Nathacha Appanah

El último hermano


1.

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Ayer volví a ver a David. Yo estaba en la cama, tenía el espíritu vacío y el cuerpo ligero, con una leve pesadez ahí, entre los ojos. No sé por qué giré la cabeza hacia la puerta, pues David no había hecho ningún ruido, nada de ruido, no como antes, cuando andaba y corría un poco de soslayo y yo siempre me sorprendía de que sus piernas y sus brazos, largos y finos como las cañas que crecen junto a los ríos, de que su rostro perdido en un cabello lacio e ingrávido como la espuma de las olas, de que todo eso, en fin, todas esas cositas suaves e inofensivas produjeran tanto ruido en el suelo cuando David caminaba.

David estaba apoyado contra el marco de la puerta. Era alto, lo cual me asombró. Llevaba una de esas camisas de lino que, incluso de lejos, dan envidia por su suavidad y su ligereza. Había adoptado una postura indolente, con los pies ligeramente cruzados y las manos en los bolsillos. Una especie de destello caía sobre parte de sus cabellos, y sus rizos brillaban. Le noté feliz de verme después de todos estos años. Me sonrió.

Puede que fuera en ese momento cuando comprendí que estaba soñando. No sé de dónde procede ese sobresalto de la consciencia, me pregunto por qué, a veces, surge en el sueño lo real. En esa ocasión, ese sentimiento difuso me resultó muy desagradable y tuve que luchar para convencerme de que David estaba de verdad allí, de que sólo esperaba pacientemente a que yo me despertara. Me dije, pues mira, le voy a chinchar, le voy a decir que se está haciendo el chulo, que está actuando, pero no pude emitir ni un sonido. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, abría la boca de par en par y lo intentaba, pero no había manera, la garganta se me secaba; resulta increíble lo real que parecía esa impresión, cómo el aire se colaba a bocanadas en mi boca bien abierta y resecaba todo su interior. Sentí en ese momento que estaba a punto de despertar, y pensé que si conservaba la calma, el sueño se prolongaría. Así pues, me quedé en la cama, cerré la boca y continué mirando hacia la puerta, pero no pude contener la tristeza que se originaba en mi corazón.

En el preciso instante en que esa pena se apoderó de mí, David echó a andar. Hizo un movimiento de lo más ligero para despegar el hombro del marco de la puerta, conservó las manos metidas en los bolsillos y dio tres pasos. Los conté. Tres pasos. David era alto, fuerte, adulto, guapo, muy guapo. Entonces supe con certeza que estaba soñando y que no podía hacer nada. La última vez que lo vi, él tenía diez años. Y sin embargo, ahí estaba mi David, delante de mí. Una ternura increíble emanaba de él, algo indefinible que yo ya había experimentado en los momentos más preciosos de mi vida: cuando vivía en el norte, era pequeño y tenía a mis dos hermanos; cuando pasé con él aquellos días de verano, en 1945.

En la cama, ahí tumbado, sentí un poco de vergüenza. Yo no era una figura de ensueño. Para mí habían pasado sesenta largos años sin David y, aplastado en el lecho, me lamentaba de cada día transcurrido. Durante todo ese tiempo, nunca había soñado con él. Incluso al principio, cuando pensaba en él a diario, cuando lloraba desconsoladamente por lo mucho que lo echaba de menos, nunca se me había aparecido en sueños. Ojalá hubiese aparecido antes, cuando yo era un poco como él, joven y fuerte. Yo también podía erguirme así, con la cabeza alta, las manos en los bolsillos y la espalda recta. También yo podía hacerme el chulo, ir de actor.

Estirando el cuello, incorporándome un poco sobre los codos, habría podido distinguir mejor su rostro, pero tenía miedo de moverme. Quería que el sueño durara, que continuase, deseaba que David se acercara por propia voluntad. Hice mis cálculos: dos pasos más y estaría al alcance de la mano, al alcance de la vista. Por fin podría mirarle a los ojos. Podría levantarme de golpe, darle un amistoso empujón, abrazarle, todo muy rápido, antes de que me despertase, pillarle por sorpresa en cierta medida. ¿Tendría todavía aquel diente roto, ahí delante, aquel diente que se había mellado contra el suelo cuando le dejé caer mientras hacíamos el avión? Lo tenía sujeto en horizontal, con las manos hacia el frente. Gritaba y reía mientras yo recorría varios metros. Era muy ligero, pero tropecé. Ya en el suelo, David seguía riendo, pero yo me fijé enseguida en su sonrisa rota, en esos labios sanguinolentos que no le impedían reír. Le encantaba hacer el avión. Quería seguir jugando y no tenía tiempo para compadecerse de sí mismo. De no ser así, con todo lo que había vivido en sus diez años, creo que podría haber llorado de la mañana a la noche.

Dicen que se sueñan cosas extrañas cuando uno está cerca de la muerte. Durante mucho tiempo, mi madre soñó que se le aparecía mi padre, vestido con su traje marrón, preparado para acudir al trabajo, y que le decía ven conmigo, te necesito. En su sueño, mi madre se negaba en redondo, me contaba con la voz un tanto asustada; ella, que cuando él vivía nunca le había negado casi nada. Me pregunto si la noche en que mi madre murió mientras dormía, me pregunto si esa noche se cansó de decir que no y decidió seguir a mi padre hacia las tinieblas.

Pero él, David, no me dijo nada, se quedó ahí, observándome con paciencia, entre la sombra y la luz. El polvo suspendido en las primeras luces del alba me recordó, curiosamente, a la purpurina. Al final resultaba agradable, un sueño triste y delicioso a la vez; había en la habitación una luz del color de las lilas y me dije que ahora él se me podría llevar con facilidad. Me he convertido en un hombre viejo y frágil, y si volviéramos a hacer el avión y él me dejara caer sin querer, como yo lo solté hace más de sesenta años, todo mi cuerpo se resquebrajaría.

De repente me harté de esperar, extendí la mano hacia él y ya era de día, la habitación estaba vacía, la luz era cegadora, David había desaparecido al igual que el sueño; la mano extendida, fuera de las sábanas, se entumecía y helaba mientras el rostro se bañaba en lágrimas.


Telefoneé a mi hijo poco después de desayunar. Le pregunté si podía llevarme a Saint-Martin y él me dijo que claro que sí, cuando quieras, me paso a mediodía. Mi hijo es su propio jefe, no tiene tiempo para mucho más que trabajar, no está casado, no tiene hijos, se mueve poco, apenas descansa. Pero para mí, durante estos últimos años, siempre parece tener tiempo. Es porque soy viejo, porque soy la única familia que le queda y porque tiene miedo.

A las doce en punto, mi hijo estaba allí y yo ya llevaba preparado desde hacía una hora. Cuando envejeces, te pones en marcha antes de tiempo para todo por miedo a llegar tarde, y al final te acabas aburriendo de esperar a los demás. Me puse un pantalón negro, una camisa azul y una chaqueta ligera. Como de costumbre, deslicé en el bolsillo interior de la chaqueta un pequeño peine de color beige con púas de sierra y un pañuelo blanco cuidadosamente plegado. También me hice con la cajita roja que siempre tengo a mano. Sonriendo, pensé que tenía el aspecto de un hombre a punto de declararse. Me habría gustado lustrarme los zapatos, pero esa actividad me agota sólo de pensarlo. Así pues, me senté y froté lo mejor que supe los flancos de los zapatos con la alfombra del salón, haciendo un ruidillo que me daba cierto sopor. Cuando escuché el gruñido del motor del coche frente a la verja, me levanté y me puse a esperar a mi chaval apoyado en el bastón, como si estuviera de guardia.

El coche es nuevo, gris y resplandeciente. Gris metalizado, precisa con orgullo mi hijo. No dice nada de mi aspecto, me ayuda a sentarme, me abrocha el cinturón de seguridad, lo manipula para que no me apriete, pone mi bastón en el asiento de atrás y cada vez que nuestras miradas se cruzan me dedica una franca sonrisa que le tensa las mejillas hacia las orejas y le arruga los ojos.

Durante unos instantes, me habla de su trabajo. Se dedica a la informática, pero no es fácil hablar de ordenadores con un viejo como yo, que no entiende del asunto. Por consiguiente, me habla de sus empleados, de los jóvenes a los que instruye y que le abandonan enseguida porque, según dice mi hijo, así es como funciona el oficio de informático, a toda prisa. Cuando le indico que vamos al cementerio de Saint-Martin, él me dice, vale, papá, no hay problema. Probablemente, para él no es ninguna sorpresa que yo vaya al cementerio. Casi todos mis amigos ya están muertos, somos de esos que han tenido vidas penosas y problemáticas que nos han llevado a morir pronto, destrozados y con cierta prisa por acabar de una vez.

Mi hijo pone música clásica, se asegura de que las ventanillas estén bien cerradas, regula la temperatura del coche a veinte grados, no sobrepasa la velocidad autorizada y, a cada frenazo algo brusco, extiende el brazo para protegerme. Me gustaría decirle que no tenga tanto miedo por mí ni tanto miedo por él.

En Saint-Martin, circulamos por un camino de tierra y arena en el que enormes acacias han dejado caer minúsculas cáscaras. El coche da saltitos y eso sí que despierta. Hace mucho tiempo que sé que David está en este cementerio, junto a los demás, los que murieron de fatiga, de disentería, de malaria, de tifus, de tristeza, de locura. Durante los primeros años, cuando el recuerdo de David no me abandonaba ni un instante, yo era demasiado joven para venir aquí y afrontar la situación. Posteriormente, me puse fechas de visita -mi cumpleaños, el día de su muerte, año nuevo, Navidad-, pero no vine nunca. Lo cierto es que me faltaba el valor y que, francamente, pensaba que nunca llegaría a reunirlo. Pero ya ves, hoy, como he soñado con David, todo me parece fácil, evidente, no tengo miedo, no estoy triste.

El cementerio está muy bien conservado. Lo rodea un muro bajo de ladrillos rojos, como los de las casas inglesas. Las tumbas que lucen la estrella de David están alineadas en filas de diez, frente al mar azul eléctrico (o metalizado, como podría decir mi hijo). Con los árboles alrededor, se tiene la impresión de que esas estrellas están esperando que el cielo descienda. A los nueve años, yo estaba convencido de que David me tomaba el pelo cuando me dijo que la estrella que llevaba al cuello se llamaba como él. Eso me humillaba. Me tomas por tonto, le repliqué alzando la voz. Pero ¿qué podía yo saber, a los nueve años, de los judíos y de la estrella de David?

Mi hijo me ayuda a bajar, me pasa el bastón y echo a andar, yo solo. Localizo la tumba de David en el plano que hay a la entrada. Mi hijo vuelve a estar en el coche, sé que me mira pero, así y todo, saco el peine del bolsillo y me peino esa mata gris y espesa que no se ha afinado ni debilitado con la edad. Me coloco bien la ropa, abrocho los dos primeros botones de la camisa y empiezo a andar. David está al este, por la mañana debe de ser de los primeros en recibir al sol. Camino lentamente, trato de alargar la espera, como esta noche en la que he intentado alargar el sueño. Leo las placas de las tumbas, las imágenes se arremolinan en mi cabeza, mis recuerdos afloran con una fuerza tal que siento su peso en el pecho, veo sus colores en mis ojos, su sabor me viene a la boca y debo aminorar el paso, inspirar hondo, digerirlos y calmarlos.

Y de pronto, de manera brutal, se me corta el aliento, creía estar preparado, al cabo de sesenta años, creía poder afrontar algo así, ¡oh, David! Cómo me habría gustado equivocarme, cómo hubiese preferido que todo fuera distinto, cómo habría deseado no ver algo así.


DAVID STEIN

1935-1945


La tumba es igual que las demás y yo imagino con tristeza su cuerpecillo de niño y su cabello rubio dentro de esa enorme fosa. Siempre tendrá diez años. Una vez más, yo soy el superviviente y me pregunto por qué. He llevado una vida sencilla, no he hecho nada extraordinario…

Me arrodillo, los huesos me crujen, punzadas de dolor recorren mi cuerpo y hasta experimento cierto placer ante la decrepitud que siento en mi interior. En fin, en fin, muy pronto me tocará a mí. Con el pañuelo, le quito el polvo y la arena al granito negro. Cuando está limpio y reluciente, deposito la cajita roja que contiene su estrella de David. Lo hago como en el sueño: extiendo la mano hacia David, cierro los ojos y recuerdo.


2.

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Hasta la edad de ocho años, viví al norte del país, en un pueblo llamado Mapou. No era como los que hay ahora, con casas limpias, tejados de colores vivos, caminos de tierra bien aplastada o de asfalto bordeados por hileras de bambú elegantemente cortadas, vallas de madera pintada que se abren a patios acogedores, flores, macetas, frutales, luz y sombras juguetonas por doquier. Cuando pienso en ello ahora, y puedo sin esfuerzo alguno recordar aquellos años, creo que el sitio en que vivíamos se parecía más bien a un cuchitril.

En el lindero del inmenso campo de caña, de un verde ondulante, de la propiedad azucarera de Mapou, empezaba una serie desordenada de habitáculos, de chozas, de supuestas casas hechas con todo lo que caía en manos de nuestros mayores y que se describía como «el campamento». Ramas, troncos, trozos de leña, tocones, hojas de caña, ramitas, bambúes, paja, bosta seca de vaca, la imaginación de aquella gente era infinita. No sé cómo sobreviví a la vida en el campamento, cómo pudo el chaval frágil y miedica que era yo atravesar esos ocho largos años. Allí, en cuanto un niño se ponía enfermo, la familia preparaba de inmediato su lecho de muerte y, por lo general, hacía bien en comportarse así, pues la muerte sucedía a la enfermedad de forma sistemática e inexorable.

El campamento se elevaba sobre un terreno en el que no crecía nada porque había unas rocas enormes encima, y a veces, en mitad de la noche, creciendo como si fueran plantas, se hundían un poco en la tierra rojiza. Lo suficiente como para aplastarles el pie a los que se levantaban antes del alba o a los niños que corrían imprudentemente. En esos casos, el que resultaba herido avisaba a los demás, y un bambú o una rama con un trozo de tela ejercían de advertencia. Así es como recuerdo nuestro campamento, trufado de palos de aviso, serpenteando y rodeando nuestras vidas y nuestros caminos, que había que sortear.

Los días de sol -es decir, nueve meses al año-, de esa tierra ascendía un polvo rojo y acre que nos obsesionaba a todos. Si se levantaba viento todo era peor, pues la montaña del otro lado nos devolvía, como si fuera una bala, el soplo ardiente de esa ceniza que envolvía nuestras pobres casas y que sólo parecía aspirar a una cosa: sepultarnos de una vez por todas.

Pero no había que rogar por la lluvia. Incluso en esos momentos de furia en que el polvo se nos colaba por todos los poros -o se convertía en costras alrededor de la boca y de los ojos, o se nos metía en finas líneas bajo las uñas, o cuando por las mañanas escupíamos una bilis marrón y nuestras comidas acababan por saber a esa escoria seca y áspera-, no había que rogar por la lluvia. Y es que allí, en Mapou, la lluvia que centellea y cae del cielo, tan fina y suave que hasta podría hacerte cosquillas, la lluvia que refresca y por la que das gracias al cielo, esa especie de maná no existía. En Mapou, la lluvia era un monstruo. La veías hacer acopio de fuerza, pegada a la montaña, como un ejército que se reagrupa antes del asalto para escuchar las órdenes de combate y de exterminio. Las nubes engordaban día a día, tan pesadas y orondas que el viento, que en el suelo nos hacía titubear, no era ya capaz de alejarlas. Alzábamos los ojos hacia la montaña, cuando el polvo nos concedía algún descanso, y los suspiros de nuestros mayores nos preparaban para lo peor.

Esa tierra que podía parecer sedienta por tantos días de sol, machacada por el viento, trabajada desde el interior por las rocas ardientes, esa tierra no nos servía de nada. Cuando las primeras gotas de lluvia caían sobre el campo, la tierra las absorbía durante un breve instante y se hacía tierna y ligera. Podías hundir el pie en ella, recuerdo esa sensación de tibieza en los dedos, y soñar con una tierra fértil, con legumbres cargadas de savia, con frutas rebosantes de zumo. Pero eso no duraba mucho. Incluso nosotros, los niños, que tanto disfrutábamos con ese primer chorro de agua, con el rostro limpio del polvo rojo, incluso nosotros dejábamos de jugar para correr a refugiarnos en las casas. Rápidamente, la tierra se endurecía y las gotas rebotaban, cual miles de pulgas, con un crepitar insoportable. Y ésa era la señal que esperaban las nubes más gordas. Explotaban en un relámpago cegador, el trueno hacía temblar la tierra y todos acabábamos por añorar los días secos y el polvo rojo.

En muy poco tiempo, un torrente de barro, cargado de ratas muertas atrapadas por la lluvia a manadas en el campo de caña, invadía la campiña. Algunos habitáculos temblaban y sus ocupantes gritaban de terror, mientras corrían a refugiarse a casa del vecino. En el nuestro, y me refiero a la única habitación que nos servía de casa, nos quedábamos sentados, postrados, contemplando las gotas que se colaban por el techo y rezando para que las paredes resistieran. Oíamos crujidos, chirridos, truenos, tamborileos, gritos. No nos movíamos; con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza hundida entre los hombros, esperábamos rezando. Cuando, al final, volvía el silencio junto con el sol, que parecía ignorar el diluvio de lo mucho que brillaba, había que empezar de nuevo. Reconstruir, limpiarlo todo, ponerse a buscar e, inevitablemente, llorar a un desaparecido entre los que habían corrido peor suerte.

En mitad de la plantación de caña se alzaba la fábrica azucarera de Mapou, y su chimenea escupía, varios meses al año, un vapor espeso que se movía por encima de nosotros con lentitud y voluptuosidad. Me gustaba su humareda blanca, pulposa, con los bordes redondeados como si los hubiera trazado una mano cariñosa, y durante mucho tiempo deseé pasar ahí el resto de mi vida. Estaba convencido de que se podía ser muy feliz envuelto en ella y saltando en sus volutas. Todos los hombres del campamento, incluido mi padre, iban a trabajar al campo de caña. Mi madre trabajaba junto con muchas otras mujeres en las residencias de los «patrones», como se les llamaba. Los patrones eran los propietarios y los mandos de la fábrica. Mi padre se levantaba muy pronto y mi madre abandonaba nuestra cabaña dos horas después. Mi madre regresaba al final de la tarde y mi padre, bueno, él volvía cuando volvía, siempre borracho, dando tumbos y farfullando, moviendo los brazos y las piernas como una marioneta desarticulada.

Yo tenía un hermano que me llevaba un año, al que quería más que a nada en el mundo, y un hermanito un año menor que yo que me quería a mí, según creo, más que a nada en el mundo. Anil y Vinod. Y yo, Raj.

Recuerdo estar constantemente a los pies de Anil y que Vinod, a su vez, estaba a los míos. En el campamento, cuando un niño aprendía a andar o entendía más o menos lo que le decían, dejaba de ser un niño y tenía un papel que cumplir, unas tareas que llevar a cabo. Tengo mi primer recuerdo muy claro en la mente. No sé qué había o no había hecho Anil, pero mi padre lo tiene agarrado de la cabeza con un brazo y, con el otro, le atiza a mi hermano en el culo con una caña de bambú muy verde, con sus nervios, sus nudos y una punta muy afilada. Mi madre llora junto a la puerta con las manos en las orejas y, de repente, a mi lado, Vinod se lanza contra mi padre, intentando quitarle el bambú, y mi padre, con un codazo, catapulta a mi hermanito al otro extremo de la habitación mientras mi madre se precipita. Desde donde estoy no veo la cara de Anil, pero recuerdo que se somete a la voluntad de mi padre y que el único llanto que oigo es el de mi madre, primero, y luego el de Vinod, y que él, mi hermano mayor, no llora.

Tiempo después, cuando yo ya era un adulto, mi padre había muerto y mi hijo era un adolescente, le conté esta historia a mi madre. Ella ponía en duda que ese recuerdo fuera mío, pues yo era muy pequeño, decía, apenas cuatro años. Mi madre pensaba que yo debía de haber escuchado la historia de boca de Anil, pero yo sé que ése es mi primer recuerdo del campamento de Mapou. Esa escena en la que yo ejerzo de espectador y en la que mi hermano pequeño, que tiene tres años, acude en defensa de Anil cuando debería haber sido yo quien lo hiciera. Yo. Cuando vuelvo a ese primer recuerdo de mi vida, tengo también la impresión de que me mantengo al margen porque me siento culpable de algo, porque soy yo el que tendría que estar recibiendo los bastonazos y no Anil. Es curioso, recuerdo el color de la tierra del campamento, el modo en que soltaba ese polvo acre, recuerdo la lluvia, recuerdo la montaña, al final del campamento, junto al río, esa masa negra que se recortaba contra el cielo de noche y nos tapiaba las estrellas. Recuerdo todo eso, pero no me acuerdo de lo que hice ese día para que Anil se llevara esa somanta.

De pequeño, yo era débil. De los tres hermanos, era yo el que más miedo tenía, el que siempre estaba algo enfermo, al que más se protegía del polvo, de la lluvia, del barro. Y sin embargo, fui yo quien sobrevivió en Mapou.

Entre nuestras numerosas tareas en el campamento, de la que nunca nos escaqueábamos era del transporte de agua. El río corría a unos centenares de metros del campamento y nosotros sabíamos que, a diferencia de los demás niños del lugar, teníamos suerte. Algunos acompañaban a su padre a la plantación, otros tenían que cavar y mantener trincheras para evacuar el agua en previsión del próximo diluvio, pero nosotros íbamos al río.

Al final del campamento, había un bosquecillo que atravesábamos por un sendero apenas trazado en la espesura. Anil encabezaba la marcha, Vinod la cerraba y yo, una vez más, era el más protegido de los tres. Ese sendero me parecía maravilloso. Por el camino había fresas silvestres, y en verano las más maduras engordaban en los arbustos. Las mariposas se posaban muy cerca y nosotros nos deteníamos para observarlas, maravillados por sus colores entremezclados, y estoy convencido de que, en esos momentos, todos soñábamos con transformarnos en mariposa: vestirnos de colorines, batir las alas y echar a volar.

Anil siempre caminaba con un bastón torcido hacia arriba en forma de U, en cuyo hueco dejaba a veces descansar la mano. Era una rama de alcanforero que al principio olía mucho pero que, al final, acabó convertida en un sencillo bastón de crío. Mi hermano mayor azotaba las hierbas que tenía delante para alejar a las culebras que tanto nos asustaban a Vinod y a mí. Anil adoraba ese bastón. Era, a fin de cuentas, lo único que de verdad le pertenecía, algo que no tenía que compartir con nadie, que no representaba un peligro ni un objeto de codicia y que, por consiguiente, nadie podía reclamarle.

Escuchábamos el río antes incluso de verlo, y a veces, en ese preciso momento, Anil se daba la vuelta para sonreírnos con dulzura y yo me contenía para no ponerme a correr y a saltar. Íbamos a una hora en la que estábamos seguros de no encontrar a nadie. Se trataba de un río que bajaba de la montaña, y yo, aunque era pequeño, me daba cuenta de la pureza de sus aguas, procedentes de las alturas, puede incluso que de las nubes, y que eran de una claridad cegadora y de un sabor, según Vinod, algo dulzón. Ese río era nuestro edén, y pasábamos del infierno de nuestro campamento al paraíso por ese bosquecillo que atravesábamos de manera ceremoniosa prácticamente a diario.

Teníamos, entre los tres, seis cubos que llenar, y retrasábamos todo lo que podíamos el momento de regresar al campamento. Atrapábamos los pececillos que intentaban nadar contra la corriente, nos contemplábamos en el agua y aún hoy día, cuando pienso en mis hermanos, veo nuestros tres rostros reflejados en el río, algo borrosos a causa de las ondas en la superficie del agua: Anil a mi izquierda, Vinod a mi derecha, y nos parecemos mucho con el cabello moreno mal cortado, los ojos hinchados por el polvo, el cuello flaco, unos dientes que parecen demasiado grandes para nosotros, pues tenemos las mejillas muy hundidas, y esa manera tan nuestra de mirarnos unos a otros y echarnos a reír.

Anil era quien daba la señal de partida y los demás no la discutíamos. Llenábamos los cubos hasta el borde y emprendíamos el regreso, que era mucho menos agradable que la ida. Anil nos había enseñado a caminar con ligereza, para derramar la menor cantidad de agua posible. Las asas de hierro se nos clavaban en la palma de la mano y nosotros apretábamos los dientes. Anil se ponía el bastón bajo el brazo y nunca lo dejaba caer.

Cuando mi madre volvía de trabajar, la casa tenía que estar limpia, la tierra frente a la puerta recogida de la mejor manera posible, el agua en la barrica, los troncos alineados para el fuego, los hatillos de hojas secas bien atados y nosotros bien sentaditos. Se hacía pronto de noche, los hombres regresaban de la plantación y empezaba entonces otra vida para nosotros y para nuestra pobre madre, una vida llena de gritos, de hedor a alcohol y de sollozos.

Todos los hombres del campamento bebían. No sé ni dónde ni cómo compraban la bebida, pues nadie allí podía comer hasta saciarse. Tragábamos un pan insípido que nuestras madres cocían, hierbas machacadas, a veces legumbres, y bebíamos a diario un té demasiado hervido. Mi padre no era ni mejor ni peor que los demás. Berreaba cosas que no entendíamos, cantaba canciones que su lengua pesada y cargada de alcohol hacía incomprensibles y nos llevábamos algún que otro sopapo si no le seguíamos la corriente. A menudo acabábamos fuera, abrazados a mi madre, y no éramos la única familia en semejante situación.

¿Qué más decir de esas noches en el campamento? Yo no tenía la impresión de ser más desdichado que los demás, mi universo empezaba y terminaba aquí; para mí, el mundo estaba hecho así, con padres que trabajaban de la mañana a la noche y que volvían a casa, borrachos, para emprenderla con su familia.

Cuando cumplí seis años, mi padre me envió a la escuela. A ella sólo acudían cuatro niños del campamento, y para nosotros, los tres hermanos, la escuela era, junto con el río y los vapores de la fábrica, otra vertiente del paraíso. Pero mi padre había decidido matricularme a mí solo, sin Anil y sin Vinod, y ése constituía el peor castigo posible. Lloré, berreé, grité, me daban lo mismo los golpes de bambú, las bofetadas y las amenazas de mi padre; y, por encima de todo, era insensible a las súplicas de mi madre, quien me miraba con sus ojos húmedos y me decía, Raj, te lo suplico, hazlo por mí, ve a la escuela.

En esa época, los niños nunca se salían con la suya. Con lo que, evidentemente, acabé yendo a la escuela. Sólo había dos clases, una para los pequeños, para los principiantes como yo, y otra para los que, en teoría, sabían leer, escribir y contar. Me dieron una pizarra sobre la que podía escribir con tiza, y debo confesar que mi inmensa pena se vio atenuada por ese mundo desconocido que representaban la escuela y la instrucción. Salía de casa a las siete de la mañana y mis dos hermanos me acompañaban hasta el final del campamento, junto a la montaña. Tenía que rodear la plantación, pues las aulas estaban algo alejadas de la fábrica. A veces, durante el trayecto, que duraba una buena media hora, me imaginaba que íbamos los tres de camino a la escuela y que ante nuestros ojos pronto se extenderían las cartulinas en las que el mundo nos sería explicado, dibujado y escrito. En una de ellas había un hombre vestido con un pantalón y una camisa de manga corta que tenía el cabello moreno y ondulado, un rostro agradable y una sonrisa. En la parte de abajo de la cartulina, la palabra PAPÁ. Anil y Vinod podrían creer entonces lo que yo les contara: los padres del mundo no se parecían ni a los del campamento ni al nuestro.

Mis hermanos se las apañaban para esperarme por la tarde en vistas a ir juntos al río, pero, con mucha frecuencia, yo iba a parar a un campamento vacío cuya fealdad se me aparecía de golpe en toda su magnitud. En esos momentos sólo tenía un deseo: ocultar la cabeza entre las manos y llorar. Comparaba esa imagen con la de la cartulina CASA, una cosa hermosa, blanca, con el tejado azul, limpia, impermeable a la lluvia, sólida, de lo más resistente gracias a unas paredes duras. Evidentemente, en esas casas el polvo no giraba en torno a los rostros cual nube de moscas, y el barro no se deslizaba de manera desagradable, al modo de las serpientes, por ninguna parte. Claro está, en esas casas, el bambú nervudo y nudoso con la punta muy afilada no estaba apoyado contra la pared, inmóvil, inocente, inofensivo, pero desafiando a todas las miradas.

En la escuela también aprendí lo que era la culpabilidad. Esa cosa insidiosa que me impedía ser tan sólo un chaval, reír a carcajadas, jugar con los demás, sentarme tan tranquilo para mirar hacia delante. Cuando estaba en clase, ese sentimiento me abandonaba. Pero una vez concluía la jornada, volvía a ser Raj, el único hermano que iba al colegio. ¿Por qué yo? Eso era algo que no dejaba de preguntarme. Siempre escondía en mi bolsa de hojas de palma secas la pera pocha que nos daban en el recreo de la mañana, pero me veía obligado a beber la leche de vaca que nos servían en ese momento. La bebía lentamente, con los ojos cerrados, pensando con fuerza en Anil, en Vinod, mientras los imaginaba limpiando la casa, cortando madera, enganchando las hojas de caña, inclinados, fatigados. Para crecer, ellos sólo tenían agua azucarada.

Yo deseaba que mi padre eligiera a otro de sus hijos para educarlo. Pero muy pronto, Anil iría con él cada día a cortar caña de azúcar, pues era fuerte, ya se le notaban los músculos bajo la piel, nunca se quejaba y, con su voluntad y su capacidad para el trabajo, traería dinero a casa, un dinero que no malgastaría en alcohol y que le entregaría ceremoniosamente a mi madre. Vinod estaría mejor en mi lugar, pero era ágil, mañoso, y, si bien no tenía la fuerza de Anil en brazos y piernas, era espabilado y tampoco se quejaba nunca. Yo no servía para gran cosa, me pasaba la mitad del año tosiendo, siempre estaba bebiendo infusiones de hierbas amargas para acabar con esa tos ronca que, según mi madre, vivía en mi interior, y a veces me tiraba noches enteras con convulsiones y se me congelaban los pies. Cuando la tos por fin se calmaba, me iba con mis hermanos, pero tenía la impresión de que había algo que me estaba devorando el pecho. Mis piernas no tenían músculos, eran finas como el bambú, y a menudo Anil me cargaba como a un peso ligero. Yo entrelazaba su vientre con las piernas, le echaba los brazos al cuello, él me ponía en su espalda y yo sentía por mi hermano mayor un amor inmenso.

Cuando regresaba de la escuela y todo se había hecho sin mí, la culpabilidad me hacía hiperactivo. Me precipitaba en busca de nuevas hojas de caña para la despensa de la cocina, aunque mis hermanos ya hubieran dejado un hatillo detrás de la casa. Quería ir a buscar más agua, pero la barrica no podía contener más que la equivalente a seis cubos. Volvía a aplanar la tierra, y cuando el viento hacía bailar el polvo, me quedaba en la casa, armado de un trapo, haciendo frente a esa ceniza que se posaba sobre los utensilios de mi madre, sobre las esteras y hasta sobre el bambú de mi padre, con sus nervios, sus nudos y su afilada punta. Luchaba entre toses contra ese monstruo que había en mí y que siempre acababa ganando, pero daba igual, echaba el bofe y los brazos me palpitaban de dolor, aunque siempre hacía reír a mis hermanos con mis movimientos de loco cansado.

Nuestra vida de barro y ceniza se acabó poco después del primer día de 1944. A finales de año, habíamos conseguido ropa que las mujeres de los jefes de la fábrica de azúcar nos habían dado. Prendas que habían llevado sus hijos, pero eso no tenía ninguna importancia para nosotros, pues el material, los colores y el corte nos encantaban. Los tres lucíamos camisas blancas y pantalones cortos de tallas y colores distintos. Yo tenía un pantalón corto verde, cortado de una tela suave, y si pasaba el dedo por encima podía sentir en el tejido el rayado que no se apreciaba a simple vista. La camisa me picaba en el cuello. Anil tenía una especie de bermudas, eso lo sé ahora, pero recuerdo que no parábamos de burlarnos de él, pues las pantorrillas le asomaban de esa cosa larga y caqui y pensábamos, en esa época, que le quedaban demasiado grandes. Nosotros sólo conocíamos los pantalones, largos y cortos, no los bermudas. Vinod llevaba un pantalón corto marrón que mi madre había arreglado en la cintura con tres imperdibles. Probablemente ofrecíamos una pinta ridícula, pero nosotros nos sentíamos, por así decirlo, de lo más importantes.

Conservamos esas prendas durante varias semanas, y las llevábamos puestas cuando fuimos al río esa tarde. Las camisas ya no picaban, estaban sucias, no quedaba más que un imperdible en el pantalón de Vinod. Tras unas semanas de intenso calor, el cielo estaba bajo, negro, y ocultaba la mitad de la montaña. No se nos acercó ninguna mariposa, los matorrales estaban secos, el viento creaba pequeños tornados y nosotros nos deteníamos para contemplar las hojas subiendo en espiral y volviendo a bajar. Escuchamos el río muy tarde, y mi hermano mayor se volvió hacia nosotros sonriendo, pero no apretamos el paso como solíamos hacer.

El río estaba limpio y claro, con un sabor algo dulzón, como decía Vinod. En pleno verano acostumbraba a adelgazar, a tener problemas para rodear los peñascos grises de sol que invadían su lecho. Jugamos un poco y luego Anil decidió subir hacia la montaña para encontrar un caudal mas poderoso. Recuerdo que eché un vistazo al campamento. Sólo una rápida ojeada por encima del hombro, y los árboles entre los que acabábamos de pasar se me antojaron flacos y a merced del viento que los hacía bailar. Nos alejamos, con los cubos en la mano, Anil delante con su bastón, Vinod detrás de mí, y fue al pie de la montaña cuando la lluvia empezó a caer de repente.

Hoy tengo setenta años y me acuerdo como si fuera ayer del trueno que pareció salirnos del vientre por la manera en que resonó en nuestro interior. Me acuerdo del miedo, al principio, del silencio irreal que siguió al trueno y que lo congeló todo, hasta la naturaleza estaba a la espera; y nosotros, nosotros no nos atrevíamos a movernos. Durante largos minutos, gotas espesas y frescas empezaron a mojarnos el cabello y la cara y a empaparnos la ropa. Recuerdo la niebla fantasmal que surgió de la tierra cuando ésta absorbió las primeras gotas. Por lo general, ese momento nos gustaba, pero ahora era distinto. Yo lo sentía, mis hermanos lo sentían. Rápidamente, los relámpagos se dibujaron en el cielo, estallaron más truenos y nosotros echamos a correr.

¿Cuánto tiempo duró la desbandada? Los guijarros secos que, justo antes, nos arañaban los pies habían desaparecido, recorríamos una tierra resbaladiza, pegajosa, y nos costaba lo nuestro despegarnos de ella. El sol se había apagado. La lluvia dibujaba paredes y de la tierra ascendía una cortina de azufre. Frente a mí, la camisa blanca de Anil tremolaba, y yo intentaba no perder de vista ese trozo de blancura. Él iba diciendo vamos-vamos-vamos y luego, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, nada más. Ni voz ni camisa delante de mí. Me detuve y Vinod se empotró contra mí. Mi hermanito me cogió del brazo y empezó a gritar Anil, Anil, Anil. Seguí su ejemplo, gritábamos al alimón el nombre de nuestro hermano mayor, no sé cuánto tiempo estuvimos así, corriendo en el barro, sin ningún punto de referencia, con los ojos cerrados por la fuerza del viento y de la lluvia, y muy pronto, Dios mío, muy pronto ya sólo quedaba mi voz gritando Anil, Anil, y luego, Anil, Vinod, Anil, Vinod. Chillaba con todas mis fuerzas, pero el viento, la lluvia, los truenos y el rugido de la corriente de lodo en que se había convertido nuestro querido río cubrían mi voz y no me ofrecían la menor oportunidad.

Cinco días después, los hombres del campamento encontraron a Vinod, sin camisa, con la cabeza atrapada detrás de un peñasco. Cuando se es un crío de ocho años, no es fácil ver a ese hermano pequeño que te quería por encima de todas las cosas con la cabeza aplastada por vete a saber qué, con los dedos de los pies y de las manos arrancados por las piedras que han resbalado por la montaña, con el cuerpo magullado tras pasarse cinco días atrapado detrás de una roca, a merced del río que tanto queríamos, ese río que tenía, para él, un sabor algo dulzón y que se había convertido en un torrente de barro, de pedruscos, de rocas. Lo incineramos ese mismo día, todos los preparativos de la ceremonia aparecieron como por arte de magia: la camilla de madera de alcanforero, la sábana blanca, las guirnaldas de flores, el incienso, el cura con su gran punto rojo en la frente y su libro de versículos sagrados en las manos.

Nunca encontramos el cuerpo de Anil. Unos días después, en el transcurso de una última batida con los habitantes del campamento, descubrí su bastón. Estaba ahí, a la salida del bosquecillo, y lo reconocí gracias a su extremo en forma de U. Dejé reposar la mano en él y nunca podré explicar lo mucho que eché de menos a mi hermano mayor en ese momento. El río volvía a estar claro y limpio, y mientras los hombres buscaban el cuerpo de Anil, lancé su bastón al agua. No sé por qué lo hice, no había previsto ese gesto, pero se trataba, como ya he dicho, de lo único que pertenecía realmente a mi hermano mayor. El bastón surcó el río y tropezó varias veces contra las rocas, pero desapareció, también él. Me incliné como antes sobre el espejo de agua y sólo vi un rostro arrugado, unos ojos desorbitados y una mueca. Se abrió en mí un pozo sin fondo y sé que no me lancé hacia esa imagen solitaria, hacia ese reflejo flaco y desdichado, para borrarlo, sé que no hice eso porque detrás de mí corría mi madre, llamándome en voz baja por mi nombre, llamando al único hijo que le quedaba.

Nos quedamos exactamente tres días más en el campamento de Mapou. Una mañana, mientras el alba empezaba a teñir la montaña de azul y el cielo se iluminaba con suavidad, mi madre me cogió de la mano y seguimos a mi padre hacia Beau-Bassin. No me volví hacia Mapou, el campamento, el bosquecillo que lo separaba del río, la plantación de caña, la alta chimenea de piedra, el cojín de blanco vapor; no lloré, pero aún oía en mi interior el estruendo ensordecedor que trataba de ahogar con la voz. Anil, Vinod, Anil, Vinod.


3.

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Atravesamos la mitad de la isla, del norte al centro. Supongo que en ese largo camino hacia Beau-Bassin viajamos en carretas conducidas por bueyes o asnos, puede que cogiéramos un tren, pues ya había en esa época, caminamos, dormimos a la intemperie, vimos locomotoras, gente, paisajes, flores, caballos relucientes, senderos de tierra que morían en el mar, puede que incluso el mar, carreteras bien trazadas, casas y montañas cuya existencia ignorábamos nosotros, que nunca habíamos salido de Mapou. Pese a todos mis esfuerzos, no me acuerdo de nada. ¿Iba yo pegado a mi madre, me llevaba ella de la mano, lloraba a sus hijos, a su casa, a la comunidad de desdichados entre los desdichados que dejábamos atrás? ¿Qué hacía mi padre durante todo ese tiempo, él, cuyas manos ya no estaban ocupadas en cortar las cañas, en decapitar sus cabezas coronadas de flores blancas y volátiles que a tantos trabajadores habían cegado, qué hacía con sus manos desnudas, callosas, sin esos trapitos con que se las envolvía para protegerlas mal que bien de las espinas, de las cortezas, de los aguijones y de las astillas? ¿Qué hacía con esa boca que, a lo largo de un viaje interminable, ya no sabía a aguardiente, ya no se paralizaba con ese alcohol pesado y acre, qué hacía con esa voz poseída por las canciones de la plantación, del campamento, esas canciones de desgracia y esos lamentos de trabajador? ¿Qué hacía ese hombre abandonado a sí mismo, entregado a ese viaje, con la familia que le quedaba, sin el bambú verde con sus nervios y sus nudos con el que nos atizaba? ¿Y yo, débil y miedica, sin mis dos hermanos? Ese viaje podría habernos unido aún más, haber alimentado nuestra esperanza de futuro, podríamos haber sido unos pioneros, habrían hablado de nosotros con admiración por ser la primera familia que abandonaba Mapou por voluntad propia, porque aspirábamos a más, porque no creíamos en todos esos cuentos que decían que nuestro destino era ése, la lluvia de barro, el polvo y la miseria. Pero sólo éramos una familia en las últimas, devastada ante tanto dolor, y lo que hicimos fue huir.

Nunca le pregunté a mi madre cómo consiguió mi padre ese trabajo en la prisión de Beau-Bassin. Creo que ella sabía tan poco como yo del asunto, no era como con las parejas de ahora, que se lo cuentan todo, que analizan juntos la menor decisión; soldados por los secretos, mis padres no eran así.

Si alguien que no fuera yo contara esta historia, alguien que lo hubiese visto todo desde arriba, ese alguien hubiera argüido, seguramente, que nuestra situación en Beau-Bassin era mejor. La tierra por la que andábamos era fértil y de un bello color marrón. Se podían plantar legumbres y flores, y los árboles que en ella crecían eran de raíces profundas, sin peñascos negros especialmente colocados para impedirles el paso. En esos árboles crecían hojas gruesas, brillantes y verdes. Entre las hojas, nacían brotes blancos y rosados que después se convertían en frutos. Mangos, lichis, granadas, guayabas, papayas, que yo comía lentamente, pensando siempre en mis hermanos. Árboles del pan, jacarandás, aguacates que daban fruta en cualquier estación, verde o madura, salada o dulce. En el suelo, las lianas ocultaban pepinos, calabazas, calabacines; arbustos velludos daban tomates, pimientos, berenjenas; y, bajo la tierra, crecían las patatas, las zanahorias, las remolachas, los boniatos. El sol y la lluvia se habían convertido en cosas esenciales, agradables y suaves, no como aquellos monstruos de Mapou que ponen la tierra patas arriba, te entran en la tripa, te agostan el corazón y matan a los niños.

Nuestra casa en Beau-Bassin estaba hundida en el bosque, como hoy día podríamos imaginar la caseta de un guarda forestal o un refugio de caza. Más tarde, mi madre me explicó que nadie la quería. Estaba a medio camino entre la prisión y el cementerio, y la gente decía que era el hogar de las almas errantes. Mi madre había resoplado como una cría al explicármelo, pero a mí me gustó enterarme de esta confidencia cuando ya era un adulto alto y fuerte al que tales historias no podían asustar.

Me gustaría acordarme de los primeros días en Beau-Bassin con tanta claridad como recuerdo mis primeros años en Mapou, pero, aunque me concentre, sólo consigo conjurar imágenes deshilachadas, lanzadas a un libro sin palabras, sin título. Los muros de la casa invadidos por lianas tan sólidas como el bambú -nadie lo diría viéndolas- que componían bonitos frisos. Mis padres y yo arrancando esas lianas con todas nuestras fuerzas porque estaban infestadas de hormigas y de lagartos. Los muros desnudos de la casa cubiertos de una espesa capa de color gris verdoso. La presencia del bosque colindante y la atmósfera solemne que proyectaba, el color verde que le daba a todo, el silencio espeso a nuestro alrededor. Los labios de mi madre moviéndose a toda velocidad mientras preparaba infusiones y mixturas que espolvoreaba acto seguido en el umbral de la puerta, el marco de las ventanas, y las ratas tiradas, los erizos con la boca abierta y las serpientes blandas que encontrábamos al día siguiente. La mano de mi madre dándole al mortero, aplastando, barriendo, exterminando al enemigo. Los ojos de mi padre sobre mí, esa mirada que se oscurecía progresivamente. ¿Contra quién podía gritar, a quién podía pegar para exorcizar su cólera? Y esa pregunta en la punta de la lengua, esa pregunta que nunca pudo enunciar en voz alta, pero que yo oía cada momento que pasaba a su lado, cada vez que su mano caía sobre mí, sobre mi madre. ¿Por qué tú? ¿Por qué tú, Raj, canijo inútil, has sobrevivido? ¿Por qué tú? ¿Por qué tú?

Recuerdo los largos minutos que pasaba al despertar buscando con la vista a mis hermanos, el tiempo infinito que transcurría antes de recuperar mi lucidez, antes de que asumiera que a partir de entonces estaba solo y recordara el cuerpo atrapado de Vinod y el bastón de Anil lanzado al río, allá abajo, en Mapou.

Imágenes de esas nuevas mañanas en las que mi padre, en vez de envolver manos y pies en trozos de tela, se ponía un pantalón marrón y una camisa beige para ir a trabajar. El jabón que se convertía en espuma en su rostro y el cabello que alisaba dándose golpes en la cabeza con la palma mojada. La silueta de ese hombre nuevo, embutido en un ridículo uniforme, en el umbral de la puerta y el modo en que caminaba, con las piernas ligeramente separadas, como si la tela le rascase o quisiera gastar lo menos posible el pantalón. Esa impresión que yo tenía cuando mi padre partía hacia su nuevo trabajo -su trabajo de «carcelero», como decía él con un movimiento imperceptible de la cabeza hacia arriba, estirando sutilmente la espalda, abriendo mucho los ojos-, esa impresión al alejarse de la casa de que el bosque se lo tragaría entero y no regresaría jamás, perdido entre los meandros de la foresta.

En Beau-Bassin, durante esas jornadas solitarias, bajo esa luz tamizada que tanto adoptaba el color del bosque como el de las flores que mi madre había plantado alrededor de la casa, dibujando un círculo benéfico, o el de las lejanas montañas azuladas, descubrí el gusto por los escondites. Me metía en los rincones, con los pies y las piernas recogidos, subía a los árboles y me ovillaba en la horca de las ramas, doblando mi cuerpo como el de una serpiente; hacía agujeros bajo las lianas de las calabazas en el huerto y me metía dentro, con la tripa contra el suelo, las manos hundidas en la tierra hasta las muñecas y el rostro perdido en las lianas. Me quedaba horas así, inmóvil, escuchando mi respiración, sin ser nada más que un corazón que late lo más bajo posible. Únicamente oculto, apretado y arrinconado estaba tranquilo, más o menos bien. Afuera había demasiadas cosas nuevas para mí solo y me habría gustado compartir todo ese cielo azul y apacible, el exceso de ese verde oscuro e infinito del bosque y, sobre todo, ese silencio que se extendía, se extendía como el mar y se insinuaba por todas partes, en la casa, detrás de mi padre, alrededor de mi madre, de día y de noche, un silencio sólido en el que a partir de ahora se apoyaba mi pequeña y decapitada familia.

A veces mi padre violaba ese silencio. Le oía vociferar a lo lejos y mi madre se me acercaba, consciente de que los pasos y la voz de mi padre se aproximaban a la casa y de que ambos esperábamos que su mano cayera encima de nosotros, de mí, de mi madre. En esos momentos, estaba seguro de que todo el bosque se hallaba pendiente de nosotros, de que todo ese verde, toda esa espesura de madera y verdor que tanto me asustaba las primeras semanas estaba concentrado en ese resplandor nuestro que rasgaba la noche de Beau-Bassin.

El bosque estaba compuesto de eucaliptos, mangos, alcanforeros, ébanos, y cuando tenía ocho años, nunca habría imaginado que algún día todo eso sólo existiría ya en mis recuerdos, ese verde espeso, ese olor a tierra mojada, a madera cortada, a savia y fruta podrida. Ah, qué miedo había tenido las primeras veces que había atravesado el bosque de mi infancia, y qué orgulloso me había sentido luego al conocer mejor que nadie los senderos, los caminitos, las trampas, las madrigueras; corría con los ojos cerrados entre los árboles, sabía cuándo había que rodear el enorme mango, aminorar la marcha hacia la izquierda de aquel árbol cuyas raíces eran capaces de atraparte un pie, bajar la cabeza bajo las ramas rotas y en forma de horca del eucalipto, pegar un buen salto, sin pararse a pensarlo, justo al lado del otro mango, aquel cuyos frutos huelen tanto, pues precisamente ahí había un agujero y al lado del agujero un hormiguero con gruesas hormigas rojas de trasero redondo y reluciente que te dejaban unas ampollas gigantes y unas picaduras atroces.

Hoy día, me gusta pensar que si el bosque existiera aún -pues, evidentemente, ya no está, y en su lugar hay edificios modernos con macetas en las ventanas y balcones a los que se asoman las familias para contemplar qué sé yo- podría recorrer de nuevo ese camino. Ahora, cuando pienso de nuevo en todo aquello, por primera vez desde hace muchos años, pues bueno, os juro que los pies me hacen cosquillas y que en mis músculos raquíticos despiertan viejos reflejos. A la izquierda, todo recto, ale-hop, bajar la cabeza, colgarse de una rama, recuperar el resuello, apretar los dientes, comportarse como un animal, como un tigre, como algo que no le tiene miedo a nada.

También en Beau-Bassin iba a la escuela, pero no puedo decir gran cosa al respecto. Era consciente de ser uno de los más pobres de la clase con esa ropa tan vieja que se iba haciendo fina y transparente, no jugaba con nadie, me comía el almuerzo que mi madre me había preparado por la mañana y me quedaba en el aula. Pensaba mucho en mis hermanos cuando veía a todos los niños jugando y gritando, y a veces, si los demás chavales me llamaban, me contenía, decía que no, bajaba la cabeza y los críos cuchicheaban entre ellos, decían que yo estaba muy enfermo y que jugar podía matarme. En el fondo, no andaban tan desencaminados. Me sentía enfermo por mis hermanos y estaba convencido de que les iba a traicionar, a alejarlos de mí para siempre si jugaba con los demás, si reía y me unía a ellos. Me quedaba en mi rincón y hablaba solo, en voz baja. Eso también lo había aprendido en Beau-Bassin. Me contaba historias a mí mismo como, en otros tiempos, se las habría narrado a Anil y a Vinod. Movía los labios como mi madre cuando machacaba sus pociones, sus hierbas, para alejar el mal de ojo, la maldad y los roedores que venían a comerse las legumbres del huerto y a zamparse la punta de nuestros dedos de los pies.

Mi maestra se llamaba señorita Elsa, y cuando me ponía su blanca mano en el hombro sentía una bola de calor crecer en el vientre como si fuera una pelota. Mi pequeño Raj, me llamaba. En las raras ocasiones en que mi madre venía a buscarme al colegio, la señorita Elsa la iba a ver, le decía que yo era un buen chico, que tenía un futuro, eso seguro, que aprendía rápido, que había recuperado el tiempo perdido, que era de los mejores en francés y en inglés y que muy pronto, tal vez, podría apuntarme al examen para la beca, esa famosa beca que te garantiza una plaza en el mejor instituto y dinero para libros, lápices y tizas, y que, incluso después de haber comprado todo eso, aún te queda para comprar comida, sí, sí, estaba convencida de que yo podría conseguirlo. Mi madre la escuchaba con los ojos muy abiertos y luego, de regreso, no me decía gran cosa, como de costumbre -mi madre no hablaba mucho desde que nos fuimos de Mapou-, pero me agarraba la mano con fuerza hasta llegar a casa. Probablemente, en esa época, su corazón sólo había conocido la tristeza de perder a dos hijos el mismo día, pero estoy seguro de que cuando la señorita Elsa le hablaba, mirándola fijamente a los ojos, ella se animaba un poco y a sus dedos afloraba la fuerza necesaria para creer que el único hijo que le quedaba le aportaría un poco de orgullo.

Cuando mi madre falleció, sus pertenencias cabían en tres maletas, una de las cuales estaba dedicada por entero a mí y a su nieto. Ella, que sin mi padre jamás me habría inscrito en el colegio, había conservado mis primeros cuadernos escolares y los de mi hijo, copias de nuestros diplomas y nuestras viejas carteras, y creo que, así como a otros les gusta enseñar fotos familiares, de casas o de coches, a mi madre le gustaba abrir esa maleta ante sus invitados. Recuerdo que a veces hojeaba mis cuadernos con admiración no disimulada, pasando las páginas como si se tratara de un valioso testamento, y cuando yo aprobaba los exámenes me cogía las manos y los ojos se le llenaban de lágrimas. También se mostró atenta con mi hijo, ordenándole el escritorio, clasificando por tamaño y grosor sus libros y sus cuadernos, sacando punta a la perfección a sus lápices; mi pobre chaval hasta tuvo derecho a un brebaje lechoso que, como decía mi madre, servía para «alimentar la cabeza».

Hasta las vacaciones del año 1944, yo nunca había visto la cárcel en la que trabajaba mi padre. En cierta ocasión me había dicho que en esa mazmorra había gente peligrosa, matones, ladrones, canallas. Mi padre me había agarrado de los hombros para decirme eso, pues sabía que yo me paseaba por el bosque y que me escondía en los árboles y quería asustarme, así que había pronunciado con mucha vehemencia las A, las O y las E de las palabras que me decía mientras me sacudía. La boca y los ojos se le abrían a la vez, como si un mecanismo los accionara desde el interior, y cuando lo veía marcharse por las mañanas, de uniforme, lo que más me apetecía era seguirle y ver cómo encerraba en su enorme prisión a los pEligrOsOs, a los mAtOnEs, a los lAdrOnEs y a los cAnAllAs.

Mi sueño se hizo realidad. Durante las vacaciones de final de año, de lunes a sábado, a mediodía, mi madre me hizo llevarle el almuerzo a mi padre al trabajo. Yo iba junto al bosque, torcía a la izquierda un poco antes del camino de tierra que conducía al pueblo y seguía el muro de la cárcel hasta la verja. Una vez ahí, esperaba un ratito y aparecía mi padre. Yo le pasaba su almuerzo aún caliente a través de los barrotes y él, invariablemente, me decía, vamos, vuelve a casa.

Por supuesto, no le hacía caso. Desde el primer día anduve rondando el muro, que me daba dolor de cabeza de lo alto que era, con la vista fija en las zapatillas porque estaba convencido de que se me caería encima. En la esquina, di la vuelta, rodeé la prisión y regresé a la verja por el otro lado, donde la tierra subía un poco y, en lugar del muro, había una gran valla de alambre de espino. Y ahí fue donde encontré el mejor escondite de mi vida. Un escondrijo donde podía ralentizar mi corazón, inmovilizar mi vida y observar a los pEligrOsOs, a los mAtOnEs, a los lAdrOnEs y a los cAnAllAs.


4.

<p>4.</p>

Oculto en la espesura, con las hojas crujiendo un poco debajo de mí y las ramas que se me clavaban en los muslos y que acabaron dejando rasguños de sangre seca, así de escondido, no vi nada de lo que había imaginado.

Esperaba ver jaulas, barreras y candados, cadenas y policías. Había imaginado gritos, perros, hombres de ojos amarillentos que serían los prisioneros peligrosos, matones, ladrones y canallas. También me había hecho una cierta idea de mi padre ahí en medio, con su uniforme y con todos esos tipos que le tendrían miedo, como se lo teníamos mi madre y yo cuando volvía de noche borracho y su mano se abatía sobre nosotros, sobre mi madre, sobre mí.

No había nadie en el patio, y esa prisión, cuya bandera azul y blanca se parecía a la de un parque de atracciones, WELCOME TO THE STATE PRISON OF BEAU BASSIN, era de lo más apacible. Cierto es que, desde mi escondrijo, sólo podía ver una parte. A mi izquierda, más abajo, la verja a través de la cual le había pasado el almuerzo a mi padre; a continuación, un mango enorme, oculto por el muro a quienes contemplaban la cárcel desde el otro lado. Era, probablemente, el mango más grande que jamás hubiera visto, un tronco macizo, frutas rojas y lisas que se recortaban contra el verde de una vegetación exuberante y que colgaban pesadas hasta que se caían. Bajo el árbol, una vasta sombra en la que no se filtraba el sol albergaba tres taburetes cuidadosamente alineados. Luego había una casa, como las de las cartulinas del colegio. Con un tejadillo casi cubierto de buganvillas de color malva, una terraza, balaustradas de madera, ventanas con persianas y cortinas. Al lado de la casa, un paseo continuaba hacia el fondo de la prisión, y aunque el sol estaba en mitad del cielo, yo no podía ver gran cosa. Contra el muro, a la derecha, había una serie de cabañas alineadas, hechas de chapa roja o azul, y esos refugios, al igual que el paseo, llegaban hasta el fondo de la cárcel.

Esa primera imagen de la prisión de Beau-Bassin se me ha quedado grabada en la cabeza, tan lisa e inmóvil como una postal. No había nadie en el patio, ningún ruido, ni siquiera corría el viento, pensaba yo, y era como si alguien hubiese montado toda esa comedia para mí, sabiendo que iría a esconderme allí. Justo detrás de la doble valla de alambre de espino -si extendía el brazo podía tocar con la punta de los dedos el pincho de uno de los nudos de hierro- había matojos de flores silvestres; y a continuación, una franja de hierba verde y hermosa y ramos de gardenias, margaritas y rosas.

Yo estaba muy impresionado de ver eso, esa especie de riqueza tranquila en la que, además, trabajaba mi padre. Hoy día es un recuerdo que me desagrada un tanto, como una enorme mentira en la que creí por un instante, pues esa apariencia de bienestar -las cortinas que se hinchaban, las frutas, las flores, el césped, el silencio- no era más que una fachada, polvos arrojados a los ojos, y si rascabas un poco descubrías la oscuridad, la porquería, los gritos y los sollozos.

Creo que si hubiera sido un chico normal, sin historia -y con eso me refiero a un muchacho que no hubiese vivido en un chamizo durante sus primeros años, que no hubiera perdido a sus dos hermanos el mismo día, un chaval que hubiese tenido amigos para jugar y que no se agazapara en agujeros cavados en la tierra o en equilibrio, un chico que no hablase solo durante horas y horas, alguien que cuando cerrara los ojos por la noche viera algo que no fuese el cuerpo de su hermano pequeño atrapado bajo un peñasco-, no me habría quedado allí mucho tiempo porque esa extraña prisión me habría aburrido. Pero yo era Raj y me gustaban los rincones oscuros y los lugares inmóviles. Así pues, me quedé tal cual, durante un buen rato, vigilando la cárcel, barriéndola conscientemente con la mirada de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y así una y otra vez. Me decía que la próxima ocasión en que la señorita Elsa nos preguntara qué queríamos hacer cuando fuésemos mayores -cuestión a la que hasta ahora no sabía qué responder, pues las palabras «ser mayor» me recordaban brutalmente a mi hermano Anil, con lo que ante la citada pregunta siempre acababa por echarme a llorar y sufrir un ataque de tos como los de Mapou-, yo le diría que aspiraba a ejercer un oficio en el que uno pudiera esconderse y vigilar.

De repente, sonó un timbre y vi a mi padre salir de detrás del mango, como si llevara oculto ahí todo ese tiempo, y lanzarse contra la verja, donde se unían las cadenas, cerradas por varios candados. Salieron tres policías de la casa de las buganvillas y bajaron por los escalones del porche. Ésos eran policías de verdad, no como mi padre, quien, a partir de ese momento, con su uniforme marrón, se me antojó paliducho, flaco y, sobre todo, miedoso. Los auténticos policías eran más altos, llevaban pantalones azul marino, camisa blanca, gorra azul y blanca y, sobre todo, una porra al cinto. Desde donde yo estaba, parecía que todos tenían una cola negra y tiesa. Se colocaron displicentemente alrededor de la casa, a lo largo del paseo que llevaba al fondo, justo al contrario que mi padre, que se crispaba contra la verja y no se sabía si pretendía romper los candados con las manos o protegerlos contra todo. Al cabo de unos minutos, del lugar exacto del que había surgido mi padre, aparecieron unas sombras blancas. Una fila de personas, muy delgadas, arrastrando los pies en silencio, siguió con paso lento el sendero de tierra y luego se dispersó por el patio. Hombres, mujeres, niños. Todos blancos. La ropa les quedaba demasiado grande, era demasiado larga, sucia y andrajosa, había algo que chirriaba en su atuendo y tenían cierto aire de fantasmas. Yo nunca había visto blancos tan flacos y fatigados; a los ocho años, pensaba que las personas blancas eran los patrones de la fábrica, iban en coche y pilotaban aviones, por lo que nunca habría creído que podían ser encerrados. Se quedaron en el patio, sin apenas moverse, puede que fuera una especie de libertad que se les concedía, pero el sol les hacía entornar los ojos, alzaban los hombros como cuando corres bajo la lluvia, miraban el cielo haciendo visera con la mano y muchos se refugiaban bajo el mango o debajo del tejadillo, pero recuerdo que ninguno se sentó en los tres taburetes de madera por muy agotados que parecieran. Nadie hacía el menor gesto para coger ni siquiera un mango y saciar el hambre o la sed. Me acuerdo de ese follaje espeso del mango y de las docenas de frutas que colgaban y que, desde lejos, parecían manchas granates, y de que esas personas pálidas y enclenques que se quedaban debajo tal vez no tenían la menor idea de lo que había sobre su cabeza. Yo no entendía lo que veía, no me acababa de creer que ésos fueran los pEligrOsOs, los mAtOnEs y los cAnAllAs. Dejando aparte el color, parecían tan cansados como mi madre, miraban hacia delante como a veces lo hacía mi madre: se fijaba en un punto, daba igual que fuera de día o de noche, y se transformaba en estatua. Me dije que tal vez también ellos habían perdido a sus hijos, de golpe, tal cual, sin motivo, sin que pudieran expresar su cólera o acusar a alguien.

No recuerdo el momento exacto en que me fijé en David. Puede que fuese cuando echó a andar hacia la alambrada. Primero vi su magnífico cabello, esa masa que flotaba en torno a su cabeza y que, sin embargo, era bien suya, como nunca nada ha sido mío, esos rizos que ocultaban su frente y la manera en que avanzaba, estirado, sin cojear, no, daba la impresión de estar tallado en madera y en hierro y de que sus mecanismos no habían sido engrasados desde hacía tiempo. Llevaba un pantalón corto marrón como el de mi hermanito Vinod que acentuaba la blancura de sus piernas. Se acercaba a la verja, lentamente, sin apresurarse, y eso se me antojó increíble, que se comportara así estando en prisión, como si caminara por su jardín, y se acercaba, se acercaba, ahora sí, ahora podía verle mejor la cara, ese minúsculo rostro de niño rubio perdido en la humedad y el calor de Beau-Bassin. Había otros niños en el patio, pero solían quedarse enganchados a un adulto, nadie jugaba, nadie corría, nadie parecía hablar. Eran todos pequeños Raj, como yo.

David me dijo, más tarde, que avanzaba hacia las flores silvestres que crecían junto al alambre de espino. A David le encantaban las flores, era como si no las hubiera visto en la vida, pero es cierto que las flores de Beau-Bassin son distintas de las que crecen en Praga. Yo, en esa época, estaba convencido de que venía hacia mí. Sus ojos estaban en los míos, no podía ser de otro modo, y el corazón se me empezó a desbocar. Cada vez se acercaba más a la verja y yo temblaba, me hundía aún más en la tierra cuando, de repente, se volvió hacia los demás y se alejó de la alambrada con unos pasitos de marioneta. Se quedó así, dándome la espalda, no estaba a más de unos pocos metros de mí, tenía la camisa rasgada de tal modo que las mangas le colgaban de los hombros y de las muñecas y yo podía ver el dorso de sus brazos. Se sentó en la hierba espesa e hizo lo mismo que yo, mirar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. No lograba apartar la mirada de su cabello, pues era probablemente una de las cosas más bonitas que yo hubiera visto a lo largo de mi corta vida. Al sol de justicia de ese día de diciembre, unas pocas semanas antes de final de año, apenas dos meses antes del aniversario de la muerte de mis hermanos, su rubio casco brillaba como un ramo de hilos de oro. Era magnífico. Cuando movía la cabeza para vigilar -como yo, sí, incluso cuando no nos conocíamos hacíamos lo mismo-, sus rizos saltaban suavemente como si estuvieran montados sobre miles de minúsculos resortes.

Yo estaba muy contento de mi día, de mi escondrijo, de mis descubrimientos; no hubiera tardado nada, antes, en contárselo todo a Vinod y a Anil, como hacía con lo que aprendía en el colegio, y sus ojos se agrandaban, esos ojos como los míos, ah, qué feliz era al contarles cosas que les hacían abrir los ojos de par en par; ahora todo eso era para mí, por eso hablaba solo, para contar un poco mi jornada, para soltar esas palabras, esas emociones, esas imágenes y esas impresiones que se apoderaban de mí.

De repente, los rizos de David empezaron a temblar, al igual que sus hombros, y ocultó la cabeza entre las rodillas, elevadas hasta el pecho al sentarse. Luego le oí sollozar. Conocía muy bien ese llanto que te causa hipo, que te hace decir suavemente aaahh, como si alguien te hundiera poco a poco, muy poco a poco, un cuchillo en el corazón, conocía muy bien esos lloros que parecen venir de ninguna parte, de repente, cuando estás tan tranquilo sentado en un césped verde y mullido y el sol te calienta los hombros. Me incorporé con unas ganas terribles de llamarle, de consolarle, de decirle, como me decía Anil, deja de llorar, se te caen los mocos y te los vas a tragar, siempre nos hacía reír decir eso, te tragas los mocos, y él añadía, están salados, ¿verdad?, y al cabo de un momento ya me había olvidado de las lágrimas.

Ese día me pasó lo mismo que a David, eso que me pasaba de vez en cuando, ese nudo que se me hace a menudo en el vientre, esa dificultad para respirar, esas lágrimas que suben y contra las que no hay nada que hacer. Hundí la cabeza entre las hojas y lloré como él, que estaba a unos metros de mí.

No sé cuánto tiempo llevaba con la cara en el suelo, pero de repente oí gritar a mi padre. Dijo algo como, ¡eh, allí! Levanté la cabeza y me quedé estupefacto al observar que David estaba pegado a la verja, puede que la punta del alambre se le clavara en las manos. Contemplaba mi escondite. Estiré el cuello, seguro que mi cara daba miedo a causa de las lágrimas, la tierra y las hojas enganchadas, sin embargo él me sonrió. Intenté devolverle la sonrisa, las lágrimas se habían interrumpido bruscamente, el nudo del estómago se había deshecho, pero me limité a mirarle con ojos desorbitados y enrojecidos y con cara de salvaje. Él siguió sonriéndome. Entonces improvisé una especie de saludo leve con la mano y, a su espalda, vi venir a un policía. Me oculté de nuevo y David se dio la vuelta. El policía le hizo un gesto brusco en plan baja de ahí, y luego, mientras sonaba otro timbre y todos esos seres flacos, sucios y cansados se internaban por el paseo sin sombra o abandonaban su refugio bajo el mango o el tejadillo, el policía llegó hasta la verja y miró en mi dirección. Tras emitir una especie de chasquido con los labios resecos, un «chic» algo hastiado, dio media vuelta.

Y en la sombra negra del paseo que los llevaba hacia no sé dónde, ese lugar al que iban arrastrando los pies de manera fatalista, como si no les quedara más remedio, en esa sombra negra, el brillo del dorado cabello de David se apagó a medida que el sol lo abandonaba.


5.

<p>5.</p>

Esa noche, mi padre apareció con unos mangos. Como mi madre seguía cocinando para cinco, él había traído cinco mangos. Los miré a hurtadillas, como si esos frutos rojos y lisos, constelados de pequeños destellos verdes, supieran exactamente en qué había ocupado yo la tarde. Los había visto, inclinados y colgados en ese follaje espeso, y estaba convencido de que también ellos se acordaban de mí. Cuando tomé uno en la mano, lo noté pesado y tibio.

Mi padre sacó su cuchillito y se sentó sobre la piedra plana que había delante de la casa, frente al bosque. Cortó una rodaja fina del mango de manera lenta y minuciosa, sosteniéndola entre los dedos y el cuchillo, aspirándola. La rodaja anaranjada y reluciente se deslizó en su boca sin ruido y él se la tragó sin masticarla. No sé dónde había aprendido a hacerlo, pues antes, en Mapou, nos acurrucábamos, usábamos las dos manos para comer el mango, se nos caía el zumo por los antebrazos y lo pillábamos rápidamente con la lengua. Antes, en Mapou, del mango nos lo comíamos todo, la piel, el extremo algo duro que lo había sujetado a la rama, y chupábamos el hueso un buen rato, mucho rato, hasta que, rasposo e insípido, sólo servía para echarlo al fuego.

Di una vuelta alrededor de la casa, el calor había vuelto a bajar y el silencio del bosque formaba un espeso escudo frente a nosotros. Me acerqué a mi padre y les di unas vueltas en la boca a las preguntas que le quería plantear. ¿Quiénes eran esos señores, los prisioneros blancos? ¿Eran ellos los canallas, los ladrones y los matones de Beau-Bassin? ¿Por qué caminaban tan lentamente, como si no les quedara en las piernas más que la piel y unos restos de huesos? Y esos niños delgados y débiles, ¿también habían robado o hecho esas cosas que te llevan a la cárcel? Mi padre no me invitó a sentarme a su lado, no me miró, siguió con la vista plantada al frente, manoseando su cuchillito, y se levantó suspirando.

Mucho tiempo después, cuando me convertí en padre y amé a mi hijo de un modo del que no creía capaz a mi corazón, cuando cogía a mi hijo en brazos, un gesto que mi cuerpo y mis extremidades llevaban a cabo sin que me diera cuenta, nunca dejé de preguntarme qué le habría costado a él, a mi padre, mirarme con normalidad, sin esos ojos de loco amenazador, aunque sólo fuera una vez, invitarme a que me sentara a su lado y contarme una o dos cosas de su día, o no contarme nada y limitarse a compartir conmigo un momento de silencio nocturno, ¿qué le habría costado?

Pero en esa época, cuando mi padre estaba así, frío y distante, yo le daba gracias a Dios, como me había enseñado mi madre, por cada noche tranquila en la que volvía a casa sobrio, silencioso, inofensivo, con el corazón duro y plano como la piedra en la que se sentaba después de cenar. Esa noche no le hice mis preguntas y le agradecí a Dios su enorme bondad, su gran misericordia, al habernos ofrecido una velada sin un padre que lanza la mano o los pies sobre nosotros, sobre mi madre, sobre mí.

Durante las semanas siguientes, cada mediodía le llevé el almuerzo a mi padre a la prisión. Yo tenía los días muy ocupados y ya no podía deambular tanto por el bosque. Desde hacía un tiempo, mi madre ayudaba a la costurera del pueblo, la señora Ghislaine, que vivía en una casa tan blanca que te hacía entornar los ojos al mirarla. Alrededor de la casa había plantado dalias rojas y era muy bonito verlas, esas flores que se apretaban contra la pared, rojo sobre blanco, como hermanos y hermanas inseparables. Mi madre le echaba una mano en año nuevo y se dedicaba, como ella decía, a los «acabados»: coser el dobladillo con sólidas puntadas, añadir volantes, fruncir la cintura con pliegues regulares, cortar todos los hilos sueltos, almidonar, planchar, doblar. Durante esas vacaciones, mi madre me enviaba a primera hora de la mañana a buscar vestidos, faldas, corsés, enaguas, pantalones. Había que tomar el camino de detrás de la casa, andar una buena media hora y, a la entrada del pueblo, la primera casa era la residencia blanca y pespunteada de rojo de la señora Ghislaine. La costurera ponía las prendas en una sábana cuyos extremos ataba en el centro con un gran nudo. Luego me ayudaba a echarme a la espalda ese enorme fardo y, como si fuera de lo más normal que un crío canijo como yo se las tuviera que apañar con semejante peso al hombro, volvía rápidamente a su máquina de coser negra.

Con las dos manos, yo agarraba por encima del hombro el enorme nudo y recorría de nuevo el largo camino hacia casa. La sábana resbalaba y yo tenía que ir dando caderazos para subir el fardo y volver a agarrar el nudo con firmeza. No podía detenerme, pues tendría que dejar la sábana sobre la tierra o sobre la hierba y se ensuciaría. Tenía mucho miedo de que se me cayera el hatillo, de que se desperdigaran por ahí vestidos, faldas, corsés, enaguas y pantalones, y de que mi madre, al igual que mi padre, se pusiera también a lamentar que hubiese sido yo, Raj, el superviviente. Anil habría cargado con el fardo sin problemas, con todas sus fuerzas, y Vinod hubiese inventado un sistema para alternar mejor el peso en la espalda y lo habría llevado sonriendo, como en otras ocasiones, cuando iba cargado de cubos temblorosos con agua hasta el borde.

Era un camino largo el que yo recorría con la espalda inclinada y enseguida ardiente, con las rodillas flexionadas y los brazos y los dedos insensibles como si toda su fuerza se hubiese apagado, pero nunca dejé caer el sustento de mi madre. Cuando llegaba a la casa, ella salía corriendo a recibirme, yo oía sus pasitos y las palabras que pronunciaba para compadecerme y felicitarme. Mi pobre Raj, mi pequeño Raj, mi chavalote, bravo.

En cuanto ella me liberaba de ese peso, mi cuerpo vacilaba, me caía al suelo como un pelele, unos puntitos negros se me encendían en la mirada. Mi madre me preparaba un vaso grande de agua bien azucarada y yo me la bebía chasqueando la lengua y emitiendo unos mmm que me salían del fondo de la garganta. Luego me quedaba tirado en la hierba, y a veces tenía la impresión de que la tierra se me tragaba por lo mucho que me pesaban y me dolían los músculos.

Una hora después, iba a llevarle el almuerzo a mi padre y daba el mismo rodeo de siempre para reencontrarme con mi escondrijo. Cada mediodía esperaba, con renovados ímpetus a medida que pasaban los días, volver a ver al muchacho del cabello de oro. Al Dios de la noche al que le pedía una velada tranquila, también le rogaba que me trajera a David. Pero durante varias semanas, y tal vez más, no volví a verlo. Los demás estaban allí, los timbrazos, la manera de arrastrar los pies, de permanecer inmóviles en los rincones umbríos, aparecían otros niños flacos, pero no el que yo buscaba, el que había llorado y al que había acompañado en su tristeza.

Desde mi arbusto, observaba asimismo a mi padre y no me daba miedo. Mi padre abría y cerraba la verja de la prisión, tenía una serie de llaves en el fondo del bolsillo que formaban una especie de bolsa a la altura del muslo. Cuando corría, a mi padre se le oía de lejos, iba haciendo clic-clac y a mí no me daba miedo.

Mi padre saludaba mucho, a menudo corría detrás de los coches, les llevaba té en una bandeja a sus superiores, creo que en eso consistía todo su trabajo. Los viernes cortaba flores y se las daba al chofer del director, quien las envolvía en papel de periódico. No se hablaban, iban deprisa por miedo a que sus manos se tocaran, y a continuación mi padre volvía a su sitio y el conductor, bajo el mango, esperaba sentado en uno de los taburetes. Esperaba al director de la cárcel, un inglés llamado Singer al que yo veía de vez en cuando. Era un hombre muy bien vestido que llevaba prendas tan nuevas como esas que mi madre almidonaba y planchaba. Cuando llegaba el señor Singer, los policías se ponían firmes. Mi padre, por su parte, hacía una especie de reverencia ridícula y se quedaba inclinado de esa guisa hasta que el director estuviera dentro de la casa de las flores malvas.

En ocasiones, cuando todo estaba en calma, mi padre salía a fumar un cigarrillo bajo el porche, al lado de las buganvillas, y yo lo observaba con insistencia. En casa ya me habría pegado un grito, ¿qué miras, te pasa algo?, pero ahí no era más que un señor bajito con un uniforme deslucido y la camisa por encima del pantalón -nada que ver con los policías, que llevaban la camisa por dentro del cinturón-, con lo que, en esos momentos, no me daba ningún miedo.

Cuando llevaba la bandeja con dos tazas, una tetera y galletas, y andaba a pasitos cortos, y el dobladillo del pantalón se le enganchaba en el zapato, aun que él siguiera adelante como si nada, con la mirada clavada en la bandeja, pasito a pasito, a mí me entraban ganas de tirarle piedras, me entraban ganas de que tropezara y me entraban ganas de que se pusiera furioso y se transformara en el hombre que yo conocía, alguien que no permitiría que el dobladillo del pantalón se le enganchara en la suela del zapato, que caminaría a zancadas, como para pillar carrerilla y darle más brío a ese brazo que se dispararía hacia mí, hacia mí y hacia mi madre.

Una mañana, la señora Ghislaine me dijo que era Navidad. Ya había plegado la sábana y, en vez de volver corriendo a su máquina, me dijo con voz arrobada:

– Eres un gran chico. Ya sé que es Navidad, pero qué le vamos a hacer, así son las cosas, cuando hay que trabajar hay que trabajar, ¿verdad?

Era la primera vez que yo oía esa palabra y, aunque llevaba semanas en las que sólo abría la boca para decir, como me había enseñado mi madre, buenos días, señora, gracias, señora, hasta mañana, señora, pregunté:

– ¿Y qué es la Navidad?

Ella estaba anudando la sábana en esos momentos, pero las manos se le inmovilizaron, me miró a los ojos y se tapó la boca con la mano derecha como si quisiera ahogar un grito. Y entonces, lo recuerdo como si fuera ayer, los ojos se le llenaron de lágrimas de forma asaz repentina, como si llevara reprimiéndolas toda la vida y de pronto, ante mi pregunta, no hubiera podido aguantar más y se le hubieran desbordado súbitamente. Me levantó por los sobacos con tanta facilidad como si yo fuera una maceta y me sentó en el sillón. Ahí empezó a hablarme de Jesús, de ese niño que nació en un establo, de su magnífica y perfecta madre, de esa estrella que había guiado a unos reyes hasta él, del hombre bueno y generoso en que se había convertido el tal Jesús, de los milagros que había hecho, de ese hijo de Dios que quería a todo el mundo y que lloraba con los pobres, de ese Dios hermoso y bueno que acabó en la cruz y que otorgó el perdón. La Navidad, dijo ella, es el día del nacimiento de Dios hace 1.944 años. A veces decía Dios, a veces decía el hijo de Dios, a veces el buen Jesús, pero yo, lo que había registrado era que el tal Jesús hacía milagros, ¡había caminado sobre las aguas! La costurera de la casa roja y blanca me estrechó las manos y me habló con ternura, como lo hacía a veces la maestra en la escuela, y me confió que ese día sagrado, ese día al que llamaban Navidad, los pequeños podían pedirle lo que quisieran al niño Jesús (o al hijo de Dios, o al buen Jesús) y se producía el milagro.

Aquel día, en el largo trayecto hacia casa, agobiado por la sábana, no sufrí como de costumbre. Pensaba en ese Dios que caminaba sobre las aguas y pensaba en nuestro río, que se había convertido en un torrente de lodo, y pensaba que si nuestra familia le rezaba como me había dicho la señora Ghislaine, si cambiábamos de Dios como me había aconsejado la señora Ghislaine, puede que si yo pedía esa cosa magnífica, maravillosa -volver a ver a mis dos hermanos-, si me atrevía a desearlo, ese milagro… Por el camino, ese pensamiento increíble, esa esperanza loca, creció y se hinchó en mí para otorgarme una energía impresionante, y llevé la sábana como si mis hermanos estuviesen ahí, Anil delante, Vinod justo detrás, también ellos con una sábana en vez de los cubos que antes transportábamos, los tres juntos de nuevo, afrontando la vida.

Cuando volvió mi padre, le hablé de Jesús, del Dios que andaba sobre el agua y que hacía milagros. Estaba tan excitado por esa noticia que no me fijé en su paso inseguro, no olí el alcohol y no vi sus ojos enrojecidos ni su boca hinchada. Cuando me di cuenta de todo eso, de todo lo que mi madre me había enseñado a adivinar, de esas señales que anunciaban una noche en la que más nos valía quedarnos callados, invisibles, inmóviles, cuando me di cuenta de todo eso, ya era demasiado tarde.

La elasticidad felina que desplegaba mi padre, la manera que tenía de saltar encima de nosotros como si fuésemos presas que había perseguido y acosado. Siempre se ocupaba primero de mi madre, y mientras avanzaba en su dirección, ella retrocedía con las manos por delante, extendidas, sus pobres manos arrugadas, ridícula barrera, risible protección. ¿Me estoy inventando ahora la sonrisa en el rostro de mi padre? ¿Me invento esos ojos de repente tan vivos, tan crueles? Y si digo que él disfrutaba de aquello, ¿es mi voz de viejo o mi recuerdo de niño quien me lo dicta?

Con un golpe, uno solo, mi padre agarraba las manos de mi madre y se las retorcía hasta que ella gritaba. Acto seguido, la golpeaba, con una mano aprisionando las de su mujer y la otra tomando impulso por encima de la cabeza, detrás del hombro, qué fuerza tan increíble tenía mi padre en esos momentos, qué fuerza tenía ese hombre -a quien me parecí durante mi juventud, aunque afortunadamente, gracias, Dios mío, sólo en lo físico, pero hasta eso lamentaba cada vez que me veía en un espejo-, ¿de dónde sacaba ese poderío y por qué lo utilizaba así? Estaba borracho, pero golpeaba con precisión y paciencia. Arreaba una bofetada, fuerte y plana, y la cabeza de mi madre giraba hacia un lado. Esperaba a que ella volviera a mirarle para darle otro golpe, igual de fuerte, igual de preciso, y así sucesivamente hasta que mi madre dejaba caer la cabeza sobre el cuello. Mi padre la sacudía como si fuera una muñeca de trapo y la tiraba al suelo; y yo, el pequeño Raj, esperaba ese momento suplicando a Dios que hiciera algo al respecto, ahora mismo, de inmediato, algo que dejara congelado a ese hombre, que le hiciera caer hacia delante, hundirse en el sueño, no se, ya no se qué le pedía a ese Dios, pero suplicaba con fuerza que pasara algo antes de que los golpes de mi padre acabaran por matarnos a mi madre y a mí.

Yo esperaba que acabara con ella, esperaba que empezase conmigo, esperaba ese único instante en el que podría ayudar a mi madre. Ah, cuántas veces intenté separarlos, cuántas veces salté sobre mi padre, pero ya lo he dicho, era un felino, nosotros éramos sus presas y yo nunca gané esa batalla. Al final, cuando había sacudido a mi madre, yo la agarraba mientras caía. Eso era todo lo que hacía, todo lo que podía hacer. Ya había visto a Anil actuar así, en Mapou. Sostenerla para que no se partiera la crisma contra el duro suelo de esa casa en el bosque. Pero apenas notaba yo el peso de mi madre, la mano de mi padre ya se acercaba, la tenía encima, machacándome la boca, silbando en los oídos, cerrándome los ojos, abriéndome la nariz. Mi padre no decía ni una palabra, hasta parecía que dejaba de respirar. Mi madre lloraba, intentaba levantarse, suplicaba; y yo, yo sólo oía el estruendo de un torrente de barro. Así fue mi primera Navidad.

Los días siguientes a las chaladuras de mi padre se parecían todos. Mi madre y yo nos quedábamos en la casa, pasmados, hechos polvo, moviéndonos a cámara lenta y con el cerebro reblandecido. Mi madre pasaba horas haciendo cataplasmas, infusiones, pociones y lociones a base de hierbas, raíces, hojas y flores que recogía en el bosque y con las que borraba nuestras heridas. Pero ese 26 de diciembre de 1944, su medicina no fue suficiente. No sé qué fue lo que ocurrió realmente esa mañana, igual no me desperté, igual los potingues de mi madre no hicieron el menor efecto. Me acuerdo de mi padre hablando con una voz que yo no le conocía, una voz pequeña, casi una voz de mujer, explicando a no sé quién que me había caído de un árbol, que era muy travieso, y entonces me metieron en la cárcel, junto a los cAnAllAs, los lAdrOnEs y los mAtOnEs. Lo adiviné cuando, en brazos de mi padre, pasé bajo el enorme mango y oí el crujido de su pantalón al engancharse con la suela del zapato.

Se detuvo varias veces y, en cada ocasión, con su voz de mujer, decía, en francés, se ha caído del árbol. Yo no sabía que mi padre hablaba francés, pero en todo caso sabía el francés suficiente para mentir y camuflar lo que le había hecho a su propio hijo. A fin de cuentas, igual también hablaba inglés, español o chino, no me habría extrañado, pues la verdad es que no le conocía. Entre nosotros se alzaba el muro infranqueable de la violencia y de la muerte. Pensaba en mi madre, y cuando él me dejó en una cama lloré hasta quedarme dormido. Nunca antes había dormido en una cama. En Mapou y en nuestra casa del bosque, nos acostábamos sobre alfombras de hojas secas y trenzadas. Recuerdo que en cierto momento, en la cama de ese hospital situado en el seno de la prisión -sí, allí había un hospital, en la época no me pareció extraño, pues no conocía otras cárceles, y para mí todas tenían un mango, una verja con una bandera ilustrada, flores y césped, cabañas, sombras, policías bien vestidos, fantasmas tristes y, evidentemente, un hospital-, en esa cama, pensé por primera vez desde hacía meses en la enorme nube de vapor blanco que revoloteaba por encima de la plantación de caña, cerca del campamento de Mapou, y en la que yo quería pasarme la vida.

Creo que dormí mucho. No me encontraba en muy buen estado: la nariz rota, costillas hundidas, hematomas, una papilla azul donde estaban los labios. Cuando pienso en eso, es mi hijo quien me viene a la memoria y lo vuelvo a ver cuando tenía ocho años y probaba su primera bicicleta. Su concentración era intensa: pedalear, mantener el equilibrio, mirar el camino y vigilarme, a mí, que iba detrás de él como todos los padres, ¿no le había prometido que no le dejaría tirado? Me acuerdo de su mirada brillante de dicha y de esa sonrisa de oreja a oreja que se le había quedado encajada desde que recibió el regalo esa misma mañana. Había empezado a pedalear bastante rápido, yo oía a mi mujer y a mi madre riendo y animando a mi hijo, que iba detrás de mí, y le dejé adelantarme porque se las arreglaba muy bien sin mí. Algunos metros después, mi hijo se volvió y la mirada sorprendida que me lanzó, ese grito de niño atemorizado por encontrarse solo de repente, aunque supiera que yo hacía bien en dejarle pedalear solo, pues así es como se aprende a ir en bicicleta, me hizo experimentar un sentimiento de culpa que me puso el corazón en un puño…

Si le imagino por un instante en el estado en que yo me hallaba ese 26 de diciembre de 1944, cuando sólo tenía ocho años, me entran ganas de gritar.

Dormí mucho, y cuando abría los ojos había fantasmas de ojos coloreados y piel pálida encima de la cama, fantasmas que ya había visto antes, errando por un patio soleado con un enorme mango. Tenía la impresión de encontrarme en un mundo de algodón, de ruidos ahogados, de luz tamizada, con el cuerpo hundido en el colchón y en las sábanas blancas.

En varias ocasiones, un rostro cubierto de hilos de oro venía a tocarme ligeramente la cara, ahí donde todo estaba hinchado y morado. Si abría los ojos cuando estaba sobre mi cabeza, él me sonreía, pues me había reconocido, a mí, el chaval del arbusto. Sólo me había visto unos minutos, pero yo estaba convencido, y lo sigo estando, de ese reconocimiento a primera vista, una identificación física, el reconocimiento también de la desdicha, y me sentía muy tranquilo, como si estuviera en uno de mis escondites y nadie pudiera, allí, quitarme a mis hermanos y hacerme daño.


6.

<p>6.</p>

Me despertó un enfermo que gritaba. Era por la tarde, lo sabía por el apagado resplandor amarillento de la luz y por el calor agobiante que me envolvía. Se trataba de una mujer vieja, la más vieja que yo hubiera visto nunca, ¡y mira que había viejos en Mapou! Ésta estaba hundida en la cama, y de lejos podría parecer que esa cama estaba vacía, a no ser porque su brazo raquítico se alzaba de vez en cuando. En el momento en que aparecieron las enfermeras, pegó un salto. Incluso yo, que asistía a la escena desde detrás de la mosquitera y a seis camas de distancia -las había contado-, me sobresalté. La mujer tenía el rostro como aplastado por algo, chafado y lleno de arrugas. La piel de alrededor de los ojos había sido aspirada hacia el interior, lo cual daba la impresión de que las órbitas iban a empezar a tambalearse en su cabeza de un momento a otro. La vieja agarró del cuello a una enfermera y todo el mundo gritó, yo incluido. Es curioso, no me di cuenta de inmediato de que hablaban en un idioma que yo desconocía. Apareció un médico, e hicieron falta tres adultos para dominar a la vieja señora. La ataron a la cama con sábanas y luego los tres adultos, altos y fuertes, se apoyaron contra la cama de hierro, resoplando como si vinieran de correr por el bosque.

Una enfermera me vio, apoyado en los codos, y se acercó a mí. Me miró con sus ojos azules, y eso me impresionó sobremanera. Me puso la mano en la frente, sacó un termómetro del bolsillo, me lo colocó bajo la lengua un momento y me dijo, en francés:

– Ya no tienes fiebre. Pronto podrás volver a casa.

Se quedó al pie de la cama un ratito, con las manos en los bolsillos, como si quisiera decirme algo, y luego me arregló la mosquitera que rodeaba la cama y se fue. Mientras atravesaba la sala, de las camas se alzaban brazos suplicantes, implorando, pero ella caminaba lentamente, con la cabeza baja, sola en el mundo. Al llegar a la salida, se dio la vuelta e hizo una señal amplia y lenta con la mano para barrer la sala, y todos los brazos cayeron. Me dije que, a lo mejor, en su idioma, ésa era una manera de tranquilizar, de pedir un poco más de paciencia.

Pensaba en todo eso cuando David se acercó a mi cama. Le oí, claro está, pues menudo ruido hacía, caminaba algo desarticulado y con cada uno de sus pasos golpeaba el suelo, era como si tuviera trozos de hierro en los pies.

No sé cómo explicar lo que sentí cuando se puso ante mí, con su cabello rubio, sus ojos verdes, sus mejillas hundidas, la sonrisita que tenía -eso que hacía de levantar sólo una comisura, a eso se le llamaría hoy día una sonrisa displicente, pero no era nada de eso, no tenía nada, nada que ver con la ironía, él no era en absoluto capaz de algo así, no, David no, era como el esbozo de una sonrisa, el comienzo de algo mejor, de algo hermoso que te llevaría a quedarte ahí, esperando con impaciencia la continuación-, su camisa vieja como la mía, un trozo de su cadena de oro que le recorría el cuello, caía en el hueco de la clavícula, remontaba el hueso saledizo para desaparecer bajo ese tejido gris, la manera dubitativa que tuvo de apartar la mosquitera y mirarme con la misma benevolencia que la vez anterior, cuando lloramos juntos… ¡Estaba tan contento de volverlo a ver y, sobre todo, me sentía tan tranquilo al saber que existía realmente!

Al principio me habló muy bajito, en ese idioma extraño y susurrante. Eso no me preocupó, y él se puso a murmurar durante un buen rato. Se había inclinado sobre mí, y para mis orejas su discurso era un largo silbido que me tranquilizaba sobremanera, como si se tratara de una oración que alguien me soplara al oído. A fin de cuentas, puede que fuera una oración. Lamenté no entender lo que me decía, lo que le salía del corazón y quería compartir conmigo antes incluso de saber cómo me llamaba, pero le escuché sin quitarle ojo de encima y me sentí bien, rodeado de su presencia y de sus palabras. Cuando terminó, se incorporó y se me quedó mirando. Tuve la impresión de que esperaba que yo hablara, así que le dije, como lo había aprendido en el colegio, separando las sílabas mientras, en la cabeza, tenía la imagen de esta frase escrita por una mano imaginaria a medida que yo la iba pronunciando:

– Me llamo Raj y vivo en Beau-Bassin.

David me miró y dijo, con la misma lentitud:

– Me llamo David y vivo aquí. Antes vivía en Praga.

Yo no tenía la menor duda de que Praga estaba aquí, en este país, en alguna parte, algo perdido, algo olvidado, como Mapou. Recuerdo que en la escuela, en la pared, había un mapa de nuestra isla, pero Mapou no figuraba y yo se lo había dicho a la señorita Elsa. Ella me enseñó Pamplemousses, luego otra ciudad cuyo nombre he olvidado, y me dijo que estaba por ahí, moviendo los dedos, y me sonrió mientras me decía que lo sentía mucho pero que en un mapa sólo salían las ciudades importantes y las grandes poblaciones. Esa tarde, cuando David me dijo que antes vivía en Praga, yo pensé, evidentemente, que eso andaba por allí, perdido entre dos ciudades importantes, porque era un simple pueblo, demasiado insignificante como para destacar en un mapa.

– ¿Por qué estás en la cárcel?

– No lo sé. ¿Y tú?

– No lo sé.

– ¿Eres judío?

– No.

– ¿Tu mamá está aquí?

– No, está en casa. ¿Y la tuya?

– Está muerta. Mi padre también está muerto. ¿Tienes hermanos y hermanas?

– No, estoy solo.

– Yo también.

Creo que fue así como sucedió. Después de todos estos años, rasco y rebusco en mis recuerdos y pido disculpas, pues a veces me resulta más difícil de lo previsto. Es posible que no fuera ése el orden en que me dijo las cosas, es probable que mi mente arregle un poco los recuerdos, pero lo que sé con seguridad es que hablamos muy despacio, durante horas, a la luz declinante de la tarde. Las palabras en esa lengua francesa nos resultaban extrañas a los dos, esa lengua que a partir de entonces había que adaptar a nuestra manera de ser, a lo que queríamos decir, en vez de, como hacíamos en la escuela, contentarnos con descodificarla y repetirla. Hacíamos el mismo esfuerzo para comunicarnos, y lo hacíamos con lentitud, pacientemente, y tal vez gracias a eso pudimos decirnos, con mucha rapidez, cosas importantes como: estoy solo. Yo también.

Esa noche, la enfermera de ojos azules nos deseo un buen año. Separó las manos y batió palmas varias veces. Era como un aplauso en cámara lenta y resultaba muy extraño. Nadie movió un dedo. Yo tenía la cara contra la pared, pensaba en mi madre, confiaba en que me esperara en casa y me decía que tenía nueve años. Mi madre me había dicho que el primero de enero yo cumplía un año más. Pronto sería tan alto como Anil. Pensé en la ropa que habíamos recibido en Mapou, esas prendas que nos hacían sentir tan importantes y con las que habían muerto mis hermanos.

Avanzada la noche, David vino a despertarme. Yo dormía a medias, como la mayoría de los pacientes de la sala, y descubría que la enfermedad no es algo silencioso. Le seguí en la oscuridad, su camisa blanca me servía de guía, eso me recordó a Anil y el día del diluvio, pero seguí tras él, lentamente, paso a paso. David me hacía reír con su manera de andar, él sabía que hacía ruido y trataba de mejorar, pero era en vano. Parecía el chaval más ingrávido de la tierra, lleno de gracia, y en efecto todo empezaba bien: levantaba la rodilla, la alzaba bien alto y lentamente, muy lentamente, ponía la pierna delante de él, pero en vez de posar con suavidad el pie en el suelo, lo dejaba caer de golpe como si se fatigara de repente y no pudiera controlar sus movimientos. Con cada ¡plac! se quedaba quieto, y yo, en la oscuridad, imaginaba que su cabello rubio se le ponía de punta; pero nadie nos prestaba atención, ni siquiera la enfermera de guardia, quien, a no ser que fuera sorda, tendría que habernos oído. Creo que desde que David estaba en el hospital salía tal cual todas las noches, pues era su única manera de ser un niño, y todos los enfermos de ese dormitorio sucio, atestado y trufado de quejas y gemidos lo habían entendido y le dejaban andar a su aire.

Yo aún tenía el cuerpo dolorido, la nariz hinchada, los labios encerrados en una costra frágil que amenazaba con quebrarse en cualquier momento y soltar un hilillo de sangre. David tenía accesos de fiebre, a causa de la malaria, y pasaba la mitad del tiempo evacuando en las letrinas o metido en la cama, alimentado con suero, pero todo eso resultaba irrisorio comparado con la excitación que sentimos esa noche mientras nos deslizábamos hacia el exterior, como auténticos lAdrOnEs.

El hospital estaba encajado al fondo de la prisión, al norte, en una zona que yo no podía ver desde mi escondite. En el interior de la cárcel había otro muro que separaba el área de los hombres de la de las mujeres, y el hospital se hallaba en la parte reservada a éstas. Fue David quien me lo explicó durante nuestros jueguecitos vespertinos.

David no necesitaba luz cuando nos escapábamos del hospital, se lo conocía todo de memoria. Durante tres noches, hicimos siempre lo mismo; como todos los niños del mundo, instauramos una rutina, un ritual. Esperábamos hasta el final de la cena, el apagado de luces, las quejas que la noche fomentaba entre los enfermos y los desdichados; y entonces, finalmente, disponíamos de unas horas sin agitación, de una penumbra con la que podíamos contar como si fuera un amigo fiel que nunca te falla. Yo le seguía, le escuchaba, olvidaba Mapou durante unas horas, a mi madre, a mis hermanos, a mi padre, y ni una sola vez me asustó la inmensidad de la noche ni me entraron ganas de buscar un agujero en el que meterme. Podíamos convencernos de que disponíamos de un enorme patio de recreo. Durante el día eso resultaba imposible de creer, pues los muros eran negros, el alambre de espino te saltaba a la cara, había un policía con porra en cada esquina, el sol servía como proyector, no había donde esconderse, no se podía jugar a nada. Y, de todas maneras, a mí no se me permitía abandonar el dormitorio de los enfermos.

Los juegos eran nuestro idioma fraternal. Escuchar nuestros pasos, a menudo ahogados por la hierba que anunciaba el muro de separación, seguir sus cabellos y no perder de vista ni un segundo esa aureola rubia, recurría a todas mis fuerzas para ello, para no perderle, oír cómo se acercaba el viento que hacía temblar las hojas secas del eucalipto de la izquierda, cerca del campamento de las mujeres, atrapar con el pañuelo los insectos que revoloteaban en torno a las lámparas de petróleo junto al hospital, reír al oír al policía de guardia canturreando y haciendo mmm, mmm, mmm en tono muy agudo, morirse de risa sin hacer ni un solo ruido, limitarse a dejar temblar de alegría a nuestros cuerpos hasta que nos doliera la tripa. Enseñarle cómo dejar caer el pie sin hacer ruido, a pegar los brazos al cuerpo para colarse mejor entre dos árboles, a caminar sobre una línea imaginaria sin desviarse jamás -cerrar los ojos e imaginar que estábamos en un puente sobre un río crecido- y, por primera vez, a hacer el avión.

David saltaba sobre mí y se estiraba horizontalmente en mis brazos, con el cuerpo tieso y las manos extendidas, dispuesto a echar a volar. Tenía un año más que yo, pero por una vez yo era el más fuerte. Con su peso pluma, ese peso imperceptible en los brazos, yo giraba, giraba y giraba en la noche. Sentíamos cómo el viento nos golpeaba en la cara mientras la penumbra se convertía en un torbellino negro, y necesitábamos toda nuestra voluntad para hacer entrar en nuestros vientres esa extraña felicidad y no gritar de gozo. Cuando nos deslizábamos de nuevo en la cama, yo experimentaba esa excitación y ese orgullo de no haber sido descubierto, me costaba calmar a mi corazón batiente y me decía que éramos muy buenos en ese juego. Como es lógico, sólo éramos unos críos que se creían libres porque era de noche y no veían el muro y las alambradas. Hoy día, estoy convencido de que las enfermeras, los pacientes, los médicos y hasta el policía de guardia sabían que David y yo jugábamos cuando se hacía de noche, pero esos adultos eran conscientes de que no había escapatoria, de que, a fin de cuentas, no podíamos llegar muy lejos.

Durante el día, yo me quedaba en la cama y dormía mucho. Soñaba con mis hermanos y con mi madre, soñaba con la escuela y me mantenía lo más discreto y silencioso posible. Quería que se olvidaran de mí, que llegara la noche para encontrarme con David. Había muchas idas y venidas, muchos sollozos, incluso por parte de las enfermeras. A veces también había cólera, los enfermos lanzaban las bandejas contra las paredes y gritaban, supongo, el odio que sentían hacia esa prisión, hacia esa isla.

Todos los pacientes hablaban de barcos, ésa era su obsesión permanente. En cuanto aparecía un medico por la mañana, tan pronto como un policía venía a hacer su ronda, preguntaban sin parar cuándo salía el barco para Eretz. Durante mi estancia en el hospital de la cárcel, yo había comprendido que no eran gente de nuestra isla, y eso me había parecido muy extraño. ¿Por eso estaban encerrados?, me preguntaba.

Una mañana, antes incluso de abrir los ojos, noté un cambio en la atmósfera del dormitorio. Habitualmente, siempre estaba muy tranquilo por la mañana, parecía que a los enfermos les costara despertarse, que necesitaran tiempo para darse cuenta de dónde estaban realmente, y es posible que de noche soñaran con su país, con su Eretz, y que cuando se hacía de día se agarraran a sus sueños, y que eso fuera lo que le daba ese extraño ambiente de esperanza al dormitorio cuando amanecía. Ese día, por el contrario, yo noté un temblor, y cuando abrí los ojos casi todos los pacientes estaban sentados en la cama y cuchicheaban en todas direcciones. Cuando crucé la mirada con algunos de ellos, me sonrieron y, por primera vez, algunos hasta me saludaron discretamente con la mano. Las enfermeras se habían agrupado y charlaban de buen humor. Luego apareció un policía y dijo en voz alta que, a pesar de los rumores, esa tarde no habría barco para Haifa y que la guerra no había terminado. Nunca he olvidado esa frase. Para mí carecía de sentido en esa época, y, sin embargo, adivinaba que tenía un significado terrible. No hubo gritos ni protestas, como si no fuera la primera vez que alguien barría sus esperanzas. Los enfermos se acostaron de nuevo, las enfermeras se fueron y el dormitorio volvió a ser triste y gris.

David me había dicho que sus padres estaban muertos. Cuando hablábamos, nos ayudábamos con muchos gestos, mucha mímica, un poco como los sordos. Cuando me contó eso, David había cerrado los ojos e inclinado la cabeza a un lado de golpe para que quedara claro que estaban muertos. Iban a Eretz. ¿Está muy lejos Eretz?, me había preguntado. Yo no tenía ni idea, pero le prometí que se lo preguntaría a mi maestra de escuela, que lo sabía todo.

Le dije que yo también había viajado antes de llegar allí, pues así era como yo veía las cosas por aquel entonces, kilómetros y océanos carecían de importancia, David y yo habíamos dejado el lugar en que nacimos y habíamos seguido a nuestros padres hacia un destino extraño, misterioso y ligeramente aterrador en el que pensábamos poder escapar de la desgracia.

No sé si debo avergonzarme de decirlo, pero eso es lo que hay: yo ignoraba que había una guerra mundial que duraba desde hacía cuatro años; cuando David me preguntó, en el hospital, si era judío, no sabía qué quería decir eso, le dije que no porque tenía la vaga impresión de que ser judío era una enfermedad, pues por algo estábamos en un hospital; nunca había oído hablar de Alemania, aunque la verdad es que mi desconocimiento era enorme. Había encontrado a David, un amigo inesperado, un regalo caído del cielo, y en esos comienzos de 1945 eso era lo único que me importaba.

Para decirle que mis hermanos habían muerto, le imité, cerré los ojos y moví la cabeza hacia un lado. Pero entonces, claro está, se me hizo un nudo en el estómago que empezó a subir, subir y subir. Estábamos sentados detrás del hospital, bajo el tejadillo, y a cinco pasos de nosotros se hallaba el muro del recinto. Caía una lluvia fina pero copiosa y era mi última noche allí, aunque yo aún no lo sabía. David, huérfano, exiliado, deportado, encarcelado, afectado de malaria y de disentería, me reconfortó. Acercó su cabeza a la mía, y todavía hoy, en la parte derecha de mi rostro, me parece sentir sus suaves rizos. Es posible que haya olvidado muchas cosas de esos días pasados en el hospital, pero sus rizos dorados y su tacto sedoso me pertenecen eternamente.

La enfermera de ojos azules me despertó esa mañana. Recogió la mosquitera haciendo un gran nudo. Antes incluso de que dijera nada o de que hiciese un gesto para indicarme que tenía que salir de la cama, lo supe. No tenía más opción que seguirla. David estaba sentado en su cama y me miró sin moverse. Le saludé levemente con la mano, pero no me contestó. Me dio pena porque era como si no me conociera, como si mirara a través de mí, como si ya me hubiese olvidado. Caminé despacio, con la cabeza baja, con un paso pesado, con todo el peso de mi cuerpo concentrado en la planta de los pies. De repente, a mi espalda, escuché una especie de castañeteo. Me di la vuelta. David andaba como un cangrejo, se torcía a izquierda y derecha, movía las manos para pedirme que le esperara. Me detuve y sonreí, estaba contento, me había equivocado, claro que me conocía, hacía un momento estaba demasiado sorprendido, no sabía qué hacer, por eso tenía los ojos vacíos. Mi corazón pasó de golpe, cual prenda del revés, del abatimiento a la alegría, todo mi cuerpo se irguió como por arte de magia, mis pies ya no eran de plomo y estaba preparado para lanzarme hacia él, para hacer el avión, para saltar, jugar y charlar.

Pero no fue eso lo que sucedió. La enfermera me alzó en vilo y, como un paquete, me lanzó a los brazos duros y peludos de un policía. Oí cómo David me llamaba y luego gritaba cosas en su idioma, pero no me resistí, no chillé, no me sentía capaz de ello. Una piedra enorme se me caía encima y lo aplastaba todo, la garganta, el corazón, el estómago, el vientre. Cruzamos de una zona de sol a una zona de sombra y el policía me pasó a mi padre. Dijeron cosas que no recuerdo. Mi padre me había dejado en el suelo y mantenía la mano contra mi nuca. Tenía la palma húmeda y caliente. De lejos podía parecer un gesto de ternura, pero no lo era. Me tenía pillado, ésa era la verdad, preparado para zarandearme por la piel del cogote como si fuera un perro. En un momento dado, se echó a reír y se tapó la boca con los dedos. Eso era algo que nunca hacía en casa.

Se abrió la verja, mi padre me empujó hacia fuera y poco después estaba yo en brazos de mi madre. Me tuvo pegado a ella durante todo el camino, y corría, mi pobre madre, con prisa por alejarse de esa cárcel. Yo tenía la cabeza apoyada contra su hombro y vi cómo desaparecían los muros por detrás de los árboles. Mi madre lloraba y hablaba a la vez. Lo hacía a menudo. Me contaba lo que había hecho en mi ausencia, cada mañana se plantaba ante la verja de la prisión esperando verme; cada noche le había suplicado al policía de guardia que me diera el pote de leche que había comprado, pero él no había cedido nunca; mi madre se había hincado de rodillas ante mi padre para que él me lo trajera, pero tampoco había cedido. Antes, el amor de mi madre me habría inundado de emociones, pero ahora, mientras nos internábamos en el bosque, yo sólo pensaba en una cosa: volver a ver a David.


7.

<p>7.</p>

Mi madre estaba convencida de que en el hospital no sabían realmente lo que era curar. Sobre mis labios aún sensibles, aplicaba cada noche una pasta amarilla de sabor rancio y me masajeaba con suavidad el cuerpo con un aceite espeso. Me ponía las manos abiertas en las caderas y parecía que fueran las alas de un ángel las que se posaban sobre mi vientre, cerraba los ojos y yo, si me quedaba tranquilo, podía sentir cómo latían sus venas. En sus manos había una especie de misterio. Sabía hallar las hierbas, las hojas, sabía hablarles; entre sus dedos, cada planta encontraba su destino: curar, alejar, calmar, a veces matar. En Mapou, la llamaban por un dolor o por una herida y, susurrando, ella les daba el nombre de una planta, algunas indicaciones al respecto, y si la cosa funcionaba, unos días más tarde encontrábamos ante nuestra puerta una fruta, una legumbre o un puñado de arroz o de azúcar.

Mi madre nunca hablaba conmigo de las plantas, pero sé que le transmitió un poco de su sabiduría a mi hijo. Siempre me ha divertido verle ocuparse meticulosamente de su jardín, a él, que trabaja en un mundo tecnológico, y que en su casa, en una biblioteca llena de novelas de ciencia ficción y de manuales de informática, haya una zona dedicada a las hierbas medicinales y a la botánica. Cuando paso el fin de semana en su casa, donde se oye el río que corre por allí cerca, sé que mi madre vive un poco en é le veo abrir y cerrar sus frascos llenos de hojas secas, le observo pesar y mezclar no sé qué raíces carísimas y, cuando prepara una infusión deliciosa que nos tomamos por la tarde en la terraza y le felicito por la bebida, no me responde que se trata de una receta de mi madre, sino que afirma de manera desconcertante: es la abuela.

En apariencia, pocas cosas habían cambiado a mi regreso al hogar a principios de 1945. El bosque nos rodeaba, a veces me parecía un cinturón que se apretaba hasta asfixiar a mi familia, a veces me protegía como un escudo. Mi padre volvía de noche y nosotros nos manteníamos todo lo alejados que podíamos de él. Que volviera a pegarnos a mi madre y a mí era algo que estaba fuera de duda, sólo era cuestión de tiempo.

Pero desde que volví del hospital yo ya no tenía miedo o, mejor dicho, sabía que, a partir de entonces, había algo más que la cólera de mi padre. Desde que llegamos a Beau-Bassin, gran parte de mi vida y de mi energía había girado en torno a esa violencia. Pero ahora ya no era lo más importante.

Después del colegio, corría sin parar hasta que el aire que me entraba por la boca abierta me despejaba la garganta reseca. Me iba a mi escondite de las alambradas y esperaba a David. Durante las tres semanas que siguieron a mi salida, no apareció. Otros prisioneros sí lo hicieron. Siempre a la misma hora, cuando tenían el sol en los ojos, la luz de través y a punto de desaparecer tras la colina donde yo me guarecía. Me quedaba hasta el segundo timbrazo, el que los enviaba de regreso a su sitio. A veces reconocía a un paciente del hospital, y eso me animaba, el niño ingenuo que yo era movía la mano, sabía que él no podía verme, pero ¿cómo decirlo?, hacía lo que me dictaba el corazón.

Yo era demasiado pequeño para entender lo que sucedía ante mis ojos, pero la mezcla de aprensión y curiosidad, que era lo que me había llevado hasta allí, en espera de ver a los lAdrOnEs, a los cAnAllAs y a los mAtOnEs, había desaparecido. Ahora ya sabía qué se ocultaba bajo la sombra de los paseos, ya conocía los muros que se alzaban alrededor de ellos, ya había oído el ruido de la hierba bajo sus pies y sus cantos vespertinos, así que los observaba con mucha tristeza y esperaba a mi amigo. Si David no salía a estirar las piernas, era porque seguía en el hospital.

Durante esas largas semanas, yo no me desesperaba. Hacía las cosas en serio, metódicamente. Cuando volvía de la prisión, sudaba y tenía la ropa cubierta de ramitas, hojas y barro. Mi madre me esperaba en silencio, nunca me pidió explicaciones de esas escapadas de después de clase. Regresaba sano y salvo, antes que mi padre, y eso era lo que a ella le importaba. Me quitaba la ropa, la oreaba, la sacudía por las mañanas con una especie de cuchara plana de madera y yo siempre la encontraba casi limpia; en esa época, yo llevaba las mismas prendas durante una semana. Por la noche, después de cenar, me quedaba sentado afuera, acechando a la naturaleza como ella parecía acecharme a mí. Casi nunca aprecia uno los propios cambios cuando suceden, es algo que se ve más tarde, a la luz de los acontecimientos y de nuestras reacciones, pero allí, sentado como estaba en mitad de la noche, inmóvil, yo lo sentía, ese cambio, tenía la impresión de crecer, de desarrollarme como los árboles que me rodeaban, y me parecía que el soplo de la verde y umbría foresta tenía algo que ver. Seguía siendo enclenque, la ropa me bailaba, mi madre aún podía rodear mi pantorrilla con una mano, pero había en mí una nueva esperanza, la promesa de una vida menos solitaria y el lazo que se había creado entre David y yo.

Estoy seguro de que si hubiera tenido que esperar semanas y semanas antes de ver a David, no me habría preocupado lo más mínimo. Yo era de esos críos que aprenden muy pronto que nada se obtiene con facilidad, con rapidez y sin dolor. Cuando me agazapaba en mis escondrijos y los pies se me entumecían, no me levantaba, no me sacudía, sino que me quedaba allí sin moverme y sólo a ese precio conseguía olvidarlo todo.

De ese modo, durante días y días, mi vida consistió en eso: en esperar a que acabaran las clases, salir pitando del aula, correr sin desfallecer; las piedras, los arbustos, las ramas, la tierra y la oscuridad del bosque no eran nada en comparación con mi objetivo. A veces, arrastrándome bajo la espesura a lo largo de la alambrada, con el cuerpo aplastando las hojas, me quedaba traspuesto, con el cuerpo súbitamente pesado. Pero estaba preparado. Guardaba en una hoja de papel algunas cucharadas de cacao que sisaba durante el recreo, en el colegio. También me guardaba los frutos secos de la merienda de la tarde, cortesía de la escuela, y con todo eso conseguía calmar los temblores y que esos puntitos negros que se me acumulaban delante de los ojos desaparecieran lentamente. Me quedaba allí hasta que se esfumaba el último prisionero, hasta que mi padre abandonaba su puesto junto a la verja y volvía a la sombra del mango, hasta que los policías entraban de nuevo en la casa de las buganvillas y la escena recuperaba su inmovilidad, su limpieza y su pulcritud. Entonces me iba, levemente decepcionado, muy poco, y, con el vacío que reinaba en mi pequeña vida de chaval sin hermanos, sin juguetes, sin risas y sin despreocupación, me obcecaba de nuevo con volver a ver a David y me ponía a esperar el día siguiente.

Varias veces, durante este periodo, mi padre avanzó en nuestra dirección a grandes zancadas, proyectando manos y pies, y todo lo que he contado empezaba de nuevo, como si fuese una obra de teatro que el hombre interpretara a la perfección. Desde mi estancia en el hospital, mi padre se había hecho con un arma nueva: un bambú que podía hacer daño, quemar y lacerar, pero que no podía lesionarte las costillas, romperte los brazos y la nariz o partirte los labios. Ese nuevo bambú más grueso, más verde, me había recordado a Mapou y a aquel bastón con nervios, nudos y la punta afilada que se había dejado en nuestra casa hecha de bosta de vaca y paja; y, curiosamente, ese recuerdo me tranquilizaba. Me veo acercándome, sopesándolo, mirando en su interior, en el tallo, me decepciona no ver luz al otro extremo y lo vuelvo a dejar en su sitio, contra la pared, mientras me invade una sensación de nostalgia. Puede que allí abajo, en Mapou, fuéramos más, yo tenía dos hermanos para protegerme y mi padre tenía amigos y cierto orgullo, puede que allá abajo él no se portara tan mal… Al día siguiente de las noches en que nos pegaba, yo me quedaba en casa, incapaz de moverme, con las extremidades doloridas y los gritos aún resonando en mi cabeza. Mi madre desaparecía en el bosque y volvía al cabo de una hora con las manos llenas de hierbas arrancadas, raíces y hojas. Aquellos días mi padre, con su cólera y su violencia, ganaba la batalla y, una vez más, ocupaba todo el espacio y hacía desaparecer mi nueva fuerza y mi magnífica determinación.

Transcurrieron varias semanas. Como ya he dicho, yo no contaba los días, no estaba impaciente, no me había marcado una fecha más allá de la cual dejaría de acudir a la cárcel. Hacía mucho calor a principios de aquel 1945. Alrededor de casa, la hierba se había secado y oscurecido. Nuestro pozo estaba cada vez mas seco, y había que hundir mucho el cubo para sacar agua. De buena mañana, ya notábamos el temblor del calor envolviéndonos. Por la noche, los insectos revoloteaban mucho rato, enloquecidos por la temperatura, y si prestabas atención, la hierba achicharrada crujía a veces bajo los pasos de un roedor, de un gato salvaje, de un perro errante. El bosque había perdido parte de su verde brillo y de su espesor, parecía alejarse de casa, dejándonos cada vez más a merced de la inmensidad del cielo y las espadas del sol.

El día en que volví a ver a David, por fin, las flores fragantes y coloridas, el césped crecido y verde, el mango con su sombra y su espeso follaje, las buganvillas ávidas y rápidas, todo eso había sido como fulminado por un rayo, y el resultado era un paisaje empequeñecido, reseco, coagulado. Mi arbusto ya no era el mismo, y tuve que recurrir a un amasijo de ramas secas, astillas y hojas para camuflarme. Sonó el timbre y, como cada día, el corazón me empezó a latir con más fuerza. David llegó el primero, y eso me sorprendió, pues seguía mentalizado para buscarle, para, por así decirlo, descubrirle. Los demás aparecieron lentamente y, en su mayor parte, sin moverse mucho. David caminó a lo largo de la casa de las buganvillas, apoyado contra el muro de madera, y miró en mi dirección. A un metro de él, había un policía que no paraba de quitarse la gorra para secarse la cabeza con un pañuelo. Salí de mi escondite y me arrastré hasta la alambrada, bien pegado al suelo. David miraba hacia el sitio en el que se había sentado y llorado, hacia donde me había visto y sonreído con aquella sonrisa, con aquella manera de levantar una comisura que tanto quise imitar yo, sin más resultado que una mueca siniestra. Mirar, arrastrarse, esperar y rezar. Rezaba para que se fuera el policía, para poderme poner de pie, para hacer una señal, agitar la camisa o la bolsa de tela, decirle estoy aquí, siempre he estado aquí, no te dejaré en esta cárcel, Dios mío, sólo unos segundos, eso era todo lo que necesitaba.

Pero el policía se quedó cerca de David, hasta intercambiaron algunas palabras, y entonces,sonó el segundo timbre. David se apartó del muro y penetró en la sombra, seguido por todos los demás. Yo sólo tenía nueve años, y la paciencia de la que había hecho gala durante esas largas semanas desapareció de golpe. Contuve los berridos ante el inmenso despecho que acababa de experimentar, golpeé el suelo con ambas manos y me agarré a la alambrada con una rabia que pocas veces había conocido hasta entonces. Tenía los ojos bañados en lágrimas, y la prisión no era más que una imagen borrosa. Apretando los dientes, hundí las palmas en los nudos de hierro, el dolor se me mezcló con la cólera, sacudí la barrera con todas mis fuerzas y, con un ruido ahogado, algo saltó de repente como una mala hierba arrancada. Parte de la alambrada se había salido del suelo. Temblaba.

Me podría haber partido un rayo y nada habría cambiado. Todo en mí se detuvo, la ira que me cegaba, la rabia en manos y pies, las lágrimas que caían, me había convertido en un bambú seco. Me deslicé hacia el escondrijo. Me quedé ahí esperando, muerto de miedo, pero no apareció nadie. Me levanté y eché a andar hacia casa. Hoy día, así como recuerdo los rizos de David, me acuerdo también del olor a óxido y sangre de mis manos. En el bosque, de regreso, me olisqueaba las palmas como si fueran una droga, y con cada aspiración me hacía con una bocanada de serenidad y de esperanza.


8.

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Fue el ciclón que cayó en la región esa misma noche lo que más me ayudó en toda esta historia. Cuando regresé esa tarde, con las manos oliendo a óxido y a sangre, el sol era un disco redondo y de color amarillo pálido oculto tras espesas nubes, y así escondido, podíamos contemplarlo. Mi madre observaba el cielo como antes miraba los cúmulos enganchados a la montaña de Mapou, con las manos en las caderas, olisqueando el aire. Me acerqué a ella y, sin bajar la cabeza, abrió uno de sus brazos, me atrajo hacia sí y nos quedamos un segundo de esa guisa. Aún lo recuerdo, la naturaleza y mi madre parecían estar al acecho; y yo, el pequeño Raj, me sentía, sí, creo que puedo afirmarlo, me sentía bien. Justo entonces, en el preciso instante en que mi cabeza se hundió en su cintura y sentí su mano en el hombro, mientras yo la agarraba del talle, en ese momento exacto, pensando en David, pensando en el alambre de espino arrancado, el calor de mi madre se funde en mis brazos y me encuentro bien. Mi madre era la parte tierna de nuestra vida hecha de miseria, tristeza y bambú que te azota el cuerpo. Me quería, me protegía, me curaba, me hablaba suavemente, era cariñosa, me daba de comer con sus dedos desnudos cuando estaba enfermo y su paciencia no parecía tener límites. Nunca he visto eso en ninguna otra parte, y era gracias a esa paciencia, gracias a esa manera de llegar hasta el fondo de todo, por penoso y lento que fuera, pienso que era gracias a eso que tenía ese don con las plantas. Mi madre fue la oportunidad de mi vida, lo que me ofreció la existencia para mantenerme en vereda, en el buen camino, un pilar de fortaleza, de bondad, de constancia y de renuncia, para hacerme entender que había otras cosas en la tierra, y con ella a mi lado durante la infancia no me volví loco, ni malo, ni desesperado.

Mi madre soportó durante toda su vida, al igual que yo, la muerte de Anil y de Vinod; y, al igual que yo, nunca consiguió ponerle nombre a ese duelo. Puedes decir que eres huérfano, viudo o viuda, pero cuando has perdido dos hijos el mismo día, dos hermanos queridos el mismo día, ¿qué eres? ¿Con qué palabra te defines? Esa palabra nos habría ayudado, habríamos sabido de qué sufríamos exactamente cuando las lágrimas nos asomaban de manera inexplicable a los ojos y cuando, años después, bastaba un olor, un color, un sabor en la boca para caer de nuevo en la tristeza, esa palabra nos habría podido describir, disculparnos, y todo el mundo lo habría entendido.

Tras un largo instante de inmovilidad, mi madre me dijo, sin dejar de mirar el cielo:

– Mañana no hay colegio.

Y ésa era la señal que estaban esperando el bosque, las nubes y el mundo que nos rodeaba. El viento se levantó, atravesó el bosque de extremo a extremo, todo se agitó y, a nuestro alrededor, los árboles cantaron un largo y hermoso lamento. Nubes bajas, deshilachadas y negras como fantasmas maléficos desfilaron con rapidez sobre nosotros, mientras las que estaban pegadas a la cúpula celeste se espesaban a toda prisa, amenazadoras. Las copas de los árboles danzaban contra el ballet de las nubes, una bandada de pájaros echó a volar súbitamente, graznando, y detrás de nosotros, de forma repentina, surgió un relámpago y yo, como me había enseñado a hacer Anil, me puse a contar para saber a qué distancia estaba la tormenta. Uno, dos, tres, cuatro… La tierra tembló, y yo, como si hubiese recibido un golpe en la cabeza, no sé por qué, pero, en cuestión de segundos, me fui hacia atrás en el tiempo y empecé a gritar. ¡Vinod, Anil, Vinod, Anil!

El ciclón duró cuatro días y cuatro noches. Para nosotros era una novedad estar protegidos por paredes; el agua entraba por todas partes, pero la casa no se venía abajo. Fuera, el bosque crujía, se rasgaba, resistía, y parecía que rodeara nuestra casa una turba rugiente, un ser vivo enloquecido. Mi padre se había quedado bloqueado en la cárcel por la tempestad, y me pregunto si se enteró de lo mucho que lloramos mi madre y yo durante esos días. No teníamos miedo de la tempestad, no teníamos miedo del viento, de la lluvia que nos ametrallaba, de las ramas y de las piedras que golpeaban nuestras paredes. Llorábamos por mis hermanos. En el momento exacto en que estalló el trueno, tuvimos la impresión de que una mano gigante y malvada venía para llevarse a Vinod y a Anil, y que la casa de Beau-Bassin, el bosque, la prisión, la escuela nueva, los largos meses transcurridos desde aquel día en Mapou, se habían volatilizado de golpe y nuestro corazón y nuestro dolor estaban de nuevo en carne viva. Es en semejantes momentos cuando haría falta una palabra que describiera aquello en que se convierte uno para siempre cuando pierde a un hermano, a un hijo.

Al quinto día, un cielo puro y una luz que brillaba por aquí y por allá, a borbotones repartidos por el bosque, nos desvelaron el paisaje devastado. El claro estaba salpicado de troncos, hojas, ramas, animales muertos, chatarra. Los árboles más afectados, los del lindero, yacían en el suelo, arrancados o partidos en dos, patéticos. El bosque parecía haberse recogido en un silencio increíble…

Mi padre había necesitado varias horas para encontrar nuestra casa porque todos los caminos habían desaparecido, y debo decir que parecía contento de vernos. Nos pusimos a la labor sin demora. Al final de la jornada, detrás de la casa, quemamos lo que el viento había traído y que no podíamos utilizar. En una esquina apilamos la leña, las ramas, el papel, la chatarra, en esa época se aprovechaba todo. Al día siguiente sacamos los taburetes, el armario, las esteras de dormir y los utensilios de cocina y los pusimos a secar en el exterior. Un fuerte olor a moho planeaba sobre la casa, y mi madre encendió en cada esquina minúsculos hogares de alcanfor y astillas de eucalipto. Al sol, los cuencos y las cacerolas de cobre de mi madre brillaban como joyas que yo no me cansaba de admirar. Esa noche, mi padre volvió sobrio, sin cantar ni insultar, sino con una bolsa de comida. No nos quedaba nada que comer. Trajo patatas, berenjenas, mangos y una chirimoya. Los mangos estaban blandos y tenían la piel negra. En el centro de cada patata germinaba un punto negro de putrefacción. La chirimoya estaba bañada en agua, traslúcida y picada de moho verde; y, para atenuar la amargura de las berenjenas, mi madre las había sazonado con el ingrediente favorito de los pobres, el que disfrazaba el sabor rancio de cualquier alimento: la pimienta. La lengua nos quemaba, pero eso era preferible al sabor amargo.

Unos días después, me interné por fin en el bosque. Reinaba un silencio aterrador. Todos mis rincones, mis lugares favoritos, mis escondites y mis secretos habían desaparecido: los mangos, los bananos, los eucaliptos, los nidos, los agujeros, las protuberancias, los hormigueros, la joroba de un árbol, un sendero, una fuente, las raíces sobre las que me sentaba. Todo estaba mezclado, los estípites se unían a las raíces, el cielo se colaba por donde antes del ciclón había una sombra refrescante, a veces la tierra aparecía hundida sobre sí misma, a imagen nuestra, de los hombres, hincados de rodillas ante la fuerza de la desgracia, y miles de gusanos se agitaban, alimentándose del desastre en la hondonada recién creada.

A duras penas conseguí llegar hasta el final del bosque. El camino de ronda que rodeaba la fortaleza de Beau-Bassin había desaparecido bajo los árboles derribados y el barro. Giré a la izquierda e improvisé un sendero hacia lo alto de la subida, donde se acababa el muro y empezaba la alambrada. Se oían gritos en el patio de la cárcel.

Mi padre y los policías estaban pegados a la verja de entrada. En el patio, los prisioneros se habían agrupado, y juntos parecían menos céreos, menos débiles. Gritaban, extendían los brazos, y cuanto más se acercaban a la verja, más se enganchaban a ella mi padre y sus compinches. Al otro lado, el coche negro del director de la cárcel brillaba bajo el sol. El mango había sido arrancado y ahora yacía sobre la casa de las buganvillas. Sus raíces recordaban a una flor enorme, y a mí me causaba estupor ver caído a ese gigante de espesa sombra, tupido follaje y jugosos frutos. El mango había destrozado el despacho del director. El patio de la cárcel se parecía al claro que rodeaba nuestra casa, pues estaba lleno de basura y no quedaba nada del verde y mullido césped, ni de aquellas flores suaves y coloridas. Finalmente, esa prisión de Beau-Bassin donde estaban encerrados los judíos expulsados de Palestina se parecía a lo que realmente era: una monstruosidad.

Yo estaba tan ocupado en observar el paisaje devastado, en seguir el curso de la revuelta, que me había olvidado un tanto de David. Pensaba que estaba en medio de ese grupo que chillaba, que no podía ser de otra manera. La portezuela del coche negro se abrió, salió el director, muy erguido con sus prendas almidonadas, con guantes. Contempló de manera despectiva a los prisioneros que seguían gritando y luego escupió. Eso me sorprendió, viniendo de alguien como él, pues era un pedazo de escupitajo cargado de repugnancia que le había obligado a mover toda la cabeza. Los gritos redoblaron, los puños se agitaban en el aire, la masa de prisioneros se acercaba cada vez mas a la verja, indiferente a las porras que los policías hacían silbar ante ellos. Yo empezaba a preocuparme por lo que podía ocurrir y, en ese preciso momento, noté una mano fría en el hombro.

Incluso en la actualidad, aunque me dé algo de risa, recuerdo el miedo repentino, similar a una descarga eléctrica, que me hizo soltar un grito y pegar un salto. Como estaba concentrado y en cuclillas, no pude echar a correr pese a que todo mi ser pugnaba por salir pitando de allí. No, por primera vez en la vida, me hice un lío con los pies -yo, el rey de la salida súbita- y me caí al suelo de bruces. Y mientras estaba ahí tirado, con el corazón amenazando con explotar, vi detrás de mí a un chaval con el pelo rubio. Maldito David, cómo se moría de risa.

¿Cómo describir a David cuando se reía así? Echaba la cabeza hacia atrás, sacudía los hombros, se golpeaba los muslos con las manos, abría la boca de par en par, balanceaba el cuerpo adelante y atrás, cerraba los ojos, hipaba, y hasta entonces yo no había visto a nadie reír de esa manera, a pleno pulmón, de la cabeza a los pies. Le aticé una colleja amistosa, haciendo como que me sentía humillado, y eso fue todo, pues esa tarde de mediados de febrero de 1945 no éramos más que dos críos normales y bromistas, ajenos a la gravedad de la situación.

David había aprovechado el jaleo posterior al ciclón. No me cuesta nada imaginar que esos prisioneros, venidos de Checoslovaquia o de Polonia, acostumbrados a una naturaleza que avisa, a los entretiempos, se habían creído que el fin del mundo era inminente. David me relató su escapada con todo lujo de gestos. Se acercó a la verja, se puso a buscarme. Nadie le había visto, pues la turba que protestaba le protegía de las miradas de los policías y mi padre. Me había llamado, y recuerdo que el corazón se me encogió cuando me lo contaba, poniendo las manos en torno a la boca. Raj, Raj, Raj, Raj, ¿estás ahí? Y en ese momento sólo le respondían el silencio y los estragos del huracán. Sonreí cuando me enseñó la verja levantada del suelo, estaba encantado de haberlo descubierto, como lo había hecho yo unos días antes.

En la actualidad, cuando cierro los ojos y lo vuelvo a ver sentado a mi lado, rodeados por un desorden de ramas, hojas y sombra, contándome su evasión, me cuesta creer que ese chavalito rubio y flaco tuviera diez años. Yo le sacaba una cabeza de altura, podía cargarlo a la espalda, pues era aún más canijo que yo, aunque en el colegio yo seguía siendo el más delgado de la clase. Tenía las piernas blancas, casi transparentes, y una piel temblorosa como la de los viejos, de esas que amenazan con desgarrarse a cada movimiento.

En esa época, yo no tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaba allí. David tenía la impresión de estar encerrado desde hacía bastante, pero para mí eso no quería decir nada. Nos quedamos en el húmedo escondrijo, contemplando la agitación en el patio. David pataleaba mucho. Pensé que debería enseñarle a mantenerse inmóvil, a subir a los árboles, a correr sin hacer ruido, a deslizarse entre dos troncos, a hundirse en la tierra, a plantarse detrás de una puerta, y sólo con pensar en todo eso que nos esperaba a partir de entonces, en todas esas jornadas que viviría con David, me daba tal alegría que tenía que reprimirme para no levantarme, tirar de él y empezar mi nueva vida de inmediato.

De repente, oímos un motor y puertas que se cerraban, y aparecieron docenas de policías con la porra en la mano junto al coche negro. Como por arte de magia, la verja de hierro de la prisión se abrió, y lo que sucedió durante los siguientes minutos fue algo muy desagradable de ver para un par de críos. Los policías cargaron contra los prisioneros. Mi padre acabó en el suelo y, mientras se arrastraba con dificultad hacia el mango derribado, los prisioneros, sorprendidos, se dispersaron lo más rápidamente posible. Algunos corrían todo lo que podían, en todas direcciones, hacia el dormitorio o hacia nosotros, pero enseguida los alcanzaban los policías y, si no obedecían de inmediato, si no se ponían de rodillas frente al porche de la casa destrozada, eran empujados de cualquier manera. Arrastraban los pies por el suelo, perdían los zapatos, forcejeaban, pero no tenían fuerzas. Hubiera preferido no tener que ver algo así. Los policías chillaban, los presos gritaban y lloraban, y David se puso también a sollozar, sin contenerse, igual que antes reía a mandíbula batiente. Le rodeé los hombros con el brazo porque no sabía qué otra cosa hacer, y era como si la tempestad hubiera vuelto, con su estruendo y sus ganas de romperlo todo.

De repente, apareció un muchacho que corría en nuestra dirección. Tendría quince o dieciséis años y les llevaba cierta ventaja a los dos hombres que le perseguían. Se lanzó contra la alambrada y yo aún recuerdo su rostro lleno de rabia. Ese joven no tenía miedo, no tenía miedo de nada, ni del alambre, recuerdo cómo su cuerpo se estrelló contra la verja con un ruido de chatarra, recuerdo el grito que ahogó y las órdenes de los policías que tenía detrás. Todo pasó muy rápido. David saltó hacia delante y, en una fracción de segundo, yo le agarré por el hombro y me lancé sobre él. No sé si aquel joven llegó a vernos, no sé si pretendía escalar la alambrada, no sé nada, pero me acuerdo de la sensación que se apoderó de mí, de ese instinto que me había llevado a berrear en medio de la tempestad durante horas el día en que murieron mis hermanos y a lanzar el bastón de Anil al río. Ese otro Raj que había en mi interior se aplastó sobre David y le puso la mano en la boca, paralizándolo. A un metro de nosotros, también los policías inmovilizaron al joven a base de porrazos en los riñones, y lo arrastraron hasta la casa destrozada. No miré a David, no, no hubiera podido sostenerle la mirada, pero notaba cómo crecía su fuerza debajo de mí, luchando, y mientras lo mantenía en el suelo, yo lloraba, lloraba, pedía perdón. Cuando vuelvo a pensar en eso, me tranquilizo como puedo, me digo que si no llego a hacer aquello, los policías habrían descubierto a David, lo hubiesen detenido, hubieran registrado el bosque y consolidado la barrera. También me habrían descubierto a mí, y quién sabe lo que me habrían reservado, tanto en la cárcel como luego en manos de mi padre. Y hubiera vuelto a estar solo.

Ahora soy viejo y puedo decirlo, con vergüenza, con tristeza, bajando la cabeza todo lo posible. Eso fue lo que hice cuando tenía nueve años: le impedí a David ayudar a uno de sus compañeros, a un judío como él, encerrado porque nadie sabía qué hacer con ellos; y si yo no hubiese hecho lo que hice, puede que David aún estuviera vivo.


9.

<p>9.</p>

Todavía me pregunto por qué me siguió. Cuando lo solté, tenía la boca rodeada de marcas rojas, justo donde mis manos lo habían amordazado. Le volví a pedir perdón, le dije que no quería que los policías lo vieran, le imploré el perdón de nuevo, una y otra vez, pero no sirvió de nada. Ya no podía volver atrás, ya no podía deshacer lo que había hecho.

Las palabras se atropellaban unas a otras en mi garganta, me salían desordenadas de la boca, como en un sueño cuando intentas desesperadamente hablar, y hubiera deseado que él entendiera mi lengua materna para que los conceptos fluyeran con más facilidad, para que yo pudiera encontrar la palabra exacta, el sentimiento adecuado. Me quedé callado mientras él me miraba sin parpadear con unos ojos inmóviles y secos, el rostro pálido, la boca estriada de rojo, y casi esperaba que me pegase, ya encogía yo los hombros y blandía los puños para parar los golpes. David apartó la mirada y contempló largamente la prisión. Le cayeron por las mejillas unas lágrimas silenciosas, de manera tan torrencial que tuve miedo de que no dejaran nunca de manar. Por primera vez desde que lo conocía, se había quedado tan inmóvil como yo lo estaba por costumbre, y creo que era la pena lo que nos ponía el cuerpo tan en tensión.

Yo no sabía qué hacer ni qué decir, todo se removía en mi interior, sensaciones y pensamientos sufrían un frenesí incomparable. Y pensaba en mis hermanos y en nuestro río y en Mapou, y no en su muerte, por una vez no, pensaba simplemente en ellos, en su presencia afectuosa: sé que el hombre en quien me he convertido les debe mucho, pues Anil y Vinod me amaron de la manera más sencilla y entregada posible, sin permitir que nuestra miseria cotidiana amargara y arruinara nuestros sentimientos. Hace falta mucha bondad y mucha fuerza para eso. Pensaba en la nube de vapor ondulante sobre el campamento verde, en ese perfume como de licor que desprendían las cañas cortadas cuando llegaba la cosecha y flotaba en el aire el polen de las flores. Y pensaba en mi vida posterior, en mi madre, en su valor y en sus manos abiertas ante mi padre, y en él, él, él, siempre él para romper, destrozar, impedir la construcción de lo que fuese. Y David y la escuela y la cárcel y el bosque, y los adultos a los que se arrastra por el asfalto que rasga la piel, y ese joven que se arroja sobre la alambrada asesina, y yo, tan triste, tan débil, yo que me tiro encima de David, que lo paralizo usando una fuerza venida de no sé dónde, que lo amordazo poniéndole la muñeca entre los dientes, que soporto sin rechistar sus mordiscos. Y nuestra nueva vida en Beau-Bassin, que parecía más fácil pero no lo era, pues estaba rodeada de una gran soledad en ausencia de mis hermanos, de los vecinos, de la fábrica, del río con sus aguas algo dulzonas, sin la plantación de caña y sin la chimenea de la fábrica, de la que salían aquellas nubes maravillosas.

En el arbusto, junto a un David quieto y colérico, me vino la idea absurda e inverosímil de que igual yo había sido feliz allá, en el chamizo de Mapou.

El corazón me latía más rápido y me sentía perdido, al borde del desmayo. Notaba un peso en el estómago y una sensación difusa que me invadía y cuyo origen, en esa época, me resultaba imposible desentrañar. Creo que todo lo vivido desde la muerte de mis hermanos, cada instante transcurrido en la casa al fondo del bosque, mis tardes consagradas a la prisión, la violencia creciente de mi padre, nuestra vida a tres, la escena terrible a la que acababa de asistir, creo que todo eso me alejaba de la infancia, y aunque ésta nunca hubiera sido muy rutilante, me seguía enganchando a ella sin motivo y pese a todo. Esa sensación, cual náusea que sube y baja, era la pérdida de la infancia y la conciencia de que nada, ya nada me protegería a partir de entonces del mundo terrible de los hombres.

No sabía qué hacer, pero no me podía quedar allí. Así pues, me incorporé y contemplé a David. Las lágrimas le habían trazado unos surcos en el rostro ensuciado por el barro y el polvo. Se levantó a su vez y, sin una palabra, sin una sonrisa, sin una mirada, me siguió.

Se mantenía detrás de mí y yo no paraba de darme la vuelta para asegurarme de su presencia. En el bosque, David se acercó a mí, creo que tenía miedo, pues caminábamos sobre ramas y troncos tirados por el suelo, con lo que el terreno no resultaba muy estable. Apenas habíamos dado unos pasos cuando David resbaló con unas ramas húmedas y se derrumbó cuan largo era. Me miró con dolor, y cuando le ayudé a levantarse le dije estas palabras, exactamente éstas, en este orden:

– Quédate conmigo, haz lo que yo haga y no nos separaremos. Te lo prometo.

No son unas palabras extraordinarias, pero recuerdo que las separé al enunciarlas, como si sopesara cada una de ellas, como si aprendiera a pronunciarlas por primera vez; y sin embargo, no las había pensado, esa frase tan sencilla me había venido de manera natural porque era lo que me habrían dicho mis hermanos y lo que yo les habría dicho a ellos si me hubieran necesitado.

La tensión que había entre nosotros, los rostros transidos, su ira, mi vergüenza, todo eso se disipó tranquilamente en el bosque asesino. Y durante los días que siguieron y que pasaríamos juntos, hasta el final, me quedé con él, le protegí lo mejor que supe y faltó poco para poder cumplir mi promesa al completo como un hombre de palabra.

Durante ese primer trayecto por el bosque, a menudo lo cogía de la mano. Le enseñé a comprobar la solidez de una rama en el suelo. A ponerle el pie encima, a moverla para verificar que no se desplazara, a apoyar un pie, a no eternizarse en la tienta, a estar siempre en movimiento y, sobre todo, a utilizar las manos todo lo posible para agarrarse y repartir el peso por todo el cuerpo. Debo decir que no fue fácil. David resbalaba, me arrastraba con él y acabábamos con frecuencia en el barro. Ese bosque era tan nuevo para él como para mí, pero yo intentaba mantener el tipo, conservar el rumbo, fijarme en los detalles que había descubierto a la ida. Trataba de recordar lo que hacía Anil cuando íbamos a un sitio por primera vez y cómo confiábamos en él para nuestra seguridad, trataba de recordar su rostro, su sonrisa tranquilizadora y su actitud de hermano mayor, para imitarla. Cuando por fin divisamos la casa, estábamos empapados, sucios y agotados.

Mi madre estaba en el lindero y sostenía algo en las manos a lo que no quitaba el ojo de encima. Avanzaba prudentemente hacia nosotros como si hubiera sentido nuestra presencia. De lejos pensé que llevaba un cuenco lleno hasta arriba de leche de vaca fresca y que no quería derramar ni una gota, pues en aquella época la leche era un lujo para nuestra familia. David se escondió detrás de mí y yo le dije que se trataba de mi madre. Seguimos andando tal cual y mi madre, mirándose las manos, me decía, ¡ven, Raj, ven a ver! Yo iba hacia ella a paso de lobo, intentando dar con una explicación para la presencia de David, plenamente consciente de que no podía hablarle de la cárcel. Nunca le había mentido a mi madre, pero no podía decirle que David era uno de los presos de las mazmorras de Beau-Bassin. Porque en el fondo, para los demás, para mi padre, para los policías, para el director y para los escasos habitantes de Beau-Bassin que estaban al corriente, David no era más que un simple presidiario encerrado entre cuatro paredes y vigilado las veinticuatro horas del día: un mAlvAdO, un mAtón, un lAdrón.

Yo estaba a dos pasos de mi madre. Evidentemente, no había encontrado nada brillante que decirle. David se apartó un poco hacia la derecha y dijo, irguiendo la espalda:

– Buenos días, señora, me llamo David y vengo de Praga.

Mi madre arrugó el ceño, me miró como para calarme y descubrir la verdad, entreabrió la boca y entonces sucedió algo increíble, como en los cuentos de hadas. Mi madre sostenía en las manos una cotorra de color rojo, que en esos tiempos era toda una rareza. Si mi madre poseía el poder de matar ratas, serpientes y escorpiones con unas pócimas cuyos secretos conocía, también tenía la bondad de recoger pájaros y darles calor con sus manos, de darles de beber usando las palmas como recipiente, sin preocuparse por los picotazos, derrochando paciencia y ternura. Había recogido a la cotorra y creo que la había alimentado con esos granos mágicos que sacaba de ninguna parte.

Sorprendida ante la presencia de David, ante sus palabras, mi madre hizo un gesto con la mano y la cotorra echó a volar. Sólo oíamos el batir de sus alas, y estábamos fascinados por su color rojo intenso que se recortaba contra el cielo azul. Como un niño que aprende a andar, la cotorra perdió de pronto algo de vigor y empezó a caer dibujando un círculo, hasta posarse en la cabeza de David. Era todo un espectáculo ver a ese pájaro majestuoso, cubierto de suaves plumas rojas, peinado con un erizado tupé, con los ojos vivarachos y negros y una larga cola terminada en dos o tres plumas, no menos largas, que asemejaban el manto de una reina, posándose sobre los rizos rubios de David, como si entre las tres cabezas que tenía a su disposición hubiera elegido la más hospitalaria.

David se quedó quieto, los ojos se le redondearon y todo lo que se le ocurrió decir fue, oh, oh, oh, ante lo que mi madre se echó a reír a carcajadas. Yo ya no recordaba cuándo la había visto reír así, pero seguro que había sucedido cuando mis hermanos aún vivían. Se me puso el corazón en un puño y reí y lloré a la vez al ver al pájaro rojo sobre la rubia cabeza de David y la cara de susto que se le ponía a éste, y al oír la risa de mi madre y darme cuenta de que mis hermanos, al morir, habían estado a punto de llevarse consigo la risa de mi madre.

Acto seguido, la cotorra alzó el vuelo trazando con una cabriola roja en el aire el círculo que componíamos mi madre, David y yo. Era magnífico e irreal verla dar vueltas así, parecía que nos consolidaba, que nos bendecía, parecía que se alimentaba de nosotros antes de desaparecer, parecía un sueño que teníamos los tres a la vez, al mismo tiempo. Nos quedamos inmóviles, nadie se atrevía a romper el círculo imaginario, a seguir con la mirada a la cotorra hasta que se la tragaran el cielo azul y el bosque verde.

Mi madre suspiró como para recuperar 'el aliento y me preguntó:

– ¿Es amigo tuyo?

Sin esperar una respuesta, miró a David con gran benevolencia, como si éste hubiera realizado un truco de magia o algo por el estilo. Mi madre era de esas mujeres que creen en las señales. Una cotorra roja después de un ciclón, un ave débil que recupera las fuerzas y se posa con naturalidad en la cabeza de un muchacho antes de dibujar círculos sobre tres personas, mi madre no podía ignorar todo eso y yo estoy convencido de que lo convirtió en una predicción, en una promesa divina, en un saludo del cielo. Sin una pregunta, sin la menor sombra de sospecha en la mirada, acogió en su casa a un muchachito sucio y cansado. En esos tiempos, me tranquilizó su benévola reacción, pues me sentía como un crío que se libra de un castigo, pero soy plenamente consciente de lo inverosímil de la situación. Nosotros no nos tratábamos con los blancos de nuestro país, casi nunca nos cruzábamos con ellos, y yo en el colegio no tenía ningún amigo de esa raza. Es evidente que, en ese momento, mi madre pensaba en otra cosa.

Sin embargo, desde que entramos en la casa, todavía húmeda y con olor rancio, empecé a tener miedo. Caía la tarde y el cielo teñido de rosa anunciaba una noche clara y estrellada, pero también la llegada de mi padre. Comimos un guiso de arroz sentados en los taburetes de Mapou, pues así los llamábamos desde que estábamos allí, en Beau-Bassin. Mis padres los habían conseguido de un viejo carpintero de la aldea aledaña a la plantación a cambio de unos fatigosos trabajos de acarreo de agua y de leña que Anil llevaba a cabo para él; y en aquellos tiempos, mientras el resto de los habitantes del campamento seguían comiendo sentados en el suelo, nosotros nos sentíamos privilegiados y afortunados por plantar nuestros traseros en esos taburetes toscamente labrados y que a veces nos dejaban astillas clavadas en los muslos. Creo que mi madre experimentaba la misma angustia que yo, pues si bien no podía o no quería saber de dónde venía David, sabía a cambio que a mi padre no le gustaría tener a un extraño entre nosotros. Sin embargo, cada vez que mi mirada se cruzaba con la suya, me sonreía y mostraba un rostro sereno.

Ya he dicho que la casa de Beau-Bassin no tenía punto de comparación con nuestra choza de Mapou, pero también era asaz mísera. Disponíamos de una cocina y de una habitación, eso era todo. Mi madre y yo dormíamos en la habitación, sobre nuestras esteras, yo contra la pared y ella a mi lado, con la cara vuelta hacia la cocina. En esa habitación había un armario de madera que acogía nuestra ropa, nuestras sandalias de recambio, las sábanas y, al fondo, en una especie de rincón que sólo tienen los muebles mal hechos, yo guardaba cada noche, antes de que mi padre los viera y quisiera destruirlos: mi pizarra, mis tizas de colores (blancas, rosas y azules), mi borrador, el cuaderno rayado en el que podía escribir y hacer sumas y restas, el lápiz para el papel, la goma y el cubilete de aluminio. El cuaderno y la goma me los había regalado la señorita Elsa a finales del curso pasado para felicitarme por mis progresos escolares.

Cuando yo haya muerto y mi hijo vacíe mi casa, encontrará en mi armario una maletita llena de gomas que he ido acumulando a lo largo de toda mi vida. No podía evitarlo, en cada viaje, por la isla o por el extranjero, compraba gomas de diferentes tamaños y colores. Mi hijo no entenderá nada y le parecerá una chochez de vejestorio. Tal vez debería explicarle que ésa era mi manera de afrontar la usura del tiempo, de retrasar la muerte y de conservar la ilusión de que podemos borrarlo todo para volver a empezar con mejor pie.

En la cocina había clavos en la pared para colgar las cacerolas de cobre, mi bolsa de la escuela y la de mi padre. Había otros utensilios apilados en una mesa baja de madera, y debajo de la única ventana de la habitación estaba el hogar en el que cocinaba mi madre.

La casa tenía dos puertas. Una daba al norte, hacia la prisión, y nos servía de entrada; la otra se abría a nuestro pequeño y pulcro patio, que el ciclón acababa de destruir. Un huerto, un lavadero, un cobertizo de chapa para la leña, los útiles de labranza, cuerdas para tender la ropa colgadas entre la casa y el cobertizo, el pozo justo al lado. A partir de ahí, el bosque, desde siempre y hasta siempre. Mi padre dormía en la cocina, y ese día, cuando David pasó la noche en casa, mi infancia se fue alejando un poco más. Mi madre extendió la estera en la cocina, la instaló junto a la de mi padre y cuando nos acostó, a David y a mí, corrió la cortina que separaba ambas habitaciones. Desde que habíamos llegado allí, mi madre siempre dormía a mi lado, y esa cortina nos separaba de mi padre.

No necesito decir mucho más acerca de esa noche. Oí cómo mi padre le preguntaba en voz alta a mi madre si yo ya me había acostado, y luego hubo unos cuchicheos y un silencio que me aterrorizaron más que el ciclón. Evidentemente, yo era demasiado pequeño para poder entender esas cosas, pero, en cierta medida, las intuía. David dormía, exhausto, y yo me propuse mantener los ojos abiertos hasta el amanecer para hacer frente a cualquier eventualidad, pero el niño que yo era acabó durmiéndose de manera profunda.

El día siguiente fue una de esas jornadas fáciles y deliciosas que la vida te ofrece sin que las pidas, y estoy convencido de que si David aún estuviera vivo conservaría el mismo recuerdo emocionado de ese día que yo. Mi madre había preparado arroz con leche sazonado con azúcar y cardamomo, y para espesar ese desayuno, pues la verdad es que no había mucha leche, le había añadido una cucharada de harina. Nos lo comimos con alegría, David repitió, mi madre rebañó el fondo de la cacerola y David se lo agradeció con un beso en la mejilla. Yo di un salto para hacer lo mismo y mi madre se rió como el día anterior. Después del desayuno, nos pusimos a trabajar para reconstruir el huerto. Trazamos nuevos surcos, plantamos granos y semillas que mi madre había guardado, jugamos con poca cosa más que el agua, la tierra y unos bastones, corrimos hasta echar el bofe alrededor de la casa con mi madre diciendo, tened cuidado, tened cuidado, y jugamos a hacer el avión. Reemprendimos nuestros juegos de la cárcel, como si nos hubiéramos separado la víspera. No había guardianes, no había policías que nos vigilaran, podíamos chillar sin tasa.

Le enseñé mis tesoros a David y le agradecí mucho a mi nuevo amigo que los respetara tanto. Tras pedirme permiso, cogió el cuaderno en sus manos e hizo desfilar suavemente las páginas como si se tratara de un testamento del antiguo Egipto. Realizamos una incursión en el bosque y yo le enseñé a encaramarse a los árboles. David estaba hecho para un oficio noble, pianista o poeta, pero no para ser como yo, un chaval salvaje. Mi cuerpo se adecuaba a la naturaleza, se acoplaba a los árboles, se pegaba a ellos y, prácticamente sin pensarlo, yo podía escalar hasta la copa de un árbol con unos pocos movimientos. David era diferente, y era la primera vez que yo conocía a alguien como él. Miraba el árbol, daba vueltas a su alrededor, intentaba detectar los sitios en los que había que poner los pies y plantar las manos: ese chico era un intelectual.

Fue también ese día cuando me enseñó su medalla y me habló de la estrella de David; y yo, pobre idiota, pobre ingenuo, pobre crío nacido en el lodo, me puse a buscarle las cosquillas. ¿Y qué más? ¿Te crees que este bosque se llama el bosque de Raj? ¿Cómo iba una estrella a llevar su nombre, eh, podía explicármelo? ¿Me tomaba por tonto o qué?

Mi amigo estrechó su estrella y me dijo que ese David era un rey. ¿Y qué? ¡Raj también quería decir rey!

Oscureció muy pronto. David encontró flores silvestres de color rojo que habían salido de la tierra justo después del ciclón. Hizo con ellas un ramo que le regaló a mi madre al volver. Era la primera vez que yo veía a alguien hacer un regalo semejante, y recuerdo a mi madre con el ramo en la mano, no sabiendo muy bien qué hacer o no queriendo desprenderse de él. Ella tenía las mejillas sonrosadas y sonreía con timidez. Incluso a los nueve años, aunque apenas tuviera educación y no estuviera muy al corriente de los modales mundanos, me sentí impresionado por la belleza de ese gesto que jamás he olvidado. Le regalé flores a mi esposa en nuestra primera cita y, aunque eso pueda parecer hoy día vulgar y escasamente original, puedo deciros que en esos tiempos quería decir algo y que la chica que se casaría conmigo unos meses después también se ruborizó. La había conocido en la biblioteca municipal. Estaba sentada delante de mí, estudiando, también ella, para la oposición a maestro de escuela, y lo primero en que yo me había fijado era en los minúsculos cabellos que le dibujaban en su fina nuca una especie de comas. Por aquel entonces, ella llevaba su larga cabellera recogida en un moño y, a veces, yo sentía el deseo irresistible de soplarle suavemente en el cuello. Le había dirigido la palabra por primera vez la víspera de los exámenes y le había propuesto ir a tomar un vaso de leche helada al puerto. Lo había dicho sin esperanza alguna y me preparaba ya para una respuesta negativa, pero ella me contempló con mucha franqueza y me dijo que si aprobaba los exámenes, me esperaría en el puerto el día siguiente a los resultados, a las once. Mi mujer era así, hacía las cosas una después de otra, con mucha seriedad, y creo que me enamoré de ella ese mismo día. Mientras esperaba los resultados del examen, confiaba en mí, confiaba en ella y, en cierta medida, confiaba en nosotros dos. Tres meses después, hice un ramo con rosas cortadas en el jardín de mi madre y me fui al puerto, donde ella me esperaba.

La segunda noche, mientras David y yo estábamos acostados como la anterior, oímos a mi padre a lo lejos. Insultaba al mundo entero y se acercaba; se acercaba. Llamaba a mi madre, amenazándola ya, y mi nombre también le venía a su boca ebria, y para qué sirve que Raj signifique rey, para qué darle a su hijo semejante nombre, en esos momentos Raj no era nada más que un crío asustado y, en breve, molido a palos.

Mi madre apareció en nuestra habitación, nos miró a uno y a otro como si se preguntara a cuál elegir, envolvió rápidamente a David en una sábana y lo cogió en brazos, como si fuera un bebé. Salió por la puerta de atrás y lo dejó junto al lavadero de piedra. Escóndete, no te muevas, le había dicho sin palabras, sin un sonido, utilizando únicamente el temblor de su cuerpo de adulta y un dedo colocado sobre los labios.

He olvidado qué hacía yo durante esos minutos previos a que mi padre entrara llevando en las manos una rama que había recogido por el camino, porque su nuevo bambú había desaparecido en la tormenta. Probablemente, rezaba. No sé qué hacía David, ovillado en la oscuridad, rodeado por el bosque arrasado, con la fría piedra del lavadero contra la carne mientras, a su espalda, nuestro verdugo enloquecía.

Puede que la memoria me traicione, pero creo que mi padre se cansó de nosotros Y cayó rápidamente en su sopor etílico. Por supuesto, yo había tenido tiempo de catar los bocados de la leña en el cuerpo; por supuesto, marcas azules y negras dejarían impresa en mi piel la violencia paterna, como si se tratara de la marca del ganado; por supuesto, lloré con toda mi alma sin decir ni pío porque le ponía aún más frenético si se me escapaba un grito o un gemido, y con el tiempo habíamos aprendido a sellarnos la boca y a dejar correr las lágrimas. Pero esa noche me pareció que todo me dolía menos y que no tenía tanto miedo como en otras ocasiones, pues pensaba tanto en David como en mi madre y, a diferencia de otras veces, no daba vueltas sobre mí mismo como un perro asustado antes de mojar el pantalón y parecía que la duración de ese teatro violento era algo menor que de costumbre.


10.

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En plena noche, mi madre fue a buscar a David y nos acostamos los tres en la habitación aledaña a la cocina. David temblaba, y yo no sabía si era de miedo o de frío. Mamá lo instaló pegado al muro, a mí me puso en medio y ella se colocó en el extremo. Estábamos en silencio, temerosos y cansados. Nos hizo beber a ambos una infusión caliente que sabía a hierbaluisa, y David le dio las gracias varias veces con la voz temblorosa, como si no le agradeciera tan sólo la bebida, sino algo más. Tengo la impresión de haberme quedado dormido en el momento exacto en que reposé la cabeza sobre la estera, y no necesito cavilar mucho para llegar a la conclusión de que mi madre nos daba bebidas que ayudaban precisamente a dormir y a olvidar.

Cuando abrí los ojos, mi padre ya se había ido, el sol dibujaba un charco dorado en la habitación y oía a David hablar con mi madre. Salí y los vi agachados, ordenando no sé muy bien cómo las raíces, las hojas y las ramitas que mi madre había recogido al alba. Mi madre pronunciaba lentamente los nombres de las plantas y David los repetía haciendo como que no se daba cuenta del ojo hinchado y cerrado de su anfitriona. Cuando me vio se lanzó a mis brazos, y su ternura fue el maravilloso regalo de esa mañana. El cuerpo me dolía y mi madre me preparó un baño de azafrán con hojas de lilas y algunas raíces. Recuerdo ese baño como un bálsamo que hubiera cubierto todo mi cuerpo. Habíamos decidido ir a recoger mangos verdes para el almuerzo cuando, de repente, oímos la voz de mi padre en el lindero del bosque. Mi madre se abalanzó sobre David y lo empujó hacia el cobertizo que habíamos arreglado la víspera. Cogió un manojo de las plantas que acababa de recoger y lo hundió en el vientre de David, de manera que a éste no le quedara más remedio que sostenerlo a manos llenas como si acabara de atrapar un balón lanzado a toda velocidad. Yo no sabía que mi madre fuera tan rápida. En su lugar, creo que me habría puesto a dar vueltas sobre mí mismo como un perro loco sin adoptar la menor decisión, pues la voz de mi padre a esas horas me sentó como un mazazo en toda la cabeza. Mi madre me arrastró hacia el huerto y me obligó a agacharme. Arrancó un retal del sari, se lo puso en la cara para tapar la mitad y sostuvo el extremo del tejido con los dientes. Se lanzó furiosamente a la labor y yo traté de imitarla. Mi padre la llamó. Mamá me hizo un gesto para que me quedara donde estaba y volvió a entrar en la casa. Yo le eché un vistazo al cobertizo, a la puerta de chapa que sólo estaba apoyada, y me dije que para David debía de representar un esfuerzo sobrehumano quedarse escondido allí, pues el más mínimo movimiento por su parte amenazaba con desplomar alguno de esos amasijos de herramientas, leña y objetos inútiles encontrados aquí y allá que los pobres como nosotros no pueden evitar almacenar.

Escuché a mi madre diciendo «detrás» e hice como que trabajaba la tierra, pero me llegó una voz:

– ¿Eres tú, Raj?

Era uno de los policías de la cárcel. Iba vestido de azul, llevaba la gorra puesta y, visto de cerca, en nuestro huerto, parecía un gigante. Su porra era gruesa y lustrosa. Me miraba con insistencia y yo asentí con la cabeza.

– Ven aquí.

El miedo me roía las tripas a toda velocidad, era evidente que había venido por David, que habían descubierto mi escondite junto a la alambrada, que lo sabían todo, y en el preciso instante en que me iba a hundir, me señaló el labio con uno de sus dedazos.

– ¿Qué tienes ahí?

El labio superior había reventado y mi madre le había puesto por encima un ungüento amarillo. Fue mi padre quien respondió.

– Se ha caído, jefe.

Su voz era la que yo había escuchado en la cárcel, una voz de mujer, fina como un hilo, dubitativa. El policía se volvió bruscamente hacia mi padre y le gritó.

– ¿Se ha caído? ¿Como la otra vez? ¿Por quién me tomas, guardia?

Mi padre bajó la vista, se puso las manos en la tripa y empezó a temblar. Nunca es agradable que te abronquen delante de tu familia, ¡pero en el caso de mi padre era dramático! En ese momento pensé que nos lo haría pagar muy caro. El gigante se acuclilló, e incluso en esa posición seguía siendo más grande que yo, terriblemente impresionante. ¿Acaso tenía también una mujer y un hijo a los que aterrorizaba de noche con esas manos anchas como platos y esos brazos más gruesos que mis muslos?

– Mira, pequeño, tú estabas en el hospital hace un mes, ¿lo recuerdas?

– Sí, señor.

– Hiciste un amigo, ¿verdad? David, el pequeño David.

– Sí, señor.

– Muy bien, muy bien, eres un buen chico. ¡Guardia! Tienes un chavalín muy amable, ¿sabes?

– Sí, jefe.

– Mmm. Dime, Raj, ¿no habrá venido a verte el tal David, estos últimos días?

– No, señor.

– ¿Estás seguro? ¿No fuiste a dar un garbeo por las inmediaciones de la cárcel hace un par de días?

– No, señor.

El agente se levantó y se dio una vuelta por el huerto.

– Menudo ciclón, ¿eh? Veo que os habéis puesto manos a la obra. ¿Qué plantáis aquí? ¿Tú lo sabes, pequeño?

– Sí, señor. Hay dos hileras de tomates, y ayer plantamos patatas y cebollas. Pero es mejor que le pregunte a mi madre.

– Y usted, señora, ¿no ha visto nada?

– También hay judías verdes y remolachas, pero pocas.

– Le preguntaba si había visto a un crío por aquí estos últimos días.

– No, señor, con el ciclón lo único que hacemos es limpiar y volver a plantar.

Vuelvo a ver a mi madre, con un retal del sari ocultando su ojo tumefacto, y escucho su voz de mujer. Esa mujer, siempre tímida y siempre atemorizada, mintió ese día con un aplomo que yo no le conocía. Mi padre, que aterrorizaba a su familia cada día de su vida, que nos golpeaba con manos y pies, que nos gritaba con su potente voz de verdugo, ese padre se mantenía al lado de ella, encogido sobre sí mismo, con los ojos clavados en los zapatos. ¿De dónde sacó mi madre esa fuerza?

El policía le echó un vistazo al cobertizo mientras yo rezaba para que David no hiciera el menor ruido. Miré a mi madre y, en ese preciso momento, ella giró la cabeza hacia mí y mi padre nos sorprendió. Se le congeló el rostro, dirigió lentamente la mirada hacia el cobertizo y yo tuve la seguridad de que podía ver a través de las hojas de chapa, pues los ojos se le agrandaban cada vez más, hasta el punto de que parecía que le iban a saltar de las órbitas. Su respiración se iba haciendo más fuerte, la camisa se le levantaba y caía rápidamente, sudaba y se le cerraban los puños. Lo sabía. Y nos lo iba a hacer pagar muy caro. El policía, que observaba el bosque, se dirigió a mí:

– ¿No tienes miedo aquí, Raj?

– No, señor.

– Muy bien, muy bien. Si no tienes miedo, igual un día llegas a ser policía. Los policías nunca tienen miedo. ¿Verdad, guardia?

Mi padre asintió estallando en una risa aguda que el policía cortó en seco con una mirada. Esta escena me ha vuelto a menudo en la vida, cuando veía a mi padre borracho, violento. Cómo deseé poder hacer eso, detener los gestos de mi padre con una mirada y reducirle con mi sola presencia a la condición de calzonazos que ríe como una mujer.

El policía saludó a mi madre con un toque en la gorra y luego, tal cual, sin dirigirse a ninguno de nosotros en particular, dijo con voz fuerte y clara:

– Ese chico está enfermo. Tiene que volver para que lo cuiden.

Esperamos a que pasara un ratito desde que se fueran para liberar a David. Seguía con las plantas en las manos y estaba lívido. Mi madre lo levantó y él se quedó de pie, con el cuerpo más rígido que el tronco de un árbol. Yo pensaba que ella me iba a hacer preguntas, a reñirme, pero no fue así, se arrodilló ante David y le preguntó:

– ¿Cuál es tu enfermedad?

Mi madre le puso las manos en distintos lugares de su cuerpo, la base del cuello, el hueco de las costillas, el corazón, la ingle, la muñeca, la frente y, como no podía ser de otra manera, se fue a la cocina a mezclar no sé qué hojas y raíces machacadas que luego cubrió de agua. David se tragó ese mejunje espeso haciendo muecas. Yo no dejaba de pensar en la cara de mi padre, y fue entonces, en ese preciso instante, cuando David se sentó con cara de estupor y con los miembros entumecidos, y cuando también mi madre se sentó en el suelo, con el cuenco vacío y marcado por una estría verde en el borde, dejada por la infusión, fue en ese momento cuando decidí huir con David. Mi madre no decía nada, lo sabía todo y, al mismo tiempo, no sabía nada. En cierta medida, estábamos atrapados por mi culpa. Esa noche, mi padre iba a regresar y registraría la casa y el cobertizo hasta encontrar a David. Se lo llevaría, yo volvería a estar solo y él me pegaría hasta que le pidiese perdón. Me lo haría pagar todo, la muerte de mis hermanos, la vergüenza de que le llamaran «guardia» delante de nosotros, la humillación de habernos enseñado el rostro del empleado afable, obsequioso y sin importancia alguna que era en la cárce me haría pagar su vida miserable.

Fue David quien me habló para sacarme de la confusión en que me hallaba. Suavemente, con calma, dijo que iba a volver, ahora mismo, porque allá abajo, en la prisión, esperaban salir para Eretz. Mi madre repitió, frunciendo el ceño, ¿Eretz? David hizo entonces un gesto muy curioso. Hundió dos dedos en el suelo y, cubiertos de tierra, se los puso en el pecho, donde latía el corazón, y dijo Eretz. Mi madre se echó a llorar en silencio porque, probablemente, había comprendido que se trataba de la tierra prometida de la que hablaba David. Me pregunto si era un gesto que los judíos de Beau-Bassin hacían habitualmente cada vez que les flaqueaba la esperanza al hablar de Eretz.

Si mi madre hubiera sabido con exactitud de lo que se trataba, es decir, de la guerra, del exterminio de los judíos, de los pogromos, si hubiera sabido todo eso, si llega a ser una persona instruida, una mujer de mundo que lee los periódicos y escucha la radio, si hubiera pertenecido a esa clase de mujer, ¿habría dejado irse a David? Y si yo llego a intuir lo que David llevaba cuatro años soportando, ¿qué habría hecho? Sé que mi madre y yo no vivíamos en Europa, no sabíamos lo que ocurría allí, pero eso es algo que ha dicho mucha gente: yo no me enteraba de lo que pasaba. ¿Debería haberse hecho preguntas mi madre? ¿Y qué pintaba mi padre en todo esto? No era más que un guardia de prisiones, pero era el primero en saltar contra la verja cuando sonaba el timbre, era el más vehemente a la hora de meter prisa a los presos para que volvieran a sus mazmorras… Esas preguntas me inquietan hasta el aturdimiento y sé que nunca encontraré las respuestas.

Mi madre preparó una bolsa con arroz, frutas verdes que había que dejar madurar, agua y una botella llena de un mejunje verde que le hizo prometer a David que se bebería en menos de tres días, diciéndole que era bueno para la malaria. ¿Cómo lo había sabido? ¿Sólo con ponerle las manos encima y verle comer?

Yo me preparé a escondidas. Cogí la bolsa de tela del colegio y metí dentro tres pantalones cortos, tres camisas, una sábana vieja, mi cuaderno, mi goma, mi lápiz, un cuchillo de cocina y un trozo de jabón de mi padre. Mientras mi madre impartía instrucciones haciendo muchos gestos y David la escuchaba con angelical atención, yo salí y dejé mi bolsa bajo un árbol, en el lindero del bosque.

Fui a sentarme junto al huerto y aspiré a pleno pulmón el bosque, su olor verde y conmovedor, su fuerza apenas renacida tras el ciclón. Lo hice echando la cabeza hacia atrás para abrir el pecho, y me pareció entonces que también aspiraba el cielo, esa llanura azul y sin nubes. Erguí la espalda y dejé que los ojos se posaran en la borrosa espesura del bosque, y recuerdo ese momento como el de una concentración intensa, como si nunca hubiese experimentado una focalización del espíritu en torno a un único eje: la fuga. Puede que, como leí posteriormente en un libro, estuviera fijando por primera vez la línea de mi destino.

Cuando mi madre y David salieron de la casa, me sentía preparado, dispuesto a no llorar delante de esa madre a la que abandonaba por primera vez y a la que volvería a buscar -estaba seguro de ello, como si fuera tan fácil como insertar la escritura en un cuaderno rayado-, dispuesto a partir con David hacia lo que mejor conocía, lo que más familiar me resultaba a los nueve años aunque me lo hubiera arrebatado todo: el campamento de Mapou.


11.

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Corro con mucha dificultad. Estoy en un bosque tan oscuro como una habitación cerrada, como un búnker sin luz, como una tumba, tal vez. Pero corro, avanzo y sé que estoy en un bosque, siento el olor de la tierra, la aspereza de las flores que se pudren en la oscuridad, la savia que derrama su sagrado perfume hasta en el amargor de la corteza. Mis pies no pisan nada, sólo soy una nariz, una enorme nariz que aspira todos los olores de la foresta, y es ella quien me dirige para que no me dé contra los árboles, y este bosque es inmenso, corro, corro y corro, me persiguen, lo sé, pero no se quién me persigue, lo sé sin necesidad de mirar hacia atrás, y de pronto estoy oculto en un árbol, no sé cómo he subido tan rápido, vete a saber, pero ahí estoy, y es un árbol tan grande, tan inmenso, que debo inclinarme para ver el suelo, y entonces los veo correr por fin, docenas, centenares, miles de policías desfilan por debajo de mí rápidamente, son muy pequeños vistos desde lo alto, pero yo me quedo quieto, por si acaso, no quiero que me vean, que me huelan, que me oigan. Pasan a toda velocidad y, a pesar del uniforme, de la gorra y de la porra, parecen hormigas. Yo no me muevo, le echo paciencia y me salvo.

Era un sueño que tenía a menudo, y al despertar, la sensación de victoria me acompañaba durante unos instantes, los olores del bosque persistían y, sin embargo, tenía mal sabor de boca, me volvía la tristeza amarga de la ilusión.

No recuerdo haberle hablado a David de mi plan cuando nos internamos en el bosque, y tengo la impresión, aunque se trate de un pensamiento de lo más ingenuo, de que me acompañó sin que yo tuviera que explicarle nada. La verdad no debe de ser exactamente ésa, pero así me lo cuenta la memoria, eso es lo que queda después de sesenta años, y puede que sea para convencerme de que no le obligué a seguirme. Igual ésa es mí única excusa.

Yo estaba lleno de esperanzas, quería un hermano, dos hermanos, una familia como la de antes, juegos como los de antes, quería estar protegido como antes, quería recuperar esas sombras en el rabillo del ojo que te permiten saber que no estás solo. Luchaba desesperadamente contra todo lo que me alejaba de la infancia, rechazando la muerte, rechazando la pena, rechazando la separación, y David era la respuesta a todo.

Mi idea consistía en ir primero a la escuela y hacernos con el mapa del país, en el que la señorita Elsa me había mostrado Mapou haciendo girar los dedos. Las clases no se habían reemprendido desde el paso del ciclón. Cuando llegamos al patio, pensé que me había equivocado de camino. Los dos edificios de chapa y madera se habían desplomado en un amasijo negro que parecía un castillo de naipes derrumbado. Las mesas y las sillas hechas añicos, la hierba donde jugaban los niños convertida en una alfombra oscura y sucia; en un rincón del patio se había formado una especie de charca trufada de mosquitos en cuya superficie hacían ondas constantemente. El mástil de la bandera, que era de hierro, estaba en pie, y en él tremolaba, muy rasgada, la enseña inglesa ante la que cada mañana cantábamos God Save the Queen y, a veces, cuando había una ceremonia, entonábamos Rule Britannia sin entender ni una palabra.

Qué extraña es la memoria: en cuanto veo ondear una bandera inglesa, aunque sea por televisión, el himno se pone en marcha en mi cabeza sin que yo pueda evitarlo. El cerebro escupe de nuevo las viejas palabras, y a mí eso me da grima, me entran ganas de sacarme la casete que tengo metida en la cabeza, pero es lo que hay, mi país es independiente, hay una bandera nueva y un himno distinto, pero yo sigo siendo en el fondo como el perro de Pav1ov.

Recuerdo haber visto los coloridos andrajos golpeando el hierro y haciendo mucho ruido mientras, a nuestro alrededor, imperaba el impresionante silencio de la escuela destruida. De repente oímos voces, y no sabría decir por qué, pero salimos pitando, con una habilidad digna de unos ladrones pillados con las manos en la masa. David iba delante de mí, sus piernas retumbaban en el suelo y yo seguía su cabello rubio que temblaba. Me sorprendía su vigor, corría como un descosido, con el cuerpo de soslayo, dando brazadas en el aire, parecía que estuviera nadando, y yo iba detrás, con mis ágiles piernas de simio, en vano intentaba alcanzarle, pero muy pronto me puse también a bracear en el aire, a lanzar las piernas en cualquier dirección, vistos desde la distancia debíamos de parecer dos payasos persiguiéndose. Cuando se dio la vuelta, sin interrumpir la enloquecida carrera, y me vio gesticulando igual que él, a los dos nos invadió una risa desquiciada. Nos internamos en el bosque, en dirección al pueblo, y dejamos estallar las risotadas en la espesura de los árboles hasta que nos dolió la tripa. Nada de lo que sucedía era divertido, nada en absoluto. Éramos dos fugitivos completamente inconscientes en una isla devastada por un ciclón, dos hijos de la desgracia pegados el uno al otro de milagro, por una casualidad, qué sé yo, me creía capaz de salvarle de la cárcel, de mantenerlo a mi lado como se hace con un hermano querido, pensaba poder apaciguar la tristeza de mi madre trayéndole otro hijo, creía que esas cosas eran posibles cuando quieres de verdad, era lo bastante idiota como para creer que si Dios se lleva sin motivo a los que amas, te ofrece algo como compensación. Y ese algo era David, evidentemente. Pese a todo lo que habíamos vivido, aún nos quedaba suficiente inocencia e ingenuidad -¿no radican ahí el encanto y la tragedia de la infancia?- como para reírnos porque sí.

Hubo un momento en mi vida en el que di con el nombre del ciclón, pero ya lo he olvidado; era algo como Cindy o Celia, un nombre de mujer, en todo caso. Lo descubrí por casualidad en un diario de 1945 de la hemeroteca a la que me gusta ir con regularidad. Ésa es otra de mis manías, consultar periódicos viejos. Cuando acompañé a mi hijo a Europa en uno de sus viajes de negocios, en vez de visitar las ciudades, me hice la ronda de las hemerotecas. Tenía sudores fríos de excitación por anticipado, pero los archivos de la Marina en Vincennes, los del Foreign Office en Londres y los de Ámsterdam me decepcionaron. El motivo es que soy un viejo idiota acostumbrado al desorden, al desbarajuste y a los tejemanejes propios de los archivos de mi país. Aquí nada está protegido, la primera vez que te ven te piden algunos datos, pero luego te dejan en paz y ni se fijan en ti, con lo que puedes deambular por esos pasillos que huelen a papel añejo, a tinta y a moho, te encaramas como buenamente puedes y sacas de un montón el expediente que te interesa. Hasta te puedes quedar encerrado si no estás al tanto. Una vez vi a toda una familia de ratones en un rincón, me apresuré a hacérselo notar al funcionario sentado a la entrada y éste, sin dejar de leer el periódico, me contestó con voz guasona: ¿ratones? ¿De verdad, señor? ¿Dónde?

Tienen razón, estoy de acuerdo con todas esas personas que se escandalizan desde hace unos años porque la memoria de nuestro país, según ellos, desaparece por culpa de los incompetentes de los archivos, pero cuando me personé en esos despachos blancos, o de color crema, o beige, y vi que tenía que rellenar una ficha diciendo exactamente lo que buscaba -cosa que nunca sé por anticipado, pues me encanta manosear, descubrir, explorar-, explicando mis motivos para buscar algo en concreto -esa pregunta me paralizaba-, y que cuando por fin pude responder a todas las preguntas, una máquina con un brazo automático recuperaba mi documento, y Dios sabe adónde lo llevaba, por mucho que no hubiera familias de ratones, lo cierto es que en esos momentos echaba de menos los archivos de mi país. Podía observar ese brazo gigante a través de un cristal, y tenía la impresión de hallarme en un zoológico contemplando a un animal peligroso para el hombre. A continuación, cuando me senté con esa cartulina y esas hojas bien fotocopiadas, bien protegidas, sin olor alguno, sin nada, se me pasaron las ganas. Ya lo sé, soy un viejo idiota, pero es posible que los archivos costrosos de mi país me infundan más tranquilidad, ¡y cuanto mayor me hago, más me gusta ir! Fue ahí donde leí la historia del ciclón, definido como «devastador» en el periódico, y donde deduje la fecha de nuestra huida: 5 de febrero de 1945.

Como no teníamos otra elección que continuar sin un mapa, opté por llegar al poblado y dirigirme hacia el norte a partir de allí. Tenía en la cabeza una vaga imagen de ese mapa, los puntos rojos desperdigados aquí y allá, algunos unidos por carreteras (en marrón). Alrededor de ellos, montañas (en negro), ríos (en blanco), masas boscosas o plantaciones de caña de azúcar (en verde) y lagos (en azul cielo). Dando golpecitos en el mapa con su regla de bambú, la señorita Elsa decía, éste es nuestro país. Y yo la creía. Beau-Bassin estaba al sur de Mapou, más o menos, así que había que ir hacia el norte. La altura vertiginosa de las montañas, el cruel torrente de los ríos, el espesor de los bosques-trampa y el laberinto de los campos de caña, la profundidad de los lagos y la sinuosidad de las carreteras, todo eso no estaba indicado en el mapa. Mi país era una extensión sin relieve, accesible y con colorines del agrado de los niños. A David y a mí nos bastaría con seguir una carretera marrón y, con un poco de suerte, podríamos subirnos a un tren o a la parte trasera de un carromato. Yo no tendría miedo en Mapou, y si me entraba la tristeza al ver nuestro campamento, el bosquecillo y el caudal de nuestro riachuelo, así como el leve sabor dulzón del agua, tendría a mi lado a David y, muy pronto, a mi madre. Cuando pienso en las esperanzas que albergaba, me pregunto si, a fin de cuentas, no era yo más que un crío estúpido. Avanzaba con aplomo, dando zancadas y saltitos, me colgaba de las ramas y saltaba con energía, le daba ánimos a David, que tenía una técnica de saltos muy suya, como si hubiera nacido siendo campeón de salto de longitud. Al principio se reía, lo que me hacía reír a mí también; luego echaba a correr, muy mal, claro está, y cuando todo indicaba que se iba a estrellar de manera penosa, con un apoyo firme del pie izquierdo en el suelo, resultaba que ya había despegado, con las piernas batiendo el aire y los brazos por encima de la cabeza, feliz, muy feliz, volando casi para aterrizar unos cuantos metros más allá, donde yo, previamente, había verificado que no hubiera más que tierra y musgo de lo más acogedores. A cada claro que atravesábamos, montaba el numerito, y cada vez que estaba en el aire, su rostro me contemplaba y eso me hacía recordar a mi hermano Anil, que se volvía hacia Vinod y hacia mí en el bosquecillo de Mapou cuando escuchábamos el río, y era la misma ternura que yo leía en los rasgos, la misma benevolencia, la misma manera de preguntar: ¿eres feliz?, ¿te gusta esto?

¿Acaso olvidé, en el bosque, por qué estábamos allí? ¿Acaso olvidé al policía, con su porra lustrosa y esa voz que buscaba a David? ¿Acaso olvidé el rostro sudoroso de mi padre, sus ojos inyectados en cólera cuando nos miró a mi madre y a mí? ¿Acaso bastaron unos cuantos juegos, esa ilusión de libertad pueril -gritar y reír a carcajadas, correr y saltar por todas partes-, bastó con eso para olvidar lo que le prometí, para que me equivocara de camino? Pues de pronto, el bosque se acabó, su protección verde y tupida remitió y nos encontramos al borde de un camino de tierra limpia y bien batida, algo incongruente tras el ciclón. Recuerdo perfectamente que el camino hacía bajada y que, prosiguiendo con nuestra formidable fuga, saltamos del declive con los pies juntos, contentos, orgullosos y fuertes, y que ese camino terrible era tan liso como se imagina uno que son las vías del paraíso, pero resultó que llevaba a una verja cerrada con candados y cadenas encima de la cual se pavoneaba una enseña que, al igual que el camino, parecía haber sido respetada por la tempestad y que gritaba con sus caracteres gruesos y bien marcados:


WELCOME TO THE STATE PRISON OF BEAU-BASSIN


David soltó un grito -un sueño roto, una alegría frustrada-, se dio la vuelta y se lanzó contra el declive para escalarlo, agarrándose a las raíces y a las ramas, pues todo había desaparecido de golpe, nuestra dicha, nuestro empuje, nuestra fuerza y nuestro orgullo, y bajo sus pies la tierra cedía y se desmoronaba a puñados.

Lo que ocurrió después acabó de quebrar la frágil inocencia que nos rodeaba desde el comienzo de la huida. Yo no conseguía encontrar el camino adecuado y tenía la impresión de que la naturaleza, hasta entonces dormida, benévola y acogedora, se ponía al acecho en posición defensiva. Los árboles se apretaban unos con otros, la tierra se deshacía bajo nuestros pies, los troncos arrancados nos impedían el paso, entrábamos en zonas húmedas, putrefactas, sin luz, nos dejábamos atraer por falsos senderos e íbamos a parar a callejones sin salida, amenazados por árboles malévolos en los que adivinábamos, entre la mezcla de hojas y ramas, rostros de monstruos y de diablos. Nos deteníamos, con el cuerpo temblando y el corazón latiendo, para escuchar mejor los ruidos que habíamos creído oír. Resbalábamos, tropezábamos, nos atacaban las zarzas; nuestras bolsas, que antes se mantenían fijas en la espalda y el pecho, ahora se nos clavaban en la carne, se enredaban en los arbustos y nos lanzaban bruscamente hacia atrás. Tres veces seguidas sentimos renacer la loca esperanza al descubrir un lindero cercano, y tres veces seguidas nos dimos de bruces con el camino terrible, liso y pulcro que llevaba a la prisión. Y en cada ocasión, la misma verdad: éramos unos mAtOnEs y, a partir de entonces, ése era nuestro sitio.

Cuando por fin encontramos el camino, de puro milagro, y vi la enorme piedra pintada de blanco que marcaba la entrada del pueblo, sólo éramos dos animales asustados y temblorosos. Yo me daba cuenta de que no habíamos avanzado, de que se hacía de noche y habíamos necesitado toda una tarde para recorrer un camino que yo antes me hacía en media hora, ¡y cargado con un fardo de ropa!

Por primera vez, pensé en regresar a casa. Lo que me esperaba se me antojaba menos horrible que lo que había vivido, y creí que lo mismo le sucedería a David con la cárcel. Este pensamiento terrible y vergonzoso en la cabeza, esos instantes en los que quise volver a encerrarlo…, eso es a lo que debo enfrentarme, que nadie se llame a engaño. No quise sacar a David de la prisión porque allí era desdichado, no, quise sacarle porque el desdichado era yo. Unas cuantas horas en el bosque habían bastado para reducir mi generosidad a un valor de pacotilla.

Justo después de la piedra blanca, a la vuelta del camino, veríamos aparecer la casa blanca de las dalias rojas de la señora Ghislaine. Rodeé con el brazo los hombros de David -ese temblor de animal herido que lo sacudía, esos huesos que destacaban como los míos… ¿cómo pude pensar, aunque sólo fuera por un momento, en volverlo a encerrar?- para ayudarle a agacharse y que pudiera pasar bajo el seto de bambú de la costurera, pero ya no había ni casa ni dalias, no había bambú donde, a veces, esa mujer que amaba a Jesús, el hijo de Dios, me enseñaba nidos de gorriones en los que reposaban unos huevos con manchitas marrones, y lo hacía con la paciencia y la admiración de una persona que mostrase la propia obra de Jesús, el hijo de Dios. La hilera había sido aplastada por un pie gigantesco, de la casa de la señora Ghislaine quedaban tres muros de madera. El tejado, desaparecido, al igual que el tejadillo con frisos y las columnas de la veranda en la que a veces me esperaba. En el patio, una cama de hierro patas arriba, prendas colgadas de aquí y de allá, una o dos cacerolas, leña astillada por todas partes, y mientras yo daba la vuelta a la casa desmembrada, vi la máquina de coser negra, rota y tirada en el suelo.

Todo el pueblo estaba igual, desplomado, y pensé en nuestra casita minúscula, encajada al fondo del bosque, que sí había resistido. Los setos que resguardaban de las miradas indiscretas las casas de los aldeanos, esos árboles que a veces estaban tan cargados de fruta que parecía que se inclinaban de manera exagerada para que se les quitara algo de peso, las flores, los huertos, la sombra para reposar, la luz para secar la colada…, todo había desaparecido. Como en el patio del colegio, la devastación venia acompañada de un silencio espeso y aterrador. No había nadie para lamentar la pérdida de su casa, de sus cosas, sólo había ese cielo abierto de par en par, y yo recordé lo que nos había contado mi padre cuando regresó de la prisión, todas esas personas desaparecidas cuyos nombres iban siendo desgranados en la radio. -

Encontramos un rincón resguardado del viento. Habíamos compartido pan y fruta, y David había ingerido concienzudamente su mejunje verde. Yo pensaba en mi madre y me veía obligado a apretar los dientes y a agarrarme las rodillas contra el pecho para no salir corriendo en su busca. La noche nos envolvía y yo iba perdiendo la seguridad y la confianza, pues la dificultad de la tarea se me hacía evidente. La duda, el miedo y la ausencia de mi madre me pesaban, y sólo mi promesa y la presencia de David -ese algo indescriptible, una mezcla de ternura, simplicidad y deber, sí, algo me decía que estaba en deuda con él, ¿acaso no le había impedido salvar a su amigo, no me lo había llevado conmigo, con lo que, ahora y allí, qué dirían mis hermanos si supieran de mi cobardía? me impedían dar media vuelta.

¿Por qué hablé de Mapou esa noche? ¿Para recuperar la confianza, para compensar las ganas de estar entre los míos? ¿Para hacerle olvidar a David ese mal momento en el bosque, para prometerle sol y cielo azul? Llené esa noche oscura de palabras, con la única historia que realmente me sabía, la de Mapou.

Recuerdo que las piernas de David estaban cubiertas de arañazos de sangre seca y que él las había dejado caer al suelo, estiradas, pues no tenía fuerzas ni para llevárselas al pecho. Arrastramos con dificultad hasta el rincón lo que quedaba de la cama de cobre para resguardarnos. Me acuerdo de la máquina de coser, de la manera en que había quedado patas arriba, rota, aplastada. Recuerdo el patio de antaño, siempre tan bien cuidado, aquellas dalias rutilantes de las que sólo quedaba un montón de barro. Y ese silencio, tan distinto del que reinaba en el bosque. En el bosque, se trataba de un silencio casi animal en el que la naturaleza estaba a la espera, preparada para saltar, un silencio espeso, turbado por crujidos, roces, presencias. El de aquí era un silencio abandonado, no había nada más que el viento soplando en un entorno inanimado.

Al principio hablé de las cosas buenas de Mapou -cañas de azúcar para morder y chupar, el río, bodas celebradas de noche en las que todo el mundo encendía lámparas de tierra y el campamento adquiría un aire festivo, juegos con mis hermanos-, pero enseguida se me hizo ese nudo en la garganta que cada vez me apretaba más y que me llevaba a no decir nada alegre ni hermoso, pues sólo pensaba en la tormenta, en la lluvia, en los truenos y en el río que se convertía en un torrente. ¿Le hablé, tal vez, del miedo en la tripa, de la camisa blanca de mi hermano mayor y de su voz que grita vamos, vamos, y de ese miedo que estalla de golpe cuando la camisa desaparece, la voz se calla, la lluvia redobla y el trueno aún resuena, le conté cómo mi hermano pequeño y yo berreamos su nombre, el nombre de nuestro hermano mayor -ese hermano perfecto que adoraba su bastón con el extremo en forma de U, ese hermano que me urgía a hacer el avión, aunque en nuestras vidas habíamos visto muy pocos aviones pasar por encima de la cabeza, momento en el que todo el mundo salía de las chozas y nosotros, los niños, saltábamos gritando A-VIÓN, A-VIÓN, como si pensáramos en rozar el aparato volador a base de saltos, tal cual, por eso nos gustaba tanto jugar al avión-, le expliqué cómo, de pronto, ya no tenía hermanos y sólo quedaba yo, nada de hermano mayor, nada de hermano pequeño, nada de nosotros tres, nada de hermanos, sólo yo, el eslabón más débil, que grita Anil, Vinod, Anil, Vinod, y acaso le hablé del cuerpo de Vinod, del bastón que lancé al agua, acaso pude narrar todo esto, de principio a fin, sin dejarme nada, sin olvidar nada?

Y los ojos húmedos de David y sus preguntas, David no lo entendía, lo mezclaba todo, decía un solo cuerpo, dos hermanos, por qué tan sólo el bastón y él no, tu hermano no, por qué no lo encontraron, igual tu hermano mayor aún está vivo, de verdad dijo eso David, él, que lo había perdido todo y que había visto lo que había perdido, había visto los cuerpos inertes que ya no se movían, tenía esas imágenes en la cabeza, sabía lo que era la muerte, la frecuentaba desde hacía cuatro años, pero mi hermano, mi hermano mayor del que yo sólo había visto el bastón, pero el bastón no era él, verdad, y si tu hermano aún está vivo, realmente está vivo, esas palabras que me abrieron el corazón y la cabeza, tenía la impresión de que el sol acababa de volver, y si tu hermano aún está vivo, y si tu hermano aún está vivo, esas palabras que me hicieron pegar un respingo, esas palabras que me hicieron llorar porque estaba convencido de ello y había desvelado los designios de Dios, que hace lo que mi madre me había dicho y repetido, cosas que nos parecen injustas e incomprensibles pero que tienen un objetivo, y yo lo había entendido, ese objetivo, y todo estaba claro en mi cabeza, Dios había puesto a David en mi camino, y la cárcel, y el policía, y el ciclón, para obligarme a regresar a Mapou porque allí me esperaba mi hermano, era evidente, nos habíamos ido muy rápido, cómo iba a saber él que estábamos aquí, y todo esto adquiría por fin un sentido, espera a que mi madre se entere de que Anil sigue vivo, mi hermano mayor, el que le aguantaba la cabeza a mi madre cuando se caía y encajaba los golpes por mí, y si tu hermano aún está vivo, esas palabras me pusieron triste y eufórico a la vez, pues no hace falta mucho esfuerzo para creer que los muertos pueden volver, no basta con ser un crío, es suficiente con ser muy desdichado, y en ese momento, en esa noche negra y opaca en medio de las ruinas de la casa de la señora Ghislaine, mientras el viento ululaba, y aunque antes tuviera miedo de ese pueblo muerto, de ese pueblo fantasma, recuperé el valor, la determinación recorría de nuevo mis venas, la alegría cercana de ver otra vez a Anil me silbaba en las orejas, y abrazaba con fuerza a David, saltaba y gritaba, y David hacía lo mismo, saltaba con esas piernas de campeón de salto de longitud, esas piernas arañadas, marcadas por el bosque, y se puso a cantar en su idioma una canción de felicidad, y daba palmadas, y recuerdo que yo no pillaba el ritmo, llevaba un compás de retraso, y batía palmas cuando ya había terminado el estribillo, pero David no me lo tenía en cuenta, cerraba los ojos, y parecía que esa canción, que esa melodía, esa oración en un idioma del que yo sólo cazaba los silbidos y las palabras acabadas en shem venía de lejos, y cuando él cerraba los ojos de aquella manera, se convertía en otro, en un muchacho venido de lejos, un chaval que se acordaba de lo que fue, y mientras me cogía las manos y dábamos vueltas en una ronda dichosa, me pregunto si sabía por qué yo estaba alegre de improviso, excitado, impaciente, enérgico, cómo pasé de golpe del hundimiento a la alharaca esa noche, pues si hubiese podido correr hasta Mapou llevándolo a la espalda lo habría hecho, qué pensó realmente David, creo que se contentaba con estar allí, aquí, ahora, y darme gusto, seguirme, hacer lo mismo que yo, no imitarme, sino aprender de mí, aunque Dios sabe que yo no tenía nada que darle, que es triste a los nueve años no tener nada que ofrecer, y él me miraba con esos ojos enormes que cambiaban de verde a gris acompañándome en mi frágil y loca felicidad, esos ojos que esperaban tanto de mí, Dios mío, ¿qué hice con toda esa esperanza, qué hice?


12.

<p>12.</p>

Creía que a una edad avanzada contemplaría mi vida con indulgencia, pues sé que no sirve de nada lamentarse, que hace falta mucha suerte para que tus sueños se hagan realidad, que la mejor manera de vivir es hacer lo que puedas en cada circunstancia y que hay un montón de cosas que suceden sin nuestra participación, por mucho que nos pasemos la vida corriendo como locos, creyendo que podemos cambiar lo que sea. Pero cuando me acuerdo de esos días del verano de 1945, cuando hablo de David, el corazón me pesa, la cabeza me hormiguea y me entran ganas de llorar por lo mucho que lo lamento todo.

Me hubiera encantado que David hubiese tenido la oportunidad de crecer y envejecer como yo. Hubiera deseado que él hubiese contado su propia historia, con sus propias palabras, todo eso que sólo él pudo ver. Diría cosas como: Al otro lado de la alambrada, vi a un muchacho oscuro con el cabello negro. Lloraba como yo, y las hojas se le pegaban al rostro y se le podría haber confundido con un animal. Estaba medio hundido en la tierra, ese chico de piel oscura, yo sólo le veía la cabeza y esos ojos negros como canicas, y si no hubiera sido por los sollozos, me habría dado miedo con esa cara de salvaje.

Puede que también dijera: Raj me enseñó a subir a los árboles, a correr de manera que los pies no toquen el suelo (o casi), me dijo que había que correr por correr, olvidarse del cuerpo y de la cabeza y sentir el aire que te azota el rostro y la velocidad que adquieres a medida que te olvidas de las piernas y miras hacia delante y te ríes.

¿Acaso pensaba él que le llevaría a Eretz? ¿Acaso creía que íbamos a un lugar en el que habríamos podido ser felices, o tan sólo -terrorífica pregunta a mi edad- seguía ese itinerario por mí? De su vida de recluso, de judío deportado, de huérfano, de prisionero, de niño sin infancia, de crío que conoce de cerca y sobradamente la muerte, David había aprendido, creo yo, a dejar de ser, a olvidar que tenía un corazón capaz de algo más que llorar, unos brazos, unas piernas para correr y un rostro tan dulce ante el que sólo cabía la adoración. Había olvidado todo eso, había olvidado que estaba hecho de carne y de sangre, había olvidado que disponía de la posibilidad de crecer y hacerse un hombre. Ah, vaya cara que tengo al contar todo esto hoy día, al decir todo eso, al hablar de él con tanta tranquilidad, como si tuviera alguna legitimidad para hablar de esas cosas impronunciables. ¿Qué sabré yo de lo que él podía sentir? ¿Qué sé yo de la deportación y de los pogromos? ¿Qué sé yo de la cárcel? ¡No soy más que un pobre viejo!

¿Acabo de dar un traspié? Mi hijo está aquí, ayudándome a incorporarme, recogiendo mi bastón, aguantándome del brazo. Me habla, pero apenas le oigo, apenas le veo. Me conduce hasta un banco, debajo de un árbol, a unos pocos metros de David; yo me resisto y mi hijo me dice, descansa un poco, que pega mucho el sol, ahora mismo vuelves. Tiene una voz muy cariñosa y yo cedo. La sombra me sienta bien. Mi hijo me pasa una botella de agua fresca y se sienta a mi lado. Me pregunta si conocía personalmente a alguien que esté enterrado aquí, y yo asiento. No aparto la vista de la tumba de David, y tal vez por eso mi hijo respeta mi silencio y no dice nada más.

Ahora es demasiado tarde, sesenta años tarde, para darse cuenta, ante su tumba, de que David se olvidó de ser él mismo, de que había dejado de ser un crío y de que todo lo que hacía, lo hacía por mí, para vivir un poco a través de mí, pues a base de ver cómo le robaban la vida, no sabía hacer otra cosa. Durante esos pocos días que pasamos juntos, ¿le ayudé a reencontrarse? No. Pues al día siguiente, ya se trataba de mi historia. Era mi hermano al que iba a reencontrar, era esa urgencia lo que importaba y no el hecho de que David hubiera escapado de la prisión, de que yo le hubiera inmovilizado cuando quería ayudar a un amigo, de que me lo llevara a casa, de que yo hubiera hecho nacer en él una esperanza de vida en libertad, de que la idea de la fuga fuera totalmente mía y se la hubiese impuesto a él. Era mi felicidad la que estaba en juego. Espero que me perdone esta indecencia.

Mis recuerdos fermentan desde hace tanto tiempo que a veces dudo de ellos. Hay imágenes fortísimas que me parece haber presenciado ayer por la mañana. Vuelvo a pensar en nuestra larga marcha del día siguiente, en el camino de tierra que bordeaba el bosque y al que nos pegábamos para no volver a internarnos en la foresta, aún no, ese camino de tierra sucia, con ese barro espeso de superficie resquebrajada que se había formado a ambos lados, las ramas, las hojas, los pájaros muertos, como si una parte del bosque hubiese venido a expirar aquí y su último suspiro resonara a nuestro paso; y nosotros, caminando como chicos obedientes, bien pegados a la izquierda, cuando podríamos haber hecho de ese sendero nuestro terreno de juegos, nuestro mundo particular, y patearlo y removerlo, pero no, caminábamos en imaginaria línea recta, como soldados. Delante y detrás de nosotros, el mismo paisaje se extendía hasta el infinito. Una franja de naturaleza muerta. A veces creía ver un fruto que se había salvado, me agachaba, lo recogía y lo examinaba, pero acababa tirándolo porque los mangos, los lichis, las papayas, todas esas frutas se habían arruinado en plena maduración y no eran más que pellejos putrefactos, bolas pegajosas, chorreantes y apestosas. Le enseñé a David a probar la calidad de un fruto, cómo olisquear un mango por la base, cómo hacer rodar un lichi por la mano, cómo apretar una papaya entre el pulgar y el índice para verificar la suavidad de la piel. Él me escuchaba y aplicaba con seriedad mis indicaciones; luego echaba el brazo hacia atrás y lanzaba la fruta aún más lejos que yo, lo cual era tal vez una manera, nuevamente, de decirme que estaba de mi parte, que no podía estar más de acuerdo conmigo.

– Escucha.

Era David quien había murmurado eso, y yo me detuve y presté atención. Se oía un rumor a lo lejos. Conversaciones ahogadas, gritos urgiendo a trabajar más rápido, a ir a la izquierda, a la derecha, a pararse. Cogí a David de la mano y seguimos andando, puesta toda nuestra atención a partir de entonces en los murmullos y pensando yo en una ciudad con sus calesas. Pero fue una casa lo que encontramos en mitad del camino. Era blanca, inmensa, hecha de ladrillos cuyas junturas estaban a la vista. Yo nunca había visto nada parecido. Las casas de los patrones de Mapou no eran tan imponentes. Recuerdo que me puse a contar las ventanas, y había el mismo número de ellas en cada fachada. El sendero de tierra se acababa a unos cincuenta metros de la mansión y empezaba un camino adoquinado. Dos caballos arrastraban troncos de árbol, haces de bambú, follaje y ramas, y avanzaban lentamente haciendo sonar las pesadas herraduras mientras un señor muy mayor, vestido como los del campamento de Mapou, con un trozo de tela atado a la cintura, vigilaba que el cargamento no se soltara. Alrededor de la mansión, había hombres cavando trincheras para replantar bambú. La tierra y el barro que salían de las zanjas iban a parar a unos cestos de mimbre que dos chavales no más altos que nosotros llevaban hasta un carromato, y el lodo que rebosaba de los cestos les pringaba las piernas. Había también mujeres que salían de la casa a intervalos regulares para tirar cubos de agua al patio, creando charcos de color marrón.

No sé quién fue el primero en fijarse en nosotros. Los hombres dejaron de picar, las mujeres pusieron los cubos en el suelo y colocaron las manos en las caderas, los dos chavales soltaron el cesto y el viejo dejó de vigilar la carga. Sólo uno de los caballos seguía haciendo ruido con las herraduras.

Un hombre joven vestido a la inglesa, con pantalón de lona, camisa, chaqueta y relucientes zapatos negros de charol, hizo su aparición. Era un mestizo con ojos azules, y en esa época, para mí, en la tierra había Blancos, Negros e Indios. Pero ese hombre de piel cobriza, ojos azul cielo y cabello rubio y rizado, esa mezcla ambulante, se me antojó un extraterrestre. Se acercó a nosotros y vi que sostenía un par de guantes en la mano izquierda. Nos observó atentamente y reprimió una risotada. Nunca he sabido por qué. ¿Se debía a nuestro atuendo de escolares aplicados, con nuestro pantalón corto azul, la camisa blanca y la bolsa a la espalda? ¿Se trataba de nuestro rostro cubierto de arañazos, nuestra pinta de salvajes, o de la manera en que nos manteníamos cogidos de la mano, firmemente, sin temblor alguno?

Ante mi gran sorpresa, nos ofreció trabajo. Se dirigió a David en francés, diciéndole que habría comida y tres monedas si echábamos una mano, y fui yo quien respondió. El mestizo seguía mirando a David, que no se inmutó. Nunca hay que rechazar un trabajo, dicen nuestros mayores, nunca.

– Sí, claro que queremos trabajar.

Dejamos las bolsas en la veranda, encima de una tumbona, y nos hicimos con los cestos de mimbre. Los hombres que acumulaban el barro y la tierra en los cestos nos contemplaron con compasión. Al principio no llenaban los cestos hasta arriba como hacían con los demás chicos, pero a pesar de eso yo nunca habría pensado que la tierra y el barro pudieran pesar tanto. Uno de los muchachos nos enseñó a colocarnos el cesto en la cadera, pero aquello no tenía nada que ver con el peso de un cubo de agua o de un fardo de ropa. La masa se derramaba a lo largo de la pierna, las varillas se escapaban del trenzado para clavársenos en la piel, el cesto resbalaba, se nos caía sobre el pie, nos salpicaba con el estallido del barro. Entonces, igual que la primera vez que vi a David a través de la alambrada, nos miramos y nos comprendimos mutuamente sin decir ni una palabra; hicimos el trabajo a medias, cogiendo cada uno un lado del cesto, avanzando como cangrejos, torcidos balanceando la carga para recuperar fuerzas y poder lanzar el barro al carromato. Todo el mundo nos observaba con curiosidad, como si nunca se les hubiera pasado por la cabeza la idea de unirse y sumar esfuerzos.

Al cabo de una veintena de cestos, nos dieron de comer. Pan untado con margarina, sardinas en aceite, plátanos y agua azucarada en vasos de verdad. Era la primera vez que yo vivía algo así. Todos los trabajadores, niños y adultos, estaban sentados en una esquina, unos en una roca, otros en sus propios talones, algunos directamente en el suelo. Comíamos en silencio, con un respeto absoluto por nuestra hambre, nuestros músculos doloridos y nuestra labor. Igual tuve la impresión fugaz de ser un hombre, de haber trabajado y haberme ganado el sustento. Me sentí más fuerte, con más confianza. Pensaba poder guardarme un trozo de pan, pero tenía demasiada hambre, al igual que David. Cuando acabó de comer, David se dirigió a la veranda para sacar de la bolsa su medicamento mientras yo le daba la espalda, refocilándome aún en ese nuevo sentimiento de comunidad, en esa virilidad de obrero, pero de pronto le oí correr sobre los adoquines.

– Raj, Raj, Raj.

Yo ya conocía ese tono de voz de David, era el tono que usó el día que me sacaron del hospital. Me levanté de golpe y vi un coche negro, largo y reluciente que se acercaba a la mansión. Alguien dijo:

– ¡Atención, el patrón!

Evidentemente, ese coche enorme me resultaba muy familiar. Lo había visto a menudo en el patio de la cárcel, estaba fuera cuando protestaban los judíos, era el del director. David corría con nuestras dos bolsas y, cuando llegó a mi altura, también yo eché a correr. Uno de los trabajadores, un hombre sin rostro, sin voz, alguien al que no le habíamos dirigido la palabra, extendió las manos para intentar agarrar a David. Sólo llegó hasta mi bolsa, pero le cortó el ritmo a David. Recuerdo el cuerpo de David saltando hacia atrás, su boca abierta en una gran O, sus ojos desorbitados. Y entonces yo retrocedo, cojo a David de un brazo y me pongo a tirar de él, chillando. ¿Por qué grité de ese modo? David se ahoga con la correa de la bolsa y yo intento liberarle, el hombre sigue teniéndolo agarrado, luce en la cara una expresión que yo interpreto como una sonrisa y eso me resulta insoportable y de repente me convierto en un monstruo, un monstruo que suelta unos tacos inconfesables que ni yo mismo entiendo, que me despellejan la lengua y la garganta, obscenidades que oí en el campamento, tiempo atrás, y que suelta mi padre cuando sale del bosque completamente borracho y se dispone a pegar a su mujer y a su hijo, le lanzo esos exabruptos vergonzosos al hombre que retiene a David y que abre los ojos, sorprendido por mi lenguaje, y entonces, en ese preciso momento, ya no soy un crío, abandono sobre esos adoquines enlodados al pequeño Raj soñador e ingenuo. Es triste y difícil de reconocer, pero en esos instantes soy el digno hijo de mi padre.

El coche se detiene, la puerta se abre y hace estallar el sol sobre su piel negra, se rompe la correa de la bolsa, el frasco que contiene el medicamento de David y que mi madre preparó con sus dedos de hada y sus hierbas milagrosas se hace añicos, escupiendo en forma de estrella sus trozos de vidrio y su mejunje verdoso sobre los adoquines, y echamos a correr, corremos y corremos, perseguidos por los gritos del mestizo. Clama nuestros nombres y eso nos causa un miedo tal que nos sumergimos de nuevo en el bosque. Y éste, entre el fruncido de la hojarasca, se cierra a nuestra espalda.


13.

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Como si fuéramos animales, la huida agudizaba nuestros sentidos. Yo lo veía todo, observaba desde lejos dónde había que saltar, cuándo era necesario agacharse, preveía el giro a la izquierda, aceleraba en el momento preciso y, como si esprintara, tomaba carrerilla, daba zancadas y, sobre todo, no me paraba nunca, nunca. Oía a David detrás de mí y reproducíamos los mismos gestos, que producían los mismos sonidos hasta en nuestros resoplidos rápidos y sincopados. Una rama se partía a mi paso, unos segundos después volvía a partirse bajo los pies de David; atravesábamos un terreno cubierto de musgo y nuestros zapatos hacían el mismo ruido ahogado. Más que nunca, David era mi sombra, el eco de mis más pequeños movimientos, mi espejo, a veces reconfortante, a veces insoportable, y así era como yo no podía sustraerme a mi responsabilidad y a mis decisiones, por nimias, ínfimas o insignificantes que fueran. Todo lo que yo hacía se imprimía en mi memoria por partida doble. Cuando escuchamos el ruido sordo del agua, apenas aminoramos la marcha, nos dirigimos de cabeza a ella sin hacernos preguntas, sin pensar en nada más. Nos arrojamos a esa agua sucia, espesa y turbia. Arrastraba todo lo que había cedido ante el ciclón, pero bebimos de ella con glotonería, cerrando los ojos.

Hay que perdonarme. Esas cosas, sobre todo las que vienen a continuación, se han quedado conmigo durante mucho tiempo. Han macerado entre otros recuerdos y el momento de explicarlas es ahora o nunca, no puedo hacerme el despistado una vez más, tengo miedo, ¡tengo setenta años y le temo a mi memoria! Quisiera explicar exactamente lo que sucedió, es lo menos que puedo hacer por David, quisiera contar lo importante, quisiera ponerle a él, por fin, en el centro de esta historia, convertirle en un individuo, darle la oportunidad de expresar su tristeza y su dolor, pero David no hablaba de eso, no había aprendido a pensar en sí mismo, a decir, como yo podría haber hecho: añoro a mis hermanos, tengo frío en el bosque, tengo miedo, quiero volver con mi madre.

Yo eso no lo había entendido en aquella época, David era para mí un compañero formidable, admiraba su presencia tranquila, su fuerza insospechada, me decía que él era más valiente que yo, que era de la cuerda de mis hermanos, con esa manera que tenía de hacer justo lo que yo esperaba de él, esa manera de sacrificarse por mí, de no decepcionarme. Ni un solo momento pensé que, simplemente, no había aprendido a pensar en sí mismo y que había visto tanta muerte y tanta desgracia que su cuerpo, su corazón y su cabeza habían dejado de existir. Atravesaba la vida como si supiera que lo que les había ocurrido a los suyos también le alcanzaría a él, cantaba sus canciones aprendidas no sé dónde, quiero creer que fue su madre quien le metió esas palabras en la boca, a veces hablaba a toda velocidad, y ahora entiendo que se agarraba a su lengua materna, el yiddish, porque era lo único que le quedaba. Su idioma era una especie de música para mí; y, en el bosque, cuando caía la noche, empezaba a cantar como lo hacían ciertas personas en la cárcel, al atardecer, cuando cantaban para liberarse de esa isla que detestaban, de ese país que para ellos siempre sería una prisión.

Recuerdo que un día encargué uno de esos libros para aprender idiomas, El yiddish de bolsillo, se llamaba. Había encontrado en una revista una hoja de pedidos y, sin pararme a pensarlo, la rellené y la envié. La espera duró dos meses, y cuando por fin llegó el paquete, lo dejé sobre la mesa de la cocina sin poderlo abrir de lo mucho que me temblaban las manos. Tenía la impresión de que ese paquete contenía un poco de David, de mi infancia, de aquellos días de verano en los que, a veces, cuando David intentaba decirme algo sin éxito, se enfadaba y le venía a la lengua su idioma materno. Fue mi mujer quien abrió el paquete en mi lugar y quien me puso en las manos su contenido. Era un libro pequeñito, cosa que me decepcionó. El paquete parecía grande porque estaba lleno de papel de embalar. Me llevé el librito al corazón y, tras respirar hondo, lo abrí primero por las últimas páginas, como esa gente que empieza los libros por el final porque no soportan la espera. Había un léxico francés-yiddish. Busqué las palabras «hermano», «hambre» y «madre», y se me llenaron los ojos de lágrimas. Cerré el libro para no volverlo a abrir jamás, pues intentaba leer en voz alta y ese silbido que salía de mi boca me golpeaba en la memoria y todo me resultaba de una tristeza insoportable.

De aquel río, creo que sólo conservo su color marrón fuerte y, pese a ello, la increíble sensación de placer que nos proporcionó al saciar nuestra sed. Seguimos el curso de ese arroyo durante un ratito y, cuando estuve seguro de que a nuestro alrededor sólo había una cortina de silencio, de que no caeríamos en manos del mestizo, nos detuvimos.

Es sorprendente cómo puede el cuerpo transformarse de pronto en un enemigo al que hay que combatir o aplacar. ¿Acaso un instante antes no estábamos corriendo, huyendo en plena posesión de nuestras capacidades, obedeciéndonos el cuerpo como un esclavo? Ah, primero ese hormigueo, ese calambre a lo largo de las piernas que te lleva a creer que te están arrancando una vena, esas rodillas débiles y temblorosas que te hacen caer de bruces, esa respiración que carraspea, que no llega, que buscas desesperadamente con la boca abierta y el rostro clavado en el cielo, el sabor a sangre en la lengua, esa sensación de que el corazón ha crecido de tal manera que ya no sólo late en el pecho sino también en el vientre, en la espalda, en los hombros, en la cabeza, en las orejas. La tierra subía un poco a la derecha, y preferimos coger un camino que surcaba los árboles en vez de bajar con el río. Encontramos un sitio con hierba y hojas unos metros más allá. Desde ahí, el ruido del agua se convertía en un rumor agradable, así que nos dejamos vencer por la fatiga.

Recuerdo el aroma de esa tierra que había bebido demasiada agua del cielo, de las hojas que se pudrían despidiendo un olor acre, me acuerdo del azul opaco del cielo que se veía a través de las hojas de los árboles, vuelvo a ver la sombra que jugaba sobre un David tumbado de espaldas, con la boca abierta, y si me concentraba en su pecho podía apreciar el temblor regular de su corazón contra la camisa. El cuerpo me pesaba, estaba exhausto y tenía la sensación de hundirme en la tierra, lenta y decididamente, como si yaciera sobre arenas movedizas.

Explicar exactamente. Cuando amanecí, nada había cambiado: el lienzo verde y azul sobre mi cabeza, el río a lo lejos, la humedad del terreno, el agradable calorcillo de un tranquilo despertar tras un merecido descanso. Lo único nuevo era un olor un tanto agrio que se mezclaba ahora con el de la tierra empapada de agua. Sin incorporarme, giré la cabeza a la derecha, hacia donde dormía David. Ya no estaba. ¿Cómo explicar exactamente la sorpresa que experimenté? Fue como si el corazón se saliera del pecho y se estrellase contra las costillas, ésa era la sensación. Mi cuerpo pega un brinco, se levanta y grita, ¡David!

En su lugar había una masa de vómito. Exactamente, ¿verdad? Sobre las hojas, David había devuelto todo lo que había comido después de trabajar en casa del alcaide, el pan, el plátano, las sardinas; yo ya me había fijado en que comía sin masticar mucho, cosa que aún me entristece recordar, pues David tragaba como un crío famélico.

Bajé la pendiente gritando su nombre, y fue como si reviviese mi vida hasta el infinito, como si mi destino fuera ése, quedarme rezagado mientras los demás desaparecían, y eso me hacía chillar aún más, de terror, de cólera. David estaba más abajo, inclinado sobre el curso del agua, y yo me lancé sobre él, le abracé, le apreté entre mis brazos y sentí su piel ardiente. Parecía estar más delgado que hacía un rato, pero igual era a causa de su mirada. Me contemplaba como si saliera de un sueño y se preguntase quién era yo. Le arrastré hasta el rincón en que nos habíamos quedado dormidos y me hice con mi bolsa. Sobre la vomitona había una nube de moscas zumbando y David desvió la mirada. El corazón aún me latía con fuerza, pero ya no tenía miedo. Había encontrado a David.

Caminamos hasta un murete de piedras tan blancas que parecían hechas de arena. Giramos a la izquierda, pues en la otra dirección el bosque se espesaba. La tierra se convertía en guijarros y yo notaba la comezón de las piedras bajo los zapatos. David iba detrás de mí, con una mano en el murete y la otra en los riñones, pero no se quejaba. Cuando se acabó el murete y se abrió el bosque, vimos una gran llanura que se extendía ante nosotros. Era verde, espesa y, como se hacía de noche, parecía que se hundía. Un poco a la derecha había un pueblo, y se lo señalé a David con el dedo mientras le miraba. No sabía dónde estábamos, pues habíamos corrido en todas direcciones, pero al ver ese pueblo, esas casas y esa carretera que cortaba en dos la llanura me tranquilicé. Mañana iríamos allí abajo, mañana nos las apañaríamos mejor. Mañana encontraríamos el camino a Mapou. El cielo había adquirido un tono rosado con el crepúsculo. La llanura no parecía mostrar ningún estigma del ciclón. Estaba en calma, como un animal grande envuelto en el silencio, y nos quedamos un momento sin decir nada, al borde de esa colina escarpada.

A continuación saltamos el murete y, ante nuestra gran sorpresa, nos encontramos en una especie de vergel. Bajo un alcanforero, limpié el terreno lo mejor que pude y coloqué ahí a David. Se apoyó contra el tronco y cerró los ojos. Saqué de la bolsa un pantalón corto y una camisa limpios y dejé ambas prendas a su lado antes de salir en busca de comida. Era un vergel bastante hermoso, y algo más allá había pequeñas ravenalas, apenas más altas que yo y plantadas en línea recta, piñas por aquí y por allá, algunos guayabos de China, árboles del pan y cactus gigantes a cuyos pies se pudrían unas flores rojas. Cogí dos piñas y algunas guayabas verdes y llené mi botella con el agua encharcada entre las hojas de las ravenalas. Cuando regresé, David se había cambiado y había intentado enterrar su ropa sucia junto a él. Yo hice como que no había visto nada.

David no había dicho ni una palabra desde que lo recogí junto al río, sus ojos se nublaban de gris y temblaba a causa de la fiebre. Cuando intentaba incorporarse, el dolor le alteraba el semblante. Le di un masaje en las piernas, reproduciendo los gestos de mi madre, y bajo mis manos su piel estaba fofa y temblorosa. No era nada, sólo fiebre, la de veces que había estado yo con fiebre en la cama y aquí estaba, ¿verdad? Se lo decía a David mientras le frotaba las piernas y la planta de los pies. Esa noche, David bebió agua, pero no comió nada. Cuando anocheció por completo, nos cubrimos con la sábana que yo había traído. Estábamos sentados, con las rodillas contra el pecho y la espalda apoyada en el alcanforero, que ahora que el sol había desaparecido exhalaba todo su olor dulzón, tapados hasta los hombros con tan ínfima protección. El cielo era una alfombra cuajada de estrellas y yo me sentía seguro ahí. Fue esa noche cuando David cantó; y hoy, cuando vivo el invierno de mi existencia, cuando puedo contemplar con total honestidad lo que hice, lo que me sucedió y lo que pude o no merecer, puedo decir que, para mí, ese canto es una de las cosas más magníficas que jamás haya oído.

En el hospital de la cárcel, escuchaba esos mismos lamentos en yiddish y me parecía que salían de todos los corazones al unísono, cuando todo está apagado y reinan las estrellas, cuando los judíos estaban solos y lo único que podían hacer era mirar a la vida de frente y agarrarse a lo que habían sido en el pasado. Alguien empezaba a cantar y los demás se sumaban, nunca muy alto, jamás en voz baja, en ningún caso para atronar con lo que fuera, únicamente un murmullo entre los labios, una caricia en la lengua, un canto desnudo asomándose a la garganta y, aparte de eso, aparte de esa música que flotaba sobre la prisión y sus muros sucios e innobles, nada se movía y todo era como un secreto compartido que los unía de nota en nota, de estrofa en estrofa. A mí me sorprendía que hasta los más débiles entre los débiles cantasen arrebujados en la cama, pero a fin de cuentas tal vez eran ellos, los más enfermos, quienes más lo necesitaban.

La vocecilla de David escalaba por el alcanforero, sus palabras en yiddish daban plenitud a una naturaleza tropical, su canción judía envolvía el bosque y me envolvía a mí, el pequeño Raj. Su voz era muy serena, las palabras se encadenaban con naturalidad unas a otras y ese rosario musical entraba en mi interior para hacerse con mi corazón y unirme al mundo que me rodeaba, como si hasta entonces me hubiese sido extraño. Ese lamento parecía exacerbar la belleza de la naturaleza, y me atrevo a decir en estos recuerdos que, durante esos acontecimientos terribles y bárbaros, tenía la sensación de que esa queja hablaba de la belleza de la vida. Aunque no entendía ni una palabra, se me llenaron los ojos de lágrimas, y por encima de todo, por encima de esos días que pasamos juntos, por encima de la propia fuga, fue ese momento el que selló eternamente el lazo que nos unía.


14.

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Nos pasamos la vida intentando leer las líneas de la naturaleza. Creo que los hombres siempre se han comportado así, buscando respuestas, señales, avisos, castigos y recompensas procedentes del más allá. Cuando desperté a la mañana siguiente, el cielo se abría con un azul pálido y casi lechoso por encima de nosotros, el rocío brillaba en las ramas, los pájaros habían vuelto y piaban en el vergel, una luz dorada cual aureola nos envolvía en un calor suave y me parecía que el canto de David me había acompañado mientras dormía, en mis sueños, contribuyendo a crear esa mañana maravillosa. David estaba a mi derecha, y su silencio indicaba que se dedicaba a la contemplación, al igual que yo, que estaba absorbiendo la frescura y las promesas de este nuevo amanecer. Me acordé del valle y del pueblo de allá abajo y me sentí dispuesto para una jornada de marcha. ¿Acaso no era esa maravillosa mañana la señal de nuestra renovación? Si hubiera tenido el más mínimo presentimiento del espantoso día que íbamos a vivir, si hubiera atisbado la menor advertencia -un cuervo acechándonos, una nube negra enturbiando el cielo, un jabalí salvaje gruñendo entre los árboles, un viento maligno borrando todas las brillantes estrellas del rocío-, habría encontrado un escondrijo y cavado a mano una zanja y, con David a mi lado, me habría ovillado, hecho una bola y, oculto en silencio, como antes, habría esperado, rezando, a que la desgracia pasara sin vernos. Pero no hubo nada de eso: el cielo se mantenía puro, los pájaros revoloteaban entre los árboles, las hojas se agitaban bajo la suave brisa, haciendo temblar la luz. Pensé de repente en mi madre, y el corazón me dolió como una hoja de sensitiva al ser tocada. Durante esos días, me obligué a domar los pensamientos que me acercaban demasiado a mi madre. Sabía que pensar en ella equivaldría a pensar en mi padre, en lo que éste era capaz de hacer, en lo que pasaba en nuestra casa al fondo del bosque desde que yo me había fugado llevándome a David. O David o mi madre. O David o el regreso a casa.

Me convencí a mí mismo y me repetí a lo largo del día que llegaría a Mapou, que Anil estaría allí y que mi madre se nos uniría, que David sería como un hermano para nosotros y como un hijo para nuestra madre, y que volveríamos a ser tres hermanos y las cosas irían mejor. Ahora sé que ese plan era ridículo, que se basaba en algunas palabras de David que yo creía haber oído porque el corazón ansía milagros, pero entonces, durante esas horas de la huida, no había para mí nada más real y tangible.

Para deshacerme de los pensamientos sobre mi madre y lo mucho que la echaba de menos, me levanté de un salto y me dio un calambre terrible a lo largo de la espalda y de la nuca. No se trataba realmente de un dolor, más bien parecía que me habían cargado un tronco a la espalda y que me había levantado con ese peso encima. Se me cortó el resuello y caí de rodillas. David también se había incorporado, pero seguía apoyado en el árbol, con los labios blancos y vacíos de sangre, y sus ojos brillantes me miraban mientras extendía el brazo hacia mí. No sé si era una llamada de socorro o si quería sostenerme. Dejé pasar unos largos minutos antes de volver a levantarme, y luego di algunos pasos para desentumecer la parte trasera de mi cuerpo. Respiré a pleno pulmón, moví los brazos y, al cabo de un momento, el peso se aligeró sin llegar a desaparecer del todo. Comimos unas rodajas de piña y bebimos agua. Con la bolsa de nuevo llena con una botella de agua fresca y algo de fruta, iniciamos nuestro descenso hacia el valle.

David caminaba con dificultad, pero iba avanzando. Yo encontré una caña cerca del vergel y David la utilizó como bastón. Pensé que igual era una rama de alcanforero como la de Anil, y eso me dio ánimos, pues me lo tomé como una señal de que mi hermano nos esperaba, de que el viaje iba a resultar agradable.

El trayecto hacia el valle era interminable. Sin embargo, la dirección era la correcta, no nos podíamos equivocar. Resbalábamos sobre los guijarros, más malintencionados que los de la víspera, más numerosos, ¿cómo era posible? Creo que caminamos durante una hora antes de avistar el. valle, y en ese momento tuve que combatir las ganas de tumbarme, de quitarme de encima un rato el yunque que llevaba a la espalda, que me aplastaba la nuca y me encerraba la cabeza en un yelmo.

Me pareció que el pueblo estaba bastante cerca, así que cogimos sin pensarlo el sendero que serpenteaba en el valle, a la derecha. David respiraba con dificultad, estaba ardiendo y con la transpiración sus cabellos parecían menos rubios, aplastados como estaban contra la frente y el cráneo. Llevaba desde la noche anterior haciéndole la misma pregunta: ¿Estás bien? ¿Estás bien? ¿Estás bien? A veces decía que sí, a veces asentía con la cabeza, a veces se contentaba con sonreír, pero entonces, justo antes de bajar hacia la población, negó con la cabeza lentamente, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.

– No.

Le costaba mantener los ojos abiertos, como si le molestara la luz del día. Fue en ese momento cuando empecé a asustarme. No dije nada más y anduvimos cogidos del brazo hasta que el camino se hiciera más plano y menos rocoso. Había una pequeña bajada y mi cuerpo de plomo le llevaba la contraria a mis recuerdos: no, yo no podía haber sido ese crío rápido y ágil al que le encantaban esas bajadas en las que si aceleras como es debido y miras siempre hacia delante para prevenir los obstáculos, parece como que te salen alas. Había cruzado el brazo con el de David. Sentía un escalofrío regular bajo su piel y eso me impresionaba más que un simple temblor. Se me antojaron muy lejanos los tiempos en que David tomaba carrerilla y saltaba en el aire moviendo las piernas como un campeón. Volvía a ver su rostro en pleno salto, ese rostro que sólo me miraba a mí, y comprendí entonces, desde el fondo de mi alma, que ese tipo de alegría sencilla y sin problemas se había acabado para nosotros.

Voy a intentar describir con exactitud el lugar en el que nos detuvimos. Es importante porque se trata del sitio en el que David cerró los ojos. No sé si murió allí o más tarde, cuando lo llevaba a la espalda. No lo sé y, francamente, no lo quiero saber, pues ciertas cosas resultan tan dolorosas que más vale no removerlas. E incluso cuando uno es tan viejo como yo, cuando se es consciente de toda la tristeza que se acumula en una vida y uno cree que ya almacena suficientes arrugas y vagos recuerdos como para pensar que está preparado para todo, más vale no saber nada.

No habíamos hecho mucho camino, es cierto, pero fue como entrar en un universo paralelo, en un lugar muy diferente de aquel del que veníamos. Había árboles grandes con troncos inmensos y raíces que salían de la tierra hasta formar montículos cubiertos de musgo. En algunos troncos crecían helechos largos, verdes y estilizados. La luz atravesaba el follaje espeso y caía a nuestro alrededor en forma de láminas. Su clara efervescencia rodeaba el lugar, y tal vez fue por eso por lo que esos árboles grandes y pesados, esas raíces expuestas como excrecencias sobrenaturales y esos helechos que crecían sobre la corteza no nos asustaron. David se acercó a un árbol, frotó un helecho entre los dedos, pasó lentamente la mano sobre la húmeda corteza y, por último, apoyó todo su cuerpo contra el árbol, como si lo abrazara. Nunca había visto a nadie comportarse así, pero no hice el menor ruido ni el más mínimo movimiento, pues temía estropear algo sagrado. Yo le contemplaba, con sus brazos alrededor del tronco, sus piernas pálidas y temblorosas que le salían del pantalón corto como dos palillos, su piel blanca contra la oscura corteza y sus cabellos rubios que se mezclaban con los helechos. Cuando hubo terminado, recuperó el bastón que había apoyado en el árbol y se dirigió lentamente hacia mí, cojeando. Habría dado lo que fuera para que soltara ese bastón, para que corriera como antes, de soslayo, y para que su pelo rubio le saltara sobre la cabeza. Me sonrió, alzando una comisura al principio, inclinando un poco la cabeza después, y, no sé por qué, eso me llenó de una tristeza infinita y me llevó a apartar la mirada para que él no viera las lágrimas que me caían por las mejillas. Estábamos agotados. A mí me dolía todo y la boca me sabía a yeso. Nos sentamos en el hueco de un árbol. Las raíces trazaban una V al pie del tronco y eran tan gruesas y tan altas que te podías apoyar en ellas. David me puso la cabeza en el hombro, como hacía por las tardes en la cárcel. Recuerdo que me pesaban las piernas y que la cabeza me zumbaba con un dolor cada vez más fuerte, pero también me acuerdo del silencio y de la sensación increíble de paz que nos proporcionaba. Le alisé el cabello dorado con la palma de la mano porque sabía que ése era un gesto muy tranquilizador. Mi madre nos lo hacía en Mapou y Anil me lo hacía a mí cuando estaba enfermo y machacado por la tos.

Me gustaría poder decir que David me habló, me gustaría poder decir que cantó una vez más, me gustaría poder decir que me abrazó con fuerza una última vez, me gustaría poder decir que sentí algo, un suspiro, una palabra, una respiración más larga que otra, cualquier cosa que me hubiera hecho entender que había llegado el momento, pero no, no intuí nada. Le alisé el pelo durante un buen rato, la mano me dolía, pero no dejé de hacerlo hasta que cerró los ojos. ¿Acaso murió allí, bajo mi mano, apoyado en mi hombro? ¿Acaso creí que se dormía aunque, en realidad, se estuviera yendo?

Cuando desperté, me costó recordar dónde estaba. Había refrescado y notaba los rizos de David en el cuello, su peso en el hombro y el agua que corría en algún sitio. Aparté el hombro con toda la delicadeza posible, sosteniendo la cabeza de David y apoyándola en las raíces. Quise levantarme, pero fue en vano. Tenía la espalda dura como el cemento y miles de hormigas parecían arrastrarse por mis piernas. Titubeé un poco antes de poder levantarme. Di algunos pasos, pero cada vez que ponía el pie en el suelo tenía la impresión de que se me iban a desintegrar los huesos, de que las piernas no podrían aguantar mi peso mucho rato. Caminé alrededor del lindero lo mejor que pude, paso a paso, esperando a que los músculos dejaran de estar agarrotados. Los ojos me ardían y sólo tenía un deseo, tumbarme y dormir, con lo que llegué a la conclusión de que también yo tenía fiebre.

Explicar exactamente. Empecé por llamarle. Despierta, David, le dije varias veces. Me acerqué a él, le dije su nombre a la oreja, lo sacudí con suavidad, pero su cuerpo resbaló y se quedó tendido cuan largo era. Fue entonces cuando vi en el suelo su cadena con la estrella de David. La recogí y me la guardé en el bolsillo para no olvidármela. Era una señal, ¿verdad? Yo las buscaba en el cielo, en las nubes, en el vuelo de los pájaros, pero no me fijé en ese colgante de oro deshecho y nunca pensé que conservaría la estrella de David durante sesenta años. Le llamé y lo sacudí con algo más de energía, pero fue en vano. Como un motor que se pone en marcha y ruge cada vez más fuerte, yo veía cómo crecía mi temor. Me costaba mantenerme de pie, pero el miedo me ayudaba a olvidar el dolor. Le eché agua a la cara, al principio sólo unas gotas, pero como eso no funcionaba le vacié toda la botella en la cabeza. Arranqué una hoja de helecho y traté de despertarle haciéndole cosquillas en las orejas. Pero no se movía. Me zumbaban los oídos y empecé a gritar. ¡David! ¡Despiértate! Le levanté un párpado y aún me acuerdo de su iris verde apuntando hacia arriba, como si intentara mirar por encima de la frente. Acerqué el rostro a ese iris confiando en que me viera por fin y se despertara. Pero él seguía inmóvil.

Entonces, para hacer algo, para mantener las manos ocupadas, para no ver, para no entender, hice todo lo que pude para despertarle, cosa que cuento hoy con mucha tristeza. Intenté ponerle de pie, echármelo al hombro, le grité, le berreé el nombre en la oreja, lo sacudí, hasta le amenacé con dejarle caer si no se despertaba, le pasé los brazos por los sobacos, lo levanté, arrastré su cuerpo unos metros y acabé así, pegado a ese cuerpo inmóvil con la cabeza caída y los brazos que se bamboleaban, sin atreverme a dar un paso. Pero muy pronto las piernas doloridas me empezaron a temblar y ya no pensaba más que en no soltarlo, ni hablar de soltarlo, y las malditas piernas clamaban su dolor, un dolor asqueroso que me atacaba por todas partes, pero no lo solté, me mantuve firme hasta que yo mismo me derrumbé, y aun así no dejé de abrazarlo. Dios es consciente del poco respeto que le tuve a David en ese momento, debería haberle dejado en paz, pero había prometido no soltarlo.

En el suelo, me pegué a él y lloré y supliqué como nunca tuve la ocasión de hacerlo con todos aquellos a los que perdí. No necesito recrearme en lo que decía. Sea cual sea el país, el idioma, la edad o la condición social, en esos momentos sólo usamos variantes de las mismas frases y las mismas palabras. No me dejes. Me dolía todo, la boca me sabía a sangre, pero no dejaba de rezar y le rogaba que despertase. Al cabo de un momento, le apoyé la cabeza en mi hombro y alisé su cabello con la mano. Sabía lo bien que sentaba ese gesto. El corazón me estallaba de dolor, así de sencillo, y me eché a llorar en la espesura de árboles y helechos, lloré como el niño que era.

Creo que no me habría movido, que habría acabado muriendo también en ese rincón umbrío y silencioso, si no hubieran venido a buscarnos.

Cuando oí los primeros ladridos a lo lejos, aunque el cuerpo me pesaba como si fuera de plomo, no dudé ni un segundo. Es increíble la fuerza de un cuerpo acorralado. Me di la vuelta de manera que la espalda encajara en el pecho de David. Le cogí los brazos, me los crucé alrededor del cuello y, con un movimiento seco, me puse de rodillas. Oía a los perros acercándose, pero no tuve miedo. Pensé en el fardo de ropa e intenté repartir bien el peso de David en la espalda, más hacia los hombros que hacia las caderas, me incliné un poco más y me erguí apretando los dientes. Trastabillé al asegurar sus brazos en el cuello y luego traté de correr. No lo conseguí, pero fui avanzando paso a paso. David resbalaba y yo pensaba en el fardo y en mi madre y en lo contenta que estaría de vernos, a los dos, y ella sí que sabría qué medicamentos necesitaba David, ella sí que sabría qué hacer, a quién invocar, a quién suplicar, a quién rezar. Sí, caminaba una vez más hacia la casa hundida en el bosque, y mi madre iría a buscar sus plantas, sus raíces y sus hojas. Mapou ya no tenía ninguna importancia, yo había dejado de pensar en Anil, toda mi alma estaba consagrada a trasladar a David a la casa. Iba agachado, los pies de David se arrastraban por el suelo a mi espalda, pero no dejé de andar. Seguía un camino oscuro y hecho de musgo, y por doquier, frente a mí, bajo los pies, por el rabillo del ojo, veía esos helechos suaves y velludos. Yo le decía a David que no nos íbamos a separar, se lo volvía a prometer de nuevo. Como en el bosque, la primera vez que me había seguido, pronuncié esas palabras marcándolas bien, articulándolas como si estuviera en clase. No tenía miedo y, aunque todo me hacía un daño atroz, disponía del valor fulgurante de los críos asustadizos y desdichados.

Cuando llegaron ante nosotros, ellos, los gigantes, los policías de uniforme azul, negro y blanco con sus porras lustrosas y esos perros que saltaban hacia nosotros como si fuéramos lAdrOnEs, mAtOnEs y cAnAllAs, cuando me vieron, con David a la espalda, ¿es cierto que grité y chillé como una bestia feroz, según me explicó mi madre en diferentes ocasiones? ¿O acaso vacilé y lloré todas las lágrimas posibles, que es lo que hago ahora, sesenta años después, sobre su tumba?


15.

<p>15.</p>

Cuando los policías nos encontraron en el bosque, David y yo estábamos a tan sólo una hora de camino de la prisión. Tres días, tres días dando vueltas alrededor de Beau-Bassin, eso era lo que habíamos hecho. David estaba muerto y yo tenía poliomielitis. No trasladaron su cuerpo a la cárcel, lo enterraron aquí, en Saint-Martin, en el cementerio judío. La prisión de Beau-Bassin estaba en cuarentena, pues la epidemia de polio se extendía por toda la isla. Los policías querían enviarme al hospital del Norte, pero mi madre les suplicó que no lo hicieran y ellos se limitaron a entregarme a ella. Fue mi madre quien me contó todo esto. Mi memoria se detuvo en ese lindero fresco y umbrío, entre los helechos y la penumbra, mientras gritaba con David a cuestas.

Mi madre me dio masajes durante dos meses con hierbas, aceites y no sé qué más. Me hizo beber infusiones y tisanas. En cuanto salía el sol, se ponía a elaborar sus mezclas de aceites y hierbas en el cuenco de cobre estañado, y uno de mis primeros recuerdos tras la muerte de David es el tintineo regular de la cuchara golpeando el fondo del recipiente. En el mes de mayo de 1945, tres enfermeros con bata blanca vinieron a buscarme. Iban de pueblo en pueblo recogiendo a los niños que habían sobrevivido a la polio para ponerles un aparato ortopédico en los pies. Mi madre me escondió en el cobertizo, ahí donde habíamos ocultado a David, e hizo como que no entendía lo que le decían. Volvieron al día siguiente, y luego, algo después, lo dejaron estar, ¿para qué insistirle a una pobre familia?

Me quedé un año entero en casa, tumbado la mayor parte del día, llorando a veces durante horas. Mi padre no me volvió a dirigir la palabra. Esto es algo que pocos pueden creer, pero lo cierto es que no volvió a hablarme hasta que murió en 1960. Cuando quería comunicarme algo, lo hacía a través de mi madre. El director de la cárcel lo había despedido cuando encontraron a David conmigo, y ahora trabajaba como ayudante de un hojalatero en un taller del pueblo. Cuando volvía, traía consigo un olor metálico que te hacía rechinar los dientes. A veces le levantaba la mano a mi madre, y yo, desde la cama, gritaba como nunca había pensado que pudiera hacerlo hasta que aparecía en mi cuarto, con la mano alzada, dispuesto a hundirme ese grito en la garganta. Pero a mí tampoco volvió a pegarme. Ahora, yo sólo disponía de ese truco para proteger a mi madre. Y él se detenía al verme, no sé por qué le causaba yo ese efecto desde mi fuga. Soltaba dos o tres palabrotas, daba unas palmadas y se iba. Fue un año espantoso para mí, y no me avergüenza reconocer que cada mañana rezaba para que me muriera. Tenía diez años.

Pero nada me ocurrió. Por el contrario, me curé de la poliomielitis y no llevo ningún aparato; aunque tengo la pierna izquierda atrofiada y cojeo ligeramente, de joven pude correr muy rápido. Recuerdo que en los años setenta un diario publicó un artículo sobre la epidemia de polio de 1945 y me hicieron una entrevista al respecto. En ese artículo, el periodista hablaba de mí como de un «milagro», pero no creo que supiera hasta qué punto tenía razón.

En la actualidad, a veces me cruzo con personas de mi edad que llevan en el pie ese artilugio de plataforma, negro y monstruoso, y yo las contemplo con ternura y un poco de culpabilidad. No me atrevo a decirles que también yo contraje la poliomielitis, pero tuve la suerte de tener una madre que me quería más que a nada en el mundo y que era un poco hechicera.

Mi madre no sabía leer ni escribir, y cuando hacía falta, apoyaba el pulgar sin vergüenza alguna en una almohadilla de tinta para firmar algún papel. Cada vez que creo estar lleno de certezas, pienso en eso, en esa huella azul, y vuelvo al sitio que me corresponde. Hacia el final de su vida, esa madre que no sabía leer ni escribir quiso irse a vivir a una residencia en Albion, en la costa noroeste. Era un lugar blanco de sol, muy caluroso, en el que había que entornar los ojos para contemplar el mar. A mí no me gustaba la idea de que mi madre viviese allá, aunque no sabría decir exactamente por qué, tal vez por lo mucho que había insistido ella, tal vez porque así me arrebataba el único deber que me quedaba, ahora que mi hijo era mayor y que yo había enviudado: ocuparme de ella como ella se ocupó de mí.

A decir verdad, se trataba de un lugar muy agradable. Estaba situado entre casuarinas y grandes plátanos, tenía un tejado rojo que se veía de lejos, una enorme antena parabólica para ver cien canales de televisión, flores por todas partes, tanta calma que casi se podía oír el ruido de los rayos de sol al calentar las paredes, parecía un hotel. Mi madre disponía de un pequeño apartamento, ¡nada que ver con lo que había tenido en Mapou y en Beau-Bassin! Creo que le encantó el cambio, esa nueva vida con amigas para hablar de naderías, un picnic semanal organizado en el otro extremo de la isla, juegos de naipes por la tarde, clases de yoga para los más valientes y tele por la noche, antes de dormirse con la ventana abierta. Cuando yo me iba, después de cada visita, le daba un beso y la miraba fijamente a los ojos mientras le preguntaba si quería volver a casa; y siempre me decía a mí mismo que si veía la menor duda ensombreciendo sus ojos, el menor gesto, le haría la maleta en el acto. Pero no, ella me cogía del brazo y me empujaba, tronchándose de risa, hacia la puerta. Invariablemente, al llegar al patio, me volvía hacia su apartamento y ahí estaba ella, en el balcón, sonriendo, con una mano haciendo de visera y la otra saludándome, y se me encogía el corazón de una manera brutal. Volvía a verla en nuestra casa del bosque, con los hombros erguidos como si esperara una nueva sesión de golpes, volvía a verla con sus mejunjes, sus pociones y sus fórmulas mágicas. Volvía a verla caer, deslomada por mi padre, y sentía de nuevo su peso en mis manos, repentinamente. Volvía a verla con la cotorra roja y oía su carcajada ante David. Pensaba de nuevo en esos largos meses en los que, de día y de noche, me frotaba las piernas para curarme. Y ahí, esa mujercita sonriente en el balcón, a pleno sol, era ella y al mismo tiempo no lo era; y, en el camino de regreso, siempre acababa llorando, llorando por la ilusión de esa tranquilidad final, llorando por esas cosas que llegan demasiado tarde como para poder borrarlo todo.

¿Pensaría mi madre, durante sus últimos años, en la muerte como yo pienso en ella ahora? Como ese gran torbellino que ha ido llevando a cabo su misión a mi alrededor, lentamente, tragándose uno a uno a Anil, Vinod, David, mi padre, mi mujer, mi madre.

Un día le pregunté si sabía quiénes eran las personas de la cárcel de Beau-Bassin. Me respondió que la gente decía que se trataba de emigrantes europeos cuyo barco se había quedado varado en la isla mientras iban hacia Australia.

– ¿Él no te explicó nada?

Ese pronombre, «él», llegó muy tarde a las conversaciones entre mi madre y yo. Antes creo que le llamaba «padre», pero nunca «papá».

– No. Él no me hablaba de su trabajo.

– ¿Sabías que en esos momentos había una guerra en Europa?

– Sí, lo sabía. En Mapou había hombres que se habían alistado en el ejército. Se ganaban mejor la vida con un fusil que con la hoz de cortar caña, ¿sabes? Tenían ropa, tenían comida y podían enviarle dinero a la familia.

– ¿Así que estabas al corriente de la guerra? ¿Y por qué no me lo dijiste nunca?

– Pues no sé. No se me ocurrió.

Yo había pronunciado mi última frase de manera un tanto abrupta, aunque luego lo lamenté, pues era evidente que ella tenía otras cosas en que pensar: en sus dos hijos muertos, en un marido violento, en ese hijo pequeño, taciturno y agreste.

Cuando la cárcel de Beau-Bassin se vació, cuando por fin volví al colegio, nunca hablé con nadie de David. Nunca hice preguntas, nunca conté lo que me había pasado, nunca grité de dolor, me limité a levantarme y a seguir con mi vida. Cuando mi madre me preguntó adónde pensaba ir con David, le respondí: a Mapou para ver a Anil. Ella me dijo amablemente una frase reservada a los niños, Anil está en el cielo, y me hizo prometer que no volvería a irme de esa manera. Yo ya no quería ver de nuevo a Anil porque, por extraño que pudiera parecer, ahora que David se había ido, tenía la sensación de que Anil también estaba muerto y enterrado.

Cuando iba a la escuela y caminaba en el frescor de la mañana, mientras el rocío brillaba en la hierba y reinaba el silencio, yo notaba el vacío en mi interior. Recuperé la costumbre de colarme en agujeros, a hundir la cabeza en la tierra, a camuflarme entre los arbustos y a subirme a los árboles para esconderme. Me acercaba a la prisión y me tiraba horas vigilando aquel patio vacío, sucio y abandonado. Sólo ahí, en el lugar en que vi a David por primera vez, sólo ahí me permitía llorar. Al igual que la cárcel de Beau-Bassin, también mi vida estaba vacía y volví a hablar solo, a contarles cosas a mis hermanos, a David. Cuando cerraba los ojos, Anil, Vinod, David y yo formábamos una fraternidad indivisible, y a veces, en sueños, parte de mi cabello era rubio.

Pasó el tiempo. Mientras el bosque se espesaba de nuevo cada invierno y los frutos se llenaban de zumo cada verano, yo crecía. A veces sacaba del escondite del armario la cadena de David. Me la ponía alrededor de los dedos como si fuera un rosario, cerraba los ojos y regresaba a mí la certeza de mi amistad con David.

En 1950, yo tenía quince años y había obtenido aquella famosa beca de la que la señorita Elsa le había hablado a mi madre. Desde hacía un año, le sacaba a mi padre una cabeza; por las mañanas sentía una especie de cólera reprimida, pero no le decía nada a mi madre. Ella daba vueltas a mi alrededor, la pobre, preparándome el té, el bocadillo, estaba orgullosa de mí, ya no tenía tanto miedo, me veía partir y yo ni le dedicaba una mirada. Por el camino, a veces, cogía una piedra y la lanzaba a lo lejos, al frente o al bosque, y luego cogía otra, y una tercera, y una cuarta, y no paraba de tirar piedras mientras la cólera me subía a los ojos, pegaba un grito con cada pedrada, un grito a medio camino entre el sollozo y el gruñido propio del esfuerzo, hasta que me quedaba sin piedras. Si me daba por recoger un palo, cualquier palo, uno de esos gestos automáticos que todos hacemos al andar, me acordaba de pronto y rompía el bastón contra un árbol, contra el suelo, lo destrozaba y lo machacaba hasta que se me deshacía en la mano dejándomela llena de astillas y arañazos. En el colegio, me encogía de hombros, no hablaba, daba miedo con la manera que tenía de apretar la mandíbula y contener la respiración hasta que las venas del cuello y de la frente se me hinchaban. A veces, los puños me picaban y tenía que aplastarlos contra una mesa, una pared, un tronco de árbol o, una o dos veces, contra la cara de alguien. Aplacaba la tristeza y los recuerdos con la ira. En las escasas ocasiones en que me paraba a pensar en lo que hacía, en lo que me estaba convirtiendo -esa manera que tenía de no mirar a mi madre, de caminar a zancadas, de girar la cabeza con rapidez, de gesticular con brusquedad, de dejarme ir, de apretar los puños, de no hablar, de pegar a ciegas-, era plenamente consciente de a quién me parecía. Y ese pensamiento, esa evidencia de que, a fin de cuentas, yo no era más que el hijo de mi padre, me daba ganas de suicidarme y me hacía lamentar, una vez más, que de todos esos hombres buenos y justos en que se habrían convertido Anil, Vinod y David sólo yo hubiera sobrevivido. Estoy convencido de que habría acabado haciendo alguna tontería, no se exactamente qué, zurrarle la badana a alguien en serio, pegarme con mi padre, arrojarme al mar, qué más da, seguro que podría haber acabado muy mal, como suele decirse en estos casos.

Pero tuvo lugar aquel curso de historia. Yo tenía quince años y, durante una semana, de diez a doce de la mañana, el profesor, un tipo algo pedante con nombre de flor, aunque no recuerdo exactamente cuál, nos habló de la Segunda Guerra Mundial. Estábamos en 1950 y, por increíble que hoy pueda parecer, era la primera vez que yo oía hablar de ella. El hombre había desplegado un gran mapa con flechitas clavadas para indicar los asaltos, las invasiones, los v desembarcos. Luego habló de los judíos. ¿Cómo explicar lo que sentí cuando aquel profesor se puso a hablar de pogromos, de estrellas amarillas, de campos de exterminio, de cámaras de gas? Estaba horrorizado ante lo que descubría y, al mismo tiempo, por primera vez en muchos años, me sentía feliz: David había regresado. Me levantaba por la mañana pensando en mi amigo. Pensaba en la manera en que realizaba sus saltos de longitud, en el modo que tenía de caminar de soslayo. Eso me entristecía, pero también me hacía sonreír y olvidarme de tirar piedras, romper palos y meterme con los demás alumnos. Pensaba de nuevo en mis noches en la cárcel, en los cantos de la prisión, en mi madre y en la cotorra, y todos esos recuerdos me hacían compañía.

Esperaba que el profesor hablase de una vez de quienes estaban en Beau-Bassin y de los que mi madre me dijo que habían tomado un barco. ¿Y si en alguna parte, aquí mismo, había sucedido aquello de lo que hablaba el profesor? Esas cosas horribles, esas chimeneas como las de Mapou en las que, en vez de cañas crepitando en el fuego, había hombres, mujeres y niños. Me retorcía en la silla de puro nerviosismo. El viernes, cuando el profesor anunció que la semana siguiente hablaría de Napoleón Bonaparte, levanté la mano. Debo decir que en esa época los alumnos no hablaban mucho, sólo cuando se les preguntaba algo.

– Dime, Raj.

– Señor, ¿podría hablar de los judíos que llegaron aquí?

– ¿Perdón?

– ¿Sería tan amable de hablarnos de los judíos que llegaron aquí?

– Pero si aquí no hubo judíos. ¿De dónde sacas eso? ¿Cómo crees que podrían haber venido desde Europa? ¿Nadando?

No sé quién empezó a reírse primero, cosa que, a fin de cuentas, carece de importancia. Me volví a sentar mientras la clase y hasta el profesor se partían de risa. Que los demás se burlaran de mí durante mucho tiempo, que a la siguiente semana el profesor me preguntara, con gran regocijo del alumnado, si creía que Napoleón había estado en la isla, todo eso no tenía ninguna importancia. Lo relevante era que mi cólera había desaparecido, que finalmente el pequeño Raj que yo había sido no estaba del todo muerto; que digan lo que quieran, que crean lo que les plazca, nunca nadie me quitará la íntima convicción de que, en cierta medida, David regresó para devolverme al recto camino, y que él fue, a lo largo de mi vida, mi ángel de la guarda.

Tuve que esperar hasta 1973 para saber cómo llegaron a la isla los judíos de Beau-Bassin.

Yo era un hombre feliz en esos tiempos. Después del instituto, seguí una formación de tres años para convertirme en maestro. El pequeño Raj se había dormido apaciblemente en mi corazón, había comprado una caja roja en la que había metido la cadena de David, y mi mujer -la única persona a la que le había contado esta historia- la guardaba junto a las joyas que le habían regalado para nuestra boda. En 1973 yo era joven y fuerte, los años de Mapou y Beau-Bassin habían hecho de mí, finalmente, o así lo espero, un hombre justo, honrado y trabajador. Me ocupaba de mi hijo, de mi mujer y de mi madre, tenía una casita rodeada de flores y árboles frutales y, cuando volvía de noche, tras haber enseñado a leer y a escribir a los niños durante todo el día, mi familia me estaba esperando con ganas de verme. Qué magnífica época aquella, cuando tenía la sensación de servir para algo y de que mi amor alimentaba mi casa, a mi mujer, a mi hijo, a mi madre. En esos momentos, cuando era feliz, cuando era fuerte y joven, me quebré como una rama seca y apolillada al descubrir por fin la verdadera historia de David.

Vivíamos en un pueblecito al este del país, todos aquellos a los que amaba y que aún vivían me rodeaban y tenía la impresión de que mis años de infelicidad habían quedado atrás. Mi padre había muerto en 1960, y recuerdo que cuando lo incineramos se me llenaron los ojos de lágrimas y me pregunté cómo era posible llorar por alguien que me había pegado y hecho sufrir tanto.

Era un domingo y a mí, en esa época, me encantaban los domingos. Por la mañana, desayunábamos juntos y tomábamos queso y mermelada. Mi mujer rallaba el queso y a mí me parecía que mi hijo y yo teníamos la misma edad, pues nos quedábamos mirando ese pequeño montículo de color amarillo pálido con los ojos redondos de deseo. Mi madre se servía viruta a viruta, lo cual aún hoy me hace sonreír, pues la veo de nuevo introduciéndose en la boca ceremoniosamente cada trocito ínfimo de queso. A continuación, mientras mi mujer y mi madre preparaban un copioso almuerzo, yo me llevaba a mi hijo al centro del pueblo, que estaba a unos dos kilómetros, para comprar el periódico. Eso también era digno de destacar. Le daba la mano por el camino y los vecinos me saludaban con respeto porque yo era un maestro de escuela. Atravesábamos un campo de caña, seguíamos una carretera bordeada de flores y dejábamos atrás otras casas hasta llegar al centro del pueblo. Ahí había un quincallero, un mecánico de bicicletas y un colmado que vendía un poco de todo: tabaco, alcohol, legumbres, conservas, caramelos y el periódico. El dueño sólo encargaba diez ejemplares y los ponía en una vitrina, bien a la vista, como si se tratara de productos de lujo. Mi hijo y yo nos tomábamos nuestro tiempo para llegar hasta allí porque nos parábamos a menudo para hablar con otros aldeanos y porque, como si fuera un médico, todo el mundo tenía algo que decirme. Al final de todas las conversaciones, antes de llegar al colmado, me decían: A comprar el diario, ¿verdad? Y al regresar: ¡Ya ha pillado el diario!

Mi hijo elegía un caramelo, un chicle o un refresco y se tiraba un buen rato para decidirse, y como era domingo, yo le dejaba tranquilo, charlaba con los clientes en el mostrador y todo era muy agradable. Por el camino cogía flores silvestres para mi mujer, y creo que yo era el único hombre de nuestro pueblo que hacía algo así en esos tiempos. Cuando volvíamos, la comida estaba casi lista, mi mujer se ruborizaba mientras ponía las flores en un jarrón -¿pensaba tal vez en aquella primera cita en el puerto?- y almorzábamos. Yo leía el periódico nada más acabar, en la tumbona de mimbre, bajo el enorme mango. Había en el aire una atmósfera particular y me sentía contento de estar vivo. Fue ahí, bajo un mango, donde descubrí cómo habían venido a parar a la isla todos esos judíos. Era un artículo breve en la página seis en el que se hablaba de una pequeña ceremonia en el cementerio de Saint-Martin.


El viernes por la mañana, el cementerio judío de Saint-Martin vivió una agitación muy poco habitual. Una delegación compuesta por unas diez personas y procedente de Estados Unidos se congregó ante las tumbas de los 127 judíos muertos en el exilio en Mauricio durante la Segunda Guerra Mundial. Formando parte de dicha delegación había cuatro antiguos exiliados que, veintiocho años después de haber abandonado el país, volvían a poner los pies en esta tierra que odiaron durante tanto tiempo.

Es un pedazo de la historia mundial que, a día de hoy, sigue siendo desconocido. En efecto, pese a su lejanía de Europa, la isla Mauricio tuvo un papel en la Segunda Guerra Mundial. El 26 de diciembre de 1940, el Atlantic llega a Port-Louis con cerca de 1.500 judíos a bordo. Entre ellos hay austriacos, polacos y checos que, desde el otoño de 1939, huyen del nazismo. Algunos embarcaron en Bratislava, otros en Tulcea, en Rumania. Todos quieren llegar a Palestina, que está bajo mandato británico. Desgraciadamente, al llegar al puerto de Haifa y carecer de documentos de inmigración en regla, son considerados tan sólo como inmigrantes ilegales por el British Foreign Office y el British Colonial Office. El Atlantic es rechazado y los judíos son deportados a la isla Mauricio, que entonces era colonia británica. Se interna a los judíos en la cárcel de Beau-Bassin hasta agosto de 1945; y durante esos cuatro años de exilio, 127 de ellos morirán y serán enterrados en Saint-Martin.

En el transcurso de la emotiva ceremonia, en la que se colocó un ramito de flores sobre cada tumba, una antigua exiliada, Hannah, nacida en Praga en 1925, nos dedicó unas palabras en presencia de la delegación y de algunos curiosos. «Nos pasamos cuatro años encerrados en Beau-Bassin y no entendíamos por qué estábamos en la cárcel, en un país tan alejado de todo. Nadie sabía de nuestra existencia, éramos unos apestados, nuestra vida cotidiana era penosa y no teníamos ningún derecho a salir. Cada día, sólo soñábamos con una cosa: llegara Eretz. Cuando por fin partimos en 1945, juré, al igual que muchos de los detenidos, que nunca volvería a poner los pies en Mauricio. Pero aquí estoy hoy, pensando en mis amigos del Atlantic y en todos los judíos que no tuvieron la suerte de sobrevivir.»

Acto seguido, la delegación fue recibida por el ministro de Asuntos Exteriores, quien garantizó a los presentes el buen mantenimiento del cementerio y la próxima formación de un comité para salvaguardar el recuerdo de los judíos detenidos en Mauricio. Lamentablemente, nunca conoceremos todos los detalles de este episodio dramático de la historia porque los expedientes del Foreign Office siguen siendo confidenciales.


La sangre me azotaba cada vez más las sienes a medida que iba leyendo el artículo. Recuerdo haber hundido la cabeza entre las manos y haber llorado como no lo había hecho en años. Y cuando quise levantarme de la tumbona para lavarme la cara, me derrumbé como un tronco abatido por un ciclón, pues mi corazón no era lo suficientemente fuerte como para soportar semejante descarga de recuerdos.

A partir de ese momento, nunca he dejado de buscar a David en libros, documentales y archivos para intentar entrever cómo vivió esos años terribles. Una voz, unas palabras, una emoción que habría podido ser la suya, la de un niño embarcado a los cinco años, junto a sus padres, en un barco cargado de refugiados de camino a Palestina. ¿Cuándo y cómo murieron sus padres? ¿Quién le cogió en brazos para consolarle en ese momento? ¿Quién cuidó de él? Lo ignoro.

Mientras hundo la caja roja que contiene su estrella entre el granito negro de su tumba y la tierra, vuelvo a ver a ese niño rubio, sus magníficos saltos de longitud, su rostro benévolo que se recorta contra el cielo y el follaje de los árboles, veo a la cotorra roja sobre sus cabellos dorados y me digo que ahora mismo le voy a contar a mi hijo la historia de David, para que también él la recuerde.


Nathacha Appanah

<p>Nathacha Appanah</p>
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