Max Aub

Crímenes ejemplares


Confesión

<p id="_Toc166191914">Confesión</p>

No hay tantos crímenes como dicen, aunque sobran razones para cometerlos. Pero el hombre -como es sabido- es bueno, por ser natural, y no se atreve a tanto. De las reacciones de los mis difuntos nada digo, por ignorancia. Me bastaron -como autor- las de sus asesinos.

– ¡Ojalá se muriera! -se dice de fulano en un momento preciso por distintos motivos.

De ahí que el título tenga, en cuanto al adjetivo, antecedentes que suenan al oído menos pintado, y referente al sustantivo, el de mi primer drama, escrito a los dieciocho años. Mi mala, sangre por ahí se revela. Otros antecedentes, aunque plantados al trebolillo, gozan de cierta unidad: Quevedo, Gracián, Goya, Gómez de la Serna. Disparates hicieron los dos últimos. Reconozco la superioridad literaria del pintor. De los Disparates a los Desastres de la guerra no hay gran distancia. Las cosas han cambiado algo des-de mi primer Crimen, pero ni aquel dramoncillo ni este libelo tienen que ver con la política y sí, tal vez, con la poesía; con lo que me refuto, habiendo asegurado tantas veces que tienen raíz común. A lo mejor, inconscientemente, éste es un libro político, pero no creo que pase de ser un homenaje a la confraternidad y a la filantropía, sin salir del limbo. Me declaro culpable y no quiero ser perdonado. Estos textos -dejo constancia- no tienen segundas intenciones: puro sentimiento.


Prólogo

<p id="_Toc166191915">Prólogo</p>

He aquí material de primera mano. Pasó de la boca al papel rozando el oído. Confesiones sin cuento: de plano, de canto, directas, sin más deseos que explicar el arrebato. Recogidas en España, en Francia y en México, a través de más de veinte años, no iba -ahora- a aderezarlas: razón de su vulgaridad. Hiciéronlas intentando, sin duda, ponerse a bien con Dios, huyendo del pecado. Los hombres son como los hicieron y querer hacerlos responsables de lo que, de pronto, les empuja a salirse de sí es orgullo que no comparto. Los años me han abierto a la comprensión. Desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevó al crimen, sin otro que dejarse arrastrar por su sentimiento. Ingenuamente dicen -a mi ver- verdades.

Por otra parte, se parecen. ¿A quién extrañará? Un siciliano, un albanés mata por lo mismo que un dinamarqués, un noruego o un guatemalteco. No digo que un norteamericano o un ruso, por no herir fuertes susceptibilidades. No hacen alarde, se quedan en lo que son. Se dan a conocer con llaneza.

Reconozco que, para hacerles hablar sin prejuicios, recurrimos -que no lo hice solo- a cierta droga hija de algunos hongos mexicanos, de la sierra de Oaxaca, para ser más preciso. Pero no publico sino lo que fui autorizado por quien podía hacerlo. No doy nombres, pero los tengo. «Da esfuerzo al corazón el vino», se dice en una famosa novela española; no sólo al corazón. El hombre, a veces, no llega solo a sus límites. Grandes escritores he conocido que, como animales, necesitan de expedientes para llegar a lo más y vaciarse. Lo cual no sucede a pintores, ingenieros o arquitectos. Si es superioridad, lo ignoro. Nadie reconoce de buena gana sus faltas. ¿Quién no levanta sus ojos a Dios?

Esto que sigue no es sino murmullo -pedestre, pero murmullo. Murmullo de agua sobre musgo- como dijo, en francés cantarín, un empedernido pecador, con música adentro…

Posiblemente, como casi todo, no debí publicarlo. ¿Qué añado? Nada. Y si no se añade algo a la historia, nada vale.

El hombre de nuestro tiempo sólo considera fracasos. El último gran mito cae ya, no de viejo, sino por potente. La grandeza humana sólo se mide por lo que pudo ser. No vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad; vencer los impulsos. En la supuesta dignidad de castrarse han muerto muchos de los mejores. En su submundo estos humildes criminales se explican aquí sin saber siquiera cómo; pero no creo que den lástima. En eso son tan mediocres como nosotros, que no nos atrevemos a gritar en el enorme proceso de nuestro tiempo. Aceptamos lo que nos imponen con voluntad deliberada, no discrepamos, todos conformes. ¿Cómo ganarle a la fortuna con la sola mano? Empleo, evidentemente, un tono absurdo para presentar estos ejemplos. Me falta aliento para hacerlo a la pata la llana, que la retórica tiene eso de bueno: muleta y muletas. ¿A quién no se le han caído hoy las alas? Acobardados hasta los virtuosos, los que no alardean ¿a qué han venido? Nunca estuvimos más cerca de la tierra. Nos tragará sin rastro. No le echemos a nadie la culpa, se perdió la siembra, tal vez por el mal tiempo.

La sal de la sabiduría no mueve a risa, como no sea a los sabios, que se muerden la cola tras haberse merendado a sus hijos. ¿Qué hemos labrado? ¿Qué hemos arado? Sólo queda el juego, que depende del azar. Hay quien, feliz, no se cansa de jugar. Yo, sí. También estos que aquí confiesan: el miope, el de la vista cansada, dándose palos de ciego.

México, 1956.

P. D. – En contra de lo que se pueda suponer, sólo dos confesiones vienen de boca de alienados. En general, los locos fueron decepcionantes.

No están ordenados los textos ni por asuntos ni por países, aunque, a veces, para facilidad del lector, se dan en serie. Siempre que pude evité así la monotonía, que es otro crimen.

Añado bastantes, otros quedan perdidos en cien libretas que no son de hojear con detenimiento, sería no más perder tanto tiempo para tampoco (1968) [1].


Crímenes

<p id="_Toc166191916">Crímenes</p>

– No lo hice adrede.

Yo tampoco. Es todo lo que se le ocurrió repetir a aquella imbécil, frente al jarro, hecho añicos. ¡Y era el de mi santa madre, que en gloria esté! La hice pedazos. Lo juro que no que no pensé, un momento siquiera, en la ley del Talión. Fue más fuerte que yo.


Lo maté porque habló mal de Juan Álvarez, que es muy mi amigo y porque me consta que lo que decía era una gran mentira.


Lo maté porque era de Vinaroz.


– ¡Antes muerta! -me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!


Es tan sencillo: Dios es la creación, a cada momento es lo que nace, lo que continúa, y también lo que muere. Dios es la vida, lo que sigue, la energía y también la muerte, que es fuerza y continuación y continuidad. ¿Cristianos estos que dudan de la palabra de su Dios? ¿Cristianos esos que temen a la muerte cuando les prometen la resurrección? Lo mejor es acabar con ellos de una vez. ¡Que no quede rastro de creyentes tan miserables! Emponzoñan el aire. Los que temen morir no merecen vivir. Los que temen a la muerte no tienen fe. ¡Que aprendan, de una vez, que existe el otro mundo! ¡Sólo Alá es grande!


Se mondaba los dientes como si no supiese hacer otra cosa. Dejaba el palillo al lado del plato para, tan pronto como dejaba de masticar, volver al hurgo. Horas y horas, de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de adelante para atrás, de atrás para adelante. Levantándose el labio superior, leporinándose, enseñando sus incisivos -uno tras otro- amarillentos; bajándose el inferior hasta la encía carcomida: hasta que le sangró; un poco nada más. Le transformé la biznaga en bayoneta, clavándosela hasta los nudillos.

Se atragantó hasta el juicio final. No temo verle entonces la cara. Lo gorrino quita lo valiente.


Soy peluquero. Es cosa que le sucede a cualquiera. Hasta me atrevo a decir que soy buen peluquero. Cada uno tiene sus manías. A mí me molestan los granos.

Sucedió así: me puse a afeitar tranquilamente, enjaboné con destreza, afilé mi navaja en el asentador, la suavicé en la palma de mi mano. ¡Yo soy un buen barbero! ¡Nunca he desollado a nadie! Además aquel hombre no tenía la barba muy cerrada. Pero tenía granos. Reconozco que aquellos barritos no tenían nada de particular. Pero a mí me molestan, me ponen nervioso, me revuelven la sangre. Me llevé el primero por delante, sin mayor daño; el segundo sangró por la base. No sé qué me sucedió entonces, pero creo que fue cosa natural, agrandé la herida y luego, sin poderlo remediar, de un tajo, le cercené la cabeza.


Empezó a darle vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en la obligación de explicar:

– Todavía no se ha deshecho el azúcar.

Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió en seguida con redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y ruido de la cuchara en el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, seguido sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.


Yo estoy seguro de que se rió. ¡Se río de lo que yo estaba aguantando! Era demasiado. Me metía y me volvía a meter la fresa sobre el nervio. Con toda intención. Nadie me quitará esa idea de la cabeza. Me tomaba el pelo: «Que si eso lo aguantaba un niño.» ¿Acaso a ustedes no les han metido nunca esas ruedecillas del demonio en una muela careada? Debieran felicitarme. Yo les aseguro que de aquí en adelante tendrán más cuidado. Quizá apreté demasiado. Pero tampoco soy responsable de que tuviese tan frágil el gaznate. Y de que se me pusiera tan a mano, tan seguro de sí, tan superior. Tan feliz.


La hendí de abajo a arriba, como si fuese una res, porque miraba indiferente al techo mientras hacía el amor.


Ahí está lo malo: Que ustedes creen que yo no le hice caso al alto. Y sí. Me paré. Cierto que nadie lo puede probar. Pero yo frené y el coche se detuvo. En seguida la luz verde se encendió y yo seguí. El policía pitó y yo no me detuve porque no podía creer que fuera por mí. Me alcanzó en seguida con su motocicleta. Me habló de mala manera: «Que si por ser mujer creía que las leyes de tránsito se habían hecho para los que gastan pantalones.» Yo le aseguré que no me pasé el alto. Se lo dije. Se lo repetí. Y él que si quieres. Me solivianté: la mentira era tan flagrante que se me revolvió la sangre. Ya sé yo que no buscaba más que uno o dos pesos, o tres a lo sumo. Pero bien está pagar una mordida cuando se ha cometido una falta o se busca un favor. ¡Pero en aquel momento lo que él sostenía era una mentira monstruosa! ¡Yo había hecho caso a las luces! Además el tono: como sabía que no tenía razón se subió en seguida a la parra. Vio una mujer sola y estaba seguro de salirse con la suya. Yo seguí en mis trece. Estaba dispuesta a ir a Tránsito y a armar un escándalo. ¡Porque yo pasé con la luz verde! El me miró socarrón, se fue delante del coche e hizo intento de quitarme la placa. Se inclinó. No sé qué pasó entonces. ¡Aquel hombre no tenía ningún derecho a hacer lo que estaba haciendo! Yo tenía la razón. Furiosa, puse el coche en marcha, y arranqué…


Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no se lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.


Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio.


Lo maté porque estaba seguro de que nadie me veía.


Lo maté porque me despertó. Me había acostado tardísimo y no podía con mi alma. «De un revés, zas, le derribé la cabeza en el suelo.» (Cervantes. Quijote I, 37).


– Un poquito más.

No podía decir que no. Y no puedo sufrir el arroz.

– Si no repite otra vez, creeré que no le gusta.

Yo no tenía ninguna confianza en aquella casa. Y quería conseguir un favor. Ya casi lo tenía en la mano. Pero aquel arroz…

– Un poco más.

– Un poquitín más.

Estaba empachado. Sentí que iba a vomitar. Entonces no tuve más remedio que hacerlo. La pobre señora se quedó con los ojos abiertos, para siempre.


¿Ustedes no han tenido nunca ganas de asesinar a un vendedor de lotería, cuando se ponen pesados, pegajosos, suplicantes? Yo lo hice en nombre de todos.


Hacía tres años que soñaba con ello: ¡estrenaba traje! Un traje clarito, como yo lo había deseado siempre. Había estado ahorrando, peso a peso, y, por fin, lo tenía. Con sus solapas nuevecitas, su pantalón bien planchado, sus valencianas sin deshilachar… Y aquel tío grande, sordo, asqueroso, quizá sin darse cuenta, dejó caer su colilla y me lo quemó: un agujero horrible, negro, con los bordes color café. Me lo eché con un tenedor. Tardó bastante en morirse.


Lo maté porque, en vez de comer, rumiaba.


No hice más que rozarla. Se revolvió hecha una fiera. ¡Total por un estregón de nada! Y, además, no valía la pena, blandengucha. Quizá por eso se indignó tanto. Yo no lo iba a consentir. Se agolpó la gente. Yo empecé a bofetadas. Si aquel pequeñito cayó bajo un camión que pasaba nada tengo que ver con eso.


Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.


Estábamos en el borde de la acera, esperando el paso. Los automóviles se seguían a toda marcha, el uno tras el otro, pegados por sus luces. No tuve más que empujar un poquito. Llevábamos doce años de casados. No valía nada.


Tenía un forúnculo muy feo. Con la cabeza gorda, llena de pus. El médico aquel -el mío estaba de vacaciones- me dijo:

– ¡Bah! Eso no es nada. Un apretón y listos. Ni siquiera lo notará.

Le dije que si no quería darme una inyección para mitigar el dolor.

– No vale la pena.

Lo malo es que al lado había un bisturí. Al segundo apretujen se lo clavé. De abajo arriba: según los cánones.


¿Usted no ha matado nunca a nadie por aburrimiento, por no saber qué hacer? Es divertido.


Estaba leyéndole el segundo acto. La escena entre Emilia y Fernando es la mejor: de eso no puede caber ninguna duda, todos los que conocen mi drama están de acuerdo. ¡Aquel imbécil se moría de sueño! No podía con su alma. A pierna suelta, se le iba la morra al pecho, como un badajo. En seguida volvía a levantar los ojos haciendo como que seguía la intriga con gran interés, para volver a transponerse, camino de quedar como un tronco. Para ayudarle lo descabecé de un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes. De pronto me salió de adentro esa fuerza desconocida. Me asombró.


¡Que se declare en huelga ahora!


Lo maté porque me dieron veinte pesos para que lo hiciera.


Aquel actor era tan malo, tan malo que todos pensaban -de esto estoy seguro-: «que lo maten». Pero en el preciso momento en que yo lo deseaba cayó algo desde el telar y lo desnucó. Desde entonces ando con el remordimiento a cuestas de ser el responsable de su muerte.


Roncaba. Al que ronca, si es de la familia, se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó:

– Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco, ¡qué le vamos a hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo…

Ya no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento… pero en seguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser centinela de un ruido. Una catarata. Un volumen tremendo de aire, una fiera acorralada, el estertor de cien moribundos, me rasgaba las entrañas emponzoñándome el oído, y no podía dormir nunca, nunca. Y no me daba la gana de cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino.


No puedo tocar el terciopelo. Tengo alergia al terciopelo. Ahora mismo se me eriza la piel al nombrarlo. No sé por qué salió aquello en la conversación. Aquel hombre tan redicho no creía más que en la satisfacción de sus gustos. No sé de dónde sacó un trozo de aquel maldito terciopelo y empezó a restregármelo por los cachetes, por el cogote, por las narices. Fue lo último que hizo.


¡Yo tenía razón! Mi teoría era irrefutable. Y aquel viejo gaga, denegando con su sonrisilla imperturbable, como si fuese la divina garza, y estuviese revestido, por carisma, de una divina infalibilidad. Mis argumentos eran correctísimos, sin vuelta de hoja. Y aquel viejo carcamal imbécil, barba sucia, sin dientes, con sus doctorados honoris causa a cuestas, poniéndolos en duda, emperrado en sus teorías pasadas de moda, sólo vivas en su mente anquilosada, en sus libros que ya nadie lee. Viejo putrefacto. Todos los demás callaban cobardemente ante la cerrazón despectiva del maestro. No valían ya argumentos, dispuesto como lo estaba a hundir mis teorías con su sonrisilla sardónica. ¡Como si yo fuera un intruso! Como si defender algo que estaba fuera del alcance de su mente en descomposición fuese un insulto a la ciencia que él, naturalmente, representaba. Hasta que no pude más. Me sacó de quicio. Le di con la campanilla en la cabeza: lo malo fue que el badajo se le clavó en una fontanela. No se ha perdido gran cosa, como no sean sus ojos de pescado, colorados, muertos.


Soy modisto. No lo digo por halagarme, mi reputación está bien cimentada: soy el mejor modisto del país. Y aquella mujer, que se empeñaba en que yo la vistiese, llegaba a su casa y hacía de su capa un sayo, dicho sea con absoluta propiedad. S o b i e aquel traje verde se echó la echarpe de tul naranja de su conjunto gris del año pasado, y guantes color de rosa. Até disimuladamente el velo a la rueda del coche. El arranque hizo lo demás. ¡Que le echen la culpa al viento!


Me dijo que aquel negocio no le interesaba. No tengo por qué aclarar cuestiones personales que nada tienen que ver con el caso. Pero me aseguró que compraba aquellos calcetines de lana más baratos. Y no podía ser: se los ofrecía al costo. Se los saldaba porque tenía necesidad de ese dinero con gran urgencia. Y me salió con que los compraba dos cincuenta más baratos por docena. Era una mentira indecente. Y había que ver con qué seguridad, con qué seriedad lo aseguraba, fumando un mal puro. Le di con la pesa de dos kilos que estaba sobre el mostrador.


Me quemó, duro, con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve -yo, tampoco- intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella a mano.


Mató a su hermanita la noche de Reyes para que todos los juguetes fuesen para ella.


Lo maté porque me dolía la cabeza. Y él venga hablar, sin parar, sin descanso, de cosas que me tenían completamente sin cuidado. La verdad, aunque me hubiesen importado. Antes, miré mi reloj seis veces, descaradamente: no hizo caso. Creo que es una atenuante muy de tenerse en cuenta.


Soy vendedor de lotería: es una profesión tan decente como otra cualquiera. Estaba seguro de que aquel 18.327 iba a salir premiado. Corazonadas que tiene uno. Se lo ofrecí a aquel joven bien vestido que estaba parado en la esquina. Entre otras cosas, era mi obligación. Se mostró interesado en los números que le enseñaba. Es decir, que me dio pie. Le ofrecí el 18.327. Se negó suavemente. Esa no es manera. Cuando no se quiere algo se dice de una vez. Yo insistí: era mi deber. ¿O no? Sonrió, incrédulo, como si estuviese seguro de que aquel número no había de salir premiado. Si yo hubiese creído que lo que quería era no comprar, no hubiera pasado nada. Pero cuando uno se interesa ya contrae una obligación. Se aglomeró la gente. ¿Qué iban a pensar de mí? Era un insulto. Traté de defenderme. Siempre llevo una navajita, por lo que pueda pasar. La verdad es que aquel billete no salió premiado, pero sí con reintegro. No hubiera perdido nada: el 7 es un buen número final.


Pueden ustedes preguntarlo en la Sociedad de Ajedrez de Mexicali, en el Casino de Hermosillo, en la Casa de Sonora: yo soy, yo era, muchísimo mejor jugador de ajedrez que él. No había comparación posible. Y me ganó cinco partidos seguidos. No sé si se dan ustedes cuenta. ¡El, un jugador de clase C! Al mate, cogí un alfil y se lo clavé, dicen que en el ojo. El auténtico mate del pastor…


¿Qué quieren? Estaba agachado. Me presentaba la popa de una manera tan ridícula, tan a mano, que no pude resistir la tentación de empujarle…


El avión salía a las seis cuarenta y cinco. Le dije que me despertara a las cinco. Me desperté a las siete. Lo peor es que aseguró haberme llamado. Nunca me duermo si me despiertan. No tenía nada que hacer en Acapulco, pero se emperró: «Yo le llamé, señor. Yo le llamé.» Y las mentiras me sacan de quicio. Le hice rebotar la cabeza contra la pared hasta que me lo quitaron de las manos.


Era más inteligente que yo, más rico que yo, más desprendido que yo; era más alto que yo, más guapo, más listo; vestía mejor, hablaba mejor; si ustedes creen que no son eximentes, son tontos. Siempre pensé en la manera de deshacerme de él. Hice mal en envenenarlo: sufrió demasiado. Eso, lo siento. Yo quería que muriera de repente.


La verdad, creí que no lo descubrirían nunca. Sí: era mi mejor amigo. En eso no hay duda: y yo su mejor amigo. Pero estos últimos tiempos ya no le podía aguantar: adivinaba todo lo que yo pensaba. No había modo de escapar. Aun a veces me decía lo que todavía pugnaba por tomar forma en mi imaginación. Era vivir desnudo. Lo preparé bien; seguramente dejé el cuerpo demasiado cerca de la carretera.


Si no duermo ocho horas soy hombre perdido; y me tenía que levantar a las siete… Eran las dos y no se marchaban: repantigados en los sillones, tan contentos. Y sabe Dios que no había tenido más remedio que invitarlos a cenar. Y hablaban por los codos, por las coyunturas, a chorros, lazándose el uno al otro la hebra, enredándola a borbotones, despotricando de cosas insubstanciales, y venga tomar copas de coñac y otra taza de café. De pronto, a ella se le ocurrió que, un poco más tarde, podríamos tomar unas sopas de ajo. (Mi cocinera tiene reputación.) Yo no podía más. Los invité a cenar porque no tenía más remedio, porque soy una persona bien educada. Llegaron, más o menos puntualmente, a las nueve y media, y eran las dos de la mañana y no tenían trazas de marcharse. Yo no podía apartar mi pensamiento del reloj, porque mirarlo no podía, ya que ante todo está la buena educación. Yo me tenía que levantar a las siete, y si no duermo ocho horas pasó todo el día hecho un guiñapo; además lo que decían no me importaba nada, absolutamente nada. Claro está que podía haber procedido como un grosero y haberles dicho de una manera o de otra que se fueran. Pero eso no reza conmigo. Mi mamá, que se quedó viuda joven, me ha inculcado los mejores principios. Lo único que tenía eran ganas de dormir. Lo demás me importaba poco. No es que tuviera mucho sueño: pensaba en el que tendría al día siguiente… Mi educación me impedía simular bostezos, que es medida corriente en personas ordinarias.

Y usted por aquí, y usted por allá… y aquél y el de más allá. El gin rommy, el ajedrez, el poker… Ginger Rogers, Lana Turner, Dolores del Río (odio el cine). El sábado en Cuernavaca (odio Cuernavaca). ¡Ay, la casa de Acapulco! (en aquel momento odiaba Acapulco), y Mengano perdía tanto y tanto, ¿a usted qué le parece? A usted, a usted, a usted… Y el Presidente, y el ministro, y la ópera (odio la ópera). Y el casimir inglés, don Pedro, la chamba, las llantas

Y aquel veneno tan parecido de color al coñac…


Yo no lo sé. Allá ustedes. Quizá sean de una pasta distinta, pero yo soy así. ¡Qué le vamos a hacer! Asumo toda la responsabilidad. Lo único cierto es que aquel día yo estrenaba zapatos. Si fuésemos a analizar las cosas el verdadero responsable es el zapatero. Yo soy un hombre, nada menos que todo un hombre, como dijo el señor Hoyos. No lo aguanté. Esto está claro. Hay dolores que no se resisten. A mí me operaron una vez sin anestesia: porque me dio la gana. Esa es otra historia que no tiene nada que ver con esto. La verdad es que yo no podía más. Esos dolores insidiosos, que ni siquiera son dolores; hipócritas. Y tomé el tranvía. La cosa empezó en seguida: me pisó. Sí, me pisó. Me pidió perdón, muy atentamente. Me aguanté y no pasó nada. Desde luego un desconocido que le pisa a uno es siempre un ser antipático. Un momento después -creo que fue a la parada siguiente, a la entrada de la Calle Mayor – nos empujaron y aquel hombre me pisó por segunda vez. Esta vez no me pidió perdón. Pero no lo pude resistir. Lo zarandeé. Entonces me pisó por tercera vez. Lo demás lo saben ustedes. Tampoco tengo la culpa de ser representante de la mejor fábrica americana de navajas de rasurar, dejando aparte, que soy muy hombre.


Ficha 342.

Apellido del enfermo: Agrasot, Luisa.

Edad: 24 años.

Natural de Veracruz, Ver.

Diagnóstico: Erupción cutánea de origen probablemente polibacilar.

Tratamiento: Dos millo-nos de unidades de penicilina.

Resultado: Nulo.

Observaciones: Caso único. Recalcitrante. Sin precedentes.

Desde el decimoquinto día me abrumó. El diagnóstico era clarísimo. Sin que cupiese duda alguna. Al fracasar la penicilina ensayé desesperadamente toda clase de otros remedios: no sabía por dónde salir. Me trajo de cabeza, de día y de noche, semanas y semanas, hasta que le administré una dosis de cianuro potásico. La paciencia -aun con los pacientes- tiene un límite.


Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la Escuela Primaria de Tenancingo, Zac. Han pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro. Lo creía hasta que salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente. Le rogué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad, el sueño, el apetito, hasta que un día ya no lo pude aguantar, y, para que sirviera de precedente, lo colgué del árbol del patio.


Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el tollo. ¿Qué me empujó a apuntar a aquel hombre rechonchito y ridículo, con sombrero tirolés, con pluma y todo?


El Oficial Mayor de la Unión de Autores Cinematográficos me devolvió amablemente mi manuscrito:

– Lo siento mucho, señor, pero la comisión de registro ha dictaminado que su argumento no se puede aceptar porque su historia es idéntica a otra que registró hace un mes el señor Julio Ortega.

– No es posible. ¡Esta historia se me ha ocurrido a mí! ¡Es mía!

– Según dicen, sólo varía el título y unos pequeños detalles.

Era imposible. Era una historia muy buena, completamente original. Seguramente le habría gustado a alguno de los componentes de esa misteriosa comisión, y decidió apropiársela. Apuré mi paciencia:

– ¿Puedo ver el argumento del señor Ortega?

Me lo tendió y lo hojee. Efectivamente, los dos asuntos eran muy semejantes. ¡Pero era imposible que se le hubiese ocurrido a él! ¡Aunque lo hubiera registrado antes que yo! ¡Así lo escribiese antes que yo! ¡La idea era mía y nada más que mía! ¡Era un robo!

Así lo dije, así lo grité. No lo quisieron comprender. No acertaron a darse cuenta de que el tiempo no importa absolutamente nada para las ideas. Muy pocas gentes saben lo que es poesía: la confunden con la historia, con la historia falsa que inventan para satisfacer sus mezquinas necesidades. Yo vi cómo cuchicheaban, sonreían. ¡Botarates! ¡Hasta me sonrojé! No me pongo colorado más que cuando me achacan algo falso. Se me revolvieron las tripas.

Entonces entró el señor Ortega. Era un hombre completamente vulgar, a quien evidentemente no se le podía haber ocurrido aquella idea: la frente estrecha, la panza grande; con tipo de carnicero. Lo hice con la plegadera, pero lo mismo hubiera podido ser el pisapapeles. Sangró como un cochino.


Soy un hombre exacto, nunca llego tarde a una cita. Es mi hobby. Y tenía una cita. Tenía una cita y tenía hambre. La cita era muy importante. Pero aquel camarero tardó tanto, tanto en servirme, y yo tenía tanta, tanta prisa y me contestó de una manera tan lánguida, tan sin querer comprender la prisa que me reconcomía, que no tuve más remedio que darle en la cabeza. Ustedes dirán que fue desproporcionado. Pero, hagan la prueba: entre plato y plato tardó exactamente diecisiete minutos. ¿Ustedes se dan cuenta lo que son, uno tras otro, diecisiete minutos de espera, viendo correr la aguja del reloj, viendo cómo el minutero da vueltas y más vueltas? Y la cita, haciéndose imposible. Lo malo, desde luego, que no se defendió. No quiero recordarlo.


Era imbécil. Le di y expliqué la dirección tres veces, con toda claridad. Era sencillísimo: no tenía sino cruzar la Reforma a la altura de la quinta cuadra. Y las tres veces se embrolló al repetirla. Le hice un plano clarísimo. Se me quedó mirando, interrogante:

– Pos no sé.

Y se alzó de hombros. Había para matarlo. Lo hice. Si lo siento o no, es otro problema.


Aquella señora sacaba a pasear su perro todas las mañanas y todas las tardes, a la misma hora. Era una mujer vieja y fea y evidentemente mala. Eso se notaba a primera vista. Yo no tengo gran cosa que hacer y me gusta aquella banca. Aquella banca, y ninguna otra. Evidentemente lo hacía adrede: aquel perrillo indecente era el animal más horrible que se haya podido inventar. Alargado, con pelos por todas partes. Me olía, reprobándome, cada día. Luego se ensuciaba en mis propias narices. La vieja le llamaba con todos los diminutivos posibles: cariñito, reyecito, emperadorcito, angelito, hijito.

Estuve pensándolo durante más de medio minuto. Al fin y al cabo el animal no tenía ninguna culpa. Estaban construyendo una casa a dos pasos de allí, y habían dejado un fierro al alcance de mi mano. Le di a la vieja con todas mis fuerzas, y si no es porque tropecé y caí, al atravesar la calle, nadie me hubiera alcanzado.


Le pedí el Excélsior y me trajo El Popular. Le pedí Delicados y me trajo Chesterfield. Le pedí una cerveza clara y me la trajo negra. La sangre y la cerveza, revueltas, por el suelo, no son una buena combinación.


Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.


No me puedo cambiar de piso. No tengo dinero. Además allí falleció mi mamá y soy un sentimental. Pero ustedes no saben lo que es una sinfonola. Un monstruo que atraviesa las paredes desde las siete de la mañana hasta las cinco de la madrugada. Ustedes no saben lo que es eso. El mismo tango, la misma canción. Horas y horas, sin dejarlo a uno dormir, sin dejarlo a uno comer, sin dejarlo a uno de la mano. Comer tango, beber canción, y no dormir; o tener el sueño roto, atravesado, retorcido por una sinfonola. ¡Ay, monstruo verde, amarillo y rojo! Me quejé; escribí, envié instancias a todas las autoridades habidas y por haber. No me hicieron el menor caso. Compré una bomba de mano a un militar amigo mío. Siento mucho la suerte del cantinero, sobre todo ahora que sé que era huérfano de padre y madre. Yo espero que mi mamacita me lo perdone. Lo hice por ella: no me puedo mudar de casa.


Sucedió así: Estaban casados hacía cuarenta y seis años. Los hijos se les casaron, y se fueron; otros se quedaron a medio camino. Cayeron en los perros. Tuvieron siete, a lo largo de casi un cuarto de siglo. (Tenían una casa vieja, húmeda, larga y estrecha, con olor a albañal, que no percibían, oscura.) Ninguno de los canes les llegó tanto al corazón como Julio, un faldero blanco y sucio, cariñoso en extremo, que se pasaba el día lamiéndoles cuanto alcanzaba. Dormía a los pies de la cama y, tan pronto como asomaba la primera claridad descolorida, subía a despertarlos, a lengüetazos. Un día, le entraron celos a la vieja: creyó que el perro prefería a su cónyuge. Calló, padeció, trató de atraer al can con triquiñuelas y golosinas; pero Julio siguió lamiendo a su esposo en primer lugar y, sin duda, con predilección. La mujer envenenó, lentamente, a su marido. Se dijo que el perro murió el mismo día que el viejo, pero fue licencia poética: le sobrevivió tres años, para mayor felicidad de la buena señora.


Me sacó siete veces seguidas a bailar. Y no valían argucias: mis padres no me quitaban ojo. El imbécil no tenía la menor idea de lo que era el compás. Y le sudaban las manos. Y yo tenía un alfiler, largo, largo.


Lo maté porque tenía una pistola. ¡Y da tanto gusto tenerla en la mano!


Errata

Donde dice:

La maté porque era mía. Debe decir:

La maté porque no era mía.


Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y medía. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina está abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:

– ¡Hola, mano!

Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad.


Me gusta el menudo. Nada me gusta tanto como el menudo. ¿Hay algo más sabroso? ¿O no? A los nueve años ya se tiene conocimiento de eso. Y ese niño diciendo que no, y que no. Que no le gustaba. ¡Si ni siquiera lo había probado! Y molía, insistiendo, cerrada la boca, los labios apretados, penduleando la cabeza a derecha e izquierda.

No quería ni una probada. Cuando empezó a llorar, no me aguanté. Si se murió de la paliza, él tuvo la culpa. Ya sé que el que fuera hijo mío no es una atenuante. Pero un plato de menudo, bien en su punto, casi de puro libro, con ese color tan sabroso, y aquel niño imbécil, que no y que no, por pura tozudez…


Me la devolvió rota, señor. Y me dio una penada… Y se lo había advertido. Y me la quería pagar, la muy… Eso, sólo con la vida.


¡Y aquel jijo cerró a seises, cuando estaba tan claro como el día que yo tenía la última blanca! No lo volverá a hacer. Y se decía campeón de Tulancingo. ¿Para qué hablamos?


¡Si el gol estaba hecho! No había más que empujar el balón, con el portero descolocado… ¡Y lo envió por encima del larguero! ¡Y aquel gol era decisivo! Les dábamos en toditita la madre a esos chingones de la Nopalera. Si de la patada que le di se fue al otro mundo, que aprenda allí a chutar como Dios manda.


¡Era safe, señor! Se lo digo por la salud de mi madrecita, que en gloria esté… Lo que pasa es que aquel ampáyer la tenía tomada con nosotros. En mi vida he pegado un batazo con más ganas. Le volaron los sesos como atole con fresa…


Desde que nació aquel escuincle no hacía más que llorar, a mañana, tarde y noche. Cuando mamaba, cuando no mamaba, cuando le daban su botella, cuando no le daban su botella; cuando lo paseaban y cuando no, cuando lo dormían, cuando lo bañaban, cuando lo cambiaban, cuando lo sacaban de la casa, cuando lo volvían a meter. Y yo tenía que acabar ese artículo. Había prometido entregarlo a las doce. Era un compromiso ineludible con mi compadre Ríos. Y yo soy cumplidor. Y ese escuincle llora, y llora, y llora. Y su mamá… Bueno, de su mama mejor no hablamos. Lo tiré por la ventana. Les aseguro que no había otro remedio.


Había terminado la tarea, no crean que fue cosa fáci ocho días para poner en limpio aquel plano. A la mañana siguiente eran las pruebas semestrales. Y aquel pendejo, que va, y viene a llenar su grafio en mi botella de tinta china y la deja caer sobre mi plano… Fue natura le planté el compás en el estómago.


Era la séptima vez que me mandaba copiar aquella carta. Yo tengo mi diploma, soy una mecanógrafa de primera. Y una vez por un punto y seguido, que él dijo que era aparte, otra porque cambió un «quizás» por un «tal vez», otra porque se fue una v por una b, otra porque se le ocurrió añadir un párrafo, otras no sé por qué, la cosa es que la tuve que escribir siete veces. Y cuando se la llevé, me miró con esos ojos hipócritas de jefe de administración y empezó, otra vez. «Mire usted, señorita…» No lo dejé acabar. Hay que tener más respeto con los trabajadores.


Resbalé, caí. La corteza de una naranja tuvo la culpa. Había gente, y todos se rieron. Sobre todo aquella del puesto, que me gustaba. La piedra le dio en el meritito entrecejo: siempre tuve buena puntería. Cayó espatarrada, enseñando su flor.


Se le olvidó. Así por las buenas: se le olvidó. Era cuestión importante, tal vez no de vida o muerte. Lo fue para él.

– Hermano, se me olvidó.

¡Se le olvidó! Ahora ya no se le olvidará.


¿Para qué tratar de convencerle? Era un sectario de lo peor, cerrado de mollera como si fuese Dios Padre. Se la abrí de un golpe, a ver si aprende a discutir. El que no sabe, que calle.


Lo maté porque no pensaba como yo.


La culpa: del pito. Yo trabajo en casa y oigo el silbido tres calles más allá, lo veo crecer, acercarse, engrosar llevando las esperanzas a su colmo. Entra en todas partes: en el 5, en el 7, en el 9, no en el 11 porque no existe, resuena en el 13. Todos los días. Hacia las 11 de la mañana y cerca de las 4 de la tarde. Suplicio que no deseo al peor de mis enemigos, si es que los tengo. Sigue lo insufrible: se va alejando, cambia de acera y empieza el pito a menguar, a irse, a desaparecer, del 18, que está frente a mi casa, frente a su casa de usted, al 16, al 14, al 10 -no hay 12- al 8, al 4 -tampoco hay 6- así, hasta que dobla por Artes. Si estoy en el baño, que da a la parte de atrás, lo sigo oyendo, si presto atención, hasta que llega a Sullivan. Claro, usted no está en casa a esas horas; además, no espera cartas. Ni las escribe ni las recibe. ¿O me equivoco? Los que reciben cartas tienen cierta sonrisa que no engaña. Dirá que yo tampoco tengo cara de recibir cartas. Acierta, pero debiera recibirlas. Mi hija debiera escribirme como tiene obligación, y no me escribe. No tiene idea de lo que es esperar una carta y oír llegar la marea… Me dirá ¿qué culpa tenía el cartero? ¿Quién tocaba el pito? ¿Dios?


Lo maté por idiota, por mal pensado, por tonto, por cerrado, por necio, por mentecato, por hipócrita, por guaje, por memo, por farsante, por jesuita, a escoger. Una cosa es verdad: no dos.


Lo maté porque era más fuerte que yo.


Lo maté porque era más inerte que él.


Ella sabía que yo sabía que ella mentía. Pero juntaba lo verdadero con lo falso, encubriendo la intención:

– Eran las siete -repetía terca-. Eran las siete.

Había estado en la librería, pero no a las siete, lo sabía de la mejor tinta: la mía. Y ella:

– Eran las siete.

Pura patraña. La rabia me consumía. Algo me ataba los brazos: los bíceps por delante, los tríceps por detrás. Agarrotado. D e pronto estalló, se rompieron cadenas y me libré. No braveo ni hago locuras, pero fue como si hubiera salido de la cárcel, fuera de toda servidumbre, el alma en limpio, limados los grillos: tan ancho como la tierra. Le quité la mentira de la boca; agarrotada. Ahora, ahora sí, lo vi en mi reloj pulsera, eran las siete por casualidad, pero eran las siete. Lo que va de ayer a hoy.


La maté porque me dolía el estómago.


La maté porque le dolía el estómago.


Yo había encargado mis tacos mucho antes que ese desgraciado. La mesera, meneando las nalgas como si nadie más que ella tuviera, se los trajo antes que a mí, sonriendo.

La descristiané de un botellazo: yo había encargado mis tacos mucho antes que ese desgraciado, cojo y con acento del norte, para mayor inri.


Algún día los hombres descubrirán que el sueño vino después. Dios no duerme, ni Adán dormía. Los infusorios no duermen, ni el diplodocus podía. El elefante duerme dos horas y el perro todas las que puede. No digo más. Él hombre duerme para olvidar sus pecados; cada día más, a medida que ha conquistado la noche. No digo más. Los muertos no duermen. Yo, tampoco. Al que duerme, matarlo.


Me debía ese dinero. Prometió pagármelo hace dos meses, la semana pasada, ayer. De eso dependía que llevara a Irene a Alicante, sólo ahí podía acostarme con ella. Se lo había prestado para dos días, sólo para dos días…


Se enteró por casualidad:

– No se lo digas a nadie.

– ¡No me conoces!

Le faltó tiempo para irse de la lengua. Se la arranqué. Era larguísima, no acababa nunca de salir.


Lo hacía adrede: para darme en la cabeza. Le di en la ídem. Lo entierran dentro de un momento. Se pegó contra algo duro, al caer. Como hecho adrede: lo estaba deseando.


¿Por qué había de emperrarse así en negar la evidencia?


Matar, matar sin compasión para seguir adelante, para allanar el camino, para no cansarse. Un cadáver aunque esté blando es un buen escalón para sentirse más alto. Alza. Matar, acabar con lo que molesta para que sea otra cosa, para que pase más rápido el tiempo. Servicio a prestar hasta que me maten; a lo que tienen perfecto derecho.


Había jurado hacerlo con el próximo que volviera a pasarme un billete de lotería por la joroba.


La única duda que tuve fue a quién me cargaba: si al linotipista o al director. Escogí al segundo, por más sonado. Lo que va de una jota a un joto.


Cuando se emborrachaba lo rompía todo, a palos, dando vueltas. Aquella sopera era lo único que quedaba de mi mamá. ¡Que hubiese acabado con lo demás, pero con la sopera, no! No fue con un pica-hielo, señor: con la plancha.


No, si yo me iba a suicidar. Pero se me encasquilló la pistola. Juro que la última bala era para mí. ¿Qué más daba que me llevara a unos cuantos por delante? Allí, desde la ventana, no se me escapaba uno. Me recordaba mis buenos tiempos de cazador.


¡Si era un pobre imbécil! ¿Qué valía de él? Su dinero, exclusivamente su dinero. Y ahí está. ¿Entonces?


¿Me van a acusar de haber matado a ese troglodita que acaba de liquidar a sus padres y a su abuela? Si hubiésemos sido veinte, ni quien dijera nada. ¿O no? ¿Es un crimen porque lo hice solo? No, señor, no.


Matar a Dios sobre todas las cosas, y acabar con el prójimo a como haya lugar, con tal de dejar el mundo como la palma de la mano. Me cogieron con la mano en la masa. En aquel campo de fútbo ¡tantos idiotas bien acomodados! Y con la ametralladora, segando, segando, segando. ¡Qué lástima que no me dejaran acabar!


No se pudo dormir hasta acabar de leer aquella novela policíaca. La solución era tan absurda, tan contraria a la lógica, que Roberto Muñoz se levantó. Salió a la calle, fue hasta la esquina a esperar el regreso de Florentino Borrego, que se firmaba Archibald MacLeish -para mayor inri y muestra de su ignaridad-; lo mató a las primeras de cambio: entre la sexta y séptima costilla.


Me salpicó de arriba abajo. Eso, todavía, pase. Pero me mojó toditos los calcetines. Y eso no lo puedo consentir. Es algo que no resisto. Y, por una vez que un peatón mata a un desgraciado chófer, no vamos a poner el grito en el cielo.


Lo maté porque no pude acordarme de cómo se llamaba. Usted no ha sido nunca subjefe de Ceremonial, en funciones de Jefe. Y el Presidente a mi lado, y aquel tipo, en la fila, avanzando, avanzando…


¡Me negó que le hubiera prestado aquel cuarto tomo…! Y el hueco en la hilera, como un nicho…


Era bizco y yo creí que me miraba feo. ¡Y me miraba feo! A poco aquí a cualquier desgraciado muertito lo llaman cadáver…


¡Tanta historia! ¿Qué más daba ése que otro? ¿A poco usted escoge su clientela?


De mí no se ríe nadie. Por lo menos ése ya no.


Yo no tengo voluntad. Ninguna. Me dejo influir por lo primero que veo. A mí me convencen en seguida. Basta que lo haga otro. El mató a su mujer, yo a la mía. La culpa, del periódico que lo contó con tantos detalles.


En el preciso momento, bueno, un momentito antes, se le ocurrió decir:

– No te olvides de pasar por la tienda, ya debe estar arreglado mi reloj.

Me dio tal rabia…


A mí me gusta mucho el cine. Yo llego siempre a la hora exacta en que empieza la función. Me siento, me arrellano, me fijo, procuro no perder palabra, primero porque he pagado el precio de mi entrada, segundo porque me gusta mucho instruirme. No quiero que me molesten, por eso procuro sentarme en el centro de la fila, para que no pasen delante de mí. Y no resisto que hablen. ¡No lo resisto! Y aquella pareja se pasó El Noticiero Universal cuchicheando. Demostré comedidamente mi desagrado. Estuvieron más o menos callados durante la película de dibujos, que no era buena y que además ya había visto. (Es una cosa a la que no hay derecho, en un cine de estreno.) Volvieron a hablar durante el documental. Me volví airado, con lo que se callaron durante medio minuto, pero cuando empezó la película ya no hubo quien los aguantara. Yo estaba seguro de contar con la simpatía de los que estaban sentados a mi alrededor. Empecé a sisear. Entonces se volvieron todos contra mí. Era una injusticia flagrante. Me revolví contra los habladores y grité en voz alta:

– ¡Van a callar ustedes de una vez!

Entonces aquel hombre me contestó una grosería. ¡A mí! Entonces saqué mi fierrito. A ése y los demás para que aprendieran a callar.


Le olía el aliento. Ella misma dijo que no tenía remedio…


¿Tengo la culpa de ser invertido? Y él no tenía derecho a no serlo.


¡Había empezado la lidia del primer toro! ¡Ya estaban los picadores en el ruedo! ¡Yo iba a ver torear a Armilla! ¡Los demás me tenían sin cuidado! ¡Aquel acomodador era un imbécil! ¿Voy a ser responsable de la idiotez de los demás? ¡A dónde íbamos a parar! Tenía el número veinticinco de la séptima fila y aquel asno con brazalete me llevó al doscientos veinticinco. ¡Del otro lado de la plaza! La gente empezó a chillarme. ¿Dónde me iba a sentar si aquel desgraciado se había equivocado y la plaza estaba llena a reventar? Reclamé, intenté explicarme. Se quiso escabullir. La gente me insultaba. ¡Y oí la ovación! ¡Y no había visto el quite! Me dio tal rabia que lo tiré tendido abajo. ¿Que se fracturó la base del cráneo? ¡Qué tengo yo que ver con eso! ¡Si cada uno cumpliera con su obligación! Bastante castigo tengo con no haber visto la corrida.


¡Yo quería un hijo, señor! A la cuarta hembra me la eché.


Fue por pura tozuda. No le costaba nada hacerlo. Pero que no, que no y que no. Ustedes no se pueden dar cuenta. Las hay así. Pero cuantas menos haya, mejor.


Entró en aquel preciso momento. Había esperado la ocasión desde hacía un mes. Ya la tenía acorralada, ya estaba vencida, dispuesta a entregarse. Me besó. Y aquel sombrío imbécil, con su cara de idiota, su sonrisa de pan dulce, su facultad de meter la pata cada día, entró en la recámara, preguntando con su voz de falsete, creyendo hacer gracia:

– ¿No hay nadie en la casa?

Para matarlo. El primer impulso es siempre el bueno.


Lo maté porque me lo dijo mi mamá.


La verdad es que me porté mal con él. Me dejé llevar por un arrebato y lo insulté. El tenía la razón, pero yo soy así. No hubo más. Nos seguimos viendo, sin hablarnos. Pero, para mí, era muy molesto. Claro está que podía haberle pedido perdón, y todo hubiese seguido como antes. Pero yo no soy de ésos. El no me hacía caso: como si no existiera. Pero estaba ahí. Había que acabar. Lo dejé seco. No dijo ni ¡ay! Estoy seguro de que ni siquiera le dolió. Los dos hemos quedado tranquilos.


Me insultó sin razón alguna. Así, porque se le subió la sangre a la cabeza. Estábamos jugando rommy, hizo una trampa, se lo advertí. Decidí no jugar más. Lo resintió como un bofetón. No nos volvimos a hablar. El era el culpable. Lo malo es que teníamos que vemos a diario en la oficina. Yo esperaba que me pidiese perdón. Pero ¡ca!, no era de ésos. Su presencia me molestaba cada vez más hasta que aquel día le vacié la pistola. Ni modo.


Lo maté sin darme cuenta. No creo que fuera la primera vez.


Estaba tan furioso que cuando quise abalanzarme había desaparecido. Si la rematé con tanta saña fue por eso.


¿Qué culpa tengo, señor, de que el machete estuviese bien afilado? Fue casualidad. Por eso no se castiga a nadie. Le juro que no lo sabía. No fue por furia, ni como Julito, que destroncó a su papá de un golpe, la verdad es que estaba a su lado, de rodillas, arreglando no sé qué y el chamaco no había cumplido los nueve. No es más que por ver si cortaba -dijo-. Y como era verdad, lo creyeron. Y lo mandaron con su mamacita, y él bien que lo sabía. ¿Y yo que no estaba enterado voy a tener que pagar toda una vida porque el Nicho lo mandó amolar? El amolado, señor juez, un servidor. Bien dicen que la ignorancia es la madre de todos los males. Y no me malmodié.


¡Me aseguró que no había comprado aquel tomo III en su librería: y le faltaba de la página 161 a la 177!

– Sí, le falta un pliego.

– Menudo pliego le metí.


Sí, señor juez: no intento justificarme sino explicar, darle noticia. Soñé que mi socio me estafaba. Lo vi tan claro, tan evidente, que aunque al despertar me di cuenta de que era una imagen de la modorra, tuve que degollarle. Porque no podía deshacer nuestra sociedad sin razón valedera y no podía aguantar verle cada día teniendo presente la sombra del sueño que llegó a quitármelo.


¡Cómo iba a permitir que se acostara con una mujer a la que le habían trasplantado el corazón de María!


Lo maté porque bebí lo justo para hacerlo.


Llegó, echó un ojo, ganó. No se pueden hacer las cosas demasiado aprisa. No, señor, no fue con el as de espadas, con el siete del mismo palo para no perder -por lo menos- la tradición.


¡Tenía el cuello tan largo!


¡ La nuez!, señor juez, ¡la nuez tan sólida, tan mal afeitada, con esa piel de gallina vieja, desplumada y papandujante y ese cartílago -¿la nuez es un cartílago?- subiendo y bajando, deglutiendo, hablando, roncando! No me lo recuerde. No vale la pena; debió pasar muy malos ratos mirándose en el espejo aunque sólo fuera para rasurarse.


Es que ustedes no son mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que la metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos y las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen inocentes palomitas. Indecentes. Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí otro cerdo, con las manos en los bolsillos rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado por lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquél.


Aquel maldito perrazo amarillo, cada vez que yo pasaba frente al portal de la casa, surgía para olerme los fondillos de una manera vergonzosa, como si oliese lo peor -o lo mejor- pegado su hocico húmedo a mi as de oro, y yo sintiendo en mi centro su morro caliente y pegajoso, empujándome, impidiéndome andar, haciéndome tropezar; ridículo.

Y no tenía más remedio que pasar por allí. No había otro camino, a menos de dar una vuelta tremenda. Y no fallaba. Tampoco yo, el día que me decidí a partirle la cabeza con una varilla de hierro, que, de lejos, podía parecer bastón.

Entonces surgió el dueño del animal y me atravesó. Perdónesele.


Subirse sobre un montón de cadáveres para ver el campo a través de una tronera, esperar con cuidado, mirar con atención para ver si se descubre al enemigo; disparar a mansalva, sin errar el tiro, resentir el golpe en el hombro derecho, el golpe que arma caballero. Acabar de una vez con los que molestan para no volvérselos a encontrar mañana estorbando el paso. ¿O es que mis enemigos no son enemigos de Dios?


Esta corriente de aire, ¿cómo matarla? Están cerradas las ventanas, atrancada la puerta. Y sin embargo, el aire corre, se arrastra y espía. Me envuelve. Se mete por los adentros y me hiela. ¿Desde dónde y adonde? Matarla. Como si fuera el pabilo de una vela y dejarla retorcida, negra, en el suelo, como una serpiente muerta, machucada la cabeza con su sangre fría en un charco menudo, inmundo y viscoso. Un soplo que matara ese soplar frío que me atraviesa la espalda, hálito de afuera, del mundo que me oye, ese frío fabricado contra mí. Ese aire: asesinarlo. Soplar, y que se quede sin soplo. ¡Qué buen decir: matar una vela! Pero esa corriente de aire ¿cómo matarla, ella que me está matando?


De Suicidios

<p id="_Toc166191917">De Suicidios</p>

«No se culpe a nadie de mi muerte. Me suicido porque de no hacerlo, seguramente, con el tiempo, te olvidaría. Y no quiero».


A. R. Se suicidó porque C. habló mal de él.


«No se culpe a nadie de mi muerte». Mentira, siempre se suicida uno por culpa de alguien. «Nadie» siempre es alguien.


¿Quién es «nadie»? -clamaba el Comisario.


– ¿Hay más crímenes que suicidios?

– No lo sé.

– En el teatro ¿hay más crímenes que suicidios?

– Antes sí. A medida que la humanidad envejece asesina menos y se suicida más.

– Entonces la humanidad envejeció ya varias veces. El suicidio es paralelo a la decadencia de las civilizaciones.

– Hablamos de relaciones individuales -le explicaron al Arzobispo, que se acercaba. La gente se suicida por las mismas razones que asesina.

– No es cierto -dijo el Arzobispo- y sé algo de eso.


Suicidarse en seco.


Se suicida uno por todo.


¿Quién no se ha suicidado?


– Dormir es suicidarse un poco cada noche.

– Usted es soltero.

– ¿Cómo lo sabe?


Se suicidó porque no le salía lo que debía salirle.


Frente a tantos «Crímenes célebres», empastados y traducidos a todos los idiomas, nadie se ha atrevido a publicar tomos y tomos de «Suicidios célebres»


Se suicida el que pierde, por ganar. Sentido exacto de ganar por la mano.


Se suicida uno por cualquier cosa.


Nadie se suicida por equivocación ni por ignorancia. Morirse es otra cosa, aunque, a veces, parezca un suicidio.


– el suicidio es un punto de partida.

– No tienes ninguna gracia.

– Desde luego que no en el sentido de tiro de gracia.


– ¡A ver si traes buenos frenos! Y se tiró bajo el coche.


Los que dicen:

– Dan ganas de matarse.

– Dan ganas de desaparecer.

– Dan ganas de morirse,

no se suicidan nunca.


Siempre se suicida uno aculado.


Trabaja uno hasta matarse.


En todo suicidio hay un asesino que nunca es el suicida. Otro otro.


«La vi, no me gustó. Conque ¡hasta más ver! (Si no lo entienden, lo siento)».


«Pude dar vida, luego me la puedo quitar. Que los mantenga su abuela».


«No debí haber nacido. ¿O es que los padres son infalibles? ¿O cada coyunda es imagen de Dios? Me nacieron en un tiempo que me asquea. Ustedes lo pasen bien. Yo, sin duda, lo pasaré mejor».


«¿Y ahora qué?»


«Voy a ver qué pasa».


«No tengo ninguna razón para hacerlo, pero tampoco para no hacerlo».


«No puedo dormir sin ti».


De Balbino López D., comerciante: «Me mato, señores, porque dos y dos son cuatro».


«A ver si adivinan. Si no, tanto da».


«Me suicido por gusto de hacerlo».


«Me suicido por ver la cara que pondrá Lupe, su mamá y el lechero».


«No busquen a la mujer. Precisamente porque no la hay corto el hilo de mi vida; con unas tijeras para mayor precisión».


«Que Dios me lo tenga en cuenta».


Nadie sabrá quién fue.


«Me suicido por envidia de Rafael. No lo explico porque no lo comprenderán. Es una raíz vieja, crecida de toda la vida, que me duele de la planta de los pies a las raíces de los pelos. Y si creen que lo hago por chiste: créanlo».


No quiero seguir adelante, nunca podré hacer lo que hizo mi abuelo.

No me llamó Dios por este camino.


¿Para qué vivir sin comer espárragos?


«No se revienta la cuerda por lo más delgado. Atestígüenlo». Ya no sirvo para nada.


Llámanlo el sueño eterno. Como padezco horriblemente de insomnio, pruebo.


Después de todo, nada.

Me mandó al demonio; voy.


Meto reversa.


Me suicido para que hablen de mí.


¡Adivinen, jóvenes, ya que son tan listos!


De Gastronomía

<p id="_Toc166191918">De Gastronomía</p>

No hay nada como comer el ojo del enemigo. Revienta entre las muelas como granote de uva, con gustito de mar.


Las nalgas son mejores al tacto que al gusto, más duras de mascar que de tentarrujar.


Le gustaba tanto que no dejó nada. Le chupó hasta los huesos. De verdad había sido bonita.


Juan Fábregas Monleón, fabricante de camisetas, odiaba ferozmente a Manuel Santacruz Ridaura, fabricante de lo mismo. Fue al Congo, se trajo dos antropófagos a Barcelona. Así desapareció completamente Manuel Santacruz Ridaura.

Juan Fábregas Monleón tuvo hasta el día de su muerte repentina, en una esquina de su despacho, en una vitrina, colgado, completo, el esqueleto de Manuel Santacruz Ridaura; le hacía tanta compañía.


– Le comería los hígados -dijo Vicente. No pudo: amargaban.


Esa hormiga odiaba a aquel león. Tardó diez mil años pero se lo comió todo, poco a poco, sin que él se diera cuenta.


Epitafios

<p id="_Toc166191919">Epitafios</p>

Del bueno:

No se enteró.


Del bobo:

No tuvo enemigos.


Del tonto:

Nunca varió.


Del sociólogo:

Se equivocó.


Del metiche:

Se metía en todo.

Aquí está metido.


De cierto filósofo:

Dio lo que los demás

y se lo agradecieron como propio.


De un tirano:

Fue a lo suyo

por lo tuyo.


De un artista:

Si fue, no es.

Si salvó el nombre,

tanto da lo que

aquí es: fue.


De un marica:

Dio lo que no tenía.


De un achichincle:

De tanto servir, no sirve.


De un orador:

Para él no cuenta la muerte:

Piltrafa, sigue siendo lo que fue.


De don Juan:

Mató a quien quiso.


Del ortodoxo:

No abrió el pico.


De un resignado:

Siempre abajo,

no le cogió de nuevo.


De Alejandro Dumas (hijo):

Aquí vive el hijo

de Margarita Gautier.


De Nijinski:

Que le quiten lo bailado.


De un imbéci

A todo dijo que sí.


Mío:

No pudo más.


Contraepitafio:

Todo o nada.

Aquí queda eso.


Anejo Crímenes suprimidos en la edición de 1968

<p>Anejo Crímenes suprimidos en la edición de 1968</p>

– A mi mujer, señor, le pasaba con los nuevos fritos lo que con los hijos: que no los dejaba en paz. La diferencia está en que los hijos crecen y se acomodan solos, mientras que los huevos fritos (¿qué se puede comparar a un par huevos bien fritos?) se los come uno como el mejor regalo del Creador. La cuestión es, como en todo, el punto. Soy albañil y sé lo que me digo referente al punto del punto. Lo que importa, para los huevos, es la cantidad y el calor del aceite en el que se echan -partidos y vertidos con cuidado- y el momento justo en el que hay que sacarlos, la clara ya abullona-da como si fuese pasta de buñuelo. Los huevos fritos nunca se «apegan» como decía ella. No diré más, gracias a Dios: un huevo frito con la yema cubierta, blanca o rota ni es un huevo frito ni es nada. Que la quemadura fuese tan grave, ¿quién lo podía adivinar?


Me echó un trozo de hielo por la espalda. Lo menos que podía hacer era dejarle frío.


No lo hice adrede.


– ¿Por qué se me va a acusar de haberle matado si se me olvidó de que la pistola estaba cargada? Todo el mundo sabe que soy un desmemoriado. ¿Entonces, yo voy a tener la culpa? ¡Sería el colmo!


El balón era mío y muy mío. La navaja, no. Pero de lo que se trataba era del balón.


Pueden saberse todas las lecciones de corrido, papá, pero no ser tan bizco… Si se dio con un canto…


Tanto: señor profesor, señor profesor… Y todo por hacerse el mono, puro cortejo, puro servicio, puro babeo. ¡Que si primero fue así, que si primero fue asá! Pero el colmo fue que, por las buenas, se puso a copiar y a negarse a prestárnoslo… A ver si lo hace ahora. Se quedó como un palo, del ídem.


Yo no quise darle tan fuerte.


¡A poco los hijos de millonarios tienen algo especial en la cabezota! #


A mí, mi papá me dijo que no me dejara… Y no me dejé.


Por mucho que fuese mi tía María… A mí nadie me encierra en casa cuando les prometí a mis cuates que iría a jugar con ellos. Y andimás cuando no tienen ningún delantero centro como yo… Pero que ni soñarlo. Que la empujé un poco demasiado fuerte… La culpa no es mía. No tenía más que agarrarse un poco más fuerte al barandal de la escalera. Además, siempre estaba espiándome. De verdad que no me quería. Siempre diciéndole a mi mamá…


¡Total porque le metí una ranota de nada en el bolsillo! Si pegó un salto, salió corriendo, tropezó y se rompió la cholla, ¿qué? ¿A qué tanta pregunta?


¡Sí, le dije a la recondenada que el chocolate quemaba!


Yo no salgo haciendo el ridículo y menos con aquella chamarra verde. Lo menos me hubiera dicho el Pipi es: ¡Marica! Yo no quería clavarle la agujota tan hondo…


A mi hermana -de verdad, de verdad- nunca la pude tragar.


A mí nadie, y ése menos que nadie, me hace trampas, señor. Claro que ahora ya no se las hará a nadie…


Lo que importa es conseguir y tener paz entre los hombres. Si para lograrlo hay que llegar a esto (e hizo un gesto que abarcaba toda la plaza), ¡qué le vamos a hacer!


La maté por no darle un disgusto.


Me dijo que lo publicaría en mayo, luego en junio, después en octubre. Pasó el invierno, con la primavera se me revolvió la sangre, ¡era mi segundo libro! El decisivo. Que lo fuera para el joven editor, lo siento. Pero me lo agradecerán muchos y, seguramente, llamará la atención y será una buena publicidad.


Lo envenené porque quería ocupar su puesto en la Academia. No creí que nadie lo descubriera. ¡Tuvo que ser ese novelista de mierda que, además, es comisario de policía!


Me llamó tarado. Yo no le consiento a nadie que le falte a mi madrecita.


Dos crímenes barrocos

<p id="_Toc166191921">Dos crímenes barrocos</p>

Mire, señor, no vaya a ir en contra de mis ideas. No lo tolero. Yo acepto las suyas: para usted. Se las queda, las mastica, las digiere, las expulsa si a tanto le lleva su gusto. En general, los hombres desde hace un par y pico de siglos creen que son lo mejor de la humanidad. El non plus ultra. OK. Allá ellos. Yo estoy convencido de lo contrarío, de que todos somos unos hijos de la chingada por el hecho mismo de ser hombres. Hace mucho que quedó probado que el hombre ha llegado a domesticar la naturaleza a fuerza de mala leche, ingratitud, instintos asesinos, palos, pedradas, machetazos, tiros, hipocresía, asesinatos a mansalva, imposición de la esclavitud. Cualquier hombre, por el hecho de serlo, es un hijo de puta. No discuto que otros piensen de manera distinta. Para mí, el imbécil mayor -suizo tuvo que ser- fue Juan Jacobo Rousseau. Con estas ideas, ¿qué de extraño tiene que yo sea una buena persona? Que matara a don Jesús, no tiene nada de particular: no le debía un céntimo a nadie.


Pienso, luego soy, dijo el hombre famoso. Los árboles de mi jardín son, pero no creo que piensen, con lo que se demuestra que el señor Renato no estaba en su sano juicio y que lo mismo sucede con otros seres: mi suegro por ejemplo: es y no piensa, o mi editor que piensa y no es. Y si lo ponemos al revés, tampoco es cierto. No existo porque pienso ni pienso porque existo.

Pensar es cierto, existir es un mito. Yo no existo, sobrevivo, vivir -lo que se dice vivir- sólo los que no piensan. Los que se ponen a pensar no viven. La injusticia es demasiado evidente. Bastaría pensar para suicidarse. No; don Descartes: vivo, luego no pienso, si pensara no viviría. Hasta se podría hacer un bonito soneto: Pienso luego no vivo, si viviera, no pensara, señor…, etc., etc. Si para vivir se necesitara pensar, estábamos lucidos. Pero, en fin, si ustedes están convencidos de que así es, soy inocente, totalmente inocente ya que no pienso ni quiero pensar. Luego si no pienso no soy y si no soy ¿cómo voy a ser responsable de esa muerte?