Poul Anderson

La gran cruzada


El capitán levantó los ojos y la lámpara del despacho dibujó en su rostro relieves de luz y de sombra. Se abría una ventana a. la noche de verano de un mundo extraño.

—¿Y bien? —preguntó.

—He podido traducirlo, señor —respondió el sociotécnico—. He tenido que extrapolar hacia atrás a partir de los lenguajes modernos, lo que me ha llevado mucho tiempo. Pero he podido enterarme de lo necesario para poder hablar a esas… criaturas.

—Muy bien —gruñó el capitán—. Quizá podamos descubrir de qué se trataba. ¡Infierno y condenación! Esperaba encontrarme con prácticamente cualquier cosa, ¡pero con esto…!

—Comprendo sus sentimientos, señor. Yo mismo he tenido problemas para creer el relato original, pese a, todas las pruebas materiales que tenía a la vista.

—Lo leeré inmediatamente. No hay descanso para los condenados.

El capitán le despidió con un gesto de la cabeza y el sociotécnico salió del camarote.

El capitán se quedó inmóvil durante un momento, con los ojos fijos en el manuscrito, pero sin verlo. El libro original que habían descubierto tenía una antigüedad impresionante; estaba escrito en sinuosos caracteres sobre vitela, protegida por firmes cubiertas. Aquella traducción no era más que un manuscrito prosaicamente escrito a máquina. Al capitán le daba miedo volver las páginas, por lo que pudiera encontrar. Más de mil años antes ocurrió allí mismo una formidable catástrofe, cuyos ecos aún podían escucharse. El capitán se sentía muy solo y pequeño. Qué lejos estaba la Tierra…

Y sin embargo…

Empezó a leer.


Capítulo 1

<p>Capítulo 1</p>

El arzobispo William, un santísimo y sapientísimo prelado, me ha ordenado poner por escrito y en inglés los grandes sucesos de los que fui humilde testigo, de tal modo que tomo la pluma de oca en nombre del Señor y de mi santo amo; me aventuro a confiar en que apoyarán mis pobres poderes de narrador para que las futuras generaciones puedan estudiar con provecho el relato de las campañas de sir Roger de Tourneville, aprendiendo al tiempo a reverenciar con ardor a nuestro Dios Todopoderoso, responsable de la totalidad de las cosas.

Relataré cuanto ocurrió de un modo exacto y según mis recuerdos, sin miedo y sin parcialidad, puesto que todos mis héroes han muerto. Yo mismo no participé más que como insignificante comparsa. Pero es necesario dar a conocer al cronista, para que los hombres puedan juzgar la veracidad de su testimonio, de modo que diré algunas palabras sobre él antes que nada.

Nací casi cuarenta años antes del principio de la historia que me dispongo a narrar. Era el hijo pequeño de Wat Brown, herrero en la pequeña ciudad de Ansby, en el noreste de Lincolnshire. Las tierras eran feudo del barón de Tourneville, cuyo antiguo castillo se alzaba en una colina que dominaba la ciudad. La ciudad también contaba con una pequeña abadía franciscana, en la que ingresé siendo muy joven. Como ya había demostrado mi facilidad para la lectura y la escritura (me temo que se trata de mi único don), instruía bastante a menudo en aquellas artes a los novicios y a los niños de la pequeña ciudad. Convertí al latín mi nombre y viví la religión como lección de humildad. De aquel modo, adopté el nombre de padre Parvus. Soy bajo y bastante feo, pero tengo la fortuna de merecer la confianza de los niños.

En el Año de Gracia de 1345, sir Roger, barón por aquel entonces, estaba reuniendo un ejército de compañeros libres para unirse a nuestro gran señor el rey Eduardo III y su hijo, que luchaban contra Francia. Ansby se convirtió en el punto de reunión. A primeros de mayo, el ejército se reunió en mi ciudad. La armada acampó en los campos comunales y transformó nuestra apacible ciudad en un lugar de risas y querellas de borrachos. Arqueros, ballesteros, piqueros y jinetes atestaban las calles enlodadas, bebiendo, jugando, corriendo tras las muchachas, bromeando y discutiendo, poniendo en peligro sus almas y nuestras chozas. La verdad es que perdimos dos casas en los incendios. Con todo, portaban en sí un ardor poco corriente, un sentimiento de gloria tal que los propios siervos consideraban con pena que, de haber sido posible, les habría gustado unirse al ejército. Yo mismo lo pensaba, incluso con bastante fundadas esperanzas: yo era el preceptor del hijo de sir Roger y, además, le llevaba las cuentas. El barón hablaba algunas veces de convertirme en su secretario, pero mi abad no terminaba de creerlo.

Tal era la situación cuando llegó el navío de Wersgor.

¿Cómo olvidar aquel día? Yo había salido a dar un paseo. El tiempo era bueno, soleado después de una ligera llovizna, y uno se hundía hasta los tobillos en el barro que encharcaba las calles. Me abrí paso a través de los grupos de soldados, vagabundeando, saludando con la cabeza a mis conocidos. De pronto, un grito enorme brotó de mil pechos. Como los demás, levanté la cabeza.

¡Un milagro! Un navío de metal descendía del cielo a sorprendente velocidad, creciendo monstruosamente a medida que se acercaba. Sus pulidos costados eran tan brillantes bajo el Sol, que no pude ver su forma claramente. Era algo así como un enorme cilindro, consideré, de por lo menos mil pies de largo. Se movía sin hacer más ruido que el silbido del viento provocado por su desplazamiento.



Alguien empezó a aullar. Una mujer se arrodilló en un charco y se puso a rezar. Un hombre gritó que no escaparía de sus pecados y se postró junto a ella. Actos estimables y virtuosos, ciertamente, pero me di cuenta de que, con tal multitud, hombres y mujeres iban a ser pisoteados hasta morir si se desencadenaba el pánico. Si era Dios quien había enviado aquella aparición, no desearía que ocurriera tai cosa.

Sabiendo apenas lo que hacía, salté encima de una gran bombarda de hierro cuyo carro se hundía en el fango hasta los ejes de las ruedas.

—¡Teneos! —grité—. ¡No tengáis miedo y confiad en Dios!

Mis débiles gritos pasaron desapercibidos. Pero, justo entonces, John Hameward el Rojo, capitán de arqueros, saltó a mi lado. Alegre gigante de cabellos cobre bruñido, de fieros ojos azules, amigo mío desde el día en que llegó.

—No sé lo que es eso —aulló con una voz tormentosa que cubrió las exclamaciones generales; se hizo la calma—. Quizá sea alguna trampa de los franceses. Quizá sea algo más amistoso y nos estemos comportando como tontos teniendo miedo de ello. ¡Seguidme, soldados, vayamos a su encuentro allá donde se pose!

—¡Es magia! —exclamó un anciano—. ¡Brujería! ¡Estamos perdidos!

—No —le dije—, la brujería no puede dañar a un buen cristiano.

—Soy un miserable pecador —me respondió gimoteando.

—¡Adelante, por san Jorge y el rey Eduardo! —John el Rojo saltó de la bombarda y se abalanzó por la calle; me alcé la sotana y eché a correr jadeando tras él, intentando recordar las fórmulas del exorcismo.

Eché un vistazo a mis espaldas y me encontré con la sorpresa de ver que la inmensa mayoría de la tropa nos seguía. No era que el ejemplo del arquero les hubiera envalentonado, sino que temían quedarse sin jefe. Fuera como fuese, nos siguieron, tomando las armas de camino y llegando al tiempo que nosotros al campo comunal. Pude ver que jinetes a caballo bajaban del castillo envueltos en un ruido de tormenta.

Sir Roger de Tourneville, sin armadura, pero con la espada en el costado, conducía las tropas. Gritaba, remolineando la lanza. Ayudado por John el Rojo, sir Roger terminó con la confusión y dispuso al populacho en orden de batalla. Apenas habían terminado cuando aterrizó el gran navío.

Se hundió profundamente en un pastizal; su peso era enorme y yo era incapaz de saber lo que le habría podido transportar con tanta ligereza a través de los aires. Vi que era de una sola pieza, un casco pulido sin toldilla ni castillo de proa. No esperaba, realmente, ver remos, pero, con el corazón desbocado, me sorprendió que no tuviera tampoco velas. Vi unas torrecillas, en cambio, de las que emergía algo que parecía la boca de una bombarda.

Por la multitud se extendió un tembloroso silencio. Sir Roger dirigió su caballo hacia mí. Yo temblaba y sentía cómo me rechinaban los dientes.

—Hermano Parvus, vos sois un sabio clérigo —me dijo, muy tranquilo, aunque tenía blanca la nariz y el cabello empapado en sudor—. Según vos, ¿qué puede ser esto?

—A decir verdad, no lo sé, señor —respondí, haciendo una reverencia—. Los cuentos antiguos hablan de brujos y encantadores que, como Merlín, podían volar por el aire.

—¿Podría tratarse de una aparición divina?

—No puedo decirlo —miré tímidamente hacia el cielo—. No hay coro de ángeles.

Un apagado sonido metálico llegó a nosotros desde el navío, ahogado por el enorme gemido de miedo que provocó la apertura de una puerta circular. Pero nadie se movió una pulgada ni cedió terreno, pues todos eran ingleses… o tenían demasiado miedo como para huir.

Vi que la puerta era doble, con una recámara entre los dos paneles. Una rampa metálica se deslizó hacia el suelo como si fuera una lengua. Apenas tenía tres yardas de largo y se apoyó en el trigo. Alcé el crucifijo mientras salían de mis labios unas Aves temblorosas.

Salió uno de los miembros de la tripulación. ¡Dios Todopoderoso! ¿Cómo describir el horror de aquella primera aparición?

—¡Sí —aullé en mi interior—, es un demonio procedente de las más obscuras regiones del Infierno!

Medía casi cinco pies de alto; era grande y fuerte, vestido con una túnica que despedía reflejos plateados. Su piel sin pelo era de color azul obscuro y se le veía una cola corta y espesa. Las orejas eran largas y puntiagudas, muy visibles a ambos lados de su redonda cabeza; estrechos ojos de color ámbar brillaban en un rostro aplastado, pero la frente era alta.

Alguien empezó a aullar. John el Rojo blandió el arco.

—¡Calma! —rugió—. ¡Por los clavos de Cristo, mataré al primero que se mueva!

No me pareció un momento adecuado para proferir blasfemias. Alcé aún más la cruz y obligué a mis miembros vacilantes a que realizaran algunos pasos hacia adelante, mientras seguía balbuceando algunos exorcismos. Estaba seguro de que no serviría de nada, pues el fin del Mundo había llegado.

Si el demonio se hubiera quedado quieto, habríamos escapado a la carrera, en desbandada, sin duda alguna, huyendo. Pero blandió un tubo en la mano. Brotó una llama de un blanco cegador. La escuché crepitar en el aire inmóvil y un hombre a mi lado fue alcanzado por ella. Por encima de él estalló una llamarada y cayó muerto, con el pecho abrasado y abierto.

Otros tres demonios salieron del navío.

Los soldados estaban entrenados para reaccionar y no pensar en circunstancias como aquélla. El arco de John el Rojo restalló. El primer demonio que ocupaba la rampa se inclinó, con una flecha clavada en el pecho. Le vi escupir sangre y morir. Como si aquel primer golpe fuera una señal de aviso, el aire se convirtió en una masa grisácea producida por las silbantes flechas. Los otros tres demonios se derrumbaron, alcanzados por tantos dardos que parecían los blancos de un concurso de tiro.

—¡Se les puede matar! —bramó sir Roger—. ¡Adelante, por san Jorge y la Alegre Inglaterra! —espoleó al caballo y se lanzó hacia la rampa.

Se dice que del miedo nace un valor sobrenatural. Un enorme grito de alegría brotó de mil pechos y todo el ejército cargó tras él. He de confesar que también yo empecé a bramar y que corrí con ellos hacia el navío.

Conservo pocos recuerdos claros de aquel combate que destruyó y devastó todos los camarotes y pasillos. En algún momento, alguien me entregó un hacha. Sólo tengo confusas impresiones de golpes asestados a los abominables rostros azules que se alzaban ante mí para detenerme. Resbalé en la sangre, caí, me levanté y seguí golpeando. Sir Roger era totalmente incapaz de dirigir las operaciones. Sus hombres, sencillamente, carecían de control. Viendo que podían matar a los demonios, su único pensamiento fue matar y terminar con todo.

La tripulación del navío no constaba más que de unos cien demonios. Muy pocos de ellos iban armados. Descubrimos en las calas, a continuación, muchas máquinas extrañas, pero los invasores habían contado con sembrar el pánico con su mera presencia. Como no conocían a los ingleses, creyeron que todo les resultaría muy fácil. La artillería del navío estaba lista para ser utilizada, pero no tenía valor ni utilidad si nosotros ya estábamos en su interior.

En menos de una hora los exterminamos a todos.

Me abrí paso penosamente a través de la carnicería, llorando de alegría y dirigiéndome hacia la bendita luz del Sol. Sir Roger evaluaba nuestras pérdidas con sus capitanes. Sólo se habían producido quince bajas. De pie, junto al navío, temblando de agotamiento, vi emerger a John el Rojo con un demonio sobre los hombros.

Arrojó a la criatura a los pies de sir Roger.

—Le he derribado de un puñetazo —dijo, jadeante—. Me ha parecido que os gustaría tenerle vivo durante un tiempo para interrogarle. ¿O es demasiado arriesgado y preferís que le corte inmediatamente su inmunda cabeza?

Sir Roger reflexionó. Todo parecía muy tranquilo. Ninguno de nosotros había comprendido hasta el momento la enormidad del acontecimiento. Una feroz sonrisa entreabrió los labios del barón. Respondió con un inglés tan perfecto como el francés de la nobleza, que empleaba mucho más corrientemente.

—Si son demonios —dijo—, son de muy mal linaje, pues les hemos matado tan fácilmente como si fueran hombres. A decir verdad, aun más fácilmente. No sabían mucho más que mi hija pequeña acerca del combate cuerpo a cuerpo. Todavía menos, pues ella se dedica a pellizcar narices con bastante vigor. Creo que poniéndole unos grilletes a este demonio no hemos de temer nada, ¿no os parece así, padre Parvus?

—Sin duda, sire —aprobé—. Lo mejor sería poner a su lado alguna reliquia santa y una hostia.

—Bien; llevadle a la abadía y ved con el abad lo que podéis sacar de él. Os mandaré unos guardias. Venid a cenar esta noche.

—Sire —dije con tono reprobador—, deberíamos ofrecer una gran misa de acción de gracias antes de nada.

—Sí, sí… —respondió con impaciencia—. Decídselo al abad. Haced lo que mejor os parezca. Pero venid a cenar esta noche para contarme lo que hayáis descubierto.

Con aire pensativo, miró el enorme navío.


Capítulo 2

<p>Capítulo 2</p>

Acudí como me ordenase y con la aprobación de mi abad, que veía que en aquellas circunstancias el brazo secular y el espiritual debían ser uno. La ciudad estaba extrañamente en calma mientras atravesaba las calles en el crepúsculo. Los habitantes se encontraban en la iglesia o reunidos alrededor de las chimeneas. Desde el campamento de los soldados se oía otra misa de acción de gracias. El amenazante navío se alzaba como una montaña por encima de nuestras minúsculas moradas.

Creo que entonces me sentí reconfortado, incluso un poco ebrio de nuestro triunfo sobre los poderes de otro mundo. La inevitable conclusión, pensé con satisfacción, era que Dios estaba con nosotros.

Pasé ante el tribunal, con guardia triple, y me dirigí al salón del castillo. El castillo de Ansby era una antigua fortaleza normanda: de aspecto lúgubre y glacial como vivienda. El salón estaba sumido en la obscuridad e iluminado por velas y por un enorme fuego cuyas llamas saltaban y descubrían una masa en movimiento de armas y tapices. La nobleza y los miembros más importantes de la burguesía de la ciudad se encontraban sentados a la mesa, envueltos en un zumbido de conversaciones. Los sirvientes corrían de un lado para otro; los perros dormían en montones de paja y juncos. Era una escena familiar, reconfortante, por mucha tensión que ocultase. Sir Roger me hizo un gesto para que fuese a sentarme junto con él y su dama; era un honor insigne.

Dejadme que os describa a sir Roger de Tourneville, caballero y barón. Era un hombre de treinta años, alto, fuerte, sólido, de ojos grises, rasgos marcados, con una nariz de águila. Llevaba los rubios cabellos según la moda de los nobles guerreros: espesos en la parte alta de la cabeza y luego muy cortos, lo que desfiguraba ligeramente un rostro que, de otro modo, habría resultado atractivo, de no verse aquellas orejas que parecían las asas de un cántaro. El feudo de sus padres era pobre y poco civilizado y había pasado gran parte de su vida peleando. Carecía de gracias cortesanas aunque, a su modo, fuese inteligente y bueno. Su mujer, lady Catalina, era hija del vizconde de Mornay. Casi todo el Mundo pensaba que se había casado por debajo de sus merecimientos; lady Catalina no estaba acostumbrada a aquel modesto estilo de vida, pues se había educado en Winchester, rodeada de todo lo que en el Mundo significaba elegancia y refinamiento. Era muy hermosa, con grandes ojos azules, cabellos de un rubio cegador, pero un poco arrogante y con muy mal carácter. Sólo tenían dos hijos: Robert, un apuesto muchacho de seis años, mi alumno, y una niña de tres años, Matilda.

—¡Y bien, hermano Parvus —dijo la tronante voz de mi señor—, sentaos y tomad, por la sangre de Cristo, una copa de vino, pues la ocasión merece algo más que cerveza! —la delicada nariz de lady Catalina se frunció ligeramente: para ella, la cerveza era bebida de hombres corrientes; cuando me hube sentado, sir Roger se inclinó hacia mí y me dijo con ansiedad—: ¿Qué habéis descubierto? ¿Hemos capturado un demonio?

Se hizo el silencio a la mesa. Los propios perros se mantuvieron callados. Podía oír los chasquidos del fuego en la gran chimenea y el sonido de la seda de las antiguas banderas que se movían suavemente, colgando de las vigas que corrían por encima de nosotros.

—Así lo creo, sire —respondí prudentemente—, pues se encolerizó bastante cuando le echamos agua bendita.

—¿Pero no se ha desvanecido en una nube de humo? ¡Ah! Si son demonios, no se parecen a ninguno de los que haya oído hablar. Son tan mortales como los hombres.

—Más incluso, sire —declaró uno de sus capitanes—, pues no pueden tener alma.

—Sus miserables almas no me interesan —dijo sir Roger con voz de desdén—. Quiero averiguar lo que es su navío. Lo inspeccioné después del combate. ¡Por Nuestra Señora, qué navío más monstruoso! Podríamos meter dentro todo Ansby y aun quedaría sitio. ¿Le habéis preguntado al demonio para qué necesitaban tanto espacio sólo cien hombres?

—No habla ningún idioma conocido, señor —le respondí.

—¡Qué tontería! Todos los demonios conocen, por lo menos, el latín. Es testarudo, eso es todo.

—Una pequeña charla con nuestro torturador quizá pudiera… —dijo con sorna un caballero, sir Owain Montbelle.

—No —dije—. Si le place al señor, mejor será no emplear ese método. Parece que quiere aprender deprisa. Ya repite conmigo muchas palabras. No creo que esté fingiendo ignorancia. Dadme unos días y quizá pueda entonces hablar con él.

—Dentro de unos días, puede ser ya demasiado tarde —protestó sir Roger; arrojó a los perros el hueso de buey que acababa de terminar y se chupó los dedos sonoramente; Lady Catalina frunció el ceño y señaló el lavamanos y la servilleta que tenía ante él—. Lo siento, querida —murmuró el noble—. Siempre olvido tus novedades.

Sir Owain le sacó del apuro preguntando:

—¿Por qué decís que dentro de unos días podría ser tarde? ¿No pensaréis que puede llegar otro navío?

—No, pero los hombres van a estar cada vez más agitados e impacientes. ¡Cuando estábamos a punto de partir, llegar esa cosa!

—¿Y qué? ¿No podemos irnos, pese a todo, en la fecha fijada?

—¡No, cabezota! —el puño de sir Roger se estrelló en la mesa; una copa saltó por los aires—. ¿No comprendéis la suerte de lo que nos ha ocurrido? ¡Es un regalo de los propios santos!

Como todos estábamos aterrorizados, añadió vivamente:

—A bordo de ese navío se puede transportar todo un ejército. Y todo su avituallamiento. Caballos, vacas, cerdos, gallinas… no habrá problemas con la comida. Las mujeres… ¡toda la comodidad del hogar! ¿Y por qué no a los niños? No nos tendríamos que preocupar por las cosechas, pues podríamos abandonarlas por un tiempo, y sería más seguro quedarnos todos juntos por si recibiéramos alguna nueva visita.

»No sé cuáles serán los poderes ocultos del navío, salvo que puede volar, pero su mera aparición difundirá tanto terror que no tendremos que combatir. Lo llevaremos al otro lado de la Manga y la guerra con los franceses terminará en un mes… ¡Después, iremos a liberar Tierra Santa y volveremos a tiempo para las nuevas cosechas!

A aquellas palabras siguió un largo silencio; a continuación, estalló una tormenta de aplausos que ahogó mis débiles protestas. Aquel plan me parecía pura locura. A lady Catalina, y a algunos otros, como pude ver, también se lo parecía. Pero el resto del grupo gritaba y reía, llenando el salón con un sorprendente griterío.

Sir Roger se volvió hacia mí con el rostro enrojecido de excitación.

—Todo depende de vos, padre Parvus. Sois el mejor de nosotros para las cuestiones del idioma. Tenéis que hablar con el demonio, o enseñarle a hablar. ¡Tiene que enseñarnos a hacer volar el navío y a dirigirlo!

—¡Noble señor! —empecé, con voz temblorosa.

—¡Bien, muy bien! —Sir Roger me dio una palmada en la espalda que estuvo a punto de ahogarme y derribarme de la silla—. Como recompensa, ¡podréis acompañarnos!

A decir verdad, era como si la ciudad y el ejército estuvieran poseídos por el demonio. La única solución sabia se habría encontrado de haber enviado un mensaje urgente con el correo más rápido al obispo, a Roma quizá, para pedir consejo. Pero no, había que partir… inmediatamente. Las esposas no podían abandonar a sus maridos, los padres a sus hijos, ni las doncellas a sus enamorados. Hasta el más humilde siervo de la gleba alzaba los ojos y soñaba con liberar Tierra Santa y hacerse, entre tanto, con un cofre lleno de oro.

¿Qué más se podía esperar de una raza compuesta por sajones, daneses y normandos entremezclados?

Volví a la abadía y me pasé la noche de rodillas, rezando para que el cielo me enviara una señal. Pero los santos observaron la mayor reserva. Tras los maitines, fui con un nudo en el corazón a ver a mi abad y le dije lo que me había ordenado el barón. Le irritó el que no le permitieran contactar de inmediato con las autoridades de la Iglesia, pero decidió que, en tales circunstancias, lo mejor era obedecer. Me dispensaron de mis otras tareas para que pudiera estudiar el mejor modo de hablar con el demonio.

Me dispuse para la lucha y descendí a la celda en que le habíamos encerrado. Era una habitación estrecha, medio subterránea, utilizada por los penitentes. El hermano Thomas, nuestro herrero, había fijado al muro con unas argollas las cadenas que retenían a la criatura. El demonio estaba tendido sobre un camastro de paja y era un espectáculo terrible en aquella obscuridad. Las cadenas resonaron cuando se levantó al detectar mi entrada. Los cofrecillos con las reliquias se encontraban a su lado, pero fuera del alcance de sus impíos dedos, para que el fémur de san Osbert y el molar de san Willibald le impidieran romper sus cadenas y huir para volver al Infierno.

Aunque a mí no me hubiera apenado que ocurriera algo parecido.

Hice la señal de la cruz y me acuclillé a su lado. Sus ojos amarillos me miraron enfurecidos. Había llevado conmigo papel, tinta y plumas de oca para emplear el poco talento de que yo disponía para el dibujo. Esbocé la silueta de un hombre y le dije al demonio:

Homo —pues me parecía más sabio enseñarle el latín antes que cualquier idioma que perteneciera tan sólo a una nación.

Luego dibujé a otro hombre y le enseñé que a dos homo juntos se les llamaba homines. Así seguimos, y reconozco que aprendía deprisa.

No tardó en darme a entender por señas que quería papel, y se lo entregué. Dibujaba muy bien. Me dijo que su nombre era Branithar y que su raza era Wersgorix. No pude encontrar tales términos en ninguna demonología. A continuación, le dejé ser el guía de nuestros estudios, pues su raza había hecho toda una ciencia de la adquisición de un nuevo idioma; nuestra tarea adelantó a grandes pasos.

Trabajé con él durante muchas horas y vi muy poco el Mundo exterior en los días siguientes. Sir Roger mantenía sus dominios cortados para el resto del país. Creo que su mayor temor era que un conde o un duque se apoderasen del navío.

Acompañado por su hombres más bravos y audaces, el barón pasaba gran parte de su tiempo en la nave, intentando sondear todos los misterios y maravillas que encerraba.

Poco tiempo después, Branithar supo latín suficiente como para quejarse del régimen que recibía —pan duro y agua— y amenazar con vengarse. Yo seguía teniéndole miedo, pero supe aguantar al tipo. Nuestra conversación era, naturalmente, mucho más lenta de lo que la describo, y había largas pausas mientras buscábamos las palabras adecuadas.

—Vosotros quisisteis que pasase todo esto —le dije—. Fuisteis muy imprudentes al atacar a los cristianos sin que mediara ninguna provocación.

—¿Cristianos? ¿Qué es eso? —interrogó.

Confundido, creo que simulé ignorancia. Para probarle, recité el Pater Noster. No se desvaneció en una nube de humo, lo que me intrigó.

—Creo comprender —dijo—. Te refieres a algún panteón tribal primitivo.

—¡Esto no tiene nada que ver con esas ideas paganas! —exclamé, indignado.

Intenté explicarle la Santísima Trinidad, pero apenas había llegado a la transubstanciación cuando esbozó un gesto de impaciencia con su mano azulada. Aquella mano se parecía mucho a una mano humana, a excepción de las uñas gruesas y puntiagudas.

—No tiene importancia —replicó—. ¿Son todos los cristianos tan feroces como vuestro pueblo?

—Habríais tenido más suerte con los franceses —admití—. Lo malo es que aterrizasteis entre los ingleses.

—Una raza muy obstinada —dijo, haciendo un gesto con la cabeza—. Os costará caro. Pero, si me soltáis inmediatamente, intentaré atenuar la venganza que, sin duda, caerá sobre vosotros.

Se me pegó la lengua al paladar. Sin embargo, recuperé el habla y le pedí, fríamente, que se explicara. ¿De dónde venía, cuáles eran sus intenciones?

Necesitó bastante tiempo para aclararme las cosas, pues los conceptos eran bastante extraños. Me convencí de que mentía, pero, al menos, aprendió cada vez más latín en aquellas conversaciones.

Unas dos semanas después del aterrizaje del navío, sir Owain Montbelle apareció por la abadía y me pidió audiencia. Me encontré con él en el jardín del claustro; buscamos un banco y nos sentamos.

Aquel Owain era el hijo más joven, por segundo matrimonio con una mujer del País de Gales, de un barón de las Marcas. Creo que el antiguo conflicto entre las dos naciones se incubaba en su pecho, pero también era heredero del encanto galés. Primero paje, a continuación escudero de un caballero de la corte del Rey, el joven Owain se hizo dueño del corazón de su amo, que le educó con todos los privilegios de un rango más elevado que el que le correspondía. Viajó mucho por el extranjero, se convirtió en trovador de cierto renombre y, al recibir el espaldarazo, se encontró bruscamente sin fortuna y sin esperanzas. Probó suerte un poco por todas partes, hasta que terminó por llegar a Ansby, donde se reunió con los compañeros libres que partían para la guerra. Bravo, valiente, poseía una sombría belleza que no gustaba a los hombres y se decía de él que ningún marido se sentía seguro cuando estaba en los alrededores. Lo que no era totalmente cierto, pues sir Roger se encaprichó con él, admirando tanto su juicio como su educación, feliz por que lady Catalina tuviera alguien con quien hablar de lo que más le interesaba en el Mundo.

—Vengo de parte de sir Roger, hermano Parvus —empezó Owain—. Desea saber cuánto tiempo necesitaréis todavía para domar a nuestra bestia salvaje.

—¡Oh! Ya sabe hablar muy bien —respondí—. Pero se empecina firmemente en decir mentiras tan descaradas, que aún no os he querido informar de nada.

—Sir Roger está cada vez más impaciente y le costará trabajo contener a los hombres mucho tiempo más. Se lo comen todo y no pasa una noche en que no haya riñas y asesinatos. Hemos de partir de inmediato o no partir nunca.

—En ese caso, os lo suplico, no partáis —pedí—. No en ese navío infernal —podía ver su torre que daba vértigo: la punta coronada de nube se alzaba por encima de los muros de la abadía; me aterraba.

—Bien —dijo sir Owain secamente—. ¿Qué os ha contado el monstruo?

—Ha cometido la imprudencia de afirmar que no viene de debajo de la Tierra, sino de los cielos. ¡De los cielos!

—¿Será… un ángel?

—No. Dice que no es ni un ángel ni un demonio, sino una criatura de una raza tan mortal como la humanidad.

Sir Owain se acarició con una mano el rasurado mentón.

—Es muy posible —dijo, soñador—. Después de todo, si los centauros y los unípedes existen, ¿por qué no iban a existir seres azules y delgados?

—Lo sé. El razonamiento es acertado. Pero afirma que vive en el cielo.

—Repetidme exactamente lo que dijo.

—Como queráis, sir Owain, pero recordad que estas impiedades no salen de mi boca. Branithar afirma con insistencia que la Tierra no es plana, sino que es una esfera suspendida en el espacio. ¡Va más lejos y asegura que gira alrededor del Sol! Algunos sabios antiguos mantuvieron un punto de vista semejante, pero no puedo entender lo que impediría que los océanos se derramasen en el espacio y…

—Seguid con la historia, por favor, hermano Parvus.

—Bien, Branithar dice que las estrellas son otros soles, semejantes al nuestro, sólo que mucho más lejanos y que hay mundos girando alrededor de ellas, lo mismo que el nuestro. Ni los griegos se habrían tragado semejantes barbaridades. ¿Se imaginará esa criatura que somos pobres ignorantes? Sea lo que sea, Branithar dice que su pueblo, los Wersgorix, vienen de uno de esos otros mundos, uno muy parecido a la Tierra. Se vanagloria de sus poderes de brujería.

—Eso, al menos, no es mentira —me interrumpió sir Owain—. Hemos probado algunas de sus armas, las más ligeras. Hemos quemado tres casas hasta los cimientos, y a un siervo, eso antes de aprender a emplearlas.

Se me hizo un nudo en la garganta, pero continué.

—Esos Wersgorix poseen navíos que pueden volar entre las estrellas. Han conquistado muchos mundos. Su táctica es someter o destruir a todos los indígenas que pueden encontrar. Luego se establecen en el mundo, cada Wersgor toma cientos de millares de arpentes. Su número crece a tal velocidad y detestan tanto verse unos cerca de otros que siempre andan a la búsqueda de nuevos mundos.

»El navío que capturamos venía de exploración, buscando un nuevo mundo que conquistar. Tras observar nuestra Tierra desde lo alto, decidieron que parecía bastante adecuada a sus necesidades y descendieron. Siempre siguen el mismo plan, y hasta ahora les ha funcionado. Nos habrían aterrorizado, utilizando nuestras casas como bases, y habrían deambulado por todo el Mundo buscando ejemplares de plantas, animales y minerales. Por eso es tan grande el navío y tiene tanto espacio vacío. Es una verdadera Arca de Noé. De vuelta a su mundo, habrían informado de sus hallazgos y toda una flota habría acudido para atacar a la humanidad.

—Diablos —dijo sir Owain—. Eso, al menos, lo hemos impedido.

¿Cómo concebir realmente aquella terrible visión? Nuestros pobres hermanos humanos atormentados por criaturas no humanas, muertos o reducidos a la esclavitud; a decir verdad, no lo creíamos. Por mi parte, decidí que Branithar procedía de alguna lejana parte del Mundo, quizá de más allá de Catay, y que nos contaba todas aquellas mentiras con la esperanza de atemorizarnos y conseguir que le liberásemos. Sir Owain estuvo de acuerdo con mi teoría.

—Sin embargo —añadió el caballero—, es imprescindible que aprendamos a emplear el navío, por si llegasen otros. ¿Y cómo aprender mejor que yendo a Francia y a Jerusalén a bordo del mismo? Como dice nuestro Señor, sería tan prudente como agradable llevarnos a las mujeres, a los niños, a los hombres libres y a los aldeanos. ¿Le habéis preguntado a la bestia los encantamientos necesarios para hacer volar la nave?

—Sí —dije a mi pesar—. Dice que el timón es muy sencillo de manejar.

—¿Le habéis dicho lo que le pasará si no nos guía honestamente y traiciona nuestra confianza?

—Se lo he dado a entender. Dice que obedecerá.

—Bien, en ese caso, podremos partir dentro de uno o dos días —Sir Owain se apoyó en la pared, pensativo, con los ojos entornados—. Habrá que advertir a su pueblo cuando llegue el momento. Se podría comprar mucho vino y divertir a muchas mujeres con el dinero de su rescate.


Capítulo 3

<p>Capítulo 3</p>

Fue así como partimos.

El embarque fue aún más extraño que el propio navío y su aparición. El aparato dominaba la ciudad como si se tratase de un acantilado de acero templado por un brujo para ejecutar sus terribles designios. Al otro lado del campo comunal, el grupo de pequeñas chozas de Ansby parecía agruparse alrededor de la iglesia, a lo largo de las calles de profundos surcos rodeadas de verdes praderas, bajo el pálido cielo inglés. El propio castillo, antaño tan arrogante, parecía haberse encogido y adquirido un color grisáceo.



Pero nuestros sencillos conciudadanos, rubicundos, reidores, sudorosos, subían multitudinariamente por las rampas que hicimos bajar desde diversos niveles del navío y penetraban por ellas en el gran pilar brillante. Aquí, John Hameward avanzaba bramando, con el arco al hombro y una chica de la taberna riendo colgada de su brazo. Allí, un hombre libre armado con un hacha herrumbrosa, reliquia de Hastings, vestido con burdo lino raído, precedía a su ceñuda esposa cargada de ropa de casa y avíos de cocina, así como a meia docena de niños que se le colgaban de las faldas. Más allá, un arquero intentaba que una testaruda mula subiera por la rampa, jurando, poniendo en su cuenta una buena suma de años de purgatorio. Un poco más lejos, un joven cazaba a un puerco que intentaba escapar. Un caballero ricamente vestido conversaba alegremente con una hermosa dama que llevaba un halcón encapuchado en uno de sus puños. Un sacerdote recitaba el rosario cuando penetró, con aspecto inquieto, en las mandíbulas de acero. Una vaca mugía suavemente, las ovejas balaban, una cabra agitaba los cuernos, las gallinas cacareaban. Unas dos mil almas subieron a bordo.

El navío podía contenerles con bastante facilidad. Cada hombre importante tenía un camarote para él solo y su dama, pues eran muchos los que se llevaban a las mujeres, las amantes, o a las dos, como hiciera un caballero del castillo de Ansby. La partida hacia Francia se estaba convirtiendo en una alegre fiesta mundana. La gente común extendió sus jergones por los vacíos pasillos. La pobre ciudad de Ansby quedó abandonada, casi desierta, y me pregunto a menudo si todavía existirá.

Sir Roger había hecho que Branithar maniobrara el navío en uno o dos vuelos de prueba. El navío se elevó sin conmociones ni ruidos mientras nuestro demonio movía ruedas, palancas y botones en la torreta de navegación. Dirigir el navío era de una sencillez infantil, aunque no pudiéramos comprender el significado de algunos discos cubiertos de inscripciones paganas en los que se veían temblorosas agujas. Con mi mediación, Branithar le explicó a sir Roger que el navío sacaba su fuerza motora de la destrucción de la materia, idea horrible en verdad, y que sus motores lo levantaban y lo propulsaban anulando la atracción de la Tierra, siguiendo las direcciones elegidas. Todo aquello carecía de sentido común: Aristóteles ya había explicado claramente el modo en que las cosas caen a Tierra, sosteniendo que el caer forma parte de su naturaleza; yo no quiero tener nada que ver con esas ideas ilógicas a las que sucumben tan fácilmente los entendimientos más temerarios.

Pese a sus reservas, el abad se unió al padre Simón para bendecir el navío. Le llamamos El Cruzado. Sólo contábamos con dos capellanes a bordo, pero llevábamos un mechón de cabellos de san Benito y todos los que embarcaron habían confesado y recibido la absolución. Pensábamos que así iríamos protegidos de todos los peligros infernales, aunque yo mantuviera alguna duda al respecto.

Me asignaron un pequeño camarote cerca de las habitaciones de sir Roger, su mujer y sus hijos. Branithar estaba bajo guardia en una habitación cercana. Mi tarea consistía en interpretar, continuar enseñando latín al prisionero y asegurar la educación del joven Robert. También actuaba como secretario de mi amo y señor.

Cuando llegó el momento de la partida, sir Roger, sir Owain, Branithar y yo nos encontramos en la torreta de navegación. Como todo el navío, carecía de ventanas, pero poseía unas pantallas de una substancia cristalina sobre las que aparecían imágenes de la Tierra que se extendía bajo nosotros y del cielo que nos rodeaba. Me estremecí y recité algunas plegarias, pues a los cristianos no les está permitido leer en bolas de cristal como si fueran brujos hindúes.

—Bien —dijo sir Roger, riendo con rostro de águila—, partamos. ¡Estaremos en Francia dentro de una hora!

Se sentó ante el panel lleno de palancas y ruedas. Branithar me dijo apresuradamente:

—Los vuelos de ensayo han sido sólo de unas millas. Dile a tu amo que, para un viaje de esta longitud, hay que hacer algunos preparativos especiales.

Sir Roger lo aprobó con un gesto de la cabeza cuando se lo transmití.

—Bien, que los haga —su espada salió de la vaina con un destello—. Pero vigilaré por la pantalla todo el camino. Al primer indicio de traición…

Sir Owain frunció el ceño.

—¿Será sabio decírselo, señor? —preguntó—. ¡Qué animal!

—Es nuestro prisionero. Tenéis demasiadas supersticiones celtas, Owain. Adelante.

Branithar se sentó. Los muebles del navío, sillas, mesas, camas, armarios, eran un poco pequeños para los seres humanos, y de muy feo diseño, sin un solo dragón como adorno. Pero podíamos utilizarlos. Vigilé intensamente al cautivo mientras sus manos azules se desplazaban por el panel.

Un sordo zumbido inundó el navío, haciendo que todo temblase. No sentí nada, pero en la pantalla inferior, la Tierra se encogió de golpe. Era brujería. Prefiero que no se anule la tracción trasera de un vehículo cuando despega. Combatí las náuseas y miré fijamente la bóveda del cielo que se reflejaba en la pantalla. Antes de que pasase mucho tiempo estábamos entre las nubes, que no eran otra cosa que brumas que flotaban muy altas. Lo que demuestra claramente el prodigioso poder de Dios, pues es conocido que los ángeles gustan de sentarse a menudo en las nubes y que nunca se mojan.

—Ahora, al sur —ordenó sir Roger.

Branithar rezongó, giró una manivela y bajó bruscamente una barra. Oí un chasquido como el de un cerrojo. La barra permaneció bajada.

Sus ojos amarillos centellearon con un triunfo diabólico. Se levantó de un salto de su asiento y me espetó:

Consummati estis! —su latín resultaba execrable—. Estáis acabados. ¡Acabo de enviaros a la muerte!

—¿Qué? —grité.

Sir Roger profirió un juramento, comprendiendo a medias, y se lanzó sobre el Wersgor. Pero lo que vio en las pantallas le detuvo en pleno vuelo. La espada se le cayó de las manos y golpeó en el suelo sonoramente; el rostro se le cubrió de sudor.

La verdad es que resultaba terrible. La Tierra se encogía bajo nosotros como si estuviera cayendo por un pozo enorme. A nuestro alrededor, el cielo azul se obscurecía y las estrellas se encendieron. ¡Y, sin embargo, no era de noche, pues el Sol brillaba con todo su esplendor en otra pantalla!

Sir Owain aulló algo en inglés. Yo caí de rodillas.



Branithar se abalanzó hacia la puerta. Sir Roger se retorció y le atrapó por la ropa. Cayeron y lucharon entremezclados.

Sir Owain se encontraba paralizado por el terror y yo no podía arrancar los ojos de la horrible belleza del espectáculo que nos rodeaba. La Tierra se hizo tan pequeña que cupo entera en una sola pantalla. Era azul, con rayas, con manchas obscuras y redonda. ¡Redonda!

El ruido sordo que recorría el navío cambió, haciéndose más grave. Nuevas agujas cobraron vida en el panel de navegación. Nos movimos súbitamente, adquiriendo velocidad, una aceleración imposible. Todo un nuevo conjunto de motores, actuando según principios totalmente desconocidos, acababa de activarse.

Vi cómo la Luna se hinchaba ante nuestros ojos. Pasamos tan cerca de ella que pude ver montañas y profundos agujeros —como cicatrices de viruela— rodeadas de sombra. ¡Todo aquello resultaba inconcebible! Todo el Mundo sabía que la Luna era un círculo perfecto. Empecé a sollozar, intentando destrozar aquella engañosa pantalla, aunque no pude hacerlo.

Sir Roger dominó a Branithar y le dejó medio inconsciente en el puente. El caballero se levantó, respirando pesadamente.

—¿Dónde estamos? —preguntó, jadeante—. ¿Qué ha pasado?

—Nos elevamos cada vez más —respondí, gimoteando—. Estamos a mucha altura, fuera del Mundo —me puse los dedos en los oídos, para no ensordecer cuando chocásemos con la primera esfera de cristal.

Como, tras unos instantes, observé que no pasaba nada, abrí los ojos y miré de nuevo a mi alrededor. La Tierra y la Luna seguían alejándose y ya no eran más que una doble estrella de azul y oro. Las verdaderas estrellas brillaban cegadoras, inmóviles en medio de una infinita obscuridad. Me pareció que la velocidad seguía aumentando.

Sir Roger puso fin a mis plegarias con un juramento.

—¡Vamos a ocuparnos de este traidor! —le asestó a Branithar una patada en las costillas; el Wersgor se sentó y le miró desafiante.

Intenté recuperarme y le dije en latín:

—¿Qué has hecho? Morirás en el potro si no nos devuelves a la Tierra inmediatamente.

Se levantó, cruzó los brazos y nos miró con amargo orgullo.

—¿Pensasteis por un momento, bárbaros, que podríais dominar a una mente civilizada? —preguntó—. Haced conmigo lo que queráis. ¡Seré vengado cuando termine vuestro viaje!

—¿Qué nos has hecho?

Con labios heridos, sonrió.

—He puesto el navío en dirección y control automático. A partir de ahora, se pilotará y se dirigirá él solo. Todo es automático: la salida de la atmósfera, el paso a casi la velocidad de la luz, la compensación de efectos ópticos, la conservación de la gravedad artificial y otros factores.

—¡Pues detén los motores!

—No se puede. No puedo hacerlo una vez bajada esta barra. Se quedará en esa posición hasta Tharixan… ¡el mundo más próximo colonizado por mi pueblo!

Toqué con precaución botones y manijas. Nada podía desplazarse. Cuando les dije la verdad a los caballeros, sir Owain se echó a gimotear sin vergüenza alguna.

Pero sir Roger, feroz, me dijo:

—Ya veremos si dice la verdad. ¡El interrogatorio, por lo menos, le hará pagar su traición!

Traduje la despectiva respuesta de Branithar.

—Si queréis, dad rienda suelta a vuestro desprecio. No os tengo miedo. Pero os repito que, aunque destrocéis mi voluntad, será inútil. Timón y dirección no pueden ser alterados, ni se puede detener el navío. Esa barra se emplea cuando se tiene que mandar un navío a alguna parte sin nadie a bordo —pasado un instante, añadió con aparente sinceridad—: Comprended que no os deseo ningún mal. Sois temerarios e imprudentes, pero casi lamento que tengamos que conquistar vuestro Mundo. Si me perdonáis la vida, intercederé en vuestro favor cuando lleguemos a Tharixan. Quizá os perdonen la vida.

Sir Roger se frotó el mentón pensativamente. Oí el ruido producido por su recia barba, aunque se había afeitado el jueves.

—Creo entender que el navío podrá manejarse de nuevo cuando llegue a su destino —dijo; me sorprendió la sangre fría con que estudiaba la situación después de la impresión inicial—. ¿Podríamos entonces dar media vuelta y volver a casa?

—¡No os guiaré! —respondió Branithar—. Y solos, incapaces de leer nuestros libros de navegación, nunca encontraréis el camino. La distancia que nos separará de la Tierra dentro de unos momentos será la misma que recorre la luz en mil años.

—Podrías tener la cortesía suficiente como para no insultar a nuestra inteligencia —le dije, molesto—, ¡Sé tan bien como tú que la luz tiene una velocidad limitada!

Se encogió de hombros.

En la mirada de sir Roger se prendió un destello.

—¿Cuándo llegaremos? —preguntó.

—Dentro de diez días —le informó Branithar—. No es la distancia entre las estrellas, por grande que sea, la que nos ha hecho tan lentos para alcanzar vuestro Mundo. Llevamos tres siglos de expansión. ¡Si no hubiera tantos soles!

—Hmmm, Cuando lleguemos, podremos emplear este hermoso navío, con todas sus bombardas y armas ligeras. ¡Quizá los Wersgorix lamenten nuestra visita!

Se lo traduje a Branithar, que replicó:

—Os aconsejo sinceramente que os rindáis nada más llegar. Es cierto que nuestros rayos de fuego pueden matar a un hombre o reducir una ciudad a cenizas. Pero los encontraréis inútiles cuando os veáis ante nuestras pantallas de fuerza pura que detienen esos rayos. Este navío no está protegido del mismo modo, pues los generadores de un escudo de fuerza son demasiado grandes para un navío como éste. Y los cañones de la fortaleza podrán disparar contra vosotros hasta destruiros.

Cuando sir Roger escuchó aquello, no pudo decir otra cosa que:

—¡De acuerdo! Tenemos diez días para pensar. Que todo esto quede en secreto. Nadie puede ver lo que pasa fuera de la nave si no entra en esta habitación. Quiero encontrar alguna historia que no alarme a mi gente… no mucho, por lo menos.

Salió. Su capa giraba a su alrededor como un enorme par de alas.


Capítulo 4

<p>Capítulo 4</p>

De todos los miembros de nuestra tropa, yo era el ser menos importante y pasaron muchas cosas en las que no participé. Sin embargo, relataré nuestras aventuras de modo tan completo como sea posible, utilizando conjeturas para colmar los agujeros de desconocimiento. Los capellanes oyeron muchas verdades en confesión y, sin violar el secreto, siempre estuvieron listos para corregir las falsas impresiones.

Yo creo que sir Roger se llevó aparte a su dama, lady Catalina, y le dijo lo que pasaba. Esperaba que su esposa demostrara calma y coraje, pero nuestra ama se dejó dominar por la más amarga de las cóleras.

—¡Fatal fue el día en que me casé con vos! —exclamó; su hermoso rostro se tiñó de rojo, luego, de blanco, y golpeó con su delicado pie el puente de acero—. Me parecía mucho mejor cuando me hacías de menos ante el rey y la corte y mi destino no era otro que bostezar durante toda la vida en aquel cubil de osos que llamáis castillo. ¡Ahora estáis poniendo en peligro la vida, y el alma, de mis hijos!

—Pero, querida Catalina —dijo sir Roger, tartamudeando—, yo no podía saber…

—¡No, sois muy estúpido! No os bastaba con ir a saquear Francia y a correr detrás de todas sus muchachas, sino que necesitabais hacerlo en este ataúd volante. Vuestra arrogancia os inspiró la idea de que el demonio tendría tanto miedo de vos que os obedecería como si fuera un esclavo. ¡María, Madre de Dios, ten piedad de las mujeres!

Mi señora se apartó sollozando y se alejó de él.

Sir Roger la miró hasta que desapareció en un recodo del pasillo. Luego, con el corazón destrozado, se reunió con los hombres.

Los encontró en la cala de popa, preparando la cena. El aire permanecía puro, pese a que habían encendido hogueras; Branithar me dijo que el navío contaba con un sistema que renovaba los espíritus vitales de la atmósfera. Encontró un poco enervante el que los muros fueran luminosos y que no pudiera distinguirse el día de la noche. Pero los soldados permanecían reunidos durante toda la jornada, levantando jarras de cerveza, vanagloriándose, jugando a los dados, matando pulgas… una tropa impía y ruin que, sin embargo, daba valor a su señor por su sincero afecto.

Sir Roger le hizo un signo a John Hameward el Rojo, que desplazó su enorme corpachón y se reunió con él con paso pesado en una pequeña sala lateral.

—Y bien, sire —observó—, el camino a Francia, después de todo, es bastante largo.

—Hemos cambiado los planes —le dijo sir Roger con mucho cuidado—. Parece que hay un extraordinario botín en el país del que proviene este navío. Con él podríamos equipar una armada lo bastante fuerte como para realizar conquistas, mantenerlas y organizarlas.

John el Rojo eructó sin vergüenza alguna y se rascó bajo el peto de mallas.

—A condición de no atacar más de lo que pudiéramos vencer, sire.

—No lo creo. Pero es necesario que preparéis a vuestros hombres para el cambio de planes y tranquilicéis sus temores, si los tienen.

—No será fácil, sire.

—¿Por qué? Os he dicho que el botín será importante.

—Bien, mi señor, si queréis saber la pura verdad, es la siguiente: viajan con nosotros la mayor parte de las mujeres de Ansby, y muchas no están casadas e incluso nos miran con buenos ojos… pero el hecho es, sire, que hay dos veces más hombres que mujeres. Las francesas son guapas y las muchachas sarracenas no estarían mal tampoco —dicen que son muy agradables cuando se las pellizca—, pero a juzgar por los pieles azules a los que hemos vencido… ¡bueno, sus hembras no deben de ser auténticas bellezas!

—¿Qué sabéis vos? Quizá retengan cautivas a hermosas princesas que se mueren de ganas por ver un honesto rostro inglés.

—Quizá, sire, quizá.

—Procurad que los arqueros estén listos para el combate en cuanto lleguemos —Sir Roger apretó el hombro del gigante y fue a ver a sus otros capitanes para hablarles con el mismo talante.

Mencionó un poco más tarde la cuestión de las mujeres en mi presencia y me horroricé.

—¡Gracias hay que darle a Dios por haber hecho tan horribles a los Wersgorix y, además, de otra especie! —exclamé—. ¡Su providencia es enorme!

—Es verdad que no son muy guapos, pero, ¿estáis seguro de que no son humanos? —preguntó el barón.

—Ojalá y Dios quisiera que conociera la respuesta —contesté tras pensarlo—. No se parecen a nada que pueda verse en la Tierra. Sin embargo, caminan sobre dos piernas, tienen manos, voz, razonamiento.

—De todos modos, tiene poca importancia —decidió.

—¡Oh, sí la tiene! —repliqué—. Mirad, sire, si tienen alma, nuestro más preclaro deber es ganarlos para la Fe. Pero si carecen de ella, sería blasfemo darles los sacramentos.

—Bien, es cosa vuestra descubrir la verdad —respondió sir Roger con indiferencia.

Me apresuré hacia el camarote de Branithar, custodiado por dos soldados armados con lanzas.

—¿Qué quieres? —me preguntó cuando me senté.

—¿Tienes alma? —pregunté.

—¿Una qué?

Le expliqué lo que significaba spirítus. Pareció muy intrigado.

—¿Crees de verdad que una miniatura de ti mismo vive en tu cabeza? —interrogó.

—¡Oh! No. El alma no es material. Es lo que da la vida… no, no es eso, pues los animales están vivos… es la voluntad, es lo que es uno.

—Entiendo. El cerebro.

—¡No, no, no! El alma, bueno, es lo que vive después de la muerte del cuerpo y lo que deberá padecer el juicio por los actos de esta vida.

—¡Ah! ¿Crees que la personalidad sobrevive después de la muerte! Interesante problema. Si la personalidad es algo así como un esquema más que un objeto material, como parece razonable pensarlo, es teóricamente posible que ese esquema pueda ser transferido a otra cosa; el mismo sistema de relaciones pero en otra matriz física.

—Deja de divagar —pedí, impaciente—. Eres peor que un albigense. Dime simplemente si tienes o no tienes alma.

—Nuestros sabios han hecho investigaciones al respecto y se han dedicado al problema del concepto de la personalidad como esquema, pero, por lo que sé, carecen de datos en los que basar una conclusión sólida.

—De nuevo divagas —dije, suspirando—. ¿No puedes darme una respuesta más sencilla? ¿Decirme únicamente si tienes o no tienes alma?

—No lo sé.

—¡Ah! No eres de mucha ayuda —le reprendí y me marché.

Los capellanes y yo debatimos el problema largamente, pero, salvo el hecho evidente de que podíamos bautizar provisionalmente a cualquier no humano que lo desease, no llegamos a ninguna conclusión. Era un asunto que incumbía a Roma, cuestión que, quizá, necesitaba todo un concilio ecuménico.

Mientras pasaba todo esto, lady Catalina dominó sus lloros y se paseó con altanería a lo largo de los pasillos, buscando aligerar mediante el movimiento su tormento interior. En la gran sala en la que cenaban los capitanes, ella encontró a sir Owain con su arpa. El caballero se puso de pie de un salto e hizo una reverencia.

—¡Señora! Qué agradable… me atrevería a decir fascinante… sorpresa.

La dama se sentó en un banco.

—¿Dónde estamos ahora? —preguntó, dejándose dominar por la fatiga.

Percibiendo que sabía la verdad, sir Owain replicó:

—No lo sé. El propio Sol se ha hecho tan pequeño que le hemos perdido entre las otras estrellas —una lenta sonrisa iluminó su rostro sombrío—. En esta habitación, sin embargo, brilla otro Sol.

Catalina se sintió ruborizar. Bajó los ojos y los clavó en sus zapatos. Sus labios esbozaron, contra su voluntad, una sonrisa.

—Estamos realizando el viaje más solitario que haya emprendido jamás el hombre —dijo sir Owain—. Si mi señora me lo permite, intentaré borrar una hora con un ciclo de canciones dedicado a vuestros encantos.

Lady Catalina no lo rechazó ni una sola vez. La voz del caballero se alzó hasta llenar toda la habitación.


Capítulo 5

<p>Capítulo 5</p>

Poco se puede decir de nuestro viaje por el espacio. El aburrimiento fue el más mortal de los peligros. Los caballeros intercambiaban amargas palabras y John Hameward debió golpear más de una cabeza contra otra para mantener el orden entre sus arqueros. Los siervos se tomaron mejor las cosas; cuando no se ocupaban del ganado, comían o, sencillamente, dormían.

Observé que Lady Catalina conversaba a menudo con sir Owain y que su marido ya no se sentía tan encantado como antes. Sin embargo, sir Roger siempre estaba ocupado con planes y preparativos diversos y el joven caballero le daba a la mujer algunas horas de distracción e, incluso, alegría.

Sir Roger y yo pasamos mucho tiempo con Branithar, que nos hablaba voluntariamente de su raza y de su imperio. Acabé por creer, poco a poco y con disgusto, en sus afirmaciones. Era extraño que seres tan feos viviesen en lo que yo consideraba el Tercer Cielo, pero el hecho no podía negarse. Y, además, pensaba, cuando las Escrituras mencionan los cuatro rincones del Mundo, no hacen alusión a nuestra Tierra, sino a un Universo cúbico. Más allá debía encontrarse la morada de los elegidos y los bienaventurados. Algunas observaciones de Branithar sobre el interior en fusión de la Tierra se acercaban bastante a las visiones proféticas del Infierno.

Branithar nos dijo que había unos cien mundos como el nuestro en el Imperio de Wersgor. Todos rodeaban a estrellas separadas, pues existían muy pocas posibilidades de que alrededor de un sol hubiera más de un planeta habitable. Cada uno de aquellos mundos era habitado por algunos millones de Wersgorix, a quienes gustaba disponer del mayor espacio posible. Pero los planetas situados en las fronteras del Imperio, como aquel Tharixan hacia el que nos dirigíamos, tenían fortalezas que actuaban, asimismo, como bases para las naves espaciales. Branithar puso mucho cuidado para hacernos ver lo bien armados e inexpugnables que resultaban aquellos castillos.

Si un planeta utilizable tenía indígenas inteligentes, eran exterminados o reducidos a la esclavitud. Los Wersgorix no realizaban trabajos serviles y dejaban estas tareas en manos de pobres ilotas o meros autómatas. Ellos mismos eran soldados, administradores de aquellos vastos dominios, mercaderes, propietarios de fábricas, políticos, cortesanos. Sin armas, las naciones esclavizadas no tendrían ninguna esperanza de rebelarse contra el relativamente corto número de señores extranjeros. Sir Roger murmuró algo sobre repartir armas entre aquellos seres oprimidos en cuanto llegásemos… algo mencionó de una sublevación. Pero Branithar adivinó sus intenciones, se rió y dijo que Tharixan nunca había estado habitado y que no había en todo el planeta más que unos pocos cientos de esclavos.

Aquel imperio ocupaba una inmensa esfera en el espacio, algo así como dos mil años luz de diámetro. (Un año luz era la increíble distancia que cubría la luz en un año normal de Wersgor, casi un diez por ciento más largo que el mismo período terrestre.) Comprendía millones de soles rodeados de mundos. Pero la mayor parte de ellos resultaban inútiles para los Wersgorix y eran ignorados, bien por poseer un aire emponzoñado o por albergar formas de vida mortales.

Sir Roger le preguntó si eran la única nación que había aprendido a volar entre las estrellas. Branithar se encogió de hombros con desprecio.

—Hasta ahora, nos hemos encontrado con tres razas que también han dominado el aire —dijo—. Viven en la esfera de influencia de nuestro Imperio, aunque, hasta el momento, no las hemos sometido. No vale la pena hacerlo, habiendo planetas tan primitivos y fáciles de dominar. Permitimos que esas razas sigan dedicándose al comercio, viajando y manteniendo el reducido número de colonias que han establecido en otros sistemas planetarios. Pero no las dejamos que sigan extendiéndose. Dos o tres guerras limitadas han zanjado toda la cuestión. No nos aprecian y saben que un día, cuando nos sea útil y cómodo hacerlo, las destruiremos, pero no pueden hacer nada ante una fuerza tan superior como la nuestra.

—Ya veo —dijo el barón, sacudiendo la cabeza.

Me dio instrucciones para que empezase a aprender el idioma de Wersgor. Branithar encontró muy divertida la enseñanza y el duro trabajo apagó mis temores, con lo que avanzamos muy deprisa. Su lengua era bárbara, sin ninguna de las nobles inflexiones del latín, pero, a causa de ello, fácil de aprender.

En la torre de navegación descubrí cajones llenos de mapas y tablas numéricas. La escritura y la representación eran tan bellas como exactas. Con tales escribas, pensé, es una lástima que no hayan iluminado las páginas. Intenté descifrarlas, utilizando lo que había aprendido hasta entonces del idioma y el alfabeto de Wersgor. Concluí que se trataba de un conjunto de directivas de navegación.

Encontré un mapa del planeta Tharixan, base de la expedición. Transcribí los símbolos correspondientes a la tierra, al mar, a los ríos, a las fortalezas, y así sucesivamente. Sir Roger lo estudió durante horas. El mismísimo mapa sarraceno que su padre trajera de Tierra Santa resultaba grosero si se lo comparaba; aunque, por otra parte, los Wersgorix demostraban bastante incultura: no se veía la menor imagen de sirenas, hipogrifos, ni siquiera los cuatro vientos, ni el menor ornamento.

Descifré también las leyendas de algunos de los instrumentos del panel de navegación. Resultaba fácil entender los cuadrantes de altitud y velocidad. Pero, ¿qué quería decir «carburante» y cuál era la diferencia entre «velocidad sublumínica» y «velocidad hiperlumínica»? Palabras y abreviaturas extrañas que transcribo letra por letra. A decir verdad, eran poderosos sortilegios, aunque fuesen paganos.

Así fueron pasando los monótonos días. Tras un tiempo que nos pareció un siglo, apareció una enorme estrella en las pantallas. Fue creciendo hasta hacerse tan brillante y tan enorme como nuestro propio sol. Luego, descubrimos un planeta, semejante al nuestro aunque con dos pequeñas lunas. Nos dirigimos hacia él; no tardó en dejar de ser una pelota colgada en el cielo para transformarse en una extensión de accidentado paisaje, corriendo bajo nuestros pies. Cuando vi que los cielos volvían a ser azules, me arrodillé en el puente y recé al Señor.

La barra inmóvil se alzó con un movimiento seco. El navío se detuvo y se quedó suspendido entre el cielo y la tierra, a una milla del suelo. Habíamos alcanzado Tharixan.


Capítulo 6

<p>Capítulo 6</p>

Sir Roger me llamó para que acudiera a la torre de navegación, con Sir Owain y John el Rojo, que llevaba atado a Branithar. El arquero se quedó con la boca abierta ante las pantallas y murmuró horribles juramentos.

Se hizo correr la voz por todo el navío de que se armasen los hombres. Los dos caballeros portaban la coraza y sus escuderos esperaban a la puerta con los escudos y yelmos. Los caballos relinchaban en las calas, trotando a lo largo de sus pasillos. Las mujeres y los niños se mantenían agrupados, con los ojos brillantes y atemorizados.

—¡Hemos llegado! —dijo sir Roger con una amplia sonrisa; era bastante horrible verle tan alegre como un niño, cuando todo el Mundo tenía la garganta seca y sudaba hasta convertir el aire en ponzoñoso; pero un combate, incluso contra los poderes infernales, era algo que mi señor podía comprender—. Hermano, preguntadle al prisionero en qué parte del planeta nos encontramos.

Le transmití la pregunta a Branithar, que tocó un botón. Una pantalla, hasta entonces vacía, se iluminó y mostró un mapa.

—Estamos donde se cruzan los dos cuadrantes —nos dijo—. El mapa irá presentándose a medida que sobrevolemos la zona.

Comparé la pantalla con el mapa que yo llevaba en las manos.

—La fortaleza llamada Ganturath parece encontrarse a unas cien millas al nor-nor-este, señor —dije.

Branithar, que ya sabía un poco de inglés, asintió con la cabeza.

—Ganturath es sólo una fortaleza secundaria —para fanfarronear recurría siempre al latín—. Sin embargo, en ella hay muchos navíos espaciales y algunas flotillas de naves aéreas. Las armas de fuego del suelo pueden destruir este navío y las pantallas de fuerza detendrán todos los rayos que podamos lanzar con nuestros cañones. Lo mejor sería que os rindierais.

Cuando lo hube traducido, sir Owain opinó:

—Quizá sea lo más prudente, señor.

—¿Qué? —bramó sir Roger—. ¿Decís que un inglés se va a rendir sin combatir?

—¡Pensad en las mujeres, señor, y en los pobres niños!

—No soy rico —replicó sir Roger—. No puedo permitirme el pago de un rescate —se dirigió pesadamente a causa de la armadura hasta el asiento del piloto, se sentó y apretó botones y manijas.

A través de las pantallas inferiores vi cómo el suelo corría rápidamente bajo nosotros. Sus ríos y montañas tenían formas familiares, que recordaban las de nuestro Mundo, pero los tintes verdosos de la vegetación poseían un ligero y desconcertante tono azulado. La región parecía agreste y desolada. De vez en cuando, se veían algunos edificios redondos en medio de inmensos campos de cereales cultivados por máquinas, pero, salvo aquello, no se veía un alma, lo mismo que en el Bosque Nuevo. Me pregunté si sería aquello un coto real, pero no tardé en recordar lo que me había dicho Branithar: el Imperio de Wersgor estaba muy poco habitado.

Hablando con el ronco lenguaje de los rostros azules, una voz rompió el silencio. Nos sobresaltamos y miramos a nuestro alrededor. Los sonidos provenían de un pequeño instrumento negro insertado en el panel principal.

—¡Ah! —exclamó John el Rojo sacando la daga—. ¡Hemos llevado durante todo el viaje a un pasajero clandestino! ¡Dadme una palanca, señor, y le sacaré de ahí.

Branithar adivinó el sentido de lo que decía y una risotada brotó de su azulada garganta.

—La voz viene de muy lejos, sobre ondas parecidas a las de la luz, pero más largas —explicó.

—¡No digas tonterías! —protesté.

—Es un observador que nos saluda desde la fortaleza de Ganturath.

Sir Roger esbozó un seco gesto con la cabeza cuando lo traduje.

—Voces que salen del aire no se pueden comparar con todo lo que hemos visto —dijo—. ¿Qué quiere?

No pude comprender algunas palabras, aunque entendí el sentido general del discurso. ¿Quiénes éramos? Aquélla no era la zona adecuada para el aterrizaje de las naves exploradoras. ¿Por qué penetrábamos en una zona prohibida?

—Cálmale —le ordené a Branithar—, y recuerda que me daré cuenta, si nos traicionas.

Aunque su frente, como las nuestras, estaba perlada de sudor, se encogió de hombros.

—Somos el navío explorador 587-Zin, de regreso. Mensaje urgente. Nos detendremos sobre la base.

La voz asintió, pero advirtió que si descendíamos por debajo de un stanbax (poco más de media milla) seríamos destruidos. Debíamos navegar lentamente hasta que los tripulantes de las naves patrulleras nos abordaran.

Ganturath era ya visible; una masa compacta de cúpulas y semicilindros, montados sobre esqueletos de acero, como descubrimos después. La fortaleza formaba un círculo de unos mil pies de diámetro. Media milla más al norte, se extendía un reducido grupo de edificios. Gracias la ampliación de una pantalla, vimos en este último recinto las enormes bocas de las bombardas.

Al detenernos, algo parecido a un reflejo pálido se alzó alrededor de dos partes de la fortaleza. Branithar nos dijo, mientras señalaba con el dedo:

—Las pantallas de protección. Vuestros disparos se estrellarán en ellas y serán inútiles. Habría que apuntar muy bien para alcanzar alguna de las bocas que sobresalen de la pantalla. En cuanto a vosotros, resultáis un blanco muy fácil.

Varios artilugios metálicos en forma de huevo, enanos por comparación con el inmenso casco de El Cruzado, se acercaron. Vimos que otros varios despegaban desde el suelo, cerca de la parte principal de la fortaleza. La hermosa cabeza de sir Roger se inclinó.

—Exactamente como pensaba —dijo—. Sus pantallas quizá detienen un rayo de fuego, pero no un objeto material, pues las naves las atraviesan.

—Es verdad —replicó Branithar por mediación mía—. Podríais conseguir lanzar uno o dos proyectiles explosivos, pero los cañones los destruirían en un momento.

—¡Aja! —Sir Roger estudió al wersgor, cuyos ojos habían palidecido—. ¿Así que poseéis proyectiles explosivos? Y sin duda, alguno habrá en este navío. Y no nos lo habías dicho. Nos ocuparemos de eso más tarde —se volvió hacia John el Rojo y sir Owain—: Ya habéis visto cómo es el terreno. Id con vuestros hombres y estad listos para salir a combatir en cuanto aterricemos.

Se marcharon tras dirigir un último vistazo nervioso a las pantallas: las navecillas aéreas se encontraban muy cerca de nosotros. Sir Roger echó mano a las ruedas que controlaban los cañones. Habíamos aprendido, tras algunas pruebas, que aquellas enormes armas apuntaban y disparaban casi por sí solas. Cuando se acercaron las patrulleras, sir Roger soltó todo.

Cegadores rayos infernales brotaron de la nave. Envolvieron en llamas al primer navío. Vi que otro era partido en dos por la enorme espada de fuego. Otro cayó, como hierro al rojo, explotando. El trueno retumbó. Luego, no vi más que fragmentos de metal girando por el aire.

Sir Roger quiso poner a prueba las afirmaciones de Branithar… y éstas resultaron ser ciertas. Sus rayos golpearon en la pantalla pálida y traslúcida. Gruñó.

—Lo esperaba. Lo mejor será descender antes de que envíen un verdadero navío de guerra a por nosotros, antes de que abran fuego con sus cañones —sin dejar de hablar, nos precipitó hacia el suelo; una llamarada alcanzó nuestro casco, pero ya estábamos muy bajos.

Vi las construcciones de Ganturath que se precipitaban hacia nosotros y me armé de valor para enfrentarme a la muerte.

El casco se desgarró, hubo rugidos de metal retorcido y toda la nave se conmocionó. La propia torrecilla en la que nos encontrábamos estalló al rozar una torre de vigilancia, derribando las fortificaciones. Con sus dos mil pies de largo y un peso incalculable, El Cruzado hizo estallar bajo sí mismo la mitad de Ganturath.

Sir Roger se puso en pie antes incluso de que se detuvieran los motores.

—¡Adelante! —aulló—. ¡Dios protege la razón! —y se lanzó por el puente roto y destruido.

Le arrancó el yelmo de las manos al aterrado escudero y se lo puso sin dejar de correr. El muchacho le siguió; sus dientes rechinaban, pero no abandonó el escudo de los Tourneville, como le habían encargado.

Branithar se quedó sentado, mudo. Me alcé la sotana y eché a correr en busca de un sargento, para que pusiera a nuestro precioso cautivo a buen recaudo. Cuando lo hube hecho, pude ser testigo de la batalla.

Estábamos tendidos sobre un costado. El navío no se había estrellado de cola. Los generadores de peso artificial nos habían impedido caer unos sobre otros en su interior. A nuestro alrededor no se veía más que devastación, edificios destruidos y muros en ruinas. Wersgorix azules salían en tromba de la fortaleza; era el caos.




Cuando alcancé la salida, sir Roger ya estaba fuera, con la caballería. No se detuvo ni a disponerla para la batalla, sino que cargó de frente contra el enemigo que se acercaba. Su caballo se encabritó, flotando sus crines al viento y brillando la armadura de mi señor; la larga lanza empaló tres cuerpos simultáneamente. Cuando el arma se rompió, mi señor sacó la espada y empezó a despedazar enemigos alegremente. La mayor parte de los que le seguían no tenían escrúpulo alguno en lo relativo a las armas; dignos o no de los caballeros, sacaron de las calas fusiles de mano, espadas y hachas.

Los arqueros y el resto de los soldados salieron en tromba del navío, aullando. Su propio terror les convertía en seres salvajes. Rodearon a los wersgorix antes de que nuestro enemigo pudiera lanzar sus rayos en masa. No tardó en entablarse el combate cuerpo a cuerpo, una lucha sin jefe ni dirección, en la que el hacha, la daga, la porra, eran más útiles que los rayos de fuego y los fusiles de bala.

Cuando hubo despejado cierto espacio a su alrededor, sir Roger hizo que el negro semental que montaba se alzase sobre las patas traseras. Levantó la chirriante visera del yelmo y se llevó el cuerno a los labios. El aullido se alzó por encima de la barahúnda, llamando a las fuerzas montadas. Más disciplinadas que las de los hombres a pie, abandonaron inmediatamente el combate cuerpo a cuerpo y acudieron a reunirse con el barón. A sus espaldas se formó un cuadro de inmensos caballos, de hombres parecidos a torres de acerco, con escudos blasonados, plumas agitadas por el viento y lanzas en ristre.

Con una mano cubierta por un guantelete, señaló los edificios que se alzaban al norte del bosque, en los que las bombardas orientadas hacia el cielo habían abandonado su inútil ataque.

—¡Tenemos que conquistarlos antes de que se reagrupen! —gritó—. ¡Seguidme, hombres de Inglaterra, por Dios y por san Jorge!

Tomó de su escudero una nueva lanza, espoleó al caballo y se puso al galope. Tras él, se alzó una tormenta de cascos martilleando en el suelo.

Los defensores wersgorix del fuertecillo se lanzaron hacia adelante para detener el asalto. Llevaban cañones y fusiles de todas clases, y pequeños proyectiles explosivos que lanzaban con la mano. Alcanzaron a dos jinetes. Pero la distancia era demasiado corta entre las dos masas de combatientes y no tenían tiempo para calcular tiros de más alcance. De todos modos, iban desmontados. No hay nada más terrible que una carga de caballería pesada.

Lo que más lastraba a los wersgorix era que habían ido demasiado lejos. Estaban desentrenados para combatir en el suelo y llevaban equipo inadecuado. Poseían, es cierto, rayos de fuego, así como pantallas de fuerza capaces de detener las del enemigo. Pero nunca habían pensado en montar defensas terrestres.

Fuera como fuese, la terrible carga de los caballeros alcanzó sus líneas fatalmente y fueron arrastrados, pisoteados en el lodo; los caballeros siguieron cargando sin aminorar la marcha.

Uno de los edificios que se alzaban ante sir Roger estaba totalmente abierto. Un pequeño navío del espacio —tan grande, sin embargo, como el más grande de nuestra tierra— salió de él. Se mantenía erguido sobre la popa, con los motores rugiendo, dispuesto a alzarse por los aires para desde allí bañarnos en llamas. Sir Roger dirigió hacia él a su caballería. Los lanceros atacaron en masa. Las lanzas se rompieron, los caballeros fueron desarzonados. Pero, no obstante, piénsenlo durante un momento: un jinete a la carga transporta con él el peso de su armadura y bajo él mil quinientas libras de caballo. Todo ello se mueve a varias millas por hora. El impacto es terrible.

El navío fue derribado. Cayó de lado, inutilizable.

Sir Roger y sus jinetes no tardaron en invadir el fortín. Pisotearon, desgarraron con las espadas, golpearon con las hachas, machacaron con los cascos de los caballos. Los wersgorix morían como moscas. Digamos antes que las moscas eran pequeños navíos patrulleros que zumbaban por encima de nuestras cabezas y que no podían disparar a la multitud sin matar a los suyos. Sir Roger siguió encargándose de la matanza y, cuando los wersgorix se dieron cuenta de la situación, ya era demasiado tarde.

En el lugar en que yacía El Cruzado, el combate no fue más que una matanza: se abatió a los rostros azules, se hicieron algunos prisioneros y se persiguió a los demás hasta el cercano bosque. Todo era confusión y John Hameward el Rojo sintió que malgastaba la habilidad de sus ballesteros. Les formó en destacamento y avanzó rápidamente por terreno descubierto para acudir en ayuda de sir Roger.

Los navíos descendieron un poco más, girando como pájaros hambrientos: aquella presa sí podían devorarla. Sus delgados rayos no tenían mucho alcance. Con la primera descarga, murieron dos arqueros. John el Rojo aulló una orden.

El cielo se volvió negro a causa de las flechas. Una buena flecha lanzada por un arco de seis pies puede atravesar a un hombre con armadura y al caballo que le transporta. Los navíos se lanzaban a la perdición atravesando aquella tormenta de grises plumas de oca. Ninguno escapó. Atravesados, con los pilotos transformados en acericos, se estrellaron contra el suelo. Los arqueros rugieron de alegría y se abalanzaron hacia la turbamulta que rodeaba a sir Roger.



El navío del espacio derribado por las lanzas aún contaba con su tripulación, la cual pareció recuperar el sentido. Los cañones de las tórrelas lanzaron llamas súbitamente; sólo eran armas de mano, pero la tempestad se estrelló contra las murallas. Un caballero y su montura, rodeados por las llamas, desaparecieron en un instante. Los rayos vengadores barrían la tierra.

John el Rojo empuñó una enorme viga de acero, caída de la cúpula abatida por las bombardas. Cincuenta hombres corrieron en su ayuda. Se precipitaron hacia el panel de entrada de la nave. ¡Una vez, dos veces… y cedió! La puerta se rajó y los hombres libres de Inglaterra se lanzaron al interior de la nave.

La batalla de Ganturath duró algunas horas, pero la mayor parte de aquel tiempo fue dedicado a descubrir los restos ocultos de la guarnición. Cuando el extraño sol se hundió lentamente por el oeste, rojizo, quizá habían muerto veinte ingleses. No había ninguno gravemente herido, pues los fusiles de llamas mataban limpiamente cuando alcanzaban su blanco. Los wersgorix quizá habían perdido trescientos hombres y habíamos capturado a otros tantos; a estos últimos solía faltarles un miembro, o una oreja. Creo que no serían más de un centenar los que consiguieron escapar a pie. Irían a dar las noticias a los parajes más próximos… que, a Dios gracias, estaban bastante lejos. La rapidez de nuestro primer ataque había dejado fuera de servicio, a todas luces, los altavoces de distancia de Ganturath antes de que pudieran dar la alarma.

Pero el desastre que nos esperaba no se descubrió hasta más tarde. No nos preocupó la pérdida del navío en que llegamos, pues teníamos a nuestra disposición otros muchos que, en conjunto, nos albergarían a todos. Sus tripulantes sólo podían emplearlos con una condición. No obstante, con aquel terrible aterrizaje, la torreta de navegación de El Cruzado estalló y con ello perdimos todas las notas de navegación wersgorix.

Pero, de momento, todo era disfrutar el triunfo. Cubierto de sangre, sin aliento, con la armadura abollada, sir Roger de Tourneville volvió a lomos de su agotado caballo hasta la fortaleza principal. A sus espaldas avanzaban los lanceros, los arqueros, los hombres libres, vestidos con harapos, doloridos, con los hombros cargados, agotados. Pero entonaban un Te Deum que se alzaba hacia las desconocidas constelaciones que brillaban en el cielo obscuro, mientras sus banderas ondeaban al viento gallardamente.

¡Oh, qué maravilloso era ser inglés!


Capítulo 7

<p>Capítulo 7</p>

Restablecimos nuestro campamento cerca del fuerte secundario, casi intacto. Nuestra gente se dirigió a por leña al bosque y las hogueras se encendieron en cuanto aparecieron las dos lunas. Los hombres se sentaron en grupo esperando a que terminara de hacerse el estofado y la familiar luz de las brasas, agitada por la brisa, mostró sus rostros en la obscuridad. Los caballos ramoneaban entre la maleza sin que diera la impresión de que les gustase mucho. Los wersgorix cautivos se apretujaban entre sí, bajo la guardia de hombres armados con porras. Estaban desconcertados. Lo que les había pasado les parecía imposible. Me sentí desolado por ello, por impío y cruel que fuese su dominio.

Sir Roger me ordenó que fuese a reunirme con sus capitanes, que habían instalado el campamento junto a una de las torretas armadas con cañones. Apostamos guardias allí donde la defensa era posible, para protegernos de algún eventual contraataque, e intentamos no preocuparnos, procurando no imaginar qué nuevos horrores podría tener el enemigo en sus arsenales.

Montaron tiendas para las damas de alto rango. Salvo lady Catalina, sentada sobre un taburete en el luminoso círculo de la hoguera, todas estaban acostadas. La dama escuchaba nuestras conversaciones, con los labios fruncidos y amargos.

Los capitanes, dominados por la fatiga, estaban acostados en el suelo. Vi a sir Owain Montbelle tocando el arpa con aspecto soñador; el viejo y feroz sir Brian Fitz-William, lleno de cicatrices, uno de los tres caballeros armados de aquel viaje; el grueso Alfred Edgarson, el más puro de los sajones francos; el obscuro Thomas Bullard, acariciando la desnuda espada que reposaba en sus rodillas; John Hameward el Rojo, un poco intimidado, pues era de baja cuna comparado con los demás. Dos pajes servían vino.

Mi señor, sir Roger, el hombre que no sabía suplicar, estaba de pie, con las manos en la espalda. Había dejado su armadura, como los demás, y mantenía en los cofres su ropa de ceremonia; podría tomársele por el más humilde de los sargentos. Pero las espuelas tintineaban en sus botas, sabía hablar bien y su fiero rostro de nariz aquilina hacía que destacase.

Me hizo un gesto con la cabeza en cuanto llegué.

—Ah, aquí estáis, hermano Parvus. Tomad una copa y sentaos. Tenéis una buena cabeza sobre los hombros y necesitamos esta noche los mejores consejos.

Siguió andando durante un momento de un lado para otro, reflexionando profundamente. No me atreví a interrumpirle con mis terribles noticias. En la extrañeza de la noche iluminada por dos lunas, ruidos desconocidos rompían el silencio. No eran ranas, grillos o sapos voladores de Inglaterra. Zumbidos, ruidos como de chirriar de dientes, un canto de un inhumano dulzor, como procedente de un laúd de acero. Los olores eran también muy raros, lo que me turbaba todavía más.

—Bien —dijo nuestro señor—, por la gracia de Dios, hemos ganado esta primera batalla. Ahora hemos de decidir lo que tenemos que hacer.

—Creo que… —Sir Owain se aclaró la garganta y luego habló con precipitación—. No, sire, estoy seguro de que si Dios nos ha ayudado a sobreponernos a estas imprevisibles perfidias, no seguirá a nuestro lado si demostramos excesivo orgullo. Hemos conquistado un rico botín, armas con las cuales podremos acometer en la Tierra grandes empresas. Marchémonos inmediatamente.

Sir Roger se rascó el mentón.

—Me gustaría quedarme aquí —replicó—, aunque he de reconocer que hay mucha verdad en lo que decís, amigo mío. Siempre podremos volver a destruir este nido de demonios cuando hayamos reconquistado la Tierra Santa.

—Sí —aprobó sir Brian—. Estamos aislados, somos pocos, y nos molestan las mujeres y los niños, los viejos y el ganado. Sería una locura combatir contra un imperio con tan pocos hombres capaces de portar armas.

—Sin embargo, me gustaría romper unas cuantas lanzas con estos wersgorix —dijo Alfred Edgarson—. Todavía no he ganado ni una moneda de oro.

—El oro no nos servirá de nada si no volvemos a casa —le recordó el capitán Bullard—. Partir de campaña a los calurosos desiertos de Tierra Santa ya es bastante duro; aquí, no sabemos siquiera si las plantas están envenenadas, ni cuándo llegará el invierno. Lo mejor es irse mañana mismo.

Un murmullo de asentimiento se alzó de su grupo.

Carraspeé. Yo acababa de pasar toda una hora con Branithar y era quizá el más desgraciado de todos ellos.

—Señores —empecé.

—Sí. ¿Qué pasa? —preguntó sir Roger, mirándome con furia.

—Sire, no creo que podamos encontrar el camino de regreso a la Tierra.

—¿Cómo? —fue algo así como un rugido.

Algunos de los presentes se levantaron de un salto. Oí que lady Catalina profería un grito de horror.

Expliqué que las notas tomadas por los wersgorix sobre la ruta hasta nuestro Sol habían resultado destruidas en la contienda. Yo mismo las anduve buscando, en compañía de un grupo de hombres, entre los escombros, con la esperanza de recuperarlas. En vano. El interior de la torreta estaba ennegrecido por el fuego, las paredes se habían fundido en algunas partes. Concluí que un rayo de fuego había penetrado por alguno de los agujeros abiertos, alcanzando uno de los cajones abiertos por la violencia del aterrizaje y reduciendo los papeles a cenizas.

—¡Pero Branithar conocía el camino! —protestó John el Rojo—. ¡El mismo condujo la nave! ¡Le arrancaré la verdad, Señor!

—No os precipitéis —le aconsejé—. No se trata de navegar a lo largo de una costa, con unos puntos de referencia conocidos de antemano. Hay millones de estrellas, un número incalculable. La expedición de exploración siguió un camino zigzagueante entre ellas, buscando un planeta que cubriera sus necesidades. Sin las cifras y los cálculos anotados por el capitán a medida que avanzaban, uno podría pasar toda la vida buscando nuestro Sol sin poder encontrarlo.

—¿No recuerda nada Branithar? —preguntó sir Owain.

—¿Cómo acordarse de cien páginas de cálculos? —respondí—. Nadie podría hacerlo. Branithar, además, no era el capitán del navío, ni el que anotaba el camino que seguían, ni llevaba la bitácora, ni se ocupaba de la navegación. Nuestro cautivo no era más que un noble de rango menor, cuya misión consistía en velar por la tripulación y en trabajar en los demoníacos motores que…

—Basta —Sir Roger se mordió los labios y clavó la vista en el suelo—. Esto lo cambia todo. Pero, ¿no era conocida de antemano la ruta de El Cruzado. Quizá por el duque que lo envió, pongo por ejemplo.

—No, sire —contesté—. Los exploradores de Wersgor viajan al azar en cualquier dirección, al capricho del capitán, inspeccionando todas las estrellas que les parecen prometedoras. El duque no sabe a dónde han ido más que al volver y recibir informes.

Se alzó un gemido. Todos eran hombres valientes, pero había allí cosas capaces de atemorizar a cualquiera. Sir Roger se dirigió a su esposa, muy tensa, y murmuró:

—No sabes cuánto lo siento, querida.

La dama apartó el rostro.

Sir Owain se levantó. Sus nudillos se veían blancos apretando el arpa.

—¿Veis a dónde nos habéis conducido? —dijo con voz aguda—. ¡A la muerte y a la perdición más allá de los cielos! ¿Estáis ya satisfecho?

Sir Roger asió la empuñadura de la espada.

—¡Callaos! —bramó—. Todos estuvisteis de acuerdo con mi plan. Ninguno se opuso. Nadie ha venido por la fuerza. ¡Si no llevamos esta cruz entre todos, que Dios se apiade de nosotros!

El joven caballero murmuró algo con tono de rebeldía, pero se sentó.

Era impresionante ver con cuánta rapidez nuestro sire pasaba del desmayo a la audacia. Era, naturalmente, una máscara que adoptaba ante los demás, pero, ¿cuántos hombres podrían hacerlo?

Era, sin lugar a dudas, un jefe sin par. Yo lo atribuía a la sangre de Guillermo el Conquistador, uno de cuyos nietos bastardos se casó con la hija ilegítima del conde Godofredo, puesto fuera de la ley por piratería, y fundador de la noble casa de Tourneville.

—Vamos, vamos —dijo el barón con cierta alegría—. No vamos tan mal. Si actuamos intrépidamente, podemos ganar. Recordad que tenemos un importante número de cautivos y podremos emplearlos para cerrar un trato. Si hemos de combatir, hemos demostrado que no pueden resistirnos, si las condiciones son iguales. Admito que son más que nosotros y que tienen mucha más habilidad con esas armas para cobardes. Pero no será la primera vez que hombres valientes y bien guiados han rechazado a un ejército aparentemente más fuerte.

»En el peor de los casos, podríamos retirarnos. Tenemos bastantes naves aéreas y podremos escapar de ellos en las desiertas profundidades del espacio. Pero preferiría quedarme aquí, negociar hábilmente, combatir cuando fuese necesario y confiar en Dios. Si detuvo el sol para Josué, podrá aplastar sin muchos problemas a un millón de wersgorix, si tal es Su voluntad, pues Su gracia es eterna. Cuando hayamos obligado al enemigo a ceder, les obligaremos a encontrar por nosotros el camino de nuestra patria y llenaremos nuestras naves de oro. ¡Insisto, amigos míos, hay que resistir! ¡Por la gloria de Dios, por el honor de Inglaterra y por nuestra fortuna!

Levantó a todos los presentes en la oleada de su valor y entusiasmo, llevándolos a donde quería y, al fin, todos le aplaudieron. Se reunieron a su alrededor, apoyaron sus manos en las suyas, que sostenían aún la grande y brillante espada, y juraron seguir fieles hasta que pasase el peligro. Luego dedicaron una hora a trazar planes febrilmente… la mayor parte de los cuales no servirían de nada, pues Dios envía muy raramente aquello que se espera. Al fin, todos fueron a acostarse.

Vi a nuestro barón tomar a su esposa por el brazo y conducirla hasta su tienda. Ella le hablaba con voz sofocada y dura, sin querer atender a sus protestas, mirándole fijamente y colmándole de reproches en la noche enemiga. Las grandes lunas, declinando, les bañaron con su fría luz.

Los hombros de sir Roger se curvaron. Se dio media vuelta y se alejó lentamente de su dama; cubriéndose con una manta de montar, durmió al raso. Era raro que un valiente entre los hombres se viera sin fuerza ante una mujer. Mostraba cierta humillación, algo lastimoso, tendido en el suelo. Pensé que todo aquello no presagiaba nada bueno para nosotros.


Capítulo 8

<p>Capítulo 8</p>

Al comienzo estuvimos demasiado excitados como para prestar atención y dormimos durante mucho tiempo. Pero, cuando me desperté, todavía era de noche. Observé el movimiento de estrellas con relación a los árboles. ¡Ah, qué lento era! La noche era allí mucho más larga que en la Tierra.

Aquel hecho turbó mucho a nuestra gente. El que no huyéramos (imposible seguir ocultando que era la traición más que el deseo lo que nos había llevado hasta allí) intrigó a los nuestros. Pero, por lo menos, contaban con tener algunas semanas para ejecutar lo que el barón hubiera podido decidir.

La impresión fue mucho mayor cuando los navíos enemigos aparecieron antes del alba.

—Valor —le aconsejé a John el Rojo, que temblaba en la bruma gris, rodeado por sus arqueros—. No tienen poderes mágicos. Ya os lo advertí en el consejo de capitanes. Pueden hablarse a través de centenares de millas y recorrer tales distancias en pocos minutos de vuelo. Los fugitivos habrán prevenido a los otros reinos, eso es todo.

—Pues, bien —replicó John el Rojo bastante sabiamente—, si decís que eso no es magia, ¿qué es?

—Si es magia, no hay que tener miedo —respondí—, pues las artes infernales no pueden nada contra los buenos cristianos. Pero dejad que os repita que no es más que habilidad mecánica y conocimiento de las artes de la guerra.

—Eso sí puede con los buenos cristianos —murmuró un arquero; John le hizo callar de un pescozón, mientras yo maldecía a mi suelta lengua.

En la débil y engañosa luz pudimos ver numerosos navíos girando por encima de nuestras cabezas. Algunos eran tan grandes como nuestro inútil El Cruzado. Me temblaban las rodillas bajo la sotana. Todos nos encontrábamos, naturalmente, dentro del escudo de fuerza del fortín, que no había podido ser cerrado. Nuestros cañoneros ya habían descubierto que las bombardas de fuego que habíamos tomado la víspera podían manejarse tan fácilmente como las de los navíos del espacio. Estaban listos para disparar. Sin embargo, yo también sabía que no podíamos plantar defensa de un modo eficaz. Podían lanzar contra nosotros uno de aquellos poderosos proyectiles explosivos de los que había oído hablar; o los wersgorix podían atacarnos en tierra firme y reducirnos con su número.

Sin embargo, los navíos se contentaban con planear en completo silencio bajo las desconocidas estrellas. Cuando la primera luz del pálido amanecer iluminó sus cascos, dejé a los arqueros y me fui junto a la caballería, que se mantenía en la hierba cubierta de rocío. Sir Roger estaba ya montado, con los ojos alzados hacia el cielo. Iba armado de pies a cabeza, con el yelmo en el brazo y, al verle, nadie habría podido imaginar lo mal que había dormido.

—Buenos días, padre Parvus —me dijo—. Qué noche más larga.

Sir Owain, a caballo junto a él, se pasó la lengua por los labios. Se le veía pálido, con los grandes ojos de largas pestañas enmarcados por obscuras ojeras.

—Ninguna noche de solsticio de invierno en Inglaterra resultó nunca tan larga —dijo, persignándose.

—Los días serán también más largos —dijo sir Roger; parecía de buen humor, una vez veía que contaba con enemigos ordinarios y no con mujeres altaneras y rebeldes.

La voz de sir Owain se dejó oír, seca como una rama rota.

—¿Por qué no atacan? —aulló—. ¿Por qué no hacen otra cosa que esperar revoloteando sobre nuestras cabezas?

—Me parece que resulta evidente. No habría ni que mencionarlo. ¿No tienen buenas razones para temernos? —replicó sir Roger.

—¿Qué? —dije—. Naturalmente, sire, somos ingleses, pero… —miré a nuestras espaldas, hacia las miserables tiendecillas plantadas alrededor de la fortaleza, a los soldados ennegrecidos por el humo, vestidos con harapos, a las mujeres y a los viejos reunidos atemorizados, a los lloriqueantes niños; vi el ganado, los cerdos, las ovejas, las gallinas, atendidos por los siervos con un juramento en los labios; vi las perolas en las que hervía la papilla de centeno del desayuno—… Pero, señor —continué—, por el momento, más parecemos franceses.

El barón sonrió.

—¿Qué saben ellos de franceses e ingleses? Además, mi madre estuvo en Bannockburn, donde un puñado de miserables escoceses armados con picas derrotó a la caballería de Eduardo II. Todo lo que los wersgorix saben de nosotros es que hemos llegado de ninguna parte y —si las bravatas de Branithar son ciertas— que hemos conseguido lo que nadie había logrado antes: conquistar una de sus fortalezas. ¿No avanzarías con prudencia si fueras su condestable?

Groseras risotadas se alzaron de entre los caballeros y no tardaron en alcanzar a los infantes, hasta que todo el campamento acabó por reír. Vi temblar a los prisioneros enemigos, acercándose los unos a los otros, cuando aquellos crueles sonidos llegaron hasta ellos.

Cuando el sol se alzó en el cielo, algunos navíos de Wersgor aterrizaron muy lentamente, con muchas precauciones, a una milla de nosotros. No les disparamos. Se animaron e hicieron salir a sus tropas, que empezaron a montar su campamento sobre el terreno.

—¿Vais a dejarles construir un castillo ante nuestros ojos? —gritó Thomas Bullard.

—Hay menos oportunidades de que nos ataquen si se creen seguros —respondió el barón—. Quiero que comprendan claramente que deseamos parlamentar —su sonrisa se hizo algo amarga—. Recordad, amigos míos, que nuestra mejor arma es nuestra lengua.

Los wersgorix no tardaron en hacer aterrizar numerosos navíos en formación circular, como los grandes menhires que habían erigido los gigantes en Inglaterra antes del Diluvio. Formaron un campo amurallado con la extraña vibración casi invisible de la pantalla de fuerza. Vigilado por bombardas móviles, estaba cubierto por navíos de guerra que no dejaban de sobrevolarlo. Cuando terminaron, enviaron un heraldo.

La forma delgada avanzó con bastante audacia a través de los pastos, aunque sabía perfectamente que podíamos abatirle. Sus ropas metálicas brillaban bajo el sol de la mañana, pero vimos que nos presentaba las manos vacías. Sir Roger acudió ante él en persona; le acompañé sobre un palafrén, murmurando Padre Nuestros.

El wersgor hizo una ligera reverencia, mientras que el enorme semental negro y la torre de hierro que lo remataba se acercaban amenazantes. No tardó en recobrar el aliento y la palabra.

—Si te portas bien, no te mataré; así podremos discutir.

Sir Roger se echó a reír cuando se lo traduje desmañadamente.

—Dile —me ordenó— que no emplearé mis propios rayos, tan poderosos que no puedo jurar que no se vayan a disparar solos y destruir su campamento si hace algún gesto demasiado rápido.

—Pero no tenéis tales rayos, sire —protesté—. No sería honesto pretender lo contrario.

—Hermano Parvus, traducid lo que os he dicho fielmente, sin la menor emoción, o tendré que enseñaros algunas cosas de mis látigos.

Obedecí. En todo lo que sigue, prescindiré de las dificultades de la traducción. Mi vocabulario wersgor era limitado y me atrevería a decir que mi gramática resultaba grotesca. Sea como fuese, yo no era más que el pergamino en el que los dos poderes escribían y borraban para escribir de nuevo. A decir verdad, me sentí como un palimpsesto antes de que pasase una hora.

¡Lo que me hicieron decir! Venero más que a cualquier hombre a aquel dulce y valiente caballero, sir Roger de Tourneville. Sin embargo, cuando habló sin recato de sus dominios ingleses —los más pequeños de los cuales ocupaban tres planetas—, cuando explicó cómo había defendido personalmente Roncesvalles contra cuatro millones de infieles, cuando relató cómo había tomado Constantinopla como resultado de una apuesta y el modo en que, cuando le habían invitado a Francia, había aceptado el derecho de pernada sobre doscientas doncellas el mismo día, sin contar otras mil cosas, aquellas palabras a punto estuvieron de estrangularme, y eso que conozco las novelas de caballerías y las vidas de los santos. Mi único consuelo fue que pocas de aquellas mentiras pudieron sobrevivir a las dificultades del idioma; el wersgor comprendió simplemente (tras varias tentativas de impresionarnos) que se había encontrado con alguien que podía reponerse en un instante y ganar en una carrera de baladronadas.

Acabó por aceptar una tregua en nombre de su señor, mientras se discutía todo el asunto en un refugio que se alzaría entre los dos campos. Los dos adversarios podrían enviar veinte hombres sin armas al mediodía. Durante la tregua, ningún navío volaría.

—¡Ya está! —exclamó sir Roger alegremente mientras volvíamos al trote—. No me las he apañado tan mal, ¿verdad?

—A decir verdad… —contuvo el paso e intenté hablarle—. A decir verdad, sire, San Jorge, o más probablemente San Dimas, patrón de los ladrones, me temo que ha velado por vos. Y, sin embargo…

—¿Qué? —me dijo para empujarme a hablar—. No temáis decir lo que pensáis, hermano Parvus —con inmerecida bondad, añadió—: A menudo pienso que vuestros delgados hombros sostienen más seso que los de todos mis capitanes juntos.

—Bien, señor —le espeté—, habéis conseguido, por el momento, algunas concesiones. Como habíais predicho, son prudentes, nos estudian. Pero, ¿durante cuánto tiempo podremos engañarles? Desde hace siglos, son una raza imperial. Deben tener mucha experiencia con pueblos y condiciones extrañas. Al ver lo pocos que somos, reconociendo nuestras armas como antiguas y pasadas de moda, y el hecho de que no tengamos más navíos que los suyos, ¿no acabarán por deducir la verdad y atacarnos con fuerzas invencibles?

Apretó los labios y miró hacia el pabellón que albergaba a su mujer y a sus hijos.

—Cierto —dijo—. Sólo espero detenerles durante algún tiempo.

—¿Y luego?

—No lo sé —se volvió hacia mí con un movimiento brusco, feroz, como un halcón que se lanza sobre su presa, y añadió—: Pero éste es mi secreto, ¿comprendido? Os lo digo en confesión. Si se descubre y nuestra gente averigua hasta qué punto estoy desamparado y sin planes… estaremos muertos.

Asentí con la cabeza. Sir Roger espoleó a su caballo y galopó hacia el campamento aullando como un joven adolescente.


Capítulo 9

<p>Capítulo 9</p>

Larga era la espera hasta que llegaba el mediodía de Tharixan. Mi señor convocó un consejo de capitanes. Montaron una gran mesa sobre unos trípodes ante la construcción central y todo el Mundo pudo sentarse.

—Por la gracia de Dios, hemos sido perdonados. De momento, estamos a salvo. He exigido que todos sus navíos se posen en tierra, como podéis ver. Negociaré para ganar tanto tiempo como sea posible. Hemos de registrar el fuerte de punta a cabo, tomar los mapas, los libros, todas las fuentes de información. Los hombres más dotados para las artes mecánicas deberán estudiar y probar todas las máquinas que encontremos, para que podamos aprender a levantar una pantalla de fuerza e igualarnos a nuestros enemigos. Pero todo hemos de hacerlo en secreto, pues si se enterasen de que todavía no sabemos nada de esos instrumentos… —Sir Roger sonrió y se pasó un dedo por la garganta.

El buen padre Simón, nuestro capellán, pareció volverse ligeramente verde.

—¿Y para qué? —dijo con voz débil.

Sir Roger le hizo un gesto con la cabeza.

—También tengo un trabajo para vos. El hermano Parvus deberá acompañarme para traducir al wersgor. Pero tenemos un prisionero, Branithar, que habla latín.

—No me atrevería a decir que lo habla —le interrumpí—. Sus declinaciones son atroces y no puedo describir lo que les hace sufrir a los verbos irregulares.

—Sin embargo, hasta que haya aprendido inglés suficiente, nos hace falta un clérigo para hablar con él. Tendrá que explicarnos lo que no entiendan los que estudien los aparatos capturados, y habrá de servir como intérprete con los prisioneros wersgor si hemos de interrogarlos.

—¿Querrá hacerlo? —dijo el padre Simón—. Es un recalcitrante pagano, hijo mío, y dudo que tenga alma. Apenas hace unos días, cuando viajábamos en la nave, y con la esperanza de ablandar un corazón tan duro, fui a su celda y empecé a leerle las generaciones desde Adán y Noé. Apenas había pasado de Jared cuando vi que se había dormido.

—Que le traigan —ordenó mi señor—. Y que venga Hubert el Tuerto. Decidle que se traiga todos sus instrumentos.

Mientras esperábamos, asustados y hablando en voz baja, Alfred Edgarson observó que yo no estaba muy tranquilo.

—Bien, hermano Parvus, ¿qué pasa? —preguntó con voz tronante—. ¿Qué podéis temer vos, un hombre de Dios? En cuanto a nosotros, si nos portamos bien, no hemos de temer más que un poco de purgatorio. Iremos a reunimos con San Miguel y seremos los centinelas de los muros del Paraíso. ¿Qué pasa?

Me repugnaba desanimarles diciendo en viva voz lo que me había pasado, pero insistieron y acabé por decir:

—Bien, amigos míos, me temo que esto es muy malo.

—¿Qué? —aulló sir Brian Fitz-William—. ¿De qué se trata? ¡No sigáis lloriqueando!

—Durante el viaje no hemos contado con ningún método seguro de contar el tiempo —murmuré—. Los relojes de arena no son muy precisos y desde que estamos en este diabólico planeta incluso hemos olvidado darles la vuelta. ¿Cuánto dura aquí un día? ¿Qué hora es en la Tierra?

Sir Brian pareció desconcertado.

—No lo sé, pero, ¿qué importa?

—Me imagino que habréis tomado una buena chuleta de buey para desayunar —le dije—. ¿Estáis seguro de que hoy no es viernes?

Me miraron horrorizados, con los ojos fuera de las órbitas.

—¿Cómo podremos saber que es domingo? —exclamé—. ¿Quién puede decirme cuando llegará el Adviento? ¿Cómo observaremos la Cuaresma? ¿Cómo celebrar la Pascua? ¿Cómo, con dos lunas por encima de nuestras cabezas para mayor confusión?

Thomas Bullard se cubrió la cara con las manos.

—¡Estamos perdidos!

Sir Roger se incorporó.

—¡No! —bramó ante todos sus capitanes demolidos—. No soy un sacerdote, y lejos estoy de ser un santo varón. Pero, ¿no dijo nuestro Señor que el Sabbat estaba hecho para el hombre y no el hombre para el Sabbat?

El padre Simón pareció dudoso.

—Puedo conceder, en estas circunstancias extraordinarias, dispensas particulares —dijo—, pero no sé exactamente cuáles son los límites de mis poderes en estos dominios.

—No me gusta esto —rezongó Bullard—. Creo que todo es un signo de Dios para hacernos ver que ha apartado de nosotros su cara, pues nos oculta el tiempo en que debemos ayunar y recibir los sacramentos.

Sir Roger se puso rojo como la cresta de un gallo. Se quedó silencioso durante un momento, viendo que el valor se retiraba de sus hombres, como el vino que cae de una copa rota. Luego, se calmó, se echó a reír y exclamó:

—¿No ordenó nuestro Señor a sus fieles que fueran a donde pudieran para difundir Su palabra y que siempre estaría con ellos? No nos tiremos los trastos a la cabeza. Quizá cometamos algunos pecados veniales en las presentes circunstancias. Si es así, un hombre no debe arrastrarse, sino arreglar sus equivocaciones. Para expiarnos, practicaremos valiosas ofrendas. Para poder realizar esas ofrendas… ¿no contamos con todo el Imperio de Wersgor para saquearlo hasta que pida gracia? ¡Eso demuestra que es el propio Dios el que nos ordena ir a la guerra! —sacó la espada, brillando bajo el sol, y la puso ante sus ojos sujeta por la hoja—. Por esta espada, cetro y arma del caballero, que también es el signo de la Cruz, hago voto de combatir hasta el fin para mayor gloria de Dios.

Lanzó la hoja al aire; el arma giró, brillante, en el aire caliente. La atrapó al vuelo y la balanceó hasta que silbó el aire.

—¡Combatiré con esta espada!

Sus capitanes aplaudieron débilmente. Sólo el sombrío Bullard se abstuvo de hacerlo.

Sir Roger si inclinó hacia su capitán y le oí susurrar:

—Y la prueba de que mi argumento es irrefutable es que cortaré en pedazos al que me discuta.

De hecho, concluí que mi amo, de un modo muy burdo, había comprendido la verdad. En ratos perdidos, pasé su lógica a la adecuada forma estilística, naturalmente; pero, mientras tanto, me reconfortaba y vi que los demás no se sentían desmoralizados.

Un soldado nos trajo a Branithar, que se plantó ante nosotros con aire de desafío.

—Buenos días —le dijo amablemente sir Roger con mi mediación—. Vamos a necesitar tu ayuda para interrogar a los prisioneros y para instruirnos cuando estudiemos los aparatos capturados.

El wersgor se irguió con todo el orgullo de un guerrero.

—Es inútil insistir —escupió—. Cortadme la cabeza y acabemos con todo. Me equivoqué una vez con vuestra capacidad y eso costó la vida a muchos hombres de mi pueblo. No volveré a traicionarles.

Sir Roger hizo un gesto con la cabeza.

—Esperaba una respuesta parecida. ¿Dónde está Hubert el Tuerto?

—Aquí, señor, aquí. Aquí está el viejo Hubert —y el verdugo del barón avanzó cojeando, colocándose el capuchón; llevaba un hacha pasada por el delgado codo y una cuerda enrollada alrededor de la cintura—. Estaba paseando, señor, recogiendo flores para la más joven de mis hijas, sire. Ya la conocéis, esa hermosa niña con bucles de oro a la que tanto gustan las margaritas. Esperaba que alguna de estas flores paganas le recordase nuestras queridas margaritas de Lincolnshire y pudiera hacerse una corona.

—Tengo trabajo para ti —dijo sir Roger.

—¡Ah! Bien, señor. Bien, muy bien —el ojo único y legañoso del anciano se entrecerró, se frotó las manos y se rió—. ¡Ah, gracias, sire! No es por criticar, el viejo Hubert no debe hacerlo, y conoce también su humilde puesto, pues os sirvió de caballero, y a vuestro padre y al padre de vuestro padre, como verdugo de los Tourneville. No, sire, conozco mi puesto y en él me mantendré, como ordenan las Santas Escrituras. Pero, por Dios, a decir verdad, habéis tenido mucho tiempo sin hacer nada al pobre Hubert. Vuestro padre, por ejemplo, sire —sir Raymond—, era llamado Raymond Manos Rojas… ¡aquél hombre sí que apreciaba mi arte! Y su padre, vuestro abuelo, señor, el viejo Nevil Matamoros, del que también me acuerdo, ¡hacía respetar su justicia en tres condados! En su tiempo, sire, la gente del pueblo conocía cuál era su lugar y los gentilhombres podían encontrar un buen servidor a un precio razonable; no es como ahora, cuando todo se soluciona con una multa o un día en la palestra. Es un escándalo.

—Basta ya —dijo sir Roger—. El cara azul se muestra testarudo. ¿Sabrás persuadirle?

—¡Naturalmente, sire, naturalmente! —Hubert se lamió las desdentadas encías, pura y simplemente encantado; dio la vuelta alrededor de nuestro cautivo, tieso e inmóvil, estudiándole desde todos los ángulos posibles.

—Muy bien, muy bien, vuelven los viejos buenos tiempos. ¡Que el Cielo bendiga a mi amo! No he traído conmigo todos mis instrumentos, aunque aquí tengo unas empulgueras, algunas pinzas y, en poco tiempo, podré construir un potro. Quizá encontremos una marmita llena de aceite. Siempre he dicho, sire, que un día triste y gris se alegra bastante con un brasero lleno de ruego y un caldero de aceite hirviendo. Esto me hace pensar en mi viejo padre y consigue que llore mi viejo ojo, sire. Veamos, veamos… —se puso a medir a Branithar con la cuerda.

El wersgor retrocedió, asustado. El poco inglés que sabía le había permitido comprender el sentido de la conversación.

—¡No iréis a hacer eso! —aulló—. Ningún ser civilizado osaría…

—Abrid un poco la mano, por favor —Hubert sacó unas empulgueras del saco y las colocó en las manos azules—. Sí, sí, van como un guante —mostró todo un conjunto de cuchillos—. Llega el verano y canta el cuco —canturreó.

Branithar, con la garganta seca, habló muy débilmente.

—Pero no estáis civilizados —medio estrangulado, gruñó—: Bien, haré lo que me pedís. ¡Malditos seáis, manada de bestias salvajes! ¡Cuando mi pueblo os haya aplastado, llegará mi turno!

—No hay prisa —le aseguré.

Sir Roger radiaba de alegría. Pero su cara adquirió un tinte de pena. El viejo verdugo sordo como una tapia seguía sacando instrumentos de tortura.

—Hermano Parvus —me dijo mi señor—, ¿podríais comunicarle la nueva a Hubert? Admito que no tengo valor para hacerlo yo.

Consolé al pobre viejo prometiéndole que si Branithar mentía o no nos ayudaba honestamente, sería castigado. Se fue bastante contento, cojeando, a construir un potro de tortura. Le dije al guardia de Branithar que se asegurase de que el wersgor no se perdiera nada de la tarea.


Capítulo 10

<p>Capítulo 10</p>

Al fin llegó la hora de la conferencia. Como la mayor parte de sus capitanes estaban estudiando el material enemigo, sir Roger reunió a un grupo de veinte personas, llevando a las nobles damas con sus mejores ropajes. Algunos soldados sin armas le acompañaron también, todos muy ricamente ataviados con ropas tomadas de unos y otros.

Nos dirigimos a través de la campiña hacia la estructura semejante a una pérgola edificada en una hora entre los dos campamentos por una máquina wersgor. Era de un material de color perla con reflejos como de espejo.



Sir Roger le dijo a su esposa:

—No os pondría en peligro si pudiera hacer otra cosa. Hay que impresionarles con nuestra fuerza y nuestras riquezas.

El rostro de lady Catalina parecía de piedra y apartó su mirada hacia las inmensas y siniestras columnas de los navíos posados en tierra.



—No me vería en peligro si mis hijos no estuvieran bajo vuestro pabellón, señor.

—¡En nombre de Dios! —gimió—. Me equivoqué. Lo mejor habría sido olvidarme de aquel maldito navío y avisar al rey. ¿Vas a reprochármelo durante toda la vida?

—Gracias a vos, nuestras vidas serán breves —dijo lady Catalina.

Sir Roger empezó de nuevo.

—En la ceremonia del matrimonio dijisteis…

—Cierto. ¿No he mantenido mi juramento? ¿No os he obedecido en todo? —sus mejillas se inflamaron—. Pero sólo Dios puede gobernar mis sentimientos.

—No os molestaré más —respondió mi señor, con la voz alterada.

No oí aquellas palabras por mí mismo. La pareja avanzaba por delante de nosotros y el viento hacía remolinear sus capas escarlatas, las plumas del yelmo de mi señor, el velo del cónico sombrero de mi señora. La imagen perfecta del caballero y su bienamada. Pero transcribo estas palabras como simples conjeturas a la luz de la desgracia que nos asedió a partir de entonces.

Lady Catalina, siendo de sangre noble, sabía dominar sus emociones y mantener una cortés educación. Cuando llegamos al edificio de la conferencia y nos detuvimos ante él, sus delicados rasgos no revelaban otra cosa que un frío desprecio contra nuestro común enemigo. Ella tomó la mano de sir Roger y descendió de su montura con gracia felina. Mi señor la condujo hacia la puerta un poco torvamente y con el ceño fruncido.

En el interior de la pérgola cerrada por cortinas se encontraba una mesa redonda, rodeada de un banco circular cubierto de cojines. Los jefes wersgor ocupaban la mitad del círculo con rostros azules, lisos e indescifrables. Sus ojos, sin embargo, se posaban aquí y allá con nerviosismo. Llevaban túnicas hechas de mallas de metal con las insignias de su rango labradas en bronce. Vestidos de seda y marta cebellina, botas de cuero cordobés, encajes en las mangas, calzas con polainas, los ingleses, llenos de cadenas de oro y plumas de avestruz, brillaban como pavos reales en un jardín. Por contraste, la sencillez de mi hábito de monje desazonó al enemigo.

Crucé las manos, permanecí de pie y dije en wersgor:

—Para el buen fin de esta entrevista, permitidme ofrendar un Pater noster.

—¿Un qué? —preguntó el jefe de los enemigos; era bastante gordo, pero lleno de dignidad y con un rostro enérgico.

—Silencio, por favor —se lo habría explicado, pero su abominable idioma parecía carecer de alguna palabra que significase plegaria; ya había interrogado a Branithar al respecto—. Pater noster, qui es in coelis —empecé; todos los ingleses se arrodillaron conmigo.

Oí que uno de los wersgorix murmuraba:

—Ya lo veis, ya os dije que eran bárbaros. Se trata de algún rito supersticioso.

—No estoy tan seguro —replicó el jefe con aspecto dudoso—. Los jairs de Boda tienen ciertas fórmulas que les permiten alcanzar la integración psicológica. Les he visto doblar de ese modo su fuerza temporalmente, o detener la sangre de una herida, o pasar dos días sin dormir. El dominio de los órganos internos mediante el sistema nervioso… Y a pesar de toda la propaganda que hemos hecho contra ello, sabéis perfectamente que los Jairs son tan buenos científicos como nosotros.

Comprendí aquellos intercambios clandestinos fácilmente, y ellos no parecían darse cuenta de que podía hacerlo. Recuerdo que el propio Branithar me pareció un poco sordo. Parecía evidente que los wersgorix poseían orejas menos finas que las humanas. Me enteré más tarde de que aquel hecho era debido a que su planeta de origen tenía un aire más denso que el de la Tierra y que en él los sonidos resonaban más fuerte. Sobre Tharixan, el aire era casi como el de Inglaterra y había que alzar la voz para hacerse oír.

De momento, acepté con reconocimiento aquella particularidad como un don de Dios, sin detenerme en sorpresas que advirtieran al enemigo.

—Amén —concluí. Todos nos sentamos alrededor de la mesa.

Sir Roger miró con fijeza al jefe wersgorix con sus severos ojos grises. Una verdadera puñalada.

—¿Voy a tratar con alguien del rango adecuado? —preguntó.

Traduje.

—¿Qué entiende por «rango»? —se cuestionó el jefe wersgorix—. Soy gobernador de este planeta y me acompañan los principales oficiales de las fuerzas de seguridad.

—Quiere decir —expliqué— que le gustaría saber si sois de cuna lo suficientemente alta como para que no se rebaje a tratar con vos.

Parecieron quedarse cada vez más estupefactos. Expliqué lo mejor que pude los conceptos de una alta cuna; con mi vocabulario limitado, no fui muy brillante. Debatimos durante algún tiempo antes de que uno de los extranjeros le dijera a su jefe:

—Creo que ya lo entiendo, Grath Huruga. Si saben más que nosotros acerca de los cruces para obtener determinados rasgos —interpreto palabras totalmente nuevas para mí a partir del concepto—, quizá lo hayan aplicado a su propia raza. Quizá toda su civilización se ha organizado como una fuerza militar, poniendo a su cabeza a seres superiores cuidadosamente producidos y entrenados —se estremeció ante aquel pensamiento—. Y, naturalmente, no querrán perder tiempo hablando con seres menos inteligentes que ellos.

Otro oficial exclamó:

—¡Imposible, es fantástico! A lo largo de todas nuestras exploraciones nunca hemos encontrado…

—Hasta ahora no hemos explorado más que fragmentos diminutos de la Vía Galactea —respondió lord Huruga—. No podemos presumir que sean menos de lo que dicen hasta que nos hayamos informado más ampliamente.

Me contenté con ofrecerles mi sonrisa más enigmática mientras me quedaba sentado escuchando lo que ellos tomaban por murmullos.

El gobernador me dijo:

—En nuestro Imperio no hay rangos inmutables y cada uno alcanza el rango que merece. Yo, Huruga, soy la más alta autoridad de Tharixan.

—Entonces puedo tratar con vos hasta que puede verme con vuestro emperador —dijo sir Roger por mi mediación.

Tuve algunos problemas para traducir la palabra «emperador». De hecho, el dominio de los wersgor no se parecía en nada a lo que conocíamos. Las personas más ricas e importantes vivían en inmensos terrenos con una escolta de mercenarios de cara azul. Se comunicaban con los instrumentos que hablaban a distancia y se visitaban con sus rápidos navíos aéreos o con naves del espacio. Había otras clases que ya he mencionado: guerreros, mercaderes, políticos. Pero ninguno nacía perteneciendo a una clase en la que debía seguir durante toda la vida. Según la ley, todo eran iguales y libres de luchar lo mejor que supieran para alcanzar riqueza y posición. A decir verdad, incluso habían abandonado la idea de la familia. Los wersgorix no tenían nombres propios. Se les identificaba por números en un registro central. Los machos y las hembras vivían raramente más de unos pocos años juntos. Se enviaba a los niños, desde muy pequeños, a la escuela; allí vivían hasta alcanzar la edad adulta, pues sus padres les consideraban muy a menudo más como una carga que como una bendición.

Y sin embargo, aquel estado, en teoría una república de hombres libres, era en la práctica una de las peores tiranías que el mundo haya conocido, incluso contando la era del terrible Nerón.

Los wersgorix no sentían ningún afecto especial por el país en que habían nacido; no reconocían lazos de parentesco ni de deber. Como resultado, un individuo no tenía a nadie que se interpusiera entre él y el gobierno central. En Inglaterra, cuando el rey Juan se hizo más presuntuoso, se impuso a las leyes antiguas y a los intereses privados locales; los barones le hicieron doblegarse y consiguieron la libertad de la que hoy gozan todos los ingleses. Los wersgor eran una raza de aduladores, incapaces de protestar contra los decretos arbitrarios de sus superiores. «Ascender por méritos» no significaba otra cosa que «ascender según la utilidad que se tenía para los ministros imperiales».

Pero he hecho una larga digresión, una mala costumbre que no pierdo y por la que mi arzobispo me ha obligado a la penitencia en algunas ocasiones. Volvamos a aquel día en que nos encontrábamos sentados en el pabellón de nácar. Huruga volvió hacía nosotros sus terribles ojos y dijo:

—Parece que entre vosotros hay dos variedades, dos especies, ¿cierto?

—No —dijo uno de sus oficiales—. Hay dos sexos. Son, claramente, mamíferos.

—Ah, sí. —Huruga miró la ropa de los que se sentaban al otro lado de la mesa: profundos escotes, según la desvergonzada moda de los tiempos modernos—. Sí, ya lo veo.

Cuando se lo traduje a sir Roger, mi señor dijo:

—Explicadle, para satisfacer su curiosidad, que nuestras mujeres saben llevar la espada lo mismo que los hombres.

—¡Ah! —Huruga se lanzó casi sobre mí—. Esa palabra, espada, significa un arma cortante?

No tuve tiempo para pedir consejo a mi amo. Recé interiormente para mantenerme firme y respondí:

—Sí. Habréis visto que las llevaban todos nuestros hombres. Consideramos que son las mejores armas para los combates cuerpo a cuerpo. Pregúntaselo a los miembros de la guarnición de Ganturath.

—Ejem… sí —uno de los wersgorix adoptó un aspecto feroz—. Abandonamos la táctica de combates de ese tipo hace siglos, Grath Huruga. La necesidad parecía ya fuera de cuestión. Pero recuerdo uno de los roces en las fronteras clandestinas de los jairs. Ocurrió en Uloz IV y utilizaron largos cuchillos con efectos desastrosos.

—En ciertos casos, sí, ya lo veo. —Huruga frunció el ceño—. Sin embargo, el hecho es que los invasores deambulan sobre animales vivos.

—Que no necesitan más carburante, Grath, que vegetación.

—Pero que no pueden resistir ni rayos de calor ni plomos. Y estos seres blanden armas que pertenecen a un pasado prehistórico. No llegan sobre una de sus naves, sino en una nuestra —dejó de murmurar y espetó—: Bueno, ya hemos perdido mucho tiempo. Ceded, haced lo que os pidamos u os mataremos a todos.

Traduje.

—Las pantallas de fuerza nos protegen de vuestras armas de rayos —dijo sir Roger—. Si queréis atacarnos, recibiréis una buena acogida.

Huruga se puso púrpura.

—¿Imagináis que una pantalla de fuerza puede detener proyectiles explosivos? —rugió—. ¡Basta con enviar uno solo y hacerlo estallar en el interior de vuestra pantalla para destruiros a todos!

Sir Roger pareció menos desconcertado que yo.

—Ya hemos oído hablar de esas armas explosivas —me dijo—. Naturalmente, intenta meternos miedo. ¡Cómo iba a bastar un solo disparo! Ningún navío podría despegar con una carga así de pólvora. ¿Me toma por un patán, por un palurdo que se cree los cuentos de las viejas? Admito que podría lanzar sobre nuestro campamento algunos barriles llenos de explosivos.

—¿Qué debo decirle? —pregunté, lleno de temor.

Los ojos del barón brillaron.

—Traducid mis palabras con exactitud, hermano Parvus: hasta el momento no hemos utilizado nuestra artillería porque queremos parlamentar con vosotros y no exterminaros. Si insistís, si queréis bombardearnos, hacedlo enseguida, por favor. Nuestras defensas acabarán con vuestros planes. ¡Acordaos también de que tenemos prisioneros wersgorix!

Vi que la amenaza les impresionaba. Con todo, aquellos despiadados corazones habrían matado de buen grado a unos cuantos centenares de los suyos. Nuestros rehenes no podían retenerles mucho tiempo, pero podíamos emplearlos para negociar y ganar tiempo. Me pregunté cómo hacer que aquel tiempo jugase a nuestro favor… no vi otro modo que ponernos entre tanto en buena disposición para la muerte.

—Bien —dijo Huruga con tono brusco—, estoy dispuesto a escucharos. Todavía no habéis dicho por qué habéis llegado de un modo tan inesperado y sin ser provocados.

—Atacasteis vosotros primero y nunca os habíamos hecho mal alguno —respondió sir Roger—. En Inglaterra, un perro no muerde nunca dos veces. Mi rey me ha enviado para daros una buena lección.

Huruga:

—¿Con un solo navío? ¿Un navío que ni siquiera es vuestro?

Sir Roger:

—No traemos más que lo necesario.

Huruga:

—¿Qué queréis?

Sir Roger:

—Vuestro Imperio debe someterse a mi señor, el rey de Inglaterra, de Irlanda, del País de Gales y de Francia.

Huruga:

—Bueno, hablad en serio.

Sir Roger:

—Hablo en serio, os lo advierto solemnemente. Pero, para evitar más pérdida de sangre, me gustaría vérmelas en combate singular con vuestro campeón y con las armas que elijáis para dejar zanjada esta cuestión. ¡Dios protegerá la razón!

Huruga:

—¿Os habéis escapado de algún asilo?

Sir Roger:

—Considerad nuestra posición. Os hemos descubierto y averiguado que sois una nación pagana, con armas y artes semejantes a las nuestras, aunque inferiores. Podréis molestarnos hasta cierto punto, hacer expediciones a nuestros planetas menos defendidos. Eso nos obligará a aniquilaros, pero somos demasiado misericordiosos como para disfrutar con ello. Lo único razonable es aceptar vuestra rendición.

Huruga:

—¿Y esperáis honestamente que un puñado de hombres montados sobre animales, armados con espadas…? —se sofocó; a continuación, dialogó con sus oficiales—. ¡Maldito problema de traducción! —se lamentó—. No estoy nunca seguro de haberles entendido del todo. Supongo que podrían ser una expedición punitiva. Por razones de secreto militar pueden haber empleado uno de nuestros navíos para mantener en reserva sus armas más poderosas. Todo esto parece insensato, pero no más insensato que ver que un bárbaro me dice con toda sangre fría que yo, representante del más poderoso reino del Universo, debo rendirme y abandonar mi autonomía. A menos que todo esto no sea más que una baladronada. Quizá no hayamos comprendido sus demandas… quizá tenemos de ellos una falsa opinión, lo que podría resultar muy grave para nosotros. ¿Tiene alguien alguna idea?

Mientras hablaba, le dije a sir Roger:

—¿No hablaréis en serio, señor? Pensad lo que decís.

Lady Catalina no pudo resistir más tiempo y dijo:

—¿Por qué no?

—No —el barón sacudió la cabeza—. Claro que no. ¿Qué haría el rey Eduardo con todas estas caras azules? Ya tiene bastante con los irlandeses. No; sólo espero cerrar un trato. Si podemos arrancarles algunas garantías, si prometen no atacar la Tierra… si podemos conseguir algunos cofres llenos de oro para nosotros.

—Y un guía para volver a casa —añadí sobriamente.

—Es un problema que resolveremos más adelante —dijo con voz seca—. Ahora no tenemos tiempo. No podemos admitir ante el enemigo que no somos más que pobres niños perdidos.

Huruga se volvió hacia nosotros.

—Comprenderéis, supongo, que sabéis lo descabelladas que son vuestras ofertas. Pero si podéis demostrarnos lo que vale vuestro reino, nuestro emperador se sentiría encantado de recibiros en embajada.

Sir Roger bostezó y dijo con hastío:

—Es inútil insultarnos. Mi monarca quizá aceptase recibir a vuestros emisarios si es que antes adopta la Fe verdadera.

—¿Qué Fe es ésa? —preguntó Huruga, empleando la palabra inglesa.

—La verdadera creencia, naturalmente —dije—. La verdad sobre Aquel que es fuente de toda sabiduría y virtud, Aquel a quien rezamos humildemente para que nos guíe.

—¿De qué está hablando ahora, Grath? —murmuró un oficial.

—No lo sé —susurró Huruga—. Estos ingleses parece que poseen una gigantesca calculadora a la que someten todas sus decisiones… ¿quién sabe? ¿Cómo interpretarlo? Dejemos correr las cosas. Hay que ver cómo actúan; hay que considerar lo que acabamos de saber.

—¿Y si enviásemos un mensaje urgente a Wersgorixan?

—¿Estás loco? Todavía no, hay que saber más. ¿Quieres que el Cuartel General piense que no sabemos resolver nuestros problemas? Si esta gente no son más que simples piratas bárbaros, ¿te imaginas lo que sería de nuestras carreras si llamásemos en nuestro auxilio a toda la flota?

Huruga se volvió hacia mí y dijo en voz alta:

—Tenemos tiempo para discutir. Dejemos la reunión para mañana y consideremos mientras tanto todo lo que implica esta situación.

Sir Roger se quedó encantado.

—¿Aseguramos los términos de la tregua? —añadió.

Cada hora que pasaba me permitía hablar con mayor fluidez el idioma wersgor, de modo que averigüé que su idea de tregua no era la misma que la nuestra. Su hambre insaciable de nuevas tierras hacía de ellos enemigos de todas las razas, de tal modo que no podían ni imaginarse un juramento mutuo que les relacionase de algún modo con alguien que no fuera azul y tuviera rabo.

El armisticio no fue un acuerdo formal, sino la aprobación temporal de un estado de comodidad para ambos contendientes. Declararon que no encontraban ni ventajoso ni oportuno disparar contra nosotros de momento, aun en el caso de que llevásemos a pastar a las vacas más allá del campo de fuerza. Aquellas condiciones serían válidas siempre que no atacásemos a los suyos cuando estuvieran a la descubierta. Por miedo al espionaje, y a los proyectiles, ninguno de los dos bandos quería que navío alguno sobrevolase sus campamentos, de modo que se acordó disparar contra los que lo hicieran. Aquello era todo. Seguramente violarían el acuerdo si decidían que les interesaba actuar de otro modo. Nos harían todo el daño posible si descubrían el modo y esperaban de nosotros una actuación semejante.

—Son más fuertes y el acuerdo les da ventaja —dije, desolado—. Todos nuestros navíos volantes están aquí. No podemos ni siquiera saltar a las naves del espacio y huir. Se lanzarían sobre nosotros antes de que pudiéramos empezar a correr. Ellos, en cambio, cuentan con numerosos navíos en el planeta; pueden quedarse más allá del horizonte y asaltarnos en el momento más oportuno.

—Sin embargo —me contestó sir Roger—, veo algunas ventajas. No aliarse mediante juramento permite que no se pueda esperar nada…

—Cosa que os conviene a la perfección —murmuró lady Catalina.

Sir Roger palideció, se levantó de un salto, se inclinó ante Huruga y se lanzó hacia nuestro campamento a la cabeza del grupo.


Capítulo 11

<p>Capítulo 11</p>

El largo día permitió que los nuestros realizasen considerables progresos. Con Branithar para instruirlos y para servir de intérprete con los prisioneros que comprendían el arte en cuestión, los ingleses no tardaron en aprender el manejo de muchos artilugios. Practicaron con los navíos del espacio y con las pequeñas naves voladoras, elevándolas tan sólo algunas pulgadas por miedo a que el enemigo las viera y disparase. Condujeron también carros sin caballos y aprendieron a emplear los instrumentos que permitían hablar a distancia, los instrumentos ampliadores y otros utensilios misteriosos. Manejaron armas que arrojaban fuego, metal o rayos invisibles que atontaban. Los ingleses aprendimos a emplear todos estos instrumentos y otros muchos, pero no teníamos ni idea del saber oculto que había ayudado a fabricarlos. Los encontramos, con todo, muy sencillos de utilizar. En la Tierra colocábamos los atalajes de los animales, sabíamos fabricar complicadas ballestas y catapultas, construíamos navíos con velas y montábamos máquinas que permitían que los músculos del hombre levantasen pesadas piedras. En aquel planeta aprendimos a mover una tuerca, apretar un botón… en comparación, nada. La única dificultad real para nosotros, gente iletrada, era recordar lo que significaban los símbolos de los diferentes indicadores —lo que no era una ciencia ni más difícil ni complicada que la heráldica, arte que todo admirador de nuestros héroes podía explicar con el mayor detalle.

Yo era el único que pretendía saber leer el alfabeto wersgor y estudiaba con su ayuda los documentos capturados en la fortaleza. Mientras yo me dedicaba a aquella tarea, sir Roger conferenciaba con los capitanes y dirigía a los siervos más estúpidos, los que no podían aprender nada acerca de las nuevas armas, en determinadas obras defensivas. El lento crepúsculo empezaba a caer y el sol se ponía, primero rojizo y luego dorado, en un cielo obscuro. El barón me llamó para reunirme con su consejo.

Me senté, miré las caras endurecidas de arrugadas mejillas. Todos parecían animados por una nueva esperanza. Se me secó la lengua en la boca. Conocía muy bien a todos aquellos capitanes. Y sabía lo que quería decir la brillante mirada de sir Roger… ¡y lo que significaba para todos nosotros!

—¿Os habéis enterado ya de cuáles son los principales castillos de este planeta, hermano Parvus? —me preguntó.

—Sí, sire —respondí—. Sólo hay tres, contando con Ganturath.

—¡Imposible! —exclamó sir Owain Montbelle.

—Olvidáis que no se trata de reinos separados, ni siquiera de feudos. Todo el mundo depende directamente del gobierno imperial. Las fortalezas sólo sirven para albergar a los jefes de policía, que mantienen el orden entre el populacho y cobran los impuestos. Y es cierto que las fortalezas han de mantenerse como bases defensivas. Tienen castillos en donde guardar los grandes navíos del espacio y guerreros para defenderlos. Pero los wersgorix no han librado una verdadera batalla desde hace mucho tiempo. Se limitan a intimidar y dominar a salvajes indefensos. Ninguna de las otras razas que viajan entre las estrellas se ha atrevido a declararles la guerra abiertamente; en este alejado planeta no hay más que escaramuzas ocasionales. En resumidas cuentas, tres fortalezas bastan y sobran para el mundo en que nos encontramos.

—¿Son importantes? —preguntó ansioso sir Roger.

—Al otro lado del globo se alza Stularax, que es casi igual que Ganturath. Luego, la fortaleza principal, Darova, donde vive el procónsul Huruga. Es, con mucho, la más grande y la más fuerte. Creo que de ella proceden todos los navíos y los guerreros que se nos enfrentan.

—¿Dónde se encuentra el mundo habitado por caras azules más cerca de nosotros?

—Según los libros que he estudiado, a unos veinte años luz de aquí. Wersgorixan, el planeta capital, está mucho más lejos, incluso más lejos que la Tierra.

—Pero el instrumento que habla a distancia puede informar inmediatamente al emperador de lo que pasa, ¿no? —preguntó el capitán Bullard.

—No —respondí—. Funciona a la velocidad de la luz, no a más. Los mensajes entre las estrellas deben enviarse mediante naves del espacio; harían falta un par de semanas para poder avisar a Wersgorixan. Además, Huruga no lo ha hecho. Le oí decir a uno de sus oficiales que mantendrían en secreto este asunto durante un tiempo.

—Naturalmente —opinó sir Brian Fitz-William—. El duque quiere vengarse por lo que le hemos hecho y desea aplastarnos antes de decir nada. Un modo muy normal de actuar.

—Pero si podemos molestarle lo suficiente, acabará por pedir ayuda —profetizó sir Owain.

—Exactamente —asintió sir Roger—. Y creo que he encontrado un método de asestarle un buen golpe.

Comprendí claramente que mi lengua había actuado sabiamente cuando se me secó en la boca: los presentimientos eran sombríos.

—¿Cómo podemos combatir con ellos? —preguntó Bullard—. Comparadas con las armas que podemos ver en sus campamentos, nosotros tenemos muy poco material. Podrían, si fuera necesario, derribar todas nuestras naves si llegara el caso.

—Por eso propongo una expedición contra el pequeño fortín de Stularax para encontrar allí nuevas armas. Eso hará que Huruga se sienta menos seguro de sí mismo.

—A menos que le impulse a atacarnos.

—Hay que correr ese riesgo. En el peor de los casos, un nuevo combate no me da miedo. ¿No veis que nuestra única oportunidad es actuar audazmente?

Hubo pocas protestas. Sir Roger había contado con muchas horas para animar a los suyos. Sir Brian, sin embargo, hizo una objeción razonable:

—¿Cómo efectuar la expedición? Ese castillo se encuentra a millas de nosotros. No podemos echar a volar del campamento sin que nos disparen.

Sir Owain levantó las cejas irónicamente.

—¿Quizá contáis con un caballo encantado? —le dijo a sir Roger, sonriendo.

—No, con un animal de otra clase. Escuchadme…

Los hombres del barón trabajaron durante toda la noche. Montaron unas poleas bajo una de la más pequeñas naves del espacio e hicieron que los bueyes la movieran tan silenciosamente como fuera posible. Para ocultar su paso a través de los campos descubiertos, llevaron a pastar a todo el ganado. En la obscuridad, y con la ayuda de Dios, la trampa funcionó. Al fin se encontró a cubierto bajo los árboles altos y espesos cubiertos de hojas. Una línea de exploradores se desplazó como sombras para acechar a los soldados azules.



—Tienen experiencia; contamos con muy buenos cazadores furtivos —dijo John el Rojo.

Los trabajos fueron a partir de aquel momento menos peligrosos pero más difíciles. Al alba, el navío no estaría seguro más que a varias millas del campamento, lo bastante lejos como para poder despegar sin que le divisaran desde el cuartel general de Huruga.

Era el más grande de los navíos que pudieran desplazarse fácilmente, pero era demasiado pequeño como para transportar armas poderosas. Sir Roger estuvo examinando durante todo el día los proyectiles explosivos que disparaba un cañón determinado. Un aterrado ingeniero wersgor le explicó cómo armar los cohetes para disparar. El navío transportaba varios de aquellos artilugios, así como un armadijo en piezas fabricado por nuestros artesanos.

Todos los que no se ocupaban del navío trabajaron en reforzar las defensas del campamento. Incluso mujeres y niños manejaron la pala y el pico. Las hachas resonaban en el cercano bosque. La noche, bastante larga de por sí, nos pareció interminable, dedicados como estábamos a aquellos agotadores trabajos. No nos detuvimos más que para comer apresuradamente algún trozo de pan o dormir unos instantes. Los wersgorix pudieron ver lo afanados qué nos encontrábamos, cosa imposible de evitar, pero intentamos ocultar lo que realmente hacíamos. No tenían que descubrir que rodeábamos Ganturath de postes, fosas, trampas y frisas. Por la mañana, bajo la radiante luz del sol, nuestros dispositivos quedaron ocultos bajo las altas hierbas.

Recibí con alegría aquellos irritantes trabajos, pues me hicieron olvidar mis temores. Pero mi mente volvía a ellos en cuanto me sentaba para descansar, como un perro que vuelve a por un hueso olvidado. ¿Se había vuelto loco sir Roger? ¡Había cometido ya tantos errores! Y, sin embargo, a todas las preguntas que se me pasaban por la cabeza no podía dar otra respuesta que las suyas.

¿Por qué no habíamos huido inmediatamente después de la conquista de Ganturath, en vez de esperar la llegada de Huruga? Porque habíamos perdido el camino de vuelta y no teníamos esperanza alguna de encontrarlo sin la ayuda de los mejores navegantes espaciales (si podíamos dar con ellos). Más valía morir que vagar a ciegas entre las estrellas… donde nuestra ignorancia acabaría por matarnos.

Sir Roger había logrado una tregua. ¿Por qué correr el riesgo fatal de romperla atacando Stularax? Porque estaba claro que la tregua no duraría mucho tiempo. En cuanto tuviera tiempo de pensar en todo lo que viera, Huruga comprendería la vanidad de nuestras pretensiones y nos aniquilaría. Nuestra audacia podía desanimarle y quizá así siguiera creyéndonos más fuertes de lo que realmente éramos. Aunque, si decidía combatir, nosotros seríamos más fuertes que en la Tierra con las nuevas armas de las que nos apoderaríamos en la expedición.

¿Creía realmente sir Roger que un plan tan insensato podría funcionar? Sólo Dios y él podían responder a aquella pregunta. Yo sabía que el barón improvisaba a medida que pasaban las cosas. Era como un corredor que tropieza y debe avanzar más deprisa para no caerse.

¡Pero, por lo menos, corría gloriosamente!

Aquellas reflexiones me tranquilizaron. Confié mi suerte al Cielo y manejé la pala con mayor calma.

Justo antes del alba, cuando la bruma se dispersó entre los edificios, las tiendas y las bombardas, cuando el primer rayo de luz atravesó el cielo, sir Roger vio partir a sus soldados. Eran veinte:

John el Rojo y los mejores entre sus arqueros, dirigidos por sir Owain. Resultaba curioso ver cómo el corazón, a menudo pusilánime, del caballero cobraba valor al tener a la vista una acción arriesgada. Se mostraba tan alegre como un niño, envuelto en su capa escarlata, escuchando las órdenes.

—Cruzad los bosques y manteneos a cubierto hasta llegar al navío —le dijo mi señor—. Esperad a mediodía y luego echad a volar. Sabéis emplear los mapas desplegables para guiaros, ¿verdad? Bien. Cuando lleguéis a Stularax, cosa que os llevará una o dos horas a velocidad razonable, aterrizad donde podáis manteneros a cubierto. Enviad algunos proyectiles con la catapulta para reducir las defensas exteriores. Luego, salid y cargad a pie mientras reina la confusión; coged cuanto podáis del arsenal y volved. Si todo sigue tranquilo por aquí, manteneos ocultos en el bosque. Si el combate ya ha empezado, haced lo que consideréis oportuno.

—Lo haré, señor —Sir Owain le estrechó la mano; un gesto que, por decisión del destino, no volvería a repetirse entre ellos.

Se encontraban ambos bajo un cielo que se ensombrecía, cuando una voz les llamó.

—Esperad —todos los hombres volvieron la vista hacia el fortín, donde la bruma era más espesa, casi como humo; Lady Catalina se adelantó.

—Acabo de enterarme de que partís —le dijo a sir Owain—. ¿Era necesario mandar a veinte hombres contra una fortaleza?

—Veinte hombres —hizo una reverencia y una sonrisa iluminó su rostro como un sol naciente— y yo, y vuestro recuerdo, señora.

Su pálido rostro se ruborizó. Lady Catalina pasó ante sir Roger, tiesa como una pica, y se dirigió al joven caballero hasta que le miró fijamente a los ojos. Todo el mundo vio que sus manos estaban ensangrentadas. Sujetaba una cuerda.

—Esta noche, cuando no fui capaz de seguir sujetando la pala, tensé las cuerdas de los arcos —murmuró mi señora—. No tengo otro presente que daros.

Sir Owain lo aceptó con profundo silencio. Se lo puso en el interior de la cota de malla y besó los dedos heridos. Se irguió y la capa revoloteó a su alrededor. Dándose la vuelta, guió a sus hombres hacia el bosque.

Sir Roger no hizo ni un gesto. Lady Catalina asintió suavemente con la cabeza.

—Sin duda, te sentarás a la mesa con los wersgorix para negociar, ¿verdad? —le preguntó.

Lady Catalina se alejó entre la bruma hacia el pabellón que ya no compartían. Sir Roger esperó a que se marchara para hacerlo él.


Capítulo 12

<p>Capítulo 12</p>

Los nuestros se pasaron la mañana descansando merecidamente. Yo ya sabía leer los relojes wersgor, pero no estaba muy seguro de que sus unidades de tiempo concordasen con las terrestres. A mediodía, monté mi palafrén y me dirigí al encuentro de sir Roger para acompañarle a la conferencia. Estaba solo.

—Creía que seríamos una veintena —le dije, con el corazón turbado.

Su rostro era firme.

—No hace falta. Si Huruga se ha enterado de nuestra expedición, la conferencia será como una trampa. Lamento poneros en peligro.

Yo también, pero decírselo sería perder un tiempo precioso que podía dedicar a recitar el rosario.

Detrás de las cortinas color perla nos esperaban los mismos oficiales wersgor que viéramos la vez precedente. Huruga pareció sorprenderse cuando entramos.

—¿Dónde están los otros negociadores? —preguntó secamente.

—Rezan —contesté, lo que estaba muy cerca de ser verdad.

—Otra vez esa palabra —murmuró uno de los caras azules—. ¿Qué significa?

—Esto —lo ilustré recitando un Ave y pasando una de las perlas del rosario.

—Tengo la impresión de que se trata de una máquina de calcular —opinó uno de los wersgorix—. No puede ser tan primitiva como parece.

—Pero, ¿qué ha calculado? —murmuró un tercero, con las orejas de punta a su pesar.

Huruga nos miró molesto.

—Basta ya —dijo con voz seca—. Habéis trabajado toda la noche alrededor del campamento. Si estáis preparando alguna trampa.

—Preferiríais prepararla vosotros —le corté, con mi voz más cristiana.

Aquella insolencia, como había esperado, le cortó el aliento. Nos sentamos.

Tras un instante de meditación, Huruga exclamó:

—Hablemos de vuestros prisioneros. Soy responsable de la seguridad de todos los que viven en este planeta. No puedo tratar bajo ningún concepto con criaturas que mantienen wersgorix prisioneros. La primera condición para cualquier negociación posterior es que sean puestos en libertad inmediatamente.

—En ese caso, no podremos negociar —dijo sir Roger por mi mediación—. Y, sin embargo, no tengo ganas de destruiros.

—No saldréis de este lugar hasta que no me sean entregados los cautivos —dijo Huruga; me costaba trabajo tragar saliva; sonrió fríamente—. En caso de que tuvierais pensado algo por el estilo, tengo a mis soldados preparados —se llevó la mano a la túnica y sacó de ella una pistola lanzadora de plomo.

Cerré la boca y estuve a punto de sofocarme.

Sir Roger bostezó. Se frotó las uñas en la manga de seda.

—¿Qué ha dicho? —preguntó.

Traduje.

—Traición y perfidia —dije, medio gimoteando—. Nadie debía venir armado.

—Recordad que nadie prestó juramento ni se prometió nada. Pero decidle a ese bribón de Huruga que me esperaba algo parecido y estoy protegido —el barón oprimió el sello del anillo que le adornaba el dedo y apretó el puño—. Acabo de armarlo. Si abro el puño por lo que sea antes de haberlo desarmado, la piedra estallará con fuerza suficiente para enviarnos a todos a reunimos con san Pedro.

Castañeteándome los dientes, traduje aquel engañoso mensaje. Huruga se puso en pie de un salto.

—¿Es cierto? —bramó.

—S-sí —dije—. Lo juro por Mahoma.

Los oficiales azules se apretujaron. Por sus agitados murmullos, deduje que, en teoría, era posible tener una bomba tan pequeña como aquella piedrecilla. Pero ninguna raza conocida por los wersgor había sido hasta entonces lo bastante hábil como para construirla.

Al fin, se restableció la calma.

—Bien —dijo Huruga—, parece que hemos llegado a un punto muerto. A mi entender, mentís, pero no quiero arriesgar mi vida —se volvió a guardar el fusil bajo la túnica—. Sin embargo, debéis comprender que estamos en una situación imposible. Si no puedo obtener por mí mismo que soltéis a los prisioneros, tendré que informar al Imperíum de Wersgorixan.

—No nos precipitemos —le dijo sir Roger—. Trataremos bien a nuestros rehenes. Podéis enviar a vuestros médicos para que velen por su salud. En garantía de buena fe, os vamos a pedir que guardéis todas vuestras armas. A cambio, nosotros montaremos guardia contra los sarracenos.

—¿Los qué? —preguntó Huruga, con su ósea frente arrugada por la sorpresa.

—Los sarracenos. Los piratas paganos. ¿Todavía no los habéis encontrado? Apenas puedo creerlo, pues sus expediciones llegan hasta muy lejos. En este mismo instante, un navío sarraceno podría lanzarse contra esta planeta y saquearlo y arrasarlo.

Huruga se sobresaltó. Llamó aparte a uno de sus oficiales y le murmuró unas palabras. No pude entender lo que se decían. El oficial salió precipitadamente.

—Dime algo más sobre todo esto —pidió Huruga.

—Con mucho gusto —el barón se aplastó confortablemente en el respaldo de la silla y cruzó las piernas.

Yo hubiera sido incapaz de fingir una calma tan grande. En la medida en que podía juzgarlo, el navío de sir Owam ya debía haber llegado a Stularax; recordad, por favor, que la conversación era infinitamente más larga y lenta de lo que escribo, pues hay que contar con la traducción, las detenciones para explicar alguna palabra mal comprendida o las búsquedas de frases concretas.

Y, sin embargo, sir Roger se dedicaba a sus historias como si tuviera todo el tiempo del Mundo. Explicó que nosotros, los ingleses, nos habíamos lanzado contra los wersgonx con tanta ferocidad porque su ataque sin provocación nos había hecho creer que eran los nuevos aliados de los sarracenos. Supusimos que, con el tiempo, Inglaterra y Wersgorixan podrían aliarse para llegar a un acuerdo contra la común amenaza…

El oficial azul entró como una flecha. A través de la cortina que ocultaba la puerta, vi soldados que corrían a sus puestos en el campamento extranjero; el gruñido de las máquinas llegó a mis oídos.

—¿Y bien? —le preguntó Huruga a su subordinado.

—Dicen los transmisores de palabras que se ha visto un gran brillo… Stularax destruida… un proyectil superpoderoso —contestó el pobre hombre, sin aliento.

Sir Roger intercambió conmigo una mirada mientras se lo traducía. ¿Stularax destruida? ¿Completamente destruida?

Sólo habíamos pretendido conseguir armas ligeras y portátiles para nuestros soldados. Pero si todo se había convertido en humo…

Sir Roger se pasó la lengua por los labios secos.

—Decidles, hermano Parvus, que los sarracenos deben haber aterrizado.

Pero Huruga no me dio tiempo. Con el pecho sacudido por la cólera y los ojos amarillos de color rojo sangre, temblando de pies a cabeza, se levantó, volvió a sacar el fusil y aulló:

—¡Basta de farsas! ¿Quién más ha venido con vosotros? ¿Cuántos navíos del espacio tenéis?

Sir Roger se levantó lentamente, con cierta gracia. Dominaba al rechoncho y bajo wersgor como si mi señor fuese un roble de las landas. Sonrió, tocó el anillo intencionadamente y dijo:

—¿No esperaréis que os revele todo eso? Más vale que vuelva a mi campamento, donde esperaré a que os hayáis calmado.

Me fue difícil resultar tan cortés con mis frases pobres y entrecortadas. Huruga contestó fieramente.

—¡Oh, no, os quedaréis aquí!

—Me voy —Sir Roger sacudió la cabeza de cortos cabellos—. A propósito, si por una u otra razón no volviera a mi campamento, mis hombres han recibido órdenes de matar a todos los prisioneros.

Huruga me escuchó hasta que acabé. Con un dominio de sí mismo que no pude dejar de admirar, replicó:

—Bien, marchad. Pero en cuanto lleguéis a vuestro campamento, os atacaremos. No quiero que me cojáis entre vuestras tropas y las fuerzas aéreas.

—Los rehenes —recordó sir Roger.

—Atacaremos —repitió Huruga obstinadamente—. Con fuerzas de tierra, únicamente… en parte, para salvar a esos prisioneros, en parte porque los navíos aéreos van a ponerse en marcha para perseguir a los agresores de Stularax. Tampoco emplearemos armas de gran poder explosivo, por miedo a matar a los cautivos… Pero… —dio un puñetazo en la mesa—. A menos que vuestras armas sean infinitamente más poderosas de lo que creo, os aplastaremos aunque no sea más que por el número. No creo que tengáis ni un solo carro acorazado; sólo contáis con los pocos vehículos ligeros que habéis encontrado en Ganturath. Y recordad que después de la batalla, si sobrevive alguno de los vuestros, será como prisionero. Si habéis tocado a uno solo de los prisioneros wersgorix, los vuestros morirán, muy lentamente. Si vos mismo sois apresado con vida, sir Roger de Tourneville, les veréis morir a todos antes de morir vos mismo.

El barón escuchó mientras le traducía el discurso. Sus labios se veían pálidos en su rostro de bronce.

—Bien, hermano Parvus —dijo con voz débil—, parece que todo esto no ha ido tan bien como esperaba… pero no tan mal como había temido. Decidle que si nos deja volver sanos y salvos al campamento, tendrá su combate en el suelo y que, si no utiliza armas explosivas, nuestros rehenes no tendrán nada que temer más que su propio fuego.

Tras una mueca, añadió:

—De todos modos, habría sido incapaz de asesinar cautivos indefensos. Aunque es inútil decírselo.

Huruga le dirigió un glacial gesto con la cabeza cuando le transmití el mensaje. Nosotros dos, dos pobres humanos, pudimos volver a montar y regresar al campamento. Dejamos que los caballos fuesen al paso para prolongar la tregua y sentir durante un rato más el sol en la cara.

—¿Qué habrá pasado en el castillo de Stularax, sire? —murmuré.

—No lo sé —replicó sir Roger—. Pero apostaría a que los caras azules dijeron la verdad —¡y eso que no les creí!— cuando afirmaron que uno de sus proyectiles más poderosos podía destruir nuestro campamento. Las armas que esperábamos conseguir se han volatilizado. Sólo puedo rezar para que nuestros pobres soldados no hayan muerto con la explosión. Ahora no tenemos nada con que defendernos.

Levantó la cabeza, cubierta con su yelmo emplumado. Los ingleses siempre han peleado mejor con la espalda apoyada en la pared.


Capítulo 13

<p>Capítulo 13</p>

Volvimos al campamento y mi señor reunió a toda su gente como si la batalla que se avecinaba fuese su mayor deseo. Entre desordenados chasquidos de armas y ruidos provocados por las armaduras, los nuestros se dispusieron en sus puestos de combate.

Permitidme que describa nuestra situación un poco más detalladamente. Ganturath era una base secundaria que no había sido construida para resistir poderosas fuerzas militares. La parte más baja, la que nosotros ocupábamos, consistía en varios edificios de ladrillo poco elevados y dispuestos en círculo. En el exterior de aquel círculo se encontraban —protegidas— las bombardas. Pero aquéllas habían sido construidas para disparar hacia el aire a los navíos voladores y, por el momento, no nos eran de ninguna utilidad. Bajo la fortaleza corría todo un dédalo de habitaciones y pasadizos. Pusimos en ellos a los niños y a los viejos, a los prisioneros y al ganado, bajo guardia de algunos siervos armados. Algunos ancianos y otros hombres, heridos pero aún con bastante ánimo, fueron colocados entre los edificios, dispuestos a transportar a los heridos, llevar cerveza y ayudar a los combatientes del mejor modo que pudieran.

La línea de combate se dispuso en el lado del fuerte que se alzaba frente al campamento de los wersgorix, en el interior del muro bajo hecho de tierra que habíamos levantado durante la noche. Armados con picos, palos y hachas, la línea recibía el ocasional apoyo de grupos de arqueros. La caballería esperaba en las dos alas. Detrás de nuestros jinetes, las mujeres más jóvenes y algunos hombres mal entrenados se repartían las escasas armas de plomo. La pantalla de fuerza hacía inútiles los cañones de rayos.

La pálida claridad azulada de aquel escudo se reflejaba a nuestro alrededor. Detrás de nosotros se alzaba el viejo bosque. Ante nosotros, una hierba azulada se ondulaba hasta el fondo del valle; entre raros árboles aislados, las nubes colgaban sobre las distantes colinas. Todo poseía el tono raro y azul de un decorado del país de las hadas. Mientras preparaba, acompañado por otros no combatientes, los vendajes que se emplearían en el combate, me pregunté por qué en una región tan agradable habrían de seguir reinando el odio y la muerte.

Los navíos volantes pasaron gruñendo por encima de nosotros y desaparecieron más allá del campamento wersgor. Nuestros cañoneros abatieron algunos antes de que desapareciesen. Algunos se habían quedado en tierra, como reserva, y entre ellos se contaban los enormes transportes. De momento, sin embargo, me interesaba mucho más lo que ocurría al nivel del suelo.

Los wersgorix avanzaban en masa, provistos de armas de plomo con largos cañones. Observaban un orden perfecto. No se acercaban formando una masa compacta, sino que se dispersaban tanto como se lo permitía el terreno. Algunos de los nuestros se alegraron, pero yo sabía que aquella debía ser su táctica normal para los combates en el suelo. Cuando se poseen mortales fusiles de fuego rápido, no se ataca en filas cerradas. Interesa más terminar cuanto antes con los cañones enemigos.

Y contaban con máquinas capaces de hacerlo. Las debían haber transportado por aire desde el cuartel central de Darova. Eran de dos clases, pero todas semejaban ser carros de guerra sin caballos. Las más numerosas eran ligeras y abiertas, hechas de acero y capaces de transportar a cuatro soldados y dos armas de fuego rápido. Iban a una velocidad sorprendente, muy móviles, como segadoras de cuatro hojas. Comprendí su objetivo inmediatamente en cuanto las vi avanzar chirriando, saltando a cien millas por hora, sobre el desgajado terreno: eran tan difíciles de alcanzar que la gran mayoría llegarían hasta nosotros incluso bajo el fuego de las bombardas.

Aquellos pequeños vehículos se mantuvieron, no obstante en la retaguardia, cubriendo a la infantería de Wersgor. La primera línea de batalla consistía en vehículos de pesadas corazas. Se desplazaban muy lentamente para ser armas de aspecto tan poderoso: apenas alcanzaban el paso de un caballo al galope. Debía ser tanto por su enorme tamaño —aproximadamente el de la choza de un campesino— como por la espesa coraza de acero, capaz de resistirlo todo excepto una explosión directa. Las bombardas giraban en las torretas, rugían, levantaban polvo… parecían dragones. Conté más de veinte: enormes, impenetrables, extendidas en una larga línea que lo aplastaba todo bajo sus bandas giratorias. Por donde pasaban, de la hierba y la tierra no quedaba más que un surco lleno de pedrisco.

Me contaron que uno de nuestros artilleros había aprendido a usar los cañones con ruedas capaces de lanzar proyectiles explosivos; salió de entre nuestras filas y corrió hacia uno de ellos. Sir Roger, armado de pies a cabeza, se lanzó tras él y le derribó con la lanza.

—¡Detente! ¿Qué quieres hacer? —preguntó.

—Disparar, sire —respondió el soldado, jadeando—. Disparemos contra ellos antes de que traspasen nuestro muro.

—Si no estuviera seguro de que nuestros arqueros son capaces de ocuparse de esos caracoles gigantes, te dejaría usar ese tubo —replicó mi señor—. De momento, recoge la pica.

Aquel discurso causó muy buena impresión entre la pobre gente armada con lanzas, de pie, empuñando las armas, que se disponía a recibir aquella terrible carga. Sir Roger no vio ninguna razón para explicarles que (a juzgar por lo que había pasado en Stularax) no se atrevía a emplear los explosivos a tan corta distancia por miedo a destruirnos también a nosotros al tiempo que al enemigo. Podría haber comprendido que los wersgonx contaban con proyectiles de diferentes fuerzas, pero, ¿quién piensa en todo?

Fuera como fuese, los conductores de aquellas fortalezas móviles debieron quedarse muy intrigados al ver que no disparábamos contra ellos. ¿Qué tendrán en reserva?, debieron preguntarse. Lo descubrieron cuando el primer carro de guerra cayó en uno de los fosos ocultos.

Otros dos cayeron en la trampa antes de que pudieran comprender que no eran obstáculos ordinarios. Los santos del cielo nos ayudaron, seguro. En nuestra ignorancia, cavamos agujeros tan anchos como hondos, pero de los que habrían podido salir con toda facilidad aquellos poderosos vehículos si no hubiéramos añadido, por la fuerza de la costumbre, unas grandes vigas de madera, como si hubiéramos esperado empalar con ellos a no sé qué tipo de caballos gigantes. Algunas se engancharon en las bandas giratorias que rodeaban las ruedas de las máquinas, que no tardaron en quedar inutilizables, bloqueadas por la pulpa de madera.

Otro carro evitó las fosas, pues éstas no se hallaban dispuestas en filas continuas. Se acercó a los parapetos. Lanzó unos cuantos disparos rápidos, en busca de la distancia correcta, agujereando nuestro muro de tierra con pequeños cráteres.

—¡Dios protege la razón! —rugió sir Brian Fitz-William.

Su caballo se adelantó de entre nuestras líneas, seguido de cerca por media docena de jinetes. Galoparon en semicírculo, fuera del alcance de los cañones. El vehículo avanzó pesadamente, intentando seguirles con el cañón más pequeño. Sir Brian lo condujo en la dirección que quería, sopló en la trompa de guerra y volvió al galope, poniéndose a cubierto mientras el carro se sumía en un hoyo.

Las tortugas de guerra retrocedieron. Entre la alta hierba, con nuestros hábiles camuflajes, no podían saber dónde se encontraban las trampas. Aquellas máquinas eran las únicas de su estilo que había en Tharixan y no podían hacerlas correr riesgos a la ligera. Los ingleses, nuestras tropas, sin embargo, temblaron al pensar en que podrían cargar contra nosotros. Una sola de ellas habría bastado para destruirnos si hubiera cruzado el muro.

A mi entender, Huruga debió ordenar a los pesados carros que lo hicieran, aunque los datos que tuviera acerca de nosotros, de nuestra fuerza y de la posibilidad de recibir refuerzos por vía aérea fuesen limitados. A decir verdad, las tácticas de los wersgonx eran deplorables desde cualquier punto de vista. Hay que recordar sin embargo que no luchaban en tierra desde hacía mucho tiempo. Sus conquistas sobre planetas retirados no eran más que sencillas riñas; sus escaramuzas con las naciones de las estrellas rivales eran, sobre todo, aéreas.

Huruga, descorazonado por los fosos, pero reconfortado porque no hubiéramos empleado obuses de baja potencia, decidió retirar los enormes carros. Su idea evidente era descubrir un camino entre las trampas e indicárselo a las poderosas máquinas para que éstas pudieran pasar.

Los soldados azules avanzaron corriendo, divididos en pelotones apenas visibles entre las altas hierbas. Como yo me encontraba bastante retirado de la línea de combate, veía de vez en cuando el reflejo de un casco y la altura de las picas que clavaban para indicar a los pesados carros un camino sin problemas. Sin embargo, sabía que se trataba de varios millares de hombres. Mi corazón latía desbocado en el pecho y mi seca garganta ansiaba un jarro de cerveza.

Adelantando a los soldados, los carros ligeros avanzaron a toda velocidad. Algunos cayeron en los fosos y, a aquella marcha, quedaron totalmente demolidos. Pero la mayor parte siguió avanzando en línea recta, derechos hacia las vigas clavadas en la hierba cerca de los parapetos, dispuestos para detener una carga de caballería.

Eran tan rápidos que aquel sistema defensivo les hizo casi tan vulnerables como caballos. Vi uno que se alzaba en el aire, daba la vuelta y se estrellaba en el suelo, rebotando dos veces antes de despedazarse. Vi que otro se empalaba, escupiendo líquido, y que explotaba envuelto por las llamas. Un tercero giró, se deslizó y se estrelló contra un cuarto.

Otros varios, rodeando a los vencidos, pasaron sobre las trampas preparadas un poco por doquiera. Las picas de hierro penetraron en los flojos anillos que rodeaban sus ruedas. Cuando aquello pasaba, lo mejor que podía hacer el vehículo era marcharse del campo de batalla a trompicones.

Debieron enviarse muchas órdenes por las máquinas wersgor de hablar a distancia, pues la mayoría de los vehículos abiertos, intactos, dejó de girar en redondo. Se dispusieron en formación regular, bastante lejos unos de otros, y avanzaron lentamente.

¡Pan! Las catapultas. ¡Boom! Las bombardas. Bombas, piedras y calderos de aceite hirviendo recibieron de atroz modo a los vehículos en marcha. Muy pocos resultaron inutilizados, pero su línea aflojó, dudó y frenó el paso.

Entonces, cargó nuestra caballería.

Algunos de nuestros caballeros perecieron en medio de una tormenta de plomo. Pero no tenían que avanzar mucho para encontrarse con el enemigo. Los fuegos de hierba prendidos por los calderos de aceite produjeron un humo espeso que impidió que los wersgorix vieran a más de dos pasos. Oí ruido de metal, chasquidos, mientras las lanzas se rompían en los costados de acero, pero no pude ver mucho del combate. Sé sólo que las lanzas no pudieron dañar seriamente los vehículos. Aquello, sin embargo, sorprendió a los conductores hasta el punto de que no intentaron siquiera defenderse contra lo que siguió. Los caballos se encabritaron sobre las patas traseras y estrellaron las pezuñas en las delgadas placas de acero, dispuestos a destrozarlas; algunos hachazos, mazazos o estocadas acababan con los ocupantes de los vehículos.



Algunos de los hombres de sir Roger emplearon con bastante fortuna pequeños cañones de mano o pequeños obuses redondos que explotaban al lanzarlos tras haber quitado un seguro. Todos los wersgorix contaban con armas parecidas, naturalmente, pero las utilizaban con menos determinación.

Los últimos carros huyeron presas del terror, a toda prisa, siendo perseguidos por los caballeros ingleses.

—¡Volved! —aulló sir Roger; sacudió la lanza nueva que le entregó el escudero—. ¡Volved, miserables cobardes! ¡Volved y combatid, paganos serviles! —debía ser un espectáculo magnífico: metal brillante, plumas, escudo blasonado, montado en un magnífico semental negro.

Pero los wersgorix no practicaban la caballería. Eran más prudentes, más precavidos que nosotros. Lo que les costó muy caro.

Nuestros caballeros tuvieron que retroceder, pues los infantes azules estaban muy cerca y disparaban con sus fusiles, al tiempo que se amontonaban para lanzarse al asalto de los parapetos. Una armadura no era protección, sino, más bien, un brillante blanco. Sir Roger tocó el cuerno, llamó a sus hombres y todos se dispersaron por la llanura.

Los wersgorix lanzaron un alarido de desafío y se precipitaron contra el campamento. En la terrible confusión oí a un capitán de arqueros impartiendo órdenes. Una bandada de ocas grises echó a volar hacia el cielo acompañada por el ruido de un huracán.

Descendió de modo terrible entre los wersgorix. La primera andanada de flechas seguía elevándose cuando partió la segunda. Una flecha, lanzada con tanta fuerza, atraviesa un cuerpo de lado a lado. Los ballesteros, más lentos, aunque también más poderosos, empezaron a disparar contra los asaltantes más cercanos. Creo que en los últimos minutos del asalto los wersgorix perdieron casi la mitad de sus hombres.



Sin embargo, aunque no eran tan empecinados como los ingleses, llegaron a los pies del muro. Allí, nuestros soldados ya estaban listos para recibirles. Las mujeres disparaban sin cesar y abatieron a bastantes enemigos. Los que se acercaron lo suficiente para que los fusiles pudieran ser útiles, se encontraron con una pared de hachas, picas, garfios, mazas, dagas y sables.

A pesar de sus terribles pérdidas, los wersgorix eran todavía dos o tres veces más que nosotros. Pero el combate era muy desigual, pues ellos no llevaban armaduras. Su única arma para el combate cuerpo a cuerpo era un cuchillo enganchado al cañón de los fusiles de mano, lo que hacía del arma una pica muy rara. O empleaban el fusil a modo de bastón. Algunos llevaban bajo el brazo armas de plomo que nos infligieron algunas pérdidas. Pero, por regla general, cuando John Cara Azul disparaba contra Harry el Inglés, fallaba, incluso a dos pasos, en medio del desorden reinante. Antes de que John pudiera disparar de nuevo, Harry le había abierto en dos con la alabarda.

Cuando volvió nuestra caballería, atacando a la infantería wersgor por detrás y derribándola como leñadores en el bosque, fue el fin. El enemigo huyó a la desbandada, pisoteando a sus propios camaradas, aterrados. Los jinetes les persiguieron lanzando alegres gritos, casi como si estuvieran de cacería. Cuando estuvieron ya a buena distancia, los ballesteros volvieron a probar fortuna.

Muchos escaparon, a pesar de que habrían debido resultar empalados, pues sir Roger vio pesados carros que se volvían hacia nosotros, rodando con aspecto vengativo. Hizo que su gente se retirase. Por la gracia de Dios, yo estaba tan ocupado en curar a los heridos que me llevaban sin cesar que no supe nada de aquel instante en que nuestros propios jefes pensaron que, después de todo, estábamos condenados. Pues, aunque la carga de los wersgorix había sido inútil, había demostrado a los carros tortuga cómo evitar las fosas. Por el contrario, veíamos que los gigantes de hierro cruzaban un campo convertido en un rojo lodazal, sin saber cómo detenerlos.

Sentado a lomos de su caballo, junto a los estandartes del barón, Thomas Bullard se encogió de hombros.

—Bien —dijo, suspirando—, les hemos causado tanto daño como hemos podido. ¿Quién viene conmigo a enseñarles cómo muere un inglés?

El cansado rostro de sir Roger se veía surcado por profundas arrugas.

—Tenemos que cumplir un deber mucho peor, amigos míos —dijo—. Hemos arriesgado la vida con la esperanza de conseguir la victoria. Ahora que la derrota se acerca a nosotros, no tenemos derecho a cortejar con la muerte. Hemos de vivir, como esclavos si es necesario, para que nuestras mujeres y nuestros hijos no queden solos en este mundo infernal.

—¡Sangre de Dios! —gritó sir Brian Fitz-William—. ¿Sois un cobarde?

La nariz del barón se encogió.

—¡Ya habéis oído! ¡Nos quedamos aquí!

Entonces… ¡Fue como si el propio Dios acudiera en ayuda de sus fieles! Más cegadora que el rayo, una luz blanco azulada surgió dentro del bosque a varias millas de nosotros, con tan terrible intensidad que los pocos que miraban en aquella dirección se quedaron ciegos durante varias horas. El ejército wersgorix, que miraba directamente hacia aquella zona, debió sufrir cruelmente. El rugido subsiguiente desarzonó a los caballeros e hizo caer por tierra a los infantes. Nos barrió un vendaval, un calor como de horno que se llevó las tiendas en flotantes jirones. Cuando terminó aquella cólera devastadora, vimos alzarse una nube de humo y polvo. Con la forma de una seta venenosa, se elevó hasta llegar al cielo. Pasaron varios minutos antes de que empezara a disiparse; las nubes superiores colgaron sobre nosotros durante varias horas Los carros de guerra dejaron de avanzar súbitamente. Sabían, tanto como lo ignorábamos nosotros, lo que significaba aquella explosión. Era una bomba de la más alta potencia, debida a esa destrucción de la materia de la que todavía hoy pienso que ataca de modo impío la obra de Dios. Mi arzobispo me ha citado muchas veces los versículos de la Escritura que demuestran que todo arte es legítimo si es empleado fructíferamente para el bien.

Aquella bomba, además, no era de las más grandes. Lo destruía todo, aunque sólo en un radio de media milla y producía muy pocos venenos sutiles de los que acompañan a ese tipo de explosiones. Fue lanzada lo suficientemente lejos de la escena del combate como para causar daño a nadie.

Sin embargo fue un cruel dilema para los wersgorix. Si utilizaban armas semejantes para destruir nuestro campamento, no podían mas que esperar una andanada de golpes mortales. Pues las bombardas ocultas destruirían Ganturath. Tenían que detener el ataque hasta haber encontrado y destruido a aquel nuevo y oculto enemigo.

Sus carros de guerra retrocedieron pesadamente. La mayor parte de las naves aéreas que mantenían en reserva echaron a volar y se dispersaron, buscando a quien hubiera arrojado aquella bomba. El instrumento esencial empleado en aquella búsqueda era (como descubrirnos por los estudios que realizamos en Ganturath) un aparato en que se encarnaban las mismas fuerzas que se encuentran en la piedra imantada. Movido por poderes que ni comprendo ni deseo comprender y cuya naturaleza no es esencial para la salud de mi alma por su olor a magia negra y herejía, aquel instrumento podía detectar grandes masas metálicas. Un cañón lo bastante grande como para lanzar un obús de la potencia que acabábamos de ver, habría debido delatar a cualquier navío a por lo menos una milla de su escondite.

Y, sin embargo, no se podía localizar ningún cañón. Tras una hora de tensión, en la que los ingleses nos dedicamos a vigilar y a rezar desde los muros, sir Roger dejó escapar un profundo suspiro.

—No quisiera parecer ingrato —dijo—, pero creo que Dios nos envía ayuda por mediación de sir Owain más que de un modo directo. Deberíamos encontrar a su grupo en él bosque antes de que lo hagan las máquinas volantes enemigas. Padre Simón, supongo que sabréis cuáles son los mejores cazadores furtivos de vuestra parroquia…

—¡Hijo mío! —exclamó el capellán.

Sir Roger sonrió con malicia.

—No os pido secretos de confesión. Sólo os pido que señaléis a algunos, digamos, hombres que se las apañen bien en los bosques, para que se deslicen entre las hierbas hasta los árboles. Que descubran dónde se oculta sir Owain y le digan que no dispare hasta que yo se lo ordene. No hace falta que me digáis a quiénes elegís, padre.

—En ese caso, hijo mío, se hará como pides —el sacerdote me llevó a un aparte y me dijo que fuera a ofrecer consuelo espiritual a los heridos y moribundos, actuando como su locum tenens mientras él conducía a su pequeño grupo de exploradores hacia el bosque.

Pero mi señor me encontró otra tarea. Su escudero, él y yo nos dirigimos hacia el campamento wersgor bajo una bandera blanca. Presumíamos que el enemigo tendría luces suficientes como para comprender aquel símbolo, aunque ellos no lo utilizasen en caso de tregua. Así fue. El propio Huruga vino a nuestro encuentro en un carro descubierto. Sus mejillas azules se veían marcadas y le temblaban las manos.

—Vengo para que os rindáis —le dijo el barón—. No me hagáis aniquilar a vuestros pobres siervos ignorantes. Os doy mi palabra de que serán tratados con justicia y podrán escribir a los suyos para pedirles el rescate.

—¿Que ceda a unos bárbaros como vosotros? —gritó el wersgor con voz ronca—. ¿Simplemente porque tenéis un maldito cañón que ha escapado a cualquier intento de detección? ¡Ah, no! —hizo una pausa—. Pero, para librarme de vosotros, os dejo partir con los navíos del espacio que habéis robado.

—Sire —dije, jadeando, cuando acabé de traducir lo anterior—, ¿al fin hemos ganado la huida?

—Claro que no —respondió sir Roger—. No sabríamos encontrar el camino de vuelta, recordadlo. Y no podemos arriesgarnos a pedir un hábil navegante que nos guíe sin descubrir nuestra debilidad y ser atacados de nuevo. Aunque pudiéramos volver a nuestra patria, este nido de demonios podría tramar algún nuevo plan para atacar Inglaterra. No, me temo que el que monta en un tigre…

Con el corazón pesado me vi forzado a decirle al cara azul lo poco que nos importaban sus miserables navíos del espacio pasados de moda y que, si no se rendía, tendríamos que devastar su tierra. Huruga se limitó a responder con un gruñido y se marchó hacia su campamento.

Nosotros volvimos al nuestro. John Hameward el Rojo llegó poco después con el grupo del padre Simón, con el que se encontró mientras se dirigía al campamento.

—Volamos sin ocultarnos hasta el castillo de Stularax, sire —nos contó—. Nos encontramos con otros dos navíos celestes, pero ninguno hizo ademán de detenernos, pues nos tomaron por uno de los suyos. Sin embargo, sabíamos que los centinelas de la fortaleza no nos dejarían aterrizar sin formular algunas preguntas. Nos posamos en un bosque a pocas millas del fuerte. Montamos el armadijo y pusimos dentro uno de esos obuses explosivos. Sir Owain pensaba lanzar algunos para derribar las defensas exteriores. Así, habríamos podido avanzar a pie, dejando un grupo en retaguardia que siguiera disparando contra las murallas. Pensábamos que la guarnición entera saldría en su busca y que así podríamos entrar, matando a los guardias y saqueando cuanto pudiéramos de su arsenal y volviendo al navío.

Aquí, creo que ha llegado el momento de explicar lo que es un armadijo, pues se trata de un arma olvidada. Era el más sencillo de todos los aparatos de asedio y, sin embargo, el más eficaz. En principio, no era más que una gran palanqueta que se balanceaba libremente sobre un pivote. En el extremo de uno de sus largos brazos había una especie de red para el proyectil, mientras que el brazo más corto transportaba un peso de piedra, a menudo de varias toneladas. Este último era alzado por dos poleas o una cabría mientras se cargaba la red. Al liberarse el peso y caer, hacía que el largo brazo de la palanqueta describiera un arco inmenso.

—Aquellos obuses no me decían gran cosa —reconoció John el Rojo—. Apenas pesaban cinco libras. Montar el armadijo para lanzarlos a pocas millas era el único trabajo necesario. ¿Qué harían?

¿Estallar como una olla? He visto utilizar los armadijos en los asedios de las ciudades francesas. Se enviaban rocas de una o dos toneladas, o caballos muertos, por encima de las murallas. Bueno, las órdenes son las órdenes, me dije. Preparé el pequeño obús como me habían pedido y, pum, lo lancé. ¡Bum! Se podría decir que el mundo explotó. Debo reconocer que era mejor que lanzar los huesos de un caballo muerto.

»A través de los cristales de aumento se pudo ver el castillo totalmente demolido, arruinado. Era inútil ir a saquearlo. Lanzamos otros obuses para asegurarnos. Allí no quedó más que un enorme agujero brillante como cristal. Sir Owain consideró que transportábamos ya un arma mucho más útil que cualquiera que pudiera coger en el fuerte, y creo que tenía razón. Echamos a volar y aterrizamos en el bosque a pocas millas de aquí; sacamos el armadijo y lo montamos. Eso es lo que nos ha llevado tanto tiempo, sire. Cuando sir Owain vio desde el aire lo que pasaba aquí, lanzó un obús para meterle miedo al enemigo. Ahora, puede ya enviar tantos como vos queráis, sire.

—Pero, ¿dónde está el navío? —preguntó sir Roger—. El enemigo tiene detectores de metal. No han podido encontrar el armadijo en el bosque porque es de madera. Pero, sin duda, podrán encontrar la nave, por mucho que la hayáis escondido.

—Oh, muy sencillo, sire. —John el Rojo sonrió—. Sir Owain ha puesto a navegar su navío entre los demás. Entre tantos como son, ¿quién descubriría la diferencia?

Sir Roger lanzó una risotada.

—Os habéis perdido una batalla gloriosa —dijo—, pero podréis encender la hoguera de la alegría y la pira funeraria. Volved y decidles a vuestros hombres que empiecen a bombardear el campamento enemigo.

Nos retiramos bajo tierra en el momento convenido, tal y como nos mostraron los instrumentos de contar el tiempo apresados a los wersgorix. Incluso así, sentimos temblar la tierra y oímos los sordos gruñidos mientras se destruían sus instalaciones terrestres y la mayoría de sus máquinas de guerra. Bastó un solo golpe. Los aterrados supervivientes saltaron a bordo de uno de los navíos de transporte, abandonando una gran parte de su equipo sin daño alguno. Las pequeñas naves aéreas desaparecieron aún más rápidamente, como hojas muertas llevadas por el viento. Cuando el lento poniente brilló en la dirección que dimos en llamar oeste con mucha nostalgia, los leopardos de Inglaterra flotaban por encima de una gran victoria inglesa.




Capítulo 14

<p>Capítulo 14</p>

Sir Owain se posó en el suelo como algún héroe de canción de gesta que hubiera llegado a la Tierra. Sus triunfos no le habían costado mayor esfuerzo. Mientras se paseaba entre la flota de Wersgor, incluso tuvo tiempo para calentar agua y afeitarse. Avanzó con paso ligero y gracioso, con la cabeza erguida, la cota de malla brillando bajo el sol y la enorme capa escarlata flotando al viento. Sir Roger acudió a su encuentro junto a las tiendas de los caballeros, sucio, sudoroso, con la armadura abollada, cubierto de sangre coagulada. Su voz sonaba ronca a causa de los gritos.

—Os felicito, sir Owain, por esta brillante acción y por vuestra bravura sin par.

El joven se inclinó profundamente —ante él— y, luego, sutilmente, ante lady Catalina, que salió de la multitud enardecida.

—No podría haber hecho menos —murmuró sir Owain—, llevando la cuerda de un arco junto a mi corazón.

Lady Catalina se ruborizó. Los ojos de sir Roger fueron de uno a la otra. Formaban, realmente, muy buena pareja. Vi que sus manos se cerraban en torno a la guarda de la espada dañada por los combates.

—Id a vuestra tienda, señora —le dijo a su esposa.

—Todavía queda mucho trabajo que hacer con los heridos, sire —replicó lady Catalina.

—Trabajaréis para todos, excepto para vuestro esposo y vuestros hijos, ¿verdad? —Sir Roger hizo un esfuerzo para parecer sarcástico, pero sus labios se inflamaban allí donde un plomo rebotase después de estrellarse en la visera del yelmo—. Id a vuestra tienda, os digo.

Sir Owain pareció impresionado.

—Esas palabras no deben dirigirse a una dama, sire —protestó.

—¿Serían más adecuados vuestros satánicos halagos? ¿O alguna palabra susurrada que arreglase una cita? —rezongó sir Roger.

Lady Catalina palideció. Hizo falta un tiempo para que recuperase el aliento y el habla. Nos rodeó a todos un pesado silencio.

—Pongo a Dios por testigo de que todo esto es una calumnia —dijo mi señora.

Su vestido flotó tras ella al partir. Cuando hubo desaparecido en su pabellón, oí los primeros sollozos.

Sir Owain miró al barón con horror.

—¿Habéis perdido la cabeza? —dijo al fin, casi sin aliento.

Sir Roger encogió los fuertes hombros como si estuviera levantando un pesado fardo.

—Todavía no. Que todos mis capitanes vengan a verme cuando se hayan lavado y cenado. En cuanto a vos, sir Owain, será más prudente que os ocupéis de la salvaguarda del campamento.

El caballero se inclinó de nuevo. No era un gesto insultante, pero todos pensamos que sir Roger había pecado contra las buenas maneras. Sir Owain partió y se ocupó activamente de su tarea. Los centinelas no tardaron en estar en su puesto. A continuación, el caballero se llevó a Branithar a dar una vuelta por el campamento wersgor, lo que quedaba de él, para examinar con él el equipo que se había encontrado lejos de la explosión y que aún podía resultarnos útil. Durante aquellos últimos días, por turbulentos que fuesen, el cara azul encontró tiempo para perfeccionar su inglés. Lo hablaba imperfectamente, cierto, pero con mucho ardor; sir Owain le escuchaba con atención. Les vi en el obscuro crepúsculo, mientras yo me dirigía apresurado hacia la conferencia. No pude escuchar lo que hablaban.

Ardía una gran hoguera y habían plantado fogatas en el suelo. Los jefes ingleses se habían sentado a la redonda mesa de conferencias. Extrañas constelaciones titilaban encima de nuestras cabezas. Oí los murmullos de la noche correr por el bosque. Todos los hombres estaban mortalmente cansados, caídos casi sobre los bancos, aunque sus ojos no dejaron de mirar al barón ni un solo instante.

Sir Roger se levantó. Bañado, vestido con ropa limpia y sencilla, con un arrogante anillo de zafiro en el dedo, no dejaba que la fatiga le traicionase más que por el tono sordo de su voz. Eché un vistazo a la tienda en que dormía lady Catalina con sus hijos. La obscuridad la ocultaba.

—Una vez más —decía mi señor—, Dios, en su grandísima piedad, nos ha ayudado a vencer. Pese a las destrucciones, contamos con un buen botín de vehículos y armas, más de las que podemos utilizar. El ejército que se lanzó contra nosotros ha huido, diezmado, y sólo queda una fortaleza en todo el planeta.

Sir Brian se rascó el mentón constelado de pelo blanco.

—Pueden lanzarnos explosivos —dijo—. ¿No es arriesgado seguír aquí? Cuando se hayan repuesto, se nos van a echar encima.

—Cierto —Sir Roger hizo un gesto con su rubia cabeza—. Esa es una de las razones por las que no hemos de demorarnos. Hay otra: estamos muy mal alojados. El castillo de Darova, por lo que dicen, es mucho más grande, mucho más sólido y está mucho mejor defendido. Cuando nos hayamos apoderado de él, nada habremos de temer de los obuses. Aunque el duque Huruga no cuente con nuevas armas sobre este mundo, podemos estar seguros de que se habrá tragado el orgullo y habrá enviado navíos a las estrellas para pedir ayuda. Hemos de esperar la llegada de una armada de Wersgor —hizo como si no viera los temblores de la audiencia y añadió—: Por todas esas razones, hemos de apoderarnos de Darova… intacta.

—¿Y podríamos vencer a las flotas de cien mundos? —gritó el capitán Bullard—. Sir, vuestro orgullo se ha convertido en locura. Echemos a volar mientras podamos y recemos a Dios para que nos guíe a la Tierra.

Sir Roger golpeó la mesa con el puño. El sonido cubrió todos los murmullos de la noche.

—¡Por los clavos de Cristo! —rugió—. ¡El día en que hemos logrado una victoria como no se veía desde los tiempos de Ricardo Corazón de León, queréis huir con la cola entre las piernas! ¡Os creía un hombre!

Bullard emitió un sordo gruñido.

—A fin de cuentas, ¿qué ganó Ricardo? El pago de un rescate que arruinó el país.

Pero sir Brian Fitz-William le escuchó y murmuró:

—No soportaré el tener que escuchar perfidias y palabras traicioneras.

Bullard se dio cuenta de lo que había dicho, se mordió los labios y se mantuvo en silencio. Sir Roger siguió hablando.

—Debieron vaciar los arsenales de Darova para venir a atacarnos. Poseemos ahora casi todo lo que queda de armas y hemos matado a la mayoría de su guarnición. Si les damos tiempo, recobrarán el valor y unirán a todas sus tropas. Harán venir a los hombres libres y a los mercenarios de todo el planeta para lanzarlos contra nosotros. Pero, de momento, en sus filas debe reinar el mayor desorden. Podrán, en el mejor de los casos, poner a algunos hombres en las murallas. El contraataque está fuera de su imaginación.

—Entonces, ¿esperamos a los pies de Darova la llegada de sus refuerzos? —dijo desde la sombra una voz irónica.

—Mejor eso que esperar sentados en el campamento, ¿no os parece? —la risa de sir Roger era forzada, pero a la suya se unieron una o dos risotadas animosas; el asunto estaba decidido.

Nuestras pobres tropas agotadas no tuvieron derecho al descanso.

Había que ponerse manos a la obra inmediatamente, bajo la bella luz del doble claro de luna. Encontramos varios navíos aéreos de transporte, apenas superficialmente dañados. Se encontraban bastante lejos de las explosiones. Los artesanos cautivos los repararon a punta de lanza. Subimos a bordo todos los vehículos y armas y el equipo que pudimos encontrar. Siguieron nuestra gente, los prisioneros y el ganado superviviente. Mucho antes de medianoche, los navíos se elevaron sonoramente en el cielo, protegidos por una nube de otras naves con uno o dos hombres a bordo. Fue justo a tiempo. Apenas una hora después de nuestra partida —como descubrimos más tarde— navíos volantes sin tripulantes y llenos de potentes explosivos cayeron como lluvia sobre el emplazamiento de Ganturath.

A prudente velocidad, a través de cielos vacíos de naves enemigas, llegamos a situarnos encima de un mar interior. Millas más allá, en medio de una región accidentada y cubierta de espesos bosques, se encontraba Darova. Me convocaron al puesto de guía como intérprete y vi, ampliado por las pantallas, muy lejos y muy por debajo de mí.

Habíamos volado en la dirección del sol naciente y la roja aurora iluminó los edificios. Apenas se veían diez estructuras redondas y bajas de piedras vitrificadas y cuyos muros eran lo bastante espesos como para resistir cualquier cosa. Estaban unidas unas a otras mediante túneles reforzados. A decir verdad, casi todo el castillo se extendía por debajo de la tierra, tan autosuficiente como una nave del espacio. Vi un círculo exterior formado por gigantescas bombardas y lanzadores de proyectiles. Enormes bocas emergían de emplazamientos practicados en el suelo y, como la parodia satánica de una aureola, la pantalla de fuerza estaba en activo. Pero la fortaleza parecía de por sí tan poderosa que lo demás no era sino como un decorado. Salvo el nuestro, no había ningún navío a la vista.

Como la mayor parte de nosotros, yo también había recibido instrucciones sobre el modo de utilizar los conversadores a distancia. Puse uno en marcha y la imagen de un oficial wersgor apareció en la pantalla. Por su parte, intentaba hacer lo mismo y así perdimos unos minutos. Su rostro se veía pálido, de un azul cerúleo. Tragó saliva varias veces antes de poder hablar.

—¿Qué queréis?

Sir Roger frunció el ceño. Con los ojos inyectados en sangre, marcados por obscuras ojeras incrustadas en un rostro demacrado por las preocupaciones, su apariencia resultaba terrible. Dijo secamente y yo traduje:

—Huruga.

—Nosotros… no os entregaremos a nuestro grath. El mismo nos lo ha dicho.

—Hermano Parvus, decidle a este idiota que sólo quiero hablar con el duque. Parlamentar. ¿No saben lo que son las costumbres civilizadas?

El wersgor pareció humillado cuando le traduje exactamente las palabras de mi señor. Habló a una pequeña caja y apretó una serie de botones. Su imagen fue reemplazada por la de Huruga. El gobernador se frotó los ojos y dijo con desesperado valor:

—No podréis destruir esta fortaleza como hicisteis con las otras. Darova fue construida para que estuviera a prueba de todo. Los más pesados bombardeos apenas destruirían las construcciones exteriores. Si intentáis un asalto directo, podemos llenar la tierra y el cielo de explosiones y metal.

Sir Roger hizo un gesto con la cabeza.

—¿Y durante cuánto tiempo podréis mantener tal descarga? —preguntó suavemente.

Huruga mostró sus afilados dientes.

—¡Tiempo suficiente como para que renuncies al ataque, animal!

—Dudo que estéis preparados para un asedio —murmuró sir Roger; en mi limitado vocabulario, no pude encontrar el término wersgor para aquella última palabra, y Huruga pareció verse en problemas para comprender los circunloquios con que me las arreglé; cuando le expliqué la causa de mi retraso para traducir, sir Roger esbozó un ladino gesto con la cabeza—. Me lo imaginaba —dijo—. Ya veis, hermano Parvus, las naciones que navegan entre las estrellas tienen armas tan poderosas como la espada de san Miguel. Pueden hacer desaparecer una ciudad con un obús y un condado entero con otros diez. En esas condiciones, ¿cómo pueden prolongarse sus batallas? Ese castillo puede resistir los más duros golpes, pero, ¿y un asedio? ¿Eh? ¿Quizá no?

Se volvió hacia la pantalla.

—Me voy a sentar muy cerca. Os vigilaré. Al primer signo de vida en las murallas, abriré fuego. Más valdrá que vuestros hombres se queden bajo tierra todo el tiempo. Cuando queráis rendiros, llamadme por el aparato que habla a distancia y os dejaré partir; tendréis derecho a todos los honores de la guerra.

Huruga sonrió. Casi podía leer sus pensamientos. ¡Claro que podían asentarse los ingleses fuera del castillo hasta la llegada de la flota vengadora! Apagó la pantalla.

Encontramos un buen emplazamiento para el campamento a corta distancia del castillo. Un profundo valle abrigado, por el que corría un río de agua fresca y pura lleno de peces. En el bosque, por doquier, se encontraban zonas de pasto, la caza era abundante y los hombres podían ir en su busca cuando no se encontraban de guardia. Durante algunos de los largos días, vi que el buen humor se difundía de nuevo entre los nuestros.

Sir Roger no se concedió reposo alguno. Creo que no se atrevía, pues lady Catalina dejaba a sus hijos con la nodriza y se iba de paseo continuamente con sir Owain. Sin estar nunca solos —pues siempre cuidaban por proteger las conveniencias—, se mantenían a la vista de sir Roger, que se volvía al verles para proferir alguna orden con aspecto feroz a la persona más cercana.

Oculto en los bosques, nuestro campamento permanecía al abrigo del fuego y de los proyectiles. Las tiendas y pabellones, las armas y herramientas no formaban una concentración de metales capaz de ser detectada por los instrumentos magnéticos de los wersgorix. Los navíos aéreos que teníamos vigilando Darova aterrizaban lejos del campamento. Manteníamos cargados los armadijos por si se detectaba alguna actividad en la fortaleza. Pero Huruga se contentó con esperar pasivamente. A veces, algún audaz navío enemigo pasaba por encima de nosotros, procedente de alguna remota región del planeta. Pero nunca ofrecimos buen blanco para sus explosivos y nuestras patrullas acabaron por expulsarlos.

El grueso de nuestras fuerzas —los grandes navíos, los cañones, los carros de guerra— estuvieron de expedición durante todo el tiempo. No vi por mí mismo la campaña emprendida por sir Roger. Me quedé en el campamento ocupado con diversos problemas: aprender más del idioma wersgor, enseñarle más inglés a Branithar. Acabé por dar clases de wersgor entre algunos de nuestros niños más inteligentes. No me habría gustado participar en la expedición del barón.

Tenía navíos del espacio y naves aéreas. Contaba con bombardas de fuego y obuses. Poseía algunos carros tortuga bastante pesados. Era dueño de cientos de ligeros carros de combate descubiertos, cada uno de los cuales podía llevar una tripulación de cuatro hombres y un caballero. Atravesó el continente de lado a lado persiguiendo al enemigo.

Ninguna región aislada pudo resistir sus ataques. Saqueando y quemando, dejó la desolación a sus espaldas. Mató a muchos wersgonx, quizá más de los necesarios. Se llevó al resto cautivos en las grandes naves espaciales. Raras veces, los hombres libres intentaron oponérsele. Sólo tenían armas ligeras; su ejército les dispersó como paja llevada por el viento y les persiguió por sus propios campos. Sólo necesitó algunas noches para devastar aquel continente. Luego, efectuó una rápida incursión al otro lado del océano, bombardeando y quemando todo a su paso, y volvió.

En cuanto a mí, encontré todo aquello como una cruel carnicería, aunque no fue mucho peor que lo que habían hecho los wersgorix en otros mundos durante tanto tiempo. Sin embargo, debo reconocer que nunca he terminado de entender la lógica de tales comportamientos. Lo que hacía sir Roger era moneda común en Europa contra las provincias rebeldes o los países hostiles extranjeros. Sin embargo, cuando al fin aterrizó en nuestro campamento, cuando sus hombres avanzaron con paso alegre, llenos de joyas, ricas telas, plata y oro, borrachos de licores robados y fanfarroneando de todo lo que habían hecho, fui a ver a Branithar.

—No puedo hacer nada por los nuevos prisioneros —le dije—. Pero explicad a vuestros hermanos de Ganturath que mi señor no les tocará sin cortar antes mi humilde cabeza.

El wersgor me miró con curiosidad.

—¿Por qué te preocupas por los nuestros?

—Que Dios me ayude, no lo sé —reconocí—. A menos que sea porque Él tendrá sus razones para haberos creado como sois.

Mi señor oyó hablar de lo que precede. Me convocó bajo la tienda que adoptó en lugar de pabellón. Vi en el bosque negras masas de cautivos que se desplazaban como ovejas, murmurando aterrados bajo los fusiles de los ingleses. Su presencia, es verdad, nos protegía. El descenso de los navíos debió revelar nuestro emplazamiento a los aparatos ampliadores de Huruga. Y sir Roger se ocupó de hacerle saber al gobernador todo lo que pasaba. Pero vi que las madres de cara azul abrazaban a sus pequeños gimoteantes y me pareció que una mano me apretaba el corazón.

El barón estaba sentado a un taburete, ocupado en roer una costilla de buey. La luz y la sombra que se filtraban entre las ramas le ocultaban el rostro.

—¿Qué he descubierto? —aulló—. ¿Que te encantan las caras azules que hemos capturado en Ganturath?

Encogí los delgados hombros.

—Pensad, a falta de mejor razón, hasta qué punto pondría en peligro vuestra alma un comportamiento de ese tipo.

—¿Qué? —levantó las espesas cejas—. ¿Desde cuando está prohibido liberar cautivos?

Me quedé estupefacto. Sir Roger se golpeó en el muslo y se echó a reír.

—Nos quedaremos algunos que, como Branithar y los artesanos, nos resultarán útiles. Y enviaremos a todos los demás a Darova. Miles y miles. ¿No se derretirá de gratitud el corazón de Huruga?

Me quedé bajo el sol, sin decir nada, mientras seguía oyendo sus carcajadas.

Bajo los empujones y los ligeros puyazos de nuestros hombres, aquella masa sin número avanzó penosamente entre las zarzas hasta emerger a un llano, a la vista de Darova. Algunos, temerosos, salieron de la multitud. Los ingleses, con una irónica sonrisa en los labios, les dejaron actuar, apoyándose en las armas. Un wersgor echó a correr. Nadie le disparó. Otro escapó, luego, otro más. Hasta que todo el rebaño echó a correr hacia la fortaleza.

Aquella misma tarde, Huruga cedió.

—Asunto fácil —bromeó sir Roger—. ¡Hay que imaginarse a todos ellos allí dentro! Y dudo que tengan vituallas suficientes, pues el arte del asedio se ha olvidado en esta región. Le he enseñado que puedo devastar todo el planeta… aun venciéndonos, tendría problemas. Además, le he enviado todas estas nuevas bocas que alimentar —me dio una buena palmada en la espalda; cuando me hube repuesto, añadió—: Hermano Parvus, ahora que este mundo es nuestro, ¿os gustaría ser el abad de su primera abadía?


Capítulo 15

<p>Capítulo 15</p>

Naturalmente, yo no podía aceptar aquella oferta. Sin contar con la difícil cuestión de la consagración, esperaba saber mantenerme en mi humilde lugar en aquel mundo. De todos modos, en aquella época, todo aquello no eran más que palabras. Temamos muchas razones para ofrecer a Dios una Misa de Acción de Gracias.

Dejamos que se fueran casi todos los cautivos wersgor. Sir Roger lanzó una proclama mediante el aparato de hablar a distancia. Se dirigía a Tharixan. Rogaba a todos los grandes propietarios de las zonas que todavía no habían sido destruidas que se acercasen para presentar su sumisión y para llevarse a algunos de los suyos que se habían quedado sin hogar. Les dio a los wersgor una lección tan buena que durante algunos días el campamento estuvo atestado de visitantes de caras azules. Tuve que ocuparme de ellos y olvidé lo que era el sueño. En conjunto, eran bastante sumisos. A decir verdad, aquella raza había reinado durante tanto tiempo entre las estrellas que sus soldados sólo habían aprendido un viril desprecio a la muerte. Cuando éstos se rindieron, los burgueses se apresuraron para imitarles. Tenían tanta costumbre de dejarse dirigir por un movimiento todopoderoso que no imaginaban que una revuelta fuese posible.

Durante aquel tiempo, sir Roger concentró toda su atención en el entrenamiento de sus hombres. La guarnición aprendió sus obligaciones. Las máquinas del castillo eran tan fáciles de maniobrar como la mayor parte del equipo wersgor, por lo que podían dedicarse a la defensa de Darova tanto las mujeres como los niños, los siervos o los ancianos. Podríamos mantener la fortaleza contra cualquier ataque durante un tiempo. Los que parecían desesperadamente incapaces de dominar las artes diabólicas de leer símbolos y pulsar botones o que ni siquiera sabían dar vueltas a una manivela, fueron enviados a una isla distante para que se ocuparan del ganado.

Cuando nuestra transplantada Ansby fue al fin capaz de defenderse, el barón reunió a sus compañeros libres para otra expedición por los cielos. Me explicó por adelantado su nueva idea. Aunque yo era el único en hablar con fluidez el idioma wersgor, Branithar, con la ayuda del padre Simón, instruyó a otros con bastantes buenos resultados.

—No se nos ha dado tan mal hasta ahora, hermano Parvus —declaró sir Roger—. Pero nosotros solos nunca podremos vencer a los ejércitos wersgor que deben haber lanzado contra nosotros. Espero que ya conozcáis muy bien sus letras y números. Lo bastante, en todo caso, como para vigilar a un navegante indígena y aseguraros de que no nos lleva a ninguna parte que no queramos ir.

—He estudiado los principios de sus mapas de estrellas, sire —respondí—, aunque, a decir verdad, no usan muchos mapas, sino, más bien, columnas de números. No llevan a ningún timonel mortal en las naves del espacio. Instruyen un piloto artificial al comenzar el viaje y el homúnculo realiza todas las maniobras del navío.

—¡Eso ya lo sé! —refunfuñó sir Roger—. Así es como Branithar nos jugó aquella mala pasada de traernos aquí. Un pagano bastante peligroso, sólo bueno cuando esté muerto. Me alegra no llevarle a bordo en el viaje, pero no me siento conforme dejándole en Darova.

—¿Dónde vais, sire? —le interrumpí.

—Ah, sí; aún no os lo había dicho —se frotó con los puños los ojos irritados por la fatiga—. Hay otros tres reinos además del de Wersgor. Son naciones de menor importancia, pero también viajan entre las estrellas y temen el día en que estos demonios de jeta de cerdo decidan acabar con ellos. Voy a buscar aliados.

Aquella, evidentemente, era una buena idea, pero yo dudaba.

—Bien, ¿qué pasa ahora?

—Si nunca han declarado la guerra a Wersgor —dije con voz débil—, ¿por qué iban a decidirles a hacerlo una banda de salvajes como nosotros?

—Hermano Parvus, escuchadme atentamente. Estoy ya cansado de todos estos lloriqueos acerca de nuestra ignorancia y debilidad. No somos tan ignorantes en lo relativo a la verdadera fe, ¿verdad? Y, lo que es más, aunque los ingenios de guerra puedan evolucionar con los siglos, las rivalidades y las intrigas no me parecen que sean más sutiles aquí que en nuestro Mundo. No somos salvajes sólo porque no empleamos las mismas armas.

Me resultaba difícil refutar aquel argumento. Aquella era nuestra última esperanza, si es que no queríamos partir al azar por los cielos en busca de la Tierra perdida.

Los mejores navíos del espacio fueron los que encontramos en los subterráneos de Darova. Estábamos equipándolos cuando el sol quedó obscurecido por un navío aún más gigantesco. Suspendido por encima de nosotros como la nube de la tormenta, sembró la confusión entre los nuestros. Pero sir Owain Montbelle llegó a la carrera, arrastrando consigo a un ingeniero wersgor. Tomándome como intérprete, nos condujo hasta la máquina de hablar. Manteniéndose lejos de la pantalla, con la espada en la mano, sir Owain hizo hablar al cautivo con el capitán del navío.

Era una nave mercante que hacía la regular visita al planeta. La tripulación se quedó horrorizada al ver Ganturath y Stularax convertidas en cráteres. Habríamos podido disparar contra el navío fácilmente y derribarle, pero sir Owain empleó a su marioneta wersgor para decirle que había llegado una invasión del espacio y que Darova la había rechazado, por lo que no tenía más que aterrizar. Obedeció. Al mismo tiempo que se abrían los paneles exteriores del navío, sir Owain condujo a bordo a un grupo de hombres y lo capturó sin dificultad.

Le alabaron y le aplaudieron día y noche. Hay que decir que su aspecto era siempre fiero, bravo, elegante, dispuesto en cualquier momento a gastar una broma o soltar un piropo. Sir Roger, cuyas tareas no terminaban nunca, se fue haciendo cada vez más torvo. Los hombres le consideraban con un respeto mezclado de temor, y a veces de odio, pues les obligaba a realizar insensatos esfuerzos. Sir Owain contrastaba con él violentamente, como Oberón en lucha con un oso. La mitad de las mujeres le declaraban su amor, sin duda, pero sus canciones sólo eran para lady Catalina.

El botín tomado en el navío gigante fue muy rico. Sobre todo, encontramos varias toneladas de grano. Lo probamos con el ganado de la isla, que adelgazaba con aquel régimen de fea hierba azulada. Lo aceptó con tanta avidez como si hubiera sido buena avena inglesa. Cuando sir Roger se enteró, exclamó:

—Hay que capturar en primer lugar el planeta del que procede ese grano.

Me santigüé y me apresuré a huir.

Pero no había tiempo que perder. No era un secreto que Huruga había enviado navíos del espacio a Wersgorixan inmediatamente después de la segunda batalla de Ganturath. Necesitarían tiempo para alcanzar aquel distante planeta y el emperador tendría que demorarse para reunir una flota entre sus dominios, separados unos de otros por vastísimas extensiones de espacio. Y todavía tendría que llegar la flota hasta nosotros. Pero los días pasaban rápidamente.

Sir Roger puso a su mujer al frente de la guarnición de Darova: mujeres, niños, ancianos. Me han dicho que es costumbre de los cronistas inventar discursos, que ponen en boca de los grandes personajes cuya vida resulta indigna para un clérigo. Pero yo conocía muy bien a aquellos dos seres, no sólo en su aspecto, sino en su propia alma (que se dejaba detectar, aunque tímidamente). Y puedo imaginarlos en una de las cámaras subterráneas del extraño castillo.

Lady Catalina habría colgado sus tapices y recubierto el suelo de juncos y paja. Los muros obscuros quedarían iluminados por velas colocadas en apliques dorados, para que el lugar pareciera menos fantástico. Espera, vestida con un ropaje glorioso mientras su esposo se despide de los niños. La pequeña Matilda no llora. Robert contiene las lágrimas mientras puede, hasta que la puerta quede a espaldas de su padre; después de todo, es un Tourneville.

Sir Roger se incorpora lentamente. Ya no se afeita por falta de tiempo. La espesa barba le recubre la parte baja de la cara, rematada por la nariz aguileña. Los ojos grises se muestran ausentes y uno de los músculos de su mejilla no deja de moverse. Con el agua caliente que sale a voluntad de los grifos se ha lavado; pero, como de costumbre, sigue llevando el viejo jubón de cuero gastado, las cómodas calzas. El tahalí de su vieja espada chirría cuando se acerca a su esposa.

—Y bien —dice con desgana—. He de partir.

—Sí —su delgada espalda se mantiene muy derecha.

—Creo… —se aclara la garganta—. Creo que sabéis cuanto hace falta saber —ella no responde—. Recordad lo importante que es que los muchachos sigan estudiando el idioma de los wersgorix. Si no lo hacen, estaríamos sordomudos entre nuestros enemigos. Pero no confiéis jamás en los prisioneros. Siempre debe haber dos hombres armados a su lado.

—Confiad en ello —ella asiente con la cabeza.

Lady Catalina no lleva cofia. La luz de las velas se desliza sobre las capas de cabello dorado.

—Tampoco olvidaré que no es necesario dar a los cerdos el mismo grano con que alimentamos a los otros animales.

—Eso es muy importante. Aseguraos de que la fortaleza tiene siempre suficientes provisiones. Aquellos de los nuestros que han probado la comida indígena siguen con vida. Podíais requisar los almacenes de Wersgor.

Se establece un pesado silencio.

—Bien —dice el barón—. He de irme.

—Que Dios os acompañe, señor.

Él se queda inmóvil durante un momento, intentando averiguar lo que ocultan los matices de su voz.

—Catalina…

—Sí, señor…

—He sido injusto con vos —se obliga a decir—. Y, lo que es peor, os he despreciado.

Las manos de lady Catalina se tienden hacia él como siguiendo una voluntad propia. Rudas palmas se cierran a su alrededor.

—De vez en cuando, todos los hombres se equivocan —murmura mi señora.

Al fin, el barón se atreve a mirarla fijamente a sus azules ojos.

—¿Me daríais una prenda…?

—Para que volváis sano y salvo…

Sir Roger la toma de la cintura, la atrae hacia sí y grita, alegre:

—¡Y por la victoria final! ¡Dame esa prenda y pondré un imperio a tus pies!

Mi señora se libera del abrazo, con expresión de horror.

—¿Cuándo empezaréis a buscar el camino de nuestra Tierra?

—¿Partir furtivamente? ¿Dónde quedaría el honor? ¿Dejando las estrellas en manos de los enemigos? —el orgullo resuena en su voz.

—Que Dios nos ayude —murmura mi señora antes de irse.

El barón se queda allí durante un momento, hasta que el eco de los pasos de la dama se pierde en los fríos corredores. Dándose la vuelta, se dirige a reunirse con sus hombres.

Todos nosotros habríamos podido caber en una de las naves grandes, pero juzgamos más prudente repartirnos en una veintena. Todas habían sido pintadas, con la pintura wersgor, por un joven que poseía cierta habilidad con el arte de la heráldica. El navío almirante iba pintado de escarlata, oro y púrpura, junto con las armas de Tourneville y los leopardos ingleses.

Tharixan quedó a nuestras espaldas. Pasamos al raro estado que los wersgorix llaman «propulsión hiperlumínica», hundiéndonos y emergiendo de más dimensiones que las que concibiera Euclides el metódico. Las estrellas ardían por todas partes y nos entretuvimos en bautizar las nuevas constelaciones: el Caballero, el Labrador, el Ballestero, y nombres más indignos de figurar en esta crónica.

El viaje no fue largo: apenas unos días terrestres, al menos en la medida que pudimos comprobarlo por los relojes. Para nosotros fue un descanso y nos sentimos al terminar el viaje tan ardientes como una jauría de perros de caza y llegamos al sistema planetario de Bodavant.

Habíamos aprendido y comprendido que existían soles de muchos colores y tamaños. Los de los wersgorix, como el de los humanos, eran pequeños y amarillos. Bodavant es más rojo y frío. Sólo es habitable uno de sus planetas (cosa que es el caso corriente). Los hombres y los wersgorix habrían podido establecerse en Boda, pero lo habrían encontrado obscuro y glacial. Nuestros enemigos apenas se habían molestado en conquistar a los jairs indígenas, limitándose a impedirles adquirir más colonias de las que tenían cuando les habían descubierto. También les habían obligado a aceptar acuerdos comerciales muy desfavorables.

El planeta parecía un enorme escudo manchado, herrumbroso, sobre un fondo de estrellas. Los navíos de guerra de los indígenas nos hicieron señales. Detuvimos la flotilla; o, más bien, dejamos de acelerar y cruzamos el espacio a través de una «órbita hiperbólica sublumínica» marcada por los navíos jairs. Pero todos estos problemas de navegación celeste resultan muy dolorosos para mi pobre cabeza; me contento con dejarlos en manos de astrólogos y ángeles.

Sir Roger invitó al almirante jair a bordo de su nave. Empleamos el idioma wersgor y yo, naturalmente, fui el intérprete. Me limitaré a dejar constancia de la parte esencial de la conversación y no de los fastidiosos cambios y apartes que ocurrieron entre nosotros.

Se preparó una recepción para impresionar a los visitantes. En el pasillo, desde el panel de entrada al refectorio, se alinearon los guerreros. Los arqueros se vistieron con jubones y calzas verdes y aprestaron las plumas de sus gorros. Estaban en posición de descanso, con sus terribles armas frente a ellos. Los soldados ordinarios pulieron las pocas cotas de malla y cascos que poseían y formaron un paso con sus picas. Más allá, en el punto en que el pasillo se alzaba y ensanchaba lo bastante como para permitirlo, veinte caballeros lucían sus brillantes armaduras, estandartes y escudos, plumas y lanzas orgullosamente portadas, montados en nuestros mayores caballos de combate. Ante la última puerta se plantó el capitán de caza de sir Roger, con un halcón en el puño y una manada de dogos a sus pies. Resonaron las trompetas, batieron los timbales, los caballos se encabritaron, los perros aullaron, y, con un solo grito unánime, hicimos temblar el navío:

—¡Por Dios, por san Jorge y por la Alegre Inglaterra!

Los jairs parecieron un poco desanimados pero, no obstante, avanzaron hacia el refectorio. Lo habíamos tapizado con las telas más fastuosas de nuestro botín. Sir Roger, ataviado con sedas bordadas, rodeado de alabarderos y ballesteros, se había sentado a una larga mesa en un trono que nuestros ebanistas se habían apresurado a construir. Cuando entraron los jairs, levantó una copa de oro quitada a los wersgorix y bebió a su salud un buen trago de cerveza inglesa. Habría preferido que fuese vino, pero el padre Simón prefirió reservarlo para la Santa Comunión y le hizo ver que aquellos diablos extranjeros creían que era fuego lo que bebía igualmente.

Wáes haeil! —declamó sir Roger, una expresión inglesa que adoraba, aun cuando, como en aquella ocasión, hablase en francés.

Los jairs parecieron titubear hasta que unos pajes les acompañaron a sus asientos con tanta ceremonia como en la corte real. Recité el rosario y pedí que Dios bendijera la conferencia. No hice todo aquello, he de confesarlo, por meras razones religiosas. Ya sabíamos que los jairs empleaban ciertas fórmulas verbales para invocar los poderes ocultos del cerebro y el cuerpo. Si eran lo bastante ignorantes como ver en mi sonoro latín una impresionante versión de sus procedimientos, no era culpa nuestra, ¿verdad?

—Bienvenido, señor —dijo sir Roger; parecía muy tranquilo; en él se discernía algo casi diabólico; sólo los que le conocían bien podían adivinar en que vacío habitaba—. Os ruego que me perdonéis por haber entrado sin preámbulos en vuestros dominios, pero las noticias de que soy portador no pueden esperar.

El almirante jair se echó hacia adelante, tenso. Era un poco más alto que un hombre, más delgado y gracioso, con el cuerpo cubierto por un suave pelaje gris que se hacía más blanco y escaso alrededor de la cabeza. El rostro mostraba bigotes de gato y enormes ojos púrpura, pero, salvo aquello, su aspecto era totalmente humano. Es decir, parecía tan humano como los rostros que se ven en los trípticos cuando son fruto del trabajo de un artista no muy hábil. Llevaba ropa ajustada de terciopelo marrón y en ella prendidas las insignias de su rango. Pero, a decir verdad, todos ellos parecían poca cosa si se les comparaba con el esplendor con que nosotros mismos nos habíamos rodeado. No tardamos en descubrir que su nombre era Beljad sor Van. Esperábamos que la criatura encargada de la defensa interplanetaria fuese alguien con cierta categoría en el gobierno y no nos equivocamos.

—No podíamos suponer que los wersgorix confiasen tanto en otros seres como para armarlos y tomarlos por aliados —dijo.

Sir Roger se echó a reír.

—¡Es que no es así, por amor de Dios! Vengo de Tharixan porque acabo de conquistarlo. Utilizamos los navíos de Wersgor para no exponer los nuestros.

Beljad se incorporó, sorprendido. Su pelaje se erizó por la excitación.

—¿Sois otra raza que vuela entre las estrellas? —preguntó.

—Somos ingleses —replicó sir Roger, esquivando la pregunta; no deseaba mentir a potenciales aliados si no era necesario, pues su indignación al descubrir la verdad podría ponernos en serios aprietos—. Nuestros soberanos tienen grandes posesiones extranjeras, como Ulster, Leinster, Normandía… pero no os aburriré con un catálogo de planetas —fui el único en notar que no había dicho que tales condados fueran planetas—. En fin, nuestra civilización es muy antigua, más de cinco mil años —utilizó tanto como le fue posible el equivalente wersgor para aquella cifra. Además, ¿quién podría negar que las Sagradas Escrituras no se remontaban con absoluta exactitud hasta los días de Adán?

Beljad se quedó menos impresionado de lo que esperábamos.

—Los wersgorix se vanaglorian de dos mil años de historia tras la reconstrucción de su civilización después de la última guerra de exterminio recíproco —dijo—. Pero nosotros los jairs poseemos una cronología segura desde hace ocho mil años.

—¿Cuánto hace que podéis volar por el espacio?

—Poco más de dos siglos.

—¡Ah! Nuestras primeras experiencias de ese estilo se remontan a… ¿a cuándo, hermano Parvus?

—A tres mil quinientos años, en un lugar llamado Babel —le contesté.

Beljad estuvo a punto de ahogarse. Sir Roger, tranquilo, siguió hablando.

—El Universo es inmenso y el imperio de los ingleses, siempre en expansión, se ha encontrado muy recientemente con el imperio de los wersgorix. No comprendieron la extensión de nuestro poder y nos atacaron sin mediar provocación. Ya conocéis su maldad. Somos, como vosotros, una raza pacífica. Supimos gracias a los despreciables cautivos wersgor que los jairs eran una raza pacífica que nunca había colonizado ningún planeta que ya estuviera habitado —Sir Roger unió las manos y levantó los ojos hacia el cielo—. A decir verdad —dijo—, uno de nuestros más fundamentales mandamientos es «No matarás». Pero nos pareció que sería mucho mayor pecado dejar que la peligrosa y cruel Wersgorixan siguiera destruyendo y matando a todos los seres indefensos.

—Hum —Beljad se frotó la frente cubierta de pelo—. ¿Dónde se encuentra Inglaterra?

—Veamos, veamos —murmuró sir Roger—. ¿No pensaréis que revelaremos ese dato, ni siquiera a los extranjeros más honorables, antes de haber alcanzado una mejor comprensión mutua. Los wersgor no lo saben, pues apresamos a sus naves exploradoras. Mi expedición ha venido para castigarles y reunir datos. Como os he dicho, hemos tomado Tharixan con muy pocas pérdidas. Pero no es costumbre de mi monarca intervenir en los asuntos de otras especies inteligentes sin consultar antes sus deseos. Juro que el rey Eduardo III nunca ha soñado siquiera con actuar de tal modo. Antes preferiría que los jairs y todos los que hayan padecido a manos de los wersgorix se unan a mí para partir en cruzada y abatir su poder. Así ganaréis el derecho de dividiros su imperio, con justicia y equidad.

—Siendo jefe como sois de un solo ejército, tenéis poder para mantener negociaciones a este nivel? —Beljad parecía dudoso.

—Sire, no soy de humilde cuna —respondió el barón con mucho engolamiento—. Mi linaje es tan noble como el mejor de vuestro reino. Uno de mis antepasados, de nombre Noé, fue almirante en otro tiempo de todas las flotas de mi Mundo.

—Todo es tan repentino —dijo Beljad, turbado—. ¡Tan inusitado! No podemos… no puedo… Tenemos que discutirlo en…

—Cierto —mi señor elevó la voz hasta que tembló toda la sala—. Pero no os demoréis, señores y caballeros. Os ofrezco una posibilidad de destruir la barbarie de Wersgor, cuya existencia no es tolerable para Inglaterra. Si compartís las penalidades de la guerra, con vosotros dividiremos los frutos de las conquistas. Si no, nosotros los ingleses enviaremos fuerzas de ocupación a todos los dominios wersgorix: alguien ha de hacer que reine el orden. Os lo repito: ¡unios a nosotros en la cruzada, bajo mi mando, y alcanzaremos la victoria!


Capítulo 16

<p>Capítulo 16</p>

Los jairs, como las otras naciones libres, no eran gente inculta. Nos invitaron a posarnos en su suelo y a ser los huéspedes de su planeta. Fue una estancia muy rara, casi como si nos encontrásemos en el eterno Reino de los Elfos. Recuerdo pequeñas torres, graciosas, unidas mediante puentes aéreos de elegante arco, ciudades en las que los edificios desaparecían en medio de enormes parques para convertir el conjunto en una inmensa zona de recreo, barcos en lagos centelleantes, sabios ataviados con túnicas y velos que discutían conmigo acerca del saber inglés, enormes laboratorios de alquimia, música que aún me viene a la mente en los sueños. Pero no estoy escribiendo un libro de geografía. Y el relato más sobrio acerca de aquellas civilizaciones no humanas le parecería más fantástico a un hombre de Inglaterra que las fabulaciones del célebre veneciano llamado Marco Polo.

Mientras que los sabios, políticos y jefes jairs intentaban sacar de nosotros mil datos de modo cortés, enviaron apresuradamente una expedición a Tharixan para averiguar lo que había pasado. Lady Catalina les recibió con toda pompa y les permitió interrogar a todos los wersgorix que quisieran. No ocultó más que a Branithar, que podría haber revelado más verdades que los otros. En cuanto a sus compatriotas, incluyendo al propio Huruga, no tenían más que confusas impresiones de ataques y asaltos irresistibles.

Los jairs no sabían diferenciar la apariencia humana y fueron incapaces de darse cuenta de que la guarnición de Darova estaba compuesta por nuestro flanco más débil. Pero pudieron contar sus fuerzas y se vieron y se las desearon para creer que una fuerza tan pequeña hubiera cumplido tantas hazañas. ¡Sería por los misteriosos poderes que teníamos en reserva! Cuando vieron a nuestros boyeros, caballeros, mujeres cocinando en hornos de madera, aceptaron con bastante facilidad las explicaciones que les dieron: los ingleses preferían el aire libre y la sencillez, una vida lo más natural posible. Era un ideal que compartían.

Nos alegró mucho que las barreras del lenguaje limitaran su descubrimiento de la verdad de lo que veían. Los jóvenes que estaban aprendiendo el wersgor no habían alcanzado más que un primer nivel, demasiado poco para mantener una conversación inteligible. Muchos hombres normales y corrientes, incluso los guerreros, habrían podido descubrir su temor e ignorancia y rogar que les devolvieran a su casa, si hubieran podido expresarse. Siendo como era la situación, cualquier conversación con los ingleses debía filtrarse a través de mí. Y pude devolverle la alegre arrogancia a sir Roger.

No les ocultó que los wersgorix enviarían a Darova una flota vengadora. Incluso se pavoneó por ello. La trampa estaba lista, les dijo. Si Boda y los otros planetas que viajaban entre las estrellas no querían ayudarle a reducirla, tendría que pedir refuerzos a Inglaterra.

Los jefes jairs se sintieron muy turbados ante la idea de la armada de un reino totalmente desconocido entrando en sus regiones espaciales. Algunos de ellos, estoy seguro, nos tomaron por simples aventureros, incluso por forajidos, que no podrían contar con ayuda alguna por parte de su patria. Pero otros debieron discutir y decir, por ejemplo:

—¿Nos vamos a mantener al margen sin participar en lo que va a pasar? Aunque sean piratas, esos recién llegados han conquistado un planeta y no tienen miedo ni de todo el imperio de Wersgor. En todo caso, tenemos que armarnos, pues es posible que Inglaterra sea —aunque ellos lo nieguen— más agresiva que la nación de los rostros azules. ¿No sería mejor reforzar nuestra posición ayudando a sir Roger a ocupar planetas y a que se haga con un buen botín? ¡La alternativa es aliarnos con Wersgor, lo que resulta impensable!

Lo más importante de todo es que habíamos seducido la imaginación de los jairs. Vieron a sir Roger y a sus brillantes compañeros galopar a lo largo de sus tranquilas avenidas. Oyeron el relato de la derrota que había infligido a sus viejos enemigos. Su folklore, basado desde antiguo en el hecho de que no conocían más que una reducida porción del Universo, les predisponía a creer en la existencia de razas más antiguas y fuertes fuera de los espacios marcados en sus mapas. Cuando escucharon a sir Roger haciendo su llamamiento para la guerra, se enardecieron y pidieron batalla casi a gritos. Boda era una verdadera república, no un simulacro como la de los wersgorix. La voz popular se dejaba oír alta y clara en su Parlamento.

El embajador wersgor protestó. Amenazó con destruirlo todo. Pero estaba lejos de su planeta y sus mensajeros tardarían en llegar y, mientras tanto, la multitud se dedicó a apedrear su palacio.

Sir Roger conferenció también con los dos emisarios de otras dos naciones que navegaban entre las estrellas, los ashenkoghli y los pr?ºotanos. Los dos signos que he intercalado en este último nombre son obra mía, y representan respectivamente un silbido y un gruñido. A modo de ejemplo de todas las conversaciones que se mantuvieron, mencionaré, simplemente, una de ellas.

Se mantuvo, como era costumbre, en idioma wersgor. Tuve más problemas de interpretación que de costumbre, pues el pr?ºotan se encontraba en una caja que mantenía a su alrededor el calor y el aire envenenado que necesitaba. Hablaba, lo que es más, por medio de una especie de altavoz, con un acento peor que el mío. Ni siquiera intenté aprenderme su nombre personal y rango, pues aquellos implicaban conceptos que, para la mente humana, eran aún más complicados y sutiles que los libros de Maimónides. Sólo pude llegar a la siguiente aproximación: Maestre Terciario de los Huevos del Enjambre del Noroeste. En privado, decidí llamarle Ethelbert.

Nos encontrábamos en una fresca habitación azul que dominaba la ciudad. Mientras Ethelbert, una forma tentacular percibida obscuramente a través del cristal, se esforzaba trabajosamente por decir las más corteses lindezas, sir Roger echó un vistazo al panorama.

—¡Qué fácil sería atacar un lugar con tantas ventanas abiertas! —murmuró—. ¡Qué ocasión! ¡Me gustaría asaltar este lugar!

Cuando empezaron las negociaciones, Ethelbert dijo:

—No puedo cerrar ningún convenio que haga que los Enjambres sigan determinada política. Sólo puedo enviar recomendaciones. Sin embargo, como nuestros pueblo tiene mentes menos individualistas que la media, puedo añadir que mis recomendaciones serán de gran peso. Pero reconozco que yo mismo soy bastante difícil de convencer.

Aquello ya nos lo imaginábamos. En cuanto a los ashenkoghli, se dividían en clanes; su embajador en Boda era el jefe de uno de ellos y podía convocar a su flota bajo su propia autoridad. Aquello simplificó tanto las negociaciones que vimos en ello la mano de Dios. La confianza que logramos con ello fue un tanto precioso.

—Conoceréis sin duda, sire, los argumentos que les hemos dado a los jairs —dijo sir Roger—. Son también aplicables a Pur… Pur… en fin, a sea cual sea el nombre diabólico de vuestro planeta.

Me sentí ligeramente exasperado: siempre me dejaba el peso de la traducción, pero si me obligaba a inventar continuamente frases corteses… me impuse un rosario de penitencia por tan mal pensamiento. El wersgor es un idioma tan bárbaro que yo era incapaz de pensar convenientemente con su vocabulario. Cuando traducía el francés de sir Roger, siempre necesitaba pasar la parte esencial del discurso al inglés de mi infancia y transformarlo a continuación en elegantes frases latinas, sobre cuyas firmes bases podía elaborar una estructura wersgor que Ethelbert traducía mentalmente al pr?°tan. ¡Qué milagrosas son las obras de Dios!

—Los Enjambres los han padecido —admitió el embajador—. Los wersgorix limitan nuestra flota espacial y nuestras posesiones extraplanetarias. Nos sangran con un duro tributo en metales raros. Pero nuestro mundo resulta para ellos inhabitable e inútil, de modo que no pensamos que vayan a invadirnos algún día, como podrían hacer con Boda y Ashenk. ¿Por qué provocar su cólera?

—Me parece que estas criaturas no tienen ninguna idea de lo que es el honor —me murmuró el barón—. Decidles que serán liberados de esas restricciones y de los tributos cuando Wersgorixan sea vencida.

—Es evidente —fue la fría respuesta—. Sin embargo, las ganancias nos parecen ínfimas comparadas con los riesgos de un bombardeo de nuestro planeta y sus colonias.

—El riesgo será casi inexistente si todos los enemigos de Wersgonxan actúan juntos. Los jefes wersgor estarán demasiado ocupados como para pensar en ofensivas.

—Pero no hay ninguna alianza entre sus enemigos.

—Tengo razones para creer que el señor Ashenkoghli, presente en Boda, tiene intención de unirse a nosotros. Y muchos otros clanes de su reino se le unirán, aunque no sea más que para que no se convierta en alguien poderoso.

—Sire —protesté en inglés—, sabéis que la criatura de Ashenk no está dispuesta a arriesgar su flota en este asunto.

—Decidle a ese monstruo lo que acabo de decir.

—¡Pero, señor, es falso!

—Pero podría ser verdad; no es una mentira.

Aquella casuística estaba a punto de sofocarme, pero hice lo que me pedía. Ethelbert me replicó de inmediato.

—¿Qué os lo hace creer? El de Ashenk es conocido por su prudencia.

—Cierto —fue una pena que el tono despectivo de sir Roger no fuera interpretado por aquellos oídos no humanos—. Por eso no anunciará de inmediato sus intenciones. Pero su estado mayor… hay quien dice que no pueden resistir las alusiones.

—¡Hay que enterarse! —dijo Ethelbert.

Yo podía leer sus pensamientos, o casi. Enviaría espías, mercenarios jairs, a documentarse.

Nos dirigimos a toda prisa a otro lugar, donde proseguimos las conversaciones que empezara previamente sir Roger con un joven ashenkogh. Aquel bravo centauro deseaba ardientemente una guerra, en la que podría ganar gloria y riqueza. Nos explicó en detalle la organización, las relaciones, las comunicaciones. Todos lo: datos que necesitaba sir Roger. Después, el barón le instruyó sobre los documentos que había que preparar para que los agentes de Ethelbert los descubrieran. Le dijo las palabras que debía deslizar en medio de una borrachera, mencionando los desafortunados intentos de comprar a los oficiales jairs… Antes de que pasara mucho tiempo, todo el mundo sabía —a excepción del propio embajador ashenkoghli— que tenía intención de unirse a nosotros.

Ethelbert envió a Pr?°tan recomendaciones para entrar en guerra. Partieron en secreto, naturalmente, pero sir Roger compró a un inspector jair que tenía por misión transmitir los mensajes diplomáticos mediante las cajas especiales que se albergaban en las naves espaciales. Se le prometió al inspector todo un archipiélago en Tharixan. El plan resultó muy juicioso, pues mi señor le pudo dar a leer el despacho al jefe ashenkoghli antes de que éste siguiera adelante Puesto que Ethelbert mostraba tanta confianza en nuestra causa, el jefe envió a buscar su propia flota y escribió cartas que invitaban a los señores de los clanes aliados a hacer lo mismo.

Los servicios secretos militares de Boda sabían ya lo que pasaba. No podían permitir que Ashenk y Pr?°tan consiguieran tan rica cosecha mientras que su planeta se quedaba al margen. Recomendaron que también los jairs se unieran a aquella alianza. El parlamento se reunió y declaró la guerra a Wersgorixan.

Sir Roger sonrió de oreja a oreja.

—No ha sido muy difícil —dijo cuando sus capitanes le cumplimentaron—. No he tenido más que aprender a hacer las cosas como las hacen por aquí, el asunto no era un secreto. Todas estas criaturas de las estrellas caen en las más tontas trampas, cosa que no harían ni los más memos de los príncipes alemanes.

—Pero, ¿cómo es posible, sire? —preguntó sir Owain—. Pertenecen a una raza más antigua, más fuerte y sabia que la nuestra.

—Más fuerte y más vieja, sin duda —asintió el barón; estaba de buen humor y se dirigía a sir Owain incluso con franca camaradería—. Pero no más sabios. Cuando se trata de intrigas, yo soy como los italianos. Pero esta pobre gente de las estrellas son como niños. ¿Por qué? Bien, en la Tierra, desde hace siglos, hay naciones y muchos señores, todos en lucha entre sí, bajo un sistema feudal demasiado complicado como para entenderlo del todo. ¿Por qué tantas guerras contra Francia? Porque el duque de Anjou era, por una parte, rey soberano de Inglaterra y, por otra parte, francés. Ya podéis ver a lo que conduce un ejemplo tan insignificante. En nuestra tierra hemos aprendido por la fuerza todas las artimañas posibles.

»Pero aquí, desde hace siglos, los wersgorix han sido el único poder real. Lo han conquistado todo con un solo método, destruyendo a las razas que no tenían armas para combatir contra ellos. Por la fuerza y el azar han conseguido el mayor de los reinos y han impuesto su voluntad a otras tres naciones que poseían igualmente un arte militar. Impotentes, ni siquiera han sido capaces de complotar contra Wersgorixan. Todo el asunto no ha requerido más diplomacia y estrategia que la necesaria para una guerra de bolas de nieve. He tenido que emplear muy poca habilidad para jugar con su simplicidad, su avaricia, su creciente miedo y las rivalidades mutuas.

—Sois demasiado modesto, sire —sonrió sir Owain.

—¡Ah! —el placer del barón desapareció—. Satán reina en este tipo de tratos. Ahora sólo hay una cosa importante: estaremos aquí inmovilizados hasta que se arme la flota y el enemigo ya esté en camino.

En verdad, aquel fue un período de pesadilla. No podíamos dejar Boda para reunimos con las mujeres y los niños de la fortaleza, pues la alianza era todavía muy frágil. Sir Roger debió poner las cosas a punto en cien ocasiones, utilizando medios que le resultarían muy caros cuando llegase a la otra vida. En cuanto a nosotros dedicamos el tiempo a estudiar la historia, el idioma, la geografía (¿debería decir la astrología?) y las artes mecánicas, merecedoras de apelativo de brujerías, de Boda. Estudiamos aquellas últimas bajo el pretexto de compararlas con las que teníamos en la Tierra, despreciando a las suyas, claro está. Felizmente para nosotros —aunque elhecho no fue totalmente debido al azar, pues sir Roger eliminó cualquier referencia oficial antes de nuestra partida de Tharixan— algunas de las armas capturadas eran secretas. Podíamos hacer demostraciones con un fusil de mano o una bala explosiva especialmente eficaces y pretender que procedían de Inglaterra, procurando que nuestros aliados no pudieran observarlas muy de cerca.

La noche en que el navío de enlace de los jairs retornó de Tharixan con la noticia de que la armada enemiga ya había llegado, sir Roger se retiró solo a su dormitorio. No sé lo que pasó, pero al dia siguiente su espada estaba sin filo y todos los muebles de la alcobas eran un montón de leña.

Gracias a Dios, sin embargo, no esperamos más tiempo. La flota de Bodavant ya estaba en órbita, reunida. Varias docenas de ligeros navíos de combate llegaron de Ashenk y, poco después, las naves con forma de caja de Pr?°tan descendieron pesadamente de su emponzoñado mundo. Embarcamos y partimos hacia la guerra en medio de inmensos rugidos.

Cuando tuvimos Darova a la vista, tras haber combatido en el espacio contra navíos enemigos y haber entrado en la atmósfera de los wersgorix, yo tenía mis dudas sobre lo que podríamos salvar y liberar. Centenares de millas alrededor de la fortaleza no eran más que tierra negra, devastada, desolada. Las rocas se habían fundido y en algunas partes todavía hervían, justo donde acababa de impactar un obús. Aquella muerte sutil que no se podía detectar más que con determinados instrumentos se albergaría en aquel continente durante muchos años.

Pero Darova había sido construida para resistir aquellas fuerzas y lady Catalina la había aprovisionado a la perfección. Percibí una flotilla wersgor descendiendo aullante sobre la pantalla de fuerza. Sus proyectiles estallaron muy cerca, haciendo volar las piedras de las estructuras del suelo, pero dejando intactas las instalaciones subterráneas. La tierra se abrió y las bombardas lanzaron lenguas de fuego parecidas a víboras, escupiendo rayos y retirándose antes de que nuevas explosiones pudieran alcanzarlas. Tres navíos wersgor cayeron despedazados. Sus pecios se añadieron al montón de ruinas resultantes de un ataque en el suelo, cuando intentaron tomar al asalto la fortaleza.

No vi más a Dorava envuelta en su sudario de humo. Los wersgorix nos atacaron en masa y el combate se libró en el espacio.

¡Qué batalla más extraña! Combatíamos a distancias inimaginables, con rayos de fuego, obuses, proyectiles que se guiaban a sí mismos. Los navíos eran manejados por cerebros artificiales, con tanta rapidez que sólo las máquinas que daban paso podían impedir que los tripulantes se aplastasen en los mamparos. Los cascos eran desgarrados por proyectiles que pasaban de lado a lado. Las partes abiertas se cerraban por sí mismas y el resto seguía disparando.

Así era la guerra en el espacio. Sir Roger realizó una innovación. Horrorizó a los almirantes jairs cuando la propuso, pero insistió y dijo que era táctica habitual de los ingleses… lo que, de hecho, era verdad. Pero sir Roger, naturalmente, la impuso para no traicionar la carencia de habilidad de sus hombres con las armas infernales.

Repartió sus tropas en muchas naves pequeñas extremadamente rápidas. Nuestro plan de batalla era tan poco ortodoxo porque queríamos conducir al enemigo a determinada posición. Cuando llegamos, las naves de sir Roger se infiltraron en el corazón de la flota wersgor. Perdimos algunos, pero los otros siguieron girando en una órbita imposible para llegar al navío almirante del enemigo. Era una cosa monstruosa, de una milla de largo, lo bastante grande como para transportar generadores de campos de fuerza. Pero los ingleses habían utilizado explosivos para practicar agujeros en el casco. Luego, con armaduras del espacio, en las que los caballeros se habían plantado las cimeras, armados con espadas, hachas, alabardas y arcos, al igual que con fusiles, se lanzaron al abordaje.

No eran suficientes para hacerse con el inmenso laberinto de pasillos y camarotes. Se divirtieron, no obstante, mucho y sufrieron pocas pérdidas (allí, los marineros se dedicaban a los combates cuerpo a cuerpo) y crearon una confusión general que ayudó en gran medida al asalto final. Los tripulantes acabaron por abandonar el navío. Sir Roger les vio partir y retiró sus tropas antes de que el casco estallase en pedazos.

Sólo Dios y los santos más belicosos saben si aquella acción resultó decisiva. La flota aliada era menos numerosa que la del enemigo, tenía menos cañones y cada pérdida era terrible; por otra parte, nuestro ataque sorprendió al enemigo y tuvimos a los wersgorix entre nuestra flota y Darova, cuyos proyectiles más grandes podían alcanzar el espacio y destruir los navíos enemigos.

No puedo describir la aparición de san Jorge, pues no tuve el privilegio de tal visión. Sin embargo, más de un soldado digno de confianza juró que había visto al santo caballero descendiendo de la Vía Láctea en medio de una riada de estrellas, empalando los navíos enemigos con la lanza como si fueran simples dragones. Sea como sea, tras varias horas de las que apenas me acuerdo confusamente, los wersgorix abandonaron la partida. Se retiraron ordenadamente, tras haber perdido la cuarta parte de su flota, y no les perseguimos mucho trecho.



En lugar de ello, sobrevolamos la calcinada Darova. Sir Roger y los jefes aliados descendieron en una nave. En la gran sala central subterránea, la guarnición inglesa, negra de pólvora, agotada por días de combate, lanzó varias débiles aleluyas. Lady Catalina se tomó cierto tiempo para bañarse y ataviarse con sus mejores ropas para mantener su honor a salvo. Avanzó con paso de reina para saludar a los capitanes.

Pero, al ver a su esposo, cuya silueta se recortaba en la fría luz de la entrada, vestido con su armadura espacial totalmente abollada, su paso se hizo más titubeante.

—Mi señor…

Sir Roger se quitó el casco acristalado. Los tubos del aire molestaron ligeramente el gesto del caballero; se lo colocó bajo el brazo y dobló ante ella la rodilla.

—No —gritó mi señor—, antes bien: Mi señora y mi amor.

Lady Catalina avanzó como sonámbula.

—¿Es vuestra la victoria?

—No. Es vuestra.

—Y ahora…

Sir Roger se levantó, esbozó una mueca, pues las necesidades de la acción volvían a requerirle.

—Conferencia —dijo—. Y reparar los daños, preparar nuevos navíos, nuevas armas. Intrigar con nuestros aliados, castigar, animar. Combatir, seguir combatiendo. Hasta que, si Dios quiere, los rostros azules sean devueltos a su propio planeta y se rindan —se detuvo; el rostro de lady Catalina había perdido todo color—. Pero esta noche, señora —dijo torpemente, aunque debía haber repetido la escena mil veces—, creo que hemos ganado el derecho a estar solos para que pueda rendiros mi homenaje.

Lady Catalina suspiró largamente.

—¿Sigue vivo sir Owain? —preguntó.

Como no dijo lo contrario, ella se persignó y una suave sonrisa revoloteó por sus labios. A continuación, les dio la bienvenida a los capitanes extranjeros y les presentó la mano para que se la besaran.


Capítulo 17

<p>Capítulo 17</p>

Llego ahora a una parte dolorosa de mi historia, y la más difícil de escribir. Pues, salvo a su final, no asistí a ella.

Todo ocurrió porque sir Roger se lanzó con toda su alma a una cruzada como si quisiese huir de algo, lo que, en cierto sentido, era verdad. Y fui arrastrado por él como una hoja llevada por el viento de la tormenta. Yo era su intérprete, pero, cuando no teníamos nada que hacer, era también su profesor y le instruía en el idioma wersgor hasta que mi pobre y débil carne no podía resistir más. Cuando me dormía, veía aún la vela que trazaba surcos de sombras y luz en el rostro de mi señor. A veces, convocaba a algún sabio y docto jair que le enseñaba aquel otro idioma hasta que llegaba el alba. A aquel paso, necesitaría muy pocas semanas para poder empezar a jurar atrozmente en los dos idiomas.

Mientras aprendía, hizo la vida muy dura, tanto para sí como para sus propios aliados. No había que darles a los wersgorix ni una sola oportunidad de rehacerse. Había de atacarse planeta tras planeta, teníamos que reducirles y guarnecer cada nuevo mundo para que el enemigo siempre estuviera a la defensiva. En aquella tarea recibimos la ayuda de todas las poblaciones indígenas reducidas a la esclavitud. Por regla general, bastaba con darles armas y un jefe. Entonces, atacaban a sus amos mediante hordas, con tanta ferocidad que los wersgorix se refugiaban entre nosotros buscando protección. Los jairs, los ashenkoghli y los pr?°tanos estaban horrorizados. No estaban acostumbrados a asuntos como aquél; mientras que sir Roger conocía la actividad de los jacobinos franceses. Desorientados, los jefes aliados aceptaron paulatinamente su indiscutible autoridad.

Los altibajos de aquellas guerras, de aquellas acciones, son demasiado complejos, demasiado diferentes de mundo a mundo, como para ser referidos en este humilde relato. Pero, en esencia, los wersgorix habían destruido la esencia de la civilización original de cada planeta habitado. Pero había llegado el turno de la caída del sistema wersgor. En aquel vacío —irreligión, anarquía, bandidaje, hambre, la amenaza siempre constante del regreso de los caras azules, la necesidad de entrenar a los indígenas para reforzar nuestras parcas guarniciones— sir Roger avanzó. Tenía la solución para aquellos problemas, una solución forjada en Europa a lo largo de los siglos, tras la caída de Roma, en circunstancias muy parecidas: el sistema feudal.

Pero, en el mismo momento en que colocó la piedra angular de la victoria, todo se derrumbó sobre él. ¡Que Dios se apiade de su alma! Nunca he conocido a más bravo caballero. Hoy mismo, toda una vida después de lo que narro, las lágrimas enturbian mis pobres ojos y pasaré apresuradamente sobre esta parte de la crónica. Fui testigo de tan pocas cosas que quedaré excusado de hacerlo.

Pero los que traicionaron a su señor no lo hicieron súbitamente. Titubearon, fueron ayudados por el azar. Si sir Roger no hubiera permanecido ciego ante tantos signos premonitorios, nada de todo esto habría pasado. No contaré lo ocurrido tan sólo con algunas frases frías, sino que me apoyaré en la antigua práctica consistente en imaginar escenas completas. De este modo, uno se acerca quizá más a la verdad que con un rico relato en el que se revive a hombres convertidos en polvo, llegando a conocerles no como factores de abstractas villanías, sino como almas débiles de las que Dios, finalmente, se habrá apiadado.

Empezaremos en Tharixan. La flota acababa de partir para apoderarse de la primera colonia wersgor como principio de una larga campaña. Una guarnición jair ocupaba Darova. Las mujeres, los niños y los ancianos ingleses que tan valientemente habían sostenido el asalto recibieron de sir Roger la recompensa que estaba en sus manos darles. Les transportó a una isla, la misma en que pacía nuestro ganado. Pudieron habitar en sus bosques y campos, construir casas, guardar sus rebaños, cazar, sembrar y recolectar, casi como si estuvieran en la Tierra. Lady Catalina fue puesta a su frente. De todos los cautivos wersgorix, se quedó tan sólo con Branithar, tanto para que no revelase a los jairs más de lo necesario, como para que siguiera instruyéndola en su idioma. Mi señora se quedó con un pequeño navío espacial, muy rápido, para casos de urgencia. Se incentivaron muy poco las visitas de los jairs situados al otro lado del mar, para que no tuvieran ocasión de ver las cosas muy de cerca.

Fue un período apacible, pero no ocurrió lo mismo en el corazón de nuestra señora.

Su gran prueba empezó al día siguiente en que sir Roger embarcó. Mi señora se paseaba a través de un prado florido, escuchando cómo el viento suspiraba entre los árboles. La seguían dos sirvientas. De los bosques se alzaron voces, el ruido de un hacha, el ladrido de un perro… todo aquello parecía tan lejano como un sueño.

Súbitamente, lady Catalina se detuvo y abrió los ojos desmesuradamente. Se llevó la mano al crucifijo que pendía sobre su pecho.

—María, Madre de Dios, ten piedad de mí —sus sirvientas, bien educadas, se mantuvieron fuera del alcance de su voz.

Sir Owain Montbelle se adelantó tropezando por el claro. Llevaba ropas muy alegres y sólo su espada recordaba la guerra. La muleta en la que se apoyaba ocultaba muy poco su elegancia. Se despojó del sombreo emplumado y se inclinó.

—Ah —gritó—. En este momento, el bosque es la Arcadia, y Hob, el viejo porquero con quien me acabo de encontrar, es el pagano Apolo tocando alguna canción con su lira para la gran hechicera que es Venus.

—¿Qué pasa? —los hermosos ojos azules de lady Catalina se mostraban terriblemente turbados—. ¿Ha vuelto la flota?

—No —Sir Owain se encogió de hombros—. Todo es por culpa de mi propia torpeza. Jugaba a la pelota, di un paso en falso y me torcí el tobillo. Está tan débil, tan sensible, que sería inútil en la batalla. He debido traspasar el mando al joven Hugh Thorne y he volado hasta aquí en una navecilla. He de esperar a curarme y luego tomaré un navío y un piloto jair y me reuniré con mis camaradas.

Catalina intentó desesperadamente decir algunas palabras razonables.

—En sus… sus… lecciones, Branithar nos ha hablado de las artes médicas de los pueblos de las estrellas —sus mejillas estaban inflamadas—. Tienen lentillas con las que pueden ver… incluso dentro de un cuerpo humano… y pueden inyectar cosas que cicatrizan las peores heridas en pocos días.

—Ya lo he pensado —dijo sir Owain—. No querría vaguear mientras hay guerra. Luego recordé las estrictas órdenes de nuestro señor: nuestra esperanza descansa por completo en que hemos convencido a esas razas demoníacas de que somos tan sabios como ellos.

La mano de Catalina apretó fuertemente el crucifijo.

—No me he atrevido a pedir ayuda a sus médicos —siguió el noble—. Por el contrario, les he dicho que me he rezagado para ocuparme de ciertos asuntos urgentes y que llevaría muleta como penitencia por un pecado. Cuando la naturaleza me haya curado, partiré. Aunque, a decir verdad, será como arrancarme el corazón cuando me separe de vos.

—¿Sabe sir Roger todo esto?

Sir Owain asintió con la cabeza. Pasaron como con prisa a otra cosa. Aquel signo con la cabeza era una mentira descarada. Sir Roger no sabía nada. Ninguno de sus hombres se había atrevido a decírselo. Quizá yo debiera haberme arriesgado, pues él nunca había golpeado a ningún eclesiástico, pero yo también lo ignoraba. Como el barón evitaba la compañía de sir Owain y tenía muchas otras cosas en la cabeza, apenas pensaba en él. Supongo que en el fondo de su alma no quería hacerlo.

No me atreveré a afirmar que sir Owain tuviera realmente torcido el tobillo. Era, con todo, una coincidencia muy extraña. También dudo que hubiera organizado con todo detalle su última traición. Es más probable que quisiera hablar con Branithar para ver qué sacaba en claro.

Se inclinó hacia lady Catalina y se echó a reír.

—Hasta mi marcha, al menos, bendeciré el accidente.

La dama apartó la vista y tembló.

—¿Por qué?

—Creo que ya lo sabéis —la tomó de la mano.

Ella se retiró.

—Os suplico que recordéis que mi esposo se encuentra en la guerra.

—¡No dudéis de mí! ¡Antes morir que quedar deshonrado ante vuestros ojos!

—Nunca podría dudar… de un caballero tan cortés.

—¿Es eso todo lo que soy? ¿Cortés? ¿Divertido? ¿Un bufón para los momentos de cansancio? Bien, mejor ser el bufón de lady Catalina que el amante de Venus. Dejad que os distraiga —su clara voz empezó a cantar un rondó en su alabanza.

—No… —ella se apartó de él como una fiera del cazador—. He comprometido… mi fe…

—En las Cortes del Amor —dijo sir Owain—, sólo el Amor os compromete —el sol brillaba en sus hermosos cabellos.

—Tengo dos hijos —dijo mi señora con voz suplicante.

Sir Owain se puso serio.

—Señora, he sostenido en mis rodillas a Robert y a la pequeña Matilda muchas veces. Espero poder hacerlo de nuevo, si Dios lo quiere.

Se volvió hacia él, dispuesta a saltar, a irse.

—¿Qué queréis decir?

—¡Oh! Nada —Sir Owain miró hacia los bosques susurrantes cuyas hojas tenían formas y colores desconocidos en la Tierra—. Ni siquiera de palabra querría ser desleal.

—¿Y los niños? —mi señora le tomó la mano—. Por el santo nombre de Cristo, Owain, si sabéis algo, ¡hablad!

El caballero mantuvo la cara vuelta. Tenía un hermoso perfil.

—No conozco ningún secreto, Catalina —dijo—. Me parece que vos, tan bien como yo, podéis juzgar la situación. Después de todo, vos conocéis al barón mejor que nadie.

—¿Quién le conoce realmente? —dijo mi señora, con amargura.

—Me parece que sus sueños son cada vez más desmesurados —siguió sir Owain en voz baja—. Al principio, le bastaba con volar a Francia para reunirse con el rey. Luego, quiso liberar Tierra Santa. Cuando fue traído hasta aquí por la desgracia, respondió noblemente. Nadie puede negarlo. Pero, cuando ha tenido un respiro, ¿ha pretendido volver a la Tierra? No, se ha apoderado de un mundo. Ahora ha partido a la conquista de otros soles. ¿Dónde acabará todo esto?

—Sí… —ella no pudo continuar; ni pudo apartar su rostro del de sir Owain.

El caballero continuó:

—Dios ha puesto límites a todo. Una ambición sin freno es fruto de Satán, y de ella sólo puede nacer la desgracia. ¿No os parece, mi señora, cuando os quedáis durante toda la noche en vela sin poder dormir, que presumimos de nuestras fuerzas y eso nos conducirá a la ruina?

Tras un buen momento, añadió:

—Por eso, repito, ojalá Cristo y su Madre protejan a los niños.

—¿Qué podemos hacer? —exclamó lady Catalina, angustiada—. Hemos perdido el camino que conduce a la Tierra.

—Podríamos encontrarlo.

—¿Buscándolo durante cien años?

La miró un instante en silencio antes de contestar.

—No querría despertar falsas esperanzas en tal dulce pecho. Pero, de vez en cuando, hablo con Branithar, Conocemos muy mal nuestros idiomas mutuos y concede muy poca confianza a los seres humanos… pero, sin embargo, me ha dicho algunas cosas, que me han hecho pensar que quizá pudiéramos encontrar el camino de la Tierra.

—¿Cómo? —sus dos manos tomaron las de él, desesperadamente—. ¿Cómo? ¿Dónde? Owain, ¿estáis loco?

—No —replicó con estudiada brusquedad—. Pero supongamos que fuera verdad y que Branithar pudiera guiarnos. No lo haría sin pedir un precio. ¿Creéis que sir Roger renunciaría a la Cruzada y volvería a Inglaterra tranquilamente?

—Él… pero…

—¿No ha dicho una y mil veces que Inglaterra se encuentra en mortal peligro mientras exista el imperio de los wersgorix? Si encontramos la Tierra, ¿no redoblaría con ello sus esfuerzos? ¿Para qué saber cuál es el camino de vuelta? La guerra seguirá hasta que todos perezcamos.

Lady Catalina se estremeció y se santiguó.

—Mientras esté aquí —dijo al fin sir Owain—, intentaré averiguar si podemos encontrar el camino de vuelta. Quizá podríais imaginar un modo de emplear esas indicaciones antes de que sea demasiado tarde.

Le deseó cortésmente buen día, cosa que mi señora ni siquiera escuchó, y se alejó cojeando hacia el bosque.


Capítulo 18

<p>Capítulo 18</p>

Pasaron los largos días de Tharixan, semanas de la Tierra. Sir Roger se apoderó del primer planeta que visitó y echó a volar hacia otro. Allí, mientras sus aliados llamaban la atención de los cañoneros enemigos, asaltó el castillo principal, ocultando a sus tropas debajo de hojas. En aquella fortaleza fue donde John Hameward el Rojo liberó al fin una princesa cautiva. Es cierto que tenía los cabellos verdes y pequeñas antenas, y que toda reproducción resultaba imposible entre su especie y la nuestra. Pero la semejanza humana y la excesiva gratitud de la vashtunari —arrancada de manos de sus verdugos en el preciso momento en que éstos se disponían a conquistarla— reconfortaron grandemente a nuestros solitarios ingleses. Las prohibiciones del Levítico, ¿eran de aplicación en aquel apartado lugar? Se debatió el tema ardientemente.

Los wersgorix contraatacaron desde el espacio; su flota partía de bases situadas en una zona de pequeños planetas. En la ruta, sir Roger encontró cómo suprimir el peso artificial a bordo y obligó a sus hombres a ejercitarse en aquellas nuevas condiciones. En la prueba del vacío, nuestros arqueros realizaron la famosa gesta de la Batalla de Meteoritos. Sin rayos de fuego ni impulsos de fuerza magnética que delatara su posición, atravesaron con sus flechas a muchos wersgorix ataviados con trajes espaciales.



Con la base desprovista de tropas, el enemigo se retiró de todo el sistema. El almirante Beljad se hizo, por su parte, con otros tres soles, y los wersgorix tuvieron que replegarse muy lejos.

En Tharixan, sir Owain fue siendo cada vez más agradable para lady Catalina. Bajo el pretexto de estudios lingüísticos, se vio cada vez más frecuentemente con Branithar. Al fin, pensaron haber alcanzado el mutuo entendimiento.

Sólo faltaba convencer a la baronesa.

Creo que las dos lunas acababan de saltar al cielo. Las copas de los árboles brillaban como si estuvieran cubiertas de escarcha; su doble sombra se extendía sobre la hierba brillante por el rocío. Los ruidos de la noche parecían familiares y apacibles. Lady Catalina salió de su pabellón, como solía hacer cuando se dormían sus hijos y no podía conciliar el sueño. Envuelta en una gran capa, avanzó a lo largo de una amplia avenida que debía convertirse en la calle mayor de la nueva ciudad, pasó junto a las casas de adobe medio rematadas, masas de bloques obscuros bajo las lunas, y llegó a un prado cruzado por un arroyuelo. El agua corría brillante bajo la obscura claridad y murmuraba suavemente entre los guijarros. La dama percibía los extraños y cálidos aromas de las flores, que le recordaron los majuelos ingleses cuando la habían coronado Reina de Mayo. Se acordó del tiempo en que había estado en una playa de pedrisco en Dover; recién casada, había acompañado a su esposo, que embarcaba para una campaña de verano, agitando su velo mucho tiempo, hasta que había desaparecido la última vela. Las estrellas de aquellas noches eran más frías y nadie vería el ondear de su pañuelo. Agachó la cabeza y se dijo que no lloraría.

Las cuerdas de un arpa resonaron en la obscuridad. Sir Owain apareció. Ya no empleaba la muleta, aunque todavía simulaba cojera. Una pesada cadena de plata atraía la luz de las lunas sobre su túnica de terciopelo negro y ella le vio sonreír.

—Oh, oh —dijo el caballero suavemente—, las ninfas y las dríadas salen de noche.

—No —a pesar de su determinación, se sintió contenta; su charla, sus bromas, habían aliviado más de una hora de tristeza, aquello le devolvía a la mente los recuerdos de su juventud en la corte; esbozó con la mano un suave gesto de protesta, sabiendo que daba muestras de falsa modestia, sin poder impedirlo—. No, buen caballero, sería indecoroso.

—Bajo tales cielos, en tal presencia, nada lo es —replicó—. Aseguran que no había pecado en el Paraíso.

—¡Oh! No habléis así —su dolor, redoblado, volvió—. ¡Estamos perdidos en el Infierno!

—El Paraíso se encuentra donde se encuentre mi dama.

—¿Es éste acaso lugar adecuado para una Corte de Amor? —preguntó lady Catalina, amargamente.

—No —también él se puso solemne—. A decir verdad, una tienda, una cabaña, cuando estén terminadas, no deberían ser la morada de la dueña de todos los corazones. Tales sitios no son dignos hogares para vos… y vuestros hijos. Deberíais reinar entre rosas, como una Reina del Amor y la Belleza, con mil caballeros dispuestos a romper lanzas en vuestro honor y mil menestrales para cantar vuestros encantos.

Intentó protestar.

—Me bastaría con volver a ver Inglaterra… —pero su voz no fue más lejos.

Sir Owain se quedó inmóvil, contemplando el arroyo en el que las lunas gemelas trazaban dos caminos de luz temblorosa. Al fin, metió la mano bajo la túnica. La dama vio un reflejo de acero. Esbozó un movimiento de retroceso. Pero él levantó hacia el cielo la guarda de su espada y dijo, con su voz profunda y cálida a la que sabía dotar de profundas inflexiones:

—Por este símbolo de mi Salvador y mi honor, ¡juro que tendréis lo que deseáis!



Bajó la hoja y clavó los ojos en mi señora. Apenas pudo oírle cuando concluyó:

—Si es que lo deseáis realmente.

—¿Qué queréis decir? —se envolvió en la capa, como si tuviera más frío.

La alegría de sir Owain no tenía la turbulencia poco refinada de la de sir Roger, y su aspecto serio era mucho más elocuente que las protestas balbuceadas por su marido. Sin embargo, sintió miedo de sir Owain durante un momento; habría dado todas sus joyas por ver al barón saliendo armado del bosque.

—Nunca decís claramente lo que pretendéis —murmuró.

Sir Owain volvió hacia ella un rostro lleno de desarmante tristeza juvenil.

—Sin duda porque nunca he aprendido el difícil arte del discurso brutal. Pero si dudo, es porque me repugna darle a mi dama muy duras noticias.

Lady Catalina se incorporó. Durante un instante, bajo aquella luz irreal, ella se pareció extrañamente a sir Roger; él ponía el mismo gesto. Pero no tardó en volver a ser Catalina, que dijo con desesperado valor:

—Decidme la verdad, sea cual sea.

—Branithar puede encontrar la Tierra.

Lady Catalina no era una de esas damas que pierden el sentido. Pero vio cómo vacilaban las estrellas. Cuando volvió a ser dueña de sí misma, se encontró apoyada en el pecho de sir Owain. Sus brazos le rodeaban la cintura, sus labios se apretaban en su mejilla, buscando su boca. Ella se apartó levemente y él no intentó seguir besándola. Pero ella se sintió demasiado débil para abandonar sus brazos.

—Esa es una razón muy dura. Sir Roger no abandonará la guerra.

—Pero podría devolvernos a casa —dijo ella, jadeante.

Sir Owain pareció apenado.

—¿Creéis que lo hará? Necesita a todos los humanos para mantener sus guarniciones y mantener una apariencia de fuerza. Recordad lo que dijo antes de partir con la flota. Que cuando un planeta le pareciera lo suficientemente conquistado, enviaría a buscar a algunos hombres de esta aldea para que se unieran a los hombres de armas a los que habría nombrado duques y caballeros. En cuanto a él, habla de poner fin al peligro que amenaza a Inglaterra, pero, ¿le habéis oído decir alguna vez que haría de vos una reina?

Ella suspiró, recordando algunas palabras que se le escaparon.

—Branithar os lo explicará todo —susurró sir Owain.

El wersgor apareció de un juncal. Podía desplazarse libremente, pues no tenía ninguna posibilidad de escapar de la isla. Su cuerpo rechoncho iba cubierto de ricos ropajes, parte del botín, brillando gracias a miles de perlas diminutas. Con el redondo hocico, sin pelos, con las largas orejas, no parecía tan feo a causa de la costumbre, y sus ojos amarillos demostraban cierta alegría. Catalina comprendía lo suficiente de su idioma como para hablar con él sin intérprete.

—Señora, os preguntaréis sin duda cómo podría encontrar el camino en una ruta errabunda a través de masas de estrellas desconocidas —empezó—. Cuando las notas del navegante se perdieron en Ganturath, yo mismo desesperé. Hay tantos soles parecidos al vuestro en el espacio que se extiende entre este mundo y el vuestro… sería una búsqueda que al azar llevaría mil años. También es cierto que en ese espacio las nebulosas ocultan gran número de estrellas que sólo aparecen gracias a la suerte. Si alguno de los oficiales de mi navío hubiera sobrevivido, quizá nos hubiera podido ayudar a reducir el campo de nuestras pesquisas. Pero, ay, yo sólo trabajaba en los motores. Veía las estrellas de vez en cuando, pero para mí no significaban nada. Cuando engañé a vuestro pueblo —¡cosa que no sabéis cuánto lamento!— todo lo que hice fue pulsar un botón que preparaba el pilotaje automático en casos de urgencia… de tal modo llegamos aquí.

Lady Catalina parecía impaciente y nerviosa. Se arrancó de los brazos de sir Owain y le espetó:

—No soy tan tonta. Mi señor siempre me ha respetado lo suficiente como para explicarme todas estas cosas, aunque me costase trabajo entenderle. ¿Qué habéis descubierto?

—No he descubierto nada. He recordado una posibilidad —respondió Branithar—. La idea tendría que habérseme ocurrido antes, pero como han pasado tantas cosas…

«Sabed, señora, que hay estrellas tan brillantes que son como faros, como puntos de referencia, y que son visibles desde cualquier punto de la Vía Galáctea. Se las utiliza para la navegación. Si, por ejemplo, los soles que nosotros llamamos Ulovarna, Yariz y Gratch forman entre sí determinado ángulo, es porque uno se encuentra en determinada zona del espacio. Una somera evaluación de ese ángulo puede determinar la posición del observador con una certeza de unos veinte años luz. Lo que no es una zona muy grande para encontrar un Sol amarillo, aunque sea tan pequeño como el vuestro.

Ella hizo un gesto con la cabeza, pensativa.

—Entiendo. Pensáis que estrellas tan brillantes como Sirio y Rigel…

—No se trata necesariamente de las estrellas más brillantes vistas desde determinado planeta —la previno—. Puede que sean las que se encuentran más cerca. De hecho, a un navegante le haría falta un buen mapa de las constelaciones, con muchas estrellas brillantes marcadas en colores, tal y como se ven en el espacio sin aire. Con los datos necesarios, podría analizarlas y determinar cuáles deberían ser los puntos de referencia. De ese modo, las posiciones relativas le dirían desde dónde fueron observadas.

—Creo que podría dibujar un zodíaco —dijo insegura lady Catalina.

—Señora, eso no nos sería de ninguna utilidad —le dijo Branithar—. No tenéis costumbre ni conocéis el arte de identificar a simple vista tipos estelares. Admito que yo tampoco. No he recibido educación ni entrenamiento al respecto; sé algunas cosas sobre los trabajos de los demás, pero las he aprendido en conversaciones aisladas. Tuve la suerte de estar una vez en la torreta de navegación mientras el navío orbitaba la Tierra para hacer observaciones de larga distancia, pero no presté atención especial a las constelaciones, por lo que no recuerdo su configuración.

Lady Catalina pareció perder el coraje.

—¡En ese caso, estamos perdidos para siempre!

—No del todo. Quizá debiera haber dicho que no tengo ningún recuerdo consciente. Pero los wersgorix sabemos desde hace mucho tiempo que la mente está compuesta de muchas cosas de las que no nos damos cuenta conscientemente.

—Es verdad —opinó lady Catalina con aspecto reflexivo—. Existe el alma.

—Bueno… no es eso exactamente lo que quería decir. En la mente hay abismos inconscientes o semiconscientes que son la base de los sueños y… en resumidas cuentas, os baste con saber que ese inconsciente nunca olvida nada. Registra incluso el detalle más nimio que pueda impresionar los sentidos. Si yo entrase en trance y me guiaran del modo adecuado, podría dibujar una representación exacta y precisa del cielo terrestre tal y como pude verlo.

«Una vez hecho, un navegante hábil y experimentado, empleando las tablas estelares, podría cribar la búsqueda gracias al arte de las matemáticas. Llevaría tiempo. Por ejemplo, muchas estrellas azules podrían ser Gratch, y sólo un estudio detallado podría eliminar las que estuvieran relacionadas de un modo imposible con (digamos) el cúmulo esférico que habría de ser Torgelta. Poco a poco, sin embargo, eliminaría posibilidades y llegaría a esa reducida región de la que os hablaba. Podría volar hasta allí con algún piloto del espacio que le ayudase y podrían visitar todas las estrellas amarillas del entorno hasta que dieran con vuestro sol.

Catalina aplaudió.

—¡Es maravilloso! —exclamó—. Oh, Branithar, ¿qué recompensa deseáis? ¡Mi señor os dará todo un reino!

De pie, bien plantado sobre sus pesadas y separadas piernas, Branithar alzó los ojos hacia el rostro de la baronesa desde las sombras y dijo con el testarudo valor que empezábamos a conocer:

—¿Qué alegría me daría un reino edificado con los jirones de mi propio Imperio? ¿Por qué habría de ayudaros a volver a Inglaterra, si así sólo conseguiría la llegada de más locos ingleses?

Mi señora apretó los puños y dijo con frialdad normanda:

—En ese caso, habréis de decirle cuanto sabéis a Hubert el Tuerto.

Se encogió de hombros.

—No se evoca fácilmente la mente inconsciente, señora. Y vuestras bárbaras torturas podrían, por el contrario, alzar una infranqueable barrera —metió la mano en la túnica y, súbitamente, un cuchillo brilló bajo la luz de la luna—. ¡Además, no lo soportaría! ¡Retroceded! Me lo ha dado Owain. Y sé dónde se encuentra mi corazón.

Catalina reculó lanzando un sordo grito.

El caballero le apoyó ambas manos en los hombros.

—Escuchadme antes de juzgar —pidió—. Desde hace semanas, intento sondear a Branithar. Ha dejado caer algunas alusiones. Yo hice lo mismo. Hemos tratado como dos comerciantes sarracenos, sin admitir nunca abiertamente que estábamos haciéndolo. Al fin, habló de la daga: sería el precio a pagar para que me enseñase su mercancía. ¿Cómo iba a dañaros con un arma así? Nuestros hijos se pasean con armas más mortíferas que un simple cuchillo. Se lo prometí y él me contó lo que acaba de deciros.

Lady Catalina pareció relajarse con un estremecimiento. Había padecido demasiadas impresiones en muy poco tiempo, temiendo y padeciendo excesiva soledad. Sus fuerzas estaban agotadas.

—¿Qué pedís? —le murmuró a Branithar.

El wersgor pasó el dedo por el filo del arma, hizo un gesto con la cabeza y lo enfundó. Luego, habló con cierta suavidad.

—Primero habrá que encontrar un buen médico mental wersgor. Quizá encuentre a algún especialista en el Libro del Castro de Darova. Habrá que enviarle a ver a los jairs con un motivo u otro. El médico deberá trabajar con un hábil navegante, que le dirá qué preguntas formular para que pueda guiar mi lápiz mientras dibujo los mapas en estado de trance. Luego necesitaremos un piloto espacial, y dos cañoneros, insisto en ello. Se les podrá encontrar en Tharixan. Les podéis decir a vuestros aliados que es por razones de investigar las técnicas secretas del enemigo.

—¿Y cuando tengáis el mapa de las estrellas?

—Bien, ¡no se lo daré al punto a vuestro marido! Por nada del mundo. Podríamos ir a buscarle en secreto a bordo de vuestra nave del espacio. Cada uno tendrá una parte: los humanos, las armas; los wersgorix, el saber. Destruiremos tanto las notas como a nosotros mismos si nos traicionáis. Negociaremos de lejos con sir Roger. Vuestros ruegos deberían influir en su decisión. Si abandona esta guerra, volveréis a casa y vuestra nación se comprometerá a dejarnos en paz para siempre.

—¿Y si no atiende a razones? —su voz carecía de expresión.

Sir Owain se inclinó junto a su oído para murmurar en francés:

—En ese caso, vuestros hijos… y vos misma, seremos conducidos a la Tierra. Pero no hay que decírselo a sir Roger, naturalmente.

—No puedo pensar… —se cubrió el rostro con las manos—. ¡Padre Nuestro que estás en los Cielos, no sé qué hacer!

—Si los vuestros insisten en seguir con esta guerra insensata —siguió Branithar—, sólo conseguirán su final destrucción.

Sir Owain le había repetido mil veces lo mismo durante aquel tiempo en que era el único noble de todo el planeta, el único con quien ella podía hablar. Le recordó los cadáveres calcinados de las ruinas de la fortaleza, le recordó el modo en que la pequeña Matilda lloraba durante el asedio de Darova cada vez que un obús alcanzaba los muros; lady Catalina pensó en los verdes bosques de Inglaterra en los que ella había cazado halcones con su esposo y señor, al poco de casarse, y en los años que él ansiaba seguir combatiendo para alcanzar una meta que ella no podía comprender. La baronesa descubrió el rostro, levantó la cabeza hacia las lunas, la fría luz hizo brillar sus lágrimas, y dijo:

—Sí.


Capítulo 19

<p>Capítulo 19</p>

No puedo decir lo que impulsó a sir Owain a cometer aquella traición. Quizá dos almas se albergaban en su pecho. En lo más profundo de su corazón nunca debió olvidar hasta qué punto había sufrido la patria de su madre a manos del pueblo de su padre. Sus sentimientos eran, sin duda, sinceros en parte cuando le explicó a lady Catalina el terror de la situación, sus dudas sobre nuestra victoria, su amor por su persona y su preocupación por su seguridad. Pero también existía un motivo menos honorable, que quizá empezó siendo tan sólo una idea seductora para ir cobrando fuerza con el tiempo: ¡cuántas cosas se podrían hacer en la Tierra con las armas de Wersgor! Lectores de mi crónica, cuando recéis por las almas de sir Roger y lady Catalina, añadid una palabra para el pobre sir Owain de Montbelle.

El felón actuó con audacia e inteligencia, fuera cual fuese la verdad que se desenvolvía en el fondo de su alma. Vigiló de cerca a los wersgorix que llegaron para ayudar a Branithar. Durante las semanas llenas de esfuerzos, mientras se arrancaba de su sueño el saber que Branithar había olvidado para estudiar aparatos y sistemas matemáticos de un ingenio más alto que el de los árabes, el caballero preparó calmada y discretamente el navío del espacio para su marcha. Y había de vigilar continuamente para que el valor de la baronesa, conspiradora con él, no se debilitase.

Su resolución vacilaba, lloraba, se atenuaba, le gritaba que se fuera de su lado. Arribó un navío con órdenes de sir Roger: había que enviar gente para colonizar otro planeta capturado. También llegó una carta del barón dirigida a su esposa. Me la dictó, pues su ortografía no era siempre muy ortodoxa, de modo que me vi obligado a rehacer sus frases para que a través de su brusquedad se adivinaran sus sentimientos, su humilde y eterno amor. Catalina respondió inmediatamente, reconociendo cuanto había hecho y suplicando perdón. Pero sir Owain estaba prevenido para aquel movimiento; se apoderó de la carta antes de la marcha del navío, la quemó y convenció a la baronesa para que siguiera fiel a su plan. Le juró que era por el bien de todos, incluido el de su señor.

Al fin, dio a su pueblo, cada vez más vacío, algunas explicaciones: tenía que reunirse con su señor durante un tiempo. Embarcó con sus hijos y dos sirvientas. Sir Owain había aprendido lo suficiente del arte de la navegación celeste como para dirigir el navío hacia un destino concreto y conocido —sólo tenía que apretar estos y aquellos botones—, de modo que podía ir con ella sin más preámbulos. La noche precedente, había hecho subir a escondidas a los wersgorix: Branithar, el médico, el piloto, el navegante y dos soldados expertos en el empleo de las bombardas que erizaban el casco.

Las armas resultaban inutilizables desde el interior del navío. Owain y Catalina eran los únicos que portaban fusiles. En el cofre de ropa de sus aposentos se ocultaban otras armas de mano, y ante el cofre siempre se encontraba una sirvienta. Las dos mujeres se aterraban ante los rostros azules; sólo uno intentó acercarse a por un arma, pero sus gritos llamaron la atención de sir Owain, que no tardó en aparecer.

Sin embargo, el caballero y la dama no podían dejar de vigilar a sus socios. Branithar, evidentemente, habría podido dirigir el navío hacia Wersgonxan y decir a su emperador dónde se encontraba la Tierra. Con toda Inglaterra de rehén, sir Roger se habría tenido que rendir. El mero conocimiento del hecho de que no pertenecíamos a una gran civilización que sabía navegar por el espacio, sino que más bien éramos una congregación de sencillos e inocentes cristianos, pobres corderos conducidos hacia el matadero, habría reconfortado y animado a los wersgorix y desmoralizado a nuestros aliados, de modo que no podían consentir bajo ningún concepto que Branithar pudiera comunicar en secreto con su mundo.

No antes de que los planes de sir Owain hubieran fructificado. Y quizá nunca. Estoy seguro de que el propio Branithar preveía un momento de embarazo cuando hubiera dejado a sus camaradas humanos en tierra inglesa. Y, sin duda alguna, tenía algún plan tortuoso en mente para impedirlo. De momento, no obstante, sus intereses corrían paralelos.

Estas consideraciones acallarán ciertas cínicas historias acerca de lady Catalina. Sir Owain y ella no se atrevían a velar nunca al mismo tiempo. Habían de estar continuamente en guardia, empuñando las armas, para no correr el riesgo de ser capturados por la tripulación, de tal modo que tuvieron las mejores carabinas del Mundo. La baronesa no tuvo ocasión de comportarse mal. Habría podido flaquear por la turbación y el miedo, pero nunca fue infiel.

Sir Owain pensaba que las indicaciones dadas por Branithar eran exactas, pues confiaba en su interés común por el buen término del plan, pero insistió en recibir pruebas. El navío voló durante diez días por la región designada del espacio. Durante otras dos semanas, vagaron y examinaron diferentes estrellas de utilidad. No intentaré relatar en esta crónica lo que sintieron los humanos cuando las constelaciones empezaron a resultar familiares y en lo alto de los cielos pudieron percibir, durante un instante, los estandartes flotando al viento sobre el castillo que se alzaba en los blancos acantilados de Dover. Creo que nunca lo mencionarán.

Su navío salió de la atmósfera con largos silbidos agudos y volvió a ponerse en marcha hacia las hostiles estrellas.


Capítulo 20

<p>Capítulo 20</p>

Sir Roger estableció su cuartel general en el planeta que denominamos Nueva Avalón. Los nuestros necesitaban reposo y él, tiempo para arreglar muchas cuestiones. Tenía que asegurarse del poder necesario para poder guardar el vastísimo reino que había caído en sus manos. El barón emprendió, igualmente, conversaciones secretas con el gobernador wersgor de un grupo de estrellas que quería ceder su jurisdicción a cambio de vituallas y garantías suficientes. El trato se cerraba lentamente, pero sir Roger confiaba en los resultados.

—Por aquí, apenas saben cómo encontrar y utilizar a los traidores —observó un día en mi presencia—, de modo que puedo comprar a ese cara azul por menos de lo que vale una ciudad italiana. Nuestros aliados nunca habían intentado hacerlo, pues se imaginaban que la nación Wersgor era tan sólida como las suyas. Y, sin embargo, ¿no era lógico que tan vastos dominios separados unos de otros por días y semanas de viaje fuesen parecidos a los países europeos? Aunque quizá sean más corruptibles…

—Naturalmente, pues no poseen la fe verdadera —dije.

—Hum, sí, sin lugar a dudas… Aunque nunca me he encontrado con ningún cristiano que rechazase un frasco de vino por razones religiosas.

Lo que quería decir es que el gobierno wersgor no pide ni fe ni homenaje alguno.

Sea como fuese, disfrutamos de algunos instantes de paz, acampados en un valle bajo acantilados de vertiginosa altura. Una cascada caía recta como una flecha en un lago más claro que el cristal, totalmente rodeado de árboles. Nuestro campamento inglés, desordenado, ruidoso, no conseguía romper tanta belleza.

Me encontraba yo sentado en una silla rústica plantada ante mi tiendecilla. Había abandonado por el momento mis difíciles estudios y me entregaba a la lectura de un libro muy apreciado entre nosotros, una incansable crónica de los milagros de san Cosme. Oía, desde muy lejos, los sonidos producidos por los ejercicios de tiro, los silbidos de los arcos, el alegre estrépito de la esgrima con bastón. Casi estaba dormido cuando un ruido de pasos apresurados me sobresaltó.

Parpadeé y vi ante mí a un escudero del barón, de aspecto aterrado.

—¡Hermano Parvus! ¡En el nombre de Dios, venid inmediatamente!

—¡Eh… qué…! —exclamé, somnoliento.

—Todo ha terminado —gimió.

—Me levanté la sotana y corrí tras él. La luz del sol, los maravillosos prados floridos, los cantos de los pájaros, todo aquello me pareció de repente muy lejano. No oía otra cosa que los sordos latidos de mi corazón al descubrir lo débiles y lo lejos que estábamos del hogar.

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé —respondió el escudero—. Ha llegado un mensaje por el hablador de distancia, enviado desde el espacio por uno de nuestros patrulleros. Sir Owain Montbelle ha pedido hablar en privado con el barón. No sé lo que se habrán transmitido mediante las ondas. Pero sir Roger ha vuelto tambaleándose como si se hubiera quedado ciego y ha rugido que fuesen a por vos. ¡Oh, hermano Parvus, era un espectáculo horrible!

Me dije que nada quedaba sino rezar, si la fuerza y la inteligencia del barón no podían ya sostenernos. Y me apiadé de él plenamente. Había soportado demasiadas cosas durante mucho tiempo sin un alma amiga que le ayudase a llevar su cruz. Ojalá le apoyen todos los santos valientes, rogué.

John Hameward el Rojo montaba guardia ante el refugio portátil, regalo de los jairs. Vio a su amo volver en terrible estado y se apresuró a regresar él mismo del campo de tiro. Con el arco en la mano, aullaba a la multitud que se apretujaba a su alrededor, murmurando:

—¡Idos! ¡Volved a vuestros puestos! ¡Por los clavos de Cristo, atravesaré al primer miserable que ose importunar a mi señor y le romperé el cuello al segundo! ¡Idos! ¡Atrás!

Aparté al gigante y entré. En el refugio hacía calor. La luz del sol se filtraba a través de sus paredes traslúcidas con un color casi cegador. La alcoba estaba amueblada con cosas que eran casi todas nuestras, cuero, tapices, armaduras. Pero, en una estantería, se veían artefactos de naturaleza extranjera, y un gran aparato de hablar a distancia estaba colocado en el suelo.

Sir Roger se encontraba en un sillón, con el mentón clavado en el pecho y sus grandes manos colgándole entre las piernas. Me acerqué a él sin hacer ruido y apoyé una mano en su hombro.

—¿Qué pasa, sire? —pregunté con tanta suavidad como pude.

—Idos —dijo sin hacer siquiera un movimiento.

—Me habéis hecho llamar.

—No sabía lo que hacía. Es un asunto entre yo y… Idos.

Su voz carecía de cualquier expresión y necesité todo mi escaso coraje para hacerle cara y decir:

—Presumo que vuestro receptor habrá grabado el mensaje como de costumbre…

—Sí, sin duda. Mejor borrarlo.

—No.

Levantó hacia mí su gris mirada. Me recordó la de un lobo que había visto en una trampa y los ojos de la multitud que se aprestaba a matarlo.

—No querría haceros daño, hermano Parvus —dijo.

—Entonces, no me lo hagáis —respondí bruscamente, agachándome para pulsar el botón que repetía los mensajes.

Sir Roger pareció reunir todas sus fuerzas, como si se recuperase de un inmenso cansancio.

—Si oís el mensaje, habré de mataros para salvar mi honor.

Pensé en mi infancia. Recordé que solía emplear palabras cortas y concretas, muy inglesas, en tales casos. Elegí una y se la espeté. Con el rabillo del ojo, en cuclillas delante de los cuadrantes, vi cómo caía su mandíbula. Se hundió en el sillón. Para poner más énfasis, dije algo más en inglés.

—Vuestra felicidad es la seguridad de los vuestros —le aseguré—. No podéis juzgar ecuánimemente algo que os quebrante en tan gran medida. Quedaos sentado y dejadme escuchar.

Se encogió. Moví un interruptor. El rostro de sir Owain saltó a la pantalla. Vi que su rostro se mostraba desfigurado, que era de belleza menos aparente y que tenía los ojos secos y ardientes a causa de la fiebre.

No puedo recordar las palabras que empleó, pero carecen de importancia. Le decía a su señor lo que había pasado. Que se encontraba en el espacio a bordo de una nave robada. Que se había acercado a Nueva Avalon para enviar su mensaje y que había huido tras hablar. No cabía esperanza alguna de encontrarle en aquella inmensidad. Si nos rendíamos, decía, arreglaría las cosas para que llevasen a los nuestros hasta la Tierra; Branithar aseguraba que el emperador de Wersgor prometería no atacar nuestro planeta. Si no nos entregábamos, el renegado acudiría a Wersgorixan y revelaría toda la verdad sobre nosotros. En ese caso, si era necesario, el enemigo reclutaría los mercenarios suficientes, bien franceses, bien sarracenos, para destruirnos. Pero era probable que la desmoralización de nuestros aliados cuando se enterasen de nuestra debilidad bastase para hacerles pactar con el enemigo. En todo caso, sir Roger no volvería a ver ni a su mujer ni a sus hijos.

Lady Catalina apareció en la pantalla. Me acuerdo de sus palabras, pero prefiero no consignarlas aquí. Cuando el mensaje terminó, yo mismo borré la grabación.

Mi señor y yo nos quedamos en silencio durante un instante.

—¿Y bien? —preguntó con la voz de un viejo.

Mantuve la vista clavada en mis pies.

—Montbelle dice que volverán a estar al alcance de nuestras comunicaciones mañana a determinada hora para saber vuestra decisión —rezongué—. Podríamos enviar muchas naves sin tripulantes, cargadas de explosivos provistos de nariz magnética (así es como comprendía el invento) y capaces de seguir el rayo de la máquina de hablar a distancia. Podríamos destruirle.

—Ya habéis exigido mucho de mí, hermano Parvus —dijo sir Roger; seguía hablando con una voz muerta—. No me pidáis que asesine a mi mujer y a mis hijos… y que mueran sin confesión.

—Sí. ¿No podríamos capturar el navío? No —respondí yo mismo—. Es una imposibilidad práctica. Un solo disparo a cierta distancia de un navío tan pequeño bastaría para convertirlo en polvo y era imposible intentar alcanzar sólo los motores. Si el daño no fuese de importancia, huiría a mayor velocidad que la luz.

El barón alzó hacia mí un rostro que parecía una máscara inmóvil.

—Pase lo que pase, nadie debe saber el papel de mi dama en este asunto. ¿Me habéis comprendido? Ha de tener el alma destrozada. Quizá un demonio se haya apoderado de su mente. Está poseída.

Le miré con acrecentada piedad.

—Sois demasiado valiente para ocultaros detrás de tales tonterías —le dije.

—Entonces, ¿qué puedo hacer? —gruñó.

—Podéis combatir…

—Si Montbelle llega a Wersgorixan, sin esperanza…

—O aceptar sus condiciones.

—¿Y durante cuánto tiempo creéis que los rostros azules dejarían en paz a la Tierra?

—Sir Owain debe tener alguna razón para creerles —adelanté con precaución.

—Es un loco, un imbécil —Sir Roger golpeó con el puño en el brazo del sillón; se incorporó y la dureza de su voz fue para mí como una pobre muestra de esperanza—. O un negro Judas que quiere convertirse en virrey después de la conquista. ¿No veis que los wersgorix tendrán que invadir nuestro planeta por más motivos que por el aumento de sus territorios? Nuestra propia raza ha demostrado ser mortalmente peligrosa para ellos. De momento, en nuestro Mundo, los hombres no tienen defensa. Pero dadles algunos siglos para prepararse y podrían construir sus propios navíos del espacio y conquistar el Universo.

—Los wersgorix han sufrido mucho con esta guerra —intenté decir, débilmente—. Les hará falta mucho tiempo para recuperar lo perdido, aunque nuestros aliados renuncien a todos los mundos conquistados. Quizá encontrasen más cómodo dejar en paz a la Tierra durante uno o dos siglos.

—¿Hasta que todos hayamos muerto y estemos seguros? —Sir Roger sacudió la cabeza, agotado—. Esa es la mayor tentación. El mejor modo de comprarnos. Pero, si traicionamos a los niños que aún no han nacido, ¿no mereceríamos arder en el Infierno?

—Quizá es lo mejor que podemos hacer por nuestra raza —expresé—. Lo que no está en nuestro poder se encuentra en manos de Dios.

—No, no, no —se retorció las manos—. No puedo. Mejor morir ahora como hombres… Pero, Catalina…

Tras un pesado silencio, dije:

—Quizá no sea tarde para persuadir a Owain de que renuncie a su plan. Un alma nunca se pierde irremisiblemente mientras queda un instante de vida. Podríais apelar a su honor, mostrarle lo insensato que es contar con las promesas wersgor u ofrecerle el perdón y un alto rango…

—¿Y lo ocurrido con mi esposa? —preguntó, tenso.

Pero, tras un instante, añadió:

—Podríamos intentarlo. Pero preferiría hacer estallar su diabólico cerebro. Pero, quizá… una conversación… Intentaré mostrarme humilde, rebajarme… ¿Me ayudaréis, hermano Parvus? No quiero maldecirle ni injuriarle. ¿Intentaréis dar fuerza a mi alma? ¿Os atreveréis a darme valor?


Capítulo 21

<p>Capítulo 21</p>

Salimos de Nueva Avalon al día siguiente.

Sir Roger y yo partimos solos a bordo de un minúsculo barco de salvamento espacial, sin armas. Nosotros mismos éramos más fuertes. Yo, como de costumbre, vestía la sotana y el rosario, nada más. El barón llevaba un jubón y calzas de colono, pero también portaba espada, daga y espuelas de oro en el calzado. Su corpachón se sentaba en la silla del piloto como si se tratase de una silla de montar, pero sus ojos, levantados hacia el cielo, eran como el cielo de una tormenta invernal.

Les dijimos a los capitanes que íbamos a realizar un vuelo muy breve para ver algo especial traído por sir Owain. El campamento olió la mentira y accedió de mal grado. John el Rojo rompió dos bastones repujados de hierro antes de restaurar el orden. Cuando embarcamos, me pareció de golpe que nuestra empresa conducía a un estancamiento. Los hombres se mantenían en calma, sentados ante sus tiendas. Era una tarde sin viento y las banderas colgaban inmóviles de los mástiles; percibí hasta qué punto se veían descoloridas y desgarradas.

Nuestro barco hendió el cielo azul y penetró en la obscuridad como cuando a Lucifer lo expulsaron del Paraíso. Vi brevemente un navío de combate que patrullaba en órbita y me habría reconfortado sentir aquellos cañones a mis espaldas para protegerme. Pero no podíamos llevar otra cosa que un esquife indefenso. Sir Owain había sido categórico en aquel punto cuando estuvimos hablando por segunda vez a través de la distancia.

—Si lo deseáis, Tourneville, os recibiremos para parlamentar. Pero habéis de venir solo, en un sencillo barco de salvamento y sin armas. O, bien… podréis traer al párroco con vos… Ya os diré en qué órbita debéis colocaros. Os encontraréis con mi nave en determinado punto. Si mis telescopios y detectores perciben el menor signo de perfidia por vuestra parte, iré como una flecha hacia Wersgorixan.

Aceleramos hacia el punto de encuentro en un silencio que se hacía cada vez más pesado. Me aventuré a decir en una ocasión:

—Si pudierais reconciliaros, la acción daría mucho valor a los nuestros. Estoy seguro de que serían realmente invencibles.

—¿Quiénes, Catalina y yo? —ladró sir Roger.

—Bueno… yo… quería decir sir Owain y vos… —me excusé; pero la verdad estaba clara: yo había pensado en su dama; Owain, por sí mismo, no era nada.

En las manos de sir Roger descansaba nuestro destino. Pero él no podía seguir separado por más tiempo de la que poseía su alma. Ella, y los niños que tuvieron juntos… aquéllas eran las únicas razones por las que se dirigía a hablar humildemente con sir Owain.

Seguimos volando. El planeta se fue encogiendo a nuestras espaldas, hasta no ser más que una desdibujada moneda. Me sentí tan solo, tan aislado… más incluso que cuando abandonamos nuestra Tierra.

Pero, al fin, algunas de las numerosas estrellas se obscurecieron. Vi crecer la delgada forma negra de la nave espacial al tiempo que se ajustaban nuestras velocidades. Habríamos podido lanzar una bomba y destruirla. Pero sir Owain sabía muy bien que no lo haríamos mientras Catalina, Robert y Matilda estuvieran a bordo. Una grapa magnética resonó al chocar con nuestro casco. Las naves se acercaron una a la otra hasta que se dieron un frío beso por medio de los paneles de entrada. Abrimos la portezuela y esperamos.

Branithar en persona fue el primero en aparecer. La victoria le inflamaba. Esbozó un movimiento de retroceso al ver la daga de misericordia de sir Roger.

—¡No deberíais traer ningún arma! —exclamó roncamente.

—¡Oh! Bien, bien —el barón miró sus armas tristemente—. No había pensado… como las espuelas, son las insignias de mi rango… nada más.

—Dejadlas.

Sir Roger se desató el cinturón y le entregó las armas a Branithar, que se las pasó a otro cara azul. Nos registró.

—No hay más armas ocultas —decidió; sentí que las mejillas me ardían por el insulto, pero sir Roger aparentó no darse cuenta—. Bien, seguidme.

Enfilamos por un corredor hasta el camarote principal. Sir Owain estaba sentado detrás de una mesa de madera con incrustaciones. Vestido con terciopelo negro, obscuro, las joyas brillaban en la mano que se apoyaba en un fusil colocado ante él. Lady Catalina llevaba un traje gris y una toca. Un olvidado mechón de cabellos le caía sobre la frente como el fuego que nace entre las cenizas.

Sir Roger se detuvo en el umbral.

—¿Dónde están los niños?

—En mi dormitorio, con las sirvientas —su mujer habló con voz átona, como una máquina—. Están bien.

—Sentaos, sire —le apremió sir Owain.

Su mirada recorrió la sala. Branithar dejó cerca de él la daga y la espada y se colocó a la derecha. El otro wersgor, y un tercero que nos esperaba en la sala, se situó junto a la entrada y por detrás de nosotros, con los brazos cruzados. Les tomé por el médico y el navegante de que nos habían hablado; los dos cañoneros debían encontrarse en las torretas y el piloto en su puesto, por si algo iba mal. Lady Catalina, como una imagen de cera, se encontraba de pie junto a la pared del fondo, a la izquierda de sir Owain.

—Espero que no me guardéis rencor —dijo el felón—. En la guerra y el amor, todo está permitido.

Catalina alzó una mano para protestar.

—En la guerra, tan sólo —apenas podía oírsela; dejó caer la mano.

Sir Roger y yo nos mantuvimos en calma. El barón escupió en el suelo.

Owain se ruborizó.

—Escuchadme —exclamó—. Que no haya hipocresía sobre juramentos rotos. Vuestra posición es muy dudosa. Os habéis hecho con el derecho a nombrar nobles a siervos y campesinos, a disponer de los feudos, a tratar con reyes extranjeros. Si pudierais, os nombraríais rey a vos mismo. ¿Dónde están ahora vuestros compromisos y vuestros juramentos de fidelidad a vuestro soberano Eduardo?

—Hasta ahora, no le he hecho ningún mal —respondió sir Roger con una voz temblorosa a causa de la cólera—. Si alguna vez vuelvo a la Tierra, añadiré mis conquistas a sus dominios. Hasta entonces, habremos de arreglárnoslas como podamos y no tenemos más elección que establecer nuestros propios feudos.

—Hasta ahora, en efecto, no podíais actuar de otro modo —admitió sir Owain; le volvió la sonrisa—. Pero debéis estarme agradecido, Roger. Os libraré de tal necesidad. ¡Podemos volver a la Tierra!

—¿Como ganado de los wersgorix?

—No lo creo. Pero, sentaos. Os traeré vino y pasteles.

—No, gracias. No compartiré mi pan con vos.

—En ese caso, moriréis de hambre —dijo sir Owain alegremente.

Roger se transformó en una estatua de piedra. Observé por primera vez que lady Catalina llevaba la funda de un arma colgada de la cintura, aunque estaba vacía. Owain debió quitársela con cualquier excusa. Era el único que estaba armado.

Se puso grave cuando leyó las expresiones de nuestros rostros.

—Mi señor —dijo—, cuando nos pedisteis parlamentar, no podíais esperar que rechazase tal oportunidad. Os quedaréis aquí.

Catalina le dirigió un gesto.

—¡No, Owain! —gritó—. Me dijisteis… dijisteis que podría dejar el navío libremente si…

Volvió hacia ella el fino perfil y dijo suavemente:

—Pensadlo, señora. ¿No era vuestro mayor deseo el poder salvarle? Llorasteis, temiendo que su orgullo no le permitiera ceder. Ahora, está prisionero. Vuestro deseo será cumplido. Portaré el peso de todo el deshonor, señora, por vos.

Ella temblaba de pies a cabeza.

—No tengo parte en todo esto, Roger —explicó—. No imaginé…

Su marido ni la miró. Su voz la interrumpió bruscamente.

—¿Cuál es vuestro plan, Montbelle?

—Esta nueva situación me ha dado nueva esperanza —respondió el otro caballero—. Reconozco que nunca he sido de los más optimistas en cuanto a los resultados de las negociaciones con los wersgorix. Ahora ya no son necesarias. Podemos volver directamente a casa. Las armas y los cofres de oro que hay en esta nave me permitirán conseguir más de lo que podría desear.

Branithar, el único no humano que comprendía el inglés, aulló:

—¿Y yo, y mis amigos?

Owain respondió fríamente:

—¿Por qué no nos acompañáis? Con la marcha de sir Roger de Tourneville, la causa inglesa se perderá y vosotros tendréis que entendéroslas con los miembros de vuestra raza. He estudiado vuestro modo de pensar y sé que la patria o las relaciones no significan nada para vosotros. De camino, podemos recoger algunas hembras de vuestra especie. Como mis leales vasallos, podréis conseguir cuantas tierras y poder queráis; vuestros descendientes compartirán con los míos el planeta. Es cierto que sacrificaréis una forma de vida social a la que estáis habituados, pero a cambio conseguiréis un grado de libertad que vuestro gobierno jamás os concederá.

Tenía las armas. Sin embargo, creo que Branithar se dejó seducir por los argumentos y que las palabras de asentimiento que pronunció lentamente eran sinceras.

—¿Y nosotros? —preguntó lady Catalina casi sin aliento.

—Vos y sir Roger tendréis vuestros dominios en Inglaterra —prometió sir Owain—. Añadiré un nuevo feudo en Winchester.

Quizá hablaba honestamente. O quizá especulaba con que, cuando fuese monarca de toda Europa, podría hacer lo que quisiera con ella y con su marido. Mi señora estaba demasiado alterada como para pensar en tal eventualidad. La vi como en sueños. Se volvió hacia sir Roger, llorando y riendo:

—¡Mi amor, podremos volver a casa!

La miró brevemente.

—¿Qué será de todos los que trajimos hasta aquí?

—No me puedo arriesgar a llevarlos con nosotros —Sir Owain se encogió de hombros—. Después de todo, son de baja cuna.

Sir Roger hizo un gesto con la cabeza.

—¡Ah! ¡Ya veo!

Poniéndose en pie de un salto, golpeó con las espuelas en el vientre del wersgor que había a sus espaldas. Este, abierto de arriba a abajo, se derrumbó.

El barón cayó con él, rodando debajo de la mesa. Sir Owain lanzó un alarido y saltó. El fusil retumbó en el camarote. Falló. El barón había sido muy rápido. Se incorporó, agarró al otro sorprendido wersgor y lo atrajo hacia sí. El segundo disparo alcanzó aquel escudo viviente.

Sir Roger se irguió, con el cadáver por delante, y avanzó como un vendaval. Owain tuvo tiempo de disparar un último disparo, que quemó la carne muerta. Roger lanzó el cuerpo por encima de la mesa y alcanzó a su adversario en el rostro.



Sir Owain cayó bajo el peso del wersgor. Sir Roger intentó coger la espada. Branithar la alcanzó antes y sir Roger hubo de conformarse con la daga. Despidió un destello al salir de la vaina. Oí un ruido sordo al tiempo que taladraba la mano de Branithar, clavándola a la mesa. Sólo sobresalía la guarda.

—¡Esperadme aquí! —dijo sir Roger; desenvainó la espada—. ¡Adelante! ¡Que Dios proteja la razón!

Sir Owain consiguió liberarse y se levantó, con el fusil en las manos. Me encontraba justo frente a él, pero al otro lado de la mesa. Apuntó al estómago del barón. Prometí a los santos muchos cirios y azoté con el rosario la muñeca del traidor. Aulló. El fusil se le cayó de las manos y se deslizó sobre la mesa. La espada de sir Roger silbó. Owain fue lo bastante rápido como para evitarla. El acero se hundió en la madera de la mesa. Sir Roger debió realizar algunos esfuerzos para soltarlo. El fusil se encontraba en el suelo y me lancé a por él. Lady Catalina hizo lo mismo, llegando a toda prisa desde el otro lado de la mesa. Nuestras frentes se golpearon. Cuando recobré la consciencia, estaba sentado y Roger perseguía a Owain fuera de la habitación.

Catalina lanzó un alarido.

Roger se detuvo como apresado en un lazo. La dama se levantó haciendo revolotear la falda.

—¡Los niños, mi señor! Están en mi dormitorio, junto a las armas de apoyo…

El barón juró y echó a correr. Ella le siguió. Me levanté como mejor pude, todavía un poco atontado, llevándome el olvidado fusil. Branithar me enseñó los dientes. Intentó mover el puñal que le clavaba a la mesa, pero no consiguió más que hacerse más sangre. Consideré que le costaría bastante trabajo liberarse y dediqué mi atención a otras cosas. El wersgor a quien había desventrado mi señor vivía todavía, pero no lo haría por mucho tiempo. Dudé un momento. ¿Cuál era mi deber? ¿Junto a mi señor y su dama o atendiendo a un pagano moribundo? Me incliné sobre el rostro azul deformado por el dolor.

—Padre —dijo casi sin aliento.

No sé a qué, o a Quién, invocaba de aquel modo, pero cumplí con los pocos ritos que permitían las circunstancias y le sostuve hasta que lanzó el último suspiro. Recé para que, por lo menos, alcanzase el Limbo.

Sir Roger volvió, limpiando la espada. Sonreía de oreja a oreja, como pocas veces he visto sonreír a un hombre.

—¡Caramba con el lobato! —exclamó—. ¡Qué fácil es identificar la sangre normanda!

—¿Qué ha pasado? —pregunté levantándome, con la sotana empapada de sangre.

—Owain no se dirigió finalmente al cofre con las armas —me dijo sir Roger—. Fue hacia la torreta de navegación. Pero los otros miembros de la tripulación, los cañoneros, habían oído el ruido de la lucha. Creyendo que llegaba su ocasión, se precipitaron para equiparse. Vi pasar a uno ante la puerta de la salita. El otro le seguía, armado con un largo atornillador. Caí sobre él con la espada, pero combatió bien y necesité un momento para vencerle. Entre tanto, Catalina siguió al primero; combatió con él con las manos desnudas hasta que él le asestó un golpe que la hizo caer. Sus malditas sirvientas no hicieron otra cosa que ocultarse como cobardes y aullar como perras… lo que cabía esperar. ¡Pero, vaya! Escuchad, hermano Parvus. Mi hijo Robert abrió el cofre de las armas, tomó un fusil y atravesó al wersgor de lado a lado, tan bien como podría haberlo hecho John el Rojo. ¡Oh, vaya con el diablillo!



La baronesa entró en la estancia. Su ropa se veía rota y sus hermosas mejillas mostraban vanas magulladuras. Con un tono tan impersonal como el de un sargento que informa sobre la guardia, dijo:

—He calmado a los niños.

—Pobre Matilda —murmuró su mando—. ¿Ha pasado mucho miedo?

Lady Catalina parecía indignada.

—¡Los dos querían combatir!

—Esperadme aquí —dijo el barón—. Me ocuparé de Owain y del piloto.

Ella se incorporó con el aliento cortado.

—¿Tendré que esperar a salvo cuando mi esposo se lanza en brazos del peligro?

Sir Roger se detuvo en seco y la miró.

—Pero… pensaba que… —empezó, automáticamente indefenso.

—¿Que os había traicionado simplemente para volver a la Tierra? Sí, es verdad —se quedó con la vista clavada en el suelo—. Creo que vos me lo perdonaréis antes de que yo misma lo haga. Sin embargo, hice lo que creí mejor… también para vos… yo no sabía lo que me hacía. No tendríais que haberme dejado sola tanto tiempo, señor. Os eché mucho de menos.

Sir Roger asintió lentamente con la cabeza.

—Soy yo quien debe suplicar vuestro perdón —dijo—. Ojalá Dios me dé vida suficiente como para hacerme digno de vos.

La tomó por los hombros.

—Pero, quedaos aquí. Vigilad a este rostro azul. Si mato a Owain y al piloto…

—¡Hacedlo! —exclamó la dama llevada por la furia.

—Preferiría evitarlo —dijo el barón con el dulzor que siempre empleaba con ella—. Al miraros, señora, lo entiendo todo. Pero si hay que llegar a lo peor, Branithar puede devolvernos a la Tierra. Vigiladle.

Ella me tomó el fusil de las manos y se sentó. El cautivo clavado a la mesa nos miraba, tenso y desafiante.

—Venid, hermano Parvus, quizá necesite vuestra habilidad con las palabras.

Llevaba la espada y se había pasado por el cinturón uno de los cortos fusiles del cofre de las armas. Avanzamos por un pasillo, subimos una rampa y llegamos ante la entrada de la torreta de navegación. La puerta estaba cerrada por dentro.

Sir Roger llamó con el pomo de la daga.

—¡Los de dentro, rendios!

—¿O qué? —la voz de sir Owain llegó a nosotros débilmente a través de los paneles.

—Demoleré las máquinas —dijo sir Roger, decidido— y me iré en mi navío dejándoos a la deriva. Pero, escuchadme, no estoy ya encolerizado. Todo ha terminado y podremos volver a Inglaterra cuando todas estas estrellas dejen de representar un peligro para Inglaterra. Antaño fuimos amigos, Owain. Dadme de nuevo vuestra mano. Os juro que no os haré nada.

Un pesado silencio.

Luego, el hombre de detrás de la puerta dijo:

—Bien. Nunca antes habéis roto un juramento. Entrad, Roger.

Oí cómo se corrían los cerrojos. El barón apoyó la mano en la puerta. No sé lo que me hizo decir:

—Esperad, sire —le aparté bruscamente con una falta de modales inusitada, para pasar yo primero.

—¿Qué ocurre? —parpadeó, turbado por la alegría.

Abrí la puerta y crucé el umbral. Dos barras de hierro cayeron sobre mi cabeza.

He de contar el resto de estas aventuras según lo que me dijeron, pues tardé una semana en recuperarme. Me derrumbé cubierto de sangre y Roger me creyó muerto.

En el mismo momento en que vieron que no era el barón, Owain y el piloto le atacaron. Iban armados con las viguetas arrancadas del muro, tan largas y pesadas como espadas. La hoja de sir Roger saltó. El pilotó arrojó su maza. La hoja del barón la desvió entre un surtidor de chispas. Sir Roger aulló, haciendo temblar los muros:

—Asesinos de inocentes… —su segundo golpe hizo saltar la barra de una mano abotargada; el tercero cercenó la cabeza azul de los hombros del wersgor haciéndola rebotar por la rampa.

Catalina escuchó el estrépito. Se acercó a la puerta del salón para ver lo que pasaba, como si el terror pudiera agudizar su vista hasta hacerla atravesar las paredes. Branithar apretó los dientes. Tomó la daga de misericordia con la mano libre. Los músculos de sus hombros parecieron a punto de estallar. Pocos hombres habrían podido arrancar aquella daga, pero Branithar lo consiguió.

Lady Catalina escuchó el ruido y se volvió bruscamente.

Branithar daba vueltas a la mesa. Su mano derecha colgaba desgarrada, chorreando sangre, pero el cuchillo brillaba en su mano izquierda. Ella alzó el fusil.

—¡Atrás! —gritó.

—Dejad eso —le ordenó despectivamente—. No lo emplearéis. No habéis visto casi las estrellas de la Tierra y lo que habéis visto no lo podéis comprender. Si los instrumentos y las brújulas se desajustan, sólo yo podré devolveros a la Tierra.

Miró al enemigo de su esposo directamente a los ojos y disparó. Le vio muerto a sus pies y se precipitó hacia la torreta.

Sir Owain Montbelle se había vuelto a refugiar en aquel cuarto, pero no podía resistir la ciega furia del asalto de sir Roger. El barón sacó el fusil. Owain tomó un grueso libro y lo mantuvo ante el pecho.

—¡Atención! —dijo, jadeante—. Es el diario de a bordo. Todas las notas sobre la posición de la Tierra se encuentran en él… y no hay otras.

—¡Mentís! Están en la mente de Branithar —sin embargo, sir Roger volvió a guardarse el fusil y avanzó hacia el villano—. Me apena manchar el claro acero con vuestra sangre, pero habéis matado al hermano Parvus y vais a morir.

Owain se tensó. La vigueta no era un arma muy manejable. Pero alzó el brazo y se arrojó contra el barón. Golpeado en la frente, sir Roger titubeó hacia atrás. Owain saltó, arrancó el fusil de la cintura del barón, y evitó una suave estocada. Montbelle se apartó, aullando de triunfo. Roger se lanzó hacia él, vacilando. Owain apuntó.

Catalina apareció en el umbral. Su fusil lanzó un chorro de llamas. El libro de a bordo se desvaneció en humo y cenizas. Owam chilló de angustia. Fríamente, ella volvió a disparar y el traidor cayó.

Mi señora se arrojó en brazos de sir Roger y se echó a llorar. La reconfortó. Me pregunto cuál daría más valor al otro.

Poco más tarde, sir Roger dijo tristemente:

—Me temo que hemos guardado muy mal nuestros intereses. Hemos perdido el camino de vuelta para siempre.

—Eso no tiene importancia —murmuró mi señora—. Donde quiera que vayáis, será Inglaterra.


Un sonido de trompetas hendió el aire.

El capitán dejó el manuscrito escrito a máquina y pulsó un botón del intercom.

—¡Qué pasa? —dijo con voz seca.

—El senescal de ocho piernas del castillo ha encontrado al fin a su jefe, señor —respondió la voz del sociotécnico—. En la medida en que he podido entenderle, el duque planetario estaba, de safari y ha hecho falta todo este tiempo para localizarle. Sus reservas de caza ocupan todo un continente. Bueno, en todo caso, ya ha llegado. Venga a ver el espectáculo. Cien cohetes antigravedad… ¡Señor! ¡De las naves que han aterrizado están saliendo caballeros y caballos!

—Sin lugar a dudas, será el ceremonial de costumbre. Llego en un minuto —el capitán miró el manuscrito con ojos furibundos;  ¿cómo hablar inteligentemente con aquel fantástico soberano sin tener idea de lo que había pasado?

—Hojeó apresuradamente la continuación. La crónica de la Cruzada Wersgor era larga, y tormentosa. Le bastaba, después de todo, con leer la conclusión: el rey Roger I fue coronado por el arzobispo de Nueva Canterbury y reinó durante muchos y fructíferos años.

Pero, ¿qué había pasado realmente? Naturalmente, de un modo u otro, los ingleses habían ganado todas sus batallas. Acabaron por tener la fuerza suficiente que les permitiría no contar tan sólo con la fuerza y la habilidad de su jefe. ¡Pero su sociedad! ¿Cómo era que su idioma, sin hablar de sus instituciones, había podido sobrevivir al contacto con antiguas y refinadas civilizaciones? Lo peor de todo: ¿por qué el sociotec había traducido al parlanchín padre Parvus si no hubiera en ello algunos hechos significativos…? Atención. Sí. Un pasaje, casi al final, captó la vista del capitán. Leyó:


«…He dicho que sir Roger de Tourneville estableció el sistema feudal sobre los mundos recién conquistados en los que sus aliados le habían entregado el gobierno. Como consecuencia, de acuerdo con mi noble amo, dieron a entender que, si había actuado así era porque no conocía otra solución y era lo mejor que podía hacer. Cosa que refuto. Como he dicho antes, la caída de Wersgorixan no puede dejar de compararse con la caída de Roma y, a problemas semejantes, soluciones semejantes. La ventaja de sir Roger fue que tenía la respuesta a mano y, a sus espaldas, la experiencia de muchos siglos terrestres.

»Es cierto que cada planeta representaba un caso especial, que requería un tratamiento diferente. Sin embargo, la mayor parte de ellos tenían algunas cosas importantes en común. Las poblaciones indígenas no pedían otra cosa que encontrarse bajo el mando de sus libertadores ingleses. Dejando aparte toda gratitud, aquellas pobres gentes ignorantes, cuya civilización había sido aniquilada mucho antes, necesitaban ser guiadas en todo. Abrazando la Fe, demostraron que tenían alma. Lo que obligó a nuestros clérigos ingleses a conferir ordenamientos entre los conversos. El padre Simón descubrió textos en las Escrituras y entre los escritos de los Padres de la Iglesia que apoyaban aquella necesidad práctica. Y, a decir verdad, aunque él mismo nunca lo confirmó, nos parecía que el verdadero Dios nos había mandado a ello al enviarnos tan lejos in partibus infidelium. Una vez admitido este hecho, el padre Simón no sobrepasó los límites de su autoridad sembrando la semilla de nuestra propia Iglesia Católica. Naturalmente, en su momento, procuramos hablar del Arzobispo de Nueva Canterbury como de «nuestro» Papa, o del «Vice Papa», para mantener siempre en la mente la idea de que no era más que un simple agente del verdadero Santo Padre, al que no podíamos llegar. Lamento la negligencia de las nuevas generaciones en todas estas cuestiones de titulación.

»Lo raro es que muchísimos wersgorix aceptaron muy pronto aquel orden nuevo. Su gobierno central siempre había sido para ellos algo lejano, un cobrador de impuestos, un instrumento para hacer respetar leyes arbitrarias. Muchos caras azules se dejaron seducir por nuestras brillantes ceremonias y por un gobierno de nobles señores con quienes podían verse cara a cara. Lo que es más, sirviendo lealmente a aquellos soberanos, podían esperar conseguir tierras, incluso títulos. Entre los wersgorix arrepentidos y convertidos en buenos cristianos ingleses, me basta mencionar a Huruga, nuestro antiguo enemigo, a quien todo el mundo de Yorkshire honra como a su arzobispo William.

»En el comportamiento de sir Roger nada se puede tachar de falsario. Nunca traicionó a sus aliados, como le acusaron algunos. Trató lealmente con ellos y salvo el hecho de que disimuló —totalmente obligado— nuestro verdadero origen (una mascarada que abandonó en cuanto fuimos lo suficientemente fuertes como para no temer que se supiera el secreto), siempre se mostró franco y leal. No es culpa suya que Dios ayude siempre a los ingleses.

»Los jairs, los ashenkoglhi y los pr?°tanos aceptaron de buen grado las proposiciones de sir Roger. No tenían idea real de lo que era un imperio. Si les dejábamos un planeta recién conquistado, no les importaba poner en manos de los humanos la tarea, inmensamente fatigosa, de gobernar el gran número de planetas en que existían poblaciones esclavas. A menudo, apartaban la vista hipócritamente de las necesidades, a menudo sangrantes, de tal gobierno. Estoy seguro de que muchos políticos aliados se regocijaron secretamente al pensar que cada nueva responsabilidad disminuía y dispersaba las fuerzas de sus enigmáticos aliados; sir Roger, con cada nueva conquista, creaba un duque y algunos nobles secundarios para dejarlos en el planeta, con una pequeña guarnición que entrenara y educase a los indígenas. Levantamientos, sangrientas guerras internas, contraataques wersgorix, redujeron aquellas exiguas tropas. Pero como los jairs, los ashenkoglhi y los pr?°tanos tenían pocas tradiciones militares, no comprendieron que aquellos crueles años acabarían por establecer lazos de lealtad entre los campesinos indígenas y los aristócratas ingleses. Como sus razas estaban también un poco agotadas, no pudieron prever el vigor y el ardor con que se multiplicarían los humanos.

»Y, cuando al fin, todos aquellos hechos estuvieron claros como la luz del día, era ya demasiado tarde. Nuestros aliados no eran más que tres naciones distintas con modos e idiomas diferentes. A su alrededor se habían alzado cientos de razas unidas por la cristiandad, el inglés y la Corona Inglesa. Si los humanos lo hubiéramos deseado, no habríamos podido cambiarlo. A decir verdad, fuimos sorprendidos, lo mismo que ellos.

«Para demostrar que sir Roger nunca tramó nada contra sus aliados, considerad hasta qué punto le habría sido sencillo invadirles cuando gobernaba la más poderosa nación que se viera entre las estrellas. Pero siempre se contuvo, por generosidad. No fue culpa suya si las jóvenes generaciones, impresionadas por nuestros logros, empezaron a imitar cada vez más nuestro modo de actuar… »


El capitán dejó el manuscrito y echó a andar hacia el panel de entrada principal. Hablan abatido la rampa y un gigante humano de cabellos rojos avanzó para saludarle. Vestido de un modo fantástico, con una flameante espada ornamental, llevaba también un revólver de balas explosivas totalmente impresionante. A sus espaldas se mantenía en guardia una escolta de honor formada por fusileros vestidos con el verde traje de Lincoln. Por encima de sus cabezas ondeaba una bandera con las armas de una rama menor de la gran familia de los Hameward.

Las manos del capitán desaparecieron en una capa ducal y velluda. El sociotec tradujo un inglés bastardo.

—¡Al fin! ¡Dios sea loado! Al fin han aprendido a construir naves del espacio en la buena vieja Tierra. Sed bienvenido, señor.

—Pero, ¿por qué nunca nos hemos encontrado antes… este… monseñor? —balbuceó el capitán; cuando lo tradujeron, el duque se encogió de hombros y respondió:

—No, estuvimos buscando. Durante generaciones, todos los caballeros jóvenes partían en busca de la Tierra, a menos que no eligiesen la búsqueda del santo Grial. Pero ya sabéis cuántos malditos soles existen. Sobre todo, en el centro de la galaxia, donde encontramos a otros pueblos navegadores del espacio. El comercio, la exploración, la guerra… todo nos ha retenido aquí, lejos de esa espiral con tan pocas estrellas. Os daréis cuenta, supongo, que habéis dado con una provincia apañada. El rey y el papa viven muy lejos, en el Séptimo Cielo… Finalmente, la búsqueda no valió de nada. En los siglos pasados, la Tierra fue sólo una tradición —su enorme rostro parecía brillar de alegría—. Pero ahora todo ha cambiado. ¡Nos habéis descubierto! ¡Formidable! ¡Maravilloso! Pero, decidme ahora mismo si se ha liberado la Tierra Santa y vencido a los paganos.

—Bien —dijo el capitán Halevy, ciudadano leal del Imperio Israelí—, bien, sí.

—Lástima. Me habría gustado partir a una nueva cruzada. La vida se ha vuelto un poco aburrida desde que conquistamos a los Dragones hace diez años. Sin embargo, dicen que las expediciones reales a las nubes estelares de Sagitario han descubierto algunos planetas muy prometedores. Venid al castillo. Os recibiré lo mejor que pueda y os equiparé para el viaje hasta el rey. La navegación es delicada, pero os proporcionaré a un astrólogo que conoce el camino.

—¿Qué acaba de decir? —preguntó el capitán cuando la baja voz terminó el discurso.

El sociotec se lo explicó.

El capitán Halevy adquirió un color rojo ladrillo.

—¡Ningún astrólogo tocará nunca mi navío!

El sociotec suspiró. Tendría mucho trabajo en los años venideros.