Poul Anderson

El valor de ser un rey


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En una noche del Nueva York de mediados del siglo XX, Manse Everard se había puesto ropa cómoda y se estaba preparando una bebida. Le interrumpió el timbre. Soltó un juramento. Llevaba a la espalda varios días de cansancio y no quería otra compañía que las narraciones perdidas del doctor Watson.

Bien, quizá pudiera deshacerse de quien fuese. Cruzó el apartamento y abrió la puerta con expresión molesta.

—Hola —saludó con frialdad.

Y de pronto se sintió como si estuviese a bordo de una primitiva nave espacial que acabase de entrar en caída libre; permaneció de pie, ingrávido e indefenso bajo el resplandor de las estrellas.

—Oh—dijo—. No sabía… Entra.

Cynthia Denison se detuvo un momento, mirando hacia el bar. Everard había colgado de la pared dos lanzas cruzadas y un casco emplumado de la Edad de Bronce aquea. Eran oscuros, brillantes e increíblemente hermosos. Ella intentó hablar con firmeza, pero fracasó.

—¿Puedo tomar algo, Manse? ¿Ahora mismo?

—Claro. —Cerró la boca y la ayudó a quitarse el abrigo.

Ella cerró la puerta y se sentó en el moderno sofá sueco tan limpio y funcional como las armas homéricas. Revolvió el bolso con las manos y sacó los cigarrillos. Durante un momento ni ella lo miró a él, ni él a ella.

—¿Todavía te gusta el whisky irlandés con hielo? —preguntó él. Las palabras parecían venir de muy lejos, y notaba su cuerpo torpe entre las botellas y las copas, como si la Patrulla del Tiempo no lo hubiese entrenado.

—Sí —dijo ella—. Te acuerdas. —El encendedor dio un chasquido, inesperadamente ruidoso en la habitación silenciosa.

—Sólo han pasado unos meses —comentó él, a falta de algo mejor que decir.

—Tiempo entrópico. Normal, sin tratar, tiempo de veinticuatro horas al día. —Lanzó una nube de humo y lo miró—. No mucho más para mí. He estado en el ahora continuamente desde mi… mi boda. Sólo ocho meses y medio del tiempo de mi línea vital biológica y personal desde que Keithy yo… Pero ¿cuánto ha pasado para ti, Manse? ¿Cuántos años, en cuántas épocas diferentes has estado desde que fuiste el padrino de Keith?

Siempre había tenido una voz fina y un poco aguda. Era el único defecto que había podido encontrarle, a menos que tuviese en cuenta lo baja que era (medía como mucho metro sesenta y cinco). Así que nunca resultaba demasiado expresiva. Pero él oía su grito contenido.

Le dio la bebida.

—De un trago —dijo—. Todo.

Ella obedeció, un poco reacia. El volvió a llenarle el vaso y añadió soda a su escocés. Luego acercó una silla y sacó tabaco y una pipa de las profundidades de su chaqueta apolillada. Todavía le temblaban las manos, pero tan ligeramente que no creyó que ella se diese cuenta. Había sido inteligente por su parte no soltarle las noticias que traía; los dos necesitaban la oportunidad de recobrar el control.

Ahora incluso se atrevió a mirarla directamente. No había cambiado. El vestido negro destacaba de una forma delicada su figura casi perfecta.

El cabello, dorado como el sol, le caía sobre los hombros; sus ojos eran azules y enormes bajo las cejas arqueadas y mantenía la cara ligeramente inclinada con los labios siempre ligeramente entreabiertos. No llevaba suficiente maquillaje como para que él supiese si había llorado hacía poco. Pero parecía al borde de las lágrimas.

Everard se ocupó de llenar la pipa.

—Vale, Cyn —dijo—. ¿Quieres contármelo?

Ella se estremeció. Al final empezó:

—Keith. Ha desaparecido.

—¿Eh? —Everard se sentó recto—. ¿En una misión?

—Sí. ¿Cómo si no? En el antiguo Irán. Fue allí y no ha regresado. Eso fue hace una semana. —Posó el vaso en el brazo del sillón y se retorció los dedos—. La Patrulla buscó, claro. Acabo de conocer hoy los resultados. No son capaces de encontrarlo. Ni siquiera saben qué le ha pasado.

—Judas —susurró Everard.

—Keith siempre… siempre te consideró su mejor amigo —dijo frenética—. No creerías lo mucho que hablaba de ti. En serio, Manse, sé que parece como si te hubiésemos dejado de lado, pero nunca parecías estar…

—Claro —dijo—. ¿Hasta qué punto me consideras infantil? Estaba ocupado. Y después de todo, erais recién casados.

Después de que yo os presentase, aquella noche al pie del Mauna Loa y bajo la luna. La Patrulla del Tiempo no es en absoluto esnob. Una joven como Cynthia Cunningham, una simple oficinista recién salida de la Academia y asignada a su propio siglo, tiene total libertad para ver aun veterano… como yo, por ejemplo… tantas veces como ambos quieran, fuera de servicio. No hay razón para que él no emplee sus habilidades con el disfraz para llevarla a bailar un vals a la Viena de Strauss o al teatro en el Londres de Shakespeare… así como para explorar pequeños bares en el Nueva York de Tom Lehrer o jugar al corre que te pillo bajo el sol y las olas de Hawai mil años antes de que llegasen los hombres de las canoas. Y un compañero de la Patrulla también tiene total libertad para unirse a ellos. Y mas tarde casarse con ella. Claro.

Everard encendió la pipa. Cuando tuvo el rostro oculto por el humo, dijo:

—Empieza por el principio. He estado alejado de vosotros durante… dos o tres años de mi propia línea vital… así que no sé con seguridad en qué trabajaba Keith.

—¿Tanto tiempo? —preguntó ella inquisitiva—. ¿Nunca pasabas tus permisos en esta década? Queríamos que vinieses a visitarnos.

—¡Deja de disculparte! —le respondió él—. Me hubiese dejado ver si hubiese querido. —Fue como si le abofeteara el rostro delicado. Se disculpó, contrito—. Lo siento. Naturalmente que quería visitaros. Pero como te dije… los agentes No asignados estamos tan ocupados, saltando por el espacio-tiempo como pulgas en una plancha… Oh, demonios. —Intentó sonreír—. Ya me conoces, Cyn, no tengo tacto, pero eso no significa nada. Yo sólito di vida a una leyenda quimérica en la Grecia clásica. Se me conocía como el dilaiopod, un extraño monstruo con dos pies izquierdos, ambos metidos en la boca.

Ella le correspondió con un gesto apreciativo de los labios y recogió el cigarrillo del cenicero.

—Sigo siendo oficinista en Estudios de Ingeniería. Eso me mantiene en contacto directo con todas las otras oficinas, incluido el cuartel general. Así que sé exactamente lo que se ha hecho por Keith… ¡y no es suficiente! ¡Están abandonándolo! Manse, ¡si no lo ayudas, Keith es hombre muerto!

Se detuvo, temblando. Para dar algo más de tiempo, Everard repasó la carrera de Keith Denison.

Nacido en Cambridge, Massachusetts, en 1927, de una familia acomodada. Obtuvo un doctorado en arqueología con una distinguida tesis a los veintitrés años, después de haber ganado un campeonato universitario de boxeo y haber atravesado el Atlántico en un ketch de nueve metros. Reclutado en 1950, sirvió en Corea con un valor que le hubiese aportado cierta fama en una guerra más popular. Y, sin embargo, tenías que conocerlo bastante para llegar a saber alguna de esas cosas. Hablaba, con un talento para el humor seco, de cosas impersonales, hasta que había trabajo que hacer. Entonces, sin mayores contemplaciones, lo hacía. Claro —pensó Everard—, el mejor hombre se lleva a la chica. Keith hubiese podido convertirse con facilidad en un agente No asignado de haber querido. Pero tenía raíces aquí que yo no tengo. Más estable, supongo.

Licenciado y sin nada que hacer en 1952, Denison entró en contacto con un agente de la Patrulla y fue reclutado. Había aceptado el hecho del viaje en el tiempo con más facilidad que la mayoría. Tenía una mente flexible y, después de todo, era arqueólogo. Una vez entrenado, descubrió una feliz coincidencia entre sus propios intereses y las necesidades de la Patrulla; se convirtió en un Especialista, Protohistoria IndoEuropea Oriental, y en muchos aspectos, en un hombre más importante que Everard.

Un oficial No asignado puede ir arriba y abajo por los caminos del tiempo, rescatando a los que estén en peligro, arrestando a los que incumplan la ley y manteniendo segura la estructura del destino humano. Pero ¿cómo sabría lo que pasa sino habían registrado los hechos? Mucho tiempo antes de los primeros jeroglíficos había habido guerras y migraciones, descubrimientos y logros cuyas consecuencias afectaban a todo el continuo. La Patrulla debía conocerlos. Descubrir su curso era trabajo para los Especialistas.

Además de todo lo cual, Keith era mi amigo.

Everard se sacó la pipa de la boca.

—Vale, Cynthia. Cuéntame qué pasó.


2

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La débil voz era ahora casi seca, tan rígida que tuvo que controlarse.

—Estaba siguiendo las migraciones de diversos clanes arios. Ya sabes que son muy oscuras. Debes comenzar en un punto en el que la historia se conozca con certeza e ir hacia atrás. Así que, en su último trabajo, Keith iba a Irán en el año 558 a.C. Eso está cerca del fin del periodo medo, me dijo. Haría preguntas a la gente, aprendería sus tradiciones y luego se iría a un punto anterior, y así… Pero tú ya debes saber todo esto, Manse. Le ayudaste una vez, antes de conocernos. A menudo hablaba de eso.

—Oh, le acompañé por si surgían problemas. —Everard se encogió de hombros—. Estudiaba el vagabundeo prehistórico de cierta banda desde el Don hasta el Hindú Kush. Le dijimos al jefe que éramos cazadores de paso, reclamamos su hospitalidad y acompañamos a los carromatos durante unas semanas. Fue divertido.

Recordó estepas y cielos enormes, una galopada tumultuosa en busca de antílopes y un festín al fuego del campamento, y a cierta muchacha cuyo cabello tenía el olor agridulce del humo de leña. Durante un tiempo deseó poder vivir y morir como uno de aquellos hombres.

—Esta vez Keith fue solo —siguió diciendo Cynthia—. Siempre andan muy cortos de personal en su departamento, supongo que en toda la Patrulla. Tantos miles de años por vigilar y tan pocas vidas para hacerlo. Ya había ido solo antes. Siempre tenía miedo de dejarlo, pero me dijo… vestido como un pastor trashumante sin nada que valiese la pena robar… que estaría más seguro en las tierras altas de Irán que atravesando Broadway. ¡Sólo que esta vez no ha sido así!

—Entiendo, entonces —dijo Everard con rapidez—, se fue… ¿dices que hace una semana?, con la intención de obtener los datos, informar a la jefatura de su especialidad y regresar el mismo día en que te dejó. —Porque sólo un idiota total dejaría que tu vida pasase sin estar allí—. Pero no lo hizo.

—Sí. —Encendió otro cigarrillo con la colilla del primero—. Me preocupé inmediatamente. Le pregunté al jefe. Me hizo el favor de preguntarse a sí mismo una semana en el futuro, hoy, y recibió como respuesta que Keith no había regresado. La central de información dice que no saben nada de él. Así que consulté con Registros en el cuartel general del entorno. Su respuesta fue… fue… que Keith no regresó nunca y que nunca se encontró rastro de él. Everard asintió con gran cuidado.

—Por tanto, claro está, se ordenó una investigación que CGE tiene en sus registros.

El tiempo cambiante permitía muchas paradojas, pensó por millonésima vez.

En el caso de un hombre desaparecido, no se te requería que lo buscases sólo porque un registro en algún sitio dijese que lo habías hecho. Pero ¿de qué otra forma tendrías alguna oportunidad de encontrarlo? Posiblemente podrías retroceder y por tanto cambiar los acontecimientos de forma que efectivamente, después de todo, lo encontraste… en cuyo caso el informe que escribiste «siempre» habría señalado el éxito, y sólo tú conocerías la verdad «anterior».

Podía llegar a ser muy complicado. No era de extrañar que la Patrulla fuese quisquillosa, incluso sobre cambios pequeños que no afectarían a la estructura general.

—Nuestra oficina se lo notificó a los chicos del entorno del antiguo Irán, que enviaron una expedición a investigar en la zona —predijo Everard—. Sólo conocían la zona aproximada en la que Keith tenía intención de materializarse, ¿no? Es decir, ya que él no sabría exactamente dónde podría ocultar el saltador, no indicó coordenadas precisas. —Cynthia asintió—. Pero lo que no entiendo es, ¿por qué no pudieron encontrar la máquina? Aunque a Keith le sucediese algo, el saltador debería de estar en algún sitio, en una caverna o algo similar. La Patrulla tiene detectores. Al menos deberían de poder encontrar el saltador, y luego ir hacia atrás para localizar a Keith.

Ella sacó un cigarrillo con una violencia que le hundió las mejillas.

—Lo intentaron —dijo—. Pero me dijeron que se trata de una región salvaje y difícil, complicada para buscar. No apareció nada. No encontraron ni rastro. Podrían haberlo hecho, si hubiesen buscado muy, muy bien, realizando una búsqueda kilómetro a kilómetro, hora a hora. Pero no se atrevieron. Ese entorno en particular es muy importante. El señor Gordon me mostró los análisis. No pude entender todos esos símbolos, pero me dijo que era un siglo muy peligroso para jugar.

Everard cerró una enorme mano alrededor de la cazoleta de la pipa. El calor era agradable. Las épocas críticas le ponían nervioso.

—Entiendo —dijo—. No podían buscar todo lo bien que hubiesen querido, porque eso podía afectar a demasiados paletos locales, que luego podrían actuar de forma diferente cuando llegase la gran crisis. Aja. Pero ¿qué hay de hacer preguntas disfrazados entre la gente?

—Varios expertos de la Patrulla lo hicieron. Lo intentaron durante semanas, en tiempo de Persia. Y los nativos no les dieron ni una pista. Esas tribus son tan salvajes y recelosas… quizá temían que nuestros enviados fuesen agentes del rey medo, entiendo que no les gustaba su dominio… No. La Patrulla no pudo encontrar ni una pista. Y en todo caso, no hay razón para creer que la estructura se viese afectada. Creen que Keith fue asesinado y que el saltador se desvaneció de alguna forma. Y qué importa… —Cynthia se puso en pie. De pronto gritó—. ¿Qué importa un esqueleto más en un torrente?

Everard también se levantó y ella se echó en sus brazos. Dejó que se calmase. Nunca habría dicho que pudiese dolerle tanto. Había dejado de recordarla, excepto quizá unas diez veces al día, pero ahora ella había acudido a él y el proceso del olvido tendría que comenzar de nuevo.

—¿No pueden retroceder localmente? —imploró ella—. ¿No puede alguien retroceder una semana y decirle que no vaya? ¿Es tanto pedir? ¿Qué monstruo hizo la ley contra eso?

—Hombres normales —dijo Everard—. Si uno empezase a retroceder para interferir con el pasado personal, pronto estaríamos tan enredados que no existiríamos.

—¡Pero en un millón de años o más… debe de haber habido excepciones!

Everard no contestó. Sabía que las había. Sabía también que el caso de Keith Denison no sería una de ellas. La Patrulla no estaba formada por santos, pero sus miembros no se atrevían a romper sus propias reglas para fines propios. Aceptabas las pérdidas como en cualquier otro cuerpo, levantabas la copa en recuerdo de los camaradas caídos y no saltabas atrás para verlos de nuevo mientras estaban vivos.

Finalmente Cynthia se apartó, volvió a su bebida y se la tragó. Los bucles amarillos le cayeron sobre la cara mientras bebía.

Lo siento —dijo. Sacó un pañuelo y se secó los ojos—. No pretendía gritar.

—No importa.

Ella miró al suelo.

—Podrías intentar ayudar a Keith. Los agentes normales han renunciado, pero tú podrías intentarlo.

Era una petición para la que no tenía recurso.

—Podría —le dijo—. Quizá no tenga éxito. Los registros existentes muestran que si lo intenté, fracasé. Y se rechaza cualquier alteración del espacio-tiempo, incluso una tan trivial como ésta.

—No es trivial para Keith —dijo ella.

—¿Sabes, Cyn? —murmuró él—, eres una de las pocas mujeres de este mundo que lo dirían de esa forma. La mayoría hubiese dicho: «No es trivial para mí.»

Los ojos de ella atraparon los de Manse, y por un momento Cynthia permaneció muy quieta. Luego susurró:

—Lo siento. Manse. No comprendí… Pensé que con todo el tiempo que había pasado para ti, tú habrías…

—¿De qué hablas? —se defendió él.

—¿No pueden ayudarte los psicólogos de la Patrulla? —preguntó. Volvió a bajar la cabeza—. Me refiero a que si pueden condicionarnos para que simplemente no podamos decirle a nadie no autorizado que el viaje en el tiempo existe… Debería ser posible condicionar a una persona para que…

—Déjalo —la cortó Everard con dureza.

Mordisqueó un rato la pipa.

—Vale —dijo al fin—. Tengo un par de ideas que quizá no hayan probado. Si es posible rescatar a Keith, le tendrás de vuelta mañana al mediodía.

—¿Podrías llevarme a ese momento, Manse? —empezaba a temblar.

—Podría —dijo él—, pero no lo haré. De una forma u otra, mañana tendrás que estar descansada. Ahora te llevaré a casa y me aseguraré de que te tomas una pastilla para dormir. Y luego volveré aquí y pensaré un poco en la situación. —Dobló la boca en un recuerdo de sonrisa—. Deja la charla, ¿eh? Te he dicho que debo pensar.

—Manse… —Cerró sus manos entre las de él.

Everard conoció una súbita esperanza por la que se maldijo.


3

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En el otoño del año 542 a.C, un hombre solitario bajó de las montañas al valle del Kura. Cabalgaba en un hermoso caballo castaño, mayor incluso que la mayoría de las monturas de caballería, lo que en algún otro lugar hubiese podido ser una invitación para los bandidos; pero el Gran Rey había dotado a sus dominios de tal ley que se decía que una virgen con un saco de oro podía atravesar Persia con toda tranquilidad. Esa era una de las razones por las que Manse Everard había decidido saltar a esa fecha, dieciséis años después del destino de Keith Denison.

Otro motivo era llegar mucho después de que se hubiese apagado cualquier conmoción que el viajero en el tiempo hubiese podido producir en el 558. Fuese cual fuese la verdad sobre el destino de Keith, podría ser más fácil desde atrás; al menos, los métodos directos habían fracasado.

Finalmente, según la oficina del entorno Aqueménido, el otoño del 542 resultaba ser la primera estación de relativa tranquilidad desde la desaparición. Los años 558553 habían sido tensos cuando el rey persa de Anzán, Kurush (el que en el futuro sería conocido como Kurash y Ciro), se encontraba en relaciones cada vez peores con el señor medo Astiages. Luego vinieron tres años durante los que Ciro se rebeló, la guerra civil asoló el Imperio, y los persas finalmente derrotaron a sus vecinos del norte. Pero Ciro apenas había vencido cuando tuvo que enfrentarse contra alzamientos, así como a una incursión de Turan; pasó cuatro años calmando los problemas y extendiendo sus dominios hacia el este. Eso alarmó a sus colegas monarcas; Babilonia, Egipto, Lidia y Esparta formaron una coalición para destruirle, con el rey Creso de Lidia dirigiendo una invasión en el 546. Los lidios fueron derrotados y anexionados, pero se rebelaron y tuvieron que ser derrotados de nuevo; había que apaciguar las problemáticas colonias griegas de Ionia, Caria y Licia; mientras sus generales se encargaban de todo eso en el oeste, Ciro en persona guerreaba en el este, obligando a retroceder a los salvajes jinetes que en caso contrario, quemarían sus ciudades.

Ahora había un momento de calma. Cilicia se rendiría sin luchar, viendo que las otras tierras conquistadas por Persia eran gobernadas con una humanidad y una tolerancia hacia las costumbres locales que el mundo no había conocido nunca. Ciro dejaría las marchas al este para sus nobles, y se dedicaría a consolidar lo ganado. Hasta el 539 no se retomaría la guerra con Babilonia y se anexionaría Mesopotamia. Y entonces Ciro tendría otro periodo de paz, hasta que los hombres salvajes se hiciesen demasiado fuertes más allá del mar de Aral y el rey cabalgase contra ellos y hacia su muerte.

Manse Everard entró en Pasargada como a una primavera de esperanza.

Aunque no era como si cualquier época real se mereciese esa metáfora. Cabalgó millas. Los campesinos se inclinaban con hoces, cargando quejumbrosos carros de bueyes, y el polvo saltaba de los campos a sus ojos. Niños andrajosos se chupaban el pulgar en el exterior de chozas de barro sin ventanas y lo miraban. Un pollo chilló de un lado a otro por el camino hasta que el mensajero real al galope que le había asustado estuvo muy lejos y el pollo muerto. Un escuadrón de lanceros llevaba un uniforme muy pintoresco, pantalones anchos y corazas con incrustaciones, cascos con puntas o flechas, capotes a rayas alegres; pero los hombres estaban sucios, sudorosos e intercambiaban chistes verdes. Tras los muros de adobe, los aristócratas vivían en grandes casas con hermosos jardines, pero una economía como aquella no podía soportar demasiadas mansiones. Pasargada era en un noventa por ciento una ciudad oriental de calles retorcidas y sucias entre casuchas sin rostro, trapos grasientos para el pelo y togas sombrías, mercaderes gritando en los bazares, mendigos mostrando sus llagas, comerciantes guiando reatas de camellos viejos y burros demasiado cargados, perros atacando montones de menudillos, música de taberna como un gato en una lavadora, hombres que agitaban los brazos como molinos y gritaban maldiciones… ¿cómo empezó aquel mito del Este inescrutable?

—¡Caridad, señor, caridad, por amor a la luz! ¡Caridad y Mitra os sonreirá!…

—¡Mirad señor! Por la barba de mi padre juro que no habéis visto mejor trabajo de manos más habilidosas que esta brida que os ofrezco, a vos, el más afortunado de los hombres, por la ridícula suma de…

—Por aquí, amo, por aquí, sólo a cuatro casas el mejor alojamiento de toda Persia… no, de todo el mundo. Nuestros jergones están rellenos de plumas de cisne, mi padre sirve vino digno de un Devi, mi madre cocina un pilan cuya fama ha llegado hasta el fin de la tierra, y mis hermanas son tres lunas de placer disponibles por sólo…

Everard no hizo caso a los niños que corrían a su lado. Uno de ellos le agarró el tobillo, soltó un juramento y dio una patada, y el muchacho sonrió sin vergüenza. El hombre esperaba evitar alojarse en una fonda; los persas eran más limpios que la mayor parte de la gente de la época, pero seguía habiendo insectos.

Intentó no sentirse indefenso. Normalmente un patrullero podía guardarse un as en la manga: digamos una pistola aturdidora del siglo XXX bajo el abrigo y una miniradio para llamar a su lado al oculto saltador espaciotemporal de antigravedad. Pero no cuando cabía la posibilidad de que lo registraran. Everard vestía un atuendo griego: túnica y sandalias y una capa larga de lana, espada al cinto, casco y escudo colgados de la grupa del caballo, y eso era todo; sólo el acero era anacrónico. No podía acudir a ninguna oficina local si se metía en líos, porque esa época de transición, relativamente pobre y turbulenta, no atraía comercio temporal; la unidad más próxima de la Patrulla se encontraba en el cuartel general del entorno, en Persépolis, una generación en el futuro.

Las calles se ensancharon a medida que avanzaba, los bazares empezaron a escasear y las casas se hicieron mayores. Al fin llegó a una plaza rodeada de cuatro mansiones. Los árboles podados sobresalían de los muros exteriores. Los guardias, jóvenes ágiles escasamente armados, esperaban acuclillados, porque hacer la guardia de pie todavía no se había inventado. Se pusieron en pie y prepararon flechas, cautelosos, al aproximarse Everard. Podría simplemente haber atravesado la plaza, pero viró y saludó a un hombre que parecía un capitán.

—Saludos, señor, que el sol os ilumine con su brillo. —El persa que había aprendido en una hora bajo hipnosis fluía de su lengua con facilidad—. Busco hospitalidad de algún gran hombre que podría desear escuchar mis pobres historias de viajes por tierras extranjeras.

—Que vuestros días sean muchos —respondió el guardia. Everard recordó que no debía ofrecer una gratificación; aquellos persas del propio clan de Ciro eran duros y orgullosos, cazadores, pastores y guerreros. Todos hablaban con la amabilidad digna que era tan común en la historia para los de su clase—. Sirvo a Creso de Lidia, sirviente del Gran Rey. No le negaría su techo a…

—Meandro de Atenas —le indicó Everard. Era un alias que explicaría su amplitud ósea, la piel clara y el pelo corto. Pero se había visto obligado a pegarse a la barbilla un efecto realista estilo Van Dyke. Heródoto no era el primer griego trotamundos, así que un ateniense no tendría el inconveniente de estar muy fuera de lugar. Al mismo tiempo, medio siglo antes de la batalla de Maratón, allí los europeos eran todavía lo suficientemente poco comunes para despertar interés.

Se llamó a un esclavo, que a su vez buscó al mayordomo, que envió a otro esclavo, que invitó al extraño a cruzar la puerta. El jardín que allí encontró era tan fresco y verde como esperaba; no había temor de que en aquella casa robasen nada de su bolsa; la comida y la bebida serían buenas; y el mismo Creso entrevistaría en persona al invitado durante mucho tiempo. Tenemos suerte, muchacho, se dijo Everard, y aceptó un baño caliente, aceites perfumados, ropa limpia, dátiles y vino que le trajeron a su cuarto amueblado de forma austera, con un diván y una vista agradable. Sólo echaba de menos un puro.

Eso de las cosas que se podían conseguir.

Porque si Keith había muerto sin posibilidad de remedio…

—Infierno y ranas púrpuras —murmuró Everard—. ¿Quieres dejarlo ya?


4

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Después de la puesta de sol empezó a hacer algo de frío. Encendieron las lámparas con mucha ceremonia, puesto que el fuego era sagrado, y animaron los braseros. Un esclavo se postró para anunciar que la cena estaba servida. Everard lo acompañó por un largo pasillo en el que vigorosos murales mostraban el Sol y el toro de Mitra, pasaron al lado de un par de lanceros y entraron en una cámara pequeña e iluminada con profusión, de ambiente endulzado por el incienso y cubierta de alfombras. Había dos divanes dispuestos según la costumbre helena frente a una mesa cubierta con platos no helénicos de plata y oro; los esclavos servían detrás y una música que parecía china sonaba procedente de una puerta interior.

Creso de Lidia asintió con cortesía. En otro tiempo había sido guapo, de rasgos regulares, pero había envejecido bastante en los pocos años en que su riqueza y poder eran proverbiales. De barba gris y pelo largo, vestía la clámide griega, pero se había maquillado al estilo persa.

—Regocíjate, Meandro de Atenas —dijo en griego, y levantó la cara.

Everard le besó la mejilla como estaba mandado. Era una amabilidad por parte de Creso dar a entender con aquel gesto que la posición de Meandro no era más que ligeramente inferior a la suya, aunque Creso hubiese comido ajo.

—Regocijaos, señor. Os agradezco vuestra amabilidad.

—Esa comida solitaria no era para degradarte —dijo el antiguo rey—. Sólo pensé… —vaciló—. Siempre me he considerado pariente de los griegos, y podemos hablar seriamente…

—Mi señor me honra más allá de mi valor. —Pasaron por varios rituales y finalmente llegaron a la comida. Everard le contó una historia preparada sobre sus viajes; de vez en cuando Creso hacía una pregunta desconcertantemente perspicaz, pero un patrullero aprendía pronto a evitarlas.

—Ciertamente los tiempos están cambiando, eres afortunado al haber llegado al comienzo de una nueva época —dijo Creso—. Nunca el mundo ha conocido un rey más glorioso que —etc., sin duda para beneficio de cualquier criado que sirviese también como espía real. Aunque resultaba que era cierto—. Los mismísimos dioses han favorecido al rey. Si hubiese sabido hasta qué punto le protegían realmente, es decir, no como la mera fábula que creía que era, nunca me hubiese atrevido a oponerme a él. Porque no cabe duda de que es un elegido.

Everard se mantuvo en su papel de griego aguando el vino y deseando haber elegido una nacionalidad menos moderada.

—¿Cuál es la historia, señor? —preguntó—. Sólo sé que el Gran Rey era hijo de Cambises, que mantenía esta provincia como vasallo del medo Astiages. ¿Hay más?

Creso se inclinó hacia delante. Bajo la incierta luz, sus ojos tenían un curioso brillo, una mezcla dionisíaca de terror y entusiasmo que la época de Everard hacía tiempo que había olvidado.

—Escucha, y lleva el relato a tus compatriotas —dijo—. Astiages casó a Mandane con Cambises, porque sabía que los persas estaban inquietos bajo su pesado yugo y deseaba unir a su líder con su casa. Pero Cambises se puso enfermo y quedó debilitado. Si moría y su hijo pequeño Ciro le sucedía en Anzán, se produciría una problemática regencia de nobles persas que no estaban unidos a Astiages. Los sueños también advirtieron al rey medo que Ciro sería el fin de su dominio.

»Por tanto, Astiages ordenó a su pariente, el Ojo del Rey Aurvagaush —Creso pronunció el nombre como Harpagus, al helenizar todos los nombres locales— que se deshiciera del príncipe. Harpagus se llevó al niño a pesar de las protestas de la reina Mandane; Cambises estaba demasiado enfermo para ayudarla, ni tampoco podía Persia en ningún caso rebelarse sin preparativos. Pero Harpagus no pudo cometer el acto. Intercambió el niño por el hijo nacido muerto de un pastor de la montañas, al que hizo jurar que mantendría el secreto. El niño muerto fue envuelto en ropas reales y abandonado en una colina; en su momento se convocó a oficiales de la corte meda para ser testigos de su entierro. Nuestro señor Ciro creció como pastor.

»Cambises vivió veinte años más sin engendrar otro hijo, y sin fuerzas suficientes para vengar a su primogénito. Pero al final estaba claro que se moría sin un sucesor al que los persas se sintiesen obligados a obedecer. Una vez más, Astiages temió problemas. En ese momento apareció Ciro, y su identidad se manifestó por diversos portentos. Astiages, lamentando lo sucedido, le dio la bienvenida y le confirmó como sucesor de Cambises.

»Ciro siguió siendo un vasallo durante cinco años, pero la tiranía de los medos le resultaba odiosa. Harpagus, en Ecbatana, también tenía hechos terribles que vengar: como castigo por su desobediencia en el asunto de Ciro, Astiages le obligó a comerse a su propio hijo. Por tanto Harpagus conspiró con ciertos nobles medos. Eligieron a Ciro como su líder, Persia se rebeló y, después de tres años de guerra, Ciro se convirtió en amo de los dos pueblos. Desde entonces, claro, se ha anexionado muchos más. ¿Cuándo los dioses lo han indicado con mayor claridad?

Everard permaneció tendido en silencio un rato. Oía las hojas de otoño susurrar secas en el jardín, bajo el viento frío.

—¿Es eso cierto, y no una historia fantástica? —preguntó.

—Lo he confirmado en muchas ocasiones desde que me uní a la corte persa. El rey mismo me ha dado su palabra, así como Harpagus y otros que estuvieron directamente implicados.

El lidio no podía estar mintiendo si citaba el testimonio de su gobernante: los persas de clase alta eran fanáticos de la verdad. Y sin embargo, Everard no había oído nada más increíble en toda su carrera en la Patrulla. Porque era la historia que registraba Heródoto —con unas cuantas modificaciones que se encontraban en el Shah-Nameh— y cualquiera podía reconocerla como el típico mito heroico. Esencialmente lo mismo se había dicho de Moisés, Rómulo, Sigurd y de un centenar de grandes hombres. No había razón para creer que contuviese algún hecho cierto, ninguna razón para dudar de que Ciro no hubiese crecido con toda normalidad en la casa de su padre, le había sucedido por derecho de nacimiento y se había rebelado por las razones habituales.

¡Sólo que ese cuento increíble tenía el respaldo de testigos que juraban su verdad!

Allí había un misterio. Le devolvió a Everard su propósito. Después de los adecuados comentarios de admiración, guió la conversación hasta que pudo decir:

—He oído rumores de que hace dieciséis años un extraño entró en Pasargada vestido como un pobre pastor, pero que en realidad era un mago que realizaba milagros. Puede que muriese aquí. ¿Sabes, mi amable anfitrión, algo de eso?

Luego esperó, tenso. Tenía la corazonada de que Keith Denison no había sido asesinado por algún palurdo, ni se había caído por un barranco y roto el cuello ni terminado de forma similar. Porque en ese caso, el saltador hubiese estado por allí cuando la Patrulla realizó la búsqueda. Puede que hubiesen peinado el área de forma demasiado amplia como para encontrar a Denison, pero ¿cómo podrían los detectores no localizar un saltador temporal?

Por tanto, pensaba Everard, había sucedido algo más complicado. Y si había sobrevivido, Keith se habría dirigido hacia la civilización.

—¿Hace dieciséis años? —Creso se mesó la barba—. Entonces yo no estaba aquí. Y en todo caso, la región hubiese estado llena de portentos, porque entonces fue cuando Ciro abandonó las montañas y tomó la corona de Anzán que le correspondía por derecho. No, Meandro, no sé nada de eso.

—He deseado encontrar a esa persona —dijo Everard—, porque un oráculo…

—Puedes preguntar entre los sirvientes y a la gente de la ciudad —sugirió Creso—. Yo preguntaré en tu nombre en la corte. Mientras tanto permanecerás aquí, ¿no? Quizá el rey en persona desee recibirte; siempre siente interés por los extranjeros.

La conversación terminó poco después. Creso le explicó con una sonrisa amarga que los persas creían en irse temprano a la cama y levantarse temprano, y debía estar al amanecer en el palacio real. Un esclavo acompañó a Everard a su cuarto, donde se encontró a una muchacha de buen aspecto y sonrisa expectante. Vaciló un momento, recordando una situación a dos mil cuatrocientos años de distancia. Pero… qué demonios. Un hombre debía aceptar lo que los dioses le ofrecían y, la verdad, eran bastante rácanos.


5

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No mucho después de la salida del sol, las tropas ocuparon la plaza y llamaron a gritos a Meandro de Atenas. Everard dejó el desayuno para salir y se encontró frente a un semental gris levantando la vista hasta el rostro oscuro y peludo de halcón de un capitán de la guardia, conocida como los Inmortales. Los hombres formaban un fondo de caballos inquietos, capas y plumas al viento, metal tintineando y cuero gimiendo, con el sol recién salido reluciendo sobre el metal pulido.

—Ha sido convocado por el quiliarca —dijo el oficial. El título que había usado era realmente persa: comandante de la guardia y gran visir del Imperio.

Everard permaneció quieto un momento, sopesando la situación. Se le tensaron los músculos. No era una invitación cordial. Pero no podía excusarse argumentando una cita anterior.

—Escucho y obedezco —dijo—. Dejadme coger un pequeño regalo de mi equipaje, como muestra del honor que se me hace.

—El quiliarca dijo que debíais venir inmediatamente. Aquí está el caballo.

Un arquero le ofreció las manos para subir, pero Everard se montó sobre la silla sin ayuda, un truco que valía la pena conocer en épocas anteriores a la invención de los estribos. El capitán asintió con brusquedad para indicar su aprobación, dio la vuelta a su montura y salió al galope de la plaza. Recorrieron una amplia avenida bordeada de esfinges y casas señoriales. El tráfico no era tan intenso como en las calles de los bazares, pero había suficientes jinetes, carruajes, literas y peatones apartándose apresuradamente. Los Inmortales no se detenían por ningún hombre. Atravesaron clamorosos las puertas de palacio abiertas para ellos. La gravilla saltaba bajo los cascos; destrozaron un prado en el que relucían las fuentes y se detuvieron con estruendo frente al ala oeste.

El palacio, pintado de un rojo llamativo, se alzaba sobre una amplia plataforma junto con varios edificios menores. El capitán desmontó, hizo un gesto brusco y subió las escaleras de mármol. Everard le siguió, rodeado de varios guerreros que habían sacado en su honor de las bolsas las hachas de guerra ligeras. El grupo se cruzó con esclavos de la casa, que vestían túnicas y turbantes y tenían el rostro abatido, pasó una columnata roja y amarilla, recorrió un pasillo de mosaicos cuya belleza Everard no tenía humor para apreciar, y continuó hasta haber pasado un escuadrón de guardias para entrar en una habitación donde esbeltas columnas sostenían una orgullosa bóveda y la fragancia de las rosas tardías entraba por ventanas arqueadas.

Allí, los Inmortales hicieron una reverencia. Lo que vale para ellos vale para ti, hijo, pensó Everard, y besó la alfombra persa. El hombre del diván asintió.

—Levantaos y atended —dijo—. Traed un cojín para el griego. —Los soldados tomaron posiciones. Un nubio entró apresuradamente con un cojín, que colocó en el suelo, a los pies del asiento de su amo. Everard se sentó en él, con las piernas cruzadas. Tenía la boca seca.

El quiliarca, que según recordaba Creso había identificado como Harpagus, se reclinó. Contra la piel atigrada del diván y bajo la espléndida toga roja que cubría su cuerpo demacrado, el medo tenía el aspecto de un hombre avejentado, con el pelo largo del color del hierro y la cara oscura de nariz pronunciada cubierta por una maraña de arrugas. Pero examinó con ojos inteligentes al recién llegado.

—Bien —dijo, en un persa con el marcado acento del norte de Irán—, así que tú eres el hombre de Atenas. El noble Creso habló esta mañana de tu llegada y mencionó algunas preguntas que hacías. Ya que podría estar implicada la seguridad del Estado, debo saber exactamente qué buscas. —Se mesó la barba con una mano enjoyada y sonrió con frialdad—. Podría ser incluso, si la búsqueda es inofensiva, que te ayudara.

Había tenido buen cuidado de no emplear las fórmulas habituales de saludo, ofrecerle comida o usar cualquier otra forma de situar a Meandro en la situación casi sagrada de invitado. Aquello era un interrogatorio.

—Señor, ¿qué deseáis saber? —preguntó Everard. Se lo imaginaba y no le gustaba.

—Buscas a un mago vestido de pastor que entró en Pasargada hace dieciséis veranos y realizó milagros. —La voz era desagradable por la tensión—. ¿A qué se debe eso y qué has oído de tales asuntos? No te molestes en inventar una mentira… ¡Habla!

—Gran señor —dijo Everard—, el oráculo de Delfos me dijo que cambiaría mi fortuna si descubría la suerte de un pastor que entró en la capitana persa en… humm… el tercer año de la tiranía de Pisistrato. Nunca he sabido más. Mi señor sabe bien lo ininteligibles que son los consejos de los oráculos.

—Humm. —El temor veló el rostro delgado de Harpagus, que realizó el signo de la cruz, el símbolo solar mitraico. Luego, con brusquedad, añadió—: ¿Qué has descubierto hasta ahora?

—Nada, gran señor. Nadie podía decirme…

—¡Mientes! —le soltó Harpagus—. Todos los griegos son unos mentirosos. Ten cuidado, porque te adentras en cuestiones profanas. ¿Con quién más has hablado?

Everard vio que un tic nervioso levantaba la boca del quiliarca. Él mismo sentía que el estómago le daba saltos. Había tropezado con algo que Harpagus consideraba muerto y enterrado, algo tan grande que el riesgo de enfrentarse a Creso, que estaba obligado a proteger a su invitado, nada importaba. Y la mordaza más segura jamás inventada era un cuchillo… después de que potro y tenazas hubiesen sacado exactamente qué sabía el extranjero… Pero ¿qué demonios sé yo?

—Con nadie, mi señor —respondió con voz ronca—. Salvo el oráculo, y el dios del Sol, cuya voz es el oráculo, y que me envió aquí, ha oído nada de esto antes de la pasada noche.

Harpagus contuvo el aliento, sorprendido por la invocación. Pero luego, de manera perceptible cuadró los hombros.

—Sólo tenemos tu palabra, la palabra de un griego, de que lo contó el oráculo… de que no ha espiado nuestros secretos de Estado. O incluso si el dios realmente te envió aquí, bien podría haber sido para destruirte por tus pecados. Sabremos más de esto. —Hizo un gesto al capitán—. Llevadle abajo. En nombre del rey.

¡El rey!

La idea le vino inmediatamente. Se puso en pie de un salto. —¡Sí, el rey! —gritó—. ¡El dios me lo dijo… habría una señal… y luego llevaría su palabra al rey persa! —¡Cogedle! —aulló Harpagus.

Los guardias se movieron para obedecer. Everard dio un salto atrás, llamando a gritos al rey Ciro todo lo fuerte que podía. Que le arrestasen. La noticia llegaría al trono y… Dos hombres lo empujaron contra la pared, con las hachas levantadas. Otros los ayudaron. Por encima de los cascos vio a Harpagus ponerse en pie sobre el diván.

—¡Cogedle y decapitadle! —ordenó el medo.

—Mi señor —protestó el capitán—, ha llamado al rey.

—¡Para hechizarlo! ¡Ahora lo conozco, hijo de Zohak y agente de Ahriman! ¡Matadle!

—No, esperad —gritó Everard—, esperad, no lo entendéis, es este traidor el que quiere impedirme que hable con el rey… ¡Suéltame, bastardo!

Una mano se cerró sobre su brazo derecho. Había estado preparado para quedarse sentado algunas horas en la celda, hasta que el gran jefe oyese hablar del asunto y lo sacase, pero ahora las cosas eran un poco más urgentes. Lanzó un gancho de derecha que aterrizó sobre una nariz aplastada. El guardia retrocedió. Everard le arrebató el hacha de la mano, se dio la vuelta y detuvo el golpe del guardia situado a su izquierda.

Los Inmortales atacaron. El hacha de Everard resonó contra el metal, fintó y aplastó un nudillo. Era más alto que casi todos ellos. Pero no tenía ni las posibilidades de una bola de celofán en el infierno de resistir frente a ellos. Un golpe silbó en dirección a su cabeza. Se escondió tras una columna; saltaron esquirlas. Una abertura… desarmó a un hombre, saltó sobre el estruendo del peto cuando éste chocó con el suelo y salió a suelo abierto bajo la bóveda. Harpagus corrió, sacándose un sable de debajo de la toga; el bastardo era valiente. Everard se giró para enfrentarse a él, de forma que el quiliarca quedara entre él y la guardia. El hacha y la espada chocaron. Everard intentó acercarse… un cuerpo a cuerpo evitaría que los persas le arrojasen sus armas, pero daban la vuelta para atacarlo por la espalda. Judas, esto podría ser el final de otro patrullero…

—¡Alto! ¡Postraos! ¡Viene el rey!

Lo gritaron tres veces. Los guardias se paralizaron, mirando a la gigantesca persona de túnica escarlata que permanecía en el umbral de la puerta y se arrojaron a la alfombra. Harpagus dejó caer la espada. Everard a punto estuvo de darle en la cabeza; luego, recordando, y oyendo el paso apresurado de los guardias en el pasillo, dejó caer su propia arma. Por un momento, él y el quiliarca jadearon frente a frente.

—Así que… lo ha oído… y ha venido… inmediatamente —jadeó Everard.

El medo se arqueó como un gato y siseó:

—¡Entonces, ten cuidado! Te estaré vigilando. Si envenenas su mente habrá veneno para ti, o una daga… —¡El rey! ¡El rey! —rugió el heraldo. Everard se unió a Harpagus en el suelo.

Un pelotón de Inmortales entró al trote en la habitación y formó un pasillo hasta el diván. Un chambelán se adelantó para cubrirlo con un tapiz especial. Luego entró Ciro en persona, con la toga agitándose con sus pasos largos y vigorosos. Lo siguieron unos cuantos cortesanos, hombres correosos con el privilegio de ir armados en presencia del rey, y un maestro de ceremonias esclavo que se retorcía las manos tras todos ellos por no haber tenido tiempo de extender una alfombra o llamar a los músicos.

La voz del rey resonó en el silencio:

—¿Qué es esto? ¿Dónde está el extraño que me ha llamado?

Everard se atrevió a mirar. Ciro era alto, ancho de hombros y delgado de cuerpo, de aspecto más viejo de lo que sugería el relato de Creso —tenía cuarenta y siete años, comprendió Everard con un estremecimiento— pero se había mantenido ágil por dieciséis años de guerra y caza. Tenía un rostro delgado y oscuro con ojos avellanados, una cicatriz de espada en la mejilla izquierda, la nariz recta y los labios carnosos. Llevaba el pelo negro, ligeramente agrisado, peinado hacia atrás y la barba más apurada de lo que era costumbre en Persia. Iba vestido con toda la sencillez que le permitía su posición.

—¿Dónde está el extraño del que un esclavo vino corriendo a hablarme?

—Yo soy, Gran Rey —dijo Everard. —Levántate. Dinos tu nombre. Everard se puso en pie y murmuró: —Hola, Keith.


6

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Las parras se peleaban por una pérgola de mármol. Casi rozaban a los arqueros que la rodeaban. Keith Denison se dejó caer sobre un banco, miró las sombras de las hojas moverse por el suelo y dijo con ironía:

—Al menos podemos hablar en privado. El inglés no se ha inventado todavía.

Al cabo de un momento siguió hablando con un acento oxidado: —En ocasiones he pensado que lo peor de la situación es no tener un minuto para mí solo. Lo mejor que puedo hacer es echar a todo el mundo de la habitación en la que esté; pero se quedan tras la puerta, bajo las ventanas, aguardando, escuchando. Espero que ardan sus queridas y leales almas.

—La intimidad tampoco se ha inventado todavía —le recordó Everard—. Y la gente importante como tú jamás ha tenido demasiada.

Denison levantó un rostro cansado.

—Continuamente deseo preguntarte cómo está Cynthia —dijo—, pero es evidente que para ella no ha pasado, no pasará, mucho tiempo. Una semana, quizá. ¿No habrás traído cigarrillos por casualidad?

—Los dejé en el saltador —dijo Everard—. Supuse que tendría problemas suficientes sin tener que explicarlos. Nunca esperé encontrarte dirigiendo todo el cotarro.

—Ni yo tampoco. —Denison se encogió de hombros—. Es la cosa más fantástica. Las paradojas temporales…

—¿Qué pasó?

Denison se frotó los ojos y suspiró.

—Me quedé atrapado en los engranajes locales. A veces todo lo sucedido antes me parece irreal, como un sueño. ¿Existieron alguna vez el cristianismo, el contrapunto musical o la Carta de Derechos? Eso sin mencionar a la gente que conocí. Tú tampoco perteneces a este tiempo, Manse; sigo esperando despertarme… Bien, déjame pensar.

»¿Sabes cuál era la situación? Los medos y los persas son pueblos muy cercanos, racial y culturalmente, pero los medos eran entonces los jefes y adoptaron mucho hábitos de los asirios, que no encajaban muy bien con el punto de vista persa. En su mayoría somos rancheros y granjeros libres, y es evidente que no está bien que nosotros seamos vasallos… —Denison parpadeó—. ¡Eh, ya me he lanzado otra vez! ¿A qué me refiero con «nosotros»? En todo caso, Persia estaba inquieta. El rey Astiages de Media había ordenado el asesinato del pequeño príncipe Ciro veinte años antes, pero ahora lo lamentaba, porque el padre de Ciro se moría y la disputa por la sucesión desencadenaría una guerra civil.

»Bien, yo aparecí en las montañas. Tuve que explorar un poco tanto en el espacio como en el tiempo, saltando unos cuantos días y varios kilómetros, para encontrar un buen lugar donde esconder el saltador. La Patrulla no pudo encontrarlo después… en parte por esa razón. Finalmente lo aparqué en una cueva y salí a pie, y casi inmediatamente sufrí una desgracia. Un ejército medo estaba atravesando la región para evitar que los persas causasen problemas. Uno de sus exploradores me vio salir, siguió mi camino… y lo primero que sé es que fui capturado y los oficiales me interrogaban preguntándome qué era ese cacharro que tenía en la cueva. Sus hombres me habían tomado por un mago y estaban considerablemente impresionados, pero temían más demostrar miedo de lo que me temían a mí. Naturalmente, la noticia se extendió como el fuego por todo el ejército y atravesó el campo. Pronto toda la región sabía que un extraño había aparecido en extraordinarias circunstancias.

»Su general era el mismísimo Harpagus, un demonio tan inteligente y duro como el mundo haya conocido. Pensó que podía utilizarme. Me ordenó que le mostrase mi caballo de hierro, pero no me permitió montarlo. Sin embargo, tuve la oportunidad de colocarlo en desplazamiento temporal. Es por eso que el equipo de búsqueda no pudo encontrarlo. Sólo estuvo unas horas en este siglo y luego, probablemente, fue directamente al Comienzo.

—Buen trabajo —dijo Everard.

—Oh, sabía que las órdenes prohiben ese grado de anacronismo. —Denison torció los labios—. Pero también esperaba que la Patrulla me rescatase. Si hubiese sabido que no iban a hacerlo, no estoy seguro de que hubiese sido un buen patrullero que se sacrifica. Probablemente me hubiese aferrado al saltador y le hubiera seguido el juego a Harpagus hasta tener una oportunidad de escapar.

Everard lo miró sombrío un momento. Keith ha cambiado, pensó: no era sólo por la edad, los años entre gente extraña lo habían marcado más de lo que comprendía.

—Si te hubieses arriesgado a cambiar el futuro —dijo—, habrías puesto en peligro la existencia de Cynthia.

—Sí. Sí, cierto. Recuerdo haber pensado en eso… en ese momento… ¡Qué lejos parece ya!

Denison se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas, mirando la pérgola. Siguió hablando, con monotonía:

—Harpagus no paró de insultar, por supuesto. Pensé por un momento que iba a matarme. Me sacaron, atado como una res camino del matadero. Pero, como te he dicho, ya corrían rumores sobre mí, que iban ganando de boca en boca. Harpagus vio una oportunidad aún mejor. Me dio a elegir: seguirle la corriente o que me cortasen el cuello. ¿Qué otra cosa podía hacer? No era siquiera cuestión de arriesgarse a un cambio; pronto comprendí que interpretaba un papel que la historia ya había escrito.

»Harpagus sobornó a un pastor para que apoyase su historia y me presentó como Ciro, el hijo de Cambises.

Everard asintió, sin sorprenderse. —¿Qué gana él? —preguntó.

—En ese momento sólo deseaba reforzar el dominio medo. Un rey de Anzán bajo su mando tendría que ser leal a Astiages, y por tanto ayudar a mantener a los persas bajo control. Se me llevó, demasiado anonadado para hacer otra cosa que seguir sus indicaciones, todavía esperando a cada minuto que un saltador de la Patrulla apareciese para sacarme de aquel lío. El amor a la verdad de todos esos aristócratas iraníes nos ayudó mucho; pocos sospecharon que yo mentí al jurar que era Ciro, aunque imagino que Astiages, por conveniencia, no tuvo en cuenta las cosas que no encajaban. Y colocó a Harpagus en su sitio castigándolo de forma particularmente brutal por no haber hecho con Ciro lo que le había ordenado, a pesar de que ahora Ciro le era útil, y claro, ¡lo irónico era que Harpagus realmente había obedecido sus órdenes dos décadas antes!

»En cuanto a mí, pasé cinco años sintiéndome más y más disgustado con Astiages. Ahora, al rememorarlo, comprendo que no era ningún perro del infierno, sólo un típico monarca oriental del mundo antiguo, pero eso es difícil de apreciar cuando tienes que presenciar cómo se tortura a un hombre.

»Así que Harpagus, deseoso de venganza, organizó una revuelta, y yo acepté tomar el mando cuando me lo ofreció. —Denison esbozó una sonrisa torcida—. Después de todo, era Ciro el Grande, con un destino que cumplir. Al principio lo pasamos mal, los medos nos derrotaron una y otra vez; pero ¿sabes, Manse?, descubrí que me gustaba. No es como ese terrible modo del siglo XX de quedarse metido en una trinchera preguntándote si el bombardeo enemigo terminará alguna vez. Oh, la guerra aquí es terrible, especialmente si eres un soldado raso, cuando empiezan las enfermedades, y siempre lo hacen. Pero cuando luchas, por Dios, ¡luchas con tus propias manos! E incluso descubrí que tenía talento para esas cosas. Hemos hecho algunas maniobras espléndidas —Everard lo vio recuperar la vida—, como aquella ocasión en la que la caballería de Lidia nos superaba en número. Enviamos los camellos de suministros en vanguardia, la infantería detrás y la caballería al final. Los jamelgos de Creso olisquearon a los camellos y huyeron en estampida. Por lo que sé, siguen corriendo. ¡Los aplastamos!

Se detuvo de pronto, miró un rato a los ojos de Everard y se mordió el labio.

—Lo siento. Lo olvido continuamente. De vez en cuando, recuerdo que en casa no era un asesino… después de una batalla, cuando veo a los muertos dispersos a mi alrededor y, peor aún, a los heridos. ¡Pero no podía evitarlo, Manse! ¡Tenía que luchar! Primero fue la revuelta. Si no le hubiese seguido la corriente a Harpagus, ¿cuánto crees que hubiese durado ? Y luego estaba el reino en sí. No pedí a los lidios que nos invadiesen, ni a los bárbaros del este. ¿Has visto alguna vez una ciudad destruida por los de Turan, Manse? Se trata de ellos o de nosotros, y cuando nosotros conquistamos algo no nos llevamos encadenados a los vencidos: conservan sus tierras, costumbres y… Por Mitra, Manse, ¿cómo podría haber hecho otra cosa?

Everard permaneció sentado escuchando el jardín agitarse con la brisa. Al final dijo:

—No. Te entiendo. Espero que no te hayas sentido muy solo.

—Me acostumbré —dijo Denison con cuidado—. Uno acaba acostumbrándose a Harpagus, porque es interesante. Creso resultó ser un tipo bastante decente. Kobad, el sacerdote, tiene ideas bastante originales, y es el único hombre vivo que se atreve a derrotarme al ajedrez. Y están los banquetes, la caza y las mujeres… —Le dirigió una mirada de desafío—. Sí. ¿Qué querías que hiciese?

—Nada —dijo Everard—. Dieciséis años es mucho tiempo.

—Cassandane, mi primera mujer, valora muchos de los problemas que he tenido. Aunque Cynthia… ¡Dios del cielo, Manse!

Denison se puso en pie y colocó las manos sobre los hombros de Everard. Los dedos se cerraron con fuerza; habían sostenido hachas, arcos y riendas durante década y media. El rey de los Persas gritó en voz alta:

—¿Cómo vas sacarme de aquí?


7

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Everard también se puso en pie, caminó hasta el borde del suelo y miró por entre la piedra tallada, con los pulgares al cinto y la cabeza gacha.

—No veo cómo —contestó.

Denison se golpeó la palma con un puño.

—Eso me temía. Años tras año he tenido cada vez más miedo de que si la Patrulla me encontraba… Tienes que ayudarme.

—Te lo he dicho, ¡no puedo! —La voz de Everard se quebró. No se volvió—. Piénsalo. Tú ya debes haberlo hecho. No eres un pequeño jefe guerrero cuya carrera no importará nada dentro de cien años. Eres Ciro, el fundador del Imperio persa, una figura clave en un entorno clave. ¡Si Ciro desaparece, también desaparece todo el futuro! No habría habido un siglo XX con Cynthia en él.

—¿Estás seguro? —imploró el hombre, a su espalda.

—Me empapé en los hechos antes de venir aquí—murmuró Everard con las mandíbulas apretadas—. Deja de engañarte. Tienes prejuicios contra los persas porque en una ocasión fueron enemigos de los griegos, y resulta que algunos de los rasgos más destacados de nuestra cultura provienen de los griegos. ¡Pero los persas son igualmente importantes!

»Tú lo has visto. Claro, son bastante brutales desde nuestro punto de vista: toda esta época lo es, incluidos los griegos. Y no son demócratas, pero no puedes echarles en cara no haber realizado una invención europea que se sale de su horizonte mental. Lo que cuenta es esto:

»Persia fue el primer poder conquistador que intentó respetar y conciliar a la gente que dominaba; que se atenía a sus propias leyes; que pacificó suficiente territorio para establecer un contacto permanente con el Lejano Oriente; que creó una religión mundial viable, el zoroastrismo, que no se limitaba a una raza o a una zona determinadas. Quizá no sepas qué parte de la fe y el ritual cristiano es de origen mitraico, pero créeme, es mucho. Por no mencionar el judaismo, que tú, Ciro el Grande, vas a rescatar personalmente. ¿Recuerdas? Conquistarás Babilonia y permitirás que los judíos que hayan conservado su identidad regresen a casa: sin ti, habrían sido tragados y se habrían perdido entre la gente normal como las otras diez tribus.

»Incluso en su decadencia, el Imperio persa será un modelo de civilización. ¿Qué fueron la mayoría de las conquistas de Alejandro sino tomar el territorio persa? ¡Y eso extendió el helenismo por el mundo conocido! Y habrá naciones sucesoras de la persa: Pontus, Partia, la Persia de Firdusi y Ornar y Hafiz, el Irán que conocemos y el Irán del futuro posterior al siglo XX…

Everard viró sobre los talones.

—Si lo dejas —dijo—, ¡puedo imaginármelos construyendo zigurats, leyendo entrañas y recorriendo los bosques de Europa, con América sin descubrir, dentro de tres mil años!

Denison se hundió.

—Sí—contestó—. Lo he pensado.

Caminó un poco, con las manos a la espalda. El rostro oscuro parecía más viejo a cada minuto.

—Trece años más —murmuró casi para sí—. Dentro de trece años estaré en una batalla contra los nómadas. No sé exactamente cómo. De una forma u otra, las circunstancias me forzarán a ello. ¿Por qué no? Me han forzado a todo lo demás que he hecho, quisiera o no… A pesar de todo lo que pueda hacer para educarlo, sé que mi propio hijo Cambises será un sádico incompetente y que Darío tendrá que salvar el Imperio… ¡Dios! —Se cubrió el rostro con la manga suelta—. Perdóname. Odio la autocompasión, pero no puedo evitarlo.

Everard se sentó, evitando mirarlo. Oyó el sonido de la respiración en los pulmones de Denison.

Al final, el rey sirvió vino en dos cálices, se unió a Everard en el banco y dijo con sequedad:

—Lo siento. Ahora estoy bien. Y todavía no me he rendido.

—Puedo informar de tu problema al cuartel general —dijo Everard con algo de sarcasmo.

Denison contestó también con sarcasmo:

—Gracias, amiguito. Recuerdo muy bien su posición. Somos sacrificares. Prohibirán toda visita a la vida de Ciro, para que no me sienta tentado, y me enviarán un bonito mensaje. Me remarcarán que soy monarca absoluto de un pueblo civilizado, con palacios, esclavos, vinos, cocineros, artistas, concubinas y terrenos de caza a mi disposición en cantidades ilimitadas, así que, ¿de qué me quejo? No, Manse, esto es algo que tú y yo tendremos que resolver por nuestra cuenta.

Everard apretó los puños hasta sentir cómo las uñas se le hundían en las palmas.

—Me estás poniendo en una posición muy incómoda, Keith —dijo.

—Sólo te estoy pidiendo que analices el problema… ¡y, Ahriman te maldiga, eso harás! —Una vez más, los dedos se cerraron sobre su carne, y el conquistador del Este le dio una orden. El viejo Keith jamás hubiese usado este tono —pensó Everard, encolerizado. Luego se dijo—: Si no vuelves a casa, y le digo a Cynthia que nunca lo harás… Ella podría venir aquí; una chica extranjera más en el harén del rey no afectará a la historia. Pero si informo al cuartel general antes de verla, si informo de que el problema es insoluble, lo que sin duda es un hecho… entonces, el reinado de Ciro quedará cerrado y ella no podría reunirse contigo.

—He analizado todo esto antes, por mi cuenta —dijo Denison con más calma—. Conozco las implicaciones tan bien como tú. Pero mira, podría mostrarte la cueva donde estuvo la máquina durante esas horas. Podrías volver al momento en que aparecí allí y advertirme.

—No —dijo Everard—. Eso está descartado. Por dos razones. La primera la norma que lo prohibe, que es razonable. Podrían hacer una excepción en circunstancias diferentes, pero hay una segunda razón: eres Ciro. No van a eliminar todo un futuro por salvar a un hombre.

¿Lo haría por el futuro de una mujer? No estoy seguro. Espero que no… Cynthia no tendría por qué conocer los detalles. Sería mejor para ella no conocerlos. Podría usar mi graduación de No asignado para mantener en secreto la verdad para los escalafones inferiores y no decirle nada a ella excepto que Keith murió irremediablemente en circunstancias que nos obligaron a cerrar ese periodo al tráfico temporal. Le lloraría por un tiempo, claro, pero es demasiado fuerte para llorar por siempre… Vale, es un truco sucio. Pero ¿no sería mejora la larga que dejarla venir aquí, a una posición servil, y compartir su hombre con al menos una docena de princesas con las que la política le obligará a casarse? ¿No sería mejor para ella romper por lo sano y empezar de nuevo, entre su propia gente?

—Aja —dijo Denison—. He mencionado esa idea sólo para descartarla. Pero debe de haber alguna otra forma. Mira, Manse, hace dieciséis años se daba una situación de la que surgió todo lo demás, no por capricho humano sino por la pura lógica de los acontecimientos. Supón que no me hubiese presentado. ¿No hubiese encontrado Harpagus a un falso Ciro diferente? La identidad exacta del rey no importa. Otro Ciro hubiese actuado de un modo diferente a mí en un millón de detalles diarios. Eso sería natural. Pero si no era un idiota sin esperanza, si era una persona razonablemente capaz, al menos concédeme que yo lo soy, entonces su carrera sería igual a la mía en todo lo importante, lo que aparece en los libros de historia. Lo sabes tan bien como yo. Excepto en los puntos cruciales, el tiempo siempre regresa a su propia forma. Las pequeñas diferencias desaparecen en días o años, por refuerzo negativo. Un refuerzo positivo sólo puede establecerse en momentos clave y su efecto multiplicarse con el paso del tiempo en lugar de desaparecer. ¡Tú lo sabes!

—Claro —dijo Everard—. Pero a juzgar por lo que cuentas, tu aparición en la cueva fue crucial. Fue eso lo que metió la idea en la cabeza de Harpagus. Sin ella, bien, no me cuesta imaginar la decadencia del Imperio medo, quizá víctima de Lidia, o de Turan, porque los persas no hubiesen tenido el liderato por derecho divino que precisaban… No. No me acercaría a la cueva en ese momento sin la autorización de un daneliano.

Denison lo miró y levantó el cáliz, lo bajó y siguió mirando. Su rostro adoptó la expresión de un extraño. Al final dijo, en voz baja: —No quieres que regrese, ¿verdad?

Everard saltó del banco. Dejó caer la copa, que resonó en el suelo, el vino corrió como la sangre. —¡Calla! —gritó. Denison asintió.

—Soy el rey —dijo—. Si levanto un dedo, esos guardias te cortarán en trocitos.

—Buena forma de conseguir mi ayuda —gruñó Everard.

Denison agitó el cuerpo. Se sentó inmóvil un rato, antes de decir:

—Lo siento. No comprendes lo que me afecta… Oh, sí, sí, no ha sido una mala vida. Ha tenido más color que la de la mayoría, y eso de ser casi divino acaba gustándote. Supongo que por eso avanzaré más allá del Jaxartes dentro de trece años: porque no podré hacer otra cosa; con todos esos ojos de joven león mirándome. Maldición, incluso puede que piense que mereció la pena.

Su expresión se torció en una sonrisa:

—Algunas de las chicas han sido increíbles. Y siempre está Cassandane. La convertí en mi esposa principal porque en cierta forma me recordaba a Cynthia. Creo. Es difícil saberlo, después de tanto tiempo. El siglo XX no me es real. Y da más satisfacción un buen caballo que un coche deportivo… y sé que lo que hago aquí es valioso, algo que muchos no saben de sus propias vidas… Sí. Siento haber gritado. Sé que me ayudarías si te atrevieses. Como no es así, no te culpo, y no tienes que lamentarlo por mí.

—¡Deja eso! —gruñó Everard.

Se sentía como si tuviese engranajes en el cerebro, girando en el vacío. Sobre la cabeza veía un techo pintado en el que un joven mataba a un toro, y el toro era el Sol y el Hombre. Más allá de las columnas y las parras se paseaban guardias con cotas de piel de dragón, con los arcos listos y los rostros como de madera tallada. Podía entreverse el ala de harén del palacio, donde un centenar o un millar de jóvenes se consideraban afortunadas por esperar el placer ocasional del rey. Más allá de las murallas de la ciudad se encontraban los campos de labranza, donde los campesinos sacrificaban a una Madre Tierra que era vieja en aquellos parajes a la llegada de los arios, y que se remontaba a un oscuro pasado. Más altas que las murallas flotaban las montañas, embrujadas por el lobo, el león, el jabalí y el demonio. Era un lugar demasiado extraño. Everard se había considerado inmune a lo extraño, pero ahora de pronto quería huir y ocultarse en su propio siglo y con su propia gente, y olvidar.

Dijo con prudencia:

—Déjame consultar con algunos asociados. Podemos examinar en detalle todo el periodo. Puede que haya algún punto de inflexión que… No tengo competencia para manejar esto solo, Keith. Déjame regresar al futuro y buscar consejo. Si se nos ocurre algo volveremos a… esta misma noche.

—¿Dónde tienes el saltador? —preguntó Denison.

Everard movió una mano.

—En las colinas.

Denison se acarició la barba.

—No vas a decirme más, ¿eh? Bien, es un acierto. No estoy seguro de confiar en mí mismo, si supiese dónde conseguir una máquina del tiempo.

—¡No pretendía insinuar eso! —gritó Everard. —Oh, no importa. No nos peleemos por eso. —Denison suspiró—. Claro, vuelve a casa y mira qué puedes hacer. ¿ Quieres una escolta? —Mejor no. No es necesario, ¿verdad?

—No. Hemos hecho que esta zona sea más segura que Central Park.

—No es decir mucho. —Everard alargó la mano—. Pero devuélveme mi caballo. Odiaría perderlo: es un animal especial de la Patrulla, entrenado para viajar en el tiempo. —Miró a los ojos al otro hombre—. Volveré. En persona. Sea cual sea la decisión.

—Claro, Manse —dijo Denison.

Salieron juntos, pasaron por las diversas formalidades de notificar a los guardias. Denison le indicó un dormitorio palaciego, donde le dijo que estaría todas las noches durante una semana, como punto de encuentro. Y luego al fin Everard besó los pies del rey, y cuando la presencia real se hubo ido, subió al caballo y salió despacio por las puertas de palacio.

Se sentía vacío por dentro. Realmente no había nada que hacer; y había prometido regresar e informar personalmente de esa sentencia al rey.


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Más tarde, ese mismo día, se encontraba en las colinas, donde los cedros se alzaban sobre riachuelos fríos y furiosos y el camino lateral que había tomado se convertía en un sendero lleno de baches. Aunque era muy árido, en esa época Irán todavía tenía bosques como aquél. El caballo pisaba cansado. Debería encontrar la casa de algún pastor y pedir acomodo, simplemente para dejar descansar al animal. Pero no, habría luna llena; podría caminar si debía hacerlo y llegar al saltador antes de la salida del sol. No creía que pudiese dormir.

Pero un lugar de hierba crecida y marchita y bayas maduras parecía un buen sitio para descansar. Tenía comida en las alforjas, un pellejo de vino y el estómago vacío desde el amanecer. Viró la montura.

Entrevió algo. Muy lejos por el sendero, la luz del sol se reflejaba en una nube de polvo. Se hacía más grande a medida que la miraba. Varios jinetes, supuso, avanzando muy rápido. ¿Mensajeros del rey? Pero ¿a esta zona? Empezó a sentirse inquieto. Se puso el protector del casco, el casco encima, se colgó el escudo del brazo y sacó la espada corta de la vaina. Sin duda el grupo se limitaría a pasar a su lado, pero…

Ahora podía ver que eran ocho hombres. Llevaban buenos caballos y el que iba más atrás traía un montón de monturas de refresco. Sin embargo los animales estaban bastante agotados; el sudor corría a choros sobre los flancos pardos y tenían las crines pegadas al cuello. Debía de haber sido una larga galopada. Los jinetes iban vestidos con los habituales pantalones completos, camisa, botas, capa y sombrero alto sin alas: no eran cortesanos ni soldados profesionales, pero tampoco bandidos. Estaban armados con espadas, arcos y lazos.

De pronto Everard reconoció la barba gris del que iba en cabeza. Fue como una explosión: ¡Harpagus!

Y por entre la confusión podía también ver, que incluso para ser antiguos iraníes los que le seguían parecían bastante duros.

—Oh, oh —dijo Everard medio en voz alta—. La escuela ha terminado.

Se le conectó el cerebro. No había tiempo de tener miedo, sólo de pensar. Harpagus no tenía otro motivo evidente para correr por las colinas que la captura del griego Meandro. Claro, en una corte llena de espías y bocazas, Harpagus habría descubierto en una hora que el rey había hablado con el extraño como un igual en alguna lengua extranjera y que le había dejado ir al norte. Le llevaría al quiliarca un poco más encontrar una excusa para abandonar el palacio, buscar a sus matones personales y darle caza. ¿Por qué? Porque «Ciro» había aparecido en su momento en aquellas tierras altas, cabalgando en un dispositivo que Harpagus codiciaba. No era un tonto, y el medo seguramente nunca se había sentido satisfecho con la historia que Keith le había contado. Parecía razonable que algún día apareciera otro mago del país natal del rey, y esta vez Harpagus no dejaría escapar el aparato con tanta facilidad.

Everard no esperó más. Sólo estaban a un centenar de metros. Podía ver relucir los ojos del quiliarca bajo las cejas caídas. Puso al galope el caballo, sacándolo del camino hacia el prado.

—¡Alto! —gritó tras él una voz que recordaba—. ¡Alto, griego!

Everard no obtuvo de su montura más que un trote cansado. Los cedros proyectaban sombras alargadas.

—¡Alto o disparamos!… ¡alto!… ¡disparad! ¡No a matar! ¡A la montura!

En el borde del bosque, Everard bajó de la silla. Oyó un zumbido furibundo y unos golpes. El caballo relinchó. Everard miró atrás; la pobre bestia estaba de rodillas. ¡Por Dios, alguien iba a pagar por eso! Pero él era un solo hombre y ellos ocho. Corrió bajo los árboles. Una flecha golpeó un tronco a su izquierda y se hundió en él.

Corrió, agachado, zigzagueando en la penumbra perfumada. De vez en cuando una rama baja le golpeaba la cara. Le hubiese venido bien más maleza, para intentar alguna maniobra algonquina, pero al menos el suelo blando era silencioso. Había perdido de vista a los persas. Casi instintivamente habían intentado adelantarlo a caballo. El sonido de golpes e insultos le indicó lo mal que había funcionado la estrategia.

Llegarían a pie en un minuto. Inclinó la cabeza. Un ligero susurró de agua… Se movió en su dirección, por una cuesta llena de pedruscos. Sus perseguidores no eran urbanitas indefensos, pensó. Estaba claro que alguno sería montañero, con ojos para leer hasta el más mínimo rastro de su paso. Tenía que ocultar el rastro; luego podría ocultarse hasta que Harpagus tuviese que regresar a las labores de la corte. Le dolía respirar. Detrás de él se oían voces, una nota de decisión, pero no conseguía entender lo que decían. Estaban demasiado lejos. Y la sangre le resonaba con mucha fuerza en los oídos.

Si Harpagus había disparado al invitado del rey, estaba claro que Harpagus no pretendía que el invitado pudiese informar al rey. El programa consistía en capturarlo, torturarlo hasta que revelase dónde estaba la máquina y cómo hacerla funcionar y, finalmente, la misericordia del acero. Judas —pensó Everard por entre el clamor de sus propias venas—. He estropeado tanto esta operación hasta ser un manual de cómo no comportarse como patrullero. Y lo primero en la lista es: no pienses tanto en una chica que no te pertenece que olvides las precauciones elementales.

Salió al borde de una ribera alta y húmeda. Por debajo corría un riachuelo hacia el valle. Le habían visto llegar hasta allí, pero no sabrían dónde se metería en el agua… ¿por dónde debía hacerlo?… al bajar sintió el barro frío y resbaladizo sobre la piel. Mejor ir corriente arriba. Eso le llevaría más cerca del saltador, y Harpagus podría considerar más probable que intentase regresar con el rey.

La piedras le hirieron los pies y el agua calmó el dolor. Los árboles formaban murallas en cada orilla, así que como techo tenía una franja delgada de un azul que se oscureció momentáneamente. En lo alto flotaba un águila. El aire se hizo más frío. Pero tuvo algo de suerte: el riachuelo se torcía como una serpiente en delirio y pronto perdió de vista el punto de entrada. Recorreré un kilómetro o dos —pensó—, y quizá encontraré una rama baja que pueda agarrar para no dejar un rastro.

Pasaron los minutos despacio.

En cuanto llegue al saltador—pensó—, voy al futuro y pido ayuda a los jefes. Sé muy bien que no van a dármela. ¿Por qué no sacrificar a un hombre para asegurarse su propia existencia y de todo lo que querían? Por tanto, Keith está atrapado aquí, dispone de trece años antes de que los bárbaros lo maten. Pero Cynthia seguirá siendo joven dentro de trece años, y después de una pesadilla de exilio tan larga y sabiendo que su hombre iba a morir, estaría apartada, sería una extraña en una época prohibida, sola en la corte asustada del loco Cambises II… No, tengo que ocultarle la verdad, mantenerla en casa haciéndole creer que Keith está muerto. El mismo querría que asilo hiciese. Y después de un año o dos ella volverá a ser feliz; yo podría enseñarle a ser feliz.

Había dejado de notar las rocas que le golpeaban los pies, el cuerpo que luchaba y resistía o el fragor del agua. Pero luego viró en un recodo y vio a los persas.

Eran dos, vadeando corriente abajo. Evidentemente su captura era lo suficientemente importante para romper el prejuicio religioso contra el envilecimiento de un río. Dos más caminaban arriba, moviéndose entre los árboles de cada orilla. Uno de ellos era Harpagus. Las largas espadas salieron con un silbido de las vainas.

—¡Alto! —gritó el quiliarca—. ¡Alto, griego! ¡Ríndete!

Everard se quedó inmóvil. El agua le corría por entre los tobillos. Los dos que acudieron a cogerlo eran irreales allá abajo, en un pozo de sombras sus rostros imprecisos, de forma que sólo veía las ropas blancas y un reflejo en las hojas curvas. Lo comprendió de pronto: los perseguidores habían seguido su rastro hasta el riachuelo. Así que se habían dividido, la mitad a cada dirección, corriendo más rápido sobre tierra firme de lo que él podía moverse en el agua. Llegados más allá de la distancia que él podía recorrer, habían deshecho el camino, más lentos cuando estaban limitados por la corriente, pero bastante seguros de su éxito.

—Cogedle vivo —recordó Harpagus—. Atadle si es necesario, pero cogedle vivo.

Everard gruñó y se volvió hacia la orilla.

—Vale tío, tú lo has querido —dijo en inglés. Los dos hombres en el agua gritaron y empezaron a correr. Lino tropezó y cayó de cara. El hombre del lado opuesto bajó en tobogán sobre la espalda.

El barro era resbaladizo. Everard hundió la parte baja del escudo en él y subió. Harpagus se movió con frialdad para esperarlo. Al acercarse, la espada del viejo noble silbó, atacando desde lo alto. Everard movió la cabeza y recibió el golpe con el casco, que resonó. El filo resbaló y le cortó el hombro derecho, pero no mucho. Sólo notó un pinchazo y luego estaba demasiado ocupado para sentir nada.

No esperaba ganar. Pero haría que lo matasen y pagarían por el privilegio.

Llegó a la hierba y levantó el escudo justo a tiempo para protegerse los ojos. Harpagus buscó las rodillas. Everard lo apartó con la espada corta. El sable del medo silbó. Pero de cerca, un asiático ligeramente armado no tenía ninguna oportunidad contra un hoplita, como la historia demostraría un par de generaciones más tarde. Por Dios —pensó Everard—, si tuviese una coraza y grebas, ¡quizá pudiese encargarme de los cuatro! Usaba el gran escudo con habilidad, poniéndolo frente a cada golpe y ataque, y siempre conseguía casi meterse bajo la espada larga de Harpagus y llegar al estómago.

El quiliarca sonrió tenso por entre las patillas grises trenzadas y se alejó. Ganaba tiempo, claro. Tuvo éxito. Los otros tres hombres subieron la ribera, gritaron y cargaron. Fue un ataque desordenado. Grandes luchadores individualmente, los persas nunca desarrollaron la disciplina de grupo de Europa, con lo que se derrotarían a sí mismos en Maratón y Gaugamela. Pero cuatro contra uno sin armadura era muy fácil.

Everard se puso de espaldas a un tronco. El primer hombre se acercó impaciente, con la espada golpeando el escudo griego. La espada de Everard salió disparada de detrás del oblongo de bronce. Hubo una ligera pero pesada resistencia. Conocía la sensación de otros días, retiró la espada y se hizo rápidamente a un lado. El persa se sentó, derramando su vida. Se quejó una vez, vio que era hombre muerto y levantó el rostro hacia el cielo.

Sus compañeros ya estaban con Everard, uno a cada lado. Las ramas bajas hacían que el lazo fuese inútil; tendrían que batallar. El patrullero rechazó la hoja izquierda con el escudo. Eso desprotegía las costillas, pero como sus oponentes tenían órdenes de no matarlo, podía permitírselo. El hombre de la derecha intentó dar a los tobillos de Everard. Everard saltó en el aire y la espada silbó bajo sus pies. El de la izquierda atacó, apuntando bajo. Everard sintió un impacto romo y vio el acero en la pantorrilla. Se liberó de un salto. Un rayo de la puesta de sol penetró entre las agujas y tocó la sangre, volviéndola de un rojo imposible. Everard sintió que la pierna cedía.

—Venga —gritó Harpagus, moviéndose a tres metros de distancia—. ¡Cortadlo en trozos!

Everard gritó sobre el borde del escudo:

—¡Una tarea que el chacal de vuestro líder no tiene el valor suficiente de intentar por sí mismo, después de que yo lo obligase a retirarse con el rabo entre las piernas!

Era algo calculado. El ataque se detuvo un instante. Se echó hacia delante.

—Si los persas deben ser perros de un medo —dijo con voz ronca—, ¿no podéis elegir a un medo que sea un hombre, en lugar de a esta criatura que traicionó a su rey y ahora huye de un solo griego?

Incluso tan al oeste y tan en el pasado, un oriental no podía permitir que lo avergonzaran de semejante forma. No es que Harpagus hubiese sido un cobarde; Everard sabía que sus afirmaciones eran injustas. Pero el quiliarca escupió una maldición y lo atacó. Everard tuvo un momento para entrever los ojos salvajes hundidos en el rostro de nariz aguileña. Con torpeza se adelantó. Los dos persas vacilaron un segundo más. Eso fue suficiente para que Everard y Harpagus se encontrasen. La hoja del medo se levantó y cayó, rebotó en el escudo y el casco griego, y buscó por un lado cortar la pierna. Una túnica suelta ondeó blanca frente a la vista de Everard. Bajó los hombros y metió la espada.

La retiró con un giro cruel y profesional que garantizaba una herida mortal, dio una vuelta sobre el talón derecho y recibió un golpe en el escudo. Durante un minuto él y el persa intercambiaron furia. Por el rabillo del ojo, vio que el otro daba una vuelta para colocarse tras él. Bien, pensó de forma distante, había matado al hombre peligroso para Cynthia…

—¡Alto!

La orden fue una débil agitación en el aire, menos audible que la corriente montañosa, pero los guerreros se retiraron y bajaron las armas. Incluso el persa moribundo apartó los ojos del cielo.

Harpagus luchó por sentarse, en un charco de su propia sangre. La piel se le había vuelto gris.

—No… alto —susurró—. Esperad. Aquí hay un propósito. Mitra no me hubiese herido a menos que…

Hizo un gesto señorial. Everard dejó caer la espada, avanzó cojeando y se arrodilló junto a Harpagus. El medo se recostó en sus brazos.

—Eres de la tierra natal del rey —dijo con voz áspera por entre la barba ensangrentada—. No lo niegues. Pero ten claro… que Aurvagaush el hijo de Khshayavarsha… no es un traidor. —La forma delgada se envaró, imperiosa, como si ordenase a la muerte esperar—. Sabía que había poderes involucrados, del cielo o el infierno, hoy no sé de dónde, en la llegada del rey. Los empleé, lo empleé a él, no por mí, sino porque había jurado lealtad a mi propio rey, Astiages, y él necesitaba un… un Ciro… para evitar que el reino se fragmentase. Después, por su crueldad, Astiages perdió mi lealtad. Pero todavía era un medo. Vi en Ciro la única esperanza, la mejor esperanza de Media. Porque también ha sido un buen rey para nosotros… bajo su dominio sólo somos segundos tras los persas… ¿Lo entiendes, tú que vienes del hogar del rey? —Los ojos oscuros giraron, intentando ver a Everard pero sin suficiente control—. Quería capturarte… para robarte el ingenio y su uso, y luego matarte… sí… pero no para ganar yo. Era por el reino. Temía que te llevases al rey a casa, como sé que él desea. ¿Y qué sería de nosotros? Sé misericordioso, porque tú también debes esperar misericordia.

—Lo haré —dijo Everard—. El rey permanecerá aquí.

—Está bien —suspiró Harpagus—. Creo que dices la verdad… no me atrevo a creer otra cosa… Entonces, ¿he expiado mi culpa? —dijo con débil voz ansiosa—. Por el asesinato que cometí por orden de mi viejo rey… al dejar un niño indefenso sobre una montaña y verlo morir… ¿estoy perdonado, compatriota del rey? ¡Porque fue la muerte de ese príncipe… lo que llevó esta tierra tan cerca de su destrucción… pero encontré otro Ciro! ¡Nos salvé a todos! ¿He sido perdonado?

—Sí —dijo Everard, y se preguntó cuánta absolución tenía poder para dar.

Harpagus cerró los ojos.

—Entonces déjame —dijo, como el eco que se desvanecía de una orden.

Everard lo colocó sobre la tierra y se alejó. Los dos persas se arrodillaron al lado de su amo para llevar a cabo ciertos ritos. El tercer hombre regresó a sus propias contemplaciones. Everard se sentó bajo un árbol, arrancó una tira de tela de su capa y se vendó las heridas. El corte de la pierna necesitaría atención. De alguna forma debía llegar al saltador. No sería divertido, pero lo conseguiría y entonces un doctor de la Patrulla le repararía en unas cuantas horas con la ciencia médica de un futuro posterior a su época. Iría a la oficina de algún entorno oscuro, porque harían demasiadas preguntas en el siglo XX.

Y no podía permitírselo. Si sus superiores supiesen lo que planeaba, probablemente lo prohibirían.

La respuesta le había llegado, no como una revelación cegadora, sino como la cansada conciencia del conocimiento que bien podía haber tenido en el subconsciente desde hacía tiempo. Se recostó, para recuperar el aliento. Los otros cuatro persas llegaron y les contaron lo sucedido. Ninguno de ellos hizo caso a Everard, excepto por unas miradas donde el terror luchaba con el orgullo, y realizaron gestos furtivos contra el mal. Levantaron al jefe muerto y a su compañero moribundo y se los llevaron al bosque. La oscuridad se hizo más intensa. En algún lugar ululó un búho.


9

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El Gran Rey estaba sentado en la cama. Había oído un ruido más allá de las cortinas.

Cassandane, la reina, se agitó imperceptiblemente. Una mano delicada le tocó la cara.

—¿Qué es, sol de mi cielo? —preguntó.

—No lo sé. —Buscó a tientas la espada que siempre tenía bajo la almohada—. Nada.

La palma se deslizó hasta el pecho.

—No, es mucho —susurró ella, agitada de pronto—. Tu corazón resuena como un tambor de guerra.

—Quédate aquí. —Abrió las cortinas y salió.

La luz de la luna penetraba desde un cielo profundamente púrpura, por una ventana arqueada que llegaba hasta el suelo. Se reflejaba casi cegadora en un espejo de bronce. Notaba el aire frío sobre la piel desnuda.

Una cosa de metal oscuro, cuyo jinete sostenía por un manillar mientras tocaba los controles, se deslizó como otra sombra. Aterrizó sin sonido sobre la alfombra y el jinete bajó. Era un hombre grande con túnica y casco griego.

—Keith —dijo.

—¡Manse! —Denison avanzó hacia la luz de la luna—. ¡Has venido!

—No me digas —respondió Everard con sarcasmo—. ¿Crees que alguien nos oirá? No creo que me hayan visto. Me he materializado directamente sobre el tejado y flotado en antigravedad.

—Hay guardias justo al otro lado de la puerta —dijo Denison—, pero no entrarán a menos que toque el gong o grite.

—Bien. Ponte algo de ropa.

Denison bajó la espada. Permaneció envarado un instante, luego sonrió.

—¿Has encontrado una forma?

—Quizá. Quizá. —Everard apartó la vista del otro hombre, tamborileó con los dedos sobre el panel de control—. Mira, Keith —dijo al fin—. Tengo una idea que podría funcionar. Necesitaré tu ayuda para ponerla en práctica. Si sale bien, podrás volver a casa. La oficina central aceptará un fait accompli y no prestará atención al incumplimiento de las reglas. Pero si sale mal, tendrás que regresar a esta misma noche y vivir tu vida como Ciro. ¿Podrás hacerlo?

Denison se estremeció con algo más que un escalofrío. En voz muy baja dijo:

—Creo que sí.

—Yo soy más fuerte que tú —dijo Everard con brusquedad—, y tendré la única arma. Si es necesario, te obligaré a venir aquí. Por favor, que no tenga que ser así.

Denison inspiró profundamente.

—No será necesario.

—Entonces esperemos que las nornas cooperen. Vamos, vístete. Te lo explicaré por el camino. Dale un beso de despedida a este año y confía en que no sea «hasta luego»… porque si mi idea sale bien, ni tú ni nadie volverá a verlo.

Denison, que medio se había vuelto hacia la ropa tirada en una esquina para que un esclavo la cambiase antes del amanecer, se detuvo.

—¿Qué? —preguntó.

—Vamos a intentar reescribir la historia —dijo Everard—. O quizá restaurar la historia que estaba aquí en primer lugar. No lo sé. ¡Vamos, sube!

—Pero…

—¡Rápido, hombre, rápido! ¿No comprendes que he vuelto el mismo día en que te dejé, que en estos momentos me estoy arrastrando por las montañas con una pierna abierta, sólo para ahorrarte ese tiempo extra? ¡Muévete!

Denison tomó una decisión. Tenía el rostro entre tinieblas, pero habló en voz baja y con claridad:

—Tengo un adiós personal que dar.

¿Qué?

—A Cassandane. Ha sido mi mujer, por Dios, ¡catorce años! Me ha dado tres hijos y, en una ocasión, cuando los medos estaban a las puertas, ella guió a las mujeres de Pasargada para animarnos y ganamos… Dame cinco minutos, Manse.

—Vale, vale. Aunque necesitarás más de cinco minutos para enviar a un eunuco a su habitación y…

—Está aquí.

Denison se perdió tras las cortinas.

Everard permaneció un momento anonadado.

Esperabas que viniese por ti esta noche —pensó—, y esperabas que pudiese llevarte de nuevo con Cynthia. Así que mandaste llamar a Cassandane.

Y luego, cuando los dedos empezaban a dolerle de agarrar con tanta fuerza el mango de la espada: Oh, cállate, Everard, granuja pagado de ti mismo y petulante.

Al fin Denison regresó. No habló mientras se ponía la ropa y montaba en el asiento trasero del saltador. Everard saltó en el espacio, una transición instantánea; la habitación se desvaneció y la luz de la luna inundaba las colinas allá abajo. Un viento frío corrió alrededor de los hombres en el cielo.

—Ahora a Ecbatana. —Everard encendió la luz del panel y ajustó los controles según una nota garabateada en la libreta del piloto.

—Ec… Oh, ¿te refieres a Hagmatan? ¿La vieja capital meda? —Denison sonaba asombrado—. Pero ahora no es más que una residencia de verano.

—Me refiero a Ecbatana hace treinta y seis años —dijo Everard. —¿Eh?

—Mira, todos los historiadores científicos del futuro están convencidos de que la historia de la infancia de Ciro, tal y como la relatan Heródoto y los persas, es pura fábula. Bien, quizá siempre tuvieron razón. Quizá tus experiencias han sido uno de esos pequeños fallos del espacio-tiempo que la Patrulla intenta eliminar.

—Comprendo —dijo Denison lentamente.

—Supongo que estuviste a menudo en la corte de Astiages cuando eras su vasallo. Vale, me guiarás. Queremos al tipo a solas, preferiblemente de noche.

—Dieciséis años es mucho tiempo —dijo Denison.

—¿Mm?

—Si de todas formas intentas cambiar el pasado, ¿por qué usarme en ese punto? Ven a mí cuando haya sido Ciro sólo durante un año, lo suficiente para estar familiarizado con Ecbatana pero…

—Lo siento, no. No me atrevo. Ya nos estamos moviendo muy de cerca. Dios sabe qué bucle secundario en las líneas del tiempo podría producir algo así. Incluso si saliese bien, la Patrulla nos enviaría a los dos al planeta de exilio por arriesgarnos de esa forma.

—Bien… sí, te entiendo.

—Además —dijo Everard—, no eres de los que se suicidan. ¿Realmente querrías que tu yo, en este instante, no existiese? Piensa durante un minuto lo que eso implica exactamente.

Completó los ajustes. A su espalda Denison se estremeció.

—¡Mitra! —exclamó—. Tienes razón. No hablemos más de ello.

—Ahí vamos, entonces. —Everard pulsó el interruptor principal.

Flotó sobre una ciudad de planta desconocida. Aunque también era una noche iluminada por la luna, la ciudad era una mancha oscura a los ojos. Metió la mano en las alforjas.

—Toma —dijo—. Ponte este disfraz. Hice que los chicos del periodo medio de Mohenjo-Daro lo ajustasen a mis especificaciones. La situación es tal que ellos mismos a menudo necesitan este tipo de disfraz.

El aire silbó mientras el saltador iba hacia tierra. Denison pasó un brazo más allá de Everard para señalar.

—Ése es el palacio. El dormitorio real está en el ala este…

Era un edificio más pesado y menos grácil que el sucesor persa en Pasargada. Everard entrevió un par de toros alados blancos en el jardín de otoño, heredados de los asirios. Comprendió que las ventanas que tenía enfrente eran demasiado estrechas para entrar, soltó un juramento y se dirigió a la puerta más cercana. Un par de guardias montados levantaron la vista, vieron lo que venía y gritaron. Los caballos relincharon y los arrojaron al suelo. La máquina de Everard destrozó la puerta. Un milagro más no iba a afectar a la historia, especialmente cuando en esas cosas se creía tan devotamente como en las píldoras de vitaminas en casa, y posiblemente con más razón. Las lámparas lo guiaron por un pasillo donde los esclavos y guardias gemían de terror. En el dormitorio real sacó la espada y golpeó con el pomo.

—Ocúpate tú, Keith —dijo—. Tú conoces la versión meda del ario.

—¡Abre, Astiages! —rugió Denison—. ¡Abre a los mensajeros de Ahura-Mazda!

Para sorpresa de Everard, el hombre obedeció. Astiages era tan valiente como su gente. Pero cuando el rey —una persona rechoncha de mediana edad y rostro duro— vio dos seres de toga luminosa con halos en la cabeza y alas de luz a la espalda, sentados sobre un trono de hierro que flotaba en el aire, se postró.

Everard oyó a Denison rugir en el mejor estilo de predicador, usando un dialecto que apenas podía entender:

—¡Oh, infame vasija de iniquidad, la ira del cielo ha caído sobre ti! ¿Creías que tu menor pensamiento, aunque oculto en las tinieblas de donde nació, podía quedar oculto al Ojo del Día? ¿Creías que el todopoderoso Ahura-Mazda permitiría un acto tan terrible como el que tramas…?

Everard no escuchó. Se perdió en sus propios pensamientos: Harpagus se encontraba probablemente en algún punto de esa misma ciudad, lleno de juventud y todavía sin la carga de la culpa. Ahora ya no tendría que soportarla. Nunca tendería a un bebé sobre una montaña y se apoyaría en su lanza mientras lloraba, se estremecía y finalmente se quedaba quieto. En el futuro se rebelaría, por sus propias razones, y se convertiría en el quiliarca de Ciro, pero no moriría en los brazos de su enemigo en un bosque maldito; y a un cierto persa, cuyo nombre Everard no conocía, también se le evitaría una espada griega y una lenta caída en el vacío.

Pero el recuerdo de los dos hombres que maté esta impreso en las células de mi cerebro: tengo una delgada cicatriz blanca en la pierna; Keith Denison tiene cuarenta y siete años y ha aprendido a pensar como un rey.

—… Descubre, Astiages, que ese niño Ciro tiene el favor del cielo. Y el cielo es misericordioso: se te ha advertido que si manchas tu alma con esa sangre inocente, ese pecado nunca podrá ser lavado. ¡Permite que Ciro crezca en Anzán, o arde por siempre con Ahriman! ¡Mitra ha hablado!

Astiages se arrastró dando golpes con la cabeza en el suelo. —Vámonos —dijo Denison en inglés.

Everard saltó a las colinas persas, treinta y seis años en el futuro. La luz de la luna caía sobre los cedros cerca de una carretera y una corriente. Hacía frío y aullaba un lobo.

Hizo aterrizar el saltador, bajó y empezó a quitarse el disfraz. El rostro barbudo de Denison salió de la máscara, con la extrañeza escrita en él.

—Me pregunto —dijo. Su voz casi se perdió en el silencio bajo las montañas—. Me pregunto si no habremos asustado demasiado a Astiages. La historia registra que le dio a Ciro tres años de lucha cuando los persas se rebelaron.

Siempre podemos ir al comienzo de la guerra y darle una visión animándole a resistir —dijo Everard, luchando por ser práctico; porque le rodeaban los fantasmas—. Pero no creo que sea necesario. Apartará las manos del príncipe, pero cuando un vasallo se rebele… bueno, estará tan enloquecido como para dejar a un lado lo que para entonces le parecerá un sueño. Además, sus propios nobles, con intereses medos, no le permitirían rendirse. Pero comprobémoslo. ¿No encabeza el rey una procesión en el festival del solsticio de invierno? —Sí. Vamos. Rápido.

Y el sol ardía sobre ellos, en lo alto de Pasargada. Dejaron la máquina oculta y caminaron a pie, dos viajeros más en la corriente que venía a celebrar el nacimiento de Mitra. Por el camino, preguntaron qué había sucedido, explicando que llevaban mucho tiempo fuera. Las respuestas fueron satisfactorias, incluso en pequeños detalles que la memoria de Denison recordaba pero que las crónicas no mencionaban.

Finalmente estaban de pie bajo un cielo azul escarcha, entre miles de personas, y saludaron cuando Ciro el Grande pasó cabalgando con sus principales cortesanos, Kobad, Creso y Harpagus, y le siguió el orgullo, la pompa y el sacerdocio de Persia.

—Es más joven de lo que yo era —susurró Denison—. Tendría que serlo, supongo. Y un poco más pequeño… un rostro completamente diferente, ¿no?… pero valdrá.

—¿Quieres quedarte para la diversión? —preguntó Everard.

Denison se cerró la capa. El aire era frío.

—No —dijo—. Volvamos. Ha pasado mucho tiempo. Incluso si nunca sucedió.

—Aja. —Everard se sentía más solemne de lo que debería sentirse un rescatador victorioso—. Nunca sucedió.


10

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Keith Denison salió del ascensor de un edificio en Nueva York. Se había sentido vagamente sorprendido de no recordar su aspecto. Ni siquiera recordaba el número de su apartamento, tuvo que comprobarlo en el directorio. Detalles, detalles. Intentó dejar de temblar.

Cynthia abrió la puerta cuando él iba a hacerlo.

—Keith —dijo ella, casi incrédula.

El no pudo encontrar más palabras que:

—Manse te advirtió sobre mí, ¿no? Dijo que lo haría.

—Sí. No importa. No comprendí que tu aspecto habría cambiado tanto. Pero no importa. ¡Oh, querido!

Ella lo hizo entrar, cerró la puerta y se hundió en sus brazos.

Keith miró el apartamento. Había olvidado lo pequeño que era. Y nunca había compartido el gusto de Cynthia en decoración, aunque se había rendido.

El hábito de rendirse a una mujer, incluso de pedirle su opinión, sería algo que tendría que aprender de nuevo. No le resultaría fácil.

Ella levantó un rostro húmedo para que él lo besara. ¿Era ése el aspecto de Cynthia? Pero no lo recordaba… no. Después de todo ese tiempo, él sólo recordaba que ella era baja y rubia. Había vivido con ella unos cuantos meses; Cassandane lo había llamado su estrella matutina, le había dado tres hijos y había aguardado para hacer su voluntad durante catorce años.

—Oh, Keith, bienvenido a casa —dijo la vocecita aguda.

¡En casa! —pensó—. ¡Dios!