Ken Follett

La Caída De Los Gigantes


Título origina Fall of Giants


A la memoria de mis padres,

Martin y Veenie Follett



PERSONAJES

<p>PERSONAJES</p> PERSONAJES ESTADOUNIDENSES

Familia Dewar

Senador Cameron Dewar

Ursula Dewar, su esposa

Gus Dewar, su hijo

Familia Vyalov

Josef Vyalov, hombre de negocios

Lena Vyalov, su esposa

Olga Vyalov, su hija

Otros

Rosa Hellman, periodista

Chuck Dixon, amigo de escuela de Gus

Marga, cantante de club nocturno

Nick Forman, ladrón

Ilya, matón

Theo, matón

Norman Niall, contable deshonesto

Brian Hall, jefe sindical

Personajes históricos reales

Woodrow Wilson, 28º Presidente de Estados Unidos

William Jennings Bryan, secretario de Estado

Joseph Daniels, secretario de la Armada


INGLESES Y ESCOCESES

Familia Fitzherbert

Conde Fitzherbert, llamado Fitz

Princesa Elizaveta, llamada Bea, su esposa

Lady Maud Fitzherbert, hermana de Fitz

Lady Hermia, llamada tía Herm, tía pobre de Fitz y Maud

Duquesa de Sussex, tía rica de Fitz y Maud

Gelert, perro de montaña de los Pirineos

Grout, mayordomo de Fitz

Sanderson, sirvienta de Maud

Otros

Mildred Perkins, inquilina de Ethel

Bernie Leckwith, secretario de la delegación de Aldgate del Partido Laborista Independiente

Bing Westhampton, amigo de Fitz

Marqués de Lowther, «Lowthie», pretendiente rechazado de Maud

Albert Solman, gestor de los negocios de Fitz

Doctor Greenward, voluntario de la maternidad

Lord «Johnny» Remarc, subsecretario del Ministerio de Guerra

Coronel Hervey, asesor de sir John French

Teniente Murray, edecán de Fitz

Mannie Litov, dueño del taller de costura

Jock Reid, tesorero del Partido Laborista Independiente de Aldgate

Jayne McCulley, esposa de un soldado

Personajes históricos reales

Rey Jorge V

Reina María

Mansfield Smith-Cumming, llamado «C», jefe del Departamento de Exteriores de los servicios

secretos (posteriormente MI6)

Sir Edward Grey, secretario del Foreign Office

Sir William Tyrrell, secretario personal de Grey

Frances Stevenson, amante de Lloyd George

Winston Churchill, miembro del Parlamento

H. H. Asquith, miembro del Parlamento, primer ministro

Sir John French, comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica


FRANCESES

Gini, chica de bar

Coronel Dupuys, edecán del general Galliéni

General Lourceau, edecán del general Joffre

Personajes históricos reales

General Joffre, comandante en jefe del ejército francés

General Galliéni, comandante de la guarnición de París


ALEMANES Y AUSTRÍACOS

Familia Von Ulrich

Otto von Ulrich, diplomático

Susanne von Ulrich, su esposa

Walter von Ulrich, hijo de Otto, agregado militar de la embajada alemana de Londres

Greta von Ulrich, hija de Otto

Graf (conde) Robert von Ulrich, primo segundo de Walter, agregado militar de la embajada

Austríaca de Londres

Otros

Gottfried von Kessel, agregado cultural de la embajada alemana de Londres

Monika von der Helbard, mejor amiga de Greta

Personajes históricos reales

Príncipe Karl Lichnowsky, embajador alemán en Londres

Mariscal de campo Paul von Hindenburg

General de infantería Erich Ludendorff

Theobald von Bethmann-Hollweg, canciller

Arthur Zimmermann, ministro de Asuntos Exteriores


RUSOS

Familia Peshkov

Grigori Peshkov, obrero metalúrgico

Lev Peshkov, mozo de caballos

Fábrica Putílov

Konstantín, operario de torno, moderador del círculo de debate

Isaak, capitán del equipo de fútbol

Varia, obrera, madre de Konstantín

Serge Kanin, supervisor de la sección de fundición

Conde Maklakov, director

Otros

Mijaíl Pinski, agente de policía

Ilia Kozlov, su compañero

Nina, doncella de la princesa Bea

Príncipe Andréi, hermano de Bea

Katerina, campesina recién llegada a la ciudad

Mishka, dueño de bar

Trofim, gángster

Fiódor, policía corrupto

Spiria, pasajero del Ángel Gabriel

Yákov, pasajero del Ángel Gabriel

Antón, empleado de la embajada rusa de Londres, también espía para Alemania

David, soldado judío

Sargento Gávrik

Teniente segundo Tomchak

Personajes históricos reales

Vladímir Iliich Lenin, jefe del partido bolchevique

León Trotski


GALESES

Familia Williams

David Williams, sindicalista

Cara Williams, su esposa

Ethel Williams, su hija

Billy Williams, su hijo

Abuelo, padre de Cara Williams

Familia Griffiths

Len Griffiths, ateo y marxista

Señora Griffiths

Tommy Griffiths, hijo de Len, mejor amigo de Billy Williams

Familia Ponti

Señora Minnie Ponti

Giuseppe «Joey» Ponti

Giovanni «Johnny» Ponti, su hermano menor

Mineros

David Crampton, Dai el Llorica

Harry el Seboso Hewitt

John Jones el Tendero

Dai Chuletas, hijo del carnicero

Pat el Papa, embarcador de superficie

Micky el Papa, hijo de Pat

Dai Ponis, mozo de caballos

Bert Morgan

Directivos de la mina

Perceval Jones, director de Celtic Minerals

Maldwyn Morgan, director de la mina de carbón

Rhys Price, capataz de seguridad de la mina de carbón

Arthur Llewellyn el Manchas, oficinista de la mina de carbón Personal de Ty Gwyn

Peel, mayordomo

Señora Jevons, ama de llaves

Morrison, lacayo

Otros

Dai el Boñigas, encargado de la limpieza

Señora de Dai Ponis

Señora de Roley Hughes

Señora de Hywel Jones

Soldado George Barrow, Compañía B

Soldado Robin Mortimer, oficial apartado del servicio, Compañía B Soldado Owen Bevin,

Compañía B

Sargento Elijah Jones el Profeta, Compañía B

Teniente segundo James Carlton-Smith, Compañía B

Capitán Gwyn Evans, Compañía A

Teniente segundo Roland Morgan, Compañía A

Personajes históricos reales

David Lloyd George, miembro del Parlamento del Partido Liberal


PRÓLOGO. Iniciación

Capítulo 1

<p>PRÓLOGO. Iniciación</p>
<p>Capítulo 1</p>

22 de junio de 1911

El mismo día que Jorge V fue coronado rey en la abadía de Westminster, en Londres, Billy Williams bajó por primera vez a la mina en Aberowen, Gales del Sur.

El 22 de junio de 1911, Billy cumplía trece años. Su padre empleó su técnica habitual para despertarlo, un método que se caracterizaba por ser mucho más expeditivo y eficaz que cariñoso, y que consistía en darle palmaditas en la mejilla a un ritmo regular, con firmeza e insistencia, una y otra vez. El muchacho dormía profundamente y, por un momento, trató de hacer caso omiso de aquellos cachetes, pero los golpes se sucedían incesantes. Experimentó una brusca y fugaz sensación de enfado, pero entonces se acordó de que tenía que levantarse, de que hasta tenía ganas de hacerlo, de modo que abrió los ojos y se incorporó de golpe en la cama.

– Son las cuatro – anunció su padre antes de salir de la alcoba, y acto seguido se oyó el fuerte ruido de sus botas al bajar por los peldaños de la escalera de madera.

Ese día, Billy iba a empezar a trabajar como aprendiz minero, al igual que había hecho la mayoría de los hombres de su ciudad a su misma edad. Le habría gustado sentirse más ilusionado ante la idea de ser minero, pero estaba decidido a no hacer el ridículo: David Crampton lloró en su primer día en la mina y aún lo llamaban Dai el Llorica, a pesar de que tenía veinticinco años y era la estrella del equipo de rugby local.

Era el día después del solsticio de verano, y la luminosa claridad de los primeros rayos del alba penetraba por el ventanuco del cuarto. Billy miró a su abuelo, acostado a su lado, y vio que tenía los ojos abiertos. Cuando Billy se levantaba, el anciano siempre estaba despierto, invariablemente; decía que los viejos no dormían demasiado.

El muchacho salió de la cama; solo llevaba los calzoncillos. Cuando hacía frío, dormía con camisola, pero aquel año las islas británicas estaban disfrutando de un verano caluroso, y las noches eran suaves. Sacó el orinal de debajo de la cama y levantó la tapa.

No había habido ningún cambio en el tamaño de su pene, al que llamaba su «pito»; seguía siendo la misma colita infantil que había sido siempre. Tenía la esperanza de que hubiese empezado a crecerle la víspera de su cumpleaños, o si no, al menos, de ver brotar algún que otro pelo negro alrededor, pero se llevó una gran decepción. Para su mejor amigo, Tommy Griffiths, que había nacido el mismo día que él, la cosa había sido distinta: le había cambiado la voz y hasta le había salido una pelusilla oscura encima del labio superior. Además, para colmo, su pito era como el de un hombre hecho y derecho. Aquello era humillante.

Mientras usaba el orinal, Billy miró por la ventana. Lo único que se veía desde allí era la escombrera, un montículo gris pizarra de estéril, la materia inservible de la mina de carbón, esquisto y arenisca en su mayor parte. Aquel era el aspecto que debía de tener el mundo el segundo día de la Creación, pensó Billy, antes de que Dios dijese: «Produzca la tierra hierba verde». Una brisa suave levantó una fina capa de polvo negro de la escombrera y la derramó sobre la hilera de casas.

En el interior de su alcoba, todavía había menos objetos que contemplar. Se encontraba en la parte posterior de la casa, era un espacio angosto en el que a duras penas cabía la cama estrecha, una cómoda y el viejo baúl del abuelo. Colgado de la pared había un dechado bordado donde se leía:


CREE EN EL

SEÑOR JESUCRISTO

Y ESTARÁS

A SALVO


No había espejo.

Una puerta llevaba a lo alto de la escalera y la otra al dormitorio principal, al que solo podía accederse atravesando la pequeña alcoba. La otra habitación era más grande, con espacio para dos camas, y allí dormían mamá y papá; incluso las hermanas de Billy habían dormido allí, varios años antes. La mayor, Ethel, ya no vivía con ellos, y las otras tres habían muerto, una de sarampión, otra de tos ferina y la tercera de difteria. También había tenido un hermano mayor, que compartió la cama con Billy antes del abuelo. Se llamaba Wesley y murió abajo, en la mina, arrollado por una vagoneta fuera de control, por uno de los carros con ruedas que transportaban el carbón.

Billy se puso la camisa, la misma que había llevado a la escuela la jornada anterior. Ese día era jueves, y solo se cambiaba de camisa los domingos. Sin embargo, sí tenía un par nuevo de pantalones, sus primeros pantalones largos, hechos de un recio algodón impermeable al que llamaban piel de topo. Eran el símbolo del ingreso en el mundo de los hombres, y se los puso con orgullo, disfrutando de la sensación fuertemente masculina de la tela. Se ciñó un grueso cinturón de cuero y las botas que había heredado de Wesley y, a continuación, bajó las escaleras.

La mayor parte de la planta baja estaba ocupada por la sala de estar, de unos veinte metros cuadrados, con una mesa en el centro y una chimenea en un costado, amén de una alfombra tejida a mano sobre el suelo de piedra. El padre estaba sentado a la mesa leyendo un ejemplar atrasado del Daily Mail, con unas lentes apoyadas en el puente de la nariz larga y aguileña. La madre estaba preparando el té. Dejó la tetera humeante en la mesa, besó a Billy en la frente y le preguntó:

– ¿Cómo está mi hombrecito el día de su cumpleaños?

Billy no contestó. El diminutivo le había dolido en lo más hondo, porque seguía siendo pequeño y no era un verdadero hombre todavía. Se dirigió a la cocina, en la parte de atrás. Sumergió un cuenco de hojalata en el barril de agua, se lavó la cara y las manos y, a continuación, tiró el agua en la pileta baja de piedra. En la cocina había un caldero con una parrilla para el fuego debajo, pero solo se empleaba las noches del baño, que eran los sábados.

Les habían prometido que no tardarían en tener agua corriente, y las casas de algunos mineros ya disponían de ella. La familia de Tommy Griffiths se hallaba entre las afortunadas. Cada vez que iba a casa de Tommy, a Billy le parecía un milagro poder llenar un vaso de agua fresca y clara con solo abrir un grifo, sin tener que transportar ningún balde hasta el surtidor de la calle. Sin embargo, el milagro no había llegado todavía a Wellington Row, la calle donde vivían los Williams.

Volvió a la sala de estar y se sentó a la mesa. Su madre le puso delante una enorme taza de té con leche y azúcar. Cortó dos gruesas rebanadas de una hogaza de pan casero y le llevó un pedazo de manteca de la despensa, situada debajo de la escalera. Billy entrelazó las manos, cerró los ojos y dijo:

– Gracias, Señor, por estos alimentos. Amén.

Acto seguido, bebió un sorbo de té y untó la manteca en el pan. Los ojos azul claro de su padre lo miraron por encima del periódico.

– Échate sal en el pan – le dijo -. Vas a sudar bajo tierra.

El padre de Billy era representante minero de la Federación Minera de Gales del Sur, el sindicato más fuerte de toda Gran Bretaña, tal como decía cada vez que tenía ocasión. Lo conocían como Dai el Sindicalista. A muchos hombres los llamaban Dai, el diminutivo de David, o Dafydd en galés. Billy había aprendido en la escuela que el nombre de David era muy popular en Gales porque era el nombre del santo patrón del país, como san Patricio en Irlanda. No se distinguía a un Dai de otro por el apellido – porque allí casi todos se apellidaban Jones, Williams, Evans o Morgan -, sino por el apodo. Los nombres verdaderos se utilizaban muy rara vez cuando había alguna alternativa jocosa. Billy se llamaba William Williams, así que para todos era Billy Doble. A veces las mujeres recibían el apodo del marido, de modo que la madre de Billy era la señora de Dai el Sindicalista.

El abuelo bajó cuando Billy estaba comiéndose la segunda rebanada de pan. A pesar del calor, llevaba chaqueta y un chaleco. Cuando se hubo lavado las manos, se sentó frente a Billy.

– No estés tan nervioso – le dijo -. Yo bajé al pozo cuando tenía diez años, y mi mismísimo padre bajó a la mina encaramado a la espalda del suyo cuando tenía cinco, y trabajaba desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde. De octubre a marzo no veía la luz del sol.

– No estoy nervioso – repuso Billy.

No era verdad. Estaba muerto de miedo.

Pese a todo, el abuelo se mostró benevolente y no siguió insistiendo. A Billy le caía bien. Su madre lo trataba como un crío pequeño, y su padre era severo y sarcástico, pero el abuelo era tolerante y se dirigía a Billy hablándole como a un adulto.

– Escuchad – dijo el padre.

Él era incapaz de comprar el Mail, un periodicucho de derechas, pero a veces se llevaba a casa el ejemplar de otra persona y les leía el periódico en voz alta, con tono desdeñoso y mofándose de la estupidez y la falta de honradez de la clase dirigente.

– «Lady Diana Manners ha sido objeto de severas críticas por acudir con el mismo vestido a dos bailes distintos. La hija menor del duque de Rutland recibió el galardón del “mejor vestido de señora” en el baile del Savoy por el cuerpo ceñido de escote barco y falda de miriñaque, y obtuvo un premio de doscientas cincuenta guineas.» – Bajó el periódico y dijo -: Eso es, al menos, tu salario de cinco años, hijo mío. – Reanudó la lectura -: «Sin embargo, suscitó la reprobación de los connoisseurs al lucir el mismo vestido en la fiesta que lord Winterton y F. E. Smith celebraron en el hotel Claridge. En contra de lo que afirma el dicho popular, lo que abunda, y en este caso repite, en ocasiones sí daña, fue el comentario de los asistentes». – Levantó la mirada del periódico y dijo -: Así que ya lo sabes, mamá, será mejor que te cambies de vestido si no quieres suscitar la reprobación de los connoisseurs.

Aquello no hizo gracia a la madre de Billy. Llevaba un viejo vestido de lana de color pardo con los codos remendados y manchas bajo las axilas.

– Si tuviera doscientas cincuenta guineas, te aseguro yo que estaría mucho más elegante que ese adefesio de lady Diana Comosellame – dijo, no sin amargura.

– Es verdad – convino el abuelo -. Cara siempre fue la más guapa… igual que su madre. – La madre de Billy se llamaba Cara. El abuelo se dirigió entonces al chico -: Tu abuela era italiana, se llamaba Maria Ferrone. – Eso Billy ya lo sabía, pero al abuelo le encantaba relatar una y otra vez las viejas historias familiares -. De ahí heredó tu madre ese pelo negro tan brillante y esos hermosos ojos oscuros, y tu hermana también. Tu abuela era la mujer más guapa de Cardiff… ¡y yo me la quedé! – De pronto, una nube de tristeza le ensombreció el semblante -. Aquellos sí que eran buenos tiempos… – añadió en voz baja.

El padre frunció el ceño con aire reprobador porque, a su juicio, aquella conversación evocaba los placeres de la carne, pero la madre se sintió halagada con los cumplidos de su padre y sonrió contenta mientras le servía el desayuno.

– Huy, sí, ya lo creo – intervino -. A mis hermanas y a mí todo el mundo nos consideraba unas bellezas. Se iban a enterar esos duques de lo que es una mujer guapa si tuviéramos dinero para sedas y encajes…

Billy se quedó pasmado, pues nunca se le había pasado por la cabeza considerar guapa ni nada por el estilo a su madre, aunque cuando se vestía para las reuniones del templo el sábado por la tarde sí estaba radiante, sobre todo cuando llevaba sombrero. Suponía que debía de haber sido guapa alguna vez, hacía muchos años, pero le costaba imaginarlo.

– Y además, para que lo sepas – dijo el abuelo -, en la familia de tu abuela eran todos muy listos. Mi cuñado era minero, pero dejó la mina y abrió un café en Tenby. ¡Eso sí que es vida! Disfrutar de la brisa marina y sin hacer nada en todo el día más que preparar el café y contar el dinero de la caja.

El padre leyó otra noticia.

– «Como parte de los preparativos para la coronación, el palacio de Buckingham ha elaborado un manual de protocolo de doscientas doce páginas.» – Levantó de nuevo la vista del papel -. No te olvides de mencionar eso hoy abajo en el pozo, Billy. Los hombres se alegrarán de saber que, cuando de la coronación se trata, no se ha dejado nada al azar.

A Billy la realeza le traía sin cuidado; lo que le gustaba eran las historias de aventuras que el Mail solía publicar sobre corpulentos y valerosos alumnos de colegios privados que jugaban al rugby y atrapaban a escurridizos espías alemanes. Según el periódico, dichos espías infestaban las ciudades de toda la geografía británica, aunque, por desgracia, no parecía haber ninguno en Aberowen.

Billy se levantó de la mesa.

– Voy calle abajo – anunció.

Salió de la casa por la puerta principal. Lo de ir «calle abajo» era un eufemismo familiar: significaba ir a las letrinas, que quedaban a medio camino de Wellington Row. Había una choza baja de ladrillo con el techo de chapa ondulada, construida encima de un profundo hoyo excavado en el suelo. La choza estaba dividida en dos compartimientos, uno para los hombres y otro para las mujeres, y cada uno de ellos contaba, a su vez, con un asiento doble, para que la gente pudiese hacer sus necesidades de dos en dos. Nadie sabía por qué quienes habían construido las letrinas lo habían dispuesto de ese modo, pero todos lo aprovechaban al máximo: los hombres se limitaban a mirar hacia delante y no decían nada, pero, tal como Billy comprobaba a menudo, las mujeres charlaban alegremente. El olor era nauseabundo, a pesar de la costumbre y del hecho de ser un acto cotidiano que se repetía todos los días. Billy siempre intentaba contener la respiración con todas sus fuerzas para luego, al salir, inspirar desesperadamente. Un hombre al que todo el mundo llamaba Dai el Boñigas se encargaba de vaciar el hoyo periódicamente.

Cuando Billy volvió a la casa, se llevó una gran alegría al ver a su hermana, Ethel, sentada a la mesa.

– ¡Feliz cumpleaños, Billy! – exclamó al verlo -. Tenía que venir a darte un beso antes de que bajaras al pozo.

Ethel tenía dieciocho años y, a diferencia de lo que le ocurría con su madre, a Billy no le costaba ningún esfuerzo ver lo guapa que era. Tenía el pelo de color rojo caoba, ensortijado, y los ojos negros centelleaban con un brillo pícaro. Tal vez su madre hubiese tenido aquel aspecto alguna vez, hacía mucho tiempo. Ethel llevaba el sencillo vestido negro y la cofia blanca de algodón que caracterizaba a las doncellas, un uniforme que le sentaba francamente bien.

Billy adoraba a su hermana. Además de hermosa, era divertida, lista y valiente, y a veces hasta le plantaba cara a su padre. Le explicaba a Billy cosas que ninguna otra persona era capaz de contarle, como lo de ese trance mensual al que las mujeres llamaban el «período», o en qué consistía ese delito contra la moral pública que había obligado al párroco anglicano a abandonar la ciudad con tanta precipitación. Había sido la primera de la clase durante su paso por la escuela, y su redacción sobre el tema «Mi ciudad o pueblo» ganó el primer premio en un concurso organizado por el South Wales Echo. La habían obsequiado con un ejemplar del Atlas Mundial de Cassell.

Ethel besó a Billy en la mejilla.

– Le he dicho a la señora Jevons, el ama de llaves, que nos estábamos quedando sin betún y que lo mejor sería que fuese a comprarlo a la ciudad. – Ethel vivía y trabajaba en Ty Gwyn, la mansión inmensa del conde Fitzherbert, a un kilómetro y medio colina arriba. Le dio a Billy algo envuelto en un trapo limpio -. He birlado un trozo de tarta para traértelo.

– ¡Muchas gracias, Eth! – exclamó Billy. Le encantaban las tartas.

– ¿Quieres que te la ponga con el almuerzo? – preguntó su madre.

– Sí, por favor.

La madre sacó una caja de hojalata de la alacena y guardó en ella la tarta. Cortó dos rebanadas más de pan, las untó de manteca, añadió sal y las metió en la caja. Todos los mineros se llevaban el almuerzo en una caja de hojalata, porque si bajaban la comida a la mina envuelta en un trapo, los ratones habrían dado buena cuenta de ella antes del receso de media mañana.

– Cuando me traigas el primer salario, podrás llevarte una loncha de tocino hervido en la caja del almuerzo.

Al principio, el sueldo de Billy no iba a ser gran cosa, pero a pesar de ello para su familia sí supondría una gran diferencia. Se preguntó con cuánto dinero le dejaría quedarse su madre para sus gastos, y si podría ahorrar suficiente para comprarse esa bicicleta que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

Ethel se sentó a la mesa y su padre le preguntó:

– ¿Cómo van las cosas en la casa grande?

– Todo bien, sin novedades – contestó ella -. El conde y la princesa están en Londres, para la coronación. – Consultó el reloj de la repisa de la chimenea -. Se levantarán pronto, tienen que estar en la abadía muy temprano. A ella no le va a hacer ninguna gracia, claro, porque no está acostumbrada a madrugar, pero no puede presentarse tarde ante el mismísimo rey. – La esposa del conde, Bea, era una princesa rusa de ilustre cuna.

– Querrán sentarse delante, para poder ver mejor el espectáculo – dijo el padre.

– No, no… no puedes sentarte donde tú quieras – aclaró Ethel -. Han encargado la fabricación especial de seis mil sillas de madera de caoba con los nombres de los invitados en letras doradas en el respaldo.

– ¡Pues menudo derroche! – exclamó el abuelo -. ¿Y qué piensan hacer con ellas luego, eh?

– No lo sé, a lo mejor se las llevan a casa como recuerdo.

– Diles que nos manden alguna que les sobre – dijo el padre con sequedad -. Aquí solo somos cinco, y tu pobre madre tiene que quedarse de pie.

Cuando el padre de Billy se ponía sarcástico, casi siempre significaba que, en el fondo, estaba realmente enfadado. Ethel se puso en pie de un salto.

– Lo siento, mamá, no me había dado cuenta…

– Quédate dónde estás, estoy demasiado ocupada para sentarme – repuso su madre.

El reloj dio las cinco.

– Billy, hijo mío, más vale estar allí pronto – dijo el padre -. Será mejor que te pongas en marcha.

Billy se levantó de mala gana y recogió su almuerzo.

Ethel lo besó de nuevo y el abuelo le estrechó la mano. Su padre le tendió dos clavos de quince centímetros, oxidados y un poco torcidos.

– Guárdatelos en el bolsillo de los pantalones.

– ¿Para qué son? – quiso saber el muchacho.

– Ya lo verás – le contestó el padre, sonriendo.

La madre le dio a Billy una botella de litro con tapón de rosca, llena de té frío con leche y azúcar, y le dijo:

– Bueno, Billy, no olvides que Jesús está siempre contigo, incluso abajo en la mina.

– Sí, mamá.

Vio una lágrima en los ojos de su madre y se volvió rápidamente, porque a él también le entraban ganas de llorar. Tomó su gorra del colgador.

– Hasta luego, entonces – dijo, como si solo fuera a la escuela, y salió por la puerta principal.

Había sido un verano soleado y caluroso hasta entonces, pero ese día en concreto estaba nublado y parecía incluso a punto de llover. Tommy estaba apoyado en el muro de la casa, esperando.

– Eh, Billy – saludó.

– Hola, Tommy.

Echaron a caminar juntos por la calle.

Billy había aprendido en la escuela que, antiguamente, Aberowen había sido una población pequeña con un mercado que servía a los granjeros de los alrededores. Desde lo alto de Wellington Row se veía el viejo núcleo comercial, con los corrales abiertos para las transacciones ganaderas, el edificio de la lonja de la lana y la iglesia anglicana, todo en la misma ribera del río Owen, que era poco más que un arroyo. Ahora, una línea ferroviaria atravesaba la ciudad como una cicatriz, e iba a morir a la entrada de la mina. Las viviendas de los mineros habían ido extendiéndose por las laderas del valle, centenares de casas de piedra gris con tejados de pizarra galesa de un gris más oscuro. Estaban construidas a lo largo de hileras serpenteantes que seguían el contorno de las pendientes, y las hileras estaban atravesadas por unas callejuelas más cortas que se precipitaban en vertical hacia el fondo del valle.

– ¿Con quién crees que vas a trabajar? – le preguntó Tommy.

Billy se encogió de hombros. Los muchachos nuevos se asignaban a uno de los ayudantes del capataz de la mina.

– Ni idea.

– Yo espero que me pongan en los establos. – A Tommy le gustaban los caballos. En la mina vivían unos cincuenta ponis que tiraban de las vagonetas que llenaban los mineros, arrastrándolas por los raíles del ferrocarril -. ¿Qué trabajo te gustaría hacer?

Billy esperaba que no le diesen una tarea demasiado pesada para su físico de niño, pero no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta.

– Engrasar las vagonetas – contestó.

– ¿Por qué?

– Parece fácil.

Pasaron por delante de la escuela de la que, hasta el día anterior, habían sido alumnos. Se trataba de un edificio victoriano con ventanas ojivales como las de una iglesia. Había sido erigido por la familia Fitzherbert, tal como el director se encargaba de recordar de forma incansable a los alumnos. El conde aún contrataba personalmente a los maestros y decidía el contenido del programa académico. Las paredes estaban repletas de cuadros de heroicas victorias militares, y la grandeza de Gran Bretaña era un tema constante. En la clase sobre las Escrituras con la que daba comienzo cada jornada escolar se impartían estrictas doctrinas anglicanas, a pesar de que casi todos los niños provenían de familias pertenecientes a sectores disidentes, escindidos de la Iglesia anglicana, también llamados no conformistas. Había una junta escolar de la que formaba parte el padre de Billy, pero carecía de poder auténtico y sus funciones se limitaban únicamente a aconsejar y asesorar. El padre del chico aseguraba que el conde trataba la escuela como si fuese una propiedad personal.

En su último año de estudios, Billy y Tommy habían aprendido las nociones básicas de la minería, mientras que las chicas aprendían a coser y a guisar. A Billy le había sorprendido descubrir que el suelo que había bajo sus pies estaba formado por capas de distintas clases de tierra, como si hubiera un montón de emparedados apilados unos encima de otros. Una «veta de carbón», una expresión que había oído toda su vida sin entenderla realmente, era una de dichas capas. También le habían explicado que el carbón estaba hecho de hojas muertas y otras clases de materia vegetal, acumuladas durante años y años y comprimidas por el peso de la tierra que tenían encima. Tommy, cuyo padre era ateo, aseguraba que eso demostraba que lo que decía la Biblia era mentira, pero el padre de Billy afirmaba que solo era una interpretación.

La escuela estaba vacía a aquellas horas, y el patio del recreo, también desierto. Billy se sentía orgulloso de haber dejado atrás la escuela, aunque una pequeña parte de su ser deseaba poder volver allí en lugar de tener que bajar al pozo.

A medida que iban aproximándose a la mina, las calles empezaron a llenarse de mineros, todos con su caja de hojalata y una botella de té. Iban vestidos igual, con trajes viejos de los que se despojarían en cuanto llegasen a su lugar de trabajo. Algunas minas eran muy frías, pero en la de Aberowen hacía mucho calor, y los hombres trabajaban en ropa interior y con botas, o con los pantaloncillos de hilo basto a los que llamaban bannickers. Todos llevaban una gorra acolchada siempre, porque los techos de los túneles eran muy bajos y era fácil golpearse la cabeza.

Por encima de las casas, Billy vio el cabrestante, una torre coronada por dos ruedas de grandes dimensiones que rotaban en sentido opuesto, tirando de los cables que subían y bajaban la jaula. En todas las cuencas mineras de Gales del Sur se veían estructuras similares de brocales de mina, del mismo modo en que las agujas de las iglesias dominaban las localidades y aldeas agrícolas.

Había otras construcciones diseminadas alrededor de la boca de la mina, como si hubiesen caído allí por casualidad: la lamparería, las oficinas, la herrería, los almacenes… Las líneas ferroviarias serpenteaban entre los edificios. Por el suelo aparecían desperdigados varios vagones averiados, viejos travesaños resquebrajados, sacos de comida y piezas de maquinaria oxidada y en desuso, todo cubierto por una capa de polvo de carbón. El padre de Billy decía siempre que habría menos accidentes si los mineros tuvieran las cosas más ordenadas.

Billy y Tommy entraron en las oficinas de la mina. En la antesala estaba Arthur Llewellyn el Manchas, un empleado no mucho mayor que ellos. Llevaba el cuello y los puños de la camisa blanca sucios. Estaba esperándolos, pues los padres de ambos habían dispuesto previamente que empezasen a trabajar ese día. El Manchas escribió sus nombres en un libro y luego los condujo al despacho del capataz.

– El joven Tommy Griffiths y el joven Billy Williams, señor Morgan – anunció.

Maldwyn Morgan era un hombre alto y vestía un traje negro. No había restos de carbón en los puños de su camisa, y tenía las mejillas rosadas, lisas y suaves, lo que significaba que, probablemente, se afeitaba todos los días. Su titulación de ingeniero lucía enmarcada en la pared, y su bombín – la otra señal distintiva de su estatus – colgaba del perchero que había junto a la puerta.

Para sorpresa de Billy, no estaba solo. Junto a él había una figura aún más pavorosa: Perceval Jones, director de Celtic Minerals, la compañía que poseía y explotaba la mina de carbón de Aberowen, además de otras. Un hombrecillo menudo y agresivo al que los mineros llamaban Napoleón. Iba vestido formalmente con un frac negro y pantalones a rayas grises, y no se había quitado el sombrero de copa.

Jones miró a los chicos con gesto de reprobación.

– Griffiths – dijo -, tu padre es un socialista revolucionario.

– Sí, señor – contestó Tommy.

– Y un ateo.

– Sí, señor Jones.

Se volvió para dirigirse a Billy.

– Y tu padre es un dirigente de la Federación Minera de Gales del Sur.

– Sí, señor Jones.

– No me gustan los socialistas. Y los ateos están condenados al fuego eterno. Y los sindicalistas son los peores de todos.

Miró a ambos fijamente, pero no les había hecho ninguna pregunta, de modo que Billy no dijo nada.

– No quiero alborotadores – siguió diciendo Jones -. En el valle de Rhondda llevan cuarenta y tres semanas de huelga por culpa de gente como vuestros padres, que meten cizaña y les animan.

Billy sabía que la huelga de Rhondda no había sido provocada por los alborotadores, sino por los dueños de la mina de Ely, en Penygraig, que habían hecho un cierre patronal contra los mineros, pero mantuvo la boca cerrada.

– ¿No seréis vosotros alborotadores? – Jones señaló a Billy con un dedo huesudo, y el muchacho se puso a temblar -. ¿No te habrá dicho tu padre que defiendas tus derechos mientras trabajes para mí?

Billy trató de hacer memoria, aunque era difícil teniendo el rostro amenazador de Jones a escasos centímetros del suyo. Su padre no le había dicho gran cosa esa mañana, pero la noche anterior sí le había dado algún consejo.

– Pues verá, señor, me ha dicho: «No les plantes cara ni te hagas el gallito con los patronos, que ese es mi trabajo».

A sus espaldas, Llewellyn el Manchas se rió por lo bajo.

A Perceval Jones, sin embargo, no le hizo ninguna gracia.

– Mocoso insolente… – masculló -. Pero si no te dejo entrar a trabajar en la mina, tendré a todo el valle en huelga.

A Billy no se le había pasado por la cabeza algo semejante. ¿Tan importante era? No, pero cabía la posibilidad de que los mineros se pusiesen en huelga para defender a los hijos de sus dirigentes sindicales. No llevaba ni cinco minutos trabajando y el sindicato ya lo estaba protegiendo.

– Llévatelos de aquí – ordenó Jones.

Morgan asintió.

– Sácalos fuera, Llewellyn – le apremió -. Rhys Price puede encargarse de ellos.

Billy protestó para sus adentros, pues Rhys Price era uno de los ayudantes del capataz que tenía más mala fama. Había puesto los ojos en Ethel el año anterior y esta lo rechazó de plano. La hermana de Billy había hecho lo mismo con la mitad de los solteros de Aberowen, pero Price se lo había tomado muy a pecho.

El Manchas negó con la cabeza.

– Fuera – dijo, y los acompañó mientras salían del despacho -. Esperad en el exterior al señor Price.

Billy y Tommy abandonaron el edificio y se apoyaron en el muro, junto a la puerta.

– Me encantaría darle un puñetazo a Napoleón en esa barriga gorda que tiene – dijo Tommy -. Ese sí es un cerdo capitalista.

– Y que lo digas – convino Billy, aunque nunca se le había pasado por la cabeza pensar algo así.

Rhys Price apareció al cabo de un minuto. Como todos los ayudantes del capataz, llevaba un sombrero de ala pequeña y abarquillada al que llamaban sombrero hongo, más caro que una gorra de minero pero más barato que un bombín. En los bolsillos del chaleco guardaba una libreta y un lápiz, y sostenía una regla de medir. Price lucía barba de dos días y tenía los dientes mellados. Billy sabía que gozaba de fama de listo pero también de ladino.

– Buenos días, señor Price – dijo Billy.

Price parecía suspicaz.

– ¿Se puede saber qué es lo que estás tramando con eso de darme los buenos días, Billy Doble?

– El señor Morgan ha dicho que bajaríamos con usted a la mina.

– ¿Conque eso ha dicho, eh? – Price tenía la curiosa costumbre de lanzar miradas bruscas a diestro y siniestro, y a veces incluso a su espalda, como si esperase que, en cualquier momento, fueran a lloverle los problemas desde todos los lados -. Eso ya lo veremos. – Miró al cabrestante, como si buscase allí una explicación -. No tengo tiempo para andar con mocosos. – Entró en las dependencias de la oficina.

– Espero que encuentren a otro que nos lleve abajo… – comentó Billy -. Porque ese odia a mi familia desde que mi hermana lo rechazó.

– Tu hermana se cree demasiado buena para los hombres de Aberowen – dijo Tommy, y era evidente que repetía en voz alta algo que había oído antes.

– Es que lo es, es demasiado buena para ellos – sentenció Billy, categórico.

Price salió de la oficina.

– Está bien, venid conmigo. – Y echó a andar con paso decidido.

Los muchachos lo siguieron al interior de la lamparería. El lamparero le dio a Billy una brillante lámpara de seguridad de latón y él se la enganchó al cinturón, tal como hacían los demás hombres.

Había aprendido mucho acerca de las lámparas de mineros en la escuela. Entre los peligros de la explotación del carbón se hallaba el metano, el gas inflamable que se filtraba por las vetas de carbón. Los hombres lo llamaban grisú, y era la causa de todas las explosiones subterráneas. Las minas galesas eran especialmente famosas por el alto contenido en gas de sus galerías. La lámpara había sido diseñada de manera muy ingeniosa para que la llama no prendiese el grisú, sino que al entrar en contacto con el gas, la llama cambiaba de forma y se alargaba, sirviendo de este modo de aviso, pues el grisú no desprendía ningún olor.

Si la lámpara se apagaba, el minero no podía volver a encenderla. Estaba prohibido llevar cerillas a la mina, y la lámpara estaba cerrada con llave como medida disuasoria para que nadie contraviniese la norma. Una lámpara apagada debía llevarse a un punto de encendido, normalmente al fondo de la mina, cerca del tiro. Para ello a veces era necesario recorrer a pie más de un kilómetro y medio, pero merecía la pena con tal de evitar el riesgo de una explosión subterránea.

A los muchachos les habían enseñado en la escuela que las lámparas eran una de las maneras que tenían los patronos y propietarios de las minas de mostrar su preocupación por el bienestar y la seguridad de sus trabajadores. «Como si evitar las explosiones – había dicho el padre de Billy – no fuese a beneficiar al patrón, que así no tiene que interrumpir el trabajo en la mina ni reparar los daños en los túneles.»

Tras recoger sus lámparas, los hombres hicieron cola para subir a la jaula. Hábilmente colocado junto a la cola, había un tablón de anuncios en el que unos letreros escritos a mano o impresos de forma más o menos rudimentaria anunciaban partidos de críquet, un campeonato de dardos, el extravío de una navaja, un recital del Coro Masculino de Aberowen y una charla sobre la teoría del materialismo histórico de Karl Marx en la Biblioteca Libre. Sin embargo, los ayudantes del capataz no tenían que hacer cola, así que Price se abrió paso hasta la parte delantera, seguido de los chicos.

Como la mayoría de las minas, Aberowen contaba con dos pozos verticales con ventiladores para que el aire descendiera por uno y subiera por el otro, estableciendo así el circuito de ventilación adecuado. Los propietarios solían bautizar los pozos a su antojo, y los caprichosos nombres de aquellos dos eran Píramo y Tisbe. Aquel, Píramo, era el pozo ascendente, y Billy percibió la corriente de aire cálido que subía por él.

Un día, el año anterior, Billy y Tommy decidieron ir a curiosear al pozo y asomarse, de modo que el lunes de Pascua, cuando los hombres no trabajaban, sortearon al vigilante, atravesaron la escombrera a hurtadillas hasta la bocamina y luego treparon por la valla de protección. La plataforma de la jaula no llegaba a cubrir por completo la entrada del pozo, de modo que se tumbaron boca abajo y se asomaron al borde. Se quedaron mirando con aterrada fascinación las entrañas de aquel abismo imponente y Billy advirtió que se le encogía el estómago. La oscuridad parecía infinita. El muchacho experimentó una intensa emoción, una mezcla de alegría por no tener que bajar allí y de terror absoluto al pensar que algún día tendría que hacerlo. Arrojó una piedra al fondo y la oyeron rebotar contra la urdimbre de madera de la jaula y el revestimiento de ladrillo del pozo. Les pareció una terrorífica eternidad hasta que oyeron el ruido débil y lejano de la piedra al caer salpicando en el charco de agua abajo de todo.

En esos momentos, justo un año después, Billy estaba a punto de seguir la misma trayectoria de aquella piedra.

Se dijo que debía armarse de valor y no ser un cobarde, que tenía que comportarse como un hombre hecho y derecho, aunque en el fondo de su alma sintiese que no lo era. Lo peor de todo sería hacer el ridículo y convertirse en el hazmerreír del pozo. Eso le daba más miedo todavía que la muerte.

Vio la reja corredera que cerraba el pozo. Más allá solo estaba el vacío, pues la jaula iniciaba allí su recorrido ascendente. En el extremo opuesto del pozo vio el cabrestante que hacía girar las enormes ruedas más arriba. Unos chorros de vapor se desprendían del mecanismo. Los cables golpeteaban los rieles con chasquidos similares a un latigazo, y por todo el recinto se extendía el olor a aceite caliente.

Con el chirrido del hierro, la jaula vacía apareció tras la reja. El operador de superficie, el encargado de la jaula en el extremo superior, abrió la reja deslizándola. Rhys Price entró en el espacio vacío y los dos muchachos lo siguieron. Trece mineros entraron detrás de ellos, ya que en la jaula cabían un total de dieciséis hombres. El operario cerró la reja de golpe.

Siguió una pausa. Billy se sintió muy vulnerable; el suelo bajo sus pies era sólido, pero podía colar el cuerpo sin problemas por entre los barrotes, ampliamente separados, de los laterales. La jaula colgaba de una maroma de acero, pero ni siquiera eso era seguro: todo el mundo sabía que el cable de Tirpentwys se soltó un buen día en 1902 y la jaula se precipitó al vacío hasta estrellarse contra el fondo del pozo. Murieron ocho hombres.

Saludó con la cabeza al minero que tenía a su lado; era Harry el Seboso Hewitt, un chico con cara de pudin y solo tres años mayor que él, aunque le sacaba una cabeza de altura. Billy se acordaba de cuando Harry iba a la escuela; había repetido tercer curso varias veces, siempre en la clase de los niños de diez años, y había suspendido el examen año tras año hasta alcanzar la edad para trabajar.

Sonó la señal que anunciaba que el embarcador que había al pie del pozo había cerrado su puerta. El operador de superficie accionó una palanca y sonó otra señal distinta. La maquinaria de vapor empezó a silbar y se oyó el sonido de otro golpe.

La jaula se precipitó al vacío.

Billy sabía que el elevador bajaba en caída libre al principio y que luego frenaba justo a tiempo de realizar un aterrizaje suave, pero no había teoría que valiese para prepararlo para la sensación de precipitarse en picado hacia las entrañas de la tierra. Sus pies se separaron del suelo y se puso a gritar, aterrorizado. No pudo evitarlo.

Los hombres se echaron a reír. Sabían que era su primera vez, y dedujo que debían de haber estado esperando su reacción. Vio, demasiado tarde, que todos se estaban agarrando a los barrotes de la jaula para evitar la sensación de flotar en el aire, pero aquello no sirvió para aplacar su miedo. No consiguió dejar de gritar hasta que apretó los dientes con todas sus fuerzas.

Por fin se accionó el freno. Se aminoró la velocidad de la caída y los pies de Billy tocaron el suelo. Se sujetó a uno de los barrotes e intentó dejar de temblar. Al cabo de un minuto, una intensa sensación de injusticia y humillación pasó a ocupar el lugar del miedo, tan profunda que sintió el escozor de las lágrimas en los ojos. Vio el rostro burlón del Seboso y exclamó a voz en grito, para que lo oyera pese al ruido:

– ¡Cierra esa bocaza que tienes, Hewitt, pedazo de imbécil!

Al oír aquello, al Seboso le cambió la cara inmediatamente y puso un gesto furioso, pero los demás hombres se rieron aún más. Billy tendría que pedirle perdón a Jesús por haber insultado de aquel modo a su compañero, pero al menos ya no se sentía tan estúpido.

Miró a Tommy, que estaba pálido como el papel. ¿Había gritado Tommy? Billy temía preguntárselo por si la respuesta era negativa.

La jaula se detuvo, la reja se abrió y Billy y Tommy salieron con paso tembloroso al corazón de la mina.

Allí reinaba la oscuridad. Las lámparas de los mineros emitían menos luz que las lámparas de parafina que había en las paredes de su casa, y a su alrededor todo estaba oscuro como una noche sin luna. A lo mejor es que no hacía falta ver bien para sacar carbón, razonó Billy. Cruzó un charco y, al oír el ruido de la salpicadura, bajó la vista y vio agua y barro por todas partes, reluciendo bajo el débil reflejo de las llamas de las lámparas. Notó un sabor raro en la boca: a causa del polvo del carbón, el aire era muy espeso. ¿Cómo era posible que los hombres pudiesen pasar todo el día respirando aquello? Seguramente, por eso los mineros estaban siempre tosiendo y escupiendo.

Había cuatro hombres esperando para entrar en la jaula y subir a la superficie. Cada uno de ellos llevaba un maletín de cuero, y Billy se dio cuenta de que eran bomberos. Todas las mañanas, antes de que los mineros empezasen la jornada, los bomberos inspeccionaban las galerías para detectar los niveles de gas. Si la concentración de metano alcanzaba niveles inaceptables, ordenaban a los hombres que no trabajaran hasta que los mecanismos de ventilación hubiesen despejado el ambiente.

Justo a su lado, Billy vio una hilera de cajones para ponis y una puerta abierta que daba a una sala bien iluminada con un escritorio, seguramente una oficina para los ayudantes del capataz. Los hombres se dispersaron, adentrándose en cuatro túneles distintos que tenían su origen en el fondo del pozo. Los túneles se llamaban galerías y conducían a las secciones de la mina de donde se obtenía el carbón.

Price los llevó a un cobertizo y abrió un candado. Se trataba de un almacén de herramientas. Escogió dos palas, se las entregó a los chicos y volvió a cerrar el cobertizo.

Se dirigieron a los establos. Un hombre vestido únicamente con unos pantalones cortos y unas botas extraía con una pala la paja sucia de una de las cuadras y la cargaba en una vagoneta de carbón. El sudor le resbalaba por la musculosa espalda. Price se dirigió a é

– ¿Quieres un muchacho que te ayude?

El hombre se volvió y Billy reconoció a Dai Ponis, uno de los miembros del consejo de la Iglesia de Bethesda. Dai no dio muestras de haber reconocido a Billy.

– No quiero al esmirriado – dijo.

– Muy bien – aceptó Price -. El otro es Tommy Griffiths. Quédate con él.

Tommy parecía complacido. Había cumplido su deseo: a pesar de que solo se iba a ocupar de limpiar la bosta, iba a trabajar en los establos.

– Vamos, Billy Doble – dijo Price, y enfiló hacia una de las galerías.

Billy se echó la pala al hombro y lo siguió. Se sentía más inquieto ahora que Tommy ya no iba con él, y pensó que ojalá lo hubiesen enviado a limpiar la boñiga de los establos, como a su amigo.

– ¿Qué voy a hacer yo, señor Price? – inquirió.

– ¿A ti qué te parece? – espetó Price -. ¿Para qué cojones crees que te he dado esa puñetera pala?

Billy se quedó de piedra al oír cómo hablaba aquel hombre, haciendo uso de todas las palabras que estaban prohibidas en su casa. No tenía ni idea de lo que iba a hacer con aquella pala, pero optó por no preguntar nada más.

El túnel tenía forma redonda, y el techo estaba apuntalado con refuerzos semicirculares de acero. Una cañería de unos cinco centímetros de ancho recorría la parte superior, seguramente para transportar el agua. Todas las noches aquellos aspersores rociaban las galerías con agua para tratar de reducir la cantidad de polvo, no solo por el riesgo que suponía para la salud y los pulmones de los hombres – porque si fuera solo eso, a Celtic Minerals le traería sin cuidado -, sino porque constituía un peligro de incendio. Sin embargo, el sistema de aspersores no era el más adecuado. El padre de Billy había insistido en que se requería una cañería de quince centímetros de diámetro, pero Perceval Jones se había negado a invertir ese dinero.

Después de recorrer casi medio kilómetro, doblaron hacia un ramal secundario que ascendía cuesta arriba. Se trataba de un pasadizo más viejo y pequeño, con travesaños de madera en lugar de puntales de acero. Price tenía que agachar la cabeza cada vez que el techo se combaba. A intervalos de unos treinta metros pasaban por las entradas de los lugares donde los mineros ya estaban extrayendo el carbón.

Billy oyó una especie de murmullo cada vez más intenso.

– A la alcantarilla – dijo Price.

– ¿Qué? – Billy miró al suelo.

Una alcantarilla era algo que formaba parte de los pavimentos de las ciudades, y allí en el suelo el chico no veía nada más que las vías de ferrocarril por las que circulaban las vagonetas. Levantó la vista y vio un poni que se dirigía directamente hacia él, trotando a toda velocidad por las traviesas y arrastrando tras de sí un tren de vagonetas.

– ¡A la alcantarilla! – gritó Price.

Billy seguía sin entender qué era lo que se suponía que debía hacer, pero se dio cuenta de que el túnel apenas era unos pocos centímetros más ancho que los vagones, y que estos estaban a punto de embestirlo y aplastarlo. A continuación, Price pareció meterse dentro de uno de los hastiales y desaparecer.

Billy soltó la pala, se volvió y echó a correr por donde había venido. Intentó sacarle ventaja al poni, pero el animal avanzaba a una velocidad asombrosa. En ese momento vio un nicho en la pared de roca y recordó que había visto esa misma clase de huecos, sin prestarles demasiada atención, cada veinte metros más o menos. Eso debía de ser lo que Price había querido decir con lo de «alcantarillas», de modo que se arrojó al interior del nicho y el tren pasó por su lado a toda velocidad.

Cuando hubo desaparecido, Billy salió del agujero con la respiración entrecortada.

Price fingió estar enfadado, pero sonreía.

– Tendrás que estar más alerta la próxima vez – le dijo -. O acabarás muerto aquí abajo… como tu hermano.

Billy descubrió que a la mayoría de los hombres les gustaba ridiculizar y burlarse de la ignorancia de los muchachos más jóvenes, y decidió no hacer lo mismo cuando fuese mayor.

Recogió la pala del suelo. Estaba intacta.

– Por suerte para ti – señaló Price -. Si alguna vagoneta la hubiera roto, te tocaría pagar una nueva.

Siguieron andando y no tardaron en entrar en un filón agotado y completamente desierto. Había menos agua en el suelo, que estaba cubierto por una gruesa capa de polvo de carbón. Doblaron varias veces a derecha e izquierda y Billy perdió el sentido de la orientación. Llegaron a un lugar en el que el túnel estaba bloqueado por una vieja vagoneta mugrienta.

– Hay que limpiar este sitio – dijo Price. Era la primera vez que se molestaba en explicarle algo, y Billy tuvo la sensación de que le estaba mintiendo -. Tu tarea consiste en meter toda la porquería en la vagoneta con la pala.

Billy miró a su alrededor. El polvo medía casi dos palmos de espesor hasta donde su lámpara alcanzaba a iluminar, y supuso que aún se extendía mucho más lejos. Podía pasarse una semana entera quitando aquel polvo con la pala sin que se notase ninguna diferencia. Además, ¿qué utilidad podía tener aquello? El filón estaba agotado. Sin embargo, optó por no hacer preguntas. Seguramente se trataba de alguna especie de prueba.

– Regresaré dentro de un rato a ver cómo te va – dijo Price, y volvió sobre sus pasos antes de dejar a Billy a solas.

El muchacho no se esperaba aquello. Había dado por supuesto que trabajaría al lado de los mineros expertos y aprendería de ellos, pero solo podía hacer lo que le habían ordenado.

Desenganchó la lámpara del cinturón y buscó alrededor algún lugar donde ponerla. No había ningún saliente donde poder colocarla, así que la dejó en el suelo, pero allí no le servía de nada. Entonces se acordó de los clavos que le había dado su padre. Conque servían para eso… Se sacó uno del bolsillo y, empleando la plancha de su pala, lo clavó en uno de los travesaños de madera y luego colgó la lámpara. Así estaba mucho mejor.

La vagoneta tenía la altura del pecho de un hombre adulto, pero a Billy le llegaba a la altura de los hombros, y en cuanto se puso manos a la obra, descubrió que la mitad del polvo se escurría de la pala antes de que pudiese arrojarlo por el borde del vagón. Ideó un método para evitarlo haciendo girar la plancha, pero al cabo de unos minutos estaba completamente empapado en sudor y descubrió para qué era el segundo clavo: lo clavó en otro travesaño y colgó de él la camisa y los pantalones.

Al cabo de un rato le asaltó la sensación de que había alguien observándolo. Por el rabillo del ojo, vio una figura tenue inmóvil como una estatua.

– ¡Ay, Dios! – exclamó, y se volvió para verla de frente.

Era Price.

– Se me ha olvidado examinar tu lámpara – dijo. Descolgó la lámpara de Billy del clavo y la manipuló -. No tiene buena pinta – afirmó -. Te dejaré la mía. – Colgó la otra lámpara y desapareció.

Aquel individuo le ponía los pelos de punta, pero al menos parecía velar por la seguridad de Billy.

El chico se puso manos a la obra de nuevo. Al poco, empezaron a dolerle las piernas y los brazos. Estaba acostumbrado a trabajar con la pala, se dijo: su padre tenía un cochino en la escombrera que había detrás de su casa y, una vez a la semana, Billy se encargaba de limpiar la pocilga. Pero para eso solo tardaba un cuarto de hora. ¿Podría aguantar así todo el día?

Bajo la capa de polvo, el suelo era de roca y arcilla. Al cabo de un rato, ya había despejado un área de poco menos de medio metro cuadrado, la anchura del túnel. Los desechos apenas si cubrían el fondo de la vagoneta, pero él ya estaba exhausto.

Intentó empujar la vagoneta hacia delante para no tener que caminar tanto trecho con la pala llena, pero las ruedas parecían trabadas por el desuso.

No tenía reloj, y era difícil calcular cuánto tiempo habría pasado. Empezó a trabajar más despacio, tratando de ahorrar energías.

Y en ese momento, su lámpara se apagó.

Al principio, la llama parpadeó, y Billy miró con ansiedad la lámpara que colgaba del clavo, pero sabía que la llama se alargaría si había grisú. No era lo que estaba sucediendo, de modo que respiró aliviado, pero acto seguido, la llama se extinguió por completo.

Nunca había visto tanta oscuridad. No veía nada, absolutamente nada. Ni siquiera vislumbraba zonas teñidas de gris, ni distintas tonalidades de negro. Levantó la pala hasta situarla al mismo nivel que la cara y la sostuvo a dos dedos de la nariz, pero aun así, seguía sin verla. Así era como debía de sentirse un ciego.

Permaneció inmóvil. ¿Qué debía hacer ahora? Se suponía que tenía que llevar la lámpara a un punto de encendido, pero ni con todas las lámparas de minero del mundo sería capaz de encontrar el camino de vuelta a través de los túneles. Rodeado de aquella oscuridad, podía pasarse horas vagando por las galerías. No tenía ni la menor idea de a lo largo de cuántos kilómetros se extendían los filones abandonados, y no quería que los hombres tuviesen que enviar una partida de búsqueda para encontrarlo.

Se quedaría allí, muy quietecito, esperando a Price. El ayudante había dicho que volvería «dentro de un rato». Aquello tanto podía significar unos minutos como una hora o más, y Billy sospechaba que sería más tarde que temprano. Seguro que Price lo había hecho a propósito. Una lámpara de seguridad no se apagaba así como así, y además, allí dentro circulaba poco el aire. Price se había llevado la lámpara de Billy y la había sustituido por otra casi sin aceite.

Sintió una oleada de autocompasión y las lágrimas le inundaron los ojos. ¿Qué había hecho él para merecer aquello? Luego, recobró la serenidad. Era otra prueba, como lo de la jaula. Bien, pues les demostraría a todos lo duro que era.

Decidió que lo mejor sería que siguiera trabajando, aunque fuese en la oscuridad. Moviéndose por primera vez desde que se había extinguido la llama, apoyó la pala en el suelo y la deslizó hacia delante, intentando recoger algo de polvo. Cuando la levantó, supuso, por el peso, que debía de haber recogido un buen montón. Se volvió, dio dos zancadas y levantó la pala, tratando de arrojar los escombros al interior de la vagoneta, pero calculó mal la altura. La pala golpeó el costado de la vagoneta y de pronto se hizo más liviana, cuando la carga cayó al suelo.

Volvería a probar. Repitió de nuevo los mismos pasos y esta vez levantó la pala más alto. Cuando la hubo descargado, la dejó caer y notó que el mango de madera golpeaba el borde de la vagoneta. Así estaba mejor.

A medida que el trabajo lo iba alejando de la vagoneta, siguió equivocándose de vez en cuando y tirando el polvo recogido al suelo, hasta que empezó a contar en voz alta los pasos que daba. Logró establecer un patrón de trabajo y a pesar del dolor que sentía en los músculos, consiguió seguir con su labor.

Al tiempo que la tarea se hacía más automática, su cerebro tenía más libertad para divagar, lo cual no era demasiado bueno. Se preguntó hasta dónde llegaría el túnel que tenía delante, y si llevaría mucho fuera de servicio. Pensó en la tierra que había encima de su cabeza, que se extendía a lo largo de casi un kilómetro, y en el peso que soportaban aquellos viejos puntales de madera. Se acordó de su hermano, Wesley, y de los otros hombres que habían muerto en aquella mina. Pero sus espíritus no estaban allí, por supuesto. Wesley estaba con Jesús. Los otros también debían de estarlo; si no, es que habrían ido a parar a otro lugar…

De pronto, sintió miedo y decidió que no era una buena idea pensar en espíritus. Advirtió que empezaba a tener hambre. ¿Era la hora de tomarse su tentempié? No tenía ni idea, pero pensó que se lo comería igualmente. Rehízo el camino hasta el lugar donde había colgado la ropa, palpó a tientas el suelo y encontró la botella y la caja de hojalata.

Se sentó, apoyando la espalda en el hastial, y tomó un largo sorbo de té frío y dulzón. Cuando se estaba comiendo el pan untado con manteca, oyó un ruido débil. Esperaba que se tratase del crujido de las botas de Rhys Price, pero era inútil engañarse, porque sabía perfectamente quién emitía aquellos chillidos: eran las ratas.

No le asustaban; había montones de ratas en las zanjas que recorrían las calles de Aberowen, pero en la oscuridad, aquellas alimañas parecían más audaces, y al cabo de un segundo sintió cómo una le correteaba por las piernas desnudas. Después de coger la comida con la mano izquierda, agarró la pala y empezó a dar golpetazos con ella, pero la maniobra no las asustó lo más mínimo, y Billy sintió cómo volvían a clavarle las garras diminutas en la piel. Esta vez una intentó subirle por el brazo. Era evidente que habían olido la comida. Los chillidos fueron en aumento, y se preguntó cuántas habría.

Se levantó y se metió rápidamente el último mendrugo de pan en la boca. Bebió un poco más de té y luego se comió la tarta. Estaba deliciosa, llena de fruta seca y almendras, pero una rata se le encaramó a la pierna y se vio obligado a engullir la tarta a toda prisa.

Fue como si supieran que ya no quedaba comida, porque los chillidos fueron cesando poco a poco hasta desaparecer del todo.

La ingesta de comida le dio a Billy energías renovadas para un rato y se puso a trabajar de nuevo, pero sentía un dolor punzante en la espalda. Siguió trabajando, esta vez más despacio, deteniéndose a descansar con frecuencia. Para animarse, se dijo que debía de ser más tarde de lo que él creía, puede que hasta fuese ya mediodía. Alguien iría por él al final del turno. El lamparero siempre comprobaba los números, así que sabría si algún hombre no había regresado aún. Sin embargo, Price se había llevado la lámpara de Billy y la había sustituido por otra distinta. ¿Es que acaso pensaba dejarlo allí toda la noche?

Eso no podía ser. Su padre se subiría por las paredes y removería cielo y tierra hasta dar con él. Los jefes tenían miedo de su padre, Perceval Jones prácticamente lo había admitido. Tarde o temprano, sin duda alguien iría a buscar a Billy. Pero cuando volvió a sentir los retortijones del hambre, se dio cuenta de que debían de haber pasado muchas horas. Empezó a asustarse de verdad, y esta vez le era imposible sacudirse el miedo de encima. Era la oscuridad lo que lo ponía más nervioso. Habría podido soportar la espera si hubiera podido ver, pero sumido en aquellas tinieblas, era como si estuviese perdiendo el juicio. Carecía de sentido de la orientación, y cada vez que volvía sobre sus pasos desde la vagoneta se preguntaba si no estaría a punto de chocarse contra el lateral del túnel. Antes le preocupaba echarse a llorar como un niño, pero ahora le estaba costando horrores reprimir los gritos.

Entonces se acordó de las palabras de su madre: «No olvides que Jesús está siempre contigo, incluso abajo en la mina». Cuando se lo dijo creyó que solo lo hacía para que se portase bien, pero en ese momento comprendió que su madre había querido decir algo más. Por supuesto que Jesús estaba con é Jesús estaba en todas partes. La oscuridad no importaba, ni el paso del tiempo. Billy tenía a alguien a su lado que cuidaba de él y lo protegía.

Para recordarlo más intensamente, empezó a cantar un himno. No le gustaba su voz, que seguía siendo muy aguda, pero no había nadie allí para oírlo, así que se puso a cantar a pleno pulmón. Cuando cantó todas las estrofas y advirtió que la sensación de miedo volvía a apoderarse de él, se imaginó a Jesús justo al otro lado de la vagoneta, observándolo, con un gesto de profunda compasión en su semblante de barba poblada.

El muchacho entonó un nuevo himno y empezó a mover la pala y a caminar siguiendo el compás de la música. La mayoría de los himnos tenían ritmo. De vez en cuando le asaltaba de nuevo el temor de que se hubieran olvidado de él, de que hubiese acabado el turno y él se hubiera quedado solo allí abajo, y entonces volvía a recordar a la figura vestida con una túnica larga que lo acompañaba en la oscuridad.

Se sabía muchísimos himnos. Llevaba acudiendo al templo de la Iglesia de Bethesda tres veces todos los domingos, desde que era lo bastante mayor para permanecer sentado sin hacer ruido. Los libros de himnos eran muy caros y no toda la congregación sabía leer, por lo que todo el mundo se aprendía la letra de memoria.

Cuando hubo cantado doce himnos, calculó que debía de haber pasado una hora. Aquello seguro que era el final del turno, ¿no? Pero se dispuso a cantar otros doce más. Después de eso, le resultó difícil seguir la cuenta. Cantó sus himnos favoritos dos veces, y siguió trabajando, cada vez más despacio.

Estaba cantando La tumba lo encerró a voz en grito cuando vio una luz. La tarea se había hecho ya tan automática que ni siquiera se detuvo, sino que recogió una nueva palada y la llevó a la vagoneta, sin dejar de cantar, hasta que la luz se hizo más intensa. Cuando terminó de cantar el himno, se apoyó en la pala. Rhys Price estaba observándolo, con la lámpara colgada del cinto, con una expresión extraña en su rostro entre las sombras.

Billy no quiso exteriorizar su alivio: no pensaba darle a Price el gusto de ver cómo se había sentido. Se puso la camisa y los pantalones, descolgó la lámpara apagada del clavo y se la enganchó al cinturón.

– ¿Qué le ha pasado a tu lámpara? – le preguntó Price.

– Ya sabe lo que le ha pasado – contestó Billy, con un tono de voz que sonó asombrosamente adulto.

Price le dio la espalda y echó a andar por el túnel.

Billy vaciló unos instantes. Miró en la dirección contraria; justo al otro lado de la vagoneta vio un rostro barbudo y una túnica de color claro, pero la figura se desvaneció como un fantasma.

– Gracias – dijo Billy al túnel vacío.

Mientras seguía a Price, las piernas le dolían tanto que pensaba que le fallarían y que iba a caerse de un momento a otro, pero eso le traía sin cuidado. Ya veía otra vez, y el turno había terminado. Pronto estaría en casa y podría tumbarse a descansar.

Llegaron al fondo del pozo vertical y se metieron en la jaula con un grupo de mineros con el rostro tiznado. Tommy Griffiths no estaba entre ellos, pero el Seboso Hewitt, sí. Mientras aguardaban la señal desde arriba, Billy advirtió que todos lo miraban de reojo, esbozando sonrisas maliciosas.

– Dinos, ¿cómo te ha ido en tu primer día, Billy Doble?

– Bien, gracias – contestó.

La expresión de Hewitt era rencorosa; sin duda recordaba que Billy lo había llamado «pedazo de imbécil».

– ¿No has tenido ningún problema? – preguntó.

Billy vaciló antes de contestar; saltaba a la vista que sabían algo, pero quería que viesen que no había sucumbido al miedo.

– Se me ha apagado la lámpara – dijo, consiguiendo que no le temblara la voz. Miró a Price, pero decidió que era más propio de un hombre hecho y derecho no acusarlo -. Me ha costado mucho trabajar así, en la oscuridad, con la pala todo el día – explicó. Se había quedado bastante corto con aquella explicación, porque podían pensar que en realidad no había sido para tanto, pero eso era mejor que reconocer ante ellos todo el miedo que había pasado.

Entonces habló uno de los hombres mayores. Era John Jones el Tendero, a quien llamaban así porque su esposa regentaba una pequeña tienda en la parte trasera de su casa.

– ¿Todo el día? – inquirió.

– Sí – contestó Billy.

John Jones miró a Price y dijo: – Maldito hijo de perra, se supone que solo tenía que durar una hora…

Las sospechas de Billy se vieron confirmadas. Todos estaban al tanto de lo ocurrido y, por lo visto, debían de hacerles algo parecido a los nuevos, pero Price había sido más duro con él que de costumbre.

El Seboso Hewitt sonreía de oreja a oreja.

– ¿Y no tenías miedo, Billy, tú solo ahí abajo, en la oscuridad?

El muchacho meditó antes de responder. Todos estaban mirándolo, esperando a oír lo que iba a decir, ya sin ningún rastro de las sonrisas maliciosas, y todos parecían un poco avergonzados. Decidió decir la verdad.

– He pasado miedo, sí, pero no estaba solo.

Hewitt se quedó estupefacto.

– ¿Que no estabas solo?

– No, claro que no – dijo Billy -. Jesús estaba conmigo.

Hewitt estalló en carcajadas, pero fue el único. Su risa retumbó en el silencio y cesó de repente.

El silencio se prolongó durante varios minutos. Luego se oyó un ruido metálico, seguido de una sacudida, y la jaula emprendió su ascenso. Harry se dio media vuelta.

A partir de entonces, empezaron a llamarlo Billy de Jesús.


Capítulo 1

<p>Capítulo 1</p>

22 de junio de 1911

El mismo día que Jorge V fue coronado rey en la abadía de Westminster, en Londres, Billy Williams bajó por primera vez a la mina en Aberowen, Gales del Sur.

El 22 de junio de 1911, Billy cumplía trece años. Su padre empleó su técnica habitual para despertarlo, un método que se caracterizaba por ser mucho más expeditivo y eficaz que cariñoso, y que consistía en darle palmaditas en la mejilla a un ritmo regular, con firmeza e insistencia, una y otra vez. El muchacho dormía profundamente y, por un momento, trató de hacer caso omiso de aquellos cachetes, pero los golpes se sucedían incesantes. Experimentó una brusca y fugaz sensación de enfado, pero entonces se acordó de que tenía que levantarse, de que hasta tenía ganas de hacerlo, de modo que abrió los ojos y se incorporó de golpe en la cama.

– Son las cuatro – anunció su padre antes de salir de la alcoba, y acto seguido se oyó el fuerte ruido de sus botas al bajar por los peldaños de la escalera de madera.

Ese día, Billy iba a empezar a trabajar como aprendiz minero, al igual que había hecho la mayoría de los hombres de su ciudad a su misma edad. Le habría gustado sentirse más ilusionado ante la idea de ser minero, pero estaba decidido a no hacer el ridículo: David Crampton lloró en su primer día en la mina y aún lo llamaban Dai el Llorica, a pesar de que tenía veinticinco años y era la estrella del equipo de rugby local.

Era el día después del solsticio de verano, y la luminosa claridad de los primeros rayos del alba penetraba por el ventanuco del cuarto. Billy miró a su abuelo, acostado a su lado, y vio que tenía los ojos abiertos. Cuando Billy se levantaba, el anciano siempre estaba despierto, invariablemente; decía que los viejos no dormían demasiado.

El muchacho salió de la cama; solo llevaba los calzoncillos. Cuando hacía frío, dormía con camisola, pero aquel año las islas británicas estaban disfrutando de un verano caluroso, y las noches eran suaves. Sacó el orinal de debajo de la cama y levantó la tapa.

No había habido ningún cambio en el tamaño de su pene, al que llamaba su «pito»; seguía siendo la misma colita infantil que había sido siempre. Tenía la esperanza de que hubiese empezado a crecerle la víspera de su cumpleaños, o si no, al menos, de ver brotar algún que otro pelo negro alrededor, pero se llevó una gran decepción. Para su mejor amigo, Tommy Griffiths, que había nacido el mismo día que él, la cosa había sido distinta: le había cambiado la voz y hasta le había salido una pelusilla oscura encima del labio superior. Además, para colmo, su pito era como el de un hombre hecho y derecho. Aquello era humillante.

Mientras usaba el orinal, Billy miró por la ventana. Lo único que se veía desde allí era la escombrera, un montículo gris pizarra de estéril, la materia inservible de la mina de carbón, esquisto y arenisca en su mayor parte. Aquel era el aspecto que debía de tener el mundo el segundo día de la Creación, pensó Billy, antes de que Dios dijese: «Produzca la tierra hierba verde». Una brisa suave levantó una fina capa de polvo negro de la escombrera y la derramó sobre la hilera de casas.

En el interior de su alcoba, todavía había menos objetos que contemplar. Se encontraba en la parte posterior de la casa, era un espacio angosto en el que a duras penas cabía la cama estrecha, una cómoda y el viejo baúl del abuelo. Colgado de la pared había un dechado bordado donde se leía:


CREE EN EL

SEÑOR JESUCRISTO

Y ESTARÁS

A SALVO


No había espejo.

Una puerta llevaba a lo alto de la escalera y la otra al dormitorio principal, al que solo podía accederse atravesando la pequeña alcoba. La otra habitación era más grande, con espacio para dos camas, y allí dormían mamá y papá; incluso las hermanas de Billy habían dormido allí, varios años antes. La mayor, Ethel, ya no vivía con ellos, y las otras tres habían muerto, una de sarampión, otra de tos ferina y la tercera de difteria. También había tenido un hermano mayor, que compartió la cama con Billy antes del abuelo. Se llamaba Wesley y murió abajo, en la mina, arrollado por una vagoneta fuera de control, por uno de los carros con ruedas que transportaban el carbón.

Billy se puso la camisa, la misma que había llevado a la escuela la jornada anterior. Ese día era jueves, y solo se cambiaba de camisa los domingos. Sin embargo, sí tenía un par nuevo de pantalones, sus primeros pantalones largos, hechos de un recio algodón impermeable al que llamaban piel de topo. Eran el símbolo del ingreso en el mundo de los hombres, y se los puso con orgullo, disfrutando de la sensación fuertemente masculina de la tela. Se ciñó un grueso cinturón de cuero y las botas que había heredado de Wesley y, a continuación, bajó las escaleras.

La mayor parte de la planta baja estaba ocupada por la sala de estar, de unos veinte metros cuadrados, con una mesa en el centro y una chimenea en un costado, amén de una alfombra tejida a mano sobre el suelo de piedra. El padre estaba sentado a la mesa leyendo un ejemplar atrasado del Daily Mail, con unas lentes apoyadas en el puente de la nariz larga y aguileña. La madre estaba preparando el té. Dejó la tetera humeante en la mesa, besó a Billy en la frente y le preguntó:

– ¿Cómo está mi hombrecito el día de su cumpleaños?

Billy no contestó. El diminutivo le había dolido en lo más hondo, porque seguía siendo pequeño y no era un verdadero hombre todavía. Se dirigió a la cocina, en la parte de atrás. Sumergió un cuenco de hojalata en el barril de agua, se lavó la cara y las manos y, a continuación, tiró el agua en la pileta baja de piedra. En la cocina había un caldero con una parrilla para el fuego debajo, pero solo se empleaba las noches del baño, que eran los sábados.

Les habían prometido que no tardarían en tener agua corriente, y las casas de algunos mineros ya disponían de ella. La familia de Tommy Griffiths se hallaba entre las afortunadas. Cada vez que iba a casa de Tommy, a Billy le parecía un milagro poder llenar un vaso de agua fresca y clara con solo abrir un grifo, sin tener que transportar ningún balde hasta el surtidor de la calle. Sin embargo, el milagro no había llegado todavía a Wellington Row, la calle donde vivían los Williams.

Volvió a la sala de estar y se sentó a la mesa. Su madre le puso delante una enorme taza de té con leche y azúcar. Cortó dos gruesas rebanadas de una hogaza de pan casero y le llevó un pedazo de manteca de la despensa, situada debajo de la escalera. Billy entrelazó las manos, cerró los ojos y dijo:

– Gracias, Señor, por estos alimentos. Amén.

Acto seguido, bebió un sorbo de té y untó la manteca en el pan. Los ojos azul claro de su padre lo miraron por encima del periódico.

– Échate sal en el pan – le dijo -. Vas a sudar bajo tierra.

El padre de Billy era representante minero de la Federación Minera de Gales del Sur, el sindicato más fuerte de toda Gran Bretaña, tal como decía cada vez que tenía ocasión. Lo conocían como Dai el Sindicalista. A muchos hombres los llamaban Dai, el diminutivo de David, o Dafydd en galés. Billy había aprendido en la escuela que el nombre de David era muy popular en Gales porque era el nombre del santo patrón del país, como san Patricio en Irlanda. No se distinguía a un Dai de otro por el apellido – porque allí casi todos se apellidaban Jones, Williams, Evans o Morgan -, sino por el apodo. Los nombres verdaderos se utilizaban muy rara vez cuando había alguna alternativa jocosa. Billy se llamaba William Williams, así que para todos era Billy Doble. A veces las mujeres recibían el apodo del marido, de modo que la madre de Billy era la señora de Dai el Sindicalista.

El abuelo bajó cuando Billy estaba comiéndose la segunda rebanada de pan. A pesar del calor, llevaba chaqueta y un chaleco. Cuando se hubo lavado las manos, se sentó frente a Billy.

– No estés tan nervioso – le dijo -. Yo bajé al pozo cuando tenía diez años, y mi mismísimo padre bajó a la mina encaramado a la espalda del suyo cuando tenía cinco, y trabajaba desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde. De octubre a marzo no veía la luz del sol.

– No estoy nervioso – repuso Billy.

No era verdad. Estaba muerto de miedo.

Pese a todo, el abuelo se mostró benevolente y no siguió insistiendo. A Billy le caía bien. Su madre lo trataba como un crío pequeño, y su padre era severo y sarcástico, pero el abuelo era tolerante y se dirigía a Billy hablándole como a un adulto.

– Escuchad – dijo el padre.

Él era incapaz de comprar el Mail, un periodicucho de derechas, pero a veces se llevaba a casa el ejemplar de otra persona y les leía el periódico en voz alta, con tono desdeñoso y mofándose de la estupidez y la falta de honradez de la clase dirigente.

– «Lady Diana Manners ha sido objeto de severas críticas por acudir con el mismo vestido a dos bailes distintos. La hija menor del duque de Rutland recibió el galardón del “mejor vestido de señora” en el baile del Savoy por el cuerpo ceñido de escote barco y falda de miriñaque, y obtuvo un premio de doscientas cincuenta guineas.» – Bajó el periódico y dijo -: Eso es, al menos, tu salario de cinco años, hijo mío. – Reanudó la lectura -: «Sin embargo, suscitó la reprobación de los connoisseurs al lucir el mismo vestido en la fiesta que lord Winterton y F. E. Smith celebraron en el hotel Claridge. En contra de lo que afirma el dicho popular, lo que abunda, y en este caso repite, en ocasiones sí daña, fue el comentario de los asistentes». – Levantó la mirada del periódico y dijo -: Así que ya lo sabes, mamá, será mejor que te cambies de vestido si no quieres suscitar la reprobación de los connoisseurs.

Aquello no hizo gracia a la madre de Billy. Llevaba un viejo vestido de lana de color pardo con los codos remendados y manchas bajo las axilas.

– Si tuviera doscientas cincuenta guineas, te aseguro yo que estaría mucho más elegante que ese adefesio de lady Diana Comosellame – dijo, no sin amargura.

– Es verdad – convino el abuelo -. Cara siempre fue la más guapa… igual que su madre. – La madre de Billy se llamaba Cara. El abuelo se dirigió entonces al chico -: Tu abuela era italiana, se llamaba Maria Ferrone. – Eso Billy ya lo sabía, pero al abuelo le encantaba relatar una y otra vez las viejas historias familiares -. De ahí heredó tu madre ese pelo negro tan brillante y esos hermosos ojos oscuros, y tu hermana también. Tu abuela era la mujer más guapa de Cardiff… ¡y yo me la quedé! – De pronto, una nube de tristeza le ensombreció el semblante -. Aquellos sí que eran buenos tiempos… – añadió en voz baja.

El padre frunció el ceño con aire reprobador porque, a su juicio, aquella conversación evocaba los placeres de la carne, pero la madre se sintió halagada con los cumplidos de su padre y sonrió contenta mientras le servía el desayuno.

– Huy, sí, ya lo creo – intervino -. A mis hermanas y a mí todo el mundo nos consideraba unas bellezas. Se iban a enterar esos duques de lo que es una mujer guapa si tuviéramos dinero para sedas y encajes…

Billy se quedó pasmado, pues nunca se le había pasado por la cabeza considerar guapa ni nada por el estilo a su madre, aunque cuando se vestía para las reuniones del templo el sábado por la tarde sí estaba radiante, sobre todo cuando llevaba sombrero. Suponía que debía de haber sido guapa alguna vez, hacía muchos años, pero le costaba imaginarlo.

– Y además, para que lo sepas – dijo el abuelo -, en la familia de tu abuela eran todos muy listos. Mi cuñado era minero, pero dejó la mina y abrió un café en Tenby. ¡Eso sí que es vida! Disfrutar de la brisa marina y sin hacer nada en todo el día más que preparar el café y contar el dinero de la caja.

El padre leyó otra noticia.

– «Como parte de los preparativos para la coronación, el palacio de Buckingham ha elaborado un manual de protocolo de doscientas doce páginas.» – Levantó de nuevo la vista del papel -. No te olvides de mencionar eso hoy abajo en el pozo, Billy. Los hombres se alegrarán de saber que, cuando de la coronación se trata, no se ha dejado nada al azar.

A Billy la realeza le traía sin cuidado; lo que le gustaba eran las historias de aventuras que el Mail solía publicar sobre corpulentos y valerosos alumnos de colegios privados que jugaban al rugby y atrapaban a escurridizos espías alemanes. Según el periódico, dichos espías infestaban las ciudades de toda la geografía británica, aunque, por desgracia, no parecía haber ninguno en Aberowen.

Billy se levantó de la mesa.

– Voy calle abajo – anunció.

Salió de la casa por la puerta principal. Lo de ir «calle abajo» era un eufemismo familiar: significaba ir a las letrinas, que quedaban a medio camino de Wellington Row. Había una choza baja de ladrillo con el techo de chapa ondulada, construida encima de un profundo hoyo excavado en el suelo. La choza estaba dividida en dos compartimientos, uno para los hombres y otro para las mujeres, y cada uno de ellos contaba, a su vez, con un asiento doble, para que la gente pudiese hacer sus necesidades de dos en dos. Nadie sabía por qué quienes habían construido las letrinas lo habían dispuesto de ese modo, pero todos lo aprovechaban al máximo: los hombres se limitaban a mirar hacia delante y no decían nada, pero, tal como Billy comprobaba a menudo, las mujeres charlaban alegremente. El olor era nauseabundo, a pesar de la costumbre y del hecho de ser un acto cotidiano que se repetía todos los días. Billy siempre intentaba contener la respiración con todas sus fuerzas para luego, al salir, inspirar desesperadamente. Un hombre al que todo el mundo llamaba Dai el Boñigas se encargaba de vaciar el hoyo periódicamente.

Cuando Billy volvió a la casa, se llevó una gran alegría al ver a su hermana, Ethel, sentada a la mesa.

– ¡Feliz cumpleaños, Billy! – exclamó al verlo -. Tenía que venir a darte un beso antes de que bajaras al pozo.

Ethel tenía dieciocho años y, a diferencia de lo que le ocurría con su madre, a Billy no le costaba ningún esfuerzo ver lo guapa que era. Tenía el pelo de color rojo caoba, ensortijado, y los ojos negros centelleaban con un brillo pícaro. Tal vez su madre hubiese tenido aquel aspecto alguna vez, hacía mucho tiempo. Ethel llevaba el sencillo vestido negro y la cofia blanca de algodón que caracterizaba a las doncellas, un uniforme que le sentaba francamente bien.

Billy adoraba a su hermana. Además de hermosa, era divertida, lista y valiente, y a veces hasta le plantaba cara a su padre. Le explicaba a Billy cosas que ninguna otra persona era capaz de contarle, como lo de ese trance mensual al que las mujeres llamaban el «período», o en qué consistía ese delito contra la moral pública que había obligado al párroco anglicano a abandonar la ciudad con tanta precipitación. Había sido la primera de la clase durante su paso por la escuela, y su redacción sobre el tema «Mi ciudad o pueblo» ganó el primer premio en un concurso organizado por el South Wales Echo. La habían obsequiado con un ejemplar del Atlas Mundial de Cassell.

Ethel besó a Billy en la mejilla.

– Le he dicho a la señora Jevons, el ama de llaves, que nos estábamos quedando sin betún y que lo mejor sería que fuese a comprarlo a la ciudad. – Ethel vivía y trabajaba en Ty Gwyn, la mansión inmensa del conde Fitzherbert, a un kilómetro y medio colina arriba. Le dio a Billy algo envuelto en un trapo limpio -. He birlado un trozo de tarta para traértelo.

– ¡Muchas gracias, Eth! – exclamó Billy. Le encantaban las tartas.

– ¿Quieres que te la ponga con el almuerzo? – preguntó su madre.

– Sí, por favor.

La madre sacó una caja de hojalata de la alacena y guardó en ella la tarta. Cortó dos rebanadas más de pan, las untó de manteca, añadió sal y las metió en la caja. Todos los mineros se llevaban el almuerzo en una caja de hojalata, porque si bajaban la comida a la mina envuelta en un trapo, los ratones habrían dado buena cuenta de ella antes del receso de media mañana.

– Cuando me traigas el primer salario, podrás llevarte una loncha de tocino hervido en la caja del almuerzo.

Al principio, el sueldo de Billy no iba a ser gran cosa, pero a pesar de ello para su familia sí supondría una gran diferencia. Se preguntó con cuánto dinero le dejaría quedarse su madre para sus gastos, y si podría ahorrar suficiente para comprarse esa bicicleta que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

Ethel se sentó a la mesa y su padre le preguntó:

– ¿Cómo van las cosas en la casa grande?

– Todo bien, sin novedades – contestó ella -. El conde y la princesa están en Londres, para la coronación. – Consultó el reloj de la repisa de la chimenea -. Se levantarán pronto, tienen que estar en la abadía muy temprano. A ella no le va a hacer ninguna gracia, claro, porque no está acostumbrada a madrugar, pero no puede presentarse tarde ante el mismísimo rey. – La esposa del conde, Bea, era una princesa rusa de ilustre cuna.

– Querrán sentarse delante, para poder ver mejor el espectáculo – dijo el padre.

– No, no… no puedes sentarte donde tú quieras – aclaró Ethel -. Han encargado la fabricación especial de seis mil sillas de madera de caoba con los nombres de los invitados en letras doradas en el respaldo.

– ¡Pues menudo derroche! – exclamó el abuelo -. ¿Y qué piensan hacer con ellas luego, eh?

– No lo sé, a lo mejor se las llevan a casa como recuerdo.

– Diles que nos manden alguna que les sobre – dijo el padre con sequedad -. Aquí solo somos cinco, y tu pobre madre tiene que quedarse de pie.

Cuando el padre de Billy se ponía sarcástico, casi siempre significaba que, en el fondo, estaba realmente enfadado. Ethel se puso en pie de un salto.

– Lo siento, mamá, no me había dado cuenta…

– Quédate dónde estás, estoy demasiado ocupada para sentarme – repuso su madre.

El reloj dio las cinco.

– Billy, hijo mío, más vale estar allí pronto – dijo el padre -. Será mejor que te pongas en marcha.

Billy se levantó de mala gana y recogió su almuerzo.

Ethel lo besó de nuevo y el abuelo le estrechó la mano. Su padre le tendió dos clavos de quince centímetros, oxidados y un poco torcidos.

– Guárdatelos en el bolsillo de los pantalones.

– ¿Para qué son? – quiso saber el muchacho.

– Ya lo verás – le contestó el padre, sonriendo.

La madre le dio a Billy una botella de litro con tapón de rosca, llena de té frío con leche y azúcar, y le dijo:

– Bueno, Billy, no olvides que Jesús está siempre contigo, incluso abajo en la mina.

– Sí, mamá.

Vio una lágrima en los ojos de su madre y se volvió rápidamente, porque a él también le entraban ganas de llorar. Tomó su gorra del colgador.

– Hasta luego, entonces – dijo, como si solo fuera a la escuela, y salió por la puerta principal.

Había sido un verano soleado y caluroso hasta entonces, pero ese día en concreto estaba nublado y parecía incluso a punto de llover. Tommy estaba apoyado en el muro de la casa, esperando.

– Eh, Billy – saludó.

– Hola, Tommy.

Echaron a caminar juntos por la calle.

Billy había aprendido en la escuela que, antiguamente, Aberowen había sido una población pequeña con un mercado que servía a los granjeros de los alrededores. Desde lo alto de Wellington Row se veía el viejo núcleo comercial, con los corrales abiertos para las transacciones ganaderas, el edificio de la lonja de la lana y la iglesia anglicana, todo en la misma ribera del río Owen, que era poco más que un arroyo. Ahora, una línea ferroviaria atravesaba la ciudad como una cicatriz, e iba a morir a la entrada de la mina. Las viviendas de los mineros habían ido extendiéndose por las laderas del valle, centenares de casas de piedra gris con tejados de pizarra galesa de un gris más oscuro. Estaban construidas a lo largo de hileras serpenteantes que seguían el contorno de las pendientes, y las hileras estaban atravesadas por unas callejuelas más cortas que se precipitaban en vertical hacia el fondo del valle.

– ¿Con quién crees que vas a trabajar? – le preguntó Tommy.

Billy se encogió de hombros. Los muchachos nuevos se asignaban a uno de los ayudantes del capataz de la mina.

– Ni idea.

– Yo espero que me pongan en los establos. – A Tommy le gustaban los caballos. En la mina vivían unos cincuenta ponis que tiraban de las vagonetas que llenaban los mineros, arrastrándolas por los raíles del ferrocarril -. ¿Qué trabajo te gustaría hacer?

Billy esperaba que no le diesen una tarea demasiado pesada para su físico de niño, pero no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta.

– Engrasar las vagonetas – contestó.

– ¿Por qué?

– Parece fácil.

Pasaron por delante de la escuela de la que, hasta el día anterior, habían sido alumnos. Se trataba de un edificio victoriano con ventanas ojivales como las de una iglesia. Había sido erigido por la familia Fitzherbert, tal como el director se encargaba de recordar de forma incansable a los alumnos. El conde aún contrataba personalmente a los maestros y decidía el contenido del programa académico. Las paredes estaban repletas de cuadros de heroicas victorias militares, y la grandeza de Gran Bretaña era un tema constante. En la clase sobre las Escrituras con la que daba comienzo cada jornada escolar se impartían estrictas doctrinas anglicanas, a pesar de que casi todos los niños provenían de familias pertenecientes a sectores disidentes, escindidos de la Iglesia anglicana, también llamados no conformistas. Había una junta escolar de la que formaba parte el padre de Billy, pero carecía de poder auténtico y sus funciones se limitaban únicamente a aconsejar y asesorar. El padre del chico aseguraba que el conde trataba la escuela como si fuese una propiedad personal.

En su último año de estudios, Billy y Tommy habían aprendido las nociones básicas de la minería, mientras que las chicas aprendían a coser y a guisar. A Billy le había sorprendido descubrir que el suelo que había bajo sus pies estaba formado por capas de distintas clases de tierra, como si hubiera un montón de emparedados apilados unos encima de otros. Una «veta de carbón», una expresión que había oído toda su vida sin entenderla realmente, era una de dichas capas. También le habían explicado que el carbón estaba hecho de hojas muertas y otras clases de materia vegetal, acumuladas durante años y años y comprimidas por el peso de la tierra que tenían encima. Tommy, cuyo padre era ateo, aseguraba que eso demostraba que lo que decía la Biblia era mentira, pero el padre de Billy afirmaba que solo era una interpretación.

La escuela estaba vacía a aquellas horas, y el patio del recreo, también desierto. Billy se sentía orgulloso de haber dejado atrás la escuela, aunque una pequeña parte de su ser deseaba poder volver allí en lugar de tener que bajar al pozo.

A medida que iban aproximándose a la mina, las calles empezaron a llenarse de mineros, todos con su caja de hojalata y una botella de té. Iban vestidos igual, con trajes viejos de los que se despojarían en cuanto llegasen a su lugar de trabajo. Algunas minas eran muy frías, pero en la de Aberowen hacía mucho calor, y los hombres trabajaban en ropa interior y con botas, o con los pantaloncillos de hilo basto a los que llamaban bannickers. Todos llevaban una gorra acolchada siempre, porque los techos de los túneles eran muy bajos y era fácil golpearse la cabeza.

Por encima de las casas, Billy vio el cabrestante, una torre coronada por dos ruedas de grandes dimensiones que rotaban en sentido opuesto, tirando de los cables que subían y bajaban la jaula. En todas las cuencas mineras de Gales del Sur se veían estructuras similares de brocales de mina, del mismo modo en que las agujas de las iglesias dominaban las localidades y aldeas agrícolas.

Había otras construcciones diseminadas alrededor de la boca de la mina, como si hubiesen caído allí por casualidad: la lamparería, las oficinas, la herrería, los almacenes… Las líneas ferroviarias serpenteaban entre los edificios. Por el suelo aparecían desperdigados varios vagones averiados, viejos travesaños resquebrajados, sacos de comida y piezas de maquinaria oxidada y en desuso, todo cubierto por una capa de polvo de carbón. El padre de Billy decía siempre que habría menos accidentes si los mineros tuvieran las cosas más ordenadas.

Billy y Tommy entraron en las oficinas de la mina. En la antesala estaba Arthur Llewellyn el Manchas, un empleado no mucho mayor que ellos. Llevaba el cuello y los puños de la camisa blanca sucios. Estaba esperándolos, pues los padres de ambos habían dispuesto previamente que empezasen a trabajar ese día. El Manchas escribió sus nombres en un libro y luego los condujo al despacho del capataz.

– El joven Tommy Griffiths y el joven Billy Williams, señor Morgan – anunció.

Maldwyn Morgan era un hombre alto y vestía un traje negro. No había restos de carbón en los puños de su camisa, y tenía las mejillas rosadas, lisas y suaves, lo que significaba que, probablemente, se afeitaba todos los días. Su titulación de ingeniero lucía enmarcada en la pared, y su bombín – la otra señal distintiva de su estatus – colgaba del perchero que había junto a la puerta.

Para sorpresa de Billy, no estaba solo. Junto a él había una figura aún más pavorosa: Perceval Jones, director de Celtic Minerals, la compañía que poseía y explotaba la mina de carbón de Aberowen, además de otras. Un hombrecillo menudo y agresivo al que los mineros llamaban Napoleón. Iba vestido formalmente con un frac negro y pantalones a rayas grises, y no se había quitado el sombrero de copa.

Jones miró a los chicos con gesto de reprobación.

– Griffiths – dijo -, tu padre es un socialista revolucionario.

– Sí, señor – contestó Tommy.

– Y un ateo.

– Sí, señor Jones.

Se volvió para dirigirse a Billy.

– Y tu padre es un dirigente de la Federación Minera de Gales del Sur.

– Sí, señor Jones.

– No me gustan los socialistas. Y los ateos están condenados al fuego eterno. Y los sindicalistas son los peores de todos.

Miró a ambos fijamente, pero no les había hecho ninguna pregunta, de modo que Billy no dijo nada.

– No quiero alborotadores – siguió diciendo Jones -. En el valle de Rhondda llevan cuarenta y tres semanas de huelga por culpa de gente como vuestros padres, que meten cizaña y les animan.

Billy sabía que la huelga de Rhondda no había sido provocada por los alborotadores, sino por los dueños de la mina de Ely, en Penygraig, que habían hecho un cierre patronal contra los mineros, pero mantuvo la boca cerrada.

– ¿No seréis vosotros alborotadores? – Jones señaló a Billy con un dedo huesudo, y el muchacho se puso a temblar -. ¿No te habrá dicho tu padre que defiendas tus derechos mientras trabajes para mí?

Billy trató de hacer memoria, aunque era difícil teniendo el rostro amenazador de Jones a escasos centímetros del suyo. Su padre no le había dicho gran cosa esa mañana, pero la noche anterior sí le había dado algún consejo.

– Pues verá, señor, me ha dicho: «No les plantes cara ni te hagas el gallito con los patronos, que ese es mi trabajo».

A sus espaldas, Llewellyn el Manchas se rió por lo bajo.

A Perceval Jones, sin embargo, no le hizo ninguna gracia.

– Mocoso insolente… – masculló -. Pero si no te dejo entrar a trabajar en la mina, tendré a todo el valle en huelga.

A Billy no se le había pasado por la cabeza algo semejante. ¿Tan importante era? No, pero cabía la posibilidad de que los mineros se pusiesen en huelga para defender a los hijos de sus dirigentes sindicales. No llevaba ni cinco minutos trabajando y el sindicato ya lo estaba protegiendo.

– Llévatelos de aquí – ordenó Jones.

Morgan asintió.

– Sácalos fuera, Llewellyn – le apremió -. Rhys Price puede encargarse de ellos.

Billy protestó para sus adentros, pues Rhys Price era uno de los ayudantes del capataz que tenía más mala fama. Había puesto los ojos en Ethel el año anterior y esta lo rechazó de plano. La hermana de Billy había hecho lo mismo con la mitad de los solteros de Aberowen, pero Price se lo había tomado muy a pecho.

El Manchas negó con la cabeza.

– Fuera – dijo, y los acompañó mientras salían del despacho -. Esperad en el exterior al señor Price.

Billy y Tommy abandonaron el edificio y se apoyaron en el muro, junto a la puerta.

– Me encantaría darle un puñetazo a Napoleón en esa barriga gorda que tiene – dijo Tommy -. Ese sí es un cerdo capitalista.

– Y que lo digas – convino Billy, aunque nunca se le había pasado por la cabeza pensar algo así.

Rhys Price apareció al cabo de un minuto. Como todos los ayudantes del capataz, llevaba un sombrero de ala pequeña y abarquillada al que llamaban sombrero hongo, más caro que una gorra de minero pero más barato que un bombín. En los bolsillos del chaleco guardaba una libreta y un lápiz, y sostenía una regla de medir. Price lucía barba de dos días y tenía los dientes mellados. Billy sabía que gozaba de fama de listo pero también de ladino.

– Buenos días, señor Price – dijo Billy.

Price parecía suspicaz.

– ¿Se puede saber qué es lo que estás tramando con eso de darme los buenos días, Billy Doble?

– El señor Morgan ha dicho que bajaríamos con usted a la mina.

– ¿Conque eso ha dicho, eh? – Price tenía la curiosa costumbre de lanzar miradas bruscas a diestro y siniestro, y a veces incluso a su espalda, como si esperase que, en cualquier momento, fueran a lloverle los problemas desde todos los lados -. Eso ya lo veremos. – Miró al cabrestante, como si buscase allí una explicación -. No tengo tiempo para andar con mocosos. – Entró en las dependencias de la oficina.

– Espero que encuentren a otro que nos lleve abajo… – comentó Billy -. Porque ese odia a mi familia desde que mi hermana lo rechazó.

– Tu hermana se cree demasiado buena para los hombres de Aberowen – dijo Tommy, y era evidente que repetía en voz alta algo que había oído antes.

– Es que lo es, es demasiado buena para ellos – sentenció Billy, categórico.

Price salió de la oficina.

– Está bien, venid conmigo. – Y echó a andar con paso decidido.

Los muchachos lo siguieron al interior de la lamparería. El lamparero le dio a Billy una brillante lámpara de seguridad de latón y él se la enganchó al cinturón, tal como hacían los demás hombres.

Había aprendido mucho acerca de las lámparas de mineros en la escuela. Entre los peligros de la explotación del carbón se hallaba el metano, el gas inflamable que se filtraba por las vetas de carbón. Los hombres lo llamaban grisú, y era la causa de todas las explosiones subterráneas. Las minas galesas eran especialmente famosas por el alto contenido en gas de sus galerías. La lámpara había sido diseñada de manera muy ingeniosa para que la llama no prendiese el grisú, sino que al entrar en contacto con el gas, la llama cambiaba de forma y se alargaba, sirviendo de este modo de aviso, pues el grisú no desprendía ningún olor.

Si la lámpara se apagaba, el minero no podía volver a encenderla. Estaba prohibido llevar cerillas a la mina, y la lámpara estaba cerrada con llave como medida disuasoria para que nadie contraviniese la norma. Una lámpara apagada debía llevarse a un punto de encendido, normalmente al fondo de la mina, cerca del tiro. Para ello a veces era necesario recorrer a pie más de un kilómetro y medio, pero merecía la pena con tal de evitar el riesgo de una explosión subterránea.

A los muchachos les habían enseñado en la escuela que las lámparas eran una de las maneras que tenían los patronos y propietarios de las minas de mostrar su preocupación por el bienestar y la seguridad de sus trabajadores. «Como si evitar las explosiones – había dicho el padre de Billy – no fuese a beneficiar al patrón, que así no tiene que interrumpir el trabajo en la mina ni reparar los daños en los túneles.»

Tras recoger sus lámparas, los hombres hicieron cola para subir a la jaula. Hábilmente colocado junto a la cola, había un tablón de anuncios en el que unos letreros escritos a mano o impresos de forma más o menos rudimentaria anunciaban partidos de críquet, un campeonato de dardos, el extravío de una navaja, un recital del Coro Masculino de Aberowen y una charla sobre la teoría del materialismo histórico de Karl Marx en la Biblioteca Libre. Sin embargo, los ayudantes del capataz no tenían que hacer cola, así que Price se abrió paso hasta la parte delantera, seguido de los chicos.

Como la mayoría de las minas, Aberowen contaba con dos pozos verticales con ventiladores para que el aire descendiera por uno y subiera por el otro, estableciendo así el circuito de ventilación adecuado. Los propietarios solían bautizar los pozos a su antojo, y los caprichosos nombres de aquellos dos eran Píramo y Tisbe. Aquel, Píramo, era el pozo ascendente, y Billy percibió la corriente de aire cálido que subía por él.

Un día, el año anterior, Billy y Tommy decidieron ir a curiosear al pozo y asomarse, de modo que el lunes de Pascua, cuando los hombres no trabajaban, sortearon al vigilante, atravesaron la escombrera a hurtadillas hasta la bocamina y luego treparon por la valla de protección. La plataforma de la jaula no llegaba a cubrir por completo la entrada del pozo, de modo que se tumbaron boca abajo y se asomaron al borde. Se quedaron mirando con aterrada fascinación las entrañas de aquel abismo imponente y Billy advirtió que se le encogía el estómago. La oscuridad parecía infinita. El muchacho experimentó una intensa emoción, una mezcla de alegría por no tener que bajar allí y de terror absoluto al pensar que algún día tendría que hacerlo. Arrojó una piedra al fondo y la oyeron rebotar contra la urdimbre de madera de la jaula y el revestimiento de ladrillo del pozo. Les pareció una terrorífica eternidad hasta que oyeron el ruido débil y lejano de la piedra al caer salpicando en el charco de agua abajo de todo.

En esos momentos, justo un año después, Billy estaba a punto de seguir la misma trayectoria de aquella piedra.

Se dijo que debía armarse de valor y no ser un cobarde, que tenía que comportarse como un hombre hecho y derecho, aunque en el fondo de su alma sintiese que no lo era. Lo peor de todo sería hacer el ridículo y convertirse en el hazmerreír del pozo. Eso le daba más miedo todavía que la muerte.

Vio la reja corredera que cerraba el pozo. Más allá solo estaba el vacío, pues la jaula iniciaba allí su recorrido ascendente. En el extremo opuesto del pozo vio el cabrestante que hacía girar las enormes ruedas más arriba. Unos chorros de vapor se desprendían del mecanismo. Los cables golpeteaban los rieles con chasquidos similares a un latigazo, y por todo el recinto se extendía el olor a aceite caliente.

Con el chirrido del hierro, la jaula vacía apareció tras la reja. El operador de superficie, el encargado de la jaula en el extremo superior, abrió la reja deslizándola. Rhys Price entró en el espacio vacío y los dos muchachos lo siguieron. Trece mineros entraron detrás de ellos, ya que en la jaula cabían un total de dieciséis hombres. El operario cerró la reja de golpe.

Siguió una pausa. Billy se sintió muy vulnerable; el suelo bajo sus pies era sólido, pero podía colar el cuerpo sin problemas por entre los barrotes, ampliamente separados, de los laterales. La jaula colgaba de una maroma de acero, pero ni siquiera eso era seguro: todo el mundo sabía que el cable de Tirpentwys se soltó un buen día en 1902 y la jaula se precipitó al vacío hasta estrellarse contra el fondo del pozo. Murieron ocho hombres.

Saludó con la cabeza al minero que tenía a su lado; era Harry el Seboso Hewitt, un chico con cara de pudin y solo tres años mayor que él, aunque le sacaba una cabeza de altura. Billy se acordaba de cuando Harry iba a la escuela; había repetido tercer curso varias veces, siempre en la clase de los niños de diez años, y había suspendido el examen año tras año hasta alcanzar la edad para trabajar.

Sonó la señal que anunciaba que el embarcador que había al pie del pozo había cerrado su puerta. El operador de superficie accionó una palanca y sonó otra señal distinta. La maquinaria de vapor empezó a silbar y se oyó el sonido de otro golpe.

La jaula se precipitó al vacío.

Billy sabía que el elevador bajaba en caída libre al principio y que luego frenaba justo a tiempo de realizar un aterrizaje suave, pero no había teoría que valiese para prepararlo para la sensación de precipitarse en picado hacia las entrañas de la tierra. Sus pies se separaron del suelo y se puso a gritar, aterrorizado. No pudo evitarlo.

Los hombres se echaron a reír. Sabían que era su primera vez, y dedujo que debían de haber estado esperando su reacción. Vio, demasiado tarde, que todos se estaban agarrando a los barrotes de la jaula para evitar la sensación de flotar en el aire, pero aquello no sirvió para aplacar su miedo. No consiguió dejar de gritar hasta que apretó los dientes con todas sus fuerzas.

Por fin se accionó el freno. Se aminoró la velocidad de la caída y los pies de Billy tocaron el suelo. Se sujetó a uno de los barrotes e intentó dejar de temblar. Al cabo de un minuto, una intensa sensación de injusticia y humillación pasó a ocupar el lugar del miedo, tan profunda que sintió el escozor de las lágrimas en los ojos. Vio el rostro burlón del Seboso y exclamó a voz en grito, para que lo oyera pese al ruido:

– ¡Cierra esa bocaza que tienes, Hewitt, pedazo de imbécil!

Al oír aquello, al Seboso le cambió la cara inmediatamente y puso un gesto furioso, pero los demás hombres se rieron aún más. Billy tendría que pedirle perdón a Jesús por haber insultado de aquel modo a su compañero, pero al menos ya no se sentía tan estúpido.

Miró a Tommy, que estaba pálido como el papel. ¿Había gritado Tommy? Billy temía preguntárselo por si la respuesta era negativa.

La jaula se detuvo, la reja se abrió y Billy y Tommy salieron con paso tembloroso al corazón de la mina.

Allí reinaba la oscuridad. Las lámparas de los mineros emitían menos luz que las lámparas de parafina que había en las paredes de su casa, y a su alrededor todo estaba oscuro como una noche sin luna. A lo mejor es que no hacía falta ver bien para sacar carbón, razonó Billy. Cruzó un charco y, al oír el ruido de la salpicadura, bajó la vista y vio agua y barro por todas partes, reluciendo bajo el débil reflejo de las llamas de las lámparas. Notó un sabor raro en la boca: a causa del polvo del carbón, el aire era muy espeso. ¿Cómo era posible que los hombres pudiesen pasar todo el día respirando aquello? Seguramente, por eso los mineros estaban siempre tosiendo y escupiendo.

Había cuatro hombres esperando para entrar en la jaula y subir a la superficie. Cada uno de ellos llevaba un maletín de cuero, y Billy se dio cuenta de que eran bomberos. Todas las mañanas, antes de que los mineros empezasen la jornada, los bomberos inspeccionaban las galerías para detectar los niveles de gas. Si la concentración de metano alcanzaba niveles inaceptables, ordenaban a los hombres que no trabajaran hasta que los mecanismos de ventilación hubiesen despejado el ambiente.

Justo a su lado, Billy vio una hilera de cajones para ponis y una puerta abierta que daba a una sala bien iluminada con un escritorio, seguramente una oficina para los ayudantes del capataz. Los hombres se dispersaron, adentrándose en cuatro túneles distintos que tenían su origen en el fondo del pozo. Los túneles se llamaban galerías y conducían a las secciones de la mina de donde se obtenía el carbón.

Price los llevó a un cobertizo y abrió un candado. Se trataba de un almacén de herramientas. Escogió dos palas, se las entregó a los chicos y volvió a cerrar el cobertizo.

Se dirigieron a los establos. Un hombre vestido únicamente con unos pantalones cortos y unas botas extraía con una pala la paja sucia de una de las cuadras y la cargaba en una vagoneta de carbón. El sudor le resbalaba por la musculosa espalda. Price se dirigió a é

– ¿Quieres un muchacho que te ayude?

El hombre se volvió y Billy reconoció a Dai Ponis, uno de los miembros del consejo de la Iglesia de Bethesda. Dai no dio muestras de haber reconocido a Billy.

– No quiero al esmirriado – dijo.

– Muy bien – aceptó Price -. El otro es Tommy Griffiths. Quédate con él.

Tommy parecía complacido. Había cumplido su deseo: a pesar de que solo se iba a ocupar de limpiar la bosta, iba a trabajar en los establos.

– Vamos, Billy Doble – dijo Price, y enfiló hacia una de las galerías.

Billy se echó la pala al hombro y lo siguió. Se sentía más inquieto ahora que Tommy ya no iba con él, y pensó que ojalá lo hubiesen enviado a limpiar la boñiga de los establos, como a su amigo.

– ¿Qué voy a hacer yo, señor Price? – inquirió.

– ¿A ti qué te parece? – espetó Price -. ¿Para qué cojones crees que te he dado esa puñetera pala?

Billy se quedó de piedra al oír cómo hablaba aquel hombre, haciendo uso de todas las palabras que estaban prohibidas en su casa. No tenía ni idea de lo que iba a hacer con aquella pala, pero optó por no preguntar nada más.

El túnel tenía forma redonda, y el techo estaba apuntalado con refuerzos semicirculares de acero. Una cañería de unos cinco centímetros de ancho recorría la parte superior, seguramente para transportar el agua. Todas las noches aquellos aspersores rociaban las galerías con agua para tratar de reducir la cantidad de polvo, no solo por el riesgo que suponía para la salud y los pulmones de los hombres – porque si fuera solo eso, a Celtic Minerals le traería sin cuidado -, sino porque constituía un peligro de incendio. Sin embargo, el sistema de aspersores no era el más adecuado. El padre de Billy había insistido en que se requería una cañería de quince centímetros de diámetro, pero Perceval Jones se había negado a invertir ese dinero.

Después de recorrer casi medio kilómetro, doblaron hacia un ramal secundario que ascendía cuesta arriba. Se trataba de un pasadizo más viejo y pequeño, con travesaños de madera en lugar de puntales de acero. Price tenía que agachar la cabeza cada vez que el techo se combaba. A intervalos de unos treinta metros pasaban por las entradas de los lugares donde los mineros ya estaban extrayendo el carbón.

Billy oyó una especie de murmullo cada vez más intenso.

– A la alcantarilla – dijo Price.

– ¿Qué? – Billy miró al suelo.

Una alcantarilla era algo que formaba parte de los pavimentos de las ciudades, y allí en el suelo el chico no veía nada más que las vías de ferrocarril por las que circulaban las vagonetas. Levantó la vista y vio un poni que se dirigía directamente hacia él, trotando a toda velocidad por las traviesas y arrastrando tras de sí un tren de vagonetas.

– ¡A la alcantarilla! – gritó Price.

Billy seguía sin entender qué era lo que se suponía que debía hacer, pero se dio cuenta de que el túnel apenas era unos pocos centímetros más ancho que los vagones, y que estos estaban a punto de embestirlo y aplastarlo. A continuación, Price pareció meterse dentro de uno de los hastiales y desaparecer.

Billy soltó la pala, se volvió y echó a correr por donde había venido. Intentó sacarle ventaja al poni, pero el animal avanzaba a una velocidad asombrosa. En ese momento vio un nicho en la pared de roca y recordó que había visto esa misma clase de huecos, sin prestarles demasiada atención, cada veinte metros más o menos. Eso debía de ser lo que Price había querido decir con lo de «alcantarillas», de modo que se arrojó al interior del nicho y el tren pasó por su lado a toda velocidad.

Cuando hubo desaparecido, Billy salió del agujero con la respiración entrecortada.

Price fingió estar enfadado, pero sonreía.

– Tendrás que estar más alerta la próxima vez – le dijo -. O acabarás muerto aquí abajo… como tu hermano.

Billy descubrió que a la mayoría de los hombres les gustaba ridiculizar y burlarse de la ignorancia de los muchachos más jóvenes, y decidió no hacer lo mismo cuando fuese mayor.

Recogió la pala del suelo. Estaba intacta.

– Por suerte para ti – señaló Price -. Si alguna vagoneta la hubiera roto, te tocaría pagar una nueva.

Siguieron andando y no tardaron en entrar en un filón agotado y completamente desierto. Había menos agua en el suelo, que estaba cubierto por una gruesa capa de polvo de carbón. Doblaron varias veces a derecha e izquierda y Billy perdió el sentido de la orientación. Llegaron a un lugar en el que el túnel estaba bloqueado por una vieja vagoneta mugrienta.

– Hay que limpiar este sitio – dijo Price. Era la primera vez que se molestaba en explicarle algo, y Billy tuvo la sensación de que le estaba mintiendo -. Tu tarea consiste en meter toda la porquería en la vagoneta con la pala.

Billy miró a su alrededor. El polvo medía casi dos palmos de espesor hasta donde su lámpara alcanzaba a iluminar, y supuso que aún se extendía mucho más lejos. Podía pasarse una semana entera quitando aquel polvo con la pala sin que se notase ninguna diferencia. Además, ¿qué utilidad podía tener aquello? El filón estaba agotado. Sin embargo, optó por no hacer preguntas. Seguramente se trataba de alguna especie de prueba.

– Regresaré dentro de un rato a ver cómo te va – dijo Price, y volvió sobre sus pasos antes de dejar a Billy a solas.

El muchacho no se esperaba aquello. Había dado por supuesto que trabajaría al lado de los mineros expertos y aprendería de ellos, pero solo podía hacer lo que le habían ordenado.

Desenganchó la lámpara del cinturón y buscó alrededor algún lugar donde ponerla. No había ningún saliente donde poder colocarla, así que la dejó en el suelo, pero allí no le servía de nada. Entonces se acordó de los clavos que le había dado su padre. Conque servían para eso… Se sacó uno del bolsillo y, empleando la plancha de su pala, lo clavó en uno de los travesaños de madera y luego colgó la lámpara. Así estaba mucho mejor.

La vagoneta tenía la altura del pecho de un hombre adulto, pero a Billy le llegaba a la altura de los hombros, y en cuanto se puso manos a la obra, descubrió que la mitad del polvo se escurría de la pala antes de que pudiese arrojarlo por el borde del vagón. Ideó un método para evitarlo haciendo girar la plancha, pero al cabo de unos minutos estaba completamente empapado en sudor y descubrió para qué era el segundo clavo: lo clavó en otro travesaño y colgó de él la camisa y los pantalones.

Al cabo de un rato le asaltó la sensación de que había alguien observándolo. Por el rabillo del ojo, vio una figura tenue inmóvil como una estatua.

– ¡Ay, Dios! – exclamó, y se volvió para verla de frente.

Era Price.

– Se me ha olvidado examinar tu lámpara – dijo. Descolgó la lámpara de Billy del clavo y la manipuló -. No tiene buena pinta – afirmó -. Te dejaré la mía. – Colgó la otra lámpara y desapareció.

Aquel individuo le ponía los pelos de punta, pero al menos parecía velar por la seguridad de Billy.

El chico se puso manos a la obra de nuevo. Al poco, empezaron a dolerle las piernas y los brazos. Estaba acostumbrado a trabajar con la pala, se dijo: su padre tenía un cochino en la escombrera que había detrás de su casa y, una vez a la semana, Billy se encargaba de limpiar la pocilga. Pero para eso solo tardaba un cuarto de hora. ¿Podría aguantar así todo el día?

Bajo la capa de polvo, el suelo era de roca y arcilla. Al cabo de un rato, ya había despejado un área de poco menos de medio metro cuadrado, la anchura del túnel. Los desechos apenas si cubrían el fondo de la vagoneta, pero él ya estaba exhausto.

Intentó empujar la vagoneta hacia delante para no tener que caminar tanto trecho con la pala llena, pero las ruedas parecían trabadas por el desuso.

No tenía reloj, y era difícil calcular cuánto tiempo habría pasado. Empezó a trabajar más despacio, tratando de ahorrar energías.

Y en ese momento, su lámpara se apagó.

Al principio, la llama parpadeó, y Billy miró con ansiedad la lámpara que colgaba del clavo, pero sabía que la llama se alargaría si había grisú. No era lo que estaba sucediendo, de modo que respiró aliviado, pero acto seguido, la llama se extinguió por completo.

Nunca había visto tanta oscuridad. No veía nada, absolutamente nada. Ni siquiera vislumbraba zonas teñidas de gris, ni distintas tonalidades de negro. Levantó la pala hasta situarla al mismo nivel que la cara y la sostuvo a dos dedos de la nariz, pero aun así, seguía sin verla. Así era como debía de sentirse un ciego.

Permaneció inmóvil. ¿Qué debía hacer ahora? Se suponía que tenía que llevar la lámpara a un punto de encendido, pero ni con todas las lámparas de minero del mundo sería capaz de encontrar el camino de vuelta a través de los túneles. Rodeado de aquella oscuridad, podía pasarse horas vagando por las galerías. No tenía ni la menor idea de a lo largo de cuántos kilómetros se extendían los filones abandonados, y no quería que los hombres tuviesen que enviar una partida de búsqueda para encontrarlo.

Se quedaría allí, muy quietecito, esperando a Price. El ayudante había dicho que volvería «dentro de un rato». Aquello tanto podía significar unos minutos como una hora o más, y Billy sospechaba que sería más tarde que temprano. Seguro que Price lo había hecho a propósito. Una lámpara de seguridad no se apagaba así como así, y además, allí dentro circulaba poco el aire. Price se había llevado la lámpara de Billy y la había sustituido por otra casi sin aceite.

Sintió una oleada de autocompasión y las lágrimas le inundaron los ojos. ¿Qué había hecho él para merecer aquello? Luego, recobró la serenidad. Era otra prueba, como lo de la jaula. Bien, pues les demostraría a todos lo duro que era.

Decidió que lo mejor sería que siguiera trabajando, aunque fuese en la oscuridad. Moviéndose por primera vez desde que se había extinguido la llama, apoyó la pala en el suelo y la deslizó hacia delante, intentando recoger algo de polvo. Cuando la levantó, supuso, por el peso, que debía de haber recogido un buen montón. Se volvió, dio dos zancadas y levantó la pala, tratando de arrojar los escombros al interior de la vagoneta, pero calculó mal la altura. La pala golpeó el costado de la vagoneta y de pronto se hizo más liviana, cuando la carga cayó al suelo.

Volvería a probar. Repitió de nuevo los mismos pasos y esta vez levantó la pala más alto. Cuando la hubo descargado, la dejó caer y notó que el mango de madera golpeaba el borde de la vagoneta. Así estaba mejor.

A medida que el trabajo lo iba alejando de la vagoneta, siguió equivocándose de vez en cuando y tirando el polvo recogido al suelo, hasta que empezó a contar en voz alta los pasos que daba. Logró establecer un patrón de trabajo y a pesar del dolor que sentía en los músculos, consiguió seguir con su labor.

Al tiempo que la tarea se hacía más automática, su cerebro tenía más libertad para divagar, lo cual no era demasiado bueno. Se preguntó hasta dónde llegaría el túnel que tenía delante, y si llevaría mucho fuera de servicio. Pensó en la tierra que había encima de su cabeza, que se extendía a lo largo de casi un kilómetro, y en el peso que soportaban aquellos viejos puntales de madera. Se acordó de su hermano, Wesley, y de los otros hombres que habían muerto en aquella mina. Pero sus espíritus no estaban allí, por supuesto. Wesley estaba con Jesús. Los otros también debían de estarlo; si no, es que habrían ido a parar a otro lugar…

De pronto, sintió miedo y decidió que no era una buena idea pensar en espíritus. Advirtió que empezaba a tener hambre. ¿Era la hora de tomarse su tentempié? No tenía ni idea, pero pensó que se lo comería igualmente. Rehízo el camino hasta el lugar donde había colgado la ropa, palpó a tientas el suelo y encontró la botella y la caja de hojalata.

Se sentó, apoyando la espalda en el hastial, y tomó un largo sorbo de té frío y dulzón. Cuando se estaba comiendo el pan untado con manteca, oyó un ruido débil. Esperaba que se tratase del crujido de las botas de Rhys Price, pero era inútil engañarse, porque sabía perfectamente quién emitía aquellos chillidos: eran las ratas.

No le asustaban; había montones de ratas en las zanjas que recorrían las calles de Aberowen, pero en la oscuridad, aquellas alimañas parecían más audaces, y al cabo de un segundo sintió cómo una le correteaba por las piernas desnudas. Después de coger la comida con la mano izquierda, agarró la pala y empezó a dar golpetazos con ella, pero la maniobra no las asustó lo más mínimo, y Billy sintió cómo volvían a clavarle las garras diminutas en la piel. Esta vez una intentó subirle por el brazo. Era evidente que habían olido la comida. Los chillidos fueron en aumento, y se preguntó cuántas habría.

Se levantó y se metió rápidamente el último mendrugo de pan en la boca. Bebió un poco más de té y luego se comió la tarta. Estaba deliciosa, llena de fruta seca y almendras, pero una rata se le encaramó a la pierna y se vio obligado a engullir la tarta a toda prisa.

Fue como si supieran que ya no quedaba comida, porque los chillidos fueron cesando poco a poco hasta desaparecer del todo.

La ingesta de comida le dio a Billy energías renovadas para un rato y se puso a trabajar de nuevo, pero sentía un dolor punzante en la espalda. Siguió trabajando, esta vez más despacio, deteniéndose a descansar con frecuencia. Para animarse, se dijo que debía de ser más tarde de lo que él creía, puede que hasta fuese ya mediodía. Alguien iría por él al final del turno. El lamparero siempre comprobaba los números, así que sabría si algún hombre no había regresado aún. Sin embargo, Price se había llevado la lámpara de Billy y la había sustituido por otra distinta. ¿Es que acaso pensaba dejarlo allí toda la noche?

Eso no podía ser. Su padre se subiría por las paredes y removería cielo y tierra hasta dar con él. Los jefes tenían miedo de su padre, Perceval Jones prácticamente lo había admitido. Tarde o temprano, sin duda alguien iría a buscar a Billy. Pero cuando volvió a sentir los retortijones del hambre, se dio cuenta de que debían de haber pasado muchas horas. Empezó a asustarse de verdad, y esta vez le era imposible sacudirse el miedo de encima. Era la oscuridad lo que lo ponía más nervioso. Habría podido soportar la espera si hubiera podido ver, pero sumido en aquellas tinieblas, era como si estuviese perdiendo el juicio. Carecía de sentido de la orientación, y cada vez que volvía sobre sus pasos desde la vagoneta se preguntaba si no estaría a punto de chocarse contra el lateral del túnel. Antes le preocupaba echarse a llorar como un niño, pero ahora le estaba costando horrores reprimir los gritos.

Entonces se acordó de las palabras de su madre: «No olvides que Jesús está siempre contigo, incluso abajo en la mina». Cuando se lo dijo creyó que solo lo hacía para que se portase bien, pero en ese momento comprendió que su madre había querido decir algo más. Por supuesto que Jesús estaba con é Jesús estaba en todas partes. La oscuridad no importaba, ni el paso del tiempo. Billy tenía a alguien a su lado que cuidaba de él y lo protegía.

Para recordarlo más intensamente, empezó a cantar un himno. No le gustaba su voz, que seguía siendo muy aguda, pero no había nadie allí para oírlo, así que se puso a cantar a pleno pulmón. Cuando cantó todas las estrofas y advirtió que la sensación de miedo volvía a apoderarse de él, se imaginó a Jesús justo al otro lado de la vagoneta, observándolo, con un gesto de profunda compasión en su semblante de barba poblada.

El muchacho entonó un nuevo himno y empezó a mover la pala y a caminar siguiendo el compás de la música. La mayoría de los himnos tenían ritmo. De vez en cuando le asaltaba de nuevo el temor de que se hubieran olvidado de él, de que hubiese acabado el turno y él se hubiera quedado solo allí abajo, y entonces volvía a recordar a la figura vestida con una túnica larga que lo acompañaba en la oscuridad.

Se sabía muchísimos himnos. Llevaba acudiendo al templo de la Iglesia de Bethesda tres veces todos los domingos, desde que era lo bastante mayor para permanecer sentado sin hacer ruido. Los libros de himnos eran muy caros y no toda la congregación sabía leer, por lo que todo el mundo se aprendía la letra de memoria.

Cuando hubo cantado doce himnos, calculó que debía de haber pasado una hora. Aquello seguro que era el final del turno, ¿no? Pero se dispuso a cantar otros doce más. Después de eso, le resultó difícil seguir la cuenta. Cantó sus himnos favoritos dos veces, y siguió trabajando, cada vez más despacio.

Estaba cantando La tumba lo encerró a voz en grito cuando vio una luz. La tarea se había hecho ya tan automática que ni siquiera se detuvo, sino que recogió una nueva palada y la llevó a la vagoneta, sin dejar de cantar, hasta que la luz se hizo más intensa. Cuando terminó de cantar el himno, se apoyó en la pala. Rhys Price estaba observándolo, con la lámpara colgada del cinto, con una expresión extraña en su rostro entre las sombras.

Billy no quiso exteriorizar su alivio: no pensaba darle a Price el gusto de ver cómo se había sentido. Se puso la camisa y los pantalones, descolgó la lámpara apagada del clavo y se la enganchó al cinturón.

– ¿Qué le ha pasado a tu lámpara? – le preguntó Price.

– Ya sabe lo que le ha pasado – contestó Billy, con un tono de voz que sonó asombrosamente adulto.

Price le dio la espalda y echó a andar por el túnel.

Billy vaciló unos instantes. Miró en la dirección contraria; justo al otro lado de la vagoneta vio un rostro barbudo y una túnica de color claro, pero la figura se desvaneció como un fantasma.

– Gracias – dijo Billy al túnel vacío.

Mientras seguía a Price, las piernas le dolían tanto que pensaba que le fallarían y que iba a caerse de un momento a otro, pero eso le traía sin cuidado. Ya veía otra vez, y el turno había terminado. Pronto estaría en casa y podría tumbarse a descansar.

Llegaron al fondo del pozo vertical y se metieron en la jaula con un grupo de mineros con el rostro tiznado. Tommy Griffiths no estaba entre ellos, pero el Seboso Hewitt, sí. Mientras aguardaban la señal desde arriba, Billy advirtió que todos lo miraban de reojo, esbozando sonrisas maliciosas.

– Dinos, ¿cómo te ha ido en tu primer día, Billy Doble?

– Bien, gracias – contestó.

La expresión de Hewitt era rencorosa; sin duda recordaba que Billy lo había llamado «pedazo de imbécil».

– ¿No has tenido ningún problema? – preguntó.

Billy vaciló antes de contestar; saltaba a la vista que sabían algo, pero quería que viesen que no había sucumbido al miedo.

– Se me ha apagado la lámpara – dijo, consiguiendo que no le temblara la voz. Miró a Price, pero decidió que era más propio de un hombre hecho y derecho no acusarlo -. Me ha costado mucho trabajar así, en la oscuridad, con la pala todo el día – explicó. Se había quedado bastante corto con aquella explicación, porque podían pensar que en realidad no había sido para tanto, pero eso era mejor que reconocer ante ellos todo el miedo que había pasado.

Entonces habló uno de los hombres mayores. Era John Jones el Tendero, a quien llamaban así porque su esposa regentaba una pequeña tienda en la parte trasera de su casa.

– ¿Todo el día? – inquirió.

– Sí – contestó Billy.

John Jones miró a Price y dijo: – Maldito hijo de perra, se supone que solo tenía que durar una hora…

Las sospechas de Billy se vieron confirmadas. Todos estaban al tanto de lo ocurrido y, por lo visto, debían de hacerles algo parecido a los nuevos, pero Price había sido más duro con él que de costumbre.

El Seboso Hewitt sonreía de oreja a oreja.

– ¿Y no tenías miedo, Billy, tú solo ahí abajo, en la oscuridad?

El muchacho meditó antes de responder. Todos estaban mirándolo, esperando a oír lo que iba a decir, ya sin ningún rastro de las sonrisas maliciosas, y todos parecían un poco avergonzados. Decidió decir la verdad.

– He pasado miedo, sí, pero no estaba solo.

Hewitt se quedó estupefacto.

– ¿Que no estabas solo?

– No, claro que no – dijo Billy -. Jesús estaba conmigo.

Hewitt estalló en carcajadas, pero fue el único. Su risa retumbó en el silencio y cesó de repente.

El silencio se prolongó durante varios minutos. Luego se oyó un ruido metálico, seguido de una sacudida, y la jaula emprendió su ascenso. Harry se dio media vuelta.

A partir de entonces, empezaron a llamarlo Billy de Jesús.


PRIMERA PARTE. El cielo amenazador

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

<p>PRIMERA PARTE. El cielo amenazador</p>
<p>Capítulo 2</p>

Enero de 1914

El conde Fitzherbert, de veintiocho años de edad, conocido por su familia y amigos como Fitz, era el noveno hombre más rico de toda Gran Bretaña.

No había hecho nada en absoluto para ganar sus cuantiosos ingresos, sino que sencillamente, se había limitado a heredar miles de hectáreas de tierra en Gales y en Yorkshire. Las granjas no producían muchos beneficios, pero debajo de ellas había grandes cantidades de carbón, y el abuelo de Fitz se había hecho inmensamente rico otorgando las concesiones para la explotación del mineral.

Estaba claro que era la voluntad de Dios que los Fitzherbert gobernasen a sus semejantes y que viviesen de manera acorde a su condición, pero Fitz pensaba que no había hecho nada que justificase la fe que Dios había depositado en él.

Su padre, el anterior conde, había sido un caso distinto. Oficial de la Armada, había sido nombrado almirante tras el bombardeo de Alejandría en 1882, se había convertido en embajador británico en San Petersburgo y, finalmente, había sido ministro en el gabinete de lord Salisbury. Los conservadores perdieron las elecciones generales de 1906 y el padre de Fitz murió escasas semanas más tarde, una muerte precipitada – de eso Fitz estaba seguro – por el hecho de ver a liberales irresponsables como David Lloyd George y Winston Churchill hacerse cargo del gobierno de Su Majestad.

Fitz ocupó su escaño en la Cámara de los Lores, la cámara legislativa superior del Parlamento británico, como par conservador. Hablaba un francés muy correcto y se defendía en ruso, y su sueño era llegar a convertirse algún día en jefe del Foreign Office. Por desgracia, los liberales no dejaban de ganar las elecciones continuamente, de modo que aún no había tenido ocasión de ser ministro del gobierno.

Su carrera militar había sido igual de mediocre. Había asistido a la academia de entrenamiento de oficiales del ejército de Sandhurst, y pasó tres años con el regimiento de los Fusileros Galeses para convertirse en capitán. Tras su matrimonio abandonó la carrera militar, pero pasó a ser coronel honorífico de los Territorials de Gales del Sur. Lamentablemente, los coroneles honoríficos nunca ganaban medallas.

Sin embargo, había algo de lo que sí se sentía orgulloso, pensaba mientras la locomotora de vapor avanzaba por los valles del sur del País de Gales: dos semanas más tarde, el rey en persona iba a pasar unos días en la casa de campo de Fitz. El rey Jorge V y el padre de Fitz habían sido compañeros en la Armada en su juventud. Recientemente, el rey había expresado su deseo de conocer qué era lo que pensaban sus súbditos más jóvenes, y Fitz había organizado una discreta velada en casa para que Su Majestad conociera a algunos de los más brillantes de su generación. En aquellos momentos, Fitz y su esposa, Bea, iban de camino a la mansión para terminar de disponerlo todo para la visita del monarca.

Fitz sentía un gran apego por las tradiciones. No había nada en la historia de la humanidad capaz de rivalizar con la estabilidad que proporcionaba el orden establecido, basado en los cuatro estamentos de la sociedad: monarquía, aristocracia, comerciantes y campesinado. Sin embargo, al mirar por la ventanilla del tren, como en esos precisos momentos, veía que la sombra de una seria amenaza pendía sobre las costumbres tradicionales de la sociedad británica, una amenaza mayor que cualquiera de las que se hubiesen cernido sobre ella en los cuatrocientos años anteriores. Cubriendo por completo las laderas de los montes, otrora tan verdes, extendiéndose como una plaga de manchas grisáceas en las hojas de los rododendros, surgían las casas de los mineros del carbón. En aquellas mugrientas casuchas se hablaba de republicanismo, de ateísmo y de revolución. Solo había pasado un siglo más o menos desde que habían llevado a la nobleza francesa en carretas hasta la guillotina, y lo mismo ocurriría allí si algunos de aquellos mineros musculosos con la cara tiznada lograban salirse con la suya.

Fitz estaría encantado de renunciar a las ganancias que obtenía del carbón, se dijo, con tal de que Gran Bretaña volviese a la sencillez de otros tiempos. La familia real era un poderoso bastión contra la insurrección. Sin embargo, además de hacerle sentirse orgulloso, la visita del monarca también le provocaba cierta inquietud, pues había muchas cosas que podían salir mal. Con la realeza, cualquier descuido podía ser una señal de negligencia y, por tanto, una falta de respeto. Hasta el último detalle del fin de semana sería comentado posteriormente, por los sirvientes de los visitantes a otros sirvientes y, de estos, a los señores de dichos sirvientes, por lo que todas las damas de la alta sociedad londinense acabarían sabiendo si, durante su estancia en Ty Gwyn, al rey le habían dado una almohada demasiado dura, una patata podrida o la botella de champán equivocada.

El Rolls-Royce Silver Ghost de Fitz estaba esperándolos en la estación de ferrocarril de Aberowen. Se sentó junto a Bea y el chófer los condujo a lo largo de un kilómetro y medio hasta Ty Gwyn, su casa de campo. Estaba cayendo una llovizna fina pero pertinaz, como era habitual en Gales.

«Ty Gwyn» significaba «Casa Blanca» en galés, pero el nombre había acabado resultando un tanto irónico porque, como todo lo demás en aquel rincón del mundo, el edificio estaba cubierto por una capa de polvo de carbón, y los bloques de piedra que en otros tiempos habían sido de un blanco inmaculado ofrecían en esos momentos un color gris oscuro que emborronaba las faldas de las señoras que, en un descuido, rozaban las paredes.

Pese a todo, era un edificio magnífico que llenaba a Fitz de orgullo a medida que el vehículo avanzaba por el camino de entrada a la casa. La mansión privada más grande de todo el País de Gales, Ty Gwyn contaba con doscientas habitaciones. Una vez, de pequeño, él y su hermana, Maud, contaron las ventanas hasta sumar un total de 523. Había sido construida por su abuelo, y en el diseño de las tres plantas se apreciaba una agradable armonía. Los ventanales de la planta noble eran altos y dejaban entrar una gran cantidad de luz en los majestuosos salones. En la planta superior había multitud de habitaciones de invitados, mientras que en la buhardilla se hallaban los innumerables dormitorios del servicio que, aun siendo minúsculos, eran evidentes por las largas hileras de lucernarios que poblaban los tejados en pendiente.

Las veinte hectáreas de jardines eran la debilidad de Fitz; él mismo se encargaba de supervisar la labor de los jardineros, tomando decisiones sobre la selección de variedades que debían plantarse, sobre la poda y el emplazamiento de cada una de ellas.

– Una casa digna de la visita de un monarca – comentó cuando el vehículo se detuvo en el majestuoso pórtico.

Bea no dijo nada; los viajes la ponían de mal humor.

Al bajarse del coche, Gelert, su perro de montaña de los Pirineos, acudió a su encuentro, un animal del tamaño de un oso que le lamió la mano y luego empezó a correr alegremente alrededor del patio para celebrar la llegada de su amo.

Una vez en el vestidor, Fitz se despojó de su ropa de viaje y se puso un traje de tweed marrón claro. A continuación, atravesó la puerta que comunicaba con los aposentos de Bea.

La sirvienta rusa, Nina, estaba quitando los alfileres del elaborado sombrero que su señora se había puesto para el viaje. Fitz vio el rostro de Bea reflejado en el espejo del tocador y se le aceleró el corazón. Retrocedió cuatro años en el tiempo, hasta el salón de baile de San Petersburgo donde había visto por primera vez aquel rostro de belleza deslumbrante, rodeado por una cascada de tirabuzones rubios imposibles de domeñar. En aquel lejano día, al igual que en esos momentos, su cara mostraba un mohín enfurruñado que a él le resultaba extrañamente atractivo. No le costó más que un instante decidir que era ella, de entre todas las mujeres, a la que quería convertir en su esposa.

Nina era una mujer de mediana edad y, en esos instantes, le temblaba el pulso. Bea ponía nerviosas a sus doncellas a menudo. Mientras Fitz la miraba, uno de los alfileres se clavó en el cuero cabelludo de su mujer, quien soltó un chillido. Nina palideció.

– ¡Lo siento muchísimo, su alteza! – se disculpó en ruso.

Bea cogió un alfiler de la superficie del tocador.

– ¡A ver si te gusta! – exclamó y pinchó a la sirvienta en el brazo.

Nina rompió a llorar y salió corriendo de la habitación.

– Deja que te ayude – le dijo Fitz a su esposa en tono apaciguador. Sin embargo, ella no pensaba calmarse.

– Lo haré yo sola.

Fitz se aproximó a la ventana. Abajo, había un ejército de jardineros podando los setos, cortando el césped y rastrillando la gravilla. Había varios arbustos en flor: viburnos de invierno, jazmines amarillos, hamamelis y fragante madreselva. Al otro lado del jardín se divisaba la suave ondulación verde de la ladera de la montaña.

Tenía que ser paciente con Bea y no olvidar que era extranjera, que estaba aislada en un país extraño, lejos de su familia y de todo aquello que le proporcionaba seguridad. Había sido fácil en los primeros meses de su matrimonio, cuando él aún estaba embriagado por su belleza física, por su olor y por el tacto de su piel suave. Ahora le costaba cierto esfuerzo.

– ¿Por qué no descansas? – sugirió -. Yo iré a hablar con Peel y la señora Jevons y veré cómo marchan los preparativos. – Peel era el mayordomo y la señora Jevons el ama de llaves. En teoría, era Bea la encargada de organizar al personal, pero Fitz estaba lo suficientemente nervioso con la visita del rey como para no desperdiciar la ocasión de participar más activamente en los planes -. Ya te informaré más tarde, cuando estés descansada. – Extrajo su cigarrera.

– No fumes aquí dentro – lo reconvino ella.

Él lo interpretó como un consentimiento y se dirigió a la puerta. Deteniéndose de camino, dijo:

– Escucha, ¿no irás a comportarte así delante del rey y la reina, verdad? Me refiero a lo de maltratar al servicio.

– Yo no la he maltratado, le he clavado una aguja para que aprenda.

Los rusos hacían esa clase de cosas. Cuando el padre de Fitz se quejó de la desidia de los sirvientes de la embajada británica en San Petersburgo, sus amigos rusos le contestaron que era porque no les azotaba lo suficiente.

– Sería un poco embarazoso para el rey tener que presenciar algo semejante – le dijo Fitz a Bea -. Como ya te he dicho en anteriores ocasiones, eso no se hace en Inglaterra.

– Cuando era niña, me obligaron a presenciar cómo ahorcaban a tres campesinos – respondió ella -. A mi madre no le gustaba la idea, pero mi abuelo insistió. Me dijo: «Así aprenderás a castigar a tus sirvientes. Si no les azotas o les pegas por pequeñas faltas como haber cometido algún descuido sin importancia o por ser perezosos, al final acabarán cometiendo fechorías mucho más graves y terminarán en el patíbulo». Él me enseñó que la indulgencia con las clases inferiores, a la postre, es mucho más cruel.

Fitz empezaba a perder la paciencia con su esposa. Bea rememoraba una infancia rodeada de lujos y riquezas inmensas, con una legión de sirvientes fieles y obedientes y hordas de campesinos felices. Si su abuelo, un hombre implacable y extremadamente competente, no hubiese muerto, puede que esa vida hubiese seguido siendo así; sin embargo, entre el padre de Bea, un borracho empedernido, y el hermano estúpido de esta, quien se dedicaba a vender la madera sin antes replantar el bosque, habían conseguido dilapidar la totalidad de la fortuna familiar.

– Los tiempos han cambiado – le explicó Fitz -. Te estoy pidiendo… mejor dicho, te ordeno, que no me dejes en mal lugar delante de mi rey. Espero haberme expresado con suficiente claridad. – Y dicho esto, salió y cerró la puerta.

Echó a andar por el amplio pasillo, irritado y un poco triste. Poco después de casarse, aquella clase de rifirrafes lo dejaban desconcertado y abatido, pero últimamente se estaba acostumbrando. ¿Ocurría lo mismo en todos los matrimonios? No lo sabía.

Un lacayo de gran estatura que estaba bruñendo el pomo de una puerta se incorporó, se colocó con la espalda hacia la pared y bajó la mirada, tal como los miembros del personal del servicio de Ty Gwyn tenían instrucciones de hacer cada vez que el conde desfilaba ante ellos. En algunas mansiones, el servicio tenía que colocarse de cara a la pared, pero eso a Fitz le parecía demasiado feudal. El conde reconoció al hombre, pues lo había visto jugando un partido de críquet entre el personal de Ty Gwyn y los mineros de Aberowen. Era un buen bateador.

– Morrison – dijo Fitz, que recordó su nombre -. Avisa a Peel y a la señora Jevons para que acudan a la biblioteca.

– Enseguida, milord.

Fitz bajó la majestuosa escalera. Se había casado con Bea porque esta lo había encandilado, pero también por una razón más poderosa: soñaba con la idea de fundar una insigne dinastía anglorrusa cuyo dominio se extendiese hasta los últimos confines de la Tierra, tal como los Habsburgo habían gobernado diversas partes de Europa durante siglos.

Sin embargo, para eso necesitaba un heredero, y el mal humor de Bea significaba que aquella noche no iba a dejarlo entrar en su dormitorio. Podía insistir, pero eso nunca resultaba demasiado satisfactorio. Habían pasado ya un par de semanas desde la última vez. No quería una esposa que estuviese siempre dispuesta a hacer aquellas cosas, sería una vulgaridad, pero, por otra parte, dos semanas era mucho tiempo.

Su hermana, Maud, seguía soltera a sus veintitrés años, y para colmo, sería capaz de educar a cualquier hijo suyo para que acabara siendo un socialista rabioso que no vacilaría en malgastar toda la fortuna familiar imprimiendo panfletos revolucionarios.

Él llevaba casado tres años y empezaba a preocuparse. Bea solo se había quedado encinta una vez, el año anterior, pero perdió el niño a los tres meses. Ocurrió justo después de una disputa entre ambos. Fitz había cancelado un viaje que tenían planeado a San Petersburgo y Bea se alteró muchísimo, comenzó a llorar y a gritar que quería irse a su casa. Fitz se mantuvo en sus trece y se negó rotundamente – al fin y al cabo, un hombre no podía dejar que su mujer le diese órdenes – pero entonces, cuando ella sufrió el aborto, la culpabilidad que sintió lo convenció de que había sido culpa suya. Si ella se quedaba embarazada de nuevo, se juró a sí mismo que no haría absolutamente nada que pudiese turbarla hasta el nacimiento de su hijo.

Tras posponer mentalmente esa preocupación para más tarde, el conde entró en la biblioteca y se sentó al escritorio con incrustaciones de cuero para confeccionar una lista. Al cabo de uno o dos minutos, Peel apareció acompañado de una doncella. El mayordomo era el hijo menor de un granjero, y su rostro plagado de pecas y el pelo entrecano evocaban cierto aire a campo y a labores al aire libre, pero llevaba toda su vida trabajando como sirviente en Ty Gwyn.

– La señora Jevons está mala, milord – dijo. Hacía tiempo que Fitz había renunciado a tratar de mejorar el habla y el léxico de sus sirvientes galeses -. La barriga – añadió Peel con tono lúgubre.

– Ahórrame los detalles. – Fitz miró a la doncella, una joven hermosa de unos veinte años. Su cara le resultaba vagamente familiar -. ¿Y esta quién es?

La propia muchacha contestó.

– Ethel Williams, milord. Soy la ayudante de la señora Jevons. – Hablaba con el acento cantarín de los valles de Gales del Sur.

– Bueno, Williams, lo cierto es que pareces muy joven para asumir las tareas de un ama de llaves.

– Permítame, señor, pero la señora Jevons dijo que seguramente mandaría llamar al ama de llaves de Mayfair, aunque espera que, entretanto, tal vez yo consiga satisfacer sus necesidades.

¿Acaso vio un brillo pícaro en sus ojos cuando habló de satisfacer sus necesidades? A pesar de que hablaba con la debida deferencia, tenía aspecto de descarada.

– Muy bien – dijo Fitz.

Williams llevaba un grueso cuaderno en una mano y dos lápices en la otra.

– He ido a ver a la señora Jevons a su cuarto y se sentía con fuerzas suficientes para repasarlo todo conmigo.

– ¿Por qué llevas dos lápices?

– Por si se rompe uno – contestó ella, y sonrió.

Las sirvientas no debían sonreír al conde, pero Fitz no pudo evitar devolverle la sonrisa.

– Bien – dijo -, dime qué es lo que has anotado en ese cuaderno.

– Tres cosas – contestó la joven -: huéspedes, personal y provisiones.

– Muy bien.

– Por la carta que envió el señor, tenemos entendido que habrá veinte huéspedes. La mayoría de ellos vendrá acompañada por uno o dos asistentes personales, supongamos un promedio de dos, de modo que eso suma un total de cuarenta personas más en cuanto a alojamiento del servicio. Todos llegarán el sábado y se marcharán el lunes.

– Correcto. – Fitz sentía una mezcla de aprensión y placer muy similar a las emociones que había experimentado antes de pronunciar su primer discurso ante la Cámara de los Lores: estaba entusiasmado por hacer aquello y, al mismo tiempo, preocupado por hacerlo bien.

Williams siguió hablando.

– Obviamente, Sus Majestades se alojarán en las Habitaciones Egipcias.

Fitz asintió. Aquellas eran las dependencias privadas más espaciosas. El papel pintado de las paredes contenía motivos ornamentales de los templos egipcios.

– La señora Jevons ha sugerido qué otras dependencias deberíamos acondicionar y las he anotado en aquí.

La expresión «en aquí» era un localismo, una forma de hablar que resultaba redundante, pues significaba exactamente lo mismo que «aquí».

– A ver, enséñame eso – dijo Fitz.

La muchacha rodeó el escritorio y colocó el cuaderno abierto delante del conde. Los sirvientes domésticos estaban obligados a bañarse una vez a la semana, de modo que no olía tan mal como solían hacerlo los miembros de la clase trabajadora. De hecho, su cuerpo cálido desprendía una fragancia floral. Tal vez había robado el jabón aromático de Bea. Leyó la lista que le había enseñado.

– Muy bien – sentenció -. La princesa se encargará de asignar los huéspedes a las distintas habitaciones. Puede que tenga ideas muy concretas al respecto.

Williams pasó la página.

– Esta es una lista del personal adicional que vamos a necesitar: seis muchachas en la cocina, para lavar las verduras y fregar los cacharros; dos hombres con las manos limpias para servir la mesa; tres doncellas más y tres mozos para limpiar las botas y encender las velas.

– ¿Y sabes dónde podemos conseguir a toda esa gente?

– Huy, sí, milord, tengo una lista de lugareños que ya han trabajado aquí antes, y si con ellos no basta, les podemos pedir que nos recomienden a otros.

– Nada de socialistas, sobre todo – dijo Fitz con cierta angustia -. Intentarían hablarle al rey de las perversidades del capitalismo. – «Con los galeses, nunca se sabe», pensó.

– Por supuesto, milord.

– ¿Qué hay de las provisiones?

La doncella pasó otra página del cuaderno.

– Esto es lo que necesitamos, basándonos en los banquetes previos que se han celebrado en la casa.

Fitz examinó la lista: cien barras de pan, veinte docenas de huevos, cuarenta litros de nata, cuarenta y cinco kilos de tocino, trescientos kilos de patatas… Empezó a aburrirse.

– ¿No deberíamos dejar eso hasta que la princesa haya decidido los menús?

– Es que hay que traerlo todo de Cardiff – repuso Williams -. Las tiendas en Aberowen no pueden asumir pedidos tan cuantiosos, y hasta a los proveedores de Cardiff hay que avisarlos con tiempo, para asegurarnos de que tengan cantidades suficientes el día en cuestión.

La muchacha tenía razón. El conde se alegró de que estuviera a cargo de la organización: tenía la capacidad de prever las cosas y verlas venir, adelantándose a los acontecimientos, una cualidad muy poco frecuente, según había descubierto.

– No me vendría mal tener a una muchacha como tú en mi regimiento – dijo.

– No puedo vestir de color caqui, no me sienta bien con esta piel tan clara – contestó ella con descaro.

El mayordomo parecía escandalizado.

– ¡Williams, compórtate! No seas desvergonzada.

– Le ruego me perdone, señor Peel.

Fitz se dio cuenta de que había sido culpa suya, por dirigirse a la muchacha con aquella familiaridad. Aunque… lo cierto era que no le desagradaba la desfachatez de la joven. De hecho, le gustaba y todo.

– A la cocinera se le han ocurrido algunas ideas para los menús, milord – dijo Peel, que le entregó a Fitz una hoja de papel un tanto sucia y emborronada con la letra infantil, de trazo cuidadoso, de la cocinera -. Por desgracia, es un poco pronto para el cordero lechal, pero nos pueden enviar una gran variedad de pescado fresco desde Cardiff, en bloques de hielo.

– Todo esto se parece mucho a lo que ofrecimos en nuestra cacería en noviembre – dijo Fitz -. Aunque, por otra parte, no queremos hacer experimentos con cosas nuevas en esta ocasión; es mejor ceñirse a platos que ya hayamos probado antes.

– Exacto, milord.

– Y ahora, los vinos. Vayamos a la bodega.

Peel parecía sorprendido; el conde no solía bajar a los sótanos.

En ese momento, a Fitz le asaltó un pensamiento que había permanecido agazapado en algún recoveco de su cerebro, pero prefirió no prestarle atención. Vaciló unos instantes y luego dijo:

– Williams, ven también. Así tomarás notas.

El mayordomo sujetó la puerta y Fitz salió de la biblioteca y bajó por la escalera trasera. La cocina y la sala de los sirvientes estaban en un semisótano. Allí abajo, la etiqueta funcionaba de un modo distinto, y las sirvientas y los mozos se inclinaban o hacían una reverencia cuando pasaba él.

La bodega estaba en un sótano. Peel abrió la puerta.

– Con su permiso, yo iré delante – dijo.

Fitz asintió. Peel prendió una cerilla, encendió una vela colgada de la pared y empezó a bajar los peldaños. Al llegar abajo, encendió otra palmatoria.

Fitz poseía una bodega más bien modesta, compuesta por unas doce mil botellas, la mayor parte de las cuales eran herencia de su padre y de su abuelo. El champán, el oporto y el vino blanco del Rin eran las bebidas predominantes, con cantidades menores de clarete y borgoña blanco. Fitz no era ningún entendido en vinos, pero sentía especial debilidad por la bodega porque le recordaba a su padre. «Una bodega de vino requiere orden, capacidad de previsión y buen gusto – solía decir el anciano -. Esas son las virtudes que conforman la grandeza de Gran Bretaña.»

Fitz quería servirle lo mejor a su soberano, por supuesto, pero para eso había que tener criterio. El champán sería Perrier-Jouët, el más caro, pero ¿de qué cosecha? Un champán maduro, de veinte o treinta años, tenía menos burbujas y más sabor, aunque lo cierto era que las cosechas jóvenes poseían algo especial, algo chispeantemente delicioso. Escogió una botella al azar. Estaba mugrienta, completamente cubierta de polvo y telarañas. Echó mano del pañuelo de hilo del bolsillo delantero de su chaqueta para limpiar la etiqueta. Seguía sin ver la fecha bajo la tenue luz de las velas. Le mostró la botella a Peel, que se había puesto unas lentes.

– 1857 – dijo el mayordomo.

– Dios santo, me acuerdo de esa botella… – recordó Fitz -. Fue la primera cosecha que probé en mi vida, y seguramente la mejor. – De pronto, recordó la presencia de la doncella, que había inclinado el cuerpo hacia él y estaba examinando la botella que era mucho, muchísimo más vieja que ella. Para su consternación, la proximidad del cuerpo de la joven lo dejó momentáneamente sin aliento.

– Me temo que la cosecha del cincuenta y siete ya ha dejado atrás su mejor momento – comentó Peel -. ¿Puedo sugerir la del noventa y dos?

Fitz miró otra botella, dudó y tomó una decisión.

– No veo nada con esta luz – anunció -. Tráeme una lupa, Peel, ¿quieres?

Peel subió los peldaños de piedra.

Fitz miró a Williams. Estaba a punto de cometer una locura, pero no podía contenerse.

– Qué guapa eres… – dijo.

– Gracias, milord.

Bajo la cofia de doncella, asomaban unos rizos rebeldes de pelo oscuro. El conde le acarició el pelo. Sabía que algún día se arrepentiría de aquello.

– ¿Has oído hablar de lo que los franceses llaman el droit de seigneur, el derecho de pernada? – Percibió el tono ronco de su propia voz.

– Soy galesa, no francesa – contestó Ethel, con el mismo movimiento insolente de la barbilla que Fitz ya reconocía como característico en ella.

Desplazó la mano del pelo de la joven hasta la nuca y la miró a los ojos. Ella le sostuvo la mirada con audaz aplomo, pero ¿significaba aquella expresión que quería que él siguiera adelante… o que estaba dispuesta a montarle una escena humillante?

El conde oyó el ruido de unos pasos en las escaleras de la bodega; Peel ya estaba allí. Fitz se apartó de la sirvienta.

Las risas de la joven cogieron al conde por sorpresa.

– ¡Debería verse la cara de culpabilidad, señor! – exclamó -. Parece usted un colegial.

Peel asomó entre la penumbra con una bandeja de plata en la que llevaba una lupa con el mango de marfil.

Fitz intentó recobrar el aliento. Cogió la lupa y reanudó la inspección de las botellas de vino, con mucho cuidado de no tropezarse con la mirada de Williams.

«Dios mío – pensó -. Qué muchacha tan extraordinaria…»


Ethel Williams se sentía rebosante de energía. Nada la inquietaba, podía enfrentarse a cualquier situación, solucionar cualquier problema. Cuando se miraba al espejo, veía que le brillaba la piel y le centelleaban los ojos. El domingo, después del oficio religioso, su padre había hecho algún comentario al respecto, con su dosis de sarcasmo habitual.

– Te veo muy contenta – le dijo -. ¿Es que te has tropezado con un saco de dinero?

A menudo se sorprendía corriendo, y no caminando, por los interminables pasillos de Ty Gwyn, y todos los días llenaba hojas y más hojas de su cuaderno con listas de la compra, calendarios de trabajo del servicio, horarios para recoger las mesas y ponerlas otra vez, y cálculos: números de fundas de almohada, jarrones, servilletas, velas, cucharas…

Aquella era su gran oportunidad. Pese a su juventud, estaba haciendo las veces de ama de llaves en ocasión de una visita real. La señora Jevons no mostraba señales de mejoría ni de que fuese a levantarse de su lecho de convalecencia, así que sobre Ethel recaía toda la responsabilidad de preparar la mansión de Ty Gwyn para dar el recibimiento que merecían el rey y la reina. En el fondo, siempre había estado segura de que era capaz de hacer las cosas mejor que nadie y destacar, siempre y cuando le diesen la posibilidad, pero en la rígida jerarquía del servicio doméstico, había escasas oportunidades de demostrar que era mejor que los demás. De pronto, se le había presentado la ocasión, y estaba decidida a aprovecharla al máximo. Después de aquello, puede que asignasen a la señora Jevons una tarea con menos responsabilidades y que nombrasen a Ethel ama de llaves, con el doble del sueldo que cobraba entonces, con un dormitorio para ella sola y su propia sala de estar en las dependencias del servicio.

Sin embargo, todavía no había llegado ese momento. Era evidente que el conde estaba satisfecho con su labor, porque al final había optado por no llamar al ama de llaves de Londres, lo que Ethel interpretó como un cumplido. Aunque… pensó la joven con verdadera aprensión, todavía había tiempo para cometer ese pequeño desliz, para ese error fatal que podía estropearlo todo: un plato de la cena sucio, un sumidero atascado, un ratón muerto en la bañera… Y entonces el conde sí se pondría furioso.

La mañana del sábado en que estaba prevista la llegada de los reyes, Ethel se encargó personalmente de supervisar todas y cada una de las habitaciones de invitados, para asegurarse de que las chimeneas estaban encendidas y de que los almohadones habían sido ahuecados. En cada cuarto había al menos un jarrón con flores, llevadas esa misma mañana del invernadero; en cada escritorio había papel de cartas con el escudo de Ty Gwyn, y habían provisto toallas, jabón y agua para el aseo personal. Al anterior conde no le gustaba la fontanería moderna, y Fitz aún no había encontrado el momento de ordenar la instalación de agua corriente en todas las habitaciones. Solo había tres retretes en una casa con cien dormitorios, de manera que en la mayoría de las habitaciones seguían haciendo falta orinales. También habían colocado flores secas aromáticas en todas ellas, elaboradas por la señora Jevons según su propia receta, para eliminar los malos olores.

Se esperaba la llegada de la comitiva real para la hora del té. El conde acudiría a recibirlos a la estación de ferrocarril de Aberowen, donde sin duda se habría formado una gran multitud, esperando poder entrever fugazmente a los soberanos, aunque no había prevista allí ninguna aparición pública de los reyes. Fitz los llevaría a la casa en su Rolls-Royce, un automóvil grande y cerrado. El ayuda de cámara del rey, sir Alan Tite, y el resto del séquito que los acompañaba en el viaje irían detrás, con el equipaje, en una serie de vehículos tirados por caballos. Delante de Ty Gwyn, un batallón de los Fusileros Galeses ya estaba formando a uno y otro lado del camino de entrada para actuar como guardia de honor.

La pareja real aparecería públicamente ante sus súbditos el lunes por la mañana. Planeaban realizar un paseo por las aldeas de los alrededores en un coche de caballos descubierto y detenerse en el ayuntamiento de Aberowen para reunirse con el alcalde y los concejales antes de dirigirse a la estación de ferrocarril.

La llegada del resto de los huéspedes estaba prevista a mediodía. Peel se encontraba en el salón, asignando a las doncellas que debían conducirlos a sus habitaciones y a los mozos que debían subir el equipaje. Los primeros en llegar fueron los tíos de Fitz, el duque y la duquesa de Sussex. El duque era primo hermano del rey, y había sido invitado a fin de que este se sintiera más cómodo, en un entorno más familiar. La duquesa era la tía de Fitz y, al igual que la mayor parte de la familia, sentía un profundo y apasionado interés por la política, hasta el extremo de que en su casa de Londres celebraba una tertulia frecuentada por los miembros del gabinete ministerial.

La duquesa informó a Ethel acerca de que el rey Jorge V estaba un poco obsesionado con los relojes, y que no le gustaba nada ver que distintos relojes en una misma casa anunciasen una hora diferente. Ethel maldijo para sus adentros, pues en Ty Gwyn había más de un centenar de relojes. Tomó prestado el reloj de bolsillo de la señora Jevons y se dispuso a recorrer toda la casa para ajustar la hora.

Cuando entró en el comedor pequeño, se encontró con el conde. Este estaba de pie ante el ventanal, y parecía consternado. Ethel se paró a observarlo un momento. Era el hombre más guapo que había visto en su vida; era como si aquella tez pálida, iluminada por la tenue luz invernal, estuviese cincelada en mármol blanco. Tenía la mandíbula cuadrada, los pómulos prominentes y la nariz griega. Su cabello era negro y los ojos verdes, una combinación poco frecuente. No llevaba barba ni bigote, ni siquiera patillas. Con una cara tan hermosa como esa, pensó Ethel, ¿para qué taparla con pelo?

Él la sorprendió mirándolo.

– Acabo de saber que al rey le gusta tener cestos de naranjas en la habitación – exclamó -. ¡Y no hay una maldita naranja en toda la casa!

Ethel frunció el ceño. Ni uno solo de los tenderos de Aberowen tendría naranjas fuera de temporada, pues sus clientes no podían permitirse semejantes lujos. Ocurriría lo mismo en todas las demás poblaciones de los valles del sur de Gales.

– Si pudiera usar el teléfono, tal vez podría hablar con un par de fruterías de Cardiff – repuso ella -. Puede que tengan naranjas en esta época del año.

– Pero ¿cómo haremos para que nos las manden hasta aquí?

– Les pediré que coloquen una cesta en el tren. – Consultó el reloj que había estado ajustando -. Con un poco de suerte, las naranjas llegarán a la vez que el rey.

– Eso es – dijo él -. Eso es lo que haremos. – La miró directamente -. Eres asombrosa – exclamó -. No estoy seguro de haber conocido alguna vez a una muchacha como tú.

Ethel le sostuvo la mirada. A lo largo de las dos semanas anteriores, él se había dirigido a ella de forma muy similar a aquella, en un tono extremadamente familiar, con cierta intimidad, y eso le había hecho sentir extraña, le había provocado una especie de incómoda euforia, como si algo peligrosamente emocionante estuviese a punto de suceder. Era como ese momento en los cuentos de hadas en el que el príncipe entra en el castillo encantado.

El chirrido de unas ruedas fuera, en el camino de entrada, rompió el hechizo. Se oyó una voz familiar.

– ¡Peel! ¡Cuánto me alegro de verte!

Fitz miró por la ventana e hizo una mueca.

– ¡Oh, no! – exclamó -. ¡Es mi hermana!

– Bienvenida a casa, lady Maud – repuso la voz de Peel -, aunque lo cierto es que no la esperábamos.

– Al conde se le olvidó invitarme, pero he venido de todos modos.

Ethel contuvo una sonrisa. Fitz adoraba a su díscola hermanita, pero le resultaba difícil tratar con ella. Sus opiniones políticas eran alarmantemente liberales: era una sufragista, una activa militante del movimiento que propugnaba la concesión del voto a la mujer. A Ethel, Maud le parecía maravillosa, justo la clase de mujer independiente que a ella le habría gustado ser.

Fitz salió del comedor y Ethel lo siguió al salón, una estancia imponente decorada con el estilo gótico por el que tanta predilección sentían los victorianos como el padre de Fitz: revestimientos de madera oscura, papel de pared con abundantes motivos ornamentales y sillas de madera de roble labradas como si fueran tronos medievales. Maud ya estaba entrando por la puerta.

– Fitz, querido, ¿cómo estás? – lo saludó.

Maud era alta como su hermano, y ambos guardaban un gran parecido, pero las facciones cinceladas que hacían que el conde evocase la estatua de un dios no resultaban tan favorecedoras en el rostro de una mujer, por lo que Maud era más bien atractiva, en lugar de verdaderamente guapa. Contradiciendo la fama de anticuadas en la forma de vestir de las feministas, la joven iba ataviada según los cánones de la última moda, y llevaba una falda larga de tubo encima de unos botines abotonados, un abrigo de color azul marino con cinturón ancho y puños de varios botones, y un sombrero con una pluma clavada en la parte delantera como si fuera una bandera de regimiento.

La acompañaba tía Herm. Lady Hermia era la otra tía de Fitz. A diferencia de su hermana, que se había casado con un duque rico, Herm había contraído matrimonio con un barón despilfarrador que murió joven y en la ruina más absoluta. Diez años antes, cuando los padres de Fitz y Maud fallecieron en un intervalo de escasos meses, tía Herm se fue a vivir con ellos para cuidar principalmente de Maud, quien a la sazón tenía trece años, y aún seguía ejerciendo de señora de compañía de la joven, sin tener sobre esta ni sobre sus actos ninguna clase de autoridad.

– ¿Qué haces aquí? – le preguntó Fitz a Maud.

– Ya te dije que no le iba a hacer ninguna gracia – murmuró tía Herm.

– No podía faltar a la visita del rey – contestó Maud -. Habría sido una falta de respeto.

– No quiero que le hables al rey sobre los derechos de las mujeres – replicó Fitz con un deje de exasperación.

Ethel no creía que el conde tuviese razones para preocuparse. Pese al radicalismo de las ideas políticas de Maud, sabía cómo coquetear y apelar a la vanidad de los hombres poderosos, y era capaz de meterse en el bolsillo incluso a los amigos más conservadores de Fitz.

– Toma mi abrigo, por favor, Morrison – dijo Maud. Se desabrochó los botones y se volvió para que el lacayo la ayudara a quitárselo -. Hola, Williams, ¿cómo estás? – le preguntó a Ethel.

– Bienvenida, milady – respondió la muchacha -. ¿Desea ocupar la Suite Gardenia?

– Sí, gracias. Me encantan esas vistas.

– ¿Querrá almorzar mientras le preparo la habitación?

– Sí, por favor, me muero de hambre.

– Hoy lo estamos sirviendo al estilo club, señora, puesto que los invitados están llegando en momentos distintos.

El llamado «estilo club» hacía referencia a que se servía el almuerzo a los invitados a medida que iban entrando, como en los comedores de los clubes de caballeros o en un restaurante, en lugar de servirlo a todos los comensales a la vez. Ese día el almuerzo era más bien modesto: sopa india con especias, fiambres y pescado ahumado, trucha rellena, chuletas de cordero y un surtido de postres y quesos.

Ethel sujetó la puerta y siguió a Maud y a tía Herm al comedor principal. Los primos Von Ulrich ya estaban almorzando. Walter von Ulrich, el más joven, era un hombre apuesto y encantador, y parecía entusiasmado de estar en Ty Gwyn, mientras que Robert, por el contrario, era más quisquilloso: había enderezado el cuadro del castillo de Cardiff colgado en la pared, había pedido más almohadones y había descubierto que el tintero de su escritorio estaba seco, un descuido que hizo que Ethel se preguntase, inquieta, qué otros detalles podía haber pasado por alto.

Ambos se levantaron cuando entraron las damas. Maud se fue directa a Walter y exclamó:

– ¡Estás exactamente igual que cuando tenías dieciocho años! ¿Te acuerdas de mí?

Al joven se le iluminó el rostro.

– Pues claro, aunque debo decir que tú sí que has cambiado desde que tenías trece…

Ambos se estrecharon la mano y luego Maud le dio sendos besos en las mejillas, como si fueran parientes.

– Estaba completamente loca por ti a esa edad – confesó con asombrosa sinceridad.

Walter sonrió.

– Tú a mí también me tenías robado el corazón.

– ¡Pero si siempre te comportabas como si tuviera la peste!

– Tenía que disimular mis sentimientos delante de Fitz, que te protegía como un perro guardián.

Tía Herm se puso a toser, indicando de ese modo su desaprobación ante aquel arrebato de intimidad.

– Tía, te presento a herr Walter von Ulrich, un viejo compañero de escuela de Fitz que venía aquí en vacaciones. Ahora trabaja en el cuerpo diplomático de la embajada alemana en Londres.

– Les presento a mi primo, el Graf Robert von Ulrich. – Ethel sabía que Graf era el término en alemán que designaba a los condes -. Es agregado militar de la embajada austríaca.

En realidad eran primos segundos, le había explicado Peel en tono de confidencia a Ethe los abuelos de ambos eran hermanos, el menor de los cuales se casó con una rica heredera alemana y abandonó Viena para irse a vivir a Berlín, razón por la que Walter era alemán, mientras que Robert era austríaco. A Peel le gustaba dejar esa clase de cosas muy claras.

Todos se sentaron. Ethel retiró la silla de tía Herm.

– ¿Quiere un poco de sopa de especias, lady Hermia? – le preguntó.

– Sí, por favor, Williams.

Ethel le hizo una seña a un lacayo, quien se dirigió al aparador donde se hallaba la sopa, en un recipiente especial para que no se enfriara. Tras comprobar que las recién llegadas se hallaban a gusto, Ethel desapareció discretamente para preparar sus habitaciones. Cuando cerraba la puerta a su espalda, oyó decir a Walter von Ulrich:

– Me acuerdo de lo mucho que te gustaba la música, Maud. Justo estábamos hablando del ballet ruso. ¿Qué opinas de Diaguilev?

No había muchos hombres que preguntasen a una mujer su parecer. Eso le gustaría a Maud. Mientras Ethel se apresuraba a bajar los escalones para ir en busca de dos doncellas que hiciesen las habitaciones, pensó: «Ese alemán es todo un encanto».

El Salón Escultórico de Ty Gwyn era una antesala del comedor, y los invitados solían reunirse allí antes de la cena. Fitz no sentía un gran interés por el arte, pues en realidad, todas aquellas piezas las había reunido su abuelo, pero las esculturas daban a sus huéspedes algo de qué hablar mientras aguardaban el momento de la cena.

Al tiempo que conversaba con su tía, la duquesa, Fitz miró angustiado a su alrededor a los hombres vestidos de rigurosa etiqueta y a las mujeres con sus vestidos escotados y sus tiaras. El protocolo exigía que todos los invitados estuviesen presentes en la sala antes de que el rey y la reina hiciesen su entrada. Pero ¿dónde estaba Maud? ¿No iría a provocar un incidente? No, ahí estaba, con un traje de seda púrpura y con los diamantes de su madre, charlando animadamente con Walter von Ulrich.

Fitz y Maud siempre habían estado muy unidos. El padre de ambos había sido un héroe distante, y su madre, la infeliz seguidora incondicional de su marido; los dos hermanos habían obtenido el cariño y el afecto que necesitaban el uno del otro, y a la muerte de sus progenitores, ambos se habían unido más aún, compartiendo su dolor. En aquel trance, Fitz tenía dieciocho años, y había tratado por todos los medios de proteger a su hermanita de aquel mundo implacable y cruel. Ella, a su vez, le había mostrado su adoración absoluta. Con el paso de los años, al llegar a la edad adulta, Maud se había convertido en una joven independiente, capaz de pensar por sí misma, mientras que él continuaba creyendo que, como cabeza de familia, todavía ejercía algún tipo de autoridad sobre ella. Sin embargo, su afecto mutuo había demostrado ser más fuerte que sus diferencias… por el momento.

En esos instantes, Maud dirigía la atención de Walter hacia un cupido de bronce. A diferencia de Fitz, ella sí entendía de esas cosas. Fitz rezó porque su hermanita se pasara toda la velada hablando de arte y no enturbiase la cena con su discurso sobre los derechos de las mujeres. Jorge V odiaba a los liberales, era un secreto a voces. Por regla general, los monarcas solían ser conservadores, pero los acontecimientos recientes habían acentuado aún más el sentimiento de animadversión del rey. Había ascendido al trono en plena crisis política y, contra su voluntad, se había visto obligado por el primer ministro liberal H. H. Asquith – con el pleno respaldo de la opinión pública – a recortar el poder de la Cámara de los Lores. La herida de aquella humillación aún seguía abierta, y Su Majestad sabía que Fitz, como par conservador de la Cámara de los Lores, había luchado con todas sus fuerzas contra la llamada reforma. Pero a pesar a ello, si a Maud se le ocurría soltarle una arenga esa noche, el rey nunca perdonaría a Fitz.

Walter ejercía como diplomático de rango inferior, pero su padre era uno de los mejores amigos del káiser. Robert también tenía buenos contactos: era amigo del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono del Imperio austrohúngaro. Otro de los invitados que se movía en círculos selectos era el joven norteamericano, de gran estatura, que en esos precisos instantes hablaba con la duquesa. Se llamaba Gus Dewar, y su padre, un senador, era consejero personal del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson. Fitz sintió que había hecho bien reuniendo allí a aquel grupo de jóvenes, la élite dirigente del futuro. Esperaba que fuese del agrado del rey.

Gus Dewar era un joven simpático pero un poco raro. Siempre encorvaba la espalda, como si hubiese preferido ser más bajo y no destacar tanto. No parecía muy seguro de sí, pero se mostraba agradablemente cortés con todo el mundo.

– El pueblo estadounidense está más preocupado por los problemas de la nación que por la política exterior – le decía a la duquesa -, pero el presidente Wilson es un liberal, y como tal, es más probable que simpatice con democracias como las de Francia y Gran Bretaña que con las monarquías autoritarias de Austria y Alemania.

En ese momento, se abrieron las puertas dobles, se hizo el silencio en la habitación, y el rey y la reina entraron en la sala. La princesa Bea hizo una reverencia, Fitz inclinó la cabeza y todos los demás siguieron su ejemplo. A continuación se sucedieron unos minutos de incómodo silencio, pues no estaba permitido que nadie hablase hasta que la pareja real hubiese dicho algo. Al fin, el rey se dirigió a Bea:

– Ya me alojé en esta casa hace veinte años, ¿lo sabía? – le dijo, y los demás empezaron a relajarse.

El rey era un hombre elegante, pensó Fitz mientras los cuatro mantenían una distendida charla. Llevaba la barba y el bigote muy cuidados. Empezaba a tener entradas en el cabello, pero aún conservaba el suficiente para peinárselo con una raya tan recta como una regla. El traje de etiqueta sentaba como un guante a su estilizada figura: a diferencia de su padre, Eduardo VII, no era ningún gourmet. Se relajaba con aficiones que requerían precisión: le gustaba coleccionar sellos, pegándolos meticulosamente en álbumes, un pasatiempo que suscitaba las burlas de los irrespetuosos intelectuales de Londres.

La reina era una figura que inspiraba más temor, con el pelo rizado y ceniciento y un rictus severo en los labios. Tenía un busto generoso, realzado sobremanera por el vertiginoso escote de su vestido, siguiendo la moda de rigueur. Era la hija de un príncipe alemán. En un principio, había estado comprometida con el hermano mayor de Jorge, Alberto, pero este murió de neumonía justo antes del enlace. Cuando Jorge se convirtió en el heredero al trono, también se quedó con la prometida de su hermano, una costumbre que algunos tildaron de un tanto medieval.

Bea estaba en su elemento. Iba vestida de forma arrebatadora en seda rosa y, con un efecto perfectamente estudiado, sus tirabuzones rubios parecían un tanto alborotados, como si acabase de interrumpir un beso ilícito. Conversaba animadamente con el rey. Intuyendo que las charlas superficiales no eran del agrado de Jorge V, la princesa estaba contándole cómo Pedro el Grande había creado la armada rusa, y el monarca asentía con gesto de interés genuino.

Peel se asomó por la puerta del comedor con una expresión expectante en el rostro cubierto de pecas. Captó la atención de Fitz y le hizo una señal muy elocuente. Fitz se dirigió a la reina:

– ¿Desea que pasemos a cenar, su majestad?

Ella le ofreció el brazo. Detrás de ellos, el rey entrelazó el suyo con el de Bea y el resto de los comensales formaron parejas conforme al protocolo. Cuando todos estuvieron listos, entraron en el comedor en procesión.

– Qué bonita… – murmuró la reina al ver la mesa.

– Gracias, majestad – contestó Fitz, y exhaló un imperceptible suspiro de alivio.

Bea había hecho un trabajo maravilloso: había tres arañas de luces colgadas a escasa altura encima de la alargada mesa, cuyos reflejos destellaban en las copas de cristal distribuidas en el sitio de cada comensal. La totalidad de la cubertería era de oro, al igual que los saleros y los pimenteros, y aun las minúsculas cerilleras para los fumadores. El mantel blanco estaba cubierto de rosas procedentes del invernadero y, para conferir un último toque espectacular al conjunto, Bea había colocado delicadas hojas de helecho que descendían desde las arañas hasta las pirámides de uvas sobre las bandejas doradas.

Todos tomaron asiento, el obispo bendijo la mesa y Fitz se tranquilizó. Las reuniones que empezaban bien casi siempre transcurrían sin incidencias; por lo general, el vino y la comida hacían que los asistentes estuvieran menos dispuestos a encontrar defectos.

El menú comenzaba con los hors d’oeuvres rusos, un guiño a la tierra natal de Bea: blinis con caviar y nata, tostadas con pescado ahumado, galletitas saladas con arenques en vinagre, todo regado con el champán Perrier-Jouët de 1892, tan delicioso y suave como Peel había prometido. Fitz no apartaba la mirada del mayordomo, y este no le quitaba la vista de encima al rey. En cuanto Su Majestad soltaba los cubiertos, Peel retiraba su plato, y esa era la señal para que los lacayos se llevaran el resto. El comensal que todavía siguiese disfrutando del plato tenía que dejarlo en señal de deferencia.

A continuación, sirvieron la sopa, un pot-au-feu acompañado de un oloroso jerez de Sanlúcar de Barrameda. El pescado era lenguado, regado con un maduro Meursault Charmes que sabía a gloria. Para los medallones de cordero galés, Fitz había escogido el Château Lafite de 1875, pues el de 1870 todavía no estaba listo para su consumo. Siguió corriendo el vino tinto con el parfait de hígado de oca que sirvieron después y con el último plato de carne: hojaldre relleno de codorniz con uvas.

Nadie se comía todo aquello: los hombres seleccionaban lo que les gustaba y hacían caso omiso del resto, mientras que las mujeres picoteaban de uno o dos platos. Muchas de las viandas regresaban a la cocina intactas.

Hubo ensalada, un postre, surtido de aperitivos salados, fruta y petits fours. Finalmente, la princesa Bea alzó una discreta ceja en dirección a la reina, quien respondió con un asentimiento casi imperceptible. Ambas se pusieron en pie, todos los demás las imitaron y las damas abandonaron la sala.

Los hombres volvieron a tomar asiento, los lacayos llevaron cajas de cigarros y Peel depositó un decantador de oporto Ferreira de 1847 a la derecha del rey. Fitz aspiró agradecido el humo de un cigarro. Las cosas habían ido bien. El rey era célebre por su escasa afición a la vida social, pues solo se sentía cómodo entre sus viejos compañeros de sus felices días en la Marina. Sin embargo, aquella noche se había mostrado muy afable y todo había ido como la seda. Hasta las naranjas habían llegado a tiempo.

Fitz había hablado antes con sir Alan Tite, el ayuda de cámara del rey, un oficial retirado que aún lucía anticuadas patillas. Habían acordado que, al día siguiente, el rey dispondría de aproximadamente una hora a solas para departir con cada uno de los hombres sentados a la mesa, todos ellos depositarios de información privilegiada de un gobierno u otro. Aquella noche, Fitz debía romper el hielo entablando una conversación política de carácter general. Carraspeó unos segundos y se dirigió a Walter von Ulrich.

– Walter, tú y yo somos amigos desde hace quince años, fuimos juntos a Eton. – Le habló entonces a Robert -: Y conozco a tu primo desde que los tres compartimos apartamento en Viena cuando éramos estudiantes. – Robert sonrió y asintió. A Fitz le caían bien ambos: Robert era un tradicionalista, como Fitz, y si bien Walter no era tan conservador como ellos, lo cierto es que era muy inteligente -. Ahora asistimos con perplejidad a los rumores de una posible guerra entre nuestros países – siguió diciendo Fitz -. ¿Creéis que cabe realmente la posibilidad de que se produzca semejante tragedia?

Fue Walter quien contestó.

– Si hablar de la guerra puede hacer que esta estalle, entonces sí, no tendremos más remedio que enfrentarnos, porque todo el mundo se está preparando para esa eventualidad, pero ¿existe en verdad una razón de peso? Yo no lo creo.

Gus Dewar levantó la mano tímidamente. A Fitz le gustaba Dewar, pese a sus devaneos con la política liberal. Se suponía que los norteamericanos se comportaban con un exceso de desparpajo, pero aquel tenía buenos modales y era un poco tímido. También estaba asombrosamente bien informado. En ese momento dijo:

– Gran Bretaña y Alemania tienen muchas razones para enfrentarse.

Walter se volvió hacia él.

– ¿Como por ejemplo?

Gus exhaló el humo de su cigarro.

– La rivalidad naval.

Walter asintió.

– Mi káiser no cree que exista ninguna ley divina por la que la armada alemana deba seguir siendo inferior en número a la británica.

Fitz lanzó una mirada nerviosa al rey; el monarca amaba la Royal Navy por encima de todas las cosas, y podía sentirse ofendido. Por otra parte, el káiser Guillermo era su primo. El padre de Jorge y la madre de Guillermo eran hermanos, ambos hijos de la reina Victoria. Fitz sintió un gran alivio al comprobar que Su Majestad esbozaba una sonrisa indulgente.

Walter siguió hablando.

– Eso ha sido motivo de fricciones en el pasado, pero hace dos años que estamos de acuerdo, de manera extraoficial, sobre el tamaño relativo de nuestras flotas.

– ¿Y qué hay de la rivalidad económica? – preguntó Dewar.

– Es verdad que Alemania se está haciendo cada día más próspera y que puede que pronto alcance a Gran Bretaña y a Estados Unidos en cuanto a sus niveles de economía productiva, pero ¿por qué habría de suponer eso un problema? Alemania es uno de los principales clientes de Gran Bretaña. Cuanto más dinero tengamos para gastar, más compraremos. ¡Nuestro poderío económico es bueno para los productores británicos!

Dewar volvió a la carga.

– Se rumorea que los alemanes quieren más colonias.

Fitz volvió a mirar de soslayo al rey, preguntándose si no le molestaría que aquellos dos hombres monopolizasen la conversación, pero Su Majestad parecía fascinado.

– Ha habido guerras a causa de las colonias – contestó Walter – sobre todo en su país de origen, señor Dewar. Sin embargo, hoy en día parece ser que podemos dirimir esos conflictos sin recurrir a las armas. Hace tres años Alemania, Francia e Inglaterra se pelearon por culpa de Marruecos, pero la disputa se resolvió sin recurrir a ninguna guerra. Más recientemente, Gran Bretaña y Alemania han llegado a un acuerdo respecto al espinoso asunto del ferrocarril de Bagdad. Si seguimos haciendo las cosas de este modo, no entraremos en ninguna guerra.

– ¿Me perdonaría usted el uso del término «militarismo alemán»? – inquirió Dewar.

Aquello era pasarse de la raya, y Fitz sintió un escalofrío.

Walter se ruborizó, pero respondió con calma.

– Le agradezco su franqueza. El Imperio alemán está dominado por los prusianos, que desempeñan prácticamente el mismo papel que los ingleses en el Reino Unido de Su Majestad.

Era una osadía equiparar a Gran Bretaña con Alemania, o a Inglaterra con Prusia. Walter estaba rozando el límite de lo permisible según las normas de urbanidad que regían el arte de la conversación, pensó Fitz con cierta desazón.

Walter prosiguió con su argumentación.

– Los prusianos poseen una fuerte tradición militar, pero no van a la guerra sin tener un motivo.

– Entonces, Alemania no es agresiva – dijo Dewar en tono escéptico.

– Ni mucho menos – dijo Walter -; les aseguro que Alemania es la única… y subrayo, la única… potencia de la Europa continental que no es agresiva.

Alrededor de la mesa se propagó un murmullo de sorpresa, y Fitz vio que el rey arqueó las cejas. Dewar se recostó en la silla, con gesto de asombro, y preguntó:

– Ah, ¿por qué lo dice?

Los modales exquisitos de Walter, así como su tono amigable, quitaban hierro a sus provocadoras palabras.

– En primer lugar, examinemos el caso de Austria – prosiguió -. Mi primo vienés Robert, aquí presente, no negará que al Imperio austrohúngaro le gustaría ampliar sus fronteras al sudeste.

– Aunque no sin razón – protestó Robert -. Esa parte del mundo, a la que los británicos llaman los Balcanes, ha formado parte del dominio otomano durante siglos, pero el Imperio otomano se ha desmoronado, y ahora en los Balcanes reina la inestabilidad. El emperador austríaco considera su deber sagrado mantener el orden y la religión cristiana en esa región.

– Es cierto – repuso Walter -, pero también Rusia quiere territorio en los Balcanes.

Fitz se creyó en la obligación de defender al gobierno ruso, quizá a causa de Bea.

– Ellos también tienen buenas razones – dijo -. La mitad de su comercio exterior atraviesa el mar Negro y llega hasta el Mediterráneo a través de los estrechos. Rusia no puede dejar que ninguna otra potencia domine los estrechos anexionándose territorio en los Balcanes orientales. Sería como poner una soga al cuello de la economía rusa.

– Exacto – dijo Walter -. En cuanto al extremo occidental de Europa, Francia alberga la ambición de arrebatarle a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena.

En ese momento, el único invitado francés, Jean-Pierre Charlois, estalló indignado.

– ¡Robados a Francia hace cuarenta y tres años!

– No voy a entrar en discusiones acerca de ese punto en concreto – repuso Walter con ánimo conciliador -. Dejémoslo en que los territorios de Alsacia y Lorena fueron anexionados al Imperio alemán en 1871, tras la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. Robado o no, monsieur le compte, convendrá conmigo en que Francia desea recuperar dichos territorios.

– Naturalmente. – El francés se recostó en la silla y tomó un sorbo de su copa de oporto.

Walter retomó su discurso.

– Hasta a Italia le gustaría quitarle a Austria los territorios de Trentino…

– ¡Donde la mayoría de la población habla italiano! – exclamó el signor Falli.

– … además de buena parte de la costa dálmata…

– ¡Que está llena de leones de Venecia, iglesias católicas y columnas romanas!

– … y el Tirol, una provincia con una larga historia de autogobierno, donde la mayor parte de la población habla alemán.

– Pura necesidad estratégica.

– Por supuesto.

Fitz advirtió lo inteligente que había sido Walter. Sin ser descortés, sino discretamente provocador, había azuzado a los representantes de cada nación para que confirmasen, en un lenguaje más o menos beligerante, sus ambiciones territoriales.

En esos momentos, Walter decía:

– Pero ¿qué territorios nuevos está reclamando Alemania? – Miró a su alrededor en la mesa, pero nadie contestó -. Ninguno – repuso en tono triunfal -. ¡Y el único país de Europa, aparte de Alemania, que puede decir lo mismo es Gran Bretaña!

Gus Dewar pasó la botella de oporto y dijo con su acento norteamericano:

– Supongo que tiene razón.

– Entonces – dijo Walter -, ¿por qué, mi viejo amigo Fitz, deberíamos ir a la guerra?


El lunes por la mañana, antes del desayuno, lady Maud mandó llamar a Ethel.

La joven doncella tuvo que contener un suspiro de exasperación, pues estaba extremadamente ocupada. Era temprano, pero el servicio ya llevaba rato trabajando con ahínco. Antes de que los huéspedes se despertaran, había que limpiar las chimeneas, volver a encender todos los fuegos y llenar los cajones para el carbón. Había que ordenar y ventilar los salones principales como el comedor, la sala de estar, la biblioteca, el salón de fumadores y las habitaciones más pequeñas de acceso general. Ethel estaba supervisando las flores de la sala de billar, sustituyendo las que empezaban a marchitarse, cuando la llamaron. Pese a la debilidad que sentía por la hermana de ideas radicales de Fitz, esperaba que Maud no tuviese reservada para ella ninguna tarea especialmente complicada.

Cuando Ethel entró a trabajar en la mansión de Ty Gwyn, a la edad de trece años, la familia Fitzherbert y sus huéspedes eran personajes prácticamente irreales para ella: se le antojaban los protagonistas de algún cuento, o unas tribus extrañas de la Biblia, los hititas tal vez, y lo cierto es que la aterrorizaban. La aterraba pensar en la posibilidad de cometer algún error y perder su trabajo, pero también sentía una gran curiosidad por ver a aquellas extrañas criaturas más de cerca.

Un día, una de las criadas que ayudaba en la cocina le dijo que subiera a la sala de billar y trajera el tántalo. Estaba demasiado nerviosa para preguntar qué era aquello, de modo que fue a la sala y buscó por todas partes, esperando que fuera algo evidente, como una bandeja de platos sucios, pero no vio nada cuyo sitio pudiese estar en la cocina. Ya se le empezaban a saltar las lágrimas cuando Maud entró en la habitación.

Maud era entonces una espigada muchacha de quince años, una mujer vestida con ropa de niña, malhumorada y rebelde. Hasta más tarde no le dio sentido a su vida canalizando toda su rabia y su descontento en una cruzada personal. Sin embargo, a los quince años ya poseía esa compasión inmediata que la hacía sensible a las injusticias y a la opresión.

Le preguntó a Ethel qué le pasaba. El tántalo resultó ser un recipiente de plata con decantadores de brandy y whisky. Era engañoso, porque estaba provisto de un mecanismo de cierre para impedir que los sirvientes pudiesen beber a escondidas, le explicó. Ethel se lo agradeció enormemente, con emoción. Esa sería la primera de las muchas atenciones que Maud tuvo para con ella y, con el tiempo, Ethel llegó a encariñarse tanto con aquella muchacha algo mayor, que lo cierto es que sentía por ella verdadera adoración.

Ethel subió a la habitación de Maud, llamó a la puerta y entró. La Suite Gardenia estaba decorada con papel pintado de flores de intrincado diseño, pero que ya había pasado de moda con el cambio de siglo. Sin embargo, desde el balcón mirador se veía la parte más bonita del jardín de Fitz, el paseo del ala oeste, un largo sendero recto que atravesaba los macizos de flores hasta llegar a un pabellón de verano.

Ethel comprobó contrariada que Maud se estaba calzando las botas.

– Voy a salir a dar un paseo, y tienes que hacerme de carabina – dijo -. Ayúdame con el sombrero y cuéntame todos los chismes, anda.

Ethel no tenía tiempo para aquellas cosas, pero lo cierto es que estaba intrigada, además de molesta. ¿Con quién iba Maud a dar un paseo, dónde estaba tía Herm, su carabina habitual, y por qué se estaba poniendo un sombrero tan elegante solo para dar una vuelta por el jardín? ¿Era posible que todo aquello tuviese algo que ver con algún hombre?

Mientras colocaba los alfileres para sujetar el sombrero en el pelo oscuro de Maud, Ethel dijo:

– Esta mañana se ha armado un verdadero escándalo abajo. – A Maud le encantaba oír chismes del mismo modo que al rey le encantaba coleccionar sellos -. Morrison no se ha ido a dormir hasta las cuatro de la madrugada; es uno de los lacayos… el alto con el bigote rubio.

– Sé quién es Morrison. Y sé con quién ha pasado la noche. – Maud se calló, vacilante.

Ethel aguardó un momento y luego preguntó: – ¿Y no me lo vas a decir?

– Es que te vas a escandalizar.

Ethel sonrió.

– Pues razón de más.

– Pasó la noche con Robert von Ulrich. – Maud miró a Ethel en el reflejo del espejo del tocador -. ¿Te has quedado horrorizada?

Ethel estaba fascinada con aquella revelación.

– ¡Caramba! Nunca lo habría… Sabía que Morrison no parecía demasiado interesado en las mujeres, pero no creía que fuese uno de… «esos», no sé si me entiendes…

– Pues verás, Robert sí es uno de «esos», desde luego, y lo pillé lanzándole miraditas a Morrison varias veces durante la cena.

– ¡Y delante del rey, además! ¿Cómo sabes lo de Robert?

– Walter me lo dijo.

– ¡Pero qué clase de caballero le cuenta una cosa así a una dama! Desde luego, la gente lo cuenta todo… ¿Qué chismes circulan por Londres?

– El señor Lloyd George es la comidilla de todo el mundo.

David Lloyd George era el canciller del Exchequer, y estaba a cargo de las finanzas del país. De origen galés, era un brillante orador de izquierdas. El padre de Ethel decía que Lloyd George debería haberse afiliado al Partido Laborista. Durante la huelga minera de 1912, había llegado a hablar incluso de nacionalizar las minas.

– ¿Y qué dicen de él? – preguntó Ethel.

– Que tiene una amante.

– ¡No! – Esta vez Ethel estaba verdaderamente escandalizada -. ¡Pero si es baptista!

Maud se echó a reír.

– ¿Y sería menos escandaloso si fuera anglicano?

– ¡Sí…! – Ethel se contuvo a tiempo para no añadir «por supuesto» -. ¿Y quién es ella?

– Frances Stevenson. Entró a trabajar como institutriz de su hija, pero es una mujer muy lista, tiene una titulación en lenguas clásicas, y ahora es su secretaria personal.

– Eso es terrible.

– Él la llama «Conejito».

Ethel estuvo a punto de ruborizarse. No sabía qué decir ante aquello. Maud se levantó y Ethel la ayudó a ponerse el abrigo.

– ¿Y su mujer, Margaret? – quiso saber la doncella.

– Vive aquí, en Gales, con los cuatro hijos de ambos.

– Tenían cinco, pero uno se les murió. Pobre mujer.

Maud estaba lista. Recorrieron el pasillo y bajaron por la majestuosa escalera central. Walter von Ulrich las aguardaba en el vestíbulo, arropado por un abrigo largo y oscuro. Lucía un bigote corto y tenía unos vivarachos ojos azules. Mostraba un aspecto arrebatador con aquella vestimenta abotonada hasta arriba, al más puro estilo alemán; era la clase de hombre capaz de hacer una reverencia, dar un taconazo y luego guiñarte un ojo, pensó Ethel. De modo que era por eso por lo que Maud no quería que lady Hermia fuese su carabina…

– Williams vino a trabajar a la casa cuando yo era una niña, y somos amigas desde entonces.

A Ethel le gustaba Maud, pero decir que eran amigas era ir demasiado lejos. Maud era amable y Ethel sentía por ella una gran admiración, pero seguían siendo ama y criada. En realidad, lo que Maud estaba diciendo es que se podía confiar en Ethel.

Walter se dirigió a la doncella con la educada deferencia que empleaban las personas de su clase al tratar con los estamentos inferiores.

– Encantado de conocerla, Williams. ¿Cómo está usted?

– Gracias señor. Iré por mi abrigo.

Corrió escaleras abajo. Lo cierto es que no tenía ningunas ganas de salir a pasear durante la estancia del rey en la casa, porque habría preferido permanecer cerca para supervisar el trabajo de las criadas, pero no podía negarse.

En la cocina, la doncella de la princesa Bea, Nina, estaba preparando el té a la manera rusa para su señora. Ethel se dirigió a una doncella:

– Herr Walter ya se ha levantado – la informó -. Ya puedes limpiar la Habitación Gris. – En cuanto aparecían los huéspedes, las doncellas tenían que ir a los dormitorios a limpiar, hacer las camas, vaciar los orinales y cambiar el agua de las palanganas para el aseo. Vio a Peel, el mayordomo, contando platos -. ¿Hay movimiento arriba? – le preguntó.

– Diecinueve, veinte – dijo -. El señor Dewar ha llamado para pedir agua caliente para el afeitado y el signor Falli ha pedido café.

– Lady Maud quiere que salga con ella.

– Qué contrariedad… – exclamó Peel, disgustado -. Te necesitamos en la casa.

Ethel ya lo sabía.

– ¿Y qué quiere que haga, señor Peel? ¿Que le diga que se vaya al cuerno? – repuso con sarcasmo.

– No seas tan caradura, jovencita. Regresa lo antes posible.

Cuando volvió arriba, el perro del conde, Gelert, estaba delante de la puerta principal, jadeando con avidez ante la perspectiva de dar un paseo por el campo. Todos salieron y atravesaron los jardines del ala este en dirección al bosque.

Walter se dirigió a Ethel.

– Supongo que lady Maud ya te habrá instruido convenientemente para que te declares sufragista.

– En realidad, fue al contrario – le explicó Maud -. Williams fue la primera persona que me habló de las ideas liberales.

– Todo me lo enseñó mi padre – dijo Ethel.

La doncella sabía que, en el fondo, no querían hablar con ella. La etiqueta no les permitía estar a solas, pero dentro de su abanico de posibilidades, salir acompañados de la doncella era lo más parecido a estar solos. Ethel llamó a Gelert y se adelantó para ponerse a jugar con el perro y proporcionarles así la intimidad que tanto debían de estar deseando. Cuando se volvió a mirar atrás, vio que se habían cogido de la mano.

Maud no era de las que perdían el tiempo, pensó Ethel. Por lo que había dicho el día anterior, no había visto a Walter desde hacía diez años, y ni siquiera entonces había habido entre ellos ningún idilio, solo una atracción inconfesable. Algo debía de haber sucedido la noche anterior. Tal vez se habían quedado charlando hasta altas horas de la madrugada. Maud coqueteaba con todos los hombres – así era como les sonsacaba la información -, pero saltaba a la vista que aquello era algo más serio.

Al cabo de un momento, Ethel oyó a Walter entonar el comienzo de una canción. Maud lo imitó y luego ambos se callaron y se echaron a reír. A Maud le encantaba la música, y sabía tocar muy bien el piano, a diferencia de Fitz, que no tenía oído musical. Al parecer, Walter tenía la misma afición y facilidad para la música que ella. Poseía una agradable voz de barítono que haría las delicias de toda la congregación de la Iglesia de Bethesda, se dijo Ethel.

Se puso a pensar en su trabajo. No había visto ningún par de zapatos ya lustrados en la puerta de los dormitorios de la mansión; tendría que echar el guante a esos granujas de los limpiabotas y decirles que se apresurasen.

Se preguntó, nerviosa, qué hora sería. Si aquel paseo se prolongaba mucho más, puede que tuviese que insistir para que regresasen a la casa.

Miró atrás, pero esta vez no vio a Walter ni a Maud por ninguna parte. ¿Se habrían detenido? ¿Y si habían seguido otro camino? Permaneció inmóvil uno o dos minutos, pero no podía quedarse allí a esperar de brazos cruzados toda la mañana, de modo que volvió sobre sus pasos a través del bosque.

Los vio al cabo de un momento. Estaban abrazados, besándose apasionadamente. Walter tenía las manos en el trasero de Maud, y la estaba apretando contra sí. Ambos se besaban con la boca abierta, y Ethel oyó que Maud lanzaba un gemido.

Los estuvo observando, preguntándose si algún día un hombre la besaría a ella de aquella manera. Llewellyn el Manchas la había besado en la playa durante una excursión de la iglesia, pero no había sido con la boca abierta ni se habían apretado el uno contra el otro, y desde luego el beso no le había arrancado a Ethel ningún gemido. El pequeño Dai Chuletas, el hijo del carnicero, le había metido la mano por debajo de la falda en el cine Palace de Cardiff, pero ella se la apartó de un manotazo al cabo de unos segundos. Le había gustado mucho Llewellyn Davies, hijo de un maestro, quien le había hablado del gobierno liberal y le había dicho que sus pechos eran como pajarillos recién nacidos en el nido, muy cálidos y suaves, pero se marchó a estudiar a la universidad y nunca le había escrito. Con ellos había sentido curiosidad, y el deseo de explorar e ir más allá, pero no había llegado a sentir pasión de verdad. Tenía envidia de Maud.

En ese momento, Maud abrió los ojos, vio a Ethel y se separó bruscamente de Walter.

De pronto, Gelert empezó a aullar y se puso a caminar en círculos con el rabo entre las patas. ¿Qué le pasaba al animal?

Al cabo de unos segundos, Ethel sintió una especie de temblor en el suelo, como si estuviera pasando un tren expreso, a pesar de que la línea del ferrocarril terminaba a un kilómetro y medio de allí.

Maud arrugó la frente y abrió la boca para decir algo, pero entonces se oyó un restallido como de un trueno.

– ¿Se puede saber qué ha sido eso? – preguntó Maud. Ethel lo sabía.

Lanzó un grito y echó a correr.


Billy Williams y Tommy Griffiths habían parado para descansar.

Estaban trabajando en un yacimiento llamado del «carbón de cuatro pies», por su espesor, que solo estaba a seiscientos metros de profundidad, no tan abajo como el nivel principal. El filón estaba dividido en cinco secciones, cada una de ellas bautizadas con el nombre de los distintos hipódromos británicos y, concretamente, los muchachos se encontraban en Ascot, la más cercana al tiro ascendente. Ambos trabajaban como mozos, como ayudantes de los mineros más experimentados. El minero empleaba su mandril, un pico de hoja recta, para extraer el carbón de la capa externa de la veta y su ayudante lo introducía, con ayuda de una pala, en una vagoneta con ruedas. Habían empezado a trabajar a las seis de la mañana, como siempre, y en esos momentos, después de un par de horas, estaban haciendo una pausa para descansar, sentados en el suelo húmedo con la espalda apoyada en la pared del túnel, dejando que el soplo suave del sistema de ventilación les refrescase la piel, mientras iban dando sorbos del té tibio y dulzón que contenían sus botellas.

Ambos habían nacido el mismo día de 1898, y les faltaban seis meses para cumplir los dieciséis años. La diferencia en su desarrollo físico, tan embarazosa para Billy cuando este tenía trece años, había desaparecido por completo; ahora los dos eran unos muchachos de espalda ancha y brazos musculosos, que se afeitaban una vez a la semana a pesar de que en realidad no lo necesitaban. Iban vestidos únicamente con pantalones cortos y con botas, y tenían el cuerpo tiznado de negro con una mezcla de sudor y carbonilla. Bajo la tenue luz de la lámpara, ambos brillaban como si fueran sendas estatuas de ébano de un dios pagano. Tan solo las gorras estropeaban el efecto.

El trabajo era duro, pero ya estaban acostumbrados. No se quejaban del dolor de espalda y las articulaciones, como hacían los mineros más viejos. Transpiraban energía por los cuatro costados, y en sus días libres también se dedicaban a actividades igual de agotadoras, como jugar a rugby, cavar parterres o incluso boxear a puño limpio en el granero que había detrás del pub Two Crowns.

Billy no había olvidado su iniciación tres años antes y, de hecho, aún bullía de indignación cada vez que recordaba aquel día. Había jurado entonces que jamás maltrataría a los chicos nuevos. Ese mismo día, sin ir más lejos, le había advertido al pequeño Bert Morgan: «No te extrañe si los hombres te gastan alguna jugarreta. Puede que te dejen a oscuras durante una hora o alguna tontería parecida. A las mentes obtusas solo se les ocurren mezquindades». Los mineros mayores de la jaula lo fulminaron con la mirada, pero él se la sostuvo: sabía que tenía razón, y ellos también.

En aquella ocasión, tras la novatada sufrida por Billy, su madre se había puesto aún más furiosa que él.

– Dime – le dijo al padre del chico, de pie en medio de la sala de estar con los brazos en jarras y los ojos negros enfebrecidos ante la injusticia -, ¿cómo se sirve a la voluntad de Dios torturando a unos chiquillos?

– Tú no lo entiendes. Eres una mujer – le había contestado, una respuesta nada propia de él.

Billy pensaba que el mundo en general, y la mina de Aberowen en particular, serían mejores lugares si todos los hombres llevasen una vida temerosa de Dios. Tommy, cuyo padre era ateo y discípulo de Karl Marx, creía que el sistema capitalista no tardaría en destruirse a sí mismo, con algo de ayuda de una clase obrera revolucionaria. Los dos chicos siempre acababan discutiendo acaloradamente, pero seguían siendo muy amigos.

– No es propio de ti trabajar un domingo – dijo Tommy.

Era verdad. En la mina se estaban haciendo turnos extraordinarios para poder hacer frente a la demanda de carbón pero, por deferencia a la religión, la compañía Celtic Minerals había convertido en optativos los turnos dominicales. Sin embargo, Billy estaba trabajando pese a su devoción al día de descanso religioso.

– Creo que el Señor quiere que tenga una bicicleta – dijo.

Tommy se echó a reír, pero Billy no bromeaba. La Iglesia de Bethesda había abierto un templo hermano en una aldea a dieciséis kilómetros de distancia, y Billy era uno de los miembros de la congregación de Aberowen que se había ofrecido voluntario para atravesar la montaña cada dos domingos para impulsar el nuevo templo. Si tuviese una bicicleta, podría ir también las noches de entre semana y ayudar a organizar clases de Biblia o asambleas de oración. Había discutido aquel plan con los miembros del consejo del templo y todos habían acordado de manera unánime que el Señor aprobaría que Billy trabajase el día de descanso dominical durante unas pocas semanas.

Billy estaba a punto de explicarle aquello a su amigo cuando el suelo empezó a temblar, se oyó un estrépito ensordecedor, como si fuese el fin del mundo, y un viento huracanado le arrancó la botella de té de las manos.

Fue como si se le parara el corazón. Recordó de pronto que estaba a un kilómetro bajo tierra, con millones de toneladas de roca y estratos minerales encima de su cabeza, sostenidas tan solo por unos pocos puntales de madera.

– ¿Se puede saber qué cuernos ha sido eso? – preguntó Tommy con voz asustada.

Billy se levantó de un salto, temblando de miedo. Alzó la lámpara y miró a uno y otro lado de la galería. No vio ninguna llama, ni desprendimientos de tierra, ni siquiera más polvo del habitual. Cuando cesaron las reverberaciones, no se oía ningún ruido.

– Ha sido una explosión – dijo con voz trémula.

Era la pesadilla de todo minero, su mayor miedo. Cualquier desprendimiento de una roca podía provocar la súbita emisión de grisú, o incluso un minero que estuviese golpeando con el pico la grieta de un filón. Si nadie percibía las señales de advertencia, o sencillamente, si la concentración se incrementaba con demasiada rapidez, el gas inflamable podía prender fuego con la chispa de la pezuña de un poni, o con el timbre eléctrico de una jaula, o por culpa de algún minero estúpido que, infringiendo el reglamento de seguridad, decidiese encender su pipa.

– Pero ¿dónde? – inquirió Tommy.

– Debe de ser abajo, en el nivel principal… por eso nos hemos librado.

– Que Dios nos asista.

– Lo hará – dijo Billy, y el terror que sentía empezó a ceder -. Sobre todo si nos ayudamos a nosotros mismos. – No había ni rastro de los dos mineros para los que los muchachos habían estado trabajando, quienes se habían ido a disfrutar de su tiempo de descanso a la sección de Goodwood. Ahora les correspondía a Billy y a Tommy tomar sus propias decisiones -. Será mejor que vayamos al pozo.

Se vistieron, se engancharon las lámparas a los cinturones y corrieron al pozo ascendente, llamado Píramo. El embarcador de turno, a cargo del funcionamiento de la jaula, era Dai Chuletas.

– ¡La jaula no sube! – exclamó, presa del pánico -. ¡Estoy llamándola y llamándola sin parar!

El miedo de aquel hombre era contagioso, y Billy tuvo que hacer un gran esfuerzo por dominar su propio pánico. Al cabo de un momento, preguntó:

– ¿Qué hay del teléfono? – El operario se comunicaba con su compañero en la superficie a través de las señales de un timbre eléctrico, pero hacía poco tiempo que habían instalado aparatos de teléfono en ambos niveles, conectados con el despacho del capataz de la mina, Maldwyn Morgan.

– No contestan – dijo Dai.

– Volveré a intentarlo. – El teléfono estaba acoplado a la pared que había junto a la jaula. Billy lo descolgó y accionó la manivela -. ¡Vamos, vamos!

Respondió una voz temblorosa.

– ¿Diga? – Era Arthur Llewellyn, el secretario del capataz.

– ¡Manchas, soy Billy Williams! – gritó Billy al aparato -. ¿Dónde está el señor Morgan?

– No está aquí. ¿Qué ha sido ese estruendo?

– ¡Una explosión en la mina, idiota! ¿Dónde está el jefe?

– Se ha ido a Merthyr – contestó el Manchas lastimeramente.

– Pero ¿por qué se ha ido…? Bueno, no importa, olvídalo. Te diré lo que tienes que hacer. ¿Me estás escuchando?

– Sí. – Ahora la voz sonaba más fuerte.

– En primer lugar, envía a alguien a la iglesia metodista y dile a Dai el Llorica que reúna a su cuadrilla de rescate.

– De acuerdo.

– Luego telefonea al hospital y diles que envíen una ambulancia a la bocamina.

– ¿Hay alguien herido?

– Seguro que sí, con una explosión como esa… Tercero, que todos los hombres vayan al cobertizo de limpieza del carbón para sacar mangueras para el fuego.

– ¿Fuego?

– El polvo estará en llamas. Cuarto, llama a la comisaría de policía y dile a Geraint que ha habido una explosión. Él telefoneará a Cardiff. – A Billy no se le ocurría nada más -. ¿De acuerdo?

– De acuerdo, Billy.

Billy colgó el aparato. No estaba seguro de lo eficaces que serían sus instrucciones, pero hablar con Llewellyn le había servido para serenarse y poder pensar con claridad.

– Habrá heridos en el nivel principal – le dijo a Dai Chuletas -. Tenemos que bajar ahí.

– No podemos – repuso Dai -. La jaula no está aquí.

– Hay una escalera en la pared del pozo, ¿no?

– ¡Pero si son doscientos metros!

– Bueno, es que si fuese un cobardica no me habría hecho minero, ¿no crees? – Hablaba con valentía, aunque en el fondo estaba asustado.

La escalera del pozo no se usaba casi nunca, por lo que podía estar en muy malas condiciones. Un resbalón o un travesaño roto podía hacer que cayese al vacío y se matase.

Dai abrió la verja con un ruido metálico. El pozo estaba revestido de ladrillo y olía a moho y humedad. Un saliente estrecho recorría horizontalmente el perímetro del revestimiento, al otro lado de la estructura donde se encajaba la jaula de madera. Había una escalera de hierro sujeta por abrazaderas que se adherían al ladrillo por medio de cemento. Las frágiles barandillas laterales y los estrechos peldaños no inspiraban demasiada confianza. Billy vaciló un momento, arrepintiéndose de su impulsivo y temerario arranque. Sin embargo, echarse atrás ahora sería demasiado humillante, de modo que inspiró hondo, rezó una oración en silencio y a continuación, se encaramó al saliente.

Lo recorrió hasta alcanzar el pie de la escalera. Se limpió las manos en los pantalones, se agarró a las barandillas laterales y puso los pies en los peldaños.

Comenzó el descenso. El hierro tenía un tacto áspero y rugoso, y el óxido se desprendía y se le quedaba adherido a las manos. En algunos puntos, las abrazaderas estaban sueltas, y la escalera se tambaleaba de forma inquietante bajo sus pies. La lámpara que le colgaba del cinturón emitía luz suficiente para iluminar los peldaños que tenía inmediatamente debajo, pero no el fondo del pozo, aunque no sabía si lamentarlo o agradecerlo.

Por desgracia, el descenso le dio tiempo para pensar. Repasó todos las formas posibles en que podía morir un minero; la muerte a consecuencia de la propia explosión era un final misericordiosamente rápido para los más afortunados. El metano, al arder, producía un dióxido de carbono asfixiante al que los mineros llamaban «mofeta». Muchos de ellos quedaban atrapados en los desprendimientos de roca, e incluso llegaban a perecer desangrados antes de que acudiesen los equipos de rescate. Algunos morían de sed, cuando sus compañeros se hallaban apenas a unos pocos metros de ellos, tratando desesperadamente de abrir un túnel entre los escombros.

De pronto, sintió la necesidad imperiosa de regresar, de volver a subir los peldaños en lugar de adentrarse en aquella cueva de destrucción y de caos… pero no podía hacerlo, sabiendo que Tommy bajaba justo encima de él, siguiéndolo hacia el abismo.

– ¿Estás ahí, Tommy? – gritó.

Oyó la voz de su amigo sobre él.

– ¡Sí!

Aquello logró refortalecerle el ánimo. Empezó a bajar más rápido, recuperando la confianza y la seguridad en sí mismo. No tardó en ver una luz y, al poco, oyó también unas voces. A medida que se iba aproximando al nivel principal, empezó a percibir el olor a humo.

A continuación oyó unos ruidos espeluznantes, unos chillidos y unos golpes, y trató por todos los medios de descifrar su significado. Aquello estuvo a punto de minar toda su confianza, pero decidió serenarse y hacer acopio de todo su valor: tenía que haber alguna explicación racional. Segundos más tarde se dio cuenta de que estaba oyendo los relinchos aterrorizados de los ponis y el sonido que hacían al golpear los costados de madera de los cajones donde estaban encerrados, desesperados por escapar de allí. El hecho de saber de dónde procedía no hacía que aquel ruido resultara más tranquilizador, sino que se sentía exactamente igual que los animales.

Llegó al nivel principal, avanzó a gatas por el saliente de ladrillo, abrió la verja desde dentro y aterrizó de un salto en el suelo enfangado. La escasa luz subterránea era aún menos nítida por el efecto del humo, pero veía los túneles principales.

El embarcador de la parte inferior del pozo era Patrick O’Connor, un hombre de mediana edad que había perdido una mano en un derrumbe. De profundas convicciones católicas, todos lo conocían por el inevitable apodo de Pat el Papa. Lo miró sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

– ¡Billy de Jesús! – exclamó -. ¿De dónde carajo sales tú?

– Del filón de los cuatro pies – respondió Billy -. Hemos oído la explosión.

Tommy apareció en ese momento detrás de Billy y dijo:

– ¿Qué ha pasado, Pat?

– Creo que la explosión debe de haber sido en el otro extremo de este nivel, en Tisbe – dijo Pat -. El ayudante del capataz y los demás han ido a ver qué ha pasado. – Hablaba en tono tranquilo, pero había un brillo de desesperación en su mirada.

Billy se aproximó al teléfono y accionó la manivela. Al cabo de un momento, oyó la voz de su padre.

– Williams al aparato, ¿quién es?

Billy no se paró a preguntarse por qué un representante sindical estaba respondiendo al teléfono del capataz de la mina; en una emergencia, podía pasar cualquier cosa.

– Papá, soy yo, Billy.

– Gracias a Dios Todopoderoso… ¡estás bien! – exclamó su padre, con la voz quebrada. Acto seguido, volvió a recobrar su entereza habitual -. Cuéntame lo que sabes, muchacho.

– Tommy y yo estábamos en el filón de los cuatro pies. Hemos bajado por Píramo hasta el nivel principal. Creemos que la explosión ha sido por la zona de Tisbe, y hay algo de humo, no mucho, pero la jaula no funciona.

– El mecanismo del cabrestante ha quedado dañado por la onda expansiva ascendente – dijo el padre con voz serena -, pero estamos tratando de repararlo y estará arreglado dentro de unos minutos. Procura reunir al máximo número de hombres en el fondo del pozo para que podamos empezar a subirlos en cuanto la jaula vuelva a funcionar.

– De acuerdo.

– El pozo Tisbe ha quedado completamente inutilizado, así que asegúrate de que nadie intenta escapar por ahí, porque podrían quedar atrapados por el fuego.

– Es verdad.

– Hay aparatos respiradores de oxígeno en la puerta de la oficina de los ayudantes.

Billy ya lo sabía, pues se trataba de una innovación reciente, reclamada por el sindicato y obligatoria tras la aprobación de la Ley de Minas de Carbón de 1911.

– El aire no está contaminado ahora mismo – dijo.

– Puede que no donde te encuentras tú, pero más adentro puede estar peor.

– Tienes razón. – Billy colgó el aparato.

Repitió a Tommy y a Pat lo que había dicho su padre. Pat señaló una hilera de armarios nuevos.

– La llave debería estar en la oficina.

Billy corrió a la oficina de los ayudantes del capataz, pero no vio ninguna llave. Supuso que alguien debía de llevarlas colgadas del cinturón. Miró de nuevo la hilera de armarios, cada uno de ellos con una etiqueta donde se leía: APARATO RESPIRADOR. Estaban hechos de hojalata.

– ¿Hay alguna palanqueta, Pat? – dijo.

El operario tenía una caja de herramientas para reparaciones de poca envergadura, y le dio un destornillador de aspecto resistente. Billy abrió rápidamente el primer armario.

Estaba vacío.

Billy se quedó boquiabierto, incrédulo.

– ¡Nos han engañado! – exclamó Pat.

– Cerdos capitalistas… – murmuró Tommy.

Billy abrió otro armario, que también resultó estar vacío. Abrió los demás con brutalidad furiosa, ansioso por denunciar la falta de escrúpulos de Celtic Minerals y Perceval Jones.

– Ya nos las arreglaremos sin ellos – dijo Tommy, que estaba impaciente por ponerse en marcha.

Sin embargo, Billy trataba de decidir cuáles eran las mejores opciones. Dirigió la vista hacia la vagoneta de incendios, el penoso sucedáneo que la dirección de la mina había encontrado para paliar la falta de un camión de bomberos en condiciones: una vagoneta llena de agua equipada con una bomba manual. No era inútil del todo, porque Billy la había visto en funcionamiento después de lo que los mineros llamaban un «destello», cuando una pequeña cantidad de grisú entraba en combustión, brevemente, y se arrojaban todos al suelo. El destello a veces incendiaba el polvo de carbón de las paredes de la galería, que entonces debían ser rociadas con agua.

– Nos llevaremos la vagoneta de incendios – le propuso a Tommy.

Ya estaba en los raíles, y los dos lograron empujarla para hacerla avanzar. A Billy se le pasó por la cabeza engancharle un poni delante, pero luego decidió que eso les haría perder tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que los animales estaban aterrorizados.

Pat el Papa dijo:

– Mi hijo, Micky, está trabajando en la sección de Marigold, pero no puedo ir a buscarlo, tengo que quedarme aquí. – Su cara era el vivo reflejo de la desesperación, pero en caso de emergencia, el embarcador debía permanecer junto al pozo, era una regla inquebrantable.

– Haré todo lo que pueda por encontrarlo – le prometió Billy.

– Gracias, chico.

Los dos muchachos empujaron la vagoneta por la vía principal. Las vagonetas no iban equipadas con frenos, sino que los conductores las detenían colocando una pesada cuña de madera en los radios de las ruedas. Las vagonetas sueltas, que circulaban sin control, habían causado muchas muertes e innumerables heridas entre los mineros.

– No vayamos muy rápido – dijo Billy.

Ya llevaban recorrido medio kilómetro del interior del túnel cuando advirtieron que se elevaba la temperatura y el humo se espesaba. No tardaron en oír voces. Siguiendo la trayectoria del sonido, enfilaron hacia el ramal de una galería. Saltaba a la vista que era un filón en pleno proceso de explotación, pues, a uno y otro lado y a intervalos regulares, Billy vislumbró las entradas de los lugares de trabajo de los hombres, a los que solían llamar puertas, pero que a veces eran simples agujeros. Cuando el ruido empezaba a hacerse más intenso, dejaron de empujar la vagoneta y miraron hacia delante.

El túnel estaba en llamas, y el fuego lamía con furia las paredes y el suelo. Había un puñado de hombres a un lado del incendio, con la silueta recortada contra el resplandor como las almas de los condenados en el infierno. Uno de ellos llevaba una manta en la mano y golpeaba con ella un cúmulo de maderos para extinguir el fuego, sin éxito. Otros hombres gritaban, pero nadie atendía sus gritos. A lo lejos, apenas visible, había un tren de vagonetas. El humo estaba impregnado de una extraña pestilencia a carne asada, y Billy se dio cuenta, con una sensación de náusea, de que el olor seguramente provenía del poni que tiraba de las vagonetas.

Billy habló con uno de los hombres.

– ¿Qué pasa?

– Hay compañeros atrapados en sus puertas… pero no podemos llegar hasta ellos.

Billy vio que el hombre que había contestado era Rhys Price. Con razón allí nadie hacía nada…

– Hemos traído la vagoneta de incendios – anunció.

Otro minero se volvió hacia él y Billy se sintió aliviado al comprobar que era John Jones el Tendero, un hombre mucho más sensato.

– ¡Buen trabajo! – exclamó -. Acabemos con este maldito infierno a golpes de manguera.

Billy extendió la manguera mientras Tommy conectaba la bomba. Billy dirigió el chorro de agua al cielo del túnel, para que el agua resbalase por las paredes. No tardó en percatarse de que el sistema de ventilación de la mina, que bajaba por Tisbe y subía por Píramo, estaba empujando las llamas y el humo hacia él. En cuanto tuviera ocasión, les diría a los operarios que había en la superficie que invirtiesen el sentido de los ventiladores. Según la normativa, los aparatos de ventilación reversibles eran ya obligatorios en cualquier explotación minera, otro de los requisitos promulgados por la ley de 1911.

Pese a las dificultades, el fuego empezó a ceder y Billy pudo ir avanzando muy lentamente. Al cabo de un minuto, en la puerta más cercana el fuego ya se había extinguido por completo, y dos mineros salieron corriendo de inmediato, respirando el aire relativamente limpio del túnel. Billy reconoció a los hermanos Ponti, Giuseppe y Giovanni, conocidos como Joey y Johnny.

Algunos de los hombres se precipitaron en el interior de la puerta. John Jones salió con el cuerpo desfallecido de Dai Ponis, el encargado de los caballos, aunque Billy no sabía apreciar si estaba muerto o simplemente había perdido el conocimiento.

– Hay que llevarlo a Píramo, no a Tisbe – le dijo.

– ¿Quién eres tú para ir dando órdenes, Billy de Jesús? – lo increpó Price.

Pero Billy no pensaba perder el tiempo discutiendo con Price. Se dirigió a Jones.

– He hablado por teléfono con la superficie. Tisbe ha quedado muy afectado por la explosión, pero la jaula de Píramo pronto estará en funcionamiento. Me han dicho que les diga a todos que se dirijan a Píramo.

– De acuerdo, se lo diré a los demás – contestó Jones, y se fue.

Billy y Tommy siguieron combatiendo el incendio, apagando las llamas de distintas puertas y rescatando a más hombres atrapados. Algunos sangraban, otros presentaban quemaduras por todo el cuerpo y unos cuantos habían sufrido heridas a causa del desprendimiento de las rocas. Quienes podían caminar acarreaban a los muertos y a las víctimas de heridas graves en una lúgubre procesión.

El agua se terminó demasiado pronto.

– Volveremos a empujar la vagoneta y la llenaremos con el agua que hay en el fondo del pozo – sugirió Billy.

Regresaron juntos, corriendo. La jaula seguía sin funcionar, y ya había aproximadamente una docena de mineros esperando, así como varios cuerpos en el suelo, algunos profiriendo alaridos de dolor, otros inquietantemente inmóviles. Mientras Tommy llenaba la vagoneta con agua manchada de barro, Billy se dirigió al teléfono. De nuevo fue su padre quien contestó la llamada.

– El cabrestante volverá a funcionar dentro de cinco minutos – dijo -. ¿Cómo van las cosas ahí abajo?

– Hemos sacado a algunos muertos y malheridos de las puertas. Envía vagonetas llenas de agua en cuanto puedas.

– ¿Cómo estás tú?

– Yo estoy bien. Escucha, papá, deberías invertir el sentido de la ventilación. Haz que el aire circule hacia abajo por Píramo y que suba por Tisbe, eso alejará el humo y los gases de los equipos de rescate.

– No podemos hacerlo – repuso su padre.

– Pero… ¡es la ley! ¡La ventilación de la mina tiene que ser reversible!

– Perceval Jones les contó a los inspectores una historia lacrimógena y le han dado otro año de plazo para modificar la estructura.

Billy habría blasfemado como un poseso si su padre no hubiese estado al otro lado del teléfono.

– ¿Y si enciendes los aspersores? ¿Puedes hacerlo?

– Sí, eso sí podemos hacerlo – contestó su padre -. ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? – Se estaba dirigiendo a otra persona.

Billy colgó el aparato. Ayudó a Tommy a llenar la vagoneta, turnándose en el manejo de la bomba manual. Tardaba tanto en llenarse como en vaciarse. La procesión de hombres que acudían desde la sección afectada por el incendio empezó a menguar a medida que el fuego seguía campando a sus anchas. Por fin lograron llenar el vagón hasta su capacidad máxima y emprendieron el regreso.

Los aspersores se habían puesto en marcha, pero cuando Billy y Tommy llegaron al lugar del incendio, descubrieron que el chorro de agua que caía de la estrecha cañería superior era demasiado débil para extinguir las llamas. Pese a todo, John Jones había conseguido organizar a los hombres: los supervivientes que habían resultado ilesos debían permanecer a su lado, mientras que enviaba a los heridos capaces de caminar al pozo. En cuanto Billy y Tommy hubieron conectado la manguera, la agarró él mismo y ordenó a otro hombre que empezara a bombear.

– ¡Vosotros dos volved y traed otra vagoneta de agua! Así podemos seguir trabajando con la manguera – dijo.

– De acuerdo – convino Billy, pero antes de dar media vuelta, hubo algo que captó su atención: una figura se dirigía corriendo hacia él, atravesando la cortina de fuego, con la ropa en llamas -. ¡Dios santo! – exclamó Billy, horrorizado. Ante su mirada desolada, la figura se tambaleó y cayó al suelo.

– ¡Apúntame con la manguera! – gritó Billy a Jones y, sin aguardar respuesta, echó a correr en dirección al túnel.

Sintió que un chorro de agua le golpeaba la espalda. El calor era insoportable; le dolía la cara y le ardía la ropa. Agarró al hombre tendido en el suelo por debajo de los brazos y tiró de él, corriendo marcha atrás. No le veía la cara, pero podía ver que se trataba de un muchacho de su misma edad.

Jones seguía manteniendo la manguera enfocada hacia Billy, sin apartarla de él, empapándole el pelo, la espalda y las piernas, pero la parte delantera de su cuerpo estaba completamente seca, y el joven percibió el olor de su propia piel chamuscándose. Chilló de dolor, pero logró sujetar con fuerza al muchacho inconsciente. Un segundo después, ya había salido de la zona del incendio. Se volvió hacia Jones y dejó que le remojara por completo; el agua que le corría por la cara era como una bendición porque, a pesar de que seguía doliéndole, el dolor era soportable.

Jones roció con agua al hombre que yacía en el suelo. Billy le dio la vuelta y vio que se trataba de Michael O’Connor, conocido como Micky el Papa, el hijo de Pat. Este le había pedido a Billy que mantuviera los ojos abiertos por si veía a su hijo.

– Jesús misericordioso, ten piedad de Pat – dijo Billy.

Se agachó y recogió a Micky. El cuerpo estaba inerte y sin fuerzas.

– Lo llevaré al pozo – anunció.

– De acuerdo – dijo Jones, mirando a Billy con una expresión extraña -. Llévalo allí, hijo.

Tommy acompañó a Billy. Este se sentía un poco mareado, pero todavía podía cargar con Micky en brazos. En la galería principal encontraron un equipo de rescate con un poni que tiraba de un pequeño tren de vagones llenos de agua. Debían de venir de la superficie, lo que significaba que la jaula funcionaba y que el rescate ya se estaba realizando de forma organizada, razonó Billy con cansancio.

Tenía razón. Cuando llegó al pozo, la jaula acababa de abrirse de nuevo y de ella salieron más equipos de rescate vestidos con ropa protectora y más vagonetas llenas de agua. Cuando los recién llegados se hubieron dispersado, dirigiéndose al foco del incendio, los heridos empezaron a subir a bordo de la jaula, transportando a los muertos y a los mineros inconscientes.

Cuando Pat el Papa envió la jaula hacia arriba, Billy se acercó a él, con Micky en brazos.

Pat miró a Billy con expresión aterrorizada, negando con la cabeza, como si con aquel gesto pudiese impedir lo inevitable.

– Lo siento mucho, Pat – dijo Billy.

Pat no quería mirar aquel cuerpo.

– No – dijo -. Ese no es mi Micky.

– Lo saqué del fuego – explicó Billy -, pero ya era demasiado tarde, eso es todo. – Y en ese momento, rompió a llorar.


La cena había sido un gran éxito, en todos los sentidos. Bea estuvo de un humor extraordinario, y aseguró que, si por ella fuese, celebraría una recepción real todas las semanas. Fitz acudió a su cama y, tal como él esperaba, ella lo recibió con los brazos abiertos. Se quedó allí hasta la mañana siguiente, cuando se escabulló de la habitación justo antes de que Nina llegase con el té.

El conde temía que el debate entre los hombres hubiese sido demasiado controvertido para una cena real, pero no tenía por qué preocuparse. El rey le dio las gracias durante el desayuno:

– Una discusión fascinante, muy reveladora, justo lo que quería. – Y Fitz se sintió muy orgulloso de sí mismo.

Reflexionando sobre el tema mientras daba unas chupadas a su cigarro de después del desayuno, Fitz descubrió que, en el fondo, la idea de entrar en guerra no le disgustaba. La noche anterior, movido por una especie de acto reflejo, la había calificado de tragedia, cuando lo cierto era que no sería una mala cosa del todo. La guerra lograría unir a toda la nación contra un enemigo común y sofocaría las hogueras del malestar social. Ya no habría más huelgas, y todo el mundo consideraría hablar de republicanismo como un gesto antipatriótico. Puede que hasta las mujeres dejaran de exigir el sufragio. Y en el aspecto más personal, tenía que confesar que le atraía la perspectiva de una guerra, pues sería su oportunidad de ser útil, de demostrar su valor, de servir a su país, de hacer algo a cambio de las riquezas y los privilegios con los que se había visto colmado durante toda su vida.

La noticia de la explosión en la mina, que llegó a media mañana, vino a agriar el buen sabor de boca que había dejado la recepción. Solo uno de los invitados se acercó hasta Aberowen, Gus Dewar, el norteamericano. No obstante, todos tenían la sensación, muy poco habitual para ellos, de estar lejos del centro de atención. Sobre el almuerzo planeó continuamente un ambiente sombrío y lúgubre, y los actos de entretenimiento de la tarde quedaron cancelados. Fitz temía que el rey estuviese disgustado con él, a pesar de que el conde nada tenía que ver con el funcionamiento de la mina. No era director ni accionista de Celtic Minerals, sino que se limitaba a ceder en concesión los derechos de explotación a la empresa, que le pagaba una regalía por tonelada, de modo que estaba seguro de que ninguna persona razonable podía responsabilizarlo por lo ocurrido. Aun así, la nobleza no podía entregarse a pasatiempos mundanos y frívolos mientras había hombres atrapados en el subsuelo, en especial cuando el rey y la reina se hallaban de visita en la zona. Eso significaba que leer y fumar eran las únicas actividades que estaban permitidas. Sin duda la pareja real se aburriría soberanamente.

Fitz estaba muy enfadado. Los hombres morían a todas horas: soldados que perecían en el campo de batalla, marineros que se hundían con sus barcos, trenes que sufrían accidentes, hoteles llenos de huéspedes que se incendiaban hasta quedar reducidos a cenizas… ¿Por qué tenía que ocurrir una catástrofe en la mina justo cuando el rey pasaba unos días de descanso en su casa?

Poco antes de la cena, Perceval Jones, alcalde de Aberowen y director de Celtic Minerals, llegó a la mansión para informar al conde de lo ocurrido y Fitz le preguntó a sir Alan Tite si creía que al rey le gustaría asistir al relato del director de la compañía. «Por supuesto que sí», fue la respuesta, y Fitz se sintió aliviado; así al menos el monarca tendría algo que hacer.

Condujeron a Jones hasta la pieza de recibo, un espacio informal con sillas de tapicería suave, macetas de palmeras y un piano. Llevaba el mismo frac negro que sin duda se habría puesto para ir a la iglesia esa mañana. Un hombre menudo y pretencioso, parecía un pájaro pavoneándose, ataviado con aquel chaleco cruzado gris.

El rey iba vestido con traje de etiqueta.

– Está bien que haya venido – dijo sin más preámbulos.

– Tuve el honor de estrechar la mano de Su Majestad en 1911 – dijo Jones -, cuando vino a Cardiff para la investidura del príncipe de Gales.

– Me alegro de que volvamos a vernos, aunque lamento que sea en tan dramáticas circunstancias – repuso el rey -. Cuénteme lo sucedido en un lenguaje sencillo, como si se lo estuviera relatando a uno de sus compañeros directores mientras están sentados tranquilamente tomando una copa en su club.

«Muy inteligente», pensó Fitz, pues ayudaba a crear el ambiente adecuado… a pesar de que nadie le había ofrecido ninguna copa a Jones y el rey no le había invitado a sentarse.

– Su Majestad es muy amable. – Jones hablaba con acento de Cardiff, más marcado que la entonación de los valles -. Había doscientos veinte hombres en el interior de la mina cuando tuvo lugar la explosión, una cifra inferior al número habitual, porque se trata del turno especial de los domingos.

– ¿Conoce la cifra exacta? – preguntó el rey.

– Oh, sí, majestad, anotamos el nombre de todos los hombres que bajan al pozo.

– Perdone la interrupción. Por favor, prosiga.

– Los dos pozos han resultado dañados, pero los equipos de extinción de incendios han logrado controlar el fuego, con ayuda de nuestro sistema de aspersión, y han evacuado a los hombres. – Consultó su reloj -. Según el último recuento, hace dos horas, han sido rescatados doscientos quince.

– Parece que ha logrado hacer frente a la emergencia con mucha eficacia, Jones.

– Muchas gracias, su majestad.

– ¿Están los doscientos quince vivos?

– No, señor. Ocho han muerto, y otros cincuenta tienen heridas de consideración. Van a necesitar un médico.

– Santo cielo… – exclamó el rey -. Cuánto lo siento…

Mientras Jones explicaba las medidas que se estaban tomando para localizar y rescatar a los cinco mineros restantes, Peel se deslizó en la habitación y se acercó a Fitz. El mayordomo iba ataviado con el uniforme vespertino, listo para servir la cena. Hablando en voz muy baja, dijo:

– Por si resulta de su interés, milord…

– ¿Qué? – susurró Fitz.

– La doncella Williams acaba de regresar de la bocamina. Al parecer, su hermano ha actuado como una especie de héroe. ¿Cree el señor que al rey le gustaría oír la historia de sus propios labios…?

Fitz se quedó pensativo un momento. Williams estaría muy alterada, y cabía la posibilidad de que dijese algo inconveniente en presencia del monarca. Por otra parte, al rey seguro que le gustaría hablar con alguien afectado directamente por la tragedia. Decidió correr el riesgo.

– Majestad – dijo -: una de mis sirvientas acaba de regresar de la mina y puede que traiga noticias más recientes. Su hermano se encontraba en el interior del pozo cuando se produjo la explosión. ¿Desea interrogarla?

– Sí, sí, por supuesto – contestó el rey -. Que venga aquí, por favor.

Al cabo de un momento, Ethel Williams entró por la puerta. Tenía el uniforme manchado de polvo de carbón, pero se había lavado la cara. Hizo una reverencia y el rey preguntó:

– ¿Cuáles son las últimas noticias?

– Majestad, hay cinco hombres atrapados en la sección de Carnation a causa de un derrumbe. El equipo de rescate está abriéndose paso entre los escombros, pero todavía no han podido extinguir el fuego.

Fitz advirtió que la actitud del monarca hacia Ethel era algo distinta. Si apenas había mirado a Perceval Jones y se había dedicado a tamborilear con el dedo en el brazo de la silla mientras lo escuchaba, a Ethel, en cambio, la miraba fijamente, y parecía mucho más interesado en ella. Con un tono de voz más grave, preguntó:

– ¿Qué dice su hermano?

– La explosión de grisú prendió fuego al polvo de carbón, y eso es lo que está ardiendo. El fuego sorprendió a muchos de los hombres en sus lugares de trabajo, y algunos han muerto asfixiados. Mi hermano y los demás no han podido salvarles la vida porque en la mina no había aparatos de respiración.

– Eso no es cierto – protestó Jones.

– Pues yo tengo entendido que sí – lo contradijo Gus Dewar. Como siempre, el estadounidense se mostraba un poco retraído, pero hizo un esfuerzo por hablar en tono insistente -. He hablado con algunos de los hombres que salían del pozo y me han contado que parece ser que los armarios marcados con el cartel de «aparato respirador» estaban vacíos. – Su tono era de indignación contenida.

Ethel Williams intervino:

– Y no han podido apagar el fuego porque no había agua suficiente en los depósitos subterráneos del interior de la mina. – En sus ojos destellaba un brillo furioso que Fitz encontraba absolutamente irresistible, y el conde sintió cómo se le aceleraba el corazón.

– ¡Pero si hay un camión de bomberos! – se defendió Jones.

Gus Dewar volvió a hablar.

– Una vagoneta de carbón llena de agua y una bomba de mano.

Ethel Williams siguió relatando los hechos.

– Deberían haber podido invertir el sentido de la ventilación, pero el señor Jones no ha modificado la maquinaria tal como exige la ley.

Jones parecía indignado.

– No se podía…

Fitz lo interrumpió:

– Tranquilícese, Jones, no estamos ante ninguna comisión de investigación; Su Majestad solo pretende obtener las impresiones de la gente.

– En efecto – dijo el rey -, pero hay una cuestión acerca de la cual tal vez podría usted aconsejarme, Jones.

– Será para mí un honor…

– Tenía previsto visitar Aberowen y algunos de los pueblos de los alrededores mañana por la mañana, así como ir a verlo a usted en su ayuntamiento, pero dadas las circunstancias, una visita de la comitiva real, con toda su fastuosidad, por la comarca no me parece una idea muy oportuna.

Sir Alan, sentado detrás del hombro izquierdo del monarca, negó con la cabeza y murmuró:

– Imposible.

– Por otra parte – siguió diciendo el rey -, tampoco me parece adecuado marcharme sin dar ninguna muestra pública de mi preocupación ante el desastre. El pueblo podría pensar que nos resulta indiferente.

Fitz supuso que había discrepancias entre las intenciones del rey y los deseos de sus asistentes personales, quienes seguramente querían cancelar la visita, pensando que era la opción menos arriesgada, mientras que el rey sentía la necesidad de realizar algún gesto.

Se produjo un silencio mientras Perceval sopesaba las ventajas y los inconvenientes del asunto.

Cuando al fin habló, se limitó a decir:

– Es una cuestión peliaguda.

Ethel Williams intervino entonces.

– ¿Podría hacer una sugerencia?

Peel se mostró horrorizado.

– ¡Williams! – exclamó -. ¡Habla solo cuando se dirijan a ti!

Fitz estaba estupefacto por la impertinencia de la doncella en presencia del rey, de modo que intentó conservar el tono tranquilo de su voz cuando dijo:

– Tal vez más tarde, Williams.

Sin embargo, el rey sonrió. Para alivio de Fitz, parecía muy impresionado con Ethel.

– No, no importa. Oigamos lo que esta jovencita tiene que proponernos – dijo.

Eso era todo cuanto Ethel necesitaba. Sin más preámbulos, le espetó:

– La reina y Su Majestad deberían visitar a las familias de los fallecidos. Nada de comitivas reales, solo un carruaje con caballos negros. Eso significaría mucho para ellas, y todo el mundo pensaría que es un soberano maravilloso. – Se mordió el labio y se quedó en silencio.

Esa última frase contravenía todas las normas del protocolo, pensó Fitz, angustiado; el rey no necesitaba que la gente pensase que era maravilloso.

Sir Alan estaba horrorizado.

– Nunca se ha hecho nada semejante – repuso, alarmado.

Pero el rey parecía intrigado ante aquella idea.

– Visitar a los familiares de los fallecidos… – dijo en tono reflexivo. Se volvió hacia su ayuda de cámara -. ¡Cielos! Me parece que eso es fundamental, Alan: acompañar a mi pueblo en su sufrimiento. Nada de comitiva real, solo un carruaje. – Se dirigió a la doncella -: Muy bien, Williams – dijo -. Gracias por darme su opinión.

Fitz lanzó un suspiro de alivio.

Al final, hubo más de un carruaje, por supuesto. El rey y la reina iban delante con sir Alan y una dama de honor; Fitz y Bea los seguían en el segundo, junto al obispo, mientras que un puñado de sirvientes encima de una carreta tirada por un poni cerraba la comitiva. A Perceval Jones le habría gustado formar parte del séquito, pero Fitz rechazó semejante posibilidad. Tal como Ethel había señalado, al verlo, los familiares de los fallecidos se le habrían arrojado a la yugular.

Hacía mucho viento, y una lluvia fría azotaba el lomo de los caballos mientras recorrían al trote el largo camino de entrada de Ty Gwyn. Ethel ocupaba el tercer vehículo. Gracias al trabajo de su padre, la muchacha conocía a todas las familias mineras de Aberowen, y era la única persona de la mansión que sabía los nombres de las víctimas mortales y los heridos. Había dado instrucciones a los cocheros, y su labor consistiría en recordarle al ayuda de cámara del rey quién era quién. En ese momento, la doncella tenía los dedos cruzados; había sido idea suya, y si algo salía mal todos le echarían la culpa.

Cuando atravesaban las majestuosas puertas de hierro forjado, Ethel sintió una mezcla de desasosiego y desconcierto, como siempre, ante el súbito contraste. En el interior del recinto de la finca todo era orden, encanto y belleza, mientras que fuera se hallaba la monstruosidad del mundo real. Junto a la carretera se veía la hilera de casas de los labriegos, casuchas diminutas de dos habitaciones, con leños y cachivaches desperdigados por toda la parte delantera y un par de chiquillos sucios jugando en la cuneta. A pocos metros de allí empezaban las casas de los mineros, mejores que las viviendas de los campesinos pero anodinas y sin gracia pese a todo para el gusto estético de Ethel, mal acostumbrado por las proporciones perfectas de los ventanales, los tejados y los dinteles de Ty Gwyn. Los habitantes de aquellas zonas vestían ropas baratas que no tardaban en adquirir un aspecto informe y gastado, y estaban teñidas con tintes que enseguida perdían el color, de manera que todos los hombres iban con trajes grisáceos y las mujeres, con vestidos del mismo tono pardusco. El uniforme de doncella de Ethel era la envidia del vecindario por la cálida lana de la falda y la blusa de algodón almidonado, a pesar de que algunas de las muchachas se jactaban de que nunca serían capaces de rebajarse a trabajar como sirvientas. Sin embargo, la mayor diferencia estaba en las propias personas: fuera de Ty Gwyn todos tenían la piel llena de manchas, el pelo sucio y las uñas negras. Los hombres tosían, las mujeres se sorbían la nariz y todos los niños iban llenos de mocos. Los pobres recorrían cojeando o caminando con gran esfuerzo las mismas carreteras por las que los ricos transitaban con paso seguro y arrogante.

Los carruajes descendieron por la ladera de la colina en dirección a Mafeking Terrace. La mayoría de los habitantes del distrito abarrotaban las calles, esperando el paso de la comitiva, pero ninguno de ellos portaba ninguna bandera, y tampoco lanzaban vítores, sino que se limitaban a inclinar la cabeza y hacer una reverencia mientras la carroza real se detenía en la puerta del número 19.

Ethel bajó de un salto y habló en voz baja con sir Alan.

– Sian Evans, cinco hijos, ha perdido a su marido, David Evans, mozo de caballos. – También llamado Dai Ponis, Ethel lo había conocido en vida, pues era uno de los miembros del consejo de la Iglesia de Bethesda.

Sir Alan asintió con la cabeza y Ethel dio un paso atrás hábilmente mientras el ayuda de cámara le murmuraba la información al rey al oído. Ethel vio que Fitz la miraba y le hacía una seña de aprobación con la cabeza. La muchacha sintió que resplandecía de orgullo: estaba ayudando al rey… y el conde se mostraba muy contento con ella.

El rey y la reina se dirigieron a la puerta de la casa, cuya pintura se estaba descascarillando, pero el escalón se veía reluciente. «Nunca me habría imaginado algo así – se dijo Ethel -: el rey llamando a la puerta de la casa de un minero.» El monarca iba vestido con traje de etiqueta y sombrero de copa, pues Ethel había insistido a sir Alan diciéndole que a los habitantes de Aberowen no les gustaría ver a su rey luciendo la misma clase de traje de tweed que podían llevar ellos mismos.

La viuda acudió a abrir la puerta ataviada con sus mejores galas, tocada incluso con un sombrero. Fitz había sugerido que la visita del rey cogiese por sorpresa a los habitantes del valle, pero Ethel había desaconsejado esa posibilidad y sir Alan se había mostrado de acuerdo con ella. Durante una visita sorpresa a una familia destrozada por el dolor, la pareja real podría haberse encontrado con un puñado de hombres borrachos, mujeres semidesnudas y niños enzarzados en una pelea. Lo mejor era avisar de antemano a todo el mundo.

– Buenos días, soy el rey – dijo el monarca, levantándose el sombrero educadamente -. ¿Es usted la señora Evans?

La mujer pareció quedarse perpleja un momento, porque estaba más acostumbrada a que la llamasen señora de Dai Ponis.

– He venido a transmitirle cuánto lamento la pérdida de su marido, David – dijo el rey.

La señora de Dai Ponis estaba demasiado nerviosa para sentir alguna emoción.

– Muchas gracias – dijo con rigidez.

Ethel vio que la situación era demasiado forma el rey estaba tan incómodo como la viuda, y ninguno era capaz de expresar lo que sentía realmente.

En ese momento, la reina tocó el brazo de la señora de Dai Ponis.

– Debe de ser muy duro para usted, querida – dijo.

– Sí, señora, lo es – respondió la viuda en un susurro, y acto seguido se echó a llorar.

La propia Ethel se secó una lágrima que le rodaba por la mejilla.

El rey se sentía incómodo, pero logró, pese a todo, estar a la altura, murmurando:

– Muy triste, muy triste…

La señora Evans lloraba desconsoladamente, pero parecía clavada al suelo, y ni siquiera volvió la cara. El dolor no tenía nada de elegante, se dijo Ethe la cara de aquella mujer estaba colorada como un tomate, la boca abierta delataba que había perdido al menos la mitad de los dientes, y en sus sollozos se oía el aliento bronco de la desesperación.

– Llore, querida, llore – dijo la reina, al tiempo que le ofrecía su pañuelo -. Tenga, tome esto.

La señora de Dai Ponis no había cumplido todavía la treintena, pero tenía las enormes manazas hinchadas y llenas de bultos por la artritis, como si fuera una anciana. Se limpió la cara con el pañuelo de la reina, y poco a poco se fue calmando.

– Era un buen hombre, señora – dijo -. Nunca me puso la mano encima.

La reina no sabía qué decir de un hombre cuya principal virtud era que no pegaba a su mujer.

– Era amable hasta con sus ponis – añadió la señora Evans.

– Estoy convencida de que lo era – repuso la reina, pisando de nuevo terreno familiar.

Un niño pequeño salió del interior de la casa y se aferró a las faldas de su madre. El rey volvió a intentarlo.

– Tengo entendido que es madre de cinco hijos – dijo.

– Oh, señor, ¿y qué van a hacer los pobrecillos sin un padre?

– Es muy triste – repitió el rey.

Sir Alan emitió un carraspeo y el rey anunció:

– Ahora vamos a ir a ver a otras familias en la misma situación que la suya.

– Oh, señor, ha sido muy amable por venir aquí. No sabe cuánto significa eso para mí. Gracias, muchísimas gracias.

El rey se volvió para marcharse.

– Rezaré por usted esta noche, señora Evans – dijo la reina. Y a continuación siguió al rey.

Cuando subían al carruaje, Fitz entregó a la señora Evans un sobre en cuyo interior, tal como Ethel ya sabía, había cinco soberanos de oro y una nota escrita a mano en el papel de cartas azul con el escudo de Ty Gwyn, con la siguiente frase: «Es el deseo del conde Fitzherbert que acepte esto en señal de sus profundas condolencias».

Y aquello, también, había sido idea de Ethel.


Una semana después de la explosión, Billy acudió a la iglesia con su padre, su madre y el abuelo.

El templo de la Iglesia de Bethesda era una estancia encalada con las paredes desnudas, desprovistas de cuadros u otras imágenes religiosas. Las sillas estaban dispuestas en filas ordenadas a cada uno de los cuatro costados de una sencilla mesa sobre la que había una barra de pan blanco en una bandeja de porcelana de Woolworth y una jarra de jerez barato: el pan y el vino simbólicos. El oficio no recibía el nombre de «comunión» o «misa», sino sencillamente la «partición del pan».

Hacia las once de la mañana, la congregación formada por un centenar de fieles aproximadamente se hallaba sentada en sus asientos, los hombres vestidos con sus mejores trajes, las mujeres con la cabeza cubierta por sombreros y los niños bien lavados y aseados a conciencia, trasteando en las filas del fondo. No había ningún ritual preestablecido: los hombres harían lo que el Espíritu Santo les impulsase a hacer, como improvisar una oración, anunciar un himno, leer un pasaje de la Biblia o pronunciar un breve sermón. Las mujeres permanecerían en silencio, por supuesto.

Aunque, en la práctica, sí se seguían ciertas pautas: la primera oración siempre la pronunciaba uno de los miembros más veteranos de la comunidad, quien entonces partía el pan y pasaba la bandeja al siguiente. Cada uno de los miembros de la congregación, excepto los niños, tomaba un pequeño pedazo y se lo comía. A continuación, se pasaba el vino, y todos bebían de la jarra, las mujeres dando pequeños sorbos y algunos de los hombres echándose unos buenos tragos. Después, todos se mantenían callados hasta que alguien sentía la necesidad de hablar.

Cuando Billy le preguntó a su padre a qué edad podía empezar a participar activamente, tomando la palabra, en el oficio, este le contestó: «No hay ninguna regla establecida. Seguimos lo que nos dicta el Espíritu Santo». Billy aplicó aquello al pie de la letra. Si le venía a la cabeza la primera frase de algún himno en algún momento de la hora que duraba el servicio, el muchacho lo interpretaba como una señal del Espíritu Santo y se levantaba para anunciar el himno. Era precoz por hacer algo así a tan temprana edad, lo sabía, pero la congregación lo aceptaba de buena gana. La historia de que Jesús se le había aparecido durante su iniciación en la galería había corrido como la pólvora en la mitad de las iglesias de los valles mineros de Gales del Sur, y todos consideraban a Billy un chico especial.


Aquella mañana, todas las plegarias iban dirigidas al consuelo de los familiares de los fallecidos, en especial de la señora de Dai Ponis, que estaba allí sentada con el rostro cubierto por un velo, acompañada de su hijo mayor, que parecía asustado. El padre de Billy pidió a Dios generosidad del corazón para perdonar la maldad de los dueños de la mina por haber burlado las leyes sobre los equipos de respiración y los sistemas de ventilación reversible. Billy sintió que se olvidaba de algo; no bastaba con pedir consuelo, lo que él quería era ayuda para comprender cómo encajaba aquella explosión en los designios de Dios.

Nunca había improvisado una oración. Muchos de los hombres rezaban con frases grandilocuentes y citas de las Escrituras, casi como si estuviesen pronunciando un sermón. Billy, por su parte, sospechaba que el Señor no se impresionaba con tanta facilidad, que siempre se conmovía más con las plegarias sencillas que nacían directamente del corazón.

Hacia el final del oficio, distintas frases y palabras empezaron a tomar forma en su cabeza, y Billy sintió el poderoso impulso de ponerles voz. Interpretando aquello como la voluntad del Espíritu Santo, decidió ponerse en pie.

Con los ojos cerrados, dijo:

– Oh, Dios, te hemos pedido esta mañana que brindes consuelo a aquellas personas que han perdido a un marido, a un padre, a un hijo, especialmente a nuestra hermana en el Señor, la señora Evans, y oramos para que los familiares abran sus corazones para recibir Tu bendición.

Otros antes que él habían dicho eso mismo. Billy hizo una pausa y a continuación, prosiguió su discurso:

– Y ahora, Señor, te pedimos que nos concedas otra bendición: otórganos el don de la comprensión. Tú, que todo lo puedes, ¿por qué permitiste que el grisú inundase la galería principal, y por qué dejaste que se prendiese fuego? ¿Cómo permites, Señor, que nos dirijan personas, los directores de Celtic Minerals, que en su afán por ganar dinero, descuiden las vidas de Tu gente? ¿Cómo es posible que las muertes de hombres buenos y la mutilación de los cuerpos que Tú mismo creaste sirvan a Tu propósito divino?

Hizo otra pausa de nuevo. Era consciente de que no estaba bien ir con exigencias a Dios, como si estuviese negociando con el patrón de la empresa, de manera que añadió:

– Sabemos que el sufrimiento de los habitantes de Aberowen tiene que desempeñar algún papel en Tu plan para la eternidad. – Se le ocurrió que seguramente era mejor dejarlo ahí, pero no pudo reprimir el impulso de proseguir -: Pero, señor, no vemos cómo, así que, por favor, ilumínanos.

Terminó diciendo: – En el nombre de Jesucristo Nuestro Señor.

– Amén – respondió la congregación al unísono.

Esa tarde, todos los habitantes de Aberowen habían sido invitados a ver los jardines de Ty Gwyn, y el acontecimiento implicaba mucho trabajo para Ethel.

Habían colgado un anuncio en los pubs el sábado por la noche, y el mensaje se había leído en las iglesias y los templos después del culto del domingo por la mañana. Los jardines estaban espectacularmente hermosos con motivo de la visita del rey, pese a la estación invernal, y el conde Fitzherbert deseaba compartir aquella belleza con sus vecinos, según rezaba la invitación. El conde llevaría corbata negra y le gustaría que los visitantes luciesen un detalle similar en señal de respeto por los muertos. A pesar de que, por razones evidentes, sería impropio celebrar un ágape, se servirían algunos refrigerios.

Ethel había ordenado la instalación de tres toldos en el césped de los jardines del ala este. En uno de ellos había una docena de barriles de cerveza de malta de quinientos litros de capacidad, que habían sido transportados en tren desde la fábrica de cerveza Crown de Pontyclun. Para los abstemios, muy numerosos en Aberowen, en el siguiente toldo había mesas de caballetes con vasijas de té gigantescas y centenares de tazas y platos. En el tercer toldo, el más pequeño, se ofrecía jerez a la exigua clase media de la ciudad, entre los que se contaban el párroco anglicano, los dos médicos y el capataz de la mina, Maldwyn Morgan, a quien ya todo el mundo llamaba Morgan «Se ha ido a Merthyr».

Por fortuna, hacía un día espléndido, frío pero seco, con unas pocas nubes blancas de aspecto inofensivo en un cielo azul intenso. Acudieron cuatro mil personas, casi la totalidad de la población de la ciudad, y casi todos llevaban una corbata, un lazo o un brazalete negros en señal de duelo. Se paseaban entre los arbustos, se asomaban a los ventanales que daban al interior de la casa y pisoteaban el césped.

La princesa Bea optó por quedarse en su habitación, pues no se trataba de la clase de acto social en el que quisiera prodigarse. Según la propia experiencia de Ethel, todos los componentes de las clases altas de la sociedad solían ser personas muy egoístas, pero Bea había elevado aquel egoísmo a la categoría de arte. Concentraba todas sus energías en complacer sus propios antojos y en salirse siempre con la suya. Incluso cuando ofrecía una recepción o una fiesta – algo que se le daba estupendamente – lo hacía movida únicamente por su afán de hacer gala ante los demás de todo su encanto y hermosura.

Fitz decidió recibir a los asistentes en el esplendor gótico-victoriano del Gran Salón, con su enorme perro tumbado en el suelo junto a él, como si fuera una alfombra de piel. Llevaba el traje de tweed de color marrón que lo hacía parecer más accesible, aunque lo combinaba con una camisa de cuello duro y corbata negra. «Está más guapo que nunca», pensó Ethel.

La doncella era la encargada de llevar ante él a los familiares de los muertos y los heridos, en grupos de tres o cuatro personas, para que el conde pudiese ofrecer su más sentido pésame a todos los habitantes de Aberowen afectados por la tragedia. Hablaba con cada uno de ellos con su don de gentes habitual, y todos se despedían sintiéndose especiales.

Ethel se había convertido en la nueva ama de llaves. Tras la visita del rey, la princesa Bea insistió en que la señora Jevons se jubilase definitivamente; no tenía tiempo para sirvientas viejas y cansadas. Vio en Ethel a alguien capaz de trabajar de manera incansable para colmar todos sus deseos, y se encargó personalmente de concederle el ascenso a pesar de su juventud e inexperiencia. Así, Ethel consiguió su máxima ambición: se trasladó al pequeño cuarto del ama de llaves, en el ala del servicio, y colgó en la pared una fotografía de sus padres, engalanados con sus mejores trajes, tomada delante de la Iglesia de Bethesda el día que el templo abrió sus puertas.

Cuando Fitz llegó al final de la lista, Ethel pidió permiso para pasar un rato con su familia.

– Por supuesto, no faltaba más… – contestó el conde -. Tómate el tiempo que quieras. Has estado absolutamente maravillosa. No sé cómo nos las habríamos ingeniado sin ti. El rey también quiso que te transmitiera su agradecimiento. ¿Cómo puedes recordar todos esos nombres?

La muchacha sonrió. No estaba segura de por qué sentía esa extraña emoción en el estómago cada vez que él le dedicaba un halago.

– La mayoría de ellos han estado en nuestra casa alguna vez, para hablar con mi padre sobre posibles compensaciones por un accidente laboral, o acerca de una disputa con algún capataz, o por algún problema relacionado con las medidas de seguridad en la mina.

– Bueno, pues a mí me parece toda una proeza – dijo, y la obsequió con la sonrisa irresistible que esbozaba de vez en cuando y que casi le hacía parecer un hombre normal y corriente, cercano y familiar -. Presenta mis respetos a tu padre de mi parte.

La joven salió y atravesó el césped corriendo; se sentía la reina del universo. Encontró a su padre, a su madre, al abuelo y a Billy en la carpa del té. Su padre estaba muy elegante con su traje negro de los domingos y la camisa blanca de cuello duro. Billy tenía una quemadura de muy mal aspecto en la mejilla.

– ¿Cómo te encuentras, Billy, hermanito? – preguntó Ethel.

– Mucho mejor. La quemadura tiene una pinta espantosa, pero dice el médico que es mejor que no me la tape.

– Todo el mundo comenta lo valiente que fuiste.

– Sí, ya, pero no lo bastante para llegar a tiempo de salvar a Micky el Papa.

No se podía decir nada ante aquellas palabras, pero Ethel le tocó el brazo en un gesto de compasión.

– Billy ha dirigido una plegaria esta mañana en Bethesda – dijo la madre con orgullo. – ¡Buen trabajo, Billy! Siento habérmela perdido. – Ethel no había ido al templo, pues había mucho por hacer en la casa -. ¿En qué consistía tu plegaria? – Le he pedido al Señor que nos ayude a entender por qué ha permitido que haya habido una explosión en la mina. – Billy lanzó una mirada inquieta a su padre, que no sonreía. – Billy habría hecho mejor pidiéndole a Dios que fortaleciese su fe – repuso el cabeza de familia con tono severo -, para que pueda creer sin necesidad de entender.

Saltaba a la vista que ambos ya habían discutido por culpa de aquello. Ethel no tenía paciencia para disputas teológicas que, al final, nunca llevaban a ninguna parte. Trató de distender un poco el ambiente.

– El conde Fitzherbert me ha pedido que te presente sus respetos de su parte, papá

– dijo -. ¿No te parece todo un detalle? El padre no se inmutó. – Lamenté mucho ver cómo participabas en esa farsa del lunes pasado – contestó en tono férreo. – ¿El lunes? – exclamó ella, incrédula -. ¿Cuando el rey fue a visitar a las familias? – Te vi susurrarle los nombres a ese fantoche. – Ese «fantoche», como tú lo llamas, era nada menos que sir Alan Tite. – Me da lo mismo cómo se haga llamar, sé reconocer a un lameculos en cuanto lo veo. Ethel no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que su padre menospreciase de ese modo uno de los mayores logros de su vida? Tuvo ganas de echarse a llorar. – ¡Creí que te sentirías orgulloso de mí, por haber ayudado al rey! – ¿Cómo se atreve el rey a ofrecer sus condolencias a nuestra gente, eh? ¿Qué sabe el rey del peligro y de una vida llena de penalidades? Ethel luchó por contener las lágrimas. – Pero, papá, significó mucho para tantas personas que el rey en persona acudiera a verlas… – Con eso, lo único que hizo fue desviar la atención de las acciones peligrosas e ilegales de Celtic Minerals. – ¡Pero necesitan consuelo! – ¿Cómo no se daba cuenta su padre de aquello? – El rey los ha ablandado. El domingo por la tarde, esta ciudad estaba dispuesta a levantarse y encabezar una revuelta, pero el lunes por la noche, de lo único que hablaban era de cómo la reina le había dado su pañuelo a la señora de Dai Ponis. Ethel pasó de la tristeza a la indignación en un abrir y cerrar de ojos. – Pues lamento mucho que pienses así – dijo fríamente.

– No tienes que lamentar…

– Lo lamento porque estás equivocado – repuso la joven, que lo interrumpió con firmeza.

El padre se quedó de una pieza. No estaba acostumbrado a que los demás le dijesen que estaba equivocado, y mucho menos una mocosa como aquella.

– Oye, Eth… – trató de intervenir su madre.

– Las personas tienen sentimientos, papá – dijo la joven temerariamente -. Eso es lo que siempre se te olvida.

El padre se había quedado sin habla.

– ¡Bueno, basta ya! – exclamó la madre.

Ethel miró a Billy. A través de un velo de lágrimas, vio su expresión de impresionada admiración, y eso la envalentonó aún más. Suspiró, se secó los ojos con el dorso de la mano y siguió hablando:

– Tú y tu sindicato, y tus normas de seguridad y tus Escrituras… ya sé que son importantes, papá, pero no puedes olvidarte de los sentimientos de la gente. Espero que algún día el socialismo consiga hacer que el mundo sea un lugar mejor para la clase trabajadora, pero entretanto, las personas necesitan consuelo.

El padre consiguió recobrar la voz al fin.

– Me parece que ya hemos tenido bastante por hoy – dijo -. Lo de estar con el rey se te ha subido a la cabeza. Solo eres una cría, y no eres quién para ir por ahí dando sermones a tus mayores.

Ethel estaba hecha un mar de lágrimas, demasiado nerviosa para seguir discutiendo con su padre.

– Lo siento, papá – dijo. Tras un silencio que se hizo eterno, añadió -: Será mejor que vuelva al trabajo.

El conde le había dicho que se tomara el tiempo que quisiera, pero lo que deseaba era estar sola. Le dio la espalda a la mirada impregnada de ira de su padre y regresó a la mansión cabizbaja, con la esperanza de que nadie se percatase de que estaba llorando.

No quería tropezarse con nadie, de modo que se deslizó en el interior de la Suite Gardenia. Lady Maud había regresado a Londres, por lo que la habitación estaba vacía y la cama, deshecha. Ethel se arrojó encima del colchón desnudo y siguió dando rienda suelta a sus lágrimas.

Se sentía tan orgullosa de sí misma… ¿Cómo podía su padre rechazar así todo lo que había conseguido? ¿Es que quería acaso que no destacase en su trabajo, que lo hiciese todo mal? Trabajaba para la nobleza, sí, pero exactamente igual que todos los mineros del carbón en Aberowen. A pesar de que la empresa que los contrataba era Celtic Minerals, era el carbón del conde lo que extraían de la mina, y a este le pagaban lo mismo por tonelada que al minero que lo sacaba de la tierra, un hecho que su padre nunca se cansaba de señalar. Si estaba bien ser un buen minero, eficiente y productivo, ¿qué tenía de malo ser una buena ama de llaves?

Oyó el ruido de la puerta al abrirse, y se incorporó de un salto. Era el conde.

– ¿Se puede saber qué diablos te ocurre? – preguntó, inquieto -. Se te oye desde el otro lado de la puerta.

– Lo siento mucho, milord. No debería haber entrado aquí.

– No pasa nada. – Su gallardo rostro mostraba una preocupación auténtica -. ¿Por qué lloras?

– Estaba tan orgullosa por haber ayudado al rey… – le confió, compungida -, pero mi padre dice que todo fue una farsa, que solo fue para aplacar la ira de la gente hacia Celtic Minerals. – Y rompió a llorar de nuevo.

– Menuda tontería… – dijo el conde -. Todo el mundo vio que la preocupación del rey era auténtica, al igual que la de la reina. – Extrajo el pañuelo de hilo blanco del bolsillo delantero de su chaqueta. Ethel esperaba que se lo ofreciera, pero en lugar de eso, el conde le enjugó las lágrimas él mismo, con suma delicadeza -. Yo me sentí muy orgulloso de ti el lunes pasado, aunque tu padre no lo estuviera.

– Es usted muy amable.

– Bueno, bueno, no es para tanto… – dijo, y se inclinó hacia ella y la besó en los labios.

Ethel se quedó atónita. Era lo último que esperaba. Cuando él se incorporó, ella lo escrutó con expresión de perplejidad.

Él la miró fijamente.

– Eres absolutamente encantadora – dijo en voz baja, y la besó de nuevo.

Esta vez, ella lo apartó de sí.

– Milord, ¿qué hace? – exclamó en un susurro escandalizado.

– No lo sé.

– Pero ¿en qué está pensando para hacer una cosa así?

– No estoy pensando nada en absoluto.

La joven se quedó mirando su rostro cincelado. Aquellos ojos verdes la observaban muy atentamente, como tratando de leerle el pensamiento. Se dio cuenta de hasta qué punto adoraba a aquel hombre, y de pronto, una oleada de deseo y excitación se apoderó de su cuerpo.

– Es que no puedo evitarlo – dijo él, a modo de excusa.

Ella lanzó un suspiro de felicidad.

– Pues en ese caso, béseme otra vez.

<p>Capítulo 3</p>

Febrero de 1914

A las diez y media, el espejo de la entrada de la casa de Mayfair del conde Fitzherbert reflejaba la imagen de un hombre alto, vestido de forma impecable con el traje de día de un caballero inglés de clase alta. Llevaba una camisa de cuello duro que delataba su desdén por los cuellos lacios, y lucía una perla prendida en la corbata plateada. Algunos de sus amigos opinaban que era indecoroso vestir bien. «Te aseguro, Fitz, que pareces un maldito sastre, a punto de abrir su comercio por la mañana», le había dicho una vez el joven marqués de Lowther. Sin embargo, Lowthie era un hombre sucio y desaliñado, que siempre iba con el chaleco lleno de migas y los puños de la camisa manchados de ceniza de cigarro, y quería que todo el mundo fuese igual de desastrado que él. Fitz detestaba llevar la ropa sucia; le sentaba bien ir siempre pulcro y elegante.

Se puso un sombrero de copa de color gris. Empuñando el bastón con la mano derecha y con un par de guantes de ante gris en la izquierda, salió de la casa en dirección al sur de la ciudad. A la altura de Berkeley Square, una muchacha de unos catorce años se acercó a él, le guiñó un ojo y le dijo:

– ¿Te la chupo por un chelín?

Atravesó Piccadilly y entró en Green Park. Unos cuantos copos de nieve se arremolinaban en torno a las raíces de los árboles. Pasó por delante del palacio de Buckingham y se adentró en un vecindario muy poco atractivo cerca de la estación Victoria. Tuvo que pedirle a un policía indicaciones para llegar a Ashley Gardens. Al final, resultó que la calle estaba detrás de la catedral católica. «Francamente – se dijo Fitz -, si uno espera recibir la visita de un miembro de la nobleza, lo mínimo que podría hacer es tener el despacho en un barrio respetable.»

Lo había convocado allí un viejo amigo de su padre llamado Mansfield Smith-Cumming. Oficial retirado de la Armada, Smith-Cumming trabajaba ahora en algún asunto impreciso dentro del Ministerio de Guerra. Le había remitido a Fitz una nota más bien sucinta: «Me complacería enormemente intercambiar unas palabras con usted en relación con una cuestión de importancia nacional. ¿Podría venir a verme mañana por la mañana hacia las once, por ejemplo?». La nota estaba escrita a máquina y firmada, con tinta verde, únicamente con la letra «C».

En el fondo, Fitz se sentía gratamente complacido por que un miembro del gobierno quisiera hablar con él. Le horrorizaba pensar que lo considerasen una especie de figura decorativa, un aristócrata adinerado sin otra función en la vida más que aderezar con su presencia las reuniones sociales. Esperaba que fueran a pedirle asesoramiento, tal vez acerca de su antiguo regimiento, los Fusileros Galeses, o quizá le encomendaran alguna tarea relacionada con los Territorials de Gales del Sur, de los cuales él era coronel honorífico. En cualquier caso, lo cierto era que el simple hecho de que lo hubieran convocado a una reunión en el Ministerio de Guerra le hacía sentir que no era del todo superfluo.

Si es que aquello era en verdad el Ministerio de Guerra… La dirección resultó corresponder con un moderno edificio de apartamentos. Un portero dirigió a Fitz a un ascensor. El apartamento de Smith-Cumming parecía ser mitad vivienda, mitad despacho, pero un joven extremadamente eficiente con aspecto de militar le dijo a Fitz que «C» lo recibiría enseguida.

Por contra, lo cierto era que «C» no mostraba aspecto de militar. Rollizo y con una calva incipiente, poseía una nariz enorme y aguileña y llevaba monóculo. Tenía el despacho atestado de un surtido de objetos de toda índole: maquetas de aviones, un telescopio, una brújula y un óleo de unos campesinos frente a un pelotón de fusilamiento. El padre de Fitz solía referirse a Smith-Cumming como al «capitán de barco que siempre se mareaba», y su carrera en la Armada no había sido brillante. ¿Qué estaba haciendo allí?

– ¿A qué se dedica exactamente este departamento? – inquirió Fitz.

– Es el Departamento de Exteriores de los servicios secretos – contestó C.

– No sabía que tuviéramos servicios secretos.

– Si la gente lo supiera, ya no serían secretos.

– Entiendo. – Fitz sintió una punzada de entusiasmo; era muy halagador recibir información confidencial.

– Confío en que tendrá la amabilidad de no mencionárselo a nadie.

Fitz se dio cuenta de que le acababa de dar una orden, aunque formulada muy educadamente.

– Por supuesto – contestó. Se sentía muy complacido por formar parte de un círculo restringido. ¿Significaba aquello que C iba a pedirle que trabajase para el Ministerio de Guerra?

– Lo felicito por el éxito de la recepción que ofreció a los reyes en su casa. Tengo entendido que reunió a un nutrido grupo de jóvenes muy bien relacionados para que Su Majestad pudiera conocerlos.

– Gracias. A decir verdad, fue una reunión social más bien discreta, pero me temo que es imposible impedir que se propaguen esa clase de noticias.

– Y ahora se lleva usted a su esposa a Rusia.

– La princesa es rusa y quiere visitar a su hermano. Es un viaje que llevamos retrasando ya demasiado tiempo.

– Y Gus Dewar va a acompañarlos.

Por lo visto, C estaba al tanto de todo.

– Está dando la vuelta al mundo – explicó Fitz -. Nuestros planes han coincidido.

C se recostó en el asiento y empezó a hablar en tono informal.

– ¿Sabe usted por qué pusieron al almirante Alexéiev al frente del ejército ruso en la guerra contra Japón, a pesar de que carecía por completo de experiencia en el combate terrestre?

Puesto que había pasado algún tiempo en Rusia cuando apenas era un muchacho, Fitz había seguido con atención el desarrollo de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, pero no conocía aquella historia.

– No. ¿Por qué?

– Bien, parece ser que el gran duque Alexis se vio implicado en una pelea en un burdel de Marsella y fue detenido por la policía francesa. Alexéiev acudió en su auxilio y contó a los gendarmes que había sido él y no el zarevich el causante de los disturbios. La similitud de sus nombres dio credibilidad a la historia y dejaron en libertad al gran duque. La recompensa de Alexéiev consistió en su nombramiento al mando del ejército.

– Con razón perdieron la guerra.

– Pese a todo, los rusos poseen el ejército más numeroso del mundo: seis millones de hombres, según algunos cálculos, contando a los reservistas. Pero ¿cuán eficientes serían… en una guerra europea, pongamos por caso?

– No he vuelto desde que me casé – contestó Fitz -. No estoy seguro.

– Nosotros tampoco. Ahí es donde entra usted; me gustaría que realizase algunas pesquisas durante su estancia en el país.

Fitz estaba muy sorprendido.

– Pero estoy convencido de que nuestra embajada sabría encargarse de algo así.

– Por supuesto. – C se encogió de hombros -. Pero a los diplomáticos siempre les interesa mucho más la política que los asuntos militares.

– Sí, es cierto, pero debe de haber algún agregado militar.

– Alguien ajeno a los círculos habituales como usted mismo podría aportar una visión más fresca y mucho más diáfana… de modo similar a la manera en que su grupo de Ty Gwyn supo facilitar al rey una información que este no habría podido obtener del Foreign Office. Pero si no se cree capaz…

– No me estoy negando a hacerlo – se apresuró a decir Fitz. Al contrario, se sentía muy halagado por el hecho de que quisiesen asignarle una misión por su país -. Es solo que me sorprende que las cosas se hagan de este modo.

– Somos un departamento más bien nuevo con escasos recursos. Mis mejores informadores son viajeros inteligentes con suficiente formación militar para entender lo que están presenciando.

– Muy bien.

– Me interesa saber, sobre todo, si tiene la impresión de que entre los oficiales del ejército ruso se ha producido algún cambio desde 1905. ¿Se han modernizado o siguen aferrándose a las viejas ideas de siempre? Se reunirá con la flor y nata de la comandancia en San Petersburgo, porque su mujer está emparentada con la mitad de ellos.

Fitz estaba pensando en la última vez que Rusia había participado en una guerra.

– La razón principal de su derrota ante Japón fue porque la red ferroviaria rusa no consiguió hacer entrega de los suministros a sus tropas en el plazo necesario.

– Pero desde entonces han estado intentando mejorar la red de ferrocarril, con el dinero que les ha prestado Francia, su aliada.

– ¿Y han hecho muchos progresos?

– Ese es el asunto clave. Usted viajará en tren. ¿Son puntuales los trenes? Mantenga los ojos bien abiertos. Las vías, ¿siguen siendo vías únicas o dobles? Los generales alemanes tienen un plan de emergencia en caso de guerra basado en un cálculo de cuánto se tardaría en movilizar al ejército ruso. Si estalla una guerra, muchas cosas van a depender de la precisión de ese horario de trenes.

Fitz se sentía tan entusiasmado como un niño, pero se forzó a sí mismo a hablar en tono solemne.

– Averiguaré todo cuanto pueda.

– Gracias. – C consultó su reloj.

Fitz se levantó y se estrecharon la mano.

– ¿Cuándo se marchan exactamente? – preguntó C.

– Salimos mañana – dijo Fitz -. Adiós.


Grigori Peshkov vio a su hermano menor, Lev, aceptando dinero del norteamericano alto. El atractivo rostro de Lev traslucía una expresión de avidez infantil, como si su principal objetivo fuese mostrarles a todos su talento. Grigori experimentó una punzada de ansiedad, como tantas otras veces; temía que algún día Lev se metiese en un lío del que ni siquiera echando mano de todo su encanto consiguiese salir.

– Es una prueba de retentiva – dijo Lev en inglés. Se había aprendido las palabras de memoria -. Escoja cualquier carta. – Tuvo que levantar la voz para hacerse oír pese al estruendo de la fábrica: el fragor de las máquinas, el silbido del vapor y los obreros dando instrucciones y haciendo preguntas a gritos.

El nombre del visitante era Gus Dewar. Llevaba una chaqueta, chaleco y pantalones, todo de la misma tela de lana fina de color gris. Grigori sentía un interés especial por él porque era de Buffalo.

Dewar era un joven simpático. Se encogió de hombros, escogió una carta de la baraja de Lev y la miró.

– Póngala boca abajo en la mesa – dijo Lev.

Dewar colocó la carta sobre la tosca mesa de trabajo de madera.

Lev extrajo un billete de un rublo del bolsillo y lo colocó encima de la carta.

– Y ahora, ponga un dólar boca abajo. – Aquello solo podía hacerse con los visitantes ricos.

Grigori sabía que Lev ya había cambiado la carta. En la mano, oculta por el billete de rublo, guardaba una carta distinta. El truco, que Lev había practicado durante horas, consistía en coger la primera carta y esconderla en la palma de la mano inmediatamente después de dejar el billete de rublo y, de paso, la carta ya preparada.

– ¿Está seguro de que puede permitirse perder un dólar, señor Dewar? – preguntó Lev.

El estadounidense sonrió, como hacían siempre todas las víctimas llegado ese momento.

– Eso creo – contestó.

– ¿Recuerda cuál era su carta? – En realidad, Lev no sabía hablar inglés. También sabía decir esas mismas frases en alemán, francés e italiano.

– El cinco de picas – respondió Dewar.

– Se equivoca.

– Estoy completamente seguro.

– Dele la vuelta.

Dewar puso la carta boca arriba. Era la reina de tréboles.

Lev recogió el billete de dólar y su rublo original.

Grigori contuvo la respiración; aquel era el momento más peligroso. ¿Protestaría el estadounidense diciendo que lo habían engañado y acusaría a Lev?

Dewar esbozó una sonrisa de amargura y dijo:

– Lo reconozco, he perdido.

– Me sé otro juego – comentó Lev.

Ya era suficiente; Lev estaba tentando su suerte. A pesar de que ya tenía veinte años, Grigori aún tenía que protegerlo.

– No juegue contra mi hermano – le dijo Grigori a Dewar en ruso -. Siempre gana.

Dewar sonrió y respondió con tono inseguro en la misma lengua:

– Un buen consejo.

Dewar era el primero de un pequeño grupo de visitantes en realizar un recorrido por las instalaciones de la planta metalúrgica Putílov, la mayor fábrica de San Petersburgo, que daba trabajo a treinta mil hombres, mujeres y niños. La tarea de Grigori consistía en enseñarles su propia sección, que no por pequeña dejaba de ser importante. La fábrica producía locomotoras y otras piezas de acero de gran tamaño. Grigori era el encargado del taller que fabricaba las ruedas de los trenes.

Grigori se moría de ganas de hablar con Dewar sobre Buffalo, pero antes de poder formularle alguna pregunta, apareció el supervisor de la sección de la fundición, Kanin. Ingeniero cualificado, era un hombre alto y delgado y con entradas en la frente.

Iba acompañado de un segundo visitante y Grigori dedujo, por su vestimenta, que aquel debía de ser el lord inglés. Iba vestido como un aristócrata ruso, con frac y sombrero de copa. Tal vez aquella era la ropa que lucían las clases dirigentes de todo el mundo.

Por lo que Grigori había podido averiguar, el nombre del lord era conde Fitzherbert. Era el hombre más apuesto que Grigori había visto en su vida, con el pelo negro y unos intensos ojos verdes. Las mujeres del taller de fabricación de ruedas lo miraban arrobadas, como si fuera un dios.

Kanin se dirigió a Fitzherbert en ruso.

– Ahora estamos produciendo dos locomotoras nuevas cada semana – explicó con orgullo evidente.

– Asombroso – comentó el lord inglés.

Grigori comprendía el interés de aquellos extranjeros. Leía los periódicos y acudía a las conferencias y a los círculos de debate que organizaba el Comité Bolchevique de San Petersburgo. Las locomotoras que allí se fabricaban eran piezas esenciales de la capacidad de Rusia para defenderse. Puede que los visitantes fingiesen sentir una curiosidad inocente, pero en realidad estaban reuniendo información sobre asuntos de inteligencia militar.

Kanin presentó a Grigori.

– Peshkov es el campeón de ajedrez de la fábrica. – Kanin formaba parte del comité de dirección de la fábrica, pero no era mal jefe.

Fitzherbert se mostraba encantador con todo el mundo. Se puso a hablar con Varia, una mujer de unos cincuenta años con el pelo gris recogido en un pañuelo.

– Muy amable por su parte por enseñarnos su lugar de trabajo – le dijo en tono alegre, hablando un ruso muy fluido con un marcado acento extranjero.

Varia, una mujer monumental, corpulenta y de busto generoso, se puso a reír como una colegiala.

La demostración estaba lista. Grigori había colocado varios lingotes de acero en la tolva y encendido el horno, y el metal ya se estaba fundiendo. Sin embargo, aún quedaba un último visitante por llegar, la esposa del conde, de quien se rumoreaba que era rusa, de ahí que Fitzherbert dominase de ese modo el idioma, lo cual no era muy habitual tratándose de un extranjero.

Grigori quería hacer un montón de preguntas a Dewar sobre Buffalo, pero antes de que tuviera ocasión de hacerlo, la esposa del conde entró en el taller de fabricación de ruedas. La falda del vestido, que le llegaba hasta el suelo, era como una escoba, barriendo a su paso toda la mugre y las virutas que tenía delante. Llevaba un abrigo corto encima del vestido, y la seguía un criado con una capa de pieles, una doncella con un bolso y uno de los directores de la fábrica, el conde Maklakov, un hombre joven vestido igual que Fitzherbert. Era evidente que Maklakov solo tenía ojos para su visitante, sonriéndole, hablándole en voz baja y tomándola del brazo innecesariamente. La mujer poseía una belleza extraordinaria, con unos preciosos tirabuzones rubios y una graciosa forma de ladear la cabeza con una coquetería especial.

Grigori la reconoció de inmediato: era la princesa Bea.

El corazón le dio un vuelco, empezó a sentir náuseas y trató con todas sus fuerzas de reprimir el doloroso recuerdo que pugnaba por salir de un pasado lejano. Acto seguido, como en cualquier emergencia, buscó a su hermano con la mirada. ¿Se acordaría Lev de aquello? Su hermano solo tenía seis años cuando todo ocurrió. Lev observaba a la princesa con curiosidad, como tratando de ubicarla en su memoria. Luego, cuando vio que Grigori lo miraba, le cambió la cara y lo recordó todo. Palideció y parecía estar a punto de desmayarse, pero luego, de pronto, se puso lívido de ira.

Para entonces, Grigori ya había llegado junto a él.

– Tranquilízate – le murmuró -. No digas nada. Recuerda, nos vamos a América… no podemos dejar que nada interfiera con nuestros planes. – Lev chasqueó la lengua, asqueado -. Vuelve a los establos – dijo Grigori. Lev era conductor de ponis, y trabajaba con los muchos caballos que se utilizaban en la fábrica.

Lev fulminó con la mirada a la princesa, quien proseguía con la visita ajena a todo. A continuación, el joven se volvió, se fue, y el momento de peligro pasó.

Grigori comenzó la demostración e hizo una seña a Isaak, que tenía más o menos su edad y era el capitán del equipo de fútbol de la fábrica. El muchacho abrió la cavidad del molde y, acto seguido, Varia y él levantaron un modelo de madera de una rueda acanalada de ferrocarril. El modelo en sí mismo ya era una obra de máxima precisión, con radios de sección elíptica y un estrechamiento en relación veinte a uno desde el cubo a la llanta. La rueda era para una locomotora 4-6-4, y el modelo era casi tan alto como las personas que lo sujetaban.

Lo colocaron a presión en el interior de una caja profunda con una mezcla compactada de arena de moldeo húmeda. Isaak cerró la caja del molde para formar la pestaña y la banda de rodadura, y finalmente, accionó los pasadores para cerrar el molde.

Abrieron el montaje y Grigori inspeccionó el agujero que había dejado el modelo. A simple vista, no había irregularidades. Roció la arena de moldeo con un líquido negro oleaginoso y luego volvió a cerrar el frasco.

– Por favor, ahora apártense – les pidió a los visitantes.

Isaak desplazó la boca de carga de la tolva hacia la abertura para la alimentación que había encima del molde y entonces Grigori retiró despacio la palanca que inclinaba la tolva.

El acero líquido fue cayendo lentamente encima del molde; el vapor procedente de la arena húmeda emitió un sonido sibilante al tiempo que se filtraba por los orificios de ventilación. Grigori sabía por experiencia cuándo retirar la tolva e interrumpir de ese modo la circulación del acero fundido.

– El siguiente paso consiste en pulir la forma de la rueda – explicó -. Como el metal caliente tarda tanto en enfriarse, tengo aquí una rueda ya fría.

Ya estaba colocada en un torno, y Grigori hizo una seña a Konstantín, el tornero, que era el hijo de Varia. Konstantín era el moderador del Círculo de Debate Bolchevique y el mejor amigo de Grigori. Puso en marcha el motor eléctrico, haciendo girar la rueda a gran velocidad, y empezó a darle forma con una muela.

– Por favor, manténganse alejados del torno – conminó Grigori a los visitantes, alzando la voz para hacerse oír pese al fragor de la máquina -. Podrían perder un dedo si lo tocan. – Levantó la mano izquierda -. Como me pasó a mí a los doce años. – Su dedo anular era un horrible muñón.

Percibió la mirada de irritación que le lanzó el conde Maklakov, a quien no le gustaba que le recordaran el coste humano de los beneficios que percibía de aquella fábrica. La mirada que le dedicó la princesa Bea era una mezcla perfecta de asco y fascinación, y Grigori se preguntó si no sentiría un interés morboso por la sordidez y el sufrimiento. Al fin y al cabo, no era muy habitual que una dama quisiera ir a visitar una fábrica.

Hizo una señal a Konstantín, quien detuvo el torno.

– A continuación, se comprueban las dimensiones de la rueda con calibres. – Les enseñó la herramienta que empleaban -. Las ruedas de los trenes deben tener un tamaño exacto; si existe una variación de un milímetro y medio de diámetro, el grosor aproximado de la mina de grafito de un lápiz, hay que volver a fundir la rueda y rehacerla.

Fitzherbert decidió intervenir, en un ruso algo rudimentario.

– ¿Cuántas ruedas fabrican al día?

– Un promedio de seis o siete, contando las rechazadas.

– ¿Cuántas horas trabajan? – preguntó Dewar, el norteamericano.

– Desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde, de lunes a sábado. El domingo tenemos permiso para ir a la iglesia.

Un chiquillo de unos ocho años entró corriendo en el taller de fabricación de ruedas, perseguido por una mujer que iba tras él dando voces, sin duda su madre. Grigori quiso atraparlo para alejarlo del horno, pero el chico lo esquivó y se topó de bruces con la princesa Bea, estrellando su cabecita pelada contra las costillas de la aristócrata con un contundente golpe. Ella lanzó un quejido, dolorida. El chico se paró, aturdido. Furiosa, la princesa cogió impulso con el brazo y le plantó un sonoro bofetón en la cara, con tanta fuerza, que el muchacho se tambaleó y Grigori creyó que iba a caerse redondo al suelo. El estadounidense soltó un exabrupto en inglés, algo que expresaba su sorpresa y su indignación. Al cabo de un momento, la madre levantó al chico en volandas con sus poderosos brazos y se dio media vuelta.

Kanin, el supervisor, parecía asustado, a sabiendas de que podían echarle la culpa a él, de modo que se dirigió a la princesa:

– ¡Excelencia! ¿Se ha hecho daño?

Saltaba a la vista que la princesa Bea estaba fuera de sí, pero respiró hondo y respondió:

– No es nada.

Su marido y el conde Maklakov se acercaron a ella, con el semblante preocupado. Solo Dewar permaneció al margen; en su rostro se reflejaba toda la reprobación y la repulsión que sentía en aquellos momentos. La bofetada lo había indignado, dedujo Grigori, preguntándose si todos los norteamericanos tenían tan buen corazón. Una bofetada no era nada: cuando todavía eran unos niños, a Grigori y a su hermano los habían azotado con una vara en aquella misma fábrica.

Los visitantes empezaron a dispersarse. Grigori temía perder la oportunidad de interrogar al turista de Buffalo, de modo que, haciendo acopio de todo su valor, tiró a Dewar de la manga de su chaqueta. Un noble ruso habría reaccionado con indignación y lo habría apartado de sí de un empujón o le habría dado un golpe por la insolencia, pero el norteamericano se limitó a volverse hacia él con una sonrisa cortés.

– ¿Es usted de Buffalo, Nueva York, señor? – preguntó Grigori.

– Así es.

– Mi hermano y yo estamos ahorrando para irnos a América. Viviremos en Buffalo.

– ¿Por qué en esa ciudad?

– Aquí en San Petersburgo hay una familia que nos puede conseguir los papeles necesarios, a cambio de una cantidad, por supuesto, y nos han apalabrado trabajos con sus parientes en Buffalo.

– ¿Y quiénes son esas personas?

– Se llaman Vyalov. – Los Vyalov eran una banda criminal, aunque también regentaban negocios legales. No eran gente muy de fiar, por lo que Grigori quería comprobar realmente si era cierto lo que decían -. Señor, ¿es verdad que la familia Vyalov, de Buffalo, Nueva York, es una familia muy rica e importante?

– Sí – contestó Dewar -. Josef Vyalov da empleo a centenares de personas en sus hoteles y bares.

– Gracias – dijo Grigori con alivio -. Es bueno saberlo.

El primer recuerdo que Grigori atesoraba en la memoria era del día que el zar había ido a Bulovnir. Él tenía entonces seis años.

Los habitantes del pueblo llevaban varios días sin hablar de otra cosa. Todos se levantaron al amanecer, pese a que era evidente que el zar desayunaría antes de emprender el viaje, por lo que era imposible que llegase allí antes de media mañana. El padre de Grigori sacó la mesa al exterior de su vivienda de una sola habitación y la colocó junto a la carretera. Depositó encima de ella una barra de pan, un ramillete de flores y un salero pequeño, y le explicó a su hijo mayor que aquellos eran los símbolos tradicionales rusos de bienvenida. La mayoría de los demás aldeanos hicieron lo propio, y hasta la abuela de Grigori había estrenado un pañuelo amarillo para ponérselo en la cabeza.

Era un día seco de principios de otoño, antes de la llegada del crudo frío del invierno. Los campesinos esperaban sentados en cuclillas, y los ancianos del pueblo se paseaban arriba y abajo vestidos con sus mejores galas, con aspecto de gente importante, pero también esperaban con impaciencia, como todos los demás. Grigori no tardó en aburrirse y empezó a jugar en el descampado que había junto a la casa. Su hermano, Lev, solo tenía un año, y su madre aún le daba el pecho.

Pasaba ya de mediodía, pero nadie quería entrar en sus casas a preparar la comida por temor a perderse el paso del zar. Grigori intentó comerse un mendrugo del pan que había encima de la mesa, pero le propinaron un cachete, aunque su madre luego le trajo un tazón de gachas frías.

Grigori no estaba muy seguro de quién o qué era el zar. En la iglesia solían mencionarlo a menudo, hablando de él como alguien que amaba a todos los campesinos y que velaba por ellos mientras dormían, por lo que sin duda debía de estar al mismo nivel que san Pedro, Jesucristo o el arcángel Gabriel. Grigori se preguntó si tendría alas o una corona de espinas, o si por el contrario, solo iría con un abrigo bordado como los ancianos del pueblo. En cualquier caso, saltaba a la vista que la gente quedaba bendecida solo con verle, como las multitudes que seguían a Jesús.

Era la última hora de la tarde cuando una nube de polvo apareció a lo lejos. Grigori notó las vibraciones en el suelo bajo sus botas de fieltro, y no tardó en percibir el repiqueteo de los cascos de los caballos. Los aldeanos se pusieron de rodillas, y Grigori hizo lo propio al lado de su abuela. Los ancianos se colocaron boca abajo con la frente en el suelo, como hacían cuando venían el príncipe Andréi y la princesa Bea.

Aparecieron unos escoltas, seguidos por un carruaje cubierto y tirado por cuatro caballos. Los animales eran enormes, los más grandes que Grigori había visto en su vida, y galopaban a toda velocidad, con el lomo brillante de sudor y la boca llena de espuma alrededor de las bridas. Los ancianos se dieron cuenta de que no iban a detenerse, de modo que lograron apartarse justo a tiempo, antes de que las caballerías los arrollasen. Grigori lanzó un alarido aterrorizado, pero su grito fue inaudible. Cuando el carruaje desfiló ante ellos, su padre exclamó:

– ¡Larga vida al zar, padre de su pueblo!

Para cuando terminó de decir aquello, el carruaje ya estaba dejando atrás la aldea. Grigori no había podido ver a los pasajeros a causa del polvo, y se dio cuenta de que no había visto al zar y que, por tanto, no iba a recibir ninguna bendición, y se echó a llorar a lágrima viva.

Su madre cogió la barra de pan de la mesa, partió un extremo y se lo dio para que se lo comiera, y el niño se sintió mucho mejor.


Cuando a las siete en punto terminaba el turno en la fábrica Putílov, Lev tenía por costumbre irse a echar una partida con sus compañeros de timba o a beber con sus alegres amiguitas. Grigori siempre solía acudir a algún tipo de reunión: una charla sobre ateísmo, algún círculo de debate socialista, un espectáculo de la linterna mágica sobre tierras extranjeras, un recital de poesía. Sin embargo, esa noche no tenía nada que hacer. Se iría a casa, prepararía un estofado para cenar, le dejaría algo a Lev en la cazuela para que pudiese comer más tarde y se iría a la cama temprano.

La fábrica estaba en los arrabales del sur de San Petersburgo, y su aglomeración de chimeneas y de naves se prolongaba hasta cubrir casi la totalidad de una enorme extensión de la costa del mar Báltico. Muchos de los obreros vivían en la fábrica, algunos en barracones, pero otros se acostaban a dormir junto a sus máquinas, por eso siempre había tantos chiquillos correteando por allí.

Grigori estaba entre los que disponían de un hogar fuera de la fábrica. En las sociedades socialistas, podían planificarse las casas para los trabajadores al mismo tiempo que las fábricas, pero el arbitrario capitalismo ruso dejaba a millares de personas sin techo. Grigori ganaba un buen sueldo, pero vivía en una sola habitación a media hora a pie de la fábrica. Sabía que en Buffalo los operarios de las fábricas tenían electricidad y agua corriente en sus casas. Le habían dicho que algunos hasta tenían sus propios teléfonos, pero eso le parecía ridículo, como decir que las calles estaban pavimentadas con oro.

Su encuentro con la princesa Bea lo había transportado en el tiempo hasta su infancia. Mientras recorría las calles heladas, se negó a rememorar ni un minuto más de lo necesario aquel recuerdo insoportable. Y pese a todo, recordó la cabaña de madera en la que había vivido entonces, y volvió a ver el rincón sagrado donde se colgaban los iconos y, frente a él, el rincón de dormir, donde se acostaba todas las noches, normalmente al lado de una cabra o un ternero para no pasar frío. Lo que recordaba con toda nitidez era algo en lo que apenas había reparado en aquel entonces: el olor. Procedía de la cocina, de los animales, del humo negro de la lámpara de queroseno, y del tabaco liado a mano que fumaba su padre, envuelto en cigarrillos de papel de periódico. Cerraban firmemente las ventanas con trapos alrededor de los marcos para que no entrara el frío, de modo que el ambiente estaba muy cargado. En ese momento recreaba aquel olor en su imaginación, y sentía nostalgia de los días anteriores a la pesadilla, la última vez en su vida que se había sentido seguro.

No muy lejos de la fábrica, se topó con una escena que lo hizo detenerse en seco. En el cerco de luz que proyectaba una farola, dos policías, vestidos de uniforme negro con entretelas verdes, interrogaban a una muchacha. Por su abrigo tejido a mano y por la forma en que se había anudado el pañuelo en la nuca, Grigori dedujo que era una campesina que acababa de llegar a la ciudad. A primera vista, le echó unos dieciséis años, la misma edad que tenía él cuando su hermano Lev y él se quedaron huérfanos.

El más bajo y robusto de los dos policías dijo algo y dio unas palmaditas a la chica en la cara. La muchacha dio un respingo y el otro policía se echó a reír. Grigori recordó que cuando era un huérfano de dieciséis años, cualquier representante de la autoridad se creía con el derecho a maltratarlo, y sintió una compasión instantánea por aquella chica vulnerable. En contra de lo que le aconsejaba el buen juicio, se acercó al pequeño grupo. Solo por decir algo, anunció:

– Si estás buscando la fábrica Putílov, puedo enseñarte el camino.

El policía robusto se echó a reír y dijo:

– Encárgate de él, Ilia.

Su compinche tenía la cabeza pequeña y una cara malvada.

– Largo de aquí, escoria – le espetó.

Grigori no tenía miedo. Era alto y fuerte, con los músculos fortalecidos por el trabajo físico diario. Había participado en multitud de peleas callejeras desde que era un crío y no había perdido ninguna en muchos años. Lo mismo que Lev. Pese a todo, era mejor no meterse en líos con la policía.

– Trabajo de encargado en la fábrica – le explicó a la chica -. Si buscas trabajo, puedo ayudarte.

La muchacha le dedicó una mirada agradecida.

– Un encargado no es nada – dijo el policía corpulento, y fue la primera vez que miró a Grigori a la cara.

Bajo la luz amarillenta de la farola de queroseno, Grigori reconoció el semblante redondo con aquella estúpida expresión de hostilidad: el hombre era Mijaíl Pinski, el capitán de la comisaría local. A Grigori le dio un vuelco el corazón, porque era una locura enfrentarse en una pelea al capitán de la policía… pero lo cierto era que ya había ido demasiado lejos para dar marcha atrás.

En ese momento, la chica habló, y por el tono de voz, Grigori supo que estaba más cerca de los veinte años que de los dieciséis.

– Muchas gracias. Lo acompañaré, señor – le dijo a Grigori. Este vio que era muy guapa, de facciones delicadamente modeladas y con una boca amplia y sensual.

Grigori miró a su alrededor. Por desgracia, allí no había nadie más. Había salido de la fábrica varios minutos después del apelotonamiento de las siete en punto. Sabía que lo más sensato era dar media vuelta y marcharse, pero no podía abandonar a aquella pobre chica a su suerte.

– Te llevaré a las oficinas de la fábrica – le aseguró, aunque la verdad era que a aquellas horas ya estaban cerradas.

– Esta se viene conmigo… ¿a que sí, Katerina? – dijo Pinski, y empezó a manosearla, sobándole los pechos a través de la fina tela del abrigo y metiéndole la mano entre las piernas.

Ella retrocedió de un salto y exclamó:

– ¡Quítame tus asquerosas manos de encima!

Con una velocidad y una precisión asombrosas, Pinski le pegó un puñetazo en la boca.

La chica chilló y escupió sangre.

Grigori estaba furioso. Olvidándose de la sensatez, dio un paso adelante, apoyó la mano en el hombro de Pinski y le propinó un fuerte empujón. Pinski se tambaleó hacia un lado y se cayó sobre una rodilla. Grigori se dirigió a Katerina, que estaba llorando:

– ¡Echa a correr! – le ordenó, y luego sintió un dolor atroz en la nuca. El otro policía, Ilia, le había golpeado con la porra más rápido de lo que Grigori esperaba. El dolor era insoportable y cayó de rodillas, pero no se desmayó.

Katerina se volvió y echó a correr, pero no llegó muy lejos. Pinski extendió el brazo, la agarró del pie, y la muchacha cayó de bruces al suelo.

Grigori se giró y vio que la porra se cernía amenazante sobre él. Esquivó el golpe y logró ponerse en pie. Ilia trató de golpearlo de nuevo y otra vez volvió a fallar. Grigori lanzó un puñetazo al pómulo del policía y le pegó con todas sus fuerzas. Ilia cayó al suelo.

Grigori se dio la vuelta y vio a Pinski encima de Katerina, dándole patadas y puntapiés con las pesadas botas.

Oyó el ruido de un automóvil que se aproximaba, procedente de la zona de la fábrica. Al pasar por delante de ellos, el conductor pisó el freno y el vehículo se detuvo bajo la farola. En solo un par de zancadas, Grigori dio alcance a Pinski, agarró al capitán de policía por detrás con ambos brazos, lo inmovilizó y lo levantó varios palmos del suelo. Pinski se puso a dar patadas en el aire y a gesticular furiosamente, sin mucho éxito.

La puerta del vehículo se abrió y, para sorpresa de Grigori, el norteamericano de Buffalo salió del interior.

– ¿Qué está pasando aquí? – preguntó. Su rostro juvenil, iluminado por la luz de la farola, era la viva imagen de la indignación, y se dirigió a Pinski, que seguía retorciéndose en el aire -. ¿Se puede saber por qué golpea a una mujer indefensa?

Era una suerte inmensa, pensó Grigori. Solo un extranjero podía poner objeciones al hecho de que un policía estuviese golpeando a una mujer.

La figura delgada y alargada de Kanin, el supervisor, se bajó del coche detrás de Dewar.

– Suelte al policía, Peshkov – le dijo a Grigori.

Grigori dejó a Pinski en el suelo y lo soltó. Este se dio media vuelta y Grigori se dispuso a propinarle un nuevo golpe, pero Pinski se contuvo. Con la voz emponzoñada, lo amenazó:

– No me voy a olvidar de ti, Peshkov.

Grigori lanzó un gemido: aquel hombre conocía su nombre.

Katerina se incorporó hasta ponerse de rodillas, gimoteando. Dewar la ayudó con galantería a levantarse, diciendo:

– ¿Está usted malherida, señorita?

Kanin parecía sentirse incómodo; ningún ruso se dirigiría nunca a una campesina tan cortésmente.

Ilia se levantó, con expresión perpleja.

Del interior del automóvil surgió la voz de la princesa Bea que, hablando en inglés, parecía irritada e impaciente.

Grigori se dirigió a Dewar.

– Con su permiso, excelencia, voy a llevar a esta mujer al médico más cercano.

Dewar miró a Katerina.

– ¿Es eso lo que quiere?

– Sí, señor – contestó ella, con los labios ensangrentados.

– Muy bien – dijo.

Grigori la tomó del brazo y se la llevó antes de que alguien pudiese sugerir lo contrario. Al llegar a la esquina, miró hacia atrás. Los dos policías estaban discutiendo con Dewar y Kanin bajo la farola.

Sin soltar aún el brazo de Katerina, siguió tirando de ella apresuradamente, a pesar de que la muchacha iba cojeando. Necesitaban ganar distancia entre ellos y Pinski.

En cuanto hubieron doblado la esquina, ella dijo:

– No tengo dinero para un médico.

– Yo podría hacerte un préstamo – dijo él, con cierto remordimiento; el dinero que tenía ahorrado era para un pasaje a América, no para curar moretones de chicas guapas.

Ella le lanzó una mirada calculadora.

– En realidad no necesito un médico – contestó -. Lo que necesito es un trabajo. ¿Podrías llevarme a las oficinas de la fábrica?

Aquella chica tenía agallas, desde luego, pensó, admirado. Un policía acababa de darle una paliza, y en lo único que pensaba era en conseguir trabajo.

– Las oficinas están cerradas, he dicho eso para confundir a los policías, pero puedo llevarte allí por la mañana.

– No tengo ningún sitio donde dormir.

Le lanzó una mirada recelosa que él no acabó de entender. ¿Acaso se le estaba ofreciendo? Muchas de las campesinas que llegaban a la ciudad, siendo apenas unas niñas, terminaban haciendo eso. Aunque tal vez su mirada significase justo lo contrario, que quería una cama pero no estaba preparada para hacer favores sexuales.

– En el edificio donde vivo hay una habitación que comparten varias mujeres – le explicó él -. Duermen tres o más en la misma cama, y siempre pueden encontrar sitio para otra.

– ¿Está muy lejos?

Grigori señaló hacia delante, hacia una calle que seguía paralela a un terraplén junto a la línea ferroviaria.

– Está aquí mismo.

La chica asintió con la cabeza, y al cabo de unos momentos, entraron en la casa.

Grigori ocupaba un cuarto en la parte trasera del primer piso. El estrecho camastro que compartía con Lev estaba colocado junto a una de las paredes. Había una chimenea con un hueco para el fuego, y una mesa y dos sillas junto a la ventana que daba al ferrocarril. Una caja de embalaje colocada del revés hacía las veces de mesilla de noche, y encima de ella había un jarro y una palangana para el aseo.

Katerina inspeccionó el lugar paseándose con la mirada por todos los rincones, y luego dijo:

– ¿Tienes todo esto para ti solo?

– ¡No, no soy rico! Comparto el cuarto con mi hermano, que vendrá luego.

La muchacha se quedó pensativa. Tal vez temía que quisieran que se acostara con los dos, por lo que, para tranquilizarla, Grigori dijo:

– ¿Te presento a las otras mujeres que viven en el edificio?

– Ya habrá tiempo para eso. – Tomó asiento en una de las dos sillas -. Déjame descansar un poco.

– Por supuesto.

Todo estaba preparado para encender el fuego; Grigori siempre lo dejaba ya listo por la mañana, antes de irse a trabajar. Acercó una cerilla a la leña. De repente, se oyó un estruendo parecido a un trueno, y Katerina se asustó.

– Solo es un tren – le explicó Grigori -. Estamos al lado de las vías.

Vertió agua del jarro en un caldero y luego lo colocó en el fuego para que se calentara un poco. Se sentó frente a Katerina y la miró. Tenía el pelo liso y claro, y el cutis también claro. Al principio le había parecido muy guapa, pero en ese momento vio que en realidad era bellísima, con un aire oriental en la estructura ósea que sugería unos orígenes siberianos. Su cara también tenía los rasgos de un carácter fuerte, con una boca grande que resultaba muy sensual, pero que también indicaba determinación, y una voluntad de hierro que se reflejaba en la intensa mirada de sus ojos azul verdoso.

La hinchazón de los labios que le había provocado el puñetazo de Pinski era cada vez más visible.

– ¿Cómo te encuentras? – le preguntó él.

La muchacha se palpó los hombros, las costillas, las caderas y los muslos.

– Tengo magulladuras por todas partes – dijo -, pero me quitaste de encima a ese animal antes de que pudiera hacerme daño de verdad.

No pensaba compadecerse de sí misma. A Grigori, eso le gustó.

– Cuando se caliente el agua, te limpiaré la sangre.

Guardaba la comida en una caja de hojalata, de la que extrajo un pedazo de jamón para, acto seguido, echarlo en la sartén. Añadió un poco de agua del jarro, lavó un nabo y empezó a cortarlo a tiras encima de la sartén. Miró de reojo a Katerina y vio que lo escrutaba con expresión de extrañeza.

– ¿Es que tu padre cocinaba en casa? – le preguntó.

– No – contestó Grigori, y en un segundo se vio arrastrado en el tiempo hasta la época en que tenía once años. Era inútil seguir resistiéndose a rememorar los terribles recuerdos que la visión de la princesa Bea le habían provocado. Dejó la sartén con un gesto cansino encima de la mesa, fue a sentarse al borde de la cama y hundió la cabeza entre las manos, abrumado por la pena y el dolor -. No – repitió -, mi padre no cocinaba.

Llegaron al pueblo al amanecer, el capitán territorial y seis soldados de caballería. En cuanto su madre oyó el ruido de los cascos de los caballos, cogió a Lev en brazos. Este tenía ya seis años y pesaba mucho, pero ella era una mujer fuerte y robusta, capaz de cargar con él un buen trecho. Tomó a Grigori de la mano y los tres salieron corriendo de la casa. Guiaban a los soldados los ancianos del pueblo, quienes debían de haberse encontrado con ellos a las afueras de la aldea. Como solo había una puerta, la familia de Grigori no tenía medio de esconderse, y en cuanto aparecieron, los soldados espolearon a sus monturas.

La madre se deslizó por el costado de la casa y se puso a espantar a las gallinas y a asustar a la cabra, de manera que esta se soltó de la correa y salió huyendo también a través corriendo el erial que había detrás de la vivienda y salió en dirección a los árboles. Podrían haber escapado, pero de repente, Grigori se dio cuenta de que habían dejado atrás a su abuela. Dejó de correr y se soltó de la mano.

– ¡Nos hemos olvidado a la abuela! – gritó.

– Pero ¡es que no puede correr! – contestó la madre.

Grigori ya lo sabía; su abuela apenas podía ya caminar, pero a pesar de todo, sentía que no podían abandonarla allí.

– ¡Grishka, vamos! – gritó su madre, y siguió corriendo, aún acarreando a Lev en brazos, que chillaba aterrorizado.

Grigori los siguió, pero aquel retraso fue funesto. Los soldados a caballo se aproximaron, cercándolos a cada lado, y les bloquearon el sendero de entrada al bosque. Desesperada, la madre corrió hacia el estanque, pero los pies se le hundieron en el barro, lo que le impidió seguir avanzando y, al final, se cayó en el agua.

Los hombres se echaron a reír a carcajadas. Le ataron las manos a la espalda y la obligaron a regresar.

– Aseguraos de que la acompañen los niños – dijo el capitán -. Son órdenes del príncipe.

Se habían llevado al padre de Grigori una semana antes, junto a otros dos hombres. El día anterior, los carpinteros del príncipe Andréi habían construido un patíbulo en la pradera norte. En ese momento, mientras seguía a su madre en dirección al prado, Grigori vio a tres hombres en lo alto del patíbulo, atados de pies y manos y con una soga al cuello. Junto al patíbulo, aguardaba un sacerdote.

– ¡No! – gritó su madre, que empezó a forcejear para quitarse la cuerda que le rodeaba las muñecas. Uno de los soldados extrajo el fusil de la funda que llevaba en la silla de montar, le dio la vuelta y pegó a la mujer en la cara con la culata de madera del arma. La madre dejó de forcejear y empezó a gritar.

Grigori sabía lo que significaba aquello: su padre iba a morir allí. Había visto a cuatreros ahorcados por los ancianos de la aldea, aunque aquello era distinto, porque las víctimas eran hombres a los que no conocía. Una oleada de terror se apoderó de su cuerpo, y sintió de pronto que empezaba a temblar y le flaqueaban las piernas.

Aún cabía la esperanza de que, al final, ocurriese algo inesperado capaz de impedir la ejecución; puede que el zar decidiese intervenir, si de verdad velaba por su pueblo. O acaso un ángel, tal vez. Sintió que se le humedecía la cara y comprendió que estaba llorando.

Él y su madre se vieron obligados a colocarse de pie justo delante del patíbulo. Los demás aldeanos se reunieron alrededor. Al igual que a su madre, habían tenido que arrastrar hasta allí a las mujeres de los otros dos hombres, entre gritos y sollozos, maniatadas, con los niños aferrándose a sus faldas y profiriendo alaridos de terror.

En el sendero de tierra que había detrás de la verja del recinto aguardaba un carruaje, con un par de caballos alazanes que pastaban la hierba del margen del camino. Cuando hubieron acudido todos, una figura de barba negra y vestida con un largo abrigo oscuro se apeó del carruaje: era el príncipe Andréi. Se volvió y le ofreció la mano a su hermana pequeña, la princesa Bea, que llevaba una estola de piel alrededor de los hombros para protegerse del frío de la mañana. Grigori no pudo evitar fijarse en la belleza de la princesa, con la piel y el pelo muy claros, con el mismo aspecto que imaginaba que debían de tener los ángeles, a pesar de que era evidente que era un diablo.

El príncipe se dirigió a los aldeanos.

– Este prado pertenece a la princesa Bea – dijo -, y nadie puede apacentar el ganado en él sin su permiso. Hacerlo es robar la hierba de la princesa.

Se oyó un murmullo de resentimiento entre la multitud. No creían en aquella clase de derechos de propiedad, a pesar de lo que les decían todos los domingos en la iglesia. Ellos obedecían unas leyes campesinas más antiguas según las cuales la tierra era del que la trabajaba.

El príncipe señaló a los tres hombres que había en el patíbulo.

– Esos tres insensatos de ahí arriba han quebrantado la ley, no solo una vez, sino en repetidas ocasiones. – Hablaba con la voz preñada de indignación, como un niño al que le hubiesen robado su juguete -. Peor aún, les han dicho a los demás que la princesa no tiene ningún derecho a impedirles que apacienten aquí el ganado, y que los campos que no use el terrateniente deberían quedar a la disposición de los campesinos más pobres. – Grigori había oído a su padre decir aquellas cosas a menudo -. Como consecuencia, algunos hombres venidos de otras partes han empezado a apacentar el ganado en tierras propiedad de la nobleza, y en lugar de arrepentirse de sus pecados, ¡estos tres han convertido a sus vecinos también en pecadores! Por eso han sido condenados a muerte. – Hizo una seña al sacerdote.

El cura subió por la escalera provisional y habló en voz baja con cada uno de los hombres, por turnos. El primero asintió inexpresivamente; el segundo se echó a llorar y empezó a rezar en voz alta, mientras que el tercero, el padre de Grigori, escupió al clérigo en la cara. Nadie se escandalizó, pues en los pueblos no se tenía una buena opinión de los curas, y Grigori había oído decir a su padre que le contaban a la policía todo lo que oían en el confesionario.

El sacerdote bajó las escaleras y el príncipe Andréi hizo una señal a uno de sus sirvientes, que estaba sosteniendo una maza en la mano. Grigori advirtió por primera vez que los tres condenados estaban encima de una plataforma de madera con unas rudimentarias bisagras que descansaba sobre un solo soporte, y descubrió horrorizado que la maza servía para derribar al suelo ese único puntal.

«Ahora es cuando debería aparecer un ángel», pensó.

Los lugareños empezaron a emitir gemidos lastimeros, y las mujeres se pusieron a chillar, y esta vez los soldados no hicieron nada por impedírselo. El pequeño Lev lloraba desconsoladamente; lo más probable era que no entendiese lo que estaba a punto de ocurrir, pensó Grigori, pero estaba asustado por los gritos de su madre.

Su padre no mostraba ninguna emoción. Con el rostro pétreo, tenía la mirada fija en algún punto distante, aguardando su destino. Grigori quiso en ese momento llegar a ser tan fuerte como él. Trató con todas sus fuerzas de conservar su aplomo, a pesar de que sentía en las entrañas la necesidad de ponerse a gritar como Lev. No logró contener las lágrimas, pero se mordió el labio y permaneció igual de mudo que su padre.

El sirviente levantó la maza, la acercó al puntal para calcular la distancia necesaria, tomó impulso hacia atrás y asestó el golpe fatídico. El puntal salió despedido por los aires y la plataforma de bisagras se hundió en medio de un gran estruendo. Los tres hombres cayeron al vacío y luego, en el momento en que la soga que les rodeaba el cuello detenía su caída, sus cuerpos se estremecieron en una fuerte sacudida.

Grigori era incapaz de apartar la vista de la escena, y se quedó mirando a su padre. Este no murió en el acto, sino que abrió la boca, tratando de respirar, o de gritar, pero no pudo hacer ninguna de las dos cosas. Con el rostro cada vez más enrojecido, forcejeó con las cuerdas que lo tenían atado. La agonía se prolongó durante largo rato, mientras su cara se teñía de un rojo cada vez más intenso.

Luego, la tez adquirió una tonalidad más azulada y sus movimientos fueron haciéndose cada vez más débiles. Al final, se quedó inmóvil.

Su madre dejó de chillar y rompió a llorar.

El cura se puso a rezar en voz alta, pero los aldeanos no le hacían caso, y uno a uno, fueron alejándose del escenario de los tres hombres muertos.

El príncipe y la princesa volvieron a subirse al carruaje y, al cabo de un momento, el cochero hizo restallar el látigo y se marcharon.

Cuando hubo terminado de relatar la historia, Grigori recobró la calma. Se pasó la manga de la camisa por la cara para secarse las lágrimas y luego volvió a dirigir su atención a Katerina, quien lo había escuchado en respetuoso silencio, aunque no parecía demasiado horrorizada ni sorprendida. Sin duda debía de haber presenciado ella misma escenas muy similares: los ahorcamientos, las azotainas y las mutilaciones eran castigos corrientes en los pueblos.

El joven dejó el caldero de agua caliente encima de la mesa y buscó una toalla limpia. Katerina echó la cabeza hacia atrás y Grigori colgó la lámpara de queroseno de un gancho en la pared para ver mejor.

La muchacha tenía un corte en la frente y un morado en la mejilla, además de los labios hinchados. Y pese a todo, al mirarla tan de cerca, Grigori se quedó sin aliento. Ella le correspondió con una mirada franca y valiente que a él se le antojó maravillosa.

Mojó la punta de la toalla en el agua caliente.

– Con cuidado – le advirtió ella.

– Por supuesto. – Empezó limpiándole la frente. Cuando le hubo retirado la sangre, vio que la herida era un simple rasguño.

– Así está mucho mejor – dijo ella.

Lo miraba a la cara mientras le aplicaba la toalla. Él le lavó las mejillas y el cuello y luego dijo:

– He dejado la parte más dolorosa para el final.

– Seguro que no me haces daño – repuso ella -. Hasta ahora has sido muy delicado. – Pero pese a todo, la chica se estremeció de dolor cuando la toalla le rozó los labios hinchados.

– Lo siento – dijo él.

– Sigue.

A medida que las iba limpiando, vio que las heridas ya estaban sanando. Katerina tenía la dentadura blanca y perfecta de una muchacha muy joven. Le limpió las comisuras de aquella boca sensual y, al agacharse para acercarse a ella, sintió el aliento cálido sobre su cara.

Cuando hubo terminado, Grigori experimentó una extraña sensación de decepción, como si hubiese estado esperando algo que no había llegado a suceder. Volvió a sentarse y enjuagó la toalla en el agua, que ahora estaba sucia y oscura por la sangre.

– Gracias – le dijo ella -. Tienes unas manos muy suaves.

Grigori advirtió que el corazón le latía desbocado. Ya había limpiado heridas de otras personas anteriormente, pero nunca había experimentado aquella vertiginosa sensación. Se sintió como si estuviera a punto de hacer una estupidez.

Abrió la ventana, vació el caldero y dejó un charco rosado sobre la nieve del patio.

Le pasó por la cabeza la extraña idea de que tal vez Katerina solo era un sueño. Se volvió, esperando a medias que su silla estuviera vacía, pero allí estaba, mirándolo con aquellos ojos azul verdoso, y se dio cuenta de que no quería que se fuese nunca.

Se le ocurrió que tal vez estaba enamorado.

Nunca jamás había pensado nada semejante. Por lo general, estaba demasiado ocupado cuidando de Lev para ir por ahí detrás de las mujeres, aunque no era virgen: se había acostado con tres mujeres distintas. Sin embargo, había sido una experiencia triste, tal vez porque no sentía nada por ninguna de ellas.

Ahora, en cambio, lo que quería – pensó casi temblando -, más que ninguna otra cosa en el mundo, era tumbarse con Katerina en el estrecho camastro que había junto a la pared, besar su rostro magullado y decirle…

Y decirle que estaba enamorado de ella.

«No seas idiota – se regañó -. Pero si hace solo una hora que la conoces… Lo que quiere de ti no es amor, lo que quiere es que le prestes algo de dinero, un trabajo y un sitio donde dormir.»

Cerró la ventana de golpe.

– Cocinas para tu hermano – dijo ella -, tienes las manos suaves y a pesar de todo eso, eres capaz de derribar a un policía al suelo de un puñetazo.

Grigori no sabía qué responder.

– Me has contado cómo murió tu padre – prosiguió ella -, pero tu madre también murió cuando aún eras un niño, ¿verdad que sí?

– ¿Cómo lo sabes?

Katerina se encogió de hombros.

– Porque tuviste que dejar de ser niño para convertirte en madre.

Murió el 9 de enero de 1905, según el calendario juliano. Era domingo, y en los días y los años que siguieron pasó a ser conocido como el Domingo Rojo o Sangriento.

Grigori tenía dieciséis años y Lev, once. Al igual que su madre, los dos chicos trabajaban en la fábrica Putílov. Grigori era aprendiz de fundidor y Lev, mozo de limpieza. Ese mes de enero, los tres estaban de huelga, junto con más de cien mil operarios de San Petersburgo, para reivindicar la jornada laboral de ocho horas y el derecho a organizarse en sindicatos. La mañana del día 9 se pusieron sus mejores ropas y salieron a la calle, cogidos de la mano y caminando por el manto de nieve recién caída, hasta una iglesia cerca de la fábrica Putílov. Después de misa se sumaron a los millares de trabajadores que, procedentes de todos los rincones de la ciudad, desfilaban en dirección al Palacio de Invierno.

– ¿Por qué tenemos que caminar? – se quejaba el pequeño Lev, que habría preferido jugar al fútbol en cualquier callejón.

– Por la memoria de tu padre – contestó su madre -, porque los príncipes y las princesas son unos monstruos asesinos. Porque tenemos que derrocar al zar y a todos los de su clase. Porque no descansaré hasta que Rusia sea una república.

Hacía un día perfecto en San Petersburgo, frío pero seco, y el rostro de Grigori recibía el aliento cálido del sol, igual de reconfortante que el sentimiento de camaradería por avanzar todos unidos por una misma causa.

El líder que encabezaba la manifestación, el pope Gapón, era como un profeta del Antiguo Testamento, con la luenga barba, el lenguaje bíblico y el brillo de la gloria divina en sus ojos. No era ningún revolucionario, sino que sus asambleas para ayudar a los obreros, auspiciadas por el propio gobierno, daban comienzo a todas sus reuniones con la oración del Señor y terminaban con el himno nacional.

– Ahora entiendo qué esperaba el zar de Gapón – le dijo Grigori a Katerina nueve años más tarde, en aquella habitación que daba a la línea del ferrocarril -. Pretendía que fuera una especie de válvula de seguridad, concebida para que absorbiera la presión de los trabajadores para las reformas y la liberase, de manera inofensiva, en meriendas a base de té y bailes en el campo. Pero no le salió bien.

Ataviado con una larga túnica blanca y portando un crucifijo, Gapón encabezaba la procesión por el distrito de Narva. Grigori, Lev y su madre iban justo a su lado, pues él mismo había animado a las familias a que se colocasen delante en la marcha, asegurándoles que los soldados nunca serían capaces de disparar contra los niños. Detrás de ellos, dos vecinos portaban un enorme retrato del zar. Gapón les dijo que el zar era el padre de su pueblo, que él escucharía sus ruegos, que atendería sus súplicas, echaría a sus crueles ministros y satisfaría las razonables demandas de los trabajadores.

– Dijo Nuestro Señor Jesucristo: «Dejad que los niños se acerquen a mí», y el zar dice lo mismo – clamaba Gapón, y Grigori le creía.

Habían llegado a la Puerta de Narva, un arco de triunfo de dimensiones descomunales, y Grigori recordaba haber mirado a la estatua de una cuadriga con seis caballos gigantescos; a continuación, un escuadrón de caballería abrió fuego y empezó a disparar al aire, casi como si los caballos de bronce que coronaban el monumento hubiesen cobrado vida de repente.

Algunos de los manifestantes salieron huyendo despavoridos, otros cayeron al suelo y fueron pisoteados sin piedad por los cascos de los caballos. Grigori se quedó paralizado, sin poder moverse, aterrorizado, al igual que su madre y Lev.

Los soldados no desenfundaban sus armas, y parecían contentarse con asustar a la gente para que se dispersara, pero había demasiados trabajadores en las calles, y al cabo de unos minutos, los soldados hicieron girar a los caballos y se fueron.

La marcha se reanudó, aunque con un espíritu muy distinto. Grigori intuyó que el día podía no acabar de forma pacífica. Pensó en todas las fuerzas que tenían en contra: la nobleza, los ministros y el ejército. ¿Hasta dónde serían capaces de llegar para impedir que el pueblo hablase con su zar?

La respuesta llegó casi inmediatamente. Al mirar por encima de las cabezas que tenía delante, vio a una fila de soldados de infantería y, con un escalofrío, se dio cuenta de que estaban preparados para abrir fuego.

La marcha prosiguió más despacio cuando los manifestantes comprendieron a qué se enfrentaban. El pope Gapón, a escasa distancia de Grigori, se volvió y gritó a sus seguidores:

– ¡El zar nunca permitirá que sus soldados disparen contra su amado pueblo!

Se oyó un repiqueteo ensordecedor, como una lluvia de granizo sobre un tejado de chapa: los soldados acababan de disparar una salva. El olor acre de la pólvora inundó los orificios nasales de Grigori, y el miedo se apoderó por completo de su cuerpo.

– ¡No temáis! – exclamó el pope -. ¡Solo disparan al aire!

Se oyó una nueva ráfaga de disparos, pero aunque ninguna bala parecía impactar en el suelo, al muchacho se le encogió el estómago de puro terror.

A continuación se produjo una nueva salva, y esta vez los proyectiles no pasaron surcando el cielo sin causar daños. Grigori oyó gritos y vio a la gente caer al suelo, mirando a su alrededor con el gesto confuso, y permaneció inmóvil, incapaz de moverse, hasta que su madre le dio un violento empujón.

– ¡Túmbate en el suelo! – le ordenó.

El muchacho la obedeció y, acto seguido, la madre tiró al suelo a Lev también para, al instante, arrojarse sobre su hijo.

«Vamos a morir», pensó Grigori, y el sonido de los latidos de su corazón era más fuerte que el de las balas.

Los disparos se prolongaron indiscriminadamente, un ruido infernal imposible de acallar. Cuando la gente empezó a huir despavorida, Grigori sintió sobre su cuerpo el peso de las botas, pero su madre les protegía la cabeza a él y a su hermano. Permanecieron allí tumbados, temblando, rodeados de gritos y de la trayectoria de los proyectiles.

Luego, el fuego cesó de repente. La madre se apartó de ellos y Grigori levantó la cabeza para mirar a uno y otro lado. Había gente corriendo en todas direcciones, gritándose unos a otros, pero los gritos fueron apagándose poco a poco.

– Vamos, levantaos – les dijo su madre, y se pusieron de pie y corrieron a apartarse de la carretera, sorteando cuerpos inmóviles y esquivando a los heridos, con la ropa empapada de sangre.

Llegaron a un callejón y se detuvieron, y Lev le susurró a su hermano:

– ¡Me he meado encima! ¡No se lo digas a mamá!

La madre estaba furiosa.

– ¡Vamos a ir a hablar con el zar, y nadie podrá impedírnoslo! – gritó, y la gente se paró a mirar aquella expresiva cara de campesina y su mirada intensa. Con una voz extraordinariamente poderosa, el eco de sus palabras llegó hasta el otro lado de la calle -. No pueden impedírnoslo: ¡tenemos que llegar al Palacio de Invierno!

Algunos gritaron de entusiasmo ante sus palabras y otros asintieron con la cabeza. Lev empezó a llorar.

Escuchando la historia nueve años más tarde, Katerina dijo:

– ¿Y por qué hizo eso? ¡Debería haberse llevado a sus hijos a casa, para ponerlos a salvo!

– Ella siempre decía que no quería que sus hijos tuviesen la misma vida que había tenido ella – contestó Grigori -. Creo que pensaba que, para todos nosotros, era mejor morir que renunciar a la esperanza de una vida mejor.

Katerina se quedó pensativa.

– Supongo que eso es ser muy valiente.

– Es más que valentía – repuso Grigori con voz solemne -. Es heroísmo.

– ¿Y qué ocurrió luego?

Habían llegado al centro de la villa, junto a millares de personas más. Cuando el sol se elevó aún más por el cielo de la ciudad nevada, Grigori se desabrochó el abrigo y se quitó la bufanda. La caminata era muy larga paras las cortas piernas de Lev, pero el chico estaba demasiado asustado y confuso para protestar.

Al fin llegaron a la avenida Nevski, el amplio paseo que atravesaba el corazón de la ciudad, que ya estaba abarrotada de gente. Los coches y los omnibuses transitaban las calles a toda velocidad, y los carruajes de caballos de alquiler circulaban en todas direcciones, sembrando el caos y el peligro… en aquellos tiempos, recordó Grigori, no había taxis a motor.

Se encontraron con Konstantín, un tornero de la fábrica Putílov, quien le contó a su madre un mal presagio: que habían matado a varios manifestantes en diversas partes de la ciudad. Sin embargo, la mujer no aminoró el paso, y el resto de la multitud parecía igual de decidida que ella. Prosiguieron con su marcha implacable desfilando por delante de tiendas que vendían pianos alemanes, sombreros de confección parisina y vasijas de plata especiales para rosas de invernadero. Grigori había oído decir que, en las joyerías de la ciudad, un noble podía gastar más dinero en alhajas para su amante de lo que un obrero de una fábrica llegaba a ganar en toda su vida. Pasaron por delante del cine Soleil, que Grigori se moría de ganas de visitar. Los vendedores ambulantes estaban haciendo su agosto, vendiendo té hecho en samovares y globos de colores para los niños.

Al llegar al extremo de la calle, se encontraron de frente con los tres símbolos más emblemáticos de la ciudad de San Petersburgo, a orillas del río Neva, cuyas aguas estaban congeladas: la estatua ecuestre de Pedro el Grande, más conocida como el Jinete de Bronce; el edificio del Almirantazgo, con su aguja dorada, y el Palacio de Invierno. La primera vez que había visto el palacio, a los doce años, Grigori no podía creer que un edificio tan gigantesco pudiese estar destinado a que vivieran personas en él; le parecía algo inconcebible, como sacado de un cuento de hadas, como una espada mágica o una capa para volverse invisible.

La plaza que había delante del palacio estaba cubierta de un manto blanco de nieve. En el extremo del fondo, formando fila delante del edificio rojo oscuro, se veía a la caballería, fusileros vestidos con abrigos largos, y un cañón. La muchedumbre se arremolinó en torno a la orilla de la plaza, manteniendo la distancia, temerosos de los militares, pero el goteo de gente era incesante, ciudadanos que acudían desde todas las calles circundantes, como las aguas de los afluentes que iban a parar al Neva, y a Grigori no dejaban de empujarlo hacia delante. El muchacho advirtió, sorprendido, que no todos los presentes eran obreros, sino que muchos de ellos llevaban los cálidos abrigos de la clase burguesa, que regresaban de camino a sus casas después de acudir a la iglesia; también había estudiantes, y algunos incluso iban ataviados con el uniforme de la escuela.

Con prudencia, la madre de Grigori se los llevó a él y a su hermano lejos de las armas y en dirección a los Jardines Alexandrovski, un parque delante del edificio amarillo y blanco del Almirantazgo. Otros tuvieron la misma idea y la gente allí reunida empezó a caldear el ambiente. El hombre que solía ofrecer paseos en trineo de renos a los hijos de los burgueses se había ido a casa. Todos hablaban de matanza, de que, en toda la ciudad, los manifestantes habían sido abatidos por los disparos y muchos habían muerto a manos de los sables de los cosacos. Grigori habló con un chico de su misma edad y le contó lo ocurrido en la Puerta de Narva. A medida que los manifestantes iban descubriendo lo que les había pasado a los otros, los ánimos se enardecían por momentos.

Grigori se quedó mirando la enorme fachada del Palacio de Invierno, con sus centenares de ventanas. ¿Dónde estaba el zar?

– Más tarde averiguamos que esa mañana el zar no estaba en el Palacio de Invierno – le explicó Grigori a Katerina, y oyó en su propia voz el amargo resquemor de una víctima de la traición y la decepción -. Ni siquiera estaba en la ciudad. El padre de su pueblo se había ido a su palacio en la Villa de los Zares, a pasar el fin de semana dando paseos por el campo y jugando al dominó. Pero entonces nosotros eso no lo sabíamos, y lo llamamos a gritos, le suplicamos que apareciera ante sus leales súbditos.

La multitud era cada vez más numerosa, y los gritos para que el zar se asomara a recibir a su pueblo eran más insistentes; algunos de los manifestantes empezaron a abuchear a los soldados. Todo el mundo estaba muy tenso y enfadado. De repente, un destacamento de guardias irrumpió en los jardines y ordenó el desalojo del lugar. Grigori presenció, entre aterrorizado e incrédulo, cómo fustigaban a los presentes indiscriminadamente con el látigo, algunos utilizando incluso la empuñadura del sable. Miró a su madre en busca de ayuda.

– ¡No podemos rendirnos ahora! – clamó ella.

Grigori no sabía qué era lo que esperaban todos que hiciese el zar, solo estaba seguro, como todos los demás, de que su soberano lograría de algún modo atender las quejas de sus súbditos si estos conseguían hacerlas llegar a sus oídos.

Los otros manifestantes exhibían la misma determinación que su madre, y aunque aquellos que eran atacados por los guardias se encogían con el gesto aterrorizado, nadie se movió de allí.

En ese momento, los soldados tomaron posiciones para abrir fuego.

Cerca de la fila delantera, varias personas se pusieron de rodillas, se quitaron los gorros y se santiguaron.

– ¡Arrodillaos! – gritó su madre, y los tres se arrodillaron, como la mayoría de todos cuantos los rodeaban, hasta que la multitud hubo adoptado la posición de oración.

Todo quedó sumido en un silencio que hizo que a Grigori se le pusieran los pelos de punta. Se quedó mirando los fusiles que lo apuntaban y los fusileros le devolvieron una mirada vacía e indiferente, como si fueran estatuas.

A continuación, Grigori oyó el sonido de una corneta.

Era una señal. Los soldados abrieron fuego y, alrededor de Grigori, la gente gritó y cayó al suelo. Un chico que se había encaramado a una estatua para ver mejor, lanzó un alarido y se desplomó. Un niño se precipitó de un árbol como si fuera un pájaro.

Grigori vio a su madre tumbarse boca abajo en el suelo. Creyendo que trataba de evitar las balas, él hizo lo mismo, pero luego, al mirarla cuando ambos estaban tendidos en el suelo, advirtió el reguero de sangre, roja y brillante, en la nieve que le rodeaba la cabeza.

– ¡No! – gritó -. ¡No!

Lev gritó también.

Grigori agarró a su madre por los hombros y la levantó. Tenía el cuerpo inerte y, al mirarla a la cara, la imagen que vio lo dejó completamente desconcertado. ¿Qué era lo que estaba viendo? Donde debían haber estado su frente y sus ojos, ahora solo había una masa amorfa de vísceras irreconocibles.

Fue Lev quien puso palabras a la verdad.

– ¡Está muerta! – gritó -. ¡Mamá está muerta! ¡Mi madre está muerta!

Los disparos cesaron. A su alrededor, la gente corría, escapaba cojeando o huía a rastras. Grigori intentó pensar. ¿Qué debía hacer? Tenía que sacar a su madre de allí como fuese, decidió. Le pasó los brazos por debajo del cuerpo y la levantó. No era ligera, pero él era fuerte.

Se volvió para tratar de localizar el camino de vuelta a casa. Lo veía todo borroso, y entonces se dio cuenta de que estaba llorando.

– Vamos – le dijo a Lev -. Deja de gritar. Tenemos que irnos.

Al llegar al final de la plaza, un anciano los retuvo un momento, un hombre con el rostro surcado de arrugas y los ojos llorosos. Llevaba el uniforme azul de un obrero de la fábrica.

– Tú eres joven – le dijo a Grigori. Había rabia y angustia en su voz -. No olvides nunca lo que ha pasado hoy aquí – le pidió -. No olvides nunca los crímenes cometidos por el zar.

Grigori asintió.

– No lo olvidaré, señor – le contestó.

– Que tengas una larga vida – siguió diciendo el anciano -. Lo bastante larga para vengarte del zar, que tiene las manos manchadas de sangre por todos los crímenes que ha cometido hoy.


– La llevé en brazos durante un kilómetro y medio, pero luego me cansé, así que me subí a un tranvía, con ella aún en brazos – le explicó Grigori a Katerina.

La joven lo miró fijamente. Su rostro tan hermoso, lleno de magulladuras, estaba ahora pálido de espanto.

– ¿Llevaste a tu madre muerta a casa en tranvía?

Él se encogió de hombros.

– En esos momentos no pensé que estuviera haciendo nada extraordinario. O mejor dicho, todo lo que había pasado ese día era tan extraño, que ya nada me sorprendía.

– ¿Y la gente que iba en el tranvía?

– El conductor no dijo nada. Supongo que estaba demasiado conmocionado para echarme y, por supuesto, no me pidió que le pagara el billete… que no habría podido pagar, claro.

– ¿Y te sentaste, sin más?

– Me senté allí, con el cadáver en brazos y Lev a mi lado, llorando. Los pasajeros se limitaron a mirarnos. Me daba igual lo que pensasen, lo único que me preocupaba era qué hacer a continuación, que era llevarla a casa.

– Así que te convertiste en el cabeza de familia, a los dieciséis años.

Grigori asintió. Aunque los recuerdos eran dolorosos, el hecho de que Katerina le estuviese dedicando toda su atención le producía un placer indescriptible. Tenía la mirada clavada en él, y lo escuchaba boquiabierta, con una expresión en aquel rostro adorable, mezcla de fascinación y horror.

– Lo que más recuerdo de aquella época es que nadie nos ayudó – dijo, y volvió a experimentar el sentimiento terrible de estar completamente solo en un mundo hostil. El recuerdo siempre conseguía que una intensa oleada de rabia inundara toda su alma.

«Eso ya pasó – se dijo -, ahora tengo una casa y un trabajo, y mi hermano se ha convertido en un hombre fuerte y noble. Los malos tiempos ya han quedado atrás.» Pero pese a todo, le daban ganas de coger a alguien del cuello, ya fuese un soldado, un policía, un ministro del gobierno o el mismísimo zar, y retorcérselo hasta que no quedase una gota de vida en su cuerpo. Cerró los ojos, estremeciéndose, hasta que se le pasó.

– En cuanto acabó el funeral, el casero nos echó, diciendo que no podríamos pagarle, y se quedó con nuestros muebles como compensación por los alquileres atrasados, a pesar de que nuestra madre jamás se retrasaba en los pagos. Fui a la iglesia y le conté al cura que no teníamos ningún lugar donde dormir.

Katerina se rió con una carcajada cruel.

– Creo que adivino lo que pasó allí.

Grigori estaba sorprendido.

– ¿Ah, sí?

– El cura os ofreció una cama: la suya. Eso fue lo que me pasó a mí.

– Algo así – dijo Grigori -. Me dio unos cópecs y me envió a comprar patatas. La tienda no estaba donde él me había dicho, pero en lugar de ponerme a buscarla, regresé a la iglesia porque aquel hombre me daba mala espina. Efectivamente, cuando entré en la sacristía, estaba bajándole los pantalones a Lev.

Katerina asintió con la cabeza.

– Los curas llevan haciéndome eso mismo a mí desde que tenía doce años.

Grigori se quedó de una pieza. Había dado por sentado que solo aquel cura en concreto era una mala persona, pero era evidente que Katerina estaba convencida de que, entre el clero, la depravación era la norma.

– ¿Es que son todos así? – exclamó él, indignado.

– Según mi experiencia, prácticamente todos.

Negó con la cabeza, asqueado.

– ¿Y sabes lo que más me indignó? Que cuando lo sorprendí, ¡ni siquiera dio muestras de estar avergonzado! Solo parecía molesto, como si lo hubiese interrumpido mientras meditaba sobre la Biblia.

– ¿Y qué hiciste?

– Le dije a Lev que se subiera los pantalones y nos fuimos. El cura me instó a que le devolviera los cópecs, pero yo le contesté que era una limosna para los pobres. Pagué con ellos una cama en una casa de huéspedes esa noche.

– ¿Y luego?

– Al final encontré un trabajo que no estaba mal, mintiendo sobre mi verdadera edad, busqué una habitación y aprendí, día tras día, a ser independiente.

– Y ahora, ¿eres feliz?

– Desde luego que no. Mi madre quería para nosotros una vida mejor, y voy a asegurarme de que así sea. Nos vamos a ir de Rusia. Ya casi tengo ahorrado el dinero suficiente: me voy a América, y cuando llegue, le enviaré a Lev el dinero para un pasaje. En América no hay zares, ni emperadores ni reyes de ninguna clase. El ejército no puede disparar así como así a la gente. ¡Es el pueblo el que gobierna el país!

La muchacha se mostró escéptica.

– ¿Y tú de verdad te crees eso?

– ¡Es que es verdad!

Se oyeron unos golpes en la ventana y Katerina se sobresaltó – estaban en la primera planta -, pero Grigori sabía que era Lev. Por la noche, cuando ya era tarde y la puerta principal de la casa estaba cerrada con llave, Lev tenía que cruzar la línea del ferrocarril hacia el patio trasero, encaramarse al tejado del lavadero y entrar a través de la ventana.

Grigori le abrió la ventana a su hermano y este entró. Iba vestido muy elegantemente, con una chaqueta de botones de nácar y una gorra con una cinta de terciopelo. En el chaleco llevaba un reloj de bolsillo con una cadena de bronce, y lucía un moderno corte de pelo al estilo «polaco», con la raya al lado en lugar de en el centro como la llevaban los campesinos. Katerina parecía sorprendida, y Grigori dedujo que no esperaba que su hermano fuese tan atractivo.

Normalmente, Grigori siempre se alegraba al ver a Lev, y sentía un gran alivio al comprobar que estaba sobrio y había vuelto a casa de una sola pieza. Sin embargo, en ese momento deseaba haber podido disfrutar de más tiempo a solas con Katerina.

Los presentó y los ojos de Lev emitieron un brillo especial cuando le estrechó la mano. Ella se secó las lágrimas de las mejillas.

– Grigori me ha estado contando cómo murió vuestra madre – le explicó.

– Mi hermano ha sido un padre y una madre para mí durante los últimos nueve años – dijo Lev. Ladeó la cabeza y olisqueó el aire -. Y prepara un estofado estupendo.

Grigori sacó tazones y cucharas y puso una barra de pan negro encima de la mesa. Katerina le contó a Lev la pelea con el policía Pinski. En su versión de la historia, Grigori parecía más valiente de lo que él se sentía en realidad, pero se alegraba de parecer un héroe ante los ojos de la chica.

Lev miraba embelesado a Katerina. Con el cuerpo inclinado hacia delante, la escuchaba como si nunca en toda su vida hubiese escuchado una historia más fascinante, sonriendo y asintiendo, esbozando una expresión de asombro u otra de repudio en función de lo que ella estuviese diciendo.

Grigori sirvió el estofado en los tazones y acercó la caja de embalaje a la mesa para que hiciera las veces de silla. La comida estaba muy sabrosa: había añadido una cebolla a la cazuela, y el hueso de jamón daba un intenso regusto a carne a los nabos. Durante la cena, se fue creando un clima cada vez más distendido mientras Lev hablaba de pequeñas cuestiones sin importancia, de incidentes triviales en la fábrica y de cosas graciosas que decía la gente. Katerina no paraba de reír.

Cuando acabaron, Lev le preguntó a Katerina por qué se había ido a vivir a la ciudad.

– Mi padre murió y mi madre volvió a casarse – les explicó -. Por desgracia, parece ser que empecé a gustarle a mi padrastro más que mi madre. – Hizo un movimiento brusco con la cabeza, y Grigori no pudo discernir si era un gesto de vergüenza o desafiante -. El caso es que eso es lo que creía mi madre, y me echó de casa.

– La mitad de la población de San Petersburgo procede del campo – observó Gregori -. Pronto no quedará nadie para cultivar la tierra.

– ¿Cómo fue tu viaje hasta aquí? – preguntó Lev.

Lo que siguió fue la consabida historia de la muchacha que tiene que viajar con un billete de tren en tercera clase y suplicar que la lleven en distintos trayectos en carro, pero Grigori estaba embelesado con su rostro mientras ella hablaba.

Una vez más, Lev la escuchaba extasiado, haciendo comentarios divertidos y formulando alguna pregunta de vez en cuando. Grigori no tardó en darse cuenta de que Katerina se había vuelto hacia un lado en su asiento y ahora se dirigía exclusivamente a Lev.

«Casi como si yo ni siquiera estuviera aquí», pensó Grigori.

<p>Capítulo 4</p>

Marzo de 1914

Bueno – le dijo Billy a su padre -. Todos los libros de la Biblia fueron escritos originalmente en varios idiomas y luego se tradujeron al inglés.

– Así es – dijo el padre -. Y la Iglesia católica romana intentó prohibir las traducciones, no quería que la gente como nosotros leyera la Biblia por su cuenta y que discutiera con los curas.

Su padre no era muy cristiano cuando hablaba de los católicos. Parecía odiar más el catolicismo que el ateísmo. Pero le encantaban las buenas discusiones.

– Y, entonces, ¿dónde están los originales? – preguntó Billy.

– ¿Qué originales?

– Los libros originales de la Biblia, escritos en hebreo y griego. ¿Dónde los guardan?

Estaban sentados, uno frente al otro, a la mesa cuadrada de la cocina de la casa de Wellington Row. Era media tarde. Billy había vuelto a casa de la mina y se había lavado las manos y la cara, pero aún llevaba puesta la ropa de trabajo. El padre había colgado la americana, estaba sentado en mangas de camisa, con el chaleco y la corbata ya que pensaba salir de nuevo después de cenar, para acudir a una reunión del sindicato. La madre calentaba el estofado al fuego. El abuelo estaba sentado con ellos, escuchando la discusión con una leve sonrisa, como si ya hubiera oído todo aquello antes.

– Los originales de verdad ya no existen – dijo el padre -. Con el paso de los siglos se estropearon y desgastaron. Tenemos copias.

– ¿Y dónde están las copias?

– En distintos lugares, en monasterios, en museos…

– Deberían tenerlos en un mismo sitio.

– Pero hay más de una copia de cada libro, y algunas son mejores que otras.

– ¿Cómo va a ser una copia mejor que otra? No pueden ser diferentes.

– Sí. Con los años, se deslizaron errores humanos.

Billy se quedó sorprendido.

– Entonces, ¿cómo sabemos cuál está bien?

– Gracias a unos estudios llamados crítica textual, que comparan las diferentes versiones y proponen un texto consensuado.

Billy estaba anonadado.

– ¿Me estás diciendo que no existe un libro incuestionable que pueda ser considerado la verdadera palabra de Dios? ¿Que los hombres discuten sobre él y lo juzgan?

– Sí.

– ¿Cómo sabemos que están en lo cierto?

El padre sonrió de forma cómplice, una clara señal de que estaba en un aprieto.

– Creemos que si trabajan con devota humildad, Dios guiará su trabajo.

– Pero ¿y si no lo hacen así?

La madre puso cuatro platos soperos en la mesa.

– No discutas con tu padre – le reconvino, y cortó cuatro rebanadas gruesas de pan.

– No te metas, Cara. Deja que el chico pregunte lo que quiera – terció el abuelo.

– Hay ciertas cosas que escapan a nuestra comprensión – repuso el padre.

Esa respuesta fue la menos convincente de todas y Billy la pasó por alto.

– Si los copistas pudieron cometer errores, entonces los eruditos también.

– Debemos tener fe, Billy.

– Fe en la palabra de Dios, sí; ¡no fe en un puñado de catedráticos de griego!

La madre se sentó a la mesa y se apartó su pelo canoso de los ojos.

– Entonces tú tienes razón, y los demás se equivocan, como siempre, imagino.

Aquella estratagema tan habitual siempre le hería, porque parecía justificada. No era posible que fuera más inteligente que los demás.

– No soy yo – se quejó -. ¡Es la lógica!

– Oh, tú y tu lógica – dijo su madre -. Cómete la cena.

Se abrió la puerta y entró la señora de Dai Ponis. Era lo habitual en Wellington Row: solo los desconocidos llamaban a la puerta. Llevaba un delantal y botas de hombre: fuera cual fuese el motivo que la llevaba hasta allí, era tan urgente que no había tenido tiempo de ponerse un sombrero antes de salir de casa. Visiblemente alterada, agitaba una hoja de papel.

– ¡Van a desahuciarme! – exclamó -. ¿Qué voy a hacer?

El padre de Billy se puso en pie y le cedió su silla.

– Siéntate y recupera el aliento – le dijo a la mujer, con calma -. Déjame echarle un vistazo a la carta. – Tomó la carta de la mano roja y nudosa de la viuda y la dejó sobre la mesa.

Billy vio que llevaba el membrete de Celtic Minerals.

– Estimada señora Evans – leyó el padre en voz alta -: La casa sita en la dirección antedicha es requerida para el uso de un minero en activo. – Celtic Minerals había construido la mayoría de las casas de Aberowen. Con los años, había vendido algunas a sus inquilinos, incluida la de la familia Williams; pero la mayor parte aún se alquilaba a los mineros -. De acuerdo con las condiciones de su contrato de arrendamiento, por – el padre hizo una pausa y Billy vio cómo se escandalizó -… ¡por la presente le comunico que dispone de dos semanas para abandonar la casa! – acabó.

– Aviso de desahucio… – dijo la madre -. ¡Y no hace ni seis semanas que enterró a su marido!

La señora de Dai Ponis gritó:

– ¿A dónde voy a ir con cinco hijos?

Billy también se quedó horrorizado. ¿Cómo podía hacerle eso la compañía a una mujer cuyo marido había muerto en su mina?

– Está firmado por «Perceval Jones, director de la junta directiva» – dijo el padre.

– ¿Qué arrendamiento? – preguntó Billy -. No sabía que los mineros tenían contratos de arrendamiento.

– No hay contrato escrito – contestó su padre -, pero la ley dice que existe un contrato implícito. Es una batalla que ya hemos librado y perdido. – Se volvió hacia la viuda -. En teoría, la casa es un beneficio del trabajo, pero, por lo general, a las viudas les permiten quedarse en ellas. A veces deciden dejarlas e irse a vivir a otro lado, quizá con sus padres. A menudo se casan de nuevo, con otro minero, que se hace cargo del contrato de arrendamiento. En realidad, a la compañía no le interesa echar a las viudas.

– Entonces, ¿por qué quieren deshacerse de mis hijos y de mí? – se lamentó la señora de Dai Ponis.

– Perceval Jones tiene prisa – intervino el abuelo -. Debe de creer que el precio del carbón va a subir. Por eso ha creado el turno del domingo.

El padre asintió.

– Quieren subir la producción, eso está claro, sea cual sea el motivo. Pero no lo lograrán desahuciando a viudas. – Se puso en pie -. No si puedo evitarlo.


Iban a desahuciar a ocho mujeres, todas viudas de hombres que habían muerto en la explosión. Habían recibido cartas idénticas de Perceval Jones, tal y como comprobó el padre esa misma tarde cuando fue a visitar a todas las viudas, acompañado de Billy. Sus reacciones variaron de la histeria de la señora de Hywel Jones, que no podía parar de llorar, al deprimente fatalismo de la señora de Roley Hughes, que dijo que su país necesitaba una guillotina como la de París para hombres como Perceval Jones.

Billy estaba indignadísimo. ¿Acaso no era suficiente castigo que estas mujeres hubieran perdido a sus maridos en la mina? ¿Debían quedarse sin hogar, además de viudas?

– ¿Puede hacer esto la compañía, papá? – preguntó, mientras avanzaban por las terrazas de un gris sombrío, en dirección a la bocamina.

– Solo si lo permitimos, hijo. La clase trabajadora es más numerosa que la dirigente, y más fuerte. Dependen de nosotros para todo. Les proporcionamos la comida, construimos sus casas, les hacemos la ropa, y sin nosotros se mueren. No pueden hacer nada a menos que se lo permitamos. Nunca lo olvides.

Entraron en el despacho del capataz y se guardaron la gorra en el bolsillo.

– Buenas tardes, señor Williams – dijo Llewellyn el Manchas, nervioso -. Si no le importa esperar un momento, voy a ver si el señor Morgan puede atenderlo.

– No seas tonto, hijo, por supuesto que puede atenderme – dijo el padre, que, sin más preámbulos, entró en el despacho, seguido de Billy.

Maldwyn Morgan miraba un libro de contabilidad, pero Billy tenía la sensación de que fingía. El capataz alzó la mirada, sus mejillas rosadas, perfectamente afeitadas, como siempre.

– Entre, Williams – dijo, a pesar de que ya era innecesario.

A diferencia de muchos hombres, no tenía miedo al padre de Billy. Morgan había nacido en Aberowen, era hijo de un maestro de escuela y había estudiado ingeniería. Billy se dio cuenta de que su padre y el capataz se parecían mucho: eran inteligentes, se consideraban superiores a los demás y eran tercos.

– Ya sabe qué me trae por aquí, señor Morgan – dijo el padre.

– Lo imagino, pero aun así, cuéntemelo.

– Quiero que retire los avisos de desahucio.

– La compañía necesita las casas para los mineros.

– Habrá problemas.

– ¿Me está amenazando?

– Menos humos – replicó el padre con buenas maneras -. Esas mujeres han perdido a sus maridos en su mina. ¿No se siente responsable de ellas?

Morgan alzó el mentón en un gesto defensivo.

– La comisión de investigación pública concluyó que la explosión no se debió a una negligencia de la compañía.

A Billy le entraron ganas de preguntarle cómo era posible que un hombre inteligente dijera tal cosa y no se avergonzara de sí mismo.

– La comisión halló una lista de infracciones tan larga como el tren de Paddington: material eléctrico que no estaba debidamente protegido, la falta de aparatos respiradores, falta de medios de extinción de incendios adecuados…

– Pero todas esas infracciones no causaron la explosión, ni las muertes de los mineros.

– No se pudo demostrar, más bien, que las infracciones causaran la explosión o las muertes.

Morgan se revolvió en el sillón, incómodo.

– No ha venido aquí a hablar sobre la comisión de investigación.

– He venido para hacerlo entrar en razón. Mientras hablamos, la noticia sobre el envío de estas cartas se está extendiendo por la ciudad. – El padre señaló hacia la ventana y Billy vio que el sol invernal se ponía tras la montaña -. Los hombres están ensayando con los coros, bebiendo en los pubs, acudiendo a reuniones de oración, jugando al ajedrez… Todos están hablando sobre el desahucio de las viudas. Y puede apostarse lo que quiera a que están furiosos.

– Debo preguntárselo de nuevo: ¿está intentando intimidar a la compañía?

A Billy le entraron ganas de estrangular a Morgan, pero su padre lanzó un suspiro.

– Mire, Maldwyn, nos conocemos desde la escuela. Sea razonable. Sabe que hay hombres del sindicato que serán más agresivos que yo. – Se refería al padre de Tommy Griffiths. Len Griffiths creía en la revolución y siempre albergaba la esperanza de que la siguiente disputa fuera la chispa que provocase el incendio. También quería el trabajo del padre de Billy. Era uno de aquellos hombres que propondría medidas drásticas.

– ¿Me está diciendo que va a convocar una huelga? – inquirió Morgan

– Le estoy diciendo que los hombres se pondrán furiosos. No puedo predecir lo que harán. Pero yo no quiero problemas, y usted tampoco. Estamos hablando de ocho casas de ¿cuántas? ¿Ochocientas? He venido a preguntarle, ¿vale la pena?

– La compañía ha tomado la decisión – respondió Morgan, y Billy tuvo la intuición de que Maldwyn no estaba de acuerdo con la compañía.

– Pídale a la junta directiva que reconsidere la decisión. ¿Qué daño puede hacer eso?

Los modos afables de su padre impacientaban a Billy. Debería alzar la voz, señalarlo con el dedo y acusar a Morgan de la despiadada crueldad de la que la compañía era culpable a todas luces. Aquello era lo que habría hecho Len Griffiths.

Morgan no se inmutó.

– Estoy aquí para ejecutar las decisiones de la junta, no para cuestionarlas.

– De modo que los desahucios ya han sido aprobados por la junta – dijo el padre.

Morgan parecía nervioso.

– No he dicho eso.

Pero lo había dado a entender, pensó Billy, gracias al astuto interrogatorio de su padre. Quizá los buenos modales no eran tan mala idea.

Su padre probó una táctica distinta.

– ¿Y si encontrara ocho casas cuyos ocupantes estuvieran dispuestos a alojar a los nuevos mineros como inquilinos?

– Estos hombres tienen familia.

El padre respondió de forma lenta y deliberada: – Podríamos alcanzar un acuerdo, si está dispuesto a ello.

– La compañía debe tener el poder de gestionar sus propios asuntos.

– ¿Sin tener en cuenta las consecuencias hacia los demás?

– Es nuestra mina de carbón. La compañía hizo prospecciones del terreno, negoció con el conde, construyó la mina y compró la maquinaria; y construyó las casas para alojar a los mineros. Asumimos los gastos de todo esto y es propiedad nuestra, y no permitiremos que nadie nos diga lo que debemos hacer con ello.

El padre se puso la gorra.

– Pero usted no puso el carbón bajo la tierra, ¿verdad, Maldwyn? – preguntó -. Lo hizo Dios.

El padre intentó reservar la sala de actos del ayuntamiento para celebrar una reunión a las siete y media de la tarde del día siguiente, pero se le había adelantado el Club de Teatro Aficionado de Aberowen, que estaba ensayando Enrique IV, Primera parte, por lo que decidió que los mineros se reunirían en el templo de Bethesda. Billy y su padre, junto con Len, Tommy Griffiths y unos cuantos sindicalistas activos más, fueron por la ciudad anunciando la reunión verbalmente y colgando carteles hechos a mano en pubs y templos.

A las siete y cuarto del día siguiente, la iglesia estaba llena a rebosar. Las viudas se sentaron en primera fila, y los demás permanecieron en pie. Billy se encontraba en un lateral, cerca de la parte delantera, donde podía ver las caras de los hombres. Tommy Griffiths estaba a su lado.

Billy se sentía orgulloso de su padre por su audacia, su inteligencia y por el hecho de que se hubiera vuelto a poner la gorra antes de salir del despacho de Morgan. Aun así, le habría gustado que hubiera sido más agresivo. Debería haberse dirigido a Morgan del mismo modo en que lo hizo a la congregación de Bethesda, anunciando el fuego eterno y azufre para aquellos que se negaran a ver la simple verdad.

A las siete y media en punto, David Williams pidió silencio. Con su voz autoritaria y de predicador, leyó la carta que Perceval Jones le había enviado a la señora de Dai Ponis.

– Esta misma carta se ha enviado a las ocho viudas de los hombres que murieron en la explosión de la mina, hace seis semanas.

Varios hombres gritaron:

– ¡Vergüenza!

– De acuerdo con nuestras reglas, los asistentes hablarán únicamente cuando el moderador de la reunión les conceda la palabra, ya que de este modo podremos escuchar a todo el mundo. Quiero pediros que respetéis la norma, incluso en una ocasión como esta en que los sentimientos están a flor de piel.

– ¡Es una puta vergüenza! – gritó alguien.

– Basta, basta, Griff Pritchard, nada de palabras malsonantes, por favor. Nos encontramos en un templo y, además, hay damas entre nosotros.

Dos o tres de los hombres dijeron:

– Eso, eso. – Pronunciaron las palabras con su acento galés cerrado.

Griff Pritchard, que se había pasado toda la tarde en el Two Crowns, desde que acabó su turno, dijo:

– Lo siento, señor Williams.

– Ayer tuve una reunión con el capataz de la mina, y le pedí formalmente que retirara los avisos de desahucio, pero se negó. Me insinuó que la junta directiva había tomado la decisión, y que no tenía potestad para cambiarla, ni tan siquiera para cuestionarla. Lo presioné para que accediera a negociar alternativas, pero dijo que la compañía tenía derecho a gestionar sus propios asuntos sin intromisiones. Es toda la información que puedo daros. – Billy pensó que fue una intervención muy mesurada. Quería que su padre llamara a la revolución, pero se limitó a señalar a un hombre que había levantado la mano -. John Jones el Tendero.

– He vivido en el número 23 de Gordon Terrace toda mi vida – dijo Jones -. Nací allí y no me he movido de allí. Pero mi padre murió cuando tenía once años. Fue una situación muy dura para mi madre, pero le permitieron quedarse. Cuando yo tenía trece años empecé a bajar a la mina y ahora pago el alquiler. Siempre ha sido así. Nadie nos amenazó con echarnos.

– Gracias, John Jones. ¿Deseas presentar alguna moción?

– No, solo quería comentar mi caso.

– Yo sí quiero presentar una moción – exclamó una nueva voz -. ¡Huelga!

Se alzó un coro unánime de asentimiento.

– Dai el Llorica – dijo el padre de Billy, concediéndole la palabra.

– Este es mi punto de pista – dijo el capitán del equipo de rugby de la ciudad -: no podemos consentir que la compañía se salga con la suya. Si les permitimos que desahucien a las viudas, ninguno de nosotros creerá que nuestras familias están seguras. Un hombre podría trabajar toda su vida para Celtic Minerals y morir en la mina, y al cabo de dos semanas su familia podría encontrarse de patitas en la calle. Dai el Sindicalista ha estado en el despacho de Morgan «Se ha ido a Merthyr» y ha intentado hacerlo entrar en razón, pero no ha servido de nada; de modo que la única alternativa que nos queda es ir a la huelga.

– Gracias, Dai – dijo el padre -. ¿Debo considerarlo como una moción formal para convocar una huelga?

– Así es.

A Billy le sorprendió que su padre aceptase tan rápidamente. Sabía que prefería evitar las huelgas.

– ¡Votemos! – gritó alguien.

– Antes de someter la propuesta a votación – repuso el padre de Billy -, tenemos que decidir cuándo debería celebrarse la huelga.

«Ah – pensó Billy -, no va a aceptarlo.»

– Podríamos empezar el lunes – prosiguió su padre -. De este modo, mientras llevamos a cabo los preparativos, la amenaza de una huelga podría hacerlos cambiar de opinión, y nosotros nos saldríamos con la nuestra sin perder ingresos.

Billy se dio cuenta de que su padre quería lograr un aplazamiento como mal menor.

Sin embargo, Len Griffiths había llegado a la misma conclusión.

– ¿Puedo hablar, señor moderador? – preguntó. El padre de Tommy estaba calvo, pero tenía flequillo y bigote negros. Dio un paso al frente y se situó junto al padre de Billy, de cara a la multitud, para transmitir la sensación de que ambos poseían la misma autoridad. Los hombres callaron. Len, al igual que Williams y Dai el Llorica, era uno de los pocos elegidos a los que siempre escuchaban con un respetuoso silencio -. Os pregunto, ¿es una decisión sabia dar cuatro días de gracia a la compañía? Imaginemos que no cambian de opinión, lo cual parece muy probable, dado lo tercos que han sido hasta ahora. Llegará el lunes, no habremos logrado nada, y a las viudas les quedará menos tiempo. – Alzó un poco más la voz para aumentar el efecto retórico -. Os digo, camaradas: ¡no cedáis ni un milímetro!

Hubo una ovación y Billy se unió a ella.

– Gracias, Len – dijo Williams -. Así pues, tengo dos mociones sobre la mesa: huelga ahora o huelga el lunes. ¿Quién más quiere hablar?

Billy observó cómo moderaba la reunión su padre. El siguiente hombre al que llamó fue Giuseppe «Joey» Ponti, solista del Coro de Voces Masculinas de Aberowen, hermano mayor de Johnny, el compañero de escuela de Billy. A pesar de su nombre italiano, había nacido en Aberowen y hablaba con el mismo acento que los demás presentes. Él también estaba a favor de ir a la huelga de inmediato.

Entonces dijo el padre:

– Para ser justos, ¿podría salir a hablar alguien que estuviera a favor de convocar la huelga el lunes?

Billy se preguntó por qué su padre no se aprovechaba de su autoridad personal para equilibrar la situación. Si defendía la opción del lunes, tal vez lograría que los demás mineros cambiasen de opinión. Pero, claro, si fracasaba, se encontraría en una posición incómoda, ya que tendría que declarar una huelga a la que se había mostrado contrario. Se dio cuenta de que su padre no tenía total libertad para decir lo que sentía.

La discusión abarcó diversos temas más. Había grandes reservas de carbón, por lo que la dirección podía aguantar cierto tiempo; sin embargo, también había mucha demanda, por lo que seguramente querrían vender mientras pudieran. La primavera estaba a la vuelta de la esquina, por lo que dentro de poco las familias de los mineros podrían apañárselas sin su cupo gratuito de carbón. Los argumentos de los mineros se fundamentaban en una antigua práctica, pero, a buen seguro, las leyes debían de estar del lado de los patronos.

El padre de Billy dejó que prosiguiera la discusión, y algunas de las intervenciones fueron muy aburridas. El muchacho se preguntó qué motivaba a su padre a comportarse de aquel modo, e imaginó que debía de estar esperando a que se enfriaran los ánimos. Pero, al final, tuvo que someter la cuestión a votación.

– En primer lugar, todos los que se opongan a convocar la huelga.

Unos cuantos hombres levantaron la mano.

– Ahora, los que estén a favor de empezar la huelga el lunes.

La propuesta recibió muchos votos, pero Billy no estaba seguro de que bastaran para ganar. Dependería del número de hombres que se abstuvieran.

– Para finalizar, los que estén a favor de ir a la huelga mañana.

Estalló una gran ovación y un mar de brazos se agitó en el aire. No había dudas acerca del resultado.

– Se aprueba la moción de declarar la huelga a partir de mañana – dijo el padre de Billy.

Nadie propuso un recuento de votos.

Se disolvió la asamblea. Mientras salían, Tommy exclamó con alegría:

– Pues parece que mañana vamos a tener el día libre.

– Sí – concedió Billy -. Y sin dinero que gastar.


La primera vez que Fitz se acostó con una prostituta, intentó besarla; no porque quisiera, sino porque creía que era lo habitual. «No beso», le espetó ella con su acento cockney, y desde entonces no había vuelto a intentarlo. Bing Westhampton decía que muchas prostitutas se negaban a besar, lo cual era extraño, teniendo en cuenta el poco pudor que mostraban en otros aspectos de las relaciones carnales. Tal vez aquella prohibición les servía para conservar un vestigio de su dignidad.

Las chicas que pertenecían a la clase social de Fitz no podían besar a nadie antes del matrimonio. Lo hacían, por supuesto, pero solo en contados momentos de breve intimidad, en una sala lateral que de repente quedaba vacía, o tras un rododendro, en un jardín campestre. Nunca había tiempo para que la pasión fuera a más.

La única mujer a la que Fitz había besado como es debido era su mujer, Bea. Ella le entregó su cuerpo del mismo modo en que un cocinero presentaría un pastel especial, aromático, recubierto de azúcar y decorado de una manera preciosa, para su disfrute personal. Ella le dejaba hacer lo que quería, pero no le pedía nada. Le ofrecía los labios para que se los besara, abría la boca a su lengua, pero Fitz nunca tenía la sensación de que su mujer anhelaba su roce.

Ethel besaba como si solo le quedara un minuto de vida.

Se encontraban en la Suite Gardenia, junto a la cama cubierta con las sábanas para protegerla del polvo, abrazados el uno al otro. Ella le devoraba la lengua, le mordía los labios, le lamía la garganta y, al mismo tiempo, le acariciaba el pelo, lo agarraba de la nuca y le metía las manos bajo el chaleco para poder frotar las palmas en su pecho. Cuando se separaron, sin aliento, ella le agarró la cara con ambas manos, le inmovilizó la cabeza, lo miró fijamente y le dijo:

– Eres tan guapo…

Fitz se sentó en el borde de la cama, cogiéndole las manos, y ella permaneció frente a él. El conde sabía que algunos hombres tenían la costumbre de seducir a sus sirvientas, pero él no. Cuando tenía quince años se enamoró de una camarera de la casa de Londres: su madre tardó pocos días en descubrirlo y despidió a la chica de inmediato. Su padre se limitó a sonreír y dijo: «Aun así, has hecho una buena elección». Desde entonces, no había tocado a ninguna sirvienta. Pero no pudo resistirse a Ethel.

– ¿Por qué has vuelto? – le preguntó la chica -. Se suponía que debías quedarte en Londres durante todo el mes de mayo.

– Quería verte. – Se dio cuenta de que Ethel no acababa de creerlo -. No dejaba de pensar en ti, todo el día, a diario; tenía que regresar.

Ella se inclinó hacia delante y lo besó de nuevo. Fitz alargó el beso, se dejó caer lentamente sobre la cama y la arrastró consigo hasta que Ethel quedó encima de él. Era tan delgada que apenas pesaba más que una niña. Se le escapó un mechón de pelo de la horquilla y Fitz hundió los dedos en sus brillantes rizos.

Al cabo de un rato, Ethel se quitó de encima de él, jadeando. El conde se apoyó en el codo y la miró fijamente. Ella le había dicho que era muy guapo, pero en ese preciso instante la joven era el ser más hermoso que jamás había visto. Tenía las mejillas sonrojadas, el cabello alborotado, y los labios, rojos, húmedos y entreabiertos. Los ojos oscuros de la chica lo miraban con adoración.

Fitz puso una mano sobre su cadera y le acarició el muslo. Ella le tomó la mano y se la agarró con fuerza, como si tuviera miedo de que fuera a llegar demasiado lejos.

– ¿Por qué te llaman Fitz? – le preguntó -. Tu nombre es Edward, ¿verdad?

El conde estaba convencido de que era una artimaña para intentar que la pasión se enfriara.

– Empezó en la escuela – respondió él -. Todos los niños tenían un apodo. En cierta ocasión, Walter von Ulrich vino conmigo a casa durante unas vacaciones, y a Maud se le pegó de él.

– Antes de eso, ¿cómo te llamaban tus padres?

– Teddy.

– Teddy – repitió Ethel, para recrearse en su sonido -. Me gusta más que Fitz.

El conde le acarició el muslo de nuevo, y esta vez ella se lo permitió. La besó y levantó lentamente la larga falda de su vestido negro de ama de llaves. Ethel llevaba medias de media pierna, y Fitz le acariciaba las rodillas desnudas. Por encima llevaba unos calzones largos de algodón. Le acarició las piernas por encima del algodón y acercó la mano al punto donde se unían sus muslos. Cuando la tocó ahí, Ethel lanzó un gemido y levantó las caderas para sentir el roce de su mano.

– Quítatelos – susurró él.

– ¡No!

Fitz encontró el cordón en la cintura. Estaba atado con un lazo y lo deshizo de un tirón.

Ella volvió a poner su mano sobre la del conde de nuevo.

– Para.

– Solo quiero tocarte ahí.

– Yo lo quiero más que tú – replicó ella -. Pero no.

Fitz se arrodilló en la cama.

– No haremos nada que no quieras – le dijo -. Te lo prometo. – Entonces agarró los calzones con ambas manos y los rasgó.

Ethel dio un grito de sorpresa, pero no opuso resistencia. Fitz volvió a tumbarse y la exploró con la mano. La chica abrió las piernas de inmediato. Cerró los ojos y empezó a jadear, como si hubiera corrido. El conde supuso que nadie la había tocado de aquel modo antes, y una vocecilla le dijo que no se aprovechara de su inocencia, pero había sucumbido al deseo y ya no escuchaba.

El conde se desabrochó los pantalones y se puso encima de ella.

– No – dijo Ethel.

– Por favor.

– ¿Y si me quedo embarazada?

– Me apartaré antes de acabar.

– ¿Me lo prometes?

– Te lo prometo – dijo, y se introdujo en ella.

Sintió una obstrucción. Ethel era virgen. Su conciencia habló de nuevo, y esta vez no fue con una vocecilla. Se detuvo. Sin embargo, entonces era ella quien había llegado demasiado lejos. Lo agarró de las caderas y lo atrajo hacia sí, mientras ella se alzaba un poco al mismo tiempo. Fitz sintió algo que se desgarraba, la chica soltó un grito agudo de dolor y desapareció la obstrucción. Mientras él entraba y salía, ella se acoplaba a su ritmo con ansiedad. Abrió los ojos y lo miró a la cara.

– Oh, Teddy, Teddy – exclamó, y Fitz se dio cuenta de que Ethel lo amaba.

Aquel pensamiento lo conmovió de tal manera que estuvo a punto de romper a llorar y, al mismo tiempo, lo excitó tanto que le hizo perder el control y alcanzó el clímax mucho antes de lo previsto. Se retiró de forma rápida y desesperada, y derramó su semilla sobre el muslo de Ethel, con un gemido, mezcla de pasión y decepción. Ella lo agarró de la nuca, lo atrajo hacia sí, lo besó apasionadamente, cerró los ojos y soltó un pequeño grito preñado de sorpresa y placer; entonces todo acabó.

«Espero haberme apartado a tiempo», pensó Fitz.


Ethel prosiguió con sus quehaceres habituales, pero se sentía como si tuviera un diamante secreto en el bolsillo que podía tocar de vez en cuando, y sentir su superficie pulida y sus bordes afilados mientras nadie la veía.

En sus momentos más serenos le preocupaba lo que significaba aquel amor y hacia dónde iba, y de vez en cuando la aterraba el pensamiento de lo que diría su padre socialista, temeroso de Dios, si llegaba a averiguarlo alguna vez. Pero gran parte del tiempo se sentía como si estuviera cayendo y no tuviera forma de evitarlo. Le gustaba todo lo referente a Fitz, su modo de caminar, su olor, su ropa, sus buenos modales, su aire de autoridad. También le gustaba la cara de desconcierto que ponía de vez en cuando. Y cuando salía del dormitorio de su mujer con aquella mirada dolida, se le partía el corazón. Estaba enamorada de él y había perdido el control sobre sí misma.

La mayoría de los días hablaba con él al menos una vez y, por lo general, lograban pasar un rato a solas y darse un beso largo y anhelado. El simple hecho de besarlo hacía que se mojara, y en ocasiones tenía que limpiarse los calzones en mitad del día. Fitz también se tomaba otras libertades siempre que se le presentaba la oportunidad, y le acariciaba todo el cuerpo, lo que la excitaba aún más. Habían tenido la oportunidad de encontrarse y tumbarse en la cama de la Suite Gardenia en dos ocasiones más.

Una cosa desconcertó a Ethe las dos ocasiones en que se acostaron, Fitz la mordió, con bastante fuerza, primero en la parte interior del muslo y luego en un pecho, lo que provocó que soltara un grito de dolor, que él se apresuró a silenciar. Su reacción pareció enardecerlo aún más. Y, aunque le dolió, a ella también le excitó el mordisco o, cuando menos, el pensamiento de que Fitz la deseaba con tal pasión, que se veía obligado a expresarlo de aquel modo. Ethel no sabía si aquello era normal, y tampoco podía preguntárselo a nadie.

No obstante, su principal preocupación era que un día Fitz no pudiera apartarse en el momento preciso. La tensión era tan alta que casi era un alivio cuando la princesa Bea y él tenían que regresar a Londres.

Antes de que el conde se fuera, Ethel lo convenció de que diera de comer a los hijos de los mineros en huelga.

– No a los padres, porque no puedes tomar partido públicamente – dijo -. Solo a los niños. La huelga ya dura dos semanas, y les están dando raciones ínfimas. No te costaría demasiado. Deben de ser unos quinientos, calculo. Y te amarían por ello, Teddy.

– Podríamos poner un toldo en el jardín – dijo él, tumbado en la cama de la Suite Gardenia, con los pantalones desabrochados y la cabeza apoyada en el regazo de Ethel.

– Y podemos preparar la comida aquí, en la cocina – dijo el ama de llaves, entusiasmada -. Un guiso con carne y patatas, y todo el pan que puedan comer.

– Y un pudin de sebo con pasas, ¿sí?

Ethel se preguntó si Fitz la amaba. En ese momento sintió que el conde habría hecho cualquier cosa que le hubiera pedido: le habría regalado joyas, la habría llevado a París, les habría comprado una bonita casa a sus padres. Ella no quería nada de eso, pero ¿qué quería? No lo sabía y se negaba a dejar que su felicidad quedara arruinada por una serie de preguntas sin respuesta sobre el futuro.

Al cabo de unos días se encontraba en el jardín del ala este, el sábado a mediodía, observando cómo los niños de Aberowen devoraban su primer almuerzo gratuito. Fitz no se dio cuenta de que aquella comida era mejor que la que podían ofrecerles sus padres cuando trabajaban. ¡Estaban comiendo pudin de sebo con pasas! A los padres no les permitieron entrar, pero la mayoría de las madres se quedaron fuera, mirando a sus afortunados retoños. Mientras los observaba, vio que alguien le hacía gestos con la mano, y se dirigió hacia la persona en cuestión por el camino.

El grupo que había frente a las puertas estaba formado principalmente por mujeres: los hombres no cuidaban de los hijos, ni tan siquiera durante una huelga. Se arremolinaron en torno a Ethel, con inquietud.

– ¿Qué ha sucedido? – preguntó ella.

– ¡Han desahuciado a todo el mundo! – contestó la señora de Dai Ponis.

– ¿A todo el mundo? – preguntó Ethel, que no entendió la respuesta -. ¿A quién?

– A todos los mineros que tienen la casa arrendada a Celtic Minerals.

– ¡Cielos! – Ethel se quedó horrorizada -. Que Dios se apiade de nosotros. – El desconcierto siguió a la conmoción -. Pero ¿por qué? ¿En qué beneficia esta decisión a la compañía? Se quedarán sin mineros.

– Esos hombres – dijo la señora de Dai Ponis -, en cuanto se meten en pelea, lo único que les importa es ganar. No cederán, sea cual sea el precio que tienen que pagar. Son todos iguales. Aunque si pudiera, ya lo creo que me gustaría tener a Dai a mi lado de nuevo.

– Es horrible.

Ethel se preguntó cómo iba a encontrar suficientes esquiroles la compañía para mantener el pozo en funcionamiento. Si cerraban la mina, la ciudad moriría. No habría clientes para las tiendas, no habría niños para las escuelas, no habría pacientes para los médicos… Y su padre también se quedaría sin trabajo. Nadie se había imaginado que Perceval Jones se mostraría tan obstinado.

– Me pregunto qué diría el rey si lo supiera – dijo la señora de Dai Ponis.

Ethel también se lo preguntó. Le pareció que el rey mostraba una compasión sincera, pero no debía de saber que habían desahuciado a las viudas.

Entonces, se le ocurrió algo.

– Quizá deberías decírselo – repuso.

La señora de Dai Ponis se rió.

– Lo haré la próxima vez que lo vea.

– Podrías escribirle una carta.

– No digas tonterías, Ethel.

– Hablo en serio. Deberías hacerlo. – Miró al grupo de mujeres que las rodeaba -. Una carta firmada por las viudas a las que el rey visitó, en la que le decís que van a echaros de vuestra casa y que la ciudad está en huelga. Entonces seguro que se interesaría por el asunto.

La señora de Dai Ponis se asustó.

– No me gustaría meterme en problemas.

La señora Minnie Ponti, una mujer rubia y delgada de firmes opiniones, le dijo:

– No tienes marido, ni hogar, ni lugar a donde ir, ¿en qué otros problemas podrías meterte?

– Es cierto. Pero no sabría qué decirle. ¿Qué se pone? ¿«Estimado rey» o «Estimado Jorge V» o qué?

– Se pone: «Su Excelentísima Majestad». Sé todas estas tonterías de trabajar aquí. Venga, hagámoslo. Vamos a la sala de los sirvientes.

– ¿Podemos hacerlo?

– Ahora soy el ama de llaves. Soy quien dice qué se puede hacer y qué no.

La mujer la siguió por el camino que conducía a la parte posterior de la mansión, a la cocina. Se sentaron a la mesa de los criados y la cocinera preparó una tetera. Ethel tenía una pila de hojas en blanco que utilizaba para mantener la correspondencia con los comerciantes.

– «Su Excelentísima Majestad» – dijo, mientras escribía -. ¿Y ahora qué?

La señora de Dai Ponis dijo:

– «Disculpe nuestra osadía al escribir a Su Majestad.»

– No – dijo Ethel, con contundencia -. No pidas disculpas. Es nuestro rey, tenemos derecho a realizar una petición. Pongamos: «Somos las viudas a las que Su Majestad visitó en Aberowen después de la explosión de la mina».

– Muy bien – exclamó la señora Ponti.

Ethel prosiguió:

– «Nos honró con su visita, y nos sentimos consoladas por sus amables condolencias y por la gentil compasión que mostró Su Majestad la reina».

– Posee un don para este tipo de situaciones, como su padre – dijo la señora de Dai Ponis.

– Ya basta de darle coba – terció la señora Ponti.

– De acuerdo. Y ahora: «Acudimos a Su Majestad para solicitarle ayuda. Porque nuestros maridos han muerto y van a desahuciarnos».

– «Celtic Minerals va a desahuciarnos» – la corrigió la señora Ponti.

– «Celtic Minerals va a desahuciarnos. Todos los mineros se han declarado en huelga por nosotros, pero ahora también van a desahuciarlos a ellos.»

– No te alargues demasiado – dijo la señora de Dai Ponis -. Quizá esté demasiado ocupado para leerla.

– De acuerdo. Pues acabemos así: «¿Es este el tipo de comportamiento que debería permitirse en su reino?».

– Es una expresión un poco blanda.

– No, ya está bien – dijo la señora de Dai Ponis -. Apela a su sentido de la justicia.

– «Tenemos el honor de ser, señor, los más humildes y obedientes sirvientes de Su Majestad» – dijo Ethel.

– ¿Hay que poner eso? – preguntó la señora Ponti -. No soy una sirvienta. Sin ánimo de ofender, Ethel.

– Es un formalismo habitual. El conde lo utiliza cuando escribe una carta a The Times.

– Entonces, de acuerdo.

Ethel pasó la carta a las presentes.

– Poned vuestras direcciones junto a vuestras firmas.

– Tengo muy mala letra, escribe tú mi nombre – le pidió la señora Ponti.

Ethel iba a quejarse, cuando se le ocurrió que tal vez la señora Ponti era analfabeta, de modo que no dijo nada y se limitó a escribir: «Señora Minnie Ponti, 19 Wellington Row».

Escribió la dirección en el sobre:


Su Majestad el Rey

Palacio de Buckingham

Londres


Cerró el sobre y puso un sello.

– Pues ya está – dijo, y las mujeres le dedicaron un fuerte aplauso.

Envió la carta el mismo día.

Jamás recibieron respuesta.


El último sábado de marzo era un día gris en Gales del Sur. Las nubes bajas ocultaban las cimas de las montañas y una lluvia incesante caía sobre Aberowen. Ethel y la mayoría de las sirvientas de Ty Gwyn abandonaron sus puestos de trabajo (ya que el conde y la princesa estaban en Londres) y fueron caminando a la ciudad.

Habían enviado policías de Londres para evitar altercados durante los desahucios; estaban por todas las calles, con sus pesadas gabardinas empapadas. La huelga de las viudas se había convertido en una noticia de alcance nacional, varios periodistas de Cardiff y Londres habían llegado en el primer tren de la mañana, y se dedicaban a fumar cigarrillos y a escribir en sus libretas. Había, incluso, una gran cámara montada sobre un trípode.

Ethel se encontraba con su familia, frente a su casa, observando lo que acontecía. Su padre estaba contratado por el sindicato, no por Celtic Minerals, y la casa era de su propiedad; pero gran parte de sus vecinos iban a ser desahuciados. Durante el transcurso de la mañana, sacaron sus posesiones a la calle: camas, mesas y sillas, ollas y orinales, una fotografía enmarcada, un reloj, una caja naranja con la vajilla y la cubertería, unas cuantas piezas de ropa envueltas en periódico y atadas con un cordel. Frente a cada puerta había un pequeño montón de objetos sin apenas valor, como si fuera la ofrenda de un sacrificio.

El rostro de su padre era una máscara de rabia contenida. Billy parecía dispuesto a pelearse con cualquiera. El abuelo no dejaba de negar con la cabeza y de decir:

– Jamás había visto algo así en mis setenta años de vida.

La madre tan solo tenía una expresión adusta.

Ethel se echó a llorar y no pudo parar.

Algunos de los mineros habían encontrado trabajo, pero no era fáci un minero no siempre se adaptaba bien a un empleo de dependiente o de conductor de autobús, los empresarios lo sabían y se negaban a darles trabajo cuando veían el polvillo de carbón bajo sus uñas. Media docena de hombres se habían convertido en marineros mercantes, contratados como fogoneros; pidieron un adelanto del suelo para dárselo a sus mujeres antes de echarse a la mar. Unos cuantos habían decidido irse a Cardiff o Swansea, con la esperanza de hallar ocupación en una fundición. Muchos se habían ido a vivir con familiares, en las ciudades cercanas. Los demás encontraron un hueco en otras casas de Aberowen, con familias no mineras, hasta que finalizara la huelga.

– El rey no ha respondido a la carta de las viudas – le dijo Ethel a su padre.

– No has manejado bien el asunto – le dijo él -. Fíjate en Emmeline Pankhurst. No creo que las mujeres deban tener derecho a voto, pero sabe cómo llamar la atención.

– ¿Qué debería haber hecho? ¿Lograr que me detuvieran?

– No es necesario llegar a ese extremo. Si hubiera sabido lo que estabas haciendo, te habría aconsejado que enviaras una carta al Western Mail.

– No se me pasó por la cabeza. – Ethel quedó abatida al darse cuenta de que había fracasado y de que podría haber hecho algo para evitar los desahucios.

– El periódico habría preguntado a palacio si habían recibido la carta, y al rey le habría resultado más difícil decir que no iba a haceros caso.

– Maldita sea, ojalá te hubiera pedido consejo.

– No digas palabrotas – le ordenó su madre.

– Lo siento, mamá.

Los policías de Londres observaban la escena con perplejidad, sin entender el orgullo y la tozudez insensatos que habían conducido a esa situación. No se veía a Perceval Jones por ningún lado. Un periodista del Daily Mail le pidió una entrevista a su padre, pero el periódico era hostil hacia los trabajadores, por lo que Williams se negó.

No había suficientes carretillas en la ciudad, de modo que la gente tuvo que turnarse para trasladar sus bienes. El proceso se alargó durante varias horas, pero a media tarde el último montón de posesiones había desaparecido, y las llaves colgaban de las cerraduras de las puertas de la calle. Los policías regresaron a Londres.

Ethel se quedó fuera un rato. Las ventanas de las casas vacías la miraban inexpresivamente, y la lluvia corría por las calles sin finalidad. Miró hacia la pizarra gris y mojada de los tejados, cuesta abajo hacia los edificios de la bocamina, desperdigados por la vaguada del valle. Vio a un gato caminando por las vías del tren, pero, por lo demás, no se apreciaba movimiento alguno. No salía humo de la sala de máquinas, y las grandes ruedas gemelas del cabrestante permanecían en lo alto de la torre, inmóviles e inútiles bajo la lluvia fina e incesante.

<p>Capítulo 5</p>

Abril de 1914

La embajada alemana era una espléndida mansión situada en Carlton House Terrace, una de las calles más elegantes de Londres. Por un lado tenía vistas al frondoso jardín del pórtico con pilares del Athenaeum, el club para caballeros intelectuales. Sin embargo, en la parte posterior, los establos daban a The Mall, la ancha avenida que iba de Trafalgar Square al palacio de Buckingham.

Walter von Ulrich no vivía ahí, aún. Tan solo el propio embajador, el príncipe Lichnowsky, poseía ese privilegio. Walter, un mero agregado militar, vivía en un apartamento de soltero, a diez minutos a pie, en Piccadilly. Sin embargo, albergaba la esperanza de que un día podría habitar los esplendorosos aposentos privados del embajador, que se encontraban en el interior de la embajada. Walter no era príncipe, pero su padre era un buen amigo del káiser Guillermo II. Asimismo, hablaba inglés como un antiguo etoniano, puesto que lo era. Había pasado dos años en el ejército y tres más en la academia militar antes de ingresar en el servicio diplomático. Tenía veintiocho años y era una figura emergente.

No le atraía únicamente el prestigio y la gloria de ser embajador. Sentía de forma apasionada que no existía vocación más alta que servir a su país. Su padre compartía sus sentimientos.

En todo lo demás, estaban en desacuerdo.

Se encontraban en el vestíbulo de la embajada y se miraban mutuamente. Tenían la misma altura, pero Otto era más fornido, y calvo, y lucía un mostacho a la antigua usanza, de tipo húngaro, mientras que Walter se decantaba por un estilo más moderno, por un bigote del tipo de «cepillo de dientes». Ese día vestían de modo idéntico, con sendos trajes de terciopelo negro, pantalones bombachos hasta las rodillas, calcetines de seda y zapatos de hebilla. Ambos llevaban espada y el sombrero ladeado. Por increíble que parezca, era el atuendo habitual con el que debían presentarse ante la corte real británica.

– Parece que estamos a punto de salir al escenario – dijo Walter -. Es un traje ridículo.

– En absoluto – replicó su padre -. En una antigua costumbre fantástica.

Otto von Ulrich había pasado gran parte de su vida en el ejército alemán. Cuando era un joven oficial, participó en la guerra franco-prusiana y, al mando de su compañía, cruzó un pontón en la batalla de Sedán. Posteriormente, Otto fue uno de los amigos del joven káiser Guillermo a los que este acudió tras romper su relación con Bismarck, el Canciller de Hierro. Ahora Otto tenía una misión sin destino fijo, ya que se dedicaba a visitar las capitales europeas como una abeja que iba de flor en flor, sorbía el néctar de los servicios secretos diplomáticos y lo trasladaba a la colmena. Creía en la monarquía y en la tradición militar prusiana.

Walter era tan patriótico como Otto, pero opinaba que Alemania debía modernizarse y convertirse en una sociedad más igualitaria. Al igual que su padre, estaba orgulloso de los logros de su país en ciencia y tecnología, y del eficiente y trabajador pueblo alemán; sin embargo, pensaba que aún tenían mucho que aprender: democracia de los liberales estadounidenses, diplomacia de los astutos británicos y el arte del estilo de vida refinado de los elegantes franceses.

Padre e hijo abandonaron la embajada y bajaron un amplio tramo de escaleras que conducía a The Mall. Walter iba a ser recibido por el rey Jorge V, un ritual que se consideraba un privilegio, a pesar de que no conllevaba ningún beneficio concreto. Los diplomáticos de segundo nivel como él no acostumbraban a ser dignos de tales honores, pero su padre no tuvo reparo alguno en mover hilos para potenciar la carrera de su hijo.

– Las ametralladoras hacen obsoletas todas las armas de mano – dijo Walter, con la intención de retomar una discusión.

Las armas eran su especialidad, y estaba totalmente convencido de que el ejército alemán debía contar con la última tecnología en potencia de fuego.

Otto pensaba de modo distinto.

– Se atascan, se recalientan y no son precisas. Un hombre armado con un fusil puede apuntar bien, pero si le das una ametralladora la empuñará como una manguera de jardín.

– Si su casa está ardiendo, no le echará tacitas de agua, por muy precisas que sean. Querrá una manguera.

Otto negó con un gesto del dedo.

– Nunca has estado en una batalla, no tienes ni idea de lo que es. Escúchame porque sé de lo que hablo.

Así acababan a menudo sus discusiones.

Walter creía que la generación de su padre era arrogante. Sabía por qué se comportaban de ese modo. Habían ganado una guerra, habían creado el Imperio alemán a partir de Prusia y un grupo de monarquías independientes más pequeñas, y luego convirtieron Alemania en uno de los países más prósperos. Era normal que se consideraran maravillosos. Pero aquella actitud los volvía incautos.

Tras recorrer unos cientos de metros de The Mall, Walter y Otto se desviaron hacia el palacio de St. James. El edificio de ladrillo rojo del siglo XVI era más viejo y menos impresionante que el cercano palacio de Buckingham. Dieron sus nombres a un portero que vestía igual que ellos.

Walter sentía un leve nerviosismo. Era sumamente fácil cometer un error de etiqueta, y los errores pequeños no existían cuando uno trataba con la realeza.

Otto se dirigió al portero en inglés.

– ¿Está aquí el señor Díaz?

– Sí, señor, ha llegado hace unos momentos.

Walter frunció el ceño. Juan Carlos Diego Díaz era un representante del gobierno mexicano.

– ¿Por qué ha preguntado por Díaz, padre? – inquirió en alemán mientras atravesaban una serie de salones decorados con espadas y pistolas.

– La Royal Navy está reconvirtiendo su flota para pasar del carbón al petróleo.

Walter asintió. La mayoría de las naciones avanzadas estaban haciendo lo mismo. El petróleo era más barato, limpio y fácil de manejar; bastaba con bombearlo, por lo que no era necesario recurrir a ejércitos de fogoneros con la cara tiznada de hollín.

– Y los británicos reciben petróleo de México.

– Han comprado los pozos mexicanos para asegurar el suministro de su marina de guerra.

– Pero si nos entrometemos en México, ¿qué pensarán los estadounidenses?

Otto se tocó la aleta de la nariz.

– Escucha y aprende. Y, hagas lo que hagas, no abras la boca.

Los hombres que estaban a punto de ser presentados aguardaban en una antesala. La mayoría lucía el mismo traje palaciego de terciopelo, aunque uno o dos de los presentes iban ataviados con trajes de ópera bufa de generales del siglo XIX, y uno, a buen seguro escocés, llevaba un uniforme de gala con kilt. Walter y Otto daban vueltas por la sala, saludando con un leve gesto de la cabeza a los rostros familiares del circuito diplomático, hasta que llegaron ante Díaz, un hombre fornido con un bigote imperial.

Tras las cortesías de rigor, Otto dijo:

– Debe de alegrarse de que el presidente Wilson haya levantado la prohibición de la venta de armas a México.

– La venta de armas a los rebeldes – dijo Díaz, como si lo estuviera corrigiendo.

El presidente estadounidense, que siempre mostraba cierta tendencia a adoptar una postura moral, se había negado a reconocer al general Huerta, que había alcanzado el poder tras el asesinato de su predecesor. El hecho de que Wilson calificara a Huerta de asesino, implicaba que apoyaba al grupo rebelde, a los constitucionalistas.

– Si se puede vender armas a los rebeldes, también se podrán vender al gobierno – dijo Otto.

Díaz pareció sorprenderse.

– ¿Me está diciendo que Alemania estaría dispuesta a hacerlo?

– ¿Qué necesitan?

– Debe de saber que estamos desesperados por conseguir fusiles y munición.

– Podríamos hablar sobre el tema.

Walter estaba tan sorprendido como Díaz. Aquello causaría problemas.

– Pero, padre, Estados Unidos… – protestó.

– ¡Un momento! – Otto levantó la mano para hacerlo callar.

– Por supuesto que debemos proseguir con esta conversación – dijo Díaz -. Pero, dígame, ¿qué otros temas podrían surgir en la charla? – Imaginaba que Alemania querría algo a cambio.

La puerta que daba a la Sala del Trono se abrió, y entró un lacayo con una lista. La ceremonia estaba a punto de empezar. Sin embargo, Otto prosiguió sin apresurarse:

– En tiempos de guerra, un país soberano tiene derecho a retener suministros estratégicos.

– Se refiere al petróleo – dijo Díaz. Era el único suministro estratégico que tenía México.

Otto asintió.

– De modo que ustedes nos darían armas… – repuso el mexicano.

– Se las venderíamos, no regalaríamos – murmuró Otto.

– Nos venderían armas ahora, a cambio de la promesa de que suspendiéramos la venta de petróleo a los británicos en caso de guerra. – Era evidente que Díaz no estaba acostumbrado a los complejos rodeos de una conversación diplomática normal.

– Tal vez valdría la pena tratar la cuestión. – En el lenguaje diplomático era un «sí».

El lacayo empezó a llamarlos:

– ¡Monsieur Honoré de Picard de la Fontaine! – Y dio comienzo la ceremonia.

Otto miró a los ojos a Díaz.

– Lo que me gustaría saber es cómo se recibiría tal propuesta en Ciudad de México.

– Creo que el presidente Huerta se mostraría interesado.

– De modo que, si el embajador alemán en México, el almirante Paul von Hintze, presentara una propuesta formal a su presidente, no sería rechazada.

Walter sabía que su padre deseaba recibir una respuesta clara en este aspecto. No quería que el gobierno alemán corriera el riesgo de sufrir el bochorno de que les rechazaran la propuesta en la cara.

En opinión de Walter, que se mostraba muy inquieto, el bochorno no era el mayor peligro al que se enfrentaba Alemania en aquella estratagema diplomática. Se arriesgaba a convertirse en enemigo de Estados Unidos. Pero resultaba muy difícil y frustrante señalar ese aspecto en presencia de Díaz.

El mexicano respondió a la pregunta:

– No sería rechazada.

– ¿Está convencido? – insistió Otto.

– Se lo garantizo.

– Padre, ¿podría hablar…? – Pero el lacayo lo llamó:

– ¡Herr Walter von Ulrich!

Walter titubeó y su padre le ordenó:

– Ha llegado tu turno. ¡Ve!

Walter se volvió y entró en la Sala del Trono.

A los británicos les gustaba intimidar a sus invitados. El techo alto artesonado tenía molduras con dibujos de diamantes, de las suntuosas paredes rojas colgaban enormes retratos, y en el extremo más alejado se hallaba el trono, situado bajo un dosel alto, adornado con colgaduras de terciopelo negro. Frente al trono se encontraba el rey, ataviado con un uniforme naval. Walter se alegró al ver el rostro familiar de sir Alan Tite al lado del monarca; sin lugar a duda estaba susurrando los nombres al oído real.

Walter se aproximó al soberano e hizo una reverencia.

– Me alegra verlo de nuevo, Ulrich.

Walter había ensayado lo que iba a decir.

– Espero que a Su Majestad le resultaran interesantes los debates de Ty Gwyn.

– ¡Mucho! Aunque la fiesta quedó muy eclipsada, por supuesto.

– Debido a la tragedia de la mina. Fue un trágico suceso.

– Deseo que llegue nuestra próxima reunión.

Walter se dio cuenta de que aquello era la despedida. Se alejó sin darle la espalda al rey, haciendo varias reverencias, tal y como era preceptivo, hasta que llegó a la puerta.

Su padre lo esperaba en la sala de al lado.

– ¡Ha sido rápido! – dijo Walter.

– Al contrario, has estado más rato de lo habitual – dijo Otto -. Por lo general el rey se limita a decir: «Me alegra verlo en Londres», y ese es el final de la conversación.

Abandonaron el palacio juntos.

– Un pueblo admirable, el británico, en muchos sentidos, pero blando – comentó Otto mientras recorrían St. James’s Street, en dirección a Piccadilly -. El rey está sometido a sus ministros, los ministros al Parlamento, y los miembros del Parlamento son elegidos por los ciudadanos de a pie. ¿Qué forma es esta de dirigir un país?

Walter no mordió el anzuelo de aquella provocación. Creía que el sistema político alemán estaba desfasado, con su débil Parlamento, que no podía hacer frente al káiser ni a los generales; pero ya había mantenido esa discusión con su padre en numerosas ocasiones y, además, aún le preocupaba la conversación con el enviado mexicano.

– Lo que le ha dicho a Díaz es muy arriesgado. Al presidente Wilson no le hará gracia que vendamos fusiles a Huerta.

– ¿Y qué importa lo que piensa Wilson?

– El peligro es que nos convertiremos en amigos de una nación débil, México, haciéndonos enemigos de una nación fuerte, Estados Unidos.

– No va a haber una guerra en América.

Walter imaginaba que era cierto, pero aun así se sentía intranquilo. No le gustaba la idea de que su país se malquistara con Estados Unidos.

Al llegar a su apartamento, se quitaron sus antiguas vestimentas y se pusieron un traje de tweed, una camisa sin el cuello almidonado y un sombrero de fieltro. De vuelta en Piccadilly se subieron a un ómnibus motorizado que iba en dirección este.

A Otto le impresionó la invitación que había recibido Walter en enero para conocer al rey en Ty Gwyn.

– El conde Fitzherbert es un buen contacto – le dijo entonces -. Si el Partido Conservador asciende al poder, podría ser nombrado ministro, tal vez jefe del Foreign Office, algún día. Debes cultivar esa amistad.

Walter tuvo una idea.

– Debería ir a visitar su clínica de beneficencia y realizar un pequeño donativo.

– Excelente ocurrencia.

– ¿Le gustaría acompañarme?

Su padre picó el anzuelo.

– Aún mejor.

Walter tenía otras intenciones ocultas, pero su padre no sospechaba nada.

El ómnibus dejó atrás los teatros del Strand, las oficinas de los periódicos de Fleet Street y los bancos del barrio financiero. Entonces las calles se hicieron más estrechas y más sucias. Los sombreros de copa y los bombines fueron sustituidos por gorras de tela. Predominaban los vehículos tirados por caballos y escaseaban los de motor. Se encontraban en el East End.

Se bajaron en Aldgate. Otto miró alrededor con un gesto de desdén.

– No sabía que me llevabas a los suburbios – dijo.

– Vamos a una clínica para pobres – contestó Walter -. ¿Dónde creía que estaría?

– ¿El conde Fitzherbert en persona viene hasta aquí?

– Imagino que se limita a financiarlo. – Walter sabía de sobra que Fitz no había pisado aquel lugar en su vida -. Pero nuestra visita llegará a sus oídos.

Recorrieron los intrincados callejones hasta llegar a un templo no conformista. En un cartel pintado a mano podía leerse: CALVARY GOSPEL HALL. En la tabla de madera había una hoja de papel clavada que decía:


MATERNIDAD

Atención gratuita hoy y todos los miércoles


Walter abrió la puerta y entraron.

Otto lanzó una exclamación de asco, se sacó el pañuelo y se tapó la nariz. No era la primera vez que Walter acudía a aquel lugar, por lo que esperaba el olor, pero, aun así, era sumamente desagradable. El vestíbulo estaba lleno de mujeres envueltas en harapos y niños medio desnudos, todos sucios y mugrientos. Las mujeres estaban sentadas en bancos y los niños jugaban en el suelo. Al fondo de la sala había dos puertas con unos carteles improvisados en los que podía leerse «Doctor» y «Benefactora».

Cerca de la puerta se encontraba sentada la tía Herm de Fitz, apuntando nombres en un libro. Walter le presentó a su padre.

– Lady Hermia Fitzherbert, mi padre herr Otto von Ulrich.

Se abrió la puerta del doctor y salió una mujer harapienta, con un bebé en brazos y un frasco de medicamento. Una enfermera asomó la cabeza y dijo:

– El siguiente, por favor.

Lady Hermia consultó la lista y llamó a la paciente:

– ¡Señora Blatsky y Rosie!

Una anciana y una chica entraron en la consulta del médico.

– Espere un momento aquí, padre, por favor, que voy a buscar al jefe – dijo Walter.

Si dirigió corriendo hacia el fondo de la sala, sorteando a los niños que gateaban por el suelo. Llamó a la puerta en la que colgaba el cartel de «Benefactora» y entró.

La habitación era pequeña como el cuarto de la limpieza y, de hecho, había una fregona y un cubo en un rincón. Lady Maud Fitzherbert estaba sentada a una pequeña mesa, escribiendo en un libro de contabilidad. Llevaba un sencillo vestido gris perla y un sombrero de ala ancha. Alzó la mirada y la sonrisa que le iluminó la cara cuando vio a Walter fue tan deslumbrante que hizo que a este se le empañaran los ojos. Lady Maud se levantó de la silla y lo abrazó.

Se había pasado el día ansiando la llegada de ese momento. La besó en la boca, que no opuso resistencia alguna. Walter había besado a varias mujeres, pero Maud era la única que restregaba su cuerpo contra el suyo de aquel modo. Se sintió avergonzado, por miedo a que ella notara la erección, e intentó apartarse un poco; pero aquello provocó que Maud se arrimara aún más a él, como si quisiera notarla, por lo que acabó cediendo al placer.

Maud era muy apasionada con todo: la pobreza, los derechos de las mujeres, la música… y Walter se sentía sorprendido y un privilegiado de que ella se hubiera enamorado de él.

Maud se apartó, jadeando.

– Tía Herm empezará a sospechar algo – dijo ella.

Él asintió.

– Mi padre está fuera.

Maud se atusó el pelo y se alisó el vestido.

– De acuerdo.

Walter abrió la puerta y regresaron a la sala de espera. Otto charlaba con Hermia: le gustaban las damas mayores y respetables.

– Lady Maud Fitzherbert, le presento a mi padre, herr Otto von Ulrich.

Otto se inclinó sobre su mano. Había aprendido a no dar un taconazo: a los ingleses les parecía un gesto cómico.

Walter los observó mientras se miraban atentamente. Maud sonrió, divertida, y Walter supuso que se estaba preguntando si aquel era el aspecto que tendría él dentro de unos años. Otto se fijó en el caro vestido de cachemir y en el moderno sombrero con una mirada de aprobación. De momento, todo marchaba bien.

Otto no sabía que estaban enamorados. El plan de Walter era que su padre conociera antes a Maud. A Otto le gustaban las mujeres acaudaladas que hacían obras de beneficencia, e insistió en que la madre y la hermana de Walter fueran a ver a las familias pobres de Zumwald, su residencia de verano en Prusia Oriental. Si todo salía según lo previsto, Otto se daría cuenta de que Maud era una mujer maravillosa y excepcional, y tendría la guardia baja cuando supiera que Walter quería casarse con ella.

El joven sabía que era una tontería estar tan nervioso. Tenía veintiocho años: tenía derecho a elegir a la mujer a la que amaba. Pero ocho años antes se había enamorado de otra mujer. Tilde era apasionada e inteligente, como Maud, pero tenía diecisiete años y era católica. Los Von Ulrich eran protestantes. Ambas familias se mostraron furiosamente hostiles a la relación amorosa, y Tilde fue incapaz de desobedecer a su padre. Ahora Walter se había enamorado de una mujer poco apropiada por segunda vez. Le iba a costar que su padre aceptara a una feminista y extranjera. Sin embargo, Walter era mayor y más astuto, y Maud más fuerte e independiente que Tilde.

Aun así, el joven agregado militar estaba aterrado. Nunca había sentido lo mismo por una mujer, ni tan siquiera por Tilde. Quería casarse con Maud y pasar la vida con ella; de hecho, no la concebía sin ella. Y no quería que su padre se opusiera.

Maud hizo gala de sus mejores modales.

– Es muy amable que venga a visitarnos, herr Von Ulrich – dijo -. Debe de ser un hombre ocupadísimo. Imagino que un confidente leal de un monarca, como lo es usted del káiser, no debe de tener ni un instante de asueto.

Otto se sintió halagado, tal y como era la intención de Maud.

– Me temo que es cierto – dijo -. Sin embargo, su hermano, el conde, es amigo de Walter desde hace tanto tiempo, que tenía muchas ganas de venir.

– Permítame que le presente a nuestro doctor. – Maud los condujo hasta la consulta y llamó a la puerta. Walter sentía cierta curiosidad ya que nunca había conocido al médico -. ¿Podemos pasar? – preguntó.

Entraron en lo que en el pasado debió de ser el despacho del pastor, en el que había un pequeño escritorio y un estante con libros de contabilidad y un himnario. El doctor, un hombre joven, atractivo, con las cejas negras y una boca sensual, estaba examinando la mano a Rosie Blatsky. Walter sintió un pequeño arrebato de celos: Maud se pasaba días enteros con aquel tipo atractivo.

– Doctor Greenward, tenemos una visita muy distinguida. Le presento a herr Von Ulrich – dijo Maud.

– ¿Cómo está usted? – preguntó Otto, formalmente.

– El doctor trabaja de forma gratuita – explicó Maud -. Le estamos muy agradecidas.

Greenward asintió con un gesto brusco. Walter se preguntó qué debía de causar la evidente tensión entre su padre y el doctor.

El médico volvió a centrar su atención en la paciente, que tenía un corte muy feo en la palma de la mano, y la muñeca hinchada. Miró a la madre y preguntó:

– ¿Cómo se lo ha hecho?

– Mi madre no habla inglés – respondió la niña -. Me he cortado en el trabajo.

– ¿Y tu padre?

– Está muerto.

Maud dijo en voz baja:

– La clínica es para familias sin padre, aunque, en realidad, atendemos a todo aquel que acuda a nosotros.

– ¿Cuántos años tienes? – le preguntó Greenward a Rosie.

– Once.

– Creía que los niños no podían trabajar hasta los trece años – murmuró Walter.

– Hecha la ley, hecha la trampa – contestó Maud.

– ¿De qué trabajas? – preguntó el médico.

– Como chica de la limpieza en la fábrica textil de Mannie Litov. Había una cuchilla en la basura.

– Cuando te cortes, tienes que lavarte la herida y ponerte un vendaje limpio. Luego tienes que cambiarte el vendaje cada día para que no se ensucie. – Greenward era un hombre de modales bruscos, pero no desagradable.

La madre le preguntó algo a la hija en ruso y casi a gritos. Walter no la entendió, pero comprendió lo esencial, que estaba traduciendo las instrucciones del doctor.

Greenward se volvió hacia la enfermera.

– Límpiele la mano y véndesela, por favor – y le dijo a Rosie -: Voy a darte un ungüento. Si se te hincha el brazo, debes venir a verme el próximo lunes. ¿Me entiendes?

– Sí, señor.

– Si dejas que empeore la infección, podrías perder la mano.

A Rosie se le saltaron las lágrimas.

– Siento haberte asustado, pero quiero que seas consciente de lo importante que es que tengas la mano limpia – dijo el doctor.

La enfermera preparó un cuenco de lo que debía de ser líquido antiséptico.

– Me gustaría transmitirle la admiración y respeto que siento por la labor que está llevando a cabo aquí, doctor – dijo Walter.

– Gracias. Me alegra poder dedicar mi tiempo a esta tarea, pero tenemos que comprar suministros médicos. Les estaremos muy agradecidos por cualquier ayuda que puedan prestarnos.

– Debemos dejar que el doctor prosiga con sus visitas, hay al menos veinte pacientes esperando – terció Maud.

Los visitantes salieron de la consulta. Walter estaba exultante de orgullo. Maud mostraba algo más que compasión. Cuando a las damas de la aristocracia les hablaban de los niños que trabajaban explotados en las fábricas, la mayoría se limpiaban las lágrimas con un pañuelo bordado; sin embargo, Maud mostraba la determinación y el valor para ayudar de verdad.

«¡Y me quiere!», pensó Walter.

– ¿Puedo ofrecerle un refrigerio, herr Von Ulrich? Mi despacho es pequeño, pero tengo una botella del mejor jerez de mi hermano.

– Es muy amable por su parte, pero debemos irnos.

La visita iba a ser un poco breve, pensó Walter. El encanto de Maud había dejado de surtir efecto en su padre. Tenía el horrible presentimiento de que algo había salido mal.

Otto sacó la cartera y cogió un billete.

– Por favor, acepte una modesta contribución para la excelente labor que están llevando a cabo, lady Maud.

– ¡Qué generoso! – exclamó ella.

Walter le dio otro billete.

– Quizá también yo pueda realizar un pequeño donativo.

– Le estoy muy agradecida por todo aquello que pueda ofrecerme – dijo.

Walter esperó que fuera el único que había reparado en la pícara mirada que le había lanzado.

– Le ruego que le transmita mis respetos al conde Fitzherbert – dijo Otto.

Se despidieron. A Walter le preocupaba la reacción de su padre.

– ¿No cree que lady Maud es maravillosa? – le preguntó alegremente mientras regresaban hacia Aldgate -. Fitz lo financia todo, por supuesto, pero es Maud quien hace el trabajo.

– Es vergonzoso – exclamó Otto -. Una absoluta vergüenza.

Walter se dio cuenta de que su padre estaba de mal humor, pero, aun así, su reacción lo sorprendió.

– ¿De qué demonios habla? ¡Le gustan las mujeres de alta cuna que ayudan a los pobres!

– Visitar a campesinos enfermos y llevarles algo de comida en una cesta es una cosa – dijo Otto -. ¡Pero me horroriza ver a la hermana de un conde en un lugar como ese con un médico judío!

– Oh, Dios – gruñó Walter. Claro, el doctor Greenward era judío. Sus padres debían de ser de origen alemán y apellidarse Grunwald. Walter no había conocido al doctor hasta entonces, aunque, de todos modos, quizá no habría caído en la cuenta ni le habría importado su raza. Sin embargo, Otto, al igual que la mayoría de los hombres de su generación, concedía una gran importancia a aquel tipo de cosas -. Padre, ese hombre trabaja sin cobrar nada a cambio; lady Maud no puede permitirse el lujo de rechazar la ayuda de un médico perfectamente válido por el mero hecho de que sea judío.

Otto no lo escuchaba.

– Familias sin padre, ¿de dónde habrá sacado esa expresión? – se preguntó, asqueado -. Se refiere a la prole de las prostitutas.

A Walter le afectaron mucho las palabras de su padre. Su plan había fracasado por completo.

– ¿No se da cuenta de lo valiente que es? – preguntó, abatido.

– Me da igual. Si fuera mi hermana, le daría una buena zurra.

Había una crisis en la Casa Blanca.

Era el 21 de abril, y Gus Dewar se encontraba en el Ala Oeste, a altas horas de la madrugada. El nuevo edificio proporcionaba más espacio para despachos, algo que hacía mucha falta, y permitía que el resto de la Casa Blanca se utilizara únicamente como residencia. Gus estaba sentado en el estudio del presidente, cerca del Despacho Oval, una habitación pequeña y sin gracia, iluminada por una bombilla que emitía una luz tenue. Sobre el escritorio se encontraba la máquina de escribir portátil, marca Underwood, que Woodrow Wilson utilizaba para escribir sus discursos y notas de prensa.

A Gus le interesaba más el teléfono. Si sonaba, debía decidir si despertaba o no al presidente.

Una telefonista no podía tomar tal decisión. Sin embargo, los consejeros más importantes del presidente también necesitaban sus horas de sueño. Gus era el último en el escalafón de los consejeros, o el primero en el de los funcionarios, según el punto de vista. Sea como fuere, le había tocado a él permanecer toda la noche junto al teléfono para decidir si debía interrumpir el sueño del presidente, o el de la primera dama, Ellen Wilson, que sufría una misteriosa enfermedad. Gus estaba nervioso por temor a hacer o decir algo erróneo. De repente, la cara educación que había recibido le parecía superflua: ni tan siquiera en Harvard les habían enseñado cuándo convenía despertar al presidente. Esperaba que el teléfono no llegara a sonar.

Gus estaba ahí gracias a una carta que había escrito. Le había contado a su padre la fiesta real que se celebró en Ty Gwyn, y el debate que se celebró después de la cena sobre el peligro de una guerra en Europa. Al senador Dewar le pareció una carta tan interesante y entretenida que se la mostró a su amigo, Woodrow Wilson, que dijo: «Me gustaría tener a ese muchacho en mi despacho». Gus se había tomado un año sabático después de Harvard, donde había estudiado derecho internacional, y antes de empezar en su primer trabajo, en un bufete de abogados de Washington. Se encontraba a medio camino de su viaje alrededor del mundo, pero redujo gustosamente la duración de sus vacaciones para servir a su presidente.

Nada fascinaba tanto a Gus como las relaciones entre naciones, el odio y las amistades, las alianzas y las guerras. De adolescente asistió a sesiones del comité del Senado sobre Relaciones Exteriores, al que pertenecía su padre, y le resultaron más fascinantes que una obra teatral.

– Así es como los países crean paz y prosperidad; o guerra, desolación y hambruna – dijo su padre -. Si quieres cambiar el mundo, las relaciones internacionales es el campo en el que puedes hacer más bien… o mal.

Y, ahora, Gus se encontraba en medio de su primera crisis internacional.

Un funcionario muy celoso del gobierno mexicano había detenido a ocho marineros estadounidenses en el puerto de Tampico. Los hombres ya habían sido puestos en libertad, el funcionario se había disculpado y el trivial incidente podría haber acabado ahí. Pero el comandante del escuadrón, el almirante Mayo, había exigido una salva de veintiún cañonazos. El presidente Huerta se había negado. Para añadir más presión al asunto, Wilson había amenazado con ocupar Veracruz, el mayor puerto de México.

De modo que Estados Unidos estaba al borde de la guerra. Gus admiraba a Woodrow Wilson y su integridad. El presidente no estaba de acuerdo con aquel cínico punto de vista, según el cual un bandido mexicano era igual a cualquier otro. Huerta era un reaccionario que había asesinado a su predecesor, y Wilson quería encontrar un pretexto para derrocarlo. A Gus le entusiasmaba que un dirigente mundial dijera que era inaceptable que los hombres alcanzaran el poder mediante el asesinato. ¿Llegaría un día en que ese principio fuera aceptado por todas las naciones?

La crisis se agravó por culpa de los alemanes. Un barco alemán de nombre Ypiranga se aproximaba a Veracruz con un cargamento de fusiles y munición para el gobierno de Huerta.

La tensión había reinado durante todo el día, pero ahora Gus debía hacer verdaderos esfuerzos para mantenerse despierto. En el escritorio que había frente a él, iluminado por una lámpara con pantalla verde, había un informe mecanografiado del servicio de espionaje del ejército sobre los efectivos de los rebeldes de México. El servicio de espionaje era uno de los departamentos más pequeños del ejército, ya que solo contaba con dos oficiales y dos funcionarios, y el informe no era muy completo. Gus no dejaba de pensar en Caroline Wigmore.

Cuando llegó a Washington llamó al catedrático Wigmore para intentar verlo un día. Era uno de sus profesores de Harvard, que se había trasladado a la Universidad de Georgetown. Wigmore no estaba en casa, pero su segunda y joven esposa sí. Gus había visto a Caroline en varias ocasiones en diversos acontecimientos del campus, y le atraía mucho su comportamiento atento y discreto y su rápida inteligencia.

– Me ha dicho que tenía que ir a encargar camisas nuevas – dijo ella, pero Gus se fijó en su expresión crispada, y añadió -: Pero sé que está con su amante.

Gus le secó las lágrimas con el pañuelo y ella le besó en los labios.

– Ojalá estuviera casada con alguien digno de confianza.

Caroline resultó ser una mujer muy apasionada. Aunque no le había permitido llegar a mantener relaciones sexuales, hacían todo lo demás. Tenía unos orgasmos estremecedores aunque él únicamente la acariciaba.

Su aventura tan solo había empezado un mes antes, pero Gus ya sabía que quería que se divorciara de Wigmore y se casara con él. Sin embargo, ella no quería ni hablar del tema, a pesar de que no tenían hijos. Decía que le arruinaría la carrera a Gus y, a buen seguro, tenía razón. No era algo que se pudiera hacer con discreción ya que el escándalo se convertiría en un tema demasiado jugoso: la atractiva mujer que abandonaba al catedrático de renombre y acto seguido se casaba con un hombre más joven y adinerado. Gus sabía a la perfección lo que diría su madre sobre tal matrimonio: «Es comprensible, si su marido le ha sido infiel, pero resultaría incómodo que pasara a formar parte de nuestro círculo social». El presidente se sentiría avergonzado, y también el tipo de personas que podían ser cliente de un abogado. Sin duda alguna, echaría por tierra todas las esperanzas de Gus de seguir la carrera de su padre para llegar al Senado.

Gus se dijo a sí mismo que no le importaba. Amaba a Caroline y la rescataría de su marido. Tenía mucho dinero, y cuando muriera su padre sería millonario. Emprendería otra carrera. Tal vez podría convertirse en periodista y enviar sus crónicas desde las capitales extranjeras.

No obstante, sentía un dolor punzante de arrepentimiento. Acababa de encontrar trabajo en la Casa Blanca, algo con lo que soñaban muchos jóvenes. Sería durísimo tener que renunciar a él, junto a todo lo que conllevaba.

Sonó el teléfono y Gus se sobresaltó debido a los timbrazos que resonaron en el silencio del Ala Oeste de noche.

– Oh, Dios mío – dijo, mientras miraba el aparato -. Oh, Dios mío, ha llegado el momento. – Titubeó varios segundos y, al final, descolgó el auricular. Oyó la voz pastosa del secretario de Estado William Jennings Bryan.

– Tengo a Joseph Daniels en la otra línea, Gus. – Daniels era el secretario de la Armada -. Y la secretaria del presidente está escuchando por un teléfono supletorio.

– Sí, señor secretario – dijo Gus. Logró expresarse con voz calma, pero el corazón le latía desbocado.

– Despierta al presidente, por favor – le ordenó el secretario Bryan.

– Sí, señor.

Gus atravesó el Despacho Oval y salió al Jardín de las Rosas y al frío aire de la noche. Cuando llegó al edificio antiguo un guardia lo dejó entrar. Subió corriendo las escaleras, recorrió el pasillo y se detuvo frente a la puerta del dormitorio. Respiró hondo y llamó con tanta fuerza que se hizo daño en los nudillos.

Al cabo de un instante oyó la voz de Wilson.

– ¿Quién es?

– Gus Dewar, señor presidente – respondió -. El secretario Bryan y el secretario Daniels están al teléfono.

– Un minuto.

El presidente Wilson salió del dormitorio mientras se ponía sus gafas con montura al aire. Vestía pijama y bata, lo que le daba un aspecto vulnerable. Era alto, aunque no tanto como Gus. Tenía cincuenta y siete años y el pelo oscuro aunque surcado por canas. Se consideraba feo, y no estaba del todo equivocado. Tenía una nariz prominente y orejas de soplillo, pero su gran mentón le confería un aspecto que reflejaba de forma precisa la fortaleza de carácter que Gus respetaba. Cuando hablaba, mostraba sus dientes torcidos.

– Buenos días, Gus – dijo amablemente -. ¿A qué viene tanta agitación?

– No me lo han dicho.

– Bueno, es mejor que escuches por el supletorio del despacho de al lado.

Gus obedeció rápidamente y descolgó el auricular.

Oyó la voz sonora de Bryan.

– Está previsto que el Ypiranga atraque a las diez de la mañana.

Gus sintió cierta aprensión. El presidente mexicano tenía que ceder, ya que, de lo contrario, habría un baño de sangre.

Bryan leyó un telegrama del cónsul estadounidense en Veracruz.

– El vapor Ypiranga, propiedad de la naviera Hamburg-Amerika, llegará mañana procedente de Alemania con doscientas ametralladoras y quince millones de cartuchos; atracará en el muelle cuatro y empezará a descargar a las diez y media.

– ¿Es consciente de lo que significa eso, señor Bryan? – preguntó Wilson, y Gus tuvo la sensación de que lo hacía con voz quejumbrosa -. Daniels, ¿está ahí, Daniels? ¿Qué opina?

– No deberíamos permitir que Huerta reciba la munición – contestó Daniels. A Gus le sorprendió aquella respuesta tan contundente por parte del secretario de la Armada -. Puedo enviarle un telegrama al almirante Fletcher para que lo impida y tome las aduanas.

Hubo una larga pausa. Gus se dio cuenta de que estaba agarrando el teléfono con tanta fuerza que le dolía la mano. Al final, el presidente tomó una decisión:

– Daniels, envíele esta orden al almirante Fletcher: «Tome Veracruz de inmediato».

– Sí, señor presidente – dijo el secretario de la Armada.

Y Estados Unidos entró en guerra.

Gus no se fue a la cama esa noche ni al día siguiente.

Poco después de las ocho y media, el secretario Daniels les comunicó la noticia de que un buque de guerra estadounidense se había interpuesto en la ruta del Ypiranga. El barco alemán, un carguero desarmado, dio marcha atrás y abandonó el lugar. Los marines estadounidenses tomarían tierra en Veracruz esa misma mañana, dijo Daniels.

A Gus le consternó la rapidez con la que evolucionaba la crisis, pero estaba encantado de encontrarse en el corazón del lugar donde se tomaban las decisiones.

A Woodrow Wilson no lo amedrentaba la guerra. Su obra de teatro favorita era Enrique V, de Shakespeare, y le gustaba la cita: «Si es pecado codiciar el honor, soy el mayor de todos los pecadores».

Las noticias llegaban por radio y por telegrama, y era tarea de Gus llevarle los mensajes al presidente. A mediodía los marines tomaron el control de la aduana de Veracruz.

Poco después, le dijeron que alguien quería verlo, una tal señora Wigmore.

Gus arrugó el entrecejo, preocupado. Aquello era una indiscreción. Debía de haber sucedido algo.

Se fue corriendo hacia el vestíbulo. Caroline parecía muy angustiada. Aunque llevaba un elegante abrigo de tweed y un sombrero sencillo, tenía el pelo alborotado y los ojos rojos de tanto llorar. A Gus le impresionó y le dolió verla en aquel estado.

– ¡Cariño! – dijo en voz baja -. ¿Qué ha sucedido?

– Esto es el fin – dijo -. No puedo volver a verte. Lo siento. – Rompió a llorar.

Gus tenía ganas de abrazarla pero no podía hacerlo ahí. Tampoco tenía despacho propio. Miró alrededor. El guardia de la puerta los observaba. No había ningún sitio donde pudieran disfrutar de un poco de intimidad. Se estaba volviendo loco.

– Vayamos fuera – dijo Gus, que la agarró del brazo -. Daremos un paseo.

Ella negó con la cabeza.

– No. Estoy bien. Podemos quedarnos aquí.

– ¿Por qué estás tan alterada?

Caroline era incapaz de mirarlo a los ojos, no alzaba la vista del suelo.

– Debo ser fiel a mi marido. Tengo obligaciones.

– Déjame ser tu marido.

Ella levantó la vista y su mirada de anhelo le partió el corazón.

– No sabes cuánto desearía poder hacerlo.

– ¡Pero puedes!

– Ya tengo marido.

– No te es fiel, ¿por qué deberías serlo tú?

Ella hizo caso omiso de la pregunta.

– Ha aceptado una cátedra en Berkeley. Nos trasladamos a California.

– No vayas.

– Ya he tomado una decisión.

– Eso es obvio – replicó Gus de forma inexpresiva. Se sentía como si lo hubieran atropellado. Notaba un dolor en el pecho y le costaba respirar -. California – dijo -. Joder.

Caroline vio que Gus había aceptado lo inevitable, y la mujer empezó a recuperar la compostura.

– Es nuestro último encuentro – dijo.

– ¡No!

– Escúchame, por favor. Quiero decirte una cosa y esta es mi última oportunidad.

– De acuerdo.

– Hace un mes estaba dispuesta a suicidarme. No me mires así, es cierto. Me consideraba una nulidad y creía que a nadie le importaría si me moría. Entonces apareciste en la puerta de mi casa. Eras tan afectuoso, tan educado, tan atento, que me hiciste pensar que valía la pena seguir viviendo. Tú me apreciabas. – Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero aun así prosiguió -. Además, eras muy feliz cuando te besaba. Me di cuenta de que si era capaz de colmar de dicha a una persona, entonces no podía ser una nulidad; y ese pensamiento me llevó a seguir adelante. Me has salvado la vida, Gus. Que Dios te bendiga.

Gus sentía algo que rayaba en la ira.

– ¿Y eso qué me deja?

– Recuerdos – respondió ella -. Espero que los atesores, como yo haré con los míos.

Caroline se volvió. Gus la siguió hasta la puerta, pero ella no volvió la vista atrás. Salió y él la dejó marchar.

Cuando la perdió de vista echó a caminar de forma automática hacia el Despacho Oval, pero cambió de dirección: estaba demasiado alterado para estar con el presidente. Se fue al baño de hombres para hallar un momento de paz. Por suerte, estaba vacío. Se lavó la cara y se miró en el espejo. Vio a un hombre delgado con la cabeza grande: parecía una piruleta. Tenía el cabello de color castaño claro y los ojos marrones; no era muy atractivo, pero acostumbraba a gustar a las mujeres, y Caroline lo había amado.

Al menos, durante un tiempo.

No debería haberla dejado marchar. ¿Cómo podía haberse limitado a mirarla mientras se alejaba? Tendría que haberla convencido para que aplazara su decisión, para que meditara sobre la cuestión, para que lo hablara más con él. Quizá debería haber pensado en alternativas. Sin embargo, en el fondo de su corazón sabía que no las había. Supuso que Caroline ya le había dado vueltas a todo aquello. Debía de haber permanecido en vela muchas noches, con su marido roncando a su lado, meditando sobre la situación. Había tomado una decisión antes de ir a verlo.

Él, por su parte, debía regresar a su puesto de trabajo. Estados Unidos estaba en guerra. Pero ¿cómo podía quitarse todo aquello de la cabeza? El día que no podía verla, no hacía más que pensar en su próxima cita. Ahora no dejaba de pensar en cómo sería su vida sin ella. Y le parecía una perspectiva muy extraña. ¿Qué iba a hacer?

Un funcionario entró en el lavabo. Gus se secó las manos con una toalla y regresó a su lugar de trabajo, en el estudio que había junto al Despacho Oval.

Al cabo de unos instantes, un mensajero le entregó un telegrama del cónsul estadounidense en Veracruz. Gus lo leyó y dijo:

– ¡Oh, no!

El telegrama decía: CUATRO DE NUESTROS HOMBRES HAN MUERTO. VEINTE HERIDOS. DISPAROS ALREDEDOR DEL CONSULADO.

Cuatro hombres muertos, pensó Gus, horrorizado; cuatro buenos estadounidenses con madres y padres, y esposas o novias. La noticia atenuó la tristeza que sentía. «Al menos – reflexionó -, Caroline y yo estamos vivos.»

Llamó a la puerta del Despacho Oval y le entregó el telegrama a Wilson. El presidente lo leyó y palideció.

Gus lo miró fijamente. ¿Cómo debía de sentirse al saber que aquellos hombres habían muerto a causa de la decisión que había tomado en mitad de la noche?

Aquello no tendría que haber sucedido. ¿Acaso los mexicanos no querían que los liberasen de un gobierno tirano? Deberían haber recibido a los estadounidenses como liberadores. ¿Qué había salido mal?

Bryan y Daniels aparecieron al cabo de unos minutos, seguidos por el secretario de la Guerra, Lindley Garrison, un hombre que acostumbraba a ser más beligerante que Wilson, y Robert Lansing, el asesor del Departamento de Estado.

El presidente estaba más tenso que la cuerda de un violín. Pálido, inquieto y nervioso, no paraba de dar vueltas. Gus pensó que era una pena que Wilson no fumara, ya que quizá el tabaco lo habría ayudado a calmarse.

«Todos sabíamos que podía estallar la violencia – pensó Gus -, pero, en cierto modo, la realidad es más espantosa de lo que imaginábamos.»

Iban llegando más detalles de forma paulatina, y Gus le entregó los mensajes a Wilson. Todas las noticias eran malas. Las tropas mexicanas habían opuesto resistencia y dispararon contra los marines desde su fortín. La población, además, apoyaba a su ejército, que disparaba al azar contra los estadounidenses desde las ventanas superiores de sus casas. Como represalia, el USS Prairie atracó cerca de la costa, apuntó con sus cañones de 75 milímetros contra la ciudad y la bombardeó.

El número total de bajas era: seis estadounidenses muertos, ocho, doce y más heridos. Sin embargo, era un enfrentamiento del todo desigual ya que habían muerto más de cien mexicanos.

El presidente parecía confuso.

– No queremos luchar contra los mexicanos – dijo -. Queremos ayudarlos, si podemos. Queremos servir a la humanidad.

Por segunda vez ese mismo día, Gus se sintió totalmente desconcertado. El presidente y sus consejeros siempre se habían guiado por sus buenas intenciones. ¿Cómo era posible que todo hubiera salido tan mal? ¿Tan difícil era hacer el bien en asuntos internacionales?

Llegó un mensaje del Departamento de Estado. El embajador alemán, el conde Johann von Bernstorff, había recibido instrucciones del káiser para reunirse con el secretario de Estado, y deseaba saber si podía concertar la cita a las nueve de la mañana. Su personal le había hecho saber, de modo informal, que el embajador iba a presentar una queja formal por el incidente del Ypiranga.

– ¿Una queja? – preguntó Wilson -. ¿De qué puñetas hablan?

Gus se dio cuenta enseguida de que el derecho internacional les daba la razón a los alemanes.

– Señor, no ha habido declaración de guerra, ni tampoco un bloqueo, de modo que, en un sentido estricto, los alemanes tienen razón.

– ¿Cómo? – Wilson se volvió hacia Lansing -. ¿Es eso cierto?

– Lo comprobaremos de nuevo, por supuesto – dijo el asesor del Departamento de Estado -. Pero estoy prácticamente convencido de que Gus tiene razón. Lo que hemos hecho viola el derecho internacional.

– ¿Y eso qué significa?

– Significa que vamos a tener que pedir disculpas.

– ¡Jamás! – exclamó Wilson, furioso.

Pero lo hicieron.

Maud Fitzherbert se sorprendió al darse cuenta de que se había enamorado de Walter von Ulrich. Aunque también se habría sorprendido si se hubiera enamorado de cualquier otro hombre. Pocas veces conocía a uno que le gustara. Muchos eran los que se habían sentido atraídos por ella, sobre todo desde que fue presentada en sociedad, pero la mayoría fueron ahuyentados por su feminismo. Otros intentaron domeñarla, como el marqués de Lowther, que le dijo a Fitz que Maud se daría cuenta de su error al comportarse de aquel modo cuando conociese a un hombre autoritario de verdad. El pobre Lowthie acabó por comprender que el error lo cometió él.

Walter creía que era una mujer maravillosa tal y como era. Hiciera lo que hiciese, siempre lo asombraba. Si defendía puntos de vista extremos, lo impresionaban sus argumentos; cuando Maud escandalizaba a la sociedad ayudando a madres solteras y a sus hijos, él admiraba su valor; y le encantaba lo guapa que estaba cuando se ponía ropa que desafiaba los cánones de la moda.

A Maud la aburrían los ingleses adinerados de clase alta que consideraban que el modo en que estaba organizada la sociedad era satisfactorio. Walter era distinto. A pesar de provenir de una familia alemana conservadora, era sorprendentemente radical. Desde el lugar en el que estaba sentada Maud, en la fila trasera del palco que tenía su hermano en la ópera, podía ver a Walter en el patio de butacas, con un pequeño grupo de la embajada alemana. No tenía aspecto de rebelde, con su cabello bien cepillado, su bigote bien estilizado y su ropa de noche, conjuntada a la perfección. Incluso sentado, estaba erguido y tenía los hombros rectos. Miraba al escenario con una intensa concentración mientras Don Giovanni, acusado de intentar violar a una ingenua campesina, fingía, con descaro, haber atrapado a su sirviente, Leporello, cometiendo el crimen.

De hecho, pensó Maud, «rebelde» no era la palabra adecuada para Walter. Aunque era de una mentalidad más abierta que lo habitual, en ocasiones también podía ser convencional. Estaba orgulloso de la gran tradición musical del pueblo germanohablante, y le molestaba la actitud displicente del público londinense que llegaba tarde, hablaba con sus amistades durante las actuaciones y se iba antes de que acabaran. Seguro que ahora estaba enfadado con Fitz, por los comentarios que este le hacía a su amigo Bing Westhampton sobre la figura de la soprano; y con Bea por hablar con la duquesa de Sussex sobre la tienda de Madame Lucille, en Hanover Square, donde habían comprado sus vestidos. Incluso sabía lo que debía de decir Walter: «¡Solo escuchan la música cuando se les han acabado los chismorreos!».

Maud correspondía a los sentimientos de Walter, pero estaban en minoría. Para gran parte de la alta sociedad londinense, la ópera no era más que otra oportunidad para lucir ropa y joyas. Sin embargo, incluso esa gente guardó silencio hacia el final del primer acto, cuando Don Giovanni amenazó con matar a Leporello, y la percusión y los bajos dobles atronaron en el teatro. Entonces, con su característica indiferencia, Don Giovanni liberó a Leporello y se fue alegremente, desafiando a todo el mundo a que lo detuviera; y bajó el telón.

Walter se puso en pie de inmediato, miró hacia el palco y saludó con la mano. Fitz le devolvió el saludo.

– Ese es Von Ulrich – le dijo a Bing -. Todos esos alemanes están muy ufanos porque han dejado en ridículo a los estadounidenses en México.

Bing era un crápula pícaro y con el pelo rizado, pariente lejano de la familia real. Sabía poco de cuestiones internacionales y sus principales intereses eran jugar y beber en las mejores capitales europeas. Frunció el entrecejo y preguntó, desconcertado:

– ¿Y a los alemanes qué les importa México?

– Buena pregunta – dijo Fitz -. Si creen que pueden conseguir colonias en Sudamérica, se engañan… Estados Unidos jamás lo permitirá.

Maud salió del palco y bajó por la imponente escalinata, asintiendo y sonriendo a los conocidos. Sabía algo que también sabía la mitad de la gente que había allí: la sociedad londinense era un círculo sorprendentemente pequeño. En el rellano, enmoquetado de rojo, encontró un grupo de personas que rodeaban la figura pulcra y delgada de David Lloyd George, el canciller del Exchequer.

– Buenas noches, lady Maud – dijo, con el brillo que aparecía en sus ojos azul intenso cuando hablaba con una mujer atractiva -. He oído que la fiesta de su casa real fue muy bien. – Tenía el acento nasal de Gales del Norte, menos musical que la cadencia de los habitantes del sur -. Por cierto, qué tragedia la explosión de la mina de Aberowen.

– A las familias de los fallecidos les consoló mucho el mensaje de condolencia del rey – dijo Maud. En el grupo había una mujer atractiva de unos veinte años. Maud la saludó -: Buenas noches, señorita Stevenson, qué alegría verla de nuevo. – La secretaria política y amante de Lloyd George era una rebelde, y Maud se sentía atraída por ella. Además, un hombre siempre se mostraba agradecido con la gente que era cortés con su amante.

Lloyd George se dirigió al grupo.

– Esos barcos alemanes acabaron entregando las armas a México. Tan solo atracaron en otro puerto y descargaron sin problemas. De modo que han muerto diecinueve soldados estadounidenses en vano. Es una gran humillación para Woodrow Wilson.

Maud sonrió y le tocó el brazo a Lloyd George.

– ¿Le importaría explicarme una cosa, canciller?

– Si puedo, querida – dijo con indulgencia.

Maud sabía que a la mayoría de los hombres les encantaba que una mujer, sobre todo si era joven y atractiva, les pidiera que le explicara algo.

– ¿Por qué es tan importante lo que sucede en México?

– El petróleo, querida señora, el petróleo – repitió Lloyd George.

Alguien le preguntó algo y el canciller se volvió.

Maud vio a Walter. Se encontraron a los pies de la escalinata. Él se inclinó sobre su mano enguantada, y ella tuvo que resistirse a la tentación de tocarle su pelo rubio. Su amor por Walter había despertado en su interior como un león aletargado, ávido de deseo físico, un animal que era acicateado y atormentado por los besos robados y los roces furtivos.

– ¿Está disfrutando de la ópera, lady Maud? – le preguntó Walter cortésmente, pero sus ojos de color avellana decían «me gustaría estar a solas contigo».

– Mucho. Don Giovanni tiene una voz maravillosa.

– En mi opinión el director de orquesta sigue un tempo demasiado elevado.

Walter era la única persona que conocía que se tomaba la música tan en serio como ella.

– No estoy de acuerdo – replicó -. Es una comedia, de modo que las melodías deben fluir ágilmente.

– Pero no es tan solo una comedia.

– Es cierto.

– Quizá reduzca un poco el tempo cuando las cosas se pongan feas en el segundo acto.

– Parece que habéis ganado una especie de batalla diplomática en México – dijo Maud, cambiando de tema.

– Mi padre está… – tuvo que pensar para encontrar la palabra adecuada, algo poco habitual en él -… exultante – dijo tras una pausa.

– ¿Y tú no?

Arrugó el entrecejo.

– Me preocupa que el presidente estadounidense quiera devolvérnosla algún día.

En ese momento Fitz pasó a su lado y dijo:

– Hola, Von Ulrich, ¿por qué no nos acompañas a nuestro palco? Tenemos un asiento libre.

– ¡Será un placer! – dijo Walter.

Maud estaba encantada. Fitz solo intentaba ser hospitalario: no sabía que su hermana estaba enamorada de Walter. Tendría que ponerlo al corriente dentro de poco. Sin embargo, no estaba convencida de cómo asimilaría la noticia. Sus países estaban enfrentados, y aunque Fitz consideraba a Walter su amigo, de ahí a recibirlo con los brazos abiertos como cuñado iba un trecho.

Walter y ella subieron la escalinata y recorrieron el pasillo. La hilera trasera del palco de Fitz solo tenía dos asientos y un ángulo de visión muy malo. Maud y Walter ocuparon esos asientos sin pensarlo.

Al cabo de unos minutos, se apagaron las luces. En la penumbra, Maud se imaginó a solas con Walter. El segundo acto empezó con el dueto entre Don Giovanni y Leporello. A Maud le gustaba el modo en que Mozart hacía cantar juntos a amos y criados, mostrando las complejas e íntimas relaciones entre las clases altas y bajas. Muchos dramas solo reflejaban la vida de las clases altas, y representaban a los sirvientes como si fueran una parte más del mobiliario, tal y como deseaba mucha gente.

Bea y la duquesa regresaron al palco durante el trío «Ah! Taci, ingiusto core». Todo el mundo parecía haber agotado los temas de conversación, ya que apenas se oía hablar a la gente. Nadie hablaba con Maud ni Walter, ni tan siquiera los miraba, y Maud se preguntó, presa de la excitación, si podría aprovecharse del entorno y el momento. Con la confianza que da la audacia, estiró el brazo y le agarró la mano a Walter con disimulo. Él sonrió, y le acarició los dedos con la yema del pulgar. Maud se moría por besarlo, pero hacerlo sería una imprudencia.

Cuando Zerlina cantó su aria «Vedrai, cariño», en un romántico compás de tres por ocho, un impulso irresistible tentó a Maud y, cuando Zerlina se llevó la mano de Masetto a su corazón, Maud se puso la de Walter en el pecho. El joven agregado alemán dio un grito ahogado involuntario, pero nadie lo oyó porque Masetto estaba haciendo un ruido similar, tras ser derribado por Don Giovanni.

Maud le dio la vuelta a la mano para que pudiera sentir su pezón con la palma. A Walter le enloquecían sus pechos, y se los tocaba siempre que podía, lo cual sucedía pocas veces. Ella deseaba que fuera más a menudo: le encantaba. Aquello fue otro descubrimiento. Otras personas se los habían acariciado (un médico, un cura anglicano, una chica mayor en la clase de baile, un hombre en una multitud), y a ella le molestaba y, al mismo tiempo, halagaba el mero pensamiento de que fuera capaz de despertar la lujuria de la gente, pero hasta entonces jamás lo había disfrutado. Miró a Walter a la cara y vio que tenía la vista fija en el escenario, pero unas gotas de sudor brillaban en su frente. Maud se preguntó si estaba mal excitarlo de aquel modo, cuando no podía proporcionarle mayor satisfacción; pero él no hizo el menor ademán de retirar la mano, por lo que ella dedujo que le gustaba lo que estaba haciendo. Y a Maud también. Pero, como siempre, quería más.

¿Qué la había cambiado? Ella nunca había sido así. Era Walter, claro, y la conexión que sentía con él, una proximidad tan intensa que tenía la sensación de que podía decirle cualquier cosa, hacer lo que le viniera en gana, sin reprimir nada. ¿Qué lo hacía a él tan diferente de los demás hombres que la habían atraído? Un hombre como Lowthie, o incluso Bing, esperaba que una mujer se comportara como un niño bien educado: que escuchase con respeto cuando él soltaba una perorata, que riera para reconocer su gran ingenio, que obedeciera cuando adoptaba un papel autoritario y que le diera un beso siempre que se lo pidiera. Walter la trataba como un adulto. No flirteaba, no era condescendiente, no era presuntuoso e invertía el mismo esfuerzo, como mínimo, en escucharla que cuando le hablaba.

La música se volvió siniestra, la estatua cobró vida y el Commendatore entró en el comedor de Don Giovanni con una disonancia que Maud reconoció como una séptima disminuida. Era el punto culminante dramático de la ópera, y Maud estaba casi segura de que nadie los miraría. Tal vez podía proporcionarle una pequeña satisfacción a Walter, pensó; y la mera idea la dejó sin respiración.

Mientras los trombones resonaban sobre la voz grave de barítono del Commendatore, ella puso la mano sobre el muslo de Walter. Podía sentir el calor de su piel a través de la fina lana de sus pantalones de vestir. Él no la miró, pero Maud vio que abrió la boca y que jadeaba. Deslizó la mano por el muslo y, cuando Don Giovanni cogió al Commendatore de la mano, ella encontró el pene erecto de Walter y lo agarró.

Maud estaba muy excitada y, al mismo tiempo, sentía mucha curiosidad. Jamás había hecho aquello. Lo palpó por encima de los pantalones. Era más grande de lo que esperaba, y también más duro, parecía un pedazo de madera más que una parte del cuerpo. Era raro, pensó, que pudiera suceder un cambio físico tan extraordinario gracias al tacto de una mujer. Cuando ella se excitaba los cambios era muy pequeños: aquella forma de henchirse apenas perceptible, y la humedad en su interior. Para los hombres eran como izar una bandera.

Maud sabía lo que hacían los chicos, ya que había espiado a Fitz cuando tenía quince años; entonces imitó la acción que le había visto llevar a cabo, ese movimiento hacia arriba y hacia abajo de la mano, mientras el Commendatore exigía a Don Giovanni que se arrepintiera, y este se negaba una y otra vez. Walter resollaba, pero nadie podía oírlo porque la orquesta tocaba muy fuerte. Ella estaba encantada de poder satisfacerlo. Veía las nucas de las demás personas que había en el palco, y la aterraba la posibilidad de que alguien pudiera volverse, pero se sentía demasiado embargada por lo que estaba haciendo para detenerse. Walter le cogió la mano con la suya, para enseñarle cómo tenía que hacerlo, para agarrarla con fuerza cuando bajaba y aliviar la presión cuando subía, y ella lo imitó. Mientras Don Giovanni era arrastrado a la hoguera, Walter dio un respingo en el asiento. Maud sintió una especie de espasmos en el pene (una, dos y tres veces) y entonces, mientras Don Giovanni moría de miedo, Walter se desplomó, exhausto.

De repente Maud se dio cuenta de que lo que había hecho era una absoluta locura y apartó la mano rápidamente. Se sonrojó, avergonzada. Ella también jadeaba e intentó respirar con normalidad.

En el escenario empezó el ensemble final y Maud se relajó. No sabía qué la había poseído, pero se había salido con la suya. El alivio de tensión hizo que le entraran ganas de reír, pero logró contener la risa.

Miró a Walter a los ojos. Él la observaba, embelesado. Maud sintió un gran placer. Él se inclinó junto a ella y le susurró al oído:

– Gracias.

Maud lanzó un suspiro y respondió:

– Ha sido un placer.

<p>Capítulo 6</p>

Junio de 1914

A principios de junio Grigori Peshkov por fin tenía suficiente dinero para comprar un pasaje a Nueva York. La familia Vyalov de San Petersburgo le vendió el billete y los papeles necesarios para pasar el control de inmigración al llegar a Estados Unidos, incluida una carta del señor Josef Vyalov de Buffalo, en la que prometía darle trabajo a Grigori.

Grigori besó el billete. Se moría de ganas de marcharse. Era como un sueño, y tenía miedo de despertarse antes de que zarpara el barco. Ahora que faltaba tan poco para la partida, anhelaba aún más el momento cuando estuviera en cubierta y mirara hacia atrás para ver desaparecer Rusia por el horizonte y de su vida para siempre.

La noche antes de su marcha, los amigos le organizaron una fiesta.

Se celebró en el bar de Mishka, un local situado cerca de la fábrica metalúrgica Putílov. Había una docena de compañeros del trabajo, la mayoría de los miembros del Círculo de Debate Bolchevique sobre socialismo y ateísmo, y las chicas de la casa donde vivían Grigori y Lev. Todos estaban en huelga, al igual que la mitad de las fábricas de San Petersburgo, de modo que nadie tenía mucho dinero, pero unieron fuerzas y compraron un barril de cerveza y unos cuantos arenques. Era una cálida noche y se sentaron en los bancos, en un pequeño terreno abandonado que había junto al bar.

A Grigori no le entusiasmaban las fiestas. Habría preferido pasar la noche jugando al ajedrez. El alcohol atontaba a la gente, y le parecía absurdo coquetear con las esposas o las novias de otros hombres. Su amigo Konstantín, que tenía el pelo alborotado, el jefe del círculo de debate, estaba discutiendo sobre la huelga con Isaak, el agresivo futbolista, y acabaron peleándose a gritos. Varia, la fornida madre de Konstantín, se bebió gran parte de la botella de vodka, le dio un puñetazo a su marido y perdió el conocimiento. Lev llevó a un puñado de amigos – a hombres que Grigori no conocía y a chicas a las que no quería conocer – y se bebieron toda la cerveza sin aportar ni un rublo.

Grigori se pasó la noche mirando tristemente a Katerina, que estaba de buen humor ya que le gustaban las fiestas. Su falda larga se arremolinaba en sus piernas, y sus ojos azules centelleaban mientras iba de un lado a otro, provocando a los hombres y cautivando a las mujeres, con aquella boca generosa y grande que siempre lucía una sonrisa. Llevaba ropa vieja y remendada, pero tenía un cuerpo maravilloso, del tipo que encantaba a los hombres rusos, con mucho pecho y las caderas anchas. Grigori se enamoró de ella el día en que la conoció, y su amor no había menguado en cuatro meses. Sin embargo, ella prefería a su hermano.

¿Por qué? No tenía nada que ver con el aspecto. Ambos hermanos eran tan parecidos que, en ocasiones, la gente los confundía. Tenían la misma altura y peso, y podían llevar la ropa del otro. No obstante, Lev poseía encanto a raudales. Era informal y egoísta, y vivía al borde de la ley, pero las mujeres lo adoraban. Grigori era honesto y digno de confianza, un hombre que trabajaba duro, serio y que pensaba las cosas, y estaba soltero.

Sería distinto en Estados Unidos. Todo iba a ser distinto allí. Los terratenientes estadounidenses no podían ahorcar a sus campesinos. La policía norteamericana tenía que llevar a juicio a la gente antes de castigarla. El gobierno ni tan siquiera podía encarcelar a los socialistas. No había nobles: todo el mundo era igual, hasta los judíos.

¿Podía ser real? En ocasiones, Norteamérica le parecía un país de fantasía, como las historias que la gente contaba de las islas de los mares del Sur, donde bellas doncellas entregaban sus cuerpos a todo aquel que se lo pedía. Sin embargo, debía de ser cierto: miles de emigrantes habían escrito cartas a casa. En la fábrica, un grupo de socialistas revolucionarios había iniciado una serie de lecturas sobre la democracia norteamericana, pero la policía les prohibió continuar.

Se sentía culpable por dejar atrás a su hermano, pero era lo mejor.

– Cuida de ti – le dijo a Lev hacia el final de la velada -. Ya no estaré aquí para sacarte de todos los problemas.

– No me pasará nada – replicó Lev de forma despreocupada -. Cuida tú de ti mismo.

– Te enviaré el dinero para el pasaje. No tardaré mucho gracias a los sueldos americanos.

– Lo estaré esperando.

– No te traslades o perderemos el contacto.

– No me iré a ningún lado, hermano mayor.

No habían decidido si también Katerina acabaría yendo a Estados Unidos. Grigori dejó que fuera Lev quien sacara a relucir el tema, pero no lo había hecho. Grigori no sabía si debía alegrarle o temer que Lev quisiera llevarla consigo.

Lev agarró a Katerina del brazo y le dijo:

– Tenemos que irnos.

Grigori se sorprendió.

– ¿Adónde vais a esta hora de la noche?

– Voy a reunirme con Trofim.

Trofim era un miembro menor de la familia Vyalov.

– ¿Por qué tienes que verlo esta noche?

Lev le guiñó un ojo.

– Eso da igual. Volveremos antes de que amanezca, con tiempo de sobra para llevarte a la isla Gutuyevski. – Era el lugar donde atracaban los vapores transatlánticos.

– De acuerdo – dijo Grigori -. No hagas nada peligroso – añadió, sabiendo que de nada servía que se lo dijera.

Lev le dijo adiós con un gesto alegre de la mano y desapareció.

Era casi medianoche. Grigori se despidió de todos. Varios de sus amigos lloraron, aunque no sabía si era de pena o por la bebida. Regresó a casa con algunas de las chicas y todas lo besaron en el vestíbulo. Luego se fue a su habitación.

Su maleta de cartón de segunda mano estaba sobre la mesa. Aunque era pequeña, estaba medio vacía. Se llevaba camisas, ropa interior y su juego de ajedrez. Solo tenía un par de botas. No había acumulado demasiadas pertenencias en los nueve años que habían transcurrido desde la muerte de su madre.

Antes de irse a la cama, abrió el armario donde Lev guardaba su revólver, un Nagant M1895 de fabricación belga. Vio, con gran desazón, que el arma no se encontraba en su lugar habitual.

Descorrió el pestillo de la ventana para no tener que levantarse de la cama para abrirla cuando volviera Lev.

Tumbado en la cama, despierto, escuchando el estruendo familiar de los trenes, se preguntó cómo sería su vida a seis mil quinientos kilómetros de allí. Siempre había vivido con Lev, y había ejercido el papel de madre y padre. A partir del día siguiente, no sabría cuándo pasaba toda la noche fuera su hermano, armado con un revólver. ¿Sería un alivio o se preocuparía aún más?

Como siempre, Grigori se despertó a las cinco. Su barco partía a las ocho, y el muelle estaba a una hora de camino a pie. Tenía tiempo de sobra.

Lev no había vuelto a casa.

Grigori se lavó las manos y la cara. Frente al pedazo de espejo, se recortó el bigote y la barba con unas tijeras de cocina. Luego se puso su mejor traje. Pensaba dejarle el otro a Lev.

Estaba calentando un cazo de gachas de avena cuando alguien llamó a la puerta con fuerza.

Sin duda tenían que ser malas noticias. Los amigos se quedaban fuera y gritaban; solo las autoridades llamaban a la puerta. Grigori se puso la gorra, salió al pasillo y miró hacia abajo por la escalera. La casera dejó entrar a dos hombres que vestían el uniforme negro y verde de la policía. Tras observarlos detenidamente, Grigori reconoció la cara redonda y gordinflona de Mijaíl Pinski, y la cabeza pequeña, de rata, de su adlátere, Ilia Kozlov.

Pensó rápido. Estaba claro que había algún sospechoso de asesinato en el edificio. El culpable con más probabilidades era Lev. Tanto si era él como otro huésped, interrogarían a todo el mundo. Ambos policías recordaban el incidente de febrero, cuando Grigori rescató a Katerina de sus garras, y estaba claro que pretendían aprovechar la oportunidad para detenerlo.

Lo que provocaría que Grigori perdiera su barco.

Aquel horrible pensamiento lo paralizó. ¡Perder el barco! Después de la espera, de todo lo que había ahorrado, de lo mucho que anhelaba la llegada de aquel día. «No – pensó -; no permitiré que ocurra.»

Regresó a su habitación mientras los dos policías empezaban a subir por las escaleras. De nada serviría suplicarles; al contrario: si Pinski descubría que Grigori estaba a punto de emigrar, disfrutaría aún más encarcelándolo. Ni tan siquiera tendría la oportunidad de devolver el pasaje y recuperar el dinero. Todos aquellos años de ahorro al garete.

Era necesario que huyera.

Escudriñó la habitación frenéticamente. Había una puerta y una ventana. Tendría que salir por donde acostumbraba a entrar Lev de noche. Miró hacia fuera: el patio posterior estaba vacío. La policía de San Petersburgo se caracterizaba por su brutalidad, pero nadie los había acusado jamás de ser listos, y a Pinski y a Kozlov no se les pasó por la cabeza la idea de vigilar la parte trasera de la casa. Tal vez sabían que la única salida por el patio trasero consistía en cruzar las vías del tren; sin embargo, aquello no suponía un gran obstáculo para un hombre desesperado.

Grigori oyó los gritos y chillidos de las chicas que ocupaban la habitación de al lado: los policías habían empezado por ellas.

Se dio unas palmadas en la pechera de la chaqueta. El billete, los papeles y el dinero estaban en el bolsillo. El resto de sus posesiones mundanas se encontraban en la maleta de cartón.

Cogió la maleta y se asomó por la ventana hasta donde le permitió su sentido del equilibrio. Lanzó la maleta, que aterrizó de costado y, al parecer, sin sufrir daños.

La puerta de su habitación se abrió de golpe.

Grigori sacó las piernas por la ventana, se sentó en el alféizar durante una fracción de segundo y saltó al tejado del lavadero. Resbaló por culpa de las tejas y cayó de culo. Acto seguido, se deslizó por el tejado, hasta el canalón. Oyó un grito detrás de él pero no miró atrás. Saltó del tejado del lavadero al suelo y aterrizó sin hacerse daño.

Agarró la maleta y echó a correr.

Se oyó un disparo, lo que lo asustó y lo obligó a correr aún más rápido. La mayoría de los policías eran incapaces de acertar a darle al Palacio de Invierno desde tres metros, pero a veces sucedían accidentes. Subió por el terraplén de la vía férrea, consciente de que mientras ascendía se convertía en un objetivo fácil. Oyó el golpeteo y el ruido entrecortado de una locomotora, miró a la derecha y vio un tren de mercancías que se aproximaba muy rápido. Hubo otro disparo, y notó un golpe en algún lado, pero no sintió dolor, por lo que imaginó que la bala había impactado en su maleta. Alcanzó la cima del terraplén, sabiendo que su cuerpo se perfilaba de forma visible sobre el cielo claro del amanecer. El tren estaba a unos cuantos metros de distancia. El maquinista dio un bocinazo largo. Se oyó un tercer disparo. Grigori se tiró a las vías, frente al tren, para cruzar al otro lado.

La locomotora pasó aullando junto a él, con el estruendo de las ruedas de acero al entrechocar con los raíles, dejando tras de sí una estela de vapor, mientras el ruido de la bocina se apagaba. Grigori se puso en pie como buenamente pudo. Ahora estaba protegido de los disparos por un tren cargado con carbón. Cruzó las demás vías. Cuando pasó el último vagón, bajó por el terraplén y cruzó el patio de una pequeña fábrica para llegar a la calle.

Miró su maleta, que tenía un agujero en un borde. No le habían dado por poco.

Echó a caminar con brío, intentando recuperar el aliento, y se preguntó qué debía hacer. Ahora que estaba a salvo, al menos de momento, empezó a preocuparse por su hermano. Tenía que saber si Lev estaba en problemas y, en tal caso, de qué tipo.

Decidió ir al último lugar donde había visto a Lev, que era el bar de Mishka.

Mientras se dirigía al bar, se puso nervioso ante la posibilidad de que lo vieran. Tendría que tener muy mala suerte, pero no era imposible: Pinski podía rondar por las calles. Se caló bien la gorra aunque, en realidad, no creía que le ayudara a ocultar su identidad. Se cruzó con unos trabajadores que se dirigían al muelle y se unió al grupo, pero la maleta le hacía destacar entre los demás.

Aun así, logró llegar al bar de Mishka sin problemas. El local estaba decorado con bancos y mesas de madera caseras. Olía a la cerveza y el humo de tabaco de la noche anterior. Por las mañanas Mishka servía pan y té a la gente que no podía desayunar en casa, pero en los últimos tiempos el negocio iba mal por culpa de la huelga, y el establecimiento estaba casi vacío.

Grigori quería preguntarle a Mishka si sabía adónde se dirigía Lev cuando se fue, pero antes de poder hacerlo vio a Katerina. Parecía que había pasado toda la noche en vela. Tenía sus ojos azules inyectados en sangre, el pelo rubio alborotado, y la falda arrugada y manchada. Estaba muy alterada, le temblaban las manos y los regueros de las lágrimas surcaban las mejillas mugrientas. Sin embargo, aquello hizo que Grigori la encontrara aún más bella; sintió el deseo de abrazarla y consolarla. Puesto que no podía reaccionar de aquel modo, acudiría en su ayuda, que era lo único que podía hacer.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó -. ¿Qué sucede?

– Gracias a Dios que estás aquí – dijo ella -. La policía busca a Lev.

Grigori lanzó un gruñido. De modo que su hermano se había metido en problemas. Precisamente ese día.

– ¿Qué ha hecho? – No se le pasó por la cabeza la posibilidad de que fuera inocente.

– Anoche hubo un altercado. Teníamos que descargar unos cigarrillos de una barcaza. – Debían ser cigarrillos robados, pensó Grigori. Katerina prosiguió -: Lev los pagó, pero entonces el barquero dijo que no había suficiente dinero y empezó una discusión. Alguien disparó, Lev también, y huimos.

– ¡Gracias a Dios que no os hirieron!

– Ahora no tenemos ni los cigarrillos ni el dinero.

– Qué desastre. – Grigori miró el reloj que había sobre la barra. Eran las seis y cuarto. Aún tenía tiempo de sobra -. Sentémonos. ¿Quieres un té? – Le hizo una seña a Mishka y le pidió dos tés.

– Gracias – dijo Katerina -. Lev cree que uno de los heridos debe de haber hablado con la policía. Y ahora lo buscan.

– ¿Y a ti?

– Eso no es problema, nadie sabe mi nombre.

Grigori asintió.

– De modo que lo que debemos hacer es impedir que la policía le eche el guante a Lev. Tendrá que permanecer escondido durante una semana, y luego irse de San Petersburgo.

– No tiene dinero.

– Claro que no. – Lev nunca tenía dinero para lo básico, aunque siempre podía tomarse un trago, hacer apuestas e invitar a las chicas -. Puedo darle algo. – Grigori tendría que echar mano del dinero que había ahorrado para el viaje -. ¿Dónde está?

– Me ha dicho que se reuniría contigo en el barco.

Mishka trajo los tés. Grigori se dio cuenta de que tenía hambre, había dejado las gachas de avena en el fuego, y pidió un poco de sopa.

– ¿Cuánto dinero podrás darle a Lev? – preguntó Katerina, que lo miraba con seriedad.

Cuando le ponía aquella cara, Grigori siempre tenía la sensación de que haría todo aquello que ella le pidiera. Apartó la mirada.

– Lo que necesite – respondió.

– Eres muy bueno.

Grigori se encogió de hombros.

– Es mi hermano.

– Gracias.

A Grigori le gustó que Katerina fuera tan agradecida, pero también se sintió avergonzado. Llegó la sopa y empezó a comer; por fin una distracción. La comida le hizo sentirse más optimista. Lev siempre andaba metiéndose en problemas, pero al final lograba salir indemne. Estaba convencido de que esta vez también lo conseguiría. Aquello no significaba que Grigori tuviera que perder su barco.

Katerina lo miraba, mientras sorbía el té. Ya no tenía aquella mirada de desesperación. «Lev te pone en peligro – pensó Grigori -, yo acudo al rescate y, sin embargo, lo prefieres a él.»

Por entonces Lev ya debía de estar en el muelle, tratando de pasar inadvertido entre las sombras de una grúa, nervioso, alerta ante la posible presencia de policías, mientras esperaba. Grigori debía ponerse en marcha. Sin embargo, tal vez no volvería a ver a Katerina jamás, y no soportaba la idea de despedirse de ella para siempre.

Acabó la sopa y miró el reloj. Eran casi las siete. Estaba apurando demasiado.

– Debo irme – dijo, muy a su pesar.

Katerina lo acompañó hasta la puerta.

– No seas muy duro con Lev – le pidió.

– ¿Lo he sido alguna vez?

Katerina le puso las manos sobre los hombros, se alzó de puntillas y le dio un beso fugaz en los labios.

– Buena suerte – le deseó.

Grigori se fue.

Recorrió a toda prisa las calles del sudoeste de San Petersburgo, un barrio industrial lleno de depósitos, fábricas, almacenes y casuchas superpobladas. El vergonzoso impulso de llorar se le pasó al cabo de unos minutos. Caminaba por el lado de la sombra, con la gorra bien calada y la cabeza gacha, y evitaba las zonas muy abiertas. Si Pinski había hecho circular una descripción de Lev, un policía atento podía detener a Grigori fácilmente.

Sin embargo, llegó al muelle sin que nadie reparase en él. Su barco, el Ángel Gabriel, era un buque pequeño y herrumbroso que transportaba mercancías y pasajeros. En ese preciso instante estaban cargando unos cajones de madera remachados con clavos y que llevaban el nombre del mayor peletero de la ciudad. Mientras observaba la escena, los estibadores metieron la última caja en la bodega y la tripulación cerró la escotilla.

Una familia de judíos mostraba sus billetes al encargado de la plancha. Según su propia experiencia, todos los judíos querían irse a América. Tenían incluso más motivos que él. En Rusia las leyes les impedían poseer tierras, convertirse en funcionarios, ser oficiales del ejército y un sinfín de cosas más. Ni tan siquiera podían vivir donde quisieran, y existían cuotas que limitaban el número de judíos que podían asistir a la universidad. Era un milagro que pudieran ganarse la vida. Y si prosperaban, a pesar de las pocas probabilidades que tenían de conseguirlo, no pasaba mucho tiempo antes de que fueran agredidos por una multitud, por lo general acicateada por policías como Pinski: les daban una paliza, las familias quedaban aterrorizadas, les rompían los escaparates y prendían fuego a sus propiedades. Lo sorprendente era que aún quedara alguno de ellos.

Sonó la sirena del barco para avisar a los pasajeros de que subieran a bordo.

No veía a su hermano por ningún lado. ¿Qué le había pasado? ¿Había vuelto a cambiar de planes? ¿O acaso lo habían detenido?

Un niño tiró a Grigori de la manga.

– Un hombre quiere hablar con usted – le dijo.

– ¿Qué hombre?

– Se parece a usted.

«Gracias a Dios», pensó Grigori.

– ¿Dónde está?

– Detrás de las tablas.

Había una pila de madera en el muelle. Grigori se dirigió corriendo hacia el lugar y encontró a Lev escondido, fumando un cigarrillo y hecho un manojo de nervios. Estaba alterado y pálido, algo muy poco habitual en él ya que, por regla general, acostumbraba a mostrarse alegre en la adversidad.

– Tengo problemas – dijo Lev.

– De nuevo.

– ¡Esos barqueros son unos mentirosos!

– Y, a buen seguro, también unos ladrones.

– No te pongas sarcástico conmigo. No hay tiempo.

– No, tienes razón. Tenemos que sacarte de la ciudad hasta que la situación se calme un poco.

Lev negó con la cabeza y expulsó el humo al mismo tiempo.

– Uno de los barqueros ha muerto. Me buscan por asesinato.

– Oh, joder. – Grigori se sentó sobre las tablas y hundió la cabeza entre las manos -. Asesinato – dijo.

– Trofim está muy mal herido y la policía lo ha hecho hablar. Me ha acusado.

– ¿Cómo sabes todo esto?

– He visto a Fiódor hace media hora. – Fiódor era un policía corrupto, conocido de Lev.

– Eso son malas noticias.

– Y la cosa no acaba ahí. Pinski ha jurado que me detendría, para vengarse de ti.

Grigori asintió.

– Es lo que me temía.

– ¿Qué voy a hacer?

– Tendrás que ir a Moscú. San Petersburgo no será una ciudad segura para ti durante un tiempo, y quizá no vuelva a serlo jamás.

– No sé si Moscú estará lo bastante lejos, ahora que la policía tiene telégrafos.

Grigori se dio cuenta de que tenía razón.

Volvió a sonar la sirena del barco. No tardarían en retirar las planchas.

– Solo tenemos un minuto – dijo Grigori -. ¿Qué vas a hacer?

– Podría ir a América.

Grigori se quedó mirándolo.

– Podrías darme tu pasaje – dijo Lev.

Grigori ni tan siquiera quería pensar en esa posibilidad.

Sin embargo, Lev prosiguió con su lógica implacable.

– Podría utilizar tu pasaporte y tus papeles para entrar en Estados Unidos; nadie se daría cuenta de la diferencia.

Grigori vio que su sueño se desvanecía, como el final de una película en el cine Soleil de la avenida Nevski, cuando se encendían las luces que mostraban de nuevo los colores apagados y el suelo sucio del mundo real.

– Darte mi billete – repitió, intentando posponer de forma desesperada el momento de la decisión.

– Me salvarías la vida – dijo Lev.

Grigori sabía que debía hacerlo, y al darse cuenta de ello sintió una punzada en el corazón.

Sacó los papeles del bolsillo de su mejor traje y se los dio a Lev. Asimismo, le entregó todo el dinero que había ahorrado para el viaje. Finalmente, le tendió la maleta de cartón con el agujero de bala.

– Te enviaré el dinero para que puedas comprarte otro pasaje – dijo Lev, enardecido. Grigori no dijo nada, pero el escepticismo debió de reflejarse en su rostro ya que Lev añadió -: Lo haré de verdad, te lo juro. Ahorraré.

– De acuerdo – repuso Grigori.

Se abrazaron.

– Siempre has cuidado de mí – dijo Lev.

– Sí, lo he hecho.

Lev se volvió y echó a correr hacia el barco.

Los marineros estaban soltando las amarras. Estaban a punto de retirar la plancha, pero Lev les gritó y esperaron unos segundos más a que embarcara.

Subió corriendo a cubierta.

Se volvió, se apoyó en la barandilla y le dijo adiós a Grigori con la mano.

El hermano mayor fue incapaz de devolverle el saludo. Se volvió y echó a caminar.

Sonó la sirena, pero no miró hacia atrás.

Notaba una extraña sensación de ligereza en el brazo derecho ahora que ya no debía cargar con la maleta. Atravesó el muelle, mirando la oscura agua, y se le pasó por la cabeza la extraña posibilidad de tirarse. Se estremeció: no iba a ser presa de ideas tan tontas. Aun así, se sentía deprimido y amargado. La vida nunca le daba una mano ganadora.

Era incapaz de alegrarse mientras desandaba sus pasos y recorría el barrio industrial. Caminaba con los ojos gachos, sin molestarse en estar atento a la policía: no le importaba demasiado que lo detuvieran.

¿Qué iba a hacer? Sentía que no tenía fuerzas para nada. Cuando acabase la huelga le volverían a dar trabajo en la fábrica: era un buen trabajador y lo sabían. Seguramente era ahí adonde debía ir entonces, para averiguar si había habido algún adelanto en las negociaciones, pero le daba igual.

Al cabo de una hora, estaba a punto de llegar al bar de Mishka. En un principio su intención era pasar de largo, sin embargo, echó un vistazo al interior y vio a Katerina, sentada donde la había dejado dos horas antes, frente a un vaso de té frío; se dio cuenta de que debía decirle lo que había sucedido.

Entró en el local. Tan solo estaban Katerina y Mishka, que barría el suelo.

Katerina se puso en pie, asustada.

– ¿Qué haces aquí? – preguntó -. ¿Has perdido el barco?

– No exactamente. – No sabía cómo darle la noticia.

– Entonces, ¿qué ha sucedido? – inquirió ella -. ¿Lev está muerto?

– No, está bien. Pero lo buscan por asesinato.

Katerina lo miró fijamente.

– ¿Dónde está?

– Ha tenido que huir.

– ¿Adónde?

No había forma agradable de decirlo.

– Me ha pedido que le diera mi pasaje.

– ¿Tu pasaje?

– Y el pasaporte. Se ha ido a América.

– ¡No! – gritó ella.

Grigori se limitó a asentir.

– ¡No! – gritó Katerina de nuevo -. ¡Él nunca me dejaría! ¡No me digas eso, no lo digas jamás!

– Intenta mantener la calma.

Le dio un bofetón a Grigori. No era más que una chica, y él apenas parpadeó.

– ¡Cerdo! – chilló -. ¡Es culpa tuya!

– Lo he hecho para salvarle la vida.

– ¡Cabrón! ¡Perro! ¡Te odio! ¡Odio tu estúpida cara!

– Nada de lo que digas me hará sentir peor.

Pero Katerina no lo escuchaba. Al final, Grigori decidió no hacer caso de sus insultos y se fue. La voz de la muchacha se apagó mientras atravesaba la puerta.

Los gritos cesaron y oyó unos pasos que recorrían la calle en dirección a él.

– ¡Espera! – gritó ella -. Espera, Grigori, por favor, no me des la espalda. Lo siento mucho.

Grigori se volvió.

– Vas a tener que cuidar de mí ahora que Lev se ha ido.

Él negó con la cabeza.

– No me necesitas. Los hombres de esta ciudad harán cola ante tu puerta para cuidar de ti.

– No es verdad – replicó ella -. Hay algo que no sabes.

«¿Y ahora qué pasa?», pensó Grigori.

– Lev no quería que te lo dijera – confesó ella.

– Venga, dímelo.

– Estoy embarazada – dijo, y rompió a llorar.

Grigori se quedó petrificado mientras asimilaba la noticia. De Lev, claro. Y él lo sabía. Y, sin embargo, se había ido a América.

– Un bebé – dijo Grigori.

Ella asintió, entre lágrimas.

El hijo de su hermano. Su sobrino o sobrina. Su familia.

La abrazó y la estrechó contra él. Katerina temblaba a causa de los sollozos. Hundió la cara en su chaqueta. Él le acarició el pelo.

– Venga – le dijo -. No te preocupes. No te pasará nada. Y a tu bebé tampoco. – Lanzó un suspiro -. Me ocuparé de vosotros dos.

Viajar en el Ángel Gabriel era duro, incluso para un chico de los arrabales de San Petersburgo. Solo había una clase, tercera, y los pasajeros eran tratados como mercancías. El barco estaba sucio y en unas condiciones insalubres, sobre todo cuando había mucho oleaje y la gente se mareaba. De nada servía quejarse porque ninguno de los tripulantes hablaba ruso. Lev no sabía a ciencia cierta qué nacionalidad tenían, pero fracasó en sus intentos por comunicarse con ellos en su inglés rudimentario o con las pocas palabras que conocía de alemán. Alguien dijo que eran holandeses. Lev nunca había oído hablar de los holandeses.

A pesar de todo, entre los pasajeros imperaba un gran optimismo. Lev se sentía como si hubiera reventado los muros de la prisión del zar, se hubiera escapado y ahora fuera libre. Estaba de camino a América, donde no habría nobles. Cuando el mar estaba en calma, los pasajeros se sentaban en la cubierta y contaban historias que habían oído sobre América: el agua caliente que salía de los grifos, la buena calidad de las botas de cuero que llevaban incluso los trabajadores y, sobre todo, la libertad para practicar cualquier religión, afiliarse a cualquier partido político y expresar la opinión en público sin tener miedo de la policía.

La noche del décimo día, Lev estaba jugando a cartas. Le tocaba repartir, pero estaba perdiendo. Todo el mundo perdía excepto Spiria, un chico de aspecto inocente que debía de tener la misma edad que Lev y que también viajaba solo.

– Spiria gana todas las noches – dijo otro jugador, Yákov. Lo cierto era que Spiria ganaba siempre que repartía Lev.

Avanzaban lentamente entre la niebla. El mar estaba en calma, y solo se oía el leve murmullo de los motores. Lev no había podido averiguar cuándo iban a llegar a su destino. La gente respondía distintas cosas. Los más entendidos decían que dependía del tiempo. La tripulación era, como siempre, inescrutable.

Mientras caía la noche, Lev tiró su mano.

– Estoy limpio – dijo. De hecho, tenía dinero de sobra en el interior de la camisa, pero sabía que a los demás se les acababa el dinero, a todos salvo a Spiria -. Ya está – añadió -. Cuando lleguemos a América, voy a tener que echarle el ojo a una mujer mayor y rica y vivir como un perrito en su palacio de mármol.

Los demás se rieron.

– ¿Quién te iba a querer como mascota? – preguntó Yákov.

– Las mujeres mayores tienen frío de noche – dijo -. Necesitará que le dé calor.

La partida acabó de buen humor, y los jugadores se dispersaron.

Spiria se fue hacia popa y se apoyó en la barandilla, para observar cómo la estela desaparecía en la niebla. Lev acudió junto a él.

– Mi parte asciende a siete rublos – dijo Lev.

Spiria sacó unos billetes del bolsillo y se los dio, ocultando la transacción con su cuerpo para que nadie pudiera ver cómo el dinero cambiaba de manos.

Lev se guardó los billetes en el bolsillo y cargó la pipa.

Spiria le preguntó:

– Dime una cosa, Grigori. – Lev usaba los papeles de su hermano, por lo que tenía que decirle a la gente que se llamaba Grigori -. ¿Qué me harías si me negara a darte tu parte?

Aquel tipo de conversaciones eran peligrosas. Lev guardó el tabaco lentamente y dejó la pipa apagada en el bolsillo de la chaqueta. Entonces agarró a Spiria de las solapas y lo empujó contra la barandilla, de modo que inclinó el cuerpo hacia atrás y se asomaba sobre el mar. Spiria era más alto que Lev, pero no tan duro, ni mucho menos.

– Te partiría la nuca, estúpido – le espetó -. Luego te quitaría todo el dinero que has ganado gracias a mí. – Lo empujó aún más -. Después te lanzaría al maldito mar.

Spiria estaba aterrorizado.

– ¡De acuerdo! – dijo -. ¡Suéltame!

Lev obedeció.

– ¡Caray! – exclamó Spiria, con la voz entrecortada -. Solo era una pregunta.

Lev encendió la pipa.

– Y yo te he dado la respuesta – dijo -. No lo olvides.

Spiria se alejó.

Cuando se levantó la niebla, vieron tierra. Era de noche, pero Lev vislumbró las luces de una ciudad. ¿Dónde estaban? Algunos decían que en Canadá, otros que en Irlanda, pero nadie lo sabía.

Las luces se aproximaban y el barco aminoraba la marcha. Iban a atracar. Lev oyó que alguien comentaba que ¡ya habían llegado a América! Diez días le pareció poco. Pero ¿qué sabía él? Se quedó junto a la barandilla, con la maleta de cartón de su hermano. El corazón le latía más rápido.

La maleta le recordó que debería haber sido Grigori quien estuviera a punto de llegar a América. Lev no había olvidado que le había dicho a su hermano que le enviaría el dinero de un pasaje. Era una promesa y pensaba cumplirla. Seguramente Grigori le había salvado la vida… de nuevo. «Tengo suerte de tener un hermano como él», pensó Lev.

En el barco estaba ganando dinero, pero no lo suficientemente rápido. Siete rublos no le permitirían llegar muy lejos. Necesitaba un buen pellizco. Pero América era la tierra de las oportunidades. E iba a hacer fortuna allí.

A Lev le intrigó el agujero de bala que vio en la maleta, y una bala incrustada en una caja que contenía un juego de ajedrez. Aun así, se lo vendió a uno de los judíos por cinco cópecs.

Se preguntó cómo era posible que le hubieran disparado a Grigori.

Echaba de menos a Katerina. Le gustaba pasear con una chica como ella colgada de su brazo, consciente de que era la envidia de todos los hombres. Pero seguro que en América habría chicas de sobra.

Se preguntó si Grigori ya sabía que Katerina estaba embarazada. Sintió una punzada de arrepentimiento: ¿llegaría a ver algún día a su hijo o hija? Se dijo a sí mismo que no debía preocuparse por dejar que Katerina criara el bebé a solas. Encontraría a alguien que cuidara de ella. Era una superviviente.

Eran las doce pasadas cuando atracó el último barco. El muelle estaba iluminado con una luz muy débil y no se veía a nadie. Los pasajeros desembarcaron con sus bolsas, cajas y baúles. Un miembro de la tripulación del Ángel Gabriel les acompañó hasta un cobertizo donde había unos cuantos bancos.

– Tienen que esperar aquí hasta que vengan a buscarlos la gente de inmigración por la mañana – dijo, con lo que demostró que, en realidad, sí que sabía un poco de ruso.

Aquello fue una pequeña decepción para la gente que había ahorrado durante años. Las mujeres se sentaron en los bancos y los niños se pusieron a dormir mientras los hombres fumaban y esperaban a que llegara la mañana. Al cabo de un rato, oyeron los motores del barco; Lev salió y vio que se alejaba lentamente de su atracadero. Tal vez las cajas de pieles se descargaban en otra parte.

Intentó recordar lo que le había contado Grigori, durante una conversación distendida, sobre los primeros pasos que había que dar en el nuevo país. Los inmigrantes debían pasar una inspección médica, un momento tenso, ya que la gente no apta era enviada de nuevo a su país, sin el dinero y con las esperanzas hechas añicos. En ocasiones los agentes de inmigración cambiaban el nombre a la gente, para que fueran más fáciles de pronunciar para los estadounidenses. Fuera de la zona de los muelles los estaría esperando un representante de la familia Vyalov, para llevarlos en tren a Buffalo, donde les darían trabajo en hoteles y fábricas propiedad de Josef Vyalov. Lev se preguntó a qué distancia se encontraba Buffalo de Nueva York. ¿Tardarían una hora en llegar allí, o una semana? Se arrepentía de no haber prestado más atención a Grigori.

El sol se alzó sobre miles de muelles abarrotados de gente y Lev volvió a sentir la emoción de unas horas antes. Mástiles antiguos y jarcias rodeadas de las chimeneas de los vapores. En el muelle convivían edificios imponentes y cobertizos ruinosos, grúas altas y cabrestantes achaparrados, escaleras, cabos y carretas. Tierra adentro Lev podía ver filas enteras de vagones de mercancías llenos de carbón, centenares de ellos – no, miles -, que se perdían en el horizonte, más allá de donde alcanzaba la vista. Le decepcionó no poder ver la famosa Estatua de la Libertad con su antorcha: debía de quedar oculta tras un cabo o promontorio, supuso.

Empezaron a llegar los trabajadores del puerto, primero en pequeños grupos y luego en tromba. Unos barcos partían y otros arribaban. Una docena de mujeres comenzaron a descargar sacas de patatas de una pequeña embarcación que había frente al cobertizo. Lev se preguntó cuándo iban a llegar los policías de inmigración.

Entonces, se le acercó Spiria, que parecía haber olvidado el modo en que lo había amenazado.

– Se han olvidado de nosotros – le dijo.

– Eso parece – admitió Lev, confundido.

– ¿Vamos a dar un paseo a ver si encontramos a alguien que hable ruso?

– Buena idea.

Spiria se dirigió a uno de los ancianos.

– Vamos a ver si podemos averiguar qué sucede.

El hombre parecía nervioso.

– Quizá deberíamos quedarnos aquí, tal y como nos han ordenado.

Sin embargo, los dos muchachos no le hicieron caso y se acercaron a las mujeres de las patatas.

– ¿Alguien habla ruso?

Una de las mujeres más jóvenes sonrió, pero nadie respondió a la pregunta. Lev se sintió frustrado: sus modos de ganador eran inútiles con la gente que no entendía lo que les decía.

Spiria y Lev echaron a andar en la dirección de la que provenían la mayoría de los trabajadores. Nadie reparó en ellos. Llegaron a unas grandes verjas, las atravesaron y se hallaron en una calle muy transitada en la que había tiendas y oficinas. Los automóviles, los tranvías eléctricos, los caballos y las carretillas eran los amos de la calzada. Lev intentaba hablar con alguien cada pocos metros, pero nadie le hacía caso.

Estaba perplejo. ¿Cómo era posible que un recién llegado pudiera bajar de un barco y entrar en la ciudad sin permiso alguno?

Entonces vio un edificio que lo intrigó. Parecía un hotel, pero había un par de hombres mal vestidos con gorras de marinero, sentados en los escalones, fumando.

– ¿Has visto ese edificio? – le preguntó a Spiria.

– ¿Qué le pasa?

– Creo que es un centro misionero para marineros, como el que hay en San Petersburgo.

– No somos marineros.

– Pero quizá hay alguien allí que hable idiomas extranjeros.

Entraron en el edificio. Los atendió una mujer con el pelo entrecano que estaba sentada tras un mostrador.

– No hablamos americano – dijo Lev en su propio idioma.

Ella contestó con una única palabra en la misma lengua:

– ¿Ruso?

Lev asintió.

La mujer les hizo un gesto con el dedo para que la siguieran y Lev recuperó los ánimos.

Recorrieron un largo pasillo hasta llegar a un pequeño despacho con una ventana que daba al mar. Sentado al escritorio había un hombre que parecía ruso de origen judío, en opinión de Lev, aunque no sabía a ciencia cierta por qué.

– ¿Habla ruso? – le preguntó Lev.

– Soy ruso – respondió el hombre -. ¿En qué puedo ayudarlos?

A Lev le entraron ganas de abrazarlo. Sin embargo, se limitó a mirarlo a los ojos y le dedicó una sonrisa cordial.

– Alguien tenía que venir a buscarnos al puerto para llevarnos a Buffalo, pero no ha aparecido – dijo, con voz amable, pero con un deje de preocupación -. Somos unos trescientos… – Para ganarse la compasión de su compatriota añadió -: incluidas mujeres y niños. ¿Cree que podría ayudarnos a localizar a nuestro contacto?

– ¿Buffalo? – preguntó el hombre -. ¿Dónde cree que están?

– En Nueva York, por supuesto.

– Esto es Cardiff.

Lev nunca había oído hablar de Cardiff, pero entonces, al menos, entendió el problema.

– Ese estúpido capitán nos ha desembarcado en el puerto equivocado – dijo -. ¿Cómo podemos llegar a Buffalo desde aquí?

El hombre señaló por la ventana, en dirección al mar, y Lev tuvo el mal presentimiento de que sabía la que se le avecinaba.

– Es por ahí – dijo el hombre -. A unos cinco mil kilómetros.


Lev preguntó el precio de un pasaje de Cardiff a Nueva York. Convertido en rublos, era una cantidad diez veces superior a la que llevaba encima.

Contuvo la rabia. Los había timado la familia Vyalov, o el capitán del barco, o ambos, probablemente, ya que era más fácil organizar el chanchullo entre ambos. Aquellos cerdos mentirosos le habían robado todo el dinero que Grigori había ganado con el sudor de su frente. Si hubiera podido agarrar al capitán del Ángel Gabriel del cuello, se lo habría retorcido y, una vez muerto, se habría reído de él.

Sin embargo, de nada servía soñar con la venganza. La situación no iba a cambiar. Pensaba encontrar trabajo, aprender inglés y participaría en partidas de cartas de grandes apuestas. Le llevaría su tiempo. Debía ser paciente y aprender a comportarse más como Grigori.

Aquella primera noche todos durmieron en el suelo de la sinagoga. Lev permaneció con el resto del grupo. Los judíos de Cardiff no sabían, o quizá no les importaba, que algunos de los pasajeros eran cristianos.

Por primera vez en su vida, se dio cuenta de la ventaja de ser judío. En Rusia estaban tan perseguidos que siempre se había preguntado por qué no había más judíos que renunciaran a su religión, se cambiasen de ropa y se mezclasen con los demás. Se habrían salvado muchas vidas. Pero entonces cayó en la cuenta de que, como judío, podías ir a cualquier parte del mundo y siempre encontrarías a alguien que te trataría como un miembro de su familia.

Al final, resultó que aquel no era el primer grupo de emigrantes rusos que compraban pasajes a Nueva York y acababan en otro lugar. Había sucedido en otras ocasiones, en Cardiff y en otros puertos británicos; y, como muchos emigrantes rusos eran judíos, los ancianos de la sinagoga ya tenían una rutina. Al día siguiente proporcionaban un desayuno caliente a los pasajeros abandonados, les cambiaban el dinero a libras, chelines y peniques británicos, y los acompañaban a una pensión, donde podían alquilar una habitación barata.

Al igual que todas las ciudades del mundo, Cardiff tenía miles de cuadras. Lev aprendió suficiente inglés para decir que tenía experiencia en el trato con caballos y se fue por la ciudad, para pedir trabajo. La gente no tardaba en darse cuenta de que tenía mano para los animales, pero incluso los patrones mejor predispuestos querían formularle algunas preguntas, y él era incapaz de entenderlas y responderlas.

Presa de la desesperación, decidió que debía aprender el idioma más rápido, y al cabo de unos días podía entender los precios y pedir pan o cerveza. Sin embargo, la gente que podía ofrecerle trabajo hacía preguntas complicadas, probablemente sobre los lugares en los que había trabajado antes, y sobre si había tenido problemas con la policía.

Regresó al centro misionero para marineros y le contó su problema al ruso que ocupaba el pequeño despacho. Le dio una dirección de Butetown, el barrio que estaba más cerca de los muelles, y le dijo que preguntase por Filip Kowal, pronunciado «coul», y al que todo el mundo conocía como Kowal el Polaco. El hombre en cuestión resultó ser un capataz que contrataba a mano de obra extranjera y barata y que chapurreaba la mayoría de los idiomas europeos. Le dijo a Lev que acudiera a la entrada de la estación de ferrocarriles principal de la ciudad, con su maleta, al lunes siguiente, a las diez en punto de la mañana.

Lev se puso tan contento que ni tan siquiera le preguntó cuál era el trabajo que le iban a dar.

Se presentó junto con unos doscientos hombres más, principalmente rusos, pero entre los que había alemanes, polacos, eslavos y un africano de piel oscura. Se alegró al ver que Spiria y Yákov también habían acudido.

Los metieron en un tren, pagado por Kowal, y se dirigieron hacia el norte, atravesando un bonito paisaje montañoso. Las ciudades industriales se extendían entre las colinas verdes como un río de aguas oscuras. Lev se dio cuenta de que todas las ciudades compartían un rasgo común: siempre había una torre alta coronada por un par de ruedas gigantes. Alguien le dijo que el motor económico de la región era la explotación de minas de carbón. Varios de los hombres que lo acompañaban eran mineros; algunos tenían otros oficios, como trabajadores metalúrgicos; y muchos eran mano de obra no cualificada.

Al cabo de una hora, bajaron del tren. Mientras salían de la estación Lev comprendió que no se trataba de un trabajo normal. Una multitud de varios cientos de hombres, todos vestidos con las gorras y la ropa basta de los obreros, los esperaban en la plaza. Al principio los hombres guardaban un silencio que no presagiaba nada bueno, entonces uno de ellos gritó algo y los demás lo secundaron de inmediato. Lev no tenía la más remota idea de lo que decían, pero sin duda era un mensaje hostil. También había unos veinte o treinta policías, situados frente a la muchedumbre, para evitar que los hombres rebasaran una línea imaginaria.

– ¿Quién es esa gente? – preguntó Spiria con voz asustada.

– Hombres fornidos, bajos, de facciones duras y las manos limpias. Diría que son mineros en huelga.

– Parece que quieran matarnos. ¿Qué demonios sucede?

– Somos esquiroles – dijo Lev, con amargura.

– Que Dios nos salve.

Kowal el Polaco gritó «¡Seguidme!» en varios idiomas, y todos echaron a andar por la calle principal. La multitud no dejó de gritar, los hombres siguieron agitando los puños, pero nadie rompió el cordón imaginario. Era la primera vez que Lev se sentía agradecido por la presencia de la policía.

– Esto es horrible – dijo.

– Ahora sabes lo que se siente al ser judío – le espetó Yákov.

Dejaron atrás a los mineros y echaron a caminar cuesta arriba, por calles de casas adosadas. Lev se percató de que muchas de las casas parecían vacías. La gente seguía mirándolos, pero los insultos habían cesado. Kowal empezó a adjudicar casas a los hombres. Lev y Spiria se quedaron asombrados cuando les dieron una casa para ellos. Antes de irse, Kowal señaló la bocamina, la torre con las ruedas gemelas, y les dijo que debían presentarse allí a la mañana siguiente a las seis. Aquellos que eran mineros se dedicarían a extraer carbón, y los demás al mantenimiento de los túneles y del material de trabajo o, como en el caso de Lev, a cuidar de los ponis.

Lev miró su nueva casa. No era un palacio, pero estaba limpia y seca. Tenía una gran sala en la planta baja y dos habitaciones arriba: ¡un dormitorio para cada uno! Lev nunca había tenido un cuarto para él solo. No había muebles, pero estaban acostumbrados a dormir en el suelo, y en junio ni tan siquiera necesitaban mantas.

Lev no quería irse de casa, pero les entró el hambre. Y como no tenían comida, tuvieron que salir a buscar algo de cena, muy a su pesar. Atemorizados, entraron en el primer pub que vieron, pero la docena de clientes que había los fulminó con la mirada y cuando Lev dijo: «Dos pintas, mitad rubia y mitad negra», el camarero no le hizo caso.

Caminaron calle abajo, en dirección al centro de la ciudad, y encontraron un café. Parecía que, al menos, la clientela no tenía ganas de pelea. Sin embargo, permanecieron sentados durante media hora y vieron cómo la camarera sirvió a todos los que entraron después de ellos. De modo que acabaron marchándose.

Lev se dio cuenta de que les iba a resultar difícil vivir allí. No obstante, no pensaba quedarse mucho tiempo. En cuanto ahorrara suficiente dinero, se iría a América. Aun así, tenía que comer mientras siguiera en aquella ciudad.

A continuación, entraron en una panadería. Lev estaba decidido a obtener lo que quería. Señaló un estante de hogazas de pan y dijo en inglés:

– Un pan, por favor.

El panadero fingió que no lo entendía. Lev estiró el brazo y cogió la hogaza que quería. «Que intente quitármelo», pensó.

– ¡Eh! – gritó el panadero, pero se quedó en su lado del mostrador.

Lev sonrió y preguntó:

– ¿Cuánto, por favor?

– Un penique y cuarto – respondió el panadero, de malos modos.

Lev dejó las monedas en el mostrador.

– Muchas gracias – dijo.

Partió la hogaza de pan, le dio la mitad a Spiria y siguieron caminando por la calle, comiendo con apetito. Llegaron a la estación de tren, pero la multitud se había dispersado. Frente a la entrada, un vendedor de periódico anunciaba su mercancía. Prácticamente le quitaban los periódicos de las manos, y Lev se preguntó si había sucedido algo importante.

Un gran coche pasó junto a ellos a toda velocidad y tuvieron que apartarse de un salto. Lev se quedó asombrado al ver a la pasajera del asiento posterior: la princesa Bea.

– ¡Dios mío! – exclamó.

De pronto se vio transportado a Bulovnir, y la imagen de pesadilla de su padre muerto en la horca mientras aquella mujer lo observaba se apoderó de su mente. Jamás había vuelto a sentir un pánico mayor que entonces. Nada había de volver a asustarlo como aquello, ni las peleas callejeras, ni las porras de los policías, ni las pistolas que lo apuntaban.

El coche se detuvo en la entrada de la estación. Una mezcla de odio, asco y náuseas hizo mella en Lev mientras la princesa bajaba del vehículo. El pan que tenía en la boca se convirtió en gravilla y lo escupió.

– ¿Qué te pasa? – preguntó Spiria.

Lev intentó recuperar la compostura.

– Esa mujer es una princesa rusa – respondió -. Ordenó que ahorcaran a mi padre hace catorce años.

– Puta. ¿Qué demonios hace aquí?

– Se casó con un lord inglés. Deben de vivir aquí cerca. Quizá la mina de carbón es suya.

El chófer y la doncella cargaron con el equipaje. Lev oyó que Bea se dirigía a la doncella en ruso, y que esta contestó en la misma lengua. Todos entraron en la estación. Al cabo de un instante salió la doncella y compró el periódico.

Lev se acercó a la mujer. Se quitó la gorra, hizo una reverencia y dijo en ruso:

– Debe de ser la princesa Bea.

La mujer rió alegremente.

– No seas estúpido. Soy su doncella, Nina. ¿Quién eres tú?

Lev se presentó a sí mismo y a Spiria y le explicó cómo habían llegado hasta allí y por qué no podían comprar nada de cena.

– Regresaré esta noche – dijo Nina -. Solo vamos a Cardiff. Venid a la puerta de la cocina de Ty Gwyn y os daré un poco de fiambre. Seguid la carretera que se dirige hacia el norte hasta que lleguéis a un palacio.

– Gracias, bella dama.

– Soy lo bastante vieja para ser tu madre – le dijo, pero aun así sonrió -. Más vale que le lleve el periódico a la princesa.

– ¿Qué dice la portada?

– Ah, es una noticia internacional – respondió la mujer con desdén -. Ha habido un asesinato. La princesa está muy alterada. El archiduque Francisco Fernando ha sido asesinado en un lugar llamado Sarajevo.

– Para la princesa eso debe de ser espantoso.

– Sí – dijo Nina -. Aunque imagino que eso no va a suponer ningún cambio para gente como tú y yo.

– No – dijo Lev -. Supongo que no.

<p>Capítulo 7</p>

Principios de julio de 1914

La iglesia de St. James, en Piccadilly, contaba con la congregación más elegante del mundo. Era el lugar de culto predilecto de la élite de Londres. En teoría, la ostentación no estaba muy bien vista, pero una mujer tenía que llevar sombrero, y en aquellos días era prácticamente imposible comprar ninguno que no tuviera plumas de avestruz, cintas, lazos y flores de seda. Walter von Ulrich, desde el fondo de la nave, contemplaba aquella selva de colores y formas extravagantes. Los hombres, por el contrario, iban todos vestidos igual, con sus abrigos negros y sus cuellos altos y blancos; todos sujetaban sus sombreros de copa en el regazo.

La mayoría de esa gente no alcanzaba a comprender lo que había sucedido en Sarajevo hacía siete días, pensó con acritud. Algunos de ellos ni siquiera sabían dónde estaba Bosnia. Habían quedado conmocionados por el asesinato del archiduque, pero no lograban entender las implicaciones que tendría para el resto del mundo. Se sentían vagamente desconcertados.

Walter no estaba desconcertado ni mucho menos. Sabía exactamente qué presagiaba ese asesinato. Suponía una grave amenaza para la seguridad de Alemania, y era cometido de personas como él proteger y defender su país en momentos de peligro como ese.

Aquel día, su primera labor consistía en descubrir lo que pensaba el zar de Rusia. Eso era lo que quería saber todo el mundo: el embajador alemán, el padre de Walter, el ministro de Exteriores de Berlín y hasta el mismísimo káiser. Y Walter, como buen agente secreto que era, contaba con una fuente de información.

Paseó la mirada por la congregación intentando identificar a su hombre entre todas aquellas nucas, temiendo que no hubiera acudido. Antón era empleado de la embajada de Rusia. Siempre se encontraban en iglesias anglicanas porque así podía estar seguro de que no se tropezaría con nadie de la embajada: la mayoría de los rusos pertenecían a la Iglesia ortodoxa, y los que no, nunca los empleaban en el servicio diplomático.

Antón era el encargado de la oficina de telégrafos de la embajada rusa, de manera que veía todos los telegramas que entraban y salían de allí. La información de que disponía no tenía precio, pero era un hombre de trato difícil y eso le provocaba a Walter muchos quebraderos de cabeza. A Antón le daba miedo andar metido en espionaje, y cuando se asustaba no se presentaba a sus citas… a menudo en momentos de tensión internacional como ese, cuando él más lo necesitaba.

Walter se distrajo al ver allí a Maud. Reconoció el cuello largo y grácil que asomaba desde una moderna confección con solapas de corte masculino, y el corazón le dio un vuelco. Besaba ese cuello siempre que tenía ocasión.

Cuando meditaba acerca del peligro de la guerra, su primer pensamiento era para Maud, y solo después para su país. Le avergonzaba ese egoísmo suyo, pero no podía hacer nada por remediarlo. Su mayor miedo era que se la arrebataran; la amenaza a la patria ocupaba un segundo lugar. Estaba dispuesto a morir por Alemania, pero no a vivir sin la mujer a quien amaba.

Una cabeza de la tercera fila contando desde el fondo se volvió y Walter cruzó una mirada con Antón. El hombre tenía el cabello ralo y castaño, y una barba irregular. Walter, aliviado al verlo, caminó hacia el pasillo sur como si buscara un sitio y, después de un breve momento de duda, tomó asiento.

Antón casi siempre acudía a sus citas porque tenía el alma llena de amargura. Cinco años antes, un sobrino al que le tenía mucho aprecio había sido acusado de actividades revolucionarias por la policía secreta del zar, y lo habían encarcelado en la Fortaleza de Pedro y Pablo, al otro lado del río del Palacio de Invierno, en el corazón de San Petersburgo. El muchacho era estudiante de teología, y del todo inocente del delito de subversión; sin embargo, antes de que pudieran ponerlo en libertad contrajo una pulmonía y murió. Antón había estado urdiendo desde entonces su callada y mortífera venganza contra el gobierno del zar.

Era una lástima que la iglesia estuviera tan bien iluminada. El arquitecto, Christopher Wren, la había dotado de largas hileras de enormes ventanas de medio punto. Para esa clase de misión habría sido más adecuada una lúgubre penumbra gótica, pero Antón, de todas formas, había escogido bien su posición: al final de una fila, con un niño a su lado y un enorme pilar de madera detrás.

– Buen sitio para sentarse – murmuró Walter.

– Todavía se nos puede ver desde la galería – dijo Antón con preocupación.

Walter negó con la cabeza.

– Todos estarán mirando hacia la cabecera.

Antón era un solterón de mediana edad. Era más bien bajo, y pulcro hasta la escrupulosidad: la corbata apretada en un nudo ceñido, todos los botones de la chaqueta abrochados, zapatos relucientes. Su gastado traje brillaba un poco de tanto cepillarlo y plancharlo durante años. Walter creía que se trataba de su forma de reaccionar ante la suciedad del espionaje. A fin de cuentas, aquel hombre estaba allí para traicionar a su país. «Y yo estoy aquí para alentarlo», pensó con gravedad.

No dijo nada más durante el silencio que precedió al oficio, pero en cuanto arrancó el primer himno, preguntó en voz baja:

– ¿Qué clima se respira en San Petersburgo?

– Rusia no quiere la guerra – dijo Antón.

– Bien.

– El zar teme que la contienda desemboque en una revolución. – Cuando Antón mencionaba al zar parecía que estuviera a punto de escupir -. La mitad de San Petersburgo ya está en huelga. Desde luego, no se le ha ocurrido que es su propia brutalidad estúpida lo que hace que la gente desee la revolución.

– Desde luego. – Walter siempre tenía que calcular contando con el hecho de que las opiniones de Antón estaban distorsionadas por el odio, pero en este caso el espía no se equivocaba del todo. Walter no odiaba al zar, pero sí lo temía. Tenía a su disposición el mayor ejército del mundo, y toda discusión sobre la seguridad de Alemania debía tomar en consideración esa fuerza militar. Alemania era como un hombre cuyo vecino de al lado tiene un oso gigante atado con una cadena en el jardín de delante de casa -. ¿Qué hará el zar?

– Depende de Austria.

Walter reprimió una réplica impaciente. Todo el mundo estaba esperando a ver qué hacía el emperador austríaco. Alguna cosa tenía que hacer, porque el archiduque asesinado era el heredero a su trono. Walter confiaba en enterarse de qué intenciones tenía Austria ese mismo día, más tarde, a través de su primo Robert. Esa rama de la familia era católica, igual que toda la élite austríaca, y en ese mismo instante Robert asistía a misa en la catedral de Westminster, pero Walter había quedado con él para comer. Mientras tanto, necesitaba averiguar más sobre los rusos.

Tenía que esperar hasta que empezara otro himno. Intentó ser paciente. Miró arriba y contempló el extravagante dorado de las bóvedas de cañón de Wren.

La congregación atacó el Roca de la eternidad.

– Supongamos que en los Balcanes estalla la lucha – le murmuró a Antón -. ¿Se mantendrán los rusos al margen?

– No. El zar no puede hacerse a un lado si Serbia se ve atacada.

Walter sintió un escalofrío. Era exactamente la clase de intensificación del conflicto que temía.

– ¡Sería una locura declarar una guerra por eso!

– Cierto, pero los rusos no pueden dejar que Austria controle la región de los Balcanes… tienen que proteger la ruta del mar Negro.

Eso no tenía discusión. La mayor parte de las exportaciones rusas (grano de los campos de cereales del sur y petróleo de los pozos de la zona de Bakú) se cargaban en barcos que zarpaban hacia el resto del mundo desde los puertos del mar Negro.

– Por otro lado – prosiguió Antón -, el zar también le está insistiendo a todo el mundo en que sean cuidadosos al dar cualquier paso.

– En resumen, que aún está dándole vueltas a la cabeza.

– Si a eso lo llama usted cabeza…

Walter asintió. El zar no era un hombre inteligente. Su sueño era devolver Rusia a la época dorada del siglo XVII, y era lo bastante idiota para creer que algo así era posible. Era como si el rey Jorge V intentara recrear la alegre Inglaterra de Robin Hood. Puesto que el zar era un hombre muy poco racional, resultaba endiabladamente difícil predecir cuál sería su reacción.

Durante el último himno, la mirada de Walter se deslizó hasta Maud, que estaba sentada dos filas por delante, al otro lado del pasillo. Contempló cariñosamente su perfil mientras la veía cantar con entusiasmo.

El ambivalente informe de Antón resultaba desconcertante. Walter se sentía más preocupado de lo que lo había estado una hora antes.

– A partir de ahora tendremos que vernos a diario – dijo entonces.

Antón puso cara de terror.

– ¡Imposible! – exclamó -. Es demasiado arriesgado.

– Pero el panorama cambia de una hora a otra.

– El domingo que viene por la mañana, en Smith Square.

Ese era el problema de los espías idealistas, pensó Walter con frustración, no había forma de presionarlos. Por otra parte, los hombres que espiaban por dinero nunca eran dignos de confianza. Eran capaces de decirte lo que querías oír con la esperanza de conseguir una prima. Con Antón, si él decía que el zar estaba titubeando, Walter podía estar seguro de que el zar no había tomado aún ninguna decisión.

– Pero ¿por qué no nos vemos al menos una vez a media semana? – rogó mientras el himno llegaba a su fin.

Antón no contestó. En lugar de sentarse, se escabulló y salió de la iglesia.

– Maldita sea – dijo Walter en voz baja, y el niño que estaba sentado a su lado le lanzó una mirada de reprobación.

Cuando el oficio terminó, se quedó aguardando junto al cementerio enlosado, saludando a conocidos, hasta que vio salir a Maud, acompañada por Fitz y Bea. Irradiaba una elegancia sobrenatural con aquel estiloso vestido de terciopelo gris estampado y su sobretodo de crepé en un gris más oscuro. Puede que no fuera un color muy femenino, pero realzaba su belleza escultórica y parecía conseguir que su piel brillara. Walter les estrechó la mano a todos, mientras anhelaba pasar unos cuantos minutos a solas con ella. Intercambió cortesías con Bea, un pastelito color rosa confite con encajes de crema, y convino con un solemne Fitz en que aquel asesinato era un «mal asunto». Los Fitzherbert se alejaron entonces y Walter temió perder su oportunidad, pero en el último momento Maud musitó:

– Iré a tomar el té a casa de la duquesa.

Walter le sonrió a su elegante espalda. Había visto a Maud el día anterior y la vería al siguiente, pero le aterró pensar que quizá no tuviera ocasión de verla otra vez ese mismo día. ¿De veras era incapaz de pasar veinticuatro horas sin ella? No se tenía por un hombre débil, pero esa mujer lo había atrapado en su hechizo. Walter, no obstante, no tenía ningún deseo de escapar.

Era el espíritu independiente de Maud lo que le resultaba tan atractivo. La mayoría de las mujeres de su generación parecían contentarse con interpretar el papel pasivo que les otorgaba la sociedad: vestirse con bonitas ropas, organizar fiestas y obedecer a sus maridos. Walter estaba aburrido de la mujer felpudo. Maud se parecía más a algunas de las damas que había conocido en Estados Unidos durante la temporada que había pasado en la embajada alemana de Washington. Eran elegantes y encantadoras, pero no serviles. Ser amado por una mujer así era sumamente estimulante.

Avanzó por Piccadilly con andar garboso y se detuvo frente a un quiosco de prensa. Leer los periódicos británicos nunca resultaba agradable: la mayoría eran crudamente antialemanes, sobre todo el virulento Daily Mail. Hacían creer a los británicos que estaban rodeados de espías germanos. ¡Cómo hubiera deseado Walter que fuera verdad! Contaba más o menos con una docena de agentes en las ciudades de la costa, hombres que tomaban nota de las idas y venidas que tenían lugar en los muelles, igual que hacían los británicos en los puertos alemanes; pero ni mucho menos los miles de los que informaban esos histéricos directores de periódico.

Compró un ejemplar de The People. En él, los problemas de los Balcanes no figuraban como gran noticia: los británicos estaban más preocupados por Irlanda. Allí, la minoría protestante llevaba cientos de años señoreando con muy escasa estima por la mayoría católica. Si Irlanda conseguía la independencia, se volverían las tornas. Los dos bandos estaban fuertemente armados y existía la amenaza de una guerra civil.

Un único párrafo, al final de la portada, hacía referencia a la «crisis austro-serbia». Como de costumbre, los periódicos no tenían ni idea de lo que sucedía en realidad.

Justo cuando Walter torcía para entrar en el hotel Ritz, Robert bajó con ímpetu de un taxi a motor. Llevaba un chaleco negro y una corbata negra también, en señal de luto por el archiduque. Robert había formado parte de la camarilla de Francisco Fernando: pensadores progresistas para los estándares de la corte vienesa, aunque conservadores si se los contemplaba desde cualquier otro ángulo. Walter sabía que apreciaba y respetaba al fallecido y a su familia.

Dejaron sus sombreros de copa en el guardarropa y entraron juntos en el comedor. A Walter, su primo Robert le despertaba un instinto protector. Desde que eran niños había sabido que era diferente. La gente llamaba a esos hombres «afeminados», pero ese adjetivo resultaba demasiado burdo: Robert no era una mujer atrapada en un cuerpo de varón. Sin embargo, sí que tenía muchísimos rasgos femeninos, y eso hacía que Walter lo tratara con una especie de caballerosidad comedida.

Se parecía a él, tenía las mismas facciones regulares y los ojos azules, pero llevaba el cabello más largo y se enceraba y rizaba el bigote.

– ¿Cómo van las cosas con lady M? – le preguntó mientras se sentaban. Walter se había sincerado con é Robert lo sabía todo acerca de su amor prohibido.

– Es maravillosa, pero mi padre no es capaz de olvidar el hecho de que trabaja en una clínica de los suburbios con un médico judío.

– Ay, vaya… eso sí que es duro – dijo Robert -. Podrían entenderse sus reparos si ella fuese judía.

– Yo esperaba que poco a poco fuese tomándole cariño, que se vieran de vez en cuando en algún acto social, y que se diera cuenta de que Maud tiene amistad con la mayoría de los hombres poderosos del país; pero no está funcionando.

– Por desgracia, la crisis de los Balcanes solo hará que aumentar la tensión en… – Robert sonrió -, ya me perdonarás, las relaciones internacionales.

Walter se obligó a reír.

– Lo superaremos, pase lo que pase.

Robert no dijo nada, pero puso cara de no estar demasiado convencido.

Mientras degustaban un cordero de Gales con patatas y salsa de perejil, Walter le transmitió a su primo la información tan poco concluyente que le había sacado a Antón.

Robert tenía sus propias noticias.

– Hemos conseguido averiguar que los asesinos obtuvieron las armas y las bombas a través de Serbia.

– Maldita sea – dijo Walter.

Robert dejó ver entonces su ira.

– Las armas les fueron suministradas por el jefe de los servicios secretos del ejército serbio. Los asesinos realizaron prácticas de tiro en un parque de Belgrado.

– Los agentes secretos a veces actúan de manera unilateral – comentó Walter.

– A menudo. Y la confidencialidad de su trabajo favorece que en muchas ocasiones salgan impunes de ello.

– De manera que eso no demuestra que el gobierno serbio sea el responsable del asesinato, y, si se detiene uno a pensarlo con lógica, para una pequeña nación como Serbia, que intenta preservar su independencia a toda costa, sería una locura provocar a un vecino tan poderoso.

– Incluso es posible que los servicios secretos serbios actuaran contraviniendo directamente los deseos del gobierno – coincidió Robert. Sin embargo, enseguida añadió con firmeza -: Pero eso no cambia nada en absoluto. Austria debe emprender acciones contra Serbia.

Era lo que temía Walter. El asunto ya no podía seguir viéndose como un mero crimen del que debían encargarse la policía y los tribunales. Había adquirido nuevas proporciones; de pronto, un imperio debía castigar a una pequeña nación. El emperador Francisco José de Austria había sido un gran hombre en su época, conservador y fervientemente religioso, pero un dirigente fuerte. Ya tenía ochenta y cuatro años, sin embargo, y con la edad no se había vuelto ni un tanto menos autoritario y estrecho de miras. Era la clase de hombre que creía saberlo todo solo porque era viejo. El padre de Walter era igual.

«Mi destino está en manos de dos monarcas – pensó Walter -, el zar y el emperador. Uno es idiota, el otro está senil; aun así, controlan el destino de Maud y el mío, igual que el de innumerables millones de europeos. ¡Qué gran argumento en contra de la monarquía!»

Mientras tomaban el postre meditó con detenimiento y, cuando llegó el café, dijo con optimismo:

– Supongo que tu objetivo será darle a Serbia una dura lección sin implicar a ningún otro país.

Robert acabó rápidamente con sus esperanzas.

– Al contrario. Mi emperador le ha escrito una carta personal a tu káiser.

Walter se quedó de piedra. No tenía noticia de eso.

– ¿Cuándo?

– Fue entregada ayer.

Como cualquier diplomático, Walter detestaba que los monarcas hablaran directamente entre sí, en lugar de hacerlo a través de sus ministros. En tales casos podía suceder cualquier cosa.

– Y ¿qué le ha dicho?

– Que Serbia debe ser eliminada como potencia política.

– ¡No! – Era peor aún de lo que Walter había temido. Conmocionado, preguntó -: ¿De verdad lo cree?

– Todo depende de la respuesta.

Walter arrugó la frente. El emperador Francisco José le estaba pidiendo su aprobación al káiser Guillermo: ese era el auténtico mensaje de la carta. Los dos países eran aliados, así que el káiser estaba obligado a mostrarle cierto apoyo, pero podía darle un énfasis entusiasta o renuente, alentador o cauteloso.

– Confío en que Alemania respalde a Austria sea cual sea la decisión de mi emperador respecto a las acciones que se llevarán a cabo – dijo Robert con severidad.

– ¡No es posible que desees que Alemania ataque a Serbia! – protestó Walter.

Robert se sintió ofendido.

– Deseamos algo que nos garantice que Alemania cumplirá con sus obligaciones como aliada nuestra.

Walter controló su impaciencia.

– El problema de esa forma de pensar es que pone en juego muchas otras cosas. Igual que si Rusia transmite señales de apoyo a Serbia; así solo se promueve la agresión. Lo que deberíamos hacer es aplacar a todo el mundo.

– No estoy seguro de poder darte la razón – replicó Robert con frialdad -. Austria ha sufrido un golpe terrible. El emperador no puede dar la imagen de que se lo ha tomado a la ligera. El que desafía al gigante debe ser aplastado.

– Intentemos no exagerar las cosas.

Robert alzó la voz:

– ¡Han asesinado al heredero al trono! – Un comensal de la mesa de al lado levantó la mirada y puso ceño al oír hablar alemán en tono de discusión. Robert suavizó su voz, pero no su expresión -. No me hables de exageraciones.

Walter intentó reprimir sus propios sentimientos. Sería necio y peligroso que Alemania se implicara en ese altercado, pero decírselo así a Robert no serviría de nada. El trabajo de Walter era sonsacar información, no enzarzarse en discusiones.

– No creas que no lo entiendo – dijo -. ¿En Viena todo el mundo comparte tu opinión?

– En Viena, sí – respondió Robert -. Tisza se opone. – István Tisza era el primer ministro de Hungría, aunque súbdito del emperador austríaco -. La alternativa que propone es el cerco diplomático a Serbia.

– Menos drástico, quizá, pero también menos arriesgado – observó Walter con cautela.

– Demasiado débil.

Walter pidió la cuenta. Estaba profundamente inquieto por lo que acababa de saber, pero no quería que hubiera malos sentimientos entre su primo y él. Confiaban el uno en el otro y se ayudaban, y no deseaba que eso cambiase. Fuera, en la acera, le estrechó la mano a Robert y le agarró el codo en un gesto de firme camaradería.

– Pase lo que pase, debemos permanecer unidos, primo – dijo -. Somos aliados y siempre lo seremos. – Dejó que fuera Robert quien decidiera si estaba hablando de ellos dos o de sus respectivos países. Se despidieron como amigos.

Walter cruzó Green Park apretando el paso. Los londinenses estaban disfrutando del sol, pero una nube sombría se cernía sobre su cabeza. Había esperado que Alemania y Rusia se mantuvieran al margen de la crisis de los Balcanes, pero las noticias que le habían llegado hasta el momento sugerían agoreramente todo lo contrario. Al llegar al palacio de Buckingham, torció a la izquierda y caminó a lo largo de The Mall para acercarse a la embajada alemana por la entrada trasera.

Su padre tenía allí un despacho: era donde pasaba una de cada tres semanas, más o menos. En la pared había un retrato del káiser Guillermo, y una fotografía enmarcada de Walter vestido con su uniforme de teniente en el escritorio. Otto sostenía una pieza de loza en la mano. Coleccionaba cerámica inglesa y le encantaba ir en busca de objetos fuera de lo común. Al mirar con más atención, Walter vio que se trataba de un frutero de loza blanca con los bordes delicadamente perforados y modelado de tal forma que imitaba un cesto. Conociendo el gusto de su padre, supuso que sería del siglo XVIII.

Encontró a Otto reunido con Gottfried von Kessel, un agregado cultural por quien Walter sentía bastante antipatía. Gottfried tenía un cabello oscuro y espeso que se peinaba con la raya a un lado, y llevaba gafas de gruesas lentes. Era de la misma edad que él y también tenía un padre en el servicio diplomático, pero, a pesar de todo lo que compartían, no eran amigos. Walter pensaba que era un cobista.

Le dirigió un breve gesto con la cabeza y se sentó.

– El emperador de Austria ha escrito a nuestro káiser.

– Ya lo sabemos – se apresuró a replicar Gottfried.

Walter no le hizo caso. Gottfried tenía la fastidiosa costumbre de convertirlo todo en una competición.

– No me cabe duda de que la respuesta del káiser será amistosa

– le dijo a su padre -, pero hay muchas cosas que podrían depender del matiz.

– Su Majestad todavía no me ha comentado nada.

– Pero lo hará.

Otto asintió.

– Es la clase de asunto por el que suele consultarme.

– Y, si exhorta a la prudencia, podría convencer a los austríacos para que se muestren menos beligerantes.

– ¿Por qué habría de hacer algo así? – preguntó Gottfried.

– ¡Para evitar que Alemania se vea arrastrada a una guerra por un territorio tan irrisorio como Bosnia!

– ¿De qué tienes miedo? – inquirió Gottfried con desdén -. ¿Del ejército serbio?

– Tengo miedo del ejército ruso, y también tú deberías tenerlo – respondió Walter -. Es el mayor de toda la historia…

– Eso ya lo sé – replicó Gottfried.

Walter pasó por alto la interrupción.

– En teoría, el zar puede sacar a seis millones de hombres al campo de batalla en apenas unas semanas…

– Lo sé…

– … y eso supera a la población total de Serbia.

– Lo sé.

Walter suspiró.

– Pareces saberlo todo, Von Kessel. ¿Sabes de dónde sacaron los asesinos las armas y las bombas?

– De los nacionalistas eslavos, presumo.

– ¿Algunos nacionalistas eslavos en concreto, presumes?

– ¿Quién sabe?

– Los austríacos lo saben, según tengo entendido. Creen que las armas procedían del jefe de los servicios secretos serbios.

Otto soltó un gruñido de asombro.

– Eso sí que despertaría sed de venganza en los austríacos.

– Austria sigue siendo gobernada por su emperador. Al final, la decisión de declarar la guerra solo puede tomarla él – dijo Gottfried.

Walter asintió con la cabeza.

– No es que el emperador Habsburgo haya necesitado nunca demasiadas excusas para mostrarse despiadado y brutal.

– ¿Qué otra forma hay de gobernar un imperio?

Walter no mordió el anzuelo.

– Aparte del primer ministro húngaro, cuya voz no tiene mucho peso, no parece haber nadie que llame a la prudencia. Ese papel debe recaer en nosotros. – Walter se levantó. Había informado de sus investigaciones y no quería permanecer ni un minuto más en la misma habitación que ese molesto Gottfried -. Si me disculpa, padre, iré a tomar el té a casa de la duquesa de Sussex y ver qué más se comenta por la ciudad.

– Los ingleses no hacen visitas los domingos – observó Gottfried.

– Tengo invitación – repuso Walter, y se marchó antes de perder los papeles.

Avanzó abriéndose paso por Mayfair hacia Park Lane, donde el duque de Sussex tenía su palacio. El duque no ocupaba ningún cargo en el gobierno de Gran Bretaña, pero la duquesa organizaba tertulias políticas. Cuando Walter llegó a Londres en diciembre, Fitz lo había presentado a la duquesa, quien se ocupó de que lo invitaran a todas partes.

Entró en el salón, se inclinó, estrechó la regordeta mano de la dama y dijo:

– En Londres todo el mundo desea saber qué sucederá en Serbia, así que, aunque sea domingo, he decidido venir a preguntárselo a usted, excelencia.

– No habrá guerra – respondió ella, sin demostrar haberse dado cuenta de que Walter bromeaba -. Siéntese y tome una taza de té. Lo del pobre archiduque y su esposa es una tragedia, desde luego, y sin duda los culpables serán castigados, pero ¡qué tontería pensar que naciones tan grandes como Alemania y Gran Bretaña estarían dispuestas a ir a la guerra por Serbia!

A Walter le habría gustado poder sentirse tan convencido de ello. Tomó asiento cerca de Maud, que sonreía con alegría, y de lady Hermia, que lo saludó con una inclinación de cabeza. En el salón había una docena de personas, incluido el primer lord del Almirantazgo, Winston Churchill. La decoración era grandiosamente anticuada: un mobiliario de recargadísimas tallas, suntuosas telas con una docena de estampados diferentes, y hasta el último rincón cubierto de adornos, fotografías enmarcadas y jarrones con ramitos de espigas secas. Un lacayo le acercó a Walter una taza de té y le ofreció leche y azúcar.

Walter se alegraba de estar cerca de Maud, pero quería más, como siempre, e inmediatamente empezó a preguntarse si habría alguna forma de ingeniárselas para estar los dos solos, aunque no fuera más que unos minutos.

– El problema, desde luego, es la debilidad del Turco – dijo la duquesa.

Esa cotorra pomposa tenía razón, pensó Walter. El Imperio otomano estaba en decadencia, y el conservador clero musulmán lo mantenía al margen de la modernización. El sultán había logrado conservar el orden en la península balcánica durante siglos, desde la costa mediterránea de Grecia hasta latitudes tan septentrionales como Hungría, pero ahora, década a década, se iba retirando y las grandes potencias más cercanas, Austria y Rusia, estaban intentando llenar ese vacío. Entre Austria y el mar Negro se encontraban los territorios de Bosnia, Serbia y Bulgaria, dispuestos en fila. Hacía cinco años, Austria se había hecho con el control de Bosnia. De pronto tenía un altercado con Serbia, el segundo de la fila. Los rusos miraban el mapa y veían que Bulgaria era la siguiente ficha del dominó, y que los austríacos podían terminar controlando la costa occidental del mar Negro y amenazando el comercio internacional de Rusia.

Mientras tanto, los pueblos súbditos del Imperio austríaco empezaban a pensar que más les valía gobernarse a sí mismos… razón por la cual el nacionalista bosnio Gavrilo Princip había disparado al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo.

– Es una tragedia para Serbia – comentó Walter -. Yo diría que su primer ministro está a punto de arrojarse al Danubio.

A lo que Maud replicó:

– Querrá decir el Volga.

Walter la miró, contento de tener una excusa para embriagarse con su imagen. Se había cambiado de ropa y llevaba un vestido para el té de color azul marino con una blusa de encaje rosa pálido y un sombrero de fieltro rosa con una borla azul.

– En modo alguno quiero decir eso, lady Maud – repuso.

– El Volga cruza Belgrado, que es la capital de Serbia – insistió ella.

Walter estaba a punto de volver a protestar, pero entonces titubeó. Maud sabía perfectamente que el Volga no pasaba ni a mil quinientos kilómetros de Belgrado. ¿Qué estaba tramando?

– No soy amigo de contradecir a alguien tan bien informado como usted, lady Maud – dijo -. Y sin embargo…

– Lo consultaremos – dijo ella -. Mi tío, el duque, posee una de la mayores bibliotecas de Londres. – Se puso en pie -. Acompáñeme y le demostraré que se equivoca.

Se trataba de un comportamiento algo osado para una joven de buena cuna, y la duquesa frunció los labios.

Walter se encogió de hombros con fingida impotencia y siguió a Maud hasta la puerta.

Por un momento pareció que lady Hermia iba a acompañarlos también, pero estaba tan cómodamente hundida en la tapicería de terciopelo, con una taza y un platito en la mano, que moverse le resultaba un esfuerzo demasiado grande.

– No tardéis – dijo en voz baja, y le dio otro bocado a su pastel mientras ellos abandonaban el salón.

Maud cruzó el vestíbulo, donde un par de lacayos montaban guardia como si fueran centinelas, caminando por delante de Walter. Se detuvo ante una puerta y esperó a que él se la abriera. Entraron.

En la gran sala reinaba el silencio. Estaban solos. Maud se lanzó a sus brazos y Walter la estrechó con fuerza, apretando su cuerpo contra el de él. Ella miró hacia arriba.

– Te quiero – dijo, y lo besó con avidez.

Al cabo de un minuto, sin aliento, se separó de él. Walter la miró con adoración.

– Eres una calamidad – dijo -. ¡Mira que decir que el Volga cruza Belgrado!

– Ha funcionado, ¿o no?

Él negó con la cabeza, admirado.

– Jamás se me habría ocurrido. Qué lista eres.

– Necesitamos un atlas – dijo Maud -. Por si entra alguien.

Walter repasó las estanterías con la mirada. Aquella era la biblioteca de un coleccionista más que de un lector. Todos los libros tenían elegantes encuadernaciones, la mayoría parecían no haber sido abiertos jamás. En un rincón acechaban unas cuantas obras de consulta, y se hizo con un atlas en el que encontró un mapa de los Balcanes.

– La crisis… – empezó a decir Maud con preocupación -. A largo plazo… No nos separar, ¿verdad?

– No si puedo evitarlo – dijo Walter.

Se la llevó detrás de una estantería para que no pudieran verlos de inmediato si entraba alguien, y allí volvió a besarla. Ese día estaba deliciosamente ansiosa, sus manos le recorrían los hombros y los brazos mientras correspondía a su beso, y entonces lo interrumpió un momento para susurrar:

– Levántame la falda.

Walter tragó saliva. Había soñado despierto con aquel momento. Agarró la tela y la deslizó hacia arriba.

– La enagua también.

Walter apretó un puñado de tela en cada mano.

– ¡No la arrugues! – dijo Maud. Walter intentó levantarle las prendas sin aplastar la seda, pero todo se le escurría entre los dedos. Impaciente, ella se inclinó, agarró falda y enagua por el dobladillo y se las levantó ambas hasta la cintura -. Tócame – dijo, mirándole a los ojos.

Le ponía nervioso pensar que pudiera entrar alguien, pero se sentía demasiado embargado por el amor y el deseo para refrenarse. Deslizó la mano derecha hasta la horca de los muslos de ella… y contuvo una exclamación de sobresalto: no llevaba nada allí abajo. Al darse cuenta de que Maud debía de haber planeado ofrecerle ese placer, se encendió más aún. La acarició con dulzura, pero ella lanzó las caderas hacia delante, buscando su mano, y él apretó con más fuerza.

– Eso es – gimió Maud. Walter cerró los ojos, pero ella dijo -: Mírame, cariño mío, por favor, mírame mientras lo haces. – Y él volvió a abrirlos. Ella tenía el rostro ruborizado, respiraba con fuerza y con la boca abierta. Entonces le agarró la mano y lo guió, igual que él había guiado la de ella en el palco de la ópera -. Mete el dedo – susurró, y se inclinó contra su hombro.

Walter sintió su ardoroso aliento a través de la ropa. Ella se movía hacia delante y hacia atrás sin parar, entonces profirió un leve sonido desde el fondo de la garganta, como el grito ahogado de quien está soñando; y luego, por fin, se dejó caer contra él.

Walter oyó que se abría la puerta, y la voz de lady Hermia, que dijo:

– Ven, Maud, querida, debemos irnos ya.

Retiró la mano y la joven se alisó la falda a toda prisa.

– Me temo que estaba equivocada, tía Herm, y herr Von Ulrich tenía razón: es el Danubio, no el Volga, el que cruza la ciudad de Belgrado – respondió con voz temblorosa -. Acabamos de comprobarlo en el atlas.

Se inclinaron sobre el libro justo cuando lady Hermia daba la vuelta por el extremo de la estantería.

– No tenía la menor duda – dijo la mujer -. Los hombres siempre suelen tener razón con estas cosas, y herr Von Ulrich es diplomático, por lo que debe de conocer muchísimos detalles con los que las mujeres no tienen por qué importunarse. No deberías discutir con él, Maud.

– Supongo que tiene usted razón – dijo Maud con una sobrecogedora falta de sinceridad.

Los tres salieron de la biblioteca y cruzaron el vestíbulo. Walter abrió la puerta del salón. Lady Hermia fue la primera en entrar. Cuando Maud la siguió, cruzó una mirada con él, que levantó la mano derecha, se metió la yema del dedo en la boca y lo chupó.


Aquello no podía continuar así, pensó Walter durante el camino de vuelta a la embajada. Era como volver a ser un colegial. Maud tenía veintitrés años y él veintiocho, y aun así se veían obligados a recurrir a subterfugios absurdos para poder pasar cinco minutos juntos a solas. Había llegado el momento de casarse.

Tendría que pedir el permiso de Fitz. El padre de Maud había muerto, por lo que su hermano era el cabeza de familia. Era evidente que Fitz habría preferido que Maud se desposara con un caballero inglés. Sin embargo, seguramente acabaría por dar su brazo a torcer: debía de preocuparle no conseguir casar nunca a su combativa hermana.

No, el mayor problema era Otto. Él querría que Walter se casara con una doncella prusiana de buenos modales, quien estaría encantada de pasar el resto de su vida pariendo herederos. Y cuando Otto quería algo, hacía cuanto estaba en su mano por conseguirlo y aplastaba sin miramientos a todo el que se oponía; era precisamente eso lo que lo había convertido en un gran oficial del ejército. Jamás se le ocurriría que su hijo tuviera derecho a escoger a su futura esposa sin que nadie intercediera ni lo presionara. Walter habría preferido contar con el apoyo y el beneplácito de su padre; estaba claro que no esperaba con ilusión la inevitable confrontación abierta. No obstante, el amor que sentía era una fuerza muchísimo más poderosa que la deferencia filial.

Era domingo por la tarde, pero Londres no descansaba. Pese a que no había sesión en el Parlamento y que los mandarines de Whitehall se habían retirado a sus hogares de las afueras, la política seguía viva en los palacios de Mayfair, los clubes para caballeros de St. James y las embajadas. En la calle, Walter reconoció a varios parlamentarios, a algunos diplomáticos europeos y a un par de subsecretarios del Foreign Office. Se preguntó si el ministro, el ornitólogo aficionado sir Edward Grey, se habría quedado en la ciudad ese fin de semana o se habría trasladado a su amada casa de campo de Hampshire.

Walter encontró a su padre sentado a su escritorio, leyendo telegramas ya descifrados.

– Puede que no sea el momento más oportuno para la noticia que debo darle – empezó a decir.

Otto masculló algo incomprensible y continuó leyendo.

Su hijo siguió a la carga.

– Estoy enamorado de lady Maud.

Otto levantó la vista.

– ¿La hermana de Fitzherbert? Ya lo sospechaba. Te acompaño en el sentimiento.

– Sea serio, padre, por favor.

– No, el que tiene que ser serio eres tú. – Otto dejó los papeles que estaba leyendo -. Maud Fitzherbert es una feminista, una sufragista y una inconformista social. No es esposa apropiada para nadie, y menos aún para un diplomático alemán de buena familia. Así que no quiero oír ni una palabra más al respecto.

Unas palabras candentes afluyeron a los labios de Walter, pero apretó los dientes y supo mantener la calma.

– Es una mujer maravillosa, y la quiero, así que será mejor que hable de ella en términos más corteses, sea cual sea su opinión.

– Diré lo que pienso – repuso Otto sin ningún reparo -. Es un horror. – Y volvió a enfrascarse en la lectura de sus telegramas.

La mirada de Walter recayó en el frutero de loza blanca que había comprado su padre.

– No – dijo. Cogió el frutero -. No dirá lo que piensa.

– Ten cuidado con eso.

Walter contaba de pronto con toda la atención de su padre.

– Siento por lady Maud el instinto de protegerla, igual que siente usted por esta baratija.

– ¿Baratija? Déjame decirte que vale…

– Salvo, claro está, que el amor es un sentimiento más fuerte que la codicia del coleccionista. – Walter lanzó al aire el delicado objeto y lo atrapó con una sola mano. Su padre profirió un angustiado grito de inarticulada protesta. Walter siguió hablando sin hacer caso de ello -: Así que, cuando se refiere a ella en tono insultante, me siento como usted cuando cree que voy a dejar caer esto… solo que peor.

– Mocoso insolente…

Walter alzó la voz por encima de la de su padre.

– Y si sigue pisoteando así mis sentimientos, haré añicos esta estúpida pieza de cerámica con mi tacón.

– Está bien, ya has dicho lo que querías decir. Deja ese frutero, por el amor de Dios.

Walter tomó aquello como el consentimiento de su padre y dejó el adorno en una mesita auxiliar.

Otto habló entonces con malicia:

– Aunque hay algo más que deberías tener en cuenta… si me está permitido decirlo sin pisotear tus «sentimientos».

– Está bien.

– Es inglesa.

– ¡Por el amor de Dios! – exclamó Walter -. Los alemanes de buena familia llevan años casándose con la aristocracia inglesa. El príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo y Gotha se casó con la reina Victoria; su nieto es ahora rey de Inglaterra. ¡Y la reina de Inglaterra nació siendo princesa de Würtemberg!

– ¡Las cosas han cambiado! – dijo Otto levantando la voz -. Los ingleses están decididos a relegarnos a potencia de segunda clase. Entablan amistad con nuestros adversarios, Rusia y Francia. Te estarías casando con una enemiga de tu patria.

Walter sabía que esa era la mentalidad de la vieja guardia, pero era muy irracional.

– No deberíamos ser enemigos – dijo con exasperación -. No hay motivo para ello.

– Jamás nos permitirán competir en igualdad de condiciones.

– ¡Pero es que eso no es cierto! – Walter se dio cuenta de que estaba gritando e intentó calmarse un poco -. Los ingleses creen en el libre comercio: nos permiten vender los productos que manufacturamos por todo el Imperio británico.

– Pues lee esto. – Otto lanzó el telegrama que estaba leyendo sobre el escritorio -. Su Majestad el káiser me ha pedido opinión.

Era un esbozo de respuesta a la carta personal del emperador austríaco. Walter lo leyó con creciente alarma. Terminaba diciendo: «El emperador Francisco José puede, sin embargo, confiar en que Su Majestad el káiser apoyará con lealtad a Austria-Hungría, tal como requieren de él las obligaciones de su alianza y de su antigua amistad».

Walter quedó horrorizado.

– ¡Pero esto le da carta blanca a Austria! – exclamó -. ¡Pueden hacer lo que les plazca y nosotros los apoyaremos!

– Hay ciertas salvedades.

– No muchas. ¿Ha sido enviado ya?

– No, pero ha sido aprobado. Se enviará mañana.

– ¿Podemos detenerlo?

– No, y yo no deseo hacerlo.

– Pero esto nos compromete a apoyar a Austria en una guerra contra Serbia.

– No es nada malo.

– ¡Nosotros no queremos la guerra! – protestó Walter -. Necesitamos la ciencia, y la industria, y el comercio. Alemania tiene que modernizarse para ser liberal y crecer. Queremos la paz y la prosperidad. – «Y también queremos un mundo en el que un hombre pueda casarse con la mujer a la que ama realmente sin que lo acusen de traición», añadió para sí.

– Escúchame – dijo Otto -. Tenemos enemigos poderosos a ambos lados: Francia al oeste y Rusia al este… y son uña y carne. No podemos librar una guerra en dos frentes.

Walter era consciente de ello.

– Para eso tenemos el Plan Schlieffen – adujo -. Si nos vemos obligados a ir a la guerra, primero invadimos Francia con una fuerza aplastante, conseguimos la victoria en unas cuantas semanas y, luego, con el oeste asegurado, nos volvemos para enfrentarnos a Rusia.

– Es nuestra única esperanza – dijo Otto -. Pero cuando el ejército alemán adoptó ese plan, hace nueve años, nuestros servicios secretos nos decían que el ejército ruso tardaría cuarenta días en movilizarse. Eso nos daba a nosotros casi seis semanas para conquistar Francia. Desde entonces, sin embargo, Rusia ha mejorado sus vías férreas… ¡con dinero prestado por los franceses! – Otto dio un puñetazo sobre el escritorio, como si pudiera aplastar Francia bajo su puño -. A medida que la velocidad de movilización de los rusos aumenta, el Plan Schlieffen se hace más arriesgado. Lo cual significa… – señaló teatralmente a Walter con un dedo – que, cuanto antes declaremos esta guerra, ¡mejor para Alemania!

– ¡No! – ¿Por qué no podía ver el viejo lo peligrosa que era su forma de pensar? -. Significa que deberíamos estar buscando soluciones pacíficas para estas disputas insignificantes.

– ¿Soluciones pacíficas? – Otto negó con la cabeza como quien se sabe en posesión de la verdad -. Eres un joven idealista. Crees que todas las preguntas tienen una respuesta.

– De verdad desea usted la guerra – dijo Walter con incredulidad -. La desea de verdad.

– Nadie quiere una guerra – replicó Otto -. Pero a veces es mejor que la alternativa.

Maud había heredado una miseria de su padre: trescientas libras anuales que apenas le bastaban para comprarse los vestidos de la temporada. Fitz se había quedado con el título nobiliario, las tierras, las casas y casi todo el dinero. Así era el sistema inglés, pero no era eso lo que la enfurecía. El dinero significaba muy poco para ella: en realidad, ni siquiera necesitaba sus trescientas libras. Fitz le pagaba todo lo que quería sin preguntar, porque le parecía poco caballeroso andarse con tiento en cuestiones de dinero.

El mayor resentimiento de Maud nacía de no haber recibido una educación. A los diecisiete años anunció que quería ir a la universidad… pero todo el mundo se rió de ella. Resultó que tenía que salir uno de una buena escuela, y pasar unos exámenes, antes de que te aceptaran. Maud nunca había ido a la escuela y, aunque era capaz de debatir sobre política con los grandes hombres del país, toda una serie de institutrices y tutores habían fracasado por completo en el empeño de prepararla para aprobar cualquier tipo de examen. Se había pasado días llorando y pataleando, y todavía se ponía de muy mal humor solo con recordarlo. Aquello era lo que la había convertido en sufragista: sabía que las niñas nunca conseguirían una educación decente hasta que las mujeres tuvieran derecho al voto.

A menudo había reflexionado sobre por qué se casaban las mujeres. Se encadenaban a una vida entera de esclavitud y, ¿qué obtenían a cambio? Siempre se lo había preguntado. De pronto, sin embargo, conocía la respuesta. Jamás había sentido nada con tanta intensidad como su amor por Walter. Y las cosas que hacían para expresar ese amor le proporcionaban un placer exquisito. Ser capaces de tocarse uno al otro siempre que lo quisieras debía de ser como estar en el cielo. Ella se habría esclavizado hasta tres veces seguidas, si ese era el precio que había que pagar.

Sin embargo, no había que pagar con esclavitud, al menos no con Walter. Maud le había preguntado si creía que una mujer tenía que obedecer en todo a su marido, y él contestó:

– De ninguna manera. No veo que la obediencia tenga nada que ver en el matrimonio. Dos adultos que se aman deberían ser capaces de tomar decisiones juntos, sin tener que obedecerse uno al otro.

Ella pensaba muchísimo en cómo sería su vida juntos. Durante unos cuantos años, a él seguramente lo enviarían de una embajada a otra y viajarían por todo el mundo: París, Roma, Budapest, puede que incluso más allá, hasta Addis Abeba, Tokio, Buenos Aires. Recordaba la historia de Ruth, en la Biblia: «Dondequiera que vayas, yo iré». Sus hijos aprenderían a tratar a las mujeres como iguales, y sus hijas crecerían independientes y con una voluntad de hierro. Quizá al final se establecerían en Berlín, en una casa unifamiliar, para que sus hijos pudieran ir a buenas escuelas alemanas. En algún momento, sin duda, Walter heredaría Zumwald, la casa de campo que tenía su padre en la Prusia Oriental. Cuando fueran viejos y sus hijos hubiesen crecido, pasarían más tiempo en el campo, paseando por la finca, de la mano, leyendo uno junto al otro por las tardes y reflexionando sobre lo mucho que había cambiado el mundo desde que fueran jóvenes.

A Maud le costaba pensar en ninguna otra cosa. Estaba sentada en su despacho de Calvary Gospel Hall, mirando fijamente una lista de precios de material médico, y recordó la forma en que Walter se había chupado el dedo en la puerta del salón de la duquesa. La gente empezaba a notar que estaba muy despistada: el doctor Greenward le había preguntado si se encontraba bien, y tía Herm le había dicho que despertara.

Intentó volver a concentrarse en el formulario de pedido, pero esta vez la interrumpieron unos golpes en la puerta. Tía Herm asomó la cabeza y dijo:

– Ha venido alguien a verte. – Parecía algo atemorizada, y le dio una tarjeta a Maud.


Agregado

Embajada del Imperio de Alemania

Carlton House Terrace, Londres


– ¡El padre de Walter! – exclamó Maud -. Pero ¿qué querrá…?

– ¿Qué le digo? – susurró tía Herm.

– Pregúntele si quiere té o si prefiere un jerez, y hágalo pasar.

Von Ulrich iba vestido con formalidad; llevaba una levita negra con solapas de satén, un chaleco de piqué blanco y pantalones de raya diplomática. Su rostro congestionado sudaba a causa del calor estival. Era más orondo que Walter, y no tan apuesto, pero tenían la misma planta militar, barbilla alzada y espalda erguida.

Maud adoptó su habitual aire despreocupado.

– Mi querido herr Von Ulrich, ¿se trata de una visita formal?

– Quiero hablarle acerca de mi hijo – dijo el hombre. Su inglés era casi tan bueno como el de Walter, aunque tenía acento, al contrario que él.

– Es usted muy amable al entrar en materia tan deprisa – repuso Maud con un deje de sarcasmo que a él le pasó totalmente inadvertido -. Haga el favor, siéntese. Lady Hermia nos pedirá algún tentempié.

– Walter desciende de una antigua familia aristocrática.

– Igual que yo – dijo Maud.

– Somos tradicionales, conservadores, devotamente religiosos… puede que un tanto anticuados.

– Igual que mi familia – repuso Maud.

Aquello no estaba yendo tal como Otto lo había planeado.

– Somos prusianos – dijo con un tinte de exasperación.

– Ah – exclamó Maud, como dándose por vencida -. Mientras que nosotros, desde luego, somos anglosajones.

Estaba batiéndose con él como si aquello no fuera más que una batalla de ingenio, pero por dentro sentía miedo. ¿Por qué había ido a verla? ¿Cuál era su propósito? Presentía que el motivo no podía ser nada benévolo. Ese hombre estaba en su contra. Intentaría interponerse entre Walter y ella, lo intuía con cruda certeza.

Sea como fuere, el general no se dejaría amedrentar por una actitud burlona.

– Alemania y Gran Bretaña están enfrentadas. Gran Bretaña ha entablado amistad con nuestros enemigos, Rusia y Francia. Eso la convierte en adversario nuestro.

– Siento oír que tal es su opinión. Muchos no lo creen así.

– A la verdad no se llega mediante el voto de la mayoría.

De nuevo, Maud percibió un deje de aspereza en su voz. Ese hombre estaba acostumbrado a ser escuchado sin ninguna crítica, sobre todo por parte de las mujeres.

La enfermera del doctor Greenward trajo té en una bandeja y les sirvió. Otto guardó silencio hasta que la mujer salió de la habitación.

– Puede que en el transcurso de las próximas semanas entremos en guerra – dijo entonces -. Si no luchamos por Serbia, habrá otros casus belli. Tarde o temprano, Gran Bretaña y Alemania tendrán que combatir por la supremacía en Europa.

– Siento que sea usted tan pesimista.

– Muchos otros piensan igual que yo.

– Pero a la verdad no se llega mediante el voto de la mayoría.

Otto parecía molesto. Era evidente que había esperado que la joven se quedara allí sentada a escuchar su pomposo discurso en silencio. No le gustaba que le replicaran. Enfadado, dijo:

– Haría usted bien en prestarme atención. Le estoy explicando algo que la incumbe. La mayoría de los alemanes consideran a Gran Bretaña un enemigo. Piense en qué consecuencias tendría que Walter se casara con una inglesa.

– Ya lo he hecho, desde luego. Walter y yo hemos hablado largo y tendido sobre esto.

– Primero, recibiría mi desaprobación. Jamás podría aceptar a una nuera inglesa en la familia.

– Walter cree que el amor que siente usted por su hijo le ayudaría a superar, al final, la repugnancia que le despierto yo. ¿De verdad no hay ninguna probabilidad de que eso ocurra?

– Segundo – prosiguió él sin hacer caso alguno de su pregunta -, sería considerado como un traidor al káiser. Hombres de su misma clase ya no serían sus amigos. Su esposa y él no serían recibidos en las mejores casas.

Maud estaba empezando a enfadarse.

– Eso me parece difícil de creer. Sin duda, no todos los alemanes serán tan estrechos de miras.

Otto no pareció oír su grosería.

– Y en tercer y último lugar, Walter tiene una carrera en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Destacará. Lo envié a escuelas y universidades de diferentes países. Habla un inglés perfecto y un ruso aceptable. A pesar de sus inmaduras opiniones idealistas, está bien considerado por sus superiores, y el káiser le ha hablado con afecto en más de una ocasión. Podría llegar a ministro de Exteriores algún día.

– Es un hombre brillante – dijo Maud.

– Pero, si se casa con usted, su carrera habrá terminado.

– Eso es absurdo – replicó ella con asombro.

– Mi querida y joven dama, ¿acaso no es evidente? No se puede confiar en un hombre que está casado con una enemiga.

– Ya hemos hablado de ello. Su lealtad, como es natural, estaría con Alemania. Yo lo quiero lo bastante para aceptar eso.

– Puede que estuviera demasiado preocupado por la familia de su esposa para ofrecerle a su propio país lealtad total. Y, aunque él desoyera esa relación de forma implacable, los demás seguirían haciéndose esa pregunta.

– Está exagerando – dijo Maud, aunque empezaba a perder su seguridad.

– Está claro que no podría trabajar en ningún campo que requiriese secretismo. Los hombres no hablarían de asuntos confidenciales en su presencia. Estaría acabado.

– No tiene por qué estar en el servicio secreto militar. Puede dedicarse a otras áreas de la diplomacia.

– Toda diplomacia requiere secretismo. Y, luego, está también mi propio cargo.

Maud se sorprendió al oír eso. Walter y ella no habían pensado en la carrera de Otto.

– Soy un estrecho confidente del káiser. ¿Seguiría depositando una confianza absoluta en mí si mi hijo estuviera casado con una extranjera enemiga?

– Debería.

– Puede que lo hiciera, si yo tomase medidas firmes e indudables, y repudiara a mi hijo.

Maud contuvo una exclamación.

– No haría usted semejante cosa.

Otto alzó la voz.

– ¡Me vería obligado a hacerlo!

Ella negó con la cabeza.

– Alguna alternativa habría – dijo con desesperación -. Un hombre siempre tiene alternativa.

– No sacrificaré todo lo que he conseguido, mi cargo, mi carrera, el respeto de mis compatriotas… por una «muchacha» – dijo él con desdén.

Maud se sintió como si la hubieran abofeteado.

– Pero Walter sí, por supuesto – añadió Otto.

– ¿De qué está hablando?

– Si Walter se casara con usted, perdería a su familia, su país y su carrera. Pero está dispuesto a hacerlo. Ha declarado su amor por usted sin considerar a fondo las consecuencias, y tarde o temprano comprenderá el catastrófico error que ha cometido. Con todo, no me cabe ninguna duda de que se considera comprometido con usted de forma extraoficial, y no faltará a su palabra con un compromiso. Es demasiado caballero para eso. «Adelante, repúdieme», me dirá. Si no lo hiciera así, se consideraría un cobarde.

– Es cierto – admitió Maud. Se sentía apabullada. Aquel viejo horrible veía la verdad con más claridad que ella.

– Así que debe ser usted quien rompa el compromiso – continuó Otto.

Maud sintió una puñalada.

– ¡No!

– Es la única forma de salvarlo. Debe abandonarlo usted.

Maud abrió la boca para volver a protestar, pero se dio cuenta de que Otto tenía razón, y no se le ocurrió nada que decir.

Otto se inclinó hacia delante y habló con apremiante intensidad:

– ¿Romperá usted con él?

A Maud le caían lágrimas por las mejillas. Sabía lo que tenía que hacer. No podía destrozar la vida de Walter, aunque fuera por amor.

– Sí – dijo entre sollozos. Había perdido su dignidad, y no le importaba; el dolor era demasiado grande -. Sí, romperé con él.

– ¿Lo promete?

– Sí, lo prometo.

Otto se levantó.

– Gracias por haber tenido la amabilidad de escucharme. – Se inclinó -. Le deseo que pase una buena tarde. – Y salió.

Maud hundió el rostro entre sus manos.

<p>Capítulo 8</p>

Mediados de julio de 1914

En la nueva habitación de Ethel en Ty Gwyn había un espejo de pie. Era viejo, la madera estaba agrietada y el cristal empañado, pero podía verse toda entera y ella lo consideraba un lujo enorme.

Se contempló en ropa interior. Parecía que estaba más voluptuosa desde que se había enamorado. Había engordado un poquito alrededor de la cintura y las caderas, y tenía los pechos más turgentes, a lo mejor porque Fitz los acariciaba y los apretaba mucho. Cuando pensaba en él, le dolían los pezones.

Fitz había llegado esa mañana con la princesa Bea y lady Maud, y le había susurrado que iría a verla a la Suite Gardenia después de comer. Ethel había instalado a Maud en la Habitación Rosa, inventando un excusa sobre unos arreglos que había que hacer en la madera del suelo de sus aposentos habituales.

Acababa de ir a su habitación para lavarse y ponerse una muda limpia. Le encantaba prepararse así para él, imaginando ya cómo Fitz acariciaría su cuerpo, cómo besaría su boca, oyendo con antelación la forma en que gemiría de deseo y placer, recordando el olor de su piel y la textura sensual de su ropa.

Abrió un cajón para sacar unas medias, y su mirada recayó en un montoncito de tiras limpias de algodón blanco, los «paños» que usaba cuando menstruaba. Se le ocurrió entonces pensar que no los había lavado desde que se había trasladado a esa habitación. De pronto, en su mente apareció una diminuta semilla de auténtico pánico. Se sentó con pesadez en la estrecha cama. Ya estaban a mediados de julio. La señora Jevons se había marchado a principios de mayo. De eso hacía ya diez semanas. En ese tiempo, Ethel debería haber usado los paños no una, sino dos veces.

– Ay, no – dijo en voz alta -. ¡Ay, por favor, no!

Se obligó a pensar con calma y volvió a calcularlo. La visita del rey había tenido lugar en enero. A Ethel la habían nombrado ama de llaves inmediatamente después, pero la señora Jevons todavía estaba demasiado enferma para marcharse. Fitz se había ido a Rusia en febrero y había regresado en marzo, que era cuando habían hecho el amor de verdad por primera vez. La señora Jevons se había recuperado en abril, y el gestor de los negocios de Fitz, Albert Solman, se había acercado desde Londres para hablarle de la pensión que le quedaría. La mujer se había marchado a principios de mayo, y fue entonces cuando Ethel se había instalado en esa habitación y había guardado en el cajón esa pequeña pila de tiras de algodón blanco que tanto miedo le daban ahora. Eso había sido hacía diez semanas. No conseguía que el resultado de los cálculos fuera ningún otro.

¿Cuántas veces se habían visto en la Suite Gardenia? Por lo menos ocho. Fitz siempre se retiraba antes del final, pero a veces salía un poquito tarde, y ella percibía el primero de sus espasmos cuando todavía lo tenía dentro. Había sentido una felicidad delirante al estar con él así y, embargada por el éxtasis, había cerrado los ojos ante el peligro. De pronto, el peligro la había atrapado.

– Ay, Dios mío, perdóname – dijo en voz alta.

Su amiga Dilys Pugh se había quedado encinta. Dilys era de la misma edad que Ethel. Trabajaba como doncella para la mujer de Perceval Jones y estaba ennoviada con Johnny Bevan. Ethel recordaba cómo le habían crecido los pechos a Dilys más o menos por la época en que se dio cuenta de que en realidad sí podías quedarte embarazada haciéndolo de pie. Ahora estaban casados.

¿Qué le sucedería a Ethel? Ella no podía casarse con el padre de su hijo. Aparte de todo lo demás, ya estaba casado.

Había llegado la hora de encontrarse con él. Ese día no retozarían en la cama, tendrían que hablar acerca del futuro. Se puso su vestido negro de seda de ama de llaves.

¿Qué diría él? No tenía hijos: ¿se mostraría encantado, o más bien horrorizado? ¿Acogería a ese hijo del amor, o se avergonzaría de él? ¿Querría a Ethel más aún por haber concebido, o la odiaría?

Salió de su habitación del desván y avanzó por el estrecho pasillo antes de bajar hacia el ala oeste por la escalera del servicio. Ese familiar papel de pared con su estampado de gardenias avivaba su deseo, igual que la visión de sus braguitas excitaba a Fitz.

Él ya estaba allí, de pie junto a la ventana, contemplando el jardín bañado por la luz del sol mientras fumaba un puro; al verlo, Ethel se quedó de nuevo asombrada de lo apuesto que era. Le rodeó el cuello con los brazos. El tweed marrón de su traje tenía un tacto suave porque, según había descubierto, estaba hecho de cachemir.

– Oh, Teddy, tesoro mío, qué feliz me hace verte – le dijo. Le gustaba ser la única persona que lo llamaba Teddy.

– Y a mí verte a ti – repuso él, pero no le acarició los pechos enseguida.

Ella le dio un beso en la oreja.

– Tengo algo que decirte – anunció Ethel con solemnidad.

– ¡Y yo algo que decirte a ti! ¿Puedo ser el primero?

La muchacha estaba a punto de responder que no, pero él se liberó de su abrazo y dio un paso atrás. De repente, un mal presentimiento se apoderó de su corazón.

– ¿Qué? – preguntó -. ¿Qué sucede?

– Bea espera un niño – contestó Fitz. Le dio una calada al puro y exhaló humo como en un suspiro.

Al principio Ethel no logró encontrar sentido a esas palabras.

– ¿Qué? – preguntó en tono desconcertado.

– La princesa Bea, mi mujer, está embarazada. Va a tener un niño.

– ¿Quieres decir que lo has estado haciendo con ella a la vez que lo hacías conmigo? – preguntó Ethel con enfado.

Él pareció extrañarse. Por lo visto no esperaba que pudiera tomárselo a mal.

– ¡Debo hacerlo! – protestó -. Necesito un heredero.

– ¡Pero dijiste que me querías!

– Te quiero, y siempre te querré, en cierta forma.

– ¡No, Teddy! – gritó ella -. ¡No lo digas así… no, por favor!

– ¡No des voces!

– ¿Que no dé voces? ¡Me estás echando! ¿Qué me importa a mí ahora que se entere la gente?

– A mí me importa mucho.

Ethel estaba destrozada.

– Teddy, por favor, yo te quiero.

– Pero lo nuestro ha terminado. Tengo que ser un buen marido y padre de mi hijo. Debes comprenderlo.

– Comprenderlo… ¡y un cuerno! – bramó Ethel -. ¿Cómo puedes decirlo tan fácilmente? ¡Te he visto mostrar más compasión por un perro que debía ser sacrificado!

– Eso no es cierto – contestó él, y se le entrecortó la voz.

– Me entregué a ti, en esta habitación, en esa cama de ahí.

– Y yo no… – Se interrumpió. Su rostro, impertérrito hasta entonces, trabado en una expresión de rígido autocontrol, mostró de repente angustia. Se volvió para ocultarse de los ojos de ella -. No lo olvidaré – susurró.

Ethel se acercó a él, vio cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, y su ira se desvaneció.

– Oh, Teddy, lo siento mucho – dijo.

Él intentó recuperar la calma.

– Te tengo mucho aprecio, pero debo cumplir con mi deber – dijo. Las palabras eran frías, pero su voz parecía atormentada.

– Ay, Dios mío. – Ethel intentaba parar de llorar. Todavía no le había contado sus nuevas. Se enjugó los ojos con la manga y tragó saliva -. ¿Tu deber? – dijo -. No sabes aún ni la mitad.

– ¿De qué estás hablando?

– Yo también estoy embarazada.

– Oh, Dios bendito. – Se llevó el puro a los labios mecánicamente, después volvió a dejarlo caer sin dar ninguna calada -. ¡Pero si siempre me retiraba antes!

– Pues no lo bastante deprisa.

– ¿Desde cuándo lo sabes?

– Acabo de darme cuenta. He mirado en mi cajón y he visto mis paños limpios. – Fritz se estremeció. Era evidente que no le gustaba que le hablaran de la menstruación. Bueno, tendría que soportarlo -. Lo he calculado y no me ha venido el período desde que me trasladé a la antigua habitación de la señora Jevons, y de eso hace diez semanas.

– Dos ciclos. Eso lo confirma. Es lo mismo que dijo Bea. Demonios. – Volvió a llevarse el puro a los labios, se dio cuenta de que se había apagado y lo tiró al suelo con un gruñido de enojo.

Un pensamiento irónico le vino a Ethel a la cabeza.

– Puede que tengas dos herederos.

– No seas ridícula – dijo él, cortante -. Un bastardo no hereda.

– Oh – repuso Ethel. No había sido su intención reclamar nada en serio para su hijo. Por otro lado, hasta ese momento no había pensado que sería un bastardo -. Pobrecillo – dijo -. Mi niño, el bastardo.

Él parecía sentirse culpable.

– Lo siento – dijo -. No he querido decir eso. Perdóname.

Ethel veía que su bondad estaba luchando contra sus instintos más egoístas. Le puso una mano en el brazo.

– Pobre Fitz.

– No quiera Dios que Bea se entere de esto – dijo.

Ella se sintió herida de muerte. ¿Por qué había de ser la otra mujer su principal preocupación? Bea estaría perfectamente: era rica, estaba casada y llevaba en su seno al querido y venerado heredero del clan Fitzherbert.

– Una conmoción de este calibre sería demasiado para ella – añadió Fitz.

Ethel recordó el rumor que decía que Bea había sufrido un aborto natural el año anterior. Todas las criadas de la casa lo habían comentado. Según Nina, la doncella rusa, la princesa le echaba la culpa del aborto a Fitz, que la había disgustado al cancelar un viaje a Rusia que tenían planeado.

Ethel se sintió terriblemente rechazada.

– ¿Conque lo que más te preocupa es que la noticia de nuestro hijo altere a tu mujer?

Él se quedó mirándola.

– No quiero que vuelva a perderlo… ¡Es importante! – No se imaginaba lo cruel que estaba siendo.

– ¡Maldito seas! – gritó Ethel.

– ¿Qué esperabas? El hijo que lleva Bea lo he estado esperando, he rezado por que llegara. El tuyo no lo queríamos ni tú, ni yo, ni nadie.

– No es así como yo lo veo – dijo ella, sin apenas voz, y se echó a llorar otra vez.

– Tengo que meditar sobre esto – replicó él -. Necesito estar a solas. – La agarró de los hombros -. Volveremos a hablar mañana. Mientras tanto, no se lo digas a nadie. ¿Me has entendido?

Ethel asintió.

– Prométemelo.

– Te lo prometo.

– Buena chica – dijo él, y salió de la habitación.

Ethel se agachó y recogió la colilla del puro.


No se lo dijo a nadie, pero era incapaz de actuar como si todo fuera bien, así que fingió sentirse enferma y fue a acostarse. Mientras pasaba una hora tras otra tumbada, sola, el dolor fue dando lentamente paso a la angustia. ¿De qué vivirían su hijo y ella?

Perdería su trabajo en Ty Gwyn; eso sería automático, aunque su hijo no hubiera sido del conde. Solo eso ya le dolía. Se había sentido tan orgullosa de sí misma cuando la nombraron ama de llaves… Al abuelo le gustaba decir que el orgullo viene antes de la caída. En ese caso había acertado.

No estaba muy segura de poder regresar a casa de su familia: la deshonra mataría a su padre. Casi estaba tan disgustada por eso como lo estaba por su propio deshonor. Le haría más daño a él, en cierta forma; él, que era tan estricto con esa clase de cosas.

De todas formas, tampoco quería vivir en Aberowen siendo madre soltera. Allí ya había dos: Maisie Owen y Gladys Pritchard. Eran personajes tristes que no tenían un lugar concreto en el orden social de la pequeña ciudad. No estaban casadas, pero ningún hombre estaba interesado en ellas; eran madres, pero vivían todavía con sus padres, como si aún fueran niñas; no eran bien recibidas en ninguna iglesia, pub, tienda ni club. ¿Cómo iba ella, Ethel Williams, que siempre se había considerado por encima de los demás, a rebajarse hasta el nivel más bajo de todos?

Así pues, no podía volver a Aberowen. No lo lamentaba. Se sentiría contenta de darle la espalda a esas hileras de casas lúgubres, los pequeños templos bien cuidados y las incesantes disputas entre mineros y patronos. Pero ¿adónde iría? Y, ¿podría seguir viendo a Fitz?

Mientras caía la oscuridad, ella yacía despierta, mirando las estrellas por la ventana, y por fin trazó un plan. Empezaría una nueva vida en un nuevo lugar. Se pondría una alianza y explicaría una historia sobre un difunto marido. Buscaría a alguien para que cuidara de su niño, conseguiría algún trabajo y ganaría dinero. Llevaría a su hijo al colegio. O a su hija. Presentía que sería una niña, y sería lista, escritora o médico, o quizá toda una luchadora como la señora Pankhurst, una defensora de los derechos de las mujeres a quien arrestarían a las puertas del palacio de Buckingham.

Había creído que no podría dormir, pero las emociones la habían dejado exhausta y, a eso de la medianoche, empezó a adormilarse y acabó conciliando un sueño pesado y sin ensoñaciones.

El sol del alba la despertó. Se sentó erguida, impaciente como siempre por empezar el nuevo día; pero entonces recordó que su antigua vida había terminado, que estaba destrozada, y que se encontraba en medio de una tragedia. Casi volvió a sucumbir al dolor, pero luchó contra él. No podía permitirse el lujo de derramar unas lágrimas. Tenía que empezar una nueva vida.

Se vistió y bajó a la sala del servicio, donde anunció que ya estaba del todo recuperada de la dolencia del día anterior y lista para realizar su trabajo habitual.

Lady Maud la mandó llamar antes del desayuno. Ethel preparó una bandeja de café y se la llevó a la Habitación Rosa. Maud estaba sentada delante de su tocador con un salto de cama de seda color morado. Había estado llorando. Ethel tenía sus propios problemas, pero la joven señora despertó de todas formas su compasión.

– ¿Qué sucede?

– Ay, tengo que romper con él.

Ethel supuso que se refería a Walter von Ulrich.

– Pero ¿por qué?

– Su padre vino a verme. La verdad es que no me había percatado del hecho de que Gran Bretaña y Alemania son enemigas y de que, casándose conmigo, Walter destruiría su carrera… y seguramente también la de su padre.

– Pero todo el mundo dice que no habrá guerra. Serbia no es lo bastante importante.

– Si no es ahora, será más adelante; y, aunque no llegue a suceder nunca, con la amenaza sería suficiente. – Sobre el tocador había un volante de encaje rosa, y Maud lo toqueteaba con nerviosismo, rasgando las caras puntillas. Ethel pensó que se tardarían horas en remendarlo. Maud prosiguió -: En el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, nadie le confiaría a Walter ningún secreto si estuviera casado con una inglesa.

Ethel sirvió el café y le acercó una taza a Maud.

– Herr Von Ulrich dejará su trabajo si de verdad te ama.

– ¡Pero yo no quiero que lo haga! – Maud dejó de tironear el encaje y bebió un poco de café -. No puedo ser la persona que acabe con su carrera. ¿Qué clase de base sería esa para un matrimonio?

«Walter puede labrarse otra carrera – pensó Ethel -; y, si de verdad te amase, lo haría.» Entonces pensó en el hombre a quien ella amaba, y en lo deprisa que se había enfriado su pasión en cuanto se había vuelto inapropiada. «Me guardaré mis opiniones para mí – se dijo -. Qué narices sé yo.» Y preguntó:

– ¿Qué ha dicho Walter?

– No lo he visto. Le escribí una carta y luego dejé de ir a todos los sitios donde solíamos vernos. Así que empezó a venir a la casa y, como se estaba haciendo ya algo embarazoso pedirles siempre a los criados que le dijeran que no estaba, al final bajé con Fitz.

– ¿Por qué no quieres hablar con él?

– Porque sé lo que ocurrirá. Me estrechará entre sus brazos y me besará, y yo me derrumbar.

«Conozco esa sensación», pensó Ethel.

Maud suspiró.

– Estás muy callada esta mañana. Seguramente tienes tus propias preocupaciones. ¿Se ha puesto muy difícil la situación con esa huelga?

– Sí. Toda la ciudad vive de raciones escasas.

– ¿Todavía dan de comer a los niños de los mineros?

– Cada día.

– Bien. Mi hermano es muy generoso.

– Sí. – «Cuando le interesa», pensó.

– Bueno, será mejor que sigas con tu trabajo. Gracias por el café. Supongo que te aburro con mis problemas.

Ethel, impulsivamente, agarró a Maud de la mano.

– Por favor, no digas eso. Siempre has sido muy buena conmigo. Siento mucho lo de Walter, y espero que siempre me cuentes tus preocupaciones.

– Qué cosas dices… – Más lágrimas afloraron a los ojos de Maud -. Muchísimas gracias. – Le estrechó la mano y luego la soltó.

Ethel recogió la bandeja y salió de la habitación. Cuando llegó a la cocina, Peel, el mayordomo, dijo:

– ¿Has hecho algo malo?

«No lo sabes tú bien», pensó ella.

– ¿Por qué lo preguntas?

– Su Señoría desea verte en la biblioteca a las diez y media.

De manera que sería una conversación formal, pensó Ethel. Quizá fuera mejor así. Estarían separados por un escritorio y ella no se vería tentada a lanzarse a sus brazos. Eso la ayudaría a contener las lágrimas. Tendría que mostrarse fría y desapasionada. El curso entero del resto de su vida quedaría determinado por esa conversación.

Siguió realizando sus labores domésticas. Echaría de menos Ty Gwyn. Durante los años que había trabajado allí, había llegado a amar el elegante mobiliario antiguo. Había memorizado los nombres de las piezas y había aprendido a reconocer un candelero, un bufet, un aparador o un musiquero. Mientras quitaba el polvo y pulía, se fijaba en las curvas y los contornos de la marquetería, en las patas talladas en forma de garras de león posadas sobre orbes. Alguna que otra vez, alguien como Peel decía: «Eso es francés, Luis XV», y ella se había fijado en que cada habitación estaba decorada y amueblada coherentemente siguiendo un estilo, ya fuera barroco, neoclásico o gótico. Jamás volvería a vivir con un mobiliario así.

Al cabo de una hora se dirigió a la biblioteca. Aquellos libros habían sido recopilados por los antepasados de Fitz. En esos días la sala no se usaba demasiado: a Bea solo le gustaban las novelas francesas, y Fitz no leía nada en absoluto. Los huéspedes de la casa acudían allí a veces en busca de un poco de paz y tranquilidad, o para utilizar el juego de ajedrez de marfil que había en la mesa central. Esa mañana, siguiendo las instrucciones de Ethel, habían bajado las persianas hasta media ventana para proteger la estancia del sol de julio y mantenerla fresca. Así pues, el espacio estaba en penumbra.

Fitz se había sentado en un sillón de cuero verde. Ethel se sorprendió al ver que también estaba allí Albert Solman, vestido con un traje negro y una camisa de cuello almidonado. Abogado de oficio, Solman era lo que los caballeros eduardianos llamaban un gestor de negocios. Gestionaba el dinero de Fitz, comprobaba los ingresos que recibía de las regalías y las rentas del carbón, pagaba las facturas y suministraba el efectivo para el pago de los salarios del servicio. También se ocupaba de los contratos de arrendamiento y de cualquier otro tipo, y a veces interponía demandas contra gente que intentaba estafar al conde. Ethel lo había conocido en otra ocasión, y no le había caído en gracia. Le había parecido un sabelotodo. A lo mejor todos los abogados lo eran, pero ella no podía decirlo: Solman era el único al que conocía.

Fitz se levantó con expresión de bochorno.

– Me he confiado con el señor Solman – anunció.

– ¿Por qué? – preguntó Ethel. Ella había tenido que prometer que no se lo contaría a nadie. Le parecía una traición que Fitz se lo hubiera explicado a su abogado.

Estaba claro que el conde se sentía avergonzado de sí mismo: una visión insólita.

– Solman te explicará lo que propongo – dijo.

– ¿Por qué? – repitió Ethel.

Fitz le devolvió una mirada suplicante, como rogándole que no se lo pusiera aún más difícil.

Pero ella no se sentía compasiva. Para ella no era fácil; ¿por qué habría de serlo para él?

– ¿Qué es eso que tanto te asusta decirme tú mismo? – inquirió, desafiándolo.

Fitz había perdido toda su arrogante seguridad.

– Dejaré que sea él quien te lo explique – dijo y, para asombro de ella, salió de la biblioteca.

Cuando cerró la puerta tras de sí, Ethel miró a Solman y pensó: «¿Cómo voy a hablar del futuro de mi hijo con este desconocido?».

El abogado le sonrió.

– Bueno, bueno, ha sido usted traviesa, ¿verdad?

Aquello le dolió.

– ¿Le ha dicho lo mismo al conde?

– ¡Desde luego que no!

– Porque él hizo lo mismo que yo, ¿sabe? Se necesitan dos personas para hacer un niño.

– Está bien, no hay necesidad de entrar en todo eso.

– Pues no me hable como si lo hubiera hecho todo yo sola.

– Muy bien.

Ethel tomó asiento y luego volvió a mirarlo.

– Puede sentarse si lo desea – le dijo, como si fuera la señora de la casa, teniendo una deferencia para con el mayordomo.

Al hombre se le encendió la cara. No sabía si sentarse, y que pareciera que había estado esperando su permiso, o quedarse de pie, como un criado. Al final decidió caminar de un lado para otro.

– Su Señoría me ha dado instrucciones para que le haga una oferta – dijo. Eso de caminar no le estaba funcionando, así que se detuvo frente a ella -. Se trata de una oferta generosa, y le aconsejo que la acepte.

Ethel no dijo nada. La crueldad de Fitz había tenido una consecuencia úti le había hecho comprender que se encontraba en medio de una negociación, y ese era un terreno familiar para ella. Su padre siempre estaba metido en negociaciones, discutiendo y llegando a acuerdos con la dirección de la mina, siempre intentando conseguir salarios más altos, jornadas de trabajo más cortas y mejores medidas de seguridad. Una de sus máximas era: «Nunca hables a menos que te veas obligado a hacerlo», así que Ethel guardó silencio.

Solman la miraba con expectación. Cuando se dio cuenta de que no iba a contestar nada, pareció ofendido. Volvió a empezar:

– Su Señoría está dispuesto a concederle una pensión de veinticuatro libras anuales, pagadas mensualmente por adelantado. Me parece que es muy generoso por su parte, ¿no cree?

«Maldito avaro podrido – pensó Ethel -. ¿Cómo puede portarse tan mal conmigo?» Veinticuatro libras eran el salario de una doncella. Era la mitad de lo que ganaba Ethel como ama de llaves, y además perdería la habitación y la manutención.

¿Por qué pensaban los hombres que podían desentenderse de esa manera? Seguramente porque casi siempre lo conseguían. Las mujeres no tenían derechos. Se necesitaban dos personas para hacer un niño, pero solo una estaba obligada a cuidar de él. ¿Cómo habían permitido las mujeres verse relegadas a una posición tan débil? Estaba furiosa.

Seguía sin abrir la boca.

Solman acercó una silla y se sentó cerca de ella.

– Bien, debe usted mirarlo por el lado bueno. Dispondrá de diez chelines semanales…

– No basta – se apresuró a puntualizar Ethel.

– Bueno, pongamos que sean veintiséis libras anuales, eso sí hará los diez chelines a la semana. ¿Qué me dice?

Ethel no dijo nada.

– Puede encontrar una habitacioncita bonita en Cardiff por dos o tres chelines, y tendrá el resto para sus gastos. – Le dio unos golpecitos en la rodilla -. Además, ¿quién sabe?, a lo mejor encuentra a otro generoso caballero que le haga la vida más fácil… ¿eh? Es usted una joven muy atractiva, ¿sabe?

Ethel fingió no haber entendido su indirecta. La idea de ser la querida de un abogado asqueroso como Solman le repugnaba. ¿De verdad creía que podía ocupar el lugar de Fitz? No respondió a sus insinuaciones.

– ¿Hay condiciones? – preguntó con frialdad.

– ¿Condiciones?

– Adjuntas a la oferta del conde.

Solman tosió.

– Las habituales, desde luego.

– ¿Las habituales? ¿De modo que usted ya había hecho esto antes?

– No para el conde Fitzherbert – se apresuró a decir el abogado.

– Pero sí para otros.

– Ciñámonos al asunto que nos ocupa, por favor.

– Continúe cuando quiera.

– No debe usted incluir el nombre del conde en la partida de nacimiento del niño, ni desvelarle a nadie de ninguna otra forma que él es el padre.

– Y, por lo que usted ha podido comprobar, señor Solman, ¿suelen aceptar las mujeres estas condiciones suyas?

– Sí.

«Por supuesto que lo hacen – pensó Ethel con amargura -. ¿Qué alternativa les queda? No tienen derecho a nada, así que aceptan cualquier cosa que les ofrezcan. Por supuesto que aceptan esas condiciones.»

– ¿Hay alguna más?

– Cuando se marche usted de Ty Gwyn, no debe intentar ponerse en contacto con Su Señoría por ningún medio.

«O sea – pensó Ethel – que no quiere vernos ni a su hijo ni a mí.» La decepción cayó sobre ella como una oleada de debilidad: si no hubiera estado sentada, seguramente se habría desplomado. Apretó las mandíbulas para contener las lágrimas. Cuando hubo recuperado el control de sí misma, dijo:

– ¿Algo más?

– Me parece que eso es todo.

Ethel se puso en pie.

– Tendrá que ponerse en contacto conmigo para comunicarme dónde habrá que realizar los pagos mensuales – dijo Solman. Buscó una cajita de plata que llevaba encima y sacó de ella una tarjeta.

– No – dijo Ethel cuando se la tendió.

– Pero tendrá que ponerse en contacto conmigo…

– No, no pienso hacerlo – repitió.

– ¿Qué quiere decir?

– Que la oferta es inaceptable.

– Vamos, no sea necia, señorita Williams…

– Se lo diré otra vez, señor Solman, para que no le quede ni rastro de duda. La oferta no es aceptable. Mi respuesta es no. No tengo nada más que decirle. Que pase un buen día. – Salió y cerró la puerta de golpe.

Regresó a su cuarto, cerró con pestillo y lloró desconsoladamente.

¿Cómo podía ser Fitz tan cruel? ¿De verdad no quería volver a verla nunca? ¿No quería ver a su hijo? ¿Pensaba acaso que todo lo que había existido entre ambos podía borrarse con veinticuatro libras anuales?

¿De verdad ya no la quería? ¿La había querido alguna vez? ¿Había sido una necia?

Ella había creído que la amaba. Estaba convencida de que lo suyo había significado algo. Puede que él hubiera estado actuando todo el tiempo y la hubiera engañado… Pero no, no lo creía. Una mujer se daba cuenta de cuándo fingía un hombre.

Entonces, ¿a qué venía todo eso? Debía de estar reprimiendo sus sentimientos. O a lo mejor era un hombre de emociones superficiales. Era posible. Puede que la hubiera amado sinceramente, pero con un amor que se olvidaba con facilidad cuando se volvía inapropiado. Semejante debilidad de carácter bien podía habérsele pasado por alto, cegada como estaba por la pasión.

Al ver cuán duro era el corazón de Fitz, por lo menos se le hacía más sencillo negociar con firmeza. No tenía necesidad de pensar en los sentimientos del conde. Podía concentrarse en intentar conseguir lo mejor para el niño y para ella. Debía pensar siempre en cómo habría llevado las cosas su padre. Una mujer no estaba tan indefensa, a pesar de la ley.

Supuso que su respuesta preocuparía a Fitz. Seguramente esperaba que Ethel aceptara la oferta o, en el peor de los casos, que pidiera un precio más alto; y después habría sentido que su secreto ya estaba a salvo. De pronto se sentiría perplejo, además de angustiado.

Ethel no le había dado a Solman ocasión de preguntarle qué era lo que quería ella. Era mejor dejar que dieran vueltas en la oscuridad durante un tiempo. Fitz empezaría a temer que estuviera dispuesta a vengarse y contarle lo del embarazo a la princesa Bea.

Miró por la ventana, al reloj que había en el tejado del establo. Faltaban unos minutos para las doce. En el jardín delantero, el personal se estaría preparando ya para servir el almuerzo a los niños de los mineros. A la princesa Bea solía gustarle reunirse con el ama de llaves a eso del mediodía. A menudo tenía quejas: no le gustaban las flores del vestíbulo, los uniformes de los lacayos no estaban bien planchados, la pintura del descansillo se estaba desconchando. El ama de llaves, a su vez, tenía preguntas que hacer sobre dónde alojar a los huéspedes, cómo reponer la porcelana y la cristalería, contratar y despachar a doncellas y pinches de cocina. Fitz solía entrar en la sala de estar a eso de las doce y media para tomarse una copita de jerez antes de la comida.

Ethel le apretaría las tuercas entonces.

Fitz observaba cómo hacían cola los hijos de los mineros para la comida… para el «almuerzo», como decían ellos. Tenían la cara sucia, iban despeinados y llevaban la ropa hecha harapos, pero parecían felices. Los niños eran asombrosos. Aquellos eran de los más pobres del país, y sus padres estaban atrincherados en una cruenta confrontación, pero los pequeños no daban muestras de darse cuenta de ello.

Desde que se había casado con Bea, hacía cinco años, había anhelado tener un hijo. Ella ya había perdido a uno antes de dar a luz, y a Fitz le aterraba que pudiera volver a suceder. La última vez, su mujer se había llevado un berrinche solo porque él había cancelado su viaje a Rusia. Si descubría que había dejado embarazada al ama de llaves, su furia sería incontrolable.

Y el terrible secreto estaba en las manos de la joven criada.

La preocupación lo torturaba. Era un castigo espantoso por el pecado que había cometido. En otras circunstancias, incluso podría haberse alegrado de tener un niño con Ethel. Podría haber enviado a madre e hijo a una pequeña casita de Chelsea, donde los habría visitado una vez por semana. Sintió otra punzada de remordimiento y anhelo a causa de la intensidad de esa ensoñación. No quería tratar a Ethel con dureza. Su amor le había hecho mucho bien: sus besos ansiosos, su tacto ávido, el ardor de su pasión juvenil. Incluso mientras le comunicaba las malas noticias, había deseado poder recorrer su pequeño cuerpo con las manos y sentir cómo le besaba el cuello con esa voracidad que le resultaba tan tonificante. Pero tenía que ser duro de corazón.

Aparte de ser la mujer más excitante a la que había besado nunca, era inteligente, divertida y bien informada. Le había contado que su padre siempre le hablaba de los asuntos de actualidad. Además, el ama de llaves de Ty Gwyn tenía derecho a leer los periódicos del conde después de que el mayordomo hubiera acabado con ellos; una regla de la sala del servicio de la que él no había tenido conocimiento. Ethel le hacía preguntas inesperadas que él no siempre sabía responder, como: «¿Quién gobernaba Hungría antes de los austríacos?». La echaría de menos, pensó con tristeza.

Sin embargo, Ethel no estaba dispuesta a comportarse como se suponía que debía hacer una amante abandonada. Solman había quedado desconcertado tras su conversación con ella. Fitz le preguntó: «¿Qué es lo que quiere?», pero el abogado no lo sabía. El conde abrigaba la horrible sospecha de que Ethel pudiera contárselo todo a Bea solo por una especie de retorcido deseo moral de hacer salir la verdad a la luz. «Que Dios me ayude a mantenerla alejada de mi esposa», rezaba.

Se sorprendió al ver la pequeña figura redondeada de Perceval Jones cruzando al trote el césped con unos bombachos cortos de color verde y botas de caminar.

– Buenos días, milord – dijo el alcalde, quitándose el sombrero de fieltro marrón.

– Buenos días, Jones. – Como director de Celtic Minerals, Jones era la fuente de gran parte de la riqueza de Fitz, pero, aun así, aquel hombre no le caía bien.

– Las noticias que llegan no son buenas – dijo Jones.

– ¿Quiere decir de Viena? Tengo entendido que el emperador austríaco sigue trabajando en la redacción de su ultimátum para Serbia.

– No, quiero decir de Irlanda. Los hombres del Ulster no están dispuestos a aceptar la autonomía, ¿sabe usted? Los convertiría en una minoría bajo un gobierno católico. El ejército ya se está amotinando.

Fitz arrugó la frente. No le gustaba oír hablar de motines en el ejército británico.

– No importa lo que puedan decir los periódicos, no creo que los oficiales británicos desobedezcan las órdenes de su gobierno soberano – comentó con aspereza.

– ¡Ya lo han hecho! – dijo Jones -. ¿Qué me dice del motín de Curragh?

– Nadie desobedeció órdenes.

– Cincuenta y siete oficiales dimitieron cuando les ordenaron marchar sobre los Voluntarios del Ulster. Puede que no lo llame usted motín, milord, pero es el nombre que le da todo el mundo.

Fitz gruñó. Jones tenía razón, por desgracia. Lo cierto era que los oficiales ingleses se habían negado a atacar a sus compatriotas en defensa de una muchedumbre de irlandeses católicos.

– Nunca habría que haberle prometido la independencia a Irlanda – dijo.

– Ahí estoy de acuerdo con usted – repuso Jones -. Pero lo cierto es que he venido a hablar con usted de esto. – Señaló a los niños, que estaban sentados en bancos dispuestos a lo largo de varias mesas de caballetes, comiendo bacalao hervido con col -. Me gustaría que acabara usted con ello.

A Fitz no le gustaba que individuos inferiores a él en el orden social le dijeran lo que tenía que hacer.

– No pienso dejar que los niños de Aberowen se mueran de hambre, aunque la culpa sea de sus padres.

– Solo está usted prolongando la huelga.

El hecho de que Fitz recibiera una regalía por cada tonelada de carbón no quería decir, según su parecer, que estuviera obligado a ponerse del lado de los propietarios de la mina y en contra de los hombres. Ofendido, replicó:

– La huelga es asunto suyo, no mío.

– Bien que se da prisa en aceptar el dinero…

Fitz estaba escandalizado.

– No tengo más que decirle. – Y le volvió la espalda.

Jones se sintió contrito al instante.

– Le pido perdón, milord, discúlpeme… un comentario apresurado y de lo más poco juicioso, pero es que este asunto resulta extremadamente cansino.

A Fitz le costaba mucho no aceptar una disculpa. No se había aplacado, pero de todas formas se volvió de nuevo hacia Jones y le habló con educación.

– Está bien, pero seguiré dándoles el almuerzo a los niños.

– Verá, milord, un minero del carbón puede ser testarudo él solo y pasar una barbaridad de apuros por culpa de su estúpido orgullo; pero lo que le parte, al final, es ver pasar hambre a sus hijos.

– De todas formas siguen explotando la mina.

– Con mano de obra extranjera de tercera. La mayoría de los hombres no son mineros cualificados, y el rendimiento es muy bajo. Sobre todo los estamos usando para conservar los túneles y mantener con vida a los caballos. No estamos sacando mucho carbón.

– Por más que lo intento, no logro comprender por qué desahució usted a esas desdichadas viudas de sus casas. Solo eran ocho, al fin y al cabo, y acababan de perder a sus maridos en la maldita mina.

– Es un principio peligroso. La casa va con el minero. Si no nos atenemos a eso, acabaremos siendo dueños de un arrabal de miseria y nada más.

«Pues quizá no debieran construir tan miserablemente esos arrabales», pensó Fitz, pero se mordió la lengua. No quería prolongar la conversación con ese pequeño tirano presuntuoso. Consultó su reloj. Eran las doce y media: hora de su copita de jerez.

– No hay nada que hacer, Jones – dijo -. Yo no libraré sus batallas por usted. Que tenga un buen día. – Se alejó caminando hacia la casa con paso enérgico.

Jones era la menor de sus preocupaciones. ¿Qué iba a hacer con Ethel? Tenía que asegurarse de que Bea no se alterara. Aparte del peligro que suponía para el nonato, Fitz tenía la sensación de que ese embarazo podía representar un nuevo comienzo para su matrimonio. El niño podría unirlos más y recuperar el ambiente cálido e íntimo en el que habían vivido al principio de estar juntos. Sin embargo, esa esperanza se desvanecería si Bea llegaba a saber que él se había estado divirtiendo con el ama de llaves. Se pondría hecha una furia.

Le sentó bien la temperatura fresca del vestíbulo, con sus suelos enlosados y su techo de viguería de madera vista. Fue su padre quien eligió la decoración feudal. El único libro que leyó jamás el hombre, aparte de la Biblia, fue la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Gibbon, y siempre estuvo convencido de que el Imperio británico, aún mayor, seguiría ese mismo camino a menos que los nobles lucharan por preservar sus instituciones, en especial la Royal Navy, la Iglesia de Inglaterra y el Partido Conservador.

Y tenía razón, a Fitz no le cabía duda.

Una copa de jerez seco era justo lo que le apetecía antes de comer. Lo animaba y le abría a uno el apetito. Entró en la sala de estar con agradable impaciencia y se quedó horrorizado al ver allí a Ethel hablando con Bea. Se detuvo en el umbral y las miró con consternación. ¿Qué le estaba diciendo? ¿Había llegado demasiado tarde?

– ¿Qué sucede aquí? – preguntó con aspereza.

Bea lo miró sorprendida y, con serenidad, comentó:

– Estoy hablando de almohadas con mi ama de llaves. ¿Esperabas algo más espectacular? – Su acento ruso marcó la r de «esperabas».

Durante unos instantes, Fitz no supo qué decir. Se dio cuenta de que estaba mirando a su mujer y a su amante. Le resultaba inquietante pensar en la intimidad de la que había disfrutado con aquellas dos mujeres.

– No lo sé, no estoy seguro – masculló, y se sentó a su escritorio, dándoles la espalda.

Las dos mujeres siguieron con su conversación. Sí que versaba sobre almohadas: cuánto duraban, si las gastadas podían remendarse para uso del servicio, y si era mejor comprarlas bordadas o elegirlas sencillas y hacer que las doncellas se ocuparan de los bordados. Pero Fitz seguía conmocionado. Aquel pequeño cuadro vivo – señora y criada en calmada conversación – le recordaba lo terriblemente fácil que le resultaría a Ethel contarle a Bea toda la verdad. Aquello no podía seguir así. Tenía que tomar cartas en el asunto.

Sacó del cajón una hoja de papel de carta azul con su emblema, sumergió una pluma en el tintero y escribió: «Ven a verme después de la comida». Secó la nota y la metió en un sobre a juego.

Al cabo de un par de minutos, Bea acabó de hablar con Ethel. Cuando el ama de llaves ya se iba, Fitz habló sin volver la cabeza:

– Venga un momento, por favor, Williams.

Ella se acercó hasta él, que percibió la leve fragancia del jabón aromático; Ethel había admitido que se lo robaba a Bea. A pesar de su furia, Fitz era incómodamente consciente de la cercanía de sus esbeltos y fuertes muslos bajo la seda negra del uniforme de ama de llaves. Le entregó el sobre sin mirarla.

– Envíe a alguien a la clínica veterinaria de la ciudad para que compre un bote de estas píldoras para los perros. Son para la gripe canina.

– Muy bien, milord. – Y salió.

Fitz resolvería la situación en un par de horas.

Se sirvió su jerez. Le ofreció una copa a Bea, pero ella la rechazó. El vino le caldeó el estómago y le calmó los nervios. Se sentó junto a su mujer y ella le dedicó una afable sonrisa.

– ¿Cómo te encuentras? – le preguntó.

– Con náuseas por las mañanas – dijo ella -. Pero se pasa. Ahora estoy bien.

Fitz volvió a pensar enseguida en Ethel. Lo tenía entre la espada y la pared. No había dicho nada, pero la amenaza de contárselo todo a Bea estaba implícita. Era sorprendentemente astuto por su parte. Él se retorcía de impotencia. Le habría gustado poder zanjar la cuestión antes aun de esa misma tarde.

Comieron en el comedor pequeño, sentados a una mesa de roble de patas cuadradas que bien podía proceder de un monasterio medieval. Bea le dijo que había descubierto que en Aberowen vivían algunos rusos.

– Más de un centenar, por lo que me dice Nina.

Con cierto esfuerzo, Fitz apartó a Ethel de su pensamiento.

– Deben de contarse entre los esquiroles que ha traído Perceval Jones.

– Por lo visto los han condenado al ostracismo. No consiguen que los atiendan en las tiendas y los cafés.

– Debo hablar con el pastor Jenkins para que dé un sermón sobre el amor al prójimo, aunque el prójimo sea un esquirol.

– ¿No puedes ordenarles a los tenderos que los atiendan y ya está?

Fitz sonrió.

– No, querida, en este país no.

– Bueno, lo siento por ellos y querría hacer algo por ayudarlos.

A Fitz le gustó la idea.

– Es un impulso muy gentil. ¿En qué habías pensado?

– Tengo entendido que hay una iglesia rusa ortodoxa en Cardiff. Haré venir a un sacerdote un domingo para que les oficie una misa.

Fitz frunció el entrecejo. Bea se había convertido a la Iglesia de Inglaterra cuando se casaron, pero sabía que añoraba la iglesia de su infancia, y lo veía como una señal de que no era feliz en su país de adopción. Sin embargo, no quería disgustarla.

– Muy bien – dijo.

– Después podríamos darles el almuerzo en la sala del servicio.

– Es una idea muy bonita, querida, pero podrían ser un gentío algo peligroso.

– Solo daremos de comer a los que asistan al oficio. Así excluiremos a los judíos y a los alborotadores más problemáticos.

– Qué inteligente. Desde luego, puede que la gente de la ciudad no se lo tome a bien.

– Pero eso no nos concierne ni a ti ni a mí.

Fitz asintió con la cabeza.

– Muy bien. Jones ha venido a quejarse de que, si doy de comer a los niños, estoy apoyando la huelga. Si tú te ocupas de los esquiroles, al menos nadie podrá decir que nos hayamos puesto de parte de ningún bando.

– Gracias – repuso Bea.

Fitz pensó que el embarazo ya había empezado a mejorar su relación.

Se tomó dos copas de vino blanco del Rin con la comida, pero el nerviosismo se apoderó de nuevo de él en cuanto salió del comedor y se dirigió a la Suite Gardenia. Ethel tenía el destino de Fitz en sus manos. Su naturaleza era dulce y emotiva, como la de todas las mujeres, pero a esa muchacha no se le podía ordenar que hiciera nada. No podía controlarla, y aquello lo asustaba.

Sin embargo, Ethel no estaba allí. Fitz consultó su reloj. Eran ya las dos y cuarto. Le había dicho «después de comer». Ethel debería haber sabido cuándo les habían servido el café y tendría que haber estado esperándolo. No le había especificado el lugar, pero estaba convencido de que ella lo deduciría.

Empezó a sentir aprensión.

Al cabo de cinco minutos, estuvo tentado de marcharse. A él nadie lo hacía esperar de esa manera, pero no quería dejar el asunto sin resolver ni un día más, ni siquiera una hora más, de modo que perseveró.

Ethel llegó a las dos y media.

– ¿Qué estás intentando hacerme? – preguntó Fitz con enfado.

Ella no hizo caso de su pregunta.

– ¿En qué demonios estabas pensando para obligarme a hablar con un abogado de Londres?

– Creía que así sería menos emotivo.

– No seas bobo, puñetas.

Fitz se quedó de piedra. Nadie le había hablado así desde que era un colegial. Ethel prosiguió:

– Voy a tener un hijo tuyo. ¿Cómo quieres que no sea emotivo?

Tenía razón, había sido un necio y sus palabras le dolieron, pero al mismo tiempo no podía evitar sentirse embargado por la musicalidad de su acento: la palabra «emotivo» tenía una nota diferente para cada una de sus sílabas, de modo que sonaba como una melodía.

– Lo siento – dijo -. Te pagaré el doble…

– No lo empeores más, Teddy – dijo ella, pero su tono fue más afable esta vez -. No regatees conmigo como si esto fuera cuestión de encontrar el precio justo.

Él la señaló con un dedo acusador.

– Ni se te ocurra hablar con mi mujer, ¿me oyes? ¡No lo toleraré!

– No me des órdenes, Teddy. No tengo ningún motivo para obedecerte.

– ¿Cómo te atreves a hablarme así?

– Calla y escucha, y te lo diré.

Estaba furioso por el tono que había usado ella, pero recordó que no podía permitirse ponérsela en contra.

– Habla, entonces – dijo.

– Te has portado conmigo de una forma muy poco amable.

Fitz sabía que era cierto y sintió una punzada de culpabilidad. Se arrepentía de haberle hecho daño, pero intentó no demostrarlo.

Ethel siguió hablando:

– Todavía te quiero demasiado como para acabar con tu felicidad.

Fitz se sintió aún peor.

– No quiero hacerte daño – dijo ella. Tragó saliva y se volvió de espaldas, pero él ya había visto las lágrimas de sus ojos. Fitz quiso decir algo, pero ella levantó la mano para hacerle callar -. Me estás pidiendo que deje mi trabajo y mi hogar, así que debes ayudarme a empezar una nueva vida.

– Por supuesto – dijo -. Si eso es lo que deseas. – Hablar en términos más prácticos los ayudaba a ambos a reprimir sus sentimientos.

– Me voy a Londres.

– Buena idea. – No podía evitar sentirse satisfecho: así, en Aberowen nadie sabría que había tenido un niño, y menos aún de quién era.

– Me vas a comprar una casita. Nada demasiado lujoso, un barrio trabajador me vendrá bien. Pero quiero seis habitaciones para poder vivir en la planta baja y hospedar a un inquilino. El alquiler servirá para pagar los arreglos y el mantenimiento. Aun así, tendré que trabajar.

– Lo has pensado con mucho detenimiento.

– Te estás preguntando cuánto costará, supongo, pero no quieres hacerme esa pregunta porque a un caballero no le gusta preguntar el precio de las cosas.

Era cierto.

– He mirado en el periódico – siguió diciendo Ethel -. Una casa así cuesta alrededor de unas trescientas libras. Seguramente te saldrá más barato que pagarme dos libras al mes durante el resto de mi vida.

Para Fitz, trescientas libras no eran nada. Bea era capaz de gastarse esa cantidad en vestidos de la Maison Paquin de París en una sola tarde.

– Pero ¿prometerás guardar el secreto? – dijo.

– Y prometo amar y cuidar a tu hijo, o a tu hija, y criarlo para que sea feliz y crezca sano, y darle una buena educación, aunque tú no muestres señal alguna de que nada de eso te importe.

Fitz estaba indignado, pero se dio cuenta de que Ethel tenía razón. Apenas había pensado en el niño un solo momento.

– Lo siento – dijo -. Estoy demasiado preocupado por Bea.

– Ya lo sé – repuso Ethel con un tono más conciliador, como siempre que él se permitía mostrar su angustia.

– ¿Cuándo te marcharás?

– Mañana por la mañana. Tengo tanta prisa como tú. Tomaré el tren para Londres y empezar a buscar la casa enseguida. Cuando haya encontrado el lugar adecuado, escribiré a Solman.

– Tendrás que hospedarte en pensiones mientras buscas la casa. – Sacó la cartera del bolsillo interior de su chaqueta y le dio dos billetes blancos de cinco libras.

Ella sonrió.

– No tienes ni idea de cuánto cuestan las cosas, ¿verdad, Teddy? – Le devolvió uno de los billetes -. Cinco libras son muchísimo.

Fitz parecía ofendido.

– No quiero que sientas que soy injusto contigo.

El ánimo de Ethel cambió, y Fitz entrevió parte de la furia que la consumía por dentro.

– Oh, lo eres, Teddy, lo eres – dijo con amargura -. Pero no por el dinero.

– Los dos lo hicimos – dijo él, a la defensiva, mirando a la cama.

– Pero solo uno de nosotros va a tener un hijo.

– Bueno, no discutamos. Le diré a Solman que haga lo que has propuesto.

Ella extendió una mano.

– Adiós, Teddy. Sé que mantendrás tu palabra. – Su voz sonó tranquila, pero él se dio cuenta del trabajo que le costaba guardar la compostura.

Se estrecharon la mano, aunque parecía extraño entre dos personas que habían hecho el amor apasionadamente.

– La mantendré – dijo.

– Por favor, vete ya, deprisa – pidió ella, y se volvió hacia un lado.

Fitz titubeó un momento más y después salió de la habitación.

Mientras se alejaba, le sorprendió y le avergonzó sentir que unas lágrimas muy poco viriles le anegaban los ojos.

– Adiós, Ethel – susurró en el pasillo vacío -. Que Dios te bendiga y te guarde.

Ethel subió al almacén del equipaje del desván y robó una maleta pequeña, vieja y maltrecha. Nadie la echaría nunca en falta. Había sido del padre de Fitz, y llevaba su escudo estampado en el cuero; el dorado se había desgastado hacía mucho, pero todavía podía distinguirse el sello. Dentro metió medias, alguna muda y un poco del jabón perfumado de la princesa.

Esa noche, mientras estaba tumbada en la cama, se dio cuenta de que al final no quería ir a Londres. Le daba demasiado miedo pasar sola por todo aquello. Quería estar con su familia. Precisaba hacerle preguntas a su madre sobre el embarazo. Estaría en un lugar conocido cuando llegara el niño. Su hijo necesitaría a sus abuelos y a su tío Billy.

Por la mañana, temprano, se puso su propia ropa, dejó el vestido de ama de llaves colgado de su clavo y salió a hurtadillas de Ty Gwyn. Al final del camino de entrada echó la vista atrás para mirar la casa, los sillares negros a causa del polvo del carbón, las largas hileras de ventanas que reflejaban el sol naciente, y pensó en lo mucho que había aprendido desde que llegó allí a trabajar con trece años y recién salida del colegio. Ahora sabía cómo vivía la élite. Tenían alimentos extraños, preparados de formas complicadas, y malgastaban más de lo que comían. Todos hablaban con el mismo acento estrangulado, incluso algunos de los extranjeros. Se había encargado de cuidar la bonita ropa interior de las mujeres ricas, hecha de delicado algodón y finísima seda, cosida y bordada a mano, y adornada con encajes, doce prendas de cada bien ordenadas en sus cómodas. Podía mirar un aparador y decir con un solo vistazo en qué siglo había sido fabricado. Y sobre todo, pensó con amargura, había aprendido que no se puede confiar en el amor.

Bajó por la loma hasta Aberowen y se dirigió a Wellington Row. La puerta de la casa de sus padres no estaba cerrada, como siempre. Entró. La habitación principal, la cocina, era más pequeña que la Habitación de los Jarrones de Ty Gwyn, que se usaba solo para hacer arreglos florales.

Su madre estaba amasando el pan, pero cuando vio la maleta se quedó quieta y preguntó:

– ¿Qué ha pasado?

– Vuelvo a casa – dijo Ethel. Dejó la maleta y se sentó a la mesa cuadrada de la cocina. Le daba demasiada vergüenza explicar lo ocurrido.

Sin embargo, su madre lo adivinó.

– ¡Te han despachado!

Ethel no era capaz de mirarla.

– Sí. Lo siento, mamá.

Su madre se limpió las manos en un trapo.

– ¿Qué has hecho? – preguntó, enfadada -. ¡Desembucha, venga!

Ethel suspiró. ¿Por qué lo estaba postergando?

– Me he quedado encinta – dijo.

– Ay, no… ¡Serás desvergonzada!

Ethel intentó contener las lágrimas. Había esperado recibir compasión, no condena.

– Soy una desvergonzada, sí. – Se quitó el sombrero, intentando mantener la compostura.

– Se te ha subido todo a la cabeza: trabajar en la casa grande y conocer al rey y a la reina. Se te ha olvidado cómo te educamos.

– Supongo que tienes razón.

– Matarás a tu padre del disgusto.

– Él no tiene que dar a luz – replicó Ethel con sarcasmo -. Supongo que no le pasará nada.

– No seas descarada. Se le va a partir el corazón.

– ¿Dónde está?

– Ha ido a otra reunión de la huelga. Piensa en la reputación que tiene en la ciudad: miembro del consejo del templo, representante de los mineros, secretario del Partido Laborista Independiente… ¿Cómo va a tener la cabeza alta en las reuniones, mientras todo el mundo piensa que su hija es una fulana?

Ethel perdió los nervios.

– Siento mucho ser una vergüenza para él – dijo, y rompió a llorar.

La expresión de su madre cambió.

– Ay, bueno – dijo -. Es la historia más vieja del mundo. – Dio la vuelta a la mesa y estrechó la cabeza de Ethel contra su pecho -. No pasa nada, no pasa nada – musitó, igual que hacía cuando Ethel era pequeña y se rasguñaba las rodillas.

Los sollozos de la muchacha remitieron al cabo de un rato.

Su madre la soltó y dijo:

– Lo mejor será que nos tomemos un té. – Cara siempre tenía una tetera sobre los hornillos. Echó unas hojas de té en un cazo, vertió agua hirviendo sobre ellas y después dio vueltas a la mezcla con una cuchara de palo -. ¿Para cuándo lo esperas?

– Para febrero.

– Ay, válgame Dios. – Su madre se volvió de espaldas al fuego para mirarla -. ¡Voy a ser abuela!

Las dos se echaron a reír. Su madre sacó unas tazas y sirvió el té. Ethel bebió un poco y se sintió mejor.

– ¿Tuviste partos fáciles o difíciles? – preguntó.

– No hay partos fáciles, pero los míos fueron mejores que los de la mayoría, me dijo mi madre. De todas formas, desde Billy tengo la espalda mal.

Billy bajó por la escalera diciendo:

– ¿Quién habla de mí? – Ethel cayó en la cuenta de que su hermano había podido dormir hasta tarde porque estaba en huelga. Cada vez que lo veía le parecía más alto y más fornido -. Hola, Eth – dijo, y le dio un beso con un bigote que rascaba -. ¿Por qué traes maleta? – Se sentó y su madre le sirvió un té.

– He hecho una tontería, Billy – dijo Ethel -. Voy a tener un niño.

Él se la quedó mirando, demasiado sorprendido para decir nada. Después se ruborizó, sin duda pensando en lo que había hecho para quedar embarazada. Bajó la mirada, avergonzado. Entonces bebió algo de té y, por fin, dijo:

– ¿Quién es el padre?

– Nadie que conozcas. – Lo había estado pensando y había inventado una especie de historia -. Era un ayuda de cámara que vino a Ty Gwyn con uno de los huéspedes, pero ahora se ha ido al ejército.

– Pero te apoyará.

– Ni siquiera sé dónde está.

– Encontraré a ese miserable.

Ethel le puso una mano en el brazo.

– No te enfades, cariño mío. Si necesito tu ayuda, te la pediré.

Era evidente que Billy no sabía qué decir. Estaba claro que amenazar con vengarse no servía de nada, pero no sabía de qué otra forma reaccionar. Parecía desconcertado. Solo tenía dieciséis años.

Ethel lo recordaba de niño. Ella solo tenía cinco años cuando nació él, pero quedó completamente fascinada por su hermanito, por su perfección y su vulnerabilidad. «Pronto tendré un niño hermoso e indefenso», pensó, y no supo si sentirse feliz o aterrorizada.

– Papá tendrá algo que decir sobre esto, digo yo – añadió Billy.

– Eso es lo que me preocupa – dijo Ethel -. Ojalá pudiera hacer algo para que le pareciera bien.

Entonces bajó el abuelo.

– Despachada, ¿a que sí? – dijo al ver la maleta -. ¿Has sido demasiado descarada?

– No seas cruel con ella, anda, papá. Está esperando un niño – dijo su madre.

– Ay, caray – exclamó -. Uno de esos encopetados de la casa grande, ¿a que sí? No me extrañaría que hubiera sido el mismísimo conde.

– No diga bobadas, abuelo – lo atajó Ethel, consternada al ver que había adivinado la verdad tan deprisa.

– Ha sido un ayuda de cámara de un huésped de la casa. Ahora está en el ejército, se ha ido y Ethel no quiere que vayamos tras él – explicó Billy.

– ¿Cómo que no? – dijo el abuelo. Ethel vio que no estaba muy convencido, pero no insistió más. Por el contrario, añadió -: Es tu parte italiana, niña mía. Tu abuela era de sangre caliente. En buenos líos se habría metido si no me hubiera casado con ella. La verdad es que no quiso ni esperar hasta la boda. De hecho…

– ¡Papá! – lo interrumpió su hija -. Delante de los niños no.

– ¿Qué les va a sorprender tanto, después de esto? – dijo -. Yo ya estoy muy viejo para cuentos de hadas. Las muchachas quieren acostarse con los muchachos, y lo desean tanto que acaban haciéndolo, estén casadas o no. Y el que pretenda hacer creer lo contrario es que es un tonto… y eso incluye a tu marido, Cara, niña mía.

– Ten cuidado con lo que dices – le advirtió ella.

– Sí, está bien – dijo el abuelo. Decidió guardar silencio y se bebió su té.

Un minuto después llegó el padre. Cara lo miró con sorpresa.

– ¡Qué temprano vuelves! – exclamó.

Él percibió el disgusto de su voz.

– Lo dices como si no fuera bienvenido.

La mujer se levantó de la mesa para dejarle sitio.

– Haré otra infusión de té.

El padre no se sentó.

– Han cancelado la reunión. – Su mirada recayó en la maleta -. ¿Qué es eso?

Todos miraron a Ethel. La muchacha vio miedo en la expresión de su madre, rebeldía en la de Billy y una especie de resignación en la del abuelo. Se dio cuenta de que dependía de ella responder a la pregunta.

– Tengo algo que explicarte, papá – dijo -. Te vas a enfadar cuando lo sepas, y lo único que puedo decir es que lo siento.

El rostro de su padre se ensombreció.

– ¿Qué has hecho?

– He dejado mi trabajo en Ty Gwyn.

– Eso no es nada que haya que sentir. Nunca me gustó que les hicieras reverencias y fregaras para esos parásitos.

– Me he ido porque tengo un motivo para ello.

Él se acercó más y se quedó de pie muy cerca de su hija.

– ¿Bueno o malo?

– Me he metido en un lío.

Su padre parecía colérico.

– ¡Espero que no aludas a lo que se refieren a veces las chicas cuando dicen eso!

Ethel bajó la mirada hasta la mesa y asintió con la cabeza.

– ¿Es que has…? – Se detuvo, buscando las palabras adecuadas -. ¿Es que has cometido una falta contra la moralidad?

– Sí.

– ¡Serás desvergonzada!

Era lo mismo que había dicho su madre. Ethel se encogió como huyendo de él, aunque en realidad no creía que fuera a pegarle.

– ¡Mírame! – dijo.

Ella lo miró a través de una bruma de lágrimas.

– ¿Conque me estás diciendo que has cometido el pecado de la fornicación…?

– Lo siento, papá.

– ¿Con quién? – gritó.

– Un ayuda de cámara.

– ¿Cómo se llama?

– Teddy. – Le salió antes de que pudiera pensarlo.

– ¿Teddy qué más?

– No importa.

– ¿Que no importa? ¿Qué narices quieres decir?

– Vino a la casa de visita con su señor. Para cuando descubrí que estaba embarazada, ya se había ido al ejército. He perdido el contacto con él.

– ¿De visita? ¿Has perdido el contacto? – La voz de su padre se convirtió en un rugido de ira -. ¿Me estás diciendo que ni siquiera estáis prometidos? Has cometido ese pecado de… – Barbotaba, apenas capaz de pronunciar en voz alta esas repugnantes palabras -. ¿Que has cometido ese horrible pecado con toda tranquilidad?

– No te enfades con ella, anda, papá – dijo Cara.

– ¿Que no me enfade? ¿Y cuándo, si no, ha de enfadarse un hombre?

El abuelo intentó calmarlo.

– Tranquilízate, Dai, chico. De nada sirve gritar.

– Siento tener que recordarle, abuelo, que esta es mi casa, y seré yo quien juzgue qué sirve y qué no sirve de nada.

– Sí, está bien – dijo el abuelo, en son de paz -. Que sea como tú quieras.

Cara no estaba dispuesta a claudicar.

– Anda, papá, no digas nada de lo que puedas arrepentirte.

Los intentos por calmar la furia de su marido solo lo estaban encolerizando más aún.

– ¡No dejaré que me gobiernen mujeres ni viejos! – gritó. Señaló a Ethel con un dedo -. ¡Y no permitiré que haya una fornicadora en mi casa! ¡Fuera!

Cara se echó a llorar.

– ¡No, por favor, no digas eso!

– ¡Fuera! – gritó -. ¡Y no vuelvas nunca!

– ¡Pero tu nieto…! – dijo Cara.

Billy terció:

– ¿Dejarás que te gobierne la Palabra de Dios, papá? Jesús dijo: «No he venido a llamar a los justos al arrepentimiento, sino a los pecadores». Evangelio de Lucas, capítulo cinco, versículo treinta y dos.

Su padre se volvió contra él.

– Déjame que te diga una cosa, mocoso ignorante. Mis abuelos nunca se casaron. Nadie sabe quién fue mi abuelo. Mi abuela cayó todo lo bajo que puede caer una mujer.

Cara ahogó un grito. Ethel estaba conmocionada, pero vio que Billy se había quedado atónito. El abuelo parecía haberlo sabido ya.

– Oh, sí – dijo David, bajando la voz -. Mi padre creció en una casa de mala reputación, no sé si sabes lo que quiero decir; un lugar al que iban los marineros, en los muelles de Cardiff. Entonces, un día, cuando su madre estaba sumida en el sopor etílico, Dios guió sus infantiles pasos hasta un templo durante la catequesis dominical, y allí conoció a Jesús. En ese mismo lugar aprendió a leer y a escribir, y al final a educar a sus propios hijos para que siguieran el buen camino.

Cara dijo en voz baja:

– Nunca me lo habías contado, David. – Casi nunca lo llamaba por su nombre de pila.

– Esperaba no tener que recordarlo nunca. – Su rostro se crispó en una mueca de vergüenza e ira. Se inclinó sobre la mesa, fulminó a Ethel con la mirada y su voz se convirtió en un murmullo -: Cuando cortejaba a tu madre, nos dábamos la mano y yo me despedía de ella todas las noches con un beso en la mejilla, hasta el día de la boda. – Dio un puñetazo en la mesa que hizo temblar las tazas -. Por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, mi familia consiguió salir de aquella alcantarilla apestosa. – Su voz volvió a elevarse de nuevo hasta convertirse en un grito -: ¡No regresaremos allí! ¡Nunca! ¡Jamás! ¡Nunca!

Se produjo un largo momento de silencio estupefacto.

David miró a Cara.

– Saca a Ethel de aquí – dijo.

Ethel se levantó.

– Tengo la maleta hecha y cuento con algo de dinero. Tomaré el tren para Londres. – Miró a su padre con dureza -. No arrastraré a la familia a la alcantarilla.

Billy le cogió la maleta.

– ¿Adónde vas tú, hijo? – le preguntó su padre.

– La acompaño a la estación – dijo Billy con cara de asustado.

– Que cargue ella con su maleta.

Billy se agachó para dejarla en el suelo, pero entonces cambió de opinión. Su rostro adoptó una expresión obstinada.

– La acompaño a la estación – repitió.

– ¡Harás lo que yo te ordene! – gritó su padre.

Billy todavía parecía asustado, pero de pronto también se mostraba desafiante.

– ¿Qué vas a hacerme, papá? ¿Echarme de casa a mí también?

– Te pondré sobre mis rodillas y te azotaré – respondió su padre -. Todavía no eres tan mayor.

Billy palideció, pero miró a su padre a los ojos.

– Sí, sí que lo soy – dijo -. Ya soy mayor. – Se pasó la maleta a la mano izquierda y cerró el puño derecho.

Su padre dio un paso al frente.

– Ya te enseñaré yo a amenazarme con el puño, hijo.

– ¡No! – gritó Cara. Se interpuso entre ambos y empujó a su marido por el pecho -. ¡Ya basta! No dejaré que nadie pelee en mi cocina. – Señaló con un dedo a la cara de David -. David Williams, baja esos puños. Recuerda que eres miembro del consejo de la Iglesia de Bethesda. ¿Qué pensaría la gente?

Con eso lo calmó.

Después se volvió hacia Ethel.

– Será mejor que te vayas. Billy te acompañará. Anda, deprisa.

Su padre se sentó a la mesa.

Ethel le dio un beso a su madre.

– Adiós, mamá.

– Escríbeme – le dijo ella.

– ¡Ni se te ocurra escribirle a nadie de esta casa! ¡Quemaremos las cartas sin abrirlas! – gritó su padre.

Su madre se apartó, llorosa. Ethel salió y Billy fue tras ella.

Recorrieron las empinadas calles de la ciudad hacia el centro. Ethel no apartaba la mirada del suelo, no quería tener que hablar con algún conocido y que le preguntaran a dónde se iba.

En la estación compró un billete a Paddington.

– Bueno – dijo Billy cuando estaban en el andén -, dos sorpresas en un solo día. Primero tú, luego papá.

– El pobre ha tenido eso guardado dentro todos estos años – dijo Ethel -. No me extraña que sea tan estricto. Casi puedo perdonarle que me haya echado de casa.

– Yo no – replicó Billy -. Nuestra fe habla de redención y piedad, no de guardarse las cosas dentro y castigar a los demás.

Llegó un tren de Cardiff, y Ethel vio a Walter von Ulrich bajar de él. La saludó llevándose la mano al sombrero, lo cual fue un gesto muy amable por su parte: los caballeros no solían hacer eso con los criados. Lady Maud había dicho que había roto con él. A lo mejor había ido a recuperarla. En silencio, le deseó buena suerte.

– ¿Quieres que te compre un periódico? – preguntó Billy.

– No, gracias, cariño – dijo -. No creo que pueda concentrarme en la lectura.

Mientras esperaba su tren le preguntó:

– ¿Te acuerdas de nuestro código? – De niños habían inventado una forma sencilla de escribirse notas para que sus padres no pudieran entenderlas.

Billy pareció desconcertado un momento, pero después se le iluminó la cara.

– Ah, sí.

– Te escribiré en código para que papá no pueda leerlo.

– Está bien – dijo -. Y envía las cartas a través de Tommy Griffiths.

El tren entró en la estación dando resoplidos y soltando vaharadas de vapor. Billy abrazó a Ethel y ella se dio cuenta de que su hermano intentaba no llorar.

– Cuídate mucho – le dijo -. Y cuida de nuestra madre.

– Sí – contestó él, y se secó los ojos con la manga -. Estaremos bien. Tú ten mucho cuidado en Londres, anda.

– Lo tendré.

Ethel subió al tren y se sentó junto a la ventanilla. Un minuto después, la locomotora echó a andar. A medida que iba cogiendo velocidad, vio el gran cabrestante de la bocamina alejándose y se preguntó si algún día volvería a ver Aberowen.


Maud desayunó tarde y con la princesa Bea en el comedor pequeño de Ty Gwyn. La princesa estaba de muy buen humor. Normalmente se quejaba muchísimo de la vida en Gran Bretaña… aunque Maud, por la época que había pasado en la embajada británica siendo niña, sabía que la vida en Rusia era mucho menos cómoda: las casas eran frías; la gente, hosca; el servicio, de poca confianza; y el gobierno, desorganizado. Ese día, sin embargo, Bea no tenía queja alguna. Estaba feliz por haber concebido al fin.

Incluso hablaba de Fitz con más generosidad.

– Salvó a mi familia, ¿sabes? – le dijo a Maud -. Pagó las hipotecas de nuestra propiedad, pero hasta ahora no había nadie que pudiera heredarla: mi hermano no tiene hijos. Sería una tragedia enorme que todas las tierras de Andréi y de Fitz fueran a parar a manos de algún primo lejano.

Maud no podía ver eso como una tragedia. El primo lejano en cuestión bien podía acabar siendo un hijo suyo. Sin embargo, nunca había esperado heredar una fortuna y apenas pensaba en esas cosas.

Lady Maud, mientras se bebía el café y jugueteaba con una tostada, se dio cuenta de que no era buena compañía esa mañana. La verdad es que estaba muy abatida. Sentía incluso que la agobiaba el papel de la pared (una victoriana efusión de follaje que cubría el techo, además de las paredes), aunque había vivido con él toda la vida.

No le había contado a su familia nada de su historia de amor con Walter, así que tampoco podía explicarles que se había terminado, y eso quería decir que no tenía a nadie que se compadeciera de ella. Solo aquella joven ama de llaves tan vivaracha, Williams, conocía la historia, y por lo visto había desaparecido.

Maud leyó la crónica que hacía The Times del discurso que había pronunciado Lloyd George la noche anterior en la cena de Mansion House. Se había mostrado optimista en cuanto a la crisis de los Balcanes y había dicho que podría resolverse de forma pacífica. Maud esperaba que tuviera razón. Aunque había dejado a Walter, todavía le horrorizaba la idea de que pudiera tener que vestirse de uniforme y acabar muerto o lisiado en una guerra.

Leyó también un breve artículo fechado en Viena y titulado LA AMENAZA SERBIA, y le preguntó a Bea si Rusia defendería a Serbia de un posible ataque de los austríacos.

– ¡Espero que no! – exclamó la princesa, alarmada -. No querría que mi hermano fuese a la guerra.

Maud recordaba haber desayunado allí con Fitz y Walter durante las vacaciones escolares, cuando ella tenía doce años y ellos diecisiete. Recordaba muy bien que los chicos tenían un apetito enorme y todas las mañanas devoraban huevos, salchichas y grandes montones de tostadas con mantequilla antes de salir a montar a caballo o a nadar en el lago. Walter le había parecido un personaje muy seductor, apuesto y extranjero. La trataba tan cortésmente como si fueran de la misma edad, lo cual resultaba muy halagador para una niña… y, tal como veía ahora, fue una forma sutil de cortejarla.

Mientras estaba absorta en sus recuerdos, el mayordomo, Peel, entró y la sobresaltó al decirle a Bea:

– Herr Von Ulrich está aquí, alteza.

Walter no podía estar allí, pensó Maud, aturdida. ¿Sería Robert? Era igual de improbable.

Un momento después entró Walter.

Maud se quedó demasiado estupefacta para decir nada, y fue Bea quien habló:

– Qué agradable sorpresa, herr Von Ulrich.

Walter llevaba un traje ligero de verano, de un suave tweed azul grisáceo. Su corbata de satén azul era del mismo color que sus ojos. Maud deseó haberse puesto algo que no fuera ese sencillo vestido de línea huso color crema que le había parecido perfectamente adecuado para tomar el desayuno con su cuñada.

– Perdone la intrusión, princesa – le dijo Walter a Bea -. Tenía que visitar nuestro consulado de Cardiff: un tedioso asunto sobre unos marineros alemanes que se han buscado problemas con la policía local.

Aquello eran tonterías. Walter era agregado militar, su trabajo no consistía en sacar a marineros del calabozo.

– Buenos días, lady Maud – dijo mientras le estrechaba la mano -. Qué deliciosa sorpresa encontrarla aquí.

Más tonterías, pensó ella. Había ido allí para verla. Maud se había marchado de Londres para que Walter no pudiera asediarla, pero en el fondo de su corazón no podía evitar sentirse encantada con la insistencia de él en seguirla hasta aquella casa. Algo aturullada, logró decir:

– Hola, ¿cómo está usted?

– Sírvase un poco de café, herr Von Ulrich. El conde ha salido a montar, pero regresará pronto – dijo Bea, que había asumido con toda naturalidad que Walter estaba allí para ver a Fitz.

– Qué amable de su parte. – Walter se sentó.

– ¿Se quedará a comer?

– Me encantaría. Después debo coger un tren para regresar a Londres.

Bea se levantó.

– Será mejor que hable con la cocinera.

Walter se puso en pie con presteza y le retiró la silla.

– Charle con lady Maud – dijo Bea mientras salía del comedor -. Anímela un poco. Está preocupada por la situación internacional.

Walter enarcó las cejas al oír el tono burlón de la voz de Bea.

– Todas las personas sensatas están preocupadas por la situación internacional – dijo.

Maud se sentía incómoda. Desesperada por decir algo, señaló el ejemplar de The Times.

– ¿Cree que es cierto que Serbia ha llamado a filas a setenta mil reservistas?

– Dudo que tengan setenta mil reservistas – comentó Walter con gravedad -, pero intentan apostar fuerte. Tienen la esperanza de que el peligro de una guerra más amplia haga que Austria se muestre cautelosa.

– ¿Por qué están tardando tanto los austríacos en enviar sus exigencias al gobierno serbio?

– Oficialmente, quieren acabar de cosechar antes de hacer nada que pueda requerir llamar a los hombres a filas. Extraoficialmente, saben que el presidente de Francia y su ministro de Asuntos Exteriores se encuentran casualmente en Rusia, lo cual facilita de forma muy peligrosa que esos dos aliados acuerden una respuesta común. No habrá ningún comunicado oficial por parte de Austria hasta que el presidente Poincaré se marche de San Petersburgo.

Maud se maravilló de la claridad de sus reflexiones. Era algo que le encantaba de Walter.

De repente, Walter perdió la compostura. Su máscara de cortesía y formalidad cayó y dejó ver su rostro angustiado.

– Por favor, vuelve conmigo – dijo con brusquedad.

Ella abrió la boca para decir algo, pero la garganta parecía habérsele cerrado de la emoción y no logró pronunciar ni una palabra.

Él, abatido, añadió:

– Sé que me has dejado por mi bien, pero no funcionará. Te amo demasiado.

Maud encontró las palabras.

– Pero tu padre…

– Él debe ocuparse de su propio destino. No puedo obedecerlo, no en esto. – Su voz se convirtió en un susurro -: No puedo soportar perderte.

– Tal vez tenga razón, a lo mejor un diplomático alemán no puede tener una esposa inglesa, por lo menos no ahora.

– Entonces cambiaré de carrera, pero nunca podría encontrar a otra Maud.

La entereza de la muchacha se vino abajo y sus ojos se anegaron en lágrimas.

Él alargó el brazo por encima de la mesa y le estrechó la mano.

– ¿Puedo hablar con tu hermano?

Maud arrugó la servilleta de lino blanco y se enjugó las lágrimas.

– No hables todavía con Fitz – le dijo -. Espera unos días, hasta que la crisis serbia haya pasado.

– Para eso falta más que unos días.

– En tal caso, volveremos a pensarlo.

– Haré lo que tú desees, por supuesto.

– Te amo, Walter. Pase lo que pase, quiero ser tu esposa. Walter le besó la mano.

– Gracias – dijo con solemnidad -. Me has hecho muy feliz.

Un silencio tenso se había adueñado de la casa de Wellington Row. Cara hizo el almuerzo, y David, Billy y el abuelo se lo comieron, pero nadie dijo nada. Billy estaba consumido por una ira que no era capaz de expresar. Por la tarde, subió la ladera de la montaña y dio un paseo de varios kilómetros él solo.

A la mañana siguiente, su cabeza no hacía más que volver una y otra vez sobre la historia de Jesús y la mujer a quien habían sorprendido cometiendo adulterio. Sentado en la cocina con la ropa del domingo, mientras esperaba para ir al templo de Bethesda con sus padres y con el abuelo y asistir a la ceremonia de partición del pan, abrió su Biblia por el Evangelio de Juan y encontró el capítulo ocho. Leyó la historia una y otra vez. Parecía versar exactamente sobre la misma clase de desgracia que había acontecido en su familia.

Siguió pensando en ello en el templo. Miró en derredor, a sus amigos y vecinos: la señora de Dai Ponis, John Jones el Tendero, la señora Ponti y sus dos hijos mayores, el Seboso Hewitt… Todos estaban enterados de que Ethel se había marchado de Ty Gwyn el día anterior y había cogido un tren a Paddington; y, aunque no sabían por qué, se lo imaginaban. En sus mentes ya la estaban juzgando. Pero Jesús no.

Durante los himnos y las oraciones improvisadas, decidió que el Espíritu Santo lo estaba guiando para que leyera esos versículos en voz alta. Hacia el final de la hora, se levantó y abrió su Biblia.

Se produjo un breve murmullo de sorpresa. Todavía era algo joven para dirigir a la congregación. Aun así, tampoco existía un límite de edad: el Espíritu Santo podía inspirar a cualquiera.

– Unos versículos del Evangelio de Juan – dijo. Le temblaba un poco la voz e intentó calmarse -. Y le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio».

El templo de Bethesda se quedó de pronto en silencio: nadie movía un dedo, susurraba ni tosía.

Billy siguió leyendo:

– «Y, en la ley, Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas se lo decían tentándolo, para poder acusarlo después. Pero Jesús se inclinó hacia el suelo y escribió en la tierra con el dedo, como si no los oyera. Y, como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo…».

Ahí Billy se detuvo y alzó la mirada.

Con cuidadoso énfasis, remachó:

– «El que de vosotros esté libre de pecado, que tire la primera piedra contra ella».

Todos los rostros de la sala lo miraban. Nadie se movía.

Billy retomó la lectura:

– «E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en la tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salieron uno a uno, comenzando desde los más viejos, hasta el último de ellos; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en el centro. Enderezándose Jesús y no viendo a nadie más que a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Ella dijo: Ninguno, Señor».

Billy levantó la vista del libro. No le hacía falta leer el último versículo; se lo sabía de memoria. Miró al rostro pétreo de su padre y habló muy despacio:

– «Entonces Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno; vete, y no peques más».

Después de un largo momento, cerró la Biblia con un golpe que resonó como un trueno en el silencio.

– Esta es la palabra de Dios – dijo.

No se sentó. En lugar de eso, caminó hacia la salida mientras toda la congregación lo observaba, cautiva. Billy abrió la gran puerta de madera y salió.

Nunca regresó.

<p>Capítulo 9</p>

Finales de julio de 1914

Walter von Ulrich no sabía tocar ragtime.

Sabía tocar las melodías, que eran sencillas, y también los acordes más característicos, que solían emplear el intervalo de la séptima disminuida. Y podía tocar las dos cosas a la vez… solo que no sonaba a música de ragtime. No lograba reproducir el compás. Su versión recordaba más a la clase de música que se podía oír en los parques de Berlín, y para alguien capaz de tocar sonatas de Beethoven prácticamente sin esfuerzo, aquello resultaba frustrante.

Ese sábado por la mañana en Ty Gwyn, Maud había intentado enseñarle, sentados frente al Bechstein vertical entre las palmeras de la pequeña sala de estar, mientras la luz del sol de verano se filtraba por los altos ventanales. Se habían sentado pegados el uno junto al otro en el taburete del piano, con los brazos entrelazados, y Maud se había reído de sus vanos intentos. Había sido un momento de dorada felicidad.

El humor de Walter se agrió cuando ella le explicó que su padre había tratado de convencerla para que rompiese su compromiso con él. Si hubiese visto a su padre la noche que volvió a Londres, habrían tenido una bronca monumental, pero Otto se había ido a Viena, y Walter había tenido que tragarse toda su rabia. No había vuelto a ver a su padre desde entonces.

Había estado de acuerdo con la sugerencia de Maud de que mantuviesen su compromiso en secreto hasta que terminase la crisis de los Balcanes, que aún seguía abierta, aunque las aguas empezaban a volver a su cauce. Habían pasado casi cuatro semanas desde el atentado en Sarajevo, pero el emperador austríaco no había enviado aún a los serbios la nota cuyo contenido llevaba meditando tanto tiempo. El retraso le permitió a Walter albergar la esperanza de que los ánimos se hubiesen templado y la sensatez y la moderación hubiesen prevalecido en Viena.

Sentado ante el piano de media cola del sobrio salón de su piso de soltero en Piccadilly, meditó sobre las muchas alternativas a la guerra a las que podían recurrir los austríacos como medio para castigar a los serbios y restituir su orgullo herido. Por ejemplo, podían obligar al gobierno serbio a cerrar los periódicos antiaustríacos y purgar a los nacionalistas del ejército serbio y la administración pública. Los serbios podían claudicar ante aquellas exigencias, sería algo humillante para ellos, pero mejor que una guerra que no podían ganar.

Luego, los líderes de las grandes potencias europeas se tranquilizarían y se concentrarían en sus problemas nacionales. Los rusos podrían sofocar su huelga general, los ingleses podrían apaciguar a los rebeldes protestantes irlandeses y los franceses podrían disfrutar del juicio por asesinato a madame Caillaux, que le había pegado un tiro al director de Le Figaro por haber publicado las cartas de amor de su marido.

Y Walter podría casarse con Maud.

Aquella era entonces su máxima preocupación, y cuanto más pensaba en las dificultades, más decidido estaba a superarlas. Tras haber pasado unos días contemplando la triste perspectiva de una vida sin ella, se había reafirmado aún más en su propósito de casarse con la joven, fuera cual fuese el precio que ambos tuvieran que pagar. Mientras seguía con atención la partida diplomática que se estaba librando en el tablero de Europa, analizaba todos y cada uno de los movimientos para evaluar las posibles repercusiones que podían tener sobre él y Maud, primero, y solo en segundo término, sobre Alemania y el mundo.

Iba a verla esa noche, en la cena del baile de la duquesa de Sussex. Iba vestido con frac, pues ya era la hora de salir. Sin embargo, cuando cerró la tapa del piano, sonó el timbre de la puerta, y su sirviente anunció al conde Robert von Ulrich.

Robert tenía el gesto hosco y taciturno, una expresión muy habitual en él. Su primo ya era un muchacho atormentado e infeliz cuando ambos estudiaban en Viena. Sus sentimientos se veían irresistiblemente atraídos hacia un grupo que, por la educación recibida, se suponía que debía condenar. Entonces, cada vez que regresaba a casa después de una velada con hombres iguales que él, siempre lucía esa misma expresión en la cara, de culpa pero desafiante. Con el tiempo, había descubierto que la homosexualidad, como el adulterio, estaba oficialmente castigada pero, al menos en los círculos más sofisticados, se toleraba extraoficialmente, y al final se había resignado a la idea de ser como era. Sin embargo, ese día estaba huraño por otras razones.

– Acabo de ver el texto de la nota del emperador – dijo Robert de inmediato.

A Walter se le aceleró el corazón, lleno de esperanza. Aquella podía ser la solución pacífica que había estado esperando.

– ¿Y qué dice?

Robert le dio un trozo de papel.

– He copiado la parte principal.

– ¿Se la han entregado ya al gobierno serbio?

– Sí, a las seis en punto, hora de Belgrado.

Había diez exigencias. Walter comprobó aliviado que las primeras de ellas seguían las pautas que él mismo ya había vaticinado: Serbia tenía que suprimir los periódicos liberales, desmantelar la organización secreta conocida como Mano Negra y tomar medidas contundentes contra la propaganda nacionalista. Tal vez los moderados de Viena habían ganado la batalla, después de todo, pensó, agradecido.

El cuarto punto parecía razonable al principio – los austríacos exigían una purga de nacionalistas en el cuerpo de funcionarios públicos serbios -, pero era una propuesta envenenada: serían los propios austríacos quienes proporcionarían los nombres.

– Eso parece un poco excesivo – señaló Walter con angustia -. El gobierno serbio no puede echar a quienes les dicten los austríacos.

Robert se encogió de hombros.

– Pues tendrán que hacerlo.

– Supongo que sí. – Por el bien de un final pacífico a la crisis, Walter esperaba que lo hiciesen.

Sin embargo, lo peor estaba por llegar.

El punto cinco exigía que Austria ayudase al gobierno serbio a aplastar la subversión, y el punto número seis – leyó Walter con consternación – insistía en que las autoridades austríacas tomasen parte en la investigación judicial que Serbia iba a llevar a cabo sobre el asesinato.

– ¡Pero los serbios no lo aceptarán jamás! – protestó Walter -. Eso equivaldría a renunciar a su soberanía.

El rostro de Robert se ensombreció más aún.

– No opino lo mismo – repuso malhumoradamente.

– Ningún país del mundo aceptaría semejante condición.

– Pues Serbia tendrá que hacerlo. O será destruida.

– ¿En una guerra?

– Si es necesario.

– ¡Que implicaría a toda Europa!

Robert blandió un dedo amenazador.

– No si los demás gobiernos actúan con sensatez.

«A diferencia del tuyo», pensó Walter, pero se abstuvo de expresarlo en voz alta. Los puntos restantes estaban formulados de forma muy arrogante, pero a buen seguro los serbios podían vivir con aquello: detención de los conspiradores, prohibición de introducir armas en territorio austríaco y medidas contundentes contra todos aquellos funcionarios serbios que hiciesen declaraciones públicas en contra de Austria.

Sin embargo, había un plazo de cuarenta y ocho horas para responder.

– Dios santo, esto es muy duro… – dijo Walter.

– Es lo que cabe esperar para todos aquellos que desafían al emperador austríaco.

– Lo sé, lo sé, pero ni siquiera les ha dado tiempo para salvar la cara.

– ¿Y por qué iba a hacerlo?

Walter no disimuló más su exasperación.

– Por el amor de Dios, ¿es que acaso quiere la guerra?

– La familia del emperador, la dinastía de los Habsburgo, ha extendido sus dominios sobre gran parte de Europa durante siglos. El emperador Francisco José sabe que es la voluntad de Dios que gobierne a los pueblos eslavos inferiores. Es su destino por voluntad divina.

– Que Dios nos libre de los hombres con un destino dictado por la voluntad divina – masculló Walter -. ¿Ha visto esto mi embajada?

– Lo verán de un momento a otro.

Walter se preguntó cómo reaccionarían los demás. ¿Lo aceptarían sin más, tal como había hecho Robert, o se indignarían como Walter? ¿Habría un clamor internacional de protesta o solo una reacción diplomática de indiferencia e impotencia? Lo averiguaría esa misma noche. Consultó el reloj de la repisa de la chimenea.

– Llego tarde a la cena. ¿Vas a asistir al baile de la duquesa de Sussex, después?

– Sí. Nos vemos allí.

Salieron del edificio y se separaron al llegar a Piccadilly. Walter siguió en dirección a casa de Fitz, donde iba a cenar. Se había quedado sin aliento, como si acabasen de derribarlo al suelo de un puñetazo. La guerra que tanto temía estaba cada vez más peligrosamente cerca.

Llegó justo a tiempo para saludar con una reverencia a la princesa Bea – que lucía un vestido color malva festoneado con lazos de seda -, y para estrechar la mano de Fitz – extremadamente apuesto con un cuello de camisa de frac y una pajarita blanca -, en el momento preciso en que anunciaban la cena. Se alegró al ver que le asignaban acompañar a Maud al interior del comedor. La joven llevaba un vestido rojo oscuro de alguna tela muy suave que se ceñía a su cuerpo de un modo que a Walter le resultaba irresistible. Cuando le retiraba la silla para que se sentase, le dijo:

– Qué vestido tan bonito…

– Paul Poiret – dijo ella, nombrando a un couturier tan famoso que hasta Walter había oído hablar de él. Bajó un poco más la voz -. Pensé que te gustaría.

El comentario no era de una intimidad exagerada, pero le provocó, pese a todo, un estremecimiento en todo el cuerpo, seguido de una punzada de temor ante la posibilidad de perder a aquella extraordinaria mujer.

La casa de Fitz no era exactamente un palacio. Su alargado salón comedor, en la esquina de la calle, daba a dos vías muy transitadas. Las arañas de cristal eléctricas estaban encendidas pese a la luminosa tarde de verano que imperaba en el exterior, y los reflejos de las luces brillaban en las copas de cristal y la cubertería de plata, colocada en el sitio de cada comensal. Al mirar a su alrededor en la mesa a las otras mujeres presentes, Walter se asombr de nuevo ante la indecente cantidad de busto que enseñaban las inglesas de clase alta en las cenas de etiqueta.

Pero semejantes observaciones eran más propias de un adolescente, mientras que a él ya le había llegado la hora de casarse.

En cuanto se sentó, Maud se descalzó y desplazó la punta del pie, enfundada en el sedoso tejido de las medias, por la pernera del pantalón de él, en sentido ascendente. Walter le respondió con una sonrisa, pero ella vio de inmediato que su cabeza estaba en otra parte.

– ¿Qué pasa? – le dijo.

– ¿Podrías dar pie a una conversación sobre el ultimátum de Austria? – le pidió él con un murmullo -. Di que has oído que ya lo han entregado.

Maud se dirigió a Fitz, que presidía la mesa.

– Tengo entendido que el emperador austríaco ya ha enviado al fin su nota a Belgrado – anunció -. ¿Tú has oído algo de eso, Fitz?

Fitz soltó la cuchara de la sopa.

– Lo mismo que tú, pero nadie sabe lo que dice la nota.

– Creo que se trata de una nota muy dura – terció Walter -. Los austríacos insisten en tomar parte activa en el proceso judicial serbio.

– ¡Tomar parte activa! – exclamó Fitz -. Pero si el presidente serbio accediese a una cosa así… ¡tendría que dimitir!

Walter asintió con la cabeza. Fitz preveía las mismas consecuencias que él.

– Es casi como si los austríacos quisiesen la guerra. – Estaba a punto de hablar con deslealtad acerca de uno de los aliados de Alemania, pero también estaba lo suficientemente nervioso para que le trajera sin cuidado. Vio que Maud lo miraba. Estaba pálida y muy callada; ella también había comprendido de inmediato la magnitud de aquella amenaza.

– Por supuesto, uno no puede por menos de comprender la postura de Francisco José – dijo Fitz -. La subversión nacionalista puede desestabilizar un imperio si no se ataca con mano dura. – Walter supuso que estaba pensando en los defensores del independentismo irlandés y en los bóers sudafricanos, y en la amenaza que representaban para el Imperio británico -. Pero no hace falta matar moscas a cañonazos – sostuvo el conde.

Los sirvientes retiraron los platos de sopa y ofrecieron un vino distinto. Walter no probó su copa. Iba a ser una velada muy larga, y necesitaba tener la cabeza despejada.

– Hoy he visto por casualidad al primer ministro Asquith – dijo Maud, con toda naturalidad -. Ha dicho que podríamos estar ante un auténtico apocalipsis. – Parecía asustada -. En ese momento no me lo he tomado muy en serio… pero ahora veo que podría llevar razón.

– Eso es justo lo que todos tememos – dijo Fitz.

Como siempre, Walter se quedó impresionado con la clase de contactos de Maud, pues se relacionaba como si tal cosa con los hombres más poderosos de Londres. Walter recordó que, cuando era una cría de once o doce años, y su padre era ministro del gobierno conservador, interrogaba con aire solemne a sus colegas de gabinete cada vez que estos visitaban Ty Gwyn, y ya entonces, aquellos hombres de semejante estatura política escuchaban atentamente a la niña y respondían a todas sus preguntas haciendo gala de una enorme paciencia.

– Por el lado positivo – siguió diciendo Maud -, si estalla una guerra, Asquith cree que Gran Bretaña no tiene por qué implicarse.

Walter sintió que se le aceleraba el corazón: si Gran Bretaña permanecía ajena a la contienda, la guerra no tenía por qué separarlo de Maud.

Sin embargo, Fitz no parecía tan contento.

– ¿De veras? – exclamó -. Aunque… – Miró a Walter -. Perdóname, Von Ulrich… ¿aunque Francia fuese invadida por Alemania?

– Asquith dice que seremos espectadores – contestó Maud.

– Tal como yo me temía – repuso Fitz con pomposidad -, el gobierno no entiende el equilibrio de poder en Europa.

Como conservador, el conde desconfiaba del gobierno liberal, y personalmente, detestaba a Asquith, quien había mermado el poder de decisión de la Cámara de los Lores, pero, lo que era más importante, no estaba del todo horrorizado ante la perspectiva de entrar en guerra. En cierto modo, puede que hasta acariciase la idea, al igual que Otto, pensó Walter. Y desde luego, seguro que la guerra le parecía sin duda preferible a cualquier posible debilitamiento del poder de Gran Bretaña.

– ¿Estás seguro, mi querido Fitz – preguntó Walter -, de que una victoria alemana sobre Francia descompensaría el equilibrio de poder? – Aquella línea de argumentación era bastante delicada para una cena distendida, pero el asunto era demasiado importante para esconderlo bajo la costosa alfombra de Fitz.

– Con el debido respeto por tu honorable país y por Su Majestad el káiser Guillermo, me temo que Gran Bretaña no podría tolerar que Alemania asumiese el control sobre Francia.

Ese era precisamente el problema, pensó Walter, haciendo un gran esfuerzo por disimular la ira y la frustración que le provocaban aquellas palabras insustanciales. Un ataque de Alemania sobre la aliada de Rusia, Francia, sería en realidad una maniobra defensiva, pero los ingleses hablaban como si Alemania pretendiese hacerse con el dominio de toda Europa. Con una sonrisa forzada, dijo:

– Derrotamos a Francia hace cuarenta y tres años en el conflicto que vosotros llamáis la guerra franco-prusiana. Gran Bretaña ya fue una mera espectadora en aquel entonces, y nuestra victoria no supuso para vosotros ningún motivo de sufrimiento.

– Eso es lo mismo que dijo Asquith – añadió Maud.

– Hay una diferencia – objetó Fitz -. En 1871, Francia fue derrotada por Prusia y por un grupo de pequeños reinos alemanes. Después de la guerra, esa coalición se convirtió en un solo país, la Alemania moderna, y estoy seguro en que convendrás conmigo, querido Von Ulrich, amigo mío, que la Alemania de hoy es una presencia mucho más formidable que la vieja Prusia.

Los hombres como Fitz eran tan peligrosos… se dijo Walter para sus adentros. Con sus formas y sus modales impecables serían capaces de llevar el mundo a la destrucción. Hizo todo cuanto pudo por conservar un tono amigable.

– Tienes razón, por supuesto… pero tal vez formidable no sea lo mismo que hostil.

– Esa es la cuestión, ¿no te parece?

En el otro extremo de la mesa, Bea se puso a toser, en un gesto de reproche. Sin duda aquel tema le parecía demasiado polémico para una conversación educada, de modo que preguntó con tono alegre:

– ¿Tiene ganas de acudir al baile de la duquesa, herr Von Ulrich?

Walter sintió que le recriminaba su conducta.

– Estoy seguro de que el baile será absolutamente extraordinario – respondió con un entusiasmo desmesurado, y Bea lo recompensó con un asentimiento agradecido.

– ¡Es usted un bailarín estupendo! – intervino tía Herm.

Walter sonrió con calidez a la anciana.

– ¿Me concedería usted el honor del primer baile, lady Hermia?

La mujer se sintió halagada.

– ¡Oh, cielos! Soy demasiado mayor para bailes… Además, ustedes los jóvenes tienen pasos que ni siquiera existían cuando yo era una debutante.

– La última moda es la zarda, una danza popular húngara. Tal vez debería enseñársela.

– ¿Y no crees que eso constituiría un incidente diplomático? – inquirió Fitz.

No era muy gracioso, pero todos se echaron a reír y la conversación siguió otros cauces más triviales pero menos peligrosos.

Después de cenar, los asistentes se subieron a los coches de caballos para recorrer los cuatrocientos metros que los separaban de Sussex House, el palacio del duque en Park Lane.

Ya había anochecido, y en las ventanas brillaban todas las luces: la duquesa se había rendido al fin y había instalado la electricidad. Walter subió la majestuosa escalera y entró en el primero de tres fastuosos salones. La orquesta estaba tocando la canción más popular en esos momentos, «Alexander’s Ragtime Band», de Irving Berlin, y a Walter se le iba la mano izquierda: la síncopa era el elemento crucial.

Hizo honor a su promesa y bailó con tía Herm. Esperaba que tuviese multitud de parejas de baile, porque en realidad lo que quería era que la mujer danzase hasta caer rendida y se fuese a dormitar a un rincón para que así Maud pudiese librarse de su carabina. No podía dejar de pensar en lo que él y Maud habían hecho en la biblioteca de aquella casa unas pocas semanas antes, y se moría de ganas de tocarla y recorrer con las manos la ceñida tela de aquel vestido.

Pero antes tenía trabajo que hacer. Se separó de tía Herm con una reverencia, tomó una copa de champán rosado que le ofrecía un lacayo y empezó a pasearse por las distintas estancias de la casa. Recorrió el salón de baile pequeño, la sala principal y el salón de baile grande, hablando con los políticos y los diplomáticos allí presentes. Todos los embajadores de Londres habían sido invitados, y muchos de ellos habían acudido, incluido el jefe de Walter, el príncipe Lichnowsky. También se hallaban allí numerosos parlamentarios, la mayoría de ellos conservadores, como la duquesa, aunque había algunos liberales, entre los que se incluían varios ministros del gobierno. Robert estaba enfrascado en una conversación con lord Remarc, un subsecretario del Ministerio de Guerra. No había ningún parlamentario del Partido Laborista: la duquesa se consideraba a sí misma una mujer de mente abierta, pero todo tenía un límite.

Walter descubrió que los austríacos habían enviado copias de su ultimátum a las principales embajadas de Viena, y que el mensaje sería transmitido por cablegrama y traducido a lo largo de la noche, por lo que a la mañana siguiente, todo el mundo estaría al corriente de su contenido. Casi todos los presentes estaban conmocionados por las exigencias de Austria, pero nadie sabía cómo reaccionar al respecto.

Hacia la una de la madrugada, Walter ya había averiguado todo cuanto pudo y se fue en busca de Maud. Bajó la escalera y salió al jardín, donde habían servido un bufet en un toldo de rayas. ¡Cuánta comida se servía en la alta sociedad inglesa! Encontró a Maud jugueteando con unas uvas y comprobó con gran alivio que no había ni rastro de tía Herm.

Walter decidió olvidar sus preocupaciones durante un rato.

– ¿Cómo podéis comer tanto los ingleses? – le dijo a Maud en tono jovial -. La mayoría de esta gente ya se ha tomado un opíparo desayuno, un almuerzo de cinco o seis platos, té con pastas y sándwiches y una cena de al menos ocho platos. ¿De veras necesitan ahora comer sopa, codornices rellenas, langosta, melocotones y helado?

Ella se echó a reír.

– Te parecemos vulgares, ¿a que sí?

No era eso lo que pensaba de ellos, pero decidió tomarle un poco el pelo fingiendo que había acertado.

– Bueno, veamos, ¿qué cultura tienen los ingleses? – La tomó del brazo y, caminando aparentemente sin rumbo fijo, la llevó fuera del toldo, al jardín. Los árboles estaban engalanados con guirnaldas de luces que proveían una iluminación más bien escasa. Otras parejas paseaban por los senderos serpenteantes entre los arbustos, algunas charlando y otras cogidas discretamente de la mano bajo la penumbra. Walter volvió a ver a Robert en compañía de lord Remarc y se preguntó si ellos también habrían encontrado el amor -. ¿Compositores ingleses? – dijo, tratando todavía de provocar a Maud -. Gilbert y Sullivan. ¿Pintores? Mientras los impresionistas franceses estaban cambiando la forma en que el mundo se ve a sí mismo, los ingleses retrataban a niños de mejillas sonrosadas jugando con sus cachorros. ¿Ópera? Toda italiana, cuando no alemana. ¿El ballet? Ruso.

– Y a pesar de todo eso, dominamos medio mundo – repuso ella con una sonrisa burlona.

Él la tomó en brazos.

– Y sabéis tocar el ragtime.

– Es fácil, una vez que coges el ritmo.

– Esa es la parte que me resulta más difícil.

– Porque necesitas que alguien te la enseñe.

Walter le acercó la boca al oído y murmuró:

– ¿Y tú me la enseñarás, por favor?

El murmullo se convirtió en un gemido cuando ella lo besó y, después de eso, se quedaron sin palabras durante largo rato.


Todo eso ocurría la madrugada del viernes 24 de julio. A la noche siguiente, cuando Walter asistió a otra cena y a otro baile, el rumor de que los serbios iban a aceptar todas y cada una de las exigencias de los austríacos, salvo por una aclaración de los puntos quinto y sexto, circulaba en boca de todo el mundo. Eufórico, Walter pensó que sin duda los austríacos no podían rechazar una respuesta tan sumamente servil… a menos, por supuesto, que estuviesen decididos a lanzarse de lleno a una guerra a cualquier precio.

De camino a casa, al alba del sábado, se detuvo en la embajada para escribir una nota sobre lo que había descubierto esa noche. Estaba sentado a su mesa cuando el embajador en persona, el príncipe Lichnowsky, apareció vestido de manera impecable con un chaqué, la vestimenta protocolaria para los actos diurnos, y un sombrero de copa de color gris. Sorprendido, Walter se levantó de un salto, hizo una reverencia y dijo:

– Buenos días, alteza.

– Llega muy temprano, Von Ulrich – contestó el embajador, pero entonces, fijándose en el traje de etiqueta de Walter, dijo -: O mejor dicho, muy tarde. – Era un hombre apuesto a su particular manera, con unas facciones muy marcadas y una enorme nariz aguileña encima del bigote.

– Estaba escribiéndole una nota acerca de los acontecimientos de anoche. ¿Puedo hacer algo por usted, alteza?

– Sir Edward Grey me ha mandando llamar. Puede acompañarme y tomar notas, si es que dispone de algún otro traje

Walter no cabía en sí de gozo. El secretario del Foreign Office británico era uno de los hombres más poderosos sobre la faz de la tierra. Walter ya lo había conocido, por supuesto, en el reducido círculo de la diplomacia de Londres, pero nunca había intercambiado más que unas pocas palabras con él. Ahora, gracias a la invitación típicamente informal de Lichnowsky, Walter iba a estar presente en una reunión extraoficial de dos de los hombres que decidían el destino de Europa. Gottfried von Kessel se pondría verde de envidia, pensó.

Se reprendió a sí mismo por ser tan frívolo y mezquino. Aquel podía ser un encuentro decisivo. A diferencia del emperador austríaco, tal vez Grey no quisiera una guerra. ¿Habría convocado aquella reunión con el objetivo de buscar un modo de impedirla? Era difícil hacer predicciones con Grey. ¿Por dónde iba a salir? Si estaba en contra de la guerra, Walter aprovecharía la menor oportunidad para ayudarlo.

Guardaba una levita en un perchero detrás de la puerta para casos de emergencia como aquel. Se quitó el traje de etiqueta de noche y se abotonó la indumentaria de día por encima del chaleco blanco. Cogió una libreta y salió del edificio junto al embajador.

Los dos hombres atravesaron St. James’s Park rodeados del frío de primera hora de la mañana. Walter le contó a su jefe el rumor sobre la respuesta serbia, y el embajador le confió a su vez el rumor que había llegado a sus oídos.

– Albert Ballin cenó anoche con Winston Churchill – dijo. Ballin, un magnate naviero alemán, se movía en los círculos íntimos del káiser, a pesar de ser judío. Churchill estaba al frente de la Royal Navy -. Me encantaría saber qué se dijo durante esa cena – concluyó Lichnowsky.

Obviamente, temía que el káiser estuviese pasando por encima de él y enviando mensajes a los británicos a través de Ballin.

– Trataré de averiguarlo – contestó Walter, complacido ante la oportunidad.

Entraron en el Foreign Office, un edificio neoclásico que recordó a Walter la imagen de una tarta nupcial. Los condujeron al opulento despacho del secretario Grey, con vistas al parque. «Los británicos somos el pueblo más rico del mundo – parecía querer decir el ostentoso edificio – y podemos haceros a los demás lo que nos venga en gana.»

Sir Edward Grey era un hombre enjuto con una cara huesuda como una calavera. Sentía aversión hacia los extranjeros y casi nunca viajaba fuera del país: a ojos de los británicos, eso lo convertía en el secretario del Foreign Office perfecto.

– Muchas gracias por venir – dijo con afabilidad. Estaba acompañado únicamente por un ayudante pertrechado con un cuaderno. En cuanto se sentaron, fueron directos al grano -. Tenemos que hacer todo lo posible por calmar la situación en los Balcanes.

Walter sintió renacer sus esperanzas; aquellas palabras sonaban pacíficas, era evidente que Grey no quería la guerra.

Lichnowsky asintió con la cabeza. El príncipe formaba parte de la facción pacífica del gobierno alemán, y había enviado un contundente telegrama a Berlín instando a que contuviesen a los austríacos. No estaba de acuerdo con el padre de Walter y otros que sostenían que, para Alemania, una guerra en esos momentos era mejor que otras más adelante, cuando Rusia y Francia pudiesen haberse fortalecido.

– Sea lo que sea lo que hagan los austríacos – prosiguió Grey -, no debe suponer para Rusia una amenaza capaz de provocar una respuesta militar del zar.

«Exacto», pensó Walter, entusiasmado.

Saltaba a la vista que Lichnowsky era de la misma opinión.

– Si me lo permite, señor, ha dado usted en el clavo.

Grey era inmune a los cumplidos.

– Mi sugerencia es que ustedes y nosotros, es decir, Alemania y Gran Bretaña, solicitemos de forma conjunta a los austríacos que amplíen el plazo. – Miró con aire reflexivo al reloj de la pared: eran poco después de las seis de la mañana -. Han exigido una respuesta para las seis de esta tarde, hora de Belgrado. No podrán negarse a dar a los serbios un día más.

Walter se llevó una decepción. Esperaba que Grey contase con un plan para salvar el mundo, pero aquella prórroga era un pequeño parche inúti seguramente no serviría para nada. Además, en opinión de Walter, los austríacos eran tan beligerantes que cabía la posibilidad, en absoluto remota, de que sí se negasen a acceder a aquella petición, por inocua que fuera. Sin embargo, nadie le preguntó su opinión, y ante tan excelsa compañía, no pensaba hablar a menos que se dirigiesen directamente a él.

– Una idea magnífica – señaló Lichnowsky -. La transmitiré a Berlín junto con mi recomendación.

– Gracias – dijo Grey -, pero por si eso falla, tengo otra propuesta.

De modo que, en el fondo, Grey no confiaba en que los austríacos fueran a darle más tiempo a Serbia, pensó Walter.

– Propongo que Gran Bretaña, Alemania, Italia y Francia – prosiguió Grey – actúen todos juntos como mediadores y convoquen una conferencia a cuatro bandas a fin de buscar una solución que satisfaga a Austria sin amenazar a Rusia.

«Eso me parece más razonable», pensó Walter con alborozo.

– Por supuesto, Austria no aceptará de antemano someterse a la resolución que se alcance en la conferencia – continuó Grey -. Pero eso no es necesario. Podríamos pedirle al emperador austríaco que al menos no tome ninguna determinación hasta que oiga las conclusiones de la conferencia.

Walter estaba encantado. Austria tendría dificultades para rechazar un plan que le ofrecían sus aliados además de sus rivales.

Lichnowsky también parecía complacido.

– Se lo recomendaré encarecidamente a Berlín.

– Les agradezco mucho que hayan venido a verme a una hora tan temprana – dijo Grey.

Lichnowsky interpretó aquellas palabras como una señal de que la reunión había concluido y se levantó.

– En absoluto, no tiene que darnos las gracias – repuso -. ¿Irá hoy a Hampshire?

Las aficiones de Grey eran la pesca con mosca y el avistamiento de aves, y donde más a gusto se encontraba era en su casa del rio Itchen, en Hampshire.

– Esta noche, espero – contestó Grey -. Hace un tiempo fabuloso para la pesca.

– Le deseo que pase usted un domingo estupendo – dijo Lichnowsky, y se marcharon.

Cuando volvían a atravesar el parque andando, Lichnowsky comentó:

– Los ingleses son asombrosos: Europa al borde de la guerra y el secretario del Foreign Office se va de pesca.

Walter estaba exultante de alegría. Puede que Grey no supiese distinguir lo que era apremiante de lo que no lo era, pero se trataba de la primera persona a la que se le había ocurrido una solución plausible. Walter se sentía agradecido. «Lo invitaré a mi boda – se dijo – y le daré las gracias en mi discurso.»

Cuando volvieron a la embajada, se llevó una sorpresa al ver a su padre. Otto llamó a Walter a su despacho. Gottfried von Kessel también estaba allí. Walter estaba ansioso por hablar cara a cara con su progenitor sobre lo ocurrido con Maud, pero no pensaba comentar esa clase de cosas delante de Von Kessel, de modo que dijo:

– ¿Cuándo ha llegado?

– Hace unos minutos. He viajado de noche en el tren-barco de París. ¿Qué hacías con el embajador?

– Nos han llamado para reunirnos con sir Edward Grey. – Walter se alegró al ver aflorar al rostro de Von Kessel una expresión de envidia.

– ¿Y qué os ha dicho? – quiso saber Otto.

– Ha propuesto celebrar una conferencia a cuatro bandas para mediar entre Austria y Serbia.

– Una pérdida de tiempo – sentenció Von Kessel.

Walter hizo caso omiso de su comentario y se dirigió a su padre.

– ¿Qué opina usted?

Otto entrecerró los ojos.

– Interesante… – comentó -. Ese Grey es muy hábil.

Walter no pudo disimular su entusiasmo.

– ¿Cree que el emperador austríaco aceptará?

– En absoluto. Por supuesto que no.

Von Kessel soltó una risotada burlona.

Walter se quedó desolado.

– Pero ¿por qué?

– ¿Y si la conferencia propone una solución y Austria la rechaza? – preguntó Otto.

– Grey ha mencionado esa posibilidad. Ha dicho que Austria no estaría obligada a aceptar la recomendación de la conferencia.

Otto negó con la cabeza.

– Claro que no… pero ¿y entonces? Si Alemania forma parte de una conferencia que elabora una propuesta de paz y Austria rechaza nuestra propuesta, ¿cómo podríamos dar nuestro apoyo a los austríacos cuando vayan a la guerra?

– No podríamos.

– En ese caso, al realizar esa propuesta, el propósito de Grey es enemistar a Austria y Alemania.

– Ah. – Walter se sintió como un idiota. No había reparado en nada de eso, y todo su optimismo se vino abajo. Con tono desolado, añadió -: Entonces, ¿no vamos a secundar el plan de paz de Grey?

– Imposible – contestó su padre.


La propuesta de sir Edward Grey quedó en agua de borrajas y Walter y Maud vieron cómo, hora tras hora, el mundo se iba acercando cada vez más al borde del desastre.

Al día siguiente era domingo, y Walter se reunió con Antón. Una vez más, todos estaban ansiosos por saber qué harían los rusos. Los serbios habían claudicado ante casi la totalidad de las exigencias de Austria, y solo habían pedido un poco más de tiempo para discutir las dos cláusulas más duras, pero los austríacos habían anunciado que tal pretensión era inaceptable, y Serbia había empezado a movilizar a su reducido ejército. Habría contienda, pero ¿participaría Rusia?

Walter fue a la iglesia de St. Martin-in-the-Fields que, a diferencia de lo que sugería su nombre, no se hallaba en ningún campo sino en Trafalgar Square, el cruce con más tráfico de todo Londres. La iglesia era un edificio del siglo XVIII de estilo palladiano, y Walter pensó que, además de información sobre las intenciones de Rusia, merced a sus encuentros con Antón estaba descubriendo infinidad de detalles acerca de la historia de la arquitectura inglesa.

Subió los escalones y pasó a través de las inmensas columnas hacia la nave central. Miró a su alrededor con nerviosismo: aun en las mejores condiciones, siempre tenía el temor de que Antón no acudiera a sus citas, y aquel sería el peor momento de todos para que el hombre hubiese optado por acobardarse y no aparecer. El interior estaba fuertemente iluminado por una ventana veneciana en el extremo más oriental, y vio a Antón de inmediato. Con gran alivio, se sentó junto al vengativo espía segundos antes de que comenzase el oficio.

Como de costumbre, hablaron durante el transcurso de los himnos.

– El consejo de ministros se reunió el viernes – dijo Antón.

Walter ya lo sabía.

– ¿Qué fue lo que decidieron?

– Nada. Solo hacen recomendaciones. Es el zar quien decide.

Eso también lo sabía, pero logró dominar su impaciencia.

– Perdón. ¿Qué fue lo que recomendaron, entonces?

– Permitir que cuatro distritos militares rusos se preparen para movilizarse.

– ¡No! – El grito de Walter fue involuntario, y los feligreses que en esos momentos entonaban los himnos junto a él, se volvieron y le lanzaron miradas recriminatorias. Aquellas eran las maniobras preliminares antes de la guerra. Haciendo un gran esfuerzo por tranquilizarse, Walter dijo -: ¿Y el zar ha dado su consentimiento?

– Ratificó la decisión ayer.

– ¿Qué distritos? – quiso saber Walter, con un deje de desesperación.

– Moscú, Kazán, Odesa y Kiev.

Durante la oración, Walter dibujó un mapa de Rusia. Moscú y Kazán estaban en medio del inmenso país, a más de mil kilómetros de sus fronteras europeas, pero Odesa y Kiev estaban en el sudoeste, cerca de los Balcanes. En el siguiente himno, dijo:

– Se están movilizando contra Austria.

– No es una movilización, es una preparación para la movilización.

– Sí, ya lo entiendo – dijo Walter pacientemente -. Pero ayer hablábamos de la posibilidad de que Austria atacase Serbia, un conflicto menor limitado a la zona de los Balcanes. Hoy hablamos de Austria y Rusia, y de una guerra europea de primera magnitud.

El himno terminó y Walter aguardó con impaciencia al siguiente. Había sido educado por una devota madre protestante, y siempre sentía remordimientos por el hecho de utilizar el oficio en la iglesia como tapadera para su trabajo clandestino. Oró en silencio para pedir perdón.

Cuando la congregación empezó a cantar de nuevo, Walter preguntó:

– ¿Por qué tienen tanta prisa por realizar todos esos preparativos para la guerra?

Antón se encogió de hombros.

– Los generales le dicen al zar: «Cada día de retraso es un día de ventaja para el enemigo». Siempre la misma canción.

– ¿Es que acaso no ven que los preparativos hacen la guerra más probable?

– Los soldados quieren ganar las guerras, no evitarlas.

El himno terminó, poniendo punto final al oficio. Cuando Antón se levantó, Walter lo sujetó del brazo.

– Tengo que verle con más frecuencia – dijo.

Antón parecía presa del pánico.

– Ya lo hemos hablado…

– No me importa. Europa está al borde de una guerra. Dice que los rusos están preparándose para movilizarse en algunos distritos. ¿Y si autorizan a otros distritos más para prepararse? ¿Qué otras medidas tomarán? ¿Cuándo se convierten los preparativos en algo más serio? Necesito informes diarios; cada hora sería aún mejor.

– No puedo asumir ese riesgo. – Antón intentó retirar el brazo.

Walter lo sujetó con más fuerza.

– Nos reuniremos en la abadía de Westminster todas las mañanas antes de que acuda a trabajar a la embajada. En el Poet’s Corner, en la nave lateral del crucero. La iglesia es tan grande que nadie reparará en nuestra presencia.

– Absolutamente imposible.

Walter lanzó un suspiro. No le quedaba más remedio que amenazarlo, algo que no le gustaba nada, sobre todo porque se arriesgaba a que el espía no volviese a aparecer nunca más, pero tenía que correr ese riesgo.

– Si no está allí mañana, iré a su embajada y preguntaré por usted.

Antón palideció.

– ¡No puede hacer eso! ¡Me matarán!

– ¡Necesito esa información! Estoy tratando de impedir una guerra.

– ¡Pues yo espero con toda mi alma que la guerra estalle! – replicó el funcionario, rabioso. Bajó la voz y prosiguió en un susurro -: Espero que el ejército alemán aplaste y destruya a mi país. – Walter lo miró incrédulo -. Espero que muera el zar, que sea brutalmente asesinado, y con él toda su familia. Y espero que todos vayan al infierno, tal como merecen.

Giró sobre sus talones y salió apresuradamente del templo para sumergirse en el bullicio de Trafalgar Square.

La princesa Bea estaba «en casa» los martes por la tarde, a la hora del té, momento en que sus amigas iban a visitarla para comentar las fiestas a las que habían acudido y para lucir sus trajes de paseo. Maud estaba obligada a asistir a esas reuniones, al igual que tía Herm, siendo ambas parientes pobres que vivían de la generosidad de Fitz. Ese día, a Maud la conversación le parecía especialmente tediosa, cuando lo único de lo que quería hablar era de si iba a haber guerra o no.

La sala de estar de la casa de Mayfair era moderna, pues Bea seguía con atención las últimas tendencias en decoración: había sillones y sofás de bambú a juego dispuestos en pequeños grupos, con gran amplitud de espacio entre ellos para que la gente pudiese desplazarse sin dificultad. La tapicería exhibía un discreto estampado en color malva y la alfombra era de color marrón claro. Las paredes no estaban empapeladas, sino pintadas de un relajante beige. No había rastro de la obsesión victoriana por acumular fotografías enmarcadas, adornos, cojines y jarrones, pues según los aficionados a la moda, no hacía falta alardear de la boyante situación económica de uno abarrotando todos los salones de cacharros… Y Maud estaba de acuerdo con ellos.

Bea estaba hablando con la duquesa de Sussex, chismorreando sobre la amante del primer ministro, Venetia Stanley. «Bea tiene que estar preocupada – pensó Maud -: si Rusia participa en la guerra, su hermano, el príncipe Andréi, tendrá que combatir.» Sin embargo, Bea no parecía en absoluto inquieta, y de hecho, esa tarde estaba especialmente radiante. A lo mejor tenía un amante, algo que no era raro en los círculos sociales más selectos, donde muchos matrimonios eran de conveniencia. Había quienes reprobaban el comportamiento de los adúlteros – la propia duquesa sería capaz de borrar de su lista de invitados a una mujer adúltera para el resto de la eternidad -, pero hacían la vista gorda. Sin embargo, en el fondo Maud no creía que Bea fuese de esa clase de mujeres.

Fitz entró a tomar el té, tras haber escapado una hora de la Cámara de los Lores, y Walter apareció tras él. Ambos estaban muy elegantes con sus trajes grises y sus chalecos cruzados. De forma involuntaria, Maud se los imaginó a los dos vestidos con el uniforme del ejército. Si la guerra se extendía a los demás países, cabía la posibilidad de que ambos tuvieran que entrar en combate y luchar… casi con toda certeza en bandos opuestos. Serían oficiales, pero ninguno de los dos aceptaría arreglárselas para conseguir un trabajo sin riesgos en algún cuartel genera querrían liderar a sus hombres en el frente. Los dos hombres a los que más quería podían acabar disparándose el uno al otro. Maud sintió un escalofrío, pues no podía soportar esa idea.

Maud rehuyó la mirada de Walter. Tenía la sensación de que las mujeres más intuitivas del círculo de amistades de Bea habían advertido la cantidad de tiempo que pasaba hablando con él. Le traían sin cuidado sus sospechas, pues tarde o temprano acabarían por enterarse, pero no deseaba que los rumores llegaran a oídos de Fitz antes de que se lo comunicaran oficialmente. Se enfadaría muchísimo, de modo que estaba intentando no dejar traslucir sus sentimientos.

Fitz se sentó a su lado. Tratando de pensar en algún tema de conversación que no tuviese nada que ver con Walter, Maud pensó en Ty Gwyn y preguntó:

– ¿Qué le ha pasado a tu ama de llaves galesa, Williams? Ha desaparecido, y cuando les pregunto a los demás sirvientes, me salen con evasivas.

– Tuve que librarme de ella – contestó Fitz.

– ¡Ah! – Maud estaba sorprendida -. No sé, pero tenía la impresión de que te gustaba cómo trabajaba esa chica.

– No especialmente. – Parecía incómodo.

– ¿Qué fue lo que hizo para que estés tan disgustado con ella?

– Sufrió las consecuencias de la falta de castidad.

– ¡Fitz, no seas pedante! – Maud se echó a reír -. ¿Quieres decir que se quedó embarazada?

– Baja la voz, por favor. Ya sabes cómo es la duquesa.

– Pobre Williams… ¿Y quién es el padre?

– Querida mía, ¿crees que se lo pregunté?

– No, por supuesto que no. Espero que no la deje en la estacada y se preste a «ayudarla», como suele decirse.

– No tengo ni idea. Es una sirvienta, por el amor de Dios.

– No acostumbras a ser cruel con los criados.

– No se puede recompensar la inmoralidad.

– Me gustaba esa chica, Williams. Era más inteligente e interesante que la mayoría de estas mujeres de la alta sociedad.

– No seas ridícula.

Maud se rindió. Por alguna razón, Fitz fingía que Williams le traía sin cuidado, pero lo cierto es que nunca le había gustado dar explicaciones, y era inútil presionarlo.

Walter se acercó, haciendo equilibrios con una taza y un plato de pastel en una mano. Dedicó una sonrisa a Maud, pero se dirigió a Fitz.

– ¿Conoces a Churchill, verdad?

– ¿Al pequeño Winston? – preguntó Fitz -. Desde luego. Empezó en mi partido, pero se pasó a los liberales. Sin embargo, me parece que su corazón sigue aún con nosotros, los conservadores.

– El viernes pasado cenó con Albert Ballin. Me encantaría saber lo que le dijo Ballin.

– Puedo complacerte, Winston se lo ha dicho a todo el mundo. Si estalla la guerra, Ballin ha dicho que Gran Bretaña se mantendrá al margen, Alemania prometerá dejar Francia intacta después, sin anexionarse ningún territorio… a diferencia de la última vez, cuando se quedaron con Alsacia y Lorena.

– Ah – exclamó Walter con satisfacción -. Gracias. Llevo días intentando averiguarlo.

– ¿Es que tu embajada no lo sabe?

– Obviamente, se suponía que ese mensaje debía sortear los canales diplomáticos habituales.

Maud estaba intrigada. Parecía una fórmula esperanzadora para mantener a Inglaterra ajena a cualquier guerra europea. Puede que, a fin de cuentas, Fitz y Walter no tuvieran que dispararse el uno al otro.

– ¿Cómo respondió Winston?

– Con evasivas – dijo Fitz -. Refirió la conversación al consejo de ministros, pero no discutieron nada al respecto.

Maud estaba a punto de preguntar, indignada, por qué no lo habían hecho cuando Robert von Ulrich hizo su aparición, con el semblante desencajado, como si acabasen de darle la noticia de la muerte de un ser querido.

– Pero ¿se puede saber qué le pasa a Robert? – dijo Maud mientras el austríaco hacía una reverencia ante Bea.

Se volvió para hablar ante todos los presentes en la reunión.

– Austria ha declarado la guerra a Serbia – anunció.

Por un momento, Maud sintió como si el mundo se hubiese detenido. Nadie se movió ni pronunció una sola palabra. La joven se quedó mirando la boca de Robert, bajo aquel bigote imperial, exhortándolo mentalmente a que se desdijese de sus palabras. Acto seguido, el reloj de la repisa dio la hora, y un murmullo de consternación se extendió entre los hombres y las mujeres de la estancia.

Las lágrimas afloraron a los ojos de Maud, y Walter le ofreció un pañuelo de hilo blanco perfectamente doblado. La joven se dirigió a Robert:

– Tendrás que combatir.

– Desde luego que sí – repuso Robert. Pronunció aquellas palabras en tono brusco, como subrayando lo evidente, pero parecía asustado.

Fitz se levantó.

– Será mejor que vuelva a la Cámara de los Lores y averigüe qué sucede.

Varias personas más se fueron también. En medio de la conmoción general, Walter se dirigió en voz baja a Maud.

– De repente, la propuesta de Albert Ballin se ha hecho diez veces más importante.

Maud pensaba lo mismo.

– ¿Hay algo que podamos hacer?

– Necesito saber qué piensa realmente el gobierno británico de la propuesta.

– Intentaré averiguarlo. – Maud se alegraba de poder hacer algo útil.

– Tengo que volver a la embajada.

Maud vio marcharse a Walter, deseando poder haberle dado un beso de despedida. La mayoría de los invitados se fueron al mismo tiempo, y Maud subió a su cuarto.

Se quitó el vestido y se tumbó en la cama. La idea de pensar que Walter iba a irse a la guerra le provocó un intenso llanto, lágrimas de rabia e impotencia, y siguió llorando un buen rato hasta quedarse dormida.

Cuando se despertó, era ya la hora de salir. Estaba invitada a la velada musical de lady Glenconner, y aunque sentía la tentación de quedarse en casa, se le ocurrió que tal vez allí habría algún ministro del gobierno. Puede que averiguase alguna información útil para Walter. Se levantó y se vistió.

Ella y tía Herm atravesaron Hyde Park en el carruaje de Fitz hasta llegar a Queen Anne’s Gate, donde vivían los Glenconner. Entre los invitados se encontraba un amigo de Maud, Johnny Remarc, subsecretario del Ministerio de Guerra, pero lo que era aún más importante, sir Edward Grey estaba allí.

Maud estaba decidida a hablar con él sobre Albert Ballin, pero la música empezó antes de que tuviera oportunidad de hacerlo, de modo que se sentó a escuchar. Campbell MacInnes estaba cantando un repertorio de Händel, un compositor alemán que había vivido la mayor parte de su vida en Londres, pensó Maud con ironía.

Observó discretamente a sir Edward durante el recital. No sentía especial predilección por aquel hombre: pertenecía a un grupo político llamado la Liga Imperialista Liberal, más tradicional y conservador que la mayoría del partido. Pese a todo, sintió una punzada de compasión por él. Nunca estaba demasiado alegre, pero aquella noche, su rostro habitualmente cadavérico se veía aún más pálido, como si tuviera todo el peso del mundo sobre sus hombros… cosa que además era verdad, por supuesto.

MacInnes cantaba bien, y Maud pensó con tristeza en lo mucho que le habría gustado a Walter asistir, si no hubiese tenido que irse corriendo a la embajada.

En cuanto terminó el concierto, acorraló al secretario del Foreign Office.

– Me ha contado el señor Churchill que le transmitió a usted un mensaje harto interesante de parte de Albert Ballin – dijo. Vio que Grey se ponía tenso, pero siguió hablando pese a todo -. Si nos mantenemos al margen de una guerra europea, los alemanes prometen que no se anexionarán ningún territorio francés.

– Sí, algo así – repuso Grey fríamente.

Saltaba a la vista que había sacado a relucir un tema incómodo, y el protocolo dictaba que lo abandonase de inmediato, pero aquello no era una mera maniobra diplomática, de aquello dependía que Fitz y Walter fueran o no al frente. Maud siguió insistiendo.

– Tenía entendido que nuestra mayor preocupación era no alterar el equilibrio de poder en Europa, y supuse que la propuesta de herr Ballin iba en ese sentido y podría satisfacernos. ¿Acaso me equivoco?

– Desde luego que se equivoca – contestó -. Es una propuesta infame. – Casi le había provocado una reacción visceral.

Maud se quedó destrozada. ¿Cómo podía rechazar una propuesta así? ¡Era lo único que ofrecía un resquicio de esperanza!

– ¿Podría explicarle a una mujer incapaz de comprender esos conceptos tan rápido como usted, por qué dice eso de una forma tan tajante?

– Hacer lo que sugiere Ballin sería ofrecer a Francia en bandeja de plata para que Alemania la invada. Seríamos cómplices. Supondría la traición inmunda de una nación amiga.

– Ah – exclamó ella -. Creo que ahora lo entiendo. Es como si alguien dijera: «Voy a robar a tu vecino, pero si te mantienes al margen y no te inmiscuyes, te prometo que no le quemaré la casa además», ¿es eso?

Grey se mostró más cordial.

– Una buena analogía – comentó con una leve sonrisa -. La emplearé yo mismo.

– Gracias – dijo Maud. Sentía una inmensa decepción, y sabía que se le notaba en la cara, pero no podía disimularlo. Con tono lúgubre, añadió -: Por desgracia, eso nos acerca peligrosamente al precipicio de la guerra.

– Me temo que así es – admitió el ministro.


Como la mayoría de los parlamentos del mundo, el británico contaba con dos cámaras. Fitz pertenecía a la Cámara de los Lores, que incluía a la aristocracia más ilustre, los obispos y los jueces veteranos. La Cámara de los Comunes, por su parte, estaba compuesta por representantes electos conocidos como parlamentarios. Ambas cámaras se reunían en el palacio de Westminster, un edifico gótico victoriano construido a tal efecto con una torre con un reloj cuyo nombre era Big Ben, aunque a Fitz le gustaba recalcar que ese era, en realidad, el nombre de la gigantesca campana.

Cuando el Big Ben anunció las doce del mediodía el miércoles 29 de julio, Fitz y Walter pidieron un jerez como aperitivo en la terraza a orillas del maloliente río Támesis. Fitz contempló el palacio con orgullo, como siempre: era extraordinariamente grande, opulento y sólido, como el imperio que se gobernaba desde sus cámaras y pasillos. El edificio tenía todo el aspecto de durar mil años, pero ¿sobreviviría el imperio? Fitz se echaba a temblar cada vez que pensaba en las amenazas que se cernían sobre é sindicalistas agitadores, mineros en huelga, el káiser, el Partido Laborista, los irlandeses, las feministas militantes… incluso su propia hermana.

Sin embargo, no puso voz a esos pensamientos tan oscuros, sobre todo teniendo en cuenta que su acompañante era extranjero.

– Este lugar es como un club – explicó animadamente -. Tiene bares, comedores y una estupenda biblioteca; y solo se permite la entrada a la clase de gente adecuada. – Justo en ese momento, un parlamentario laborista pasó por su lado junto a un par liberal, y Fitz puntualizó -: Aunque de vez en cuando se cuela algún que otro indeseable.

Walter estaba impaciente por contarle las últimas noticias.

– ¿Ya lo sabes? – dijo -. El káiser ha dado un vuelco radical a los acontecimientos.

Fitz no sabía de qué hablaba.

– ¿En qué sentido?

– Dice que la respuesta serbia ya no da motivos para comenzar una guerra y que los austríacos deben detenerse en Belgrado.

Los planes de paz siempre despertaban las suspicacias de Fitz. Su máxima preocupación era que Gran Bretaña mantuviese su posición hegemónica como la nación más poderosa del mundo. Temía que el gobierno liberal pudiese hacer que perdiesen esa hegemonía, por culpa del absurdo principio según el cual todas las naciones eran igualmente soberanas. Sir Edward Grey era un hombre bastante sensato, pero el sector de izquierdas en el seno de su partido – encabezado con toda probabilidad por Lloyd George – podía destituirlo, y entonces podía pasar cualquier cosa.

– Detenerse en Belgrado… – repitió con aire reflexivo. La capital estaba en la frontera: para capturarla, el ejército austríaco solo tenía que adentrarse un kilómetro y medio en territorio serbio, y se podía convencer a los rusos para que interpretasen ese movimiento como una acción policial de ámbito local que no suponía ninguna amenaza para ellos -. Me pregunto…

Fitz no quería la guerra, pero en el fondo, una parte de él acariciaba en secreto aquella posibilidad: sería su oportunidad de demostrar su valor. Su padre había ganado una distinción por su participación en contiendas navales, pero Fitz nunca había intervenido en ningún combate. Había ciertas cosas que se tenían que hacer antes de poder llamarse a sí mismo realmente un hombre, y luchar por su rey y su país era una de ellas.

Se les acercó un mensajero de librea, con pantalones bombachos de terciopelo y medias blancas de seda.

– Buenas tardes, conde Fitzherbert – dijo -. Ya han llegado sus invitados y han pasado directamente al comedor, milord.

Cuando se hubo marchado, Walter preguntó:

– ¿Por qué los obligáis a vestirse de esa manera?

– Por tradición – respondió Fitz.

Apuraron sus copas y pasaron adentro. En el pasillo había una gruesa alfombra roja y las paredes estaban revestidas con un friso de madera tallada. Se dirigieron al comedor de los pares. Maud y tía Herm ya estaban sentadas.

El almuerzo había sido idea de Maud, quien utilizó el pretexto de que Walter nunca había estado en el interior del palacio. Cuando Walter hizo una reverencia y Maud lo obsequió con una cálida sonrisa, a Fitz le pasó por la cabeza un curioso pensamiento: ¿no habría algo de tendresse entre ellos? No, era ridículo. Maud era capaz de cualquier disparate, claro, pero Walter era un hombre demasiado sensato para plantearse un matrimonio entre una inglesa y un alemán en aquella época de convulsión política. Además, su hermana y su amigo eran casi como hermanos.

– Esta mañana he estado en tu maternidad, Fitz – dijo Maud cuando ambos se sentaron.

El conde arqueó las cejas.

– ¿Es que acaso es mi maternidad?

– Pagas por ella.

– Si la memoria no me falla, me dijiste que debería haber una maternidad en el East End para madres con hijos que no contasen con el apoyo económico de ningún hombre, y yo te contesté que desde luego que debería haberla. Y la siguiente noticia que tuve, fue cuando empezaron a llegarme las facturas.

– Es que eres tan generoso…

A Fitz no le importaba. Un hombre de su posición podía permitirse realizar obras benéficas, y resultaba útil que Maud se encargara de todo el trabajo. No mencionó el hecho de que la mayoría de las madres no estaban casadas ni nunca lo habían estado: no quería que su tía, la duquesa, se sintiese ofendida.

– No adivinarías nunca quién ha venido esta mañana – siguió diciendo Maud -. Williams, el ama de llaves de Ty Gwyn. – Fitz palideció, y Maud añadió alegremente -: Qué casualidad, ¿no crees? ¡Justo anoche hablábamos de ella!

Fitz intentó mantener una expresión de indiferencia pétrea en su rostro. A Maud, al igual que la mayoría de las mujeres, se le daba bien leerle el pensamiento, y él no quería que sospechara la verdadera naturaleza de su relación con Ethe era demasiado bochornoso.

Sabía que Ethel estaba en Londres, que había encontrado una casa en Aldgate, y Fitz había dado instrucciones a Solman para que la comprara en su nombre. Fitz temía la situación incómoda de encontrarse a Ethel en la calle, pero era Maud quien se había tropezado con ella.

¿Por qué había ido a la maternidad? Esperaba que estuviese bien.

– Confío en que no esté enferma – dijo, tratando de parecer únicamente cortés.

– No, no es nada serio – respondió Maud.

Fitz sabía que las embarazadas padecían afecciones de poca importancia. Bea había sangrado un poco y se había preocupado, pero el doctor Wallace había dicho que era algo que solía ocurrir en torno al tercer mes y que no significaba nada, a pesar de que no debía hacer demasiados esfuerzos… aunque desde luego, tratándose de Bea, no había ningún peligro a ese respecto.

– Me acuerdo de Williams – dijo Walter -. La del pelo rizado y la sonrisa descarada. ¿Quién es el marido?

– Un ayuda de cámara que visitó Ty Gwyn con su señor hace unos meses – contestó Maud -. Se llama Teddy Williams.

Fitz se sonrojó levemente. ¡Conque llamaba Teddy a su marido ficticio! Pensó que habría preferido que Maud no se la hubiese encontrado. Quería olvidar a Ethel, pero no conseguía alejarla de su vida. Para disimular su desasosiego, se puso a hacer grandes aspavientos tratando de atraer la atención de algún camarero.

Se dijo que no podía ser tan sensible; Ethel era una sirvienta y él era un conde. Los hombres de alta cuna siempre habían obtenido sus placeres de allí donde quisiesen, una costumbre que seguramente llevaba en vigor cientos de años, tal vez miles. Era estúpido ponerse sentimental por una cosa así.

Cambió de tema repitiendo, para las señoras, las noticias de Walter sobre el káiser.

– Yo también lo he oído – dijo Maud -. Dios mío, espero que los austríacos les hagan caso… – añadió con vehemencia.

Fitz arqueó una ceja.

– ¿A qué viene tanto apasionamiento?

– ¡No quiero que te maten de un disparo! – exclamó -. Y no quiero que Walter sea nuestro enemigo. – Hablaba con la voz entrecortada. Las mujeres eran demasiado sentimentales.

– ¿No sabrá por casualidad, lady Maud, cómo han recibido Asquith y Grey la sugerencia del káiser? – preguntó Walter.

Maud se serenó.

– Grey dice que combinada con su propuesta de una conferencia a cuatro bandas, podría impedir la guerra.

– ¡Excelente! – exclamó Walter -. Eso era lo que esperaba. – Exhibía una excitación infantil, y la expresión de su rostro recordó a Fitz sus días de estudiantes. Walter había tenido ese mismo aspecto cuando ganó el premio de música en el día del Discurso.

– ¿Habéis visto que han declarado inocente a esa odiosa madame Caillaux? – dijo tía Herm.

Fitz se quedó perplejo.

– ¿Inocente? ¡Pero si disparó al pobre hombre! Se fue a la armería, compró un arma, la cargó, se dirigió a las oficinas de Le Figaro, preguntó por el director y lo mató: ¿cómo pueden haberla declarado inocente?

– Por lo visto, aseguró que esas armas se disparaban solas – respondió tía Herm -. ¡Os lo juro!

Maud se echó a reír.

– Al jurado debía de gustarle esa mujer – dijo Fitz. Estaba molesto con Maud porque se hubiera reído; los jurados caprichosos eran una amenaza para el orden establecido de cualquier sociedad. No se podía tomar a la ligera algo tan serio como el asesinato -. Muy típico de los franceses – comentó, indignado.

– Yo admiro a madame Caillaux – dijo Maud.

Fitz lanzó un gruñido reprobatorio.

– ¿Cómo puedes decir eso de una asesina?

– A mí me parece que deberían matar de un tiro más a menudo a los directores de periódicos – soltó Maud alegremente -. Tal vez así mejoraría la prensa.


Walter seguía aún lleno de esperanza al día siguiente, el jueves, cuando fue a ver a Robert.

El káiser estaba dudando sobre tomar la decisión, a pesar de las presiones de hombres como Otto. El ministro de Guerra, Erich von Falkenhayn, había exigido la declaración del Zustand drohender Kriegsgefahr, una especie de estado de emergencia y que, a efectos prácticos, equivalía a la antesala de la guerra. Sin embargo, el káiser se había negado, convencido de que podía evitarse un conflicto general si los austríacos se detenían en Belgrado. Y cuando el zar ruso ordenó a su ejército que se movilizase, Guillermo le remitió un telegrama personal pidiéndole que reconsiderase su decisión.

Los dos monarcas eran primos, pues la madre del káiser y la suegra del zar habían sido hermanas, ambas hijas de la reina Victoria. El káiser y el zar se comunicaban en inglés, y se llamaban el uno al otro «Nicky» y «Willy», respectivamente. El zar Nicolás se había sentido conmovido con el cablegrama de su primo Willy y había revocado la orden de movilización.

Solo con que ambos lograsen mantenerse firmes en sus decisiones, tal vez la vida les depararía un brillante porvenir a Walter y a Maud y a tantos otros millones de personas que solo querían vivir en paz.

La embajada de Austria era uno de los edificios más imponentes de la prestigiosa Belgrave Square. Condujeron a Walter al despacho de Robert. Siempre compartían las noticias, no había ninguna razón para no hacerlo, pues sus dos naciones eran íntimas aliadas.

– El káiser parece decidido a hacer que su plan de «detenerse en Belgrado» funcione – dijo Walter al sentarse -. Luego, todo lo demás puede solucionarse.

Robert no compartía su optimismo.

– No va a surtir efecto – repuso.

– Pero ¿por qué no?

– No estamos dispuestos a detenernos en Belgrado.

– ¡Por el amor de Dios! – exclamó Walter -. ¿Estás seguro?

– Los ministros lo discutirán mañana en Viena, pero me temo que el resultado ya lo sabemos de antemano. No podemos detenernos en Belgrado sin garantías de Rusia.

– ¿Garantías? – espetó Walter con indignación -. Lo primero que tenéis que hacer es dejar de luchar y luego hablar de los problemas. ¡No podéis exigir garantías de antemano!

– Me temo que nosotros no lo vemos así – contestó Robert fríamente.

– Pero somos vuestros aliados. ¿Cómo podéis rechazar nuestro plan de paz?

– Muy fácil. Piénsalo, ¿qué podéis hacer? Si Rusia moviliza sus tropas, estaréis amenazados, así que también tendréis que movilizar las vuestras.

Walter abrió la boca para protestar, pero se dio cuenta de que Robert tenía razón; el ejército ruso, una vez movilizado, suponía una amenaza demasiado grande.

Robert siguió hablando, implacable.

– Tenéis que combatir en nuestro bando, os guste o no. – Esbozó una expresión de disculpa -. Perdona si parezco arrogante; solo constato un hecho.

– Maldita sea… – exclamó Walter. Sintió ganas de llorar. Había estado aferrándose a la esperanza hasta el último momento, pero las duras palabras de Robert lo habían destrozado -. Todo esto es completamente inútil, ¿verdad? – dijo -. Los que quieren la paz van a perder la partida.

Robert cambió el tono de voz, y de pronto parecía triste, muy triste.

– Eso lo he sabido desde el principio – afirmó -. Austria debe atacar.

Hasta ese instante, Robert había mantenido una actitud ansiosa y combativa, no triste. ¿A qué se debía ese cambio? Tanteando el terreno, Walter aventuró:

– Es posible que tengas que irte de Londres.

– Y tú también.

Walter asintió con la cabeza. Si Gran Bretaña participaba en la contienda, todo el personal de las embajadas austríaca y alemana tendría que volver a sus países sin tardanza. Bajó la voz.

– ¿Hay… hay alguien a quien vayas a echar especialmente de menos?

Robert asintió y se le saltaron las lágrimas.

Walter decidió arriesgarse.

– ¿Lord Remarc?

Robert se echó a reír con amargura.

– ¿Tan evidente es?

– Solo para alguien que te conozca bien.

– Y Johnny y yo que nos creíamos tan discretos… – Robert meneó la cabeza con gesto desolado -. Al menos tú puedes casarte con Maud.

– Ojalá pudiese.

– ¿Y por qué no?

– ¿Un matrimonio entre un alemán y una inglesa, cuando los dos países se enfrentan en una guerra? Toda su familia y sus amigos la repudiarían, y a mí me ocurriría lo mismo. A mí eso me trae sin cuidado, pero no podría imponerle una vida así a ella.

– Casaos en secreto.

– ¿En Londres?

– Casaos en Chelsea. Allí nadie os conocería.

– ¿No hay que ser residente?

– Tienes que enseñarles un sobre con tu nombre y una dirección local. Yo vivo en Chelsea, puedo darte una carta dirigida al señor Von Ulrich. – Rebuscó en un cajón de su escritorio -. Aquí tienes, una factura de mi sastre, dirigida al señor Von Ulrich. Creen que Von es mi nombre de pila.

– Tal vez no quede tiempo.

– Puedes solicitar un permiso especial.

– Dios mío… – exclamó Walter. Estaba atónito -. Tienes razón. Claro que puedo.

– Tienes que ir al ayuntamiento.

– Sí.

– ¿Quieres que te enseñe el camino?

Walter se quedó pensativo durante un buen rato y luego dijo:

– Sí, por favor.

– Han ganado los generales – dijo Antón, de pie frente a la tumba de Eduardo el Confesor, en la abadía de Westminster, el viernes 31 de julio -. El zar cedió ayer por la tarde. Los rusos se están movilizando.

Era una sentencia de muerte. Walter sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.

– Es el principio del fin – siguió diciendo Antón, y Walter advirtió en sus ojos el brillo de la sed de venganza -. Los rusos se creen fuertes, porque su ejército es el mayor del mundo, pero tienen un mando mediocre. Va a ser el apocalipsis.

Era la segunda vez esa semana que Walter oía esa misma palabra, pero esta vez sabía que estaba justificada. Al cabo de unas pocas semanas, el ejército ruso de seis millones de hombres – nada menos que seis millones – se trasladaría en masa a las fronteras de Alemania y Hungría. Ningún dirigente europeo podía hacer caso omiso de semejante amenaza. Los alemanes tendrían que movilizar sus tropas: el káiser ya no tenía elección.

Walter no podía hacer nada más. En Berlín, el Estado Mayor General estaba presionando a favor de la movilización alemana, y el canciller, Theobald von Bethmann Hollweg, había prometido tomar una decisión a mediodía. Aquellas noticias significaban que solo le quedaba una salida.

Walter tenía que informar a Berlín de inmediato. Se despidió bruscamente de Antón y salió de la majestuosa iglesia. Echó a andar todo lo aprisa que pudo por la callejuela llamada Storey’s Gate, apretó el paso al llegar a la orilla de St. James’s Park y subió los escalones junto a la estatua conmemorativa del duque de York en dirección a la embajada alemana.

La puerta del despacho del embajador permanecía abierta. El príncipe Lichnowsky estaba sentado a su mesa, y Otto se hallaba de pie a su lado. Gottfried von Kessel hablaba al teléfono y había varias personas más en la habitación, además de los secretarios que, ajetreados, entraban y salían sin cesar.

Walter se había quedado sin aliento tras la carrera por llegar hasta allí. Jadeando, se dirigió a su padre.

– ¿Qué ocurre?

– Berlín ha recibido un telegrama de nuestra embajada en San Petersburgo que dice: «Primer día de movilización 31 de julio». Berlín está tratando de confirmar la información.

– ¿Qué hace Von Kessel?

– Mantener abierta la comunicación telefónica con Berlín para que podamos estar informados de forma permanente.

Walter respiró hondo y dio un paso adelante.

– Alteza – dijo, dirigiéndose al príncipe Lichnowsky.

– ¿Sí?

– Puedo confirmar la movilización rusa. Mi fuente me ha informado hace menos de una hora.

– De acuerdo. – Lichnowsky pidió el teléfono y Von Kessel se lo dio.

Walter consultó la hora; faltaban diez minutos para las once: en Berlín, escasos minutos para que se cumpliera el plazo de mediodía.

Lichnowsky habló por teléfono.

– La movilización rusa ha sido confirmada por una fuente de confianza.

Permaneció a la escucha unos minutos. La sala se sumió en un silencio sobrecogedor. Nadie se movió.

– Sí – dijo Lichnowsky al fin -. Comprendo. Muy bien.

Colgó con un chasquido que resonó como un trueno.

– El canciller ha decidido declarar… – empezó a decir, y a continuación repitió las palabras que Walter tanto había temido -: el Zustand drohender Kriegsgefahr. Hay que prepararse para una guerra inminente.

<p>Capítulo 10</p>

1-3 de agosto de 1914

Maud se sentía desesperada. Era sábado por la mañana, estaba sentada en la sala del desayuno de la casa de Mayfair, y todavía no había podido probar bocado. El sol de verano penetraba por los ventanales. Se suponía que la decoración debía ser relajante – alfombras persas, cuadros verde nilo, cortinas azul pastel -, pero nada lograba tranquilizarla. La guerra estaba a punto de estallar y nadie parecía capaz de detenerla, ni el káiser, ni el zar, ni sir Edward Grey.

Bea entró en la habitación, vestida con un vaporoso vestido veraniego y un chal de encaje. Grout, el mayordomo, le sirvió el café con las manos enguantadas y la princesa escogió un melocotón de una bandeja de fruta.

Maud hojeaba el periódico, pero era incapaz de leer más allá de los titulares, pues estaba demasiado nerviosa para concentrarse. Apartó a un lado el ejemplar y Grout lo recogió y lo dobló ordenadamente.

– No se preocupe, milady – dijo -. Les daremos a los alemanes una buena tunda, ya lo verá.

Ella lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Era inútil discutir con los sirvientes, siempre terminaban dándoles la razón a sus amos, por deferencia.

Tía Herm se libró de él con suma delicadeza.

– Estoy segura de que tienes razón, Grout – dijo -. Trae más bollos, ¿quieres?

Fitz entró en la sala. Le preguntó a Bea cómo se encontraba y esta se encogió de hombros. Maud percibió que algo en su relación había cambiado, pero estaba demasiado absorta en sus propias preocupaciones para darle más importancia. Le preguntó a Fitz inmediatamente:

– ¿Qué sucedió anoche? – Sabía que había asistido a una reunión con dirigentes conservadores en una casa de campo llamada Wargrave.

– F. E. llegó con un mensaje de Winston. – F. E. Smith, un parlamentario conservador, era amigo íntimo del liberal Winston Churchill -. Ha propuesto un gobierno de coalición liberal-conservador.

Maud se quedó perpleja. Normalmente sabía lo que se tramaba en los círculos liberales, pero el primer ministro Asquith había mantenido aquello en secreto.

– ¡Eso es indignante! – dijo -. Eso hace la guerra más probable.

Con una calma exasperante, Fitz extrajo unas salchichas calientes del bufet que había en el aparador.

– El sector izquierdista del Partido Liberal viene a ser prácticamente un hatajo de pacifistas recalcitrantes. Imagino que Asquith teme que intenten atarle las manos, pero no cuenta con el apoyo suficiente en el seno de su propio partido para poder prescindir de ellos, de modo que ¿a quién puede recurrir? Solo a los conservadores. De ahí la propuesta de una coalición.

Era eso precisamente lo que Maud se temía.

– ¿Qué ha dicho Bonar Law sobre la oferta? – Andrew Bonar Law era el jefe de los conservadores.

– La ha rechazado.

– Gracias a Dios.

– Y yo lo he secundado.

– ¿Por qué? ¿Es que no quieres que Bonar Law ocupe un escaño en el gobierno?

– Apunto aún más alto: si Asquith quiere la guerra y Lloyd George encabeza una rebelión de la izquierda radical, los liberales podrían estar demasiado divididos para gobernar. ¿Y qué pasa entonces? Pues que nosotros, los conservadores, tenemos que asumir el poder… y que Bonar Law se convierte en primer ministro.

Furiosa, Maud dijo:

– ¿Te das cuenta de que todo conspira en favor de la guerra? Asquith quiere una coalición con los conservadores porque son más agresivos; si Lloyd George encabeza una rebelión contra Asquith, los conservadores se harán con el poder igualmente. ¡Todo el mundo trata de ganar posiciones en lugar de intentar alcanzar acuerdos para mantener la paz!

– ¿Y tú? – preguntó Fitz -. ¿Fuiste a Halkyn House anoche? – La casa del conde de Beauchamp era el cuartel general del sector pacifista.

A Maud se le iluminó la cara. Aún había un rayo de esperanza.

– Asquith ha convocado un consejo de ministros esta mañana. – Aquello era insólito tratándose de un sábado -. Morley y Burns quieren una declaración de que Gran Bretaña no se enfrentará a Alemania bajo ninguna circunstancia.

Fitz negó con la cabeza.

– No pueden hacer esa clase de exigencias así, de antemano. Grey tendría que dimitir.

– Grey siempre está amenazando con dimitir, pero nunca lo hace.

– Aun así, ahora mismo no pueden arriesgarse a que haya una escisión en el gabinete ministerial, sobre todo con mi grupo esperando entre bastidores, ansiosos por hacerse con el poder.

Maud sabía que Fitz tenía razón. Le entraron ganas de gritar de frustración.

Bea soltó el cuchillo y emitió un extraño ruido.

– ¿Estás bien, querida? – dijo Fitz.

La princesa se levantó, llevándose la mano al vientre. Tenía la cara muy pálida.

– Perdón – dijo, y salió precipitadamente de la habitación.

Maud se levantó, preocupada.

– Será mejor que la acompañe.

– Iré yo – dijo Fitz, sorprendiendo a su hermana -. Tú termina el desayuno.

La curiosidad de Maud no le permitía dejar las cosas así, de modo que cuando Fitz ya estaba en la puerta, le preguntó:

– ¿Tiene Bea náuseas matutinas?

Fitz se detuvo en el umbral.

– No se lo digas a nadie – dijo.

– Enhorabuena, me alegro mucho por ti.

– Gracias.

– Pero el niño… – A Maud se le atragantaron las palabras.

– ¡Ah! – exclamó tía Herm, cayendo en la cuenta entonces -. ¡Qué maravilla!

Maud continuó, haciendo un gran esfuerzo:

– ¿Ese niño nacerá en un mundo en guerra?

– Oh, cielo santo… – exclamó tía Herm -. No había pensado en eso.

Fitz se encogió de hombros.

– A un recién nacido, eso le dará igual.

Maud sintió que se le escapaban las lágrimas.

– ¿Para cuándo lo esperáis?

– Para enero – respondió Fitz -. ¿Por qué estás tan disgustada?

– Fitz – dijo Maud, y ya no pudo contener más el llanto -. Fitz, ¿estarás vivo todavía para entonces?


El sábado por la mañana, la embajada alemana era un hervidero de actividad. Walter estaba en el despacho del embajador, atendiendo llamadas telefónicas, llevando telegramas y tomando notas. Habrían sido los días más emocionantes de su vida de no haber estado tan preocupado por su futuro con Maud. No podía disfrutar de la excitación de participar de forma activa en el importantísimo juego de poder que se libraba en el tablero internacional, porque le consumía el miedo de que él y la mujer a la que amaba se convirtieran en enemigos de guerra.

No hubo más mensajes amistosos entre Willy y Nicky. La tarde del día anterior, el gobierno alemán había enviado un frío ultimátum a los rusos, dándoles doce horas para detener la movilización de su monumental ejército.

El plazo había expirado sin que hubiera habido respuesta por parte de San Petersburgo.

A pesar de todo, Walter aún creía que la guerra podía limitarse al este de Europa, y de ese modo, Alemania y Gran Bretaña seguirían siendo naciones amigas. El embajador Lichnowsky compartía su optimismo, e incluso Asquith había dicho que Francia y Gran Bretaña podían ser meros espectadores. Después de todo, ninguno de los dos países estaba especialmente implicado en el futuro de Serbia y la región de los Balcanes.

Francia era la clave: Berlín había enviado un segundo ultimátum la tarde anterior, esta vez a París, instando a los franceses a que se declararan neutrales. Era una esperanza más bien remota, aunque Walter se aferraba a ella desesperadamente. El ultimátum expiraba a mediodía. Entretanto, el jefe del Estado Mayor, Joseph Joffre, había exigido la movilización inmediata de las tropas francesas y el consejo de ministros se reunía esa mañana para deliberar. Como en todos los países, pensó Walter con tristeza, los oficiales del ejército estaban presionando a sus dirigentes políticos para que encaminaran sus pasos hacia la guerra.

Era extremadamente difícil, además de frustrante, hacer conjeturas acerca de la respuesta de los franceses.

A las once menos cuarto, cuando faltaban setenta y cinco minutos para que a Francia se le acabara el tiempo, Lichnowsky recibió una visita inesperada: sir William Tyrrell. Secretario personal de sir Edward Grey, Tyrrell era una figura clave, un militar con una dilatada experiencia en asuntos exteriores. Walter lo condujo de inmediato al despacho del embajador, y Lichnowsky le hizo señas para que se quedase.

Tyrrell habló en alemán.

– El secretario del Foreign Office me ha pedido que le informe de que en estos precisos instantes se está celebrando un consejo de ministros que podría culminar en una declaración dirigida a usted.

Era evidente que se trataba de un discurso ya ensayado previamente, y Tyrrell hablaba alemán con perfecta fluidez, pero pese a todo, a Walter se le escapaba el significado de aquellas palabras. Miró a Lichnowsky y vio que también el príncipe parecía perplejo.

Tyrrell siguió hablando.

– Una declaración que, tal vez, podría resultar de gran ayuda para impedir el desarrollo de la catástrofe.

Todo aquello era muy esperanzador, pero demasiado vago. A Walter le entraron ganas de exclamar: «¡Vaya al grano!».

Lichnowsky respondió con la misma formalidad diplomática forzada.

– ¿Qué indicación podría darme acerca de la naturaleza de dicha declaración, sir William?

«¡Por el amor de Dios – pensó Walter -, estamos hablando de una cuestión de vida o muerte!»

El funcionario habló con meticulosa precisión.

– Cabría la posibilidad de que, si Alemania se abstuviese de atacar Francia, tanto París como Londres podrían considerar si verdaderamente están obligadas a intervenir en el conflicto en el este de Europa.

Walter estaba tan conmocionado que se le cayó el lápiz. Francia y Gran Bretaña podrían mantenerse al margen del conflicto… ¡justo lo que él quería! Miró fijamente a Lichnowsky, quien también estaba asombrado y complacido a la vez.

– Eso es muy prometedor – señaló.

Tyrrell levantó una mano en señal de advertencia.

– Por favor, entienda que no estoy haciendo ninguna promesa.

«De acuerdo – pensó Walter -, pero tampoco has venido hasta aquí para una charla insustancial.»

– Baste decir, simplemente – intervino Lichnowsky -, que una propuesta de confinar la guerra a la parte oriental de Europa sería examinada con gran interés por Su Majestad el káiser Guillermo y el gobierno alemán.

– Gracias. – Tyrrell se levantó -. Informaré a sir Edward conforme a lo expuesto aquí.

Walter mostró a Tyrrell la salida. Estaba exultante de alegría; si Francia y Gran Bretaña se mantenían al margen de la guerra, no habría nada que le impidiera casarse con Maud. ¿Era un sueño?

Regresó al despacho del embajador. Antes de que tuvieran ocasión de hablar de la iniciativa de Tyrrell, sonó el teléfono. Walter respondió y oyó una voz familiar hablando en inglés:

– Soy Grey. ¿Puedo hablar con Su Excelencia?

– Por supuesto, señor. – Walter pasó el teléfono al embajador -. Sir Edward Grey.

– Lichnowsky al habla. Buenos días… Sí, sir William acaba de irse…

Walter no apartó la mirada del embajador, escuchando atentamente la mitad de su conversación y tratando de interpretar las distintas expresiones de su rostro.

– Una sugerencia muy interesante… Permítame que le deje clara nuestra posición: Alemania no tiene ninguna disputa con Francia o Gran Bretaña.

Parecía que Grey abordaba el tema con la misma cautela que Tyrrell, andándose con pies de plomo. Era evidente que los ingleses iban en serio.

– La movilización de las tropas rusas – dijo Lichnowsky – representa una amenaza que, evidentemente, no podemos soslayar, pero se trata de una amenaza para nuestra frontera oriental, así como para nuestro aliado, el Imperio austrohúngaro. Hemos pedido a Francia garantías de neutralidad. Si Francia puede garantizarnos eso o, como alternativa, si Gran Bretaña puede garantizar la neutralidad de los franceses, no habría razones para extender la guerra al oeste de Europa… Gracias, señor. Perfecto… Iré a verlo esta tarde a las tres. – Colgó el teléfono.

Miró a Walter y ambos esbozaron una sonrisa triunfal.

– ¡Caramba! – exclamó Lichnowsky -. ¡Eso sí que no lo esperaba!

Maud estaba en Sussex House, donde un grupo de parlamentarios conservadores y de pares se había reunido en la sala de estar de la duquesa a tomar el té, cuando Fitz entró por la puerta, hecho una furia.

– ¡Asquith y Grey se están viniendo abajo! – exclamó. Señaló una bandeja de plata donde se exhibían varios pedazos de tartas y dulces -. Se están viniendo abajo como ese maldito pastel de pasas de ahí. Van a traicionar a nuestros amigos. ¡Me avergüenzo de ser británico!

Maud temía que llegase ese momento: Fitz no sabía alcanzar soluciones negociadas, creía que Gran Bretaña debía dar órdenes y los demás, limitarse a obedecerlas, sin más. La idea de que el gobierno pudiese tener que negociar con otras partes, de igual a igual, le parecía una aberración. Y por desgracia, había muchos otros que pensaban como él.

– Cálmate, Fitz, y cuéntanos qué ha pasado – dijo la duquesa.

– Asquith ha enviado una carta esta mañana a Douglas – explicó Fitz. Maud supuso que se refería al general sir Charles Douglas, jefe del Estado Mayor General Imperial -. ¡Nuestro primer ministro quería dejar constancia oficialmente de que el gobierno nunca ha prometido enviar soldados británicos a Francia en caso de una guerra con Alemania!

Maud, la única partidaria de los liberales presente en la estancia, se sintió obligada a defender al gobierno.

– Pero es verdad, Fitz. Asquith solo está dejando claro que seguimos teniendo abiertas todas nuestras opciones.

– ¡Maldita sea! Entonces, ¿se puede saber para qué eran todas esas conversaciones que hemos mantenido con los militares franceses?

– ¡Para explorar las distintas posibilidades! ¡Para elaborar planes de emergencia! Las conversaciones no son contratos… sobre todo en política internacional.

– Los amigos son los amigos. Gran Bretaña es una potencia mundial. Una mujer no tiene por qué entender de esas cosas, pero la gente espera que defendamos a nuestros vecinos. Como caballeros, aborrecemos el engaño bajo cualquiera de sus formas, y deberíamos hacer lo mismo como país.

Esas eran precisamente la clase de palabras que podían hacer que Gran Bretaña se viera implicada en una guerra, pensó Maud con un escalofrío. Era imposible que consiguiera que su hermano comprendiese el peligro. El amor que sentían el uno por el otro siempre había sido más fuerte que sus diferencias políticas, pero ahora estaban tan enfadados que, si discutían, podían llegar a palabras mayores, y cuando Fitz se enemistaba con alguien, nunca hacía las paces. Y eso que, a pesar de todo, sería él quien tendría que ir al frente y luchar y tal vez hasta morir, víctima de un disparo, de la embestida de una bayoneta o incluso hecho pedazos tras el estallido de un obús… Fitz, y también Walter. ¿Por qué no pensaba Fitz en todo eso? Maud sintió ganas de gritar de rabia.

Mientras la joven trataba por todos los medios de encontrar los términos adecuados, uno de los otros invitados terció en la conversación, y Maud lo reconoció como al jefe de la sección de Internacional de The Times, un hombre llamado Steed.

– Puedo decirle que ha habido un burdo intento por parte de un entramado financiero internacional judío-germánico de forzar a mi periódico para que respalde la neutralidad – dijo.

La duquesa frunció los labios: detestaba el lenguaje de la prensa sensacionalista.

– ¿Qué le hace decir eso? – preguntó Maud fríamente a Steed.

– Lord Rothschild habló ayer con nuestro director financiero – dijo el periodista -. Quiere que moderemos el tono antigermánico de nuestros artículos en el interés de la paz.

Maud conocía a Natty Rothschild, que era liberal.

– ¿Y qué opina lord Northcliffe de la propuesta de Rothschild? – inquirió ella. Northcliffe era el propietario de The Times.

Steed esbozó una sonrisa maliciosa.

– Nos ha ordenado publicar hoy un editorial aún más contundente. – Recogió un ejemplar de una mesa auxiliar y lo mostró ante todos -. «La paz no obra a favor de nuestros intereses» – citó textualmente.

A Maud no se le ocurría nada más execrable que abogar públicamente por la guerra, y vio que incluso Fitz despreciaba la actitud frívola del periodista. Estaba a punto de decir algo cuando su hermano, haciendo gala de su exquisita cortesía habitual aun con los más cretinos, cambió de tema.

– Acabo de entrevistarme con el embajador francés, Paul Cambon, a la salida del Ministerio de Exteriores – explicó -. Estaba tan blanco como ese mantel de ahí. Me ha dicho: «Ils vont nous lacher. Nos van a abandonar a nuestra suerte». Había estado con Grey.

– ¿Y sabes qué le había dicho Grey para disgustar a monsieur Cambon de ese modo? – preguntó la duquesa.

– Sí, Cambon me lo ha contado. Por lo visto, los alemanes están dispuestos a dejar en paz a Francia si promete mantenerse al margen de la guerra… y si los franceses rechazan esa oferta, los británicos no se sentirán obligados a defender el territorio francés.

Maud sintió lástima por el embajador francés, pero el corazón le dio un brinco de alegría ante la perspectiva de que Gran Bretaña pudiese quedar al margen de la contienda.

– Pero Francia no tiene más remedio que rechazar esa oferta – afirmó la duquesa -. Firmó un tratado con Rusia según el cual ambos países deben acudir en auxilio del otro en caso de guerra.

– ¡Exactamente! – exclamó Fitz, furioso -. ¿Qué sentido tienen las alianzas internacionales si se rompen cuando surge una crisis?

– Eso es absurdo – dijo Maud, sabiendo que estaba actuando con insolencia, pero le traía sin cuidado -. Las alianzas internacionales se rompen cada vez que resulta conveniente. Esa no es la cuestión.

– ¿Y cuál es la cuestión, si puede saberse? – replicó Fitz en tono glacial.

– Creo que, sencillamente, Asquith y Grey tratan de asustar a los franceses enfrentándolos a la realidad: Francia no puede derrotar a Alemania sin nuestra ayuda. Si creen que tienen que ir solos a la guerra, entonces tal vez los franceses cambien de idea y se conviertan en defensores de la paz y presionen a sus aliados rusos para que no respalden la guerra con Alemania.

– ¿Y qué ocurre con Serbia?

– Todavía no es demasiado tarde para que Rusia y Austria se sienten a una mesa a negociar y buscar una solución para los Balcanes que resulte satisfactoria para ambas partes – dijo Maud.

Se produjo un silencio que se prolongó varios segundos y entonces Fitz añadió:

– Dudo mucho que llegue a pasar algo así.

– Pero sin duda – dijo Maud, y hasta ella percibió la desesperación en su propia voz -, sin duda debemos mantener viva la esperanza, ¿no es así?


Sentada en su cuarto, Maud no lograba reunir las fuerzas necesarias para vestirse para la cena. Su doncella le había preparado un vestido y algunas joyas, pero la joven se limitaba a contemplarlos con la mirada perdida.

Asistía a fiestas prácticamente todas las noches durante la temporada de Londres, porque buena parte de las actividades políticas y diplomáticas que tanto le fascinaban se daban cita en aquella clase de reuniones sociales. Sin embargo, aquella noche no se sentía con ánimos para hacerlo, no podía estar glamurosa ni encantadora, ni engatusar a los hombres más poderosos del país para que le confiasen sus pensamientos; no podía jugar al juego de hacerles cambiar de parecer sin que llegasen a sospechar siquiera que los estaba manipulando.

Walter iba a ir a la guerra, se vestiría un uniforme y llevaría un arma, y los soldados enemigos le lanzarían proyectiles, granadas y ráfagas de ametralladora con la intención de matarlo o de herirlo gravemente, tanto como para que le resultara imposible volver a caminar. Le costaba mucho pensar en cualquier otra cosa, y constantemente se hallaba al borde del llanto. Hasta había intercambiado palabras agrias con su amado hermano.

Llamaron a la puerta. Era Grout, el mayordomo.

– Herr Von Ulrich está aquí, milady – anunció.

Aquello era una sorpresa; no esperaba a Walter. ¿Para qué había ido a verla?

Al advertir su gesto de asombro, Grout añadió:

– Cuando le he dicho que el señor no estaba en casa, ha preguntado por usted.

– Gracias – dijo Maud, y sorteó a Grout y corrió escaleras abajo.

Grout la llamó:

– Herr Von Ulrich está en el salón. Le diré a lady Hermia que acuda a reunirse con ustedes.

Hasta Grout sabía que se suponía que Maud no debía quedarse a solas con un hombre joven, pero tía Herm no se movía con demasiada agilidad, por lo que aún tardaría varios minutos en llegar.

Maud se precipitó en el interior del salón y se arrojó en brazos de Walter.

– ¿Qué vamos a hacer? – exclamó, entre sollozos -. Walter, ¿qué vamos a hacer?

La abrazó con fuerza y luego le dirigió una mirada grave. Tenía el rostro demacrado y estaba ojeroso.

– Francia no ha respondido al ultimátum alemán.

– ¿No han dicho nada en absoluto? – exclamó ella.

– Nuestro embajador en París ha insistido en que exigía una respuesta. El mensaje del primer ministro Viviani fue: «Francia tendrá que velar por sus propios intereses». No van a prometer neutralidad.

– Pero puede que todavía haya tiempo…

– No. Han decidido movilizar sus tropas. Joffre ganó la discusión, como el resto de los militares en todos los países. Los telegramas fueron enviados a las cuatro de la tarde, hora de París.

– ¡Tiene que haber algo que podáis hacer!

– Alemania se ha quedado sin alternativas – repuso él -. No podemos luchar contra Rusia con una Francia hostil a nuestra espalda, armada y ansiosa por recuperar los territorios de Alsacia y Lorena. Así que debemos atacar a Francia. El Plan Schlieffen ya se ha puesto en marcha. En Berlín, las multitudes cantan el Kaiserhymne por las calles.

– Tendrás que incorporarte a tu regimiento – dijo ella, y no pudo contener el llanto.

– Por supuesto.

Maud se enjugó las lágrimas. Su pañuelo era demasiado pequeño, un trozo ridículo de batista bordada, de modo que se limpió con la manga

– ¿Cuándo? – preguntó -. ¿Cuándo tendrás que abandonar Londres?

– Todavía me quedan unos días. – Maud vio que él también estaba luchando por reprimir las lágrimas -. ¿Hay alguna posibilidad, por remota que sea, de que Gran Bretaña se mantenga al margen del conflicto? En ese caso al menos no tendría que combatir contra tu país.

– No lo sé – contestó ella -. Lo sabremos mañana. – Lo atrajo hacia sí -. Por favor, abrázame fuerte. – Apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos.


El domingo por la tarde, Fitz se irritó sobremanera al ver una manifestación en contra de la guerra en Trafalgar Square. Keir Hardie, el parlamentario del Partido Laborista, era el encargado de leer el discurso, vestido con un traje de tweed, como si fuera un vulgar guarda de caza, pensó Fitz. Se había encaramado al pedestal de la Columna de Nelson, y estaba desgañitándose con su acento escocés, profanando la memoria del héroe que había muerto por Gran Bretaña en la batalla de Trafalgar.

Hardie decía que la guerra inminente iba a ser la mayor catástrofe que había presenciado el mundo. Representaba una circunscripción minera, Merthyr, en las proximidades de Aberowen. Era el hijo ilegítimo de una doncella, y había sido minero del carbón hasta que se había metido en política. ¿Qué sabría él de la guerra?

Fitz pasó de largo sintiéndose profundamente indignado y fue a tomar el té a casa de la duquesa. En el salón principal encontró a Maud absorta en una conversación con Walter, y Fitz pensó con una gran tristeza que aquella crisis lo estaba alejando de ambos. Quería a su hermana y se consideraba un buen amigo de Walter, pero Maud era una liberal y Walter era alemán, y en aquellos tiempos revueltos le resultaba difícil el mero hecho de hablar con ellos. Sin embargo, hizo todo lo posible por aparentar afabilidad cuando se dirigió a Maud.

– Tengo entendido que la reunión del consejo de ministros de esta mañana ha sido muy tormentosa.

Ella asintió.

– Churchill movilizó la flota anoche sin consultárselo a nadie. John Burns ha dimitido esta mañana como protesta.

– No puedo fingir que lo lamento. – Burns era un viejo radical, el más enconado detractor de la guerra de todo el gabinete ministerial -. Entonces, el resto debe de haber secundado la acción de Winston.

– De mala gana.

– Bueno, podría ser peor. – Era una desgracia, pensó Fitz, que en aquellos momentos de enorme peligro para el país, el gobierno estuviera en manos de aquella panda de indecisos de izquierdas.

– Pero rechazaron la propuesta de Grey de un compromiso para defender a Francia – dijo Maud.

– Entonces, todavía actúan como cobardes – señaló Fitz. Sabía que estaba siendo muy brusco con su hermana, pero se sentía demasiado irritado para contenerse.

– No del todo – replicó Maud sin alterarse -. Acordaron impedir el paso de la armada alemana a través del canal de la Mancha para invadir Francia.

A Fitz se le iluminó el rostro.

– Bueno, algo es algo…

– El gobierno alemán – terció Walter – ha respondido diciendo que no tenemos intención de enviar buques de guerra al canal de la Mancha.

– ¿Ves lo que pasa cuando te mantienes firme? – le dijo Fitz a Maud.

– No seas tan engreído, Fitz – le recriminó ella -. Si al final vamos a la guerra será porque personas como tú no habrán puesto suficiente empeño por intentar impedirla.

– Ah, conque eso crees, ¿eh? – Estaba ofendido -. Bueno, pues deja que te diga una cosa: anoche hablé con sir Edward Grey, en el club Brooks’s. Les ha pedido tanto a los franceses como a los alemanes que respeten la neutralidad de Bélgica. Los franceses aceptaron de inmediato. – Fitz lanzó una mirada desafiante a Walter -. Los alemanes, en cambio, no han respondido.

– Es cierto. – Walter se encogió de hombros a modo de disculpa -. Mi querido Fitz, como soldado, entenderás perfectamente que no podíamos responder a esa petición, en un sentido o en otro, sin desvelar nuestros planes.

– Lo entiendo, pero teniendo en cuenta eso que dices, me gustaría saber por qué mi hermana opina que soy un belicista mientras que a ti te considera un pacifista.

Maud rehuyó la pregunta.

– Lloyd George cree que Gran Bretaña debería intervenir únicamente si el ejército alemán viola el territorio belga de forma sustancial. Podría sugerirlo en la reunión del consejo de ministros de esta noche.

Fitz sabía lo que eso significaba.

– Entonces, ¿vamos a dar permiso a los alemanes para que ataquen Francia a través del extremo sur de Bélgica? – exclamó, enfurecido.

– Supongo que eso es exactamente lo que significa.

– Lo sabía – dijo Fitz -. Traidores… Están planeando eludir sus responsabilidades. ¡Son capaces de hacer cualquier cosa con tal de evitar la guerra!

– Ojalá tengas razón – comentó Maud.

Maud tenía que ir a la Cámara de los Comunes el lunes por la tarde a escuchar el discurso de sir Edward Grey ante los miembros del Parlamento. Todos estaban de acuerdo en que aquel discurso iba a suponer un punto de inflexión. Acompañada de tía Herm, Maud se alegró, por una vez en la vida, de contar con la reconfortante compañía de una dama de edad.

El destino de Maud iba a decidirse esa tarde, al igual que el de miles de hombres en edad de combatir. De las palabras de Grey y de la reacción del Parlamento dependía que las mujeres de toda Europa fuesen a convertirse en viudas, y sus hijos, en huérfanos.

Maud ya no estaba enfadada, quizá había dejado de estarlo por puro agotamiento. Ahora solo estaba asustada: la guerra o la paz, el matrimonio o la soledad, la vida o la muerte… su destino.

Era una jornada festiva, de modo que el enorme grueso de la población de empleados bancarios, funcionarios, abogados, corredores de bolsa y comerciantes de la ciudad se había tomado el día libre. Al parecer, la mayoría de ellos se había reunido en las inmediaciones de los edificios de los distintos departamentos gubernamentales de Westminster con la esperanza de ser los primeros en enterarse de las noticias. El chófer se abrió paso despacio con la limusina Cadillac con capacidad para siete pasajeros a través de las hordas de gente de Trafalgar Square, Whitehall y Parliament Square. El día estaba nublado pero hacía calor, y los hombres jóvenes que vestían a la moda lucían sombreros canotier. Maud se fijó en un letrero del Evening Standard donde se leía: AL BORDE DE LA CATÁSTROFE.

La multitud empezó a lanzar gritos de entusiasmo cuando el automóvil se detuvo frente al palacio de Westminster, y entonces se oyó un leve murmullo de decepción cuando del interior no surgió nada más interesante que dos damas. Los espectadores querían ver a sus héroes, hombres como Lloyd George y Keir Hardie.

Maud pensó que el palacio era el paradigma de la obsesión victoriana por la ornamentación: la piedra estaba labrada con intrincados diseños, había frisos de madera tallada por todas partes, las baldosas del suelo eran de múltiples colores, las vidrieras exhibían una gran variedad de tonalidades y las alfombras estaban estampadas.

A pesar de que era un día festivo, la cámara se había reunido y el lugar estaba abarrotado de parlamentarios y pares, la mayoría de ellos con el uniforme de rigor: chaqué negro y sombrero de copa de seda también negro. Solo los parlamentarios laboristas desafiaban la etiqueta luciendo trajes de tweed o de paseo.

El sector pacifista seguía siendo mayoritario en el gabinete, de eso Maud estaba segura. Lloyd George había conseguido lo que quería la noche anterior, y el gobierno se mantendría al margen si Alemania cometía una mera violación técnica del espacio territorial belga.

Por suerte, los italianos se habían declarado neutrales, afirmando que su tratado con Austria los obligaba a participar únicamente en una guerra defensiva, mientras que la acción de Austria contra Serbia era a todas luces agresiva. Hasta entonces, pensó Maud, Italia era el único país que había mostrado un poco de sentido común.

Fitz y Walter esperaban en el vestíbulo central, de forma octagonal. Maud los abordó de inmediato:

– No he oído qué ha ocurrido esta mañana en la reunión del gabinete, ¿y vosotros?

– Tres dimisiones más – contestó Fitz -: Morley, Simon y Beauchamp.

Los tres estaban en contra de la guerra. Maud se sintió desanimada, además de desconcertada.

– ¿Y Lloyd George no?

– No.

– Qué raro… – Maud tuvo un mal presentimiento. ¿Acaso había una división en el sector que estaba a favor de la paz? -. ¿Qué estará tramando Lloyd George?

– No lo sé, pero me lo imagino – repuso Walter. Estaba muy serio -. Anoche, Alemania exigió el libre paso de nuestras tropas a través de territorio belga. – Maud dio un respingo y Walter siguió hablando -: El consejo de ministros belga estuvo reunido desde las nueve de la noche de ayer hasta las cuatro de esta madrugada, y luego rechazó la exigencia y dijo que se enfrentarían en combate.

Aquello era terrible.

– Entonces, Lloyd George se equivocaba – dijo Fitz -: el ejército alemán no va a cometer una mera violación técnica de la soberanía territorial alemana…

Walter no dijo nada, pero extendió las manos en un gesto de impotencia.

Maud temía que el rudo ultimátum alemán y el temerario desafío del gobierno belga hubiesen minado la determinación del sector pacifista del gabinete. Bélgica y Alemania recordaban demasiado a David y Goliat. Lloyd George tenía olfato para sondear a la opinión pública: ¿habría detectado que el sentir general de la población británica estaba a punto de cambiar?

– Tenemos que ocupar nuestros sitios – señaló Fitz.

Acongojada y consumida por la angustia, Maud pasó por una portezuela y subió una larga escalera hasta llegar a la galería para los espectadores, que daba a la Cámara de los Comunes. Allí se reunía el gobierno soberano del Imperio británico; en aquella sala se decidían asuntos de vida o muerte para los 444 millones de personas que vivían bajo alguna forma de mandato británico. Cada vez que acudía allí, Maud siempre se asombraba de ver lo pequeño que era, con mucho menos espacio que cualquiera de las iglesias de Londres.

El gobierno y la oposición se sentaban enfrentados en hileras escalonadas de bancos, separados por un hueco que, según la leyenda, medía la longitud de dos espadas, para que los oponentes no pudieran enfrentarse en la lucha cuerpo a cuerpo. En la mayoría de los debates, la cámara estaba casi siempre vacía, con poco más de una docena de parlamentarios arrellanados cómodamente en la tapicería de cuero verde. Sin embargo, ese día, los bancos estaban llenos hasta los topes, y los parlamentarios que no habían encontrado sitio estaban sentados en la entrada. Solo las filas delanteras estaban libres, unos sitios reservados por tradición para los ministros del gabinete, en el lado que ocupaba el gobierno, y los líderes de la oposición, en el otro.

A Maud le pareció significativo que el debate de esa jornada fuese a tener lugar en aquella cámara, y no en la Cámara de los Lores. De hecho, muchos de los pares estaban, como Fitz, allí en la galería, observando. La Cámara de los Comunes poseía la autoridad que le confería el haber sido elegida por el pueblo, a pesar de que poco más de la mitad de los hombres adultos tenía derecho al voto, y ninguna de las mujeres. Asquith había pasado buena parte de su mandato como primer ministro peleándose con los lores, en especial por el plan de Lloyd George de dar una pequeña pensión a todos los ancianos. Las peleas habían sido encarnizadas, pero al final, los comunes habían ganado todas y cada una de ellas. La razón subyacente, a juicio de Maud, era que la aristocracia inglesa temía que la Revolución francesa fuese a repetirse allí, de modo que al final siempre alcanzaban un acuerdo.

Llegaron los ocupantes de los asientos delanteros, y a Maud le sorprendió de inmediato el ambiente que se respiraba entre los liberales. El primer ministro, Asquith, estaba sonriendo por algo que había dicho el cuáquero Joseph Pease, y Lloyd George departía con sir Edward Grey.

– Oh, Dios… – murmuró Maud.

Walter, sentado a su lado, le preguntó:

– ¿Qué ocurre?

– Míralos – dijo ella -. Ahora son todos amigos. Han salvado todas sus diferencias.

– No puedes saber eso solo con mirarlos.

– Sí, sí que puedo.

El presidente de la Cámara de los Comunes entró tocado con una anticuada peluca y se sentó en el trono elevado. Llamó al jefe del Foreign Office y Grey se levantó, con la cara pálida, demacrada y con el semblante preocupado.

No era un buen orador, pues tenía tendencia a la verborrea y resultaba sobremanera cargante. A pesar de todo, los parlamentarios seguían el hilo de sus palabras pegados a sus asientos y los visitantes de la galería escuchaban con atención a la espera de que llegara la parte verdaderamente importante.

Estuvo hablando durante tres cuartos de hora antes de mencionar a Bélgica, y luego, por fin, desveló los detalles del ultimátum alemán del que Walter le había hablado a Maud una hora antes. Los parlamentarios se quedaron petrificados. Maud vio que, tal como ella se temía, aquello lo cambiaba todo: ambas facciones del Partido Liberal, tanto los imperialistas de extrema derecha como los defensores izquierdistas de los derechos de las pequeñas naciones, estaban absolutamente indignados.

Grey citó las palabras de Gladstone, al preguntar:

– Teniendo en cuenta las circunstancias, este país, dotado como está de influencia y poder, ¿se quedará discretamente al margen y se limitará a presenciar la comisión del crimen más terrible que haya manchado jamás las páginas de la historia, y se convertirá así en cómplice del pecado?

Todo aquello era una solemne tontería, pensó Maud. La invasión de Bélgica no sería el crimen más terrible de la historia; ¿qué era entonces la matanza de Kanpur? ¿Y el comercio de esclavos? Gran Bretaña no intervenía cada vez que un país era invadido. Era ridículo afirmar que su pasividad convertía al pueblo británico en cómplice del pecado.

Sin embargo, muy pocos de los presentes compartían el punto de vista de Maud; los miembros de ambos sectores aplaudían, y la joven observó consternada el banco delantero, ocupado por los componentes del gobierno. Todos los ministros que hasta el día anterior se habían opuesto fervientemente a la guerra asentían ahora con entusiasmo: el joven Herbert Samuel, Lewis «Lulu» Harcourt, el cuáquero Joseph Pease, que era presidente de la Asociación por la Paz, y, lo que era aún peor, el mismísimo Lloyd George. Maud dedujo, con desesperación, que el hecho de que Lloyd George apoyase a Grey significaba que la batalla política había terminado; la amenaza alemana a Bélgica había unido a las dos facciones enfrentadas.

Grey no sabía aprovecharse de las emociones de su público, como hacía Lloyd George, ni sabía hablar como un profeta del Antiguo Testamento, como hacía Churchill, pero ese día no le hacía falta ninguna de las dos cosas: los hechos se encargaban por méritos propios de hacer todo el trabajo. Maud se volvió hacia Walter y dijo con un susurro cargado de rabia:

– ¿Por qué? ¿Por qué ha hecho esto Alemania?

El joven torció el gesto con una expresión de angustia, pero respondió con la serena lógica que lo caracterizaba.

– El sur de Bélgica, la frontera entre Alemania y Francia, está fuertemente fortificada. Si atacáramos por ahí, ganaríamos, pero tardaríamos demasiado, y Rusia tendría tiempo de movilizar sus tropas y atacarnos por la retaguardia. El único modo que tenemos de asegurarnos una victoria rápida es avanzando a través de territorio belga.

– ¡Pero eso también implica que Gran Bretaña os declare la guerra!

Walter asintió con la cabeza.

– Pero el ejército británico es muy pequeño. Dependéis de vuestras fuerzas navales, y esta no es una guerra marítima. Nuestros generales creen que Gran Bretaña no influirá demasiado en el resultado.

– ¿Y tú estás de acuerdo?

– Yo opino que convertir en enemigo a un vecino rico y poderoso nunca es una maniobra inteligente. Pero no logré convencerlos.

«Y eso es lo que ha pasado en repetidas ocasiones a lo largo de las últimas dos semanas», pensó Maud con consternación. En todos los países, quienes estaban a favor de la guerra habían acabado por imponer su opinión. Los austríacos habían atacado Serbia cuando podrían haberse contenido; los rusos se habían movilizado en lugar de negociar; los alemanes se habían negado a asistir a una conferencia internacional para encontrar una solución dialogada al conflicto; a los franceses les habían ofrecido la ocasión de permanecer neutrales y la habían rechazado, y ahora los británicos estaban a punto de tomar parte activa cuando podrían haberse quedado fácilmente al margen.

Grey había llegado al final de su discurso.

– He presentado ante esta cámara los hechos fundamentales y si, tal como parece probable, nos vemos obligados, rápidamente además, a adoptar una postura firme al respecto, entonces creo que, cuando el país se percate de lo que está en juego, de cuáles son los verdaderos problemas y cuál la magnitud de los inminentes peligros que se ciernen sobre el oeste de Europa y que he intentado transmitir hoy a esta cámara, obtendremos un apoyo unánime, no solo por parte de la Cámara de los Comunes, sino en virtud de la determinación, la resolución, el coraje y la capacidad de resistencia del país entero.

Cuando se sentó, se vio obsequiado con una intensa ovación procedente de todos los bancos. No había habido ninguna votación, y Grey ni siquiera había propuesto nada concreto, pero era evidente por la reacción generalizada que los parlamentarios estaban listos para ir a la guerra.

El jefe de la oposición, Andrew Bonar Law, tomó la palabra para decir que el gobierno podía contar con el apoyo de los conservadores. Aquello no supuso ninguna sorpresa para Maud, pues siempre eran más belicistas que los liberales, pero se quedó perpleja, al igual que el resto de los presentes, cuando vio al líder nacionalista irlandés anunciar lo mismo.

Maud se sintió como si todo el mundo a su alrededor hubiese enloquecido. ¿Es que era la única persona del mundo que quería la paz?

Solo el dirigente del Partido Laborista mostró su disconformidad.

– Creo que se equivoca – dijo Ramsay MacDonald, hablando de Grey -. Creo que el gobierno al que representa y en nombre del que habla se equivoca. Creo que el veredicto de la historia será que se equivocan.

Sin embargo, nadie lo escuchaba. Algunos de los parlamentarios ya estaban abandonando la cámara, y la galería de los espectadores también empezaba a quedarse vacía. Fitz se levantó y el resto de su grupo hizo lo propio. Maud los siguió, desanimada y sin fuerzas. Abajo en la cámara, MacDonald decía:

– Si un caballero justo y honorable hubiese venido hoy aquí y nos hubiese dicho que nuestro país corre un grave peligro, no me importa a qué partido hubiese apelado, ni a qué clase se hubiese dirigido, nosotros estaríamos con él… ¿Qué sentido tiene hablar de acudir en auxilio de Bélgica cuando, en realidad, se trata de intervenir en una guerra que engloba a toda Europa?

Maud salió de la galería y ya no oyó nada más.

Aquel era el peor día de su vida. Su país iba a participar en una guerra innecesaria, su hermano y el hombre al que amaba iban a arriesgar sus vidas, y ella iba a separarse de su prometido, tal vez para siempre. Había perdido toda esperanza y se hallaba sumida en la desesperación más absoluta.

Cuando bajaron las escaleras, Fitz encabezaba el grupo.

– Muy interesante, Fitz querido – dijo tía Herm educadamente, como si la hubiesen llevado a una exposición de arte que le hubiese gustado más de lo que esperaba.

Walter agarró a Maud del brazo y la retuvo. La joven dejó que la adelantaran otras tres o cuatro personas para que Fitz no pudiese oírlos, pero no estaba preparada para lo que vino a continuación.

– Cásate conmigo – dijo él en voz baja.

A la joven se le aceleró el corazón.

– ¿Qué? – susurró -. ¿Cómo?

– Cásate conmigo, por favor, mañana.

– No puede ser…

– Tengo un permiso especial. – Se dio unos golpecitos en el bolsillo delantero de su levita -. Esta mañana he ido al Registro Civil de Chelsea.

La cabeza le daba vueltas, y lo único que se le ocurrió decir fue:

– Habíamos acordado esperar. – En cuanto hubo pronunciado aquellas palabras, ya se estaba arrepintiendo.

Sin embargo, él se apresuró a responder.

– Y hemos esperado. La crisis ha terminado. Tu país y el mío van a entrar en guerra mañana o al día siguiente. Tendré que marcharme de Gran Bretaña y quiero casarme contigo antes de irme.

– ¡Pero no sabemos lo que va a pasar! – exclamó ella.

– Desde luego que no, pero sea lo que sea lo que nos depare el futuro, quiero que te conviertas en mi esposa.

– Pero… – Maud se calló. ¿Por qué estaba poniendo objeciones? Él tenía razón. Nadie sabía lo que iba a suceder, pero ¿qué importancia tenía aquello entonces? Ella también quería ser su esposa, y nada de lo que pasase en el futuro podía cambiarlo.

Antes de que pudiera decir algo más, llegaron al pie de la escalera y salieron al vestíbulo central, inundado de gente que bullía de nerviosismo en agitada conversación. Maud quería desesperadamente hacerle más preguntas a Walter, pero Fitz insistió con galantería en acompañarlas afuera a ella y a tía Herm, a causa del gentío. En Parliament Square, Fitz ayudó a ambas mujeres a subir al coche. El chófer accionó la manivela automática, el motor emitió un rugido y el vehículo se alejó deslizándose suavemente por la calzada; Fitz y Walter se quedaron en la acera, con la multitud de espectadores esperando a escuchar su destino.


Maud quería ser la esposa de Walter, era de lo único de lo que estaba segura. Se aferró a ese pensamiento mientras un sinnúmero de preguntas y especulaciones se agolpaban en su cerebro. ¿Debía seguir el plan de Walter o era mejor esperar? Si accedía a casarse con él al día siguiente, ¿a quién se lo diría? ¿Adónde irían después de la ceremonia? ¿Vivirían juntos? Y si así era, ¿dónde?

Esa noche, antes de la cena, su doncella le trajo un sobre en una bandeja de plata. Contenía una sola hoja de papel color crema con la letra precisa e impoluta de Walter en tinta azul.

Seis en punto de la tarde

Amada mía:

Mañana a las tres y media te estaré esperando en un coche al otro lado de la calle, frente a la casa de Fitz. Llevaré conmigo los dos testigos pertinentes. Tenemos cita en el registro a las cuatro en punto. He reservado una suite en el hotel Hyde. Yo ya he dejado allí mi equipaje, para que podamos subir a nuestra habitación directamente sin necesidad de demorarnos en la recepción. Seremos el señor y la señora Woolridge. Lleva un velo.

Te quiero, Maud.

Tu prometido,

W.


Con mano temblorosa, dejó la hoja de papel en la superficie de madera de caoba de su tocador. Sintió que se le había acelerado el pulso. Se quedó mirando el papel pintado de las paredes y trató de serenarse para pensar con claridad.

Walter había escogido bien la hora, porque a las tres y media de la tarde era un buen momento para que Maud pudiese salir de la casa sin que nadie reparara en ello. Su tía Herm echaba la siesta después de comer y Fitz estaría en la Cámara de los Lores.

Fitz no debía sospechar nada, porque intentaría detenerla. Podía encerrarla en su cuarto, sencillamente, y podía llegar incluso a hacer que la internasen en un manicomio. Cualquier hombre adinerado de clase alta podía lograr que encerrasen a una mujer de su familia sin demasiada dificultad, lo único que Fitz tendría que hacer sería encontrar dos médicos dispuestos a convenir con él que debía de estar loca para querer casarse con un alemán.

No se lo diría absolutamente a nadie.

El nombre falso y el velo indicaban que Walter quería que fuese una boda secreta. El Hyde era un hotel discreto de Knightsbridge, donde no era muy probable que se tropezasen con algún conocido. Sintió un escalofrío de emoción al pensar que iba a pasar la noche con Walter.

Pero ¿qué harían al día siguiente? Una boda no podía mantenerse en secreto toda la vida. Walter se marcharía de Gran Bretaña al cabo de dos o tres días. ¿Iría ella con él? Temía arruinar su carrera. ¿Cómo le creerían capaz de luchar por su país si estaba casado con una inglesa? Y si realmente iba al frente, se iría lejos de su casa, y entonces, ¿qué sentido tenía que ella lo acompañara a Alemania?

Pese a todas las incógnitas, sentía una ilusión y un entusiasmo desbordantes. – La señora Woolridge – dijo, sola en el dormitorio, y se abrazó las rodillas, radiante de felicidad.

<p>Capítulo 11</p>

4 de agosto de 1914

Al amanecer, Maud se levantó y se sentó a su tocador para escribir una carta. Tenía una pila del papel azul de Fitz en el cajón, y cada día le llenaban el tintero de plata. «Cariño mío», empezó a escribir, pero entonces se detuvo a pensar.

Vio su reflejo en el óvalo del espejo. Llevaba el pelo alborotado y el camisón arrugado. Tenía la frente surcada de arrugas y un gesto triste. Se quitó un trocito de verdura verde de entre los dientes. «Si pudiera verme ahora – pensó -, a lo mejor no querría casarse conmigo.» Entonces se dio cuenta de que, si seguía adelante con su plan, así sería exactamente como la vería al día siguiente por la mañana. Era un pensamiento extraño, que le suscitaba miedo y emoción al mismo tiempo.

Escribió:

Sí, con todo mi corazón, deseo casarme contigo. Pero ¿qué plan tienes? ¿Dónde viviremos?

Había pasado la mitad de la noche pensando en ello. Los obstáculos parecían insalvables.

Si te quedas en Gran Bretaña, te encerrarán en un campo de prisioneros. Si nos vamos a Alemania, jamás te veré porque estarás lejos de casa, con el ejército.

Además, sus familias podían suponer más problemas que las autoridades.

¿Cuándo les hablaremos de la boda a nuestros familiares? No con antelación, por favor, porque Fitz encontrará la forma de detenernos. Incluso después tendremos dificultades con él y con tu padre. Dime qué piensas.

Te quiero muchísimo.

Selló el sobre y escribió la dirección del apartamento de Walter, que quedaba a unos cuatrocientos metros de allí. Tocó la campanilla y, unos minutos después, su doncella llamó a la puerta. Sanderson era una muchacha regordeta y con una sonrisa enorme.

– Si el señor Ulrich ha salido, ve a la embajada alemana, que está en Carlton House Terrace – dijo Maud -. De cualquier forma, espera su respuesta. ¿Está claro?

– Sí, milady.

– Y no hace falta que le cuentes a nadie más del servicio lo que vas a hacer.

Una expresión de preocupación tiñó el joven rostro de Sanderson. Muchas doncellas participaban en las intrigas de sus señoras, pero Maud nunca había tenido amoríos secretos, y Sanderson no estaba acostumbrada al engaño.

– ¿Qué digo cuando el señor Grout me pregunte a dónde voy?

Maud lo pensó un momento.

– Dile que tienes que comprarme ciertos artículos femeninos. – El bochorno pondría freno a la curiosidad de Grout.

– Sí, milady.

Sanderson salió de la habitación y Maud se vistió.

No estaba segura de cómo iba a mantener una apariencia de normalidad delante de su familia. Puede que Fitz no percibiera su estado de ánimo – los hombres rara vez eran capaces de hacerlo -, pero tía Herm no era ajena por completo a cuanto la rodeaba.

Bajó a la hora del desayuno, aunque estaba demasiado nerviosa para tener hambre. Tía Herm estaba dando buena cuenta de un arenque ahumado, y a Maud el olor le revolvió un poco el estómago. Dio unos sorbitos de café.

Fitz apareció un minuto después. Se sirvió un arenque del aparador y abrió The Times. «¿Qué hago yo normalmente? – se preguntó Maud -. Hablo de política, así que eso es lo que debo hacer ahora.»

– ¿Pasó algo anoche? – dijo.

– Vi a Winston después de la reunión del gabinete – contestó Fitz -. Vamos a pedirle al gobierno alemán que retire su ultimátum a Bélgica. – Imprimió un énfasis desdeñoso a la palabra «pedirle».

Maud no se atrevió a sentir esperanza.

– ¿Significa eso que no hemos dejado por completo de trabajar por la paz?

– Como si lo hubiéramos hecho – repuso él con desprecio -. No sé qué se traerán entre manos los alemanes, pero no parece probable que cambien de opinión por recibir una petición educada.

– A veces hay que agarrarse a un clavo ardiendo.

– No nos estamos agarrando a ningún clavo ardiendo. Estamos siguiendo el ritual preliminar a una declaración de guerra.

Maud, consternada, pensó que su hermano tenía razón. Todos los gobiernos querrían decir que ellos no habían deseado la guerra, pero que se habían visto obligados a entrar en ella. Fitz no daba muestras de que hubiera peligro alguno para él mismo, en ningún momento había dado a entender que esas escaramuzas diplomáticas pudieran resultar en una herida mortal para él. Maud deseaba protegerlo y, al mismo tiempo, tenía ganas de estrangularlo por su necia obstinación.

Para distraerse, hojeó un poco el Manchester Guardian. Contenía un anuncio a toda plana publicado por la Liga de la Neutralidad con la siguiente consigna: «Británicos, cumplid con vuestro deber y no permitáis que vuestro país entre en una guerra infame y estúpida». A Maud le gustó saber que todavía quedaba gente que pensaba igual que ella, aunque no tuvieran posibilidad alguna de prevalecer.

Sanderson llegó con un sobre en una bandejita de plata. Sobresaltada, Maud reconoció la letra de Walter. Sintió terror. ¿En qué estaba pensando la doncella? ¿Acaso no se daba cuenta de que, si la nota original debía mantenerse en secreto, la respuesta debía ser tratada de la misma forma?

No podía leer la nota de Walter delante de Fitz. Con el corazón acelerado, la cogió fingiendo despreocupación, la dejó caer junto a su plato y después le pidió a Grout un poco más de café.

Se puso a mirar su periódico para ocultar el pánico. Fitz no le censuraba el correo, pero, como cabeza de familia, tenía derecho a leer toda carta dirigida a cualquier mujer emparentada con él que viviera en su casa. Ninguna dama respetable pondría objeciones a eso.

Tenía que acabarse el desayuno lo más deprisa posible y llevarse el sobre de allí sin abrir. Intentó comer un pedazo de tostada y tuvo que esforzarse para hacer pasar las migas por su garganta seca.

Fitz apartó la vista de The Times.

– ¿Es que no piensas leer tu carta? – preguntó. Y luego, para horror de Maud, añadió -: Parece que sea la letra de Von Ulrich.

No tenía alternativa. Rasgó el sobre con un cuchillo de la mantequilla limpio e intentó que su cara mostrara una expresión neutra.

Nueve de la mañana

Amor mío:

A todos los de la embajada nos han dicho que hagamos la maleta, paguemos nuestras cuentas y estemos listos para abandonar Gran Bretaña avisados con unas horas de antelación.

Tú y yo no debemos hablarle a nadie de nuestro plan. Después de esta noche regresaré a Alemania y tú te quedarás aquí, viviendo con tu hermano. Todo el mundo coincide en que esta guerra no puede durar más que unas cuantas semanas o, como mucho, unos meses. En cuanto haya terminado, si los dos seguimos vivos, haremos partícipe al mundo de nuestras noticias y comenzaremos una nueva vida juntos.

Y, por si no logramos sobrevivir a la guerra, oh, por favor, disfrutemos de una noche de felicidad como marido y mujer.

Te quiero.

W.


P. D. Alemania ha invadido Bélgica hace una hora.

A Maud le daba vueltas la cabeza. ¡Casados en secreto! Nadie tendría noticia. Los superiores de Walter seguirían confiando en él sin saber que estaba casado con una enemiga; y él podría luchar tal como le exigía su honor, e incluso trabajar en los servicios secretos. Los hombres seguirían cortejando a Maud, creyéndola soltera, pero ella sería capaz de manejar la situación: llevaba años dando calabazas a sus pretendientes. Vivirían separados hasta el final de la guerra, que se produciría al cabo de unos cuantos meses, a más tardar.

Fitz interrumpió el hilo de sus pensamientos.

– ¿Qué dice?

Maud se quedó en blanco. No podía contarle a Fitz nada de eso. ¿Cómo iba a responder a su pregunta? Bajó la mirada hacia la hoja de papel color crema y la recta caligrafía, y sus ojos se toparon con la posdata.

– Dice que Alemania ha invadido Bélgica a las ocho en punto de esta mañana.

Fitz dejó el tenedor.

– Entonces, ya está. – Por una vez, incluso parecía conmocionado.

– ¡Pobre Bélgica, con lo pequeñita que es! Me parece que esos alemanes son unos matones de mucho cuidado – dijo tía Herm. Entonces pareció desconcertada y añadió -: Salvo herr Von Ulrich, desde luego. Él es encantador.

– Adiós a la educada petición del gobierno británico – dijo Fitz.

– Es una locura – replicó Maud, desolada -. Miles de hombres van a morir en un conflicto que nadie desea.

– Creía que apoyarías la guerra – dijo Fitz, con ganas de discutir -. A fin de cuentas, estaremos defendiendo a Francia, que es la única democracia auténtica que hay en Europa, aparte de nosotros. Y nuestros enemigos serán Alemania y Austria, cuyos parlamentos electos carecen prácticamente de poder.

– Pero nuestro aliado será Rusia – adujo Maud con amargura -. Así que estaremos luchando para preservar también la monarquía más brutal y retrógrada de Europa.

– Entiendo lo que quieres decir.

– En la embajada les han dicho a todos que hagan las maletas – siguió explicando Maud -. Puede que no volvamos a ver a Walter. – Dejó la carta en la mesa, como sin darle más importancia.

No sirvió de nada.

– ¿Puedo verla? – preguntó Fitz.

Maud se quedó de piedra. No podía enseñársela de ninguna manera. No solo la encerraría: si leía esa frase de «una noche de felicidad», puede que se hiciera con una pistola y fuese a matar a Walter.

– ¿Puedo? – repitió Fitz, tendiendo una mano.

– Desde luego – convino ella. Dudó un segundo más y entonces cogió la carta. En el último instante recibió una inspiración y volcó su taza, con lo que el café se derramó sobre el papel -. Ay, vaya por Dios – dijo, comprobando con alivio que el café había hecho que la tinta azul se corriera y que las palabras resultaran ya ilegibles.

Grout se acercó enseguida y empezó a limpiar el estropicio. Fingiendo querer ser de ayuda, Maud cogió la carta y la dobló, asegurándose de que la letra que pudiera haber escapado al café quedara esta vez bien empapada.

– Lo siento, Fitz – dijo -. Pero la verdad es que no había más información que esa.

– No importa – repuso él, y siguió leyendo su periódico.

Maud se llevó las manos al regazo para ocultar su temblor.


Aquello no fue más que el principio.

A Maud iba a resultarle difícil salir de casa sola. Igual que todas las damas de clase alta, se suponía que no debía ir a ninguna parte sin acompañante. Los hombres fingían que era porque les preocupaba mucho la protección de sus mujeres, pero en realidad se trataba de una forma de control. No cabía duda de que seguiría siendo así hasta que las mujeres consiguieran el voto.

Maud se había pasado la mitad de la vida buscando formas de desobedecer esa regla. Tendría que salir a hurtadillas, sin ser vista, lo cual era bastante complicado. Aunque en la mansión de Fitz en Mayfair solo vivían cuatro miembros de la familia, en todo momento había en la casa por lo menos una docena de criados.

Además, tendría que pasar toda la noche fuera sin que nadie se diera cuenta.

Preparó su plan con sumo cuidado.

– Tengo jaqueca – dijo cuando terminaron de comer -. Bea, ¿me disculparás si no bajo a cenar esta noche?

– Faltaría más – dijo Bea -. ¿Puedo ayudarte en algo? ¿Quieres que envíe a buscar al doctor Wallace?

– No, gracias, no es nada grave. – Una jaqueca que no era grave era el eufemismo habitual para referirse al período menstrual, y todo el mundo lo aceptaba sin más comentarios.

Hasta ahí, todo bien.

Subió a su habitación y llamó a su doncella.

– Me voy a acostar, Sanderson – dijo, poniendo en práctica la pantomima que había ensayado con esmero -. Seguramente me quedaré guardando cama lo que queda del día. Por favor, dile al resto del servicio que no deseo que me molesten por ningún motivo. A lo mejor llamo para que me suban la cena en una bandeja, pero lo dudo. Me siento como si pudiera dormir un día entero.

Con eso se aseguraba de que nadie notase su ausencia durante el resto del día.

– ¿Se encuentra mal, milady? – preguntó Sanderson con cara de preocupación. Había señoras que guardaban cama a menudo, pero en Maud no era habitual.

– No es más que la común dolencia femenina, solo que más fuerte que otras veces.

Maud se dio cuenta de que Sanderson no la creía. Ese mismo día ya había hecho salir a la doncella con un mensaje secreto, algo que nunca antes había sucedido. Sanderson sabía que ocurría algo fuera de lo normal, pero a las doncellas no se les permitía interrogar a sus señoras. La muchacha tendría que quedarse con la curiosidad.

– Y no me despierte por la mañana – añadió Maud. No sabía a qué hora regresaría, ni cómo entraría en la casa sin que nadie la viera.

Sanderson se marchó. Eran las tres y cuarto. Maud se desvistió deprisa y luego miró en su armario.

No estaba acostumbrada a sacar de allí su propia ropa; normalmente lo hacía Sanderson. Su vestido de paseo de color negro tenía un sombrero con velo a juego, pero no podía ir de negro en su boda.

Miró la hora en el reloj que había encima de la chimenea: las tres y veinte. No tenía tiempo para titubeos.

Escogió un elegante conjunto francés. Se puso una blusa ceñida con encajes blancos y cuello alto para realzar su cuello estilizado y, encima de la blusa, un vestido de un azul cielo tan pálido que era casi blanco. Siguiendo la última moda más atrevida, llegaba solo hasta cuatro o cinco centímetros por encima de los tobillos. Lo combinó con un sombrero de paja de ala ancha azul oscuro que llevaba un velo del mismo color, y un alegre parasol azul con forro blanco. También tenía un bolso de terciopelo con cierre de cordón que hacía juego con el conjunto. En él metió un peine, un frasquito de perfume y un par de calzones limpios.

El reloj dio las tres y media. Walter ya estaría fuera, esperando. Maud sintió que el corazón le palpitaba con fuerza.

Se bajó el velo y se contempló en un espejo de cuerpo entero. No es que fuera un vestido de novia, pero daría el pego, supuso, en un registro civil. Nunca había asistido a una boda no religiosa, así que no estaba muy segura.

Sacó la llave de la cerradura y se quedó un momento junto a la puerta cerrada, aguzando el oído. No quería encontrarse con nadie que pudiera hacerle preguntas. Quizá no pasara nada si la veía un lacayo o un limpiabotas, a quienes no les importaría lo que hiciera, pero a esas alturas todas las doncellas sabrían ya que se suponía que estaba indispuesta y, si se cruzaba con alguien de la familia, su engaño quedaría descubierto al instante. El bochorno era lo que menos le importaba, lo que temía era que intentaran detenerla.

Estaba a punto de abrir la puerta cuando oyó unos pasos vigorosos y percibió un olor a humo. Debía de ser Fitz, terminándose aún el puro de después de comer mientras salía hacia la Cámara de los Lores, o quizá al White’s Club. Maud esperó con impaciencia.

Al cabo de unos momentos, asomó la cabeza. El amplio pasillo estaba desierto. Salió, cerró la puerta, giró la llave y luego la guardó en su bolso de terciopelo. Así, cualquiera que intentara abrir daría por sentado que estaba durmiendo dentro.

Caminó sin hacer ruido por el pasillo enmoquetado hacia lo alto de la escalera y miró abajo. No había nadie en el vestíbulo. Bajó los escalones a toda prisa. Cuando llegó al descansillo de la mitad, oyó un ruido y se quedó inmóvil. La puerta del sótano se abrió de pronto y salió Grout. Maud contuvo la respiración. Miró hacia abajo y vio la cúpula pelada de la cabeza del mayordomo, que cruzaba el vestíbulo con dos decantadores de oporto. Caminaba de espaldas a la escalera y entró en el comedor sin mirar arriba.

Cuando cerró la puerta tras de sí, Maud bajó corriendo el último tramo de la escalera, mandando a paseo toda precaución. Abrió la puerta principal, salió y cerró de golpe. Demasiado tarde, deseó entonces haber sido más cuidadosa al cerrar.

La tranquila calle de Mayfair se caldeaba al sol de agosto. Maud miró a uno y otro lado, vio el carro de un pescadero tirado a caballo, a una niñera con un cochecito de paseo y a un chófer cambiando la rueda de un taxi a motor. A un centenar de metros, del otro lado de la calle, había un coche blanco con cubierta de lona azul. A Maud le gustaban los automóviles y reconoció ese: era un Benz 10/30 que pertenecía a Robert, el primo de Walter.

Mientras cruzaba la calle, vio a Walter bajar del coche y el corazón se le llenó de dicha. Llevaba un traje de mañana de color gris claro con un clavel rojo. Sus miradas se encontraron y, al ver su expresión, Maud supo que hasta ese momento no estuvo seguro de que ella acudiera a la cita. Aquella idea hizo que se le saltara una lágrima.

Sin embargo, el rostro de Walter enseguida se iluminó con deleite. Qué extraño y maravilloso era, pensó Maud, ser capaz de provocarle tanta felicidad a otra persona.

Se volvió con inquietud para mirar hacia la casa. Grout estaba en el umbral, mirando a un lado y a otro de la calle y arrugó la frente, extrañado. Maud supuso que había oído el portazo. Miró hacia delante con decisión, y lo que le vino entonces a la cabeza fue: «¡Libre al fin!».

Walter le besó la mano. Ella quería darle un beso de verdad, pero el velo se interponía entre ambos. Además, no era apropiado antes de la boda. Tampoco había necesidad de tirar por la ventana todas las convenciones.

Vio entonces que Robert iba al volante. Se llevó una mano al sombrero de copa gris para saludarla. Walter confiaba en él. Sería uno de los testigos.

Walter abrió la puerta y Maud subió al asiento de atrás. Ya había alguien en el interior, y la joven reconoció al ama de llaves de Ty Gwyn.

– ¡Williams! – exclamó.

Williams sonrió.

– Será mejor que ahora me llames Ethel – dijo -. Voy a ser tu testigo de boda.

– Desde luego… lo siento. – Impulsivamente, Maud le dio un abrazo -. Gracias por venir.

El coche arrancó.

Maud se inclinó hacia delante para hablar con Walter.

– ¿Cómo has encontrado a Ethel?

– Me dijiste que había ido a la maternidad. Le pedí su dirección al doctor Greenward. Sabía que confiabas en ella porque la elegiste para que fuera nuestra carabina en Ty Gwyn.

Ethel le dio a Maud un pequeño ramillete de flores.

– Tu ramo.

Eran rosas de color cora la flor de la pasión. ¿Conocía Walter el lenguaje de las flores?

– ¿Quién las ha elegido?

– Ha sido sugerencia mía – dijo Ethel -. Y a Walter le ha gustado cuando le he explicado lo que significan. – Se ruborizó.

Maud comprendió entonces que Ethel sabía lo apasionados que eran porque los había visto besarse.

– Son perfectas – dijo.

Ethel llevaba un vestido rosa pálido que parecía nuevo y un sombrero decorado con más rosas de color rosa. Walter debía de habérselo pagado. Qué considerado era.

Avanzaron por Park Lane y se dirigieron hacia Chelsea. «Voy a casarme», pensó Maud. En el pasado, siempre que había imaginado su boda había supuesto que sería como las de todas sus amigas, un largo día de tediosa ceremonia. Esa era una forma mejor de hacer las cosas. No había planificación, lista de invitados ni servicio de restauración. No habría himnos ni discursos, y nada de familiares borrachos intentando besarla: solo la novia y el novio, y dos personas de su agrado en quienes confiaban.

Desterró de su mente todo pensamiento sobre el futuro. Europa estaba en guerra y podía suceder cualquier cosa. Ella simplemente disfrutaría de ese día… y de esa noche.

Estaban ya en King’s Road cuando de repente sintió nerviosismo. Apretó la mano de Ethel para infundirse valor. Tuvo una visión como salida de una pesadilla en la que Fitz los seguía en su Cadillac y gritaba: «¡Detengan a esa mujer!». Miró atrás. Por supuesto, no había ni rastro de su hermano ni de su coche.

Aparcaron frente a la clásica fachada del ayuntamiento de Chelsea. Robert tomó a Maud del brazo y subió con ella los escalones hasta la entrada; Walter los siguió con Ethel. Los transeúntes se detenían a mirarlos: a todo el mundo le gustaban las bodas.

Por dentro, el edificio tenía una extravagante decoración de estilo victoriano, con suelos de coloridas baldosas y molduras de yeso en las paredes. Daba la impresión de ser el sitio adecuado para casarse.

Tuvieron que esperar en el vestíbulo: a las tres y media había tenido lugar otra boda y todavía no había terminado. Los cuatro se quedaron de pie formando un pequeño corro; a nadie se le ocurría nada que decir. Maud inhaló el aroma de sus rosas, el perfume se le subió a la cabeza y le hizo sentir como si hubiera dado un sorbo a una copa de champán.

Al cabo de unos minutos salieron los de la boda anterior. La novia llevaba un vestido de diario y el novio iba engalanado con un uniforme de sargento del ejército. A lo mejor también ellos habían tomado la decisión repentinamente a causa de la guerra.

Maud y sus acompañantes entraron. El secretario del registro civil estaba sentado a una mesa sencilla, llevaba chaqué y una corbata de color plata. Se había puesto un clavel en el ojal; un toque bonito, pensó Maud. A su lado había un empleado en traje de calle. Ellos le indicaron que sus nombres eran «el señor Von Ulrich y la señorita Maud Fitzherbert». Maud se levantó el velo.

– Señorita Fitzherbert, ¿puede presentar pruebas de su identidad? – dijo el secretario.

Maud no sabía de qué le estaba hablando.

Al ver su mirada de incomprensión, el funcionario añadió:

– ¿Su partida de nacimiento, quizá?

No tenía su partida de nacimiento. No sabía que fuera a necesitarla, y, aunque así hubiera sido, no habría sido capaz de hacerse con ella, ya que Fitz la guardaba en la caja fuerte junto con otros documentos de la familia, como su testamento. La invadió el pánico.

Entonces Walter dijo:

– Creo que esto servirá. – Sacó de su bolsillo un sobre sellado y franqueado, dirigido a la señorita Maud Fitzherbert y a la dirección postal de la maternidad. Debía de haberla conseguido al ir a ver al doctor Greenward. ¡Qué listo era!

El secretario le pasó el sobre al otro empleado sin mediar palabra. Después dijo:

– Es mi deber recordarles la naturaleza solemne y vinculante de los votos que están a punto de pronunciar.

Maud se sintió algo ofendida por la insinuación de que tal vez no supiera lo que estaba haciendo, pero después se dio cuenta de que era algo que el funcionario tenía que decirle a todo el mundo.

Walter se irguió más. «Ha llegado el momento – pensó Maud -, ya no hay vuelta atrás.» Estaba bastante segura de que deseaba casarse con Walter… pero, más que eso, era plenamente consciente de que había llegado a la edad de veintitrés años sin haber conocido a ningún otro a quien hubiera considerado ni remotamente como posible marido. Todos los hombres a los que había conocido la habían tratado, tanto a ella como a las demás mujeres, como si fueran niñas grandes. Solo Walter era diferente. Era él o nadie más.

El secretario estaba declamando unas palabras que Walter tenía que repetir.

– Declaro solemnemente que no conozco ningún impedimento legal para que yo, Walter von Ulrich, no pueda unirme en matrimonio a Maud Elizabeth Fitzherbert. – Pronunció su propio nombre a la inglesa, «Wall-ter», en lugar de con la correcta pronunciación alemana, «Val-ter».

Maud no dejaba de mirar su rostro mientras hablaba. Su voz era firme y clara.

Cuando le llegó el turno a ella, también él la observó con solemnidad mientras pronunciaba esa misma declaración. Adoraba esa seriedad suya. La mayoría de los hombres, aun los que eran muy inteligentes, parecían volverse algo bobos cuando conversaban con mujeres. Walter le hablaba con la misma inteligencia como cuando hablaba con Robert o con Fitz, y (lo que era aún más infrecuente) escuchaba sus respuestas.

A continuación vinieron los votos. Walter la miró a los ojos al tomarla por esposa, y esta vez ella percibió un ligero temblor de emoción en su voz. Esa era la otra cosa que adoraba de é sabía que podía minar su seriedad. Podía hacerlo temblar de amor, felicidad o deseo.

Maud hizo el mismo voto.

– Requiero a los aquí presentes para que sean testigos de que yo, Maud Elizabeth Fitzherbert, te tomo a ti, Walter von Ulrich, para que seas mi legítimo esposo.

No hubo titubeos en la voz de ella, y se sintió algo avergonzada por no haberse emocionado visiblemente… pero es que ese no era su estilo. Prefería parecer serena aunque no lo estuviera. Walter lo entendía, y él más que nadie sabía de las tormentas de pasión que arreciaban en su corazón.

– ¿Tienen anillo? – preguntó el secretario.

Maud ni siquiera había pensado en ello; pero Walter sí. Sacó una sencilla alianza de oro del bolsillo de su chaleco, le tomó la mano y la deslizó en su dedo. Debía de haber escogido el tamaño a ojo, pero casi había acertado, quizá era solo una o dos tallas mayor. Puesto que su matrimonio tenía que ser secreto, Maud no se la pondría durante una buena temporada después de ese día.

– Yo los declaro marido y mujer – dijo el secretario -. Puede besar a la novia.

Walter la besó en los labios con ternura. Ella le pasó un brazo por la cintura y lo acercó más.

– Te quiero – le susurró.

El secretario dijo:

– Y ahora vamos con el certificado de matrimonio. Quizá quiera usted sentarse… señora Ulrich.

Walter sonrió, Robert soltó una risita y a Ethel se le escapó un pequeño grito de alegría. Maud supuso que al secretario le gustaba ser la primera persona que llamaba a la novia por su nombre de casada. Todos tomaron asiento, y el asistente del secretario empezó a cumplimentar el certificado. Walter hizo constar la ocupación de su padre como oficial del ejército y su lugar de nacimiento como Danzig. Maud consignó a su padre como George Fitzherbert, granjero – lo cierto es que sí había un pequeño rebaño de ovejas en Ty Gwyn, de modo que la descripción no era del todo falsa -, y Londres como su ciudad natal. Robert y Ethel firmaron como testigos.

De repente ya habían terminado y estaban saliendo de la sala y cruzando el vestíbulo… donde otra hermosa novia esperaba con un novio nervioso para contraer un compromiso de por vida. Mientras bajaban los escalones agarrados del brazo hacia el coche que estaba aparcado en la acera, Ethel lanzó un puñado de confeti sobre ellos. Entre los curiosos, Maud se fijó en una mujer de clase media y de su misma edad que iba cargada con un paquete de una tienda. La mujer miró a Walter muy fijamente, después volvió su mirada hacia Maud, y lo que esta vio en sus ojos fue envidia. «Sí – pensó -, soy una chica con mucha suerte.»

Walter y Maud se sentaron en el asiento de atrás del coche, y Robert y Ethel fueron delante. Mientras arrancaban, Walter le tomó la mano y se la besó. Se miraron a los ojos y se echaron a reír. Maud había visto a otras parejas hacer eso, y siempre había pensado que era una reacción estúpida y almibarada, pero de pronto le parecía la cosa más natural del mundo.

Al cabo de unos minutos llegaron al hotel Hyde. Maud se bajó el velo. Walter la tomó del brazo y juntos cruzaron el vestíbulo en dirección a la escalera.

– Yo pediré el champán – anunció Robert.

Walter había reservado la mejor suite y la había llenado de flores. Debía de haber un centenar de rosas de color coral. A Maud se le saltaron las lágrimas, y Ethel ahogó una exclamación de asombro. Había un enorme frutero en un aparador, y una caja de bombones. El resplandeciente sol de la tarde entraba por los grandes ventanales y caía sobre las mesas y los sofás tapizados con alegres tejidos.

– ¡Pongámonos cómodos! – exclamó Walter con jovialidad.

Mientras Maud y Ethel inspeccionaban la suite, llegó Robert, seguido de un camarero que llevaba el champán y las copas en una bandeja. Walter descorchó la botella y sirvió. Cuando todos tuvieron la copa llena, Robert dijo:

– Quisiera proponer un brindis. – Se aclaró la garganta, y Maud, divertida, se dio cuenta de que iba a dar un discurso.

– Mi primo Walter es un hombre poco corriente. Siempre ha parecido mayor que yo, aunque de hecho somos de la misma edad. Cuando estudiábamos juntos en Viena, nunca se emborrachaba. Si salíamos en grupo por la noche a frecuentar ciertos establecimientos de la ciudad, él se quedaba en casa a estudiar. Pensé entonces que quizá fuera la clase de hombre al que no le gustan las mujeres. – Robert sonrió con ironía -. Lo cierto es que era yo quien era así… pero esa es otra historia, como dicen los ingleses. Walter ama a su familia, ama su trabajo y ama Alemania, pero nunca había amado a una mujer… hasta ahora. Ha cambiado. – Esbozó una sonrisa picarona -. Se compra corbatas nuevas. Me hace preguntas: cuándo se besa a una chica, si los hombres deben ponerse colonia, qué colores le favorecen… como si yo supiera algo de lo que les gusta a las mujeres. Y… lo más terrible de todo, a mi modo de ver… – Robert hizo una pausa teatral -. ¡Toca ragtime!

Todos rieron. Robert alzó la copa.

– Brindemos por la mujer que ha provocado todos esos cambios: ¡la novia!

Bebieron, y entonces, para sorpresa de Maud, Ethel tomó la palabra.

– Es cosa mía proponer el brindis por el novio – dijo, como si llevara toda la vida dando discursos.

¿De dónde había sacado esa seguridad una criada de Gales? Entonces Maud recordó que su padre era predicador y activista político, así que la muchacha había tenido un ejemplo que seguir.

– Lady Maud es diferente a todas las demás mujeres de su clase que haya conocido – empezó a decir Ethel -. Cuando llegué a Ty Gwyn para trabajar de doncella, ella fue el único miembro de la familia que se fijó en mí. Aquí, en Londres, cuando una joven soltera tiene un hijo, las damas más respetables mascullan con descontento sobre la decadencia moral… pero Maud les ofrece una ayuda práctica de verdad. En el East End de Londres la consideran una santa. Sin embargo, también tiene sus defectos, y son graves.

«¿Y esto a qué viene?», pensó Maud.

– Es demasiado seria para atraer a un hombre normal – siguió diciendo Ethel -. Todos los mejores partidos de Londres se han sentido atraídos hacia ella por su espectacular belleza y su personalidad vivaz, pero solo han hecho que huir espantados por su cerebro y su crudo realismo político. Hace algún tiempo me di cuenta de que haría falta un hombre fuera de lo común para ganarse su corazón. Tendría que ser inteligente, pero abierto de miras; de una moral estricta, pero no ortodoxo; fuerte, pero no dominante. – Ethel sonrió -. Pensé que era imposible. Y entonces, en enero, ese hombre subió por la loma de Aberowen en el taxi de la estación y entró en Ty Gwyn, y la espera llegó a su fin. – Levantó la copa -. ¡Por el novio!

Todos volvieron a beber, y entonces Ethel tomó a Robert del brazo.

– Y ahora ya puede usted llevarme a cenar al Ritz, Robert – dijo.

Walter parecía sorprendido.

– Había supuesto que cenaríamos aquí todos juntos – dijo.

Ethel le dirigió una mirada maliciosa.

– No sea tonto, hombre – repuso, y caminó hasta la puerta, tirando consigo de Robert.

– Buenas noches – dijo este, aunque no eran más que las seis de la tarde. Los dos salieron y cerraron la puerta.

Maud se echó a reír.

– Esa ama de llaves es de lo más inteligente – dijo Walter.

– Me entiende – repuso Maud. Se acercó a la puerta y cerró con llave -. Bueno… – dijo -. Al dormitorio.

– ¿Prefieres desvestirte en privado? – preguntó Walter, que parecía preocupado.

– La verdad es que no – contestó Maud -. ¿Quieres mirar?

Él tragó saliva y, cuando habló, la voz le salió algo ronca.

– Sí, por favor – dijo -. Me gustaría. – Le abrió la puerta del dormitorio y ella pasó dentro.

A pesar de su exhibición de osadía, estaba nerviosa y se sentó en el borde de la cama para descalzarse. Nadie la había visto desnuda desde que tenía ocho años. No sabía si su cuerpo era hermoso, porque nunca había visto el de nadie más. Comparada con los desnudos de los museos, tenía unos pechos pequeños y las caderas anchas. Y entre las piernas le crecía un vello que nunca salía en las pinturas. ¿Pensaría Walter que su cuerpo era feo?

Él se quitó la chaqueta y el chaleco y los colgó con naturalidad. Maud supuso que algún día se acostumbrarían a eso. Todo el mundo lo hacía continuamente. Pero de momento era extraño, en cierto modo, y más intimidante que excitante.

Se bajó las medias y se quitó el sombrero. No le quedaba nada más que fuera superfluo. El siguiente paso era el grande. Se puso de pie.

Walter dejó de desatarse la corbata.

Deprisa, Maud se desabrochó el vestido y lo dejó caer al suelo. Después se deshizo de la enagua y se quitó la blusa con encaje por la cabeza. Se quedó de pie delante de él en ropa interior y observó su rostro.

– Eres preciosa – dijo Walter casi en un susurro.

Maud sonrió. Siempre acertaba con sus palabras.

La estrechó entre sus brazos y la besó. Maud empezó a sentirse menos nerviosa, casi relajada. Disfrutó del roce de su boca sobre la de ella, sus suaves labios y el cosquilleo de su bigote. Le acarició las mejillas, le apretó el lóbulo de la oreja con los dedos y pasó la mano por la columna de su cuello, sintiéndolo todo con una intensidad suprema, pensando: «Ahora todo esto es mío».

– Tumbémonos – dijo Walter.

– No. Todavía no. – Se apartó de él -. Espera. – Se quitó la camisola y mostró que llevaba uno de esos sostenes modernos. Se llevó las manos a la espalda, desabrochó el cierre y lo dejó caer al suelo. Lo miró en actitud desafiante, retándolo a que no le gustaran sus pechos.

– Son preciosos… ¿Puedo besarlos? – dijo él

– Puedes hacer todo lo que quieras – contestó ella, que se sentía deliciosamente descocada.

Él inclinó la cabeza hacia sus pechos y besó primero uno, luego el otro, dejando que sus labios rozaran delicadamente los pezones, que de repente se irguieron, como si el aire se hubiera vuelto frío. Maud sintió el súbito impulso de hacerle lo mismo a él, y se preguntó si le parecería extraño.

Walter le habría besado los pechos toda la eternidad. Ella lo apartó con delicadeza.

– Quítate el resto de la ropa – le dijo -. Deprisa.

Él se quitó los zapatos, los calcetines, la corbata, la camisa, la camiseta y los pantalones; entonces vaciló un instante.

– Me da vergüenza – repuso, riendo -. No sé por qué.

– Yo primero – dijo Maud.

Desanudó el cordón de sus calzones y se los quitó. Cuando levantó la mirada, también él estaba desnudo, y vio con asombro que su pene sobresalía erecto de entre la mata de pelo de la entrepierna. Se acordó de cuando lo había asido por entre su ropa en la ópera, y entonces deseó tocarlo otra vez.

– ¿Podemos tumbarnos ya? – dijo Walter.

Fue una petición tan educada que Maud se echó a reír. Una expresión de dolor asomó al rostro del hombre, y ella enseguida quiso disculparse.

– Te quiero – le dijo, y la expresión de él se relajó -. Por favor, tumbémonos. – Estaba tan excitada que se sentía a punto de explotar.

Al principio se quedaron echados uno junto al otro, besándose y tocándose.

– Te quiero – volvió a decir Maud -. ¿Cuánto tardarás en aburrirte de que te lo diga?

– Nunca – contestó él con gallardía.

Maud lo creyó.

Al cabo de un rato, Walter preguntó:

– ¿Ahora?

Y ella asintió con la cabeza.

Separó las piernas. Él se tumbó encima de ella, descansando su peso sobre los codos. Maud estaba tensa a causa de la expectación. Cargando todo su peso sobre el brazo izquierdo, Walter metió una mano entre los muslos de ella, que sintió cómo sus dedos le abrían los húmedos labios, y luego notó algo más grande. Él empujó, y de repente ella sintió un dolor y gritó.

– ¡Lo siento! – dijo él -. Te he hecho daño. Lo siento muchísimo.

– Espera un momento. – El dolor no era tan terrible. Estaba más sorprendida que otra cosa -. Inténtalo otra vez – dijo -. Pero con más cuidado.

Sintió que la cabeza de su pene volvía a rozarle los labios y supo que no entraría: era demasiado grande, o el agujero era demasiado pequeño, o las dos cosas. Pero le dejó empujar, esperando lo mejor. Le dolía, pero esta vez apretó los dientes y reprimió los gritos. Su estoicismo no servía de nada. Al cabo de unos momentos, Walter se detuvo.

– No entro – dijo.

– ¿Qué sucede? – preguntó ella con tristeza -. Pensaba que esto era algo que ocurría con naturalidad.

– Tampoco yo lo entiendo – dijo Walter -. No tengo experiencia.

– Ni yo, desde luego. – Alargó una mano y le agarró el pene.

Le encantaba sentirlo en su mano, duro pero sedoso. Intentó hacerlo entrar en su cuerpo levantando las caderas para que resultara más fácil, pero al cabo de un momento él se echó atrás.

– ¡Ay! ¡Lo siento! A mí también me duele.

– ¿Crees que la tienes más grande de lo normal? – preguntó, insegura.

– No. Cuando estaba en el ejército vi a muchos hombres desnudos. Algunos la tienen grandísima, y se sienten muy orgullosos, pero yo soy de la media, y de todas formas nunca oí que ni uno solo de ellos se quejara de estas dificultades.

Maud asintió. El único pene que había visto ella era el de Fitz, y, por lo que podía recordar, era más o menos del mismo tamaño que el de Walter.

– A lo mejor soy yo la que lo tiene muy pequeño.

Walter negó con la cabeza.

– Cuando tenía dieciséis años, pasé una temporada en el castillo que posee la familia de Robert en Hungría. Allí había una doncella, Greta, que era muy… vivaracha. No tuvimos relaciones sexuales, pero sí que experimentamos. Yo la tocaba igual que te toqué a ti en la biblioteca de Sussex House. Espero que no te enfades porque te cuente esto.

Ella le besó la barbilla.

– Ni mucho menos.

– Greta no era muy diferente a ti en esa zona.

– Entonces, ¿qué estamos haciendo mal?

Walter suspiró y se retiró de encima de ella. Puso el brazo bajo la cabeza de Maud y la acercó hacia sí para besarle la frente.

– He oído decir que las parejas recién casadas pueden tener dificultades. A veces el hombre está tan nervioso que no consigue una erección. También he oído hablar de hombres que se excitan demasiado y eyaculan aun antes de que tenga lugar la relación. Me parece que debemos ser pacientes, amarnos y esperar a ver qué pasa.

– ¡Pero es que solo tenemos una noche! – Maud se echó a llorar.

Walter le dio unas palmaditas cariñosas.

– Tranquila, tranquila.

Pero no sirvió de nada. Maud se sentía fracasada. «Me creía tan lista – pensó -, escapando de mi hermano y casándome con Walter en secreto, y ahora ha resultado ser todo un desastre.» Estaba decepcionada por ella misma, pero más aún por Walter. ¡Qué horrible para él tener que esperar hasta la edad de veintiocho años para casarse con una mujer que no podía satisfacerlo!

Deseó poder hablar con alguien de eso, con otra mujer, pero… ¿con quién? La idea de comentárselo a tía Herm era ridícula. Había mujeres que compartían secretos con sus doncellas, pero Maud nunca había disfrutado de esa clase de relación con Sanderson. Pensó en Ethel. «Podría hablar con ella», comprendió entonces. Ahora que lo pensaba, era ella quien le había dicho que era normal tener vello entre las piernas. Pero Ethel se había ido con Robert.

Walter se sentó en la cama.

– Pidamos la cena, y quizá también una botella de vino – dijo -. Nos sentaremos juntos como marido y mujer y hablaremos un rato de esto y de aquello. Después, más tarde, lo intentaremos otra vez.

Maud no tenía apetito y no lograba imaginarse charlando «de esto y de aquello», pero tampoco tenía una idea mejor, así que accedió. Abatida, volvió a ponerse la ropa. Walter se vistió deprisa, fue a la habitación contigua y tocó la campanilla para llamar a un camarero. Maud oyó cómo pedía fiambres, pescado ahumado, ensaladas y una botella de vino blanco del Rin.

Se sentó junto a una ventana abierta y miró a la calle de abajo. Un cartel de anuncio de un periódico decía: ULTIMÁTUM BRITÁNICO A ALEMANIA. Puede que Walter muriera en esa guerra. No quería que muriera virgen.

Walter la llamó cuando llegó la cena, y ella se reunió con él en la otra habitación. El camarero había extendido un mantel blanco y había servido salmón ahumado, lonchas de jamón, lechuga, tomates, pepino y pan blanco en rebanadas. Maud no tenía hambre, pero bebió a sorbitos el vino blanco que le ofreció Walter, y también mordisqueó un poco de salmón para dar muestras de buena voluntad.

Al final sí que hablaron de esto y de aquello. Walter estuvo recordando su infancia, a su madre y su época en Eton. Maud le habló de las fiestas que daban en Ty Gwyn cuando aún vivía su padre. Sus invitados eran los hombres más poderosos del país, y su madre tenía que reorganizar la asignación de habitaciones para que todos ellos pudieran estar cerca de sus amantes.

Al principio, Maud se esforzaba conscientemente por darle conversación, como si fueran dos personas que apenas se conocían; pero no tardaron en relajarse y recuperar su habitual intimidad, y entonces empezó a decir simplemente lo que se le pasaba por la cabeza. El camarero recogió la cena y ellos se trasladaron al sofá, donde siguieron charlando agarrados de la mano. Especularon sobre la vida sexual de otras personas: sus padres, Fitz, Robert, Ethel, incluso la duquesa. A Maud le fascinó saber acerca de hombres como Robert: dónde se encontraban, cómo se reconocían unos a otros y qué hacían. Se besaban igual que un hombre besa a una mujer, le explicó Walter, y hacían lo que ella le había hecho a él en la ópera, y otras cosas… Dijo que no estaba muy seguro de conocer los detalles, pero a ella le dio la impresión de que sí lo sabía, aunque le daba demasiada vergüenza decirlo.

Se sorprendió cuando el reloj de la chimenea tocó la medianoche.

– Vayamos a acostarnos – dijo -. Quiero dormir en tus brazos, aunque las cosas no sucedan tal y como se suponía que debían hacerlo.

– Está bien. – Walter se levantó -. ¿Te importa que antes me ocupe de algo? Hay un teléfono para uso de los clientes en el vestíbulo. Quisiera llamar a la embajada.

– Desde luego.

Walter salió. Maud fue al baño que había al final del pasillo y luego regresó a la suite. Se quitó la ropa y se metió en la cama desnuda. Casi sentía que ya no le importaba lo que ocurriera. Se amaban y estaban juntos, y si eso era todo lo que tenían, sería suficiente.

Walter volvió unos minutos después. Traía una expresión sombría, y Maud supo de inmediato que le habían dado malas noticias.

– Gran Bretaña le ha declarado la guerra a Alemania – dijo él.

– ¡Oh, Walter, lo siento muchísimo!

– La embajada ha recibido el mensaje hace una hora. El joven Nicolson lo ha traído desde el Foreign Office y ha sacado de la cama al príncipe Lichnowsky.

Sabían que era prácticamente seguro que iba a suceder, pero, aun así, la realidad golpeó a Maud como un mazo. También Walter, vio ella entonces, estaba alterado.

Se quitó la ropa con movimientos automáticos, como si llevara años desvistiéndose delante de su mujer.

– Nos vamos mañana – dijo. Se quitó los calzones, y ella vio que su pene en estado normal era pequeño y arrugado -. Tengo que estar en la estación de Liverpool Street con la maleta hecha a las diez en punto. – Apagó la luz eléctrica y se metió en la cama con ella.

Se quedaron tumbados uno junto al otro, sin tocarse, y durante unos horribles instantes Maud pensó que se quedaría dormido así; entonces Walter se volvió hacia ella, la abrazó y le dio un beso en la boca. A pesar de todo, ella se sentía embriagada de deseo por él; de hecho, era casi como si sus problemas le hubieran hecho amarlo con más intensidad y más desesperación. Maud sintió cómo su pene crecía y se endurecía contra su suave barriga. Un momento después, se puso sobre ella. Igual que antes, se inclinó sobre el brazo izquierdo y la tocó con la mano derecha. Igual que antes, Maud sintió su pene erecto que intentaba abrirse paso entre sus labios. Igual que antes, le dolió… pero solo un momento. Esta vez se deslizó dentro de ella.

Se produjo un momento más de resistencia, y entonces perdió la virginidad; de repente, él había entrado hasta el fondo y quedaron unidos en el abrazo más antiguo del mundo.

– Oh, gracias al cielo – dijo Maud.

Después, el alivio dio paso al placer, y empezó a moverse con él a un ritmo feliz. Y así, por fin, hicieron el amor.


Capítulo 2

<p>Capítulo 2</p>

Enero de 1914

El conde Fitzherbert, de veintiocho años de edad, conocido por su familia y amigos como Fitz, era el noveno hombre más rico de toda Gran Bretaña.

No había hecho nada en absoluto para ganar sus cuantiosos ingresos, sino que sencillamente, se había limitado a heredar miles de hectáreas de tierra en Gales y en Yorkshire. Las granjas no producían muchos beneficios, pero debajo de ellas había grandes cantidades de carbón, y el abuelo de Fitz se había hecho inmensamente rico otorgando las concesiones para la explotación del mineral.

Estaba claro que era la voluntad de Dios que los Fitzherbert gobernasen a sus semejantes y que viviesen de manera acorde a su condición, pero Fitz pensaba que no había hecho nada que justificase la fe que Dios había depositado en él.

Su padre, el anterior conde, había sido un caso distinto. Oficial de la Armada, había sido nombrado almirante tras el bombardeo de Alejandría en 1882, se había convertido en embajador británico en San Petersburgo y, finalmente, había sido ministro en el gabinete de lord Salisbury. Los conservadores perdieron las elecciones generales de 1906 y el padre de Fitz murió escasas semanas más tarde, una muerte precipitada – de eso Fitz estaba seguro – por el hecho de ver a liberales irresponsables como David Lloyd George y Winston Churchill hacerse cargo del gobierno de Su Majestad.

Fitz ocupó su escaño en la Cámara de los Lores, la cámara legislativa superior del Parlamento británico, como par conservador. Hablaba un francés muy correcto y se defendía en ruso, y su sueño era llegar a convertirse algún día en jefe del Foreign Office. Por desgracia, los liberales no dejaban de ganar las elecciones continuamente, de modo que aún no había tenido ocasión de ser ministro del gobierno.

Su carrera militar había sido igual de mediocre. Había asistido a la academia de entrenamiento de oficiales del ejército de Sandhurst, y pasó tres años con el regimiento de los Fusileros Galeses para convertirse en capitán. Tras su matrimonio abandonó la carrera militar, pero pasó a ser coronel honorífico de los Territorials de Gales del Sur. Lamentablemente, los coroneles honoríficos nunca ganaban medallas.

Sin embargo, había algo de lo que sí se sentía orgulloso, pensaba mientras la locomotora de vapor avanzaba por los valles del sur del País de Gales: dos semanas más tarde, el rey en persona iba a pasar unos días en la casa de campo de Fitz. El rey Jorge V y el padre de Fitz habían sido compañeros en la Armada en su juventud. Recientemente, el rey había expresado su deseo de conocer qué era lo que pensaban sus súbditos más jóvenes, y Fitz había organizado una discreta velada en casa para que Su Majestad conociera a algunos de los más brillantes de su generación. En aquellos momentos, Fitz y su esposa, Bea, iban de camino a la mansión para terminar de disponerlo todo para la visita del monarca.

Fitz sentía un gran apego por las tradiciones. No había nada en la historia de la humanidad capaz de rivalizar con la estabilidad que proporcionaba el orden establecido, basado en los cuatro estamentos de la sociedad: monarquía, aristocracia, comerciantes y campesinado. Sin embargo, al mirar por la ventanilla del tren, como en esos precisos momentos, veía que la sombra de una seria amenaza pendía sobre las costumbres tradicionales de la sociedad británica, una amenaza mayor que cualquiera de las que se hubiesen cernido sobre ella en los cuatrocientos años anteriores. Cubriendo por completo las laderas de los montes, otrora tan verdes, extendiéndose como una plaga de manchas grisáceas en las hojas de los rododendros, surgían las casas de los mineros del carbón. En aquellas mugrientas casuchas se hablaba de republicanismo, de ateísmo y de revolución. Solo había pasado un siglo más o menos desde que habían llevado a la nobleza francesa en carretas hasta la guillotina, y lo mismo ocurriría allí si algunos de aquellos mineros musculosos con la cara tiznada lograban salirse con la suya.

Fitz estaría encantado de renunciar a las ganancias que obtenía del carbón, se dijo, con tal de que Gran Bretaña volviese a la sencillez de otros tiempos. La familia real era un poderoso bastión contra la insurrección. Sin embargo, además de hacerle sentirse orgulloso, la visita del monarca también le provocaba cierta inquietud, pues había muchas cosas que podían salir mal. Con la realeza, cualquier descuido podía ser una señal de negligencia y, por tanto, una falta de respeto. Hasta el último detalle del fin de semana sería comentado posteriormente, por los sirvientes de los visitantes a otros sirvientes y, de estos, a los señores de dichos sirvientes, por lo que todas las damas de la alta sociedad londinense acabarían sabiendo si, durante su estancia en Ty Gwyn, al rey le habían dado una almohada demasiado dura, una patata podrida o la botella de champán equivocada.

El Rolls-Royce Silver Ghost de Fitz estaba esperándolos en la estación de ferrocarril de Aberowen. Se sentó junto a Bea y el chófer los condujo a lo largo de un kilómetro y medio hasta Ty Gwyn, su casa de campo. Estaba cayendo una llovizna fina pero pertinaz, como era habitual en Gales.

«Ty Gwyn» significaba «Casa Blanca» en galés, pero el nombre había acabado resultando un tanto irónico porque, como todo lo demás en aquel rincón del mundo, el edificio estaba cubierto por una capa de polvo de carbón, y los bloques de piedra que en otros tiempos habían sido de un blanco inmaculado ofrecían en esos momentos un color gris oscuro que emborronaba las faldas de las señoras que, en un descuido, rozaban las paredes.

Pese a todo, era un edificio magnífico que llenaba a Fitz de orgullo a medida que el vehículo avanzaba por el camino de entrada a la casa. La mansión privada más grande de todo el País de Gales, Ty Gwyn contaba con doscientas habitaciones. Una vez, de pequeño, él y su hermana, Maud, contaron las ventanas hasta sumar un total de 523. Había sido construida por su abuelo, y en el diseño de las tres plantas se apreciaba una agradable armonía. Los ventanales de la planta noble eran altos y dejaban entrar una gran cantidad de luz en los majestuosos salones. En la planta superior había multitud de habitaciones de invitados, mientras que en la buhardilla se hallaban los innumerables dormitorios del servicio que, aun siendo minúsculos, eran evidentes por las largas hileras de lucernarios que poblaban los tejados en pendiente.

Las veinte hectáreas de jardines eran la debilidad de Fitz; él mismo se encargaba de supervisar la labor de los jardineros, tomando decisiones sobre la selección de variedades que debían plantarse, sobre la poda y el emplazamiento de cada una de ellas.

– Una casa digna de la visita de un monarca – comentó cuando el vehículo se detuvo en el majestuoso pórtico.

Bea no dijo nada; los viajes la ponían de mal humor.

Al bajarse del coche, Gelert, su perro de montaña de los Pirineos, acudió a su encuentro, un animal del tamaño de un oso que le lamió la mano y luego empezó a correr alegremente alrededor del patio para celebrar la llegada de su amo.

Una vez en el vestidor, Fitz se despojó de su ropa de viaje y se puso un traje de tweed marrón claro. A continuación, atravesó la puerta que comunicaba con los aposentos de Bea.

La sirvienta rusa, Nina, estaba quitando los alfileres del elaborado sombrero que su señora se había puesto para el viaje. Fitz vio el rostro de Bea reflejado en el espejo del tocador y se le aceleró el corazón. Retrocedió cuatro años en el tiempo, hasta el salón de baile de San Petersburgo donde había visto por primera vez aquel rostro de belleza deslumbrante, rodeado por una cascada de tirabuzones rubios imposibles de domeñar. En aquel lejano día, al igual que en esos momentos, su cara mostraba un mohín enfurruñado que a él le resultaba extrañamente atractivo. No le costó más que un instante decidir que era ella, de entre todas las mujeres, a la que quería convertir en su esposa.

Nina era una mujer de mediana edad y, en esos instantes, le temblaba el pulso. Bea ponía nerviosas a sus doncellas a menudo. Mientras Fitz la miraba, uno de los alfileres se clavó en el cuero cabelludo de su mujer, quien soltó un chillido. Nina palideció.

– ¡Lo siento muchísimo, su alteza! – se disculpó en ruso.

Bea cogió un alfiler de la superficie del tocador.

– ¡A ver si te gusta! – exclamó y pinchó a la sirvienta en el brazo.

Nina rompió a llorar y salió corriendo de la habitación.

– Deja que te ayude – le dijo Fitz a su esposa en tono apaciguador. Sin embargo, ella no pensaba calmarse.

– Lo haré yo sola.

Fitz se aproximó a la ventana. Abajo, había un ejército de jardineros podando los setos, cortando el césped y rastrillando la gravilla. Había varios arbustos en flor: viburnos de invierno, jazmines amarillos, hamamelis y fragante madreselva. Al otro lado del jardín se divisaba la suave ondulación verde de la ladera de la montaña.

Tenía que ser paciente con Bea y no olvidar que era extranjera, que estaba aislada en un país extraño, lejos de su familia y de todo aquello que le proporcionaba seguridad. Había sido fácil en los primeros meses de su matrimonio, cuando él aún estaba embriagado por su belleza física, por su olor y por el tacto de su piel suave. Ahora le costaba cierto esfuerzo.

– ¿Por qué no descansas? – sugirió -. Yo iré a hablar con Peel y la señora Jevons y veré cómo marchan los preparativos. – Peel era el mayordomo y la señora Jevons el ama de llaves. En teoría, era Bea la encargada de organizar al personal, pero Fitz estaba lo suficientemente nervioso con la visita del rey como para no desperdiciar la ocasión de participar más activamente en los planes -. Ya te informaré más tarde, cuando estés descansada. – Extrajo su cigarrera.

– No fumes aquí dentro – lo reconvino ella.

Él lo interpretó como un consentimiento y se dirigió a la puerta. Deteniéndose de camino, dijo:

– Escucha, ¿no irás a comportarte así delante del rey y la reina, verdad? Me refiero a lo de maltratar al servicio.

– Yo no la he maltratado, le he clavado una aguja para que aprenda.

Los rusos hacían esa clase de cosas. Cuando el padre de Fitz se quejó de la desidia de los sirvientes de la embajada británica en San Petersburgo, sus amigos rusos le contestaron que era porque no les azotaba lo suficiente.

– Sería un poco embarazoso para el rey tener que presenciar algo semejante – le dijo Fitz a Bea -. Como ya te he dicho en anteriores ocasiones, eso no se hace en Inglaterra.

– Cuando era niña, me obligaron a presenciar cómo ahorcaban a tres campesinos – respondió ella -. A mi madre no le gustaba la idea, pero mi abuelo insistió. Me dijo: «Así aprenderás a castigar a tus sirvientes. Si no les azotas o les pegas por pequeñas faltas como haber cometido algún descuido sin importancia o por ser perezosos, al final acabarán cometiendo fechorías mucho más graves y terminarán en el patíbulo». Él me enseñó que la indulgencia con las clases inferiores, a la postre, es mucho más cruel.

Fitz empezaba a perder la paciencia con su esposa. Bea rememoraba una infancia rodeada de lujos y riquezas inmensas, con una legión de sirvientes fieles y obedientes y hordas de campesinos felices. Si su abuelo, un hombre implacable y extremadamente competente, no hubiese muerto, puede que esa vida hubiese seguido siendo así; sin embargo, entre el padre de Bea, un borracho empedernido, y el hermano estúpido de esta, quien se dedicaba a vender la madera sin antes replantar el bosque, habían conseguido dilapidar la totalidad de la fortuna familiar.

– Los tiempos han cambiado – le explicó Fitz -. Te estoy pidiendo… mejor dicho, te ordeno, que no me dejes en mal lugar delante de mi rey. Espero haberme expresado con suficiente claridad. – Y dicho esto, salió y cerró la puerta.

Echó a andar por el amplio pasillo, irritado y un poco triste. Poco después de casarse, aquella clase de rifirrafes lo dejaban desconcertado y abatido, pero últimamente se estaba acostumbrando. ¿Ocurría lo mismo en todos los matrimonios? No lo sabía.

Un lacayo de gran estatura que estaba bruñendo el pomo de una puerta se incorporó, se colocó con la espalda hacia la pared y bajó la mirada, tal como los miembros del personal del servicio de Ty Gwyn tenían instrucciones de hacer cada vez que el conde desfilaba ante ellos. En algunas mansiones, el servicio tenía que colocarse de cara a la pared, pero eso a Fitz le parecía demasiado feudal. El conde reconoció al hombre, pues lo había visto jugando un partido de críquet entre el personal de Ty Gwyn y los mineros de Aberowen. Era un buen bateador.

– Morrison – dijo Fitz, que recordó su nombre -. Avisa a Peel y a la señora Jevons para que acudan a la biblioteca.

– Enseguida, milord.

Fitz bajó la majestuosa escalera. Se había casado con Bea porque esta lo había encandilado, pero también por una razón más poderosa: soñaba con la idea de fundar una insigne dinastía anglorrusa cuyo dominio se extendiese hasta los últimos confines de la Tierra, tal como los Habsburgo habían gobernado diversas partes de Europa durante siglos.

Sin embargo, para eso necesitaba un heredero, y el mal humor de Bea significaba que aquella noche no iba a dejarlo entrar en su dormitorio. Podía insistir, pero eso nunca resultaba demasiado satisfactorio. Habían pasado ya un par de semanas desde la última vez. No quería una esposa que estuviese siempre dispuesta a hacer aquellas cosas, sería una vulgaridad, pero, por otra parte, dos semanas era mucho tiempo.

Su hermana, Maud, seguía soltera a sus veintitrés años, y para colmo, sería capaz de educar a cualquier hijo suyo para que acabara siendo un socialista rabioso que no vacilaría en malgastar toda la fortuna familiar imprimiendo panfletos revolucionarios.

Él llevaba casado tres años y empezaba a preocuparse. Bea solo se había quedado encinta una vez, el año anterior, pero perdió el niño a los tres meses. Ocurrió justo después de una disputa entre ambos. Fitz había cancelado un viaje que tenían planeado a San Petersburgo y Bea se alteró muchísimo, comenzó a llorar y a gritar que quería irse a su casa. Fitz se mantuvo en sus trece y se negó rotundamente – al fin y al cabo, un hombre no podía dejar que su mujer le diese órdenes – pero entonces, cuando ella sufrió el aborto, la culpabilidad que sintió lo convenció de que había sido culpa suya. Si ella se quedaba embarazada de nuevo, se juró a sí mismo que no haría absolutamente nada que pudiese turbarla hasta el nacimiento de su hijo.

Tras posponer mentalmente esa preocupación para más tarde, el conde entró en la biblioteca y se sentó al escritorio con incrustaciones de cuero para confeccionar una lista. Al cabo de uno o dos minutos, Peel apareció acompañado de una doncella. El mayordomo era el hijo menor de un granjero, y su rostro plagado de pecas y el pelo entrecano evocaban cierto aire a campo y a labores al aire libre, pero llevaba toda su vida trabajando como sirviente en Ty Gwyn.

– La señora Jevons está mala, milord – dijo. Hacía tiempo que Fitz había renunciado a tratar de mejorar el habla y el léxico de sus sirvientes galeses -. La barriga – añadió Peel con tono lúgubre.

– Ahórrame los detalles. – Fitz miró a la doncella, una joven hermosa de unos veinte años. Su cara le resultaba vagamente familiar -. ¿Y esta quién es?

La propia muchacha contestó.

– Ethel Williams, milord. Soy la ayudante de la señora Jevons. – Hablaba con el acento cantarín de los valles de Gales del Sur.

– Bueno, Williams, lo cierto es que pareces muy joven para asumir las tareas de un ama de llaves.

– Permítame, señor, pero la señora Jevons dijo que seguramente mandaría llamar al ama de llaves de Mayfair, aunque espera que, entretanto, tal vez yo consiga satisfacer sus necesidades.

¿Acaso vio un brillo pícaro en sus ojos cuando habló de satisfacer sus necesidades? A pesar de que hablaba con la debida deferencia, tenía aspecto de descarada.

– Muy bien – dijo Fitz.

Williams llevaba un grueso cuaderno en una mano y dos lápices en la otra.

– He ido a ver a la señora Jevons a su cuarto y se sentía con fuerzas suficientes para repasarlo todo conmigo.

– ¿Por qué llevas dos lápices?

– Por si se rompe uno – contestó ella, y sonrió.

Las sirvientas no debían sonreír al conde, pero Fitz no pudo evitar devolverle la sonrisa.

– Bien – dijo -, dime qué es lo que has anotado en ese cuaderno.

– Tres cosas – contestó la joven -: huéspedes, personal y provisiones.

– Muy bien.

– Por la carta que envió el señor, tenemos entendido que habrá veinte huéspedes. La mayoría de ellos vendrá acompañada por uno o dos asistentes personales, supongamos un promedio de dos, de modo que eso suma un total de cuarenta personas más en cuanto a alojamiento del servicio. Todos llegarán el sábado y se marcharán el lunes.

– Correcto. – Fitz sentía una mezcla de aprensión y placer muy similar a las emociones que había experimentado antes de pronunciar su primer discurso ante la Cámara de los Lores: estaba entusiasmado por hacer aquello y, al mismo tiempo, preocupado por hacerlo bien.

Williams siguió hablando.

– Obviamente, Sus Majestades se alojarán en las Habitaciones Egipcias.

Fitz asintió. Aquellas eran las dependencias privadas más espaciosas. El papel pintado de las paredes contenía motivos ornamentales de los templos egipcios.

– La señora Jevons ha sugerido qué otras dependencias deberíamos acondicionar y las he anotado en aquí.

La expresión «en aquí» era un localismo, una forma de hablar que resultaba redundante, pues significaba exactamente lo mismo que «aquí».

– A ver, enséñame eso – dijo Fitz.

La muchacha rodeó el escritorio y colocó el cuaderno abierto delante del conde. Los sirvientes domésticos estaban obligados a bañarse una vez a la semana, de modo que no olía tan mal como solían hacerlo los miembros de la clase trabajadora. De hecho, su cuerpo cálido desprendía una fragancia floral. Tal vez había robado el jabón aromático de Bea. Leyó la lista que le había enseñado.

– Muy bien – sentenció -. La princesa se encargará de asignar los huéspedes a las distintas habitaciones. Puede que tenga ideas muy concretas al respecto.

Williams pasó la página.

– Esta es una lista del personal adicional que vamos a necesitar: seis muchachas en la cocina, para lavar las verduras y fregar los cacharros; dos hombres con las manos limpias para servir la mesa; tres doncellas más y tres mozos para limpiar las botas y encender las velas.

– ¿Y sabes dónde podemos conseguir a toda esa gente?

– Huy, sí, milord, tengo una lista de lugareños que ya han trabajado aquí antes, y si con ellos no basta, les podemos pedir que nos recomienden a otros.

– Nada de socialistas, sobre todo – dijo Fitz con cierta angustia -. Intentarían hablarle al rey de las perversidades del capitalismo. – «Con los galeses, nunca se sabe», pensó.

– Por supuesto, milord.

– ¿Qué hay de las provisiones?

La doncella pasó otra página del cuaderno.

– Esto es lo que necesitamos, basándonos en los banquetes previos que se han celebrado en la casa.

Fitz examinó la lista: cien barras de pan, veinte docenas de huevos, cuarenta litros de nata, cuarenta y cinco kilos de tocino, trescientos kilos de patatas… Empezó a aburrirse.

– ¿No deberíamos dejar eso hasta que la princesa haya decidido los menús?

– Es que hay que traerlo todo de Cardiff – repuso Williams -. Las tiendas en Aberowen no pueden asumir pedidos tan cuantiosos, y hasta a los proveedores de Cardiff hay que avisarlos con tiempo, para asegurarnos de que tengan cantidades suficientes el día en cuestión.

La muchacha tenía razón. El conde se alegró de que estuviera a cargo de la organización: tenía la capacidad de prever las cosas y verlas venir, adelantándose a los acontecimientos, una cualidad muy poco frecuente, según había descubierto.

– No me vendría mal tener a una muchacha como tú en mi regimiento – dijo.

– No puedo vestir de color caqui, no me sienta bien con esta piel tan clara – contestó ella con descaro.

El mayordomo parecía escandalizado.

– ¡Williams, compórtate! No seas desvergonzada.

– Le ruego me perdone, señor Peel.

Fitz se dio cuenta de que había sido culpa suya, por dirigirse a la muchacha con aquella familiaridad. Aunque… lo cierto era que no le desagradaba la desfachatez de la joven. De hecho, le gustaba y todo.

– A la cocinera se le han ocurrido algunas ideas para los menús, milord – dijo Peel, que le entregó a Fitz una hoja de papel un tanto sucia y emborronada con la letra infantil, de trazo cuidadoso, de la cocinera -. Por desgracia, es un poco pronto para el cordero lechal, pero nos pueden enviar una gran variedad de pescado fresco desde Cardiff, en bloques de hielo.

– Todo esto se parece mucho a lo que ofrecimos en nuestra cacería en noviembre – dijo Fitz -. Aunque, por otra parte, no queremos hacer experimentos con cosas nuevas en esta ocasión; es mejor ceñirse a platos que ya hayamos probado antes.

– Exacto, milord.

– Y ahora, los vinos. Vayamos a la bodega.

Peel parecía sorprendido; el conde no solía bajar a los sótanos.

En ese momento, a Fitz le asaltó un pensamiento que había permanecido agazapado en algún recoveco de su cerebro, pero prefirió no prestarle atención. Vaciló unos instantes y luego dijo:

– Williams, ven también. Así tomarás notas.

El mayordomo sujetó la puerta y Fitz salió de la biblioteca y bajó por la escalera trasera. La cocina y la sala de los sirvientes estaban en un semisótano. Allí abajo, la etiqueta funcionaba de un modo distinto, y las sirvientas y los mozos se inclinaban o hacían una reverencia cuando pasaba él.

La bodega estaba en un sótano. Peel abrió la puerta.

– Con su permiso, yo iré delante – dijo.

Fitz asintió. Peel prendió una cerilla, encendió una vela colgada de la pared y empezó a bajar los peldaños. Al llegar abajo, encendió otra palmatoria.

Fitz poseía una bodega más bien modesta, compuesta por unas doce mil botellas, la mayor parte de las cuales eran herencia de su padre y de su abuelo. El champán, el oporto y el vino blanco del Rin eran las bebidas predominantes, con cantidades menores de clarete y borgoña blanco. Fitz no era ningún entendido en vinos, pero sentía especial debilidad por la bodega porque le recordaba a su padre. «Una bodega de vino requiere orden, capacidad de previsión y buen gusto – solía decir el anciano -. Esas son las virtudes que conforman la grandeza de Gran Bretaña.»

Fitz quería servirle lo mejor a su soberano, por supuesto, pero para eso había que tener criterio. El champán sería Perrier-Jouët, el más caro, pero ¿de qué cosecha? Un champán maduro, de veinte o treinta años, tenía menos burbujas y más sabor, aunque lo cierto era que las cosechas jóvenes poseían algo especial, algo chispeantemente delicioso. Escogió una botella al azar. Estaba mugrienta, completamente cubierta de polvo y telarañas. Echó mano del pañuelo de hilo del bolsillo delantero de su chaqueta para limpiar la etiqueta. Seguía sin ver la fecha bajo la tenue luz de las velas. Le mostró la botella a Peel, que se había puesto unas lentes.

– 1857 – dijo el mayordomo.

– Dios santo, me acuerdo de esa botella… – recordó Fitz -. Fue la primera cosecha que probé en mi vida, y seguramente la mejor. – De pronto, recordó la presencia de la doncella, que había inclinado el cuerpo hacia él y estaba examinando la botella que era mucho, muchísimo más vieja que ella. Para su consternación, la proximidad del cuerpo de la joven lo dejó momentáneamente sin aliento.

– Me temo que la cosecha del cincuenta y siete ya ha dejado atrás su mejor momento – comentó Peel -. ¿Puedo sugerir la del noventa y dos?

Fitz miró otra botella, dudó y tomó una decisión.

– No veo nada con esta luz – anunció -. Tráeme una lupa, Peel, ¿quieres?

Peel subió los peldaños de piedra.

Fitz miró a Williams. Estaba a punto de cometer una locura, pero no podía contenerse.

– Qué guapa eres… – dijo.

– Gracias, milord.

Bajo la cofia de doncella, asomaban unos rizos rebeldes de pelo oscuro. El conde le acarició el pelo. Sabía que algún día se arrepentiría de aquello.

– ¿Has oído hablar de lo que los franceses llaman el droit de seigneur, el derecho de pernada? – Percibió el tono ronco de su propia voz.

– Soy galesa, no francesa – contestó Ethel, con el mismo movimiento insolente de la barbilla que Fitz ya reconocía como característico en ella.

Desplazó la mano del pelo de la joven hasta la nuca y la miró a los ojos. Ella le sostuvo la mirada con audaz aplomo, pero ¿significaba aquella expresión que quería que él siguiera adelante… o que estaba dispuesta a montarle una escena humillante?

El conde oyó el ruido de unos pasos en las escaleras de la bodega; Peel ya estaba allí. Fitz se apartó de la sirvienta.

Las risas de la joven cogieron al conde por sorpresa.

– ¡Debería verse la cara de culpabilidad, señor! – exclamó -. Parece usted un colegial.

Peel asomó entre la penumbra con una bandeja de plata en la que llevaba una lupa con el mango de marfil.

Fitz intentó recobrar el aliento. Cogió la lupa y reanudó la inspección de las botellas de vino, con mucho cuidado de no tropezarse con la mirada de Williams.

«Dios mío – pensó -. Qué muchacha tan extraordinaria…»


Ethel Williams se sentía rebosante de energía. Nada la inquietaba, podía enfrentarse a cualquier situación, solucionar cualquier problema. Cuando se miraba al espejo, veía que le brillaba la piel y le centelleaban los ojos. El domingo, después del oficio religioso, su padre había hecho algún comentario al respecto, con su dosis de sarcasmo habitual.

– Te veo muy contenta – le dijo -. ¿Es que te has tropezado con un saco de dinero?

A menudo se sorprendía corriendo, y no caminando, por los interminables pasillos de Ty Gwyn, y todos los días llenaba hojas y más hojas de su cuaderno con listas de la compra, calendarios de trabajo del servicio, horarios para recoger las mesas y ponerlas otra vez, y cálculos: números de fundas de almohada, jarrones, servilletas, velas, cucharas…

Aquella era su gran oportunidad. Pese a su juventud, estaba haciendo las veces de ama de llaves en ocasión de una visita real. La señora Jevons no mostraba señales de mejoría ni de que fuese a levantarse de su lecho de convalecencia, así que sobre Ethel recaía toda la responsabilidad de preparar la mansión de Ty Gwyn para dar el recibimiento que merecían el rey y la reina. En el fondo, siempre había estado segura de que era capaz de hacer las cosas mejor que nadie y destacar, siempre y cuando le diesen la posibilidad, pero en la rígida jerarquía del servicio doméstico, había escasas oportunidades de demostrar que era mejor que los demás. De pronto, se le había presentado la ocasión, y estaba decidida a aprovecharla al máximo. Después de aquello, puede que asignasen a la señora Jevons una tarea con menos responsabilidades y que nombrasen a Ethel ama de llaves, con el doble del sueldo que cobraba entonces, con un dormitorio para ella sola y su propia sala de estar en las dependencias del servicio.

Sin embargo, todavía no había llegado ese momento. Era evidente que el conde estaba satisfecho con su labor, porque al final había optado por no llamar al ama de llaves de Londres, lo que Ethel interpretó como un cumplido. Aunque… pensó la joven con verdadera aprensión, todavía había tiempo para cometer ese pequeño desliz, para ese error fatal que podía estropearlo todo: un plato de la cena sucio, un sumidero atascado, un ratón muerto en la bañera… Y entonces el conde sí se pondría furioso.

La mañana del sábado en que estaba prevista la llegada de los reyes, Ethel se encargó personalmente de supervisar todas y cada una de las habitaciones de invitados, para asegurarse de que las chimeneas estaban encendidas y de que los almohadones habían sido ahuecados. En cada cuarto había al menos un jarrón con flores, llevadas esa misma mañana del invernadero; en cada escritorio había papel de cartas con el escudo de Ty Gwyn, y habían provisto toallas, jabón y agua para el aseo personal. Al anterior conde no le gustaba la fontanería moderna, y Fitz aún no había encontrado el momento de ordenar la instalación de agua corriente en todas las habitaciones. Solo había tres retretes en una casa con cien dormitorios, de manera que en la mayoría de las habitaciones seguían haciendo falta orinales. También habían colocado flores secas aromáticas en todas ellas, elaboradas por la señora Jevons según su propia receta, para eliminar los malos olores.

Se esperaba la llegada de la comitiva real para la hora del té. El conde acudiría a recibirlos a la estación de ferrocarril de Aberowen, donde sin duda se habría formado una gran multitud, esperando poder entrever fugazmente a los soberanos, aunque no había prevista allí ninguna aparición pública de los reyes. Fitz los llevaría a la casa en su Rolls-Royce, un automóvil grande y cerrado. El ayuda de cámara del rey, sir Alan Tite, y el resto del séquito que los acompañaba en el viaje irían detrás, con el equipaje, en una serie de vehículos tirados por caballos. Delante de Ty Gwyn, un batallón de los Fusileros Galeses ya estaba formando a uno y otro lado del camino de entrada para actuar como guardia de honor.

La pareja real aparecería públicamente ante sus súbditos el lunes por la mañana. Planeaban realizar un paseo por las aldeas de los alrededores en un coche de caballos descubierto y detenerse en el ayuntamiento de Aberowen para reunirse con el alcalde y los concejales antes de dirigirse a la estación de ferrocarril.

La llegada del resto de los huéspedes estaba prevista a mediodía. Peel se encontraba en el salón, asignando a las doncellas que debían conducirlos a sus habitaciones y a los mozos que debían subir el equipaje. Los primeros en llegar fueron los tíos de Fitz, el duque y la duquesa de Sussex. El duque era primo hermano del rey, y había sido invitado a fin de que este se sintiera más cómodo, en un entorno más familiar. La duquesa era la tía de Fitz y, al igual que la mayor parte de la familia, sentía un profundo y apasionado interés por la política, hasta el extremo de que en su casa de Londres celebraba una tertulia frecuentada por los miembros del gabinete ministerial.

La duquesa informó a Ethel acerca de que el rey Jorge V estaba un poco obsesionado con los relojes, y que no le gustaba nada ver que distintos relojes en una misma casa anunciasen una hora diferente. Ethel maldijo para sus adentros, pues en Ty Gwyn había más de un centenar de relojes. Tomó prestado el reloj de bolsillo de la señora Jevons y se dispuso a recorrer toda la casa para ajustar la hora.

Cuando entró en el comedor pequeño, se encontró con el conde. Este estaba de pie ante el ventanal, y parecía consternado. Ethel se paró a observarlo un momento. Era el hombre más guapo que había visto en su vida; era como si aquella tez pálida, iluminada por la tenue luz invernal, estuviese cincelada en mármol blanco. Tenía la mandíbula cuadrada, los pómulos prominentes y la nariz griega. Su cabello era negro y los ojos verdes, una combinación poco frecuente. No llevaba barba ni bigote, ni siquiera patillas. Con una cara tan hermosa como esa, pensó Ethel, ¿para qué taparla con pelo?

Él la sorprendió mirándolo.

– Acabo de saber que al rey le gusta tener cestos de naranjas en la habitación – exclamó -. ¡Y no hay una maldita naranja en toda la casa!

Ethel frunció el ceño. Ni uno solo de los tenderos de Aberowen tendría naranjas fuera de temporada, pues sus clientes no podían permitirse semejantes lujos. Ocurriría lo mismo en todas las demás poblaciones de los valles del sur de Gales.

– Si pudiera usar el teléfono, tal vez podría hablar con un par de fruterías de Cardiff – repuso ella -. Puede que tengan naranjas en esta época del año.

– Pero ¿cómo haremos para que nos las manden hasta aquí?

– Les pediré que coloquen una cesta en el tren. – Consultó el reloj que había estado ajustando -. Con un poco de suerte, las naranjas llegarán a la vez que el rey.

– Eso es – dijo él -. Eso es lo que haremos. – La miró directamente -. Eres asombrosa – exclamó -. No estoy seguro de haber conocido alguna vez a una muchacha como tú.

Ethel le sostuvo la mirada. A lo largo de las dos semanas anteriores, él se había dirigido a ella de forma muy similar a aquella, en un tono extremadamente familiar, con cierta intimidad, y eso le había hecho sentir extraña, le había provocado una especie de incómoda euforia, como si algo peligrosamente emocionante estuviese a punto de suceder. Era como ese momento en los cuentos de hadas en el que el príncipe entra en el castillo encantado.

El chirrido de unas ruedas fuera, en el camino de entrada, rompió el hechizo. Se oyó una voz familiar.

– ¡Peel! ¡Cuánto me alegro de verte!

Fitz miró por la ventana e hizo una mueca.

– ¡Oh, no! – exclamó -. ¡Es mi hermana!

– Bienvenida a casa, lady Maud – repuso la voz de Peel -, aunque lo cierto es que no la esperábamos.

– Al conde se le olvidó invitarme, pero he venido de todos modos.

Ethel contuvo una sonrisa. Fitz adoraba a su díscola hermanita, pero le resultaba difícil tratar con ella. Sus opiniones políticas eran alarmantemente liberales: era una sufragista, una activa militante del movimiento que propugnaba la concesión del voto a la mujer. A Ethel, Maud le parecía maravillosa, justo la clase de mujer independiente que a ella le habría gustado ser.

Fitz salió del comedor y Ethel lo siguió al salón, una estancia imponente decorada con el estilo gótico por el que tanta predilección sentían los victorianos como el padre de Fitz: revestimientos de madera oscura, papel de pared con abundantes motivos ornamentales y sillas de madera de roble labradas como si fueran tronos medievales. Maud ya estaba entrando por la puerta.

– Fitz, querido, ¿cómo estás? – lo saludó.

Maud era alta como su hermano, y ambos guardaban un gran parecido, pero las facciones cinceladas que hacían que el conde evocase la estatua de un dios no resultaban tan favorecedoras en el rostro de una mujer, por lo que Maud era más bien atractiva, en lugar de verdaderamente guapa. Contradiciendo la fama de anticuadas en la forma de vestir de las feministas, la joven iba ataviada según los cánones de la última moda, y llevaba una falda larga de tubo encima de unos botines abotonados, un abrigo de color azul marino con cinturón ancho y puños de varios botones, y un sombrero con una pluma clavada en la parte delantera como si fuera una bandera de regimiento.

La acompañaba tía Herm. Lady Hermia era la otra tía de Fitz. A diferencia de su hermana, que se había casado con un duque rico, Herm había contraído matrimonio con un barón despilfarrador que murió joven y en la ruina más absoluta. Diez años antes, cuando los padres de Fitz y Maud fallecieron en un intervalo de escasos meses, tía Herm se fue a vivir con ellos para cuidar principalmente de Maud, quien a la sazón tenía trece años, y aún seguía ejerciendo de señora de compañía de la joven, sin tener sobre esta ni sobre sus actos ninguna clase de autoridad.

– ¿Qué haces aquí? – le preguntó Fitz a Maud.

– Ya te dije que no le iba a hacer ninguna gracia – murmuró tía Herm.

– No podía faltar a la visita del rey – contestó Maud -. Habría sido una falta de respeto.

– No quiero que le hables al rey sobre los derechos de las mujeres – replicó Fitz con un deje de exasperación.

Ethel no creía que el conde tuviese razones para preocuparse. Pese al radicalismo de las ideas políticas de Maud, sabía cómo coquetear y apelar a la vanidad de los hombres poderosos, y era capaz de meterse en el bolsillo incluso a los amigos más conservadores de Fitz.

– Toma mi abrigo, por favor, Morrison – dijo Maud. Se desabrochó los botones y se volvió para que el lacayo la ayudara a quitárselo -. Hola, Williams, ¿cómo estás? – le preguntó a Ethel.

– Bienvenida, milady – respondió la muchacha -. ¿Desea ocupar la Suite Gardenia?

– Sí, gracias. Me encantan esas vistas.

– ¿Querrá almorzar mientras le preparo la habitación?

– Sí, por favor, me muero de hambre.

– Hoy lo estamos sirviendo al estilo club, señora, puesto que los invitados están llegando en momentos distintos.

El llamado «estilo club» hacía referencia a que se servía el almuerzo a los invitados a medida que iban entrando, como en los comedores de los clubes de caballeros o en un restaurante, en lugar de servirlo a todos los comensales a la vez. Ese día el almuerzo era más bien modesto: sopa india con especias, fiambres y pescado ahumado, trucha rellena, chuletas de cordero y un surtido de postres y quesos.

Ethel sujetó la puerta y siguió a Maud y a tía Herm al comedor principal. Los primos Von Ulrich ya estaban almorzando. Walter von Ulrich, el más joven, era un hombre apuesto y encantador, y parecía entusiasmado de estar en Ty Gwyn, mientras que Robert, por el contrario, era más quisquilloso: había enderezado el cuadro del castillo de Cardiff colgado en la pared, había pedido más almohadones y había descubierto que el tintero de su escritorio estaba seco, un descuido que hizo que Ethel se preguntase, inquieta, qué otros detalles podía haber pasado por alto.

Ambos se levantaron cuando entraron las damas. Maud se fue directa a Walter y exclamó:

– ¡Estás exactamente igual que cuando tenías dieciocho años! ¿Te acuerdas de mí?

Al joven se le iluminó el rostro.

– Pues claro, aunque debo decir que tú sí que has cambiado desde que tenías trece…

Ambos se estrecharon la mano y luego Maud le dio sendos besos en las mejillas, como si fueran parientes.

– Estaba completamente loca por ti a esa edad – confesó con asombrosa sinceridad.

Walter sonrió.

– Tú a mí también me tenías robado el corazón.

– ¡Pero si siempre te comportabas como si tuviera la peste!

– Tenía que disimular mis sentimientos delante de Fitz, que te protegía como un perro guardián.

Tía Herm se puso a toser, indicando de ese modo su desaprobación ante aquel arrebato de intimidad.

– Tía, te presento a herr Walter von Ulrich, un viejo compañero de escuela de Fitz que venía aquí en vacaciones. Ahora trabaja en el cuerpo diplomático de la embajada alemana en Londres.

– Les presento a mi primo, el Graf Robert von Ulrich. – Ethel sabía que Graf era el término en alemán que designaba a los condes -. Es agregado militar de la embajada austríaca.

En realidad eran primos segundos, le había explicado Peel en tono de confidencia a Ethe los abuelos de ambos eran hermanos, el menor de los cuales se casó con una rica heredera alemana y abandonó Viena para irse a vivir a Berlín, razón por la que Walter era alemán, mientras que Robert era austríaco. A Peel le gustaba dejar esa clase de cosas muy claras.

Todos se sentaron. Ethel retiró la silla de tía Herm.

– ¿Quiere un poco de sopa de especias, lady Hermia? – le preguntó.

– Sí, por favor, Williams.

Ethel le hizo una seña a un lacayo, quien se dirigió al aparador donde se hallaba la sopa, en un recipiente especial para que no se enfriara. Tras comprobar que las recién llegadas se hallaban a gusto, Ethel desapareció discretamente para preparar sus habitaciones. Cuando cerraba la puerta a su espalda, oyó decir a Walter von Ulrich:

– Me acuerdo de lo mucho que te gustaba la música, Maud. Justo estábamos hablando del ballet ruso. ¿Qué opinas de Diaguilev?

No había muchos hombres que preguntasen a una mujer su parecer. Eso le gustaría a Maud. Mientras Ethel se apresuraba a bajar los escalones para ir en busca de dos doncellas que hiciesen las habitaciones, pensó: «Ese alemán es todo un encanto».

El Salón Escultórico de Ty Gwyn era una antesala del comedor, y los invitados solían reunirse allí antes de la cena. Fitz no sentía un gran interés por el arte, pues en realidad, todas aquellas piezas las había reunido su abuelo, pero las esculturas daban a sus huéspedes algo de qué hablar mientras aguardaban el momento de la cena.

Al tiempo que conversaba con su tía, la duquesa, Fitz miró angustiado a su alrededor a los hombres vestidos de rigurosa etiqueta y a las mujeres con sus vestidos escotados y sus tiaras. El protocolo exigía que todos los invitados estuviesen presentes en la sala antes de que el rey y la reina hiciesen su entrada. Pero ¿dónde estaba Maud? ¿No iría a provocar un incidente? No, ahí estaba, con un traje de seda púrpura y con los diamantes de su madre, charlando animadamente con Walter von Ulrich.

Fitz y Maud siempre habían estado muy unidos. El padre de ambos había sido un héroe distante, y su madre, la infeliz seguidora incondicional de su marido; los dos hermanos habían obtenido el cariño y el afecto que necesitaban el uno del otro, y a la muerte de sus progenitores, ambos se habían unido más aún, compartiendo su dolor. En aquel trance, Fitz tenía dieciocho años, y había tratado por todos los medios de proteger a su hermanita de aquel mundo implacable y cruel. Ella, a su vez, le había mostrado su adoración absoluta. Con el paso de los años, al llegar a la edad adulta, Maud se había convertido en una joven independiente, capaz de pensar por sí misma, mientras que él continuaba creyendo que, como cabeza de familia, todavía ejercía algún tipo de autoridad sobre ella. Sin embargo, su afecto mutuo había demostrado ser más fuerte que sus diferencias… por el momento.

En esos instantes, Maud dirigía la atención de Walter hacia un cupido de bronce. A diferencia de Fitz, ella sí entendía de esas cosas. Fitz rezó porque su hermanita se pasara toda la velada hablando de arte y no enturbiase la cena con su discurso sobre los derechos de las mujeres. Jorge V odiaba a los liberales, era un secreto a voces. Por regla general, los monarcas solían ser conservadores, pero los acontecimientos recientes habían acentuado aún más el sentimiento de animadversión del rey. Había ascendido al trono en plena crisis política y, contra su voluntad, se había visto obligado por el primer ministro liberal H. H. Asquith – con el pleno respaldo de la opinión pública – a recortar el poder de la Cámara de los Lores. La herida de aquella humillación aún seguía abierta, y Su Majestad sabía que Fitz, como par conservador de la Cámara de los Lores, había luchado con todas sus fuerzas contra la llamada reforma. Pero a pesar a ello, si a Maud se le ocurría soltarle una arenga esa noche, el rey nunca perdonaría a Fitz.

Walter ejercía como diplomático de rango inferior, pero su padre era uno de los mejores amigos del káiser. Robert también tenía buenos contactos: era amigo del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono del Imperio austrohúngaro. Otro de los invitados que se movía en círculos selectos era el joven norteamericano, de gran estatura, que en esos precisos instantes hablaba con la duquesa. Se llamaba Gus Dewar, y su padre, un senador, era consejero personal del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson. Fitz sintió que había hecho bien reuniendo allí a aquel grupo de jóvenes, la élite dirigente del futuro. Esperaba que fuese del agrado del rey.

Gus Dewar era un joven simpático pero un poco raro. Siempre encorvaba la espalda, como si hubiese preferido ser más bajo y no destacar tanto. No parecía muy seguro de sí, pero se mostraba agradablemente cortés con todo el mundo.

– El pueblo estadounidense está más preocupado por los problemas de la nación que por la política exterior – le decía a la duquesa -, pero el presidente Wilson es un liberal, y como tal, es más probable que simpatice con democracias como las de Francia y Gran Bretaña que con las monarquías autoritarias de Austria y Alemania.

En ese momento, se abrieron las puertas dobles, se hizo el silencio en la habitación, y el rey y la reina entraron en la sala. La princesa Bea hizo una reverencia, Fitz inclinó la cabeza y todos los demás siguieron su ejemplo. A continuación se sucedieron unos minutos de incómodo silencio, pues no estaba permitido que nadie hablase hasta que la pareja real hubiese dicho algo. Al fin, el rey se dirigió a Bea:

– Ya me alojé en esta casa hace veinte años, ¿lo sabía? – le dijo, y los demás empezaron a relajarse.

El rey era un hombre elegante, pensó Fitz mientras los cuatro mantenían una distendida charla. Llevaba la barba y el bigote muy cuidados. Empezaba a tener entradas en el cabello, pero aún conservaba el suficiente para peinárselo con una raya tan recta como una regla. El traje de etiqueta sentaba como un guante a su estilizada figura: a diferencia de su padre, Eduardo VII, no era ningún gourmet. Se relajaba con aficiones que requerían precisión: le gustaba coleccionar sellos, pegándolos meticulosamente en álbumes, un pasatiempo que suscitaba las burlas de los irrespetuosos intelectuales de Londres.

La reina era una figura que inspiraba más temor, con el pelo rizado y ceniciento y un rictus severo en los labios. Tenía un busto generoso, realzado sobremanera por el vertiginoso escote de su vestido, siguiendo la moda de rigueur. Era la hija de un príncipe alemán. En un principio, había estado comprometida con el hermano mayor de Jorge, Alberto, pero este murió de neumonía justo antes del enlace. Cuando Jorge se convirtió en el heredero al trono, también se quedó con la prometida de su hermano, una costumbre que algunos tildaron de un tanto medieval.

Bea estaba en su elemento. Iba vestida de forma arrebatadora en seda rosa y, con un efecto perfectamente estudiado, sus tirabuzones rubios parecían un tanto alborotados, como si acabase de interrumpir un beso ilícito. Conversaba animadamente con el rey. Intuyendo que las charlas superficiales no eran del agrado de Jorge V, la princesa estaba contándole cómo Pedro el Grande había creado la armada rusa, y el monarca asentía con gesto de interés genuino.

Peel se asomó por la puerta del comedor con una expresión expectante en el rostro cubierto de pecas. Captó la atención de Fitz y le hizo una señal muy elocuente. Fitz se dirigió a la reina:

– ¿Desea que pasemos a cenar, su majestad?

Ella le ofreció el brazo. Detrás de ellos, el rey entrelazó el suyo con el de Bea y el resto de los comensales formaron parejas conforme al protocolo. Cuando todos estuvieron listos, entraron en el comedor en procesión.

– Qué bonita… – murmuró la reina al ver la mesa.

– Gracias, majestad – contestó Fitz, y exhaló un imperceptible suspiro de alivio.

Bea había hecho un trabajo maravilloso: había tres arañas de luces colgadas a escasa altura encima de la alargada mesa, cuyos reflejos destellaban en las copas de cristal distribuidas en el sitio de cada comensal. La totalidad de la cubertería era de oro, al igual que los saleros y los pimenteros, y aun las minúsculas cerilleras para los fumadores. El mantel blanco estaba cubierto de rosas procedentes del invernadero y, para conferir un último toque espectacular al conjunto, Bea había colocado delicadas hojas de helecho que descendían desde las arañas hasta las pirámides de uvas sobre las bandejas doradas.

Todos tomaron asiento, el obispo bendijo la mesa y Fitz se tranquilizó. Las reuniones que empezaban bien casi siempre transcurrían sin incidencias; por lo general, el vino y la comida hacían que los asistentes estuvieran menos dispuestos a encontrar defectos.

El menú comenzaba con los hors d’oeuvres rusos, un guiño a la tierra natal de Bea: blinis con caviar y nata, tostadas con pescado ahumado, galletitas saladas con arenques en vinagre, todo regado con el champán Perrier-Jouët de 1892, tan delicioso y suave como Peel había prometido. Fitz no apartaba la mirada del mayordomo, y este no le quitaba la vista de encima al rey. En cuanto Su Majestad soltaba los cubiertos, Peel retiraba su plato, y esa era la señal para que los lacayos se llevaran el resto. El comensal que todavía siguiese disfrutando del plato tenía que dejarlo en señal de deferencia.

A continuación, sirvieron la sopa, un pot-au-feu acompañado de un oloroso jerez de Sanlúcar de Barrameda. El pescado era lenguado, regado con un maduro Meursault Charmes que sabía a gloria. Para los medallones de cordero galés, Fitz había escogido el Château Lafite de 1875, pues el de 1870 todavía no estaba listo para su consumo. Siguió corriendo el vino tinto con el parfait de hígado de oca que sirvieron después y con el último plato de carne: hojaldre relleno de codorniz con uvas.

Nadie se comía todo aquello: los hombres seleccionaban lo que les gustaba y hacían caso omiso del resto, mientras que las mujeres picoteaban de uno o dos platos. Muchas de las viandas regresaban a la cocina intactas.

Hubo ensalada, un postre, surtido de aperitivos salados, fruta y petits fours. Finalmente, la princesa Bea alzó una discreta ceja en dirección a la reina, quien respondió con un asentimiento casi imperceptible. Ambas se pusieron en pie, todos los demás las imitaron y las damas abandonaron la sala.

Los hombres volvieron a tomar asiento, los lacayos llevaron cajas de cigarros y Peel depositó un decantador de oporto Ferreira de 1847 a la derecha del rey. Fitz aspiró agradecido el humo de un cigarro. Las cosas habían ido bien. El rey era célebre por su escasa afición a la vida social, pues solo se sentía cómodo entre sus viejos compañeros de sus felices días en la Marina. Sin embargo, aquella noche se había mostrado muy afable y todo había ido como la seda. Hasta las naranjas habían llegado a tiempo.

Fitz había hablado antes con sir Alan Tite, el ayuda de cámara del rey, un oficial retirado que aún lucía anticuadas patillas. Habían acordado que, al día siguiente, el rey dispondría de aproximadamente una hora a solas para departir con cada uno de los hombres sentados a la mesa, todos ellos depositarios de información privilegiada de un gobierno u otro. Aquella noche, Fitz debía romper el hielo entablando una conversación política de carácter general. Carraspeó unos segundos y se dirigió a Walter von Ulrich.

– Walter, tú y yo somos amigos desde hace quince años, fuimos juntos a Eton. – Le habló entonces a Robert -: Y conozco a tu primo desde que los tres compartimos apartamento en Viena cuando éramos estudiantes. – Robert sonrió y asintió. A Fitz le caían bien ambos: Robert era un tradicionalista, como Fitz, y si bien Walter no era tan conservador como ellos, lo cierto es que era muy inteligente -. Ahora asistimos con perplejidad a los rumores de una posible guerra entre nuestros países – siguió diciendo Fitz -. ¿Creéis que cabe realmente la posibilidad de que se produzca semejante tragedia?

Fue Walter quien contestó.

– Si hablar de la guerra puede hacer que esta estalle, entonces sí, no tendremos más remedio que enfrentarnos, porque todo el mundo se está preparando para esa eventualidad, pero ¿existe en verdad una razón de peso? Yo no lo creo.

Gus Dewar levantó la mano tímidamente. A Fitz le gustaba Dewar, pese a sus devaneos con la política liberal. Se suponía que los norteamericanos se comportaban con un exceso de desparpajo, pero aquel tenía buenos modales y era un poco tímido. También estaba asombrosamente bien informado. En ese momento dijo:

– Gran Bretaña y Alemania tienen muchas razones para enfrentarse.

Walter se volvió hacia él.

– ¿Como por ejemplo?

Gus exhaló el humo de su cigarro.

– La rivalidad naval.

Walter asintió.

– Mi káiser no cree que exista ninguna ley divina por la que la armada alemana deba seguir siendo inferior en número a la británica.

Fitz lanzó una mirada nerviosa al rey; el monarca amaba la Royal Navy por encima de todas las cosas, y podía sentirse ofendido. Por otra parte, el káiser Guillermo era su primo. El padre de Jorge y la madre de Guillermo eran hermanos, ambos hijos de la reina Victoria. Fitz sintió un gran alivio al comprobar que Su Majestad esbozaba una sonrisa indulgente.

Walter siguió hablando.

– Eso ha sido motivo de fricciones en el pasado, pero hace dos años que estamos de acuerdo, de manera extraoficial, sobre el tamaño relativo de nuestras flotas.

– ¿Y qué hay de la rivalidad económica? – preguntó Dewar.

– Es verdad que Alemania se está haciendo cada día más próspera y que puede que pronto alcance a Gran Bretaña y a Estados Unidos en cuanto a sus niveles de economía productiva, pero ¿por qué habría de suponer eso un problema? Alemania es uno de los principales clientes de Gran Bretaña. Cuanto más dinero tengamos para gastar, más compraremos. ¡Nuestro poderío económico es bueno para los productores británicos!

Dewar volvió a la carga.

– Se rumorea que los alemanes quieren más colonias.

Fitz volvió a mirar de soslayo al rey, preguntándose si no le molestaría que aquellos dos hombres monopolizasen la conversación, pero Su Majestad parecía fascinado.

– Ha habido guerras a causa de las colonias – contestó Walter – sobre todo en su país de origen, señor Dewar. Sin embargo, hoy en día parece ser que podemos dirimir esos conflictos sin recurrir a las armas. Hace tres años Alemania, Francia e Inglaterra se pelearon por culpa de Marruecos, pero la disputa se resolvió sin recurrir a ninguna guerra. Más recientemente, Gran Bretaña y Alemania han llegado a un acuerdo respecto al espinoso asunto del ferrocarril de Bagdad. Si seguimos haciendo las cosas de este modo, no entraremos en ninguna guerra.

– ¿Me perdonaría usted el uso del término «militarismo alemán»? – inquirió Dewar.

Aquello era pasarse de la raya, y Fitz sintió un escalofrío.

Walter se ruborizó, pero respondió con calma.

– Le agradezco su franqueza. El Imperio alemán está dominado por los prusianos, que desempeñan prácticamente el mismo papel que los ingleses en el Reino Unido de Su Majestad.

Era una osadía equiparar a Gran Bretaña con Alemania, o a Inglaterra con Prusia. Walter estaba rozando el límite de lo permisible según las normas de urbanidad que regían el arte de la conversación, pensó Fitz con cierta desazón.

Walter prosiguió con su argumentación.

– Los prusianos poseen una fuerte tradición militar, pero no van a la guerra sin tener un motivo.

– Entonces, Alemania no es agresiva – dijo Dewar en tono escéptico.

– Ni mucho menos – dijo Walter -; les aseguro que Alemania es la única… y subrayo, la única… potencia de la Europa continental que no es agresiva.

Alrededor de la mesa se propagó un murmullo de sorpresa, y Fitz vio que el rey arqueó las cejas. Dewar se recostó en la silla, con gesto de asombro, y preguntó:

– Ah, ¿por qué lo dice?

Los modales exquisitos de Walter, así como su tono amigable, quitaban hierro a sus provocadoras palabras.

– En primer lugar, examinemos el caso de Austria – prosiguió -. Mi primo vienés Robert, aquí presente, no negará que al Imperio austrohúngaro le gustaría ampliar sus fronteras al sudeste.

– Aunque no sin razón – protestó Robert -. Esa parte del mundo, a la que los británicos llaman los Balcanes, ha formado parte del dominio otomano durante siglos, pero el Imperio otomano se ha desmoronado, y ahora en los Balcanes reina la inestabilidad. El emperador austríaco considera su deber sagrado mantener el orden y la religión cristiana en esa región.

– Es cierto – repuso Walter -, pero también Rusia quiere territorio en los Balcanes.

Fitz se creyó en la obligación de defender al gobierno ruso, quizá a causa de Bea.

– Ellos también tienen buenas razones – dijo -. La mitad de su comercio exterior atraviesa el mar Negro y llega hasta el Mediterráneo a través de los estrechos. Rusia no puede dejar que ninguna otra potencia domine los estrechos anexionándose territorio en los Balcanes orientales. Sería como poner una soga al cuello de la economía rusa.

– Exacto – dijo Walter -. En cuanto al extremo occidental de Europa, Francia alberga la ambición de arrebatarle a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena.

En ese momento, el único invitado francés, Jean-Pierre Charlois, estalló indignado.

– ¡Robados a Francia hace cuarenta y tres años!

– No voy a entrar en discusiones acerca de ese punto en concreto – repuso Walter con ánimo conciliador -. Dejémoslo en que los territorios de Alsacia y Lorena fueron anexionados al Imperio alemán en 1871, tras la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. Robado o no, monsieur le compte, convendrá conmigo en que Francia desea recuperar dichos territorios.

– Naturalmente. – El francés se recostó en la silla y tomó un sorbo de su copa de oporto.

Walter retomó su discurso.

– Hasta a Italia le gustaría quitarle a Austria los territorios de Trentino…

– ¡Donde la mayoría de la población habla italiano! – exclamó el signor Falli.

– … además de buena parte de la costa dálmata…

– ¡Que está llena de leones de Venecia, iglesias católicas y columnas romanas!

– … y el Tirol, una provincia con una larga historia de autogobierno, donde la mayor parte de la población habla alemán.

– Pura necesidad estratégica.

– Por supuesto.

Fitz advirtió lo inteligente que había sido Walter. Sin ser descortés, sino discretamente provocador, había azuzado a los representantes de cada nación para que confirmasen, en un lenguaje más o menos beligerante, sus ambiciones territoriales.

En esos momentos, Walter decía:

– Pero ¿qué territorios nuevos está reclamando Alemania? – Miró a su alrededor en la mesa, pero nadie contestó -. Ninguno – repuso en tono triunfal -. ¡Y el único país de Europa, aparte de Alemania, que puede decir lo mismo es Gran Bretaña!

Gus Dewar pasó la botella de oporto y dijo con su acento norteamericano:

– Supongo que tiene razón.

– Entonces – dijo Walter -, ¿por qué, mi viejo amigo Fitz, deberíamos ir a la guerra?


El lunes por la mañana, antes del desayuno, lady Maud mandó llamar a Ethel.

La joven doncella tuvo que contener un suspiro de exasperación, pues estaba extremadamente ocupada. Era temprano, pero el servicio ya llevaba rato trabajando con ahínco. Antes de que los huéspedes se despertaran, había que limpiar las chimeneas, volver a encender todos los fuegos y llenar los cajones para el carbón. Había que ordenar y ventilar los salones principales como el comedor, la sala de estar, la biblioteca, el salón de fumadores y las habitaciones más pequeñas de acceso general. Ethel estaba supervisando las flores de la sala de billar, sustituyendo las que empezaban a marchitarse, cuando la llamaron. Pese a la debilidad que sentía por la hermana de ideas radicales de Fitz, esperaba que Maud no tuviese reservada para ella ninguna tarea especialmente complicada.

Cuando Ethel entró a trabajar en la mansión de Ty Gwyn, a la edad de trece años, la familia Fitzherbert y sus huéspedes eran personajes prácticamente irreales para ella: se le antojaban los protagonistas de algún cuento, o unas tribus extrañas de la Biblia, los hititas tal vez, y lo cierto es que la aterrorizaban. La aterraba pensar en la posibilidad de cometer algún error y perder su trabajo, pero también sentía una gran curiosidad por ver a aquellas extrañas criaturas más de cerca.

Un día, una de las criadas que ayudaba en la cocina le dijo que subiera a la sala de billar y trajera el tántalo. Estaba demasiado nerviosa para preguntar qué era aquello, de modo que fue a la sala y buscó por todas partes, esperando que fuera algo evidente, como una bandeja de platos sucios, pero no vio nada cuyo sitio pudiese estar en la cocina. Ya se le empezaban a saltar las lágrimas cuando Maud entró en la habitación.

Maud era entonces una espigada muchacha de quince años, una mujer vestida con ropa de niña, malhumorada y rebelde. Hasta más tarde no le dio sentido a su vida canalizando toda su rabia y su descontento en una cruzada personal. Sin embargo, a los quince años ya poseía esa compasión inmediata que la hacía sensible a las injusticias y a la opresión.

Le preguntó a Ethel qué le pasaba. El tántalo resultó ser un recipiente de plata con decantadores de brandy y whisky. Era engañoso, porque estaba provisto de un mecanismo de cierre para impedir que los sirvientes pudiesen beber a escondidas, le explicó. Ethel se lo agradeció enormemente, con emoción. Esa sería la primera de las muchas atenciones que Maud tuvo para con ella y, con el tiempo, Ethel llegó a encariñarse tanto con aquella muchacha algo mayor, que lo cierto es que sentía por ella verdadera adoración.

Ethel subió a la habitación de Maud, llamó a la puerta y entró. La Suite Gardenia estaba decorada con papel pintado de flores de intrincado diseño, pero que ya había pasado de moda con el cambio de siglo. Sin embargo, desde el balcón mirador se veía la parte más bonita del jardín de Fitz, el paseo del ala oeste, un largo sendero recto que atravesaba los macizos de flores hasta llegar a un pabellón de verano.

Ethel comprobó contrariada que Maud se estaba calzando las botas.

– Voy a salir a dar un paseo, y tienes que hacerme de carabina – dijo -. Ayúdame con el sombrero y cuéntame todos los chismes, anda.

Ethel no tenía tiempo para aquellas cosas, pero lo cierto es que estaba intrigada, además de molesta. ¿Con quién iba Maud a dar un paseo, dónde estaba tía Herm, su carabina habitual, y por qué se estaba poniendo un sombrero tan elegante solo para dar una vuelta por el jardín? ¿Era posible que todo aquello tuviese algo que ver con algún hombre?

Mientras colocaba los alfileres para sujetar el sombrero en el pelo oscuro de Maud, Ethel dijo:

– Esta mañana se ha armado un verdadero escándalo abajo. – A Maud le encantaba oír chismes del mismo modo que al rey le encantaba coleccionar sellos -. Morrison no se ha ido a dormir hasta las cuatro de la madrugada; es uno de los lacayos… el alto con el bigote rubio.

– Sé quién es Morrison. Y sé con quién ha pasado la noche. – Maud se calló, vacilante.

Ethel aguardó un momento y luego preguntó: – ¿Y no me lo vas a decir?

– Es que te vas a escandalizar.

Ethel sonrió.

– Pues razón de más.

– Pasó la noche con Robert von Ulrich. – Maud miró a Ethel en el reflejo del espejo del tocador -. ¿Te has quedado horrorizada?

Ethel estaba fascinada con aquella revelación.

– ¡Caramba! Nunca lo habría… Sabía que Morrison no parecía demasiado interesado en las mujeres, pero no creía que fuese uno de… «esos», no sé si me entiendes…

– Pues verás, Robert sí es uno de «esos», desde luego, y lo pillé lanzándole miraditas a Morrison varias veces durante la cena.

– ¡Y delante del rey, además! ¿Cómo sabes lo de Robert?

– Walter me lo dijo.

– ¡Pero qué clase de caballero le cuenta una cosa así a una dama! Desde luego, la gente lo cuenta todo… ¿Qué chismes circulan por Londres?

– El señor Lloyd George es la comidilla de todo el mundo.

David Lloyd George era el canciller del Exchequer, y estaba a cargo de las finanzas del país. De origen galés, era un brillante orador de izquierdas. El padre de Ethel decía que Lloyd George debería haberse afiliado al Partido Laborista. Durante la huelga minera de 1912, había llegado a hablar incluso de nacionalizar las minas.

– ¿Y qué dicen de él? – preguntó Ethel.

– Que tiene una amante.

– ¡No! – Esta vez Ethel estaba verdaderamente escandalizada -. ¡Pero si es baptista!

Maud se echó a reír.

– ¿Y sería menos escandaloso si fuera anglicano?

– ¡Sí…! – Ethel se contuvo a tiempo para no añadir «por supuesto» -. ¿Y quién es ella?

– Frances Stevenson. Entró a trabajar como institutriz de su hija, pero es una mujer muy lista, tiene una titulación en lenguas clásicas, y ahora es su secretaria personal.

– Eso es terrible.

– Él la llama «Conejito».

Ethel estuvo a punto de ruborizarse. No sabía qué decir ante aquello. Maud se levantó y Ethel la ayudó a ponerse el abrigo.

– ¿Y su mujer, Margaret? – quiso saber la doncella.

– Vive aquí, en Gales, con los cuatro hijos de ambos.

– Tenían cinco, pero uno se les murió. Pobre mujer.

Maud estaba lista. Recorrieron el pasillo y bajaron por la majestuosa escalera central. Walter von Ulrich las aguardaba en el vestíbulo, arropado por un abrigo largo y oscuro. Lucía un bigote corto y tenía unos vivarachos ojos azules. Mostraba un aspecto arrebatador con aquella vestimenta abotonada hasta arriba, al más puro estilo alemán; era la clase de hombre capaz de hacer una reverencia, dar un taconazo y luego guiñarte un ojo, pensó Ethel. De modo que era por eso por lo que Maud no quería que lady Hermia fuese su carabina…

– Williams vino a trabajar a la casa cuando yo era una niña, y somos amigas desde entonces.

A Ethel le gustaba Maud, pero decir que eran amigas era ir demasiado lejos. Maud era amable y Ethel sentía por ella una gran admiración, pero seguían siendo ama y criada. En realidad, lo que Maud estaba diciendo es que se podía confiar en Ethel.

Walter se dirigió a la doncella con la educada deferencia que empleaban las personas de su clase al tratar con los estamentos inferiores.

– Encantado de conocerla, Williams. ¿Cómo está usted?

– Gracias señor. Iré por mi abrigo.

Corrió escaleras abajo. Lo cierto es que no tenía ningunas ganas de salir a pasear durante la estancia del rey en la casa, porque habría preferido permanecer cerca para supervisar el trabajo de las criadas, pero no podía negarse.

En la cocina, la doncella de la princesa Bea, Nina, estaba preparando el té a la manera rusa para su señora. Ethel se dirigió a una doncella:

– Herr Walter ya se ha levantado – la informó -. Ya puedes limpiar la Habitación Gris. – En cuanto aparecían los huéspedes, las doncellas tenían que ir a los dormitorios a limpiar, hacer las camas, vaciar los orinales y cambiar el agua de las palanganas para el aseo. Vio a Peel, el mayordomo, contando platos -. ¿Hay movimiento arriba? – le preguntó.

– Diecinueve, veinte – dijo -. El señor Dewar ha llamado para pedir agua caliente para el afeitado y el signor Falli ha pedido café.

– Lady Maud quiere que salga con ella.

– Qué contrariedad… – exclamó Peel, disgustado -. Te necesitamos en la casa.

Ethel ya lo sabía.

– ¿Y qué quiere que haga, señor Peel? ¿Que le diga que se vaya al cuerno? – repuso con sarcasmo.

– No seas tan caradura, jovencita. Regresa lo antes posible.

Cuando volvió arriba, el perro del conde, Gelert, estaba delante de la puerta principal, jadeando con avidez ante la perspectiva de dar un paseo por el campo. Todos salieron y atravesaron los jardines del ala este en dirección al bosque.

Walter se dirigió a Ethel.

– Supongo que lady Maud ya te habrá instruido convenientemente para que te declares sufragista.

– En realidad, fue al contrario – le explicó Maud -. Williams fue la primera persona que me habló de las ideas liberales.

– Todo me lo enseñó mi padre – dijo Ethel.

La doncella sabía que, en el fondo, no querían hablar con ella. La etiqueta no les permitía estar a solas, pero dentro de su abanico de posibilidades, salir acompañados de la doncella era lo más parecido a estar solos. Ethel llamó a Gelert y se adelantó para ponerse a jugar con el perro y proporcionarles así la intimidad que tanto debían de estar deseando. Cuando se volvió a mirar atrás, vio que se habían cogido de la mano.

Maud no era de las que perdían el tiempo, pensó Ethel. Por lo que había dicho el día anterior, no había visto a Walter desde hacía diez años, y ni siquiera entonces había habido entre ellos ningún idilio, solo una atracción inconfesable. Algo debía de haber sucedido la noche anterior. Tal vez se habían quedado charlando hasta altas horas de la madrugada. Maud coqueteaba con todos los hombres – así era como les sonsacaba la información -, pero saltaba a la vista que aquello era algo más serio.

Al cabo de un momento, Ethel oyó a Walter entonar el comienzo de una canción. Maud lo imitó y luego ambos se callaron y se echaron a reír. A Maud le encantaba la música, y sabía tocar muy bien el piano, a diferencia de Fitz, que no tenía oído musical. Al parecer, Walter tenía la misma afición y facilidad para la música que ella. Poseía una agradable voz de barítono que haría las delicias de toda la congregación de la Iglesia de Bethesda, se dijo Ethel.

Se puso a pensar en su trabajo. No había visto ningún par de zapatos ya lustrados en la puerta de los dormitorios de la mansión; tendría que echar el guante a esos granujas de los limpiabotas y decirles que se apresurasen.

Se preguntó, nerviosa, qué hora sería. Si aquel paseo se prolongaba mucho más, puede que tuviese que insistir para que regresasen a la casa.

Miró atrás, pero esta vez no vio a Walter ni a Maud por ninguna parte. ¿Se habrían detenido? ¿Y si habían seguido otro camino? Permaneció inmóvil uno o dos minutos, pero no podía quedarse allí a esperar de brazos cruzados toda la mañana, de modo que volvió sobre sus pasos a través del bosque.

Los vio al cabo de un momento. Estaban abrazados, besándose apasionadamente. Walter tenía las manos en el trasero de Maud, y la estaba apretando contra sí. Ambos se besaban con la boca abierta, y Ethel oyó que Maud lanzaba un gemido.

Los estuvo observando, preguntándose si algún día un hombre la besaría a ella de aquella manera. Llewellyn el Manchas la había besado en la playa durante una excursión de la iglesia, pero no había sido con la boca abierta ni se habían apretado el uno contra el otro, y desde luego el beso no le había arrancado a Ethel ningún gemido. El pequeño Dai Chuletas, el hijo del carnicero, le había metido la mano por debajo de la falda en el cine Palace de Cardiff, pero ella se la apartó de un manotazo al cabo de unos segundos. Le había gustado mucho Llewellyn Davies, hijo de un maestro, quien le había hablado del gobierno liberal y le había dicho que sus pechos eran como pajarillos recién nacidos en el nido, muy cálidos y suaves, pero se marchó a estudiar a la universidad y nunca le había escrito. Con ellos había sentido curiosidad, y el deseo de explorar e ir más allá, pero no había llegado a sentir pasión de verdad. Tenía envidia de Maud.

En ese momento, Maud abrió los ojos, vio a Ethel y se separó bruscamente de Walter.

De pronto, Gelert empezó a aullar y se puso a caminar en círculos con el rabo entre las patas. ¿Qué le pasaba al animal?

Al cabo de unos segundos, Ethel sintió una especie de temblor en el suelo, como si estuviera pasando un tren expreso, a pesar de que la línea del ferrocarril terminaba a un kilómetro y medio de allí.

Maud arrugó la frente y abrió la boca para decir algo, pero entonces se oyó un restallido como de un trueno.

– ¿Se puede saber qué ha sido eso? – preguntó Maud. Ethel lo sabía.

Lanzó un grito y echó a correr.


Billy Williams y Tommy Griffiths habían parado para descansar.

Estaban trabajando en un yacimiento llamado del «carbón de cuatro pies», por su espesor, que solo estaba a seiscientos metros de profundidad, no tan abajo como el nivel principal. El filón estaba dividido en cinco secciones, cada una de ellas bautizadas con el nombre de los distintos hipódromos británicos y, concretamente, los muchachos se encontraban en Ascot, la más cercana al tiro ascendente. Ambos trabajaban como mozos, como ayudantes de los mineros más experimentados. El minero empleaba su mandril, un pico de hoja recta, para extraer el carbón de la capa externa de la veta y su ayudante lo introducía, con ayuda de una pala, en una vagoneta con ruedas. Habían empezado a trabajar a las seis de la mañana, como siempre, y en esos momentos, después de un par de horas, estaban haciendo una pausa para descansar, sentados en el suelo húmedo con la espalda apoyada en la pared del túnel, dejando que el soplo suave del sistema de ventilación les refrescase la piel, mientras iban dando sorbos del té tibio y dulzón que contenían sus botellas.

Ambos habían nacido el mismo día de 1898, y les faltaban seis meses para cumplir los dieciséis años. La diferencia en su desarrollo físico, tan embarazosa para Billy cuando este tenía trece años, había desaparecido por completo; ahora los dos eran unos muchachos de espalda ancha y brazos musculosos, que se afeitaban una vez a la semana a pesar de que en realidad no lo necesitaban. Iban vestidos únicamente con pantalones cortos y con botas, y tenían el cuerpo tiznado de negro con una mezcla de sudor y carbonilla. Bajo la tenue luz de la lámpara, ambos brillaban como si fueran sendas estatuas de ébano de un dios pagano. Tan solo las gorras estropeaban el efecto.

El trabajo era duro, pero ya estaban acostumbrados. No se quejaban del dolor de espalda y las articulaciones, como hacían los mineros más viejos. Transpiraban energía por los cuatro costados, y en sus días libres también se dedicaban a actividades igual de agotadoras, como jugar a rugby, cavar parterres o incluso boxear a puño limpio en el granero que había detrás del pub Two Crowns.

Billy no había olvidado su iniciación tres años antes y, de hecho, aún bullía de indignación cada vez que recordaba aquel día. Había jurado entonces que jamás maltrataría a los chicos nuevos. Ese mismo día, sin ir más lejos, le había advertido al pequeño Bert Morgan: «No te extrañe si los hombres te gastan alguna jugarreta. Puede que te dejen a oscuras durante una hora o alguna tontería parecida. A las mentes obtusas solo se les ocurren mezquindades». Los mineros mayores de la jaula lo fulminaron con la mirada, pero él se la sostuvo: sabía que tenía razón, y ellos también.

En aquella ocasión, tras la novatada sufrida por Billy, su madre se había puesto aún más furiosa que él.

– Dime – le dijo al padre del chico, de pie en medio de la sala de estar con los brazos en jarras y los ojos negros enfebrecidos ante la injusticia -, ¿cómo se sirve a la voluntad de Dios torturando a unos chiquillos?

– Tú no lo entiendes. Eres una mujer – le había contestado, una respuesta nada propia de él.

Billy pensaba que el mundo en general, y la mina de Aberowen en particular, serían mejores lugares si todos los hombres llevasen una vida temerosa de Dios. Tommy, cuyo padre era ateo y discípulo de Karl Marx, creía que el sistema capitalista no tardaría en destruirse a sí mismo, con algo de ayuda de una clase obrera revolucionaria. Los dos chicos siempre acababan discutiendo acaloradamente, pero seguían siendo muy amigos.

– No es propio de ti trabajar un domingo – dijo Tommy.

Era verdad. En la mina se estaban haciendo turnos extraordinarios para poder hacer frente a la demanda de carbón pero, por deferencia a la religión, la compañía Celtic Minerals había convertido en optativos los turnos dominicales. Sin embargo, Billy estaba trabajando pese a su devoción al día de descanso religioso.

– Creo que el Señor quiere que tenga una bicicleta – dijo.

Tommy se echó a reír, pero Billy no bromeaba. La Iglesia de Bethesda había abierto un templo hermano en una aldea a dieciséis kilómetros de distancia, y Billy era uno de los miembros de la congregación de Aberowen que se había ofrecido voluntario para atravesar la montaña cada dos domingos para impulsar el nuevo templo. Si tuviese una bicicleta, podría ir también las noches de entre semana y ayudar a organizar clases de Biblia o asambleas de oración. Había discutido aquel plan con los miembros del consejo del templo y todos habían acordado de manera unánime que el Señor aprobaría que Billy trabajase el día de descanso dominical durante unas pocas semanas.

Billy estaba a punto de explicarle aquello a su amigo cuando el suelo empezó a temblar, se oyó un estrépito ensordecedor, como si fuese el fin del mundo, y un viento huracanado le arrancó la botella de té de las manos.

Fue como si se le parara el corazón. Recordó de pronto que estaba a un kilómetro bajo tierra, con millones de toneladas de roca y estratos minerales encima de su cabeza, sostenidas tan solo por unos pocos puntales de madera.

– ¿Se puede saber qué cuernos ha sido eso? – preguntó Tommy con voz asustada.

Billy se levantó de un salto, temblando de miedo. Alzó la lámpara y miró a uno y otro lado de la galería. No vio ninguna llama, ni desprendimientos de tierra, ni siquiera más polvo del habitual. Cuando cesaron las reverberaciones, no se oía ningún ruido.

– Ha sido una explosión – dijo con voz trémula.

Era la pesadilla de todo minero, su mayor miedo. Cualquier desprendimiento de una roca podía provocar la súbita emisión de grisú, o incluso un minero que estuviese golpeando con el pico la grieta de un filón. Si nadie percibía las señales de advertencia, o sencillamente, si la concentración se incrementaba con demasiada rapidez, el gas inflamable podía prender fuego con la chispa de la pezuña de un poni, o con el timbre eléctrico de una jaula, o por culpa de algún minero estúpido que, infringiendo el reglamento de seguridad, decidiese encender su pipa.

– Pero ¿dónde? – inquirió Tommy.

– Debe de ser abajo, en el nivel principal… por eso nos hemos librado.

– Que Dios nos asista.

– Lo hará – dijo Billy, y el terror que sentía empezó a ceder -. Sobre todo si nos ayudamos a nosotros mismos. – No había ni rastro de los dos mineros para los que los muchachos habían estado trabajando, quienes se habían ido a disfrutar de su tiempo de descanso a la sección de Goodwood. Ahora les correspondía a Billy y a Tommy tomar sus propias decisiones -. Será mejor que vayamos al pozo.

Se vistieron, se engancharon las lámparas a los cinturones y corrieron al pozo ascendente, llamado Píramo. El embarcador de turno, a cargo del funcionamiento de la jaula, era Dai Chuletas.

– ¡La jaula no sube! – exclamó, presa del pánico -. ¡Estoy llamándola y llamándola sin parar!

El miedo de aquel hombre era contagioso, y Billy tuvo que hacer un gran esfuerzo por dominar su propio pánico. Al cabo de un momento, preguntó:

– ¿Qué hay del teléfono? – El operario se comunicaba con su compañero en la superficie a través de las señales de un timbre eléctrico, pero hacía poco tiempo que habían instalado aparatos de teléfono en ambos niveles, conectados con el despacho del capataz de la mina, Maldwyn Morgan.

– No contestan – dijo Dai.

– Volveré a intentarlo. – El teléfono estaba acoplado a la pared que había junto a la jaula. Billy lo descolgó y accionó la manivela -. ¡Vamos, vamos!

Respondió una voz temblorosa.

– ¿Diga? – Era Arthur Llewellyn, el secretario del capataz.

– ¡Manchas, soy Billy Williams! – gritó Billy al aparato -. ¿Dónde está el señor Morgan?

– No está aquí. ¿Qué ha sido ese estruendo?

– ¡Una explosión en la mina, idiota! ¿Dónde está el jefe?

– Se ha ido a Merthyr – contestó el Manchas lastimeramente.

– Pero ¿por qué se ha ido…? Bueno, no importa, olvídalo. Te diré lo que tienes que hacer. ¿Me estás escuchando?

– Sí. – Ahora la voz sonaba más fuerte.

– En primer lugar, envía a alguien a la iglesia metodista y dile a Dai el Llorica que reúna a su cuadrilla de rescate.

– De acuerdo.

– Luego telefonea al hospital y diles que envíen una ambulancia a la bocamina.

– ¿Hay alguien herido?

– Seguro que sí, con una explosión como esa… Tercero, que todos los hombres vayan al cobertizo de limpieza del carbón para sacar mangueras para el fuego.

– ¿Fuego?

– El polvo estará en llamas. Cuarto, llama a la comisaría de policía y dile a Geraint que ha habido una explosión. Él telefoneará a Cardiff. – A Billy no se le ocurría nada más -. ¿De acuerdo?

– De acuerdo, Billy.

Billy colgó el aparato. No estaba seguro de lo eficaces que serían sus instrucciones, pero hablar con Llewellyn le había servido para serenarse y poder pensar con claridad.

– Habrá heridos en el nivel principal – le dijo a Dai Chuletas -. Tenemos que bajar ahí.

– No podemos – repuso Dai -. La jaula no está aquí.

– Hay una escalera en la pared del pozo, ¿no?

– ¡Pero si son doscientos metros!

– Bueno, es que si fuese un cobardica no me habría hecho minero, ¿no crees? – Hablaba con valentía, aunque en el fondo estaba asustado.

La escalera del pozo no se usaba casi nunca, por lo que podía estar en muy malas condiciones. Un resbalón o un travesaño roto podía hacer que cayese al vacío y se matase.

Dai abrió la verja con un ruido metálico. El pozo estaba revestido de ladrillo y olía a moho y humedad. Un saliente estrecho recorría horizontalmente el perímetro del revestimiento, al otro lado de la estructura donde se encajaba la jaula de madera. Había una escalera de hierro sujeta por abrazaderas que se adherían al ladrillo por medio de cemento. Las frágiles barandillas laterales y los estrechos peldaños no inspiraban demasiada confianza. Billy vaciló un momento, arrepintiéndose de su impulsivo y temerario arranque. Sin embargo, echarse atrás ahora sería demasiado humillante, de modo que inspiró hondo, rezó una oración en silencio y a continuación, se encaramó al saliente.

Lo recorrió hasta alcanzar el pie de la escalera. Se limpió las manos en los pantalones, se agarró a las barandillas laterales y puso los pies en los peldaños.

Comenzó el descenso. El hierro tenía un tacto áspero y rugoso, y el óxido se desprendía y se le quedaba adherido a las manos. En algunos puntos, las abrazaderas estaban sueltas, y la escalera se tambaleaba de forma inquietante bajo sus pies. La lámpara que le colgaba del cinturón emitía luz suficiente para iluminar los peldaños que tenía inmediatamente debajo, pero no el fondo del pozo, aunque no sabía si lamentarlo o agradecerlo.

Por desgracia, el descenso le dio tiempo para pensar. Repasó todos las formas posibles en que podía morir un minero; la muerte a consecuencia de la propia explosión era un final misericordiosamente rápido para los más afortunados. El metano, al arder, producía un dióxido de carbono asfixiante al que los mineros llamaban «mofeta». Muchos de ellos quedaban atrapados en los desprendimientos de roca, e incluso llegaban a perecer desangrados antes de que acudiesen los equipos de rescate. Algunos morían de sed, cuando sus compañeros se hallaban apenas a unos pocos metros de ellos, tratando desesperadamente de abrir un túnel entre los escombros.

De pronto, sintió la necesidad imperiosa de regresar, de volver a subir los peldaños en lugar de adentrarse en aquella cueva de destrucción y de caos… pero no podía hacerlo, sabiendo que Tommy bajaba justo encima de él, siguiéndolo hacia el abismo.

– ¿Estás ahí, Tommy? – gritó.

Oyó la voz de su amigo sobre él.

– ¡Sí!

Aquello logró refortalecerle el ánimo. Empezó a bajar más rápido, recuperando la confianza y la seguridad en sí mismo. No tardó en ver una luz y, al poco, oyó también unas voces. A medida que se iba aproximando al nivel principal, empezó a percibir el olor a humo.

A continuación oyó unos ruidos espeluznantes, unos chillidos y unos golpes, y trató por todos los medios de descifrar su significado. Aquello estuvo a punto de minar toda su confianza, pero decidió serenarse y hacer acopio de todo su valor: tenía que haber alguna explicación racional. Segundos más tarde se dio cuenta de que estaba oyendo los relinchos aterrorizados de los ponis y el sonido que hacían al golpear los costados de madera de los cajones donde estaban encerrados, desesperados por escapar de allí. El hecho de saber de dónde procedía no hacía que aquel ruido resultara más tranquilizador, sino que se sentía exactamente igual que los animales.

Llegó al nivel principal, avanzó a gatas por el saliente de ladrillo, abrió la verja desde dentro y aterrizó de un salto en el suelo enfangado. La escasa luz subterránea era aún menos nítida por el efecto del humo, pero veía los túneles principales.

El embarcador de la parte inferior del pozo era Patrick O’Connor, un hombre de mediana edad que había perdido una mano en un derrumbe. De profundas convicciones católicas, todos lo conocían por el inevitable apodo de Pat el Papa. Lo miró sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

– ¡Billy de Jesús! – exclamó -. ¿De dónde carajo sales tú?

– Del filón de los cuatro pies – respondió Billy -. Hemos oído la explosión.

Tommy apareció en ese momento detrás de Billy y dijo:

– ¿Qué ha pasado, Pat?

– Creo que la explosión debe de haber sido en el otro extremo de este nivel, en Tisbe – dijo Pat -. El ayudante del capataz y los demás han ido a ver qué ha pasado. – Hablaba en tono tranquilo, pero había un brillo de desesperación en su mirada.

Billy se aproximó al teléfono y accionó la manivela. Al cabo de un momento, oyó la voz de su padre.

– Williams al aparato, ¿quién es?

Billy no se paró a preguntarse por qué un representante sindical estaba respondiendo al teléfono del capataz de la mina; en una emergencia, podía pasar cualquier cosa.

– Papá, soy yo, Billy.

– Gracias a Dios Todopoderoso… ¡estás bien! – exclamó su padre, con la voz quebrada. Acto seguido, volvió a recobrar su entereza habitual -. Cuéntame lo que sabes, muchacho.

– Tommy y yo estábamos en el filón de los cuatro pies. Hemos bajado por Píramo hasta el nivel principal. Creemos que la explosión ha sido por la zona de Tisbe, y hay algo de humo, no mucho, pero la jaula no funciona.

– El mecanismo del cabrestante ha quedado dañado por la onda expansiva ascendente – dijo el padre con voz serena -, pero estamos tratando de repararlo y estará arreglado dentro de unos minutos. Procura reunir al máximo número de hombres en el fondo del pozo para que podamos empezar a subirlos en cuanto la jaula vuelva a funcionar.

– De acuerdo.

– El pozo Tisbe ha quedado completamente inutilizado, así que asegúrate de que nadie intenta escapar por ahí, porque podrían quedar atrapados por el fuego.

– Es verdad.

– Hay aparatos respiradores de oxígeno en la puerta de la oficina de los ayudantes.

Billy ya lo sabía, pues se trataba de una innovación reciente, reclamada por el sindicato y obligatoria tras la aprobación de la Ley de Minas de Carbón de 1911.

– El aire no está contaminado ahora mismo – dijo.

– Puede que no donde te encuentras tú, pero más adentro puede estar peor.

– Tienes razón. – Billy colgó el aparato.

Repitió a Tommy y a Pat lo que había dicho su padre. Pat señaló una hilera de armarios nuevos.

– La llave debería estar en la oficina.

Billy corrió a la oficina de los ayudantes del capataz, pero no vio ninguna llave. Supuso que alguien debía de llevarlas colgadas del cinturón. Miró de nuevo la hilera de armarios, cada uno de ellos con una etiqueta donde se leía: APARATO RESPIRADOR. Estaban hechos de hojalata.

– ¿Hay alguna palanqueta, Pat? – dijo.

El operario tenía una caja de herramientas para reparaciones de poca envergadura, y le dio un destornillador de aspecto resistente. Billy abrió rápidamente el primer armario.

Estaba vacío.

Billy se quedó boquiabierto, incrédulo.

– ¡Nos han engañado! – exclamó Pat.

– Cerdos capitalistas… – murmuró Tommy.

Billy abrió otro armario, que también resultó estar vacío. Abrió los demás con brutalidad furiosa, ansioso por denunciar la falta de escrúpulos de Celtic Minerals y Perceval Jones.

– Ya nos las arreglaremos sin ellos – dijo Tommy, que estaba impaciente por ponerse en marcha.

Sin embargo, Billy trataba de decidir cuáles eran las mejores opciones. Dirigió la vista hacia la vagoneta de incendios, el penoso sucedáneo que la dirección de la mina había encontrado para paliar la falta de un camión de bomberos en condiciones: una vagoneta llena de agua equipada con una bomba manual. No era inútil del todo, porque Billy la había visto en funcionamiento después de lo que los mineros llamaban un «destello», cuando una pequeña cantidad de grisú entraba en combustión, brevemente, y se arrojaban todos al suelo. El destello a veces incendiaba el polvo de carbón de las paredes de la galería, que entonces debían ser rociadas con agua.

– Nos llevaremos la vagoneta de incendios – le propuso a Tommy.

Ya estaba en los raíles, y los dos lograron empujarla para hacerla avanzar. A Billy se le pasó por la cabeza engancharle un poni delante, pero luego decidió que eso les haría perder tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que los animales estaban aterrorizados.

Pat el Papa dijo:

– Mi hijo, Micky, está trabajando en la sección de Marigold, pero no puedo ir a buscarlo, tengo que quedarme aquí. – Su cara era el vivo reflejo de la desesperación, pero en caso de emergencia, el embarcador debía permanecer junto al pozo, era una regla inquebrantable.

– Haré todo lo que pueda por encontrarlo – le prometió Billy.

– Gracias, chico.

Los dos muchachos empujaron la vagoneta por la vía principal. Las vagonetas no iban equipadas con frenos, sino que los conductores las detenían colocando una pesada cuña de madera en los radios de las ruedas. Las vagonetas sueltas, que circulaban sin control, habían causado muchas muertes e innumerables heridas entre los mineros.

– No vayamos muy rápido – dijo Billy.

Ya llevaban recorrido medio kilómetro del interior del túnel cuando advirtieron que se elevaba la temperatura y el humo se espesaba. No tardaron en oír voces. Siguiendo la trayectoria del sonido, enfilaron hacia el ramal de una galería. Saltaba a la vista que era un filón en pleno proceso de explotación, pues, a uno y otro lado y a intervalos regulares, Billy vislumbró las entradas de los lugares de trabajo de los hombres, a los que solían llamar puertas, pero que a veces eran simples agujeros. Cuando el ruido empezaba a hacerse más intenso, dejaron de empujar la vagoneta y miraron hacia delante.

El túnel estaba en llamas, y el fuego lamía con furia las paredes y el suelo. Había un puñado de hombres a un lado del incendio, con la silueta recortada contra el resplandor como las almas de los condenados en el infierno. Uno de ellos llevaba una manta en la mano y golpeaba con ella un cúmulo de maderos para extinguir el fuego, sin éxito. Otros hombres gritaban, pero nadie atendía sus gritos. A lo lejos, apenas visible, había un tren de vagonetas. El humo estaba impregnado de una extraña pestilencia a carne asada, y Billy se dio cuenta, con una sensación de náusea, de que el olor seguramente provenía del poni que tiraba de las vagonetas.

Billy habló con uno de los hombres.

– ¿Qué pasa?

– Hay compañeros atrapados en sus puertas… pero no podemos llegar hasta ellos.

Billy vio que el hombre que había contestado era Rhys Price. Con razón allí nadie hacía nada…

– Hemos traído la vagoneta de incendios – anunció.

Otro minero se volvió hacia él y Billy se sintió aliviado al comprobar que era John Jones el Tendero, un hombre mucho más sensato.

– ¡Buen trabajo! – exclamó -. Acabemos con este maldito infierno a golpes de manguera.

Billy extendió la manguera mientras Tommy conectaba la bomba. Billy dirigió el chorro de agua al cielo del túnel, para que el agua resbalase por las paredes. No tardó en percatarse de que el sistema de ventilación de la mina, que bajaba por Tisbe y subía por Píramo, estaba empujando las llamas y el humo hacia él. En cuanto tuviera ocasión, les diría a los operarios que había en la superficie que invirtiesen el sentido de los ventiladores. Según la normativa, los aparatos de ventilación reversibles eran ya obligatorios en cualquier explotación minera, otro de los requisitos promulgados por la ley de 1911.

Pese a las dificultades, el fuego empezó a ceder y Billy pudo ir avanzando muy lentamente. Al cabo de un minuto, en la puerta más cercana el fuego ya se había extinguido por completo, y dos mineros salieron corriendo de inmediato, respirando el aire relativamente limpio del túnel. Billy reconoció a los hermanos Ponti, Giuseppe y Giovanni, conocidos como Joey y Johnny.

Algunos de los hombres se precipitaron en el interior de la puerta. John Jones salió con el cuerpo desfallecido de Dai Ponis, el encargado de los caballos, aunque Billy no sabía apreciar si estaba muerto o simplemente había perdido el conocimiento.

– Hay que llevarlo a Píramo, no a Tisbe – le dijo.

– ¿Quién eres tú para ir dando órdenes, Billy de Jesús? – lo increpó Price.

Pero Billy no pensaba perder el tiempo discutiendo con Price. Se dirigió a Jones.

– He hablado por teléfono con la superficie. Tisbe ha quedado muy afectado por la explosión, pero la jaula de Píramo pronto estará en funcionamiento. Me han dicho que les diga a todos que se dirijan a Píramo.

– De acuerdo, se lo diré a los demás – contestó Jones, y se fue.

Billy y Tommy siguieron combatiendo el incendio, apagando las llamas de distintas puertas y rescatando a más hombres atrapados. Algunos sangraban, otros presentaban quemaduras por todo el cuerpo y unos cuantos habían sufrido heridas a causa del desprendimiento de las rocas. Quienes podían caminar acarreaban a los muertos y a las víctimas de heridas graves en una lúgubre procesión.

El agua se terminó demasiado pronto.

– Volveremos a empujar la vagoneta y la llenaremos con el agua que hay en el fondo del pozo – sugirió Billy.

Regresaron juntos, corriendo. La jaula seguía sin funcionar, y ya había aproximadamente una docena de mineros esperando, así como varios cuerpos en el suelo, algunos profiriendo alaridos de dolor, otros inquietantemente inmóviles. Mientras Tommy llenaba la vagoneta con agua manchada de barro, Billy se dirigió al teléfono. De nuevo fue su padre quien contestó la llamada.

– El cabrestante volverá a funcionar dentro de cinco minutos – dijo -. ¿Cómo van las cosas ahí abajo?

– Hemos sacado a algunos muertos y malheridos de las puertas. Envía vagonetas llenas de agua en cuanto puedas.

– ¿Cómo estás tú?

– Yo estoy bien. Escucha, papá, deberías invertir el sentido de la ventilación. Haz que el aire circule hacia abajo por Píramo y que suba por Tisbe, eso alejará el humo y los gases de los equipos de rescate.

– No podemos hacerlo – repuso su padre.

– Pero… ¡es la ley! ¡La ventilación de la mina tiene que ser reversible!

– Perceval Jones les contó a los inspectores una historia lacrimógena y le han dado otro año de plazo para modificar la estructura.

Billy habría blasfemado como un poseso si su padre no hubiese estado al otro lado del teléfono.

– ¿Y si enciendes los aspersores? ¿Puedes hacerlo?

– Sí, eso sí podemos hacerlo – contestó su padre -. ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? – Se estaba dirigiendo a otra persona.

Billy colgó el aparato. Ayudó a Tommy a llenar la vagoneta, turnándose en el manejo de la bomba manual. Tardaba tanto en llenarse como en vaciarse. La procesión de hombres que acudían desde la sección afectada por el incendio empezó a menguar a medida que el fuego seguía campando a sus anchas. Por fin lograron llenar el vagón hasta su capacidad máxima y emprendieron el regreso.

Los aspersores se habían puesto en marcha, pero cuando Billy y Tommy llegaron al lugar del incendio, descubrieron que el chorro de agua que caía de la estrecha cañería superior era demasiado débil para extinguir las llamas. Pese a todo, John Jones había conseguido organizar a los hombres: los supervivientes que habían resultado ilesos debían permanecer a su lado, mientras que enviaba a los heridos capaces de caminar al pozo. En cuanto Billy y Tommy hubieron conectado la manguera, la agarró él mismo y ordenó a otro hombre que empezara a bombear.

– ¡Vosotros dos volved y traed otra vagoneta de agua! Así podemos seguir trabajando con la manguera – dijo.

– De acuerdo – convino Billy, pero antes de dar media vuelta, hubo algo que captó su atención: una figura se dirigía corriendo hacia él, atravesando la cortina de fuego, con la ropa en llamas -. ¡Dios santo! – exclamó Billy, horrorizado. Ante su mirada desolada, la figura se tambaleó y cayó al suelo.

– ¡Apúntame con la manguera! – gritó Billy a Jones y, sin aguardar respuesta, echó a correr en dirección al túnel.

Sintió que un chorro de agua le golpeaba la espalda. El calor era insoportable; le dolía la cara y le ardía la ropa. Agarró al hombre tendido en el suelo por debajo de los brazos y tiró de él, corriendo marcha atrás. No le veía la cara, pero podía ver que se trataba de un muchacho de su misma edad.

Jones seguía manteniendo la manguera enfocada hacia Billy, sin apartarla de él, empapándole el pelo, la espalda y las piernas, pero la parte delantera de su cuerpo estaba completamente seca, y el joven percibió el olor de su propia piel chamuscándose. Chilló de dolor, pero logró sujetar con fuerza al muchacho inconsciente. Un segundo después, ya había salido de la zona del incendio. Se volvió hacia Jones y dejó que le remojara por completo; el agua que le corría por la cara era como una bendición porque, a pesar de que seguía doliéndole, el dolor era soportable.

Jones roció con agua al hombre que yacía en el suelo. Billy le dio la vuelta y vio que se trataba de Michael O’Connor, conocido como Micky el Papa, el hijo de Pat. Este le había pedido a Billy que mantuviera los ojos abiertos por si veía a su hijo.

– Jesús misericordioso, ten piedad de Pat – dijo Billy.

Se agachó y recogió a Micky. El cuerpo estaba inerte y sin fuerzas.

– Lo llevaré al pozo – anunció.

– De acuerdo – dijo Jones, mirando a Billy con una expresión extraña -. Llévalo allí, hijo.

Tommy acompañó a Billy. Este se sentía un poco mareado, pero todavía podía cargar con Micky en brazos. En la galería principal encontraron un equipo de rescate con un poni que tiraba de un pequeño tren de vagones llenos de agua. Debían de venir de la superficie, lo que significaba que la jaula funcionaba y que el rescate ya se estaba realizando de forma organizada, razonó Billy con cansancio.

Tenía razón. Cuando llegó al pozo, la jaula acababa de abrirse de nuevo y de ella salieron más equipos de rescate vestidos con ropa protectora y más vagonetas llenas de agua. Cuando los recién llegados se hubieron dispersado, dirigiéndose al foco del incendio, los heridos empezaron a subir a bordo de la jaula, transportando a los muertos y a los mineros inconscientes.

Cuando Pat el Papa envió la jaula hacia arriba, Billy se acercó a él, con Micky en brazos.

Pat miró a Billy con expresión aterrorizada, negando con la cabeza, como si con aquel gesto pudiese impedir lo inevitable.

– Lo siento mucho, Pat – dijo Billy.

Pat no quería mirar aquel cuerpo.

– No – dijo -. Ese no es mi Micky.

– Lo saqué del fuego – explicó Billy -, pero ya era demasiado tarde, eso es todo. – Y en ese momento, rompió a llorar.


La cena había sido un gran éxito, en todos los sentidos. Bea estuvo de un humor extraordinario, y aseguró que, si por ella fuese, celebraría una recepción real todas las semanas. Fitz acudió a su cama y, tal como él esperaba, ella lo recibió con los brazos abiertos. Se quedó allí hasta la mañana siguiente, cuando se escabulló de la habitación justo antes de que Nina llegase con el té.

El conde temía que el debate entre los hombres hubiese sido demasiado controvertido para una cena real, pero no tenía por qué preocuparse. El rey le dio las gracias durante el desayuno:

– Una discusión fascinante, muy reveladora, justo lo que quería. – Y Fitz se sintió muy orgulloso de sí mismo.

Reflexionando sobre el tema mientras daba unas chupadas a su cigarro de después del desayuno, Fitz descubrió que, en el fondo, la idea de entrar en guerra no le disgustaba. La noche anterior, movido por una especie de acto reflejo, la había calificado de tragedia, cuando lo cierto era que no sería una mala cosa del todo. La guerra lograría unir a toda la nación contra un enemigo común y sofocaría las hogueras del malestar social. Ya no habría más huelgas, y todo el mundo consideraría hablar de republicanismo como un gesto antipatriótico. Puede que hasta las mujeres dejaran de exigir el sufragio. Y en el aspecto más personal, tenía que confesar que le atraía la perspectiva de una guerra, pues sería su oportunidad de ser útil, de demostrar su valor, de servir a su país, de hacer algo a cambio de las riquezas y los privilegios con los que se había visto colmado durante toda su vida.

La noticia de la explosión en la mina, que llegó a media mañana, vino a agriar el buen sabor de boca que había dejado la recepción. Solo uno de los invitados se acercó hasta Aberowen, Gus Dewar, el norteamericano. No obstante, todos tenían la sensación, muy poco habitual para ellos, de estar lejos del centro de atención. Sobre el almuerzo planeó continuamente un ambiente sombrío y lúgubre, y los actos de entretenimiento de la tarde quedaron cancelados. Fitz temía que el rey estuviese disgustado con él, a pesar de que el conde nada tenía que ver con el funcionamiento de la mina. No era director ni accionista de Celtic Minerals, sino que se limitaba a ceder en concesión los derechos de explotación a la empresa, que le pagaba una regalía por tonelada, de modo que estaba seguro de que ninguna persona razonable podía responsabilizarlo por lo ocurrido. Aun así, la nobleza no podía entregarse a pasatiempos mundanos y frívolos mientras había hombres atrapados en el subsuelo, en especial cuando el rey y la reina se hallaban de visita en la zona. Eso significaba que leer y fumar eran las únicas actividades que estaban permitidas. Sin duda la pareja real se aburriría soberanamente.

Fitz estaba muy enfadado. Los hombres morían a todas horas: soldados que perecían en el campo de batalla, marineros que se hundían con sus barcos, trenes que sufrían accidentes, hoteles llenos de huéspedes que se incendiaban hasta quedar reducidos a cenizas… ¿Por qué tenía que ocurrir una catástrofe en la mina justo cuando el rey pasaba unos días de descanso en su casa?

Poco antes de la cena, Perceval Jones, alcalde de Aberowen y director de Celtic Minerals, llegó a la mansión para informar al conde de lo ocurrido y Fitz le preguntó a sir Alan Tite si creía que al rey le gustaría asistir al relato del director de la compañía. «Por supuesto que sí», fue la respuesta, y Fitz se sintió aliviado; así al menos el monarca tendría algo que hacer.

Condujeron a Jones hasta la pieza de recibo, un espacio informal con sillas de tapicería suave, macetas de palmeras y un piano. Llevaba el mismo frac negro que sin duda se habría puesto para ir a la iglesia esa mañana. Un hombre menudo y pretencioso, parecía un pájaro pavoneándose, ataviado con aquel chaleco cruzado gris.

El rey iba vestido con traje de etiqueta.

– Está bien que haya venido – dijo sin más preámbulos.

– Tuve el honor de estrechar la mano de Su Majestad en 1911 – dijo Jones -, cuando vino a Cardiff para la investidura del príncipe de Gales.

– Me alegro de que volvamos a vernos, aunque lamento que sea en tan dramáticas circunstancias – repuso el rey -. Cuénteme lo sucedido en un lenguaje sencillo, como si se lo estuviera relatando a uno de sus compañeros directores mientras están sentados tranquilamente tomando una copa en su club.

«Muy inteligente», pensó Fitz, pues ayudaba a crear el ambiente adecuado… a pesar de que nadie le había ofrecido ninguna copa a Jones y el rey no le había invitado a sentarse.

– Su Majestad es muy amable. – Jones hablaba con acento de Cardiff, más marcado que la entonación de los valles -. Había doscientos veinte hombres en el interior de la mina cuando tuvo lugar la explosión, una cifra inferior al número habitual, porque se trata del turno especial de los domingos.

– ¿Conoce la cifra exacta? – preguntó el rey.

– Oh, sí, majestad, anotamos el nombre de todos los hombres que bajan al pozo.

– Perdone la interrupción. Por favor, prosiga.

– Los dos pozos han resultado dañados, pero los equipos de extinción de incendios han logrado controlar el fuego, con ayuda de nuestro sistema de aspersión, y han evacuado a los hombres. – Consultó su reloj -. Según el último recuento, hace dos horas, han sido rescatados doscientos quince.

– Parece que ha logrado hacer frente a la emergencia con mucha eficacia, Jones.

– Muchas gracias, su majestad.

– ¿Están los doscientos quince vivos?

– No, señor. Ocho han muerto, y otros cincuenta tienen heridas de consideración. Van a necesitar un médico.

– Santo cielo… – exclamó el rey -. Cuánto lo siento…

Mientras Jones explicaba las medidas que se estaban tomando para localizar y rescatar a los cinco mineros restantes, Peel se deslizó en la habitación y se acercó a Fitz. El mayordomo iba ataviado con el uniforme vespertino, listo para servir la cena. Hablando en voz muy baja, dijo:

– Por si resulta de su interés, milord…

– ¿Qué? – susurró Fitz.

– La doncella Williams acaba de regresar de la bocamina. Al parecer, su hermano ha actuado como una especie de héroe. ¿Cree el señor que al rey le gustaría oír la historia de sus propios labios…?

Fitz se quedó pensativo un momento. Williams estaría muy alterada, y cabía la posibilidad de que dijese algo inconveniente en presencia del monarca. Por otra parte, al rey seguro que le gustaría hablar con alguien afectado directamente por la tragedia. Decidió correr el riesgo.

– Majestad – dijo -: una de mis sirvientas acaba de regresar de la mina y puede que traiga noticias más recientes. Su hermano se encontraba en el interior del pozo cuando se produjo la explosión. ¿Desea interrogarla?

– Sí, sí, por supuesto – contestó el rey -. Que venga aquí, por favor.

Al cabo de un momento, Ethel Williams entró por la puerta. Tenía el uniforme manchado de polvo de carbón, pero se había lavado la cara. Hizo una reverencia y el rey preguntó:

– ¿Cuáles son las últimas noticias?

– Majestad, hay cinco hombres atrapados en la sección de Carnation a causa de un derrumbe. El equipo de rescate está abriéndose paso entre los escombros, pero todavía no han podido extinguir el fuego.

Fitz advirtió que la actitud del monarca hacia Ethel era algo distinta. Si apenas había mirado a Perceval Jones y se había dedicado a tamborilear con el dedo en el brazo de la silla mientras lo escuchaba, a Ethel, en cambio, la miraba fijamente, y parecía mucho más interesado en ella. Con un tono de voz más grave, preguntó:

– ¿Qué dice su hermano?

– La explosión de grisú prendió fuego al polvo de carbón, y eso es lo que está ardiendo. El fuego sorprendió a muchos de los hombres en sus lugares de trabajo, y algunos han muerto asfixiados. Mi hermano y los demás no han podido salvarles la vida porque en la mina no había aparatos de respiración.

– Eso no es cierto – protestó Jones.

– Pues yo tengo entendido que sí – lo contradijo Gus Dewar. Como siempre, el estadounidense se mostraba un poco retraído, pero hizo un esfuerzo por hablar en tono insistente -. He hablado con algunos de los hombres que salían del pozo y me han contado que parece ser que los armarios marcados con el cartel de «aparato respirador» estaban vacíos. – Su tono era de indignación contenida.

Ethel Williams intervino:

– Y no han podido apagar el fuego porque no había agua suficiente en los depósitos subterráneos del interior de la mina. – En sus ojos destellaba un brillo furioso que Fitz encontraba absolutamente irresistible, y el conde sintió cómo se le aceleraba el corazón.

– ¡Pero si hay un camión de bomberos! – se defendió Jones.

Gus Dewar volvió a hablar.

– Una vagoneta de carbón llena de agua y una bomba de mano.

Ethel Williams siguió relatando los hechos.

– Deberían haber podido invertir el sentido de la ventilación, pero el señor Jones no ha modificado la maquinaria tal como exige la ley.

Jones parecía indignado.

– No se podía…

Fitz lo interrumpió:

– Tranquilícese, Jones, no estamos ante ninguna comisión de investigación; Su Majestad solo pretende obtener las impresiones de la gente.

– En efecto – dijo el rey -, pero hay una cuestión acerca de la cual tal vez podría usted aconsejarme, Jones.

– Será para mí un honor…

– Tenía previsto visitar Aberowen y algunos de los pueblos de los alrededores mañana por la mañana, así como ir a verlo a usted en su ayuntamiento, pero dadas las circunstancias, una visita de la comitiva real, con toda su fastuosidad, por la comarca no me parece una idea muy oportuna.

Sir Alan, sentado detrás del hombro izquierdo del monarca, negó con la cabeza y murmuró:

– Imposible.

– Por otra parte – siguió diciendo el rey -, tampoco me parece adecuado marcharme sin dar ninguna muestra pública de mi preocupación ante el desastre. El pueblo podría pensar que nos resulta indiferente.

Fitz supuso que había discrepancias entre las intenciones del rey y los deseos de sus asistentes personales, quienes seguramente querían cancelar la visita, pensando que era la opción menos arriesgada, mientras que el rey sentía la necesidad de realizar algún gesto.

Se produjo un silencio mientras Perceval sopesaba las ventajas y los inconvenientes del asunto.

Cuando al fin habló, se limitó a decir:

– Es una cuestión peliaguda.

Ethel Williams intervino entonces.

– ¿Podría hacer una sugerencia?

Peel se mostró horrorizado.

– ¡Williams! – exclamó -. ¡Habla solo cuando se dirijan a ti!

Fitz estaba estupefacto por la impertinencia de la doncella en presencia del rey, de modo que intentó conservar el tono tranquilo de su voz cuando dijo:

– Tal vez más tarde, Williams.

Sin embargo, el rey sonrió. Para alivio de Fitz, parecía muy impresionado con Ethel.

– No, no importa. Oigamos lo que esta jovencita tiene que proponernos – dijo.

Eso era todo cuanto Ethel necesitaba. Sin más preámbulos, le espetó:

– La reina y Su Majestad deberían visitar a las familias de los fallecidos. Nada de comitivas reales, solo un carruaje con caballos negros. Eso significaría mucho para ellas, y todo el mundo pensaría que es un soberano maravilloso. – Se mordió el labio y se quedó en silencio.

Esa última frase contravenía todas las normas del protocolo, pensó Fitz, angustiado; el rey no necesitaba que la gente pensase que era maravilloso.

Sir Alan estaba horrorizado.

– Nunca se ha hecho nada semejante – repuso, alarmado.

Pero el rey parecía intrigado ante aquella idea.

– Visitar a los familiares de los fallecidos… – dijo en tono reflexivo. Se volvió hacia su ayuda de cámara -. ¡Cielos! Me parece que eso es fundamental, Alan: acompañar a mi pueblo en su sufrimiento. Nada de comitiva real, solo un carruaje. – Se dirigió a la doncella -: Muy bien, Williams – dijo -. Gracias por darme su opinión.

Fitz lanzó un suspiro de alivio.

Al final, hubo más de un carruaje, por supuesto. El rey y la reina iban delante con sir Alan y una dama de honor; Fitz y Bea los seguían en el segundo, junto al obispo, mientras que un puñado de sirvientes encima de una carreta tirada por un poni cerraba la comitiva. A Perceval Jones le habría gustado formar parte del séquito, pero Fitz rechazó semejante posibilidad. Tal como Ethel había señalado, al verlo, los familiares de los fallecidos se le habrían arrojado a la yugular.

Hacía mucho viento, y una lluvia fría azotaba el lomo de los caballos mientras recorrían al trote el largo camino de entrada de Ty Gwyn. Ethel ocupaba el tercer vehículo. Gracias al trabajo de su padre, la muchacha conocía a todas las familias mineras de Aberowen, y era la única persona de la mansión que sabía los nombres de las víctimas mortales y los heridos. Había dado instrucciones a los cocheros, y su labor consistiría en recordarle al ayuda de cámara del rey quién era quién. En ese momento, la doncella tenía los dedos cruzados; había sido idea suya, y si algo salía mal todos le echarían la culpa.

Cuando atravesaban las majestuosas puertas de hierro forjado, Ethel sintió una mezcla de desasosiego y desconcierto, como siempre, ante el súbito contraste. En el interior del recinto de la finca todo era orden, encanto y belleza, mientras que fuera se hallaba la monstruosidad del mundo real. Junto a la carretera se veía la hilera de casas de los labriegos, casuchas diminutas de dos habitaciones, con leños y cachivaches desperdigados por toda la parte delantera y un par de chiquillos sucios jugando en la cuneta. A pocos metros de allí empezaban las casas de los mineros, mejores que las viviendas de los campesinos pero anodinas y sin gracia pese a todo para el gusto estético de Ethel, mal acostumbrado por las proporciones perfectas de los ventanales, los tejados y los dinteles de Ty Gwyn. Los habitantes de aquellas zonas vestían ropas baratas que no tardaban en adquirir un aspecto informe y gastado, y estaban teñidas con tintes que enseguida perdían el color, de manera que todos los hombres iban con trajes grisáceos y las mujeres, con vestidos del mismo tono pardusco. El uniforme de doncella de Ethel era la envidia del vecindario por la cálida lana de la falda y la blusa de algodón almidonado, a pesar de que algunas de las muchachas se jactaban de que nunca serían capaces de rebajarse a trabajar como sirvientas. Sin embargo, la mayor diferencia estaba en las propias personas: fuera de Ty Gwyn todos tenían la piel llena de manchas, el pelo sucio y las uñas negras. Los hombres tosían, las mujeres se sorbían la nariz y todos los niños iban llenos de mocos. Los pobres recorrían cojeando o caminando con gran esfuerzo las mismas carreteras por las que los ricos transitaban con paso seguro y arrogante.

Los carruajes descendieron por la ladera de la colina en dirección a Mafeking Terrace. La mayoría de los habitantes del distrito abarrotaban las calles, esperando el paso de la comitiva, pero ninguno de ellos portaba ninguna bandera, y tampoco lanzaban vítores, sino que se limitaban a inclinar la cabeza y hacer una reverencia mientras la carroza real se detenía en la puerta del número 19.

Ethel bajó de un salto y habló en voz baja con sir Alan.

– Sian Evans, cinco hijos, ha perdido a su marido, David Evans, mozo de caballos. – También llamado Dai Ponis, Ethel lo había conocido en vida, pues era uno de los miembros del consejo de la Iglesia de Bethesda.

Sir Alan asintió con la cabeza y Ethel dio un paso atrás hábilmente mientras el ayuda de cámara le murmuraba la información al rey al oído. Ethel vio que Fitz la miraba y le hacía una seña de aprobación con la cabeza. La muchacha sintió que resplandecía de orgullo: estaba ayudando al rey… y el conde se mostraba muy contento con ella.

El rey y la reina se dirigieron a la puerta de la casa, cuya pintura se estaba descascarillando, pero el escalón se veía reluciente. «Nunca me habría imaginado algo así – se dijo Ethel -: el rey llamando a la puerta de la casa de un minero.» El monarca iba vestido con traje de etiqueta y sombrero de copa, pues Ethel había insistido a sir Alan diciéndole que a los habitantes de Aberowen no les gustaría ver a su rey luciendo la misma clase de traje de tweed que podían llevar ellos mismos.

La viuda acudió a abrir la puerta ataviada con sus mejores galas, tocada incluso con un sombrero. Fitz había sugerido que la visita del rey cogiese por sorpresa a los habitantes del valle, pero Ethel había desaconsejado esa posibilidad y sir Alan se había mostrado de acuerdo con ella. Durante una visita sorpresa a una familia destrozada por el dolor, la pareja real podría haberse encontrado con un puñado de hombres borrachos, mujeres semidesnudas y niños enzarzados en una pelea. Lo mejor era avisar de antemano a todo el mundo.

– Buenos días, soy el rey – dijo el monarca, levantándose el sombrero educadamente -. ¿Es usted la señora Evans?

La mujer pareció quedarse perpleja un momento, porque estaba más acostumbrada a que la llamasen señora de Dai Ponis.

– He venido a transmitirle cuánto lamento la pérdida de su marido, David – dijo el rey.

La señora de Dai Ponis estaba demasiado nerviosa para sentir alguna emoción.

– Muchas gracias – dijo con rigidez.

Ethel vio que la situación era demasiado forma el rey estaba tan incómodo como la viuda, y ninguno era capaz de expresar lo que sentía realmente.

En ese momento, la reina tocó el brazo de la señora de Dai Ponis.

– Debe de ser muy duro para usted, querida – dijo.

– Sí, señora, lo es – respondió la viuda en un susurro, y acto seguido se echó a llorar.

La propia Ethel se secó una lágrima que le rodaba por la mejilla.

El rey se sentía incómodo, pero logró, pese a todo, estar a la altura, murmurando:

– Muy triste, muy triste…

La señora Evans lloraba desconsoladamente, pero parecía clavada al suelo, y ni siquiera volvió la cara. El dolor no tenía nada de elegante, se dijo Ethe la cara de aquella mujer estaba colorada como un tomate, la boca abierta delataba que había perdido al menos la mitad de los dientes, y en sus sollozos se oía el aliento bronco de la desesperación.

– Llore, querida, llore – dijo la reina, al tiempo que le ofrecía su pañuelo -. Tenga, tome esto.

La señora de Dai Ponis no había cumplido todavía la treintena, pero tenía las enormes manazas hinchadas y llenas de bultos por la artritis, como si fuera una anciana. Se limpió la cara con el pañuelo de la reina, y poco a poco se fue calmando.

– Era un buen hombre, señora – dijo -. Nunca me puso la mano encima.

La reina no sabía qué decir de un hombre cuya principal virtud era que no pegaba a su mujer.

– Era amable hasta con sus ponis – añadió la señora Evans.

– Estoy convencida de que lo era – repuso la reina, pisando de nuevo terreno familiar.

Un niño pequeño salió del interior de la casa y se aferró a las faldas de su madre. El rey volvió a intentarlo.

– Tengo entendido que es madre de cinco hijos – dijo.

– Oh, señor, ¿y qué van a hacer los pobrecillos sin un padre?

– Es muy triste – repitió el rey.

Sir Alan emitió un carraspeo y el rey anunció:

– Ahora vamos a ir a ver a otras familias en la misma situación que la suya.

– Oh, señor, ha sido muy amable por venir aquí. No sabe cuánto significa eso para mí. Gracias, muchísimas gracias.

El rey se volvió para marcharse.

– Rezaré por usted esta noche, señora Evans – dijo la reina. Y a continuación siguió al rey.

Cuando subían al carruaje, Fitz entregó a la señora Evans un sobre en cuyo interior, tal como Ethel ya sabía, había cinco soberanos de oro y una nota escrita a mano en el papel de cartas azul con el escudo de Ty Gwyn, con la siguiente frase: «Es el deseo del conde Fitzherbert que acepte esto en señal de sus profundas condolencias».

Y aquello, también, había sido idea de Ethel.


Una semana después de la explosión, Billy acudió a la iglesia con su padre, su madre y el abuelo.

El templo de la Iglesia de Bethesda era una estancia encalada con las paredes desnudas, desprovistas de cuadros u otras imágenes religiosas. Las sillas estaban dispuestas en filas ordenadas a cada uno de los cuatro costados de una sencilla mesa sobre la que había una barra de pan blanco en una bandeja de porcelana de Woolworth y una jarra de jerez barato: el pan y el vino simbólicos. El oficio no recibía el nombre de «comunión» o «misa», sino sencillamente la «partición del pan».

Hacia las once de la mañana, la congregación formada por un centenar de fieles aproximadamente se hallaba sentada en sus asientos, los hombres vestidos con sus mejores trajes, las mujeres con la cabeza cubierta por sombreros y los niños bien lavados y aseados a conciencia, trasteando en las filas del fondo. No había ningún ritual preestablecido: los hombres harían lo que el Espíritu Santo les impulsase a hacer, como improvisar una oración, anunciar un himno, leer un pasaje de la Biblia o pronunciar un breve sermón. Las mujeres permanecerían en silencio, por supuesto.

Aunque, en la práctica, sí se seguían ciertas pautas: la primera oración siempre la pronunciaba uno de los miembros más veteranos de la comunidad, quien entonces partía el pan y pasaba la bandeja al siguiente. Cada uno de los miembros de la congregación, excepto los niños, tomaba un pequeño pedazo y se lo comía. A continuación, se pasaba el vino, y todos bebían de la jarra, las mujeres dando pequeños sorbos y algunos de los hombres echándose unos buenos tragos. Después, todos se mantenían callados hasta que alguien sentía la necesidad de hablar.

Cuando Billy le preguntó a su padre a qué edad podía empezar a participar activamente, tomando la palabra, en el oficio, este le contestó: «No hay ninguna regla establecida. Seguimos lo que nos dicta el Espíritu Santo». Billy aplicó aquello al pie de la letra. Si le venía a la cabeza la primera frase de algún himno en algún momento de la hora que duraba el servicio, el muchacho lo interpretaba como una señal del Espíritu Santo y se levantaba para anunciar el himno. Era precoz por hacer algo así a tan temprana edad, lo sabía, pero la congregación lo aceptaba de buena gana. La historia de que Jesús se le había aparecido durante su iniciación en la galería había corrido como la pólvora en la mitad de las iglesias de los valles mineros de Gales del Sur, y todos consideraban a Billy un chico especial.


Aquella mañana, todas las plegarias iban dirigidas al consuelo de los familiares de los fallecidos, en especial de la señora de Dai Ponis, que estaba allí sentada con el rostro cubierto por un velo, acompañada de su hijo mayor, que parecía asustado. El padre de Billy pidió a Dios generosidad del corazón para perdonar la maldad de los dueños de la mina por haber burlado las leyes sobre los equipos de respiración y los sistemas de ventilación reversible. Billy sintió que se olvidaba de algo; no bastaba con pedir consuelo, lo que él quería era ayuda para comprender cómo encajaba aquella explosión en los designios de Dios.

Nunca había improvisado una oración. Muchos de los hombres rezaban con frases grandilocuentes y citas de las Escrituras, casi como si estuviesen pronunciando un sermón. Billy, por su parte, sospechaba que el Señor no se impresionaba con tanta facilidad, que siempre se conmovía más con las plegarias sencillas que nacían directamente del corazón.

Hacia el final del oficio, distintas frases y palabras empezaron a tomar forma en su cabeza, y Billy sintió el poderoso impulso de ponerles voz. Interpretando aquello como la voluntad del Espíritu Santo, decidió ponerse en pie.

Con los ojos cerrados, dijo:

– Oh, Dios, te hemos pedido esta mañana que brindes consuelo a aquellas personas que han perdido a un marido, a un padre, a un hijo, especialmente a nuestra hermana en el Señor, la señora Evans, y oramos para que los familiares abran sus corazones para recibir Tu bendición.

Otros antes que él habían dicho eso mismo. Billy hizo una pausa y a continuación, prosiguió su discurso:

– Y ahora, Señor, te pedimos que nos concedas otra bendición: otórganos el don de la comprensión. Tú, que todo lo puedes, ¿por qué permitiste que el grisú inundase la galería principal, y por qué dejaste que se prendiese fuego? ¿Cómo permites, Señor, que nos dirijan personas, los directores de Celtic Minerals, que en su afán por ganar dinero, descuiden las vidas de Tu gente? ¿Cómo es posible que las muertes de hombres buenos y la mutilación de los cuerpos que Tú mismo creaste sirvan a Tu propósito divino?

Hizo otra pausa de nuevo. Era consciente de que no estaba bien ir con exigencias a Dios, como si estuviese negociando con el patrón de la empresa, de manera que añadió:

– Sabemos que el sufrimiento de los habitantes de Aberowen tiene que desempeñar algún papel en Tu plan para la eternidad. – Se le ocurrió que seguramente era mejor dejarlo ahí, pero no pudo reprimir el impulso de proseguir -: Pero, señor, no vemos cómo, así que, por favor, ilumínanos.

Terminó diciendo: – En el nombre de Jesucristo Nuestro Señor.

– Amén – respondió la congregación al unísono.

Esa tarde, todos los habitantes de Aberowen habían sido invitados a ver los jardines de Ty Gwyn, y el acontecimiento implicaba mucho trabajo para Ethel.

Habían colgado un anuncio en los pubs el sábado por la noche, y el mensaje se había leído en las iglesias y los templos después del culto del domingo por la mañana. Los jardines estaban espectacularmente hermosos con motivo de la visita del rey, pese a la estación invernal, y el conde Fitzherbert deseaba compartir aquella belleza con sus vecinos, según rezaba la invitación. El conde llevaría corbata negra y le gustaría que los visitantes luciesen un detalle similar en señal de respeto por los muertos. A pesar de que, por razones evidentes, sería impropio celebrar un ágape, se servirían algunos refrigerios.

Ethel había ordenado la instalación de tres toldos en el césped de los jardines del ala este. En uno de ellos había una docena de barriles de cerveza de malta de quinientos litros de capacidad, que habían sido transportados en tren desde la fábrica de cerveza Crown de Pontyclun. Para los abstemios, muy numerosos en Aberowen, en el siguiente toldo había mesas de caballetes con vasijas de té gigantescas y centenares de tazas y platos. En el tercer toldo, el más pequeño, se ofrecía jerez a la exigua clase media de la ciudad, entre los que se contaban el párroco anglicano, los dos médicos y el capataz de la mina, Maldwyn Morgan, a quien ya todo el mundo llamaba Morgan «Se ha ido a Merthyr».

Por fortuna, hacía un día espléndido, frío pero seco, con unas pocas nubes blancas de aspecto inofensivo en un cielo azul intenso. Acudieron cuatro mil personas, casi la totalidad de la población de la ciudad, y casi todos llevaban una corbata, un lazo o un brazalete negros en señal de duelo. Se paseaban entre los arbustos, se asomaban a los ventanales que daban al interior de la casa y pisoteaban el césped.

La princesa Bea optó por quedarse en su habitación, pues no se trataba de la clase de acto social en el que quisiera prodigarse. Según la propia experiencia de Ethel, todos los componentes de las clases altas de la sociedad solían ser personas muy egoístas, pero Bea había elevado aquel egoísmo a la categoría de arte. Concentraba todas sus energías en complacer sus propios antojos y en salirse siempre con la suya. Incluso cuando ofrecía una recepción o una fiesta – algo que se le daba estupendamente – lo hacía movida únicamente por su afán de hacer gala ante los demás de todo su encanto y hermosura.

Fitz decidió recibir a los asistentes en el esplendor gótico-victoriano del Gran Salón, con su enorme perro tumbado en el suelo junto a él, como si fuera una alfombra de piel. Llevaba el traje de tweed de color marrón que lo hacía parecer más accesible, aunque lo combinaba con una camisa de cuello duro y corbata negra. «Está más guapo que nunca», pensó Ethel.

La doncella era la encargada de llevar ante él a los familiares de los muertos y los heridos, en grupos de tres o cuatro personas, para que el conde pudiese ofrecer su más sentido pésame a todos los habitantes de Aberowen afectados por la tragedia. Hablaba con cada uno de ellos con su don de gentes habitual, y todos se despedían sintiéndose especiales.

Ethel se había convertido en la nueva ama de llaves. Tras la visita del rey, la princesa Bea insistió en que la señora Jevons se jubilase definitivamente; no tenía tiempo para sirvientas viejas y cansadas. Vio en Ethel a alguien capaz de trabajar de manera incansable para colmar todos sus deseos, y se encargó personalmente de concederle el ascenso a pesar de su juventud e inexperiencia. Así, Ethel consiguió su máxima ambición: se trasladó al pequeño cuarto del ama de llaves, en el ala del servicio, y colgó en la pared una fotografía de sus padres, engalanados con sus mejores trajes, tomada delante de la Iglesia de Bethesda el día que el templo abrió sus puertas.

Cuando Fitz llegó al final de la lista, Ethel pidió permiso para pasar un rato con su familia.

– Por supuesto, no faltaba más… – contestó el conde -. Tómate el tiempo que quieras. Has estado absolutamente maravillosa. No sé cómo nos las habríamos ingeniado sin ti. El rey también quiso que te transmitiera su agradecimiento. ¿Cómo puedes recordar todos esos nombres?

La muchacha sonrió. No estaba segura de por qué sentía esa extraña emoción en el estómago cada vez que él le dedicaba un halago.

– La mayoría de ellos han estado en nuestra casa alguna vez, para hablar con mi padre sobre posibles compensaciones por un accidente laboral, o acerca de una disputa con algún capataz, o por algún problema relacionado con las medidas de seguridad en la mina.

– Bueno, pues a mí me parece toda una proeza – dijo, y la obsequió con la sonrisa irresistible que esbozaba de vez en cuando y que casi le hacía parecer un hombre normal y corriente, cercano y familiar -. Presenta mis respetos a tu padre de mi parte.

La joven salió y atravesó el césped corriendo; se sentía la reina del universo. Encontró a su padre, a su madre, al abuelo y a Billy en la carpa del té. Su padre estaba muy elegante con su traje negro de los domingos y la camisa blanca de cuello duro. Billy tenía una quemadura de muy mal aspecto en la mejilla.

– ¿Cómo te encuentras, Billy, hermanito? – preguntó Ethel.

– Mucho mejor. La quemadura tiene una pinta espantosa, pero dice el médico que es mejor que no me la tape.

– Todo el mundo comenta lo valiente que fuiste.

– Sí, ya, pero no lo bastante para llegar a tiempo de salvar a Micky el Papa.

No se podía decir nada ante aquellas palabras, pero Ethel le tocó el brazo en un gesto de compasión.

– Billy ha dirigido una plegaria esta mañana en Bethesda – dijo la madre con orgullo. – ¡Buen trabajo, Billy! Siento habérmela perdido. – Ethel no había ido al templo, pues había mucho por hacer en la casa -. ¿En qué consistía tu plegaria? – Le he pedido al Señor que nos ayude a entender por qué ha permitido que haya habido una explosión en la mina. – Billy lanzó una mirada inquieta a su padre, que no sonreía. – Billy habría hecho mejor pidiéndole a Dios que fortaleciese su fe – repuso el cabeza de familia con tono severo -, para que pueda creer sin necesidad de entender.

Saltaba a la vista que ambos ya habían discutido por culpa de aquello. Ethel no tenía paciencia para disputas teológicas que, al final, nunca llevaban a ninguna parte. Trató de distender un poco el ambiente.

– El conde Fitzherbert me ha pedido que te presente sus respetos de su parte, papá

– dijo -. ¿No te parece todo un detalle? El padre no se inmutó. – Lamenté mucho ver cómo participabas en esa farsa del lunes pasado – contestó en tono férreo. – ¿El lunes? – exclamó ella, incrédula -. ¿Cuando el rey fue a visitar a las familias? – Te vi susurrarle los nombres a ese fantoche. – Ese «fantoche», como tú lo llamas, era nada menos que sir Alan Tite. – Me da lo mismo cómo se haga llamar, sé reconocer a un lameculos en cuanto lo veo. Ethel no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que su padre menospreciase de ese modo uno de los mayores logros de su vida? Tuvo ganas de echarse a llorar. – ¡Creí que te sentirías orgulloso de mí, por haber ayudado al rey! – ¿Cómo se atreve el rey a ofrecer sus condolencias a nuestra gente, eh? ¿Qué sabe el rey del peligro y de una vida llena de penalidades? Ethel luchó por contener las lágrimas. – Pero, papá, significó mucho para tantas personas que el rey en persona acudiera a verlas… – Con eso, lo único que hizo fue desviar la atención de las acciones peligrosas e ilegales de Celtic Minerals. – ¡Pero necesitan consuelo! – ¿Cómo no se daba cuenta su padre de aquello? – El rey los ha ablandado. El domingo por la tarde, esta ciudad estaba dispuesta a levantarse y encabezar una revuelta, pero el lunes por la noche, de lo único que hablaban era de cómo la reina le había dado su pañuelo a la señora de Dai Ponis. Ethel pasó de la tristeza a la indignación en un abrir y cerrar de ojos. – Pues lamento mucho que pienses así – dijo fríamente.

– No tienes que lamentar…

– Lo lamento porque estás equivocado – repuso la joven, que lo interrumpió con firmeza.

El padre se quedó de una pieza. No estaba acostumbrado a que los demás le dijesen que estaba equivocado, y mucho menos una mocosa como aquella.

– Oye, Eth… – trató de intervenir su madre.

– Las personas tienen sentimientos, papá – dijo la joven temerariamente -. Eso es lo que siempre se te olvida.

El padre se había quedado sin habla.

– ¡Bueno, basta ya! – exclamó la madre.

Ethel miró a Billy. A través de un velo de lágrimas, vio su expresión de impresionada admiración, y eso la envalentonó aún más. Suspiró, se secó los ojos con el dorso de la mano y siguió hablando:

– Tú y tu sindicato, y tus normas de seguridad y tus Escrituras… ya sé que son importantes, papá, pero no puedes olvidarte de los sentimientos de la gente. Espero que algún día el socialismo consiga hacer que el mundo sea un lugar mejor para la clase trabajadora, pero entretanto, las personas necesitan consuelo.

El padre consiguió recobrar la voz al fin.

– Me parece que ya hemos tenido bastante por hoy – dijo -. Lo de estar con el rey se te ha subido a la cabeza. Solo eres una cría, y no eres quién para ir por ahí dando sermones a tus mayores.

Ethel estaba hecha un mar de lágrimas, demasiado nerviosa para seguir discutiendo con su padre.

– Lo siento, papá – dijo. Tras un silencio que se hizo eterno, añadió -: Será mejor que vuelva al trabajo.

El conde le había dicho que se tomara el tiempo que quisiera, pero lo que deseaba era estar sola. Le dio la espalda a la mirada impregnada de ira de su padre y regresó a la mansión cabizbaja, con la esperanza de que nadie se percatase de que estaba llorando.

No quería tropezarse con nadie, de modo que se deslizó en el interior de la Suite Gardenia. Lady Maud había regresado a Londres, por lo que la habitación estaba vacía y la cama, deshecha. Ethel se arrojó encima del colchón desnudo y siguió dando rienda suelta a sus lágrimas.

Se sentía tan orgullosa de sí misma… ¿Cómo podía su padre rechazar así todo lo que había conseguido? ¿Es que quería acaso que no destacase en su trabajo, que lo hiciese todo mal? Trabajaba para la nobleza, sí, pero exactamente igual que todos los mineros del carbón en Aberowen. A pesar de que la empresa que los contrataba era Celtic Minerals, era el carbón del conde lo que extraían de la mina, y a este le pagaban lo mismo por tonelada que al minero que lo sacaba de la tierra, un hecho que su padre nunca se cansaba de señalar. Si estaba bien ser un buen minero, eficiente y productivo, ¿qué tenía de malo ser una buena ama de llaves?

Oyó el ruido de la puerta al abrirse, y se incorporó de un salto. Era el conde.

– ¿Se puede saber qué diablos te ocurre? – preguntó, inquieto -. Se te oye desde el otro lado de la puerta.

– Lo siento mucho, milord. No debería haber entrado aquí.

– No pasa nada. – Su gallardo rostro mostraba una preocupación auténtica -. ¿Por qué lloras?

– Estaba tan orgullosa por haber ayudado al rey… – le confió, compungida -, pero mi padre dice que todo fue una farsa, que solo fue para aplacar la ira de la gente hacia Celtic Minerals. – Y rompió a llorar de nuevo.

– Menuda tontería… – dijo el conde -. Todo el mundo vio que la preocupación del rey era auténtica, al igual que la de la reina. – Extrajo el pañuelo de hilo blanco del bolsillo delantero de su chaqueta. Ethel esperaba que se lo ofreciera, pero en lugar de eso, el conde le enjugó las lágrimas él mismo, con suma delicadeza -. Yo me sentí muy orgulloso de ti el lunes pasado, aunque tu padre no lo estuviera.

– Es usted muy amable.

– Bueno, bueno, no es para tanto… – dijo, y se inclinó hacia ella y la besó en los labios.

Ethel se quedó atónita. Era lo último que esperaba. Cuando él se incorporó, ella lo escrutó con expresión de perplejidad.

Él la miró fijamente.

– Eres absolutamente encantadora – dijo en voz baja, y la besó de nuevo.

Esta vez, ella lo apartó de sí.

– Milord, ¿qué hace? – exclamó en un susurro escandalizado.

– No lo sé.

– Pero ¿en qué está pensando para hacer una cosa así?

– No estoy pensando nada en absoluto.

La joven se quedó mirando su rostro cincelado. Aquellos ojos verdes la observaban muy atentamente, como tratando de leerle el pensamiento. Se dio cuenta de hasta qué punto adoraba a aquel hombre, y de pronto, una oleada de deseo y excitación se apoderó de su cuerpo.

– Es que no puedo evitarlo – dijo él, a modo de excusa.

Ella lanzó un suspiro de felicidad.

– Pues en ese caso, béseme otra vez.


Capítulo 3

<p>Capítulo 3</p>

Febrero de 1914

A las diez y media, el espejo de la entrada de la casa de Mayfair del conde Fitzherbert reflejaba la imagen de un hombre alto, vestido de forma impecable con el traje de día de un caballero inglés de clase alta. Llevaba una camisa de cuello duro que delataba su desdén por los cuellos lacios, y lucía una perla prendida en la corbata plateada. Algunos de sus amigos opinaban que era indecoroso vestir bien. «Te aseguro, Fitz, que pareces un maldito sastre, a punto de abrir su comercio por la mañana», le había dicho una vez el joven marqués de Lowther. Sin embargo, Lowthie era un hombre sucio y desaliñado, que siempre iba con el chaleco lleno de migas y los puños de la camisa manchados de ceniza de cigarro, y quería que todo el mundo fuese igual de desastrado que él. Fitz detestaba llevar la ropa sucia; le sentaba bien ir siempre pulcro y elegante.

Se puso un sombrero de copa de color gris. Empuñando el bastón con la mano derecha y con un par de guantes de ante gris en la izquierda, salió de la casa en dirección al sur de la ciudad. A la altura de Berkeley Square, una muchacha de unos catorce años se acercó a él, le guiñó un ojo y le dijo:

– ¿Te la chupo por un chelín?

Atravesó Piccadilly y entró en Green Park. Unos cuantos copos de nieve se arremolinaban en torno a las raíces de los árboles. Pasó por delante del palacio de Buckingham y se adentró en un vecindario muy poco atractivo cerca de la estación Victoria. Tuvo que pedirle a un policía indicaciones para llegar a Ashley Gardens. Al final, resultó que la calle estaba detrás de la catedral católica. «Francamente – se dijo Fitz -, si uno espera recibir la visita de un miembro de la nobleza, lo mínimo que podría hacer es tener el despacho en un barrio respetable.»

Lo había convocado allí un viejo amigo de su padre llamado Mansfield Smith-Cumming. Oficial retirado de la Armada, Smith-Cumming trabajaba ahora en algún asunto impreciso dentro del Ministerio de Guerra. Le había remitido a Fitz una nota más bien sucinta: «Me complacería enormemente intercambiar unas palabras con usted en relación con una cuestión de importancia nacional. ¿Podría venir a verme mañana por la mañana hacia las once, por ejemplo?». La nota estaba escrita a máquina y firmada, con tinta verde, únicamente con la letra «C».

En el fondo, Fitz se sentía gratamente complacido por que un miembro del gobierno quisiera hablar con él. Le horrorizaba pensar que lo considerasen una especie de figura decorativa, un aristócrata adinerado sin otra función en la vida más que aderezar con su presencia las reuniones sociales. Esperaba que fueran a pedirle asesoramiento, tal vez acerca de su antiguo regimiento, los Fusileros Galeses, o quizá le encomendaran alguna tarea relacionada con los Territorials de Gales del Sur, de los cuales él era coronel honorífico. En cualquier caso, lo cierto era que el simple hecho de que lo hubieran convocado a una reunión en el Ministerio de Guerra le hacía sentir que no era del todo superfluo.

Si es que aquello era en verdad el Ministerio de Guerra… La dirección resultó corresponder con un moderno edificio de apartamentos. Un portero dirigió a Fitz a un ascensor. El apartamento de Smith-Cumming parecía ser mitad vivienda, mitad despacho, pero un joven extremadamente eficiente con aspecto de militar le dijo a Fitz que «C» lo recibiría enseguida.

Por contra, lo cierto era que «C» no mostraba aspecto de militar. Rollizo y con una calva incipiente, poseía una nariz enorme y aguileña y llevaba monóculo. Tenía el despacho atestado de un surtido de objetos de toda índole: maquetas de aviones, un telescopio, una brújula y un óleo de unos campesinos frente a un pelotón de fusilamiento. El padre de Fitz solía referirse a Smith-Cumming como al «capitán de barco que siempre se mareaba», y su carrera en la Armada no había sido brillante. ¿Qué estaba haciendo allí?

– ¿A qué se dedica exactamente este departamento? – inquirió Fitz.

– Es el Departamento de Exteriores de los servicios secretos – contestó C.

– No sabía que tuviéramos servicios secretos.

– Si la gente lo supiera, ya no serían secretos.

– Entiendo. – Fitz sintió una punzada de entusiasmo; era muy halagador recibir información confidencial.

– Confío en que tendrá la amabilidad de no mencionárselo a nadie.

Fitz se dio cuenta de que le acababa de dar una orden, aunque formulada muy educadamente.

– Por supuesto – contestó. Se sentía muy complacido por formar parte de un círculo restringido. ¿Significaba aquello que C iba a pedirle que trabajase para el Ministerio de Guerra?

– Lo felicito por el éxito de la recepción que ofreció a los reyes en su casa. Tengo entendido que reunió a un nutrido grupo de jóvenes muy bien relacionados para que Su Majestad pudiera conocerlos.

– Gracias. A decir verdad, fue una reunión social más bien discreta, pero me temo que es imposible impedir que se propaguen esa clase de noticias.

– Y ahora se lleva usted a su esposa a Rusia.

– La princesa es rusa y quiere visitar a su hermano. Es un viaje que llevamos retrasando ya demasiado tiempo.

– Y Gus Dewar va a acompañarlos.

Por lo visto, C estaba al tanto de todo.

– Está dando la vuelta al mundo – explicó Fitz -. Nuestros planes han coincidido.

C se recostó en el asiento y empezó a hablar en tono informal.

– ¿Sabe usted por qué pusieron al almirante Alexéiev al frente del ejército ruso en la guerra contra Japón, a pesar de que carecía por completo de experiencia en el combate terrestre?

Puesto que había pasado algún tiempo en Rusia cuando apenas era un muchacho, Fitz había seguido con atención el desarrollo de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, pero no conocía aquella historia.

– No. ¿Por qué?

– Bien, parece ser que el gran duque Alexis se vio implicado en una pelea en un burdel de Marsella y fue detenido por la policía francesa. Alexéiev acudió en su auxilio y contó a los gendarmes que había sido él y no el zarevich el causante de los disturbios. La similitud de sus nombres dio credibilidad a la historia y dejaron en libertad al gran duque. La recompensa de Alexéiev consistió en su nombramiento al mando del ejército.

– Con razón perdieron la guerra.

– Pese a todo, los rusos poseen el ejército más numeroso del mundo: seis millones de hombres, según algunos cálculos, contando a los reservistas. Pero ¿cuán eficientes serían… en una guerra europea, pongamos por caso?

– No he vuelto desde que me casé – contestó Fitz -. No estoy seguro.

– Nosotros tampoco. Ahí es donde entra usted; me gustaría que realizase algunas pesquisas durante su estancia en el país.

Fitz estaba muy sorprendido.

– Pero estoy convencido de que nuestra embajada sabría encargarse de algo así.

– Por supuesto. – C se encogió de hombros -. Pero a los diplomáticos siempre les interesa mucho más la política que los asuntos militares.

– Sí, es cierto, pero debe de haber algún agregado militar.

– Alguien ajeno a los círculos habituales como usted mismo podría aportar una visión más fresca y mucho más diáfana… de modo similar a la manera en que su grupo de Ty Gwyn supo facilitar al rey una información que este no habría podido obtener del Foreign Office. Pero si no se cree capaz…

– No me estoy negando a hacerlo – se apresuró a decir Fitz. Al contrario, se sentía muy halagado por el hecho de que quisiesen asignarle una misión por su país -. Es solo que me sorprende que las cosas se hagan de este modo.

– Somos un departamento más bien nuevo con escasos recursos. Mis mejores informadores son viajeros inteligentes con suficiente formación militar para entender lo que están presenciando.

– Muy bien.

– Me interesa saber, sobre todo, si tiene la impresión de que entre los oficiales del ejército ruso se ha producido algún cambio desde 1905. ¿Se han modernizado o siguen aferrándose a las viejas ideas de siempre? Se reunirá con la flor y nata de la comandancia en San Petersburgo, porque su mujer está emparentada con la mitad de ellos.

Fitz estaba pensando en la última vez que Rusia había participado en una guerra.

– La razón principal de su derrota ante Japón fue porque la red ferroviaria rusa no consiguió hacer entrega de los suministros a sus tropas en el plazo necesario.

– Pero desde entonces han estado intentando mejorar la red de ferrocarril, con el dinero que les ha prestado Francia, su aliada.

– ¿Y han hecho muchos progresos?

– Ese es el asunto clave. Usted viajará en tren. ¿Son puntuales los trenes? Mantenga los ojos bien abiertos. Las vías, ¿siguen siendo vías únicas o dobles? Los generales alemanes tienen un plan de emergencia en caso de guerra basado en un cálculo de cuánto se tardaría en movilizar al ejército ruso. Si estalla una guerra, muchas cosas van a depender de la precisión de ese horario de trenes.

Fitz se sentía tan entusiasmado como un niño, pero se forzó a sí mismo a hablar en tono solemne.

– Averiguaré todo cuanto pueda.

– Gracias. – C consultó su reloj.

Fitz se levantó y se estrecharon la mano.

– ¿Cuándo se marchan exactamente? – preguntó C.

– Salimos mañana – dijo Fitz -. Adiós.


Grigori Peshkov vio a su hermano menor, Lev, aceptando dinero del norteamericano alto. El atractivo rostro de Lev traslucía una expresión de avidez infantil, como si su principal objetivo fuese mostrarles a todos su talento. Grigori experimentó una punzada de ansiedad, como tantas otras veces; temía que algún día Lev se metiese en un lío del que ni siquiera echando mano de todo su encanto consiguiese salir.

– Es una prueba de retentiva – dijo Lev en inglés. Se había aprendido las palabras de memoria -. Escoja cualquier carta. – Tuvo que levantar la voz para hacerse oír pese al estruendo de la fábrica: el fragor de las máquinas, el silbido del vapor y los obreros dando instrucciones y haciendo preguntas a gritos.

El nombre del visitante era Gus Dewar. Llevaba una chaqueta, chaleco y pantalones, todo de la misma tela de lana fina de color gris. Grigori sentía un interés especial por él porque era de Buffalo.

Dewar era un joven simpático. Se encogió de hombros, escogió una carta de la baraja de Lev y la miró.

– Póngala boca abajo en la mesa – dijo Lev.

Dewar colocó la carta sobre la tosca mesa de trabajo de madera.

Lev extrajo un billete de un rublo del bolsillo y lo colocó encima de la carta.

– Y ahora, ponga un dólar boca abajo. – Aquello solo podía hacerse con los visitantes ricos.

Grigori sabía que Lev ya había cambiado la carta. En la mano, oculta por el billete de rublo, guardaba una carta distinta. El truco, que Lev había practicado durante horas, consistía en coger la primera carta y esconderla en la palma de la mano inmediatamente después de dejar el billete de rublo y, de paso, la carta ya preparada.

– ¿Está seguro de que puede permitirse perder un dólar, señor Dewar? – preguntó Lev.

El estadounidense sonrió, como hacían siempre todas las víctimas llegado ese momento.

– Eso creo – contestó.

– ¿Recuerda cuál era su carta? – En realidad, Lev no sabía hablar inglés. También sabía decir esas mismas frases en alemán, francés e italiano.

– El cinco de picas – respondió Dewar.

– Se equivoca.

– Estoy completamente seguro.

– Dele la vuelta.

Dewar puso la carta boca arriba. Era la reina de tréboles.

Lev recogió el billete de dólar y su rublo original.

Grigori contuvo la respiración; aquel era el momento más peligroso. ¿Protestaría el estadounidense diciendo que lo habían engañado y acusaría a Lev?

Dewar esbozó una sonrisa de amargura y dijo:

– Lo reconozco, he perdido.

– Me sé otro juego – comentó Lev.

Ya era suficiente; Lev estaba tentando su suerte. A pesar de que ya tenía veinte años, Grigori aún tenía que protegerlo.

– No juegue contra mi hermano – le dijo Grigori a Dewar en ruso -. Siempre gana.

Dewar sonrió y respondió con tono inseguro en la misma lengua:

– Un buen consejo.

Dewar era el primero de un pequeño grupo de visitantes en realizar un recorrido por las instalaciones de la planta metalúrgica Putílov, la mayor fábrica de San Petersburgo, que daba trabajo a treinta mil hombres, mujeres y niños. La tarea de Grigori consistía en enseñarles su propia sección, que no por pequeña dejaba de ser importante. La fábrica producía locomotoras y otras piezas de acero de gran tamaño. Grigori era el encargado del taller que fabricaba las ruedas de los trenes.

Grigori se moría de ganas de hablar con Dewar sobre Buffalo, pero antes de poder formularle alguna pregunta, apareció el supervisor de la sección de la fundición, Kanin. Ingeniero cualificado, era un hombre alto y delgado y con entradas en la frente.

Iba acompañado de un segundo visitante y Grigori dedujo, por su vestimenta, que aquel debía de ser el lord inglés. Iba vestido como un aristócrata ruso, con frac y sombrero de copa. Tal vez aquella era la ropa que lucían las clases dirigentes de todo el mundo.

Por lo que Grigori había podido averiguar, el nombre del lord era conde Fitzherbert. Era el hombre más apuesto que Grigori había visto en su vida, con el pelo negro y unos intensos ojos verdes. Las mujeres del taller de fabricación de ruedas lo miraban arrobadas, como si fuera un dios.

Kanin se dirigió a Fitzherbert en ruso.

– Ahora estamos produciendo dos locomotoras nuevas cada semana – explicó con orgullo evidente.

– Asombroso – comentó el lord inglés.

Grigori comprendía el interés de aquellos extranjeros. Leía los periódicos y acudía a las conferencias y a los círculos de debate que organizaba el Comité Bolchevique de San Petersburgo. Las locomotoras que allí se fabricaban eran piezas esenciales de la capacidad de Rusia para defenderse. Puede que los visitantes fingiesen sentir una curiosidad inocente, pero en realidad estaban reuniendo información sobre asuntos de inteligencia militar.

Kanin presentó a Grigori.

– Peshkov es el campeón de ajedrez de la fábrica. – Kanin formaba parte del comité de dirección de la fábrica, pero no era mal jefe.

Fitzherbert se mostraba encantador con todo el mundo. Se puso a hablar con Varia, una mujer de unos cincuenta años con el pelo gris recogido en un pañuelo.

– Muy amable por su parte por enseñarnos su lugar de trabajo – le dijo en tono alegre, hablando un ruso muy fluido con un marcado acento extranjero.

Varia, una mujer monumental, corpulenta y de busto generoso, se puso a reír como una colegiala.

La demostración estaba lista. Grigori había colocado varios lingotes de acero en la tolva y encendido el horno, y el metal ya se estaba fundiendo. Sin embargo, aún quedaba un último visitante por llegar, la esposa del conde, de quien se rumoreaba que era rusa, de ahí que Fitzherbert dominase de ese modo el idioma, lo cual no era muy habitual tratándose de un extranjero.

Grigori quería hacer un montón de preguntas a Dewar sobre Buffalo, pero antes de que tuviera ocasión de hacerlo, la esposa del conde entró en el taller de fabricación de ruedas. La falda del vestido, que le llegaba hasta el suelo, era como una escoba, barriendo a su paso toda la mugre y las virutas que tenía delante. Llevaba un abrigo corto encima del vestido, y la seguía un criado con una capa de pieles, una doncella con un bolso y uno de los directores de la fábrica, el conde Maklakov, un hombre joven vestido igual que Fitzherbert. Era evidente que Maklakov solo tenía ojos para su visitante, sonriéndole, hablándole en voz baja y tomándola del brazo innecesariamente. La mujer poseía una belleza extraordinaria, con unos preciosos tirabuzones rubios y una graciosa forma de ladear la cabeza con una coquetería especial.

Grigori la reconoció de inmediato: era la princesa Bea.

El corazón le dio un vuelco, empezó a sentir náuseas y trató con todas sus fuerzas de reprimir el doloroso recuerdo que pugnaba por salir de un pasado lejano. Acto seguido, como en cualquier emergencia, buscó a su hermano con la mirada. ¿Se acordaría Lev de aquello? Su hermano solo tenía seis años cuando todo ocurrió. Lev observaba a la princesa con curiosidad, como tratando de ubicarla en su memoria. Luego, cuando vio que Grigori lo miraba, le cambió la cara y lo recordó todo. Palideció y parecía estar a punto de desmayarse, pero luego, de pronto, se puso lívido de ira.

Para entonces, Grigori ya había llegado junto a él.

– Tranquilízate – le murmuró -. No digas nada. Recuerda, nos vamos a América… no podemos dejar que nada interfiera con nuestros planes. – Lev chasqueó la lengua, asqueado -. Vuelve a los establos – dijo Grigori. Lev era conductor de ponis, y trabajaba con los muchos caballos que se utilizaban en la fábrica.

Lev fulminó con la mirada a la princesa, quien proseguía con la visita ajena a todo. A continuación, el joven se volvió, se fue, y el momento de peligro pasó.

Grigori comenzó la demostración e hizo una seña a Isaak, que tenía más o menos su edad y era el capitán del equipo de fútbol de la fábrica. El muchacho abrió la cavidad del molde y, acto seguido, Varia y él levantaron un modelo de madera de una rueda acanalada de ferrocarril. El modelo en sí mismo ya era una obra de máxima precisión, con radios de sección elíptica y un estrechamiento en relación veinte a uno desde el cubo a la llanta. La rueda era para una locomotora 4-6-4, y el modelo era casi tan alto como las personas que lo sujetaban.

Lo colocaron a presión en el interior de una caja profunda con una mezcla compactada de arena de moldeo húmeda. Isaak cerró la caja del molde para formar la pestaña y la banda de rodadura, y finalmente, accionó los pasadores para cerrar el molde.

Abrieron el montaje y Grigori inspeccionó el agujero que había dejado el modelo. A simple vista, no había irregularidades. Roció la arena de moldeo con un líquido negro oleaginoso y luego volvió a cerrar el frasco.

– Por favor, ahora apártense – les pidió a los visitantes.

Isaak desplazó la boca de carga de la tolva hacia la abertura para la alimentación que había encima del molde y entonces Grigori retiró despacio la palanca que inclinaba la tolva.

El acero líquido fue cayendo lentamente encima del molde; el vapor procedente de la arena húmeda emitió un sonido sibilante al tiempo que se filtraba por los orificios de ventilación. Grigori sabía por experiencia cuándo retirar la tolva e interrumpir de ese modo la circulación del acero fundido.

– El siguiente paso consiste en pulir la forma de la rueda – explicó -. Como el metal caliente tarda tanto en enfriarse, tengo aquí una rueda ya fría.

Ya estaba colocada en un torno, y Grigori hizo una seña a Konstantín, el tornero, que era el hijo de Varia. Konstantín era el moderador del Círculo de Debate Bolchevique y el mejor amigo de Grigori. Puso en marcha el motor eléctrico, haciendo girar la rueda a gran velocidad, y empezó a darle forma con una muela.

– Por favor, manténganse alejados del torno – conminó Grigori a los visitantes, alzando la voz para hacerse oír pese al fragor de la máquina -. Podrían perder un dedo si lo tocan. – Levantó la mano izquierda -. Como me pasó a mí a los doce años. – Su dedo anular era un horrible muñón.

Percibió la mirada de irritación que le lanzó el conde Maklakov, a quien no le gustaba que le recordaran el coste humano de los beneficios que percibía de aquella fábrica. La mirada que le dedicó la princesa Bea era una mezcla perfecta de asco y fascinación, y Grigori se preguntó si no sentiría un interés morboso por la sordidez y el sufrimiento. Al fin y al cabo, no era muy habitual que una dama quisiera ir a visitar una fábrica.

Hizo una señal a Konstantín, quien detuvo el torno.

– A continuación, se comprueban las dimensiones de la rueda con calibres. – Les enseñó la herramienta que empleaban -. Las ruedas de los trenes deben tener un tamaño exacto; si existe una variación de un milímetro y medio de diámetro, el grosor aproximado de la mina de grafito de un lápiz, hay que volver a fundir la rueda y rehacerla.

Fitzherbert decidió intervenir, en un ruso algo rudimentario.

– ¿Cuántas ruedas fabrican al día?

– Un promedio de seis o siete, contando las rechazadas.

– ¿Cuántas horas trabajan? – preguntó Dewar, el norteamericano.

– Desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde, de lunes a sábado. El domingo tenemos permiso para ir a la iglesia.

Un chiquillo de unos ocho años entró corriendo en el taller de fabricación de ruedas, perseguido por una mujer que iba tras él dando voces, sin duda su madre. Grigori quiso atraparlo para alejarlo del horno, pero el chico lo esquivó y se topó de bruces con la princesa Bea, estrellando su cabecita pelada contra las costillas de la aristócrata con un contundente golpe. Ella lanzó un quejido, dolorida. El chico se paró, aturdido. Furiosa, la princesa cogió impulso con el brazo y le plantó un sonoro bofetón en la cara, con tanta fuerza, que el muchacho se tambaleó y Grigori creyó que iba a caerse redondo al suelo. El estadounidense soltó un exabrupto en inglés, algo que expresaba su sorpresa y su indignación. Al cabo de un momento, la madre levantó al chico en volandas con sus poderosos brazos y se dio media vuelta.

Kanin, el supervisor, parecía asustado, a sabiendas de que podían echarle la culpa a él, de modo que se dirigió a la princesa:

– ¡Excelencia! ¿Se ha hecho daño?

Saltaba a la vista que la princesa Bea estaba fuera de sí, pero respiró hondo y respondió:

– No es nada.

Su marido y el conde Maklakov se acercaron a ella, con el semblante preocupado. Solo Dewar permaneció al margen; en su rostro se reflejaba toda la reprobación y la repulsión que sentía en aquellos momentos. La bofetada lo había indignado, dedujo Grigori, preguntándose si todos los norteamericanos tenían tan buen corazón. Una bofetada no era nada: cuando todavía eran unos niños, a Grigori y a su hermano los habían azotado con una vara en aquella misma fábrica.

Los visitantes empezaron a dispersarse. Grigori temía perder la oportunidad de interrogar al turista de Buffalo, de modo que, haciendo acopio de todo su valor, tiró a Dewar de la manga de su chaqueta. Un noble ruso habría reaccionado con indignación y lo habría apartado de sí de un empujón o le habría dado un golpe por la insolencia, pero el norteamericano se limitó a volverse hacia él con una sonrisa cortés.

– ¿Es usted de Buffalo, Nueva York, señor? – preguntó Grigori.

– Así es.

– Mi hermano y yo estamos ahorrando para irnos a América. Viviremos en Buffalo.

– ¿Por qué en esa ciudad?

– Aquí en San Petersburgo hay una familia que nos puede conseguir los papeles necesarios, a cambio de una cantidad, por supuesto, y nos han apalabrado trabajos con sus parientes en Buffalo.

– ¿Y quiénes son esas personas?

– Se llaman Vyalov. – Los Vyalov eran una banda criminal, aunque también regentaban negocios legales. No eran gente muy de fiar, por lo que Grigori quería comprobar realmente si era cierto lo que decían -. Señor, ¿es verdad que la familia Vyalov, de Buffalo, Nueva York, es una familia muy rica e importante?

– Sí – contestó Dewar -. Josef Vyalov da empleo a centenares de personas en sus hoteles y bares.

– Gracias – dijo Grigori con alivio -. Es bueno saberlo.

El primer recuerdo que Grigori atesoraba en la memoria era del día que el zar había ido a Bulovnir. Él tenía entonces seis años.

Los habitantes del pueblo llevaban varios días sin hablar de otra cosa. Todos se levantaron al amanecer, pese a que era evidente que el zar desayunaría antes de emprender el viaje, por lo que era imposible que llegase allí antes de media mañana. El padre de Grigori sacó la mesa al exterior de su vivienda de una sola habitación y la colocó junto a la carretera. Depositó encima de ella una barra de pan, un ramillete de flores y un salero pequeño, y le explicó a su hijo mayor que aquellos eran los símbolos tradicionales rusos de bienvenida. La mayoría de los demás aldeanos hicieron lo propio, y hasta la abuela de Grigori había estrenado un pañuelo amarillo para ponérselo en la cabeza.

Era un día seco de principios de otoño, antes de la llegada del crudo frío del invierno. Los campesinos esperaban sentados en cuclillas, y los ancianos del pueblo se paseaban arriba y abajo vestidos con sus mejores galas, con aspecto de gente importante, pero también esperaban con impaciencia, como todos los demás. Grigori no tardó en aburrirse y empezó a jugar en el descampado que había junto a la casa. Su hermano, Lev, solo tenía un año, y su madre aún le daba el pecho.

Pasaba ya de mediodía, pero nadie quería entrar en sus casas a preparar la comida por temor a perderse el paso del zar. Grigori intentó comerse un mendrugo del pan que había encima de la mesa, pero le propinaron un cachete, aunque su madre luego le trajo un tazón de gachas frías.

Grigori no estaba muy seguro de quién o qué era el zar. En la iglesia solían mencionarlo a menudo, hablando de él como alguien que amaba a todos los campesinos y que velaba por ellos mientras dormían, por lo que sin duda debía de estar al mismo nivel que san Pedro, Jesucristo o el arcángel Gabriel. Grigori se preguntó si tendría alas o una corona de espinas, o si por el contrario, solo iría con un abrigo bordado como los ancianos del pueblo. En cualquier caso, saltaba a la vista que la gente quedaba bendecida solo con verle, como las multitudes que seguían a Jesús.

Era la última hora de la tarde cuando una nube de polvo apareció a lo lejos. Grigori notó las vibraciones en el suelo bajo sus botas de fieltro, y no tardó en percibir el repiqueteo de los cascos de los caballos. Los aldeanos se pusieron de rodillas, y Grigori hizo lo propio al lado de su abuela. Los ancianos se colocaron boca abajo con la frente en el suelo, como hacían cuando venían el príncipe Andréi y la princesa Bea.

Aparecieron unos escoltas, seguidos por un carruaje cubierto y tirado por cuatro caballos. Los animales eran enormes, los más grandes que Grigori había visto en su vida, y galopaban a toda velocidad, con el lomo brillante de sudor y la boca llena de espuma alrededor de las bridas. Los ancianos se dieron cuenta de que no iban a detenerse, de modo que lograron apartarse justo a tiempo, antes de que las caballerías los arrollasen. Grigori lanzó un alarido aterrorizado, pero su grito fue inaudible. Cuando el carruaje desfiló ante ellos, su padre exclamó:

– ¡Larga vida al zar, padre de su pueblo!

Para cuando terminó de decir aquello, el carruaje ya estaba dejando atrás la aldea. Grigori no había podido ver a los pasajeros a causa del polvo, y se dio cuenta de que no había visto al zar y que, por tanto, no iba a recibir ninguna bendición, y se echó a llorar a lágrima viva.

Su madre cogió la barra de pan de la mesa, partió un extremo y se lo dio para que se lo comiera, y el niño se sintió mucho mejor.


Cuando a las siete en punto terminaba el turno en la fábrica Putílov, Lev tenía por costumbre irse a echar una partida con sus compañeros de timba o a beber con sus alegres amiguitas. Grigori siempre solía acudir a algún tipo de reunión: una charla sobre ateísmo, algún círculo de debate socialista, un espectáculo de la linterna mágica sobre tierras extranjeras, un recital de poesía. Sin embargo, esa noche no tenía nada que hacer. Se iría a casa, prepararía un estofado para cenar, le dejaría algo a Lev en la cazuela para que pudiese comer más tarde y se iría a la cama temprano.

La fábrica estaba en los arrabales del sur de San Petersburgo, y su aglomeración de chimeneas y de naves se prolongaba hasta cubrir casi la totalidad de una enorme extensión de la costa del mar Báltico. Muchos de los obreros vivían en la fábrica, algunos en barracones, pero otros se acostaban a dormir junto a sus máquinas, por eso siempre había tantos chiquillos correteando por allí.

Grigori estaba entre los que disponían de un hogar fuera de la fábrica. En las sociedades socialistas, podían planificarse las casas para los trabajadores al mismo tiempo que las fábricas, pero el arbitrario capitalismo ruso dejaba a millares de personas sin techo. Grigori ganaba un buen sueldo, pero vivía en una sola habitación a media hora a pie de la fábrica. Sabía que en Buffalo los operarios de las fábricas tenían electricidad y agua corriente en sus casas. Le habían dicho que algunos hasta tenían sus propios teléfonos, pero eso le parecía ridículo, como decir que las calles estaban pavimentadas con oro.

Su encuentro con la princesa Bea lo había transportado en el tiempo hasta su infancia. Mientras recorría las calles heladas, se negó a rememorar ni un minuto más de lo necesario aquel recuerdo insoportable. Y pese a todo, recordó la cabaña de madera en la que había vivido entonces, y volvió a ver el rincón sagrado donde se colgaban los iconos y, frente a él, el rincón de dormir, donde se acostaba todas las noches, normalmente al lado de una cabra o un ternero para no pasar frío. Lo que recordaba con toda nitidez era algo en lo que apenas había reparado en aquel entonces: el olor. Procedía de la cocina, de los animales, del humo negro de la lámpara de queroseno, y del tabaco liado a mano que fumaba su padre, envuelto en cigarrillos de papel de periódico. Cerraban firmemente las ventanas con trapos alrededor de los marcos para que no entrara el frío, de modo que el ambiente estaba muy cargado. En ese momento recreaba aquel olor en su imaginación, y sentía nostalgia de los días anteriores a la pesadilla, la última vez en su vida que se había sentido seguro.

No muy lejos de la fábrica, se topó con una escena que lo hizo detenerse en seco. En el cerco de luz que proyectaba una farola, dos policías, vestidos de uniforme negro con entretelas verdes, interrogaban a una muchacha. Por su abrigo tejido a mano y por la forma en que se había anudado el pañuelo en la nuca, Grigori dedujo que era una campesina que acababa de llegar a la ciudad. A primera vista, le echó unos dieciséis años, la misma edad que tenía él cuando su hermano Lev y él se quedaron huérfanos.

El más bajo y robusto de los dos policías dijo algo y dio unas palmaditas a la chica en la cara. La muchacha dio un respingo y el otro policía se echó a reír. Grigori recordó que cuando era un huérfano de dieciséis años, cualquier representante de la autoridad se creía con el derecho a maltratarlo, y sintió una compasión instantánea por aquella chica vulnerable. En contra de lo que le aconsejaba el buen juicio, se acercó al pequeño grupo. Solo por decir algo, anunció:

– Si estás buscando la fábrica Putílov, puedo enseñarte el camino.

El policía robusto se echó a reír y dijo:

– Encárgate de él, Ilia.

Su compinche tenía la cabeza pequeña y una cara malvada.

– Largo de aquí, escoria – le espetó.

Grigori no tenía miedo. Era alto y fuerte, con los músculos fortalecidos por el trabajo físico diario. Había participado en multitud de peleas callejeras desde que era un crío y no había perdido ninguna en muchos años. Lo mismo que Lev. Pese a todo, era mejor no meterse en líos con la policía.

– Trabajo de encargado en la fábrica – le explicó a la chica -. Si buscas trabajo, puedo ayudarte.

La muchacha le dedicó una mirada agradecida.

– Un encargado no es nada – dijo el policía corpulento, y fue la primera vez que miró a Grigori a la cara.

Bajo la luz amarillenta de la farola de queroseno, Grigori reconoció el semblante redondo con aquella estúpida expresión de hostilidad: el hombre era Mijaíl Pinski, el capitán de la comisaría local. A Grigori le dio un vuelco el corazón, porque era una locura enfrentarse en una pelea al capitán de la policía… pero lo cierto era que ya había ido demasiado lejos para dar marcha atrás.

En ese momento, la chica habló, y por el tono de voz, Grigori supo que estaba más cerca de los veinte años que de los dieciséis.

– Muchas gracias. Lo acompañaré, señor – le dijo a Grigori. Este vio que era muy guapa, de facciones delicadamente modeladas y con una boca amplia y sensual.

Grigori miró a su alrededor. Por desgracia, allí no había nadie más. Había salido de la fábrica varios minutos después del apelotonamiento de las siete en punto. Sabía que lo más sensato era dar media vuelta y marcharse, pero no podía abandonar a aquella pobre chica a su suerte.

– Te llevaré a las oficinas de la fábrica – le aseguró, aunque la verdad era que a aquellas horas ya estaban cerradas.

– Esta se viene conmigo… ¿a que sí, Katerina? – dijo Pinski, y empezó a manosearla, sobándole los pechos a través de la fina tela del abrigo y metiéndole la mano entre las piernas.

Ella retrocedió de un salto y exclamó:

– ¡Quítame tus asquerosas manos de encima!

Con una velocidad y una precisión asombrosas, Pinski le pegó un puñetazo en la boca.

La chica chilló y escupió sangre.

Grigori estaba furioso. Olvidándose de la sensatez, dio un paso adelante, apoyó la mano en el hombro de Pinski y le propinó un fuerte empujón. Pinski se tambaleó hacia un lado y se cayó sobre una rodilla. Grigori se dirigió a Katerina, que estaba llorando:

– ¡Echa a correr! – le ordenó, y luego sintió un dolor atroz en la nuca. El otro policía, Ilia, le había golpeado con la porra más rápido de lo que Grigori esperaba. El dolor era insoportable y cayó de rodillas, pero no se desmayó.

Katerina se volvió y echó a correr, pero no llegó muy lejos. Pinski extendió el brazo, la agarró del pie, y la muchacha cayó de bruces al suelo.

Grigori se giró y vio que la porra se cernía amenazante sobre él. Esquivó el golpe y logró ponerse en pie. Ilia trató de golpearlo de nuevo y otra vez volvió a fallar. Grigori lanzó un puñetazo al pómulo del policía y le pegó con todas sus fuerzas. Ilia cayó al suelo.

Grigori se dio la vuelta y vio a Pinski encima de Katerina, dándole patadas y puntapiés con las pesadas botas.

Oyó el ruido de un automóvil que se aproximaba, procedente de la zona de la fábrica. Al pasar por delante de ellos, el conductor pisó el freno y el vehículo se detuvo bajo la farola. En solo un par de zancadas, Grigori dio alcance a Pinski, agarró al capitán de policía por detrás con ambos brazos, lo inmovilizó y lo levantó varios palmos del suelo. Pinski se puso a dar patadas en el aire y a gesticular furiosamente, sin mucho éxito.

La puerta del vehículo se abrió y, para sorpresa de Grigori, el norteamericano de Buffalo salió del interior.

– ¿Qué está pasando aquí? – preguntó. Su rostro juvenil, iluminado por la luz de la farola, era la viva imagen de la indignación, y se dirigió a Pinski, que seguía retorciéndose en el aire -. ¿Se puede saber por qué golpea a una mujer indefensa?

Era una suerte inmensa, pensó Grigori. Solo un extranjero podía poner objeciones al hecho de que un policía estuviese golpeando a una mujer.

La figura delgada y alargada de Kanin, el supervisor, se bajó del coche detrás de Dewar.

– Suelte al policía, Peshkov – le dijo a Grigori.

Grigori dejó a Pinski en el suelo y lo soltó. Este se dio media vuelta y Grigori se dispuso a propinarle un nuevo golpe, pero Pinski se contuvo. Con la voz emponzoñada, lo amenazó:

– No me voy a olvidar de ti, Peshkov.

Grigori lanzó un gemido: aquel hombre conocía su nombre.

Katerina se incorporó hasta ponerse de rodillas, gimoteando. Dewar la ayudó con galantería a levantarse, diciendo:

– ¿Está usted malherida, señorita?

Kanin parecía sentirse incómodo; ningún ruso se dirigiría nunca a una campesina tan cortésmente.

Ilia se levantó, con expresión perpleja.

Del interior del automóvil surgió la voz de la princesa Bea que, hablando en inglés, parecía irritada e impaciente.

Grigori se dirigió a Dewar.

– Con su permiso, excelencia, voy a llevar a esta mujer al médico más cercano.

Dewar miró a Katerina.

– ¿Es eso lo que quiere?

– Sí, señor – contestó ella, con los labios ensangrentados.

– Muy bien – dijo.

Grigori la tomó del brazo y se la llevó antes de que alguien pudiese sugerir lo contrario. Al llegar a la esquina, miró hacia atrás. Los dos policías estaban discutiendo con Dewar y Kanin bajo la farola.

Sin soltar aún el brazo de Katerina, siguió tirando de ella apresuradamente, a pesar de que la muchacha iba cojeando. Necesitaban ganar distancia entre ellos y Pinski.

En cuanto hubieron doblado la esquina, ella dijo:

– No tengo dinero para un médico.

– Yo podría hacerte un préstamo – dijo él, con cierto remordimiento; el dinero que tenía ahorrado era para un pasaje a América, no para curar moretones de chicas guapas.

Ella le lanzó una mirada calculadora.

– En realidad no necesito un médico – contestó -. Lo que necesito es un trabajo. ¿Podrías llevarme a las oficinas de la fábrica?

Aquella chica tenía agallas, desde luego, pensó, admirado. Un policía acababa de darle una paliza, y en lo único que pensaba era en conseguir trabajo.

– Las oficinas están cerradas, he dicho eso para confundir a los policías, pero puedo llevarte allí por la mañana.

– No tengo ningún sitio donde dormir.

Le lanzó una mirada recelosa que él no acabó de entender. ¿Acaso se le estaba ofreciendo? Muchas de las campesinas que llegaban a la ciudad, siendo apenas unas niñas, terminaban haciendo eso. Aunque tal vez su mirada significase justo lo contrario, que quería una cama pero no estaba preparada para hacer favores sexuales.

– En el edificio donde vivo hay una habitación que comparten varias mujeres – le explicó él -. Duermen tres o más en la misma cama, y siempre pueden encontrar sitio para otra.

– ¿Está muy lejos?

Grigori señaló hacia delante, hacia una calle que seguía paralela a un terraplén junto a la línea ferroviaria.

– Está aquí mismo.

La chica asintió con la cabeza, y al cabo de unos momentos, entraron en la casa.

Grigori ocupaba un cuarto en la parte trasera del primer piso. El estrecho camastro que compartía con Lev estaba colocado junto a una de las paredes. Había una chimenea con un hueco para el fuego, y una mesa y dos sillas junto a la ventana que daba al ferrocarril. Una caja de embalaje colocada del revés hacía las veces de mesilla de noche, y encima de ella había un jarro y una palangana para el aseo.

Katerina inspeccionó el lugar paseándose con la mirada por todos los rincones, y luego dijo:

– ¿Tienes todo esto para ti solo?

– ¡No, no soy rico! Comparto el cuarto con mi hermano, que vendrá luego.

La muchacha se quedó pensativa. Tal vez temía que quisieran que se acostara con los dos, por lo que, para tranquilizarla, Grigori dijo:

– ¿Te presento a las otras mujeres que viven en el edificio?

– Ya habrá tiempo para eso. – Tomó asiento en una de las dos sillas -. Déjame descansar un poco.

– Por supuesto.

Todo estaba preparado para encender el fuego; Grigori siempre lo dejaba ya listo por la mañana, antes de irse a trabajar. Acercó una cerilla a la leña. De repente, se oyó un estruendo parecido a un trueno, y Katerina se asustó.

– Solo es un tren – le explicó Grigori -. Estamos al lado de las vías.

Vertió agua del jarro en un caldero y luego lo colocó en el fuego para que se calentara un poco. Se sentó frente a Katerina y la miró. Tenía el pelo liso y claro, y el cutis también claro. Al principio le había parecido muy guapa, pero en ese momento vio que en realidad era bellísima, con un aire oriental en la estructura ósea que sugería unos orígenes siberianos. Su cara también tenía los rasgos de un carácter fuerte, con una boca grande que resultaba muy sensual, pero que también indicaba determinación, y una voluntad de hierro que se reflejaba en la intensa mirada de sus ojos azul verdoso.

La hinchazón de los labios que le había provocado el puñetazo de Pinski era cada vez más visible.

– ¿Cómo te encuentras? – le preguntó él.

La muchacha se palpó los hombros, las costillas, las caderas y los muslos.

– Tengo magulladuras por todas partes – dijo -, pero me quitaste de encima a ese animal antes de que pudiera hacerme daño de verdad.

No pensaba compadecerse de sí misma. A Grigori, eso le gustó.

– Cuando se caliente el agua, te limpiaré la sangre.

Guardaba la comida en una caja de hojalata, de la que extrajo un pedazo de jamón para, acto seguido, echarlo en la sartén. Añadió un poco de agua del jarro, lavó un nabo y empezó a cortarlo a tiras encima de la sartén. Miró de reojo a Katerina y vio que lo escrutaba con expresión de extrañeza.

– ¿Es que tu padre cocinaba en casa? – le preguntó.

– No – contestó Grigori, y en un segundo se vio arrastrado en el tiempo hasta la época en que tenía once años. Era inútil seguir resistiéndose a rememorar los terribles recuerdos que la visión de la princesa Bea le habían provocado. Dejó la sartén con un gesto cansino encima de la mesa, fue a sentarse al borde de la cama y hundió la cabeza entre las manos, abrumado por la pena y el dolor -. No – repitió -, mi padre no cocinaba.

Llegaron al pueblo al amanecer, el capitán territorial y seis soldados de caballería. En cuanto su madre oyó el ruido de los cascos de los caballos, cogió a Lev en brazos. Este tenía ya seis años y pesaba mucho, pero ella era una mujer fuerte y robusta, capaz de cargar con él un buen trecho. Tomó a Grigori de la mano y los tres salieron corriendo de la casa. Guiaban a los soldados los ancianos del pueblo, quienes debían de haberse encontrado con ellos a las afueras de la aldea. Como solo había una puerta, la familia de Grigori no tenía medio de esconderse, y en cuanto aparecieron, los soldados espolearon a sus monturas.

La madre se deslizó por el costado de la casa y se puso a espantar a las gallinas y a asustar a la cabra, de manera que esta se soltó de la correa y salió huyendo también a través corriendo el erial que había detrás de la vivienda y salió en dirección a los árboles. Podrían haber escapado, pero de repente, Grigori se dio cuenta de que habían dejado atrás a su abuela. Dejó de correr y se soltó de la mano.

– ¡Nos hemos olvidado a la abuela! – gritó.

– Pero ¡es que no puede correr! – contestó la madre.

Grigori ya lo sabía; su abuela apenas podía ya caminar, pero a pesar de todo, sentía que no podían abandonarla allí.

– ¡Grishka, vamos! – gritó su madre, y siguió corriendo, aún acarreando a Lev en brazos, que chillaba aterrorizado.

Grigori los siguió, pero aquel retraso fue funesto. Los soldados a caballo se aproximaron, cercándolos a cada lado, y les bloquearon el sendero de entrada al bosque. Desesperada, la madre corrió hacia el estanque, pero los pies se le hundieron en el barro, lo que le impidió seguir avanzando y, al final, se cayó en el agua.

Los hombres se echaron a reír a carcajadas. Le ataron las manos a la espalda y la obligaron a regresar.

– Aseguraos de que la acompañen los niños – dijo el capitán -. Son órdenes del príncipe.

Se habían llevado al padre de Grigori una semana antes, junto a otros dos hombres. El día anterior, los carpinteros del príncipe Andréi habían construido un patíbulo en la pradera norte. En ese momento, mientras seguía a su madre en dirección al prado, Grigori vio a tres hombres en lo alto del patíbulo, atados de pies y manos y con una soga al cuello. Junto al patíbulo, aguardaba un sacerdote.

– ¡No! – gritó su madre, que empezó a forcejear para quitarse la cuerda que le rodeaba las muñecas. Uno de los soldados extrajo el fusil de la funda que llevaba en la silla de montar, le dio la vuelta y pegó a la mujer en la cara con la culata de madera del arma. La madre dejó de forcejear y empezó a gritar.

Grigori sabía lo que significaba aquello: su padre iba a morir allí. Había visto a cuatreros ahorcados por los ancianos de la aldea, aunque aquello era distinto, porque las víctimas eran hombres a los que no conocía. Una oleada de terror se apoderó de su cuerpo, y sintió de pronto que empezaba a temblar y le flaqueaban las piernas.

Aún cabía la esperanza de que, al final, ocurriese algo inesperado capaz de impedir la ejecución; puede que el zar decidiese intervenir, si de verdad velaba por su pueblo. O acaso un ángel, tal vez. Sintió que se le humedecía la cara y comprendió que estaba llorando.

Él y su madre se vieron obligados a colocarse de pie justo delante del patíbulo. Los demás aldeanos se reunieron alrededor. Al igual que a su madre, habían tenido que arrastrar hasta allí a las mujeres de los otros dos hombres, entre gritos y sollozos, maniatadas, con los niños aferrándose a sus faldas y profiriendo alaridos de terror.

En el sendero de tierra que había detrás de la verja del recinto aguardaba un carruaje, con un par de caballos alazanes que pastaban la hierba del margen del camino. Cuando hubieron acudido todos, una figura de barba negra y vestida con un largo abrigo oscuro se apeó del carruaje: era el príncipe Andréi