Karin Alvtegen

Culpa


Dedico este libro a mi hermano mayor

Magnus Alvtegen

1 de enero de 1963 – 21 de junio de 1993



1

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Un millón trescientas cincuenta y dos mil coronas. Esa era la suma total. Su fracaso estaba por escrito, cuidadosamente anotado por algún diligente empleado de banco. El café se había enfriado hacía rato. Alargar la mano y levantar la taza parecía algo irrealizable, como una misión imposible.

En un rincón del fondo había dos muchachas sentadas a una mesa riéndose, cada una con un cigarrillo en la mano. No podía oír lo que decían pero con toda seguridad no hablaban de él.

Siempre había odiado el humo de los cigarrillos.

Estaba sentado a una mesa junto a la ventana porque había tenido miedo de desaparecer si se introducía más en aquel local pobremente iluminado. Era la primera vez que salía de su piso en once días, y el desafío le había supuesto un inmenso esfuerzo.

Estaba completamente agotado.

Desde su sitio podía ver la puerta; ya había dejado sobre la mesa el dinero justo del café por si repentinamente sentía la necesidad de salir corriendo. No se podía permitir la propina.

Además, ni siquiera había probado el café.

Sonó la campanilla en la parte superior de la puerta y entró una mujer. El miraba en esa dirección, por lo que no pudo evitar mirarla.

Tanto su abrigo marrón como su cabello negro azabache tenían motas blancas por la nieve que caía fuera. Llevaba unas grandes gafas de sol que le sentaban mal y que se empañaron rápidamente al cerrar la puerta. Se quitó las gafas y miró a las risueñas muchachas del fondo; luego dejó que su mirada vagase por el local. Al verlo a él, un ligero cambio en sus ojos reveló que había encontrado lo que buscaba. Su mirada decidida hizo que él deseara que le tragara la tierra. Ella secó el vaho de sus gafas con un pañuelo, se las volvió a poner y dio con decisión cuatro pasos que la llevaron junto a su mesa, casi rozando la silla de enfrente.

Él no podía ver sus ojos, pero ella estaba demasiado cerca para pensar que miraba a otra persona; durante un instante creyó que la cifra 1.352.000 había aparecido en su frente para delatar su deuda.

Ella inspiró ligeramente.

– ¿Per Wilander, I presume?

Esbozó una ligera sonrisa como si hubiese ensayado la frase y estuviera orgullosa de recordarla.

– Siento llegar tarde, pero ya sabe cómo son las mujeres en mi estado.

Se palmeó suavemente la barriga y entreabrió el abrigo de modo que sobresalió una pequeña redondez. Él no podía pronunciar ni una palabra. Intentó controlar la situación pero no pudo. Quizá la parálisis ya se había extendido por todo el cuerpo.

– Debe saber que dudé antes de llamarle. Me acordaba de ese jugador de tenis que se llama Wilander y quién sabe qué tipo de gente es esa que da la vuelta al mundo dándole un poco a la raqueta y se embolsa millones mientras nosotros tenemos que quedarnos aquí en casa trabajando duro para llegar a fin de mes. ¿Qué hay en darle a la raqueta? Todos lo hacemos y nadie nos paga por eso.

Él la miró fijamente como si la puerta del café hubiera permitido la entrada a una diabla en el local. De cero a cien en tres segundos.

No estaba seguro de que su cerebro soportara esto. La puerta

se encontraba a solo cuatro pasos pero estaba paralizado y la diabla bloqueaba el camino.

– ¡Huy! No paro de hablar. Por favor, un silverte con limón.

La camarera, detrás de la barra, asintió.

– ¿Sabe? En mi situación resulta bastante pesado permanecer mucho tiempo de pie. Las piernas se resienten de soportar tanto peso; el café tampoco es bueno.

Sin quitarse ni el abrigo ni los guantes se encajó en la silla de enfrente. Dejó un gran bolso en el suelo haciendo una mueca.

– La espalda también se resiente. Pero ya comprendo que un detective privado no tiene la culpa de compartir apellido con un tenista de pacotilla. Esa fue la razón de que me armara de valor y finalmente le llamase. ¡Gracias, guapa!

Esto último iba dirigido a la camarera que llegó con una taza de agua hirviendo y una pequeña rodaja de limón.

Estaba paralizado. Ahora no había duda. El cuerpo no le obedecía. Veía a la diabla como a través de un túnel y el resto del local desapareció. Le zumbaban los oídos y los latidos del corazón retumbaban en su pecho.

No consiguió emitir ni un sonido.

– Por supuesto este pequeño encargo no será tan interesante como a los que seguramente está acostumbrado, pero es importantísimo para mí. Mi marido y yo solemos darnos sorpresas, pero últimamente me he sentido muy cansada, por el embarazo, claro, y tengo miedo de haberlo descuidado demasiado.

Parecía haber entrado en los cuarenta. Un par de cejas negras sobresalían por encima de las gafas, el resto del rostro era sonrosado y algo áspero. El cabello era inusualmente negro y cortado estilo paje; pudo ver a través de su túnel que la nieve del abrigo se había derretido pero no la del pelo. Eso le hizo convencerse.

Aquella no era una persona real. Ahora se había vuelto loco de verdad.

– El pequeño encargo es simplemente ir a su lugar de trabajo y entregar este paquete.

Haciendo otra mueca se agachó hacia el bolso y sacó un pequeño paquete. Él inclinó la cabeza para bajar la visión de túnel hacia el tablero de la mesa. El paquete era algo más grande de los que le dan a uno en una joyería cualquiera y el papel estaba lleno de rosas impresas. Debajo de la cinta roja había una rosa seca.

– Solo tiene que dárselo y el resto irá solo. Espero que sepa lo agradecida que le estoy. ¿Cubren mil coronas sus gastos? ¡Huy, cómo pasa el tiempo! Tengo hora con mi ginecólogo.

Se puso de pie sin ninguna dificultad, dejó dos billetes de quinientas y un papel sobre la mesa.

No había tocado su silverte.

– Quizá tenga alguna razón para volver a llamarle -dijo esbozando una sonrisa y desapareció a través de la puerta sonora.

Lo tomó como una amenaza.


Poco a poco el túnel se hizo más grande y su campo de visión abarcó de nuevo todo el local. Desapareció el zumbido de sus oídos y pudo oír la risa de las chicas del fondo. Intentó respirar con calma.

Estaba totalmente desorientado. ¿Qué había pasado? Bajó la vista hacia la mesa y vio que había ocurrido de verdad. El paquete era demasiado palpable para atribuirlo a una pesadilla. Intentó alzar el brazo cuidadosamente y notó que funcionaba. Cogió el papel que ella había dejado sobre la mesa y leyó:


Olof Lundberg

lundberg & co. agencia de publicidad

karlavägen 56


Pobrecito, pensó.

Sintió que el cuerpo le respondía de nuevo. El ataque había pasado. La inverosimilitud de la situación le hizo espabilar y le distrajo de su millón trescientos cincuenta y un mil novecientos noventa y nueve auténticos problemas. Sintió que estaba dispuesto a entregar un paquete en Kuala Lumpur si eso podía disminuir el riesgo de encontrar a esta mujer de nuevo.

Llamó a la camarera para pagar el silverte de la diabla. Esta vino inmediatamente y lanzó una mirada a las tazas sin tocar.

– Bah, hoy es gratis. Además, tampoco era una gran venta.

Sonrió indeciso. No estaba del todo seguro de que el rostro le funcionara. La camarera cogió las tazas y se fue; él intentó ponerse de pie. Las piernas todavía le temblaban pero supuso que podría salir por la puerta sin despertar demasiado la atención.


En la calle aún nevaba. Hacía un frío gélido pero el aire fresco fue como una liberación. Alzó el rostro hacia los copos de nieve y cerró los ojos. Palpó cuidadosamente el paquete en su bolsillo. La rosa seca se apretujaba contra el forro del bolsillo y ahuecó la mano a su alrededor para protegerla.

Ya que no tenía otra cosa que hacer se dirigió hacia Karlavägen. Sintió un intenso deseo de deshacerse del paquete y olvidar a la inoportuna mujer. Ella lo había interrumpido en su miseria y había quedado claro que no estaba preparado para eso. Se sobrepuso a un deseo de tirar el paquete al pasar junto a una papelera y apresuró, resuelto, sus pasos.

En realidad lo que más le molestaba no era el paquete, sino que él se llamaba Peter Brolin y que nunca en sus treinta y nueve años de vida, ni siquiera en su más tierna juventud, había fantaseado con ser detective privado.


2

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El portal de Karlavägen 56 era grande y lujoso, al igual que la escalera interior. Una placa de bronce con el logotipo de Lundberg & Co. informaba de que esta se encontraba en el quinto piso. Abrió una puerta de hierro forjado y se encontró con un diminuto ascensor que aseguraba tener cabida para tres personas. El lugar parecía ideado para sufrir un ataque de claustrofobia, así que decidió utilizar la imponente escalera de mármol.

Después de que su médico de cabecera le recomendara hacer ejercicio como único remedio para sus agudos ataques de angustia y de que se lo sacara de encima dándole el número de teléfono del psiquiatra de urgencias, al que nunca se había atrevido a llamar, había estado corriendo unos cuantos kilómetros cada semana. Aunque no había servido contra la angustia por lo menos había podido observar los cambios de las estaciones en Vitabergsparken, y, además, estaba lo suficientemente en forma como para aguantar cuatro o cinco pisos sin demasiado esfuerzo.

En el quinto piso había dos puertas; en una de ellas no había ninguna placa, lo que parecía indicar que la agencia de publicidad Lundberg & Co. ocupaba toda la planta. Se atusó el cabello y lanzó una mirada a su imagen reflejada en la placa de bronce de la puerta. Rápidamente comprendió que eso solo aumentaba su nerviosismo y sacó el paquete del bolsillo antes de que le abandonase el valor. La rosa tenía menos pétalos que antes, pero su aspecto anterior no era mucho mejor.

No había ningún timbre, de modo que después de respirar hondo abrió la puerta y entró.


La joven que estaba detrás del mostrador hablaba por teléfono y solo le lanzó una mirada distraída. La habitación en la que se encontraba era prácticamente circular y parecía un gran vestíbulo. Había unas cuantas puertas abiertas alrededor pero ninguna ventana. De las aberturas de las puertas salían voces y una tenue música de alguna emisora de radio; de las paredes colgaban una veintena de cuadros con grandes huevos dorados o plateados. Debajo de cada huevo había algo escrito, pero con un texto tan diminuto que, o se tenía una vista de águila, o había que ser enfermizamente curioso para acercarse a leer lo que ahí se decía.

Detestaba las habitaciones sin ventanas.

La chica del mostrador era atractiva y llevaba una ajustada camiseta negra. Parecía tener mucho que hacer pues hojeaba una pila de papeles que parecían importantes; terminó la conversación telefónica diciendo con una voz forzadamente agradable que claro que podía informarse del número del móvil de Patrik.

– Hola, ¿en qué puedo ayudarle? -preguntó y continuó hojeando los papeles.

– Busco a Olof Lundberg.

– Sí. ¿De parte de quién? -sonrió y cogió un bolígrafo y un papel.

Comprendió que debía de ser importante saber quién deseaba verlo. Había un evidente peligro de que Olof Lundberg solo estuviese disponible para personas realmente importantes y él era completamente consciente de no pertenecer a esa categoría.

– Puede decirle que es de parte de su esposa.

La sonrisa de la chica desapareció al momento, como si le hubiese hecho una proposición indecente. Sin decir ni una palabra se dio media vuelta y se dirigió rápidamente hacia la única puerta cerrada, aparte de la que daba al rellano. Después de llamar nerviosamente tres veces abrió la puerta sin esperar respuesta, entró y cerró tras de sí.

Estaba solo en el vestíbulo.

El y el paquete.

Y muchas puertas.

Solo una conducía al aire libre y al oxígeno y a la nieve y al frío y lejos de ese lugar.

Tenía que aguantar solo un instante más, solo un instante para poder dejar tras de sí toda esta historia con la conciencia tranquila y mil coronas más en el bolsillo.

Después de unos minutos un hombre que bien podía ser el mismo Olof Lundberg abrió la puerta. La chica del mostrador pasó junto a él y lanzó una mirada temerosa a Peter como sí hubiera deseado que a estas alturas, ya se hubiera esfumado.

– Pase por aquí -dijo Olof Lundberg con una voz tan intimidatoria que toda su carrera como jefe de su propia y exitosa empresa parecía no tener ningún valor.

Peter no había pensado decir no, pero el arrogante tono de voz del hombre le enfureció, lo cual era la mejor manera de evitar un inminente ataque. El sentimiento le dio fuerzas.

– Muchas gracias -se oyó decir aunque no era esa su intención.


Lo primero que vio fue que el despacho de Olof Lundberg tenía ventanas; estas estaban en la pared del fondo, enfrente de la puerta, y proporcionaban una extensa vista sobre las copas de los árboles de la alameda de Karlavägen. Las otras dos paredes eran de cristal y dejaban ver unas oficinas sin tabiques que formaban un semicírculo en torno al vestíbulo sin ventanas. No pudo recordar que el edificio fuese redondo por fuera, pero dejó en suspenso el asunto. Olof Lundberg se había sentado tras su mesa. Toda la oficina era moderna y a todas las visitas les quedaba perfectamente claro que ahí dentro se estaba al día en todo lo nuevo sobre los megabytes y el ciberespacio. Únicamente la presencia de Lundberg recordaba que en el mundo había cosas que se habían creado hacía más de tres meses. Peter pensó que debía frisar en los sesenta, lo cual sin duda era el doble de la gran mayoría de personas que se encontraba en la oficina al otro lado de la pared. Aun cuando su vestimenta era juvenil y se movía con una evidente agilidad, había en su mirada un cansancio que no conseguía ocultar.

Lundberg cogió un mando a distancia y pulsó uno de los botones. Unas cortinas corrieron mecánicamente blancas por las dos paredes de cristal y les aislaron del mundo exterior.

Peter aún se sentía irritado por el recibimiento y aunque ese sentimiento le diera un cierto aplomo estaba contento de que las ventanas quedaran descorridas.

– ¿Quién es usted y qué tiene que ver con mi mujer? -preguntó Lundberg y miró recelosamente el paquete que Peter aún llevaba en la mano.

Peter creyó durante un instante que estaba celoso, pero el recuerdo de su propia imagen reflejada en la placa de bronce le hizo desechar el pensamiento. Ese lugar le hacía sentirse desanimado y anticuado; se le pasó por la cabeza que debería cortarse el pelo.

– Me llamo Peter Brolin y le aseguro que no tengo nada que ver con su esposa, pero hace un rato me pidió que le hiciera un favor y le entregara a usted este paquete.

Decidió no comentar nada sobre los dos billetes de quinientas coronas. No porque eso obligara a Olof Lundberg a pasar hambre sino porque, cada vez más, Peter sentía que se los había ganado.

Lundberg se puso de pie, se acercó y observó el paquete sin hacer ningún gesto por cogerlo.

– ¿Dónde se encontró a mi mujer?

– En la pastelería Nylén en Surbrunnsgatan.

– ¿Sabe dónde se encuentra ahora?

Intentó imaginarse a la mujer del café junto al hombre que estaba frente a él. No fue fácil. Ella desentonaría en esta habitación como un mamut en el museo de Tecnología.

– ¡No, no lo sé!

Comenzó a preguntarse cuál de los dos esposos, que sin quererlo había conocido, era más desagradable.

De repente algo le vino a la memoria.

– Si no recuerdo mal dijo algo sobre que tenía que ir al ginecólogo.

Se dio cuenta de que se sonrojó al decirlo, como si Lundberg pudiese creer que era el propio Peter quien había realizado la exploración. Entonces se irritó de nuevo. Joder, él no había pedido que le hicieran ninguna confidencia. En realidad, no había pedido nada, y comenzaba a cansarle ser tratado como un sospechoso al que ese gurú de la publicidad podía interrogar como si fuera el mismísimo dios padre.

Se puso de pie para irse, se acercó a la mesa y dejó el paquete.

Su encargo estaba más que cumplido.

Lundberg se había sentado de nuevo y observaba con recelo el paquete adornado de rosas.

– Me imagino que no sabrá a qué ginecólogo ha ido -dijo en voz baja.

Algo hizo que Peter se enfadara.

– Estoy aquí porque su mujer me pidió que le entregara un paquete importante. No puedo decir que me llenara de satisfacción su petición pero por razones que ahora no vienen al caso no me dio tiempo a decir no antes de que desapareciera y dejara el maldito paquete sobre la mesa del café en el que estaba sentado sin ganas de hablar con nadie. No me pareció que tuviera otra elección que venir hasta aquí y entregarlo. Le pido mil disculpas por haber abusado del valioso tiempo del señor director y le ruego le diga a su esposa que debería dejar de abordar a hombres solos. ¡Por lo menos a mí!

El mismo Peter se sorprendió. No recordaba la última vez que había dicho tantas palabras seguidas.

Durante su ataque algo fuera de tono, Lundberg había levantado la vista y lo había observado con una especie de renovado interés; bajó de nuevo los ojos y contempló fijamente el paquete.

No era un hombre que estuviese acostumbrado a ser increpado. Peter sintió que la explosión le había subido la moral y se sintió más tranquilo de lo que se había sentido desde que el banco le telefoneó nueve días atrás para informarle de que su empresa estaba en bancarrota.

Lundberg respiró hondo como poniéndose en guardia. A continuación comenzó a abrir el paquete. Sujetó la rosa seca entre el pulgar y el índice y mantuvo los otros dedos abiertos para tocarla lo menos posible. La tiró inmediatamente a la papelera.

Peter arqueó las cejas y lo observó sorprendido.

– No es lo que parece -dijo Lundberg con voz cansada.

Abrió el paquete y sus hombros se hundieron. De repente se esfumó todo su aplomo y, por un instante, Peter sintió que él era el dueño de la situación.

– Mi mujer murió hace tres años.

Un rayo alcanzó a Peter y notó que de pronto su cerebro se quedaba totalmente vacío. ¿Qué estaba pasando? ¿Solo había soñado? ¿Se estaba volviendo loco?

– ¡Pero si está embarazada! Su mujer…

Lundberg cerró los ojos y la boca como si hubiese sentido unas repentinas náuseas. A continuación tiró la cinta y el papel rasgado, y apareció una caja de terciopelo rojo. Había una tarjeta de floristería con un dibujo de un ramo de rosas rojas pegada a la tapa. «El amor lo puede todo», decía en tinta roja y con un estilo exageradamente ceremonioso. Lundberg entreabrió cuidadosamente la tapa.

– ¡Joder!

Se echó de golpe hacia atrás en la silla y ocultó el rostro con su mano derecha.

Peter lo observaba. Lundberg no daba muestras de interés. Peter dio un paso hacia la mesa y el atormentado hombre le hizo una señal con la mano izquierda indicándole que podía abrir la caja si lo deseaba. Peter dudó un segundo. A estas alturas la curiosidad sobre lo que había llevado en el bolsillo durante su paseo era más fuerte que él. Sin acercarse del todo rozó la tapa con su índice derecho. No necesitó acercarse más para ver lo que había sobre el algodón de la caja. Era el dedo de un pie.


3

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Diez minutos después tuvo claro que Olof Lundberg era un hombre que nunca había tenido la sensación de no tener un control absoluto sobre su existencia, y comprendía por primera vez en su vida que se encontraba en una situación que no dominaba. Ese conocimiento había dejado sus huellas pues ahora, al agrietarse la fachada de autoridad, parecía un niño de cinco años que había perdido a su madre en la Estación Central.

Después de que Peter abriera la caja, ninguno de ellos dijo nada durante un buen rato; su respiración era lo único que se oía en la habitación.

A pesar de su confusión percibió el silencio y pensó que la habitación debía de estar insonorizada.

Lundberg cogió un lápiz negro y cerró la caja mientras la empujaba hasta el extremo opuesto de la mesa.

Peter se había retirado y estaba sentado en una silla junto a la puerta; no se decidía ni a decir algo ni a levantarse y marcharse.

Fue Lundberg quien finalmente rompió el silencio.

– Esto lleva ocurriendo desde hace medio año. Comenzó con algunas cartas dirigidas aquí, a la oficina. No me preocupé especialmente pero después de un tiempo empezaron a ser particularmente íntimas. En realidad rozaban lo repulsivo; casi al mismo tiempo empezaron a mandarme cosas a mi casa. Cosas de todo tipo, desde grandes osos de peluche a provocativa ropa interior de mujer en paquetes anónimos que aseguraban que yo mismo había encargado.

Hizo una pequeña pausa y prosiguió.

– Cuando las cartas comenzaron a tratar de asuntos personales como por ejemplo una detallada descripción de la ropa que había usado la última semana o lo que había almorzado, o contenían notas con mi escritura que alguien había cogido de la basura de mi casa denuncié los hechos a la policía pero me dejaron muy claro que no podían hacer nada mientras la persona en cuestión no hiciera algo ilegal. Luego durante dos meses todo paró y fue como siempre, pero hace ocho días comenzó de nuevo. Entonces recibí esta carta.

Abrió el cajón inferior de la mesa y sacó una bolsa de Konsum. Sacó de la bolsa dos sobres rosas y los colocó al otro lado de la mesa donde se encontraba el último envío.

Peter se puso de pie y se acercó a la mesa. Cogió el sobre de arriba y cuando se lo acercaba para leerlo sintió el fuerte olor a perfume. Arrugó automáticamente la nariz y extrajo la carta.


– Amor mío -decía con el mismo estilo de escritura ceremoniosa que en la caja de terciopelo-. ¿Podrás alguna vez perdonar que dejaras de recibir mis cartas? Desgraciadamente no he podido escribir. Sin embargo, mi amor no ha disminuido. Tu nombre resuena en mis oídos y tu voz me sigue como un ángel de la guarda dondequiera que voy. Ayer cuando me miraste desde el otro lado de la habitación el tiempo se detuvo, y vi en mi interior todo nuestro futuro juntos. La mesa que había entre nosotros se esfumó y formó un camino rosa lleno de felicidad y resplandeciente amor. Cuento los minutos que faltan para tenerte entre mis brazos.

Perdido es el tiempo que no transcurre con amor. Tuya siempre.


Peter guardó la carta dentro del sobre e intentó imaginarse cómo la diabla habladora de la pastelería Nylén podía escribir una carta así. No pudo.

Abrió el otro sobre y desdobló un papel. Era la fotocopia de una esquela.

– De mi mujer -dijo Lundberg-. La de verdad, vamos. Tuvo una hemorragia cerebral hace tres años. Lo llaman apoplejía. Permaneció inconsciente durante una semana y luego decidí, siguiendo la recomendación de los médicos, que desconectaran la respiración asistida.

Peter miró el papel que tenía en la mano. Era una esquela grande, más de dos columnas, con un paloma en la parte superior.


Nuestra querida

INGRID LUNDBERG

* 3 de mayo de 1944


17 de febrero de 1994

OLOF

Agrieta y Börje

Kerstin

David y Klas

Familiares e infinidad de amigos


A continuación seguía una invitación a la ceremonia del entierro seguida de una recepción, horarios y una petición para contribuir a la Asociación contra el Cáncer.

A Peter le sorprendió que la esquela no tuviera ningún verso. Solía divertirse leyendo los versos cuando tenía tiempo de sobra para dedicarlo al periódico matutino, lo cual había sucedido con bastante frecuencia estos últimos días. Las esquelas sin versos siempre le habían parecido impersonales e indicaban algún tipo de indiferencia para con el muerto. Como si nadie se hubiera podido esforzar en buscar unas palabras apropiadas de despedida.

Peter le dio automáticamente la vuelta al papel como para asegurarse de que la parte de atrás estaba vacía.

– Hay una nota en el sobre -dijo Lundberg y señaló con el lápiz.

La nota era media holandesa cuadriculada de un cuaderno y estaba completamente llena de letras. El estilo era descuidado y sin sentido y muchas letras estaban tachadas con gruesas líneas. «Viejo verde de mierda… la puta de la chaqueta roja… folla, guarro… asqueroso culo porculizado… te voy a matar a ti y a tu putita caperucita roja…» eran algunas de las palabras sueltas que se podían descifrar.

Empezó a comprender que en el mundo había diferentes tipos de problemas y que él por el momento podía estar relativamente satisfecho con los suyos.

– Esa carta llegó anteayer. El día anterior había almorzado con una de nuestras clientes. No soy bueno recordando la ropa de la gente, de modo que la llamé y le pregunté de qué color era su abrigo. Era rojo. Ella es la representante de una de las mayores cuentas de la agencia y me temo que pensó que me había vuelto loco. Mi pregunta fue difícil de explicar -resopló Lundberg.

Se dejó caer en la silla de nuevo y miró fijamente a Peter.

Pareció tomar una resolución.

– ¿Sabe una cosa? -dijo-. Esto me está volviendo loco. Por primera vez desde mi juventud me siento completamente aterrorizado. No puedo explicar por qué he reaccionado así. Hasta tengo miedo de la oscuridad por la noche en mi propia casa. Tengo la alarma instalada de forma que esté conectada mientras duermo. Por la mañana tengo miedo de salir a recoger el periódico por si ella está en el jardín esperándome. Cuando tengo una comida de negocios me concentro más en el resto de los comensales del restaurante que en mis propios clientes. Por mi culpa ya hemos perdido dos cuentas importantes.

Tomó carrerilla.

– ¡Por favor, tiene que ayudarme! Usted es el único que la ha visto.

Peter lo miró extrañado y se sorprendió de sentirse de repente más tranquilo que en meses. La presión sobre el pecho, de momento, había desaparecido y el corazón latía acompasadamente. Se imaginó que la fuerza de Lundberg de alguna manera se había trasladado por la habitación y había ocupado su cuerpo.

– ¿Qué cree que podría hacer yo? -preguntó.

– ¡Buscarla y hacer que pare de una vez!

Por segunda vez en ese día le vino a la cabeza que quizá él, para el resto de la gente, fuera el prototipo de lo que debería de ser un detective.

Estaba casi seguro de que eso no era un cumplido.

Agitó la cabeza.

– No tengo ni idea de cómo hacerlo. Solo la he visto un momento y si le digo la verdad ni siquiera demasiado bien.

Sintió escalofríos al pensar en volver a verla. Los acontecimientos de la última media hora no le habían hecho cambiar de opinión.

– ¿Cómo es ella? -preguntó Lundberg con una voz como si le preguntara a su médico los resultados de unas pruebas de cáncer.

Peter intentó describírsela lo mejor que pudo.

Lundberg irguió la espalda y dijo con algo de su vieja autoridad en la voz:

– Le daré lo que quiera si la encuentra.

Peter se retorció y comenzó a estudiar la armazón cromada del techo. La habitación estaba completamente en silencio pero se oyó decir a sí mismo.

– ¿Qué le parece un millón trescientas cincuenta y dos mil coronas?


4

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Había dejado de nevar cuando salió a Karlavägen. Empezaba a anochecer. Un gigantesco reloj con cifras digitales rojas en el vestíbulo de Lundberg & Co. le había informado de que eran las 16.42.34.


Después de que con renovadas fuerzas hubiese lanzado su proposición, Lundberg le había mirado sorprendido. No estaba seguro de si se debía al montante de la cantidad o a la exactitud de la misma. Lundberg solo se lo pensó unos segundos antes de responder que si Peter podía conseguir que la mujer parase le prometía que el dinero sería suyo.

Al principio se sintió como si le hubiese tocado la lotería. Como si su problema más acuciante se hubiera resuelto. Fue abajo, en la calle, cuando el valor empezó a abandonarle.

Había pedido llevarse la caja de terciopelo. En realidad, no sabía por qué, pero Lundberg no pareció lamentar quedarse sin ella. Quizá pudiera, como el príncipe de Cenicienta, darse una vuelta por el reino para ver a quién le encajaba el dedo. Esa fue su mejor e única idea, lo cual no lo animó demasiado.

Respiró hondo y carraspeó cuando el aire frío entró en sus pulmones. Se dirigió hacia la estación de metro de Karlaplan. Solo pensar en coger el metro hubiera sido imposible durante estos últimos meses, pero una nueva llama se había encendido en su interior y sintió que estaba preparado para intentarlo. Solo eso ya era una buena señal.

Fue bien. En realidad fue mucho mejor de lo que había esperado.

Veinte minutos después entraba por la puerta de su piso en Åsögatan. Sobre la alfombra del recibidor había una hoja de propaganda de ICA y una carta del S-E-Banken. Escribían diciendo que deseaban tener una reunión con él tan pronto como fuera posible para discutir un plan de pago.

Volvió el pequeño dolor en el pecho, pero dejó la carta y sacó la guía de teléfonos.

En las páginas amarillas, en detectives, no había ningún Wilander y en información telefónica tampoco pudieron ayudarle. Sintió un ligero malestar al comprender que la mujer para llevar a cabo su plan lo había elegido fríamente justo a él. Que ni siquiera se había equivocado de persona sino que lo había elegido a él deliberadamente.

Intentó alejar ese pensamiento y sacó de la nevera una jarra de zumo de naranja. Sus ojos se fijaron en la nota pegada en la puerta de la nevera con el número del contable Jan Bengtsson. Seguramente ahora mismo estaba sentado con alguna refrescante bebida bajo una palmera en alguna isla del Caribe. Él había sido el responsable de la contabilidad de Rejas & Cancelas de Seguridad Brolin durante los últimos ocho años, hasta hacía once días, cuando una carta de la oficina local de Hacienda había aterrizado en el suelo de su vestíbulo y le había informado de que no se había realizado la declaración del IVA durante los últimos cuatro años, y que la suma, incluidos los atrasos y las multas, además de un crédito con el S-E-Banken, ascendían ahora a la cantidad de 1.352.000 coronas suecas.

El número del contable Bengtsson había sido dado de baja sin que dejara otra dirección y después de una serie de llamadas que consiguió realizar antes de que estallara la gran parálisis descubrió que Bengtsson era un visitante asiduo de Solvalla y Täby Galopp.

La empleada del S-E-Banken lo miró compasivamente y dijo que comprendía que esta era una situación difícil, pero que ellos no podían hacer gran cosa. Las normas eran las normas.

Desde entonces la diabla y Olof Lundberg eran las únicas personas con las que había hablado.

Miró alrededor de la habitación como si esperase encontrar una idea. La mirada se detuvo en un retrato de familia en blanco y negro del Tiempo anterior. La fotografía estaba enmarcada en un fino marco dorado; pequeñas manchas blancas habían aparecido con el tiempo en las juntas donde el color dorado se había agrietado y desprendido.

Eva sonreía ampliamente a la cámara, él parecía algo reservado. Una de las manos de su padre reposaba sobre su hombro y la otra desaparecía tras la espalda de su madre, que a su vez había posado su mano en el brazo derecho de Eva.

La familia unida.

Cada día que pasaba él se alejaba algo más. Se alejaba de eso que ya había acabado hacía tiempo pero que su entendimiento no podía aceptar que hubiera concluido. Desaparecido. Pasado. Irrevocable. Perdido. Nunca más.

Nunca había conseguido romper las ligaduras. Como una cinta elástica estirada al máximo, se mantenía aferrado al pasado. Entonces nada precisaba explicaciones. Cuando el paso del tiempo era una obviedad y no una amenaza. Cuando todavía había esperanza.


El Tiempo anterior y el Tiempo posterior.

Podía señalar en el calendario la fecha en la que había traspasado la frontera, pero en su interior la transición era más difusa y prolongada y abarcaba un largo período de tiempo. Un tiempo en el que el valor, poco a poco, día a día, gota a gota, le había ido abandonando y había sido reemplazado por la certeza de que todo estaba perdido. Que nunca nada sería lo suficientemente importante como para que él estuviera dispuesto a desafiar a su destino. Dispuesto a luchar por algo, ya que sabía que era demasiado tarde.

Y lo peor, lo que convertía a todo lo demás en insuperable, era que el Tiempo anterior solo había dejado vagos recuerdos en él, mientras que el Tiempo posterior había dedicado toda su energía a intentar que la falta de esos recuerdos no tuviera importancia.

Ya ni siquiera sabía qué era lo que echaba de menos.


Veía su vida en colores. El Tiempo anterior era amarillo claro y naranja, y envuelto en constante luz solar. Todos los escollos y las nubes de preocupación que con toda seguridad hubo incluso entonces, habían sido limados y ahuyentados con los años. En el Tiempo anterior todo era obvio y despreocupado y olía a cuero curtido y a 4711. Cuando se hizo mayor descubrió el perfume, por casualidad, entre una fila de botellas en PUB y la sensación de la fragancia casi lo embriagó. Al principio, a menudo desenroscaba solemnemente el tapón de la botella y se permitía viajar en el tiempo. Si cerraba los ojos casi podía oír el sonido de las voces en la cocina de Faktorigatan y las voces de la radio de los Gustavsson en el piso de arriba. La fragancia se había convertido en su máquina secreta del tiempo, y la añoranza, durante un tiempo, fue más fácil de soportar.

Pero resultó que el mágico contenido de la botella no fue duradero. Cada vez la sensación era menor y, finalmente, desapareció por completo. La fragancia se había aclimatado al Tiempo posterior. Cuando descubrió que había perdido su eslabón mágico con el pasado quedó completamente destrozado; desilusionado y con una enorme sensación de pérdida y tristeza, tiró la botella a la basura.

Un paso más.


El Tiempo posterior no olía a nada, era verde oliva y se había descolorido con los años, a excepción de un par de cortos períodos de tiempo.


En el Tiempo anterior él vivía en una casa de tres pisos en Faktorigatan en Huskvarna.

Su padre era bombero; sufrió un accidente durante un incendio en 1965.

Ahí comenzó el punto de inflexión que nunca se pudo borrar. Era ahí donde estaba la línea divisoria en el calendario. Pero él solo tenía siete años. ¿Qué sabía él del vacío que le acompañaría el resto de su vida? ¿Algo que era tan obvio podía dejar de existir así de repente? ¿Como si nunca hubiese existido? Los zapatos de papá aún estaban donde los había dejado, en el suelo del vestíbulo. Su cepillo de dientes esperaba en el cuarto de baño. El libro que habían comenzado a leer juntos estaba abierto sobre la mesilla de noche. Claro que tenía que seguir viviendo. Solo estaba muerto ahora, pero luego volvería.

Pero los años pasaron y ya era demasiado tarde.

Pero el niño pequeño aún existía.

Esperaba en vano a que todo fuese como antes.


Su madre había sido ama de casa y hasta que murió, de eso hacía seis años, había esperado que Peter retomara la aureola de héroe de su padre.

En un intento por satisfacer sus sueños, él, después de acabar la educación básica, siguió estudiando la rama técnica para poder acceder a la Escuela de Formación Profesional de Protección Civil en Rosersberg.

No quisieron aceptarle.

Su «condición física» fue considerada mala.

La humillación fue total.

Para no desilusionar a su madre nunca le dijo nada. Durante doce años trabajó como conductor de autobús en Estocolmo; telefoneaba a Huskvarna y contaba las historias más sensacionales sobre su trabajo en el Cuerpo de Bomberos. Su hermana dos años mayor que él lo descubrió inmediatamente, pero por respeto a su madre, por suerte, apoyó su historia.

Eva, su hermana mayor, se marchó de casa con solo 17 años. Llena de resolución había hecho un cursillo intensivo y se convirtió en guía turística en Gran Canaria. Durante los siete años que trabajó allí su orgullosa madre colgó todas sus postales en la pared de la cocina. Peter aún vivía en casa, y cinco años después de que ella se fuera seguían ahí como un constante recuerdo de su gran iniciativa y de la mediocridad de él.

Finalmente se cansó de su trabajo y empezó a echar de menos Suecia, pero en lugar de regresar a su ciudad natal eligió Goteborg. Ella lo llamaba de vez en cuando e intentaba atraerlo allí, pero él nunca estuvo interesado.

Luego su hermana, para gran alegría de su madre, se casó de repente con un médico, jefe de planta del hospital Sahlgrenska, y tuvieron tres niños en tres años. Peter rara vez llamaba y ella ya tenía suficiente que hacer con sus tres hijos. Cuando estos fueron lo bastante mayores como para ir a la guardería ella comenzó inmediatamente, siguiendo su costumbre, a hacer cosas; estudió para ser ayudante de laboratorio y desde entonces tenía un trabajo fijo en Hässle.

A él nunca había dejado de sorprenderle que dos hermanos pudieran ser tan distintos como lo eran Eva y él.

No podía recordar que hubieran hablado ni una sola vez sobre su padre. Ni siquiera al principio. No hablar de él se había convertido en una norma en la familia. Las pocas veces que él lo había intentado su madre se había cerrado como una almeja, había comenzado a llorar y le había pedido que se fuera a su habitación.

Detestaba ver llorar a su madre. Cuando ella perdía el control desaparecía el último muro defensivo contra el mundo y él quedaba totalmente desprotegido. Deseaba poder consolarla pero no tenía ni idea de cómo se debía comportar. La entereza de su madre era tanta que parecía una membrana a su alrededor y cuando lloraba era tan patente que casi era visible. La envolvía como una armadura y señalaba claramente que ahí dentro nadie era bienvenido. De modo que para evitar verla llorar, y para evitar ser rechazado, él había dejado de hablar de su padre. Por lo tanto, él no tenía ni idea de qué había sentido Eva, o cómo había conseguido romper con el pasado y construirse una nueva existencia. Algo que él no había conseguido.


Hasta donde él podía recordar siempre había sentido un gran temor a los cambios y a las despedidas; siempre se había sorprendido de la constante ambición humana por renovarse y progresar. Desde hacía tiempo se había atrincherado en la certidumbre de que la existencia que había adoptado el mundo animal, en la que los años pasaban uno tras otro sin exigencias ni deseos de progreso ni cambios, era también, en realidad, la pensada para el ser humano. Bastaba contar el número de suicidios entre los seres humanos y compararlo con el del reino animal para confirmar la teoría. Pero ahora, en esta sociedad, todos estaban obligados, una y otra vez, a acostumbrarse a las nuevas técnicas y a las nuevas rutinas, aunque solo fuera para sacar un libro de la biblioteca o ir al banco. Toda la información sobre la pobreza y la miseria del mundo caía sobre cada uno sin hacer mella, buscaba los lugares más recónditos y llenaba a todo el mundo de más angustia y desesperación. En ninguna parte podía estar uno en paz. Todo lo que había sido válido durante cientos de años estaba ahora patas arriba y él se preguntaba si, en realidad, había alguien que tuviese el control y supiese adónde nos dirigíamos. Se preguntaba si había alguien más que, como él, sintiera a veces unos intensos deseos de abandonar.

Dejarlo todo y tener un poco de paz y tranquilidad.

Nada podía quedar intacto. Todo debía ceder a la constante búsqueda del progreso. Los que dirigían y decidían parecían compartir el miedo a dejar cualquier diminuto pedazo de tierra sin planificar o sin regular. Cada metro cuadrado de la ciudad y sus alrededores estaban obligados a desarrollarse y someterse a la planificación urbana. El sueño de todo político parecía ser derribar alguna vieja zona industrial y construir un rascacielos en su memoria. Estaba completamente seguro de que la cualidad que más se valoraba en un futuro político era su completa falta de sensibilidad y un desinterés total por el pasado.

Él mismo tenía un sentimiento de pérdida si derribaban una casa en la ciudad; sentía como propia la pérdida de los recuerdos que estaban en las paredes desde hacía tantos años. Demoler viejos edificios y terrenos, donde personas desconocidas habían vivido sus vidas, soñado sus sueños y dejado su rastro, era para él como demoler una parte de la historia. Como si sus vidas no hubieran tenido significado, ya que uno podía borrar todas sus huellas con toda naturalidad. Todos aquellos que no habían conseguido hacerse inmortales por escribir un libro maravilloso o descubrir algo revolucionario para las generaciones futuras. Aquellos que vivían sus vidas en silencio y no podían esperar una placa en su recuerdo, ¿con qué derecho se destruía el trabajo de sus vidas? Como si ellos nunca hubieran importado. Quizá justo en esa casa alguien había vivido el instante más feliz de su vida. Quizá el sentimiento aún perduraba en las paredes como un saludo de bienvenida a aquellos que llegarían después. Quizá pudiera enseñarles algo.

Se enfadaba constantemente con los nuevos proyectos de construcción y urbanización que leía en el periódico, pero nunca se le había ocurrido intentar hacer algo para impedirlos. Estaba absolutamente seguro de que nada de lo que él o cualquier otro pensara podía tener la menor influencia sobre un político, una vez que este se había decidido; con esa certidumbre había permanecido sentado y había acumulado un enorme depósito de desconfianza en el futuro y un fuerte sentimiento de su propia insignificancia.


Hace ocho años un compañero suyo de SL le había convencido de que dejara su trabajo de conductor de autobús y creara con él un negocio de rejas para ventanas. El compañero tenía los conocimientos necesarios; Peter dudó un tiempo pero, finalmente, se dejó convencer. Tenían muchísimo trabajo, apenas les daba tiempo a construir y montar todas las rejas y puertas de seguridad al ritmo que entraban los pedidos. Pidieron un crédito al S-E-Banken y compraron nuevas máquinas para poder hacer frente a la demanda. De repente la existencia parecía más clara, pero no se atrevió a hablar de sus progresos con su madre. Había seguido llamando a Huskvarna; hablaba de su peligroso trabajo en el Cuerpo de Bomberos y ella escuchaba en silencio sus historias.

Un año y medio después, cuando el negocio aún iba viento en popa, su compañero le dijo un día que su mujer había conseguido un buen trabajo en Ostersund y le preguntó a Peter si estaba dispuesto a comprarle su parte. Teniendo en cuenta su éxito, el negocio parecía seguro y Peter aceptó al mismo tiempo que se responsabilizó de su parte del crédito.


Los años pasaron y una mañana seis años atrás, le llamó Gustavsson, el del piso de encima en Faktorigatan, y le dijo que su madre había muerto por la noche.

Experimentó una sensación de desarraigo y vacío, pero a estas alturas ya hacía tiempo que la había perdido. Todos aquellos años de mentiras los habían alejado cada vez más. Ella nunca le había permitido entrar en su armadura, y su mayor pena cuando ella murió fue la certeza de que su sueño de ver alguna vez lo que había ahí debajo quedaba irremisiblemente perdido. Una esperanza más que podía apilarse entre todas las otras para las que ya era demasiado tarde.

Otro paso más.

Intentó convencerse a sí mismo de que había hecho lo correcto manteniéndola engañada durante todos esos años, y aquellas veces en las que la mala conciencia había sido demasiado fuerte intentaba pensar que lo había hecho por el bien de ella.

Pero en lo más profundo de su ser sabía que también lo había hecho por el suyo propio.

Para evitar ver la desilusión de su madre porque él nunca consiguió ser como su padre.

A veces sus historias eran tan vividas que casi se las creía él mismo, y en cierta manera eso le había ayudado a acercarse a los recuerdos del Tiempo anterior. A veces podía imaginar que era su padre quien hablaba a través de él, y eso le permitía escaparse de la realidad y le daba una prueba de que él formaba parte de algo.


Durante los últimos tres años el negocio había ido peor. No sabía si se debía a una época de crisis o si simplemente el mercado comenzaba a estar saturado. Empezaba a ser más y más difícil pagar el crédito, y al mismo ritmo que el teléfono dejaba de sonar él tenía más y más inexplicables ataques de palpitaciones y dolor de pecho. Al principio intentó no hacer caso, pero a medida que pasaba el tiempo se fueron haciendo más evidentes y eso le asustó. Fue al ambulatorio. Un médico auscultó su corazón y lo tranquilizó, pero para estar seguros le dio un volante para que le hicieran un electrocardiograma en el hospital Sur. Resultó que estaba perfectamente sano; el médico le dijo que si todos estuvieran tan sanos como él sobrarían millones de los impuestos.

Ya que nadie pudo encontrarle ningún mal le aconsejaron hacer ejercicio, y si fuera necesario, llamar a urgencias psiquiátricas.

Las molestias habían ido de mal en peor; el último medio año le habían dejado más o menos aislado.

En cualquier momento le podía asaltar una repentina sensación de desfallecimiento tan fuerte que se volvía claramente física.

El menor desvío en su predecible vida podía desencadenar el proceso; cuanto más fuerte era la impresión, más intenso era el ataque. Era como si de repente y sin previo aviso se quedara completamente desprotegido, y todas las impresiones exteriores tuvieran el camino libre para penetrar directamente en su cuerpo. Como si de pronto se encontrara ante un terrible peligro y no pudiera determinar de qué dirección procedía. Le invadía una obstinada impotencia que lo consumía por dentro y no tenía ni idea de cómo debía comportarse para hacerle frente.

Sintió un profundo deseo de renunciar, simplemente.

No tener siquiera que mantenerse en vida.

Primero llegaban las palpitaciones. Eran tan intensas que le dolía el pecho. A medida que eran más fuertes se le hacía más y más difícil controlar la respiración. Parecía como si el aire no llegara más abajo de la laringe, a pesar de que respiraba el doble de rápido que de costumbre y con profundas inspiraciones. Esto le obligaba a respirar aún más vivamente y, sin embargo, parecía que se iba a asfixiar. No recibía oxígeno.

Luego llegaban los pinchazos. Comenzaban en las manos y en los pies y subían por brazos y piernas. Le resultaba más y más difícil moverse.

La audición cambiaba. Cada pequeño sonido parecía un disparo que penetraba en su interior. Un zumbido completamente ensordecedor resonaba en sus oídos; una vez llegado a este punto el terror se había apoderado completamente de él. Entonces solo le importaba intentar sobrevivir. Y era entonces, como un último horror diabólico, cuando la vista solía fallarle. El campo de visión se reducía a un túnel y la pequeña abertura que quedaba era borrosa como un cristal sucio, con la única diferencia que esta suciedad se movía. Bullía como millones de pequeñas hormigas grises que hacían todo lo posible por volverle loco.

La pérdida de la visión en una situación ya tan expuesta era terrible. El habitual control sobre el cuerpo había dejado de funcionar y otra cosa iba tomado el mando. Una enorme oscuridad pretendía escapar de su interior y su cuerpo intentaba vencerla por todos los medios.

Si la dejaba salir sabía que estaría perdido. Le embargaba una absoluta tristeza que se introducía en cada célula de su cuerpo y hacía todo lo posible por intentar convencerle de que no tenía sentido luchar. Déjame, gritaba. ¡Ríndete! ¿Qué puedes perder?

El dolor era indescriptible. Después de cada ataque se sorprendía de que no hubiese heridas visibles. Un cardenal por lo menos.


Había leído una serie de libros sobre medicina para intentar comprender qué le sucedía. Después de dar muchas vueltas por la biblioteca y de leer muchas páginas encontró en un libro un capítulo sobre los ataques de ansiedad. Había encontrado lo que buscaba. La descripción era tan exacta que él mismo podía haber escrito el capítulo, pero las simples palabras «ataque de ansiedad» le hicieron cerrar el libro; la vergüenza sobre su total falta de control sobre sí mismo excluía por completo la búsqueda de ayuda.

No le parecía una buena alternativa llamar a urgencias psiquiátricas. No podía ni siquiera imaginar cómo empezaría esa conversación. Deseó que el médico del ambulatorio hubiese comprendido cuál era su dolencia pero él mismo se dio cuenta de que había dado muy pocas pistas.

Así que cada día que pasaba se volvía más asustado e inseguro, y a raíz de la notificación de la desaparición del dinero del IVA tuvo una crisis aguda.

Se quedó completamente paralizado.


El teléfono sonó. Dudó. Últimamente le costaba contestar. Había pensado comprar un identificador de llamadas pero, como todo lo demás, la idea se había quedado en el aire. Miró el reloj. Eran casi las seis y media, de modo que no podía ser el banco. Respiró hondo y cogió el auricular.

– Sí, dígame.

– ¿Es Peter Dahlin?

Reconoció inmediatamente la voz de Lundberg. Sonaba agitada.

– Sí, más o menos -respondió él y sintió que no tenía fuerzas para corregirle acerca del apellido. Comenzaba a tener una cierta práctica en someterse a otros.

– Tiene que venir. Estoy en casa. Yo le pago el taxi. ¡Ha estado aquí! ¡Dentro de casa!


5

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Un cuarto de hora después Peter estaba sentado en un taxi camino de la dirección de Saltsjö-Duvnäs que había garabateado apresuradamente.

El taxi giró en una calle con grandes chalets a ambos lados. Ahí no vivía un Svensson cualquiera, eso estaba perfectamente claro. La calle estaba bordeada de bolsas que esperaban la siguiente recogida de papel para reciclar; el taxista pasó esquivando habilidosamente los montones cubiertos de nieve.

Al final de la calle había un pequeño camino entre la maleza. Una señal de tráfico indicaba que era una zona privada y que las personas ajenas a la propiedad no podían pasar. El camino era preocupantemente empinado en esa época del año, pero habían limpiado la nieve y esparcido arena.

El vehículo se detuvo junto a una casa en lo alto de la pequeña colina. La puerta de la calle se abrió y Lundberg salió a la escalera. Miró a su alrededor, luego se acercó y pagó al taxista como había prometido.

La casa tenía un estilo completamente distinto a los chalets situados en la calle de abajo. Era baja y alargada, como un pequeño establo, pero en el centro del cuerpo de la casa habían levantado dos plantas. Parecía premeditadamente modesta; no había ninguna duda de que el arquitecto había planeado minuciosamente cada detalle de modo que el visitante pensara precisamente eso.

– Gracias por venir tan rápidamente -dijo Lundberg y miró a su alrededor como si se avergonzase de su dependencia.

Peter asintió.

Entraron en la casa sin decir nada más. Si la casa parecía modesta por fuera el interior era de lo más lujoso. El vestíbulo se abría hacia un enorme salón de techo alto; una enorme ventana panorámica mostraba la mayor parte de la bahía de Duvnäs y seguramente muchas más cosas que no se podían ver en la oscuridad. A la derecha la habitación continuaba hacia una cocina de la que la separaba una barra de bar.

Lundberg se dirigió hacia lo que Peter pensó que debía de ser un antiguo armario chino que resultó ocultar cualquier bebida alcohólica que uno pudiera desear. Sirvió sin preguntar dos grandes vasos de whisky sin hielo y le entregó uno a Peter. A Peter nunca le había gustado mucho la bebida pero no solía decir que no a un buen whisky.

Lundberg se sentó en el sofá. Él se dirigió hacia la ventana y admiró la vista. No se podía ver la casa que probablemente debía de haber entre el jardín de Lundberg y el agua, lo que daba al espectador la impresión de encontrarse completamente solo junto al mar. Se sorprendió de que Lundberg no hubiese puesto cortinas para poder correrlas cuando fuera necesario, ya que lo que se podía ver desde dentro también se veía desde fuera. No era difícil establecer un paralelismo con la exposición de un pez en un acuario.

De nuevo notó la tranquilidad que le transmitía la presencia de Lundberg. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan relajado en una habitación junto a otra persona. Quizá el claro desequilibrio que sufría Lundberg debido a la agobiante situación y su terror casi palpable hacían que Peter se llenara de esa fuerza que ambos necesitaban. Había un acuerdo implícito entre ellos; él tenía que hacerse cargo de la situación cuando Lundberg flaquease. Peter dio la bienvenida a esa inesperada fuerza y a la motivación que significaba.

Esbozó una mueca de desagrado al probar el whisky.

– Es un whisky de malta de treinta años -dijo Lundberg que había visto la mueca-. Si uno se lo puede permitir… Sabe a viejo embarcadero pero uno se acaba acostumbrando.

Peter comprendió que era un intento de reírse de sí mismo; estaba bastante seguro de que Lundberg últimamente había conocido una serie de facetas de sí mismo que no sabía que existían.

– Llamé a la policía y han estado aquí buscando en la casa. Una ventana que no tiene alarma estaba entornada.

Cabeceó hacia el pasillo que conducía a la parte izquierda del edificio.

– No estaba forzada, de modo que no pudo entrar por ahí, pero sacaron la conclusión de que sí había salido.

– Ahora por lo menos tomarán la denuncia en serio. ¿No hay algo que se llama allanamiento de morada? -preguntó Peter.

Lundberg sonrió.

– Por lo que sé no han robado nada. ¿Qué prioridad piensa usted que la policía le da a una ventana entornada cuando la mitad de los habitantes menores de veinte años de esta jodida ciudad tienen como misión intentar matarse entre sí cada viernes por la noche?

Peter sonrió con la comisura de los labios.

– ¿Entonces cómo sabe que ella ha estado aquí?

Lundberg le dio un buen trago al whisky y resopló.

– Porque toda mi ropa interior estaba tirada en el dormitorio y todos los álbumes con las fotos desde mi nacimiento hasta el día de hoy estaban sobre la mesa junto a una nota:


QUIEN BIEN TE QUIERE TE HARÁ LLORAR.


6

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Lundberg se había bebido su whisky. Peter apenas había probado el suyo. Después de esta experiencia estaba convencido de que se le podía dar mejor uso a los viejos embarcaderos.

No se habían dicho gran cosa durante ese tiempo. Él había ido a mirar el desorden del dormitorio. En realidad no era mayor que el de su propia casa pero le ahorró a Lundberg el comentario. De nuevo en el salón se sentó en una butaca, de modo que quedó enfrente de Lundberg y dando la espalda a la ventana panorámica.

Los cuadros que colgaban de las paredes eran de buen gusto y seguramente habían sido elegidos cuidadosamente. Se podía ver que la persona que los había colgado había escogido la colocación de cada cuadro para sacar el máximo partido a cada pintura. A Peter le interesaba el arte aunque no fuera un experto en la materia, pero le gustaban los lugares donde los cuadros podían vivir su propia vida en lugar de tener que combinar a cualquier precio con el tono del sofá. La habitación estaba sobriamente amueblada, pero parecía cualquier cosa menos pobre. Cada mueble y cada detalle denotaban gusto y exquisitez; parecía como si hubieran sido creados para estar justo donde estaban.

Ahí vivía un esteta.

De una de las paredes, enfrente de la cocina, colgaba una fotografía de boda en blanco y negro del tamaño de una holandesa. Lundberg se parecía bastante si se le quitaban una decena de kilos, y la mujer que Peter supuso era Ingrid Lundberg era rubia y bella y esbozaba una amplia sonrisa a la cámara. La foto parecía de los años setenta. El traje de novia era sencillo; seguramente no era blanco, al contrastarlo con el tono de la camisa blanca del frac de Lundberg.

Había algo especial en la colocación de la fotografía.

Así como el resto de la habitación formaba parte de una totalidad, esta fotografía y su ubicación entre dos grandes acuarelas constituía un crimen estético que hacía que la habitación perdiera fuerza. Estaba claro que la fotografía había sido colgada mucho después que el resto de cuadros.

Lundberg siguió la mirada de Peter.

– Ingrid y yo. Verano del sesenta y siete. En el mesón de Ulriksdal.

Lundberg pareció recordar. Pasaron unos minutos. Suspiró.

– Los primeros años estuvimos muy bien. La agencia iba cada vez mejor, viajábamos mucho y en general teníamos una buena vida.

Bajó la vista y miró su vaso.

– Luego pensamos que era hora de tener hijos. Ingrid comenzó a pensar que se le pasaba el tiempo. Entonces tenía treinta y cinco años y es distinto para las mujeres. Dejamos de usar protección pero no sucedió nada.

Peter tuvo la sensación de que miraba a través del ojo de una cerradura. No tenía ninguna experiencia particular en escuchar las confidencias de la gente. Lo que ocurría era que si uno nunca compartía las suyas tampoco podía participar de las de los demás, y él solo una vez en su vida había estado lo suficientemente cerca de alguien para atreverse a entreabrir su alma.

Lundberg continuó.

– Pasaron unos años. Ingrid se obsesionó más y más; al final, hacíamos el amor siguiendo un programa que Ingrid había calculado con la ayuda del termómetro. A veces podía llamar a la oficina en mitad de una importante reunión para decir que era el momento. Ese tipo de cosas no ayudan especialmente a la vida sexual y ahora, pasado el tiempo, he comprendido que fue entonces cuando nuestra relación se torció.

Lundberg meneó la cabeza como si deseara desprenderse del recuerdo.

– Bueno, joder. Por último Ingrid se encargó de que hiciéramos una especie de reconocimiento para descubrir cuál era el problema. Fue terriblemente humillante. Tuve que enviar varias veces a Sophiahemmet pruebas de esperma en pequeños recipientes que Ingrid llevaba guardados en su bolso.

Peter se sonrojó.

– La culpa resultó ser mía. Al parecer mis espermatozoides no nadaban con la suficiente fuerza y nunca conseguían llegar a la meta. No fue divertido oír esto. Mi hombría sufrió un duro golpe y los meses siguientes me obsesioné tanto como ella por tener un hijo. Hicimos varias pruebas de fecundación in vitro que costaron cantidades astronómicas y todas fracasaron. Finalmente acabamos rendidos. El deseo desapareció por completo ya que todo lo que tenía que ver con los humores corporales estaba relacionado con tubos de ensayo y recipientes para el esperma. Después de ese período nuestro matrimonio acabó.

Enmudeció como si reflexionara sobre ese dato.

– Me avergoncé por no haber conseguido darle lo que más deseaba. Le ofrecí el divorcio, pero ella no quiso. Yo pasaba más y más tiempo en la oficina e Ingrid comenzó a viajar al extranjero mientras yo hacía mi vida. Reconozco que no fui particularmente refinado eligiendo a mis compañeras de cama. Creo que Ingrid lo sabía, pero lo peor, casi, es que no le importaba. Supongo que me acusaba en silencio de la pérdida a la que se había visto sometida. Una especie de desprecio que era absolutamente imposible combinar con el amor.

Lundberg se puso de pie y fue a servirse otro whisky. Vio que el vaso de Peter estaba sin tocar. Se sentó de nuevo.

– Luego pasaron los años -continuó-. Ingrid nunca hablaba de divorcio y a mí también me venía bien tener a alguien que se ocupara de las cosas de casa y nunca exigiera nada. Y entonces un día me telefonearon y me informaron de que Ingrid estaba en cuidados intensivos. Una semana después murió.

Bajó la vista hacia su vaso y dejó que el whisky se moviese junto al borde con movimientos circulares.

– Yo mismo me sorprendí de mi reacción. Me quedé tirado en casa llorando durante varios días. Hasta entonces no había tenido ni idea de lo mucho que significaba para mí o de cuánto la iba a echar de menos. Tardé unos cuantos meses en volver a funcionar más o menos bien.

Permanecieron en silencio durante un rato, luego Lundberg se puso de pie y se acercó hasta la foto de boda.

– Pero debe saber una cosa -anunció.

Era difícil saber si le hablaba a la fotografía o a Peter.

– Debido a una especie de fidelidad a su memoria desde entonces nunca más he vuelto a mirar a otra mujer.

Peter observó su espalda. Deseó tener algo adecuado que decir, o una confidencia propia que compartir para equilibrar la balanza entre ellos, pero el cerebro estaba vacío. Nunca había sido un buen orador.

– Tiene una casa maravillosa -fue lo único que se le ocurrió decir.

Lundberg miró a su alrededor y se encogió de hombros, se dio la vuelta y dijo:

– Acabo de recordar que mi asistenta ha estado hoy aquí. Sería muy interesante saber qué tiene que contar.

Fue a coger su cartera y buscó una tarjeta de visita. Le dio la vuelta y marcó en un móvil que sacó del bolsillo el número de teléfono que estaba escrito a mano.

– ¿Está Katerina? -preguntó después de un rato.

Silencio.

– Me llamo Olof Lundberg y Katerina dijo que se la podía localizar en este número.

Silencio de nuevo.

– Sí, gracias.

Vació su vaso de whisky con una mueca.

– Hola, soy Olof Lundberg de Saltsjö-Duvnäs. Me gustaría hacerle unas preguntas en persona. ¿Dónde vive?

Peter comprendió por la cara de Lundberg que la tal Katerina se había asustado y eso no le sorprendía.

– Tranquilícese. Estaremos ahí en media hora.

Colgó el teléfono y miró a Peter.

– Espero que tenga carnet de conducir -dijo-. Yo no debería conducir.


Cinco minutos después Peter estaba sentado tras el volante del Audi Quattro negro de Lundberg. Peter lo había sacado cuidadosamente marcha atrás del garaje doble, donde estaba aparcado junto a lo que supuso era un Jaguar E fuera de circulación durante los meses de invierno. La puerta de la calle se abrió y Lundberg conectó la alarma antes de sentarse junto a él en el asiento del copiloto.

– Conduzca a toda pastilla -dijo y se abrochó el cinturón de seguridad.

Peter tenía una extraña sensación en la boca del estómago. Había empezado en el garaje. Le había costado encontrar la llave apropiada del coche en la oscuridad y mientras estaba ahí torpemente, se sintió de repente acobardado.

Quizá fuera solo la oscuridad lo que de repente le asustó, pero estaba casi seguro.

No estaba solo en el garaje.


7

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Tardaron casi tres cuartos de hora en recorrer los treinta kilómetros de distancia hasta Huvudsta. No fue culpa del coche. La sensación de malestar no le abandonaba. Claro que una vez dentro del coche cerró las puertas con el seguro e intentó mirar alrededor del garaje con la luz de los faros, pero estaba completamente seguro de que podría haber buscado con más detenimiento si no se hubiera asustado tanto.

Por lo menos debería haberle dado a Lundberg la oportunidad de mirar él mismo.

Además, hacía tiempo que no se sentaba tras un volante.


El piso de Katerina se encontraba en medio de una zona de edificios de viviendas y parecía haber servido de ejemplo para todo el Programa millón. Se vieron obligados a aparcar el coche en un aparcamiento algo alejado y luego tuvieron cierta dificultad en encontrar el número de la casa.

La puerta no estaba cerrada. La escalera era como uno podía esperarse. Estaba deteriorada y llena de grafitos, algunos de ellos a medio limpiar de modo que parecía aún más sucia.

Lundberg se detuvo frente a una puerta en el segundo piso. En la placa de la puerta decía Radkowitz, además de una exhortación escrita a mano advirtiendo que el propietario del piso no deseaba correo comercial.

Lundberg pulsó el timbre. Apenas le dio tiempo a retirar el brazo antes de que se abriera la puerta. Una cadena de seguridad impedía que esta se abriera más de diez centímetros; Lundberg se apartó para poder ver a través de la abertura.

– Soy Olof Lundberg. ¿Está Katerina?

La puerta se cerró, pero se abrió inmediatamente de nuevo.

– Pase.

Una mujer de unos setenta años le invitó a pasar al vestíbulo.

– Espere, la voy a buscar -dijo en sueco mal pronunciado.

El vestíbulo no era especialmente grande. Sobre todo para dos hombres con abrigos de invierno.

No había ninguna ventana.

Peter intentó controlarse.

Apareció una mujer de pelo negro de unos treinta años. Parecía asustada.

No los invitó a pasar.

– Siento mucho que vengamos tan tarde pero tengo que hacerle algunas preguntas -comenzó Lundberg.

La mujer no hizo ningún gesto de dejarlos pasar dentro del piso y Peter comenzó a sentir los latidos de su corazón.

– De acuerdo -respondió ella.

Lundberg cambió de pie.

– No es que la acuse de nada, pero hay una serie de indicios que muestran que alguien ha entrado hoy en mi casa.

– Sí, yo he estado allí -dijo la mujer desconcertada-. Siempre voy los lunes.

Peter notó que también Lundberg se sentía incómodo en el estrecho espacio.

– ¿No podríamos entrar un momento? -preguntó con un poco de irritación en la voz.

La mujer dudó. Luego se dio media vuelta y se dirigió hacia el interior del piso.

Lundberg la siguió. Peter se agachó y se quitó los zapatos.

Entraron en un salón. Una tercera mujer estaba sentada en uno de los sofás y veía la televisión. Se puso de pie inmediatamente y con un saludo en voz baja abandonó la habitación.

En el salón había dos ventanas y una puerta que daba al balcón. Peter eligió una silla junto al balcón mientras que Lundberg y la mujer se sentaron cada uno en un sofá. Peter vio que los zapatos de Lundberg habían dejado manchas de humedad en el suelo.

– ¿Ha estado hoy alguien más, aparte de usted, en mi casa?

Lundberg estaba sentado echado hacia delante con los codos apoyados sobre las rodillas.

– No, hoy estuve limpiando sola.

– ¿Y no vio a nadie en el jardín o algo por el estilo?

– No -respondió la mujer dudando.

– ¿Salió de la casa en algún momento sin conectar la alarma?

Parecía como si ella pensara. Se puso de pie, se acercó al televisor y lo apagó. Se quedó parada en medio de la habitación y agitó la cabeza.

– ¿Qué ha ocurrido? ¿Han robado algo?

Continuó sin esperar una respuesta:

– Le prometo que yo nunca… quiero decir, nunca he cogido nada. No he sido yo. ¡Yo no soy así!

Parecía que iba a echarse a llorar.

– No, yo tampoco lo creo -dijo Lundberg tranquilizadoramente-. Solo deseaba saber si había visto alguna persona cerca de la casa.

Ella se secó el ojo con el índice y fue a sentarse de nuevo en el sofá.

Lundberg suspiró. Cruzó las manos sobre las rodillas y se puso de pie.

– Hemos encontrado unas huellas y nos sería de mucha ayuda si pudiéramos echar un vistazo a sus pies. Para estar seguros de que las huellas no son suyas.

Katerina parecía completamente desconcertada. Peter intentó atrapar la mirada de Lundberg para decirle que era una medida innecesaria. Esa mujer no era la diabla, estaba totalmente seguro.

Era por lo menos treinta centímetros más baja y, además, no estaba embarazada. Katerina ya se había quitado las medias. Se preguntó si esa mujer llegaría a recuperarse después de esto.

Como siempre que se sentía avergonzado miró al techo.

– Muchas gracias -dijo Lundberg y comprobó que a Katerina no le faltaba ningún dedo de los pies.

– Si se le ocurre algo que pueda explicar cómo ha podido entrar alguien en la casa sin que sonase la alarma me puede llamar. A casa o al móvil. Tiene los dos números, ¿verdad?

Katerina asintió.


Unos minutos después estaban de vuelta en el coche.

– Si miente nunca más volveré a creer en nadie en mi vida -dijo Lundberg.

Su móvil sonó. Después de responder y oír quién era pulsó el botón de manos libres y la voz de Katerina inundó el coche.

– Bueno, me he acordado de una cosa. Cuando ventilaba la ropa de la cama en la ventana del dormitorio se me cayó una almohada. Tuve que salir y dar la vuelta a la casa para recogerla. Por desgracia dejé la puerta abierta durante un minuto. Pero no quedaron manchas en la funda de la almohada, se lo prometo.

Lundberg y Peter se miraron. Lundberg le dio las gracias a Katerina y colgó.

– Joder, qué alivio saber que esa persona, por lo menos, no puede traspasar las paredes -dijo Lundberg-. ¿Dónde vive?

– En Åsögatan -respondió-. Y me llamo Brolin.

– Por lo menos hoy hay fútbol -sonrió Lundberg-. ¿En qué parte de Åsögatan vive?

– Cerca de Götgatan.

– Entonces quizá nos pueda llevar a mí y al coche hasta el hotel Malnien, en Medborgarplatsen. No tengo ningunas ganas de dormir en casa esta noche.

Peter pensó que era una buena idea.


8

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A la mañana siguiente, como siempre, se despertó temprano. Se había acostumbrado a tomar un somnífero, Imovane, antes de irse a la cama. El médico del electroencefalograma en el hospital Sur había tenido la amabilidad de recetárselo aprovechando una pausa entre dos palabras mientras, de una manera embrollada, intentaba explicarle el presupuesto de la sanidad regional. El efecto de las pastillas duraba solo unas horas, pero dormía un sueño profundo, sin soñar.

Se levantó como solía, a las cinco, y se sentó a la mesa de la cocina para esperar el amanecer. Ese día no tuvo ninguna dificultad para no pensar en sus problemas económicos.

Había tomado dos decisiones antes de dormirse la noche anterior. Primero llamaría a su hermana y después iría a cortarse el pelo.

Miró la caja de terciopelo que reposaba sobre el hule frente a él, pero decidió intentar comer una rebanada de pan antes de abrirla.

Nunca le había gustado comer por la mañana.

Mientras comía cogió la bolsa de Konsum de Lundberg y sacó el sobre rosa. El olor a perfume era nauseabundo a esa hora del día. Probablemente también en cualquier otro momento.

La noche anterior, durante el relato de Lundberg sobre su disoluta vida amorosa se le había ocurrido que quien estaba detrás de todo era una antigua amante despechada, pero todo en la carta señalaba al futuro. En ninguna parte se podía intuir que hubieran tenido una relación amorosa con anterioridad. Peter se decidió, no obstante, a preguntar a Lundberg si podía recordar alguna buena candidata.

Después estudió las esquelas. Agneta y Börje. Kerstin. ¿Quién era ella en realidad? Cogió un bolígrafo y escribió sus preguntas en el suplemento deportivo del Dagens Nyheter del día anterior.

Ahora que la rebanada de pan estaba segura en su estómago acercó la caja de terciopelo. Abrió cuidadosamente la tapa. No sintió ningún olor. Quizá porque el perfume había aturdido su olfato.

El dedo tenía alrededor de tres centímetros de largo y la uña estaba pintada de rojo. La superficie del corte era algo irregular y rojiza debido a la sangre coagulada. Se podía apreciar un trozo de hueso que sobresalía al final del corte. Colgaba un poco de piel reseca a su alrededor y parecía que el dedo había sido serrado más que cortado. Pensó con un ligero escalofrío cuánto tiempo habría tardado y qué clase de persona era capaz de hacer una cosa así.


Una hora más tarde marcó el número del trabajo de su hermana. La telefonista le pidió que esperase un momento pero enseguida oyó la voz de su hermana mayor.

– Sí, ¿dígame?

– ¡Hola! Soy Peter. ¿Molesto?

Primero hubo un silencio pero después le pareció que ella estaba contenta.

– ¡Hola! ¿Dónde has estado? Te he llamado más de mil veces estos últimos meses. En Navidad estuve a punto de notificar tu desaparición a la policía. Te he llamado como una loca a casa y a la oficina.

– Últimamente he tenido mucho que hacer -dijo y para despistar preguntó cómo estaba el resto de la familia.

Después de algunos minutos de conversación de cortesía Peter decidió ir al grano.

– Me pregunto si puedes ayudarme en una cosa. Un amigo mío me ha pedido ayuda y tú eres la única persona que conozco que pueda responder a mis preguntas. ¿Si tienes el dedo de un pie o algo por el estilo se puede averiguar en un laboratorio a quién pertenece?

Permanecieron unos segundos en silencio.

– ¡El dedo de un pie o algo por el estilo! ¿A qué diablos te dedicas? -replicó su hermana irritada.

– No es un asunto mío. Son cosas de un amigo -respondió sinceramente.

– Sí, claro -resopló su hermana desconfiada. Comprendió que en ese momento desaparecía lo poco que quedaba de su confianza en él.

– ¿Me puedes ayudar? Quiero decir, ¿le puedes ayudar?

– ¿Es simplemente una hipótesis o quizá tienes un dedo o algo por el estilo que me puedas enviar aquí al laboratorio? Podría determinar con toda seguridad el grupo sanguíneo y hacer un perfil del ADN y quizá también el sexo, pero luego hay que tener acceso al banco de datos para ver si la persona en cuestión está registrada. Puedes ir a la policía y mirar en «objetos perdidos».

Él sonrió. Siempre tan expeditiva en sus respuestas. Sabía que le ayudaría. Era demasiado curiosa para negarse.

– Puedes tener el paquete mañana. Te lo mandaré certificado.

Eva suspiró.

– Peter, hagas lo que hagas, ten mucho cuidado. Nunca he sabido realmente a qué te dedicas. ¡Y haz el favor de no rellenar en el impreso la casilla de «contenido del paquete»!


9

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Después de almorzar Peter entró en la oficina de Lundberg. Subió por la escalera. La próxima vez quizá utilizase el ascensor.

La chica del mostrador hablaba por teléfono pero al verlo le rogó a la persona al otro lado de la línea que esperara unos segundos.

– Le pido disculpas por mi comportamiento de ayer, pero no sabía… creía…

Él levantó la mano conciliadoramente.

– No pasa nada. ¿Está aquí? -preguntó.

– Sí, claro. Pase. Le está esperando. Por cierto, me llamo Lotta.

Regresó a su conversación telefónica y él se dirigió hacia la puerta de Lundberg y llamó.

– Pase sin llamar -dijo Lotta con la mano sobre el micrófono del auricular.

Dudó unos segundos y luego bajó el picaporte y abrió.

Lundberg también hablaba por teléfono pero Peter oyó que intentaba acabar la conversación. Entró y cerró la puerta. Las cortinas blancas de las paredes de cristal estaban corridas. Lundberg colgó el teléfono.

– No es una buena idea llamar a la puerta y esperar respuesta. Esta habitación está tan insonorizada que uno podría hacer estallar una bomba aquí dentro sin que se oyera nada en el vestíbulo. Sabe Dios cómo se las arreglaron para hacerlo. Bonito corte de pelo, por cierto.

Peter se pasó con embarazo la mano por el pelo recién cortado y miró la lámpara del techo.

– Gracias por lo de ayer -continuó Lundberg-. Me hace sentirme mejor no estar solo en esta locura.

Peter sintió que acababa de recibir un cumplido que no se otorgaba a cualquiera. Olof Lundberg le necesitaba. Se preguntó si eso le parecía más extraño a él o al propio Lundberg.

– ¿Ha llegado algo en el correo de hoy? -preguntó Peter.

– No, por suerte. Ni una uña -respondió Olof y sonrió.

Sin duda hoy parecía más tranquilo, pensó Peter, y continuó:

– He enviado el dedo a un laboratorio de Goteborg por correo certificado. Ya veremos qué sacamos de eso. Tengo unas cuantas preguntas.

Sacó del bolsillo la página arrancada del periódico.

Lundberg parecía impresionado.

– Un laboratorio en Goteborg. Tengo que reconocerlo: aquí se trabaja en serio.

Peter no pudo determinar si el tono era irónico. Pensó que no lo había sido. Se sentó en la silla junto a la puerta.

– Ayer cuando hablaba de sus… relaciones amorosas se me ocurrió que quizá pudiera ser alguna de ellas.

– Entonces tendremos que repasar una larga lista. No puedo recordarlas a todas.

Peter, que podía contar sus relaciones amorosas con los dedos de una mano, bajó la vista. Era extraño lo diferente que Lundberg se volvía aquí en la oficina. ¿O era en casa donde era diferente?

Prosiguió:

– ¿Pero no recuerda a ninguna que pareciera rara o que se sintiera burlada?

– Nadie que pueda recordar así a bote pronto. Burlada. Hacía mucho que no escuchaba esa palabra. ¿Es dialectal?

Peter se encogió de hombros. Pensó que Lundberg no sabía nada de él mientras que él había echado un vistazo hasta en los calzoncillos de Lundberg.

– ¿Quién es esa Kerstin que aparece en la esquela de su mujer?

Intentó seguir por el buen camino. No tenía ganas de responder a las preguntas que Lundberg pudiera hacerle. Funcionó. Lundberg cruzó las manos detrás de la nuca y se recostó en la silla.

– La hermana mayor de Ingrid. Bueno, en realidad no eran hermanas de verdad sino que llegó a la familia como niña de la guerra de Finlandia [1] unos años antes de que Ingrid naciera. Al finalizar la guerra supieron que su padre había muerto y su madre nunca se puso en contacto con ellos, de modo que Kerstin se quedó en la familia. Me dio la sensación que la trataban como si fuera su propia hija. Por cierto, no tiene por qué sospechar de ella. Es tortillera y fue una de las primeras que oficializó su relación cuando se permitieron las bodas entre homosexuales. Siempre nos hemos llevado bien, es una mujer agradable. A ella la puede borrar de la lista de sospechosas.

Con este dato la lista de Peter estaba acabada. Un desconocido número de amantes medio olvidadas y una cuñada homosexual no le habían dado ninguna nueva pista, y no tenía nuevas hipótesis. No sentía deseo alguno de decirle eso a Lundberg, así que se levantó para parecer ocupado.

Llamaron a la puerta en el mismo momento en que esta se abría. Un enorme ramo de rosas rojas entró en la habitación.

– Las han enviado por mensajero de la floristería Löwstedts. No sabían quién las había encargado -dijo Lotta desde algún lugar detrás del ramo.

– Déjelas en el suelo -dijo Lundberg y se puso de pie. Había un sobre y Lundberg lo abrió y lo leyó. Le dio la tarjeta a Peter.

Era el mismo estilo pomposo.

«Pronto ya no tendrás que esperar más. En el amor y la guerra todo está permitido.»


La floristería Löwstedts estaba a solo un par de manzanas de allí. Peter caminó tan rápido como pudo. Había comenzado el deshielo y la nieve derretida hizo que se le humedeciesen los pies.

Había dos clientes antes que él junto a la caja. Esperó pacientemente. Otro dependiente apareció y Peter se saltó la cola por primera vez en su vida. El cliente número dos echó una mirada crítica pero hizo lo que él mismo solía hacer cuando alguien se colaba: mandó una maldición con la vista pero no se atrevió a decir nada.

– Acaban de enviar un inmenso ramo de rosas rojas a Olof Lundberg en Karlavägen. Me pregunto si puede decirme quién las encargó -dijo.

El dependiente sonrió torpemente.

– Bueno, ¿de verdad quiere saberlo?

– Es muy importante.

Peter intentó sonar convincente.

– Nuestros clientes prefieren guardar sus secretos y no somos de los que chismorrean -respondió el dependiente aún sonriendo.

Peter buscó su cartera en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó su antigua identificación de conductor de SL. La agitó delante de los ojos del hombre y luego se la guardó de nuevo en el bolsillo.

– Me llamo Per Wilander y soy de la policía. Es de vital importancia que me ayude.

La sonrisa del hombre desapareció.

– Por supuesto -dijo. Se colocó tras el mostrador y sacó un archivador.

– Dijo rosas, veamos. Hemos tenido un encargo esta mañana, un ramo grande.

Hojeó el archivador.

– Aquí… Olof Lundberg… Aquí está. Se encargó a las nueve y media pero se pidió que no se entregara antes de la una.

Peter giró el archivador de forma que él mismo pudiese leer. No había ningún nombre junto al pedido.

– ¿Puede recordar cómo era la persona? -preguntó.

– Sí. La recuerdo perfectamente.

De pronto el dependiente pareció incómodo.

– Si le soy sincero, al principio pensé que alguien intentaba gastarnos una broma. Llevaba puestas unas gafas de sol todo el tiempo y eso no es corriente en esta época del año. Además, era morena, tenía el pelo totalmente negro y si le digo la verdad no parecía auténtico. De joven fui peluquero, ¿sabe? Creo que medía un metro setenta. Hablaba sin parar, no conseguí decir ni pío.

Sé lo que se siente, pensó Peter.

– ¿Puede recordar lo que dijo? -preguntó.

– No, apenas nada. Habló de su marido y que él era quien iba a recibir las rosas. Creo que comentó que tenía dolor de espalda y después, lo siento, pero no escuché detenidamente. Tenía mucho que hacer arreglando el ramo. Ella misma quiso elegir las rosas.

– ¿Y está seguro de que no dejó ningún nombre?

– Sí, por alguna razón no quiso rellenarlo, pero eso no es necesario, de modo que no insistí. Eso se apunta, sobre todo por los clientes. Si el ramo por alguna razón no llegara o la dirección no existiera el recibo sirve como garantía.

– ¿Vio hacia dónde se dirigió después de abandonar la tienda?

– No. Creo que debieron de llamar por teléfono pues no recuerdo haberla visto salir.

El dependiente miró a su alrededor. En ese momento no había clientes en el local.

– Por cierto, mientras pagaba, lo hizo en metálico, se le cayó una tarjeta de visita sobre el mostrador. Era de una galería de arte de Gamla Stan. Ahora recuerdo que dijo que ahí tenían unos cuadros muy bonitos.

– ¿Recuerda cómo se llamaba? -preguntó Peter esperanzado.

– Era algo parecido a light o sound o algo por el estilo. Lo siento pero no lo recuerdo. De cualquier manera era algo en inglés.

– ¿Me puede dejar las Páginas Amarillas? -solicitó.

Buscaron en galerías de arte y examinaron los nombres.

– Aquí está -dijo el hombre-. Galería Easy Light. Svartmangatan. ¡Esa es!

Peter cogió una tarjeta de visita del montón del mostrador y dio las gracias; ya se dirigía hacia la puerta cuando el hombre le llamó.

– ¡Oiga! Noté una cosa más. Cojeaba. Pero quizá se debía a su embarazo.

– Sí, puede -respondió Peter y siguió pensando: o quizá se debía a que acababa de cortarse un dedo del pie…


El trayecto en metro desde la Tekniska Hogskolan hasta Gamla Stan duró ocho minutos. Después de un corto paseo subiendo por Kåkbrinken, cruzó Stortorget y torció hacia Svartmangatan. No fue difícil encontrar el local. Un letrero rosa chillón con el nombre de la galería sobresalía del resto del edificio; se preguntó apenado si no había ningún tipo de reglas sobre cómo debían ser los letreros en Gamla Stan.

Solo mirar el escaparate tuvo claro que la diabla no compartía su gusto. Y, definitivamente, tampoco el de Olof Lundberg. Abrió la puerta y entró. Todos los cuadros tenían motivos florales y habían sido pintados por el mismo artista. Por lo menos, eso esperaba él. Como una especie de tema constante todas las pinturas eran de un rosa chillón, y había rosas representadas de una u otra forma en todos los cuadros chillones.

– Buenos días, ¿puedo ayudarle?

La mujer tras el mostrador frisaba en los sesenta. Era alta y delgada; la palabra elegante apareció en el cerebro de Peter.

– Sí, quizá -dijo él-. Voy a hacerle una pregunta un poco extraña. Tengo una antigua compañera de clase que no veo desde hace mucho. Ahora otros compañeros y yo hemos pensado hacer una cena de antiguos alumnos y me han dicho que alguien vio hace algún tiempo a nuestra compañera de clase en esta galería. Se me ocurrió hacer un último intento por encontrarla y deseaba saber si quizá usted la conoce.

A Peter no se le daba mal mentir. Se sorprendió de que quizá causara mejor impresión cuando mentía que cuando decía la verdad.

– ¿Cómo se llama la señora en cuestión?

– Ese es el problema -contestó e intentó parecer indignado-. Nadie sabe cuál es su apellido de casada y el nombre, al parecer, se lo cambió hace tiempo. Antes se llamaba Eva Wilander.

– ¿Qué aspecto tiene entonces? Quizá sepa eso -dijo la señora con un tono de voz que indicaba que tenía cosas más importantes que hacer que dedicar su tiempo a clientes que no pensaban comprar un cuadro.

– Mide alrededor de uno setenta y tiene el pelo corto. La persona que la vio dijo que le pareció que estaba embarazada.

La mujer arqueó las cejas.

– Tiene suerte. Se parece a una clienta que ha estado aquí hoy hace un rato y ha comprado ese cuadro.

Señaló una horrible pintura de rosas rosadas.

– Regresará a buscarla hoy a las cuatro.

El corazón de Peter dio un vuelco.

– ¿No sabrá, por casualidad, cómo se llama?

– No, lo siento. Pagó en metálico.

Deseaba salir de la tienda. Ahora mismo. Retrocedió hacia Svartmangatan.

– ¿Le doy algún recado? -preguntó la señora justo antes de que cerrara la puerta.

– No es necesario.

Asomó la cabeza por la puerta entreabierta.

– Regresaré a las cuatro y le daré una sorpresa.


El reloj de Storkyrkan marcaba las dos y veinte. Volvió a pasar por la plaza y entró en la cafetería de Stortorget. Se sentó a una mesa junto a la ventana y pidió un café.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Acercarse a ella y decirle que dejase de aterrorizar a Olof Lundberg? ¿Seguirla para ver dónde vivía y luego llamar a Lundberg? Se decidió por esta última alternativa. No estaba seguro de poder soportar una confrontación.

Se sentía nervioso. El café no sabía a nada y no tenía hambre aunque no había comido nada desde el sándwich de la mañana.

Las agujas de Storkyrkan iban más lentas que nunca. Cuando marcaron las tres menos cuarto no pudo aguantar más, pagó el café y salió a Stortorget.

El sol se había puesto detrás de las casas y el crepúsculo se apoderaba del lugar. Se encaminó hacia la galería. Miró atentamente a su alrededor todo el tiempo. No podría soportar que ella le sorprendiera por detrás. A una decena de metros de la galería había un portal abovedado. Se detuvo allí a esperar. Estaba helado. Tenía los pies mojados y ahora comenzaban a helársele de nuevo.

Se maldijo por no llevar nunca reloj.

Cuando pensó que ya había pasado una eternidad se escabulló y caminó la veintena de metros que le separaban de Stortorget para echarle un vistazo al reloj. Eran solo las tres y media. Regresó de nuevo y esperó.

No sucedió nada.

De vez en cuando pasaba alguien para entrar en el portal. Todos le miraban con desconfianza. Él intentaba sonreír y parecer tan inocente como le era posible, pero tenía tanto frío que estaba temblando; se dio cuenta de que debía de parecer raro.

No había entrado ni un solo cliente en la galería desde que había llegado. Unos pocos se habían detenido a mirar el escaparate pero rápidamente habían seguido su camino. No se lo reprochaba. Cada vez que se acercaba una mujer con abrigo su corazón latía más deprisa, pero todas pasaban de largo.

Ahora tenían que ser más de las cuatro. La sensibilidad de los pies había desaparecido. Pronto no necesitaría ningún dinero.

Pasó una joven con una mochila.

– Disculpa, ¿tienes hora? -preguntó él.

– Dios mío, me has asustado -dijo ella- No te había visto.

Eso no es raro, pensó Peter.

– Son las cinco menos veinte.

Ella continuó hacia la puerta.

Ya no aguantó más. Se encaminó hacia la galería y entró después de mirar apresuradamente a través del escaparate.

– Ah, es usted -sonrió la señora-. ¡No se lo va a creer! Un par de minutos después de irse usted ella vino a llevarse el cuadro. Le conté que la estaba buscando y por qué y se puso muy contenta. Comentó que inmediatamente se pondría en contacto con usted. Dijo que tenía su número de teléfono.

Entró en calor en dos segundos. Por primera vez en casi treinta horas sintió que el corazón le latía más acelerado.

Salió a la calle sin decir nada y se dirigió automáticamente hacia la estación elevada del metro. Temía encontrársela en cada cruce. Su campo de visión ya había comenzado a disminuir y por eso tuvo que bajar la vista para estar seguro de no tropezar. Ella podría acercarse a él por un lado sin ser vista y sorprenderle.

Estaba en el andén. Llegó un metro procedente de Slussen. En el estado en que se hallaba no podía ir en metro. La oscuridad se podría apoderar de él dentro del vagón. Tenía que irse caminando a casa.

Otro metro en el andén. Vio a gente entrar y salir antes de que las puertas se cerraran. En el mismo instante en que el tren se ponía en movimiento la vio al otro lado de las puertas. Ella le dijo adiós con la mano.

Al segundo siguiente había desaparecido.

Él comenzó a trotar escaleras abajo y cogió la salida hacia el helipuerto. Tuvo el tiempo justo de llegar al muelle en el que estaba aquel antes de vomitar.


Ni siquiera sintió si tenía frío camino a casa. Estaba tan cansado que su único pensamiento era llegar a casa tan rápidamente como lucra posible e irse a la cama.

Su cansancio era tal que parecía como si hubiese tomado un somnífero de efecto inmediato. Como si el mismo cuerpo se autoinyectase somníferos para escapar de la miseria.


Marcó el código en el portero automático. Cuando empujó la puerta se dio cuenta de que estaba abierta. Había una piedra entre la puerta y el marco que impedía que esta se cerrase correctamente. Su cerebro estaba demasiado cansado para percibir la señal. Subió por la escalera con sus últimas fuerzas. El ascensor no era una alternativa razonable.

Había algo apoyado contra su puerta. Algo envuelto en papel marrón con una cuerda alrededor. En el papel estaba escrito con tinta roja:


«PARA ENTREGAR A OLOF LUNDBERG».


Era el cuadro.


10

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A la mañana siguiente se despertó a las ocho y diez. Era un nuevo récord personal. La noche anterior se había acostado con la ropa puesta y se había dormido inmediatamente. Ni siquiera le había dado tiempo a tomarse un somnífero.

Se despertó porque sonaba el teléfono. Tenía frío y estaba realmente hambriento; cayó en la cuenta de que llevaba más de un día sin comer.

Se estiró hacia el teléfono.

– Peter, ¿dígame?

– Soy Olof. ¿Dónde estuvo ayer? Le llamé durante toda la noche pero no estaba en casa.

Se dio cuenta de que debía de haber dormido como un tronco e intentó hacer, en su estado de recién despertado, un resumen del día anterior tan detallado como pudo.

– ¡Joder! -exclamó Lundberg, cuando acabó el relato-. ¿Cómo diablos ha podido conseguir su dirección? Comprendo perfectamente que le parezca desagradable. ¡Sé cómo se siente!

El auricular quedó en silencio, pero luego Lundberg continuó:

– No lo tome como una proposición indecente pero le invito a mudarse a mi casa unos días. Anoche dormí de nuevo en un hotel. No creo que me atreva a dormir solo en casa.

Peter no respondió. Ahora mismo no tenía ganas de ir a ningún sitio, ni siquiera a la nevera para comer un sándwich. Y vivir con Lundberg sería sin duda como meterse en la boca del lobo.

– Lo pensaré -respondió.

Aún estaba demasiado cansado para sentir miedo. -Pasaré a verle por la oficina dentro de un par de horas. Dieron por finalizada la conversación. Se quitó la ropa, se metió entre las sábanas y se durmió de inmediato.


Una hora después le volvió a despertar el teléfono. Era su hermana.

– Buenos días, Al Capone. Ya le he hecho a tu amigo el favor que me pediste. Fue realmente refrescante hacerlo a primera hora de la mañana. En realidad no sé qué es lo que quieres saber, pero hemos podido sacar algunas cosas en claro: hace tres o cuatro días que el dedo fue seccionado del cuerpo. Eso lo descubrió un compañero que anteriormente había trabajado en el Instituto Forense. Además, dijo que parecía haber sido serrado con una sierra común para metal, por lo que esperaba que la persona en cuestión estuviese anestesiada cuando ocurrió. Teniendo en cuenta el nivel de oxígeno en la sangre se puede afirmar que el cuerpo estaba con vida al realizar la intervención. El grupo sanguíneo es O positivo, no es el más común pero tampoco particularmente raro. La persona en cuestión es con toda seguridad una mujer pero es imposible determinar su edad.

Se sentó en la cama y buscó papel y bolígrafo.

– Una cosa más. Precisamente ahora estoy realizando un trabajo de investigación sobre anticuerpos y por curiosidad crucé los datos de las pruebas en el ordenador. Resultó que la persona en cuestión es uno de los trescientos doce pacientes anónimos que forman parte del grupo de experimentación en el que se basa la investigación. ¡Estuve a punto de desmayarme! La probabilidad de que tu dedo perteneciera a uno de nuestros pacientes era de una entre veintiséis mil. Desgraciadamente esto no es de gran ayuda pues el grupo de experimentación es secreto.

– ¿Cómo que secreto?

– Todas las pruebas provienen de distintas instituciones de todo el país y fueron tomadas durante marzo del noventa y seis, han participado desde centros de asistencia primaria a instituciones psiquiátricas. No tenemos ni idea de quién ha entregado las pruebas, y ya que los propios pacientes no han dado su consentimiento para entrar a formar parte de la investigación, la lista permanece cifrada en el ordenador del Instituto de Enfermedades Infecciosas y no se hará pública hasta el año dos mil once. Entonces se hará una recopilación de nuestra investigación para ver si concuerdan nuestras predicciones sobre la salud de los pacientes.

Ella permaneció en silencio unos minutos.

– ¡Hola! ¿Estás despierto?

Ahora estaba completamente despierto, pero el cerebro no podía procesar toda la información

– Sí, pero espera un momento -dijo él-. ¿No hay ni una sola persona que tenga acceso a los nombres de esa lista? ¿Alguien que pudiera mirar si lo deseara?

– No -respondió Eva-. Esa es la intención. La clave no se puede romper antes del año dos mil once. Hasta entonces es totalmente indescifrable.

– Vaya. -Peter se negaba a creerlo-. Entonces, ¿quién la ha cifrado?

Recordó claramente la clave alfabética secreta que recibió al suscribirse a El Fantasma.

– El ordenador. Estuve en un curso en el que precisamente hablaron sobre eso. Seguramente era para dejar bien claro a todos los investigadores que no valía la pena intentar descifrar la clave antes de tiempo. La clave se cambia según el nombre y el número personal y habían calculado que una persona que trabajara durante ocho horas diarias necesitaría veintitrés años para descifrar la clave en una lista de trescientos cincuenta nombres. Entonces estaríamos en el año…

Tardó un rato en calcular.

– … dos mil veinte, así que ten paciencia.

Peter resopló.

– ¿Pero no se puede por lo menos ver de dónde provienen las pruebas?

– Sí se puede -contestó su hermana-. Esa lista ni siquiera es secreta, de modo que te la puedo enviar junto con el dedo. Me gustaría quitármelo de encima. Pero hay una cosa más. Encontré una bacteria en la sangre que se llama Treponema pallidum, de modo que hice una prueba más. Por la cantidad de bacterias que tiene en la sangre la persona en cuestión padece sífilis en estado muy avanzado.

– ¿Qué quiere decir eso? -preguntó Peter.

Las enfermedades venéreas no eran su fuerte.

– Significa que la paciente ha entrado en el tercer estadio de la enfermedad, lo cual es bastante raro en Suecia. Un tratamiento con antibióticos es suficiente para vencer la enfermedad, pero está claro que esa persona no lo ha realizado. El segundo estadio de la enfermedad puede durar hasta tres años, pero luego tiene lugar un período latente que puede prolongarse hasta veinte años. En el tercer estadio de la sífilis, la enfermedad puede atacar a cualquier órgano del cuerpo. A la larga es mortal. Puede atacar a la válvula de la aorta y causar complicaciones en el corazón, puede dañar la médula espinal y provocar parálisis y lesiones cerebrales. Algunos, por ejemplo, desarrollan esquizofrenia. También pueden ocurrir otras lesiones neurológicas. Es muy importante que esa persona sea tratada tan pronto como sea posible.

Estaba impresionado. Los conocimientos de su hermana eran enormes, y nunca antes la había oído hablar profesionalmente.

– No te puedo decir mucho más.

– Muchísimas gracias -dijo Peter-. Has hecho un trabajo maravilloso, de verdad. Estoy seguro de que mi amigo también estará contento de tu labor.

Le vino a la cabeza una última pregunta.

– ¿Qué pasa si en este estadio de la enfermedad se está embarazada?

– No es posible. En el tercer estadio se es estéril, seguro.

Ella enmudeció. Luego preguntó.

– ¿Es importante?

Durante un segundo pensó que su voz sonaba esperanzada. Hacía solo un par de años que ella había dejado de iniciar cada conversación preguntando si había conocido a alguna chica.

– No, en absoluto -se apresuró a decir-. Solo había pensado que si estaba embarazada quizá se la podría buscar a través del Centro de Asistencia Infantil.

– Querrás decir el Centro de Asistencia Maternal. No, no puede estar embarazada. Peter, ¿no quieres contarme lo que pasa?

Pensó durante un momento pero no pudo encontrar ninguna razón de por qué sería perjudicial ponerla al corriente. Evitó hablar de sus ataques de ansiedad, de la inminente bancarrota y de la remuneración que Lundberg le pagaría si le ayudaba. También dejó fuera los pormenores del matrimonio de Lundberg, ya que pensó que no tenían nada que ver con el asunto.

– Dios mío, Peter, pero ¿por qué simplemente no pasas de todo? ¿Y si te empieza a perseguir a ti también? Por cierto, ¿tienes tiempo para dedicarte a esto?

– Sí -contestó-. Lundberg es uno de mis mejores clientes, de modo que es como si trabajara para la empresa. Como consultor de seguridad.

Ella resopló.

– ¡Hagas lo que hagas, ten mucho cuidado!


Se levantó de la cama y entró en la cocina. Se untó dos rebanadas de pan con mantequilla y caviar, que era lo único que quedaba en la nevera. El pan estaba seco y se lo tomó con dos vasos de leche. El estómago vacío se convulsionó cuando le llegó el primer trago de leche fría.

Después de colgar había sentido que durante los minutos que había durado la conversación se había acercado a su hermana más que nunca. Por primera vez en su vida habían tenido algo de que hablar. Sus conversaciones habituales, que comprensiblemente no ocurrían con mucha frecuencia, eran generalmente impersonales y sin contenido. A veces Eva le contaba algo especial que les sucedía a los niños y Peter estaba agradecido de que fuera ella quien hablara, ya que él nunca tenía nada que contar.

Sus intereses habían tomado caminos separados hacía tiempo. Eva siempre había sido extrovertida y deportista; durante su juventud había sido una de las principales figuras de la Asociación de Gimnasia de Huskvarna. Los novios hacían cola en la escalera de casa y Peter pronto dejó de gastar energías en aprender sus nombres. Recordó todas las reprimendas de su madre a Eva, pero recordaba aún más claramente cómo brillaban sus ojos de orgullo cuando había un chico nuevo en la puerta y preguntaba por su hija.

El era completamente diferente. Siempre estaba mejor solo. Cuando era niño solía imaginar que él era su padre, y ahora, años después, le resultaba difícil decir si esa fue la razón de que casi siempre prefiriera jugar solo. No tuvo ningún amigo íntimo en la escuela pero tampoco le rechazaban; simplemente era como cualquier otro de la clase. No hacía mucho ruido y que prefiriera jugar solo se convirtió con los años en algo tan lógico para él como para su entorno. Solía dar largos paseos con su padre; él era el único que podía compartir sus secretos y escuchar sus pensamientos. De esa manera creó una relación exclusiva con él.

Se había creado su propia imagen de él con la ayuda de los pocos recuerdos que conservaba. Su madre vivía en un mundo aparte con sus memorias y sus secretos. Los guardaba en su corazón como piedras preciosas lejos del alcance de todos. Quizá creía que si compartía los recuerdos los alejaría un poco más. Había ocultado a su amado en lo más profundo de su pecho y no pensaba compartirlo con nadie. Ni siquiera con sus propios hijos.

Al principio, después de la muerte de su padre, Peter se había arreglado con sus propios recuerdos, pero a medida que se iba haciendo mayor se volvían más borrosos. Un deseo nunca realizado fue que su madre compartiera sus tesoros.

Después de algunos intentos fallidos, nunca más se atrevió a pedírselo. Ella dejaba ver con todo su cuerpo que ese era un terreno privado al que nadie tenía acceso. Era su vida y su futuro lo que había sido destruido; después de eso no tenía otras obligaciones que cumplir.

Por esa razón para Peter su padre se convirtió más en una leyenda que en una persona; cada una de las cualidades que había creído que tenía su padre, las había inventado en realidad él mismo.

Sin embargo, creía saber que había algo en lo más recóndito de su ser. Algo propio. Ese recuerdo se encontraba en los más profundos pliegues de su cerebro, o quizá fuera más un sentimiento que un recuerdo, el sentimiento de un amor auténtico, cálido, que había visto en el rostro de su padre cuando corría a encontrarse con él en la puerta de la calle y un aroma de seguridad a humo y proximidad cuando lo levantaba en brazos.

Una sensación que nunca más había vuelto a sentir en toda su vida y que él había deseado ardientemente que su madre hubiera confirmado.

Si tan solo una vez le hubiera permitido entrar… Si le hubiera permitido acercársele una sola vez y le hubiera dicho: «Sí. ¡Fue exactamente así! No lo has soñado. Fue exactamente así. La luz. Los sabores. Los sonidos. No te lo has imaginado. ¡También yo lo sentí así!».

Ahora ni siquiera sabía si eso era cierto. Quizá fueran sueños que había soñado alguna vez y que luego había almacenado en el lugar equivocado.


Cuando los otros chicos de la clase comenzaron a jugar al fútbol y al hockey en la calle, Peter se inscribió en el club Acuario y aprendió el nombre en latín de todos los peces de acuario. Dio la lata hasta conseguir su propio acuario, que cuidó ejemplarmente; encargaba extraños peces que a veces sorprendían incluso a su hermana mayor. Al regresar a casa desde el club Acuario, cuando el entrenamiento de fútbol había concluido y todos los niños se habían ido a casa con sus padres, siempre se detenía y jugaba un rato.

Él era Pelé y su padre era portero, y casi siempre Peter conseguía driblarle y meter un gol.

Escondía la pelota entre unos arbustos, cerca del campo de fútbol.


Cada año, en Navidad, un compañero de su padre iba a casa con una caja de bombones y un libro con el informe anual del Cuerpo de Bomberos, y cada año su madre tiraba el libro a la basura tan pronto como el compañero abandonaba el piso. Desde la primera Navidad Peter bajaba corriendo al cuarto de la basura a buscar el libro y lo había seguido haciendo año tras año. Se imaginaba que los libros eran un saludo secreto de su padre y los escondía cuidadosamente arriba en el desván, en su cuchitril, para que su madre no los descubriera.

Ella, por su parte, nunca había dejado de acusar en silencio al Cuerpo de Bomberos por arrebatarle su propia vida; odiaba al hombre que cada Navidad venía y se lo recordaba.

Peter se había hecho una cabaña en el desván con una vieja almohada; solía escabullirse hasta allí con una linterna, leía los libros e intentaba hacerse una idea de cómo era la vida que su padre había elegido vivir.


En el instituto los otros chicos comenzaron a interesarse por las chicas. Él estaba completamente satisfecho con sus peces de acuario, pero había una muchacha en la escuela que ni siquiera él podía evitar.

Era un año mayor que él y por lo menos diez centímetros más alta que sus compañeros de clase; por supuesto fue la elegida como santa Lucía del año. Después de verla avanzar lentamente a la cabeza de la procesión de santa Lucía con su cabello largo, rubio, caído sobre los hombros, se enamoró por primera vez en su vida y estuvo completamente embargado por esa sensación. Planeaba los recreos hasta el mínimo detalle y pronto aprendió dónde debía ir para, con la mayor probabilidad, poder verla fugazmente. Solía haber un enjambre de muchachos a su alrededor y su amor no correspondido hizo que hasta comenzara a descuidar su acuario. Por las noches se sentaba en su habitación y escribía su nombre página tras página; su hermana acabó encontrando un papel completamente garabateado.

Por lo que podía recordar nunca, ni antes ni después, había deseado tanto matar a alguien como en esa ocasión.

– ¡Es la hermana pequeña de Micke! ¡Le diré que la salude de tu parte!

Él se volvió completamente loco, se lanzó sobre ella y la golpeó y golpeó como un loco.

Lo peor no era la amenaza del saludo sino que desde ese momento, entre todo el mundo, era su hermana quien compartía su secreto.

Ni siquiera se lo había comentado a su padre.

Su madre oyó la pelea, entró y los separó. Eva sangraba por la nariz y se fue de la habitación con la mirada llena de odio; Peter comprendió que antes de que sonara el timbre al día siguiente por la mañana, toda la escuela Alfred Dahlin sabría que estaba enamorado.

Al día siguiente se puso enfermo. Y al otro, y al otro, y luego llegó el fin de semana. Eva no le habló en todo ese tiempo y él no pudo saber si había llevado a cabo su amenaza.

El sábado había baile en el gimnasio. Nada en el mundo le podría haber llevado hasta allí, pero entonces sonó el teléfono. Era Inger. Su Lucía. Le preguntó si iría al baile y él dijo que acudiría. Ella preguntó si podían verse allí y él dijo que sí podían.

Flotaba en una nube.


La calle estaba llena de gente. Algunos habían bebido demasiado y no los dejaban entrar, otros formaban grupos y hablaban. Se acercó a un par de chicos de su clase que estaban parados y bebían de una botella de litro de Coca-Cola. Le preguntaron si quería y dio un buen par de tragos. Aún ahora no sabía con qué la habían mezclado, pero Peter, que nunca antes había probado el alcohol, estuvo a punto de desplomarse.

Solo tardó unos minutos antes de sentir el alcohol en su cuerpo. Uno de los chicos ocultó la botella entre unos arbustos y Peter los siguió hacia dentro.

Hacía calor, había mucha gente y estaba mareado. Al principio no la vio, pero detrás de una columna destacó su cabeza rubia entre la multitud. No dudó ni un segundo. Se abrió camino entre el mar de gente y solo se detuvo cuando estuvo frente a ella. Era por lo menos quince centímetros más alta que él. El dijo hola y ella dijo hola pero lo miró interrogante.

– ¡Aquí estoy!

– Vale.

Ella miró a su alrededor turbada.

– Soy Peter. Me llamaste por teléfono.

El comenzó a sentirse inseguro.

– ¿Yo? -dijo ella sorprendida-. No, ha debido ser otra.

Volvió a estar sobrio al instante.

Lo comprendió todo. Era la endiablada de su hermana que se había vengado de la forma más cruel que él podía imaginar. ¡Cómo diablos había podido ser tan jodidamente tonto! Salió corriendo del local. Corrió todo el camino hasta casa y no se detuvo hasta que se metió entre las sábanas.

Se quedó en casa una semana sin ir a la escuela. Su madre estaba preocupada; los peces del acuario morían uno tras otro debido a la falta de cuidados. Finalmente el profesor encargado de su curso llamó para saber cómo se encontraba y si padecía una pulmonía.

Al noveno día llamaron a la puerta. Su madre no estaba en casa, de modo que él mismo abrió.

Era Inger.

Él se quedó mudo.

– Mi hermano me ha contado lo que ha pasado. Estuvo muy mal. Yo no tenía ni idea. Te busqué en la escuela toda la semana pasada y finalmente alguien me dijo que estabas muy enfermo. ¿Cómo estás?

– Bien.

– ¿Puedo pasar?


Lo que más tarde recordaría con mayor nitidez era que la habitación olía a cerrado y que había dos peces muertos flotando en el acuario. Su cama estaba sin hacer. Recordaba que no hablaron mucho pero no podía recordar cómo finalmente acabaron en su cama, ni cómo ella se las había ingeniado para desnudarlo. Se había quedado totalmente paralizado; fue solo cuando ella se levantó y se vistió que él comprendió que habían hecho el amor.

– Será nuestro secreto -dijo ella.

En el mismo instante que ella abandonó la habitación él supo que nunca más se volverían a encontrar.

Tendrían que pasar ocho años antes de que su amor se apagara.

Se había preguntado muchas veces durante estos años qué fue lo que la movió a hacer lo que hizo ese día. Él tuvo que despertar en ella una especie de instinto de protección y ella debió de comprender que esa era la única salvación posible para él.

Cuando su hermana regresó a casa esa tarde él esbozó una amplia sonrisa y le preguntó si había tenido un buen día.

Se había convertido en un hombre.


11

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El reloj marcaba más de las dos cuando entró en la oficina de Lundberg. De camino se había procurado una buena comida. Pyttipanna con dos huevos fritos en el restaurante Lilla Budapest en Götgatsbacken.

Llevaba el cuadro bajo el brazo. Lundberg volvió la cabeza en señal de desagrado cuando Peter retiró el papel. Las rosas chillonas y el marco dorado desentonaban con el entorno.

– En realidad, no sé de qué pared colgarlo -dijo Lundberg y sonrió de medio lado-. Quizá se lo debería dar a Katerina como agradecimiento. Sin duda alegraría su piso.

Peter no respondió. En cambio, habló sobre los resultados de los análisis de su hermana.

Lundberg escuchó atento y suspiró aliviado al saber que la mujer no podía estar embarazada. Cuando Peter calló, Lundberg permaneció sentado en silencio como si intentara digerir toda la información.

– ¿Ha tenido sífilis, por casualidad? -preguntó Peter y alzó la vista al techo-. Me refiero a que quizá la hubiese contagiado.

Lundberg negó con la cabeza.

– No, que yo sepa. ¿No debería haberlo notado?

– No lo sé -contestó él sinceramente-. Supongo. Quizá podría hacerse unos análisis por si ella es alguno de sus… contactos esporádicos. Al parecer ha podido padecer esa enfermedad durante unos veinte años.

Lundberg resopló pesadamente.

– Sí, eso es realmente lo que más me apetece después de cuatro años de celibato. Tendré que llamar a la clínica Sophiahemmet. Tenía cierta costumbre de ir allí a humillarme.

Peter deseaba cambiar de tema.

– He hecho una lista de todo lo que sabemos sobre ella. Hasta ahora, claro -añadió, ya que la lista no era particularmente extensa. La leyó punto tras punto-: Mujer con grupo sanguíneo O positivo; cerca de un metro setenta de altura; color de pelo desconocido; enferma de sífilis; estuvo en contacto con la sanidad pública alguna vez durante marzo de 1996 y le hicieron unos análisis de sangre pero no la trataron contra la enfermedad; buena posición.

Lundberg arqueó las cejas.

– Estoy pensado en las flores y el cuadro. Han debido de costar bastante dinero.

No dijo nada de las mil coronas que él mismo había recibido.

Lundberg asintió. Se puso de pie y se acercó al ventanal.

– También puede añadir que solo tiene nueve dedos en los pies.

Escribió eso obedientemente en la lista, sin darse cuenta de que Lundberg bromeaba.

– ¿Qué piensa hacer ahora? -preguntó Lundberg.

– Realmente no lo sé -respondió-. Espero que la lista del laboratorio de mi hermana que llega mañana nos proporcione alguna pista.

Si era sincero no tenía ni idea de qué iba hacer a continuación.

– ¿Ha pensado en mi proposición?

Peter sabía que se refería a la invitación de ir a vivir unos días a Saltsjö-Duvnäs. Recordó el miedo que sintió en el garaje y no tuvo ganas de pasar de nuevo por eso. A pesar de todo, se sentía más seguro en su propio piso.

– Esta noche no me viene bien -contestó-. Tengo invitados. Mi oferta sigue en pie -dijo Lundberg.


Volvió a casa andando. Hacía frío pero era agradable. Se sentía mejor que en mucho tiempo. Los inesperados acontecimientos de los últimos días habían sido como marcharse de vacaciones y abandonar la vida monótona y trivial de Peter Brolin. De repente había alguien que lo necesitaba y creía en él; no podía recordar cuándo había tenido esa sensación por última vez. Le producía un sentimiento de agradecimiento y una justificación a su vida; la motivación para intentar ayudar a Lundberg era tan fuerte que nunca antes había experimentado nada parecido.

Tenía una especie de sentimiento de inferioridad congénito y, como la mayoría de personas que transmiten esa sensación, así era tratado. Si él no creía en sí mismo, tampoco podía pedir que otros lo hicieran. Con los años se había acostumbrado a ser siempre el último de la fila y contentarse con lo que no valía para los demás. Como si no tuviera derecho a esperar algo mejor.

Con Lundberg era diferente. Él lo consideraba como un igual. Hasta como una persona con capacidad de resolver un problema que él mismo no podía. La fe de Lundberg en su habilidad había abierto una puerta en él que desde hacía tiempo había permanecido cerrada y atrancada. Por primera vez en muchos, muchos años, Peter no se había dado la vuelta y había huido ante un desafío, sino que se había quedado ahí y lo había intentado; esto le hacía crecerse a sus propios ojos.

En lo más profundo de su alma, hundido en años de mala cosecha, una pequeña semilla había comenzado a crecer.


Pasó la noche frente a la televisión con una lata de sopa de carne recalentada.

Alrededor de las diez se tomó un Imovane y se durmió casi inmediatamente. Soñó que por el suelo del piso corrían grandes y gordas ratas. Habían construido puentes con tablas a través de toda la habitación y pronto alcanzarían su cama, pero él no podía ni siquiera abrir los ojos ni mirar y menos aún moverse. Oyó cómo se acercaban más y más e intentó gritar pidiendo ayuda.

Se sentó en la cama.

De repente estaba completamente despierto. La radio despertador marcaba las 4.13.

Miró a su alrededor. Una farola de la calle iluminaba la habitación a través de la ventana sin cortinas. No pudo ver ninguna rata, pero las podía oír. Oía unos ruidos extraños en el piso que no reconocía.

Se puso de pie y se cubrió con la sábana; luego permaneció parado en silencio y escuchó. El sonido provenía del recibidor. Se acercó silenciosamente. Tenía el corazón desbocado, como si tuviera una manada de elefantes en su pecho.

Un rayo de luz iluminaba el pequeño recibidor. Asomó la cabeza por el quicio de la puerta y vio que la luz procedía de la ranura del buzón. Una mano enfundada en un guante marrón aparecía a través de la ranura y sujetaba un borde para que la abertura fuera tan grande como fuese posible. Un grueso alambre intentaba enrollarse de la mejor manera en la cerradura.

No le dio tiempo a pensar.

– ¿Qué coño hace? -exclamó él.

Aparecieron durante un segundo un par de ojos en la ranura y luego el rayo de luz le iluminó directamente. Se quedó completamente cegado y se llevó la mano a los ojos. Al momento siguiente oyó que se cerraba el buzón y unos pies bajaban corriendo las escaleras. Aún estaba deslumbrado pero encendió la lámpara y corrió a ponerse los pantalones.

Al instante siguiente estaba en el rellano, oyó cómo se cerraba la puerta del portal. Sin pensarlo y sin zapatos bajó corriendo las escaleras.

Fuera en la calle no había nadie. Todo Åsögatan estaba desierto. Continuó corriendo hacia Götgatan pero lo único que vio fue un taxi que desaparecía cuesta abajo hacia Medborgarplatsen. Intentó memorizar el número del taxi.


2930. 2930. 2930.


Un grupo de jóvenes se acercaban ruidosos por el sur y se dio cuenta de que había salido corriendo con el torso desnudo. No deseaba encontrarse con ellos, de modo que dio media vuelta y regresó corriendo.


La puerta del piso estaba abierta de par en par como la había dejado. El alambre colgaba del buzón como un arma diabólica, una amenaza olvidada.

El miedo se apoderó de él. Un hormigueante y pavoroso horror que le impedía moverse. Los minutos pasaban.

Respiraba más y más deprisa y los oídos le zumbaban. Notó cómo el cuerpo comenzaba a temblarle.

La luz de la escalera se apagó. La oscuridad repentina y la luz que se filtraba desde la habitación de su piso hicieron que la oscuridad de la escalera fuese aún más profunda y que toda la negrura a su espalda se abriera como un abismo.

No podía moverse.

Oyó un sonido en alguna parte pero no pudo determinar de dónde provenía o si su cerebro se lo había imaginado. Cada latido de su corazón retumbaba en su cabeza. Podía sentir el pulso en cada parte de su cuerpo.

De repente oyó que se abría la puerta de la calle, como el disparo de una escopeta, y que alguien entraba en el portal. Se encendió la luz y alguien subió apresuradamente por la escalera.

2930, 2930, 2930, 2930, era su único pensamiento; comenzó a repetir las cifras como una especie de mantra.

Con una enorme fuerza de voluntad consiguió volver la cabeza y ver quién se acercaba. Su cerebro se preparó para la lucha pero su cuerpo estaba paralizado.

Era el repartidor de periódicos.

El hombre se sorprendió al verlo. Aún le quedaban unos escalones antes de llegar al rellano pero se detuvo de golpe y le miró desconfiado. Peter tenía su espalda desnuda vuelta hacia él pero la cabeza estaba girada de forma que se podían mirar a los ojos.

– ¿Qué tal? -preguntó el hombre cautelosamente.

Peter intentó relajarse. Disminuyó la peor parte del terror. Intentó darse la vuelta pero solo lo consiguió a medias y permaneció parado con el cuerpo en una posición antinatural.

– Alguien ha intentado entrar -dijo finalmente y se esforzó por sonar tan tranquilo como fuera posible-. No sé si hay alguien dentro.

El hombre dudó.

– ¿Ha llamado a la pasma?

– No.

El hombre subió los últimos escalones. Al parecer había decidido confiar en él.

– Le puedo acompañar si quiere. Sé cómo se siente. Robaron en casa de mi madre el otoño pasado.

Peter asintió.

Entraron en el recibidor. Peter estaba tenso y le resultaba difícil caminar con normalidad. El hombre señaló el alambre y susurró.

– ¡Cabrones! ¿Sabe que si en Suecia se encerrase a cincuenta personas, y la policía sabe perfectamente quiénes son esas cincuenta personas, los robos descenderían más de un sesenta por ciento en todo el país? Esas son las personas que cometen casi todos los robos. ¡Cabrones!

Peter entró en la habitación. Estaba vacía. Mientras tanto el hombre había entrado en la cocina, gritó que ahí no había nadie. Miró en los armarios, en el cuarto de baño y debajo de la cama pero el piso estaba vacío.

– Parece que todo está en orden -dijo el hombre-. Ahora tengo que marcharme. Aquí tiene el periódico.

– Gracias -dijo Peter, y se refería tanto al periódico como a la ayuda.

– De nada. No olvide llamar a la pasma. Vendrán aquí, presentará una denuncia que acabará en una pila de papeles donde nunca nadie la volverá a encontrar. Pero si tiene suerte quizá entre a formar parte de la estadística.

Peter intentó sonreír.

Cerró la puerta con cuidado y utilizó el alambre para asegurar el picaporte al radiador.

Encendió todas las lámparas del piso y se sentó a la mesa de la cocina. Eran las cinco y cinco. Intentó adivinar cuánto tiempo había estado parado en el rellano. Debió de ser por lo menos media hora. Cada célula de su cuerpo gritaba de agotamiento tras el esfuerzo pero no se atrevía a acostarse.

Pensaba en la diabla.

¿Qué deseaba, en realidad? ¿Era realmente ella quien había intentado entrar en su piso, su fortaleza? La simple posibilidad era suficiente.

Se preguntó cómo se las había ingeniado para lograr aterrorizar a dos adultos hasta el punto de que estuvieran completamente obsesionados con su existencia. Que él hubiera reaccionado como lo hizo no le sorprendía tanto. No era un tipo valiente; precisamente ahora casi podía palpar el miedo que sentía ante esa mujer y el peligro que representaba. Pero ¿Lundberg? Él no parecía ser de los que se dejan asustar fácilmente.

Descolgó el teléfono y marcó el número de la policía. Colgó antes de que pudieran responder. Cogió la guía telefónica y marcó otro número.

Pasaron unos minutos, luego escuchó la voz de Lundberg a la expectativa:

– ¿Sí?

– Soy yo, Peter. Si la invitación sigue en pie me gustaría pasar por ahí ahora mismo.


12

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Lundberg estaba sentado esperándole cuando llegó. El taxi dio media vuelta frente a la puerta principal; Lundberg salió a recibirlo, abrió y cerró la puerta y conectó la alarma de nuevo.

– ¿Se ha ido muy tarde la visita o ha ocurrido algo?

Miró preocupado a Peter.

– Alguien ha intentado entrar en mi piso. Por suerte me desperté y salí corriendo tras él hasta Götgatan pero no vi a nadie.

Omitió la experiencia en el rellano. Lo último que deseaba en el mundo era perder el respeto de Lundberg.

– ¿Ni siquiera vio si era ella?

– No, lo único que vi fue una mano y un alambre a través de la ranura del buzón. Durante unos segundos también vi unos ojos pero no puedo determinar si eran los de ella. Todo sucedió demasiado rápido.

Probablemente no podría asegurar que eran sus ojos aunque los hubiera mirado durante una hora, pero no le dijo eso a Lundberg.

– ¡Joder! -exclamó Lundberg-. Siento muchísimo que también le haya afectado a usted. Si resulta que era ella.

Durante unos segundos creyó que Lundberg pensaba proponerle que abandonara el caso, pero no lo hizo. En cambio, fue a la cocina y preparó café. Siguiendo su costumbre no preguntó si Peter quería, sino que le alargó una taza humeante un par de minutos más tarde. A Peter le dolió el estómago a causa del café, pero en ese momento no le importaba.

Lo que más deseaba era acostarse.

Como si Lundberg hubiera adivinado sus pensamientos dijo:

– Puede dormir en el dormitorio frente al mío. Quizá esté algo desordenado pero la cama es confortable.

Fue delante y encendió la lámpara. Peter lo siguió. En la habitación había una gran mesa escritorio y unas cuantas estanterías repletas de archivadores y libros. Sobre el escritorio había montones de papeles y revistas en una especie de desorden organizado. Sobre la cama Lundberg había comenzado lo que parecía una clasificación; había hecho montones con papeles y fotografías prendidas con clips de colores.

– Como le he dicho está un poco revuelto. Hay un cuarto de invitados al otro lado de la casa si prefiere dormir allí. -Sin esperar una respuesta comenzó a retirar los montones de la cama.

– Aquí estará bien.

Peter había metido unos calzoncillos limpios, un jersey y el cepillo de dientes en una bolsa que una vez le habían ofrecido como regalo de bienvenida en un club de libros. La colocó sobre la cama que ahora estaba libre de papeles.

– Las sábanas están limpias. No ha dormido nadie. Por lo menos que yo sepa.

Peter no tenía fuerzas para sonreír por el chiste.

Lundberg se marchó después de indicarle dónde estaba el cuarto de baño. Peter se quitó los pantalones y el jersey y se metió en la cama.

Dejó la lámpara de la mesilla de noche encendida.

La habitación, como el resto de la casa, era de buen gusto y todos los libros y revistas le daban una atmósfera de intimidad. Las paredes encima de las estanterías eran gris claro y estaban completamente repletas de pequeños cuadros de todas las épocas, pero todos tenían un mismo y único motivo: barcos. Permaneció tumbado y los miró un rato; se asombró de la colección. Los contó; había cincuenta y siete cuadros.

Él también era coleccionista, si bien de una clase diferente.

Coleccionaba recuerdos. Objetos de recuerdo, papeles, notas, flores secas de importantes momentos de su vida. Incluso su primer pez de acuario, un xipho rojo; era como una piel seca que guardaba envuelta en papel de seda dentro de una vieja caja de cerillas. Cada entrada de cine que había comprado llevaba escrita la fecha y el título y estaba guardada en uno de sus cajones. En la parte de atrás escribía con quién había visto la película y lo que le había parecido. Había tres categorías. Buena, regular y mala. Nunca en su vida había tirado una postal o una carta. La mayoría de los tíquets de los bares estaban en una caja junto a viejas tarjetas de socio de clubes, billetes de tren y los recordatorios de la confirmación de sus compañeros de clase. Coleccionaba todo lo que pudiera relacionarse con una ocasión especial. Siempre había pensado que sería divertido tener todos esos recuerdos en el futuro. Pero ahora, cuando rozaba los cuarenta, empezaba a preguntarse cuándo llegaría, en realidad, ese momento. El momento en el que abriría la caja y vería recompensados sus esfuerzos por conservar el tiempo pasado. Hasta ahora la colección solo le había dado mala conciencia ya que las pocas veces que había perdido una entrada o un programa de teatro se había desanimado al pensar que su colección ya no sería completa. Que la cadena estaba rota y había perdido el control.


Apagó la lámpara de la mesilla e inmediatamente sintió miedo de la oscuridad.

Las cortinas no estaban corridas y durante un buen rato permaneció tumbado sopesando los pros y los contras de la cuestión, pero, finalmente, se decidió a correrlas. Encendió la luz de la mesilla de noche y se metió de nuevo en la cama.

Se preguntó cuánto tiempo hacía que no dormía fuera de casa. 1 lacia casi siete años que había estado en Goteborg en casa de Eva, y antes de eso debió de ser cuando aún salía con Susanne.

Recordó otra habitación de invitados en casa de su tía en Nässjö. Durmió allí cuando tenía siete años; las cinco noches posteriores al día en el que entró en su casa después de columpiarse en el jardín y encontró a su madre sentada en suelo de la cocina gritando que papá se había abrasado. Esa habitación tenía dos camas, pero la otra estaba vacía, ya que Eva durmió en la cama de su tía.

Nadie durante aquella semana le contó lo que había ocurrido; se devanaron los sesos para intentar encontrar juegos divertidos y excursiones para distraerle y alejarle de las preguntas.

Pero por las noches, cuando creían que estaba durmiendo, permanecía tumbado despierto y escuchaba a través de la pared la conversación en voz baja de los adultos. Comprendió que algo horrible había sucedido, pero al parecer solo tenía que ver con los mayores. Decidió ser más obediente que de costumbre ahora que todos estaban tristes. Pronto podría regresar de nuevo a casa.

Cuando la semana acabó su tío Stig los condujo a Eva y a él hasta Faktorigatan, en Huskvarna, y durante todo el trayecto intentó que los niños cantaran distintas canciones y participaran en amenos juegos de letras. Más tarde Peter comprendió el miedo que debía de tener su tío a que alguno de ellos hiciera preguntas. Eva permaneció sentada en silencio pero Peter cantó tan bien como pudo.

Estaba contento y alegre cuando corría hacia el piso.

Su madre estaba sentada en el sofá. Recordaba perfectamente lo mucho que se sorprendió al ver su cara hinchada y los ojos enrojecidos. Le pareció que estaba horrorosa y no deseó sentarse a su lado.

Entonces le preguntó dónde estaba su padre.

La reacción de su madre le asustó tanto que ese recuerdo quedó grabado en su memoria para siempre. Ella comenzó a respirar con dificultad, a llorar como una niña y a gritar.

– ¡Está muerto! ¡Está muerto! ¿No lo entiendes? ¡Nunca más volverá a casa! Nunca más podré verlo. Ya no tenéis padre.

Peter salió corriendo a su habitación y consiguió cerrar la puerta tras de sí. Los demás ya tenían suficiente trabajo con intentar calmar a su madre.


Durante varios meses su madre siguió poniendo la mesa para cuatro personas, y lavaba y planchaba, cuidadosamente, la ropa de su marido. Una y otra vez. Cuando Peter se hizo adulto comprendió lo muchísimo que ella debió de sufrir y se preguntó si, realmente, llegó a recuperarse.

Recordaba su infancia como si siempre hubiera sido mejor mantenerse tan apartado de ella como fuera posible, como si la fuerza de su madre nunca alcanzara cuando era más necesaria. Más tarde aprendió que lo mejor era no contar con ella para nada pues nunca se sabía con antelación cuándo se cansaría.

Sus ganas de vivir se habían quemado y apagado al mismo tiempo que el amor de su vida; cuando veintiséis años después ella murió nadie pudo determinar las causas de su muerte.

A medida que pasaba el tiempo ella comprendió que Eva y él nunca podrían llenar el vacío que su padre había dejado, sin embargo lo intentó hasta el día de su muerte.


13

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Se despertó porque sonaba el teléfono; al principio no pudo recordar dónde se encontraba. Las cortinas blancas dejaban pasar tanta luz que la habitación estaba completamente iluminada; no obstante, tardó algunos segundos en situarse. Se levantó y asomó la cabeza por la puerta para llamar a Lundberg, pero dudó sobre el nombre que debía utilizar. Finalmente fue un simple:

– ¡Hola!

Ninguna respuesta.

Se acercó al escritorio y descolgó el auricular. Antes de que pudiera decir nada oyó la voz de Lundberg:

– ¡Soy yo! Venga inmediatamente a la oficina. Esta noche han entrado a robar. Se lo contaré cuando llegue.

Antes de colgar Lundberg le explicó cómo conectar y desconectar la alarma.

Se vistió tan rápidamente como pudo, buscó apresuradamente el cepillo de dientes y se los lavó. Pidió un taxi y entró en la cocina. Había una nota de Lundberg sobre la mesa en la que le informaba de que había ido a la oficina y le invitaba a arrasar la nevera.

No tenía hambre. Sintió instintivamente la necesidad de salir de la casa.


Cuando entró la oficina estaba vacía. El reloj digital del vestíbulo marcaba las 8.13.12. La puerta del despacho de Lundberg estaba abierta y él estaba sentado en uno de los sillones de las visitas enfrente de su escritorio.

Peter miró a su alrededor. No había ninguna duda de que la habitación había recibido una visita inesperada. Las cortinas blancas frente a la pared de cristal estaban arrancadas y colgaban del techo como trapos. El suelo estaba lleno de papeles y de cosas sacadas de los cajones. Un traje rojo estaba extendido sobre la silla del escritorio; las mangas del traje estaban atadas con una cuerda a los reposabrazos.

Lundberg señaló la mesa. Peter se acercó y vio unas letras grabadas sobre la superficie de la mesa. Dio la vuelta a la mesa para ver lo que decía:


EL OJO – LA LENGUA DEL AMOR


Lundberg agitó la cabeza y cogió un papel del suelo. Lo estiró con la mano sobre la rodilla.

– Esto me está volviendo loco.

Parecía totalmente sincero.

En ese mismo instante sonó el teléfono. Lundberg miró a su alrededor y lo encontró en el alféizar de la ventana. Apretó la tecla de manos libres y contestó:

– Agencia de publicidad Lundberg. Lundberg al habla.

– Hola, me llamo Bodil Andersson, y soy la inspectora de policía del distrito de Norrmalm.

Un sonoro sueco-finlandés llenó la habitación.

– Hemos recibido del distrito de Nacka una denuncia por allanamiento de morada y amenazas y desearía hacerle algunas preguntas. Por lo que sé, está siendo acosado por un desconocido y me han dado el caso pues tengo experiencia en asuntos similares.

Lundberg cogió el auricular.

– Estaba a punto de hacer otra denuncia -dijo con su autoritaria voz de oficina-. Estoy en mi despacho; esta noche ha sido saqueado. ¡Le agradecería que viniera tan pronto como le fuera

posible para acabar con esto de una vez! Hasta ahora la policía no se ha matado precisamente trabajando.

Peter no podía oír lo que ella respondía pero supuso que pedía disculpas. Nunca le habían gustado los sueco-finlandeses. Después de haber escuchado de pequeño a los Mumintroll en el tocadiscos y contagiarse de su lenta melancolía se había convertido en un acto reflejo reaccionar con desgana cada vez que oía ese dialecto.

Lundberg finalizó la conversación con la dirección de la oficina y colgó el auricular.

– Llegarán dentro de media hora. Al parecer son especialistas en este tipo de asuntos.

Peter no sabía si estaba agradecido o preocupado por la información.

¿Qué sucedería con su acuerdo?

Como un globo que se deshincha, toda la confianza en sí mismo que había acumulado durante estos últimos días desapareció.

– ¿Quiere que me quede? -preguntó.

Lundberg pareció más bien sorprendido.

– Por supuesto -contestó-. Sigue siendo el único que la ha visto. Además, esta noche he dormido mucho mejor. Joder, uno sigue siendo un crío!

Peter se sintió algo más tranquilo.


Solo pasaron veinte minutos antes de que la inspectora Bodil Andersson entrara por la puerta. A esa hora Lotta ya había llegado pero Lundberg no le había mostrado su despacho devastado.

Andersson los miró a ambos y, después de unos segundos de duda, decidió quién de ellos era Olof Lundberg. Se acercó a él y le dio la mano.

– Bodil Andersson. Mi colega se retrasa un poco pero no tardará en llegar.

Miró a su alrededor y prosiguió:

– Esto no tiene muy buena pinta.

– Este es Peter Brolin -dijo Lundberg-. Me está ayudando a encontrar a la mujer para poner fin a todo esto. Él es el único que ha hablado con ella.

Hablar y hablar, pensó Peter.

Ella se le acercó y le tendió la mano para saludarlo. Él se pasó discretamente la mano derecha sobre la pernera. Ella cogió su mano y saludó pero luego no la soltó.

– Yo le conozco. ¿No nos han presentado?

Peter se sintió incómodo y aún más incómodo al notar que lo estaba. Deseó retirar la mano instintivamente pero se contuvo.

– No lo sé. Quizá -contestó él.

Ella lo escudriñó un rato más y luego soltó la mano.

– ¿Trabaja siempre como detective privado o es una afición temporal?

Sonaba sarcástica.

Él deseaba sobre todo desaparecer, que la tierra se lo tragara. No pudo pronunciar ni una sola palabra.

Lundberg lo rescató.

– Oiga -dijo con su voz de oficina más autoritaria-. No puede aparecer por aquí y comportarse con esa arrogancia, como si todo el cuerpo de policía se hubiera dejado el culo trabajando para ayudarme. ¡Debería estar agradecida de que Peter haya echado una mano y haya hecho su trabajo! Hace seis meses que les llamé por primera vez y desde entonces he puesto dos denuncias más. ¿Y qué ha pasado mientras tanto? ¡Ni una puta mierda! ¡Si la gente se corta los dedos de los pies quizá solo sea de su incumbencia, pero cuando los envuelven en asquerosos pequeños paquetes y los envían junto con desagradables cartas de amor, entran en mi casa y saquean mi oficina, entonces me parece que uno puede esperar que la policía reaccione!

Estaba rojo de ira.

Ella lo estudió en silencio.

No era una mujer fácil de asustar.

– Ahora estoy aquí, ¿no? -dijo tranquilamente con su parsimonioso acento.

Hizo un movimiento envolvente con la mano.

– ¿Cuándo descubrieron esto?

Lundberg aún estaba irritado pero intentó calmarse. Posiblemente intuyó que solo empeoraría las cosas siendo su enemigo.

– Llegué a la oficina a las ocho menos cuarto más o menos. Fui el primero. La mayoría tiene horario flexible y prefiere empezar más tarde. Lo único que he tocado ha sido el teléfono.

Respiró hondo para tranquilizarse aún más.

– También ha dejado una nota sobre la mesa.

Ella se acercó y la leyó.

– ¿Tiene alguna carta o algo por el estilo que pueda mirar?

– Al principio lo tiraba casi todo pero he guardado las dos últimas cartas. Las tiene Peter.

– ¿Y el dedo? Se mencionaba en la denuncia del distrito de Nacka. ¿Lo ha entregado como prueba?

– No, no lo he hecho.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Y por qué no?

– Porque ningún cabrón me lo ha pedido, y ya que tengo pruebas de sobra de su increíble eficacia, Peter se ha ocupado de ello. Lo ha enviado a un laboratorio de Goteborg para ser analizado. Hoy recibiremos los resultados, ¿no es cierto, Peter?

Estaba claro que Lundberg ahora utilizaba todo el autocontrol de que era capaz para no mandarla a tomar por culo.

– Sí, claro -contestó Peter. Se acercó a la ventana. Deseaba marcharse de allí tan pronto como fuera posible.

– Estaría bien si pudiéramos ver las cartas y lo todo demás lo más pronto posible -dijo ella y miró a su alrededor-. Parece ser que esta mujer se está volviendo más y más audaz. ¿Nos podemos sentar en algún sitio tranquilo para que me puedan contar todos los detalles?


Lundberg los dirigió a una sala de reuniones y pidió a Lotta que llevara café. Los únicos muebles de la habitación eran una gran mesa oval con sillas alrededor. Sonó el móvil de Bodil Andersson; cuando terminó de hablar sobre algo que ellos pensaron era otra investigación en curso ella les explicó que tendrían que pasar sin su colega. Se encontraba al otro lado del puente levadizo de Liljeholm.

Peter y Lundberg intentaron contar la historia con tanto detalle como les fue posible. Ella escuchaba interesada y cuando acabaron miró de nuevo a Peter y preguntó:

– ¿No trabajará para una empresa que se dedica a rejas para ventanas y cosas por el estilo?

Lundberg también lo miró. Primero ligeramente sorprendido pero luego con interés. Al parecer se dio cuenta entonces de que no conocía la auténtica ocupación de Peter.

– Sí -contestó Peter.

– Entonces ya sé dónde nos hemos visto. Usted hizo un trabajo hace medio año en la empresa de mi hermano en Upplands Väsby. Yo estuve allí y le ayudé con la alarma.

Era cierto, había hecho un trabajo en Upplands Väsby pero eso fue hace, más o menos, doscientos años.

– Sí, es cierto -respondió él.

Deseó que no le preguntaran más sobre su negocio.

– ¿Cuándo podré tener las cosas? -preguntó ella.

– Si el correo funciona como es debido, recibiré el dedo hoy; las cartas están en casa.

– ¿Nos podemos ver esta tarde? Me gustaría tener todo eso lo más rápidamente posible.

– Claro -dijo él.

– ¿Puede llevarlo esta tarde a las dos y media a la comisaría de Agnegatan 33?

Peter dudó. Resultó patente para todos los de la habitación que Peter no deseaba ir a la comisaría. Él mismo no sabía por qué.

Quizá el banco había dictado una orden de busca y captura. ¿Qué sabía él de los procedimientos que utilizaban?

– De acuerdo -dijo Bodil Andersson-. Nos podemos ver en Nybroplan. Junto a Tornbergsuret. A las dos y media.

Todos en la habitación fueron conscientes de que con eso había hecho una concesión, como una especie de disculpa por su comportamiento de hacía un rato. Lundberg parecía satisfecho. Peter, sobre todo, se sentía confuso.

– Bueno, ahora les dejo todo esto y espero que ocurra algo tan pronto como sea posible -dijo Lundberg.

– Haremos lo que podamos -prometió ella-. Les daré mis números de teléfono. Este es el número directo de mi oficina en la comisaría pero es más fácil localizarme en el móvil. Desearía llevarme el traje y la cuerda, si es posible.

– Sí, claro -asintió Lundberg-. Preferiría no tener que ocuparme de esto. Estaría bien si por una vez pudiera trabajar con un poco de tranquilidad. Puede utilizar a Peter como contacto. Últimamente tenemos un trato muy íntimo.

Sonrió a Peter, que se sonrojó.

Lundberg, con su evidente masculinidad, podía gastar ese tipo de bromas.

Peter no podía.


14

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Peter cogió el metro para ir a casa, a Åsögatan. En la alfombra del recibidor había otra carta del banco y un aviso de Correos según el cual un paquete grande le esperaba en la oficina de Folkungagatan.

Dejó a un lado la carta del banco.

Se sentía a disgusto en el piso y eso le molestaba. Su hogar había sido durante estos últimos tiempos su único refugio contra el mundo y no deseaba perder esa seguridad. Su casa había sido literalmente su fortaleza, y se enfadó al comprender que la diabla había conseguido privarle de ella; decidió que ella no se saldría con la suya.

Cogió una bolsa de plástico y guardó las cartas, los somníferos y algo más de ropa limpia. Deseaba abandonar el piso tan pronto como fuera posible.

Al salir se detuvo en la puerta y regresó para coger el bañador. Hacía días que no se duchaba y una sauna no le vendría mal.


Pasó por la oficina de Correos y recogió la carta de su hermana; a continuación fue a la piscina Forsgrénska. Primero nadó un rato pero se cansó y entró en la sauna.

Pensó en la inspectora Bodil Andersson. Aún tenía miedo de que su presencia influyera en el acuerdo entre Lundberg y él. Ahora, ante el peligro de perderlo, se daba cuenta de que su relación con Lundberg era enormemente importante para él. Ya no solo tenía que ver con el dinero.

Además, estaba nervioso por su reunión en Nybroplan. Lundberg no estaría, lo que significaba que se vería obligado a estar a solas con ella. Obligado a conversar; solo pensar en ello le producía palpitaciones.

El, en general, no era un buen conversador, y menos aún con las mujeres.

Nunca se le habían dado bien las chicas. Era como si hubiese nacido con un problema que hacía que todas las mujeres le hicieran perder el habla.


Después de la visita de Inger a la casa de su infancia en Faktorigatan, estuvo totalmente hechizado pensando en ella. Al final sus fantasías se hicieron más importantes que la propia Inger y dejó de mirarla en la escuela.

Cuando muchos años después se enteró de que se había prometido la noticia le dejó completamente indiferente. Por aquel entonces ella ya vivía en su corazón y sería su fiel compañera para siempre. Nadie les podía quitar su experiencia juntos o sus fantasías.

Mientras sus compañeros estaban totalmente ocupados en buscarse novias y practicar sus habilidades él se quedaba en casa, en su habitación, y soñaba. Cuando le llegó la hora de ir de caza estaba tan poco entrenado que no tuvo ni una oportunidad.

Algún sábado por la noche salía de copas. Sobre todo para huir de la soledad. A veces las mujeres intentaban hablar con él, pero después de un rato siempre tenían que ir a hacer alguna cosa y no volvían nunca más. No las culpaba. Sabía que esto se debía a que él era un aburrido que nunca encontraba nada que decir. Era tan obvio que al final hasta dejó de esforzarse. Entonces la diversión consistía en intentar adivinar cómo conseguirían ellas finalizar la conversación. La mayoría simplemente se iba al baño.

Otras recordaban de repente que tenían que hacer una llamada importante.

La imaginación de las mujeres era asombrosa cuando se trataba de evitar su compañía.

Estaba satisfecho de ser él mismo quien había elegido su soledad. Esto le convertía en invulnerable a otras personas. Ellas no le querían y él no las necesitaba. La soledad te hace fuerte. Se está mejor solo. Él mismo había elegido y no había tenido que esforzarse lo más mínimo para tomar esa decisión.

Eso fue después de Susanne.


Los primeros años en SL se relacionó con un grupo de jóvenes conductores de autobús. Formaron un equipo de bolos; solían jugar los jueves por la noche, era el día que la mayoría de ellos empezaba a trabajar temprano.

Siguiendo su costumbre se mantenía un poco apartado del grupo pero apreciaba sus reuniones de los jueves. Todos eran solteros y procedían de fuera de la ciudad, de modo que después de un tiempo también comenzaron a reunirse los fines de semana; salían de copas o a alguna discoteca. Él no era nada juerguista así que siempre se retiraba a casa antes que los demás. Solo.

Una noche le llevaron engañado a una fiesta en casa de uno de los muchachos. El piso estaba abarrotado de gente y lo que más hubiera deseado era dar media vuelta e irse. No tuvo tiempo. Una muchacha le puso un vaso de vino en la mano y le arrastró a la pista de baile. La música estaba alta y no necesitaba hablar; el grupo de amigos se ocupó de que su vaso de vino estuviera siempre lleno. Cuando el piso, unas horas más tarde, comenzó a vaciarse él estaba en la pista de baile mareado y aturdido con los brazos alrededor de la cintura de la chica.

Se había enamorado.

Fueron a casa de ella y se acostaron; a pesar de su escasa experiencia, por fin él comprendió de qué se trataba.

Por la mañana hicieron de nuevo el amor y él, cálido y feliz, tuvo que cerrar los ojos para no ruborizarse.

Siguieron viéndose. Iban al cine o a algún museo o daban largos paseos por Djurgården. Susana estudiaba historia del arte en la universidad y le llevó a exposiciones y vernissages que él ni siquiera sabía que existieran.

Se reían mucho y por primera vez en su vida habló de su padre, de su pena y de las mentiras a su madre. De ese modo ella poseía toda su alma, pero él se la entregó gustoso, completamente seguro de que nunca se separarían.

Al fin había comprendido. Así que era eso el secreto de la grandeza del amor. Era de eso de lo que trataban todas las incomprensibles películas que había visto. Sin angustia, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, poder mostrar quién es uno realmente. Sin el constante miedo de no dar la talla, poder descubrir las propias limitaciones, y a pesar de todos los fallos, no tener que sentirse preocupado de ser dejado de lado.

Siempre había visto ese período de su vida como claro, de color lila claro y entonces, por primera vez en su vida desde el Tiempo anterior, experimentó lo que se sentía cuando se era totalmente feliz.

Al cabo de seis meses y diez días ella llamó un día y dijo que no podrían verse el fin de semana siguiente. El curso de dibujo al que asistía había organizado un taller de fin de semana.

Él no cruzó la puerta en todo el fin de semana, se quedó en casa, en su piso, subiéndose por las paredes.

El domingo por la noche, cuando creyó que ella ya habría vuelto a casa, preparó una cesta con vino y queso y tomó el autobús hasta su piso en Rörstrandsgatan. No estaba en casa, de modo que se dispuso a esperarla fuera en el portal.

Llegó media hora más tarde. La vio venir a lo lejos desde St Eriksplan, mucho antes que ella lo viera a él. Reía y parecía feliz, estaba tan bella que sintió una punzada de dolor en el estómago.

Iba cogida de la mano de un dios griego rubio.

Estaban a solo una veintena de pasos del portal cuando ella lo vio. Se volvió hacia el dios, le susurró algo que Peter no pudo oír y luego le soltó la mano. La intimidad del susurro en el oído del hombre hizo que el suelo se abriera bajo sus pies. Su Susanne, la que poseía su alma, estaba susurrándole a un hombre extraño; la sensación de quedar excluido fue tan fuerte que se sorprendió de no ver levantarse un muro que los separara. Su intimidad era tan evidente que refulgía a su alrededor; no necesitaba escuchar ni una palabra para comprender que todo estaba perdido.

Pasaron horas, ¿o fueron segundos?

Finalmente ella se acercó a él.

Su mirada estaba clavada en el suelo, no le miró a los ojos ni una sola vez.

– No me ha sido nada fácil -dijo ella-. Sé que solo me tienes a mí.

Pasaron unas horas más. El abismo entre ellos crecía.

– Conocí a Krister hace unas semanas. Es modelo en mi clase de dibujo. No pude evitar enamorarme de él.

Su lengua estaba pegada al paladar. Nunca volvió a despegarse del todo. Sin decir una palabra le entregó la cesta con el vino, dio media vuelta y se fue.

De eso hacía dieciocho años y esa fue la última vez que la vio.

Después de eso nunca se atrevió a confiar en nadie.


Cuando salió a Medborgarplatsen el reloj de la fachada de la Forsgrénska marcaba las doce y diez. Decidió caminar hasta Nybroplan. Le dio tiempo a llegar a Österlånggatan antes de sentir hambre y entró en el primer restaurante que encontró. Se sentó a una mesa junto a la ventana.

Aún se sentía nervioso.

Después de pedir sacó el sobre acolchado marrón de su hermana. Para no perder el apetito dejó la cajita de seda dentro del sobre pero sacó la lista y los resultados de los análisis y comenzó a leer.

En la parte superior su hermana había escrito un saludo: que tuviera cuidado y que esperaba que los visitara pronto. Había un tono de ruego en sus palabras como si ella realmente deseara verlo. Tenían, ciertamente, muy poca relación, y si Eva no hubiese intentado mantenerla, seguramente ni se verían.

En realidad, no podía explicar por qué.

Comenzó a leer la lista. Le pidió al camarero un bolígrafo y marcó todas las instituciones cercanas a Estocolmo. Eran siete en total y correspondían a veinticuatro de los análisis. Cuatro análisis eran de Karolinska y siete del hospital Sur. El resto de las instituciones sanitarias representadas eran: cuatro de centros de salud de las afueras, tres de centros de maternidad y seis análisis del hospital psiquiátrico de Beckomberga.


Cuando acabó de comer regresó a Stora Nygatan, entró en Correos e hizo unas copias de la lista en la impresora. Las guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.


Llegó con tiempo de sobra al lugar de la reunión. El reloj de Tornberg marcaba las dos y veinte.

Ella llegó con cinco minutos de retraso. La vio venir por Nybrogatan; no hizo ningún ademán de apresurarse sino que se detuvo a mirar el escaparate de una tienda de antigüedades enfrente de la entrada del Dramaten.

Peter sostenía la bolsa de Konsum lista para entregársela y hacer así el encuentro tan corto como fuera posible.

– ¿Eso es todo? -preguntó ella y lanzó una mirada a la bolsa.

– Sí -contestó él-. Esto es todo lo que me ha dado Lundberg.

Ella lo estudió en silencio.

El no encontraba nada que decir pero a ella no parecía importarle el embarazoso silencio.

– Bueno, entonces eso es todo -dijo él al final-. Le llamaré si se me ocurre algo.

Ella esbozó una sonrisa oblicua como si no creyera que hubiera muchas probabilidades de que eso ocurriera.

– Y yo, ¿dónde puedo localizarle? -dijo ella al fin.

Peter no tenía el más mínimo deseo de darle su número de teléfono.

– Me puede localizar a través de Lundberg.

Comenzó a dirigirse hacia Karlavägen. Estaba contento de que hubiese acabado. Después de cruzar Strandvägen se dio la vuelta y vio que ella estaba parada y lo seguía con la mirada. Volvió rápidamente la cabeza y apresuró el paso.


Lundberg estaba sentado en la silla detrás de su escritorio.

– ¿Ha visto a nuestra querida inspectora? -preguntó cuando Peter entró por la puerta.

Peter asintió y se sentó en la silla de las visitas. Ahora estaba más tranquilo.

– Es tan manejable como una segadora trilladora -prosiguió Lundberg-. Imagine despertarse cada mañana a su lado.

Se recostó en la silla y colocó las manos detrás de la nuca.

– Pero seguro que todos acaban así en esa profesión. Me imagino que deben de ver un tipo de cosas que no ayudan nada a incrementar su amor por las personas.

– Seguro -asintió Peter educado.

La habitación estaba arreglada y los restos rasgados de las cortinas habían desaparecido. Tras la paredes de cristal tenía lugar una febril actividad. Se imaginó que los que trabajaban ahí fuera echarían de menos las cortinas del jefe.

– ¿Va a dormir en mi casa este fin de semana o tiene otros planes? -preguntó Lundberg.

Peter no había pensado que era viernes.

– No, no tengo planes -dijo él.

No deseaba perder a Lundberg de vista antes de saber con qué efectividad se encargaría del asunto la inspectora Andersson. Además, no se atrevía a dormir en su piso.

– Lotta tiene otra llave en recepción, la puede coger. ¿Se acuerda del código de la alarma?

Peter rebuscó en su chaqueta y sacó un papel arrugado.

– Bien -dijo Lundberg-. Compraré algo de comida de camino a casa. ¿Le apetece algo especial?

Pensó que Lundberg apreciaría que tuviera alguna proposición o de que alguna manera mostrara sus preferencias. Lundberg se mostraba más accesible que él y la pelota estaba en el tejado de Peter.

– ¿Por qué no marisco? -respondió.


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La cena fue extraordinaria. Hasta Peter con sus escasos conocimientos de gastrónomo pudo darse cuenta de que Lundberg sabía lo que hacía cuando se ponía a cocinar. Le había preparado unos cangrejos de mar con una salsa que sabía a gloria y para acompañar habían bebido una botella de vino blanco de Alsacia. Peter leyó en la etiqueta que el vino era de 1979 y se sorprendió de que tuviera la misma edad que su recuerdo de Susanne.

Se sentía un poco mareado pero la embriaguez era agradable y le llenó de una tranquilidad poco habitual.

No habían hablado mucho durante la cena. Peter había disfrutado de la comida y no se había sentido en absoluto incómodo durante los largos momentos de silencio que hubo.

Lundberg se inclinó sobre el plato y comenzó a juguetear con el caparazón vacío de un cangrejo. Sin levantar la mirada preguntó:

– ¿Por qué no quería ir a la comisaría?

Peter aún seguía tranquilo. Aquí se sentía seguro. La puerta que Lundberg había abierto al confiar en él le había proporcionado una tímida sensación de confianza.

– Si le soy sincero no lo sé -respondió-. Ahora mismo tengo un asunto pendiente con el S-E-Banken. Creo que eso fue lo que me asustó.

– ¡Por lo menos es una tranquilidad saber que no le buscan por asesinato! Me intranquilizó un poco. Usted no es precisamente de esos que hablan constantemente de sus intimidades.

Lundberg le sonrió.

– ¿Hay algo que deba saber? -continuó, y miró a Peter-. Quiero decir, ¿no estaré protegiendo de la justicia a un estafador?

Aún sonreía, pero Peter vio que deseaba saber cómo estaban las cosas.

El propio Peter se sorprendió de su reacción. Sin escatimar ni un detalle comenzó a hablarle de su negocio, de las deudas y de las irregularidades de Bengtsson con el IVA. Incluso habló de sus problemas de ansiedad, aunque sin especificar su gravedad.

En mitad de su relato notó de repente cómo le caían las lágrimas por las mejillas y rápidamente ocultó el rostro entre sus manos. Cuando acabó de hablar estaba completamente agotado. Su cuerpo apenas podía mantenerse erguido en la silla, pero después de compartir sus problemas sintió el ánimo mucho más ligero.

Lundberg lo observaba. Peter quizá había esperado encontrar desprecio en su mirada pero, en cambio, vio una especie de cariñosa simpatía. Peter intentó adelantársele.

– Comprenderé perfectamente que a partir de ahora prefiera que la policía se encargue del trabajo -dijo-. Quiero decir, ahora que conoce al fracasado con el que ha tropezado.

No había hablado ni con autocompasión ni para pedir ayuda, simplemente había ocupado el lugar que solía escoger: el más bajo, el que permitía que fuera más fácil pisarle.

Lundberg lo miró un buen rato. Peter bajó la vista al suelo. Comenzaba a faltarle la confianza que Lundberg le había hecho sentir. Estaba sentado al borde de un abismo mientras Lundberg tenía ambos pies seguros sobre el suelo.

Las vacaciones se habían terminado.

– Una vez tuve un amigo -comenzó Lundberg-. Se llamaba Janne Ousbäck. Estábamos muy unidos. Nos hicimos amigos el primer día de clase y continuamos siéndolo durante toda la adolescencia, con todo lo que eso significa. Lo sabíamos todo el uno del otro.

Hizo una pausa y rió ligeramente como si acabara de recordar algo divertido.

– En fin. Después del bachillerato nos separamos durante un par de años pues yo me fui a estudiar a Uppsala y él se quedó aquí en la ciudad. Cuando regresé, abrí mi propia empresa que fue cada vez mejor; debo reconocer que entonces la amistad no era lo más importante de mi vida. Janne me llamó un par de veces, manteníamos largas charlas por teléfono y siempre me pedía que nos viéramos. Yo nunca tenía tiempo. O mejor dicho: nunca me lo tomé. Tenía ocupaciones más lucrativas en las que emplear mi tiempo, o personas más importantes con las que estar y ser visto en el bar Opera.

Lundberg cruzó los brazos sobre el pecho.

– Medio año más tarde me llamó su padre y me dijo que lo habían encontrado en el desván. Estuvo colgado ahí arriba una semana antes de que encontraran su nota de suicidio traspapelada en una pila de periódicos. Resultó que tenía graves problemas económicos y al final no aguantó más.

Lundberg bebió un trago de vino.

– Me quedé completamente conmocionado. Fue la primera vez en mi vida que comprendí que todos nos moriremos algún día. Que el tiempo es algo que puede acabarse. Cogí todos los beneficios de ese año y pagué sus deudas; desde entonces he intentado ocuparme más de mis amigos. Uno no puede esperar siempre a la siguiente vez pues quizá nunca llegue. Siempre se puede ganar más dinero.

Permaneció un rato en silencio.

– Pero claro -continuó con su autocrítica-, es fácil decirlo cuando uno ya ha ganado más de lo que puede gastar.

Lundberg se había puesto de pie mientras hablaba; ahora estaba junto al armario chino y se sirvió un whisky. Peter cabeceó para indicar que a él no le apetecía.

– No sé qué tienes, Peter Brolin. Quizá me recuerdes a Janne. Quizá solo sea que eres un soplo de aire fresco en mi demasiado homogéneo grupo de amigos. Tienes una autenticidad a la que uno no está acostumbrado en el círculo en que me muevo. No te dejas impresionar, siempre eres tú mismo. No creo que haya conocido a una persona más íntegra que tú. Me doy cuenta de que con lo que me has contado esta noche has hecho lo que hace el perro que descubre su cuello a su contendiente en señal de sometimiento.

Permanecieron en silencio unos segundos. Lundberg dio un largo trago a su whisky y prosiguió:

– No te voy a dejar escapar tan fácilmente. No voy a dejar que abandones. Quiero que prosigas con tu trabajo como habíamos acordado y, joder, no pienso aceptar tu fracaso. Tienes que mostrarme a mí, a ti mismo y sobre todo a esa prepotente policía que no te rindes, que puedes resolver esto. Tienes mi apoyo al cien por cien. Pero hasta que no nos demuestres a todos lo que vales no pienso ayudarte en tus problemas económicos. Tú mismo tienes que luchar para arreglarlos. No deseo echar a perder nuestra amistad porque tengas que pasar el resto de tu vida estándome agradecido; nunca sabría si estás conmigo porque lo deseas o por agradecimiento. ¡Eres más listo de lo que crees, Peter Brolin! Ya lo has demostrado. Lo único que ocurre es que hasta ahora nadie más lo ha visto. Tú menos que nadie.

Peter había dejado de llorar. Estaba sentado completamente quieto y miraba a Lundberg que tomó de un trago las últimas gotas del whisky.

En la habitación reinaba un completo silencio.

La puerta en el interior de Peter estaba abierta de par en par y todo su cuerpo miró sorprendido hacia la fuerte luz que brillaba en su interior. Cada pequeña parte de él era consciente de que algo fantástico había ocurrido.

Había conseguido un amigo de verdad.


16

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El fin de semana transcurrió sin ninguna muestra de la existencia de la diabla. Peter había matado el tiempo mirando algunos libros de las estanterías de su habitación y Olof había trabajado un poco. Sus papeles estaban extendidos sobre la mesa del comedor; se había instalado ahí en lugar de trabajar en su habitación.

El sábado por la noche fueron a comprar unas pizzas al centro comercial de Ektorp y vieron una entretenida película en la televisión. Ninguno de ellos dijo nada especial, pero parecía como si ambos apreciaran la compañía del otro.

El domingo dieron un largo paseo por Saltsjö-Duvnäs y por Nackareservatet; no regresaron a casa antes del anochecer.

Ninguno de ellos comentó la conversación del viernes por la noche. Se lo habían contado todo y eso había fortalecido los lazos entre ellos. No necesitaban darle más vueltas al asunto. Peter estaba tranquilo, convencido de que ya no necesitaba luchar para ganarse el respeto de Lundberg. Lo tenía a buen recaudo en su interior y ahora solo necesitaba demostrarse a sí mismo que era digno de él.


Cuando Olof se fue a la oficina el lunes por la mañana Peter se quedó en casa. Había decidido hacer una llamada.

La casa se quedó desagradablemente en silencio cuando Olof se marchó y aun cuando estaba a plena luz del día se sintió incómodo. Encendió la radio para romper el silencio.

Buscó las páginas amarillas, marcó el número del hospital psiquiátrico Beckomberga y pidió hablar con alguien del laboratorio. Había extendido las copias de la lista de Eva sobre la mesa del comedor La nueva seguridad en sí mismo le había dado el valor necesario para hacer un intento alocado.

– Soy el profesor Per Wilander y llamo del Instituto de Enfermedades Infecciosas. Necesito su ayuda para un caso urgente. Nos han pedido que colaboremos con la policía en la investigación de un crimen. La cuestión es que la Sapo a través de unos contactos confidenciales ha conseguido unos análisis de sangre que con toda probabilidad pertenecen a uno de sus pacientes de Beckomberga. Hemos encontrado en la sangre una bacteria extraña y muy peligrosa llamada clomodin Ch2, pero no sabemos a quién pertenecen estos análisis; sin embargo, es de la máxima importancia que encontremos a esa persona y a las que hayan podido estar en contacto con ella. Nuestra única pista es que la sangre proviene de una mujer, probablemente de unos cuarenta años, y que le hicieron unos análisis en marzo del noventa y seis. Pude ser que también haya estado internada aquí hace poco más de un mes, pero no estamos seguros.

Peter, durante el fin de semana, había pensado en la razón por la que la diabla había cortado temporalmente su contacto con Lundberg, como ella misma había comentado en una de sus cartas. Prosiguió:

– El contagio significa peligro de muerte y ni siquiera es seguro que la paciente esté aún con vida pero si contra todo pronóstico vive, es de la máxima urgencia que nos pueda informar de sus actividades para evitar más muertes.

La mujer al otro lado de la línea parecía asustada y desconcertada.

– Puedo mirar en nuestros historiales pero, como sabe, son confidenciales. Primero necesitaré la autorización de la dirección del hospital.

– Por supuesto -respondió Peter-. Pero es muy urgente. La probabilidad de que las personas que hayan estado en contacto con los análisis de sangre en el hospital estén contagiadas es muy alta debido a que el contagio se produce por el aire. Si yo fuera usted, actuaría con rapidez. Yo mismo me contagié al trabajar con los análisis y he empezado a medicarme pero todavía no estoy bien, y menos aún libre de contagio. Le ruego que evite dilaciones.

– ¿Cómo dijo que se llamaba y dónde puedo localizarle? -preguntó ella.

– Si encuentra alguna paciente que haya entregado análisis de sangre durante ese período de tiempo puede telefonear directamente a la inspectora Bodil Andersson de la policía de Norrmalm.

Le dio el número de teléfono.

– Yo mismo padezco constantes dolores a causa de la enfermedad y ya no podré formar parte de la investigación. Pronto seré operado. Por cierto, el grupo sanguíneo de la mujer es O positivo. Eso les ayudará en su búsqueda. No es un grupo sanguíneo corriente, de modo que probablemente podrá eliminar a una serie de pacientes. Si fueran tan amables de enviar un fax con el nombre a la policía les estaría inmensamente agradecido. El número de fax es seis, seis, tres, doce, diecinueve, a mi nombre, profesor Per Wilander. Así podríamos ahorrarnos unos segundos de vital importancia. Gracias por su ayuda y no olvide que puede salvar unas vidas si se apresura. ¿Su nombre era Solveig Gran?

Peter colgó el teléfono.


Una hora y media después llamó Olof.

– Hola. Nuestra amiga de la policía ha llamado ahora mismo, te está buscando. Parecía enfadada.

– Vaya -respondió Peter tranquilamente-. Eso no es normal. La llamaré y le diré que podemos vernos en tu oficina dentro de una hora. ¿Vale?

– Sí, claro. Coge un taxi y pide una factura. La deduciré como asunto laboral.


Peter se bajó del taxi frente a la floristería Löwstedt. Ahí estaba el mismo empleado de la última vez. Miró preocupado a Peter cuando este cruzó la puerta.

– ¿No encontró la galería? -preguntó nervioso-. He estado al tanto por si veía a la mujer pero no la he visto, de ser así le hubiese llamado. ¡Se lo prometo!

– Encontré la galería -dijo Peter-. Gracias por su ayuda.

Se inclinó confidencialmente sobre el mostrador y dijo en voz baja.

– Me he visto obligado a dar su número de fax para un asunto secreto. ¿No habrá recibido por casualidad un fax durante esta última hora?

El hombre fue corriendo a la oficina como una rata asustada. Diez segundos después reapareció con un papel en la mano.

– Profesor Per Wilander -susurró-. No he leído ni una palabra.

– Bien -dijo Peter. Dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo interior-. No le diga nada a nadie. Esta es mi tapadera secreta.


Peter abandonó la tienda; no esperó a doblar la esquina para sacar el papel y leer. Ahí estaba el nombre de seis mujeres cuidadosamente escritos a mano con el número personal y la dirección completa. Se dio la vuelta y regresó a la floristería.

– Me gustaría enviar un ramo de rosas amarillas a Solveig Gran del laboratorio del hospital Beckomberga.

Cogió una tarjeta en blanco y escribió: «Gracias por su ayuda. Su aportación es mayor de lo que imagina. Saludos, profesor Per Wilander».

Pagó el ramo y con eso su cartera quedó vacía.


La inspectora Bodil Andersson ya estaba en el vestíbulo de Lundberg & Co. cuando Peter entró por la puerta. Comprendió inmediatamente que Olof la había hecho esperar para irritarla. Tan pronto como Lotta vio a Peter informó que Olof Lundberg ya podía recibirlos y se giró hacia Andersson para pedirle disculpas por la espera.

Apenas habían cerrado la puerta tras ellos cuando Bodil se volvió hacia Peter.

– ¿Cómo se atreve a utilizar mi nombre en sus métodos seudo-criminales de investigación? -explotó ella-. ¿Cree que soy tonta del culo? ¿Qué coño piensa que ocurriría si mi nombre se relacionara con llamadas telefónicas falsas en las que se engaña a la gente para que entreguen información confidencial de buena fe? Le podría encarcelar para que no saliera de la comisaría de policía que al parecer le asusta tanto visitar. La única razón de que no lo haga es que espero que esto nunca salga a la luz y, por lo tanto, yo y mi inmaculado curriculum ganamos manteniendo la boca cerrada, ¡pero que le quede claro que como vuelva a ocurrir esto le enchirono!

Olof les miró a ella y a Peter y de nuevo a ambos. Peter estaba absolutamente tranquilo. Ahora no podía destruirlo. Él había logrado algo que ella no hubiera podido conseguir; sabía que ella lo sabía y disfrutaba por ello.

– De lo único que me alegro es de que no encontrara ningún nombre que coincidiera -prosiguió Bodil Andersson con la misma voz de enfado.

Peter la miró.

– Es extraño -anunció él y sacó el papel del bolsillo interior-. Yo recibí el nombre de seis posibles candidatas.

Ella permaneció completamente quieta durante algunos segundos y lo miró con algo que parecía odio. A continuación dio un paso hacia él y le arrancó el papel de la mano. Lo leyó ansiosamente y su rostro adquirió un tono aún más rojo.

Peter miró a Olof. Este le devolvió la mirada, sonrió y le guiñó un ojo.

La habitación quedó en silencio. Se podría oír caer una bacteria al suelo. Peter estaba completamente tranquilo.

– Me llevaré esta lista para ver qué puedo sacar de ella -dijo ella y dio media vuelta hacia la puerta.

– Si no le importa me gustaría sacar antes una fotocopia. Olof, ¿tenéis una fotocopiadora por aquí?

Olof Lundberg sonrió con todo el rostro y le quitó al pasar el papel de la mano a Bodil Andersson.

– Enseguida jefe -dijo él-. A sus órdenes.


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La inspectora Bodil Andersson había salido de la oficina hecha una furia y Peter se había encerrado en la sala de reuniones para continuar la investigación con renovadas fuerzas.

Disfrutaba enormemente del valor que había comenzado a crecer en su interior y casi podía sentir cómo se ramificaba para llegar a cada rincón de su cuerpo.

Ya casi había olvidado que su nueva pista era solo una conjetura.

Poder ver la expresión del rostro de Bodil Andersson ya había valido la pena.

Olof entró y cerró la puerta.

– Acaban de telefonear de la clínica Sophiahemmet. No tengo sífilis.

– Vaya. Enhorabuena -dijo Peter y le sonrió.

– Eso, por lo menos, debería significar que no he estado con ella, si es cierto que tiene la enfermedad desde hace tiempo. Te aseguro que eso me tranquiliza. Al parecer, a pesar de todo tuve suficiente lucidez durante aquel tiempo.

Peter continuó leyendo su lista.

– He hecho unas llamadas y he averiguado algunas cosas. Margareta Lundgren está muerta, de modo que podemos tacharla -informó.

Olof resopló.

– ¿Estás seguro de que eso es una garantía?

Peter levantó la mirada y se dio cuenta de que bromeaba.

– Lena Ljunggren se trasladó a Malmö hace ocho meses. Así que nos quedan cuatro nombres. Todas parecen vivir en la dirección indicada.

– Buen trabajo -dijo Olof-. ¿Qué te había dicho?

Le guiñó un ojo, Peter se sonrojó por el cumplido e intentó ocultarlo cogiendo el teléfono. Marcó un número de la lista.

– ¿Karin Södergren?

– Sí -respondió una voz indecisa.

– Llamo del departamento de suscripciones del Dagens Nyheters. Solo deseaba comprobar que ha recibido el periódico de hoy.

Olof arqueó las cejas, movió la cabeza sonriendo y salió de la habitación.

– ¿Qué? -respondió la mujer al otro lado de la línea.

No estaba seguro de si reconocía la voz.

– ¿Ha recibido el periódico hoy? ¿Qué parte le gustó más?

Deseaba que ella hablara más.

– No estoy suscrita a ningún periódico y quienquiera que sea no se meta en esto. ¡Hay gente que me protege y si no tiene cuidado puedo enviar a alguien para que le haga una cara nueva!

– Bueno, entonces no la molesto más -dijo Peter y colgó.

Era imposible determinar si era la voz de la diabla pero lo que había dicho la colocaba sin duda como la primera en la lista de sospechosas.

Se abstuvo de realizar más llamadas de momento.

Se levantó y se dirigió al despacho de Olof para contarle su conversación. Llamó a la puerta y entró. Lundberg levantó la mano como para detenerlo y él reaccionó inmediatamente como un perro apaleado, retrocedió encogido para salir de la habitación.

Lundberg tenía el auricular pegado al oído. Arqueó las cejas irritado y agitó la cabeza para que Peter comprendiera que lo había malinterpretado. Le indicó con la mano que entrara y cerrara la puerta. Señaló el auricular.

Peter comprendió que tenía a la diabla en la línea.

Reaccionó de inmediato. Abrió la puerta y la cerró tan silenciosamente como le permitieron las prisas. Corrió hacia el teléfono del mostrador de recepción y marcó el 90 000.

Había visto alguna que otra película policíaca en la televisión.

– El número marcado no existe. El nuevo número es el 112.

Cortó la comunicación apretando en el botón y, mientras marcaba el nuevo número, se preguntó cuántos moribundos debían de haber conseguido marcar el 90 000 con sus últimas fuerzas y luego habían muerto oyendo esa información.

– Policía, dígame.

– Necesito ayuda para localizar una llamada. ¡Es urgente!

– ¿Con quién hablo?

– Me llamo Per Wilan…

Lundberg salió por la puerta de su despacho.

Peter dudó un segundo y a continuación colgó el teléfono.

Entraron en el despacho y dieron un portazo. Lundberg asintió.

– Era ella.

Estaba visiblemente afectado y hablaba en voz baja.

– Susurraba, de modo que tuve que esforzarme para oír lo que decía.

Peter esperaba impaciente a que continuara.

– Dijo que pronto tendría la oportunidad de enviar a mi chico de los recados de nuevo a la floristería Löwstedt para encargar una corona de flores para la cerda de mi cuñada. Luego insinuó entrever algo sobre que yo había matado a mi esposa y que sabía cómo lo había hecho. Pensaba utilizar a mi cuñada para ver si funcionaba.

Lundberg agitó la cabeza acongojado.

Peter sintió llegar el terror de nuevo solapadamente. No importaba lo que hiciera, ella siempre llevaba la delantera. Era como perseguir hojas secas en una tormenta de otoño. No importaba cuánto se esforzara, nunca conseguía alcanzarla. Cuando por fin creía que había conseguido acercarse todo se agitaba de nuevo al viento.

– Tengo que hablar con Kerstin -dijo Lundberg y comenzó a hojear su agenda.

Encontró el número y alargó la mano para descolgar el teléfono.

– Peter, ¿podrías llamar a Bodil Andersson? Quiero que intervengan mi teléfono.

Lundberg apagó el botón del altavoz y comenzó a marcar el número. Después de dos señales alguien cogió el auricular.

– Kerstin Tillberg.

– Hola, soy Olof. ¿Cómo estás?

– Hola. ¡Qué raro! Justamente estaba pensando en llamarte y contarte que ayer me encontré con una conocida tuya. Pillín. ¿Por qué no me habías dicho nada?

– ¿Decirte qué?

– Que por fin has encontrado una mujer. Pero estás perdonado, es realmente encantadora. Por cierto, le dije que tenéis pendiente una invitación para venir a cenar a casa, pero me alegro de que ahora ya lo sepas.

Lundberg cerró los ojos.

Peter regresó a la sala de conferencias. Buscó el número de Andersson y respiró hondo.

– Inspectora Bodil Andersson.

Su confianza en sí mismo había comenzado a decrecer. Solo estaba provisionalmente anclada y algo había hecho que una de las sujeciones se soltara.

– Soy Peter Brolin. El ayudante de Olof Lundberg.

El auricular permaneció en silencio.

– Ha recibido una llamada amenazadora aquí, en su oficina, y desearía que de ahora en adelante su teléfono estuviera intervenido.

– Vaya, ¿es eso?

– Sí, si ella volviera a llamar quizá podrían localizar la llamada. Yo intenté llamar a la policía pero no me dio tiempo.

Comprendió que ella resoplaba.

– ¿Qué clase de amenaza? -preguntó ella.

– Ha amenazado con matar a su cuñada e insinuó que Lundberg había asesinado a su esposa -dijo Peter.

– Puedo comprender que se sienta preocupado por lo primero, pero espero que lo otro no le preocupe demasiado. En ese caso, sería una reacción interesante.

A él no se le ocurrió nada que decir antes de que ella prosiguiera:

– Sé por experiencia que estas amenazas rara vez se llevan a cabo. Es solo una manera de hacerse respetar y captar la atención de la víctima, pero dé por hecho que protegeremos a la cuñada de Lundberg y sobre todo la pondremos sobre aviso. Me imagino que ya habrán hecho eso…

– Olof está hablando con ella en este momento. ¿Puede ella contar con algún tipo de protección policial? -preguntó.

Ella resopló esta vez con más claridad.

– Desgraciadamente aquella época en la que se podía ofrecer protección a diestro y siniestro se ha acabado. Pero en las novelas policíacas que al parecer son las que le proporcionan sus primitivas formas de investigación quizá aún existan. Además, tampoco disponemos de los suficientes aparatos para intervenir todos los teléfonos y tenemos muchas más investigaciones que están antes que la suya.

Hizo una pausa como si esperara su reacción. Él no se dejó engañar.

– Le puedo asegurar que Lundberg no es la única persona aterrorizada por otro ser humano. Solo aquí sobre mi mesa tengo una docena de casos parecidos. Y además, en el caso de Lundberg todavía nadie ha sido herido.

Peter sintió su corazón latir desbocado en el pecho. Reprimió la tentación de colgar el teléfono y de esa manera dejar bien claro para ambos que ella era superior a él. Que ni siquiera era lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a ella por teléfono.

Tragó saliva y se decidió.

– ¿Por qué le caigo tan mal? ¿Qué he hecho para merecer que me trate así?

El auricular permaneció en silencio. Luego ella respondió:

– No me gusta la gente que cree que puede hacer nuestro trabajo tan bien como nosotros. Ineptos que se creen algo. Es así de simple.

Se preguntó cómo le contaría esta conversación a Lundberg sin que al mismo tiempo le diera un ataque al corazón. Sintió un fuerte deseo de intentar mejorar su relación con Bodil Andersson, ya que veía cada vez más claro que ella por puro orgullo dejaría que la diabla se escapara antes de dejar que él la encontrara. Podía dejar que ella creyera que lo había derrotado con tal de que él sintiera que controlaba la situación.

Su cerebro comenzó a trabajar a toda máquina. No formaba parte de sus conocimientos cómo aplacar a una mujer, pero sabía cómo funcionaba con los hombres.

– Lamento si de alguna manera he parecido irrespetuoso con sus conocimientos y su experiencia. Me doy realmente cuenta de lo mucho que podría enseñarme. Ahora, después de todo, comprendo que fue una tontería dar su nombre en mi conversación con Beckomberga, pero simplemente no lo pensé y le pido disculpas.

Había cruzado automáticamente los dedos de la mano derecha bajo la mesa. No había hecho eso desde que le mintió a su madre, pero los reflejos al parecer seguían ahí.

Se hizo un silencio sepulcral.

– He estado revisando su lista -dijo ella finalmente-. Comprobaré los datos tan pronto como pueda.

Peter se abstuvo de contarle que dos de los seis nombres ya estaban comprobados; decidió mencionarlo en otra ocasión.

Ella continuó:

– Le puede decir a Lundberg que se compre un identificador de llamadas. No cuesta mucho y así tendrá un control total sobre quien le llama. Por lo demás, ya llamaré si encuentro algo interesante.

Peter oyó que sonaba un teléfono cerca de ella.

– Me llaman por el otro teléfono. Supongo que nos volveremos a ver -dijo ella y colgó.

Peter no sabía si realmente había podido controlarla o si, a pesar de sus esfuerzos ella le había vencido.

Colgó el teléfono y decidió que de ahora en adelante tendría el menor contacto posible con ella. Cada vez que la había visto o había hablado con ella tardaba unas cuantas horas en dejar de sentirse desanimado.

Se dirigió al despacho de Lundberg que justo entonces terminaba la conversación con su cuñada. Se puso de pie, irritado, fue hacia la pared de cristal y miró fijamente a sus empleados.

– ¡Ahora la policía tiene que hacer que suceda algo! Ahora también se está metiendo con mis conocidos. ¡Al principio Kerstin no me creyó! La tía se le había acercado en la biblioteca de Sveavägen y se había presentado como Marie Larsson. ¡Aseguró que había reconocido a Kerstin por uno de mis álbumes de fotos y le contó que teníamos una relación secreta desde hacía un año! Kerstin, por supuesto, se sorprendió muchísimo pero estaba contenta de que yo, por fin, me hubiera atrevido a tener de nuevo una relación. ¡Me voy a volver loco! ¡Dentro de poco también acosará a mis clientes!

– ¿Le hablaste sobre la amenaza?

Lundberg se giró hacia él.

– Me prometió que tendría cuidado. Kerstin no es miedosa, pero me prometió que llamaría directamente a la policía si ocurría la más mínima cosa. ¿Qué dijo Andersson?

Peter tragó.

– Dijo que ahora mismo no tenían ningún aparato disponible para intervenir la línea, pero que de momento, podías comprarte un identificador de llamadas. Por lo demás, comenzaría, tan pronto como tuviera tiempo, a analizar los nombres de la lista de Beckomberga.

Lundberg agitó la cabeza.

– Sería una pena que se agotaran trabajando -dijo irónicamente y suspiró-. Está perfectamente claro que tú debes ocuparte personalmente de esto, Peter. Para empezar te agradecería que compraras uno de esos aparatos. Mejor dos. También quiero uno para casa. ¿Necesitas dinero?

Peter estuvo contento de que lo preguntara. Él mismo había pensado sacar el tema en cuanto pudiera.

– Sí, no estaría mal. La cartera empieza a estar algo vacía -contestó.

Lundberg escribió en silencio un cheque y luego se lo tendió.

Peter lo guardó en su cartera sin mirar la suma. Lundberg respiró hondo.

– Creo que hoy me iré pronto a casa. Me siento cansado. Es lunes, de modo que Katerina seguramente ahora estará ahí limpiando pero suele acabar alrededor de las dos. ¿Quieres ir ahora o lo harás más tarde?

Peter tenía otros planes.

– Me parece que daré una vuelta para ver a Karin Södergren de camino a casa.

Lundberg arqueó las cejas interrogante.

– Es uno de los nombres de la lista -explicó-. Hablé con ella por teléfono hace un rato y después sentí algo de curiosidad. Vive en Bergsgatan 35.

– Ten cuidado -dijo Lundberg-. No hagas nada precipitado. Llama a nuestra amiga la policía si resulta ser ella. Toma, coge mi móvil.

Peter cogió el teléfono y Lundberg le dio los datos necesarios.

– No le queda mucha batería de modo que tenlo apagado hasta que lo necesites. El pin es cero, cinco, cero, tres. Si utilizas las letras es Olof. No hay que complicar las cosas demasiado. Ahora no seas excesivamente valiente, podrías acabar mal.

– Me lo tomaré con calma. ¡No soy tan chulo como muchos creen!

Olof sonrió.

Peter se dio cuenta de que había bromeado. Eso no sucedía desde hacía mucho tiempo.


18

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Tan pronto como salió a Karlavägen sacó la cartera y miró el cheque. Era de 10.000 coronas. Lo volvió a guardar inmediatamente y miró instintivamente a su alrededor como si tuviera miedo de que se lo robaran.

Hacía mucho tiempo que no tenía tanto dinero.

Entró en un banco a unas cuantas manzanas de allí, cobró el cheque y metió la mitad de la suma en su cuenta. Le costó cincuenta coronas cobrar el cheque ya que no era su banco pero pensó que se podía permitir esa extravagancia.

Para no acostumbrarse demasiado pronto a vivir por encima de sus posibilidades, prefirió tomar el metro en lugar de un taxi. ¿Quién sabía durante cuánto tiempo tendría que vivir con ese dinero?

Se apeó en Fridhemsplan; entró primero en la tienda de Telia y compró dos identificadores de llamadas. A continuación se dirigió hacia Bergsgatan. Cuando se acercaba al portal número 35 se dio cuenta de que se encontraba justo al lado de la Comisaría Central. Aunque se suponía que eso debía tranquilizarlo la imaginación se apoderó de él y vio fotografías suyas ampliadas colgadas de la pared, «Peter Brolin – Buscado por fraude de IVA.» Se subió el cuello del abrigo todo lo que pudo e intentó ocultar el resto del rostro con la bufanda.

Karin Södergren vivía en el segundo piso. La puerta de entrada estaba cerrada. Dudó unos minutos.

En el quinto piso vivían unos tal E. y K. Lundell y Peter pulsó el botón.

– ¿Sí?

Fue una mujer quien respondió.

– Perdone que la moleste, soy Karlsson, del primero. El portero automático no funciona y no llevo encima la llave de la puerta. ¿Podría abrirla?

Sonó un zumbido y la puerta se abrió. Peter entró en el portal. Se abrió una puerta algunos pisos más arriba y oyó la voz de una mujer.

– ¿Ha podido entrar?

– ¡Sí! ¡Gracias!

La puerta se cerró de nuevo y todo quedó en silencio.

Peter comenzó a subir por la escalera tan sigilosamente como pudo. Se sentía como un ladrón y solo le ayudó un poco pensar que no lo hacía por él. Cuando llegó al segundo piso reconoció que eso no era del todo cierto pero se sentía animado y dejó a un lado el sentimiento de culpabilidad.

En el rellano había tres puertas. La de Karin Södergren era la del medio. Ninguna de las puertas tenía mirilla, lo que le dio el suficiente valor como para pegar la oreja a la puerta de Södergren.

En el piso reinaba un completo silencio.

Tuvo una idea. Sacó el móvil y la lista del bolsillo interior y marcó el número de teléfono de Karin Södergren. Sonó cinco veces antes de que oyera su voz adormilada:

– Dígame.

Colgó inmediatamente el teléfono y lo guardó junto a la lista en el bolsillo interior. Bajó las escaleras tan silenciosamente como pudo y salió a la calle. Quitó un poco de cinta adhesiva del paquete de uno de los identificadores de llamadas y cubrió con cuidado el nombre de Södergren sin apretar el botón del portero automático.

Miró a su alrededor y cruzó la calle. Al otro lado había un camión aparcado y a través de la ventanilla del conductor podía ver perfectamente el portal número 35 sin que él fuera demasiado visible. Cogió el teléfono y marcó de nuevo el número de Karin Södergren. Esta vez ella respondió inmediatamente.

– ¿Quién es?

Parecía enfadada.

– Llamo del Dagens Nyheter de nuevo. Siento haberla molestado antes, pero el error se debe a que alguien ha cambiado su nombre en el portero automático de la calle. Solo quería decírselo para que ninguno de sus protectores se pierda. Acaba de pasar uno por aquí abajo que parecía algo despistado.

Un minuto después se abría la puerta y solo necesitó un segundo para ver que no era ella. La mujer no medía mas de un metro treinta y parecía tener más de sesenta años, comprendió que eso era imposible, ya que tenía su número personal en el bolsillo. Se preguntó qué tipo de desgracia le habría ocurrido a esta mujer para envejecer tan rápidamente. Pensó en su madre y por primera vez desde que había empezado a ayudar a Lundberg se avergonzó de su método de investigación. Su madre había dejado de vivir cuando tenía treinta y tres años, luego solo continuó envejeciendo hasta morir.

Ahora Karin Södergren había arrancado la cinta adhesiva y miraba enfurecida a su alrededor.

– ¡Cabrones de mierda! -exclamó de forma que resonó entre los edificios.

Peter se escondió detrás del camión. Cuando volvió a mirar la mujer había desaparecido dentro del portal; se prometió no volver a molestarla nunca más.

Tomó un taxi a casa. Sacó la lista y tachó concienzudamente el nombre de Karin Södergren.

Aún quedaban tres nombres.

Por la noche cenaron frente al televisor. Olof parecía cansado y no habló mucho. Peter le contó que podían tachar a Karin Södergren de la lista pero evitó decir cómo había llevado a cabo la investigación. Olof seguramente podía creer que había sido inteligente, pero Peter no se sentía particularmente orgulloso de haber engañado a una mujer enferma. La próxima vez sería más cuidadoso.

Después de Aktuellt, Olof se levantó y dijo que se iba a la cama. Tenía que hojear unos cuantos libros para la reunión del día siguiente.

Se dirigió al cuarto de baño.

– Puedes dejar la luz del vestíbulo encendida -dijo-. Estoy mejor cuando la casa no está toda a oscuras.

Se detuvo y suspiró como si él mismo oyese lo que había dicho. Agitó agotado la cabeza y desapareció.

Peter permaneció un rato sentado viendo el partido de clasificatorio para el mundial entre Suecia y Escocia. No le interesaba particularmente, pero los comentarios del locutor siempre le habían producido un efecto sedante. Había algo cotidiano y seguro en ese sonido. Era como si de repente cuando retransmitían algún deporte la televisión creara una afinidad total. Como si todos los espectadores de pronto se comunicaran a través de los cables que unían los millones de pantallas de televisión que en ese preciso instante estaban encendidas por todo el país. Solitarios, jóvenes, viejos, cojos y lisiados que por una vez se reunían gracias a un interés y una esperanza común. Como una gran familia.


No aguantó permanecer despierto el tiempo suficiente para ver cómo acababa el partido. Se despertó cuando oyó que Olof salía del cuarto de baño; entonces él entró y se metió en la ducha.

Diez minutos después estaba tumbado en la cama y sentía cómo las pastillas Imovane desparramaban la dosis liberadora por todo su tenso cuerpo.

Se sentía tranquilo y seguro.


A solo 600 metros de distancia se detuvo un tren en la estación de Slatsjö-Duvnäs. Una mujer bajó al andén. Dos vagones más allá se abrió la puerta del tren y el revisor sacó la mano y la agitó para indicar al conductor que estaban listos para partir. Al minuto siguiente estaba sola.


No se encontró con nadie. Después de cinco minutos de paseo llegó al jardín de Lundberg. Evitó el pequeño camino que conducía a la casa y decidió pasar por el jardín. No quedaba mucha nieve en el suelo y pudo andar con facilidad por donde no había nieve. La tierra aún estaba dura y tuvo cuidado de no dejar huellas.

El vestíbulo estaba iluminado; también había luz detrás de las cortinas corridas de una de las ventanas de delante. El resto de la casa estaba a oscuras.

Esperó.

No tenía prisa.

Después de un rato dio una vuelta a la casa. También la parte trasera estaba a oscuras, menos en una habitación donde brillaba tenuemente una luz por debajo del borde de la cortina.

Aún le dolía un poco el pie, pero lo había sentido menos estos últimos días. Hacía mucho tiempo que había aprendido a soportar el dolor, pero el deseo de compartirlo se había vuelto más y más fuerte y ahora la inundaba de tal manera que estaba a punto de explotar.

Pronto.

Pronto sería su turno.

Siguió deslizándose alrededor de la casa. Era un tigre acorralando a su presa y pronto, pronto lo tendría de rodillas pidiendo compasión y perdón, lo tendría totalmente en su poder y dejaría que él experimentase todo el dolor que ella había padecido.

Pagaría por cada minuto.

Apenas podía contenerse.

Avanzó a hurtadillas hasta la ventana encendida. Si se ponía de puntillas podría mirar entre el marco de la ventana y el borde de la cortina.

Ahí estaba, tumbado.

Dormía con la boca abierta y un pequeño hilo de saliva le corría por la mejilla. Lo observó con asco.

Sintió todo el odio que llevaba dentro. Él estaba ahí, tumbado, completamente indefenso, y tuvo que contenerse para no romper la ventana y atraparlo inmediatamente.

Pero no tendría tanta suerte.

Primero tenía que sufrir. Luego lo destruiría.

Él se giró en sueños y el rostro desapareció de su vista. Continuó observando su espalda que siguiendo el ritmo de su respiración subía y bajaba a intervalos regulares.

Pronto, pensó ella. Pronto serás mío. Pronto será mi turno.

Después de un rato se alejó de la ventana y comenzó a ejecutar la labor que había venido a realizar.


19

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Peter se despertó temprano. Por una vez permaneció tumbado en la cama un rato y pensó. La radio despertador marcaba las 6.52. Puso la P1 y permaneció tumbado escuchando las noticias de las siete.

Comenzó a planificar el día. Había tres direcciones que debían ser comprobadas antes de que su descabellada intentona resultase inútil.

Se metió en el cuarto de baño a las siete y media, se afeitó y después regresó a su habitación y se vistió. Fuera aún era de noche. Su radio despertador marcaba las 7.49. Debería haber más claridad. Se dirigió a la cocina para comprobar la hora en el microondas por si el despertador se había estropeado.

En el vestíbulo recordó que acababa de escuchar las noticias de las siete; evidentemente algo iba mal.

Toda la casa estaba negra como el carbón menos el vestíbulo donde aún brillaba la lámpara encendida.

Se acercó a la ventana panorámica y juntando las manos formó como un embudo alrededor de los ojos. Fuera no se veía ninguna luz. Estaba oscuro como boca de lobo. Fuera no había ni un punto de luz.

El corazón comenzó a latir desbocado. ¿Estaría aún soñando?

Salió al recibidor, marcó el código para desconectar la alarma y abrió la puerta de la calle.

La luz de fuera le golpeó como una lámpara solar y lo cegó por completo.

Primero no comprendió nada. Se dio media vuelta y miró dentro de la casa, oscura como la tinta. Aún descalzo dio un par de pasos hacia la escalera.

No pudo creer lo que veían sus ojos.

Todas las ventanas de la casa estaban cubiertas de pintura. Alguien había pintado concienzudamente todas las ventanas del edificio de negro y así había impedido que los rayos de luz penetraran a través del cristal.

Miró rápidamente a su alrededor. El jardín estaba vacío. Junto a la puerta de la calle había un sobre rosa metido entre la pared y el marco de la puerta. Tiró de él, volvió a entrar y cerró inmediatamente la puerta. De camino a la habitación de Olof encendió todos los interruptores que vio.

Llamó a la puerta cerrada.

Casi inmediatamente oyó la voz de Olof:

– Sí, ¿qué pasa?

Peter abrió y entró.

– Ha ocurrido algo. Tienes que venir a verlo.

Olof se levantó rápidamente y se puso el albornoz que colgaba de una percha junto a la puerta.

– ¿Qué hora es? -preguntó al salir al pasillo.

– Casi las ocho -contestó Peter-. Alguien ha pintado todas las ventanas de negro. Esa es la razón de que esté tan oscuro.

– ¡Qué cojones! -exclamó Olof consternado.

Acababa de despertarse y no parecía comprender del todo lo que Peter decía.

– Esta carta estaba ahí fuera.

Peter le alargó el sobre rosa.

Olof aún miraba a su alrededor desconcertado. Finalmente entró en el salón y se sentó en el sofá, Peter encendió la lámpara de pie que tenía detrás. Había un par de gafas para leer de Lundberg sobre la mesa y se las puso. Peter leyó la carta por encima de su hombro.


BUSCA EL AMOR – Y NUNCA LO ENCONTRARAS.

HUYE DEL AMOR – Y TE PERSEGUIRÁ


Las palabras estaban seguidas de las iniciales EG.

Peter corrió a su habitación y cogió la lista de Solveig Gran del laboratorio de Beckomberga. Recordaba algo. La miró apresuradamente y luego regresó junto a Olof en el salón.

– ¡Creo que la tenemos! Elisabet Gustavsson. Falugatan 11. ¡Está en la lista!

Le mostró el papel a Olof.

– ¡Voy ahora mismo para allá!

Peter, que al final había conseguido despertarse, estaba exultante. Su apuesta había resultado.

– Espera -replicó Olof-. Voy contigo. Quizá sea una trampa.

– ¿Por qué iba a serlo? Ella no tiene ni idea de que tenemos esta lista. Quizá simplemente sea como dice la policía. Se siente cada vez más atrevida y comienza a desear que tú la encuentres. Le debe de parecer completamente inofensivo revelar sus iniciales. ¿Cuántas EG crees que hay en Estocolmo? Seguramente más de cien mil.

– ¡Joder! Tengo una reunión esta mañana. No puedo aplazarla.

Olof parecía pensar.

– Me tienes que prometer que no te pondrás en contacto ni te acercarás a ella. Solo observa si es ella y luego vamos ahí juntos -dijo.

Peter dudó pero finalmente se sintió obligado a preguntar.

– Quizá deberíamos llamar a Bodil Andersson.

– ¡Bah! -repuso Olof-. ¡No podrá encontrar sitio en su agenda antes de julio! No, nosotros mismos nos encargaremos de esto. Pero no intentes hacerte el héroe sin mí.

Peter sonrió.

Olof salió a la escalera y observó el destrozo.

– Puta de mierda -fue su único comentario.

También la fachada alrededor de las ventanas estaba manchada de pintura negra; estaba claro que habría que pintar de nuevo toda la casa.

– Llamaré a Bodil Andersson y denunciaré esto cuando le hayamos echado una ojeada a Elisabet Gustavsson.

Lundberg ya había tomado su decisión.


20

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Una hora y media después Peter se apeaba de un taxi en St Eriksgatan justo al comienzo de Falugatan. Había casas a ambos lados pero ningún portal abovedado. No había ningún escondite natural donde ocultarse.

Se acercó al portal número 11. Los nombres no figuraban junto a la puerta, solo había un portero automático sin telefonillo. De la pared, dentro del portal, colgaba un tabla de fieltro azul con apellidos y pudo ver que Elisabet Gustavsson vivía en el tercer piso.

Miró a su alrededor. Al otro lado de la calle había un estanco. Sacó la cartera y buscó su viejo carnet del SL. Luego cruzó la calle.

El hombre detrás del mostrador era extranjero, le preguntó qué deseaba.

– Necesito que me ayude un momento -dijo Peter-. Soy policía del distrito de Norrmalm. Inspector Per Wilander.

Agitó su carnet ante el hombre y después lo guardó de nuevo en el bolsillo.

El hombre no parecía especialmente preocupado sino sorprendido y curioso.

– Estoy vigilando a una persona que con toda seguridad se esconde en un piso de ese edificio. Necesitaría estar aquí un rato y controlar quién entra y sale.

– De acuerdo. Puede ser divertido tener un poco de compañía.

El hombre pasó una silla por encima del mostrador, la colocó junto a la ventana y le invitó a sentarse.

– ¿Es secreto o puede contarme algo más sin necesidad de tener que matarme después? -dijo el hombre y sonrió.

– Es mejor que sepa lo menos posible -respondió Peter e intentó parecer tan importante como pudo.

– Vale -dijo el hombre-. Me llamo Ahmed. ¿Quiere un poco de café?

– Sí, gracias, me vendrá bien -sonrió Peter.

Un cliente entró en la tienda y compró cigarrillos, cuando el hombre se fue Ahmed desapareció en un cuchitril tras el mostrador al fondo de la pequeña tienda.

Peter oyó que preparaba el café. Un par de minutos después regresó y le alargó una taza de café con la bandera sueca llena hasta el borde.

– Habla muy bien el sueco -dijo Peter.

– Bueno, llevo aquí veintidós años así que a estas alturas puedo pillarlo casi todo, y lo que no capto lo aprendo en casa con mis hijos de quince años.

Peter miró hacia la calle vacía. Pasaba algún que otro coche pero todo estaba tranquilo. Un par de palomas picoteaban sobre el asfalto algo más allá. Probó el café. Estaba tan fuerte que los ojos se le llenaron de lágrimas y solo con un gran esfuerzo pudo ocultar una mueca.


Solo habían pasado diez minutos cuando apareció ella caminando por St Eriksgatan. Automáticamente abandonó su papel de policía y se acurrucó asustado detrás del expositor de revistas que estaba colocado junto al escaparate. Dejó la taza de café sin beber sobre una estantería y apartó un poco el Hänt i Veckan y el Se och Hör para tener mejor visibilidad. Se dirigía con paso decidido hacia el portal número 11; no había ninguna duda de que era ella.

– ¿Es ella? -preguntó Ahmed que no había podido evitar notar su reacción.

No contestó. No fue por ser desagradable, sino porque simplemente no podía. Esa mujer ejercía una influencia sobre él que contradecía todas las leyes de la naturaleza y aun a través del escaparate y con una calle y un expositor de revistas entre ellos no podía controlar el miedo que sentía.

Ella llegó al portal y comenzó a marcar el código de entrada. Abrió la puerta pero cuando iba a entrar se detuvo y como un rayo se dio media vuelta y miró fijamente hacia el estanco. Él estuvo a punto de caerse de espaldas. Fue como si ella misma le hubiese empujado. Cuando volvió a mirar hacia fuera ella estaba cruzando la calle y se dirigía directamente hacia su escondite. Fue presa del pánico. Comenzó a arrastrarse hacia el lugar donde Ahmed había hecho el café y en el mismo instante en que pasaba por debajo del mostrador oyó cómo se abría la puerta. Se encogió rápidamente en el suelo entre el mostrador y los pies de Ahmed.

Ahmed bajó la vista hacia él sorprendido. Peter puso el índice sobre sus labios y rogó en silencio a Dios y a Alá que no lo delatase.

– ¿Qué desea? -preguntó Ahmed.

Peter creyó que pasaba mucho tiempo antes de que ella respondiese.

– No lo tengo muy claro -dijo la diabla.

No había ninguna duda que era ella. Su voz le hizo sentirse mal.

– ¿Tiene algo especial que ofrecerme? -prosiguió ella-. Me apetece algo distinto. Quizá tiene por ahí algo que pueda gustarme.

Ahmed no contestó; ahora Peter estaba seguro de que la diabla sabía que él estaba tumbado detrás del mostrador y no pudo pensar en algo peor que encontrársela de nuevo yaciendo a sus pies.

Ahmed no bajó la vista hacia él sino que dijo:

– No sé qué podría ser. ¿Qué suele gustarle a usted?

Permanecieron de nuevo en silencio, Peter sentía pasar los minutos. Oía cómo ella se movía por la tienda.

– Bueno -dudó ella-. Me gustan los hombrecitos de gominola. Siempre te sorprende lo mucho que duran. Una mastica y mastica, chupa y chupa y sin embargo, nunca se cansa de ellos. ¿Tiene de esos?

– No, lo siento -respondió Ahmed-. Pero tengo ratitas allí en la estantería. Las bolsas amarillas.

Peter oyó cómo ella caminó por el piso y cómo crujió al coger una de las bolsas. No estaba seguro de haber respirado desde que ella entró. Los latidos de su corazón debían de oírse en toda la tienda, retumbaban en su cabeza. Ahora no podía respirar, se oiría demasiado. Tenía que poder contener la respiración un poco más.

– Bueno -oyó la voz de ella-. Hombres o ratas son casi lo mismo. ¿Cuánto es?

– Ocho cincuenta.

La caja torácica estaba a punto de estallar. No podía contenerse más. Tenía que tomar aire. Comenzaron a aparecer unos puntos frente a sus ojos pero el miedo a ser descubierto le hizo aguantar el dolor un poco más.

Se oyó un ruido de monedas sobre el mostrador.

– Hasta luego -dijo ella.

Oyó sus pasos por el piso y cómo se abría la puerta.

Luego los puntos crecieron hasta formar una alfombra compacta y todo se oscureció.


21

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Cuando se despertó aún yacía en el suelo detrás del mostrador. Ahmed estaba agachado sobre él y lo abanicaba con un Aftonbladet. A intervalos regulares le golpeaba con fuerza en la mejilla.

– ¡Hola! ¿Me oye?

La voz de Ahmed se acercaba más y más; finalmente Peter abrió los ojos.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Ahmed-. Casi me mata del susto. ¿Qué cree que hubiera pasado si hubiera tenido que llamar a la policía para que encontraran a uno de sus colegas muerto tras mi mostrador? ¡Uno no se puede tomar esas libertades siendo inmigrante!

Peter se sentó aturdido. Aún le dolían los pulmones.

– ¿Me ha visto ella? -preguntó.

– No, no lo creo -respondió Ahmed-. ¿Qué le ha pasado, se ha desmayado?

– He debido dormirme -dijo Peter-. Últimamente he trabajado mucho.

Se puso de pie y comenzó a sacudirse el polvo de los pantalones.

– Gracias por su ayuda. Ha sido realmente amable.

Se dirigió hacia la puerta y Ahmed le miró y agitó la cabeza. Se levantó el cuello del abrigo tanto como pudo y encogió la cabeza entre los hombros, abrió la puerta y salió de la tienda.

Sin ni siquiera mirar hacia la casa número 11 bajó trotando hacia St Eriksgatan. Desde el bordillo de la acera Peter llamó con la mano a un taxi que venía del norte y pidió que le condujera hasta Karlavägen 56.


Olof aún no había regresado de su reunión, pero Lotta le invitó a esperarlo en su despacho. Sin embargo él prefirió que le dejase entrar en la sala de reuniones teniendo en cuenta que Lundberg no tenía cortinas.

Tan pronto como Lotta salió y cerró la puerta cogió el teléfono y marcó el número de la comisaría de Bodil Andersson. Nadie respondió, así que lo intentó con el número del móvil.

– Inspectora Andersson.

El sueco finlandés de ella le produjo un escalofrío en su estado ofuscado.

– Soy Peter Brolin. El ayudante…

– Sé quien es. ¡Continúe!

Le hacía sentirse como un escolar reprendido. Tía de mierda.

– La he encontrado. Tengo su dirección.

Permanecieron en silencio unos segundos.

– ¿Y cómo lo ha hecho? ¿También esta vez ha cometido un allanamiento o algún otro acto criminal?

Sintió que enrojecía.

– No, en absoluto. He estudiado detenidamente la lista que le di. No fue especialmente difícil.

Esta vez el silencio duró aún más tiempo.

Empate a uno.

– ¿Y cuál de ellas es?

– Elisabet Gustavsson, Falugatan 11.

Oyó cómo ella hojeaba unos papeles.

– Nacida el cincuenta y cinco, cero seis, cero ocho. ¿Está seguro de que es ella?

– Sí. Completamente -respondió él con seguridad.

– Vale. Quiero que espere. Mañana por la mañana me pondré en contacto con ella. Hoy estoy hasta arriba con otros casos más apremiantes.

No podía creer lo que oía.

– Olvidé decirle que ella estuvo anoche en casa de Lundberg y que pintó de negro todas las ventanas. ¡Ha destrozado toda la casa! ¿Eso no es suficientemente grave? ¡Quién sabe lo que puede hacer esta noche! ¡Y creo que Olof apreciaría si se pusieran en marcha hoy mismo!

Ella permaneció de nuevo en silencio. No sabía si estaban dos a uno a favor de él o si ella estaba recargando su arma.

Cuando ella habló de nuevo su voz había cambiado.

– Ya se lo he dicho antes y se lo vuelvo a repetir. No se meta en mi manera de trabajar. Conozco mi trabajo y por experiencia sé que esta mujer no pone en peligro la vida de Lundberg. Tengo un montón de auténticas amenazas de muerte aquí sobre mi escritorio y se lo digo por última vez: me encargaré de ella mañana por la mañana. Si usted o Lundberg se acercan a Vasastan antes que yo me ocuparé personalmente de que respondan de ello ante la justicia. ¿Ha quedado claro? Bien.

Cuando Peter intentó responder ella ya había colgado el teléfono.


Diez minutos después regresó Olof de su reunión. Peter acababa de estabilizar su pulso después de su conversación con Andersson y le contó rápidamente la feliz noticia sobre Elisabet Gustavsson.

– Entonces llamemos a Bodil Andersson. Joder, lo que he esperado este momento. Eres un fenómeno Peter -dijo Olof y se frotó las palmas de las manos. Se dirigió hacia el teléfono.

Peter dudó. No deseaba interrumpir la alegría de Olof.

– Yo ya la he llamado…

– Y…

Olof ya no sonreía.

– Dijo que esperaría hasta mañana por la mañana -informó Peter y bajó avergonzado la vista como si fuera culpa suya.

– ¡Y una mierda!

Lundberg se enfureció en un segundo.

– No han hecho ni una mierda y cuando les sirves el resultado en una bandeja de plata ni siquiera tienen tiempo de hacer algo. Aficionados de mierda. ¿Cuál es su número de teléfono?

Peter se armó de valor. Tenía miedo de que Lundberg dejara caer su furia sobre él.

– Lo siento, pero no creo que sirva de nada. Se enfadó bastante cuando le pedí que se ocuparan inmediatamente.

Lundberg agitó la cabeza como si él tampoco creyera lo que escuchaba.

– Muy bien -dijo-. Si es eso lo que quieren nosotros mismos tendremos que concluir esta investigación. Hasta ahora nos ha ido bien sin ellos. ¿Dónde vive?

El cerebro de Peter se dividió en dos. Sabía que Lundberg se volvería loco si le contaba que Andersson le había prohibido categóricamente ir allí, pero entonces quedaría claro que ella, una vez más, había conseguido someterle. Por otra parte debería informar a Olof de que podría haber represalias si hacían caso omiso de su prohibición.

Lundberg ya había comenzado a dirigirse hacia la puerta y Peter dejó con desagrado que este último pensamiento quedara impronunciado.


Le pidieron al taxista que parara delante del número 11. Lundberg pagó mientras Peter se apeaba. Intentó hacerse tan invisible como fuera posible, pero evidentemente no lo consiguió pues Ahmed sacó la cabeza por el estanco y gritó:

– ¡Hola de nuevo! ¿Está mejor?

– Sí, gracias -contestó y le volvió la espalda para indicar que la conversación había finalizado.

Lundberg les miró dubitativo a él y a Ahmed, pero Peter se mantuvo indiferente.

Se encaminó hacia el portal y blasfemó al descubrir que se necesitaba un código para entrar. Por pura irritación tiró de la puerta.

Estaba abierta.

Peter recordó que esto ya le había sucedido y oyó sonar una señal de alarma.

Lundberg no lo dudó un segundo y empezó a subir los escalones de dos en dos con decisión. Peter se mantuvo un par de pasos detrás. Solo pensar que pronto la encontraría hizo que el corazón comenzara a latir apresuradamente.

Lundberg llamó a la puerta.

No pasó nada.

Esperó un rato y volvió a llamar con una señal larga e insistente pero la puerta permaneció cerrada. Al final sujetó el picaporte. Peter intentó detenerlo pero era demasiado tarde. La puerta estaba ahora abierta de par en par.

– Olof, vámonos -dijo él-. Andersson fue muy clara cuando dijo que ella misma quería encargarse de esto.

Lundberg sonrió y entró en el recibidor.

– ¡Hola! -gritó.

Ninguna respuesta.

Peter se acercó a la puerta pero se detuvo antes de entrar. Lundberg dio un paso y entró en el piso.

El recibidor era pequeño y estaba lleno de zapatos y abrigos. En el suelo estaba el bolso de la diabla y eso fue suficiente para Peter. Ahora se sentía mal de verdad.

– ¿Hay alguien ahí? -gritó Lundberg.

Ninguna respuesta.

– Ven, Olof, vámonos. Podemos esperarla abajo en la calle. No estoy seguro de que esto sea legal del todo. Ven.

Lundberg se dio la vuelta y lo miró sorprendido.

– ¿Y desde cuándo eso es tan importante para ti? -dijo con una sonrisa torcida y se adentró en el piso. Con esto desapareció de la vista de Peter.

– Además, ella tampoco ha predicado con el ejemplo -prosiguió Lundberg.

Era desagradable estar en el rellano de la escalera, pero parecía aún peor meterse en el piso. Sentía una gran necesidad de estar informado de posibles ruidos en la escalera.

– Por lo menos está claro que nos encontramos en el sitio correcto -oyó gritar a Lundberg desde el interior del piso-. ¡Ven a ver!

Dudó.

Finalmente cruzó el vano de la puerta y después de reprimir el instinto de quitarse los zapatos entró en el piso.

Éste se componía de una habitación y una cocina, Lundberg estaba apoyado sobre la mesa del dormitorio-cuarto de estar. Cuando Peter entró sostenía un montón de sobres rosa con la mano izquierda y con la derecha señalaba a una fotografía que estaba prendida con alfileres sobre la cama hecha. Peter dedujo que la fotografía debía de tener por lo menos diez años y representaba a Lundberg con el torso desnudo y sonriendo sobre un soleado muelle.

– Debió de cogerla cuando entró en casa. Es de una conferencia que tuvimos en la agencia hace unos años.

Peter miró a su alrededor.

Aparte de la bolsa de plástico tirada en el suelo en la habitación reinaba una pulcritud aséptica. Las paredes estaban pintadas de blanco y no había cuadros; todos los artículos y muebles de la habitación le recordaban a un hospital o centro de salud. Si no se tenía en cuenta la fotografía de Lundberg, en la habitación no había ni un solo objeto personal. Hasta las cortinas parecían sacadas de una sala de espera.

Peter se acercó a la bolsa de plástico y levantó una de sus esquinas.

– Aquí tenemos la prueba del acto de anoche -dijo.

Lundberg se acercó y observó los cuatro aerosoles de pintura.

– ¡Vaya sitio! -dijo él-. ¿Qué diablos puede ver en mí? ¡Si fuese más joven y estuviese menos cansado me parecería un insulto!

Entraron en la cocina. Ahí reinaba el mismo obsesivo orden que en el cuarto de estar. Ni siquiera había una gota de agua en el fregadero.

De repente se oyeron voces en la escalera.

Lundberg se quedó de piedra pero Peter fue presa del pánico.

En un acto de instinto de supervivencia corrió al recibidor y abrió lo que supuso era el cuarto de baño. Entró y cerró la puerta.

Le envolvía la oscuridad. Un ventilador zumbaba en algún lugar detrás de él y ahogaba todos los ruidos del apartamento. Comenzó a buscar a tientas el interruptor de la luz. No lo pudo encontrar en ese lado de la puerta y siguió a tientas en la oscuridad. Pudo distinguir el lavabo y dio un paso atrás. Algo pesado y suave rebotó contra él y retrocedió ante su peso. Se dio media vuelta. Era una especie de tela áspera; la recorrió con la mano y notó que algo suave y blando colgaba al final, su cerebro instintivamente le ordenó soltarla.

En aquel mismo instante comprendió de qué se trataba.

Una mano.

Alguien golpeaba la puerta; por fin encontró el interruptor y encendió la luz.

A diez centímetros del rostro de Peter la diabla colgaba de una cuerda atada a un gancho del techo.

Se lanzó sobre la puerta e intentó abrir el cerrojo, pero las manos no querían obedecerle. En un instante su visión se transformó en un túnel y el zumbido en la cabeza fue ensordecedor. Oyó que gritaba. Golpeó la puerta con los puños; en ese mismo instante esta se abrió y cayó de bruces en el recibidor a los pies de Lundberg.

– ¡Joder! -oyó exclamar a Lundberg.

Al segundo siguiente estaba en cuclillas a su lado y le pedía que tratara de respirar con calma. Aún conservaba en la mano el cuchillo con el que había abierto el cerrojo del cuarto de baño.

– Tenemos que llamar a la policía -prosiguió.

La respiración de Peter estaba ahora totalmente descontrolada y comenzaba a sentir punzadas en las manos y en los pies. Le temblaba todo el cuerpo pero intentó agitar la cabeza.

– No podemos -consiguió articular.

Intentó respirar hondo.

– Andersson fue muy firme cuando dijo que no podíamos venir aquí. Quizá me olvidé decírtelo.

Lundberg se puso de pie y estaba claro que intentaba pensar.

– Tenemos que irnos de aquí -dijo finalmente.

Se guardó el cuchillo de cocina en el bolsillo de la chaqueta e intentó ayudar a incorporarse a Peter. Lundberg lo cogió por los hombros y entreabrió cuidadosamente la puerta; se aseguró de que no hubiera moros en la costa. Más que caminar Peter se arrastraba al bajar la escalera. En el portal Lundberg lo apoyó contra la pared y sacó su móvil.

– ¡Joder! Me he quedado sin batería.

Peter señaló hacia el estanco y Lundberg, con cierto esfuerzo, consiguió abrir la puerta y cruzar llevando a Peter cogido por los hombros.

Ahmed les abrió la puerta y Lundberg sentó a Peter en la silla que aún estaba junto al escaparate.

– ¿Tiene teléfono? -preguntó.

Ahmed señaló hacia el tabuco tras el mostrador.

Lundberg desapareció y pudieron oírle llamar a un taxi.

Ahmed miró a Peter que apenas podía mantenerse erguido en la silla.

– Hoy no es su día, ¿verdad? -dijo-. Quizá le pueda invitar a una galleta de chocolate.


22

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Después apenas recordaría el viaje a casa o cómo habían entrado en ella. Lundberg prácticamente lo cargó hasta la cama y a continuación buscó un Sobril que había guardado después de su crisis tras la muerte de Ingrid.

Peter se lo tragó obedientemente y se durmió casi al instante.


Durmió como un tronco toda la noche y al despertarse tenía un terrible dolor de cabeza. Eran las seis menos diez. Debía de haber dormido casi dieciséis horas.

El dolor de cabeza era tan intenso que prefirió permanecer tumbado en la cama. Recordó los hechos del día anterior y la agitación hizo que su pulso se acelerase.

Cada latido de su corazón explotaba en su cabeza. Necesitaba vomitar.

Se levantó trabajosamente y consiguió llegar al cuarto de baño. No salió nada de su estómago vacío y se inclinó sobre el lavabo para beber unos tragos de agua directamente del grifo.

Le dio un escalofrío al sentir la forma del lavabo bajo sus manos. El recuerdo era tan intenso en la yema de los dedos como en el cerebro. Ella llevaba puesto el abrigo marrón. El cabello negro estaba algo enmarañado y una mecha de cabello rubio se había deslizado sobre su mejilla. Los gafas de sol habían resbalado y colgaban de una oreja, y sus ojos completamente abiertos le habían mirado acusadamente. Sabía que el recuerdo no desaparecería en toda su vida.

Al salir del cuarto de baño se encontró a Lundberg.

– ¿Cómo te encuentras? -preguntó.

– Me duele mucho la cabeza. ¿Tienes una aspirina?

Lundberg lo bordeó y sacó dos aspirinas del armario del cuarto de baño.

– ¿No deberías comer algo antes? -preguntó-. Hace demasiado que no has probado bocado.

– Sí, quizá -dijo Peter-. Me siento tan mal…

– Acuéstate que yo te llevaré un sándwich.

Lundberg desapareció en dirección a la cocina. Un poco después regresó con un vaso de leche y una rebanada de pan con queso. Peter se había vuelto a meter en la cama y estaba tumbado, concentrado en mantener el malestar bajo control. Comió en silencio y después se tomó dos aspirinas.

Enseguida remitió algo el malestar.

Lundberg se había sentado en la silla del escritorio y jugaba distraído con el cable enrollado del teléfono. Al cabo de un rato descolgó el auricular y dejó que colgara del aire hasta que el cable se desenredó. Volvió a colgar.

Ninguno de los dos dijo nada.

Parecía como si se hubieran puesto de acuerdo en no abordar los sucesos del día anterior ni con palabras ni con hechos. Su problema, que en realidad estaba resuelto, parecía, si eso era posible, aún mayor que la mañana anterior. No sabía lo que Lundberg pensaba, pero Peter sentía como si él mismo hubiese tirado de la cuerda, o por lo menos ayudado a que ella misma lo hiciera. Se imaginaba que si le hubiera hecho caso a la inspectora Andersson y no hubieran ido allí, todo sería diferente. Tampoco le ayudaba saber que eso no era cierto.

De pronto se habían convertido en criminales. Exactamente igual que la diabla. Eran culpables de allanamiento de morada y, además, no habían denunciado el hallazgo del cuerpo, algo que la policía, si se enteraba de que habían estado en el piso, encontraría muy extraño. Que el terror hubiera acabado y el encargo hubiera finalizado no podía aliviar el malestar que sentía.

Si pudiera se quedaría en la cama y nunca más se levantaría.

– Deberíamos telefonear a Andersson -dijo Lundberg al cabo de un rato.

Peter cerró los ojos.

– Si no llamamos ayer parecería extraño que lo hiciéramos ahora. Ella irá allí esta mañana y entonces lo verá con sus propios ojos. Lo mejor es que esperemos a que llame.

No se atrevió a mirar a Lundberg.

La habitación quedó en silencio.

– Bueno, quizá tengas razón -suspiró-. Me pregunto qué he hecho yo para merecer esto.

Permanecieron un rato en silencio.

– Las cosas son así -dijo Peter con un hilo de voz-. Dímelo a mí. He pasado por la vida sin hacerle daño ni a una mosca y sin embargo todo se ha ido al carajo. A veces es realmente difícil comprender de qué va todo en realidad.

No era su intención dar lástima, sin embargo Lundberg reaccionó así ante sus palabras.

– ¡En efecto! -exclamó Lundberg con la voz notablemente más animada-. Hoy tenemos que ir al banco. Tú tienes a un empleado de banco esperando a que aparezcas, ¡y además hoy es el gran día!

Si alguien le hubiera dicho esto a Peter una semana atrás seguramente se hubiese puesto de pie y habría dado saltos de júbilo. Ahora estaba tumbado en la cama y tenía los ojos cerrados.

Se sentía totalmente vacío.

Comprendió que era realmente inaceptable que se mostrara tan indiferente cuando alguien le acababa de ofrecer 1.352.000 coronas, pero ni siquiera eso ayudó. No tenía fuerzas para avergonzarse de su ingratitud.

– Me duele tanto la cabeza -dijo.

Lundberg suspiró y se puso de pie. -¿Cuál es tu banco?


Una hora y media después sonó el teléfono. Peter aún estaba tumbado en la cama durmiendo a ratos. Se despertó por completo al oírlo. Se sentó erguido en la cama. Lo peor del dolor de cabeza había desaparecido.

Pudo oír la voz de Lundberg a través de la puerta cerrada pero no pudo distinguir lo que decía.

Se levantó y se puso los pantalones. No recordaba habérselos quitado la noche anterior y se sintió incómodo al pensar que debió de ser Olof quien lo hizo.

Abrió la puerta.

– Entonces estaremos ahí a la una -oyó decir a Lundberg.

Continuó hacia la cocina y solo alcanzó a verlo colgar su teléfono inalámbrico. La gran ventana panorámica que la empresa de limpieza intentaba limpiar tenía ribetes de luto a lo largo de los bordes. La ventana de la cocina aún estaba negra como el carbón.

El teléfono sonó de nuevo. Lundberg pulsó uno de los botones del auricular.

– Olof Lundberg.

Permaneció en silencio un par de minutos. Lundberg señaló el auricular y gesticuló claramente «Andersson». Lundberg consiguió parecer sorprendido.

– ¡Esto es increíble!

Peter se sentó en una silla junto a la mesa de la cocina. Escuchaba detenidamente pero no podía oír ni una palabra de lo que ella decía. Tenía al parecer mucho que contar pues Lundberg permaneció en silencio un buen rato. Finalmente debió guardar silencio pues Lundberg dijo:

– No, no está aquí. Tenía cosas que hacer. ¿Cómo?

Permaneció de nuevo en silencio y comprendió que había preguntado por él. Era más de lo que podía aguantar. Sintió un enorme deseo de liberarse por completo de la responsabilidad de lo que había sucedido y de todas sus consecuencias y se sintió tan dependiente de Lundberg y de su fuerza y autocontrol que se asustó. Estaba libre, sin deudas ni obligaciones y podía irse a donde quisiera y comenzar desde cero; sin embargo, lo que más deseaba era permanecer ahí sentado en la silla de Lundberg y no levantarse nunca más.

– Le diré que la llame si le veo -dijo Lundberg-. No hay mucho por lo que dar las gracias y espero no tener necesidad de llamar. Adiós.

Colgó el teléfono.

– La han encontrado -dijo y dejó el teléfono sobre el alféizar-. Llamaba desde el piso. Quería que la llamases pero creo que deberías esperar. No hay ninguna razón para que hables con ella.

Peter cerró los ojos.

– Mi consejo es que vayamos al banco. Les he llamado y les he dicho que iremos a la una; ya he avisado a Lotta de que hoy llegaré tarde.

Peter abrió los ojos y miró a Olof Lundberg. Recordó la primera impresión que le dio y se sorprendió de lo equivocado que había estado. Tenía frente a él a un triunfador que había evitado caer en la prepotencia; muy al contrario, había aprendido de sus experiencias y había conseguido mantener la capacidad de empatía y el corazón en su sitio. Durante su trabajado ascenso hacia la cumbre del Calendario tributario no había olvidado que traicionó a su mejor amigo y ahora intentaba por todos los medios enmendar su error. Peter solo podía agradecer a su buena estrella que le hubiera escogido justamente a él para saldar su deuda. Ahora se avergonzaba de la indiferencia e ingratitud que había mostrado y se dio cuenta de lo injusto que era dejar que Olof se encargara de todo. Intentó espabilarse.

– Siento haberte defraudado cuando me necesitabas -dijo-, y estoy realmente agradecido por ocuparte de mí ayer. No valgo ni para que me cuelguen de un árbol de Navidad cuando tengo uno de mis ataques.

Olof lo miró y esbozó una amplia sonrisa. Parecía diez años mayor que el día anterior y por primera vez Peter pensó que Olof podía haber sido su padre. Un padre joven, eso sí. Se preguntó si Olof también había pensado en ello.

– Ahora vístete y vayamos a la ciudad -dijo Olof-. A pesar de todo, hoy tenemos una razón para estar de celebración.


23

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A la una y dos minutos entraron en el S-E-Banken de Götgatan. Olof prefería no llegar demasiado temprano pero como a la una menos diez ya estaban ahí decidieron esperar en una tienda cercana.

– No es bueno parecer demasiado interesado -le explicó a Peter.

Peter no entendía qué podría importar pero no preguntó, sino que asimiló la información como si fuera un secreto comercial bien guardado.

Lundberg se mantuvo en un segundo plano y dejó que Peter hablara con el personal del banco. Tuvieron que esperar un rato pero, por fin, reconoció a la empleada tras el mostrador; con una mirada de condescendencia les pidió que la acompañaran a un despacho en el interior del local.

– Ha sido difícil hablar con usted -dijo ella y se sentó a la mesa del despacho. Señaló las sillas al otro lado y ellos se sentaron obedientemente.

– Veamos -prosiguió ella-. Un millón trescientas cincuenta y dos mil coronas y el interés asciende ahora a…

Sumó en su ordenador.

– Dieciocho mil setecientas noventa y ocho coronas más el recargo por demora. En total son… Un millón trescientas setenta y nueve mil quinientas diecinueve coronas. ¿Tiene alguna idea de cómo realizar el pago?

Tenían un control total sobre la situación y hablaba sin compasión alguna. Él era simplemente un negocio. Unas cifras en un papel que debían corregirse. Un arruinado inútil que no sabía administrar su dinero.

Miró a Olof que seguía callado como un muerto y observaba un cuadro al fondo de la habitación. Peter no sabía qué decir.

– Entonces propongo que hagamos un plan de pago a veinte años. En tal caso serían…

Volvió a teclear en su ordenador.

– … dieciocho mil trescientas sesenta y ocho coronas al mes.

Peter se retorció en su silla.

Lundberg se despertó y tomó la palabra.

– Puede deducir toda la cantidad de esta cuenta del Handelsbanken en Karlavägen.

Escribió una cuenta de nueve cifras en un bloc que cogió de la mesa.

– Me parece que el dígito de control es el seis, uno, cero, tres.

La mujer lo miró con sorpresa y desconfianza.

– ¿Y usted quién es? -preguntó ella.

– Olof Johan Bertil Lundberg. Treinta y nueve, cero uno, catorce, veintiséis, diecisiete.

– ¿Tiene el carnet de identidad?

Lundberg buscó en su bolsillo y sacó la cartera. Le dio su carnet de conducir y ella miró un par de veces el rostro de Lundberg y la foto de plástico.

– Como comprenderá tengo que comprobar esto -dijo ella.

Lundberg se encogió de hombros.

– Adelante. Si no me equivoco, en la cuenta hay más que suficiente. Si nada ha ido mal la mafia rusa debió transferir ayer por lo menos siete millones.

Peter se sonrojó; la mujer pareció molesta. Se levantó y salió de la habitación.

– Perdón -dijo Olof-. No pude evitarlo.

Cinco minutos después ella regresó con un montón de papeles que Peter tuvo que firmar uno tras otro. Cuando hubo acabado ella se volvió hacia Lundberg.

– La cuenta parecía estar en orden.

– Eso espero -replicó él.

Sonrió algo incómoda. Firmó los papeles que puso frente a él en la mesa.

– Entonces todo está resuelto -dijo ella y alargó la mano sonriente hacia Lundberg.

Olof la miró. Se guardó la cartera en el bolsillo interior de la chaqueta y luego le lanzó una rápida mirada.

– Por lo que sé es el préstamo de Brolin el que se ha liquidado. Quizá deberías darle las gracias a él.

La mano de ella se retiró inmediatamente y el sonrojo se extendió desde el cuello hasta la cara. Peter ya se encontraba en la puerta y levantó la mano en un saludo.

Luego abandonó la habitación como una persona sin deudas.


Se detuvieron fuera del banco en Götgatan. Peter sintió que dijera lo que dijese siempre sería poco.

– Gracias -fue lo único que se le ocurrió.

– En realidad soy yo quien debe darte las gracias. ¿Ya te has olvidado?

Por primera vez tuvo lugar lo que se podía llamar un silencio incómodo entre ellos. No había mucho más que decir y eso era obvio para ambos.

– Bueno -dijo Lundberg al cabo-. Tengo que irme a la agencia para que trabajen de verdad. Ya han tenido que apañárselas sin mí lo suficiente. ¿Podemos llamarnos?

– Por supuesto -dijo Peter.

– Hasta luego -dijo Lundberg y llamó a un taxi.

Al instante siguiente había desaparecido.

Peter cogió de la acera la bolsa con sus pertenencias tras su estancia en Saltsjö-Duvnäs y se encaminó hacia Åsögatan.


El piso olía a cerrado. Las pocas plantas que tenía colgaban sobre el borde de las macetas y demostraban que por lo menos había alguien que le había echado de menos. Que habían notado que no estaba en casa. Había una montón de cartas y Dangens Nyheter sobre la alfombra del recibidor; más de la mitad eran cartas del banco. Las tiró a la papelera sin abrirlas. Debajo de todo el montón había una carta con la dirección escrita a mano, y reconoció la letra de su hermana. La dejó sobre la mesa de la cocina, se sentó en una de las sillas y miró a su alrededor.

Ya no sentía miedo, pero el piso le era totalmente extraño. Por primera vez le sorprendió lo feo que era todo.

La necesidad de pintarlo y modernizarlo era del todo apremiante. Partes de los tapices gobelinos verde oliva estaban deshilachados y los que estaban completos guardaban oscuros recuerdos de los cuadros y decoraciones de los anteriores inquilinos. Verde oliva. El color de su vida. No le sorprendería que se disolviese y desapareciese si se apoyaba contra la pared. Tragado como un gobelino.

La mayor parte de los muebles ya habían vivido sus mejores días, y desde el desgastado sofá vio por primera vez que el relleno salía en algunos lugares. La luz que entraba de la calle llegaba filtrada por los cristales de las ventanas sin limpiar, un sucio color gris que arrebataba a los rayos de sol la mayor parte de su brillo; por todas partes había una continua capa de polvo y montones de ropa sucia esparcida por doquier.

Este era su hogar.

Esto era lo que, hacía solo unos días, había estado dispuesto a defender a cualquier precio. El refugio donde atrincherarse del mundo.

Si fuera realmente sincero, lo que veía a su alrededor era todo su mundo. Se vio a sí mismo sentado entre la fealdad y comprendió plenamente la clase de persona que en realidad era, un fracasado. ¿Por qué él, que no sacaba ningún provecho de ella, había seguido con vida cuando su padre, que realizaba una función tan importante para la comunidad, había perdido la suya? Hacía cuatro años que era mayor que su padre.

¿Y qué había hecho?

Debería haber justicia. Alguien debería poner algo de orden en el sistema. Tal y como estaban ahora las cosas no importaba nada cómo la gente decidía vivir su vida. Los asesinos en serie y los santos podían esperar el mismo fin. Hacía mucho tiempo que había abandonado la creencia de que habría un juicio final. Eso, sin embargo, no estaba del todo claro. No, todas las personas deberían ser conscientes durante su vida de que cuanta más bondad repartieran a su alrededor, mayor sería la recompensa al acabar su vida. Y los otros, los que elegían el otro camino, tendrían que atenerse a las consecuencias. Era un completo sinsentido castigar a alguien cuando el daño ya había sido causado y nada se podía cambiar. Vidas que justo después de la muerte eran evaluadas: recompensadas o castigadas. Entonces, por lo menos, todo tendría sentido. O mejor aún. Debería ser posible ganar tiempo mientras se está vivo. Más granos en el reloj de arena. Los actos justos serían inmediatamente recompensados con algunas horas más de vida, mientras los malvados cabrones verían acortar su vida al ritmo de sus actos, como se derriten los muñecos de nieve en marzo.

Entonces hasta podría ser soportable.

Cuando era pequeño buscó su propio orden. Decidió que todos los muertos resucitarían como palomas en el fin de los tiempos. Si uno había sido bueno podía esperar plumas blancas, y cuanto más malvado hubiera sido en vida, más negro sería el traje de plumas. De esa manera todos los que se lo habían merecido podrían pasearse y pavonearse en otra vida después de esta, y no habría ninguna duda de su autenticidad. Aun cuando solo fuera en el reino de las palomas. Eso había sido suficiente para él cuando era pequeño.

Pero ahora era mayor.


Lo que veía a su alrededor era toda su existencia, y hasta eso era repulsivo.

Por primera vez en su vida adulta reconoció que se sentía terriblemente solo. El cuerpo le dolía. Ahora que el trabajo estaba acabado y la deuda pagada, ya no había nadie que preguntase por él y si en este momento se tumbaba en el suelo y moría nadie le echaría de menos en meses. Como en uno de esos casos, sobre los que a veces pueden leerse tristes artículos en los periódicos, en los que alguien ha muerto en su vivienda y nadie ha preguntado por él hasta que el olor del cuerpo ha comenzado a molestar a los vecinos.

Él, que durante todos esos años se había mentalizado de que estaba a gusto viviendo solo, en apenas una semana se había acostumbrado a llegar cada día a casa y tener a una persona con quien hablar, alguien que, además, estaba interesado en lo que había hecho durante el día. Se había acostumbrado inquietantemente rápido y ahora no estaba seguro de ser capaz de desacostumbrarse a esa vida.

Había regresado.

El viejo y simple Peter Brolin estaba sentado a la mesa de la cocina, y aunque sin deudas, con una vida igual de aburrida y poco interesante que las noticias de hacía una semana. Y lo peor de todo era que el nuevo Peter Brolin que poco a poco había tomado cuerpo durante estos últimos días, no podía en absoluto pensar en vivir junto al viejo.

Sencillamente no sabía cómo podría proseguir de ahora en adelante y sobrevivir el resto de su vida.


24

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Se había tumbado en la cama y había llorado. Como un niño. Echaba de menos a su madre y a su padre, y a una satisfacción que nunca antes había experimentado hasta que conoció a Olof Lundberg.

Sintió un profundo y auténtico deseo de ser cuidado.

Cuidado por alguien que pudiera ser capaz de ignorar su fracaso y tomarlo como era. Alguien que no necesitase que a cada segundo demostrara su eficacia. Alguien que sencillamente pensara que él valía tal como era.

Ahora comprendía lo que realmente se había perdido de la vida, y era patente que la herida era tan profunda y estaba tan inflamada que con toda seguridad nunca cicatrizaría. Su vida se había convertido en un acertijo que no tenía ni idea de cómo resolver. Alguien se había olvidado de darle una pista.

Alguien había omitido enseñarle cómo vivir.

Había algo incompleto en él que le había hecho vivir como un inválido toda su vida. Le había impedido dejar su pasado tras de sí y seguir adelante.

Añoraba a alguien que conociera su historia y con quien pudiera compartir sus recuerdos, alguien a quien poder telefonear y que pudiera comprender.

Ansiaba no ser insignificante, ser importante para alguien, tanto que si él desaparecía su vida se hundiera.

No había nadie.

Sentía el vacío tan claramente que casi no podía respirar. Estaba solo con su pasado, en el presente y en el futuro. Lo mejor de la vida había pasado. Lo único que quedaba y restaba era tiempo.


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Cuando se despertó el reloj marcaba casi las ocho. El piso estaba a oscuras. Permaneció un rato tumbado en la cama mirando. La habitación parecía agradable cuando, a través de la ventana sucia, solo la iluminaba una de las farolas de Åsögatan.

Sonó el teléfono.

Reinaba tanto silencio en el piso que el repentino sonido le hizo dar un salto. Como si tuviera miedo de molestar a alguien dejándolo sonar alargó rápidamente la mano y cogió el auricular.

Era Eva.

– ¿Dónde has estado?

Sonaba casi enfadada.

– ¡Te he llamado mil veces desde que hablamos la última vez! ¿No te das cuenta de que estaba preocupada?

Ese pensamiento ni se le había pasado por la cabeza.

– Hola. Bueno, te he llamado un par de veces pero cada vez que lo he intentado estabas comunicando.

Encendió la lámpara. Se sentía casi indecente por hablar con ella estando tumbado en la cama a oscuras.

– ¿Cómo te ha ido? -prosiguió ella-. Tengo tanta curiosidad que estoy a punto de explotar. No he pensado en otra cosa desde que hablamos la última vez. ¿La has encontrado? ¿Te fueron de alguna ayuda los resultados del laboratorio?

– Sí, realmente lo fueron -respondió él-. La encontré. Desafortunadamente fue demasiado tarde. Se había suicidado.

El auricular quedó en silencio.

– Vaya -dijo ella luego-. Aunque no puedo decir que eso me sorprenda. Una sífilis avanzada no es ninguna broma. ¡Puede causar daños cerebrales realmente graves! Además he estado pensando que es extraño que nadie haya detectado la enfermedad, ya que al parecer ella estuvo en contacto con la sanidad.

– Sí, tienes razón.

Permanecieron un largo rato en silencio. El viejo silencio de siempre se apoderó de ellos y como de costumbre él no hizo ningún intento por romperlo.

– Peter, he pensado una cosa. Dentro de un mes hará seis años de la muerte de mamá y había pensado que podríamos encargar una esquela de esas en el Jönköpings Posten. ¿Te apetece participar?

Algo se anudó en su corazón. Al otro lado de la línea estaba su hermana que compartía sus recuerdos y su historia y con la que él, durante todos estos años, no había tenido fuerzas de intentar mantener una conversación de verdad. Ella era esa persona a la que durante todo este tiempo debería de haber prestado atención e intentado acercarse y, en cambio, la había desechado como un mueble viejo de su juventud. ¿Qué clase de hombre era, con treinta y nueve años escondido debajo de su manta y llorando por su eterna soledad, cuando tenía un desconocido miembro de su familia, de su misma sangre y carne, que también había perdido a su padre y a su madre pero, sin embargo, había hecho algo en la vida? Ella a su manera también estaba sola, pero no había dejado que eso ocupara el lugar más importante de su vida sino que había seguido adelante e insistentemente le había llamado e intentado convencerle de que fuera a visitarla.

Él ni siquiera la había invitado.

Se avergonzó.

Intentó verla, pero la imagen que veía era de hacía veinte años.

Una pequeña, pequeñísima esperanza se encendió en su interior al descubrir que había algo que realmente deseaba hacer.

Tenía muchas ganas de verla.

Ella en lugar de aceptar sus fracasos siempre había luchado y se había negado a dejarse destruir.

Tenía mucho que enseñarle.

– Me gustaría mucho aparecer en la esquela -dijo él.

– Bien -dijo ella.

Parecía contenta.

– Entonces me encargaré de todo -prosiguió ella-. ¿Has recibido mi carta?

Peter miró hacia la mesa de la cocina.

– Acabo de llegar a casa y todavía no me ha dado tiempo a mirar el correo.

Notó que se sonrojaba al mentir y se preguntó si eso era un síntoma de mejoría.

– Podemos volver a llamarnos pronto -dijo ella-. Sería divertido volver a verte.

Sonaba como si lo dijera de corazón.

– Sí, es cierto -respondió él.

Pensó que sonó como si estuviese contento.


26

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Cuando volvió a despertarse ya era jueves. Fuera aún era de noche y se sentó a la mesa de la cocina. Se sentía algo mejor de ánimos. Después de su conversación con Eva bajó al 7-Eleven y compró algo de comida para su nevera vacía. Sacó la mantequilla y el pan e hirvió agua para una taza de té.

La carta de Eva aún estaba sin abrir sobre la mesa. La cogió y la rasgó por uno de los lados. Era una sola hoja escrita a mano en la que le pedía que se pusiera en contacto con ella tan pronto como le fuera posible y en la que decía que estaba preocupada.

Dejó la carta a un lado.

A las ocho sonó el teléfono.

– Soy Bodil Andersson. Le estaba buscando.

El corazón le dio un vuelco.

– Como seguramente habrá oído, la encontramos ayer Tengo que hacerle algunas preguntas. Hemos encontrado una serie de huellas dactilares que no pertenecen a la víctima y solo deseaba asegurarme de que siguió mis instrucciones y no fue al piso. Hay huellas dactilares de dos personas desconocidas y espero realmente que no correspondan a las suyas y a las de Olof Lundberg. Como comprenderá, en ese caso sería muy extraño, ya que ha resultado que Elisabet Gustavsson no se colgó ella misma sino que alguien la ayudó. Solo deseo estar segura de que por una vez fue lo suficientemente inteligente como para escuchar, de otro modo tendré que pedirle que venga a la comisaría para un interrogatorio.

No pudo articular ni una palabra. Ni siquiera pudo mentir.

– ¡Hola! ¿Está ahí? -continuó ella.

Su pregunta le dio la idea de colgar el teléfono, y eso fue lo que hizo. A continuación desconectó el cable. Se vistió rápidamente y tomó el metro hasta Karlaplan. Desde ahí caminó hasta Karlavägen 56.

Dudó unos segundos antes de decidirse a coger el ascensor.

Olof estaba solo en la oficina.

– Hola -dijo y sonrió-. ¿Cómo estás?

Parecía cansado.

– Gracias, mejor -respondió Peter, pero no sabía realmente lo que quería decir con eso, todo era relativo, ¿o no?

– Bodil Andersson me acaba de llamar -continuó-. Lo cierto es que me ha asustado. No sabía qué responder. Dijo algo sobre que Elisabet Gustavsson no se había ahorcado sola y preguntó si habíamos estado en el piso.

– ¿Y qué respondiste? -preguntó Olof.

Peter se acercó a la ventana y miró fuera.

– Nada -dijo-. Yo, estúpido de mí, no dije nada. No sabía qué decir. Pensé que quizá había hablado contigo y que sería conveniente que dijéramos lo mismo.

Olof miró a Peter.

– No me ha llamado. Ni aquí ni a casa -dijo.

Peter suspiró.

– Bueno, entonces mi actuación no fue particularmente brillante -dijo cansado-. Eso tuvo que hacerla recelar.

Sonó el teléfono. Olof no respondió. Permanecieron en silencio algunos minutos pero luego volvieron a llamar.

Lundberg lo cogió.

– Hola -contestó. Sonó irritado.

Peter lo observó.

– Vaya. No. Bueno. Sí. No. No. No, no estuve en el piso. Sí. No, él no estuvo, estuvo conmigo toda la tarde. No, también estuvimos juntos toda la noche. No, no tenemos otra coartada pero si no es demasiado sensible puedo contarle con todo detalle lo que hicimos durante toda la noche. No. No. No lo creo. Sí. Desde ayer no. Adiós.

Colgó y Peter lo miró impaciente.

– ¿Qué ha dicho?

Olof pareció como si primero memorizara la conversación y luego contó.

– Primero me ha dicho que hay sospechas de asesinato en relación con la muerte de Elisabet Gustavsson; luego me ha preguntado si estuve allí; luego si tú estuviste allí; luego si estuvimos allí; luego si teníamos algún testigo de que no habíamos estado allí y cuando le he dicho que habíamos estado juntos toda la noche ha utilizado un tono muy desdeñoso para preguntar si tú no podías haberte escabullido pero le he dicho que no lo creía, entonces me ha preguntado cuándo habíamos hablado por última vez y le he dicho que ayer.

Se encogió de hombros.

– Creo que ahora podemos pasar de esto -continuó-. Nosotros no hemos matado a esa persona, así que no tenemos por qué preocuparnos.

– Pero nuestras huellas dactilares -dijo Peter preocupado-. El piso debe de estar lleno de ellas. Sobre todo de las mías en el cuarto de baño.

– Bueno, mis huellas dactilares no están en los archivos de la policía, de modo que no pueden cotejarlas.

Peter cerró los ojos pero sintió que Olof lo miraba.

– ¿Está la cosa tan mal? -preguntó finalmente.

Peter volvió a mirar por la ventana.

– Cuando registré mi empresa y quise tener la aprobación de la policía y la aseguradora, era obligatorio entregar las huellas dactilares a la policía, para que si había algún robo rápidamente pudieran eliminar las mías de las rejas y las alarmas. No sé a qué registro han ido a parar. Nunca pensé que debiera preocuparme por eso.

No miró a Olof. Se sentía incómodo. Si no fuera por él a estas alturas Lundberg podría olvidarse tranquilamente de esta historia, si no fuera porque él colgaba como una pesada piedra de molino alrededor de su cuello. Andersson apenas molestaría a Lundberg con tan pocas pruebas, pero a él estaría encantada de inculparlo en todo lo que pudiera. Si ella encontraba sus huellas en los archivos y las comparaba con las del cuarto de baño de la diabla, ella tendría el día resuelto; con eso Olof también se vería metido en el caso. Además, comprendió lo difícil que sería explicar los hechos de una manera verosímil.

La verdad era sin duda poco satisfactoria.

Tomó dos resoluciones. La primera fue que nunca en la vida reconocería que Olof había estado con él en el piso y la segunda fue ir a ver a Eva a Goteborg.

Intentó calmarse.

– Todo se arreglará de alguna manera -le dijo a Olof pero él mismo se dio cuenta de que no sonaba especialmente tranquilizador.

Solo sentía deseos de quitarle un peso de encima. De no cargar a Olof con sus problemas. Sin duda no se lo merecía. Ya había hecho más de lo que se podía pedir.

– Si vuelve a llamar, di simplemente que no hemos estado en contacto y que no sabes dónde estoy. Deja que ella misma me busque. Me voy a Goteborg. Viviré en casa de mi hermana durante unos días.

Peter se dio media vuelta y miró a Olof. Durante unos minutos la habitación permaneció en completo silencio.

Olof se puso de pie.

– Cuídate, Peter -dijo al fin-. Llámame cuando regreses.

Sonó tanto como una orden como un deseo. Parecía triste. Como si supiera que no podía hacer nada por arreglar la situación y esa certeza le dejara compungido. Se acercó los pocos pasos que le separaban de Peter y lo abrazó.

No dijo nada más.

A Peter se le hizo un nudo en la garganta.

Salió de la oficina y cerró la puerta.


27

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Caminó el corto trecho hasta Humlegården y se sentó en un banco. Ahora la nieve había desaparecido por completo y el gorjeo de los pájaros recordaba que la primavera se acercaba. La primavera. Era entonces cuando se esperaba que todas las personas se llenaran de confianza y seguridad en el futuro. Era entonces cuando se acercaba la recta final hacia el verano y las vacaciones y nadie podía poner la radio o la televisión sin ser informado sobre cuántas personas precisamente ese día se habían sentado en las escaleras del Konserthus y habían saboreado su primer helado del año. Era entonces cuando las esperanzas renacían y la oscuridad del invierno se sentía muy lejana, aunque hasta hacía poco todos estaban envueltos en ella.

Había escogido un banco al sol. Se recostó y cerró los ojos. La luz era lo suficientemente fuerte para hacer sentir su calor.

Reflexionó sobre su situación.

Una semana y media atrás todo era diferente. Desde entonces habían ocurrido más cosas que en los últimos diez años. De ser un aburrido endeudado, al borde de la bancarrota y paralizado, había pasado a ser un hombre sin deudas sospechoso de asesinato; pero seguía estando paralizado y no estaba muy seguro de si en realidad había mejorado algo.

Un sonido justo a su lado le hizo abrir los ojos. Descubrió que un perro se había acercado sigilosamente y agitaba su rabo justo delante de su rodilla. Alargó la mano y le acarició la cabeza. Un silbido a lo lejos hizo que el perro reaccionara inmediatamente y saliera corriendo por la hierba. Lo observó a contraluz y se colocó la mano haciendo visera sobre los ojos para ver mejor. No fue de mucha ayuda.

Pero vio una cosa.

Había alguien en la esquina de la Kungliga Bibliotek y miraba hacia él. La figura estaba lo suficientemente lejos para que no pudiera distinguir algún detalle pero un movimiento con las manos que bajaron lentamente del rostro hizo que pareciera que la persona miraba a través de unos prismáticos.

Se quedó helado. La persona dio unos pasos y desapareció tras una esquina; no podía creer lo que había visto.

Podría jurar que era la diabla.

Se levantó sin dudarlo, corrió por la hierba cerca de cien metros y dio la vuelta a la esquina por donde había desaparecido la figura.

Ahí no había ni un alma.

Siguió corriendo cuesta abajo hacia Humlegårdsgatan y luego por Birger Jarlsgatan.

Había desaparecido.

Dio media vuelta y atajó por la hierba hasta la entrada de la biblioteca pero allí se encontró con un cartel que informaba que estaba cerrada por obras.

Había un albañil algo más allá y Peter se apresuró hacia él.

– Perdone -dijo jadeando-, ¿por casualidad no habrá visto pasar por aquí hace un momento a una mujer de pelo negro?

– No, no me he fijado -respondió-. Tengo otras cosas que hacer.

Peter dio media vuelta y se marchó.

Estaba de nuevo en Humlegårdsgatan. Lleno de malos presentimientos intentó convencerse a sí mismo de que un efecto de la luz y su preocupación le habían gastado un jugarreta.


Fue andando hasta su casa, en Åsögatan. Cuanto más caminaba más seguro estaba de que había visto mal. Simplemente no podía ser ella. Él mismo la había podido ver de cerca colgando muerta del techo del cuarto de baño.

Intentó sacudirse la sensación de desagrado.

Al llegar a casa llamó a SJ para informarse de los horarios de los trenes a Goteborg. A continuación telefoneó a su hermana.

– Había pensado ir a pasar contigo un par de días, si no te viene mal -dijo.

– ¡Qué bien! -respondió ella-. ¡Puedes venir cuando quieras! Los niños casi no se acuerdan de ti. Llama y dime cuándo quieres que te recoja en la estación.

Cuando acabaron la conversación Peter cogió su maleta que estaba junto a la puerta de la calle y empezó a hacer el equipaje.

Seguía dándole vueltas en la cabeza a lo que había visto en Humlegården, así que finalmente se sentó en la cama y cogió el teléfono. Marcó el número de Lundberg. Fue Lotta quien respondió.

– No, ha salido a hacer un encargo -gorgojeó-. Esa mujer policía telefoneó y un rato después él salió. Por cierto, ella dejó un mensaje para usted.

Peter tragó saliva. Lotta prosiguió.

– Me pidió que te dijera que le debe una taza de silverte.

Primero Peter no comprendió nada. Las piezas no encajaban. De repente lo entendió todo. La reacción fue tan brusca que se le cayó el teléfono. Cuando finalmente consiguió atraparlo de nuevo la línea se había cortado.

Comenzó a pasear de un lado a otro entre las paredes del piso. El cerebro trabajaba a toda máquina y como en una película de cine mudo todos los acontecimientos de los últimos días pasaron frente a sus ojos.

Nadie más, aparte de él y la diabla, sabían que ella había pedido silverte en la pastelería Nylén.

No podía creer lo que su cerebro le decía.

Era ella.

Bodil Andersson.

La diabla era Bodil Andersson.

Ella le había elegido desde el principio y le había enviado a Olof para que picara el anzuelo. Luego le había hecho correr como un perro faldero por donde ella quería. Había seguido como un cordero confiado el claro rastro que iba dejando tras de sí y tan pronto como se apartaba, ella se enteraba por él y de esa manera podía cambiar sus planes. Los ojos que durante un segundo lo miraron en la pastelería Nylén. ¿Cómo fue posible que no la reconociera?

Marcó el número del móvil de Olof pero el abonado no estaba disponible en ese momento.

Colgó y llamó a Información, pidió el número de la comisaría de Norrmalm. En un desesperado intento se agarraba a un clavo ardiendo para comprobar que su última corazonada no era una equivocación.

– Busco a la inspectora Bodil Andersson -dijo.

El mismo oyó lo estresado que sonaba.

– Un momento -respondió la voz al otro lado de la línea y luego quedó en silencio.

Esperó conteniendo la respiración.

– ¿Trabaja aquí? -preguntó la voz.

– Sí, eso espero -contestó Peter.

– Aquí no trabaja nadie con ese nombre, pero puedo mirar en el ordenador y ver dónde trabaja.

La línea quedó de nuevo en silencio.

– Lo siento, pero no encuentro a nadie con ese nombre en ninguna parte. ¿Desea hablar con otra persona?

Peter colgó.

Sin duda ella había jugado un juego peligroso. Había tenido la suerte increíble de que nadie comprobara su número de teléfono y de que Peter no la reconociera de la pastelería Nylén. Solo una persona enferma de verdad tomaba esos riesgos. Alguien que no tuviera nada que perder.

Buscó lo que ahora sabía era el número de teléfono de la diabla pero nadie respondió.

Volvió a pensar en cuántas veces las circunstancias habían actuado a favor de ella.

Sólo un loco podía tener tanta suerte.

¡Tenía que encontrar a Olof!

Marcó de nuevo el número de la oficina y le preguntó a Lotta si había dicho adónde iba. No lo había hecho. Al contrario, parecía irritado y ni siquiera dijo adiós al marcharse.

Se sentó en la cama y pensó. Ella debía de haber dejado alguna pista. Era imposible que hubiera realizado todo esto sin cometer ni un error.

Salió al recibidor y comenzó a buscar la lista del laboratorio de Beckomberga en los bolsillos de las chaquetas. Finalmente la encontró. Al regresar vio la ranura del buzón y le vino una cosa a la memoria.

2930.

Marcó el número del taxi.

– Soy el inspector Per Wilander y necesito su ayuda para localizar una carrera.

Pensó, contó con los dedos y continuó:

– Desde Götgatan a la altura de Åsögatan alrededor de las cuatro y cuarto el miércoles pasado. El número del taxi era el 2930.

– Un momento, voy a mirar.

Solo tardó unos segundos antes de responder.

– Aquí lo tengo. ¿En qué puedo ayudarle?

– ¿Adónde fue? -preguntó él

– A Tyskbagargatan 7. Si lo desea le puedo preguntar al taxista si recuerda al pasajero. Veo que ahora está de servicio.

– Gracias, sería de gran ayuda -dijo Peter.

La línea quedó en silencio y tuvo que esperar un momento.

– Oiga. Siento haberlo hecho esperar. Ha dicho que no recuerda con claridad a quién llevó. Han pasado unos cuantos días desde entonces.

– Gracias por su ayuda -dijo Peter y colgó el teléfono.

Desdobló la lista.

Bingo.

Era el último nombre.

Anja Frid nacida 540726. Dirección Tyskbagargatan 7.


28

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Un cuarto de hora más tarde el taxi se detuvo en Tyskbagargatan. No sabía adónde se dirigía pero se dio cuenta que se hallaba a solo unas manzanas de Karlavägen.

¿Era tan sencillo como que ella simplemente hubiese visto a Lundberg por la calle y se hubiese enamorado?

Pulsó el timbre de Frid en el portero automático y aunque nadie respondió la puerta zumbó y se abrió.

Miró el tablón y encontró el nombre de Frid entre la lista de inquilinos de uno de los edificios interiores.

Sin dudarlo pasó de largo la escalera y salió a un pequeño patio interior. La casa se erguía en todas direcciones y se preguntó tras cuál de esas ventanas se ocultaba. A la izquierda, en el lado diametralmente opuesto del patio, vio la entrada a los pisos interiores y subió a medio correr la escalera. Cuando vio el nombre en una de las puertas se encontraba en el quinto piso.

Pulsó inmediatamente el timbre de la puerta. Ni siquiera sintió miedo.

Cuando se abrió la puerta se encontró cara a cara con Bodil Andersson. Su pelo rubio corto estaba recién lavado y llevaba una toalla sobre los hombros. No parecía en absoluto sorprendida.

Se observaron. Ninguno se movía de su sitio.

– Has sido más rápido de lo que pensaba -dijo ella al cabo-. Aun cuando una gallina ciega…

Él la interrumpió.

– ¿Dónde está Lundberg? -preguntó incisivamente.

Ella señaló con la mano izquierda hacia el interior del piso y sin pensarlo Peter pasó al recibidor por delante de ella. Continuó sin detenerse y buscó rápidamente por la cocina y las dos habitaciones.

No había nadie.

Regresó al recibidor y pudo ver que ella cerraba con llave y se la guardaba en el bolsillo del pantalón.

Le asaltó una primera sensación de peligro.

– ¿Dónde está? -preguntó de nuevo.

– ¿Quién? -respondió ella con una sonrisa.

– Basta ya -dijo él.

La sensación empezaba a transformarse en un intenso sentimiento y sintió cómo algo le oprimía el pecho y obligaba a su corazón a trabajar a toda máquina. Aún tenía el suficiente control como para no mostrar su miedo. No le derrotaría tan fácilmente.

Ya que al parecer ella no pensaba responder antes de que él repitiese el nombre de Olof volvió a preguntar una vez más dónde estaba.

– Ah, él -dijo y se carcajeó.

Señaló una de las ventanas de cuarto de estar. Había un gran telescopio colocado al otro lado y con un gesto de la mano le invitó a mirar. Se acercó impaciente a la ventana. En el mismo instante que colocaba su ojo para mirar vio entrar a Olof a su despacho. Continuó hasta la mesa y se sentó dándole la espalda.

Peter se irguió y miró fuera. Todas las ventanas del piso daban a Sibyllegatan y la fachada de Lundberg & Co. sobresalía en el cruce de Karlavägen. Con la ayuda del telescopio ella había estado sentada en primera fila.

Se dio la vuelta hacia ella. Todas las señales de alarma sonaban con fuerza pero no comprendía qué ocurría. Solo existía un pensamiento en su cerebro y era que debía abandonar el piso tan pronto como fuera posible.

– Está bien -intentó él-. ¡Entonces no la molesto más!

Comenzó a dirigirse hacia la puerta. Ella no hizo ningún ademán por impedírselo. Bajó el picaporte y comprobó que la puerta estaba cerrada con llave.

Se volvió y la miró. Ella sonrió. No era una sonrisa agradable. Él tragó saliva.

– ¿Sería tan amable de abrir la puerta? -dijo Peter.

Él mismo oyó que sonaba más como una súplica que como una orden.

Ella aún no dijo nada; lo miró un rato y luego se fue a la cocina. Desapareció de su vista algunos segundos pero después volvió a aparecer en el vano de la puerta.

En la mano derecha sostenía una aguja.

Peter se dio la vuelta y comenzó a golpear la puerta. Intentó gritar para pedir ayuda pero como en una pesadilla no salió ningún sonido de sus labios. Con el rabillo del ojo vio que ella se acercaba, la empujó y corrió dentro de otra habitación. Con un movimiento reflejo miró a su alrededor para intentar encontrar algo con lo que defenderse. Sus ojos se quedaron clavados en una fotografía ampliada que colgaba de la pared opuesta.

Era él.

Era él de adulto, pero la fotografía parecía tener por lo menos cuarenta años.

Oyó cómo ella se le acercaba y sintió cómo le pinchaba en la espalda.

La habitación comenzó a dar vueltas y se desplomó al suelo. Cayó en una profundidad interminable y arriba del todo pudo ver el rostro de ella por entre una niebla acercarse al suyo. Podía oír su voz como a través de un eco en lo más profundo de su cerebro.

– Ahora pequeño Peter. ¡Por fin te tengo!

Solo pudo darse cuenta de que su sueco-finlandés había desaparecido.

Cayó un poco más y luego desapareció.


29

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Lo primero que recuperó fue el oído. Oyó sonidos que no podía ubicar. Era imposible abrir los ojos e intentó recordar qué había sucedido.

Un fuerte olor entró por su nariz y el cuerpo reaccionó inmediatamente. Abrió los ojos y en ese mismo instante lo recordó todo. Ella estaba inclinada sobre él y alargaba algo hacia su rostro. Volvió la cabeza para evitar el desagradable olor.

Comprendió que estaba tumbado en una cama e intentó levantarse. Algo se lo impedía. Las piernas y el brazo izquierdo estaban atados.

Sintió que el pánico se apoderaba de él. ¿Qué deseaba ella en realidad?

La miró pero no consiguió articular ni una palabra.

– Ahora tranquilízate -dijo ella-. Esto es solo una medida de precaución hasta que nos conozcamos mejor. Si chillas o intentas desatarte tendré que encerrarte en el armario de allí. Y debes saber que ya está bastante lleno. La gorda de Elisabet Gustavsson lo ocupa casi por completo.

Él miró la puerta cerrada. ¿Era realmente cierto? ¿Había conseguido transportar el cuerpo hasta aquí sin ser descubierta? ¡No era posible!

Como si ella hubiera oído sus pensamientos prosiguió:

– ¿Quizá quieres que salga a saludar?

Sin esperar respuesta se acercó a la puerta del armario y abrió.

– Dile hola al público -dijo y rió.

Alargó la mano y sacó un brazo sin vida por la rendija y lo movió como si saludara.

Él miró a su alrededor buscando algo donde vomitar pero no encontró nada.

Se inclinó sobre el borde de la cama todo lo que pudo y vació su estómago.

– Vaya, el pequeño Peter se encuentra mal -dijo con voz infantil-. Te lo mereces.

Volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos. Necesitaba pensar. No comprendía nada. Demasiados detalles habían cambiado y demasiadas personas estaban involucradas para que él, en su estado de confusión, pudiera aclarar la situación. Comprendió que la única salida era preguntárselo a ella. Si esto era el final, por lo menos deseaba saber por qué.

Abrió los ojos. Ella estaba inclinada sobre un tocadiscos y en ese mismo instante la habitación se llenó de música. Ella empezó a bailar y colocó la mano frente a la boca como si fuera un micrófono. Peter reconoció la canción.

«Dancing Queen.»

No soportó contemplarla. Volvió la cabeza y miró a la pared.

Descubrió que ya no se sentía atemorizado, lo cual le sorprendió sobremanera. Con todo el terror que había sentido últimamente era totalmente incomprensible que en la situación actual se sintiera tan relajado. Quizá a estas alturas su capacidad de sentir miedo ya estaba agotada, o quizá inconscientemente comprendía que eso no serviría de nada.

Cuando acabó la canción solo se oía el ruido que hacía la aguja sobre el disco que seguía girando.

Él la miró de reojo y vio que se sentaba en una de las butacas.

La habitación era bastante grande; además de la cama en la que estaba tumbado, había un sofá de pana con butacas a juego, una mesa de centro repleta de cosas y una estantería. Las paredes estaban llenas de cuadros y carteles, colocados sin ningún cuidado, a veces hasta se solapaban. Subrayaban el desorden que imperaba en la habitación; la palabra caos no encajaría del todo mal. Las pocas superficies de la pared que aún no tenían imágenes parecían haber sido verde pistacho en una vida anterior, pero ahora grandes trozos estaban desnudos y por ellos asomaba el yeso. A lo largo del techo corría una gruesa grieta que podría hacer que la persona más confiada dudase de su solidez. La grieta seguía por el techo hasta la pared que daba a Sibyllegatan, donde jirones de unas cortinas de un sucio hilo verde colgaban de las barras cubriendo a medias las ventanas. El suelo estaba repleto de periódicos, basura, viejos envoltorios de comida y jirones de tela. No había ninguna planta con vida en la habitación. Era como si todos los objetos del piso hubieran hecho un pacto secreto para que ningún organismo sobreviviera mucho tiempo entre esas cuatro paredes. Hasta el aire parecía viciado.

Estaba perfectamente claro que la persona que vivía en esta pocilga no estaba en sus cabales. Se encontraba en la habitación de una loca.

El disco seguía girando.

Miró el telescopio que había junto a la ventana. Se preguntó si en ese momento la imagen de Olof seguía en él. Esa posibilidad le llenó de una especie de imaginaria seguridad y sintió una gran necesidad de que el telescopio estuviese en su posición. Era como si la procedencia de su inexplicable tranquilidad radicase en su lente.

Ella siguió su mirada y él rápidamente miró en otra dirección. No podía arrebatarle ese último contacto con el mundo. Se puso de pie y durante un segundo pensó que le había leído el pensamiento. Se tranquilizó cuando desapareció por el recibidor.

Comenzó a tirar de sus ataduras. Se sentó en la cama. La mano izquierda sujeta con unas esposas a una gruesa argolla en la pared y los pies estaban atados con gruesas cuerdas. No pudo ver cómo estaban atadas por debajo.

Pudo tumbarse justo antes de que ella apareciera en el vano de la puerta. La repugnancia se extendió como un rayo por su cuerpo.

Casi podía aguantar a Bodil Andersson y Anja Frid, pero no estaba lo suficientemente preparado para soportar a la diabla.

Ahora ella se encontraba en el vano de la puerta.

No tenía el abrigo puesto, pero la peluca y las gafas estaban en su sitio. Llevaba el traje rojo que había estado anudado a la silla de la oficina de Olof hacía unos días. ¿O eran años?

Esbozó una amplia sonrisa.

El corazón de Peter latía aceleradamente.

Ella hizo una reverencia y volvió a poner el disco. Peter volvió el rostro hacía la pared. En menos de un segundo estuvo junto a él, le tiró del pelo y le obligó a mirar la habitación.

– ¡Ahora mira! ¿Te enteras, jodido de mierda?

Parecía completamente loca. Comprendió que, al volver la cabeza, ella se había sentido ofendida. Lo único que él deseaba era no tener que verla hacer el ridículo. Al parecer iba a actuar para él. Tuvo que esforzarse para no volver de nuevo la cabeza. Lo que vio le hizo sentir vergüenza ajena y no sirvió de nada convencerse de que casi se lo merecía.

Se dio cuenta de que esa persona estaba verdaderamente enferma. Se preguntó qué tenía que ver él con todo esto. A ratos bailaba provocativamente y a ratos descontroladamente. Se ponía a cuatro patas o se tumbaba de espaldas y alargaba los brazos hacia el techo, todo mientras cantaba la letra palabra por palabra.

De pronto se puso de pie en mitad de la canción y se quedó completamente quieta. Parecía desconcertada. Contrajo el lado izquierdo del rostro, se dio la vuelta y abandonó la habitación.

Regresó unos minutos después. Sin traje ni peluca. Llevaba puesto el mismo pantalón y jersey que tenía cuando él llegó.

La diferencia era sorprendente. El viento parecía haberse llevado la amable sonrisa y una mueca diabólica se extendió por su rostro. Peter se sorprendió por primera vez de lo que veía en sus ojos.

Era odio.

– ¿Qué quieres de mí? -preguntaron sus labios.

Ella no respondió. Se acercó al tocadiscos y levantó la aguja.

– ¿Qué tengo que ver yo con esto? -prosiguió él-. No he intentado entrometerme entre Lundberg y tú. ¡Al contrario! ¡Fue él quien me pidió que te encontrara!

Ella soltó una carcajada.

– Te crees muy listo -dijo ella en voz baja-. Pero no has entendido nada. No hay nada que me preocupe menos que Olof Lundberg. Él era solamente mi juguete, un pequeño pasatiempo.

Señaló hacia la ventana.

– Estaba ahí sentado, justo delante de mis ojos, en su pequeña cárcel de cristal, un triunfador presuntuoso que pedía ser agitado un poquito. Le envié algunas cartas y reaccionó de la forma más divertida que nunca había podido imaginar. He estado aquí sentada y he visto cómo se ha tirado del pelo a causa de mis pequeñas sorpresas. Estaba como hecho para entrenarse con él.

Ella suspiró.

– Pero luego se me ocurrió que podía combinar el trabajo con el placer y fue entonces cuando se me ocurrió presentaros. Dos desgraciados con los que jugar.

Le sonrió. No era ninguna sonrisa de placer.

– Tú. Tú no te has enterado de nada. Me importa una mierda Olof Lundberg. No es a él a quien quiero, ¿sabes? Es a ti, pequeño Peter. Eres tú quien va a pagar todo lo que me debes. Y no tengo prisa. Cuarenta y dos años de infierno no se devuelven en un día. Nadie va a preguntar por ti, de modo que tenemos todo el tiempo del mundo.

Peter empezó a tener frío. Aún carecía de la capacidad de asustarse pero su cuerpo intentó buscar otras expresiones.

– ¿Qué he hecho? -preguntó cuidadosamente.

– Nada, Peter. Nada. Precisamente.


30

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Ella no dijo nada más. Se sentó de nuevo en el sillón y se quedó ahí mirándole. Ya no había ni el más mínimo rastro de sonrisa en su rostro.

Él no se atrevió a preguntar nada más.

Se preguntó qué hora sería. Desde que se había despertado no había tenido conciencia de la hora que era. Además, tenía ganas de orinar.

Aún se sentía increíblemente tranquilo. Sabía que el mayor deseo de ella era verlo derrumbarse, pero por primera vez en mucho tiempo su cuerpo y su alma estaban de su parte.

Fuera era de noche. En este momento seguramente Olof no estaría en la oficina. La oscuridad se había apoderado del piso y ella no parecía tener la intención de encender una lámpara. Ahora solo era una silueta recortada sobre el fondo de la iluminación de Sibyllegatan.

Ninguno de los dos había hablado desde hacía horas.

Él sopesó la situación. No tenía ninguna idea.

El recuerdo de la fotografía en la pared de la otra habitación le había vuelto a la memoria, cuanto más lo pensaba más le desconcertaba. Tenía que haber visto mal. Recordó su visión en Humlegården. Ahora tenía claro que no había sido ningún espejismo.

El rostro de la fotografía se había grabado en sus ojos y sabía lo que había visto. Se había visto a sí mismo. Aunque algunos años mayor y con el pelo peinado hacia atrás, con camisa y corbata y un pulóver.

Nunca había tenido un pulóver. Tampoco corbatas, quizá alguna. El hombre de la fotografía debía de ser otro.

Un doble.

¿Un doble que Anja Frid odiaba con toda su alma?

Decidió que su primera y más importante acción era convencerla que él no era quien ella creía.

– ¿Quién es el hombre de la fotografía? -preguntó.

– Erik Frid -contestó ella inmediatamente.

La respuesta le desconcertó. Su suposición había sido errónea.

– ¿Es algún familiar?

Ella no respondió.

– ¿Puedo ir al cuarto de baño? -preguntó él.

– No -contestó ella-. Pero te lo puedes hacer en los pantalones.

Rió burlonamente.

Él decidió intentar contenerse un poco más.

Permanecieron un rato en silencio. La silueta de ella seguía sentada inmóvil en el sillón.

La posición horizontal empezaba a resultarle incómoda. La colcha se había enrollado debajo de él, con su mano derecha libre intentó estirarla tanto como pudo. El movimiento le hizo sentir mayores deseos de ir al cuarto de baño.

Ella comenzó a cantar. Primero en voz baja y luego más y más alto: «¿Adónde vas, mi pequeñita? Voy a buscar bebida».

Cuando llegó al primer «puedo ir contigo» gritó muy fuerte, se puso de pie y cantó el resto de la canción chillando.

Alguien golpeó en el piso de abajo.

El sonido le llenó de esperanza pero ella siguió gritando:

– ¡Id al infierno, cabrones!

Se encendió la lámpara del techo en la habitación.

– Necesito ir al cuarto de baño -rogó Peter.

– No necesitas nada, mierdecilla -respondió ella.

Él se volvió hacia la pared.

– Por favor, déjame ir al cuarto de baño -intentó él.

– ¡Puedes hacerlo mucho mejor que eso! ¡Di, querida Anja!

La necesidad carece de ley.

– Di, querida y maravillosa Anja -dijo ella.

Él cerró los ojos y repitió sus palabras.

– ¿Ves qué bien lo puedes hacer? -dijo y desapareció hacia la cocina.

Regresó con otras esposas y le ordenó que alargase la mano derecha. A continuación se inclinó sobre él y sujetó el extremo libre alrededor de su muñeca izquierda. Pudo ver sobre él las ventanas de su nariz y apartó la vista. Su olor se extendió como una colcha sobre él. Tenía un intenso olor a sudor rancio y perfume y él intentó contener la respiración. Le soltó de la pared y él se sentó. Durante un segundo sintió deseos de golpearla pero sabía que no tenía mucho que ganar. Además, tenía ganas de orinar. Ella abrió un candado que al parecer era lo que sujetaba sus pies a la cama y él pasó las piernas por el borde de la cama. La cuerda aún seguía atada a sus tobillos y tuvo que saltar para poder avanzar. En el recibidor lanzó una mirada al cuarto contiguo y vio la fotografía. El parecido era sorprendente.

Ella abrió la puerta del cuarto de baño y le dejó entrar.

– ¿Es para mear o para algo más? -dijo sonriendo.

Él saltó hacia el borde del retrete e intentó bajarse la cremallera. Tenía tantas ganas de mear que ni siquiera se sintió incómodo. Era como hacerlo delante de un perro. Casi había olvidado que ella era una mujer.

– Si no quieres que mee en el suelo tendrás que ayudarme a sujetarla -se oyó decir.

Se sorprendió de lo que había dicho. Giró la cabeza y la miró.

Ella reaccionó inmediatamente. Salió retrocediendo del cuarto de baño y se colocó con la espalda bien pegada a la pared opuesta del recibidor. Lo miraba fijamente con los ojos completamente abiertos, respiraba entrecortadamente.

Él volvió la cabeza e intentó apuntar tan bien como pudo. La mayor parte se derramó por el borde del retrete y continuó hasta el suelo. Intentó proteger sus pies y sus pantalones lo mejor que pudo.

Consiguió abrir el grifo con dificultad. Sentía una gran necesidad de lavarse las manos.

Con el rabillo del ojo la vio aparecer por el vano de la puerta y antes de que pudiese reaccionar sintió el pinchazo de la aguja en su espalda.

Lo último que percibió fue el olor a orín.


31

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Estaba internado en el hospital de Jönköping. Cuando despertó su madre estaba sentada en una silla a su lado. Le dolía el estómago y empezó a llorar. Su madre le acariciaba torpemente la mejilla.

– Pronto estarás bien -dijo tranquilizadoramente.

Un hombre mayor dormía en una cama junto a la suya. La habitación era blanca y olía a limpio.

Tenía nueve años y lo acababan de operar de apendicitis.

Dejó de llorar y cerró los ojos. Disfrutó sorprendido de las caricias de su madre y deseó no ponerse nunca bueno. Después de un rato sintió que su mano había desaparecido. Levantó la mirada hacia ella.

Lloraba. Grandes lágrimas corrían por sus mejillas y él se preguntó preocupado qué había hecho.

– No es nada -respondió ella sollozando y sacó su pañuelo-. Ahora intenta dormir.

Ella siguió acariciando su mejilla y él intentó satisfacerla.


Volvió a despertarse. Ella aún le acariciaba la mejilla. Abrió los ojos.

Ya no era su madre la que estaba sentada a su lado. Era Anja Frid. Él giró instintivamente el rostro. Sus caricias le parecieron un atropello. Ella apartó la mano.

Tenía tanta hambre que el estómago gritaba.

– Tengo que comer algo -dijo.

Ella lo observó durante un rato como si considerase la cuestión y luego se fue a la cocina. La habitación estaba iluminada. Calculó que debía de ser sábado. La posibilidad de que Olof se encontrase en el telescopio era mínima y eso le desesperó. Comprendió que ahora estaba seriamente obligado a intentar salir de allí. Pero no sabía cómo. A estas alturas Eva estaría enfadadísima. Confió en que esta vez ella se pusiera en acción y denunciara su desaparición a la policía. ¿Sería de alguna ayuda? Para un extraño no había ninguna relación entre él y Olof o Anja Frid. Sería imposible encontrarle.

La única oportunidad era el taxista que le había llevado hasta allí, pero él sabía que no solía causar una impresión imborrable en la gente. No estaba seguro de que lo hubiera conseguido precisamente durante ese viaje.

¿Cómo podía haber sido tan tonto de no dejar ningún recado en ninguna parte? La confianza en sí mismo debió de subírsele a la cabeza cuando se apresuró hasta allí como un Superman.

Ahí tumbado, la prueba de su fracaso era más que evidente. Decidió que si este era el final quería saber por qué.

Quizá fuera por eso por lo que se encontraba tan tranquilo. Porque en su interior creía que esto era el final y tampoco le importaba tanto.

Pensó en su sueño. Había sido tan real. Nunca antes había soñado con su madre pero la sensación de su proximidad aún estaba en su interior. Hacía mucho tiempo que no recordaba aquella habitación del hospital.

Ella regresó con una bandeja con dos rebanadas de pan con mantequilla y queso y un vaso de leche.

– Toma -dijo bruscamente y alargó la bandeja.

Él se sentó y ella la colocó sobre sus rodillas.

Se dio la vuelta y desapareció en la cocina.

Miró con asco las rebanadas de pan. Se podía distinguir la marca de sus sucios dedos de ella sobre una de las lonchas de queso y le repugnó solo pensar que las había tocado, pero el hambre era más fuerte. Le dio un bocado a una de las rebanadas, luego tuvo que colocarla sobre la bandeja para poder coger el vaso de leche con su mano libre.

Miró la argolla de la pared e intentó moverla. No cedió ni un milímetro. La cogió entre sus dedos e intentó tirar.

Le vino a la memoria un antiguo recuerdo. Una vez hacía mucho tiempo, Johan, un amigo del grupo de SL, y él estaban paseando por Västerlånggatan durante la Navidad. En uno de los escaparates de una tienda de golosinas vieron un Papá Noel mecánico que con la terquedad de una mula golpeaba el cristal con su bastón. El bastón golpeaba cada vez exactamente en el mismo sitio. Johan, que iba a un curso nocturno de física, se detuvo admirado y observó al Papá Noel. Explicó que a pesar de que los golpes no eran fuertes, al cabo de un tiempo el material se desgastaba y el cristal se rompería. Aun cuando el Papá Noel quizá tuviera que estar golpeando las veinticuatro horas del día durante unos cuantos años exactamente en el mismo sitio, realizando una complicada operación de cálculo se podía determinar exactamente cuántos golpes soportaría el cristal. Finalmente, acabaría cediendo a causa del esfuerzo.

Peter reflexionó sobre esto y deseó que también valiera para las paredes de piedra.

Continuó comiendo mientras trabajaba concienzudamente la argolla con la mano izquierda.

Ella regresó a la habitación y se sentó en el sillón. Arrastró la mesa de centro con la mano, tiró al suelo los cachivaches que había sobre ella y colocó una botella de Sylvaner y un vaso. Retiró la bandeja de las piernas de Peter y la dejó en el suelo. La vomitona aún seguía ahí.

Él cubrió con la colcha la mano izquierda y prosiguió con sus intentos por mover la argolla.

Se sentó en el sillón y se sirvió un vaso de vino. Se lo bebió de un trago.

Ninguno de ellos dijo nada.

Ella continuó bebiendo a un ritmo constante y él se preguntó si eso sería bueno o malo.

Finalmente Peter se decidió.

– ¿Puedo ver la fotografía de Erik Frid? -preguntó.

Ella se puso de pie sin responder y se tambaleó algo cuando desapareció por el vano de la puerta. Regresó inmediatamente y sostenía la fotografía entre el pulgar y el índice. Le recordó a Olof cuando soltó la rosa seca del paquete.

Dejó caer la fotografía sobre él y que revoloteara sobre su pecho. La levantó lentamente y miró.

– Sabes que este no soy yo, ¿verdad? -preguntó.

Ella se carcajeó.

– ¿Crees que soy tonta, mierdecilla? -contestó ella inmediatamente.

Sí, quizá un poco, pensó Peter.

– ¿Quién es entonces? -continuó él.

Ella apartó la vista del vaso de vino y le miró con los ojos entrecerrados.

– Ése, pequeño Peter, es tu padre.

Se levantó, se acercó a él y le arrancó la fotografía. Cogió un bolígrafo del suelo y comenzó a acuchillar el rostro de la imagen.

– Cabrón, cabrón, cabrón… -aullaba al ritmo de las cuchilladas.

La observó. Estaba claro que no estaba en sus cabales. Finalmente se dejó caer sobre el sillón y gimoteó violentamente. Toda ella temblaba. Intentó servirse más vino pero no acertó en el vaso y dio un trago directamente de la botella.

Su repentina debilidad le hizo sentirse valiente.

– ¿Cómo era? -preguntó cautelosamente.

Ella se serenó y lo miró. Él dejó de mover la argolla bajo la colcha.

– Te gustaría saberlo, ¿verdad? -espetó ella-. Te gustaría saber cómo es tener un padre que viene a escondidas a tu cuarto cada noche, año tras año, desde que tienes uso de razón, y hace cosas prohibidas contigo. Te gustaría, ¿verdad?

Él se sonrojó.

Ella volvió a beber de la botella. El vino le corría por la barbilla. Comenzaba a estar realmente borracha.

– Y luego, cuando finalmente muere, comprendes que ha dejado un recuerdo que está como pegado a tu cuerpo, como un castigo perpetuo que no se puede lavar, que provoca grandes heridas abiertas por todo el cuerpo que nunca quieren sanar. Para que todos vean tu vergüenza, como si el demonio mismo estuviera saliendo a través de tu piel. Te gustaría saber cómo se siente uno, ¿verdad?

El estaba en silencio. Era el hombre de la foto quien le había contagiado la sífilis. Su propio padre.

– ¿Por qué no fuiste al médico? -preguntó en voz baja.

– Cierra el pico -gritó ella. Se puso de pie. Bebió las últimas gotas de vino y luego tiró la botella al suelo. Se tambaleó y pareció no saber qué iba a hacer. Finalmente se sentó de nuevo. Peter comprendió que era mejor guardar silencio.

Ella se sumió en sus pensamientos. Peter se asustó de que sus ganas de hablar se hubieran apagado y tosió para intentar romper su silencio. Ella lo miró con ojos ebrios. Había funcionado.

– Y tú, mierdecilla, te libraste de todo. Tú simplemente desapareciste y me dejaste sola en aquel infierno. Primero te llevaste a mamá de mi lado y a ti ni siquiera llegué a verte. Luego me quedé sola con el demonio. Ya casi era adulta cuando comprendí que tú nunca regresarías y me salvarías.

Él no comprendía. ¿Con quién lo confundía?

– Después, él por fin murió y fui libre. O eso creía. Pero se había metido debajo de mi piel y me había envenenado. Nunca he sido libre.

Se recostó y cerró los ojos.

– Luego recibí la carta y finalmente comencé a buscarte. Y fue entonces cuando vi que tú eras él. He esperado durante

cuatro años para hacerte pagar tu traición. ¡Y ha valido la pena esperar!

Se puso de pie, se acercó a la librería y cogió algo. Volvió a sentarse en el sillón.

– Esta carta, pequeño Peter, la he leído por lo menos mil veces. Es para ti.

Rió.

– ¿Y sabes qué es lo más divertido? ¿Lo sabes? ¡Que tú nunca la leerás!

Se tambaleó hacia él y sostuvo la carta para que pudiese leer la dirección. Pudo ver que estaba dirigida a ella, pero al ver la letra casi se le cortó la respiración. Hizo un rápido movimiento con su mano derecha libre para intentar alcanzarla, pero ella fue más rápida que una flecha y retrocedió.

El corazón comenzó a latir desbocado en su pecho. Empezaba a costarle respirar.

Algo iba realmente mal.

– No, querido hermano -dijo ella con odio en la mirada-. ¡Mi última labor en la vida es que nunca puedas leer esta carta!

Él cerró los ojos e intentó convencerse de que había visto mal, pero sabía que era cierto.

La letra del sobre era la de su madre.


32

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Finalmente ella se durmió en el sillón. A Peter le embargó un desánimo que puso en marcha todas las voces de alarma de un inminente ataque de ansiedad.

Intentó respirar con tranquilidad. Intentó defenderse con todo lo que su cuerpo era capaz de utilizar.

Todo el tiempo la había considerado una loca.

Una loca que le había involucrado en todo esto sin ninguna razón; eso le había tranquilizado y le había quitado toda responsabilidad, pero cuando le enseñó la carta con la letra de su madre comprendió que había algo más.

Algo de lo que él no tenía ni idea.

La carta se había resbalado de su mano y había caído al suelo. Miró a su alrededor buscando algún objeto largo con el que acercársela, pero no encontró ninguno.

Antes de que le enseñara la carta se había sentido sorprendentemente indiferente sobre la situación, como si no fuese con él, pero ahora se despertó el terror de no haber tenido nunca claro qué había querido decirle su madre. En su borrachera la mujer había conseguido encontrar su punto débil y desde ese momento él se había convertido en su víctima, estaba en sus manos. Antes solo le había amenazado con matarlo, y eso no le había importado mucho, pero ahora amenazaba toda su existencia.

¿Qué quiso decir al llamarle hermano? ¿Era simplemente parte de su complicado juego? ¿Para desconcertarlo aún más?

Comprendió que sería un peligro enseñarle los sentimientos que había despertado. Entonces ella habría conseguido su objetivo; no se atrevía siquiera a imaginar qué pensaba hacer con él más tarde.

Le pareció que comenzaban a llegar efluvios de mal olor del armario, pero aún eran tan débiles que podían ser imaginaciones suyas. Seguramente había otras cosas en el piso que olían mal.

Él incluido.

Había trabajado concienzudamente la argolla de la pared. Aún no se había movido y ahora empezaban a dolerle los dedos. Si se soltaba, ¿qué haría? No podía abrir la puerta de la calle sin la llave. Había dos teléfonos en el suelo junto a la ventana pero ya había visto que los cables estaban cortados. Quizá pudiera pedir auxilio por la rendija del buzón, pero para tener tanto tiempo primero tenía que dejarla fuera de combate y sabía que eso, probablemente, no lo conseguiría.

Tenía que pensar en algo que, en el menor tiempo posible, pudiera llamar la atención lo suficiente para que nadie pudiera pasarlo por alto.

Intentó concentrarse en mantener la ansiedad a raya. Tenía que actuar ahora que todavía podía.


Comenzaba a amanecer en el piso cuando ella se despertó. Miró a su alrededor y Peter vio que las rayas de la pana del sillón habían dejado largas marcas en su mejilla derecha. Clavó los ojos en él enfadada y desapareció en la cocina. Oyó que abría el grifo del agua.

Se oía una débil música que venía de algún piso cercano.

Cada vez que algo le recordaba que el mundo seguía su curso sentía como un consuelo, pero al mismo tiempo le embargaba una ligera preocupación.

¿Había alguien buscándole? ¿Alguien le había echado do menos?


La tarde pasó. Ella no había aparecido y eso estaba bien. Tuvo tiempo de sobra para tranquilizarse. La carta aún estaba tirada en el suelo, le daban palpitaciones cada vez que la veía.

Cuando la habitación se quedó a oscuras envolvió la argolla con un poco de colcha para proteger sus doloridos dedos. De esa manera podía golpear con el puño derecho. La argolla aún no mostraba ningún síntoma de moverse de su agarre.

Dormía a ratos, pero no tan profundamente como para no despertarse al más mínimo ruido. No pensaba dejarse sorprender.


Comprendió que ahora debía de ser de noche. No se oía ningún ruido en la casa y hacía tiempo que no oía nada en la escalera.

Se preguntó qué haría ella. Seguramente pasar la resaca.

Se encendió la lámpara del techo.

Cerró los ojos y fingió dormir. La oyó pasearse por la habitación. Miró con los ojos entrecerrados y la vio deambular sin parar de un lado a otro de la habitación con los brazos en cruz.

Fingió que lo había despertado y abrió los ojos. Bajo la colcha seguía moviendo la argolla con tirones continuos.

Ella lo miró de hito en hito. Parecía irritada. ¿Quizá no era tan divertido como ella había pensado? ¿Quizá la caza y el acorralamiento de la presa había sido más divertido que la victoria en sí?

– Te gusta el Lundberg ese, ¿verdad?

Él no respondió.

– Os vi por el telescopio abrazándoos en la oficina. Lo que hacéis por la noche es fácil de adivinar. Joder, me dan ganas de vomitar.

Hablaba entrecortadamente, como si sintiese dolor en alguna parte.

Él se sonrojó.

– Me parece que tendré que hacer algo con él, para que te animes un poco. No te puedo tener aquí en casa tumbado tranquilamente y comiendo.

Se sentó en el sillón.

– ¿Y si le corto el cuello? -sonrió.

Él se quedó helado.

– O simplemente incendiar su casa mientras esté durmiendo, y esperar a que salga corriendo a la calle. ¿Qué te parece, eh, Peter? ¿Qué te desesperaría más?

Él tragó saliva.

¡Dios mío, ayúdame a controlarme!

Estornudó. Sintió que le salía un moco y le colgaba del labio superior.

– Me da igual -dijo él con una sonrisa-. ¡No hay nadie en el mundo que me importe menos que Olof Lundberg!

Cruzó inconscientemente los dedos de su mano izquierda.

Ella se dio cuenta de que utilizaba sus propias palabras y sus ojos se empequeñecieron.

– Te crees alguien, ¿verdad? ¡Pero mírate! Estás ahí tumbado como un fardo y no puedes hacer ni una mierda. Puedo hacer lo que quiera contigo. ¡De mí depende si vas a sobrevivir esta noche o no!

La mitad izquierda de su rostro comenzó a temblar. Finalmente se agitaba toda la cabeza. Parecía como si la incomodase, pues intentaba ocultar el rostro con sus manos. Le dio la espalda.

Tenía el pie izquierdo sobre la carta.

Como si hubiera sentido su mirada se agachó y la cogió. Los temblores se desvanecieron. De nuevo se volvió hacia él. Su sonrisa le asustó. Alzó la mano con la carta.

– ¡Ahora, pequeño Peter, vamos a ver si hay alguien que te importe en el mundo!

Su corazón dio un vuelco.

Ella fue a la cocina y oyó el sonido de una cerilla al encenderse. Peter cogió la argolla e intentó con todas sus fuerzas que cediese. En ese mismo instante apareció ella en el vano de la puerta con un candelabro rojo con un vela encendida. Pulsó el interruptor y la lámpara del techo se apagó.

– Ahora vamos a ver lo bien que arde la carta de despedida de la vieja -susurró ella.

Desfiló como una santa hacia la mesa con el candelabro extendido frente a sí. Lo colocó sobre la mesa. El corazón de Peter latía desbocado. Podía hacer lo que quisiera con él, pero que no quemase la carta.

Y eso era precisamente lo que ella sabía.

Había ganado.

Acercó lentamente la carta a la llama.

Algo se rompió su interior.

Gritó. Completamente enloquecido. Todos sus sentidos se concentraron en su garganta y el sonido que produjo fue inhumano. Su miedo había madurado en secreto hasta convertirse en un tigre rugiente y ahora se defendía de la colosal amenaza a que era sometido. A través de su cuerpo fluyó una descarga de adrenalina que hizo que sus músculos se tensaran como muelles de acero; no le extrañó notar que la argolla se desasía de la pared.

Se sentó y se volvió hacia ella. Estaba como petrificada, con la mano aún alargada hacia la vela. Sin pensarlo cogió su almohada y la lanzó hacia la llama de forma que la vela cayó y se apagó.

El cerebro estaba desconectado, el cuerpo reaccionaba por su cuenta. Sujetó la cuerda de sus pies y comenzó a patear los pies de la cama. Con el rabillo de ojo vio que ella se había recuperado de la sorpresa inicial y corría hacia la cocina.

En medio del revuelo las voces de alarma sonaron con fuerza y le indicaron que no tenía mucho tiempo. Continuó pateando. Con un estruendo cedió el bastidor de la cama y la cuerda se aflojó.

Era libre.

La vio en el vano de la puerta y todo su cuerpo se preparó para la lucha. En este momento era invencible.

Ella encendió la lámpara del techo. La visión de Peter debió de asustarla pues se detuvo y dudó. El no apartaba la vista de ella.

Miró dubitativa a su alrededor.

Él dio un paso repentino hacia ella.

Ella se sobresaltó. La jeringa estaba entre sus dedos índice y corazón; cuando se amedrentó salió un chorro de líquido por la aguja que cayó al suelo.

– Dame las llaves de la puerta -siseó ronco.

Se le había roto algo en la garganta.

La expresión del rostro de ella cambió al comprender que aún tenía algo de ventaja.

– Ven y cógelas -sonrió ella.

Él dio un paso. Ella no se movió de su sitio. Su cerebro bombeaba adrenalina. Sentía el pulso en cada parte de su cuerpo.

– No las tengo -dijo ella-. Las he tirado al retrete. De cualquier manera, no saldrás nunca más de este piso. ¿No te has enterado todavía? Tú y yo vamos a vivir aquí, como la familia feliz que somos. ¿No es así, hermanito?

Se lanzó sobre ella y ella cayó hacia atrás en el recibidor. Estaba sobre ella y había conseguido sujetarle la muñeca de la mano en la que tenía la jeringa. Era fuerte, pero ahora él era más fuerte. Consiguió torcer su mano y ella tuvo que soltarla. Todavía sin pensar aplastó la jeringa con su puño. Ella no emitió ni un sonido pero el odio brillaba en sus ojos.

El la golpeó fuertemente en el rostro.

Le llegó el olor de ella y esto le hizo enloquecer aún más, cogió su cabello y golpeó fuertemente su cabeza contra el suelo. Sus ojos no dejaban de mirarlo. Continuó golpeando y fue solo cuando sintió que el cuerpo de ella comenzaba a relajarse y los párpados se cerraron que consiguió parar.

Se puso de pie y sollozó. Aún le fluía la adrenalina. Se dio la vuelta y vio que la carta estaba sobre la mesa de centro. La dobló y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

Corrió hasta el recibidor y comenzó a golpear la puerta de la calle.

Gritó para pedir ayuda pero no tenía paciencia para esperar una respuesta. Corrió hasta la ventana e intentó abrirla.

La luz de la oficina de Olof estaba apagada.

No tenía tirador y comprendió que las ventanas estaban selladas. Miró a su alrededor. Cogió uno de los teléfonos que estaban en el suelo y lo lanzó contra el cristal. Se rompió todo el cristal interior pero en el exterior solo quedó un agujero del tamaño del teléfono. Arrancó una de las cortinas, se la enrolló alrededor de la mano y comenzó a golpear los pedazos de cristal de la ventana.

Oyó que ella gemía en el recibidor. Cuando se asomó vio que estaba demasiado alto. Era impensable descolgarse. Era de noche y las farolas de la calle estaban iluminadas y los coches circulaban por Sibyllegatan con toda normalidad.

Vio el teléfono destrozado abajo en la acera.

Pasaron dos personas. Intentó gritar.

No pudo articular ni un sonido.

Se detuvieron junto al teléfono y uno de ellos lo golpeó con el pie y miró hacia arriba. Peter se asomó por el alféizar y agitó los dos brazos. Las esposas colgaban de su mano izquierda.

Le saludaron agitando la mano y prosiguieron.

Le empezó a temblar todo el cuerpo.

Ella gimoteaba en el recibidor.

Vio que le sangraba un brazo.

No pensó, su cuerpo aún seguía trabajando por su cuenta.

Entonces se dirigió al armario y abrió la puerta. El rostro hinchado de Elisabet Gustavsson le miraba fijamente, pero su cuerpo no le dejó reaccionar. Sus dedos aflojaron decididos el cinturón que la aseguraba al fondo del armario y su cuerpo inerte se desplomó sobre el suelo. La sujetó por debajo de las axilas, la arrastró hasta la ventana y con un último esfuerzo consiguió alzarla hasta el alféizar y tirar el cuerpo a través de la ventana rota.

Se sentó en el suelo extenuado.

Empezaban a flaquearle las fuerzas y el cerebro entró en acción.

Consiguió ponerse de pie y mirar por la ventana. El cuerpo yacía de una forma inusual sobre la acera. Ya se habían detenido dos coches. Agitó la mano derecha hacia ellos y luego se tambaleó de espaldas hacia el interior de la habitación completamente extenuado. En un último esfuerzo consiguió encender la radio, el estéreo y subir el volumen al máximo. A continuación entró en el recibidor tambaleándose, pasó por encima de Anja Frid y se metió en el cuarto de baño.

Cerró la puerta y sacó la llave.


33

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Se había sentado en el retrete. El pequeño espacio daba vueltas frente a sus ojos, se reclinó y los cerró. Cayó en un sopor sin sueño.


Alguien tiraba de la puerta. Se sentó completamente derecho. Le dolía todo el cuerpo y la pequeña habitación aún daba vueltas.

– Hola, ¿hay alguien ahí?

Era la voz de un hombre.

Intentó decir algo para darse a conocer pero seguía sin voz. No tenía fuerzas para levantarse. Se apoyó hacia delante y golpeó la puerta.

– Abra la puerta -gritó la voz-. ¡Es la policía! ¡Salga con las manos en alto!

Peter vio borrosamente que la llave estaba junto al retrete y alargó la mano para cogerla. Su cuerpo temblaba. En el mismo instante en que consiguió asirla se cayó hacia delante y se golpeó la cabeza contra el lavabo. Quedó tumbado en el suelo.

– Contaré hasta tres -gritó la voz-. ¡Si no sale tiraremos la puerta abajo!

Uno, dos, tres.

Se oyó un golpe y trozos de madera llovieron sobre él. Intentó protegerse la cabeza y no alcanzó a ver el filo del hacha atravesar la puerta.

Vio que la habitación se iluminaba e intentó girar la cabeza hacia la fuente de luz. Dos rostros le miraban y uno de ellos se acercó.

– Llame a Olof Lundberg en Saltsjö-Duvnäs -susurró Peter. Parecía como si tuviera una herida abierta en la garganta.

Luego todo se oscureció.


Reconoció de nuevo el olor, pero no pudo ubicar el sonido que se introdujo en su conciencia. Le dolía la garganta y aún podía sentir el hierro de las esposas alrededor de su muñeca izquierda. Oyó el sonido de una respiración y comprendió que alguien estaba sentado a su lado.

Abrió los ojos atemorizado.

Era Olof.

Cuando vio que Peter abría los ojos, se levantó y dio un paso hacia la cama. La habitación estaba en penumbra, la única luz venía de una lámpara en la mesilla de la cama vacía a su lado.

– ¿Qué hora es? -susurró.

Olof miró el reloj.

– La una y media -respondió y sonrió.

Peter intentó tragar. Le picó la garganta.

– ¿Qué día es? -preguntó.

– Es domingo. No, ahora es lunes, claro. Es de noche. ¿Quieres beber algo?

Asintió.

Olof cogió un vaso de zumo rojo de la mesilla y le puso la paja en la boca. Le picó la garganta como si el vaso contuviera alcohol puro.

Tosió.

– ¿Dónde estoy?

La garganta le dolía tanto que apenas podía hablar.

– En el Karolinska.

Olof colocó el vaso sobre la mesa y le miró preocupado.

Peter no sabía qué decir. Simplemente se sentía tan sinceramente contento de que Olof estuviera sentado a su lado que podía contentarse con eso por el momento. Alargó la mano hacia Olof que la tomó y la acarició.

La puerta se abrió y entró una enfermera en la habitación.

– Vaya, ya se ha despertado -dijo amablemente-. ¿Cómo se encuentra?

Comprobó la bolsa de suero y la cánula que estaba clavada en su mano izquierda.

– Me duele mucho la garganta -susurró Peter con esfuerzo.

Intentó carraspear pero fue aún peor.

– Voy a ver si puede tomar algo para calmar el dolor -dijo y esbozó una sonrisa-. Pulse el timbre si necesita algo.

Salió por la puerta.

– ¿Puedes hablar? -preguntó Olof.

Peter señaló la garganta y negó con la cabeza.

Permanecieron sentados en silencio, al cabo de un rato se abrió la puerta y regresó la enfermera. Se acercó a la cánula e inyectó algo en su mano.

– Pronto se sentirá mejor -sonrió ella-. Intente beber tanto como pueda. Estaba muy deshidratado al llegar.

Abandonó la habitación y Peter vislumbró la espalda de un policía a través de la puerta abierta. Se recostó y se sintió completamente seguro.

El medicamento actuó casi inmediatamente.

– Fue ella -dijo cuando sintió que la voz respondía.

– ¿Quién?

– Bodil Andersson.

– ¿Qué?

– Fue ella todo el tiempo. Te llamé pero tú habías ido a reunirte con ella. Le dejó un mensaje a Lotta para mí, entonces comprendí que era ella.

– Pero…

– Con la ayuda de la lista de Beckomberga conseguí adivinar quién era y me lancé a un taxi. Pensé que quizá quería herirte, así que no me lo pensé demasiado antes de entrar en su piso. Caí en una trampa. ¿Dónde está ella ahora? ¿La maté a golpes?

El dolor casi había desaparecido, pero sintió cómo se le desgarraba la garganta al hablar. Quería contar lo más importante antes de que el medicamento dejara de actuar.

– No estaba en el piso -dijo Olof-. Solo te encontraron a ti.

Peter miró a su alrededor.

– ¡Tienes que encontrarla! Está loca de remate. Me tuvo atado a la cama todo el tiempo y…

La voz le falló.

– ¿La policía? -susurró y cabeceó hacia la puerta.

Olof bajó la vista.

– Están aquí para interrogarte… Yo tampoco comprendí lo que había pasado, así que no supe realmente qué debía decir. El nombre de Anja Frid no me decía nada. Pero tu hermana consiguió localizarme ayer y entonces comprendí que había pasado algo, de modo que denuncié tu desaparición a la policía. No conseguí localizar a Bodil Andersson y ahora sé por qué.

Agitó desconfiado la cabeza.

– ¡Qué loca de mierda! ¿Fue realmente ella? Pero…

Siguió con sus cavilaciones. Solo la habían llamado a su número directo o a su móvil. La información que aseguró haber recibido de la policía de Nacka la tenía ella misma. Y a su colega, que nunca llegaba a tiempo, no lo habían visto nunca. Olof agitó la cabeza de nuevo al comprender que era posible, aunque bastante increíble.

– ¿Qué quería? -preguntó.

La puerta se abrió y dos policías entraron en la habitación. Cabecearon al reconocer a Olof; cada uno acercó una silla a la cama de Peter.

– Bosse Eriksson, de la brigada criminal -dijo uno de ellos y alargó la mano-. ¿Cree que puede responder a unas preguntas?

Señaló a su colega.

– Éste es Magnus Dahlberg.

Dahlberg cabeceó hacia él y sacó un pequeño bloc y un bolígrafo del bolsillo interior de su chaqueta.

– Primero quizá deberíamos liberarle de eso -prosiguió y señaló la esposa alrededor de su mano izquierda.

Sacó una llave que resultó funcionar. Peter miró sorprendido.

– Modelo universal -explicó Eriksson.

Peter se volvió hacia Olof.

– Me imagino que se habrán identificado.

Olof sonrió y asintió. Eriksson y Dahlberg se miraron desconcertados y luego a Peter.

– Olof, quizá podrías comenzar tú -pidió él.

Señaló su garganta y tragó con dificultad.

Olof contó la historia desde el principio y los policías escucharon atentos. En un par de ocasiones le interrumpieron e hicieron alguna pregunta; Peter levantó la mano dos veces para indicar que se había olvidado de algún detalle. Cuando Olof llegó a la última conversación telefónica con Bodil Andersson se encogió de hombros y dijo que eso era todo lo que sabía. El resto de la información la había vivido Peter por su cuenta desde el jueves. Finalizó su exposición relatando la conversación del jueves en la oficina.

– Me dijo por teléfono que debía ir corriendo al piso de Falugatan, pero ahí no había nadie, tampoco había ni rastro de que tuviera lugar una investigación policial.

Suspiró.

– Quizá entonces tendría que haber sospechado, pero ella nos engañó por completo. Debió de confiar que, al dejar las iniciales en la carta, sospecharíamos de Elisabet Gustavsson; luego se fue a su casa, la mató y dejó allí todas las pruebas. El sobre, mi fotografía y la bolsa con los aerosoles de pintura.

Como si por primera vez comprendiera realmente lo que las palabras que pronunciaba significaban añadió:

Es una locura. ¡Esa mujer tiene que estar completamente loca!

Olof enmudeció.

– ¿Y usted no la ha visto desde entonces? -preguntó Eriksson.

Olof agitó la cabeza; parecía como si aún analizara lo que acababa de decir.

Eriksson se volvió hacia Peter.

– ¿Pero usted sí lo ha hecho?

Él asintió. Empezó a hablar en voz baja y con cuidado. Sentía que cada articulación abría profundas heridas en su garganta.

– Cuando Olof se fue a Falugatan yo llamé a su oficina. Bodil Andersson, o quizá deberíamos llamarla Anja Frid, me había dejado un mensaje que hizo que comprendiera que ella era la diabla.

– ¿Diabla? -preguntó Dahlberg.

– Una especie de mote.

Bajó la vista.

– Conseguí descubrir, con la ayuda de las pistas que tenía, que la mujer era Anja Frid y me metí en un taxi. Creía que deseaba herir a Olof. Ella abrió la puerta y me dejó entrar, quizá no fui demasiado prudente. Luego cerró la puerta con llave y consiguió ponerme una inyección de modo que me desmayé. Cuando desperté estaba tumbado y atado a la cama, y ahí he estado desde entonces.

Eriksson y Dahlberg se miraron el uno al otro.

– Pero nosotros le encontramos en el cuarto de baño -recordó Eriksson-. Y antes de eso encontramos lo que ahora suponemos es el cuerpo de Elisabet Gustavsson en la acera debajo del piso. ¿Cómo ocurrió?

Peter tragó de nuevo.

– Conseguí soltarme y comprendí que debía llamar la atención tan rápidamente como fuera posible. Anja Frid me había enseñado el cuerpo en el armario. No tengo ni idea de cómo lo llevó hasta allí.

Peter agitó la cabeza con convicción. Los hombres se miraron entre sí.

Olof observó a Peter con los ojos abiertos de par en par.

El dolor de garganta había vuelto. Era imposible continuar la conversación, lo cual le hizo sentirse bastante bien. Había callado a propósito el detalle de la carta. De momento deseaba guardar esa parte de la historia para sí mismo.

– Vaya -dijo Eriksson-. Si esto es cierto tengo que decir que admiro su sangre fría. El cadáver indudablemente llamó la atención.

Olof sonrió, casi parecía orgulloso.

Peter se preparó para superar una última vez el dolor de garganta.

– ¿Saben dónde está? -preguntó-. Nos persigue a Olof y a mí.

Los dos policías volvieron a mirarse.

– No. El piso estaba vacío cuando llegamos.

La habitación quedó en silencio.

– Por último, ¿por qué le duele tanto la garganta? -preguntó Dahlberg.

Peter se encogió de hombros.

Eriksson y Dahlberg se pusieron de pie y dijeron adiós.

– Seguramente regresaremos para hacerle más preguntas. Le pediremos al personal que nos informe cuando le den el alta.

De pronto él se volvió a asustar. Sin preocuparse por el dolor de garganta exclamó:

– No se irán ya, ¿verdad? ¡Ella puede venir aquí!

Los hombres se miraron.

– No tiene por qué preocuparse. Le diremos al vigilante de recepción que tenga los ojos bien abiertos. Adiós.

Abandonaron la habitación.

Peter comprendió que no creían su historia.

Se dio la vuelta hacia Olof.

– ¡Es cierto! -susurró.

– Lo sé -respondió y asintió tranquilizadoramente.

Peter volvió la cabeza y cerró los ojos.

Dentro de poco contaría toda la verdad.

Simplemente él deseaba saberlo primero.


34

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Olof se marchó y Peter se quedó solo en la habitación. Le dolían las heridas que se había hecho en los brazos con los cristales de la ventana y sentía todo el cuerpo totalmente extenuado, pero el cerebro funcionaba a toda máquina. Una mezcla de desconcierto y miedo le impedían dormir. Recordó la carta que tenía en el bolsillo del pantalón. Había pensado varias veces pedirle a la enfermera que se la trajera, pero había dudado. Aún no estaba preparado. Comprendió que independientemente de lo que dijera la carta, con toda probabilidad descubriría algo que no había sabido antes y no tenía ni idea de cuál iba a ser su reacción. Estaba al borde de un abismo y tenía miedo de perder el equilibrio y caer al vacío si leía la carta.

¿Quién era ella?

¿Qué tenía que ver su madre con ella?

Pulsó el timbre para llamar a la enfermera de noche. Pasaron un par de minutos antes de que se abriera la puerta y entrara la enfermera.

– Perdone que la moleste, pero ¿podía ser tan amable de darme mis pantalones? Hay una cosa en el bolsillo que deseo coger.

Abrió uno de los armarios a la izquierda de la puerta y comenzó a buscar entre su ropa. Encontró los pantalones y los sacó del armario.

– Necesitan un lavado -dijo ella y frunció la nariz.

Él se sonrojó.

– No hay nada en los bolsillos. ¿En qué bolsillo estaba?

Un frío glacial se extendió por su cuerpo. Se incorporó y se sentó en la cama.

– ¡Déjeme ver!

Ella se acercó y le entregó los pantalones. Tenían un fuerte olor a suciedad y orina. Rebuscó en el bolsillo derecho donde sabía que había puesto la carta.

Estaba vacío.

La enfermera había regresado al armario y ahora buscaba en el suelo de la pequeña taquilla.

– ¿Qué era? -preguntó ella-. ¿Era algo importante?

No podía responder. Respiraba con cortas y rápidas inhalaciones. Se acercó de nuevo a él.

– ¿Cómo se encuentra? Intente tumbarse, por favor. Voy a buscar algo para que pueda dormir.

Desapareció por la puerta.

Él no lo dudó ni un segundo. De un rápido tirón se quitó el esparadrapo que había sobre la cánula de su mano y extrajo cuidadosamente la aguja. Sacó las piernas por el borde de la cama y probó si podía caminar. Apenas podía, pero era suficiente. Se puso los pantalones y se metió la camisa blanca del hospital por dentro. Los zapatos y la chaqueta no estaban en el armario, debieron de quedarse en el piso.

Salió con pasos furtivos al pasillo y miró a su alrededor. Se oían ruidos desde una puerta abierta algo más a la izquierda y se apresuró en dirección contraria.

El pasillo iba a parar a una puerta de cristal; detrás se encontraba la escalera. Abrió la puerta tan silenciosamente como pudo y comenzó a bajar casi corriendo. Dos pisos más abajo abrió una puerta de cristal parecida a la que acababa de pasar y se encontró en otra planta.

El reloj blanco de la pared marcaba casi las cuatro y media. Junto a la primera puerta a mano derecha decía sala 8 y abrió la puerta con cuidado.

Tuvo suerte. En la sala había cinco hombres roncando. La sexta cama estaba vacía. Los armarios estaban situados igual que en su habitación y comenzó a abrir las puertas con cuidado. Los primeros zapatos que encontró eran del número cuarenta y cinco, de modo que los dejó. En el armario siguiente había un par de viejas zapatillas deportivas que seguramente ni siquiera su propietario echaría mucho de menos. Las cogió y salió de la habitación. Había dudado si también coger una chaqueta pero se abstuvo. Aún no había cometido ningún delito y estaba seriamente resuelto a continuar así.

Al final de la escalera se encontró con un corredor. El techo era bajo y ante él se extendía un pasadizo subterráneo de más de ciento cincuenta metros. Sacó fuerzas de flaqueza. Seguro que ya le habían echado de menos y tenía prisa por salir del edificio. Lo intentó con todas las puertas que vio pero todas estaban cerradas. Pasó un ascensor; estaba a punto de perder el control pero entró en él. Pulsó PB. No ocurrió nada. Pulsó todos los botones pero el ascensor estaba completamente muerto. Golpeó la pared con el puño y apoyó la frente contra la fría placa de metal.

La puerta del ascensor se abrió. Dio un respingo como si alguien le hubiera golpeado y volvió lentamente la cabeza.

En el ascensor entró un hombre de unos veinticinco años vestido de blanco con un gran manojo de llaves.

– Hola. ¿Adónde va?

– Afuera -respondió Peter tan serenamente como pudo.

El hombre introdujo una de sus llaves en una cerradura del panel y la giró. A continuación pulsó uno de los botones y el ascensor se puso en marcha. Peter le dio la espalda y sintió sus ojos clavados en su nuca.

– ¿Está en la UH3? -preguntó.

Peter asintió y el ascensor se detuvo. El hombre lo estudió y Peter le pidió a Dios que se abrieran las puertas. Fue momentánea mente escuchado, pero en el mismo instante en que daba un paso hacia afuera sintió la mano del hombre sobre su hombro. Se detuvo.

– Oiga. No tenemos ninguna planta que se llame UH3. Lo mejor será que venga conmigo.

Peter intentó pensar. No, ahora que había llegado tan lejos, no. En ese mismo instante las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse y Peter se dio la vuelta rápidamente y empujó al hombre dentro del ascensor. Lo último que vio fue la expresión de sorpresa del rostro del hombre desapareciendo por la rendija entre las puertas. Comenzó a correr hacia la salida.

Se preguntó por qué de pronto la suerte estaba de su lado.


Un par de minutos más tarde estaba fuera, en el aparcamiento. Tenía frío sin chaqueta. Después de diez minutos empezó a blasfemar por su honradez. Temblaba, estaba congelado.


Tardó casi media hora en llegar andando hasta Tyskbagargatan. Su determinación había eclipsado todos los sentimientos y el pensamiento de que pudiese encontrarse con ella ni siquiera se le había ocurrido.

Tenía que conseguir la carta.

Eso era más importante que todo lo demás, pues todo lo demás, en realidad, no tendría importancia si no conseguía recuperarla.

Pulsó todos los botones del portero automático. Alguien preguntó quién era pero no respondió y finalmente la cerradura zumbó.

Casi dentro.

Esta vez fue al revés. Su cerebro estaba al mando y no permitía que el cuerpo se rindiese a causa de su agotamiento. Las piernas le temblaban y la respiración era pesada pero no dejó que eso le detuviese sino que continuó decidido escaleras arriba.

En el cuarto piso se detuvo y escuchó. No podía oír otra cosa más que su propia respiración y continuó subiendo hasta el último piso.

La puerta de Anja Frid había sido forzada, eso estaba perfectamente claro; luego la policía había colocado una especie de cerradura provisional y había puesto un cartel que indicaba que el lugar estaba precintado debido a una investigación criminal.

Escuchó a través de la puerta. El interior del piso estaba en silencio y a través del agujero de la cerradura pudo ver que no había ninguna lámpara encendida. Fuera había empezado a amanecer y se abstuvo de encender de nuevo la luz de la escalera después de que se apagara, prefería apañarse con la luz que se introducía a través del ventanal de la escalera. Probó la cerradura. Era fuerte pero no tanto como para no ceder a su resuelta fortaleza. La cerradura saltó con un estruendo y él permaneció completamente quieto escuchando la reacción de la escalera.

No ocurrió nada.

No podían haber pasado más de veinte horas desde que había salido del piso. Nunca se hubiera podido imaginar que tuviera tanta prisa por regresar.

La puerta se abrió y Peter entró por segunda vez en su vida por la puerta sin dudarlo. El piso estaba en silencio. Encendió la luz y se puso de rodillas en la habitación en la que había estado preso y comenzó a buscar entre la basura del suelo. Prosiguió por la cocina y la otra habitación, aun cuando sabía que no la podía haber perdido ahí. Sintió cómo el valor comenzaba a abandonarle. Debió deslizarse de su bolsillo de camino al hospital. Se dejó caer en el suelo con las rodillas recogidas y se pasó los brazos por la cabeza.

No podía ser cierto.

Los pantalones olían mal.

¡El cuarto de baño!

Corrió al recibidor y abrió la puerta del cuarto de baño. El olor a orina le golpeó como si chocara contra una pared pero se lanzó al suelo sin dudarlo y comenzó a rebuscar.

La encontró al fondo, detrás del retrete. Una liberación tan fuerte como una inyección de calmantes se extendió por su mente. Cogió la carta y leyó una vez más el sobre.

Había visto bien.

En el recibidor colgaba su chaqueta, la cartera aún estaba en el bolsillo. Sin mirar atrás salió del piso y dejó la puerta abierta de par en par.

Mientras bajaba por las escaleras guardó cuidadosamente la carta en la cartera y vio que todo su dinero aún estaba en la billetera.

En la calle paró el primer taxi que encontró.


35

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Tan pronto como se sentó en el asiento del taxi su cuerpo comenzó a hacerse notar. La fría caminata había acabado con sus últimas fuerzas y ahora cada parte de su cuerpo gritaba pidiendo descanso y satisfacción.

Le pidió al taxista que le llevase a Saltsjö-Duvnäs. Olof debería de estar en casa a esta hora del día y si por alguna razón no estuviera, aún tenía la llave de Lotta en el bolsillo.

Cuando llegó a la puerta dudó. El reloj en el salpicadero del taxi marcaba las seis menos diez. ¿Debía llamar al timbre o simplemente abrir con su propia llave? La solución fue un compromiso entre ambas. Sacó su llave y abrió la puerta al mismo tiempo que gritaba tanto como le permitía su voz que era él quien entraba. La luz roja de la alarma parpadeaba enfadada y marcaba en la pequeña pantalla que pronto pensaba ponerse en marcha si alguien, inmediatamente, no pulsaba la clave correcta. Aún la recordaba y la luz dejó de parpadear.

No le dio ni siquiera tiempo a quitarse los zapatos antes de que Olof apareciera en el recibidor. Llevaba la bata sin abrochar y parecía tan cansado que era sorprendente que pudiera mantenerse de pie.

– ¿Qué haces aquí? ¿No estabas en el hospital?

Parecía tanto enfadado como sorprendido.

– No aguantaba más. ¿Puedo entrar?

Peter bajó la vista al darse cuenta de que él mismo ya se había permitido entrar. Eso apenas le dejaba a Olof la posibilidad de decidir por sí mismo.

– ¡Pasa y siéntate! Pareces más muerto que vivo.

Él podía decir lo mismo de Olof pero se abstuvo. Olof le condujo hasta el sofá, buscó una colcha y se la pasó por los hombros.

– Dios mío, te tiembla todo el cuerpo. ¿Quieres algo?

Peter asintió.

– Me sentaría bien un poco de té.

Olof se fue a la cocina y él se reclinó y cerró los ojos. Se preguntó cuánto podía uno abusar de su cuerpo antes de que este simplemente decidiese tumbarse y morir.

Olof regresó con una taza de té y le ayudó a llevársela a la boca. El cerebro aún estaba perfectamente claro, pero sentía el cuerpo completamente extenuado.

– Tienes que intentar beber, eso dijeron en el Karolinska. ¿Sabe alguien que estás aquí?

Negó con la cabeza.

– Quizá deberíamos llamar y comunicárselo para que no te pongan en busca y captura.

Se suponía que era una broma pero él no tenía ni fuerzas para reír. Olof fue a buscar el teléfono y llamó a información. Le pasaron con la centralita del Karolinska.

– Desearía hablar con alguien de la planta cincuenta y tres. Gracias.

Peter volvió a cerrar los ojos.

– Me llamo Olof Lundberg y solo deseaba notificarles que el paciente Peter Brolin que ha desaparecido esta noche está en mi casa.

Silencio.

– Sí está muy cansado y estoy procurando que beba algo. ¿Hay algo más que pueda hacer?

Silencio de nuevo.

– Vale. No, se quedará aquí. No soporta los hospitales. ¿Sería posible que venga alguien a casa para atenderle durante el día?

Olof dio su dirección y colgó.

– Gracias -susurró Peter.

– Ahora tranquilízate, te sentirás mejor si consigues dormir de verdad. Dijeron que tenías que beber mucho, pero sobre todo descansar. Aseguraron que estabas extenuado. ¿Es eso cierto?

Peter lo miró. Olof sonrió y esta vez le devolvió la sonrisa.

– ¿Qué fue lo que ocurrió en el piso realmente? -preguntó Olof seriamente-. ¿Tienes fuerzas para contármelo?

– Mañana -contestó él.

Olof asintió.

– ¿Deseas acostarte o prefieres que estemos sentados aquí un rato? Tus sábanas aún están en la cama.

Peter no deseaba estar solo. Ahora había luz fuera y se sentía menos amenazado pero sabía que no podría dormirse si se quedaba solo en el cuarto de invitados.

– ¿Tienes fuerzas para quedarte aquí un rato? -preguntó Peter-. Tú tampoco has dormido mucho esta noche.

– Sí, hombre, unas tres horas.

Olof se había sentado en el sillón frente a él y ahora se recostó.

Peter le miró interrogante. Olof dejó que las yemas de los dedos repiquetearan por el reposabrazos del sillón.

– He tomado una gran decisión estos últimos días.

Tomó un trago de té.

– Lo he estado pensando algún tiempo, pero finalmente me he decidido durante esta última semana. Voy a vender la agencia.

La habitación quedó en silencio.

– Creía que era importante para ti -dijo Peter al cabo de un rato.

Olof dejó descansar sus dedos.

– Sí lo ha sido, pero el tiempo pasa. Hace un mes cumplí cincuenta y siete años y el tiempo no avanzará más despacio por eso. Durante treinta y siete años no he hecho otra cosa que trabajar y durante estos últimos diez años la agencia ha estado en la cima, de modo que no es fácil encontrar una buena razón para continuar.

He ganado ya tanto dinero que tendré que esforzarme si quiero gastármelo antes de morirme, y por eso he pensado empezar a hacerlo ahora.

De pronto se sentía completamente despejado, se inclinó hacia delante y continuó como si quisiera convencer tanto a Peter como a sí mismo.

– No tengo ni hijos ni familia. Ni siquiera tengo hermanos, y te aseguro que el dinero que he ganado en mi vida no va a ir a parar a Hacienda. He soñado hacer miles de cosas. Senderismo por el Himalaya, bucear en la Gran Barrera de Coral en Australia, ir de safari a África, y entonces me pregunto ¿por qué no lo hago? Pues porque cada día voy a mi oficina y me siento a pensar cómo poder convencer a la gente para que compre Via en lugar de Ariel y de que no pueden vivir un día más si no se compran rápidamente una antena parabólica que les proporcionará cuatrocientos dieciocho canales de televisión.

Resopló y se volvió a recostar.

– Sencillamente, soy demasiado viejo para eso. Ya no encuentro motivación. Lo único que deseo es algo de paz y tranquilidad.

La habitación quedó en silencio. Una bandada de gaviotas voló por delante de la ventana panorámica.

– Pero me he dado cuenta, y por fin lo he reconocido, de que lo que me ha impedido vender hasta ahora es que me asusta la soledad.

Miró a Peter que escuchaba atento. Olof cruzó los brazos.

– Si quisiera podría hacer un par de llamadas y llenar la casa con cien invitados, pero ¿quiénes serían? Sí, noventa sonrientes personas del mundo de la publicidad que saben que les interesa estar a bien con Olof Lundberg, y una decena de personas a las que quizá podría llamar mis amigos pero con las que desde luego no me gustaría hacer senderismo por el Himalaya. Todas tienen sus cosas y sus familias en las que pensar.

Bajó la mirada como si de repente se sintiese ruborizado. Peter se llenó de ternura.

– Ésa es la pura verdad, la gente olvida que una persona de éxito pueda estar sola. Yo mismo casi lo había olvidado. Pero lo cierto es que si lo analizas estoy completamente solo y la oficina funciona como un sustitutivo. Voy ahí cada mañana para tener la confirmación de que aún soy necesario, pero en realidad no tengo ni idea de quién soy fuera de mi mundo profesional. Ahora he decidido descubrirlo.

Permaneció un rato en silencio, luego alzó la vista y miró a Peter.

– Pero al mismo tiempo siento miedo e inseguridad y aquí es donde tú entras en acción, Peter.

Ambos permanecieron en silencio.

– Tengo una propuesta -continuó Olof-. ¡Que ahora no te dé un ataque, eh! Me pregunto si te gustaría vivir aquí en la casa conmigo. Sencillamente la dividiríamos por la mitad y compartiríamos cocina y salón. Si uno desea estar en paz o tiene una visita solo tiene que irse a su lado.

Peter no podía creer lo que oía. ¿Era posible que después de treinta y dos años color verde oliva ahora tuviera una oportunidad?

Miró a Olof y sonrió. Olof lo observó impaciente, como si deseara oír rápidamente su reacción.

– ¿Te estás declarando? -sonrió Peter.

Olof comenzó a reír.

– Sí, quizá sea una forma de decirlo. Pero -sonrió y levantó el dedo índice- tengo que aclarar que no hay obligaciones matrimoniales de por medio, espero que eso quede perfectamente claro. Ésas te las tienes que buscar tú mismo. Si te apetece acompañarme, me voy a Nepal dentro de tres semanas. Quizá allí encuentres a alguien.

Peter sintió cómo se extendía una agradable calidez por todo su cuerpo, y una singular y deseada tranquilidad se asentó en lo más profundo de su ser. Aún era necesario, quizá incluso más que antes.

– Quizá necesite apuntar que no me lo puedo permitir -dijo él. Olof sonrió. -Sí, sí puedes.


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Peter estaba tumbado en la cama y tenía la cartera en su mano izquierda. Eran las ocho y una suave paz se había apoderado de él.

Sintió que estaba preparado.

Desdobló rápidamente la carta mientras el valor aún le asistía.

No alcanzó a leer más que las primeras palabras antes de sentir crecer en su garganta una bola dolorosa y después de un par de frases esta se soltó y se transformó en un torrente de lágrimas liberadoras que se precipitaron por sus mejillas. Leyó la carta cuatro veces e intentó llorar tan silenciosamente como le fue posible. En ese momento no deseaba compañía.

Aturdido guardó la carta de nuevo en la cartera.

Los pensamientos y los recuerdos se entrelazaban en su cabeza e intentaban componer un todo. Había dado el paso hacia el abismo y aún no sabía si volaría o caería.

Toda su vida había resultado estar basada en una mentira, o por lo menos en una verdad omitida. Ahora, cuando por fin había conseguido la clave secreta y la llave para librarse del peso que siempre le había impedido continuar adelante y dejar atrás el pasado, no podía aceptar la explicación. No se sentía ni triste ni enfadado, pero tampoco contento o aliviado.

Estaba completamente vacío.

Pensó en su madre.

Cuando murió el piso ya había sido limpiado y todo lo que había en él había sido empaquetado. Había preparado su partida hasta el más mínimo detalle. Toda la ropa estaba guardada en bolsas negras de plástico y la mayor parte de las cosas de la casa en cajas de cartón. Ella había llamado a Lions y les había pedido que fueran a buscarlo.

Toda la vida de una persona reducida a cajas de cartón cerradas y bolsas negras de plástico.

En cuatro de las cajas estaba escrito el nombre de Peter y Eva; había repartido democráticamente entre ambos todas las cosas de valor y las fotografías. Debajo del todo, en uno de los cartones de Peter, había un montón de libros anuales del Cuerpo de Bomberos, pero no había dejado ningún mensaje personal; solo había una escueta nota sobre la mesa de la cocina en la que les recomendaba la manera más sencilla de deshacerse de los muebles. Junto a la nota había dejado la llave de su caja de seguridad del banco; había dividido su dinero en dos mitades y las había colocado en un sobre para cada uno sin ningún saludo. Él creyó que ella había hecho todo esto en un desafortunado intento por evitarles problemas, pero hubiera estado más que encantado de poder pasar un par de días ordenando y limpiando la casa de sus padres. Se sintió despojado de la oportunidad de, solo y en paz, poder moverse entre las cosas del Tiempo anterior e intentar aliviar su pena.

Ahora comprendía que ella había sentido miedo. Miedo a que él encontrase papeles u otras señales que ella había procurado ocultar toda la vida.

Después de acabar de limpiar y de haber ordenado su vida ella se tumbó en su cama para, finalmente, poder reunirse con su amado.

Durante la autopsia no encontraron ni rastro de somníferos u otras señales de suicidio. Simplemente se había tumbado y había dejado de respirar.


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Un par de horas más tarde se tomó el Sobril que Olof le había dado y, finalmente, cayó en un sueño liberador.

Cuando se despertó era casi de noche. Necesitó un momento antes de que todas la nuevas experiencias encontraran su lugar y permaneció tumbado con los ojos cerrados intentando ordenar todos los datos en su enorme armario de sentimientos. Deseó no estar tan agotado, pues sabía que eso no mejoraba en nada su capacidad de razonar. Un cerebro tan desconcertado y ofuscado como el suyo en un cuerpo que apenas podía levantarse de la cama no era una buena combinación en una situación como esta. Necesitaba de toda su fuerza y cordura para soportar el examen de su vida que debía realizar, sin rendirse ni entregarse al sentimentalismo o a la autocompasión.

Sería tan sencillo dejarse simplemente arrastrar a la tentadora caída… Salir de la confusión de la forma más sencilla, ahora que había conocido la verdad mientras se encontraba en lo más bajo.

Pero ahora estaba Olof.

Se encontraba en un momento decisivo de su vida. Olof ya había preparado el camino para él. Lo único que necesitaba hacer era seguir respirando, y por primera vez levantar la vista hacia el futuro en lugar de continuar mirando atrás para asegurarse de que los fantasmas le seguían.

Tenía que dejarlos marchar.

Tenía que abandonarlos aquí y, por fin, vivir su propia vida.

Si no estuviera tan cansado.

También tenía sed. Tenía la garganta seca. Giró la cabeza y sonrió al ver que Olof había colocado un recipiente con agua y un vaso en el borde del escritorio junto a la cama.

Decididamente lo olvidaba bien. Alguien había escuchado su plegaria.

Intentó incorporarse sobre un codo y alargó el brazo hacia el vaso.

A mitad de camino dudó y se tumbó inmóvil con el brazo aún estirado.

Había oído un ruido.

Estaba justo a su lado, y en el mismo instante que comprendió lo que era alargó rápidamente la mano y encendió la luz.

Alguien respiraba en la habitación.

Se sentó en la cama y apoyó la espalda contra la pared. Era como si el viento se hubiera llevado todo lo que había pensado y sentido la última hora. Lo único que existía era la enorme amenaza a la que se enfrentaba. El mundo a su alrededor desapareció y la habitación en la que se encontraba se redujo a una diminuta caja.

Volvió cuidadosamente la cabeza y miró de reojo hacia el suelo. La silla del escritorio no estaba fuera en su lugar y de debajo de la mesa donde debería haber estado sobresalían dos pies desnudos.

Dos pies desnudos con las uñas de cada uno de los nueve dedos pintadas de rojo.


38

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Estaba sentado en la cama aterrorizado. No podía moverse.

Su cuerpo y su alma le decían que la montaña rusa a la que los había sometido durante estos últimos días era más de lo que podían soportar. Ahora ya era suficiente.

Su respiración se volvió rápida y profunda y supo que si no se controlaba pronto y comenzaba a respirar más pausadamente se vería afectado de hiperventilación. Ya podía sentir los pinchazos en las manos.

Su mirada estaba clavada en los pies. Cuando le pareció que había pasado una eternidad los pies se movieron y un ojo apareció por detrás del borde de la mesa.

No había ninguna duda de a quién pertenecía aquel ojo.

Su cabello rubio tenía un color marrón oxidado a causa de la sangre coagulada y el ojo estaba sanguinolento y rodeado de un profundo moratón negro lila.

Ella se movió un poco y pudo ver su rostro.

Respiraba con pesadas, cansadas inhalaciones. No apartaba la vista de él pero la mirada, con sus párpados pestañeando lentamente, hizo que él por un segundo pensara en una muñeca mecánica a la que se le estaban acabando las pilas.

El rostro de ella mostraba claras huellas del maltrato al que él la había sometido y se contraía con fuertes espasmos a intervalos regulares.

No dijo nada pero siguió observándolo fijamente con la mirada vacía.

Él no podía detener su hiperventilación. El exceso de oxígeno ahora había alcanzado cada parte de su cuerpo, y tenía los brazos y las piernas petrificados en un calambre. Sintió claras señales en la mitad del rostro; como si de pronto tuviese un derrame cerebral, su mejilla colgaba y su boca dejaba correr la saliva por la barbilla. Tenía los brazos paralizados pegados al pecho y los dedos extendidos parecían garras. Había perdido el control y no tenía ninguna posibilidad de influir en su respiración. Comenzó a ver puntos delante de sus ojos, pero en algún lugar tras la membrana gris vio cómo ella intentaba levantarse y comenzaba a acercarse.

Intentó golpear la cabeza contra la pared para llamar la atención, pero la pared era de piedra y el sonido se ahogó en la habitación.

– Nadie te va a oír -tartamudeó ella-. Lo he degollado.

La vio al fondo de un túnel. Sintió que estaba a punto de perder el conocimiento, entonces estaría perdido.

– Casi conseguiste matarme -prosiguió ella-, pero antes de eso te devolveré algo que me diste.

Vio que ella se tambaleaba.

Se volvió hacia la mesa y él se pudo imaginar que cogía algo del plumero. Dio con gran esfuerzo los dos últimos pasos hasta la cama y resbaló, más que sentarse, frente a él.

Ahora todo el rostro de Peter se había petrificado en un calambre y le dolían las piernas y los brazos a causa del esfuerzo.

– Al fin, papá -masculló ella-. Ahora recibirás lo que me diste.

Alzó un abrecartas hacia él y Peter cerró los ojos.

La oyó gemir y abrió los ojos.

El abrecartas atravesaba la palma izquierda de la mano de ella y la sangre corría por la muñeca hasta la colcha.

Lo miró fijamente a los ojos. Con algo que pareció un gran esfuerzo alargó la mano y dejó que la sangre cayera sobre el rostro de él. El calambre en su cuerpo era total y no pudo cerrar la boca. Sintió el sabor a sangre en la lengua.

Ella bajó la mano y se extrajo con dificultad el abrecartas de la palma. Su rostro se contrajo de dolor. El abrecartas se alzó lentamente frente al rostro de él.

– Será mejor dejar una pequeña herida como recuerdo. Sería una pena no corresponder a tu regalo.

Pudo sentir la hoja roma contra su mejilla.

De repente la habitación explotó.

Una lluvia de trozos de cristales cayó sobre ellos y en el mismo instante se abrió la puerta.

Cuando levantó de nuevo la mirada ella se encontraba al otro lado de la habitación entre dos policías uniformados y un tercero entraba a través de la ventana rota.

Ella gritaba; un grito agudo que llenó la habitación y él perdió la visión durante un segundo.

– ¿Dónde le ha herido? -le gritaba uno de los policías, pero él no pudo responder.

La habitación se llenó de policías y al momento siguiente Olof estaba junto a él.

– Tranquilízate, así, así, ahora ya ha pasado, intenta respirar con calma.

Se dio la vuelta y gritó a los policías.

– ¡Sáquenla de aquí, joder!

– ¿Estás herido? ¡Intenta decirme dónde estás herido!

Peter flotaba arriba en el techo. Vio a los policías, a Olof y a sí mismo ahí abajo. Olof había conseguido bajarlo a la cama pero los pies y los brazos estaban agarrotados en una posición fetal. Dos personas vestidas de blanco irrumpieron en la habitación; una de ellas escuchó su corazón y la otra le tomó la tensión, hablaban excitados entre sí. Olof tenía la cara completamente pálida y lo acariciaba en la frente. Toda la cama estaba llena de sangre.

– Tenemos que detener el ataque -dijo uno de los vestidos de blanco-. Dale cero coma cinco de Atropin.

Le pusieron una máscara de oxígeno sobre la boca.

– Coge un tubo. ¡Hay que entubarle! Disculpe, ¿se puede apartar un poco?

Olof se levantó y se separó un paso de la cama para dejar espacio a los enfermeros.

Peter sintió cómo un tubo se introducía por su garganta y pudo ver cómo el pecho subía y bajaba.

Se dejó caer sobre la cama y fue uno con su cuerpo que yacía ahí y pudo sentir claramente cómo algo lo alzaba y lo sacaba de la habitación.


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Estaba justo al borde. Un paso más y caería unos cuantos kilómetros. Nunca lo encontrarían. No se podía vislumbrar el fondo.

Respiró hondo. El aire tenía aquí un sabor diferente al de cualquier otro sitio en los que había estado antes. Aun cuando el sol brillaba el aire era frío y se abrochó la chaqueta.


A ella la habían encerrado.

De nuevo.

Cuando él comenzó a sentirse con fuerzas decidió intentar visitarla. El personal de Beckomberga le había dicho que, por fin, reaccionaba a la medicación pero que se necesitaban dosis tan altas que de momento estaba más o menos aturdida, y que la larga evolución de la sífilis había causado daños irreparables en la médula espinal y una variz cerebral que estaba tan mal situada que no se podía operar.

Nadie podía explicar cómo habían podido pasar por alto su enfermedad durante todos esos años y nadie podía determinar cuánto le quedaba de vida.


Se detuvo al otro lado de la puerta con ventana y la observó. Estaba sentada completamente inmóvil sobre una tarima a la pared; miraba fijamente al vacío. Los muebles de su habitación estaban asegurados a la pared y parecía más una celda que una habitación de hospital. No había ni un objeto suelto; el personal le explicó que lo habían intentado, pero que tenía frecuentes y terribles ataques de rabia y temían que se lesionase.

Ella no tenía ni idea de que él estaba ahí observándola, así que se tomó su tiempo.

Había adelgazado. Ahí sentada parecía un pajarillo perdido. Miserable y abandonada. El miedo que había temido sentir al verla se transformó en pena. Una rabia por la incomprensibilidad de la vida.

¡Qué vida había tenido! Él, que siempre había creído ser el mayor perdedor, era quien gozaba de una nueva oportunidad en la vida, mientras que ella se había llevado el billete sin premio y le habían arrebatado cualquier posibilidad de tener una vida digna antes de poder comenzar.

El personal le relató su espantosa vida. Su situación familiar durante la infancia fue horrible. El padre era alcohólico y la madre tuvo que buscar ayuda médica unas cuantas veces después de ser brutalmente maltratada. Pero nunca quiso denunciarlo a la policía, lo cual imposibilitó cualquier cambio en su situación. Todo estaba escrito en el grueso historial médico de Anja Frid.


La madre muere en 1958 y la paciente vive con su padre.

A los 11 años de edad aparecen los primeros síntomas de problemas psíquicos y la paciente es internada varias veces en diferentes sanatorios, siempre con buenos resultados. No se puede establecer un diagnóstico.

Al regresar a casa vuelven los ataques con más frecuencia. Se recomienda una familia de acogida.

Los médicos observan «una madurez sexual anormal» cuando la paciente, en dos ocasiones, hace aproximaciones sexuales a su padrastro en la casa de acogida. La estancia en la casa de acogida se interrumpe y la paciente es trasladada momentáneamente a un hospital psiquiátrico para someterla a unos análisis. La paciente es descrita como desequilibrada y con una evidente dificultad para establecer límites para su propia integridad y la de los demás.

Cuando la paciente tiene 13 años, los médicos aceptan la recomendación del padre para realizar una esterilización forzosa para evitar embarazos indeseados. La operación se realiza y la paciente regresa a casa.

A continuación hay solo anotados apuntes de visitas rutinarias, en estos la paciente es considerada como «retraída» y «socialmente inadaptada» y no se anota ninguna recaída antes de enero de 1988, cuando fallece el padre. Los tres años siguientes se trata a la paciente de una profunda depresión, la mayor parte del tiempo esté encerrada en una institución.

En 1991 la paciente consigue un piso propio y los médicos confían que pueda ocuparse de sí misma. Se le asigna una pensión de invalidez.

El último contacto con la sanidad tiene lugar en marzo de 1996, cuando ella misma acude al hospital psiquiátrico de Beckomberga después de sufrir repetidos ataques paranoicos. Se le receta a la paciente la medicación adecuada y se la cita para una siguiente visita. La última anotación tuvo lugar en octubre de 1996, en ella se hace constar que la paciente no ha acudido a su última cita y que se debe actuar.


Llamó cuidadosamente a la puerta.

Ella volvió lentamente la cabeza.

Cuando lo vio a través del cristal todo su rostro se desencajó en algo que parecía una sonrisa sincera. Una enfermera abrió la puerta cerrada con llave y Peter entró.

Se levantó y se acercó a él.

– Papá -dijo, y se acurrucó en sus brazos.

Él la acarició torpemente.

– ¡Por fin has venido, te he esperado durante tanto tiempo!

Ella le pidió que se sentara. Se sentó en la tarima pero no sabía qué decir. Hubiera deseado llevar unas flores pero el personal se lo había prohibido.

Permanecieron sentados en silencio. Ella lo miró con afecto y todo su rostro sonrió. Él abrió la boca y quiso decir algo pero cuando comenzó se olvidó de qué era.

– ¿Qué has dicho, papá? -preguntó ella regocijada con una ligera risa.

Peter sintió cómo crecía una bola en su garganta. Tragó y bajó la vista al suelo.

– Perdona -susurró él.

La habitación quedó en silencio; carraspeó y la miró.

– Perdona -repitió con más claridad.

Lentamente la sonrisa de ella se transformó en una mueca de dolor y grandes lágrimas corrieron por sus mejillas. Lloriqueaba.

Él tomó sus manos y las acarició dulcemente.

– Perdona -dijo de nuevo.

Pasó el brazo por sus hombros y la mantuvo cerca de sí. Su cuerpo huesudo temblaba en su regazo. Sintió cómo las lágrimas llenaban sus ojos y comenzaban a caer por sus mejillas.

Una vida perdida.

Permanecieron así sentados un buen rato. La sombra de la ventana enrejada se movía lentamente por la pared.

Finalmente llamaron a la puerta, entró un hombre en la habitación y dijo que era la hora de la cena.

Se pusieron de pie.

Ella tomó su mano y le sonrió.

– Adiós -dijo ella y se dirigió hacia la puerta.

Ella se detuvo en el vano de la puerta. Él veía su espalda. El cambio que tuvo lugar entonces se sintió en toda la habitación. Ella se dio la vuelta lentamente y lo miró. Sus ojos se habían transformado en pequeñas rendijas.

El terror se apoderó de él por completo.

– Adiós, pequeño Peter -susurró-. Pronto nos volveremos a ver.


Estaba en el techo del mundo.

El mundo estaba literalmente bajo sus pies. Ni siquiera se encontraba cerca de la cumbre, pero sí lo suficientemente alto como para que la vista fuera vertiginosa.

Tenía la carta en el bolsillo. La sacó y la dobló para hacer un avión. Sus dedos doblaban el papel con decisión, al menos eso era algo que con toda seguridad le había enseñado su padre. Nunca se le había olvidado.

Levantó el brazo y en un perfecto arco el avión salió de su mano y voló sobre el abismo.

Había dejado ir a sus fantasmas.


EPÍLOGO

<p>EPÍLOGO</p>

Querido Peter.

No es fácil escribir esta carta; sin embargo, desearía haberlo hecho hace mucho tiempo. No me he atrevido a decírtelo yo misma y no puedo esperar que alguna vez me perdones. Todos estos años de mentiras han hecho que la distancia entre nosotros se hiciera infranqueable, pero no debes culparte de que haya sido así. Sé que tus mentiras eran por mí, y que ha debido de ser una carga difícil de llevar, pero mis mentiras también eran por ti y eso es imperdonable. Me arrepiento enormemente de no haber podido hacer las cosas de otra manera, pero actué equivocadamente desde el principio y luego no pude encontrar el camino correcto. Ahora voy a morir pero antes quiero que sepas la verdad.

Amaba a Lennart más que a nada en este mundo. Él lo era todo para mí. Éramos muy felices. Entonces nació Eva. El parto fue muy difícil y poco después tuvieron que operarme para extirparme el útero. Lennart, que deseaba un hijo por encima de todo, sufrió una gran decepción. Yo estaba cansada y triste pero tuve que mantenernos a ambos a flote. Eva crecía pero Lennart solo se ocupaba de ella a medias. Finalmente comprendí que debía hacer algo para que nuestro matrimonio no se deteriorase. Mi decepción a causa de su forma de actuar era grande pero propuse que adoptáramos un niño. Nos pusimos en contacto con una agencia de adopción y medio año después nos informaron de que había un niño recién nacido en el hospital de Sundsvall. Eras tú. Tu madre había muerto durante el parto y tu padre no quería saber nada de ti, por esa razón viniste con nosotros. Lennart se volvió otra persona. Te quiso desde el primer instante y su amor era tan grande que también alcanzaba para Eva, pero tú eras el predilecto. Siempre preguntaba por ti cuando regresaba a casa y era contigo con quien pasaba su tiempo libre. Para compensar a Eva yo procuraba ocuparme de ella tanto como me era posible. Debo reconocer que hubo momentos en los que casi sentí celos. Tú ocupabas toda su atención. Su cariño por ti era enorme.

Cuando murió se desmoronó toda mi existencia. Aunque resulte difícil de entender continué viviendo solo por ti y Eva. Sé que te he defraudado, Peter, y tengo remordimientos por ello. Tú siempre has tenido que bastarte a ti mismo, y he visto cómo has intentado hacer de todo por conseguir ganar mi cariño. Quiero que sepas que siempre te he querido, pero mis celos no murieron con Lennart. Tú permanecías como una muestra viviente de su amor, era a ti a quien más había querido. Te tenía en sus pensamientos cuando supo que iba a morir. «Cuida de Peter», dijo. Nunca te pude repetir esas palabras. Perdóname. Sé que oírlo hubiera significado mucho para ti.

Deseo que haya alguna manera de reparar mi culpa. Por eso he intentado buscar a tu auténtica familia. Tu padre biológico falleció en 1988, pero he encontrado a tu hermana mayor biológica y quizá sería bueno que la vieras. Se llama Anja Frid y vive en Estocolmo igual que tú. Le envío a ella esta carta con la esperanza de que vaya a buscarte. Quizá podríais daros fuerza el uno al otro.

Espero que comprendas que has sido muy querido.

Perdóname.

TU MADRE


Himalaya,

Katmandú 17 de marzo de 1997


¡Hola, Eva!

Espero que todo te vaya bien en casa. Aquí estamos bien. Nepal es muy bonito; ayer regresamos de una excursión de tres días por el paso de Xixabangma Feng en el lado sur del Himalaya. La vista era realmente fantástica. He tenido el estómago algo revuelto pero por lo demás me encuentro bien. Regresaremos a Suecia dentro de una semana y espero que podáis venir a vernos en Valpurgis, como habíamos acordado. ¡Tengo muchas ganas de verte!


¡Saludos a todos! Saludos


Peter


PD. Ya no tienes que preocuparte más por esa mujer. El día antes de partir llamaron del hospital para comunicarme que había fallecido.


GLOSARIO

<p>GLOSARIO</p>

Brolin: Thomas Brolin fue un popular jugador sueco de fútbol. De ahí el chiste.

Calendario tributario: libro publicado anualmente con una lista de las personas más ricas del país.

ICA: cadena de supermercados.

Konsum: cadena de supermercados.

Mumitrol personaje de una serie de cuentos infantiles de Tove Jansson en los que los personajes hablan sueco con acento finlandés.

Número persona número de identificación personal compuesto de diez dígitos que se asigna a todas las personas residentes en Suecia. Los seis primeros hacen referencia al año, mes y día de nacimiento; los cuatro siguientes son unas cifras de control, por ejemplo, sexo, lugar de nacimiento, etc.

Programa millón: proyecto parlamentario de 1965 para construir en diez años un millón de viviendas sociales de alquiler para compensar la falta de viviendas. Se construyeron sobre todo en los suburbios de las grandes ciudades; con un estilo homogéneo.

Silverte: bebida compuesta de agua caliente y azúcar. A veces también de nata o leche.

SJ: acrónimo de ferrocarriles estatales suecos.

SL: acrónimo de la empresa municipal de transportes de Estocolmo

Solvalla y Täby Galopp: hipódromos de carreras de trotones.

Sapo: policía secreta sueca.


Karin Alvtegen

<p>Karin Alvtegen</p>
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