Lynsey Stevens

En los brazos del deseo


En los brazos del deseo (1993)

Título Origina A rising passion (1990)


Capítulo 1

<p>Capítulo 1</p>

Eran más de las ocho de la noche cuando Kasey se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta del apartamento en el que vivía con una amiga. ¿Quién podría ir a verla a esa hora un sábado por la noche? Todos los conocidos que tenía en Sydney estarían en ese momento disfrutando del fin de semana.

Se retiró del rostro un mechón de pelo y miró desalentada su vieja camiseta y los raídos pantalones vaqueros. Aquella Kasey Beazleigh no tenía mucho que ver con la prometedora joven modelo Katherine Claire Beazleigh.

Atravesó la habitación y se asomó por la mirilla; al ver quién era, casi se le doblaron las piernas. Abrió la puerta rápidamente.

– ¡Hola Kasey! No esperaba encontrarte en casa un sábado por la noche -el visitante parecía nervioso-. Iba a esperar hasta mañana, pero… ¿Puedo pasar?

Kasey se apartó para dejarlo entrar, convencida de que estaba soñando.

– ¿Cómo estás? -la miró con atención mientras ella cerraba la puerta.

– Bien.

Kasey no podía dar crédito a lo que veía. Greg estaba allí. Por fin había ido a verla. Debía haber ido a decirle que había roto su compromiso con Paula. Eso debía ser.

Una oleada de alborozo la invadió mientras le tendía la mano.

– ¿Qué estás haciendo en Sydney?

Greg le estrechó la mano efusivamente.

– ¡Ah, Kasey, no sabes cuánto me alegro de verte! Ha sido un infierno estar sin ti todos estos meses -sacudió la cabeza y se sonrojó-. Tenía que venir… tenía que verte otra vez. He estado sentado en el bar de aquí abajo desde las seis, tratando de hacer acopio de valor para venir a verte. Me siento tan culpable por la forma en que nos separamos -tragó saliva-. ¡Pero, por Dios, Kasey, no me mires así!

La atrajo hacia él y la estrechó en sus brazos; buscó con sus labios los de ella y la besó con desesperación.

A Greg le sabía la boca a cerveza y Kasey retrocedió. Había soñado con ese momento durante tres largos meses. Tres miserables, solitarios meses. Desde que Greg le había dicho que se había comprometido con Paula Wherry.

Al principio, cuando se lo había dicho, Kasey había pensado que era una broma y entre risas había expresado su incredulidad. Paula sólo tenía dieciocho años, cuatro menos que Kasey, y por lo que ésta sabía, Greg apenas la conocía.

Pero Greg se lo había explicado todo. Era un hombre ambicioso y algún día le gustaría ser propietario de una granja. No podría lograrlo si seguía trabajando en Akoonah Downs, la propiedad del padre de Kasey. No era que no agradeciera todo lo que aquel hombre había hecho por él, pero sabía que Akoonah Downs pertenecería a la larga al hermano de Kasey, Peter, de modo que no había sitio en la granja para él. Sin embargo, Henry Wherry, el dueño de Winterwood, tenía setenta años y Paula era su única hija.

Kasey había recibido la noticia, consternada. Su vida siempre había estado vinculada a la de Greg Parker. Herida y desconcertada, le había costado creer que su felicidad se hubiera roto en mil pedazos en tan poco tiempo.

Lo peor de todo había sido tener que guardarse todo el dolor, ya que su orgullo le había impedido confesarle a su familia lo mal que se encontraba.

Claro que había notado que su padre y Jessie, el ama de llaves que había hecho las veces de madre de Kasey, la miraban con preocupación, pero ella había conseguido aparentar indiferencia. Sin embargo, desde el primer momento, había sabido que no era capaz de soportar de manera indefinida la tensión de fingir alegría.

De modo que había tenido que escapar a la ciudad, diciéndole a su padre que había decidido aceptar la oferta de empleo que había recibido unos meses antes. La madre de una compañera de colegio dirigía una agencia de modelos y siempre le había dicho a Kasey que sería una modelo perfecta, por su estatura y su aspecto.

Kasey era alta; sabía que su melena rojiza y sedosa era un marco excelente para su rostro impecable, cuya tez marfileña era la envidia de todas sus amigas. Sus ojos verdes armonizaban a la perfección con el color de su pelo.

– Oh, Kasey, es maravilloso tenerte en mis brazos -susurró Greg, acariciándole la espalda por debajo de la camiseta.

– Greg -musitó Kasey.

– Déjame abrazarte, mi amor. He estado pensando en ti todos estos meses. ¿Por qué te fuiste sin despedirte de mí?

– ¿Por qué? Pero, Greg, ¿cómo podía quedarme después de lo que me dijiste?

– Kasey, cariño, no quería hacerte daño -la miró con sus enormes ojos azules-. Sé que no debería estar aquí. Todo el mundo cree que estoy en la feria de ganado. Pero te he echado de menos terriblemente. Tenía que verte.

– ¡Oh, Greg! Yo también te he echado de menos. Abrázame fuerte.

Greg volvió a besar a la joven en los labios. Kasey le devolvió el beso con todo el ardor de sus tres meses de soledad, con toda su ansiedad y su nostalgia.

La pasión iba en aumento y aunque algo le advertía a Kasey que no debía dejarse llevar por aquel sentimiento, se negaba a ser prudente. Estaba con Greg, el hombre al que había amado toda su vida.

Sin saber cómo, llegaron a la habitación, sin embargo, en cuanto se tumbó en la cama, recobró algo de cordura.

– Greg… no, no podemos… -susurró con voz trémula.

Greg le quitó la camiseta y trazó un camino de besos por la cremosa piel de Kasey.

– Qué piel tan suave, Kasey. ¡He soñado tantas veces con este momento! -buscó con ansiedad el broche del sostén.

– Yo también -murmuró ella, se incorporó un poco y dejó sus senos al descubierto.

Greg se apoderó de uno de sus senos y la miró con ojos encendidos de pasión.

– ¿De verdad?

– Ya sabes que desde niña he deseado casarme contigo -dijo ella con una lánguida sonrisa, hundiendo los dedos en los cabellos rubios de su compañero.

Greg desvió rápidamente la mirada.

– ¿Grez? -Kasey frunció el ceño-. ¿Qué te pasa? Me… me quieres, ¿no?

– Lo sabes. Siempre te he querido.

Kasey se tranquilizó y cogió el rostro de Greg entre las manos.

– ¿Cuánto tiempo puedes quedarte? -Hizo una pausa y volvió a fruncir el ceño-. ¿Por qué le has dicho a todo el mundo que ibas a la feria de ganado? Sin duda…

Un frío terrible se apoderó de su corazón cuando Greg volvió a desviar la mirada, con expresión de culpabilidad.

– ¿Greg?

– Dejemos de hablar, Kasey -murmuró él-. Te deseo tanto…

Exploró con los labios los pechos femeninos y un relámpago de deseo sacudió a la joven; un relámpago de deseo que se desvaneció de inmediato cuando comprendió el significado del carácter furtivo de su visita.

– Greg… ¿qué…? -estaba asqueada-. ¿Tú y Paula estáis…? No has roto el compromiso con Paula, ¿verdad? -logró decir por fin, suplicándole con los ojos que desmintiera sus sospechas.

Greg no contestó; el sonido distante de un claxon en la calle pareció ensordecedor en el silencio reinante.

– ¿Has roto con ella, Greg?

Greg lo negó con la cabeza.

– Pero… -Kasey suspiró-, no entiendo nada.

– Kasey, tengo que casarme con Paula.

Kasey volvió a ponerse la camiseta para ocultar su desnudez.

– ¿Entonces a qué has venido, Greg? -logró preguntar con voz trémula por el dolor y la indignación.

– Porque tenía que verte; porque…

Kasey se levantó, se paró delante de Greg y le dirigió una mirada acusadora.

Greg se sentó lentamente y apoyó la cabeza entre las manos.

– Sigues comprometido con Paula… -Kasey se abrazó en un gesto de autoprotección instintiva-. ¡Pero has venido aquí y hemos estado a punto de hacer el amor!

– Perdóname, Kasey -Greg se levantó de la cama e intentó acercarse a ella, pero Kasey lo apartó.

– ¿Y si hubiéramos llegado a hacer el amor? -preguntó la joven con voz glacial.

– Kasey…

– ¿Cuándo te vas a casar con Paula?

– A finales de noviembre.

Kasey sabía que su expresión delataba su dolor y su humillación, pero era incapaz de disfrazarla.

Greg se apartó de ella con un movimiento brusco.

– Kasey, lo siento. No debería haber venido. Pensaba que podía visitarte, verte y sólo… he sido un estúpido -dio un par de pasos y exhaló un suspiro desgarrador-. Kasey…

Kasey se apartó de él; Greg salió de la habitación y después de unos segundos interminables la joven oyó que abría la puerta del apartamento y la volvía a cerrar. Greg se había ido para siempre.

Durante un largo y angustioso momento, Kasey permaneció inmóvil; luego corrió hacia el cuarto de baño con unas ganas terribles de vomitar. Se refrescó la cara y se dirigió tambaleante a la sala, agotada y, sin embargo, extrañamente serena.

Permaneció parada en medio de la habitación. Tenía el rostro bañado en lágrimas. Había visto renacer sus esperanzas, y las había visto también morir en cuestión de segundos. ¿Cómo podía haberle hecho eso Greg?

Kasey se había enamorado de Greg desde la primera vez que se habían visto, cuando ella era una tierna criatura de ocho años y él ya un joven de dieciséis. Llamar su atención había sido el primer objetivo de su joven vida.

Greg había ido a Akoonah Downs, la granja del padre de Kasey, en busca de trabajo. Era de la misma edad de Peter, el hermano de la chica, y el señor Beazleigh tenía necesidad de trabajadores, de modo que le había contratado. Kasey se dedicaba a seguir a Peter y a Greg por toda la granja, cabalgando, reuniendo el ganado, reparando cercados… había llegado a ser tan eficiente como Peter y Greg, para disgusto de Peter y orgullo del padre.

Greg y Peter se habían hecho amigos, y el amor de Kasey por el primero había crecido con ella. Kasey siempre había pensado que se casaría con Greg, vivirían en Akoonah Downs, tendrían muchos hijos y serían eternamente felices.

Se desplomó en un sillón. Greg había sido su vida entera. A Kasey nunca le había interesado otro hombre, ni siquiera cuando estaba en la escuela lejos de la granja.

Eternamente felices. Todo parecía tan fácil cuando tenía diecisiete años.

El dolor le atenazó el corazón. Con paso vacilante, fue hacia el armario en el que su compañera de apartamento guardaba una botella de whisky.

Kasey rara vez bebía. Levantó la botella y la miró. Con actitud desafiante, cogió un vaso, echó dos cubos de hielo y luego vertió el líquido ámbar.

Dio un sorbo al fuerte licor y estuvo a punto de atragantarse. ¡Ugh, sabía horrible! Se enjugó las lágrimas. ¿Y si lo bebía a sorbos pequeños? No, no tenía sentido. Era incapaz de beberse aquel brebaje.

Estaba un poco mareada. Hizo una mueca de fastidio y dejó el vaso en una mesa. Ya había vomitado una vez ese día y obligarse a beber no le serviría de nada.

¿Qué podía hacer, entonces? No podía quedarse allí, encerrada entre las cuatro paredes de su apartamento. Casi sin darse cuenta de lo que hacía, cogió una cazadora y salió a la calle.

Estuvo paseando durante un rato que le pareció interminable, pero cuando consultó el reloj se dio cuenta de que sólo eran las nueve y media. No se había preocupado de adónde la llevaban sus pasos, pero al mirar a su alrededor se dio cuenta de que la calle le resultaba conocida.

Por supuesto. Allí en la esquina estaba el bar de un hotel en el que solía reunirse su compañera de apartamento con su grupo de amigos. Cathy no estaba en la ciudad, pero era posible que alguno de sus amigos estuviera allí. Sin darse tiempo para cambiar de idea, abrió la puerta del bar y entró.

Una vez dentro, Kasey miró a su alrededor en busca de alguna cara conocida.

– ¡Hola! -la saludó una chica de larga melena rubia.

Kasey la reconoció. Era Anna, la prima de su compañera de apartamento. Se abrió paso entre las mesas. Le señalaron una silla vacía y alguien le ofreció una copa, que aceptó con una sonrisa. Con la música y la conversación de las siete personas que estaban reunidas alrededor de la mesa, Kasey no tuvo necesidad de hablar.

Dio otro sorbo a su bebida, disfrutando del sabor dulzón del vino.

El ruido la envolvía como un capullo protector y hasta que no transcurrió un buen rato, no volvió a ser otra vez consciente de sí misma. Miró la bebida que tenía en la mano. ¿Era la primera copa o la segunda? No se acordaba. Lo cierto era que sabía mejor que el whisky.

Observó a la gente que la rodeaba. Anna y su novio. El hermano del novio y una chica morena y otra pareja a la que nunca había visto con el grupo.

Al seguir su recorrido con la mirada, sus ojos se encontraron con otros ojos, muy azules, que la miraban con atención. El corazón le dio un vuelco. Tuvo la sensación de que la habían estado mirando fijamente durante largo rato. Bajó la mirada y después, recobrando su aplomo, la volvió a levantar para observar con más atención al hombre que estaba sentado frente a ella.

Le pareció vagamente conocido. Pero sin duda recordaría su nombre si alguna vez le habían presentado a un hombre tan atractivo.

Tenía el pelo negro. Su barbilla era firme y aunque estaba sentado, Kasey podía adivinar que era alto.

Volvió a levantar los ojos para encontrarse con la mirada del atractivo desconocido y se sonrojó cuando le vio arquear una ceja. Se había dado cuenta del escrutinio al que le había sometido la joven y era evidente que le divertía.

Deliberadamente, Kasey volvió a la contemplación de su bebida. Estaba segura de que el desconocido pensaba que estaba coqueteando con él, provocándolo. ¡Pues le esperaba un gran desengaño! Que pensara lo que le viniera en gana. Ella no tenía ganas de hablar con nadie.

Dio vueltas a su copa y observó el juego de la luz sobre el líquido rosado. Y el rostro de Greg apareció borroso ante sus ojos, recordándole su insultante actitud. ¿Cómo había podido hacerle eso? Greg había sido todo para ella. Había compartido sus años de crecimiento con él, incluso para él había sido su primer beso.

Fue arrastrada por una oleada de tristes recuerdos y la escena, los ruidos del bar se desvanecieron, transportándola a Akoonah Downs, a su lugar favorito: al estanque en el que ella y Greg solían bañarse.


Considerando que estaban en una zona semidesértica, el estanque alimentado por un manantial en medio de altos árboles frondosos parecía una especie de milagro.

Kasey estaba allí con Greg. Habían estado nadando y en ese momento tomaban el sol encima de una roca plana que sobresalía del agua.

– ¿Os lo pasasteis bien en el baile? -preguntó Kasey.

– ¿El baile? Oh, sí, estuvo bien. Como de costumbre.

Kasey se abrazó las largas y delgadas piernas. Había sido un fastidio en su adolescencia ser tan alta y delgada y tener el pelo tan rojo.

Era una joven de rostro alargado, su nariz, salpicada de pecas, era pequeña y un poco respingona. Pestañas oscuras, no demasiado largas, rodeaban sus grandes ojos y sus labios se curvaban en una expresión de regocijo permanente.

Pero Kasey era totalmente inconsciente de su hermosura; en ningún momento habría podido imaginar que su tez y sus facciones conformaban una combinación llamativa que le permitiría alcanzar un éxito casi meteórico en el mundo de la moda.

– ¿Por qué no volvisteis anoche a la granja?

– Bebimos algunas copas, por eso decidimos quedarnos en el pueblo.

– ¿Dónde os quedasteis? ¿En el hotel?

– Pues… no. Con unos amigos.

Kasey alzó la mirada.

– ¿Amigos… o amigas?

Greg pareció turbarse.

– Nos quedamos con… con los Carson. Ya sabes, los de la tienda de comestibles -dijo en tono gruñón.

Los Carson tenían un hijo de la edad de Peter y Greg, y cuatro hijas, todas mayores que Kasey. Ninguna de ellas era pelirroja.

– Han sido muy amables dejándonos dormir allí -añadió Greg, y Kasey asintió con desgana.

– Lo que pasa es que las chicas Carson son todas tan… bien… tan…

Greg soltó una carcajada.

– Sí, ¿verdad? Creo que Peter está medio enamorado de Jenny.

– No pensará casarse con ella, ¿verdad? -preguntó Kasey, consternada.

– No creo que Peter esté dispuesto a sentar cabeza todavía -la tranquilizó Greg-. A Peter le gusta demasiado flirtear con las chicas.

– ¿Y a ti? ¿No te gusta?

Greg se encogió de hombros.

– A veces.

– ¿Haces el amor con esas chicas?

– ¡Por Dios, Kasey, haces cada pregunta!

– Bien… ¿y las besas?

– Sólo responderé en presencia de mi abogado -bromeó Greg, para ocultar su turbación. Kasey guardó silencio y se mordió el labio.

– Greg, ¿te gustaría besarme? -preguntó por fin y él la miró escandalizado.

– Kasey, una chica no puede pedir eso.

– ¿Por qué no?

– Porque no. Al menos no con palabras. ¿Nadie te lo ha dicho?

– No -Kasey se encogió de hombros-. Nunca me han besado y me gustaría saber lo que se siente. Quiero que tú seas el primero en besarme, Greg.

– Kasey… No se hace así. Debes querer besar a alguien porque es especial. No sólo porque…

– Tú eres especial, Greg. Ya deberías saberlo.

Kasey se inclinó hacia él, apoyó las manos en sus hombros y posó su boca en la suya.

Los labios de Greg eran frescos, recordó. Había deseado besarlo durante tanto tiempo que la realización del deseo fue casi una decepción. Pero, a fin de cuentas, la inexperiencia de ella era absoluta.

– ¿Te ha gustado? -preguntó la chica con inquietud y él se sonrojó.

– Kasey, yo… pues… no sé qué decir, excepto que no debes besar a un chico sólo porque te apetezca. Pueden malinterpretarte.

– No te preocupes, sólo me apetece besarte a ti.

Greg masculló algo ininteligible.

– ¿Podemos hacerlo otra vez? -Greg retrocedió.

– ¡Kasey esto es una locura! Tu padre me torcería el cuello si se enterara.

– No tiene por qué enterarse -dijo Kasey con suavidad, al advertir un cambio en el tono de voz del joven y dándose cuenta de que comenzaba a ceder.

La segunda vez fue él quien la besó, movió los labios sobre los de ella con suavidad, con la lengua instó a la joven a que abriera la boca. Kasey se tensó antes de ceder con un suspiro. Aquello se parecía más al beso que había soñado y una deliciosa excitación aleteó en su estómago.

De repente, la intensidad del beso se tomó amedrentadora para la inexperta chica y Greg lo advirtió y se apartó.

– ¿Lo ves, Kasey? No puedes participar en juegos de adultos. Tienes que entenderlo -dijo él con tono de fastidio.

– Lo siento -murmuró la joven-. No es que no me haya gustado. Lo que pasa es que me he asustado. No estaba preparada -se sentía como una estúpida-. Supongo que no soy como el tipo de chicas a los que sueles besar, ¿verdad?

Greg la alzó la barbilla con un dedo.

– No pienses eso. Eres la chica ideal. Pero no adelantes los acontecimientos. Espera a crecer un poco más.

– ¡Pero se tarda tanto en crecer! -suspiró ella.

Greg sonrió.

– No tanto; ya verás -se puso de pie y le ofreció una mano para ayudarla a incorporarse-. Ya es hora de que volvamos. Y lo mejor será que olvidemos lo sucedido, ¿de acuerdo?

Ella lo miró a los ojos, diciéndole en silencio que eso sería imposible.

– A tu padre no le gustaría enterarse de lo que ha pasado -le dijo Greg-. De modo que nos controlaremos al menos durante unos años -le acarició la mejilla y ella no pudo descifrar la expresión de sus ojos-. Delante de los demás nos comportaremos como si no hubiera pasado nada. ¿Me entiendes?


Greg la siguió tratándola como a una hermana menor, aunque en ocasiones, ella lo descubría mirándola con cierta intensidad y Kasey temblaba de felicidad, resignada a dejar que él marcara el ritmo de su relación.

¡Relación! ¿Qué relación?, se dijo Kasey con desdeñosa ironía. Había ido a la escuela superior que su padre le había indicado, convencida de que al volver, adulta ya, Greg admitiría que la amaba y le pediría que se casaran.

Pero nunca había sospechado que durante todo aquel tiempo Greg había estado pensando en casarse con Paula.

Se le hizo un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas. Suspiró y volvió a ser consciente del lugar en el que se encontraba. El desconocido que estaba frente a ella continuaba mirándola. ¿La había estado observando durante todo aquel tiempo? ¿Se habría dado cuenta del dolor que la embargaba?

Se obligó a volverse hacia el joven que estaba a su lado para entablar conversación. Pero por el rabillo del ojo observó que el hombre que estaba sentado frente a ella se levantaba y se dirigía hacia la barra.

En efecto era alto, observó al seguirle con la mirada.

Al poco rato, volvió a la mesa con dos copas y dejó una delante de Kasey. Ella lo miró, deseando poder rechazar la copa, pero no deseaba crear una situación molesta. Además, el resto del grupo les estaba observando con curiosidad.

Kasey dio un sorbo a la bebida y luego miró asombrada al desconocido. El líquido incoloro, efervescente, era una simple limonada. ¿Pensaría aquel tipo que había bebido demasiado? ¡Qué insolente!

– Nos vamos a conocer la discoteca que acaban de inaugurar -dijo Anna, apartando su silla-. ¿Quieres acompañarnos? -le preguntó a Kasey.

Kasey estaba terriblemente cansada. En aquel momento lo único que le apetecía era el olvido que le proporcionaría el sueño. Se puso de pie y tuvo la desagradable sensación de que todo le daba vueltas.

– ¿Vienes con nosotros? -insistió Anna, mirando a Kasey.

– No, esta noche no, gracias -Kasey sacudió la cabeza y al momento se arrepintió de haberlo hecho. Volvió a sentarse lentamente-. Me terminaré el refresco y me iré a casa. Gracias de cualquier manera.

– Está bien -los demás comenzaron a irse.

– ¿Y tú, Jordan? -preguntó alguien.

– Esta noche no -contestó y se sentó al lado de Kasey-. Te llevaré a tu casa -dijo con una voz profunda y seductora.

– No hace falta. Y puedes estar seguro de que no estoy borracha -Kasey lo miró y tuvo que admitir que de cerca aquel hombre era más atractivo. Dio otro sorbo a su limonada para disimular su turbación.

Limonada. Odiaba su sabor dulzón. Además, aquel hombre ni siquiera le había preguntado si era eso lo que le apetecía. Pasó un camarero cerca de la mesa y le pidió un whisky.

– ¿No crees que ya has bebido demasiado? -preguntó Jordan.

– No -replicó Kasey-. Y no me gusta la limonada.

Miró de soslayo a Jordan. Este mantenía fija la mirada en la copa medio llena que sostenía en la mano. Era una mano fuerte, morena, con largos dedos vigorosos.

– Supongo que ahora me saldrás con el sermón de que el alcohol mata las neuronas y destroza el hígado.

– No. Parece que eso ya lo sabes.

Llegó la bebida de la joven y Jordan la pagó antes de que Kasey encontrara el dinero en su bolso.

Kasey dio un trago al whisky y se atragantó. ¡Ugh! ¡Qué brebaje infame! ¿Cómo podía beber esas cosas la gente?

– Si lo que estás intentando es ahogar tus penas, puedo asegurarte que mañana tendrás que enfrentarte otra vez a ellas, pero además, con resaca -dijo Jordan.

¿Penas? Jordan no tenía ni idea de lo que ella sufría. ¿Cómo se sentiría él si su vida se hubiera reducido a cero? Los hombres eran todos iguales; egoístas, fríos y crueles. Y además condescendientes, se dijo la joven.

– Esa pócima no disuelve las penas -insistió el hombre, señalando el whisky.

– Por… por lo menos no pensaré en ellas esta noche -replicó Kasey con estudiado cinismo y se obligó a beber otro trago.

– Quizá te aliviaría hablar sobre el asunto.

Kasey soltó una carcajada amarga.

– Lo dudo. Además, no necesito un paño de lágrimas.

– ¿Qué te ha hecho tu novio? ¿Se ha olvidado de llamarte por teléfono?

Kasey se volvió hacia Jordan y abrió la boca, dispuesta a confiar sus cuitas al atractivo desconocido, pero todo le daba vueltas y cerró los ojos.

¿Qué sentido tendría confesarle su problema? ¿Qué podía hacer aquel desconocido? De nada serviría hablar de lo ocurrido. Greg había estado dispuesto a utilizarla para aliviar su deseo. Nada podía evitar que se casara con Paula.

Y de repente comprendió que se esperaría que ella asistiera a la boda. A finales de noviembre, según había indicado Greg. Las bodas eran todo un acontecimiento social en Akoonah Downs. ¿Cómo podría soportarlo? Todo el mundo sabía lo que sentía por Greg. No toleraría las miradas de compasión de sus familiares y vecinos.

Si al menos pudiera aparecer del brazo de un hombre. No cualquiera, ¡sino de su esposo! ¡Sí… un esposo!

Eso le demostraría a todo el mundo lo poco que le importaba la traición de Greg. Al menos así rescataría parte de su abatido orgullo.

– Háblame de tus problemas -la profunda voz de su acompañante irrumpió en los pensamientos de la joven-. Quizá yo podría ayudarte.

– No puedes. Nadie podría. A menos que conozcas a alguien que esté buscando esposa.

Miró al hombre que estaba a su lado. Sus ojos se encontraron y durante algunos segundos se observaron en silencio.

– Curiosamente, yo estoy buscando una -dijo Jordan tranquilamente, sosteniéndole la mirada-. ¿Qué te parezco como candidato?


Capítulo 2

<p>Capítulo 2</p>

Kasey despertó y dio media vuelta en la cama. Tenía un fuerte dolor de cabeza y un terrible malestar en el estómago.

Abrió los ojos y comprobó horrorizada que aquella no era su cama, ni tampoco eran suyas las sábanas de color salmón que cubrían su cuerpo semidesnudo. Se tapó con la sábana hasta el cuello. Sólo llevaba puestas unas bragas de fino encaje.

Observó azorada la habitación. Paredes de color crema. Una gruesa alfombra ocre. Cortinas grises y lujosos muebles de madera fina.

¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí? Hizo un esfuerzo por recordar. Por lo menos estaba sola.

Su reloj señalaba que eran las diez y media del domingo y el sol que se filtraba por las persianas le indicaba que era de día. No recordaba nada de la noche anterior. Sí se acordaba de que su compañera de apartamento no estaba en la ciudad. También, de que había decidido no salir. Pero, ¿qué había sucedido después?

Recordaba una llamada a la puerta. Y también a Greg. ¿La había ido a ver Greg o aquel vago recuerdo formaba parte de alguna pesadilla?, se preguntó.

Se frotó las doloridas sienes. No. Greg había ido a verla. La había besado. Habían terminado en el dormitorio. Luego él le había confesado que seguía pensando casarse con Paula. Sí, lo recordaba y el corazón se le contrajo en el pecho.

¿Pero qué había ocurrido después de eso? Kasey se esforzó en recordar los acontecimientos perdidos en la bruma de la memoria. Había salido a pasear y…

La puerta de la habitación se abrió de repente. La joven se sobresaltó y apretó desesperada la sábana contra su pecho. Un hombre desconocido entró en el cuarto y se detuvo cuando vio el miedo reflejado en los ojos de la joven.

Era alto y sumamente atractivo.

– Por fin se ha despertado la Bella Durmiente -comentó con una sonrisa afable.

Se cruzó de brazos y arqueó una ceja, divertido. Tenía el pelo mojado y resultaba evidente que acababa de salir de la ducha. Llevaba puesto un albornoz que dejaba al descubierto unas largas y musculosas piernas, y Kasey sospechó que ése era todo su atuendo. Se estremeció y se puso más tensa.

– ¿Quién eres? ¿Dónde estoy?

– ¿Quién? Jordan Caine. ¿Dónde? -El hombre hizo un amplio movimiento con el brazo-. En mi habitación. ¿No recuerdas nada, Katherine?

– No -sacudió la cabeza y luego hizo una mueca de dolor, le dolía terriblemente la cabeza-. ¿Cómo he llegado aquí?

El desconocido se volvió y salió por la puerta por la que había entrado. Kasey oyó correr agua. A los pocos minutos, Jordan entró de nuevo en la habitación, se sentó al borde de la cama y le ofreció a la joven dos pastillas y un vaso de agua.

– Para el dolor de cabeza -indicó él.

Kasey se tragó las pastillas y se bebió el vaso de agua. Tenía una sed de náufrago.

– ¿Cómo he llegado aquí? -repitió.

– ¿No lo recuerdas? -preguntó divertido.

– Silo recordara, no preguntaría -replicó la joven, enfurruñada.

– Te traje en taxi -dijo Jordan-. Del bar del hotel.

El bar del hotel. Kasey hurgó con ansiedad en su memoria. Sí… había estado en un bar de la calle Collins. Y estaban allí algunos amigos de su compañera de apartamento. Habían estado charlando, después los demás se habían ido a una discoteca. Pero aquel hombre no.

Había bebido. No demasiado. ¿La había emborrachado aquel individuo? Lo miró con ojos acusadores.

– ¿Por qué no me llevaste a mi casa?

Jordan se encogió de hombros.

– Mi casa estaba más cerca. Y yo tenía algo de prisa.

¿Prisa? ¿Por qué? Un rubor profundo tiñó las mejillas de Kasey al ocurrírsele la posible razón.

– Me emborrachaste y me trajiste aquí para… -Kasey iba a levantarse de la cama, pero se contuvo al recordar su estado de semidesnudez-. ¡Dios mío, eres un ser despreciable! ¡Eso equivale casi a violación!

– Esa es una palabra muy fea, Katherine. Pero si encontráramos al taxista que nos trajo, él podría atestiguar que tú me suplicaste que hiciéramos el amor.

– ¡No es verdad! ¡No he podido hacer eso! -protestó Kasey con indignación.

Jordan alargó una mano y le acarició la mejilla.

– Tranquilízate, Katherine -le dijo con suavidad-. Yo tenía prisa porque me estaba dando cuenta de que te encontrabas muy mal, estabas mareada -le sostuvo la mirada-. Anoche no sucedió nada. Te desmayaste en el ascensor cuando subíamos a mi apartamento. Fue bastante difícil desnudarte y meterte en la cama, créeme.

– ¿Dónde has dormido tú?

Jordan sonrió.

– A tu lado -indicó-. Y te juro por mi honor que lo único que he hecho ha sido dormir.

Kasey lo miró con recelo.

– Te quedaste dormida al instante, Katherine. En realidad, ya estabas casi inconsciente desde que subimos al taxi. Además, tengo el… digamos capricho… de esperar de una mujer al menos la menor reacción de interés antes de intentar hacer el amor con ella. Rarezas que tiene uno -concluyó con ironía.

Kasey se pasó una mano por la frente.

– Ojalá pudiera recordar -se encontró con la mirada de Jordan y el azul intenso de sus ojos abrió otro cauce en la memoria. Él estaba sentado enfrente de ella en el bar del hotel y la miraba-. ¿Me aseguras que eso es… lo único que ha ocurrido?

– Bien, en realidad no -dijo Jordan si apartar su mirada de ella-. Me prometiste algo y espero que no te retractes.

– ¿Una promesa? -Kasey se humedeció los labios-. ¿Qué clase de promesa?

– Casarte conmigo.

– ¿Casarme contigo? -repitió como atontada-. ¡Pero eso es ridículo! ¡Ni siquiera te conozco! ¿Cómo podría haber…?

Pero inmediatamente recordó algo: había pensado que debía salvar su orgullo apareciendo en la boda de Greg del brazo de otro hombre, pero…

– Anoche me dijiste que tenías una desesperada necesidad de un marido -dijo Jordan con tono apacible-. Y yo me ofrecí como voluntario.

– ¿Yo… te pedí… que te casaras conmigo?

– Poco más o menos. Y yo accedí. De modo que se puede decir que estamos comprometidos.

– ¡Pero esto es ridículo! No puedo creer que yo… tú…

– Sin embargo, no llegaste a decirme por qué necesitabas un marido -prosiguió Jordan con desenfado-. Debo confesar que tengo mucha curiosidad. ¿Estás embarazada?

– ¿Embarazada? ¡Por supuesto que no!

– Pensaba que ésa podría ser la razón.

– Pues no lo es. Supongo que… que debió afectarme el alcohol -farfulló Kasey-. ¿Por qué otra razón podría haber hecho una proposición tan absurda? Además, ¿por qué accediste? ¿También estabas borracho?

Jordan esbozó una cínica sonrisa.

– No estaba completamente sobrio, pero tampoco se puede decir que estuviera borracho.

– ¿Entonces?

– Quizá nos convenga casarnos -dijo con una frialdad pasmosa.

Kasey lo miró y desvió rápidamente la mirada. Jordan suspiró.

– Llevo una vida muy atareada, mis negocios me mantienen muy ocupado, de modo que no tengo tiempo para conocer bien a las mujeres. Eso no les impide mostrar un entusiasmo casi rapaz -hizo una mueca desdeñosa-. Pero, no me engaño respecto a sus motivaciones. Mi principal atractivo es mi cuenta bancaria. Estar casado me libraría de mis asiduas «admiradoras».

Kasey se preguntó si realmente pensaría que el dinero era lo único que las mujeres buscaban en él. ¿Es que no se miraba al espejo?

– ¿Cómo sabes que yo no voy detrás de tu dinero?

Un asomo de sonrisa cruzó por el rostro de Jordan.

– La hija de Mike Beazleigh no iría detrás del dinero de nadie, estoy seguro.

– ¿Cómo sabes quién soy? ¿Te lo dije yo?

Jordan negó con la cabeza.

– Ya lo sabía. Te he visto en algún pase de modelos y en cierta ocasión nos presentaron.

Kasey se encogió de hombros.

– Bien, en cualquier caso no creo que sea necesario cumplir una promesa hecha al calor del alcohol.

– Como ya te he dicho, me convendría casarme ya -Jordan se removió en el borde de la cama y Kasey no pudo evitar fijarse en sus piernas-. Pero tú todavía no has contestado a mi pregunta. ¿Por qué necesitas casarte? Con tu belleza, estoy seguro de que bastaría con que expresaras tus deseos de casarte para tener un enjambre de aspirantes en tu mano.

– Ya te lo he dicho… estaba un poco borracha. No estoy acostumbrada a beber.

– Y deprimida. Melancolía etílica, le llaman -se burló él-. ¿Sueles hacer propuestas de matrimonio cada vez que bebes una copa?

– ¡Por supuesto que no! En realidad, rara vez bebo, no me gusta el alcohol. Lo que pasa es que… -intentó encontrar una explicación razonable. No iba a contarle la verdad a un desconocido.

– ¿Qué?

Kasey se encogió de hombros.

– ¡Oh, por el amor de Dios! Quizá tenía miedo de convertirme en una solterona o algo parecido. Tengo casi veintitrés años y todas mis amigas se han casado ya.

– Me parece muy difícil creer que una mujer como tú pueda quedarse soltera, a menos que así lo desee -dijo Jordan con una sonrisa irónica-. Incluso a pesar de tu fama de mujer de hielo -añadió y Kasey le miró desazonada-. En el poco tiempo que llevas trabajando como modelo has logrado cierta fama en nuestro círculo, ¿sabes?

– ¡Eso es ridículo! -replicó Kasey.

– ¿Sí?

– ¿De verdad me… llaman así? -le preguntó alzando la barbilla con orgullosa indignación.

– Yo pensaba que lo sabías, que adoptabas esa actitud a propósito.

– No, no adopto ninguna actitud -Kasey bullía de indignación; no se imaginaba que su desdicha se notara tanto-. Me parece que soy la última en enterarme, pero puedo adivinar quién me ha puesto ese apodo y por qué.

Jordan arqueó sus bien delineadas cejas.

– Es indudable que el perpetrador de tan elocuente descripción debe ser hombre -dijo la joven con desdén-. Parece que las modelos tenemos fama de ser las presas favoritas para los coleccionistas de aventuras fáciles -continuó-. Y he demostrado ser la excepción a la regla en varias ocasiones. Quizá haya herido más de un «ego» machista. Para algunos hombres, la decencia en la mujer sólo puede deberse a la frigidez.

– Entre los «egos» heridos está el mío -dijo Jordan con suavidad.

De repente, Kasey recordó una fiesta celebrada después de un desfile de modas cuando comenzaba a trabajar para la agencia de modelos. Jordan Caine estaba allí. Alguien los había presentado, él la había invitado a salir. En ese momento comprendió porqué esos ojos azules le habían parecido ligeramente conocidos. Él la había desnudado con la mirada y Kasey había rechazado la invitación con indiferencia glacial. Un asomo de rubor enrojeció sus mejillas.

– Es cierto -asintió la joven.

Una sonrisa inesperada iluminó el rostro de Jordan.

– Le diste a mi «ego» una buena lección.

La devastadora sonrisa del hombre provocó un extraño vuelco en el corazón de la joven; tuvo que desviar la mirada para no dejarse cegar por los encantos de Jordan.

– No me acuesto con cualquiera -dijo a la defensiva.

– Entonces me siento más que halagado de que hayas aceptado mi hospitalidad -dijo Jordan con una sonrisa burlona y la ira de Kasey se reavivó.

– Hablo en serio, Jordan. Supongo que te parecerá difícil creerlo, teniendo en cuenta el éxito que tienes con las mujeres. Supongo que en tu mundo son tan escasas las vírgenes, que no te darías cuenta si te acostaras con una.

– ¿Y tú eres, Katherine Beazleigh, uno de tan singulares especímenes?

Kasey se sonrojó.

– En ese caso, podrías ayudarme a salvar tan lamentable vacío en mi experiencia amorosa -dijo Jordan, intentando destaparla.

Kasey se aferró a la sábana con furia.

– No -farfulló-. No he querido decir… ¡no, por favor!

Jordan soltó la sábana, pero el alivio de Kasey fue breve, pues se inclinó hacia ella, haciéndola retroceder. Colocó una mano a cada lado de Kasey, y la recorrió lentamente con la mirada.

Kasey intentó taparse más, pero Jordan se apresuró a retener la sábana. Con deliberación, bajó la cabeza y rozó con los labios la piel femenina, regodeándose en la redondez del hombro y en la curva del cuello. Se detuvo allí y luego trazó el contorno de la barbilla con la lengua.

Kasey contuvo el aliento y el corazón se agitó en su pecho. Jordan la iba a besar en los labios. Debía detenerlo. No deseaba que la besara ningún hombre que no fuera Greg. Sin embargo, un extraño sentimiento se apoderó de ella… un incontenible deseo de sentir sobre sus labios los de aquel hombre. Bajó la mirada y su deseo venció la voluntad de resistencia.

El colchón crujió cuando él se apartó un poco. Kasey entreabrió los ojos. Jordan la estaba mirando. ¿Qué significaba aquella sonrisa burlona que curvaba aquellos labios que habían trazado fuego sobre la piel femenina?

– Ah, Katherine, deberías saber que no conviene lanzar semejante desafío a un hombre después de un sueño reparador -dijo con tono acariciante-. Si no tuviera escrúpulos, habrías perdido eso que consideras tan precioso -sus ojos brillaban con humor sarcástico.

– ¡Eres un…! -Kasey intentó soltar la mano, pero se dio cuenta de que con aquel movimiento se había caído la sábana, dejando al descubierto un pecho. Ruborizada, se volvió a tapar mientras Jordan reía entre dientes.

– ¿Para qué tanto pudor, preciosa? No olvides que anoche contemplé todo tu delicioso cuerpo y debes creerme, no hay razón alguna para ocultar semejante belleza. Incluso me gusta la peca que tienes por aquí.

Posó el dedo sobre la sábana, por debajo del pecho izquierdo de la joven.

– Está bien, es verdad que me has visto desnuda, pero nadie debe vanagloriarse de contemplar desnuda a una mujer cuando ella está inconsciente, ¿no te parece?

– Tienes toda la razón -admitió él-. Escucha, Katherine.

– Soy Kasey -lo interrumpió ella-. Sólo me llaman Katherine en el trabajo, de modo que deja de llamarme así.

– Está bien… Kasey -se echó un poco hacia atrás y la joven suspiró aliviada-. Quiero que hablemos en serio. Respecto a lo del matrimonio, me gusta la idea. Para serte franco, resolvería bastantes de mis problemas. Me gustaría que lo pensaras un poco.

Un torrente de pensamientos contradictorios inundó la mente de Kasey al conjurar la imagen de la pequeña iglesia del condado en el cual estaban la granja de su padre y Winterwood, la del padre de Paula Wherry. Se imaginó a Paula caminando por el pasillo de la iglesia cogida del brazo de Greg, y a sí misma al lado de Jordan Caine. Era una imagen tentadora.

– ¿Pero por qué yo? -se aferró a la sábana, luchando por no ceder con tanta facilidad.

– ¿Por qué no? Tienes los antecedentes que yo puedo desear en una esposa. Provienes de una familia aceptada socialmente y tu padre tiene el suficiente dinero para convencerme de que no eres una cazafortunas. Además, eres muy atractiva. Pero eso ya lo sabes.

Kasey miró fijamente y tuvo que admitir que él tampoco carecía de atractivo.

– ¿Qué dices? -la apremió.

– Quizás acepte -dijo ella, vacilante.

– El «quizá» no me basta -señaló Jordan con firmeza y le cogió una mano-. ¿Sí o no?

– Está bien. Sí -tenía la sensación de que aquello no podía estar ocurriendo en realidad.

– Bien. Entonces necesitamos un anillo. ¿Estás libre mañana?

– ¿Mañana? -Kasey se mordió el labio. Se sintió presionada-. Hay tiempo suficiente. No hace falta…

– Al contrario, querida. Cuando me dedico a algo no veo razón para demoras. Hemos decidido casarnos, así que… -frunció levemente el ceño y se pasó una mano por la barbilla-, ¿qué tal si celebramos la boda dentro de un mes? ¿El dieciséis? -la miró sin pestañear.


Capítulo 3

<p>Capítulo 3</p>

Por lo menos una vez al día, Kasey descolgaba el auricular para llamar a Jordan y cancelar su compromiso. ¿Cómo se había metido en semejante situación?, se preguntó por enésima vez. Pero aunque no hubiera ninguna explicación lógica, en menos de veinticuatro horas, se iba a convertir en la esposa de Jordan Caine.

Dio media vuelta en la cama de la suite que su padre había alquilado en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Quería llorar, pero desde que había terminado con Greg, había agotado todas sus lágrimas.

Había convertido su vida en un auténtico desastre; una vida que pocos meses antes le parecía perfecta. En menos de seis meses la había visto romperse en mil pedazos y concluir en aquella locura.

Quizá había tenido una infancia sobreprotegida. No podía recordar a su madre, que había muerto cuando ella era todavía un bebé, de manera que el mundo de Kasey había girado alrededor de su padre, de su hermano Peter, de Jessie el ama de llaves y, por supuesto, de Greg.

Había asistido a las mejores escuelas y colegios, por lo que se había relacionado con los hijos de las más respetables familias de Australia. Su educación podría considerarse exquisita, sin embargo, comenzaba a preguntarse si no habría sido todo una pérdida de tiempo. O quizá sufría alguna enfermedad que había detenido su desarrollo emocional desde los doce años de edad. Tenía la sensación de haber vivido con una venda en los ojos. O quizá sólo se había permitido ver lo que quería, omitiendo todo lo que fuera desagradable.

Su padre era un auténtico caballero; lo había comprendido sobre todo desde que había abandonado la granja y había conocido un poco de mundo. De hecho, su padre estaba tan lejos de los patrones que se consideraban normales que resultaba casi risible.

Los hombres. Sólo había habido uno para ella: Greg Parker. Un caballero andante que había llegado en su blanco corcel a Akoonah Downs y le había robado el corazón.

Intentó apartar de su mente a Greg. La víspera de su boda no era momento para pensar en él.

La invitación a su boda con Paula le había llegado una semana después de la inesperada visita de Greg. La boda se celebraría en la iglesia del pueblo más o menos un mes después de la boda de Kasey con Jordan.

Su boda con Jordan Caine. Jordan Caine, sin duda el sueño dorado de muchas mujeres. Alto, guapo y rico.

Al padre de Jordan, John Caine, le gustaba ser discreto como un hombre que se había forjado su propio destino. Había levantado Caine Electricals desde un pequeño negocio de reparación de electrodomésticos; había convertido una pequeña tienda en un negocio multimillonario.

Jordan y su hermano David, cuatro años mayor que él, habían nacido con la proverbial cuchara de plata en la boca. Habían estudiado en los mejores colegios de Australia y se habían codeado con las familias más respetables.

A Jordan siempre le habían interesado los ordenadores, y al cumplir veinticinco años, había tomado posesión de la herencia que le habían legado sus abuelos maternos y con la bendición paterna se había adentrado en el mundo de la informática por su cuenta. Con gran éxito, por cierto.

Y diez años después, había decidido casarse con Kasey Beazleigh, cuando hubiera podido escoger entre muchas jóvenes de la más alta sociedad. Y a Kasey todo el mundo la envidiaba…

El dolor le contrajo las entrañas, un dolor más intenso que el que le había causado el rechazo de Greg. No tenía nada que ver con el orgullo, sino que era más bien una profunda desilusión, o al menos eso se decía a sí misma.

En las agitadas, casi irreales semanas posteriores a su compromiso, había llegado a apreciar a Jordan, por su apostura y su inteligente sentido del humor. Y lo admiraba. Pero también había descubierto su faceta egoísta.

Kasey suspiró. Cómo deseaba no haber asistido a la celebración del aniversario número cuarenta del matrimonio de los padres de Jordan una semanas antes. Aquella noche había cambiado todo. Si no hubiera sido así, incluso habría esperado con ilusión su boda y todo lo que ella significaba.

¡Pero no! Todavía amaba a Greg. Nada podía cambiar sus sentimientos.

Sin embargo, los acontecimientos de la fatídica velada que había pasado con la familia de Jordan habían demostrado que no se podía confiar en los hombres. Todavía la perseguían los descubrimientos de aquella noche…


El hogar de la familia Caine, situado en un elegante barrio de la ciudad, estaba lleno de amigos y familiares reunidos para la ocasión. Luces de colores iluminaban los jardines bellamente cuidados.

El tiempo era ideal. Se había levantado una fresca brisa después de un día húmedo y caluroso. Los jóvenes chapoteaban en una piscina, mientras la gente madura charlaba y reía. Había algunos hombres reunidos en la barra y una música suave alegraba el ambiente.

La madre de Jordan era una mujer que se parecía mucho a su hijo y que no aparentaba en absoluto los sesenta años que tenía. Era una mujer muy elegante. Nada más conocerla, Kasey se sintió un poco amedrentada ante su poderosa personalidad, pero se tranquilizó en cuanto le dijo que no podía estar más satisfecha con la elección de esposa hecha por su hijo.

Dos semanas después, acostada en su cama, Kasey casi podía oler los embriagadores perfumes de las flores del jardín de los Caine, oír las risas, los chapoteos de la piscina, el murmullo de voces. Fragmentos de conversación volvían a resonar en su mente…

– Vaya, conque ésta es la joven que va a casarse con mi sobrino -dijo una mujer de baja estatura que caminaba apoyada en un bastón. La señora invitó a Kasey a sentarse a su lado-. Ven aquí, querida, quiero que hablemos -Kasey se sentó a su lado-. Soy la hermana del padre de Jordan, me llamo Grace -sonrió la mujer.

Kasey se tranquilizó, inmediatamente simpatizó con aquella mujer franca y lúcida.

– ¿De modo que vas a cargar con mi sobrino? -le preguntó la mujer con un brillo travieso en los ojos.

– Sí, supongo que así es. O, más bien, él va a cargar conmigo.

– Pues me alegro de que haya escogido a alguien con un poco de fuego. Algunas de las papanatas con las que ha salido lo habrían matado de aburrimiento en poco tiempo… y así se lo he dicho -agitó su bastón para dar más énfasis a sus palabras-. ¡Ese muchacho a veces me exaspera!

Kasey miró el perfil de Jordan, que estaba charlando con un grupo de invitados.

– Estoy segura de que Jordan sabe cuidarse solo -dijo Kasey, encontrando bastante irritante la idea de que Jordan hubiera estado con otras mujeres.

– No te preocupes por las mujeres que ha habido en su pasado, querida -le aconsejó Grace-. Jordan está encandilado contigo, de eso no cabe duda. Y será un magnífico marido -desvió la mirada hacia su sobrino-. Siempre he querido mucho a Jordan. Todo el mundo lo consideraba temerario cuando era más joven, pero sólo era un chico inquieto y lleno de energía. El problema es que no se parece a su hermano. David es serio, reposado, lo cual es admirable, sin duda, pero contrastaba demasiado con el espíritu aventurero de Jordan. ¡Y deberías saber que ese espíritu aventurero le ha metido en más de un lío! -rió divertida-. Pero me alegro de que haya escogido bien a su pareja. Me preocupaba que cometiera otro error… -Grace pareció darse cuenta de que estaba hablando demasiado y se contuvo-. Pero ya he hablado demasiado. Ahora háblame de ti.

¿Qué error?, se preguntó Kasey. Las palabras de Grace indicaban que aquel no era su primer compromiso. ¿Habría estado casado? No, si lo hubiera estado se lo habría dicho… ¿o no?

Kasey intentó seguir con atención la conversación de la tía de Jordan, pero casi sintió alivio cuando apareció Margaret Caine y se llevó a su cuñada para que la ayudara con los preparativos de la cena.

Un momento después, Jordan se acercó a Kasey y la joven le preguntó impulsivamente:

– ¿Has estado casado?

Jordan la miró extrañado. Al ver a Kasey tan serio, sonrió.

– No. Esta será la primera vez. ¿Y tú?

– ¡Por supuesto que no!

– Ah, lo olvidaba. Eres mi novia virginal -le susurró al oído mientras la conducía adentro para cenar.

– ¡Aquí están David y Desiree! -exclamó alguien.

En ese momento, Kasey no se imaginó siquiera lo que la esperaba. Todavía no conocía a David Caine y a su esposa, ya que habían pasado varias semanas en el extranjero.

La madre de Jordan abrazó a su hijo mayor y le dio un beso en la mejilla a su nuera.

David no podía haber sido menos parecido a su hermano. Era algunos centímetros más bajo de estatura y mucho menos corpulento.

Kasey desvió la mirada hacia Desiree, la esposa de David. Era una mujer rubia, de belleza etérea. Mientras la observaba, Kasey advirtió un sutil cambio en la actitud de Jordan. De manera casi imperceptible, se había puesto tenso. Si no hubieran estado cogidos del brazo, no se hubiera dado cuenta. La joven lo miró de soslayo.

La expresión de Jordan era estudiadamente impasible, pero su mandíbula estaba tensa y tenía los ojos entrecerrados. Condujo a Kasey adelante, para encontrarse con su hermano.

Al estar más cerca de David, Kasey pudo observar que parecía cansado y aparentaba más años de los treinta y nueve que tenía.

– Kasey, te presento a mi hermano David y su esposa, Desiree. Y esta es Kasey Beazleigh… -hizo una pausa y la cogió por la cintura con actitud posesiva-… mi futura esposa.

David se acercó para besarla en la mejilla y darle la bienvenida a la familia.

Por encima del hombro de David, Kasey se encontró con unos ojos violeta, helados, casi hostiles. Y advirtió las arrugas de aburrimiento e insatisfacción bajo el maquillaje aplicado con esmero de su cuñada.

– ¿No es magnífico? -dijo David a su esposa-. ¡Y nosotros que creíamos que Jordan iba a ser un solterón!

Desiree se irguió irritada cuando David la abrazó y miró fijamente a su cuñado.

– Me sorprende saber que por fin te has dejado atrapar -dijo; su voz aterciopelada y sensual hacía un extraño contraste con su frágil aspecto.

Jordan arqueó una ceja y la miró con expresión casi desdeñosa.

– Te equivocas, Desiree. Soy yo el que ha atrapado a Kasey. ¿No es cierto, cariño?

Miró con ternura a su prometida y por un instante, Kasey se convenció de que de verdad estaba enamorado de ella. Un leve rubor cubrió sus mejillas.

– Has hecho sonrojar a la chica, Jordan -comentó Desiree con irónico retintín.

Kasey recobró el aplomo, sintiendo una inmediata antipatía por la cuñada de su prometido.

– De ninguna manera, Desiree. En realidad, no sé quién ha atrapado a quién; sólo puedo decir que estoy encantada de que Jordan haya aceptado mi proposición de matrimonio.

Hubo un momento de silencio y luego todos se echaron a reír; bromearon con Jordan y le pidieron que confirmara las palabras de la joven.

Jordan le dio un beso en la mejilla haciéndola estremecerse.

– ¿Mentiría Kasey sobre algo tan serio? -preguntó con una sonrisa enigmática-. Incluso se puso de rodillas y me ofreció un ramo de violetas.

Kasey iba a replicar algo ingenioso, pero antes de que pudiera hacerlo, Jordan le dio un beso en la boca.

– Bien, exagero -dijo, mirándola fijamente a los ojos-. El ramo no era de violetas, sino de rosas.

Hubo más risas y comentarios jocosos, y luego Margaret Caine se acercó para pedirles que se sentaran a cenar.

Durante el transcurso de la cena, Kasey pudo darse cuenta de que a pesar de los intentos de los Caine por incluir a Desiree en el círculo familiar, ella se mantenía aparte, adoptando un aire de aburrimiento.

Kasey recordó otra de las escenas de aquella noche fatídica. David Caine observaba con recelo a su esposa mientras ella lanzaba constantes pullas a su cuñado. Y aunque, aparentemente, Jordan soportaba con prudente tolerancia el humor sarcástico de Desiree, Kasey advirtió la ira interior que lo mantenía en tensión.

Pero Kasey todavía no podía comprender la razón de la misma. Aquella revelación llegó más tarde, aquella misma noche.

Algunos invitados ya se habían ido y Kasey comenzaba a estar un poco cansada; no le resultaba fácil entablar conversación con extraños y salió a los enormes jardines de la mansión.

Se dirigió a la zona de la piscina y, con un suspiro, se sentó en el cemento, todavía caliente por el sol. A la sombra de un árbol frondoso, su vestido negro la volvía prácticamente invisible. La luz de un encendedor llamó su atención. Una alta figura aspiró el humo de un cigarrillo recién encendido y Kasey reconoció inmediatamente a Jordan. Estaba apoyado contra el tronco de una palmera.

Con una sonrisa, Kasey se levantó y atravesó el patio de baldosas y descendió por los escalones que llevaban al camino principal del jardín. Un leve temblor de deseo la hizo estremecerse y aceleró el paso.

– ¿Qué haces aquí? -la voz de Jordan rompió el silencio de la noche.

Kasey se detuvo en seco, con el corazón constreñido de temor. Por un breve segundo pensó que aquella áspera pregunta iba dirigida a ella, hasta que de pronto comprendió que era imposible que Jordan la hubiera visto a través del matorral que los separaba.

– Buscándote, querido.

Kasey contuvo el aliento al oír la voz grave, aterciopelada y sensual de Desiree. Jordan masculló una imprecación.

– ¡Vaya lenguaje, Jordan! Yo también podría preguntarte qué haces aquí solo, ¿no?

Kasey se quedó inmóvil, sabiendo que debía acercarse a ellos… o escapar de allí.

– Estaba disfrutando de la soledad -replicó Jordan-. Y me gustaría seguirla disfrutando.

– ¡No te pongas así, querido! -dijo Desiree con un puchero-. No he hablado contigo en toda la noche.

– He estado atendiendo a los invitados. Deberes de anfitrión -replicó Jordan con evidente sarcasmo.

– Muy admirable de tu parte. Tenías que ser un Caine para saber comportarte en sociedad.

– Se te nota el complejo, Desiree.

– Eres un canalla, Jordan Caine.

– Quizá. Pero será mejor que vuelvas adentro antes de que alguien advierta tu ausencia.

– Antes de que se den cuenta de que no estamos ninguno de los dos, ¿verdad?

– Está bien. Antes de que se den cuenta de la ausencia de ambos.

Desiree emitió una risa ronca y sensual, que dejó helada a Kasey. No era posible que Jordan y Desiree…

– Te veo muy bien -el tono de Desiree era seductor hasta la exageración.

– Gracias. Nunca me he sentido mejor. Ahora…

– ¡Oh, Jordan, no riñamos! Hace meses que no nos vemos.

– ¡Desiree!

– Tu padre está adentro elogiando otra vez la expansión de Computadoras Caine -Desiree pareció cambiar de táctica-. Pero tú siempre has sabido que tu negocio iba a ser un éxito, ¿no?

Jordan guardó silencio y Kasey intentó volver sobre sus pasos, pero algo la retuvo donde estaba.

– ¿Alguna vez piensas en nosotros, Jordan? ¿En lo que podía haber sido nuestra vida? -la voz suave, insinuante de Desiree fue como un dardo que se clavó en el corazón de Kasey.

– Sería una pérdida de tiempo, ¿no te parece?

– Pienso mucho en ti, Jordan. En nosotros.

– ¡Ya basta, Desiree! Este no es el momento ni el lugar para una conversación como esta.

– ¿Dónde y cuándo, entonces? -susurró la mujer-. ¡Oh, Jordan, no sabes cuánto te he echado de menos estos años! No sabes cuántas veces he cogido el teléfono con la intención de llamarte. Necesito que me abraces, me hacen falta tus caricias.

– Por todos los santos, Desiree -repuso Jordan, exasperado-. ¿Estás loca?

– Sólo por ti, Jordan, por favor, bésame.

– Desiree, sabes que no puedo hacerlo.

– ¿Por qué no?

– ¿No tienes escrúpulos? ¡Eres la mujer de mi hermano!

– David no me hace ningún caso -su voz sonaba como si estuviera al borde de las lágrimas-. Sólo le intereso como ama de casa y madre.

– Entonces piensa en tus hijas, Desiree.

– Pero no estoy hecha para la maternidad. Claro, quiero a Shelley y a Lisa, son unas niñas encantadoras; pero ya te lo dije antes de que saliéramos de viaje, estoy harta de todo.

– No es problema mío, Desiree -Jordan suspiró-. Y como también te dije antes de que te fueras, no me interesa ser la diversión de un ama de casa aburrida.

– No puedes estar hablando en serio, Jordan. Podríamos ser discretos; nadie se enteraría. Oh, querido, nunca he dejado de amarte.

Jordan volvió a maldecir.

– ¿No se te olvida nada, Desiree? Dentro de dos semanas me caso.

Desiree se echó a reír.

– Ah, claro. Con la Doncella de Hielo.

Kasey oyó el suspiro de resignación de Jordan.

– ¿Te he sorprendido? ¿No me crees capaz de hacer algunas pesquisas? Además, el dinero abre las puertas incluso de una pobretona como yo -Desiree volvió a reír-. No ha sido difícil. Todo el mundo habla sobre la pareja de la temporada… sobre la unión de la fortuna Caine con la fortuna Beazleigh.

– El dinero no tiene nada que ver con esto.

– Eso dices. Pero me ha decepcionado tu elección, Jordan. Ah, sí, es atractiva, pero es tan alta… Si unes eso a su imagen de frigidez, será como acostarte con una…

– ¡Ya basta, Desiree! -replicó él-. Voy a casarme con ella.

– ¿Por qué, Jordan? ¿Por qué vas a casarte con ella? Apenas la conoces.

– A lo mejor ha sido amor a primera vista.

Jordan hirió a Kasey en lo más vivo.

– Hubo una época en que decías lo mismo de mí.

– Eso fue hace mucho tiempo, antes de que descubriera la clase de hipócrita mercenaria que eras.

– Para ti es fácil juzgarme, ¿verdad? Nunca me has entendido, Jordan. Yo necesitaba seguridad financiera. A ti nunca te ha faltado nada, no has conocido la miseria, si no, me comprenderías. El futuro de David estaba ya definido y tú estabas empezando a meterte en el mundo de los negocios. No podía arriesgarme. Pero te sigo amando; siempre te amaré.

– ¿Amarme? -preguntó Jordan, burlón-. No sabes lo que significa esa palabra. Me repugnas, Desiree. ¡Apártate de mi vista! Vuelve con tu marido, que es donde tienes que estar.

– Bien, puedo esperar.

– Pues espera sentada.

– Durante el tiempo que sea necesario -afirmó la mujer-. Porque sé que todavía me amas.

– No te amo -declaró Jordan y Desiree emitió un bufido desdeñoso.

– Nos pertenecemos… siempre ha sido así. Y hablando de amor, querido, esa chica te ama tan poco como tú a ella.

– No me interesa tu opinión, así que déjame en paz.

– Oh, no digo que no la atraigas sexualmente. Es indudable que desea tu cuerpo -Desiree lanzó una risa gutural-. No la culpo. ¿No somos muchas las que te deseamos? Siempre has sido el mejor en la cama…

– Desiree, nunca he pegado a una mujer, pero para todo hay una primera vez -gruñó Jordan.

– No me importa, tigre. Pégame si quieres.

El silencio de Jordan fue más doloroso que una bofetada.

– Este matrimonio es pura apariencia, ¿verdad? -continuó Desiree-. Te casas con ella para tender una cortina de humo por si alguien se da cuenta de que sigues loco por mí, la esposa de tu propio hermano.

– Desiree…

– Eso es, ¿verdad? Lo detecto en tu voz y lo veo en tus ojos. Todavía me deseas, querido. Tu cuerpo te delata -volvió a reír con su risa profunda, sensual-. Bien, tengo paciencia y siempre consigo lo que quiero. Cuando te canses de intentar derretir a la Doncella de Hielo, ya sabes en dónde me puedes encontrar. Te estaré esperando.

Cuando Jordan se movió, Kasey retrocedió con presteza. Luego la asaltó una oleada de náuseas. El aroma del perfume de Desiree asaltó su olfato cuando la mujer pasó majestuosamente cerca de donde estaba ella.

Y en cuestión de horas, Kasey se iba a casar con Jordan. Un hombre que había amado y seguía amando a la esposa de su hermano.


Capítulo 4

<p>Capítulo 4</p>

La mañana del día de la boda, Kasey tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para levantarse de la cama y desayunar.

Después del desayuno, la mañana pareció acelerarse. Kasey fue a la peluquería, recogió los ramos de flores y realizó la infinidad de tareas que podría haber delegado a otra persona, pero que había decidido hacer ella misma para conservar la cordura. Se habría desmoronado si hubiera tenido que quedarse en su apartamento esperando que llegara la hora de la boda.

A su debido tiempo comenzó a vestirse. Kasey había elegido un vestido elegante y sencillo que se ajustaba a su estrecha cintura, y caía en cascada sobre las caderas.

Para su propio asombro, una vez que estuvo vestida, se tranquilizó. Era como si estuviera a punto de salir a la pasarela para hacer una exhibición de modas. Le costaba asimilar la trascendencia de lo que estaba a punto de hacer.

Dentro del coche nupcial, se sentó con porte sosegado, sin creer en realidad que estaba tan cerca la hora de la verdad.

Su padre estaba a su lado, removiéndose en el asiento, incómodo con el traje de etiqueta y nervioso por la boda de su hija.

Luego aguardaron en el umbral de la iglesia; los asistentes esperaban con expectación que empezara la ceremonia.

Había dos hombres al final del pasillo alfombrado, ambos vestidos con inmaculados trajes grises. La joven miró al prematuramente envejecido David Caine y después se fijó en el hombre más alto.

Jordan se volvió ligeramente cuando el organista comenzó a tocar las primeras notas de la marcha nupcial. Posó la mirada en la novia y un repentino vértigo azotó a Kasey al darse cuenta por vez primera de la enormidad de lo que estaba a punto de hacer. Se estremeció y su padre al darse cuenta, le acarició la mano para darle ánimo.

– Todo saldrá bien, mi nena. Jordan es un buen hombre -dijo con suavidad.

El pasillo le pareció infinito mientras avanzaba. Cuando llegaron por fin al altar, Jordan se puso al lado de la novia y ella lo miró con los ojos abiertos de par en par.

Jordan estaba más atractivo que nunca con su elegante traje gris claro. En el ojal de la chaqueta llevaba una rosa roja.

La ceremonia, según comentó todo el mundo después, fue sencilla pero hermosa; sin embargo, Kasey apenas se dio cuenta. Sin duda debía haber dado las respuestas adecuadas, pero se sentía envuelta en una especie de somnolencia que le impedía ser consciente de lo que hacía.

Cuando el oficiante pronunció las palabras rituales: «os declaro marido y mujer…», Jordan alzó el velo de la joven y la besó. El beso fue bien, pero el efecto la hizo temblar de tal manera que le costó firmar su nombre en el registro. David, el padrino de Jordan, se inclinó para palmearle el brazo y decirle que no se pusiera nerviosa, que no era el fin del mundo.

¡Cómo hubiera deseado que sí lo fuera!

Kasey permaneció tensa y temblorosa durante la interminable sesión de fotografía de los periodistas. Jordan había conseguido que aparecieran sólo después de la ceremonia.

Sin embargo, Kasey recobró en la recepción parte de su estoica serenidad. Quizá la bebida que Jordan le puso en las manos tuviera algo que ver con ello.

Hasta que no llegaron a la recepción, Kasey no pensó en Greg Parker. Con azoro se dio cuenta de que no lo había visto en la iglesia. Sin embargo, debía haber estado allí. Por lo menos, él y Paula estaban sentados a la mesa al lado de Peter, el hermano de Kasey.

Greg estaba pálido y parecía cansado; Paula le dirigía constantes miradas de adoración. En cierto momento, los ojos de Greg se encontraron con los de Kasey y la joven advirtió el dolor que se reflejaba en ellos y se asombró al darse cuenta de que el único sentimiento que nacía en ella era remordimiento.

Dirigió una mirada de soslayo a su marido, que la estaba mirando con los ojos entrecerrados. ¿La habría visto mirando a Greg? ¿Y tendría alguna importancia que la hubiera visto? Jordan no tenía idea de cuáles eran los sentimientos que ella abrigaba por Greg, de modo que no podía sospechar… Kasey se irguió de repente con orgullo. Jordan era la última persona que podía acusarle de nada. Él tenía sus propias razones para estar allí, para haberse casado con una mujer a la que apenas conocía, y no eran mejores que las suyas.

Los discursos fueron breves y la comida exquisita, según comentaron después los invitados. Pero Kasey no recordó haber saboreado ni un bocado.

Después llegó el vals nupcial. El pánico volvió a apoderarse de ella mientras giraba en brazos de su esposo. No se atrevía a mirarlo. ¿Advertiría él su nerviosismo? Por supuesto, Jordan era un hombre de mundo y debía darse perfecta cuenta de todo.

Sin poderse contener, alzó la mirada hacia él y Jordan esbozó una sonrisa, provocando en ella un escalofrío que la sacudió por entero.

– Ah, por fin te acuerdas de que estoy aquí -Jordan posó la mejilla en la de ella y le susurró aquellas palabras al oído. Kasey se apartó de él.

– No entiendo a qué te refieres.

– ¿No? Es la tercera vez que me miras.

– Eso es ridículo.

– ¿De verdad, Kasey? -Jordan soltó una carcajada amarga-. Debo agradecer que al menos hayas comprobado que era yo el que esperaba ante el altar antes de avanzar por el pasillo. Habría sido terrible que te estuviera esperando el hombre equivocado, ¿no?

Kasey lo miró fijamente. ¿Qué había querido decir? ¿Acaso…? No, no podía saberlo. Intentó recobrar el aplomo.

– ¿Crees que estaba esperando encontrarme con Tom Selleck? -preguntó con humor. Sólo un leve temblor en la voz delató la tensión que la embargaba. Jordan hizo una mueca.

– ¿Ese niño bonito? ¡Kasey, no puedes hablar en serio!

¿Niño bonito? Quizá. Pero nadie podría considerar a Jordan Caine de esa manera. Sus rasgos eran demasiado masculinos y vigorosos. Jordan era más atractivo que cualquier estrella de cine.

Reprimió el impulso de buscar a Greg con la mirada. La volvió a embargar el remordimiento. ¿Cómo podía haber olvidado a Greg tan pronto? Lo había amado; todavía lo amaba… ¿o no? Volvió a mirar a Jordan.

– Pareces una princesa esperando que me convierta en sapo -dijo él y Kasey perdió el paso-. Pero en realidad nunca seré un sapo -continuó Jordan-. De hecho, soy un valiente príncipe que viene a llevarte a su reino.

– Estoy segura de que eres el sapo del estanque de lirios -comentó ella con ironía y fue recompensada por una sincera carcajada de su marido.

– Lo tomaré como un elogio, bella princesa.

Una leve sonrisa curvó los labios de Kasey y Jordan clavó la mirada en aquella boca carnosa y sensual durante lo que le pareció a la joven una eternidad.

– Y hablando de elogios -continuó Jordan-, está usted divina, señora Caine. Ese vestido es exquisito.

Un brillo sensual iluminó la mirada de Jordan y un leve rubor tiñó las mejillas de Kasey. Sintió frío y calor al mismo tiempo y una total confusión.

– Gracias -replicó, turbada.

– De cualquier manera, estoy deseando verte sin él -susurró Jordan y Kasey se sonrojó todavía más-. Guardo un recuerdo de ti que me está volviendo loco desde hace varias semanas. Me persigue día y noche… especialmente de noche. Veo una extensión de suave piel cremosa, piernas bien formadas, caderas redondas…

– ¡Jordan! -trató de interrumpirlo Kasey.

– Cada hermoso centímetro de tu cuerpo… -continuó él-. Y tu pelo, como una cascada de fuego sobre las sábanas.

Algo parecido al fuego comenzó a arder en su interior, y se extendió por todo el cuerpo de la joven. Todo aquello era ridículo, se regañó; la ceremonia, la recepción, el vals… Intentó restarle importancia a la situación.

– ¿Cascadas de fuego? Qué poético, Jordan -arqueó irónicamente las cejas-. Tengo que reconocer que eres todo un caballero.

– No sabes cuántas veces he maldecido mi caballerosidad -prosiguió Jordan en el mismo tono-, por no haberme aprovechado de ti cuando tuve la oportunidad.

– Si yo hubiera estado dispuesta, querrás decir -se apresuró a replicar Kasey y su esposa rió con suavidad contra su mejilla.

– Habrías estado dispuesta -dijo él.

– No estés tan seguro -murmuró.

Sus ojos se encontraron y una leve sonrisa se dibujó en los labios de Jordan.

– Eso nunca lo sabremos, ¿verdad? -la miró sin pestañear-. Pero esta noche sí -añadió con toda intención.

¡Aquella noche! ¿Qué haría cuando estuvieran solos?, se preguntó Kasey. No podía imaginarse compartiendo la intimidad de la habitación nupcial con un hombre al que no amaba. ¿Cómo iba a permitir que aquel hombre…? Todas sus fantasías de adolescente habían estado centradas en un amor romántico y cuando pensaba en el amor físico, siempre lo relacionaba con Greg.

Sin embargo, Jordan Caine, aquel perfecto desconocido, tenía derecho a besarla, tocarla y conocer cada fragmento de su cuerpo como ningún otro hombre lo había hecho. Ni siquiera Greg.

Greg debía ser el hombre con el que hiciera el amor aquella noche, susurró una vocecilla interior. Pero él nunca sería de ella.

Y era evidente que Jordan esperaría una esposa complaciente en su noche de bodas.

¡No, no podría! Debía terminar de alguna forma con aquella absurda farsa. Si Jordan y ella hacían el amor aquella noche, los dos se estarían usando como sustituto de otra persona. Kasey no podía aceptar de ninguna manera una relación bajo tales condiciones.

Abrió la boca para decirle lo que pensaba, pero antes de que hubiera dicho nada, su padre se acercó para bailar con ella y Jordan se retiró. Pero antes de alejarse de ella, le miró con expresión burlona advirtiéndole que estaba cercano el momento de la verdad. Kasey se estremeció y su padre la miró con extrañeza.

– ¿Qué te pasa, cariño? No tendrás frío, ¿verdad?

– No. Lo que pasa es que… estoy un poco cansada, supongo. Ha sido un día muy largo.

Y se extendía ante ella una noche todavía más larga. Una noche aterradora y, sin embargo, extrañamente tentadora.

Las horas se le pasaron volando mientras bailaba con todos los invitados, tanto los de ella como los de Jordan. En la atestada pista casi no vio a Jordan mientras él bailaba con las invitadas. Sin embargo, el remolino de gente pareció abrirse cuando Jordan empezó a bailar con su cuñada. O al menos así le pareció a Kasey.

Observándolos bailar, Kasey tuvo que admitir que hacían una hermosa pareja. Jordan, alto y moreno, y Desiree, rubia y con un encantador aspecto de fragilidad.

Y sólo parecían tener ojos el uno para el otro. Jordan apenas movía los labios mientras hablaba con su pareja. Desiree le rodeaba el cuello con los brazos.

Luego la pareja de Kasey dio un giro, de modo que ella ya no pudo seguir mirando a Desiree y a Jordan. Se dio cuenta de que sólo los había visto durante algunos segundos y, sin embargo, el tiempo parecía haberse detenido, permitiendo que la imagen de la pareja quedara marcada de forma indeleble en su memoria.

– Kasey… ¿Kasey? -Greg tuvo que repetir su nombre para que se diera cuenta de que estaba a su lado.

– Oh, Greg… lo siento, no sé en qué estaba pensando -pero una vocecilla interior se burló de ella; sabía muy bien en qué estaba pensando.

– ¿Me concede este baile? -pidió Greg con voz grave y al verlo tan tenso y demacrado, ella se ablandó y aceptó.

Greg bailaba con menos gracia que Jordan, y Kasey tuvo que concentrarse en los pasos para dejar de hacer comparaciones.

– Ha sido una bonita ceremonia -comentó Greg con voz dura.

– Sí -Kasey sufrió otro acceso de remordimiento. Pero, ¿por qué tenía que sentirse culpable?-. ¿Cómo van tus planes de matrimonio?

– Bien. No será tan impresionante como esta boda, claro. El padre de Paula no está bien de salud, de modo que ella ha pensado que una fiesta por todo lo alto sería demasiado para él -dirigió su melancólica mirada a Kasey-. ¿Vendrás? -la miró fijamente y se detuvo, como si hubiera olvidado que estaban bailando.

– Sí -respondió ella, vacilante.

La boda de Greg. ¿No era ésa la única razón de aquella farsa? Por supuesto. Sólo por eso se había casado con Jordan.

– Iremos Jordan y yo -añadió con firmeza y Greg se sobresaltó.

– Kasey, esta boda debería haber sido la nuestra.

– ¡Greg, por favor!

– Pues sí, debería haber sido… Debería haber hecho el amor contigo la otra noche en tu apartamento -se detuvo y apretó los labios con rabia-. ¡Dios mío! Sólo de pensar que te va a poner las manos encima me entran ganas de pegarle.

Kasey lo miró sorprendida ante la vehemencia de su tono. Sacudió la cabeza.

– No te entiendo, Greg, de verdad no te entiendo. Pensaba que te conocía, pero no es así. ¿Cómo puedes…? -sacudió la cabeza-. Esta situación es obra tuya -concluyó con serena amargura.

Greg volvió a apretar los labios y masculló algo ininteligible.

– No puedo soportar esta situación, eso es todo. No me gusta verte con ese vestido y casada con ese pedante.

– Ya es suficiente, Greg.

– ¿Por qué te has casado con un hombre así?

Kasey endureció su corazón herido.

– Porque me he enamorado de él.

Greg entrecerró los ojos y negó con la cabeza.

– No. No, Kasey, no te creo. Lo has hecho por despecho, ¿verdad? Para hacerme sufrir. Para presentarlo ante mí como lo que yo nunca he podido ser…

– Greg…

– Dinero… ésa es la verdadera razón, ¿verdad? Y posición. Pues bien, no creo que tu matrimonio dure. No puedes ser feliz con un matrimonio de este tipo.

– ¿Y qué tipo de matrimonio es? -preguntó Kasey en tono glacial.

Greg sonrió con cinismo.

– Un matrimonio de alta sociedad. Nunca te será fiel, Kasey. ¿Crees que va a renunciar al tipo de vida que ha llevado hasta ahora? Dentro de unos cuatro meses, te preguntarás por qué llega siempre tan tarde del trabajo. Estoy seguro de que las mujeres le acosan día y noche.

Kasey sintió que le flaqueaban las piernas. Pero en algo se equivocaba Greg, no se trataba de «mujeres» en plural, sino sólo de una.

– No eres su tipo -continuó Greg-. Tú buscas algo para toda la vida. Y te has entregado a un playboy.

– ¿No presupones demasiado? -le preguntó con frialdad y se separó de él-. Creo que ya es hora de que me vaya. Por allí veo a Paula deseando bailar contigo. Adiós, Greg -se apartó de él, con el corazón contrito, sabiendo que en ese momento soltaba amarras a todo un pasado, a sus sueños de infancia y adolescencia.


– Pareces una princesa de cuento, mi amor -suspiró Jessie, enjugándose una lágrima.

Kasey se miró al espejo mientras se quitaba el vestido de novia. Pero la imagen que le devolvió el espejo podía haber sido la de una extraña. No podía ser ella misma.

Y no lo era. Ya no existía Katherine Claire Beazleigh. Aquel día se había casado con Jordan Forsythe Caine, para bien o para mal. Se estremeció. Desde aquel día, sería Katherine Claire Caine. Reprimió una risa histérica. Su día de bodas todavía no había terminado. Tenía que seguir representando el papel de la novia feliz y radiante.

– Oh, mi niña -Jessie abrazó a la joven-. ¡Si tu madre pudiera verte ahora, estaría tan orgullosa!

Kasey devolvió con ternura el abrazo de la buena mujer. Intentó contener las lágrimas que acudían a sus ojos.

– Es un hombre muy guapo, mi niña -los ojos de Jessie también tenían un brillo sospechoso-. Tienes mucha suerte.

– ¿Tú crees? -preguntó Kasey-. Supongo que sí.

– Muchas mujeres te envidiarán por haberte casado con él -la anciana le palmeó el brazo.

– Lo sé -asintió Kasey con voz inexpresiva.

Jessie continuó:

– Cuando nos llamaste para decirnos que te casabas, temí que hubieras tomado una decisión apresurada, por despecho.

– Jessie, eso es una…

– Lo sé, mi niña, lo sé -Jessie levantó la mano-. Era una idea ridícula. Greg sólo fue parte de una fantasía infantil. Cuando abriste las alas y te encontraste con Jordan, te diste cuenta de que el verdadero amor es muy diferente de un capricho de adolescente. Y ahora que he conocido a tu marido… comprendo que es la pareja perfecta para ti.

Kasey miró a Jessie sin saber qué decir.

– No hay comparación posible, ¿verdad? Jordan es todo lo que Greg nunca habría podido ser.

– Pues, yo… Jordan… -Kasey sintió otra punzada de remordimiento cuando Jessie repitió casi literalmente las palabras que antes le había dicho Greg.

– Jordan parece tan dueño de sí mismo, tan viril, tan… ¡tan sensual! -Jessie rió de buena gana ante el estupor de Kasey-. No hay por qué avergonzarse de la verdad, Kasey. Pero no se trata sólo de su aspecto físico. A Greg le hace falta madurar, mientras que Jordan… ¿Qué puedo decir? Tú lo sabes mejor que yo: es todo un hombre.

Kasey tuvo que reconocer que Jessie no se equivocaba. Jordan era todo un hombre. Se estremeció y se obligó a pensar en Greg, pero por alguna razón no pudo conjurar su imagen, pues otra más poderosa ocupaba su lugar: la de Jordan.

– Jordan te cuidará.

Antes de que Kasey pudiera contestar, llamaron a la puerta y un instante después, Desiree Caine entró con desparpajo en el cuarto.

– ¿Ya te has cambiado? -preguntó la recién llegada, mirando a Kasey de pies a cabeza.

Jessie gruñó, dejando muy claro que la cuñada de Jordan no le caía bien.

– Será mejor que te vayas -dijo a Kasey-. Jordan te estará esperando.

– Todavía no ha terminado de cambiarse -repuso Desiree-. He mandado a las niñas afuera con David, y Jordan me ha pedido que viniera a ver cómo le iban las cosas a la desposada.

– Ya estoy casi lista -contestó Kasey, nerviosa.

– Puede usted seguir con sus cosas, Jessie -dijo Desiree agitando una delicada mano ante el ama de llaves-. Yo ayudaré a Kasey a terminar de cambiarse.

Hubo una silenciosa batalla de voluntades por un momento antes de que Jessie se dirigiera con desgana hacia la puerta, no sin dirigirle antes a Kasey una mirada muy elocuente.

Cuando Jessie cerró la puerta después de salir, Desiree se volvió y se apoyó contra ella:

– De modo que todo ha salido bien, ¿no? -comentó-. No hay nada como un sólido apoyo financiero, ¿verdad?

– Tengo el magnífico apoyo financiero de mi padre, aparte de una carrera muy lucrativa -declaró Kasey con calma.

– A muchos nos ha extrañado una boda tan inesperada -dijo la venenosa rubia mirando de manera intencionada el vientre plano de la recién casada.

– Jordan pensó que no tenía sentido esperar.

Apartándose un mechón de pelo de la frente con gesto elegante, Desiree soltó una carcajada.

– ¡Típico de Jordan! Es tan impulsivo…

– Si no me hubiera querido casar con él, no habría cedido a su «impulso».

– Claro, claro. Pero es un hombre atractivo, ¿no? Y rico… Jordan lo tiene todo. Siempre ha sido uno de los hombres más codiciados en nuestro medio -Desiree hizo una pausa y Kasey se puso tensa, esperando el zarpazo-. Por supuesto, Jordan y yo nos conocemos desde hace tiempo -dijo la rubia-. Antes de que yo conociera a David.

– Lo sé -dijo con toda la calma de la que fue capaz y fue recompensada con el parpadeo de asombro de su interlocutora.

– Oh -Desiree se recobró pronto-. Supongo que no es ningún secreto.

– No, no lo es -Kasey logró sonreír con desdén.

– Pues sí, Jordan y yo éramos inseparables -los ojos de Desiree se encontraron con los de Kasey, pero ésta logró que fuera la rubia la que bajara antes la mirada.

– Pero decidiste casarte con David -dijo Kasey con tono apacible.

– Sí -Desiree se apartó de la puerta-. David es un magnífico padre, pero como esposo es… pues… un poco aburrido.

Kasey se removió con irritación, harta del juego del gato y el ratón.

– Creo que debo irme -comenzó a decir mientras cerraba la maleta.

– No durará esta farsa matrimonial -indicó Desiree con desenfado-. Jordan no es muy fiel que digamos.

Kasey se puso tensa. Aquella era la segunda vez en menos de una hora que le vaticinaban el fracaso de su matrimonio y lo peor de todo era que, en el fondo, también Kasey lo creía.

– En primer lugar, Desiree, mi matrimonio con Jordan no es ninguna farsa. En cuanto a la experiencia amorosa de Jordan, yo seré la primera en beneficiarme de ella, como supongo reconocerás. ¿Quién quiere un marido que no sabe cómo complacer a una mujer?

– ¡Vaya, vaya! ¡Conque la gatita tiene zarpas! -Desiree esbozó una sonrisa desdeñosa-. Quizá te había subestimado.

– Probablemente -Kasey alzó la barbilla-. Y ya que has insistido en discutir sobre un tema tan delicado, puedo asegurarte que soy suficientemente mujer para complacer a mi marido. ¿Está claro?

– Más claro el agua.

Kasey respiraba con dificultad.

– Quizá yo también deba poner mis cartas sobre la mesa -continuó la rubia-. Jordan es mío… siempre lo ha sido y siempre lo será. Más vale que te acostumbres a la idea. Me basta con chasquear los dedos para que venga a mi encuentro. ¿Está claro? Aquello no podía estar sucediendo. Kasey sintió que se le contraía el estómago mientras se oía reír con aparente desparpajo.

– Lo siento, Desiree, pero no puedo tomarme esto en serio. Pareces… o, más bien, parecemos las protagonistas de una pésima telenovela.

La rubia la miró furiosa.

– Puedes reírte, pero ya veremos quién es la última que ríe. Todavía tengo varios ases bajo la manga. Jordan me ama, te lo aseguro.

– Entonces, ¿por qué no se ha casado contigo? -preguntó Kasey, harta de la desagradable escena.

– Porque… porque sabía lo mucho que David me quería y no quería herir a su hermano -dijo Desiree, insegura-. Ha sido una tortura tratar de reprimir nuestros sentimientos todos estos años. Pero en algunas ocasiones… pues… al fin y al cabo somos humanos. Por supuesto, David no sabe nada, no podría soportarlo -la pérfida mujer suspiró expresiva-. Pero ni Jordan ni yo queremos hacerle daño. Últimamente no se encuentra muy bien y ya sabes cómo le gusta a la gente hablar. Así que, por si llegaba a oídos de David, Jordan decidió casarse. Con quien fuera.

Kasey contuvo una exclamación de ira y los ojos de la rubia refulgieron con malévola satisfacción.

– Es cierto, querida -continuó-. Jordan necesitaba una cortina de humo hasta que resolviéramos las cosas.

– Una medida un poco drástica, ¿no te parece? -observó Kasey con sarcasmo.

– No obstante -Desiree miró a la joven en el espejo-. Jordan siempre vuelve a mí.

– Esta vez no -en ese momento Kasey quiso creer realmente sus propias palabras, sentir confianza en el amor de Jordan.

– Oh, vamos, querida -dijo Desiree con helado sarcasmo-, debo admitir que tienes cierto… encanto, pero… -recorrió a su interlocutora con mirada desdeñosa-, no puedes pensar sinceramente que un hombre como Jordan pueda preferir una mujer fría como tú a una mujer como yo.

– ¿Sabes una cosa, Desiree? Siempre he detestado que se utilice la palabra «perra» contra una persona de mi sexo, pero no cabe duda de que te mereces el calificativo más que nadie.

– Y no me podría importar menos lo que tú o cualquiera piense de mí -dijo Desiree mientras se dirigía hacia la puerta-. Siempre consigo lo que quiero, así que recuerda lo que he dicho. Jordan es mío. Le doy dos meses para que se canse de ti y venga a buscarme.

Para asegurarse de tener la última palabra, Desiree abrió la puerta y salió antes de que Kasey pudiera replicar.


Capítulo 5

<p>Capítulo 5</p>

Jordan conducía con destreza el lujoso automóvil. Después de un día soleado, había comenzado a caer una lluvia ligera, que se había hecho más intensa cuando habían salido de la ciudad y habían enfilado hacia las Montañas Azules.

Kasey permanecía en silencio, con las manos sobre el regazo.

– ¿Tienes frío? -la profunda voz de su marido la sobresaltó.

– No. Está lloviendo -añadió Kasey con tono distraído y Jordan emitió una risa suave.

– Así es -dijo-. En cualquier caso, debemos agradecer al tiempo que no haya habido las tormentas que habían pronosticado.

– Hmm -¿importaba eso?, se preguntó Kasey, cansada.

Jordan le dirigió una breve mirada antes de volver a prestar toda su atención a la carretera y le dio la mano.

– Pareces cansada. Ha sido un día largo, ¿verdad?

– Sí -Jordan no tenía ni idea de lo largo que había sido. Y todavía faltaba la noche, se dijo Kasey.

– ¿Preferirías que durmiéramos en un hotel en vez de ir directamente hasta la casa?

– Oh, no, estoy bien -se apresuró a decir Kasey-. No está muy lejos, ¿verdad?

– No mucho.

– Me comentaste que esa casa pertenecía a tu familia. Se obligó a entablar una conversación intrascendente. Cualquier cosa con tal de ignorar el contacto de los dedos de su esposo sobre su mano.

– Sí. Mi padre la construyó hace años, como refugio, supongo. Mi madre adora las Montañas Azules y los dos pasan largas temporadas aquí cuando mi padre quiere olvidarse de las presiones del negocio. ¿Conocías esta región?

– No -negó Kasey con la cabeza-. Cuando salíamos de Akoonah Downs, solíamos ir al mar. Después de estar en la granja, la playa nos parecía el paraíso.

– Lo comprendo. A nosotros nos pasa todo lo contrario. Vivir en la ciudad convierte las montañas en un sueño. La vista desde allí es majestuosa. La casa está situada sobre una meseta a unos doscientos veinticinco metros de altura.

Kasey se estremeció. Iba a estar sola con Jordan en un lugar alejado del mundo.

– ¿A qué distancia están los vecinos más cercanos? -preguntó con voz trémula.

– Como a medio kilómetro -dijo Jordan y la volvió a mirar-. Supongo que no te molestará que haya concedido a los Jensen, la pareja que cuida la casa, unos días de descanso, ¿verdad?

Kasey lo negó, pero en el fondo estaba aterrorizada. Apartó la mano de la de su esposo.

Iban por una serpenteante carretera y Jordan se concentró en conducir bajo la pertinaz lluvia. Al cabo de un rato, se desvió y llegaron a la casa de campo de la familia Caine.

Jordan apretó un botón en el control remoto del tablero de instrumentos y la verja se abrió.

La casa se erguía majestuosa en la cima de la meseta. Su diseño se adaptaba a la perfección del paisaje, aprovechando los contornos naturales del terreno.

Jordan dirigió el coche hacia el patio techado que había frente a la entrada principal y apagó el motor. No había dejado de llover.

Jordan se bajó del coche y fue al otro lado para abrirle la puerta a su esposa.

– Bienvenida a Valley View, señora Caine -sonrió mientras la ayudaba a bajar.

Kasey miró a su alrededor, mientras Jordan subía los escalones de la entrada principal para abrir la puerta. Se detuvo allí a esperar a su joven esposa. Ella avanzó con pies de plomo.

– Es preciosa -comentó Kasey y antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurría, su esposo la cogió en brazos-. ¡Jordan, bájame! Peso demasiado -protestó.

– ¡Boberías! Es una tradición, hay que cruzar el umbral con la novia en brazos -la besó con suavidad mientras la dejaba en el suelo. Sin soltarla de la cintura encendió la luz del vestíbulo.

Jordan la miró con una sonrisa.

– Me alegro de que hayamos seguido hasta casa -dijo-. Entra mientras voy a buscar el equipaje -se volvió y la dejó allí.

Como aturdida, Kasey observó a su marido dirigirse al coche. Acababa de ser levantada como si no pesara nada. Todavía podía sentir el vigor de sus brazos y se estremeció.

Jordan se reunió con ella, y cerró la puerta con el pie. El apagado ruido del picaporte pareció resonar dentro de Kasey como el badajo de una campana portentosa.

– Te voy a enseñar la casa -bajó la media docena de escalones que llevaban al salón y luego condujo a su esposa hacia una escalera que llevaba a un pasillo.

Kasey lo siguió vacilante. Pasaron delante de cuatro habitaciones hasta llegar a una habitación que estaba al final del pasillo. Con una opresiva sensación de fatalidad, Kasey entró en el cuarto.

Las paredes eran de color azul claro y el lecho estaba cubierto con un edredón bordado de color azul. Unas cortinas de color azul turquesa adornaban un ventanal que daba al valle.

Jordan dejó las maletas en el suelo y se volvió hacia ella. «Si me toca ahora, voy a ponerme a gritar como una histérica», pensó nerviosa, Kasey.

Jordan arqueó una ceja y una leve sonrisa tembló en sus labios.

– Te dejo sola. Iré a preparar un poco de café mientras te refrescas. El cuarto de baño está allí -dijo con amabilidad-. Cuando estés lista te espero en el salón que está al lado del vestíbulo -y salió del cuarto.

Kasey suspiró lentamente. Le dolían todos los músculos del cuerpo, estaba agotada. La tensión comenzaba a afectarla.

En ese momento, lo único que le apetecía era tumbarse en la cama apaciblemente en el olvido. Pero no podría ser. Todavía había muchas cosas que tenía que explicarle a Jordan y debía hacerlo esa misma noche.

Se dirigió lentamente hacia el cuarto de baño y se asomó adentro. Era increíblemente lujoso.

Se miró en el espejo y observó su extremada palidez. Parecía estar a punto de desmayarse.

Volvió a la habitación y sacó sus artículos de belleza para dejarlos en el cuarto de baño. Luego sacó el seductor camisón que había comprado para su luna de miel antes de oír la fatídica conversación de Jordan y Desiree en el jardín de la mansión Caine.

La prenda era de color marfil y caía con la suavidad de un velo. Kasey acarició la delicada tela. Era la prenda que habría escogido una mujer pensando en su amante.

Apartando de su mente aquellos pensamientos, se encaminó al baño y cerró la puerta. El agua caliente de la ducha la reanimó.

Cuando se puso el camisón y el salto de cama se miró en el espejo para cepillarse el pelo. Se observó con atención.

Al menos el camisón no era transparente. Se sonrojó. De cualquier modo, la fina tela se ajustaba a su cuerpo de una forma peligrosamente seductora. Se cruzó de brazos, temiendo que Jordan hubiera entrado en la habitación, y salió. Afortunadamente, su marido no estaba allí.

Kasey volvió a suspirar profundamente y se preparó mentalmente para encontrarse con él en el salón. Se puso unas zapatillas y salió al pasillo.

Jordan le ofreció una taza de humeante café en cuanto entró y Kasey le sonrió agradecida.

Sin duda él había estado en la habitación mientras ella se duchaba, pues se había cambiado de ropa. Llevaba el mismo albornoz que llevaba cuando la joven se había despertado en su cama aquella mañana que en ese momento le parecía tan lejana. Y estaba tan atractivo como entonces.

Cuando Jordan se inclinó para pasar el café a Kasey, ésta clavó la mirada en el ancho pecho que quedó al descubierto con aquel movimiento.

– Ven a sentarte aquí -Jordan le señaló los mullidos sillones y Kasey decidió sentarse enfrente de él-. Abriría las cortinas, pero está lloviendo y ha oscurecido muy pronto -hizo una pausa y luego continuó-. Se ve el mismo paisaje desde nuestro dormitorio.

«Nuestro dormitorio». Aquellas palabras lo decían todo. Jordan estaba seguro de que iban a dormir en la misma cama. Kasey se estremeció y dio un sorbo a su café. Jordan suspiró, se echó hacia atrás en su asiento y se cruzó de piernas.

– Me alegro que todo haya pasado, ¿tú no?

– Sí, no… es decir… -farfulló Kasey y su esposo la miró con una indulgente sonrisa.

– Tranquilízate, mi amor -dijo con desenfado-. No voy a tirarme encima de ti como un troglodita para llevarte a mi cueva. Por lo menos hasta que nos hayamos terminado el café -añadió con una sonrisa traviesa.

– Jordan, tenemos que hablar. Me gustaría haberlo hecho antes, pero no he encontrado el momento oportuno -Kasey respiraba con dificultad-. Creo que no deberíamos… Prácticamente no nos conocemos y creo que no debemos…

– ¿No debemos? -repitió él con desenfado-. ¿No debemos qué?

– Ya sabes -Kasey extendió las manos-. No deberíamos… -tragó saliva-, acostarnos juntos -concluyó con rapidez. Jordan le dirigió una mirada glacial.

– ¿Qué quieres decir? ¿Que debemos dormir en camas separadas o que no debemos hacer el amor?

Kasey se sonrojó de pies a cabeza.

– Creo que no debemos precipitar los acontecimientos. Deberíamos conocernos mejor antes de hacer el amor.

– Yo te conozco, Kasey.

Kasey negó con la cabeza.

– La noche que te desmayaste en mis brazos me suplicaste que hiciéramos el amor -insistió Jordan sin alzar la voz.

– Aquella noche no estaba bien, sabes que había bebido -Kasey se puso de pie, nerviosa-. Lo siento, Jordan, no puedo acostarme contigo. No me parece sensato, y además… no estoy… enamorada de ti.

Ya, estaba dicho. Miró a su esposo con aprensión.

Jordan dejó lentamente su taza de café en la mesa y se puso de pie con deliberada parsimonia.

– ¿Y qué tiene que ver el amor con esto? -preguntó con cierta amargura en la voz.

– Todo.

Jordan soltó una cínica carcajada.

– Supongo que no creerás que todas las parejas que hacen el amor están enamoradas, ¿verdad? ¿Crees que he estado enamorado de todas las mujeres que se han acostado conmigo?

Para Kasey, aquellas palabras fueron como una puñalada. Estuvo a punto de gritarle a Jordan que estaba segura de que todavía habría muchas, pero mantuvo los labios firmemente cerrados.

– ¿Piensas que el amor es un requisito imprescindible para acostarse con alguien?

– Por lo que a mí concierne… -farfulló la joven-… sí lo es.

– ¿Quieres decir que no podrías acostarte con un hombre al que no amaras?

Kasey asintió y Jordan la miró fijamente durante unos segundos que a Kasey le parecieron interminables.

– Entonces Kasey, ¿por qué diantres te has casado conmigo?

¿Por qué? Kasey intentó aclarar sus pensamientos. ¿Qué podía decir? ¿Para demostrarle a Greg que ella también era capaz de encontrar pareja? ¿Para dejar claro que no lo necesitaba? ¿Para ponerle celoso?

Cualquiera que hubiese sido el motivo, el hecho era que estaba casada con Jordan Caine. ¿Y qué había conseguido, a fin de cuentas? Que Greg se pusiera furioso, pero no lo suficiente para romper su compromiso con la heredera de la granja Winterwood.

– Fue… supongo… un impulso -tartamudeó.

– No te creo, Kasey -dijo Jordan con sobrecogedora serenidad, volviendo a mirarla-. No te creo.

– Pues es verdad -dijo con un hilo de voz y Jordan se echó a reír.

– No sabes mentir, querida. Y no soy tan tonto como supones.

– ¿Qué… qué quieres decir?

– Quiero decir que creo saber por qué querías casarte.

Kasey miró a Jordan aterrada. No era posible que lo supiera… ¿o sí?

– Pero no importa. Lo importante es que te has casado conmigo, Kasey. Este matrimonio me convenía y me temo que tendrás que aceptar las consecuencias y sacar el mejor provecho del mismo.

– ¿Qué quieres decir exactamente? -preguntó Kasey asombrada.

Jordan sonrió con cinismo.

– Creo que ya lo sabes, Kasey. Me casé de buena fe contigo. Quiero una esposa que me sirva de anfitriona, administre mi casa… y me caliente la cama.

– No puedes obligarme… -repuso Kasey indignada, pero a la vez siendo consciente de su desamparo-. No puedes obligarme a que haga algo que no quiero.

– Te aseguro que lo vas a desear -le advirtió con suavidad-. Eres mi esposa. De modo que será mejor que te hagas a la idea.

– Jordan, esto es ridículo; estoy demasiado cansada para seguir hablando. Me voy a la cama -se dirigió decidida hacia el pasillo.

Pero a pesar de su aparente tranquilidad, el corazón le latía con violencia y cuando llegó al refugio de la habitación, se desplomó. Se apoyó en la puerta y dejó escapar un trémulo suspiro.

Estaba exhausta y caminaba como un robot. Cerró la puerta y se quitó las zapatillas y el salto de cama con movimiento de autómata. No había terminado de doblar el salto de cama cuando se abrió la puerta. Kasey se sobresaltó. Volvió la cabeza y se encontró con la dura mirada de su esposo. Al principio, ninguno de los dos dijo nada.

– Me voy a acostar -dijo Kasey con voz temblorosa, y se sentó en la cama.

– Yo también -contestó Jordan con desenfado, y se acercó a ella-… contigo.

– No -repuso Kasey de inmediato.

Jordan arqueó una ceja.

– Sí.

Entonces Kasey se levantó. No sabía muy bien si para enfrentarse a él o para estar más cerca de la puerta y poder escapar. Por alguna absurda e irrelevante razón se fijó en ese momento en que había dejado de llover, en que el reloj digital indicaba que era la una de la mañana y en que había un teléfono al lado de la cama. Podía cogerlo y llamar… ¿a quién?

Se detuvo a corta distancia de Jordan sin darse cuenta de lo provocativa que estaba con el camisón de color marfil que realzaba sus caderas firmes y redondeadas, y sus pechos turgentes.

– No creo que estés hablando en serio, Jordan… no creo que seas capaz de recurrir a la violación -¿Cómo podía hablar con tanta tranquilidad cuando el corazón le latía como un potro des bocado?

– ¿Violación? -Jordan soltó una carcajada breve y glacial-. No, no suelo forzar a las mujeres, Kasey. No necesito hacerlo.

– ¿No?

Jordan le sostuvo la mirada durante largo rato antes de suspirar y dar muestras de un aburrimiento absoluto.

– Tu virginal pudor está a salvo por el momento, Kasey. Estás cansada; yo también. A los dos nos sentaría bien dormir un poco. Y no es la primera vez que tenemos que compartir una cama.

Kasey permaneció indecisa y en su imaginación aparecieron perturbadoras imágenes; visualizó a Jordan desnudo, durmiendo a su lado entre sábanas de satén.

Sacudió ligeramente la cabeza y sus rizos se agitaron. Era un pensamiento absurdo.

– Vete a la cama, Kasey -ordenó Jordan con voz fatigada y desapareció dentro del cuarto de baño.

Kasey volvió lentamente sobre sus pasos y se metió en la cama. Estaba tan tensa que relajarse le parecía un objetivo inalcanzable. Incluso estuvo a punto de gritar cuando se abrió la puerta del cuarto de baño y Jordan volvió a entrar en el dormitorio.

Sin decir palabra él apagó las luces, dejando encendida sólo la lámpara de cabecera.

Kasey desvió la mirada cuando él comenzó a desatarse el cinturón del albornoz. El suave ruido de la tela al caer al suelo pareció sonar en todo el cuarto. Kasey cerró los ojos con fuerza cuando sintió que Jordan se tumbaba en la cama.

Jordan bostezó. Él también debía estar cansado, concedió Kasey. Aparte de la tensión de la boda, había tenido que conducir hasta allí en condiciones desfavorables.

Jordan se movió y accidentalmente rozó una pierna de Kasey. Ella no pudo evitar replegarse de manera automática hasta el otro lado de la cama.

– ¡Oh, por todos los santos! -explotó Jordan. Se incorporó y se volvió hacia ella.

Una espiral de intensas sensaciones ascendió desde el vientre de Kasey, hacia su corazón. No podía apartar la mirada del ancho y musculoso pecho masculino; en ese momento, podía haberle suplicado que hicieran el amor.

Le sorprendieron sus propios pensamientos. Nunca había hecho el amor con un hombre; sin embargo, siempre tenía que haber una primera vez. Así que, ¿por qué no con un hombre que además de ser su esposo, era atractivo, viril y sin duda tenía mucha experiencia?

Kasey dejó escapar un suspiro desgarrador. Sería tan fácil ceder ante aquella fuerte atracción… ante el innegable magnetismo de su esposo.

Jordan observó a su esposa con ojos brillantes de deseo. Después se inclinó sobre ella y apoyó una mano a cada lado de su cabeza.

– Jordan… no…

– ¿Sabes? Cada centímetro de tu provocativo cuerpo está implorando caricias, Kasey, pero tu expresión me dice que estás tan segura de que voy a violarte que nada de lo que diga te hará cambiar de idea. De modo que creo que ha pasado el momento de las palabras. Y además, ¿quién soy yo para decepcionar a una dama? -la besó en la boca antes de que Kasey tuviera tiempo de volver la cabeza.

– ¡No! -gritó contra los labios de Jordan e intentó apartarlo.

Jordan alzó la cabeza; con la respiración entrecortada, clavó la mirada en los pechos de Kasey que se agitaban bajo la fina tela del camisón. Durante unos segundos que a la joven le parecieron interminables, la miró con ojos entrecerrados. Kasey sintió crecer en su interior un ardiente deseo.

Jordan volvió a besarla; aquella vez fue un beso profundo y excitante. Después trazó un camino de besos desde su cuello hasta el hombro y apartó la fina tela del camisón. Buscó entonces el suave valle que se escondía entre los pechos femeninos y allí se detuvo, besándola de una forma devastadora. Luego con exquisita lentitud fue ascendiendo hasta un sonrosado pezón.

El pelo revuelto de Jordan rozaba la piel de Kasey, estimulan do sus sentidos. La joven se estremeció con violencia.

– ¡No! Jordan, por favor. ¡Esto no puede ser!

– Claro que sí -susurró él contra la piel de su esposa-. Los dos estamos disfrutando, cariño.

A Kasey se le había subido el camisón hasta los muslos y sintió la piel masculina contra la suya. Jordan le soltó las manos a Kasey y exploró con delicados dedos cada centímetro de su cuerpo. A pesar de los esfuerzos que hacía para controlarse, el deseo la desbordaba.

Jordan era despreciable, intentó decirse con firmeza.

Toda la ira que minutos antes se reflejaba en el rostro de Jordan, había sido sustituida por un sentimiento más intenso. Las duras líneas de su boca se habían suavizado y un rubor leve teñía sus mejillas.

Kasey se preguntó si ella irradiaría un deseo semejante.

¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Se había vuelto completamente loca? Aquel hombre estaba usando su fuerza para… ¡Mentirosa!, la incriminó una vocecilla interior.

Kasey se removió inquieta, no sabía si para resistirse o arrastrada por la fuerza del deseo, una franca evidencia de la excitación de su esposo.

Jordan esbozó una extraña sonrisa; parecía despreciarse a sí mismo.

– Un hombre no puede soportar que lo provoquen, Kasey -dijo con suavidad, sin apartarse de ella-. Y menos la noche de bodas -añadió intencionadamente-. Ahora tenemos que decidir si vamos a terminar o no lo que hemos empezado.

– Yo no he empezado nada -subrayó ella.

– ¿No?

– ¡No! -estaba indignada.

– Dijiste que eras virgen -continuó Jordan-. ¿Es verdad o fue un anzuelo para pescarme?

Kasey se sonrojó. Fue incapaz de contestarle. Nunca se había sentido tan humillada.

– Es normal que en esta época dude de tu supuesta virginidad -observó Jordan.

– Es verdad -declaró Kasey-. Soy virgen.

Un destello fugaz cruzó el rostro de Jordan. A lo mejor iba a reconsiderar su decisión, se dijo la joven esperanzada.

– Entonces intentaré no hacerte daño -repuso Jordan con voz ronca.

Inclinó lentamente la cabeza y volvió a rozar con los labios la curva del hombro de su esposa, encendiendo en el interior de Kasey un fuego abrasador.

– Jordan, no debemos… creo que no deberíamos… -murmuró Kasey intentando dominarse.

Sentía la piel enardecida mientras Jordan bañaba de suaves besos su rostro. Era tal la pasión que en ella despertaba que la joven se dijo que iba a enloquecer si no volvía a besarla en la boca. Cuando lo hizo, Kasey abrió los labios permitiéndole acceder al dulce interior de su boca.

Kasey gimió cuando Jordan le quitó el camisón y deslizó las manos por su precioso cuerpo.

– ¡Dios mío! Tu cuerpo parece de porcelana -dijo Jordan con un susurro de adoración-. Es un cuerpo perfecto.

Con sus excitantes caricias, estaba llevando a la joven al borde del delirio.

Un leve resquicio de cordura le advirtió que tuviera cuidado, pero se sabía incapaz de resistirse, de poner un alto a aquel placer sobrehumano.

Sólo cuando Jordan se puso completamente encima de ella, Kasey fue plenamente consciente de lo que estaba a punto de ocurrir.

– Kasey, por favor -susurró Jordan, acariciándole el lóbulo de la oreja-. No intentes detenerme, porque me temo que, aunque quisiera no podría.

Un momento, o una eternidad después, Kasey yacía al lado de su esposo mientras éste trataba de recobrar el ritmo de la respiración.

A Kasey le dolía el cuerpo. ¿Sería siempre tan doloroso?, quiso preguntarle a Jordan, pero el orgullo la detuvo. ¿Qué había salido mal? Al principio había sido maravilloso, pero luego se había dejado llevar por el pánico, había opuesto resistencia y…

– Kasey -Jordan se incorporó a su lado y la miró detenidamente. Sus oscuros cabellos le caían sobre la frente y las pestañas ocultaban la expresión de sus ojos.

Kasey apartó la cabeza, avergonzada de sí misma, ante la facilidad con la que había cedido a los reclamos de su esposo.

– Kasey -repitió él-. Mírame.

Kasey buscó las sábanas para intentar cubrir su desnudez, pero Jordan se las arrebató. Le cogió la barbilla y la obligó a volver la cabeza para mirarlo a los ojos.

– No me castigues con este silencio -dijo y Kasey apretó los labios-. ¡Di algo! Al menos exige que me disculpe.

Kasey se tranquilizó un poco y Jordan la soltó. Kasey alzó los ojos hacia su esposo y él sacudió la cabeza.

– Supongo que te mereces una disculpa -añadió Jordan.

Se incorporó para sentarse al borde de la cama y Kasey vio la marca de sus propias uñas en el omoplato. Alargó una mano para tocarla, pero en seguida se contuvo.

Jordan suspiró y se volvió hacia ella; bajó la mirada hacia los pechos de la joven antes de mirarla a los ojos.

– Siento haberte hecho daño, Kasey -dijo; por la mejilla de Kasey se deslizó una lágrima.

– No llores. Créeme, no me puedes odiar más de lo que yo me desprecio en este momento -la miró fijamente-. ¿Te encuentras mal?

Kasey sacudió la cabeza.

– No… lo que pasa es que… -se interrumpió, las lágrimas le impedían continuar-. No ha sido culpa tuya -logró farfullar.

– Por supuesto que ha sido culpa mía. Yo he empezado, y pensaba que podría controlar la situación. Quería excitarte un poco para ayudarte a vencer el miedo y luego pensaba dormirme. Vaya jueguecito, ¿verdad? -Volvió a mirar los pechos de la joven-. Eres una mujer muy deseable, Kasey, lo sabes. No es ninguna excusa, claro, pero tienes un cuerpo excitante -le cubrió un seno con una mano-. Y, que Dios me perdone, pero me gustaría volver a hacer el amor.

Kasey se replegó.

– No te asustes, no voy a volver a intentarlo -se apresuró a tranquilizarla él-. No soy tan desconsiderado. La próxima vez será mejor, te lo prometo. Nos lo tomaremos con calma y escogeremos el momento más oportuno -se inclinó para besarla con suavidad-. Ahora deberíamos dormir.

Jordan alargó el brazo para apagar la lámpara de cabecera; acababa de acomodarse al lado de su esposa cuando el timbre del teléfono los sobresaltó a los dos. Jordan volvió a encender la luz y descolgó el auricular.

– Sí, soy Jordan -dijo y luego frunció el ceño-. Cálmate, Desiree.

Kasey se incorporó, al oír el nombre de aquella mujer algo se desgarró en su interior. Permaneció sentada, muy tiesa, escuchando la conversación con atención.

– ¿Cuándo? -preguntó Jordan con paciencia-. ¿Ya has llamado a papá? Tienes que hacerlo, Desiree. Ya deberías haberlo hecho. ¿Dónde están las niñas? Pues llévalas a casa de mis padres y vete al hospital. Yo iré en cuanto pueda -colgó el teléfono. Había palidecido y parecía muy preocupado.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Kasey-. ¿Ha ocurrido algo malo?

– Se trata de David -dijo Jordan-. Lo han llevado al hospital. Ha tenido un infarto.

– ¡Oh, no! -Kasey cogió a su esposo del brazo, pero él no pareció notarlo.

– Desiree está histérica -dijo Jordan con asombrosa serenidad-. Tendré que ir a ayudarla.


Capítulo 6

<p>Capítulo 6</p>

El viaje de vuelta a la ciudad se le hizo a Kasey mucho más largo que el de ida. Aunque la lluvia había cesado, las carreteras seguían mojadas y resbaladizas, exigiendo de Jordan completa concentración.

Kasey quería ofrecerle alguna forma de apoyo, algún consuelo, pero no sabía qué decir o hacer. Aparte decirle que su hermano había sufrido un infarto, Jordan no había dado más detalles sobre lo ocurrido.

Al principio, Jordan le había sugerido a Kasey que se quedara en Valley View, pero Kasey había insistido en acompañarlo a la ciudad. No tenía ganas de quedarse sola en la casa, esperando noticias sobre la salud de David y preguntándose qué estaría haciendo Jordan con Desiree.

Le parecía ridículo estar pensando en su cuñada en un momento así, pero le resultaba imposible olvidar la conversación que habían mantenido Jordan y Desiree aquella espantosa noche y la discusión que había tenido con ella la misma noche de su boda.

Kasey miró de soslayo a su marido y advirtió la palidez de su demacrado rostro. Su perfil era duro y tenso. Cómo le hubiera gustado a Kasey poder llegar a su corazón, consolarlo y a la vez estar segura de que su esposo sentía algo por ella.

Necesitaba demostrarse que no era un fracaso. Como mujer, como había sentido esa misma noche al hacer el amor con Jordan.

Quizá había esperado demasiado del primer encuentro amoroso. Se suponía que una mujer como ella debía saberlo todo sobre el sexo, ¿no? En realidad, había disfrutado de los besos de Jordan, de sus caricias, hasta que… Al recordarlo se estremeció.

– ¿Tienes frío? -la profunda voz de su esposo la sobresaltó.

– No, no -contestó inmediatamente-. ¿No te cansas de conducir? Si quieres, yo puedo llevar el coche.

– Estoy bien -Jordan enderezó la espalda y se frotó el cuello-. Llegaremos al hospital dentro de unos veinte minutos.

Volvieron a caer en un incómodo silencio. Cuando por fin llegaron al hospital, Jordan aparcó el coche, salió rápidamente y se dirigió hacia el edificio. Kasey seguía acelerando el paso para alcanzarle. Subieron en el ascensor a la unidad de cuidados intensivos, donde estaba internado David.

Kasey vio inmediatamente a Desiree. Llevaba el mismo vestido que se había puesto para la boda y recorría el pasillo de la clínica de un lado a otro. Volvió la cabeza cuando Jordan y Kasey salieron del ascensor. Cuando vio a Jordan, gritó angustiada y corrió a refugiarse en sus brazos.

Kasey se quedó donde estaba, con el corazón paralizado y luchando con todas sus fuerzas para evitar un ataque de celos.

– Menos mal que has venido, Jordan -clamó Desiree casi sin aliento-. Ha sido horrible estar sin ti. ¡Odio los hospitales!

Jordan rodeó a su cuñada con los brazos, murmurando palabras consoladoras que Kasey no pudo entender. Después de un rato se apartó de Desiree.

– Tranquilízate, Desiree. Cuéntame lo que ha pasado.

– David no se encontraba bien en la boda. Lleva una temporada con problemas de salud. Yo pensaba que se trataba de algún mal pasajero -Desiree se secó una lágrima-. Ni siquiera ha querido bailar conmigo en la boda, y en cuanto os habéis ido ha dicho que quería irse a casa. Yo no voy mucho a fiestas, Jordan, ya no -continuó la rubia con tono quejumbroso-. Pues bien, David ha decidido llevarse a las niñas a casa y yo me he quedado un rato más en la fiesta. Oh, Dios mío, cuando le he visto, he pensado que estaba muerto. ¡Ha sido terrible! No sabía qué hacer.

– He corrido a casa de los vecinos y he despertado a Fred. Él le ha hecho la respiración boca a boca mientras yo te llamaba.

– ¿Qué ha dicho el médico? -preguntó Jordan con recelo, sin dejar de abrazar a su cuñada.

– Ha dicho que… ¡Oh, Jordan, no sé lo que ha dicho! Estaba fuera de mí -Desiree se aferró a los hombros del cuñado y éste la acarició con ánimo tranquilizador.

– ¿Has llamado a mis padres?

– Sí, en cuanto he llegado al hospital, pero no estaban en casa. Creo que iban a llevar a la tía Grace a su casa.

Jordan la soltó con suavidad y se dirigió a la sala de espera.

– Los médicos siguen con él -dijo Desiree mientras los tres iban a la sala de espera.

Las hijas de Desiree estaban allí. Lisa, la más pequeña, estaba dormida en una silla, mientras Shelley, la mayor, estaba sentada a su lado. Jordan masculló algo y se apartó de Desiree para acercarse rápidamente a la pequeña.

– ¡Hola, mi reina!

La niña se abrazó a Jordan con fuerza cuando éste la cogió en brazos.

– Papá está enfermo, tío Jordan -murmuró y una gruesa lágrima rodó por su mejilla.

– Lo sé, cariño, y ahora voy a ir a preguntarle al médico cómo está tu papá -la dejó en el suelo y le pellizcó cariñosamente la mejilla-. Espérame aquí con mamá. Volveré pronto.

Shelly asintió y Jordan pasó delante de Desiree sin decir palabra. La niña permaneció muy tiesa donde su tío la había dejado y Desiree volvió a recorrer la sala una y otra vez, incapaz de controlar sus nervios.

– Daría cualquier cosa por un cigarrillo. ¿No tendrás uno, por casualidad? -era la primera vez que parecía reparar en la presencia de Kasey.

– No, lo siento. No fumo -dijo Kasey mientras iba hacia la niña, y la cogía de la mano para llevarla otra vez a su asiento y sentarse a su lado.

– No fumas… era de suponer -masculló Desiree.

Kasey no hizo comentario alguno, le preocupaba más la niña que las impertinencias de su cuñada. Acarició a Shelly cariñosamente y la cogió en brazos.

– Tío Jordan no tardará -dijo la joven con suavidad.

– ¿Se va a curar papá, mamá? -preguntó Shelly a Desiree.

– ¡Ya está bien de preguntar! -Le espetó la madre con brusquedad-. Ya te he dicho que no sé. Cállate la boca.

Shelly se estremeció.

– Tendremos que esperar a que vuelva el tío Jordan, mi amor -murmuró Kasey en tono tranquilizador.

Y Jordan no tardó mucho. Cuando volvió a entrar en la sala miró inmediatamente a Kasey con expresión angustiada.

Desiree se volvió hacia su cuñado y Shelly también lo miró expectante.

Jordan se acercó a su sobrina.

– Papá está muy enfermo -dijo con suavidad acuclillándose frente a la niña-. Pero los médicos lo están cuidando.

– ¿Lo van a curar? -preguntó la pequeña.

– Sí, mi amor, lo van a curar -dijo Jordan, intentando contener las lágrimas.

– ¿Qué te han dicho los médicos? -preguntó Desiree con voz aguda.

Jordan se volvió para silenciarla con la mirada antes de volverse otra vez hacia su sobrina.

– Creo que sería buena idea que tú y Lisa os fuerais con tía Kasey a casa de la abuelita para que durmáis un poco.

– ¿Y tú qué vas a hacer, tío Jordan? ¿Vas a venir con nosotras?

– No, me voy a quedar aquí para acompañar a tu mamá.

La niña asintió con la solemnidad propia de los pequeños.

– Está bien. A mamá no le gusta quedarse sola.

Jordan le acarició la mejilla.

– Eres una niña muy buena. Mamá te va a llevar ahora a que bebas un poco de agua. Debes tener sed, ¿verdad?

Shelly asintió y se deslizó del regazo de Kasey cuando Jordan se incorporó. Desiree abrió la boca para protestar, pero la expresión sería de Jordan la hizo obedecer.

– ¡Maldita Desiree! -masculló Jordan cuando se quedó a solas con su esposa-. Estas niñas no deberían estar aquí -parecía muy cansado-. ¿Te molesta llevar a las niñas a casa de mis padres?

– Por supuesto que no -Kasey sacudió la cabeza-. ¿Cómo está tu hermano?

Jordan bajó la mirada.

– Mal, pero no tanto como creían los médicos al principio. Tendremos que esperar los resultados de los análisis -suspiró-. Voy a intentar hablar con mis padres antes de que te lleves a las niñas.

Poco después, Jordan acomodaba a las niñas en el coche, mientras Desiree abría el paquete de cigarrillos que había comprado de la máquina expendedora.

– Mis padres os esperarán en casa hasta que lleguéis, después vendrán hacia el hospital -le dijo Jordan a su esposa mientras ajustaba el cinturón de seguridad de Shelley.

Kasey puso en marcha el motor. Quería preguntarle a su marido cuándo se volverían a ver, pero la emoción se lo impidió. Se aferró con fuerza al volante para evitar que le temblaran las manos.

Jordan rodeó el coche para reunirse con Desiree.

– No tiene sentido que vengan tus padres al hospital -repuso Desiree-. No pueden hacer nada.

– Quieren venir -le contestó Jordan y se inclinó hacia el coche-. Conduce con cuidado, Kasey. Aunque a esta hora no habrá mucho tráfico. Y… Kasey -hizo una breve pausa-… lo siento.

– Sí -Desiree soltó una amarga carcajada-. No es la manera ideal de pasar la noche de bodas, ¿verdad? Espero que mi llamada telefónica no haya interrumpido nada.

Kasey le dirigió una mirada fulminante. Por el espejo retrovisor vio a Jordan coger a su cuñada del brazo y volver con ella al hospital.

Las luces estaban encendidas en la casa de los Caine. Los padres de Jordan salieron a recibir a Kasey cuando ella detuvo el coche. John Caine cogió en brazos a Shelley y la llevó adentro de la casa, mientras Kasey se encargaba de Lisa. Metieron a las niñas en la cama.

Margaret Caine ahogó un sollozo y le comentó a Kasey:

– Sabía que David no estaba bien, parecía muy cansado -rompió en sollozos y su esposo la abrazó.

– Jordan ha dicho que David está durmiendo tranquilo -John Caine buscó certidumbre en los ojos de su nuera.

– Sí. Le han dado un sedante.

Margaret sacudió la cabeza.

– ¡Oh, Dios mío! Sólo espero que… -cerrara los ojos y sacudió otra vez la cabeza.

– Será mejor que vayamos ya hacia el hospital -dijo John con suavidad.

– Sí. Cuando lo veamos… -Margaret se interrumpió-. Ah, se me olvidaba -se volvió hacia su nuera-. Te he preparado la habitación de Jordan. He pensado que eso te gustaría -le apretó las manos a Kasey-. Y siento que tu luna de miel se haya estropeado de esta manera.

Kasey devolvió con afecto el apretón de manos.

– No se preocupe… ha sido algo inevitable. Y además, tenemos mucho tiempo.

¿Una luna de miel estropeada?, se preguntó Kasey con un suspiro mientras veía alejarse el coche. Su luna de miel estaba estropeada antes de que le diera el infarto a David.

Cerró la puerta lentamente. Estaba agitada, pero no podía irse a la cama. Fue a ver a las niñas, después volvió a la sala y se sentó en un sillón, clavando la mirada en el vacío. Hasta que no empezaron a entrar los primeros rayos del sol en la habitación, la joven no volvió a cobrar vida. Miles de preguntas se arremolinaban en su mente.

Si David Caine moría… No debía pensar en ello. Entregarse a pensamientos pesimistas no le iba a servir de nada.

Se puso de pie. Debía hacer algo para distraerse. Quizá prepararse un poco de té.

Un ruido la hizo volverse.

– Ya no podía dormir -la miraba con los ojos abiertos de par en par desde el umbral de la puerta-. ¿Puedo sentarme aquí contigo, tía Kasey?

– Por supuesto -sonrió ella-. Iba a preparar té. ¿Quieres un zumo o leche?

La niña pidió leche y siguió a Kasey a la cocina.

– ¿Quieres algo de comer? -preguntó Kasey-. ¿Un huevo y tostadas?

– Sólo una tostada. No tengo mucha hambre.

Shelley se bebió la leche y observó con solemnidad a Kasey mientras ésta preparaba el desayuno. Luego se sentaron en silencio a comer las tostadas que la joven había preparado. Después de un rato, Shelley dejó el pan casi sin tocar en el plato y lanzó un profundo suspiro-. ¿Se va a morir mi papá, tía Kasey? -preguntó con tristeza.

Kasey sintió un nudo en la garganta.

– No, Shelley, por supuesto que no -aseguró, pero no consiguió imprimir a sus palabras la convicción necesaria.

– Le dolía mucho el pecho cuando volvimos de la fiesta y tuvo que sentarse un rato antes de ponernos a Lisa y a mí los pijamas. Yo quería llamar a mi tío Jordan, pero papa me dijo que no, que no debíamos molestarlo. Luego se sintió un poco mejor y dijo que se iba a acostar -Shelley tragó saliva-. Mamá lo encontró en el suelo cuando volvió a casa y gritó.

Kasey no sabía qué decir. ¿Cómo podía consolar a la pequeña que estaba sentada a su lado con todo el aplomo de una adulta, pero en cuyos ojos inocentes se adivinaba el temor y la angustia?

– Tío Jordan va a cuidar a mi papa, ¿verdad?

En ese momento sonó el timbre del teléfono y las dos se sobresaltaron. Kasey descolgó el auricular con manos temblorosas.

– Kasey -Jordan parecía muy cansado. La joven palideció mientras esperaba a que él continuara-. Espero no haberte despertado.

– No, Shelley y yo estábamos desayunando. ¿Cómo… está David?

– Según el parte médico, reposando tranquilamente.

Kasey suspiró aliviada y miró a Shelley con una sonrisa.

– He hablado con él y luego se ha vuelto a dormir -continuó Jordan-. Pero los médicos son optimistas.

– Qué bien -Kasey le apretó la mano a Shelley, para tranquilizarla.

– Según los doctores, este ataque ha sido una advertencia para que se cuide más en lo futuro. Por supuesto, tardará algo en recuperarse y luego deberá bajar el ritmo de trabajo.

– ¿Estará mucho tiempo en el hospital?

– Eso depende de cómo evolucione. De cualquier manera, yo llegaré pronto a casa -Jordan hizo una breve pausa-. Antes quiero llevar a Desiree a su casa para que se cambie y descanse, luego iré para allá.

– Está bien. Nos veremos luego -dijo Kasey.

– ¿Está mejor mi papá? -quiso saber Shelley en cuanto Kasey colgó el teléfono.

– Mucho mejor, pero todavía tendrá que quedarse en el hospital algún tiempo.

La niña suspiró con suavidad, como si se hubiera quitado un enorme peso de los hombros.

– ¿Podemos ir a verlo ahora?

– Espera a que venga tío Jordan a casa y entonces se lo preguntaremos.

Pero Jordan tardó más de dos horas en llegar. Kasey procuró no evocar imágenes de Jordan con Desiree, pero cuando pasó la segunda hora, comenzó a sentir en el pecho una presión cada vez mayor. ¿Dónde estaba Jordan? ¿Había empeorado David? ¿Habría sufrido Jordan un accidente?

Shelley y Lisa vieron acercarse el coche desde la ventana de su cuarto y corrieron a la puerta; la abrieron de par en par antes de que su tío comenzara a subir los escalones de la entrada. Cuando Jordan llegó a la puerta, las cogió a las dos en brazos, y respondió a todas sus preguntas sin mirar a Kasey, que permanecía de pie en el umbral.

Jordan estaba agotado; el pelo un poco ensortijado le caía sobre la frente y la barba sombreaba su mentón.

Kasey se apartó cuando Jordan dejó a las niñas en el suelo y las instó a que entraran y pidieran al ama de llaves que preparara café. Luego se desplomó en un sillón, echó la cabeza atrás y cerró los ojos.

– Debes estar agotado -aventuró Kasey, sentándose en el brazo del sillón que estaba enfrente del que su esposo había ocupado.

Jordan abrió entonces los ojos y la miró con expresión fatigada.

– He dormido un poco en el hospital -se pasó una mano por la barbilla-. Pero necesito ducharme y afeitarme para volver a sentirme humano.

– También deberías dormir un poco -sugirió Kasey.

– Comeré algo y luego descansaré un par de horas -dijo Jordan-. David quiere ver a las niñas, de modo que le he dicho que las llevaría esta tarde al hospital. Recogeremos de paso a Desiree.

Desiree. Kasey se tragó su irritación.

– ¿Y de verdad está fuera de peligro David?

– Por ahora -Jordan hizo una mueca-. Los próximos días son cruciales. Pero los médicos confían en que se recupere por completo… si atiende sus consejos. Ahora tenemos que convencer a David de que Caine Electricals no se paralizará mientras él se recupera.

– ¿Se las podrá arreglar tu padre sin él?

– Yo le ayudaré -Jordan ahogó un bostezo-. He llamado por teléfono a Terry Joseph, mi ayudante, para que se encargue de todo mientras ayudo a mi padre durante algunas semanas.


Durante las siguientes semanas, Jordan rara vez llegaba a casa antes de medianoche y casi siempre se iba antes de que Kasey se hubiera despertado por las mañanas. Se había trasladado al apartamento de Jordan y había ocasiones durante el día, en las que Kasey olvidaba que estaba casada.

Había vuelto a trabajar para la Agencia Cable y su vida se desarrollaba de manera muy similar a cuando había llegado por primera vez a la ciudad. Jordan, cuando llegaba tarde a casa, se acostaba en el cuarto de los invitados para no molestarla.

Molestarla. Kasey se sentó al borde de la cama, la misma cama en la que se había despertado aquella mañana fatídica en la que había cambiado su vida.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Todo había sido un error. Nunca debió haberse casado. Y, después de la desastrosa noche de bodas, ¿qué podía pensar? Había leído artículos sobre las mujeres frígidas; sin embargo, nunca se había imaginado que podría ser una de ellas.

Una creciente sensación de fracaso pesaba sobre ella. Todo le parecía tan romántico en sus fantasías de adolescente… Sin embargo, su primera y única experiencia con Jordan no había tenido nada de romántica.

Se enjugó las lágrimas del rostro. Había sido una experiencia tan desagradable que Jordan no había querido repetirla. Y Dios sabía que ella tampoco quería repetirla, se dijo con firme convicción. Si estuvieran enamorados…

Recorrió el cuarto furiosa y se quitó la bata de seda que se había puesto al llegar del trabajo.

Era una estúpida romántica. Primero con Greg Parker y después con Jordan Caine Pero no estaba enamorada de Jordan y él tampoco la amaba. ¿Cómo podía amarla si todavía seguía enamorado de su cuñada?

Kasey se desplomó en un sillón y escondió el rostro entre las manos y se echó a llorar.

Unos golpes en la puerta de la habitación la hicieron sobresaltarse alarmada y apenas había tenido tiempo de volverse en el sillón cuando la puerta se abrió lentamente.

– ¿Kasey?

La joven intentó levantarse, pero las piernas le flaquearon.

– Kasey -repitió Jordan-. Pensaba que todavía no habías llegado. Me alegro de haberte encontrado -entró en el cuarto, cerró la puerta y se apoyó en ella.

Kasey se obligó a levantarse.

– ¿Qué…? Has vuelto muy pronto a casa.

– Sí. Me había olvidado de la fiesta que celebran los Mendelson esta noche hasta que me la ha recordado mi padre. Esperan nuestra asistencia. Joe es socio de mi padre y su fiesta es todo un acontecimiento anual al que nadie debe faltar -consultó su reloj-. ¿Podrás estar lista para las ocho?

– Pues… sí -Kasey intentó controlar el leve temblor de su voz. No había visto a Jordan desde hacía días y en ese momento el pretendía que recomenzara la farsa e hiciera las veces de esposa obediente-. Es decir, estoy muy cansada y preferiría no ir a ninguna parte esta noche.

– Yo también -suspiró Jordan-. Pero estoy obligado a ir.

– ¿No puedes ir solo?

Se hizo un tenso silencio. Jordan la miró con los ojos entrecerrados.

– No, creo que no, Kasey. Sólo llevamos tres semanas casados. ¿No crees que parecería extraño?

– Los matrimonios de hoy en día son muy flexibles, así que no veo por qué debía causar extrañeza -replicó ella.

– No estoy de acuerdo -repuso Jordan-. Prefiero ir con mi mujer.

– Tu mujer parece no haberte importado gran cosa estas últimas tres semanas -le recriminó ella y Jordan alzó la cabeza.

– No podía dejar a David y a mi padre en la estacada. Lo siento, Kasey, pero sabes que he estado trabajando.

– Por lo menos eso es lo que me has dicho -contestó Kasey, pero al momento se arrepintió.

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó Jordan con una calma sobrecogedora se acercó peligrosamente a Kasey.

La joven se obligó a mantener la guardia en alto; su instinto le advertía que corría peligro si no guardaba las distancias.

– Quiero decir que no tiene sentido seguir fingiendo que el nuestro es un matrimonio normal -contestó Kasey.

– La parte privada de nuestro matrimonio, normal o no, no tenemos por qué exhibirla en público -dijo con tono cortante.

– ¿Y a quién puede importarle que yo no vaya a la fiesta?

– A mí -la profunda voz de su esposo hizo que se aceleraran los latidos de su corazón.

¿Qué le estaba ocurriendo? Se preguntó Kasey, desesperada. Cuando Jordan estaba cerca, perdía el control, se perdía a sí misma…

– Sólo te importo cuando te sobra tiempo -le espetó furiosa, más consigo misma que con él.

– Kasey, no tengo ganas de discutir, pero si empiezas algo estoy más que dispuesto a concluirlo.


Capítulo 7

<p>Capítulo 7</p>

Jordan bajó la mirada, acarició la rebelde curva de la boca de su esposa y deslizó la mano hacia el escote en el que se adivinaba los enhiestos senos palpitantes.

Kasey contuvo el impulso de cubrirse con los brazos con gesto protector. Sin duda Jordan no estaba sugiriendo que la… Pero antes de que pudiera recobrarse para replicar, Jordan apartó la mano, sacudió la cabeza, y se pasó la mano por el pelo.

– Kasey -su profunda voz convirtió el nombre en una caricia y la joven sintió que su ira se desvanecía. Un espiral de sensaciones brotó desde lo más profundo de su ser y Kasey deseó acercarse hacia su esposo, en lugar de escapar de él-. Me gustaría que me acompañaras.

Kasey lo miró a los ojos incapaz de comprender sus propios sentimientos. Se estaba ahogando, hundiéndose en las profundidades de aquellos ojos. ¿Acompañarlo? En ese momento era capaz de irse con él al fin del mundo.

– ¿Me concederías el favor? -insistió él.

– Está bien -accedió Kasey, y Jordan esbozó una sonrisa sin dejar de mirarla a los ojos.

– Magnífico. No es necesario que nos quedemos hasta muy tarde -volvió a consultar su reloj-. No tenemos mucho tiempo para arreglarnos, así que me voy a duchar rápidamente -comenzó a quitarse la corbata mientras se volvía hacia la puerta.

Kasey dedicó cierto tiempo a su maquillaje. Ya se había bañado y sólo necesitaba ponerse el vestido. Se había decidido por su favorito, un sencillo vestido de color azul.

¿Se fijaría Jordan en que se había maquillado con esmero? Kasey interrumpió bruscamente sus pensamientos antes de que siguieran por aquel curso. ¿No era suficiente con haber dejado que la persuadiera de que debía ir a la fiesta?

Salió de la habitación sabiendo que tenía un aspecto impecable. Jordan la esperaba en la sala, terminando de ajustarse el puño de la camisa.

Si su aspecto era perfecto, el de Jordan no tenía nada que envidiarle, se dijo Kasey. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo de voluntad para controlar su expresión cuando vio a su esposo, tan elegante. Se había puesto un traje gris marengo de corte elegante y moderno. La camisa blanca resaltaba su bronceado, dándole una apariencia increíblemente viril.

Jordan se volvió un poco hacia ella y Kasey terminó de entrar en el salón. La recorrió de pies a cabeza con la mirada y comentó:

– Estás muy… -hizo una pausa- atractiva.

Kasey se estremeció de placer. Reconoció el sentimiento que ardía en los ojos de su esposo antes de que éste los cerrara. La encontraba atractiva y no era tan ingenuo para no reconocer su deseo. Un calor intenso la recorrió.

– Tú tampoco estás mal -¿había dicho realmente aquellas palabras con voz trémula y débil, o sólo las había pensado?

Jordan soltó una carcajada profunda, divertida, que estimuló los sentidos ya despiertos de la joven.

– Gracias. Tú estás atractiva y yo no estoy mal. Vaya combinación -le ofreció un brazo-. ¿Nos vamos, señora Caine?

Kasey agarró a su esposo del brazo. Pero al tocarlo se intensificaron las desenfrenadas reacciones de su cuerpo y cuando llegaron a la puerta, se apartó de él, y siguió hacia el ascensor intentando guardar las distancias.

En el coche, Kasey no se atrevía a mirar a su esposo. Tenía la sensación de no haber estado nunca tan nerviosa. ¿Podría él sentir la tensión, la tremenda excitación que la embargaba? Si no decía algo pronto estaba segura de que se iba a poner a gritar. Trató de hablar pero sólo consiguió carraspear.

Jordan suspiró.

– Si el tráfico nos lo permite, estaremos allí dentro de cinco minutos -anunció con voz serena. Aquel comentario alivió de alguna manera la tensión y Kasey se preguntó si la tensión que ella percibía sería producto de su imaginación.

Sin embargo, la cercanía de Jordan amenazaba con ahogarle en aquel espacio tan pequeño. Intentó relajarse pensando en Akoonah Downs; allí el cielo oscuro y las brillantes estrellas daban la impresión de que el universo era interminable.

Interminable. La palabra la puso triste de repente y deseó estar en el campo, en la dulce seguridad de su antigua vida. ¿Sin Jordan? No tenía respuesta para aquella pregunta. De lo que sí estaba segura era de que no quería volver con Greg.

Tenía que tranquilizarse, se regañó. Su súbita confusión nacía de la cercanía de Jordan. Era demasiado atractivo. Pobre Greg… De repente se acordó de su boda. Kasey había olvidado la invitación y también se había olvidado de decírselo a Jordan.

– Me… es decir… nos han invitado a una boda el próximo sábado -farfulló-. La invitación llegó una semana antes de que… que nos casáramos y creo que se me olvidó comentártelo, ¿verdad?

– Sí -contestó Jordan, sonriente-. Pero es comprensible.

– ¿Puedes ir?

– ¿Tú quieres ir?

– Por supuesto. Pero es en la granja… es decir en la iglesia, en la iglesia del pueblo, de modo que tendríamos que ir hasta allí. ¿Podrás faltar al trabajo? -Kasey se descubrió conteniendo el aliento en espera de la respuesta.

– No veo por qué no. ¿Y de quién es la boda? -parecía divertido. ¿Seguiría tan divertido si le dijera la verdad? La boda del hombre con el que siempre había esperado casarse. El hombre que la había rechazado la noche que le había pedido a Jordan que se casara con ella.

Kasey tragó saliva y volvió la cabeza.

– Uno de los trabajadores de mi padre se casa -dijo, luego comprendió que podía parecer condescendiente-. Pero en realidad es casi como de la familia. Es muy amigo de mi hermano.

– ¿Lo conozco? -preguntó Jordan con desenfado.

– Creo que sí. Estuvo en nuestra boda -Kasey trató de mantener firma la voz-. Greg Parker.

– Ah.

¿Habría algún significado oculto en aquella suave exclamación? ¿Sabría algo Jordan? Por supuesto que no.

– Parker -continuó Jordan-. Alto, rubio. Su novia es esa chica bajita de pelo negro que se bebe sus palabras, ¿verdad?

– Sí… Greg y Paula -contestó Kasey con fingida naturalidad-. El padre de Paula es el dueño de la granja vecina.

– Entiendo.

Pero Kasey no tuvo oportunidad ni ganas de preguntarle qué era lo que entendía, pues Jordan aparcó el coche a la entrada de una mansión impresionante.

Media hora después de los saludos, y las bromas da los recién casados, Kasey y Jordan se separaron. Aunque a Kasey no le importó. Aquella noche su marido estaba ejerciendo un efecto devastador sobre ella. Se sentía muy vulnerable ante el poderoso magnetismo que irradiaba. Además, estando lejos de él, podría hacer acopio de sus defensas, para poner en su justa perspectiva sus traicioneros sentimientos.

Estuvo dando vueltas por la sala durante un rato, después aceptó un zumo de naranja que un camarero le ofreció. Al volverse se encontró cara a cara con David.

– David, no sabía que ibas a venir -le sonrió la joven.

– Hola, Kasey. Es mi primera salida. Desiree también está por aquí en alguna parte, aunque hace rato que no la veo.

Y Kasey no había visto a Jordan. ¿Estarían juntos? Apartó con firmeza aquel pensamiento y se obligó a concentrarse en la conversación de su cuñado. Lo veía más delgado, pero bastante bien, a pesar de la dura prueba por la que había pasado.

– ¿Cómo te encuentras? -le preguntó ella.

– Bastante bien. Desde la próxima semana voy a empezar a ir dos horas diarias a la oficina.

– ¿Estás seguro de que no te estás precipitando? -Kasey frunció el ceño y David se echó a reír.

– ¡Hablas igual que mi madre! No, no voy a trabajar demasiado. Estaré más nervioso si me quedo ahora confinado en casa, créeme. Jordan se ha portado muy bien ayudando a mi padre, pero él tiene que atender su propio negocio -se puso serio-. Siento que todo esto haya aplazado tu luna de miel, Kasey, pero dentro de algunas semanas podré ocuparme por completo del negocio. Entonces podríais hacer algún viaje.

– No te preocupes por eso David. De lo único que tienes que preocuparte es de ponerte bien cuanto antes -lo tranquilizó Kasey y él asintió.

– Jordan me ha comentado que quiere coger pronto unos días de vacaciones -David le guiñó un ojo-. Pero nos ha asegurado a Desiree y a mí que, aunque nos ha estado ayudando en la compañía, habéis sabido aprovechar al máximo el tiempo.

Kasey se sonrojó y David se echó a reír, apretó a la joven del brazo y luego se puso serio.

– Te quiere mucho. Nunca creí que se llegaría a enamorar de esta manera. Jordan siempre ha tenido una corte de admiradoras, pero ha dedicado todo su tiempo y energías a levantar su compañía. Aunque no quiero decir que haya vivido como monje -añadió David con una sonrisa-. Pero desde que te conoció…, de verdad, creo que lo has deslumbrado, Kasey.

– Por favor, David, no…

– Te lo aseguro -David agitó un dedo ante ella-. Conozco a mi hermano y sé lo que digo.

Antes de que Kasey tuviera tiempo de replicar algo, una pareja de invitados se acercó para preguntarle a David sobre su estado de salud y Kasey se alejó discretamente, extrañada por las revelaciones de su cuñado. Jordan debía haber representado muy bien su papel delante de su familia. Sin embargo, Kasey no podía apartar de su mente las palabras de David.

No era difícil imaginarse al atractivo Jordan Caine rodeado de un enjambre de mujeres hermosas, pero decir que estaba deslumbrado por ella… eso era algo que Kasey no podía creer. Trató de recordar el desfile de modelos en el que le había visto por primera vez. Por supuesto, en aquella época ella se sentía tan desdichada que apenas se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Los hombres la invitaban a salir a cada momento, pero ella los rechazaba sin miramientos; de allí la etiqueta de Doncella de Hielo.

Recordó que aquella noche Jordan había estado charlando durante bastante tiempo con Betty Cable. En realidad, había sido su jefa la que los había presentado. Recordó haberse dado cuenta de que Jordan se sentía atraído por ella, pero Kasey se había excusado y había rechazado la invitación de Jordan a cenar. En el par de ocasiones que lo había visto después de aquella noche, no iba acompañado de ninguna mujer en particular. Y aquella noche que se habían encontrado en el bar, también estaba solo. ¿Por qué, cuando tenía a Desiree? Kasey se dirigió a otro salón lleno de gente.

No vio a nadie conocido, pero al oír que alguien mencionaba el nombre de Jordan se detuvo en seco. No creía haber visto antes a aquella pareja. Estaban de espaldas a Kasey, por lo que no se dieron cuenta de su presencia mientras bebían, reían y charlaban.

– He visto que Jordan Caine y su esposa están aquí -comentó la mujer.

– Sí. Y también están su cuñada y su sufrido hermano -el hombre soltó una desagradable carcajada-. No puedo entender cómo David no se da cuenta de que su esposa prefiere a Jordan.

– Jordan y Desiree eran amantes antes de que ella se casara con David, ¿no?

– Y han seguido siéndolo, estoy seguro.

– Me pregunto si la esposa de Jordan se habrá dado cuenta. La situación parece un poco incestuosa, ¿no crees?

– Quizá todo hay terminado entre Jordan y Desiree. Desde luego, ella no lo lamentaría demasiado; he oído que le gusta estar con más de uno. Jordan no es el único pez que nada en ese estanque. De cualquier manera, Jordan tendría que estar loco. ¿Quién querría andar metiéndose en líos teniendo en casa una pelirroja como ésa?

– Hay rumores de que es frígida -observó la mujer-. Y tengo que reconocer que a mí me parece que hay algo raro en ese matrimonio. Ha sido demasiado repentino.

– Eres una malpensada, querida.

– Quizá. Ah, pero mira, allí están los Risdale, vamos a saludarlos.

La pareja se apartó y Kasey se quedó paralizada sin saber qué hacer, con una leve capa de sudor perlando su frente. Kasey se dirigió hacia el baño con una extraña sensación de mareo.

Así que todos sabían lo de Desiree y Jordan. ¡Y Desiree hablaba de discreción! Y parecía que todos suponían que lo imprevisto de la boda se debía a que Kasey se había quedado embarazada.

Kasey emitió un leve gruñido. ¡Qué gente tan despreciable! Ahogó una imprecación furiosa y se acercó al espejo para retocarse el maquillaje. No valía la pena preocuparse por gente como ésa. Sin embargo, le llevó un buen rato hacer acopio de valor para volver a la fiesta.

– Kasey, te he estado buscando por todas partes -Jordan apareció a su lado, y la agarró por la cintura.

– Y ya me has encontrado -contestó Kasey secamente.

– La orquesta está tocando en el salón principal. ¿Quieres bailar conmigo? -Kasey creyó ver en la expresión de su esposo un aire de culpabilidad.

– ¿Bailar? -Ella arqueó las cejas-. ¿Por qué no? Supongo que es lo que se espera de nosotros.

– No, no lo digo por eso. Simplemente he pensado que te apetecería bailar conmigo después de haber estado hablando con un montón de gente que no conocemos ni te interesa -replicó Jordan y Kasey se dejó conducir hacia el salón de baile.

Media hora después la tensión se había disipado y Kasey comenzaba a disfrutar del baile con su marido. Sabía que formaban una pareja perfecta y se dio cuenta de que eran el centro de todas las miradas.

– Jordan, estoy un poco cansada -murmuró.

– Tranquilízate, Kasey -le susurró al oído y deslizó la mano por su espalda.

Kasey se estremeció.

– ¿Qué perfume te has puesto? -preguntó él con voz enronquecida por el deseo-. Podría volver loco a un hombre -le besó el lóbulo de la oreja de una forma increíblemente excitante.

A Kasey le flaquearon las rodillas y se apoyó contra su esposo, deslizando las manos alrededor de su cuello.

– Hmmm -le murmuró Jordan al oído-. Eres deliciosa, mi amor.

Sus manos, una en el trasero y la otra todavía acariciándole con sensualidad la espalda, combinadas con la seductora cercanía y la tortuosa delicia de sus labios en el lóbulo de la oreja, tendían una red de sensualidad alrededor de Kasey.

Kasey hundió los dedos en la espesa negrura del cabello de Jordan. Después trazó el contorno de la oreja. Abrumada por el deseo, se estremeció contra él.

La evidente excitación de Jordan avivó los sentidos de Kasey. Todo vestigio de sentido común la abandonó. Se entregó al placer del momento. Mientras se deslizaba al ritmo lánguido de la música perdió toda inhibición y deseó que ese momento se perpetuara.

Jordan dejó escapar un gemido gutural y deslizó los labios a lo largo de la barbilla de su esposa hasta llegar a la boca, besándola con suavidad en una comisura y luego en la otra con besos ligeros, provocativos, que la hicieron gemir de placer.

Las puertas del balcón estaban abiertas y Jordan la llevó con un elegante giro, hacia la semioscuridad. Ya en la terraza, se apoyó contra un pilar blanco, se estrechó todavía más contra ella y la besó como nunca la había besado. Cuando se separaron, los dos respiraban entrecortadamente.

– Creo, señora Caine, que deberíamos irnos a casa -dijo Jordan con voz enronquecida por la creciente pasión.

Kasey asintió, sus ojos resplandecían de deseo.

– Todo el mundo está pendiente de nosotros. Y en este momento, te juro que no soy responsable de mis actos.

Kasey ahogó una pícara risilla.

– Sólo necesito un minuto o dos para controlarme -dijo él con una sonrisa. Aspirando profundamente apretó la mano de su esposa-. ¿Lista?

Volvieron al salón y se abrieron paso entre las parejas que allí bailaban. Acababan de despedirse de sus anfitriones cuando una voz chillona les hizo darse la vuelta.

– ¡Jordan! ¿Ya te vas? -le preguntó Desiree a su cuñado.

– Ya es tarde, Desiree. Y Kasey y yo hemos tenido un día muy cansado -dijo Jordan con frialdad.

– Tienes que llevarme a casa y no me quiero ir todavía.

– Pues entonces coge un taxi -sugirió, lacónico-. ¿Dónde está David? No debería estar despierto tan tarde.

Desiree hizo un gesto desdeñoso con una mano.

– Se ha ido a casa hace horas. Le he dicho que tú me llevarías.

– Pues nosotros nos vamos ya.

Desiree vaciló y luego se encogió de hombros.

– Está bien. Supongo que yo también tendré que irme. Puedes llevarme a casa después de dejar a Kasey. Tiene aspecto de estar agotada.

Jordan miró a Kasey con el ceño fruncido.

– Vámonos -dijo y los tres bajaron juntos los escalones de la puerta de entrada.

Pronto estuvieron en el coche y en la dirección a casa. Y Kasey tuvo que admirar la habilidad de Desiree. Había conseguido maniobrar de manera que Kasey se sentara en el asiento de atrás del coche mientras ella se acomodaba al lado de Jordan. Kasey tuvo que controlar su enfado. ¡Un general en campaña no habría podido planear mejor su estrategia!

Kasey posó la mirada en la nuca de su esposo y la joven reprimió el impulso de inclinarse y besarle la cabeza.

Desiree movió en ese momento la mano y la posó en el brazo de su cuñado. La visión de esos dedos blancos y finos acariciando el brazo de Jordan hizo que Kasey volviera bruscamente a la realidad.

Desiree y Jordan… ¡qué rápido había olvidado! Había permitido que la atracción puramente física que sentía por su marido nublara su razón. Su cuerpo la había traicionado. Lo que sentía por Jordan era puro y simple deseo sexual. En ese momento, tuvo la sensación de que algo empezaba a morir lentamente en su interior.

Cuando Jordan detuvo el coche en la puerta del edificio en el que vivía con Kasey, la joven salió del coche sin mirar a su esposo. La había decepcionado.

Jordan dejó encendido el motor y acompañó a su esposa a la puerta.

– Estás preciosa.

Alzó una mano para apartarle un rizo de la frente y Kasey no pudo controlar el impulso de replegarse. Jordan se tensó y la miró extrañado.

– No tardaré más de media hora -dijo y volvió al coche.


Capítulo 8

<p>Capítulo 8</p>

Kasey tiró de las riendas de su caballo cuando llegó a la cima de la colina; desde allí se divisaba Akoonah Downs. Hacía una semana que estaba allí. Una semana sin Jordan.

Cuando Jordan había vuelto la noche de la fiesta después de dejar a Desiree, casi una hora después, Kasey estaba ya acostada. Lo había oído acercarse a la puerta, llamar con suavidad y pronunciar su nombre en un murmullo.

Cuánto había deseado Kasey en aquel momento correr hacia la puerta, abrirla de par en par y lanzarse a los brazos de su marido. Pero haciendo un enorme esfuerzo había conseguido reprimir aquel impulso.

Jordan había dado la vuelta al picaporte, pero la puerta había permanecido cerrada. Kasey había echado el cerrojo.

Una parte de ella ansiaba que Jordan echara la puerta abajo. Pero Jordan se había marchado. De modo que Kasey había permanecido acostada en la cama, sola y temblando por el deseo insatisfecho.

El día siguiente había sido de enorme tensión. Jordan se había encerrado en su estudio y había estado trabajando hasta muy tarde. Y el lunes por la mañana, cuando Kasey se había despertado, después de pasar una noche terrible, su esposo ya se había ido. Le había dejado una nota en la que decía que a causa de un problema surgido en la sucursal de Adelaide, tenía que ausentarse durante una semana.

Y Kasey había pasado aquel día sintiéndose todavía más abatida que la noche anterior. Incluso había cancelado una cita de trabajo porque se sentía incapaz de enfrentarse a la cámara y fingir alegría estando tan deprimida.

Cuando Jessie la había llamado aquella noche para decirle que su padre había sufrido un pequeño accidente, Kasey había decidido inmediatamente que debía ir a cuidarle. Jessie le había asegurado que su padre estaba bien, que sólo habían tenido que ponerle una escayola. Pero Kasey había insistido en ir allí. En huir de la casa de Jordan.

Kasey se quitó el sombrero para abanicarse; estaba acalorada. El sol de la mañana brillaba con fuerza y Jessie debía estar gruñendo porque había salido a galopar antes de desayunar.

Mike Beazleigh estaba sentado en la terraza, en su mecedora apoyando la pierna escayolada en un taburete. Jessie le había puesto sobre la mesita una taza de té.

Mike saludó a su hija cuando ésta pasó de camino al establo; dejó allí al caballo y fue a reunirse con su padre en la terraza.

– Llegas un poco tarde esta mañana -dijo Mike, mientras la joven subía por los escalones de madera-. Te han llamado por teléfono.

– ¿Quién? -Kasey se detuvo, y colocó de manera instintiva una mano sobre el poste de la terraza en busca de apoyo.

– Tu esposo.

– Oh -Kasey tragó saliva.

– Llegará mañana -dijo su padre con tranquilidad, incapaz darse cuenta de lo que aquellas palabras significaban para de Kasey.

Kasey bajó la mirada para que no descubriera su angustia, ¿para qué iría Jordan a Akoonah Downs?

Una fina capa de sudor humedeció la frente de la joven, y cuando Jessie se reunió con ellos para llevarles una tarta hecha en casa, Kasey se excusó, se sentía incapaz de comer un solo bocado.

¿Por qué la seguiría Jordan?


Kasey pasó su primera noche de insomnio desde que había llegado a la granja y ni siquiera fue a montar a caballo nada mas despertar, como le gustaba hacer todas las mañanas.

Estaba sentada frente al espejo del tocador, cepillándose con aire ausente su preciosa melena.

– Ve a ponerte guapa, mi niña -le había dicho Jessie-. Tu marido debe estar a punto de llegar, si la avioneta no llega con retraso.

Ponerse guapa. ¡Si Jessie supiera! Allí no había necesidad de exhibirse como la modelo Katherine Beazleigh o la envidiada señora de Jordan Caine. No había periodistas de las revistas del corazón en Akoonah Downs. Además, para Jordan ella era sólo un símbolo conyugal. Y una dudosa cortina de humo para encubrir la aventura que sostenía con la esposa de su hermano.

Por eso se había casado con ella. Por supuesto, sabía que sentía atracción física por ella, incluso aunque su primer encuentro sexual hubiera sido un fracaso. Kasey gimió con suavidad, asaltada por una desagradable combinación de sentimientos: nervios, temor, dolor, humillación… todo unido por el amargo sabor del fracaso.

Recordó la noche de la fiesta. Había estado en brazos de Jordan, ardiendo de deseo.

Kasey dejó el cepillo en el tocador y se puso de pie casi de un salto. Jordan estaba a punto de llegar a Akoonah Downs. ¿Para qué? Necesitaba estar sola, lejos del magnífico ático de su esposo, de su farsa matrimonial. Lejos de él. Quería analizar su vida sin distracciones. ¿Cómo podría hacerlo con la perturbadora presencia de Jordan?

Cogió su sombrero y decidió salir a dar una vuelta. No estaba preparada para enfrentarse a Jordan.

– ¿Adónde vas, criatura? -le preguntó Jessie, preocupada.

– A dar un paseo a caballo. Sólo hasta la cima de la colina.

– Pero Jordan llegará en cualquier momento -dijo el ama de llaves, secándose las manos en el delantal.

– Lo sé, no tardaré nada, lo prometo. Desde allí veré aterrizar la avioneta.

Kasey corrió al establo y ensilló a Minty. Minutos después, trotaba por la pendiente de la colina. Se detuvo a la sombra de un grupo de árboles, desmontó y escudriñó el cielo en busca de la avioneta.

La oyó antes de verla y observó las maniobras del piloto antes de descender a la pista, en medio de una nube de polvo.

Billy Saturday detuvo el jeep de la granja y esperó a que el pasajero bajara del avión.

Kasey contuvo el aliento mientras observaba a Jordan caminar hacia el coche y echar una bolsa de viaje en la parte trasera antes de sentarse al lado del granjero. Billy dejó al recién llegado a la puerta de la casa y éste desapareció bajo el techo del porche. En ese momento Mike y Jessie le estarían dando la bienvenida.

El instinto de Kasey la instaba a escapar, a galopar hacia las praderas, pero se quedó allí, paralizada, sabiendo que Jordan debía haberla visto.

E incluso cuando vio a Jordan dirigirse hacia el establo, salir luego montando en uno de los caballos y galopar hacia donde estaba ella, Kasey permaneció inmóvil.

Cuando la alcanzó, Jordan soltó la rienda del caballo y descendió de la montura para acercarse a su esposa.

– Hola, Kasey -su profunda voz estremeció a la joven-. Jessie me ha dicho que te encontraría aquí.

– Yo estaba… he salido a galopar un poco -dijo con voz trémula-. No deberías haber venido. Estaba a punto de volver.

– He pensado que necesitábamos hablar en privado -Jordan se detuvo a unos pasos de ella.

– Siento no haber podido llamarte al hotel de Adelaide…

Jordan sacudió una mano, un poco irritado.

– No he venido por eso -susurró con los ojos entrecerrados-. ¿Quieres que nos divorciemos? -preguntó sin más preliminares.

– ¿El divorcio? -repitió con un hilo de voz y alzó la mirada al severo perfil de su esposo. A pesar de lo absurdo de su matrimonio, era lo último que se esperaba.

– El divorcio -repitió Jordan y se volvió a mirarla-. La disolución de nuestro contrato matrimonial. ¿No es ésa la razón de que hayas venido a la granja?

Era evidente que le estaba costando controlar la ira y Kasey lo miró asustada.

– He venido aquí porque mi padre me necesitaba -consiguió decir con firmeza.

– De acuerdo -Jordan inclinó la cabeza-. Entiendo. Pero tengo la corazonada de que el accidente de tu padre sólo ha sido un pretexto para alejarte de mí. Así que… -puso los brazos en jarras-. ¿Quieres responder a mi pregunta? ¿Quieres el divorcio?

– Yo no… no había pensado… -farfulló Kasey, desconcertada. ¿Un divorcio al mes de matrimonio? Sin duda sería el más corto de la historia.

– Sin duda debes haber pensado en esa posibilidad -había un deje de sarcasmo en la voz de Jordan.

Kasey tuvo que admitir que había vuelto a la granja para alejarse de él. Pero en ningún momento había pensado en el divorcio. Tenía una enfermiza necesidad de escapar provocada por el miedo.

Kasey apretó los labios de manera involuntaria. Ella era la única culpable de que se hubieran casado. En muchas ocasiones había deseado cancelar el absurdo compromiso, pero no lo había hecho. Ni siquiera después de oír la conversación de Jordan con Desiree… Se mordió el labio, procurando apartar esa escena de su mente.

Y luego en la noche de bodas… Ni siquiera se atrevía a pensar en ello. Cómo había deseado no estar en la cama de Jordan. Y después…

Jordan se movió, sacándola con sobresalto de sus tristes recuerdos. Se alejó de ella y se apoyó en el tronco de un árbol.

– En realidad, no puede decirse que nuestro matrimonio haya sido un acierto, ¿verdad? -preguntó con aparente desenfado, como si estuviera hablando del tiempo.

– Supongo que no -musitó Kasey-. Pero… -¿por qué titubeaba? ¿No debería alegrarse de la sugerencia de su esposo?

– ¿Pero? -la instó Jordan.

– Mi padre se llevaría un disgusto tremendo -murmuró.

Jordan se volvió a mirarla, pero sus oscuras pestañas ocultaron la expresión de sus ojos.

– ¿Tú crees? -había incredulidad en su voz y Kasey se sonrojó ligeramente.

– Por supuesto.

– Es posible -convino Jordan-. Es un padre responsable. Pero también fue un contratiempo para él que nos casáramos.

– Porque hacía poco tiempo que nos conocíamos. Mi padre pensaba que debíamos esperar algún tiempo para conocernos mejor.

– Y parece que tenía razón.

Kasey no contestó a aquel comentario.

En efecto, debían haber esperado. ¡Esperado! Kasey tuvo que reprimir una risa histérica. Aquel era el momento menos oportuno para reír.

– Supongo que puedo entender lo que sentía -dijo Jordan y cuando advirtió la expresión de extrañeza de su esposa, explicó-: Tú eres su única hija. No es difícil imaginar que hubiera preferido que te casaras con un hombre del campo, con alguien como él. Al menos esa es la impresión que yo tuve. Yo soy un hombre de ciudad. Y a tu padre no le cae bien ese tipo de gente.

– Mi padre te aprecia sinceramente; incluso te admira, como te habrás dado cuenta. Lo único que le molestaba era que todo hubiera sido tan rápido.

Jordan rió.

– En realidad, no tuvimos un compromiso muy largo que digamos. Cuando tu hermano vino a verme un día antes de la boda, me hizo la pregunta acostumbrada.

– ¿Qué pregunta? -Kasey frunció el ceño.

– ¿Te has aprovechado de mi hermana y la has dejado embarazada?

Kasey se mordió el labio para evitar que temblara.

– Vaya ironía, cuando apenas habíamos llegado a besarnos -Jordan posó los ojos en su boca-. Aunque como te dije entonces, querida, yo también me preguntaba si el embarazo sería la causa de tu ferviente proposición.

– No lo era. Y siento que te molestara lo que Peter y…

– Me sentí halagado, Doncella de Hielo -murmuró con suavidad y Kasey lo miró a la cara, con un extraño dolor en el corazón-. Simplemente halagado.

– Yo… no… no sabré qué decirle a mi padre.

– Lo aceptará, Kasey. Y además seguro que le alegra poder decirte que él ya te lo había advertido.

– ¡Mi padre no es así! -protestó Kasey.

– Tendría todo el derecho del mundo, ¿sabes? -dijo-. En realidad, prácticamente no nos conocíamos -hizo una pausa-. Y desde luego, nos conocíamos mucho menos de lo que conoces a Parker, por ejemplo.

Kasey lo miró sinceramente asombrada y al comprender lo que había querido decir, enrojeció de vergüenza.

– Tengo entendido que crecisteis juntos.

– Mi padre trataba a Greg como a otro hijo.

– Pero no lo es.

Kasey lo miró extrañada.

– Tu padre nunca lo adoptó.

– No, por supuesto. Greg tiene a sus padres en Australia Occidental, pero… -se encogió de hombros -no se lleva bien con ellos. Se fue de su casa cuando tenía quince años y un año después apareció en Akoonah Downs buscando trabajo. Mi padre lo contrató y le dio la oportunidad que todos le habían negado.

– ¿Qué edad tenías entonces?

– Ocho años.

Jordan la miraba con ojos fríos, penetrantes.

– Entonces tu padre lo contrató y le enseñó todo lo que sabía.

– Supongo que sí. Greg aprendió con mi hermano. Eran muy buenos amigos, Greg y Peter. Bueno… los tres lo éramos.

– Sólo buenos amigos.

– Sí, sólo buenos amigos.

Jordan sonrió, los labios le temblaban de forma escalofriante mientras miraba a su esposa con ojos penetrantes.

– No lo creo, querida.

– ¿Qué quieres decir?

– Vi cómo te miraba Greg el día de nuestra boda. Si no hubiera sabido que está comprometido con otra mujer, habría dicho que está perdidamente enamorado de ti.

– Pues te equivocas -replicó Kasey, sofocada por la fuerza de sus sentimientos.

Una fría sonrisa curvó los labios de Jordan.

– ¿Qué ocurrió entre tú y Parker? ¿Tuvisteis una riña amorosa? Y luego, tú te fuiste a la ciudad con la esperanza de que él te siguiera y te suplicara que volvieras.

Kasey tenía la sensación de estar viviendo una pesadilla.

– No, por supuesto que no. ¿Por qué iba a hacer eso?

– Para doblegarlo. Para obligarlo a que te pidiera que volvieras a casa.

– ¡Eso es ridículo! No sabes nada de mí, de mi vida.

– No, ¿verdad? Pero sí sé que había algo más que amistad entre tú y Parker. Lo noté en sus ojos cuando te acercabas al altar por el pasillo de la iglesia. Así que… -se frotó la barbilla -me pregunto: ¿por qué un hombre enamorado de una chica, decide casarse con otra? Todo un dilema.

– Dilema en el que has estado pensando desde el día de nuestra boda, ¿no es cierto? -Le espetó Kasey-. Escucha, eres tú el que ha convertido en dilema algo inexistente. Además, eso no tiene nada que ver con lo nuestro. Desde que nos casamos no he visto ni una vez a Greg. De modo que tu teoría puede irse al cubo de la basura.

Jordan rió con amargura.

– Y en cuanto me he ido unos días, has vuelto aquí.

– Greg está en Perth visitando a sus padres -replicó Kasey-. Ya te he dicho que he venido a ver a mi padre.

– Sí -contestó Jordan con aparente tranquilidad y Kasey permaneció con los labios apretados y echando chispas por los ojos.

Ninguno de los dos habló; sólo el ruido de los cascos de los caballos perturbaba el pesado silencio.

Jordan fue el primero en romperlo.

– Quizá deberías considerar mi propuesta de divorcio con seriedad -dijo-. A menos que quieras intentar la anulación. Después de todo, creo que es lo más honesto que podemos hacer, ¿no te parece?

Kasey resistió el impulso de darle una bofetada.

– Piénsalo, querida -insistió con cierto aire burlón-. Ahora creo que lo mejor será que volvamos a casa.

Desató las riendas del caballo de Kasey se las pasó, y luego montó en su caballo.

Descendieron por la colina a paso lento, sin hablar. ¿Cómo se habría enterado Jordan de lo que sentía por Greg?, se preguntaba Kasey. Miró a su marido por el rabillo del ojo cabalgando perfectamente y la joven se preguntó dónde y cuándo había adquirido esa habilidad.

¡Qué poco sabía de su marido! Kasey sofocó una súbita oleada de autocompasión. Estaba segura de que su misma secretaria particular sabía más sobre él que ella.

Invadida por una profunda sensación de tristeza tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no echarse a llorar, para no dar rienda suelta a su dolor. ¡Hacía tanto tiempo que el dolor parecía formar parte de su vida! Sobre todo desde que había oído sin querer la conversación de Jordan y Desiree… ¡No! Desde que Greg le había dicho que se iba a casar con Paula.

Comprendió, de repente, que el dolor que había sentido por la traición de Greg era una mera sombra en comparación con la angustia de imaginar a Jordan en brazos de su cuñada. Pero eso era ridículo. ¿Qué le estaba ocurriendo?

La verdad la golpeó como un relámpago inesperado. En aquel momento lo vio todo con una increíble claridad. Comprendía la razón por la que había dejado que la boda se celebrara, por qué había escapado de Jordan en cuanto había tenido una oportunidad… ¡Estaba enamorada de él! Y la profundidad de su amor convertía en un juego de niños lo que había sentido por Greg.

Desmontaron en el establo y luego se dirigieron a la casa.

Kasey se sentía como si la hubieran golpeado con una maza. ¿Enamorada de Jordan Caine? ¡No era posible! El amor era algo dulce… ¡No! ¡Aquella había sido su fantasía infantil! Lo que sentía por Jordan no era dulce ni infantil. ¿Qué pensaría él si descubriera el sentimiento que había despertado en ella?

Aquello era una locura. Había descubierto la profundidad de sus sentimientos hacia Jordan el mismo día que éste le había pedido el divorcio. ¿Cambiaría de idea si ella le confesaba que se había enamorado de él? Pero Kasey tenía demasiado orgullo para confiarle sus sentimientos.

Jordan procuraba no acercarse a ella y Kasey apresuró el paso hacia su casa.

Mike y Jessie estaban en la terraza, observándolos acercarse. El padre de Kasey sonreía bonachonamente, mientras los astutos ojos de Jessie parecían adivinar que las cosas no andaban bien.

– Veo que la has encontrado -dijo Mike, con una sonrisa luminosa-. Siempre ha sido muy inquieta. Espero que no le sueltes demasiado las riendas.

Kasey se puso tensa y dirigió a su padre una mirada de reproche. Jordan sonrió, pero no comentó nada.

– Iré a cambiarme -dijo Kasey, pero Jessie la detuvo.

– ¡Nada de eso! Estás muy bien. Siéntate y toma este té que acabo de preparar -Kasey vaciló antes de sentarse, obediente, en una silla-. Jordan acaba de llegar, así que no creo que le guste que desaparezcas tan pronto -añadió la buena mujer-. ¿No es cierto, Jordan?

– Definitivamente.

Kasey lo miró y notó el irónico humor que curvaba sus labios.

– Y así debe ser -continuó Jessie, mientras servía el té y entregaba las tazas humeantes a Kasey y a Jordan-. Toma un panecillo, Jordan. Acaban de salir del horno -Jessie se volvió hacia Kasey y, cuando la joven rechazó el panecillo que le ofrecía, la mujer frunció el ceño-. Come algo, criatura. No has comido en todo el día. ¡Con razón estás tan flacucha! Media tostada para el desayuno, poco más de un hoja de lechuga para el almuerzo. ¡Uf! -sacudió la cabeza.

– Nunca he comido mucho, lo sabes, Jessie -Kasey se descubrió cogiendo un panecillo y dándole un mordisco.

– Estás demasiado delgada -Jessie se sentó.

– Cenaré bien esta noche -se justificó Kasey con tono enfurruñado, percibiendo el frío escrutinio de Jordan y deseando encontrar algo que decir para apartar de sí misma el tema de conversación.

– ¿No crees que ha adelgazado, Jordan? -insistió Jessie, volviéndose hacia él.

Jordan arqueó las cejas y recorrió con una fría mirada a su esposa. Por fin la miró a los ojos. Su expresión era imperturbable, enigmática.

Kasey seguía atenta a cualquier cambio que se produjera en la actitud de su esposo.

– Mirándolo bien, es verdad, has adelgazado -intervino Mike-. Pero sigues estando guapísima -añadió con una amplia sonrisa.

– Estás pálida y demacrada -continuó Jessie, implacable-. ¿No te lo he estado diciendo esta última semana? Y mira las ojeras que tienes.

Mike frunció el ceño.

– Es cierto, estás pálida, hija. ¿Estás segura de que no estás enferma?

– Quizá sea sólo el cambio de clima -sugirió Jordan y Kasey se encogió de hombros.

– Es probable -no lo miró.

– No estarás embarazada, supongo -dijo Jessie con su habitual franqueza y a Kasey estuvo a punto de caérsele la taza de té.

El ama de llaves la miraba fijamente. Kasey no podía soportar aquellos penetrantes ojos que parecían leer sus pensamientos desde que era niña.

– ¡No! -exclamó la joven, y sacudió la cabeza enfáticamente-. ¡Sólo llevamos casados un mes!

– Eso no cuenta mucho en estos tiempos.

– ¡Jessie! -Kasey no se había sentido tan abochornada en su vida.

– Bien, pues suele suceder, ¿sabes?

– Jessie, por favor…

– ¿Le bastaría saber que estamos trabajando en ello? -intervino Jordan, asombrando a Kasey y acrecentando su incomodidad.

¿Qué estaba diciendo Jordan? ¿Por qué alardear de una intimidad que no existía cuando media hora antes hablaba de divorcio? Aquello haría más difícil decirle a su familia que pensaba separarse.

Mike se echó a reír e incluso Jessie sonrió.

– Soy una vieja entrometida, ¿verdad? Pero he estado muy preocupada por esta muchacha desde que vino a casa. La conozco desde que es una niña y en cuanto llegó, me di cuenta de que había algo que la preocupaba. Pero ahora que estás aquí, Jordan, estoy segura de que se animará. Seguro que te echaba de menos.

Kasey tuvo que reprimir una amarga carcajada. ¡Si Jessie supiera lo absurda que era aquella conversación! ¿Embarazada? ¿Trabajando en ello? Era poco factible que ella concibiera un hijo habiendo compartido el lecho conyugal con su esposo una sola vez. Sin embargo, parte de la teoría de Jessie era correcta. Kasey había echado de menos a Jordan.

– Ya basta, Jessie -Mike amonestó al ama de llaves-. La pobre Kasey está avergonzada. Todo ocurrirá a su debido tiempo.

En ese momento sonó el timbre del teléfono y Jessie fue a contestar la llamada.

Mike y Jordan iniciaron una conversación sobre la aridez de la campiña circundante.

Kasey se apoyó contra el respaldo de su silla, no era capaz de atender a la conversación; sólo era consciente de su propia tensión y de la inquietud que experimentaba ante la profunda y vibrante voz de su esposo.

Jordan volvió a hablar; cruzó una pierna sobre la otra, y se estremeció de deseo. Aquel sentimiento la cogió de sorpresa y tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse en lo que decían los hombres.

– Fui un verdadero tonto -estaba diciendo Mike a su yerno-. Salté de mi caballo como si fuera un mozalbete y lo siguiente que supe fue que me había roto la pierna. Y escogí el momento más inoportuno para mi «hazaña», Peter y su esposa están en los Estados Unidos, y Greg en Winterwood de manera permanente.

Jordan asintió mientras Jessie volvía en ese momento, con otra tetera humeante en las manos. La buena mujer sacudió la cabeza.

– Era la chismosa de Norma Main. El ama de llaves de la granja Winterwood, nuestros vecinos -añadió para información de Jordan-. Me ha llamado con el pretexto de comprobar una receta de cocina que yo le había dado, pero lo único que quería saber era si estaba aquí Jordan. Me ha dicho que alguien le ha comentado que el piloto había dicho que el esposo de Kasey había venido a vernos.

Jordan arqueó las cejas asombrado.

– Las noticias viajan rápido -comentó.

– Y hablando de noticias -dijo Jessie-, Greg y Paula han llegado esta mañana de Perth.

Kasey se puso tensa; intentó no cambiar de expresión bajo la perspicaz mirada de Jessie. No pudo volverse a mirar a Jordan.

– Supongo que te acuerdas de Greg, estuvo en vuestra boda -Jessie se volvió hacia Jordan.

– Sí, lo recuerdo.

– Greg es como un hermano para Kasey y Peter -continuó Jessie-. Paula, la prometida de Greg, lo convenció de que fuera a ver a sus padres para zanjar viejas diferencias. Hace casi doce años que no veía a su familia. Han estado en Perth cerca de una semana -Jessie se volvió hacia Kasey-. Parece que sus padres han accedido a venir a la boda. Paula está encantada.

Aunque no la miró, Kasey supo que la anciana la estaba observando fijamente y se puso lentamente de pie.

– Se está haciendo tarde y necesito ducharme y cambiarme antes de ayudarte a preparar la cena -se encaminó a la puerta.

– También a mí me gustaría ducharme -dijo Jordan, poniéndose de pie a su vez-. Así que podías enseñarme mi habitación.

Kasey miró a Jessie, estaba a punto de preguntarle qué cuarto le había asignado a Jordan cuando Jessie comentó:

– He puesto a Jordan en el cuarto verde -sonrió-. Y también he cambiado tus cosas a esa habitación, Kasey. Estaréis más cómodos en una cama de matrimonio.


Capítulo 9

<p>Capítulo 9</p>

Kasey miró al ama de llaves sonrojada.

– No deberías haberlo hecho, Jessie -dijo con voz tensa.

¿Cómo diantres iba a enfrentarse a esa nueva situación? Todo se le iba escapando del control.

– ¡Tonterías! -Jessie desdeñó sus protestas.

– Pero Jordan y yo… es decir… -Kasey aspiró profundamente-. Últimamente no duermo muy bien y no quiero molestar a Jordan.

– El cuarto verde estará bien, Kasey -dijo-. No me mimes tanto -y se volvió hacia Jessie-. Siempre es tan considerada -otra vez miró a su esposa con una sonrisa beatífica-. Pero ya sabes que no importa que me despiertes por la noche.

Kasey no pudo decir nada. La seductora sonrisa de su esposo le robó el aliento y sus palabras, encendieron en el interior de la joven un fuego que amenazaba con extenderse por todo su ser. Sería tan fácil dejarse llevar, rendirse a la sensual promesa que él ofrecía. Pretender. ¿Podría ella…?

Jessie estaba encantada. Jordan avanzó y cogió del brazo a Kasey.

– ¿Quieres acompañarme a nuestro dormitorio?

La leve presión de los dedos de su esposo sacó a Kasey de su estupor y avanzó con él hacia la casa. Jordan la soltó en cuanto Mike y Jessie ya no pudieron verlos.

¿Por qué estás aquí? Quiso gritarle Kasey. Una vez más, Jordan aparecía para complicarle la vida.

– Lo siento -Kasey se asombró ante la calma de su voz-. Ni siquiera se me había ocurrido pensar en… -calló e hizo un movimiento de desaliento con la mano.

– En dónde iba a dormir yo -Jordan terminó la frase-. Es natural que hayan supuesto que dormiríamos juntos -añadió con desenfado.

– ¿Pero qué vamos a hacer? -Kasey abrió la puerta del cuarto verde y entró.

La habitación era grande y daba a una terraza. Había dos viejos armarios de cedro en una pared y Kasey percibió el aroma del aceite para muebles que Jessie usaba. El lecho parecía suave y acogedor.

Kasey cerró los ojos, respiró hondo y luego se volvió para enfrentarse a su esposo.

Jordan se estaba desabrochando la camisa; la blancura de la tela hacia un intenso contraste con el bronceado del pecho.

– ¿Qué haces? -preguntó ella.

– Voy a ducharme, y normalmente suelo desnudarme antes de hacerlo -dijo con una semisonrisa irónica-. Supongo que el cuarto de baño está aquí al lado.

– Sí. Pero no puedes… quiero decir… no podemos…

Jordan se sacó la camisa del pantalón y después de quitársela, la dejó sobre el respaldo de una silla.

Kasey no podía quitar la vista del pecho de su esposo.

De repente, Kasey sintió seca la boca y se humedeció los labios con la punta de la lengua. Un deseo desgarrador la impulsaba a recorrer la distancia que la separaba de su esposo para estrecharse contra él y sentir el roce de su cuerpo.

– No iba a sugerir que nos ducháramos juntos -comentó él, interpretando mal la palidez de su esposa. Fue hacia el armario, para coger una de sus camisas limpias que Jessie había colgado allí.

Kasey lo miró en silencio, hipnotizada por el juego de músculos de su espalda.

– ¿O ha sido ese nuestro problema, Kasey? A lo mejor deberíamos habernos bañado juntos desde el principio -se volvió a mirarla, y dejó la camisa en el borde de la cama.

Kasey se ruborizó. Jordan estaba jugando con ella; podía verlo en sus ojos, en el brillo burlón que encendía su profundidad azul.

– Podríamos remediarlo -susurró él.

– ¡No seas absurdo! -Kasey se cruzó de brazos, cuando Jordan deslizó la mirada por el cuerpo de su esposa-. Utilizaré mi propio cuarto de baño y dormiré en mi antiguo dormitorio -declaró. Luego se volvió dispuesta a salir de la habitación.

– ¡Kasey! -el grito de Jordan la detuvo-. A menos que quieras enfrentarte a las preguntas de Jessie, te sugiero que duermas aquí.

– ¿Y tú en dónde vas a dormir?

– Aquí también.

– Pero… yo no puedo…

– ¡Por todos los santos! -explotó Jordan-. Estarás a salvo, no te preocupes -la espetó con irritación-. Te juro que no tengo intención de atentar contra tu pudor -le dirigió una mirada penetrante.

– Yo no he dicho que… pues… que fueras a intentarlo -farfulló Kasey, hundiendo las trémulas manos en los bolsillos de sus vaqueros, mientras el recuerdo de su noche de bodas revoloteaba en su memoria.

– Bien, si eso está claro, lo mejor será que nos comportemos como seres civilizados ¿te parece? -caminó hacia ella, desabrochándose el cinturón y Kasey se volvió y huyó hacia su habitación.

– ¡Adultos civilizados! -masculló la joven para sí.

Se sentía como una adolescente asustada. Cerró los ojos y dejó que el agua de la ducha le cayera sobre el rostro, y en su mente se presentó la perturbadora imagen de Jordan, desnudo, deslizándose en la cama junto a ella.

¿Deberían bañarse juntos? En ese momento casi podía sentir las manos de Jordan recorriendo su cuerpo. Su suave, sensual gemido la sacó de sus fantasías.

¡Debía estar loca! Parecía que la estaba afectando el calor. Furiosa consigo misma, cerró los grifos del agua y salió de la ducha. Sacó una toalla de baño y comenzó a secarse con innecesario vigor.

Se puso unos pantalones cortos de color beige y una blusa a juego. Descalza, bajó a la terraza. Apoyó la mejilla contra el poste de la balaustrada y suspiró.

Hacía menos de un mes, pensaba que nunca se recobraría del dolor que Greg le había infligido. Sin embargo, la vida había seguido su curso. La noche que Greg había ido a verla a su apartamento, la había puesto en el camino que la llevaría al desastroso matrimonio con Jordan. Un error tras otro. ¿Sería ése su destino?

– Hola, Kasey.

El sonido de su nombre la sobresaltó; se incorporó, y se volvió hacia el hombre que acababa de llegar montando a caballo.

– Siento haberte asustado. Creí que me habías visto.

– No… no importa. Debía estar soñando despierta. ¿Cómo estás, Greg?

Greg se encogió de hombros.

– Bien -la miraba con expresión reservada-. Tienes buen aspecto -añadió, recortando las riendas de su montura cuando el animal se inquietó-. Parece que la vida de ciudad te sienta bien.

Kasey inclinó la cabeza. Era evidente que Greg no la podía ver con claridad desde donde estaba.

– Quizá sea la vida de casada -declaró desafiante e inmediatamente se arrepintió al ver a Greg apretar los labios con enfado-. Y hablando de esas cosas, ¿qué tal van tus planes de boda?

– Bien -respondió Greg-. Paula se está encargando de todo. Yo me contentaré con firmar los documentos.

Kasey lo observó detenidamente. Parecía insatisfecho, amargado.

Si no estaba contento con su vida, él era el único culpable, se dijo Kasey. Greg había escogido su propio camino y ya era demasiado tarde para cambiar de idea.

– ¿Cómo está Mike? -preguntó él.

– Bien, aunque un poco fastidiado por tener que quedarse todo el día en casa -aquel tema de conversación era terreno neutral-. Si quieres saludarlo, está en el porche.

Greg frunció un poco el ceño.

– En realidad he venido a verte a ti -bajó del caballo, lo ató bajo la sombra de un árbol y dejó su sombrero en la cabeza de la silla de montar. Mientras ascendía por los escalones hacia Kasey, se pasó los dedos por el pelo. Se detuvo a unos centímetros de ella-. Norma Main me ha dicho que llegaste un día después de que yo me fuera con Paula a Perth.

Kasey retrocedió un paso y se apoyó contra el poste de la balaustrada.

– Sí. Jessie me ha comentado que fuiste a ver a tus padres.

– Fue idea de Paula.

– ¿Se han alegrado de verte? -preguntó Kasey, mientras trataba de analizar sus sentimientos por el hombre que tanto había significado para ella. Su primer amor. Habían cabalgado juntos, nadado en el mismo estanque. Sin embargo, en ese momento le resultaba imposible revivir el pasado.

– Pues… sí. Supongo que sí. Por lo menos, mi madre se ha alegrado. Al principio hubo algo de tensión, pero al final hemos conseguido hacer las paces.

– Me alegro.

– Me ha encantado volver a ver a mi hermano. Se ha casado y tiene tres hijos ya -Greg hizo una pausa-. A todo el mundo le ha encantado Paula -escudriñó con la mirada a su interlocutora, como buscando alguna reacción. ¿Celos, quizá?

En otras circunstancias, Kasey se habría sentido ofendida. ¿Cómo se atrevía a mirarla así?

Le devolvió la mirada con firmeza desafiante y por primera vez advirtió la inmadurez, la debilidad de Greg, que ella había tomado anteriormente como encanto juvenil. El héroe al que durante tantos años había admirado. ¿Cómo podía haber estado tan equivocada?

Greg era guapo, pero su atractivo un tanto blando resultaba insulso comparado con la masculina fuerza de Jordan. Siempre terminaba haciendo comparaciones y, claro, Jordan salía con ventaja. Pero, de no haber sido por Greg, nunca se habría casado con Jordan.

Y el sábado, Greg se casaría con Paula. Kasey había aceptado la invitación a la boda, pero ya no le importaba nada asistir o no.

– A mi padre le ha deslumbrado -decía Greg, sin dejar de mirar a Kasey con fijeza.

– Paula es una chica muy atractiva -dijo Kasey con sinceridad.

– Akoonah Downs ha cambiado mucho desde que te fuiste -susurró Greg, cambiando de táctica. Kasey sonrió.

– Jessie me ha comentado que no te han visto mucho por aquí. Por lo que me han comentado, has estado muy ocupado desde que tomaste las riendas de la granja.

– Henry tiene artritis, así que… -Greg se encogió de hombros y se interrumpió.

Así que ya tienes lo que querías, Greg, tu propia granja, hubiera querido decir Kasey.

– No venía aquí porque no valía la pena si tú no estabas -señaló Greg y posó una mano sobre la barandilla, a unos centímetros de la de Kasey-. Te he echado de menos.

– He estado lejos de casa por períodos más prolongados -le recordó Kasey-. Cuando estaba en el colegio, por ejemplo.

– Eso era diferente -le estrechó la mano.

– ¡Greg! -Kasey trató de apartar la mano, pero él se la retuvo.

– ¿Me has echado de menos, Kasey?

Pero antes de que Kasey pudiera contestar, una profunda voz los sobresaltó.

– Ah, estás aquí, querida -Jordan salió a la terraza.

Greg y Kasey retrocedieron con expresión de culpabilidad y Greg soltó la mano de la joven como si de repente le quemara. Jordan avanzó rápidamente hacia Kasey y le rodeó la cintura con el brazo.

– Usted es Parker, ¿verdad? -preguntó Jordan con tono frío y Greg se puso tenso.

– Greg Parker -farfulló.

– Tengo entendido que está encargado de la granja Winterwood -comentó Jordan con total desenfado, estrechando más a su esposa.

– Conociste a Greg el día de nuestra boda -intervino Kasey.

– Hmm -Jordan la rodeó por completo con sus brazos y la joven pudo sentir el aliento de su esposo acariciarle los cabellos. El corazón le latía desbocado-. Recuerdo que nos presentaron, pero debe comprender, Parker, que entonces tenía otras cosas en mi mente -mordisqueó con los labios el cuello de su esposa.

– Creo que voy a ir a ver a Mike -musitó Greg, fijando sus ojos en Kasey.

– Jessie acaba de preparar otra tetera -dijo Jordan-. Y me ha pedido que viniera a buscar a Kasey. Vaya a ver a Mike, Parker. Nosotros iremos dentro de un momento.

Sin decir palabra, Greg bajó los escalones de la terraza y cuando desapareció por una esquina de la casa, Jordan soltó con lentitud a su esposa, pero le impidió alejarse interponiéndose en su camino.

– No me tomes por idiota, Kasey -gruñó.

– No sé a qué te refieres -dijo con tanta convicción como pudo. Sin duda, Jordan había visto a Greg apretándole la mano.

– Eres mi esposa y hasta que yo diga lo contrario, ésa es la realidad. Cualquier diferencia que tengamos debe permanecer en privado. ¿Entendido?

– Eso es ridículo…

– Ridículo o no, te conviene hacer lo que te digo -la interrumpió Jordan-. Y eso incluye no tener interludios románticos con el tipejo ese.

– ¡No he tenido ningún interludio romántico con él! -protestó Kasey, furiosa-. Sólo estábamos hablando.

– ¿Hablando cogidos de la mano? -Jordan soltó una carcajada áspera-. ¡Qué bonito!

– Si no tienes cuidado, Jordan, voy a pensar que estás celoso -lo provocó Kasey.

Apretó los labios y la mandíbula, y la miró como si quisiera estrangularla. Pero logró controlar su ira.

– No me provoques, Kasey. Sólo te estoy pidiendo que te alejes de Parker -aflojó la presión de los dedos y comenzó a caminar hacia el porche-. Reunámonos con los tres, ¿quieres?

Jessie estaba ofreciendo unos panecillos a Greg cuando Jordan y Kasey se acercaron.

– Mi pastel favorito -dijo Greg con excesivo entusiasmo-. Usted debía saber que iba a venir, Jessie.

– Estaba segura de que vendrías -declaró ella en tono seco y comenzó a llenar las tazas de Jordan y Kasey.

Kasey se sentó con el corazón todavía agitado tras su enfrentamiento con Jordan. Y lo peor era que estaba segura de que todos debían haber oído su discusión. Miró a Jordan de soslayo.

Jordan también la estaba mirando. Al sentir que Kasey lo observaba, desvió la vista de manera indolente hacia Greg y luego volvió a posar la mirada en su esposa.

«Me has echado de menos, Kasey» ¿Habría oído Jordan las apasionadas palabras de Greg? Sin duda así había sido, dedujo Kasey. De otra manera, ¿qué sentido tenía aquella muestra de conyugal posesividad y de su despreciable ultimátum posterior?

– ¿Cómo está Paula? -Le preguntó Jessie a Greg-. ¿Ya está todo listo para la boda?

Greg asintió.

– Paula está bien y, por lo que sé, todo está arreglado.

Kasey lo miró con severidad. ¡Pobre Paula, qué poco le importaba a su prometido!

– ¿Cómo están los niveles de la presa? -cambió de tema Greg, dirigiéndose a Mike.

Charlaron sobre los temas habituales y Kasey observó que Jordan escuchaba con aparente atención, cosa que a ella le resultaba imposible. Jordan había cambiado de posición y había posado la mano en el muslo de la joven; movía los dedos en una lenta caricia que estaba surtiendo un efecto devastador en Kasey.

Cuando Jessie se puso de pie para preparar la cena, Kasey se ofreció rápidamente a ayudarla.


– ¿Se quedará Jordan hasta el fin de semana para asistir a la boda de Greg? -preguntó Jessie, mientras amasaba la pasta para el pastel de carne.

– No sé -contestó Kasey con aparente tranquilidad-. No me… no hemos hablado de ello -frunció el ceño-. No creo. No puede desatender durante mucho tiempo su negocio. Ha estado muy ocupado desde el infarto de su hermano.

Jessie observó a la joven mientras ésta desenvainaba los guisantes. Consciente del escrutinio de Jessie, a Kasey le tembló la mano y algunos guisantes se le cayeron al suelo. Se agachó para recogerlos, agradeciendo aquella excusa para ocultar su turbación.

– Y tú vuelves con él -no era una pregunta, sino una aseveración.

– No, me gustaría quedarme unos días más -respondió la joven.

Jessie dejó de amasar un momento.

– ¿Os pasa algo malo? ¿Tenéis algún problema? -quiso saber y Kasey se obligó a mirarla con expresión de asombro.

– ¿Algo malo? ¡Oh, no, por supuesto que no!

– ¿Por eso viniste aquí? ¿Por eso te ha seguido?

Kasey forzó una risa.

– ¡Jessie por favor! He venido a casa por lo del accidente de mi padre y para veros. No es nada extraño, ¿verdad?

– Supongo que no -asintió Jessie poco convencida-. Pero no eres la misma de siempre. No eres la Kasey que se fue de aquí.

– Espero que no. Ahora he madurado, Jessie, soy una mujer adulta y casada y… bien, a lo mejor la ciudad me ha cambiado.

– ¡Puf! ¡Las ciudades! Sólo humo y corrupción.

Kasey suspiró aliviada al ver que Jessie cambiaba de tema de conversación.

– Nunca me han gustado las ciudades. ¡Tantos coches, tantos peligros! Ya le advertí a Paula que tuviera cuidado cuando Greg la llevó a Perth. Y, hablando de Greg…

Kasey se puso tensa, esperando las siguientes palabras de Jessie, lista para interrumpirla, pero como siempre, Jessie dijo lo que quería decir.

– Creo que todavía está enamorado de ti.

– ¡Oh, Jessie!

– No me vengas con tu «¡Oh, Jessie!». Ya sabes lo que quiero decir y ya sé que no le vas a dar alas -Jessie suspiró-. Trata de no preocuparte por eso, querida. Ya se repondrá. Greg sigue siendo muy inmaduro, a pesar de su edad. Pero cuando se case con Paula sentará la cabeza, ya verás.

– ¿Crees que será feliz?

– Estoy segura -aseveró Jessie-. Paula lo adora y será el rey de Winterwood en lugar de un peón aquí en Akoonah Downs.

Kasey miró a la anciana desazonada. ¿Cómo podía saber Jessie…?

– He sabido desde hace años lo que pensaba Greg, criatura. Y también tu padre estaba al tanto. Por eso nunca le preocupó que estuvieras enamorada de Greg. Sabía que no iba a ser suficiente para él.

Kasey suspiró. Parecía que todo el mundo estaba enterado de todo.

– Tu padre está muy contento de verte casada con alguien como Jordan -sonrió Jessie-. Y yo también -concluyó-. Ahora debemos darnos prisa con la cena.

Para asombro de Kasey, la cena de esa noche transcurrió con bastante tranquilidad. Si Jordan se había propuesto seducir con su encanto indudable a la familia de Kasey, lo estaba logrando a la perfección.

Kasey lo observó mientras bromeaba con Jessie hasta hacerla desternillarse de risa.

Cuando terminaron de cenar, se retiraron a la sala; después de estar allí hablando durante más de una hora, Kasey empezó a bostezar. Estaba cansada física y emocionalmente. Pero, ¿era mejor acostarse antes que Jordan? O debía esperar a que él estuviera dormido para retirarse ella a la cama?

Entonces se dio cuenta de que todos la estaban mirando.

– Lo siento. ¿Me decíais algo?

Jordan se puso de pie.

– Te estás durmiendo -dijo y se estiró-. Yo también estoy cansado, debo admitirlo. A los dos nos sentaría bien retirarnos temprano a dormir. Con su permiso. Mike.

El padre de Kasey asintió.

– Yo también voy a irme a la cama pronto. Aquí nos acostarnos temprano.

– Si quieres prepararé un poco de té, papá -se apresuró a sugerir Kasey.

– Para mí no, mi reina -dijo Mike-. Será mejor que te acuestes. Jordan tiene razón; parece que te vas a quedar dormida de pie -guiñó un ojo a su hija y ella dudó. No podía irse con Jordan.

Jordan cruzó la habitación y la agarró del brazo con suavidad.

– A la cama. Buenas noches Mike… Jessie.

Antes de que Kasey pudiera protestar se encontró en el pasillo, de camino a su habitación.

– Jordan, mejor te dejo pasar una noche tranquila. Nadie se enterará de que he dormido en mi cuarto.

Ya habían llegado al cuarto verde y Jordan la hizo entrar poniéndole una mano en la espalda.

– Creía que ya habíamos llegado a un acuerdo -dijo con exasperación.

– En realidad, no creo que tengamos que dar a nadie explicaciones de cómo dormimos, Jordan. ¿A quién le puede importar?

– A mí. Jessie habla demasiado y no quiero que mi vida privada se conozca desde aquí hasta Bourke.

– Aquí no hay espías, Jordan -dijo con sarcasmo y se apresuró a agregar, al ver la severa expresión de su esposo-: Además, decidimos que… -se interrumpió al advertir la ira reflejada en los ojos de Jordan.

– Si decidimos… ¿qué?

– Esta mañana has hablado de un posible divorcio -murmuró Kasey.

– Todavía no estamos divorciados -Jordan se quitó la camisa-. Hasta entonces, no quiero que se especule sobre nuestra vida privada.

– No entiendo por qué te importa tanto lo que piensen aquí. Akoonah Downs no es precisamente el centro de la vida social.

Jordan se encogió de hombros.

– ¿Entenderían tu padre y Jessie que durmiéramos en dormitorios separados?

Kasey calló.

– Concluyo mi alegato. Ahora iré un momento a la terraza mientras te desnudas y te pones el camisón, para evitar otra discusión -sin esperar réplica, salió.

Kasey permaneció donde él la había dejado, clavando la mirada en la enorme cama. Al acercarse el lecho, vio que Jessie había dejado sobre la cama el mejor camisón de la joven. Kasey acarició los suaves pliegues, luego dobló la prenda y la metió en el cajón superior del tocador y buscó en el armario hasta encontrar la vieja camiseta que se ponía normalmente para dormir. Rápidamente se desnudó y se puso la camiseta. Inmediatamente, se metió en la cama.

Como a una señal, Jordan reapareció. Apenas miró a su esposa antes de comenzar a quitarse los zapatos y desabrocharse los pantalones.

– ¡No puedes desnudarte aquí! -gritó Kasey sin poder contenerse. Jordan se detuvo.

– ¿Por qué no?

– Pues, porque…

Jordan se quitó los pantalones y se quedó parado ante ella en ropa interior.

Después, se fue acercando lenta y peligrosamente a la cama.

– No pensarás dormir con sólo… esos…

– No, no pienso dormir con estos -se burló él-. En realidad, suelo dormir desnudo, como ya sabrás -y tras decir esas palabras se quitó el calzoncillo.

Ruborizada, Kasey desvió la mirada.

– Tengo la clara impresión de que estás sonrojada, querida. ¡Vaya despliegue virginal! Pero un poco fuera de lugar y tiempo, ¿no te parece?

Kasey volvió a sentir una leve punzada de dolor en el pecho. Se mordió el labio inferior. ¿Cómo podía hacerle eso? Su ira comenzó a crecer.

Jordan había entrecerrado los ojos, pero ella captó un brillo helado en ellos.

– ¡No entiendo cómo eres capaz de decirme eso! -replicó Kasey, indignada-. ¡Qué manera de justificarte! Eres despreciable, Jordan.

– Lo que he querido decir es que no es la primera vez que dormimos juntos -dijo él.

– Lo cual no es precisamente mi idea…

– Kasey, estoy cansado…

– Yo también… de este matrimonio unilateral. Todo es siempre como tú deseas. ¡El gran Jordan Caine!

Jordan se incorporó con un ágil movimiento y la sábana se deslizó hasta debajo de sus caderas.

– Si lo que buscas es pelea, Kasey, te agradecería que la dejes para otra ocasión. He tenido un día muy cansado.

– ¿Y si yo decido no obedecer los deseos de mi amo y señor? -preguntó en tono sarcástico.

– Entonces tu amo y señor encontraría alguna forma especialmente desagradable de terminar la noche.

– ¡No te atreverías!


Capítulo 10

<p>Capítulo 10</p>

– ¿No? -Jordan deslizó un dedo por el cuello de su esposa. Ruborizada, Kasey se replegó, pero no antes de sus traidores sentidos hubieran enloquecido ante la sensual y delicada caricia.

Jordan le sostuvo la mirada durante unos segundos estremecedores.

– Los dos necesitamos dormir, Kasey, ¿no crees? -musitó. Y se volvió hacia su lado de la cama, dispuesto a dormir. La noche se extendía interminable ante ella. Kasey permanecía despierta, tensa y frustrada, al lado de su marido, que dormía relajado. Se le contrajo el estómago al recordar el altercado y su imaginación se desbocó; intentaba imaginar lo que habría pasado si Jordan hubiera aceptado el reto que le había lanzado. Eso sólo sirvió para ponerla todavía más nerviosa.

¿Habría cumplido la amenaza? Bien, ella nunca lo sabría. Pero creía que Jordan sería capaz de valerse de cualquier medio para obtener lo que se proponía.

¡Maldición! Era un presuntuoso, arrogante, insoportable… se aferró con fuerza a la manta.

Kasey estuvo a punto de gemir en voz alta. ¡Cómo deseaba hacer el amor con él! Y cuánto deseaba tener el valor de volverse hacia él, despertarlo y mostrarle la intensidad de su deseo. Pero, por supuesto, no podría hacerlo. ¿O sí? ¡No! Cerró con determinación los ojos convocando el olvido del sueño.

En cierto momento debió dormitar un poco, pues el cuarto comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol cuando algo, un sonido, la despertó. Abrió los ojos y escuchó con atención.

– Kasey.

La joven se acurrucó asustada.

– Kasey -repitió Jordan, moviéndose con inquietud.

¿Qué quería? ¿Estaba enfermo?, se preguntó la joven.

– ¿Qué… pasa?

– Kasey -repitió Jordan en sorda letanía, murmuró algo ininteligible y luego-: No te vayas… no te vayas…

Kasey se incorporó sobre un codo, y lo observó en la penumbra; se dio cuenta de que estaba soñando.

– No te vayas -Jordan se acercó y aprisionó a la joven con el brazo.

Ella trató de quitarse el peso muerto del brazo. Aquello pareció consternarlo y lo hizo murmurar otra cosa y estrechar a la joven contra él. La vieja camiseta de Kasey se estiró y el escote se abrió tanto que dejó al descubierto ambos pechos y la boca de Jordan quedó sobre la piel desnuda.

Jordan movió lentamente los labios sobre ella y Kasey se quedó petrificada. ¿Qué debía hacer? ¿Despertarlo? ¿Levantarse de la cama?

Jordan comenzó a mordisquearle la curva del cuello y, aunque Kasey intentó permanecer inmune, el ya familiar cosquilleo en la boca el estómago se extendió al resto del cuerpo.

Jordan le mordisqueó el lóbulo de la oreja y ella se estremeció. El deseo la inflamó y antes de que pudiera darse cuenta de lo que hacía, acarició con infinita delicadeza el brazo de su esposo.

Kasey se sentía como si fuera ajena a su propio cuerpo, como si fuera una espectadora de sus propios actos. Le costaba creer que era ella la que acariciaba con mano temblorosa el rostro de Jordan. Trazó con el dedo el contorno de la oreja, y luego las oscuras cejas; después merodeó por la mejilla hasta llegar al contorno de la mandíbula y sintió la barba a medio crecer. Volvió a subir para delinear la recta nariz y se detuvo, para tocar con enorme suavidad los seductores labios.

Eran unos labios firmes, bien dibujados. Kasey acarició el labio superior y luego el inferior; casi sin darse cuenta, introdujo el dedo en la boca de su esposo y éste le lamió la punta con movimientos suaves.

Kasey desvió la mirada y se encontró con los ojos de su esposo. Los tenía abiertos, alertas y en el tenue resplandor del amanecer sostuvieron la mirada de la joven. El fuego que recorría las venas de Kasey se reflejaba en la profundidad de los ojos de su esposo. ¿Cómo podía haber pensado alguna vez que aquellos ojos eran fríos? se preguntó Kasey, admirada.

Jordan movió lentamente el brazo que la mantenía cautiva y buscó con la mano el delicado cuello de Kasey; luego descendió por debajo de la camiseta hasta apoderarse de un seno. Después de algunas excitantes caricias se apoderó del pezón que reclamaba erguido sus caricias.

Pero sus ojos no se apartaban de los de ella.

Kasey gimió de placer.

– ¡Jordan por favor! -¿Por favor detente o no te detengas?

Kasey estaba más allá de todo pensamiento racional. Era como si su femineidad hubiera permanecido latente, expectante, esperando una sola caricia de Jordan para estallar.

Jordan se movió, apartó la sábana y despojó con destreza a su esposa de la camiseta, de modo que ella quedó allí, quieta y lánguida, prácticamente desnuda. La suave luz de la madrugada bañaba su cuerpo perfecto con un resplandor plateado.

– Preciosa -susurró Jordan-. Preciosa… -inclinó la cabeza y mordisqueó cada uno de los pezones, para luego besarle con infinita suavidad cada centímetro de piel.

Con dedos diestros y cuidadosos, le quitó las bragas y exploró con la suavidad de un aleteo de mariposa las partes más sensibles de la joven. Kasey contuvo el aliento, sin atreverse a creer que pudiera existir semejante delicia.

Kasey inició entonces su propia exploración, buscando cada curva del musculoso cuerpo, saboreó con los labios la tibia piel del hombro de su esposo, su pecho… Jadeó, sentía que podía perderse en la embriaguez seductora del aroma de su esposo. Jordan a su vez emitió un gemido ronco cuando las caricias de su esposo se tornaron más audaces. Luego buscó con sus labios la boca femenina.

Kasey se arqueó hacia él; ansiaba satisfacer su deseo. Jordan se puso encima de ella y Kasey contuvo el aliento con súbito temor.

Jordan susurró todo tipo de palabras cariñosas y tranquilizadoras con su profunda voz, mientras seguía avivando con sus caricias la llama del deseo hasta conseguir que a Kasey sólo le importara satisfacer aquella ansiedad que le abrasaba las entrañas y superaba todo temor. Su pasión igualó la de su esposo; tomó y dio placer, hasta que ambos se desplomaron exhaustos en la cama.

Kasey se quedó dormida casi de inmediato. Agotada, se acurrucó en el refugio amado de los brazos de su esposo. Había sido maravilloso, no se había parecido en nada a la primera vez. Se durmió con una dulce sonrisa en los labios.

Cuando despertó, el sol inundaba la habitación y Jordan estaba de pie frente al espejo, de espaldas a ella, peinándose. Era evidente que acababa de ducharse, pues tenía el pelo húmedo y el aroma de su loción llegaba hasta la joven. Al mirarlo, erguido y viril ante el espejo, Kasey volvió a sentir en las entrañas la punzada del deseo.

¿Se había comportado de verdad de una forma tan desvergonzada? Era increíble. Quizá lo había soñado… Pero no, había sido demasiado real. Se desperezó.

Sin duda debió hacer algún ruido al estirarse, pues Jordan se volvió, con el peine todavía en la mano.

Sólo entonces fue consciente Kasey de la enormidad de lo que había hecho la noche anterior. ¿Le había suplicado, con gestos, y actitudes, que hiciera el amor con ella? El rubor tiñó su rostro y se cubrió defensivamente con las sábanas.

Jordan adoptó una expresión insondable y con lentitud dejó el peine en el tocador.

– Buenos días -dijo con amabilidad.

Kasey lo miró con ojos muy abiertos, dejando escapar el aliento. ¡Era increíble! ¿Cómo podía comportarse de una forma tan normal después de lo que había sucedido? Porque para él no era una novedad, le recordó una vocecilla.

– Te dejaré para que te vistas. Jessie ya ha preparado el desayuno -Jordan se acercó a la puerta, hizo una pausa, se volvió hacia su esposa y luego salió.

Kasey observó perpleja la puerta cerrada. A lo mejor había sido una alucinación, un sueño erótico muy vívido. Se llevó los dedos a los labios y emitió un leve gemido que nada tenía que ver con el dolor físico.

Se incorporó en la cama, y se sonrojó al ver un cardenal en el pecho izquierdo. Furiosa consigo misma, se levantó y se puso una bata. Después de arreglar la habitación, cogió su ropa y fue por el pasillo hacia el cuarto de baño de su antiguo dormitorio.

Cuando se reunió con los demás en la terraza, se sentó lo más lejos posible de su esposo y no se atrevió a mirarlo de la cara.

– ¿Por qué no llevas a Jordan a bañarse al estanque? -sugirió su padre después de que Kasey consiguiera comerse una tostada con algo de café-. Demuéstrale que no todo es polvo y moscas en Akoonah Downs.

Kasey miró a su marido.

– Hace demasiado calor para cabalgar -dijo.

– Lleva el jeep -replicó Mike.

– Pero tú necesitarás el jeep para ir a la pista de aterrizaje y recoger las partes del tractor que te van a mandar de Sidney -le recordó Kasey.

– Son sólo un par de cajas. Billy puede ir en la camioneta -dijo Mike y se volvió hacia su yerno-. Te aseguro que el paseo al estanque vale la pena, Jordan. Es un oasis de frescura en el desierto.

– Me gustaría conocerlo -dijo Jordan-. Pero preferiría ir a caballo.

– Bien, allí tienes -Mike sonrió con actitud triunfal a su hija-. Llama al establo y dile a Billy que os ensille dos caballos.

– Yo lo haré -se ofreció Jessie después de volver a llevarles las tazas de café-. Te va a encantar, Jordan, no te imaginas lo bonita que es esa zona. Kasey y los chicos prácticamente vivían en el estanque -se echó a reír al recordarlo-. ¿Recuerdas aquella tarde que les escondiste la ropa a Peter y a Greg? ¡Y todo porque no querían llevarte al baile! Peter se enfadó tanto que no quiso hablarle durante varios días, pero a Greg le pareció una broma estupenda.

– Si vamos a ir, será mejor que comencemos a prepararnos -Kasey se puso de pie. Los recuerdos de Jessie eran lo último que necesitaba en ese momento-. Voy a ponerme los vaqueros.

– ¡No olvides el traje de baño! -le gritó Jessie.

¿Cómo iba a soportar las siguientes horas a solas con Jordan? Llevarlo al estanque sería una tortura. Era un lugar especial para ella. Y quería que lo fuera también para él, su esposo, el hombre al que amaba.

Si se hubiera tratado de un matrimonio normal, si se hubiesen conocido y enamorado, estaría encantada de tener la oportunidad de estar a solas con él allí, de compartir con Jordan el escenario de sus fantasías de adolescente.

Pero aquellos sueños habían sido las dulces fantasías de la juventud. Había crecido, madurado y sabía perfectamente lo que esperaba de la vida: amar a Jordan y ser amado por él.

Un penoso nudo de lágrimas no vertidas se le formó en la garganta. Jordan no estaba enamorado de ella. Quería el divorcio. ¡Qué tonta había sido enamorándose de él!

Se subió la cremallera de los vaqueros y se dirigió lentamente hacia la puerta. ¿Temía Jordan las siguientes horas tanto como ella?

Kasey salió a la terraza cuando Jordan estaba doblando la esquina de la casa. La joven se detuvo y lo observó aproximarse, a pasos tranquilos, pero firmes.

– Billy no ha traído todavía los caballos -dijo Kasey.

– Eso veo -Jordan arqueó irónicamente una ceja y Kasey hundió las temblorosas manos en los bolsillos del pantalón-. Si quieres podemos cabalgar en direcciones diferentes.

Kasey lo miró sin entender.

– No sé qué quieres decir.

– Claro que lo sabes. Tienes un rostro muy expresivo, querida. Estoy seguro de que preferirías caminar sobre carbones al rojo vivo a venir conmigo.

– Oh, Jordan, eso es…

Una amarga carcajada de Jordan la interrumpió.

– Es la verdad. ¿Tanto te arrepientes de lo que hemos compartido esta noche?

Kasey se puso roja como la grana.

– Desde que te has levantado esta mañana, has hecho todo lo posible por aparentar que no ha ocurrido nada -prosiguió él.

Jordan se plantó ante ella, con las piernas separadas y los brazos en jarras. Kasey sintió que la pulverizaba con la mirada.

– Lo que ha ocurrido ha ocurrido, por mucho que quieras negarlo.

– ¡Jordan, de verdad, estás…! -Kasey se interrumpió, aturdida.

– Estoy diciendo la verdad -le dijo con tono apacible-. Hemos dormido juntos, hemos hecho el amor. Y hemos disfrutado -dio un paso hacia ella-. Hemos disfrutado, ¿no es cierto, Kasey?

Como Kasey no respondió, suspiró exasperado.

– No soy un insensible, Kasey. Sé cuando una mujer goza. Anoche no fingiste.

– No he dicho lo contrario -dijo Kasey, sin aliento. ¿Tenía idea Jordan del efecto que estaban teniendo sus palabras sobre ella y de los recuerdos que estaba evocando? Casi podía sentir otra vez las manos de su esposo en su cuerpo, los labios sobre su piel. Si Jordan la hubiera mirado a los ojos habría descubierto la verdad en ellos; se habría dado cuenta de que deseaba hacer el amor otra vez con él.

– Bien, entonces, supongo que ahora me pedirás que me disculpe. Fui yo el que te aseguró que estabas a salvo a mi lado, ¿no? Por lo tanto, debo haberme aprovechado de ti.

– Jordan, no entiendo por qué tenemos que… que insistir -dijo Kasey, sacudiendo la cabeza-. ¿No podemos olvidarlo simplemente?

Se hizo un tenso silencio en el que casi se podían oír los latidos de sus corazones. Después, Jordan la agarró del brazo con firmeza y la hizo volverse hacia él.

– ¡Olvidarlo? ¿Tú podrías, Kasey? ¿Eres capaz de olvidar lo que ha ocurrido?

Kasey se encogió de hombros.

– Por supuesto -susurró con una voz que sonó extraña a sus propios oídos.

– ¿Estás tomando precauciones? -preguntó de repente Jordan sin ambages y Kasey lo miró asustada.

Fue incapaz de pronunciar palabra, así que se limitó a negar con la cabeza.

Algo brilló en la fría expresión de los ojos de Jordan.

– Bien, pues me temo que yo tampoco venía preparado.

– Eso no… no significa que… que yo me haya quedado…

Jordan sonrió, fue una sonrisa tensa, fría, casi una mueca.

– Te aseguro que no eres la primera que pronuncia esas palabras.

Un millón de ideas absurdas bulleron en la mente de la joven. Incluso se atrevió a desear que… Pero estaba siendo ridícula. No quería atrapar así a su esposo. Quería más. Mucho más.

– Jordan, esto es… ¡Oh, por todos los santos, no quiero hablar de ello! Tienes mi palabra de que no voy a chantajearte o a oponerme a tu demanda de divorcio. Lo de anoche fue un error.

Jordan seguía agarrándola del brazo.

– Mi error -dijo con acritud y lanzó una carcajada, áspera y amarga-. El error más grande de mi vida -repitió con suavidad.

Y aquellas palabras hirieron a Kasey en lo más profundo de su ser. Jordan estaba admitiendo que lo de la noche anterior sólo había sido un desliz que nunca se volvería a permitir. Todo un error. Como su matrimonio.

Kasey se obligó a apartarse de él, a alejarse del inquietante influjo de su cercanía e intentó hacer acopio del poco orgullo y aplomo que le quedaban.

– No tienes que seguir culpándote. El error fue mío. Soy yo la que… -tragó saliva-, quien te incitó… tú estabas dormido, soñando y yo te seduje.

Jordan esbozó una sonrisa desdeñosa, amarga.

– Eres muy magnánima al hacer semejante declaración, pero me temo que no me habría podido seducir si yo no hubiera querido.

Antes de que Kasey pudiera replicar, Billy Saturday apareció con dos caballos ensillados.

– ¿Va al estanque, señorita Kasey? -preguntó el mozo de cuadra-. Nade por mí, que tengo bastante calor.

Kasey había comenzado a bajar los escalones cuando Jessie salió de la casa.

– Ah, menos mal que no te has ido, Jordan. Te llaman por teléfono. Es un tal Terry Joseph.

– Gracias, Jessie -dijo con tono de fastidio y entró en la casa.

– Espero que no sean malas noticias -deseó el ama de llaves-. El joven que ha llamado parecía un poco consternado.

Kasey subió por la escalera otra vez.

– Espero que no le haya pasado nada al hermano de Jordan.

Jessie asintió y ambas entraron en la casa. Jordan estaba colgando el auricular cuando llegaron a la sala. Su marido seguía parado allí, de espaldas a ellas.

– Jordan -dijo Kasey con suavidad-. ¿Le ha ocurrido algo a David?

Él se volvió y sacudió la cabeza.

– No. David está bien -suspiró-. Terry me ha comentado que hay un problema en la sucursal de Adelaide -miró con aire pensativo a Jessie-. ¿Puede llevar pasajeros esa avioneta que ha traído los repuestos para el tractor de Mike?

– Supongo que sí -respondió Jessie-. ¿Pero tienes que irte? Creíamos que te ibas a quedar hasta el fin de semana, hasta la boda de Greg.

Jordan miró a Kasey y luego bajó la mirada.

– Pero supongo que ese asunto es importante -continuó Jessie-. Iré a ver a Norma Main para ver si todavía no se ha ido el avión.

Jordan salió al pasillo y Kasey lo siguió.

Hubiera deseado suplicarle que no se fuera, pero el orgullo se lo impidió.

– ¿Es grave el problema? -preguntó con voz pausada.

Jordan se detuvo y se volvió a mirarla.

– Quiero decir, ¿podrás volver… -Kasey hizo una pausa-, este fin de semana?

– No estoy seguro -se pasó una mano por la nuca-. Terry podría resolver el problema de negocios, pero hay algo más. Desiree ha aparecido en la oficina esta mañana buscándome. Le ha dicho a Terry que piensa dejar a David.


Capítulo 11

<p>Capítulo 11</p>

Kasey se sentía como si le hubieran asestado una puñalada. ¡Desiree! No era un problema en la oficina el que impulsaba a Jordan a volver a la ciudad, sino su cuñada. Desiree tiraba de las cuerdas y Jordan se movía. Siempre sería así. Kasey había sido una estúpida al pensar que las cosas podían cambiar.

Posiblemente, después de aquello Desiree dejaría a su esposo, se convertiría en una mujer libre y Kasey volvería a quedarse sola, terriblemente sola.

– Tendré que ir a hablar con ella -señaló Jordan.

La historia se repetía. ¿No era algo parecido lo que le había dicho en su noche de bodas?

– Sólo Dios sabe en qué embrollo se habrá metido -Jordan seguía frotándose la nuca para calmar la tensión de sus músculos.

– Desiree está lo bastante crecidita para salir por sí misma de su embrollo -se oyó decir Kasey, y Jordan la miró con los ojos entrecerrados. La joven soltó una carcajada histérica-. Pero no, el buenazo de Jordan está siempre dispuesto a ir en su ayuda.

– ¿Kasey?

Ella no entendió ni quiso entender el tono interrogante de la voz de su esposo. Lo único que sabía era que debía escapar, huir de él antes de derrumbarse y traicionarse a sí misma suplicándole que no se fuera, que se quedara con ella, que la amara tanto como ella a él. Pero eso sería como aullar a la luna. Jordan amaba a Desiree y siempre la había amado. No sin esfuerzo, consiguió controlarse.

– Bien, como suele decirse, si tienes que irte… vete -dijo intentando no demostrar su angustia-. Y más vale que te des prisa; me parece que ya se acerca la avioneta.

Kasey volvió sobre sus talones y corrió hacia el pasillo, bajó rápidamente la escalera y arrancó las riendas de las manos del azorado Billy; montó en su caballo y se alejó de allí a galope.

Las lágrimas le bañaban el rostro, nublando su vista mientras dejaba que el caballo siguiera su curso. Un momento después el animal se detuvo, para pastar a su antojo.

Kasey se estremecía mientras los sollozos sacudían su cuerpo, hasta que por fin enjugó sus lágrimas con el dorso de la mano. Miró a su alrededor, y se dio cuenta de que no había ido muy lejos. Se volvió a mirar la casa a tiempo de ver el jeep detenerse al lado de la avioneta. Una figura alta, con camisa blanca, descendió del jeep para subir al aeroplano y un momento después el jeep volvió a la granja.

Jordan acudía a la llamada de Desiree. Kasey oyó el ruido de los motores de la avioneta cobrar vida. Así que Desiree tenía razón el día que le advirtió que terminaría arrebatándole a Jordan; Jordan siempre volvía a ella.

La avioneta avanzó y Kasey se enjugó las lágrimas. Ya era demasiado tarde. La pequeña avioneta estaba al final de la pista.

El tren de aterrizaje de la avioneta dejó la pista y luego, para horror de Kasey, la aeronave se precipitó contra la tierra rojiza y seca.

Todo ocurrió en unos segundos, pero para Kasey, que estaba montada en su caballo y mirando con aterrada incredulidad, todo pareció acontecer a cámara lenta. La avioneta se había estrellado ante sus ojos. No podía recordar el sonido, pero la imagen había quedado impresa de manera indeleble en su memoria.

El humo comenzó a ascender en espiral. ¡Fuego! ¡No, no!

Espoleó el azorado caballo.

¡No! ¿Estaba gritando realmente o la palabra resonaba tan sólo en su mente? ¡No! ¡No! ¡Jordan no! ¡Por favor… Jordan no!

Galopó colina abajo durante lo que le pareció una eternidad, y al llegar a la llanura, enfiló hacia el lugar del accidente. Cuando llegó allí, oyó que el jeep frenaba detrás de ella. Kasey desmontó con presteza y el caballo se espantó.

Oyó que alguien la llamaba por su nombre, pero no hizo caso mientras corría hacia el aeroplano. Y hacia Jordan.

– ¡Jordan! -gritaba histéricamente mientras se acercaba, repitiendo el nombre de su esposo una y otra vez.

Una figura en camisa blanca salió del aeroplano, trastabilló y cayó inmóvil al suelo.

– ¡Jordan!

Oyó pasos cerca de ella y un momento después alguien la cogió por las piernas y la tiró al suelo.

– ¡No te muevas! -le susurró alguien al oído, aprisionándola con su cuerpo.

Kasey intentó soltarse, pero la empujaron otra vez hacia el suelo. Antes de que pudiera balbucear algo, una espantosa explosión la ensordeció.

Cuando Kasey volvió en sí estaba tumbada en el suelo de madera de la terraza. ¿Por qué estaba allí? ¿Se había desmayado? Trató de moverse. Le dolía todo el cuerpo. Abrió la boca y sintió la aspereza del polvo entre los dientes. Debía haberse caído… ¡No! La habían tirado.

Recordó todo de repente. La avioneta que se estrellaba. El fuego. ¡Jordan! ¡Oh, Jordan! ¡No! Jordan en el suelo y luego la explosión.

Las lágrimas corrieron por sus mejillas, dejando huellas en el polvo, mientras intentaba incorporarse.

– ¡Jordan!

– ¡Shh! Tranquilízate, mi niña -la apaciguó Jessie, mientras le limpiaba el rostro con un paño húmedo. Sostuvo un vaso ante los labios de la joven, instándola a que se enjuagara la boca.

– Oh, Jessie -exclamó Kasey con desesperación-. Jordan… ¿está…?

Alguien deslizó un brazo por sus hombros y la atrajo contra su pecho.

– No puede estar muerto -sollozó desconsolada Kasey.

– Kasey, no llores, mi amor. No llores.

Estaba segura de que podía oír su voz, percibir su almizclado perfume, sentir el vigor de sus consoladores brazos. Tragó saliva, se puso tensa y levantó lentamente la cabeza, parpadeando para disipar las lágrimas.

– ¿Jordan? -balbuceó y alzó una mano hacia el rostro masculino, le acarició la barbilla, la mejilla, la nariz, la boca-. ¡Oh, Jordan! -susurró-. Creía que estabas…

Jordan la silenció poniéndole un dedo en los labios. Kasey lo miró entonces a los ojos y al verlos inflamados de amor sintió que el corazón le iba a estallar en el pecho. Luego Jordan inclinó lentamente la cabeza hacia ella. Su beso fue tierno y suave al principio; luego, intenso y apasionado.

– Había oído hablar de la respiración boca a boca, pero esto es exagerado -oyeron decir a Jessie con tono divertido.

– Pero entonces… ¿quién…? Oh, Jordan, estaba segura de que… he visto el humo…

– Ha sido algo lamentable -dijo Jessie-. Tu padre está dentro llamando por radio al médico. El piloto tiene algunas quemaduras y creemos que se ha roto el peroné. Ha tenido mucha suerte. Y ahora, ya basta. Hay que lavarte, criatura. Llévala dentro, Jordan.

Jordan iba a cogerla en brazos, pero ella se esforzó por poner se de pie.

– Puedo andar -dijo, apoyándose en su marido-. Creo -añadió mirándose la ropa y tratando de quitarse el polvo que la cubría.

– Los dos necesitáis una buena ducha y luego tú deberías meterte en la cama.

– Oh, Jessie, estoy bien -protestó Kasey.

– He dicho que te acuestes. Te has llevado un susto tremendo -le dijo el ama de llaves con firmeza-. Le pediré a Jordan que te suba una taza de té cuando estés lista.

En medio de una bruma de aturdimiento, Kasey se duchó, se puso un camisón y se metió en la cama. En esa cama que había sido testigo de su febril abrazo amoroso con Jordan.

¿Realmente la había besado su esposo de manera tan apasionada delante de Jessie? ¿O había soñado? Se tocó los labios y se estremeció.

Oyó un golpecito en la puerta y luego Jordan entró. Después de cerrar, fue a dejar una taza de té en la mesilla de noche, a la cabecera de la cama. Olía a jabón y llevaba puesta una bata negra, la misma que llevaba la mañana que Kasey se había despertado en su apartamento.

Era increíblemente atractivo. ¿Sería la febril imaginación de Kasey la que le hacía recordar un encuentro apasionado en sus brazos?

Jordan se sentó a su lado al borde de la cama, sin despegar los ojos de los de ella. Apoyó una mano a cada lado de la joven, luego sacudió la cabeza lentamente y la estrechó en sus brazos.

Kasey le pasó las manos por la espalda, firme, musculosa.

– Creía que habías muerto -murmuró y un sollozo se le ahogó en la garganta-. Cuando te he visto bajar del avión y caerte en el suelo, he pensado que… -sacudió la cabeza.

Jordan se apartó de ella, para volver a mirarla a los ojos. Le enmarcó el rostro con las manos, acariciándole con los pulgares los temblorosos labios.

– Ese no era yo, Kasey -dijo con suavidad.

– Pero yo he visto…

– Era el piloto -dijo él-. Cuando te has ido, me he quedado parado en el pasillo tratando de convencerme de que no estabas celosa de Desiree, que sólo eran imaginaciones mías. Porque si estabas celosa eso significaba que me querías. ¡Ah, cómo deseaba creerlo, Kasey! -suspiró-. Nunca sabrás cuánto quería creer eso.

Kasey lo miró azorada; no se atrevía a creer lo que oía.

– Entonces he decidido tirar mi orgullo por la ventana. Te seguí a Akoonah Downs para ofrecerte tu libertad, ¿sabes?, por que no podía soportar tenerte tan cerca y no poder declararte mi amor a cada minuto.

Kasey estaba a punto de estallar de alegría.

– Cuando David sufrió el infarto aproveché el pretexto del exceso de trabajo para mantenerme lejos de ti -prosiguió él-. Porque sabía que si estaba cerca tendría que abrazarte, querría hacer el amor contigo. Y tú me dabas a entender que eso era lo último que desearías. Creí que había conseguido algún progreso la noche de la fiesta de los Mendelson, pero te encerraste en tu cuarto. Ese fue mi mayor fracaso, Kasey.

– Por lo tanto, vine a ofrecerte la oportunidad de divorciarte. Pero después de hacerte la absurda propuesta, deseé con toda el alma que no la aceptaras. No podía retroceder, sin luchar, sin defenderme. Y cuando he visto que estabas celosa de Desiree, me has ofrecido un asomo de esperanza. Me he aferrado a tus posibles celos como a una tabla de salvación. Por eso quería ir detrás de ti, para decirte lo mucho que te amo, para suplicarte que me dieras la oportunidad de demostrártelo. Acababa de montar al caballo cuando la avioneta se ha estrellado -hizo una mueca-. Lo siguiente que he sabido es que galopabas hacia la avioneta tan temerariamente que se me ha congelado la sangre. He intentado impedirlo mientras Billy iba hacia el jeep, pero tú has seguido adelante. Tenía que detenerte antes de que… -sacudió la cabeza y una mueca de angustia contrajo su rostro.

– ¿Me has tirado al suelo? ¿Has sido tú?

– Era la única manera de detenerte. Sabía que la avioneta estaba a punto de explotar. No podía permitir que te pasara nada -se inclinó hacia delante y la besó-. Te amo -susurró con el alma en la garganta.

Kasey suspiró y lo rodeó con los brazos.

– Jordan, yo también te amo. Pero no puedo cree… ni siquiera sospechaba… y nuestro matrimonio ha sido…

– La maniobra de un hombre desesperado -aseveró él.

Kasey se echó atrás para mirarlo a los ojos.

– Oh, sí, un hombre muy desesperado -él la besó en la punta de la nariz-. Yo quería que una relación estrictamente convencional, quería hacerte la corte, proponerte matrimonio de rodillas y con un ramo en las manos, pero eras demasiado esquiva, mi Doncella de Hielo. Si me hubiera salido con la mía, te habría raptado aquella primera noche cuando te vi en el desfile de modas.

– Me enamoré de ti como un bobo y eso nunca me había ocurrido antes -se echó a reír-. Me bastó mirarte, ver esos cabellos como llamas, esos ojos increíbles y todo mi aplomo se desmoronó. Me sentía tan torpe como un adolescente. Le pedí a Betty Cable que nos presentara, pero no tenías ningún interés en conocerme por mucho que yo intentara acercarme a ti.

Kasey bajó la mirada.

– En esa época yo… -comenzó la joven-… estaba muy… confundida.

– ¿Debido a Parker? -ella lo miró a los ojos y asintió.

– He pensado que estaba enamorada de Greg desde que era niña y daba por sentado que él sentía lo mismo por mí. Creía que nos casaríamos y seguiríamos viviendo aquí en Akoonah. Me fui a la ciudad cuando él me dijo que se iba a casar con Paula. Supongo que lo que hice fue escapar. Durante esos primeros meses supongo que estaba un poco desequilibrada, viviendo día a día en el sentido literal; casi vegetando.

Hizo una pausa antes de continuar:

– Después, cuando comenzaba a reponerme de la desilusión, Greg vino a verme. Me dijo que me amaba, que me echaba de menos. Creí que había roto su compromiso con Paula -Kasey se encogió de hombros-. Pero no lo había hecho, ni tenía intención de romperlo. Pero también me deseaba -miró a su esposo-. Esa fue la noche que me presenté en el bar del hotel. Sólo había bebido dos copas. Pero como no estoy acostumbrada a bebidas fuertes y no había comido, me hicieron mucho efecto. Tenía la absurda idea de que debía encontrar un marido atractivo para presumir delante de Greg. Fue una tontería. Lo siento, Jordan.

– Yo no. Además así pude presentarme como marido voluntario. No fue una coincidencia que estuviera con tus amigos en el hotel aquella noche. Yo los frecuentaba con la esperanza de encontrarte entre ellos alguna vez. Esa noche, cuando no te vi con ellos, estuve a punto de darme por vencido e irme a casa. Luego entraste -sacudió la cabeza-. Al principio no sabía qué decirte, ¿verdad? Todo lo que decía te ponía en mi contra.

Kasey se echó a reír.

– ¡Me puse furiosa cuando me compraste la limonada! Y luego para colmo me desmayé.

– ¡Kasey! ¿Puede un hombre haber sufrido una tentación más grande que lo que yo soporté aquella noche? Y cuando finalmente te despertaste no podías recordar que yo había aceptado tu propuesta de matrimonio. Tuve que recordártelo.

– ¿De verdad creías que te lo había propuesto en serio?

Jordan le acarició la cabeza y la volvió a besar.

– Hasta que no te vi en la iglesia, estaba seguro de que te ibas a retractar en cualquier momento. Me sentía totalmente desarmado, indefenso.

– Pues lo disimulabas muy bien.

– Oh, las señales estaban allí. Hice lo que no debía, decía tonterías. Especialmente en nuestra noche de bodas -Jordan cerró los ojos durante un momento-. Nunca me lo perdonaré. No pensaba hacer el amor aquella noche. Quería que llegáramos a conocernos mejor. Estabas demasiado tensa, esperando que saltara sobre ti en cualquier momento. Me resultaba difícil aceptarlo, Kasey, y sé que ésa no es excusa, pero quería hostigarte, darte una lección. Pero no esperaba sentir un deseo tan intenso. Quería besarte, dejar que pensaras lo peor de mí y luego pensaba dormirme. ¡Qué tonto fui! No me pude contener. Me porté como un cerdo egoísta y lo lamento.

Kasey le sonrió con timidez.

– Esta mañana has compensado con creces ese error -dijo con suavidad.

– Creía que te había perdido para siempre -murmuró Jordan.

– Ya estaba medio enamorada de ti cuando nos casamos, pero también estaba muy confundida e incluso me sentía un poco culpable por lo de Greg. Supongo que mis sentimientos por él se habían convertido en una especie de hábito y no podía admitir que te deseaba.

– ¡Qué tontos hemos sido! Y qué manera de empezar una luna de miel; todo salió mal, y para colmo recibimos la llamada de Desiree.

Kasey se puso tensa. Desiree. Se había olvidado de ella. Jordan no podía seguir enamorado de ella después de lo que acababa de decir.

– ¿Kasey? -Jordan se apartó de ella y la miró a los ojos preocupado-. ¿Qué te pasa Kasey? Cuéntamelo, por favor.

– Lo que pasa es… Se trata de Desiree. ¿Tú y Desiree…? Oí sin querer vuestra conversación el día que tus padres celebraban su aniversario. Y luego, el día de nuestra boda Desiree me dijo que siempre volvías a ella.

Jordan suspiró.

– Desiree tiene un problema. Con cierta regularidad, se harta del matrimonio y se enreda con cualquiera que esté disponible. Ha engañado a David durante todos estos años y yo me siento un poco responsable. La conocí cuando estábamos en la universidad -continuó él-. Y creí que me había enamorado de ella. La llevé a casa para que conociera a mis padres y a mi hermano David, él era el mayor y el heredero de mi padre, por así decirlo, y yo estaba empezando a montar mi propio negocio, de modo que me dejó y puso sus miras en David.

Entonces, me entregué con pasión a convertir mi compañía en un éxito, al principio sólo para demostrarle que se había equivocado, pero pronto me di cuenta de la suerte que había tenido al librarme de ella. Más o menos en la época en que te conocí, Desiree había decidido que estaba aburrida otra vez y que sería divertido reiniciar las cosas conmigo donde las habíamos dejado. Se volvió muy insistente y yo esperaba que el hecho de que me fuera a casar contigo pusiera fin a sus juegos estúpidos. Lo que yo sentía por Desiree murió antes de que se casara con mi hermano. Por favor, debes creerlo, Kasey.

Ella lo miró a los ojos vio el amor reflejado en ellos y sonrió, sabiendo que por fin estaba libre de la sombra de Desiree.

Jordan la miró con admiración.

– ¡Señora Caine, no sabe usted lo que hace conmigo! -esbozó una sonrisa triste-. Tengo otra confesión que hacer.

Kasey arqueó las cejas y su corazón se desbocó ante la pasión que vio en los ojos de su esposo.

– Esta mañana, cuando te he sugerido que consideraras la posibilidad de que estuvieras embarazada, estaba tan ansioso de que no me dejaras que me he aferrado a la esperanza de que hubiéramos concebido un hijo.

– Es posible -susurró Kasey.

– ¿Te molestaría? -preguntó él con voz insegura.

Kasey sacudió la cabeza.

– ¿Cómo podría molestarme? Te quiero, Jordan. Quiero tener hijos, verlos crecer; quiero que compartan nuestra vida y nos conviertan en abuelos.

Jordan inclinó lentamente la cabeza posó los labios con suavidad en los de su esposa. Y sin saber cómo, se vieron envueltos en un torbellino de amor y placer.

Jordan buscó con ansiedad los senos de su mujer. De repente se detuvo y posó con suavidad los dedos por el cardenal que Kasey había observado antes.

– ¿Yo te he hecho esto? -le preguntó preocupado y ella le sonrió.

– No importa -murmuró Kasey.

– Tendré que tener más cuidado en el futuro -comenzó a decir Jordan y Kasey lo silenció con los labios.

Hicieron el amor apasionadamente, intentando recuperar el tiempo perdido. Cuando terminaron, se quedaron abrazados mirándose a los ojos con un inmenso amor.

– Sólo una cosa más, señora Caine.

Kasey le acarició la espalda y él emitió un leve gemido.

– ¿Qué señor Caine? -ronroneó ella.

– ¿Significa este pequeño arrebato que debo cancelar la propuesta de divorcio?

Kasey se echó a reír con una risa cantarina, y buscó los labios de su marido para que no quedara ninguna duda sobre su respuesta.


Lynsey Stevens

<p>Lynsey Stevens</p>
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