter —saludó jovialmente Edmonds.

—Hola. —El alguacil Frayne masculló el saludo. Titubeó unos segundos antes de continuar—. Matt, lo lamento, pero este hombre acudió al juez Abshire y tiene una orden para registrar tu casa.

—Debo decir que el juez no se ha comportado como buen vecino.

—Tiene que aplicar la ley, Matt. También yo.

—Todos deben hacerlo —asintió Edmonds—, cuando es posible.

—Bueno, ellos afirman que ocultas aquí a una esclava fugitiva. Es un delito federal, Matt. No me agrada, pero es la ley del país.

—Hay otra Ley, Peter. Jesucristo la anunció en Nazaret: El espíritu del Señor está conmigo, pues me ha ungido para predicar la buena nueva a los pobres, me ha encomendado curar a los dolientes, predicar la liberación de los cautivos y devolver la vista a los ciegos, poner en libertad a los lastimados.

—¡Basta de prédicas, cuáquero! —gritó Gabe. Estaba cansado y sudado, nervioso después de tanto trajín—. Alguacil, cumpla con su deber.

—Busquen cuanto quieran. No encontrarán una esclava en estas tierras —declaró Edmonds.

Frayne lo miró sorprendido.

—¿Lo juras?

—Sabes que no puedo jurar, Peter. —Edmonds guardó silencio, luego añadió—: Pero si registran la casa molestarán a mi esposa y asustarán a mis pequeños. Así que confesaré. Hoy he visto a una mujer negra.

—¿De verdad? —aulló Alien—. ¿Y no nos lo dijo enseguida? Maldito hijo de perra.

—¡Calma, calma, amigo! —rezongó Frayne—. Una palabra más y lo encerraré por ofensas y amenazas. —Se volvió hacia Edmonds— ¿Puedes describir lo que viste?

—Llevaba un raído vestido amarillo, muy manchado, y era obvio que viajaba hacia el norte. Antes de perder un tiempo valioso aquí, ¿por qué no preguntan a la gente de esa zona?

Frayne frunció el ceño.

—Bien, sí —dijo con renuencia—, los Lyndon están a poca distancia y… no les gusta el abolicionismo.

—Quizá también, hayan visto algo —le recordó Edmonds—. Ellos no lo ocultarían.

—Las huellas que seguimos… —empezó Alien.

Edmonds cortó el aire con la mano.

—¡Bah! Hay huellas de pies descalzos por todas partes. Si ustedes no encuentran nada ni oyen nada más allá, pueden volver a registrar la casa. Pero les advierto que tardarán horas, pues una granja grande tiene muchos escondrijos posibles, y entretanto una fugitiva que no estaba aquí se pudo escabullir.

Frayne le clavó los ojos. Gabe se quedó boquiabierto.

—Tiene razón —dijo el alguacil—. Vamos.

—No sé… —murmuró Gabe.

—¿Quiere mi ayuda o no? He descuidado mis asuntos en el pueblo por esto. No perderé otro medio día mirándolos ir de aquí para allá si no es necesario.

—Ve a preguntar —le dijo Gabe a Alien—. Es mi turno de montar guardia.

—Yo iré con usted —dijo Frayne, y se marchó con la orden en el bolsillo.

Jane apareció en la escalera de la cocina.

—¡La comida! —anunció.

—Lamento que no podamos invitarlo a compartir nuestra mesa —le dijo Edmonds a Gabe—. Una cuestión de principios. Sin embargo, le enviaremos comida.

El cazador de esclavos sacudió la cabeza con furia y ahuyentó una mosca.

—Al demonio con usted —masculló, y trotó hacia un punto de observación.

Edmonds se tomó su tiempo para lavarse. Apenas había terminado de decir la oración de gracias cuando los perros ladraron de nuevo. Mirando por la ventana, él y Jane vieron que el alguacil entraba en el patio y se acercaba a Gabe. Hablaron un minuto. Gabe azuzó el caballo y desapareció entre los manzanos. Pronto reapareció en la carretera dirigiéndose al norte.

Edmonds fue hacia la escalera.

—¿Quieres comer con nosotros, amigo Peter? —preguntó.

El alguacil se le acercó.

—Gracias, pero será mejor que regrese. En otra ocasión…, vosotros podéis visitarnos a Molly y a mí, ¿ eh ? ¿ La semana próxima ?

—Te lo agradezco. Estaremos en contacto. ¿Los Lyndon tenían novedades?

—Sí, Jesse dijo que vio a alguien que tenía que ser ella. Creo que no veremos a esos dos tíos por un tiempo. —Frayne titubeó—. Nunca creí que dieras esa información.

—No quería que invadieran mi casa.

—No, pero aun así… —Frayne se frotó la barbilla—. Dijiste que nadie encontraría un esclavo en tus tierras.

—Lo dije.

—Entonces, supongo que no formas parte del Ferrocarril, a pesar de todo. Había ciertos rumores.

—Es mejor no escuchar chismes.

—Sí. Y es mejor no hacer muchas preguntas. —Frayne rió—. Me marcho. Dale mis saludos a tu esposa. —Se puso serio—. Si alguna vez has mentido, si alguna vez mientes, sin duda lo harás por una causa justa, Matt. Sin duda Dios te perdonará.

—Eres amable, pero hasta ahora las mentiras no han sido necesarias. Aunque es cierto que deberé responder por otros muchos pecados. Hasta pronto, amigo, y saluda a Molly de nuestra parte.

El alguacil se tocó el sombrero y se marchó. Guando se hubo alejado, Edmonds declaró:

—No hay esclavos. Está contra las enseñanzas de Cristo que los seres humanos sean propiedad de alguien.

Entró en la casa. Jane y William lo miraron expectantes. Nellie gorgoteó. Edmonds sonrió complacido.

—Se han ido —dijo—. Mordieron el anzuelo. Demos gracias a Dios.

—¿Y Frayne? —preguntó su esposa.

—Se fue a casa. —Bien. Es decir, sería bienvenido, pero ahora podemos invitar a Flora a comer con nosotros.

—Conque así se llama. Bien, por supuesto. Yo mismo debí haber pensado en ello.

Jane salió de la cocina, apoyó la escalera en la pared, trepó, abrió el escotillón y murmuró unas palabras. Poco después regresó seguida por Flora. La muchacha negra caminaba con cautela, mirando hacia todas partes. Llevaba puesto un vestido de Jane. El cuchillo le temblaba en la mano.

—Ahora puedes dejarlo —le dijo Edmonds—. Estamos a salvo.

—¿De verdad? —Lo miró a los ojos. Dejó el cuchillo en el fregadero.

—Nunca debiste cogerlo, ¿sabes? —le dijo Edmonds.

El cuerpo agotado había recobrado parte de su fuerza.

—No iba a volver allí —afirmó Flora con arrogancia—. Primero moriría. Primero mataría.

Amados míos, no busquéis la venganza, mas deponed la ira, pues está escrito: Mía es la venganza; yo tomaré represalia, dijo el Señor. —Edmonds meneó la cabeza con tristeza—. Temo el castigo que Él infligirá a esta tierra pecaminosa. —Avanzó un paso y cogió las manos oscuras—. Pero no hablemos de eso. Pensándolo bien, deberíamos comer enseguida y dar las gracias después, cuando nos sintamos de mejor ánimo.

—¿Y luego, amo?

—Bien, Jane y yo veremos que tomes un baño caliente. Luego será mejor que duermas. No podemos arriesgarnos a tenerte aquí. Los cazadores pueden regresar mañana. En cuanto oscurezca, tú y yo partiremos hasta la siguiente estación. No temas, Flora. Dentro de un mes o menos llegarás a Canadá.

—Es usted muy bueno, amo —lloriqueó ella. —Aquí tratamos de cumplir con los deseos del Señor, tal como los entendemos. Y de paso, no soy amo de nadie. Por piedad, comamos antes de que la comida se enfríe.

Tímidamente, Flora ocupó la silla de Jacob.

—Yo no necesito mucho, gracias, amo…, señor y señora. La señora ya me dio algo.

—Bien, pero debemos poner mucha carne sobre esos huesos —respondió Jane, llenándole el plato: cerdo asado, puré de patatas, salsa, calabaza, habichuelas, pepinillos, pan de maíz, mantequilla, mermelada y un vaso de leche fresca.

Edmonds trató de mantener animada la charla.

—He aquí a alguien que no ha oído mis bromas y anécdotas una veintena de veces —dijo, y al fin logró hacer reír a su huésped.

Después del pastel y el café, los adultos dejaron a Williams a cargo de Nellie y se retiraron a la sala. Edmonds abrió la Biblia familiar y leyó en voz alta, de pie.

Y dijo el Señor: He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, y be oído el llanto que le provocan sus opresores; pues conozco sus pesares; y he de bajar para librarlo de la mano de los egipcios, y llevarlo desde esa tierra a una tierra vasta y generosa, una tierra que mana leche y miel…

Flora tiritó. Las lágrimas le humedecieron las mejillas.

—Libertad para mi gente —musitó. Jane la abrazó y lloró también.

Una vez que rezaron juntos, Edmonds miró un rato a la muchacha. Ella también lo miró, menos intimidada. El sol atravesó la ventana haciéndole relucir la oscura tez.

Por primera vez ese día, Edmonds se sintió inseguro de sí mismo. Se aclaró la garganta.

—Flora —dijo—, necesitas descansar antes del anochecer, pero quizá duermas mejor si nos cuentas algo sobre ti. No tienes que hacerlo. Es sólo que…, en fin, aquí estamos, si quieres hablar con amigos.

—No hay mucho que contar, señor, y algunas partes son espantosas.

—Siéntate —le pidió Jane—. No te preocupes por mí. Mi padre es médico y yo soy granjera. No me impresiono con facilidad.

Se sentaron.

—¿Tuviste que andar mucho? —preguntó Edmonds.

—Pues sí, señor. No sé cuántos kilómetros, pero conté los días y las noches. Diecisiete. A menudo pensé que iba a morir. No me importaba mucho, mientras no me atraparan. Dijeron que me venderían río abajo.

Jane le apoyó la mano.

—¿Por qué? ¿Qué hacías? Quiero decir, ¿cuáles eran tus obligaciones?

—Criada, señor. Cuidaba a los hijos del amo Montgomery, tal como lo cuidé a él cuando era pequeño.

—¿Qué? Pero…

—No estaba tan mal. Pero si me vendían, yo volvería a trabajar en el campo, o algo peor. Además, hacía mucho tiempo que pensaba en la libertad. Los negros oímos cosas y nos pasamos el mensaje.

—Aguarda —interrumpió Edmonds—. ¿Has dicho que cuidabas a tu amo cuando él era un niño? Pero no puedes tener tantos años.

Flora respondió como alguien que ya era libre y orgullosa. Quizá demasiado orgullosa.

—Oh, sí, señor. Por eso querían venderme. No fue porque yo hiciera nada malo. Pero año tras año, vi que el amo y la ama me miraban de un modo raro, como todos los demás. Cuando ella murió, supe que él no soportaría más tenerme allí. Era de esperar. Los Edmonds guardaron silencio.

—Ocurrió antes —continuó Flora tras un minuto durante el cual el reloj de péndulo dio la hora con voz estentórea—. Así fue como supe lo que es ser peón de campo. No sólo porque los miraba y sentía pena por ellos. No, yo trabajé allí. Cuando ese viejo amo me vendió al padre del amo Montgomery, no dijo nada sobre mi edad. Así que yo aproveché esa oportunidad. —Calló, tragó saliva, miró la alfombra—. Mejor no contarles cómo me hice notar para que me enseñaran a trabajar en la casa grande.

Edmonds sintió un ardor en las mejillas. Jane le palmeó la mano y murmuró:

—No es preciso que lo cuentes, querida. ¿Qué opción tiene una esclava?

—Ninguna, señora, es la verdad. Yo tenía catorce años la primera vez que me vendieron, estaba lejos de mis padres, y ese hombre y sus dos hijos… —Flora miró la Biblia apoyada en el atril—. Bien, debemos perdonar, ¿verdad? El pobre joven Marse Brett murió en la guerra. Vi a su padre cuando llegó la noticia, y habría sentido pena por él, pero estaba demasiado cansada de trabajar.

Edmonds sintió un escalofrío en la espalda.

—¿Qué guerra?

—La Revolución. Hasta los esclavos oímos hablar de eso.

—Pero entonces… Flora, no es posible-… En tal caso tendrías… cien años.

Ella asintió.

—Sepulté a mis hombres, mis verdaderos hombres, y sepulté a mis hijos, cuando no me los habían vendido…—Su firmeza se quebró de golpe. Tendió las manos hacia Edmonds—. ¡Ha sido demasiado tiempo!

—¿Naciste en África? —preguntó Jane.

Flora procuró calmarse.

—No, señora, en una barraca de esclavos. Pero mi padre fue capturado allá. Nos contaba a los jóvenes cosas sobre la tribu, la selva… Decía que él era medio árabe… —Se puso erguida—. Murió, todos murieron, y nunca libres, nunca libres. Me juré a mí misma que yo sería libre, lo juré por ellos. Así que seguí el camino de la Vasija y… aquí estoy. —Hundió la cara entre las manos y sollozó.

—Debemos ser pacientes —le dijo Jane al esposo—. Está muy alterada.

—Sí, supongo que lo que ha pasado enloquecería a cualquiera —convino Edmonds—. Llévatela, querida. Dale un baño. Acuéstala. Quédate con ella hasta que se duerma.

—Desde luego. —Cada cual se dedicó a sus tareas.

Aunque Jacob regresó eufórico, la cena fue apacible. Sus padres habían resuelto dejar que Flora descansara el mayor tiempo posible. Jane le prepararía un cesto de comida para la próxima etapa del viaje.

—Matthew, me pregunto a qué se refería al hablar del camino de la Vasija. ¿Lo sabes?

—Sí, algo he oído —respondió él—. La Vasija es la Osa Mayor. La constelación que nadie puede confundir. Creo que los esclavos tienen una canción sobre ella.

Y se preguntó qué otras canciones recorrían la comarca en secreto, y qué canciones despertarían en el futuro. ¿Himnos de batalla? No, Dios, por favor, por piedad. Contén la ira que tanto merecemos. Guíanos hacia Tu luz.

Al atardecer, él y Jacob sacaron la calesa y engancharon a Si.

—¿Puedo ir, padre? —preguntó el niño.

—No —dijo Edmonds—. Estaré fuera hasta el amanecer. Mañana debes ir a la escuela después de tus tareas. —Acarició la brillante cabeza—. Sé paciente. Pronto tendrás que realizar trabajos de hombre. —Y al cabo de un instante—: Hoy has empezado bien. Sólo espero que luego el Señor no exija mucho más.

Bien, pero el Cielo esperaba, la recompensa que no tenía límites. Pobre Flora, fuera de sus cabales. ¿Qué se sentiría viviendo de ese modo, en cautiverio, o perseguida, o haciendo lo que tuviera que hacer en Canadá? Edmonds tiritó. Dios mediante, así como había encontrado amistad en el Ferrocarril Clandestino, recobraría la razón.

Fulguró una linterna. Jane trajo a la fugitiva y la ayudó a subir a la calesa. Edmonds trepó al pescante.

—Buenas noches, querida —dijo, y azuzó suavemente al caballo. Las crujientes ruedas los llevaron por la calzada hasta la carretera. El aire aún estaba templado, aunque soplaba una brisa fría. El cielo era rojo en el Oeste y negro como terciopelo en el este. Las estrellas despuntaban. La Osa Mayor destacaba. Pronto Edmonds distinguió la Osa Menor y allí vio la estrella Polar, que indicaba el norte de la libertad.


XIV. Hombres de paz

1

2

3

4

5

6

7

8

<p>XIV. Hombres de paz</p>
<p>1</p>

La casa del rancho era pequeña, una cabaña de tepe de una habitación, y por eso mismo más fácil de defender. Las dos ventanas tenían gruesos postigos interiores y cada pared un par de troneras para las armas. La rodeaban estacas, seis en fondo, al estilo de los hombres en el oeste de la Texas ganadera, los hombres que no habían muerto ni huido.

—Cielos, ojalá nos hubiéramos largado a tiempo —dijo Tom Langford—. Tú y los niños, al menos.

—Calla —replicó la esposa—. No podías administrar esto sin mí, y si renunciábamos, hubiéramos perdido todo aquello por lo que hemos trabajado. —Se inclinó sobre la mesa cubierta de armas y municiones para palmearle el brazo. Un rayo de sol atravesó una tronera del lado oeste y cruzó la penumbra transformándole el pelo en bronce—. Sólo debemos resistir hasta que Bob traiga ayuda. A menos que los pieles rojas desistan antes.

Langford prefirió no preguntarse si el vaquero habría logrado escapar. Si los comanches lo habían visto y habían enviado perseguidores con caballos frescos, ya debía de haber perdido el cuero cabelludo. Imposible saberlo. Aunque desde allí se veía hasta muy lejos, durante el día, los atacantes habían aparecido al alba, cuando la gente empezaba las faenas, y habían llegado con increíble celeridad. De los peones, sólo Ed Lee, Bill Davis y Carlos Padilla habían llegado a la casa junto con la familia, y una bala había destrozado el brazo izquierdo de Ed.

Susie curó y entablilló el brazo como pudo cuando los guerreros recularon ante los disparos y se perdieron de vista. Ahora Ed tenía a Nancy Langf ord en el regazo. La niña de tres años lo abrazaba aterrada. Bill vigilaba la punta norte, Carlos el sur, mientras Jim iba de este a oeste con el orgullo y la avidez de sus siete años. El olor penetrante de la pólvora aún flotaba en el aire, y llegaba humo desde el establo. Era el único edificio de madera, y los indios lo habían incendiado. Los defensores oían el crepitar de las llamas a lo lejos, como un ruido de pesadilla.

—¡Regresan! —gritó Jim.

Langford cogió un Winchester de la mesa y dio un brinco hacia la pared oeste.

—Bill, ayuda a la señora a recargar —dijo Lee a sus espaldas—. Carlos, quédate con Tom. Jim, haz la ronda y dime dónde me necesitan. —La voz estaba impregnada de dolor pero el hombre podía disparar un Colt.

Langford miró por la tronera. La luz del sol alumbraba la tierra desnuda. Los cascos de los caballos levantaban un polvo rojizo y arremolinado. Tuvo un cuerpo cobrizo en la mira, pero de golpe el pony viró y del jinete sólo se vio una pierna. Un truco indio, colgarse del otro flanco. Pero un comanche sin caballo era sólo la mitad de sí mismo. El rifle de Langford soltó un estampido y le golpeó el hombro. El pony corcoveó, relinchó, rodó y pataleó. El guerrero logró saltar y se perdió en el polvo y la confusión. Langford comprendió que era un tiro perdido, y escogió el siguiente blanco con cuidado. Las balas tenían que durar.

Los jinetes nunca tomarían esa casa. Lo habían aprendido la primera vez. Daban vueltas y vueltas, gritando y disparando. Cayó uno, otro, otro. Yo no les acerté, pensó Langford. Fue Carlos. Un verdadero tirador. Valiente, además. Podría haberse escabullido cuando atacaron los comanches, pero se quedó con nosotros. Bien, nunca he despreciado a un hombre por ser mexicano.

—¡Aquí vienen a pie! —gritó Jim.

Sí, desde luego, los bravos a caballo cubrían con sus disparos a los que trepaban entre las estacas. Langford miró hacia atrás. Bill Davis se había levantado de la mesa para unirse a Ed Lee en el norte. El peón negro no era el mejor tirador de Estados Unidos, pero sus blancos estaban cerca, detenidos por la barrera, desdeñosos de la muerte. Descerrajó un tiro tras otro. Susie le alcanzó un rifle recargado, cogió el arma vacía, entregó a Ed una pistola nueva. Gritos, trepidar de cascos, estampidos, todo seguía sin cesar. Uno no tenía miedo, no había tiempo para eso, pero en alguna parte se preguntaba si existía otra cosa o alguna vez existiría.

De pronto todo terminó. Los salvajes recogieron a sus muertos y heridos y se retiraron de nuevo.

En el silencio que siguió, el reloj sonó como un martillo clavando la tapa de un ataúd. Era un gran reloj de péndulo, el único tesoro que Susie había querido traer de la casa de sus padres. La esfera relucía en la humareda azul. Langford entornó los ojos, irritados por el humo de la pólvora, y soltó un silbido. Sólo diez minutos desde el comienzo del ataque. ¿ Sólo, santo Dios ?

Nancy se había arrastrado hasta un rincón. Se había puesto en cuclillas abrazándose el cuerpo. Su madre fue a ofrecerle el consuelo que podía.

<p>2</p>

El invierno aún se respiraba en el viento de las praderas altas. Esta estribación no era tan sombría como el Llano Estacado, por donde habían venido los viajeros, pero las lluvias de primavera todavía no habían empezado en serio y sólo un toque de verdor salpicaba la extensa y reseca pradera. Los árboles —sauces o álamos apiñados junto a los escasos arroyos, algún roble solitario— alzaban las ramas desnudas hacia un cielo desteñido. Pero abundaba la caza. No había búfalos, excepto los huesos blancos dejados por cazadores blancos; los búfalos escaseaban cada vez más. Sin embargo, por doquier había antílopes, pécaris y liebres, con lobos y pumas que se alimentaban de ellos. En los cañones había alces blancos y osos. La partida de Jack Tarrant no había visto ganado desde antes de partir de Nuevo México. Dos veces se habían topado con ranchos abandonados. El terror rojo había despertado en toda su vieja furia mientras los estados se desangraban entre sí, y el ejército aún debía someter a muchos rebeldes, siete años después de Appomattox.

El brillo del sol impedía ver el este. Al principio, Tarrant no vio lo que señalaba Francisco Herrera Carrillo.

—Humo —dijo el comerciante en español—. No proviene de ningún campamento.

Era un hombre moreno de rasgos afilados; aun durante el viaje mantenía la mandíbula rasurada, el bigote recortado, las ropas pulcras, como para recordar al mundo que entre sus antepasados había conquistadores españoles.

Tarrant se le parecía un poco, con la nariz grande y aquilina, los ojos ligeramente oblicuos. Al cabo de un momento también distinguió la mancha que se extendía sobre el cielo.

—No proviene de ningún campamento, pues resulta visible por debajo del horizonte —convino lentamente también en español—. ¿Qué es, pues? ¿Un incendio en la hierba?

—No, tendría más extensión. Un edificio. Creo que hemos encontrado a los indios.

Corpulento y pelirrojo, el garfio asomando de la manga derecha, Rufus Bullen apuró el paso para alcanzarlos.

—¡Dios! —gruñó. Su inglés resultaba gangoso porque le faltaban dos dientes. Nadie salvo Tarrant parecía haber notado que otros nuevos ya estaban naciendo en las encías—. ¿Qué han incendiado, un rancho?

—¿Qué otra cosa? —replicó Herrero, siempre en español—. Hace tiempo que no vengo por esta comarca, pero si no recuerdo mal y estoy bien orientado, aquélla es la propiedad de Langford. O lo era.

—Pero ¿qué esperamos? No podemos permitir… —Rufus calló, y se encogió de hombros—. Inutilis est —masculló.

—Llegaríamos demasiado tarde, y no podemos hacer nada contra un grupo de guerreros —le recordó Tarrant, también en latín.

Herrera se encogió de hombros. Se había habituado a que estos yanquis usaran esa lengua. (Reconocía algunas palabras por la misa, pero muy pocas, porque además no la hablaban como los curas.) De todos modos, lo que se proponían hacer era una locura.

—Desean hablar con los comanches, ¿verdad? —observó—. No podrán hacerlo si luchan contra ellos. Vamos, comamos algo y continuemos la marcha. Si tenemos suerte, aún estarán allí cuando lleguemos. Sus hijos Miguel y Pedro, jóvenes pero experimentados, se habían despenado al alba para trabajar. Una cafetera humeaba y dos sartenes chisporroteaban en la parrilla sobre una fogata de estiércol de búfalo —que todavía abundaba— y mezquite. Con la prisa que llevaban ambos hombres, sin tiempo libre para cazar, el único tocino que quedaba era grasa para cocinar, pero tenían suficiente maíz para hacer tortillas y dos días atrás el padre había tenido la buena suerte de cazar un pécari, aunque estaba a cierta distancia. Todo comanchero era, necesariamente, un buen tirador.

Los viajeros comieron muy deprisa, levantaron el campamento, hicieron sus necesidades, dejaron el jabón y las navajas para después, montaron y se pusieron en marcha. Herrera marchaba al trote, a veces al paso. Los dos a quienes guiaba habían aprendido a seguirle el ritmo. Aunque parecía lento, los caballos iban descansados y recorrían muchos kilómetros por día. Además, sólo llevaban un par de ponis cada uno y tres muías de carga.

El sol ascendió, el viento se calmó. La tibieza del aire arrancó dulzones aromas de sudor a las monturas. Los cascos repiqueteaban, el cuero crujía. Las hierbas altas y secas susurraban. Por un momento el humo se elevó a mayor altura, pero pronto se disolvió y se esfumó. Alas igualmente negras sobrevolaban el lugar.

—Un campamento comanche se reconoce de lejos —señaló Herrera—. Los buitres esperan las sobras.

Era difícil distinguir si Rufus se había puesto rojo de furia. A pesar del sombrero, tenía la manca tez irritada y cuarteada.

—¿Cuerpos muertos? —rezongó en español, un idioma que más o menos manejaba.

—O huesos y entrañas —le replicó Herrera—. Siempre fueron cazadores, cuando no están en guerra. —Hizo una pausa—. Los blancos destruyen al búfalo que les da sustento.

—A veces pienso que les tiene simpatía —murmuró Tarrant.

—He tratado con ellos desde que tenía la edad de Pedro, al igual que mis padres antes que yo —dijo Herrera—. Uno liega a entenderlos, quiéralo o no.

Tarrant asintió. Hacía un siglo que los comancheros operaban desde Santa Fe, desde que De Anza había detenido a las tribus y había logrado una paz duradera porque los indios le tenían respeto. Era sólo una paz con los neomexicanos. Los españoles de otras partes, otros europeos, los mexicanos que gobernaron después, los americanos —texanos, confederados, nordistas— que despojaban a los mexicanos, ésos seguían siendo su presa; y había habido tanto derramamiento de sangre y crueldad por ambas partes que una tregua entre los comanches y los texanos era tan impensable como una tregua entre los comanches y los apaches.

Tarrant trató de concentrarse en el caballo. Él y Rufus habían adquirido bastante destreza para cabalgar al estilo de las praderas, pero a fin de cuentas eran marinos. ¿Por qué su búsqueda no los habría conducido al Pacífico Sur, o a las costas de Asia, o a cualquier otra parte que no fuera este desierto sin límites?

Bien, quizá la búsqueda tocara a su fin. Por mucho que antes hubiera pensando en ello, le aceleraba la sangre y le hacía cosquillear la espalda. ¡Oh Hiram, Psammetk, Piteas, Althea, Athenais-Aliyat, cardenal Armand Richelieu, Benjamín Franklin, cuan lejos de vosotros me ha llevado el Río! Y todos los de menor importancia, incontables, perdidos en el polvo, totalmente olvidados salvo por los destellos de su memoria, un camarada de décadas o un compañero de juerga en una taberna, una esposa y los hijos que le había dado o una mujer con quien había compartido una sola noche…

El grito de Herrera lo arrancó del trance.

—¡Alto! —exclamó, y lanzó un torrente de palabras extrañas.

Rufus se llevó la mano izquierda a la pistola. Tarrant lo disuadió con un gesto. Los jóvenes pararon las bestias de carga. Miraban a todas partes. Esto era nuevo para ellos y estaban nerviosos. A pesar de los peligros que había corrido, a Tarrant se le puso carne de gallina.

Dos hombres habían salido de un cerro cubierto de matorrales, desde donde debían de estar observando. Sus potros, con mataduras, cubrieron la distancia en pocos instantes. Controlaban el galope apretando las rodillas y tirando del cabestro; sentados sobre mantas, parecían parte de las bestias, centauros. Eran corpulentos, patizambos, morenos; iban vestidos con taparrabos, perneras y mocasines. El pelo negro les colgaba en trenzas gemelas. Tenían las anchas caras pintadas con el rojo y el negro de la muerte. Habían dejado atrás las Viseras de cuero, y el bonete de guerra de las praderas del norte era desconocido aquí. Un hombre llevaba una cinta con plumas. Otro llevaba una gorra hirsuta o casco de donde surgían cuernos de búfalo. Portaba un rifle de repetición Henry. Una canana le cruzaba, el pecho. Su acompañante calzó una flecha en un arco corto. Los arqueros eran raros últimamente, o eso había oído Tarrant. Tal vez ese guerrero era pobre, o quizá prefería el arma ancestral. No importaba. Esa punta de hierro podía atravesar las costillas llegando al corazón, y más flechas aguardaban en la aljaba.

Herrera siguió hablando. Cuernos de Búfalo gruñó. El arquero aflojó la cuerda. Herrera se volvió en la silla hacia sus clientes. —La lucha no ha terminado —les dijo—, pero el Kwerhar-rehnuh nos recibirá. El jefe Quanah en persona está aquí. —El sudor le brillaba en la cara. Se había puesto un poco pálido. Añadió en inglés, pues muchos comanches sabían algo de español—: Mucho cuidado. Están muy furiosos. Pueden matar fácilmente a un hombre blanco.

<p>3</p>

Los edificios del rancho ya eran visibles. Tarrant pensó que parecía más pequeño y solitario en medio de esa inmensidad. Reconoció la casa de los dueños, una barraca y tres edificios más pequeños. Eran de tepe y habían sufrido pocos daños. El establo estaba reducido a cenizas y fragmentos carbonizados; la familia, sin duda, había invertido mucho dinero y esperanzas en hacerse llevar esa madera. Los indios habían empujado un par de carretas hacia las llamas. El gallinero estaba vacío y destrozado. Los cascos habían pisoteado árboles jóvenes destinados a crecer para ofrecer refugio contra el sol y el viento.

Los indios habían acampado cerca de un esquelético molino que bombeaba agua para un bebedero. Eso los ponía fuera del alcance de los rifles de la casa y quizás impedía que espiaran sus movimientos. Unos treinta tipis exhibían sus coloridos conos de cuero de búfalo en lo que había sido tierra de pastoreo. Ante una fogata central, mujeres con vestidos de piel de ante preparaban novillos descuartizados para comer. Eran pocas. Los bravos sumaban un centenar. Remoloneaban, dormitaban, jugaban a los dados, limpiaban los rifles o afilaban los cuchillos. Algunos estaban sentados con rostro adusto frente a viviendas dentro de las cuales sonaban lamentos; lloraban a sus parientes muertos. Unos pocos, montados, vigilaban los muchos caballos que pastaban a lo lejos. Esos caballos capaces de alimentarse con hierba invernal eran tan recios como sus amos.

Los recién llegados causaron alboroto en el campamento. La mayoría de la gente se acercó para curiosear. La estoica parquedad de los indios era un mito, a menos que estuvieran enfermos o agonizando. Entonces el guerrero se enorgullecía de no gritar aunque sus captores o las mujeres de sus captores le infligieran la tortura más prolongada y cruel. Era terrible caer en manos de semejantes personas.

Cuernos de Búfalo gritó, abriendo paso a través del gentío. Herrera saludó a los hombres que conocía. Las sonrisas y ademanes de bienvenida tranquilizaron a Tarrant. Si sabían cuidarse, quizá sobrevivieran. A fin de cuentas, la hospitalidad era sagrada para esta gente.

Cerca del molino de viento había un tipi con signos pintados que, según Herrera, eran poderosos. Un nombre demasiado digno para abandonar su puesto por mera curiosidad estaba fuera, los brazos cruzados. Los viajeros pararon los caballos. Tarrant comprendió que estaba frente a Quanah, jefe guerrero medio blanco de los Kwerhar-rehnuh. El nombre de esa banda significaba «Antílopes» una designación curiosa para los señores del Llano Estacado, los más feroces de esos comanches a quienes Estados Unidos aún debía conquistar.

Pintado con rayas de color amarillo y ocre que parecían relámpagos, usaba sólo un taparrabo y mocasines, con un cuchillo Bowie enfundado en el cinturón. Pero sus rasgos eran inequívocos. De la raza de la madre heredaba la nariz recta y la alta estatura del musculoso cuerpo. Sin embargo, era aún más moreno que la mayoría de ellos. Miraba a los extranjeros con la calma de un león.

Herrera lo saludó respetuosamente en la lengua de los nermernuh, el Pueblo. Quanah inclinó la cabeza.

—Bienvenidos —saludó, y en un español fluido, aunque con acento, pidió que desmontaran y entraran.

Tarrant se sintió muy aliviado. En Santa Fe había aprendido algo del lenguaje de signos de los indios de la pradera, pero lo usaba con torpeza, y Herrera le había dicho que, de todos modos, pocos comanches lo dominaban. El traficante le había explicado que quizá Quanah no se dignara hablar español con americanos. También chapurreaba el inglés, pero no se crearía dificultades innecesarias hablando en ese idioma.

—Muchas gracias, señor —dijo Tarrant en español, para establecer que él estaba al mando. Se preguntó si tendría que haber usado el honorífico «Don Quanah».

Herrera dejó las monturas a cargo de sus hijos y entró con el jefe, Tarrant y Rufus en el tipi. Dentro sólo había mantas de dormir; era un campamento de guerreros. La luz resultaba tenue después del resplandor de fuera, y el aire olía a cuero y humo. Los nombres se sentaron en círculo con las piernas cruzadas. Dos esposas sé marcharon, apostándose en la entrada por si las necesitaban.

Quanah no estaba dispuesto a fumar la pipa de la paz, pero Herrera había dicho que estaría bien invitarlo a cigarrillos. Tarrant los ofreció mientras hacía las presentaciones. Hábilmente zurdo, Rufus sacó una caja de cerillas del bolsillo, prendió una y encendió el tabaco. Que un hombre de aspecto tan formidable los sirviera honraba a ambos cabecillas.

—Hemos realizado un fatigoso viaje con el deseo de encontrarte —dijo Tarrant—. Pensábamos que los Antílopes estarían en su territorio, pero ya se habían marchado, así que tuvimos que preguntar a todos los que encontramos, y a la Tierra misma, adonde habían ido.

—Entonces no estás aquí para comerciar —dijo Quanah, mirando a Herrera.

—El señor Tarrant me contrató en Santa Fe para que lo guiara hasta aquí, cuando supo que podría hacerlo —respondió el traficante—. He traído rifles y municiones. Uno será un obsequio para ti. En cuanto al resto, bien, sin duda has capturado muchas cabezas de ganado.

Rufus resopló ruidosamente el aire. Era sabido que los rancheros de Nuevo México querían ganado y lo compraban sin hacer preguntas. Los comancheros lograban que pequeños destacamentos de indios arrearan las cabezas que habían capturado en Texas hasta ese mercado, a cambio de armas. Tarrant apoyó una mano en la rodilla del pelirrojo y masculló en latín, para aplacarlo:

—Cálmate, ya lo sabías.

—Acampa con nosotros —le invitó Quanah—. Creo que estaremos aquí hasta mañana por la mañana.

—¿Dejarás en paz a la gente de aquella casa? —preguntó Rufus con tono esperanzado.

Quanah frunció el ceño»

—No. Nos han matado guerreros. El enemigo jamás se jactará de habernos desafiado y haber quedado con vida. —Se encogió de hombros—. Además, necesitamos un descanso, ya que hemos viajado mucho, y así combatiremos mejor a los soldados más tarde.

Sí, comprendió Tarrant, no se trataba de una expedición de pillaje, sino de una campaña en una guerra. Sus averiguaciones indicaban que un chamán kiowa, Profeta Búho, había exhortado a un gran ataque conjunto que expulsaría para siempre al blanco de las llanuras; y el año anterior se habían cometido tantas atrocidades que el gobierno de Washington había cejado en sus esfuerzos por la paz. En otoño, Ranald Mackenzie había llevado a los soldados negros del Cuarto de Caballería hasta la región para combatir contra los Antílopes. Quanah encabezó una sagaz y combativa retirada —Mackenzie mismo recibió una herida de flecha—, hacia el Llano Estacado, hasta que el invierno obligó a los americanos a recular. Ahora Quanah regresaba.

La mirada severa se fijó en Tarrant.

—¿Qué quieres de nosotros?

—Yo también traigo obsequios, señor. —Ropa, mantas, joyas, bebida. Aunque no estaba involucrado en el conflicto, Tarrant no se resignaba a llevar armas, y Rufus no lo habría aceptado—. Mi amigo y yo somos de una tierra distante… California, junto a las aguas occidentales. Sin duda has oído hablar de ellas. —Y añadió deprisa, pues ese territorio pertenecía al enemigo—: No tenemos rencillas con nadie aquí. Las razas no están condenadas a conflictos de sangre. —Un riesgo que debía correr—: Tu madre perteneció a nuestro pueblo. Antes de partir, me enteré de lo que pude acerca de ella. Si tienes alguna pregunta, intentaré responderla.

Se impuso un silencio. El bullicio de fuera parecía lejano. Herrera parecía intranquilo, mientras que Quanah fumaba sin inmutarse.

—Los texanos nos las robaron, a ella y a mi pequeña hermana —dijo al fin el jefe—. Mi padre, Peta Nawkonee el jefe de guerra, la lloró hasta que recibió una herida en batalla, la cual se infectó y lo mató. He oído decir que ella y la muchacha han muerto.

—Tu hermana murió hace ocho años —replicó Tarrant—. Tu madre murió poco después. También ella sufría el pesar y la añoranza. Ahora descansan en paz, Quanah.

Había sido muy fácil averiguar la historia. Había causado sensación y aun hoy se recordaba. En 1836 un grupo de indios atacó Parker's Fort, un asentamiento en el valle del Brazos. Abatieron a cinco hombres y los mutilaron a la manera india, preferiblemente antes de la muerte. Violaron a la abuela Parker después de que una lanza la clavó en el suelo. Dos mujeres de las varias que violaron sufrieron heridas igualmente graves. Se llevaron a otras dos, junto con tres criaturas. Entre ellos estaba Cynthia Anne Parker, de nueve años.

Finalmente se rescató a las mujeres y a las criaturas pagando rescate. Aunque ésta no era la primera vez que los comanches tomaban mujeres como esclavas, la historia de lo que habían sufrido esas dos sintetizaba el destino de centenares; y los Texas Rangers cabalgaban con el deseo de venganza en el corazón.

Cynthia Anne tuvo mejor suerte. La adoptaron y criaron como hija de los nermernuh. Olvidó el inglés y su primera infancia, se convirtió en Antílope y al fin en madre. Por lo que se sabía, su matrimonio había sido feliz; Peta Nawkonee amaba a su esposa y no quiso a ninguna mujer después de ella. La perdió en 1860, cuando Sul Ross encabezó una expedición de los Rangers en represalia por una incursión y atacó el campamento comanche. Los hombres habían salido a cazar. Los Rangers dispararon a las mujeres y los niños que no lograron escapar, y a un esclavo mexicano a quien Ross confundió con el jefe. Justo a tiempo, un hombre vio, a través de la suciedad y la grasa, que el pelo de una squaw era rubio.

Ni el clan Parker ni el estado de Texas escatimaron esfuerzos, pero fueron vanos. Ella era Naduah, quien sólo echaba de menos al Pueblo y la pradera. Una y otra vez intentó escapar, y sus parientes tuvieron que custodiarla. Cuando la enfermedad la privó de su hija, aulló, se abrió cortes en las carnes, se sumió en el silencio y se mató de hambre.

En las praderas, su hijo menor pereció miserablemente. La enfermedad siempre acechaba a los indios: tuberculosis, artritis, parásitos, oftalmía, la sífilis y la viruela que traían los europeos, una letanía incesante de males. Pero su hijo mayor prosperó, reunió un grupo de guerreros y llegó a jefe de los Antílopes. Rehusó firmar el tratado de la Cabaña de Medicinas, que llevaría a las tribus a una reserva. En cambio, sembró el terror en la frontera. Era Quanah.

—¿Has visto sus tumbas? —preguntó con voz firme.

—No —dijo Tarrant—, pero si deseas puedo visitarlas para decirles que las amas.

Quanah fumó un rato más. Al menos no llamó embustero al blanco.

—¿Por qué me buscas? —preguntó al fin.

El pulso de Tarrant se aceleró.

—No te busco a ti, jefe, aunque grande es tu fama. He recibido noticias sobre alguien que te acompaña. Si he oído bien, es oriundo del norte y ha viajado mucho y mucho tiempo, más tiempo del que nadie recuerda, aunque no envejece. El suyo ha de ser un extraño poder. En tu campamento, los nermer-nuh que se quedaron nos informaron que venía con esta partida. Mi deseo es hablar con él.

—¿Por qué? —La pregunta directa, tan poco india, revelaba tensión bajo la superficie de hierro de Quanah.

—Creo que se alegrará de hablar conmigo.

Rufus chupó el cigarrillo con fuerza. El garfio le temblaba sobre el regazo. Quanah impartió una orden a las squaws. Una de ellas se fue. Quanah se volvió hacia Tarrant.

—He mandado a buscar a Dertsahnawyeh, Peregrino —dijo, añadiendo la traducción española de ese nombre. Y continuó—: ¿Esperas que él te enseñe su medicina?

—He venido para averiguar qué es.

—Creo que no podría decírtelo aunque lo deseara, y no creo que lo desee.

Herrera miró de soslayo a Tarrant.

—Usted sólo me dijo que deseaba averiguar qué había detrás de esos rumores —dijo—. Es peligroso entrometerse en cuestiones de los guerreros.

—Sí, me considero un científico —replicó Tarrant y dirigiéndose a Quanah—: Un hombre que busca la verdad oculta detrás de las cosas. ¿Por qué brillan el sol y las estrellas? ¿Cómo llegaron a existir la Tierra y la vida? ¿Qué ocurrió realmente en el pasado?

—Lo sé —replicó el jefe—. Así los blancos han hallado modos de hacer muchas cosas terribles, y el ferrocarril corre por donde pastaba el búfalo. —Una pausa—. Bien, supongo que Dertsahnawyeh sabe cuidarse solo —y añadió con crudeza—: En cuanto a mí debo pensar cómo capturar esa casa.

No había mas que decir.

Una sombra oscureció la entrada al tiempo que un hombre entraba en el tipi. Aunque iba vestido como el resto, no llevaba pintura de guerra. Tampoco era un nativo de estas tierras, sino alto, esbelto, de tez más clara. Cuando vio quienes estaban con Quanah, dijo suavemente en inglés:

—¿Qué quieres de mí?

<p>4</p>

Tarrant y Peregrino caminaban por la pradera. Rufus los seguía a un par de pasos. La luz se derramaba desde el vasto cielo y el suelo despedía tibieza. El pasto seco crepitaba. El campamento y los edificios pronto desaparecieron detrás de los tallos altos y prados. Rectas volutas de humo se elevaban hacia los buitres.

La revelación fue extrañamente tranquila, aunque quizá no era extraño. Habían esperado mucho tiempo. Tarrant y Rufus habían sentido que la esperanza se transformaba gradualmente en certidumbre. Peregrino había alimentado una paz interior para la cual toda sorpresa era como un soplo de aire. Así soportó su soledad, hasta dejarla atrás.

—Nací hace casi tres mil años —dijo Tarrant—. Mi amigo tiene la mitad de esa edad.

—Nunca conté el tiempo hasta hace poco —dijo Peregrino. Bien podían usar ese nombre, entre los muchos que tenía—. Y desde entonces he calculado quinientos o seiscientos años.

—Antes de Colón… ¡Qué cambios habrás visto!

Peregrino sonrió como un hombre plantado ante una tumba.

—Tú has visto más. ¿Has encontrado a otros como nosotros, además del señor Bullen?

—Una mujer, una vez, pero desapareció. No sabemos si aún vive. Salvo por ella, eres el primero. ¿Tú has encontrado a alguno?

—No. Lo intenté pero desistí. Por lo que sabía, estaba solo. ¿Cómo me seguiste el rastro?

—Es una larga historia.

—Tenemos mucho tiempo.

—Bien… —Tarrant extrajo un saquito de tabaco de los pantalones y, de la camisa, la pipa de escaramujo que no habría sido prudente fumar frente a Quanan—. Comenzaré diciendo que Rufus y yo llegamos a California en 1849. ¿Has oído hablar de la Fiebre del Oro? Amasamos una fortuna. No como mineros, sino como comerciantes.

—Tú lo hiciste, Hanno —dijo Rufus—. Yo sólo seguí tus pasos.

—Y fuiste útil en muchísimos aprietos —declaró Tarrant—: Al final desaparecí unos años, luego reaparecí en San Francisco con mi alias actual y compré un barco. Siempre he amado el mar. Ahora tengo varias naves; la empresa ha prosperado.

Cargó la pipa y la encendió.

—Cada vez que pude costearlo, contraté hombres para buscar indicios de los inmortales —continuó—. Desde luego, no les explico qué están buscando. En general, los de nuestra especie logran sobrevivir conservando el anonimato. En la actualidad soy un millonario excéntrico interesado en las genealogías. Mis agentes creen que soy un ex mormón. Ellos deben localizar a individuos que se parecen mucho a otros y se perdieron de vista, y que pueden reaparecer como dueños de una bonita suma…, ese tipo de cosas. Con los ferrocarriles y los buques de vapor, al fin pude extender mi red por todo el mundo. Desde luego, aún no es muy grande, y la trama es muy tosca, y por eso no he pescado nada, salvo algunas pistas falsas.

—Hasta hoy —dijo Peregrino.

Tarrant asintió.

—Un investigador mío que andaba por Santa Fe oyó rumores acerca de un hechicero que vivía entre los comanches y no pertenecía a ellos.

»Por la descripción parecía un sioux o un pawnee, pero había conquistado mucha autoridad y… lo habían nombrado antes, en otra parte, en diferentes épocas y lugares. Ninguna persona civilizada habría armado el rompecabezas. ¿Quién tomaría en serio las fantasías de los salvajes? Oh, perdona, no quise ofender. Tú sabes cómo piensan los blancos. Mi agente creyó que no valía la pena seguir el rastro. Lo consignó en un par de frases de su informe tan sólo para demostrarme que era aplicado.

»Eso fue el año pasado. Decidí hacer el seguimiento. Tuve suerte y encontré a dos personas de edad, un indio y un mexicano, que recordaban… Bien, si ese hombre existía, al parecer se había unido a Quanah. Esperaba hallar a los comanches en cuarteles de invierno, pero tuvimos que rastrearlos. —Tarrant apoyó la mano en el hombro de Peregrino—: Y aquí estamos, hermano.

Peregrino se detuvo. Tarrant lo imitó. Ambos se miraron de hito en hito. Rufus se mantuvo a la zaga. Al fin Tarrant sonrió adustamente y murmuró:

—Te preguntas si miento, ¿verdad?

—¿Cómo sabes que yo digo la verdad? —replicó el indio.

—Tienes mucho tacto para decir las cosas. Bien, con el transcurso del tiempo he escondido pruebas, así como piezas de oro para emergencias, aquí y allá. Ven conmigo y te mostraré suficientes. O, simplemente, puedes observarme veinte o treinta años. Yo te daré el sustento. Por otra parte, ¿por qué diablos inventaría yo una historia semejante?

Peregrino asintió.

—Te creo. ¿Pero cómo sabes que yo no me propongo estafarte?

—No podrías haber previsto mi llegada, y dejaste una pista durante muchos años. No a propósito. Ningún blanco que no supiera qué buscar habría sospechado jamás. Las tribus… ¿qué opinan de ti?

—Depende. —Peregrino recorrió con los ojos la extensión donde la hierba se mecía sobre los cráneos de búfalo, hasta más allá del horizonte. Al fin habló despacio, en un inglés muy cauteloso, a menudo deteniéndose para formar una oración antes de pronunciarla—. Cada cual vive en su propio mundo, y esos mundos cambian deprisa.

»Al principio fui chamán entre mi gente. Pero adoptaron el caballo y todo lo que eso implicaba. Los abandoné y vagabundeé, invierno tras invierno, verano tras verano. Trataba de hallar el sentido de toda mi experiencia. A veces me asentaba un tiempo, pero siempre era doloroso ver lo que sucedía. Incluso probé suerte entre los blancos. En una misión recibí el bautismo, aprendí español e inglés, a leer y escribir. Luego me interné en territorio de mexicanos y anglos. Fui cazador, trampero, carpintero, vaquero, jardinero. Hablé con todos los que podían hablar conmigo, y leí cada palabra impresa que encontraba. Pero tampoco sirvió de nada. No me encontraba cómodo.

«Entretanto, una tribu tras otra era exterminada por la enfermedad o la guerra, o sometida y encerrada en una reserva. Si los blancos querían más tierras, expulsaban a los pieles rojas. Vi a los cherokees en el final de su Senda de Lágrimas…

La voz tranquila y descriptiva enmudeció. Rufus se aclaró la garganta.

—Bien, así es el mundo —rezongó—. Yo he visto sajones, vikingos, cruzados, turcos, guerras de religión, brujas quemadas… —Y en voz más alta—: He visto lo que hacen los indios cuando llevan las de ganar.

Tarrant le impuso silencio con un gesto y preguntó a Peregrino.

—¿Qué te trajo aquí?

El otro suspiró.

—Al fin llegué a la tardía deducción de que esta vida que continuaba sin cesar, sin dejar más que tumbas, debía de tener un propósito, una utilidad. Y tal vez eso estaba en mi larga experiencia, en mi inmortalidad, que haría que la gente me escuchara. Tal vez pudiera ayudar a mi pueblo, a toda mi raza, antes de que se extinguiera, ayudarla a salvar algo para un nuevo comienzo.

»Hace unos treinta años regresé. En el sureste las tribus tenían probabilidades de durar más tiempo. Los nermernuh (¿sabes que «comanche» viene del español, verdad?) habían expulsado a los apaches. Habían combatido a los kiowas y los habían transformado en aliados; durante trescientos años habían resistido contra los españoles, los franceses, los mexicanos, los texanos, y habían llevado la guerra a territorio enemigo. Ahora los americanos se proponen aplastarlos para siempre. Merecen algo mejor, ¿no crees?

—¿Y qué estás haciendo? —La pregunta de Tarrant pareció revolotear como esas alas negras en el cielo.

—A decir verdad, estuve primero entre los kiowas —dijo Peregrino—. Tienen mente más abierta que los nermernuh, incluso en cuanto a la longevidad. Los comanches creen que un hombre verdadero muere joven, en la batalla o la cacería, mientras es fuerte. No confían en los viejos y los tratan mal. No como mi gente, hace mucho… Yo dejé que mi reputación creciera con el tiempo. Fue una ayuda que supiera tratar a los heridos y enfermos. Nunca me di aires de profeta. Esos predicadores locos han causado la muerte de millares, y el fin aún no llega. No, simplemente iba de tribu en tribu, y llegaron a pensar que yo era sagrado. Hice lo que pude en materia de curación y asesoramiento. Siempre he aconsejado la paz. Es una larga historia. Al fin me uní a Quanah, porque se estaba convirtiendo en el último gran jefe. Todo dependerá de él.

—¿Has dicho paz? —Y lo que podamos salvar para nuestros hijos. Los comanches no tienen ningún legado de sus antepasados, nada en lo que puedan creer de veras. Eso los tiene a mal traer. Los vuelve presa fácil de los.

Personajes como Profeta Búho. Encontré una nueva: entre los kiowas y la estoy trayendo a los nermer-nuh. ¿Conoces el cacto peyote? Abre un camino, aquieta el corazón…

Peregrino se detuvo. Una risa le aleteó en la garganta.

—Bien, no me proponía hablar como un misionero.

—Me alegrará escucharte más tarde —dijo Tarrant, mientras pensaba: He visto ir y venir tantos dioses. ¿Qué más da uno más?—. Me interesan tus ideas para lograr la paz. Te he dicho que tengo dinero. Y siempre me las he ingeniado para manejar ciertos hilos. ¿Comprendes? Algunos políticos me deben favores. Puedo comprar a otros. Elaboraremos un plan. Pero primero debemos sacarte de aquí, regresar a San Francisco, antes de que te metan una bala en los sesos. ¿Por qué diablos viniste con estos guerreros?

—Ya te he dicho que debo lograr que me escuchen —explicó fatigosamente Peregrino—. Es un trabajo difícil. Ante todo, recelan de los viejos, y ahora que su mundo se despedaza temen una magia tan extraña como la mía y… Tienen que comprender que no soy cobarde, que estoy de su lado. No puedo abandonarlos ahora.

—¡Un momento! —ladró Rufus.

Lo miraron fijamente. Rufus se plantó con las piernas separadas, el sombrero echado hacia atrás, la cara roja y curtida. El garfio que había perforado a sus enemigos lucía repentinamente frágil bajo ese cielo.

—Un minuto. Jefe, ¿en qué estás pensando? Lo primero que debemos hacer es salvar a esos rancheros. Tarrant se humedeció los labios.

—No podemos —respondió con desgana—. Somos dos contra un centenar. A menos… —Miró a Peregrino.

El indio meneó la cabeza.

—En esto el Pueblo no me escuchará —les dijo con voz opaca—. Sólo perdería la poca influencia que tengo.

—¿No podemos pagar rescate por la familia? He oído que los comanches a menudo venden a los prisioneros. He traído mercancías, además de los presentes. Y Herrera me dará su ganado si le prometo una paga en oro.

Peregrino reflexionó.

—Bien, tal vez.

—Eso es como dar a esos demonios recursos para matar más blancos —protestó Rufus.

—Me decías que estas cosas no son nuevas en la Tierra —dijo Peregrino con incisiva amargura.

—Pero los bárbaros de Europa eran blancos. Incluso los turcos… Oh, olvídalo. Cabalgas con estos animales…

—Basta, Rufus —intervino Tarrant—. Recuerda a qué vinimos. No es de nuestra incumbencia salvar a unos pocos que dentro de un siglo ya estarán muertos. Veré si puedo hacerlo, pero Peregrino es nuestro verdadero hermano. Cálmate.

Rufus dio media vuelta y se alejó. Tarrant lo siguió con los ojos.

—Se le pasará —aseguró—. Malhumorado y no muy inteligente, pero me ha sido fiel desde antes de la caída de Roma.

—¿Por qué se preocupa por personas efímeras como insectos? —dijo el chamán.

La pipa de Tarrant se había apagado. La encendió de nuevo mirando las volutas de humo.

—También los inmortales reciben la influencia del medio —le dijo—. Estos últimos doscientos años hemos vivido principalmente en el Nuevo Mundo. Primero Canadá, cuando era francés, pero luego nos mudamos a las colonias inglesas. Más libertad y más oportunidades, si eras inglés, como por supuesto alegábamos ser. Luego fuimos americanos; lo mismo.

»A él le afectó más que a mí. Yo he tenido esclavos, y acciones de un par de plantaciones, pero nunca pensé mucho en ello. Siempre había dado por sentada la esclavitud, y era una desgracia que le podía ocurrir a cualquiera, al margen de las razas. Cuando terminó la guerra de Secesión y muchas otras cosas, para mí fue otra vuelta en la rueda de la historia. Como propietario de naves en San Francisco no necesitaba esclavos.

»Pero Rufus tiene un alma primitiva. Quiere algo a lo cual aferrarse…, algo que los inmortales no podemos tener, ¿verdad? Ha profesado una docena de creencias cristianas. La última vez se convirtió en una ceremonia baptista, y aún evoca muchas cosas. Antes y después de la guerra tomó en serio lo que oía acerca del derecho y el deber de la raza blanca de dominar a las de color. —Tarrant rió sin alegría—. Además, no ha visto una mujer desde que salimos de Santa Fe. Se decepcionó al descubrir que en el Llano Estacado las mujeres comanches no son tan complacientes con los forasteros como en el norte. Quizás haya mujeres blancas en esa cabaña. Rufus no sabe que él mismo las desea… Oh, se conformaría con ser respetuoso y galante y recibir miradas de adoración, pero la idea de que las viole un piel roja tras otro es más de lo que puede soportar.

—Quizá tenga que soportarlo —dijo Peregrino.

—Sí, quizá. —Tarrant hizo una mueca—. Admito que no me gusta la idea, ni la de pagar el rescate con armas. No soy tan insensible como… como debo aparentar que soy. —Creo que no ocurrirá nada durante horas.

—Bien. Debo entregar mis presentes a Quanah, someterme a las formalidades… Quiero que me asesores, pero no enseguida. Caminemos. Tenemos mucho de qué hablar. Tres mil años.

<p>5</p>

Los guerreros formaron un círculo. Ahora callaban con dignidad felina, pues ésta era una ocasión ceremonial. El sol poniente sacaba lustre al pelo color obsidiana y a la piel color caoba, encendía llamas en los ojos.

Entre sus hombres, delante del tipi, Quanah recibió los presentes de Tarrant. Dio un discurso en la lengua de su padre, prolongado y sin duda con muchas imágenes, al estilo de sus antepasados. Cuando concluyó, Peregrino, de pie junto al visitante, dijo en inglés:

—Te da las gracias, te llama amigo, y mañana escogerás entre sus caballos el que más te agrade. Un gesto generoso muy en un hombre que está en pie de guerra.

—Sí, lo sé —dijo Tarrant. A Quanah, en español—: Gracias, gran jefe. ¿Puedo pedir un favor, en nombre de la amistad que tan benévolamente nos ofreces?

Herrera, unos pasos atrás, se sobresaltó, se puso tenso y entornó los ojos. Tarrant no había ido a verlo al regresar, sino que había juntado los presentes y había enfilado directamente allí. La noticia se difundió deprisa y Herrera, al ver que se reunían los bravos, había ido por cortesía y por prudencia. —Adelante —dijo el impasible Quanah.

—Deseo comprar la libertad de esas personas que has sitiado. Serán inútiles para ti. ¿Para qué gastar más tiempo y hombres por ellas? Nos las llevaremos nosotros. A cambio pagaremos un buen precio.

Un agitado murmullo corrió entre los comanches. Los que entendían les susurraban a los que no entendían. Las manos se cerraron sobre las lanzas o los rifles.

Un hombre que estaba cerca del jefe soltó una retahíla de palabras rudas. Era esbelto. Tenía muchas cicatrices y más arrugas en el rostro que las habituales aun entre los indios viejos. Otros mascullaron como asintiendo. Quanah impuso silencio alzando la mano.

—Wahaawmaw dice que tenemos que vengar a nuestros caídos —le comunicó a Tarrant.

—Ellos cayeron honorablemente.

—Se refiere a todos nuestros caídos, durante todos los años y generaciones, las muertes que hemos sufrido.

—Ignoraba que tu gente pensaba así.

—Wahaawmaw era un niño en el campamento donde los rangers capturaron a la madre de Quanah —explicó Peregrino—. Encontró un escondite y escapó a la matanza, pero ellos dispararon a su madre, a su hermano y a dos hermanas pequeñas. Hace poco perdió a la esposa y un hijo pequeño; los soldados usaron una pieza de artillería. Lo mismo ha ocurrido, en varios lugares, a muchos que están aquí.

—Lo lamento —declaró Tarrant—. Pero esas personas no tienen nada que ver con ello y yo…, bien, tengo muchos objetos preciosos como los que he dado al jefe. ¿No son mejores que unos pestilentes cueros cabelludos?

Wahaawmaw pidió derecho a hablar. Continuó varios minutos, gruñendo, susurrando, alzando las manos y gritando al cielo en una cólera rugiente. Cuando terminó y se cruzó de brazos, Peregrino apenas necesitó traducir.

—Dice que esto es un insulto. ¿Los nermernuh van a vender su victoria por mantas y alcohol? Arrebatarán un abundante botín a los texanos, y también los cueros cabelludos.

Había advertido a Tarrant que esperara este desenlace, de modo que Tarrant miró directamente a Quanah y dijo:

—Tengo una oferta mejor. Traemos rifles con nosotros, cajas llenas de cartuchos, cosas que tu gente necesitará tanto como los caballos, si va a la guerra. ¿Cuánto a cambio de esas pobres vidas?

Herrera avanzó un paso.

—No, espere —dijo.

Quanah lo detuvo.

—¿Están con tu equipaje? En tal caso, bien. De lo contrario, es demasiado tarde. Tu compañero ya ha convenido en cambiar las suyas por ganado.

Tarrant se quedó atónito. Wahaawmaw, que debía de haber entendido de qué hablaban, soltó un graznido burlón.

—Pude habértelo dicho— explicó Herrera, en medio del creciente alboroto.

Quanah ordenó silencio mientras Peregrino susurraba al oído de Tarrant.

—Veré si puedo persuadirlos de modificar el trato. Pero pon freno a tus esperanzas.

Inició su discurso. Sus compañeros respondieron en tono similar. En general hablaban con serenidad. Siempre costaba alcanzar un consenso. No tenían gobierno. Los jefes civiles eran poco más que jueces, mediadores, y aun los jefes de guerra sólo mandaban durante la batalla. Quanah esperó a que terminara el debate. Hacia el final, Herrera quiso decir algo. Poco después, Quanah pronunció lo que consideraba el veredicto y el asentimiento circuló entre sus seguidores como una marea. Ya atardecía cuando Wahaawmaw clavó en Tarrant una mirada triunfal.

—Lo has adivinado, ¿verdad? —explicó tristemente Peregrino—. No dio resultado. Aún no han conseguido suficiente sangre, y están sedientos de ella. Wahaawmaw afirma que traería mala suerte dar cuartel, y muchos están dispuestos a creerle. Pueden usar media docena para arrear el ganado del rancho y llevarlo a Nuevo México. Les agrada ese viaje. Y el comanchero les ha dicho que no es hombre de renunciar a lo pactado. Eso los ha puesto quisquillosos en cuanto a su honor. Además… Quanah no presentó ningún argumento, pero saben que tiene una idea para tomar la casa y que le gustaría probarla, y sienten curiosidad. —Calló unos instantes—. He hecho todo lo posible, de verdad.

—Desde luego —respondió Tarrant—. Gracias.

—Quiero que sepas que a mí tampoco me agrada lo que ocurrirá. Alejémonos y no regresemos hasta la mañana…, con Rufus, si lo desea.

Tarrant meneó la cabeza.

—Creo que será mejor que me quede. No te preocupes. He visto bastantes saqueos en el pasado.

—Supongo que sí —dijo Peregrino.

La reunión se disolvió. Tarrant presentó sus respetos a Quanah y caminó entre filas de guerreros, que lo miraban con aire hosco o burlón, hacia el campamento de Herrera. Estaba a varios metros del tipi más cercano. El neomexicano se demoró hablando con algunos hombres.

Sus hijos habían encendido una fogata. Preparaban la cena antes de que llegara el rápido anochecer de la pradera. Largos rayos de sol temblaban en el humo. Las mantas para dormir aguardaban. Rufus estaba sentado con una botella en el puño. Alzó los ojos cuando se acercó Tarrant y preguntó innecesariamente, ya que lo había visto todo:

—¿Qué ha ocurrido?

—No hay trato. —Tarrant se sentó en el pasto pisoteado y tendió la mano—. Beberé un sorbo de whisky. No mucho, y será mejor que tú te cuides. —Sintió la grata mordedura del alcohol en el gaznate—. He fracasado. Peregrino no abandonará a los comanches, y los comanches no aceptan el rescate. —Describió la situación en pocas palabras.

—Ese hijo de perra —jadeó Rufus.

—¿Quién? ¿Quanah? Será un enemigo, pero es honesto.

—No. Herrera. Él podía haber…

El traficante llegó en ese momento.

—¿He oído mi nombre? —preguntó.

—Ahá —gruñó Rufus, y se puso de pie, botella en mano—. Vípera es —masculló en latín. Y continuó en inglés—: Eres una víbora. Un mexicano grasiento. Podías haberle vendido a Hanno…, podías haber vendido al jefe esas armas y…

Herrera se llevó la mano derecha al Colt. Sus hijos se pusieron alerta, desenvainando los cuchillos.

—No podía cambiar un trato que ya estaba hecho —dijo. El español era un idioma demasiado suave para comunicar toda su frialdad—. No a menos que ellos aceptaran, y ellos rehusaron. Eso habría perjudicado mi reputación y mi negocio.

—Seguro, mestizo, siempre estás dispuesto a vender hombres blancos, mujeres blancas, venderlos por… dinero. Dinero de sangre. —Rufus escupió a los pies de Herrera.

—No hablaremos de sangre —dijo con calma el traficante—. Yo sé quién era mi padre. Y lo vi llorar cuando los yanquis nos arrebataron la tierra. Ahora debo cederles el paso en las calles de Santa Fe. El cura me dice que no debo odiarlos, ¿pero debo preocuparme por ellos?

Rufus gruñó y atacó con el garfio. Herrera retrocedió a tiempo. Desenfundó la pistola. Tarrant se levantó de un salto y agarró el brazo de Rufus antes que el pelirrojo intentara desenfundar. Lentamente, los muchachos envainaron los cuchillos.

—Compórtate —jadeó Tarrant—. Siéntate.

—¡No con éstos! —barbotó Rufus en latín. Se zafó—. Y tú, Hanno. ¿No recuerdas? Como esa mujer que salvamos, allá en Rusia. Y ése era un solo hombre que después no le habría abierto el vientre, ni la habría entregado a mujeres con cuchillos y antorchas… —Se alejó de todos sin soltar la botella.

Algunas miradas lo siguieron.

—Déjelo en paz —dijo Tarrant a Herrera—. Pronto volverá a sus cabales, y añadió sin gran sinceridad—: Gracias por tu paciencia.

<p>6</p>

Durante la tarde, Tom Langford se animó a salir dos veces. Cuando vio el campamento, entró deprisa y atrancó la puerta.

—Sospecho que intentarán un ataque nocturno —dijo al atardecer—. De lo contrario, ¿por qué se demoran tanto? Tal vez de nuevo al amanecer, pero podría ser a cualquier hora. Tendremos que mantenernos alerta. Si los rechazamos de nuevo, quizá se marchen. Los indios no saben cómo sostener un sitio.

Bill Davis se echó a reír.

—No valemos la pena —opinó. —Los vecinos vendrán, indudablemente, a ayudarnos —aventuró Carlos Padilla en español.

—Sí pero quién sabe cuándo —suspiró Langford—. Suponiendo que Bob haya logrado pasar, los vecinos están muy desperdigados. Quizás haya un destacamento de caballería en las cercanías.

—Estamos en manos de Dios —declaró Susie. Sonrió a su esposo—. Y en las tuyas, querido, y son manos bien fuertes.

Ed Lee se movía y gemía en la cama de los Langford. La herida le había producido fiebre. Los niños estaban agotados.

Primero comieron la cena, habichuelas frías, pan, la leche que les quedaba. No tenían leña, y el agua era escasa. Langford pidió a su esposa que dijera la oración de gracias. A nadie le molestó que Carlos se persignara. Luego los hombres fueron uno por uno detrás de una cortina que Susie había puesto en un rincón para ocultar el cubo que todos debían compartir. Langford lo había vaciado en sus dos salidas. Esperaba que nadie más tuviera ganas de defecar hasta que los indios se hubieran largado. Sería desagradable, en ese encierro con una mujer y una niña. El retrete era de tepe, y aún debía de estar en pie. De lo contrario, usarían la protección de la hierba alta, la libertad de esos acres por los cuales luchaba.

Cayó la noche. Una sola vela ardía en la mesa entre las armas. Los Langford y los peones montaban guardia, dos turnándose para mirar por las troneras mientras otros dos dormitaban en el suelo o junto al pobre Ed. Las estrellas cubrían el retazo de cielo que podían ver. El suelo era una negrura grisácea. La pálida luna sería de escasa ayuda cuando despuntara poco antes que el sol. Entretanto, persistían el frío y el silencio.

Una vez la esposa susurró desde su lado de la habitación:

—¿Tom? —¿Sí? —Él le echó una ojeada. En la penumbra no veía la suciedad, el agotamiento, las mejillas huecas y las ojeras. Veía a la muchacha de sus días de noviazgo, desde cuyo porche había regresado a casa embelesado.

—Tom, si… si logran entrar y tienes la oportunidad… —Ella contuvo el aliento—. ¿Me dispararías primero?

—¡Claro que no! —exclamó él, horrorizado.

—Por favor. Te lo agradecería.

—Podrías vivir, querida. Venden prisioneros a nuestra gente.

Ella miró el suelo y luego, recordando su deber, espió por la tronera.

—No querría vivir. No después…

—¿Piensas que te abandonaría? Supongo que no me conoces tan bien como creía.

—No, pero tú… Yo estaría sin ti en la Tierra. ¿Por qué no juntos en el Cielo, al mismo tiempo?

Langford sabía que los pieles rojas no le perdonarían la vida. A menos que tuviera suerte, no sería un hombre cuando muriese. Aunque los cuchillos y el fuego, o estar sujeto en una estaca al sol con los párpados cortados, no lo dejarían en condiciones para pensar mucho en eso.

—Bien, quizá consigas salvar a los niños.

Ella agachó la cabeza.

—Sí. Lo lamento. Lo había olvidado. Sí, pensaba de forma egoísta.

—Oh, no te preocupes, cariño —dijo él tratando de aparentar alegría—. No ocurrirá nada malo. La semana próxima nuestra mayor preocupación será cómo evitar el jactarnos a voz en grito.

—Gracias, querido. —Ella miró hacia fuera.

La noche avanzó. La habían dividido en cuatro turnos de guardia, y todos estarían despiertos antes del alba, cuando el ataque era más probable. Cuando el reloj de péndulo dio las tres de la mañana, los Langford terminaron su segundo turno, despertaron a los peones y se acostaron, él en el suelo, ella junto a Ed. Si el hombre herido despertaba de su profundo sueño, ella se daría cuenta y lo atendería. Los otros hombres dispararían mejor cuanto más descansados estuvieran.

Un escopetazo despertó a Langford.

Bill chocó contra la pared y cayó. La bala había atravesado la cabaña y le había dado en la espalda. A la luz de las velas y entre las sombras fluctuantes, su sangre era más negra que su tez.

Carlos se agazapó en el lado norte, apuntando el rifle en vano. Dos anchos cañones entraron por las troneras del oeste. Uno escupió humo y se retiró, reemplazado al instante por otro. Entretanto rugió la segunda arma.

Langford saltó hacia la cama y hacia Susie. En su aturdimiento comprendió. Tres o cuatro enemigos se habían arrastrado al amparo de la noche, despacio, deteniéndose a menudo, sombras en la oscuridad, hasta atravesar las estacas y llegar bajo los aleros. Luego habían insertado las armas, tal vez esperando disparar a alguien en el ojo.

No importaba. Disparando a ciegas, moviendo los cañones a izquierda y derecha, hacían imposible la defensa.

Aumentaron los alaridos. Un estruendo sacudió la puerta. Langford supo que no eran tomahawks, sino un hacha de cortar leña, tal vez suya. Los paneles se astillaron. Una ráfaga apagó la vela. Langford disparó una y otra vez, pero no veía bien. El percutor tocó una cámara vacía. ¿Dónde diablos estaban las armas cargadas? Oyó un grito de Susie. Tal vez tenía que haber guardado una bala para ella. Demasiado tarde. La puerta había caído y la oscuridad estaba llena de guerreros.

<p>7</p>

El bullicio los despertó. Tarrant y los Herrera se levantaron empuñando las armas. Había un tumulto entre los tipis.

—El ataque —dijo el traficante entre los alaridos y disparos.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Tarrant—. ¿Otro ataque frontal, en medio de la noche? Una locura.

—No sé —dijo Herrera. El ruido alcanzó un rápido crescendo. Herrera mostró los dientes, un destello opaco bajo las estrellas—. Victoria. Están tomando la casa. ¿Adonde va? —exclamó cuando vio que Tarrant se agachaba para ponerse las botas—. Quédese aquí. Podrían matarlo.

—Tengo que ver si puedo hacer algo.

—No puede. Yo me quedo, no por miedo sino para no ver lo que vendrá a continuación.

—Me dijo que no le importaba —replicó Tarrant.

—No mucho —admitió Herrera—. Pero sería maligno regodearse, y no tengo ánimo para eso. No, mis hijos y yo rezaremos por ellos. —Le aferró la manga. Uno dormía con la ropa puesta en un lugar como ése—. Quédese. Usted me cae bien.

—Tendré cuidado —prometió Tarrant, y echó a andar.

Bordeó el campamento comanche. Cada vez se encendían más antorchas. Se mecían, dejando una estela de chispas en su apresurada marcha. Su luz opacaba el resplandor escarchado de millares de estrellas. No obstante, Tarrant tenía luz suficiente para ver por dónde andaba.

¿ Dónde diablos estaba Rufus ? Quizá roncando en la pradera junto a la botella vacía. Qué más daba. Por mucho que se dominara, un hombre blanco se arriesgaba cuando se mostraba a hombres rojos sedientos de sangre.

¿Por qué él, Hanno, Lugo, Cadoc, Jacques Lacy, William Sawyer, Jack Tarrant, mil alias distintos, actuaba así? Sabía que no podría salvar a los rancheros, ni se proponía intentarlo. Debían perecer como muchísimos más habían perecido antes y perecerían en el futuro, una y otra vez. La historia los tragaba y los escupía y pronto la mayoría se pudrían en el olvido, como si no hubieran existido jamás. Quizá los cristianos tenían razón y la humanidad era así, tal vez estaba en la naturaleza de las cosas.

Su intención era práctica. No había sobrevivido tanto tiempo ocultándose de lo terrible. Por el contrario, se mantenía alerta, para saber adonde saltar cuando llegaba la estocada. Esta noche observaría desde los bordes. Si los indios sentían el impulso de eliminarlos también a ellos, podría disuadirlos, con la ayuda de Peregrino y aun de Quanah, antes de que se descontrolaran. Por la mañana emprendería el regreso a Santa Fe.

El jefe se erguía cerca de la cabaña, un hacha de mango largo sobre el hombro. La luz de las antorchas le salpicaba la cara y el cuerpo pintarrajeados, la toca con cuernos; Quanah parecía una imagen trémula entrando y saliendo del infierno. Los bravos eran más borrosos, fragmentos de noche que se apiñaban, bailaban, bramaban, agitaban las lanzas como banderas. Las squaws estaban con ellos, empuñando cuchillos o estacas afiladas. La puerta era un bostezo.

Delante había un pequeño espacio vacío. Había tres muertos despatarrados en el umbral. El brazo izquierdo del blanco estaba astillado, alguien le había cortado el cuello sin detenerse a pensar en la diversión. Las puntas de las costillas sobresalían del boquete de la espalda del negro. Un tercero parecía mexicano, aunque tenía tantos tajos y magullones que costaba estar seguro; había caído peleando.

Esos tres eran bastardos con suerte. Dos squaws aferraban a un niño y una niña que chillaban encegados por el miedo. Un blanco alto estaba sentado, Tos hombros encorvados. La sangre le formaba un pegote en el pelo, le manchaba la ropa, goteaba en la tierra. Estaca aturdido. Dos guerreros sujetaban los brazos de una mujer joven que se contorsionaba, pateaba, maldecía e invocaba a su Dios.

Un hombre se apartó del gentío. Una antorcha lo alumbró un instante y Tarrant logró reconocer a Wahaawmaw. Se había colgado el rifle para tener las manos libres. Empuñaba un cuchillo en la derecha. Soltó una risotada, cogió el vestido de la mujer con la izquierda, lo rasgó. La tela se abrió. Hubo un resplandor blanco, y una repentina hilera de gotas de sangre. Sus captores la tendieron de espaldas. Wahaawmaw se llevó la mano al taparrabo. El prisionero se movió, graznó, trató de levantarse. Un bravo le asestó un culatazo en el estómago y el hombre se arqueó vomitando.

Resonó un gruñido de oso pardo. Desde atrás de la cabina embistió Rufus, Colt en mano, agitando el garfio. Dos indios rodaron con la cara destrozada Rufus enfiló hacia la mujer. Los hombres que la sujetaban se levantaron. Rufus disparó a uno en la frente. Al otro le arrancó un ojo con el garfio, y el hombre retrocedió chillando. Pateó la entrepierna de Wahaawmaw. El guerrero se tambaleó y cayó contorsionándose junto al blanco. Trató de ahogar un grito, pero no pudo contenerlo.

La llama de las antorchas devolvía a la barba de Rufus su color genuino. Se plantó con las piernas a ambos lados de la mujer, balanceándose, ebrio como una cuba pero con el Colt amartillado.

—De acuerdo, cerdos mugrientos —tronó—, llenaré de plomo al primero que se mueva. Ella se irá en libertad, y…

Wahaawmaw se incorporó y rodó. Rufus no llegó a verlo. Tenía demasiado que observar.

—¡Cuidado! —gritó Tarrant sin poder contenerse. Los alaridos de los indios le ahogaron la voz. Wahaawmaw se descolgó el rifle y disparó desde el suelo.

Rufus se tambaleó, soltó la pistola. Wahaawmaw disparó de nuevo. Rufus se derrumbó. Su cuerpo cayó sobre la mujer y la aplastó contra el suelo.

Tarrant se abrió paso a codazos. Llegó al claro y cayó de rodillas junto a Rufus.

—O sodalis, amice perennis…

Borbotones de sangre manchaban la boca y la barba roja. Rufus jadeaba… Por un instante pareció sonreír, aunque Tarrant no podía ver bien bajo el fluctuante resplandor de las antorchas o la luz de las estrellas. Abrazó ese corpachón de donde se escapaba la vida.

Sólo entonces notó que se había hecho el silencio. Miró hacia arriba. Quanah se erguía sobre él, el hacha tendida como un techo o un escudo de piel de búfalo. ¿Había ordenado silencio a su gente? La multitud era un borrón, lejos de él y los muertos, los heridos, los cautivos. Aquí y allá una llamarada alumbraba una cara o arrancaba un destello a un par de ojos.

Tarrant apartó a Rufus de la mujer. Ella se movió, abrió los ojos, gimió.

—Calma —murmuró Tarrant. Ella se incorporó, avanzó a gatas hacia el marido. Las squaws habían soltado a los niños, que ya estaban junto a ella. Él había recobrado el conocimiento. Al menos, pudo sentarse erguido y abrazar a los suyos.

Los guerreros heridos por Rufus se habían reunido con la multitud, excepto el muerto y Wahaawmaw quien se había levantado pero se apoyaba en el rifle, temblando, aferrándose la dolorida entrepierna Tarrant también se levantó. Quanah bajó el hacha. Ambos se miraron.

—Esto es malo —dijo al fin el jefe—. Muy malo.

Un capitán de Fenicia sabía aprovechar cada oportunidad, por mala que fuera la situación.

—Sí —respondió Tarrant—. Uno de tus hombres ha matado a uno de tus huéspedes.

—Él, tu hombre, irrumpió entre los nuestros causando muerte.

—Tenía derecho a hablar, a ser oído en tu consejo. Cuando tus nermernuh le cerraron el paso, quizá con intención de atacarlo, actuó en defensa propia. Estaba bajo tu protección, Quanah. En el peor de los casos, pudiste hacerlo capturar por detrás, con tantos hombres a tu mando. Creo que lo habrías hecho de haber tenido la oportunidad, pues todos te llaman hombre de honor. Pero esa criatura le disparó primero.

Wahaawmaw gruñó con furia. Tarrant no sabía cuánto habría entendido. El argumento era débil, casi ridículo. Quanah podía desecharlo de inmediato. Sin embargo…

Peregrino se adelantó. Era unos cinco centímetros más alto que el jefe. Llevaba un manojo de hierbas medicinales y una vara de la que colgaban tres colas de búfalo, cosas que debía de haber traído desde el tipi. La multitud cuchicheaba, las antorchas chisporroteaban. Dertsahnawyeh, el que no moría, tenía poder para inspirar reverencia en el corazón más fiero.

—Quédate donde estás, Jack Tarrant —dijo en voz baja—, mientras Quanah y yo hablamos.

El jefe asintió. Impartió órdenes. Wahaawmaw protestó pero obedeció perdiéndose entre la multitud. Varios guerreros se acercaron, rifle en mano, para vigilar a los blancos. Quanah y Peregrino se perdieron en la noche.

Tarrant se acercó a los prisioneros y se agachó.

—Escuchad —dijo en voz baja—, tal vez logremos liberaros. Callad, no digáis nada. Los indios han recibido una sorpresa que los ha aplacado un poco, pero no hagáis nada para recordarles que desean destruiros.

—Entendido —dijo el hombre, con claridad aunque no con firmeza—. Pase lo que pase, os debemos nuestras plegarias, a ti y a tu socio.

—Él acudió corno un caballero del rey Arturo —logró susurrar la mujer.

Acudió como un idiota borracho, pensó Tarrant. Podría haberlo disuadido si lo hubiera sabido. Lo habría hecho. Oh, Rufus, viejo amigo, siempre odiaste estar solo, y ahora lo estás para siempre.

El hombre tendió la mano.

—Tom Langford —dijo—. Mi esposa Susan. Nancy. Jimmy… James —corrigió pues a pesar del polvo, las lágrimas y una magulladura, el niño había mirado al padre reprochándole el diminutivo. Tarrant quiso reír.

Se contuvo, se presentó y concluyó:

—Será mejor que no hablemos más. Además, los indios esperan que yo atienda a mi muerto.

Rufus estaba a tres metros de los Langford. Podría haber estado a tres mil kilómetros. Tarrant no podía lavarlo, pero enderezó el cuerpo, le cerró los ojos, sujetó la mandíbula con un pañuelo. Le sacó el cuchillo y se abrió tajos en la cara, los brazos y el pecho. La sangre brotaba y goteaba, nada serio pero suficiente para impresionar a los curiosos. Así lloraban ellos a los muertos, no el hombre blanco. Sin duda, el muerto era muy importante, y merecía ser vengado con cañones y sables a menos que apaciguaran a sus amigos. Al mismo tiempo, el amigo que estaba aquí no lloraba por él, y eso también era turbador. Poco a poco, los nermernuh regresaron a la placidez del campamento.

Bien, Rufus tuviste mil quinientos años, y disfrutaste cada uno de tus días. Tuviste mujeres, luchas, canciones, festines, borracheras y aventuras, trabajaste con tesón cuando hubo que hacerlo y fuiste una magnífica protección cuando la necesité, y un buen esposo y padre, con tu estilo rezongón, cada vez que sentaste cabeza por un tiempo. Pude haber prescindido de tus estúpidas bromas y cuando estábamos solos tanto tiempo tu conversación era tan aburrida que dolía, y si a veces salvaste mi vida, yo también me la jugué para sacarte a menudo del atolladero y… mi mundo ha perdido mucho sabor esta noche, Rufus. Mucho amor.

Un alba falsa enfrió el este, Quanah y Peregrino fueron borrosos hasta que llegaron de vuelta a la cabaña. Tarrant se levantó. Los guardias se apartaron con respeto. Desde el suelo los agotados Langford miraban con ojos inflamados. Los niños dormían con sueño inquieto.

Tarrant aguardó.

—Está decidido —dijo Quanah. La voz profunda tronó como los cascos en las praderas. El aliento flotaba en el frío con blancura de fantasma—. Sepan todos los hombres que los nermernuh son generosos. Respetarán mis deseos en este asunto. Tú, el traficante y sus hijos podéis iros. Podéis llevaros a estos cautivos. Ellos van a cambio de tu camarada. Él mismo se provocó la muerte, pero como era nuestro huésped, sea ése su precio, porque los nermernuh valoran el honor. No dañaremos su cuerpo, sino que le daremos sepultura decente para que su espíritu pueda llegar al otro mundo. He dicho.

Tarrant sintió un escalofrío. Había temido algo peor que esto. Logró mantener la compostura y dijo: —Te lo agradezco mucho, y diré a mi gente que el alma Quanah es grande.

Quizá lo decía en serio. Por un instante el jefe olvidó su pomposidad.

—Da las gracias a Peregrino. Él me persuadió. Largaos antes del amanecer.

Hizo una seña a los guardias, quienes lo siguieron hacia el campamento comanche.

Un mortal se habría desmoronado al aliviarse la presión, se habría puesto histérico o se habría desmayado. Un inmortal tenía más reservas, más resistencia. No obstante, Tarrant habló con voz temblorosa.

—¿Cómo lo conseguiste, Peregrino?

—Llevé tu argumento tan lejos como pude. —De nuevo el indio se tomó su tiempo para construir y sopesar cada oración en inglés—. Quanah no estaba dispuesto a aceptar. No es un demonio, sabes; está luchando por la vida de su pueblo. Pero también debe convencer a los demás. Yo tuve que… usar todos mis amuletos, invocar a los espíritus, y al fin dije que si no te liberaba me marcharía. Él valora mis consejos tanto como mi… medicina. Luego no fue difícil convencerlo de que también liberase a esta familia. Le ayudaré a convencer a los guerreros de que fue buena idea.

—Tuvo razón al decir que te diera las gracias a ti —dijo Tarrant—. Lo haré durante todos los siglos de vida que me queden.

La sonrisa de Peregrino era tenue como la luz del este.

—No es preciso. Tuve mis razones, y quiero una retribución.

Tarrant tragó saliva.

—¿Cuáles?

—Admito que tenía que salvarte —dijo Peregrino con voz más serena—. Quizá tú y yo seamos ahora los únicos inmortales del mundo. Debemos juntarnos alguna vez. Pero entretanto…

Peregrino cogió el brazo de Tarrant.

—Entretanto, aquí está mi gente —jadeó—. No nací entre ellos, pero son casi los últimos de nosotros que nacieron en esta tierra y todavía son libres. No lo serán por largo tiempo. Pronto serán vencidos. —Al igual que Tiro y Cartago, Galia y Britannia, Roma y Bizancio, los albigenses y los husitas, los vascos y los irlandeses, Québec y la Confederación—. Ayer te lo dije en la pradera. Debo quedarme con ellos hasta el final, razonar con ellos, ayudarlos a encontrar nueva fe y esperanza. De lo contrario se harán pedazos, como búfalos cayendo a un precipicio. Así que trabajaré entre ellos en busca de la paz.

»Quiero que hagas lo mismo. Como le dije a Quanah, dejar ir a unos pocos puede ganarnos cierta voluntad. Más morirán, horriblemente, pero aquí tienes un argumento favorable. Afirmas que eres rico y cuentas con el apoyo de hombres poderosos. Bien, mi precio por estas vidas es que trabajes por la paz, una paz que sea aceptable para mi gente.

—Haré lo posible —dijo Tarrant. Hablaba en serio. En todo caso, llegaría el día en que Peregrino podría pedirle cuentas.

Se aferraron la mano. El indio se alejó. El alba falsa se esfumó y pronto desapareció en las sombras.

—Seguidme —dijo Tarrant a los Langford—. Tenemos que partir de inmediato.

¿Qué cantidad de años había ganado Rufus para esos cuatro? ¿Unos doscientos?

<p>8</p>

Para ojos habituados al Lejano Oeste, las montañas Wichita no eran más que cerros, pero se elevaban abruptas y desnudas, aunque con las lluvias de primavera se volvían profundamente verdes y se constelaban de flores silvestres. En el valle, una casa grande y sus edificios auxiliares reinaban sobre sembrados, pastos, vacas, caballos.

La hierba húmeda resplandecía después de un chaparrón y flotaban nubes blancas cuando un carruaje alquilado se apartó de la carretera principal. para entrar en la calzada. Un jinete que inspeccionaba las cercas lo vio y se acercó para investigar. Dijo que el señor Parker no estaba allí. El cochero, que también era indio, explicó que en realidad su pasajero deseaba ver al señor Peregrino. Sorprendido, el jinete dio instrucciones y se quedó mirando el vehículo. Para él era casi tan extraño como los automóviles que veía en ocasiones.

Un camino lateral llevó al carruaje hasta una cabaña rodeada por canteros, con un huerto al fondo. En el porche, un hombre con pantalones abolsados y sandalias estaba leyendo. Tenía el pelo trenzado pero era demasiado alto y esbelto para ser un comanche. Cuando se acercó el carruaje, dejó el libro, bajó la escalera y esperó.

El carruaje se detuvo y bajó un hombre blanco. La ropa indicaba prosperidad sólo si uno miraba atentamente el paño y la confección. Por un instante ambos se quedaron inmóviles. Luego se estrecharon las manos y se miraron a los ojos.

—Al fin —saludó Peregrino con voz trémula—. Bienvenido, amigo.

—Lamento haber tardado tanto en venir —le respondió Tarrant—. Estaba en Oriente por negocios cuando tu carta llegó a San Francisco. Cuando llegué a casa, pensé que un telegrama podía llamar demasiado la atención. Tú me habías escrito años atrás, cuando te envié mi dirección, y esa sola carta despertó rumores. Así que simplemente cogí el primer tren hacia el este.

—Está bien, entra, entra. —Con la larga práctica, hablaba en inglés fluido—. Si tu cochero lo desea, puede continuar hasta la casa grande. Allí cuidarán de él. Puede llevarnos al pueblo… ¿Qué te parece pasado mañana? Debo encargarme de ciertas cosas, incluyendo mercancías que me gustaría hacer embarcar. Si no tienes objeciones.

—No, Peregrino. Lo que tú quieras. —Tras hablar con el otro hombre, Tarrant bajó un bolso del carruaje y acompañó a su anfitrión adentro.

La cabana tenía cuatro habitaciones, pulcras, limpias, soleadas, casi desnudas, excepto por una gran cantidad de libros, un gramófono, una colección de discos clásicos y, en el dormitorio, ciertos artículos religiosos.

—Dormirás aquí —dijo Peregrino—. Yo me instalaré en el patio. No, no digas nada. Eres mi huésped. Además, será como en los viejos tiempos. De hecho, lo hago a menudo.

Tarrant miró en torno.

—¿Vives solo, entonces?

—Sí. Me parecía mal casarme y tener hijos sabiendo que al fin inventaría una patraña para abandonarlos. La vida entre las tribus libres era diferente ¿y tú?

Tarrant frunció los labios.

—Mi última esposa murió el año pasado, joven. Tuberculosis. Probamos suene en un clima seco, hicimos lo posible, pero… Bien, no teníamos hijos, y ya es hora de que yo cambie de identidad. Me estoy preparando para ello. Se instalaron en la sala del frente en sillas de madera. Sobre la cabeza de Peregrino coleaba una cromolitografía, un autorretrato de Rembrandt. Aunque la copia era muy mala, los ojos conservaban esa pesadumbre mortal. Tarrant sacó una botella de whisky del bolso. Ilegalmente, llenó los dos vasos que había traído el anfitrión. También le ofreció habanos. Esas pequeñas gratificaciones brindaban cierta satisfacción.

—¿Y cómo te han ido las cosas? —preguntó Peregrino.

—He estado atareado. No sé a cuánto asciende mi fortuna, pues tendría que revisar los libros de varios alias. Pero es enorme, y mayor cada día. Te necesito, entre otras cosas, para que me ayudes a pensar en qué gastarla. ¿Y tú?

—Una vida apacible. Cultivo mi tierra, hago cosas en mi taller de carpintería, asesoro a mi congregación. Es una iglesia nativa, así que en verdad no soy como un pastor blanco. Enseño en la escuela. Lamentaré abandonarla. Ah y leo mucho, tratando de aprender acerca de tu mundo.

—Y supongo que eres el consejero de Quanah.

—Bien, sí. Pero no creo que yo sea el poder que hay detrás de su pequeño trono ni nada por el estilo. Lo hizo todo por sí mismo. Es un hombre notable. Entre los blancos habría sido un Lincoln o un Napoleón. Mi mayor mérito ha sido posibilitar ciertas cosas, facilitarlas. Pero fue él quien las hizo.

Tarrant asintió recordando. La gran alianza de los comanches, los kiowas, los cheyennes y los arapaho, con Quanah como gran jefe. El sangriento choque de Adobe Walls, el año de guerra y persecuciones que siguió. Los últimos supervivientes, encabezados por Quanah, yendo a la reserva en 1875. Las buenas intenciones de un agente de asuntos indígenas tres años después, cuando logró que los comanches salieran bajo escolta militar en una última cacería de búfalos y no quedaban búfalos. Y aun así, aun así…

—¿Dónde está ahora? —preguntó Tarrant.

—En Washington —dijo Peregrino, y notó la sorpresa del otro—. Va allí con frecuencia. Es el portavoz de todas las tribus. Y, bien lo lamento por McKinley, pero eso llevó a Theodore Roosevelt a la Casa Blanca. Él y Quanah se conocen, son amigos.

Fumó un rato en silencio. Los inmortales rara vez tienen prisa. Al fin continuó:

—Entre nosotros, Quanah es algo más que un rico granjero. Es un cabecilla y un juez, nos mantiene unidos. El peyote y las muchas esposas no son del agrado de los blancos, pero lo soportan porque no sólo nos permite continuar a nosotros, sino que así a ellos les permite tener la conciencia tranquila. No es un individuo recatado. Le gusta contar historias con un lenguaje que haría sonrojar a un marinero. Pero es… la reconciliación. Se hace llamar Quanah Parker, en memoria de su madre. Últimamente ha hablado de hacer trasladar aquí los huesos de ella y de su hermana, para que puedan descansar junto a los suyos. Oh, no me preocupo. Los indios tenemos un difícil camino por delante, y muchos caeremos. Pero Quanah nos puso en marcha.

—Y tú lo indujiste —dijo Tarrant.

—Bien, trabajé contra los profetas, usé mi escasa influencia para inculcar la paz al Pueblo. Y tú, por otra parte, cumpliste tu promesa.

Tarrant sonrió con picardía. Había costado. No sólo comprar a los políticos, sino comprar o presionar a hombres que a su vez cerrarían tratos con los adustos incorruptibles. Pero Quanah no había ido a la cárcel ni a la horca.

—Sospecho que eres demasiado modesto —dijo Tarrant—. No importa. Hicimos nuestra labor. Tal vez hayamos justificado nuestras largas vidas; no sé ¿Estás preparado para el viaje?

Peregrino asintió.

—Aquí no puedo hacer más que otros a quienes contribuí a preparar. Y hace más de un cuarto de siglo que estoy en esta reserva. Quanah me ha protegido, me mantuvo oculto en un rincón, exhortando a los de buena memoria, a no hablar de mí con los forasteros. Pero no es como la pradera. La gente se hace preguntas. Si la noticia llegara a los periódicos… Ah, esa preocupación ha terminado. Le dejaré una carta y mi bendición.

Miró hacia el oeste por la ventana. Se llevó a los labios la bebida de gente que antaño había sido bárbara que atacaban el sur y se retiraban al norte en una guerra tras otra, buscando libertad.

—Es hora de empezar de nuevo —dijo.


1

<p>1</p>

La casa del rancho era pequeña, una cabaña de tepe de una habitación, y por eso mismo más fácil de defender. Las dos ventanas tenían gruesos postigos interiores y cada pared un par de troneras para las armas. La rodeaban estacas, seis en fondo, al estilo de los hombres en el oeste de la Texas ganadera, los hombres que no habían muerto ni huido.

—Cielos, ojalá nos hubiéramos largado a tiempo —dijo Tom Langford—. Tú y los niños, al menos.

—Calla —replicó la esposa—. No podías administrar esto sin mí, y si renunciábamos, hubiéramos perdido todo aquello por lo que hemos trabajado. —Se inclinó sobre la mesa cubierta de armas y municiones para palmearle el brazo. Un rayo de sol atravesó una tronera del lado oeste y cruzó la penumbra transformándole el pelo en bronce—. Sólo debemos resistir hasta que Bob traiga ayuda. A menos que los pieles rojas desistan antes.

Langford prefirió no preguntarse si el vaquero habría logrado escapar. Si los comanches lo habían visto y habían enviado perseguidores con caballos frescos, ya debía de haber perdido el cuero cabelludo. Imposible saberlo. Aunque desde allí se veía hasta muy lejos, durante el día, los atacantes habían aparecido al alba, cuando la gente empezaba las faenas, y habían llegado con increíble celeridad. De los peones, sólo Ed Lee, Bill Davis y Carlos Padilla habían llegado a la casa junto con la familia, y una bala había destrozado el brazo izquierdo de Ed.

Susie curó y entablilló el brazo como pudo cuando los guerreros recularon ante los disparos y se perdieron de vista. Ahora Ed tenía a Nancy Langf ord en el regazo. La niña de tres años lo abrazaba aterrada. Bill vigilaba la punta norte, Carlos el sur, mientras Jim iba de este a oeste con el orgullo y la avidez de sus siete años. El olor penetrante de la pólvora aún flotaba en el aire, y llegaba humo desde el establo. Era el único edificio de madera, y los indios lo habían incendiado. Los defensores oían el crepitar de las llamas a lo lejos, como un ruido de pesadilla.

—¡Regresan! —gritó Jim.

Langford cogió un Winchester de la mesa y dio un brinco hacia la pared oeste.

—Bill, ayuda a la señora a recargar —dijo Lee a sus espaldas—. Carlos, quédate con Tom. Jim, haz la ronda y dime dónde me necesitan. —La voz estaba impregnada de dolor pero el hombre podía disparar un Colt.

Langford miró por la tronera. La luz del sol alumbraba la tierra desnuda. Los cascos de los caballos levantaban un polvo rojizo y arremolinado. Tuvo un cuerpo cobrizo en la mira, pero de golpe el pony viró y del jinete sólo se vio una pierna. Un truco indio, colgarse del otro flanco. Pero un comanche sin caballo era sólo la mitad de sí mismo. El rifle de Langford soltó un estampido y le golpeó el hombro. El pony corcoveó, relinchó, rodó y pataleó. El guerrero logró saltar y se perdió en el polvo y la confusión. Langford comprendió que era un tiro perdido, y escogió el siguiente blanco con cuidado. Las balas tenían que durar.

Los jinetes nunca tomarían esa casa. Lo habían aprendido la primera vez. Daban vueltas y vueltas, gritando y disparando. Cayó uno, otro, otro. Yo no les acerté, pensó Langford. Fue Carlos. Un verdadero tirador. Valiente, además. Podría haberse escabullido cuando atacaron los comanches, pero se quedó con nosotros. Bien, nunca he despreciado a un hombre por ser mexicano.

—¡Aquí vienen a pie! —gritó Jim.

Sí, desde luego, los bravos a caballo cubrían con sus disparos a los que trepaban entre las estacas. Langford miró hacia atrás. Bill Davis se había levantado de la mesa para unirse a Ed Lee en el norte. El peón negro no era el mejor tirador de Estados Unidos, pero sus blancos estaban cerca, detenidos por la barrera, desdeñosos de la muerte. Descerrajó un tiro tras otro. Susie le alcanzó un rifle recargado, cogió el arma vacía, entregó a Ed una pistola nueva. Gritos, trepidar de cascos, estampidos, todo seguía sin cesar. Uno no tenía miedo, no había tiempo para eso, pero en alguna parte se preguntaba si existía otra cosa o alguna vez existiría.

De pronto todo terminó. Los salvajes recogieron a sus muertos y heridos y se retiraron de nuevo.

En el silencio que siguió, el reloj sonó como un martillo clavando la tapa de un ataúd. Era un gran reloj de péndulo, el único tesoro que Susie había querido traer de la casa de sus padres. La esfera relucía en la humareda azul. Langford entornó los ojos, irritados por el humo de la pólvora, y soltó un silbido. Sólo diez minutos desde el comienzo del ataque. ¿ Sólo, santo Dios ?

Nancy se había arrastrado hasta un rincón. Se había puesto en cuclillas abrazándose el cuerpo. Su madre fue a ofrecerle el consuelo que podía.


2

<p>2</p>

El invierno aún se respiraba en el viento de las praderas altas. Esta estribación no era tan sombría como el Llano Estacado, por donde habían venido los viajeros, pero las lluvias de primavera todavía no habían empezado en serio y sólo un toque de verdor salpicaba la extensa y reseca pradera. Los árboles —sauces o álamos apiñados junto a los escasos arroyos, algún roble solitario— alzaban las ramas desnudas hacia un cielo desteñido. Pero abundaba la caza. No había búfalos, excepto los huesos blancos dejados por cazadores blancos; los búfalos escaseaban cada vez más. Sin embargo, por doquier había antílopes, pécaris y liebres, con lobos y pumas que se alimentaban de ellos. En los cañones había alces blancos y osos. La partida de Jack Tarrant no había visto ganado desde antes de partir de Nuevo México. Dos veces se habían topado con ranchos abandonados. El terror rojo había despertado en toda su vieja furia mientras los estados se desangraban entre sí, y el ejército aún debía someter a muchos rebeldes, siete años después de Appomattox.

El brillo del sol impedía ver el este. Al principio, Tarrant no vio lo que señalaba Francisco Herrera Carrillo.

—Humo —dijo el comerciante en español—. No proviene de ningún campamento.

Era un hombre moreno de rasgos afilados; aun durante el viaje mantenía la mandíbula rasurada, el bigote recortado, las ropas pulcras, como para recordar al mundo que entre sus antepasados había conquistadores españoles.

Tarrant se le parecía un poco, con la nariz grande y aquilina, los ojos ligeramente oblicuos. Al cabo de un momento también distinguió la mancha que se extendía sobre el cielo.

—No proviene de ningún campamento, pues resulta visible por debajo del horizonte —convino lentamente también en español—. ¿Qué es, pues? ¿Un incendio en la hierba?

—No, tendría más extensión. Un edificio. Creo que hemos encontrado a los indios.

Corpulento y pelirrojo, el garfio asomando de la manga derecha, Rufus Bullen apuró el paso para alcanzarlos.

—¡Dios! —gruñó. Su inglés resultaba gangoso porque le faltaban dos dientes. Nadie salvo Tarrant parecía haber notado que otros nuevos ya estaban naciendo en las encías—. ¿Qué han incendiado, un rancho?

—¿Qué otra cosa? —replicó Herrero, siempre en español—. Hace tiempo que no vengo por esta comarca, pero si no recuerdo mal y estoy bien orientado, aquélla es la propiedad de Langford. O lo era.

—Pero ¿qué esperamos? No podemos permitir… —Rufus calló, y se encogió de hombros—. Inutilis est —masculló.

—Llegaríamos demasiado tarde, y no podemos hacer nada contra un grupo de guerreros —le recordó Tarrant, también en latín.

Herrera se encogió de hombros. Se había habituado a que estos yanquis usaran esa lengua. (Reconocía algunas palabras por la misa, pero muy pocas, porque además no la hablaban como los curas.) De todos modos, lo que se proponían hacer era una locura.

—Desean hablar con los comanches, ¿verdad? —observó—. No podrán hacerlo si luchan contra ellos. Vamos, comamos algo y continuemos la marcha. Si tenemos suerte, aún estarán allí cuando lleguemos. Sus hijos Miguel y Pedro, jóvenes pero experimentados, se habían despenado al alba para trabajar. Una cafetera humeaba y dos sartenes chisporroteaban en la parrilla sobre una fogata de estiércol de búfalo —que todavía abundaba— y mezquite. Con la prisa que llevaban ambos hombres, sin tiempo libre para cazar, el único tocino que quedaba era grasa para cocinar, pero tenían suficiente maíz para hacer tortillas y dos días atrás el padre había tenido la buena suerte de cazar un pécari, aunque estaba a cierta distancia. Todo comanchero era, necesariamente, un buen tirador.

Los viajeros comieron muy deprisa, levantaron el campamento, hicieron sus necesidades, dejaron el jabón y las navajas para después, montaron y se pusieron en marcha. Herrera marchaba al trote, a veces al paso. Los dos a quienes guiaba habían aprendido a seguirle el ritmo. Aunque parecía lento, los caballos iban descansados y recorrían muchos kilómetros por día. Además, sólo llevaban un par de ponis cada uno y tres muías de carga.

El sol ascendió, el viento se calmó. La tibieza del aire arrancó dulzones aromas de sudor a las monturas. Los cascos repiqueteaban, el cuero crujía. Las hierbas altas y secas susurraban. Por un momento el humo se elevó a mayor altura, pero pronto se disolvió y se esfumó. Alas igualmente negras sobrevolaban el lugar.

—Un campamento comanche se reconoce de lejos —señaló Herrera—. Los buitres esperan las sobras.

Era difícil distinguir si Rufus se había puesto rojo de furia. A pesar del sombrero, tenía la manca tez irritada y cuarteada.

—¿Cuerpos muertos? —rezongó en español, un idioma que más o menos manejaba.

—O huesos y entrañas —le replicó Herrera—. Siempre fueron cazadores, cuando no están en guerra. —Hizo una pausa—. Los blancos destruyen al búfalo que les da sustento.

—A veces pienso que les tiene simpatía —murmuró Tarrant.

—He tratado con ellos desde que tenía la edad de Pedro, al igual que mis padres antes que yo —dijo Herrera—. Uno liega a entenderlos, quiéralo o no.

Tarrant asintió. Hacía un siglo que los comancheros operaban desde Santa Fe, desde que De Anza había detenido a las tribus y había logrado una paz duradera porque los indios le tenían respeto. Era sólo una paz con los neomexicanos. Los españoles de otras partes, otros europeos, los mexicanos que gobernaron después, los americanos —texanos, confederados, nordistas— que despojaban a los mexicanos, ésos seguían siendo su presa; y había habido tanto derramamiento de sangre y crueldad por ambas partes que una tregua entre los comanches y los texanos era tan impensable como una tregua entre los comanches y los apaches.

Tarrant trató de concentrarse en el caballo. Él y Rufus habían adquirido bastante destreza para cabalgar al estilo de las praderas, pero a fin de cuentas eran marinos. ¿Por qué su búsqueda no los habría conducido al Pacífico Sur, o a las costas de Asia, o a cualquier otra parte que no fuera este desierto sin límites?

Bien, quizá la búsqueda tocara a su fin. Por mucho que antes hubiera pensando en ello, le aceleraba la sangre y le hacía cosquillear la espalda. ¡Oh Hiram, Psammetk, Piteas, Althea, Athenais-Aliyat, cardenal Armand Richelieu, Benjamín Franklin, cuan lejos de vosotros me ha llevado el Río! Y todos los de menor importancia, incontables, perdidos en el polvo, totalmente olvidados salvo por los destellos de su memoria, un camarada de décadas o un compañero de juerga en una taberna, una esposa y los hijos que le había dado o una mujer con quien había compartido una sola noche…

El grito de Herrera lo arrancó del trance.

—¡Alto! —exclamó, y lanzó un torrente de palabras extrañas.

Rufus se llevó la mano izquierda a la pistola. Tarrant lo disuadió con un gesto. Los jóvenes pararon las bestias de carga. Miraban a todas partes. Esto era nuevo para ellos y estaban nerviosos. A pesar de los peligros que había corrido, a Tarrant se le puso carne de gallina.

Dos hombres habían salido de un cerro cubierto de matorrales, desde donde debían de estar observando. Sus potros, con mataduras, cubrieron la distancia en pocos instantes. Controlaban el galope apretando las rodillas y tirando del cabestro; sentados sobre mantas, parecían parte de las bestias, centauros. Eran corpulentos, patizambos, morenos; iban vestidos con taparrabos, perneras y mocasines. El pelo negro les colgaba en trenzas gemelas. Tenían las anchas caras pintadas con el rojo y el negro de la muerte. Habían dejado atrás las Viseras de cuero, y el bonete de guerra de las praderas del norte era desconocido aquí. Un hombre llevaba una cinta con plumas. Otro llevaba una gorra hirsuta o casco de donde surgían cuernos de búfalo. Portaba un rifle de repetición Henry. Una canana le cruzaba, el pecho. Su acompañante calzó una flecha en un arco corto. Los arqueros eran raros últimamente, o eso había oído Tarrant. Tal vez ese guerrero era pobre, o quizá prefería el arma ancestral. No importaba. Esa punta de hierro podía atravesar las costillas llegando al corazón, y más flechas aguardaban en la aljaba.

Herrera siguió hablando. Cuernos de Búfalo gruñó. El arquero aflojó la cuerda. Herrera se volvió en la silla hacia sus clientes. —La lucha no ha terminado —les dijo—, pero el Kwerhar-rehnuh nos recibirá. El jefe Quanah en persona está aquí. —El sudor le brillaba en la cara. Se había puesto un poco pálido. Añadió en inglés, pues muchos comanches sabían algo de español—: Mucho cuidado. Están muy furiosos. Pueden matar fácilmente a un hombre blanco.


3

<p>3</p>

Los edificios del rancho ya eran visibles. Tarrant pensó que parecía más pequeño y solitario en medio de esa inmensidad. Reconoció la casa de los dueños, una barraca y tres edificios más pequeños. Eran de tepe y habían sufrido pocos daños. El establo estaba reducido a cenizas y fragmentos carbonizados; la familia, sin duda, había invertido mucho dinero y esperanzas en hacerse llevar esa madera. Los indios habían empujado un par de carretas hacia las llamas. El gallinero estaba vacío y destrozado. Los cascos habían pisoteado árboles jóvenes destinados a crecer para ofrecer refugio contra el sol y el viento.

Los indios habían acampado cerca de un esquelético molino que bombeaba agua para un bebedero. Eso los ponía fuera del alcance de los rifles de la casa y quizás impedía que espiaran sus movimientos. Unos treinta tipis exhibían sus coloridos conos de cuero de búfalo en lo que había sido tierra de pastoreo. Ante una fogata central, mujeres con vestidos de piel de ante preparaban novillos descuartizados para comer. Eran pocas. Los bravos sumaban un centenar. Remoloneaban, dormitaban, jugaban a los dados, limpiaban los rifles o afilaban los cuchillos. Algunos estaban sentados con rostro adusto frente a viviendas dentro de las cuales sonaban lamentos; lloraban a sus parientes muertos. Unos pocos, montados, vigilaban los muchos caballos que pastaban a lo lejos. Esos caballos capaces de alimentarse con hierba invernal eran tan recios como sus amos.

Los recién llegados causaron alboroto en el campamento. La mayoría de la gente se acercó para curiosear. La estoica parquedad de los indios era un mito, a menos que estuvieran enfermos o agonizando. Entonces el guerrero se enorgullecía de no gritar aunque sus captores o las mujeres de sus captores le infligieran la tortura más prolongada y cruel. Era terrible caer en manos de semejantes personas.

Cuernos de Búfalo gritó, abriendo paso a través del gentío. Herrera saludó a los hombres que conocía. Las sonrisas y ademanes de bienvenida tranquilizaron a Tarrant. Si sabían cuidarse, quizá sobrevivieran. A fin de cuentas, la hospitalidad era sagrada para esta gente.

Cerca del molino de viento había un tipi con signos pintados que, según Herrera, eran poderosos. Un nombre demasiado digno para abandonar su puesto por mera curiosidad estaba fuera, los brazos cruzados. Los viajeros pararon los caballos. Tarrant comprendió que estaba frente a Quanah, jefe guerrero medio blanco de los Kwerhar-rehnuh. El nombre de esa banda significaba «Antílopes» una designación curiosa para los señores del Llano Estacado, los más feroces de esos comanches a quienes Estados Unidos aún debía conquistar.

Pintado con rayas de color amarillo y ocre que parecían relámpagos, usaba sólo un taparrabo y mocasines, con un cuchillo Bowie enfundado en el cinturón. Pero sus rasgos eran inequívocos. De la raza de la madre heredaba la nariz recta y la alta estatura del musculoso cuerpo. Sin embargo, era aún más moreno que la mayoría de ellos. Miraba a los extranjeros con la calma de un león.

Herrera lo saludó respetuosamente en la lengua de los nermernuh, el Pueblo. Quanah inclinó la cabeza.

—Bienvenidos —saludó, y en un español fluido, aunque con acento, pidió que desmontaran y entraran.

Tarrant se sintió muy aliviado. En Santa Fe había aprendido algo del lenguaje de signos de los indios de la pradera, pero lo usaba con torpeza, y Herrera le había dicho que, de todos modos, pocos comanches lo dominaban. El traficante le había explicado que quizá Quanah no se dignara hablar español con americanos. También chapurreaba el inglés, pero no se crearía dificultades innecesarias hablando en ese idioma.

—Muchas gracias, señor —dijo Tarrant en español, para establecer que él estaba al mando. Se preguntó si tendría que haber usado el honorífico «Don Quanah».

Herrera dejó las monturas a cargo de sus hijos y entró con el jefe, Tarrant y Rufus en el tipi. Dentro sólo había mantas de dormir; era un campamento de guerreros. La luz resultaba tenue después del resplandor de fuera, y el aire olía a cuero y humo. Los nombres se sentaron en círculo con las piernas cruzadas. Dos esposas sé marcharon, apostándose en la entrada por si las necesitaban.

Quanah no estaba dispuesto a fumar la pipa de la paz, pero Herrera había dicho que estaría bien invitarlo a cigarrillos. Tarrant los ofreció mientras hacía las presentaciones. Hábilmente zurdo, Rufus sacó una caja de cerillas del bolsillo, prendió una y encendió el tabaco. Que un hombre de aspecto tan formidable los sirviera honraba a ambos cabecillas.

—Hemos realizado un fatigoso viaje con el deseo de encontrarte —dijo Tarrant—. Pensábamos que los Antílopes estarían en su territorio, pero ya se habían marchado, así que tuvimos que preguntar a todos los que encontramos, y a la Tierra misma, adonde habían ido.

—Entonces no estás aquí para comerciar —dijo Quanah, mirando a Herrera.

—El señor Tarrant me contrató en Santa Fe para que lo guiara hasta aquí, cuando supo que podría hacerlo —respondió el traficante—. He traído rifles y municiones. Uno será un obsequio para ti. En cuanto al resto, bien, sin duda has capturado muchas cabezas de ganado.

Rufus resopló ruidosamente el aire. Era sabido que los rancheros de Nuevo México querían ganado y lo compraban sin hacer preguntas. Los comancheros lograban que pequeños destacamentos de indios arrearan las cabezas que habían capturado en Texas hasta ese mercado, a cambio de armas. Tarrant apoyó una mano en la rodilla del pelirrojo y masculló en latín, para aplacarlo:

—Cálmate, ya lo sabías.

—Acampa con nosotros —le invitó Quanah—. Creo que estaremos aquí hasta mañana por la mañana.

—¿Dejarás en paz a la gente de aquella casa? —preguntó Rufus con tono esperanzado.

Quanah frunció el ceño»

—No. Nos han matado guerreros. El enemigo jamás se jactará de habernos desafiado y haber quedado con vida. —Se encogió de hombros—. Además, necesitamos un descanso, ya que hemos viajado mucho, y así combatiremos mejor a los soldados más tarde.

Sí, comprendió Tarrant, no se trataba de una expedición de pillaje, sino de una campaña en una guerra. Sus averiguaciones indicaban que un chamán kiowa, Profeta Búho, había exhortado a un gran ataque conjunto que expulsaría para siempre al blanco de las llanuras; y el año anterior se habían cometido tantas atrocidades que el gobierno de Washington había cejado en sus esfuerzos por la paz. En otoño, Ranald Mackenzie había llevado a los soldados negros del Cuarto de Caballería hasta la región para combatir contra los Antílopes. Quanah encabezó una sagaz y combativa retirada —Mackenzie mismo recibió una herida de flecha—, hacia el Llano Estacado, hasta que el invierno obligó a los americanos a recular. Ahora Quanah regresaba.

La mirada severa se fijó en Tarrant.

—¿Qué quieres de nosotros?

—Yo también traigo obsequios, señor. —Ropa, mantas, joyas, bebida. Aunque no estaba involucrado en el conflicto, Tarrant no se resignaba a llevar armas, y Rufus no lo habría aceptado—. Mi amigo y yo somos de una tierra distante… California, junto a las aguas occidentales. Sin duda has oído hablar de ellas. —Y añadió deprisa, pues ese territorio pertenecía al enemigo—: No tenemos rencillas con nadie aquí. Las razas no están condenadas a conflictos de sangre. —Un riesgo que debía correr—: Tu madre perteneció a nuestro pueblo. Antes de partir, me enteré de lo que pude acerca de ella. Si tienes alguna pregunta, intentaré responderla.

Se impuso un silencio. El bullicio de fuera parecía lejano. Herrera parecía intranquilo, mientras que Quanah fumaba sin inmutarse.

—Los texanos nos las robaron, a ella y a mi pequeña hermana —dijo al fin el jefe—. Mi padre, Peta Nawkonee el jefe de guerra, la lloró hasta que recibió una herida en batalla, la cual se infectó y lo mató. He oído decir que ella y la muchacha han muerto.

—Tu hermana murió hace ocho años —replicó Tarrant—. Tu madre murió poco después. También ella sufría el pesar y la añoranza. Ahora descansan en paz, Quanah.

Había sido muy fácil averiguar la historia. Había causado sensación y aun hoy se recordaba. En 1836 un grupo de indios atacó Parker's Fort, un asentamiento en el valle del Brazos. Abatieron a cinco hombres y los mutilaron a la manera india, preferiblemente antes de la muerte. Violaron a la abuela Parker después de que una lanza la clavó en el suelo. Dos mujeres de las varias que violaron sufrieron heridas igualmente graves. Se llevaron a otras dos, junto con tres criaturas. Entre ellos estaba Cynthia Anne Parker, de nueve años.

Finalmente se rescató a las mujeres y a las criaturas pagando rescate. Aunque ésta no era la primera vez que los comanches tomaban mujeres como esclavas, la historia de lo que habían sufrido esas dos sintetizaba el destino de centenares; y los Texas Rangers cabalgaban con el deseo de venganza en el corazón.

Cynthia Anne tuvo mejor suerte. La adoptaron y criaron como hija de los nermernuh. Olvidó el inglés y su primera infancia, se convirtió en Antílope y al fin en madre. Por lo que se sabía, su matrimonio había sido feliz; Peta Nawkonee amaba a su esposa y no quiso a ninguna mujer después de ella. La perdió en 1860, cuando Sul Ross encabezó una expedición de los Rangers en represalia por una incursión y atacó el campamento comanche. Los hombres habían salido a cazar. Los Rangers dispararon a las mujeres y los niños que no lograron escapar, y a un esclavo mexicano a quien Ross confundió con el jefe. Justo a tiempo, un hombre vio, a través de la suciedad y la grasa, que el pelo de una squaw era rubio.

Ni el clan Parker ni el estado de Texas escatimaron esfuerzos, pero fueron vanos. Ella era Naduah, quien sólo echaba de menos al Pueblo y la pradera. Una y otra vez intentó escapar, y sus parientes tuvieron que custodiarla. Cuando la enfermedad la privó de su hija, aulló, se abrió cortes en las carnes, se sumió en el silencio y se mató de hambre.

En las praderas, su hijo menor pereció miserablemente. La enfermedad siempre acechaba a los indios: tuberculosis, artritis, parásitos, oftalmía, la sífilis y la viruela que traían los europeos, una letanía incesante de males. Pero su hijo mayor prosperó, reunió un grupo de guerreros y llegó a jefe de los Antílopes. Rehusó firmar el tratado de la Cabaña de Medicinas, que llevaría a las tribus a una reserva. En cambio, sembró el terror en la frontera. Era Quanah.

—¿Has visto sus tumbas? —preguntó con voz firme.

—No —dijo Tarrant—, pero si deseas puedo visitarlas para decirles que las amas.

Quanah fumó un rato más. Al menos no llamó embustero al blanco.

—¿Por qué me buscas? —preguntó al fin.

El pulso de Tarrant se aceleró.

—No te busco a ti, jefe, aunque grande es tu fama. He recibido noticias sobre alguien que te acompaña. Si he oído bien, es oriundo del norte y ha viajado mucho y mucho tiempo, más tiempo del que nadie recuerda, aunque no envejece. El suyo ha de ser un extraño poder. En tu campamento, los nermer-nuh que se quedaron nos informaron que venía con esta partida. Mi deseo es hablar con él.

—¿Por qué? —La pregunta directa, tan poco india, revelaba tensión bajo la superficie de hierro de Quanah.

—Creo que se alegrará de hablar conmigo.

Rufus chupó el cigarrillo con fuerza. El garfio le temblaba sobre el regazo. Quanah impartió una orden a las squaws. Una de ellas se fue. Quanah se volvió hacia Tarrant.

—He mandado a buscar a Dertsahnawyeh, Peregrino —dijo, añadiendo la traducción española de ese nombre. Y continuó—: ¿Esperas que él te enseñe su medicina?

—He venido para averiguar qué es.

—Creo que no podría decírtelo aunque lo deseara, y no creo que lo desee.

Herrera miró de soslayo a Tarrant.

—Usted sólo me dijo que deseaba averiguar qué había detrás de esos rumores —dijo—. Es peligroso entrometerse en cuestiones de los guerreros.

—Sí, me considero un científico —replicó Tarrant y dirigiéndose a Quanah—: Un hombre que busca la verdad oculta detrás de las cosas. ¿Por qué brillan el sol y las estrellas? ¿Cómo llegaron a existir la Tierra y la vida? ¿Qué ocurrió realmente en el pasado?

—Lo sé —replicó el jefe—. Así los blancos han hallado modos de hacer muchas cosas terribles, y el ferrocarril corre por donde pastaba el búfalo. —Una pausa—. Bien, supongo que Dertsahnawyeh sabe cuidarse solo —y añadió con crudeza—: En cuanto a mí debo pensar cómo capturar esa casa.

No había mas que decir.

Una sombra oscureció la entrada al tiempo que un hombre entraba en el tipi. Aunque iba vestido como el resto, no llevaba pintura de guerra. Tampoco era un nativo de estas tierras, sino alto, esbelto, de tez más clara. Cuando vio quienes estaban con Quanah, dijo suavemente en inglés:

—¿Qué quieres de mí?


4

<p>4</p>

Tarrant y Peregrino caminaban por la pradera. Rufus los seguía a un par de pasos. La luz se derramaba desde el vasto cielo y el suelo despedía tibieza. El pasto seco crepitaba. El campamento y los edificios pronto desaparecieron detrás de los tallos altos y prados. Rectas volutas de humo se elevaban hacia los buitres.

La revelación fue extrañamente tranquila, aunque quizá no era extraño. Habían esperado mucho tiempo. Tarrant y Rufus habían sentido que la esperanza se transformaba gradualmente en certidumbre. Peregrino había alimentado una paz interior para la cual toda sorpresa era como un soplo de aire. Así soportó su soledad, hasta dejarla atrás.

—Nací hace casi tres mil años —dijo Tarrant—. Mi amigo tiene la mitad de esa edad.

—Nunca conté el tiempo hasta hace poco —dijo Peregrino. Bien podían usar ese nombre, entre los muchos que tenía—. Y desde entonces he calculado quinientos o seiscientos años.

—Antes de Colón… ¡Qué cambios habrás visto!

Peregrino sonrió como un hombre plantado ante una tumba.

—Tú has visto más. ¿Has encontrado a otros como nosotros, además del señor Bullen?

—Una mujer, una vez, pero desapareció. No sabemos si aún vive. Salvo por ella, eres el primero. ¿Tú has encontrado a alguno?

—No. Lo intenté pero desistí. Por lo que sabía, estaba solo. ¿Cómo me seguiste el rastro?

—Es una larga historia.

—Tenemos mucho tiempo.

—Bien… —Tarrant extrajo un saquito de tabaco de los pantalones y, de la camisa, la pipa de escaramujo que no habría sido prudente fumar frente a Quanan—. Comenzaré diciendo que Rufus y yo llegamos a California en 1849. ¿Has oído hablar de la Fiebre del Oro? Amasamos una fortuna. No como mineros, sino como comerciantes.

—Tú lo hiciste, Hanno —dijo Rufus—. Yo sólo seguí tus pasos.

—Y fuiste útil en muchísimos aprietos —declaró Tarrant—: Al final desaparecí unos años, luego reaparecí en San Francisco con mi alias actual y compré un barco. Siempre he amado el mar. Ahora tengo varias naves; la empresa ha prosperado.

Cargó la pipa y la encendió.

—Cada vez que pude costearlo, contraté hombres para buscar indicios de los inmortales —continuó—. Desde luego, no les explico qué están buscando. En general, los de nuestra especie logran sobrevivir conservando el anonimato. En la actualidad soy un millonario excéntrico interesado en las genealogías. Mis agentes creen que soy un ex mormón. Ellos deben localizar a individuos que se parecen mucho a otros y se perdieron de vista, y que pueden reaparecer como dueños de una bonita suma…, ese tipo de cosas. Con los ferrocarriles y los buques de vapor, al fin pude extender mi red por todo el mundo. Desde luego, aún no es muy grande, y la trama es muy tosca, y por eso no he pescado nada, salvo algunas pistas falsas.

—Hasta hoy —dijo Peregrino.

Tarrant asintió.

—Un investigador mío que andaba por Santa Fe oyó rumores acerca de un hechicero que vivía entre los comanches y no pertenecía a ellos.

»Por la descripción parecía un sioux o un pawnee, pero había conquistado mucha autoridad y… lo habían nombrado antes, en otra parte, en diferentes épocas y lugares. Ninguna persona civilizada habría armado el rompecabezas. ¿Quién tomaría en serio las fantasías de los salvajes? Oh, perdona, no quise ofender. Tú sabes cómo piensan los blancos. Mi agente creyó que no valía la pena seguir el rastro. Lo consignó en un par de frases de su informe tan sólo para demostrarme que era aplicado.

»Eso fue el año pasado. Decidí hacer el seguimiento. Tuve suerte y encontré a dos personas de edad, un indio y un mexicano, que recordaban… Bien, si ese hombre existía, al parecer se había unido a Quanah. Esperaba hallar a los comanches en cuarteles de invierno, pero tuvimos que rastrearlos. —Tarrant apoyó la mano en el hombro de Peregrino—: Y aquí estamos, hermano.

Peregrino se detuvo. Tarrant lo imitó. Ambos se miraron de hito en hito. Rufus se mantuvo a la zaga. Al fin Tarrant sonrió adustamente y murmuró:

—Te preguntas si miento, ¿verdad?

—¿Cómo sabes que yo digo la verdad? —replicó el indio.

—Tienes mucho tacto para decir las cosas. Bien, con el transcurso del tiempo he escondido pruebas, así como piezas de oro para emergencias, aquí y allá. Ven conmigo y te mostraré suficientes. O, simplemente, puedes observarme veinte o treinta años. Yo te daré el sustento. Por otra parte, ¿por qué diablos inventaría yo una historia semejante?

Peregrino asintió.

—Te creo. ¿Pero cómo sabes que yo no me propongo estafarte?

—No podrías haber previsto mi llegada, y dejaste una pista durante muchos años. No a propósito. Ningún blanco que no supiera qué buscar habría sospechado jamás. Las tribus… ¿qué opinan de ti?

—Depende. —Peregrino recorrió con los ojos la extensión donde la hierba se mecía sobre los cráneos de búfalo, hasta más allá del horizonte. Al fin habló despacio, en un inglés muy cauteloso, a menudo deteniéndose para formar una oración antes de pronunciarla—. Cada cual vive en su propio mundo, y esos mundos cambian deprisa.

»Al principio fui chamán entre mi gente. Pero adoptaron el caballo y todo lo que eso implicaba. Los abandoné y vagabundeé, invierno tras invierno, verano tras verano. Trataba de hallar el sentido de toda mi experiencia. A veces me asentaba un tiempo, pero siempre era doloroso ver lo que sucedía. Incluso probé suerte entre los blancos. En una misión recibí el bautismo, aprendí español e inglés, a leer y escribir. Luego me interné en territorio de mexicanos y anglos. Fui cazador, trampero, carpintero, vaquero, jardinero. Hablé con todos los que podían hablar conmigo, y leí cada palabra impresa que encontraba. Pero tampoco sirvió de nada. No me encontraba cómodo.

«Entretanto, una tribu tras otra era exterminada por la enfermedad o la guerra, o sometida y encerrada en una reserva. Si los blancos querían más tierras, expulsaban a los pieles rojas. Vi a los cherokees en el final de su Senda de Lágrimas…

La voz tranquila y descriptiva enmudeció. Rufus se aclaró la garganta.

—Bien, así es el mundo —rezongó—. Yo he visto sajones, vikingos, cruzados, turcos, guerras de religión, brujas quemadas… —Y en voz más alta—: He visto lo que hacen los indios cuando llevan las de ganar.

Tarrant le impuso silencio con un gesto y preguntó a Peregrino.

—¿Qué te trajo aquí?

El otro suspiró.

—Al fin llegué a la tardía deducción de que esta vida que continuaba sin cesar, sin dejar más que tumbas, debía de tener un propósito, una utilidad. Y tal vez eso estaba en mi larga experiencia, en mi inmortalidad, que haría que la gente me escuchara. Tal vez pudiera ayudar a mi pueblo, a toda mi raza, antes de que se extinguiera, ayudarla a salvar algo para un nuevo comienzo.

»Hace unos treinta años regresé. En el sureste las tribus tenían probabilidades de durar más tiempo. Los nermernuh (¿sabes que «comanche» viene del español, verdad?) habían expulsado a los apaches. Habían combatido a los kiowas y los habían transformado en aliados; durante trescientos años habían resistido contra los españoles, los franceses, los mexicanos, los texanos, y habían llevado la guerra a territorio enemigo. Ahora los americanos se proponen aplastarlos para siempre. Merecen algo mejor, ¿no crees?

—¿Y qué estás haciendo? —La pregunta de Tarrant pareció revolotear como esas alas negras en el cielo.

—A decir verdad, estuve primero entre los kiowas —dijo Peregrino—. Tienen mente más abierta que los nermernuh, incluso en cuanto a la longevidad. Los comanches creen que un hombre verdadero muere joven, en la batalla o la cacería, mientras es fuerte. No confían en los viejos y los tratan mal. No como mi gente, hace mucho… Yo dejé que mi reputación creciera con el tiempo. Fue una ayuda que supiera tratar a los heridos y enfermos. Nunca me di aires de profeta. Esos predicadores locos han causado la muerte de millares, y el fin aún no llega. No, simplemente iba de tribu en tribu, y llegaron a pensar que yo era sagrado. Hice lo que pude en materia de curación y asesoramiento. Siempre he aconsejado la paz. Es una larga historia. Al fin me uní a Quanah, porque se estaba convirtiendo en el último gran jefe. Todo dependerá de él.

—¿Has dicho paz? —Y lo que podamos salvar para nuestros hijos. Los comanches no tienen ningún legado de sus antepasados, nada en lo que puedan creer de veras. Eso los tiene a mal traer. Los vuelve presa fácil de los.

Personajes como Profeta Búho. Encontré una nueva: entre los kiowas y la estoy trayendo a los nermer-nuh. ¿Conoces el cacto peyote? Abre un camino, aquieta el corazón…

Peregrino se detuvo. Una risa le aleteó en la garganta.

—Bien, no me proponía hablar como un misionero.

—Me alegrará escucharte más tarde —dijo Tarrant, mientras pensaba: He visto ir y venir tantos dioses. ¿Qué más da uno más?—. Me interesan tus ideas para lograr la paz. Te he dicho que tengo dinero. Y siempre me las he ingeniado para manejar ciertos hilos. ¿Comprendes? Algunos políticos me deben favores. Puedo comprar a otros. Elaboraremos un plan. Pero primero debemos sacarte de aquí, regresar a San Francisco, antes de que te metan una bala en los sesos. ¿Por qué diablos viniste con estos guerreros?

—Ya te he dicho que debo lograr que me escuchen —explicó fatigosamente Peregrino—. Es un trabajo difícil. Ante todo, recelan de los viejos, y ahora que su mundo se despedaza temen una magia tan extraña como la mía y… Tienen que comprender que no soy cobarde, que estoy de su lado. No puedo abandonarlos ahora.

—¡Un momento! —ladró Rufus.

Lo miraron fijamente. Rufus se plantó con las piernas separadas, el sombrero echado hacia atrás, la cara roja y curtida. El garfio que había perforado a sus enemigos lucía repentinamente frágil bajo ese cielo.

—Un minuto. Jefe, ¿en qué estás pensando? Lo primero que debemos hacer es salvar a esos rancheros. Tarrant se humedeció los labios.

—No podemos —respondió con desgana—. Somos dos contra un centenar. A menos… —Miró a Peregrino.

El indio meneó la cabeza.

—En esto el Pueblo no me escuchará —les dijo con voz opaca—. Sólo perdería la poca influencia que tengo.

—¿No podemos pagar rescate por la familia? He oído que los comanches a menudo venden a los prisioneros. He traído mercancías, además de los presentes. Y Herrera me dará su ganado si le prometo una paga en oro.

Peregrino reflexionó.

—Bien, tal vez.

—Eso es como dar a esos demonios recursos para matar más blancos —protestó Rufus.

—Me decías que estas cosas no son nuevas en la Tierra —dijo Peregrino con incisiva amargura.

—Pero los bárbaros de Europa eran blancos. Incluso los turcos… Oh, olvídalo. Cabalgas con estos animales…

—Basta, Rufus —intervino Tarrant—. Recuerda a qué vinimos. No es de nuestra incumbencia salvar a unos pocos que dentro de un siglo ya estarán muertos. Veré si puedo hacerlo, pero Peregrino es nuestro verdadero hermano. Cálmate.

Rufus dio media vuelta y se alejó. Tarrant lo siguió con los ojos.

—Se le pasará —aseguró—. Malhumorado y no muy inteligente, pero me ha sido fiel desde antes de la caída de Roma.

—¿Por qué se preocupa por personas efímeras como insectos? —dijo el chamán.

La pipa de Tarrant se había apagado. La encendió de nuevo mirando las volutas de humo.

—También los inmortales reciben la influencia del medio —le dijo—. Estos últimos doscientos años hemos vivido principalmente en el Nuevo Mundo. Primero Canadá, cuando era francés, pero luego nos mudamos a las colonias inglesas. Más libertad y más oportunidades, si eras inglés, como por supuesto alegábamos ser. Luego fuimos americanos; lo mismo.

»A él le afectó más que a mí. Yo he tenido esclavos, y acciones de un par de plantaciones, pero nunca pensé mucho en ello. Siempre había dado por sentada la esclavitud, y era una desgracia que le podía ocurrir a cualquiera, al margen de las razas. Cuando terminó la guerra de Secesión y muchas otras cosas, para mí fue otra vuelta en la rueda de la historia. Como propietario de naves en San Francisco no necesitaba esclavos.

»Pero Rufus tiene un alma primitiva. Quiere algo a lo cual aferrarse…, algo que los inmortales no podemos tener, ¿verdad? Ha profesado una docena de creencias cristianas. La última vez se convirtió en una ceremonia baptista, y aún evoca muchas cosas. Antes y después de la guerra tomó en serio lo que oía acerca del derecho y el deber de la raza blanca de dominar a las de color. —Tarrant rió sin alegría—. Además, no ha visto una mujer desde que salimos de Santa Fe. Se decepcionó al descubrir que en el Llano Estacado las mujeres comanches no son tan complacientes con los forasteros como en el norte. Quizás haya mujeres blancas en esa cabaña. Rufus no sabe que él mismo las desea… Oh, se conformaría con ser respetuoso y galante y recibir miradas de adoración, pero la idea de que las viole un piel roja tras otro es más de lo que puede soportar.

—Quizá tenga que soportarlo —dijo Peregrino.

—Sí, quizá. —Tarrant hizo una mueca—. Admito que no me gusta la idea, ni la de pagar el rescate con armas. No soy tan insensible como… como debo aparentar que soy. —Creo que no ocurrirá nada durante horas.

—Bien. Debo entregar mis presentes a Quanah, someterme a las formalidades… Quiero que me asesores, pero no enseguida. Caminemos. Tenemos mucho de qué hablar. Tres mil años.


5

<p>5</p>

Los guerreros formaron un círculo. Ahora callaban con dignidad felina, pues ésta era una ocasión ceremonial. El sol poniente sacaba lustre al pelo color obsidiana y a la piel color caoba, encendía llamas en los ojos.

Entre sus hombres, delante del tipi, Quanah recibió los presentes de Tarrant. Dio un discurso en la lengua de su padre, prolongado y sin duda con muchas imágenes, al estilo de sus antepasados. Cuando concluyó, Peregrino, de pie junto al visitante, dijo en inglés:

—Te da las gracias, te llama amigo, y mañana escogerás entre sus caballos el que más te agrade. Un gesto generoso muy en un hombre que está en pie de guerra.

—Sí, lo sé —dijo Tarrant. A Quanah, en español—: Gracias, gran jefe. ¿Puedo pedir un favor, en nombre de la amistad que tan benévolamente nos ofreces?

Herrera, unos pasos atrás, se sobresaltó, se puso tenso y entornó los ojos. Tarrant no había ido a verlo al regresar, sino que había juntado los presentes y había enfilado directamente allí. La noticia se difundió deprisa y Herrera, al ver que se reunían los bravos, había ido por cortesía y por prudencia. —Adelante —dijo el impasible Quanah.

—Deseo comprar la libertad de esas personas que has sitiado. Serán inútiles para ti. ¿Para qué gastar más tiempo y hombres por ellas? Nos las llevaremos nosotros. A cambio pagaremos un buen precio.

Un agitado murmullo corrió entre los comanches. Los que entendían les susurraban a los que no entendían. Las manos se cerraron sobre las lanzas o los rifles.

Un hombre que estaba cerca del jefe soltó una retahíla de palabras rudas. Era esbelto. Tenía muchas cicatrices y más arrugas en el rostro que las habituales aun entre los indios viejos. Otros mascullaron como asintiendo. Quanah impuso silencio alzando la mano.

—Wahaawmaw dice que tenemos que vengar a nuestros caídos —le comunicó a Tarrant.

—Ellos cayeron honorablemente.

—Se refiere a todos nuestros caídos, durante todos los años y generaciones, las muertes que hemos sufrido.

—Ignoraba que tu gente pensaba así.

—Wahaawmaw era un niño en el campamento donde los rangers capturaron a la madre de Quanah —explicó Peregrino—. Encontró un escondite y escapó a la matanza, pero ellos dispararon a su madre, a su hermano y a dos hermanas pequeñas. Hace poco perdió a la esposa y un hijo pequeño; los soldados usaron una pieza de artillería. Lo mismo ha ocurrido, en varios lugares, a muchos que están aquí.

—Lo lamento —declaró Tarrant—. Pero esas personas no tienen nada que ver con ello y yo…, bien, tengo muchos objetos preciosos como los que he dado al jefe. ¿No son mejores que unos pestilentes cueros cabelludos?

Wahaawmaw pidió derecho a hablar. Continuó varios minutos, gruñendo, susurrando, alzando las manos y gritando al cielo en una cólera rugiente. Cuando terminó y se cruzó de brazos, Peregrino apenas necesitó traducir.

—Dice que esto es un insulto. ¿Los nermernuh van a vender su victoria por mantas y alcohol? Arrebatarán un abundante botín a los texanos, y también los cueros cabelludos.

Había advertido a Tarrant que esperara este desenlace, de modo que Tarrant miró directamente a Quanah y dijo:

—Tengo una oferta mejor. Traemos rifles con nosotros, cajas llenas de cartuchos, cosas que tu gente necesitará tanto como los caballos, si va a la guerra. ¿Cuánto a cambio de esas pobres vidas?

Herrera avanzó un paso.

—No, espere —dijo.

Quanah lo detuvo.

—¿Están con tu equipaje? En tal caso, bien. De lo contrario, es demasiado tarde. Tu compañero ya ha convenido en cambiar las suyas por ganado.

Tarrant se quedó atónito. Wahaawmaw, que debía de haber entendido de qué hablaban, soltó un graznido burlón.

—Pude habértelo dicho— explicó Herrera, en medio del creciente alboroto.

Quanah ordenó silencio mientras Peregrino susurraba al oído de Tarrant.

—Veré si puedo persuadirlos de modificar el trato. Pero pon freno a tus esperanzas.

Inició su discurso. Sus compañeros respondieron en tono similar. En general hablaban con serenidad. Siempre costaba alcanzar un consenso. No tenían gobierno. Los jefes civiles eran poco más que jueces, mediadores, y aun los jefes de guerra sólo mandaban durante la batalla. Quanah esperó a que terminara el debate. Hacia el final, Herrera quiso decir algo. Poco después, Quanah pronunció lo que consideraba el veredicto y el asentimiento circuló entre sus seguidores como una marea. Ya atardecía cuando Wahaawmaw clavó en Tarrant una mirada triunfal.

—Lo has adivinado, ¿verdad? —explicó tristemente Peregrino—. No dio resultado. Aún no han conseguido suficiente sangre, y están sedientos de ella. Wahaawmaw afirma que traería mala suerte dar cuartel, y muchos están dispuestos a creerle. Pueden usar media docena para arrear el ganado del rancho y llevarlo a Nuevo México. Les agrada ese viaje. Y el comanchero les ha dicho que no es hombre de renunciar a lo pactado. Eso los ha puesto quisquillosos en cuanto a su honor. Además… Quanah no presentó ningún argumento, pero saben que tiene una idea para tomar la casa y que le gustaría probarla, y sienten curiosidad. —Calló unos instantes—. He hecho todo lo posible, de verdad.

—Desde luego —respondió Tarrant—. Gracias.

—Quiero que sepas que a mí tampoco me agrada lo que ocurrirá. Alejémonos y no regresemos hasta la mañana…, con Rufus, si lo desea.

Tarrant meneó la cabeza.

—Creo que será mejor que me quede. No te preocupes. He visto bastantes saqueos en el pasado.

—Supongo que sí —dijo Peregrino.

La reunión se disolvió. Tarrant presentó sus respetos a Quanah y caminó entre filas de guerreros, que lo miraban con aire hosco o burlón, hacia el campamento de Herrera. Estaba a varios metros del tipi más cercano. El neomexicano se demoró hablando con algunos hombres.

Sus hijos habían encendido una fogata. Preparaban la cena antes de que llegara el rápido anochecer de la pradera. Largos rayos de sol temblaban en el humo. Las mantas para dormir aguardaban. Rufus estaba sentado con una botella en el puño. Alzó los ojos cuando se acercó Tarrant y preguntó innecesariamente, ya que lo había visto todo:

—¿Qué ha ocurrido?

—No hay trato. —Tarrant se sentó en el pasto pisoteado y tendió la mano—. Beberé un sorbo de whisky. No mucho, y será mejor que tú te cuides. —Sintió la grata mordedura del alcohol en el gaznate—. He fracasado. Peregrino no abandonará a los comanches, y los comanches no aceptan el rescate. —Describió la situación en pocas palabras.

—Ese hijo de perra —jadeó Rufus.

—¿Quién? ¿Quanah? Será un enemigo, pero es honesto.

—No. Herrera. Él podía haber…

El traficante llegó en ese momento.

—¿He oído mi nombre? —preguntó.

—Ahá —gruñó Rufus, y se puso de pie, botella en mano—. Vípera es —masculló en latín. Y continuó en inglés—: Eres una víbora. Un mexicano grasiento. Podías haberle vendido a Hanno…, podías haber vendido al jefe esas armas y…

Herrera se llevó la mano derecha al Colt. Sus hijos se pusieron alerta, desenvainando los cuchillos.

—No podía cambiar un trato que ya estaba hecho —dijo. El español era un idioma demasiado suave para comunicar toda su frialdad—. No a menos que ellos aceptaran, y ellos rehusaron. Eso habría perjudicado mi reputación y mi negocio.

—Seguro, mestizo, siempre estás dispuesto a vender hombres blancos, mujeres blancas, venderlos por… dinero. Dinero de sangre. —Rufus escupió a los pies de Herrera.

—No hablaremos de sangre —dijo con calma el traficante—. Yo sé quién era mi padre. Y lo vi llorar cuando los yanquis nos arrebataron la tierra. Ahora debo cederles el paso en las calles de Santa Fe. El cura me dice que no debo odiarlos, ¿pero debo preocuparme por ellos?

Rufus gruñó y atacó con el garfio. Herrera retrocedió a tiempo. Desenfundó la pistola. Tarrant se levantó de un salto y agarró el brazo de Rufus antes que el pelirrojo intentara desenfundar. Lentamente, los muchachos envainaron los cuchillos.

—Compórtate —jadeó Tarrant—. Siéntate.

—¡No con éstos! —barbotó Rufus en latín. Se zafó—. Y tú, Hanno. ¿No recuerdas? Como esa mujer que salvamos, allá en Rusia. Y ése era un solo hombre que después no le habría abierto el vientre, ni la habría entregado a mujeres con cuchillos y antorchas… —Se alejó de todos sin soltar la botella.

Algunas miradas lo siguieron.

—Déjelo en paz —dijo Tarrant a Herrera—. Pronto volverá a sus cabales, y añadió sin gran sinceridad—: Gracias por tu paciencia.


6

<p>6</p>

Durante la tarde, Tom Langford se animó a salir dos veces. Cuando vio el campamento, entró deprisa y atrancó la puerta.

—Sospecho que intentarán un ataque nocturno —dijo al atardecer—. De lo contrario, ¿por qué se demoran tanto? Tal vez de nuevo al amanecer, pero podría ser a cualquier hora. Tendremos que mantenernos alerta. Si los rechazamos de nuevo, quizá se marchen. Los indios no saben cómo sostener un sitio.

Bill Davis se echó a reír.

—No valemos la pena —opinó. —Los vecinos vendrán, indudablemente, a ayudarnos —aventuró Carlos Padilla en español.

—Sí pero quién sabe cuándo —suspiró Langford—. Suponiendo que Bob haya logrado pasar, los vecinos están muy desperdigados. Quizás haya un destacamento de caballería en las cercanías.

—Estamos en manos de Dios —declaró Susie. Sonrió a su esposo—. Y en las tuyas, querido, y son manos bien fuertes.

Ed Lee se movía y gemía en la cama de los Langford. La herida le había producido fiebre. Los niños estaban agotados.

Primero comieron la cena, habichuelas frías, pan, la leche que les quedaba. No tenían leña, y el agua era escasa. Langford pidió a su esposa que dijera la oración de gracias. A nadie le molestó que Carlos se persignara. Luego los hombres fueron uno por uno detrás de una cortina que Susie había puesto en un rincón para ocultar el cubo que todos debían compartir. Langford lo había vaciado en sus dos salidas. Esperaba que nadie más tuviera ganas de defecar hasta que los indios se hubieran largado. Sería desagradable, en ese encierro con una mujer y una niña. El retrete era de tepe, y aún debía de estar en pie. De lo contrario, usarían la protección de la hierba alta, la libertad de esos acres por los cuales luchaba.

Cayó la noche. Una sola vela ardía en la mesa entre las armas. Los Langford y los peones montaban guardia, dos turnándose para mirar por las troneras mientras otros dos dormitaban en el suelo o junto al pobre Ed. Las estrellas cubrían el retazo de cielo que podían ver. El suelo era una negrura grisácea. La pálida luna sería de escasa ayuda cuando despuntara poco antes que el sol. Entretanto, persistían el frío y el silencio.

Una vez la esposa susurró desde su lado de la habitación:

—¿Tom? —¿Sí? —Él le echó una ojeada. En la penumbra no veía la suciedad, el agotamiento, las mejillas huecas y las ojeras. Veía a la muchacha de sus días de noviazgo, desde cuyo porche había regresado a casa embelesado.

—Tom, si… si logran entrar y tienes la oportunidad… —Ella contuvo el aliento—. ¿Me dispararías primero?

—¡Claro que no! —exclamó él, horrorizado.

—Por favor. Te lo agradecería.

—Podrías vivir, querida. Venden prisioneros a nuestra gente.

Ella miró el suelo y luego, recordando su deber, espió por la tronera.

—No querría vivir. No después…

—¿Piensas que te abandonaría? Supongo que no me conoces tan bien como creía.

—No, pero tú… Yo estaría sin ti en la Tierra. ¿Por qué no juntos en el Cielo, al mismo tiempo?

Langford sabía que los pieles rojas no le perdonarían la vida. A menos que tuviera suerte, no sería un hombre cuando muriese. Aunque los cuchillos y el fuego, o estar sujeto en una estaca al sol con los párpados cortados, no lo dejarían en condiciones para pensar mucho en eso.

—Bien, quizá consigas salvar a los niños.

Ella agachó la cabeza.

—Sí. Lo lamento. Lo había olvidado. Sí, pensaba de forma egoísta.

—Oh, no te preocupes, cariño —dijo él tratando de aparentar alegría—. No ocurrirá nada malo. La semana próxima nuestra mayor preocupación será cómo evitar el jactarnos a voz en grito.

—Gracias, querido. —Ella miró hacia fuera.

La noche avanzó. La habían dividido en cuatro turnos de guardia, y todos estarían despiertos antes del alba, cuando el ataque era más probable. Cuando el reloj de péndulo dio las tres de la mañana, los Langford terminaron su segundo turno, despertaron a los peones y se acostaron, él en el suelo, ella junto a Ed. Si el hombre herido despertaba de su profundo sueño, ella se daría cuenta y lo atendería. Los otros hombres dispararían mejor cuanto más descansados estuvieran.

Un escopetazo despertó a Langford.

Bill chocó contra la pared y cayó. La bala había atravesado la cabaña y le había dado en la espalda. A la luz de las velas y entre las sombras fluctuantes, su sangre era más negra que su tez.

Carlos se agazapó en el lado norte, apuntando el rifle en vano. Dos anchos cañones entraron por las troneras del oeste. Uno escupió humo y se retiró, reemplazado al instante por otro. Entretanto rugió la segunda arma.

Langford saltó hacia la cama y hacia Susie. En su aturdimiento comprendió. Tres o cuatro enemigos se habían arrastrado al amparo de la noche, despacio, deteniéndose a menudo, sombras en la oscuridad, hasta atravesar las estacas y llegar bajo los aleros. Luego habían insertado las armas, tal vez esperando disparar a alguien en el ojo.

No importaba. Disparando a ciegas, moviendo los cañones a izquierda y derecha, hacían imposible la defensa.

Aumentaron los alaridos. Un estruendo sacudió la puerta. Langford supo que no eran tomahawks, sino un hacha de cortar leña, tal vez suya. Los paneles se astillaron. Una ráfaga apagó la vela. Langford disparó una y otra vez, pero no veía bien. El percutor tocó una cámara vacía. ¿Dónde diablos estaban las armas cargadas? Oyó un grito de Susie. Tal vez tenía que haber guardado una bala para ella. Demasiado tarde. La puerta había caído y la oscuridad estaba llena de guerreros.


7

<p>7</p>

El bullicio los despertó. Tarrant y los Herrera se levantaron empuñando las armas. Había un tumulto entre los tipis.

—El ataque —dijo el traficante entre los alaridos y disparos.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Tarrant—. ¿Otro ataque frontal, en medio de la noche? Una locura.

—No sé —dijo Herrera. El ruido alcanzó un rápido crescendo. Herrera mostró los dientes, un destello opaco bajo las estrellas—. Victoria. Están tomando la casa. ¿Adonde va? —exclamó cuando vio que Tarrant se agachaba para ponerse las botas—. Quédese aquí. Podrían matarlo.

—Tengo que ver si puedo hacer algo.

—No puede. Yo me quedo, no por miedo sino para no ver lo que vendrá a continuación.

—Me dijo que no le importaba —replicó Tarrant.

—No mucho —admitió Herrera—. Pero sería maligno regodearse, y no tengo ánimo para eso. No, mis hijos y yo rezaremos por ellos. —Le aferró la manga. Uno dormía con la ropa puesta en un lugar como ése—. Quédese. Usted me cae bien.

—Tendré cuidado —prometió Tarrant, y echó a andar.

Bordeó el campamento comanche. Cada vez se encendían más antorchas. Se mecían, dejando una estela de chispas en su apresurada marcha. Su luz opacaba el resplandor escarchado de millares de estrellas. No obstante, Tarrant tenía luz suficiente para ver por dónde andaba.

¿ Dónde diablos estaba Rufus ? Quizá roncando en la pradera junto a la botella vacía. Qué más daba. Por mucho que se dominara, un hombre blanco se arriesgaba cuando se mostraba a hombres rojos sedientos de sangre.

¿Por qué él, Hanno, Lugo, Cadoc, Jacques Lacy, William Sawyer, Jack Tarrant, mil alias distintos, actuaba así? Sabía que no podría salvar a los rancheros, ni se proponía intentarlo. Debían perecer como muchísimos más habían perecido antes y perecerían en el futuro, una y otra vez. La historia los tragaba y los escupía y pronto la mayoría se pudrían en el olvido, como si no hubieran existido jamás. Quizá los cristianos tenían razón y la humanidad era así, tal vez estaba en la naturaleza de las cosas.

Su intención era práctica. No había sobrevivido tanto tiempo ocultándose de lo terrible. Por el contrario, se mantenía alerta, para saber adonde saltar cuando llegaba la estocada. Esta noche observaría desde los bordes. Si los indios sentían el impulso de eliminarlos también a ellos, podría disuadirlos, con la ayuda de Peregrino y aun de Quanah, antes de que se descontrolaran. Por la mañana emprendería el regreso a Santa Fe.

El jefe se erguía cerca de la cabaña, un hacha de mango largo sobre el hombro. La luz de las antorchas le salpicaba la cara y el cuerpo pintarrajeados, la toca con cuernos; Quanah parecía una imagen trémula entrando y saliendo del infierno. Los bravos eran más borrosos, fragmentos de noche que se apiñaban, bailaban, bramaban, agitaban las lanzas como banderas. Las squaws estaban con ellos, empuñando cuchillos o estacas afiladas. La puerta era un bostezo.

Delante había un pequeño espacio vacío. Había tres muertos despatarrados en el umbral. El brazo izquierdo del blanco estaba astillado, alguien le había cortado el cuello sin detenerse a pensar en la diversión. Las puntas de las costillas sobresalían del boquete de la espalda del negro. Un tercero parecía mexicano, aunque tenía tantos tajos y magullones que costaba estar seguro; había caído peleando.

Esos tres eran bastardos con suerte. Dos squaws aferraban a un niño y una niña que chillaban encegados por el miedo. Un blanco alto estaba sentado, Tos hombros encorvados. La sangre le formaba un pegote en el pelo, le manchaba la ropa, goteaba en la tierra. Estaca aturdido. Dos guerreros sujetaban los brazos de una mujer joven que se contorsionaba, pateaba, maldecía e invocaba a su Dios.

Un hombre se apartó del gentío. Una antorcha lo alumbró un instante y Tarrant logró reconocer a Wahaawmaw. Se había colgado el rifle para tener las manos libres. Empuñaba un cuchillo en la derecha. Soltó una risotada, cogió el vestido de la mujer con la izquierda, lo rasgó. La tela se abrió. Hubo un resplandor blanco, y una repentina hilera de gotas de sangre. Sus captores la tendieron de espaldas. Wahaawmaw se llevó la mano al taparrabo. El prisionero se movió, graznó, trató de levantarse. Un bravo le asestó un culatazo en el estómago y el hombre se arqueó vomitando.

Resonó un gruñido de oso pardo. Desde atrás de la cabina embistió Rufus, Colt en mano, agitando el garfio. Dos indios rodaron con la cara destrozada Rufus enfiló hacia la mujer. Los hombres que la sujetaban se levantaron. Rufus disparó a uno en la frente. Al otro le arrancó un ojo con el garfio, y el hombre retrocedió chillando. Pateó la entrepierna de Wahaawmaw. El guerrero se tambaleó y cayó contorsionándose junto al blanco. Trató de ahogar un grito, pero no pudo contenerlo.

La llama de las antorchas devolvía a la barba de Rufus su color genuino. Se plantó con las piernas a ambos lados de la mujer, balanceándose, ebrio como una cuba pero con el Colt amartillado.

—De acuerdo, cerdos mugrientos —tronó—, llenaré de plomo al primero que se mueva. Ella se irá en libertad, y…

Wahaawmaw se incorporó y rodó. Rufus no llegó a verlo. Tenía demasiado que observar.

—¡Cuidado! —gritó Tarrant sin poder contenerse. Los alaridos de los indios le ahogaron la voz. Wahaawmaw se descolgó el rifle y disparó desde el suelo.

Rufus se tambaleó, soltó la pistola. Wahaawmaw disparó de nuevo. Rufus se derrumbó. Su cuerpo cayó sobre la mujer y la aplastó contra el suelo.

Tarrant se abrió paso a codazos. Llegó al claro y cayó de rodillas junto a Rufus.

—O sodalis, amice perennis…

Borbotones de sangre manchaban la boca y la barba roja. Rufus jadeaba… Por un instante pareció sonreír, aunque Tarrant no podía ver bien bajo el fluctuante resplandor de las antorchas o la luz de las estrellas. Abrazó ese corpachón de donde se escapaba la vida.

Sólo entonces notó que se había hecho el silencio. Miró hacia arriba. Quanah se erguía sobre él, el hacha tendida como un techo o un escudo de piel de búfalo. ¿Había ordenado silencio a su gente? La multitud era un borrón, lejos de él y los muertos, los heridos, los cautivos. Aquí y allá una llamarada alumbraba una cara o arrancaba un destello a un par de ojos.

Tarrant apartó a Rufus de la mujer. Ella se movió, abrió los ojos, gimió.

—Calma —murmuró Tarrant. Ella se incorporó, avanzó a gatas hacia el marido. Las squaws habían soltado a los niños, que ya estaban junto a ella. Él había recobrado el conocimiento. Al menos, pudo sentarse erguido y abrazar a los suyos.

Los guerreros heridos por Rufus se habían reunido con la multitud, excepto el muerto y Wahaawmaw quien se había levantado pero se apoyaba en el rifle, temblando, aferrándose la dolorida entrepierna Tarrant también se levantó. Quanah bajó el hacha. Ambos se miraron.

—Esto es malo —dijo al fin el jefe—. Muy malo.

Un capitán de Fenicia sabía aprovechar cada oportunidad, por mala que fuera la situación.

—Sí —respondió Tarrant—. Uno de tus hombres ha matado a uno de tus huéspedes.

—Él, tu hombre, irrumpió entre los nuestros causando muerte.

—Tenía derecho a hablar, a ser oído en tu consejo. Cuando tus nermernuh le cerraron el paso, quizá con intención de atacarlo, actuó en defensa propia. Estaba bajo tu protección, Quanah. En el peor de los casos, pudiste hacerlo capturar por detrás, con tantos hombres a tu mando. Creo que lo habrías hecho de haber tenido la oportunidad, pues todos te llaman hombre de honor. Pero esa criatura le disparó primero.

Wahaawmaw gruñó con furia. Tarrant no sabía cuánto habría entendido. El argumento era débil, casi ridículo. Quanah podía desecharlo de inmediato. Sin embargo…

Peregrino se adelantó. Era unos cinco centímetros más alto que el jefe. Llevaba un manojo de hierbas medicinales y una vara de la que colgaban tres colas de búfalo, cosas que debía de haber traído desde el tipi. La multitud cuchicheaba, las antorchas chisporroteaban. Dertsahnawyeh, el que no moría, tenía poder para inspirar reverencia en el corazón más fiero.

—Quédate donde estás, Jack Tarrant —dijo en voz baja—, mientras Quanah y yo hablamos.

El jefe asintió. Impartió órdenes. Wahaawmaw protestó pero obedeció perdiéndose entre la multitud. Varios guerreros se acercaron, rifle en mano, para vigilar a los blancos. Quanah y Peregrino se perdieron en la noche.

Tarrant se acercó a los prisioneros y se agachó.

—Escuchad —dijo en voz baja—, tal vez logremos liberaros. Callad, no digáis nada. Los indios han recibido una sorpresa que los ha aplacado un poco, pero no hagáis nada para recordarles que desean destruiros.

—Entendido —dijo el hombre, con claridad aunque no con firmeza—. Pase lo que pase, os debemos nuestras plegarias, a ti y a tu socio.

—Él acudió corno un caballero del rey Arturo —logró susurrar la mujer.

Acudió como un idiota borracho, pensó Tarrant. Podría haberlo disuadido si lo hubiera sabido. Lo habría hecho. Oh, Rufus, viejo amigo, siempre odiaste estar solo, y ahora lo estás para siempre.

El hombre tendió la mano.

—Tom Langford —dijo—. Mi esposa Susan. Nancy. Jimmy… James —corrigió pues a pesar del polvo, las lágrimas y una magulladura, el niño había mirado al padre reprochándole el diminutivo. Tarrant quiso reír.

Se contuvo, se presentó y concluyó:

—Será mejor que no hablemos más. Además, los indios esperan que yo atienda a mi muerto.

Rufus estaba a tres metros de los Langford. Podría haber estado a tres mil kilómetros. Tarrant no podía lavarlo, pero enderezó el cuerpo, le cerró los ojos, sujetó la mandíbula con un pañuelo. Le sacó el cuchillo y se abrió tajos en la cara, los brazos y el pecho. La sangre brotaba y goteaba, nada serio pero suficiente para impresionar a los curiosos. Así lloraban ellos a los muertos, no el hombre blanco. Sin duda, el muerto era muy importante, y merecía ser vengado con cañones y sables a menos que apaciguaran a sus amigos. Al mismo tiempo, el amigo que estaba aquí no lloraba por él, y eso también era turbador. Poco a poco, los nermernuh regresaron a la placidez del campamento.

Bien, Rufus tuviste mil quinientos años, y disfrutaste cada uno de tus días. Tuviste mujeres, luchas, canciones, festines, borracheras y aventuras, trabajaste con tesón cuando hubo que hacerlo y fuiste una magnífica protección cuando la necesité, y un buen esposo y padre, con tu estilo rezongón, cada vez que sentaste cabeza por un tiempo. Pude haber prescindido de tus estúpidas bromas y cuando estábamos solos tanto tiempo tu conversación era tan aburrida que dolía, y si a veces salvaste mi vida, yo también me la jugué para sacarte a menudo del atolladero y… mi mundo ha perdido mucho sabor esta noche, Rufus. Mucho amor.

Un alba falsa enfrió el este, Quanah y Peregrino fueron borrosos hasta que llegaron de vuelta a la cabaña. Tarrant se levantó. Los guardias se apartaron con respeto. Desde el suelo los agotados Langford miraban con ojos inflamados. Los niños dormían con sueño inquieto.

Tarrant aguardó.

—Está decidido —dijo Quanah. La voz profunda tronó como los cascos en las praderas. El aliento flotaba en el frío con blancura de fantasma—. Sepan todos los hombres que los nermernuh son generosos. Respetarán mis deseos en este asunto. Tú, el traficante y sus hijos podéis iros. Podéis llevaros a estos cautivos. Ellos van a cambio de tu camarada. Él mismo se provocó la muerte, pero como era nuestro huésped, sea ése su precio, porque los nermernuh valoran el honor. No dañaremos su cuerpo, sino que le daremos sepultura decente para que su espíritu pueda llegar al otro mundo. He dicho.

Tarrant sintió un escalofrío. Había temido algo peor que esto. Logró mantener la compostura y dijo: —Te lo agradezco mucho, y diré a mi gente que el alma Quanah es grande.

Quizá lo decía en serio. Por un instante el jefe olvidó su pomposidad.

—Da las gracias a Peregrino. Él me persuadió. Largaos antes del amanecer.

Hizo una seña a los guardias, quienes lo siguieron hacia el campamento comanche.

Un mortal se habría desmoronado al aliviarse la presión, se habría puesto histérico o se habría desmayado. Un inmortal tenía más reservas, más resistencia. No obstante, Tarrant habló con voz temblorosa.

—¿Cómo lo conseguiste, Peregrino?

—Llevé tu argumento tan lejos como pude. —De nuevo el indio se tomó su tiempo para construir y sopesar cada oración en inglés—. Quanah no estaba dispuesto a aceptar. No es un demonio, sabes; está luchando por la vida de su pueblo. Pero también debe convencer a los demás. Yo tuve que… usar todos mis amuletos, invocar a los espíritus, y al fin dije que si no te liberaba me marcharía. Él valora mis consejos tanto como mi… medicina. Luego no fue difícil convencerlo de que también liberase a esta familia. Le ayudaré a convencer a los guerreros de que fue buena idea.

—Tuvo razón al decir que te diera las gracias a ti —dijo Tarrant—. Lo haré durante todos los siglos de vida que me queden.

La sonrisa de Peregrino era tenue como la luz del este.

—No es preciso. Tuve mis razones, y quiero una retribución.

Tarrant tragó saliva.

—¿Cuáles?

—Admito que tenía que salvarte —dijo Peregrino con voz más serena—. Quizá tú y yo seamos ahora los únicos inmortales del mundo. Debemos juntarnos alguna vez. Pero entretanto…

Peregrino cogió el brazo de Tarrant.

—Entretanto, aquí está mi gente —jadeó—. No nací entre ellos, pero son casi los últimos de nosotros que nacieron en esta tierra y todavía son libres. No lo serán por largo tiempo. Pronto serán vencidos. —Al igual que Tiro y Cartago, Galia y Britannia, Roma y Bizancio, los albigenses y los husitas, los vascos y los irlandeses, Québec y la Confederación—. Ayer te lo dije en la pradera. Debo quedarme con ellos hasta el final, razonar con ellos, ayudarlos a encontrar nueva fe y esperanza. De lo contrario se harán pedaz