Marc Levy

La química secreta de los encuentros


Título origina L’étrange voyage de Monsieur Daldry

© de la traducción, Juan Camargo, 2012


Las previsiones son difíciles de hacer,

sobre todo cuando conciernen al futuro.

PIERRE DAC

A Pauline

A Louis

A Georges


– Yo no creía en el destino, ni en las pequeñas señales de la vida que supuestamente nos muestran qué camino tomar. No creía en las historias de videntes, ni en cartas que predicen el futuro. Creía en la simplicidad de las coincidencias, en la verdad del azar.

– Entonces, ¿por qué emprender un viaje tan largo, por qué venir hasta aquí si no creías en nada de todo eso?

– Por culpa de un piano.

– ¿Un piano?

– Estaba desafinado, como esos viejos pianos de ragtime embarrancados en los comedores de los oficiales. Tenía algo peculiar, o quizá lo peculiar era el hombre que lo tocaba.

– ¿Quién lo tocaba?

– Mi vecino de rellano; bueno, no estoy segura del todo.

– ¿La razón de que estés aquí esta noche es que tu vecino tocaba el piano?

– En cierto modo. Cuando sus notas retumbaban por el hueco de la escalera, me daba cuenta de mi soledad; para huir de ella, acepté ir ese fin de semana a Brighton.

– Me lo tienes que contar todo desde el principio, lo veré todo más claro si me lo presentas en orden.

– Es una larga historia.

– No hay prisa. Hay viento marero, está a punto de llover -dijo Rafael acercándose a la ventana-. No me volveré a hacer a la mar hasta dentro de dos o tres días, como pronto. Voy a prepararnos un té y me contarás tu historia, y tienes que prometerme que no te olvidarás de ningún detalle. Si el secreto que me has confiado es cierto, si, a partir de ahora, estamos unidos para siempre, necesito saberlo.

Rafael se arrodilló ante la estufa de fundición, abrió la pantalla y sopló sobre las ascuas.

La casa de Rafael era tan humilde como su vida. Cuatro paredes, una única habitación, una techumbre rudimentaria, un suelo gastado, una cama, una pila dominada por un viejo grifo del que corría el agua a temperatura ambiente: glacial en invierno y tibia en verano, cuando habría hecho falta lo contrario. Una sola ventana, aunque daba al estrecho del Bósforo; desde la mesa a la que Alice estaba sentada se podían ver los grandes barcos meterse en el canal y, tras ellos, las orillas de Europa.

Alice bebió un sorbo del té que Rafael acababa de servirle y comenzó su relato.


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Londres, viernes 22 de diciembre de 1950


La tormenta golpeaba en el lucernario que había encima de la cama. Una insistente lluvia de invierno. Harían falta muchas más para limpiar la ciudad de las manchas de la guerra. No habían pasado más que cinco años desde el final de la contienda, y la mayor parte de los barrios conservaban aún las cicatrices de los bombardeos. La vida volvía a su curso, había racionamiento, menos que el año anterior, pero el suficiente como para añorar los días en que se podía comer hasta la saciedad y consumir carne que no fuera enlatada.

Alice estaba pasando la noche en su casa, en compañía de sus amigos. Sam, librero en Harrington & Sons y excelente contrabajo; Anton, carpintero y trompetista sin igual; Carol, enfermera recientemente desmovilizada y contratada de inmediato en el hospital de Chelsea, y Eddy, que se ganaba la vida un día sí y otro no cantando al pie de la escalera de Victoria Station o, cuando le dejaban, en los bares.

Fue él quien, durante la velada, sugirió ir de excursión al día siguiente a Brighton para celebrar la llegada de la Navidad. Las atracciones que se extendían a lo largo de la gran escollera habían vuelto a abrir, y, un sábado, la feria estaría en su apogeo.

Todos rebuscaron en sus bolsillos. Eddy había conseguido un poco de dinero en un bar de Notting Hill; a Anton, su jefe le había dado una pequeña gratificación por fin de año; Carol estaba sin blanca, pero nunca tenía dinero y sus viejos amigos estaban acostumbrados a pagárselo siempre todo; Sam le había vendido a una cliente norteamericana una edición original de Fin de viaje y una segunda edición de La señora Dalloway, por las que había cobrado en un día el sueldo de una semana. En cuanto a Alice, disponía de algunos ahorros, se merecía gastarlos, había trabajado todo el año como una burra y, de todas formas, habría encontrado cualquier excusa para pasar un sábado en compañía de sus amigos.

El vino que Anton había llevado sabía a corcho y tenía un regusto a vinagre, pero todos habían bebido lo bastante para ponerse a cantar a coro, un poco más alto a cada canción, hasta que el vecino de esa planta, el señor Daldry, llamó a la puerta.

Sam, el único que tuvo ánimo para ir a abrir, prometió que el ruido cesaría en el acto; además, ya era hora de que cada cual volviera a su casa. El señor Daldry había aceptado sus disculpas, no sin haber manifestado primero en un tono algo altivo que trataba de dormir y que apreciaría que su vecindario no se lo impidiese. La casa victoriana que compartían no estaba preparada para transformarse en un club de jazz, dijo, y oír sus conversaciones a través de las paredes era ya bastante desagradable. Y después volvió a su piso, justo enfrente.

Los amigos de Alice se habían puesto abrigos, bufandas y gorros, y habían quedado al día siguiente por la mañana a las diez en punto en Victoria Station, en el andén del tren de Brighton.

Sola ya, Alice puso un poco en orden la gran habitación, que, según el momento del día, servía de taller, de comedor, de salón o de dormitorio.

Transformaba su sofá en cama cuando se enderezó súbitamente para mirar la puerta de entrada. ¿Cómo había tenido su vecino la cara de ir a interrumpir una fiesta tan buena? ¿Y con qué derecho se había entrometido de esa forma en sus asuntos?

Agarró el chal que colgaba del perchero, se miró en el espejito de la entrada, volvió a dejar el chal, que la hacía parecer mayor, y se fue con paso decidido a golpear en la puerta de su quisquilloso vecino. Con los brazos en jarras, esperó a que abriese.

– Dígame que hay fuego y que con su histeria sólo pretende salvarme de las llamas -suspiró el señor Daldry afectadamente.

– Primero, las once de la noche de un viernes no son horas intempestivas, y, además, ¡yo aguanto sus escalas bastante a menudo, así que usted podría tolerar un poco de ruido, para una vez que tengo invitados!

– Usted invita a sus ruidosos camaradas todos los viernes, y tienen la lamentable costumbre de pasarse sistemáticamente con las copas, lo que no deja de tener un efecto sobre mi sueño. Y, para su información, no tengo piano alguno, las escalas de las que se queja deben de ser obra de otro vecino, quizá de la señora de abajo. Yo soy pintor, señorita, y no músico, y la pintura, que yo sepa, no hace ningún ruido. ¡Qué tranquila era esta vieja casa cuando yo era su único habitante!

– ¿Usted pinta? ¿Y qué pinta exactamente, señor Daldry? -preguntó Alice.

– Paisajes urbanos.

– Qué gracioso, no lo veía de pintor, me lo imaginaba…

– ¿Qué se imaginaba, señorita Pendelbury?

– Me llamo Alice, debe saber cuál es mi nombre, dado que no se le escapa ni una de mis conversaciones.

– No es culpa mía si las paredes que nos separan no son muy gruesas. Ahora que nos hemos presentado oficialmente, ¿puedo volver a acostarme o desea que sigamos aquí en el rellano manteniendo esta conversación?

Alice miró a su vecino unos segundos.

– ¿Por qué está tan mal de la cabeza? -preguntó la joven.

– ¿Disculpe?

– ¿Por qué se muestra distante y hostil? Entre vecinos, podríamos hacer un esfuercito por entendernos, o al menos disimularlo.

– Vivía aquí mucho antes que usted, señorita Pendelbury, pero desde que se instaló en ese piso, que espero recuperar, mi vida ha quedado como poco trastornada y mi tranquilidad ya no es más que un lejano recuerdo. ¿Cuántas veces ha venido a llamar a mi puerta porque le faltaba sal, harina o un poco de margarina cuando cocinaba para sus amigos, tan adorables ellos, o para pedirme una vela al irse la corriente? ¿Se ha preguntado alguna vez si sus frecuentes intromisiones iban a perturbar mi intimidad?

– ¿Quería vivir en mi piso?

– Quería poner en él mi estudio. Usted es la única en esta casa que disfruta de un lucernario. Por desgracia, sus encantos obtuvieron el favor de nuestro casero, así que me contento con la pálida luz que entra por mis humildes ventanas.

– Nunca me he cruzado con nuestro casero, alquilé ese piso a través de una agencia.

– ¿Vamos a quedarnos aquí toda la noche?

– ¿Ésa es la razón por la que me trata con tanta frialdad desde que vivo aquí, señor Daldry? ¿Porque he conseguido el estudio que usted deseaba?

– Señorita Pendelbury, los que están fríos, en este preciso momento, son mis pies. Los pobres están sometidos a las corrientes de aire que nuestra conversación les impone. Si no tiene inconveniente, voy a retirarme antes de que me resfríe. Le deseo una noche agradable, la mía se ha acortado gracias a usted.

El señor Daldry volvió a cerrar delicadamente la puerta en las narices de Alice.

– ¡Qué tipo tan raro! -masculló ella volviendo por donde había venido.

– La he oído -gritó en seguida Daldry desde su salón-. Buenas noches, señorita Pendelbury.

De nuevo en su casa, Alice se aseó un poco antes de ir a acurrucarse bajo las sábanas. Daldry tenía razón, el invierno se había adueñado de la casa victoriana y la escasa calefacción no bastaba para hacer subir el mercurio. Cogió un libro del taburete que le servía de mesilla de noche, leyó algunas líneas y lo volvió a dejar. Apagó la luz y esperó a que sus ojos se adaptaran a la penumbra. La lluvia corría por el lucernario. Alice sintió un escalofrío y se puso a pensar en la tierra anegada del bosque, en las hojas que en otoño se descomponían en los robledales. Inspiró profundamente y una nota tibia de mantillo se adueñó de ella.

Alice tenía un don peculiar. Sus aptitudes olfativas, muy superiores a lo normal, le permitían distinguir el más mínimo aroma y conservarlo en la memoria para siempre. Pasaba los días inclinada sobre la larga mesa de su taller, esmerándose en combinar moléculas para conseguir la armonía que tal vez se convirtiese algún día en un perfume. Alice era «nariz». Trabajaba sola, y cada mes visitaba a los perfumistas de Londres para proponerles sus fórmulas. La primavera anterior había logrado convencer a uno de ellos para comercializar una de sus creaciones. Su «agua de gavanza» había cautivado a un perfumista de Kensington y había obtenido cierto éxito entre su distinguida clientela, lo que le procuraba una pequeña suma mensual que le permitía vivir un poco mejor que en años precedentes.

Se instaló en su mesa de trabajo y volvió a encender la lámpara que había encima. Cogió tres tiras de papel secante, las metió en otros tantos frascos y, hasta muy entrada la noche, estuvo pasando a limpio las notas que iba tomando.


*

La alarma del despertador sacó a Alice de su sueño; le lanzó la almohada para hacerlo callar. Un sol velado por la bruma matutina iluminó su rostro.

– ¡Maldito lucernario! -refunfuñó.

Luego, al recordar la cita en el andén de la estación, dejó de remolonear.

Se levantó de un salto, cogió al azar algunas prendas de su armario y se precipitó hacia la ducha.

Al salir de casa, Alice le echó una ojeada a su reloj; en autobús nunca llegaría a tiempo a Victoria Station. Silbó a un taxi y, en cuanto estuvo a bordo, le suplicó al taxista que fuese por el camino más rápido.

Cuando llegó a la estación, cinco minutos antes de la salida del tren, una larga cola de viajeros se extendía ante las ventanillas. Alice miró hacia el andén y se dirigió allí a la carrera.

Anton la esperaba ante el primer vagón.

– Por Dios, ¿dónde estabas? ¡Date prisa, monta! -le dijo, ayudándola a subir al estribo.

Se acomodó en el compartimento donde la esperaba su pandilla de amigos.

– Según vosotros, ¿qué probabilidades tenemos de que nos pidan el billete? -preguntó al sentarse, sin aliento.

– Ya te daría yo mi billete si hubiese comprado uno -respondió Eddy.

– Yo diría que la mitad de las probabilidades -dijo Carol.

– ¿Un sábado por la mañana? Yo me inclinaría por un tercio… Ya lo veremos al llegar -concluyó Sam.

Alice apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos. Había una hora de trayecto entre la capital y la estación costera. Durmió durante todo el viaje.

En la estación de Brighton, un revisor hacía acopio de los billetes de los viajeros a la salida del andén. Alice se paró ante él y fingió buscar en sus bolsillos. Eddy la imitó. Anton sonrió y les dio a ambos sendos tickets.

– Los tenía yo -le dijo al revisor.

Cogió a Alice de la cintura y se la llevó al vestíbulo.

– No me preguntes cómo sabía que llegarías tarde. ¡Siempre llegas tarde! Y, en cuanto a Eddy, lo conoces tan bien como yo; lo de colarse lo lleva en la sangre, y no quería que este día se echase a perder antes de comenzar siquiera.

Alice sacó dos chelines de su bolsillo y se los tendió a Anton, pero él volvió a cerrar la mano de su amiga sobre las monedas.

– Vámonos ya -dijo-. El día pasa muy rápido, no quiero perderme nada.

Alice lo miró alejarse: Anton iba dando saltos. Ella tuvo una visión fugaz del adolescente al que había conocido tiempo atrás, y eso la hizo sonreír.

– ¿Vienes? -dijo, volviéndose.

Bajaron por Queen’s Road y West Street hacia el paseo que había a orillas del mar. Había ya mucha gente allí. Dos grandes escolleras avanzaban hacia las olas. Los edificios de madera que sobresalían de ellas las hacían parecer grandes buques.

Las atracciones de la feria se encontraban en el Palace Pier. La pandilla de amigos llegó al pie de un reloj que indicaba la entrada. Anton compró el ticket de Eddy y, con un gesto, le indicó a Alice que ya se había encargado del suyo.

– No vas a invitarme todo el día -le susurró al oído.

– ¿Y por qué no, si me apetece?

– Porque no hay ninguna razón para que…

– ¿Que me apetezca no es una buena razón?

– ¿Qué hora es? -preguntó Eddy-. Tengo hambre.

A pocos metros de allí, delante del gran edificio que albergaba el invernadero, se encontraba un puesto de fish and chips. El olor a frito y a vinagre llegaba hasta ellos. Eddy se frotó la tripa y arrastró a Sam hacia la caseta. Alice puso una mueca de asco al unirse al grupo. Cada uno hizo su pedido. Alice pagó al vendedor y sonrió a Eddy al ofrecerle una bandeja pequeña de pescado frito.

Comieron acodados en la barandilla. Anton, silencioso, miraba cómo se colaban las olas entre los pilares de la escollera. Eddy y Sam arreglaban el mundo. El pasatiempo favorito de Eddy era criticar al gobierno. Acusaba al primer ministro de no hacer nada o de no hacer lo suficiente por los más necesitados, de no haber sabido poner en marcha grandes obras para acelerar la reconstrucción de la ciudad. Después de todo, hubiese bastado con contratar a todos los que no tenían curro y no tenían qué comer. Sam le hablaba de economía, argumentaba la dificultad de encontrar mano de obra cualificada, y, cuando Eddy bostezaba, lo tachaba de vago y de anarquista, lo cual disgustaba menos a éste que a su propio amigo. Habían estado en el mismo regimiento durante la guerra y la amistad que los unía era incondicional, fueran cuales fuesen sus discrepancias.

Alice se mantenía un poco al margen del grupo para evitar el olor a frito, demasiado intenso para su gusto. Carol se unió a ella, y ambas se quedaron un momento sin decir nada, con la mirada puesta en alta mar.

– Deberías tener cuidado con Anton -murmuró Carol.

– ¿Por qué? ¿Está enfermo? -preguntó Alice.

– ¡De amor por ti! No hace falta ser enfermera para darse cuenta. Pásate un día por el hospital, haré que te examinen la vista; has tenido que volverte muy miope para no darte cuenta.

– Eso es una tontería, nos conocemos desde la adolescencia, no hay nada entre nosotros más que una larga amistad.

– Sólo te pido que tengas cuidado con él -la interrumpió Carol-. Si sientes algo por él, es inútil andarse con rodeos. Todos estaríamos muy contentos de saber que estáis juntos, os lo merecéis. En caso contrario, no seas tan poco clara con él, lo haces sufrir para nada.

Alice se cambió de sitio para darle la espalda al grupo y ponerse frente a Carol.

– ¿En qué soy poco clara?

– Al fingir que ignoras que me he encaprichado con él, por ejemplo -respondió Carol.

Dos gaviotas se deleitaron con los restos de pescado y patatas que Carol había lanzado al mar. Tiró su bandeja en una papelera y fue a reunirse con los chicos.

– ¿Te quedas vigilando el reflujo de la marea o vienes con nosotros? -le preguntó Sam a Alice-. Vamos a dar una vuelta por la feria, he visto una máquina en la que se puede ganar un puro de un mazazo -añadió remangándose la camisa.

Alimentaron el aparato a razón de un cuarto de penique por intento. El resorte, en el que había que golpear lo más fuerte posible, lanzaba por los aires una bola de fundición; si ésta hacía tintinear la campana situada a siete pies de altura, te llevabas un puro a la boca. Aunque estaba lejos de ser un habano, a Sam le parecía que era de una tremenda elegancia. Lo intentó ocho veces y se dejó dos peniques, probablemente el doble de lo que habría desembolsado por comprar un puro igual de malo al vendedor de tabaco, que estaba a pocos pasos de allí.

– Préstame una moneda y déjame -dijo Eddy.

Sam le tendió un cuarto de penique y se echó atrás.

Eddy levantó la maza como si se tratase de un simple martillo y, sin mayor esfuerzo, lo dejó caer de nuevo sobre el resorte. La bola de fundición saltó e hizo tintinear la campana. El feriante le entregó su premio.

– Éste es para mí -explicó Eddy-; dame otra moneda, voy a intentar ganar uno para ti.

Un minuto más tarde, los dos compinches encendieron sus puros. Eddy estaba encantado, Sam hacía cuentas en voz baja. A ese precio, habría podido permitirse un paquete de cigarrillos. Veinte Embassy frente a un triste puro le dio que pensar.

Los chicos vieron los coches de choque, intercambiaron una mirada y se encontraron casi de inmediato sentados en ellos. Los tres daban volantazos y aplastaban el pedal del acelerador para golpear a los demás lo más fuerte posible ante las miradas consternadas de las chicas. Cuando se les acabó el turno, tomaron por asalto la caseta de tiro al blanco. Anton era el más hábil con diferencia. Por haber puesto cinco perdigones en la diana, se llevó una tetera de porcelana, que le regaló a Alice.

Carol, al margen del grupo, observaba el carrusel, donde los caballitos daban vueltas bajo las guirnaldas de luces. Anton se acercó a ella y la cogió del brazo.

– Lo sé, es una chiquillada -suspiró Carol-, pero si te dijera que nunca he dado…

– ¿No te montaste nunca en un tiovivo cuando eras pequeña? -preguntó Anton.

– Crecí en el campo, en mi pueblo no paraba ninguna feria. Y, cuando vine a Londres a estudiar enfermería, se me había pasado la edad, y luego vino la guerra y…

– Y ahora te gustaría darte una vuelta… Entonces, sígueme -dijo Anton arrastrándola hacia la caseta donde se compraban los billetes-, te regalo tu bautizo de caballitos. Toma, móntate en ése -dijo señalando una montura de crines doradas-, los demás me parecen más inquietos y, la primera vez, más vale ser prudente.

– ¿No vienes conmigo? -le preguntó Carol.

– Ah, no, eso no es para mí, me mareo sólo con mirarlos. Pero te prometo que haré un esfuerzo y no te quitaré ojo de encima.

Sonó un timbre, Anton bajó del estrado. El carrusel cogió velocidad.

Sam, Alice y Eddy se acercaron para observar a Carol, la única adulta en medio de una retahíla de niños que se burlaban de ella y la señalaban con el dedo. En la segunda vuelta, corrían lágrimas por sus mejillas, y se las secaba como podía con el dorso de la mano.

– ¡Muy agudo! -le dijo Alice a Anton, dándole un golpe en el hombro.

– Creía que hacía bien, no entiendo lo que le ocurre, es lo que quería…

– Quería dar un paseo a caballo contigo, idiota, y no ponerse en ridículo en público.

– ¡Que Anton está diciendo que tenía buena intención! -replicó Sam.

– A poco caballeros que fuerais, iríais a buscarla en lugar de quedaros ahí plantados.

En el tiempo en que se miraban el uno al otro, Eddy ya se había subido al carrusel y remontaba la fila de los caballitos, repartiendo por aquí y por allí una torta a los chavales que se reían con demasiada insolencia para su gusto. El tiovivo proseguía con sus giros infernales, y Eddy llegó por fin a la altura de Carol.

– Necesita un palafrenero, ¿no es así, señorita? -dijo, poniendo la mano sobre las crines del caballito.

– Te lo ruego, Eddy, ayúdame a bajar.

Pero Eddy se acomodó a horcajadas en la grupa del caballito y estrechó a la jinete entre sus brazos. Le susurró al oído:

– ¡Que te crees tú que vamos a dejar a esos mocosos librarse así como así! Vamos a divertirnos tanto que van a morirse de envidia. No te subestimes, amiga, acuérdate de que, mientras yo soplaba en los bares, tú llevabas camillas bajo las bombas. La próxima vez que pasemos delante de los idiotas de nuestros amigos, quiero oír cómo te ríes a carcajadas, ¿me has entendido?

– ¿Y cómo quieres que lo consiga, Eddy? -preguntó Carol entre hipidos.

– Si crees que estás ridícula en este jamelgo entre estos críos, piensa que yo estoy detrás de ti con mi puro y mi gorra.

Así que, en la siguiente vuelta, Eddy y Carol reían a mandíbula batiente.

El tiovivo se ralentizó y se detuvo.


Para hacerse perdonar, Anton invitó a una ronda de cerveza en el puesto de bebidas, un poco más lejos. Los altavoces chirriaron y, de repente, un foxtrot endiablado se adueñó de la crujía. Alice miró el cartel pegado en un poste: Harry Groombridge y su orquesta acompañaban una comedia musical en el antiguo gran teatro de la escollera, transformado en café después de la guerra.

– ¿Vamos? -propuso Alice.

– ¿Qué nos lo impide? -inquirió Eddy.

– Perderíamos el último tren y, en esta época, no me veo durmiendo en la playa -respondió Sam.

– No estés tan seguro -replicó Carol-. Cuando termine el espectáculo, tendremos una media hora larga para llegar a pie a la estación. Es verdad que empieza a hacer muchísimo frío, no estaría en contra de entrar un poco en calor bailando. Y, además, justo antes de Navidad sería un recuerdo precioso, ¿no creéis?

Los chicos no tenían una propuesta mejor. Sam hizo un cálculo rápido: la entrada costaba dos peniques; si daban media vuelta y se marchaban, sus amigos probablemente querrían ir a cenar a un bar, así que era más económico optar por el espectáculo.

La sala estaba abarrotada, los espectadores se apretujaban delante del escenario, casi todos bailaban. Anton arrastró a Alice y lanzó a Eddy a los brazos de Carol; Sam se burló de las dos parejas y se alejó de la pista.

Como había presentido Anton, el día había pasado demasiado de prisa. Cuando la compañía fue a saludar al auditorio, Carol les hizo una señal a sus amigos: era el momento de volver por donde habían venido. Se dirigieron hacia la salida.

Los farolillos bamboleados por la brisa le daban a la inmensa escollera, en esa noche de invierno, el aspecto de un extraño paquebote que iluminaba con sus luces un mar por el que nunca navegaría.

Cuando la pandilla de amigos avanzaba hacia la salida, una adivina le dedicó una gran sonrisa a Alice desde su quiosco.

– ¿Nunca has fantaseado con saber lo que te depara el porvenir? -le preguntó Anton.

– No, nunca. No creo que el futuro esté escrito -respondió Alice.

– Al empezar la guerra, una vidente le dijo a mi hermano que sobreviviría, siempre y cuando se mudase de casa -dijo Carol-. Había olvidado hacía mucho esa profecía cuando se incorporó a su unidad; dos semanas más tarde, el edificio en el que vivía se desplomó bajo las bombas alemanas. No se libró ninguno de sus vecinos.

– ¡Menuda vidente! -respondió secamente Alice.

– Nadie sabía entonces que Londres soportaría el Blitz [1] -replicó Carol.

– ¿Quieres ir a consultar al oráculo? -preguntó Anton en tono burlón.

– No seas idiota, tenemos un tren que coger.

– Todavía faltan, como poco, tres cuartos de hora; el espectáculo ha terminado antes de lo previsto. Tenemos tiempo. Ve, ¡te invito!

– No tengo ningunas ganas de ir a escuchar los camelos de esa vieja.

– Deja a Alice tranquila -intervino Sam-, ¿no ves que le da canguelo?

– Vaya tres, me estáis empezando a enfadar, no tengo miedo, no creo ni en cartománticas ni en bolas de cristal. Y, además, ¿por qué os interesa conocer mi futuro?

– A lo mejor es que alguno de estos caballeros sueña en secreto con saber si acabarás metida en su cama… -sugirió Carol.

Anton y Eddy se volvieron estupefactos. Carol se había sonrojado y, para mantener el tipo, les dirigió una sonrisita sarcástica.

– Podrías preguntarle si vamos a perder o no nuestro tren, eso por lo menos sería una revelación interesante -añadió Sam-, y además podríamos comprobarlo rápidamente.

– Bromead tanto como queráis, yo creo en ello -continuó Anton-. Si tú vas, Alice, yo voy después.

– ¿Sabéis que a veces os ponéis muy estúpidos? -dijo, abriéndose paso.

– ¡Cobardica! -soltó Sam.

Alice se volvió bruscamente.

– Bueno, ya que me las veo con cuatro tontitos que quieren perder el tren, voy a ir a escuchar las necedades de esa mujer y luego nos volvemos. ¿Estáis contentos? -preguntó tendiendo la mano hacia Anton-. ¿Me das esos dos peniques o qué?

Anton rebuscó en el bolsillo y le dio las dos monedas a Alice, quien se dirigió hacia la adivina.

Alice avanzó hacia el quiosco; la vidente seguía sonriéndole. La brisa marina arreció, arañándole las mejillas y obligándola a bajar la cabeza, como si de repente alguien le hubiese prohibido sostenerle la mirada a la anciana señora. Sam tal vez tenía razón, la perspectiva de esa experiencia le molestaba más de lo que había supuesto.

La vidente le rogó a Alice que tomase asiento en un taburete. Sus ojos eran inmensos, su mirada de una profundidad abismal, y la sonrisa, que no la abandonaba nunca, cautivadora. No había ni bola de cristal ni cartas del tarot en su velador, sólo sus alargadas manos moteadas de marrón, que tendía hacia Alice. Cuando las tocó, Alice sintió que se adueñaba de ella un extraño sosiego, un bienestar que no había sentido desde hacía mucho tiempo.

– Tu rostro, hija mía, lo he visto antes -silbó la vidente.

– ¡Me ha visto al pasar!

– No crees es mis dones, ¿verdad?

– Soy racional por naturaleza -respondió Alice.

– Mientes, eres una artista, una mujer autónoma y decidida, aunque es cierto que el miedo te frena.

– Pero ¿qué le ha dado hoy a todo el mundo con que tengo miedo?

– No parecías tranquila cuando venías hacia mí.

La mirada de la vidente se clavó más en la de Alice. Su rostro estaba ahora muy cerca del suyo.

– Pero ¿dónde me he cruzado antes con esa mirada?

– ¿En otra vida, tal vez? -respondió Alice en tono irónico.

La vidente, confusa, se irguió repentinamente.

– Ámbar, vainilla y cuero -susurró Alice.

– ¿De qué hablas?

– De su perfume, de su pasión por Oriente. Yo también percibo algunas cosas -dijo Alice aún con más insolencia.

– Tienes un don, en efecto, pero hay algo más importante todavía: llevas en ti una historia sobre la que lo ignoras todo -respondió la anciana.

– Esa sonrisa que no la abandona nunca -replicó Alice burlona-, ¿es para darles mayor confianza a sus presas?

– Sé por qué has venido a verme -dijo la vidente-, es divertido si una lo piensa.

– ¿Ha oído cómo me retaban mis amigos?

– No eres de la clase de gente que acepta un reto fácilmente, y tus amigos no tienen nada que ver con nuestro encuentro.

– ¿Quién entonces?

– La soledad que te persigue y te tiene en vela toda la noche.

– No veo nada divertido en todo esto. Dígame algo que me sorprenda de verdad; no es que su compañía no sea agradable, pero, bromas aparte, de verdad, no puedo dejar que se me escape el tren.

– No, de hecho, es más bien triste. Lo que es divertido, por el contrario, es que…

Su mirada se apartó de Alice para perderse a lo lejos. Alice tuvo casi una sensación de abandono.

– ¿Va a decirme algo? -preguntó Alice.

– Lo que es divertido de verdad -continuó la vidente al volver en sí- es que el hombre más importante de tu vida, el que buscas desde siempre sin saber ni siquiera que existe, ese hombre acaba de pasar hace apenas unos segundos detrás de ti.

El rostro de Alice se quedó petrificado y no pudo resistir las ganas de volverse. Dio la vuelta en su taburete para ver a lo lejos a sus cuatro amigos, que le hacían señas de que había que irse.

– ¿Es uno de ellos? -balbuceó Alice-. ¿Ese hombre misterioso será Eddy, Sam o Anton? ¿Ésa es su gran revelación?

– Escucha lo que te digo, Alice, y no lo que deseas oír. Te he confiado que el hombre que más te importará en la vida acaba de pasar por detrás de ti. Ahora ya no está ahí.

– Y ese príncipe azul al que conoceré en el futuro, ¿dónde se encuentra ahora?

– Paciencia, hija mía. Tendrás que conocer a seis personas antes de llegar hasta él.

– Bonito negocio, seis personas, ¿nada más?

– Sobre todo, bonito viaje… Un día lo entenderás, pero es tarde, y te he revelado lo que tenías que saber. Y dado que no te crees ni una palabra de lo que acabo de decirte, mi consulta es gratuita.

– No, prefiero pagarle.

– No seas tonta, digamos que este rato que hemos pasado juntas es una visita amistosa. Estoy contenta de haberte visto, Alice, no me lo esperaba. Eres alguien singular; bueno, lo es tu historia.

– Pero ¿qué historia?

– Ya no tenemos tiempo, y además todavía te la creerías menos. Vete, o tus amigos te van a odiar por haberles hecho perder su tren. Daos prisa, y sed prudentes, va a haber un accidente en seguida. No me mires así, lo que acabo de decirte no tiene nada que ver con la videncia, sino con el sentido común.

La vidente le ordenó a Alice que la dejara. Alice la miró unos segundos, ambas mujeres intercambiaron una última sonrisa y Alice se reunió con sus amigos.

– ¡Vaya cara que tienes! ¿Qué es lo que te ha dicho? -preguntó Anton.

– Luego, ¡habéis visto qué hora es!

Y, sin esperar una respuesta, Alice se lanzó hacia el pórtico que había a la entrada de la escollera.

– Tiene razón -dijo Sam-, hay que darse mucha prisa, el tren sale dentro de menos de veinte minutos.

Se pusieron todos a correr. Al viento que soplaba en la playa se le había sumado una fina lluvia. Eddy cogió a Carol del brazo.

– Ten cuidado, las calles están resbaladizas -dijo mientras la arrastraba en su carrera.

Salieron del paseo y subieron por la calle, que estaba desierta. Las farolas de gas iluminaban débilmente la calzada. A lo lejos, se veían las luces de la estación de Brighton; les quedaban menos de diez minutos. Una carreta con un caballo apareció justo cuando Eddy cruzó la calle.

– ¡Cuidado! -gritó Anton.

Alice tuvo la serenidad necesaria para agarrar a Eddy de la manga. El coche casi los derriba, y sintieron el aliento del animal que el cochero trataba desesperadamente de detener.

– ¡Me has salvado la vida! -farfulló Eddy, conmocionado.

– Ya me lo agradecerás más tarde -respondió Alice-, démonos prisa.

Al llegar al andén, se pusieron a gritar en dirección al jefe de estación, que cogió su linterna y les ordenó que subiesen en el primer vagón. Los chicos ayudaron a las chicas a auparse. Anton estaba todavía en el estribo cuando el tren se puso en marcha. Eddy lo agarró del hombro y tiró de él antes de cerrar la portezuela.

– Ha faltado un segundo -suspiró Carol-. Y tú, Eddy, menudo susto me has dado, de verdad; esa carreta casi te pasa por encima.

– Me parece que Alice ha tenido todavía más miedo que tú; miradla, se ha quedado blanca como una pared -dijo Eddy.

Alice ya no decía ni una palabra. Se instaló en el asiento y observó por el cristal cómo se alejaba la ciudad. Sumida en sus pensamientos, se acordó de la vidente, de las palabras que le había dicho, y, al recordar su advertencia, se puso todavía más pálida.

– Bueno, ¿nos lo cuentas? -soltó Anton-. Después de todo, hemos estado a punto de dormir al raso por tu culpa.

– Por culpa de vuestro estúpido reto -replicó secamente Alice.

– Habéis estado hablando un buen rato, ¿te ha dicho algo sorprendente, por lo menos? -preguntó Carol.

– Nada que no supiese ya. Os lo dije, la videncia es un engañabobos. Con unas buenas dotes de observación, un mínimo de intuición y algo de convicción en la voz, se puede engañar a cualquiera y hacerle creer lo que sea.

– Pero todavía no nos has dicho lo que esa mujer te ha revelado -insistió Sam.

– Os propongo que cambiemos de tema de conversación -intervino Anton-. Hemos pasado un día fantástico, volvemos a casa, no veo ninguna razón para buscarle las cosquillas a nadie. Lo siento, Alice, no deberíamos haber insistido, no tenías ganas de ir y todos hemos sido un poco…

– Cretinos, y yo la primera -siguió Alice, mirando a Anton-. Ahora tengo una pregunta mucho más apasionante: ¿qué hacéis en Nochebuena?

Carol volvía a St Mawes, con su familia. Anton cenaba en la ciudad en casa de sus padres. Eddy le había prometido a su hermana que pasaría la noche en su casa; sus sobrinitos esperaban a Papá Noel, y su cuñado le había preguntado si quería representar el papel. Incluso había alquilado un disfraz. Era difícil escaquearse cuando su cuñado lo sacaba de apuros tan a menudo sin decirle nada a su hermana. En cuanto a Sam, su jefe lo había invitado a una fiesta a beneficio de los niños del orfanato de Westminster y tenía como misión repartir los regalos.

– ¿Y tú, Alice? -preguntó Anton.

– Pues… también me han invitado a una fiesta.

– ¿Dónde? -insistió Anton.

Entonces, Carol le dio un puntapié en la tibia. Sacó un paquete de galletas de dentro de su bolso diciendo que tenía una hambre canina. Les ofreció un Kit Kat a cada uno y después le lanzó una mirada fulminante a Anton, que se frotaba la pantorrilla indignado.

El tren entró en Victoria Station. El humo acre de la locomotora invadía el andén. Al pie de las grandes escaleras, el olor de la calle no era más agradable. Una niebla densa había tomado al barrio como prisionero, partículas de carbón que se consumían a lo largo del día en las chimeneas de las casas, partículas que flotaban alrededor de los faroles, cuyas bombillas de tungsteno esparcían una triste luz anaranjada en la bruma.

Los cinco camaradas acecharon la llegada del tranvía. Alice y Carol fueron las primeras en bajarse, vivían a tres calles la una de la otra.

– Por cierto -dijo Carol al despedirse de Alice en la puerta de su edificio-, si cambias de opinión y renuncias a tu fiesta, podrías venirte a pasar la Navidad a St Mawes; mamá está loca por conocerte. Le hablo a menudo de ti en mis cartas y tu oficio la intriga mucho.

– ¿Sabes una cosa? No sé muy bien cómo hablar de mi oficio -le dijo Alice a Carol después de agradecerle la invitación.

A continuación, le dio un beso a su amiga y desapareció por el hueco de la escalera.

En ese momento oyó encima los pasos de su vecino, que volvía a su casa. Se detuvo para no cruzárselo en el rellano, no estaba de humor para discutir.


*

Hacía casi tanto frío en su apartamento como en las calles de Londres. Alice se quedó con el abrigo sobre los hombros y los mitones en las manos. Llenó el hervidor, lo dejó sobre el hornillo, cogió un tarro de té de la estantería de madera y no encontró más que tres briznas olvidadas. Se dirigió a la mesa de su taller y abrió el cajón de un joyerito que contenía pétalos de rosas secos. Desmenuzó unos pocos en la tetera y vertió el agua hirviente, se puso cómoda en su cama y retomó el libro que había dejado en la víspera.

De repente, la habitación quedó sumida en la oscuridad.

Alice se encaramó a su cama y miró por el lucernario. El barrio estaba por completo a oscuras. Los cortes de corriente, frecuentes, duraban al menos hasta el amanecer. Alice se puso a buscar una vela; al lado del lavabo, un pequeño montículo de cera marrón le recordó que había utilizado la última la semana anterior.

Trató en vano de volver a encender la corta mecha; la llama vaciló, crepitó y acabó apagándose.

Aquella noche, Alice quería escribir, poner sobre el papel unas notas de agua salada, de madera de viejos tiovivos, de barandillas corroídas por las salpicaduras. Aquella noche, sumida en la noche cerrada, Alice no conciliaría el sueño. Se acercó a la puerta, dudó y, suspirando, se resignó a cruzar el rellano para pedirle una vez más ayuda a su vecino.

Daldry abrió la puerta, vela en mano. Llevaba un pantalón de pijama y un jersey de cuello de cisne bajo una bata de seda de color azul marino. La luz de la vela teñía de un color extraño su rostro.

– La esperaba, señorita Pendelbury.

– ¿Me esperaba? -respondió sorprendida.

– Desde que han cortado la corriente. No duermo con bata, como podrá imaginar. Tenga, ¡he aquí lo que me iba a pedir! -dijo, sacando una vela de su bolsillo-. Es esto lo que ha venido a buscar, ¿no es así?

– Lo siento, señor Daldry -dijo agachando la cabeza-, de verdad, me acordaré de comprar.

– Ya no me lo creo, señorita.

– Puede llamarme Alice, ¿sabe?

– Buenas noches, señorita Alice.

Daldry cerró la puerta, Alice volvió a su casa. Pero, un instante después, oyó que llamaban a la puerta. Alice abrió y vio que Daldry se encontraba delante de ella, sosteniendo una caja de cerillas en la mano.

– Me imagino que tampoco tiene de esto. Las velas son mucho más útiles encendidas. No me mire así, no soy adivino. La última vez tampoco tenía cerillas y, como la verdad es que quiero acostarme, he preferido adelantarme.

Alice se guardó mucho de confesarle a su vecino que había rascado su última cerilla para prepararse una infusión. Daldry encendió la mecha y pareció satisfecho cuando la llama penetró en la cera.

– ¿Le he dicho algo que le haya molestado? -preguntó Daldry.

– ¿Por qué dice eso? -respondió Alice.

– Se le ha ensombrecido el rostro de repente.

– Estamos en la penumbra, señor Daldry.

– Si tengo que llamarla Alice, tendrá que llamarme a mí también por mi nombre: Ethan.

– Muy bien, le llamaré Ethan -contestó Alice, sonriendo a su vecino.

– Pero, diga lo que diga, parece, como poco, contrariada.

– Sólo es cansancio.

– Entonces, la dejo. Buenas noches, señorita Alice.

– Buenas noches, señor Ethan.


2

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Domingo, 24 de diciembre de 1950


Alice salió a hacer unas compras. Todo estaba cerrado en su barrio; cogió el autobús que llevaba al mercado de Portobello.

Se paró en el colmado ambulante, decidida a comprar todo lo necesario para un auténtico banquete. Escogió tres buenos huevos y se olvidó de su resolución de ahorrar ante dos lonchas de beicon. Un poco más lejos, el puesto del panadero proponía maravillosos pasteles, y Alice se regaló un suizo con frutas escarchadas y un tarrito de miel.

Esa noche cenaría en su cama en compañía de un buen libro. Una larga noche y, al día siguiente, habría recuperado su alegría de vivir. Cuando dormía poco, Alice se ponía gruñona, y había pasado demasiado tiempo en la mesa de su taller esas últimas semanas. Un ramo de rosas antiguas expuesto en el escaparate del florista atrajo su atención. No era muy racional, pero, después de todo, era Navidad. Y, además, cuando estuvieran secas, utilizaría los pétalos. Entró en el quiosco, desembolsó dos chelines y se fue con el corazón henchido. Continuó su paseo e hizo un nuevo alto delante de la perfumería. Un cartel de CERRADO colgaba de la manilla de la puerta de la tienda. Alice acercó el rostro al cristal y reconoció entre los frascos una de sus creaciones. La saludó, como se saluda a un allegado, y se dirigió hacia la parada del autobús.

De vuelta a su casa, ordenó las compras, puso las flores en un jarrón y decidió ir a pasear al parque. Se cruzó con su vecino al pie de la escalera, él también parecía volver del mercado.

– Navidad, ¡qué quiere…! -dijo un poco irritado ante la cantidad de vituallas de su cesta.

– Navidad, en efecto -respondió Alice-. ¿Tiene invitados esta noche? -preguntó.

– ¡Por Dios, no! No soporto las fiestas -dijo entre susurros, consciente de lo indecente de su confidencia.

– ¿Usted tampoco?

– Por no hablar de Nochevieja, ¡creo que es todavía peor! ¿Cómo decidir con antelación si va a ser o no un día de fiesta? ¿Quién puede saber antes de levantarse si estará de buen humor? Obligarse a ser feliz me parece bastante hipócrita.

– Bueno, pero los niños…

– No tengo, razón de más para no fingir. Y además está esa obsesión con hacerlos creer en Papá Noel… Se podrá decir lo que se quiera, pero a mí me parece feo. Al final, uno acaba confesándoles la verdad; entonces, ¿qué razón hay para engañarlos? Me parece incluso un poco sádico. Los más bobos se están quietecitos durante semanas, esperando ansiosamente la llegada del gordo coloradote, y se sienten terriblemente traicionados cuando sus padres les confiesan la infame superchería. Los más avispados, por su parte, lo deben mantener en secreto, lo que es igual de cruel. Y su familia, ¿viene a verla?

– No.

– ¿Y eso?

– No me queda familia, señor Daldry.

– Ésa es, en efecto, una buena razón para que no venga.

Alice miró a su vecino y rompió a reír. Las mejillas de Daldry enrojecieron.

– Lo que acabo de decir ha sido terriblemente torpe, ¿no es así?

– Pero lleno de sentido común.

– A mí me queda familia, en fin, quiero decir, un padre, una madre, un hermano, una hermana, dos sobrinos espantosos.

– ¿Y no pasa la Nochebuena en su compañía?

– No, hace años que no. No les hago caso, y ellos tampoco se quedan cortos.

– Ésa también es una buena razón para quedarse en su casa.

– He hecho todos los esfuerzos del mundo, pero cada reunión familiar era un desastre. Mi padre y yo no estamos de acuerdo en nada, encuentra mi trabajo grotesco, yo el suyo terriblemente aburrido, en resumen, no nos soportamos. ¿Va a desayunar?

– ¿Qué relación hay entre mi desayuno y su padre, señor Daldry?

– Ninguna en absoluto.

– No he desayunado.

– En el bar de la esquina de nuestra calle sirven unas gachas deliciosas; si me concede un momento para dejar en mi casa este capacho tan poco masculino, se lo reconozco, y, sin embargo, muy útil, la llevo conmigo.

– Me disponía a ir a Hyde Park -respondió Alice.

– ¿Con el estómago vacío y este frío? Es una idea malísima. Vamos a comer, mangaremos un poco de pan de la mesa y luego nos iremos a alimentar a los patos de Hyde Park. La ventaja con los patos es que uno no necesita disfrazarse de Papá Noel para que estén contentos.

Alice sonrió a su vecino.

– Suba sus cosas, lo esperaré aquí, degustaremos sus gachas y nos iremos a celebrar juntos la Navidad de los patos.

– Maravilloso -respondió Daldry. Y, antes de echar a correr escaleras arriba, añadió-: Tardo un minuto.

Y, poco rato después, el vecino de Alice reapareció en la calle, disimulando lo mejor que podía su sofoco.

Se instalaron en una mesa tras el ventanal del bar. Daldry pidió un té para Alice y un café para él. La camarera les llevó dos platos de gachas. Daldry reclamó una cestilla de pan y, de inmediato, escondió varios trozos en el bolsillo de su chaqueta, lo que le hizo mucha gracia a Alice.

– ¿Qué clase de paisajes pinta?

– No pinto más que cosas completamente inútiles. Algunos se quedan extasiados con el campo, las orillas del mar, las llanuras o el sotobosque; yo pinto cruces.

– ¿Cruces?

– Exacto, intersecciones de calles, de avenidas. No se imagina hasta qué punto la vida de un cruce tiene miles de detalles. Unos corren, otros buscan su camino. Se encuentran en ellos todos los tipos de transporte: carretones, automóviles, motocicletas, bicis. Peatones, repartidores de cerveza que empujan sus carretillas, hombres y mujeres de toda condición se frecuentan en ellos, se molestan, se ignoran o se saludan, se empujan, se denuestan. ¡Un cruce es un lugar apasionante!

– Es realmente un tipo extraño, señor Daldry.

– Tal vez, pero reconozca que un campo de amapolas es para morirse de aburrimiento. ¿Qué accidente vital podría producirse en él? ¿Dos abejas chocando en vuelo rasante? Ayer instalé mi caballete en Trafalgar Square. Es bastante complicado encontrar un punto de vista satisfactorio sin que lo empujen a uno constantemente, pero empiezo a tener oficio y estaba, pues, en un buen sitio. Una mujer, asustada por un aguacero repentino y que, probablemente, quiere poner a salvo su ridículo moño, cruza sin mirar. Una carreta tirada por dos caballos da un terrible bandazo para evitarla. El conductor se da maña, pues la señora en cuestión se libra con un buen susto, pero los bidones que transporta se vuelcan sobre la calzada y el tranvía que llega en sentido contrario no puede hacer nada por esquivarlos. Uno de los toneles literalmente estalla debido al impacto. Un torrente de Guinness se derrama sobre el pavimento. Vi a dos borrachos dispuestos a echarse cuerpo a tierra para apagar su sed. Le ahorro el altercado entre el conductor del tranvía y el propietario de la carreta, los transeúntes que se entremezclan, los policías que tratan de poner un poco de orden en medio de ese jaleo, el carterista que aprovecha la confusión para hacer el negocio del día y la responsable de ese caos, que se escapa de puntillas, avergonzada ante el escándalo provocado por su despreocupación.

– ¿Y ha pintado todo eso? -preguntó Alice estupefacta.

– No, por el momento me he contentado con pintar el cruce, todavía tengo mucho trabajo por delante. Pero lo he memorizado todo, eso es lo esencial.

– Nunca se me había ocurrido prestar atención a todos esos detalles al cruzar una calle.

– Yo siempre he tenido pasión por los detalles, por los pequeños acontecimientos, casi invisibles, que hay a nuestro alrededor. Observar a la gente te enseña muchas cosas. No se vuelva, pero en la mesa que hay detrás de usted está sentada una anciana. Espere, levántese si quiere y cambiémonos el sitio, como si nada.

Alice obedeció y se sentó en la silla que ocupaba Daldry mientras éste se instalaba en la de ella.

– Ahora que se encuentra en su campo de visión -dijo-, mírela atentamente y dígame lo que ve.

– Una mujer de cierta edad que desayuna sola. Está vestida tirando a mal y lleva sombrero.

– Preste más atención, ¿ve algo más?

Alice observó a la anciana.

– Nada en particular, se seca la boca con su servilleta. Mejor dígame lo que no veo, va a terminar viéndome.

– Está maquillada, ¿no? De forma muy leve, pero tiene empolvadas las mejillas, se ha puesto rímel en las pestañas, un poco de carmín en los labios.

– Sí, en efecto, en fin, creo.

– Mire los labios ahora, ¿están quietos?

– No, es verdad -dijo Alice sorprendida-, se mueven levemente, ¿probablemente un tic de la edad?

– ¡En absoluto! Esa mujer es viuda, habla con su difunto esposo. No come sola, continúa dirigiéndose a él como si se encontrase delante de ella. Se ha acicalado porque su marido todavía forma parte de su vida. Se lo imagina presente a su lado. ¿No es conmovedor? Imagine el amor que hace falta para reinventarse sin tregua la presencia del ser amado. Esa mujer tiene razón: no porque se haya marchado ha dejado de existir. Con un poco de fantasía dentro de uno, la soledad no existe. Más tarde, en el momento de pagar, empujará desde el otro lado de la mesa el platito con el dinero, porque es su marido quien paga siempre la cuenta. Cuando se vaya, ya lo verá, esperará un momento en la acera antes de cruzar, porque su marido cruza la calle siempre el primero, como es debido. Estoy seguro de que cada noche, antes de acostarse, se dirige a él, y que hace lo mismo por la mañana al desearle un buen día, esté donde esté.

– ¿Y ha visto eso en un instante?

Mientras Daldry sonreía a Alice, un anciano hecho un fantoche y con pinta de borracho entró con mal paso en el restaurante, se acercó a la anciana y le dio a entender que era el momento de irse. Ella pagó la nota, se levantó y abandonó la sala tras los pasos del borracho de su marido, que sin duda debía de volver del hipódromo.

Daldry, de espaldas a la escena, no había visto nada.

– Tenía razón -dijo Alice-. La anciana ha hecho exactamente lo que usted había predicho. Ha empujado el platito hacia el otro lado de la mesa, se ha levantado y, al salir del restaurante, he creído verla dándole las gracias a un hombre invisible que le sujetaba la puerta.

Daldry parecía feliz. Engulló una cucharada de gachas, se limpió la boca y miró a Alice.

– Bueno. Entonces, esas gachas, estupendas, ¿no?

– ¿Usted cree en la videncia? -preguntó Alice.

– ¿Disculpe?

– ¿Usted cree que se puede predecir el futuro?

– Enjundiosa pregunta -respondió Daldry haciéndole una seña a la camarera para que le sirviera más gachas-. ¿El futuro ya está escrito? La idea me parece aburrida, ¿no? ¿Y el libre albedrío de cada uno? Creo que los videntes no son más que gente intuitiva. Dejemos a un lado a los charlatanes y concedámosles algún crédito a los más sinceros de ellos. ¿Están provistos de un don que les permite ver en nosotros lo que deseamos, lo que acabaremos por acometer tarde o temprano? Después de todo, ¿por qué no? Mire a mi padre, por ejemplo, su vista es perfecta y, sin embargo, está completamente ciego; mi madre, por el contrario, no ve tres en un burro y en cambio advierte muchas cosas que su marido es incapaz de adivinar. Sabía desde mi más tierna infancia que me convertiría en pintor, me lo decía a menudo. Fíjese, también veía mis lienzos expuestos en los mayores museos del mundo. No he vendido un cuadro en cinco años; qué quiere, soy un artista mediocre. Pero le hablo de mí y no le respondo. Además, ¿por qué me hace una pregunta así?

– Porque ayer me sucedió algo extraño, a lo que nunca le habría prestado la más mínima atención. Y, sin embargo, desde entonces no dejo de pensar en ello hasta el punto de encontrarlo casi perturbador.

– Empiece, pues, explicándome lo que le pasó ayer y le diré lo que pienso.

Alice se inclinó hacia su vecino, le relató su noche en Brighton y más concretamente su encuentro con la vidente.

Daldry la escuchó sin interrumpirla. Cuando hubo terminado de contarle la insólita conversación de la víspera, Daldry se volvió hacia la camarera, pidió la cuenta y le propuso a Alice que fueran a tomar el aire.

Salieron del restaurante y dieron unos pasos.

– Si he entendido bien -dijo aparentemente disgustado-, ¿tendrá que cruzarse en el camino con seis personas antes de poder conocer al hombre de su vida?

– El que más me importará en la vida -corrigió.

– Es lo mismo, supongo. ¿Y no le hizo ninguna pregunta sobre ese hombre, su identidad, el lugar donde podría estar?

– No, sólo me afirmó que había pasado por detrás de mí mientras hablábamos, nada más.

– En efecto, es bien poco -prosiguió Daldry, pensativo-. ¿Y le habló de un viaje?

– Sí, creo, pero todo esto es absurdo, qué ridícula, contarle esta historia para no dormir.

– Pero esta historia para no dormir, como la llama, la ha tenido despierta buena parte de la noche.

– ¿Parezco cansada?

– La he oído pasearse arriba y abajo por su casa. Las paredes que nos separan son prácticamente de papel maché.

– Siento haberle molestado…

– Bueno, no veo más que una solución para que recuperemos ambos el sueño, me temo que la Navidad de nuestros patos tendrá que esperar hasta mañana.

– ¿Y eso por qué? -preguntó Alice mientras llegaban delante de su casa.

– Suba a buscar una prenda de lana y una buena bufanda, nos volvemos a ver aquí dentro de unos minutos.

«¡Qué día más raro!», se dijo Alice corriendo escaleras arriba. Esa víspera de Navidad no se estaba desarrollando en absoluto como se la había imaginado. Primero ese desayuno improvisado con su vecino, al que apenas soportaba; luego su conversación más bien inesperada… ¿Y por qué le había confiado esa historia que creía absurda e inconsecuente?


Abrió el cajón de su cómoda; tenía que coger una prenda de lana y una buena bufanda, pero le costó horrores decidir cuáles combinaban. Dudó entre un cárdigan azul marino, que le hacía una bonita figura, y una chaqueta de lana de punto grueso.

Se miró en el espejo, se puso un poco en orden el pelo, renunció a darse el más mínimo toque de maquillaje, puesto que no se trataba más que de un simple paseo de compromiso.

Salió por fin de su casa, pero, cuando llegó a la calle, Daldry no estaba. A lo mejor había cambiado de opinión; después de todo, era un hombre más bien original.

Dos pitidos y un Austin 10, de color azul de ultramar, se paró junto a la acera. Daldry salió del automóvil para abrirle la puerta del copiloto a Alice.

– ¿Tiene coche? -dijo sorprendida.

– Acabo de robarlo.

– ¿Va en serio?

– Si su vidente le hubiese predicho que se iba a topar con un elefante rosa en el valle de Punyab, ¿la habría creído? ¡Pues claro que tengo coche!

– Gracias por burlarse tan abiertamente de mí, y perdone mi sorpresa, pero es la única persona que conozco que posee su propio automóvil.

– Es un modelo de ocasión. Y no es que sea un Rolls, lo constatará rápidamente por sus amortiguadores, pero no se calienta y cumple honrosamente su cometido. Lo aparco siempre en alguno de los cruces que pinto, está presente en cada uno de mis lienzos, es un ritual.

– Un día debería enseñarme esos lienzos -dijo Alice acomodándose dentro.

Daldry farfulló algunas palabras incomprensibles, el embrague crujió un poco y el coche se lanzó a la carretera.

– No querría parecerle entrometida, pero ¿podría decirme adónde vamos?

– ¿Adónde quiere que vayamos? -repuso Daldry-. ¡A Brighton, por supuesto!

– ¿A Brighton? ¿Y para qué?

– Para que pueda visitar a esa vidente y le haga todas las preguntas que debería haberle hecho ayer.

– Pero eso es una completa locura…

– Llegaremos dentro de una hora y treinta minutos, dos horas si hay hielo en la carretera, no veo ninguna locura en ello. Habremos vuelto antes de la puesta de sol y, aunque nos sorprenda la noche en el camino de vuelta, las dos grandes bolas cromadas que ve delante a cada lado de la calandra son faros… ¿Ve? Yo creo que no nos aguarda nada muy peligroso, en realidad.

– Señor Daldry, ¿tendría usted la extrema amabilidad de dejar de burlarse de mí cada dos por tres?

– Señorita Pendelbury, le prometo que haré un esfuerzo, pero, en cualquier caso, no me pida lo imposible.

Dejaron la ciudad por Lambeth, circularon hasta Croydon, donde Daldry le pidió a Alice que le hiciera el favor de coger el mapa de carreteras de la guantera y de localizar Brighton Road, por el sur. Alice le indicó que girase a la derecha, luego que diese media vuelta, pues tenía el mapa al revés. Después de algunos errores, un peatón los volvió a poner en el buen camino.

En Redhill, Daldry se detuvo para rellenar el depósito de gasolina y comprobar el estado de los neumáticos. Parecía que la dirección del Austin tiraba un poco hacia la derecha. Alice prefirió quedarse en su asiento, con el mapa sobre las rodillas.

Tras pasar Crawley, Daldry tuvo que reducir la velocidad, el campo estaba helado, el parabrisas escarchado y el coche derrapaba peligrosamente en las curvas. Una hora después, ambos tenían tanto frío que les era imposible mantener la más mínima conversación. Daldry había puesto la calefacción a toda máquina, pero enseguida se vio que el pequeño ventilador no podía luchar contra el aire glacial que se iba metiendo bajo el capó. Así pues, hicieron una parada en el mesón de las Huit Cloches y, para entrar en calor, se sentaron a la mesa más cercana a la chimenea, y allí permanecieron un buen rato. Después de una última taza de té ardiente, decidieron retomar el camino de vuelta.

Daldry anunció que Brighton no estaba muy lejos. Pero ¿no había prometido que el viaje duraría dos horas como mucho? Ya había pasado el doble de tiempo desde que salieron de Londres.

Cuando llegaron por fin a su destino, las atracciones de feria empezaban a cerrar, la larga escollera estaba ya casi desierta y los últimos paseantes volvían a su casa para preparar la celebración de la Navidad.

– Bueno -dijo Daldry al bajar del coche y sin preocuparse de la hora-. ¿Dónde se encuentra, pues, esa vidente?

– Dudo que nos haya esperado -respondió Alice frotándose los hombros.

– No seamos pesimistas y vayamos a ver.

Alice llevó a Daldry hacia la taquilla; la ventanilla estaba cerrada.

– Perfecto -dijo Daldry-, la entrada es gratuita.


Delante del puesto donde había tenido ese extraño encuentro a la víspera, Alice sintió un profundo malestar, una inquietud repentina que le oprimió la garganta. Se detuvo, y Daldry, adivinando su malestar, volvió el rostro hacia ella.

– Esa vidente no es más que una mujer como usted y como yo…, en fin, sobre todo como usted. En resumen, no se preocupe, haremos lo necesario para quitarle el hechizo.

– Otra vez burlándose de mí, y de verdad que no es muy bonito por su parte.

– Sólo quería hacerla sonreír. Alice, vaya a escuchar sin miedo lo que esa vieja loca tiene que decirle y, en el camino de vuelta, nos reiremos ambos de sus necedades. Y luego, una vez en Londres, en el estado de cansancio en el que nos encontramos, con vidente o sin ella, dormiremos como ángeles. Así que sea valiente, la espero, no me muevo ni un milímetro.

– Gracias, tiene razón, me porto como una niña.

– Sí…, bueno…, ahora corra, de todas maneras más nos valdría volver antes de que sea noche cerrada, sólo funciona un faro del coche.

Alice se acercó al puesto. Por delante estaba cerrado, pero se escapaba un rayo de luz de los postigos. Dio la vuelta y llamó a la puerta.

La vidente pareció sorprendida al descubrir a Alice.

– ¿Qué haces tú aquí? ¿Te pasa algo? -preguntó.

– No -respondió Alice.

– No pareces muy en forma, estás bastante paliducha -añadió la anciana.

– Seguramente sea el frío, estoy helada hasta los huesos.

– Entra -le ordenó la vidente-, ven a calentarte cerca de la estufa.

Alice se adentró en la caseta y reconoció de inmediato los olores de la vainilla, del ámbar y del cuero, más intensos al acercarse al hornillo. Se instaló en una banqueta; la vidente se sentó a su lado y le cogió las manos entre las suyas.

– Entonces, ¿cómo es que vienes otra vez a verme?

– Pues… pasaba por aquí y he visto la luz.

– Eres realmente encantadora.

– ¿Quién es usted? -le preguntó Alice.

– Una vidente a quien los feriantes de esta escollera respetan; la gente viene de lejos para que les adivine el porvenir. Pero ayer, a tus ojos, no era más que una vieja loca. Supongo que, si has venido hoy otra vez, es porque debes de haber cambiado de opinión. ¿Qué quieres saber?

– Ese hombre que pasaba a mis espaldas mientras hablábamos, ¿quién es? ¿Y por qué yo tendría que ir al encuentro de las otras seis personas antes de conocerlo?

– Lo siento, cariño, no tengo una respuesta a esas preguntas, te he dicho lo que he visto; no puedo inventarme nada, nunca lo he hecho, no me gustan las mentiras.

– A mí tampoco -protestó Alice.

– Pero no has pasado por casualidad por delante de mi carromato, ¿verdad?

Alice asintió con la cabeza.

– Ayer, cuando me llamó por mi nombre, no se lo había dicho, ¿cómo lo supo? -preguntó Alice.

– Y tú, ¿cómo lo haces para ponerle nombre al instante a todos los aromas que percibes?

– Tengo un don, soy perfumista.

– ¡Y yo, vidente! Cada una de nosotras tiene aptitudes para su terreno.

– He vuelto porque me han empujado a ello. Es verdad, lo que me dijo ayer me puso nerviosa -confesó Alice-, y no he pegado ojo en toda la noche por su culpa.

– Te entiendo; en tu lugar, tal vez me habría pasado lo mismo.

– Dígame la verdad, ¿de veras vio todo aquello ayer?

– ¿La verdad? Gracias a Dios, el futuro no está esculpido en mármol. Tu porvenir está hecho de elecciones que te pertenecen.

– Entonces, ¿sus predicciones no son más que camelos?

– Posibilidades, no certezas. Tú eres la única que decide.

– ¿Decidir qué?

– Pedirme o no que te revele lo que veo. Pero piénsalo dos veces antes de responderme. Saber no siempre carece de consecuencias.

– Entonces, lo primero que me gustaría saber es si es sincera.

– ¿Acaso te pedí dinero ayer? ¿U hoy? Eres tú la que ha llamado a mi puerta. Pero pareces tan inquieta, tan atormentada, que probablemente sea preferible que nos quedemos en este punto. Vuelve a tu casa, Alice. Por si eso te tranquiliza, no te acecha nada grave.

Alice miró largo rato a la vidente. Ya no la intimidaba, muy al contrario, su compañía se le había vuelto agradable y su voz ronca la sosegaba. No había hecho todo ese camino para volverse sin saber un poco más, y la idea de retar a la vidente no le disgustaba. Alice se enderezó y le tendió las manos.

– De acuerdo, dígame lo que ve, tiene razón, soy la única que decide lo que quiero o no creer.

– ¿Estás segura?

– Cada domingo, mi madre me arrastraba a misa. En invierno, hacía un frío insoportable en la iglesia de nuestro barrio. Me pasé horas rezándole a un Dios al que nunca he visto y que no salvó a nadie, así que creo que puedo pasarme unos minutos escuchándola…

– Lamento que tus padres no hayan sobrevivido a la guerra -dijo la vidente interrumpiendo a Alice.

– ¿Cómo lo sabe?

– Chis -dijo la vidente poniendo su índice en los labios de Alice-, has venido aquí para escuchar y no haces más que hablar.

La vidente volvió las manos de Alice y le puso las palmas hacia el cielo.

– Hay dos vidas en ti, Alice. La que conoces y la que te espera desde hace tiempo. Esas dos existencias no tienen nada en común. El hombre del que te hablaba ayer se encuentra en alguna parte en el camino de esa otra vida, y nunca estará presente en la que llevas hoy. Ir a su encuentro te obligará a realizar un largo viaje. Un viaje en el curso del cual descubrirás que nada de todo aquello que creías ser era verdad.

– Lo que me cuenta no tiene ningún sentido -protestó Alice.

– Tal vez. Después de todo, no soy más que una simple vidente de feria.

– ¿Un viaje adónde?

– Al lugar de donde vienes, cariño, a tu historia.

– Vengo de Londres y cuento con volver allí esta noche.

– Hablo de la tierra que te ha visto nacer.

– Londres otra vez, nací en Holborn.

– No, créeme, cariño -respondió la vidente sonriendo.

– Sabré al menos dónde me dio a luz mi madre, ¡por Dios!

– Viste la luz en el sur, no hay que ser vidente para adivinarlo, los rasgos de tu rostro dan muestras de ello.

– Lamento contradecirla, pero mis ancestros son todos naturales del norte, de Birmingham por parte de mi madre, y de Yorkshire por parte de mi padre.

– De Oriente por ambas -susurró la vidente-. Vienes de un imperio que ya no existe, de un país muy antiguo, a miles de kilómetros. La sangre que corre por tus venas nace entre el mar Negro y el Caspio. Mírate en un espejo y constátalo tú misma.

– ¡Menuda tontería! -dijo Alice, indignada.

– Te lo repito, para emprender este viaje tienes que estar dispuesta a aceptar ciertas cosas. Y tengo la impresión, a juzgar por tu reacción, de que todavía no estás lista. Es preferible parar aquí.

– Ni hablar, ¡estoy harta de noches en vela! No me iré a Londres hasta que tenga la convicción de que usted es una charlatana.

La vidente miró a Alice con gravedad.

– Perdóneme, lo lamento -añadió de inmediato Alice-, no es lo que pensaba, no quería faltarle al respeto.

La vidente le soltó las manos a Alice y se levantó.

– Regresa a tu casa y olvídate de todo lo que te he dicho; soy yo quien lo lamenta. La verdad es que no soy más que una vieja loca que desbarra y se burla de las debilidades de la gente. De tanto querer predecir el futuro, he acabado creyéndome mi propio juego. Vive tu vida sin preocupación alguna. Eres una chica guapa, no necesito ser vidente para decirte que encontrarás un hombre que te guste, pase lo que pase.

La vidente caminó hacia la puerta de su barraca, pero Alice no se movió.

– Hace un rato me parecía más sincera. De acuerdo, juguemos -dijo Alice-. Después de todo, nada me impide considerar que se trata de un juego. Imaginemos que me tomara en serio sus predicciones, ¿por dónde debería empezar?

– Eres agotadora, cariño. De una vez por todas, no he predicho nada. Digo lo que se me pasa por la cabeza, así que es inútil que pierdas el tiempo. ¿No tienes nada mejor que hacer en Nochebuena?

– También es inútil que se desacredite para que la deje en paz, le prometo irme en cuanto me haya respondido.

La vidente miró un pequeño icono bizantino colgado en la puerta de su carromato, acarició el rostro casi borrado de un santo, y se volvió hacia Alice con mayor gravedad todavía.

– En Estambul te encontrarás con alguien que te guiará hacia la próxima etapa. Pero no lo olvides nunca: si llevas esta búsqueda hasta el final, la realidad que conoces no seguirá siendo igual. Ahora déjame, estoy agotada.

La vidente abrió la puerta, el aire frío del invierno se metió precipitadamente en el carromato. Alice se apretó el abrigo, sacó un monedero del bolsillo, pero la vidente rechazó su dinero. Alice se anudó la bufanda alrededor del cuello y se despidió de la anciana.

La crujía estaba desierta, los farolillos se agitaban al viento, componiendo con sus tintineos una extraña melodía.

Un faro de coche parpadeó enfrente de ella. Daldry le hacía gestos tras el parabrisas de su Austin. Corrió hacia él, aterida.


*

– Empezaba a preocuparme. Me he preguntado unas cien veces si debía ir a buscarla. Era imposible esperarla fuera con un frío así -se quejaba Daldry.

– Creo que vamos a tener que circular de noche -dijo Alice mirando el cielo.

– Anda que no se ha quedado rato en esa barraca -añadió Daldry tras arrancar el motor del Austin.

– Se me ha pasado volando.

– A mí no. Espero que valiera la pena.

Alice recuperó el mapa de carreteras del asiento trasero y se lo puso sobre las rodillas. Daldry le hizo notar que, para volver a Londres, era preferible en adelante que lo cogiese en el otro sentido. Aceleró y las ruedas traseras derraparon.

– Menuda forma de hacerle pasar la noche de Navidad, ¿no? -dijo Alice casi excusándose.

– Una forma más divertida que aburrirme delante de mi aparato de radio. Y, además, si la carretera no se complica, todavía llegaremos a tiempo para cenar. Falta mucho para la medianoche.

– Para Londres también, me temo -suspiró Alice.

– ¿Me va a deprimir mucho rato? ¿El encuentro ha sido concluyente? ¿Se ha quitado de encima las preocupaciones suscitadas por esa mujer?

– Pues la verdad es que no -respondió Alice.

Daldry entreabrió la ventanilla.

– ¿Le molesto si enciendo un cigarrillo?

– No, si me ofrece uno.

– ¿Fuma?

– No -respondió Alice-, pero esta noche, ¿por qué no?

Daldry sacó un paquete de Embassy del bolsillo de su impermeable.

– Sujéteme el volante -le dijo a Alice-. ¿Sabe conducir?

– Tampoco -respondió inclinándose para agarrar el volante mientras Daldry deslizaba dos cigarrillos entre sus labios.

– Intente mantener las ruedas paralelas a la carretera.

Encendió su mechero, corrigió con su mano libre la trayectoria del Austin, que se desviaba hacia el arcén, y le tendió un cigarrillo a Alice.

– Así que nos hemos quedado con un palmo de narices -dijo-, y parece todavía más preocupada que ayer.

– Creo que les concedo demasiada importancia a las palabras de esa vidente. El cansancio, sin duda. No he dormido lo suficiente estos últimos tiempos, estoy agotada. Esa mujer está más loca de lo que me habría imaginado.

Alice tosió con la primera calada que dio. Daldry se lo quitó de los dedos y lo tiró fuera.

– Entonces, descanse. La despertaré cuando lleguemos.

Alice apoyó la cabeza contra la ventanilla, sintió cómo se le caían los párpados.

Daldry la miró dormir un instante, luego se concentró en la carretera.


*

El Austin paró al borde de la acera; Daldry apagó el motor y se preguntó cómo despertaría a Alice. Si le hablaba, se sobresaltaría; poner una mano en su hombro sería una inconveniencia; una tos podría funcionar, pero si había ignorado los chirridos de los amortiguadores durante el trayecto, habría que toser fortísimo para despertarla.

– Vamos a morir de frío si pasamos la noche aquí -susurró ella al abrir un ojo.

En ese momento, fue Daldry el que se sobresaltó.

Al llegar a su planta, Daldry y Alice se quedaron un rato sin saber ni uno ni otro lo que convenía decir. Alice se anticipó.

– Al final no son más que las once.

– Tiene razón -respondió Daldry-, las once apenas.

– ¿Qué ha comprado esta mañana en el mercado? -le preguntó Alice.

– Jamón, un bote de Piccalilli, alubias y un trozo de chéster, ¿y usted?

– Unos huevos, beicon, un suizo, miel.

– ¡Un auténtico festín! -exclamó Daldry-. Me muero de hambre.

– Me ha invitado al desayuno, le he costado una fortuna en gasolina y ni siquiera se lo he agradecido todavía. Le debo una invitación.

– Será un placer, estoy libre toda la semana.

– Ethan, ¡hablaba de esta noche!

– Ningún problema, hoy también estoy libre.

– Algo me olía yo.

– Reconozco que sería un poco estúpido celebrar la Navidad cada uno a su lado de la pared.

– Entonces, voy a preparar una tortilla.

– Es una idea magnífica -dijo Daldry-, dejo este impermeable en mi casa y vuelvo a llamar a su puerta.


Alice encendió el hornillo, empujó el baúl hacia el centro de la habitación, instaló dos grandes cojines a cada lado, lo cubrió con un mantel y puso cubiertos para dos. Luego se encaramó a su cama, abrió el lucernario y cogió la caja de huevos y la mantequilla que conservaba en el tejado, al frío del invierno.

Daldry llamó al poco rato. Entró en la habitación, con americana y pantalón de franela, con su capacho colgado del brazo.

– A falta de flores, imposibles de encontrar a estas horas, le traigo todo lo que he comprado esta mañana en el mercado; con la tortilla, esto será una delicia.

Daldry sacó una botella de vino de su capacho y un sacacorchos del bolsillo.

– No deja de ser Navidad, no vamos a conformarnos con agua.

En el transcurso de la cena, Daldry le contó a Alice algunos recuerdos de su infancia. Le habló de las relaciones imposibles que mantenía con los suyos: de los sufrimientos de su madre, quien, matrimonio de conveniencia obliga, se había casado con un hombre que no compartía ni sus gustos ni su visión de las cosas, y menos aún su agudeza; de su hermano mayor, carente de talante artístico, pero no de ambición, quien había hecho todo lo posible por alejar a Daldry de su familia, encantadísimo ante la perspectiva de ser el único heredero del negocio de su padre. Le preguntó muchas veces a Alice si no le aburría, y cada vez Alice le aseguraba que, al contrario, encontraba ese retrato de familia fascinante.

– ¿Y usted? -le preguntó-. ¿Cómo fue su infancia?

– Alegre -respondió Alice-. Soy hija única, no le diré que no haya echado terriblemente de menos un hermano o una hermana, porque sí lo hice, pero me beneficié de toda la atención de mis padres.

– ¿Y a qué se dedicaba su padre? -le preguntó Daldry.

– Era farmacéutico, e investigador en sus ratos libres. Fascinado por las virtudes de las plantas medicinales, se las hacía traer de los cuatro puntos cardinales. Mi madre trabajaba con él, se conocieron en la facultad. No dormíamos en sábanas de seda, pero la farmacia era próspera. Mis padres se querían y nos reíamos mucho en casa.

– Ha tenido suerte.

– Sí, lo reconozco, y, al mismo tiempo, ser testigo de tanto amor te hace aspirar a un ideal difícil de alcanzar.

Alice se levantó y llevó los platos al fregadero. Daldry se deshizo de los restos de su comida y se unió a ella. Se paró delante de la mesa de trabajo y examinó detenidamente los tarritos de terracota de donde salían largos tallos de papel, así como la multitud de frascos ordenados por grupos que había en la estantería.

– A la derecha están los absolutos, se obtienen a partir de concretos o de resinoides. En medio están los acordes en los que trabajo.

– ¿Es usted química como su padre? -preguntó Daldry sorprendido.

– Los absolutos son esencias, los concretos se obtienen tras haber extraído los principios aromáticos de ciertas materias primas de origen vegetal, como la rosa, el jazmín o las lilas. En cuanto a esa mesa que parece intrigarle tanto, la llamamos órgano. Perfumistas y músicos tienen muchos vocablos en común, nosotros también hablamos de notas y de acordes. Mi padre era farmacéutico, yo soy lo que se suele llamar una nariz. Trato de crear composiciones, nuevas fragancias.

– ¡Es un trabajo muy original! ¿Y ha inventado ya alguna, quiero decir, perfumes que se compren en las tiendas? ¿Algo que conozca?

– Sí, lo he conseguido -respondió Alice con voz risueña-. Sigue siendo algo bastante desconocido, pero se pueden encontrar algunas de mis creaciones en los escaparates de ciertos perfumistas de Londres.

– Debe de ser maravilloso ver su trabajo expuesto. Tal vez algún hombre haya logrado seducir a alguna mujer gracias al perfume que llevaba y que usted ha creado.

Esta vez, Alice dejó escapar una franca carcajada.

– Lamento decepcionarle, hasta el día de hoy sólo he realizado concentrados femeninos, pero me ha dado una idea. Debería buscar una nota de pimienta, un toque de madera, masculino, un cedro o un vetiver. Voy a pensarlo.

Alice cortó dos trozos del suizo.

– Saboreemos el postre y, luego, le dejaré marcharse. Estoy pasando una noche estupenda, pero me caigo de sueño.

– Yo también -dijo Daldry bostezando-, ha nevado mucho en el camino de vuelta y he tenido que redoblar la atención.

– Gracias -susurró Alice poniendo un trozo de suizo delante de Daldry.

– Soy yo quien debe agradecérselo, hacía mucho tiempo que no comía suizo.

– Gracias por haberme acompañado a Brighton, ha sido muy generoso por su parte.

Daldry alzó la mirada hacia el lucernario.

– La luz de esta habitación debe de ser extraordinaria durante el día.

– Lo es, un día le invito a tomar el té, podrá constatarlo usted mismo.

Cuando se comieron las últimas migas del suizo, Daldry se levantó, y Alice lo acompañó hasta la puerta.

– No voy muy lejos -dijo cruzando el rellano.

– No, en efecto.

– Feliz Navidad, señorita Pendelbury.

– Feliz Navidad, señor Daldry.


3

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El lucernario estaba recubierto de una fina película sedosa, la nieve había llegado a la ciudad. Alice se levantó de la cama, tratando de mirar al exterior. Levantó un panel del cristal y lo volvió a cerrar de inmediato, helada por el frío que entraba desde fuera.

Con los ojos todavía empañados por el sueño, titubeó hasta el hornillo y puso el hervidor en la llama. Daldry había tenido el detalle de dejar su caja de cerillas sobre la estantería. Sonrió para sí misma al volver a pensar en la velada del día anterior.

Alice no tenía ganas de ponerse a trabajar. Era Navidad; a falta de familia que visitar, iría a pasear al parque.

Vestida con ropa de abrigo, salió sin hacer ruido de su apartamento. La casa victoriana estaba en silencio, Daldry debía de dormir.

La calle parecía de un blanco inmaculado y esa visión le encantó. La nieve tenía ese poder de cubrir toda la suciedad de la ciudad, e incluso los barrios más tristes hallaban una cierta belleza al llegar el invierno.

Se acercaba un tranvía. Alice corrió hacia el cruce, saltó a bordo, se compró su billete ante el cochero y se sentó en un asiento al final del vehículo.

Media hora más tarde, entró en Hyde Park por Queen’s Gate y subió por la avenida diagonal hacia Kensington Palace. Se detuvo ante el pequeño lago. Los patos se deslizaban por el agua sombría, acercándose a ella con la esperanza de recibir un poco de alimento. Alice lamentó no tener nada que ofrecerles. Del otro lado del lago, un hombre sentado en un banco le hizo una señal con la mano. Se levantó. Sus gestos cada vez más abiertos la invitaban a ir hacia él. Los patos se apartaron de Alice y dieron media vuelta, corriendo a toda velocidad hacia el desconocido. Alice bordeó la orilla y se acercó al hombre, que se había acuclillado para dar de comer a los palmípedos.

– ¿Daldry? Qué sorpresa encontrarle aquí, ¿me seguía?

– Lo que es sorprendente es que un desconocido la llame y corra a su encuentro. Estaba aquí antes que usted, ¿cómo habría podido seguirla?

– ¿Qué hace usted aquí? -preguntó Alice.

– La Navidad de los patos, ¿lo había olvidado? Al salir a tomar el aire, me he encontrado en el bolsillo de mi abrigo el pan que mangamos en el bar. Y entonces me he dicho: «Dado que voy a dar un paseo, me acercaré a alimentar a los patos.» Y a usted, ¿qué le ha traído aquí?

– Es un sitio que me gusta.

Daldry rompió dos puntas del pan y compartió los trozos con Alice.

– Así que -dijo Daldry- nuestra escapadita no ha servido de mucho.

Alice no respondió, concentrada en alimentar a un pato.

– Una vez más, la he oído pasearse arriba y abajo durante una buena parte de la noche. ¿No ha logrado conciliar el sueño? Pero si estaba agotada.

– Me dormí y me desperté poco tiempo después. Una pesadilla, por no decir varias.

Daldry había repartido todo su pan, Alice también; él se volvió a levantar y le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

– ¿Por qué no me dice lo que esa vidente le reveló ayer?

No había mucha gente en las avenidas nevadas de Hyde Park. Alice hizo un relato fiel de su conversación con la vidente, y abordó incluso el momento en que ésta se había acusado de no ser más que una impostora.

– Qué extraño cambio por su parte. Pero, dado que le confesó su charlatanería, ¿por qué encabezonarse?

– Porque fue precisamente entonces cuando comencé a creer en ella. Sin embargo, soy muy racional, y le juro que, si mi mejor amiga me contase un cuarto de lo que oí, me burlaría de ella sin clemencia.

– Deje a su mejor amiga tranquila y concentrémonos en su asunto. ¿Qué es lo que la desasosiega hasta ese grado?

– Todo lo que esa vidente me ha dicho es chocante; póngase en mi lugar.

– ¿Y le habló de Estambul? ¡Pues menuda idea! Quizá tendría que irse allí para saberlo a ciencia cierta.

– En efecto, menuda idea. ¿Podría llevarme en su Austin?

– Mucho me temo que esa ciudad se encuentra fuera de su radio de acción. Lo decía por decir.

Se cruzaron con una pareja que subía por la avenida. Daldry se calló y esperó a que se hubiesen alejado para retomar su conversación.

– Voy a decirle lo que la desasosiega de esta historia. La vidente le ha prometido que el hombre de su vida la espera al final de ese viaje. No la culpo; es, en efecto, de un romanticismo tremendo y muy misterioso.

– Lo que me inquieta -respondió Alice secamente- es que afirme con tanta seguridad que nací allí.

– Pero su partida de nacimiento prueba lo contrario.

– Me acuerdo, cuando tenía diez años, de haber pasado delante del dispensario de Holborn con mi madre, y todavía la oigo decirme que era allí donde me había traído al mundo.

– Bueno, ¡olvídese de todo eso! No debería haberla llevado a Brighton; creía hacer bien, pero ha sido todo lo contrario y la he empujado a concederle importancia a algo que no la tiene.

– Ya es hora de que vuelva a trabajar, la ociosidad no se me da muy bien.

– ¿Qué se lo impide?

– Ayer tuve la ocurrencia de resfriarme; no se trata de nada grave, pero es bastante incapacitante en mi oficio.

– Se suele decir que, si uno se cuida un resfriado, no dura nada más que una semana, y que, si no se hace nada, hacen falta siete días para curarse -dijo Daldry riéndose maliciosamente-. Me temo que tendrá que tomárselo con paciencia. Si ha cogido frío, más le valdría ponerse a resguardo. Mi coche está aparcado delante de Prince’s Gate, al final de este camino. La acompaño.


El Austin se negaba a arrancar. Daldry le pidió a Alice que se pusiera al volante, iba a empujarlo. En cuanto el coche cogiese un poco de velocidad, no tendría más que soltar el pedal del embrague.

– No es complicado -le aseguró-, pie izquierdo hasta el fondo, luego un golpecito del pie derecho cuando el motor se haya puesto en marcha, y luego los dos pies en los dos pedales de la izquierda, todo ello manteniendo las ruedas paralelas a la calle.

– ¡Es muy complicado! -se quejó Alice.

Los neumáticos patinaban sobre la nieve. Daldry se resbaló y se pegó un golpazo contra la calzada. En el interior del Austin, Alice, que había observado la escena por el retrovisor, se reía a carcajadas. Con la euforia del momento, pensó en girar la llave y tratar de encender el automóvil. El motor tosió y luego arrancó, y Alice se reía cada vez más.

– ¿Está segura de que su padre era farmacéutico y no mecánico? -le preguntó Daldry instalándose en el asiento del copiloto.

Su abrigo estaba cubierto de nieve y su rostro no estaba en su mejor momento.

– Lo siento, no tiene nada de divertido, pero no puedo evitarlo -respondió Alice risueña.

– Bueno, dele -refunfuñó Daldry-; puesto que esta porquería de coche parece haberla adoptado, métase por la carretera; veremos si es así de sumiso cuando intente acelerar.

– Pero sabe que nunca he conducido -replicó Alice, todavía animada.

– Siempre hay una primera vez para todo -respondió Daldry, impasible-. Pise el pedal de la izquierda, embrague y suéltelo suavemente mientras acelera un poco.

Las ruedas patinaban sobre el pavimento helado. Alice, agarrada al volante, volvió a centrar el coche con una destreza que impresionó a su vecino.

En esas últimas horas de la mañana de Navidad, las calles estaban casi desiertas, y Alice conducía atendiendo escrupulosamente los consejos de Daldry. Salvo algunas frenadas un poco bruscas, que le costaron calar el coche dos veces, consiguió llevarlos a su casa sin el más mínimo incidente.

– Ha sido una experiencia genial -dijo girando el contacto-. Me ha encantado conducir.

– Bueno, podemos dar una segunda lección esta semana si le apetece.

– Será un inmenso placer.

Al llegar a su rellano, Daldry y Alice se despidieron. Alice se notaba con fiebre, y la idea de descansar no le resultaba desagradable. Le dio las gracias a Daldry y, una vez en su casa, estiró su abrigo sobre la cama y se acurrucó bajo las sábanas.


*

Flotaba un fino polvillo en el aire, removido por un viento cálido. De lo más alto de una callejuela de tierra bajaba una escalera hacia otro barrio de la ciudad.

Alice avanzaba, con los pies descalzos, mirando a todos lados. Los cierres metálicos de las tiendecitas, todos ellos pintados de colores abigarrados, estaban echados.

Una voz la llamó en la lejanía. En los escalones de arriba, una mujer le hizo una señal para que se diese prisa, como si las acechase un peligro.

Alice corrió junto a ella, pero la mujer huyó y desapareció.

Bramaba un clamor a su espalda: gritos, chillidos. Alice se precipitó hacia la escalera; la mujer la esperaba al pie de ésta, pero le prohibió avanzar. Le juró su amor y le dijo adiós.

Mientras se alejaba, su silueta se empequeñecía hasta volverse minúscula mientras se agrandaba en el corazón de Alice hasta volverse inmensa.

Alice se lanzó hacia ella; los escalones se resquebrajaban bajo sus pasos, una larga grieta hendió en dos la escalera y el bramido de su espalda se volvió insoportable. Alice alzó la mirada; un sol rojo quemaba su piel, sintió el trasudor de su cuerpo, la sal en sus labios, la tierra en su cabello. Unas nubes de polvo se arremolinaban a su alrededor y volvían el aire irrespirable.

A pocos metros oyó un quejido lancinante, un gemido, palabras murmuradas cuyo sentido no comprendía. Se le hizo un nudo en la garganta. Alice se ahogaba.

Una mano audaz la cogió del brazo y la levantó del suelo justo antes de que la gran escalera se hundiese bajo sus pies.

Alice soltó un chillido, se resistió lo mejor que pudo, pero el que la agarraba era demasiado fuerte y Alice sintió que perdía el conocimiento, una pérdida contra la que era inútil luchar. Por encima de ella, el cielo era inmenso y rojo.


*

Alice volvió a abrir los ojos, cegada por la blancura del lucernario cubierto de nieve. Tiritaba, la frente le ardía de fiebre. Buscó a tientas el vaso de agua que se encontraba en su mesilla y fue presa de un ataque de tos al tragar el primer sorbo. Estaba agotada. Tenía que levantarse, que ir a buscar una manta, algo con lo que quitarse ese frío que la helaba hasta los huesos. Intentó levantarse en vano, y se quedó dormida de nuevo.


*

Oyó susurrar su nombre, una voz familiar trataba de tranquilizarla.

Estaba escondida en un recoveco, ovillada, con la cabeza entre las rodillas. Una mano puesta sobre la boca le impedía hablar. Tenía ganas de llorar, pero la que la retenía con los brazos le suplicaba que se callara.

Oyó el martilleo de un puño en la puerta. Los impactos se volvían más violentos, ahora daban serias patadas. Ruidos de pasos, alguien acababa de entrar. Refugiada en el pequeño cuchitril, Alice contuvo el aliento; le pareció que su respiración se había detenido.


*

– Alice, ¡despierte!

Daldry se acercó a la cama y puso una mano en su frente.

– Pobrecita, está ardiendo.

Daldry la ayudó a levantarse, enderezó la almohada y la tumbó correctamente.

– Voy a llamar a un médico.

Volvió a su cabecero unos instantes después.

– Tengo miedo de que haya cogido algo más que un resfriado. El doctor estará aquí en seguida, descanse, me quedo junto a usted.

Daldry se sentó al pie de su cama e hizo exactamente lo que había prometido. El médico llegó al cabo de poco. Examinó a Alice, le tomó el pulso, escuchó atentamente los latidos de su corazón y su respiración.

– No hay que tomarse su estado a la ligera, probablemente sea gripe. Que se quede abrigada y que transpire. Hágala beber -le dijo a Daldry- agua templada ligeramente azucarada e infusiones, a pequeños sorbos cada vez, pero con la mayor frecuencia posible.

Le dio aspirinas a Daldry.

– Esto debería hacer que le baje la fiebre. Si no es así de aquí a mañana, llévela al hospital.

Daldry pagó al médico y le agradeció que se hubiese desplazado el día de Navidad. Se fue a buscar a su casa dos mantas grandes con las que tapó a Alice. Puso en medio de la habitación la butaca que se encontraba delante de la mesa de trabajo y se instaló allí para pasar la noche.

– Me pregunto si no prefería que sus ruidosos amigos me tuviesen despierto; al menos, estaría en mi cama -refunfuñó.


*

En la habitación, el ruido ha cesado. Alice empuja la puerta del armario donde se ha refugiado. Ya no hay más que silencio y ausencia. Han tirado los muebles, han deshecho la cama. En el suelo yace un marco roto. Alice aparta delicadamente los fragmentos de cristal y vuelve a poner el dibujo en su lugar, encima de la mesilla de noche. Es un dibujo en tinta china en el que le sonríen dos rostros. La ventana está abierta, un aire suave sopla de fuera y levanta las cortinas. Alice se acerca, el borde de la ventana está demasiado alto, hay que encaramarse a un taburete para ver la calle, más abajo. Se sube, la luz del día es intensa, entrecierra los ojos.

Sobre la acera, un hombre la mira y le sonríe, un rostro benévolo, lleno de amor. Quiere a ese hombre con un amor sin medida. Siempre lo ha querido así, lo conoce desde siempre. Querría retenerlo, gritar su nombre, pero ya no tiene voz. Entonces, Alice le hace una pequeña señal con la mano; como respuesta, el hombre agita su gorra, le sonríe, antes de desaparecer.


*

Alice volvió a abrir los ojos. Daldry la sostenía y llevaba un vaso de agua a sus labios mientras le suplicaba que bebiese lentamente.

– Lo he visto -murmuró-, estaba allí.

– Vino el médico -dijo Daldry-. Un domingo y día de Navidad, tenemos que ser concienzudos.

– No era médico.

– Pues tenía toda la pinta de serlo.

– He visto al hombre que me espera allá.

– Muy bien -dijo Daldry-, volveremos a hablar de ello en cuanto esté mejor. Mientras tanto, descanse. Me parece que ya tiene un poco menos de fiebre.

– Es mucho más guapo de lo que imaginaba.

– No lo dudo ni por un segundo. Debería coger la gripe yo también, a lo mejor vendría a hacerme una visita Esther Williams… Estaba irresistible en Llévame a ver el partido.

– Sí -murmuró Alice delirando a medias-, me llevará al partido.

– Perfecto, durante ese rato podré dormir tranquilo.

– Debo ir en su busca -susurró Alice, con los ojos cerrados-, tengo que ir allí, debo reunirme con él.

– ¡Una idea excelente! Sin embargo, le sugiero que espere algunos días. No estoy totalmente seguro de que, en su estado, el flechazo fuera recíproco.

Alice se había dormido. Daldry suspiró y volvió a su sitio en la butaca. Eran las cuatro de la mañana, tenía la espalda magullada por la incómoda postura que mantenía, le dolía la nuca como un demonio, pero Alice parecía tener mejor color. Actuaba la aspirina, caía la fiebre. Daldry apagó la luz y rezó por conciliar el sueño.


*

Un ronquido repetitivo despertó a Alice. Sus miembros estaban todavía doloridos, pero el frío había abandonado su cuerpo para dar paso a una suave tibieza.

Volvió a abrir los ojos y descubrió a su vecino, repantigado en la butaca, con una manta en los pies. A Alice le hizo gracia que la ceja derecha de Daldry se levantara y bajara al ritmo de su respiración. Comprendió por fin que su vecino había pasado la noche velándola, y eso la puso en un terrible aprieto. Levantó delicadamente la manta, se enrolló con ella y se dirigió discretamente hacia el hornillo. Puso el té en la tetera, tomando mil precauciones para no hacer ruido, y esperó a que el agua se calentara. Los ronquidos de Daldry se habían redoblado, con tanta fuerza que le molestaron en su sueño. Se giró sobre un lado, se resbaló y se cayó cuan largo era sobre el parquet.

– ¿Qué hace de pie? -dijo bostezando.

– Té -respondió Alice vertiéndolo en las tazas.

Daldry se levantó, se estiró y se frotó los riñones.

– Haga el favor de volver a acostarse en seguida.

– Estoy mucho mejor.

– Me recuerda a mi hermana, y no es un cumplido. Igual de testaruda e inconsciente. Apenas ha recobrado un poco de fuerza y se expone al frío. Vamos, ni media palabra, ¡corriendo a la cama! Voy a encargarme de su té. En fin, si mis brazos tienen a bien cooperar. No es que se me haya quedado dormido el cuerpo, es que se me ha quedado en coma.

– Lamento haberle incordiado -respondió Alice obedeciendo a Daldry.

Se sentó en su cama y cogió la bandeja que él le había dejado en las rodillas.

– ¿No se le ha abierto un poco el apetito? -preguntó.

– No, la verdad.

– Bueno, pues va a comer de todos modos, es necesario -dijo Daldry.

Cruzó el rellano y volvió con una caja metálica de galletas.

– ¿Son auténticas shortbreads? -le preguntó-. Hace una eternidad que no me tomo una.

– Tan auténticas como es posible, son caseras -dijo orgullosamente mojando una galleta en su taza de té.

– Parecen deliciosas -dijo Alice.

– ¡Evidentemente! Pero ¿no le digo que las he hecho yo mismo?

– Es de locos…

– ¿Y por qué hacer mis shortbreads es de locos? -se ofendió Daldry.

– … cómo ciertos sabores nos recuerdan a nuestra infancia. Mi madre las preparaba los domingos, las comíamos con chocolate caliente todas las tardes de la semana, en cuanto terminaba mis deberes. En esa época no las apreciaba demasiado, las dejaba fundirse en el fondo de la taza, y mamá no se daba cuenta en absoluto de mis artimañas. Más tarde, durante la guerra, cuando esperábamos en los refugios a que se callaran las sirenas, el recuerdo de las shortbreads se adueñaba de mí. En el interior de un sótano sacudido por las bombas que caían en las cercanías, pensé muchas veces en esas meriendas.

– Creo que nunca he tenido la dicha de vivir un momento tan íntimo con mi madre -dijo Daldry-. No aspiro a que mis galletas igualen a las de sus recuerdos, pero espero que sean de su gusto.

– ¿Le importa que coja otra? -dijo Alice.

– A propósito de sueños, ha tenido serias pesadillas esta noche -masculló Daldry.

– Lo sé, me acuerdo, me paseaba descalza en una callejuela de otro tiempo.

– El tiempo no tiene influencia en los sueños.

– No lo comprende, me parecía conocer ese lugar.

– Probablemente alguna reminiscencia. En las pesadillas se mezcla todo.

– Era una mezcla horrible, Daldry, tenía todavía más miedo que bajo los V1 alemanes.

– ¿Es posible que los misiles formasen parte también de su pesadilla?

– No, me encontraba en un sitio muy diferente. Alguien me perseguía, me quería hacer daño. Y, cuando él apareció, se disipó el miedo, tenía la sensación de que ya nada podía pasarme.

– ¿Cuando apareció quién?

– Ese hombre de la calle, me sonreía. Me saludó con su gorra y luego se marchó.

– Lo evoca con una emoción inquietante, como si fuera verdad.

Alice suspiró.

– Debería ir a descansar, Daldry, está blanco como una pared.

– Usted es la enferma, pero le reconozco que su butaca no es muy cómoda.

Llamaron a la puerta. Daldry fue a abrir y se encontró a Carol en el rellano, que llevaba una gran cesta de mimbre en la mano.

– ¿Qué hace usted aquí? ¿No irá a decirme que Alice le molesta también cuando está sola? -preguntó Carol al entrar en la habitación.

Luego vio a su amiga en la cama y se quedó sorprendida.

– Su amiga ha contraído una buena gripe -respondió Daldry desarrugándose la chaqueta, un poco apurado de estar ante Carol.

– Entonces llego en el momento oportuno. Puede dejarnos, soy enfermera, Alice ya está en buenas manos.

Acompañó a Daldry a la puerta, apremiándolo a abandonar la casa.

– Vamos -dijo-, Alice necesita descansar, voy a ocuparme de ella.

– Ethan -llamó Alice desde su cama.

Daldry se irguió sobre la punta de sus pies para verla por encima del hombro de Carol.

– Gracias por todo -susurró Alice.

Daldry le dedicó una sonrisa y se retiró.

Cerrada de nuevo la puerta, Carol se acercó a la cama, puso la mano en la frente de Alice, le palpó el cuello y le ordenó que sacara la lengua.

– Tienes todavía un poco de fiebre. Te he traído un montón de cosas del campo. Huevos frescos, leche, mermelada, suizo que hizo mamá ayer. ¿Cómo te sientes?

– Como en medio de una tormenta desde que has llegado.

– «Gracias por todo, Ethan» -dijo Carol melindrosa llenando el hervidor-. Menudo cambio ha dado vuestra relación desde nuestra última cena en tu casa. ¿Tienes algo que contarme?

– Que eres idiota y que tus insinuaciones están fuera de lugar.

– No he insinuado nada; constato, eso es todo.

– Somos vecinos, nada más.

– Lo erais la semana pasada y él te trataba de «señorita Pendelbury» y tú de «señor gruñón que viene a echar a perder la fiesta». Os ha pasado algo que os ha acercado así.

Alice se calló. Carol se quedó mirándola, con el hervidor en la mano.

– ¿Tanto?

– Volvimos a Brighton -suspiró Alice.

– ¿Era él tu misteriosa invitación de Navidad? Tienes razón, ¡qué idiota soy! Y yo que creía que te habías inventado una salida para despistar a los chicos. Me he odiado toda la fiesta de Navidad por haberte dejado sola en Londres y no haber insistido para que vinieses a casa de mis padres. Y, en ese rato, la señorita estaba ligando con su vecino a orillas del mar. Soy la auténtica reina de los imbéciles.

Carol dejó una taza de té en el taburete, junto a la cama de Alice.

– ¿Nunca se te ha ocurrido comprar muebles? ¿Una mesilla de verdad, por ejemplo? Espera, espera, la señorita intrigante -prosiguió muy excitada- no me dijo que la intromisión de tu vecino el último día era un numerito que habíais preparado para echarnos y acabar la noche juntos…

– ¡Carol! -susurró Alice señalando la pared que separaba su piso y el de su vecino-. ¡Calla y siéntate! Agotas más que la peor de las gripes.

– No es gripe, es sólo un buen golpe de frío -respondió Carol, furiosa por el rapapolvo recibido.

– Esa escapada no la habíamos planeado. Fue un acto de generosidad por su parte. Y deja ya ese tonito burlón; entre Daldry y yo no hay nada más que una simpatía recíproca y educada. No es en absoluto mi tipo de hombre.

– ¿Por qué volviste a Brighton?

– Estoy agotada, déjame descansar -suplicó Alice.

– Es conmovedor ver lo que te emocionan mis cuidados.

– En lugar de soltar tus burradas, podrías darme un poco de ese suizo… -respondió Alice justo antes de estornudar.

– ¿Ves? Es un buen resfriado.

– Tengo que quitármelo de encima y volver a ponerme a trabajar lo antes posible -dijo Alice incorporándose en la cama-. Me voy a volver loca de no hacer nada.

– Vas a tener que tomártelo con calma. Esa pequeña excursión a Brighton te costará toda una semana sin olfato. Bueno, ¿al final me vas a decir lo que fuisteis a hacer allí?

Cuanto más avanzaba Alice en su relato, más estupefacta parecía Carol.

– Vaya -silbó con ironía-, yo también estaría aterrorizada en tu lugar, ahora entiendo por qué te has puesto enferma al volver.

– Muy divertido -respondió Alice encogiéndose de hombros.

– Bueno, Alice, es ridículo, no son más que tonterías. ¿Qué quiere decir eso de «Nada de lo que creías ser era verdad»? En cualquier caso, hacerte recorrer tantos kilómetros para que oigas tales estupideces es un bonito detalle por parte de tu vecino. Aunque conozco a algunos chicos que habrían hecho mucho más por pasearte en su coche. La vida es realmente injusta, soy yo quien tiene amor para dar y tomar, y eres tú quien les gusta a los hombres.

– ¿Qué hombres? Estoy sola de la mañana a la tarde, y no lo estoy menos por la noche.

– ¿Quieres que volvamos a hablar de Anton? Si estás sola, es únicamente por tu culpa. Eres una idealista que no sabe pasárselo bien. Pero a lo mejor eres tú quien tiene razón en el fondo. Creo que me habría gustado que me dieran mi primer beso en los caballitos -retomó Carol con voz triste-. Me tengo que ir, voy a llegar tarde al hospital. Y, sobre todo, no querría molestaros si tu vecino vuelve.

– Ya basta, te digo que no hay nada entre nosotros.

– Lo sé, no es tu tipo de hombre; y además, ahora que un príncipe azul te espera en alguna parte en una tierra lejana… Tal vez deberías cogerte unas vacaciones e ir en su búsqueda. Si pudiese, te acompañaría con mucho gusto. Me burlo de ti, pero un viaje de chicas sería toda una aventura… En Turquía hace calor, los chicos deben de tener la piel bronceada.

Alice se había adormilado. Carol recogió la manta, que estaba a los pies de la butaca, y la extendió sobre la cama.

– Duerme, cariño -susurró-, soy un cardo y una celosa, pero eres mi mejor amiga y te quiero como a una hermana. Volveré a verte mañana después de mi guardia. Vas a curarte rápido.

Carol se puso el abrigo y se fue de puntillas. Se cruzó con Daldry en el rellano, iba de compras. Bajaron juntos. Una vez en la calle, Carol se volvió hacia él.

– Se pondrá bien pronto -dijo.

– Magnífica noticia.

– Es muy amable por su parte haberse ocupado así de ella.

– Era lo mínimo -respondió-, entre vecinos…

– Adiós, señor Daldry.

– Una última cosa, señorita. Aunque no sea asunto suyo, sepa, para su información, que tampoco es mi tipo de mujer, pero, vamos, ¡en absoluto!

Y Daldry se esfumó sin despedirse de Carol.


4

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La semana pasó, interminable. Alice ya no tenía fiebre, pero era incapaz de ponerse otra vez a trabajar: apenas sentía el sabor de los alimentos. Daldry no había vuelto a aparecer. Alice había llamado varias veces a su puerta, el apartamento de su vecino seguía invariablemente silencioso.

Carol la había visitado en sus horas libres, y le había llevado provisiones y periódicos que robaba de la sala de espera del hospital. Una noche, incluso se había quedado a dormir, demasiado agotada para atravesar con el frío del invierno las tres calles que la separaban de su casa.

Carol había compartido la cama de Alice, y había sacudido a su amiga con todas sus fuerzas en medio de la noche para despertarla de una pesadilla que se apoderaría desde entonces de todos sus sueños.

El sábado, cuando Alice se alegraba de volver a su mesa de trabajo, oyó pasos en el rellano. Arrastró su butaca y se precipitó a la puerta. Daldry volvía a su casa con una pequeña maleta en la mano.

– Buenos días, Alice -le dijo sin volverse.

Hizo girar la llave en la cerradura y dudó antes de entrar.

– Lo siento, no he podido visitarla, he tenido que ausentarme unos días -añadió dándole la espalda.

– No tiene por qué disculparse, simplemente me preocupaba no oírle.

– He salido de viaje, hubiese podido dejarle una nota, pero no lo hice -dijo con el rostro pegado a la puerta.

– ¿Por qué me da la espalda? -preguntó Alice.

Daldry se volvió lentamente; tenía la cara pálida, una barba de tres días, los párpados morados, los ojos rojos y húmedos.

– ¿No se encuentra bien? -preguntó Alice, preocupada.

– Sí, yo me encuentro bien -respondió Daldry-; mi padre, por el contrario, el lunes pasado tuvo la desafortunada idea de no despertarse. Lo enterramos hace tres días.

– Venga a mi casa -dijo Alice-, le haré un té.

Daldry abandonó su maleta y siguió a su vecina. Se dejó caer en la butaca poniendo una mueca. Ella corrió el taburete y se instaló enfrente de él.

Daldry contemplaba el lucernario con la mirada perdida. Respetó su silencio y se quedó así casi una hora, sin decir una palabra. Luego Daldry suspiró y se levantó.

– Gracias -dijo-, esto era exactamente lo que necesitaba. Ahora voy a volver a mi casa, a tomar una buena ducha y, hale, a la cama.

– Justo antes del hale, venga a cenar, le prepararé una tortilla.

– No tengo mucha hambre -respondió.

– Tendrá que comer algo, lo necesita -respondió Alice.


Daldry volvió un poco más tarde; llevaba un jersey de cuello cisne con un pantalón de franela, el cabello todavía enmarañado y ojeras.

– Perdone mi aspecto -dijo-, me temo que he olvidado mi cuchilla en casa de mis padres y es un poco tarde para encontrar otra esta noche.

– La barba le queda bastante bien -respondió Alice al recibirlo en su casa.

Cenaron ante el baúl, Alice había abierto una botella de ginebra. Daldry bebía de buen grado, pero no tenía apetito alguno. Se obligó a comer un poco de tortilla por mera cortesía.

– Me había jurado a mí mismo -dijo en medio de un silencio- ir un día para conversar de hombre a hombre con él. Para explicarle que la vida que llevaba era la que había elegido. Nunca había juzgado la suya; sin embargo, había mucho que decir de ella, y esperaba que él tampoco opinase sobre la mía.

– Aunque nunca se lo dijera, estoy segura de que él lo admiraba.

– Usted no lo conoció -suspiró Daldry.

– Piense lo que piense, usted era su hijo.

– He sufrido su ausencia durante cuarenta años; en cierta forma, ya me había acostumbrado. Y ahora que ya no está aquí, extrañamente, el dolor parece más intenso.

– Lo sé -dijo Alice en voz baja.

– Ayer por la tarde entré en su despacho. Mi madre me sorprendió mientras yo rebuscaba en los cajones del secreter. Pensó que buscaba su testamento; le respondí que me traía sin cuidado lo que me pudiese legar, les dejaba esa clase de preocupaciones a mi hermano y a mi hermana. Lo único que esperaba encontrar era una nota, una carta que me hubiese dejado. Mi madre me cogió en sus brazos y me dijo: «Pobrecito, no te ha escrito ninguna.» No conseguí llorar cuando bajaban su ataúd; no había llorado desde el verano de mis diez años, cuando me abrí gravemente la rodilla al caer de un árbol. Pero, esta mañana, cuando la casa donde crecí desaparecía en mi retrovisor, no pude contener las lágrimas. Tuve que pararme al borde de la carretera, ya no veía nada. Me he sentido tan ridículo en mi automóvil, llorando como un crío…

– Había vuelto a ser un niño, Daldry, acababa de enterrar a su padre.

– Es gracioso, ya ve, si hubiese sido pianista, tal vez él habría sentido cierto orgullo, tal vez incluso me habría venido a oír tocar. Pero la pintura no le interesaba. Para él, no era un trabajo, como mucho un pasatiempo. En fin, su muerte me ha dado la ocasión de volver a ver a mi familia al completo.

– Debería pintar su retrato, volver a casa y colgarlo en un buen sitio, en su despacho, por ejemplo. Estoy segura de que, desde donde está, a su padre eso le emocionaría.

Daldry rompió a reír.

– ¡Qué idea más horrible! No soy lo bastante cruel como para asestarle un golpe tan canalla a mi madre. Basta de lloriqueos, ya he abusado bastante de su hospitalidad. Su tortilla estaba deliciosa y su ginebra, de la que también he abusado un poco, todavía mejor. Puesto que está curada, le daré una nueva clase de conducción cuando esté, digamos, en mejor forma.

– Con mucho gusto -respondió Alice.

Daldry se despidió de su vecina. Él, que se mantenía normalmente tan tieso, tenía la espalda un poco encorvada y los andares vacilantes. En medio del rellano, cambió de opinión, dio media vuelta, entró de nuevo en casa de Alice, cogió la botella de ginebra y volvió a irse a su casa.

Alice se acostó inmediatamente después de la partida de Daldry; estaba agotada y el sueño no se hizo esperar.


*

«Ven -le susurra la voz-, tenemos que irnos de aquí.»

Se abre una puerta a la noche, ninguna luz en la callejuela, los faroles están apagados y las persianas de las casas, cerradas. Una mujer le tiende la mano y la arrastra. Caminan juntas, a pasos quedos, bordean las aceras desiertas, se vuelven discretas, velando porque ninguna sombra nacida de un rayo de luna traicione su presencia. Su equipaje no es muy pesado. Una maletita negra que contiene sus escasas pertenencias. Llegan a lo alto de la gran escalera. Desde allí se ve toda la ciudad. A lo lejos, un gran fuego tiñe de rojo el cielo. «Está ardiendo un barrio entero -dice la voz-. Se han vuelto locos. Avancemos. Allí estaremos seguras, nos protegerán, estoy convencida. Ven, sígueme, amor mío.»

Alice nunca ha tenido tanto miedo. Sus pies magullados la hacen sufrir, no lleva zapatos, imposible encontrarlos con el desorden que reina. Aparece una silueta en el marco de la puerta cochera. Un anciano los mira y les hace una señal para que vuelvan sobre sus pasos, les señala con el dedo una barricada donde jóvenes en armas están al acecho.

La mujer duda, se vuelve, lleva un bebé en un pañolón anudado en bandolera sobre el pecho, le acaricia la cabeza para calmarlo. Prosigue su loca carrera.

Diez escalones pequeños excavados en un camino escarpado suben hacia la cima de un talud. Pasan una fuente; el agua en calma tiene algo tranquilizador. A su derecha, hay entreabierta una puerta en una larga muralla. La mujer parece conocer bien ese lugar, Alice la sigue. Cruzan un jardín abandonado, las hierbas altas permanecen inmóviles, los cardos arañan a Alice en las pantorrillas, como para retenerla. Da un grito y, de inmediato, lo sofoca.

Al fondo de un vergel somnoliento entrevé la fachada reventada de una iglesia. Cruzan el ábside. No hay más que ruinas, han volcado los bancos quemados. Alice alza la mirada y distingue en las bóvedas mosaicos que evocan historias de otras épocas, de tiempos lejanos cuyas huellas se borran. Un poco más lejos, el rostro marchito de un Cristo parece mirarla. Se abre una puerta. Alice entra en el segundo ábside. En el centro se alza una tumba, inmensa y solitaria, recubierta de loza. Pasan a su lado calladas. Están en un antiguo vestidor. En el olor acre de las piedras quemadas se mezclan los aromas del tomillo y la alcaravea. Alice todavía no conoce esos nombres, pero reconoce los olores, le son familiares. Esas hierbas crecían profusamente en un terreno amplio detrás de su casa. Incluso así mezclados en el viento que los hace viajar hasta ella, logra distinguirlos.

La iglesia calcinada no es más que un recuerdo, la mujer que la arrastra le hace cruzar una verja, corren ahora en otra callejuela. Alice ya no tiene fuerzas, le flaquean las piernas, la mano que la retiene se afloja y la abandona. Se sienta en el suelo, la mujer se aleja, sin mirar atrás.

Comienza a caer una lluvia insistente. Alice pide ayuda, pero el ruido del aguacero es demasiado fuerte y, pronto, la silueta desaparece. Alice se queda sola, arrodillada, aterida. Chilla, un grito largo, casi una agonía.


*

Una lluvia de granizo rebotaba contra el lucernario. Jadeante, Alice se incorporó en la cama, mientras buscaba el interruptor de la lámpara de la mesita de noche. Al volver la luz, barrió la habitación con la mirada observando uno a uno los objetos que le eran familiares.

Dio dos puñetazos en la cama, furiosa por haberse dejado llevar una vez más por esa misma pesadilla que la aterrorizaba cada noche. Se levantó, fue a su mesa de trabajo, abrió la ventana que daba a la parte trasera de la casa e inspiró a pleno pulmón. Había luz en el piso de Daldry y la presencia, aunque invisible, de su vecino la tranquilizó. Al día siguiente iría a ver a Carol y le pediría consejo. Debía de existir algún remedio para que su sueño se sosegase. Una noche en la que no la atormentasen miedos imaginarios, que no estuviese poblada de huidas desenfrenadas por calles extranjeras, una noche completa y tranquila, eso era todo lo que Alice deseaba.


*

Alice pasó los siguientes días en su mesa de trabajo. Cada noche, retrasaba el momento de ir a acostarse, luchando contra el sueño como se resiste ante un miedo, un miedo que la dominaba en cuanto anochecía. Cada noche volvía a tener la misma pesadilla que acababa siempre en medio de una callejuela anegada donde se quedaba postrada sin remedio sobre el pavimento.

Le hizo una visita a Carol a la hora de la comida.

Alice se presentó en la recepción del hospital y pidió que avisasen a su amiga. Esperó media hora larga en un vestíbulo, entre las camillas descargadas de las ambulancias que llegaban con todas las sirenas aullando. Una mujer suplicaba que atendiesen a su hijo. Un viejo errante deambulaba entre los bancos donde otros enfermos esperaban impacientemente su turno. Un joven le dedicó una sonrisa; tenía la tez pálida, el arco superciliar abierto, una sangre densa corría por su mejilla. Un hombre de unos cincuenta años se agarraba las costillas, parecía sufrir atrozmente. En medio de esta miseria humana, Alice de pronto se sintió culpable. Si sus noches eran de pesadilla, el día a día de su amiga no era mucho mejor. Carol apareció empujando una camilla cuyas ruedas chirriaban sobre el linóleo.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó al ver a Alice-. ¿Estás indispuesta?

– Sólo he venido para llevarte a desayunar.

– Qué sorpresa tan agradable. Coloco ésta -dijo señalando a su paciente- y me reúno contigo. Mira que tienen morro, podrían haberme avisado. ¿Llevas mucho tiempo aquí?

Carol empujó la camilla hacia una colega, se quitó la bata, cogió abrigo y bufanda de su taquilla y apretó el paso hacia su amiga. Llevó a Alice fuera del hospital.

– Ven -dijo-, hay un bar en la esquina de esta calle, es el menos malo del barrio y al lado de nuestra cafetería casi parece un gran restaurante.

– ¿Y todos los pacientes que esperan?

– Ese vestíbulo siempre está lleno de enfermos, las veinticuatro horas del día, todos los días de Dios, y Dios me ha dado un estómago que debo alimentar de vez en cuando si quiero estar en condiciones de atenderlos. Vamos a desayunar.


El bar estaba abarrotado. Carol le dedicó una sonrisa provocativa al dueño, quien, desde la barra, le señaló una mesa al fondo de la sala. Ambas mujeres pasaron por delante de toda la cola.

– ¿Te acuestas con él? -le preguntó Alice al instalarse en el banco.

– Le estuve tratando el verano pasado de un enorme forúnculo situado en un sitio que exige la mayor de las discreciones. Desde entonces, es mi devoto servidor -respondió Carol riéndose.

– Nunca había imaginado hasta qué punto tu vida era…

– ¿Glamurosa? -terminó Carol.

– Ardua -respondió Alice.

– Me gusta lo que hago, aunque haya días en los que no es fácil. De niña, me pasaba el rato poniéndoles vendas a mis muñecas, lo cual inquietaba terriblemente a mi madre, y, cuanto más disgustada la veía, más crecía mi vocación. Bueno, ¿qué te trae por aquí? Me imagino que no has venido a urgencias en busca de olores para crear uno de tus perfumes.

– He venido a desayunar contigo, ¿necesitas otra razón?

– ¿Sabes? Una buena enfermera no se contenta con curar las pupas de sus pacientes, también vemos cuándo les pasa algo por la cabeza.

– Pero yo no soy una de tus pacientes.

– Pues lo parecías cuando te he visto en el vestíbulo. Dime cuál es el problema, Alice.

– ¿Has leído el menú?

– Olvídate del menú -le ordenó Carol mientras le quitaba la carta de las manos a Alice-. Casi no tengo tiempo de comerme el plato del día.

Un camarero les llevó dos platos de un guiso de cordero.

– Lo sé -dijo Carol-, no tiene una pinta muy apetitosa, pero ya verás, está muy bueno.

Alice separó los trozos de carne de las verduras que nadaban en la salsa.

– Dicho esto -retomó Carol con la boca llena-, recobrarás el apetito cuando me hayas dicho qué te preocupa.

Alice clavó su tenedor en un trozo de patata y puso una mueca de asco.

– De acuerdo -prosiguió Carol-, es probable que sea testaruda y arrogante, pero dentro de un rato, cuando vuelvas a coger tu tranvía, te sentirás idiota por haber perdido la mitad del día sin ni siquiera haber probado ese guiso infecto, y más teniendo en cuenta que pagas tú la cuenta. Alice, dime lo que te ronda, con tanto silencio me estás volviendo loca.

Alice se decidió a hablarle de la pesadilla que atormentaba sus noches, de ese malestar que envenenaba sus días.

Carol la escuchó con la mayor atención.

– Tengo que contarte una cosa -dijo Carol-. El día del primer bombardeo sobre Londres estaba de guardia. Los heridos llegaron muy rápido; estaban quemados en su mayor parte, y venían por sus propios medios. Algunos miembros del personal habían abandonado el hospital para ponerse a cubierto, pero la mayor parte de nosotros nos quedamos en nuestro puesto. Si yo me quedé no fue por heroísmo, sino por cobardía. Tenía mucho miedo a sacar la nariz al exterior, aterrorizada ante la idea de perecer entre las llamas si salía a la calle. Al cabo de una hora, el flujo de heridos se detuvo. Ya casi no entraba nadie. El jefe de servicio, un tal doctor Turner, un hombre guapo, bastante majo y con unos ojos para volver loca a una monjita, nos reunió para decirnos: «Si los heridos ya no llegan aquí es que están debajo de los escombros; nos toca ir a buscarlos.» Todos lo miramos estupefactos. Y luego añadió: «No obligaré a nadie, pero los que tengan agallas, que cojan las camillas y recorran las calles. A partir de ahora hay más vidas que salvar fuera que entre los muros de este hospital.»

– ¿Y fuiste? -preguntó Alice.

– Retrocedí despacito hasta la sala de urgencias, rezando por que la mirada del doctor Turner no se cruzase con la mía, por que no se diese cuenta de mi miedo. Me escondí en un guardarropa durante dos horas. No te burles de mí o me voy. Acurrucada en ese armario, cerré los ojos, quería desaparecer. Acabé logrando convencerme de que no estaba allí, sino en mi cuarto, en casa de mis padres, en St Mawes, y de que toda esa gente que chillaba a mi alrededor no eran más que horribles muñecas de las que tendría que desembarazarme al día siguiente, sobre todo para no convertirme nunca en enfermera.

– No tienes nada que reprocharte, Carol, yo no habría sido más valiente que tú.

– Sí, ¡desde luego que lo habrías sido! Al día siguiente, volví al hospital, avergonzada pero viva. Los siguientes cuatro días, traté de pasar desapercibida para evitar al doctor Turner. Como la vida nunca se ha ahorrado las ironías conmigo, me destinaron al quirófano para ayudar en una amputación. Quien operaba era…

– ¿El doctor Turner?

– ¡En persona! Y, como si eso no fuese suficiente, nos encontramos los dos a solas en el antequirófano. Mientras nos lavábamos las manos, se lo confesé todo: mi huida, la penosa manera en que me había escondido en un armario. En una palabra, me puse en ridículo.

– ¿Cómo reaccionó?

– Me pidió que le pusiera los guantes y me dijo: «Es maravillosamente humano tener miedo, ¿o a lo mejor cree que no tengo miedo antes de operar? Si fuese así, entonces me habría equivocado de carrera y tendría que haber sido cómico.»

Carol cambió su plato vacío por el de Alice.

– Y luego lo vi entrar en el quirófano, con su mascarilla en la boca; había dejado el miedo atrás. Traté de acostarme con él al día siguiente, pero ese idiota estaba casado y era fiel. Tres días más tarde sufrimos un nuevo bombardeo. Yo no tenía ni guantes ni máscara, me fui con el grupo a la calle. Escarbé en los escombros, más cerca de las llamas de lo que lo estoy de ti en este momento. Y, para que lo sepas, aquella noche, en medio de las ruinas, me hice pis encima. Ahora, escúchame bien, hija mía: desde esa tarde de Navidad en Brighton, no eres la misma. Algo te carcome por dentro, unas llamas pequeñas que no ves, pero que están incendiando tus noches. Así que haz como yo, sal de tu armario y corre. He recorrido las calles de Londres con el miedo agarrado al estómago, pero era más soportable que quedarse en ese cuchitril en el que creí que me iba a volver loca.

– ¿Qué quieres que haga?

– Te estás muriendo de soledad, sueñas con un gran amor y nada te da más miedo que enamorarte. La idea de atarte, de depender de alguien, te da pánico. ¿Quieres que volvamos a hablar de tu relación con Anton? Fuese o no una charlatana, esa vidente te dijo que el hombre de tu vida te esperaba en no sé qué país lejano. Bueno, ¡pues ve! Tienes ahorros, pide prestado dinero si te hace falta y permítete ese viaje. Ve a descubrir por ti misma lo que te espera en ese lugar. Y, aunque no te cruces con ese guapo desconocido que te han prometido, te sentirás liberada y no tendrás remordimientos.

– Pero ¿cómo quieres que vaya a Turquía?

– Ahora mismo, princesa, soy enfermera, no agente de viajes. Tengo que largarme. No te paso factura por la consulta, pero te dejo que pagues la cuenta.

Carol se levantó, se puso el abrigo, le dio un beso a su amiga y se fue. Alice corrió tras ella y la alcanzó cuando salía del bar.

– ¿Hablas en serio? ¿De verdad piensas lo que me acabas de decir?

– ¿Crees que, si no, te habría contado mis hazañas? Vuelve adentro, ¿o es que tengo que recordarte que estabas enferma hace muy poco tiempo? Tengo más pacientes, no puedo ocuparme de ti a jornada completa. Vamos, largo.

Carol se alejó corriendo.

Alice volvió a su mesa y se instaló en la silla que ocupaba Carol. Sonrió al llamar al camarero para pedirle una cerveza… y el plato del día.


*

La circulación era densa; carretas, sidecares, camionetas y automóviles trataban de atravesar el cruce. Si Daldry hubiese estado allí, habría disfrutado. El tranvía se paró. Alice miró por la ventanilla. Atrapado entre una pequeña tienda de ultramarinos y el escaparate cerrado de un anticuario, se encontraba el ventanal de una agencia de viajes. Lo observó pensativa, y el tranvía volvió a arrancar.

Alice bajó en la siguiente parada y empezó a subir la calle. Pocos pasos después, dio media vuelta y dudó de nuevo antes de retomar su dirección inicial. Unos minutos más tarde, empujaba la puerta de una tienda que tenía el letrero de los coches cama Cook.

Alice se paró ante un expositor lleno de folletos publicitarios, cerca de la entrada. Francia, España, Suiza, Italia, Egipto, Grecia, tantos destinos que la hacían soñar. El director de la agencia dejó su mostrador para atenderla.

– ¿Tiene pensado hacer un viaje, señorita? -preguntó.

– No -respondió Alice-, en realidad no, simple curiosidad.

– Si es en previsión de un viaje de novios, le recomiendo Venecia, es absolutamente magnífica en primavera; si no, España, Madrid, Sevilla, y luego la costa mediterránea, tengo cada vez más clientes que van allí y vuelven encantados.

– No me caso -respondió sonriendo al director del establecimiento.

– Nada prohíbe viajar sola en nuestros días. Todo el mundo tiene derecho a cogerse vacaciones de vez en cuando. Para una mujer, le aconsejo entonces Suiza: Ginebra y su lago. Es tranquilo y encantador.

– ¿Tendría algo para Turquía? -preguntó tímidamente Alice.

– Estambul, muy buena elección. Sueño con ir allí algún día, la basílica de Santa Sofía, el Bósforo… Espere, debo de tenerlo en alguna parte, pero hay tanto desorden aquí…

El director se inclinó sobre un chifonier y abrió cada uno de sus siete cajones.

– Aquí estaba, un fascículo bastante completo, también tengo una guía turística que puedo prestarle si le interesa ese destino, pero tendrá que prometerme que me la devolverá.

– Me quedaré con el prospecto -respondió Alice, y le dio las gracias al director.

– Le doy dos -dijo tendiéndole los folletos a Alice.

La acompañó a la salida y la invitó a pasarse de nuevo cuando quisiera. Alice se despidió y volvió a la parada del tranvía.

Una nieve fundida caía sobre la ciudad. Una ventanilla del vehículo estaba atascada y un aire glacial se había adueñado del tranvía. Alice sacó los folletos de su bolso y los hojeó, buscando un poco de calor en esas descripciones de paisajes extranjeros donde el sol reinaba en cielos azul celeste.

Al llegar al pie de su edificio, inspeccionó sus bolsillos buscando las llaves, pero fue en vano. Presa del pánico, se arrodilló, le dio la vuelta a su bolso y lo vació en el suelo de la entrada. El manojo apareció en medio del desorden. Alice lo cogió, guardó las cosas de prisa y corrió escaleras arriba.

Una hora más tarde volvía Daldry. Atrajo su atención un folleto turístico que rodaba por el suelo en el vestíbulo. Lo recogió y sonrió.


*

Llamaban suavemente a la puerta. Alice levantó la mirada y dejó su pluma antes de ir a abrir. Daldry tenía una botella de vino en una mano y dos copas en la otra.

– ¿Se puede? -dijo invitándose.

– Como en su casa -respondió Alice dejándole pasar.

Daldry se instaló delante del baúl, puso las copas encima y las llenó generosamente. Le tendió una a Alice y la invitó a brindar.

– ¿Celebramos algo? -le preguntó a su vecino.

– Más o menos -respondió este último-. Acabo de vender un cuadro por cincuenta mil libras esterlinas.

Alice abrió los ojos desmesuradamente y dejó su copa sobre el baúl.

– No sabía que sus obras fuesen tan caras -dijo estupefacta-. ¿Me dejará que vea una algún día, antes de que el mero hecho de mirarlas esté por encima de mis posibilidades?

– Tal vez -respondió Daldry, y se sirvió otra copa de vino.

– Lo menos que se puede decir es que sus coleccionistas son generosos.

– No es un comentario que me anime mucho, pero me lo tomaré como un cumplido.

– ¿De verdad ha vendido un cuadro por ese precio?

– Por supuesto que no -respondió Daldry-, no he vendido nada en absoluto. Las cincuenta mil libras de las que le hablo representan el legado de mi padre. Vengo del notario, al que nos habían convocado esta tarde. No sabía que valía tanto para él, creía que me tenía en menos que eso.

Había una cierta tristeza en los ojos de Daldry cuando pronunció esa frase.

– Lo que es absurdo -prosiguió- es que no tengo ni la menor idea de lo que voy a hacer con esa suma. ¿Y si le comprase su piso? -propuso animado-. Podría instalarme bajo ese lucernario que me hace soñar desde hace tantos años, tal vez su luz me permitiría pintar un cuadro que emocione a alguien…

– ¡No está en venta y no soy más que una inquilina! Y, además, ¿dónde viviría? -respondió Alice.

– ¡Un viaje! -exclamó Daldry-. He aquí una maravillosa idea.

– Si le apetece, ¿por qué no? Una bella intersección de calles en París, un encrucijada de caminos en Tánger, un puentecito sobre un canal en Ámsterdam… Deben de existir por el mundo gran cantidad de cruces que podrían inspirarle.

– ¿Y por qué no el estrecho del Bósforo? Siempre he soñado con pintar grandes barcos y, en Piccadilly, no es tan fácil…

Alice volvió a dejar su copa y miró a Daldry.

– ¿Cómo? -dijo él fingiendo sorpresa-. No tiene la exclusiva del sarcasmo, tengo derecho a hacerla rabiar, ¿no?

– ¿Y cómo podría hacerme rabiar con sus proyectos de viaje, querido vecino?

Daldry sacó el folleto del bolsillo de su chaqueta y lo puso sobre el baúl.

– He encontrado esto en el hueco de la escalera. Dudo que pertenezca a nuestra vecina de abajo. La señora Taffleton es la más sedentaria de las personas que conozco, sólo sale de su casa los sábados para hacer la compra al final de la calle.

– Daldry, creo que ha bebido bastante por esta noche; debería volver a su casa; no he recibido herencias que me permitan viajar y tengo trabajo por terminar si quiero continuar pagando mi alquiler.

– Creía que una de sus creaciones le aseguraba una renta regular.

– Regular, pero no eterna; las modas pasan y hay que renovarse, lo que intentaba hacer antes de su intromisión.

– Y el hombre de su vida que la espera allá -insistió Daldry señalando con el dedo el folleto turístico-, ¿ya no atormenta sus noches?

– No -respondió Alice secamente.

– Entonces, ¿por qué se ha despertado a las tres de la mañana dando ese grito horrible que casi me hace caer de la cama?

– Me había dado un golpe en el pie con este estúpido baúl al tratar de acostarme. Había trabajado hasta tarde y tenía la vista un poco borrosa.

– ¡Además, mentirosa! Bueno -dijo Daldry-, veo que mi compañía le incomoda, voy a retirarme.

Se levantó y fingió salir, pero apenas dio un paso y volvió hacia Alice.

– ¿Conoce la historia de Adrienne Bolland?

– No, no conozco a esa Adrienne -respondió Alice sin ocultar su exasperación.

– Fue la primera mujer en tratar de cruzar la cordillera de los Andes en avión, un Caudron para ser precisos, que por supuesto pilotaba ella misma.

– Muy valiente por su parte.

Para desesperación de Alice, Daldry se dejó caer en la butaca y llenó de nuevo su copa.

– Lo más extraordinario no era su valentía, sino lo que le pasó unos meses antes de despegar.

– Y, desde luego, va a darme todos los detalles, convencido de que conseguiré conciliar el sueño antes de que me lo haya contado todo.

– ¡Exacto!

Alice levantó la mirada al cielo. Pero, aquella noche, su vecino parecía absorto y con ganas de conversación. Daldry había dado muestras de una gran elegancia cuando estuvo enferma, así que Alice aceptó tomarse las ganas de hablar de su vecino con paciencia y le prestó la atención que merecía.

– Adrienne había ido, pues, a Argentina. Piloto de la casa Caudron, debía realizar algunos festivales y demostraciones aéreas que le permitirían convencer a los sudamericanos de la calidad de aquellos aparatos. ¡Figúrese, Adrienne no tenía en su haber más que cuarenta horas de vuelo! La publicidad hecha por Caudron alrededor de su llegada la precedía, y había dejado correr el rumor de que quizá intentaría cruzar los Andes. Antes de partir, ella había avisado de que rechazaría correr tal riesgo con los dos G3 que Caudron había puesto a su disposición. Pensaría en el proyecto si le enviaba por barco un avión más potente y capaz de volar más alto, lo que Caudron le prometió que haría. La tarde en que desembarcó en Argentina, una nube de periodistas la esperaban. La agasajaron y, a la mañana siguiente, descubrió que la prensa anunciaba: «Adrienne Bolland aprovecha su estancia para cruzar la cordillera.» El mecánico de Adrienne le pidió que confirmase o desmintiese la noticia. Envió un telegrama a Caudron y éste le comunicó que era imposible hacerle llegar el aparato prometido. Todos los franceses de Buenos Aires le conjuraron que renunciase a una locura semejante. Una mujer sola no podía emprender tal viaje sin dejarse la piel en ello. Llegaron a acusarla de ser una loca que haría daño a Francia. Tomó una decisión y aceptó el reto. Después de haber hecho la declaración oficial, se encerró en la habitación de su hotel y se negó a hablar con nadie; necesitaba toda su concentración para preparar lo que se parecía mucho a un suicidio.

»Poco tiempo después, mientras su avión se encaminaba por ferrocarril hacia Mendoza, de donde había decidido despegar, llamaron a su puerta. Furiosa, Adrienne abrió y se disponía a echar a quien estaba molestándola. La intrusa era una joven tímida, se la veía incómoda; la avisó de que poseía el don de la videncia y de que tenía algo muy importante que anunciarle. Adrienne acabó aceptando que pasara. La videncia es algo serio en Sudamérica, se consulta para saber qué decisión tomar o no tomar. Después de todo, me he enterado de que está muy en boga en Nueva York consultar a un psicoanalista antes de casarse, de cambiar de carrera o de mudarse. Cada sociedad tiene sus oráculos. En resumen, en Buenos Aires, en 1920, emprender un vuelo tan arriesgado sin haber consultado a una vidente hubiese sido tan inconcebible como, en otros lugares, ir a la guerra sin que un sacerdote te haya encomendado a Dios. No puedo decirle si Adrienne, francesa de nacimiento, creía en esas cosas o no, pero para su entorno consultar a un vidente era de una importancia capital y Adrienne necesitaba todos los apoyos posibles. Encendió una cerilla y le dijo a la joven que le concedía el tiempo que ésta tardaba en consumirse. La vidente le predijo que saldría viva y triunfante de su aventura, pero que para conseguirlo había una condición.

– ¿Cuál? -preguntó Alice, que se había picado con la historia de Daldry.

– ¡Iba a decírselo! La vidente le hizo un relato completamente increíble. Le confió que, en un momento dado, sobrevolaría un gran valle… Le habló de un lago que reconocería porque tendría la forma y el color de una ostra. Una ostra gigante embarrancada en un valle pequeño en medio de las montañas, no podía equivocarse. A la izquierda de la extensión de agua helada, unas nubes oscurecerían el cielo mientras que, a la derecha, estaría azul y despejado. Todo piloto provisto de sentido común tomaría de manera natural la ruta de la derecha, pero la vidente puso a Adrienne en guardia. Si se dejaba tentar por el camino que parecía más fácil, perdería la vida. Ante ella se alzarían cimas infranqueables. En la vertical del famoso lago, tendría que dirigirse imperativamente hacia las nubes, por oscuras que fuesen. Adrienne encontró estúpida la sugerencia. ¿Qué piloto correría a ciegas hacia una muerte segura? Los planos de sustentación de su Caudron no soportarían que los pusiesen a prueba. Golpeado en un cielo tormentoso, su aparato se rompería. Le preguntó a la joven si había vivido en esas montañas el tiempo suficiente como para conocer así de bien las cimas. La joven respondió tímidamente que nunca había ido allí, y se retiró sin decir una palabra más.

»Pasaron los días, Adrienne dejó su hotel para ir a Mendoza. En lo que tardó en recorrer en tren los mil doscientos kilómetros que la separaban de allí, lo había olvidado todo acerca de su encuentro fugaz con la joven vidente. Tenía otras cosas en la cabeza más importantes que una ridícula profecía, y, además, ¿cómo podía saber una chica ignorante que un avión sólo podía alcanzar una altura determinada y que el tope de su G3 apenas bastaba como para intentar la hazaña?

Daldry hizo una pausa, se frotó el mentón y miró su reloj.

– No me he dado cuenta de que era tan tarde, perdóneme, Alice, me voy a casa. Una vez más, abuso de su hospitalidad.

Daldry trató de levantarse de nuevo de su butaca, pero Alice se lo impidió y lo empujó hacia atrás.

– ¡Ya que insiste! -dijo contento por su pequeño efecto-. ¿No tendrá una gota de esa excelente ginebra que me sirvió el otro día?

– Se llevó la botella.

– Qué fastidio. ¿Y no tenía familia?

Alice se fue a buscar una nueva botella y le sirvió la bebida a Daldry.

– Bien, ¿dónde estaba? -continuó después de haberse bebido dos copas casi de un trago-. Al llegar a Mendoza, Adrienne se dirigió al aeródromo de Los Tamarindos, donde la esperaba su biplano. Llegó el gran día. Adrienne alineó su avión en la pista. La joven piloto no carecía ni de humor ni de despreocupación: despegó un uno de abril y olvidó llevarse su carta de navegación.

»Puso rumbo al noroeste; su avión subía penosamente y ante ella se elevaban las temibles cimas nevadas de la cordillera de los Andes.

»Mientras sobrevolaba un estrecho valle, vio bajo sus alas un lago que tenía la forma y el color de una ostra. Adrienne sintió cómo se helaban sus dedos bajo los guantes improvisados que había fabricado con papel de periódico untado de mantequilla. Helada, con un mono demasiado fino para la altitud a la que se encontraba, miró el horizonte, presa del miedo. A la derecha el valle se abría, mientras que a su izquierda todo parecía encapotado. Había que tomar una decisión en el acto. ¿Qué empujó a Adrienne a confiar en una pequeña vidente que había ido una tarde a visitarla a la habitación de su hotel de Buenos Aires? Entró en la oscuridad de las nubes, ganó de nuevo altitud e intentó conservar su rumbo. Unos segundos después, el cielo se aclaraba y enfrente de ella apareció el puerto que debía franquear, con su estatua de Cristo que lo coronaba a más de cuatro mil metros. Subió más allá de los límites tolerados por su avión, pero éste aguantó.

»Volaba desde hacía más de tres horas cuando vio ríos que corrían en la misma dirección que ella, y luego en seguida la llanura y a lo lejos una gran ciudad, Santiago de Chile, y su aeródromo, donde la esperaba una fanfarria. Lo había conseguido. Con los dedos agarrotados y el rostro ensangrentado por el frío, sin apenas ver de tan hinchadas que estaban sus mejillas por la altitud, posó su avión sin romper el armazón y logró detenerlo ante las tres banderas, la francesa, la argentina y la chilena, que las autoridades habían desplegado para celebrar su improbable llegada. Todo el mundo se maravilló; Adrienne y su genial mecánico habían logrado una auténtica hazaña.

– ¿Por qué me cuenta todo esto, Daldry?

– ¡He hablado mucho y tengo la boca seca!

Alice volvió a servirle ginebra a Daldry.

– Le escucho -dijo mirando cómo se soplaba su copa como si estuviera llena de agua.

– Le cuento todo esto porque a usted también se le ha cruzado una vidente en el camino, porque le ha dicho que encontraría en Turquía lo que busca en vano en Londres y que, para conseguirlo, le hará falta conocer a seis personas. Me imagino que soy la primera de ellas y me siento investido de una misión. Déjeme ser su Duperrier, el mecánico genial que la ayudará a cruzar su cordillera de los Andes -exclamó Daldry arrebatado por la borrachera-. Déjeme conducirle al menos hasta la segunda persona que la guiará hacia el tercer eslabón de la cadena, ya que así nos lo dice la profecía. Déjeme ser su amigo y deme una oportunidad de hacer de mi vida algo útil.

– Es muy generoso por su parte -dijo Alice confusa-. Pero no soy ni piloto de pruebas ni todavía menos su Adrienne Bolland.

– Pero, como ella, tiene pesadillas todas las noches, y sueña con el día en que sea capaz de creer en esa predicción y emprender ese viaje.

– No puedo aceptar -murmuró Alice.

– Pero al menos puede pensarlo.

– Es imposible, está fuera de mis medios, no podría devolvérselo nunca.

– ¿Cómo lo sabe? A no ser que no quiera tenerme como mecánico, lo que la convertiría en una rencorosa, ya que no fue mi culpa si la otra tarde mi coche se negaba a arrancar, seré su Caudron. Supongamos que los aromas que pudiera descubrir allí le inspirasen un nuevo perfume, imaginemos que éste se convierte en un enorme éxito, entonces sería su socio. Le dejo decidir el porcentaje que se dignará devolverme por haber contribuido humildemente a su gloria. Y, para que el trato sea justo, si por ventura yo pinto un cruce de Estambul que acabe en un museo, le haré disfrutar también del valor que mis cuadros adquieran en las galerías comerciales.

– Está borracho, Daldry, lo que dice no tiene ningún sentido y, no obstante, casi podría lograr convencerme.

– Entonces, sea valiente, no se quede recluida en su apartamento con miedo a la noche como una niña asustada, ¡haga frente al mundo! ¡Salgamos de viaje! Puedo organizarlo todo, podríamos dejar Londres dentro de ocho días. Le dejo que lo piense esta noche, volveremos a hablarlo mañana.

Daldry se levantó, la cogió entre sus brazos y la estrechó enérgicamente contra él.

– Buenas noches -dijo de repente, retrocediendo apurado por su arrebato.

Alice lo acompañó al rellano; Daldry ya no caminaba en línea recta. Intercambiaron un pequeño gesto con la mano, y se volvieron a cerrar sus respectivas puertas.


5

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Una vez más, su pesadilla había sido fiel a su visita nocturna. Al despertarse, Alice se sentía agotada. Se enrolló en su manta y fue a prepararse el desayuno. Se puso cómoda en la butaca que Daldry había ocupado el día anterior y le echó una ojeada al folleto turístico que había dejado sobre el baúl. Aparecía en portada una foto de la basílica de Santa Sofía.

Rosas otomanas, flores de naranjo, jazmín, con sólo hojear las páginas le parecía distinguir cada uno de los perfumes. Se imaginó en las callejuelas del gran bazar, rebuscando entre los puestos de especias, oliendo los aromas delicados de romero, de azafrán, de canela, y sintió cómo esa ensoñación despierta reavivaba sus sentidos. Suspiró volviendo a dejar el folleto. Su té le pareció de repente desagradable. Se vistió para llamar a la puerta de su vecino. Le abrió en bata y pijama, conteniendo un bostezo.

– ¿No se habrá pasado un pelín de madrugadora por casualidad? -le preguntó frotándose los ojos.

– Son las siete.

– A eso me refería, hasta dentro de dos horas -dijo, y volvió a cerrar la puerta.

Alice llamó de nuevo.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó Daldry.

– Diez por ciento -anunció.

– ¿De qué?

– Diez por ciento de mis beneficios si encuentro en Turquía la fórmula de un perfume original.

Daldry la observó impasible.

– ¡Veinte! -respondió cerrando de nuevo la puerta, que Alice volvió a empujar de inmediato.

– Quince -propuso ella.

– Es usted un monstruo para los negocios -dijo Daldry.

– Lo toma o lo deja.

– ¿Y mis cuadros? -preguntó.

– Eso como usted quiera.

– Resulta hiriente, querida.

– Entonces, pongamos lo mismo: quince por ciento por la venta de todos los lienzos que pinte allí o a su regreso, en caso de que se inspiren en nuestro viaje.

– A eso me refería, ¡un monstruo para los negocios!

– Deje de halagarme, ¡no hay quien se lo trague! Termine de dormir y venga a verme cuando esté realmente despierto para discutir este proyecto, al que todavía no he dicho que sí. ¡Y aféitese!

– ¡Creía haber entendido que la barba me sentaba bien! -exclamó Daldry.

– Entonces, déjela que crezca de verdad; quedarse a medias le hace parecer desaliñado y, si tenemos que ser socios, quiero que esté presentable.

Daldry se frotó la barbilla.

– ¿Con o sin?

– Y dicen que las mujeres son indecisas -respondió Alice al irse hacia su piso.


Daldry se presentó en casa de Alice a mediodía. Llevaba traje, se había peinado y perfumado, pero no afeitado. Interrumpiendo a Alice, le anunció que, en cuanto a la barba, pensaba darse de plazo hasta el día de la partida para pensarlo. Invitó a su vecina al bar para discutir en terreno neutral, precisó. Pero, al llegar al final de la calle, Daldry la condujo hacia su coche.

– ¿Ya no vamos a comer?

– Sí -respondió Daldry-, pero a un restaurante de verdad, con mantel, cubiertos y platos finos.

– ¿Por qué no me lo ha dicho antes?

– Para darle una sorpresa. Además, probablemente también me lo habría discutido, y tengo ganas de un buen trozo de carne.

Le abrió la puerta y la invitó a ponerse al volante.

– No creo que sea muy buena idea -dijo-, la vez anterior las calles estaban desiertas…

– Le prometí una segunda lección, y siempre cumplo mis promesas. Y, además, quién sabe si en Turquía tendremos que conducir. No quiero ser el único que sepa hacerlo. Vamos, cierre esa puerta y espere a que me haya sentado para dar al contacto.

Daldry rodeó el Austin. Alice estaba atenta a cada una de sus instrucciones. En cuanto le indicaba que girase, se detenía un instante para asegurarse de que no se ponía en el camino de ningún otro vehículo, lo que exasperaba a Daldry.

– A esta velocidad, ¡nos va a adelantar un peatón! La invito a comer, no a cenar.

– ¡No tiene más que conducir usted mismo! ¡Qué pesado es! ¡Está todo el rato refunfuñando! ¡Lo hago lo mejor que puedo!

– Bueno, continúe pisando un poco más el pedal del acelerador.

Poco después le rogó a Alice que se pusiese junto a la acera; por fin habían llegado. Un aparcacoches se precipitó hacia la puerta del pasajero antes de darse cuenta de que había una mujer al volante. De inmediato, dio la vuelta al Austin para ayudar a Alice a bajar.

– Pero ¿adónde me ha traído? -preguntó Alice, inquieta por tantas atenciones.

– ¡A un restaurante! -suspiró Daldry.

Alice quedó subyugada por la elegancia del sitio. Las paredes del comedor estaban forradas de madera; las mesas se encontraban alineadas en perfecto orden, cubiertas por manteles de algodón egipcio, y contaban con más cubiertos de plata de los que había visto en toda su vida. Un camarero los guió hacia un reservado e invitó a Alice a tomar asiento en el banco. En cuanto se retiró, un maître acudió a presentar las cartas. Lo acompañaba un sumiller que no tuvo tiempo de aconsejar a Daldry, pues este último pidió de inmediato un château margaux de 1929.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó Daldry al despedir al sumiller-. Parece furiosa.

– ¡Estoy furiosa! -susurró Alice para no atraer la atención de sus vecinos.

– No lo comprendo, le traigo a uno de los restaurantes más famosos de Londres, le hago servir un vino de una finura exquisita, un año mítico…

– Precisamente, habría podido avisarme. Usted va con traje, su camisa es de un blanco que envidiaría la mejor de las lavanderas. ¿Y qué ocurre conmigo? Yo voy emperifollada como una colegiala a la que llevan a tomarse una limonada al final de la calle. Si usted hubiese tenido la delicadeza de informarme de sus planes, al menos habría dedicado algo de tiempo a maquillarme. La gente de alrededor debe de estar diciéndose…

– Que es una mujer encantadora y que tengo suerte de que haya aceptado mi invitación. ¿Qué hombre perdería su tiempo observando su forma de vestir cuando esos ojos que usted tiene pueden acaparar por sí solos toda la atención del género masculino? No se preocupe y, tenga piedad, valore lo que van a servirnos.

Alice miró a Daldry, dubitativa. Probó el vino, largo en la boca y sedoso, que la achispó en seguida.

– ¿No estará tonteando conmigo, Daldry?

A Daldry le faltó poco para ahogarse.

– ¿Al ofrecerle acompañarla de viaje en busca del hombre de su vida? Sería una extraña forma de hacerle la corte, ¿no le parece? Y, dado que vamos a ser socios, seamos sinceros: ambos sabemos que no somos el tipo del otro. Ésa es la única razón por la que puedo hacerle esta propuesta sin la más mínima segunda intención. En fin, casi…

– ¿Casi qué?

– Precisamente para conversar sobre ello era por lo que quería que comiésemos juntos. A fin de que nos pongamos de acuerdo en un ultimísimo detalle de nuestra sociedad.

– Creía que nos habíamos puesto de acuerdo sobre los porcentajes.

– Sí, pero tengo un favorcito que pedirle.

– Le escucho.

Daldry le sirvió otra copa de vino a Alice y la invitó a beber.

– Si las predicciones de esa vidente se confirman, soy, por tanto, la primera de esas seis personas que la llevarán hasta ese hombre. Como he prometido, la acompañaré, pues, hasta la segunda de ellas, y cuando la hayamos encontrado, porque estoy seguro de que la encontraremos, entonces habré cumplido con mi misión.

– ¿Adónde quiere llegar?

– ¡Menuda manía tiene de interrumpirme todo el rato! Precisamente iba a decírselo. Una vez que haya cumplido con mi deber, volveré a Londres y la dejaré proseguir con su viaje. De todos modos, no voy a sujetar las velas en su gran cita, ¡eso sería carecer de tacto! Por supuesto, según los términos de nuestro pacto, financiaré su viaje hasta su término.

– Viaje que le reembolsaré chelín a chelín, aunque tenga que trabajar para usted lo que me quede de vida.

– Déjese de chiquilladas, no le hablo de dinero.

– Entonces, ¿de qué?

– Ese último detallito precisamente…

– Bueno, ¡pues dígalo de una vez por todas!

– Quisiera, en su ausencia, sea cual sea la duración de ésta, que me autorizase a ir cada día a trabajar bajo su lucernario. Su piso estará vacío y no tendrá utilidad alguna para usted. Le prometo cuidarlo, lo que, entre usted y yo, no le vendría mal.

Alice observó a Daldry.

– ¿No estará proponiéndome llevarme a miles de kilómetros de mi casa y abandonarme en tierras lejanas para poder por fin pintar bajo mi lucernario?

A su vez, Daldry miró a Alice con gravedad.

– Tiene los ojos muy bonitos, pero ¡mucha mala leche!

– De acuerdo -dijo Alice-, pero únicamente cuando conozcamos a esa célebre segunda persona y a condición de que nos dé motivos para proseguir la aventura.

– ¡Pues claro! -exclamó Daldry levantando su copa-. Entonces, brindemos ahora que hemos cerrado nuestro trato.

– Brindaremos en el tren -replicó Alice-, todavía me concedo el derecho a cambiar de opinión. Todo esto es bastante precipitado.

– Iré a buscar nuestros billetes esta tarde y me ocuparé también de nuestro alojamiento en Estambul.

Daldry volvió a dejar la copa y sonrió a Alice.

– Le brillan los ojos -dijo-, y le sienta bien.

– Es el vino -murmuró-. Gracias, Daldry.

– No es un cumplido.

– No es por eso por lo que le doy las gracias. Lo que hace por mí es muy generoso. Esté seguro de que una vez en Estambul trabajaré día y noche para crear ese perfume que hará de usted el más feliz de los inversores. Le prometo que no voy a decepcionarle…

– ¡Tonterías! Disfrutaré tanto como usted de abandonar la monotonía londinense. Dentro de unas horas estaremos bajo el sol y, cuando veo la palidez de mi rostro en el espejo que tiene detrás, pienso que buena falta me hace.

Alice se volvió y se miró a su vez en el espejo. Le hizo un gesto de complicidad a Daldry, que la estaba espiando. La perspectiva de ese viaje le daba vértigo, pero, por una vez, saboreaba la embriaguez sin contención alguna. Y, mirando todavía a Daldry en el espejo, le pidió consejo sobre cómo anunciarles a sus amigos la decisión que acababa de tomar. Daldry se quedó pensando un instante y le hizo notar que la respuesta se encontraba en la pregunta. Bastaría con decirles que había tomado una decisión que la hacía feliz; si eran amigos de verdad, no podrían sino animarla.

Tras esas palabras, Daldry renunció a pedir un postre y Alice le propuso ir a caminar un poco.

A lo largo de su paseo, Alice no dejó de pensar en Carol, Eddy, Sam y, sobre todo, en Anton. ¿Cómo reaccionarían? Se le ocurrió invitarlos a todos a cenar a su casa. Les haría beber más de lo habitual, esperaría a que se hiciese tarde y, alcohol mediante, les hablaría de sus proyectos.

Vio una cabina telefónica y le preguntó a Daldry si le importaba esperarla un instante.

Después de cuatro llamadas, Alice tenía la impresión de que acababa de dar los primeros pasos de un largo viaje. Su decisión estaba tomada, sabía que ya no daría marcha atrás. Se reunió con Daldry, que la esperaba apoyado en una farola fumándose un cigarrillo. Alice se acercó a él, lo agarró y lo hizo girar sobre sí mismo arrastrándolo a un corro improvisado.

– Vayámonos tan rápido como sea posible. Quisiera escapar del invierno, de Londres y de mis costumbres, quisiera que fuese ya el día de nuestra partida. Voy a visitar Santa Sofía, las callejuelas del gran bazar, embriagarme de aromas, ver el Bósforo, mirar cómo bosqueja a los transeúntes en la encrucijada de Occidente y Oriente. Ya no tengo miedo, y soy feliz, Daldry, muy feliz.

– Aunque sospecho que está un poco borracha, es maravilloso verla tan contenta. No lo digo para seducirla, querida vecina, dicho sea con sinceridad. Le pediré un taxi; yo voy a encargarme de la agencia. Por cierto, ¿tiene pasaporte?

Alice dijo que no, como una niña pillada in fraganti.

– Un buen amigo de mi padre ocupaba un puesto importante en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Le llamaré, hará que se aceleren los trámites, estoy seguro. Pero, antes de nada, cambio de programa: vamos a hacer fotos de carnet; la agencia puede esperar, y, esta vez, me pongo yo al volante.

Alice y Daldry fueron al estudio de un fotógrafo de barrio. Mientras se peinaba por tercera vez delante de un espejo, Daldry le hizo notar que la única persona que abriría su pasaporte sería un aduanero turco. Era muy probable que no les hiciese mucho caso a unas pocas mechas rebeldes. Alice acabó sentándose en el taburete del fotógrafo.

Este último acababa de equiparse con una novísima máquina que fascinó a Daldry. Sacó una lámina de la caja, la separó en dos, y unos minutos más tarde Alice descubrió en ella su rostro, repetido cuatro veces. Luego le tocó a Daldry tomar asiento en el taburete. Puso una sonrisa boba y contuvo la respiración.

Con sus documentos en el bolsillo, fueron a hacerse los pasaportes a St James. Ante el encargado, Daldry informó de la inminencia de su viaje, exagerando su preocupación por ver importantes negocios comprometidos si no podían irse en el debido momento. Alice estaba espantada de la cara que su vecino le estaba echando al asunto. Daldry no dudó en hacer valer la recomendación de un pariente que estaba bien situado en el gobierno, pero del que prefería, por discreción, omitir el nombre. El encargado prometió darse prisa. Daldry se lo agradeció y empujó a Alice hacia la salida, temiéndose que arruinase su superchería.

– Nada le detiene -dijo ella al volver a bajar a la calle.

– Sí, ¡usted! Con las muecas que ponía mientras defendía nuestra causa, no estaba lejos de jorobarlo todo.

– Perdóneme si me he reído cuando le ha jurado a ese pobre hombre que, si no estábamos en Estambul dentro de unos días, la convaleciente economía inglesa no se repondría nunca.

– Las jornadas de ese funcionario deben de ser de una monotonía espantosa. Gracias a mí, ha quedado investido de una misión que considerará de la mayor importancia; no veo en ello sino benevolencia por mi parte.

– A eso me refería: tiene usted la cara más dura del mundo.

– ¡Estoy muy de acuerdo!


Al salir de la delegación, Daldry se despidió del policía de guardia e hizo entrar a Alice en el Austin.

– La llevo y me largo a la agencia.

El Austin circulaba a buen ritmo por las calles de la capital.

– Esta noche -dijo ella- me reúno con mis amigos en el bar del final de nuestra calle, si quiere unirse a nosotros…

– Prefiero liberarla de mi presencia -respondió Daldry-. En Estambul no tendrá otra elección que soportarme constantemente.

Alice no insistió, Daldry la dejó en su casa.


*

La noche se hacía esperar; por mucho que Alice se esforzase en su mesa de trabajo, le era imposible anotar en el papel la más mínima fórmula. Empapaba una cinta en un frasco de esencia de rosa, y sus pensamientos volaban hacia los jardines orientales, que imaginaba magníficos. De repente, oyó la melodía de un piano. Habría jurado que provenía del piso de su vecino. A Alice le hubiese gustado saberlo a ciencia cierta, pero en cuanto abrió su puerta, la melodía se detuvo en seco y la casa victoriana se volvió a sumir en el mayor de los silencios.


*

Cuando empujó la puerta del bar, sus amigos ya estaban allí, en plena discusión. Anton la vio entrar. Alice se arregló un poco el cabello y avanzó hacia ellos. Eddy y Sam apenas le prestaron atención. Anton se levantó para ofrecerle una silla antes de retomar el curso de la conversación.

Carol se quedó mirando a Alice y se inclinó hacia ella para preguntarle discretamente al oído qué había pasado.

– ¿De qué hablas? -susurró Alice.

– De ti -respondió Carol mientras los chicos continuaban con un agrio debate sobre el gobierno del primer ministro Attlee.

Eddy deseaba ardientemente el regreso de Churchill a la política; Sam, ferviente partidario de su oponente, predecía la desaparición de la clase media en Inglaterra si el señor de la guerra ganaba las próximas elecciones. Alice quiso dar su opinión, pero se sintió obligada primero a responder a su amiga.

– No me ha pasado nada en particular.

– ¡Mentirosa! Te ha sucedido algo, se te ve en la cara.

– ¡Qué tontería! -protestó Alice.

– Hace mucho tiempo que no te veía tan radiante, ¿has conocido a alguien?

Alice soltó una carcajada, lo que hizo callar a los chicos.

– Es verdad que se te ve distinta -dijo Anton.

– Pero, bueno, ¿qué os pasa? Mejor pídeme una cerveza en lugar de decir burradas, tengo sed.

Anton invitó a sus dos camaradas a seguirle y se encaminó hacia la barra. Había cinco vasos que llenar y no tenía más que dos manos.

Ya sola en compañía de Alice, Carol aprovechó para proseguir su interrogatorio.

– ¿Quién es? A mí me lo puedes decir.

– No he conocido a nadie, pero, por si te interesa, no me extrañaría que me sucediese dentro de poco.

– ¿Sabes con antelación que vas a conocer a alguien dentro de poco tiempo? ¿Te has hecho adivina?

– No, pero he decidido creer lo que me habéis obligado a escuchar.

Carol, al colmo de la excitación, cogió las manos de Alice entre las suyas.

– Te vas, ¿es eso? ¿Vas a hacer ese viaje?

Alice asintió y señaló con la mirada a los tres chicos, que volvían hacia ellas. Carol se levantó de un salto y les ordenó que volvieran a la barra. Los avisarían cuando hubiesen terminado con su conversación de chicas. Los tres muchachos se quedaron desconcertados, se encogieron de hombros a la vez y volvieron sobre sus pasos, puesto que los acababan de echar.

– ¿Cuándo? -preguntó Carol, más excitada que su mejor amiga.

– No lo sé todavía, pero es cuestión de unas semanas.

– ¿Tan pronto?

– Esperamos nuestros pasaportes, hemos ido a pedirlos esta tarde.

– ¿Nuestros? ¿Te vas acompañada?

Alice se sonrojó y le dio a conocer a Carol el trato que había acordado con su vecino.

– ¿Estás segura de que no hace todo esto para seducirte?

– ¿Daldry? Por el amor de Dios, ¡no! Hasta le he hecho esa pregunta, así, abiertamente.

– ¿Has tenido la cara de hacerlo?

– No lo he pensado, ha surgido en la conversación y me ha hecho notar que acompañar a una mujer hasta los brazos del hombre de su vida no sería muy agudo para alguien que quisiera hacerle la corte.

– Lo admito -dijo Carol-. Entonces, ¿de verdad le interesa invertir en tus perfumes? Menuda confianza en tu talento.

– ¡Por lo visto tiene más que tú! Yo no sé lo que le motiva más, si gastarse una herencia que no quiere, hacer un viaje, o tal vez simplemente aprovechar mi lucernario para pintar. Parece que sueña con ello desde hace años y le he prometido que le dejaría mi piso durante mi ausencia. Volverá mucho antes que yo.

– ¿Piensas irte tanto tiempo? -le dijo Carol disgustada.

– No lo sé.

– Escucha, Alice, no quiero ser una aguafiestas, sobre todo porque he sido la primera en animarte a ello, pero, ahora que esto se concreta, me parece un poco inconsciente irse tan lejos porque una vidente te ha vaticinado que encontrarás al amor de tu vida.

– Pero no me voy por eso, larguirucha. No estoy tan desesperada. Sólo que no paro de dar vueltas en mi taller, hace meses que no consigo crear un perfume; me asfixio en esta ciudad, en esta vida. Voy a saborear el aire de alta mar, embriagarme de nuevos olores y de paisajes desconocidos.

– ¿Me escribirás?

– Por supuesto, ¡que te crees tú que voy a desaprovechar una ocasión así para ponerte celosa!

– ¡Pero si eres tú la que me dejas a los tres chicos para mí sola! -replicó Carol.

– ¿Quién te dice que con mi ausencia no me tendrán todavía más en sus mentes? ¿Nunca has oído decir que la separación intensifica el deseo?

– No, nunca he oído decir una cosa tan estúpida, y tampoco he tenido nunca la impresión de que tú fueses su principal centro de interés. ¿Cuándo piensas decirles que te vas?

Alice le comentó que quería organizar una cena en su casa al día siguiente. Pero Carol le respondió que no había necesidad de montar tanta película; después de todo, ¡no era la novia de ninguno de los chicos! En realidad no tenía que pedirle permiso a nadie.

– ¿Permiso para qué?

– Para ir a visitar unos archivos secretos -respondió Carol de inmediato sin saber de dónde le venía semejante idea.

– ¿Archivos? -interrogó Anton.

Sam y Eddy se sentaron a su vez. La pandilla estaba al completo. Alice detuvo su mirada en Anton y anunció su decisión de ir a Turquía.

Se hizo un largo silencio.

Eddy, Sam y Anton, boquiabiertos, miraban fijamente a Alice, incapaces de decir palabra; Carol dio un puñetazo sobre la mesa.

– No os ha dicho que se vaya a morir, sino que se va de viaje; ¿podéis respirar de una vez?

– ¿Estabas al corriente? -le preguntó Anton a Carol.

– Desde hace un cuarto de hora -respondió irritada-. Lo siento, no he tenido tiempo de enviaros un telegrama.

– ¿Te ausentas por mucho tiempo? -preguntó Anton.

– No sabe nada -respondió Carol.

– Irte tan lejos tú sola -preguntó Sam-, ¿es realmente prudente?

– Viaja con su vecino, el gruñón que irrumpió en su casa la otra noche -aclaró Carol.

– ¿Te vas con ese tipo? ¿Hay algo entre vosotros? -preguntó Anton.

– Que no -respondió Carol-, que son socios, que es un viaje de negocios. Alice va a buscar en Estambul algo que le ayude a crear nuevos perfumes. Si queréis contribuir a los gastos del viaje, a lo mejor todavía hay tiempo de convertirse en accionista de su futura gran compañía. Si tienen ganas, señores, ¡no lo duden! Vayan ustedes a saber si dentro de unos años no ocupan una silla en el consejo de administración de Pendelbury y Asociados.

– Tengo una pregunta -le interrumpió Eddy, que hasta ese momento no había dicho nada-. A pesar de que Alice vaya a convertirse en presidenta de una multinacional, ¿puede hablar por sí sola todavía o desde ahora hay que pasar por ti para dirigirse a ella?

Alice sonrió y acarició la mejilla de Anton.

– Es un auténtico viaje de negocios, y como sois mis amigos, en lugar de dejaros encontrar mil buenos motivos para impedir que me vaya, os invito a mi casa el viernes, para celebrar mi partida.

– ¿Te vas tan pronto? -preguntó Anton.

– La fecha no está fijada todavía -respondió Carol-, pero…

– En cuanto tengamos nuestros pasaportes -intervino Alice-. Prefiero evitar las despedidas, más vale decirse adiós un poco demasiado pronto. Y además, así, si os echo de menos a partir del sábado, todavía podré pasar a veros.

La noche acabó tras esas palabras. Los chicos no estaban para fiestas. Se dieron un beso en la acera delante del bar. Anton se llevó a Alice aparte.

– Te escribiré, te prometo que te enviaré una carta cada semana -dijo antes incluso de que hablase.

– ¿Qué vas a buscar allá que no encuentras entre nosotros?

– Te lo diré cuando vuelva.

– Si vuelves.

– Mi querido Anton, no es sólo por mi carrera por lo que emprendo este viaje; lo necesito, ¿lo entiendes?

– No, pero me imagino que desde ahora tendré todo el tiempo del mundo para pensar en ello. Buen viaje, Alice, cuídate y escríbeme sólo si tienes ganas de verdad.

Anton le volvió la espalda a su amiga y se volvió a ir con la cabeza baja y las manos en los bolsillos.

Aquella noche, los muchachos no tenían ganas de acompañar a las chicas. Alice y Carol subieron la calle juntas, sin decir una palabra.

Ya en su casa, Alice no encendió la luz. Se quitó la ropa, se deslizó desnuda bajo las sábanas y miró la luna creciente que brillaba por encima del lucernario; un cuarto creciente, se dijo, casi igual al que había en la bandera de Turquía.


*

El viernes, a final de la tarde, Daldry llamó a la puerta de Alice. Entró en el piso, agitando orgulloso los dos pasaportes.

– Aquí están -dijo-, todo está en regla, ¡podemos viajar al extranjero!

– ¿Ya? -preguntó Alice.

– ¡Y con los visados! ¿No le había dicho que tenía algunos conocidos bien situados? He pasado a buscarlos esta mañana, y me he ido de inmediato a la agencia para poner a punto los últimos detalles del viaje. Nos iremos el lunes, esté lista a partir de las ocho.

Daldry dejó el pasaporte de Alice encima de su mesa de trabajo y se fue inmediatamente.

Ella pasó las páginas del documento, soñadora, y lo dejó sobre la maleta.


*

En el transcurso de la noche, todos pusieron buena cara, a pesar de que no tenían ganas de hacerlo. Anton los había dejado plantados; desde que Alice había anunciado su partida, la pandilla de amigos ya no era la misma. No era medianoche cuando Eddy, Carol y Sam decidieron volver a casa.

Se dijeron muchas veces adiós con largos abrazos. Alice prometió escribir con frecuencia, llevar multitud de recuerdos del bazar de Estambul. En el umbral de su puerta, Carol, llorando, le juró encargarse de los chicos como de su propia familia y de hacer entrar en razón a Anton.

Alice se quedó en el rellano hasta que el hueco de la escalera volvió a estar en silencio antes de volver a su casa, con el corazón en un puño y un nudo en la garganta.


6

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El lunes por la mañana a las ocho, Alice, maleta en mano, le echó una última ojeada a su piso antes de volver a cerrar la puerta. Bajó la escalera nerviosa; Daldry la esperaba ya en un taxi.

El conductor del black cab cogió su equipaje y lo puso en la parte delantera. Alice se encaramó al asiento trasero, al lado de Daldry, que la saludó antes de indicarle al taxista la dirección de Harmondsworth.

– ¿No vamos a la estación? -preguntó Alice, inquieta.

– No, en efecto -respondió lacónico Daldry.

– ¿Y por qué a Harmondsworth?

– Pues porque es donde se encuentra el aeródromo. Quería darle una sorpresa, viajaremos por los aires, será mucho más rápido que el tren para llegar a Estambul.

– ¿Cómo que por los aires? -preguntó Alice.

– He secuestrado dos patos en Hyde Park. Que no, ¡nos vamos en avión, por supuesto! Imagino que para usted también es la primera vez. Volaremos a una velocidad de doscientos cincuenta kilómetros por hora a siete mil metros de altitud. ¿No es simple y llanamente increíble?

Mientras el coche dejaba la ciudad y recorría el campo, Alice vio pasar los pastos y se preguntó si no habría preferido quedarse en tierra firme, aun a riesgo de que el viaje durase mucho más tiempo.

– Piénselo -prosiguió Daldry completamente excitado-; haremos escala en París, luego en Viena, donde pasaremos la noche, y mañana estaremos en Estambul en lugar de llegar allí tras una larga semana.

– No tenemos tanta prisa como para eso -le hizo notar Alice.

– ¿No me diga que montar a bordo de un avión le da miedo?

– Todavía no lo sé.

El aeropuerto de Londres estaba en plena construcción. Había tres pistas de cemento ya operativas, mientras que un batallón de tractores trazaba otras tres. BOAC, KLM, British South American Airways, Irish Airline, Air France, Sabena, las jóvenes compañías estaban unas al lado de las otras bajo tiendas y barracas de chapa ondulada que hacían las veces de terminales. El primer edificio de ladrillo se construía en el centro del aeródromo. Cuando estuviera acabado, el aeropuerto de Londres adquiriría un aspecto más civil que militar.

Sobre la pista había aviones de la Royal Air Force y aparatos de líneas comerciales aparcados en batería.

El taxi se colocó delante de una verja. Daldry cogió sus maletas y condujo a Alice hacia la tienda de Air France. Presentó sus billetes en el mostrador de facturación. El agente de tierra los acogió con deferencia, llamó a un mozo y le dio a Daldry dos tarjetas de embarque.

– Su vuelo sale a la hora prevista -dijo-, en breve vamos a proceder a llamar a los pasajeros. Si desean que sellen su pasaporte las autoridades aduaneras, el mozo les acompañará.

Cumplidas las formalidades, tanto Daldry como Alice se instalaron en un banco. Cada vez que un aparato levantaba el vuelo, el ruido ensordecedor de sus motores impedía cualquier intento de conversación.

– Creo que, con todo, tengo un poco de miedo -confesó Alice entre dos bramidos.

– Parece que a bordo es menos ruidoso. Créame, esas máquinas son mucho más seguras que los automóviles. Estoy convencido de que una vez en el aire estará encantada con el espectáculo que se presentará ante usted. ¿Sabe que nos servirán una comida?

– ¿Vamos a hacer escala en Francia? -preguntó Alice.

– En París, pero sólo para cambiar de avión, desgraciadamente no tendremos el placer de ir a la ciudad.

El empleado de la compañía fue a buscarlos, a continuación se unieron a ellos otros pasajeros y se los escoltó a todos por la pista.

Alice vio un inmenso avión. Una pasarela subía hacia la parte trasera de la carlinga. Una azafata, vestida con un uniforme favorecedor, acogía a los pasajeros en el último escalón. Su sonrisa tranquilizó a Alice. Qué trabajo tan increíble tenía esa chica, pensó Alice al entrar en el DC-4.

La cabina era mucho más grande de lo que había supuesto. Alice tomó asiento en una butaca tan cómoda como la que tenía en su casa, salvo porque estaba equipada con un cinturón de seguridad. La azafata le mostró cómo abrocharlo y cómo abrirlo en caso de emergencia.

– ¿Qué clase de emergencia? -se inquietó Alice.

– No tengo ni idea -respondió la azafata sonriendo cada vez más-, nunca he vivido ninguna. Esté tranquila, señora -le dijo-, todo va a ir bien; realizo este viaje todos los días y nunca me canso de hacerlo.

La puerta trasera se volvió a cerrar. El piloto saludó uno a uno a los pasajeros y volvió a su puesto, donde el copiloto ejecutaba la lista de verificación. Los motores petardearon, un haz de llamas iluminó cada ala y las hélices giraron con un estrépito ensordecedor; pronto, sus palas se volvieron invisibles.

Alice se hundió en su asiento y clavó las uñas en los apoyabrazos.

La carlinga vibraba, quitaron los calzos de las ruedas, el avión bordeaba ya la pista. Sentada en la segunda fila, Alice no se perdía nada de las comunicaciones entre el puesto de pilotaje y la torre de control. El radiomecánico escuchaba las instrucciones de los controladores aéreos y se las transmitía a los pilotos. Acusaba recibo de los mensajes en un inglés que Alice no lograba descifrar.

– Ese tipo tiene un acento espantoso -le dijo a Daldry-, la gente que le habla no debe de comprender nada de lo que les dice.

– Si me lo permite, lo importante es que sea buen aviador y no experto en lenguas extranjeras. Relájese y disfrute de la vista. Piense en Adrienne Bolland, vamos a volar en unas condiciones que ella nunca conoció.

– ¡Así lo espero! -dijo Alice encogiéndose todavía más en su asiento.

El DC-4 se alineaba para el despegue. Los dos motores ganaban en potencia, la carlinga vibraba todavía más. El comandante soltó los frenos y el aparato cogió velocidad.

Alice había pegado la cara a la ventanilla. Pasaron las infraestructuras del aeropuerto; sintió de repente una sensación desconocida, las ruedas habían abandonado el suelo y el avión oscilaba en el aire ganando altitud lentamente. La pista se empequeñecía a ojos vistas antes de borrarse para dejar paso a la campiña inglesa. Y, mientras el avión subía a toda velocidad, las formas de las granjas que aparecían a lo lejos parecían encogerse.

– Parece magia -dijo Alice-. ¿Cree que vamos a atravesar las nubes?

– Ojalá -respondió Daldry abriendo su periódico.

A la campiña le sucedió pronto el mar. Alice hubiese querido contar las crestas de las olas que aparecían en la inmensidad azul.

El piloto anunció que se verían las costas francesas de un momento a otro.

El vuelo duró menos de dos horas. El avión se acercaba a París y la excitación de Alice aumentó cuando creyó ver la torre Eiffel a lo lejos.

La escala en Orly fue breve. Un empleado de la compañía acompañó a Alice y a Daldry por la pista hasta otro aparato. Alice no escuchaba ni una palabra de lo que le decía Daldry, no pensaba más que en una sola cosa: el próximo despegue.

El vuelo de Air France de París a Viena fue bastante más movido que el de Londres. Alice se divertía con el traqueteo que sufría el avión cada vez que éste atravesaba una zona de turbulencias. Daldry, sin embargo, no parecía tan cómodo. Después de una copiosa comida, se encendió un cigarrillo y le ofreció otro a Alice, que lo rechazó. Sumida en la lectura de una revista, soñaba despierta con las últimas colecciones de los modistos parisinos. Le dio las gracias a Daldry por enésima vez; nunca había imaginado vivir un momento semejante, y nunca, juró, había sido tan feliz. Daldry le respondió que se alegraba de ello y la invitó a descansar un poco. Esa noche cenarían en Viena.


Austria estaba cubierta de nieve. Las extensiones blancas parecían llegar hasta el infinito por el campo y Alice quedó subyugada por la belleza del paisaje. Daldry había dormido durante una buena parte del vuelo, y se despertó cuando el DC-4 se aproximaba a su destino.

– Dígame que no he roncado -le suplicó Daldry al abrir los ojos.

– Con menos fuerza que los motores -respondió Alice sonriendo.

Las ruedas acababan de tocar la pista; el aparato paró delante de un hangar, acercaron una pasarela y los pasajeros pudieron bajar.

Un taxi los condujo al centro de la ciudad. Daldry le precisó al conductor que iban al hotel Sacher. Mientras se acercaban a Heldenplatz, una camioneta se deslizó por una placa de hielo y se cruzó delante de ellos antes de quedarse tumbada sobre un costado.

El taxista evitó por los pelos la colisión. Unos peatones se precipitaron a prestar ayuda al conductor, quien salió indemne de su cabina, pero la circulación estaba bloqueada. Daldry le echó una ojeada a su reloj y masculló en muchas ocasiones: «Vamos a llegar demasiado tarde.» Alice, sorprendida, se lo quedó mirando.

– ¿Acabamos de librarnos de un accidente y se preocupa por la hora?

Sin ni siquiera prestar atención, Daldry le pidió al taxista que encontrase una solución para sacarlos de ese atasco. El hombre, que no hablaba una palabra de inglés, se contentó con encogerse de hombros mostrando el caos que había ante ellos.

– Vamos a llegar demasiado tarde -repitió una vez más Daldry.

– Pero ¿adónde llegaremos demasiado tarde? -se enfureció Alice.

– Lo verá a su debido tiempo; en fin, si es que no nos quedamos prisioneros aquí toda la noche.

Alice abrió la puerta y bajó del taxi sin decir una palabra.

– Eso, ¡enfurrúñese! -se quejó Daldry asomándose por la ventanilla.

– ¡Menuda cara tiene! No deja de refunfuñar y ni siquiera es capaz de decirme lo que le tiene tan impaciente.

– Porque no puedo decírselo, ¡eso es todo!

– Bueno, pues cuando pueda, ¡volveré a subir!

– Alice, déjese de chiquilladas y vuelva a sentarse, va a coger frío y, además, no vale la pena complicar una situación que ya lo es bastante de por sí. Vaya suerte, tenía que volcarse esa estúpida camioneta delante de nosotros.

– ¿Qué situación? -preguntó Alice, brazos en jarras.

– La nuestra; estamos bloqueados en este atasco cuando deberíamos estar ya cambiándonos en el hotel.

– ¿Vamos a un baile? -preguntó Alice con tono irónico.

– ¡Casi! -respondió Daldry-. Y no le diré más. Ahora suba, me parece que por fin se está despejando.

– Desde aquí tengo mucha mejor vista que usted, que está sentado en ese coche, y puedo asegurarle que la carretera no se ha despejado en absoluto. Vamos al hotel Sacher, ¿no es así?

– En efecto, ¿por qué?

– Porque, desde donde me encuentro, señor gruñón, veo el letrero. Me imagino que a pie debe de encontrarse a cinco minutos de aquí.

Daldry miró a Alice estupefacto. Como la carrera del taxista estaba pagada por la compañía aérea, salió del vehículo, cogió las dos maletas del maletero y le rogó a Alice que hiciera el favor de seguirle.

Las aceras resbaladizas no impidieron a Daldry caminar apresuradamente.

– Vamos a terminar rompiéndonos la crisma -dijo Alice agarrándose a la manga de Daldry-. ¿Qué es tan urgente, por Dios?

– Si se lo digo, ya no será una sorpresa. Démonos prisa, veo la marquesina del hotel, sólo tenemos que caminar algo menos de un kilómetro y habremos llegado.

El portero fue a su encuentro, recogió las maletas y les abrió la puerta.

Alice contempló la gran araña de cristal que estaba colgada de una larga trenza en medio del vestíbulo. Daldry había reservado dos habitaciones; rellenó las fichas policiales y el conserje le entregó las llaves. Miró la hora en el reloj del bar, que se veía desde la recepción, y puso cara de disgusto.

– Ya está, ¡es demasiado tarde!

– Como usted diga -respondió Alice.

– En fin, qué remedio. Vayamos así, con los abrigos puestos no se darán cuenta.

Daldry le hizo cruzar la calle a la carrera. Ante ellos se erguía un magnífico edificio de arquitectura neorrenacentista. A cada lado del frontispicio se alzaban las estatuas de dos caballeros negros listos para lanzarse al galope. La cúpula de cobre que dominaba la ópera era inmensa.

Hombres de esmoquin y mujeres en vestido de noche se apretujaban en los escalones. Daldry cogió a Alice del brazo y se unió a la muchedumbre.

– No me diga… -susurró Alice al oído de Daldry.

– ¿Que vamos a la ópera? ¡Pues sí! Le había preparado esta sorpresita. La agencia de viajes de Londres lo orquestó todo. Nuestras entradas esperan en la taquilla. Una noche en Viena sin ir a escuchar una obra de teatro lírico era inconcebible.

– Pero no con la ropa con la que he viajado todo el día -dijo Alice-. Mire a la gente de alrededor, parezco una pordiosera.

– ¿Por qué cree que estaba perdiendo la paciencia en ese maldito taxi? El traje de gala es obligatorio, así que haga como yo y cierre bien su abrigo; nos lo quitaremos cuando la sala esté sumida en la oscuridad. Se lo ruego, ni un comentario; por Mozart, estoy dispuesto a todo.

Alice estaba realmente contenta de ir a la ópera, era su primera vez, por lo que obedeció a Daldry sin chistar. Se colaron entre los espectadores con la esperanza de escapar a la vigilancia de los porteros, acomodadores y vendedores de programas, que se ajetreaban en el vestíbulo principal. Daldry se presentó ante la ventanilla y le dio su nombre a la recepcionista. La mujer se puso las gafas e hizo pasar una larga regla de madera por el registro que se encontraba delante de ella.

– Señor y señora Daldry, de Londres -dijo con un acento austríaco muy marcado y le tendió las entradas a Ethan.

Sonó un timbre anunciando el inicio del espectáculo. Alice hubiese querido tener tiempo para contemplar el lugar, el esplendor de la gran escalera, las arañas gigantescas, los dorados, pero Daldry no le dio ocasión. La tiraba del brazo sin parar para mantenerse ocultos entre la muchedumbre, que avanzaba con sus entradas hacia el jefe de sala. Cuando llegó su turno, Daldry contuvo el aliento. El jefe de sala le pidió amablemente que dejaran sus abrigos en el guardarropa, pero Daldry hizo como si no le entendiera. Detrás de ellos, los espectadores empezaban a impacientarse. El jefe de sala alzó los ojos al cielo, rasgó la esquina inferior de las entradas y los dejó entrar. La acomodadora se quedó mirando a Alice y, a su vez, le rogó que se quitase el abrigo. Estaba prohibido llevarlo en la sala. Alice se sonrojó, Daldry se mostró ofendido, volviendo a hacer como si no comprendiese una palabra de lo que le decían, pero la acomodadora había adivinado su estratagema y les pidió en un inglés muy decente que hicieran el favor de obedecer y hacer lo que se les pedía. Las normas sobre la indumentaria eran estrictas, y el traje de etiqueta, obligatorio.

– Dado que habla nuestra lengua, señorita, podemos solucionarlo entre nosotros. Acabamos de llegar del aeropuerto y un estúpido accidente en el hielo de sus carreteras nos ha impedido cambiarnos.

– Señora, y no señorita -respondió la acomodadora-. Y, sean cuales sean sus motivos, debe llevar imperativamente esmoquin y la señora vestido largo.

– Pero eso qué importa, ¡si vamos a estar a oscuras!

– No soy yo quien hace las reglas; en cambio, estoy obligada a hacerlas cumplir. Tengo más personas que acompañar, señor, regrese a la ventanilla, donde le reembolsarán sus entradas.

– Pero bueno -dijo Daldry perdiendo la paciencia-, cada regla tiene su excepción, ¡su reglamento tendrá la suya! No estaremos más que una noche aquí, simplemente le pido que mire para otro lado.

La acomodadora miró a Daldry de una manera que no dio ninguna esperanza.

Alice le suplicó que no montase un escándalo.

– Venga -dijo-, no pasa nada, era una maravillosa idea y ya estoy más que sorprendida. Vamos a cenar, estamos agotados, tal vez no habríamos aguantado toda una ópera.

Daldry fulminó a la acomodadora con la mirada, cogió sus entradas, que rompió delante de ella, y arrastró a Alice hacia el vestíbulo.

– Estoy furioso -dijo al abandonar la ópera-, no es un desfile de moda, sino música.

– Es la costumbre, hay que respetarla -respondió Alice para calmarlo.

– Bueno, pues esa costumbre es grotesca, y ya está -refunfuñó Daldry al salir a la calle.

– Es gracioso -dijo Alice-, cuando se enfada pone cara de niño. Menudo carácter debía de tener.

– ¡Tenía muy buen carácter y era un niño fácil!

– No le creo ni por un instante -le respondió Alice riéndose.

Fueron en busca de un restaurante y, al mismo tiempo, rodearon la ópera.

– Esa idiota de la acomodadora nos ha hecho perdernos Don Giovanni. No se me pasa. Al agente de viajes le costó muchísimo conseguirnos esos asientos.

Alice había visto una puertecita por la que acababa de salir un utilero. La puerta no estaba completamente cerrada, y Alice puso una sonrisa traviesa.

– ¿Estaría dispuesto a arriesgarse a una noche en la comisaría por escuchar Don Giovanni?

– Ya le he dicho que por Mozart estaría dispuesto a todo.

– Entonces, sígame. Con un poco de suerte, tal vez sea yo quien le sorprenda ahora.

Alice empujó la puerta de servicio y conminó a Daldry a que la siguiera sin hacer ruido. Cruzaron un largo pasillo que estaba sumido en un claroscuro rojizo.

– ¿Adónde vamos? -le susurró Daldry.

– No tengo ni idea -respondió Alice en voz baja-, pero creo que vamos por buen camino.

Alice se guiaba por las notas musicales, que se aproximaban. Le señaló a Daldry una escalera que trepaba hacia otra crujía, mucho más alta aún.

– ¿Y si nos pillan? -preguntó Daldry.

– Diremos que nos hemos perdido buscando los aseos, ahora trepe y cállese.

Alice se puso en marcha hacia la segunda crujía. Daldry la seguía, paso a paso, y cuanto más avanzaban mejor se distinguían las melodías de la ópera. Alice miró hacia arriba, por encima de ella había una pasarela colgada de cabos de acero.

– ¿No es peligroso? -preguntó Daldry.

– Probablemente, tomamos altura, pero mire abajo, es maravilloso, ¿no cree?

Y, debajo de la pasarela, Daldry descubrió el escenario.

De don Giovanni no veían más que el sombrero y el disfraz, les era imposible ver todo el decorado, pero Alice y Daldry gozaban de una vista impagable de una de las salas de ópera más bellas del mundo.

Alice se sentó, sus piernas se balancearon en el vacío al ritmo de la música. Daldry se instaló a su lado, cegado por el espectáculo que se interpretaba bajo su mirada.

Mucho más tarde, cuando don Giovanni invita al baile a Zerlina y a Masetto, Daldry susurró al oído de Alice que pronto se acabaría el primer acto.

Alice se levantó en el mayor de los silencios.

– Es preferible que nos escabullamos antes del entreacto -sugirió-. Conviene que los tramoyistas no nos sorprendan cuando esté todo iluminado.

Daldry se fue con pesar. Desanduvieron el camino lo más discretamente posible, se cruzaron por el camino con un iluminador que no les prestó demasiada atención, y volvieron a salir por la puerta de los artistas.

– ¡Qué noche! -exclamó Daldry en la acera-. ¡Volvería con mucho gusto para decirle a nuestra acomodadora que el primer acto era magnífico!

– Un mocoso, ¡un auténtico mocoso!

– ¡Tengo hambre! -exclamó Daldry-. Esta escapada me ha abierto el apetito.

Vio una taberna al otro lado del cruce, pero se dio cuenta de repente de que Alice parecía agotada.

– ¿Qué le parecería una cena rápida en el hotel? -le propuso.

Alice no se hizo de rogar.

Cuando acabaron de comer, los dos viajeros se retiraron a sus respectivas habitaciones y, como en Londres, se despidieron en el rellano. Se habían citado al día siguiente por la mañana: a las nueve en el vestíbulo.

Alice se instaló en el pequeño escritorio delante de la ventana de su habitación. Encontró en un cajón lo necesario para escribir, admiró la calidad del papel y anotó las primeras palabras de una carta que le dirigía a Carol. Le contó las impresiones del viaje, le habló de la extraña sensación que había tenido cuando se alejaba de Inglaterra, le describió su increíble noche en Viena, y luego dobló la carta y la tiró al fuego que crepitaba en la chimenea de su habitación.


*

Alice y Daldry se habían reencontrado por la mañana, como estaba previsto. Un taxi los condujo hacia el aeropuerto de Viena, cuyas pistas se veían en la lejanía.

– Veo nuestro avión, el tiempo es bueno, seguramente saldremos a la hora prevista -dijo Daldry para llenar el silencio que reinaba desde que habían salido.

Alice permaneció en silencio y no dijo una palabra hasta que llegaron a la terminal.

Inmediatamente después del despegue, cerró los ojos y se durmió. Una turbulencia algo más fuerte hizo que dejara caer su cabeza sobre el hombro de su vecino. Daldry estaba paralizado. La azafata se acercó por el pasillo y Daldry renunció a su bandeja de comida para no despertar a Alice. Sumida en un profundo sueño, se apoltronó y dejó la mano sobre su torso. Daldry creyó oír que lo llamaba, pero no era su nombre el que había murmurado con una sonrisa. Entreabrió los labios y pronunció otras palabras inaudibles antes de desplomarse completamente sobre él. Ethan tosió, pero nada parecía poder sacar a Alice de sus sueños. Una hora antes del aterrizaje, volvió a abrir los ojos y Daldry cerró los suyos, fingiendo haberse adormecido también. Alice se sonrojó al descubrir la postura en la que se encontraba. Al constatar que Daldry dormía, le rogó al cielo que no se despertara mientras trataba de incorporarse con suavidad.

En cuanto ella recuperó su sitio en su asiento, Daldry bostezó largo rato, se estiró agitando su brazo izquierdo, dolorido, y se interesó por la hora.

– Creo que vamos a llegar pronto -dijo Alice.

– No me he enterado del vuelo -mintió Daldry masajeándose la mano.

– ¡Mire! -exclamó Alice con el rostro pegado a la ventanilla-, hay agua hasta donde alcanza la vista.

– Me imagino que contempla el mar Negro, yo no veo más que su pelo.

Alice se apartó para compartir con Daldry el paisaje que se ofrecía ante ella.

– En efecto, no vamos a tardar en aterrizar, no estaría en contra de desentumecer los brazos.

Poco rato después, Alice y Daldry se desabrochaban los cinturones. Al bajar del avión, Alice pensó en sus amigos de Londres. Se había ido hacía dos días y, sin embargo, le parecía que habían pasado semanas. Su piso le parecía muy lejos y se le encogió el corazón al pisar el suelo.

Daldry recuperó los equipajes. En el control de pasaportes, el aduanero los interrogó sobre la finalidad de la visita. Daldry se volvió hacia Alice y le respondió al oficial que habían ido a Estambul para encontrarse con el futuro esposo de Alice.

– ¿Su prometido es turco? -le preguntó el aduanero al mirar de nuevo el pasaporte de Alice.

– A decir verdad, todavía no lo sabemos. Puede que lo sea, de lo único de lo que estamos seguros es de que vive en Turquía.

El aduanero titubeó.

– ¿Viene a Turquía para casarse con un hombre que no conoce? -le preguntó.

Y, antes de que Alice pudiera responder, Daldry le confirmó que se trataba exactamente de eso.

– ¿No existen buenos maridos en Inglaterra? -añadió el oficial.

– Sí, probablemente -replicó Daldry-, pero no el que le conviene a la señorita.

– Y usted, señor, ¿también ha venido a nuestro país para buscar una mujer?

– Por Dios, no, no soy más que el acompañante.

– Quédense aquí -dijo el aduanero, al que las palabras de Daldry habían dejado perplejo.

El hombre se alejó hacia un despacho acristalado, y Alice y Daldry lo vieron conversar con su superior.

– ¿Era necesario contarle esa clase de idioteces a un aduanero? -preguntó Alice, furiosa.

– ¿Qué quería que le dijera? Ésa es la finalidad de nuestro viaje, que yo sepa, y me da pánico mentir a las autoridades.

– No parecía molestarle en la expedición de pasaportes.

– Ah, sí, pero era en casa, aquí estamos en tierra extranjera y conviene comportarse como un perfecto caballero.

– Sus chiquilladas al final acabarán por traernos problemas, Daldry.

– Que no, ya verá, decir la verdad siempre compensa.

Alice vio al superior encogerse de hombros y devolverle los pasaportes al aduanero, que volvió con ellos.

– Todo está en regla -afirmó este último-, ninguna ley prohíbe venir a casarse a Turquía. Les deseo una estancia agradable entre nosotros y le deseamos que sea muy feliz, señorita. Quiera Dios que se case con un hombre honrado.

Alice le dio las gracias con una sonrisa y recuperó su pasaporte sellado.

– Y qué, ¿quién tenía razón? -fanfarroneó Daldry al salir del aeropuerto.

– Podría haberse contentado con decirle que veníamos de vacaciones.

– Con apellidos diferentes en nuestros pasaportes eso habría resultado ser una completa inconveniencia.

– Es usted exasperante, Daldry -dijo Alice subiéndose al taxi.

– En su opinión, ¿cómo es? -le preguntó Daldry a Alice tras sentarse junto a ella.

– ¿El qué?

– Ese hombre misterioso que al final nos ha traído hasta aquí.

– No sea tonto, lo que he venido a buscar es un nuevo perfume… y me lo imagino colorido, sensual y al mismo tiempo ligero.

– Por el color no me preocupo, es difícil ser tan pálido como nosotros, los pobres ingleses; en lo que respecta a la ligereza…, si hace alusión a mi humor, me temo que no tengo rival; en cuanto a la sensualidad, ¡la dejaré que juzgue por sí misma! Bueno, dejo de hacerla rabiar, veo que no está de humor.

– Estoy de muy buen humor, pero hubiera preferido no pasar como una desaprovechada ante ese aduanero.

– Bueno, piense que lo he distraído de esa foto de carnet que tanto parecía preocuparle en Londres.

Alice le dio un codazo en el brazo a Daldry y se volvió hacia la ventanilla.

– ¡Para que me vuelva a decir que tengo mal carácter! Usted tampoco debía de ser moco de pavo de niña.

– Puede ser, pero al menos tengo el decoro de reconocerlo.

Atravesar las afueras de Estambul puso fin a su riña. Daldry y Alice se acercaban al Cuerno de Oro. Callejuelas estrechas, casas de fachadas abigarradas escalonadas en anfiteatro, tranvías y taxis que peleaban en las principales arterias… La ciudad era un hervidero y captaba toda su atención.

– Es extraño -dijo Alice-, estamos muy lejos de Londres y, en cambio, este lugar me resulta conocido.

– Es por mi compañía -dijo Daldry para hacer rabiar a Alice.

El taxi se detuvo en la curva de una gran avenida adoquinada. El hotel Pera Palace, noble edificio de sillares, de arquitectura francesa, dominaba la calle Mesrutiyet en el distrito de Tepebasi, en el corazón del barrio europeo. Había seis cúpulas con placas de cristal suspendidas sobre el inmenso vestíbulo; la decoración interior ecléctica combinaba con gusto boiseries inglesas y mosaicos orientales.

– Aquí estaba una de las habitaciones favoritas de Agatha Christie -anunció Daldry.

– Este sitio es demasiado lujoso -se quejó Alice-, podríamos habernos podido contentar con una modesta casa de huéspedes.

– El tipo de cambio de la libra turca nos es favorable -replicó Daldry-, y además tengo que tomar medidas draconianas si quiero despilfarrar mi herencia.

– En realidad, si lo he entendido bien, ha sido al envejecer cuando se ha convertido en un mocoso, Daldry.

– En justa compensación, querida, la venganza es un plato que se sirve frío, y créame si le digo que tengo mucho por lo que desquitarme de mi adolescencia. Pero basta de hablar de mí. Vamos a instalarnos en nuestras habitaciones y reencontrémonos en el bar dentro de una hora.


Y fue una hora más tarde, al esperar a Alice en el bar del hotel, cuando Daldry conoció a Can. Solo en la barra, ocupaba uno de los cuatro taburetes, mientras se dedicaba a barrer con la mirada la sala desierta.

Can debía de tener treinta años, tal vez uno o dos más. Llevaba un traje elegantemente cortado. Can tenía los ojos de color oro y arena, y la mirada viva, disimulada detrás de unas gafitas redondas.

Daldry se sentó a su lado. Le pidió un raki al camarero y se volvió discretamente hacia su vecino. Can le sonrió y le preguntó en un inglés más bien decente si su viaje había sido agradable.

– Sí, más bien rápido y confortable -respondió.

– Bienvenido a Estambul -replicó Can.

– ¿Cómo sabía que soy inglés y que acabo de llegar?

– Su ropa es inglesa y no estaba por aquí ayer -respondió Can, con voz impostada.

– El hotel es agradable, ¿no cree? -añadió Daldry.

– No sabría decirle… Vivo en lo alto de la colina Beyoglu, pero vengo a menudo por aquí por las noches.

– ¿Negocios o placer? -preguntó Daldry.

– Y usted, ¿cómo es que ha venido a Estambul?

– Oh, yo todavía me hago esa pregunta, es una historia un poco extraña. Digamos que estamos de búsquedas.

– Aquí encontrará todo lo que quiere. Nuestra ciudad rebosa de ricuras. Cuero, caucho, algodón, lana, seda, aceites, productos del mar y de fuera… Dígame lo que busca y le pondré en contagio con los mejores comerciantes de la región.

Daldry tosió en el cuenco de la mano.

– No se trata de eso, no estoy en Estambul como comerciante. Por otra parte, no sé nada de negocios, soy pintor.

– ¿Está usted artista? -preguntó Can con entusiasmo.

– ¿Artista? Tal vez no llegue a tanto todavía, pero creo que tengo una buena pincelada.

– ¿Y qué pinta?

– Cruces.

Y, ante la perplejidad de Can, Daldry añadió de inmediato:

– Intersecciones, si prefiere.

– No las prefiero, la verdad. Pero puedo presentarle a nuestros excepcionales cruces de Estambul si lo desee, sé unos con peatones, carretas, tranvías, automóviles, dolmus [2] y autobuses, eso como usted mire.

– ¿Quién sabe? Si se tercia… Pero tampoco he venido para eso.

– ¿Entonces? -susurró Can, picado por la curiosidad.

– Entonces, como le decía, es una larga historia. Y usted, ¿a qué se dedica?

– Soy guía e intérprete. El mejor de la ciudad. En cuanto le dé la espalda, el camarero le dice lo opuesto, pero únicamente porque tiene un negociete, ¿comprende? Los otros guías le pagan una comisión anónima. Conmigo, nada de propinas, tengo una moral. Un turista, o si ha venido a hacer tiendas, no puede desenvolverse aquí sin un guía y un intérprete de excelencia. Y, como ya le decía, soy…

– El mejor de Estambul -interrumpió Daldry.

– ¿Mi reputación se me ha adelantado? -preguntó Can, lleno de orgullo.

– Quizá necesite sus servicios.

– Sería preferible que lo pesase. Elegir guía es una cosa importante en Estambul y no quiero que tenga remordimientos, no tengo sino clientes satisfactorios.

– ¿Por qué cambiaría de idea?

– Porque luego ese maldito camarero le dirá indecencias sobre mí y a lo mejor le entran ganas de creerlo. Y, además, todavía no me ha decido qué se está rebuscando.

Daldry vio a Alice saliendo del ascensor y cruzando el vestíbulo.

– Hablaremos de ello mañana -dijo Daldry levantándose precipitadamente-. Tiene razón, lo consultaré con la almohada. Nos encontraremos aquí a la hora del desayuno, pongamos hacia las ocho, si le viene bien. No, a las ocho es un poco pronto; con el desfase horario estaré todavía en pleno sueño; pongamos a las nueve. Y, si no le molesta, preferiría que nos viésemos en otra parte, en una cafetería, por ejemplo.

Daldry hablaba cada vez más rápido a medida que Alice se aproximaba. Can le sonrió maliciosamente.

– En el pasado ya me he encontrado con algunos clientes extraños -dijo el guía-. Hay un salón de té y de bollitos muy placenteros en la calle Istikal, en el cuatrocientos sesenta y uno. Dígale al taxi que le lleve a Lebon, es un sitio indispendiable, todo el mundo se lo sabe. Lo esperaré allí.

– Perfecto, ahora debo dejarle, hasta mañana -dijo Daldry precipitándose hacia Alice.

Can se quedó sentado en su taburete, observando cómo Daldry guiaba a Alice hacia el comedor del hotel.


*

– He pensado que preferiría cenar aquí esta noche, la noto cansada después del largo viaje -dijo Daldry instalándose en la mesa.

– No, no demasiado -respondió Alice-. He dormido en el avión y, además, en Londres son dos horas antes. No consigo creer que sea ya de noche.

– Los desfases horarios son desconcertantes cuando no se tiene costumbre de viajar. Mañana necesitará levantarse a las tantas. Le propongo que quedemos hacia mediodía.

– Es muy previsor por su parte pensar en mañana, Daldry, pero la noche ni siquiera ha comenzado.

El maître les presentó las cartas: había becada en el menú y multitud de pescados del Bósforo. Alice no apreciaba demasiado la caza; dudó si pedir el lüfer [3] que le aconsejaba el maître, pero Daldry les pidió cigalas. El maître dijo que las de aquella región eran excelentes.

– ¿Con quién hablaba? -le preguntó Alice.

– Con el maître -respondió Daldry, sumido en la carta de vinos.

– Cuando he llegado al bar parecía estar en plena conversación con un hombre.

– Ah. ¿Él?

– Con ese «él», me imagino que se refiere a la persona con la que le he visto conversar.

– Es un guía que capta clientes vagando por el bar. Pretende ser el mejor de la ciudad…, pero su inglés es espantoso.

– ¿Necesitamos un guía?

– Tal vez unos días, no es ninguna tontería tenerlo en cuenta, eso nos hará ganar tiempo. Un buen guía nos sabrá ayudar a encontrar las plantas que busca y, por qué no, nos llevará a regiones más salvajes, donde la naturaleza podría reservarnos algunas sorpresas.

– ¿Lo ha contratado ya?

– Claro que no, apenas hemos cruzado unas palabras.

– Daldry, la caja del ascensor es de cristal, los he visto antes incluso de llegar a la planta baja y parecían en plena conversación.

– Intentaba venderme sus servicios, yo le escuchaba. Pero, si no le gusta, puedo pedirle al conserje que nos encuentre otro.

– No, no quiero hacerle gastar inútilmente el dinero. Estoy segura de que, con un poco de criterio, podremos desenvolvernos. Más bien deberíamos comprar una guía turística; al menos, no tendremos que darle conversación.


Las cigalas estaban a la altura de las promesas del maître.

Daldry se dejó tentar por un postre.

– Si Carol me viese en este comedor suntuoso -dijo Alice tras probar su primer café turco-, se pondría verde de envidia. En cierta forma, también le debo este viaje un poco a ella. Si no hubiese insistido en que fuese a hablar con esa vidente en Brighton, nada de todo esto habría pasado.

– Entonces, deberíamos brindar por su amiga Carol.

Daldry le pidió al sumiller que les sirviera un poco más de vino.

– Por Carol -dijo Daldry haciendo tintinear el cristal.

– Por Carol -repitió Alice.

– Y por el hombre de su vida, al que encontraremos aquí -exclamó Daldry levantando de nuevo su copa.

– Por el perfume que lo hará rico -respondió Alice antes de beber un trago de vino.

Daldry le echó una mirada a la pareja que cenaba en la mesa vecina. La mujer, con un elegante vestido negro, estaba preciosa. Daldry le encontró un parecido con Alice.

– ¿Quién sabe? A lo mejor tiene familia lejana que se instaló en esta región.

– ¿De qué habla?

– Hablábamos de la vidente, que yo sepa. ¿No le dijo que tenía orígenes turcos?

– Daldry, de una vez por todas, deje de pensar en esa bobada de la adivinación. Las palabras de esa mujer no tenían ningún sentido. Mis padres eran ingleses, y mis abuelos también lo eran.

– Figúrese, tengo un tío griego y una prima lejana veneciana. Y, sin embargo, toda mi familia es natural de Kent. Los matrimonios deparan muchas sorpresas cuando uno estudia su genealogía.

– Pues bien, mi genealogía es de lo más británica, y nunca he oído hablar de un abuelo que haya vivido a más de cien millas de nuestras costas. Mi tía abuela Daisy, la más lejana de mis parientes, hablo en términos de distancia geográfica, vive en la isla de Wight.

– Pero, al llegar a Estambul, me ha declarado que le había parecido familiar.

– Mi imaginación me juega a veces estas malas pasadas. Desde que me propuso el viaje no he dejado de preguntarme cómo sería esta ciudad, he hojeado tantas veces el folleto turístico que habré acabado memorizando inconscientemente las imágenes.

– Yo también lo he repasado varias veces, y las dos únicas fotos que se encontraban en él eran una vista de Santa Sofía en la portada, y otra del Bósforo a mitad del fascículo; nada que ver con las afueras, que es lo que hemos atravesado viniendo del aeropuerto.

– ¿Cree que tengo rasgos turcos? -le preguntó Alice con una gran carcajada.

– Tiene la piel un poco mate para ser inglesa.

– Eso lo dice porque usted es blanco como una pared. Por cierto, haría bien en ir a descansar, tiene muy mala cara.

– ¡Estupendo! Por si no lo sabe, soy hipocondríaco a más no poder; hábleme una vez más de la palidez de mi piel y me desmayo para usted en medio del restaurante.

– Entonces, vamos a dar una vuelta. Un paseíto digestivo le sentará muy bien, ha comido como una lima.

– Pero ¿qué dice? No me he tomado más que un postre…

Daldry y Alice bajaron a pie el gran bulevar. La noche parecía haber envuelto la ciudad por entero; las farolas no iluminaban gran cosa, apenas hacían brillar el pavimento. Cuando pasaba un tranvía, se veía su faro como si fuera el ojo de un cíclope surcando la noche opaca.

– Mañana iniciaré los trámites para conseguir una cita en el consulado -dijo Daldry.

– ¿Y eso para qué?

– A fin de saber si tiene familia en Turquía, o si sus padres estuvieron aquí alguna vez.

– Me imagino que mi madre me habría hablado de ello -respondió Alice-; se quejaba sin cesar de que había viajado muy poco en su vida. Siempre me decía cuánto lo había echado de menos. Creo que lo lamentaba de verdad. A mamá le habría gustado dar la vuelta al mundo, pero sé que nunca había ido más allá de Niza. Eso fue antes de que yo viniese al mundo, mi padre le regaló una escapada amorosa. Guardaba un recuerdo imperecedero de ello y me contaba sus paseos a orillas de un mar azul cielo como si se tratase del más bonito de los viajes.

– He aquí algo que no soluciona nuestras búsquedas.

– Daldry, le aseguro que pierde el tiempo; si tuviese familia aquí, incluso muy lejana, lo sabría.

Se habían desviado por una calle secundaria, todavía peor iluminada que la arteria principal. Alice levantó la mirada hacia la fachada de un edificio de madera cuyo frágil voladizo parecía a punto de desplomarse.

– ¡Qué mala suerte que no esté mejor cuidado! -lamentó Daldry-. Estos palacios debían de ser magníficos en su época -suspiró-. Ya no son más que fantasmas de esplendores pasados.

Y Daldry distinguió en el frío de la noche el rostro desencajado de Alice, que miraba la fachada ennegrecida del edificio.

– ¿Qué le pasa? Se diría que ha visto a la Virgen.

– Ya he visto esta casa, conozco este sitio -murmuró Alice.

– ¿Está segura? -preguntó Daldry sorprendido.

– A lo mejor no es ésta, pero sí una muy similar. Aparecía en cada una de mis pesadillas y se encontraba en una callejuela al cabo de la cual una gran escalera conducía hacia la parte baja de la ciudad.

– Estaría tentado a proseguir nuestro paseo para saberlo a ciencia cierta, pero creo que es preferible esperar a mañana. Esta callejuela se adentra en una oscuridad poco atractiva, una auténtica boca de lobo.

– Había ruido de pasos -prosiguió Alice, perdida en sus pensamientos-, gente que nos perseguía.

– ¿Nosotros? ¿Con quién estaba?

– Lo ignoro, no veía más que una mano, me arrastraba en una huida aterradora. Vayámonos de aquí, Daldry, no me siento bien.

Daldry cogió a Alice y se la llevó rápidamente hasta la gran avenida. Se acercaba un tranvía. Daldry le hizo señales al conductor para que ralentizase máquinas. Ayudó a Alice a subir a la plataforma trasera y la hizo sentarse. En el interior del vehículo, Alice recuperó el contacto con la vida. Los pasajeros intercambiaron algunas palabras. Un señor mayor de traje oscuro leía su periódico, tres jóvenes canturreaban a coro. El cochero accionó la manivela y el vehículo se volvió a poner en movimiento. El tranvía subía hacia el hotel. Alice ya no hablaba; tenía los ojos clavados en la espalda del conductor, quien estaba detrás del cristal índigo que lo aislaba de los viajeros.

El Pera Palace estaba a la vista. Daldry puso la mano en el hombro de Alice, y ésta se sobresaltó.

– Hemos llegado -dijo-, hay que bajar.

Alice siguió a Daldry. Cruzaron la gran avenida y entraron en el hotel.

Daldry acompañó a Alice hasta la puerta de su habitación. Le dio las gracias por la excelente cena y pidió perdón por su comportamiento, pues ni siquiera ella sabía explicar lo que le había pasado un poco antes.

– Tener la impresión de revivir una pesadilla cuando se está despierto es bastante perturbador -dijo Daldry, con aspecto sombrío-. Por muy cabezota que le parezca, intentaré obtener información en el consulado.

Le deseó buenas noches y desapareció en su habitación.


*

Alice se sentó en el borde de la cama y se dejó caer hacia atrás, con las piernas colgando. Observó el techo largo rato, se levantó de un salto y se acercó a la ventana. Los últimos estambulitas se apretujaban para volver a sus casas, parecían arrastrar la noche tras sus pasos. Una lluvia fría que había sucedido a la llovizna de la tarde hacía brillar los adoquines de la calle Isklital. Alice corrió la cortina y fue a sentarse detrás del pequeño escritorio, donde comenzó la redacción de una carta.


Anton:


Ayer, en Viena, escribía a Carol, pero era en ti en quien pensaba al redactar una carta que terminé quemando. Dudo si mandarte ésta, pero qué más da, necesito hablar contigo. Aquí estoy, en Estambul, instalada en un palacio de un lujo que ni tú ni yo hemos conocido nunca. Te volvería loco este pequeño escritorio de caoba desde donde te escribo.

¿Te acuerdas de cuando éramos adolescentes, cuando pasábamos delante de los porteros con librea de los grandes hoteles y me cogías de la cintura como si fuésemos un príncipe y una princesa de visita en el extranjero?

Debería estar encantada con este increíble viaje, pero lo cierto es que también echo de menos Londres; y también te echo de menos a ti en Londres. Hasta donde me alcanza la memoria, eres mi mejor amigo, aunque a veces me pregunto por la naturaleza de nuestra amistad.

No sé qué hago aquí, Anton, ni realmente entiendo por qué me he ido. En Viena he dudado de coger ese avión que me iba a alejar todavía más de mi vida.

Sin embargo, desde mi llegada me ha dominado un sentimiento extraño, una sensación que no me abandona. La de haber visitado ya estas calles, la de reconocer los ruidos de la ciudad y, lo cual es más perturbador todavía, el recuerdo del olor de la madera barnizada de un tranvía que acabo de coger hace un momento. Si estuvieses aquí, podría contarte todo esto, y me tranquilizaría. Pero estás lejos. En alguna parte, en lo más hondo de mí, estoy contenta de pensar que Carol te tiene a partir de ahora todo para ella. Está loca por ti, imbécil, no te das cuenta de nada. Abre los ojos, es una chica increíble, aunque estoy segura de que veros juntos me volvería loca de celos. Sé lo que pensarás, que estoy como una cabra, pero qué quieres, Anton, soy así. Echo de menos a mis padres, la orfandad es un mar solitario del que no me curo.

Te escribiré mañana otra vez, o tal vez el fin de semana. Te contaré lo que hago y, ¿quién sabe?, si acabo enviando una de estas cartas, tal vez me respondas.

Te mando un fuerte abrazo desde mi ventana, que domina las orillas del Bósforo, las cuales veré mañana a la luz del día.

Cuídate.

ALICE

Alice dobló la carta en tres partes iguales antes de colocarla en el cajón del pequeño escritorio. Luego apagó la lámpara, se desvistió y se deslizó en sus sábanas, a la espera del sueño.


*

Una mano firme la levanta del suelo. Adivina el perfume de jazmín en la falda donde se refugia su rostro. De repente, las lágrimas corren por sus mejillas sin que pueda hacer nada por retenerlas. Querría reprimir los sollozos, pero el miedo es demasiado fuerte.

El ojo de un tranvía surge de las tinieblas. La arrastran bajo la chambrana de una puerta cochera. Agazapada en la sombra, ve pasar el vehículo iluminado que corre ya hacia otro barrio. El ruido chirriante de las ruedas se borra a lo lejos y la calle se vuelve silenciosa.

– Ven, no te quedes aquí -dice la voz.

Sus pasos precipitados resbalan, trastabillan a veces sobre los adoquines irregulares, pero, en cuanto está a punto de tropezar, la mano vuelve a cogerla.

– Corre, Alice, te lo ruego, sé valiente. No mires atrás.

Le gustaría parar un momento para recobrar el aliento. A lo lejos ve una larga columna de hombres y mujeres a los que escoltan.

– Corre, Alice, hay que encontrar otro recorrido -dice la voz.

Desanda su camino volviendo a contar los pasos que le han costado tanto esfuerzo. Al final de la calle corre un inmenso río, los reflejos de la luna se mecen sobre las olas tormentosas.

– No te acerques a la orilla, podrías caerte. Casi estamos, un esfuerzo más y pronto podremos descansar.

Alice bordea la margen y pasa frente a un edificio cuyos zócalos se hunden en las negras aguas. De repente, se oscurece el horizonte, levanta la mirada, una intensa lluvia se abate sobre ella.


Alice se despertó chillando, un grito casi animal, el de una niña presa del más agudo de los pánicos. Se levantó, aterrorizada, y encendió la luz.

Le hizo falta un buen rato antes de que las palpitaciones de su corazón se aplacaran. Se puso un albornoz y se acercó a la ventana. Bramaba una tormenta que vertía torrentes de agua sobre los tejados de Estambul. El último tranvía bajaba por la avenida Tepebasi. Alice apartó la cortina, decidida a anunciarle al día siguiente a Daldry que deseaba regresar a Londres.


7

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Daldry cerró discretamente la puerta de su habitación y avanzó por el pasillo, cuidándose de no hacer ningún ruido al pasar por delante de la de Alice. Bajó al vestíbulo, se puso su gabardina y le dijo al portero que le pidiera un taxi. El guía no le había mentido, había bastado con indicarle al taxista el nombre de la pastelería Lebon para que se pusiese en camino. La circulación ya era densa, y a Daldry le hicieron falta diez minutos para llegar a su destino. Can lo esperaba, sentado a una mesa, leyendo el periódico de la víspera.

– Creí que iba a dejarme aquí echando raíces -dijo el guía, y se levantó para saludar a Daldry-. ¿Tiene hambre?

– Estoy hambriento -respondió Daldry-, no he desayunado.

Can le hizo el pedido al camarero, y éste le llevó a Daldry un surtido de platitos con rodajas de pepino, huevos duros con páprika, aceitunas y feta, kasar y pimientos verdes.

– ¿Sería posible que me trajera un té y unas tostadas? -preguntó Daldry mirando con cara de extrañeza los platos que el camarero acababa de poner encima de la mesa.

– ¿Debo concluir que va a contraatacarme como intérprete? -preguntó Can.

– Hay una cosita que me ronda la cabeza, y no se tome a mal lo que voy a decirle… Conoce mejor Estambul que la lengua inglesa, ¿verdad?

– Soy el mejor en ambos campos, ¿por qué?

Daldry observó a Can e inspiró profundamente.

– Bueno, vayamos al meollo del asunto, y después veremos si podemos hacer negocios -dijo.

Can sacó un paquete de cigarrillos de su bolsillo y le ofreció uno a Daldry.

– Nunca en ayunas -respondió este último.

– Literalmente, ¿qué está buscando en Estambul? -preguntó Can frotando una cerilla.

– Un marido -susurró Daldry.

Can soltó el humo de su cigarrillo entre toses.

– Disculpe, no ha acudido a la persona indicativa. Ya he sostenido peticiones extravagantes antes, pero esto ¡es el culmen! No llevo ese tipo de negocios.

– No sea idiota, no es para mí, sino para una mujer con la que no pretendo más que cerrar un trato.

– ¿Qué clase de trato?

– Un negocio inmobiliario.

– Si quiere comprar una casa o un apartamento, puedo ponerles de la cuerda con gran facilidad. Dígame su presupuesto y le presentaré ofertas estremecedoramente interesantes. Es una muy buena idea invertirse aquí. La economía actual se encuentra en un momento susceptible, pero Estambul volverá pronto a ser una suntuosidad de ciudad. Es una ciudad impresidible y magnífica. Su situación cartográfica es única en el mundo y su población tiene talantes de todas las especialidades.

– Gracias por su curso de economía, pero no estoy interesado en comprar un inmueble en Estambul; lo que quiero es recuperar un piso vecino al mío.

– ¡Venga idea! En ese caso, es más malicioso hacer este negocio en Inglaterra, ¿no?

– Precisamente no. Si no, no habría hecho todos estos kilómetros ni me habría metido en tales gastos. El piso que codicio está ocupado por una mujer que no estaba en absoluto decidida a renunciar a él, hasta que…

Y Daldry le contó al guía los motivos que lo habían conducido hasta Estambul. Can lo escuchó sin interrumpirlo, salvo una vez, cuando le pidió que le repitiera las predicciones de la vidente, lo que Daldry hizo palabra a palabra.

– Compréndame, tenía que aprovechar la oportunidad, la manera de alejarla de ese sitio, todavía hay que hacer lo necesario para que se quede.

– ¿No cree en la videncia? -preguntó Can.

– Soy demasiado educado para concederle el más mínimo sentido -respondió Daldry-. En realidad, nunca me había planteado intentar conseguir ese piso, y no tenía ninguna razón para hacerlo, porque yo nunca he consultado a una vidente. Pero, en caso de duda, no estaría en contra de la idea de darle un empujoncito al destino.

– Despilfarra energía para nada. Perdóneme, pero basta con ofrecer una suma astronómicamente correcta y esa mujer no podrá rechazarla. Todo tiene un precio, créame.

– Le va a parecer difícil entenderlo, pero el dinero no le interesa. No se la puede sobornar, y a mí tampoco, por cierto.

– ¿Porque no quiere obtener un rendimiento aprovechado por ese apartamento?

– No, no es un asunto de dinero. Como le dije, soy pintor, y el piso en cuestión goza de un magnífico lucernario, hay una luz única en él. Quiero convertirlo en mi estudio.

– ¿Y no hay más que un solo lucernario en todo Londres? Resulta que puedo presentarle algunos en Estambul cuando quiera, los hay incluso con cruce a la calle.

– ¡Es el único lucernario en la casa donde vivo! Mi casa, mi calle, mi barrio, no tengo ningunas ganas de irme de allí.

– No lo entiendo. Hace sus negocios en Londres, entonces ¿por qué quiere contraatacarme en Estambul?

– Para que encuentre un hombre inteligente, sincero y soltero en la medida de lo posible, que sea capaz de seducir a la mujer de la que le he hablado. Si se enamora, tendrá motivos de sobra para quedarse aquí y, según el acuerdo que hemos hecho ella y yo, haré de su piso mi estudio. ¿Lo ve? No es tan complicado.

– Es totalmente retorticero, quiere decir.

– ¿Cree que podría conseguir té, pan y huevos revueltos, o tengo que ir a buscar mi desayuno a Londres?

Can se volvió para intercambiar unas palabras con el camarero.

– Ésta es la última vez que lo coopero como favor -añadió el guía-. ¿Su víctima es la mujer que estaba con usted ayer noche cuando nos echamos en el bar?

– ¡Ya estamos usando palabras mayores! No es víctima de nadie, todo lo contrario, estoy convencido de hacerle un gran favor a esa muchacha.

– ¿Manipulando su vida? La quiere tirar a los brazos de un hombre que debo encontrar para usted a cambio de dinero; si ésa es su decinifión de honestidad, entonces me siento obligado de pedirle un aumento en la sustancia de mis honorarios, y el pago antepuesto de ellos, pues habrá, es incontestable, necesariamente gastos para traerle al candidato idílico.

– Ah, ¿sí? ¿Qué clase de gastos?

– ¡Pues gastos! Ahora, por favor, notifíqueme los gustos de esa mujer.

– Buena pregunta. Si habla de su tipo de hombre, todavía lo ignoro, voy a intentar informarme más; entretanto, y para no perder tiempo, no tiene más que imaginarse a alguien que sea todo lo contrario a mí. Hablemos ahora de sus emolumentos para que pueda decidir si lo contrato o no.

Can miró durante un buen rato a Daldry.

– Lo siento, yo no hago monumentos.

– Es peor de lo que me temía -suspiró Daldry-. Hablo de sus honorarios.

Can observó a Daldry de nuevo. Sacó un lápiz del bolsillo interior de su americana, rasgó un trozo del mantel de papel, garabateó una cifra y deslizó el papel hacia Daldry. Este último observó la suma y apartó el papel hacia Can.

– Es carísimo.

– Lo que pide está dentro de lo anormal.

– ¡No exageremos!

– Usted me ha dicho que no se siente atractivo con el dinero, pero regatea como un tiendero.

Daldry cogió de nuevo el trozo de papel, volvió a mirar la suma escrita, refunfuñó deslizándolo en su bolsillo y le tendió la mano a Can.

– Bueno, de acuerdo, trato hecho, pero no le pagaré sus gastos hasta que hayamos obtenido resultados.

– A lo trato, pecho -dijo Can estrechando la mano de Daldry-. Le encontraré a ese hombre provincial en el momento preciso; porque, si he entendido bien su muy complicadora idea, tiene que conocer a otras personas antes de que la predicción se cumpla.

El camarero llevó por fin el desayuno que esperaba Daldry.

– Es exactamente eso -dijo deleitándose con los huevos revueltos-. Queda contratado. Le presentaré hoy mismo a esa joven en calidad de intérprete.

– Ése es el título que aromiza con mi personalidad -dijo Can sonriendo ampliamente.

Can se levantó y se despidió de Daldry, pero, antes de salir, se volvió.

– Es posible que vaya a pagarme por nada -dijo el guía-, es posible que esa vidente tenga poderes extraordinariamente clariboyantes, y que acometa un error negándose a creerlo.

– ¿Por qué me dice eso?

– Porque yo soy un hombre que practica la honradez. ¿Quién le dice que no soy la segunda de las seis personas de las que le habló la vidente a esa muchacha? Después de todo, ¿no es el destino quien ha decidido que nuestras carreteras se cruzaran?

Y Can se fue.

Pensativo, Daldry lo siguió con la mirada, hasta que Can cruzó la calle y se subió a un tranvía. Luego apartó su plato, le pidió la cuenta al camarero, pagó la nota y salió de la pastelería Lebon.


Había decidido volver a pie. De regreso al hotel, vio a Alice sentada en el bar, leyendo un periódico en inglés. Se acercó a ella.

– Pero ¿dónde estaba? -le preguntó al verlo-. Le he hecho llamar a su habitación y no me respondía; el conserje ha acabado reconociendo que había salido. Me podría haber dejado un mensaje, me tenía preocupada.

– Es encantador por su parte, pero sólo he ido a dar un paseo. Tenía ganas de tomar el aire y no quería despertarla.

– Esta noche casi no he dormido. Pídase algo, tengo que hablar con usted -le dijo Alice con tono decidido.

– Qué oportuno, tengo sed y yo también tengo algo que decirle -respondió Daldry.

– Entonces, usted primero -dijo Alice.

– No, empiece usted, ah, bueno, de acuerdo, yo empiezo. He pensado en su propuesta de ayer y he aceptado contratar a ese guía.

– Yo le había propuesto justo lo contrario -respondió Alice.

– Ay, qué extraño, debí de entenderlo mal. Da igual, en efecto, ganaremos un tiempo precioso. Me he dicho que frecuentar el campo en esta época sería ridículo, ya que la estación no es la propicia para las flores. Un guía podría conducirnos fácilmente a los mejores artesanos perfumistas de la ciudad. Sus obras podrían inspirarla, ¿qué le parece?

Alice, perpleja, se sintió en deuda con los esfuerzos que hacía Daldry.

– Sí, desde ese punto de vista es una buena manera.

– Estoy encantado de que le agrade. Voy a pedirle al conserje que nos concierte una cita con él a mediodía. Ahora es su turno; ¿de qué me quería hablar?

– De nada importante -dijo Alice.

– ¿La cama no le deja dormir? Mi colchón me ha parecido demasiado blando, tengo la impresión de hundirme en una pella de mantequilla. Puedo pedir que le cambien de habitación.

– No, la cama no tiene nada que ver.

– ¿Ha tenido una nueva pesadilla?

– Tampoco -mintió Alice-. El cambio de aires, probablemente; acabaré acostumbrándome.

– Debería ir a descansar, espero empezar a visitar perfumistas esta misma tarde, necesitará estar en forma.

Pero Alice tenía en la cabeza otras cosas que no eran irse a descansar. Le preguntó a Daldry si, mientras esperaba a su guía, veía algún inconveniente en volver a la callejuela por la que habían ido la víspera.

– No estoy seguro de poder encontrarla de nuevo -dijo Daldry-, pero siempre podemos intentarlo.

Alice se acordaba perfectamente del camino. Una vez que salieron del hotel, guió a Daldry sin titubear.

– Ya estamos -dijo al ver el konak [4] cuyo voladizo colgaba peligrosamente por encima de la calzada.

– Cuando era niño -dijo Daldry-, me pasaba horas mirando las fachadas de las casas, soñando con lo que podía pasar detrás de sus paredes. No sé por qué, pero la vida de los demás me fascinaba, habría querido saber si se parecía a la mía o si era diferente. Intentaba imaginarme el día a día de los niños de mi edad, cómo jugaban y sembraban el caos en esas casas que se convertirían con los años en el centro de su mundo. Por la noche, al mirar las ventanas iluminadas, me inventaba grandes cenas, veladas de fiesta. Este konak debe de llevar mucho tiempo abandonado para encontrarse en semejante estado de deterioro. ¿Qué habrá sido de sus habitantes? ¿Por qué lo abandonaron?

– Jugábamos casi a lo mismo -dijo Alice-. Recuerdo que, en el edificio que había enfrente de la casa donde crecí, vivía una pareja a la que espiaba desde la ventana de mi habitación. El hombre volvía invariablemente a las seis, cuando empezaba con mis deberes. Lo veía en su salón quitarse el abrigo y el sombrero, y repantigarse en un sillón. Su mujer le llevaba una bebida, y se iba con el abrigo y el sombrero del hombre. Él desdoblaba el periódico y lo leía. Solía demorarse un poco en su lectura cuando lo llamaban a cenar. Cuando yo volvía a mi cuarto, las cortinas del piso de enfrente estaban echadas. Odiaba a ese tipo que obligaba a su mujer a servirle sin dirigirle ni palabra. Un día, mi madre y yo dábamos un paseo, y lo vi caminar hacia nosotras. Cuanto más se acercaba, más se me aceleraba el corazón. El hombre redujo la velocidad para saludarnos. Me dedicó una gran sonrisa, una sonrisa que quería decir: «Tú eres la chiquilla descarada que me espía desde la ventana de su cuarto, ¿te creías que no me había dado cuenta de tus tejemanejes?» Estaba segura de que iba a irse de la lengua y tuve todavía más miedo. Por eso lo ignoré, ni una sonrisa ni un hola, y tiré a mi madre de la mano. Ella me reprochó mi mala educación. Le pregunté si conocía a ese hombre, me respondió que era tan desconsiderada como distraída; el hombre en cuestión regentaba la tienda de ultramarinos que había en la esquina de la calle donde vivíamos. Yo pasaba por delante de la tienda todos los días, había llegado a entrar, pero era una joven quien servía en el mostrador. Era su hija, me informó mi madre; trabajaba con su padre y lo cuidaba desde que se había quedado viudo. Mi amor propio quedó muy herido, me tenía por la reina de las observadoras…

– Cuando la imaginación se compara con la realidad, a veces hace daño -dijo Daldry al acercarse a la callecita-. Durante mucho tiempo he creído que la joven sirvienta que trabajaba para mis padres estaba colada por mí, estaba seguro de tener pruebas de ello. Bueno, pues estaba enamorada de mi hermana mayor. Mi hermana escribía poemas, la sirvienta los leía a escondidas. Se amaban locamente con la mayor discreción. La sirvienta aparentaba quedarse extasiada conmigo para que mi madre no descubriera nada de ese idilio inconfesable.

– ¿A su hermana le gustan las mujeres?

– Sí, y sin pretender ofender la moral de las mentes estrechas, es mucho más honorable que no amar a nadie. ¿Y si nos fuésemos ahora a inspeccionar esa misteriosa callejuela? Es para lo que estamos aquí, ¿no es así?

Alice abrió la marcha. El viejo konak de madera ennegrecida parecía acechar silenciosamente a los intrusos, pero, al final de la calle, no había ninguna escalera y nada se parecía a la pesadilla de Alice.

– Lo siento -dijo-, le he hecho perder el tiempo.

– En absoluto, este pequeño paseo me ha abierto el apetito, y además he visto abajo en la avenida una cafetería que parecía mucho más auténtica que el comedor del hotel. No tiene nada contra lo auténtico, ¿verdad?

– No, todo lo contrario -dijo Alice cogiendo a Daldry del brazo.


El café estaba abarrotado, la nube de humo de los cigarrillos, que flotaba en el aire, era tan densa que apenas se lograba entrever el final del local. Daldry vio, no obstante, una mesita; arrastró a Alice hasta ella abriéndose paso entre los clientes. Alice se instaló en el asiento y, durante toda la comida, continuaron hablando de su infancia. Daldry era descendiente de una familia burguesa en la que había crecido entre un hermano y una hermana; Alice era hija única, y sus padres, de un entorno más humilde. Su juventud había estado marcada por una cierta soledad, una soledad que no dependía ni del amor recibido ni del que echaba en falta, sino de sí misma. A ambos les había gustado la lluvia, pero odiaban el invierno, ambos habían soñado en sus pupitres, habían conocido el primer amor en verano y habían tenido la primera ruptura a comienzos de otoño. Él había odiado a su padre, ella había idolatrado al suyo. Ese mes de enero de 1951, Alice le dio a probar a Daldry su primer café turco. Él escudriñó el fondo de su taza.

– Aquí hay costumbre de leer el futuro en los posos del café, me pregunto qué le contaría el suyo.

– Podríamos ir a consultar a una lectora de posos de café. Veríamos si sus predicciones corroboran las de la vidente de Brighton -respondió Alice, pensativa.

Daldry miró su reloj.

– Sería interesante. Pero más tarde. Ya es hora de volver al hotel, tenemos una cita con nuestro guía.


*

Can los esperaba en el vestíbulo. Daldry se lo presentó a Alice.

– ¡Usted es, señora, todavía más admirable de cerca que de lejos! -exclamó Can, tras inclinarse y hacerle, sonrojado, un besamanos.

– Es realmente amable por su parte, imagino que es preferible que sea así, ¿verdad? -preguntó volviéndose hacia Daldry.

– Desde luego -respondió éste, irritado por la familiaridad de la que daba muestras Can.

Sin embargo, a juzgar por el color púrpura que habían adquirido sus mejillas, el cumplido del guía había sido completamente espontáneo.

– Le presento mi perdón de inmediato -dijo Can-. No quería molestarla en absoluto, simplemente que es inevitablemente más bella a la luz del día.

– Creo que hemos comprendido la idea -dijo Daldry secamente-, ¿podemos pasar a otra cosa?

– Absolutistamente, excelencia -respondió Can farfullando cada vez más.

– Daldry me ha dicho que es usted el mejor guía de Estambul -añadió Alice para relajar la atmósfera.

– Literalmente -respondió Can-. Y estoy a su total disposición.

– ¿Y también el mejor intérprete?

– Eso incluso también -respondió Can, cuyo rostro viraba al escarlata.

Y Alice rompió a reír.

– Al menos, no nos vamos a aburrir, me parece usted extremadamente simpático -dijo cuando el ataque de risa se le pasó-. Venga, vamos a sentarnos en el bar para conversar sobre lo que nos trae a los tres aquí.

Can precedió a Daldry, quien lo riñó con la mirada.


– Puedo presentarle a todos los perfumistas de Estambul. No son muy numerosos, pero son muy altos para su especialidad -afirmó Can después de haber escuchado durante largo rato a Alice-. Si se quedan en Estambul hasta principios de primavera, les llevaré al campo; tenemos rosales salvajes absolutistamente espléndidos, colinas llenas hasta los topes de higueras, tilos, ciclámenes, jazmines…

– No creo que estemos aquí tanto tiempo -dijo Alice.

– No diga eso, ¿quién sabe lo que le dispara el futuro? -respondió Can, quien recibió de inmediato un puntapié de Daldry por debajo de la mesa.

Se sobresaltó y se volvió hacia Daldry mirándolo con ira.

– Necesito esta tarde para organizar estos preliminares -dijo Can-; voy a realizarme con unas llamadas telefónicas y podré venir a buscarlos mañana por la mañana aquí mismo.

Alice estaba nerviosa como una niña en Nochebuena. La idea de conocer a sus colegas turcos, de poder estudiar sus trabajos, le encantaba, y se le habían quitado las ganas de renunciar a ese viaje.

– Se lo agradezco -le dijo a Can estrechándole la mano.

Al levantarse, Can le preguntó a Daldry si podía acompañarlo al vestíbulo, tenía una cosa que decirle.

Ante la puerta giratoria, Can se inclinó hacia Daldry.

– ¡Mis tarrinas acaban de aumentar!

– ¿Y eso por qué? ¡Pero si ya habíamos acordado un precio!

– Eso era antes de que me diese un violeta puntapié en la pierna. Por su culpa quizá congele mañana de una pierna, lo que me retrasará.

– Anda que no me ha salido delicado…, apenas lo he rozado, y únicamente para impedirle que metiese la pata.

Can miró a Daldry con la mayor seriedad.

– De acuerdo -admitió Daldry-, le pido perdón, lamento haber tenido ese desafortunado gesto, aunque fuera necesario. Pero reconozca que no ha estado muy hábil.

– No aumentaré mis tarrinas, pero sólo porque su amiga es de una gran preciosidad, y mi trabajo será mucho más fácil.

– ¿Eso qué quiere decir?

– Que podré encontrar en un día cien hombres que dormirían con seducirla. Hasta mañana -dijo Can metiéndose en la puerta giratoria.

Daldry se quedó pensativo y volvió junto a Alice.

– ¡Cuántos secretos! ¿Qué le decía que yo no podía oír?

– Nada importante, discutíamos sobre su remuneración.

– Quiero que haga cuentas de todos sus gastos, Daldry: este hotel, nuestras comidas, ese guía, sin olvidarse de nuestro viaje. Se lo reembolsaré…

– Chelín a chelín, lo sé, ya me lo ha repetido bastante. Pero, quiera o no quiera, en la mesa es mi invitada. Que tengamos negocios juntos es una cosa, que me comporte como un caballero, otra, y no voy a dejar de hacerlo. Por cierto, ¿y si bebemos algo para celebrarlo?

– ¿Celebrar el qué?

– No lo sé, ¿hay que tener una razón para hacerlo? Tengo sed, tenemos que festejar el hecho de haber contratado a nuestro guía.

– Es un poco pronto para mí, voy a ir a descansar, no he pegado ojo en toda la noche.

Alice dejó a Daldry en el bar. La miró subir en la cabina del ascensor, le dedicó una sonrisita maliciosa y esperó a que hubiese desaparecido para pedir un whisky doble.


*

Al extremo de un pontón de madera se balancea una barca. Alice sube a ella y se sienta en el fondo. Un hombre desata la cuerda que los une al embarcadero. La orilla se aleja, Alice trata de comprender por qué el mundo está hecho así, por qué las copas de los grandes pinos parecen, en la oscuridad de la noche, cerrarse sobre su pasado.

La corriente es violenta, la barca cabecea peligrosamente al cruzarse con la estela de un barco que se aleja. Alice querría agarrarse a los dos bordes, pero sus brazos son demasiado cortos. Acomoda sus pies bajo la tablilla donde, dándole la espalda, está sentado el barquero. Cada vez que la barca se hunde en el seno de la ola, una presencia tranquilizadora la sujeta.

Se levanta el viento del norte y esparce las nubes, la claridad de la luna surge no del cielo, sino de la profundidad de las aguas.

La barca atraca, el marinero la coge y la sube a la orilla.

Escala una colina con cipreses plantados y baja al pliegue sombrío de un valle. Anda por un camino de tierra húmeda en el frescor de una tarde de otoño. La cuesta es empinada, se engancha a los matorrales con la mirada puesta en una pequeña luz que centellea a lo lejos.

Alice bordea las ruinas de una antigua fortaleza o de un antiguo palacio, cubiertas de vid silvestre.

El olor de los cedros se mezcla con el de la retama y, un poco más lejos, con el del jazmín. Alice querría que nunca se le olvidaran esos olores que se suceden. La luz ha aumentado, una lámpara de aceite colgada del cabo de una cadena ilumina una puerta de madera. Se abre a un jardín de tilos y de higueras. Alice piensa en robar un fruto, tiene hambre. Querría probar la carne roja y pulposa. Tiende la mano, coge dos higos y se los esconde dentro del bolsillo.

Entra en el patio de una casa. Una voz suave que le es extraña le dice que no tenga miedo, ya no tiene nada que temer, va a poder lavarse, comer, beber y dormir.

Una escalera de madera lleva al piso superior, los escalones crujen bajo los pasos de Alice, se agarra a la barandilla tratando de volverse más ligera.

Entra en una habitación pequeña que huele a cera de abeja. Alice se quita la ropa, la dobla y la pone cuidadosamente encima de una silla. Se acerca a un barreño de hierro, cree ver su reflejo en el agua tibia, pero la superficie se enturbia.

Alice quisiera beber de esa agua, tiene sed y la garganta tan seca que el aire pasa a duras penas por ella. Le arden las mejillas, tiene la cabeza como una olla a presión.

– Vete, Alice. No deberías haber venido. Vuelve a tu casa, no es demasiado tarde.


*

Alice abrió los ojos, se levantó, ardiendo de fiebre, entumecido el cuerpo, flojas las extremidades. Presa de las náuseas, se precipitó al baño.

De vuelta a la habitación, temblorosa, llamó a la recepción y le pidió al conserje que le enviase un médico en seguida y que avisasen al señor Daldry.

Ya en su cabecera, el doctor diagnosticó una intoxicación alimentaria y le recetó unos medicamentos que Daldry se apresuró a ir a buscar a la farmacia. Alice se restablecería pronto. Esa clase de percance les sucedía a menudo a los turistas, no había ninguna razón para preocuparse.

A primera hora de la noche, el teléfono sonó en la habitación de Alice.

– No debería haberle dejado comer marisco, me siento terriblemente culpable -dijo Daldry, quien la llamaba desde su habitación.

– No es culpa suya -respondió Alice-, no me obligó. No se enfade, pero voy a dejarle solo en la cena, no me siento muy capaz de soportar ni el más mínimo olor a comida, con hablarle de ello ya me da vueltas el estómago.

– Entonces, no se hable más. Yo también voy a ayunar esta noche, por solidaridad, eso me sentará muy bien. Un bourbon cortito y a la cama.

– Bebe demasiado, Daldry, y bebe para nada.

– Visto su estado, no es la más indicada para darme consejos sobre cuestiones de salud. Sin ganas de fastidiar, me encuentro más en forma que usted.

– Si hablamos de esta noche, no se equivoca. Pero, en cuanto a mañana y a los días por venir, creo que tengo razón.

– Lo razonable sería que descansara en lugar de preocuparse por mí. Duerma tanto como pueda, tómese sus medicamentos y, si el médico nos ha dicho la verdad, por la mañana tendré el placer de volver a verla con fuerzas.

– ¿Ha tenido noticias de nuestro guía?

– Todavía no -dijo Daldry-, pero espero su llamada. Por cierto, debería colgar el teléfono y dejarla dormir.

– Buenas noches, Ethan.

– Buenas noches, Alice.

Colgó y sintió cierta aprensión ante la idea de apagar la luz. La dejó encendida y se durmió poco después. Aquella noche ninguna pesadilla perturbó su sueño.


*

El artesano perfumista vivía en Cihangir. Su casa, suspendida sobre un terreno baldío en los altos del barrio, estaba unida a la de su vecino por una cuerda de tender de donde colgaban blusas, pantalones, camisas, calzoncillos e incluso un uniforme. Subir la calle adoquinada en día de lluvia no fue tarea fácil, el dolmus lo intentó dos veces. El Chevrolet patinaba y el embrague apestaba a caucho quemado. El taxista, que nunca se había planteado cambiar sus neumáticos por unos nuevos, refunfuñaba. No debería haber aceptado la carrera. Además, no había nada turístico en los altos de Cihangir. Daldry, que se había sentado delante, deslizó un billete en el asiento del viejo Chevrolet y el taxista acabó callándose.

Can llevaba a Alice del brazo mientras atravesaban el terreno baldío «para que no meta usted los pies en un agujero lleno de agua», le dijo.

La leve llovizna que caía sobre la ciudad no anegaría el suelo antes de que acabase el día, pero Can pretendía ser previsor. Alice se sentía mejor, aunque todavía demasiado débil como para apreciar la atención que Can le prestaba. Daldry se abstuvo de comentarlo.

Entraron en la casa; la habitación donde trabajaba el perfumista era espaciosa. Se consumían unas brasas rojizas bajo un gran samovar, y el calor que se desprendía de ellas empañaba los cristales polvorientos del taller.

El artesano, que no comprendía por qué dos ingleses habían ido allí desde Londres a hacerle una visita -aunque se sentía muy honrado por ello-, les ofreció té y unos pastelitos cubiertos de sirope.

– Los ha hecho mi mujer -le dijo a Can, quien tradujo de inmediato que la esposa del perfumista era la mejor repostera de Cihangir.

Alice se dejó guiar hasta el órgano del artesano perfumista. Éste le hizo oler algunas de sus composiciones; las notas con las que trabajaba eran intensas, pero armoniosas. Perfumes orientales de bella factura que no tenían, sin embargo, nada de original.

Al final de una larga mesa, Alice vio un cofrecito lleno de frascos cuyos colores picaron su curiosidad.

– ¿Puedo? -le preguntó tras coger un frasquito lleno de un extraño líquido verde.

Can aún no había acabado de traducir su pregunta cuando el artesano cogió el frasco de manos de Alice y lo volvió a poner en su sitio.

– Dice que no tiene ningún interés en absoluto, que sólo son experimentos con los que se entretiene -dijo Can-. Un pasatiempo.

– Tengo curiosidad por olerlos.

El artesano aceptó encogiéndose de hombros. Alice quitó el corcho y se quedó asombrada. Cogió una cinta de papel, la empapó cuidadosamente en el líquido y se la pasó bajo la nariz. Volvió a dejar el frasco, ejecutó los mismos gestos con un segundo y un tercer frasco, y después se volvió estupefacta hacia Daldry.

– ¿Y bien? -preguntó él, en silencio hasta ese momento.

– Es increíble, ha recreado un auténtico bosque en ese cofrecito. Nunca se me habría ocurrido. Huélalo usted mismo -le dijo Alice empapando una nueva cinta de papel en un frasco-. Uno pensaría que está a ras de tierra, al pie de un cedro.

Dejó el secante sobre la mesa y cogió otra cinta. La empapó en un frasco y la agitó un instante antes de ofrecérsela a Daldry.

– En ésta hay un aroma a resina de pino, y en ese otro frasco -dijo quitando el corcho- hay un olor a prado húmedo, una nota ligera de cólquico mezclada con helecho. Y aquí, huela de nuevo, a avellana…

– No conozco a nadie que quisiera perfumarse con avellanas -masculló Daldry.

– No es para el cuerpo, son aromas de ambiente.

– ¿De verdad cree que hay un mercado para los perfumes de ambiente? Y, por otra parte, ¿qué son los perfumes de ambiente?

– Piense en el placer de encontrar en su casa las fragancias de la naturaleza. Imagine que pudiésemos esparcir en los pisos el perfume de las estaciones.

– ¿De las estaciones? -preguntó Daldry asombrado.

– Hacer durar el otoño cuando llega el invierno, conseguir que en enero nazca la primavera con su serie de floraciones, hacer brotar los aromas de la lluvia en verano. Un comedor en el que flotase el olor del limonero, un baño perfumado con flor de naranjo, perfumes de interior que no sean incienso, ¡es una idea fantástica!

– Bueno, pues, si usted lo dice, no nos queda más que entendernos con este señor que parece tan sorprendido como yo por su agitación.

Alice se volvió hacia Can.

– ¿Podría preguntarle cómo ha conseguido mantener durante tanto tiempo esta nota de cedro? -dijo respirando el secante que había vuelto a coger del órgano de perfumes.

– ¿Qué nota? -preguntó Can.

– Pregúntele cómo lo ha hecho para que el perfume aguante durante tanto tiempo en el ambiente.

Y, mientras Can traducía lo mejor que podía la conversación entre Alice y el artesano perfumista, Daldry se acercó a la ventana y miró el Bósforo, que parecía turbio tras el vaho de los cristales. Si bien eso no era en absoluto lo que había esperado al ir a Estambul, pensó, era posible que Alice hiciese algún día una fortuna, y, por extraño que pudiera parecer, no le importaba un auténtico bledo.


*

Alice, Can y Daldry le dieron las gracias al artesano por la mañana que les había consagrado. Alice le prometió volver muy pronto. Esperaba que pudiesen trabajar juntos. El artesano nunca habría pensado que su pasión secreta pudiese un día inspirar el interés de nadie. Pero, esa tarde, le podría decir a su mujer que las noches en vela hasta tan tarde en su taller, los domingos que se pasaba recorriendo las colinas, fatigando valles y sotobosques para recoger toda clase de flores y plantas, no habían sido el pasatiempo de un viejo loco, como le reprochaba tan a menudo, sino un trabajo serio que había cautivado a una perfumista inglesa.


– No es que me haya aburrido -dijo Daldry al volver a la calle-, es sólo que no he comido nada desde ayer al mediodía y no me opondría a un ligero tentempié.

– ¿Está loca con esta visita? -le preguntó Can a Alice ignorando a Daldry.

– Estoy loca de alegría, el órgano de ese perfumista es una auténtica cueva de Alí Babá, ha organizado un encuentro maravilloso, Can.

– Estoy encantado de su encantamiento, que me encanta -respondió Can, con el rostro encendido.

– ¡Uno, dos, uno, dos! -exclamó Daldry hablando en el cuenco de su mano-. Aquí Londres, ¿me recibe?

– Dicho esto, señorita Alice, debo informarle de que ciertas palabras de su vocabulario se me escapan y me son muy difíciles de traducir. Por ejemplo, no he visto el instrumento musical que se parece a una alcoba de babas en la casa de ese hombre -prosiguió Can sin prestarle la más mínima atención a Daldry.

– Lo siento, Can, es jerga propia de mi oficio, le dedicaré un rato para explicarle esos matices y será el intérprete de Estambul más cualificado en perfumería.

– Es una especialidad que me gustaría mucho, le quedaría agradecido para siempre, señorita Alice.

– Bueno -refunfuñó Daldry-, debo de haberme quedado afónico, por lo visto, ¡nadie oye lo que digo! ¡Tengo hambre! ¡¿Podría indicarnos un sitio donde podamos comer sin que la señorita Alice se ponga enferma?!

Can lo miró insistentemente.

– Tenía intención de arrastrarles a un lugar que les costará olvidar.

– Estupendo, ¡se ha dado cuenta de que estoy aquí!

Alice se acercó a Daldry y susurró en su oído.

– No es usted muy amable con él.

– No me diga, ¿es que lo encuentra amable conmigo? Tengo hambre. Le recuerdo que no comí por solidaridad, pero ya que se compincha con nuestro fabuloso guía, me retiro de mi ayuno.

Alice le dirigió una mirada afligida a Daldry y se fue con Can, que se mantenía al margen.

Bajaron las callejuelas escarpadas hasta la parte baja de Cihangir. Daldry paró un taxi y les preguntó a Can y a Alice si se unían a él o si preferían coger otro coche. Se instaló en el asiento trasero sin preguntar y no le dejó otra opción a Can que tomar asiento al lado del taxista.

Can le comunicó una dirección en turco y no se volvió en todo el trayecto.


*

Las gaviotas inmóviles holgazaneaban en las barandillas de los muelles.

– Vamos allá -dijo Can señalando una barraca de madera en la punta del embarcadero.

– No veo restaurante alguno -protestó Daldry.

– Porque no sabe mirar bien -respondió Can cortésmente-, no es lugar para turistas. No es un sitio de lujo, pero van a disfrutar.

– ¿Y no tendría, por casualidad, algo tan prometedor como ese garito pero que tuviera un poco más de encanto?

Daldry señaló las grandes casas cuyos cimientos se hundían en el Bósforo. La mirada de Alice se paralizó en una de esas residencias, cuya fachada blanca se distinguía de la de las demás.

– ¿Ha tenido una nueva aparición? -preguntó Daldry en tono burlón-. Con la cara que ha puesto…

– Le he mentido -balbuceó Alice-. La otra noche tuve una pesadilla todavía más realista que las anteriores y, en esa pesadilla, vi una casa semejante a ésta.

Apretando los dientes, Alice clavaba la mirada en el edificio blanco. Can no comprendía lo que parecía inquietar de pronto a su cliente.

– Son yalis -dijo el guía con voz tranquila-, viviendas vacacionales, vestigios del esplendor del Imperio otomano. Eran muy apreciadas en el siglo XIX. Ahora lo son menos, los propietarios están hechos una ruina con los gastos de calefacción en invierno; la mayor parte de ellas necesitarían ser rebilitadas.

Daldry cogió a Alice por los hombros y la obligó a mirar hacia el Bósforo.

– No veo más que dos posibilidades. O sus padres alargaron su único viaje más allá de Niza y era demasiado joven para recordar lo que le dijeron sobre ello, o poseían un libro sobre Estambul que leyó en su infancia y que ha olvidado. Las dos posibilidades, por cierto, no son incompatibles.

Alice no recordaba que ni su madre ni su padre le hubiesen hablado de Estambul y, por más que revisitase en su memoria todas las habitaciones del piso de sus padres -su habitación y su cama grande con la manta gris; la mesilla de noche de su padre, donde había una funda de gafas de cuero con un despertador pequeño; la de su madre, con una foto de ella, prisionera desde sus cinco años en un marco de plata; el baúl al pie de la cama; la alfombra de rayas rojas y marrones; el comedor, su mesa de caoba y sus seis sillas a juego; el aparador donde se encontraba la vajilla de porcelana preciosamente guardada para los días de fiesta, pero en la que no se servía nunca; el Chesterfield donde la familia se instalaba para escuchar el folletín radiofónico de la tarde; la pequeña biblioteca; los libros que leía su madre…-, nada de todo eso tenía relación alguna con Estambul.

– Si sus padres entraron en Turquía -sugirió Can-, tal vez haya rastros de su paso ante las autoridades concernidas. Mañana el consulado británico organiza una ceremonia de gallas, su embajador vuelve especialmente de Ankara para recibir a una larga delegación militar y a otros tantos oficiales de mi gobierno -anunció Can con orgullo.

– ¿Y cómo se ha enterado usted de este evento? -preguntó Daldry.

– Porque, evidentemente, ¡soy el mejor guía de Estambul! Bueno, es cierto que por un artículo en el periódico esta mañana. Y, como también soy el mejor intérprete de la ciudad, he sido inviclutado para la ceremonia.

– ¿Nos está anunciando que tendremos que prescindir de sus servicios mañana por la noche? -preguntó Daldry.

– Les iba a proponer invitarles a esa siesta.

– No se pavonee, el cónsul no va a invitar a todos los ingleses que residan en Estambul en este momento -replicó Daldry.

– No sé lo que quiere decir pavonearse, pero voy a estudiar esa palabra. Mientras tanto, la joven secretaria que se ocupa de la lista de invitados se dará el gusto de hacerme el favor de inscribir sus nombres, no puede negarle nada a Can… Les haré llegar unos salvoconductos a su hotel.

– Es usted un tipo extraño, Can -dijo Daldry-. Después de todo, si eso le complace -prosiguió volviéndose hacia Alice-, podríamos presentarnos ante el embajador y pedirle la ayuda de los servicios consulares. ¿De qué sirve nuestra Administración si ni siquiera podemos pedirle que nos eche una manita cuando la necesitamos? Bueno, ¿qué le parece?

– Tengo que saberlo a ciencia cierta -suspiró Alice-, quiero comprender por qué esas pesadillas son tan realistas.

– Le prometo hacer lo que sea por arrojar luz sobre este misterio, pero después de haber tomado algo; si no, será usted quien pronto tendrá que ocuparse de mí, estoy al borde de un síncope y tengo una sed espantosa.

Can señaló con el dedo el restaurante de pescadores que había al cabo del embarcadero. Luego se alejó y fue a sentarse en un pilote.

– Que aproveche -dijo, con los brazos cruzados, con tono de indiferencia-, les espero aquí, sin moverme de este muelle.

La mirada incendiaria que le lanzó Alice no se le escapó a Daldry, quien dio un paso hacia Can.

– Pero ¿qué hace sentado en esa cosa? ¿No creerá que vamos a dejarlo aquí solo con este frío?

– No quiero importunarles -respondió el guía- y me pido la cuenta de que les incordio. Váyanse a comer, estoy acostumbrado a los inviernos de Estambul y también a la lluvia.

– Ay, ¡deje de refunfuñar! -protestó Daldry-. Y, puesto que es un restaurante local, ¿cómo voy a hacerme comprender sin tener a mi lado al mejor intérprete de la ciudad?

Can se quedó encantado con el cumplido y aceptó la invitación.

La comida y la generosidad con que los recibieron superaron todas las expectativas de Daldry. Con el café, de repente pareció como si le hubiera dado un ataque de melancolía, lo que sorprendió a Can y a Alice. Alcohol mediante, acabó confesando que se sentía terriblemente culpable de haber albergado algunos prejuicios sobre ese establecimiento. Se podía servir una cocina sencilla y excelente entre modestas paredes, dijo, y, bebiéndose un cuarto raki, dejó escapar largos suspiros.

– Es la emoción -dijo-. Esa salsa que acompañaba mi pescado, la delicadeza de ese postre, del que, por cierto, voy a tomar más, todo era simple y llanamente conmovedor. Se lo ruego -continuó con voz lastimera-, preséntele mis sinceras excusas al patrón y, sobre todo, prométame que nos hará descubrir cuanto antes otros lugares como éste. Esta misma noche, ¿le parece?

Daldry alzó la mano al pasar el camarero para que volviese a llenar su vaso.

– Creo que ha bebido suficiente, Daldry -dijo Alice, y lo obligó a dejar el vaso.

– Reconozco que este raki se me ha subido un poco a la cabeza. Pero es porque estaba en ayunas cuando hemos entrado y tenía una sed terrible.

– Aprenda entonces a quitársela con agua -sugirió Alice.

– Está loca, ¿quiere que me oxide?

Alice le hizo una señal a Can para que la ayudara. Cogieron a Daldry, cada uno de un brazo, y lo escoltaron hacia la salida. Can se despidió del dueño, a quien le divertía el estado en el que se encontraba su cliente.

A Daldry se le subió el aire fresco a la cabeza. Se sentó en un pilote y, mientras Can esperaba un taxi, Alice se quedó cerca de él, velando por que no se cayese al agua.

– Puede que una siestecita me siente bien -resopló Daldry mirando hacia alta mar.

– Creo que es obligatoria -respondió Alice-. Suponía que iba a ser mi carabina, y no lo contrario.

– Le pido disculpas -gimoteó Daldry-. Se lo prometo: mañana, ni una gota de alcohol.

– Más le vale mantener esa promesa -respondió Alice con voz severa.

Can había conseguido parar un dolmus. Regresó a donde estaba Alice, la ayudó a acomodar a Daldry en el asiento trasero y se sentó delante.

– Vamos a acampar a su amigo al portal del hotel y luego iré al consulado a ocuparme de sus invitaciones. Se las dejaré al conserjo en un encima -dijo mirando a Alice por el espejo de cortesía del parasol, que había bajado.

– Acompañar a su amigo hasta la puerta de su hotel y dejárselas al conserje en un sobre… -dijo Alice suspirando.

– Me imaginaba que había formulado mal la frase, pero en qué palabras, eso es justamente lo que no lo sabía. Gracias por haberme corregido, no volveré a acometer nunca ese error -dijo Can volviendo a subir el parasol.

Daldry, que se había quedado dormido por el camino, apenas se despertó cuando Alice y el portero lo ayudaron a llegar a su habitación y lo tumbaron en la cama. Volvió en sí unas horas más tarde. Llamó a Alice a su habitación y, como ésta no respondió, preguntó en recepción para saber dónde se encontraba y le informaron de que había salido. Consternado por su propia conducta, deslizó una nota por debajo de la puerta de Alice en la que se disculpaba por su falta de moderación y le decía que prefería no cenar.

Alice había aprovechado su tarde a solas para pasearse por el barrio de Beyoglu. El portero del hotel le había recomendado visitar la torre de Gálata y le había indicado el itinerario para ir a pie. Se dio una vuelta por las tiendas de la calle Isklital, compró algunos recuerdos para sus amigos y, aterida del frío que arreciaba en la ciudad, acabó refugiándose en un pequeño restaurante donde se quedó a cenar.

De vuelta en su habitación a primera hora de la noche, se instaló en la mesa para escribir y redactó una carta dirigida a Anton.


Anton:

Esta mañana he conocido a un hombre que ejerce mi oficio, pero con mucho más talento que yo. Cuando vuelva a Londres, te describiré la originalidad de sus investigaciones. A menudo me quejo del frío que reina en mi apartamento y, si hubieses estado presente en el taller de ese perfumista, me habrías dicho que no lo hiciera nunca más. Al volver a los altos de Cihangir, he descubierto un aspecto muy distinto de una ciudad que creía haber comprendido desde la ventana de mi habitación. Al alejarnos del centro, donde los edificios nuevos se parecen a los que se construyen sobre las ruinas de Londres, se descubre una pobreza insospechada. Hoy me he cruzado en las callejuelas angostas de Cihangir con unos niños que desafiaban el frío del invierno con los pies descalzos; a unos vendedores callejeros de rostros tristes a quienes la lluvia golpeaba en los muelles del Bósforo; a unas mujeres que, para vender sus baratijas, arengan a las largas colas de estambulitas en los embarcaderos donde atracan los barcos de vapor. Y, por extraño que eso parezca, en medio de esa tristeza he sentido una inmensa ternura, un apego a esos lugares que me son extraños, una soledad desconcertante al cruzar plazas donde agonizan antiguas iglesias. He subido por repechos cuyos escalones están gastados por el uso. En los altos de Cihangir, las fachadas de las casas están en su mayoría deterioradas, incluso los gatos errantes parecen tristes, y esa tristeza se apodera de mí. ¿Por qué esta ciudad hace nacer en mí semejante melancolía? La siento apoderarse de mí en cuanto salgo a la calle, y no me abandona hasta la noche. Pero no hagas caso a lo que escribo. Los cafés y los pequeños restaurantes rebosan vida, la ciudad es hermosa y ni el polvo ni la suciedad consiguen atenuar su grandeza. La gente de aquí es acogedora y generosa, y me siento tontamente conmovida, lo admito, por la nostalgia de una herencia que se desmorona.

Esta tarde, paseando cerca de la torre de Gálata, he visto detrás de una verja de hierro forjado un pequeño cementerio silencioso en medio de un barrio. Miraba las tumbas de lápidas irregulares y no sabría decirte por qué, pero he tenido la sensación de pertenecer a esta tierra. Cada hora que paso aquí hace crecer en mí un amor desbordante.

Anton, perdona estas palabras inconexas que no deben de tener ningún sentido para ti. Cierro los ojos y oigo el eco de tu trompeta en la tarde de Estambul, oigo tu aliento, te adivino tocando, muy lejos, en un bar de Londres. Me gustaría saber algo de Sam, de Eddy y de Carol, os echo de menos a los cuatro, espero que también me echéis un poco de menos a mí.

Un beso con la vista puesta en los tejados de una ciudad que amarías apasionadamente, estoy segura de ello.

ALICE


8

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A las diez de la mañana llamaron a la puerta de Alice. A pesar de que, a voz en grito, les dijo que estaba en la ducha, insistieron. Alice se puso un albornoz y vio por el espejo de la puerta del baño la silueta de una gobernanta que se marchaba. Encontró sobre su cama una funda de ropa, una caja de zapatos y una sombrerera. Intrigada, descubrió en la funda un vestido de noche, un par de escarpines en la caja de zapatos y, en la sombrerera redonda, un sombrero de fieltro precioso así como una notita manuscrita de Daldry:


Hasta esta noche, la espero en el vestíbulo a las seis.


Maravillada, Alice dejó caer el albornoz a sus pies y no pudo aguantar durante mucho tiempo las ganas de hacer un ensayo improvisado.

El vestido resaltaba su cintura y se ensanchaba luego en una amplia y larga falda. Desde la guerra, Alice no había visto un vestido confeccionado con tanta tela. Al girar sobre sí misma, tenía la impresión de ahuyentar esos años en los que le había faltado de todo. De olvidar las faldas tiesas y las chaquetas apretadas. El vestido que llevaba dejaba al aire sus hombros, le afinaba la cintura, redondeaba sus caderas y acrecentaba el misterio de sus piernas.

Se sentó en la cama para ponerse los escarpines y, cuando estuvo subida en ellos, se sintió altísima. Se puso la chaquetilla, ajustó el sombrero y abrió la puerta del armario para mirarse en el espejo. No creyó lo que veían sus ojos.


Colgaba cuidadosamente sus cosas a la espera de que llegara la noche cuando recibió una llamada del conserje. Un botones la esperaba para acompañarla a la peluquería, que se encontraba un poco más abajo en la misma avenida.

– Se ha debido de equivocar de habitación -dijo ella-, yo no he pedido ninguna cita.

– Señorita Pendelbury, le confirmo que la esperan en Guido dentro de veinte minutos. Cuando la hayan peinado, el salón nos llamará y volveremos a buscarla. Le deseo un magnífico día, señorita.

El conserje había colgado, al contrario que Alice, que miraba el auricular como si se tratase de una lámpara de Aladino de la que fuera a surgir un genio pícaro.


*

Lavada la cabeza y hecha la manicura, pasó bajo las tijeras de Guido, cuyo auténtico nombre era Onur. El peluquero había tomado clases en Roma y había vuelto transformado. El maestro Guido le explicó a Alice que había recibido a última hora de la mañana la visita de un hombre que le había dado instrucciones muy estrictas: un moño impecable, que debía «alzarse orgulloso bajo un sombrero».

La sesión duró una hora. El botones volvió a buscar a Alice en cuanto estuvo lista y la volvió a acompañar al hotel. Cuando entró en el vestíbulo, el conserje la informó de que la esperaban en el bar. Allí se encontró con Daldry, que estaba bebiéndose una limonada y leyendo el periódico.

– Preciosa -dijo levantándose.

– No sé qué decir, desde esta mañana tengo la impresión de ser la princesa de un cuento de hadas.

– Eso nos viene bien, necesitamos que esta noche lo sea. Tenemos que conquistar a un embajador, y no cuente conmigo para ello.

– No sé cómo lo ha hecho, pero estoy maravillada.

– No sé qué es lo que parezco, pero soy pintor. Qué quiere, el sentido de la proporción es una de mis especialidades.

– Ha escogido un vestido magnífico, nunca había llevado uno tan bonito. Tendré mucho cuidado con él, podrá devolverlo impecable. Porque lo ha alquilado, ¿verdad?

– ¿Sabía que esa nueva moda tiene nombre? New look, ¡y la ha hecho famosa un modisto francés! Si bien en el arte de la guerra nuestros vecinos nunca han estado muy al día, hay que reconocerles un genio innegable en cuestión de creaciones indumentarias y culinarias.

– Espero que le guste cuando me vea esta tarde a lo new look.

– No lo dude ni un segundo. Este peinado es realmente una idea excelente, realza su nuca y la encuentro encantadora.

– ¿La idea o la nuca?

Daldry le tendió la carta de aperitivos a Alice.

– Debería comer algo, habrá que batirse con sable esta noche para acercarse al bufet, y usted no llevará el uniforme de combate.

Alice pidió un té y unos pasteles. Se retiró un poco más tarde para ir a prepararse.

De vuelta en su habitación, abrió la puerta del armario, se tumbó en la cama y contempló su vestido.

Una lluvia torrencial se abatía sobre los tejados de Estambul. Alice se acercó a la ventana. Se oían de lejos las sirenas de los barcos de vapor. El Bósforo se difuminaba tras un cristal ahumado. Alice miró la calle de abajo: los ciudadanos se precipitaban a refugiarse a los tranvías, algunos se protegían bajo las cornisas de los edificios, los paraguas se entrechocaban en las aceras. Alice sabía que pertenecía a esa vida que se agitaba bajo sus ventanas, pero en ese instante, detrás de las gruesas paredes de un hotel lujoso de un barrio de Beyoglu, mientras la esperaba una ropa preciosa, se sentía transportada a otro mundo, un mundo privilegiado que frecuentaría esa tarde, un mundo del que ignoraba las costumbres. Y eso no hizo sino redoblar su impaciencia.


*

Había llamado a la gobernanta para que la ayudase a cerrar su vestido. Con el sombrero en su sitio, salió de la habitación. Daldry la vio en el ascensor que bajaba hacia el vestíbulo; su vecina tenía un aspecto aún más impresionante de lo que se había imaginado. La recibió ofreciéndole el brazo.

– Por lo general, me horrorizan completamente los cumplidos, pero voy a hacer una excepción a la regla, está…

– Muy new look -dijo Alice.

– Es una forma de decirlo. Nos espera un coche, tenemos suerte, la lluvia ha parado.

El taxi llegó al consulado en menos de dos minutos, la verja de entrada se encontraba a cincuenta metros del hotel, bastaba casi con cruzar la avenida para estar allí.

– Lo sé, es ridículo, pero no vamos a llegar a pie, cuestión de vergüenza -explicó Daldry.

Rodeó el vehículo para abrir la puerta de Alice; un mayordomo de uniforme la ayudaba ya a bajar.

Subieron lentamente los peldaños de la escalinata, Alice tenía miedo de dar un traspié con los zapatos de tacón. Daldry le confió la invitación al ujier, dejó su abrigo en el guardarropa e hizo pasar a Alice a una gran sala.

Los hombres se volvieron, algunos incluso interrumpieron su conversación. Las mujeres escrudiñaban a Alice de la cabeza a los pies. Peinado, chaquetilla, vestido y zapatos, era la modernidad encarnada. La esposa del embajador le dedicó una sonrisa amistosa. Daldry fue a su encuentro.

Se inclinó ante la embajadora para besarle la mano y le presentó a Alice, según las reglas protocolarias.

La embajadora se preguntó las razones que llevaban a una pareja tan encantadora tan lejos de Inglaterra.

– Perfumes, excelencia -respondió Daldry-. Alice es una de las narices más dotadas del reino, algunas de sus creaciones se encuentran ya en las mejores perfumerías de Kensington.

– ¡Qué bien! -respondió la embajadora-. Cuando volvamos a Londres no dejaré de hacerme con ellas.

Y Daldry se comprometió de inmediato a hacerle llegar algunos frascos.

– Es usted resueltamente vanguardista, querida -exclamó la embajadora-, una mujer que innova en los perfumes es muy valiente; el mundo de los negocios es tan masculino… Si se queda el tiempo suficiente en Turquía, tiene que venir a Ankara a visitarme, me aburro mortalmente -susurró sonrojándose por su confidencia-. Me hubiese gustado presentarle a mi marido; por desgracia, lo veo en plena discusión y me temo que continuará así toda la velada. Debo abandonarla, estoy encantada de haberla conocido.

La embajadora se reunió con otros comensales. La entrevista concedida a Alice no se le había escapado a nadie. Todos la miraban, lo que la hacía sentirse incómoda.

– ¡Pero qué idiota soy! ¿Cómo he podido dejar escapar una ocasión así? -dijo Daldry.

Alice no le quitaba ojo de encima a la embajadora, que conversaba entre un pequeño grupo de invitados. Soltó el brazo de Daldry y cruzó la sala, haciendo todo lo que podía por adoptar unos andares resueltos, a pesar de sus tacones.

Se unió al círculo que se había formado en torno a la embajadora y tomó la palabra.

– Lo lamento, señora, me imagino que falto a toda la consideración debida a su persona al tomarme la libertad de hablarle de manera tan directa, pero es necesario que me conceda una entrevista, no le llevará más que unos segundos.

Daldry miraba la escena pasmado.

– Es genial, ¿verdad? -susurró Can.

Daldry se sobresaltó.

– Menudo susto me ha dado, no le he oído llegar.

– Lo sé, lo he hecho adrede. Bueno, ¿está satisfecho con su guía? La recepción es una excepción, ¿no le parece?

– Me aburro mortalmente en esta clase de veladas.

– Eso es porque no le interesan los demás -respondió Can.

– Sabe que le he contratado como guía turístico y no como guía espiritual, ¿verdad?

– Creía que en la vida era un privilegio ser ingenioso.

– Me cansa, Can, le he prometido a Alice no tomar ni una gota de alcohol y eso me pone de muy mal humor, así que sea tan amable de no abusar de mi paciencia.

– Ni usted de la botella si quiere mantener su promesa.

Can se esfumó tan discretamente como había aparecido.

Daldry se acercó al bufet y se puso lo bastante cerca de Alice y de la embajadora como para espiar su conversación.

– Lamento sinceramente que la guerra se haya llevado a sus padres, y comprendo que sienta la necesidad de indagar en su pasado. Llamaré al servicio consular mañana mismo y pediré que hagan esa búsqueda por usted. ¿En qué año exactamente cree que vinieron a Estambul?

– No lo sé, señora, sin duda antes de mi nacimiento, pues mis padres no tenían a nadie a quien confiarme, aparte de mi tía tal vez, pero ella me habría hablado de ello. Mis padres se conocieron dos años antes de que yo viniera al mundo, me imagino que podrían haber hecho un viaje entre 1909 y 1910. Después de esas fechas, mamá no habría estado en condiciones de viajar, pues ya estaba embarazada.

– Esas búsquedas no deberían ser muy complicadas de efectuar, a condición de que la caída de un imperio y dos guerras no hayan hecho desaparecer los archivos que le interesan. Mi madre, quien desgraciadamente ya no está entre nosotros, me decía siempre: «El no ya lo tienes, hija mía, arriésgate a conseguir el sí.» Seamos eficaces, vamos a molestar a nuestro cónsul, voy a pedirle que la ayude y a cambio usted me dará el nombre de su modisto.

– Según la etiqueta del forro de mi vestido, se trata de un tal Christian Dior, señora.

La embajadora se juró retener ese nombre, cogió a Alice de la mano y se la presentó al cónsul, a quien le preguntó si podría ayudar a su amiga con una consulta que ésta tenía que hacerle. El cónsul prometió recibir a Alice al día siguiente por la tarde.

– Bueno -dijo la embajadora-, ahora que su asunto está en buenas manos, ¿me permite que vuelva a ocuparme de mis obligaciones?

Alice hizo una reverencia y se retiró.


*

– ¿Y bien? -preguntó Daldry tras acercarse a Alice.

– Tenemos cita con el cónsul mañana a la hora del té.

– Es desesperante, triunfa en todo en lo que yo fracaso. En fin, me imagino que sólo importa el resultado. Está contenta, supongo.

– Sí, todavía no sé cómo agradecerle todo lo que está haciendo por mí.

– ¿Podría empezar por levantarme el castigo y dejarme que beba una copita pequeña? Nada más que una, se lo prometo.

– Una sola, ¿tengo su palabra?

– De caballero -respondió Daldry, que escapaba ya hacia el bar.

Volvió con una copa de champán, que le ofreció a Alice, y un vaso rebosante de whisky.

– ¿A eso lo llama una copa? -le preguntó Alice.

– ¿Es que tengo dos? -respondió Daldry en flagrante delito de hipocresía.

La orquesta se puso a tocar un vals; a Alice le brillaron los ojos. Dejó su copa en la bandeja de un mayordomo y miró a Daldry.

– ¿Me concede un baile? Con el vestido que llevo, no puede negármelo.

– Es que… -balbuceó Daldry mirando su vaso.

– El whisky o Sissí, usted decide.

Daldry abandonó su vaso con pesar, cogió la mano de Alice y la llevó al salón de baile.

– Baila bien -dijo ella.

– Mi madre me enseñó a bailar vals, le encantaba; a mi padre le horrorizaba la música, así que bailar…

– Bueno, pues su madre fue una formidable profesora.

– Es el primer cumplido que recibo por su parte.

– Si quiere el segundo, el esmoquin le sienta de maravilla.

– Es gracioso, la última vez que llevé esmoquin me encontraba en una velada en Londres, muy aburrida, por cierto, en que me crucé con una antigua amiga a la que frecuentaba asiduamente unos años antes. Al verme, exclamó que el esmoquin me iba que ni pintado y que había estado a punto de no reconocerme. Deduje de ello que lo que llevaba habitualmente no debía de sentarme demasiado bien.

– ¿Ha tenido ya a alguien en su vida, Daldry, quiero decir, a alguien que haya contado mucho para usted?

– Sí, pero preferiría no hablar de ello.

– ¿Por qué? Somos amigos, puede hacerme una confidencia.

– Somos amigos desde hace poco, y todavía es pronto para hacerle esa clase de confidencias. Y más teniendo en cuenta que no me dejaría en buen lugar.

– ¡Así que fue ella la que le dejó! ¿Lo pasó muy mal?

– No lo sé, quizá, sí, eso creo.

– ¿Y todavía piensa en ella?

– Me pasa de vez en cuando.

– ¿Por qué ya no están juntos?

– Porque nunca lo llegamos a estar realmente, y además es una larga historia y me parecía haberle dicho que no quería hablar de ello.

– No he oído nada semejante -dijo Alice acelerando su paso de baile.

– Porque nunca me escucha; y, si continuamos dando vueltas a esta velocidad, voy a acabar pisándole los pies.

– Nunca he bailado con un vestido tan bonito, en medio de una sala tan grande, y todavía menos ante una orquesta tan majestuosa. Se lo suplico, demos vueltas tan rápido como sea posible.

Daldry sonrió y llevó a Alice por la sala de baile.

– Es usted una mujer extraña, Alice.

– Usted también, Daldry. ¿Sabe? Ayer, estaba paseando sola mientras usted dormía la borrachera y me topé con un pequeño cruce que le volvería loco. Al cruzarlo, me lo imaginé de inmediato pintándolo. Había una carreta tirada por dos caballos magníficos, unos tranvías que se entrecruzaban, una docena de taxis, un coche norteamericano antiguo, uno de esos de antes de la guerra, peatones por todos lados, e incluso una carretilla empujada por un hombre. Le habría encantado.

– ¿Ha pensado en mí al pasar por un cruce? Es encantador lo que le inspira una encrucijada.

El vals terminó, y los invitados aplaudieron a los músicos y los bailarines. Daldry se dirigió hacia el bar.

– No me mire así, la otra copa no contaba, apenas he tenido tiempo de mojarme los labios. Bueno, de acuerdo, una promesa es una promesa. Es usted imposible.

– Tengo una idea -dijo Alice.

– Me temo lo peor.

– ¿Y si nos vamos?

– No tengo nada en contra de eso, pero ¿adónde quiere ir?

– A caminar, a pasear por la ciudad.

– ¿Con esta ropa?

– Precisamente, sí.

– Está más loca de lo que pensaba, pero si eso le complace, ¿por qué no?

Daldry recogió los abrigos del guardarropa. Alice lo esperaba en lo alto de la escalinata.

– ¿Quiere que lo lleve a ver ese célebre cruce? -propuso Alice.

– De noche estoy seguro de que no tendrá el mismo atractivo; reservémonos ese placer para cuando haya luz. Mejor caminemos hasta el funicular y bajemos hacia el Bósforo por la parte de Karaköy.

– Ignoraba que conocía tan bien la ciudad.

– Yo también, pero durante el tiempo que he pasado en mi habitación estos dos últimos días, he hojeado tantas veces la guía turística que había sobre mi mesilla que he terminado por aprendérmela casi de memoria.


Bajaron las callejuelas de Beyoglu hasta la estación del funicular que unía el barrio con Karaköy. Al llegar a la placita de Tünel, Alice suspiró y se sentó en el parapeto de piedra.

– Olvidémonos del paseo a orillas del Bósforo y vayamos a instalarnos en el primer café que veamos; le levanto el castigo, podrá beber lo que quiera. Veo uno, todavía un poco lejos para mi gusto, pero probablemente sea el más cercano.

– ¿Qué me está contando? ¡Si está a cincuenta metros…! Y, además, me parece más divertido coger ese funicular, es uno de los más antiguos del mundo. Espere un minutito, ¿le he oído decir que me levantaba el castigo? ¿De dónde viene esa repentina generosidad? Sus zapatos la están martirizando, ¿verdad?

– Recorrer estas calles adoquinadas con tacones es como una tortura china.

– Apóyese en mi hombro. Luego volveremos en taxi.


El ambiente en la pequeña cafetería contrastaba radicalmente con el del inmenso salón del consulado. Allí se jugaba a las cartas, se reía y se cantaba, se brindaba por la amistad, por la salud de un conocido, por el día que estaba acabando, por la promesa de un mañana en que los negocios serían más provechosos, se brindaba por el invierno, particularmente templado ese año, por el Bósforo, que hacía latir el corazón de la ciudad desde hacía siglos, se refunfuñaba contra los barcos de vapor que se quedaban demasiado tiempo en el muelle, contra el coste de la vida, que no cesaba de aumentar, contra los perros vagabundos que invadían las afueras, contra el ayuntamiento, porque habían quemado otra vez un konak y porque el patrimonio se esfumaba por culpa de los promotores sin vergüenza; luego se brindaba de nuevo. Por la fraternidad. Por el gran bazar que los turistas volvían a frecuentar.

Los hombres abandonaron un instante sus partidas de cartas al ver entrar a dos extranjeros en traje de etiqueta. Daldry los obvió completamente, escogió una mesa bien a la vista y pidió dos rakis.

– Todo el mundo nos mira -susurró Alice.

– Todo el mundo la mira, querida, haga como si nada y beba.

– ¿Cree que mis padres se pasearon por estas callejuelas?

– ¿Quién sabe? Es muy posible, quizá lo sepamos mañana.

– Me gusta imaginarlos aquí a ambos, visitando la ciudad, me gusta la idea de seguir sus pasos. Quizá ellos también se quedaron maravillados al contemplar la vista desde los altos de Beyoglu, quizá pisaron los adoquines de las callejuelas que hay alrededor de las antiguas viñas de Pera, quizá pasearon de la mano a orillas del Bósforo… Lo sé, es una tontería, pero los echo de menos.

– No es ninguna tontería. Voy a hacerle una confidencia: echo de menos no poder reprocharle a mi padre todos los problemas de mi vida. Nunca me he atrevido a preguntárselo, pero ¿cómo…?

– ¿Cómo murieron? Fue un viernes por la tarde, en septiembre de 1941, concretamente el día cinco. Como todos los viernes, había bajado a cenar con ellos. En esa época, yo vivía en un estudio encima de su apartamento. Conversaba con mi padre en el salón, mi madre descansaba en su habitación, estaba indispuesta, un mal resfriado. Las sirenas comenzaron a chillar. Papá me ordenó que fuese a los refugios, iba a ayudar a mamá a vestirse y me prometió que se reunirían conmigo de inmediato. Quería quedarme para ayudarlo, pero me suplicó que me fuese, yo debía encontrar un sitio en el refugio donde instalar a mamá si la alerta se prolongaba. Le obedecí. La primera bomba estalló cuando cruzaba la calle, tan cerca que su onda expansiva me lanzó contra el suelo. Cuando volví en mí y me di la vuelta, nuestro edificio estaba en llamas. Después de la cena, había tenido ganas de ir a la habitación de mi madre para darle un beso, pero no lo hice por miedo a despertarla. Nunca la volví a ver. Nunca pude decirles adiós. Ni siquiera los pude enterrar.

»Cuando los bomberos apagaron el incendio, recorrí las ruinas. No quedaba nada, ni el más mínimo recuerdo de la vida que habíamos compartido, nada de mi infancia. Me fui a vivir a casa de mi tía, en la isla de Wight, y me quedé allí hasta el final de la guerra. Me hizo falta tiempo antes de poder volver a Londres. Casi dos años. Vivía como una ermitaña en mi isla, conocía cada caleta, cada playa, cada colina. Y luego mi tía acabó espabilándome. Me obligó a visitar a mis amigos. Eran lo único que me quedaba en el mundo. Ganamos la guerra, construyeron un nuevo edificio, las huellas del drama se borraron, como la existencia de mis padres y la de tantos otros. Los que viven allí ahora no pueden saberlo, la vida se impone de nuevo.

– De veras que lo lamento -murmuró Daldry.

– Y usted, ¿qué hacía durante la guerra?

– Trabajaba en un servicio de la intendencia de armas. No era apto para ir al frente, por culpa de una fea tuberculosis que dejó sus huellas en mis pulmones. Me puse furioso, hasta sospechaba que mi padre había utilizado su influencia ante los médicos militares para enviarme a la reserva. Había luchado en cuerpo y alma para que me llamaran a filas y finalmente logré acabar en un servicio de información, en el MI-44.

– Entonces, por lo menos participó -dijo Alice.

– En las oficinas, no fue para tirar cohetes. Pero deberíamos cambiar de conversación, no quiero estropear esta noche; es culpa mía, no debería haber sido indiscreto.

– Soy yo quien ha comenzado a hacer preguntas indiscretas. De acuerdo, hablemos de cosas más alegres. ¿Cómo se llamaba ella?

– ¿Quién?

– La mujer que le dejó y le hizo sufrir.

– ¡Tiene una opinión muy particular de lo que es alegre!

– ¿Por qué tanto misterio? ¿Era mucho más joven que usted? Venga, dígamelo, ¿rubia, pelirroja o morena?

– Verde, era completamente verde con grandes ojos saltones, pies inmensos y muy peludos. Ésa es la razón por la que no consigo olvidarla. Bueno, si me hace una pregunta más sobre ella, me permito otro vaso de raki.

– Pida dos, ¡brindaré con usted!


*

La cafetería cerraba, era muy tarde y ningún taxi ni dolmus circulaba por las callejuelas cercanas a la plaza de Tünel.

– Déjeme pensar, debe de haber alguna solución -dijo Daldry mientras el ventanal se apagaba detrás de ellos.

– Podría volver caminando con las manos, pero correría el riesgo de estropear mi vestido -sugirió Alice intentando dar una voltereta lateral.

Daldry la cogió justo antes de que se cayera.

– Pero si está completamente borracha, madre mía.

– No exageremos, un poco achispada, se lo concedo, pero borracha, eso son palabras mayores.

– ¿Oye? Ni siquiera es ya su voz, parece una verdulera.

– Bueno, pues es bonito eso de vender verdores, dos pepinos, un pimiento y un verde esmeralda, ¡hale! Le peso todo, mi buen caballero, y se le dejo a precio de mercado más un diez por ciento. Con eso apenas me le cubre el transporte, pero tiene una cara bonita y además quería irme ya -dijo Alice con un acento popular tan marcado que casi hubiese pasado por cockney.

– Cada vez mejor. ¡Está borracha perdida!

– No está en absoluto borracha y con las que se ha pillado desde que estamos aquí desde que estamos aquí, no es el más indicado para darme lecciones, ¿verdad? ¿Dónde está?

– Justo a su lado… ¡Al otro lado!

Alice giró sobre su izquierda.

– Ah, ¡otra vez aquí! ¿Vamos a pasearnos a orillas del río? -dijo apoyándose en una farola.

– Lo dudo, el Bósforo es un estrecho y no un río.

– Mejor, me duelen los pies. ¿Qué hora es?

– Deben de ser más de las doce, y esta noche, de forma excepcional, no es la carroza sino la princesa la que se transforma en cabezota, digo, en calabaza.

– No tengo ganas de volver, me gustaría regresar al consulado para bailar un poco más… ¿Qué ha dicho de una calabaza?

– ¡Nada! Bueno, a grandes males, grandes remedios.

– ¡¿Qué está haciendo?! -chilló Alice cuando Daldry la levantó para llevarla al hombro.

– La llevo al hotel.

– ¿Va a transportarme a la puerta en una funda?

– Si lo desea -respondió Daldry levantando los ojos al cielo.

– Pero no quiero que me deje junto al conserje, eh, ¿prometido?

– Por supuesto, y ahora nos callamos hasta que lleguemos.

– Hay un cabello rubio en el esmoquin, en la espalda, me pregunto cómo ha llegado ahí. Y, además, creo que mi sombrero acaba de caerse -masculló Alice antes de dormirse.

Daldry se volvió y vio cómo el fieltro rodaba callejuela abajo antes de acabar su carrera en la alcantarilla.

– Me temo que tendremos que comprar otro -refunfuñó.

Le esperaba una enorme cuesta hasta el hotel. Comenzó a caminar. El aliento de Alice le hacía unas cosquillas terribles en la oreja, pero no podía hacer nada contra eso.


*

Al verlos llegar así, el conserje del Pera Palace se sobresaltó.

– La señorita está muy cansada -dijo Daldry dignamente-; si pudiese darme mi llave y la de ella…

El conserje le ofreció su ayuda, pero Daldry la rechazó.

Ethan extendió a Alice sobre su cama, le quitó los zapatos y la cubrió con una manta. Luego corrió las cortinas, la miró dormir un instante antes de apagar la luz, y salió.


*

Se paseaba con su padre, le hablaba de sus proyectos. Iba a comenzar la ejecución de un gran lienzo que representase los vastos campos de lúpulo que bordeaban la propiedad. A su padre le parecía una muy buena idea. Habría que acercar el tractor para hacer que apareciese en el cuadro. Acababa de comprar uno completamente nuevo, un Fergusson trasladado de Norteamérica en barco. Daldry estaba perplejo, se había imaginado espigas inclinadas por el viento, una inmensidad amarilla en medio de la obra que contrastase con los degradados de azules que apareciesen en el cielo. Pero su padre parecía tan contento de que su tractor nuevo ocupase un puesto de honor… Había que pensar en ello, quizá representarlo en la parte de abajo del lienzo mediante una coma roja, rematada por un punto negro que simbolizaría al granjero.

Un campo de lúpulo con un tractor bajo el cielo, era realmente una buena idea. Su padre le sonreía y lo saludaba, su rostro aparecía en medio de unas nubes. Sonó un timbre, un extraño timbre que insistía e insistía de nuevo…


De un sueño en la campiña inglesa, el teléfono llevó a Daldry a la palidez del día en su habitación de hotel en Estambul.

– ¡Por Dios! -suspiró incorporándose en su cama.

Se volvió hacia la mesilla de noche y descolgó el auricular.

– Al habla Daldry.

– ¿Dormía?

– Ya no…, a menos que continúe la pesadilla.

– ¿Le he despertado? Lo siento -se disculpó Alice.

– No lo sienta, iba a pintar un cuadro que habría hecho de mí uno de los maestros del paisajismo de la segunda mitad del siglo XX, era preferible que me despertase lo antes posible. ¿Qué hora es en Estambul?

– Casi mediodía. Yo también me acabo de levantar, ¿tan tarde llegamos?

– ¿Realmente quiere que le recuerde cómo acabó la noche?

– No me acuerdo de nada. ¿Qué le parecería comer en el puerto antes de nuestra visita en el consulado?

– Un gran tazón de aire no puede hacernos daño. ¿Qué tiempo hace? Todavía no he descorrido las cortinas.

– La ciudad está inundada de luz -respondió Alice-, dese prisa en prepararse y nos encontraremos en el vestíbulo.

– La esperaré en el bar, necesito un buen café.

– ¿Quién le dice a usted que llegará antes que yo?

– Estará de broma, ¿no?


*

Al bajar la escalera, Daldry vio a Can sentado en una silla del vestíbulo, con los brazos cruzados. El guía lo miraba fijamente.

– ¿Lleva mucho tiempo aquí?

– Desde las ocho de esta mañana, le dejo que eche cuentas, excelencia.

– Lo siento, no sabía que teníamos una cita.

– Es normal que me aparezca en mi trabajo por la mañana; ¿su excelencia recuerda que ha solicitado mis servicios?

– Dígame, ¿va a continuar llamándome así mucho tiempo? Raya en lo ridículo y es irritante.

– Solamente cuando esté enfadado con usted. Había organizado una cita con otro perfumista, pero es pasado mediodía…

– Voy a tomarme un café, luego nos peleamos -respondió Daldry, y abandonó a Can.

– ¿Tiene alguna instancia en particular que atender el resto del día, excelencia? -gritó Can a su espalda.

– ¡Que me deje en paz!

Daldry se instaló en la barra, incapaz de apartar la mirada de Can, que se paseaba arriba y abajo en el vestíbulo. Abandonó su taburete y volvió con él.

– No quería ser desagradable. Para que me perdone, le doy el resto del día libre. De todas formas, había previsto llevar a la señorita Alice a comer y luego tenemos cita en el consulado. Vuelva con nosotros aquí mañana, a una hora decente, hacia mediodía, e iremos a encontrarnos con su perfumista.

Y, después de haberse despedido de Can, Daldry regresó al bar.

Alice se lo encontró allí un cuarto de hora más tarde.

– Lo sé -dijo antes incluso de que abriera la boca-, he llegado el primero, pero no voy a colgarme ninguna medalla, usted no tenía ninguna posibilidad.

– Estaba buscando mi sombrero, eso es lo que me ha retrasado.

– ¿Y lo ha encontrado? -preguntó Daldry con la mirada llena de malicia.

– ¡Por supuesto que sí! Está guardado a buen recaudo en mi armario, encima del estante.

– ¡Mira por dónde, me deja maravillado! Entonces, ¿todavía está dispuesta a que comamos a orillas del agua?

– Cambio de planes. Venía a buscarlo. Can espera en el vestíbulo, nos ha organizado una visita al gran bazar, es un guía encantador. Estoy loca de contenta, soñaba con ir. Dese prisa -dijo-, lo espero fuera.

– Yo también tengo muchas ganas de ir -masculló Daldry apretando los dientes cuando Alice se alejaba-. Con un poco de suerte podré encontrar un rincón tranquilo donde estrangular a ese guía.

Al bajar del tranvía, se dirigieron hacia el costado norte de la mezquita de Beyazit. Al final de una plaza tomaron por una callecita estrecha, con libreros y grabadores a los lados. Llevaban ya una hora rebuscando en las avenidas del gran bazar y Daldry no había dicho todavía ni una palabra. Alice, radiante, prestaba mucha atención a las anécdotas de Can.

– Es el mercado cubierto más grande y más antiguo del mundo -afirmó con orgullo el guía-. La palabra «bazar» procede del árabe. Antaño, lo llamaban Bedesten, porque bedes quiere decir «lana» en árabe, y era aquí el sitio donde se vendía la lana.

– Y yo soy la ovejita que sigue a su pastor -masculló Daldry.

– ¿Ha dicho algo, excelencia? -preguntó Can volviéndose.

– Nada en absoluto, le escuchaba religiosamente, querido -respondió Daldry.

– El antiguo Bedesten está en el centro del gran bazar, pero ahora se encuentran allí tiendas de armas antiguas, viejos bronces y una porcelana que es una excepción. En su origen estaba completamente construido con madera. Pero desafortunadamente ardió a principios del siglo XVIII. Es casi una ciudad a cielo cubierto por grandes cúpulas, las descubrirá al levantar la mirada y no mirando mal a nadie, ¡no sé si alguien entiende lo que quiero decir! Encontrarán aquí joyas, pieles, alfombras, objetos de arte, muchas imitaciones por supuesto, pero también algunas piezas grandiosas para un ojo de especialista que se ponga a rebuscar entre…

– Esta auténtica leonera -refunfuñó de nuevo Daldry.

– Pero ¿ahora qué es lo que le pasa? -protestó Alice-. Lo que nos está explicando es apasionante, está usted de un humor espantoso.

– Ni mucho menos -replicó Daldry-. Tengo hambre, eso es todo.

– Les harían falta dos días largos para explorar todas las callejuelas -añadió Can, impasible-. A fin de facilitarles una caminata de unas horas, sepan que el bazar se divide en suburbios muy bien cuidados. Incluso podemos ir a comer a un lugar excelente, ya que encontraremos en él los únicos alimentos susceptibles de apasionar a su excelencia.

– Qué extraña manera tiene de llamarle. Fíjese, «excelencia» le pega mucho, y es hasta gracioso, ¿no le parece? -susurró Alice al oído de Daldry.

– No, no mucho, pero ya que parece divertirles a los dos, no me gustaría aguarles la fiesta haciéndoles suponer ni por un segundo que su ironía puede afectarme.

– ¿Ha ocurrido algo entre ustedes? Parecen llevarse como el perro y el gato.

– ¡En absoluto! -respondió Daldry como un niño castigado en la esquina de la clase.

– ¡Tiene usted un carácter del demonio! Can está totalmente a nuestra disposición. Si tiene tanta hambre, vayamos a comer. Renuncio a este paseo si eso puede ayudar a que recupere la sonrisa.

Daldry se encogió de hombros y aceleró el paso, distanciándose de Can y de Alice.

Alice se detuvo ante una tienda de instrumentos de música; una vieja trompeta de cobre había atraído su atención. Le pidió permiso al comerciante para mirarla con más detenimiento.

– Armstrong tenía la misma -dijo el vendedor rebosante de alegría-. Una pieza única; yo no sé tocar, pero un amigo la ha probado y quiere comprarla a toda costa, es un producto magnífico -añadió.

Can examinó el instrumento y se inclinó hacia Alice.

– Es una imitación. Si quiere comprar una buena trompeta, conozco el lugar que le hace falta. Deje ésta y sígame.

Daldry miró al cielo al ver cómo Alice seguía a Can, atenta a los consejos que le daba.

Can la acompañó a otra tienda de instrumentos de música en la callejuela vecina. Le pidió al comerciante que le mostrase a su amiga los mejores modelos, siempre y cuando no fueran caros. Alice, sin embargo, ya había visto una trompeta en una vitrina.

– ¿Es una Selmer de verdad? -preguntó sosteniéndola en las manos.

– Es totalmente auténtica, pruébela si lo duda.

Alice inspeccionó la corneta.

– Una Sterling Silver de cuatro pistones, ¡debe de ser carísima!

– No es exactamente así como hay que negociar las cosas en el bazar, señorita -dijo el vendedor, riéndose de buena gana-. También tengo una Vincent Bach que ofrecerle, la Stradivarius de las trompetas, la única de este tipo que encontrará en Turquía.

Pero Alice no tenía ojos sino para la Selmer. Se acordaba de Anton, que se pasaba las horas frente a un escaparate de Battersea contemplando ese mismo modelo bajo el frío, como un apasionado de los automóviles se queda embobado delante de un Jaguar cupé o de un coche italiano. Anton se lo había enseñado todo sobre las trompetas: la diferencia entre las de pistones y las de llaves, las lacadas y las plateadas, la forma en que las aleaciones influían en las sonoridades.

– Puedo vendérsela a un precio razonable -dijo el vendedor del bazar.

Can pronunció unas palabras en turco.

– A muy buen precio -rectificó el hombre-, los amigos de Can son mis amigos. Incluso le doy el estuche de regalo.

Alice pagó al vendedor y, ante un Daldry más circunspecto que nunca, se fue con su compra.

– No sabía que era experta en trompetas -dijo detrás de ella-. Parece que sabe del tema.

– Porque no lo sabe todo de mí -respondió Alice, burlona, acelerando el paso.

– Sin embargo, nunca la he oído tocar, y sabe Dios que nuestras paredes no son muy gruesas.

– Y usted no toca el piano, ¿verdad?

– Ya se lo he dicho, es la vecina de abajo. Bueno, ¿qué? ¿Me va a contar que sopla su instrumento en los puentes del ferrocarril para no molestar al vecindario?

– Creía que tenía hambre, Daldry, ¿no? Le hago esta pregunta porque veo delante de nosotros un pequeño garito, como le gusta llamarlos, que no tiene mala pinta en absoluto.

Can entró el primero en el restaurante y, desafiando a la cola de clientes que esperaban impacientemente su turno, les consiguió una mesa de inmediato.

– ¿Es usted accionista del bazar o su padre era el fundador? -preguntó Daldry sentándose.

– ¡Simplemente un guía, excelencia!

– Lo sé, el mejor de Estambul…

– Me conmueve que me lo resepa por fin sinceramente. Voy a pedir por ustedes, el tiempo pasa y tienen dentro de poco la cita en el consulado -respondió Can, y se dirigió hacia la barra.


9

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El consulado había recuperado el aspecto de los días ordinarios; los ramos ornamentales habían desaparecido, habían guardado los candelabros de cristal, y las puertas que daban a la sala de recepción estaban cerradas.

Tras pedirles el pasaporte, un militar en uniforme de gala condujo a Alice y a Daldry al primer piso del edificio neoclásico. Cruzaron por un largo pasillo y esperaron a que un secretario fuera a recibirlos.

Entraron en la oficina del cónsul; el hombre tenía una apariencia severa, pero una voz agradable.

– Así que, señorita Pendelbury, es usted amiga de su excelencia.

Alice se volvió hacia Daldry.

– No habla de mí -le susurró al oído-, esta vez se refiere al embajador.

– Sí -balbuceó Alice dirigiéndose al cónsul.

– Para que la mujer de su excelencia requiera de mí una cita en tan breve plazo, deben de ser muy allegadas. ¿En qué puedo serle útil?

Alice le explicó su búsqueda; el cónsul la escuchó mientras rubricaba las hojas de un expediente que se encontraba en su escritorio.

– Suponiendo, señorita, que sus padres hubieran efectuado una solicitud de visados, serían las autoridades otomanas de la época las concernidas, y no nosotros. Aunque antes de la proclamación de la república nuestro consulado fue una gran embajada, no veo ninguna razón para que ese expediente se haya tramitado aquí. Sólo el Ministerio de Asuntos Exteriores turco podría haber conservado en sus archivos los documentos que le interesan. Y dudo, suponiendo que esa clase de papeleo haya sobrevivido a una revolución y a dos guerras, que acepten emprender búsquedas tan enojosas.

– A menos -dijo Daldry- que el consulado hiciera una búsqueda particular junto a las antedichas autoridades, insistiendo en el hecho de que la solicitud procede de una amiga muy cercana a la mujer del embajador de Inglaterra. Se quedaría estupefacto al descubrir que, a veces, el deseo de complacer a un país amigo que además es socio comercial puede mover montañas. Sé de lo que hablo, pues yo mismo tengo un tío cercano consejero de nuestro ministro de Asuntos Exteriores, de quien depende su consulado, si no me equivoco. Un hombre encantador, por cierto, y que me profesa un afecto sin límites desde la desaparición brutal de su hermano, mi muy añorado padre. Tío al que no dejaré de señalar la ayuda preciosa que me habrá prestado, insistiendo en la eficacia de la que habrá hecho prueba. He perdido el hilo de mi frase -dijo Daldry, pensativo-. En resumen, lo que quería decir…

– Creo haber comprendido sus palabras, señor Daldry. Voy a contactar con los servicios competentes, y haré todo lo que pueda para que les proporcionen la información que desean. Sin embargo, no sean demasiado optimistas, dudo que una simple solicitud de visado haya estado archivada durante tanto tiempo. ¿Decía, pues, señorita Pendelbury, que la llegada hipotética de sus padres a Estambul se situaría entre 1900 y 1910?

– Exactamente -respondió Alice, roja de confusión ante lo caradura que podía llegar a ser Daldry.

– Aprovechen esta estancia entre nosotros, la ciudad es magnífica; si obtengo cualquier resultado, les haré llegar un mensaje a su hotel -les prometió el cónsul acompañando a sus invitados a la puerta de su despacho.

Alice le agradeció su diligencia.

– Me imagino que su tío, al ser hermano de su padre, se apellida también Daldry -dijo el cónsul al estrecharle la mano a Daldry.

– No exactamente -respondió este último con aplomo-. Figúrese, como artista elegí el apellido de mi madre, que me parecía más original. Mi tío se apellida Finch, como mi difunto padre.

Al salir del consulado, Alice y Daldry se volvieron al hotel para tomarse ese té que el cónsul no les había ofrecido.

– De verdad, ¿el apellido de su madre es Daldry? -le preguntó Alice al instalarse en el salón del bar.

– En absoluto, y no hay ningún Finch en nuestra familia, pero, en cambio, siempre se puede encontrar usted uno empleado en un ministerio o en una administración. Es un patronímico enormemente extendido.

– ¡No le tiene usted miedo a nada!

– Debería felicitarme, hemos llevado a buen puerto y con eficacia nuestro asunto, ¿no le parece?


*

El karayel se había levantado por la noche; el viento de los Balcanes llevaba nieve consigo, lo que puso fin a la particular suavidad de ese invierno.

Cuando Alice abrió los ojos, las aceras tenían la misma blancura que las cortinas de percal que colgaban de la ventana de su habitación y los tejados de Estambul se parecían a los de Londres. La tempestad que soplaba le impedía salir, ya prácticamente no se veía el Bósforo. Después de tomar el desayuno en el salón restaurante del hotel, Alice subió a la habitación y se instaló en el escritorio, en el que tenía la costumbre de escribir una carta casi a diario.


Anton:

Últimos días de enero. Ha llegado el invierno, que hoy nos da nuestros primeros instantes de descanso. Ayer conocí a nuestro cónsul, me ha dado pocas esperanzas sobre las probabilidades de saber si mis padres vinieron hasta aquí. No te oculto que me cuestiono sin cesar el sentido de mi búsqueda. A menudo me pregunto si son las predicciones de una vidente y el sueño de descubrir un nuevo perfume lo que me han alejado realmente de Londres, o si eres tú. Si te estoy escribiendo esta mañana de Estambul es porque te echo de menos. ¿Por qué te he ocultado este cariño particular que siento por ti?

A lo mejor porque tenía miedo de poner nuestra amistad en peligro. Desde la desaparición de mis padres, eres lo único que me vincula a esa parte de mi vida. Nunca olvidaré tus cartas, que recibía cada martes durante esos largos meses en los que me refugié en la isla de Wight.

Querría que me escribieras, leer tus novedades, saber cómo pasan tus días. Los míos son alegres en su mayoría. Daldry es un niño insufrible, pero también un verdadero caballero. Y, además, esta ciudad es bella, la vida apasionante y la gente generosa. He encontrado en el gran bazar algo que te va a gustar, no te digo más, esta vez me he jurado que lograría guardar el secreto. Cuando vuelva iremos a dar una vuelta a orillas del Támesis y tocarás para mí…


Alice levantó el bolígrafo, mordisqueó el capuchón y tachó las últimas palabras hasta dejarlas ilegibles.


Iremos a dar una vuelta por los muelles del Támesis y me contarás todo lo que te ha pasado mientras estuve tan lejos de Londres.

No creas que me he ido sólo a hacer de turista; avanzo en mis obras, o más bien alimento nuevos proyectos. En cuanto el tiempo lo permita, volveré al mercado de especias. La noche anterior decidí poner a punto nuevas fragancias para perfumar el interior de las casas. No te burles de mí, la idea no me pertenece, se me ha ocurrido gracias a ese artesano del que te hablé en una carta anterior. Ayer, justo antes de dormirme, volvía a pensar en mis padres, y a cada recuerdo estaba ligada una sensación olfativa. No te hablo ahora de la colonia de mi padre o del perfume de mi madre, sino de otros muchos aromas. Cierra los ojos y acuérdate de esos olores de la infancia: el cuero de tu cartera; el olor a tiza, incluso el de la pizarra cuando el profesor te castigaba a repetir una frase en ella; el de la leche con chocolate que tu madre preparaba en la cocina. En mi casa, en cuanto mamá cocinaba, olía a canela, la ponía en casi todos los postres. Con el recuerdo de mis inviernos, vuelve hasta mí el olor de la leña que mi padre recogía en el bosque y que quemaba en la chimenea; con el recuerdo de los días de primavera, el perfume de las rosas silvestres que le regalaba a mi madre y que olían en el salón. Mamá me decía siempre: «Pero ¿cómo consigues oler todo eso?» Nunca comprendió que cada instante de mi vida estaba marcado con esos olores particulares, que eran mi lenguaje, mi forma de aprehender el mundo que me rodeaba. Y perseguía los olores de las horas que pasaban, igual que otros se conmueven viendo cómo cambian los colores con la luz. Distinguía docenas de notas: las de la lluvia que cae por las hojas y se mezcla con el musgo de los árboles, empapando, en cuanto el sol exalta el olor de los bosques; las de la hierba seca en verano; las de la paja de los graneros adonde íbamos a escondernos; incluso las del montón de estiércol adonde me empujaste…; y esa lila que me regalaste cuando cumplí dieciséis años.

Podría recordarte muchas cosas de nuestra adolescencia y de nuestras vidas adultas nombrándote los perfumes que me vienen a la cabeza. ¿Sabes, Anton, que tus manos tienen una nota a pimienta, una mezcla de cobre, de jabón y de tabaco?

Cuídate, Anton, espero que me eches un poco de menos.

Te escribiré de nuevo la semana que viene.

Un beso,

ALICE


*

El día después de la tormenta, la lluvia, que seguía cayendo, había borrado la nieve. Los siguientes días, Can les enseñó a Alice y a Daldry diferentes monumentos de la ciudad. Visitaron el palacio de Topkapi, la mezquita Süleymaniye, las tumbas de Solimán y de Roxelana, se pasearon durante horas por las calles animadas alrededor del puente Gálata, recorrieron las avenidas del bazar egipcio. En el bazar de las especias, Alice se detenía ante cada puesto, olfateando los polvos, las decocciones de flores secas, los frascos de perfume. Por primera vez desde que comenzó el viaje, Daldry se mostró maravillado ante un monumento, en este caso las maravillosas lozas de Nicea de la mezquita Rüstem Pasa, y luego también ante los frescos de la antigua iglesia de San Salvador. Al recorrer las callejuelas de un antiguo barrio donde las casas de madera habían resistido a los grandes incendios, Alice se sintió incómoda y quiso alejarse. Le hizo a Daldry subir corriendo a lo alto de la torre genovesa que había visitado sin él. Pero el momento más bonito fue, desde luego, cuando Can la llevó al pasaje de las flores y su mercado cubierto, donde Alice quiso pasar el día entero. Comieron en uno de los numerosos chiringuitos del barrio. El jueves, fue la visita al barrio de Dolmabahçe, el viernes al de Eyüp, en pleno Cuerno de Oro. Después de haber admirado la tumba del compañero del Profeta, subieron los escalones hasta el cementerio y se concedieron una pausa en el café Pierre Loti. Desde las ventanas de la vieja casa a la que el escritor francés iba a descansar, se veía por encima de las tumbas otomanas el gran horizonte que dibujaban las orillas del Bósforo.

Esa misma tarde, Alice le confió a Daldry que tal vez era el momento de pensar en volver a Londres.

– ¿Quiere abandonar?

– Nos hemos equivocado de estación, querido Daldry. Tendríamos que haber esperado a que la vegetación floreciese para emprender nuestro viaje. Y si quiero poder reembolsarle algún día todos los gastos que ha invertido, más vale que vuelva a mi mesa de trabajo cuanto antes. He hecho, gracias a usted, un viaje extraordinario y volveré con la cabeza llena de ideas nuevas, pero ahora es necesario que las plasme.

– No son sus perfumes lo que nos ha traído hasta aquí, lo sabe muy bien.

– No sé lo que me ha conducido aquí, Daldry. ¿Las predicciones de una vidente? ¿Mis pesadillas? ¿Su insistencia y la oportunidad de escapar de mi vida durante un tiempo? He querido creer que mis padres habían estado en Estambul; la impresión de andar tras sus pasos me acercaba a ellos, pero no tenemos ninguna noticia del cónsul. Tengo que madurar, Daldry, aunque me resista con todas mis fuerzas a esa necesidad, y usted también debería hacerlo.

– No estoy de acuerdo. Reconozco que tal vez hayamos sobrevalorado la pista del cónsul, pero piense en esa vida que le prometió la vidente, en ese hombre que la espera al final del camino. Y yo le he hecho la promesa de llevarla hasta él, o al menos hasta el segundo eslabón de la cadena. Soy un hombre de palabra y mantengo mis promesas. Ni hablar de bajar los brazos frente a la adversidad. No hemos perdido el tiempo, más bien al contrario. Ha tenido nuevas ideas y otras más que se le ocurrirán, estoy seguro. Y, además, tarde o temprano acabaremos por encontrar esa segunda persona que nos llevará a la tercera y así sucesivamente…

– Daldry, seamos razonables, no le pido volver mañana mismo, sino empezar a pensar en ello.

– Está todo pensado, pero, puesto que me lo pide, pensaré en ello de nuevo.

La llegada de Can puso fin a su conversación. Era el momento de volver al hotel, su guía los llevaría esa misma noche al teatro a ver un ballet.

Y día tras día, yendo de iglesias a sinagogas, de sinagogas a mezquitas, de los antiguos cementerios silenciosos a las calles animadas, de los salones de té a los restaurantes donde cenaban cada noche, donde cada uno desvelaba por turnos un poco de su historia y algunas confidencias sobre su pasado, Daldry se reconciliaba cada vez más con Can. Se estableció una complicidad entre ellos en torno a un pícaro proyecto del que uno era el autor y el otro, a partir de ese momento, fue el cómplice.

El lunes siguiente, el conserje del hotel llamó a Alice, que volvía de un día muy apretado. Una estafeta consular había llevado a última hora de la mañana un telegrama a su nombre.

Alice lo cogió rápidamente y miró a Daldry, ansiosa.

– Bueno, venga, ábralo -le suplicó.

– Aquí no, vayamos al bar.

Se instalaron en una mesa al fondo de la sala y, con un gesto de la mano, Daldry despidió al camarero, que se acercaba para tomar nota.

– ¿Y bien? -dijo lleno de impaciencia.

Alice despegó el doblez del telegrama, leyó las pocas líneas que se encontraban en él y dejó el sobre encima de la mesa.

Daldry miraba a ratos a su vecina y a ratos el telegrama.

– Si leyera el contenido sin su autorización, resultaría indecoroso por mi parte, pero hacerme esperar un segundo más sería cruel por la suya.

– ¿Qué hora es? -preguntó Alice.

– Las cinco de la tarde -respondió Daldry exasperado-, ¿por qué?

– Porque el cónsul de Inglaterra no va a tardar en llegar.

– ¿El cónsul viene aquí?

– Es lo que anuncia en su mensaje; tendrá noticias que comunicarme.

– Bueno, pues, en ese caso, dado que la ha citado a usted -dijo Daldry-, no me queda más remedio que dejarles.

Daldry hizo como si fuese a levantarse, pero Alice le puso una mano sobre el brazo para invitarle a sentarse; no tuvo que insistir mucho.

El cónsul estaba en el vestíbulo del hotel. Vio a Alice y fue a su encuentro.

– Ha recibido mi sobre a tiempo -dijo quitándose el abrigo.

Se lo confió junto con su sombrero al camarero y tomó asiento en un sillón club entre Alice y Daldry.

– ¿Quiere beber algo? -preguntó Daldry.

El cónsul miró su reloj y aceptó con mucho gusto un bourbon.

– Tengo una cita justo al lado dentro de media hora. El consulado no está muy lejos y, como tenía novedades para usted, me he dicho que era tan simple como dárselas en persona.

– Le estoy muy agradecida -dijo Alice.

– Como presentía, no he obtenido ninguna información de nuestros amigos turcos. No vean en ello mala voluntad por su parte, un amigo que trabaja en la Sublime Puerta, el equivalente a nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores, me llamó anteayer para confirmarme que había emprendido todas las búsquedas posibles, pero que una solicitud de entrada en el territorio en tiempos del Imperio otomano… Duda incluso que la llegaran a archivar.

– Entonces, estamos en un callejón sin salida -dedujo Daldry.

– En absoluto -replicó el cónsul-. Le pedí por si acaso a uno de mis oficiales del servicio secreto que estudiase su asunto. Es un joven aprendiz, pero de una rara eficacia, y acaba de probarla una vez más. Se dijo que, con un poco de suerte, suerte para nosotros, evidentemente, uno de sus padres podría haber perdido su pasaporte en el transcurso de su estancia, o quizá se lo habrían robado. Estambul no es un remanso de paz hoy en día, pero la ciudad era todavía menos segura a principios de siglo. En resumen, si tal hubiera sido el caso, sus padres evidentemente se habrían dirigido a la embajada que ocupaba, antes de la revolución, la residencia actual del consulado.

– ¿Y les robaron los pasaportes? -preguntó Daldry con más impaciencia que nunca.

– Tampoco -respondió el cónsul haciendo tintinear los hielos en su vaso-. Pero sí que se dirigieron a la embajada en el transcurso de su estancia, y es que sus padres se encontraban en Estambul no en 1909 o en 1910, como suponía, sino a partir de finales de 1913. Su padre estudiaba Farmacología y vino a completar unas investigaciones sobre las plantas medicinales que se encuentran en Asia. Sus padres fijaron su domicilio en un pequeño piso en el barrio de Beyoglu. No lejos de aquí, por cierto.

– ¿Cómo se enteró de todo eso? -preguntó Daldry.

– No necesito recordarles el caos en el que cayó el mundo en agosto de 1914, ni la desafortunada decisión que tomó el Imperio otomano en noviembre de ese mismo año, cuando se aliaron a las potencias centrales y, por tanto, a Alemania. Al ser sus padres súbditos de su majestad, se encontraban ipso facto tras las filas de lo que el imperio consideraba entonces como el enemigo. Presintiendo los riesgos que su mujer y él podían correr, su padre pensó en notificar su presencia en Estambul ante su embajada, no sin la esperanza de que los repatriaran. Por desgracia, en esos tiempos de guerra viajar no carecía de riesgos, sino al contrario: tuvieron que aguardar todavía mucho tiempo antes de volver a Inglaterra. Pero, y eso es lo que nos ha permitido recuperar su rastro, se pusieron bajo la protección de nuestros servicios para poder refugiarse en la embajada en todo momento si llegaban a temer por su vida. Como saben, las embajadas siguen siendo, en cualquier circunstancia, territorios inviolables.

Mientras le escuchaba hablar, Alice palidecía, su rostro estaba tan lívido que Daldry acabó preocupándose.

– ¿Se encuentra bien? -le preguntó cogiéndole la mano.

– ¿Quiere que haga que llamen a un médico? -añadió en seguida el cónsul.

– No, no es nada -balbuceó-, prosiga, se lo ruego.

– En la primavera de 1916, la embajada de Inglaterra consiguió repatriar a un centenar de residentes haciéndolos embarcar secretamente a bordo de un carguero bajo pabellón español. España había permanecido neutral, el navío cruzó el estrecho de los Dardanelos y llegó sin contratiempos a Gibraltar. Allí hemos perdido el rastro de sus padres, pero su presencia atestigua que lograron volver a la madre patria sanos y salvos. Así que, señorita, a partir de ese momento sabe más que yo…

– ¿Qué sucede, Alice? -preguntó Daldry-. Parece conmocionada.

– Es imposible -balbuceó.

Sus manos se habían echado a temblar.

– Señorita -añadió el cónsul casi ofendido-, le ruego que crea seriamente en las informaciones que acabo de desvelarle…

– Ya había nacido -dijo ella-, me encontraba necesariamente con ellos.

El cónsul miró a Alice circunspecto.

– Si usted lo dice, pero me sorprende, no tenemos ningún rastro de usted en los registros y borradores que hemos consultado. Tal vez su padre no había informado de su existencia a nuestros servicios.

– ¿Su padre habría ido a buscar protección ante la embajada para su mujer y para él, y habría omitido informar de la presencia de su única hija? Me sorprendería mucho -intervino Daldry-. ¿Está seguro, señor cónsul, de que los niños aparecen en sus registros?

– Pero bueno, señor Daldry, ¿por quién nos toma? Somos un país civilizado. Por supuesto que los niños estaban inscritos con sus padres.

– Entonces -dijo Daldry volviéndose hacia Alice-, es posible que su padre haya decidido omitir voluntariamente su presencia por miedo a que esa repatriación se juzgase demasiado aventurada para un niño de corta edad.

– Desde luego que no -protestó vivamente el cónsul-. ¡Las mujeres y los niños primero! Tengo como prueba de ello que, entre las familias embarcadas a bordo de ese carguero español, había niños, y eran la prioridad.

– Entonces, no echemos a perder este momento preocupándonos por motivos que probablemente no se lo merezcan. Señor cónsul, no sé cómo agradecérselo, las informaciones que acaba de darnos superan con mucho nuestras expectativas…

– ¿Y no me acordaría de algo? -murmuró Alice interrumpiendo a Daldry-. ¿No guardaría ni el más mínimo recuerdo?

– No quiero ser indiscreto y mucho menos grosero, pero ¿qué edad tenía, señorita Pendelbury?

– Cumplí cuatro años el 25 de marzo de 1915.

– Y, por tanto, tenía cinco a comienzos de la primavera de 1916. Les profeso el mayor de los cariños a mis padres, les estaré agradecido toda la vida por la educación y el amor que me dieron, pero sería incapaz de acordarme de nada que se remonte a tan temprana edad -dijo el cónsul dando unas palmaditas en la mano de Alice-. Bueno, espero haber cumplido con mi misión y satisfecho su solicitud. Si puedo serles de utilidad en cualquier otra cosa, no duden en venir a visitarme, ya saben dónde se encuentra nuestro consulado. Ahora debo dejarles, voy a llegar tarde.

– ¿Recuerda su dirección?

– La anoté en un trozo de papel, imaginándome que me haría esa pregunta. Espere -dijo el cónsul rebuscando en el bolsillo interior de su chaqueta-, aquí está… Vivían muy cerca de aquí, en la antigua calle mayor de Pera, rebautizada calle de Isklital, y más exactamente en la segunda planta de ciudad Rumelia, está justo al lado de ese célebre pasaje de flores.

El cónsul besó la mano de Alice y se levantó.

– ¿Tendría la gentileza -dijo dirigiéndose a Daldry- de acompañarme hasta la puerta del hotel? Tengo dos cositas que decirle, nada importante.

Daldry se levantó y siguió al cónsul, quien se ponía el abrigo. Cruzaron el vestíbulo; el cónsul se detuvo delante de la recepción y se dirigió a Daldry.

– Mientras hacía esas búsquedas para su amiga he buscado, por curiosidad, la presencia de un Finch en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

– ¿Sí?

– Pues sí…, y el único empleado que responde al nombre de Finch es un aprendiz en la sección de correo; en ningún caso puede tratarse de su tío, ¿no es así?

– No lo creo, en efecto -respondió Daldry examinándose la punta de los zapatos.

– Eso es, en efecto, lo que me parecía a mí. Le deseo una agradable estancia en Estambul, señor Finch-Daldry -dijo el cónsul antes de cruzar precipitadamente la puerta giratoria.


10

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Daldry se había reunido con Alice en el bar. Ésta se pasó media hora observando el piano negro de la esquina del salón sin decir ni una palabra.

– Si lo desea, podríamos echar un vistazo mañana al edificio de ciudad Rumelia -sugirió Daldry.

– ¿Por qué nunca me hablaron de esa época?

– No tengo ni idea, Alice, ¿quizá querían protegerla? Tuvieron que vivir aquí momentos terriblemente angustiosos. Quizá fuesen para ellos recuerdos demasiado penosos para compartirlos. Mi padre participó en la Gran Guerra y nunca quiso hablar de ella.

– ¿Y por qué no me inscribieron en la embajada?

– Quizá lo hicieran y el empleado responsable del censo de residentes británicos no haya cumplido correctamente con su trabajo. Dado el caos que se vivió en esa época, quizá estaba superado por los acontecimientos.

– Eso son muchos «quizá», ¿no le parece?

– Sí, pero ¿qué más puedo decirle? No estábamos allí.

– Sí, precisamente yo sí estaba.

– Investiguemos si quiere.

– ¿Cómo?

– Preguntando entre el vecindario, ¿quién sabe si alguien se acordará de ellos?

– ¿Casi cuarenta años después?

– Quizá la suerte nos dé un empujoncito. Ya que hemos contratado al mejor guía de Estambul, pidámosle que nos ayude. Los días por venir prometen ser apasionantes…

– ¿Quiere recurrir a Can?

– ¿Por qué no? Por cierto, no debería tardar. Después del espectáculo podríamos invitarlo a cenar.

– Ya no tengo ganas de salir, vayan sin mí.

– No es una noche para dejarla sola. Va a rumiar mil y una hipótesis, y todas le van a provocar insomnio. Vamos a ver ese ballet y en el transcurso de la cena hablaremos con Can.

– No tengo hambre y no sería una compañía muy agradable. Se lo aseguro, necesito un poco de soledad, tengo que reflexionar sobre todo esto.

– Alice, no quiero minimizar en absoluto el hecho de que sus descubrimientos son perturbadores, pero no cuestionan nada fundamental. A sus padres, por lo que usted me ha dicho, nunca les ha faltado amor hacia usted. Por razones que les pertenecen, nunca compartieron con usted su estancia aquí. No hay en ello nada que deba entristecerle, parece tan derrotada que me va a dar una depresión.

Alice miró a Daldry y le sonrió.

– Tiene razón -dijo-, pero no sería buena compañía esta noche. Vaya a ver el espectáculo con Can, háganse compañía y cenen algo, le prometo que no dejaré que el insomnio me estropee la noche. Un poco de descanso, y mañana decidiremos si jugar a los detectives.

Can acababa de entrar en el vestíbulo. Golpeteó en la esfera de su reloj para indicarles a Alice y a Daldry que ya era hora de irse.

– Lárguese -dijo Alice al ver que Daldry titubeaba todavía.

– ¿Está segura?

Alice echó a Daldry con un gesto amistoso. Éste se volvió para decirle adiós y se reunió con Can.

– ¿La señorita Alice no se unifica a nosotros?

– No, en efecto, no se unifica a nosotros… Me parece que esta noche va a ser inolvidable -suspiró Daldry levantando la mirada al cielo.


*

Daldry durmió durante todo el segundo acto. Cada vez que sus ronquidos se volvían demasiado ruidosos, Can le daba un codazo y Daldry se sobresaltaba antes de volver a dar cabezadas.

Cuando cayó el telón sobre el escenario del antiguo teatro francés de Isklital, Can se llevó a Daldry a cenar al Régence, en el paseo del Olivo. La cocina era refinada. Daldry, más ávido que nunca, se relajó al tercer vaso de vino.

– ¿Por qué la señorita Alice no se ha unificado a nosotros? -preguntó Can.

– Porque estaba cansada -respondió Daldry.

– ¿Se le ha echado por encima?

– ¿Perdón?

– Le pregunto si se han pelado.

– Para su información, se dice echar encima, y no, no nos hemos peleado.

– Pues bien, entonces.

Pero Can no parecía convencido. Daldry llenó sus vasos y le habló de lo que el cónsul les había contado justo antes de que llegase a buscarlos al hotel.

– ¡Qué historia tan increíble! -exclamó Can-. ¿Y han sabido todo eso con la boca del cónsul? Entiendo que la señorita Alice se haya quedado tarumba. En su lugar, yo también lo estaría. ¿Qué piensa hacer?

– Ayudarla a verlo todo más claro, si es posible.

– Con Can nada es imposible en Estambul. Dígame cómo aclarar señoritas.

– Encontrar a alguien que conociese a sus padres podría ser un buen comienzo.

– ¡Es practicable! -exclamó Can-. Voy a investigar y encontraremos a alguien que se acordará, o alguien que conociese a alguien que se acordase.

– Haga todo lo que pueda, pero no le diga nada si no está seguro de que es verdad, ya está bastante afectada. Cuento con usted.

– Muy sensato, tiene razón, es inútil emburruñarlo todavía más.

– Como guía no digo nada, pero, amigo mío, creo que sobrevalora sus aptitudes como intérprete.

– ¿Puedo hacerle una pregunta? -preguntó Can bajando la mirada.

– Hágala de todas formas, ya veremos.

– ¿Hay algo de especie entre la señorita Alice y usted?

– Haga un esfuerzo…

– Quería decir algo especial entre ustedes.

– ¿Qué le importa a usted?

– Entonces, me acaba de responder.

– No, no acabo de responderle, ¡señor guía sabelotodo pero que no sabe nada!

– ¿Lo ve? He debido de palpar una fibra sensible, puesto que me rearaña.

– ¡No le rearaño por la sencilla razón de que eso no significa nada! Y no le regaño tampoco, porque no veo ninguna razón para hacerlo.

– En cualquier caso, todavía no ha respondido a mi pregunta.

Daldry le volvió a servir vino y se bebió su vaso de un trago. Can lo imitó de inmediato.

– Entre la señorita y yo no hay más que una simpatía recíproca; amistad, si lo prefiere.

– Menudo amigo es con la jugada que se dispone a hacerle.

– Nos hacemos un favor mutuo, ella necesitaba cambiar de vida y yo un estudio donde pintar; es un intercambio de favores, eso se hace entre amigos.

– Cuando los dos están al corriente del intercambio…

– Can, sus lecciones de moral me joden extremadamente.

– ¿Ella no le gusta?

– No es mi tipo de mujer y no soy su tipo de hombre. ¿Lo ve? Es una relación equilibrada.

– ¿Qué es lo que no le gusta de ella?

– Dígame, Can, ¿por casualidad no estará tanteando el terreno para ver si usted tiene alguna posibilidad?

– Sería absurdo y absqueroso hacer tal cosa -respondió Can claramente ebrio.

– Esta conversación es cada vez más absurda. Voy a formular las cosas de otra manera para que lleguen hasta su cerebro: ¿trata de insinuarme que Alice le tiene un poco tocado?

– Todavía no he empezado mi investigación, ¿cómo podría haber encontrado ya un tocado? Y, además, ¿qué es un tocado?

– Deje de tomarme por un imbécil y de jugar a no entender nada cuando le viene bien. Alice le gusta, ¿sí o no?

– Ahora con éstas. Perdone -se enfureció Can-, ¡pero he sido yo quien ha hecho la pregunta primero!

– Y yo le he respondido.

– Rotundamente no, ha aludido la respuesta.

– Ni siquiera me he hecho esa pregunta, ¡cómo quiere que le responda!

– ¡Mentiroso!

– No se lo consiento. Y, además, yo no miento jamás.

– A Alice sí.

– ¿Lo ve? Se ha traicionado, la ha llamado por su nombre de pila.

– ¿Que me haya olvidado de tratarla de señorita eso prueba algo? Es un despiste por mi parte, porque estoy un poco bebido de más.

– ¿Sólo un poco?

– ¡Usted no está en mejor estado que yo!

– Se lo concedo. Bueno, ya que estamos ebrios, ¿estaría dispuesto a realizar un viaje hasta el fin de la noche?

– ¿Dónde está su fin de la noche?

– Al fondo de la próxima botella que voy a pedir, o de la siguiente, todavía no puedo prometerle nada.

Daldry pidió un coñac añejo para los dos.

– Si me enamorase de una mujer como ella -añadió levantando su vaso-, la única prueba de amor que podría ofrecerle sería irme lo más lejos posible, aunque tuviera que huir al fin del mundo.

– No comprendo en qué sería eso una prueba de amor.

– Porque le ahorraría conocer a un tipo como yo. Soy un solitario, un soltero empedernido, con sus costumbres y sus manías. Me horroriza el ruido, y ella es muy ruidosa. Yo necesito mi espacio, y ella vive enfrente de mi casa. Y, además, los mejores sentimientos acaban por desgastarse, todo se degrada. No, créame, en una historia de amor hace falta saber irse antes de que sea demasiado tarde; en mi caso, «antes de que sea demasiado tarde» consistiría en no declararse. ¿Por qué sonríe?

– Porque por fin he encontrado un punto en comuna con usted, ya somos los dos los que le encontramos antipático.

– Soy la imagen de mi padre, aunque pretendo ser su contrario, y por haber crecido bajo su techo sé con quién me las veo al mirarme en el espejo por la mañana.

– ¿Su madre nunca fue feliz con su padre?

– Si quiere que le responda a eso, amigo mío, voy a tener que coger una buena trompa con esta botella, la verdad se encuentra en las profundidades que no hemos alcanzado todavía.

Tres coñacs más tarde, cuando el restaurante cerró, Daldry le pidió a Can que le buscase un bar digno de ese nombre. Can sugirió llevarlo a la parte baja de la ciudad, a un establecimiento que no cerraba hasta la madrugada.

– ¡Eso es lo que nos hace falta! -exclamó Daldry.

Bajaron la calle, los raíles del tranvía les hacían de guía. Can se tambaleaba por el de la derecha, Daldry por el de la izquierda. Cuando llegaba un tranvía, a pesar de los múltiples timbrazos que daba el cochero, esperaban al último momento para apartarse de la vía.

– Si hubiese conocido a mi madre cuando ella tenía la edad de Alice -dijo Daldry-, habría conocido a la mujer más feliz del mundo. Mi madre era una buena actriz, dejó pasar una auténtica vocación. Habría tenido un éxito sonado sobre las tablas. Pero, los sábados, era sincera. Sí, creo que los sábados era realmente feliz.

– ¿Por qué los sábados? -preguntó Can sentándose en un banco.

– Porque mi padre la miraba -respondió Daldry uniéndose a él-. No vaya a equivocarse, si se mostraba atento ese día era porque anticipaba su partida del lunes. Quería que ella le perdonase por adelantado su fechoría.

– ¿Qué fechoría?

– Llegaremos más tarde a eso. Y me iba a preguntar ¿por qué los sábados antes que los domingos, lo que sería más lógico? Bueno, pues precisamente porque los sábados mi madre todavía estaba lo bastante distraída como para pensar en su partida. Mientras que, a partir de la salida de la misa, se le encogía el corazón, y estaba cada vez más acongojada a medida que pasaban las horas. El domingo por la noche era espantoso. Cuando pienso que tenía la cara de llevarla a misa…

– Pero ¿qué cosa tan grave hacía los lunes?

– Después de arreglarse, se vestía con su mejor traje, se ponía su chaleco, se hacía el nudo de su pajarita, sacaba brillo a su reloj de bolsillo, se peinaba, se perfumaba y hacía preparar el coche de caballos para volver a la ciudad. Los lunes por la tarde tenía cita con su mano derecha en la empresa. Dormía en la ciudad, porque las carreteras eran, parece, peligrosas por la noche, y no volvía hasta el día siguiente.

– Y, en realidad, iba a ver a su amante, ¿es eso?

– No, tenía cita de verdad con el abogado de su empresa, que también era su amigo desde el colegio, y pasaban la noche juntos, así que imagino que es lo mismo que una amante.

– ¿Y su madre lo sabía?

– ¿Que su marido la engañaba con un hombre? Sí, lo sabía. El chófer también lo sabía. Las criadas, la cocinera, el ama de llaves, el mayordomo, todo el mundo lo sabía. Salvo yo, que durante mucho tiempo creí que simplemente tenía una amante; siempre he sido un poco cretino.

– En la época de los sultanes…

– Sé lo que me va a decir, es muy amable por su parte, pero en Inglaterra tenemos un rey y una reina, un palacio y ningún harén. No crea que lo juzgo, es sólo una cuestión de costumbres. Por cierto, las infamias de mi padre me daban igual, era el sufrimiento de mi madre lo que no soportaba. Sobre eso no me dejaba engañar. Mi padre no era el único hombre del reino que echaba un polvo en una cama que no era la de su mujer, pero era a mi madre a quien engañaba y su amor el que ensuciaba. Cuando reuní un día el valor para hablarle a mi madre del asunto, me sonrió, al borde de las lágrimas, con una dignidad que le helaría la sangre. Salió en defensa de mi padre, me explicó que aquello formaba parte del orden de las cosas, que era una necesidad para él y que nunca lo había odiado por ello. Aquel día representó muy mal su personaje.

– Pero, dado que odia a su padre por todo lo que le ha hecho sufrir a su madre, ¿por qué actuaría como él?

– Porque ver sufrir a mi madre me hizo comprender que, para un hombre, amar es recoger la belleza de una mujer, ponerla bajo llave para que ella se sienta bajo su protección, y quererla… hasta que el tiempo la marchite. Entonces los hombres se van a recoger otros corazones. Me hice la promesa de que si un día llegaba a amar, a amar realmente, entonces conservaría la flor y me prohibiría cortarla. Ya está, amigo, alcohol mediante le he contado demasiadas cosas, y seguramente lo lamentaré mañana. Pero, si repite una de estas confidencias, lo ahogaré con mis propias manos en su gran Bósforo. Ahora la auténtica pregunta que se impone es cómo volver al hotel, ya que soy incapaz de levantarme de nuevo, ¡me temo que me he emborrachado más de la cuenta!

Can no estaba en mejor estado que Daldry; se ayudaron mutuamente y subieron la calle Isklital, tambaleándose.


*

Para dejar que la asistenta le hiciera la habitación, Alice se había instalado en el salón que lindaba con el bar. Escribía una carta, que sin duda no llegaría a enviar. En el espejo de la pared vio cómo Daldry bajaba la escalera. Éste se repantigó en un sillón a su lado.

– ¿Se bebió ayer todo el Bósforo para encontrarse en tal estado esta mañana? -le preguntó Alice sin apartar la mirada de su hoja.

– No veo qué le hace decir eso.

– Tiene la chaqueta mal abotonada y no se ha afeitado más que de un lado…

– Digamos que mojé algunos hielos en el transcurso de la velada. La echamos de menos.

– No lo dudo ni por un segundo.

– ¿A quién escribe?

– A un amigo de Londres -respondió Alice doblando la hoja, que se metió en el bolsillo.

– Me duele la cabeza de forma espantosa -le confió Daldry-. ¿Me acompañaría a dar un paseo? ¿Quién es ese amigo?

– Buena idea, vamos a andar. Me preguntaba a qué hora reaparecería, estoy levantada desde el amanecer y empezaba a aburrirme. ¿Adónde vamos?

– A ver el Bósforo, eso me traerá recuerdos…

De camino, Alice se entretuvo en el puesto de un zapatero. Miró cómo giraba la correa de una muela.

– ¿Tiene que ponerles suelas nuevas a sus zapatos?

– No.

– Entonces, ¿por qué lleva cinco minutos largos mirando a ese hombre?

– ¿Le pasa a veces que ciertas cosas anodinas le proporcionan una sensación de paz sin que comprenda la razón?

– Pinto cruces, me sería difícil fingir lo contrario. Podría pasarme el día viendo pasar autobuses de dos pisos. Me gusta oír cómo chirría su embrague, el ruido de los frenos, el timbre que el cochero acciona al arrancar, el ronroneo del motor.

– Lo que me describe es terriblemente poético, Daldry.

– ¿Se burla de mí?

– Un poco sí.

– ¿Porque el escaparate de un zapatero es más romántico?

– Hay poesía en las manos de ese artesano, siempre me han gustado los zapateros, el olor del cuero y de la goma.

– Eso es porque le gustan los zapatos. Yo, por ejemplo, podría pasar horas delante del escaparate de una panadería, no necesito decirle por qué…

Un poco más tarde todavía paseaban junto a los muelles del Bósforo. Daldry se sentó en un banco.

– ¿Qué está mirando? -preguntó Alice.

– A esa anciana cerca de la barandilla que habla con el propietario del perro pelirrojo. Es fascinante.

– Le gustan los animales, ¿qué ve en ello de fascinante?

– Mire bien y lo comprenderá.

La anciana, después de haber intercambiado unas palabras con el propietario del perro pelirrojo, se acercó a otro perro. Se inclinó y tendió la mano hacia el hocico del animal.

– ¿Lo ve? -susurró Daldry inclinándose hacia Alice.

– ¿Acaricia a otro perro?

– No comprende lo que está haciendo, no es el perro quien le interesa, sino la correa.

– ¿La correa?

– Exactamente, la correa que lo ata a su amo, que está pescando. La correa es el hilo conductor que le permite entablar la conversación. Esa anciana se muere de soledad. Se ha inventado esta estratagema para intercambiar unas palabras con otro ser humano. Estoy convencido de que viene aquí cada día a la misma hora para buscar su pequeña dosis de humanidad.

Esta vez, Daldry había acertado. La anciana no consiguió captar la atención del pescador concentrado en la veleta de su caña, que flotaba en las aguas del Bósforo, así que dio unos pasos por el muelle, cogió unas migas de pan del bolsillo de su abrigo y se las lanzó a las palomas que trotaban por la barandilla donde se acodaban los pescadores. Muy pronto, se dirigió a uno de ellos.

– Extraña soledad, ¿no cree? -dijo Daldry.

Alice se volvió hacia él y lo miró atentamente.

– ¿Por qué ha venido hasta aquí, Daldry? ¿Por qué ha hecho este viaje?

– Lo sabe muy bien. Por nuestro pacto: la ayudo a encontrar al hombre de su vida, bueno, la pongo en camino, y, mientras usted sigue la búsqueda, yo pinto bajo su lucernario.

– ¿Es ésa, de verdad, la única razón?

La mirada de Daldry se perdió en Üsküdar, como si contemplase el minarete de la mezquita Mirimah, en la orilla asiática del Bósforo.

– ¿Se acuerda de ese bar al final de nuestra calle, en Londres? -preguntó Daldry.

– Desayunamos allí, pues claro que me acuerdo.

– Iba allí cada día, a la misma mesa, con mi periódico. Un día en que el artículo que leía me estaba aburriendo me miré en el espejo y tuve miedo de los años que me quedaban por vivir. Yo también necesitaba cambiar de aires. Pero, desde hace algunos días, echo de menos Londres. Nada es nunca perfecto.

– ¿Está pensando en volver? -le preguntó Alice.

– Usted también pensaba en ello hace poco.

– Ahora ya no.

– Porque la profecía de esa vidente le parece más creíble. A partir de ahora tiene un objetivo, y yo…, yo he cumplido con mi misión. Creo que el cónsul es el segundo eslabón de la cadena, quizá el tercero si contamos con que Can es el que nos llevó hasta él.

– ¿Tiene intención de abandonarme?

– Es lo que habíamos pactado. No se preocupe, pagaré la habitación del hotel y los emolumentos de Can para los tres próximos meses. Está a su entera disposición. Le ingresaré un respetable adelanto de sus gastos. En cuanto a usted, le abriré una cuenta en el Banco di Roma, su agencia se encuentra en Isklital y están acostumbrados a giros del extranjero. Le haré llegar uno cada semana, no le faltará nada.

– ¿Quiere que me quede tres meses más en Estambul?

– Tiene camino por hacer, Alice, antes de alcanzar su objetivo, y además no querría perderse la llegada de la primavera en Turquía. Piense en todas las flores que le son extrañas, en sus perfumes… y un poco en nuestros negocios.

– ¿Cuándo ha tomado la decisión de irse?

– Esta mañana, al despertarme.

– ¿Y si yo prefiriese que se quedase un poco más?

– No necesitaría más que pedírmelo, el próximo vuelo no sale hasta el sábado, lo que nos deja todavía un margen. No ponga esa cara; mi madre está delicada de salud y no puedo dejarla sola indefinidamente.

Daldry se levantó y avanzó hacia el pretil, donde la anciana se acercaba discretamente a un gran perro blanco.

– Tenga cuidado -le dijo al pasar-, es de los que muerden.


*

Can llegó al hotel a la hora del té. Parecía satisfecho.

– Tengo novedades fascinantes con las que surtirles -dijo al reunirse con Alice y Daldry en el bar.

Alice volvió a dejar la taza y le prestó toda su atención a Can.

– He encontrado, en un edificio cercana a aquel donde su padre y su madre se habían instalado, a un anciano que los conocía. Está dispuesto a que vayamos a verlo a su casa.

– ¿Cuándo? -preguntó Alice mirando a Daldry.

– Ahora -respondió Can.


11

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El apartamento del señor Zemirli ocupaba la segunda planta de un edificio burgués en la calle Isklital. La puerta daba a un largo recibidor donde unos libros viejos se apilaban a lo largo de toda la pared.

Ogüz Zemirli llevaba un pantalón de franela, una camisa blanca, una bata de seda y dos pares de gafas. Unas parecían sujetarse sobre su frente como por arte de magia, las otras se encabalgaban sobre su nariz. Ogüz Zemirli cambiaba de monturas según la necesidad que tuviera de leer o de ver de lejos. Su rostro estaba muy apurado, salvo por algunos pelos entrecanos en la punta del mentón que se le debían de haber escapado al barbero.

Hizo un gesto a sus visitantes para invitarlos a pasar a su salón decorado con muebles franceses y otomanos, desapareció en la cocina y volvió acompañado de una mujer de formas generosas. Ella sirvió el té y unos pastelitos orientales, el señor Zemirli se lo agradeció, y la mujer se retiró de inmediato.

– Es mi cocinera -explicó-; sus pasteles son deliciosos, sírvanse.

Daldry no se hizo de rogar.

– Bueno, ¿así que usted es la hija de Cömert Eczaci? -preguntó el hombre.

– No, señor, mi padre se llamaba Pendelbury -respondió Alice dirigiéndole una mirada desolada a Daldry.

– ¿Pendelbury? No creo que me dijera… Puede que sí, después de todo, mi memoria ya no es la que era -añadió el hombre.

Daldry miró a Alice a su vez, preguntándose como ella si su anfitrión estaría todavía en sus cabales; ya odiaba a Can por haberlos llevado allí, y más todavía por haber hecho nacer en Alice la esperanza de saber un poco más sobre sus padres.

– En el barrio -añadió el señor Zemirli- no le llamábamos Pendelbury, sobre todo en esa época; le habíamos puesto el apodo de Cömert Eczaci.

– Lo que quiere decir «el generoso farmacéutico» -tradujo Can.

Tras esas palabras, Alice sintió cómo se aceleraban los latidos de su corazón.

– ¿Era ése su padre? -preguntó el hombre.

– Es muy probable, señor, mi padre cumplía esas dos condiciones.

– Me acuerdo bien de él; de su madre también, una mujer de carácter. Trabajaban juntos en la facultad. Sígame -dijo el señor Zemirli levantándose a duras penas de su asiento.

Se acercó a la ventana y señaló al piso que se encontraba en la primera planta del edificio de enfrente. Alice leyó la inscripción CIUDAD RUMELIA grabada en una placa fija que estaba sobre la puerta cochera.

– En el consulado me dijeron que mis padres vivían en la segunda planta.

– Y yo le digo que vivían ahí -insistió el señor Zemirli señalando las ventanas del primero-. Quizá prefiera creer a su consulado, pero era mi tía quien les alquilaba ese piso. Allí, ¿ve? A la izquierda estaba el salón, y la otra ventana era la de su cuarto. La cocinita daba al patio, como en este edificio. Vamos, vengan a sentarse, me duele la pierna. Por cierto, fue por ella por lo que conocí a sus padres. Voy a contárselo todo. Yo era joven y mi juego preferido al salir del instituto, como el de muchos críos, era coger el tranvía de gorra…

La expresión cobraba todo su sentido, ya que para viajar sin pagar los jóvenes estambulitas saltaban al tranvía en marcha y se sentaban en la cabeza del faro de la parte de atrás del vehículo. Pero un día de lluvia Ogüz falló el salto, y el bogie del tranvía lo arrolló y lo arrastró varios metros. Los cirujanos le recosieron las heridas de la pierna lo mejor que supieron y, por los pelos, consiguieron evitar que la perdiera. Ogüz quedó eximido de sus obligaciones militares, pero no hubo ya un día de lluvia en que la pierna no se lo hiciera pasar mal.

– Los medicamentos eran caros -explicó el señor Zemirli-, demasiado caros para comprarlos en la farmacia. Su padre los traía del hospital y me los daba a mí y a los demás necesitados del barrio; en tiempos de guerra, eso quería decir que se los regalaba a muchos de los habitantes de esta zona que caían enfermos. Sus padres tenían, en ese pisito, una especie de dispensario clandestino. En cuanto volvían del hospital universitario, su madre hacía las curas y preparaba los apósitos mientras su padre distribuía los medicamentos que había podido encontrar y los remedios medicinales que él mismo había preparado. En invierno, cuando la fiebre se abatía sobre los chiquillos, se veía a madres y a abuelas haciendo una cola que se alargaba a veces hasta la calle. Las autoridades del barrio no se dejaban engañar, pero como sus padres no se lucraban con ese comercio y la población resultaba beneficiada, los policías hacían la vista gorda. Ellos también tenían niños que iban a que los curaran en ese pisito. No supe de ningún hombre de uniforme que hubiese corrido el riesgo de enfrentarse a su esposa al volver a casa por haber detenido a sus padres; y cabe decir que, dado el carácter de mi juventud, conocía a todos los agentes.

»Sus padres se quedaron casi dos años, si no recuerdo mal. Y luego, una tarde, su padre distribuyó más medicamentos que de costumbre: todos tuvieron derecho al doble de lo que recibían normalmente. Al día siguiente, sus padres ya no estaban allí. Mi tía esperó más de dos meses antes de atreverse a utilizar su llave para ir a ver lo que pasaba. El apartamento estaba perfectamente ordenado; no faltaba ni un plato ni un cubierto; encima de la mesa de la cocina encontró la liquidación del alquiler y una carta que explicaba que habían vuelto a Inglaterra. Esas pocas palabras manuscritas por su padre fueron un inmenso alivio para todos los habitantes del barrio, que habían temido mucho por Cömert Eczaci y su mujer; también lo fueron para todos los policías del barrio, porque los demás sospechábamos de ellos. ¿Sabe? Treinta y cinco años después, cada vez que voy a la farmacia a buscar mis medicamentos para acallar esta maldita pierna, levanto la vista al salir de mi casa y tengo la impresión de que voy a ver aparecer, en la ventana de enfrente, el rostro sonriente de Cömert Eczaci. Así que puedo decirle que se me remueve algo dentro al ver a su hija en mi casa esta tarde.

Alice vio humedecerse los ojos del anciano tras los gruesos cristales de sus gafas y se sintió menos apurada por no haber podido contener las lágrimas.

La emoción había sorprendido a Can y a Daldry de igual modo. El señor Zemirli sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó la punta de la nariz. Se inclinó y llenó de nuevo los vasos de té.

– Vamos a brindar en memoria del generoso farmacéutico de Beyoglu y de su esposa.

Todos se levantaron, y brindaron… con té a la menta.

– Y… ¿se acuerda de mí? -preguntó Alice.

– No, no recuerdo haberla visto, me gustaría decirle lo contrario, pero sería mentirle. ¿Qué edad tenía?

– Cinco años.

– Entonces es normal, sus padres trabajaban, debía de estar en el colegio.

– Es completamente lógico -dijo Daldry.

– ¿A qué colegio cree usted que me llevaron? -añadió Alice.

– ¿No tiene ningún recuerdo de esa época? -preguntó el señor Zemirli.

– Ni el más mínimo, sólo un gigantesco agujero negro hasta nuestro regreso a Londres.

– Ay, ¡la edad de nuestros primeros recuerdos! Va según los niños, ya sabe. Algunos recuerdan más cosas que otros. Por cierto, ¿son recuerdos auténticos o inventados a partir de lo que les han contado? Yo lo he olvidado todo hasta los siete años, e incluso bien podría tener ocho. Cuando se lo decía a mi madre, la sacaba de sus casillas, me preguntaba: «¿Todos estos años ocupándome de ti y lo has olvidado todo?» Pero su pregunta se centraba en el colegio. Sus padres la hubiesen inscrito en el Saint-Michel; no estaba lejos y enseñaban inglés. Era un colegio severo y con buen nombre; seguro que conservan los archivos de esa época, debería pasarse.

El señor Zemirli pareció cansado de pronto. Can tosió, dando a entender que era momento de retirarse. Alice se levantó y le agradeció al anciano su hospitalidad. El señor Zemirli se puso la mano en el pecho.

– Sus padres eran personas tan humildes como valientes, su conducta fue heroica. Me siento feliz de tener ahora la certeza de que pudieron volver a su país sanos y salvos, y todavía más feliz de haber tenido el privilegio de conocer a su hija. Si no le contaron nada de su estancia en Turquía, seguramente fue por modestia. Si se queda el tiempo suficiente en Estambul, comprenderá de qué le hablo. Que tenga buen viaje, Cömert Eczaci’nin Kizi.

Lo que significaba «hija del farmacéutico generoso», según le explicó Can en cuanto estuvieron en la calle.

Ya no era hora de ir a llamar a la puerta del colegio Saint-Michel. Can volvería al día siguiente a primera hora de la mañana para conseguir una entrevista.


Alice y Daldry cenaron en el comedor del hotel. Cruzaron pocas palabras durante la cena. Daldry respetaba los silencios de Alice. De vez en cuando, trataba de distraerla contándole sabrosas anécdotas sobre su juventud, pero Alice tenía la mente en otra parte y sus sonrisas eran fingidas.

Se despidieron en el rellano. Daldry le hizo notar a Alice que tenía todas las razones del mundo para alegrarse: Ogüz Zemirli era necesariamente la tercera, si no la cuarta, de las seis personas de quien había hablado la vidente de Brighton.

Alice cerró la puerta de su habitación y, un poco más tarde, volvió a la mesa donde escribía, delante de la ventana.


Anton:

Cada día, cuando cruzo el vestíbulo de mi hotel, tengo la esperanza de que el conserje me entregue alguna carta tuya. Es una esperanza estúpida, ¿por qué ibas a escribirme?

He tomado una decisión y he necesitado reunir mucho valor para hacerme esta promesa, o más bien, me hará falta mucho para mantenerla. El día que vuelva a Londres iré a llamar a tu puerta y dejaré justo delante de ella un paquete de cartas metidas en un cofrecito que iré a comprar esta semana al bazar. Pondré en él todas las que te he escrito y no te he enviado.

Las leerás por la noche, y quizá vengas a llamar a mi puerta al día siguiente. Es un «quizá» improbable, pero es que, desde hace algún tiempo, «quizá» forma parte de mi día a día.

Y, para ponerte un ejemplo, quizá haya encontrado, por fin, un sentido a estas pesadillas que me atormentan.

La vidente de Brighton tenía razón, al menos en un punto. Mi infancia transcurrió aquí, en el primer piso de un edificio de Estambul. Pasé en él dos años. Debí de jugar en una callejuela al final de la cual se encontraba una gran escalera. No conservo ninguna pista de ello, pero esas imágenes de otra vida vuelven a surgir en mis noches. Para comprender el misterio que rodea una parte de mi infancia más tierna, debo proseguir mi búsqueda. Me imagino las razones por las que nunca me dijeron nada. Si hubiese sido madre, habría hecho como la mía y le habría ocultado a mi hija recuerdos demasiado penosos para contarlos.

Esta tarde, alguien me ha mostrado las ventanas del piso donde vivíamos, donde mi madre debió de apoyar su rostro para mirar el espectáculo de la calle. Me imaginaba la pequeña cocinita donde nos preparaba las comidas, el salón donde debía de sentarme sobre las piernas de mi padre. Creía que el tiempo cerraría la herida de su ausencia, pero no lo ha hecho en ningún modo.

Me gustaría hacerte descubrir esta ciudad algún día. Iríamos a pasear por la calle Isklital y, cuando nos encontrásemos al pie de ciudad Rumelia, te mostraría el lugar donde viví cuando tenía cinco años.

Algún día iremos a caminar a orillas del Bósforo, tocarás la trompeta y escucharé tu música en las colinas de Üsküdar.

Hasta mañana, Anton.

Un beso,

ALICE


*

Alice se despertó al amanecer; ver nacer el día en los reflejos grises y plateados de la mañana sobre el Bósforo le dio ganas de salir de su habitación.

El comedor del hotel estaba todavía desierto, los camareros con librea de charreteras y galones acababan de poner las mesas. Alice eligió una en una esquina. Había tomado prestado un periódico de la víspera que yacía abandonado en una mesa auxiliar. Sola en el comedor de un palacio de Estambul, leyendo las noticias de Londres, dejó que el periódico resbalase de sus manos mientras sus pensamientos volaban hacia Primrose Hill.

Se imaginó a Carol bajando Albermale Street para llegar a Piccadilly, donde cogería su autobús. Saltaría sobre la plataforma trasera del vehículo de dos pisos, entablaría en seguida conversación con el revisor para lograr que se olvidase de picar su billete. Le diría que tenía mala cara, se presentaría, le aconsejaría ir a verla un día cuando ella estuviese de servicio y, una de cada dos veces, se bajaría delante del hospital con su título de transporte virgen.

Pensó en Anton, caminando, saco al hombro, abierto el cuello de su abrigo, incluso en el frío del invierno, el mechón rebelde en la frente y los ojos todavía hinchados de sueño. Lo vio cruzar el patio del taller, instalarse en el taburete ante su banco, contar los cinceles, acariciar el mango redondeado de su guimbarda, echar una mirada a la aguja grande del reloj y ponerse a la labor entre suspiros. Tuvo algún pensamiento para Sam, que entraría por la puerta de atrás de la librería Camden, se quitaría el abrigo y se pondría la bata gris. Se iría en seguida a la tienda y desempolvaría las estanterías o haría el inventario mientras esperaba a que llegase un cliente. Por fin, se imaginó a Eddy, brazos en cruz encima de la cama y roncando sin parar. Y esa imagen la hizo sonreír.

– ¿La interrumpo?

Alice se sobresaltó y levantó la cabeza. Daldry estaba delante de ella.

– No, estaba leyendo el periódico.

– ¡Pues tiene muy buena vista!

– ¿Por qué? -preguntó Alice.

– Porque su periódico está debajo de la mesa, a sus pies.

– Tenía la cabeza en otra parte -confesó.

– ¿Dónde, si no es indiscreción?

– En diferentes lugares de Londres.

Daldry se volvió hacia la barra con la esperanza de atraer la atención del camarero.

– Esta noche la llevo a cenar a un lugar extraordinario, con una de las mejores cocinas de Estambul.

– ¿Celebramos algo?

– En cierto modo. Nuestro viaje comenzó en uno de los mejores restaurantes de Londres, me parece juicioso que termine para mí de la misma forma.

– Pero no se va antes de…

– ¡Antes de que mi avión despegue!

– Pero no despega antes de…

– ¿Cree que tiene que darme un ataque para que me den un café? ¡Esto es el colmo! -exclamó Daldry interrumpiendo a Alice por segunda vez.

Levantó la mano y la agitó hasta que el camarero se presentó en la mesa. Entonces encargó un desayuno pantagruélico y le suplicó que se lo sirvieran lo antes posible, estaba hambriento.

– Ya que tenemos la mañana libre -añadió-, ¿qué le parecería ir al bazar? Tengo que buscar un regalo para mi madre y me haría un gran favor aconsejándome, no tengo ni la menor idea de lo que podría gustarle.

– ¿Qué tal una joya?

– No la encontraría de su gusto -respondió Daldry.

– ¿Y un perfume?

– No usa más que el suyo.

– ¿Un objeto antiguo bonito?

– ¿Qué clase de objeto?

– Un joyero, por ejemplo, los he visto con incrustaciones de nácar que eran preciosos.

– Por qué no, pero me dirá que no aprecia más que la marquetería inglesa.

– ¿Una pieza de plata bonita?

– No le gusta más que la porcelana.

Alice se inclinó hacia Daldry.

– Debería quedarse unos días más y pintarle un cuadro; podría, por ejemplo, atacar la gran encrucijada, a la entrada del puente Gálata.

– Sí, eso sería una idea encantadora. Haría unos croquis para memorizar el lugar y me pondría a trabajar al volver a Londres. Así, el lienzo no tendría que sufrir por el viaje.

– Sí -suspiró Alice-, podemos hacerlo así.

– Entonces, estamos de acuerdo -dijo Daldry-, nos iremos a pasear al puente Gálata.

Y, en cuanto Daldry terminó su desayuno, cogieron el tranvía hasta Karaköy, y bajaron a la entrada del puente que atravesaba el Cuerno de Oro y se alargaba por encima del agua hasta Eminönü.

Daldry sacó de su bolsillo una libreta de molesquín y un lápiz negro. Dibujó meticulosamente el lugar, destacando la parada de taxis, bosquejando de un trazo el embarcadero de donde salían los vapores para Kadiköy, bocetando los que navegaban hacia las islas Moda y la orilla de Üsküdar, el pequeño muelle donde atracaban del otro lado del puente las barcas que hacían de lanzadera entre las dos orillas, la plaza oval donde se detenían el tranvía de Bebek y el de Beyoglu. Arrastró a Alice hacia un banco.

Se puso a llenar entonces su libreta de rostros: el de un vendedor de sandías detrás de su puesto, el de un limpiabotas sentado en una caja de madera, el de un afilador que pedaleaba para hacer girar su muela. Luego una carreta tirada por una mula de panza colgante, un coche estropeado -dos ruedas en la acera- cuyo conductor tenía la parte de arriba del cuerpo metido en el capó del motor.

– Ya está -dijo al cabo de una hora, guardando su libreta-. He tomado notas de lo esencial, el resto está en mi cabeza. De todas formas, vamos a dar una vuelta por el bazar, por si acaso.

Subieron a bordo de un dolmus.


Rebuscaron en las callejuelas del gran bazar hasta el mediodía. Alice se compró allí un cofrecito de madera decorado con una greca de nácar, Daldry encontró una hermosa sortija de lapislázuli. A su madre le gustaba el azul, quizá se la pusiese.

Comieron un kebab y volvieron al hotel a primera hora de la tarde.

Can los esperaba en el vestíbulo, con aspecto sombrío.


– Estoy desolado, he naufragado en mi dimisión.

– Pero ¿qué dice? -masculló Daldry al oído de Alice.

– Que ha fracasado en su misión.

– Sí, es que, bueno, no está claro en absoluto, ¿cómo quiere que lo entienda?

– Cuestión de hábito -dijo Alice sonriendo.

– Como prometí, me salí esta mañana a la escuela Saint-Michel, donde supe al rector. Estuvo muy placentero con conmigo y quiso consultar sus libros. Los hojeamos, clase por clase, y en los dos años que habíamos hablado. No era fácil, los asientos eran antiguos y el papel muy polvoriento. Hemos estornudado mucho, pero hemos escudriñado cada página, sin omitir la más mínima admisión. Por desgracia, no hemos sido primados por nuestros esfuerzos. ¡Nada! No hemos encontrado nada bajo el nombre de Pendelbury o de Eczaci. Nos hemos separado muy decepcionados y tengo la tristeza de decirle que nunca ha estado en Saint-Michel. El rector es incontestable en esto.

– No sé cómo lo hace usted para conservar la calma -susurró Daldry.

– Intente formular en turco lo que Can acaba de decirnos en inglés y entonces veremos quién es mejor de los dos -replicó Alice.

– De todas formas, siempre sale en su defensa.

– ¿Es posible que me inscribieran en otro centro? -sugirió Alice dirigiéndose a Can.

– Eso es exactamente lo que me he decido al dejar al rector. Consecuentemente, he tenido la idea de hacer una lista. Voy a ir esta tarde a realizarme con una visita al colegio de Calcedonia en Kadiköy, y, si no encuentro nada, iré mañana a Saint-Joseph, se encuentra en el mismo barrio, y también tengo otra posibilidad, el colegio para niñas de Nisantasi. Ya ve, todavía nos quedan muchas apelaciones ante nosotros, sería totalmente precoz considerar que hemos naufragado.

– Con las horas que se va a pasar en centros escolares, ¿no podría sugerirle que aproveche para recibir algunas clases de inglés? No sería un tiempo «considerado naufragado», ¿verdad?

– Ya basta, Daldry, es usted quien debería volver al colegio.

– El caso es que yo no pretendo ser el mejor intérprete de Estambul…

– Pero tiene la edad mental de un niño de diez años…

– Eso es lo que le decía, sale sistemáticamente en su defensa. Eso me tranquiliza; cuando me haya ido no me echarán demasiado de menos, se entienden muy bien los dos solos.

– Es un comentario muy adulto, muy inteligente, lo está arreglando cada vez más.

– ¿Sabe qué? Debería pasar la tarde con Can. Vaya al colegio de Calcedonia. Quién sabe si, al visitar el lugar, no resurgen algunos recuerdos…

– ¿Ya está de morros? ¡Mire que tiene malas pulgas!

– Para nada. Tengo dos o tres compras que hacer en el centro que le aburrirían mortalmente. Pasemos cada uno por nuestro lado el resto de la jornada y nos volveremos a encontrar para la cena. Por cierto, Can, es bienvenido, si usted lo desea.

– ¿Está celoso de Can, Daldry?

– Ahí, querida, permítame decirle que la ridícula es usted. Celoso de Can, ¿y qué más? Pero bueno, de verdad, ¡venir hasta aquí para oír tamañas necedades!

Daldry citó a Alice a las siete en el vestíbulo y se fue sin despedirse apenas.


*

Un portal de hierro forjado abierto en una muralla, un patio cuadrado donde languidece una vieja higuera, bancos que envejecen bajo un porche. Can llamó a la puerta de la conserjería y preguntó por el director. El conserje le señaló la secretaría y se volvió a sumir en la lectura de su periódico.

Recorrieron un largo pasillo, las hileras de aulas estaban todas ocupadas, los alumnos, estudiosos, escuchaban la lección que les daba su maestro. La bedel general los hizo esperar en un pequeño despacho.

– ¿Lo huele? -le susurró Alice a Can.

– No, ¿qué tengo que oler?

– El vinagre que utilizan para limpiar las ventanas, el polvo de la tiza, la cera en los parquets. Huele tanto a niñez…

– Mi niñez no olía a nada de todo eso, señorita Alice. Mi infancia olía a noches tempranas, a gente que volvía a su casa con la cabeza baja y los hombros machacados por el trabajo del día, a la oscuridad de los caminos de tierra, a la suciedad de las afueras que ocultaba la pobreza de las vidas. En mi casa no había ni vinagre, ni tizas, ni madera encerada. Pero no me quejo, mis padres, al contrario que los del resto de mis compañeros, eran unas personas increíbles. Prométame no decirle al señor Daldry que mi inglés es bastante mejor de lo que se cree, disfruto mucho haciéndole rabiar.

– Se lo prometo. Puede confiar en que el secreto está a salvo.

– Si no confiara en usted, no se lo habría dicho.

La bedel golpeteó sobre su mesa con una regla de hierro para hacerlos callar. Alice se enderezó en su silla y se puso recta como un palo. Al verla, Can se puso la mano delante de la boca para reprimir la risa. El director apareció y los hizo entrar en su despacho.

Demasiado contento de poder mostrar que hablaba inglés con fluidez, aquel hombre no se dirigió más que a Alice. El guía le hizo un guiño cómplice a su cliente; después de todo, sólo contaba el resultado. En cuanto Alice hubo dejado constancia de su solicitud, el director le respondió que, en 1915, el colegio no admitía a niñas todavía. Lo sentía. Volvió a acompañar a Alice y a Can hasta la verja y se despidió de ellos confesando que algún día le gustaría visitar Inglaterra. Quizá hiciese ese viaje cuando se jubilase.


Luego fueron a Saint-Joseph. El padre que los recibió era un hombre de aspecto austero. Escuchó con gran atención a Can mientras éste le exponía el motivo de su visita. Se levantó y recorrió la habitación con los brazos cruzados a la espalda. Se acercó a la ventana para mirar el patio de recreo, donde los chicos se estaban peleando.

– ¿Por qué tienen siempre que pegarse? -suspiró-. ¿Cree que la brutalidad es inherente a la naturaleza humana? Podría hacerles esa pregunta en clase, eso sería un buen tema para escribir una redacción, ¿no le parece? -le preguntó el padre sin apartar nunca la mirada del patio de recreo.

– Probablemente -dijo Can-, es incluso una excelente forma de hacerlos reflexionar sobre su conducta.

– Me dirigía a la señorita -le corrigió el superior.

– Creo que eso no serviría de nada -dijo Alice sin titubear-. La respuesta me parece evidente. A los chicos les gusta luchar, y sí, está en su naturaleza. Pero cuanto más vocabulario adquieren, más disminuye su violencia. La brutalidad es la consecuencia de una frustración, la incapacidad de expresar su ira mediante palabras; entonces, a falta de palabras, son los puños los que hablan.

El superior se volvió hacia Alice.

– Habría tenido buena nota. ¿Le gustaba el colegio?

– Sobre todo cuando me iba por la tarde -respondió Alice.

– Me lo temía. No tengo tiempo para hacer su búsqueda, y no tengo suficiente personal para encomendarle esa tarea a nadie. La única cosa que puedo proponerle sería instalarla en el aula de estudio y dejarle consultar los registros que están en los archivos. Por supuesto, está prohibido hablar en el aula de estudio, bajo pena de expulsión inmediata.

– Por supuesto -se apresuró a decir Can.

– Era de nuevo a la señorita a quien me dirigía -dijo el superior.

Can bajó la cabeza y contempló el parquet encerado.

– Bueno, sígame, voy a acompañarla. El conserje le llevará los registros de las admisiones en cuanto dé con ellos. Tiene hasta las seis, no pierda el tiempo. Las seis y ni un minuto más, ¿estamos de acuerdo?

– Puede contar con nosotros -respondió Alice.

– Entonces, vamos allá -dijo el superior acercándose a la puerta de su despacho.

Le cedió el paso a Alice y se volvió hacia Can, que no se había movido de la silla.

– ¿Piensa pasarse la tarde en mi despacho o va a ponerse a trabajar? -preguntó en tono afectado.

– No sabía que esta vez se dirigía también a mí -respondió Can.


Las paredes del aula de estudio estaban pintadas de gris hasta media altura y de azul cielo hasta el techo, donde chisporroteaban dos filas de fluorescentes. Los alumnos, castigados en su mayor parte, se rieron nerviosamente al ver a Alice y a Can tomar asiento en los pupitres del fondo del aula. Pero el superior dio un golpe en el suelo con el pie, y la calma volvió de inmediato e incluso se mantuvo después de que el director se fuera. El conserje no tardó en llevarles dos carpetas negras ceñidas por sendas cintas. Le explicó a Can que todo se encontraba ahí -admisiones, expulsiones, informes de final de año- y que cada documento estaba ordenado por curso.

Las páginas estaban divididas por un margen medianero: a la izquierda, los nombres estaban transcritos en caracteres latinos; y, a la derecha, en alfabeto otomano. Can siguió con el dedo cada línea y estudió los registros página tras página. Cuando el reloj de pared dio las cinco y media, volvió a cerrar el segundo volumen y miró a Alice desolado.

Cogieron cada uno una carpeta bajo el brazo y se las devolvieron al conserje. Al franquear la verja de Saint-Joseph, Alice se volvió y se despidió con un gesto del superior, quien los espiaba desde la ventana de su despacho.

– ¿Cómo sabía que nos observaba? -preguntó Can al bajar la calle.

– Tenía uno igual en mi colegio de Londres.

– Mañana lo lograremos, estoy seguro -dijo Can.

– En tal caso, lo sabremos mañana.

Can la acompañó al hotel.


*

Daldry había reservado una mesa en Markiz, pero, al llegar a la puerta del restaurante, Alice titubeó. No tenía ganas de una cena formal. La noche era agradable, y sugirió un paseo a orillas del Bósforo en lugar de quedarse durante horas sentados en un local ruidoso y lleno de humo. Si les entraba hambre, ya encontrarían un sitio donde parar más tarde. Daldry aceptó, no tenía apetito.

En la margen, algunos paseantes habían seguido su ejemplo; tres pescadores tentaban su suerte lanzando las cañas a las aguas oscuras, un vendedor de periódicos liquidaba las noticias de la mañana, y un limpiabotas se esforzaba en hacer brillar el calzado de un soldado.

– Parece preocupado -dijo Alice al mirar la colina de Üsküdar, al otro lado del Bósforo.

– Me preocupa una idea, nada serio. ¿Cómo han ido sus indagaciones?

Alice le habló de las visitas sin éxito que había hecho esa tarde.

– ¿Se acuerda de nuestra excursión a Brighton? -dijo Daldry encendiéndose un cigarrillo-. En el camino de vuelta, ni usted ni yo queríamos concederle el más mínimo crédito a esa mujer que había predicho su futuro y le había hablado de un pasado más misterioso todavía. Aunque no me lo dijera, supongo que por educación, se preguntaba por qué habíamos recorrido esos kilómetros inútiles, por qué la tarde de Nochebuena habíamos desafiado a la nieve y al frío en un automóvil con mala calefacción, arriesgando nuestra vida por carreteras heladas. Sin embargo, qué de carreteras y de kilómetros hemos recorrido desde entonces. ¿Y cuántos acontecimientos que le parecían imposibles se han producido? Tengo ganas de continuar creyendo en ello, Alice, tengo ganas de pensar que nuestros esfuerzos no son en vano. La hermosa Estambul le ha revelado tantos secretos que no sospechaba… ¿Quién sabe? Dentro de unas semanas quizá conozca a ese hombre que hará de usted la mujer más feliz del mundo. Sobre este asunto, tengo que hablarle de algo de lo que me siento un poco culpable…

– Pero si soy feliz, Daldry. He hecho, gracias a usted, un viaje increíble. Me agotaba en mi mesa de trabajo, andaba escasa de ideas y, gracias a usted, hoy estoy llena de ellas. Me da igual saber si esa profecía absurda se cumplirá. Para ser sincera, la encuentro en parte detestable, por no decir vulgar. Me da una imagen de mí misma que no me gusta, la de una mujer sola que persigue una quimera. Y, además, al hombre que transformará mi vida ya lo he encontrado.

– Ah, ¿sí? ¿Y quién es? -preguntó Daldry.

– El perfumista de Cihangir. Me ha permitido imaginar nuevos proyectos. Me equivocaba en su casa el otro día, no son sólo los perfumes de interior lo que busco, sino perfumes de lugares, los que nos recordarán instantes que nos han marcado, momentos únicos e irrepetibles. ¿Sabía que la memoria olfativa es la única que no se deshace? Los rostros de aquellos a los que más amamos se desvanecen con el tiempo, las voces se borran, pero los olores nunca se olvidan. Usted, que es goloso, rememore el aroma de un plato de su infancia y verá cómo todo, cada detalle, reaparece.

»El año pasado, un hombre que había apreciado una de mis creaciones en una perfumería de Kensington y había conseguido mi dirección se presentó en mi casa. Llegó con un cofre pequeño de hierro, lo abrió y me mostró su contenido: una vieja cuerdecilla trenzada, un juguete de madera, un soldadito de plomo de uniforme desconchado, una canica, una banderita gastada. Toda su infancia se encontraba en esa caja de metal. Le pregunté qué relación podía tener eso conmigo. Me confesó entonces que al descubrir mi perfume le había pasado algo extraño. Al volver a su casa, había sentido la necesidad urgente de ir a rebuscar en su desván para recuperar esos tesoros hasta entonces completamente olvidados. Había llevado el cofre para que yo lo oliera, y me pidió reproducir el olor antes de que se borrara para siempre. Le respondí tontamente que era imposible. Sin embargo, después de su partida anoté en una hoja de papel todo lo que había olido en esa caja (el metal oxidado en el interior de la tapa, el cáñamo de la cuerdecilla, el plomo del soldado, el óleo de la pintura antigua que había servido para colorearlo, el roble que habían tallado para fabricar el juguete, la seda polvorienta de una banderita, una canica de ágata) y guardé esa hoja, sin saber qué hacer. Pero hoy lo sé. Sé cómo hacer ese trabajo, multiplicando las observaciones, como lo hace usted en sus cruces, haciendo lo imposible por recomponer un perfume con docenas de materias.

»A usted lo mueven las formas y los colores, y a mí las palabras y los olores. Iré a visitar a ese perfumista de Cihangir, le pediré permiso para pasar tiempo a su lado, para aprender la forma en la que trabaja. Intercambiaremos conocimientos, nuestras experiencias. Quisiera poder recrear momentos desparecidos, traer de regreso el recuerdo dormido de ciertos lugares. Sé que mis explicaciones le parecen confusas, pero, si tuviese que quedarse aquí y echase de menos Londres, ¿imagina lo que significaría poder recuperar el olor de una lluvia que le es familiar? Nuestras calles tienen su propio olor. Tanto la mañana como la tarde, cada estación, cada día, cada minuto que cuenta en nuestras vidas tiene su olor particular.

– Es una idea extraña, pero es verdad que me gustaría, aunque no fuese más que una vez, recordar el olor que reinaba en el despacho de mi padre. Tiene razón, si se piensa, era mucho más complejo de lo que parece. Estaba, por supuesto, el del fuego de la leña en la chimenea, su tabaco de pipa, el cuero de su sillón, diferente, por cierto, del vade sobre el que escribía. No podría describírselos todos, pero me acuerdo también del olor de la alfombra que había delante de su escritorio en la que yo jugaba cuando era niño. Pasé horas librando feroces batallas de soldaditos de plomo. Las rayas rojas delimitaban las posiciones de los ejércitos napoleónicos, los ribetes verdes, las de nuestras tropas. Y ese campo de batalla tenía un olor a lana y a polvo que me parecía reconfortante. No sé si su idea labrará nuestra fortuna, y dudo que un perfume de alfombra o de calle lluviosa seduzca a una gran clientela, pero veo en ello cierto carácter poético.

– El perfume de una calle quizá no, pero el perfume de la infancia… En este mismo momento cruzaría todo Estambul para encontrar en un frasquito el olor de los primeros días de otoño en Hyde Park. Me harán falta probablemente meses -añadió Alice- o quizá años para llegar a algo satisfactorio, algo que sea lo bastante universal. Me siento por primera vez reafirmada en este oficio, empezaba a dudar de él y, sin embargo, es el que quiero ejercer desde siempre. Le estaré eternamente agradecida, así como a esa vidente, por haberme empujado, cada uno a su manera, a venir aquí. En cuanto al desconcierto que me causa lo que hemos descubierto sobre el pasado de mis padres…, es un sentimiento confuso que me proporciona también una alegría llena de nostalgia, de dulzura, de tristeza y de risas. En Londres, cada vez que pasaba por la calle donde vivíamos ya no reconocía nada, ni nuestro edificio ni las tiendecitas adonde iba con mi madre, pues ha desaparecido todo. Ahora sé que todavía existe un lugar donde mis padres y yo estuvimos juntos; los perfumes de la calle Isklital, las piedras de los edificios, sus tranvías y mil otras cosas más me pertenecen desde ahora. Y aunque mi memoria no haya conservado indicios de esos momentos, sé que ocurrieron. Por las noches, cuando espere el sueño con impaciencia, no pensaré ya en su ausencia, sino en lo que mis padres pudieron vivir aquí. Se lo aseguro, Daldry, eso ya es mucho.

– Pero ¿verdad que no renunciará a avanzar más en su búsqueda?

– No, se lo prometo, aunque sé que no será igual después de su partida.

– ¡Eso espero! Aunque estoy seguro de lo contrario. Se entiende de maravilla con Can, y si a veces hago como si me sintiese molesto por su complicidad, en el fondo me alegro de ello. Ese chico habla el inglés como un burro, con los pies, pero es, lo reconozco, un guía inigualable.

– Hace un momento quería confesarme algo, ¿de qué se trataba?

– De nada importante, supongo, ya lo he olvidado.

– ¿Cuándo deja Estambul?

– En breve.

– ¿Tan pronto?

– Sí, eso me temo.

El paseo continuó a lo largo del muelle. Delante del embarcadero donde el último vapor de la tarde largaba amarras, Alice le cogió la mano a Daldry, que rozaba la suya.

– Dos amigos pueden ir de la mano, ¿no?

– Supongo que sí -respondió Daldry.

– Bueno, caminemos un poco más si quiere.

– Sí, es una buena idea, caminemos un poco más, Alice.


12

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Alice:


Espero que me perdone por irme sin avisar. No tenía ganas de imponerle una despedida de más. Lo he estado pensando cada noche durante esta semana cuando la dejaba ante su habitación, y la idea de despedirme en el vestíbulo del hotel, maleta en mano, me resultaba abrumadora. Quise hacérselo saber ayer, y renuncié a ello por miedo a estropear los deliciosos momentos que estaba pasando en su compañía. Preferí que conservásemos el recuerdo de un último paseo a orillas del Bósforo. Parecía feliz y yo también lo era, y esta temporada en Estambul en su compañía quedará en mi memoria como uno de los momentos más especiales de mi vida. Espero de todo corazón que alcance su objetivo. El hombre que la quiera tendrá que acostumbrarse a su carácter (un amigo puede decirle esto sin que se enfade, ¿verdad?), pero en contrapartida tendrá junto a él a una mujer cuyas carcajadas lograrán despejar todas las tormentas de su vida.

Me siento realmente feliz de haberla tenido como vecina, y sé ahora mismo, mientras le escribo estas líneas, que echaré de menos su presencia incluso cuando me acuerde de lo ruidosa que es.

Tenga buen viaje, hija de Cömert Eczaci, corra hacia esa felicidad que le sienta tan bien.

Su afectísimo amigo,

DALDRY


Ethan:


He encontrado su carta esta mañana. La mía se la enviaré esta tarde y me pregunto cuánto tiempo tardará en llegarle. El crujido del sobre, cuando lo ha deslizado bajo mi puerta, me ha sacado de la cama y he comprendido de inmediato que se iba. Me he precipitado a la ventana, justo a tiempo para verlo subir en su taxi; cuando ha levantado la mirada hacia nuestro piso, he retrocedido un paso. Probablemente por las mismas razones que usted. Y, sin embargo, cuando su coche se alejaba por la calle Isklital hubiese querido decirle adiós de viva voz, agradecerle su presencia. Usted también tiene un carácter de cuidado (una auténtica amiga puede decírselo sin ofenderle, ¿no?), pero es un hombre excepcional, generoso, divertido y con talento.

De manera insólita se ha convertido en mi amigo; quizá esta amistad no tenga más que unos pocos días, unas pocas semanas en Estambul, pero, de una manera también muy insólita, de repente lo he necesitado esta mañana.

Le perdono de corazón la discreción de su partida, incluso creo que ha hecho bien al actuar así, a mí tampoco me gustan los adioses. En cierta forma, envidio que vaya a estar pronto en Londres. Echo de menos nuestra vieja casa victoriana, también mi taller. Voy a esperar aquí a que llegue la primavera. Can me ha prometido que, en cuanto haga bueno, visitaremos la isla de los Príncipes, que ambos nos hemos perdido. Le hablaré de cada rincón y, si descubro un cruce digno de su interés, se lo describiré hasta el más mínimo detalle. Parece ser que allí el tiempo se ha detenido, que cuando uno recorre la isla cree haber vuelto al siglo pasado. Las máquinas motorizadas están prohibidas en el lugar, sólo tienen derecho a circular burros y caballos. Mañana volveremos a ver al viejo perfumista de Cihangir, le escribiré también sobre mi visita a su casa y le tendré informado de los progresos de mis obras.

Espero que el viaje no haya sido demasiado agotador y que su madre haya recobrado la salud. Cuídela y cuídese usted también.

Le deseo que viva momentos maravillosos en su compañía.

Su amiga,

ALICE


Querida Alice:


Su carta ha tardado exactamente seis días en llegarme. El cartero me la ha traído esta mañana cuando salía. Me imagino que ella también ha viajado en avión, pero el sello de correos no dice en qué línea, ni siquiera si ha hecho escala en Viena. Al día siguiente a mi llegada, después de poner en orden mi piso, he ido a hacer lo mismo al suyo. Tranquila, no he tocado ninguna de sus cosas y me he contentado con quitar el polvo, que se había permitido, en su ausencia, instalarse impunemente en su casa. Si me hubiera visto, en delantal y pañoleta a la cabeza, con mi escoba y mi cubo en la mano, todavía se estaría riendo de mí. Lo que, por otra parte, debe de estar haciendo en este momento nuestra vecina de abajo, la que nos molesta a veces con su piano y a quien he tenido la mala suerte de cruzarme así ataviado al bajar la basura. Su morada ha recobrado la claridad de la primavera, que, espero, no se hará esperar demasiado. Decirle que reina un frío húmedo en el reino de Inglaterra sería de una evidente banalidad y, aunque ése sea uno de mis temas de conversación preferidos, no la aburriré con el tiempo que hace. Sepa, sin embargo, que no ha dejado de llover desde mi regreso y que lo ha hecho durante todo el mes, según he podido oír decir en el bar, donde he retomado la costumbre de ir a desayunar cada día.

El Bósforo y su sorprendente invierno templado me quedan muy lejos.

Ayer fui a pasear a orillas del Támesis. Tenía razón, no he encontrado ningún olor parecido a los que se divertía en hacerme descubrir en nuestros paseos cerca del puente Gálata. Incluso el purín de los caballos parece diferente aquí, y, al escribir esto, me pregunto si ése es el mejor ejemplo para ilustrar mi idea.

Me siento culpable de haberme ido sin despedirme, pero esa mañana tenía el corazón en un puño. Vaya a saber por qué, vaya a saber qué me ha hecho usted. No sé exactamente qué ha cambiado dentro de mí, pero, en cierta forma, durante esa última noche en que paseamos por Estambul usted se convirtió en mi amiga. Como dice una canción, me ha rozado el alma y me la ha cambiado, ¿cómo perdonarle el haber hecho nacer en mí las ganas de querer y de que me quieran? De una manera muy extraña, ha hecho de mí un mejor pintor, quizá incluso un hombre mejor. No se equivoque, esto no es en absoluto la confesión de unos sentimientos turbios hacia usted, sino una sincera declaración de amistad. Esas cosas pueden decirse entre amigos, ¿no?

La echo de menos, mi querida Alice, y el placer de haber puesto mi caballete bajo su lucernario sólo ha redoblado la añoranza, pues aquí, entre sus paredes, entre todos estos perfumes que me ha enseñado a reconocer, siento un poco su presencia y ello me da ánimos para pintar cierto cruce de Estambul que estudiamos juntos. Es una tarea ambiciosa y ya he tirado un buen número de esbozos que me parecían demasiado flojos, pero sabré ser paciente.

Cuídese y transmita mis saludos cordiales a Can. O mejor no, no se los transmita y guárdeselos enteros para usted.

DALDRY


Querido Daldry:


Acabo de recibir su carta y le agradezco esas palabras tan generosas que me dirige. Debo contarle la semana que acaba de pasar. Al día siguiente de irse, Can y yo cogimos el autobús que va de Taksim a Emirgan y pasa por Nisantasi. Habíamos visitado todos los centros escolares del barrio, por desgracia sin ningún resultado. Cada vez se repetía la misma escena; los patios y sus cobertizos, y horas enteras escudriñando antiguos registros sin encontrar en ellos mi nombre. Algunas veces, la visita era más corta, porque los archivos ya no existían, o porque esos colegios todavía no aceptaban niñas en tiempos del imperio. Cualquiera diría que mis padres nunca me escolarizaron cuando estábamos en Estambul. Can piensa que quizá decidieran no hacerlo por la guerra. Pero al no figurar en ninguna parte, ni en los registros del consulado ni en los de ningún colegio, a veces me pregunto si es que existía. Sé que esta idea no tiene ningún sentido, y anteayer decidí dejar esa búsqueda, que se me ha hecho dolorosa.

Después volvimos a visitar al perfumista de Cihangir, y los dos últimos días pasados en su compañía han sido mucho más fascinantes que los anteriores. Gracias a las excelentes traducciones de Can, cuyo inglés ha mejorado mucho desde que usted se fue, se lo he explicado todo acerca de mis proyectos. Al principio, el artesano pensaba que estaba loca, pero, para convencerlo, me serví de una pequeña estratagema. Le hablé de mis conciudadanos, de todos aquellos que no tendrán la suerte de visitar Estambul, aquellos que no subirán nunca a la colina de Cihangir, aquellos que no caminarán por las calles empedradas que bajan hacia el Bósforo, aquellos que no verán más que en una postal los reflejos plateados de la luna sobre sus aguas tumultuosas, aquellos que no oirán nunca la bocina de los barcos de vapor rumbo a Üsküdar. Le dije que sería maravilloso ofrecerles la posibilidad de imaginar la magia de Estambul en un perfume que les describiese toda esa belleza. Y como nuestro viejo perfumista ama su ciudad más que a nada, dejó de reír y me prestó toda su atención. Le anoté en una hoja la larga lista de olores que había percibido en las callejuelas de Cihangir, y Can se la leyó. El anciano quedó muy impresionado. Sé que ese proyecto es de una ambición disparatada, pero me puse a soñar despierta, a soñar que un día, en el escaparate de una perfumería de Kensington o de Piccadilly, habría un frasco de perfume llamado Estambul. Se lo suplico, no se burle de mí, he conseguido convencer al artesano de Cihangir y necesito que usted también me apoye.

Mi enfoque y el del artesano son diferentes; él no piensa más que en absolutos, mientras que yo lo hago en la química, pero su forma de trabajar me vuelve a llevar a lo esencial, me abre nuevos horizontes. Nuestros puntos de vista son cada día más complementarios. Recrear un perfume no se hace sólo mezclando moléculas, sino comenzando por escribir todo lo que nuestro sentido olfativo nos dicta, todas las impresiones que plasma en nuestra memoria como la aguja de un transductor graba una melodía en la cera de un microsillón.

Ahora bien, mi querido Daldry, si le cuento todo esto no es con el único objetivo de hablar de mí, aunque sea un ejercicio al que le estoy cogiendo gusto, sino también para que comentemos cómo van nuestros negocios.

Somos socios, y yo no soy la única que debe trabajar. Si no ha olvidado nada del acuerdo que cerramos en un maravilloso restaurante de Londres, recordará sin duda que usted también debía reafirmar su talento pintando el más hermoso de los cruces de Estambul. Me haría muy feliz leer en su próxima carta la lista más exhaustiva posible de lo que anotó cuando lo esperaba en el puente Gálata. No he olvidado nada de ese día y espero que usted tampoco, pues me gustaría no echar en falta ningún detalle en su cuadro. Tómeselo como un examen escrito y no mire al cielo…, aunque me imagino que ya lo ha hecho. He frecuentado los colegios un poco de más estos últimos días.

Si lo prefiere, entienda esta petición como un desafío. Cuando vuelva a Londres, le prometo ir a confiarle el perfume que haya creado y, al inspirarlo, revisitará todos los recuerdos que se haya traído con usted. Espero que a cambio me presente su cuadro ya acabado. Tendrán un punto en común, ya que cada uno, a su manera, hablará de los días que pasamos en Cihangir y Gálata.

Me toca pedirle perdón por esa forma indirecta de hacerle adivinar que me voy a quedar aquí mucho más tiempo.

Necesitaba decírselo. Soy feliz, Daldry, realmente feliz. Me siento más libre que nunca, incluso creo poder afirmar que no he conocido nunca tal libertad, y me embriaga. Sin embargo, no quiero ser una carga financiera que consuma su herencia. Sus giros semanales me han permitido vivir en unas condiciones demasiado privilegiadas y no tengo necesidad ni de comodidades ni de lujos semejantes. Can, cuya compañía me es muy valiosa, se las ha apañado para encontrarme una bonita habitación en una casa de Üsküdar, no lejos de la suya. Me la va a alquilar una de sus tías. Estoy loca de alegría, voy a dejar el hotel mañana y comenzaré a vivir la vida de una auténtica estambulita. Tardaré casi una hora para ir a casa de nuestro perfumista, y un poco más por la tarde para volver, pero no me quejo; al contrario, cruzar dos veces el Bósforo a bordo de un vapur, como lo llaman aquí, no es tan triste como meterse de prisa y corriendo en las profundidades de nuestro metro londinense. La tía de Can me ha ofrecido un puesto de camarera en el restaurante que tiene en Üsküdar, es el mejor de nuestro barrio y los turistas vienen allí en mayor número cada vez. Para ella, emplear a una anglófona es una ventaja. Can me enseñará a descifrar la carta y a saber decir en turco de qué se componen los platos preparados por el marido de mamá Can, que es el que manda en la cocina del restaurante. Trabajaré allí los viernes, sábados y domingos, y mi salario será más que suficiente para cubrir las necesidades de una vida desde luego más modesta que la que compartimos, pero a la que estaba acostumbrada antes de conocerlo.

Mi querido Daldry, ha anochecido hace mucho en Estambul, es mi última noche en este hotel, voy a disfrutar antes de dormir del lujo de mi habitación. Cada noche, al pasar delante de la que ocupaba usted, le decía buenas noches; continuaré haciéndolo desde mi ventana, que da al Bósforo, cuando esté instalada en Üsküdar.

Le indico la dirección al dorso de esta carta, espero impacientemente la que me enviará a cambio, y espero que en ella esté la lista que le obligo a escribir.

Cuídese.

Un beso de amiga,

ALICE


Alice:


Dado que estoy a sus órdenes…

En lo concerniente al tranvía:

Interior contrachapado de madera, listones del suelo gastados, una puerta de cristal de color índigo que separa al conductor de los viajeros, la manivela de hierro del cochero, dos lámparas macilentas, una pintura vieja de color crema desconchada en múltiples sitios.

En lo concerniente al puente Gálata:

Un piso cubierto de adoquines torcidos, donde se abren los raíles de dos líneas de tranvía cuyo paralelismo está lejos de ser perfecto; unas aceras irregulares, parapetos de piedra, dos pretiles negros de hierro forjado, manchados de óxido y que presentan huellas de corrosión en los puntos de inserción del metal en la piedra; cinco pescadores acodados, entre los cuales hay un niño que estaría mejor en el colegio que pescando entre semana; un vendedor de sandías de pie detrás de su carreta, que está cubierta con una tela de rayas rojas y blancas; un vendedor de periódicos con un saco de tela de yute en bandolera, una gorra torcida sobre la cabeza y que masca tabaco (que escupirá un poco más tarde); un vendedor de colgantes que mira el Bósforo preguntándose si no sería más sencillo tirar su mercancía y luego tirarse él; un carterista, o al menos un tipo que ronda con aspecto patibulario; en la acera de enfrente, un hombre de negocios vestido con un traje azul oscuro que no ha debido de hacerlos buenos desde hace mucho tiempo, como se ve en su cara de preocupación; dos mujeres que caminan codo con codo, probablemente dos hermanas, dada su semejanza; a tres metros detrás de ellas, un pobre imbécil que no parece hacerse ilusiones; un poco más lejos, un marinero que baja la escalera hacia la margen.

Y, ya que le hablo de la margen, se ven dos pontones flotantes, donde están amarrados unos barcos coloridos, unos con los cascos rayados de rojo índigo, otro de amarillo narciso. Un embarcadero donde esperan cinco hombres, tres mujeres y dos chiquillos.

La perspectiva de la calle que sigue hacia los altos permite discernir, si se presta la suficiente atención, el escaparate de una florista; a continuación, el de una papelería, un estanco, una frutería, una tienda de ultramarinos, una tienda de café; más allá, la callejuela tuerce y mis ojos no ven más.

Le ahorro las variaciones de colores en el cielo que me guardo para mí, las descubrirá en el lienzo. En cuanto al Bósforo, lo contemplamos lo bastante juntos como para que imagine los reflejos de la luz que aparecen en los remolinos de agua, en la popa de los vapores.

A lo lejos, la colina de Üsküdar y sus casas colgantes, en las que pondré mucha más atención en los detalles, ahora que me entero de que va a vivir allí; los conos de los minaretes; los centenares de buques, chalupas, yolas y cúteres que surcan la bahía… Todo esto está un poco desordenado, se lo concedo, pero espero haber aprobado holgadamente mi examen final.

Le enviaré, pues, esta carta a la nueva dirección que me ha indicado, esperando que le llegue a ese barrio que no he tenido el privilegio de visitar.

Su afectísimo,

DALDRY

P. D.: No se sienta obligada a transmitirle mis saludos a Can, ni a su tía, por cierto. Lo olvidaba, ha llovido lunes, martes y jueves, estuvo templado el miércoles, pero soleado el viernes…


Daldry:


Ya están aquí los últimos días de marzo. La semana anterior no pude escribirle. Entre los días pasados en el taller del artesano de Cihangir y las noches en el restaurante de Üsküdar, no es raro que me duerma en cuanto me tumbo en la cama al volver a mi estudio. Ahora trabajo en el restaurante todos los días de la semana. Estaría orgulloso de mí, he obtenido una gran habilidad en el manejo de bandejas y platos, he conseguido llevar hasta tres en cada brazo sin demasiado estropicio… Mamá Can, que es el nombre que le da aquí todo el mundo a la tía de nuestro guía, es encantadora conmigo. Si me comiese todo lo que me ofrece, volvería a Londres gorda como un tonel.

Todas las mañanas, Can viene a buscarme a la puerta de casa, y caminamos hasta el embarcadero. El paseo dura quince minutos largos, pero es agradable, salvo cuando sopla viento del norte. Estas últimas semanas ha hecho mucho más frío que cuando usted estuvo aquí.

Cruzar el Bósforo es siempre una maravilla. Cada vez me divierto pensando que me voy a trabajar a Europa y que volveré por la tarde a dormir a Asia. Apenas desembarcamos cogemos el autobús, y, cuando llegamos un poco tarde, lo que pasa de vez en cuando por mi culpa, tenemos que subir a un dolmus y me gasto en propinas todo lo que gané el día anterior. Es más caro que un billete de autobús, pero mucho menos que una carrera en taxi.

Una vez en Cihangir, todavía tenemos que subir sus escarpadas callejuelas. Como tengo unos horarios muy regulares, me cruzo a menudo con un zapatero ambulante en el momento en el que sale de su casa; lleva en la cintura un gran cofre de madera que parece pesar casi tanto como él. Nos saludamos y baja la ladera cantando mientras yo subo. Está también, algunas viviendas más allá, esa mujer que, desde el umbral de la puerta, mira cómo se van sus dos hijos con las carteras a la espalda; los sigue con la mirada hasta que desaparecen en la esquina de la calle. Cuando paso cerca de ella, me sonríe, y siento en su mirada una inquietud que no cesará hasta que acabe el día, cuando su prole haya vuelto al nido.

He congeniado con un tendero que me regala todas las mañanas, vaya a saber por qué, una fruta que tengo que elegir de entre las que hay en su puesto. Me dice que tengo la piel demasiado blanca y que sus frutas son buenas para la salud. Creo que le caigo bien, y es recíproco. A mediodía, cuando el artesano perfumista se va con su mujer, llevo a Can a esa tienda y nos compramos algo de comer. Nos sentamos ambos en medio de un precioso cementerio de barrio, en un banco de piedra a la sombra de una gran higuera, y nos entretenemos reinventando las vidas pasadas de los que duermen allí. Luego vuelvo al taller, el artesano me ha instalado un órgano improvisado. Por mi parte, he podido comprar todo el material que necesitaba. Avanzo en mis investigaciones. Actualmente trabajo en recrear la ilusión del polvo. No se burle de mí, el polvo es omnipresente en todos mis recuerdos, y aquí tiene olores a tierra, a tapias viejas, a caminos pedregosos, a sal, a barro en el que se mezclan la podredumbre de las maderas muertas. El artesano me enseña algunos de sus hallazgos. Se ha creado una verdadera complicidad entre nosotros. Y luego, cuando llega la tarde, Can y yo nos volvemos por el mismo camino. Cogemos de nuevo el autobús; la espera del vapor en el muelle a menudo se hace larga, sobre todo cuando hace frío, pero me confundo entre la muchedumbre de estambulitas y, cada día que pasa, tengo la creciente impresión de formar parte de ella; no sé por qué eso me embriaga tanto, pero así es. Vivo al ritmo de la ciudad, y le estoy cogiendo el gusto. Si he convencido a mamá Can para que ahora me deje ir todas las tardes es porque eso me hace feliz. Me gusta zigzaguear entre los clientes, oír gritar al cocinero porque sus platos están listos y no voy lo bastante rápido para llevármelos, me gustan las sonrisas cómplices de los pinches cada vez que mamá Can da una palmada para hacer callar a su marido, que chilla demasiado fuerte. En cuanto cierra el restaurante, el tío de Can da su último grito de la noche para llamarnos a la cocina. Cuando estamos todos sentados alrededor de la gran mesa de madera, tiende en ella un mantel y nos sirve una cena que le maravillaría. Éstos son los pequeños momentos de la vida que llevo aquí, y me hacen más feliz de lo que lo he sido nunca.

No olvido que todo esto se lo debo a usted, Daldry, a usted y sólo a usted. Me gustaría verlo empujar la puerta del restaurante de mamá Can, descubriría unos platos que se le saltarían las lágrimas. Le echo mucho de menos. Espero recibir en breve noticias suyas, pero esta vez nada de listas, su último correo no decía nada de usted y, sin embargo, eso es lo que más me interesa leer.

Su amiga,

ALICE


Alice:


El cartero me ha entregado esta mañana su carta; entregado es mucho decir, prácticamente me la ha tirado a la cara. El hombre estaba de muy mal humor, desde hace dos semanas ni siquiera me dirige la palabra. Es cierto que me preocupaba no tener noticias suyas, tenía miedo de que le hubiese pasado algo y criticaba cada día al servicio de correos por ello. Fui, pues, varias veces a la oficina para comprobar si sus cartas se habían extraviado en alguna parte. Tuve, y le juro que esta vez no fue culpa mía, un pequeño altercado con el empleado, todo porque no toleró que cuestionase la probidad de sus servicios. ¡Como si el correo de su majestad no conociese nunca pérdidas o retrasos! Y eso fue lo que le sugerí al cartero, quien se lo tomó a mal. Esa gente de uniforme son de una susceptibilidad que roza lo ridículo.

Por su culpa, ahora voy a tener que ir a pedirles disculpas. Se lo ruego, si sus horarios la absorben hasta el punto de que no encuentra ningún momento que dedicarme, tómese al menos unos minutos para escribirme que no ha tenido tiempo de escribirme. Unas palabras bastarán para acallar una preocupación inútil. Comprenda que me siento responsable de su presencia en Estambul y, por tanto, de que esté sana y salva.

Leo con placer en sus palabras que su complicidad con Can no deja de crecer, puesto que come en su compañía cada día, y por añadidura en un cementerio, lo que de todas formas me parece un lugar muy extraño para alimentarse, pero, en fin, puesto que eso la hace feliz, no tengo nada que decir.

Estoy intrigado por sus obras. Si de verdad quiere recrear la ilusión del polvo, es inútil quedarse en Estambul. Vuelva a su casa lo antes posible; constatará que, en su apartamento, el polvo lo es todo menos una ilusión.

Quiere que le dé noticias mías… Como usted, me esmero en el trabajo y el puente Gálata empieza a tomar forma bajo mis pinceles. Estos últimos días me he puesto a hacer bocetos de los personajes que pintaré en él, y además trabajo en los detalles de las casas de Üsküdar.

He ido a la biblioteca, donde he encontrado antiguos grabados que reproducen las hermosas perspectivas de la orilla asiática del Bósforo; me serán muy útiles. Cada día, cuando se acerca el mediodía, dejo mi apartamento para ir a comer al final de nuestra calle, conoce el sitio, es inútil describírselo. ¿Recuerda a la viuda que se encontraba sola en una mesa detrás de nosotros el día en que estuvimos allí juntos? Tengo una buena noticia, creo que ha terminado su luto y que ha conocido a alguien. Ayer, un hombre de su edad, hecho un auténtico fantoche, pero con cara de tipo simpático, entró con ella y los vi desayunar juntos. Espero que su historia les dure. Nada prohíbe enamorarse sea cual sea la edad, ¿no?

A primera hora de la tarde, me fui a su casa, hice un poco de limpieza y pinté hasta la tarde. La luz que cae de su lucernario es casi una iluminación para mí, nunca he trabajado tan bien.

Los sábados voy a pasear a Hyde Park. Como los fines de semana acostumbra a llover, nunca me cruzo con nadie, y eso me encanta.

A propósito de personas que me cruzo, me encontré a una de sus amigas en la calle a comienzos de semana. Una tal Carol se me presentó espontáneamente. Su rostro me vino a la memoria cuando evocó esa noche en que irrumpí en su casa. Aprovecho para decirle que lamento haberme comportado de esa manera. No fue para reprochármelo para lo que me abordó su amiga, sino porque sabía que habíamos viajado juntos y había esperado por un instante que usted estuviese de vuelta. Le dije que no pasaba nada y nos fuimos a tomarnos un té, durante el cual me permití darle noticias suyas. Por supuesto, no tuve tiempo de contárselo todo, debía empezar su turno en el hospital; es enfermera, y yo un estúpido por decírselo, puesto que es una de sus mejores amigas, pero me horrorizan los tachones. Carol se mostró fascinada por el relato de nuestros días en Estambul, y le prometí cenar con ella la semana que viene para contarle más cosas. No se preocupe, no es para nada una molestia, su amiga es encantadora.

Y ya está, Alice, como constatará al leer estas pocas líneas, mi vida es mucho menos exótica que la suya, pero, como usted, soy feliz.

Su amigo,

DALDRY

P. D.: En su última carta, al hablar otra vez de ese querido Can, escribe: «Viene a buscarme por las mañanas a la puerta de casa.» ¿Insinúa que Estambul se ha convertido en «su casa»?


Anton:


Comienzo esta carta con una noticia triste. El señor Zemirli falleció en su casa el domingo pasado, su cocinera lo encontró por la mañana, estaba echado en su sillón.

Can y yo decidimos ir a sus exequias. Pensaba que seríamos pocos y que dos almas no estarían de más para poblar el cortejo. Pero en aquel pequeño cementerio éramos un centenar apretujándonos para acompañar al señor Zemirli hasta su tumba. Por lo visto, ese hombre se había convertido en la memoria de todo un barrio; a pesar de su minusvalía, el joven Ogüz que pretendía domar los tranvías habría conseguido tener una vida plena, los que se encontraban allí daban testimonio de ello compartiendo risas y emociones en torno a su recuerdo. En el transcurso de la ceremonia, un hombre no dejaba de mirarme. No sé qué le dio a Can, pero insistió tanto en que lo conociera que fuimos los tres a tomar un té en una pastelería de Beyoglu. El hombre es un sobrino del difunto, parecía estar muy apenado. La coincidencia es perturbadora, pues ambos nos habíamos visto antes, es el propietario de la tienda de instrumentos de música donde compré una trompeta. Pero ya he hablado bastante de mí. ¿Así que ha conocido a Carol? Me alegro mucho, tiene un corazón de oro y ha encontrado un trabajo que lo acompaña. Espero que haya pasado un rato agradable en su compañía. El domingo próximo, si el tiempo lo permite (se ha moderado mucho en los últimos días), iré de picnic con Can y el sobrino del señor Zemirli a la isla de los Príncipes; ya le hablé de ello en una carta anterior. Mamá Can me ha impuesto un día de descanso a la semana, así que obedezco.

Estoy contenta de leer que progresa en su pintura y que disfruta trabajando bajo mi lucernario. Al final me gusta imaginarlo en mi casa, pinceles en mano, y espero que cada tarde, al marcharse, esparza un poco de sus colores y de su locura para alegrar la vivienda (tómese esto como un cumplido que se dice entre amigos).

A menudo quiero escribirle, pero el cansancio es tal que renuncio a ello con la misma frecuencia. Por cierto, termino esta carta demasiado corta, en la que quisiera poder contarle todavía mil cosas, porque se me cierran los ojos. Sepa que soy fiel a su amistad y que le envío cada noche desde mi ventana de Üsküdar mis mejores deseos antes de acostarme.

Un beso,

ALICE

P. D.: He decidido aprender turco, y me gusta mucho. Can me está enseñando y progreso con una facilidad que le desconcierta, me dice que hablo casi sin acento y que está muy orgulloso de mí. Espero que usted también lo esté.


¡Mi querida Suzie!


No se haga la sorprendida… Bien que usted me ha rebautizado como Anton cuando mi nombre es Ethan y siempre me escribe «Querido Daldry».

¿Quién es ese Anton en el que estaba pensando al escribirme su última carta, que acusaba casi tanto retraso como la anterior?

Si no tuviera un horror reverencial a los tachones, tacharía todo lo que acabo de escribir y que seguro que le hace pensar que estoy de mal humor. No es mentira, no estoy satisfecho con mi trabajo desde hace varios días. Las casas de Üsküdar y, en particular, aquella en la que vive me están costando Dios y ayuda. Comprenda que, desde el puente Gálata en el que nos encontrábamos, parecían minúsculas, y ahora que sé que vive allí me gustaría hacerlas inmensas y reconocibles para que pudiese identificar la suya.

Me he percatado de que en su última carta no habla en absoluto de sus obras. No es el socio el que se preocupa, sino el amigo el que es curioso. ¿Cómo lo lleva? ¿Ha conseguido recrear esa ilusión a polvo o desea que le envíe un paquetito con un poco?

Mi viejo Austin ha muerto. Es mucho menos triste que el fallecimiento del señor Zemirli, pero lo conocía desde hacía más tiempo que a él y, al dejarlo en el garaje, no le oculto que tenía el corazón en un puño. Lo positivo del asunto es que voy a poder despilfarrar un poco más de esa herencia, ya que ha renunciado a ayudarme a ello, y que iré la semana que viene a comprarme un automóvil completamente nuevo. Espero (si es que vuelve algún día) tener el placer de dejárselo conducir. Como parece que su estancia se prolonga, he decidido pagarle el alquiler a nuestro casero común. Sea tan amable, por una vez, de no llevarme la contraria; es completamente normal que lo pague yo, puesto que soy el único que utiliza su piso.

Espero que su paseo por la isla de los Príncipes le haya procurado todos los placeres que esperaba. A propósito de salidas dominicales, este fin de semana me dejo llevar por su amiga Carol al cine. Es una idea muy original esta que ha tenido, ya que yo no voy nunca.

No puedo darle el título de la película que veremos, pues es una sorpresa. Le contaré lo sucedido en una próxima carta.

Le envío mis mejores deseos, desde su apartamento, que dejo para volver a mi casa a dormir.

Hasta pronto, querida Alice. Echo de menos nuestras cenas de Estambul, y sus relatos sobre el restaurante de mamá Can y de su marido cocinero me han dado apetito.

DALDRY

P. D.: Estoy encantado de que se le dé tan bien el turco. Sin embargo, si Can es su único maestro en la materia, le recomiendo vivamente que compruebe en un buen diccionario las traducciones que le propone.

No es más que una sugerencia, por supuesto…


Daldry:


Vuelvo en este mismo momento del restaurante y le escribo en una noche en la que ya no lograré conciliar el sueño. Hoy me ha pasado algo muy perturbador.

Como cada mañana, Can ha venido a buscarme. Bajábamos de los altos de Üsküdar en dirección al Bósforo. En el transcurso de la noche anterior, había ardido un konak, y la fachada de la antigua casa se había desplomado en medio de la calle que tomamos normalmente, así que hemos tenido que bordear el siniestro. Al estar las calles vecinas llenas de escombros, hemos dado una gran vuelta.

¿No le dije en una de mis cartas que bastaba con un olor para recobrar la memoria de un lugar desaparecido? Al bordear una verja de hierro, por donde trepaba un rosal, me he detenido; un perfume me era extrañamente familiar, una mezcla de tilo y rosas silvestres. Hemos empujado la verja y hemos descubierto al final de un callejón sin salida una casa olvidada del tiempo, olvidada de todo.

Hemos avanzado por el patio, un anciano cuidaba con esmero la vegetación que renacía con la primavera. He reconocido de inmediato los aromas de las rosas, el olor de la grava, de las paredes calizas, de un banco de piedra bajo el follaje de un tilo y ese lugar ha resurgido de mi memoria. He vuelto a ver ese patio cuando estaba poblado de niños, he reconocido la puerta azul en lo alto de los escalones de la escalinata, esas imágenes olvidadas se me han aparecido como el transcurso de un sueño.

El anciano se nos ha aproximado y me ha preguntado qué buscábamos. Lo he interrogado a fin de saber si había habido un colegio en ese lugar.

«Sí -me ha confiado, emocionado-, un colegio minúsculo, pero se ha convertido desde hace mucho tiempo en la morada de un único habitante que hace las veces de jardinero.»

Ese anciano me ha informado de que, a principios de siglo, él era un joven maestro; el colegio pertenecía a su padre, que era el director. Cerrado en 1923, con la revolución, no volvió a abrir nunca sus puertas.

Se ha puesto las gafas, se me ha acercado mucho y me ha mirado con tal intensidad que me he sentido casi incómoda. Ha dejado su rastrillo y me ha dicho:

«Te reconozco, eres la pequeña Anusheh.»

Al principio creía que no estaba en sus cabales, pero he recordado que ambos habíamos pensado lo mismo de ese pobre señor Zemirli, así que, deshaciéndome de mis prejuicios, le he respondido que se engañaba, que me llamaba Alice.

Ha pretendido acordarse muy bien de mí. «Esa mirada de niñita perdida, nunca la he podido olvidar», ha dicho, y nos ha invitado a tomarnos un té en su casa. Apenas nos hemos instalado en su salón, me ha cogido de la mano y ha suspirado: «Mi pobre Anusheh, me entristece tanto lo de tus padres.»

¿Cómo podía saber que mis padres habían perecido en los bombardeos de Londres? He visto crecer su confusión cuando le he hecho la pregunta.

«¿Tus padres lograron huir a Inglaterra? Qué dices, Anusheh, es imposible.»

Sus palabras no tenían ningún sentido, pero ha continuado:

«Mi padre conoció bien al tuyo. Aquella barbarie de los jóvenes locos de la época, ¡qué tragedia! Nunca supimos lo que le pasó a tu madre. ¿Sabes? No eras la única en estar en peligro. Nos obligaron a cerrar para que lo olvidásemos todo.»

No comprendía nada de su relato y todavía no comprendo lo que ese hombre me contaba, Daldry, pero su voz, tan sincera, me perdía.

«Eras una niña estudiosa, inteligente, aunque nunca hablabas. Imposible oír el más mínimo sonido de tu garganta. Eso desesperaba a tu mamá. Casi no se puede creer lo que te pareces a ella. Al verte hace un momento en el callejón, al principio creí verla a ella, pero era imposible, por supuesto, fue hace mucho tiempo. A veces te acompañaba, por la mañana, tan contenta de que pudieses estudiar aquí. Mi padre era el único que te había aceptado en un colegio, los otros se negaban por culpa de tu obstinación a permanecer en silencio.»

He acosado a ese hombre a preguntas; ¿por qué insinuaba que mi madre había conocido un destino distinto al de mi padre cuando los había visto desaparecer juntos bajo las bombas?

Me ha mirado desconsolado y me ha dicho:

«¿Sabes? Tu niñera siguió viviendo mucho tiempo en los altos de Üsküdar, me la encontraba a veces al ir al mercado, pero hace tiempo que no me la cruzo. Ahora quizá esté muerta.»

Le he preguntado de qué niñera hablaba.

«¿Tampoco te acuerdas de la señora Yilmaz? ¿Con lo que ella te quería… Le debes mucho.»

Esa incapacidad para recobrar la memoria de esos años pasados en Estambul me ha hecho rabiar, y esa frustración ha ido empeorando desde que he oído las palabras nebulosas de ese anciano maestro de colegio que me llama por otro nombre que no es el mío.

Nos ha hecho visitar su casa y me ha enseñado el aula donde estudiaba. Se ha convertido en un saloncito de lectura. Ha querido saber qué hacía ahora, si estaba casada, si tenía hijos. Le he hablado de mi oficio y apenas se ha sorprendido de que haya elegido este camino. Y ha añadido:

«La mayoría de los niños, cuando se les confía un objeto, se lo lleva a la boca para probarlo; tú lo olías, era tu forma, muy particular, de aceptarlo o de rechazarlo.»

Y luego nos ha acompañado hasta la verja del final del callejón, y al rozar el gran tilo que vierte su sombra sobre la mitad del patio he percibido de nuevo esos aromas y he comprendido definitivamente que no era la primera vez que me encontraba allí.

Can me dice que seguramente había frecuentado ese colegio, que el anciano maestro no conserva toda su memoria y me confunde con otra niña, que mezcla sus recuerdos al igual que yo mis perfumes. Me dice que, después de haberme acordado de ciertas cosas, otros recuerdos volverán a surgir quizá, que hay que ser paciente y confiar en el destino. Si ese konak no se hubiese quemado, nunca habríamos pasado delante de la verja de ese antiguo colegio. Aunque sé que no tiene otra intención que calmarme, Can no se equivoca del todo.

Daldry, muchísimas preguntas sin respuesta se agolpan en mi cabeza. ¿Por qué ese maestro me ha llamado Anusheh, cuál es esa barbarie que evoca? Mis padres siguieron unidos hasta en la muerte; ¿por qué él da a entender lo contrario? Parecía tan seguro de sí y tan triste ante mi ignorancia.

Le pido perdón por haberle escrito estas palabras que no tienen ningún sentido; sin embargo, es lo que he oído hoy.

Mañana volveré al taller de Cihangir; después de todo, me he enterado de lo esencial. Viví aquí dos años y, por una razón que ignoro, mis padres me enviaron al colegio del otro lado del Bósforo, en un callejón perdido de Üsküdar, acompañada quizá por una niñera que se llamaba señora Yilmaz.

Espero que por su parte se encuentre bien, que, al progresar su cuadro, aumente el placer que siente ante su caballete. Para ayudarlo, sepa que mi casa tiene tres pisos, que sus paredes son de color rosa pálido, y sus contraventanas, blancas.

Un beso,

ALICE

P. D.: Perdóneme por esa confusión de nombres, estaba distraída. Anton es un viejo amigo a quien escribo a veces. Ya que hablamos de amigos, ¿le gustó la película que fue a ver con Carol?


Querida Alice:


(Aunque Anusheh sea un nombre muy bonito.)

Creo que ese viejo maestro la ha confundido con otra niñita que debía de frecuentar ese colegio. No debería dejarse atormentar más por historias surgidas de la memoria de un hombre que ya no está en sus cabales.

La buena noticia es que ha encontrado el centro en el que estaba escolarizada durante los dos años de su infancia pasados en Estambul. A partir de ahora tiene la prueba de que sus padres, incluso en tiempos difíciles, no habían descuidado sus estudios. ¿Qué más necesita buscar?

Al haber reflexionado sobre sus preguntas sin respuesta, les he encontrado una lógica implacable. Durante la guerra y en su situación (¿debo recordarle la singular ayuda que les prestaron a los habitantes de Beyoglu, lo que no carecía de peligro?), es probable que sus padres hubiesen preferido que pasase sus días en otro barrio. Y, dado que trabajaban ambos en la facultad, también es probable que hubieran recurrido a una niñera. He aquí la razón por la que el señor Zemirli no tuviese ningún recuerdo de usted. Cuando iba a buscar sus medicamentos, usted estaba en clase o confiada a esa señora Yilmaz. El misterio está resuelto, y puede volver con serenidad a sus obras que, espero, avancen a pasos agigantados.

Por mi parte, el cuadro progresa, no tan rápido como desearía, pero creo que me las apaño bastante bien. En fin, es lo que me digo cada tarde al dejar su piso y pienso todo lo contrario al volver al día siguiente. Qué quiere, es la dura vida de un pintor, ilusiones y desilusiones, uno cree dominar su tema, pero son esos malditos pinceles los que te dominan y hacen lo que les da la gana. Aunque no sean los únicos en este caso…

Por cierto, ya que su correspondencia me da a entender que añora cada vez menos Londres, como a menudo me sucede que vuelvo a pensar en ese excelente raki que bebía en Estambul en su compañía, me pongo a soñar algunas noches con la idea de una cena en el restaurante de mamá Can; me gustaría poder hacerle algún día una visita, aunque sé que es imposible, trabajo mucho últimamente.

Su afectísimo,

DALDRY

P. D.: ¿Ha vuelto a ir de picnic a la isla de los Príncipes? ¿Merece la isla su nombre? ¿La ha cruzado?


Querido Daldry:


Me reprochará el retraso de esta carta, pero no me odie, he trabajado sin pausa estas tres últimas semanas.

He hecho grandes progresos, y no solamente en el idioma turco. El artesano de Cihangir y yo nos acercamos a algo tangible. Ayer, por primera vez, obtuvimos un acorde maravilloso. La primavera tiene mucho que ver. Si supiera, Daldry, cómo ha cambiado Estambul desde la llegada del buen tiempo. Can me ha llevado este último fin de semana a visitar el campo de alrededor y he encontrado allí aromas increíbles. Las afueras de la ciudad están ahora cubiertas de rosas, las variedades se cuentan por centenares. Los melocotoneros y los albaricoqueros están en plena floración, los ciclamores de las orillas del Bósforo han adquirido un color púrpura.

Can me dice que pronto será el turno de las retamas rebosantes de oro, de los geranios, de las buganvillas, de las hortensias y de tantas otras flores. He descubierto el paraíso terrestre de los perfumistas, y soy la más afortunada de ellos por estar aquí instalada. Me preguntaba por la isla de los Príncipes: resplandece bajo su vegetación abundante. Y la colina de Üsküdar, donde vivo, no se queda atrás. Al final de mi turno vamos muy a menudo con Can a tomar algo a los cafecitos asentados en el corazón de los jardines ocultos de Estambul.

Dentro de un mes, cuando el calor sea más intenso, iremos a la playa a bañarnos. ¿Ve? Estoy tan feliz de estar aquí que me vuelvo hasta impaciente. La primavera no está sino a mitad de carrera, y ya espero inquieta la llegada del verano.

Querido Daldry, nunca sabré cómo agradecerle que me haya permitido conocer esta existencia que me embriaga. Me gustan las horas pasadas junto al artesano de Cihangir, mi trabajo en el restaurante de mamá Can, que se ha convertido casi en alguien de mi familia para mí -tan cariñosa se muestra-, y la suavidad de las noches de Estambul cuando vuelvo a casa es una maravilla.

Me gustaría tanto que me hiciera una visita, aunque fuera una semanita, para compartir con usted todas estas bellezas que he descubierto.

Es tarde, la ciudad por fin duerme, voy a hacer lo mismo.

Le mando un beso, y le escribiré en cuanto me sea posible.

Su amiga,

ALICE

P. D.: Dígale a Carol que la echo de menos, me haría feliz recibir noticias suyas.


13

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Alice se detuvo camino del restaurante para enviar su carta a Daldry. Al entrar en la sala oyó un vivo altercado entre mamá Can y su sobrino. Pero, en cuanto se acercó a la trascocina, mamá Can se calló y miró mal a Can para que se callara también, lo que no se le escapó en absoluto a Alice.

– ¿Qué pasa? -preguntó poniéndose su delantal.

– Nada -protestó Can, cuya mirada decía todo lo contrario.

– Pero si ambos parecen muy enfadados -dijo Alice.

– Una tía debería tener derecho a reñir a su sobrino sin que éste levante la mirada al cielo y le falte al respeto -respondió mamá Can alzando la voz.

Can salió del restaurante dando un portazo sin siquiera despedirse de Alice.

– Parece grave -añadió ella al acercarse a la cocina, donde el marido de mamá Can se atareaba.

Se volvió hacia ella con una espátula en la mano y le hizo probar su guiso.

– Está delicioso -dijo Alice.

El cocinero se secó las manos en el delantal y se dirigió sin decir una palabra hacia el cobertizo para fumarse allí un cigarrillo. Le echó una mirada de exasperación a su mujer antes de cerrar a su vez de un portazo.

– Buen ambiente -dijo Alice.

– Esos dos se han aliado contra mí -refunfuñó mamá Can-. El día que me muera, los clientes me seguirán al cementerio antes de permitir que les sirvan esos dos cabezones.

– Si me dijera lo que pasa, quizá podría ponerme de su parte; con un dos contra dos, el partido estaría más igualado.

– El cretino de mi sobrino es demasiado buen profesor y tú aprendes demasiado rápido nuestra lengua. Can debería meterse en sus asuntos y tú deberías hacer lo mismo. Vete, pues, al comedor en lugar de quedarte ahí plantada; ¿ves algún cliente en esta cocina? No, pues largo, esperan que los sirvan, ¡y ni se te ocurra dar un portazo!

Alice no se lo hizo repetir. Dejó en el primer estante que estaba a mano la pila de platos que el pinche acababa de secar, y se volvió libreta en mano hacia el comedor, que comenzaba a llenarse.

Apenas se cerró la puerta de la cocina, se oyó a mamá Can gritarle a su marido que apagase el cigarrillo y que volviese en el acto a su cocina.

La noche continuó sin más contratiempos, pero, cada vez que Alice pasaba por la cocina, constataba que mamá Can y su marido no se dirigían la palabra.

Los lunes por la noche, el turno de Alice nunca acababa muy tarde, los últimos clientes abandonaban el restaurante alrededor de las once. Terminó de ordenar el comedor, se desató el delantal, se despidió del pinche, del marido de mamá Can, quien masculló un confuso adiós, y por fin de ella, quien la miró salir poniéndole cara rara.

Can la esperaba fuera, sentado en un murete.

– Pero ¿adónde has ido? Te has escapado a la francesa. ¿Y qué es lo que le has hecho a tu tía para ponerla en ese estado? Por culpa de tus tonterías hemos pasado todos una noche horrorosa, estaba de un humor de perros.

– Mi tía es mucho más terca que un perro, nos hemos peleado, eso es todo, mañana irá todo mejor.

– ¿Y puedo saber por qué os habéis peleado? Después de todo, soy yo quien ha pagado los platos rotos.

– Si se lo digo, se enfadará mucho más y el turno de mañana será peor que el de esta noche.

– ¿Por qué? -preguntó Alice-. ¿Me concierne en algo?

– No puedo decir nada. Bueno, ya hemos cotilleado bastante, la acompaño, es tarde.

– ¿Sabes, Can? Soy una persona adulta y no tienes la obligación de escoltarme todas las noches hasta mi casa. En estos meses he tenido tiempo para aprenderme el camino. La casa donde vivo no se mueve nunca del final de la calle.

– No está bien burlarse de mí, me pagan por encargarme de usted, sólo hago mi trabajo, como usted en el restaurante.

– ¿Cómo que te pagan?

– El señor Daldry continúa enviándome un giro cada semana.

Alice miró durante un buen rato a Can y se fue sin decir nada. El guía le dio alcance.

– También lo hago por amistad.

– No me digas que es por amistad, porque te pagan -dijo acelerando el paso.

– Las dos cosas no son incompatibles, y por la noche las calles no son tan seguras como cree. Estambul es una gran ciudad.

– Pero Üsküdar es un pueblo donde todo el mundo se conoce, me lo has repetido cien veces. Ahora déjame en paz, conozco mi camino.

– Está bien -suspiró Can-, le escribiré a Daldry para decirle que ya no quiero su dinero, ¿le parece bien así?

– Lo que me habría parecido bien es que me hubieses dicho mucho antes que te seguía pagando por ocuparte de mí. Intenté dejarle claro que ya no quería su ayuda, pero constato que no hace más que lo que le da la gana, una vez más, y eso me pone furiosa.

– ¿Por qué el hecho de que alguien la ayude la pone furiosa? Es absurdo.

– Porque no le he pedido nada, y no necesito la ayuda de nadie.

– Eso es todavía más absurdo, todos necesitamos a alguien en la vida, nadie puede hacer grandes cosas solo.

– Bueno, ¡pues yo sí!

– Bueno, ¡pues usted tampoco! ¿Lograría poner a punto su perfume sin la ayuda del artesano de Cihangir? ¿Habría encontrado su taller si yo no la hubiese llevado? ¿Habría conocido al cónsul, al señor Zemirli y al maestro de escuela?

– No exageres, no tienes nada que ver con lo del maestro de escuela.

– ¿Y quién decidió ir por la callejuela que pasaba por delante de su casa? ¿Quién?

Alice se paró y se encaró con Can.

– Eres de una mala fe increíble. De acuerdo, sin ti no habría conocido ni al cónsul, ni al señor Zemirli, no trabajaría en el restaurante de tu tía, no viviría en Üsküdar y probablemente me habría ido de Estambul. Es a ti a quien le debo todo eso, ¿estás satisfecho?

– ¡Y no habría pasado ante el callejón donde se encontraba ese colegio!

– Te he pedido disculpas, no nos vamos a pasar con esto toda la noche.

– No he debido de captar en qué momento se ha disculpado. Y no habría conocido a ninguna de esas personas, ni habría encontrado un empleo en el restaurante de mi tía, ni habría ocupado la habitación que le alquila, si el señor Daldry no me hubiese contratado. Podría extender sus disculpas y agradecérselo a él también, al menos con el pensamiento. Estoy seguro de que le llegarían de una forma u otra.

– Lo hago en cada carta que le escribo, «señor doy lecciones de moral», quizá dices eso únicamente para que no le prohíba en mi próxima carta mandarte tus giros.

– Si después de todos los favores que le he hecho quiere usted hacer que pierda mi empleo, es asunto suyo.

– Eso es justo lo que decía, eres de una mala fe increíble.

– Y usted tan terca como mi tía.

– Vale, Can, ya he tenido mi ración de discusiones por esta noche, por todo el mes, mejor dicho.

– Vamos a tomarnos un té y hagamos las paces.

Alice se dejó guiar a un café cuya terraza, todavía muy frecuentada, ocupaba el final de un callejón.

Can les pidió dos rakis. Alice prefería el té que le había prometido, pero el guía no quiso escucharla.

– El señor Daldry no le tenía miedo a beber.

– ¿A ti te parece valiente cogerse un ciego?

– No lo sé, nunca me he hecho esa pregunta.

– Bueno, pues deberías; la ebriedad es una cobardía estúpida. Ahora que hemos brindado con raki para darte gusto, vas a decirme qué tiene que ver conmigo esa discusión con tu tía.

Can dudó si responder, pero la insistencia de Alice venció sus últimas reticencias.

– Es por toda esa gente que le he hecho conocer. El cónsul, el señor Zemirli, el maestro, aunque le he jurado a mi tía que en éste no he tenido nada que ver y que habíamos pasado por delante de su casa por casualidad.

– ¿Qué es lo que te reprocha?

– Meterme en lo que no me importa.

– ¿Por qué le disgusta eso?

– Dice que cuando nos ocupamos demasiado de la vida de los demás, incluso cuando creemos que hacemos bien, acabamos por no traerles más que problemas.

– Bueno, pues iré a tranquilizar a mamá Can mañana mismo y le explicaré que no me has traído más que alegrías.

– No puede decirle tal cosa a mi tía, sabría que se lo he dicho yo y se pondría furiosa conmigo. Y más teniendo en cuenta que no es completamente verdad. Si no le hubiese presentado al señor Zemirli, no habría estado tan triste cuando se murió; y si no la hubiese llevado a esa callejuela, no se habría sentido desamparada ante ese viejo profesor. Nunca la había visto en semejante estado.

– ¡Tienes que decidirte de una vez por todas! O son tus talentos de guía los que nos condujeron a ese colegio, o es una casualidad y no tienes nada que ver.

– Digamos que es un poco las dos cosas: la casualidad hizo que se quemase el konak, y yo la llevé a la callejuela. La casualidad y yo éramos socios en este asunto.

Alice apartó su vaso vacío, Can volvió a llenarlo de inmediato.

– Esto me recuerda a mis buenas noches con el señor Daldry -dijo el guía.

– ¿Podrías olvidarte de Daldry cinco minutos?

– No, no creo -respondió Can después de reflexionar.

– ¿Cómo habéis llegado a discutir así?

– Por la cocina.

– No te preguntaba dónde había comenzado, sino cómo.

– Ah, eso no puedo decírselo, mamá Can me ha hecho prometerlo.

– Bueno, pues te libero de tu promesa. Una mujer puede levantar la promesa que un hombre le ha hecho a otra mujer a condición de que ellas se lleven bien y que eso no cause ningún perjuicio ni a una ni a otra. ¿No lo sabías?

– ¿Se lo acaba de inventar?

– Ahora mismo.

– Eso es lo que yo pensaba.

– Can, dime por qué habéis hablado de mí.

– ¿Qué bien puede hacerle eso?

– Ponte en mi lugar. Imagina que nos hubieses sorprendido a Daldry y a mí peleándonos por causa tuya, ¿no querrías saber por qué?

– No habría necesidad. Imagino que el señor Daldry me habría criticado otra vez, que usted habría salido en mi defensa y que él se lo habría reprochado una vez más. No es muy complicado, ya ve.

– ¡Me vuelves loca!

– Y a mí es mi tía quien me vuelve loco por culpa de usted, así que ya estamos igual.

– De acuerdo, un toma y daca. No le digo nada a Daldry en mi próxima carta a propósito de tus giros, y tú me confiesas cómo ha empezado esa discusión.

– Eso es un chantaje, y usted me obliga a traicionar a mamá Can.

– Y yo, al no decirle nada a Daldry, traiciono mi independencia; ya ve, todavía estamos igual.

Can miró a Alice y le volvió a llenar el vaso.

– Beba primero -dijo sin dejar de mirarla.

Alice vació el vaso de un trago y lo volvió a dejar violentamente sobre la mesa.

– ¡Te escucho!

– Creo que he encontrado a la señora Yilmaz -declaró Can.

Y, ante la mirada alelada de Alice, añadió:

– Su niñera… Sé dónde vive.

– ¿Cómo la has encontrado?

– Can todavía es el mejor guía de Estambul, y eso es verdad para las dos orillas del Bósforo. Hace casi un mes que hago preguntas por aquí y por allá. Me he recorrido las calles de Üsküdar y he encontrado a alguien que la conocía. Se lo había dicho, Üsküdar es un sitio donde todo el mundo se conoce, o, digamos, un sitio donde todo el mundo conoce a alguien que conoce a alguien… Üsküdar es un pueblecito.

– ¿Cuándo podremos ir a verla? -preguntó Alice ansiosa.

– Cuando llegue el momento, ¡y mamá Can no podrá saber nada!

– Pero ¡por qué se mete! ¿Y por qué no quería que me hablases de ello?

– Porque mi tía tiene teorías sobre cualquier cosa. Afirma que las cosas del pasado deben permanecer en el pasado, que nunca es bueno despertar nuevas historias. No se debe exhumar lo que el tiempo ha enterrado, asegura que le haría daño conduciéndola a casa de la señora Yilmaz.

– Pero ¿por qué? -preguntó Alice.

– Del porqué no tengo ni idea, quizá nos enteremos cuando vayamos. ¿Ahora tengo su promesa de que será paciente y que esperará sin decir nada a que organice esa visita?

Alice se lo prometió, y Can le suplicó que la dejara acompañarla a su casa mientras la borrachera aún se lo permitiese. Con el número de vasos de raki que se había soplado al hacerle esa confesión, era más que urgente ponerse en camino.


*

Al día siguiente por la tarde, al volver del taller de Cihangir, Alice fue a toda velocidad a su casa a cambiarse antes de empezar su turno de las siete.

La vida en el restaurante de mamá Can parecía haber retomado su curso normal. Su marido se afanaba en la cocina gritando en cuanto un plato estaba listo, y mamá Can vigilaba la mesa desde la caja. No la abandonaba más que para ir a saludar a los parroquianos, y desde allí designaba con una mirada las mesas en las que había que situar a la gente según la importancia que les concedía. Alice tomaba nota, zigzagueaba entre los clientes y la cocina, y el pinche lo hacía lo mejor que podía.

Hacia las nueve, cuando llegaba la «hora punta», mamá Can abandonó su taburete suspirando y se decidió a echarles una mano.

Mamá Can observaba discretamente a Alice, quien, por su parte, hacía grandes esfuerzos por no revelar nada del secreto que le había confiado Can.

Cuando el último cliente se hubo ido, mamá Can echó el cerrojo, empujó una silla y se instaló en una mesa sin quitarle los ojos de encima a Alice, quien, como cada noche, ponía las mesas para el día siguiente. Estaba quitando el mantel de la mesa vecina a la que ocupaba mamá Can cuando ésta le confiscó el trapo con el que daba brillo a la madera y le cogió la mano.

– Anda, ve a preparar un té con menta, querida, y vuelve con dos vasos.

La idea de respirar un poco no disgustaba a Alice. Volvió a la cocina y reapareció unos minutos más tarde. Mamá Can ordenó al pinche que cerrase el postigo del pasaplatos; Alice dejó su bandeja y se sentó enfrente de ella.

– ¿Eres feliz aquí? -preguntó la dueña tras servir el té.

– Sí -respondió Alice, perpleja.

– Eres valiente -dijo mamá Can-, como yo cuando tenía tu edad, el trabajo nunca te ha dado miedo. Una situación extraña, si se piensa bien, la de nuestra familia contigo, ¿no te parece?

– ¿Qué situación? -preguntó Alice.

– Por el día mi sobrino trabaja para ti y, por la noche, tú trabajas para su tía. Es casi un negocio familiar.

– Nunca lo había pensado así.

– ¿Sabes? Mi marido no habla mucho, dice que no le da tiempo, que hablo por dos, al parecer. Pero te aprecia y te valora.

– Me siento conmovida, yo también os quiero a todos.

– Y la habitación que te alquilo, ¿te gusta?

– Me gusta la calma que reina en ella, la vista es magnífica y duermo muy bien.

– ¿Y Can?

– ¿Perdón?

– ¿No has comprendido mi pregunta?

– Can es un guía formidable, seguramente el mejor de Estambul; con el paso de los días que hemos pasado juntos se ha convertido en un amigo.

– Hija mía, ya no son días lo que habéis pasado juntos, sino semanas y meses. ¿Eres consciente del tiempo que pasa contigo?

– ¿Qué intenta decirme, mamá Can?

– Sólo te pido que tengas cuidado con él. ¿Sabes? Los flechazos no existen más que en los libros. En la vida real, los sentimientos se construyen tan lentamente como edificamos nuestro hogar, piedra a piedra. ¡O te crees que me volví loca de amor ante mi marido la primera vez que lo vi! Pero, después de cuarenta años de vida en común, quiero muchísimo a ese hombre. He aprendido a amar sus cualidades, a adaptarme a sus defectos, y cuando me enfado con él, como ayer por la noche, me aíslo y reflexiono.

– ¿Y sobre qué reflexiona? -preguntó Alice, burlona.

– Me imagino una balanza, y en un platillo pongo lo que me gusta de él y en el otro lo que me enfada. Y, cuando miro la balanza, siempre la veo inclinada hacia el lado bueno. Es porque tengo la suerte de tener un marido con el que puedo contar. Can es mucho más inteligente que su tío y, a diferencia de éste, es más bien guapo.

– Mamá Can, nunca he querido seducir a su sobrino.

– Bien lo sé, pero es de él de quien te hablo. Estaría dispuesto a recorrer todo Estambul por ti, ¿o es que no lo ves?

– Lo siento, mamá Can, nunca había pensado que…

– También lo sé, trabajas tanto que no has tenido un minuto para pensarlo. ¿Por qué crees que te he prohibido venir aquí el domingo? Para que tu cabeza descanse un día a la semana y tu corazón encuentre una razón para latir. Pero ya veo que Can no te gusta; deberías dejarlo tranquilo. Ahora conoces el camino para ir a tu artesano de Cihangir. Vuelve a hacer buen tiempo, podrías ir allí sola.

– Se lo diré mañana mismo.

– No hace falta, no tienes más que decirle que no necesitas más sus servicios. Si realmente es el mejor guía de la ciudad, encontrará muy rápido nuevos clientes.

Alice clavó su mirada en los ojos de mamá Can.

– ¿No quiere que trabaje más aquí?

– Yo no he dicho eso, no sé por qué lo has pensado. Te aprecio mucho, los clientes también, y estoy encantada de verte todas las noches; si ya no vinieras, creo que incluso me molestaría contigo. Conserva tu trabajo, la habitación donde duermes y donde la vista es hermosa, pasa tus días en Cihangir y todo irá para mejor.

– Entiendo, mamá Can, lo pensaré.

Alice se quitó su delantal, lo dobló y lo dejó sobre la mesa.

– ¿Por qué se enfadó con su marido ayer por la noche? -preguntó al dirigirse hacia la puerta del restaurante.

– Porque me parezco a ti, querida, soy de genio vivo y hago demasiadas preguntas. ¡Hasta mañana! Lárgate ya, volveré a cerrar cuando salgas.


*

Can esperaba a Alice en un banco. Se levantó a su paso y, al abordarla, provocó que se sobresaltase.

– No te había oído.

– Lo siento, no quería asustarla. Tiene mala cara, ¿no se ha arreglado lo del restaurante?

– Sí, todo ha vuelto a la normalidad.

– Con mamá Can las tormentas nunca duran mucho tiempo. Venga, la acompaño.

– Tengo que hablar contigo, Can.

– Yo también, caminemos. Tengo noticias para usted y prefiero decírselas por el camino. La razón por la que el viejo profesor no se cruza ya con la señora Yilmaz en el mercado es que ella ha dejado Estambul. Ha ido a pasar sus últimos días a lo que fue antaño su ciudad, ahora vive en Izmit y hasta tengo su dirección.

– ¿Está lejos de aquí? ¿Cuándo podremos ir a verla?

– Está a unos cien kilómetros, una hora en tren. También podemos ir allí por mar, no he organizado nada todavía.

– ¿A qué esperas?

– Prefiero estar seguro de que realmente quiere encontrarse con ella.

– Por supuesto, ¿qué es lo que te hace dudarlo?

– No lo sé, mi tía quizá tenga razón cuando dice que no es bueno desenterrar el pasado. Si ahora es feliz, ¿de qué le servirá eso? Más vale mirar adelante y pensar en el futuro.

– No tengo nada que temer del pasado, y además todos necesitamos conocer nuestra historia. Me pregunto sin parar por qué mis padres me ocultaron una parte de mi vida. En mi lugar, ¿no querrías saberlo?

– ¿Y si tenían buenas razones? ¿Y si era para protegerla?

– ¿Protegerme de qué?

– ¿De los malos recuerdos?

– Tenía cinco años y no conservo ninguno, y además no hay nada más inquietante que la ignorancia. Si conociera la verdad, fuera la que fuese, al menos me resignaría.

– Imagino que ese viaje en barco para volver a su casa debió de ser terrible, y su madre seguro que daba gracias al cielo de que no se acordase de nada de todo aquello. Ésa es probablemente la razón de su silencio.

– A mí también me lo parece, Can, pero no es más que una suposición y, para serte franca, me gustaría tanto que me hablasen de ellos, aunque sea para decirme cosas anodinas. Cómo se vestía mi madre, lo que me decía por la mañana antes de que fuese al colegio, cómo era nuestra vida en ese piso de ciudad Rumelia, lo que hacíamos los domingos… Sería una forma como otra cualquiera de retomar el contacto con ellos, aunque sólo fuera durante una conversación. Es tan duro despedirse de alguien cuando no se ha podido decir adiós… Los echo de menos tanto como en los primeros días de su desaparición.

– En lugar de ir al taller de Cihangir, mañana la llevaré a casa de la señora Yilmaz, pero ni una palabra a mi tía, ¿me lo promete? -preguntó Can al pie de la casa de Alice.

Lo miró atentamente.

– ¿Tienes a alguien en tu vida, Can?

– Tengo a mucha gente en mi vida, señorita Alice. Amigos y una familia muy grande, casi demasiado numerosa para mi gusto.

– Quería decir alguien a quien quisieras.

– Si quiere saber si hay una mujer en mi corazón, le diré que todas las chicas bonitas de Üsküdar lo visitan cada día. Amar en silencio no cuesta nada y no ofende a nadie, ¿verdad? Y usted, ¿quiere a alguien?

– Soy yo quien te ha hecho la pregunta.

– ¿Con qué cuento le ha ido mi tía? Se inventaría cualquier cosa para que deje de ayudarla en su búsqueda. Es tan obstinada cuando tiene una idea en la cabeza que le podría hacer creer que pensaba pedirle que se case conmigo, pero, tranquila, no tenía intención de hacerlo.

Alice cogió la mano de Can en la suya.

– Te prometo que no la he creído ni por un instante.

– No haga eso -suspiró Can retirando la mano.

– Sólo era un gesto de amistad.

– Quizá, pero la amistad nunca es inocente entre dos seres que no son del mismo sexo.

– No estoy de acuerdo contigo; mi mejor amigo es un hombre, nos conocemos desde la adolescencia.

– ¿No lo echa de menos?

– Por supuesto, le escribo cada semana.

– ¿Y responde a todas sus cartas?

– No, pero tengo una buena excusa: no se las envío.

Can sonrió a Alice y se fue andando hacia atrás.

– ¿Y nunca se ha preguntado por qué nunca envía esas cartas? Creo que ya es hora de volver, es tarde.


*

Querido Daldry:

Le escribo esta carta con el corazón helado. Creo haber llegado al término de este viaje y, sin embargo, si le escribo esta tarde es para anunciarle que no regresaré, al menos en mucho tiempo. Al leer las líneas que seguirán comprenderá por qué.

Ayer por la mañana me reuní con la niñera de mi infancia. Can me condujo a la residencia de la señora Yilmaz. Vive en una casa en lo alto de una callejuela adoquinada que antiguamente no estaba cubierta más que de tierra. Tengo que decirle también que al final de esa callejuela se encuentra una gran escalera…


Como cada día, habían dejado Üsküdar muy de mañana, pero tal y como le había prometido Can a Alice, habían ido a la estación de Haydarpasa. El tren había partido del andén a las nueve y media. Con el rostro pegado a la ventanilla del compartimento, Alice se había preguntado cómo sería su niñera y si su rostro le despertaría algún recuerdo. Llegados a Izmit una hora más tarde, habían cogido un taxi que los condujo a lo alto de una colina en el barrio más antiguo de la ciudad.

La casa de la señora Yilmaz tenía muchos más años que su propietaria. Construida en madera, se inclinaba extrañamente a un lado y parecía a punto de desmoronarse en cualquier momento. Los revestimientos de la fachada no estaban ya sujetos más que por viejos clavos descabezados, las ventanas corroídas por la sal, y los ataques de muchos inviernos quedaban marcados en sus contramarcos. Alice y Can llamaron a la puerta de esa morada moribunda. Cuando el que tomó por el hijo de la señora Yilmaz la hizo entrar en el salón, Alice quedó invadida por el olor a resina de la madera humeante de la chimenea y por el aroma de unos libros antiguos que olían a leche cuajada, de una alfombra que desprendía un olor a la dulzura seca de la tierra, de un par de viejas botas de cuero que olían todavía a lluvia.

– Está arriba -dijo el hombre señalando al piso superior-, no le he dicho nada, simplemente que tenía visita.

Al subir la bamboleante escalera, Alice percibió el perfume a lavanda de las colgaduras, el olor del aceite de lino que abrillantaba la barandilla, el de las sábanas almidonadas, parecido al de la harina, y, en la habitación de la señora Yilmaz, el de la naftalina, que provocaba una sensación de soledad.

La señora Yilmaz leía sentada en su cama. Dejó que le resbalasen las gafas a la punta de la nariz y miró a esa pareja que acababa de llamar a la puerta.

Observó fijamente a Alice, quien se acercaba, contuvo el aliento antes de dar un largo suspiro, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Alice no veía en esa cama más que a una anciana que le era extraña hasta que la señora Yilmaz la cogió en sus brazos sollozando y la estrechó contra ella…


Con la nariz hundida en su nuca, reconocí el acorde perfecto de mi infancia, el aroma de los besos recibidos antes de ir a la cama. Oí, surgido de esa infancia, el crujido de las cortinas que se abrían por la mañana, la voz de mi niñera al gritarme: «Anusheh, levántate, hay un barco muy bonito en la rada, tienes que venir a verlo.»

Recobré el olor de la leche caliente en la cocina, volví a ver las patas de una mesa de cerezo bajo la cual me gustaba tanto esconderme. Oí los escalones de la escalera crujir bajo los pasos de mi padre, y he vuelto a ver de repente, en un dibujo en tinta negra, dos rostros que había olvidado.

He tenido dos madres y dos padres, Daldry; ya no tengo ninguno.

Hizo falta un rato para que la señora Yilmaz secara mis lágrimas; sus manos me acariciaban las mejillas y sus labios me cubrían de besos. Murmuraba mi nombre sin poder parar: «Anusheh, Anusheh, mi pequeña Anusheh, mi sol, has vuelto para ver a tu vieja niñera.» Y yo también lloré, Daldry. Lloré por toda mi ignorancia, por no haber sabido nunca que aquellos que me trajeron al mundo no me vieron crecer, que aquellos a los que amé y que me criaron me habían dado en adopción para salvarme la vida. No me llamo Alice, sino Anusheh; antes que inglesa, soy armenia; y mi verdadero apellido no es Pendelbury.

A los cinco años era una niña silenciosa, una niñita que se negaba a hablar sin que se supiera por qué. Mi universo estaba hecho de olores, eran mi lenguaje. Mi padre, zapatero, poseía un gran taller y dos comercios, a una orilla y otra del Bósforo. Era, me afirmó la señora Yilmaz, el más renombrado de Estambul y venían a verlo de todos los barrios de la ciudad. Mi padre se encargaba de la tienda de Pera, mi madre dirigía la de Kadiköy, y, cada mañana, la señora Yilmaz me llevaba al colegio, situado al fondo de un pequeño callejón de Üsküdar. Mis padres trabajaban mucho, pero el domingo mi padre nos llevaba siempre a pasear en calesa.

A principios del año 1914, el enésimo médico les había sugerido a mis padres que mi mutismo no era una fatalidad, que ciertas plantas medicinales podrían calmar mis noches turbadas por violentas pesadillas y que conciliar el sueño me soltaría la lengua. Mi padre tenía por cliente a un joven farmacéutico inglés que ayudaba a las familias en dificultades. Cada semana, la señora Yilmaz y yo íbamos a la calle Isklital.

En cuanto veía a la mujer de ese farmacéutico, según parece, gritaba su nombre con una voz clara.

Las pociones del señor Pendelbury tuvieron virtudes milagrosas. Al cabo de seis meses de tratamiento dormía como un ángel y le encontraba cada vez más gusto a hablar. La vida volvió a ser feliz, hasta el 25 de abril de 1915.

Aquel día en Estambul, notables, intelectuales y periodistas, médicos, profesores y comerciantes armenios fueron arrestados en el transcurso de una redada sangrienta. Ejecutaron sin juicio a la mayoría de los hombres, y a los que habían sobrevivido los deportaron a Adana y a Alep.

Al final de la tarde, el rumor de las masacres llegó hasta el taller de mi padre. Unos amigos turcos vinieron a avisarle de que pusiese a su familia a salvo lo más rápido posible. Se acusaba a los armenios de conspirar con los rusos, enemigos en la época. Nada de eso era verdad, pero el furor nacionalista había inflamado los ánimos y, a pesar de las manifestaciones de muchos estambulitas, los asesinatos se habían perpetrado con la mayor impunidad.

Mi padre se precipitó a reunirse con nosotras; en el camino, se cruzó con una patrulla.

«Tu padre era un hombre bueno -me repetía la señora Yilmaz-, corría en la oscuridad para salvaros. Lo atraparon cerca del puerto. Tu padre era también el más valiente de los hombres; cuando aquellos locos salvajes acabaron con su sucio trabajo y lo dieron por muerto, se levantó de nuevo. A pesar de las heridas, caminó y encontró el medio de cruzar el estrecho. La barbarie no había llegado todavía a Kadiköy.

»Lo vimos regresar ensangrentado en medio de la noche; con el rostro hinchado estaba irreconocible. Había ido a veros a la habitación donde dormíais y luego le suplicó a tu madre que no llorase, para no despertaros. Nos reunió a tu madre y a mí en el salón, y nos explicó lo que pasaba en la ciudad, los asesinatos que se cometían en ella, las casas que ardían, las mujeres a las que agredían. El horror del que son capaces los hombres cuando pierden su humanidad. Nos dijo que había que protegeros a toda costa, abandonar la ciudad en el acto, enganchar el carretón y huir a provincias, donde las cosas estarían seguramente más calmadas. Tu padre me suplicó que os acogiese en mi familia, aquí, en esta casa de Izmit donde pasaste algunos meses. Y, cuando tu madre, llorando, le preguntó por qué daba a entender que él no formaría parte del viaje, todavía recuerdo que le respondió: “Voy a sentarme un poco, pero sólo porque estoy cansado.”

»Había orgullo en él, del que te mantiene recto como la punta de una lanza, del que te obliga a seguir en pie en cualquier circunstancia.

»Sentado en su silla, cerró los ojos; tu madre se arrodilló y lo abrazó. Puso una mano en su mejilla y le sonrió. Entonces tu padre dio un largo suspiro, su cabeza se inclinó a un lado y ya no dijo nada más. Murió con la sonrisa en los labios, mirando a tu madre, como había decidido.

»Recuerdo que, cuando tus padres discutían, tu padre me decía: “¿Sabe, señora Yilmaz? Está furiosa porque trabajamos demasiado, pero cuando seamos viejos le compraré una bonita residencia en el campo, con tierras alrededor, y será la más feliz de las mujeres. Y yo, señora Yilmaz, cuando muera en esa casa, que será el fruto de nuestros esfuerzos, el día en que me vaya, serán los ojos de mi mujer lo que querré ver en el último momento.”

»Tu padre me contaba eso hablando muy alto para que tu madre lo oyera. Entonces, ella dejaba pasar unos minutos y, cuando se ponía el abrigo, iba a la puerta y le decía: “En primer lugar, nada te dice que me dejarás el primero, y yo, el día en que muera por culpa de tus malditas zapaterías, que me habrán agotado, serán suelas de cuero lo que veré en mi último delirio.”

»Y luego tu madre le daba un beso jurando que era el zapatero más exigente de la ciudad, pero que no hubiese querido a ningún otro por marido.

»Tumbamos a tu padre en su cama. Tu madre lo arropó como si durmiera, le dio un beso y le susurró unas palabras de amor que no les concernían más que a ellos. Me pidió que fuese a despertaros y luego nos fuimos, pues tu padre nos lo había ordenado.

»Mientras enganchaba el carretón, tu madre terminó de preparar una maleta; entre otras cosas, metió el dibujo de ella y de tu padre que ahora ves sobre esa cómoda, entre las dos ventanas de mi habitación.»


Daldry, avancé hacia la ventana y cogí el marco entre mis manos. No reconocí sus rostros, pero ese hombre y esa mujer que me sonreían en su eternidad eran mis verdaderos padres.

«Habíamos viajado una buena parte de la noche -prosiguió la señora Yilmaz-, y llegamos antes del amanecer a Izmit, donde mi familia os acogió.

»Tu madre estaba inconsolable. Se pasaba la mayor parte del día sentada al pie de un gran tilo que puedes ver desde la ventana. Cuando estaba mejor, te llevaba a caminar por el campo, a coger ramos de rosas y de jazmines. Por el camino nos recitabas todos los olores que encontrabas.

»Creíamos estar en paz, que la locura y la barbarie habían cesado, que los horrores que había conocido Estambul sólo habían durado una noche. Pero nos equivocábamos. El odio gangrenaba todo el país. En el mes de junio, mi joven sobrino llegó sin aliento gritando que estaban arrestando a los armenios en los barrios de la parte baja de la ciudad. Se los agrupaba sin miramientos en los alrededores de la estación antes de hacerlos subir en vagones de ganado, donde los maltrataban más que a los animales que tienen por destino el matadero.

»Yo tenía una hermana que vivía en una gran casa junto al Bósforo; esa tonta era tan guapa que había seducido a un rico notable, un hombre demasiado poderoso como para que no nos atreviésemos a entrar en su casa sin que nos hubieran invitado. Ella y su marido tenían un corazón de oro y nunca habrían dejado que nadie, por el motivo que fuera, le tocara ni un pelo a ninguna mujer ni a uno de sus hijos. Decidimos que, en cuanto se pusiera el sol, os llevaría allí. Lo recuerdo como si fuera ayer, mi pequeña Anusheh: a las diez de la noche cogimos la pequeña maleta negra y, ocultas en la oscuridad de las callejuelas de Izmit, nos dirigimos hacia la casa de mi hermana. Desde lo alto de la escalera que se encuentra al final de nuestra calle, se podía ver el fuego elevándose hacia el cielo. Las casas de los armenios ardían cerca del puerto. Nos escabullimos varias veces de los regimientos salvajes que diezmaban a la comunidad armenia. Nos escondimos en las ruinas de una vieja iglesia. Éramos tan ingenuos que creíamos que lo peor había pasado, así que salimos. Tu madre te llevaba de la mano y, de repente, nos vieron.»


La señora Yilmaz dejó de hablar; sollozaba, y yo la consolaba entre mis brazos. Cogió su pañuelo, se enjugó el rostro y continuó con su penoso relato.


«Tienes que perdonarme, Anusheh, han pasado más de treinta y cinco años, y nunca consigo hablar de ello sin llorar. Tu madre se arrodilló delante de ti, te dijo que eras su vida, su pequeña maravilla, que tenías que sobrevivir a toda costa, que, pasara lo que pasase, velaría siempre por ti, y que siempre estarías en su corazón, allí donde estuvieras. Te dijo que tenía que dejarte, pero que no te abandonaría nunca. Se acercó a mí, dejó tu mano en la mía, y nos empujó a la sombra de una puerta cochera. Nos besó a todos y me suplicó que os protegiera. Luego se fue sola en la oscuridad, al encuentro de la columna de los bárbaros. Para que no viniesen hacia nosotros, para que no nos vieran, fue ella la que se dirigió hacia ellos.

»Cuando se la llevaron, os hice bajar la colina a través de senderos que conocía desde siempre. Mi primo nos esperaba en una cala, había amarrado su barca de pesca al pontón. Nos hicimos a la mar y, mucho antes de que se hiciera de día, habíamos atracado. Caminamos de nuevo, y por fin llegamos a la casa de mi hermana.»


Le pregunté a la señora Yilmaz qué le había sucedido a mi madre.


«Nunca logramos averiguar nada en concreto -me respondió-. Pero sabemos que en Izmit deportaron a cuatro mil armenios y que, durante el transcurso de ese trágico verano, asesinaron a centenares de miles por todo el imperio. Hoy ya nadie habla de ello, todo el mundo se calla. Los que sobrevivieron y encontraron la fuerza para dar testimonio de ello son muy pocos. No han querido escucharlos. Hace falta mucha humildad y valor para pedir perdón. He oído murmurar que llevaron a interminables columnas de mujeres, hombres y niños hacia el sur. Los que no iban metidos en vagones de ganado caminaban junto a los raíles. Sin agua, sin comida. Remataban en la cuneta con una bala en la cabeza a aquellos que ya no podían avanzar. A los demás les hicieron cruzar el desierto y los dejaron morir de agotamiento, de sed y de hambre.

»Cuando te cuidaba en casa de mi hermana durante ese verano ignoraba todo esto, aunque me temía lo peor. Había visto partir a tu madre y adivinaba que no volvería. Tuve miedo por ti.

»Al día siguiente de esa tragedia volviste a tu mundo silencioso, ya no querías hablar.

»Un mes más tarde, cuando mi hermana y su marido se habían asegurado de que Estambul volvía a estar en calma, te acompañé a casa del farmacéutico de la calle Isklital. Cuando viste a su mujer, sonreíste de nuevo, abriste los brazos y corriste hacia ella. Les conté lo que os había pasado.

»Tienes que comprenderme, Anusheh, era una decisión terrible, yo acepté porque debía protegerte.

»La mujer del farmacéutico te tenía mucho cariño, y tú no te quedabas corta. Cuando estabas con ella aceptabas pronunciar algunas palabras. De vez en cuando se reunía conmigo en los jardines de Taksim, adonde te llevaba a jugar; aquella mujer te hacía oler hojas, hierbas y flores, y te enseñaba a decir sus nombres; con ella revivías. Una tarde en que iba a buscar tus remedios, el farmacéutico me anunció que se iban a volver pronto a su país, y me propuso llevarte con ellos. Me prometieron que allí, en Inglaterra, no tendrías nunca miedo de nada, que te darían la vida que su mujer y él habían soñado con darle al hijo que no podían tener. Me aseguraron que junto a ellos no serías ya una huérfana, que no te faltaría nunca de nada y que, sobre todo, te colmarían de amor y cariño.

»Dejarte ir me provocaba un gran dolor, pero yo no era más que una niñera, mi hermana no podía quedarse con vosotros más tiempo y no tenía medios para criaros a ambos. Eras la más frágil, y él era demasiado pequeño para un viaje semejante, así que fue a ti, querida mía, a quien decidí salvar.»


Querido Daldry, al terminar ese relato creía haber derramado todas mis lágrimas; y, sin embargo, créame, todavía me quedaban.

Le pregunté a la señora Yilmaz por qué hablaba de «vosotros» todo el tiempo y a quién se refería al decirme que, de ambos, yo era la más frágil.

Me cogió el rostro entre sus manos y me pidió perdón. Perdón por haberme separado de mi hermano.


Cinco años después de mi llegada a Londres con mi nueva familia, el ejército de nuestro rey ocupó Izmit; qué ironía, ¿no?


En el transcurso del año 1923, cuando la revolución estaba a punto de estallar, el cuñado de la señora Yilmaz perdió sus privilegios y, poco después, la vida.

Su hermana, como muchas otras, huyó de aquel imperio desmoronado mientras nacía la nueva república. Emigró a Inglaterra y se instaló, con unas joyas como única fortuna, a orillas del mar, en la región de Brighton.


La vidente tenía razón en todos los puntos. Nací en Estambul, y no en Holborn. He conocido una a una a las personas que debían conducirme hasta el hombre que más me importaría en la vida.

Voy a ir en su busca, ya que ahora sé que existe.

En alguna parte tengo un hermano, y se llama Rafael.

Un beso,

ALICE


*

Alice pasó el día en compañía de la señora Yilmaz.

La ayudó a bajar la escalera y, después de comer bajo el cenador en compañía de Can y del sobrino de la señora Yilmaz, fueron ambas a sentarse al pie del gran tilo.

Esa tarde, la niñera le contó historias de un pasado en el que su padre era un zapatero de Estambul y su madre una mujer feliz por haber tenido dos hermosos hijos.

Cuando se separaron, Alice prometió ir a verla con frecuencia.

Le pidió a Can volver por mar; cuando el barco que los llevaba a Estambul atracaba, miró todas las yalis de la orilla y sintió que la emoción se adueñaba de ella.

A la noche siguiente, bajó en medio de la oscuridad a enviarle su carta a Daldry. Éste la recibió una semana más tarde y nunca le confesó a Alice que él también, al leerla, había llorado.


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De regreso a Estambul, Alice ya no tenía sino una idea en la cabeza: encontrar a su hermano. La señora Yilmaz le había confesado que se había ido al cumplir los diecisiete años a probar suerte en Estambul. Rafael la visitaba una vez al año y le escribía de vez en cuando una postal. Se había hecho pescador y pasaba en el mar la mayor parte de su vida, a bordo de grandes atuneros.

Durante el verano, todos los domingos, Alice recorrió los puertos a lo largo del Bósforo. En cuanto atracaba un barco de pesca, se precipitaba hacia el muelle y les pedía a los marinos que bajaban si conocían a un tal Rafael Kachadorian.


Pasaron julio, agosto y septiembre.


Un domingo, aprovechando una noche templada de otoño, Can invitó a Alice a cenar en el pequeño restaurante que tanto le había gustado a Daldry. En esa estación, las mesas se extendían escalonadas a lo largo de la escollera.

En mitad de su conversación, Can dejó de hablar de repente. Le cogió la mano a Alice con una infinita ternura.

– Hay un punto en el que me había equivocado, y otro en el que siempre he tenido razón -añadió.

– Te escucho -dijo Alice burlona.

– Me había equivocado: la amistad entre un hombre y una mujer puede existir de verdad. Se ha convertido en mi amiga, Alice Anusheh Pendelbury.

– ¿Y en qué punto siempre has tenido razón? -preguntó Alice, con una sonrisa en los labios.

– Realmente siempre he sido el mejor guía de Estambul -respondió Can con una gran carcajada.

– ¡Nunca lo he dudado! -exclamó Alice mientras se le contagiaba el ataque de risa de Can-. Pero ¿por qué me dices eso ahora?

– Porque tiene un doble masculino, está sentado dos mesas detrás de usted.

Alice dejó de reírse, se volvió y contuvo el aliento.

A su espalda, un hombre un poco más joven que ella cenaba en compañía de una mujer.

Alice arrastró su silla y se levantó. Los pocos metros por recorrer le parecían interminables. Cuando llegó ante él, pidió disculpas por interrumpir su conversación y le preguntó si se llamaba Rafael.

Las facciones del hombre se quedaron paralizadas cuando descubrió a la pálida luz de los farolillos el rostro de la extranjera que acababa de hacer esa pregunta.

Se levantó y su mirada se clavó en los ojos de Alice.

– Creo que soy su hermana -dijo con voz quebradiza-. Soy Anusheh, te he buscado por todas partes.


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– Me siento a gusto en tu casa -dijo Alice acercándose a la ventana.

– Es muy pequeña, pero, desde mi cama, veo el Bósforo, y además no estoy aquí muy a menudo.

– ¿Ves, Rafael? Yo no creía en el destino, ni en las pequeñas señales de la vida que supuestamente nos muestran qué camino tomar. No creía en las historias de videntes, ni en cartas que predicen el futuro, no creía en la felicidad y todavía menos en que te volvería a encontrar algún día.


Rafael se levantó y fue junto a Alice. Un carguero se metía en el estrecho.

– ¿Crees que tu vidente de Brighton podría ser la hermana de Yaya?

– ¿Yaya?

– Así es como llamabas a nuestra niñera de pequeña, eras incapaz de pronunciar correctamente su nombre. Para mí siempre ha sido Yaya. Me dijo que, una vez que se fue a Inglaterra, su hermana nunca había dado señales de vida. Había huido, y supongo que, de algún modo, Yaya se avergonzaba de ella. El mundo sería realmente pequeño si fuera ella de verdad.

– Era necesario que lo fuese para que te volviese a encontrar.

– ¿Por qué me miras así?

– Porque me podría pasar horas enteras mirándote. Creía que estaba sola en el mundo, y te tengo a ti.

– Y ahora, ¿qué piensas hacer?

– Instalarme definitivamente aquí. Tengo un oficio, una pasión que quizá me permita dejar algún día el restaurante de mamá Can y permitirme un alojamiento un poco más grande, y luego quiero recobrar el contacto con mis orígenes, recuperar el tiempo perdido, aprender a conocerte.

– Estoy en el mar a menudo, pero creo que me haría feliz que te quedaras.

– Y tú, Rafael, ¿nunca has tenido ganas de irte de Turquía?

– ¿Para ir adónde? Es el país más bonito del mundo, y es el mío.

– Y en cuanto a la muerte de nuestros padres, ¿has sido capaz de perdonar?

– Había que hacerlo, no todos eran cómplices. Piensa en Yaya, en su familia; ellos nos salvaron. Los que me criaron eran turcos y me enseñaron a ser tolerante. El valor de un justo responde por la inhumanidad de mil culpables. Mira por esa ventana lo bonito que es Estambul.

– ¿Nunca tuviste ganas de buscarme?

– Cuando era niño ignoraba que existieras. Yaya no me habló de ti hasta los dieciséis años, y lo hizo por culpa de una indiscreción de su sobrino. Aquel día me confesó que yo había tenido una hermana mayor, pero ni siquiera sabía si estabas todavía con vida. Me habló de la decisión que había tenido que tomar. No podía criarnos a ambos. No la odies por haberme escogido, la suerte de una niña en esa época era muy incierta, mientras que un chico representaba una promesa para la vejez de quien lo criaba. Dos veces al año, le envío un poco de dinero. No te abandonó porque te quisiera menos, sino porque era lo único que se podía hacer.

– Lo sé -dijo Alice mirando a su hermano-, aunque me confesó que sentía una gran inclinación por ti y que le era imposible dejarte marchar lejos de ella.

– ¿De verdad te ha dicho eso Yaya?

– Te lo prometo.

– No es muy amable por la parte que te toca, pero no sería sincero si te dijera que no me halaga.

– A final de mes tendré bastante dinero para volver a Londres. No me quedaré más que unos días, el tiempo justo para empaquetar mis cosas, enviarlas, decir adiós a mis amigos y darle de una vez por todas las llaves de mi piso a mi vecino, lo cual, por cierto, le encantará.

– También podrías aprovechar para darle las gracias; si estamos juntos de nuevo es gracias a él.

– Es un tipo raro, ¿sabes? Y lo más extraño es que nunca lo dudó. No se imaginaba ni por un segundo que ese hombre al que conocería al final de este viaje sería mi hermano, pero sabía que existías.

– Creía más en la videncia que tú.

– Si quieres que te dé mi opinión, sobre todo esperaba poder instalar su caballete bajo mi lucernario. Sin embargo, reconozco que le debo mucho. Le escribiré esta noche para anunciarle que paso por Londres.


*

Querida Alice-Anusheh:

Sus cartas anteriores me conmocionaban, la que recibo esta noche me afecta todavía más.

Así que ha decidido proseguir con su vida en Estambul… Por Dios que echaré de menos a mi vecina, pero saber que es feliz me da una razón para serlo yo también.

Llegará, pues, a Londres a finales de mes para no pasar aquí sino unos días. Me hubiese gustado mucho volver a verla, pero la vida ha decidido otra cosa.

Me he comprometido a irme de vacaciones esa semana con una amiga y me es imposible modificar esos planes. Ha pedido ya las vacaciones en su trabajo y sabe lo difícil que es cambiar las cosas en este maldito país que es el nuestro.

No consigo hacerme a la idea de que vamos a cruzarnos. Tendría que quedarse más tiempo, pero comprendo que también tiene sus obligaciones. Mamá Can ha sido bastante amable al concederle unos días libres.

He hecho lo necesario y he quitado de su piso mi caballete, mis pinturas y mis pinceles para que se sienta en casa. Lo encontrará todo en perfecto estado. He aprovechado su ausencia para hacer reparar el bastidor del lucernario, que dejaba entrar el frío del invierno, así de mal estaba. Si hubiésemos tenido que esperar a que ese tacaño del casero lo arreglara, habríamos acabado muriéndonos de frío. Qué importa ya; cuando llegue el mes de diciembre, usted vivirá bajo latitudes más clementes que las del sur de Inglaterra.

Alice, me agradece de nuevo lo que hice por usted, pero sepa que me ha regalado el viaje más hermoso que un hombre soñaría hacer. Las semanas que pasamos juntos en Estambul me han dejado los recuerdos más bonitos de mi vida y, sea cual sea la distancia que nos separe a partir de ahora, seguirá siendo para siempre en mi corazón una amiga fiel. Espero ir a verla algún día a esa maravillosa ciudad y que encuentre tiempo para hacerme descubrir su nueva vida.

Mi querida Alice, mi fiel compañera de viaje, también espero que nuestra correspondencia continúe, aunque me imagino que será menos regular.

La echo de menos, pero ya se lo he escrito.

Un beso, dado que eso se dice entre amigos.

Su afectísimo,

DALDRY

P. D.: Es gracioso, cuando el cartero (nos hemos reconciliado en el bar) me entregaba su última carta, estaba acabando precisamente mi cuadro. Pensaba enviárselo, pero es una tontería, a partir de ahora le bastará con abrir la ventana para ver, con una hermosura que mi cuadro no puede sino reflejar pálidamente, lo que he pintado durante estos largos meses en su ausencia.


*

Alice volvió a cerrar la puerta de su habitación. Subió la calle con una gran maleta en una mano, y una pequeña en la otra. Cuando entró en el restaurante, la esperaban mamá Can, su marido y el mejor guía de Estambul. Mamá Can se levantó, le cogió la mano y la llevó hacia una mesa donde habían puesto cinco servicios.

– Hoy eres tú quien hace los honores de la casa -dijo ella-, he cogido un eventual durante tu ausencia, ¡y sólo durante tu ausencia! Siéntate, tienes que comer antes de hacer ese largo viaje. ¿Tu hermano no viene?

– Su barco tenía que atracar esta mañana, espero que llegue a tiempo, me ha prometido que me acompañaría al aeropuerto.

– ¡Pero si la llevaba yo! -se quejó Can.

– Ahora que mi sobrino tiene coche no puedes negárselo, se sentiría terriblemente ofendido -dijo mamá Can mirando al chico.

– ¡Y es casi nuevo! Sólo ha tenido dos propietarios antes que yo, y uno de ellos era un norteamericano verdaderamente meticuloso. He renunciado a los giros del señor Daldry y, desde que ya no trabajo para usted, me han contratado varios clientes que me pagan a lo grande. El mejor guía de Estambul se sentía en la obligación de llevar a sus clientes a todos los rincones de la ciudad e incluso más allá. La semana anterior llevé a una pareja a visitar el fuerte de Rumelia, que se encuentra a orillas del mar Negro, y no tardamos más que dos horas en llegar.

Alice vigilaba por el ventanal la llegada de Rafael, pero, al acabar la comida, todavía no estaba allí.

– ¿Sabes? -dijo mamá Can-. Es el mar quien manda, y, si la pesca está siendo muy buena o muy mala, quizá no vuelvan hasta mañana.

– Lo sé -suspiró Alice-. De todas formas, volveré pronto.

– Hay que marcharse ya -dijo Can-; si no, va a perder el avión.

Mamá Can le dio un beso a Alice y la acompañó hasta el bonito coche de su sobrino. Su marido metió las dos maletas en el maletero. Can le abrió la puerta del pasajero.

– ¿Me dejas conducir? -dijo ella.

– ¿Está de broma?

– Sé conducir, ¿sabes?

– ¡Éste no! -dijo Can empujando a Alice al interior.

Giró la llave en el contacto y escuchó con orgullo el ronroneo del motor.

Alice oyó gritar: «¡Anusheh!» Salió del coche, su hermano corría hacia ella.

– Lo sé -dijo instalándose en el asiento de atrás-, llego tarde, pero no es culpa mía, se ha enganchado una red. He venido del puerto tan rápido como he podido.

Can hizo patinar el embrague, y el Ford se metió en las callejuelas de Üsküdar.

Una hora más tarde llegaron al aeropuerto Atatürk. Delante del terminal, Can deseó buen viaje a Alice y la dejó en compañía de su hermano.

Alice se presentó ante el mostrador de la compañía aérea, registró una maleta y conservó la otra.

La azafata le indicó que debía ir en el acto al control de pasaportes, era la última pasajera en embarcar, no la esperaban más que a ella.

– Cuando estaba a la mar -le dijo Rafael al acompañarla a la puerta-, he reflexionado mucho sobre esa historia de la vidente. No sé si es o no la hermana de Yaya, pero, si te da tiempo, sería interesante que hablaras con ella, porque se equivocó en un punto importante.

– ¿De qué estás hablando? -preguntó Alice.

– Mientras la escuchabas, esa vidente te dijo que el hombre que sería el más importante en tu vida acababa de pasar por detrás de ti, ¿no?

– Sí -respondió Alice-, ésas fueron sus palabras.

– Entonces, mi querida hermana, siento decirte que ese hombre no puedo ser yo. Nunca he salido de Turquía y no estaba en Brighton el 23 de diciembre pasado.

Alice miró durante unos segundos a su hermano.

– ¿Sabes de alguien que hubiese podido encontrarse detrás de ti esa noche? -preguntó Rafael.

– Quizá -respondió Alice apretando su maleta contra ella.

– Te recuerdo que vas a pasar por la aduana, ¿qué es lo que escondes en ese estuche que conservas contigo tan celosamente?

– Una trompeta.

– ¿Una trompeta?

– Sí, una trompeta, y quizá también la respuesta a la pregunta que me has hecho -dijo ella sonriendo.

Alice le dio un beso a su hermano y le susurró al oído:

– Si tardo un poco, no me odies, prometo que volveré.


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Londres, miércoles 31 de octubre de 1951


El taxi se detuvo al pie de la casa victoriana. Alice cogió su equipaje y subió la escalera. El rellano del último piso estaba en silencio, miró la puerta de su vecino y entró en su casa.

El piso olía a madera encerada. El taller estaba tal y como lo había dejado; en el taburete que había cerca de la cama descubrió tres tulipanes blancos en un jarrón.

Se quitó el abrigo y fue a sentarse a su mesa de trabajo. Rozó el tablero de madera y miró el cielo gris de Londres a través del lucernario.

Luego volvió cerca de su cama y abrió el estuche, donde había puesto a salvo una trompeta y un frasco de perfume cuidadosamente empaquetado que colocó delante de ella.

No había comido nada desde por la mañana, y todavía era hora de ir a hacer algunas compras a los ultramarinos del final de la calle.

Llovía, no tenía paraguas, pero el impermeable de Daldry colgaba del perchero. Alice se lo puso sobre los hombros y volvió a salir.

El dependiente estaba encantado de volver a verla, hacía meses que no iba ya a comprar en su tienda y se había extrañado. Al llenar su cesta, Alice le contó que había hecho un largo viaje y que pronto se volvería a ir.

Cuando el dependiente le dio la cuenta, rebuscó en los bolsillos del impermeable, olvidando que no era el suyo, y encontró un manojo de llaves en uno, un trozo de papel en el otro. Sonrió al reconocer el ticket de la entrada que Daldry había comprado la tarde en que la había llevado a la feria de Brighton. Cuando Alice buscaba en su monedero con qué pagar al dependiente, el papel se deslizó y aterrizó en el suelo. Se fue con los brazos cargados; como de costumbre, había comprado demasiadas cosas.

De nuevo en casa, Alice colocó sus compras y, al mirar su despertador, vio que ya era hora de prepararse. Esa noche iba a hacerle una visita a Anton. Volvió a cerrar el estuche de la trompeta y reflexionó sobre el vestido que llevaría.

Mientras se maquillaba delante del pequeño espejo de la entrada, Alice quedó presa de una duda; un detalle la preocupaba.

– Las taquillas estaban cerradas aquella noche, la entrada era gratuita -se le escapó.

Volvió a cerrar su barra de labios, se precipitó hacia el impermeable, rebuscó de nuevo en sus bolsillos, pero no encontró más que el manojo de llaves. Se lanzó escaleras abajo y se puso a correr hasta los ultramarinos.

– Hace un momento -le dijo al dependiente empujando la puerta- se me ha caído un papel al suelo, ¿lo ha visto?

El dependiente le hizo notar que su establecimiento estaba impecablemente cuidado; si había tirado un papel al suelo, probablemente se encontraba ya en la papelera.

– ¿Dónde está la papelera? -preguntó Alice.

– Acabo de vaciarla en la basura, como es debido, señorita, y la basura se encuentra en el patio, pero no pensará en ningún caso…

No le dio tiempo a terminar su frase, Alice ya había cruzado su tienda y abierto la puerta que daba al patio. Agobiado, el dependiente se reunió con ella y levantó los brazos al cielo al ver a su cliente arrodillada, rebuscando entre los desperdicios en medio del desorden que había provocado.

Se acuclilló a su lado y le preguntó cómo era ese valioso tesoro que buscaba.

– Es un ticket -dijo.

– De lotería, espero.

– No, sólo un viejo ticket de entrada al Pier de Brighton.

– ¿Puedo suponer que tiene un gran valor sentimental?

– Quizá -respondió Alice al apartar con las puntas de los dedos una cáscara de naranja.

– ¿Sólo quizá? -exclamó el dependiente-. ¿Y no podía haberse asegurado antes de volcar mi basura?

Alice no respondió a su pregunta, al menos no inmediatamente. Su mirada se clavó en un trozo de papel.

Lo cogió, lo desplegó y, al descubrir la fecha que figuraba en él, le dijo al dependiente:

– Sí, tiene un inmenso valor sentimental.


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Daldry subía la escalera de puntillas. Al llegar delante de su puerta, se encontró con un frasco de cristal y un pequeño sobre encima del felpudo. En la etiqueta del frasco estaba escrito «Estambul», y en la carta adjunta ponía: «Yo, al menos, he mantenido mi promesa…»

Daldry quitó el tapón, cerró los ojos e inspiró el perfume. La nota de salida era perfecta. Con los ojos cerrados, se imaginó bajo el follaje de los ciclamores que bordeaban el Bósforo. Tuvo la impresión de subir por las callejuelas escarpadas de Cihangir, de oír la voz clara de Alice cuando lo llamaba porque no subía lo bastante rápido. Sintió el olor suave de un acorde de tierra, de flor y de polvo, del agua fresca que corre por la piedra gastada de las fuentes. Oyó los gritos de los niños en los patios sombreados, la bocina de los vapores, el chirrido de los tranvías en la calle Isklital.

– Lo ha logrado, ha ganado su apuesta, querida -suspiró Daldry al abrir la puerta de su piso.

Encendió la luz y se sobresaltó al descubrir a su vecina, sentada en un sillón, en medio del salón.

– ¿Qué hace usted aquí? -preguntó al dejar su paraguas.

– ¿Y usted?

– Bueno, pues -dijo Daldry muy bajito-, por extraño que pudiera parecer, vuelvo a mi casa.

– ¿No estaba de vacaciones?

– En realidad no tengo un empleo, así que, ¿sabe?, las vacaciones…

– No es por hacerle un cumplido, pero es mucho más bonito que lo que veo desde mi ventana -dijo Alice al señalar el gran lienzo, que estaba colocado sobre su caballete.

– Debe de serlo, sobre todo si lo dice alguien que vive en Estambul. Perdone esta pregunta completamente secundaria, pero ¿cómo ha entrado?

– Con la llave que se encontraba al fondo del bolsillo de su impermeable.

– ¿Lo ha encontrado? Mejor. Es un impermeable que me gusta mucho y hacía dos días que lo buscaba por todas partes.

– Estaba colgado de mi perchero.

– Eso explica que no lo encontrara.

Alice se levantó del sillón y avanzó hacia Daldry.

– Tengo una pregunta que hacerle, pero debe prometerme que la responderá sin mentir, ¡para variar!

– ¿Qué quiere decir eso de «para variar»?

– ¿No tenía que estar de viaje con una encantadora acompañante?

– Mis planes han quedado anulados -farfulló Daldry.

– ¿Su acompañante se llama Carol?

– Claro que no, no me he cruzado con su amiga más que dos veces, y siempre en su casa: cuando irrumpí como un salvaje, y cuando tuvo fiebre. Y una tercera, en el bar de la esquina, pero ni siquiera me reconoció, así que ésa no cuenta.

– Creía que habían ido juntos al cine -preguntó Alice avanzando un paso.

– Bueno, de acuerdo, a veces es verdad que he mentido, pero sólo cuando era necesario.

– Y era necesario decirme que había congeniado con mi mejor amiga.

– ¡Tenía mis razones!

– ¿Y ese piano contra la pared? Creía que era la vecina de abajo quien tocaba…

– ¿Ése? ¿Ese viejo trasto que recogí de un comedor de oficiales? Yo a eso no lo llamo piano… Bueno, entonces, ¿su pregunta era…? Y, sí, le juro que diré la verdad.

– ¿Estaba usted el 23 de diciembre pasado en la escollera de Brighton?

– ¿Por qué me pregunta eso?

– Porque en el otro bolsillo de su impermeable se encontraba esto -dijo Alice tendiéndole el ticket.

– No juega limpio con esa pregunta, ya que conoce la respuesta -dijo Daldry mirando al suelo.

– ¿Desde cuándo? -preguntó Alice.

Daldry inspiró profundamente.

– Desde el primer día en que entró en esta casa, desde la primera vez que la vi subiendo esa escalera, y el problema no ha dejado de empeorar.

– Si tenía esos sentimientos hacia mí, ¿por qué hizo lo imposible para alejarme de usted? Ese viaje a Estambul no buscaba otra cosa, ¿verdad?

– Si esa vidente hubiese elegido la luna en lugar de Turquía, me habría portado mejor. ¿Me pregunta por qué? No se imagina lo que representa para un hombre que ha recibido mi educación darse cuenta de que está volviéndose loco de amor. En toda mi vida nunca he temido a nadie como la he temido a usted. La idea de quererla tanto me hacía que tuviese más miedo que nunca a parecerme a mi padre, y por nada en el mundo le habría impuesto semejante pena a la mujer que amo. Le estaría particularmente agradecido de que olvidara en el acto todo lo que acabo de decirle.

Alice dio un paso más hacia Daldry, puso un dedo en su boca y le murmuró al oído:

– Cállese y béseme, Daldry.


*

En las primeras horas del día, la luz que atravesaba el lucernario los despertó a ambos.

Alice preparó un té, Daldry se negaba a salir de la cama mientras no le prestase una ropa decente, ni hablar de ponerse la bata que le había propuesto.

Alice dejó la bandeja sobre la cama y, mientras Daldry untaba de mantequilla una tostada, ella le preguntó en tono pícaro:

– Sus palabras de ayer, que he tenido que olvidar porque le hice esa promesa, ¿no serán un nuevo ardid por su parte para seguir pintando bajo mi lucernario?

– Si lo duda, aunque sea un instante, estaría dispuesto a renunciar a mis pinceles hasta el fin de mis días.

– Eso sería un auténtico desastre -respondió Alice-, sobre todo teniendo en cuenta que fue al decirme que pintaba sus cruces cuando me enamoré de usted.


Epílogo

<p>Epílogo</p>

El 24 de diciembre de 1951, Alice y Daldry volvieron a Brighton. Se había levantado viento del norte y esa tarde hacía un frío terrible en el Pier. Los puestos de los feriantes estaban abiertos, excepto el de una vidente, cuyo carromato había sido desmontado.

Alice y Daldry se enteraron de que había muerto en otoño y que, a petición suya, sus cenizas habían sido esparcidas en el mar, al final de la escollera.

Acodado en la barandilla y mirando a alta mar, Daldry estrechaba a Alice contra sí.

– Nunca sabremos, pues, si era ella o no la hermana de su Yaya -dijo pensativo.

– No, pero ¿qué importa eso ahora?

– Pues yo creo que tiene su importancia. Supongamos que fuese la hermana de su niñera, entonces no «vio» su porvenir realmente, quizá la hubiera reconocido… No es igual.

– Es usted de una mala fe increíble. Ella vio que había nacido en Estambul, predijo el viaje que haríamos, calculó las seis personas a las que debía conocer, Can, el cónsul, el señor Zemirli, el anciano maestro de Kadiköy, la señora Yilmaz y mi hermano Rafael, antes de poder encontrar a la séptima persona, el hombre que más me importaría en mi vida, usted.

Daldry cogió un cigarrillo y renunció a encenderlo, el viento soplaba demasiado fuerte.

– Sí, bueno, la séptima…, la séptima -refunfuñó-. ¡A condición de que dure!

Alice notó que el abrazo de Daldry se estrechaba más.

– ¿Por qué? ¿No es ésa su intención?

– Sí, por supuesto, pero ¿es la suya? No conoce todavía todos mis defectos. Quizá con el tiempo no los soporte.

– ¿Y si no conociera todavía todas sus cualidades?

– Ah, en efecto, no había pensado en eso…


Gracias a

<p>Gracias a</p>

Pauline, Louis y Georges.

A Raymond, Danièle y Lorraine.

A Rafael y Lucie.


A Susanna Lea.

A Emmanuelle Hardouin.

A Nicole Lattès, Leonello Brandolini, Antoine Caro, Brigitte Lannaud,

Elisabeth Villeneuve, Anne-Marie Lenfant, Arié Sberro, Sylvie Bardeau,

Tine Gerber, Lydie Leroy, y a todo el equipo de Éditions Robert Laffont.

A Pauline Normand, Marie-Ève Provost.

A Léonard Anthony, Sébastien Canot, Romain Ruetsch, Danielle Melconian,

Katrin Hodapp, Laura Mamelok, Kerry Glencorse, Moïna Macé.

A Brigitte y Sarah Forissier.

A Véronique Peyraud-Damas y Renaud Leblanc, del centro de documentación del Museo de Air Francia,

A Jim Davies, del Museo British Airways (BOAA).


Y también a


Olivia Giacobetti,

A Pierre Brouwers, Laurence Jourdan, Ernest Mamboury, Yves Ternon, cuyas obras han iluminado mis búsquedas.


Marc Levy

<p>Marc Levy</p>
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