Mario Delgado Aparaín

No robarás las botas de los muertos


© 2002, Mario Delgado Aparaín


“Las ruinas de Paysandú, poco a poco van emergiendo entre la neblinosa suciedad del humo. Frente a la ciudad y casi en el centro del río Uruguay, aparece una isla pequeña y arenosa. No tiene ninguna vivienda, sólo pastos aquí y allá, muchos pastos y pequeñas arboledas. Allí, bajo tiendas y pequeños ranchos miserablemente construidos con juncos, se han refugiado los habitantes de Paysandú. No hay casi hombres entre ellos. Los aptos para el servicio de las armas, que no llegan a setecientos, están atrincherados en la ciudad. Rodeándolos en un círculo perfecto que incluye a la armada del Barón de Tamandaré apostada en el río, hay dieciséis mil hombres de tres ejércitos muy bien pertrechados. Y cada hora que pasa bajo el azul de diciembre, nos asegura de que allí no quedará nada.”


L’Italia, 31 de diciembre de 1864



“Dice que La Ilíada contiene tres lecciones. Nunca admires el poder. Nunca desprecies a los que sufren. Y no odies a tus enemigos. Nada está a salvo del destino.”


Carlos Fuentes

Los años con Laura Díaz

“Busca antiguas ciudades en ruinas mira las calaveras de los muertos de ayer y los de antaño.

¿Quién es el malhechor y quién el bienhechor?”


Cantar de Gilgalmesh


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A mediados del siglo diecinueve, un hombre muy alto, flaco y de notoria mala suerte, escribió sobre sus pasos por una aventura que no le era necesaria, a fin de que todos aquellos que tuviesen el deseo de emigrar al Río de la Plata fueran informados.

No les ocultó ni lo bueno ni lo malo, ni los alentó ni los desalentó, aunque nada lleva a suponer que estuviese feliz de estar allí donde estaba, en una tierra indecisa, confinado en un calabozo del pueblo de Paysandú, a punto de ser sitiado por tres ejércitos y lejos de su gente.

Al parecer, aquel hombre muy alto y flaco, con los pies destrozados por las caminatas interminables, escribió para que en el futuro supiesen que alguna vez existió, que era oriundo de Castellar de Andalucía, que su nombre fue Martín Zamora y que la vida es capaz de sorprender al más avispado, con violentas bifurcaciones relacionadas tramposamente con la gloria o la desgracia.

Escribió porque la palabra es signo y seguramente habrá considerado que sólo el signo trasciende la vida, porque ha sido siempre de ese modo y el que no lo comprenda así es apenas una bestia sin pasado.


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26 de noviembre de 1864

Martín Zamora, alias El Moro, quien a los treinta y dos años se consideró a sí mismo un hombre vigoroso y entonado por el fuego, escribió también para dejar constancia de que estaba, se supone, en las reflexiones finales del veintiséis de noviembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, demacrado y sin afeitar, en un resignado desaseo del cuerpo y a poco de ser pasado por las armas junto a un par de ciudadanos de diferentes imperios.

A juzgar por sus apuntes, es fácil suponer que la historia le ocurrió con tal apremio que pasó abruptamente y contra su voluntad de los campos andaluces al océano, de las cantinas de Río Grande del Sur al calabozo de una población desconocida, sin tener oportunidad de conocer en aquel lugar del mundo, mucho más allá de lo que le enseñaron sus propios ojos a través del ventanillo de la mazmorra.

De día, a la luz intensa del sol y a lo lejos, podía ver el río Uruguay, sus florestas lejanas y su corriente aterrada. Sabía que más acá, a su izquierda, estaba el enigmático teatro cerrado y a unas tres manzanas, el hospital resignado a esperar a los mutilados de una guerra inevitable; a cincuenta pasos del ventanuco, los fondos de un almacén de ramos generales llamado “E1 ancla dorada”. Solo eso podía ver de aquella villa de calles anchas y rectas centrada en la plaza de la Constitución y en la iglesia parroquial aún inconclusa en su construcción sin pretensiones, todo a punto de ser humillado por un trío de invasores prepotentes.

De noche era otro mundo: apenas tinieblas heridas aquí y allá por la luz amarillenta de los faroles de aceite; pero a la madrugada desaparecían los fantasmas y los buques de altas arboladuras formaban una reja intrincada de palos y obenques ante la isla Caridad, estirada frente al caserío encalado.

A esas horas primeras, las calles echaban al aire un ruido vago y febril de voces, de ruedas de carretones, de perros quejumbrosos y adivinos de la batalla, de leña quemada, de agua de toneleros, de mosquitos, de miseria recién llegada.


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El guardia, un individuo aindiado, indiferente y sombrío, lo observó comer sin apetito y respondió con parca gentileza a sus preguntas. Por él supo Martín Zamora que hasta el cercano ayer, Paysandú era una ciudad de cierta prosperidad, con más picardías en los zaguanes que revueltas en los sótanos, construida al capricho, con las calles limpias y casas hogareñas de un solo piso, un pequeño mundo austero y sólido, recostado en perpetua somnolencia sobre la cuchilla que cae al río Uruguay. También por el soldado supo que el dinero que circulaba era en papel, el oro para los grandes valores y la guerra un baile sin fin a toda orquesta, a un paso de carcomer los huesos de la gente anónima.

Y por lo que dijo el guardia, también dedujo que los imbéciles son los mismos que en cualquier parte del mundo. Aunque de ellos, menos de mil dispuestos a resistir con las armas una horda de militares brasileños, uruguayos y argentinos, a cual de ellos más insatisfechos, aventureros de diversa laya y terratenientes apasionadamente hostiles.

Pero Martín Zamora sintió que no tenía mayores deseos de conocer más de lo que ya sabía acerca de los habitantes del lugar. Más bien le había hecho un sitio de preferencia al pesimismo y no le quedaban fuerzas para juzgar los sueños de quienes aún guardaban esperanzas para hacer de aquello una cosa distinta. La conciencia de la decrepitud física es algo muy difícil de sobrellevar y por entonces sentía que le titilaba más que nunca el párpado izquierdo, que nada lo diferenciaba de un pingajo colgando del abismo, de un vagabundo inexpresivo que seguía el contorno del paisaje y miraba lo que podía ver del cielo, perdiéndose en nostalgias de lejanas cantinas con mesas manchadas de grasa, de música valseada en recintos ahumados, con ruido de sillas y de vasos, confusión de voces y mujeres maquilladas fáciles de contemplar.

“Nunca volveré atrás. Lo he perdido todo…”, pensaba.


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“Todo es lento, increíblemente lento antes del vértigo de una guerra.” Cuando pensó en eso detuvo la escritura y buscó excusas, sensaciones diferentes que no iban más allá de observar el dorso de sus propias manos o las grietas de la mesa o las sombras avanzantes del calabozo. Sabía que detener la escritura era una tenebrosa artimaña para vaciar de ideas el cerebro y caer en un ínfimo placer de actitud mística, de formularse la pregunta de quién, así, con menor motivo, no se hubiera vuelto religioso, reduciéndolo todo a santiguarse y a pasar el tiempo.

Sin embargo, ni aun clavando sus ojos en el tablón oscuro donde disponía las hojas y las frases, Martín Zamora pudo ocupar la mente en la repugnante nada, en el milenario truco de la Nada, puesto que allí, ronquido y queja, para mantenerlo en estado de realidad, estaban ellos: sus compañeros de condena.

En un catre a su derecha, reposaba el capitán Raymond Harris, un militar británico, refinado delincuente y espía a la fuerza del general Bartolomé Mitre, capturado mientras intentaba hacerse pasar por uno de los cinco desertores del general Venancio Flores.

Él tenía su historia… y bien turbia que era… más para desaconsejar que para aconsejar. Ya se sabrá.

En el otro catre, en la penumbra izquierda del calabozo, agonizaba Hermes Nieves, personaje al que conocía de una década atrás, último puente vivo del pasado al presente.

Se trataba de un secuestrador de negros libertos al servicio del Imperio del Brasil, un hombre llevado y traído por una sucesión de historias terribles, por andanzas de bárbaros y pícaros y sin otro destino que el de ser recogidos jovencísimos por la muerte. Enfermo y contaminado, con mínima conciencia, Hermes Nieves padecía sus horas contadas por decisión de los hombres del comandante Leandro Gómez, por haber ido demasiado lejos en sus salvajadas, por ladrón de caballos y de negras preñadas, por perro guardián del más feroz de los bandoleros de Río Grande del Sur, el tuerto Laurindo José da Costa, un inepto para el trabajo y sin ningún respeto por la vida humana.


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En la observación de Hermes Nieves, Martín Zamora descubrió que le toleraba cada vez menos sus quejidos. Y detrás de la intolerancia también descubrió agazapado el feroz desorden de sus nervios, la infructuosa espera a que el silencio del enfermo se sumara al del capitán Harris y lo acompañase, de una buena vez, hasta el último tramo del existir. Les deseaba la muerte.

Es cierto que era terrible el sufrimiento del brasileño. Pero a Martín Zamora se le hacía aun más terrible, pues siempre fue demasiado sensible a determinadas voces relacionadas con la enfermedad: curiosamente no le preocupaban los emplastos que enmascaran las mejillas de los que sufren lepra, pero no soportaba la idea de las curaciones con mercurio de los sifilíticos. Ignoraba la razón, pues no anduvo jamás con putas, acaso si alguna vez logró adormecerlas con su guitarra al paso por las tabernas de la costa atlántica, de modo que no tendría por qué temer. Era aquella enfermedad en sí lo que lo perturbaba, aquel mal de Venus que le había tomado a Hermes el cuerpo y el alma, aquel mal que lo irritaba y atontaba, que lo espantaba, que le relajaba las fibras o le ocasionaba un flujo de orina o una evacuación involuntaria.

Por momentos lo observaba con detenimiento y creía percibir que el hielo se había instalado en la mirada del forajido de Río Grande del Sur, facilitando el escape a un sitio distante de los agentes de la enfermedad, traspasándole a él la fiebre durante el tiempo que duraba la fuga.

Entonces Martín Zamora se ponía de pie, se acercaba al agujero enrejado de la mazmorra y se quedaba así, sintiendo que le crecía la barba, aguardando muy quieto a que llegara el amanecer, el retorno del sol restallando inclemente sobre los copos de cal viva del caserío.

Recién entonces podía volver a escribir.


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“A causa de mi vieja costumbre de hablar solo, de preguntarme en voz alta las razones de la extraña guerra que se avecina, de intentar comprender la agresión a esta población desconocida que será asediada como un mal remedo de Masada, el inglés Harris se compadeció de mi ignorancia y trató de explicarlo como si lo estuviera haciendo para un auditorio de indostanos al otro lado del mundo. Es decir, para que lo entendiese de una vez por todas. Y lo que ha quedado en mí tras sus palabras ha sido el sabor de lo perverso, pues será este el preámbulo de un despojo que cargará de oprobio a los endemoniados protagonistas, a saber, son el emperador Pedro II del Brasil y Bartolomé Mitre, presidente de los argentinos, general y cronista de una historia antojadiza. Ambos desean escarmentar y mutilar el Paraguay de Francisco Solano López, el 'penúltimo eslabón de una estirpe de tiranos, y digo penúltimo pues siempre habrá que dejar un sitio para uno más en la historia venidera', ha dicho Raymond Harris. Y solo porque el mariscal de los guaraníes cree que en este mundo el progreso es posible si se logra una distancia prudente con los imperios y si, como dicen, para muestra alcanza un botón, a don Francisco Solano le faltan ojales pues de ese modo ha logrado el telégrafo, el primer ferrocarril americano, la iluminación de la ciudad de Asunción, la paz y el orden. Sin embargo, este par de rapiñeros ha sabido embozar estos planes de despojo a cuatro manos, bajo la máscara de una cruzada por la libertad y otras patrañas. Y para ello han usado al general Venancio Flores, un hombre entretenido en golpear a los hombres a uno y otro lado de la frontera, mientras huye de las locuras de sus hijos y de la prepotencia de Agripina, como llaman a su mujer. Mitre y el Emperador le han prometido ayuda: derrocar al presidente Atanasio Cruz Aguirre y hasta sentarlo en el sillón presidencial, con la condición de que, a cambio, agregue su parte de sangre en la marcha de tambores sobre el Paraguay. Sin embargo, no será tarea fácil, pues en el camino a Montevideo se atraviesa un obstáculo: el coronel Leandro Gómez y su reducto, la plaza militar de Paysandú. Y aquí estoy yo, en el peor lugar y en el momento menos indicado para caer preso y ser fusilado por gente de seguro poco inclinada a un juicio justo.'*


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– Un reducto inútil… -le dijo con desprecio el capitán Harris.

El inglés no desperdiciaba la oportunidad de hostigarlo y hablaba con la seguridad de quien sabe de antemano que todo está perdido. Y por lo que decían, se las había ingeniado para que el general Mitre supiese en Buenos Aires, que Paysandú estaba lejos de ser inexpugnable, que se trataba apenas de ocho manzanas donde las trincheras se reducían a quince bocacalles que no sobrepasaban las diez zancadas ninguna de ellas; tristes escarpas de madera rellenas de tierra en su interior, con sus troneras improvisadas y sus correspondientes guerreros del honor detrás, capaces incluso dentro del servicio agotador, de cuadrarse con cierta elegancia ante los oficiales de la guardia.

– Un reducto inútil defendido por un puñado de soberbios… -volvió a decir.

– Tan soberbios como un inglés… -respondió Martín Zamora, logrando que se callara. Sin embargo, intuía que ni las luces del amanecer eran capaces de aclarar qué demonios era aquello que los defensores esperaban; o tal vez, nadie lo mencionaba en voz alta por temor a que el deseo jamás se cumpliese.

Sin embargo, al fin, Martín Zamora lo supo. No por el guardia aindiado apostado tras la puerta, sino por el mismo Raymond Harris, quien se burlaba sin ningún decoro de la esperanza de los habitantes de Paysandú: desde una semana atrás, esperaban la llegada salvadora del ejército fantasmal del general Juan Sáa, el auxilio prometido desde Montevideo por el presidente Atanasio Cruz Aguirre. O deliraban en secreto con la promesa de ayuda del mariscal López y sus treinta y cinco mil paraguayos. O imaginaban al caudillo Urquiza, a sus dos hijos Diógenes y Waldino y a sus tres caballos blancos, cruzando el río Uruguay con sus quince mil jinetes para amedrentar a carcajadas y sin disparar un tiro a los lujosos macacos del Imperio y al salvaje colorado y unitario Flores, sostenido por el oro escondido de los porteños de Buenos Aires. Los sanduceros soñaban secretamente.

– Ojalá les llegue… -dijo Martín Zamora.

El inglés soltó una risa muy seca, demasiado estentórea para la cavidad del calabozo. Movía la cabeza a un lado y a otro, como si tuviera abejas en el pelo, como si todo le resultara inverosímil, desquiciado, fuera de lugar.

– Créame, Zamora: si cada esperanza fuese un árbol, Asunción, Montevideo y Paysandú serían invisibles en medio de la selva… Que no esperen a nadie, que lo único que habrá de llegar son las inevitables crueldades.


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A finales del invierno de 1864, empezó a circular en el sur de América la negra noticia de la inminencia de la guerra.

En el Paraguay, la selva de la que hablaba Raymond Harris rodeaba al mariscal Francisco Solano López y a su alrededor nunca faltaban los amigos, los diplomáticos, los alcahuetes y los asesores que le daban un ánimo desmesurado. Es más, en la ruta de los repartidores de rumores y secretos, hubo quien una tarde se le apareció en su campamento de Cerro León y lo puso tan eufórico, que el mariscal optó por prescindir de asistentes para lustrar sus propias botas o para frotar con algodones aceitados la hoja de su espada.

Fue el embajador uruguayo Vázquez Sagastume quien le trasmitió la noticia de que en la provincia argentina de Entre Ríos el pronunciamiento contra Bartolomé Mitre y el Emperador del Brasil era universal, y que hasta el mismo general Urquiza había llegado a advertir públicamente, que si el ejército imperial brasileño se atrevía a invadir el Uruguay, él no dudaría en cruzar el río con todo lo que tuviese a mano para impedirlo. Pues tres semanas después, cuando se enteró de que la invasión al territorio uruguayo había comenzado, el mariscal López decidió que la hora de las apuestas había llegado y envió al santafecino José de Caminos con una propuesta muy clara para el caudillo de Entre Ríos: le tendía la mano y lo invitaba a pronunciarse contra Buenos Aires.

– Vaya, José, y dígale a don Justo que si tiene un huevo bien puesto como dice, que se pronuncie de una vez por todas contra Buenos Aires. Y que si tiene los dos en su sitio, que formalice enseguida una alianza conmigo y con el gobierno blanco de Atanasio Cruz Aguirre en Montevideo.

La idea del Mariscal era oponer otra triple alianza a los devoradores de tierra. Y mientras escuchaba al emisario con las manos a la espalda, Urquiza tomó conciencia de que de la noche a la mañana, se había convertido en el verdadero árbitro de la guerra inminente, pues del lado que él se inclinase, estaría la victoria. Sin embargo, el caudillo jugó más con su cintura que con su brazo de levantar ejércitos, adelantó al político que habitaba en él y retrasó al militar.

– Dígale al Mariscal que no permitiré que Mitre use uno solo de los hombres de Entre Ríos o de Corrientes, para armar expediciones al Paraguay…

Rebosante de alegría, José de Caminos desanduvo el trillo y el ocho de noviembre, bajo un sol todavía amable y con un vaso de brandy en la mano, le comunicó la novedad a Francisco Solano López en su campamento de Cerro León.

Cuatro días después, el Mariscal tenía el destino tan brillante y visible como una esmeralda brasileña.

Para probarlo le alcanzó con el Marquez de Olinda, un vapor que en pleno mediodía pasó resoplando frente a la rambla de Asunción, mientras cumplía su línea habitual entre Río de Janeiro y Corumbá. A bordo, abrillantado por el calor agobiante y fastidiado por los mosquitos, iba el gordazo Carneiro Campos, flamante presidente de Matto Grosso, llevando hombres y materiales de guerra para reforzar las defensas del alto Paraguay. “Los ríos no tienen dueños, rapaz. Queremos aguas libres para el Matto Grosso…”, le había dicho con voz suave y sencilla el Emperador, soñando con una salida al mar para los confines de su gigantesca espalda verde.

Sin dudarlo un instante, el mariscal López ordenó desde su campamento que el buque de guerra Tacuarí detuviese de inmediato el vapor brasileño, que incautase sus pertrechos de guerra y que el mismo Carneiro Campos y los tripulantes del vapor fuesen retenidos como prisioneros de guerra.

La orden se cumplió con pulcritud y elegancia de caballeros. Y apenas incautado, el Marquez de 0linda fue armado de inmediato para reforzar la escuadra paraguaya destinada a invadir primero el gran Matto y a dar una mano después a los amigos independentistas de Río Grande del Sur, los farrapos republicanos.

Escandalizado, el ministro brasileño en Asunción, Vianna de Lima, se pasó la mañana y la tarde del día siguiente recorriendo en carruaje todas las legaciones diplomáticas que pudo, elevando protestas blasonadas ante el insólito atropello y reclamando respeto y civilización para su soberanía. Hasta que al fin, a grito pelado, logró enfrentarse al ministro paraguayo de Asuntos Exteriores.

– Señor Viana, cálmese… -le dijo el ministro con una sonrisa de medianoche-. El gobierno de Paraguay ha obrado con el mismo derecho que ha ejercido su Imperio al ocupar el territorio uruguayo.

Ante la convicción de que aquella temeraria respuesta significaba la guerra desatada, Vianna de Lima se volvió a su residencia, aprontó rápidamente cuatro baúles de pertenencias y aquella misma madrugada abandonó el Paraguay, con su mujer bostezando, cuatro esclavas del Congo y la cabeza cargada de represalias.


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Sin embargo -tal como advirtió Raymond Harris antes de quedarse así, adormilado y de espaldas a él-, aquella villa tan defendible desde tantos aspectos no lo sería por nadie más allá de sus últimas casas, por ninguno de los aristócratas montevideanos ni por los comerciantes convertidos en políticos, gente empobrecida y golpeada entre el océano y las llanuras interminables.

– Verá usted la forma pintoresca en que esta ciudad será vendida al mejor postor a la menor oportunidad… -dijo de pronto el inglés, girándose en el catre para verlo mejor-. Tal vez hoy o mañana o dentro de dos centurias. No importa cuándo. El postor se abre paso sutilmente… eternamente… entre las intrigas, como corresponde, afanado por alzarse con el santo y la limosna.

Martín Zamora entendió lo que decía, pero no respondió. Entre otras cosas porque la puerta se había abierto sin ruidos y el guardia había dejado sobre la mesa un pequeño plato de latón abrumado por el tizne.

En voz baja, el soldado le dijo antes de irse:

– Coma, don Zamora. En un rato vendrán a interrogarlo.

Tenía la comida ante sí, pero no se atrevía a comer. Sólo a él le habían servido.

– Coma, don Zamora. Y que le haga buen provecho… -dijo Raymond Harris burlón, apagándose en la penumbra.


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Se trataba de un pirón áspero, acompañado de la misma carne grasienta que hubiese comido en su casa de Castellar diez años antes, tal vez la misma cena agria y miserable de entonces. La diferencia estaba en que allá, en su casa, hubiese estado libre, hubiese comido aquella porquería en libertad. Pero aun eso era soportable en el calabozo. Lo que no podía resistir era la idea de no morir en libertad, privarse de los ojos de sus parientes mirándose y mirándolo, de los seres queridos oyéndole maldecir en voz baja a la monarquía miserable, mientras se preparaban a enterrarlo entre los ángeles de mármol en un cementerio de los alrededores.

Daría todo el futuro por echar el tiempo atrás y volver por Irene, su mujer prohibida, disputada a navajazos por Jeremías el Corto, un gitano agraviado en el honor en los muelles de Algeciras. Mataría o moriría en el intento por rescatarla y decirle al oído que había abandonado para siempre la idea de emigrar pues había comprendido que para bien o para mal la vida debe jugarse donde ha tocado nacer

“Vendré por ti, mi amor. Algún día vendré por ti…”, fueron las últimas palabras antes de librarse de una muerte segura y extraviarse entre aquellos comerciantes escuálidos, empeñados en compartir las pérdidas más allá de los espantos del mar.

Aun en aquel instante del calabozo en que le dolían los huesos y devoraba el engendro del cocinero, Martín Zamora se lamentaba de no haber sido encadenado diez años atrás en una gendarmería de Algeciras o devuelto por la fuerza al horno de la panadería de su padre, un buen hombre laborioso y lector, para quien el crecimiento de las espigas del trigo nunca fue demasiado lento, mientras que él, insensato, prefirió la velocidad de la levadura cuando se trató de pensar en el progreso.

Es más, el viejo y lejano panadero de Castellar de Andalucía, Crispín Zamora, ávido rastreador de la historia del mundo, hombre por todos querido y marido de Dolores, alegre devota de la Virgen del Rocío, debió haber prohibido diez, quince, veinte años atrás y bajo pena de sangriento castigo, que a la hora de la cena su niño Martín Zamora pronunciara el maldito nombre de América.

Pero no, señor, al viejo Crispín Zamora jamás se le ocurrió semejante cosa.


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“Nada es peor que lo malo. Odien el mar”, había escrito Martín Zamora. “Atiendan las advertencias de los mayores y mantengan el odio en continuo hervor y así se protegerán de estas tierras engañosas, donde todas las artimañas son válidas desde el mismo momento de zarpar de Europa.”

Y no exageraba. Una década después, encerrado en el calabozo de la Jefatura de Paysandú, aún podía recordar la advertencia mayor de la agencia marítima en donde, sin ningún amigo, sin ninguna recomendación de doctor, cura, licenciado ni señor con vinculaciones entre los promotores de sueños, debió pagar uno sobre otro los tres mil duros para ser llevado a la ciudad de La Habana.

Si esforzaba la memoria podía ver aquel cartelón en letras góticas, lúgubre, vaticinando que solo los sanos y recios serían capaces de soportar la trampa del engaño, el destino incierto que se escondía allí mismo, detrás de la instrucción: “Los pasajeros estropeados, enfermos, ciegos e idiotas, serán rechazados y no podrán reclamar lugar a bordo”.

Pues allí terminaron noventa y dos ciegos e idiotas con sus respectivos sitios asegurados en las bodegas, con lechos compartidos por cinco personas, vino a cuatro duros la botella y dos la libra de manteca. Como todos, Martín Zamora pagó por la utopía y aún sentía en su mano izquierda los dedos de su mujer furtiva deslizándose fatalmente de los suyos, despidiéndolo sobre los maderos podridos del puerto de Algeciras, mientras los olores pestilentes subían del fondo del muelle para menoscabar aquellas lágrimas distantes, cada vez más lejos en el tiempo, tanto como para que se hubiera levantado el moho sobre aquel tres de diciembre del cincuenta y cuatro.

Pero el mar, santo cielo… Aquellas olas increíbles que se levantaban en explosión hasta el infinito, como en la pintura de un plato japonés… Las montañas más altas que hubiera visto jamás, detrás de las cuales emergía una y otra vez, para saludarlos a las carcajadas, el diablo que nunca se mostraba.


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Apenas a las nueve horas de iniciado el viaje, once marineros, un capitán y noventa y dos perseguidores de El Dorado ya estaban en alta mar a merced de un viento feroz que amenazaba con colgar la nave de una nube; a cual de ellos más reventado y descompuesto, pues el rolido y el tangaje eran tan fuertes que hombres y maletas, bultos y mujeres saltaban o caían aparatosamente, golpeándose unos contra otros. Y a las diez horas todos estaban mareados, desfigurados por el terror, desencuadernados por las diarreas y el vómito, odiándose los unos a los otros en un feroz espectáculo que duró casi un mes.

E1 capitán y los marineros bajaban a las bodegas cada dos o tres días, dándose palmadas en la espalda unos a los otros, solo para burlarse de los caídos, disfrutando en grande a costa de la zaranda general y gritándole a los viajeros que aquello era apenas un garbanzo naufragando en una olla de caldo enfurecido, si se lo comparaba con los desastres que les esperaban en los días por venir.

Y en realidad así fue, la desgracia fue pródiga con aquellos infelices. Empezando por la terrible noticia del destino burlado.

Pues vaya a saber en qué paralelo y en qué meridiano, con las armas a la cintura, el cretino del mando decidió o más bien ya llevaba consigo la decisión de sus regentes, que el barco no iría a La Habana ni a Santiago de Cuba, ni a Puerto Plata ni a Samaná en Santo Domingo, ni a Maracaibo en Venezuela, ni a San Juan del Sur ni a Tampico ni tampoco a ningún puerto de la confederación norteamericana como esperaban otros.

Durante un rato reinó el silencio. Pero de pronto, aquella gente desgraciada que se miraba entre sí como si la figura del capitán les impartiera solemnidad, estalló de incomprensión.

– ¿Cómo dijo? -fue el grito unánime, una sola garganta impotente lacerando la inmunda piel del océano.


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“Eso dijo: que no a Cuba. Que aquello era un volcán que podía estallar antes de que llegásemos a destino. Que dos días antes de que emprendiésemos el viaje, se había enterado por las autoridades de la empresa naviera, que el presidente Franklin Pierce se había vuelto loco de ambición y se aprestaba a convertir a Cuba en un agregado feliz a los estados esclavistas de la Unión. Enfurecido, el barbudo agregó que la descarada tramoya contra España ya había sido descubierta, que los usurpadores se habían reunido en secreto en no sabía dónde, si en Bélgica o en Prusia, y que hasta habían llegado a firmar un manifiesto para despojar a la Corona.

– Entonces os guste o no, que no a Cuba, pues la guerra se viene… -afirmó.

Y que tampoco a Nueva Orleans, que a Nueva Orleans menos. Que no a ningún sitio de esos. Que por la riqueza en ciernes, las mujeres dadivosas y la falta de exigencia de documentación, comparada con la minuciosidad de la reglamentación americana, a todos los colonos les convenía la Argentina.

– ¿ La Argentina? ¿ La Argentina? -preguntaban una y otra vez.

¿Quién tenía siquiera la palabra Argentina registrada en su cerebro? Nadie. Ninguno de aquellos noventa y dos estropeados, ciegos e idiotas la tenía.

Oh Dios, si habremos protestado… Hubo insubordinación en los corazones de las escasas mujeres y deseos de matar en los hombres que sabían hacerlo. Sin embargo, el capitán nos atiborró de vino y ajo y terminamos por vomitarlo todo a los bandazos junto a las blasfemias y las ratas.

No tardaría en enterarme de que los inesperados cambios de rumbo en alta mar eran más que frecuentes, que los agentes de los armadores se valían de estos bajos recursos para aumentar sus ganancias a costa de los incautos que fantaseaban con el horizonte.

A mitad del viaje, auxiliados por el agua sin límites y la prepotencia de las armas, en lugar de recomendar las refrescadas casas de hospedaje de La Habana, los hostales de Veracruz o los pequeños hoteles de Nueva Orleans o de Saint-Louis, aquellos estafadores terminaban hablando de las bondades de Montevideo o del Chubut, de Colonia del Sacramento o del Rosario de Santa Fe, de la selva de los estuarios y hasta del fondo del Río de la Plata para los declarados en rebeldía. También les hacían saber que de ser cierto aquello de considerarse los mejores trabajadores de Europa, allí estarían las fondas de Jacobson, los almacenes de los hermanos Espinoza y otros semejantes a orillas del Paraná, para que fuesen contratados por los estancieros magníficos. Y de esta manera, muchos de aquellos infelices ligures, marselleses, piamonteses, saboyanos, sardos, napolitanos, andaluces, navarros y vascos de uno y otro lado de la frontera pirenaica, poblaron las tierras del sur americano sin haber tenido nunca la intención de hacerlo.

– ¿Y qué nos espera allá, por Dios, qué nos espera -lloraban las mujeres.

– ¿Qué les espera? Pues no se quejen… -decía el capitán. Y resbalando sobre las palabras como un buen bailarín que no roza a las demás parejas, explicó que seríamos transportados en carretas desde Buenos Aires a las treinta y tres hectáreas donadas a cada uno por el gobierno argentino. Que si evitábamos desmandarnos en el vicio fácil o llorar por las polleras de nuestras madres, comenzaríamos con un rancho de dos piezas, seis barricas de harina, semilla de algodón, tabaco, maní, trigo, maíz para sembrar diez cuadras, diez cabezas de vacuno y dos caballos, todo lo cual equivalía a doscientos pesos fuertes. Un contrato, que de ser cumplido, dijo, nos daría todo en propiedad en cinco años.

– ¡Así que a olvidar los picos de Sierra Nevada o las naranjas rechupadas, porque allá las hay mejores…! -festejaba el indecente, mientras trepaba la escalera que daba a cubierta y dejaba atrás el silencio de los impotentes.”


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Si bien padecía un serio endeudamiento con la honestidad, el capitán del barco no les había mentido al justificar la grosera estafa del cambio de rumbo. Un mes antes de que Martín Zamora se enterase en medio del océano de que no iba hacia La Habana como era su deseo, el presidente Franklin Pierce, convencido de que “el destino de la isla de Cuba tiene que ser siempre extremadamente interesante para el pueblo de los Estados Unidos y vital para su seguridad”, instruyó a sus embajadores en Madrid, en París y en Londres, para que se reuniesen en secreto y estimasen seriamente la posibilidad de hacerle una oferta de compra a la empobrecida corona de España.

La reunión, entre putas francesas, borracheras descabelladas y papeles lacrados, duró una semana y se realizó en dos tramos: el primero en la ciudad belga de Ostende, y el segundo en la prusiana Aix-la-Chapelle. Pero antes de abordar la segunda reunión, tanto el tema “secreto” como el despilfarro de los tres embajadores ya habían trascendido y escandalizado a la diplomacia europea, aunque nada impidió que el quince de octubre de mil ochocientos cincuenta y cuatro, estamparan sus firmas sobre aquel “manifiesto de Ostende”, un engendro descarado que concluía con la “absoluta convicción de que el gobierno de los Estados Unidos debe hacer un esfuerzo inmediato y diligente por comprar Cuba a España”.

En un pasaje del documento, aquellos tres piratas de levita razonaban con envidiable seriedad y equilibrio mientras vaciaban botellas de brandy y perseguían prusianas desnudas por los jardines:

“Cuando ofrezcamos a España un precio por Cuba que sea mayor que su valor presente, y esta oferta sea rechazada, será el momento de plantearse la pregunta: Cuba, en posesión de España, ¿representa un serio peligro a nuestra paz interior y a la existencia de nuestra amada Unión?

Si esta pregunta se contesta de forma afirmativa, entonces, toda ley, divina o humana, justificará que liberemos ese territorio de España, si es que tenemos el poder. Y esto basado en el mismo principio que justificaría que un individuo tirara abajo la casa en llamas de su vecino si no dispusiera de otros medios para evitar que las llamas destruyeran su propia casa.

En esas circunstancias, no deberíamos tener en cuenta los costos, ni considerar lo que España pudiera oponer en contra nuestra. Nos debemos abstener de entrar en la cuestión de si la presente situación de la isla justifica una medida semejante. Sin embargo, no cumpliríamos con nuestro deber ni seríamos merecedores de nuestros bizarros antepasados, traicionándonos ante la posteridad, si permitiésemos que Cuba se africanice y se convierta en un segundo Santo Domingo, con todos sus horrores para la raza blanca; y que sus llamas se extendiesen a nuestras costas vecinas, poniendo en serio peligro, o consumiendo, la blanca textura de nuestra Unión.

Tememos que el curso y la dirección de los acontecimientos tiendan rápidamente hacia una catástrofe de esa naturaleza. Sin embargo, tenemos esperanzas en lo mejor, aunque debemos estar preparados para lo peor…”


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Con el estómago destrozado y un odio en el que sumergió su cabeza durante el resto de la lamentable travesía, Martín Zamora vio tierra americana a las veintiocho jornadas de haber iniciado el viaje.

Curiosamente, el acontecimiento de divisar los promontorios del horizonte alcanzó para que muchos olvidasen las iniquidades ocurridas en medio de las aguas y hasta perdonasen la humillante arbitrariedad del capitán. Con sorprendente facilidad acomodaron el pensamiento al frenesí, como si así lo hubieran tenido desde el día en que decidieron abandonar sus camas de olores seculares para apostar a este mundo desnudo. Parecían presentir el néctar de los frutos deleitosos, la abrumadora majestad de las riberas, el encanto agobiante de las papayas, los plátanos, el aguacate, el mango, el café. A cambio echaban por la borda la verdad, la otra verdad, la que iba a brindarles su situación de derrota, que hallaría, acá o allá, el expolio encubierto o la guerra declarada.

Por la noche los infelices cantaban; jugaban; festejaban. Cuando la luna aclaraba el mar tranquilo, bailaban farándulas dando la vuelta al barco. Y se olvidaban de aquellos que postrados en el suelo maldecían haber nacido para ver tan triste espectáculo.

Martín Zamora se preguntaba, acodado en cubierta y amansado por el reflejo de la luna sobre el agua, qué sería de ellos al año siguiente. Diez años más tarde, en las penumbras de Paysandú, se formularía la misma pregunta… ¿Cuántos de los noventa y dos ciegos e idiotas estarían vivos y reproducidos y cuántos más sombreros que cabezas habrán quedado a la hora de las pestes y de las guerras de nunca acabar?

“Porque aquí”, escribió, “tanto el mandria como el audaz, muere matemáticamente, en toda regla, sin error de suma o pluma”.

Sin embargo, Martín Zamora pudo escapar del itinerario prefijado apenas los sorprendió la primera escala en la costa del Brasil.

Decidió que allí sería el fin de su viaje: a once días de Montevideo, doce de Buenos Aires y un abismo a las espaldas que lo salvaría de la brasa para caer en la llamarada.

Cuando al atardecer el barco izó las velas, listo para abandonar el puerto brasileño, un joven marinero de sotabarba diáfana, recostado en el amarradero al pie de la rampa le adivinó las dudas y le dejó caer un comentario de piadosa comprensión:

– ¡Es duro el destierro!

– Duro y cobarde… -dijo Martín Zamora, dándole la espalda en un impulso que lo alejó definitivamente del lugar. Y cuando el barco se hundió en el horizonte para proseguir su viaje bordeando el continente, él ya no estaba en sus bodegas. Se encontraba anclado en una fonda ahumada, dejándose hechizar por la ginebra holandesa, las feijoadas carbonadas con tasajo y el colorido estridente de los vociferantes portugos, gente que parecía no conocer la tristeza.

Mientras tanto, en el jolgorio de una soledad desmesurada, Martín Zamora comenzó a ser, con veintidós años, el que todos conocerían más tarde como El Moro, un hombre con apreciable desgracia y una maldad que en tiempos de panadero no tenía.


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A diez años de distancia todo parecía haber terminado. Y en pocos minutos tendría que dar cuenta ante autoridades desconocidas, por aquel tramo de su existencia de la cual un testigo, su compinche inseparable, el temible Hermes Nieves, aún sobrevivía. Han exigido sus vidas en nombre de una justicia inubicable, han sido declarados culpables por haber caído en incendios, californias, asesinatos y levas de negros fugitivos en una tierra de nadie.

A decir verdad, no le causaba gran desasosiego la idea del fusilamiento público. Sin embargo, a trechos, sus ojos helados saltaban a través del agujero enrejado sobre el río portentoso y brincaban sobre bergantines, cañoneras de guerra llegadas de ultramar, patachos, zumacas de navegación costera o un pequeño bote de corambreros.

Observándolas sentía, curiosamente, que a cualquiera de aquellas inocentes embarcaciones subiría en ese momento sin los terrores y mareos de aquel detestable navío del cincuenta y cuatro, para echar a andar el sueño de un regreso a las radas de Algeciras, seguro de que retornaría pálido, frágil y convaleciente, pero aún lejos de la edad de morir, aunque lo esperasen todos los gitanos sedientos de venganza. Tal vez, antes de que lo acuchillasen, tendría tiempo de sentirse feliz de inundar sus narices con el aroma seco de las fogatas del puerto, donde aquellos viejos marinos acostumbraban a frotarse las manos para calmar los primeros fríos de noviembre y hablar de juventudes inmemoriales, delante de los curiosos que jamás habían flotado por esos mares de Dios.

“Y yo -escribía- oculto entre los eternos corrillos de ignorantes, pero secretamente sabedor, le explicaría a Irene lo que hombres como aquellos viven cuando sus horas se tiñen de oscuridad en pleno día, en medio de montañas líquidas como circos enloquecidos que derrumban y levantan una y otra vez sus carpas. Y luego de contar mil leyendas con hedor a aceite de ballena, abandonaría los puertos para siempre y con mi pequeña mujer flaca huiríamos a refugiarnos en nuestro hogar. Retornaría al cobijo de las ruinosas murallas de Castellar de la Frontera, a pie como los buhoneros, con la ropa hecha harapos y esa brillantez en la mirada de los que acaban de vivir hazañas importantes. Luego ataría con fuerza mis tobillos al piso de nuestra casa de seiscientos años y leería en voz alta los harapientos libracos de historia de mi padre, el panadero. Y créanme, muchachos, no abandonaría jamás las callejas cobijadas de Castellar. Es más, prohibiría bajo pena de sangriento castigo que a la hora de la cena se pronunciara el maldito nombre de América”.


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Pero lo que acababa de escribir Martín Zamora era un sueño imposible: antes de todo delirio debía padecer el dolor que produce la verdad y contestar las preguntas de los dos notables que se acercaban por el pasillo. A poco, al igual que el día anterior, les oyó trepar los tres peldaños de la escalera. Abrieron la puerta del calabozo y luego la volvieron a cerrar con un estruendo irrespetuoso del sueño de los presos, pero sin lograr que ni a Raymond Harris ni a Hermes Nieves se les alterase el ronquido.

El más joven de los dos, un abogado cargado de mariposas en el habla llamado Luca del Piero, director del periódico Il propagatore italiano y obsesionado por el afán de salvar del filo de la muerte a los condenados, no dudó en molestarlo con una ojeada que a todas luces parecía decir: “Si salvo tu vida te hago mío, varón de mala suerte”. Pero, afortunadamente, aquel putillo no sería el encargado de interrogarlo.

Era el otro, el capitán Hermógenes Masanti, un hombre sobrio, extraño, que cada poco trecho de palabras, a veces con desafortunados dejos de ternura cristiana, le reiteraba la invitación a hablar de sus andanzas, de sus compinches o de su conocimiento del general Venancio Flores y de su ejército de negros obsequiados por el general João Netto, gente capturada una y otra vez en territorio del Uruguay por la gavilla que integraba Martín Zamora, alias El Moro.

Era evidente que además de tratarlos como a vulgares cazadores de africanos, el abogado Luca del Piero les atribuía una trascendencia que ni él ni Hermes Nieves hubiesen imaginado en una ronda de tragos y buenas bromas. Pero al capitán Hermógenes Masanti le importaba solo Martín Zamora, pues parecía ver en él un vidrio ahumado a través del cual, si lo interrogaba con habilitad, podría entrever el bestial avance hacia Paysandú de aquellos ejércitos innumerables, comandados por insaciables devoradores de cielos. Podía adivinar al Emperador del Brasil y a Bartolomé Mitre en tortuosas maniobras con el general Venancio Flores para hacerse de estas tierras y luego entre los tres, como corresponde en los acuerdos sagrados, borrar del mapa al soberbio Paraguay de Solano López, bastión de los veinte apellidos como se ha dicho por ahí.


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El capitán Hermógenes Masanti, empeñado en redimirlo y librarlo del pelotón de fusilamiento, daba cuenta de un fastidio incontenible. Cada pocas palabras, se le veía distraer el interrogatorio para derramar una mirada de profundo desprecio sobre el postrado Hermes Nieves; a su juicio, un verdadero criminal. Y le irritaba oírlo roncar en una ausencia impúdica, relajado y sin ninguna tensión muscular, protegiéndose en la hedionda oscuridad del camastro. Y en verdad, parecía definitivamente inmóvil si no fuera porque a veces se le oía gemir bajo su barba de macaco enojado, tal como si trasmitiese para nadie la información de que estaba enfermo, de que se les moriría mucho antes de que alguien le pusiera una mano encima.

– Llegó el momento de hablar, Zamora… ¿O prefiere que lo llamemos “Moro” como le apodan los macacos? Hable y será más fácil para usted.

– ¿Y para él? -preguntó con sorna Martín Zamora, señalando el bulto de Hermes Nieves.

– De ningún modo. Ese negrero hijo de puta ya debe darse por muerto… igual que el gringo Harris. Pero con usted puede ser diferente, y hasta tengo elementos a la vista para creer que no es de la misma calaña…

El capitán observó los papeles de Martín Zamora diseminados sobre la mesa y que hasta el momento había respetado sin exigirlos y agregó:

– Lo que no me encaja es que un hombre culto, como parece usted, se haya vinculado a esta gentuza…

Por primera vez Martín Zamora observó al capitán Masanti con extrañamiento y sospechó que no era sincero, que no había tomado interés ni en su persona ni en su caso, ya que si quería ayudarlo como parecía ser su intención, lo único que tenía que hacer era mandar a buscar al cónsul español.

De todos modos, no por satisfacerlo, sino más bien para abreviar el trecho de la intriga, para averiguar lo que se traía el oficial tras el dudoso gesto humanitario de tramitar una posible clemencia de última hora, decidió no perder el tiempo: lo agobiaría con palabras, le donaría su ruindad adquirida en el Brasil y ¿por qué no?, también la de Hermes Nieves, sin intención de nada a cambio.


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No podía contener su mirada. Se le iba como el humo, lejos, por la pequeña ventana enrejada. Sus ojos volaban sobre los techos de la ciudad hasta descender sobre la isla Caridad, cada vez más remota y menos vulnerable, cada vez más poblada de niños y mujeres, los desalojados de Paysandú, a los que nadie se atrevería a bombardear. Fue entonces cuando percibió a su lado el perfume dulzón de Luca del Piero. El abogadillo se había acercado con desdén e intentaba pescuecear como una garza, hurgar a través del ventanuco las razones que, afuera, atraían la atención del condenado. Pero su escasa estatura no se lo permitió.

– No creo ser del todo Martín Zamora, capitán… -dijo con misteriosa ironía el prisionero-. He vivido como El Moro la mitad de otra existencia igua la buena antes y la mala después, con un mar de por medio. No soy del todo un Zamora de los que quedaron en Castellar de Andalucía y soy tal vez El Moro que acorralaron en San Leopoldo de Río Grande… Pero de todos modos, alguien debe aceptar que uno es un poco todo eso… Incluyendo a este que duerme ahí, mi pobre camarada Hermes Nieves, quien no soporta la sífilis…

Con afectación, del Piero levantó los brazos al techo del calabozo y los detuvo en seco, horrorizado por entender que la suya era un tipo de piedad exótica, a la que el brasileño dormido no merecía ni por asomo hacerse acreedor.

– ¡Basta! ¡Basta!… -gritó-. De una maldita vez: ¿de dónde conoce a esta escoria que usted hace su hermano, que al despertar llora y busca cómplice, que lo mira a usted y habla con dulzura del forajido Laurindo José? ¡Ah! Lo pienso y me indigno… En eso discrepo con el capitán Masanti: no me interesan sus respuestas. Es más, ya mismo debería marchar con los ojos vendados al banco de la plaza…

– No contestaré ninguna pregunta ante usted, señor… -dijo Martín Zamora con suavidad, sin alterarse para nada. Luego volvió a hundirse en los signos trazados en la pared por otros presos, hasta que lo sobresaltó el ruido de la puerta abriéndose y dando paso a la figura del guardia, urgido por comunicarle al oficial un mensaje en voz baja.

Cuando el guardia se retiró, el capitán Masanti enderezó su espalda y decidió por fin abreviar el trámite, a sabiendas de que habían comenzado las horas del tormento para la pequeña ciudad. Entonces miró al abogado con firmeza y le dijo lo que le acababan de comunicar: que veinte leguas más arriba, el pueblo de Salto había caído en manos del general Venancio Flores sin ofrecer resistencia alguna. Luego hizo un silencio y continuó:

– Doctor del Piero, le ruego que abandone el calabozo y nos deje hablar a solas. Tenemos muy poco tiempo…

Mientras hablaba, el oficial tomó de un codo al amanerado, lo acompañó hasta la puerta y lo echó afuera.


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El capitán Masanti cerró la puerta y volvió de mala gana, convencido de que hay situaciones para las que no existe ni una sola reacción adecuada:

– ¡Vamos, pórtese bien, Zamora! No complique las cosas más de lo que están…

Con clara conciencia de que aquella era la única oportunidad de hablar con aquel hombre, sin importarle que existiesen allí otros testigos, Martín Zamora elevó la mirada y el fluido fue a dar directo a los ojos del oficia

– Capitán, estoy dispuesto a decirle la verdad… Pero antes me dirá usted hacia dónde correrá nuestra suerte.

– No me pregunte por ellos. Lo que se hará con usted, aún no está decidido… Ahora, dígame su verdad, ¿cómo llegó a esto?

Martín Zamora tomó los papeles y emparejando las hojas, las acercó al extremo de la mesa para que Hermógenes Masanti las tomara.

– Dejémonos de joder con este interrogatorio… En estos papeles están todos mis pasos perdidos. Están más claras estas respuestas que sus preguntas cansadas… Y si algo no le satisface, entonces conversamos… De paso, le estoy agradecido por permitirme escribir.

Fue un acto de curiosa decencia. El oficial tomó los papeles y abandonando el acento imperativo de su servicio, tomó la única silla y la acercó a la luz. Luego tomó asiento y sonrió antes de comenzar con la lectura.

– Tiene usted una hermosa caligrafía. A mí también me gusta escribir…

– ¿Qué escribe usted? -preguntó Martín Zamora.

– Los partes de guerra, el diario del soldado… No más que eso.

Martín Zamora se fue a su camastro, se echó boca arriba y explicó, antes de que el oficial iniciara su lectura:

– Es tal como dije: conocí a Hermes Nieves hace unos diez años, allá por mayo del cincuenta y cuatro, él en tránsito por San Leopoldo y no por las inmediaciones de Porto Alegre como afirmó el marica. Empiece en esa página que puse encima, donde digo que estoy herido en el alma y con una guitarra por toda compañía…

Hermógenes Masanti le prestó atención. Luego se echó hacia atrás en la silla y se hundió en los papeles con la expresión sobria de quien está predispuesto a respetar lo escrito.


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“Herido en el alma y con una guitarra por toda compañía, acaso por haber conocido un destino de nómada, dejé el puerto y lo dejado atrás, atrás quedó.

Deambulé mucho tiempo de poblado en poblado, sin entender lo que ocurría en esta parte del mundo triturada por brasileños, uruguayos y argentinos, sin poder decidir por más que lo intentase, qué hacer con mi vida. Al fin, oculto en los montes de la hacienda de Terrão al sur de Río Grande, cuando ya desconocía toda noción de triunfo, terminé por abandonarlo todo y me uní a interminables historias relacionadas con hurtos de esclavos, con emboscados y francotiradores, a traición y por la espalda. Me hice hombre armado de Laurindo José da Costa. Él salvó mi vida.

¿Cómo me uní a ellos?… Muy simple. Pasaron por azar frente a mi pequeña fogata al borde del camino, rodearon mi hambruna con carne asada y me admiró la facilidad con que satisfacían la suya, permitiéndose encima los lujos propios de los saqueadores. Fue Laurindo José quien puso en mí su ojo sano, mientras sus hombres comían como perros carne fresca recién robada, asombrados de que la guitarra ablandara lágrimas de emoción al cabecilla.


Ay, mando me siento perdío

porque me aflige la pena.

Ay cuando me siento perdío

con devoción yo le pió

y a mi corazón consuela…

Escucha el fandango mío

que lo que digo es verdá…

Escucha el fandango mió

que al más hombre hace llorá

los tercios si son sentíos

de una copla bien cantá…


Creo que el malandro lloraba y se reía, escuchándome con todo su oído, pero sin dejar de contemplar las astillas del fuego. Y al verlo en sus bruscos cambios de ánimo, aquellos especialistas del alma dejaban oír auténticos aullidos, gritos de victoria, se abrazaban y esbozaban pasos de baile alrededor de los tizones. Y a pesar de que la música que yo abordaba no era más que cartageneras, fandangos y alguna romera a la que yo agregaba letra para Irene, mi amor gitano, el jefe rompió en pago con una buena sonrisa, la primera que me dedicara un hombre crudo en muchos años. Por lo que así de sencillo, por esa necesidad de premio que tiene el sufrimiento, la vida tuvo un giro: Laurindo José me invitó a seguirlo, a sumarme a la gavilla. Siempre y cuando, dijo, llevara conmigo el alma, la guitarra y la canción para Irene. Y yo dije que sí, daría el salto a las tinieblas. Que sí, que aceptaba marcharme con aquellos terribles facinerosos y que el Gran Poder decidiera lo que haría conmigo.”


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“En verdad, eran terribles… Marchábamos de noche, nunca de día. Me obligaban a beber y me pedían música bajo las estrellas, mientras cruzábamos una y otra vez la fácil frontera de la República del Uruguay. Alternábamos las fechorías con cargamentos de cuero, de tabaco y municiones de guerra o escarbando en las minas de oro abandonadas y no tanto… Yo les acompañaba el esfuerzo con la guitarra y me detenía sólo cuando veía polvillos dorados destellando en sus barbas, señal de que una breve riqueza había llegado… De todos ellos aprendí lo que nunca antes. Y Hermes Nieves fue mi hermano de sangre durante estos últimos diez años. El paisaje, las sierras eran su libro, su brújula y su carta de viaje. El cielo le prestó la referencia lejana e incluso conocía la antigüedad exactísima de cada huella. Hermes, Berlamido y sobre todo Laurindo José eran verdaderos doctores del rumbo.

Pero mal andaba noviembre este año, cuando el jefe Laurindo José, tuerto de parche negro en el ojo y una burla de vinagre en la boca, venía de Cangussú en dirección a San Leopoldo. Lo seguíamos seis hombres armados, un tal Zé Cardozo, Víctor, Berlamido, un rubio llagado de nombre Hincuta, mi amigo Hermes Nieves agobiado por la sífilis y quien habla y su guitarra. Arreábamos a una negra fantim llamada Pilar Maisí y dos crías bautizadas libres en el Uruguay, lloronas durante treinta leguas a pie y no era para menos, pues a garrotazos en la cabeza le habíamos medio muerto al marido, un negro salvaje bautizado Almeida, quien desde el fondo del barro en donde quedó hundido, me dejó caer el odio de sus ojos hasta el último instante en que nos perdimos de vista, aunque sospecho que no perdió la vida. Tanto la madre como las niñas marchaban desnudas y descalzas; abrojos, ortigas, espinas, soles de mediodía, frescos de la noche y tajos en los pies. Recuerdo que una de las pequeñas, mientras seguíamos un atajo que no tenía nada de camino, ni siquiera de senda, apenas un impreciso sendero entre bañados, cayó de pronto y se hundió en un charco de barro hasta tragar agua de sapos. Entonces, cuando la ayudé a levantarse para continuar la marcha, su pequeño brazo de chocolate me hizo el efecto de ser tan delgado y tan duro como una ramita a punto de quebrarse. Resultaba increíble que al final del camino pudiesen servir para algo, criaturas de Dios.”


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“Pero el escándalo se armó en el pueblo de San Leopoldo.

Como es costumbre con los negros que fugan al Uruguay procurando libertades que en el Brasil no tienen, las crías capturadas serían sometidas primero a los trámites del párroco Januario. El cura les daría, como siempre, documento legal como nacidas de vientre esclavo; la madre y las hijas por igual, de lo contrario el traficante Germano Kray no pagaría por ellas ni aceptaría negocio de clase alguna.

Pero alguien, algún alcahuete de los uruguayos, les había hecho el favor de denunciar los pasos de Laurindo José y nos estaban esperando. Hermes Nieves y yo, tanto va el cántaro a la fuente, debimos darnos cuenta de la trampa, pero no lo hicimos.

Por orden del jefe, en vanguardia de vigilancia para no entrar al azar, nos anticipamos al grupo en una hora y llegamos en medio de la noche a San Leopoldo.

Debo confesar que no cumplimos en nada con las precauciones y nos metimos con toda la sed de los caminos en la barahúnda de la Casa de la Pastora, la taberna del viejo Veríssimo. Nadie impidió que nos acomodásemos en la barra ni que eligiésemos entre mujeres disponibles ni que tuviésemos fragmentarias conversaciones con gente conocida. Recién media hora después, bajo los truenos retumbantes de una tormenta sin agua, comenzamos a entrever lo que ocurría en aquella taberna poblada por una cantidad inusual de parroquianos y que debió inducirnos a sospechas desde un principio.

Pero ya era demasiado tarde. Mientras yo templaba la guitarra con unos tragos de más a cambio de canciones para nadie y Hermes combatía su fiebre en la barra atiborrada buscando calores de putas, fuimos de pronto paralizados en un rincón a punta de dagas camufladas en ponchos finos. Con notable disimulo, nos detuvieron con solvencia en cuestión de segundos, puesto que nadie allí dentro se apercibió de que éramos los primeros prisioneros de la gavilla más temida de Río Grande del Sur.”


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“Alguien dispuso una mesa en el centro del salón y muchas sillas en semicírculo. Luego tomó asiento un grupo de personas hasta entonces inadvertidas, pero que a partir de ese instante se tornaron ostentosas por la relevancia y por las ropas que llevaban encima.

El resto permaneció de pie, en conversaciones normales, pero con todos los indicios de estar expectantes ante lo que se avecinaba.

Cualquiera hubiera dicho que allí se aguardaba a un delegado imperial, porque a Laurindo José lo esperaban personas de importancia, gente de Negocios Extranjeros, del Presidente Provincial y del consulado uruguayo en Río Grande.

Pero sobre todo lo esperaba la policía. Más de veinte gendarmes rodearon en silencio la Casa de la Pastora, la cantina donde Laurindo José y su gente, desde mucho antes de que los conociese, iban por bebidas y mujeres al retorno de cada viaje. De modo que esa noche, policía y autoridades de dos naciones esperaban llevar a feliz término la fantochada de su captura. Y yo y mi guitarra quedamos dentro, convertidos en incómodos testigos.

Disimulados entre mujeres de la vida, hombres de gavilla y gendarmes de día libre, se ocultaban los jerarcas: un tal Santiago Guillenea, cónsul del Uruguay en Río Grande, el mismísimo João Lena Vieira, presidente de la provincia de San Pedro de Río Grande del Sur y dos notarios enviados por Paulino Limpo de Abreu, el principal de los Negocios Extranjeros, borrachos en su mayoría por las ginebras de la espera y grasientos por el tocino crudo.

Tal como he señalado, así se presentaron, pero antes de hacerlo dejaron que entrásemos todos en aquella ratonera cargada de humo de tabaco y al son de los truenos luminosos.”


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“Casi al bordear la medianoche, hediendo a verija de caballo, imponente en su ropaje y armamento, José Laurindo da Costa apareció con ruido de ostentosas nazarenas de plata a la cabeza de los hombres restantes.

Y detrás, las prisioneras más lloriconas que se haya visto jamás. Recién cuando las infelices se echaron como perras en el suelo de ladrillo, seguro que dando por descontado haber llegado al fin del camino, los notables se pusieron de pie entre las mujeres sentadas.

El forajido los saludó con ceremonia, sorprendido de que todos lo miraran a él, mientras dos de sus hombres, Hincuta y Berlamido, intentaban en vano acallar el trastorno de las negras desnudas, tapando sus bocas con sus dedazos mugrientos.

Pero aun antes de que se completasen los saludos, como el cuadro era imposible de disimular, el cónsul Guillenea no pudo soportar aquella presencia de asoladora violencia al alcance de su mano y al alzarse hacia adelante hizo correr, con ruido, la silla en la que estaba sentado.

A mi juicio perdió los estribos, olvidó la diplomacia y la naturaleza del territorio donde estaba, para esgrimir un dedo envarado que saltaba enloquecido de las negras a Laurindo José y de este a las autoridades del Imperio. Sin ninguna contención, tal como si le hubiese estallado la pólvora en la espalda, aquel hombre dio un salto que lo apartó de la mesa y se largó a caminar como un jaguar, mientras en cada ida y vuelta volteaba sillas a su paso. Con el rostro congestionado y los ojos brillantes, vociferaba pedidos de ejemplarizante castigo para los indeseables; sobre todo para el malvado insigne, ladrón de criaturas negras en la República del Uruguay, legalizado una y otra vez por la justicia de Piratiny.

Yo permanecí quieto, solo, extrañamente en sombras, por unos instantes adormilado sobre el cuerpo de la guitarra. Hasta que alguien, ignoro si el mismo cónsul o alguno de los gendarmes, topó su humanidad contra el instrumento e interrumpió furioso mis canciones que impedían, al parecer, escuchar con claridad.”


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“A decir verdad, simpaticé con el cónsul Guillenea.

Parecía un buen hombre: de chaleco negro sobre camisa blanca bordada, frente de bronce y seguramente tres huevos para lucir en medio de los macacos, paralizados todos sin excepción por la acusación de las malandanzas increíbles de Laurindo José.

Su vez sonaba como la de alguien cargado de razón.

– ¡Muéstrame, cobarde, enséñame tus documentos de propiedad sobre estos seres humanos! -gritaba mientras se le iba encima como una fiera, pasándole a un brazo de las barbas-. Apuesto a que tienes papeles tan fraguados y lacrados como los del negro Juan Rosa…

– ¿De quién está hablando el castellano? -reaccionó alelado Laurindo José.

Al caradura se le veía su ojo sano tan sorprendido y sin iniciativa, como a un querubín extraviado en las afueras del cielo. Y hasta hubiera convencido a los presentes de no existir allí, a la vista de todos, la desgraciada Pilar Maisí y sus infantas, echadas en el suelo, humilladas por la desnudez y agobiadas por el cansancio, los emplastos de barro seco, y la desesperanza.

– ¿Te sorprende, sanguinario?… Del infeliz Juan Rosa estoy hablando, lo recibí yo mismo en el consulado de Rio Grande. Dije “yo mismo”. A él casi desnudo, a Juana, su mujer, y a Segundina Marta, su hija de cuatro años, ellas sí, totalmente desnudas. Y… ¿saben que hizo esa sabandija en la noche del ocho de noviembre de mil ochocientos cincuenta y tres?… ¿No lo saben?

El presidente João Lena sí que reaccionó con vehemencia, aunque apestados sus mástiles por la borrachera. Golpeó fuerte sobre un tablón del mostrador y trepidaron los licores servidos.

– ¡Usted no es juez! ¡Se extralimita, señor cónsul!… El señor Da Costa será investigado por competencia del Imperio…

– ¡Un cuerno, su excelencia! -retrucó Guillenea-. No lo será ahora como no lo fue entonces, cuando este malnacido de Cangussú se internó Uruguay adentro y llegó con su partida mucho más allá del río Negro…

– ¡Ni conozco el río Negro! -protestó con descaro el forajido.

– ¿Qué no lo conoces, chafandín?… Para ser exacto, lo cruzaste y te fuiste hasta los campos de don Eduardo Iriarte para secuestrar al moreno Manuel Felipe, su mujer y una cría de seis meses. Los llevaste atados, hijo de perra, de tiro y a golpes por los pajonales. Pero el infeliz Manuel Felipe gritaba con demasiada insistencia que era libre, porfiando que no era su deseo seguir con ustedes de ese modo. Y a poco de llegar a la Picada de la Luz, este señor que ven aquí, Laurindo José da Costa, le cortó las orejas, lo degolló delante de su gente y dejó ir el cuerpo corriente abajo por el río Negro…

– ¿De qué está hablando este hombre? -preguntó Laurindo José, menos querubín que antes, la mano en la cintura y rodeando con el ojo solitario a los presentes.

Pero el cónsul Guillenea lo ignoró a él y al presidente João Lena. Hablaba sin detenerse, destilando una angustia antigua y una furia desmesurada para un auditorio de mujeres petrificadas en las sillas.

– …Y después vendió a la viuda y a la huérfana en Río Grande sin que hasta hoy se conozca el paradero. Pero el destino de Juan Rosa sí pude saberlo. Él, su mujer y su hija fueron vendidos en Pelotas al francés Le Clerc, notorio traficante de africanos. Y de no ser por un descuido del francés y por mi oportuna intervención, Juan Rosa hubiera sido revendido enseguida a João Felipe Netto, funcionario del gobierno… ¿Para qué? ¿Por qué pagaría por Juan Rosa un funcionario del imperio con dineros públicos?… Pues, vayan sabiendo, señores… Para ser devuelto por la fuerza y a palos a la guerra contra el Uruguay, pero esta vez como uno más de los mil negros regalados al general Venancio Flores para engrosar su ejército de invasión.

– ¡Pruebas, señor cónsul, pruebas de lo que está diciendo, pues el general Flores jamás ha tenido esclavos en sus filas…! -exclamó con soberbia uno de los notarios de Negocios Extranjeros y criador de caballos en Candiota.”


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“-Con que el señor notario quiere pruebas. Con que sí, ¿eh?… Con que el general Flores no tiene negros forzados en sus filas… Que no, ¿eh?… Pues aquí le tengo un pequeño tesoro -dijo el cónsul Guillenea, mientras extraía de un bolsillo un papel doblado en cuatro y regastado por reflexiones y manoseos. Enseguida se colocó bajo la luz de la lámpara más cercana, desplegó la pequeña hoja y comenzó a leer con una impecable voz de actor de teatro:

‘-Deploro como el que más la terrible necesidad de los castigos corporales que prescriben nuestras leyes militares y he tenido que reprimir mis sentimientos para habituarme a presenciarlos. Pero échese una mirada por el personal actual de nuestros cuerpos de línea. Estos son compuestos de reclutados de la cárcel y de una gran cantidad de esclavos africanos, indolentes y acostumbrados al rigor, que sólo con él se consigue que se vistan, que se aseen y que observen los deberes del soldado. Hombres incorregibles, que si a fuera darse cumplimiento a lo que prescriben las ordenanzas militares, sería necesario fusilar con frecuencia. ¿Se quiere abolir los castigos corporales? Es muy justo y muy a la altura de la libertad y de la civilización de la República. Pero antes refórmese el personal del ejército, púrguese a este de la hez y de los criminales’.

Cuando finalizó la lectura, el cónsul recorrió el auditorio con sus ojos de carbonilla y al tiempo que sacudía la hoja ante sus rostros, los ilustró aun más:

– Quiero que sepan, señores, que esta nota pertenece al coronel León de Palleja, un militar español al servicio del general Venancio Flores, y la escribió para rectificar la denuncia pública de que uno de sus soldados negros había sido castigado con mil quinientos azotes; no fue así, como habían afirmado vilmente por ahí… sino con quinientos palos.”


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“-Pero además, señor mío… ¡Yo mismo soy la mejor prueba de lo que vengo diciendo! ¡Una prueba con fueros diplomáticos! Pues yo en persona tomé al negro Juan Rosa y a su familia bajo protección en mi residencia y pedí a las autoridades del Imperio un desagravio para las víctimas y un castigo ejemplar para el sujeto. Pero no, señor, no tuve respuesta. Tampoco la tuvieron decenas de ingenuos como yo. Y pregunto: ¿cuántos testimonios cayeron sobre los escritorios del Juzgado Municipal de Río Grande, en contra de los estragos de este facineroso?… Decenas, mis amigos. Las autoridades brasileñas sabrán lo que hicieron y lo que dejaron de hacer, ¡pero no podrán negar la apariencia de protección imperial al robo de carne humana…!

– No le permito, señor cónsul… -se alteró el presidente João Lena Vieira, enredando sus labios en una baba espumosa que manchó su impecable chaqueta de venado. Desprovisto de caballerosidad, aquel jerarca imperial quitó sin miramientos la silla a una de las mujeres y la apostó violentamente frente a la mesa ubicada justo en el centro del salón. Acto seguido tomó asiento y enfrentó desde allí al cónsul Guillenea, gritando, repitiendo una, dos, tres veces, ‘¡no le permito, señor cónsul!’.

Hasta que al fin, el brasileño logró ordenar sus pensamientos. Y con mejor control, pero sin dejar de gritar, aseguró que la balanza de la injusticia había guardado también un sitio de preferencia para el gobierno uruguayo. Dijo que si el cónsul tenía tiempo y frescura, le haría escuchar una extensa relación de reclamaciones pendientes desde una década atrás, iniciadas ante el gobierno uruguayo por la legación imperial en Montevideo.

– No más de medio centenar de crímenes y hostigamiento contra los brasileños residentes en tierra del cónsul; no más, mi señor… -ironizó João Lena.

El cónsul Guillenea comenzó a arrollar las mangas de su camisa blanca sobre los codos y no aceptó aquello de enfrentar al contrincante de pie en medio de los suyos. De modo que emparejó sus ojos a los del jerarca de Río Grande y tomó asiento lentamente al otro extremo de la mesa, tratando de precaver el tono para que no le emergiera airado.

Era evidente que estaban en el abismo de sus borracheras y también coléricos, pero cada cual contenía lo suyo a los efectos de favorecer el orden de la mente.

Armando ampulosamente sus gestos, João Lena tomó con su mano izquierda el dedo índice de su derecha y le enumeró la primera desgracia sufrida por un ciudadano brasileño, no en tierras sino en aguas uruguayas.

– ¡Fue propio de cobardes! Imaginen ustedes, señores: noche de otoño apacible en la bahía de Montevideo, un vapor de guerra anclado a cien metros del muelle de la Victoria y más allá, frente a las tabernas del puerto, un pequeño grupo de marinos brasileños. Todos alegres y entretenidos por las bondades de una guitarra compatriota que les traía el alma de la tierra lejana… Sin embargo, como dice el refrán, ‘el agua estaba clarita y cayó mierda a la cachimba’: llegaron los provocadores del lugar y lo arruinaron todo. Pues, señores… ¿quién creen ustedes que fue la víctima de aquella cobardía histórica…?

João Lena hizo un silencio de espectáculo… largo… demasiado largo… y más bien propio de la morosidad del que se ha pasado de tragos. Entonces, al fin, denunció que aquella víctima no había sido precisamente un guerrero de peligro y menos un hacendado de renombre, sino el pobre músico que entretenía a los marinos del vapor de guerra Dom Alfonso anclado frente al muelle. Dijo que el mismo almirante Grenfell en calzoncillos debió abandonar el barco y trepar a una canoa para repeler a grito pelado aquella malsana diversión, una salvajada que al final costó la existencia a uno de sus marinos y una atroz herida estomacal al infeliz del músico.

El cónsul Guillenea parecía saber que el jerarca decía la verdad, pero no bajó un milímetro el ángulo del ojo.

– ¡El músico! ¡La víctima fue el músico! Y usted tendrá constancia de que además de balearlo, humillaron al trovador pintándole el culo de negro con alquitrán de muralla. Usted lo sabe, señor cónsul, todos en Montevideo lo saben: ¡el músico murió de gangrena! Sin embargo, al capitanejo que ordenó la balacera lo internaron en un hospital para facilitarle la fuga… Mi Dios… ¡Ninguno de los uruguayos sufrió pena alguna!… Sin embargo… mi Dios… hubo un mes de prisión para los marinos brasileños que participaron en la fregada.

El cónsul percibió miradas hostiles, abruptos silencios y ruidosos tragos de licores rápidos. Pero él embistió sobre las mismas muletillas del hombre de Negocios Extranjeros del Imperio.

– ¡Por favor, señor, no mencione a Dios en este asunto! Usted está enterado de que a esta misma hora, hay curas y obispos brasileños que siguen legitimando crímenes de estos señores aquí parados, sin que nadie emita reproche alguno. A los africanos capturados despojan de la libertad en las mismas pilas bautismales y quedan sus nombres asentados en la parroquia como nacidos de vientre esclavo… ¿Acaso eso no lo sabe?

El bandolero Laurindo José, engallado, dio un paso hacia la mesa y se arrogó la tarea de defender los honores mancillados. Escupió fuerte, sólido contra el piso, y miró al cónsul como estimando a un hereje.

– Demuestre eso que dice, castellano…

El presidente João Lena Vieira, enfurecido por la intervención indebida interrumpió el extravío golpeando de mano abierta sobre el tablón de la mesa:

– ¡Cállate, forajido, para qué crees que estamos nosotros aquí…!

– Sí, señor… -resignó Laurindo José mientras retrocedía un paso hacia sus hombres.

– No, señor presidente provincial… -sonrió cortésmente el cónsul Guillenea-. Permítame que le pruebe a este demonio mis palabras… Sepa que, hace tres meses apenas, el vicario de Villa San Gabriel denunció ante el mismísimo vizconde de Abaeté, que en Santa Ana do Livramento, un cura epiléptico llamado Joaquín Ferreira bautizó como esclavas y de una sola vez, la friolera de veinticinco niñas nacidas en el estado oriental… Es más, la conmovedora ceremonia religiosa ocurrió en la casa del capitán Chagas, un asqueroso reducidor de negros y proveedor de soldados esclavos del general Flores. Pregunto yo: ¿qué pasó con el indigno sacerdote Ferreira? Deje que yo mismo aclare la cuestión, señor… ¡Nada!… ¡Abso-lu-ta-men-te nada. Aquel hijo de Dios se perdió en lontananza con doscientos cincuenta pelados de plata, a cuenta de los documentos fraguados en la parroquia. Y sin que nada ni nadie lo impidiera, dio todas las facilidades para que el traficante Germano Kray revendiera a las niñas en Pelotas como semovientes.

– Tal vez sea cierto lo que dice, señor cónsul… -dijo el presidente João Vieira, reclinándose cómodamente en su silla, su melena blanca despeinada y los ojos de conejo enrojecidos por el alcohol. Prosiguió con cautela, armando cuidadosamente el efecto de las palabras.

– Tal vez sea cierto, pues ya nada me extraña en este mundo… Pero usted me habla de sacerdotes desconocidos… Sin embargo, yo estoy en condiciones de referirle desmanes de sus mismos gobernantes contra súbditos del Imperio… ¿Qué me dice, señor cónsul, de sus piromaníacos compatriotas? Del asesinato en Cural de Piedras del brasileño Juan da Silveira, su mujer, sus cinco hijos menores y un huésped que los visitaba, a manos del coronel Trifón Ordóñez quien los incendió en su propia vivienda, solo porque se negaron a tragar pimienta con pólvora. O de José Lindonga, el comisario de Cerro Largo quien prendió fuego al calabozo cerrado a dos vueltas de llave con tres brasileños dentro, los ciudadanos cantores José de Santana, Manuel Leão y Carlinho do Couto, todos convertidos en pocos minutos en tristes muertos cuando tenían toda una vida por delante… ¿Lo recuerda, señor cónsul?

– No… -contestó Guillenea con serenidad. El cónsul uruguayo terminó el vaso, lo llenó nuevamente y cruzó las manos sobre la mesa-. Lo que sí recuerdo es la alianza siniestra entre Manuel Marques de Noronha y este señor aquí presente, Laurindo José da Costa. Los dos, seguidos por los mismos secuaces aquí presentes, tomaron por asalto a toda la familia de la negra Carlota Olivera en la costa del río Olimar. Según lo que pudimos saber por el testimonio de un tal Prusiano Santos, desertor de la gavilla, a la negra Carlota le degollaron el marido y a ella le ataron las manos y la colgaron de los tirantes del techo, mientras estos señores discutían en medio de la borrachera, si debían matarla o no. Al fin, la dejaron colgada. La abandonaron allí, confiados en que moriría de hambre, y se llevaron a sus hijos Cleto, Higinio e Inés, ninguno de ellos mayor de trece años…

– Esa es la versión de un desertor de gavilla y nada más. Delirios, señor cónsul…

– Pues no, señor. La versión del desertor ilustra solo una parte de lo que ocurrió después. Por él se supo que los subieron a las canoas, bajaron por el Olimar hasta el Cebollatí, entraron a la laguna Merín y desembarcaron en la capilla del Taluim donde vendieron a los niños… Pero no fue sólo Prusiano Santos quien contó esta historia en Cangussú… Fue la misma Carlota, cargada de llagas y agonías, quien llevada por esas fuerzas sobrehumanas que da el amor de madre, rompió las prisiones y logró arrastrarse hasta llegar a las autoridades de la villa de Maldonado. Acompañada de dos hombres y de los papeles correspondientes, la infeliz intentó seguirles el rastro, pero solo logró ubicar a Higinio, el mayor de sus hijos. Hasta ahora se desconoce el destino de los otros dos… ¿Qué le parece? ¿Delirios o niños desaparecidos?… Y sin embargo, señoría, aquí, en esta misma taberna, cualquiera puede ver a don Laurindo José da Costa con tres niñas y una madre, enteramente desnudas y prisioneras a sus pies, a punto de tomarse unos tragos con su gente y con toda la tolerancia de las autoridades brasileñas.

– Ya lo veo… -concedió inexplicablemente el presidente João Vieira, como si de pronto hubiera arremetido contra él una gran desilusión o hubiera comprendido repentinamente, mirando sin ver a aquellas criaturas humilladas, que semejantes ruindades eran culpas más de los tiempos que de los hombres.

Era evidente que aquel duelo entre buenas memorias y reseñas de atropellos los había fatigado.

Se hizo un silencio de moscas en la Casa de la Pastora y al fin levantó un dedo anillado de plata hacia el oficial de gendarmes que observaba atento desde el mostrador y le ordenó que metiera a todos en un calabozo hasta que el juez hiciera su trabajo.

– Pero no festeje todavía, señor cónsul… -advirtió volviendo hacia Guillenea el mismo dedo de plata-. Los atropellos del gobierno del Uruguay contra los infelices cuarenta mil brasileños que viven en su país repercuten por todo el Imperio y superan con creces sus líos con negros borrachos y alborotadores. A esta altura de la madrugada, puedo asegurarle que tanto al emperador don Pedro, como al general Venancio Flores y a su amigo, el general Mitre… se les terminó la paciencia…”


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El silencio del calabozo apenas se horadaba con el ronquido tortuoso de Hermes Nieves, pero Martín Zamora no estaba muy seguro de que al otro lado de la penumbra, el inglés Harris no estuviera atento a los intercambios de comentarios con el capitán a lo largo de la lectura.

– ¿Qué quiso decir João Vieira?… ¿Qué significa eso de la paciencia terminada? -preguntó Hermógenes Masanti, como si no lo supiese.

– Exactamente… no lo sé… Por lo que allí se comentó, el almirante Tamandaré quiere la bandera imperial sobre la iglesia de Paysandú para el día del Año Nuevo…

– En dos horas tendremos a ese macaco de lujo frente a la ciudad… -comentó con desprecio el capitán, mientras cabeceaba en dirección al río.

– Luego caerá Montevideo. Caerá el presidente Atanasio Aguirre… y Venancio Flores se hará cargo de esta tierra… -agregó Martín Zamora.

– ¿Qué ocurrió con el resto de la gavilla?

– El cónsul Guillenea exigió la entrega de Laurindo José y los suyos para ser juzgados en este país. Pero era mucho pedir. Consideraron que era una concesión excesiva. Y además un peligro, puesto que el bandolero sabía demasiado de movimientos de tropa y secretos de guerra. Al final João Vieira terminó por invitarlo a que se conformara con dos integrantes elegidos al azar, mientras que los demás quedarían en Río Grande para ser investigados por los jueces del Imperio… cosa que nadie cree; de modo que nos entregó a Hermes Nieves y a mí, para que el cónsul Guillenea nos sometiera a juicio en territorio uruguayo. El resto lo sabe usted, señor: considerando el riesgo de encontrarse durante el trayecto con las partidas armadas del general Flores, el cónsul fue cauto y prefirió abreviar el trámite: nos dejó en Paysandú y él siguió aliviado de peso hacia Montevideo.

– ¿Qué quiere que haga con estos papeles? ¿Para qué escribe?

– Escribo por las razones que dije al principio: para que los que deseen emigrar, sean informados. Es la verdad, palabra por palabra.


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27 de noviembre

La apariencia del capitán Masanti era la de un hombre melancólico, pero lleno de decisión. Dejando entrever que un delgado hilo había quedado establecido entre él y Martín Zamora, se acercó al ventanuco del calabozo y miró hacia el río. A juzgar por los apuntes recién leídos, el descaminado prisionero andaluz no tenía ninguna posibilidad real de provocar trastorno alguno. A su entender, apenas alcanzaba la estatura de un desgraciado buscavidas, un vagabundo con la existencia desquiciada por las circunstancias hostiles de un mundo que no le depararía jamás un sitio de preferencia.

Y así se lo haría saber al coronel Leandro Gómez.

De todos modos, a ojos de Martín Zamora, era evidente que el capitán prefería remolonearse sus minutos antes de abandonar la seguridad del calabozo y atravesar la plaza. Al fin se dio vuelta y observó al brasileño enfermo.

– Él morirá en pocas horas, ni siquiera habrá tiempo para ajusticiarlo… Pero usted podrá esperar. Si Paysandú resiste, puede que tengan alguna suerte; de lo contrario…

Desde el fondo penumbroso del recinto, emergió ronca y cauta la voz del inglés:

– ¿Y qué pasará conmigo, capitán?

Hermógenes Masanti le dedicó una ojeada intrigante, pero luego optó por rebuscar en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un Orden del Día doblado en cuatro, en el que el coronel Gómez daba cuenta al Ministro de Guerra y Marina, de ocho desertores de Venancio Flores llegados a Paysandú tres semanas atrás e interrogados por el Estado Mayor. Uno de ellos era Raymond Harris.

El oficial omitió la información que no venía al caso y leyó el tramo final de la carta, alto, para que fuese escuchado con claridad:

– “… Y con respecto al capitán Raymond Harris, de nacionalidad inglesa, luego de su interrogatorio se sospecha que finge su condición de desertor. Y de confirmarse que es un espía del gobierno de Mitre, será pasado por las armas a la brevedad…”.

Sin mirarlo siquiera, sin importarle el efecto que había provocado, el capitán Masanti suspiró hondo, guardó el papel en el mismo bolsillo y dejó caer dos veces un puño cerrado sobre la madera de la puerta. Alguien, el guardia o el abogado de mariposas en el habla, abrió para que abandonase el calabozo. Antes de irse, Hermógenes Masanti se volvió y le dio la última instrucción:

– Apenas muera el brasileño, avise al guardia para que retiren el cuerpo…

Luego, todo volvió a quedar en la penumbra del principio.

– Quisiera mi guitarra, ahora… -murmuró Martín Zamora en voz muy baja, para nadie.

– Y a mí me agradaría escucharle una canción… -dijo de pronto el inglés, girándose en el catre y asintiendo con una sombría comprensión, como si considerase que en situaciones como aquella, una guitarra tiene el mismo valor que un medicamento capaz de retardar la muerte.

– La historia que le ha contado al oficial es muy convincente y es seguro que le ha removido las entrañas. Es usted un buen hombre, Zamora…

– Es la verdad, palabra por palabra… -volvió a repetir-. Mi consuelo es que no viviré para ver los estragos que se vienen.

Raymond Harris se irguió de repente, sacudió el revoltijo de su melena rubia y se afirmó sobre un codo para verlo mejor.

– Se equivoca, camarada… Sobreviviremos este infierno los dos.

Con una sorpresa manada de la amargura, Martín Zamora lo observó con detenimiento y por primera vez, desde que convivían por la fuerza, le preguntó quién era él en realidad, de dónde sacaba su enfermizo optimismo.

Entonces, el inglés Raymond Harris se levantó, se lavó vigorosamente la cara y terminó por sentarse en el mismo sitio donde antes había estado leyendo Hermógenes Masanti. Luego, a sabiendas de que tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo, comenzó a explicarle a Martín Zamora lo noble y lo perverso que tienen todos los sitios de los que él había tenido noticia.


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– Yo debo haber vivido muy cerca de usted, Zamora, pues vengo de Gibraltar en donde encontré la vida fácil como soldado, mal pintor y traficante de cuadros falsos. Pero esa es otra historia. Lo cierto es que este es mi segundo sitio en la vida y ya estoy empezando a creer que la fascinación de los ingleses por la guerra es nuestro defecto fatal, pues nos va llevando de la mano a la decadencia… Vea usted, el Imperio Británico, como le llaman ahora, ha recibido verdaderas bofetadas en estos años, pero ninguna más humillante que el gran motín de la India.

Ocurrió hace ocho años apenas, yo estaba en la colonia y me parece que fue ayer. No fui como un soldado más, sino para vender una pequeña colección de óleos a una familia de nobles insoportables por su soberbia. En realidad, no solo ellos, sino todos los ingleses eran soberbios allí. “Soberbios, confiados y estúpidos”, como solía llamarlos mi amigo, el teniente escocés Rupert Coates. Y en verdad, que lo eran en exceso puede deducirlo claramente de la imprudencia de disponer sólo de treinta mil soldados británicos en la India, sumándose apenas a la exageración de un cuarto de millón de cipayos, esos soldados nativos que nunca fueron demasiado confiables ni demasiado fieles a sus jefes ingleses.

Preste atención y dígame usted si conoce alguna guerra en que alguna religión no esté detrás, con sus dioses bárbaros, sus éticas estúpidas y sus rituales acatados por las mayorías. Aquí mismo, el general Flores le llama “cruzada” a sus carnicerías y trae en sus estandartes el Sagrado Corazón de Jesús, sólo para obtener el respaldo de los primitivos. En todo el orbe es igual, Zamora. Mis compatriotas demostraron durante diez años una prepotencia difícil de aceptar en todos los rincones del Imperio; en la India en particular. En nombre de nuestra reina virtuosa, se pasaron de la raya jugando a las reformas religiosas y los indios no se sintieron muy complacidos de verlos ocupados en esas tareas. Había que ver a mis compatriotas cazando a los thugs o a los suttis, solo porque se resistían al evangelio.

Y a veces, como aquí en Paysandú, el conquistador opera con la misma delicadeza de un elefante en un bazar. Ya lo verá usted: tarde o temprano, cometerán una soberana estupidez que a ellos les aguará la victoria y a usted le recordará mis palabras… “¿Quién Iba a sospechar, por ejemplo, que un moderno rifle iba a ser derrotado por una simple creencia de la chusma y desatar una horrenda carnicería?”, me preguntó una noche de brandy mi amigo, el heroico Rupert Coates. Nadie, ninguno de los que allí estábamos. Pues así fue, amigo mío. Cuando el ejército inglés adoptó el nuevo rifle Enfield, los cartuchos venían de la fábrica revestidos de mucha grasa. Y es necesario morderlos para liberar la pólvora. Por esa razón corrió el rumor entre los regimientos indios de que la grasa era de cerdos y de vacas, que aquellos cartuchos eran una artimaña para deshonrar a los cipayos y llevarlos a violar sus propias normas religiosas.

Eso fue en enero. En enero del cincuenta y siete. Cuando cayeron en la cuenta de la estupidez cometida, las autoridades se pusieron muy nerviosas y actuaron con toda la rapidez que les permitió su miedo de patanes. Ordenaron que los cartuchos engrasados en la fábrica se suministraran únicamente a los europeos y autorizaron a los cipayos a untar los suyos con aceite vegetal. Pero aquella medida, que hubiera sido muy razonable en otro tiempo, llegó demasiado tarde. La irritación de la gente era tan grande, que para marzo los cipayos ya habían rebanado los primeros pescuezos de oficiales británicos. Y en mayo estalló el alzamiento general.

El episodio más sangriento del motín ocurrió precisamente donde yo estaba, en Cawnpore, una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes a orillas del Ganges, un sitio donde pude comprobar todo lo noble y lo absurdo que existe en la sociedad de hoy. Un millar de británicos, incluso trescientas mujeres y niños, estuvieron bajo el fuego enemigo durante dieciocho días. Y a pesar de que las condiciones de vida terminaron por violar todos los elementos de la decencia, durante los primeros días del sitio la vida se desarrolló con sorprendente normalidad: los soldados bebían champaña, comían arenque ahumado y hasta se celebró una boda, a pesar del fuego constante de los rifles y de la artillería que se mantenía día y noche. Eso lo vi con mis propios ojos, Zamora.

Después, todos sin excepción debieron plegarse a una sola comida diaria y pronto nos tocó comer carne de caballo, cosa que a las damas les provocaba más arcadas de asco que buen gusto. ¡Ah, las mujeres…! precisamente las damas de Cawnpore, para mejorar el abastecimiento, renunciaron al componente más preciado de su atuendo: se despojaron de los calzones y de sus corpiños para hacer los tacos de las balas. Hasta que la situación se hizo desesperada. No había agua, excepto la que podía lograrse en un pozo ubicado fuera del campamento.

Pero los soldados que intentaban conseguirla, morían en la empresa. O morían de insolación, porque allí la temperatura llegaba a los cincuenta y ocho grados. Un pozo seco que teníamos dentro del recinto fue utilizado como sepultura de los cadáveres. Todo se incendiaba: los edificios, los abastecimientos médicos, el alma, todo.

Un mes más tarde, los cipayos pidieron una tregua y nos ofrecieron paso libre por agua hacia Allahabad, una ciudad que estaba a ciento sesenta quilómetros río abajo. Aceptamos.

La evacuación se inició dos días después, al amanecer del veintisiete de junio, en cuarenta navíos vigilados atentamente por los cipayos armados. Pero apenas subió el último inglés a bordo, los tripulantes nativos saltaron al agua y a continuación los cipayos abrieron fuego sobre las embarcaciones, todavía amarradas a la costa. A la media hora, los barcos estaban incendiados y el río cubierto de cadáveres y mujeres y niños que se ahogaban. Y lo que no lograba el agua, lo hacían ellos, pues los jinetes indios se metían en el río y sableaban sin piedad a los sobrevivientes.

Salvo unos veinte hombres que lograron escapar, todos fueron muertos.

Como es obvio, yo fui uno de los fugitivos; y el fantástico teniente Rupert Coates, de quien nos despedimos para siempre en el buque que se lo llevó a las costas de Dover.

Más tarde supe que un grupo de mujeres y niños fueron llevados a una casa de adobe cercana a la costa y mantenidos allí varios días en un calor sofocante, hasta que varios hombres, entre ellos algunos carniceros de profesión, entraron en la casa con sables y cuchillos y exterminaron a todos los prisioneros. Los cuerpos desmembrados fueron arrojados a un pozo próximo que, según se afirma, se llenó.

Mientras tanto, yo fui arrojado por la fortuna al sitio de donde nunca debí moverme.

Para las Navidades del cincuenta y siete, ya estaba nuevamente en Gibraltar brindando por las grandezas del Imperio y pronto para las experiencias que hoy estoy viviendo junto a usted… Prepárese para el horror, mi amigo. Que yo sepa, desde Tiro a Masada, pasando por la aventura de Taras Bulba en Kiev, hasta Cawnpore, ningún sitio llegó a su fin sin que hubiera atroces humillaciones para el vencido… Y los aborígenes de Paysandú no tienen aspecto de triunfadores… concluyó Raymond Harris con la sorna que jamás lo abandonaba.

A continuación flexionó los brazos, se puso de pie y miró hacia afuera por el ventanuco. Pero ya todo estaba oscuro y silencioso, extrañamente cargado de medianoche.

Sin moverse de su asiento, muy próximo al camastro donde Hermes Nieves agonizaba, Martín Zamora permaneció largo rato anonadado por la historia del inglés, sin perder de vista su silueta dibujada a la luz del pequeño farol de aceite.

– Usted es un hombre sin fortuna, don Harris… Quiera Dios que salga bien del interrogatorio… -dijo Martín Zamora.


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“En la ciudad de Paysandú, a siete de noviembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, se presentó don Raymond Harris, a quien se interrogó por orden del señor Comandante Militar del Departamento.

Preguntado: Por su nombre, patria, edad y profesión, dijo: llamarse Raymond Harris, de treinta y cuatro años de edad, inglés y capitán de caballería del Regimiento de Blandengues del Ejército de Buenos Aires y últimamente al servicio de Venancio Flores en el Escuadrón Mayo.

Preguntado: Cómo es que se hallaba en el ejército de los anarquistas, siendo así que pertenecía al de Buenos Aires, dijo: que hallándose en servicio activo en el referido regimiento, el Ministro de la Guerra argentino invitó a los jefes y oficiales del cuerpo a que pertenece, a que fuesen a formar parte del ejército de Venancio Flores, prometiéndoles ser recompensados por su comportamiento y que el declarante aceptó como lo hicieron muchos, pero siempre con la intención de pasarse a las fuerzas del gobierno del Uruguay.

Preguntado: Si hace mucho tiempo que se hallaba en servicio con Flores, dijo: Que tres meses y días.

Preguntado: Quién le pagaba su sueldo y en dónde revistaba, dijo: Que durante el tiempo que ha estado con Flores no se le ha pagado ni ha revistado, pues el Ministro de la Guerra de la República Argentina le dio su baja de dicho ejército sin haberla solicitado.

Preguntado: Cómo se llama el jefe de su cuerpo en el ejército de Venancio Flores y de cuántos elementos se componía, dijo: Que era el sargento mayor Francisco Belén y que el escuadrón tendrá setenta hombres.

Preguntado: Si el ejército de Flores está bien o mal armado y si sabe el declarante si su parque está bien provisto o no, dijo: Que el ejército está bien armado. Que el parque consiste en seis carretas con armamento y municiones.

Preguntado: Qué tiempo hace que se separó del ejército de Flores y en qué lugar, dijo: Que se vino el nueve de noviembre desde las proximidades del arroyo Sacra, adonde había ido a inspeccionar con una avanzada para establecer allí el campamento del ejército sitiador.

Preguntado: En qué estado de moral y disciplina se encuentra el ejército de los anarquistas, dijo: que son muy novatos y con muchos negros esclavos con una desmoralización completa.

Preguntado: si sabe si Flores pensaba desmontar gente para infantería, dijo: Que sí, que le había oído decir al mismo Flores en una reunión de jefes y oficiales, con el objeto de adoptar una decisión para desmontar caballería, haciéndoles saber la necesidad que tenía. Que si no conseguía formar un batallón de voluntarios tomados de los cuerpos del ejército, haría desmontar su propia escolta y la división de Gregorio Suárez.

Preguntado: Si tiene armamento suficiente para la fuerza que piensa Flores desmontar, dijo: Que sí, que tiene como ochocientos fusiles.

Preguntado: Si estos voluntarios que cita son vecinos de esta población y si los conoce, dijo: Que sí, que algunos eran vecinos del puerto de esta ciudad y los más extranjeros.

Preguntado: Si conoce a alguna de sus casas, dijo: Que no.

Preguntado: Si tiene algo más que agregar acerca de lo que se le ha interrogado, dijo: Que sí, que estando en el ejército de Flores oyó que había algunos italianos residentes en el puerto de esta ciudad, que tenían dos cantones en el pueblo, uno de ellos frente a la trinchera de la calle Real, con el pretexto de defender sus intereses.

Preguntado: Si sabe la forma en que se comunican esos italianos con el ejército de Flores, dijo: Que no, pero que había oído decir que la mayoría de las veces a través de un abogado de la misma nacionalidad, con la misión de permanecer dentro de la ciudad hasta nueva orden.

Leída que le fue esta declaración, fue preguntado si lo que se le acaba de leer es lo mismo que ha declarado y si tiene algo que quitar, dijo: Que no, que era su propia declaración y que lo dicho es la verdad en lo que se afirma y ratifica. Y para que conste la firmó conmigo y el Jefe del Detall.

Raymond Harris

Luca del Piero

Mayor Larravide”


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28 de noviembre

Tal vez el inglés tuviese razón y ambos, cada cual a su modo, sobreviviesen al cruento sitio de Paysandú, pero ese solo hecho no alcanzaría para convertir a ninguno de ellos en un personaje memorable.

Más aun, de no haber sido incluido en los escritos de prisión de Martín Zamora, aquel inglés hubiese quedado relegado sin remedio, desde su entierro intrascendente en el pasado siglo, a un olvido sensato y sin llanto alguno.

No obstante, el nombre de Raymond Harris bien pudo tener la oportunidad de sumarse a la nómina de los grandes promotores de las bellas artes del Río de la Plata. Pudo haber sido un adelantado, un precursor de los negocios del óleo y la acuarela, si no fuera por la deuda humillante que contrajo con el presidente Bartolomé Mitre, la noche del vernissage en que inauguró su esplendoroso salón de arte de la calle Piedras al mil doscientos, el primer día de enero de mil ochocientos sesenta y cuatro, año realmente siniestro para cualquiera que estuviese ubicado a tres naciones a la redonda.

El capitán Harris había llegado a Buenos Aires como tantos otros hombres de dudosa utilidad, tal vez a instancias de uno de aquellos pelucones obsesionados en atraer al Plata a “destacados elementos de progreso”, capaces de disimular los terribles errores del gobierno. O de aportar respuesta a la acuciante apetencia de cosas finas y elevadas del espíritu que padecía Buenos Aires, una aldea lacustre sostenida en pedestales de bosta vacuna y donde todas las invenciones de París, aunque opacadas por la humedad del delta, se hallaban representadas por mil fantasías de bronce y oro.

Es seguro que ninguno de aquellos refinados se preocupó jamás de comprobar tras las bambalinas del teatro cotidiano, si los “elementos” como Harris, una vez desembarcados y sueltos a caminar por la Avenida de Mayo, llenaron o no alguna vez ese vacío.

Se sabe por una carta de un tal Pierre Priet de París, dirigida al presidente Bartolomé Mitre, que el oficial inglés viajaba a menudo entre Inglaterra, Francia y España, que tenía casa en Gibraltar y que mantenía con el nombrado relaciones comerciales “desde muchos años atrás con recíproca satisfacción”.

En aquella epístola, intacta por muchas décadas en su amarillo meón, se recomendaba a la persona del inglés, presentándolo como propietario de una “deliciosa colección de cuadros adquirida al prestigioso conservateur et peintre francés Paul-Louis-Marie Bouillon-Landais, muy vinculado al museo de Marsella”, cuya venta se proponía al gobierno argentino para la formación de un museo en Buenos Aires.

Si bien monsieur Priet señalaba en la carta que el señor Harris se adaptaría con creces “a las instrucciones que Su Excelencia tuviese a bien hacerle”, adoptaba luego un tono de ligera insolencia y conminaba al gobernante argentino a que, “si piensa tomar alguna determinación sobre esta colección descubierta y redescubierta por el gran Stendhal en su tercer viaje a Marseille en mil ochocientos treinta y seis, la respuesta urge tenerla lo antes posible en atención a que el amigo Harris se propone hacer un viaje bien pronto a Nueva York, caso que no conviniere su oferta”.

El trecho que va desde la respuesta del presidente a la decisión del oficial británico en cuanto a otorgarle preferencia sin más a Buenos Aires sobre Nueva York, se ignora. Sea como fuere, lo cierto fue que el caballero, rápido y fulminante, terminó por desprenderse de un documentado cansancio de guerra en la India, abandonó Gibraltar y partió hacia el Río de la Plata con su acervo de veintidós óleos en un viaje de vómitos y vientos adversos que le hicieron llegar, pálido como una sábana, recién tres meses más tarde de lo previsto.

De todos modos, montó la exposición de cuadros en un acogedor y luminoso salón de la calle Piedras al 1200 y a ella concurrieron los pintores de esos días, las damas de esos días y las autoridades de esos días. Entre ellos, el ministro de Guerra general Gelly y Obes y el mismísimo presidente Bartolomé Mitre en persona, enfundado en un sobrio traje de cachemira azul marino, chal de vicuña con flecos y un chambergo en la mano. A su lado y sin abandonarlo un momento, tenía al general Venancio Flores vestido de civil.

La trampa bochornosa en que cayó Raymond Harris fue la tradicional subestimación de la ilustración pictórica de los presidentes, pues el mismo Mitre, sin que ningún asesor de arte estuviese a su lado para informarlo, no tardó en percibir con asombro que estaba ante uno, dos, tres cuadros falsos, que le hicieron presumir que los restantes diecinueve no tenían por qué escapar de su terrible sospecha. El primero fue una burda copia del retrato del “comedien Preville” del oscuro Jean-Cesar Eenouil; el segundo, un plagio excesivamente iluminado de las ruinas romanas de Giovanni Griffoni; y el tercero, vaya ironía del destino, una formidable imitación de alguna de las tempestades marinas del Atlántico con náufragos incluidos, de Joseph Vernet, el pintor de los mares de Luis XV. Sin embargo, a pesar de que estuvo a punto de exteriorizar allí mismo su indignación ante tamaña estafa, el mandatario argentino no hizo el menor escándalo ni dio indicio alguno de lo que había descubierto por sí mismo. Excepto, ante el general Venancio Flores.

Con un gesto tan frío como amable, Mitre tomó a Flores del brazo, le informó acerca del descubrimiento y allí mismo elaboraron una estrategia a seguir con el inescrupuloso inglés. A continuación, el presidente ordenó a un secretario que trajese ante él a mister Harris, quien ausente de lo que se tramaba, se encontraba al otro extremo de la sala alternando con “una señorita de apellido Graham, a la que intentaba derribar en su cama esa misma noche.

Y así fue que lo pusieron entre la espada y la pared.

Evidentemente muy divertido, el presidente Mitre le dijo que aquella exposición de “lo mejor del arte europeo” era tan oprobiosa y ofensiva para la sociedad bonaerense, que su delito justificaba por sí solo el fusilamiento sumarísimo y que era fácil suponer que, ni en la embajada británica ni en ningún sitio, nadie movería un dedo ni pondría el grito en el cielo por la suerte corrida por un delincuente bilingüe como él. De modo que le daba la oportunidad de corregir una mínima parte de la burla y cumplir con una función de verdadero servicio a la nación que estaba ofendiendo.

Para un hombre como Raymond Harris, quien juró y perjuró que nada sabía de aquella estafa, aquel fue un momento muy difícil.

“¿Qué desea usted que haga, Su Excelencia?”, preguntó con suavidad, sin levantar la mirada de las puntas charoladas de los botines del presidente.

Y en un instante, con la complicidad del ministro Gelly y Obes, le maquinaron la misión: se iría con el Ejército Libertador del general Venancio Flores a derrocar el gobierno del Uruguay. Luego desertaría y se fugaría a Paysandú para informar desde adentro acerca de los movimientos e intenciones de aquella importante guarnición.

“Muy sencillo. Realmente, muy sencillo…”, dijeron mientras levantaban en un brindis tenue sus copones de champaña.

Esa noche, a la misma hora en que el capitán Raymond Harris ingresaba engrillado en una mazmorra del Retiro, cuatro gendarmes con los torsos desnudos hacían una formidable fogata en el patio trasero del caserón de la calle Piedras, carbonizando sin la menor consideración, once “soberbias creaciones” de Émil Loubon, François Gérard, Auguste de Forbin, Marius Engalière, Jacob Voet, Erasmus Quellinus, Gaspar de Crayer, Lavinia Fontana, Viviano Codazzi, Thomas Couture y Simon Vouet, salvándose las once restantes por picardía del presidente Mitre, quien las fue obsequiando una a una como verdaderas a sus propios ministros, con excepción de la voluptuosa ninfa de los jardines de Le sommeil de Pomone, un remedo increíblemente digno de la pequeña pero fortísima composición de Gilles Garcin y que el presidente regaló al general Venancio Flores como humorístico recuerdo de la noche más bochornosa que haya vivido Raymond Harris en su vida.


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Acostumbrado a entrever lo que quedaba de vida en los enfermos de la guerra, Hermógenes Masanti no se equivocó: Hermes Nieves murió pocas horas después acogotado por la fiebre y cribado por las ulceraciones, sin abrir la boca siquiera para un insulto último o para despedirse de su camarada de andanzas. Murió sudando a mares, con la mandíbula trabada, echando olores pestíferos por cuanta cavidad tenía y con las falanges crispadas sobre el poncho fino que lo cubría.

– Fue un mal hombre, pero lo quise igual… -dijo Martín Zamora, mientras estiraba con delicadeza la prenda mugrienta, a plena conciencia de que una vez que lo cubriera hasta la cabeza, no lo vería nunca más.

El inglés Harris quedó sorprendido ante la escena. Al comprobar que nada había allí de forzado, interpretó aquel gesto como una forma en extremo sencilla de separarse definitivamente de un pasado reciente y turbio; o por el contrario, de ingresar a una época seguramente infinitamente más breve que la anterior, pero de mayor incertidumbre y de creciente soledad. Incluso imaginó que si las autoridades hubiesen tenido la oportunidad que él tenía de observar en Martín Zamora aquel gesto de incuestionable pureza, fue supremo cansancio, de consternado alivio, de capitulación absoluta, entonces no hubiesen dudado en perdonarle al andaluz todos los pecados acarreados en las andanzas con los ladrones de negros, sus secuaces brasileños. A las claras se veía que al instante de abandonar Hermes Nieves este mundo, el suyo se reduciría en un soplo a la compañía impropia de un inglés. Tampoco se equivocaba si profundizaba un poco más y se figuraba a Martín Zamora rodeado de una agobiante nada humana de la cual sería difícil emerger, a menos que se propusiera el penoso objetivo de reparar el decrépito puente con el pasado originario y desandar el cada vez más lejano camino del océano. Eso, por supuesto, en el hipotético caso de que le permitiesen esquivar el fusilamiento prometido.

Durante un buen rato ambos permanecieron sin decir nada, como si hubieran coincidido en que la presencia de un incómodo cadáver fuese una suerte de excusa para dejar a un lado los resabios de la muerte y comenzar de una vez por todas a pensar con sentido práctico en lo poco que restaba por vivir.

Y para eso, el primer paso era sacar aquel muerto de allí.

– Usted es realmente un buen hombre… -dijo Raymond Harris con sincera admiración.

Por primera vez en los días de calabozo, Martín Zamora tuvo una reacción instintiva de viejos tiempos, que lo llevó a girarse con fastidio y decirle al inglés:

– ¡Déjese de mariconadas y dígale al guardia que aquí hay un muerto!


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29 de noviembre

Antes del amanecer, dos de los veintiocho hombres que estaban bajo el mando del capitán Masanti entraron al calabozo y despertaron a Martín Zamora de mal modo, anunciándole que tenía autorización para trasladar el cuerpo del bandolero brasileño hasta el cementerio.

Por un momento temió que aquello fuese una farsa y buscó en el bulto de Raymond Harris alguna especie de ánimo, pero el desgraciado dormía como un inglés o simulaba que dormía. De modo que se puso de pie, enfundó la camisa dentro de los pantalones, se calzó las botas y luego comenzó a manipular el cuerpo de Hermes Nieves tratando de sentarlo sobre el catre. Fue inútil. Estaba rígido como un poste y apestaba como el desayuno de un buitre. Los dos individuos se impacientaron y le dijeron que no había tiempo que perder, que no tuviese miramientos en arrastrar el cadáver de aquel negrero hasta la salida, pues afuera un carro le facilitaría el traslado al camposanto.

En silencio, Martín Zamora tomó el cuerpo por los sobacos, trepó los escalones de espaldas y medio agachado lo arrastró hasta el patio central, hasta depositarlo cuan largo era en el interior del pequeño carro que habían dispuesto para la ocasión. En ese instante, mientras enderezaba su espinazo y se erguía, sintió que la luz celeste del principio del día le llenaba los ojos de lágrimas.

Fue una emoción involuntaria, pues durante días había buscado infructuosamente dejarse invadir con aquella luminosidad mediterránea a través del ventanuco del calabozo, convencido de que no la vería nunca más, que no se la dejarían ver, que terminarían con él a la menor oportunidad antes de la salida del sol.

Pero no estaba ocurriendo del modo que había temido.

En realidad, el capitán Hermógenes Masanti había pensado con acierto que el andaluz Martín Zamora, un hombre con el corazón puesto en ningún sitio, podía ser más útil vivo que muerto. Y eso lo comprendió pronto mientras tiraba del carro, cuando al trasponer trincheras y fogones para desembocar en la calle Yaguarón, uno de los soldados le ordenó detenerse frente a la portada del cementerio, pues lo que seguía, dijo, era tarea del enterrador y no de él.

Un hombre escuálido, de sombrero de fieltro y pañuelo negro anudado al cuello, se metió entre las varas del carro y se lo llevó por el sendero de las tumbas. Martín Zamora miró por última vez los pies del bandolero, amarillentos allí donde no los cubría la mugre carbonada de sus últimas andanzas y dijo en voz baja, como una reflexión de frontera a modo de despedida:

– Hermes, saliste de la nada y hacia la nada vas…

Luego se volvieron por el mismo camino. Cuando llegaron nuevamente a las primeras trincheras y se detuvieron, Martín Zamora observó los alrededores y por primera vez tuvo una idea de lo que era en verdad la zona fortificada: a lo sumo, seis u ocho cuadras de largo por dos de ancho, teniendo en el centro y a lo largo a la calle 18 de Julio, la principal de la villa. Fuera de esa zona, quedan algunas casas coloniales y casi un centenar de ranchos de adobe y paja, en su mayoría viviendas aisladas en medio de grandes baldíos y consideradas inútiles en la planificación defensiva. No se veía humo de cocinas sobre las techumbres y todo permanecía inmóvil en las inmediaciones bajo la luz avanzante del amanecer. Era evidente que la mayoría de sus habitantes ya se habían ubicado dentro de los límites de la defensa o, tal vez, algunos estuviesen esperando en algún sitio la protección del ejército de Venancio Flores.

A medida que observaba las manzanas vecinales, enlazadas entre sí por las rudimentarias trincheras que cerraban las bocacalles en forma continua, Martín Zamora recordó las palabras de Raymond Harris y se convenció aun más de que la idea de Leandro Gómez de presentar batalla era una locura.

En eso, uno de los hombres aindiados le tomó el brazo y lo indujo a caminar hacia la plaza:

– Vamos, gallego, el capitán Masand quiere verlo…

– Me llamo Martín Zamora y soy andaluz…

– Gallego o andaluz, lo mismo da… -dijo el indio y lanzó un potente salivazo que se expandió afrentosamente sobre la punta de una de sus botas.


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El edificio de la Comandancia Militar, situado en la esquina de las calles Florida y Monte Caseros, hervía en sudores de verano y menesteres de guerra. Allí tenía el coronel Leandro Gómez su residencia y su despacho.

Vigilado de cerca por uno de los hombres que lo acompañaron al cementerio, Martín Zamora esperó de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, a que el otro volviese de anunciarlo al capitán. Estaba en el rincón de un gran patio apenas sombreado por un parral de plantación tardía y alcanzaba a divisar, a lo lejos, la maraña de mástiles de los barcos imperiales del Barón de Tamandaré, prontos para entrar en acción.

Nadie ignoraba que en caso de que las naves brasileñas iniciaran el bombardeo, no habría medios en la plaza para responderles; apenas cinco piezas de artillería, tres de hierro y dos de bronce, cuyo poder no alcanzaría para mojar las balas en el río.

Sin que tuviese la menor idea de lo que querían hacer con él, Martín Zamora se sentía extraño, muy extraño. Buena parte se debía al contraste entre el espacio opresivo del calabozo y aquella estancia a cielo abierto, pero donde todo indicaba que, en poco tiempo, se vería involucrado en otro infierno ajeno a su voluntad.

“Si pudiera fugarme lo haría”, pensó…

Sabía que nunca se habían visto tantos barcos extranjeros apostados en las inmediaciones del pequeño puerto, pues el guardia del calabozo le había comentado a lo largo de los días, las llegadas sucesivas de las cuatro cañoneras de Italia, Francia, Inglaterra y España, cada una de ellas con la misión de proteger los bienes de los compatriotas residentes en la ciudad; o de los dos buques de guerra argentinos al mando del almirante Murature, espía de la situación y apoyo discreto del general Venancio Flores.

Pero el plato fuerte, impresionante en su magnificencia ominosa, fue la llegada de las cinco naves de guerra brasileñas y sus treinta y cinco cañones destellando como piedras engarzadas cuando el sol les daba en algún punto de sus bocas. Todas detrás del aparatoso Recife con la bandera imperial de Pedro II al tope, el novedoso vapor de rueda en donde mandaba, bebía y comía hasta la saciedad el Barón de Tamandaré, almirante de la escuadra.

Sarcástico, grandulón y profusamente entorchado sobre su levita azul con botones de plata, vistiendo unos ajustados calzones blancos metidos al descuido en sus botas de mar y exhibiendo una imprudencia premeditada para llevarse los muebles por delante, el Barón se sentía y se sabía dominador del río, policía de todos los puertos y amedrentador del coronel Gómez, a quien había enviado la graciosa nota comunicándole que “de ordem del Excelentísimo Senhor Almirante Barão Tamandaré, Comandante da força do Brasil no Rio da Prata, o porto de Paysandú acha-se bloqueado, e por tanto vedada a sua entrada”.

Pero Martín Zamora sabía que a pesar de la prohibición de todo contacto y de todo intercambio entre los mercaderes navieros y los habitantes de la ciudad sitiada, un festejado incidente había ocurrido entre uno de sus compatriotas marinos y las autoridades del bloqueo, sin que estas se hubiesen atrevido a cumplir la amenaza de fondearle la embarcación. Se trataba del capitán Gabriel Soãnes de la goleta española La Africana, quien se negó a acatar la orden de detener su descarga de mercaderías en el puerto. En las mismas narices de los brasileños, el oficial bajó con dos botes y se largó a remar con sus marineros enarbolando la bandera española, hasta llegar a tierra sin que nadie se atreviese a cerrarle el camino. Luego vendió sin más trámite su cargamento de artículos de almacén destinado a los vecinos de Paysandú y, de vuelta a su barco, tuvo la osadía de tocarles una clarinada retadora desde el bote.

Le hubiese gustado conocer a aquel descarado hombre de mar, pues por el nombre de la goleta era muy posible que el tal Soãnes viniese de Algeciras o de Cádiz o de Tarifa o de algún otro de los puertos del sur de España.

También había escuchado que la cañonera española se llama Vad-Ras y se la sabía anclada a menos de doscientos metros de la cañonera francesa Décidée. Entonces experimentó el cosquilleo impertinente de quien se repite una vez y otra vez, que si la Providencia le ofrece la oportunidad de fugarse lo va a hacer.

– Ni lo piense… -dijo con peligrosa suavidad el capitán Hermógenes Masanti, aparecido a su lado sin que lo notara.

El oficial recorrió detenidamente la respetable estatura del andaluz y sin agregar palabra le extendió una hoja de papel.

Perturbado, Martín Zamora la tomó y leyó:


“Siendo el deber de todos los orientales que puedan desenvainar una espada, cargar un fusil o empuñar una lanza, defender la independencia nacional y salvar su dignidad y con ella el honor de las familias de los habitantes del Estado, el Jefe Superior de las fuerzas al Norte del Río Negro dispone lo siguiente:

Art.1º. Todo oriental desde la edad de catorce años para arriba concurrid a la Comandancia Militar de Paysandú al toque de generala.

2º. El que no cumpla con lo prescripto en el artículo anterior, además de ser castigado discrecionalmente por la autoridad superior, se publicará su nombre por 30 días consecutivos con el negro dictado de infame y cobarde.

3º. Todo vecino del Norte del Río Negro a quien sea simpática la independencia del Pueblo Oriental y quiera defenderla con las armas serán aceptados sus servicios.

4º. Dése en la Orden General a las fuerzas del Norte del Río Negro y publíquese por la prensa.

Leandro Gómez”


Martín Zamora levantó la mirada y se encontró con la sonrisa burlona del capitán.

– Supongo que por ser usted “un vecino del Norte del Río Negro”, el artículo tercero le viene como anillo al dedo…

– ¿Significa que estoy salvado?

– Significa que se salvó de las brasas para caer en la llamarada, como escribió usted mismo en sus papeles… Ahora se integrará al piquete de escolta bajo mi mando.

– Sí, señor… -dijo Martín Zamora, sin dejar de mirar los mástiles de los buques que bloqueaban el puerto.


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30 de noviembre

Unas pocas horas le bastaron a Martín Zamora para hartarse de escuchar el nombre de Venancio Flores. Lo nombraban para insultarlo, para darse coraje, para triturarlo en maldiciones, para emparentarlo con Satanás o para echarle la mala suerte de una mala muerte en la próxima batalla. Le ocurrió cuando esperaba el turno para que le diesen el “arma de matar macacos”, mientras se integraba a una larga fila de hombres inquietos, en el patio de la Comandancia Militar.

Por unos instantes Zamora fue último en la cola, pero en pocos minutos tuvo una veintena, medio centenar de voluntarios detrás, que para su sorpresa no eran solo blancos, sino también colorados, argentinos y brasileños. Su estatura lo hacía parecer un fenómeno entre los demás hombres y su rostro enigmático, curtido por años de intemperie, se veía como un paisaje indescifrable después de la sequía que atraía a los demás, que les llamaba la atención y lo convertía en bienvenido a la hora de sentirlo un interlocutor en las injurias contra el general Flores.

En realidad nadie sabía quién era Martín Zamora. No lo reconocían como a un prisionero reciente y aunque lo hubieran hecho, seguro que no les hubiese interesado el antecedente, pues la guerra siempre es un refugio para quien lleva una mala historia a la espalda, además, tampoco había mucho tiempo para comparar confidencias.

– El traidor Flores quiere mostrar los dientes, pero le haremos tragar tierra… -dijo un jovencito de camisa blanca y pantalón negro a rayas finas llamado Joaquín Cabral, un argentino vendedor de cigarros, tan diestramente peinado que Martín Zamora alcanzaba a ver las marcas dejadas por el peine húmedo.

– ¿Es cierto que tres mil hombres lo siguen, señor? -preguntó un hombre negro, de ojos desmesurados, mientras se ataba al cuello un pañuelo blanco como la leche.

– A tres mil no llegan. Flores tiene unos dos mil cuatrocientos hombres y un poco menos el general Souza Netto. Pero no atacará hasta que lleguen los doce mil imperiales del mariscal Mena Barrero que le hacen falta para sacarse el cagazo…

– ¡Lindo baile si no llega Lanza Seca! -dijo alguien refiriéndose al general Juan Sáa, perplejo, tomando conciencia tal vez, de que el número de defensores no llegaría jamás a mil.

– No se achique, amigo. Hemos comido tocino con más pelo que este y no nos ha raspado el gañote…

En alguna parte, Venancio Flores había dicho que tres días a cañonazo continuo le bastarían con creces para quitar de en medio a Leandro Gómez, sin necesidad de perder un solo hombre. Luego marchaba a Montevideo y con el respaldo civilizado de los importadores ingleses, los tenderos franceses y los artesanos italianos, tan temerosos siempre de que les bombardearan de nuevo las vidrieras de sus tiendas y los depósitos de barricas, le quitaría el sillón presidencial a Atanasio Cruz Aguirre.

Bajo el sol cada vez más vertical de diciembre, Martín Zamora recordó que en numerosas oportunidades el tuerto Laurindo José se había referido a Venancio Flores con respeto. Mencionaba batallas legendarias en las guerras argentinas, encuentros de caballeros generosos o detalles de su imperturbable firmeza a la hora de ordenar fusilamientos de oficiales como lo había hecho en la villa de la Florida.

Sin embargo, mucho antes de que llegase a Paysandú como prisionero del cónsul Guillenea, desde los tiempos de las andanzas con la gavilla a un lado y otro de la frontera, de solo escuchar en las cantinas, en los bailongos o en los fogones de las fazendas de Río Grande, Martín Zamora fue juntando poco a poco constancias de que al general Flores lo odiaba el país entero y que su figura parecía no tener, por lo menos desde lejos, mayores atractivos para seguirlo. Y que salvo un puñado de advenedizos con indescriptible capacidad de odio, su ejército de casi dos mil hombres se integraba con esclavos regalados, convictos extraídos de las cárceles y decenas de inminentes desertores.

“Debe ser un hombre que no conoce el sueño tranquilo”, pensó Martín Zamora, mientras dejaba ir la mirada hacia el ominoso campamento enemigo.

Cuando le llegó el turno y entró, fue un alivio saber que había un fusil Remington en buenas condiciones para él, pero le inquietó no hacerse de tantas municiones como había esperado.

Mientras deambulaba por el gran patio calcinado por el sol a la espera de que alguien emergiese con nuevas órdenes, Martín Zamora compartió con otros voluntarios opiniones sobre las armas y las fuerzas enemigas, y terminó por asombrarse de hasta qué punto la desproporción numérica corría pareja con la desigualdad en los armamentos. Fue entonces que se preguntó cuál sería el destino del infeliz Raymond Harris, a quien en ese mismo instante se lo figuraba comiendo en un ofendido silencio, absolutamente solo en el calabozo de la Jefatura, con los codos muy separados sobre la mesa y los ojos clavados en un plato demasiado lleno.

“Él también puede ser más útil vivo que muerto”, pensó.


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1 de diciembre

El primer día de diciembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, el patio de la Comandancia Militar, encalado y restallante de luz al solazo de las tres de la tarde, pareció herirse de pronto con la aparición del coronel Leandro Gómez vistiendo su casaca rojo fuego, su pantalón blanco y sus botas negras brillantes. Caminaba lentamente, con el pecho un tanto hundido entre los hombros, la cabeza descubierta y las manos a la espalda apretando el pañuelo que usaba para atenuar las miasmas de su enfermedad, con todo el aspecto de estar sumergido en pensamientos profundos. Sin embargo, por momentos parecía distraerse respirando profundamente y mirando el cielo disponible con detenimiento, tal como si esperase el vuelo de un pájaro conocido o alguna señal secreta que le anunciase una noticia muy importante.

Una veintena de hombres que en las inmediaciones del patio especulaban sobre la guerra callaron respetuosamente y no lo molestaron con saludos ni palabras, pues sabían que el Coronel acababa de designar a los jefes de la defensa y ya todo estaba listo para presentar batalla.

Algunos de los hombres, recostados a las rejas de la ventana abierta de par en par, habían escuchado en silencio la eléctrica conversación de las designaciones entre los oficiales reunidos en la sala de la Comandancia.

Apoyado en un macetón de flores violetas, Martín Zamora se enderezó con rapidez y adoptó una postura de alerta, observando en silencio a aquel hombre casi tan huesudo como él, seguramente pálido en invierno y dueño de una expresión a todas luces franca y serena, que le otorgaba esa imagen de hombre en el que puede confiarse y que constituye la materia prima de las buenas reputaciones.

Era la primera vez que Martín Zamora veía a Leandro Gómez y dedujo que sin aquella curiosa barba casi rubia, que contrastaba con su pelo cuidadosamente recortado y que llovía desde el mentón unos quince centímetros sobre el pecho dejando al descubierto sus mejillas oscurecidas por el sol, el Coronel podría aparentar, a lo sumo, unos cuarenta y cinco años. Pero lo que provocaba una misteriosa atracción a quien lo observara sin ser visto, era su curiosa mezcla de calidez y ausencia de nervio, una especie de inconsciencia resignada y serena a flor de piel, propia de quien sabiendo lo que le espera en la vida, se siente libre de arriesgar su pellejo donde quiera.

“O es un loco de remate o sabe muy bien que tiene los caminos cerrados y las horas contadas”, pensó Martín Zamora.

No obstante, como todos, dudaba de lo uno y dudaba de lo otro, pues le han dicho que el coronel sueña noche a noche con tres sueños: con que el general Sáa llegue con buenos refuerzos desde Montevideo, con que el general Justo José de Urquiza despierte de su letargo y cruce el río con su legendaria caballería y con que el mariscal Francisco Solano López aparezca por el norte con treinta y cinco mil paraguayos detrás, para cumplir su promesa de borrar hasta al último brasileño que se atreva a mancillar el territorio oriental.

Antes de regresar a lo abandonado, el coronel Gómez giró sus ojos pardos hacia el macetón de flores violetas y durante un instante pareció reparar con un dejo de curiosidad en la alta figura de Martín Zamora.

“Soy yo el que tiene los caminos cerrados”, pensó, observando que de pronto el Coronel se volvía bruscamente y retornaba con urgencia al recinto de donde había salido, pues alguien había gritado que el ejército de Venancio Flores comenzaba a movilizarse lentamente en su campamento del arroyo Sacra.

Mientras tanto, frente a la arcada de la Comandancia, la garita de guardia apenas se veía entre la multitud de hombres armados que comenzaba a agolparse alrededor de la pirámide de mármol enclavada en el centro de la plaza. Cada vez era más evidente el progreso del desasosiego y la furia, el griterío de muerte a los invasores o de vivas al comandante Gómez, mientras sobre las cabezas se agitaban las carabinas y los sombreros. En las ventanas y en los techos, sentadas en los pretiles con las piernas colgando en el vacío, las mujeres jóvenes hablaban entre ellas con aprehensión o sollozaban ruidosamente, sin temor de ser observadas.

Desde el ángulo sudeste de la plaza, un soldado con la casaca abierta sobre el pecho desnudo volvió a gritar:

– ¡El enemigo se mueve!

El guardia estaba apostado a ocho metros de altura, sobre un torreón de ladrillos que dominaba los edificios próximos y a cuya cima se trepaba por una explanada dispuesta en caracol.

“Una construcción muy temeraria”, pensó Martín Zamora con disgusto, observando que si bien las paredes tenían un espesor respetable, relumbraban en su blancura de cal y hacían, por alto contraste, que las piezas de hierro fueran demasiado visibles a la distancia. Eran de calibre doce y estaban colocadas sobre el techo sostenido por gruesas vigas de ñandubay. Para colmo, dentro del “Baluarte de La Ley ”, como pomposamente habían bautizado aquella construcción, estaba ubicado el depósito de las municiones.

Alertado por el grito, Martín Zamora se dejó ir entre la gente sin poder creer lo que estaba viendo, pues jamás hubiera imaginado que en tan poco trecho hubiese tanta condensación de guerra. A pocos pasos, en otra esquina de la plaza y entre los eufóricos que le hacían sitio, un grupo de músicos clarinetes, trombones y tambores se acomodaba la retreta. Sin que nadie lo importunase, Martín Zamora comenzó a caminar despacio con el fusil en la mano, con la secreta intención de saber exactamente dónde estaba parado o qué demonios era lo que iba a defender y qué sería lo que haría peligrar su vida en los alrededores.

Pero no fue muy lejos adonde pudo llegar. En esas horas, centenares de centinelas habían comenzado ya a atrincherarse en las bocacalles y a cerrar todas las entradas al recinto fortificado, comenzando por los portones de hierro ubicados en ambos extremos de la calle 18 de Julio, con sus respectivos puentes levadizos tendidos sobre un foso ancho y accionados por roldanas. Ambos estaban bajo la custodia repartida de los ciento ochenta voluntarios de la Legión Argentina, llegados desde la orilla vecina de Entre Ríos.

En total, si se contaba a los voluntarios extranjeros, los que iban a defender la villa no llegaban a los mil hombres.

De pronto, sin previo aviso, mientras Martín Zamora experimentaba la incómoda sensación de no pertenecer a ningún sitio, a ningún bando, a ningún grupo, todo el mundo detuvo las conversaciones y los movimientos. Se hizo el silencio absoluto en la tarde de la ciudad y él se sorprendió detenido frente a la fachada de un comercio de paredes descascaradas llamado “El ancla dorada”, sin saber qué hacer en medio de la calle.

Desde la plaza, los potentes acordes del himno nacional hicieron ponerse de pie a los soldados de las trincheras. Un fusilero moreno de casaca gris lo observó con reprobación y le hizo un gesto para que se quitara el sombrero.

Entonces, con el fusil en una mano y el sombrero en la otra, desanduvo lenta y cuidadosamente sus pasos, hasta llegar a la plaza justo en el instante en que decrecía la ovación para dar paso a la voz potente y áspera de Leandro Gómez, levantándose por encima de la multitud desde la explanada del Baluarte de la Ley.

Desde su altura y sin necesidad de estirarse, Martín Zamora observó que el Comandante, con el rostro conturbado y brillante de sudor, acodado en la baranda de ladrillo y enarbolando una lanza con la bandera uruguaya, gritaba:

– ¡Para que lo tengan muy claro!… Se acaban de hacer los siguientes nombramientos…

A cada nombre que dejaba caer, sobrevenían las euforias de la aprobación.

– ¡Para jefe de la línea del Sur… al coronel Tristán de Azambuya!

– ¡Vamos, don Tristán!

– ¡Para Jefe de la línea de cantones del Este, al coronel Emilio Raña!

– ¡Vivan los blancos!

– ¡Para Jefe de la línea Oeste… al comandante Pedro Ribero!

– ¡Que muera el traidor Flores!

– ¡Para Jefe de la línea Norte… al comandante Federico Aberasturi!

– ¡Fuera los macacos de Pedro Segundo!

– ¡Al mando de la Batería Baluarte de la Ley… el comandante Juan Braga!

– ¡Que se vengan, capones!

– ¡Y para jefe de la Defensa de la Plaza… al coronel Lucas Píriz!

– ¡Viva el comandante Gómez, carajo!

Martín Zamora observó que todos ponían una fuerza desmedida en los gritos. Sin excepción, todos gritaban hasta enronquecer en un despilfarro de furia, mientras la banda de músicos del maestro Deballi reavivaba el entusiasmo y volvía a arremeter repicando sobre la marcha de Ituzaingó. Y pensó que en algún sitio ya había oído que había algo misterioso y antiguo en aquella salvaje artimaña de gritar. Entonces, en un instante, le vinieron a la mente las chafalonías y los ropajes coloridos de Laurindo José, Berlamido, del llagado Hincuta y del finado Hermes Nieves recién enterrado. También los hombres de la gavilla gritaban como dementes en los momentos difíciles, cuando sospechaban que todo podía irse al demonio en el momento menos pensado.

– ¿Por qué gritan tanto? -preguntó con fastidio Martín Zamora, un amanecer en pleno galope de retirada.

El tuerto Laurindo José cambió el grito por la carcajada y desde su caballo lo miró un instante mínimo con el ojo sano:

– ¡Para no sentirnos pocos, castellano…!


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Estuviese donde estuviese en las horas de las medianoches insomnes, Martín Zamora siempre sintió deseos de escribir sus pensamientos. Sin embargo, esta vez pensó que no debía pensar; que más bien estaba en uno de esos escasos momentos de la vida en que es más fácil obedecer que entender, que de nada servía acomodar su cabeza y trasladarla de la reciente condición de condenado a muerte en que estaba hacía apenas unas horas, a la de un defensor de la villa bajo las órdenes de Leandro Gómez. Piensa que así, igual que él, debieron sentirse los jovenzuelos andaluces tomados por la leva, incorporados por la fuerza a los ejércitos del Rey y llevados a las guarniciones de Cuba o a las Canarias o a las tierras del mismísimo demonio. Y ahora, vaya broma siniestra que le hacía el destino: de condenado a muerte por traficante de esclavos a voluntario defensor de las leyes en una ciudad insignificante que se aprestaba a desaparecer del mapa. También pensaba con resignación en la incoherencia desmadrada en que le había sumido la vida, puesto que en los últimos diez años no había hecho más que ser el enemigo de alguien: el enemigo de los gitanos, por convertirse en el seductor prohibido de Irene, la hija de Jeremías el Corto; o el temido monstruo nocturno de los niños de órbitas desmesuradamente blancas, el enemigo mortal de los negros en fuga; o el enemigo de los uruguayos, siempre hostigados por brasileños y argentinos; y por último, como por arte del diablo, enemigo de sus recientes amigos, los brasileños.

Pensaba que moriría muy pronto. Moriría no como un héroe, sino como un enemigo, zarandeado por un desconocido infierno, al igual que aquel cascarón indecente que debió conducirlo a la isla de Cuba y terminó por arrojarlo a un sitio en donde aquellos gitanos que le quitaron a Irene serían apenas ingenuos angelitos de pecho.

Martín Zamora se rascó furiosamente la cabeza y sintió su cuerpo necesitado de un baño de agua clara. ¿Cuánto hacía que no corría el agua sobre su lomo, sobre los ojos cerrados, sobre las costras de los pies, sobre su alma sucia?

A su lado, mientras se hundía en una maraña de cuestiones destinadas a sobrellevar la noche que se instalaba, los soldados se alertaban de que el ejército de Venancio Flores había abandonado el campamento del arroyo Sacra y se aproximaba lentamente a la ciudad en formación de batalla.

Un indio teniente de apellido Mandacurú le interrumpió el pensamiento para ofrecerle un tabaco y advertirle que la pólvora comenzaba a calentarse sin que hubiera vuelta atrás.

– Vea… -le dijo-. Ya no habrá horas para el sueño…

Martín Zamora ordenó su conciencia y vio de pronto a Hermógenes Masanti, solo y adusto, parado en el marco apenas iluminado de la puerta de la Comandancia. Con simpatía comprobó que su figura tenía el mismo perfil de naranja mortecina, que aquellas figuras cotidianas que él había entrevisto desde el ventanuco del calabozo, cuando eran marcadas a medianoche por los faroles de Paysandú. Era una luminosidad muy tenue y al mismo tiempo muy vívida, muy propia de aquella pequeña ciudad, y que había logrado aliviarle las malas horas provocadas por Hermes Nieves entre quejido y quejido.

“Una hermosa estampa”, se admiró Martín Zamora en el mismo instante en que Hermógenes Masanti reparó en él.

– ¿Cómo se siente usted? -preguntó de improviso el capitán.

– Agradecido, señor…

– No dirá lo mismo mañana a esta hora…

– Estoy preparado, señor… Sólo me preocupa una cosa…

Hermógenes Masanti lo miró con el mismo sesgo inclinado de quien sospecha de qué se trata.

– ¿Se refiere al inglés? -aventuró.

Martín Zamora asintió, sorprendido de que aquel hombre tuviese un pequeño sitio en su cerebro para pequeñeces ajenas.

– No es mal hombre, señor, no es mal hombre…

Hermógenes Masanti se quedó pensativo.


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2 de diciembre

Martín Zamora pasó la madrugada del dos de diciembre vagando por las calles atrincheradas como un fantasma contrariado. El calor de la noche, agobiante y húmedo por la proximidad del río, olía cada vez menos a humo de rescoldos mortecinos y había convertido todos los sitios en donde se agrupaban los defensores, en un solo e inmenso corral de hombres, con olores de hombres, suciedad de hombres y ruidos de hombres. Nadie dormía. Y si bajaban los párpados, era para imaginar cómo serían un día después las mismas calles, las mismas paredes, los mismos parrales, los aljibes, las camas y los platos de todos los días.

Decididamente, se sentía solo e inquieto.

“Sin mujer, un hombre no es más que una broma cruel”, se lamentó mientras miraba el cielo estrellado, buscando distancia. Hasta que al fin, se decidió y cruzó la plaza con el fusil en la mano, encaminándose al caserón de la Jefatura.

No necesitó de mucha observación para darse cuenta de que allí todo había cambiado en pocas horas. También la Jefatura había sido convertida en cantón y a su frente ya estaban apostados diez reservistas y cuarenta soldados de la compañía de Tacuarembó al mando del comandante Pedro Ribero, el hombre de las pistolas de cabo de nácar y el espadín con empuñadura de plata. Zamora caminó entre la gente sin que nadie lo molestara, rodeó el caserón y se detuvo con cautela frente al ventanuco del calabozo que tan bien conocía.

De entre sus ropas sacó un porrón de ginebra y, estirándose, logró colocarlo al borde de la abertura mientras llamaba en voz baja:

– ¡Harris…! Psst…

– ¿Quién es usted? -se escuchó al fondo de la cueva.

– Soy yo, hombre… Zamora

El inglés se levantó del catre, acercó a la ventana la única silla del calabozo y se paró encima, enfrentándose a la botella al otro lado de los barrotes.

– ¿Qué es eso?

– Leche de burra… -rió Zamora-. Échese un trago, vamos.

Raymond Harris la tomó de un manotazo, la olfateó con desconfianza y luego bebió con toda la mala sed de los encierros. Luego la retornó al borde para que Zamora la retirara de allí.

– Necesitaba algo así… Muy generoso de su parte, señor mío. ¿Qué tal se está afuera?

Martín Zamora quedó pensativo. Observó que a menos de cien metros de la esquina, una ronda de tres voluntarios armados cruzaba al paso de ocio sin reparar en él.

– Afuera o adentro, tanto da… En un par de horas estaremos rodeados por el ejército de Flores, y Tamandaré comenzará el bombardeo desde el río en cualquier momento…

– ¡Maldito sea su pesimismo español, Zamora! -se enfureció el inglés-. Cada hora que pasa, siento que estoy más cerca de librarme del fusilamiento. Y usted sale con eso de que tanto da estar en este agujero apestoso, como ahí donde usted está parado… ¡Jódase, hermano, jódase…!

– Es probable… ¿Cómo se encuentra?

– Dolorido, creo que me partieron las costillas.

– ¿Cómo dice?

– El guardia piojoso y el marica del abogadillo… Ellos me golpearon.

– ¿Por qué le hicieron eso?

– Yo creo en el juego limpio, aunque usted se asombre… Tengo un secreto, mi amigo. Usted sabrá qué hacer con él…

– ¿De qué se trata?

– Se supone que ahora no tengo otra alternativa: pensar en la propuesta que me hizo el afeminado. Él y el guardia van a desertar apenas comience la batalla y quieren que los guíe hasta Flores o hasta las naves argentinas. De lo contrario, seré hombre muerto antes de tiempo.

Martín Zamora volvió a ensimismarse y luego se retiró de la ventana.

– Diga que sí, que hará lo que quieren. El resto corre por mi cuenta. Pero vuelvo a repetirle lo que le dije: usted es un hombre de mala fortuna, Harris…

Mordiéndose los labios, desquiciado, Martín Zamora desapareció como había llegado y en pocos minutos estuvo nuevamente en el patio de la Comandancia, pidiendo a la guardia para ver de inmediato a Hermógenes Masanti.

Desde el interior, el Capitán escuchó el diálogo mientras terminaba de escribir la única frase de su diario dedicada a aquel día:

“El general Flores estableció el sitio de la Plaza ”. Luego dejó la pluma sobre el papel y se levantó para salir al patio.


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2 de diciembre

Al contrario de lo que hacía la mayoría de los hombres apostados para la defensa, Martín Zamora no se molestó en ocupar la mente en lo que nunca había tenido, ni tampoco en mirar obsesivamente hacia donde se suponía que Venancio Flores, con las piernas abiertas y sentado sobre un catre de campaña, daba los últimos toques al inicio de las maniobras de guerra.

Con los ojos ardidos de la oscuridad cada vez menos oscura, más bien miraba hacia el río, hacia las farolas titilantes de los mástiles, hacia el enigma de los capitanes.

Se preguntaba para qué diablos estaban allí las cañoneras extranjeras pues, a juzgar por lo que había escuchado, la presencia de las naves en el río era más bien un misterio o una mariconada diplomática, ya que nadie se explicaba de qué forma pensaban sus oficiales defender a los súbditos residentes o impedir que el Barón de Tamandaré se diera el gusto de levantar su dedo índice y ordenar la primera andanada de balas ardientes sobre los techos de Paysandú.

Sin embargo, en medio de aquella multitud de cerebros nocturnos dispersos entre los montes o apiñados en el centro de la ciudad o flotando sobre las aguas del río, Martín Zamora no estaba solo en la inquietud, pues en aquel mismo instante, don Luis Martínez de Arce, el capitán español de la cañonera Vlad-Ras había bajado en su bote junto a dos de sus marineros y en pocos golpes de remo terminaba de recorrer los doscientos metros que lo separaban de la cañonera francesa Décidée.

El capitán Fernand Olivier lo esperaba en la proa, sentado frente a una mesa pequeña acomodada de tal modo en cubierta, que podía afirmar el codo sobre la saliente barnizada de la borda, fumar y observar lo que ocurría en las inmediaciones. Sobre la mesa y a su alcance, tres pequeños tazones de porcelana humeaban aroma de café caribeño recién servido. A su lado, tanto el joven capitán Durrell de la cañonera inglesa Detterell, como el capitán Bertoni, de la italiana Vesubio, también observaban las breves maniobras del bote español acercándose lengüeteado por el río.

Cuando al fin estuvo en cubierta, el capitán Martínez de Arce saludó a todos con deferencia y tomó asiento en el borde de la butaca, tal como hacen aquellos que están ansiosos e insomnes.

– ¿Y? ¿Nos recibirá el ogro? -preguntó.

– Lo invito con un café rápido, capitán. Nos espera en quince minutos… -contestó el capitán Olivier-. La situación es un desastre, pues no tengo ninguna esperanza de que podamos convencerlo. Capitán Martínez, hemos decidido que sea usted quien inicie la conversación.

Martínez de Arce aceptó, pues no le costó comprender que la proximidad de los idiomas podría facilitar las cosas. A continuación, uno tras otro, los oficiales bajaron del buque francés y se acomodaron en el bote español, para remar enseguida hacia la Recife, el imponente vapor de ruedas del almirante brasileño, dibujado en estribor hacia la ciudad al albor de la madrugada. Más alejadas, pero más próximas a la costa, se veían las cuatro cañoneras imperiales restantes, la Belmonte, la Araguay, la Jaquitinhonha y la Ivahí, todas con las bocas de fuego en posición de tiro.

Cuando terminaron de trepar por la escala que los esperaba tendida, los marineros brasileños más próximos no se cuidaron de murmullos reprobatorios o de mostrar el recelo que les provocaba aquella evidente intención de privarlos de la batalla. Sin embargo, a los oficiales de recepción se les veía corteses y seguros de sí al momento del saludo y más aun al capitán del navío, quien les tendió la mano uno por uno para acompañarlos de inmediato hasta la cabina del Barón.

– Pasen por aquí, caballeros, el almirante Tamandaré los aguarda…

El lujoso recinto olía a madera aceitada, a tabaco fino, frutas del trópico y lavanda de alto rango. Desde la puerta misma y por el ventanuco abierto de par en par, podían verse las luciérnagas titilantes de Paysandú. Despojado de su levita azul, fajado de verde seda en la cintura y con la amplia camisa blanca desabotonada hasta el ombligo, el Barón de Tamandaré, “O Nelson Brasileiro”, los esperaba, pero no tanto.

– Un minuto es todo el tiempo de que dispongo, caballeros… -dijo con la boca apretada, levantando la mirada de la mesa abrumada de legajos oficiales, botellas de brandy, pequeños mapas y cáscaras de naranja.

El capitán Martínez de Arce se adelantó, hizo el saludo de rigor y luego se quitó la gorra de marino para colocarla bajo el brazo.

– Su Excelencia, como usted sabrá, estamos al mando de las cuatro cañoneras europeas que usted tiene a la vista en estas aguas. Nuestro cometido a bordo es solicitarle que reconsidere su decisión de bombardear la ciudad, pues semejante acción sería juzgada con la mayor severidad.

El Barón sacudió a un lado y otro su cabeza y los miró con dureza.

– ¿Quién me juzgará con la mayor severidad? ¿Saben ustedes de lo que hablan?

– Sabemos de lo que hablamos, señor. También sabemos que el comandante Leandro Gómez no tiene forma de responder a sus cañones. Y lo que es más grave, el gobierno del presidente uruguayo Atanasio Cruz Aguirre nunca dio un solo pretexto para que se llevasen adelante semejantes acciones de guerra. Morirá gente inocente, señor, muchos súbditos de nuestras naciones, comerciantes pacíficos que jamás ofendieron a nadie. Pero además, ¿hasta qué punto el gobierno de Su Majestad, el Emperador del Brasil, se hará responsable de semejantes daños?

– Capitán Martínez de Arce, yo cumplo órdenes del Emperador de tomar represalias contra el gobierno del Uruguay por el maltrato a que ha sometido a nuestros conciudadanos al norte del río Negro, además de otras razones que no vienen al caso. Y por lo que tengo entendido, ustedes permanecerán neutrales… Pero a decir verdad, la única forma de evitar el sufrimiento que se avecina es que el comandante Leandro Gómez decline presentar batalla y se rinda. Por otra parte, tampoco el Brasil declaró en ningún momento la guerra al Uruguay, pero los hechos son los hechos y no hacemos más que colaborar con nuestro aliado. Estoy hablando del general Venancio Flores.

Detrás del español, el capitán Durrell acondicionó su garganta y se adelantó para hablar.

– Señor almirante, permítame decirle que el general Flores no puede ser visto por nosotros como representante de ninguna nación beligerante. Él es simplemente un rebelde. Y si no hay beligerantes, Su Excelencia, no hay neutrales…

Bertoni, el oficial italiano, también intervino y fue aun más vehemente:

– Signore almirante, debo advertirle que las medidas que usted llama “represalias” causarán la más desagradable sorpresa al Gobierno de Su Majestad el Rey, mi Soberano, pues no son otra cosa que efectivas operaciones de guerra… El general Netto está frente a Paysandú con un ejército de dos mil hombres, en pocos días llegará João Propicio Mena Barreto con otros nueve mil soldados, el general Flores dispone de tres mil y usted está a punto de activar sesenta cañones… Y además, signore mío, suscribo enteramente lo que ha dicho el capitán Martínez de Arce: su medida ocasionará graves daños a los súbditos establecidos en esta plaza comercial tan importante…

El Barón se echó hacia atrás en su sillón de brillante cuero negro y los miró uno a uno, mientras hundía sus uñas en una cáscara de naranja, para acercarlas luego a su nariz. Hasta que al final, disfrutando del olor de sus dedos, sonrió con la benevolencia y la paz interior de quien ha participado en la construcción de una gigantesca y perfecta máquina bélica.

– Entiendo lo que dicen, caballeros. Y hasta les diría que nos viene bien que tengamos oficiales inteligentes y empeñosos como ustedes observando la situación. Lamentablemente, los dados están echados… a menos que Paysandú se rinda ahora.

– No lo podemos permitir. Su Excelencia… -dijo bruscamente el capitán Olivier.

El Barón lo midió de arriba abajo.

– Se percibe que tiene usted un excelente futuro militar, capitán Olivier. Pero usted está excitado y es comprensible. Estas épocas son terribles y considero sensato que ustedes dejen pasar la cuestión…

Martínez de Arce volvió a insistir:

– No lo vamos a permitir, señor…

En ese instante la puerta se abrió y un oficial brasileño casi adolescente ingresó al recinto para entregar al Barón una nota de la que colgaba una cinta color púrpura. Era evidente que se trataba de una puesta en escena maliciosa e improvisada no más de media hora antes, un golpe de gracia efectista destinado a los oficiales extranjeros.

– Pues, lamento anunciar que es a ustedes a quienes no se les permitirá hacer nada, mis amigos. Acabo de recibir esta nota de Montevideo, firmada por vuestros respectivos ministros, mister Lettson, el signore Barbolani, monsieur Maillefer y el señor de Tezanos, en la que se les prohíbe terminantemente intervenir en esta contienda bajo apercibimiento de consejo de guerra.

Los cuatro oficiales se miraron entre sí, sorprendidos e indignados. El capitán Bertoni se aproximó impulsivamente al Barón y le tendió la mano para solicitarle el documento. Efectivamente, la firma de su ministro Barbolani estaba allí, junto a los garabatos de los otros diplomáticos que había nombrado.

– De todos modos… -agregó reflexivo el Barón mientras se ponía de pie- ustedes pueden cumplir dos valiosas misiones para hacer menos terrible la situación: una, llevar personalmente la intimación de rendición inmediata para el comandante Gómez; la otra, si se niega como creo que lo hará, pueden ustedes favorecer el desalojo de Paysandú de las mujeres, los niños y los extranjeros… Si es así, pueden disponer de cuatro días. Eso es todo lo que tengo para decirles, señores. Que tengan un buen día.

En ese instante, a través del ojo de buey del camarote de roble, comenzaba a insinuarse la luz del amanecer, provocadora, anaranjada y tibia.

Cuando reaccionó, el capitán Olivier ya tenía en su mano el rollo de papel firmado por el almirante de la escuadra brasileña. Hizo un saludo duro y despectivo y salió de allí seguido de sus tres acompañantes, todos marcados por los inevitables gestos de la impotencia.

– No siempre se tiene la suerte de un demonio, camaradas -dijo el francés, mientras se acomodaban en el bote-. Hoy quedamos como una banda de estúpidos gracias a nuestros queridos ministros…


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3 de diciembre

A las ocho de la mañana del tres de diciembre, un muchacho pelirrojo, desarmado y a caballo, tardó unos diez minutos en aproximarse en un galope tranquilo y sostenido al puesto de avanzada del capitán Olivera, hasta que al fin se detuvo sin decir palabra frente a los primeros defensores de Paysandú vistos con sus propios ojos.

Sin hacer el menor movimiento, con una expresión afantasmada por la penumbra del refugio defensivo, los soldados del piquete lo examinaron en silencio.

– ¿Qué te trae por aquí, colorado? -preguntó el capitán Olivera adelantándose unos pasos, en una burlona alusión a la doble condición de florista y pelirrojo del recién llegado. Pero el muchacho rehuyó la mirada, se mostró indiferente a la chanza y le entregó un rollo de pape

– Del general Venancio Flores para el coronel Leandro Gómez, señor. Y tengo órdenes de esperar la respuesta… -dijo con sequedad. Luego giró su caballo, desanduvo el camino unos cien metros y al fin volvió a caracolear para detenerse mirando hacia las poblaciones.

Los guardias del puesto de avanzada observaron la forma indolente en que el muchacho se ladeaba sobre la montura, se echaba el sombrero sobre los ojos, comenzaba a armar un tabaco, con evidente disposición de esperar todo el tiempo que fuese necesario.

El capitán Olivera no resistió la tentación de estirar el papel y echarle un vistazo furtivo. Pero al ver al pie del texto la firma de Venancio Flores, sintió en la nuca el sombrío agotamiento de la burla que había usado con el muchacho. Sin mirar a sus hombres, se quitó el sombrero y con presteza recorrió las dos cuadras que lo separaban del Detall y le entregó el mensaje que acababa de recibir al capitán Larravide, para que lo llevase directamente a la Comandancia.

Larravide llegó en el momento en que Leandro Gómez entraba a la sala del Estado Mayor abotonándose su camisa punzó recién planchada.

Braga, Aberasturi y Azambuya tomaban mate de pie alrededor de un plano de la ciudad que indicaba el recinto fortificado, el sitio de las trincheras y los edificios principales. Al verlo, exceptuando a Braga, un hombre de apariencia fría e indiferente a las pequeñas cosas de la vida cotidiana, los otros dos comandantes sonrieron sorprendidos de la frescura y pulcritud del coronel, pues era evidente que se había dado un baño reparador y afeitado meticulosamente a navaja alrededor de la cuidada barba en pera que le caía hasta el inicio del esternón.

– Me afeité para esperar a los macacos… -se excusó con timidez el Coronel.

– Pues no tendrá mucho que esperar, mi comandante… -dijo Larravide, alcanzándole el rollo de papel que le acababa de enviar el capitán Olivera.

Leandro Gómez lo desplegó ante sí y leyó que Flores lo intimaba a rendir la plaza en menos de veinticuatro horas, que le ofrecía garantías y honores de guerra para la retirada de todos sus oficiales y, además, le aseguraba respeto para los habitantes de Paysandú que estuviesen sumados a la resistencia. De lo contrario, lo haría responsable de “la sangre que se derramase por su obstinación”.

Al final de la lectura, Leandro Gómez levantó la mirada, caminó en silencio hasta la mesa y tomó una pluma del tintero de porcelana. Con letra clara e intencionalmente más grande que la de Venancio Flores, escribió al pie de la nota:

“Cuando sucumba”

Luego firmó y le devolvió el pliego a Larravide y este se lo alcanzó al capitán Olivera para que se lo entregase al emisario enemigo, quien ya iba por el segundo cigarro mientras aguardaba frente al puesto de avanzada.


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3 de diciembre

Ya sobre el mediodía, casi dos horas después de que el pelirrojo emisario del ejército florista retornara al campamento con la terrible respuesta de Leandro Gómez, Martín Zamora se estaba frotando la nuca con agua jabonosa, cuando escuchó la noticia de que por el camino del puerto, se aproximaba una comitiva integrada por los principales oficiales de las cañoneras extranjeras ancladas en el río.

Guiados por dos oficiales de la guarnición de Paysandú, los capitanes Durrell, Martínez de Arce, Bertoni y Olivier, sin soberbia ni afectación, caminaban la par por el centro de la calle 18 de Julio en dirección a la plaza. Impecables en sus coloridos uniformes, se turnaban cada tanto para hacer la venia a los hombres armados que se alternaban entre las mujeres y los niños que no los perdían de vista desde las veredas.

Martín Zamora se apresuró a secarse la cara y antes de terminar de abotonarse su camisa de algodón descolorido, la comitiva apareció de repente en esquina de la plaza, apenas a un par de metros de donde él estaba.

Identificar al capitán Martínez de Arce sin haberlo visto nunca antes, sólo por su uniforme azul de marino español, lo tomó desprevenido, pues le provocó una imprevista y confusa inquietud emocional que lo impulsó a caminar hacia él y seguirlo mientras cruzaba la plaza hacia la Comandancia. Pero a poco comprendió que su actitud era absurda y pobre, que no habría forma posible de hacerse entender por el capitán compatriota ni de ser tomado en cuenta para nada, a menos que en aquel mismo instante, hiciese exactamente lo contrario de lo que estaba haciendo la comitiva, es decir, recorrer rápidamente el camino del puerto, sortear el puesto de avanzada y treparse al bote que había traído a los oficiales extranjeros.

Sin embargo, la posibilidad real de que fuese rechazado por los marinos españoles era demasiado fuerte como para decidirse a una acción de esa naturaleza. Además, por alguna extraña razón emparentada con Raymond Harris y con la palabra de honor empeñada con el capitán Masanti, sentía que si lo hacía, habría en su actitud algo de depravación que no alcanzaba a tolerar muy bien; y eso le trajo a Sancho Panza a su memoria, con aquello de “[…] conserva lo que el cielo te ha dado, compadre. Prefiere la corteza de pan que seca en tu alforja, a las aves que asan en la cocina del señor”.

Y en aquel momento, mientras permanecía estático entre la multitud de la plaza y observaba las espaldas multicolores de los cuatro oficiales detenidos a la espera de que el Estado Mayor terminase de descender por la explanada del Baluarte de la Ley, fue que Martín Zamora decidió, enteramente por sí mismo, que se alistaría del lado de la defensa.


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3 de diciembre

Martín Zamora los estaba observando a menos de cinco metros de distancia y pensaba que los militares de cualquier parte parecen manejar instintivamente su relación con los símbolos. Ni Durrell ni Martínez de Arce ni Bertoni ni Olivier se habían detenido al azar en el centro de la plaza. Lo habían hecho de un modo perfectamente simétrico, tres pasos delante de la pirámide de la Libertad y a unos diez del pie de la explanada del Baluarte de la Ley por donde descendía el coronel Leandro Gómez portando una lanza embanderada en su mano derecha y seguido de siete oficiales de su Estado Mayor.

Por unos segundos se hizo el silencio absoluto. Por encima de la multitud, en el lado este de la plaza, se imponía sobre la iglesia en construcción el espectáculo de la profusión de soldados armados que, apostados en donde podían, habían convertido las cúpulas a medio hacer, las paredes y las ventanas del templo, en parapetos reforzados y aspilleras de defensa.

De pronto, el capitán Fernand Olivier se adelantó un paso y luego de realizar un rápido y marcado saludo militar, miró directamente a los ojos del Coronel y luego, con voz pausada y en un castellano aceptable, dijo:

– Señor… en nombre del Barón de Tamandaré y del general Venancio Flores, venimos a proponerle la capitulación de la plaza con todos los honores de guerra. La guarnición saldrá de Paysandú por las aguas del río Uruguay en nuestras naves, con sus armas y pabellones, bajo la garantía de los comandantes de España, Inglaterra, Italia y Francia.

El coronel Leandro Gómez lo escuchó con evidente simpatía, pues era claro que intuía en el oficial francés la convicción resignada de que allí nadie reiniciaría a su propósito. Luego observó detenidamente a cada uno de los comandantes extranjeros y al fin clavó el asta del pabellón en el suelo y se volvió a sus oficiales, tal como si delegara en ellos la respuesta a los emisarios.

Sin titubear, Lucas Píriz fue el primero en desenvainar su espada y cruzarla sobre el pabellón del coronel Gómez, mientras miraba a sus seis oficiales formados a su lado.

– ¡Juramos vencer o sepultarnos bajo los escombros de Paysandú! -gritó.

Enérgicos, sin histrionismo alguno, Raña, Braga, Fernández, Ribero, Aberasturi y Azambuya se adelantaron, desenvainaron sus espadas y a un tiempo las cruzaron sobre el pabellón del coronel Gómez. El choque metálico de las hojas se escuchó al otro lado de la plaza.

– ¡Juramos, señor!

El capital Durrell fue el primero de ellos que se adelantó un paso y saludó el pabellón cruzado por los filos plateados de los defensores. En el acto fue imitado por Martínez de Arce y por Bertoni.

Mientras tanto, el capitán Fernand Olivier permaneció estático, a la espera de la respuesta que esperaba escuchar del mismo Leandro Gómez.

– Dígale al almirante Tamandaré que si bombardea esta ciudad lo hará impunemente, pues no tenemos cañones para contrarrestar sus obuses y morteros. De todos modos, como puede ver, capitán… -dijo de pronto el coronel Gómez señalando la pirámide que estaba detrás de él- la libertad no se rinde… ¡Pelea!

La multitud estalló en una ovación generalizada que pareció comprimir a los cuatro delegados extranjeros sobre el centro de la plaza, hasta remontarse con la imprevista irrupción de los músicos del maestro Deballi atronando el mediodía con la marcha de Ituzaingó.

– En ese caso, señor… -dijo Fernand Olivier tratando de hacerse oír en medio de los gritos de la gente – estos oficiales de Italia, España, Inglaterra y Francia le ofrecen sus servicios para sacar a lugar seguro a los niños, a las mujeres y a los extranjeros que viven aquí…

El coronel Gómez pareció detenerse a reflexionar un instante. Su frente brillaba al sol del mediodía. Luego miró hacia el suelo, clavó el asta del pabellón un paso más adelante y levantando la mirada tendió la mano al oficial francés en gesto de despedida.

– Señores, sospecho que vuestros servicios serán aceptados con gratitud si la situación se agrava.

– Ha sido un gran honor conocerlo, señor coronel -dijo Olivier estrechando su mano. Luego saludó el pabellón y giró sobre sus tacos para volverse. Empujado por la gente hacia la pirámide, Martín Zamora se vio súbitamente casi encima de la comitiva extranjera, al punto que si se lo hubiese propuesto, hubiera podido apretar el brazo del joven capitán Martínez de Arce. Y cuando pudo ver de cerca aquel rostro español arrebolado por el solazo del tres de diciembre, Martín Zamora se sorprendió: en el momento de despedirse del Coronel para desandar el camino por donde había llegado, al capitán de la Vad-Ras se le veía sorprendentemente emocionado. A su lado, mientras caminaban, incrédulo y moviendo a un lado otro su cabeza, el capitán Durrell le comentó en voz baja a Fernand Olivier:

– Es increíble, este hombre está loco…

El capitán Martínez de Arce reaccionó a la observación del mismo modo que si lo hubiese picado una abeja en el cogote:

– Tal vez esté loco como usted dice, capitán Durrell… -retrucó el oficial español sin dejar de mirar hacia adelante-. Pero con solo dos marinos con los huevos de este hombre, me atrevería a recobrar Gibraltar de manos de su Corona…


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3 de diciembre

En las últimas horas de la noche el capitán Hermógenes Masanti, cansado como un esclavo y con un fuerte malestar en la frente, tal vez por la ingestión un tanto liberal del coñac inferior del comandante Azambuya, se hizo un tiempo para escribir brevemente en su diario sobre lo ocurrido unas horas después que los capitanes extranjeros volvieron a sus barcos:

“[…] En la tarde, el Coronel ordenó que se presentase en la plaza toda su gente de guerra, que con las incorporaciones de los últimos días llegaba a los mil ciento veinte y tantos hombres, incluidos los jefes y oficiales.

Formada ya la guarnición, el coronel Leandro Gómez se presentó a caballo, vestido de camiseta punzó cruzada por una banda celeste y una bandera nacional en la mano derecha. Entonces pronunció una entusiasta proclama, que concluyó con estas palabras textuales:

– ¿Juráis vencer o morir en la defensa de esta plaza?

– ¡Sí, juramos! -respondieron a una voz los jefes, oficiales y soldados, atronando los aires con sus vivas”.


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La noche comenzó a transcurrir pesada y angustiosa y no era la primera vez que Martín Zamora conocía la extraña sensación de estar en guardia y comprobar cómo la conciencia, imprudente y desmesurada, se iba extraviando lentamente.

En realidad, no aguardaba como cualquier soldado vigilante. Estaba con la espalda apoyada en la pared del patio y próximo a la puerta abierta de una de las habitaciones de la Comandancia de donde, en cualquier momento, saldría el capitán Masanti con las instrucciones del pequeño plan que había ideado para él. De vez en cuando sentía que un capitán llamado Hermenegildo Alarcón y ayudante del coronel Gómez, mientras fumaba bajo el marco de la puerta, lo observaba con recelo. Era evidente que el hombre desconfiaba al verlo así, en su apariencia de individuo absorto y ausente a lo que se gestaba en derredor, dueño de una vibrante e impropia calma, similar a la esos borrachos que parecen cobijar un fantástico pensamiento que no desean compartir con nadie. De pronto, Martín Zamora se inquietó, pues sospechó que al capitán Alarcón le estaba pasando por la mente que él pudiera ser un advenedizo descarado y ¿por qué no? un espía de Venancio Flores apostado con total insolencia y desparpajo frente a la mismísima pared de la Comandancia.

– Usted debería estar en alguna trinchera, amigo… -dijo de pronto el oficial.

– Estoy esperando una orden del capitán Masanti,

señor…

– Me cuesta creerlo, amigo. Usted tiene aspecto de no haber hecho nada en todo el día…

– No es así, capitán… -explicó Martín Zamora, envarado, sin mirarlo en ningún momento, mintiendo descaradamente, convencido de que era menester esfumarle el encono-. He pasado las últimas horas trabajando en el montaje de la defensa…

En realidad, durante toda la jornada había ido trabando conocimiento con los hombres responsables de los últimos arreglos de la plaza. Reparó en las armas, se aprendió los nombres de los oficiales, deambuló por las trincheras, conoció a Mercedes, la menor de las hijas de Leticia Orozco, la acompañó hasta 8 de Octubre y Monte Caseros donde estaba la botica de Abel Legar, la vaciaron de vendajes, cloroformo y emplastos, y cruzaron luego la calle cargando con todo lo que pudieron para ponerlo a disposición del doctor Mongrell, en la escuela pública que oficiaba de hospital de sangre.

Pero de trabajar en el montaje de la defensa, nada.

El capitán Alarcón se apartó del umbral, tiró el cigarro al suelo y lo pisó. Luego se acercó lentamente hasta quedar a medio metro de sus ojos.

– ¿De veras? Cuénteme, mi amigo, en qué colaboró, pero antes… ¡póngase firme cuando le habla un oficial, carajo!

Martín Zamora tomó el fusil por el cañón y se estiró cuan largo era para cuadrarse frente a él.

– Sí, señor. Con el capitán Lindolfo García construimos una explanada de madera en la esquina este de la plaza para colocar una de las carronadas desembarcadas del Villa del Salto, señor…

– ¿Y qué hicieron con la otra? Eran dos…

– La otra quedó a cargo del capitán Clavero y se colocó en la línea de defensa oeste-norte, en el cantón del teniente Silvestre Hernández…

– ¿Y la pieza de a ocho, la de bronce?

– La ubicamos en la esquina de la plaza frente a la casa del señor Argentó y quedó a cargo del alférez Joaquín Espilma, señor.

– ¿Y la pieza de a seis?

– ¿ La pieza de a seis? Pues… por ser la más liviana se dejó como reserva para usarla donde sea necesario. Quedó a cargo del teniente Rafael Pons, señor. Podéis ir a verla si lo deseáis, señor, aunque la vi un poco maltrecha…

– Con que tenemos un gallego, ¿no?

– No, señor. Soy andaluz…

– Es la misma cosa… Ustedes traen mala suerte.

En ese instante apareció el capitán Masanti y le pidió a Hermenegildo Alarcón que terminara con el fastidioso examen y lo dejara en paz, pues para aquel hombre tenía una tarea inmediata. Antes de retirarse, e1 capitán observó desafiante a Martín Zamora, como si tuviese una cuestión secreta con él o uno de esos misteriosos motivos de rivalidad animal que hay entre algunos hombres que nunca se han visto antes ni se volverán a ver después, porque la guerra suele matar a uno de ellos mucho antes de que sus cosas pasen a mayores…


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Sentado en una pequeña mesa rinconera de la oficina de la Jefatura, el menguado abogadillo Luca del Piero, el hombre de los interrogatorios y los vapuleos a Raymond Harris, observó con afectado desprecio al recién llegado.

Enigmático, Martín Zamora le sostuvo la mirada y luego, desde su altura, escupió distraídamente en el suelo. El hombrecillo de mariposas en el habla se sorprendió en medio de la penumbra y desvió la vista con rapidez hacia un periódico en el que difícilmente pudiera leer algo, pues la única lámpara de aceite que existía en todo el recinto estaba lejos de él, sobre la mesa donde el mismo comandante Pedro Ribero, un corpulento hombre rubio de treinta y cinco años, con una camisa impecablemente blanca y botas de media caña, había dispuesto una gran olla de café caliente muy cargado. Según él, era para mantener despierta a su guarnición, que entre los empleados de la misma Jefatura, cuatro voluntarios y parte de una compañía de Tacuarembó, llegaba a un total de cuarenta y seis hombres.

Al reparar en la figura fantasmal de Martín Zamora iluminada de abajo hacia arriba por la luz anaranjada de la lámpara, el comandante Ribero sonrió y lo miró con franqueza.

– Caramba, mi amigo, con esa estampa usted podría matar a unos cuantos brasileños de un susto -dijo mientras le extendía un pocillo de loza y le guiñaba un ojo.

– Gracias, comandante. Vengo a…

– Sé a lo que viene… -lo interrumpió-. Tómese un café y suba a la azotea inmediatamente. Nos veremos en un rato…

Martín Zamora vació la taza en sorbos rápidos y sonoros y se sintió mejor. Luego salió al patio, subió por la pequeña escalera de ladrillos y una vez en la azotea, caminó agachado a lo largo de la baranda de hierro, hasta detenerse detrás de un pilar esquinero que daba al frontispicio de la Jefatura.

Desde su sitio y siguiendo la misma línea oscura de la baranda, vio las siluetas de cuatro hombres armados. Estaban apostados detrás de los cuatro pilares restantes y a pesar de que nadie lo saludó ni le dedicó gesto alguno, Martín Zamora experimentó la tranquilidad de saber que estaban en la misma cosa. De pronto, el hombre más próximo salió de su mutismo y le dijo en voz baja:

– En una noche así, con que haya un poco de aire nomás, el perro trabaja bien…

Martín Zamora miró con sorpresa hacia el tipo oscuro. Ni por asomo entendió a qué diablos se refería; un chiflado tal vez, que buceando en su memoria había desembocado en un pensamiento en voz alta.

– Hombre, eso es muy cierto… -le respondió por responder, mientras se desentendía de él y se dedicaba a observar largamente la techumbre parda de la ciudad, envuelta en una oscuridad apenas lechada por la luna que en minutos se iría del cielo.

Entonces pensó que justo bajo sus pies y lejos de sospechar que alguien pudiese estar allí, encima, velando por su suerte, el inglés Harris debía estar echado boca arriba sobre el catre sin poder sumergirse en aquel sueño pesado del que hacía alarde cuando estaban juntos esperando el fusilamiento. Lo imaginaba con los ojos como platos, fijos en el techo del calabozo, con el cerebro abrasado por la idea de que nadie rejuntaría sus pedazos cuando los cañonazos brasileños comenzaran a despojar la Jefatura de aquellas paredes que se le vendrían encima como murallas desbaratadas.

“Tendrá mal fin”, pensó. “No será la voluntad del Gran Poder que el inglés muera en su cama de Gibraltar.”


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Por los alrededores nada se movía ni daba señales de vida bajo el cielo sin estrellas ni luna. El aire bochornoso de diciembre tenía gusto a la sal de los sudores y desde la altura de la azotea se olía confusamente a ropa pringosa, a bosta de caballos, a meadas de hombres y a tierra reseca.

No se percibía más que alguna lumbre de tabaco y todo lo que podía escucharse era alguna tos de trinchera, algún carraspeo o un mínimo ajetreo de vituallas metálicas, tal vez la última cucharada de fideos sobre un plato de lata o la fijación definitiva de una bayoneta al cañón de un fusil.

A Martín Zamora le costaba aceptar que la noche era como era. Desde niño y con mayor gravedad a medida que la vida avanzaba, estuviese donde estuviese, en un barrio de tres farolillos en Algeciras o sobre la cubierta del barco a merced del océano o en las llanuras interminables de Río Grande del Sur o sobre un techo de Paysandú, en cualquier parte del mundo la noche le daba igual. Le resultaba tenebrosa, oscuramente hostil, para nada romántica o ilusoria o provocadora de canciones, nada; penosa de temible se le hacía. Hasta recordaba sensaciones de refinada y ominosa endiablez, cuando medroso de las tormentas oprimía su guitarra contra el pecho y tocaba un fandango inseguro, ríspido, para los hombres del tuerto Laurindo José, aquellos compañeros de malandanzas. Lo recordaba todo traicioneramente cerca y se veía a sí mismo y a Hermes Nieves y al llagado Hincuta y al mismo tuerto de parche en el ojo, a todos, ocultando el miedo profundo y jamás dicho provocado por las noches sin estrellas ni luna, sobre todo cuando se hacía el trueno prolongado, latente y desparejo de poder, arrastrado por alguien o por algo sobre un cielo que se adivinaba pedregoso, emplomándose sobre hombres y caballos apretados, cobijados unos en otros, cada vez más conscientes de esa frágil soledad animal que sobreviene cuando se está lejos, ya no de casa, sino de toda vivienda humana. Y era entonces cuando de pronto a él se le formaban dos tormentas, una en las cuerdas de la guitarra y la otra a sus espaldas, por el inmenso espacio inexistente, la intangible pradera oscura en derredor, arriba y abajo; más arriba que abajo. La tormenta que venía en las cuerdas sonaba recio y la otra sonaba encapotada, a punto de derrumbarse sobre el todo oscuro, como un toro, plenamente negro. El viejo panadero Crispín Zamora le recriminaba a él, muchacho endeble tras las viejas murallas de Castellar Andalucía, su temor a la oscuridad y le decía, casi a gritos le decía: “Basta, hijo, cambia esa mirada de maricón, que todos los que tienen mala conciencia le temen a la noche y a las tormentas, pues se les antojan llenas de asechanzas”. Y el miedo menguaba y luego se le iba. Sentía la mano del viejo en la suya y se le iba. Pero eso era cuando el viejo Crispín Zamora andaba en las inmediaciones. Ahora no se lo veía por ningún lado, tampoco lo sentía.

Era evidente que el plazo había llegado a su fin y que dentro de un perímetro de dos mil metros a la redonda de la plaza de la Constitución se extendía, como una peste del espíritu, esa intuición colectiva insoportable de que detrás de cualquier punto de la inmovilidad absoluta, está escondido un ser humano con la feroz idea fija de sobrevivir a los demás.

Por fin, a las cinco de la madrugada los alrededores comenzaron a siluetearse con la claridad de un dibujo y a refrescarse con una de esas brisas muy suaves que suelen moverse desde el río, instantes antes de que el sol comience a cocinarlo todo.

Martín Zamora pensó que en cualquier instante sobrevendría el primer cañonazo proveniente de la escuadra, aunque a su juicio era más probable que la descarga inicial fuese disparada desde la vivienda del legendario general Servando Gómez, muerto hacía años y sin parentesco alguno con Leandro. Aquella vieja casona estaba ubicada a unas doce cuadras de la plaza en dirección al este de la ciudad, y en las últimas horas de la tarde se habían visto llegar hasta allí y tomar posiciones con movimiento de ratones rápidos, a muchos hombres de la vanguardia de Venancio Flores.

Y no se equivocaba. Hacia el este, se olía 1a muerte.


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En el preciso instante en que el coronel Leandro Gómez llegó a la plataforma del Baluarte de la Ley con la espada desenvainada en una mano y el estandarte nacional en la otra, a menos de un quilómetro de distancia el general Venancio Flores montado a caballo observaba el horizonte por donde aparecería el sol en los próximos minutos.

Cuando consideró que el momento había llegado, recorrió con su mirada las formaciones de sus tres mil hombres y los seis cañones rayados apostados a unas veinte cuadras de las poblaciones, levantó su mano derecha y la mantuvo en alto durante treinta larguísimos segundos.

Inestables y nerviosos sobre sus cabalgaduras, los oficiales del ejército del Brasil al mando del general Souza Netto, desplegados a unos trescientos metros del general colorado, esperaban a que los nacionales iniciaran el bombardeo, para luego apoyar el ataque a sui modo.

Al fin, el general Venancio Flores bajó abruptamente su brazo.

Acto seguido, el silencio mortal que hasta entonces reinaba en los alrededores se rompió en mil pedazos ante la furibunda descarga de artillería que se desató sobre el centro de Paysandú.

Las dos primeras balas de la andanada silbaron largamente sobre los techos y terminaron por incrustarse estruendosa y diabólicamente juntas en los escalones de la iglesia en construcción, haciendo un formidable boquete justo a la entrada de la casa de Dios.

El griterío y el entusiasmo de la guarnición de la plaza fue de pronto indescriptible, cuando los pequeños cañones establecidos en las esquinas que miraban hacia el sur y el este, levantaron sus miras por encima de los edificios y a la orden de fuego, las bocas escupieron furiosamente lo que tenían que escupir. Curiosamente, la primera pieza en iniciar el contraataque fue la del Sargento Distinguido Juan Irrazábal, pero ante el asombro de doscientos hombres, se desarmó al hacer el primer disparo y quedó completamente inutilizada frente al consternado sargento, mientras los cañones restantes de la plaza comenzaban a funcionar a las mil maravillas.

Uno de los soldados que acompañaban a Irrazábal, mientras observaba la iglesia bombardeada y el cañón destrozado, gritó a las risas que al frente del ejército de los macacos, era seguro que estaba el general Satanás.


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Luego de desayunar con café amargo y frutas tropicales, el vicealmirante José Marques Lisboa, Barón de Tamandaré y alabado por sus pares como “O Nelson Brasileiro”, salió al puente de mando y permaneció largo rato observando por su catalejo plateado, las nubes de humo denso que dejaba el bombardeo sobre el centro de la ciudad.

A juzgar por el tipo y la frecuencia de las explosiones que escuchaba a la distancia, se le hacía notoria la superioridad de las fuerzas aliadas, aunque no lo suficiente como para que la batalla finalizase antes del atardecer. Así que bajó el catalejo, descendió por la escalerilla hacia la borda y mientras extraía su reloj de bolsillo y lo abría, caminó pesadamente hasta la posición del artillero Coitinho.

Eran las ocho y media de la mañana, cuando en la ciudad se detuvo de pronto el bombardeo. Era el instante acordado en que los ejércitos de tierra deberían detener unos minutos el fuego, para dar lugar a que la escuadra imperial cumpliera su turno desde el río.

El artillero Coitinho sostuvo el catalejo al Barón y se hizo a un lado para que tomara su lugar.

El espeso y musculoso Almirante, con sus tripas atiborradas de frutas, se agachó con extrema dificultad detrás del bruñido cañón, dejó escapar un dilatado pedo barítono de sandía y luego de maniobrar la manivela hasta levantar la mira tres grados, acercó el mechero y disparó el primer cañonazo de la escuadrilla imperial.

Sin decir una palabra, el artillero Coitinho miró con disimulo por encima de la cabeza del Barón a sus silenciosos camaradas cercanos y con solo levantar ostensiblemente un par de veces sus cejas, les dio a entender que la parábola de la gigantesca bala sería demasiado alta.

En ese momento, en el centro de la plaza, el coronel Leandro Gómez observaba con su anteojo desde el Baluarte de la Ley las maniobras de los sitiadores, cuando escuchó la fuerte y prolongada detonación proveniente del puerto.

– ¿Qué fue eso? -preguntó mirando hacia el río.

– Son los brasileños, señor. Nos dan los buenos días… -dijo Larravide mientras escudriñaba el aire con preocupación.

Cuando el ominoso proyectil comenzó a acercarse a la plaza, a todos los que estaban allí se les antojó que en algún punto del cielo se estaba desgarrando lentamente un gigantesco trapo incendiado.

Sin embargo, como un meteorito que deja a su paso una estela cada vez más negra, la bala del almirante siguió de largo con su macabro ruidejo de lienzos, para caer recién al otro lado de la ciudad, en medio de las primeras filas del ejército de Venancio Flores. Cuatro caballos y cinco hombres volaron por los aires, sin tiempo de adivinar de dónde diablos les había llegado la muerte, ni menos aun el modo en que había pasado blandamente a la posteridad el primer tiro del Almirante.


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Las puertas y ventanas, hasta entonces cerradas de las casas que podían verse a unos cien metros de distancia por la calle Montevideo o por la 8 de Octubre, se abrieron repentinamente, estallaron los postigos sobre sus propios marcos y en donde un instante antes todo era paredes de viviendas en descanso y tenues colores de marcos pintados por un vecino en la paz de alguna mañana del pasado reciente, aparecieron los hombres del Batallón Florida al mando del mismísimo general Goyo Suárez, para comenzar a disparar como endemoniados sobre la Jefatura de Policía.

Algunos de los tiradores, ubicados en las alturas de un caserón de dos pisos en la esquina de la calle Comercio, al ver las cabezas descubiertas de los defensores sobre la azotea, levantaron las miras de sus carabinas, apuntaron y tiraron: doce, veinte, cuarenta y dos hombres, hasta ser todos una misma y sola intención. Las balas comenzaron a morder rabiosamente los revoques de la cornisa y tras una poderosa y progresiva intensificación del fuego, encontraron al fin lo que querían encontrar.

Apretando los dientes, Martín Zamora se echó rápidamente abajo y observó que sus cuatro compañeros, incluyendo al que había hablado sobre los perros que trabajan, caían hacia atrás violentamente desfigurados y sin haber alcanzado a apretar sus gatillos. Murieron al mismo instante, con las cabezas destrozadas como un revoltijo de zapallos rojos, tal como si los cuatro se hubiesen enfrentado a un pelotón de fusilamiento improvisado frente a una feria de hortalizas.

Sospechando que él no había sido visto por los tiradores, Martín Zamora se arrastró rápidamente hasta la escalera y gritó hacia abajo que precisaba, urgente, a otros cuatro hombres.

Cinco soldados uniformados treparon por la escalera de ladrillos y de inmediato sustituyeron a los muertos. El quinto se lanzó de barriga muy cerca de Martín Zamora y lo quedó mirando con sus ojos negros muy abiertos, como si esperase que le dijese en qué instante no era riesgoso levantarse para empezar a tirar. A menos de un metro de altura por encima de ellos, los plomazos zumbaban, llovían, repicaban, horadaban los ladrillos y hasta caían a su lado inertes, calientes como el granizo de un planeta extraño.

Martín Zamora miró entonces al soldado echado a su lado para invitarlo a levantarse juntos, cuando reparó con asombro en que se trataba de una jovencita que no sobrepasaba los veinte años. Era Mercedes, la hija de Leticia Orozco; Mercedes, la misma a la que había ayudado a trasladar medicamentos de la botica hacia el hospital del doctor Mongrell.

– ¿Qué haces aquí, mujer? -dijo con enojo, extendiendo la mano y apretando la cabeza de ella sobre la superficie caliente de la azotea.

– ¿Y usted? ¿Qué hace echado en el suelo mientras ellos tiran?

Entonces, Martín Zamora la soltó. En ese momento, emergiendo tranquilamente por el hueco de la escalera, el comandante Pedro Ribero apareció en la azotea con el revólver en la mano, diciendo disparates sobre la madre de Venancio Flores. Sin cubrirse ni alejarse, vistiendo su camisa blanca inmaculada, anduvo temerariamente de aquí para allá a lo largo de la azotea, observando los puntos de donde venían los tiros y señalándoles luego a sus hombres los lugares.

– ¡ La ventana verde! ¡Tiren todos a la ventana verde!

Todos sabían que la casa ocupada por el enemigo sobre la que había que tirar por orden del comandante Ribero era la de su propia familia, la de su padre Orlando Ribero, su madre Isabel y su hermana Dolores Francia, todos brasileños de origen, radicados en Paysandú desde siempre.

Y por una de las ventanas verdes se vio saltar hacia la calle a un hombre moreno, fornido y furibundo, que señalaba a Pedro Ribero sobre los techos y ordenaba a los alaridos a los hombres a su cargo:

– ¡Tiren al de blanco, carajo! ¡Bajen al de blanco!

Entonces Martín Zamora asomó la cabeza, apuntó con tranquilidad a la base del cuello y lo convirtió en su primer muerto.


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Los hombres del Batallón Defensores se congregaron en columna cerrada en el centro de la plaza de Constitución, tirando al azar hacia la humareda de las bocacalles, mientras algunos oficiales con las rodillas flexionadas como si estuviesen soportando pesadas bolsas de harina sobre sus espaldas, buscaban desde sus miradas sombrías algún punto definido hacia donde ordenar el tiroteo. De pronto, de arriba hacia abajo se abrió una terrorífica brecha azul en la cortina de humo sucio y en un instante una sola bala de cañón convirtió un grupo de once hombres del batallón en un montón informe y sin vida, mientras el resto afortunado corría en desorden a cobijarse dentro de la iglesia.

Al mismo tiempo, otra bala hizo saltar en pedazos la garita situada en la puerta del cuartel de Guardias ¡Nacionales. Y cuando todos creían que el centinela resguardado allí había sido aplastado por el cañonazo, se le vio emerger tiznado en medio de la polvareda, dejar el fusil apoyado en la pared del cuartel y con los brazos en alto gritaba con euforia desatada, mientras miraba a uno y otro lado con la desorientación errática de un ciego reciente:

– ¡Estoy vivo, carajo, estoy vivo!

Pocos minutos después, una bala de grueso calibre disparada por una de las cañoneras del río perforó violentamente las dos gruesas paredes del Baluarte de la Ley, como si se tratase de una horma de queso.

Sorprendido, el coronel Gómez sintió que el piso temblaba bajo sus botas y observó que allá abajo muchos de sus hombres señalaban alarmados hacia el boquete, pues al instante comprendieron que si el cañonazo hubiese dado unas pulgadas más abajo, las municiones se habrían incendiado y el torreón habría volado por los aires con Estado Mayor incluido, ofreciendo un espectáculo memorable para los artilleros de las fuerzas del río.

– Es imposible que no haya una segunda bala… -dijo el Coronel, mientras bajaba trotando por la explanada, como empujado por una fuerza invisible hacia el lugar de los daños.

Cuando observó el ominoso boquerón en el muro, el coronel Gómez se volvió al capitán Alarcón y le ordenó que identificara un lugar seguro en las cercanías para trasladar las municiones.

– Es imposible que no haya una segunda bala… -volvió a repetir el Coronel mientras volvía a trepar por la explanada. Cuando llegó arriba vio que el comandante Braga resoplaba y recargaba su fusil, mientras el mayor Larravide bajaba y subía el catalejo observando en dirección al puerto, moviendo a un lado y a otro su cabeza como si algo en todo aquello le resultase increíble.

– Se vienen, mi coronel… -dijo mientras le pasaba el catalejo-. Pero por lo que veo, les va a ir como la mierda, porque aquí hay algo raro…

El jefe del Detall no se equivocaba. A lo lejos, unos cincuenta hombres avanzaban por el camino del puerto con la intención de desembocar directamente en la calle Real y se acercaban peligrosamente hacia el cantón defendido por los veinte hombres del comandante Silvestre Hernández, hasta entonces empeñados en espaciar sus tiros sobre las elevaciones de Bella Vista.

De repente, al ver que ninguno de los defensores de aquel punto disparaba contra la columna que en pocos minutos cruzaría frente a ellos en dirección al Centro, el coronel Gómez cayó en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. Se dirigió a Braga y le pasó el catalejo:

– ¡Mire y dígame qué ve, comandante!

Braga miró en aquella dirección y lo que vio lo dejó estupefacto: aquellos hombres llevaban el uniforme de la compañía del Primer Batallón de Cazadores y guardaban todo el aspecto de retornar vivos de una incursión contra las filas brasileñas. Sin embargo, quien iba al frente no era el comandante que todos conocían, el joven capitán Adolfo Areta, sino uno de los oficiales del general colorado Gregorio Suárez.

– ¡Parecen Cazadores, comandante! Pero… los nuestros no se han movido de la defensa…

– Exactamente. Se vienen disfrazados y han engañado a Silvestre Hernández… -confirmó el coronel Gómez, mientras se volvía a Larravide-. Mayor monte a caballo y avísele de qué se trata…

– ¡Ya mismo, coronel! -y mientras bajaba rápidamente por el terraplén fusil en mano hacia la enramada de los caballos, el mayor Larravide se burlaba del general Goyo Suárez y sus hombres disfrazados:

– ¡Pero a quién vas a joder que sos mujer con la bragueta pa' atrás…!


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Con los fusiles listos, los cincuenta soldados presididos por un mayor y un capitán avanzaban con paso rápido y resuelto por el camino del puerto. Luego tomaron por la calle Real en dirección a la plaza de la Constitución y al aproximarse al primer cantón, el comandante Silvestre Hernández, apostado en la ventana alta de un altillo, reconoció el uniforme de los Cazadores y se quedó observándolos con curiosidad.

Cuando faltaban apenas unos cien metros para que desfilaran bajo sus ojos, el mayor Larravide apareció al galope por la calle lateral y haciendo sentar el caballo antes de la esquina, echó pie a tierra y no demoró en llegar al lado de Silvestre Hernández, un hombre alto y con aspecto de garza, que vigilaba la calle con el fusil apoyado en el pretil de la ventana.

– ¡Comandante, abra fuego contra la fuerza que está entrando!

– ¿Cómo dice? Son de los nuestros, mayor…

– Es una trampa, son hombres de Goyo Suárez. Ningún cazador del capitán Areta ha salido de la plaza.

– ¡Hijo de perra!

Entre avergonzado y enfurecido, Silvestre Hernández sacó una pierna por la ventana, después la otra y sin dudarlo saltó con el fusil en la mano los tres metros que lo separaban del suelo. De pie sobre la vereda, era realmente una garza.

Con rapidez, pero sin dar muestras de alarma general, entre él y Larravide distribuyeron a los hombres por el cantón, de manera que pudiesen dirigir una balacera frontal sobre el batallón que se aproximaba con las armas preparadas.

Con los fusiles apoyados en las aspilleras, los defensores de la calle Real esperaron a que los falsos cazadores estuvieran casi sobre ellos.

El rostro del hombre garza relumbraba en sus propias aguas y las gotas de sudor caían una tras otra sobre el martillo del fusil. Estaba enfurecido.

– Carajo, los estragos que hubieran hecho esos payasos… -dijo.

Sin mirar a Silvestre Hernández, pero adivinándolo cocinado igual que él a un par de pasos a su izquierda, el mayor Larravide trazó una raya imaginaria treinta metros adelante y apenas la primera línea de soldados colorados la pisaron sin saberlo, dio la orden que todos esperaban:

– ¡Fuego!

La descarga impactó en rojo y de frente sobre pechos, piernas y cabezas. La mitad de los hombres del batallón cayó como un grupo de muñecos de trapo, mientras el resto se desbandaba a la carrera hacia las últimas bocacalles, dejando atrás a su capitán malherido, un hombre moreno y de calva relumbrante como un espejo oval, que se arrastraba penosamente sobre sus brazos con la evidente intención de llegar a la esquina.

Uno de los hombres de Hernández saltó hacia la calle, alcanzó al oficial y en un principio, por el apronte que se le vio hacer, pareció que le iba a disparar en la espalda. Sin embargo, antes de que el infeliz voltease la cabeza para mirarlo, optó por ahorrar la bala, invirtió el fusil y descargó sobre su cráneo brillante un culatazo que le desbarató los días siguientes de su vida.

El hombre garza se irguió, se quitó el sudor de los ojos y dio la orden de despojar a los muertos y heridos de armas y municiones y llevarlas de inmediato a los puestos de las trincheras.

Cuando el mayor Larravide montó a caballo para volver al baluarte de la plaza, aquel asunto lamentable había terminado.


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A las once de la mañana, agobiado por el calor que le empapaba la cara y el cuello, el coronel Leandro Gómez se quitó la chaqueta y el quepi, dejó las prendas a un lado y desde la altura recorrió cuidadosamente el perímetro de la plaza asediada por las descargas. En el centro la estatua de la Libertad aparecía y desaparecía desdibujada por el humo y entre los nubarrones ceniza de las andanadas, podía ver al coronel Lucas Píriz aullando órdenes de un extremo a otro de la línea de fuego.

– No entiendo… -admitió el Coronel mirando al comandante Raña, desconcertado por la revelación -. El ataque de Flores es descabellado…

– Si siguen así, se hará el milagro. Podremos resistir hasta que llegue el general Sáa -dijo Raña observando que los sitiadores caían unos sobre otros, torpemente, en cada intento.

Si se observaban los ataques con detenimiento, resultaba evidente que para avanzar por las líneas norte y oeste de la ciudad, los altos mandos del enemigo no habían previsto detener el fuego de su artillería de tierra ni tampoco el bombardeo de la escuadra del río y lo que parecía peor aun, atacaban sin tener idea de la disposición y naturaleza de las defensas, sin cargar con tablones o escaleras para echar sobre los fosos y cruzarlos, sin escalas para subir las trincheras ni otros útiles y materiales indispensables para emprender un asalto y tomar una plaza.

En columnas cerradas se metían en todas las calles de la población, pero no demoraban en ser barridos por los fuegos de artillería o por la fusilería de los francotiradores que aparecían en los sitios más inesperados, pues para moverse con rapidez y a cubierto a través de manzanas enteras, habían tenido el ingenio de abrir boquetes y portillos en las casas y en los muros de la vecindad. Por otra parte, la mayoría de los gigantescos proyectiles de la escuadra de Tamandaré parecían dirigidos por artilleros tuertos, pues unos pasaban demasiado altos y otros no llegaban a las trincheras, causando estragos irreparables en las mismas filas de los asaltantes.

– No puede ser más desventajosa la situación del enemigo -comentó el coronel Gómez encaminándose de pronto explanada abajo-. Comandante Raña, hágase cargo. Iré yo mismo a ordenar que nuestros hombres reduzcan los tiros a la mitad…

Cuando llegó a la enramada de la esquina sur d^ la plaza donde estaba su caballo, el Coronel observó que a unos cinco metros de distancia el capitán Clavero hacía fuego con su carroñada, con tanta mala suerte, que al primer tiro el cañón se desmontó violentamente y de paso dejó fuera de combate a dos de sus artilleros.

Antes de emprender el galope, el coronel Gómez se detuvo frente al cuadro desolador y tratando de arrancar de su estupor al oficial humillado, le dijo con el tono de una comprobación trivia

– Capitán, usted ya no es más artillero. Ahora es infante. Ocupe con los seis soldados que le quedan la tronera de la trinchera y empiece la batalla otra vez…


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La columna de infantería brasileña, recién desembarcada en el río, avanzaba confiada y soberbia con tres banderas imperiales desplegadas, una banda de músicos negros a la vanguardia y las armas terciadas a discreción. Marchaban directo a la plaza por la calle del norte y hacia la esquina del caserón de la viuda de Paredes, una mujer perturbada, enérgica como tres hombres, dulce como una abeja y negada a la guerra desde el primer día. Y mientras ella preparaba pacientemente en la cocina una gigantesca olla de puchero de carne, papas, zapallos y cebollas para la tropa como si se tratase de un mediodía cualquiera de un diciembre cualquiera, dos artilleros apostados frente a la puerta de su casa enfilaban cuidadosamente el cañón de a seis para descargarlo en fuego oblicuo cuando llegase el instante. Sobre ellos, a tres metros de altura y en el mismo ángulo de tiro, otros cincuenta hombres ocultos en las troneras del caserón de la viuda esperaban a los infantes del Brasil.

Agobiada por una sucesión de defensas disimuladas, aquella columna imperial recibiría el fuego graneado de la primera trinchera, el fuego oblicuo desde las troneras de la viuda y el fuego del Cuartel de Artillería y de la iglesia en construcción, donde se había situado la mayor parte del Batallón Defensores.

Cada pocos segundos, con la espada desnuda en una mano y las riendas tirantes en la otra, el coronel Leandro Gómez mantenía su caballo en tensión a fuerza de talones de bota, haciendo que una y otra vez el animal asomase y se ocultase, retrocediendo y apareciendo medio cuerpo afuera sobre la esquina del caserón.

A sabiendas de lo difícil que resultaba contener los nervios y la furia de su gente, el Coronel insistía con firmeza en que nadie disparase un solo tiro hasta que no se escuchara el primer estampido de la pieza de a seis, cargada de metralla hasta la boca y enfilada como una cuña hacia el centro de la tropa enemiga.

Dispuestos en un gran semicírculo embozado entre boquetes, troneras y trincheras, trescientos hombres con los fusiles apuntando a los pechos de los imperiales, aguardaban con incontenible ansiedad la señal del cañón y muchos de ellos se quejaban en voz baja de aquella eternidad asolada por el ritmo escandaloso y festivo de los músicos africanos.

“¡Cuánto tarda ese maldito cañón! ¡Cuánto tarda!”, se quejaban sobándose las muñecas o los pescuezos enrojecidos.

Sin embargo, el coronel Gómez tardó lo que se le antojó que debía tardar.

Esperó hasta darse el gusto de ensayar una mueca de aprobación, cuando vio que los brasileños ingresaban alegremente a la cuadra de la trinchera como si se tratase de la mismísima gloria, hasta quedar a los pocos pasos bajo todas las miras ocultas en el perímetro dispuesto.

Entonces sí, girándose bruscamente sobre la montura, el Coronel gritó muy bien gritado por encima de aquella música metálica y ríspida, una palabra caliente y sola, de garganta lacerada por otros gritos idénticos del día:

– ¡Fuego!

Al instante se escuchó el cañonazo convenido. Y tras él, los fusiles estallaron en una descarga furiosa, trescientas fumarolas individuales que empujaban el aire hacia adelante, hasta fusionarse en una sola nube densa que ahogó a los músicos negros que caían enredados entre los trombones, los redoblantes y los clarinetes en un triste estruendo de armas inútiles, mientras la interminable balacera pasaba a través de los virtuosos para llegar de lleno hasta el grueso de sus compañeros de infortunio.

Repentinamente se detuvieron los fusiles y por 10 de esos extraños artificios de la gigantesca batalla se desplegaba en los alrededores, se hizo el silencio. Un absoluto silencio de varios segundos, un tiempo callado en el que solo se escucharon las últimas toses decrecientes de los agónicos y en el que algunos aseguraron que el Coronel miró fastidiado hacia abajo, reprobando el bordoneo fastidioso de un tábano que insistía sobre el pecho de su caballo herido.

Cuando se disipó el humo, el tortuoso tendal de cadáveres brasileños obstaculizaba los ojos de los defensores en temible premonición de podredumbre.

Mientras unos pocos sobrevivientes se perdían hacia el bajo por donde habían llegado, arrastrando sobre la tierra seca y revuelta la única bandera que había quedado intacta.

De pronto, detrás del cañón recalentado, la puerta del caserón se abrió de par en par y la morisca viuda de Paredes, ni encorvada ni triste, apareció bajo el acribillado marco de madera con un cucharón que chorreaba caldo caliente de puchero en su mano derecha.

– ¡A comer, hijos, que la comida está lista! -gritó hacia la calle, hacia el centenar de hombres que la miraban con la boca abierta.

En ese instante, el coronel Lucas Píriz, con la cabeza vendada en rojo y las ropas cubiertas de polvo y cal, apareció a caballo pidiendo a gritos el auxilio del cañón para las trincheras del oeste, pero se detuvo estupefacto al reparar en la figura de aquella mujer negada a admitir la guerra.

– Señora, le ruego que vuelva a la cocina y cierre esa puerta antes de que los brasileños le coman el puchero…

La mujer le tendió el cucharón para que repusiera fuerzas con el caldo.

– Lucas, los brasileños acaban de almorzar… -dijo ella, con la misma claridad y la misma ternura de los días en que era muy joven y todavía tenía hombre a su lado.


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A las cinco de la tarde el fuego era tan general en toda la línea, que nadie era capaz de adivinar dónde terminaba su furia y dónde comenzaba la del solazo ensartenado sobre el cielo azul de diciembre. Las potentes bombas de la artillería de Tamandaré se aproximaban gorgoteando sobre los techos, con una tensa trayectoria rasante, hasta reventar con un estruendo verdaderamente espantoso.

Para entonces, el general Venancio Flores ya había empleado cuatro mil quinientos hombres y dos mil bombas en todos los ataques a lo largo del día. No obstante, al comprobar que los enemigos eran rechazados una y otra vez en cada intento de atravesar las líneas, el entusiasmo de la guarnición era tan inmenso e indescriptible, que en medio del estruendo de la pelea se oían los vivas que los Guardias Nacionales daban a la independencia, al gobierno o a sus jefes inmediatos. Se arriesgaban disparando de pie y a pecho descubierto, gritando como desaforados que allí no existía ningún cobarde, que todo el mundo estaba en su puesto de honor, mientras los jefes superiores se veían obligados a recorrer la línea al galope y contener a gritos a los que aseguraban que había llegado la hora de lanzarse fuera de las trincheras.

En el centro de la plaza, un proyectil de la escuadrilla brasileña hizo saltar en pedazos el monumento a la Libertad levantado sobre una pequeña pirámide de piedra.

Al ver volar los fragmentos de la estatua, el capitán Hermenegildo Alarcón se paró detrás de un montículo de escombros frente a la escalinata carcomida de la iglesia y dio un grito desmesurado de alarma dirigido al coronel Leandro Gómez, tal como si hubiese sido testigo del hecho más grave del día:

– ¡Coronel, los brasileños mataron la Libertad!

– No se preocupe… -gritó el coronel Gómez-. Vaya y ordene a los comandantes de cantones, que apenas pase el fuego, recojan todas las balas brasileñas que encuentren. Haremos una nueva pirámide con las balas enemigas.

Al escucharlo, el capitán Hermógenes Masanti, apostado a pocos metros, fuese por la liviandad de los nervios o por el sol cayendo a plomo sobre su cabeza, se rió con ganas, como si se tratase de una broma divertidísima; admiraba las mil y una mañas del Coronel para tranquilizar a su gente. En alguna ocasión le había escuchado decir que los símbolos rotos dañan seriamente la esperanza y el ánimo de los guerreros y por lo que sabía -”ustedes traen mala suerte”, le había dicho al andaluz Martín Zamora-, el capitán Hermenegildo Alarcón era un maldito supersticioso.


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Nada más terrible que un ejército a pie. A las seis de la tarde, apenas cuarenta caballos vagaban en las inmediaciones de la plaza, arrastrando las riendas o los restos desoladores del apero enredado en las patas, las colas levantadas en escuadra, las orejas en lanzas y relinchando terror frente a las yeguas muertas. Cuarenta caballos, entre ellos el tordillo del coronel Leandro Gómez, para seiscientos hombres. El resto muerto o fugado en medio del fuego y las bombas, persiguiendo espacios, buscando el silencio acogedor del campo abierto, muy lejos.

Una extraña bruja negra llamada Severia, inquietante, flaca y fibrosa, que observaba la bella y despavorida disparada de los caballos desde el socavón de una hojalatería, juntó las manos en gesto de oración y mientras los miraba saltar zanjas, trincheras, arrancar chispas de pedrejones en las calles, arrobada, musitó:

– Oh, qué lindos que son. No se vayan, por favor…


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Al caer la oración el fuego disminuyó y las columnas de asalto, aturdidas por la agresividad de la resistencia y la visión fantasmal de los seiscientos muertos que apenas unas horas atrás estaban vivos, comenzaron a retirarse en desorden hacia sus campamentos, dejando detrás una inquietante estela de desamparo.

Sólo se escuchaba el bombardeo cada vez más esporádico de la escuadra del río, cuando sentado frente a la mesa de su camarote con una servilleta de seda alrededor del cuello y alumbrado por un candelabro de cuatro cirios, el Barón de Tamandaré ordenó que detuviesen los cañones de todos sus barcos, porque le gustaría disfrutar del tiempo de la cena en medio de un silencio perfecto.

A la misma hora, extenuados por la fatiga, los hombres de la defensa comenzaron a aflojar sus manos y a soltar uno tras otro las armas a su lado, hasta que terminaron por echarse o dejarse caer sentados en los cráteres de las bombas o entre los recovecos de los escombros, y tras fumar un cigarro tembloroso por la inestabilidad del pulso, se sumían de pronto en un sueño agitado del que solo los centinelas que montaban guardia podían removerlos.

Desde la cima del Baluarte de la Ley, el comandante Juan Braga, con su rostro estropeado por los cascotes del parapeto, le comentó al capitán Masanti que los últimos tiros que se escuchaban, parecían provenir de una pequeña fuerza del Batallón Florida que en las últimas horas de la tarde, se había apoderado de la casa vacía de don Atanasio Ribero y también de la contigua, frente al edificio de la Jefatura bombardeada y calle por medio.

Allí, sobre los techos, aún permanecía parapetado Martín Zamora con los brazos adormecidos de tanto matar.


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La ciudad presentaba el aspecto lúgubre e irreal de un mundo calcinado en donde solo tenían cabida algunos vivos entre centenares de muertos provocados por una lluvia continua de dos mil bombas diarias.

Las miradas de los hombres, secas y sin brillo, se daban a cada paso con el cuadro de las ruinas humeantes, las casas cribadas por los balazos, las puertas hechas pedazos, los zaguanes azulejados violados por la metralla, las rejas de las ventanas retorcidas o colgantes y las calles hoyadas por los rebotes de las balas de cañón o las explosiones de las bombas.

Frente a la iglesia, dentro del cráter abierto por un solo proyectil, cinco muertos yacían con las cabezas hacia el centro, mientras a su alrededor cuatro muchachos heridos observaban la escena sin repugnancia ni inquietud, fascinados quietamente y por primera vez con los despojos irreconocibles de la especie humillada.

Mientras el coronel Leandro Gómez cruzaba la plaza en dirección a la Comandancia sorteando escombros y jirones de caballos mutilados, los oficiales que pasaban lista entre su gente se aproximaban cada poco para enterarlo de que el coronel Raña tenía el vientre destrozado, que eran veintidós los muertos identificados, que ciento trece de sus hombres habían quedado fuera de combate, que dos carronadas se habían desmontado, que la hacienda para el consumo de las tropas había sido arrasada por las balas y que los animales sobrevivientes a la matanza habían huido despavoridos buscando la paz de los campos, por lo que ya no habría más carne fresca para la guarnición.

– No se asuste, coronel… Ellos tienen un desastre peor para contar -quiso alentar Juan Braga, mientras señalaba a los defensores ocupados en recoger el armamento abandonado por los invasores, los correajes de infantería barnizados de blanco y marcados con el escudo de las armas imperiales, los instrumentos de música de los negros marinos y un importante número de cajones de municiones rotulados en portugués.

– No me asusto, la vida sigue. Así que ordene el entierro de todos los muertos que puedan antes del amanecer -dijo el Coronel, distraído, observando que entre los hombres ocupados en recoger pertrechos perdidos, deambulaba un músico llamado Pascual Bailón aferrado a una guitarra quemada, un hombre de andar errático y aún con fuerzas para unas coplas tortuosas que hacía sonreír a los más entristecidos:


En Paysandú a un brasileño

ahorcaban por delincuente

y decía su mujer

y decía su mujer:

Nao tenha pena Vicente,

semos a seis de diciembre

e ainda podría ser

e ainda podría ser

que la soga se reviente…


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8 de diciembre

Faltando poco para las cuatro de la madrugada del ocho de diciembre, Mercedes, la menor de las hijas de Leticia Orozco, subió a la azotea de la Jefatura para llevar un jarro de café a Martín Zamora y lo sorprendió hablando solo en una de las troneras, mientras su vista sobrevolaba lo que podía verse de los alrededores, deteniéndose en los hombres ocupados en enterrar a los muertos o en los últimos aprontes para asaltar la casa de la familia Ribero ocupada por algunos individuos del Batallón Florida del ejército de Venancio Flores.

– ¿Tienes hambre?

Él negó con la cabeza y miró con atención a la muchacha que le extendía el jarro de café. Se entretuvo un instante en observar su brazo delgado en la penumbra y pensó que se trataba del primer gesto bondadoso, explícitamente fraterno, manado de las entrañas de un día entero de guerra. Entonces aceptó el jarro que ella le ofrecía y en el paso de una mano a otra percibió la piel áspera y seca de sus pequeños dedos. Ella también había tirado y matado a lo largo de la última tarde, pero no le hizo comentarios al respecto.

Mientras sorbía el café poco a poco, ella se sentó muy próxima a él, con la misma confianza de quien resucitado a su lado por lo menos tres veces en el día, y de pronto, sin reparos, le preguntó a quién, dentro de su mente, le había estado hablando en la oscuridad.

Él sonrió, dando a entender que no había por qué temer, que todavía no lo habían enloquecido las balas.

– Sólo estaba pensando y hablé antes de saberlo. El sueño no se lleva bien con la guerra…

– Es un milagro que estés vivo… -dijo ella.

Y luego de un silencio, volteando su cabeza hacia los ocho cadáveres alineados al otro extremo de la azotea y que aún esperaban por la paz del sepulcro, agregó:

– Mientras estaba en la cocina preparando café, el comandante Ribero habló de ti. Le dijo a Aberasturi que los andaluces tienen un ángel que los protege de la muerte. Dijo que los brasileros te perdonaron la vida, que Hermógenes Masanti te libró de ser fusilado, que dos veces fueron sustituidos los defensores de la azotea y en las dos veces el único sobreviviente has sido tú. Dijo que…

– Patrañas, puras patrañas… -se fastidió él, pensando que también se había salvado de Jeremías el Corto en los muelles de Algeciras, pero aun así lo había perdido todo.

– ¿Qué dices?

– Que me da en los cojones eso del ángel. ¿Y qué pasa contigo? ¿Se ha olvidado el comandante Ribero de tu ángel? Pues el día entero te has pegado a mis pantalones y has tirado como ningún hombre. Ya lo veis… -dijo señalando a los mismos muertos.

Ella permaneció callada y él, en un breve gesto abarcador, trató de penetrar la noche al otro lado de la calle. Los asaltantes que se habían apoderado de la casa de la familia Ribero aún permanecían allí y nadie comprendía por qué no la habían abandonado.

– Deberíamos bajar y aprontarnos para el ataque… Aunque me vendría bien una cama -bostezó Martín Zamora, extendiéndole el jarro vacío y poniéndose de pie. Le dolían los huesos de los golpes violentos que se había dado contra el suelo y el muro apartándose de la balacera continua.

– ¿Tienes cama allá en tu tierra?

– Sí que tengo… -contestó él muy tranquilo sin que la pregunta le pareciese una tontería. Recordaba un camastro de madera tallada por el viejo Crispín Zamora, su padre, una cama despareja, noble, creada expresamente para su nacimiento y demasiado corta a los trece años, aunque él jamás la abandonó por más que a los veinte se veía obligado a dormir plegado, dejando las rodillas huesudas hacia el abismo-. Me la haces recordar, mujer. Y era bellísima, una cama en la que uno podía meterse en una calma jubilosa…

– Entonces tienes familia allá en tu tierra…

Desde su imprudente altura, estirado largamente sobre las troneras del techo, Martín Zamora se quedó mirando aquellos ojos de eterna noche azul y con la invariable expresión de estar dando la bienvenida a alguien invisible. Y negó con su cabeza. Dos veces lo hizo.

– No creo. Ni en aquella tierra ni en esta tierra… -dijo mientras bajaba la escalera de ladrillos.

Cuando entraron al patio de la Jefatura se encontraron de buenas a primeras con un caballo tordillo de gran alzada, herido de lado a lado en los encuentros con una bayoneta y rodeado de cuatro hombres empeñados en coser el extenso tajo.

– Es el caballo del coronel Gómez y él no sabe todavía que está vivo… -explicó ella.

Martín Zamora se sobresaltó. Al otro lado del patio, entre los escombros, veía la mitad de una pared de la que colgaba el marco de una reja retorcida y más allá el descampado que no debería verse, pues allí debía haber otra pared. El calabozo no había sobrevivido a las bombas de la tarde.

– ¡Por Dios! ¿Sabes tu qué le ocurrió al inglés Harris?

– Es posible que esté bajo los escombros o que se haya pasado al enemigo, vaya a saber…

– No creo que sea tan cabrón…

– ¿Es cierto que era un espía de Mitre?

– Lo enviaron a eso, pero no por vocación de espía sino por castigo a sus malandanzas en Buenos Aires. Sin embargo, en las mazmorras se conoce a la gente y a mi juicio era un buen hombre con épocas de honor… pero con mala suerte.

– ¿Como tú? ¿Es cierto eso de que eras un cazador de negros?

– Mira, niña, en la casa de mi juventud nadie creía en los esclavos, ni mi padre ni mis hermanos ni yo mismo. Pero la imprudencia me llevó adonde no quería ir y me obligó a compartir las maldades de otros hombres. He visto mucho dolor, niña. Y tengo el presentimiento de que lo seguiré viendo, por lo que harías bien en ponerte a buen resguardo en la isla del río.

– ¿Piensas que haría eso? -saltó ella excitada por la molestia -. ¿Me ves capaz de sentarme en la orilla de enfrente y bordar rococó mientras arde mi pueblo bajo el azul de diciembre? ¿Lo crees?

Él sonrió desprovisto de resistencia, mientras la miraba descaradamente de arriba abajo.

– No, niña… No lo creo -dijo.


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Mientras se quitaba las botas para descansar los pies enrojecidos en una palangana de agua fría, el comandante Pedro Ribero, con su camisa blanca hecha jirones, le comentó al capitán Adolfo Areta que la casa ocupada por el enemigo era una costosa fanfarronada y que la acción no tenía otro objetivo que el de amedrentar a los sitiados y facilitar la vuelta del grueso del ejército apenas se hiciera la luz del amanecer. De modo que contaban apenas con media hora para hacerlos retroceder.

Los responsables de desalojarlos serían los hombres del batallón Defensores y algunos Cazadores del capitán Areta, un muchacho realmente temerario pero con la extraña debilidad de no soportar la visión de los ojos abiertos de los muertos así fuesen del enemigo, pues afirmaba que no había nada más temible para un hombre que sentirse indefenso en medio de una pesadilla.

Cuando vio que el joven capitán terminaba de pasarse un paño mojado por el cuello sudoroso y tiznado para marcharse, Martín Zamora se apresuró a terminar su plato de polenta, lo dejó a un costado de la mesada de la cocina y se lo agradeció en voz baja a Mercedes que aún lo observaba con la expresión de quien todavía tiene preguntas por hacer.

– ¿Volverás a la azotea? -preguntó ella en voz baja viendo que tomaba el fusil recostado a la pared.

– No, niña. Esta vez me encargaré de la casa de frente…

Cuando ya iba a trasponer la puerta, la muchacha se le aproximó enojada y con los dientes apretados le prensó el brazo del fusil con sus deditos firmes como garras.

– Vamos, Zamora… Déjate de joder con llamarme niña a cada paso. Mi nombre es Mercedes y es nombre de mujer, ¿me oyes?

– Vale… Promesa que al volver, te llamaré Mercedes.


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En la oscuridad de la madrugada y sin ser vistos por nadie, entre dos hermanos de apellido Warnes y Martín Zamora, lograron llevar el cañón de a ocho hasta el interior de la casa vecina a la Jefatura. Entraron por los fondos, atravesaron las habitaciones de paredes desoladas de las que aún colgaban algunos retratos de viejos patriarcas perdidos y entre los tres lograron colocarlo convenientemente dentro del zaguán. Lo ubicaron delante de un gigantesco cristalero cargado de copas y platos de porcelana y detrás de las dos hojas cerradas de la puerta de calle.

Mientras uno de los artilleros acondicionaba el portamechas para dispararlo, Martín Zamora abrió la mirilla de la puerta y miró afuera con precaución, la suficiente como para asegurarse de que habían apostado el cañón casi en línea recta frente a la entrada de la casa ocupada al otro lado de la calle.

En voz baja, mientras calzaba la bayoneta al fusil, pidió a los Warnes que le diesen un par de minutos para rodear la casa y sumarse a los hombres del capitán Areta que esperaban en la esquina. Los dos hermanos apenas podían con la excitación. Hicieron sus gestos de asentimiento, uno detrás del cañón, el otro detrás de la puerta. Zamora desapareció y poco después, agazapado junto a otros seis cazadores, ya estaba recostado a la pared esquinera de la casa a la espera de que se procediera a la señal convenida.

Al otro lado de la calle, la casa umbrosa de don Maximiano Ribero y padre de todos los Ribero, no denotaba la menor intranquilidad. En realidad era un caserón tan grande y estratégico que si lo dejaban en poder de los sitiadores, lo convertirían en cuartelillo en pocas horas si es que no lo habían hecho ya, pues compuesto de dos cuerpos contaba con un almacén, dos galpones con cocheras, caballerizas al fondo y las mismas habitaciones de la familia Ribero sobre la calle 8 de Octubre.

Al fin, la puerta se abrió abruptamente de par en par y el cañón oculto en aquella otrora penumbra preambular de un hogar apacible rompió el fuego, trepidó violentamente la construcción entera y la mampostería de yeso del techo se derrumbó sobre el cristalero, haciéndolo estallar como uno de esos últimos sueños de familia de ver a todos los tíos reunidos un domingo al mediodía.

La bala pulverizó la puerta de la casa ocupada, al mismo tiempo que los soldados del capitán Areta se lanzaban a la acera de enfrente, saltaban por las ventanas y llevaban el ataque a bayoneta hasta las mismas camas donde se habían echado a descansar los sitiadores.

Martín Zamora ingresó al interior del primer cuerpo de la vivienda por el hueco de la puerta volada, casi detrás de la bala del cañón, y su primera acción fue enterrar sin piedad la bayoneta en el pecho de un robusto y veterano capitán de cabellera blanca, sin tiempo a levantarse de la mesa donde reposaba su carabina y donde alguna vez, a la luz de un candelabro, habían transcurrido las serenas cenas de la familia Ribero.

La sorpresa fue comprobar que el muerto no había estado solo en la tarea de beberse el licor de la casa. A su lado, aferrado a la silla y paralizado por la terrorífica embestida, estaba el doctor Luca del Piero, el director de Il propagatore italiano, el histérico hostigador de la agonía de Hermes Nieves, el puntilloso abogadillo de mariposas en el habla a quien apenas tres días atrás los testimonios de Martín Zamora le corroían los nervios y que en algún momento de la última noche, debió suponer que para cambiar de vida le bastaba con cruzar la calle y asilarse en pocos días en la bohemia vacuna de Buenos Aires.

– ¡Quédate donde estás, maricón! -le gritó Zamora, mientras saltaba hacia la cocina de la casa y de ahí al patio de las cocheras. Y entonces, de buenas a primeras, se encontró frente a Raymond Harris atareado en amarrar de pies y manos sobre una pila de leña al guardia aindiado del calabozo, quejoso y herido en una pierna por un balazo del inglés.

– ¡Pero si es mi amigo Harris capturando a un traidor…! -gritó Martín Zamora con la alegría de quien encuentra a un sobrino perdido hace mucho tiempo, mientras arrastraba sin miramientos al desertor hasta la calle, justo en el momento en que el capitán Areta y cuatro hombres poseídos por el entusiasmo creciente de los cazadores que han realizado una captura inmensa, aceptaban la rendición de tres soldados del Batallón Florida, mientras que otros dos que se negaban furiosamente a someterse, caían muertos a bayonetazos al instante.

Antes de abandonar la casa, Martín Zamora volvió a la mesa del comedor donde yacía muerto el capitán colorado de cabellera blanca y se llevó su sable intacto y limpio como trofeo.

De inmediato apareció el comandante Pedro Ribero, apostó centinelas en el lugar y exploró a continuación la casa conquistada, desde el almacén hasta las caballerizas del fondo. Se hallaba abarrotada de armas, piezas de equipo y alimentos en abundancia, toda una evidencia de que los sitiadores habían elegido aquella casa como una avanzada estable para golpear el centro le la ciudad.

Una hora después del amanecer, mientras la guarnición se ocupaba en reparar con bolsas de lana y colchones los estragos causados en el Baluarte de la Ley y en los parapetos cercanos, los dos desertores tomados prisioneros en la casa de Ribero fueron conducidos unos veinte metros fuera de las defensas próximas a la Jefatura y sentados al rayo del sol con las manos atadas a la espalda en un par de sillas desvencijadas.

Frente a ellos, cinco hombres formados y con las piernas abiertas esperaban con los fusiles apuntando al suelo.

En un extremo de la trinchera, el capitán Areta observaba la escena con las cejas forzadas y los labios apretados, hasta que desenvainó la espada y la mantuvo en descanso recostada a su bota.

Unos metros atrás, Martín Zamora y Raymond Harris fumaban en silencio sin perder de vista las expresiones de los dos hombres sentados por última vez en medio de los mortales. Era una escena realmente triste.

– Toda una bendición… -murmuró el inglés en voz baja para sí y para Martín Zamora.

– ¿A qué se refiere, hombre?

– A que no seamos nosotros los que estemos en esas malditas sillas… ¿O no le parece una bendición?

Martín Zamora no dijo nada.

Enfundado en un ajustado traje negro que hacía resaltar su camisa amarilla y el fino lazo de terciopelo alrededor del cuello, el abogadillo del Piero mantenía una sonrisa confiada y decididamente estúpida, como si considerara que todo aquello era una farsa o que los hombres que tenía delante eran incapaces de un acto de inhumanidad para con él. A su lado, el carcelero aindiado, abrillantado de sudor, había inclinado la cabeza y bajado los párpados, tal como era su costumbre cuando montaba guardia en un día de tranquilidad.

Sin perder más tiempo, el capitán Areta subió y bajó su espada en dos movimientos perfectos y de inmediato sus hombres levantaron los fusiles, apuntaron a los pechos y dispararon en el preciso instante en que la escuadra del río reanudaba el feroz bombardeo sobre la ciudad, tal como si el Barón de Tamandaré hubiese pretendido evitar el fusilamiento.


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9 de diciembre

Justo al mediodía, repentinamente y sin ninguna explicación, los buques brasileños suspendieron el fuego de sus cañones, dejando que el humo desordenado y la quietud flotaran sobre la pequeña ciudad calcinada por el sol de diciembre.

Paysandú estaba en ruinas, pero había resistido.

– Es evidente que el gran bandido ha decidido almorzar en silencio… -dijo Raymond Harris recostado a la pared de la trinchera y sombreado por las hojas de una rama cortada de paraíso.

Tenía el fusil descansando sobre las rodillas, apenas tibio por la única bala disparada sobre un brasileño enloquecido que se lanzó al asalto a media mañana, tal vez con el ánimo imprudente de impulsar a sus camaradas a que lo siguiesen y terminar de una buena vez con aquel proyecto de destrucción que sus jefes, desde la umbrosa frescura de las carpas distantes, ordenaban sin experimentar ni por asomo los regustos del miedo y el hedor de los despojos.

Apoyando el fusil en el talud de la trinchera, el inglés centró la mira un palmo por encima del cinturón blanco, le permitió acercarse hasta que estuvo peligrosamente cerca y al final lo desplomó en plena corrida. El muchacho quedó tendido sobre la calle y a menos de un par de metros de su objetivo, con uno de esos balazos en el corazón que hacen que la gente quede tumbada en una postura que se parece mucho a la del sueño.

– Apenas un chaval… -se lamentó Martín Zamora, analizando el desconcierto que aun habitaba en aquellos ojos fijos y vencidos, suspendidos en algo que parecía tener muy cerca.

Raymond Harris se dejó caer al fondo de la zanja y recobró la rama de paraíso que lo protegía del sol con su entretejido de pequeñas hojas amargas. Uno de los hombres de Areta le ofreció un tabaco y él aceptó.

– Olvídese de la edad del enemigo… Usted mata un fusil, no un muchacho… -dijo el inglés levantando la cabeza hacia Martín Zamora, quien vigilaba arriba y continuaba observando, obsesionado, la juventud del muerto.

Aquella fue la única acción defensiva de la mañana, pues nadie, por orden del coronel Gómez, había disparado un solo tiro a partir del amanecer. Los sitiadores, a diferencia del día anterior, por escarmiento o por tardía perspicacia de los estrategas, se habían avivado y permanecido entre las construcciones más alejadas de la plaza de la Constitución, fuera del alcance de la fusilería de la defensa.

No obstante, las razones de aquel extraño alto el fuego no demoraron en darse a conocer. Una hora más tarde, mientras aprovechaba la situación para hacer una visita a los heridos del hospital de sangre, el Coronel Leandro Gómez recibió la imprevista visita de Fernand Olivier, el capitán de la fragata Décidée.

El oficial francés ingresó por la puerta principal de la vieja escuela pública y quedó petrificado, en completo silencio, ante aquella masa de despojos enrojecidos por las mutilaciones atroces, todos hacinados entre los hedores indescifrables que el cloroformo no lograba disolver.

Esperando a que se mostrara más recompuesto, el capitán Hermógenes Masanti se demoró mirando más allá de las últimas camas y al fin, cuando le escuchó decir sin brusquedad, con voz moderada y ronca, Mon Dieu!, invitó al recién llegado a que caminara hasta el otro extremo del pabellón, donde se había improvisado para el médico, las enfermeras y los implementos de farmacia y cirugía, un apartado con sábanas blancas que aún mantenían las iniciales bordadas de dueños recién casados.

Allí encontraron al coronel Gómez conversando con Vicente Mongrell, un médico valenciano con la costumbre de fumar sentado a horcajadas en las sillas, con su túnica salpicada de manchas carmesí y el vello de las muñecas adherido a la piel por los cascarones de sangre ajena. Visiblemente aturdido por aquella atmósfera de olores a medicinas nefastas, de quejidos incontrolados y de súplicas por seres queridos que jamás llegarían, el oficial francés le solicitó al Coronel un instante a solas para hablar.

Mientras apagaba el cigarro bajo su botín negro y opaco, el doctor Mongrell, desde su íntima e insondable fatiga, despidió con un gesto de aventar moscas al francés y le dijo con acritud:

– Cuando vuelva al río, capitán, dígale a ese mono del Amazonas que haría muy bien en ahorrarme este suplicio con un par de cañonazos más certeros…

El Coronel tomó al marino con levedad por el codo y lo condujo hasta el aire espeso y caldeado de la puerta de calle, donde esperaban el teniente coronel Belisario Estomba, el mayor Larravide y el general Lucas Píriz.

Sin perder más tiempo, sintiendo que regresaba al mundo de los vivos, el capitán Olivier les comunicó que la suspensión de hostilidades había sido arreglada por los jefes de los buques de guerra extranjeros a partir de aquella hora y por todo el día siguiente, a fin de que saliesen de la plaza todos aquellos que quieran hacerlo, incluyendo a los extranjeros.

– Si usted acepta, señor, se publicará por bando el convenio, con la prevención de que tendrán que hacerlo en veinticuatro horas. Además, nuestros buques se ofrecen a transportarlos a la provincia argentina de Entre Ríos… -dijo.

Mientras el Coronel meditaba la propuesta, Lucas Píriz le argumentó que había buenas razones para aceptarla: desde el riesgo innecesario que significaba el exponer a las mujeres y a los niños a los torrenciales bombardeos desde el río, hasta los peligros de pestes que provocaban los cuerpos en descomposición. Además, señaló con buen criterio, si el objetivo era resistir hasta que llegara el ejército del general Saa, la carne fresca se había terminado con el desbande de los animales y en adelante habría que racionar cuidadosamente a la guarnición con víveres secos y carne salada, de modo que, cuanto menos bocas hubiese para alimentar, mejor para todos.

El coronel Gómez asintió. Luego tendió su mano al capitán de la Décidée y le pidió que trasmitiera su agradecimiento a los oficiales extranjeros y que se prepararan para recibir a los refugiados.

El capitán Olivier rechazó agradecido el ofrecimiento de una escolta y dijo que prefería dejarse ir en soledad hasta el bote que lo esperaba en el puerto. Y mientras lo veían marcharse entre los escombros, al verlo de espaldas y enfundado en su llamativa casaca azul, sus pulcros pantalones blancos y su curioso sombrero panamá, más de uno pensó que el francés parecía la estampa del fin de un cuento infantil de los franceses.


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Durante la misa de despedida oficiada al atardecer entre los escombros de la iglesia, el teniente cura Juan Bautista Bellando se mostró sombrío y apocalíptico.

Apenas apagada la densa música del armonio maltrecho que acompañaba el pequeño coro de señoritas, el sacerdote espolvoreado de cal se adelantó un paso hacia los fieles y por unos instantes quedó sumido en un profundo y pasivo silencio. Luego levantó la cabeza con brusquedad y dijo que sabía, que tenía la convicción de que todos estaban dispuestos a morir con placer acompañando a los seres que amaban, pero que afortunadamente las leyes de la guerra no contemplaban la lucha de ancianos, mujeres y niños y que por ello las autoridades habían acordado que debían comenzar a abandonar Paysandú entre el anochecer y el alba. Que por tanto, los invitaba a orar por los que se quedaban, que el Señor vigilaría por los padres, los hijos y los hermanos en armas. Y que si Paysandú era vencida, en algún instante de la historia venidera, también sabría castigar con su furia divina el crimen cometido y se abriría para las almas de los defensores el camino hacia la sacrosanta paz, la promesa de la salvación y el premio de la vida eterna.

“Es todo. Que el Señor os acompañe…”, dijo el cura con la voz alterada no solo por la emoción, sino también por el miedo que lo llevaba a sudar profusamente bajo sus ropas sagradas y le adhería mechones de un color gris sucio a la frente, dándole un triste aspecto de romano en decadencia. Y tras bendecirlos a todos por última vez, dijo “amén”, y en medio de una indecisión de gestos mínimos desapareció entre los restos de la sacristía, sin que se tuviese noticias de é1 por algún tiempo.


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Mientras abandonaban el templo mordido por el bombardeo de los últimos días, muchas de las mujeres, agobiadas por la angustia y el miedo a lo que sobrevendría a continuación, comenzaron a estrechar en abrazos desgarrados a sus maridos, a sus padres, a sus hermanos o a sus hijos, a despedirlos con la esperanza remota de que no fuese para siempre, arrancándoles promesas de que no cometerían locuras, de que se cuidarían de las osadías innecesarias o que pensarían en sus hijos un instante antes de ser temerarios suicidas de la batalla.

Y de inmediato, forzadas por los que se quedaban, emprendieron aquel éxodo doméstico hacia la isla Caridad. Flanqueadas por los marinos de las cañoneras neutrales, se las vio marchar hacia los botes y las zumacas costeras en una fila de mil seiscientos seres durante dos días, una caravana silenciosa, apenas importunada por el sollozo digno y bajo de los impotentes, que bajaba interminable por la calle Real con sus niños, algunas pertenencias mínimas y restos de pequeñas riquezas cotidianas.

Consternados, los marinos que volvían a sus barcos observaron que apenas descendían en la orilla de aquel inmenso hogar selvático que navega eternamente en el río Uruguay, aquellas mujeres, como si se hubiesen puesto todas de acuerdo, permanecían muy quietas durante un buen rato entre los pastizales, apretando algún bulto contra el pecho, observando a lo lejos las apacibles construcciones de Paysandú, prontas a albergar el humo negro de los desastres. Luego giraban la mirada hacia occidente, donde también podían ver, mucho más próxima, la costa de la provincia de Entre Ríos.

En aquella orilla, el collar de campamentos con los fogones encendidos denunciaba la presencia de centenares de voluntarios argentinos, hombres expectantes e indignados por la inmensa hoguera en que había sido convertida la ciudad uruguaya, todos decididos a pelear apenas apareciese en la ribera la gigantesca caballería parda del general Justo José de Urquiza, para cruzar el río y expulsar de allí a tiro y tajo, a los enviados del emperador del Brasil, el más hambriento de los devoradores de tierra.

Sin embargo, hubo otras mujeres que a sabiendas de la muerte y de la desolación que las esperaba, se negaron a dejar la ciudad. Prefirieron simplemente soportar el bombardeo como cocineras de la tropa o como enfermeras del hospital de sangre o arrostrando los peligros de las mensajerías nocturnas como Magdalena Pons. O la viuda de Paredes, hermosa y con la mente alterada por sus pérdidas recientes; o Leticia Orozco, la altiva mujer morena, de traje ligero y flotante, y sus tres hijas, María, Mercedes y Patricia ninguna de ellas mayor de veinte años y lo suficientemente hermosas como para nublarle el cerebro con una sonrisa de sol, a hombres de corazón fácil como Martín Zamora.


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10 de diciembre

Cuando desapareció el último de los botes dibujado como un sueño en la oscuridad, cuando no hubo un solo niño que mortificase a los perros de pelambres erizadas o que curiosease entre los armamentos de los hombres apostados en las trincheras, Paysandú pareció perder parte del alma de pronto y ya para las últimas horas de un sol abrasador, estaba sumida en un profundo silencio que a algunos integrantes del Estado Mayor les hizo temer por el ánimo de las tropas.

A las siete y media de la tarde, pulcramente vestido y armado, el coronel Leandro Gómez ordenó al capitán Hermógenes Masanti que trajese los caballos al patio de la Comandancia y a sus oficiales, que lo siguiesen montados en una recorrida completa por la ciudad atrincherada.

Al paso y delante de la breve formación del Estado Mayor, el Coronel inspeccionó una a una las calles silenciosas de las ocho manzanas, deteniendo aquí y allá su tordillo de respetable alzada, fuese frente a las trincheras o en las bocacalles para intercambiar breves saludos, algunas frases de aliento o simplemente un cambio de miradas significativas con algún voluntario excesivamente joven.

Mientras trataba de ser cuidadoso en la observación de aquella multitud de rostros cada vez más encubiertos por la progresiva ausencia de luz, al Coronel no le costó mucho intuir en muchos de ellos, el inquietante desasosiego que provoca una atmósfera repentinamente despoblada de mujeres.

– Algunos parecen viudos… -dijo en voz baja, con impropia ingenuidad.

– Es que la mujer es media vida, coronel… -comentó Lucas Píriz a su lado, adusto, casi con reproche, pero dejando entrever involuntariamente que a pesar de sus sesenta años y de sus catorce heridas de guerra, aún era un hombre sensible. Y al echar un vistazo y comprobar que con el resto de los oficiales que venían detrás se guardaba una distancia prudente para las confidencias, Píriz detuvo su caballo, miró al coronel Gómez directamente a los ojos y le habló de algo que parecía ser una vieja preocupación:

– ¿Es que usted no está sintiendo algún miedo, coronel? Porque usted también tiene familia…

El Coronel puso el dedo índice de la mano derecha bajo la visera del quepi y lo levantó unos centímetros sobre la frente. Tenía el ceño fruncido y los párpados entornados por el ángulo de la luz potente que comenzaba a declinar por el oeste. Entonces optó por echar pie a tierra y caminar con el caballo de la rienda. Sorprendido, Píriz hizo lo mismo y se puso a la par mientras caminaban lentamente por el centro de la calle Monte Caseros. Ya nada más había para instruir, todo estaba dispuesto, simplemente se esperaría por la primera descarga que seguramente sobrevendría al amanecer del día siguiente.

– Le confieso que me siento extraño, compadre… -dijo el coronel Gómez, con la voz apagada -. Hace apenas tres madrugadas atrás, me había echado a reposar un rato al lado de mi mujer en el dormitorio de la Comandancia. Vaya a saber por qué, decidí de pronto levantarme y cuando estaba calzándome las botas, nos sacudió el estruendo de un impacto en la casa. Una bala de cañón atravesó la ventana y vino a acostarse en la cama que acababa de abandonar, justo a un palmo de Carmen, casi calentándole la espalda. Ella y yo nos quedamos mirando en silencio y supongo que los dos pensamos al mismo tiempo que si aquella bala no nos había tocado ni a mí ni a ella, ya nada nos iba a separar. Sin embargo, cuando anoche la despedí en el camino del puerto, tuve la certeza de que era para siempre, de que no la vería nunca más. Y luego estuve una hora sentado en el catre, solo, pensando en el asunto. Pues si esa es la verdad y la única verdad, significa que demasiados hombres, tal vez todos, morirán conmigo. Como usted sabe, esos malditos no tienen otra idea que la de arrasarnos sin tregua. Entonces dudé, pensé si la propuesta del francés Olivier no hubiera sido también una salida digna también para nosotros, si no debimos haber cruzado a Entre Ríos y rearmarnos tal como lo hizo el mismo Flores en Buenos Aires para volver y sitiarnos como lo está haciendo ahora. Pero eso, en realidad, es de cobardes… ¿Sabe por qué? Porque la idea salir de aquí para volver después es solo una ilusión, es una quimera difícil de creer. Mientras que ahora no tenemos otro remedio y otro deber que atender las esperanzas de que el general Sáa se nos aparezca con refuerzos o de que Urquiza se decida y nos eche una mano o que dentro de diez días, si soportamos el golpe, los paraguayos del mariscal López aparezcan por la retaguardia de Flores. En realidad, aunque es argentino, solo en el general Sáa tengo esperanzas. Y sería muy triste, compadre, que él llegase a Paysandú y nos encontrase trepados a los barcos de los gringos luego de haber abandonado este pueblo sin disparar siquiera un tiro al aire… Por supuesto que tengo miedo, pero lo tengo a raya…

Lucas Píriz sonrió con levedad y le apretó el brazo:

– Mis disculpas, coronel. Ignoraba lo que tenía usted en lo hondo de su cabeza. Pero lo que acaba de decir es de esas cosas que uno quiere que sean…

– No lo entiendo, compadre… -dijo Leandro Gómez y lo miró fijamente.

– Mis disculpas, coronel…


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Martín Zamora tuvo el segundo encuentro con el capitán Hermenegildo Alarcón, cuando este decidió aprovechar la tarde ardiente y parte de la última noche de tregua, en cumplir con la orden del coronel Gómez de trasladar la pólvora y las municiones del Baluarte de la Ley a un refugio a salvo de la prepotencia feroz de los artilleros imperiales.

El lugar elegido fue el aljibe de la casa de Orlando Ribero, uno de los cuatro hermanos del comandante Pedro; y los hombres para acondicionarlo, aquellos que no tuviesen familiares para despedir: ocho soldados de la Guardia Nacional y dos voluntarios, el inglés Raymond Harris y el andaluz Martín Zamora.

En la tarea de ubicar a los guardias estaba el hostil capitán, cuando divisó a cincuenta pasos de distancia a Martín Zamora en la misma postura indolente de la primera vez, pero ahora recostado a un muro sobre el que aún colgaba la sombra de una madreselva, entretenido en observar a lo lejos la recorrida del coronel Leandro Gómez y Lucas Píriz con sus caballos de la rienda, seguidos a diez pasos por los oficiales montados del Estado Mayor.

Se trataba de una imagen magnífica e inquietante, dibujada en esas últimas horas tórridas de la tarde en que el aire del verano todavía vibra y sus cambios de densidad hacen que los objetos inmóviles dancen de aquí para allá o aquellos seres que se desplazan de frente parecen, como en los sueños, que caminan y caminan tremolantes en el mismo sitio sin avanzar un paso.

Fue en ese instante que el capitán Hermenegildo Alarcón, autoritario como el sol de diciembre, se le acercó sin ser visto a menos de un metro de distancia y le interrumpió sin miramientos la observación, diciéndole que era hora de dejar de disfrutar como un lagarto ya que tenía para él una tarea en plena oscuridad junto a su amigote el inglés.

Cuatro horas más tarde, Martín Zamora y Raymond Harris todavía se encontraban juntos en el último turno de hombres semidesnudos y con los pantalones arrollados hasta las rodillas, reventando sus riñones en el fondo fresco y umbrío del aljibe de la casa de Orlando Ribero.

Iluminados por un farol clavado en la pared a media distancia del fondo, se agachaban y levantaban una y otra vez a medida que llenaban de agua los baldes, para colgarlos luego en un par de ganchos sujetos a una soga, que a su vez otros dos soldados subían a la superficie utilizando roldanas sujetas al brocal.

Mientras tanto, en un extremo del patio, Orlando Ribero y sus cuatro hermanos -el pequeño Rafael de catorce años, Atanasio, Máximo y el comandante Pedro- preparaban afanosamente tablas y tirantes, valiéndose de serruchos, clavos y martillos, mientras en la azotea tres soldados cubrían con cajas de lata los caños conductores de las aguas.

Mientras llenaba los baldes en la penumbra, Martín Zamora le confesó al inglés Harris que antes de la ocupación de la casa de los Ribero, lo había dado por muerto y que se alegraba de que estuviese allí con él en una tarea propia del mundo de los vivos.

El inglés soltó una carcajada que sonó fantástica en la extraña fosa circular y que por un momento apagó el golpeteo ensordecedor de los martillos que llegaban multiplicados desde arriba.

– ¡Joder…! -protestó irritado Martín Zamora-. Parece que fueran cinco mil Riberos golpeando…

Al fin, cuando ambos no lograron más que rascar el fondo y recoger apenas unos centímetros de agua, Harris gritó que el aljibe había sido desagotado.

Orlando Ribero dejó el serrucho y dio la orden de pasar a la tarea siguiente de forrar el piso y la pared del aljibe con las tablas que acababan de cortar, para que el nuevo polvorín quedase a salvo de las humedades.

Cuando Martín Zamora trepó exhausto la escalerilla y salió afuera, se encontró de buenas a primeras con una extraña escena.

Una berlina tirada por una hermosa yegua negra se había detenido frente al portón del patio que daba a la calle y de ella descendió don Maximiano, con su delatora peluca adherida al sombrero, el padre de todos los Ribero, seguido por su mujer Rafaela y su cuñada Dolores Francia, ambas vestidas de blanco, leves rebozos de espumilla y un semblante gris que a todas luces daba cuenta de un conflicto de sangre.

Los cinco hermanos, ninguno mayor de treinta años, detuvieron la tarea, los abrazaron uno por uno y mientras contaban con vehemente entusiasmo la batalla por la recuperación de la vieja casa familiar ocupada por los sitiadores, los invitaron a sentarse en un banco del patio a la luz de un farol.

El anciano riograndense, a todas luces neutral en aquella guerra, esperó a que terminasen las euforias y luego dijo con voz severa y tranquila, sin cuidarse de que lo escucharan los extraños que observaban la escena con curiosidad, que los tres acababan de abandonar el campo sitiador, adonde habían concurrido invitados por su antiguo amigo el general Venancio Flores.

Pasando por alto las expresiones de sorpresa y recriminación de sus hijos, don Maximiano dijo que el general colorado tras recordarle con dolor los tiempos en que habían luchado juntos quince años atrás, le había hecho notar que ahora, los azares de la guerra hacían que sus cinco hijos estuviesen acompañando a un loco como el coronel Gómez, en la defensa de la misma ciudad que él estaba dispuesto a conquistar. Que lo invitaba a convencer a sus hijos de que aprovechasen la tregua para abandonar la ciudad y evitar un sacrificio inútil.

– ¡Él es el responsable del sacrificio! -lo interrumpió airado su hijo Pedro, el comandante, mientras señalaba en la penumbra hacia un sitio imaginario y distante en que presumía estaba Venancio Flores.

– Qué hace un hombre como él junto a los imperiales bombardeando a sus hermanos?

El viejo Maximiano negó con la cabeza:

– Venancio dice que no, que el responsable es Gómez desde el momento en que no aceptó la rendición con todas las garantías.

– ¿Rendirse? ¿Rendirse para qué? ¿Para ver cómo derroca al presidente Cruz Aguirre sin que nadie le oponga resistencia, usurpe el sillón presidencial y nos obligue después a degollar paraguayos detrás de Mitre…? Y usted, ¿qué dice a todo esto, padre?

La tía Dolores Francia asintió en silencio, como si aplaudiese las reflexiones del sobrino.

El viejo vaciló por primera vez.

– Yo hablo según lo que entiendo… -dijo al fin-. Lo que estoy haciendo es trasmitirles a ustedes, mis hijos, un pedido que he debido escuchar…

– Pues ha escuchado el pedido de un hombre que odia… -contestó su hijo Orlando, el dueño de casa-. Y hombre que odia puede causar muchas desgracias.

– Hemos decidido defender Paysandú, padre… -cortó Pedro, el comandante, adusto, concluyente.

Doña Rafaela levantó la cabeza y trató de introducir un elemento más que los ayudase a razonar.

– Son miles, hijos, son inmensamente superiores… -dijo en un tono que encubría el terror de lo que había visto en el campamento del arroyo Sacra.

Rafael, el menor de los hermanos, se acercó y le tomó las manos a su madre.

– Lo sabemos, madre… Pero le aseguro que no sentirá vergüenza de nosotros…

– ¿Qué harán ustedes? -preguntó Pedro, el comandante.

– Estaremos por ahí, no importa dónde… -contestó el viejo levantándose para irse. Y mientras ponía las manos en los hombros desnudos de su hijo, agregó:

– Pase lo que pase, sentiré orgullo de mis hijos. Que Dios los guarde a todos…

El capitán Alarcón, quien apareció con uno de los primeros cajones de municiones traídos del Baluarte, dejó su carga al pie del aljibe y se cuadró para despedir la comitiva familiar que volvía a la berlina. Antes de ascender, el anciano observó la fila de hombres que ingresaba con más cajones de madera, reparó en el aljibe y comprendió lo que pretendían hacer.

Luego trepó al carruaje y se marchó sin mirar atrás.

Durante todo ese tiempo Martín Zamora había permanecido apoyado en el brocal del pozo, observando la escena visiblemente impresionado. Y Hermenegildo Alarcón volvió a interponerse en el camino. Por unos instantes permanecieron mirándose ojo con ojo y al fin, Martín Zamora temió que aquel capitán que parecía guardarle un encono genético, se ensañara nuevamente con él haciéndole trasladar el polvorín entero hasta el aljibe.

– Vaya a dormir un par de horas, gallego… -contemporizó Hermenegildo Alarcón, antes de desaparecer nuevamente en la oscuridad.

Cuando el inglés y el andaluz salieron a la calle con las ropas y los fusiles bajo el brazo, se cruzaron con una veintena de hombres que atravesaban al trote la plaza cargando con las existencias del polvorín, en dirección al aljibe que acababan de desagotar. Un feroz viento del oeste los azotaba de frente y los obligaba a inclinarse hacia adelante cuando marchaban con los pesados pertrechos, mientras los altos remolinos de polvo esfumaban aun más el trayecto de ruinas entre las casas envueltas de oscuridad.

El tiempo había empezado a cambiar.

– Que se venga, que se venga el mundo al carajo… -deseó Martín Zamora agachando la cabeza y buscando un refugio en las inmediaciones donde echar al suelo sus huesos por un rato.


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11 de diciembre

Martín Zamora no supo si durmió mucho o poco. Lo despertó el crujido que hizo al quebrarse el tronco de coronilla que habían puesto de trasfoguero oculto entre paredones derruidos y ahumados, pero lo suficientemente altos como para ocultar la luz del fuego. El tronco se partió en dos mitades y rodó soltando un enjambre de chispas, avivando una extraña llama que cambiaba del tornasol al celeste y de celeste al verde de los metales.

Con los párpados apesadumbrados por el sueño, se quedó mirando las luces y las sombras que hacían las llamas sobre la pared de enfrente, constelando, removiendo los agujeros provocados por la lluvia de balas que había seguido al bombardeo del día anterior y convirtiendo los pequeños cráteres en oscuros pájaros en vuelo. Más arriba y por los huecos abiertos a dentelladas en el techo, vio que por primera vez en innumerables noches, no había estrellas en el cielo, que débiles relámpagos intermitentes le perfilaban una nube rápida cada tanto, empujada por el viento que silbaba cada vez más entre el costillar descarnado de los tirantes. A su lado, los hombres del capitán Masanti respiraban acompasados, roncando cada cual con su son y ausentes al calor agobiante y húmedo de la medianoche. Ya iba a cerrar los ojos para dormirse de nuevo, cuando escuchó un carraspeo a sus espaldas, un gesto intencional para importunarlo y evitar que volviese a fugarse a la inconsciencia benéfica del sueño.

– Estamos perdiendo la elegancia, Zamora… da pena verlo echado ahí, como un minero… -dijo Raymond Harris en voz baja, pero lo suficientemente clara como para mostrar que sonreía con melancolía.

– Más pena daría si me viera cadáver, hombre…

– Vamos, no se enoje. La muerte en la guerra va y viene, no reconoce trincheras ni habilidades para sobrevivir. Hoy salva aquí, mañana mata allá. Y luego vuelve…

– Pues, ¿por qué no aprovecha y se larga hasta la cañonera inglesa?

– Usted podría hacer lo mismo con la Vad-Ras

– Sabe que no lo haré. Pude hacerlo, pero soy hombre de palabra. El capitán Masanti es buena persona, así lo creo. Lo que me llama la atención es que usted, un hombre de Mitre, no lo haga…

– No soy hombre de Mitre ni nunca lo fui. Entiéndalo bien. El problema es que cada vez tengo menos razones para volver a Inglaterra. Los compatriotas de la fragata, por ejemplo, deben estar bien enterados de mi bochornosa experiencia en Buenos Aires. Lo más probable es que me entreguen a la policía argentina o que carguen conmigo encadenado en sentina de la Tritón para colgarme en Londres por timador. Pensándolo bien, tampoco sería eso muy elegante que digamos. En conclusión, Zamora, si salimos vivos de esta, creo que lo mejor será quedarse por estas regiones…

– No sé, Harris. Para vivir en un sitio hay que entenderlo y aquí todo esto me resulta incomprensible. Jamás pensé en venir al Uruguay y cuando lo hice fue por la fuerza y para ser fusilado. Y ahora me encuentro tomando parte en una guerra que no entiendo…

– Pues ya pasé por esa ignorancia. Unos días antes de mi deserción fraguada, un periodista argentino que marchaba con nosotros en el ejército de Flores me explicaba que en el Uruguay los dos partidos que luchan entre sí desde mucho tiempo atrás son los mismos que han existido en la Argentina: el Partido Blanco es el mismo Partido Federal de Urquiza vencido en Pavón, con su misma bandera, sus mismas tendencias, sus mismos crímenes y sus mismas infamias; el Partido Colorado es el Partido Unitario de mi “amigo” Mitre, con sus mismos principios, sus mismas “tradiciones gloriosas”… y sus mismas carnicerías. Por eso, si Venancio Flores triunfa en Paysandú, el triunfo de sus armas será el de Buenos Aires, porque con él ha ido el óbolo porteño y el proyecto de arrasar a zarpazos el Paraguay junto a Pedro II y a Venancio Flores; y, según ellos, liberar a los paraguayos enclaustrados que gimen bajo la bota de Solano López, el Atila de América.

– ¿Qué hay en el fondo de este asunto, exactamente? -preguntó Martín Zamora con voz que apenas se oía.

Raymond Harris adelantó aparatosamente los labios y dejó escapar un ligero silbido que quería ser una expresión de tristeza.

– ¡Vaya pregunta la suya! ¿Qué hay detrás de todo esto?… Hay títeres, títeres pérfidos movidos por hilos sueltos, que no saben lo que representan, pues bailan al son de una música lejanísima. En esta guerra que recién empieza nadie se entiende ni hace falta. Detrás de los hilos hay un séquito interminable de testaferros y mercachifles, de gente del Foreign Office de mi país, el ministro Edward Thornton, los Rothschild de Londres, la masonería del Plata y de Europa y el banquero brasileño Mauá, todos empeñados en quedarse con los altos hornos de Ibicuy, con los ferrocarriles, los astilleros, con las fundiciones de Asunción y abrir el Paraguay soberbio a las mercaderías de Manchester y devolverlo a la civilización. Nada distinto de lo que vi en la India, créame. Una gigantesca maquinación diabólica para tragar amargo y escupir dulce, como dice Mitre…

– Y nosotros aquí, ocultando el polvorín en un aljibe…

– Sí, señor… ¿Y todo para qué? Para que algún día Venancio Flores los humille bautizando con su tambre alguna calle de Paysandú. Ya lo verá usted… -dijo Raymond Harris, recostándose a la pared y apagándose.

Los hombres de Masanti continuaban roncando desaforadamente, sin otro sobresalto que las pesadillas los más jóvenes. Martín Zamora los observó apesadumbrado, con la cabeza gacha y el labio colgando.

El inglés Harris se había callado y él comenzó a imaginar, a preguntarse cuán lejos cada uno de aquellos hombres tenía a su mujer de la noche, a su vieja madre o a cuánto tiempo estaban de las últimas sábanas perfumadas o del último vino de sobremesa.

– Mi padre merece una oración -dijo con gratitud invisible.

Raymond Harris dejó escapar una risita somnolienta.

– Lo mejor que pueden hacer los difuntos por los vivos es estarse quietos donde les toque quedarse -afirmó con los ojos cerrados, acomodando el fusil sobre sus piernas-. Y ya que se han ido, lo mejor es que no vuelvan y que Dios los ampare.

Martín Zamora lo observó con reprobación.

– ¿Sus padres viven, Harris?

– No. Están sepultados en Plymouth…

– ¿No lo dije? Usted es un pájaro de mal agüero, coño. Porque mis padres, a esta hora, seguro que están vivos, vamos. ¿Por qué no habrían de estarlo?

Un trueno se arrastró largamente en el cielo y rompió el silencio que techaba las alturas desde la orilla argentina. A poco el aire comenzó a ondear como pesadas banderas; una brisa solemne, reconfortante y hasta gozosa mientras se ocupaba de armar una lluvia de gruesas gotas, que se amonedaban poco a poco sobre los rostros polvorientos de los hombres reclinados y dormidos en el fondo de las trincheras.

En el instante en que Raymond Harris se dormía profundamente, por primera vez en cuatro meses comenzó a llover sobre Paysandú.


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12 de diciembre

Antes del amanecer y por orden del capitán Hermógenes Masanti, Martín Zamora se encontraba ya entre los hombres que montaban guardia fuera de trincheras, con la instrucción de no permitir que los soldados del ejército sitiador se aproximaran a los parapetos defensivos, sobre todo para que no percibiesen el pésimo estado en que se hallaban.

Sin embargo, bajo aquella lluvia torrencial, no había la menor señal del enemigo, por más que nadie ignoraba que varios contingentes brasileños habían comenzado a acercarse, a acampar en algunos parajes más próximos a Paysandú, cerrando poco a poco el anillo pero a prudente distancia de los cañones de la plaza.

Recostado a la esquina de la calle Monte Caseros, con la carabina acunada contra el pecho, Martín Zamora podía ver las paredes carcomidas a balazos del almacén “El ancla dorada”, un edificio simétrico y sombrío, acechando en la oscuridad decreciente como una taberna de mala fama. Sabía que detrás del comercio se había instalado un cantón de los imperiales, por más que nadie se había atrevido a confirmar si allí se guarecía apenas una guardia adormilada o un centenar de asaltantes esperando el momento oportuno. Y más adelante, a lo largo de las dos calles que desembocaban en la esquina donde estaba Martín Zamora, se adivinaba a la luz de los relámpagos un enorme campo de cráteres de barro brillante, donde los embudos se sucedían sin solución de continuidad hasta donde alcanzaba la vista. A los costados, en muchos de los cantones, podían entreverse balas enramadas o acollaradas con cadenas, grandes filas de balas de tres calibres y hasta un montículo de ochenta bombas sin reventar, todos proyectiles arrojados por los enemigos en los ataques y bombardeos de los últimos tres días, todo en tan inmensa cantidad que el teniente músico Pascual Bailón le había comentado, mientras se sacudía el agua de su sombrero, que bien podía hacerse con ellas el pedestal que había sugerido el coronel Gómez para la estatua de la Libertad.

Agobiado por aquella lúgubre ilusión de la guerra, mientras rescataba en los alrededores las siluetas fugaces de los centinelas hamacados por el viento, Martín Zamora sentía que la visión de aquel mundo en ruinas, de moradas abandonadas de las que brotaba un hálito triste y fantasmal acentuado por el agua descolgada a torrentes entre los truenos del cielo, le agobiaba el ánimo y lo llevaba a completar lo que faltaba a fuerza de imaginación, a reconstruir el pueblo y llenar los espacios con apariciones singulares. Entonces se preguntaba, frotándose los ojos cansados en medio de su pequeña dimensión, hasta cuándo debía defender todo aquello que se derrumbaba por sí mismo y en donde todos ponían su grano de arena para que así ocurriera, y como no tenía forma de encontrar respuesta, antes de que le sobreviniese un interminable repertorio de lamentos, terminaba por desembocar en aquella sorda y recurrente angustia infantil que lo había acompañado en todas las tormentas que había conocido desde la lejana infancia andaluza y que lo llevaban a implorar como lo estaba haciendo a sus treinta y cuatro años, por el Gran Poder y por la Virgen del Rocío: “Oh, Señora mía, contempla a tu hijo indigno y sucio tan lejos de casa. Sus rodillas flaquean cuando suena el trueno y sus manos trémulas se unen en impotente oración para rogarte: sácale de las tinieblas de esta guerra, líbrale de su servidumbre y llévalo de vuelta a las orillas del mar conocido, donde estaba antes de perderse, bajo la luz del sol y con su gente. Amén…”.


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12 de diciembre

Al mediodía la tregua había terminado. Sin embargo, el día parecía transcurrir sin que los sitiadores abandonaran su aparente indiferencia del día anterior, ostentando con su ausencia el derecho reservado de cortar cuando se les ocurriese el traje de la muerte a los defensores acongojados por la lluvia.

En la torre del lado sur de la iglesia, donde estaban los guardias nacionales encogidos bajo sus ponchos, flameaba al tope, sacudiéndose el agua como un perro en los pliegues violentos del viento, la bandera de combate.

Desde la altura del Baluarte de la Ley, el coronel Leandro Gómez y el comandante Emilio Raña, ambos cubiertos con sombreros de alas anchas deformadas por la lluvia y capotes abrillantados, observaban en los ángulos de la plaza de la Constitución, los ominosos promontorios de los cañones protegidos con trapos y ponchos, mientras los artilleros fumaban en cuclillas como si cuidasen a un toro negro, quieto y cansado, echado a su lado.

Una repentina agitación y el inicio de una refriega en las trincheras de la calle Florida, próxima a la Comandancia, hizo que todos se volvieran y se colocaran en posición de tiro.

Volaron de pronto las granadas, crepitaron las carabinas y desde las troneras abiertas entre los escombros más altos, saltaron fuera los fusileros, rabiosos por la inmovilidad y el aburrimiento de tantas horas.

El comandante Raña paseó la mirada más allá de la plaza y observó que el tiroteo era contra una partida de diez o doce enemigos que se habían aproximado a menos de cien metros de las trincheras, con la intención de saquear descaradamente las casas abandonadas las inmediaciones. A lo lejos, muy cerca de los atacantes, un hombre muy alto y flaco abandonó la esquina de la calle Monte Caseros y a poco de avanzar, cayó al suelo baleado en una pierna. Tras él, el reconocible capitán Omar Lemos corrió hacia el tirador oculto, lo puso de pie y lo mató allí mismo. Luego cayó el mismo capitán Lemos, herido por catorce proyectiles.

Uno tras otro, segados desde las trincheras, los saltantes terminaron casi todos muertos entre los cráteres o colgando inertes de las ventanas carbonizadas. El único sobreviviente era un africano del ejército de Flores que abandonó su parapeto y comenzó a aproximarse lentamente bajo la lluvia con el sombrero en la mano, la carabina en alto y una ristra de ajos alrededor del pescuezo. Al extremo del fusil, había atado la manga ensangrentada de una camisa blanca.

– ¡Ahora querés bandera blanca, negro colorado de mierda! -gritó un hombre gigantesco llamado Julián Guite, un negro aun más negro que el otro, que bufaba como un endemoniado mientras se le aproximaba arrastrando los harapos de su uniforme de guardia nacional.

Y cuando el negro Guite estuvo lo suficientemente cerca como para oler los ajos robados, levantó el fusil y lo descargó sin miramientos sobre el estómago del aterrorizado saqueador de casas, que se dobló y cayó de rodillas sobre el barro con las tripas anudadas por el trauma. Todos vieron cuando el africano levantó sus ojos en blanco hacia Julián Guite y comenzó a gemir lastimeramente en un idioma que nadie entendía, pero que en cualquier parte del mundo respondía a la actitud sumisa del pecador arrepentido que aceptaba cualquier cosa que le sobreviniese, excepto el fin de la vida.

Sin embargo, el gigante Guite no lo remató. Pasó un largo rato mirándolo, mientras daba dos o tres vueltas a su alrededor, manteniendo el caño del fusil a la altura de su cabeza. Al fin, se detuvo frente a él, le quitó los ajos trenzados, se los echó al hombro y, dándole la espalda, volvió sobre sus pasos comentando en voz muy alta que masticados con galleta los ajos eran el verdadero manjar de los guerreros.

– Guardará el secreto de lo sucedido… -dijo el capitán Ladislao Gadea, mientras observaba al africano que se ponía penosamente de pie sobre el agua achocolatada y desaparecía desdibujándose bajo la lluvia.

Luego dio la orden de que llevasen al hospital de sangre a aquel hombre alto y con un balazo en una pierna que había caído cuarenta metros fuera de su trinchera.

Cuando pasó a su lado sostenido por dos hombres y conversando en tono animado, como suelen hacerlo siempre los heridos que toman conciencia de lo que pudo haberles pasado y no les pasó, el capitán Gadea lo miró con aprobación y le pidió que se identificara:

– Soy Martín Zamora, señor…


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12 de diciembre

Una hora antes de la medianoche, Fernand Olivier salió a la cubierta de proa de la Décidée y permaneció largo rato meditando bajo la llovizna.

Una leve zaranda hamacaba la nave y arrancaba crujidos de sus cuadernas sujetadas al limo por la cadena del ancla. El viento feroz había cedido el paso a una brisa fresca de tormenta en retirada, pero que también llevaba desde la costa un olor acre a maderamen y escombros humeantes que se resistían a ser apagado por la lluvia.

A unos trescientos metros de distancia, la nave del almirante Tamandaré era, entre todas las embarcaciones ancladas en las inmediaciones, la única que no había ahorrado iluminación ni carcajadas tropicales en cubierta.

El capitán Olivier movió la cabeza con reprobación y pensó que la franqueza frívola y brutal de la gente del Barón para festejar victorias por adelantado, en medio de la noche era toda una muestra de desprecio hacia la pequeña población a oscuras y en vela que a un tiro de cañón esperaba el inicio del bombardeo al amanecer, como si en ella residiese esa dimensión lastimosa y rastrera de la vida que todos preferimos ignorar y que nadie recordará cuando se la borre del mapa.

Para colmo, si miraba hacia la costa argentina, podía ver las tristonas fogatas de los mil quinientos refugiados en la isla Caridad, atenuadas por la maleza inclemente y apenas dulcificadas por algún guitarrero anciano que se comedía con las mujeres para acompañar el sueño inquieto de los infantes y de las primeras viudas.

Con el rostro abrillantado por la humedad, Ferdinand Olivier volvió a su camarote y tras servirse un vaso de coñac, se sentó frente a la mesa de trabajo y le escribió al almirante francés establecido en Montevideo:

“Es con el corazón lastimado, señor Almirante, que comienzo mi despacho. Un pampero seguido de una lluvia abundante acaba de colocarnos en una gran ansiedad.

¿Dónde podrán refugiarse tantas personas, tantas señoras y niños que se hallan en la isla Caridad? ¿Y después, qué será de ellos? Los pocos recursos pecuniarios que las familias extranjeras habían llevado consigo están a punto de agotarse. Exceptuando la carne abastecida por el general Urquiza, se encontrarán luego sin víveres, sin abrigo, sin vestidos y sin medicamentos. Hemos hecho, dentro de los límites desgraciadamente estrechos de nuestros recursos, todo lo que podíamos hacer.

Creo, pues, señor Almirante, sería oportuno apelar por intermedio de nuestros ministros o encargados, a la generosidad de los extranjeros ricos establecidos en Montevideo.

Un vapor cargado de tiendas de campaña, víveres, bizcochos, harina, porotos, arroz, vestidos, piezas de bramante y medicamentos, que fueran traídos aquí, serían de gran socorro. Animaría el corazón de tanta gente que ve perder bajo sus ojos el fruto de sus trabajos y arruinarse una ciudad cuyos habitantes no conocían la pobreza.

Se calcula en mil quinientos el número de las personas que necesitan socorro. Y hasta un digno presbítero que llevase el consuelo a tantos desgraciados, también sería bendecido por muchas personas.

Soy con profundo respeto, señor Almirante, vuestro obediente servidor.

F. Olivier

Capitán de Navío, Comandante de la Décidée ”.


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12 de diciembre

Martín Zamora herido volvió a escribir. El tiempo para hacerlo se lo dio la bala que le rompió la pierna y que casi lo desangra, que le abrió la carne en un dibujo extraño, penetrando y haciendo un giro en espiral alrededor del muslo. Hacia arriba y por dentro, casi en la entrepierna, el plomo terminó alojándose al calor del testículo izquierdo, a la espera de que el doctor Mongrell tuviese tiempo de arrancarlo de allí. “Aparatosa herida…”, comentó el galeno valenciano mientras extraía el proyectil, hablando para sí mismo, siquiera para Mercedes Orozco, quien lo acompañaba callada como una monja mientras le alcanzaba escalpelos, esparadrapo y frascos de cloroformo, Martín Zamora parpadeó, abrió los ojos lentamente y se fijó en ella. La muchacha le devolvió la mirada con lástima, con esa clase de horrorizada tolerancia, pero también con angustia y culpabilidad. Y como para reafirmarse, se tomaron las manos solo conscientes del tomento y de los olores hospitalarios traicioneros y penetrantes, que mezclaban enfermedad y podredumbre por todos los rincones.

– Lo suyo es serio, pero como no perdió mucha sangre no justifica ocupar una cama de hospital. Vístase y váyase, mi amigo… -le dijo, amargo, el médico, abandonándolo y dándole la espalda para enfrentarse a una muerte verdadera.

Y mientras Martín Zamora, pálido y lánguido, se vestía arqueándose dificultosamente sobre el colchón para meterse con extremo cuidado en los pantalones encascarados de sangre seca, vio que a dos metros de distancia y en una cama sanguinolenta como la de un torero en agonía, expiraba de hemorragia incontenible el capitán Omar Lemos.

– Cuanto más rápido me vaya de aquí mejor, niña -dijo Martín Zamora afirmándose en la muchacha y quejándose, sintiendo que miríadas de estrellas le iluminaban el cerebro al afirmar en el suelo el pie de la pierna herida.

– Cobarde… -dijo ella con sonrisa cruel, al ver las dos lágrimas acristaladas que se abrían paso entre las primeras líneas de barba del andaluz.

– Cierra el pico, mujé, que esto duele que te cagas… -dijo mostrando en su mueca su hiel y su vinagre, mientras por encima del hombro y al paso, veía que alguien cubría con la sábana tinta el cuerpo del capitán Lemos.

“El capitán es cadáver…”, pensó. Sabía que a continuación lo sacarían de allí, lo llevarían a la fosa que lo esperaba en el patio lindero al fondo del hospital de sangre y le presentarían armas. Y siempre el mismo ritual, la misma frase de los compañeros antes de echarle la tierra encima: “Capitán Omar Lemos: gloria en tu muerte, paz en tu tumba. La memoria de la patria no te olvidará…”.

“Y a otra cosa, hasta el próximo muerto. Que puedo ser yo, coño…”, pensó Martín Zamora mientras se largaba a caminar tortuosamente bajo la llovizna creciente, dejándose guiar entre los escombros por la más joven de las hermanas Orozco.


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12 de diciembre

Sin abandonar su inmutable aire reposado, grave, taciturno, el inglés Raymond Harris atravesó la desolada plaza de la Constitución chapoteando sobre los barrizales dejados por la lluvia y caminó hasta la calle Queguay, en dirección a la casa de la familia Orozco donde se recuperaba de su herida Martín Zamora.

En la mano derecha llevaba su fusil inseparable y en la izquierda una carpeta de cuero con hojas de papel en blanco, una pluma y un pequeño tintero de vidrio azul rescatado de la oficina de la Comandancia gracias a los buenos oficios del capitán Masanti.

Encontrándose con las puertas de la casa abiertas de par en par, apenas ingresó se dio de buenas a primeras con Martín Zamora, desmadejado sobre un catre en un rincón de la sala y con la pierna herida sostenida en alto sobre dos almohadas. A su lado, Mercedes Orozco, con un vestido blanco que parecía salpicado de geranios, finalizaba la tarea de afeitarlo con una navaja de mango de carey y le quitaba los restos de espuma con una toalla.

– ¡Caramba, hombre! Si así son las cosas, en el próximo tiroteo me pongo frente a los macacos… -bromeó Raymond Harris, tomando una silla de esterilla enrejada y sentándose enfrente, no muy lejos de la cama.

Martín Zamora acusó el golpe y se sintió cohibido. Trató de esforzarse por quitar la pierna de las almohadas pero le resultó imposible cuando la muchacha le plantó la palma de la mano sobre su pecho y lo obligó a quedarse donde estaba. Luego ella miró al inglés con fastidio indisimulado:

– ¿Viene a estorbar, mister?

– Vaya, vaya, cómo se pone la niña… Ya me voy, simplemente le he traído papel para que escriba. Una deferencia del capitán Masanti quien admira su escritura… ¿Cómo está?

– Un poquitín débil, hombre. Pero en un par de días estaré en condiciones de volver…

– ¿Un par de días? Ni lo digas… -dijo la muchacha, llevándose los avíos de afeitar.

Harris observó concienzudamente a Martín Zamora y mientras se levantaba para irse, sonrió con benevolencia.

– En esta casa hay alguien que está sufriendo ataques espirituales… -murmuró mientras se calzaba el sombrero hasta los ojos y se marchaba sin mirar atrás.


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12 de diciembre

Escribió Martín Zamora: “Me siento extraño en una casa extraña. He pasado días, una eternidad, revolcándome sobre los techos y esquivando las balas de colorados y brasileños, dormitando sentado entre los escombros o insomne bajo el sol o bajo las lluvias torrenciales, pero nunca había tenido la oportunidad de pensar en el sitio donde estaba. Ahora estoy solo y herido en la habitación de un caserón en el que viven tres muchachas y su madre viuda, todos a la espera de que se desate nuevamente el bombardeo. Una de ellas es Mercedes, la pequeña de veinte años que me ha acompañado cuanto pudo y que se ha encantado conmigo. Sin embargo, he preferido no estar en compañía. Sólo el Gran Poder sabe por qué oscuros motivos he tratado de cerrar las puertas de la habitación donde reposo. Tal vez fue solo para no oír el incesante toque a muerto, tal vez fue para aislarme, por transitorio que fuera, de la familia Orozco y del pueblo mismo, con todas sus casas abandonadas cargadas de tristeza, miedo y amenaza. Nada perturba la quietud de este cuarto silencioso y desierto, salvo el crujido infrecuente de las maderas que se estiran como los brazos de un hombre flaco y soñoliento que despierta. Reina el olor del moho, pues las puertas y ventanas han estado cerradas desde hace dos semanas. Miro alrededor hasta donde alcanza la luz de la vela y al otro extremo, a unos diez pasos tal vez, veo una vieja cómoda labrada, el ropero de tres puertas, un florido lavatorio de loza y un perchero espejado donde cuelga un bastón de nogal y un capote que nadie ha usado vaya a saber por cuánto tiempo. Colgadas en la pared, medio ladeadas por el desinterés de los mortales, hay dos desteñidas litografías cristianas, una con la mesa de los Apóstoles, otra con la Asunción. Todo está infinitamente viejo y cubierto de polvo, mucho polvo causado por el vértigo del abandono y las trepidaciones de los cimientos.

Es muy triste sentir lo que siente por dentro una casa que espera amenazada por la destrucción”.


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13 de diciembre

Y siguió escribiendo al día siguiente:

“Acaba de salir el sol, no se ha escuchado ningún cañonazo desde el río y eso es bueno. Pero estoy muy preocupado, pues el inglés Harris vino próximo al mediodía a interesarse por mi estado de salud y me ha contado que ya comenzó lo que temíamos: la lucha por la comida. Que cada hora que pasa es más difícil conseguirla y lo es mucho más alimentar a setecientos hombres. Que esta mañana, ha visto salir una pequeña fuerza de infantería para proteger una partida de soldados montados en los pocos caballos que nos quedan, con la misión de traer de las afueras del pueblo todo el ganado vagabundo que encontrase. Y que esto los llevó a tirotearse fieramente con los sitiadores empeñados en impedir la operación, a tal punto que apenas consiguieron cuatro bueyes flacos de los que ya no deben quedar ni los huesos.

A veces pienso que los hombres de la guarnición bien podrían ser caníbales, pues no los he visto comer otra cosa que carne y solo carne. Asada a las brasas, cocida en puchero, abombada al sol o quemada a la llama, tanto da con tal de que sea carne. Esa y otras pocas cosas alcanzan para hacerlos felices.

Y observándolos disfrutar de ese placer inenarrable de hincar los colmillos en la carne jugosa de una costilla a las brasas, mientras hablan de planes y mujeres en el fondo de la trinchera para cuando se haga la paz, he llegado a recordar una lejana conversación de un antiguo jefe, el tuerto Laurindo José da Costa, con el viejo Veríssimo, el alegre propietario de la taberna de nuestras andanzas, La Casa de la Pastora. Aquel buen riograndense lamentaba la estupidez de los hombres que desprecian ‘tanta coisa gostosa’ alrededor para entregarse al saqueo y a la guerra, pudiendo ser tan felices con menudencias que en estos lares están al alcance de la mano: ‘mulher bonita, cavalo bom, baile, churrasco, mate amargo… Laranja madura, melancia freca, uma guampa de leite gorda… Uma boa prosa perto do fogo… Uma pescaría, uma caçada, uma sesta debaixo dum umbu…’.

‘¡Tanta coisa!’, decía Veríssimo levantando los ojos al techo ahumado de la taberna, con la poderosa capacidad evocativa de los que han perseguido siempre un sueño inalcanzable. Y cuánta razón le asistía. Ahora comprendo por qué lo recuerdo”.


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13 de diciembre

Insomne, demasiado cansado para poder dormir a la hora de la siesta escribió nuevamente: “No es la espera lo que duele. Eso lo puedo soportar. Parece que he esperado toda mi vida de vagabundaje sin sentido a que pasaran cosas, a que llegaran cosas que nunca llegaron; una palabra, supongo, nada más que una sola palabra que me dijera que toda esta espera no sería en vano, que mis días y mis noches de silencio y dolor no serían, después de todo, una eternidad. Una sola palabra y me habría salvado. Nos habríamos salvado. Una sola palabra pronunciada con honor por el coronel Leandro Gómez y esta eternidad se hubiese terminado.

Pero el Coronel no ha dicho ni dirá esa palabra, porque desconoce el vocablo ‘rendición’. Y cuando en voz baja le he mencionado a Raymond Harris que el obstinado comandante parece estar más seguro que nunca, cuando en apariencia no tendría ningún motivo para estarlo, el inglés se quedó pensativo y luego, con su cinismo de siempre, se ha encogido de hombros y me ha contado que un compatriota suyo, un tal Oliverio Cromwell, ha dicho que ‘el hombre no avanza nunca tan seguro, como cuando no sabe adónde va’”.


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14 de diciembre

“Hoy ha venido a verme el capitán Hermógenes Masanti, el jefe de la escolta del coronel Gómez, el hombre que escribe, escribió Martín Zamora, afirmando la hoja sobre una pequeña tabla sostenida en el muslo sano. “Pese a ser temprano hacía calor y el sol entraba a raudales por las ventanas abiertas de par en par con la finalidad de desterrar el moho. Sin embargo, apenas apareció, lo primero que hizo fue cerrar las cortinas y dejar la habitación en sombras, logrando que el recinto se pareciese mucho al de una casa en paz cuyos exteriores nada saben de la guerra.

El Capitán se sentó a mi lado con la evidente intención de intimar conmigo. Se acomodó en la silla con posa brazos, dejó su Remington recostado al ropero de tres puertas y viendo que yo estaba en plena escritura, comentó que le llamaba la atención cómo los hombres sentían necesidad de escribir en tiempos de bombardeos y que, como tantos, también él mantenía el sueño secreto de escribir algo más que sus rutinarios partes de guerra. Dijo que nada deseaba más que llegar vivo al final del sitio, para escribir una historia en la que intentaría desenmascarar el alma diabólica del hombre que pergeñaba y respaldaba masacres desde su sillón presidencial en Buenos Aires.

Por supuesto, se refería a Bartolomé Mitre. En realidad sé muy poco del presidente argentino, pero al capitán Masanti parece apasionarle hablar de este porteño descendiente de Joseph di Mitri, un orate a ratos que tuvo el triste honor de ser el primer suicida que existió en Montevideo hace poco más de un siglo. Debo decir que es todo un placer escuchar al capitán hablar de Mitre como si fuese un personaje de folletín al que hay que aderezar cuanto sea posible, solo para humanizarlo y odiarlo mejor. El capitán Masanti le explicó que el Mitre de su historia será el más Mitre de todos los Mitre y se llamará Bartolomé, igual que el verdadero, le gustará escribir rimas y además de dirigir pésimamente la guerra entre bambalinas, fundará un periódico sólo para escarnecer a Leandro Gómez y al presidente Aguirre y alabar a Venancio Flores y a los brasileños a través de un séquito rocambolesco de escribas alcahuetes. Pero por sobre todas las cosas, Masanti dice que en su libro lo tratará como lo que es, militar pedante, hipócrita y megalómano. Será un generalillo de cartón, obsesionado por pasar a la historia parado sobre una peana de versos malos y que tendrá en grado sumo la primera condición que ha menester cualquier periodista que se precie: la hipocresía. Sin embargo, no le bastará un Paraguay entero para satisfacer sus ambiciones y el capitán Masanti sospecha que esa es la razón de la mediocridad de los versos del Mitre verdadero, porque más que la poesía es el lucro y la gloria lo que le ha importado desde siempre.

El Capitán sostiene que en su historia el generalillo será tan taimado como el verdadero y tal será su deseo de hacerse agradable a los demás, que hasta lo hará sonreír con las arrugas del traje. Y cuando se le mire los zapatos charolados, las uñas rosadas y abrillantadas, las mejillas de albaricoque en sazón, cualquiera que se le pare delante sentirá el impulso bonachón de pellizcarle los cachetes como a un niño.

– Él desea ser poeta… -confió el capitán Masanti-. Pero sus versos son tan malos y escasos que hasta él mismo lo sabe y se conduele…

Y para probarlo, extrajo de su chaqueta negra un viejo trozo de papel periódico, del que bien merece la pena dejar constancia, pues el tonto texto parece de verdad pertenecer al mismísimo presidente de los argentinos:

‘Hoy mismo, en medio de las embriagantes agitaciones de la vida pública, no puedo menos de arrojar una mirada retrospectiva sobre los días que han pasado y contemplar con envidia la suerte de los que pueden gozar de horas serenas, entregados en brazos de la musa meditabunda. Cuando esto me pasa, se me viene a la memoria un cuento que en otro tiempo me hizo reír y que hoy me hace suspirar, tal es la profunda verdad que encierra. Oiga el cuento: Un pobre pastor, hablando consigo mismo, se decía:

– ¡Ah, si yo fuera rey!…

– Y bien, ¿qué harías?…-le preguntó uno que le oía sin él advertirlo.

– ¿Qué haría? -dijo el pastor-. ¡Cuidaría mis ovejas a caballo!

Digo lo mismo. Si fuese rey, haría versos, por el gusto de hacer versos… a caballo. Y sin embargo, es probable que en el resto de mi vida no haga una docena de versos’.

– Capitán, quiera Dios que sobreviva usted para escribir esa historia. Es muy divertida… -le dije mientras bajaba la pierna herida y la depositaba con mucho cuidado en el piso de madera.”


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14 de diciembre

Al atardecer, taciturno y con los ojos color de rabia, volvió el capitán Masanti al lado de Martín Zamora, esta vez con un puñado de cartas a las que no sabía si clasificar para responder o para quemar allí mismo, en la cocina a leña de la señora Orozco. Estaba muy enojado, caminaba de un lado a otro de la habitación y mezclaba las cartas al azar como si fuesen naipes gigantescos.

– Hace dos días que el coronel Gómez está recibiendo notas de viudos condolidos… -se quejó el capitán-. Fíjese en esta, Zamora, escuche: “Montevideo, 13 de diciembre de 1864. Señor coronel don Leandro Gómez, Distinguido amigo: He leído con todo el interés que es posible a un corazón como el mío, sus hazañas en bien de esta su patria, de su gloria y de su orgullo nacional.

Quiero ser el primero, si es posible, en felicitarlo, en reconocer como siempre a mi compañero, a mi amigo, al que jamás abandonó su puesto para combatir hasta lo último contra esa raza infame de macacos, cuya ambición, desde la conquista de los españoles, por hacerse dueños de esta hermosa tierra, no ha dejado un día de hacer verter la sangre de esclarecidos varones, y que periódicamente nos ha envuelto en la anarquía espantosa a que se ha plegado siempre el partido de los tránsfugas, el colorado.

Sea Paysandú, mi amigo, la tumba de los brasileños y los traidores…”. Y ahora escuche esta otra, Zamora, vea: Querido don Leandro: La fortuna se la ha reservado Dios a usted y a ese puñado de valientes, que ya han inmortalizado sus nombres, y sus heroicas hazañas tienen henchido el corazón de todos, y hasta los viles y protervos unitarios se han visto en la necesidad de elogiar.

Usted puede repetir con orgullo las palabras de Sila a Mario:

‘¡Miserables! Queríais hundir la patria en la anarquía olvidando vuestros deberes. Yo conquistando laureles inmarcesibles, os he puesto en la obligación de ir a prosternaros de rodillas para agradecer a nuestros dioses las victorias con que enaltecía mi genio y mi brazo a Roma’.

¡Hermano!

Al despedirme os saludaré con las preciosas palabras de esas madres espartanas al colocar en el brazo de su hijo el escudo para su defensa:

‘Cubierto con él, lleno de gloria.

Sobre él, muerto, sea tu único ataúd’.

¡Adiós, valiente Leandro!

Lo abraza Coriolano Márquez”.


El capitán Masanti suspendió la lectura del resto de las misivas y las masacró una y otra vez entre sus manos hasta reducirlas a la mínima expresión. Luego encendió un cigarro, se sumergió en un impenetrable silencio y se dedicó a despedir nubes de humo por un extremo de sus hoscos y apretados labios.

– ¡Vaya partida de maricones! -exclamó al fin mientras arrojaba la bola de papel a un rincón de la habitación-. Todos nos saludan desde lejos y desde ya nos dan por muertos… ¡Qué forma tan miserable de dejarnos solos! ¡Carajo! ¡Hasta los masones abandonaron al Coronel!

Y antes de marcharse, tras encasquetarse el sombrero, el capitán Masanti miró desde la puerta a Martín Zamora con la misma dureza de los primeros días de calabozo en que lo había conocido.

– Se terminó la licencia, mi amigo, le doy doce horas para que vuelva a su trinchera. Cada día que pasa somos menos y por lo que veo, nunca seremos más.


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14 de diciembre

Aquella noche Martín Zamora se lavó, se afeitó y vistió cuidadosamente para cenar junto a las cuatro mujeres de la casa que lo esperaban en el comedor. Ayudándose con las muletas que retumbaban en el piso madera como los pasos de un pirata solitario sobre cubierta de un galeón, Martín Zamora salió afuera, atravesó lentamente el patio a cielo abierto con intenso olor a floraciones de jazmines del Cabo y entró a la amplia cocina cuando doña Leticia Orozco y sus tres hijas ya estaban sentadas alrededor de la mesa.

– Bueno, así es la vida… -dijo él a modo de saludo.

– Estábamos esperando por usted, soldado Zamora… -reconvino la madre con impasible cortesía.

– Lo siento, señora. No faltaba más, hubieran empezado sin mí… -se excusó él, acomodándose trabajosamente en el lugar vacío, dejando las muletas a su lado y observando el blanco territorio de la magra mesa.

En cada sitio, incluyendo el suyo, una cuchara de alpaca, una galleta dura como una roca, una tangerina y un empobrecido plato de fideos agriados, aguardaban el hambre de cada uno.

– Si hubiésemos empezado sin usted, ya abríamos terminado, pues lo que se ve es lo que hay… -dijo Patricia, la mayor.

– Gracias al Señor… -dijo Martín Zamora.

– Yo diría que gracias a las previsiones de don Leandro… -precisó la madre-. Aunque usted tendrá que disculpar que el guiso esté tan agrio, pues tuve que echarle una rociada de tres limones.

– No se preocupe, doña Leticia. En mi tierra mi madre hacía lo mismo, pues en días calientes cualquier plato se corrompe y no llega a la tarde sino gracias al limón, que por eso es tan preciado.

Y comieron hasta lo último, sin que nadie hablara de ninguno de los temas del día: ni sobre el alto el fuego ni sobre los refugiados en la isla Caridad, ni de la terrible tarea que les esperaba a ellas en el hospital de sangre.

– Tienes buen color… -señaló Mercedes con satisfacción-. Se ha ido la palidez y eso quiere decir que te ha vuelto la sangre que faltaba.

– Eso es tan cierto que apenas amanezca volveré a las trincheras…

Doña Leticia Orozco lo miró con gravedad. Y convencida de que lo importante al fin de cuentas, sucediera lo que sucediese, era ser fiel a las obligaciones, dijo que deseaba que el ángel que cada uno tiene lo acompañase en los próximos tiroteos, pues el doctor Mongrell iba a requerir de los servicios de su casa para los próximos heridos y esperaba que no fuese él nuevamente uno de ellos.

– De modo que vuelva a la cama y aproveche estas horas para reponer fuerzas, que al fin de cuentas hay otros que están peor que usted…

Así lo hizo. Y por el zumo de tres limones que lo mantuvieron despierto, como en los viejos tiempos de Algeciras, Martín Zamora conoció el primer atisbo del amor en un minúsculo recoveco de la noche. Y a aquella sacudida espiritual que le removió la sangre por primera vez en mucho tiempo, dedicó un breve capítulo dentro de las extrañas memorias, escritas con la supuesta finalidad de que aquellos que tuviesen el deseo de emigrar a estas tierras fuesen informados.


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“Por la ventana entreabierta a la noche entraba el aliento tibio del río Uruguay y adentro, la luz familiar de la vieja lámpara acariciaba nuestras frentes llenas de paz, mientras ella ojeaba ilustraciones de vísceras y huesos en un voluminoso libro para cirujanos y yo escribía. Cada tanto nuestros ojos se levantaban y sonreían a un tiempo, convertidos en espejos favorables en los que ninguno de los dos veía ni enfermeras ni guerreros, sino apenas un hombre y una mujer desamparados, sobrevivientes y aún frescos. Y a partir de las miradas, las ideas y las tentaciones venían alegremente a nuestros cerebros cansados de tormentos, de explosiones, de cráteres polvorientos, de cuerpos putrefactos.

Las horas pasaron. Un vago cansancio bajó a la tierra, ella cerró el libro sobre los secretos del cuerpo humano y mi pluma indecisa se detuvo, cediendo al mismo sueño que descendía sobre las cosas. Entonces la vi erguirse apenas sobre la mesa, acercarse y rozar su boca casi abierta sobre el dorso de mi mano. Cuando abrí los ojos nos miramos una eternidad, en un reposo melancólico y lánguido de almanaque vencido, que nos permitió observar la verdadera vida en el hueco sombrío de nuestras órbitas. La vimos largamente, enlazada con el amor y la muerte, sin tener a la vista nada que soñar…”


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15 de diciembre

Sin despedirse de nadie, Martín Zamora abandonó la casa de la familia Orozco antes del amanecer. Salió a la calle sosteniéndose en una sola muleta y apoyando cada dos pasos el caño del fusil en el suelo. Reconoció los alrededores desolados y anduvo tres cuadras bordeando los cráteres de las veredillas de 8 de Octubre, ocupadas por soldados macilentos y hoscos a causa de la mala noche, hasta encontrar amparo en la trinchera ubicada frente al almacén “El ancla dorada”.

Al verlo llegar, los tres guardias nacionales, desarrapados y oscuros, que vigilaban de pie hasta donde se perdía la calle Treinta y Tres Orientales, le prodigaron una afectuosa bienvenida al mundo de los vivos, pues dos de ellos habían estado en la misma balacera en que él había caído y en la que el gigantesco negro Guite le había perdonado la vida al ladrón de ajos.

Martín Zamora hizo bromas acerca de la inmortalidad de su pierna rota y se metió como pudo en el socavón donde unos veinte hombres tomaban mate y conversaban en voz baja sobre la escasez cada vez mayor de fulminante para los fusiles. Otros, acostados sobre tablones que los aislaban del barro aguado provocado por la lluvia, dormían como si el mundo fuera otro.

Mirándolos al pasar, rozándose con miradas en las que parecía acumularse el hastío, Martín Zamora eligió sentarse al lado de un hombre que roncaba hecho un ovillo en el zanjón y luego de estirar a medias la pierna herida, se entretuvo en armar un grueso cigarro.

– Usted siempre se las arregla para juntarse con las pulgas… -le dijo uno de aquellos hermanos Warnes con los que habían tomado la casa de los Ribero, señalando con el mentón al hombre que descansaba de espaldas a su lado.

Se estiró, examinó al durmiente y comprobó con sorpresa que se trataba de un inglés muy ufano de su sueño, un sueño más propio del gozo menudo de un par de horas apacibles, que del cansancio incontenible de la tensión de una trinchera.

– Coño, es Harris. Déjelo que duerma… -pidió mientras encendía el tabaco.

Sin embargo, su amigo el inglés debió interrumpir abruptamente su sueño de la madrugada, debido a la algarabía que provocó la aparición de una inesperada visitante. Era una joven mujer de cierta alcurnia llamada Magdalena Pons, hermana del teniente Rafael Pons, quien inadvertida consiguió abrirse paso por la esquina del almacén “El ancla dorada”, burlando la vigilancia del enemigo, y allí estaba, al pie de la trinchera y metida entre los hombres.

Nadie hubiera dicho que era una mujer cuya vida entre Paysandú y Montevideo se guiaba por las fiestas y por los ayunos dictados por la Iglesia, pues se la veía desgreñada como una loca de los campos, encascarada de barro desde los botines hasta los dobladillos del vestido y alterada por la urgencia de llegar hasta el coronel Gómez, pues dijo que venía desde la capital, solo para traer un par de valiosas comunicaciones del gobierno.

Un joven alférez de barba negra apellidado Sánchez, perteneciente al escuadrón Raña, se aproximó y llamó a Martín Zamora, al menor de los Warnes y a Raymond Harris, para que lo acompañasen en la escolta de la dama hasta la Comandancia y le asegurasen el último tramo entre los escombros.

Cuando ya habían llegado a las proximidades de la plaza de la Constitución, la señorita Pons, quien no dejaba de parlotear como un loro y exhibir un cierto aire de mandona de zona céntrica de la capital, reparó de pronto en el andar desquiciado de Martín Zamora y aseguró compasiva que él y todos los lisiados de Paysandú tendrían en pocos días una asistencia como Dios manda, con ensalada de legumbres frescas, sábanas blancas y monjitas de la caridad prodigándoles cariños y agradecimientos por el sacrificio realizado.

Y cuando el alférez Sánchez le preguntó a qué se debía su optimismo, apareció ante ellos el capitán Hermógenes Masanti, quien la reconoció de inmediato.

– ¿Qué la trae por aquí, señora?

Ella se tomó su tiempo para responder y pronunció las palabras mejor bienvenidas de aquel día:

– Traigo noticias para el Comandante… El Ejército de Reserva del general Juan Sáa viene marchando en auxilio de ustedes.

– ¡Yes!… -exclamó Raymond Harris sin poder reprimirse, dando con fuerza el puño de una mano sobre la palma de la otra. Era evidente que ya se veía lejos de Paysandú y en su casa de Gibraltar, a buen resguardo de todos los enemigos del mundo.

Entusiasmado, el capitán Masanti la tomó de un brazo y la condujo al interior, sin percibir que los tres hombres que la habían custodiado hasta allí, también ingresaban al recinto donde estaba el coronel Gómez y casi todos los integrantes del Estado Mayor.

– Venga, dígale al Coronel lo que acaba de decirme.

El Comandante, herido y vendado en su cabeza, se acercó para estrecharle las manos y al verla tan desaliñada y tensa, se condolió caballerosamente de las calamidades de su odisea para llegar hasta allí y la invitó con calidez a sentarse.

– Antes que nada, don Leandro, usted ya no es coronel… -dijo ella al tiempo que le extendía un sobre.

– ¿Qué dice usted? ¿Me han degradado acaso?

– Nada de eso… -respondió la mujer con una sonrisa muy pálida y serena-. El presidente Aguirre ha premiado su resistencia con un ascenso aplaudido en todo Montevideo, se lo puedo asegurar, quemaron todos los tratados con el Brasil en la plaza Independencia, las campanas tocaron a vuelo y hubo salvas de cañonazos en honor a ustedes. No se imagina lo que era la ciudad. Hubo mítines populares frente a la casa del agente paraguayo Brizuela y los manifestantes recorrieron las calles con banderas uruguayas y paraguayas entrelazadas, festejando la noticia de que el mariscal López está atravesando Corrientes para venir hacia acá. A partir de hoy, don Leandro, es usted General del Ejército Nacional por derecho propio. Y además, tendrá el apoyo del general Sáa que ya está marchando hacia aquí.

Harris, el menor de los Warnes, Martín Zamora y el alférez se habían quedado en las inmediaciones de la puerta, muy detrás de ella, viendo cómo Azambuya se cuadraba y saludaba a Leandro Gómez, mientras los demás aplaudían y movían las cabezas, como si todo lo que ella acababa de decir les resultase increíble.

El flamante general se quedó pensativo, se acercó al grupo y desde su altura miró al alférez Sánchez a los ojos. Aún levemente encorvado, con las charreteras espolvoreadas de escombros y desmadejado por el cansancio, era notoriamente más alto que cualquiera de los que estaban en el recinto de la Comandancia.

– Alférez… ¿se anima usted a pasar esta noche, a pie, entre las guardias enemigas?

– Me animo a pasar, mi general.

– Tendrá que aprovechar la oscuridad de la noche y arrastrarse como una culebra a lo largo de cuarta legua…

– Me arrastraré, mi general…

– Si lo sienten, es seguro que lo fusilarán…

– Haré lo posible, señor…

– Bien… -aprobó el general Gómez mientras tomaba asiento frente a su mesa y comenzaba a escribir una carta-. Le voy a confiar una importante comisión.

– Ordene, mi general…

Durante un rato no se escucharon más que los roces enérgicos de la pluma sobre el papel, mientras los demás conversaban en voz baja con la señorita Pons. Cuando terminó, el general Gómez tomó la nota, sacó del cajón de la mesa seis onzas de oro y se acercó nuevamente al alférez.

– Tome este dinero y una vez lejos de las fuerzas enemigas, compre un caballo y una montura, busque al general Sáa y entréguele esta nota. Pero antes, léala en voz alta aquí mismo, pues en caso de perderla o de que se vea obligado a deshacerse de ella, debe saber lo que tiene que comunicar…

Sorprendido, el alférez Sánchez carraspeó, se rascó su barba negra y sin mirar a los presentes, desplegó la nota y la leyó con una graciosa voz de escolar envejecido:

– “Al señor Comandante en Jefe del Ejército de Reserva, General Juan Sáa… Señor Genera El infrascripto, Comandante Militar al Norte del Río Negro, ha recibido aviso del Ministerio de la Guerra, de que Usted viene en marcha con el Ejército de su mando en protección de esta Plaza. En consecuencia, pongo en su conocimiento que el día 6 de este mes ha sido bombardeada la Plaza por la armada brasileña que se encuentra fondeada en este puerto, y que simultáneamente hemos sido atacados por el ejército del traidor Venancio Flores, el que ha sido completamente rechazado con pérdidas de gran consideración.

El ejército rebelde cuenta con casi 4.000 hombres de las tres armas y con una batería de seis piezas de artillería. Si el Ejército de Reserva que Usted comanda no tiene fuerza para librar con éxito una batalla campal, convendría entonces que contramarchara, pues indudablemente al ser sentido, el vándalo Flores marchará a su encuentro. La Plaza tiene víveres sobrados para resistir un sitio de dos meses y la guarnición es más que suficiente para rechazar al ejército enemigo, si nuevamente intentase atacar. Dios guarde al señor General…

Leandro Gómez…”


El joven oficial guardó la nota y miró al General y a los demás, como si esperase algún tipo de aprobación.

– Eso es todo, alférez… -dijo el General, haciéndole la venia primero y tendiéndole la mano después-. Ahora, vaya hasta donde lo lleve Dios y gánese los próximos galones…

Cuando escuchó el tramo que refería a “víveres sobrados para resistir un sitio de dos meses” y que la guarnición era “más que suficiente”, Martín Zamora recordó el guiso agriado y rociado por tres limones de doña Leticia Orozco y pensó: “Vaya sarta de exageraciones… Este hombre está loco…”.


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16 de diciembre

Después de escuchar demasiadas veces a sus hombres quejarse de la escasez cada vez mayor de fulminante para los fusiles de pistón, el joven Orlando Ribero fue llamado a la Comandancia y a solas con el general Gómez y el capitán Masanti, se enteró de que en un altillo del comercio de Rumbis, había una estiba de cajas de fulminante en cantidad suficiente como para cubrir buena parte de los rifles de la guarnición.

El único inconveniente era que el comercio de Rumbis estaba en la esquina de las calles Queguay y Sarandí, vale decir, una cuadra más allá de la línea de las trincheras y a merced de los merodeadores del temible Goyo Suárez.

El General le preguntó si se atrevía a asumir el riesgo de atravesar aquella tierra de nadie sólo con dos hombres del capitán Masanti, entrar al comercio cerrado y rescatar las preciadas cajas de fulminante.

Halagado por la confianza, el joven Ribero asintió de inmediato y luego salió al patio donde montaban guardia varios de los hombres del Capitán. Tras mirarlos uno por uno, descubrió que la mayoría tenían envoltorios deshilachados y mugrientos o vendajes con rastros de sangre seca en algún sitio del cuerpo o descansaban sobre muletas apoyados en la pared, de modo que se trataba de elegir un par de heridos leves y de confianza que no le frustraran la operación.

Así fue que eligió a Martín Zamora.

– ¡Español, venga conmigo!

Luego señaló al argentino vendedor de cigarros Joaquín Cabral y también le pidió que lo siguiera. Cuando estuvieron a su lado, los interiorizó de la misión y ambos, de buena gana, dijeron “vamos ya”.

Salieron por la trinchera de la calle Queguay y tras pasar a los fondos de la casa de las Orozco, atravesaron una quinta de naranjales quemados por el sol y llegaron al edificio de la otra esquina de la misma manzana.

Desde el lugar podía verse perfectamente el comercio de Rumbis al otro lado de la calle. Se trataba de un antiguo edificio de ladrillos rojos, tal vez el primero de la manzana, pues se le veía retirado con respecto a las casas vecinas, con un descampado delante donde en tiempos de paz se detenían los carruajes y los caballos de los clientes. Sin embargo, aquel espacio no era un sitio totalmente abierto puesto que había árboles, un par de canteros, unas paredes de baja altura a los costados de un galpón y también un aljibe.

Si bien no se percibía ningún movimiento, Orlando Ribero hizo el primer disparo de fusil al portón entreabierto del galpón. Luego tiraron los tres al mismo tiempo con la intención de obligarlos a descubrirse.

Orlando Ribero gritó que saliera cualquier persona que se encontrara en el interior del caserón. Nadie respondió. Volvieron entonces a hacer una descarga de intimidación, que nadie repelió. Esperaron, volvieron a gritar y abrieron fuego una vez más.

Pese a que nadie contestaba, sabían que estaban allí. Podían olerlos.

Con la pierna renga dolorida de apoyarla en tierra, Martín Zamora ya empezaba a dudar de que hubiese gente allí dentro, cuando alguien, probablemente un muchacho asustado, hizo fuego desde una de las ventanas. Aquello les sirvió de confirmación. Abrieron fuego más nutrido y destrozaron todas las ventanas. Los ocupantes respondieron con tres descargas, dos desde adentro y una desde el techo. Después de tirotearse durante cinco minutos, decidieron tomar por asalto el edificio. Orlando Ribero le hizo una seña a Martín Zamora y este, otra a Joaquín Cabral e iniciaron el avance sin dejar de hacer fuego.

Uno de los ocupantes del caserón apareció por la puerta del galpón y cayó con una bala en plena frente. El otro apareció en una de las ventanas y recibió un balazo en el pecho que le atravesó los pulmones. Al tercero no le fue tan mal, pues huyó entre la arboleda de los fondos arrastrando una pierna baleada y desapareció.

Una vez adentro, por precaución de su pierna lesionada, Martín Zamora se apostó de vigía en una pequeña ventana, mientras Cabral y Ribero subían por la empinada escalera al altillo donde presumían que encontraban los cajones.

Sin embargo, excepto unos pocos fulminantes desparramados en un rincón, allí no quedaba nada. Los saqueadores se los habían llevado.

Desolados por la desafortunada operación, los tres volvían en silencio hacia la Comandancia, cuando Orlando Ribero se detuvo en seco apenas traspusieron la trinchera. Como si se hubiera iluminado de pronto, recordó que una vez se le había roto la chimenea a una de sus pistolas de tirar al blanco, impidiéndole el tiro porque el fulminante no explotó. Fue entonces que se le ocurrió ponerle un fósforo a la chimenea rota y luego de apretar el gatillo, el arma disparó a la perfección.

Una vez en la plaza, mientras el General estaba en la cima del Baluarte de la Ley observando los alrededores, enteraron de lo ocurrido en el caserón de Rumbis al mayor Torcuato González, comandante de la trinchera, advirtiéndole que no había que desanimarse, pues a falta de fulminante también con fósforos se podía disparar, ya que bastaba con colocar el mixto sobre el oído del fusil después de cargado, para que detonase la munición.

Fue en ese instante que apareció el general Gómez y tras escuchar las explicaciones, pidió que hiciese una demostración allí mismo, en el patio de la Comandancia. Orlando Ribero acondicionó el rifle tres veces con cabezas de fósforos y las tres tiró sobre el muro con el mismo resultado. Luego le extendió el arma al General para que la observase.

– Es verdad, la chimenea está limpia -comprobó-. Ahora… ¿de dónde sacamos los fósforos?

– De nuestro almacén, general. Hay ocho o diez cajones con sesenta latas de fósforos de Roche cada uno.

– Magnífico. Reparta una lata a cada trinchera y reserve el resto en la Jefatura.

Cuando se hizo la noche, todos los cantones de ciudad habían recibido ya la orden de no gastar un fulminante, a menos que fuese en caso de hacer fuego apresurado o durante la noche, cuando es más difícil colocar la cabeza del fósforo sobre el oído del fusil.


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17 de diciembre

Al día siguiente, cuando la obstinada señorita Pons ya había partido de regreso a Montevideo llevando informes secretos ocultos en los dobleces de su vestido negro, corrió entre los defensores la noticia de que en las primeras horas de la tarde habían llegado al puerto algunas hermanas de la Caridad acompañadas por el señor vicario.

La noticia era buena. No solo porque traían el propósito de atender a los heridos de la guarnición en el hospital de sangre, sino también porque una visita que contaba con el permiso de las fuerzas sitiadoras garantizaba que por unas horas no habría ataques ni caerían bombas sobre la ciudad.

Un rato después las vieron venir conversando animadamente por el centro de la calle Real en dirección a la plaza. El grupo continuó acercándose y cuando estaban a seis o siete cuadras del portón del oeste, el alférez Espilma contó trece monjas, un cura gordo de respetable estatura y un perro sarnoso que los festejaba. Ninguno de ellos denotaba temor alguno y avanzaban como si el pueblo les resultara conocido y el perro fuese un alcahuete cotidiano de la Madre

– Nos mandaron un monasterio completo… -dijo Espilma, acercándose cautelosamente al artillero del cañón de a ocho ubicado en el centro del portón del oeste.

No había terminado la frase, cuando de pronto las monjas se separaron en dos grupos y enfilaron rápidamente a los extremos de la primera bocacalle, al tiempo que una pieza de artillería de los sitiadores apareció por la esquina, enfiló hacia el portón y disparó.

A los flancos de la pieza, una veintena de soldados negros imperiales aparecieron ocupando la calle, pusieron rodilla en tierra y también abrieron fuego.

Al ver el fogonazo del cañón, Espilma apretó el hombro del artillero y este disparó el suyo con tal precisión, que dos de las monjitas volaron en pedazos y una tercera perdió la cabeza desde la misma base del cuello, sin que eso le impidiese caminar milagrosamente un par de pasos en dirección a la pared, en donde terminó estrellándose. A la distancia se veía que su toca pasaba rápidamente del blanco inmaculado al violento carmesí de las batallas.

Ante aquella pequeña victoria religiosa, media docena de guardias nacionales abandonaron la trinchera y comenzaron a tirar a discreción, mientras uno de ellos gritaba desaforadamente “¡Ahí va nuestra bendición, señor Vicario!”

Y al cabo de cuarenta cañonazos de parte a parte y a bala rasante, dos compañías de la guarnición saltaron fuera de las trincheras y avanzaron en tiroteo en medio de la humareda, con la clara intención de apoderarse del cañón enemigo. Pero los imperiales advirtieron la maniobra y se retiraron a tiempo con el cañón hirviendo, mientras las compañías, precaviéndose de alguna sorpresiva operación que las cortase en partes, regresaban a sus trincheras sin avanzar más terreno.

Sobre la calle, arqueado entre los muertos y los heridos, el señor Vicario agonizaba de cara al cielo envuelto en su sotana salpicada de claveles rojos, mientras una y otra vez con voz cada vez más débil decía: “Eu sou el capitão Coitinho… Eu sou Coitinho, el capitão…”


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17 de diciembre

Luego de la cruenta escaramuza con las monjas y el señor Vicario, el capitán Hermógenes Masanti, Martín Zamora, Raymond Harris y tres de los guardias nacionales, dieron una vuelta de relevamiento alrededor de la ciudad, para volver a la Comandancia al cabo de dos horas, con una noticia extraña: los sitiadores no tenían más que guardias de caballería y tanto la nave del Barón de Tamandaré como el grueso de los dos ejércitos parecían haber desaparecido de los alrededores de Paysandú.

Apenas si al noroeste, sobre la costa del río, se mantenía un campamento de cuatrocientos hombres.

Masanti, Zamora y Harris llegaron en el mismo momento en que el Estado Mayor comentaba la artimaña fallida del último ataque y el general Gómez perdía los estribos y tiraba el quepi contra la pared y preguntaba a los gritos en qué clase de degenerados se habían convertido Venancio Flores, Tamandaré y los oficiales brasileños, que no dudaban en disfrazar a sus hombres de guardias nacionales, de monjas de la caridad o en escudarlos en una banda de infelices músicos negros con tal de romper la defensa de la plaza.

El coronel Lucas Píriz, Tristán de Azambuya, el comandante Juan Braga y el mayor Larravide, todos heridos en alguna parte, lo escuchaban en silencio adustos, acuclillados como indios contra la pared del recinto en penumbra. En ese instante, paralizados por los exabruptos del General, el capitán Hermógenes Masanti y Martín Zamora detuvieron su ingreso y permanecieron estáticos en la puerta, observando la escena.

– ¿Cuántos hombres hemos perdido defendiéndonos de esas cobardías y del bombardeo de la escuadra?… ¿Cuántos? -preguntó de pronto el General mirando a Lucas Píriz.

– Doscientos diez entre muertos y heridos, señor…

– ¿Cuántos han perdido ellos?

– Alrededor de seiscientos…

– A ese ritmo duraremos diez días sin asistencia… -consideró Tristán Azambuya.

– Tal vez mañana tengamos noticias del ejército de Juan Sáa… -aventuró Lucas Píriz.

– Tengo novedades, general… -interrumpió el capitán Masanti aproximándose a la mesa-. La Recife de Tamandaré y dos naves más desaparecieron en la madrugada río abajo. Parece que terminaron con las municiones… Quedan solo tres barcos frente al puerto…

– Tamandaré volverá enseguida… -reflexionó el general Gómez más calmado pero sombrío, sentándose a la cabecera de la mesa-. No tiene que volver al Brasil para traer más bombas; el ladino de Mitre ya lo estará aprovisionando en Buenos Aires… Carajo, si vinieran tres o cuatro buques paraguayos, desaparecería la escuadra brasilera… Y si el huevudo de Urquiza se decidiera…

El capitán Masanti volvió a hablar:

– Hay algo extraño, mi general. Una buena parte del ejército de Flores también ha desaparecido. Y de la gente del general Souza Netto apenas si queda un pequeño campamento sobre el río al noroeste…

Fue mientras el General cavilaba sobre la situación, cuando se escuchó en el patio un alboroto de los mil demonios, que dio lugar enseguida a uno de esos incidentes extraños que de repente modifican de modo imprevisible una situación. Aquel griterío provenía del capitán Areta, a quien la ginebra parecía haber desatado su osadía hasta el frenesí.

– ¿Dónde están? -preguntaba mientras se metía puertas adentro poseído de un incontenible empuje-. ¿Por qué no vamos por esos perros? ¿Quién me acompaña?

El general Gómez, quien parecía dudar entre sancionar aquel desborde o calmarlo como a un hijo que ha pasado una mala noche, se removió molesto en su asiento hasta que levantó sorpresivamente la cabeza.

– ¿Qué esperamos? -dijo mientras se ponía de pie-. ¡Vamos por los macacos!


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17 de diciembre

“Ahora me he enterado por el capitán Masanti de las razones profundas que tiene el General para su aversión desmesurada hacia los imperiales. Don Leandro odia todo lo que huela a portugués, a brasileño, a invasión, a prepotencia, pues dicen que era un niño cuando vio entrar en Montevideo el ejército de Portugal al mando de Federico Lecor, el Barón de la Laguna, el hombre que convirtió la Banda Oriental en Provincia Cisplatina durante casi una década, con la complacencia y el placer de una docena de casaderas y traidores alcahuetes comprados con tierras y absurdos títulos nobiliarios. Apenas seis años tenía don Leandro cuando de la mano de su padre debió soportarles la soberbia, los entorchados de oro, los estandartes de la casa de Braganza y los cuartazos de caballo que tiraron de bruces a los jóvenes que en la puerta de la Ciudadela de Montevideo gritaban ‘¡Joputas, joputas!’ al paso del ejército invasor. Seis años tenía don Leandro cuando a los tirones su padre, don Roque Gómez, gallego oriundo de Queiruga e indomable fanático de la Corona de España, se apresuró a sacarlo de allí mientras los rebeldes impotentes soportaban las burlas de los fusileros lusitanos.

‘Leandro, si algún día tienes que odiar a alguien, odia a los portugueses’, le dijo su padre eternamente altivo, mientras marchaban entre los entuertos del empedrado hacia su casa lindera a la iglesia de la Matriz, germinándole así las osadías y la furia con que cuarenta años después, este hombre salta como un enajenado sobre los brasileños, los balea y echa espumarajos por la boca como si lo hubiese acometido el mal de la rabia.

Y me ha metido miedo ver nuevamente y de cerca al general Leandro Gómez en acción, pues con él al frente, seguido del coronel Raña, el comandante Silvestre Hernández y el teniente coronel Belisario Estomba, salimos hoy ciudad afuera unos cincuenta hombres montados, es decir, los pocos que pudimos hacerlo desde el día en que perdimos todos los caballos.

Después de un rato de marchar al tranco explorando el terreno, al reparar el General en que el enemigo no daba señales de vida, pidió que nuestro piquete siguiese avanzando y ordenó que viniese en nuestra protección una fuerza de quinientos hombres de infantería, que no demoró en emprender un trote silencioso rumbo a la bajada del puerto.

Apenas los tuvimos a la vista, nos desplegamos en dos guerrillas y protegidos por los infantes, avanzamos por sorpresa sobre la batería edificada por los imperiales. Un tiro de fusil resonó en la mansedumbre del río, luego otro y finalmente todo fue una descarga cerrada.

Los soldaditos negros que dormían bajo los espinillos trataron de incorporarse. Muchos de los benguelas cayeron en la segunda descarga y los demás, aterrorizados ante nuestra aparición, huyeron como hormigas despavoridas, hasta desaparecer entre los montes costeros del norte. Sin darles tregua, los perseguimos con gritos de verdaderos bárbaros durante una media legua y no más, pues el coronel Píriz, temiendo alguna estratagema, dispuso una cautelosa contramarcha, siempre al tranco.

En el campo quedaron tendidos unos cincuenta de ellos entre muertos y heridos, ocho a manos del mismo general Gómez.

Mientras ocurrió el asalto, una de las cañoneras brasileñas nos disparó cuatro o cinco tiros sin ofender a nadie, pues las balas pasaron muy alto sobre los barrancos, dejando sobre nosotros una débil y ruidosa estela de tristes trapos quemados.

Luego de inutilizar y clavar en la tierra más de veinte cañones abandonados, mientras el General descansaba unos instantes con los brazos caídos y la cabeza echada hacia atrás sobre un catre toldado, entre todos cargamos con una cantidad considerable del armamento enemigo y también con cuanto pudimos de sus ropas, instrumentos musicales, ollas, calderas, cacharrerías y demás zarandajas y hasta un barril de exquisito aguardiente al que dimos espita apenas estuvimos de vuelta en el patio de la Comandancia.

Y mientras don Leandro tosía y echaba cálculos sobre los días y las horas que el lerdo general Saa demoraría en llegar o en que se pronunciase de una vez el indeciso Urquiza, o hacía planes con el Estado Mayor para luego buscar una hora de reposo en la calma, nosotros volvimos al aguardiente, a los cantares, mi música y a la de Pascual Bailón, pero con una desafinación tan insoportable que más vale olvidarlo todo y el que quiera saber más que vaya a Salamanca, pues yo hago punto y tiendo, como dicen los novelistas finos, un velo sobre los restantes acontecimientos de esta noche…”


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17 de diciembre

“Anoche, luego de tumbarnos a descansar en un foso cercano al almacén ‘El ancla dorada’, Raymond Harris pidió indulgencia por sus digresiones y me dijo que no creía un ápice en que Venancio Flores y el general Netto hubieran abandonado el sitio.

‘Se trata claramente de una estratagema’, concluyó en un tono misterioso, suponiendo tal vez que expresándolo así, me empujaría a que se lo comunicase al capitán Masanti y este al general Gómez. Cuando le pregunté qué quería decir con eso, contestó: ‘Zamora, amigo mío, lo que está haciendo Flores es una artimaña para cambiar la naturaleza de las cosas ante los ojos del enemigo’. Y agregó que un general prusiano de su conocimiento lo había reflejado ya con mayor felicidad, que así como la imaginación es una prestidigitación con las ideas, la estratagema es una prestidigitación con las acciones.

Era evidente que por más inglés que fuera, había, sin necesidad de mencionarlo, una apenas secreta, una apenas ocultable admiración por el general Venancio Flores. Recién lo entendí al día siguiente, cuando el capitán Hermógenes Masanti me mostró la carta incautada a un correo enemigo, dirigida a un tal Héctor y firmada por un señorito Bustamante.”


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17 de diciembre

En pleno mediodía, apenas más allá de las últimas viviendas abandonadas de la ciudad y teniendo a la vista a menos de una legua de distancia los toldos de un campamento imperial, Raymond Harris y dos soldados hermanos, Juan y Eusebio Benavides, de las avanzadas del capitán Olivera, descubrieron un hermoso caballo zaino, mordisqueando pasto amarillo al lado de un pequeño aljibe de piedra.

Estaba muy bien ensillado, con las riendas sueltas y cualquiera podía suponer que el animal estaba pronto a emprender un largo viaje, pues apenas se apreciaba un sudor brillante en la tabla del pescuezo, en un mediodía bien ardiente con cuarenta grados a la sombra y un silencio aserrado de ida y vuelta por las chicharras invisibles. Sobre el anca, una alforja abultada colgaba repartida en dos pesadas mitades, hasta tocar casi las verijas del animal. Sobre la montura, una camisa raída colgaba al descuido con las mangas casi a rastras.

Pero del jinete, nada. Ni en los alrededores, ni cerca, ni lejos.

– ¿Lo habrá bajado de un tiro alguno de los nuestros?

– ¿Habrá escapado del campamento ese caballo?

– Es probable. Las dos cosas son probables. Pero también el jinete puede estar herido atrás del aljibe.

– Ese zainito nos vendría muy bien en la avanzada…

– Vaya maleta la que lleva… Juan Benavides decidió que valía la pena el riesgo y gateó hasta el aljibe con el fusil amartillado y goteando diamantes nariz abajo. Cuando llegó a las cercanías del animal, se recostó al brocal y desde allí miró a un lado y a otro y cuando tuvo la certeza de que no había riesgos, hizo señas de que podían acercarse al aljibe. Sin embargo, cuando Harris y Eusebio Benavides estuvieron a cubierto y se aprestaban a hacerse del caballo, una voz terrorífica y deformada por una suerte de gárgara manada de las profundidades de la tierra, los paralizó en el sitio.

Eusebio Benavides abrió sus ojos achinados como si hubiera descubierto algo tremendamente simple. De un salto se puso de pie y apuntó hacia el interior del aljibe: allí estaba el jinete. Un hombre pálido y flaco como un Cristo de iglesia, se bañaba desnudo en el agua fresca y verdosa que aún restaba de la última lluvia. Sus pantalones y calzoncillos flotaban sobre el agua al alcance de su mano.

– ¡Con que envenenando el agua con tus bolas coloradas! -le gritó hacia adentro Eusebio Benavides.

Aterrorizado, el otro saltó hacia atrás, chapoteó y se dio contra la pared, sin lograr escapar de la mira del fusil que allá arriba le seguía como un búho las mil torpezas desde la boca del pozo. Con sus mechones negros mojados y pegados al cráneo blanco, las clavículas punteando bajo la piel aceitada y los dedos como garfios extendidos hacia arriba, el desgraciado tenía un aspecto espectral.

– ¡No tire, hermano, no tire!

– ¡No grites, carajo! ¿Qué haces ahí?

– Una refrescada, nada más que eso, antes de… salir…

– ¿De salir para adonde…? -preguntó Eusebio Benavides apuntándole a la cabeza.

– A Montevideo. Llevo correo, cartas de la gente…

– Pues no salgas del aljibe antes de una hora, porque te liquidamos como a una tortuga…

– No, hermano, vaya con Dios…

– Hermano una mierda, quédate donde estás…

Para entonces el inglés ya estaba sentado detrás de un muro de piedra abriendo la maleta y curioseando los bultos y las cartas. A su lado, agachado, Juan Benavides sostenía el caballo y no perdía de vista ni a su hermano acercándose como un lagarto entre los pastos, ni a la boca del aljibe por donde podría aparecer el infeliz del correo.

Entre todos los papeles incautados, Raymond Harris consideró que el más valioso, el más terrible, era la carta de un señorito José Bustamante, secretario de Venancio Flores, dirigida a un amigo llamado Héctor Varela residente en Montevideo. Tan terrible, que el capitán Hermógenes Masanti dudó en mostrársela al general Gómez, pues temía que terminara con el resto del aguardiente y se hundiese en una depresión y en un ataque de tos del que sólo la próxima batalla lo sacaría.


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“Querido Héctor: Esta carta es para usted no más. Comprenderá, mi amigo, que por más brillante que sea la situación del ejército libertador, habría siempre inconveniencia en hacer públicos ciertos detalles, cuyo conocimiento puede sernos perjudicial.

Contenga, pues, su impaciencia, que comprendo, y devore solo, por ahora, las importantísimas noticias que sólo a usted me atrevo a confiar.

Nuestras fuerzas, sin incluir a nuestros simpáticos aliados, suben a cinco mil y pico de hombres. Se entiende, sólo lo que existe frente a Paysandú.

Las tropas de marina (cuya habilidad para hostilizar al enemigo, poniéndose fuera del alcance de sus fuegos, no me canso de admirar) puede calcularlas en cuatro mil y pico de soldados.

A esto debo agregar cincuenta piezas, entre las que hay de calibre 60 y 80.

No incluyo tampoco los cuatro mil y pico de las tres armas con que se nos sumó el bravo General Netto.

Sume usted ahora y compadézcase de los pobres blancos.

Para hoy está fijado el ataque y asalto de la plaza. El contento y el entusiasmo se ven en todos los rostros. Todos ansiamos el momento en que se dé la señal. Yo, para observar mejor la operación y poder trasmitir a los amigos de ésa hasta los menores detalles del asalto, me he situado nada más que a una legua de la ciudad, sobre una altura que lo domina todo y desde donde se goza en la contemplación del espléndido panorama que ofrece la vista del puerto y la costa argentina. De repente oigo tocar retirada. A cualquier otro hubiera causado sorpresa tan inoportuna disposición, pero a mí, que conozco tanto al General, maldita la impresión que me causó.

Al instante adiviné que el General, condolido ante la desesperada situación de estos infelices engañados por farsante don Leandro, había hecho una de las que acostumbra. Dicho y hecho.

El General Flores había resuelto levantar el sitio, para evitar la efusión de sangre. ¡Qué alma tan magnánima! Y qué hombre tan calumniado, sin embargo, por sus enemigos, incapaces todos de abrigar sentimientos tan generosos y nobles.

Por este motivo tuve un fuerte altercado con uno de nuestros amigos, que se empeñaba, lamentando la retirada, quererme convencer de que ya era tarde para dar ese paso puesto que ya había corrido la sangre en abundancia y la ciudad estaba reducida a escombros y sus habitantes arruinados, más otras tonteras y majaderías por el estilo. Verdad es que el disgusto fue general, pero pronto se convencieron de lo prudente y acertado de la medida.

No vaya usted a creer, mi querido Héctor, que aludo al importuno rumor de la aproximación de Sáa, ni a la aparición de unos individuos que venían en unos fletes ‘comme il faut’ y que se decían dispersos de Máximo Pérez. No lo piense usted.

Ojalá, amigo. Ojalá que viniese Sáa.

El plan del General es este: retirarse hasta encontrar el gran ejército brasileño del Mariscal Juan Propicio Mena Barreto, del que sabemos que ha entrado ya al país por la ciudad de Melo, para facilitar su incorporación. Y luego dejar que Sáa se interne en Paysandú y después, cuando menos lo esperen los enemigos, aparecer rodeando la plaza con un ejército de veinticinco mil hombres y obligar así a la guarnición a que se rinda.

Se llena así el gran desiderátum del General (evitar la efusión de sangre) y se obtiene la ventaja de matar dos pájaros de un golpe, pues Sáa tendrá que rendirse enseguida.

Cuánta previsión, mi querido amigo. El jefe de la Revolución es un hábil General, a la vez que un hombre cuyos humanitarios sentimientos todos aprecian.

Y todavía hay quien le enrostra el degüello de Párraga y demás criminales de la Florida. ¡Infames!

El ejército libertador ha disminuido estos días en unos quinientos hombres. No me refiero a los muertos y heridos.

Quiero hablarle de los uruguayo-brasileños que nos acompañaban desde el principio de la revolución que, como usted sabe, se han ocupado toda su vida del comercio de frontera y que ahora, en el calor de la pelea, no pudieron prescindir de tomar algunos bienes (de todos modos eran efectos perdidos) de las tiendas y almacenes que no podían proteger los soldados de Gómez.

Tocan retirada…

Mañana o pasado, si me es posible, continuaré esta carta.

Suyo afectísimo

Bustamante”


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18 de diciembre

Escribió Martín Zamora: “Los de la plaza ya no se ocupan de las guardias sitiadoras de la zona del puerto, pues han comprendido que si vuelven a hacer otra salida, los enemigos se retirarán y luego tornarán a sus puestos, convencidos de que los sitiados no tienen caballos para perseguirlos. A tal punto está la situación tranquila, que a los oficiales de la guarnición se les permitió ir de paseo hasta el puerto, sin que los brasileños los hostigaran de ninguna manera. Sin embargo, bajo esta telaraña engañosa, el hambre y la miseria amenazan hacer estragos entre nosotros y no sé de dónde ha sacado el general Leandro Gómez que las existencias de víveres nos amparan por dos meses. Nada más lejos de la verdad. Son cada vez más los harapientos descalzos que barbudos y sucios se pasean mendigando un pedazo de galleta con el fusil en la mano y hay quienes se arriesgan fuera de las trincheras buscando un cerdo sobreviviente o un buey errante entre las casas abandonadas. Anoche ocurrió uno de estos incidentes que pudo ser tragedia pero que, por fortuna, no quedó más que en una anécdota muy cómica con una lección detrás.

Encontrándose ayer aliviados de tareas, a un tal Fonseca y al teniente Pons se les ocurrió recorrer la línea de fortificación y visitar a sus compañeros. Poco después de emprender la marcha, llegaron a un sitio en el que vieron fuera de trincheras cinco gallinas que la casualidad había conservado vivas. En el acto discutieron el caso y al fin resolvieron que en la noche, las mansas aves debían sufrir un asalto. Y a eso de las once, los dos hombres emprendieron la operación planeada, las capturaron dormidas y las descabezaron sin que ocurriera ningún alboroto. Sin embargo, al regreso, los expedicionarios se extraviaron con las codiciadas presas bajo el brazo y entraron a un patio en ruinas donde se encontraba un hombre durmiendo.

Al verlo en la penumbra, Fonseca lo tocó con el pie y le preguntó en voz baja dónde estaba la salida. El interpelado se incorporó de un salto y sacando su sable les respondió agriamente:

– ¡Ahora les voy a mostrar la salida, capones! En el acto lo reconocieron. El hombre que tenían delante era el coronel Tristán de Azambuya, quien de inmediato los condujo detenidos hasta el cuerpo de guardia, donde permanecieron hasta que llegó el jefe, el coronel Aberasturi. Enterado de lo ocurrido, se puso a reír y pidió luego al coronel Azambuya la libertad de los detenidos, la que fue concedida previa la correspondiente amonestación.

Pero hay tiempos en que todos los hombres parecen tener su precio y este no tiene por qué ser muy alto que digamos: el coronel Azambuya terminó por hacerse cómplice de la aventura, puesto que aceptó una de las gallinas capturadas por los expedicionarios y dicen que luego la comió a las brasas… con el coronel Aberasturi”.


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19 de diciembre

Escribió Martín Zamora el diecinueve de diciembre: “Ñorita es el apodo del voluntario argentino al que van a fusilar mañana por la mañana, para escarmiento de los que padezcan la tentación del pillaje. Se trata de un joven artillero correntino de pelo chuzo al que sorprendieron robando varios pares de botas en una zapatería de la calle Rincón de las Gallinas, según parece muy ignorante de cuánto detesta a rateros y saqueadores el general Gómez.

Doy fe que el saqueo es de las conductas más detestables que he visto en los hombres. Y era esta, sin duda, la razón de mis desavenencias mayores con el finado Hermes Nieves y también de mis silencios obstinados, en ocasiones duraderos por varios días, cuando el tuerto Laurindo José, además de robarse a los negros libertos de las haciendas uruguayas y arrearlos al Brasil, despojaba de sus vestidos y hasta de las prendas más íntimas a las mujeres indefensas y enviudadas por su causa, sólo para olfatear aquellos trapos y excitarse durante el largo trayecto como si de una droga marroquí se tratase. Pues también tuve que ver durante el ataque del seis, mientras montaba guardia en los techos de la Jefatura, la burlona faz de los sitiadores despojando de sus botas pringosas a los muertos o entrando como ratas humanas en las viviendas a través de los huecos dejados por los cañonazos, para salir luego cargados de enseres, vestimentas de domingo y vajillas plateadas. Ofenden la vista los saqueos y a veces más que un muerto, pues se tiene la opresiva sensación de que allí donde se ejercen esas repugnancias, en ese hogar abandonado precipitadamente con la esperanza de recobrarlo algún día, están todas las razones de vivir y las posesiones que le fueron dadas obtener a la víctima durante toda su existencia y en tiempos de paz.

Por eso casi no sentí compasión del correntino Ñorita, por más que dicen de él que se trata de un joven valiente, que no ha ahorrado pellejo a la hora de saltar fuera de las trincheras. Me consta que esta noche, mientras escribo a la luz del farol, el ladrón de botas estará conviviendo con los mismos pensamientos siniestros con los que Raymond Harris y yo debimos hacerlo cuando fuimos condenados, pues el general Gómez ha ordenado que lo pongan en capilla, para que mañana a las diez en punto, enfrente la compañía al mando del teniente coronel Belisario Estomba, quien deberá pasarlo por las armas a la vista de toda la guarnición.

Y que el Gran Poder se lo lleve a mejor sitio, que mucho no habrá de costarle…”.


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20 de diciembre


Faltaban diez minutos para las diez de la mañana, cuando una batería enemiga ubicada al noroeste de la plaza de la Constitución comenzó a cañonear a discreción sobre la iglesia con proyectiles de grueso calibre, haciendo temblar la estructura del edificio y levantando una espesa humareda en los alrededores, pero el ataque no impidió que a tres cuadras de distancia, fuese colocado un banquillo en un hueco de pared lindera a la zapatería de José Castells, donde ocurrió el robo de las botas.

Apenas se formó el cuadro de guardias nacionales el reo entró allí, demacrado bajo el sol, descalzo y harapiento, al paso que le permitía la barra de grillos remachada a la altura de los tobillos. A su retaguardia marchaban los tiradores.

En el instante en que sentaban en el banquillo al sentenciado, la misma negra Severia, desequilibrada, bruja, fibrosa y fantasmal que había despedido a los caballos en fuga durante el bombardeo del seis de diciembre, emergió de los escombros cercanos y con su paso pequeño y veloz de ratón de campo, se abrió paso entre los curiosos y se aproximó al condenado con las manos en plegaria, observándolo arrobada y echándole su aliento pestífero de estómago vacío en medio del rostro.

– ¡Oh, qué lindo que eres! -le dijo-. No te vayas, por favor…

El correntino Ñorita dio un salto en el banco y abrió desmesuradamente sus ojos y sus labios arriñonados, las comisuras hacia abajo, dejando ver sus grandes dientes apretados por el miedo y el asco.

De las inmediaciones se escucharon fuertes gritos provenientes de los hombres que detestaban a la negra Severia por su mal agüero, al suponer que atraía las fechorías del enemigo mientras las trincheras caían en el sueño.

– ¡Fuera, bruja! ¡Quiten ese cuervo de ahí!

– ¡Mátenla a ella!

Nadie la conocía ni la había visto en la ciudad, sino hasta unos tres meses antes de que se iniciara el sitio, por lo que todos pensaban que había llegado allí como linyera, deambulando por la región sin distinguir entre sitiados ni sitiadores, abriendo sus piernas por una noche al taimado hojalatero Sengotita, comiendo a la escasa sombra de los hombres del capitán Areta o mendigando entre los soldados de Flores y espiando para ellos tal vez.

Mientras observaba el incidente desde la trinchera cercana, Raymond Harris dijo a Martín Zamora que si el alboroto de protesta continuaba, no era difícil que Severia terminara escarnecida, acosada y sentada en el mismo lugar donde penaba el ladrón de botas. Que durante muchos días con sus noches, dijo Harris, en varias oportunidades, había escuchado en las conversaciones de fogón que no la querían cerca, que le temían, que una vez aceptada como artículo de fe la versión de que la negra era bruja, todo el mundo había tomado partido contra ella. A simple vista se percibía. Ni los guardias pasaban por la noche frente al socavón del rancho de Sengotita donde la negra se arrebujaba, ni tocaban cosa que le perteneciera. En otras ruedas frente al fuego, se le daba el mejor resguardo para que se sintiera cómoda y se aburriese de la comodidad. Y cuanto terminaba de comer, apenas volvía la espalda y se iba, le hacían la señal de la cruz o dejaban caer un puñado de sal donde ella había estado. Por los días que las mujeres de Paysandú aún no se habían marchado a la isla Caridad, las embarazadas se apartaban su presencia como de la peste y las madres separaban a sus niños del alcance de su vista evitando que echara el mal de ojo. Si un perro aullaba junto al cementerio, era Severia quien llamaba a la sepultura a algún habitante del pueblo y si una lechuza sobrevolaba el campanario de la iglesia nueva, era ella que acababa de sorber el aceite de la lámpara y era seguro que alguien de los alrededores caería a continuación bajo la calamidad de sus malas artes.

Entre la gente apareció el teniente cura Juan Bautista Bellando, con un crucifijo en la mano y la intención de acompañar al condenado hasta la puerta del túnel luminoso. Al verlo Severia se apartó, sin que nadie la hubiese obligado a hacerlo. Y a Ñorita, quien se aprestaba a morir escuchando las preces del cura, al verla retirarse le volvió el coraje y pidió que de modo de última voluntad le dejasen hablar.

Belisario Estomba lo pensó un instante y al fin resolvió:

– Que hable. Pero si se sobrepasa en inconveniencias, que redoblen los tambores…

El artillero Ñorita se paró sobre el banquillo y gritó casi llorando, abriéndole paso penosamente a una mueca de sonrisa:

– ¡Compañeros, como ven, voy a caer mal en esta guerra! ¡Ya no podré seguir tirando a los macacos! ¡Pido que me dejen tirar el último cañonazo!

– ¡Denegado el pedido! -exclamó Belisario Estomba, mirando a los fusileros para que tomaran posición de tiro.

En ese mismo instante, un proyectil de los imperiales dio de lleno sobre la casilla de madera construida sobre la torre de la iglesia, haciendo que el jefe de los vigías, el capitán Francisco Peña, recibiese el impacto de una astilla que le abrió el rostro desde la frente a la mandíbula.

Con la cara y el cuello envueltos en sangre, el capitán Peña bajó de la torre a todo lo que le dieron sus piernas y corrió hasta la esquina de la plaza donde había visto a Leandro Gómez y a tres de sus oficiales.

– Mi general, por la sangre de esta herida, pido gracia para el correntino Ñorita…

En realidad, el Estado Mayor ya había considerado el perdón “en atención a los servicios que voluntariamente había prestado el reo”. Pero la última palabra la tenía el General, y el General levantó su mirada oscura, arqueó las cejas y dijo que sí, que le parecía razonable otorgar la oportunidad de que aquella vida se perdiese en combate y no de aquella forma.

A continuación, el mayor Larravide salió disparado hacia el sitio del fusilamiento y cuando llegó, se cuadró frente al comandante Belisario Estomba.

– ¡Alto, comandante! ¡Alto la ejecución! La vida el reo está a salvo. El General ordena que el preso sea conducido al cuartel hasta que empiece el combate.

De inmediato, Belisario Estomba mandó retirar sus fuerzas y horas después se hizo saber en el parte oficial, que “el general Leandro Gómez le perdona la vida”.

– ¡Qué lindo! ¡Cómo se salvó! -festejó la negra Severia, mientras retornaba por el sendero de escombros a su revoltijo de trapos de la hojalatería, pasando con mala intención muy cerca de las piernas de los hombres, en un malicioso desafío a que alguien se atreviese a patear el cuerpo de una bruja.


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21 de diciembre

“Extraña costumbre tiene esta gente de leer en voz alta sus misivas cargadas de intimidad a cualquier desconocido. Lo he visto en reiteradas ocasiones, lo he presenciado durante los breves descansos de las trincheras o mientras están echados a la sombra de una parra o entre algunos convalecientes del hospital de sangre, que recitan sus parrafadas a la pequeña Mercedes Orozco o al doctor Mongrell o al vecino agonizante. Ya he dicho que vi al mismo general Leandro Gómez pedirle al arriesgado emisario que leyese en voz alta el mensaje para el general Sáa. Digo que es una extraña costumbre porque casi todos leen con cierta grandilocuencia y afectación, como si fuesen actores solitarios a quienes parece importar más la aprobación del espectador circunstancial, que lo que piense el ignoto destinatario de la carta. Raymond Harris me ha hecho reír al asegurarme que muchos escriben cartas con el mismo ánimo de un poeta que escribe rimas, es decir, la epístola como un arte. Un arte casi sincero, si no fuera porque termina uno dudando de la existencia del destinatario y preguntándose dónde ocultara las cartas el remitente o si no las incinerará en secreto luego de provocar el deleite o la conmoción del fisgón involuntario.

Pues hoy me ha ocurrido nuevamente. Y por la talla del remitente he experimentado el pudor ajeno de ver desnuda el alma dolorida y enojada de un hombre al que todos conocen como un sujeto duro y de sensibilidad escondida, un soldado joven y prematuramente serio, con la curiosa afición a fundar poblados en la provincia de Buenos Aires y al que nadie imagina apasionado por las epopeyas de griegos y romanos. Pero así es.

Ocurrió a las tres de la tarde, cuando se suponía vacía la estancia principal de la Comandancia y el capitán Masanti me había encomendado la tarea de que ayudase a ordenar y limpiar de polvos los documentos del Estado Mayor, dispersos en la mesa principal, sobre las sillas y hasta en el piso, próximos al rincón donde acostumbraba sentarse el general Gómez.

Y en eso estábamos cuando nos sobresaltó el carraspeo breve del capitán Rafael Hernández, recogido en una pequeña mesa rinconera al fondo de la enorme y austera habitación, escribiendo a la luz solar de la ventana entornada.

– Capitán, perdone la interrupción. No lo había visto… -se disculpó Hermógenes Masanti.

– No se aflija, camarada. Así es mejor. Acabo de terminar una carta a mi hermano José quien está en Entre Ríos. Él conoce muy bien a Urquiza, pero algunas reflexiones me hacen dudar de enviarla o no. De todos modos estamos a veintiuno de diciembre y creo que ya es hora de que afuera sepan lo que todos estamos pensando. Así que, si después de que se la usted me dice que estoy equivocado, entonces no la mando…

– Lo escucho, capitán…


– “Querido José: ansiaba tener la oportunidad que se me ofrece recién hoy, para hacerte saber que aún vivimos. Con más descanso y tiempo del que ahora puedo disponer, te referiría con gusto los mil episodios de intrepidez y heroísmo que han tenido lugar en la defensa de este pueblo. Pero es tal el desencanto que me invade, que me urge una respuesta a la pregunta de por qué no llegan los refuerzos. ¿Acaso sabes si vendrá el general Urquiza con sus quince mil jinetes? ¿Has tenido noticias de los treinta y cinco mil paraguayos y los buques de guerra que prometió el mariscal Solano López? Nada, ¿verdad? Pues de este lado, hermano mío, tampoco ha llegado el general Juan Sáa y he sabido que tiene dificultades para armar su ejército, pues hay quien dice que no quieren nuestros oficiales servir con él, sólo porque él es argentino de nacimiento. ¿Adonde ha ido a parar la disciplina militar? Brazo de fierro, energía desbordante debería tener el presidente Cruz Aguirre, si es que aún quiere rehacer el camino perdido. De lo contrario, nada extraño será que en pocos días tengamos que cantar el De profundis, pues si nada cambia esta República habrá desaparecido del mapa y si, por el contrario, por piedad del vencedor llega a existir, quedará reducida a una farsa semejante a la que hacen los negros en la fiesta de los Reyes.

Venancio Flores, respaldado por el filibustero Mitre y los obispos mequetrefes, pisó el territorio el 19 de abril de 1863 con la hipócrita intención de iniciar una cruzada libertadora, como si de librar de los moros el Santo Sepulcro de Jerusalén se tratase. Y las pasiones de círculo por un lado y la imbecilidad de los mandatarios y de sus agentes por otro dejaron tomar cuerpo al incendio que nos aflige, cuando hubiera bastado con un cuerpo de policía para dar caza al bandolero al momento de su llegada. Sin embargo, se siguió el consejo de los mercaderes de Montevideo metidos a políticos pusilánimes, de que mejor era ignorarlo, simular que la República era fuerte y el enemigo inexistente. Pues aquí tienes el precio de la debilidad: somos nosotros mismos. Veinte meses después, aquí estamos, abandonados en Paysandú a la furia saqueadora del brasileño y a la sed de sangre del traidor Flores y sus secuaces mercenarios. ¿No quieren las divisiones del ejército marchar al mando del general Sáa? Pues aquí están los gloriosos restos de la guarnición para hacerles frente.

Hermano José: haré como el general Leandro Gómez y me bañaré y me afeitaré para esperarlos. Que recuerde el Presidente de la República que los trescientos espartanos que defendían el paso de las Termópilas peinaban sus cabellos y se perfumaban para el combate, pero sabían lidiar y morir como mil bravos. Será mejor que no escuche entonces las sugestiones de los afeminados consejeros que nos quieren hacer pasar por los nobles del ejército de Pompeyo, a quienes las legiones de César asestaban las armas a la cara para hacerles huir por temor a quedar desflorados.

Insisto, hermano, seguiremos esperando al General Sáa, al General Urquiza y al Mariscal López.

Pero de cualquier modo, vengan o no, Paysandú triunfará o desaparecerá con todos nosotros bajo sus escombros, antes que flamee la bandera y chasquee el látigo de ese imperio infame.

Dios te guarde y muestra esta carta a los amigos.”

Fue un largo y severo silencio. La carta estaba blanca y muerta como una piedra de cal, hasta que el joven oficial argentino integrante de la escolta de Leandro Gómez la dobló en cuatro, levantó su cabeza y se quedó mirando a Hermógenes Masanti, quien lo había escuchado atentamente, con los ojos muy abiertos.

– ¿Qué le parece?

– Que lo que usted ha escrito es lo que terminaremos pensando todos. Envíela tranquilo, capitán…

– Gracias.

El capitán Masanti me hizo el gesto de abandonar la sala y salimos al patio, con rumbo a ninguna parte.

Cuando me atreví, se lo comenté con dolor y sorpresa:

– Nunca había visto esperar tanto en vano a tanta gente, capitán…

– Así es, mi amigo. Y me están contagiando…


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22 de diciembre


A media tarde, Martín Zamora estaba sentado junto a Pascual Bailón y Raymond Harris en el altillo ruinoso de un caserón a los fondos del Banco Mauá. Desde uno de los huecos recientes por el que asomaba un pedazo de hierro convexo, podía verse el centro brillante como una fuente de plata del río Uruguay, y más arriba, hasta donde lo permitía el orificio carcomido, cielo sin nubes que sentaba mal a los soñadores. Encendido por un sudor de cuarenta grados a la sombra, Martín Zamora cantaba en un dejo bajo, llorón y agitanado, que apelaba a su intento vano de continuar el amor, de secuestrar a Mercedes Orozco del hospital de sangre y llevarla a cualquier lado, tal vez a las inmediaciones del puerto o a los restos de un zaguán sombrío y mordido por las balas, para magrearla como un infante en primavera.

“No, Martín, ahora me debo al doctor Mongrell él lo sabe…”, se había excusado la última vez, recosida al marco de la puerta, intentando en vano alisar el delantal pintado de heridas secas y mirando abajo, hacia sus manos inquietas sobre las hilachas, que era su manera de estar nerviosa. Luego giró y volvió adentro olvidándolo por completo.

A su lado, con el alma entonada de ginebra, Pascual Bailón lo acompañó concentrado en su guitarra, un instrumento chamuscado como el de un músico que hubiera sobrevivido a un incendio de taberna mientras Martín Zamora cantaba:


Mi niña me han robao…

Mi niña me han robao

tres días ha…

Ya para broma basta,

ya para broma basta,

vuelvanmelá…


Sentado en un rincón, Raymond Harris comía un plato de caldo con fideos náufragos y escuchaba completamente abstraído, con los pensamientos ocupados en otras cosas. Ninguno de los tres parecía estar preocupado por nada que no fuera lo que allí se vivía. Pascual Bailón también había estado escribiendo un rato antes, pero no a un ministro, ni a un embajador ni a general alguno sino a quien lo había traído al mundo. Y les había leído: “Verá, madre, la guerra se ha estabilizado. Seguramente ahora ya no tendremos más batallas…”. Lo había escrito con sencillez, más o menos tal como era él. Raymond Harris había comentado, sin maldad alguna, que el muchacho pianista y guitarrero no tenía ninguna imaginación sobre las cosas de la vida, lo que en su caso estaba bien, ya que así no veía la guerra de una manera exaltada ni saturada de fantasías. Por el contrario, Pascual Bailón mostraba bastante sentido común en sus explicaciones: Verá, madre, hoy en día los macacos avanzan a escondidas, como ratones grises con pantalones blancos. Y en la actualidad, la artillería es tan fuerte que solamente mata en bloque a compañías y regimientos. Mete mucho miedo…”.

Raymond Harris le dijo que no debería preocuparse en absoluto de la guerra. Que esta debería ocuparse de sus propios asuntos y, diabólicamente, no meterse en los de él, que debería encarar cada hora, cada sitio, como si estuviese tomando posesión definitiva de su lugar en el mundo, tal como lo habían hecho sus compatriotas británicos en cualquier punto del planeta.

“Así se sobrevive”, aseveró Harris, colocando la pierna sobre los restos de una silla hecha pedazos, mientras reposaba la otra en el suelo.

De repente Pascual Bailón abandonó el rasguido y dejó sus manos muertas sobre el encordado, para observar alelado el detalle novedoso de dos barcos que empezaban a ocupar remolonamente el espacio plateado del río que veía por el gran hueco en la pared, hasta detenerse por completo.

– ¡Mierda!… Ha llegado el momento de volver a empezar… -exclamó Raymond Harris, abandonando el plato de lata sobre la silla ruinosa, limpio, como si lo hubiese lamido un gato.

Martín Zamora miró a lo lejos y cerró los ojos. Eran la Ivahy y la Recife, generosamente cargadas de municiones, echando anclas de estribor hacia la ciudad. El Barón de Tamandaré había vuelto.

– Madre, no es cierto aquello de que no habrá más batallas… -murmuró resignado Pascual Bailón dejando la guitarra chamuscada en el suelo-. Ahora seré cadáver…


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23 de diciembre

Federico Aberasturi tenía un fino bigote que le salía por las comisuras y se descolgaba en una pequeña y elegante barba de caballero discreto. También tenía un pequeño comercio de ramos generales cerrado a cal y canto casi en la esquina de las calles Montevideo y 8 de Octubre, intocado por amigos, inadvertido por los enemigos y aprovisionado por última vez por el intrépido capitán Gabriel Soãnes de la goleta La Africana. Apretado entre dos caserones amoldurados de yeso, aún guardaba los aromas de una pequeña bonanza y permanecía de milagro a cobijo de los bombardeos recientes. En tiempos de paz vendía al por mayor, aprovisionaba de fideos, galletas marinas, frutas secas, nueces, avellanas, café, yerba, licores, ponchos de bayeta, frazadas moras, telas gruesas y tabaco en cuerda a las estancias de uno y otro lado del río; todo a buen resguardo en un sótano abovedado y libre de ratas y humedades. El comandante Aberasturi decidió que el veinticuatro de diciembre muy temprano, abriría el almacén, que levantaría la tapa del sótano y libraría las existencias a los defensores y sus familias, sin dolor ni mezquindad. Una mitad para la plaza, la otra para la isla Caridad.

“Mañana habrá Nochebuena con menudencias tradicionales, general…”, le dijo a Leandro Gómez en la Comandancia mientras lo invitaba con un damasco, luego de pensarlo muy poco y decidirlo.

Todo porque en la mañana muy temprano había entrado a la plaza el alférez Sánchez, aquel joven oficial de barba negra a quien el general Gómez había enviado con el mensaje para Lanza Seca, como le llamaban a Juan Sáa. De retorno traía otra nota fechada nueve días atrás, en la que el general invisible satisfacía el hambre de información del Estado Mayor y lo hacía muy bien, puesto que era alentador lo que decía: que permanecía oculto y acampado en los montes del río Negro, a unas veinte leguas de Paysandú; que esperaría a que el gobierno de Montevideo respondiese a su urgente pedido y le enviase el frente de sus fuerzas, el Batallón Bastarrica y la División San José; que apenas se le incorporasen, decía, continuaría su marcha hacia la ciudad sitiada y entonces todo se resolvería.

El general Leandro Gómez miró y remiró la nota, la hizo girar entre sus dedos, la estiró en la mesa librándola de las arrugas humedecidas por el sudor huevero del alférez Sánchez y miró los tirantes del techo adonde todavía no llegaba el sol. Tomó el mate, chupó con energía y comentó, con cautela, que si se tenía en cuenta la escasa distancia a que se encontraba Juan Sáa y se consideraba la fecha de su nota, era muy posible, aunque tal vez no había que ilusionarse demasiado todavía, pero que seguro era tiempo, de que los dos batallones estuviesen ya incorporados. Que la llegada del ejército de reserva, por tanto, dijo, era inminente, de horas, a lo sumo un día más, como un regalo de Navidad.

El comandante Aberasturi permaneció un buen rato en la penumbra del sótano sentado a solas sobre la bolsa de café. Afuera esperaban cuatro soldados con dos canastos de mimbre cada uno, prontos para llenarlos y repartir a cada cual su nuez, su higo seco, su damasco, su cebadura de yerba, su avellana, su galleta, su puñado de café. Aberasturi pensó que no era nada y pensó que lo era todo, pues lo que el gusto durara en la boca sería lo que Juan Sáa demoraría en llegar.


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24 de diciembre

Escribió Martín Zamora: “Es probable que la niña Mercedes Orozco quiera niños por pura venganza, que desee, con todo su corazón, ser madre y poblar de familia propia algún día estas casas ruinosas, cuando puedan levantarse. A ella le gusta divagar de cara a la noche y me ve a mí en la cabecera de una mesa de caoba y se ve a sí misma inclinada sobre grandes platos de un gusto refinado, mondando naranjas o partiendo nueces y repartiéndolas como si fuese un juego de niños. Y en sus sueños inventa bebidas que ofrecerá a los vecinos de la calle Queguay en los días de calor sofocante, jugos maravillosos, dice, rojos, verdes y azules que acompañarán nuestros panes untados en mermelada de membrillo. Sin embargo, ambos comprendemos sin decirlo, que no será posible nada de lo que se sueña, pues la oscuridad ha envuelto nuestras vidas y grande es nuestro desengaño galopante. Me atrevo a decir más: temo que apenas en horas, habrá de convertirse en carbón esta pasión que melancólicamente se va apagando como el ánima de cualquier infortunado herido del doctor Mongrell. Existe tanta desgracia en esta historia y en la vela bajo cuya luz escribo, que todo se aparenta amargo y oscuro como una carbonera de sueños o peor aun, como lo que es, una Navidad de trincheras en la cual nadie recuerda al que debe recordarse ni nadie menciona al que nació para morir por nosotros.

Sin embargo, aun así, soy el más afortunado de los guerreros en veinte leguas a la redonda. Incluyo en este pensamiento a los enemigos que nos sitian, pues en este cuento está Mercedes, una mujer con aromas de alhucema en su pelo, quien ha preferido sentir lo que soy en mi jergón tirado entre las ruinas. Y ella dormita ahora a mi lado, exhausta de guerra pero aún tibia, en un casi eterno sueño de caricia, apática, sola, confidente. En suma, hemos terminado por ceder a encantos instantáneos, a sabiendas de antemano de que no tendrán futuro ni consecuencia y he disfrutado como un moro de la inocencia compartida. Hemos bebido aguardiente con galleta, hemos partido dos nueces y mordido un mismo higo seco. Y estuve feliz, tibio, versado en proverbios, deslumbrándola con pequeñas sensaciones andaluzas, aunque en todo instante supe que antes de que la vela muera, ella se irá por donde vino”.


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27 de diciembre

Entrada la madrugada dos noches después ele la Navidad, el general Leandro Gómez se recostó vestido en su cama y apenas cayó su cabeza en la almohada se durmió profundamente sin que siquiera la tos lo molestara, mientras dos centinelas enmarcaban la puerta cerrada de la Comandancia, con la orden de despertarlo un rato antes del alba.

Las horas pasaron bajo un leve frescor de brisa suave venida del río. Sin mosquitos ni ladridos de perros perturbados, centenares de hombres echados en los fosos, en las trincheras o sobre los techos, entrecerraban sus párpados y se dejaban moldear en la materia esponjosa de los sueños con mujeres, con desmanes de tabernas y carcajadas de ginebra, dejándose ir amparados por los guardias que velaban alertas por sus desafueros invisibles y el abandono de las armas al borde de los dedos.

Al fin, Hermógenes Masanti le removió el hombro al General y lo despertó con la noticia de que el vigía Escayola, de la fuerza de avanzada del capitán Olivera, acababa de avisar que a lo lejos, con las primeras luces del amanecer, comenzaba a distinguirse un ejército.

– Ese es Sáa… -dijo el General mientras se calcaba las botas-. Enciéndame un farol que voy a vestirme como corresponde…

Un rato después, esmeradamente afeitado y luciendo la última de las tres casacas punzó que le quejaban limpias desde que doña Carmen lo había déjalo solo, el General caminó con la mayor prestancia el trecho en escalada que lo llevaba a la cima del Baluarte de la Ley, con la intención de ver con sus propios ojos lo que tanto había esperado.

Arriba le aguardaba la algarabía de una decena de hombres eufóricos y desarrapados, que entrecruzaban sus relatos, que reían como locos mientras señalaban a lo lejos y gritaban “¡Es Lanza Seca, macacos!” y volvían a reír, como si todo lo que ocurriese en derredor les hiciese gracia.

El General los observó con extrañeza y pensó que probablemente estaban un poco borrachos o tal vez perturbados por las alucinaciones del insomnio. Pero, ¿quién no lo estaba ya, luego de esperar hora tras hora durante días la llegada inminente del fantasmal ejército salvador? Él mismo parecía un poco aturdido tratando de atender dos conversaciones a la vez, mientras el mayor Larravide se le acercaba estirándole los binoculares para que viese él mismo lo que todos festejaban.

– ¡Ese es Sáa! -confirmó el general Leandro Gómez. Y dirigiéndose al mayor, le ordenó que mandase disparar una salva de veintiún cañonazos en celebración de su llegada.

El capitán Federico Fernández se encargó de la salva. Una descarga severa y estridente, como si recién comenzase la batalla con todas las reservas disponibles. Trepidó la plaza, se despabiló engallada la soldadesca y saltó en pedazos el sueño apacible del Barón de Tamandaré en el centro del río.

Desde la torre del vigía podían verse tres grandes columnas paralelas acercándose morosas pero inexorables a las afueras de la ciudad, hasta que al fin, todo el mundo pudo ver sus banderas. Sin embargo, no eran las enseñas del general Juan Sáa. Eran las banderas de la desgracia en oro y verde.

– ¡General! -gritó alarmado el coronel Lucas Píriz-. ¡Es el ejército del mariscal Mena Barreto! ¡Y Venancio Flores le sirve de vanguardia!

Leandro Gómez palideció, se transformó en un instante, le faltó el aire, pero nadie lo percibió. Apenas si tosió, una, dos veces, y luego salivó sin mirar entre sus propias botas. Era la revulsiva sensación de haberse despojado de la sangre en la cabeza, de haber descendido abruptamente de las nubes hasta tocar la tierra, pero sin el grado de general y sin nadie a sus espaldas. De a poco, en segundos, volvió a lo que tenía pensado ser, se repuso y se encogió de hombros, con una vaga irritación que le crecía alejándolo de todas las resignaciones.

– ¿Y qué? -dijo casi gritando-. ¡Continuamente ocurren cosas parecidas!

El coronel Píriz lo miró sorprendido. Leandro Gómez volvió a retomar los gemelos y divisó las banderas imperiales. Entonces reflexionó un momento y modificó su frase:

– Continuamente me ocurren al menos. No importa, pelearemos contra los brasileños y contra Flores… Y si nos toca morir, aquí moriremos…

Luego, en la cima de la indignación, miró hacia abajo, hacia todos los hombres de la plaza, y gritó enfurecido:

– ¡Cada cual a su puesto de honor!

A pocos metros del Baluarte de la Ley, recostado a la gigantesca rueda de una carreta carbonizada por los primeros fuegos, el capitán Federico Fernández permanecía inmóvil. Observaba el desconcierto de sus dos artilleros, el teniente Rafael Pons y el sargento distinguido Rafael Irrazábal, de pie frente a los cañones todavía calientes por la salva.

Parecían tardar demasiado en emerger de su marasmo con regusto a humillación, como si les resultase intolerable haber desperdiciado una veintena de proyectiles tirados al cielo, solo para festejar la llegada del enemigo.


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28 de diciembre

La noticia propalada de boca en boca y de trinchera en trinchera de que Juan Sáa y su ejército de reserva no llegarían jamás, desacomodó a tal punto el espíritu de algunos hombres de la defensa, que no demoraron en aparecer las botellas ocultas para regar las ignominias, para facilitar las maldiciones al gobierno o para denostar a los cajetillas de Montevideo, que no hacían más que enviar anuncios de gloria y títulos honoríficos ocultos bajo las enaguas de mujeres que marchaban amparadas en la noche.

Y hasta aparecieron los exabruptos de quienes pusieron en tela de juicio la cordura y el sentido común del general Leandro Gómez; o los que atribuyeron a su tuberculosis galopante una creciente actitud suicida, la de preferir la muerte en una gloria que los cubriese a todos como un manto, antes que agonizar atorado en su sangre en la cama pringosa de un dormitorio aislado y a oscuras; o los enfrentamientos entre los que dijeron “nos quedamos” y los que dijeron “nos vamos”, que una cosa es lo que piensa el bayo y otra el que lo monta.

Entre los que se fueron, un joven capitán llamado Carlos Flores hizo estragos convenciendo a varios de sus subalternos del derecho de cada uno a tenerle miedo a la muerte, de lo absurdo que resultaba ser veinte veces inferiores y empecinarse en resistir, de lo idiotas que parecían aquellos escasos seiscientos hombres presentando batalla a dieciséis mil guerreros bien alimentados y mejor armados. El capitán Carlos Flores los mareó con pocas palabras, les enseñó luego el portón de la salida y marcharon desarmados por el camino Real en dirección al puerto.

Muchos los vieron irse, pero nadie los detuvo ni les gritaron ni les hicieron recriminación alguna. Los hirieron con silencios y les abrieron paso, solo eso. Ni siquiera increparon al capitán.

Y si alguien tuvo la intención de decir a su paso “un Flores tenías que ser, cagón”, por lo menos nadie lo escuchó.


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28 de diciembre

Desde todas las azoteas, los apostaderos de los vigías y la cima del Baluarte de la Ley, era posible ver con claridad al enemigo marchando en dos columnas morosas, cual vistosas filas de niños bien educados camino del río. Luego comenzaron a abrirse como si un obstáculo invisible se hubiese interpuesto en medio, hasta marchar separados por completo: una columna en dirección al puerto y la otra hacia el arroyo Sacra, ambas sumando bajo el cielo incendiado de diciembre, un ominoso, rítmico y lejano ruido de herrajes, de diez mil espuelas de plata levantando el polvillo de los pastizales.

El mayor Larravide estaba absorto en los binoculares, cuando el coronel Píriz se aproximó y le preguntó en voz baja:

– ¿Cuántos hombres calcula usted en cada columna?

– Unos cinco mil…

– ¿Ve piezas de artillería?

– La columna de la derecha tiene dieciséis… Y la de la izquierda… otras tantas.

– ¿Dieciséis piezas cada una?… ¿No lo engañan sus ojos, mayor?… ¿No serán carretas?

El mayor Larravide le extendió los gemelos, mientras hacía un doble chistido de labios, negando.

– Por desgracia son cañones, coronel. Observe usted mismo…

– Tiene razón, no son carretas…


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29 de diciembre

Escribió Martín Zamora: “Ellos están ahí. Ahora son dieciséis mil hombres dedicados a un tiempo a pensar con maldad en los seiscientos sitiados, es decir, en nosotros. Si logro sobrevivir y esto sigue así, terminaré recordando esta guerra como si hubieran sido mis únicos días de paz, pues el tiempo que se toman para iniciar el último ataque parece una eternidad.

Aunque nadie ignora que han decidido no entretenerse más con nuestras vidas, pues se ha divulgado la noticia de que a legua y media de aquí, acampados a orillas del río San Francisco, están deliberando Tamandaré con su cara de loro adormilado, João Propicio Mena Barreto, Souza Netto y Venancio Flores sobre la forma en que repartirán el botín. Y hasta se dice que han fijado con exactitud la batalla final para las cuatro horas veinte minutos del último día de diciembre. Y afirman que el Barón está obsesionado como un hijo caprichoso con la idea de quebrar nuestra bandera de combate y hacer que en su lugar, el Año Nuevo encuentre la bandera imperial en la cúpula de la iglesia de Paysandú.

Nadie quiere ni pensar en eso. Pero la única artillería útil que he visto para defender el templo son las dos piezas de fierro, de a doce una y de a ocho la otra, porque la de a seis, desfogonada, apenas puede hacer uno que otro tiro en caso extremo. De todos modos, como ha dicho Pascual Bailón con su sonrisa de buen muchacho, ‘pobre de ellos’”.


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30 de diciembre

La escasa y extraña distancia que parece mediar a veces entre la lucha y la rendición o entre las carnicerías y los armisticios, la hicieron y la deshicieron la mayoría de los defensores de Paysandú en las pocas horas de depresión en que supieron, tras la maraña de rumores y los ramalazos de ilusión, que se quedarían al fin, solos.

Nada o casi nada parecía ser, no ya un signo, indicio o huella, ni siquiera presagio de la tempestad que se avecinaba. Ni aun cuando una hora antes de la medianoche de la última noche del año, comenzó a llegar a todas las trincheras un ruido escandaloso, ominoso, descarado, como si miles de gitanos a pie o conduciendo exageradas carretas chirriantes cargadas de pertrechos y cacharros de cobre se fuesen aproximando en la oscuridad, hasta cubrir todo el norte del pueblo.

Al fin, la noche comenzó a aligerarse de estruendos y traqueteos, y los miles de imperiales con muecas de perdonavidas del mariscal João Propicio Mena Barreto terminaron por detenerse e instalarse en el alto de la cuchilla Bella Vista, a menos de diez cuadras de la plaza de la Constitución.

Sin embargo, pocos de los que aguardaban en la ciudad acantonada denotaban alarma ni parecía importarles que estuviesen allí, apenas a quinientos metros del centro del pueblo. Sabían lo que estaba ocurriendo. Perfectamente lo sabían, pero no querían darse por enterados.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, rendidos por el cansancio de esperar, adormilados por la sed y el aire sofocante, ocultos en su proliferación de barbas y en su ruindad de huesos, simplemente aguardaban de espaldas a lo que se adivinaba más allá de las construcciones esbozadas, sin que se crispara ningún dedo sobre los gatillos.

También por el oeste ocurrían movimientos parecidos. José Antonio Correia da Cámara, un hombre ignorante de que el destino lo llevaría un día a Cerro Corá para matar con su mano al mariscal Francisco Solano López, y más ignorante aun de que recibiría por su hazaña el título tan viril de Vizconde de Pelotas, desembarcó cuatro cañones de la escuadra del Barón y los aproximó con seiscientos hombres hasta donde pudo para bombardear por tierra los baluartes de la plaza.

Mientras tanto, a la luz de leche de la misma luna del año que se iba, el general Leandro Gómez, el coronel Lucas Píriz y el capitán Hermógenes Masanti recorrieron a caballo, al paso y por el centro de la calle 18 de Julio, las cuadras de ida y vuelta de todo el recinto atrincherado.

El sonido cloqueante y suave de los cascos sobre las piedras del paseo nocturno sacó poco a poco a la gente del letargo y los llevó a acomodarse en sus sitios en mejor posición. Al fin, cuando el trío de jinetes llegó a la línea de defensa, el General acercó el caballo hasta el puesto de mando y le preguntó al comandante Aberasturi qué pensaba de todo aquel escándalo de gritos y carruajes a lo lejos.

– No hay duda de que ya están casi prontos, general -respondió Aberasturi-. Pero sería bueno saber lo que están haciendo en realidad…

– Pues mande al capitán Abelardo Maroto con veinte hombres; que vayan agazapados y que observen sin ser vistos. En media hora lo quiero de vuelta en la Comandancia.

Y así lo hicieron; fueron y vinieron gateando entre las casas, pasando subrepticiamente de manzana en manzana, si así podía llamarse a los montones indescifrables de escombros.

Pero el joven capitán se extralimitó. Sus hombres se adelantaron temerariamente hasta quedar a cien pasos de los campamentos recién montados e hicieron fuego, matando con facilidad a dos imperiales negros que llevaban dos faroles cada uno colgando de sus manos camino de las carpas.

Los sitiadores contestaron de inmediato con un ruido ensordecedor de fusilería, pero ni el capitán Maroto ni sus veinte hombres estaban ya donde ellos suponían que se habían ocultado.


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30 de diciembre

En varias ocasiones Martín Zamora le comentó Raymond Harris que el general Gómez le resultaba un hombre conmovedor: un arrebatado irracional en la eterna carga de temer por la suerte de su gente, solitario que parecía buscar secretamente morir al principio y no al final de las batallas, con la finalidad le evitarse humillaciones y ahorrar sufrimientos a sus hombres. Martín Zamora contó que él había visto llegar al capitán Maroto con la noticia de que los sitiadores estaban en plena tarea de construir una batería en Bella Vista, una zona rodeada de tunas, situada en la cumbre de la cuchilla extendida al norte del pueblo, que él había observado al General no titubear un segundo al dar la orden crucial al mayor Larravide en el patio de la Comandancia, tal vez porque era consiente de que ya nadie aceptaba una sola sombra más de duda: los defensores debían empezar la batalla.

– Mañana, en cuanto raye el día -ordenó-, me desaloja al enemigo.

La expresión del mayor fue la misma que le veló el rostro a Martín Zamora, un indefenso estupor que le hizo levantar las cejas bajo la luna y pedir una instrucción:

– Ordene el General cómo y de qué manera podemos hacerlo.

– Nada. Reserve el miedo para ellos y la rabia para nosotros. Lo hará a cañonazos. No quiero que salga ninguna tropa fuera de trincheras. ¿De acuerdo, mayor?

– Sí, señor.

Luego, sin ningún miramiento, el General tosió con potencia y escupió como un viento su fuego rojo de tuberculosis en el suelo, como si le importara un carajo que se preguntasen si era realmente posible que alguien que se sabe apenas con dos cañones de mierda apostados en la plaza, pudiese ordenar con la mayor soltura lo que acababa de ordenar.


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30 de diciembre

Escribió Martín Zamora: “He sabido algo terrible y lo diré, pues tal vez sean estas las últimas palabras que escriba. Mientras lo hago, ha terminado este rincón del mundo por quedar encerrado en un anillo perfecto de hombres, barcos y cañones. Si quieren que nos desmoralicemos, pues están cagaos. Como ha dicho el general Leandro Gómez, venceremos o moriremos. Más bien lo último que lo primero, pues ahora sí que la soledad es tan perfecta como la muerte y nadie vendrá del mundo exterior para evitarlo.

‘No me pregunte por la fuente de información’, le ha dicho Raymond Harris una hora atrás, con la boca blanca por la sed, rendido de andar por su cuenta fuera de la ciudad, antes de decirme que ahora sí se sabe, definitivamente, que no vendrá el mariscal López con sus treinta y cinco mil paraguayos. Que ese soberbio fantasma se ha ido aun más lejos de nosotros, a endulzarse con el Matto Grosso y dejando nuestra urgencia para más tarde, seguramente para cuando ya no lo sea.

Pero lo peor es que tampoco cruzará el río el general Justo José de Urquiza con sus quince mil jinetes, pues para quitarlo de en medio el inglés Harris afirma que ha bastado con un brasileño solo, el marqués de Erval, don Manuel Osorio, el jefe de la caballería de João Propicio.

Dice Harris que el Marqués cruzó el río Uruguay en la noche de Navidad con uniforme de gala y acompañado de dos asistentes por toda protección. Que en apenas un día llegó de madrugada al Palacio San José de Entre Ríos, para abrazar con antiguo afecto al caudillo argentino, luego de sorprenderlo en las caballerizas inspeccionando sus seis caballos de tremenda alzada, tomando en su mate de plata y oro y acompañándose de un indio anciano que le servía en silencio con una pava caliente en la mano.

Con mucho recelo le pregunté al inglés Harris que si no era a través del mismo marqués que se había enterado de tanto detalle, por lo menos, si es que deseaba que le creyese, tenía que inquietarse y aceptar que había estado con uno de los asistentes que le sirvieron de escolta. Pero él insistió en la reticencia: ‘¿Quién soy yo para inquietarme, Zamora, si nadie me cree?’. Y volvió a repetir: ‘Por favor, no me pregunte por la fuente de información. Déjeme contarle lo que sé…’.

Y dijo que el Marqués se admiró de la magnificencia de los seis tordillos formados en las caballerizas. Que el general Urquiza le agradeció el halago y le manifestó su eterna pena de someter semejantes bellezas a las atrocidades de las batallas, pues en los últimos años había perdido ciento veinte animales como aquellos bajo las balas, atravesados por las lanzas o despanzurrados a cañonazos. El Marqués de Erval siguió deslumbrándose y dijo que él, integrante en cuarta generación de una familia de criadores de caballos, ni en las inmediaciones de Río de Janeiro ni en todo Minas Gerais ni en Río Grande del Sur, había visto corceles que los empardase y que no tenía idea de la fortuna que debían valer. El General dijo que sí, que eran muy valiosos, pues ninguno de los seis bajaba de los cuarenta patacones cada uno y que de ellos no se despojaba por nada del mundo. Entonces el Marqués se apenó de que fuesen tan caros e imposibles, pues él iba camino de Buenos Aires por encargo del ministro Silva Paranhos a comprar caballos argentinos, muchos caballos, miles de caballos, para combatir a los farrapos republicanos y con la atribución de pagarlos en forma contante y sonante. Que cuántos necesita, preguntó el general Urquiza. Que cuántos me puede vender, le preguntó el Marqués. Que treinta mil animales suman mis tropillas, dijo, prácticamente toda la caballada de Entre Ríos. ¿Cuántos necesita? Que necesito eso, treinta mil caballos. ¿Le parece quince patacones cada uno? Me parece mejor trece, trece patacones cada uno, trescientos noventa mil en total. Muy generoso de su parte, marqués. Que son suyos los caballos, dijo el general Urquiza. Hecho, general. Y lo invitó a pasar al Palacio a desayunar, a comer pulpa de vaquillona a las brasas con vino y galleta amasada por manos negras, olvidándose por completo de los blancos orientales, de los paraguayos y de los entrerrianos, condenando en un instante a quince mil jinetes magníficos, a una humillante infantería sin atributos de combate.

Dice Raymond Harris que don Manuel Osorio desanduvo el mismo camino con sus dos asistentes, cruzó el río sin que nadie lo molestase y de regreso al campamento del Estado Mayor, ante los asombros del general Venancio Flores, del mariscal João Propicio Mena Barreto y del envidioso Barón de Tamandaré, se tiró en el primer catre de campaña que encontró y permaneció un buen rato dejando correr las lágrimas por sus mejillas, apretándose el estómago y riendo a carcajadas, sin poder creer que solo él y su alma habían anulado uno de los ejércitos más temibles del sur de América.

Le dije a Harris que no le creía un ajo de aquella historia, que eran diabólicas maquinaciones, que estaban aireando los mismos rumores ruinosos de siempre para menoscabar el ánimo de las trincheras.

Él se encogió de hombros, se echó en el suelo a mi lado, dijo ‘hombre, qué diabólicas maquinaciones ni qué niño muerto’ y sacó de entre las ropas un hermoso porrón de ginebra holandesa, de esa que solo los marqueses beben cuando están felices y contentos de comprobar por sí mismos, las mil y una formas en que suele cumplirse aquel viejo proverbio de que ‘por la plata baila el mono'”.


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31 de diciembre

Estático frente a la ventana de la misma habitación donde días atrás se había restablecido de la herida en la pierna, Martín Zamora esperó unos minutos a que, por arte de magia, ocurriera un pequeño milagro me le llevase el ánimo hacia algo emparentado con la alegría: ver una vez más a la niña Mercedes.

Estaba a un costado de la casa de las Orozco, envuelto en la rala penumbra de un parral sarmentoso, frente a un pequeño descampado con varios árboles armando un círculo irregular, inclinados en diferentes direcciones, que bajo la luz líquida de aquella luna redonda, enorme, amarillenta, parecían bailarines vestidos de blanco antes de iniciar una danza. Mientras, en el extremo más alejado, un grupo tenue y terroso de seis o siete guardias nacionales acomodaban muebles viejos, troncos y puertas desgonzadas, con la idea de establecer un reducto de emergencia extrema, que apoyase la trinchera de la calle Queguay.

Una ventana se abrió chirriando y Martín Zamora se quedó demasiado sorprendido como para esconderse bajo uno de los árboles encalados por la luna, una mujer vestida de blanco, de hombros grandes, se asomó a la noche y contempló al asombrado andaluz que permanecía duro en su sitio, con el sombrero puesto y la culata del fusil apoyada en el suelo.

No era la víspera de Santa Mercedes ni él era un Martín envuelto en un romance de buenos tiempos, por lo que no era de esperar que pudiese haber visto a la niña Mercedes, desnuda o vestida. Pero era de todos modos una extraña sorpresa, no del todo ajena a su estado de ánimo, ver el hermoso semblante de doña Leticia Orozco iluminado por la luna.

– ¿Es usted, Martín? -preguntó ella.

– Sí, señora, soy yo…

– ¿Busca a alguien?

– No, señora. Pasaba no más… Un corto paseo de guardia antes de que empiece el baile.

– ¿Necesita algo? Voy a cerrar la casa antes de volver al hospital…

– No, gracias.

Sintió deseos de preguntarle por Mercedes, pero no se atrevió.

– ¿Cómo va su pierna?

– Bastante bien. Gracias a usted…

– Y a Mercedes… -dijo ella.

– Por supuesto… ¿Cómo está la niña?

– Muy cansada, pobrecita. Pero ha sabido desenvolverse, aprende rápido y tiene coraje. El doctor Mongrell es un buen maestro… Tal vez algún día sea enfermera y encuentre a un buen hombre.

Martín Zamora se quedó pálido bajo la luna.

– Mire, doña Leticia -se atrevió de pronto Martín Zamora-, confío en que algún día, si sobrevivo, nos comprenderemos mejor. Se me ocurre que usted no me tiene mucha simpatía a pesar de haber sido tan generosa conmigo. Pero, si pregunta por ahí, le dirán que no soy un mal hombre. Y confío en progresar más de lo que imagina si la Virgen lo permite.

– Bien dicho, Martín. Le deseo mucha suerte… -dijo ella con sinceridad.

Luego, con el mismo chirrido con que la había abierto, la mujer cerró lentamente la ventana.

Antes de emprender el regreso a su puesto, Martín Zamora esperó unos instantes más bajo los árboles blancos por si la niña Mercedes asomaba, pero no fue así.


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31 de diciembre

Faltaba poco rato para el aliento del amanecer, cuando el inglés Raymond Harris entró por el hueco abierto en la pared del comedor a una casa de familia ubicada en la calle del Plata, a media cuadra de la plaza y a pocos metros del hospital de sangre. Allí estaban Martín Zamora y una docena de hombres del cuerpo de escolta del capitán Masanti, apostados tras las ventanas abiertas con los fusiles listos y los pequeños promontorios de municiones en el suelo.

Al fondo de la habitación a oscuras, detrás de un viejo piano blanco de señorita del que alguien dijo pertenecía al maestro Juan Deballi, el teniente Pascual Bailón improvisaba una polka aprendida de una institutriz polaca en la ciudad de Corrientes, por los tiempos en que sus padres todavía creían en el futuro musical del niño.

– Si les molesta, dejo… -resignó suspendiendo aparatosamente las manos sobre el teclado.

– Si dejas, te echamos… -amenazó el gigantesco negro Guite, sin quitar sus ojos desmesurados de la esquina de la plaza.

Mientras Pascual Bailón reanudaba el ritmo que a todos trajo a la memoria un baile del pasado con otra música y una mujer en los brazos, Raymond Harris dejó el Remington recostado a la pared y le ofreció un frasco azul de botica con ginebra a Martín Zamora. El muy pillo había fraccionado el porrón holandés y guardado el resto en algún escondrijo. Sin embargo fue generoso y ninguno de los hombres que estaban en el recinto abusó más de un trago. Penaban de sed. Los torturaba el hambre luego de dos días de no probar más que un pedazo de tasajo o un chorizo enmohecido y rocoso encontrado en un gancho de cocina o una salada y cruel lonja de bacalao rescatada de un sótano vacío.

Martín Zamora se lamió los labios acartonados y se preguntó cómo estarían sus parientes viviendo el Año Nuevo en la antigua fortaleza poblada de Castellar de Andalucía. Las uvas de medianoche…

– Estamos en otro mundo, en donde el hombre lo puede vivir. ¿Por qué estáis mudos?

– No estamos en otro mundo, andaluz… -rió sargento de apellido Romagnoli-. La señora de Laserre duerme en la isla Caridad y nosotros le cuidamos la casa.

Nadie más habló. Sólo Pascual Bailón expresaba con dedos rápidos su musiquilla suave al fondo de la gran habitación.

A una cuadra de distancia, cuando se iniciaba tenue la claridad de la madrugada, el Detall inició un vibrante toque de diana que enseguida fue repetido en todos los cuerpos de la guarnición.

El capitán Hermenegildo Alarcón pasó al trote frente a las ventanas destrozadas y abiertas a la calle y dio el grito de alerta para la pelea.

El negro Guite vio que en la esquina de la plaza, frente a la casa de la familia Argentó, el teniente Rafael Pons encendía la mecha del cañón y aguardaba la orden de hacer fuego apuntando hacia Bella Vista.

– El muchacho tiene huevos… -dijo Harris, acercándose por detrás del gigante Guite, dándole un codazo mientras observaba a lo lejos la figura menuda del teniente Pons con su sombrero negro de ala requintada y su aire de buena suerte. Se suponía que en la otra esquina, frente a la casa de Paredes, también hacía otro tanto el sargento distinguido Juan Irrazábal, los dos artilleros, “muchachos del capitán Federico Fernández”, prontos a prologar la batalla final.

Al despuntar el sol en el horizonte se escuchó la diana nuevamente y luego se instaló el silencio absoluto, cubriendo una prudencia latente sobre los techos del pueblo, apenas roto por la nitidez de una tos seca que venía de lo alto del torreón de la plaza.

– Llegó la hora, mis amigos… -avisó Raymond Harris tomando el fusil-. Junto a esa diana romperá el fuego.


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31 de diciembre

Y así fue. Seguramente el general Venancio Flores, el mariscal João Propicio Mena Barreto, condecorado como un árbol de Navidad, y el señor feudal y brigadier honorario Antonio de Souza Netto y el Barón de Tamandaré, oliendo a gente de calidad entre sus artilleros de la Recife esperaron la pequeña osadía del primer cañonazo lanzado por el polvoriento teniente Juan José Díaz.

Fue apenas un escupitajo de fuego lanzado a medio cielo desde el torreón de la plaza de la Constitución, pero más que suficiente para desatar aquel pandemonio de cuarenta cañones de todo calibre, todos rugiendo a un tiempo con tal furia, que lograron abultarles las braguetas de pura excitación a los generales.

Una nube de polvo y humo negro envolvió en segundos el espacio de la plaza, mientras balas rasas, metrallas y cascotes volaban, saltaban o estallaban como si un dinamitero enloquecido se hubiera ensañado con la iglesia del cura Bellando y con las construcciones de los alrededores. En medio del bombardeo infernal y los incendios, los hombres librados de las balas se apretujaban en los recovecos de los cantones o taponaban con colchones y bolsas de lana las averías mientras otros morían sin haber tenido la oportunidad de dispararle un solo tiro a alguien, pues los brasileños y los hombres de Venancio Flores observaban o desayunaban café con galleta a prudente distancia, fuera del alcance de los fusiles.

Solo los hombres de las cinco piezas de artillería disponibles respondían a los cuarenta cañones abiertos en semicírculo desde el centro del río hasta la cuchilla Bella Vista.

Y nunca se les vio en el mismo sitio. Cada poco, entre tres o cuatro artilleros arrastraban los cañones de un cantón a otro o hasta una tronera debilitada por las bajas o al centro de una manzana en donde era preciso desalojar a las hordas de invasores cada vez más cerca.

Desde la ventana alta y descalabrada de la sacristía, los hombres del mayor Belisario Estomba se turnaban detrás de un cañoncito recalentado y ridículo, ajenos al torrencial despilfarro de gritos de Felipe Argentó desde el Cuartel de Artillería.

– ¡Dejen de joder! ¡Paren esa mierda que nos están fusilando a cañonazos! -aullaba a todo pescuezo desde el Cuartel de Artillería, pues por cada tiro del pequeño cañón, debajo recibían a cambio una andanada de treinta balas brasileñas.


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31 de diciembre

A las diez de la mañana se cumplió la advertencia. Primero cayó estruendosamente la torre norte de la iglesia y luego una nube de terror se conformó sobre el Cuartel de Artillería. En su corralón, cercado por una pared de ladrillo sentada en barro, atronerada y resguardada fuera por una zanja, un piquete de infantería de Guardias Nacionales recibió un anticipo de tres y luego seis bombas juntas de los imperiales.

La muerte se los llevó a todos sin tiempo para un grito. Sólo quedó un semivivo revolcándose en el suelo y por poco rato: era el mismo Felipe Bartolomé Argentó, arrastrándose afuera sin las dos piernas, gritando hacia las nubes que había llegado la hora de morir peleando y haciendo encargos, mientras se iba sin queja, de que los sobrevivientes velasen por su familia.

A las diez y media había sido sustituida la primera mitad de los artilleros muertos. El aindiado capitán Mandacurú ordenaba a vozarrón destemplado quién sí, quién no y cuál cañón necesitaba un hombre vivo detrás. Pons e Irrazábal sobrevivían de milagro. Y en medio del vértigo, entre los desgarros de la niebla encontraban trozos de instantes para mirarse a lo lejos y saberse acompañados mientras cargaban y tiraban, descoyuntados, mientras volvían a cargar y volvían a tirar, delirando, frenéticos, soñando breve con que la bala que salía diese a lo lejos y de lleno sobre el pecho de algún brasileño arrepentido de haber venido desde tan lejos, sólo para encontrar la nada en Año Nuevo.

Pero jamás supieron si le dieron a algo, pues por esas horas de furia sin lenguaje, la gente se mataba sin verse.

En lo alto, estremecido por el cañoneo continuo, el Baluarte de la Ley amenazaba con resquebrajarse y venirse abajo en el momento menos pensado. A las once menos cuarto, uno de sus cañones se partió en pedazos y doblado sobre su armón hirviente, envuelto en cerrazón de polvo, descabezado por un proyectil imperial desproporcionado para él, el correntino Ñorita cayó muerto, tal como dijo que deseaba morir el día en que el general Gómez le perdonó su pequeño delito frente a los compañeros encargados de fusilarlo.


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31 de diciembre

Mientras caían bajo el sol ardiente los cohetes a la congreve y las bombas tronadoras sobre el caserón de Laserre y se desplomaban las vigas del techo y las paredes se plegaban como hojas de papel para oscilar y derrumbarse estruendosamente y morían quebrantados bajo los escombros ocho de los trece hombres y sobrevivían milagrosamente el capitán Ovidio Warnes, el gigante negro Guite, Raymond Harris y Martín Zamora, el teniente músico, amparado en la mampostería del rincón, encorvado sobre el piano blanco de señorita, continuaba tocando como un endemoniado una y otra vez la misma polka, hasta que al fin, a las once en punto de la mañana, el fuego de los sitiadores cesó por completo.

Martín Zamora, quien había aguardado durante su pequeña eternidad a que una bala lo alcanzase, con el cerebro anegado por un zumbido ensordecedor que sólo él escuchaba, se quitó de encima un sillón de cedro y a rastras se acercó al hueco en la pared, de donde el negro Guite no se había apartado un milímetro con su fusil apretado entre las manos.

En ningún momento el gigante había dejado de vigilar la esquina visible de la plaza. Humo denso, polvo en remolino, hogueras crepitantes, escombros, sólo eso se veía afuera. Pero la excesiva proximidad de lo que se adivinaba detrás lo tenía como encandilado.

Sin embargo, más allá del silencio hirviente que había seguido a los cañones, la furia musical de Pascual Bailón, blanco y fantasmal, desfigurado por su argamasa propia de sudor y de polvo, ganó el espacio y le desbarató los nervios a quienes, hundidos en las trincheras a una cuadra de distancia, jamás imaginaron ese milagro a las espaldas.

– ¡Que te callas de una vez, me cago en tus muertos! -le gritó Martín Zamora fuera de sí.

El teniente Pascual Bailón enderezó su espalda, engarfió los dedos en el aire y los dejó allí, todo él, congelado y solo, gimiendo como un animal herido, con los ojos fijos en el fusil que aún descansaba frío sobre el piano.

El capitán Ovidio Warnes se levantó del suelo y fue el primero en salir afuera. Al disiparse el humo, los vigías sobrevivientes advirtieron desde los techos que la infantería imperial había iniciado su movimiento de ataque hacia la línea norte. Gritaban que eran centenares los macacos, que estaban apenas a doscientos metros desplegándose en guerrillas, ingresando a las primeras filas de viviendas y cubriéndose con lo que encontraban.

Esta vez habían desistido de entrar, como en el primer ataque del seis de diciembre, por el medio de las calles. Se les veía con piquetas y palas, abriendo portillos y boquetes en las paredes de las casas, en los cercos y tapiales, avanzando lentamente a través de las manzanas y guarecidos del fuego de los defensores.

– ¡Se vienen, van a asaltar por el norte! -gritó Larravide.

Medio Batallón Defensores llegó al trote para reforzar la línea donde estaban el mismo general Leandro Gómez, el capitán Areta, el comandante Aberasturi y el capitán Hermógenes Masanti, todos ocupados en recomponer los parapetos o en arrastrar heridos y moribundos hasta el hospital de sangre.

Y apresurándose de nuevo, agotados y enardecidos, los defensores desataron el fuego de la fusilería. Esta vez sí, de tan cerca que llegaban, los atacantes morían sabiendo quiénes les habían quitado la existencia.

En algunos puntos de la línea, los brasileños llegaron hasta la misma pared que resguardaba a los sitiados, para terminar cayendo por decenas, planchando el rostro en tierra y resollando como asmáticos, desangrándose obcecadamente al pie de lo muros, mientras los defensores continuaban tirando con sus mismos fusiles abandonados.

Y cuando algo así ocurría, un clarín o un tambor daban a entender que en algún lugar de la tortuosa línea de defensa, un grupo de cuarenta o cincuenta Guardias Nacionales había derrotado a todo un batallón de brasileños.


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A las dos de la tarde la niña Mercedes, bañada de sangre hasta la cofia, lloraba mordiéndose los labios, mientras sostenía con todas sus fuerzas el muslo crispado de un teniente francés, un joven voluntario de veinte años, de apellido Rousseau, y de quien prefería ignorar su nombre. Vagamente furiosa bajo su congoja, esperaba el instante inevitable en que el doctor Mongrell terminase de aserrar la pierna helada por debajo de la rodilla, para ocuparse de otro herido y dejar de mirarle los ojos desmesurados al muchacho anhelante y huesudo, pálido como un espectro.

Afuera trepidaban las construcciones tras los estallidos de las bombas. Un viento caliente y vegetal llegado desde el río y más allá, hacía que el humo picante de la pólvora que entraba en oleadas al interior, terminara por convertirse en beneficioso al desfigurar la atmósfera de pestilencia dulzona del hospital.

Cuando el médico terminó la tarea y dejó caer al suelo el resto del miembro que pateó debajo de la mesa, ella volteó la cabeza a un lado y abrió su boca seca en una arcada desmesurada y sin resultado, puesto que en su estómago no había el menor indicio de alimento.

El médico no la miró mientras ataba con tiras de trapos pringosos y metía torniquete sobre el extremo del destrozo que acababa de hacer. Se terminaban las vendas, porque se terminaban las sábanas y las mujeres habían empezado ya a rasgar sus enaguas y sus vestidos.

Antes de separarse para pasar a otro hombre, Vicente Mongrell dejó reposar un instante la palma caliente de su mano sobre la frente afiebrada del teniente Jacques Rousseau y con ese solo gesto, lo invitó a tranquilizarse o a morirse allí mismo, con la mandíbula colgando y sus ojos de locura, sin fuerzas para el grito, ni menos aun para un resquicio más de fe en el misterioso prestigio de la medicina infalible.

Ni para bien ni para mal, el galeno valenciano no tenía nada que decirle a nadie. Apenas si tenía fuerzas para preguntarse cuántos quedarían vivos todavía afuera.

Desde sus heridos distantes, al otro lado de la sala enardecida de dolores en apogeo, doña Leticia Orozco y la mujer de Torcuato Fernández miraron a Mercedes y la compadecieron.

– ¡Fuerza hija, fuerza! -gritaba doña Leticia ahogada por el estruendo exterior. Pero no tenía convicción en el aliento.

Se le adivinaba la voz cascada por la misma terrible sed que agobiaba a los sobrevivientes de adentro y que se arrastraba como una serpiente resecada fuera del hospital hacia las calles, hacia los techos y los árboles quebrados, contagiando todas las trincheras y todos los parapetos bajo el sol calcinante de las tres, haciendo que Paysandú entera delirase por un jarro de agua clara.

Entonces la niña Mercedes Orozco se repuso, sofocó sus sollozos y volvió a rasgar su enagua de harapos, una, dos veces, hasta hacer una larga y fina tira de lino que el doctor Mongrell sabría muy bien qué hacer con ella.


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31 de diciembre

A las tres de la tarde, cuando el fuego era general en las líneas de defensa norte y oeste, los soldados del 3º de Infantería del mariscal João Propicio se corrieron por su flanco derecho, circunvalaron las dos cuadras fortificadas que miraban al puerto y tras un demoledor tiroteo terminaron por abatir la trinchera de la Aduana, ubicada frente al portón de la calle Real.

– ¿Qué se le habrá perdido en Calcuta a estos sarracenos? -se preguntó Raymond Harris. Entre los soldados brasileños que saltaban tras la trinchera ubicada en la esquina del gigantesco edificio de nueve aberturas en el frente, había distinguido la figura desarrapada y alcahueta del hojalatero Sengotita señalándoles el sitio donde estaba el coronel Lucas Píriz para luego volverse a ocultar. Para asombro del inglés, mientras los brasileños descargaban su fusilería sobre el portón levadizo, la negra Severia emergió como un fantasma empolvado en medio del tiroteo y con las manos juntas en un rezo, atravesó la calle con su paso de rata apurada en dirección a los defensores. Era evidente su intención de acercarse y prodigar en alguno de sus rostros aquellas caricias repugnantes y de mal agüero, mientras repetía una y otra vez “¡Ay, pero qué lindos que son! ¡No dejen de venir!”.

– ¡Maten a la muerte! -gritó uno de los hermanos Ribero.

– ¡No dejen cruzar la calle a esa bruja! -gritó el comandante Silvestre Hernández.

– No, señor… -dijo Raymond Harris en voz baja. Mientras apuntaba, tranquilizaba su conciencia recordando una sobremesa nocturna en el sitio de Cawnpore, en donde el joven teniente Rupert Coates hacía comentarios crueles sobre el efecto placebo que solía tener para un grupo de guerreros debilitados, terminar de un golpe de gracia con todo aquello que oliera a mal presagio. La negra Severia, entre todos los hombres desfigurados por la escoria y el humo, lo distinguió como a una luciérnaga en la oscuridad y sin titubear se dirigió en línea recta hacia Raymond Harris.

Con su misterioso instinto para identificar la perfecta mitad de las cosas, el inglés esperó a que la temida mujer estuviese en el centro de la calle, para apretar el gatillo y alojarle un certero plomazo en el centro de la frente. El impacto la detuvo en seco, la hizo girar hacia atrás como una bailarina jubilada, hasta que al fin cayó envuelta en su maraña de trapos con los brazos muy abiertos, como si hubiese estado esperando el abrazo último del brasileño más cercano.

– ¡A la mierda, cuzco bayo, y a revolcarse en la arena! -festejó el negro Guite a cuerpo descubierto. Luego, como si sólo tuviese un solo enemigo que no reparaba en él, pareció ensimismarse de pie mientras colocaba con sus dedos torpes otra cabeza de fósforo en la chimenea del fusil, y volvía a tirar sobre las cabezas aparecidas tras la depresión de la trinchera ocupada en la esquina de la Aduana.

La loca audacia con que algunos arriesgan su propio pellejo tiene un efecto entusiasmante entre los más cercanos. Mientras el gigante negro Guite seguía asombrando a los brasileños con su extraño tiroteo de fósforos, el coronel Lucas Píriz dijo que había llegado el momento de desalojar al enemigo de allí y sin dudarlo, retrocediendo como si tal cosa a sus años juveniles de soldado, se puso a las órdenes del oficial encargado de llevar adelante el ataque. A continuación, cuarenta hombres semidesnudos que gustaban llamarse a sí mismos “los muchachos de la guarnición del Salto” se derramaron en pocos minutos sobre aquella calle de nadie, pasaron a bayoneta calada sobre los cuerpos que parecían haberse acomodado para morir en las cunetas de la calle Real y al fin cayeron sobre los sesenta y dos brasileños de veinte años, ignorantes todos, con sus detestables rostros de miedo, de cuál era la forma de contener un embate de perros rabiosos que a cada fusilazo les ladraban “¡al infierno si es preciso, macaquitos!”.

Aquello parecía un naufragio en tierra firme. Apremiados por el ataque, reculando y buscando de reojo las puertas entornadas, los brasileños terminaron por arrojarles los fusiles descargados y hasta las cantimploras de agua alimonada, antes de emprender una huida despavorida en dirección al puerto.

Solo siete soldados, un súbdito francés llamado Jean Baptiste Cadet y dos oficiales de Venancio Flores, el mayor Arroyo y el coronel Atanasildo Saldaña, se quedaron allí, petrificados ante los veinte hombres que los rodearon, los tomaron prisioneros y los confinaron en el sótano de una casona próxima a la Comandancia Militar.

Y así, por unas horas al menos, el viejo edificio de la Aduana volvió a ser de quien tenía que ser.


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31 de diciembre

De a ratos, montada sobre los estampidos sordos de los cañones de Bella Vista, se escuchaba la extraña clarinada de los enemigos tras los paredones de las casas abandonadas. Siempre el mismo toque y nadie que supiese explicar el significado. Solo al coronel Tristán de Azambuya, brasileño de Bagé y habitante de Tacuarembó, le dio por reírse a carcajadas de la ignorancia del coronel Píriz. Mientras defendía a balazos la línea del portón que daba al río, le gritó que aquel toque de clarín venía de las enormes negradas imperiales que avanzaban hacia ellos y quería decir “¡siga el fuego!… ¡siga el fuego!”.

A la izquierda de donde estaba apostado Tristán de Azambuya, en el cantón del edificio de la Jefatura, se encontraba el comandante Pedro Ribero; a la derecha, en el cantón de la bocacalle, el comandante Silvestre Hernández y a sus órdenes otros treinta de aquellos tipos de los que gustaban llamarse a sí mismos “los muchachos de la guarnición del Salto”, repartiéndose metros de defensa en los centros de las manzanas y dejando a cambio en el lugar, cada tres vivos, un muerto.

Como una aparecida bajo el mormazo inclemente, la mujer de Torcuato González hizo en poco rato dos viajes milagrosos hasta los cantones. Llevaba un balde de agua en una mano y un jarro de hojalata en la otra, que destellaba en la luz a cada chorro descolgado sobre las bocas arenadas por la sed y el espanto de la urgencia, a sabiendas de que los enemigos tenían fuerzas sobradas para relevarse, para descansar, para comer y luego entretenerse en incendiar la paja de los techos de los ranchos cercanos y ahogarlos con humo aprovechando el favor del viento.

Para las cinco de la tarde los sitiados apenas si conservaban la mitad de las fuerzas que se necesitaban para cubrir todas las partes de la línea de defensa, cuando pasó por allí el general Leandro Gómez, indomable y condenado, presente en todas partes, exhortando imperativo a vencerlos o a morir bajo las ruinas, mientras levantaba hacia la brisa caliente una bandera oriental que tremolaba hecha jirones en su mano derecha.

Cuando a la distancia del ancho de una calle vieron a la mujer que prodigaba el agua en la cara de fuego del general Gómez, los atacantes gritaron de rabia, arreciaron con el tiroteo y por los gritos y por las menciones agraviantes a su madre, se identificaron como gente del general Gregorio Suárez quien quería terminar con aquello cuanto antes, pero de la peor manera.

Sin embargo, el General abrazó a la mujer y siguió a paso rápido por su árido sendero de cantones, mientras dejaba atrás la estrepitosa barrida de la fusilería.

Cuando la vio allí, enhiesta y mirando la frágil espalda del General que desaparecía en el humo Torcuato González le suplicó a gritos que se retirara, que volviese al hospital, pero ella hizo todo lo contrario. Continuó con el reparto hasta vaciar la olla, se acercó un poco más en medio de la humareda y le respondió a su marido sin ocultarse:

– ¡Dios te guarde! ¿No estás cumpliendo con tu deber?… En general aquí se muere y no te abandono por más que me lo exijas…

Como si la hubiesen escuchado, un hormiguero de cinco mil hombres comenzó a cerrar un anillo gigantesco alrededor del perímetro de guerra y luego avanzó entre las manzanas a través de las brechas y boquerones abiertos a picazos o a cañonazos o saltando a los techos de las casas para dejar clavada en cada una la bandera auriverde del emperador, asegurándoles de ese modo a los sitiados que no volverían a recobrar nada de lo perdido.

En menos de una hora, centenares de brasileños rodearon las trincheras defendidas por el coronel Azambuya, el comandante Castellanos, el comandante Ignacio Benítez y el mayor Rojas con sus voluntarios Senocien, Sosa y Orrego, y se abocaron a exterminarlos y a incendiarlos.

Y así, envuelto en denso humo de paja y tiroteo, tratando de cruzar la calle para ver cómo le iban las cosas a los defensores del almacén “El ancla dorada”, cayó frente a las puertas del Banco Mauá, cribado por las balas, el coronel Tristán de Azambuya, sin tiempo siquiera para agradecer a Ignacio Benítez su coraje para tomarlo de las botas y arrastrar el cuerpo de retorno a su puesto, sólo para evitar la humillación de más heridas en lo muerto. Y a unos sesenta metros más allá, desprevenido y absorto en la tarea de enderezar uno de los dos únicos cañones que quedaba montado de lado en una hondonada próxima a la plaza, también el coronel Lucas Píriz cayó herido de muerte.

– ¡No es nada, “muchachos del Salto”, no es nada! -gritaba mientras lo arrastraban entre dos hasta el interior de la casa de la familia Menentiel-. ¡Diez macacos por mí y todos en paz!

En la noche, mientras el doctor Mongrell se agotaba en un breve repertorio de alivios frente a las tres heridas que le fugaban el alma, el Coronel tendido entre los escombros de una habitación destruida por las bombas, preocupado por la ensordecedora fusilería que se avecinaba, llamó a su secretario Torcuato Barboza y a la luz de un cabo de vela le ordenó enterrar allí mismo un atado de documentos oficiales que, según dijo, podría servirle más tarde al gobierno de Montevideo.

A las dos y media de la mañana, justo cuando Torcuato Barboza, desconsolado como un niño, terminaba la rabiosa tarea de levantar las tablas del piso y abrir un pozo en la tierra con sus propias manos hasta sangrarle las uñas, el coronel Lucas Píriz terminó de morirse en su lecho de piedras, amparado por dos “muchachos de la guarnición del Salto”, que lo miraron hasta el último instante con las mandíbulas trabadas por el encono de tener que quedarse.


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31 de diciembre

Sobre aquellas horas del año que se iba, escribió el capitán Hermógenes Masanti:

“[…] Sin disminuir la pelea, vino la noche. La mitad de la guarnición ha quedado fuera de combate y por falta de gente nos es imposible enterrar a nuestros muertos queridos. Que duerman en paz al pie de los débiles y arruinados muros que con tanta valentía defendieron. ¿Cuántos les seguiremos mañana? Pero morir por la patria es gloria…

Mientras tanto, los brasileños hacen fuego hasta por divertirse por encima de las paredes de los edificios. Pasada la medianoche recibimos la orden de responder con un fuego lento al incesante y nutrido de los sitiadores, para no desperdiciar las municiones que comenzaban a escasear y, de paso, poder descansar un poco. Bah… Descansar… Descansar de hacer fuego, pero no dormir, porque hay que estar con los ojos bien abiertos, pues el enemigo que se encuentra calle por medio puede traer un nuevo asalto cuando menos se piense.

Todos están fatigados y hambrientos, pues por todo alimento del día, apenas se distribuyó galletas y café sin azúcar. Sin embargo, se sostienen y mueren con heroísmo incorregible.

Es así como se combate, serviles degradados”.


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1 de enero

Parapetados tras un túmulo de colchones de lana y barricas repletas de escombros que intentaban defender la esquina del ruinoso edificio adonde se había trasladado la Comandancia, Martín Zamora, Raymond Harris y el gigante negro Guite llegaron ilesos a las ocho de la noche del primer día de mil ochocientos sesenta y cinco, tirando sin descanso hacia los techos por donde aparecían los fogonazos de los soldados imperiales más atrevidos.

Un viento cimbreante arremolinaba hedor de podredumbre, tierra seca y humo de pólvora, colándolo a raudales por las ventanas descuajadas a cañonazos del despacho del Estado Mayor. Ni los tablones ni las cortinas improvisadas dispuestas por el capitán Masanti para preservar los movimientos en el interior podían impedir que aquella mezcla picante y árida fustigara la garganta del general Leandro Gómez, quien tosía y se sofocaba mientras ordenaba que se hicieran presentes los hombres cuyos nombres iba gritando, sin cuidarse ya de que las conversaciones fuesen secretas: “¡Que venga García, que venga Estomba, que vengan Silvestre Hernández y Aberasturi; quiero a Ribero, a Ernesto de las Carreras, a Castellanos, a Areta, a Larravide y a Torcuato González, que vengan de inmediato a mi despacho!”, llamaba una y otra vez.

– ¡Algún día lo invitaré a cenar en Gibraltar, Zamora! ¡Y le prometo que lo haré sentir en su propia casa! -gritaba el inglés Harris mientras tiraba alto, hacia un mirador enrejado y oscuro a cinco casas de distancia, en donde un brasileño había cometido la imprudencia de fumar un charuto antes de caer fulminado.

– ¡Que será una cena que te cagas! -se reía Martín Zamora, metiendo fósforo tras fósforo en el Remington hirviente, mientras sentía como nunca antes un obstinado deseo de sobrevivir, de llegar a alguna parte ileso, de hacer las pases con Jeremías el Corto si era preciso y decirle que había reflexionado mucho en todos aquellos años y que bueno, joder, que se quedara con la Irene si quería, pues él bien que podía aparecerse por Castellar de la Frontera con su hermosa niña Mercedes, que ni los veinte tenía, y hacer por aquellos lares hasta una fiestecilla, en la que hasta los viejos enemigos podrían eructar jamón serrano de puro reconciliados que se verían. Y entonces les haría las historias de cómo había conocido a aquel inglés taimado sentado al otro lado de la mesa, haciendo buenas migas con el viejo panadero Crispín Zamora, “que la Virgen del Rocío lo mantenga vivo aún y me escuche en este mismo instante en que he apostao el alma, me cago en Dio…”, imploraba progresivamente furioso Martín Zamora mientras la culata le quemaba las coyunturas inflamadas de tanto hacer fuego. Que a todos les pasaba lo mismo por lo que había observado, pues a cierta altura del tiroteo se les hinchaba y requemaba a tal punto el hombro derecho que la mayoría cambiaba el fusil de mano para apoyar la culata en el izquierdo y continuar tirando.

– ¿Dónde está el teniente Bailón? -preguntó el gigante negro Guite mientras recargaba-. ¡Carajo, menos conversa y busquen a Pascual Bailón…!

– ¡Mira, mira! ¡Qué allí viene el cabrón!

– ¡Ese tipo está loco! -exclamó Raymond Harris.

El joven oficial había aparecido en medio de la ominosa neblina acompañado de dos Guardias Nacionales. Y hasta no estar casi encima de ellos, nadie adivinó a qué se debían sus quejidos, sus tropezones y sus operaciones de arrastre. Entre los tres cargaban aquel pesado piano blanco de señorita con el que Pascual Bailón pensaba reforzar la trinchera al frente de la Comandancia.

Y mientras los demás se descoyuntaban tirando hacia las azoteas ocupadas, el teniente músico comenzó de inmediato a animar la masacre con la única polka que le entusiasmaba.


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1 de enero

Uno a uno, excepto los muertos o los que iban en camino o los que aguardaban en el hospital la errática ronda del doctor Mongrell, todos los que el general Gómez convocó a lo que quedaba de su despacho iluminado por dos faroles mortecinos se hicieron presentes a las nueve de la noche, justo cuando los sitiadores suspendieron por una hora el fuego para entregarse a la ración de la cena.

Para ahorrarles los ocho metros que debían caminar hasta la puerta de entrada a la Comandancia, el gigante negro Guite les decía con gentileza a medida que iban llegando, “entre por aquí, coronel” y les señalaba la informe abertura de la ventana depostigada, por donde podían ingresar sin arriesgarse inútilmente a pasar bajo un rabiosa descarga de fusilería.

Martín Zamora abandonó su posición a un costado del montículo defensivo y se dejó caer sentado junto al pretil de la ventana, seguido por Raymond Harris, quien agradeció en voz baja la momentánea inundación de silencio sobre el pueblo o más bien la potente ausencia del sonido inhumano, que había logrado mixturar las resacas de la muerte con las débiles sobrevivencias de lo que se movía.

– ¿Conocen a Boccherini? -preguntó de pronto el teniente detrás del piano blanco de señorita.

La pesadumbre de la atmósfera, el viento caliente y el hedor de la vida hacían la noche intolerable. En los alrededores comenzaron a oírse quejas, ruidos de pertrechos latosos que se acomodaban en los huecos y la sexta sonata majestuosa de Luigi Boccherini ejecutada como el demonio por los dedos airados de Pascual Bailón.

Desde el interior, se escuchó la voz alterada del General recibiéndolos, diciendo que los había llamado para oír su opinión y consultarles lo que convendría hacer a esa altura de la batalla.

Agobiados por la misma fatiga y la misma debilidad, uno tras otro fueron coincidiendo con voz cauta y más baja que la del general Gómez, en que no había dudas de que el enemigo tomaría la plaza al día siguiente.

– La mitad de la guarnición está fuera de combate y la otra mitad casi no tiene municiones, general… -informó el comandante Pedro Ribero-. Una hora más de tiroteo y será imposible contener un asalto en cualquier parte de la línea.

– ¿Cuántos hombres tenemos en condiciones de resistir?

– Acaso cuatrocientos, general, no más…

Afuera, el inglés Harris se aproximó a Martín Zamora hasta husmearle el sudor caliente que le chorreaba y en voz muy baja, para no ser escuchado por el gigante Guite, quien intentaba dormitar a un metro de distancia, dijo con amarga ironía:

– Quién iba a decir, Zamora, que un espía de Mitre iría a escuchar una conversación del Estado Mayor, sentado cómodamente al lado de su ventana…

Adentro, el capitán Hermógenes Masanti advirtió que ya había observado algunas trincheras muy desguarnecidas por falta de soldados y convertidas en pozos infames cubiertos de escombros y cadáveres de muchachitos de catorce años.

– Y usted, comandante, ¿qué opina?

Al comandante Aberasturi se le escuchó caminar, carraspear y patear un pedazo de ladrillo, hasta que al fin dijo que no creía desdoroso entablar negociaciones, siempre y cuando fueran dignas de la guerra.

La mayoría de los jefes lo apoyaron con pocas palabras.

– Entonces, si les parece bien, haremos una nota al general Flores pidiendo una suspensión de hostilidades por veinticuatro horas, para enterrar a los muertos -propuso Leandro Gómez.

– No me parece, general… -terció Larravide-. Bajo el fuego en que estamos y con las posiciones que han ganado los sitiadores, no creo que Flores acceda. Lo más probable es que nos intime a rendirnos a discreción.

– ¿Y qué haría usted, mayor?

– Formaría el resto de la guarnición en columna cerrada y forzaría el paso por la calle con la salida más difícil. Muchos caeríamos, pero pasaríamos. Luego ganaría la costa del río y marcharía hasta donde pudiera para escapar. Y en último caso, dispersaría la fuerza.

El general Gómez negó.

– Eso no es posible… Tenemos muchos compañeros heridos y no los abandonaremos. Creo que en último caso, el general Flores nos concedería una capitulación digna y saldríamos de Paysandú con todos los honores, como dice el comandante Aberasturi.

– Pero el general Flores creerá que la tregua es una excusa para reparar los destrozos y preparar una nueva resistencia -señaló Belisario Estomba.

El comandante Pedro Ribero opinó que pedir veinticuatro horas era demasiado, que no debía pedirse más que dos.

Al fin, se acordó solicitar ocho horas y enviar la nota del general Leandro Gómez con alguno de los prisioneros que se prestase a llevarla, tal vez el coronel Saldaña o el mayor Arroyo, ambos ocultos junto a otros ocho hombres de Venancio Flores, en un sótano de las inmediaciones.

Resuelto el punto, el General le dictó la nota a Hermógenes Masanti, luego la firmó y ordenó al capitán Adolfo Areta y a Ernesto de las Carreras que trajesen de inmediato ante su presencia al oficial prisionero de menor grado, para entregarle el mensaje y convertirlo en emisario.

El mayor Arroyo era un hombre corpulento y hosco, quien al sentirse allí, solo en el centro del recinto ruinoso, entre todos los oficiales desfigurados por las pelambres de las barbas, los harapos, los emplastos de sangre y las huellas de dos días y tres noches de crispación, decidió no mirar a nadie, excepto al general Leandro Gómez.

Los dos hombres se observaron un instante y cuando el General percibió que una hostil desconfianza entornaba los ojos del oficial colorado, le pidió que se tranquilizara y le aseguró que no tenía nada contra él. Al fin le pidió que llevase aquel mensaje a la tienda del general Venancio Flores, con la instrucción de salir de la plaza por el cantón de la esquina de la Jefatura con un farol encendido en la mano, previniéndole que cuando volviese con la respuesta, debía hacerlo por la misma trinchera y agitando tres veces el farol en alto para ser reconocido y que no le hicieran fuego.

Sin decir una palabra, el mayor Arroyo salió afuera con el mensaje en una mano y el farol en la otra, custodiado por tres hombres del capitán Areta. Antes de cruzar la calle, al enfrentarse a la trinchera improvisada, el oficial colorado se quedó mirando como alucinado la estrafalaria escena del gigante negro Guite derrumbado en su sueño con el fusil cruzado sobre el pecho, al inglés Harris y a Martín Zamora despatarrados en la vereda carcomida de la casa que oficiaba de Comandancia y a Pascual Bailón agobiado sobre aquel piano blanco astillado por los proyectiles, ensayando en estado de ausencia una música que jamás nadie había escuchado en cien leguas a la redonda.

Al verlo pasar frente a ellos, muy despacio camino de la trinchera de la Jefatura, al observar la forma en que miraba con recelo a uno y otro lado como si no estuviese muy convencido de lo que iba a hacer, Raymond Harris codeó a Martín Zamora y señaló al mayor Arroyo desapareciendo con su carga de miedo entre las casas engañosamente dormidas:

– Ese desgraciado no vuelve, téngalo por seguro… -dijo.


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2 de enero

Apenas el emisario traspasó la difusa línea fortificada, los imperiales decidieron terminar con aquel silencio que desfiguraba la noche, para emprender nuevamente su tarea de aniquilamiento. Pero esta vez precedida de un gigantesco cascabeleo circular de pertrechos metálicos, una sobrecogedora cantidad de hombres arrastrándose en las tinieblas, entre los muros, atravesando las ruinas, descolgándose con sus cacharros desde los techos hacia las calles, todos en dirección al centro de la población, una multitud con la mente puesta en una hipotética plaza que jamás habían visto ni pisado, pero a la que había que llegar y detenerse.

El gigante negro Guite abrió los ojos y sacudió su cabeza brillante y pelada y preguntó qué diablos era aquello que se le había metido de un soplo en las pesadillas y Martín Zamora apretó el gatillo cargado de franqueza en la curvatura del índice y preguntó en voz alta en qué estaban ocupados el resto del mundo y el Gran Poder y el gobierno y sus malditos alrededores, que parecían no reparar en lo que estaba ocurriendo en aquella ciudad sitiada y masacrada por dieciséis mil hombres llegados desde muy lejos solo para exterminarlos y de qué manera.

– Calma, Zamora, que los macacos se vienen como hindúes y el farol no aparece… -advirtió Raymond Harris en el preciso instante en que estallaba una descarga de fusilería recién cenada y acompañada de café caliente, la más ahíta, la más sostenida y mortífera de los últimos treinta y tres días.

En el mismo instante en que unas cuadras más allá, tendido en el suelo expiraba el coronel Lucas Píriz, desde una azotea frente al almacén “El ancla dorada”, cinco soldados negros mal dibujados en la noche, asombrados de tener ante sí al maldito invulnerable de la camisa blanca que acostumbraba pasearse por los techos en medio de las descargas, tiraron a un tiempo sobre el comandante Pedro Ribero y le partieron las vértebras y lo mataron bien muerto con la preocupación congelada en su mente de que habían llegado a las dos y media de la madrugada y el hijo de perra del mayor Arroyo aún no había aparecido con su farol en alto y su respuesta, ni tampoco aparecería al amanecer cuando ya habían caído ciento veinte hombres más en los alrededores de la defensa y los sobrevivientes del Estado Mayor conjeturaban que una de dos: o el general Venancio Flores no había querido responder o el prisionero Arroyo se había quedado entre los suyos.

– Se ha quedado entre los suyos. Tenemos que mandar una segunda nota. ¡Traigan al prisionero de mayor rango! -ordenó el comandante Emilio Raña, quien de arrastrarse y soportar los arañazos de las voladuras había perdido jirón a jirón su camisa, una pierna del pantalón, deambulaba descalzo por los cantones y además, desde el final de la tarde, como le advirtió el capitán Eduvijes Acuña, le asomaba el culo entre los harapos.


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2 de enero

Estaba amaneciendo cuando trajeron ante el general Leandro Gómez al prisionero coronel Atanasildo Saldaña, un casi anciano corriente y macilento, fuera de su ambiente, con el rostro desencajado por las aterradoras resonancias de la noche desde el extraño tiempo del sótano, de sentirlas transcurrir afuera con una rapidez espectral y en él con una lentitud de pesadilla.

Reconfortado al frescor de la mañana, el coronel Saldaña escuchó las instrucciones y aceptó atontado y de buen grado cumplir con lo que el mayor Arroyo no había cumplido. Antes de desaparecer, dio su palabra de honor de que volvería y traspasó las trincheras con su uniforme polvoriento y un pañuelo blanco en la mano.

Mientras tanto, el general Leandro Gómez salió a la calle, se fue a la plaza y tras observar el maltrecho barco desarbolado en que había quedado convertido el Baluarte de la Ley, dio la orden al mayor Larravide de arriar de la torre la bandera punzó de combate y sustituirla por la bandera blanca hasta que regresara el emisario con la respuesta de los sitiadores.

Pero la orden no pudo cumplirse al pie de la letra. Las balas habían cortado las cuerdas del asta y se las veía inalcanzables en la altura, volando a merced del viento. Entonces, el general Gómez ordenó a gritos que no perdiesen más tiempo, que levantaran banderas blancas en todos los cantones y suspendiesen el fuego, añadiendo de viva voz que si los enemigos se aproximaban irrespetuosos de la situación, se les intimara a retirarse bajo amenaza de tirar a matar.

Y así comenzó a generarse desde el centro hasta los puntos más alejados de la plaza de la Constitución, el más grande de los malentendidos.


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2 de enero

En aquel momento los defensores supieron lo que era la desesperación. Apenas las banderas blancas se hicieron visibles sobre trincheras y cantones de Paysandú, un silencio ensordecedor se agolpó de pronto en todas las manzanas de la ciudad sitiada.

No obstante, como si hubiesen estado esperando durante mucho tiempo aquella hora, desde algún descampado ubicado entre las líneas enemigas, rompieron a sonar los trombones, trompetas y tambores de una gigantesca banda de músicos brasileños, desatando de inmediato el rugido de una multitud que tiroteaba al sol recién aparecido y se entregaba a la euforia de un festejo incontenible.

Los quince hombres del comandante Torcuato González que reforzaban la trinchera del almacén “El ancla dorada”, ante el carácter bestial e ingenuo que parecía tener la situación, no atinaron a responder a los vítores de los soldados floristas o a la sorprendente conducta de los brasileños, que comenzaron a trasponer los muros despedazados a cañonazos, que en el mayor orden se acercaron hasta ellos como si no hubiese ya el menor peligro, elogiándoles su fiera obstinación durante tanto tiempo, empleando palabras que parecían venir de un salvaje rito de fraternidad repentina, tratándolos como si de verdad se hubiesen rendido con honor.

A la luz de la mañana, las fuerzas brasileñas habían identificado ya todos los puntos de la línea en los que sólo sobrevivía un centinela o un puñado de defensores maltrechos y sin fuerzas siquiera para erguirse sobre sus rodillas y sus codos. Y por aquellas ventanas y portones desmoronados o removidos a patadas y culatazos, entraron los sitiadores en tropel, desplegándose por centenares entre tanta desventura sin que nadie hubiera para ofrecerles resistencia. Y cuando Leandro Gómez lo supo desde la plaza, los imperiales ya se hallaban avanzando por el centro de la calle Real, traspasando las trincheras y cortando en dos los diezmados piquetes de defensores.

Los que resistían caían muertos en el acto o eran hechos prisioneros y dejados atados y acostados en los cráteres de las trincheras, para hacerse cargo de ellos más tarde. Otros, que retrocedían arrastrando las suelas de las botas hacia el último refugio de la plaza, sin dejar de tirarles, gritaban rabiosos “¡traición!, ¡traición!”, apresurándose a recubrirlo todo y a ocultarse de la luz del día entre las cuevas dejadas por los escombros.


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2 de enero

Sólo el general Leandro Gómez, con el rostro congestionado por la asfixia de sus pulmones rotos, trataba de mantener la calma mientras le gritaba a Belisario Estomba, a Federico Fernández, a Emilio Raña y a Ovidio Warnes que corriesen a disponer que el resto de las fuerzas se concentrara en la plaza para continuar la resistencia.

Sin embargo, en medio de la confusión y del hormigueo incesante de hombres desesperados, aquella orden era imposible de cumplir.

Fuera de sí, sin entender lo que ya se perseguía, el mayor Torcuato González abandonó la Jefatura y salió a la calle desaforado, gritándole a todo el que lo quisiese oír:

– ¡Este general Gómez se opone a la rendición incondicional! ¡Está enfermo y encaprichado! ¡No podemos resistir más, carajo!

En algunos sitios, algunos oficiales de pocas palabras, puño recio y corazón franco, rompían ya sus espadas o daban contra el suelo sus fusiles, suponiendo desesperados que los altos jefes los habían entregado.


Apenas si un centenar de hombres logró replegarse hasta la plaza, pero también allí se encontraron con un millar de imperiales esperando, hasta rodearlos como a perros rabiosos y matarlos a lanza y sable uno tras otro.

– ¡Nos liquidan, me cago en Dio! -aullaba Martín Zamora, arrollado entre estropajos de colchones, esquivando los silbatazos de las balas y tirando sin desperdiciar. Le dolía atrozmente la vieja herida que le resentía la pierna y le quedaban apenas media docena de proyectiles. Raymond Harris tenía un tajo aparatoso en el cuello y su camisa blanca parecía un extraño escudo de familia, con una mitad caprichosamente roja y la otra antiguamente nívea. Su energía iba perdiéndose, aunque no tanto que le impidiese caminar. Es más, tiraba a la par del gigante negro Guite y entre los tres trataban de evitar que aquellos replegados a la plaza, que se defendían con sus bayonetas, con cascotes, con cuchillos, con lo que podían, no fuesen fusilados por la espalda, mientras los brasileños seguían haciendo prisioneros o se ocupaban de arriar la bandera oriental que tremolaba harapienta en la cúpula de la media naranja de la iglesia, para enarbolar en su lugar el pabellón oro y verde del Imperio del Brasil.

Sin mirarlo, Raymond Harris se aproximó lo que pudo a Martín Zamora y le habló con rapidez. Era evidente que se disponía a marcharse.

– Preste atención, Martín, acá se pudrió todo. Apenas pueda, trate de atravesar la línea detrás de “El ancla dorada” y por los fondos llegará a la casa de Sardá que tendrá una bandera argentina en la ventana.

A quien lo detenga, diga en seña “Mitre es grande”, pida asilo en el sótano y no abra más la boca. Allí estaré yo esperándolo o me esperará a mí, después veremos. Tal vez podamos refugiarnos en La Africana

– Pero, ¿quién mierda se cree usted que es? -se enfureció Martín Zamora.

– ¡No sea imbécil y haga lo que le digo! -aconsejó el inglés Harris; y cuando se irguió para desaparecer, la herida refulgió de golpe en la camisa-. Buena suerte…

Mientras tanto, oculto tras el montículo del piano blanco de señorita, al teniente Pascual Bailón ni se le veía ni se le escuchaba.

Fue entonces cuando una pequeña y apresurada comitiva, portando una bandera blanca, apareció entre remolinos de humo negro por el mismo costado del caserón por donde había desaparecido Raymond Harris. Martín Zamora se apresuró a llamar al capitán Masanti y entre los dos custodiaron a los recién llegados hasta el interior del despacho del general Gómez. Al frente iba el coronel Atanasildo Saldaña, cumplidor de su palabra, quien retornaba con la respuesta firmada con puños y letras de general, barón y mariscal y en la que todos decían que no.


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2 de enero

Al señor general don Leandro Gómez:

Después de la obstinada resistencia hecha por la guarnición de su mando, sin esperanza alguna de salvación, no puede hacerse lugar a la tregua que V. S. solicita en su nota de ayer que acabamos de recibir, no obstante los derechos de la guerra que invoca.

Dentro de las ocho horas de tregua que V. S. solicita, debemos hallarnos en posesión de esa plaza. Conceder esa tregua sería concurrir por nuestra parte al aumento de las calamidades de la guerra y si V. S. desea que se atienda a los heridos y que se dé sepultura a los muertos, evitando al mismo tiempo la ruina de la población y la efusión de sangre, cuya responsabilidad pesa exclusivamente sobre V.S., ríndase con la guarnición a su mando en calidad de prisioneros de guerra, en cuya condición serán tratados con las consideraciones debidas, única proposición que podemos hacerle.

Dios guarde a V. S. muchos años.

Venancio Flores, Barón de Tamandaré,

João Propicio Mena Barreto


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2 de enero

Mientras afuera arreciaban las ráfagas de la fusilería, Martín Zamora permanecía inmóvil a un lado de la puerta y desde su altura, con el fusil terciado sobre el pecho, miraba fijo al viejo coronel Saldaña, quien a su vez lo observaba a él con curiosidad mientras el General leía.

Alrededor de la miserable mesa desvencijada de tres patas, envueltos en la niebla de polvo y humo acre que todo lo ocupaba, el comandante Emilio Raña, Ernesto de las Carreras, el capitán Hermógenes Masanti y el jovencito Atanasio Ribero, esperaban que el General terminase de darle vueltas a la carta.

Al fin, con los ojos irritados por la atmósfera apenas soportable, Leandro Gómez levantó la cabeza, tosió una, dos veces, y le dijo a Atanasio:

– Siéntate. Vamos a contestar esta nota…

Con el rostro pequeño y descolorido enmarcado en la desparramada opulencia de sus cabellos, Atanasio se sentó y tembló la silla, temblaron sus rodillas, la mesa, la mano empuñando la pluma y su estado perturbó al General, quien llamó a Ernesto de las Carreras y le pidió que tomara asiento e hiciera lo que el muchacho no estaba en condiciones de hacer.

“Hijito mío, qué cagazo tienes…”, pensó Martín Zamora con la garganta anudada, viendo que el pequeño Ribero se disculpaba con voz ronca y desfalleciente y se recogía detrás de todos, para revolverse los puños en los ojos sin que nadie lo viese.

Sin embargo, tampoco el segundo secretario pudo abocarse a la tarea, pues en un instante todo el ambiente que hasta entonces parecía inexpugnable se alteró cuando una presencia extraña y sorprendentemente serena irrumpió en el recinto sin que nadie se lo hubiese impedido.

Sin tiempo a reaccionar, a Martín Zamora no le costó reconocer que aquel que había aparecido a su lado era alguien con otros colores y un olor fuerte y exótico, que reconocía a distancia, mezcla de sudor de caballo, pastizales resecos y hombre alimentado en hora.

Se trataba de un joven oficial de los ejércitos del Imperio del Brasil que había traspuesto la puerta y se había plantado allí, en el centro del ruinoso despacho del general Leandro Gómez, mirando a los presentes con una expresión magnífica en su rostro lejano, propia de quien respeta las creencias en el fin del mundo que tienen los demás.

– ¿Dónde está el general Leandro Gómez? -preguntó.

– Aquí estoy… -contestó el General.

El oficial brasileño se puso rígido, se quitó los guantes blancos y lo saludó con la debida atención.

Detrás de él, firmes pero sin violentar la situación, otros cuatro oficiales del Imperio ingresaron al recinto, se cuadraron para hacer el saludo militar a los presentes y luego dejaron reposar en el suelo las culatas de los fusiles con las bayonetas caladas.

– General, en nombre del Emperador del Brasil y del Barón de Tamandaré, usted, sus oficiales y su tropa tienen las máximas garantías de respeto y honor para su capitulación. Está usted ahora bajo mi custodia, señor…

– No sé con quién tengo el honor de hablar…

– Con el coronel Oliveira Bello, jefe de la Tercera Brigada de Río Grande, señor…

– Usted está repitiendo lo mismo que me dice el Barón de Tamandaré en esta nota… -dijo el General, mostrándole el papel que había traído el coronel Saldaña-. Voy a terminar su contestación.

Todos contemplaron con sorpresa el rostro fatigado y resquebrajado de pronto como un viejo pergamino, del león de los treinta y tres días.

El comandante Juan Braga hipó emocionado y se permitió poner su mano derecha sobre el hombro del General. Los demás tomaron conciencia repentina de la situación y se cuadraron en sus infinitos cansancios. Martín Zamora enderezó su espinazo larguísimo a lo largo de la pared y experimentó una profunda ternura hacia aquel hombre cuya frase “voy a terminar su contestación” los envolvió a todos como un manto prestado por don Quijote.

– Le ruego que no pierda tiempo en responderla, general. El Barón lo está esperando y yo tengo órdenes de llevarlo a su presencia… -dijo el oficial con premura. Acto seguido se aproximó y le ofreció el brazo izquierdo.

El general Gómez permaneció pensativo un instante y luego le extendió su espada y aceptó su brazo izquierdo, mientras le encarecía que se cumplieran las garantías para sus jefes y los sobrevivientes de la guarnición.

– Entienda que para mí no pido nada, coronel… -insistió el General, mientras apretaba en su otra mano la carta del Barón y salía afuera seguido de los jefes y oficiales prisioneros.

Bajo el sol hirviente y nebulado por el humo, dos filas de cuarenta soldados imperiales abrieron una senda en el viento y presentaron armas al paso de la comitiva que marchaba por la calle 18 de Julio hacia el portón del oeste. Atrás quedaba aquella trinchera improvisada y pestilente de colchones ardiendo, reforzada con el maltrecho piano blanco del maestro Deballi sobre el que cayó de bruces el teniente Pascual Bailón con su cabeza enmarañada, las manos y el teclado destrozados a balazos, sorprendido por la muerte mientras improvisaba en medio del fuego.


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2 de enero

Cuando la Comandancia quedó vacía, apenas arremolinada de papeles lacrados y garabateados por ministros, generales y embajadores, que intentaban trepar, trabarse, ocultarse entre los escombros de la ventana derrumbada, Martín Zamora recostado a la pared abrió los ojos y miró débilmente las negras quemaduras del cielo raso, abrumado por el vacío. ¿Qué haría ahora? ¿Saldría afuera y trataría de escabullirse entre los saqueadores y degolladores de prisioneros para hacer lo que le había dicho Raymond Harris que hiciera? ¿O se arriesgaría a correr hasta el hospital de sangre y rescatar a la niña Mercedes en caso de que hubiese sobrevivido? Las dos cosas: una primero y la otra después.

Con cautela, estirándose y agachándose, parapetándose con el fusil en la mano y solo tres balas en el bolsillo, salió por los fondos derrumbados y entre los cráteres y se ocultó tras un haz de ramas quemadas que lo separaban de la calle. A través de la hojarasca podía ver la iglesia en ruinas y un ángulo de la plaza Constitución. Allí, un grupo de prisioneros cabizbajos pero serenos, sentados en la tierra o en cuclillas al rayo del sol y entre los cuales había identificado a Orlando Ribero y al capitán Enrique Olivera, esperaban. Todos estaban custodiados por un piquete de soldados brasileños, ellos sí nerviosos, con los fusiles alerta, temiendo los avances vengativos de los hombres de Venancio Flores, que iban y venían gritando y vituperando a los vencidos, derribándolos a tiros y a sablazos por la plaza, obsesionados en el terror, en quitarles las botas, en quintar cincuenta y cuatro prisioneros de un golpe o en degollar de rodillas al capitán Abelardo Maroto y a Isidoro Sierra abrirle el pecho a bayoneta, o en puntear con los facones a los dos capitanes Benavides y al comandante Orrego, los tres que se defendían desesperadamente a ladrillazos, toreándolos hasta derrumbarlos y al fin, despenarlos en el suelo como a caballos quebrados.

Oculto en la ramazón tiznada, Martín Zamora se estaba resignando a que los brasileños no pudiesen contener la alucinada fiereza que se acercaba más y más al grupo de hombres apiñados sobre sí mismos, cuando de pronto, abriendo una brecha entre la alteración de la soldadesca, ingresó a la plaza el almirante de la escuadra argentina José Murature, golpeando su bota derecha con una fusta impropia de un hombre de mar y acompañado de un pequeño grupo de oficiales.

Aliviado de no haber llegado demasiado tarde, el oficial se presentó ante los prisioneros como un hombre del presidente Mitre, levantando las palmas de las manos e intentando tranquilizarlos con sus garantías, con la seguridad de que todo había terminado y de que para todos había llegado el resplandor de la paz.

Sin embargo, mientras el almirante argentino les alababa el valor y la entereza, apareció aparatosamente al galope en la plaza, frenando y rayando el caballo en polvareda, el coronel Gregorio Suárez embravecido y sosteniendo en su lanza una bandera oriental arrancada a los defensores del edificio de la Jefatura. Tres metros detrás, un grupo de oficiales montados y sin otro uniforme que sus melenas sostenidas con una divisa colorada a media frente, hacían peligrosos aspavientos con los fusiles y vociferaban amenazas terribles para los derrotados.

– ¡Infames, cobardes de mierda! -gritaba “Goyo Jeta” Suárez sintiéndose arbitro incontestable del destino de todo prisionero que llevase el uniforme del gobierno, al tiempo que sostenía y echaba el caballo a golpes de espuela sobre el grupo-. ¡Mire que gritarles macacos a gente de una nación honrada! ¡Si no fuera por el Almirante, los hacía fusilar aquí mismo!

Luego, empuñando hacia adelante la cañabrava de la bandera, arremetió fiero sobre el capitán Olivera, al que un conocido le había dado su sombrero con divisa colorada, amenazándolo a un palmo del pescuezo con la moharra:

– ¿Y vos, bandido asesino? ¿Qué haces con la divisa del Ejército Libertador en m cabeza?

Pero el almirante Murature se interpuso y se plantó firme ante el desaforado centauro.

– ¡Coronel, cálmese usted!… ¡Está ante prisioneros desarmados! ¡El general Flores me ha encomendado que se cumplan las garantías a esta gente!

La actitud del Almirante pareció surtir efecto, pues como por arte de magia el Coronel cambió su lenguaje y sacudió su cabeza:

– Es una lástima haberse rendido con muchachos tan valientes, almirante… -dijo con cierta desconcertante elegancia, mientras giraba el caballo en dos patas y se marchaba con sus hombres a otra parte, donde no hubiese nadie que le impidiese ir cumpliendo con su vieja promesa envenenada. Nadie ignoraba que era hombre con juramento hasta su último día, que odiaba a los blancos como nadie en la tierra, que afligido por la tragedia de su madre quemada viva en el incendio de su rancho de Polanco siete años atrás, el coronel Goyo Suárez se había propuesto arrancarle la vida a cada uno de ellos que cayera en sus manos.

Empujado por el fuerte viento caliente que llegaba del río, Martín Zamora aprovechó la barahúnda de jinetes y de alivios indefensos, para caminar hacia el hospital de sangre, inclinado hacia adelante y sosteniéndose el sombrero, con el fusil en la mano y sin que nadie le prestase atención, pues los sitiadores ya estaban entregados al saqueo de las viviendas vacías de quienes penaban de incertidumbre en la isla Caridad. Y gracias al caos y a que las tropas de Venancio Flores no tenían uniforme ni otro distintivo que la divisa colorada, muchos de los defensores como el capitán Adolfo Areta, el teniente Juan Centurión, el capitán Ovidio Warnes, el alférez Polonio Vélez o el capitán Rafael Hernández, se salvaron quitándose los uniformes de Cazadores o de Guardias Nacionales y mezclándose con los saqueadores, simulando que estaban muy felices de robar sus propias casas o de arrojar de cabeza a los aljibes los cadáveres de sus viejos compañeros.

De esa forma llegó Martín Zamora al hospital de sangre. Pero también por allí había pasado el infierno. Muerto a la entrada de la vieja escuela, el mutilado teniente francés Jacques Rousseau había sido derrumbado de su catre al suelo, arrastrado por su pierna sana hasta la calle y aplastada a botazos su cabeza.

Cuando rodeó el hospital y entró por la parte trasera, en plena angustia de suponer lo irremediable para las mujeres que habían servido al doctor Mongrell, Martín Zamora recorrió con desesperación una a una las camas volcadas, los colchones despanzurrados a fuerza de garfios, las estanterías de la botica partidas a culatazos, hasta que al fin, sin poderlo creer, se dio de frente con la niña Mercedes. La encontró en el rincón más alejado y próximo a la puerta, apenas oculta tras un poncho de verano colgado de un clavo en la pared. Desde allí, asomando un ojo desmesurado y brillante, ella lo miraba acercarse desde las profundidades del pavor, muda y acosada por los muertos y los heridos abandonados. Ni el doctor Mongrell, ni su madre, ni sus hermanas, ni la mujer de Torcuato González, se veían entre aquel pandemonio de trapos, quejidos y despojos.

Solo ella y el boticario Legar, oculto y sin intención de salir de bajo la cama donde padecía su larga agonía el comandante Emilio Raña, parecían haber sobrevivido al pasaje de los asaltantes enardecidos.

Martín Zamora se acercó lentamente y temiendo que se derrumbase allí mismo, la abrazó con fuerza un instante, hasta que la sintió aquietada entre sus brazos.

Luego la animó a abandonar aquel lugar terrible, mientras le balbuceaba incomprensibles cariños andaluces sobre su pelo de extraño aroma a cloroformo y alhucema, sin estar para nada seguro de que ella, ahogada en el trauma, lo hubiera reconocido. Y sosteniéndola por la cintura, la condujo hacia la gigantesca brecha que los sitiadores habían abierto a cañonazos en la pared del fondo, justo en el pequeño recinto donde el doctor Mongrell acostumbraba a refugiarse un respiro, para fumar un habano sentado a horcajadas en la silla.


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2 de enero

El coronel Oliveira Bello le decía que en menos de una hora estaría a salvo a bordo de la Recife y que el Barón estaba ansioso de que se encontrasen cara a cara, de estrecharle su mano y de conocer de una vez por todas a quien le estuvo tirando una inmensidad de cañonazos, en esta eternidad que parecieron treinta meses en lugar de treinta y tres días, sin que jamás nadie escuchara la palabra rendición ni arruga parecida.

Y mientras aquel oficial caballero de la Tercera Brigada de Río Grande del Sur le hablaba al general Leandro Gómez sostenido en su brazo y lo tranquilizaba frente al estruendo de tambores de los soldados africanos que le flanqueaban el paso a él y a sus oficiales Belisario Estomba, Juan Braga, Eduvijes Acuña, Federico Fernández y el jovencito Atanasio Ribero, fue que apareció cortándoles la marcha el comandante Pancho Belén y un grupo de treinta hombres de Gregorio Suárez.

Detenidos en un semicírculo que ocupaba el ancho de 18 de Julio, festejaron a gritos la sorpresa del encuentro y los invitaron con insistencia a marchar con ellos, sus hermanos.

– ¡Pero si es el mismísimo general Gómez! -¡Vengan con nosotros, muchachos, que la guerra terminó!

– ¡A los fogones del Sacra, que hay vino y carne asada para todos!

En guardia envarada se puso el coronel Oliveira Bello cuando Belén le cambió el tono y la sonrisa, para pedirle que le entregara al prisionero, pues dijo que esa era la orden de Venancio Flores y de Gregorio Suárez; mientras, los demás callaban.

– No, comandante… El general Gómez está bajo mi custodia por orden del mariscal Mena Barreto y debo llevarlo ante el Barón de Tamandaré a bordo de la Recife.

– Da lo mismo, coronel, todos respondemos al mismo Estado Mayor… Deje que me lleve a esos hombres como corresponde…

Con las espaldas mojadas e indeciso en el centro de la calle, el coronel riograndense miró entonces a Leandro Gómez, quien observaba la escena con los dedos cruzados a la espalda.

Callados los tambores bajo el esplendor cenital, solo el viento silbaba agresivo de arenisca, chicoteando los rostros de los negros que parecían no tener ojos en las filas.

– Decida usted, general, de quién quiere ser el prisionero… -dijo el coronel Oliveira Bello.

Leandro Gómez le tendió la mano en despedida, mientras respondía con el semblante agobiado por el terrible calor del so

– Prefiero ser prisionero de mis compatriotas. Gracias, coronel…

“Maldita la gracia…”, dicen que dijo Juan Braga al escuchar la temeraria decisión y continuar la marcha con otra escolta y otras intenciones que a cada paso parecían tornarse más y más ominosas. Al llegar a la calle Comercio se les sumó una comitiva de seis infantes, un sargento y un cabo; doblaron por esa calle y se detuvieron un largo rato frente a la derrumbada trinchera de 8 de Octubre, mientras Pancho Belén hablaba con su gente como si esperase nuevas instrucciones.

– No vamos a estar aquí toda la mañana… -dijo el oficial colorado, inquieto por los insultos de los saqueadores al reconocer a los prisioneros-. ¿Qué hora es?

El general Gómez sacó su reloj de bolsillo y contestó que eran las diez de la mañana. Luego, en lugar de volverlo a su sitio, le extendió el reloj al comandante pidiéndole que lo guardase en agradecimiento por el trato de caballeros que le estaban dispensando, mientras detrás de todos aprovechaba Belisario Estomba para fugarse del grupo y agregarse a una partida de adversarios conocidos.

– ¡Miren, señores! ¡Este reloj me lo regaló el general Gómez! -gritó Belén, levantando en alto el puño y atendiendo enseguida a un jefe recién llegado que le indicó en voz baja los pasos a seguir.

A paso rápido, reanudaron la marcha por 8 de Octubre hasta la esquina de Treinta y Tres Orientales, donde el comandante Belén se detuvo, levantó su mano y dijo:

– Hasta aquí llegamos, señores…

Parados ante al portón de hierro del gran caserón de Maximiano Ribero, el mismo recuperado a sangre y fuego en el asalto fulminante del capitán Areta semanas atrás, los prisioneros se inquietaron, murmuraron y la incertidumbre fue recogida por el general Gómez quien le preguntó a Francisco Belén qué iban a hacer allí, puesto que una veintena de sus hombres se estaban separando para apostarse en las esquinas y custodiar el portón.

– Hablar, general… -respondió Belén-. Creo que algunos oficiales del general Flores quieren entrevistarse con usted en esta casa…

Y entraron. Con guardias de amparo atrás y adelante, los cinco prisioneros atravesaron el umbrío zaguán del caserón y al salir al patio por el corredor encolumnado, fueron conducidos a las caballerizas del fondo.

Agobiados en la sofocación del aire, sentados sobre monturas polvorientas y barricas repletas de arreos de carruajes, los cinco hombres permanecieron en silencio, aguardando, vigilados de cerca por aquellos infantes que se les habían sumado en el trayecto y que permanecían atentos al griterío y al estampido de los tiros que llegaban desde las casas vecinas.

– Tenemos consejo de guerra… -precisó Federico Fernández, viendo que el comandante Belén se había quedado en el corredor para hablar con alguien aparecido de una de las habitaciones, un tal comandante García, sobrino del coronel Suárez. Luego volvió adonde estaban los prisioneros.

– Acompáñeme adentro, general… -invitó Belén-. Tendrá usted un juicio justo.

Encorvado por el cansancio, como si ya no le importase el porvenir, con la camisa rasgada en una manga y las botas opacadas por la ventisca terrosa, el general Leandro Gómez se encaminó al corredor e ingresó en la penumbra de aquella sala con frescor de gruta que le indicó el comandante.

Alrededor de la mesa familiar de los Ribero, con un botellón de agua fresca y cuatro vasos en el centro, conversaban el comandante García, un tal Isaac de Tezanos, un tal capitán Rodríguez y el mismo coronel Gregorio Goyo Jeta Suárez echado hacia atrás y con el sombrero encasquetado.

– Aquí está el general Leandro Gómez, coronel… -anunció Belén.

Gregorio Suárez se irguió enorme, sosteniéndose en su inmensa sorpresa, iracundo, como si alguien lo importunase gravemente, como si fuese él quien hubiese caído en una trampa tendida por un torpe que no entendía que aquel que tenía delante, no era ya la presa que había perseguido como cazador.

– ¡Quítelo de mi presencia, carajo! ¡No lo quiero ver! ¡Páselo al fondo y cumpla con su deber…! -gritó sin parpadear, una mirada vidriosa y azul, tenebroso en su antiguo rencor.

De inmediato, el comandante Belén tironeó del brazo a Leandro Gómez y se lo llevó de vuelta al corredor sin decir una palabra.

– Con que juicio justo… ¿eh? -dijo el General mientras pasaba frente a las caballerizas, las manos juntas adelante y los pasos largos.

– No se sienta solo, general, que ya vamos nosotros… -consoló Eduvijes Acuña, mientras lo veía irse camino del huerto, entre los naranjos enanos, directo a la pared de ladrillos rojos de la casa vecina.

Allí, casi envueltos en el follaje de una gigantesca higuera, estaban, intranquilos, seis facinerosos y un teniente, prontos para tirarle con la convicción difusa de que a partir de entonces, lo harían ingresar en un milenio de olvido.

Sin venda sobre sus ojos entornados, apenas removido el pelo por el airecillo caliente de los naranjos, el general Leandro Gómez separó las piernas con decisión, miró por encima de los fusileros y apretó en el puño derecho la nota en la que el Barón de Tamandaré le aseguraba que todos iban a ser tratados con las consideraciones debidas.

Mientras aguardaba con el ceño apretado y murmuraba algo así como “adiós, mis queridos hijos, adiós”, el teniente gritó “¡fuego!” y los seis hombres le dispararon todos los balazos en el pecho, derrumbándolo sordamente en el suelo, cayendo al pasto como dormido sobre su brazo izquierdo sin que un solo hilo de su sangre aflorara por los agujeros quemados en la última casaca punzó que le había dejado doña Carmen antes de irse a la isla Caridad.

Luego fueron por los otros. Primero por Eduvijes Acuña, quien estaba de pie bajo el sol, fuera de las caballerizas y pronto para encaminarse por el sendero de los árboles frutales. Pero Juan Braga se le adelantó, primereándolo en medio de una escalofriante carcajada, aduciendo que era él quien debía ir ante el pelotón por ser el de mayor grado. Y con tanta energía para morir marchó camino del muro, que ante los asombros colorados él mismo, y no el teniente, ordenó que no demorasen más en la descarga.

Luego sí, murió Eduvijes Acuña, obsesionado en marcharse con la mirada fija en el rostro sereno del general caído, como si se estuviese mirando en el agua.

Y enseguida pasó frente a los ladrillos rojos el capitán Federico Fernández. Antes se quitó con calma el poncho de verano y la camisa que alguna vez había sido blanca y luego entregó todo a uno de los fusileros enmierdados de miedo, moviendo la cabeza a un lado y otro, diciendo que era una lástima manchar aquellas prendas con su sangre, para presentarles enseguida el pecho seco y desnudo. Para que le dieran entero. Y cayó.

El pequeño capitán Atanasio Ribero, sin embargo, salvó su existencia.

Lo perdonaron por casi niño, lo empujaron con prepotencia fuera del portón de hierro y se perdió temblando entre las filas de prisioneros que marchaban camino del puerto, llevándose consigo las últimas visiones de la maldita pesadilla; la de aquellos hombres que a tirones, como perros cimarrones enceguecidos en su propio vigor, desnudaban el cuerpo del general Leandro Gómez para estragarlo a puñaladas, fastidiados tal vez porque su cuerpo enjuto no sangraba. Y enseguida, la visión alucinada del saladerista Mujica quien, sin el menor miramiento, le cercenó a facón la barba entera y la guardó en el bolsillo para hacer bromas macabras a sus camaradas de la noche, y que luego, sentándose en el suelo, se acomodó para tironearle las botas al cadáver y dejarle los pies a la intemperie, muy pálidos bajo el sol restallante del mediodía.

– Es de malos guerreros robarles las botas a los muertos… -dijo el comandante Pancho Belén, mirando con desprecio lo que hacía el tal Mujica, como si estuviese adoctrinando a un perro.

El otro levantó la cabeza y lo miró sin entender, con esa expresión forzada de quien trata de escuchar un silbido lejano entre los árboles, prosiguiendo en su ardua tarea de calzarse las botas del general Leandro Gómez bajo los naranjos enanos, excusándose con indiferencia entre los quejidos del esfuerzo y el regocijo del despojo.

– Yo no soy guerrero, soy comerciante… -respondió.


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3 de enero

A la mañana siguiente, refugiado en el poblado argentino de Concepción, al otro lado del río Uruguay, junto al capitán, periodista y fundador de pueblos Rafael Hernández, el capitán Hermógenes Masanti escribió en la última página de su diario:

“En este día fueron separados setenta de los jefes y oficiales prisioneros y entregados a otro batallón imperial, que los llevó hasta el puerto. Una vez allí, el batallón se desplegó en batalla y su comandante ordenó que los dichos jefes y oficiales se embarcasen en las lanchas que debían conducirlos a la isla denominada de la Caridad, por haberlo así pedido los prisioneros, pues ninguno quiso permanecer en territorio oriental.

Después, los cautivos de la clase de tropa fueron incorporados al ejército del general Venancio Flores, para ser llevados a la campaña del Paraguay”.


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3 de enero de 1865

Estirada a su lado sobre una lona plegada en la cubierta de la goleta La Africana , la niña Mercedes Orozco permanecía inalterable en su estupor de garganta enmudecida, haciendo girar una y otra vez entre sus pequeños dedos finos los botones de hueso de la camisa de Martín Zamora, quien sólo murmuraba frases para nadie, tratando de adivinarle una respuesta al destino incierto de los días por venir.

Con su cabeza caída sobre el pecho, Martín Zamora guardaba los penúltimos miedos y las últimas imágenes de las cinco de la tarde, el ejército imperial entrando a tranco de caballo y en orden a la ciudad devastada y humeante, con el general Venancio Flores y el mariscal João Propicio Mena Barreto en profundo estado de adustez al frente, sin ánimo para mirarse entre ellos siquiera. Eran los hombres más frustrados del mundo por no tener a nadie que les entregase, con toda la pompa y todos los honores entre los cráteres de la plaza Constitución, la espada del vencido.

Nadie más enrabiado que ellos contra Gregorio Goyo Jeta Suárez. “Impulsivo, degollador, endemoniado deslucidor de victorias”, decían al comprobar que no tendrían trofeos más dignos de recuerdo que las ollas, vajillas y lencerías que cargaban los saqueadores rumbo a los botes del río, para regalar a sus mujeres.

– ¡Mierda! -gritaba el general Venancio Flores en el centro de la plaza-. ¡Dónde está esa mierda que lo quiero fusilar!

Lejos estaba Goyo Suárez a esas horas. Prudentemente lejos, más allá del campamento del arroyo Sacra estaba, esperando que los ánimos se enfriasen y lo dejasen tranquilo en su venganza, pronto a seguir camino al sur y tirar abajo el gobierno de Montevideo, tal como era el objetivo.

Aproximándose más y más entre los promontorios del desastre a los alrededores del puerto, Martín Zamora, con la niña Mercedes cobijada en su brazo y el fusil alerta, llegó a ver al muy taimado de Raymond Harris en la esquina de las calles Treinta y Tres Orientales y 8 de Octubre.

Lejos de precaverse de ser visto, el hombre de Gibraltar gesticulaba con su camisa ensangrentada en el centro de la calle, rodeado por una comitiva de franceses presididos por Jean D'Aragon, un excéntrico fotógrafo de Le Monde Illustrée, a quien el gringo, con sorprendente soltura, ayudaba a ajustar sobre un trípode de bronce el cajón de los daguerrotipos. Luego, enfocaron el aparato hacia la viruela de las paredes mortificadas por las balas del almacén “El ancla dorada” y lo registraron para la posteridad con una espectacular fumarada de magnesio.

– C'est la boutique de ''L’ancre d'or, monsieur…-le explicaba el inglés al francés, tal como si guiase a un turista extranjero entre las ruinas de una antigua ciudad recién descubierta, simulando con desparpajo que no reparaba en Martín Zamora y en la niña Mercedes pasando frente a sus propios ojos, a través de los restos de la misma trinchera por la que ingresaron los sitiadores del asalto definitivo.

“Don Dios es muy bueno, pero don Diablo no es malo”, pensó Martín Zamora mientras dejaba atrás a Raymond Harris, definitivamente salvado entre los tripulantes de la Décidée, imaginando que algún día, en alguna parte, lo volvería a ver.

Caminar desde el portón del oeste por el camino Real hasta el bote que lo llevaría a bordo de La Africana fue todo un martirio, arrastrado entre las turbas temibles y cada vez más numerosas a medida que se acercaba el oscurecer. Pero nada más removedor y terrible de ver que el terror de los vencidos al ensañamiento de los babeantes, o el impotente sentimiento de rata perseguida y capturada que observó en hombres como el gigante negro Guite, desnudo y con una cadena de aljibe enredada al cogote tras sacarlo del río como un gran dorado que revolvía y dividía el agua a coletazos.

“¿Hasta dónde pensaba nadar este energúmeno interminable?”, se preguntó Martín Zamora con la niña Mercedes Orozco sentada a sus pies dentro del bote, recostada a su bota izquierda, con sus ojos en estado de ausencia fijos en la orilla que se alejaba más y más.

“¡Por Dios, vaya forma de morir…!”, comentó el marinero español que remaba río adentro, viendo cómo el gigante negro resistía y caía revolcado en las cenizas calientes de un rancho apagado, retando a los coloridos bandoleros desde su blanca dentadura a que lo mataran allí mismo si es que tenían los huevos para hacerlo.

Pero ellos no lo matarían. Martín Zamora lo sabía. Lo capturarían y tratarían de vender al negro Guite en San Leopoldo, transarían seguro con el traficante Germano Kray en la Casa de la Pastora y la historia seguiría como tenía que ser, pues allí, apacible entre los victoriosos, con su pierna derecha cruzada sobre el pescuezo del caballo y observando la escena del mandingo que resistía, estaba el tuerto Laurindo José da Costa luciendo jinetas de capitán de caballería al frente de Berlamido, de Zé Cardozo, del rubio llagado de nombre Hincuta y otros facinerosos novatos a quienes no conocía, todos cumpliendo con el deber patriota de rescatar propiedades perdidas.

“Que el diablo se los lleve”, pensó Martín Zamora, extendiendo una fina manta de lienzo sobre la niña Mercedes, adormecida en sus pesadillas de cloroformo, dejándose entrar en la noche bajo las primeras estrellas, mientras el contramaestre pelirrojo aparecía con ginebra y tabaco del Caribe.

– El capitán Soãnes me ha preguntado cómo estáis, señor Zamora…

– Estoy bien. Y ella duerme. Por fortuna la pequeña duerme… -respondió, aceptándole el tabaco, armando y encendiendo mientras se acodaba en la borda. Más allá de la costa, adivinándose en la altura de la cuchilla Bella Vista, los escasos faroles tiznados que habían quedado ascendían la cuesta abriendo puntos naranjas en las oscuridades ahumadas de Paysandú.

– Pobrecilla, he visto que no habla… -dijo el contramaestre con pena.

– Algún día hablará…

– ¿Le gusta el mar, señor Zamora?

Alto, flaco y con diez años más de notoria mala suerte, Martín Zamora reflexionó un tiempo sorprendentemente largo antes de responder, como si fuese necesario sumergirse en los recovecos del alma para descubrir las respuestas más simples. Mientras aspiraba hondo el tabaco de Cuba, se preguntó quién de los saqueadores que a esa hora pululaban por la ciudad, repararía en sus papeles de calabozo abandonados en alguna parte, escritos con la única finalidad de que aquellos que tuviesen el deseo de emigrar al Río de la Plata, fueran informados, y en donde se juraba a sí mismo no volver a pisar jamás la cubierta de un barco.

Para colmo, al arreciar en su memoria aquellas olas como carpas de circos enloquecidos a punto de derrumbarse sobre la piel del océano, encrespadas y gigantescas como si hubiesen salido de la pintura de un plato japonés, sintió que destellaba en su frente el desagradable preámbulo del malestar de los viajeros.

Sin embargo, mirando el perfil amonedado del contramaestre en la claridad lunar tendida sobre el río, Martín Zamora sonrió metido en las sombras y contestó, con una tenue ironía manada de su vejez prematura, que sí, que el mar le gustaba como nada en la vida.

– Siempre soñé con ser marino, señor…

– Mejor para usted… -concluyó el contramaestre golpeando la cubierta con la palma de la mano y volviéndole la espalda a la agonía titilante de Paysandú-. Mañana estaremos en otro mundo…

– Para mí ya es mañana… -respondió Martín Zamora. Y abandonando las luciérnagas lejanas del pueblo, encaminó los ojos a las alturas del cielo y los echó a deambular entre las constelaciones de enero.


Agradecimientos y advertencia

<p>Agradecimientos y advertencia</p>

Escribir esta novela significó una apasionante peripecia que duró alrededor de diez años, a lo largo de los cuales no faltaron los desalientos, las frustraciones y hasta cierta vergüenza por haberme atrevido a abordar semejante empresa. Sin embargo, muchas personas, aun algunas que ya no están entre nosotros, colaboraron y me estimularon para que pudiera llegar a su fin. Entre ellas, tengo un emocionado recuerdo para Alberto Oreggione y el profesor Alfredo Castellanos, quienes me guiaron en la maraña documental de su principio, y para el maestro Atahualpa del Cioppo, quien siempre soñó con ver esta historia terminada y realizar con ella una adaptación teatral, aunque nunca imaginé cómo lo haría. También mi agradecimiento eterno a Perla Vivas, mi esposa, quien con su paciente lectura y su adhesión al rigor de la verdad, siguió paso a paso las vicisitudes de su construcción y toleró hasta el infinito mis prescindencias de la vida diaria. A Tomás de Mattos, con quien aprendí a compartir y disfrutar intensamente los desconcertantes secretos de la creación; a Milton Fornaro, el primer escritor de carne y hueso que conocí y que siguió uno a uno los días inciertos de Martín Zamora. A Mario Benedetti, a Rosario Peyrou, a Alcides Abella, a Oscar Brando, a Hugo Fontana, a Fernando Schulkin, a Mauricio Rosencof, a Estela Pérez, a Heber Raviolo, a Marta Ponce de León, a Luis Sepúlveda, a Fernando Esteves, a Carlos Caillabet y a Martha Ulfe, hermanas y hermanos del alma, quienes leyeron y me aconsejaron con sabiduría y generosidad. Y también, a muchos descendientes de aquellos legendarios defensores, como don Alberto Gómez y don José Ribero Horta, quienes me hicieron comprender tempranamente que con la defensa de la pequeña ciudad sitiada, preámbulo de la tragedia del Paraguay, estaban resistiendo, más allá de los colores partidarios, la destrucción de valores universales.

Finalmente, quisiera resaltar que sólo a través de la recreación imaginaria de la atmósfera de aquella Paysandú cercada en el tórrido diciembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, me fue posible comulgar con la humanidad de la ciudad y de su gente, rompiendo así la parálisis de una documentación tan portentosa como agobiante, muchas veces confusa, contradictoria y oscurecida por el apasionado partidarismo rioplatense de los últimos cien años y que, en última instancia, me impulsó no pocas veces a tratar a los personajes históricos como personajes literarios e involucrarlos en situaciones imaginarias.

No obstante, salvo con algunos personajes de ficción como Martín Zamora, Raymond Harris, Luca del Piero, la negra Severia y algunos pocos de fugaz aparición, intenté denodadamente que tanto los hechos históricos como el resto de los nombres, por efímera que fuese su mención, se correspondiesen con la realidad y con personas reales, ajustados a su quehacer, a su espacio y circunstancia. Ignoro si alcancé, al menos, una convincente aproximación.


El autor

Montevideo, 6 de enero de 2002


Biografía

<p>Biografía</p>

Mario Delgado Aparaín nació en Florida, Uruguay, en 1949. Escritor, periodista, docente universitario. Autor de libros de cuentos: Las llaves de Francia (1981), Causa de buena muerte (1982), La leyenda del Fabulosísimo Cappi (Alfaguara, 1999); siete novelas: Estado de gracia (1983), El día del cometa (1985), La balada de Johnny Sosa (1987), Por mandato de madre (Alfaguara, 1996), Alivio de luto (Alfaguara, 1998), No robarás las botas de los muertos (Premio Bartolomé Hidalgo 2002) y Los peores cuentos de los hermanos Grimm (2004), en coautoría con Luis Sepúlveda, y un libro infanti La taberna del loro en el hombro (2004). En 2001 ganó el Premio Juan Rulfo de Radio Francia con el cuento Terribles ojos verdes. Como periodista escribió para el diario argentino Clarín, semanarios Jaque, La Razón y Búsqueda, revista Tres, El País Cultural y diario La República. Dirigió las revistas Tercera Orilla, Montevideo Ciudad Abierta e integra el consejo de redacción de Literastur (España). Delgado Aparaín es reconocido internacionalmente y varios de sus libros fueron traducidos y publicados en gran parte de Europa.


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