José Saramago

Levantado Del Suelo


Traducción de Basilio Lozada


Título origina Levantado do Châo


A la memoria de Germano Vidigal

y José Adelino dos Santos, asesinados.

Y yo pregunto a los economistas políticos, a los moralistas, si han calculado el número de individuos que es necesario condenar a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico.

Almeida Garret


Lo que más hay en la tierra es paisaje. Por mucho que falte del resto, paisaje ha sobrado siempre, abundancia que sólo se explica por milagro infatigable, porque el paisaje es sin duda anterior al hombre y, a pesar de tanto existir, todavía no se ha acabado. Será porque constantemente muda: hay épocas del año en las que el suelo es verde, en otras amarillo, y luego castaño, o negro. Y también rojo, en algunos sitios, que es color de barro o de sangre sangrada. Pero eso depende de lo que en el suelo se ha plantado y cultiva, o aún no, o ya no, o de lo que por simple naturaleza ha nacido, sin mano de nadie, y acaba muriendo sólo porque le ha llegado su fin último. No es éste el caso del trigo, que todavía con alguna vida es cortado. Ni el del alcornoque, al que vivísimo, aunque por su gravedad no lo parezca, le arrancan la piel. A gritos.

No le faltan colores a este paisaje. Pero no hablemos sólo de colores. Hay días tan duros como su frío, otros en que no se sabe de aire para tanto calor: el mundo nunca está contento, si lo estará alguna vez, tan cierta tiene la muerte. Y no le faltan al mundo olores, ni siquiera a esta tierra, parte que es de él y bien servida de paisaje. Si en las breñas muere un animal insignificante, olerá a la carroña de lo que muerto está. Cuando el viento amaine nadie notará ese olor, ni siquiera pasando al lado. Luego los huesos quedan limpios, les da igual, de lluvia lavados, de sol calcinados, y si el animal era pequeño ni a tanto llega porque llegaron los gusanos y los insectos sepultureros y lo enterraron.

Es una tierra grande, si comparamos, primero corcovada, algo de agua de ribera, que la del cielo tanto puede faltar como sobrar, y hacia el sur se desmaya en tierra plana, lisa como la palma de una mano, aunque muchas de éstas, por designio de la vida, tienden a cerrarse con el tiempo, hechas al mango de la azada y de la hoz o de la guadaña. La tierra. También como la palma de la mano está cubierta de líneas y de sendas, sus caminos reales, más tarde nacionales, cuando no del señor ayuntamiento, y tres son los aquí expuestos porque tres es número poético, mágico y de iglesia, y todo lo demás de este destino está explicado en las líneas de ir y volver, carriles de pie descalzo y mal calzado, entre terrones y matojos, entre rastrojeras y flores bravas, entre el muro y el desierto. Tanto paisaje. Un hombre puede andar por aquí la vida entera y no hallarse nunca, si nació perdido. Y tanto le valdrá morir, llegada la hora. No es conejo o jineta para pudrirse al sol, pero imaginando que el hambre, o el frío, o el calor lo derriben en tierra donde no le echaron cuenta, o una enfermedad de esas que ni tiempo dan para pensar en nada, y todavía menos para llamar a alguien, aunque tarde lo han de encontrar.

De guerras y otras pestes se ha muerto mucho en este y otros lugares del paisaje y, no obstante, todo lo que por aquí se ve son vivos: hay quien dice que sólo por misterio insondable, pero las razones verdaderas son las de este suelo, de este latifundio que se prolonga lomas arriba y llano abajo hasta donde los ojos llegan. Y si de éste no es, de otro será, que la diferencia sólo a ambos importa, pacificado lo tuyo y lo mío: todo en tiempo debido y conveniente se registró en el censo, lindes al norte y al sur, a levante y poniente, como si tal se hubiera decidido desde el inicio del mundo, cuando todo era paisaje, con algunos bichos grandes y pocos hombres aquí y allá, y todos asustados. En aquellos tiempos, y después, se decidió lo que el futuro habría de ser, por qué líneas torcidas de la mano, este presente ahora de tierra repartida entre los dueños del hacha y según el tamaño y el hierro o filo del hacha. Por ejemplo: señor rey o duque, o duque y después real señor, obispo o maestre de orden, hijo derecho o de sabrosa bastardía, o fruto de concubinato, mancha así lavada y honrada, compadre por hija manceba, y también el otro condestable, medio reino por contado, y algunas veces amigos míos ésta es mi tierra, tomadla, pobladla para mi servicio y vuestra sucesión, guardada de infieles y otras inconformidades. Libro de santísimas horas, magníficas, y de sacratísimas cuentas traídas a palacio o al convento, rezadas en casonas terreras o en torres de vela, cada moneda un padrenuestro, tras diez avemaría, llegando a cien salve regina, maría es rey. Profundas arcas, silos abisales, graneros como naos de las Indias, duernas y toneles, arcas señora mía, todo esto medido en codos, varas y ferrados, en almudes, fanegas y cañadas, cada tierra con su uso.

Corrieron así los ríos, cuatro puntuales estaciones por año, seguras ésas, hasta en sus cambios. La gran paciencia del tiempo, y otra, no menor, del dinero, que, excepto el hombre, es la más constante de todas las medidas, incluso variando como las estaciones. En cada ocasión, lo sabemos, fue el hombre comprado y vendido. Cada siglo tuvo su dinero, cada reino su hombre para comprar y vender por morabetinos, marcos de oro y plata, reales, doblas, cruzados, reis y doblones, y florines de fuera. Volátil metal vario, aéreo como el espíritu de la flor o el espíritu del vino: el dinero sube, sólo para subir tiene alas, no para bajar. El lugar del dinero es un cielo, un alto lugar donde los santos cambian de nombre cuando les cuadra, pero el latifundio no.

Madre de tetas grandes, para grandes y ávidas bocas, matriz, tierra dividida de lo mayor a lo grande, o más a gusto unida de lo grande a lo mayor, por compra decimos o alianza, o robo experto, o crimen extremado, herencia de los abuelos y de mi buen padre, que en gloria estén. Siglos se tardó en llegar a esto, ¿quién puede dudar de que permanecerá así hasta la consumación de los siglos?

¿Y esta otra gente quién es, suelta y menuda, que ha venido con la tierra, aunque no registrada en la escritura, almas muertas, o todavía vivas? La sabiduría de Dios, amados hijos, es infinita: ahí está la tierra y quien ha de trabajarla, creced y multiplicaos. Creced y multiplicadme, dice el latifundio. Pero todo esto puede ser contado de otra manera.


Empezó a lloverles al caer la tarde, con el sol medio palmo encima de los cabezos bajos, a mano derecha, luego estaban las brujas peinándose, que éste es el tiempo que escogen. El hombre hizo parar al burro, y con el pie, para aliviarlo de la carga en la breve cuesta empinada, empujó una piedra hasta la rueda del carro. Esta lluvia, qué idea le habrá dado al regidor de las celestes aguas, no es de la estación, por eso hay tanto polvo en el camino y alguna bosta seca, o boñigos de caballo, que estando lejos de lugares habitados nadie ha venido a recoger. Ningún chiquillo de cesta enfilada al brazo se ha aventurado hasta tan lejos en la rebusca de estiércol natural, cogiendo cuidadoso con la punta de los dedos la esfera reventona, hendida a veces como fruto maduro. Bajo la lluvia, el suelo pálido y caliente se ha salpicado de estrellas oscuras, súbitas, que cayeron sordamente en el polvo fofo, y después un golpe de agua dándole de plano lo anegó. Pero la mujer tuvo tiempo de sacar al niño del carro, del nido que el jergón de rayas formaba entre dos arcas. Se lo arrimó al pecho, le cubrió la cara con la punta desatada del pañolón, y dijo, No se ha despertado. De cuidados, éste fue el primero, luego otro, Se va a empapar todo. El hombre mirando las nubes altas, y frunciendo la nariz, decidió con su saber de hombre, Esto no es nada, un chaparrón, pero por si acaso desenrolló una de las mantas, la extendió sobre los muebles, Hoy tenía que ponerse a llover, mal rayo me parta.

Una ráfaga de viento empujó las gotas ahora dispersas. El burro sacudió con fuerza las orejas cuando el hombre le asestó una palmada en el lomo, dio un tirón de los varales, y el hombre ofreció su ayuda empujando en la rueda. Reanudaron la subida por la pequeña ladera. La mujer seguía atrás, con el hijo en brazos, y saboreando la calma del niño le miró el rostro murmurando, Hijo mío. A un lado y otro del camino carretero se extendían los matojos, con algunas encinas perdidas y sofocadas hasta medio tronco, abandonadas o nacidas allí por casualidad. Las ruedas de la carreta hendían la tierra mojada, hacían un ruido áspero, como de terrones triturados, y de vez en cuando daban un salto brusco, de rebote, si una piedra alzaba el hombro. Los muebles rechinaban bajo la manta. El hombre, junto al burro, con la mano derecha posada en el varal, seguía callado. Y así llegaron a lo alto de la cuesta.

Del sur, a su encuentro, venía una enorme masa de nubes, densa y enrollada, sobre la llanura color de paja. El camino se perdía a lo lejos, mal definido entre linderos que se desmoronaban, barridos por los vientos del descampado. Allá en el fondo se unía a una carretera ancha, manera ambiciosa de decir en tierra de tan mala serventía. A la izquierda, casi al ras del horizonte bajo, una pequeña población volvía hacia poniente sus paredes blancas. La llanura era inmensa, ya se ha dicho, lisa, arrasada, raras encinas solas o en parejas, y poco más. Desde aquel altozano no era difícil creer que el mundo no tiene confines sabidos. Y la población, lugar de destino, vista desde allí, a la luz amarillenta y bajo la gran placa de plomo de las nubes, parecía inalcanzable. San Cristóbal, dijo el hombre. Y la mujer, que nunca había viajado tan al sur, Monte Lavre es mayor, parecía sólo un decir de comparanza, tal vez fuera nostalgia.

Iban ya en medio de la cuesta cuando volvió la lluvia. Cayeron primero unos goterones, amenaza de catarata, dónde estaría ya el chaparrón. Luego, el viento rasó la planicie, la repasó entera como una escoba, levantó polvo y paja, y la lluvia avanzó desde el horizonte, cortina parda que en poco tiempo ocultó el paisaje distante. Era una lluvia regular, de esas que vienen para muchas horas, cayendo y encharcándolo todo, llegó y no se va, y cuando la tierra ya no pueda con tanta agua, no merecerá la pena saber si es el cielo quien nos moja, si la tierra quien nos encharca. El hombre volvió a decir, Mal rayo me parta, son desahogos de la gente cuando otros de mayor continencia no aprendieron. Están lejos los abrigos, sin nada cubriendo las espaldas no hay más remedio que recibir en ellas cuanta lluvia caiga. De allí al pueblo, con este paso de burro que viene canso y va con poca voluntad, habrá al menos una hora de camino, y entretanto caerá la noche. La manta, que apenas protege los muebles, chorrea, empapada, escurre el agua por los flecos blancos, cómo estarán debajo las ropas guardadas en las arcas, los parcos bienes migratorios de esta familia que por sus razones va atravesando el latifundio. La mujer miró al cielo, manera antigua y rural de leer esta gran página abierta sobre nuestra cabeza, para ver si aclaraba, y no, que andaba el cielo más bien cargado de tinta oscura, no tendremos más tarde. La carreta avanza, es un barco bandeando en el diluvio, se va a caer todo, parece que para ello anda el hombre apaleando al burro y es sólo la prisa de llegar hasta aquella encina, que algo de resguardo dará. Ya han llegado hombre, carreta y burro, y aún anda la mujer chapoteando en el fango, no puede correr, despertaría al niño, así está hecho el mundo, que no reparan unos en el mal de los otros, aunque estén tan cerca como madre e hijo.

Bajo la encina el hombre gesticulaba impaciente, bien se ve que no sabe lo que es llevar un hijo en brazos, mejor haría en tensar las cuerdas, que con este correr se han deshecho los nudos y amenazan los muebles con resbalar, era lo que faltaba, que se rompiera lo poco que tenemos. Debajo del árbol llueve menos, pero caen goterones de las hojas, no son copa de naranjo estos enormes y desgarrados brazos, es como estar bajo un alpendre destejado, no sabe uno dónde ponerse, y para colmo el niño rompe a llorar, ahora ése es el trabajo más urgente, aflojar la blusa, darle el pecho, ya de poca leche, poco más que un engaño a la boca. Se le cortó el llanto por la mitad y en paz siguieron allí madre e hijo, envueltos en el amplio rumor de la lluvia mientras el padre daba una vuelta a la carreta deshaciendo y rehaciendo nudos, hincando la rodilla en los adrales para tirar de las cuerdas mientras el burro, ajeno, sacudía con fuerza las orejas y miraba los charcos de agua y los regueros que se formaban en el camino. Dijo entonces el hombre, A punto de llegar y viene esta lluvia, fueron palabras de enfado manso, lanzadas con desazón pero sin esperanza, no va a parar la lluvia por molestarme a mí, es un dicho del narrador, que bien se dispensaba. Atiéndase más bien a los movimientos del padre, que al fin pregunta, Y el chico, y se acerca, mira bajo los pliegues del chal, son libertades de marido, pero la mujer se tapó con recato tan de prisa que él no supo si realmente quería ver el hijo o el seno expuesto. No obstante distinguió en la tibia penumbra, en la olorosa calidez de las ropas arrugadas, contemplándolo en aquel dentro íntimo, la mirada muy azul del hijo, insólita luz clara que desde la cuna solía mirarlo, transparente y severa, como alguien que se sintiera exiliado entre ojos oscuros, castaños, en qué familia he nacido.

La nube gruesa se había desmadejado un poco, se quebraba el primer ímpetu de la lluvia. El hombre salió al camino, interrogó a los aires, se volvió hacia los cuatro puntos cardinales y dijo a la mujer, Tenemos que irnos, no vamos a quedarnos aquí hasta la noche. Y la mujer respondió, Vamos. Retiró el pezón de los labios del hijo, el niño chupó en falso, parecía que iba a llorar pero no, frotó la cara en el seno ya recogido y, suspirando, se quedó dormido. Era un chiquillo sosegado, de buen talante, amigo de su madre.

Iban ahora juntos, acostumbrados a la lluvia, tan mojados que ni un confortable pajar los haría detenerse, sólo en casa. La noche se precipitaba, llegaba de prisa. En el poniente había una última luz descolorida que por fin se abermejaba, todavía allí estaba y ya se apagaba, la tierra se volvía un pozo negro, silenciosa y llena de ecos, qué grande es el mundo a esta hora del anochecer. El rechinar de las ruedas se oía mejor, la respiración del animal, agitada, era tan inesperada como un secreto súbitamente revelado en voz alta, y hasta el roce de las ropas mojadas parecía conversación seguida, murmurada, sin pausas, un hablar de buena compaña. En todas aquellas leguas de alrededor no se veía una luz. La mujer se santiguó, hizo la señal de la cruz sobre el rostro del hijo. A estas horas es mejor defender el cuerpo y proteger el alma, empiezan a surgir apariciones en las revueltas del camino, pasan arremolinadas o se sientan en una piedra a la espera del viajero, a quien harán las tres preguntas para las que no hay respuesta, quién eres, de dónde vienes, adonde vas. Al hombre que sigue al lado de la carreta le gustaría cantar, pero no puede, todo su esfuerzo se le va en fingir que no le asusta la noche. Falta ya poco, dijo, en cuanto lleguemos a la carretera ya es todo derecho y mejor camino.

Ante ellos, pero muy distante, un relámpago iluminó las nubes, nadie las adivinaría tan bajas. Luego, la pausa, y por fin el resonar sordo del trueno. Lo que faltaba. La mujer dijo, Santa Bárbara nos valga, pero el trueno, si no era un resto de la tormenta que ya iba lejos, parecía seguir otro rumbo o la santa Bárbara aquí invocada lo había espantado para lugares de menos fe. Estaban ya en la carretera, lo sabían porque era más ancho el camino, que otras diferencias sólo con gran paciencia y luz del día se hallarían, de baches y barro venían, sobre baches y barro andaban, y ahora, con aquella oscuridad, ni se podía ver dónde ponían los pies. El burro avanzaba por instinto, siguiendo los linderos. Hombre y mujer chapoteaban detrás. De vez en cuando el hombre pegaba una carrera medio a ciegas, si la carretera se abría en curva, para ver si aún quedaba lejos San Cristóbal. Y precisamente cuando entre la oscuridad distinguió los primeros muros, la lluvia, de súbito, cesó, tan bruscamente que ni se dieron cuenta. Llovía y dejó de llover. Como si un gran cobertizo se extendiera sobre el camino.

Bien está que la mujer pregunte, Dónde está nuestra casa, es ansia de quien quiere ya cuidar del hijo, colocar los muebles en su sitio, antes de tender en la cama el cuerpo cansado. Y el hombre responde, Al otro lado. Están todas las puertas cerradas, sólo por algunas rendijas de luz mortecina se tendrá noticia de los habitantes. En un patio cualquiera ladró un perro. Es la costumbre, hay siempre un perro que ladra cuando alguien pasa, y los otros, que tal vez estuvieran confiados, recogen la consigna del centinela y cada cual cumple con su obligación de perro. Un postigo fue abierto y luego cerrado. Y ahora que ha parado la lluvia y está cerca la casa, más se siente este viento frío que recorre toda la calle, se engolfa por las pequeñas travesías laterales, sacude los ramajes que asoman sobre los tejados bajos. La noche, efecto del viento, se puso más clara. La gran nube se alejaba y ahora luce el cielo aquí y allá. Ya no llueve, dijo la mujer al hijo dormido, porque era, de los cuatro, el único que aún no sabía la buena noticia.

Había una plazuela, unos árboles con ramas que se agitaban, bruscos. El hombre paró el carro, le dijo a la mujer, Espera ahí, y atravesó bajo los árboles hacia una puerta iluminada. Era una taberna y dentro estaban tres hombres sentados en un banco, otro bebiendo arrimado al mostrador, sosteniendo el vaso entre el pulgar y el índice, como si estuviera posando para un retrato. Y tras el mostrador un viejo flaco, seco, dirigió los ojos hacia la puerta, era el hombre del carro que entraba y decía, Buenas noches a toda la compañía, éste es el saludo de quien llega y quiere la amistad de todos, por fraternidad o por interés de negocio, Vengo para quedarme a vivir aquí, en San Cristóbal, me llamo Domingo Maltiempo, y soy zapatero. Uno de los sentados soltó su gracia, Pues mal tiempo ha traído, amigo, y el otro, que estaba bebiendo, hizo restallar la lengua al acabar el vaso y continuó, Lo que importa es que no traiga malas suelas, y los demás se echaron a reír, porque había de qué. No eran aquellas palabras de mal querer o recibir, es de noche en San Cristóbal, todas las puertas están cerradas, y si llega un extraño que lleva de apellido Maltiempo, sólo un tonto no aprovecharía la ocasión, y más habiendo llovido. Domingo Maltiempo unió a las risas una sonrisa de mala gana, pero en fin. Menos mal que el viejo abrió un cajón y sacó una llave grande, Aquí tiene la llave, creía que ya no iba a venir, todos están mirando a Domingo Maltiempo, como valuando al nuevo vecino, un zapatero siempre viene bien y en San Cristóbal lo estaban necesitando. Dio Domingo Maltiempo su explicación, Queda esto muy lejos de Monte Lavre, me llovió en el camino, no tenía por qué dar cuenta de su vida pero le conviene caer bien y entonces dice, Ponga ahí una ronda para todos, es una buena y sabida manera de llegar a los bolsillos del corazón. Se levantan los que estaban sentados, contemplan cómo llena el tabernero los vasos, es una ceremonia, y luego, sin precipitación, toma cada quien el suyo, con gesto lento y cuidadoso, esto es vino, no aguardiente que se tira garganta abajo. Beba también usted, amigo, dice Domingo Maltiempo, y el viejo responde, A su salud, vecino, es un tabernero sabedor de los usos sociales de las grandes villas. Y en esta ceremonia están cuando la mujer se acerca a la puerta, no entra, la taberna es sitio de hombres, y dice blandamente, conforme su costumbre, Domingo, el pequeño está inquieto, y las cosas, todo mojado, hay que descargar.

Buenas razones son las de ella, pero a Domingo Maltiempo no le gustó que viniera la mujer a llamarlo delante de los hombres, qué van a pensar, y mientras atraviesa la plaza va mascullando, Como vuelvas a hacer esto, vas a ver. No respondió la mujer, ocupada en sosegar al niño. El carro seguía adelante, traqueteando, despacio. El burro se había entumecido con el frío. Se metieron por un callejón donde alternaban casas y huertos, y pararon ante una casita baja. Es aquí, preguntó la mujer, y, el marido respondió, Aquí es.

Con la gran llave Domingo Maltiempo abrió la puerta. Para entrar tuvieron que inclinarse, esto no es ningún palacio de altos portones. La casa no tenía ventana. A la izquierda estaba la chimenea, de hogar en el suelo. Domingo Maltiempo encendió fuego, sopló un puñado de paja y empezó a dar vueltas con la fugaz antorcha para que la mujer viera la nueva morada. Había leña en un rincón de la cocina. Eso bastaba. En pocos minutos la mujer acostó al hijo en un rincón, juntó astillas y leña, y restallaron las llamas abriéndose sobre la pared de cal. La casa quedó habitada.

Por la cancela del corral, Domingo Maltiempo hizo entrar el burro y la carreta y empezó a descargar el mobiliario y a meterlo dentro, de cualquier modo, hasta que la mujer pudo echarle una mano. El jergón estaba empapado de un lado. El agua había entrado en el arca de la ropa, la mesa de la cocina tenía una pata rota. Pero había una cazuela al fuego con unas hojas de col y un puñado de arroz, el chiquillo había vuelto a mamar y se quedó dormido en el lado seco del jergón. Domingo Maltiempo fue al corral a hacer una necesidad. Y en medio de la casa, Sara de la Concepción, mujer de Domingo, madre de Juan, se quedó atenta, mirando al fuego, como quien espera que le repitan un recado mal entendido. En su vientre notó un leve movimiento. Y otro más. Pero cuando el marido entró no le dijo nada. Tenía otras cosas en que pensar.


Domingo Maltiempo no llegará a viejo. Un día, después de hacerle cinco hijos a su mujer, pero no por esa razón tan común, pasará una cuerda por la rama de un árbol, en un descampado casi a la vista de Monte Lavre, y se ahorcará. Entretanto anduvo con la casa a cuestas por otros lugares, huyó tres veces de la familia y la última no pudo hacer las paces porque le había llegado la hora. Final desgraciado que le había augurado su suegro, Laureano Carranca, cuando tuvo que ceder a la obstinación de Sara, querenciada hasta el punto de jurar que si no se casaba con Domingo Maltiempo no se casaría con nadie. Bien clamó Laureano Carranca en sus cóleras, Es un desgraciado, un muerto de hambre, un golfo, con fama de borracho y que va a acabar mal. Andaba así la guerra familiar, y he aquí que Sara de la Concepción apareció embarazada, argumento final y eficacísimo cuando los de la persuasión y los del ruego se mellaron. Una mañana, Sara de la Concepción salió de casa, era mayo el mes, y atravesó los campos hasta el lugar donde había acordado la cita con Domingo Maltiempo. Allí estuvieron no más de media hora, tumbados entre el trigo alto, y cuando Domingo regresó a sus hormas y Sara a casa de los padres, iba él silbando complacido y ella temblando como si el sol ya no quemara. Y cuando atravesó el río por el vado, se agachó a lavarse bajo unos sauces, porque la sangre no paraba de correrle entre las piernas.

Juan fue hecho, o hablando al modo bíblico, concebido, aquel mismo día, cosa rara, según parece, pues la primera vez, por razones del desconcierto de la ocasión, no suele pegar la simiente, luego sí. Y si es cierto que sus ojos azules, que nadie de la familia tenía o recordaba haber visto en pariente allegado o lejano, causaron gran asombro, si no sospecha, sabemos nosotros que ésta era injusta en mujer que sólo para rectamente casar se desvió del camino derecho de las vírgenes y se acostó en medio de un trigal con aquel único hombre, abriendo voluntariamente sus piernas aunque con mucho sufrimiento. No tan voluntariamente las abrió aquella otra chiquilla, quinientos años hacía ya, que estando un día en la fuente llenando la cántara vio acercarse a uno de esos extranjeros que vinieron con Lamberto Horques Alemán, alcaide-mayor de Monte Lavre por merced del rey Don Juan el Primero, gente de hablar incomprensible y que, desatendiendo los gritos y ruegos de la doncella, la llevó a la espesura de helechos donde, a su placer, la forzó. Era un hombre gallardo de piel blanca y ojos azules, sin más defecto que el ardor de su sangre, pero ella no fue capaz de quererle bien y sola parió como pudo llegado el tiempo. Así, durante cuatro siglos, estos ojos azules que vinieron de la Germania aparecieron y desaparecieron, como esos cometas que se pierden en el camino y regresan cuando ya nadie cuenta con ellos, o simplemente porque nadie se cuidó de registrar sus pasos y descubrir su regularidad.

Está la familia en su primera mudanza. Vinieron de Monte Lavre a San Cristóbal un día de verano que acabó en tormenta. Atravesaron todo el concejo de norte a sur, qué idea se le había metido en la cabeza a Domingo Maltiempo, mudarse tan lejos, este hombre es un remendón, un gandul descastado, pero en Monte Lavre se le iba complicando la vida por su afición al vino y algunas pendencias, Señor suegro, présteme su carro y su burro que me voy a vivir a San Cristóbal, Pues vete, y a ver si al fin sientas la cabeza, para bien tuyo y de tu mujer y de tu hijo, y devuélveme pronto el burro y el carro, que me hacen falta. Fueron atajando por trochas, aprovechando cuando podían el camino real, para acortar luego metiéndose por las vaguadas, campo a través, al pie de los cabezos. Comieron a la sombra de un árbol, y Domingo Maltiempo se metió entre pecho y espalda una botella de vino que se perdió pronto con el sudor de la jornada. Vieron Montemor a lo lejos, al lado izquierdo, y tiraron hacia el sur. Les llovió una hora antes de llegar a San Cristóbal, fue un diluvio de mal agüero, pero hoy está soleado el día y Sara de la Concepción, sentada en el corral, remienda una saya mientras el hijo, poco seguro aún sobre sus piernas, va tanteando a lo largo de la pared. Domingo Maltiempo ha ido a Monte Lavre a llevarle al suegro la carreta y el burro y a decirle que viven en buena casa, que ya han empezado a llamar los parroquianos a su puerta, no faltará el trabajo. Volverá al día siguiente, por su pie, quiera Dios que no se emborrache, que no es hombre ruin, tiene este defecto de la bebida, pero, si Dios quiere, ha de enderezarse, que casos peores se han visto y ganan enmienda, ha de ser así si hay justicia en la tierra, con este hijo pequeño y otro por venir, un padre que se respete, que por mí hago lo que puedo para que tengamos un buen vivir.

Juan llegó al final de la pared, donde empieza la cerca de troncos. Se agarra con firmeza, más sólido de brazos que de piernas, y mira afuera. Es corto su horizonte, una franja de la calle enfangada, con charcos de agua que reflejan el cielo y un gato amarillo tumbado en el umbral de enfrente, con la barriga al sol. Canta un gallo en cualquier parte. Se oye la voz de una mujer gritando, María, y otra voz casi de niña responde, Mande. Y luego el silencio del bochorno que empieza a caer, no tardarán en endurecerse los cenagales convertidos otra vez en el polvo que fueron. Juan se suelta de la cerca, basta por ahora de paisaje, da una difícil media vuelta y rehace su larga caminata hacia su madre. Sara de la Concepción repara en él, deja la costura en el regazo, extiende los brazos hacia el hijo, Ven aquí, mi niño, ven aquí. Los brazos son como dos vallas protectoras. Entre ellos y Juan hay un mundo confuso, inseguro, sin principio ni fin. El sol dibuja en el suelo una sombra vacilante, una hora trémula que avanza. Es una aguja del reloj en el latifundio.

Cuando Lamberto Horques Alemán subía a la plaza de armas de su castillo no le llegaban los ojos para tanto ver. Era señor de la población y de su término, diez leguas a lo ancho y tres de largo, con franquicia y libertad de imponer tributos, y aunque había recibido el encargo de poblar aquella tierra, por orden suya no violaron a la moza en la fuente, pero habiendo ocurrido así, mejor. Él mismo, allí con su mujer honrada y sus hijos, procuraba dispersar su simiente donde mejor le pluguiera, por goce vagabundo de sus sentidos, Que esta tierra así deshabitada no puede estar, pues de un lado a otro del señorío se cuentan con los dedos los lugares y por los pelos de la cabeza los breñales, Sabed, señor, que estas mujeres son oscuras, restos malditos de la morisma, y los hombres callados y a veces vengativos, aparte de que no os llamó el rey nuestro señor para fecundar y procrear como Salomón, sino para que cuidarais de la tierra y la rigieseis, de modo que venga gente a ella y en ella se establezca, Eso hago y haré, y cuanto más me plazca, que mía es la tierra y cuanto en ella hay, sin embargo no han de estar de más las gentes que embaracen y causen alborozo, como ya antes se ha visto, Tenéis razón, señor, y mucha, aprendida en esas frías tierras de donde venís, donde mucho más se sabe que en este destierro occidental del mundo, Puesto que así conmigo concordáis, hablemos ahora de los tributos que es menester fijar en las tierras de mi señorío y alcaidería. Episodio menor de la historia del latifundio.


Este zapatero es remendón, pone suelas, tacones, remata la obra cuando le falta el gusto del trabajo, deja las hormas, las chiflas, las leznas para ir a la taberna, discute con los parroquianos impacientes, y por todo esto le pega a la mujer. También le pega por tener que estar poniendo medias suelas y remiendos, que dentro de sí no tiene paz este hombre, es un frenético, un culo de mal asiento que no para en la silla, apenas se sienta se levanta, y aún no ha llegado a una aldea cuando ya piensa en otra. Es un hijo del viento, un trotamundos, Domingo de su maltiempo, que deja la taberna y entra en su casa dando tumbos de pared en pared, apenas mira al hijo, y por un quítame allá esas pajas le sacude a la mujer, toma malvada, para que aprendas. Y vuelve a salir, va al vino, de gorra y alforja como los compadres, pon eso en cuenta, patrón, y el tabernero, no faltaba más, parroquiano, no faltaba más, pero mira que ya va la cuenta muy cargada, y qué importa, yo cumplo, en mi vida le he dejado a deber a nadie, ni un real. Y no una ni dos veces Sara de la Concepción, dejando al hijo con la vecina, fue entrada la noche en busca del marido, ocultando las lágrimas en el pañuelo y en la oscuridad, de taberna en taberna, que en San Cristóbal no eran muchas, pero sí demasiadas, y sin entrar, de lejos buscaba con los ojos, y si el marido estaba, allí se quedaba en la sombra, a la espera, como otra sombra. Y también ocurrió que tropezara con él de camino, borracho perdido, sin dar con la casa, abandonado por los amigos, y entonces el mundo resultaba hermosísimo de nuevo porque Domingo Maltiempo, agradecido por ser encontrado en desiertos terroríficos entre huestes de fantasmas, pasaba un brazo por el hombro de su mujer y se dejaba llevar como el chiquillo que probablemente seguía siendo.

Y un día, como aumentaba el trabajo y no daban abasto sus manos, Domingo Maltiempo contrató un ayudante, ofreciéndose así más holganza para sus gustos erráticos, pero, pronto, en otro día de mal recuerdo, se le metió en la cabeza que la mujer, pobre Sara de la Concepción inocente, lo engañaba en sus ausencias, y aquello fue el fin del mundo en San Cristóbal, que el ayudante sin culpa tuvo que huir a punta de cuchillo, y Sara, embarazada de legítimo embarazo, sufrió todos los vejámenes de la vía dolorosa, y volvió el carro a ser cargado, una vuelta más a Monte Lavre, tanto andar, Señor suegro, de salud vamos bien, su hija y el nieto muy felices, y otro por nacer, pero he encontrado acomodo mejor en Torre da Gadanha, allí vive mi padre que me dará ayuda. Y otra vez peregrinaron hacia el norte, pero a la salida de San Cristóbal estaba el tabernero a la espera, Alto ahí, señor Maltiempo, que me quedas debiendo el alquiler y el vino que bebiste y si no pagas vas a ver cómo te convencemos estos dos hijos míos que aquí ves y yo mismo, o sea que a pagar o te desuello.

Fue corto el viaje, y menos mal, porque apenas puso Sara de la Concepción pie en casa le nació el hijo, que fue llamado Anselmo, no se sabe por qué. De cuna fue este pequeño bien servido porque el abuelo, el paterno, era carpintero de oficio y le gustó mucho que le naciera allí el nieto, casi puerta con puerta. Era maestro de obra rústica, sin oficial ni aprendiz, sin mujer tampoco, y vivía entre barrotes y tablones, perfumado de serrín, practicando un vocabulario particular de listones, cepillos, ripias, de escoplos y azuelas. Hombre grave y de poco hablar, no se perdía con el vino y por eso miraba malencarado al hijo que desacreditaba su nombre. No tuvo, conforme era de esperar, vistos los antecedentes de Domingo Maltiempo, mucho tiempo para hacer de abuelo. Menos mal que le llegaron los días para enseñarle al nieto mayor que aquel martillo era de orejas y que esto es un cepillo y esto un formón, pero Domingo Maltiempo no podía soportarle ni las palabras ni el silencio, y venga, que se hace tarde, para Landeira, en el levante extremo del concejo, como un pájaro que se lanza de pecho contra los hierros de la jaula, qué prisión es ésta en mi alma, con treinta demonios. Y otra carreta, ahora con un mulo tirando de ella, pero alquilado esta vez macho y carro con buenos dineros, que ya el suegro empezaba a mosquearse de tanta andanza y tan poca seguranza, mejor sería callarse y aguantar. Hombre, que parecemos el judío errante, sin calma ni sosiego mundo adelante, con los niños además, Calla, mujer, que sé muy bien lo que hago, los de Landeira son buena gente, hay trabajo que compense, y yo soy hombre de arte, no tengo por qué andar agarrado al rabo del azadón como tu padre y tus hermanos, aprendí oficio y estoy capacitado, No digo que no, hombre, no digo que no, zapatero eras cuando me casé contigo y así te quise, pero ojalá tuviéramos paz de una vez y se acabara este andar con la casa a cuestas. De los malos tratos no habló Sara de la Concepción, ni justo era que hablase, porque Domingo Maltiempo caminaba hacia Landeira como quien va al paraíso y llevaba montado a hombros al hijo mayor, sosteniéndole por los tiernos tobillos, sucios, eso sí, pero qué importa. Apenas sentía su peso porque el tirar del bramante le había reforzado músculos y tendones. Con el mulo atrás, trópele-trópele, y un solecito compañero, hasta Sara de la Concepción se había buscado un sitio en la carreta. Pero cuando llegaron a la casa nueva, vieron que los trastos mostraban daños más graves, Como sigamos así, Domingo, vamos a acabar sin muebles.

Fue en Landeira donde Juan, ya servido de padrinos en Monte Lavre, encontró padrino nuevo y de más apariencia. Era éste el cura Agamedes, que, por vivir con una mujer que decía que era su sobrina, se la dio también por madrina prestada. No le faltaban pues bendiciones al infante, tan protegido ahora en el cielo como defendido en la tierra había estado hasta entonces. Y más aún cuando Domingo Maltiempo, animado por el padre Agamedes, aceptó cargo de sacristán, ayudando a misa y en los entierros, que por merced de esto compadreó el cura con él y prohijó a Juan. Al recogerse en el seno de la iglesia no tuvo Domingo Maltiempo más intención que encontrar motivo respetable de holganza y refrigerio para sus persistentes inquietudes de vagamundo. Pero Dios lo premió en cuanto lo vio ante su altar dando torpemente los aprendidos pasos del ritual, y ocurrió que siendo el padre Agamedes buen estimador de vino, se encontraron acólito y oficiante en este otro sacrificio. Tenía el padre Agamedes, no lejos de la iglesia, una tienda de comercio, que administraba en las horas vagas de las obligaciones sacerdotales, y cuando no, bajaba la sobrina y tras el mostrador gobernaba el negocio terrenal de la familia. Domingo Maltiempo pasaba y bebía un vaso, volvía a pasar y bebía otro, mientras el cura no llegaba para beberlos juntos. Dios vivía con los ángeles.

Pero todo cielo tiene su Lucifer y todo paraíso su tentación. Dio Domingo Maltiempo en posar los ojos codiciosos sobre las gracias de la comadre, quien, ofendida en sus bríos de sobrina, le dio al tío media palabra suficiente, y bastó ésta para que se instalara el malvivir entre los dos siervos de la santa madre iglesia, uno de derecho, otro temporero. No se atrevió el padre Agamedes a usar de franqueza que pudiera autorizar los consabidos malos pensamientos de los feligreses, que dudaban del parentesco, pero afirmóse en la condición de casado del ofensor para alejar la amenaza de su honra. Privado del trago fácil, cansado de su vagabundeo de la Ceca a la Meca, Domingo Maltiempo clamó en casa que iba a tomar cumplida venganza del cura. Venganza de qué no lo dijo, ni Sara de la Concepción le preguntó. Vivía sufrida y callada.

Tenía la iglesia pocos feligreses y no todos constantes. No daba remedio a males, de lo que en definitiva no tenía obligación una vez que tampoco los aumentaba, que se viera. No era éste el defecto. La debilidad de la acción apostólica no estimulaba las devociones, no tanto por vivir el padre Agamedes asobrinado o por comerciar en secos y mojados, que sólo quien no es pueblo ignora lo que son necesidades, sino por maltratar el misal, despachar neófitos, novios y difuntos con la misma truculencia con que mataba y comía su marrano y con mucha menos atención a la letra del templo y a su espíritu. Son suspicacias del pueblo. Supo por eso Domingo Maltiempo cómo podía llenar la iglesia gloriosamente. Que la próxima misa iba a ser cosa fina, que el padre Agamedes había advertido que en adelante iba a esmerarse en los sacros preceptos, en las pausas sublimes y en los gorgoritos, loco sería quien a la misa faltara, luego que no se queje. Se pasmó el padre Agamedes cuando vio la nave llena. No era el día del santo ni tanta la sequía que precisara intervención celeste. Pero calló. Si las ovejas venían por su pie al redil, mejores cuentas podía rendir el pastor al amo. Con todo, y por no parecer ingrato, se excedió en sus primores y, sin saberlo, confirmó las excelencias que Domingo Maltiempo había cantado. Pero el zapatero convertido en sacristán, y con otro viaje ya en mente, tenía su golpe preparado. En el momento de tocar a santos, en lo más solemne de la misa, levantó serenamente la campanilla y la agitó. Fue como si agitara una pluma de gallina. Para los fieles fue como si allí se hubiera impuesto una sordera general, algunos, por el hábito del gesto, se inclinaron, otros se quedaron mirando con desconfianza mientras Domingo Maltiempo, en completo y dramático silencio, continuaba dándole a la campanilla con rostro inocente. Se sorprendió el cura, se alzó un rumor entre los fieles, los más jóvenes incluso se echaron a reír. Una vergüenza, con todos los santos mirando, y Dios que todo lo ve. No se contuvo entonces el padre Agamedes e, interrumpiendo allí el sacrificio por caso de urgencia mayor, cogió la campanilla con una mano, metió la otra dentro, palpó. No había badajo. Y no caerá un rayo que castigue la impiedad. Terrible en su religioso furor, el padre Agamedes le soltó un tortazo a Domingo Maltiempo, allí en el sagrado recinto, cómo es posible. Pero Domingo Maltiempo correspondió de inmediato como si continuase ayudando a misa. Y pronto se vieron la casulla del párroco y el roquete del sacristán envueltos en confuso torbellino, quién abajo, quién arriba, revolcándose sacrílegamente en las gradas del altar, magulladas las costillas, bajo el ojo circular de la custodia. Intervino el pueblo intentando separar a los poderes desavenidos y hubo quien se aprovechó del enredo de piernas y brazos para matar una sed antigua, de un lado o de otro. Las viejas se habían juntado en un rincón rezando a toda la corte celestial, y habiendo cobrado fuerzas físicas y ánimo espiritual, avanzaron sobre el altar para salvar a su párroco, aunque indigno. Aquello fue, por decirlo en pocas palabras, el triunfo de la fe.

Al día siguiente, Domingo Maltiempo salía del pueblo con un cortejo ruidoso de chiquillos acompañándolo, junto a la familia, hasta los descampados. Sara de la Concepción iba avergonzada, con la cabeza baja. Juan lo observa todo con su severa mirada azul. El otro niño iba durmiendo.


Se proclamó entonces la república. Ganaban los hombres doce o trece reales, y las mujeres menos de la mitad, como de costumbre. Comían ambos el mismo pan negro, las mismas hojas de col, los mismos tronchos. Vino la república enviada desde Lisboa, anduvo de pueblo en pueblo por telégrafo, si lo había, se recomendó por la prensa, quienes la pudieran leer, y por el pasar de boca en boca, que siempre es lo más fácil. Había caído el trono, el altar decía que por ahora no era este reino su mundo, el latifundio lo entendió todo de inmediato y se estuvo quedo, y un litro de aceite costaba ya diez veces el jornal de un hombre.

Viva la república, Viva. Patrón, cuánto es el jornal ahora, A ver, déjame pensar, pagaré lo mismo que otros paguen, habla con el capataz, Cuál es el jornal, Un real más, Eso no llega para mis necesidades, Si no lo quieres, déjalo, otros hay que lo cogerán encantados, Ay santa madre, que un hombre tenga que reventar de hambre, y los hijos, qué les doy a mis hijos, Ponlos a trabajar, Y si no hay trabajo, No hagas tantos, Mujer, manda a los hijos a por leña, y las hijas a la rebusca, y vámonos a la cama, Soy la esclava del señor, hágase en mí su voluntad, y hecha está, hombre, aquí me tienes embarazada, encinta, preñada, voy a tener un hijo, vas a ser padre, estoy con varias faltas, Qué más da, donde no comen siete no comen ocho.

Entonces, porque entre el latifundio monárquico y el latifundio republicano no se veían diferencias y todo eran semejanzas, porque los salarios, por lo poco que podían comprar, servían sólo para despertar el hambre, hubo allí trabajadores que se unieron, inocentes, y fueron al administrador a pedirle mejores condiciones de vida. Alguien de buena letra redactó su petición, cantando las nuevas alegrías portuguesas y las esperanzas populares hijas de la república, mucha salud y fraternidad, administrador, quedamos a la espera de respuesta. Despedidos los suplicantes, Lamberto Horques se sentó en su sitial hanseático, meditó profundamente lo que convendría para el bien de las haciendas, la suya propia y la pública administrada y, tras pasar los ojos por los mapas donde estaban marcadas las haciendas, asentó el dedo en la más provista de gente y llamó al comandante de la guardia. Había pertenecido éste a la policía civil, y era una marcial figura en su uniforme nuevo, aunque de memoria escasa y por tanto ya olvidado del tiempo en que usó la cinta azul y blanca en la manga izquierda. Por su celo y vigilancia supo Lamberto que los campesinos andaban agitados, protestaban contra las prestaciones obligatorias y otras servidumbres, reclamaban contra la vida perra que llevaban por culpa de impuestos y contribuciones varias, cosa que en definitiva más o menos se expresaba en la petición en tono comedido, tal vez para encubrir otras peores intenciones. Por todas las haciendas corrían vientos de insurrección, un roznido de lobo acorralado y hambriento que gran daño causaría si acabara en ejercicio de dientes. Habría que dar un ejemplo, una lección. Terminada la conferencia, recibidas las órdenes, se retiró el teniente Contento, dio un taconazo y convocó a sus tropas en parada. Formó la guardia nacional republicana, sable al costado y en posición de firmes, brillantes los arreos, bigotes y crines, y habiendo llegado Lamberto a la ventana del ayuntamiento, saludó la guardia a la autoridad e hizo ésta adiós con la punta de los dedos, reuniendo así en un solo gesto afecto y disciplina. Hecho lo cual, se retiró a sus aposentos y mandó llamar a su esposa, con quien holgó.

Ya tenemos a la guardia republicana a la carrera por esos campos de Dios. Va al trote, al galope, cae el sol sobre sus armaduras, ondean las gualdrapas en las rodillas de las bestias, oh caballería, oh Roldan, Oliveros y Fierabrás, dichosa la patria que parió tales hijos. A la vista está la heredad elegida, y el teniente Contento manda que se despliegue el escuadrón en línea de carga y, a la orden del cornetín, avanza la tropa lírica y guerrera, desenvainados los sables, la patria se asoma al mirador a contemplar el lance, y cuando salen los campesinos de sus casas, de los pajares, de las cuadras, reciben en el pecho el empuje de las bardas y los correazos en las costillas hasta que Fierabrás, excitado como buey picado de mosca, empuña el sable y cercena, corta, taja, pica, ciego de rabia, el porqué no lo sabe. Quedaron los campesinos tendidos en aquel suelo, gimiendo sus dolores, y recogidos en sus chozas no holgaron, antes bien cuidaron sus heridas lo mejor que pudieron, con grande gasto de agua, sal y telarañas. Mejor sería morir, dijo uno. Eso, sólo cuando la hora llegue, dijo otro.

Ya va de vuelta el escuadrón de la guardia, hija amorosa de esta república, aún se estremecen los caballos y la espuma queda por el aire en copos repartida, y pasan ahora a la segunda fase del plan de batalla, ir por montes y quebradas en busca y reclamo de jornaleros que anden incitando a los demás a rebelión y huelga, dejando en suspenso los trabajos agrícolas y el ganado sin pastores, y así fueron presos treinta y tres, entre ellos los principales instigadores, que acabaron en prisiones militares. Así los llevaron, como recua de burros albardados de azotes, patadas y burlas varias, hijos de puta, ojo no topéis con los cuernos, viva la guardia de la república, viva la república de la guardia. E iban presos los campesinos, cada uno en sus cuerdas, y todos a una cuerda sola, como galeotes, a ver si se entiende esto, que son historias de épocas bárbaras, del tiempo de Lamberto Horques Alemán, siglo quince, no más.

Y a Lisboa, ¿quién va a llevar a Lisboa a los cabecillas del motín? Sale el diecisiete de infantería, un teniente, Contento también, y dieciocho números, en el sigilo del tren de la noche, treinta y ocho ojos para vigilar a cinco jornaleros acusados de sedición e incitación a la huelga. Van a ser entregados al gobierno, informa nuestro solícito corresponsal, este gobierno es una misericordia, tiene manos largas para tales entregas. Y es otra vez mayo, señores. Allá va el tren, allá va, allá va silbando, allá van los cinco ganapanes, al penal del Limoeiro. En estos tiempos primitivos andan los trenes lentamente, se detienen en los descampados sin motivo alguno que se sepa, tal vez un apeadero de emboscada y muerte súbita, y el vagón cerrado en el que son transportados los malhechores lleva las cortinas corridas, si hay cortinas en tiempo de Lamberto Horques, si tales galas se usaban en vagones de tercera, y las plazas del diecisiete de infantería van fusil en ristre, tal vez de bayoneta calada, quien pase por allí, no se detenga, salen diez al campo cada vez que el tren se para, en previsión de asaltos y tentativa de liberación de los presos. No están autorizados a dormir los pobres soldados, y miran nerviosos los rostros duros y sucios de los cinco malandrines, tan parecidos contigo. Sabe Dios, hermano, si cuando se me acabe el tiempo de ser tropa no habrá otro soldado que me prenda y me lleve así a Lisboa, en tren nocturno, en la oscuridad de esta tierra, Hoy sabemos qué somos y dónde estamos, mañana quién sabe, Te dan un fusil, pero nunca te dijeron que apuntaras al latifundio, Toda tu instrucción de apunta y fuego se dirige contra los de tu lado, para tu mismo y engañado corazón mira el cañón de tu arma, no comprendes nada de lo que haces y un día te dan orden de disparar, y te matas, Callaos de una vez, cerrad la boca, sediciosos, que en Lisboa ya os meterán en varas, ni siquiera imagináis los años que vais a pasar a la sombra, Sí, Lisboa es una gran ciudad, nos han dicho que la mayor del mundo, y allí vive la república, seguro que nos pone en libertad, Hay leyes.

Están ahora dos grupos de jornaleros frente a frente, diez pasos los separan. Dicen los del norte, Hay leyes, fuimos contratados y queremos trabajar. Dicen los del sur, Aguantáis que os paguen menos, venís aquí a perjudicarnos, marchaos a vuestra tierra, ratinhos. * Dicen los del norte, En nuestra tierra no hay trabajo, sólo piedras y aliagas, somos de la Beira, no nos llaméis ratinhos, que es ofensa, dicen los del sur, Ratinhos, sois ratones, venís aquí a roer nuestros mendrugos. Dicen los del norte, Tenemos hambre. Dicen los del sur, También nosotros, pero no queremos sujetarnos a esta miseria, si aceptáis trabajar por ese jornal, nos quedamos nosotros sin trabajo. Dicen los del norte, Vosotros tenéis la culpa, no seáis soberbios, aceptad lo que os ofrece el patrón, mejor eso que nada, y habrá trabajo para todos, porque aquí sois pocos y nosotros venimos a ayudar. Dicen los del sur, Es un engaño, quieren engañarnos a todos, no podemos aceptar esos jornales, uníos a nosotros y el patrón tendrá que pagarnos más a todos. Dicen los del norte, Cada uno sabe de sí y Dios de todos, no queremos alianzas, vinimos de lejos, no podemos meternos ahora en pleitos con el patrón, queremos trabajo. Dicen los del sur, Pues aquí no trabajáis. Dicen los del norte, Claro que trabajamos. Dicen los del sur, Esta tierra es nuestra. Dicen los del norte, Pero no la queréis trabajar. Dicen los del sur, Por este salario, no. Dicen los del norte, Nosotros aceptamos el salario. Dice el capataz, Basta, ya está bien de charla, echaos atrás y dejad que estos hombres trabajen. Dicen los del sur, No segarán. Dice el capataz, Vaya si segarán, lo mando yo y basta, si no llamo a la guardia. Dicen los del sur, Antes de que la guardia llegue, correrá aquí la sangre. Dice el capataz, Si la guardia viene, correrá más sangre todavía, después no os quejéis. Dicen los del sur, Hermanos, escuchad, uníos a nosotros por el alma que tenéis. Dicen los del norte, Ya ha sido dicho, queremos trabajar.

Entonces avanzó el primero de los del norte hacia el trigo con la hoz, y el primero del sur lo agarró por el brazo, se acometieron sin agilidad, rudos, brutales, violentos, hambre contra hambre, miseria contra miseria, pan que tanto nos cuestas. Vino la guardia y acabó la querella, pegó de un lado solo, empujó a los del sur con los sables, los acorraló como si fueran bestias. Dice el sargento, Quiere que me los lleve presos a todos. Dice el capataz, No vale la pena, son unos desgraciados, téngalos ahí un rato, hasta que se calmen. Dice el sargento, Pero ahí hay un ratinho de esos del norte con la cabeza rota, hubo agresión, la ley es la ley. Dice el capataz, No vale la pena, mi sargento, sangre de bestias, igual la del norte que la del sur, es como la meada del patrón. Dice el sargento, Hablando del patrón, necesito unas brazadas de leña. Dice el capataz, Ya le enviaré una carretada. Dice el sargento, Y unas cuantas tejas. Dice el capataz, No se preocupe por eso, que no va a dormir al relente. Dice el sargento, Está la vida cara. Dice el capataz, Le mandaré unos chorizos.

Los ratinhos ya avanzan entre las mieses. Caen las espigas rubias sobre la tierra morena, qué belleza huele a cuerpo que no se ha lavado sabe Dios en cuánto tiempo, a lo lejos pasa y se detiene un tílburi. Dice el capataz, Es el patrón. Dice el sargento, Déle las gracias de mi parte, y siempre a sus órdenes. Dice el capataz, Ojo con esos granujas, no les quite la vista de encima. Dice el sargento, Puede ir tranquilo que sé muy bien qué trato darles. Dicen unos del sur, Peguemos fuego a los trigales. Dicen otros, Sería un dolor de alma. Dicen todos, No hay dolor para estas almas.


Ya habían recorrido Landeira, Santana do Mato, dieron vueltas fuera y dentro del concejo, Tarrafeiro y Afeiteira, y en estos viajes les nació el tercer hijo, que era hija, María de la Concepción, y otro, hijo este, que tuvo por nombre Domingo, como el padre. Dios les dé mejor destino, porque del progenitor sólo mal puede decirse, entre el vino y el aguardiente, entre el martillo y la tachuela, iba cada vez peor. Y de los muebles sería mejor no hablar, de la casa al carro, del carro a la casa, y golpeándose unos contra otros por cabezos y ramblas, de lugar en lugar, llegó un nuevo zapatero, Maltiempo se llama, vamos a ver cómo nos sale el maestro que por lo visto le da al vino todo el año como al agua en agosto, rayo de hombre, mejor maestro podría ser si quisiera. A Sara de la Concepción, ahora viviendo en Canha con el marido y los hijos, le dieron las tercianas durante dos años, día sí, día no, para quien no lo sepa. Por eso, en días de estar la madre encamada, iba Juan Maltiempo, el de los ojos azules, que no se repitió la tara en los hermanos, iba Juan Maltiempo a la fuente, y una vez, al hundir la cantarilla, se le fueron los pies, quién acude al inocente, y cayó al agua, que era honda para su tamaño, siete añitos. Volvió a casa en brazos de la mujer que lo salvó, y el padre le pegó una paliza mientras la madre temblaba de fiebre en la cama, que hasta las bolas de latón de la cabecera se movían, No le pegues al niño, Domingo, pero era como hablarle a un sordo. Y llegó un día en que Sara de la Concepción llamó al marido y él no respondió. Fue ésa la primera vez que Domingo Maltiempo despreció a la familia y deambuló lejos. Entonces, Sara de la Concepción, que había callado tanto tiempo aquella vida, le pidió a una vecina letrada que le escribiera una carta, y fue como si le salieran las entretelas del alma, no eligió marido para esto, Padre, por amor de Dios le pido que venga a buscarnos con sus burros y el carro, para llevarnos a su lado, a mi tierra, y me perdone los trabajos y disgustos que le he dado, también su resignación, con mi arrepentimiento de no haber obedecido los consejos que tantas y tantas veces me dio, de que no hiciera este infeliz casamiento, un hombre que sólo amarguras me ha dado, he sufrido lo peor, miserias y disgustos y palizas, bien avisada fui, mal avisada anduve, frase final que de su caudal literario añadió la vecina, conciliando lo clásico y lo moderno con plausible resultado.

Padre merecedor de tal nombre, ¿qué iba a hacer, incluso no olvidando escándalos? ¿Qué hizo Laureano Carranca? Mandó a su hijo, hombre obstinado y hosco, pero no de malas voluntades, lo mandó a Canha a buscar a la hermana y cuantos nietos por allá hubiera. No por mucho quererlos, todos eran hijos del zapatero borracho, amor no les tenía, de tal palo tal astilla, sobre todo cuando hay otros más favoritos. Llegaron los tristes abandonados de marido y padre a Monte Lavre, otra vez volvieron en montón los pobres trastos domésticos, sólo ruinas, y unos se quedaron por piedad contrariada en casa de los padres y abuelos, otros apilados en un alpendre mientras no tuvieran casa propia. Y cuando hubo que encontrar el necesario abrigo, esteras en el suelo hicieron de dormitorio, y para comer fueron los mayores a pedir limosna, que también pidió Nuestro Señor, y lo que es vergüenza es robar. Trabajaba Sara de la Concepción como es de justicia, que todo no va a ser poner hijos en el mundo, y los padres repartían con ella alguna cosa, la madre siempre más generosa, como es normal, que para eso es la madre. Y así fueron viviendo. Pero habían pasado sólo unas semanas cuando apareció Domingo Maltiempo rondando por Monte Lavre, siguiendo de lejos a la mujer y a los hijos, y luego saliéndoles al camino, contrito y arrepentido, según sus propias palabras, aprendidas quizá en tiempos de su sacristanía. Laureano Carranca montó en cólera, que nunca más quería ver a la hija si volvía a juntarse con aquel vagabundo, que lo tuviera muy presente. Vino Domingo Maltiempo a hablar con grandes precauciones, y jurando que estaba enmendado de sus yerros y pecados, que esta ausencia había sido lo que le faltaba para entender cuánto quería a su mujer y a sus amados hijos, Señor suegro, se lo juro por éstas, arrodillado si es preciso. Venció un poco el enfado de todos, ablandados por tanta lágrima derramada, y la familia salió para un pueblo cercano, Cortijadas de Monte Lavre, casi a la vista de la casa paterna. Domingo Maltiempo, privado de otros haberes que le permitieran trabajar por su cuenta como gustaba, tuvo que aceptar servir en el taller del maestro Gramicho, y Sara de la Concepción trabajaba de asistenta, el día entero, para ayudar al marido y proteger a los hijos. ¿Y los hados? Empezó Domingo Maltiempo por caer en tristeza, como un monstruo desterrado, que es ésa la mayor de todas las tristezas, como vemos en la historia de la bella y la bestia, y no tardó en decirle a la mujer, Tenemos que marcharnos de aquí, que esta tierra no me sienta bien, quédate unos días con los hijos mientras yo busco trabajo por ahí. Sara de la Concepción, qué remedio, desengañada de la vuelta del marido, esperó dos meses y otra vez se veía viuda y abandonada, cuando apareció Domingo Maltiempo, alegre como unas pascuas, con palabras de halago, Sara, he encontrado trabajo y casa muy buena, vámonos para Ciborro. Salieron para Ciborro y no les fue mal, que aquella gente era pacífica y de paga pronta. No faltaba trabajo, y el zapatero parecía haber perdido su querencia tabernaria, al menos en parte, que más nadie le pedía, lo bastante para que lo tuvieran por hombre de respeto. Y vino este tiempo en buena estación porque entretanto se inauguró allí una escuela de primeras letras, y Juan Maltiempo, que estaba en la edad, fue a aprender a leer, escribir y contar.

¿Y los hados? Corren los lobizones sus desatinos por las encrucijadas, mal sino que les viene, señores míos, de no sé qué misterios, son hechicerías, que un día de la semana abandonan sus casas y en la primera cruz del camino se desnudan y se tiran al suelo, se revuelcan, transformándose en la causa del rastro que por allí haya, Cualquier rastro, o sólo de animal mamífero, Cualquier rastro, señor mío, hasta hubo un hombre que se convirtió en rueda de carro, andaba por ahí girando, girando, una agonía, pero lo normal es convertirse en bestia, como fue el muy sabido y verdadero caso de aquel hombre, no recuerdo cómo se llamaba, que vivía con la mujer en el Monte do Curral da Légua cerca de Pedra Grande, y su hechizo era salir las noches de los martes, pero ése sabía ya de su condición y por eso avisaba a la mujer que no abriese la puerta mientras él anduviese por fuera, oyese lo que oyese, y entonces eran gritos y gruñidos que helaban la sangre a un cristiano, no había quien durmiera, pero una vez la mujer hizo de tripas corazón, que las mujeres son curiosas, todo lo quieren averiguar, y decidió abrir la puerta, Qué fue lo que allí vio, Ay Jesús, vio ante ella un enorme marrano, como un verraco semental, con una cabezorra así, de este tamaño, y va y se tira contra ella como un león para dÉvorarla, menos mal que pudo cerrar la puerta, pero no tan de prisa que el marrano no pudiera arrancarle un pedazo de saya de un bocado, imaginen el horror de la pobre mujer cuando el marido volvió a casa, ya de madrugada, con el pedazo de paño en la boca, menos mal que todo quedó explicado, le dijo él que cuando salía se convertía en un animal, y aquella vez le tocó transformarse en marrano, y que podía haberle hecho mucho daño, que otra vez no abriera la puerta, que él no podía responder de sí, Gran caso este, La mujer fue a hablar con los suegros, que se quedaron muy molestos porque un hijo suyo se hubiera convertido en hombre lobo, no había otro en la familia, y entonces intentaron que una virtuosa del pueblo hiciese rezos y los conjuros propios de estos accidentes y dijo que le quemaran la gorra cuando estuviera de lobizón, santo remedio, se la quemaron y nunca más le volvió el mal, Sería porque siendo mal de cabeza se curaba quemándole el sombrero, Eso no lo sé, que la mujer no lo dijo, pero voy a contarle otro caso, aquí muy cerca de Ciborro vivía hace tiempo un matrimonio en una casa, siempre la cosa va de matrimonios, por qué será, éstos criaban gallinas y otros animales, y por las noches el marido, éste era todas las noches, se levantaba, salía al corral y empezaba a cacarear, imagine qué idea, cuando la mujer lo acechaba desde el postigo lo veía transformado en una gallina enorme, Del tamaño del cerdo, Ah, usted no lo cree, pues oiga lo que queda, este matrimonio tenía una hija y como la hija iba a casarse, mataron muchas gallinas para la boda, era su riqueza, pero aquella noche la mujer no oyó levantarse al marido ni lo oyó cacarear, ni podía imaginar qué había pasado, el hombre se fue al sitio donde había matado las gallinas, cogió un cuchillo, se arrodilló junto a un barreño y se clavó el cuchillo en el pescuezo, allí se quedó, y cuando la mujer vio la cama vacía y fue en busca del marido, lo encontró ya sin vida y con la sangre saliendo a borbotones, son los hados, es lo que le digo.

Domingo Maltiempo volvió a lo suyo, al vino, bofetadas, malos tratos de mano y boca. Ay, madre, que parece que padre ande excomulgado, No digas eso, hijo, que es tu padre. Son palabras que se dicen siempre en estas y parecidas circunstancias, no hay que tomarlas en serio ni unas ni otras, tanto las que acusan como las que quieren absolver. Pero la miseria marcaba el rostro de esta gente, y los niños que ya tenían sentido para hacerlo andaban pidiendo limosna. Que aún había gente bondadosa y de conciencia, como los amos de la casa donde vivían los Maltiempo, muchas comidas les dieron, pero es cruel la infancia y es el caso que cuando en casa de los amos se cocía pan, reservaban a Juan Maltiempo un bollo, pero los chicos de la familia, que iban también a la escuela y eran todos amigos, se burlaban de Juan Maltiempo, lo ataban con una cuerda al comedero y ponían la merienda ante él y mientras no comiera no lo soltaban. Y aún dicen que hay Dios.

Entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir. Domingo Maltiempo llegó al fin de sus malandanzas y desventuras. Una tarde, estaba sentado en un banquillo puliendo un tacón y de repente lo dejó todo, se quitó el delantal, se metió en casa, hizo un hatillo con las ropas, sacó del arca media hogaza, lo metió todo en la alforja y se fue. Andaba la mujer en el trabajo, con los dos hijos pequeños, Juan estaba en la escuela y el otro en la rebusca. Fue la última vez que Domingo Maltiempo se fue de casa. Volverá a aparecer aún para decir algunas palabras y oír otras, pero su historia se ha acabado. Durante dos años andará errante.


Crea la naturaleza sus diversas creaturas con admirable brutalidad. Entre muertos y lisiados, considera, no faltará quien escape para garantizar los resultados de la gerencia, modo ambivalente y en consecuencia equívoco de sustantivar el generar y el gestionar, con ese confortable margen de imprecisión que produce las mutaciones de lo que se dice, de lo que se hace y de lo que se es. La naturaleza no marca vedados, pero se aprovecha de ellos. Y si tras la siega no tienen los mil hormigueros silo igual, van ganancias y pérdidas a la gran contabilidad del planeta y ninguna hormiga se queda sin su estadística parte de alimento. Al saldo final poco le importa que hayan muerto cuatro millones por inundación, golpe de azada o desafío de micciones, quien vivió, comió, quien murió, dejó más para los otros. La naturaleza no cuenta los muertos, cuenta los vivos, y cuando éstos le sobran, dispone una nueva mortandad. Todo muy fácil, muy claro y muy justo, porque, con memoria de hormiga o de elefante, nadie puso objeciones en el gran reino de los animales.

Afortunadamente, el hombre es su rey. Puede hacer sus cuentas con papel y lápiz, o esas otras más sutiles, que se expresan en murmullos, medias palabras sobreentendidas, guiños de ojos y movimientos de cabeza. En esta mímica y onomatopeya se juntan, en más grosero, las danzas y cantares de lucha, seducción o engaño que usan ciertos animales para la consecución de sus fines. Se entenderá mejor así el juego de pesas y medidas que Laureano Carranca, hombre rígido y de principios, véase la intolerancia, el disgusto inflexible con que acogió la boda de su hija Sara de la Concepción, practica en su cotidiano vivir, ahora que tiene en casa al nieto Juan, realmente de mala gana y como de limosna, y otro nieto, llamado José Nabiza, muy de otra manera predilecto. Digamos por qué, aunque no importe mucho al buen entendimiento de la historia, sólo lo bastante para conocernos mejor unos a otros, que es precepto evangélico. Era este José Nabiza hijo de una hermana de Sara de la Concepción y de un padre que de incógnito sólo tenía el placer de que por tal lo tomasen, porque era ciencia pública su paternidad y cualquiera podría señalarlo con el dedo. En tales casos no es raro que se establezca una general complicidad, asentada en la evidencia de lo que todos saben, en la curiosidad de ir viendo cómo se comportan los actores, cosa que, en definitiva, no se debe censurar, tan pocas son las distracciones. Se hacen estos hijos por el amor de Dios y andan por ahí abandonados, a veces de padre y madre, van para la inclusa, los dejan en los caminos, se los comen los lobos o los hermanos de la Misericordia. Pero el afortunado José Nabiza, pese a la mácula del nacimiento, tenía la suerte de un padre con buen pasar y abuelos codiciosos de la futura herencia, probabilidad remota, en todo caso con cierta consistencia, la suficiente para ser promesa de fortuna para la casa de los Carrancas. A Juan Maltiempo lo trataban como si no mereciera ni agua ni sal, de él, hijo de padre zapatero y ahora vagabundo, no iba a venir ni un chavo para la familia. Pero al otro, aunque hijo de una ofensa no enmendada por el casamiento, lo traía el abuelo en palmitas, ciego y sordo a las voces y a las evidencias de la honra manchada, con la mira puesta en un provecho que al final no llegó nunca. Sépase así que hay justicia divina.

Juan Maltiempo fue a la escuela durante un año más, y luego se acabaron las letras para él. El abuelo Carranca miró aquel cuerpecillo de musaraño, dudó por milésima vez de los ojos azules que asustados miraban el suelo, y decretó, Vete con tu tío a las arrancas, y a ver cómo te portas, no sea que recibas. Quizá de las arrancas le venía el nombre, que eran labranzas, desbroces, trabajos de fuerza bruta que no deberían exigírsele a un niño, pero sólo le haría bien comenzar a saber qué lugar le estaba destinado al crecer. Bruto era Joaquim Carranca, que lo dejaba de noche en los campos, de guardia en la cabaña, o en la era, cuando tal obligación no era compatible con su flaqueza. Y aún más, por la noche, de pura maldad, iba a ver si el sobrino dormía y le tiraba una saca de trigo encima, que el pobre se quedaba llorando, y como si esto no fuera bastante y hasta sobrado, le clavaba en el cuerpo un bastón de contera como un chuzo, y cuanto más gritaba y lloraba el sobrino, más se reía él, el desalmado. Que son casos verdaderos, éstos, por eso tan difíciles de creer a quien se pauta por ficciones. Tuvo entretanto otra hija Sara de la Concepción que murió en ocho días.

Corrieron voces en Monte Lavre de que había una guerra en Europa, sitio del que pocos en el lugar tenían noticias y luces. Guerras también las había allí, y no pequeñas, todo el día trabajando, si trabajo había, todo el día gimiendo de hambre, hubiera o no. Sólo que las muertes no eran tantas, y en general los cuerpos iban enteros a la sepultura. Una, sin embargo, llegaba en su hora, como ya fue antes anunciado.

Cuando Sara de la Concepción oyó decir que su marido andaba por Cortiçadas, reunió a los hijos que vivían con ella y, poco segura de la protección del padre Carranca, recogió a Juan de camino y fue a esconderse en casa de unos parientes Picanzos, molineros en un sitio a media legua de la población llamado Puente Cava. Este puente era sólo lo que de él quedaba, un arco partido y grandes piedras en el lecho del río, pero había una represa en la que Juan Maltiempo y los de su edad se bañaban en pelota, y cuando el chiquillo hacía el muerto cara al cielo azul todo en sus ojos era cielo y agua. Allí se escondió la familia, temerosa de las amenazas que por boca de conocidos correveidiles llegaban de Cortiçadas. Tal vez Domingo Maltiempo ni hubiera ido por Monte Lavre si el mensajero, de vuelta, no le hubiera informado de la fuga despavorida de la familia. Un día se echó al hombro la alforja, bajó por trochas y cañadas, cegado por el destino, y apareció ante el molino pidiendo satisfacción y exigiendo a los suyos. Salió José Picanzo al camino mientras la mujer ocultaba a los refugiados en el fondo de la casa. Y dice Domingo Maltiempo, Buenos días, Picanzo. Y dice José Picanzo, Buenos días, Maltiempo, qué quieres. Y dice Domingo Maltiempo, Ando buscando a los míos, que huyeron de mí, y alguien me ha dicho que los tienes en casa. Y dice José Picanzo, No te engañó quien te lo dijo, están en mi casa. Y dice Domingo Maltiempo, Pues diles que vengan, se acabó tanto ir y venir. Y dice José Picanzo, Mira Maltiempo, a otros podrás engañar, pero a mí no, que te conozco. Y dice Domingo Maltiempo, La familia es mía, no es tuya. Y dice José Picanzo, En mejores manos estaría, pero de aquí no sale nadie porque no te quieren acompañar. Y dice Domingo Maltiempo, Yo soy el padre y el marido. Y dice José Picanzo, No me vengas con historias, que bien vi cómo tratabas a tu mujer cuando éramos vecinos, a ella que honradamente trabajaba y a tus hijos, pobrecillos, y la miseria que pasaron, de no haber sido por mí y algunos más que les matamos el hambre no estarías ahora aquí, porque ya habrían muerto todos. Y dice Domingo Maltiempo, Yo soy el padre y el marido. Y dice José Picanzo, Mira, te lo vuelvo a decir, vete a donde no te oigan, ni te vean, ni te hablen, porque no tienes perdón de Dios.

Está el día tan bonito. Mañana de sol, pero después de un chaparrón, que estamos en otoño. Domingo Maltiempo marca con el cayado el suelo ante él, se trata al parecer de un desafío, señal de pelea, y Picanzo así lo entiende, por eso se prepara, echa mano a un palo. No son suyos estos dolores, pero cuántas veces un hombre no puede elegir y se encuentra en el campo cierto. A su espalda, tras la puerta, hay cuatro chiquillos asustados y una mujer que si pudiera los defendería con su propio cuerpo, pero son desiguales las fuerzas, por eso Picanzo hace también su raya en el suelo. Sin embargo, no ha valido la pena. Domingo Maltiempo no dice palabra, no hace otro gesto, está oyendo aún lo que le han dicho, y para entenderlo bien no puede quedarse allí. Vuelve la espalda, desanda su camino, tira río abajo y deja a un lado Monte Lavre. Hay quien lo ve y se para, pero él no mira. Tal vez murmure, Tierra maldita, sólo por gran tristeza lo estará diciendo, que de razones particulares no hallaría una, o son todas, y entonces ninguna tierra escapará a la sentencia, malditas todas, condenadas y condenadoras, dolor de estar nacido. Baja por un ribazo, llega al vado, atraviesa el río por un paso de tres piedras, y sube por el otro lado. Hay allí un cabezo frontero al de Monte Lavre, cada uno tiene su olivar y sus razones para estar allí. Domingo Maltiempo se tumba en la sombra rala de un olivo y mira al cielo sin saber lo que mira. Tiene los ojos oscuros, hondos como minas. No está pensando, salvo si pensamiento es este paisaje lento de imágenes, hacia atrás, hacia delante, y una palabra suelta, indescifrable, que de vez en cuando rueda como una piedra que sin motivo cayera ladera abajo. Se apoya en los codos, tiene a Monte Lavre delante como un belén, en el punto más alto, sobre la torre, hay un hombre muy grande golpeando una suela, levantando el martillo y bajándolo con estruendo. Ve cosas de éstas y ni borracho está. Sólo duerme y sueña. Ahora ve pasar una carreta abarrotada de muebles y Sara de la Concepción sentada, cae o no cae, y él mismo va tirando, tanto peso, padre Agamedes, y lleva al cuello un cencerro sin badajo, lo agita mucho para que suene, tiene que sonar, es una campana de corcho, maldita misa. Y el primo Picanzo se aproxima, le quita el cencerro y le pone en su lugar una muela de molino, no tiene perdón de Dios este hombre.

Podría haber pasado la tarde entera en este soñar y fueron pocos minutos. El sol apenas se ha movido. No hay diferencia alguna en las sombras, Monte Lavre ni ha crecido ni menguado. Domingo Maltiempo se levantó, se pasa la mano derecha por la barba crecida y con el gesto se le pega una paja a los dedos. La hace rodar entre los pulpejos, la parte y la tira. Metió después la mano en la alforja, sacó una cuerda, se adentró en el olivar, oculto ya de las vistas de Monte Lavre. Anduvo, miró, parecía un propietario evaluando la cosecha, calculó alturas y resistencias y determinó al fin el lugar donde iba a morir. Pasó la cuerda por la rama, la ató sólidamente, y sentado en ella hizo el lazo y se tiró. Nunca nadie murió tan rápido con muerte de horca.


Ahora es Juan Maltiempo el hombre de la casa, el mayor, mayorazgo sin mayorazgo, dueño de nada, pequeña es la sombra que hace en el suelo. Arrastra los zuecos que le mandó hacer su madre, pero, grandes y pesados, se le escapan de los pies, y él inventa unos tirantes toscos que pasados por debajo de la suela se prenden en los dobladillos de los pantalones. Es una figura grotesca, con el azadón al hombro, más grande que él, cuando de madrugada se levanta del catre a la luz oleosa y fría del candil, y todo es tan confuso, tan espeso el sueño, tan torpes sus gestos, que probablemente sale del jergón ya con la azada al hombro, con los zuecos, máquina primitiva de un solo movimiento, levantar el azadón y dejarlo caer, de dónde se sacará fuerzas. Sara de la Concepción le dijo, Hijo mío, por compasión me dieron trabajo para ti, para que ganes algo, pues la vida está muy cara y no tenemos quien nos valga. Y Juan Maltiempo, sabedor de la vida, pregunta, Voy a cavar, madre. Sara de la Concepción, si pudiese, le diría, No vayas, hijo mío, sólo tienes diez años, no es trabajo para un niño, pero qué va a hacer ella en este latifundio donde no abundan más modos de vivir y el oficio del padre difunto está malhadado. Con noche aún cerrada se levanta Juan Maltiempo, y para su suerte el camino a la hacienda de Pedra Grande pasa por Puente Cava, lugar a pesar de todo bienaventurado, como demostrado quedó en el episodio anterior, cuando se salvaron los pobres de la ira de Domingo Maltiempo, lugar dos veces bienaventurado porque, incluso habiéndose suicidado de tan mala manera, y pese a sus muchos pecados, no hay misericordia si el zapatero no está ahora sentado a la diestra de Dios Padre. Domingo Maltiempo fue un pobre desgraciado, no lo condenen las almas buenas. Va pues el hijo a pasar entre las sombras que el sol aún lejano no disipa. Le sale al camino la mujer de Picanzo, y le dice, Juan, adonde vas. Responde el de los ojos claros, A Pedra Grande a arrancar matojos. Y la Picanza, Ay pobrecillo, tú no puedes ni con el azadón, y el mato es tan grande. Se ve bien que es charla de pobres, entre una mujer hecha y un hombre en agraz, y hablan de estas cosas de poca sustancia y ningún vuelo espiritual porque visto queda que toda ésta es gente ruda, sin letras que la iluminen, o, si las tienen, poco a poco se les van apagando. Juan Maltiempo sabe qué respuesta va a dar, nadie se la ha dictado, cualquier otra estaría sin duda fuera de tiempo y de lugar, Sea lo que Dios quiera, tengo que ayudar a mi madre, pobrecilla, porque nuestra vida es lo que usted ya sabe, y mi hermano Anselmo anda pidiendo una limosna por el amor de Dios para luego llevarme cualquier cosa a donde yo esté trabajando, porque mi madre no tiene dinero para comprar el avío. Dice la Picanza, Hijo de Dios, no me digas que vas a trabajar sin fardel. Responde el chiquillo, olvidado de Dios, Sí señora, sin nada voy.

Ésta sería la ocasión de clamar el coro griego sus espantos para crear la atmósfera dramática propicia a los grandes rasgos generosos. La mejor limosna es la del pobre, al menos así se queda todo entre iguales. Estaba Picanzo trabajando en la aceña y lo llamó la mujer, Eh, marido, ven acá. Se acercó el molinero, Mira a Juan. Volvieron a decirse las palabras ya sabidas, y dicho y hecho, se quedó Juan Maltiempo en aquella casa todos los días que duró el trabajo en la heredad de Pedra Grande, y la Picanza le aviaba el cestillo como santa criatura que era. También está a la diestra del Padre, sin duda en buena charla con Domingo Maltiempo, intentando saber los dos por qué es tanta la desgracia y el premio tan pequeño.

Juan Maltiempo ganaba dos reales, salario de hombre hecho cuatro años atrás, pero mísera paga hoy, tanto la vida se había encarecido. Se beneficiaba el chiquillo de las buenas gracias del capataz, medio pariente, que cerraba los ojos ante la pobre lucha del muchacho contra las raíces de las jaras, recias de más para que aquella flaqueza las dominara. Todo el día, horas y horas metido en el jaral, moliendo a palos las raíces con la azada, pero si es un niño, señor, por qué le das tantas fatigas. Aquel chiquillo, capataz, qué es lo que hace ahí, no va a servirnos para nada, decía Lamberto cuando pasaba. Y respondía el otro, Es una limosna que le hacemos, es el hijo de Domingo Maltiempo, una miseria. Bien, remató Lamberto, y entró en los establos para ver los caballos, a los que mucho estimaba. Se estaba caliente allí, y la paja olía gratamente, Este se llama Sultán, éste Delicado, éste Tributo, ésta Camarina, y este potro que aún no tiene nombre se llamará Buentiempo.

Acabó la roza y Juan volvió a casa de su madre. Pero andaba de suerte, pues no tardaron dos semanas en llamarlo para otro trabajo, en la heredad de otro patrón, Norberto de nombre, y bajo el mando de un capataz, llamado Gregorio y apodado Lameirâo. Era el tal Gregorio una fiera de las peores. Para él no había diferencia entre los hombres de contrata y una pandilla de amotinados que sólo a palos y latigazos se podía domar. Norberto no se metía en estas cosas, tenía incluso fama de excelente persona, ya de edad, pelo blanco, porte distinguido y abundante familia, gente fina aunque campestre, que en los veranos iban a tomar los baños a Figueira. Tenían casas en Lisboa, y los más mozos de la familia, poco a poco, empezaban a alejarse de Monte Lavre. El mundo había sido para ellos un gran paisaje, hablaban de oídas, claro, y había llegado el momento de sacar los pies de los barrizales e ir en busca de los empedrados de la civilización. No se oponía Norberto, y hasta le daba recatado contento el gusto nuevo de los descendientes y colaterales. Entre el corcho y algún trigo, entre bellotas y puercos de montonera, el latifundio alimentaba a la familia con amplios excedentes, convertidos en dinero corriente. Siempre que, naturalmente, rindieran los jornaleros, éstos y los demás. Para eso estaban los capataces, tenientes Contento de paisano, sin derecho por tanto a caballo y sable, pero con igual autoridad. De vara bajo el sobaco, utilizada como fusta, Gregorio Lameirâo seguía la fila de jornaleros, ojo alerta a la menor señal de holganza o de simple extenuación. Era un hombre de reglamentos, bendito sea, porque para dar ejemplo se servía de los propios hijos. Allí se quejaban los unos y los otros, hablamos de los más jóvenes, porque raro era el día que no los moliera a palos, dos palizas, o tres si andaban turbios los vientos. Cuando Gregorio Lameirâo salía de su casa o cuartel, dejaba el corazón colgado tras la puerta e iba más ligero, sin más cuidado que no fuera el merecer la confianza del patrón y ganarse las buenas monedas y mejores comilonas que le valía el cargo de capataz y verdugo de aquella tropa. Cobardón sí que era. Una vez le salió al camino el padre de una de sus desgraciadas víctimas y allí mismo quedó declarado y decidido que si él volvía a castigar sin justicia, vería, si es que aún podía ver, dispersa su sesera ante la puerta de la casa. Le afectó la amenaza en aquel caso, pero redobló el castigo con los demás.

En casa de Norberto, las señoras vivían con la delicadeza correspondiente a su sexo, tomaban el té, tricotaban y eran madrinas de las hijas de los criados más próximos. Sobre los canapés del salón estaban las revistas de modas, ay París, adonde estaba decidido que iría la familia apenas acabara la estúpida guerra que, entre otros daños de mayor y menor grandeza, les venía retrasando el proyecto. Molestias que no está en nuestra mano evitar. Y nuestro viejo Norberto, cuando oía a su capataz darle la noticia de la marcha de los varios trabajos de la tierra, con un mascullar de palabras que tenía por objeto valorizar al verdugo, se impacientaba como si estuviera leyendo en la gaceta los partes de la guerra. Era germanófilo por simpatía imperial y memoria inconsciente de la patria de Lamberto Horques, tal vez su antepasado. Y un día, por pura y sabia diversión, se lo dijo a Gregorio, que se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, sin entender nada de lo que le decían, bruto él, analfabeto él. Pero, por si acaso, redobló la humildad y aumentó el rigor. Los hijos mayores se negaban ya a trabajar en el rancho del padre, buscaban otras haciendas, capataces más humanos, mayor seguridad, aunque sólo fuera para morir un poco más tarde.

Eran buenos tiempos aquéllos para la disciplina. Sara de la Concepción, remordida con razón por los malos ejemplos del marido y todavía más reconcomida por el bicho que llevaba dentro culpándola de aquella muerte desastrada, gritaba en todo instante y hora, Ojo, mira que si no te despabilas te doy una paliza, tenemos que mirar por la vida. Esto le decía la madre, y Gregorio reforzaba, Oye, Maltiempo, que tu madre me ha dicho que de ti sólo quiere los huesos para hacerse un taburete y la piel para un tambor. Hablando así conjuntas y afinadas las dos autoridades, qué iba a hacer Juan sino creer. Pero un día, harto de vergajazos y del trabajo excesivo, desafió la amenaza de verse desollado y deshuesado y le habló claro a su estupefacta madre. Pobre Sara de la Concepción, que no acababa de aprender lo que era el mundo. Todo fueron allí ayes y gritos, Maldito hombre, que no le dije tal cosa, parir un hijo para esto, todos los ricos desprecian la miseria, ni a sus propios hijos quiere ese demonio. Pero esto ya quedó dicho antes.

Juan Maltiempo no tiene cuerpo para héroe. Es un esmirriado de diez años menguados, un chiquillo que mira aún los árboles más como sostén de nidos que como productores de corcho, bellotas o aceitunas. Es una injusticia obligarlo a levantarse cuando todavía es noche cerrada, andar medio dormido y con el estómago flojo el mucho o poco camino que lo separa del lugar de trabajo, y después todo el día, hasta que el sol se pone, para volver a casa otra vez de noche, muerto de fatiga, si esto es aún fatiga, si no es ya trance de muerte. Pero este niño, palabra sólo por comodidad usada, pues en el latifundio no se ordena así la población con vista a proteger y respetar tal categoría, todos son vivos y basta, a los muertos, sólo enterrarlos, que éstos no trabajan, este niño es apenas uno entre miles, todos iguales, todos sufridores, todos ignorantes del mal que hicieron para merecer tal castigo. Por parte del padre es de raíz artesana, zapatero él y carpintero el abuelo, pero ya ven cómo los destinos se disponen, aquí no hay lezna ni cepillo, todo es tierra áspera, calor de muerte, frío de reventar, las grandes sequías del verano, en invierno ateridos, la dura helada de las mañanas, encaje de bolillos dice doña Clemencia, sabañones rojos agrietados y sangrantes, y si la mano hinchada roza en el tronco o en la piedra, se rasga blanda la piel, y por debajo, quién podrá describir este dolor y miseria. No habrá más vida que este andar arrastrado siempre, animal que sobre la tierra convive con otros animales, los domésticos y los ariscos, los útiles y los nocivos, y él mismo, con sus semejantes humanos, tratado como nocivo o útil, según las necesidades del latifundio, ahora te llamo, ahora ahí te pudras.

Y está el paro, primero los más jóvenes, luego las mujeres, al fin los hombres. Van en caravanas por los caminos en busca de un jornal miserable. No se ven en estos casos capataces ni administradores, y mucho menos se verían propietarios, encerrados todos en sus casas, o lejos, en la capital o en otros resguardos. La tierra es sólo una costra seca o cenagal, no importa. Cuecen hierbas, se vive de eso, y arden los ojos, el estómago se convierte en un tambor, y vienen las largas, dolorosas diarreas, el abandono del cuerpo que se deshace por sí mismo, fétido, carga insoportable. Dan ganas de morirse, y hay quien muere.

Guerra en Europa, ya se ha dicho. Y guerra también en África. Esas cosas son como gritar en una loma, quien grita sabe que gritó, a veces es lo último que hace, pero, de arriba abajo, cada vez se va oyendo menos, y por fin nada. A Monte Lavre, de las guerras sólo llegaban noticias de periódico, y ésas eran para quien las supiera leer. Los otros, si veían subir los precios y escasear hasta los géneros más bastos de su alimentación, se preguntaban el porqué, Por la guerra, decían los entendidos. Mucho come la guerra, mucho se enriquece la guerra. Es la guerra aquel monstruo que antes de dÉvorar a los hombres les vacía los bolsillos, uno a uno, moneda tras moneda, para que nada se pierda y todo se transforme, como es ley primaria de la naturaleza, que sólo más tarde se aprende. Y cuando está saciada de manjares, cuando ya regurgita de harta, continúa con su repetida habilidad, con dedos ágiles, sacando siempre del mismo lado, metiendo siempre en el mismo bolsillo. Es un hábito que, en definitiva, le viene de la paz.

En algunos pueblos de alrededor hubo quien se puso de luto, nuestro pariente murió en la guerra. El gobierno mandaba condolencias, sentidos pésames, y decía que la patria. Se hacía el uso habitual de Alfonso Enríquez y de Nuno Álvarez Pereira, fuimos nosotros los que descubrimos el camino marítimo hacia la India, la mujer francesa se vuelve loca por nuestros soldados, de la mujer africana nada consta, a no ser lo que ya se sabe, han depuesto al zar, las potencias están preocupadas con lo que pasa en Rusia, gran ofensiva en el frente occidental, el arma del futuro es la aviación pero la infantería sigue siendo la reina de las batallas, nada se hace sin barrera de artillería, es indispensable el dominio de los mares, revolución en Rusia, bolchevismo. Adalberto leía su diario, miraba por la ventana inquieto el tiempo nublado, compartía la indignación con la gaceta, dijo en voz alta, Esto pasará.

Pero no todo son rosas para un lado y para otro, aunque, como se ha venido explicando, la distribución de los espinos se haga según las conocidas reglas de la desproporción y sea un claro desmentido del dictado, tal vez cierto en cosas de navegación, que dice, Gran barco, gran tormenta. En tierra es diferente. Minúscula es la barca de la familia Maltiempo, chato su fondo, y sólo por azar y por necesidad de esta historia no han naufragado ya todos cuantos en ella van. Daba no obstante el batel indicios seguros de despedazarse en un próximo arrecife, o de agotamiento de los pañoles, cuando sucedió que se quedó viudo Joaquim Carranca, el hermano de Sara. No le tiraba el ánimo hacia otro casamiento, ni a mano tenía noticia de pretendientas, tres hijos por criar y un mal genio sobrado, y entonces se juntaron el hambre y las ganas de comer, que fue el unirse los dos hermanos en vida y prole. Resultó equilibrado el negocio, uno se convirtió en padre nuevo, el otro en nueva madre, todos primos y tíos, a ver qué salía de allí. No ocurrió peor de lo que podría esperarse, y quizá mejor. Dejaron los Maltiempo de andar pidiendo por las puertas, y Joaquim Carranca ganó quien cuidara de sus ropas, que es cosa que el hombre necesita, y de las de los hijos, por añadidura. Y como no es costumbre que el hermano le sacuda a la hermana y, si lo hace, nunca es tanto como marido a mujer, vinieron mejores tiempo para Sara de la Concepción. No faltarán quienes tengan esto por poco. Diremos que siempre es gente que nada sabe de la vida.


Todos los días tienen su historia, un solo minuto daría para contar durante años, el mínimo gesto, el desbroce minucioso de una palabra, de una sílaba, de un sonido, por no hablar ya de los pensamientos, que es cosa de mucha enjundia pensar en lo que se piensa, o se pensó, o se está pensando, y qué pensamiento es ese que piensa el otro pensamiento, no acabaríamos nunca. Mejor es declarar que estos años de Juan Maltiempo van a ser los de su educación profesional, en el sentido tradicional y campestre de que un hombre de trabajo tiene que saber de todo, tan bueno para segar como para arrancar el corcho de los alcornoques, tan diestro en poner un vallado como en sembrar, tan bueno de lomo para cargar como de riñones para cavar. Este saber se transmite a través de las generaciones, sin examen ni discusión, es así porque siempre lo fue, ésta es una escardadera, esto es una guadaña y esto una gota de sudor. O saliva blanca y espesa en tarde de hornear, o golpe de sol en la cabeza, o jarretes desfallecidos del poco alimento. Entre los diez años y los veinte hay que aprenderlo todo y de prisa, o ya no tendremos patrón que nos acepte.

Joaquim Carranca le dijo un día a su hermana que habría que buscar patrón para que los tomase a soldada, y ella concordó, hábito que venía de sus años sumisos de mujer casada, pero en este caso le lució la esperanza de quedar todo el año al abrigo del paro, sería su más pequeña ambición, que a otra ya ni siquiera aspiraban. Fue en este tiempo cuando heredaron tres hermanos el Monte de Berra Portas, por muerte del amo viejo, padre de los tres, que los hizo en la barriga de una amante perspicaz, cuando parecía sometida a los caprichos temibles del patriarca, tronante de gritos y destemperos, pero pronto vuelto al redil, como borrego, para la sumisión final de desheredar a próximos parientes en beneficio de los hijos naturales. Se turnaban Pedro, Paulo y Saúl en el dominio del monte, cada temporada uno, y mientras mandaba Pedro acataban los otros, era un sistema que podría tener su gracia de no ser por que cada uno se convertía en espía de los yerros de la hermandad, bramando Saúl que sin su gobierno la casa se iría a pique, vociferando Paulo que sólo él sabía administrar, y consumiéndose todos en alianzas y traiciones domésticas, como es uso en las familias. Sólo la historia de este triunvirato daría una nao catrineta. Sin hablar de la madre que gritaba que había sido expoliada por los hijos, robada, que es un decir más claro, después de haberse sacrificado tanto por ellos, convertida en criada de un viejo cerdo, y sierva ahora de sus propios hijos, que le escatimaban el dinero y la tenían encerrada. Por las noches, cuando el monte se cubría de silencio para esconderse mejor en los grandes secretos de la oscuridad, se oían gritos de marrana degollada y brutales puntapiés en el entarimado, era la guerra de madre e hijos.

Se ajustó con estos amos Joaquim Carranca, quedando Juan Maltiempo a trabajar a jornal. Todo junto era una miseria, daba, si daba, para no gemir de hambre constante, y si algo los salvaba era tener el beneficio de unas huertas para poder castigar el cuerpo en domingos y días santos. La soldada de Joaquim Carranca era sesenta kilos de harina de maíz, cien escudos, tres litros de aceite, cinco medidas de habichuelas, casa y leña, y a final de año una propina adecuada. En cuanto a la soldada de los más jóvenes, se cifraba en cuarenta kilos de harina de maíz, litro y medio de aceite, tres medidas de habichuelas y cincuenta escudos. Era así mes por mes. Llevaban sacos y medidas a los graneros, el cántaro a la bodega, medía los víveres el intendente, pagaba el administrador el salario, y con esto había que gobernar los cuerpos y reponer fuerzas donde todos los días se gastaban. Pero no todas se restablecían, con esto se conformaban, por más que era fatal que el paso del tiempo se mostrara en demasía bajo la piel, asomando las calaveras, para eso se nace. Murió Joaquim Carranca sin haber tenido enfermedad de cama, un día llegó de cavar la huerta, era uno de aquellos domingos en los que no costaba tanto creer en Dios ni era necesario el cura Agamedes, la pena es que el azadón pesase tanto, y se sentó en un tronco de alcornoque a la puerta de la casa, más cansado que de costumbre, y cuando Sara de la Concepción se acercó a decirle que la cena estaba puesta, ya no había apetito alguno en Joaquim Carranca. Estaba con los ojos abiertos, las manos caídas en el regazo, tan descansado como nunca pudo soñar, y no era mal hombre, no señor, con sus repentes, a pesar de haber sido tan brutal con el sobrino mayor, lo que fue, fue. Y la muerte es un gran rasero que pasa sobre el celemín de la vida y echa fuera lo que está de más, aunque muchas veces no se sepa con qué criterios lo hace, como en este caso de Joaquim Carranca, tan necesario aún en la familia.

Quiere la vida, o quien en ella manda, con mando seguro o indiferente, que la educación profesional y la sentimental vayan parejas. Hay error evidente en esta acumulación, forzada probablemente por la brevedad de las vidas, que no dan para que cada cosa se haga a su tiempo y con descanso, con lo que no gana el tener y sólo pierde el sentir. Pero, no pudiendo el mundo ser cambiado en esto, Juan Maltiempo, mientras se habituaba al trabajo, iba enamorando mozas por los pueblos de alrededor, bailando donde hubiera un acordeón, y buen bailador era, disputado por las muchachas, quién iba a decirlo. Tenía, como sabemos, ojos azules, heredados de su cuatricentenario abuelo, que allí muy cerca, sobre unos helechos antepasados de éstos, forzó a una joven que iba a por agua a la fuente, a la vista de pájaros de plumaje que no varió, mirando desde arriba el debatirse de los dos entre las frondas, cuántas veces fue contemplado ya esto por las aéreas creaturas desde el principio del mundo. Y esos ojos bullían en las entrañas de estas muchachas de ahora, derretidas de pronto en la vuelta de un baile, cuando a Juan Maltiempo se le oscurecía la mirada, ni él se daba cuenta de que al fuego del mirar le subía la antigua saña amorosa, tan grande es la fuerza escondida de las acciones pasadas. Cosas de juventud. Realmente Juan Maltiempo se enamoriscaba mucho pero arriesgaba poco. Y todo quedaba en gestos, en día de tres copas un tiento más atrevido, o un beso torpón al que le faltaba todavía toda la ciencia que el siglo iba acumulando para futuro uso general.

Estas églogas son así. Puntean pastores sus laúdes, hacen las pastoras capillas de flores, pero Juan Maltiempo si en el tiempo de un contrato que durante diez semanas lo retuvo en Salvaterra, descascando alcornoques, consiguió librarse de los mosquitos o conservar después la ilusión de eso, fue porque consumió una ristra de ajos y apestaba a diez pasos de distancia. Aprendió allí el oficio, con ansia de ganar los dieciocho escudos que entonces pagaban a los maestros corticeros, pero afortunadamente estuvo lejos de sus pretendientas, tolerantes en cuestión de olores, pero tal vez enemigas de éste. De tan pequeñas cosas depende, como se sabe, la felicidad de las personas.

Y ahora le toca a Juan Maltiempo el sorteo de quintas. Sueña despierto, se ve ya lejos de Monte Lavre, en Lisboa quizá, y luego de cumplido el servicio militar, tonto será si no consigue encontrar trabajo en los tranvías, o en la policía, o en la guardia nacional, tiene algunas letras, es sólo esforzarse un poco más, no sería el primero. Es un gran día de fiesta este de la inspección, habrá cohetes y vino, pasan los muchachos a merecer el verdadero nombre de hombres, todos con ropa limpia, y cuando allí están, en pelota viva, dicen bromas de macho para ocultar la vergüenza y se ponen colorados ante el médico, que les hace preguntas. Luego se reúne la junta y deciden. Unos cuantos fueron aceptados y de los cuatro que libraron sólo uno iba triste. Este era Juan Maltiempo, para quien se desvanecía en lo imposible su sueño de uniforme, vestido de tranviario, haciendo sonar la campanilla a taconazos, o, si era policía, recorriendo las calles de la capital, o, si guardia, guardando, para quién, los campos donde ahora penaba, y esta hipótesis lo perturbaba tanto que le ayudó a curarse la decepción. No es posible pensar en todo y al mismo tiempo.

¿Qué ha de pensar Juan Maltiempo? Tiene veinte años cumplidos, está libre de quintas, no ha echado gran cuerpo, en proporción, desde los tiempos en que luchaba, como un enano, con las raíces de los matojos de Pedra Grande y comía gachas de maíz que le daba la Picanza por caridad de pariente. Se compró en Salvaterra su primer capote y con él se pasea, tan vanidoso como un gato atigrado. Le llega el capotón por los tobillos, parece un fantoche, pero aquella tierra no exige elegancias extremas, que no hay otra más extrema que la ropa nueva, valga lo que valga. Cuando Juan Maltiempo mete el azadón en la tierra se acuerda del capote, de los bailes, de las novias en serio o no, y olvida las penas de vivir allí, preso a aquella tierra, tan lejos de Lisboa, si a tanto alguna vez se atrevió a aspirar, si no fue todo un sueño de mocedad, que para eso está, para soñar.

Se acerca una época de grandes tempestades, unas que vendrán con su estruendo natural, otras mansamente, sin disparar un tiro, llegadas de Braga que está lejos, pero de éstas no habrá real noticia hasta más tarde, cuando no haya remedio. Pero como cada cosa ha de tratarse en su acontecido tiempo, aunque anticipada esté ya la muerte de Joaquim Carranca, ocurrida unos años más tarde, y así debe ser dicho para no estar ofendiendo siempre las reglas de la narrativa, pero como cada cosa, cuando tal conviene, ha de tratarse a su tiempo, hablemos ahora de aquel gran temporal que en las memorias quedó por razones de luto y otros estragos. Era en verano, señores, cuando menos se espera, aunque a veces vengan esos truenos solemnes que van retumbando sobre los rastrojos, catapummm, ahora distantes y casi adormecedores, ahora sobre nuestras cabezas, relampagueando, martilleando la tierra inerme, qué sería de nosotros sin Santa Bárbara. Esta familia de los Maltiempo parece elegida por el destino para negros casos, pero sería fruto de poco entendimiento suponerlo así. Al fin y al cabo, hasta ahora sólo ha muerto uno, y si es en hambre y en miserias en lo que estamos pensando condolidos, cualquier otra familia serviría, tan abundantes en eso son estas poblaciones. Además, éste ni de sangre es tío. Casado con una hermana de Sara de la Concepción, carretero de preferencia en sus horas vagas y jornalero en las de más continuada ocupación, Augusto Pintéu tenía su cita marcada con la muerte, pero véase lo que son las cosas, este hombre sencillo, de mansas y pocas palabras, tuvo un final dramático, con grandes imponencias celestes y terrestres, como un personaje de tragedia. No salió de la vida con la serenidad de Joaquim Carranca, él tan sereno. Dan mucho que pensar estas contradicciones.

Queda ya dicho que Augusto Pintéu hacía también trabajo de arriero entre Vendas Novas y Monte Lavre, para ser exactos. Había allá una estación de ferrocarril a la que llevaba corcho, carbón y madera, y de donde traía mercancías, semillas, más lo que hiciera falta, con su pareja de mulas y su carro, no había muchos por allí que llevaran mejor vida. Aquel día, que debiera haber sido largo y claro, como de verano que era, acabó cubierto de nubarrones y luego una tormenta de gran porte. Se abrieron los diluvios del cielo y descargaron las aguas que Dios tenía. No se inquietó mucho Augusto Pintéu, que esto de tempestades de verano así vienen así se van, e hizo en paz sus tratos de carga y descarga, sin pensar en mayores males que el llegar a casa empapado. Cuando salió de Vendas Novas era ya noche cerrada, cortada de relámpagos que parecía haber romería en el cielo y procesión de Nuestro Señor. Las mulas conocían el camino con los ojos cerrados, capaces de encontrar y reconocerlo hasta encharcado como ahora estaba en las partes bajas. Protegido por dos gruesos sacos cubriéndole la cabeza, Augusto Pintéu se consolaba de la lluvia pensando que al menos no habría peligro de que le asaltaran en el camino, como en tiempos había ocurrido. Con un temporal de éstos, estarían los salteadores en sus cubiles, asando las tajadas de lomo de cerdo robado y llevándose a la boca la bota de vinazo áspero, que en general otros latrocinios no hacían, aunque había excepciones. Entre Vendas Novas y Monte Lavre hay tres leguas, pero la última no la andaría ya Augusto Pintéu. Ni él, ni las mulas. Llegados a la torrentera, si oscuro era, negro se hacía, y el agua bajaba con estruendos y rugidos capaces de atemorizar a cualquiera. Allí se pasaba el vado, en el buen tiempo, si se quería, con agua hasta las rodillas, pero había para los pedestres un tablón de madera que, de cada lado, iba desde la orilla a un fresno gigantesco nacido allí y afirmado gigantesco en los tiempos en que el lecho del río pasaba más lejos. En medio del agua el fresno extendía sus ramas, defendía con las gruesas raíces su terreno vital, amenazado ahora por la velocidad y la fuerza de la corriente. Cuántas veces había pasado por allí Augusto Pintéu con su carro de mulas. No pasaría ninguna más. Nada más comenzar el vado caía el fondo abruptamente hasta formar una poza hondísima que era, a todo hay que darle nombre, la Poza de la Carriça. Se confió Augusto Pintéu a la Virgen Santísima y al instinto de las mulas y así pudo llegar al medio de la corriente, donde el agua le lamía el fondo del carro. Pero allí, con miedo de la corriente que topaba contra el obstáculo, y temiendo que lo llevara aguas abajo sin esperanza de salvación, giró las mulas hacia arriba. Resistieron los animales cuanto pudieron, pero, obligados por riendas y vergajo, se sujetaron. En un momento le faltó pie a la mula de la derecha, la rueda resbaló en el tablón y se hundieron, con gran alarido y fragor, Augusto Pintéu y las mulas, el carro, las mercancías y los encargos, sumergiéndose ahora en silencio en la negrura espesa de las aguas, en mortal silencio, sin remedio. Se posaron en el fondo quietos, preso Augusto Pintéu a las riendas, y las mulas al carro, porque allí el agua no corría, parada, como si otra no hubiera habido desde el principio del mundo. Al día siguiente lo sacaron, entre los gritos de la viuda y las lágrimas de los huérfanos, con gran esfuerzo de hombres valerosos y cuerdas, mientras una multitud de gentes llegadas de cuanta aldea había alrededor se apretaba en las dos márgenes de la torrentera. No llovía ya. Fue un verano de grandes aflicciones. Hubo tales tormentas que caían de los alcornoques los hombres que arrancaban la corteza, y al caer se cortaban con las hachas. Que esta vida es atribulada, mucho más de lo que se pueda decir.

Vivían entonces los Maltiempo en Monte de Berra Portas con su tío y hermano Joaquim Carranca. En el año siguiente, hacía ya seis meses que Portugal había sido arrastrado por el camino de Braga * cuando fue Juan Maltiempo a trabajar de invernada con sus hermanos Anselmo y Concepción, por cuenta de distinto patrón, en un monte que se llamaba Pendón de las Mujeres, a saber por qué. Eran cuatro leguas arrastradas, a pie y por mal camino, esto contando desde el Monte de Berra Portas, que desde Monte Lavre sería legua y media. Había más muchachas, y no eran pocas, y esto justifica el contento de los jóvenes, de invernada junto a las muchachas, toda la semana, pues sólo el sábado volvían a casa. En fin, lo que allí más abundaba era gente joven. Hubo un sarampión de amoríos y cortejos y no faltó quien se quemara en ellos. Juan Maltiempo tenía entonces novia fuera de aquel rancho, pero a él le daba lo mismo, hacía como que estaba sin compromiso, aparte de que mucho le ayudaba su fama de bailador.

Entre la faena y el capricho se le hizo corto el tiempo, hasta que llegó allí, venida de Monte Lavre, una joven comadre suya, que lo era por los rezos de cuaresma, no por otras más allegadas razones, con quien tenía mucha confianza, tanto que innumerables veces habían bailado los dos y cantado desafíos, pero de novios, nada, fue cosa que ni se les vino en mientes. Medio en serio medio en broma, se llamaban el uno al otro compadre Juan y comadre Faustina, que éste era el nombre de ella. Al parecer, no habría más que pensar de estos dos. Pero no acabaría siendo así. Fuese por aquella gozosa libertad, fuese porque al fin había llegado el tiempo de atar aquel nudo, el caso es que Juan se enamoró de Faustina y Faustina de Juan. Es que en cuestión de amores, tanto despuntan en solitarios de cristal tras las ventanas como florecen bravos entre las carrascas, sólo el lenguaje es diferente. Empezó el noviazgo a echar raíces, perdió Juan Maltiempo memoria de la otra novia, pero, siendo serio éste, acordaron no decir nada de momento a la familia de Faustina, porque Juan Maltiempo, a quien nadie tenía nada que censurar, heredaba el mal nombre del padre, que estas cosas se pegan, quien sale a los suyos no degenera, como suele decirse. Con todo, no fue tan grande el secreto que no llegara a oídos de los padres de Faustina, y ahí empezó el mal vivir de la pobre. Que no puede ser bueno, que tiene mala pinta con esos ojos azules que nunca nadie vio, y para colmo el padre que tuvo, un golfo borrachín que lo único bueno que hizo en su vida fue colgarse de un árbol. Así pasan a veces las veladas en la aldea, bajo el cielo estrellado, mientras libremente el gineto persigue a la gineta y se une a ella entre los helechos. La vida de los humanos, por eso lo somos, es mucho más complicada.

Enero era, y frío, el cielo todo una nube inconsútil, por el camino iban los jornaleros camino de Monte Lavre, a su descanso quincenal, y Juan venía conversando con Faustina, noviazgo de mucho respeto, y ella, temerosa ya del alarido doméstico que la esperaba, le iba confiando sus sufrimientos. He aquí que les salta al camino la voz airada y el gesto violento de una hermana de Faustina, consejera de la casa por vejez de la madre de ambas, en acecho desleal que hizo estremecerse a la pareja. Y dijo Natividad, que tal era su nombre, No tienes vergüenza, Faustina, que ni consejos ni golpes te sirven de escarmiento, eres tozuda, ya verás qué vida va a ser la tuya. Y cuanto más decía menos se alejaba Faustina de Juan. Se colocó Natividad ante ellos para cortarles el rumbo y el destino, si es que esto es poder de hermana, y fue entonces cuando Juan Maltiempo se puso el mundo en la mano para conocer su peso porque a partir de ahora, más que hasta aquí, iba a ser éste un caso de mundo y hombre, casa, hijos, vida doblada. Puso la mano en el hombro de Faustina, finalmente ése sería el mundo, y dijo, temblando ante su osadía, Vamos a acabar con este vivir, o acaba nuestro noviazgo, para que no sufras más, o te vienes a vivir a casa de mi madre, hasta que podamos tener casa propia, y de hoy en adelante haré por ti todo lo que pueda. Era el cielo una nube inconsútil, según ya ha sido dicho, y como estaba quedó, demostrándose así, con pruebas naturales, que no quiere el cielo saber de nosotros, o en ese momento se habría abierto en gloria. Porque Faustina, valerosa y confiada mujer de quien ni siquiera hemos dicho el color de los ojos o la expresión del semblante, afirmó la voz y dijo, Juan, a donde tú vayas iré yo también si prometes darme cariño y cuidar siempre de mí. Y dijo Natividad, Ah, desgraciada, y bruscamente se alejó, derecha a casa como una flecha, a anunciar catástrofes. Estaban solos los dos enamorados, caía la tarde y Juan Maltiempo unió sus manos a las de ella, Haré por ti todo mientras estemos vivos, en salud o enfermedad, y ahora separémonos, vaya cada uno por su lado, y cuando lleguemos al pueblo nos encontraremos para acordar la hora en que nos iremos.

Tenía Juan Maltiempo por compaña en el Pendón de las Mujeres a su hermano Anselmo y a su hermana María de la Concepción, que venían cerca y asistieron a una parte del lance. Se les acercó y les dijo con voz firme, Marchaos al monte y decidle a la madre que me llevo la novia a casa, que tengo licencia de ella y que luego hablaremos y se lo explico todo. Y dijo Anselmo, Hermano, piensa bien lo que haces, no te metas en líos. Y dijo María de la Concepción, No quiero ni pensar en lo que van a decir madre y el tío. Y dijo Juan Maltiempo, Soy ya un hombre, estoy libre de quintas, y si mi vida tiene que cambiar de rumbo, por qué se ha de esperar, mejor pronto que tarde. Y dijo Anselmo, Un día le da una ventolera al tío Joaquim Carranca y se va, que él es muy suyo, y tú haces falta en casa. Y dijo María de la Concepción, Piénsalo bien, no yerres. Pero Juan Maltiempo puso punto final, Hermanos, tened paciencia, esto son cosas de la vida. Se alejaron los dos, llevándose María de la Concepción su lágrima.

En estas idas y venidas semanales entre el Pendón de las Mujeres y el Monte de Berra Portas tenían los Maltiempo posada en Monte Lavre en casa de la tía Cipriana, que era aquella mujer llorosa de la orilla del río, cuando las aguas de la Poza de la Carriça le quitaron al marido, caso ya contado. Lleva luto y lo llevará hasta morir, muchos años más tarde, perdida de nuestra vista. Con este lance del sobrino ganó aficiones de casamentera, honesta, no de alcahueta, y se dedicó a proteger amores contrariados sin arrepentirse nunca ni sufrir censura pública. Pero eso sería otra historia. Cuando Juan Maltiempo llegó le dijo a la tía, Tía, le pido el favor de que deje a Faustina que venga a estar conmigo en su casa, para después irnos a Monte de Berra Portas, a casa de mi madre. Y respondió Cipriana, Mira bien lo que haces, Juan, mira que no quiero yo problemas, no voy a ensuciar la memoria de tu difunto tío. Y respondió Juan, No se preocupe, es sólo mientras cae la noche.

Esto fue lo que pudo combinar Juan con Faustina, yendo luego al encuentro de ella, que adrede había aflojado el paso, son mañas elementales, basta con estar enamorado, pero no consiguió evitar que primero fuera a casa, pues no quería la chica huir sin ver a la madre, incluso no diciéndole adonde iba. Así, decidió Juan Maltiempo ir al barbero, donde se puso de novio, es decir rapado, para no entrar en vida nueva con barba de quince días. Estas caras, que la mayor parte del tiempo andan barbadas, cuando les entra la navaja quedan como inocentes, indefensas, nos oprime el corazón tanta fragilidad. Cuando volvió a casa de la tía Cipriana Pintéu, ya estaba allí Faustina, a la espera, llorosa por las maldiciones de la hermana, por el arrebato fulminante del padre, por la penosa aflicción de la madre. Salió a escondidas, pero seguro que andaban ya por Monte Lavre buscando dónde se había metido, y por eso tenían que huir cuanto antes. Dijo Cipriana, Va a ser un viaje cansado, la noche será de agua y muy oscura, llevaos este paraguas, y un poco de pan y chorizo para comer por el camino, y tened cuidado para orientaros en el futuro, ya que habéis hecho esta gracia con tan poca gracia, esto era lo que Cipriana decía, pero en su fuero interno les estaba echando la bendición complacida con estos desafueros de juventud, ay quién me la diera.

Desde allí al Monte de Berra Portas había dos leguas y media, se había cerrado la noche y amenazaba lluvia. Dos leguas y media por caminos todo sombras y sustos, basta recordar las historias contadas del hombre lobo, y tener que pasar por la Poza de la Carriça, que no había otro camino, Un padrenuestro por el alma de mi tío, que era buen hombre y no merecía muerte tan triste. El fresno movía lentamente las ramas, las aguas corrían como seda oscura y rechinante, quién había de decir que en aquel mismo lugar, es para no creerlo. Llevaba Juan Maltiempo a Faustina de la mano, les temblaban sus castigados dedos, la conducía bajo los árboles y rozando los matojos y los herbazales húmedos, y de repente, sin saber cómo aquello aconteció, tal vez cansancio de tantas semanas de trabajo, tal vez temor insoportable, se encontraron tendidos. En poco tiempo perdió Faustina su doncellez, y, cuando terminaron, se acordó Juan del pan y del chorizo y como marido y mujer lo repartieron.


Ya se ha visto que Lamberto, sea él alemán, haya sido, o ahora portugués, no es hombre para trabajar este latifundio con sus manos. Cuando lo heredó, compró a los frailes o robó aprovechando que la justicia es ciega, vinieron agarrados, como el terrón a las raíces, un montón de animales de pierna y brazo que, eso sí, son criados adrede para tal destino, por vía de producción de hijos y su conservación útil. Incluso así, quiere la pragmática, o regla consuetudinaria, o etiqueta, o simple e interesada prudencia, que Adalberto no trate directamente con aquellos que han de trabajar sus tierras. Y así está bien. Si el rey, en su tiempo, o el presidente de la república, en tiempo de ella, no anduvieron ni andan banalizando palabras y gestos en contactos abusivos con el buen pueblo, peor parecería que el propietario del latifundio, más presidente o rey aquí que los de verdad, Floriberto se pasara de confianzudo. Que, alto ahí, esta meditada reserva admitía en todo caso bien calculadas excepciones, destinadas a sujetar con otro refinamiento las voluntades y a atraer perfectos vasallos, cuyos son los subsirvientes que reciben las caricias sobre los azotes y tanto gustan de los unos como estiman las otras. Esto de las relaciones entre patrón y subordinado es negocio de mucha sutileza, que no se decide ni explica con media docena de palabras, es preciso ir a ver y oír donde está el intríngulis. Mezclar fuerza bruta, ignorancia, presunción e hipocresía, gusto de sufrir, envidia mucha, habilidad y arte de la intriga, es una perfecta diplomacia para quien quiera aprender. Pero unas cuantas reglas empíricas y comprobadas por la experiencia de los siglos ayudan a entender mejor los casos.

Después de la tierra, lo primero que Lamberto necesita es un capataz. El capataz y el látigo que pone orden en la jauría. Es un perro elegido entre los perros para morder a los perros. Conviene que sea perro para conocer las mañas y defensas de los perros. No se va a buscar a un capataz entre los hijos de Norberto. Alberto es Humberto. Un capataz es, en primer lugar, un criado, con privilegios y remuneración acordes con el exceso de trabajo que es capaz de arrancar a la cuadrilla. Pero es un criado. Está colocado entre los primeros y los últimos, es una especie de mula humana, una aberración, un judas, alguien que traiciona a sus semejantes a cambio de más poder y algún mendrugo más.

El arma grande y decisiva es la ignorancia. Es conveniente, decía Sigisberto en su cena de cumpleaños, que nada sepan, ni leer, ni escribir, ni contar, ni pensar, que consideren y acepten que el mundo no puede ser cambiado, que este mundo es el único posible, tal como está, que sólo tras la muerte hay paraíso, quien lo puede explicar mejor es el padre Agamedes, y que sólo el trabajo da dignidad y dinero, pero no tienen por qué pensar que yo gano más que ellos, la tierra es mía, cuando llega el día de pagar impuestos y contribuciones no es a ellos a quien pido dinero prestado, y además siempre ha sido así y lo seguirá siendo, y si no les diera yo trabajo, quién se lo iba a dar, estamos juntos yo y ellos, yo soy la tierra, ellos son el trabajo, y lo que es bueno para mí, es bueno para ellos, Dios quiso que las cosas fueran así, quien lo puede explicar mejor es el padre Agamedes, con palabras sencillas que no añadan más confusión a la confusión que ya tienen en la cabeza, y si no basta el cura, se ordena a la guardia nacional que se dé una vuelta a caballo por las aldeas, sólo exhibirse, es una advertencia que ellos entienden sin dificultad. Pero dígame, madre, también pega la guardia a los amos del latifundio, Para mí que este chico no anda bien de la mollera, dónde se ha visto cosa igual, la guardia, hijo mío, fue creada y sustentada para arrearle al pueblo, Cómo es posible, madre, es que se hace una guardia sólo para arrearle al pueblo, y qué es lo que hace el pueblo, El pueblo no tiene quien arree al dueño del latifundio que manda al guardia a arrear al pueblo, Pero yo creo que el pueblo podría pedirle a la guardia que arreara a los amos del latifundio, Ya decía yo, María, que este muchacho no está en sus cabales, no lo dejes andar por ahí diciendo estas cosas, que todavía tendremos problemas con la guardia.

El pueblo se hizo para vivir sucio y hambriento. Un pueblo que se lava es un pueblo que no trabaja, quizá en las ciudades no sea así, no digo que no, pero aquí, en el campo, en los latifundios, va uno contratado tres o cuatro semanas lejos de casa, a veces hasta meses si así conviene a Alberto, y es punto de honor en el hombre no lavarse durante todo el tiempo de la contrata ni la cara ni las manos, ni afeitarse tampoco. Y si lo hace, hipótesis ingenua por lo improbable, puede contar con la burla de los amos y de sus propios compañeros. Es éste el lujo de los tiempos, gloriarse los sufridores de su sufrimiento, los esclavos de su esclavitud. Preciso es que este animal de la tierra sea exactamente un animal, que sume con el alba la legaña matutina a la legaña de la noche, que la suciedad de las manos, de la cara, de los sobacos, de las ingles, de los pies, del agujero del cuerpo, sea halo glorioso del trabajo en el latifundio, es preciso que el hombre esté por debajo del animal, que ése, para limpiarse, se lame, es preciso que el hombre se degrade para que no se respete a sí mismo ni a su prójimo.

Y más aún. Se envanecen los trabajadores de los golpes que recibieron en los trabajos de labranza. Cada uno de ellos es medalla para vanagloria de taberna, entre vaso y vaso, Trabajando para Berto y Humberto recibí tantos y tantos. Estos son los trabajadores buenos, los que, en tiempo de vergajazos, mostrarían envanecidos los verdugones rojos, y mejor aún si sangran, fanfarronería igual a la de la chusma de las ciudades, que presume de virilidad tanto mayor cuantas más purgaciones duras o chancros blandos hayan atrapado en el comercio de la cama de alquiler. Ah, pueblo conservado en la grasa o en la miel de la ignorancia, nunca te faltarán ofensores. Y trabaja, mátate a trabajar, revienta si es preciso, que así dejarás buen recuerdo en el capataz o en el patrón, ay de ti si adquieres fama de gandul, nunca más tendrás quien te contrate. Puedes ponerte a las puertas de las tabernas, con tus compañeros de infortunio, también ellos te despreciarán, y el capataz, o el patrón, si le da por ahí, te mirará con asco y sólo tú quedarás sin trabajo, para que aprendas. Que los otros han aprendido su lección, irán todos los días a matarse en el latifundio, y cuando tú llegues a casa, si casa es eso, con qué cara vas a decir que no encontraste trabajo, que los otros sí, pero tú no. Corrígete si todavía estas a tiempo, jura que has aguantado ya veinte punzadas, crucifícate, tiende el brazo a la sangría, ábrete las venas y di, Esta es mi sangre, bebed de ella, ésta es mi carne, comed, ésta es mi vida, tomadla, con la bendición de la iglesia, el saludo a la bandera, el desfile de las tropas, la entrega de credenciales, el diploma de la universidad, háganse en mí vuestras voluntades, así en la tierra como en los cielos.

Ah, pero la vida es también un juego, un ejercicio lúdico, jugar es un acto de imponente seriedad, grave, filosófico incluso, para los niños es exigencia de crecimiento, para los adultos una vuelta a la infancia, provechosa para algunos. Sobre estas materias se han escrito bibliotecas, sólidas todas, ponderadísimas, sólo un estúpido llegaría sin convencerse al final de ellas. Pero el error está en creer que trascendencia tanta sólo en los libros se encuentra, cuando, en verdad, basta una mirada, un minuto de atención, para apreciar cómo juegan el gato y el ratón, y cómo éste acaba siendo comido por aquél. Porque la cuestión, la única que importa, es saber a quién aprovecha realmente la inocencia primera del juego, sirva de ejemplo ese jugar que nunca fue inocente, cuando el capataz les dice a los jornaleros, Venga rápido, a ver quién es el último, a correr. Y los inocentes, eso sí, ciegos al claro engaño, iban de Monte Lavre a Val de Perros al trote, al galope, a rastras para conquistar la gloria de llegar el primero, o la satisfacción confirmada de no ser el ultimo. Porque el último, y hay siempre uno que es el último, no se puede evitar, tendrá que oír las burlas, las mofas de los triunfadores jadeantes, ya sin huelgo, y eso que aún no ha empezado el trabajo, y arman todos una algazara de escarnio, pobres tontos, Ay que fue Juan Maltiempo quien llegó el último, para él la gaita, y nadie sabe qué gaita es ésa, es una gaita cualquiera, una señal de torpeza, de poca prisa en las piernas, ni es hombre ni es nada. Que Portugal es un país de hombres, de eso aquí no falta, sólo no lo es el último de cada carrera, largo de aquí, gandul, que no vales el pan que comes.

Pero no acaban ahí los juegos. El último en llegar, si es que tiene vergüenza en la cara, querrá ser el primero en cargar, siempre hay una compensación. Están armando el montón de leña de la que saldrá el carbón, y tú dices, tras ponerte un saco a la espalda para no sentir tanto el dolor que viene ahí, A ver, venga ese tronco, que lo cargo yo. Está mirando el capataz y hay que demostrar a los compañeros que eres tan hombre como ellos, y además no puedes quedarte sin trabajo la semana que viene, están los hijos, y entonces van dos y levantan el tronco, no son tus hijos, pero como si lo fueran, gimen ya con el esfuerzo, y te lo ponen sobre el hombro, tú te doblas como un camello para recibir la carga, como si hubieras visto ya un animal de ésos, y al sentir la carga, se te doblan las rodillas, pero clavas los dientes, tensas los riñones, y poco a poco te vas aplomando, es un tronco enorme, una rama gigantesca, hasta crees que tienes sobre los hombros un alcornoque de cien años, y das el primer paso, qué lejos está el montón de leña, los camaradas mirando, el capataz, A ver si aguantas, valiente. Es eso exactamente, ser un valiente, aguantar el tronco en los omóplatos que crujen, el corazón, para quedar bien visto por el capataz, que dirá a Adalberto, Ese Maltiempo, y quien dice Maltiempo dice otro nombre cualquiera, es un valiente, cargó con el tronco, ni se lo puede imaginar, hombre de una pieza, fue una hazaña. Será, pero hasta ahora no has dado más que esos tres pasos. Tienes ganas ya de tirar la carga al suelo, eso es lo que te pide el cuerpo violentado, pero el alma, si es que a ella tienes derecho, el espíritu, si pudiste parirlo dentro de ti, te dicen que no puedes, que preferirás reventar antes que quedar mal en tu tierra, quedar como un flojo, cualquier cosa menos esa vergüenza. Mucha retórica se ha venido haciendo desde hace dos mil años por haber llevado Cristo la cruz al Gólgota, y lo hizo con ayuda del Cireneo, pero de este crucificado que aquí va no habla nadie, a él, que ayer apenas cenó y casi nada ha comido hoy, todavía le queda medio camino por andar, ya se le enturbian los ojos, es una agonía, señores, todos mirando, y gritan, A que no eres capaz, a que no eres capaz, y tú has dejado de ser tú, menos mal que no has llegado a animal, gran ventaja, porque si dejas que las piernas cedan quedarías tumbado bajo la carga, y tú, tú no eres un hombre, eres un comparsa embaucado de una gran juerga universal, juega, qué más quieres, el salario no da para comer pero la vida es este juego alegre, Está casi, está casi, oyes decir, y te sientes como si no fueras de este mundo, una carga así, tened piedad, echadme una mano, compañeros, si nos unimos menor será el esfuerzo de cada uno, pero no, no puede ser, es cuestión de honor, no volverías a hablarle en la vida a quien intentara ayudarte, aquí está vuestro error, el de todos. Dejas caer el tronco en el sitio exacto donde tenía que quedar, gran proeza, y los compañeros dan vivas, ya no eres el último, dice gravemente el capataz, Sí señor, una proeza. Te tiemblan las piernas, estás cansado como una mula que ha cargado demasiado, y te cuesta respirar, esta punzada, Dios santo, esta punzada, eres un ignorante, lo que tienes es una distensión, una ruptura fibrilar, no sabes las palabras para nombrarla, pobre bestia.

Trabajo y trabajo. Ahora se van lejos de Monte Lavre, algunos llevan la familia, a carbonear por las tierras del Infantado, se las arreglan los hombres sin mujer en este barracón grande, y los que han venido acompañados se organizan en otro, ponen esteras o unas cortinas de cretona o unos paneles para separar a los matrimonios, duermen los hijos con el padre y la madre, y hay quien ni esto tiene. Los chinches muerden implacables, pero de día es aún peor, los mosquitos llegan formando nubes, tantos que nublan la vista, y caen sobre nosotros zumbando como lluvia de vidrio molido, qué razón tenían las abuelas, tan sabedoras de lo que es la vida, Ay mis nietos, que nunca os volveré a ver, vais a morir lejos de casa. Lo saben muy bien, son cosas que no deben olvidarse, que todo el cuerpecillo de los niños quedará como una llaga viva, un tormento, pequeños lázaros que por la noche dormirán sobre trapos, con el estómago gimiendo de hambre insatisfecha, todo es poco, se están criando, sin tener siquiera el consuelo de los padres que se rozan lentamente, se agitan y suspiran, cosas necesarias para el silencio así así contentado de los sentidos, mientras al lado otra pareja repite los roces, la agitación y los suspiros, por apetito propio o sugestión bien recibida, y todos los chiquillos del barracón están con los ojos abiertos escuchando, experimentando sus propios gestos y engaños.

Por encima de estos alcornoques se ve Lisboa si está claro el día, quién diría que está ahí tan cerca, creíamos que vivíamos en el cabo del mundo, son errores de quien no sabe ni tuvo quien le enseñara. Vino la serpiente de la tentación, trepó a la enramada donde está Juan Maltiempo viendo Lisboa y le prometió las maravillas y las riquezas de la capital a cambio del puñado de dinero que cuesta el billete, no tan pequeño este puñado, vistas las disponibilidades del muchacho, sin embargo, de morir, morir hartos, loco sería quien se negara. Desembarcaremos en el Muelle de Sodré y diremos, pasmados, Esto es Lisboa, gran ciudad, y el mar, mira el mar, tanta agua, y luego tomaremos la calle esta del Arco, la calle Augusta, qué movimiento, y nosotros sin práctica de estas calzadas, todo el tiempo escurriéndonos, empujándonos unos a otros con el miedo a los tranvías, y os caéis los dos, una risa para los lisboetas, Eh, palurdo, Eh, Manolón. Y mira la avenida de la Libertad, para qué será este palo clavado en el suelo, es el Monumento a los Restauradores, Ah, no lo sabía, y en secreto conmigo mismo digo, Y sigo sin saberlo, las vergüenzas de la ignorancia son las que más cuesta confesar, pero haciendo de tripas corazón subiremos por la avenida de la Libertad para ir a ver a nuestra hermana que está sirviendo, es en esta calle, sí señor, en el noventa y seis, mira tú que sabes leer, No lo entiendo, no puede ser, aquí pasa del noventa y cinco al noventa y siete, no hay noventa y seis, pero quien la sigue la consigue, aquí es, se han reído de nosotros porque no sabemos que el noventa y seis quedaba de este lado, mucho ríe la gente de Lisboa. Ésta es la casa, qué alta, aquí trabaja nuestra hermana, el amo vive en el primero, es Don Alberto, nuestro patrón a veces, todo es de la misma familia, Mira quién está aquí, dirá María de la Concepción, ay qué alegría, y qué gorda se ha puesto, no hay nada como servir. Saldremos luego todos juntos, que la señora es generosa y da permiso, a descontar de la próxima salida, las salidas son de quince en quince días, toda la tarde, entre el almuerzo y la cena. Vamos a ver a unos primos que viven dispersos por ahí, en calles y travesías, y en todas partes habrá la misma fiesta, Mira quién está aquí, y decidimos que por la noche iremos todos juntos a ver una revista, pero antes no nos podemos perder el zoo, la gracia de los micos, y aquello es un león, mira el elefante, si nos saliera al camino una bestia así allá en el pueblo te cagabas de miedo, y la revista es La Almeja, con Beatriz Costa y Vasco Santana, qué diablo de hombre, hasta lloré de risa. Dormiremos aquí en la cocina y en el pasillo, no te molestes, prima, estamos acostumbrados a todo, son diferentes las noches que se duermen en Lisboa, es el silencio, el silencio no es igual, Qué, dormisteis bien, y nadie se atreve a decir que durmió mal, toda la noche dando vueltas, vamos ahora a desayunar y luego a pasear por la ciudad, esto no es una ciudad, es un mundo, y en Alcántara encontramos a unos obreros del ferrocarril y nos gritaron, Eh, palurdos, que no sabéis ni andar, y el cuñado se cabreó y discutió con ellos, a ver, repite eso, y acabaron a sopapos, pero luego correremos avergonzados, y los otros gritando, Mira el de la chaqueta, Mira el patán, se le ve a la legua que baja de la sierra, pero nosotros no somos de la sierra, y aunque lo fuéramos. Volveremos a atravesar el río, qué mar tan grande, y un señor que va en el barco dice muy amable, Esto es el Tajo, el mar está más allá, y entonces nos dimos cuenta, no se veía tierra, será posible. Cuando desembarcamos en Montijo todavía tuvimos que andar unos kilómetros, ocho, hasta llegar al sitio donde trabajaremos, hemos gastado tanto dinero, pero valió la pena, y cuando volvamos a Monte Lavre lo que vamos a tener para contar, a ver quién dice ahora que en la vida no hay también cosas buenas.

Cuando se hacen estas bodas, a veces viene ya un hijo en la barriga. Echa el cura la bendición a dos y cae sobre tres, como se ve por lo redondo de la saya, a veces empinada ya. Pero hasta cuando no es así, vaya la novia virgen o desvirgada, es raro que al cabo de un año no haya un hijo. Y, si Dios quiere, todo es echar fuera uno y cargar con otro, apenas ha parido la mujer ya queda otra vez preñada. Qué bruta es esta gente, ignorantes, peores que animales, que ésos al menos tienen su celo y siguen las leyes de la naturaleza. Pero estos hombres llegan del trabajo o de la taberna, se meten en el catre, se calientan al olor de la mujer, o les aviva las ganas el rescoldo del vino o el hambre que da la fatiga, y se le echan encima, no conocen otros modos, jadean, brutos sin delicadeza, y allá dejan su savia abrevando en las mucosas, en esos intríngulis de la mujer que ni ella ni él entienden. Bien está esto, mejor que andar haciéndolos en mujer ajena, pero la familia crece, se llenan de hijos, es que no tuvieron cuidado, Madre tengo hambre, la prueba de que Dios no existe es que los hombres no están hechos como los carneros que comen la hierba de los ribazos, o como los cerdos, las bellotas. E incluso si comen hierbas y bellotas, no lo pueden hacer tranquilos porque allí está el guarda y la guardia, con el ojo avizor y la escopeta pronta, y si el guarda, en nombre de la propiedad de Norberto, no duda en tirar a las piernas, o a matar si le da por ahí, la guardia, que también hace lo mismo cuando le dan orden o sin esperarla, tiene los recursos más benignos de la cárcel, multa y paliza entre cuatro paredes. Pero esto, señores, es una cesta de cerezas, tiras de una y salen tres o cuatro agarradas y no faltan por ahí latifundios con su cárcel privada y su propio código penal. En esta tierra se hace justicia todos los días, adonde iríamos a parar si la autoridad faltase.

Crece la familia, y hasta muriendo muchos infantes de sus dolencias de cagalera líquida, que se deshacen en mierda los angelitos y se extinguen como pabilos, brazos y piernas más garabatos que otra cosa, y la barriga hinchada, y están así hasta que, llegada su hora, abren por última vez los ojos sólo por ver aún la luz del día, eso si no mueren a oscuras, en el silencio de la choza y cuando despierta la madre da con el hijo muerto y empiezan los gritos, siempre los mismos, que estas madres a quienes se les mueren los hijos no son capaces de inventar nada. En cuanto a los padres, ésos se quedan secos, y al día siguiente van a la taberna con aire de quien va a matar a alguien o a algo. Vuelven borrachos y no han matado nada ni a nadie.

Los hombres van a trabajar lejos, donde se pueda ganar algún dinero más. En el fondo, son todos cimarrones, andan de aquí para allá y vuelven a casa semanas o meses después para hacerle otro hijo a la mujer. Entretanto, en los desbroces de la montanera, o arrancando corcho, por cuenta de los mesegueros, cada gota de sudor es una gota de sangre perdida, y los desgraciados todo el santo día penando, y a veces también de noche, se cuentan las horas de trabajo con los dedos de tres manos, cuando no hay que ir a la cuarta mano de la bestia para enumerar lo que falta, no se les seca la ropa en el cuerpo en toda una quincena. Para descansar, si tal verbo cabe aquí, se tumban en un lecho de brezos con paja por encima, y gimen de noche, sucios, pisoteados, así no vale, no se puede creer al cura Agamedes que viene de su almuerzo dominical en casa de Floriberto, y buen almuerzo fue, como se comprueba por el eructo que resuena en todo el latifundio.

Este es el poder de los cielos. Aparte, obsérvese, la historia se repite mucho. Están los hombres en la cabaña, derribados por la fatiga, vestidos, duermen unos, otros no pueden, y por las rendijas de las cañas que sirven de paredes se filtra una claridad jamás vista, la mañana está lejos aún, no es la mañana, sale uno y queda sobrecogido de temor, que todo el cielo es un chaparrón de estrellas, cayendo como lámparas, y la tierra está clara como jamás logró iluminarla la luna. Salen todos a ver, hay quien se asusta con miedo de verdad, y las estrellas caen silenciosamente, va a acabarse el mundo, o a comenzar por fin. Dice uno con fama de más sabio, Movimiento en los astros, movimiento en la tierra. Están muy juntos, miran hacia arriba, con el cuello estirado, y recogen en los rostros sucios la polvareda luminosa de las estrellas candentes, lluvia incomparable que deja la tierra con una sed diferente y mayor. Y un vagabundo medio tonto que pasó por allí al día siguiente aseguró, por su propia alma y la de su madre aún viva, que aquellos celestes signos anunciaban que en una majada próxima, a tres leguas de allí, había nacido, pero de otra madre, y probablemente no virgen, un chiquillo que sólo no sería Jesús si no lo bautizaban con ese nombre. Nadie le creyó, y gracias a ese escepticismo se vio facilitada la tarea del padre Agamedes quien, al domingo siguiente, en la iglesia repleta y ansiosa como nunca, se burló de los estúpidos que creen que Jesucristo va a volver a la tierra así, sin más, Para decir lo que él diría estoy yo aquí que soy el cura, tengo órdenes sagradas e instrucción y poderes de la santa madre iglesia católica apostólica y romana, lo habéis entendido todos, o queréis que os abra otro oído en lo alto de la cabeza.

Razón tenía aquel sabio que pronosticó, Movimiento en los astros, movimiento en la tierra, y lo confirmaron de inmediato los abisinios, los que pudieron, luego los españoles, y más tarde medio mundo. Por aquí se mueve la tierra según antiguos usos. Llega el sábado, y con él el mercado, pero tan mezquino que nadie sabe cómo llenar el fardel para la semana siguiente. Iba la mujer al tendero y le decía, Por favor, a ver si me puede fiar esta semana, que apenas trabajamos por causa del mal tiempo. O decía la misma cosa con otras palabras, empezando del mismo modo, Por favor, a ver si me puede fiar esta semana que mi marido está en paro. O bien, clavando avergonzados los ojos en el mostrador como quien no tiene otra moneda con que pagar, Mi marido ganará más este verano, entonces le pagaremos todo. Y el tendero, pegando un puñetazo en el libro de contabilidad, respondía, Esa historia la vengo oyendo hace mucho tiempo, luego pasa el verano y el perro se pone otra vez a ladrar, las deudas son perros, es curioso esto, quién habrá sido el primero al que se le ocurrió tal cosa, éste es un pueblo de invenciones pequeñas y necesarias, imagínese la libreta del tendero o del panadero, con grandes números a lápiz, tanto aquél, tanto éste, un cachorrillo, todo felpa, puede crecer, y esta fiera, con dientes de lobo, deuda gorda ya del año pasado, O paga o se acabó el fiado, Pero mis hijos tienen hambre, y las enfermedades, y mi marido sin trabajo, no tenemos a quién recurrir, A mí qué me dice, sólo se lleva algo después de pagar. Ladran por toda esta tierra los perros, los oímos en las puertas, vienen detrás de quien no pagó, le muerden en las canillas, le muerden el alma, y el tendero va hasta la calle y dice a quien le quiera oír, Díselo a tu marido, el resto ya se sabe. Hay quien acecha por los postigos a ver quién es la de la vergüenza, son crueldades de pobre, hoy tú, mañana yo, no hay que tomarlo a mal.

Cuando un hombre se queja es que algo le duele. Quejémonos nosotros de esta ferocidad sin nombre, y es pena que no lo tenga, Qué va a ser de nosotros hoy, sólo con este dinero, y tan atrasados en la tienda, y el tendero que no fía, cada vez que voy allí amenaza que se acaba el crédito, ni un céntimo más, Mujer, vuelve a intentarlo, eso son cosas que se dicen, ese hombre no tiene una piedra por corazón, Pues yo no voy sola, que ya no tengo cara para entrar por esa puerta, sólo si tú vienes conmigo, Entonces vamos los dos, pero de poco sirve un hombre en estos casos, su deber es ganarlo, hacerlo rendir es cosa de la mujer, aparte de que las mujeres están habituadas, protestan, juran, regatean, lloriquean, son capaces hasta de tirarse al suelo, ay un vaso de agua que a la pobrecilla le dio un soponcio, y el hombre va, pero va temblando, porque debía ganar y no gana, porque debía gobernar la familia y no gobierna, Señor cura Agamedes, cómo voy a cumplir lo que prometí cuando me casé, a ver dígamelo. Llegamos a la tienda y hay allí otros parroquianos, unos salen, otros entran, no todos de compra pacífica, y nosotros nos vamos quedando atrás, aquí en este rincón, junto al saco de habichuelas, pero cuidado, que no piense que hemos venido a robarle. No hay más clientes, aprovechemos ahora, entonces me adelanto yo que soy hombre, me tiemblan las manos, Señor José, a ver si puede adelantarnos algo, esta semana no se lo puedo pagar todo, que ha sido una semana muy mala, pero cuando saque algo por ahí se lo pago todo, puede estar seguro, no le voy a dejar nada a deber. Digamos que estas palabras no son nuevas, quedan dichas ya en la página anterior, dichas en todo el libro del latifundio, cómo vamos a esperar que sea distinta la respuesta, No señor, no te fío más, pero antes el tendero adelantó la mano como una garra y cogió todo el dinero que yo, para ablandarlo, había puesto sobre el mostrador, sólo entonces respondió. Y yo dije, con toda la calma que podía, y Dios sabe que era bien poca, Señor José, no me haga eso, qué voy a dar de comer a mis hijos, tenga compasión de mí. Y él dijo, A mí no me vengas con historias, no te fío más, y aún me quedas a deber mucho. Y yo dije, Señor José, por favor, déme al menos algo por el dinero que me ha cogido, sólo para remediar el hambre de mis hijos, por darles algo de comer. Y él dijo, No puedo fiar más, lo que me he quedado no es ni la cuarta parte de lo que me debes. Dio un puñetazo en el mostrador, me desafía, voy a pegarle, o clavarle el cuchillo, si la navaja, esta hoja curva, esta daga moruna, Ay, que te pierdes, mira por nuestros hijos, no le haga caso, señor José, no lo tome a mal que esto es desesperación de pobre. Me empujan hasta la puerta, Déjame, mujer, que mato a este cabrón, pero por dentro me va el pensamiento, no lo mato, no sé matar, y él me dice desde dentro, Si fío a todo el mundo y nadie me paga, de qué voy a vivir. Todos tenemos razón, quién es mi enemigo.

Por estas carencias o por otras semejantes inventamos historias de tesoros escondidos, o ya las encontramos inventadas, señal de mucha necesidad antigua, no es sólo de hoy. Y hay avisos que conviene entender con mucha atención, al menor error se deshace el oro en pez y la plata en humo, o queda uno ciego, que ya se han visto casos. Hay quien dice que en sueños no hay firmeza, pero si sueño tres noches seguidas con un tesoro y no hablo de él a nadie, ni del sitio en que en sueños lo vi, es seguro que doy con él. Pero si hablo, no, porque los tesoros tienen su destino marcado, no pueden ser distribuidos por voluntad del hombre. Es caso antiguo el de aquella muchacha que tres veces soñó que en la rama de un árbol había catorce reales y debajo de las raíces una cazuela de barro llena de monedas de oro. En estas cosas hay que creer siempre, aun cuando sean inventadas. Dio cuenta la muchacha de su sueño a los abuelos con quienes vivía y fueron todos al árbol. Allí estaban los catorce reales en la rama, medio sueño realizado, pero les dio pena de cavar hasta las raíces, porque el árbol era hermoso, y con las raíces al sol moriría, son debilidades del alma. No se sabe cómo fue, pero se extendió la noticia y, cuando decidieron volver allí, enmendados de su pena, estaba el árbol por tierra y en el fondo del agujero una olla de barro partida, y nada más. O el oro había desaparecido por arte de magia, o alguien, menos escrupuloso o de curtida sensibilidad, se había llevado el tesoro y con él se calló. Puede ser.

Caso más claro es aquel de las dos arcas de piedra enterradas por los moros, una llena de oro, otra llena de peste. Se dice que, con miedo de abrir por error el arca de la peste, nadie tuvo ánimo para buscarlas. Si no hubiera sido abierta no estaría el mundo como está, tan de peste lleno.


Ya se han casado Juan Maltiempo y Faustina, final pacífico al romántico lance que, en una noche cargada y lluviosa de enero, sin luna y sin ruiseñores, con desbarajuste de ropas torpemente desabrochadas, satisfizo la voluntad de ambos. Están hechos tres hijos. El mayor salió chico, se llama Antonio y es clavado al padre, salvo el cuerpo que promete más, aunque no tiene los ojos azules, ésos no han vuelto a aparecer, por dónde andarán. Los otros son chicas, mansas y discretas como la madre fue y sigue siendo. Antonio Maltiempo ya trabaja, anda de porquerizo mientras no tiene edad y brazos para tarea de mayor sustancia. El mayoral no lo trata bien, es costumbre de estas tierras y estos tiempos, no nos indignemos por tan poco. Por no faltar a otra y bien sabida costumbre, a Antonio Maltiempo apenas le pesa el fardel con la comida del día, un banquete de medio jurel y un trozo de borona. En cuanto sale de casa, adiós jurel, porque hay hambres que no pueden esperar, y ésta es vieja. Queda el pan para el resto del día, un pellizco de miga aquí, otro allá, un mordisco al corrusco, con mil cautelas para que ni una migaja acabe perdiéndose entre las hierbas del suelo, donde las hormigas, de hocico alzado como si fueran perros, desesperan de llenar sus bodegas con estas sobras y desprecios. Descansaba el mayoral en una lomilla, con su autoridad de mayoral, y se ponía a gritar, Eh chico, vete allá, eh chico, ojo a esos animales, y Antonio Maltiempo, escobita de barrer, daba vueltas en torno a la piara como si fuera perro de pastor. El mayoral, descansado en quien le hacía el servicio, se entretenía derribando piñas maduras, las asaba, las desgranaba y sacaba los piñones, los torraba luego cuidadosamente, los metía en el zurrón, todo en buena paz campestre, entre la hermosura de aquella arboleda. Brillaban las brasas, se abrían al calor del fuego las piñas resinosas, y Antonio Maltiempo con la boca hecha agua, si encontraba alguna piña que la providencia hiciera caer al alcance de sus ojos ávidos, lo mejor era ocultarla, no acabara enriqueciendo el caudal ajeno como había ocurrido algunas dramáticas veces. Grandes venganzas, y justas, son las de la infancia. Un día estaba el mayoral en esos preparativos suyos de asar piñas, en un lugar próximo a un trigal, y le dijo a Antonio Maltiempo, orden corriente en las obligaciones de ambos, Date una vuelta por ahí, no vayan los marranos al trigal. Había aquel día un viento agreste que rajaba las carnes, y entonces, con el cuerpo mal cubierto, todo tiene su explicación, dio Antonio Maltiempo libre a los puercos y corrió a protegerse en un machuco, Qué es un machuco, Un machuco es un chaparro joven, aquí todos lo saben, Y un chaparro, Un chaparro es un alcornoque joven, vaya pregunta, Entonces un machuco es un alcornoque, Pues claro, es lo mismo, Ah, Iba yo diciendo que Antonio Maltiempo se cobijó tras un machuco, enrollado en el saco que era todo su abrigo para cualquier tempestad, fuese de agua, fuese de hielo, era su envoltura, un saco de guano, da Dios frío conforme a la ropa, en fin, alegría general, los marranos en el trigal, el mayoral asando sus piñas y Antonio Maltiempo en su refugio royendo su mendrugo, Y aún hay quien habla mal del latifundio, Es verdad, lo malo es que el mayoral tenía un perro, experto animal a quien dio por extrañar la ausencia de Antonio Maltiempo y se empeñó en un desafuero de ladridos, Bien es verdad lo que dicen, que el perro es el mejor amigo del hombre, Amigo de Antonio Maltiempo no fue éste, acudió a la alarma el mayoral y al dar con el inocente, conque durmiendo, y le soltó un garrotazo que si le pilla más cerca se acabó Antonio Maltiempo, tonto sería el mozo si esperase repetición, se lanzó sobre el palo y lo tiró en medio del trigal, ahora encuéntralo, piernas para que os quiero, No duró mucho el placer de los marranos, Pues no, siempre ocurre así.

Son episodios de égloga pastoril, gracias de la feliz infancia. Hay que ver, y en esto estamos todos de acuerdo, qué fácil es vivir contento en el latifundio. El aire puro, por ejemplo, un premio para quien encuentre un aire como éste. Y los pájaros todos cantando sobre nuestras cabezas, cuando nos detenemos a recoger florecillas o a estudiar el comportamiento de las hormigas, o de este escarabajo negro y cachazudo que no teniendo miedo de nada, atraviesa en sus altas zancas el sendero, impávido, y muere debajo de nuestra bota, si nos da por ahí, cuestión de disposición, otras veces nos da por considerar sagrada la vida y hasta los ciempiés escapan. Al llegar las horas de las quejas, Antonio Maltiempo tendrá al padre defendiéndolo, No le pegue al chico, que sé lo que ha pasado, se pone usted ahí a tostar piñones, a charlar con quien encuentra, y él a hacer de perro, a correr y guardar el ganado, pues entérese, mi chico no es un escarabajo para que le plante la bota encima. Buscó el mayoral un zagal nuevo, y Antonio Maltiempo fue a guardar puercos para un nuevo patrón mientras crecía lo que le faltaba.

Que los trabajos del hombre son muchos. Quedan ya algunos dichos y se añaden ahora otros para ilustración general, porque creen las gentes de la ciudad, en su ignorancia, que todo es sembrar y recoger, pues muy engañadas viven si no aprendieron a decir las palabras todas y a entender lo que ellas son, segar, cargar con las gavillas, guadañar, trillar a máquina o a sangre, majar el centeno, cubrir el pajar, enfardar paja o heno, desgranar maíz, estercolar, sembrar cereales, labrar, cortar, desbrozar, cavar el maíz, poner los marcos, podar, poner varales, hacer desmontes, abrir regatas, escardar, abancalar, carpir, injertar, sulfatar, cargar los racimos, trabajar en las bodegas, en los huertos, cavar las tierras para las legumbres, varear aceitunas, trabajar en los lagares del aceite, arrancar corcho, trasquilar ganado, trabajar en pozos, en terrazas, en bancales, cortar leña, sangrar los pinos para que caiga la resina, hornear, hacer desmontes, gradar, ensacar, carpir, lo que aquí va, santo Dios, qué montón de palabras, tan bonitas, palabras que enriquecen el léxico, bienaventurados los que trabajan, y lo que sería si nos pusiéramos a explicar cómo se hace cada trabajo, y en qué época, los instrumentos, los aperos, y si es obra de hombre, o de mujer, y por qué.

Está uno en su trabajo, supongamos que es hombre, o mejor, está en su casa tras haber trabajado, entra un podenco por la puerta, que no se llama Guadiana ni Piloto, tiene dos piernas y nombre humano, pero es bicho de morder, y dice, Aquí te traigo un papel para que lo firmes, que es para ir a Évora el domingo, a un mitin a favor de los nacionalistas españoles, es un mitin contra los comunistas y el autobús es gratis, todo pagado por los amos y por el gobierno, es lo mismo. Tiene ganas de decir no, pero las ganas no saben cómo soltar la palabra, queda uno mascullando, fingiendo que no ha oído bien, pero de qué sirve, y el otro repite, ya en tono diferente, hasta parece de amenaza, y Juan Maltiempo mira a la mujer, que allí está, y Faustina mira al marido, que allí no querría estar, y el podenco con el papel en la mano a la espera de una respuesta, qué quiere que le diga, a mí qué me importa todo eso, no entiendo nada de comunismos, bueno, no es realmente así, la semana pasada encontré unos papeles bajo las piedras, tenían una punta fuera, como si me llamaran, y yo me fui quedando atrás y los guardé, nadie me vio, por qué estará aquí este podenco mostrándome los dientes, alguien se lo habrá dicho, ha venido a ver si me atrevo a decir que no quiero ir a Évora que no firmo, lo peor va a venir luego, que a este perro todos lo conocen, oye y va a contarlo, no falta por ahí quien se queje, pero puedo encontrar una disculpa, decir que tengo el dolor, o que he de poner unos palos en la conejera, no se lo va a creer, y puede que luego vengan a detenerme, está bien, Requinta, firmo.

Juan Maltiempo firmó donde ya otros habían firmado, o habían puesto la huella por no saber escribir, que era la mayoría. Y cuando Requinta salió para continuar la colecta, alzada la nariz al aire, bebiendo los vientos el muy despreciable, Juan Maltiempo sintió una sed inmensa, repentina, y bebió directamente de la cántara, inundando en agua el súbito fuego que era sólo una señal de vergüenza inexplicada, algunos beberían vino. Entendió algo Faustina, no le gustó lo que había oído, pero quiso calmarlo, Al menos vas a Évora, que siempre es una distracción, y sin pagar, en camioneta de aquí para allá, qué pena que no puedas llevarte a Antonio, con lo que le iba a gustar. No dijo Faustina sólo esto, continuó murmurando, sin darse cuenta siquiera de que estaba hablando, y Juan Maltiempo sabía muy bien que las palabras al fin y al cabo son como gestos de los que no se espera salvación, pero que el enfermo agradece, aquí en la frente, suave mano, o áspera, dónde se cree usted que está, pero incluso así. Pero incluso así no está bien que vengan obligar a un hombre, que esto es obligar, lo que me gustaría es simular que estoy malo. Dijo Faustina, Déjalo estar, es un paseo, y no se nos van a caer los anillos en el barro, creo yo que no se nos caerán, seguro que el gobierno no hace mal las cosas. Dijo Juan Maltiempo, Pues no las hará. Y quien ante este diálogo diga que el pueblo está perdido no sabe lo que pasa, es ya tiempo de decir que el pueblo vive lejos, no le llegan noticias, o no las entiende, sólo él sabe lo que le cuesta mantenerse vivo.

Ha llegado el día, la hora, los hombres se han reunido en la carretera, y algunos mientras esperan entran en la taberna, y hasta donde la bolsa aguanta beben unos vasos, alargando el bebedor los labios para atrapar la florescencia de espuma que crepita bajo la nariz, ah, vino, Dios le dé el cielo a quien te inventó. Otros más finos e informados esperaban maravillas de Évora y guardaban el apetito para allá, muy escarmentados quedarán, que los dejarán a todos a la puerta de la plaza de toros y allí los recogerán al remate de la fiesta. Candela que va delante alumbra dos veces, vale más una toma que dos te daré, con estos dichos se entretiene la gente, hay incluso quien sólo de esta sabiduría vive y es feliz y no muere por eso. Esta vez tuvieron razón los tales, ya felizmente confortados cuando llegaron las camionetas, con la barriga cantando hosannas, el santo eructo del vino de la tierra, y ese regusto que queda en la boca, que es deleite del paraíso.

Son viajes. En las curvas, aunque no aventuradas en velocidad, la camioneta se inclina a un lado y los hombres tienen que agarrarse unos a otros para no irse todos con el bandazo, se atropellan los pies, pega el viento en los sombreros y hay que sujetarlos para que no vuelen por la borda, Eh, el del volante, ve más despacio, no se caiga alguien al agua. Fue uno muy gracioso el que lo dijo, menos mal que hay gente así, que si no la vida sería muy triste. Pararon en Foros para cargar más gente, y desde allí todo derecho, Montemor a la vista, no es tiempo todavía de que entremos, y Santa Sofía y San Matías, Nunca he estado ahí, pero tengo familia, un primo de mi cuñada, que es barbero, se ha hecho rico, otra cosa sería si no les creciera la barba a los hombres, lo mismo que las putas si la picha no creciera. Quien así habla la lleva bien pensada, una vez al año no hace daño, desde la mili que no he vuelto a ir de putas, esta vez me voy a hartar. Son charlas de hombres. La humanidad se ha esforzado en mejorar la comunicación entre la especie, en estos latifundios ya hay hasta camionetas, Évora está a la vista, y el Requinta, también vino el podenco, exclama, Cuando bajemos, todos detrás de mí, y con estas palabras fatales empiezan a mustiarse los diversos apetitos de vino y hembra, éste de mujer saboreado en la noche imaginativa y mal dormida, en sueños no hay firmeza.

La plaza está llena. Vienen los campesinos a bandadas, en masa, todos apacentados, a veces por un amo que viene risueño y de charleta, y siempre hay un lacayo que le hace la pelotilla avergonzando la seriedad de quienes fueron allá sólo por miedo de quedarse sin trabajo. Pero generalmente se espolean a sí mismos para aparentar que son felices. Abundan estas bondades en el pueblo, no decepcionar a quien espera de nosotros alegría, y aunque es verdad que esto no parece una fiesta, tampoco es un entierro, y a ver, dígame qué cara he de poner cuando empiezan a gritar viva esto y muera lo de más allá, es para reír o para llorar, a ver díganmelo. Están sentados en las gradas, otros llenan la arena, mejor sería que hubiera toros, y no saben qué va a ocurrir ni lo que es un mitin, Dónde está Requinta, Eh Requinta, a ver cuándo empieza la fiesta. Los amigos y conocidos se saludan gesticulando, los tímidos cambian de lugar en busca de quien más desenfrenado se muestra, Ven para aquí, y entonces dice Requinta, No os disperséis, y a ver si estáis atentos que esto es serio, que hemos venido aquí para saber quién nos quiere bien y quién nos quiere mal, no estaría mal si fuera así, ir de mano de Requinta al conocimiento del bien y el mal, tan sencillo todo, y al fin y al cabo, señor cura Agamedes, no pensar y pegar el trasero a las gradas, Dónde se mea, tú, Requinta, hablar así es ya una primera falta de respeto, y Requinta frunció el entrecejo, hizo como que no oía, y ahora sí, ahora empieza, Señoras y señores, tiene gracia, ahora resulta que soy un señor en la plaza de toros de Évora, no recuerdo haber sido señor en otro lugar, ni siquiera de mi voluntad, qué dice el hombre, Viva Portugal, no lo entiendo, Estamos aquí reunidos, hermanados en un mismo patriótico ideal, para decir y mostrarle al gobierno de la nación que somos prenda de fiel continuidad de la gran gesta lusa y de aquellos nuestros mayores que dieron nuevos mundos al mundo y dilataron la fe y el imperio, y al toque del clarín nos juntamos como un solo hombre en torno a Salazar, el genio que consagró su vida, aquí todos gritan salazar, salazar, salazar, el genio que consagró su vida al servicio de la patria contra la barbarie moscovita, contra esos comunistas malditos que amenazan a nuestras familias, que matarían a vuestros padres, que violarían a vuestras hijas y esposas, que mandarían a vuestros hijos a trabajos forzados en Siberia y destruirían la santa madre iglesia, pues todos ellos son unos ateos, unos sin Dios, sin moral y sin vergüenza, abajo el comunismo, abajo, mueran los traidores a la patria, mueran, la plaza grita la consigna, todos a una, hay quien aún no ha entendido qué está haciendo allí, otros empiezan a entenderlo y se entristecen, tampoco faltan los convencidos, o engañados, un obrero que echa un discurso, y ahora viene otro orador, éste es de la Legión portuguesa, tiende el brazo y grita, Portugueses, quién manda, portugueses, quién vive, buena es la pregunta, manda el amo, y vivir, qué será. Pero la plaza obediente da los gritos de ritual, y apenas se ha callado el legionario, ya hay otro allí desgañitándose, mucho habla esta gente, son cosas de España, nacionalistas contra rojos, y que en los campos de Castilla y Andalucía se defienden los sagrados y eternos valores de la civilización occidental, que es un deber de todos ayudar a nuestros hermanos de fe, y el remedio contra el comunismo está en el regreso a la moral cristiana cuyo símbolo vivo es Salazar, caramba, tenemos un símbolo vivo, no puede haber contemplaciones con los enemigos, tanta palabra, y se pasa a hablar del buen pueblo de la región allí presente para dar testimonio de gratitud al inmortal estadista y gran portugués que consagró la vida entera al servicio de la patria, Dios se la conserve, y yo iré a decirle al señor presidente del consejo lo que he visto en esta histórica ciudad de Évora, y a llevarle el testimonio y la seguridad de que estos millares de corazones laten al unísono con el corazón de la patria, ellos son la patria, inmortal, sublime, la más hermosa de todas las patrias, porque tenemos la suerte inmensa de un gobierno que pone por encima de los intereses de cualquier clase los superiores intereses de la nación, porque los hombres pasan y la nación queda, muera el comunismo, abajo, abajo el comunismo, muera, qué diferencia hay, en medio de tanta gente ni se nota, y recordemos que la vida del Alentejo, contra lo que muchos piensan, no es propicia al desarrollo de ideas subversivas, porque los trabajadores son verdaderos socios de los propietarios, compartiendo con éstos los beneficios y daños del trabajo, ah, ah, ah, Dónde se puede mear, oye Requinta, esto no es serio, nadie se atreve a decir tal cosa en tan grave momento, cuando la patria, que no mea nunca, es invocada por aquel señor tan puesto del estrado, que abre ahora los brazos como si quisiera abrazar a todos, y como no llega tan lejos se abrazan allí unos a otros, el comandante de la legión, el mayor que vino de Setúbal, los diputados, los de la unión nacional de ellos, el capitán del regimiento de caballería número cinco, uno que es del i-ene-te-pe, si no sabes pregunta, instituto nacional de trabajo y previsión, y todos los demás que vinieron de Lisboa, parecen grajos encaramados en una encina, pero éste es tu error, los grajos somos nosotros, aquí alineados en los grádenos, moviendo las alas, dándole al pico, y viene ahora la música, es el himno, todos en pie, unos porque saben que ésta es la etiqueta, la mayoría por imitación, Requinta pasa revista a su gente, A cantar todos, eso querría yo, pero quién se sabe el himno, aún si fuera eso de marianita, algo se haría, vamos saliendo ya, aún no, no ha llegado el momento de salir, quién pudiera volar, abrir las alas y marchar lejos de aquí, sobre los campos, viendo desde arriba las camionetas que regresan, qué tristeza, fue todo tan triste, y encima gritábamos como si nos hubieran pagado, ni yo sé qué habría sido peor, no es justo, parecía el baile del oso, Entonces no te divertiste allá, Juan, Ni tanto así, Faustina, fuimos como borregos, como borregos vinimos. En la camioneta, va cayendo la tarde y eso ayuda a la melancolía, aún hay quien prueba la voz para cantar y dos le acompañan, pero cuando es demasiada la tristeza, hasta la voz triste se calla, y entonces sólo se oye el ruido del motor de la camioneta, y todos, en silencio, van dando bandazos de un lado a otro, carga mal estibada, carga a granel, éste no fue trabajo de hombre, Juan Maltiempo. Deja la camioneta a los hombres junto a Monte Lavre, es una bandada de pájaros oscuros que se dispersa torpemente sin saber andar, hay algunos que aún van a la taberna a tratar de la sed y de la amargura, otros murmuran palabras aturdidas, los más tristes se recogen en sus casas, Somos muñecos que traen y llevan, quién nos paga el día ahora, con lo que tenía que hacer en el huerto, maldito Requinta, un día me va a oír, dichos y promesas que valen sólo por el dolor que transparentan, pero de este dolor es poco lo que pueden expresar, es algo confuso, tal vez no duela pero mortifica. Por eso Faustina pregunta, Vienes enfermo. Responde Juan Maltiempo que no, y si dice tan poco es por no saber decir lo que siente. Acostados ya, siguen hablando todavía, Entonces no te divertiste, Ni tanto así, y el mayor desahogo y confesión será posar Juan Maltiempo la cabeza en el hombro de Faustina, y quedarse así dormido.

Suben los señores del latifundio al cerro para que el sol sólo a ellos caliente, tosco sueño el soñado por Juan Maltiempo, pues no tienen los señores rostro ni el cerro nombre pero es así cuando Juan Maltiempo despierta, es así cuando vuelve a quedarse dormido, avanza una procesión de señores y él delante, moliendo a golpes de azadón la maleza y las raíces, abriendo camino a aquella hermosa compaña, aparta las aliagas con las manos, le corre la sangre, y los señores del latifundio avanzan conversando y riendo, son generosos y pacientes cuando él se atrasa en la roza, se quedan esperando, no maltratan ni llaman a la guardia, sólo se quedan esperando y mientras esperan sacan la merienda, comen algo, y él hace de tripas corazón y tira la azada, ahora sí, araña la tierra, corta raíces, ya es un hombre, y desde allí arriba, desde la cima del cerro, ve pasar camionetas con un letrero que dice, Excedentes de Portugal, destinados a España, para los rojos ni la punta de un cuerno, para los otros, los santos, los puros, los que me defienden a mí, Juan Maltiempo de mi nombre y provecho, del peligro de ir al infierno, abajo y muera, y ahora viene tras de mí un señor a caballo, y el caballo es la única cosa que en este sueño sé, se llama Buentiempo, los caballos tienen una vida larga, Despierta, Juan, que ya es la hora, dice su mujer, y todavía es noche cerrada.


Sin embargo, otros se han levantado ya, no en el sentido exacto de quien suspirando se arranca de la dudosa comodidad del jergón, si lo hay, sino en aquel otro y singular sentido que es despertar en pleno mediodía y descubrir que un minuto antes todavía era de noche, que el tiempo verdadero de los hombres y lo que en ellos es cambio no se rige por el ir y venir del sol o de la luna, cosas que en definitiva forman parte del paisaje, no sólo terrestre, como con otras palabras ya se ha dicho. Es bien verdad que hay momentos para todo, y este caso estaba destinado para ocurrir en el tiempo de la siega. A veces se requiere una impaciencia de los cuerpos, o una exasperación, para que las almas comiencen a moverse, y cuando decimos almas, queremos significar eso que en verdad no tiene nombre, tal vez todavía cuerpo, si no finalmente cuerpo entero. Un día, si no desistimos, sabremos todos qué cosas son éstas y la distancia que va de las palabras que las intentan explicar, la distancia que va de esas palabras al ser que las dichas cosas son. Sólo escrito así parece complicado.

También complicada, por ejemplo, parece esta máquina, y es tan sencilla, la máquina es una trilladora, nombre esta vez bien puesto, porque precisamente es eso lo que hace, saca los granos de la espiga, la paja a un lado, el cereal al otro. Vista desde fuera, es una gran caja de madera sobre ruedas de hierro, unida por una correa a un motor que trepida, brama, aúlla, retumba y, con perdón, apesta. La pintaron de un amarillo de yema de huevo, pero el polvo y el sol que cae a plomo le quebraron el color, y ahora parece más bien un accidente del terreno, al lado de otros que son los almiares, y con este sol ni se distingue bien, no hay nada que esté quieto, es el motor que salta, la trilladora vomitando paja y grano, la correa floja oscilando, y el aire vibrando como si todo él fuese el reflejo del sol en un espejo agitado en el cielo por manitas de ángeles que no tienen nada mejor que hacer. Hay unas sombras en medio de esta niebla. Han pasado todo el día aquí, y el día de ayer, y el de anteayer, y el de más atrás, desde que empezó la maja. Son cinco, uno más viejo, cuatro de poca edad, que para este esfuerzo no debían bastar los diecisiete, dieciocho que tienen. Duermen en la era, contra los fardos, pero es noche cerrada cuando el motor calla y viene aún lejos el sol cuando se oye el primer estampido de aquella bestia que se alimenta de bidones de un líquido negro y pegajoso, y luego, durante todo el santo día, maldito sea, aquella estridencia aporreando los oídos. Es ella quien marca la cadencia del trabajo, la trilladora no puede mascar en falso, inmediatamente se nota, y aparece bramando el capataz, a gritos desde su resguardo. La boca de la máquina es un volcán para dentro, un gaznate gigantesco, y es el mayor de los cinco quien más tiempo dedica a alimentarlo. Los otros hacen crecer los almiares, dan vueltas como locos en aquella perdición de paja menuda, alzan el trigo seco y áspero, los tallos cortantes, la espiga barbada, el polvo, dónde está ya aquel verde tiernísimo del cereal en primavera, cuando la tierra parece realmente el paraíso. No se aguanta este fuego. Baja el mayor, sube uno de los jóvenes, y la máquina es como un pozo sin fondo. Sólo falta meterle un hombre dentro. Así aparecería el pan con su justo color rojo, y no con el blanco inocente o el pardo neutro.

Viene el capataz y dice, Tú vas a la criba. La criba es aquel monstruo sin peso, aquella paja convertida en polvo que se infiltra por los agujeros de la nariz y los obstruye, que se mete por todo cuanto en la ropa es abertura y se agarra a la piel, una pasta de barro, y el picor, señores, y la sed. El agua que se bebe de la cántara es caliente, malsana, como si ahora estuviera bebiendo en una ciénaga, de bruces, qué me importan los gusanos y las bichas, que es como aquí llamamos a las sanguijuelas. Va el mozo a la criba, recibe aquel tufo en la cara como un castigo, y el cuerpo comienza mansamente a protestar, para más no le quedan fuerzas, pero luego, y esto sólo lo sabe quien lo haya vivido, la desesperación se alimenta de la fatiga del cuerpo, se hace fuerte y su fuerza regresa violenta al cuerpo, y entonces, doblado en su energía, el muchacho, que se llama Manuel Espada y de él se volverá a hablar en este relato, deja la criba, llama a los compañeros y dice, Me voy porque esto no es trabajar, es morir. Encima de la trilladora está de nuevo el mayor, Y los almiares, pero se queda con el grito en la boca y los brazos caídos, porque los cuatro muchachos se alejan juntos, se sacuden las ropas, son como muñecos de barro aún por cocer, pardos, con la cara cubierta por regueros de sudor, parecen payasos, y dispensen, porque no hay precisamente ganas de reír. El mayor salta de la trilladora, apaga el motor. El silencio es como un puñetazo en los oídos. Viene el capataz corriendo, desaforado, Qué pasa, a ver, qué pasa. Y Manuel Espada dice, Me voy, y los otros, Y nosotros nos vamos también. La era queda pasmada, Es que no queréis trabajar, pregunta. Quien alce los ojos, quien mire alrededor, verá el aire temblar, es la tremolina del calor, pero parece que es el latifundio estremeciéndose y en definitiva son sólo cuatro muchachos que se van, movidos por sus razones de quienes no tienen mujer e hijos que mantener, Por ellos dejé que me llevaran a Évora, dice Juan Maltiempo a Faustina. Responde la mujer, No pienses más en eso, y levántate, que ya es hora.

Manuel Espada y sus amigos van a ver al capataz, que es Anacleto, hombre de mirada tuerta, a pedirle el dinero de los días trabajados, y a decirle que se van, que no aguantan más. Clava en ellos Anacleto su ojo vagabundo, ve a los cuatro arrapiezos, lástima de fusta, quién te pudiera usar. Dinero, ni un céntimo, y ahora mismo voy a denunciaros como huelguistas. Los insurrectos no saben qué es eso de huelguistas, por inocencia de su poca edad y por ignorancia de la práctica. Vuelven a Monte Lavre, que está lejos, van por viejos caminos, por atajos, lo más recto que pueden, ni contentos ni pesarosos, la cosa fue así, qué le vamos a hacer, un hombre no puede pasarse toda la vida aguantando, y estos cuatro hombres, dispensen la exageración, van hablando y diciendo cosas propias de su edad, uno de ellos hasta le suelta una pedrada a una abubilla que se le cruza en el camino, y pensándolo bien lo único que les pesa es dejar a aquellas mujeres del Norte que andaban con ellos en la era, que era grande la falta de brazos en la estación.

Bien anda quien va por su pie, tiene tiempo para todo, pero cuando la prisa es grande y mayor aún la sed de justicia, cuando malhechores y fechorías ponen en peligro el latifundio, lo mejor es que Anacleto vaya en tartana hasta Montemor, airado y tremebundo, con aquel santo rubor que tiñe la faz de los que luchan, encendidos, por la conservación del mundo, y bien está que corra a Montemor, donde estos asuntos se tratan, y diga a la guardia que cuatro de Monte Lavre se han declarado en huelga, Qué va a ser de mí, qué le voy a decir al patrón cuando me pida cuentas de la trilla, ahora con esta falta de personal. Dijo el teniente Contento, Vete en paz que ya nos encargamos nosotros de esto, y Anacleto en paz volvió a la era, e iba aún de camino, con menos prisa que a la ida y gozando del bienestar de quien cumplió un deber gustoso, cuando le pasa un coche de la guardia lleno de gente, alguien le hizo un gesto desde dentro, era el administrador del concejo y con él iban, Adiós Anacleto, el teniente de guardia y una patrulla, cargando contra el enemigo, carro de combate panzer sherman erizado de armas de todos los calibres, desde la pistola de ordenanza al cañón sin retroceso, y allá van ellos, la patria contemplándolos, ofrecen su pecho a las balas, suena la bocina y es un clarín ordenando a la carga, mientras en algún lugar del latifundio, por caminos viejos como ya fue dicho, andan los cuatro facinerosos entretenidos en ver quién es capaz de mear más alto y más lejos.

A la entrada de Monte Lavre ladran los perros al coche armado, pero esto no parecería verdad si no señaláramos el detalle, y como la calzada es empinada, baja el escuadrón y avanza en línea de tiradores, con la autoridad civil esta vez al frente y las espaldas calientes. La primera diligencia, cumplida con la limpieza de quien está de maniobras y sabe que todo es pólvora seca, los lleva al pedáneo, que por así decirlo enmudece de asombro al ver entrar en la tienda al teniente y al administrador, mientras la patrulla, al otro lado de la puerta, observa desconfiada las proximidades. Ya se han juntado al otro lado de la calle unos chiquillos y de lugares desde allí invisibles o inidentificables gritan las madres a los chicos, como lo hicieron en la matanza de los inocentes. Dejadlas gritar, que nunca les ha valido de nada, y vamos nosotros a lo nuestro, el alcalde ha recobrado la voz, todo él es ahora mesura y floreo, señor administrador, señor teniente, no dice señores números porque sonaría algo raro, señor número, y el administrador saca el papel en el que registró la identificación de los criminales, denuncia de Anacleto, A ver, dígame dónde vive esta gente, Manuel Espada, Augusto Patracao, Felisberto Lampas, José Palminha, y el alcalde no se contenta con el oficio de informar, llama a la mujer para que quede a cargo del mostrador y de la caja, y así engrosada, la compañía se lanza por los laberintos de Monte Lavre, ojo atento a las emboscadas, como hace en España la guardia civil, Dios la proteja. Monte Lavre es un desierto torrándose al sol, hasta los chiquillos pierden la curiosidad, qué calor hace, están cerradas todas las puertas, pero quedan las rendijas, las rendijas son la providencia de quien no quiere mostrarse, y por dondequiera que la guardia pase la van siguiendo los ojos de las mujeres y de algún viejo más curioso, qué va a hacer si no. Imagínense que nos entretuviéramos ahora descifrando y explicando la expresión de estos ojos, no llegaría la historia al fin, aunque todo, lo que parece escaso y lo que parece excesivo, forme parte de la misma historia, manera tan buena como cualquier otra de contar el latifundio.

Hay cosas cómicas, por ejemplo esto de que venga la fuerza armada y la autoridad civil a buscar a cuatro peligrosos agitadores y no se lleve a ninguno. Andan aún muy lejos los huelguistas. Ni desde el punto más alto de Monte Lavre se avistarían, incluso desde la torre, si es torre y ésa es, la, que sirvió a Lamberto Horques para asistir a la carga de su caballería en aquel siglo quince del que ya hablamos. Ni el sol permitiría que vieran, en la, confusión del paisaje, a los cuatro minúsculos bandidos, probablemente tumbados a la sombra, dormitando tal vez, a la espera de que refresque la tarde. Pero quien no encuentra ninguna gracia a la peripecia son las madres, avisadas por el teniente y el administrador de que al día siguiente, por la mañana, han de ir los hijos a Montemor, o si no vendrá la guardia a Monte Lavre para llevarlos, a rastras por las orejas y a patadas en el culo, son descomedimientos del lenguaje. Se va el coche por la carretera adelante, levantando nubes de polvo, pero antes fue el administrador a presentar sus respetos al mayor dueño del latifundio allí residente, tanto da Lamberto como Dagoberto, y él los recibió a todos, excepto a los números, mandados para la bodega, por tanto recibió al teniente Contento y al de los respetos en una fresca sala del primer piso, qué regalo esta penumbra, las señoras y las hijas bien, usted, señor, siempre igual, una copa más de este licor, y a la salida el teniente saluda en rígida posición de firmes, conforme a la ordenanza, y el administrador intenta hablar de igual a igual, pero el latifundio es tan grande, tiende ahora Alberto una fuerte mano y dice, No los dejen que se crezcan, y el administrador Concejo, tiene este singularísimo nombre, No hay quien los entienda, cuando no hay trabajo porque no hay trabajo, y cuando lo hay, no están para eso. No es un buen estilo de secretaría, pero salió así, son las libertades del latifundio, esta buena vecindad rural, tanto que Norberto sonríe comprensivo, Infelices, son unos pobres diablos que no saben lo que quieren, Unos ingratos, dice el administrador, y el teniente se pone otra vez firmes, no sabe hacer otra cosa, bueno, tiene otras sabidurías, en especial las militares, pero falta la oportunidad.

Cae el sol cuando llegan los facinerosos. Verlos y ponerse a gritar las madres es todo uno, Qué habéis hecho, ay Jesús, y ellos, No hicimos nada, dejamos el trabajo porque aquello de la máquina no hay quien lo aguante. Si mal era, hecho estaba, y al día siguiente se pondrán en marcha hacia Montemor, no los van a meter en la cárcel, dijeron los padres. Pasó así la noche, calor sofocante, estarían ahora los muchachos durmiendo en la era, y tal vez alguna mujer del Norte venga a orinar afuera y se quede respirando el aire nocturno o a la espera de que el mundo sea mejor, y Vas tú o voy yo, hasta que uno de ellos se decide, con el corazón al galope y las ingles tensas, son diecisiete años, qué le vamos a hacer, y la mujer no se aleja, se queda aquí, quizá sí, quizá el mundo va a ser mejor ahora, y este espacio entre los haces de paja parece hecho a propósito, da para dos cuerpos tumbados el uno sobre el otro, no es la primera vez, no sabe el muchacho quién es la mujer, no sabe la mujer quién es el muchacho, mejor así, no habrá vergüenzas a la luz del día si de noche no las hubo tampoco, y es un juego jugado con lealtad, dando cada jugador cuanto puede, y este suave vértigo cuando se entra en aquel espacio de los haces de paja, este olor tan dulce, y luego la agitación de los cuerpos, todo temblando, pero con esto se pasan las noches sin dormir, y mañana tengo que ir a Montemor.

Van los cuatro en un carro tirado por mulas de flaca estampa pero de trote infatigable, riqueza de los padres de José Palminha, es un grupo de muchachos callados, con el corazón oprimido, pasan el puente y la subida que le sigue, y llegan ahora a Foros, casa aquí, casa acullá, son así estas tierras foreras, y antes, a mano izquierda, Pedra Grande, y poco a poco se va alzando en el horizonte, en la mañana cálida, el castillo de Montemor, lo que queda de las murallas derribadas, aquello da tristeza. Se pone un hombre de diecisiete años a hacer pronósticos sobre su futuro, Qué va a ser de mí, denunciado como huelguista, denunciado por Anacleto, y estos tres compañeros míos sin más culpa que haberse puesto de mi lado, y la otra culpa, imperdonable, la de no tener fuerzas para la tortura de servir en una trilladora que tanto va trillando el trigo como me va trillando a mí, entro por la boca de la máquina y salen los huesos mondos, y yo convertido en paja, polvareda de paja, y el trigo lo tendré que comprar a precio que no elegí. Augusto Patracao, que es gran silbador, espanta los nervios con su maña, pero le duele la barriga, no es ningún héroe ni sabe qué es eso, y a José Palminha lo que le vale es la distracción de tener que conducir la bestia, trabajo en el que hace maravillas, va la mula como si fuera corcel de alta escuela. Felisberto Lampas, se llama Felisberto, pero por casualidad, va fastidiado, sentado con las piernas para fuera, de espaldas al destino, siempre será así toda su vida. Y de repente estaba Montemor ante ellos.

Dejan el carro al pie de un plátano, le ponen a la mula el morral de alfalfa en los hocicos, no hay mejor vida que ésta, suben los cuatro a la guardia y un cabo les dice de mala manera que vayan al ayuntamiento a la una. Van y vienen los cuatro por Montemor de paseata toda la mañana, sin entrar siquiera en la taberna, tan mozos son. No se pueden explicar las horas que anteceden a los interrogatorios, tanto es lo que en ellas ocurre, lo que se teme y se recela dentro de la cabeza de cada uno, la aflicción apenas dominada que se transparenta en la cara, y este nudo en la garganta que ni agua ni vino son capaces de deshacer. Manuel Espada aún dice, Por mi culpa estáis metidos en esto, pero los otros se encogen de hombros, es igual, y Felisberto Lampas responde, Lo que tenemos que hacer es aguantar, no ceder.

Para mozos tan inexpertos la cosa resultó bien. A la una estaban en un corredor del ayuntamiento oyendo los gritos del administrador Goncejo, atronando el edificio entero, Ahí están los hombres de Monte Lavre. Fue Manuel Espada quien respondió como le competía, él era el de la rebelión, Aquí estamos, sí señor, y se quedaron los cuatro en fila, esperando lo que les viniera encima. Montó el administrador su número de autoridad civil, y el teniente Contento estaba con él, O sea que sois vosotros, sinvergüenzas, pues vais a ver lo que os espera, a África con vosotros, para que aprendáis a respetar a los que mandan, a ver, que entre Manuel Espada, y empezó el interrogatorio, Quién os enseña, quién os ha enseñado, buenos maestros tenéis, sois huelguistas, y respondía Manuel Espada con la fuerza rotunda de su inocencia, Nadie nos ha enseñado, ni sabemos de nadie, ni qué es eso de las huelgas, pero la máquina comía mucho, y los almiares eran enormes. Y el administrador, Os conozco muy bien, eso es lo que os han dicho que respondáis, decía el administrador Goncejo preparando el terreno, porque sabiéndose en Montemor que estaban allí muchachos de Monte Lavre tenidos por huelguistas, dos o tres personas sensatas le habían dicho ya unas palabras sensatas al teniente Contento y a él mismo, Que no vale la pena tomar en serio esas cosas, son chiquilladas, qué saben ellos qué es eso de huelgas. No se evitó, sin embargo, que todos respondieran al interrogatorio y, acabado, el administrador echó un discurso para decir lo consabido, A ver si ahora andáis con cuidado y aprendéis a respetar a quien os da trabajo, por esta vez pase, pero que no os vea por aquí otra vez porque acabáis con vuestros huesos en la jaula, y sobre todo, mucho ojo, si aparece alguien que os quiere dar papeles o liaros en conversaciones subversivas, avisad a la guardia, que ya se encargará ella del asunto, y agradeced a quien ha intercedido por vosotros el salir tan bien librados, no dejéis en mal lugar a vuestros benefactores, y ahora iros, dadle las buenas tardes al teniente Contento que es vuestro amigo, y yo también lo soy y quiero vuestro bien, no lo olvidéis.

Esta tierra es así. A Lamberto Horques le dijo el rey, Cuida de esta tierra y puéblala, vela por mis intereses sin olvidar los tuyos, y aconsejo esto por conveniencia mía, y si así lo haces, siempre y bien, todos viviremos en paz. Y el padre Agamedes, a las ovejas apacentadas, Vuestro reino no es de este mundo, sufrid y ganaréis el cielo, cuantas más lágrimas lloréis en este valle de desdichas, más cerca del Señor estaréis cuando hayáis abandonado el mundo, que todo en él es perdición, diablo y carne, y cuidado que no os quito la vista de encima, bien engañados estáis si creéis que Dios Nuestro Señor os deja libres tanto en el bien como en el mal, que todo será puesto en la balanza llegado el día del juicio, y mejor es pagar en este mundo que estar en deuda en el otro. Buenas doctrinas son éstas, y probablemente por ellas los cuatro de Monte Lavre tuvieron que aceptar que el salario ganado y no pagado, nueve escudos por día, tres días y cuarto el total de la semana de aquel crimen, fuese a parar al asilo de los viejos, aunque Felisberto Lampas rezongara cuando ya venían de regreso, Seguro que se lo gastan en cervezas. Y no era verdad, perdonemos a esta juventud que tan fácilmente piensa mal de quien tiene más experiencia. Gracias a los ciento diecisiete escudos que quedaron en manos del administrador del concejo, tuvieron los viejos del asilo rancho mejorado, una orgía auténtica, inimaginable, han pasado tantos años y aún hoy se habla de aquel festín, y se cita lo de aquel asilado viejísimo que dijo, Ahora ya puedo morir.

Son animales extraños los hombres, y más extraños quizá los muchachos, que son de otra raza. De Felisberto Lampas ya se ha dicho bastante, va de mal humor y la cuestión del salario arrebatado es sólo un pretexto. Pero todos regresan tristes a Monte Lavre, como si les hubiesen arrebatado otra cosa más valiosa, quién sabe si el brío, no es que lo hubieran perdido, pero hay aquí, sin duda, una ofensa cualquiera, los trataron con desprecio, oyeron en fila el sermón del administrador, mientras el teniente los miraba de soslayo, reteniendo sus caras y maneras. Hasta rabia sentían los muchachos para con quien había intercedido por ellos. Intercesión que de nada les hubiese servido de no ocurrir este episodio dos días antes de que pusieran una bomba a Salazar, de la que escapó.

El domingo fueron los cuatro a la plaza y no encontraron patrón. Y tampoco al domingo siguiente, ni al otro. Los hacendados tienen buena memoria y fácil comunicación, nada les escapa, se van pasando la consigna y sólo cuando les parezca darán el hecho por perdonado, pero nunca por olvidado. Cuando por fin consiguieron trabajo, fue cada uno por su lado. Manuel Espada tuvo que ir a guardar puercos, y en esa vida pastoril se encontró con Antonio Maltiempo, de quien más tarde, cuando llegue su tiempo, acabará convirtiéndose en cuñado.


Sara de la Concepción no anda bien de salud. Ahora le ha dado por soñar con el marido y casi no pasa noche sin que lo vea tumbado en el suelo del olivar, con la huella de la soga en el cuello, violácea, así no puede ir a la tumba, y empieza entonces a lavarlo con vino hasta conseguir que la huella desaparezca y, si lo logra, tendrá al marido vivo otra vez, cosa que ni loca querría estando despierta, pero el sueño es así, quién podrá descifrarlo. Esta mujer, que tanto peregrinó de joven, vive ahora quieta y callada, pero verdaderamente así fue siempre, ayuda en casa de su hijo Juan Maltiempo y de su nuera Faustina, cuida de las nietas Gracinda y Amelia, atiende a las gallinas, zurce la ropa y vuelve a zurcirla, echa fondillos a los calzones, que es ciencia que le viene de sus tiempos de matrimonio, y tiene una manía que nadie entiende, andar fuera de casa, de noche cerrada y cuando todos los suyos están durmiendo. Cierto es que no va lejos. Ni el miedo se lo permitiría, y para el efecto le basta un viaje hasta el cabo de la calle. De creer a los vecinos la vieja está medio loca, tal vez esté, porque si todas las madres viejas pasearan por la calle de noche para que los hijos y las nueras o las hijas y los yernos tengan sosiego en sus retozos, sería cosa digna de recuerdo en la pobre historia de los pequeños gestos humanos, ver a las viejas yendo y viniendo en las sombras o a la luz de la luna, o sentadas en el suelo, junto a los muros blancos, o en las escaleras del atrio, a la espera, calladas, qué dirían ellas, echando cuenta en la memoria de sus placeres pasados, cómo fue, cómo no fue, y el tiempo que duraban, hasta que una de ellas decía, Ya podemos volver, y todas levantándose, Hasta mañana, y llegaban a casa, y alzaban la tranca con cuidado y el matrimonio quizá durmiendo e inocente del ejercicio conyugal, que no puede ser todas las noches, señora madre. Pero Sara de la Concepción prefería errar por exceso, sólo le costaba cuando estaba malo el tiempo, y entonces se metía bajo un cobertizo del corral, y por misericordia de Faustina, que la entendía muy bien, lo que son las mujeres, la llamaba desde la puerta, señal de una noche tan pura como aquellas estrellas frías, si es que justamente en las estrellas no busca Juan Maltiempo a su legítima mujer bajo las sábanas.

Tal vez Sara de la Concepción, con todo este entrar y salir, sólo está huyendo de los sueños que la esperan, pero es cierto y sabido que de madrugada ha de ir al olivar, es al día siguiente de la muerte, que fue cuando dieron con el cuerpo, lo sabe ella soñando, y con una botella de vino y un trapo repite el movimiento, frota, vuelve a frotar, y la cabeza se bambolea, y cuando viene hacia aquí se le quedan mirando los ojos fríos del marido, y cuando va para allá se queda el cadáver sin rostro, peor aún. Despierta cubierta de sudor frío Sara de la Concepción, oye roncar al hijo, oye el mal dormir del nieto, no oye a las nietas ni a la nuera, son mujeres, por eso, silenciosas, y se acerca a las dos niñas con las que duerme, sabe Dios a qué destino estarán llamadas, ojalá tengan mejor suerte que quien así sueña.

Siguió la historia adelante, y una noche salió Sara de la Concepción y no volvió. Dieron con ella siendo mañana clara, fuera de la aldea, sin tino, hablando del marido como si estuviese vivo. Una desgracia. Salvó la situación la hija que estaba sirviendo en Lisboa, María de la Concepción, una criada que con muchas lágrimas pidió a los patrones que le acudiesen, y ellos le acudieron, todavía hay quien diga mal de los ricos. Vino Sara de la Concepción de Monte Lavre para, por primera vez, viajar en taxi entre el barco del Terreiro do Pago, sur y sudeste, y el manicomio de Rilhafoles donde permaneció hasta morir como un pabilo al que se le acaba el aceite. A veces, aunque no muchas, pues cada uno tiene sus ocupaciones, María de la Concepción iba a ver a su madre y se quedaban las dos mirándose una a otra, qué más podían hacer. Cuando, años más tarde, llevaron a Juan Maltiempo a Lisboa por motivos que pronto sabremos, ya había muerto Sara de la Concepción, rodeada por las risas de las enfermeras, a quienes la pobre tonta, humildemente, pedía una botella de vino, imagínense, para un trabajo que tenía que terminar antes de que fuera tarde. Qué dolor de corazón, señoras y caballeros.


En el inventario de las guerras el latifundio tiene su parte, aunque no exagerada. Mucho mayor la tienen esas Europas donde otra guerra acaba de empezar, y, por lo que se puede saber, que no es mucho, en tierras de tanta ignorancia y alejamiento del mundo, está España en ruinas hasta el punto de hacer llorar el alma. Pero toda guerra es siempre excesiva, pensaría cualquier muerto en ella, que tal no quiso.

Cuando Lamberto Horques tomó posesión de las tierras de señorío de Monte Lavre y de su término, todavía estaría el suelo fresco de la sangre de los castellanos, frescura sólo por metáfora carnicera aquí citada, si comparamos con sangres mucho más antiguas de lusitanos y romanos, de todo aquel barullo y confusión de alanos, vándalos y suevos, si es que aquí llegaron, que los visigodos sí, y más tarde los árabes, esa cábila infernal de cara negra, menos mal que vinieron los borgoñones a derramar la suya y la de los otros, y unos cuantos cruzados no sólo osbernos, y moros otra vez, Virgen María, cuánta muerte se ha visto por estas tierras, y si de sangre portuguesa todavía no hemos hablado, es porque lo es toda o pasó a serlo después de un tiempo conveniente para la naturalización, por eso no hemos citado a franceses e ingleses, ésos sí, extranjeros de verdad.

No cambiaron las cosas después de Lamberto Horques. La frontera es una puerta abierta, de un salto se pasa el Caia, y la llanura parece haber sido adrede y amorosamente alisada por ángeles guerreros para que en ella bien pudieran enfrentarse cómodamente los soldados y no tuviesen obstáculo para el vuelo las saetas, y más tarde todo cuanto bala venga a ser. Hermosas son estas palabras de arsenal, desde celada a loriga, desde la ballesta al arcabuz, desde la bombarda al cañón pedrero, y si sólo con saber un cristiano que por estas tierras anduvieron, pisaron y batieron tantas armerías de temor se estremece, otro estremecimiento le vendrá ante el mérito de tales invenciones. Al fin y al cabo, la sangre se hizo para correr, de esta herida en el cuello o del vientre abierto al sol, buena tinta es para escribir enigmas tan secretos como ese de saber si murió esta gente sabiendo por qué moría y aceptando la muerte. Se levantan de allí los cuerpos o se entierran en el lugar donde cayeron, se barre el latifundio y queda la tierra lisa para una nueva batalla. Por eso los oficios han de ser bien aprendidos y bien practicados, sin reparar en gastos, como cuando el conde de Vimioso escribía minuciosamente a su majestad, Señor, las armas de la caballería deben ser una carabina y dos pistolas para cada soldado, las carabinas tendrán balas de mosquete o poco menos, y no tendrán el cañón de más de tres cuartas de largo, lo que es bastante, pues teniendo que estar tan reforzadas como este tipo de bala exige, si tienen el cañón más largo no se podrán manejar como es necesario, y tendrán su hierro para la cartuchera, como es uso, y las pistolas serán de buena bala y tendrán cerca de dos cuartas de cañón, y sus bolsas para poner en los arzones, y en las sillas habrá dos correas en que se prendan, de las pistolas y de las carabinas será bueno que me traigan también algunas para por ellas hacer otras y venga cantidad de hierro a Vila Vizosa, para repartir entre los oficiales espingarderos, de este hierro puede quedar alguno en Montemor y en Évora, esto es lo que parece útil sobre la caballería, pero lo que vuestra majestad mande disponer será lo más conveniente.

Pero ocurría a veces que, por dificultades de erario, las pagas de su majestad no eran buenas ni prontas, En Montemor se ha trabajado hasta ahora en las fortificaciones con los dos mil cruzados que vuestra majestad fue servido dar y con los dos que el pueblo dio, y como el concierto fue que vuestra majestad daría seis y el pueblo otros tantos, me escribió el concejo que era necesario que vuestra majestad diese los dos para dar ellos otro tanto, y yo le respondí que trataran de dar sus dos, que yo daría aviso a vuestra majestad para que mandara los dos para que el pueblo contribuyera con lo suyo. Son escritos burocráticos éstos, de gran desconfianza y juego de toma y daca, pero en ellos no se regatean sangres, no se dice, Dé vuestra majestad un litro de la suya, roja o azul tanto da, que tras estar derramada en el suelo media hora, del color del suelo acaba. No se atreven los pueblos a pedir tanto, pues no llegaría la sangre de toda la casa real, ni metiendo en la misma tina la de infantes y la de infantas, incluyendo los bastardos del rey y de la reina, para las necesidades de la guerra. Ponga el pueblo la sangre y los cruzados, que su majestad contados cruzados dará de los que el pueblo antes le dio por taxación y fiscal de impuesto.

Nunca faltan calamidades en la lista. Estas cosas de caballerías, cruzados y fortificaciones, más la sangre que todo lo liga, son del siglo diecisiete, que ya son años, un horror de ellos, pero las cosas no mejoran, como cuando en la guerra de las naranjas perdimos Olivenza y no volvimos a encontrarla, y así, sin disparar un tiro, una vergüenza, entra Manuel Godoy por ahí dentro, sin resistencia, y para escarnio nuestro y galantería suya manda una rama de naranjo a la amante reina María Luisa, sólo nos faltó servirles de colchón a ambos. Desgracia infinita, pena sin consuelo, que desde el siglo diecinueve llega hasta anteayer, algo malo tendrán las naranjas y mal efecto en los destinos personales y colectivos, de no ser así seguro que no mandaba Alberto enterrar las que caen en tiempo frío y no volvería a decir al capataz, Entierren las naranjas, y si alguno es sorprendido comiéndoselas lo despiden el sábado, y así fueron despedidos algunos porque a escondidas, fruto prohibido, comieron las naranjas que todavía estaban buenas, en vez de dejarlas estragándose y pudriéndose bajo tierra, enterradas vivas, pobrecillas, qué mal habremos hecho nosotros y ellas. Pero todo esto tiene su razón de ser así, vamos observando mejor las cosas, porque, para remate de esta guerra empezada ahora en Europa, un tal Hitler Horques Alemán mandará juntar chiquillos de doce y trece años para formar con ellos los últimos batallones de la derrota, con uniformes que les cuelgan de los brazos y se les enrollan en las piernas, también como monigotes, y la buena arma de retroceso, sin hombro que la aguante, y es esto exactamente lo que claman los patronos de estos latifundios, que ya no hay chicos de seis o siete años para guardar los puercos y los pavos, adonde iremos a parar si los chiquillos no se ganan su sustento, se lo dicen a los padres brutos que ya dieron la sangre y los cruzados y aún no han entendido nada, o empiezan a sospechar, como han sospechado en otro siglo de las excusas de su majestad.

Y si al menos fueran sólo las guerras. El hombre se acostumbra a todo, y entre guerra y guerra hace unos hijos y los entrega al latifundio, sin que venga lanzada o escopeta a cortar de plano las promesas, que tal vez el chico tenga suerte y llegue a capataz, o a administrador o a criado de confianza, o tal vez prefiera irse a vivir a las ciudades, que es muerte más limpia. Lo peor son las pestes y las hambres, año sí año quizá, que vienen a darle la puntilla al pueblo, quedan los campos vacíos de gente, las aldeas cerradas, leguas sin ver un alma viva, y de vez en cuando bandadas de andrajosos y miserables, por caminos que el diablo sólo frecuentaría a cuestas de los hombres. Van quedando perdidos por la ruta, es un itinerario de cadáveres, y cuando se levanta la peste y el hambre se acomoda, se cuentan los vivos hasta donde llega la aritmética, y se encuentran tan pocos.

Todo esto son males, y grandes males. Diríamos, para usar el lenguaje del padre Agamedes, que son los tres jinetes del Apocalipsis, que eran cuatro, y, empezando a contar, incluso con los dedos para quien no sepa sistema mejor, tenemos el primero que es la guerra, el segundo que es la peste, el tercero que es el hambre, y ahora llega el cuarto que es el de las fieras de la tierra. Éste es el de mayor asistencia y tiene tres rostros, primero el rostro que el latifundio tiene, luego la guardia para defender la propiedad en general y el latifundio en particular, luego el rostro tercero. Es una sierpe de tres cabezas y una sola voluntad verdadera. Quien más ordena no es quien más puede, quien más puede no es quien más parece. Pero será mejor que hablemos claramente. En todas las ciudades, en todas las villas, en todas las aldeas y lugares, este caballo está y pasea con sus ojos de plomo y sus patas que son iguales que las manos y que los pies de los hombres, pero de hombres no son. No es hombre aquel que dirá a Manuel Espada, años más tarde, servicio militar en las islas de las Azores, no sufra el relato con la anticipación, Cuando deje esto entro en la policía de vigilancia y defensa del estado, y Manuel Espada preguntó, Qué es eso, y respondió el otro, Es la policía política, ni imaginas, uno está ahí, y si hay un tipo que no te gusta, lo detienes, lo llevas al gobierno civil, y si te apetece le pegas un tiro en la cabeza y luego dices que se resistió y arreglado. Es un caballo que derriba las puertas de las casas a coces, come en la mesa del latifundio con el padre Agamedes y juega a las cartas con la guardia republicana mientras el potro Buentiempo patea la cabeza del preso. Por ciudades, villas, aldeas y todos los demás lugares los caballos se encuentran, relinchan, se frotan los hocicos entre sí, intercambian secretos y denuncias, inventan violencias persuasivas y persuasiones violentas, y por eso mismo hemos visto todos que no pertenecen a la raza caballar, tonto es el padre Agamedes que sólo porque ha leído en la Biblia caballos creyó que de caballos realmente se trataba, error primario del que fue sacado Manuel Espada en las Azores por su prometedor conmilitón. Las raíces del árbol del conocimiento no eligen terrenos ni recelan de distancias.

Pero el padre Agamedes también clama, Ciertos hombres que andan por ahí sigilosamente sacándoos de vuestro común sentido, y que la gracia de Dios Nuestro Señor y de la Virgen María quiso que en España hayan sido aplastados, vade retro satanás y abrenuncio, he de deciros que huyáis de ellos como de la peste, del hambre y de la guerra, pues son la peor desgracia que sobre nuestra santa tierra podría caer, plaga digo como la de langosta sobre Egipto, y por eso no me cansaré de deciros que debéis prestar atención y obedecer a los que saben más que vosotros de la vida y del mundo, mirad a la guardia como a vuestro ángel de la guarda, no le guardéis rencor, que hasta el padre se ve a veces obligado a golpear al hijo a quien tanto quiere y ama, y todos sabemos que más tarde el hijo dirá, Fue por mi bien, sólo se perdieron los golpes que dieron en el suelo, así, hijos míos, es la guardia, y ya ni hablo de las otras autoridades civiles y militares, el señor presidente del concejo, el señor administrador municipal, el señor comandante del regimiento, el señor gobernador civil, el señor comandante de la legión, y otros señores que tienen encargo de mandar, empezando por quien os da trabajo, sí, qué sería de vosotros si no hubiese quien os diese trabajo, cómo habríais de alimentar a vuestras familias, decidme, responded, que para eso os pregunto, bien sé que en misa no se habla, pero es a vuestra conciencia a quien debéis responder, y por todo eso os recomiendo, conjuro y emplazo, para que no deis oído a esos diablos rojos que andan por ahí buscando nuestra desgracia, que no creó Dios para eso esta tierra nuestra, sino para que ella se conservase en el regazo amantísimo de la Virgen María, y si dais fe de que alguien os quiere descarriar con palabras mansas, id al puesto de la guardia y haréis así obra de Dios, pero si no tenéis valor, por miedo a venganzas, yo os oiré en confesión y providenciaré según mi alma y conciencia, y recemos ahora todos un padrenuestro por la salvación de nuestra patria, un padrenuestro por la salvación de Rusia y un padrenuestro por la intención de nuestros gobernantes, que tanto se sacrifican y tanto bien nos quieren, padrenuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre.

Tiene toda la razón el padre Agamedes. Anda gente por el latifundio, se encuentran grupos de tres o cuatro en lugares escondidos, en los yermos, a veces en casas abandonadas, vigilando, otras veces al abrigo de un valle, dos de aquí, dos de allá, y mantienen largas charlas. Hablan siempre de uno en uno y los demás oyen, quien los viera de lejos diría, Son vagabundos, son gitanos, son apóstoles, y cuando acaban se dispersan en el paisaje, a poder ser por caminos desviados, llevando papeles y decisiones. A esto llaman organización, y el padre Agamedes está rojo de cólera, es la santa ira, Malditos sean, caigan sus almas en las profundidades del infierno, dañina infección que sólo quiere vuestro mal vivir, aún ayer en conversación con el señor presidente de la junta, él me dijo, Señor cura Agamedes, mire que la fatal dolencia ha contaminado ya nuestro pueblo, hay que hacer algo contra las perniciosas doctrinas que los enemigos de nuestra fe y de nuestra civilización andan propagando entre las familias, Ingratos, os digo ahora, que ignoráis que nuestro país es la envidia de las otras naciones, esta paz, este orden, y ahora venid acá a decirme si queréis perder todo esto, que os quejáis de vicio, eso es lo que pasa.

Juan Maltiempo nunca fue hombre de misas, pero viviendo ahora en Monte Lavre va a la iglesia de vez en cuando, para complacer a su mujer y por necesidad. Oye estas palabras inflamadas del padre Agamedes, las compara en su cabeza con las que consiguió retener de la lectura de los papeles que a escondidas le han dado, hace su juicio de hombre sencillo, y si de los papeles cree algo, de las palabras del cura no cree nada. Parece que hasta el mismo padre Agamedes tiene dificultades para creerlas, de tanto como grita, desgañitándose y echando espumarajos por la boca, que ni queda bien en un ministro del Señor. Cuando la misa acaba, Juan Maltiempo sale al atrio con el resto de los asistentes, se encuentra con Faustina, que estuvo entre las mujeres, baja con ella hasta el medio de la calle y luego se reúne con los amigos para tomar un vaso, que es siempre su cuenta, por más que se rían de él, Eh, Maltiempo, que eso es beber como un chiquillo, y él sonríe, es una sonrisa que lo dice todo, hasta el punto de que los otros se callan, es como si de una de las vigas de la taberna acabase de caer el cuerpo de un ahorcado. Y le dice uno de los amigos, Ha hablado bien el cura, eh, pregunta que no tiene respuesta porque éste es uno de los dos o tres que en Monte Lavre nunca van a misa, preguntó por incordiar. Juan Maltiempo vuelve a sonreír, La prédica es siempre la misma, y no dice más porque ya va camino de los cuarenta, no bebe tanto que pierda el freno de la lengua. Pero de las manos de este que acaba de hablar le llegaron los papeles, y entonces se miran el uno al otro, y Sigismundo, ése es su nombre, le guiña el ojo y levanta el vaso de vino, Salud.


En los días que Antonio Maltiempo andaba guardando puercos apareció por allí Manuel Espada, sujeto a trabajo de tan poca ciencia por no haber podido encontrar otro tras haber sido declarado huelguista en dos leguas a la redonda, él y sus compañeros. Como toda la gente de Monte Lavre, supo Antonio Maltiempo de lo ocurrido, y en sus fantaseos, de infancia recién acabada, hallaba algunas semejanzas en la rebelión que lo había alzado contra el mayoral asador de piñas y aventador de palos, pero no se atrevió a abrirse en confianza, sobre todo porque mediaban seis años entre los suyos y los de Manuel Espada, lo suficiente para separar a un chiquillo de un muchacho y a un muchacho de un hombre hecho. El mayoral de estos puercos no se movía más que el otro, pero tenía la disculpa de ser viejo, y los mozos le aguantaban bien las órdenes, alguien ha de mandar, él en nosotros y nosotros en el ganado. Los días de pastoreo son largos, incluso en invierno, las horas pasan tan lentas, no tienen prisa, hasta que una sombra vaya de aquí para allá, y más si de puercos es el ganado, tiene el puerco la virtud de la poca imaginación, siempre el hocico pegado al suelo, si se aleja un poco no es por mal, y una pedrada con tino o un varazo sobre el lomo lo lleva a juntarse de nuevo a la piara sacudiendo las orejas. Y al cabo es como si no hubiera pasado nada, bendito sea, que no es de rencores y tiene la memoria pobre.

Sobraba así tiempo para charlar, adormecido el mayoral bajo una encina, o atendiendo distante al ganado por aquel lado. Manuel Espada habló de sus aventuras de huelguista, sin exageraciones que no iban con su carácter, y dio un vislumbre de explicación teórica sobre lo que puede pasar en las eras de noche con las mujeres de la cuadrilla, en particular si son del Norte y han venido sin hombre. Se hicieron amigos y Antonio Maltiempo gran admirador de la serenidad del mayor, que él no tenía, siempre con el pie levantado para cambiar de sitio, como luego se verá. Había heredado el gusto vagabundo del abuelo, Domingo Maltiempo, con la grande y loable diferencia de ser de humor alegre, pero no a la manera acostumbrada, que es de carita de pascuas y risa suelta. Tiene los gustos y contrariedades comunes a su edad, asumió la antiquísima y nunca resuelta cuestión que separa a muchachos y gorriones, y sobre todo muestra un decir independiente y ciertos desplantes que acabarán manifestándose en un tanto de rebeldía y en un punto de impaciencia. Le gustarán los bailes como al padre en su mocedad, pero estimará en poco los ajuntamientos. Será gran contador de historias, vividas o imaginadas, y tendrá el arte supremo de borrar las fronteras entre unas y otras. Pero será siempre, por su propia naturaleza, gran trabajador en todas las artes rurales. No es esto señal de que le estemos leyendo la palma de la mano, simplemente son datos elementales de una vida que otras cosas tuvo y algunas que no parecían prometidas a su generación.

Antonio Maltiempo no anduvo muchos días con los puercos. Dejó en el oficio a Manuel Espada y fue a aprender disciplinas que el otro ya conocía, por mayor, y con trece años se le vio acompañar a los hombres maduros en la roza, cavando en obra de acequias, que es trabajo que demanda mucho esfuerzo y brazo. Apenas con quince años aprendió a arrancar el corcho, oficio memorable en el que acabó maestro, como en todo lo que se metía, sin vanidad. Muy joven abandonó la cercanía de padre y madre y anduvo por los lugares donde el abuelo dejó sus marcas y algunos malos recuerdos. Pero, tan distinto era del antepasado que nadie juntó el apellido de uno al apellido del otro para hacerlos de la misma familia. Le tiraba mucho la parte del mar, descubrió las márgenes del Sado, y se aventuró, que no es viaje pequeño, todo hecho a pie, sólo por ganar unos céntimos añadidos que en Monte Lavre se regateaban. Y un día, mucho más tarde, cada cosa en su tiempo, irá a Francia a cambiar años de vida por moneda fuerte.

El latifundio tiene a veces pausas, los días son indiferentes o así lo parecen, qué día es hoy. Verdad es que se muere y se nace como en épocas más señaladas, que el hambre no se distingue en la necesidad del estómago y que el trabajo pesado en casi nada se ha aligerado. Las mayores mudanzas vienen del exterior, más carreteras y más coches en ellas, más radios y más tiempo para oírlas, entenderlas ya es otra habilidad, más cervezas y más gaseosas, pero cuando el hombre se acuesta de noche, o en su propia cama o en la paja del campo, el dolor del cuerpo es el mismo, y suerte tendrá si no está sin trabajo. De mujeres ya ni vale la pena hablar, tan constante es su destino de paridoras y animales de carga.

Y, pese a todo, mirando este páramo que parece muerto, sólo el ciego de nacimiento o el que lo es por voluntad propia no verán el estremecimiento del agua que del fondo viene súbitamente a la superficie, obra de las tensiones acumuladas en el lodo, entre el hacer, el deshacer y el rehacer químico, hasta que explota el gas así liberado. Pero para descubrirlo es preciso estar atento, no decir, al pasar, No vale la pena pararse, sigamos. Si por un tiempo nos alejamos, distraídos con paisajes diferentes y casos pintorescos, veremos al volver cómo todo iba cambiando y no lo parecía. Así ha de acontecer cuando dejemos a Antonio Maltiempo haciendo por su vida y volvamos al hilo de la historia comenzada, aunque todo esto sean historias de oír, hasta la de José Gato, para su mal tan sólo de él y de los que lo acompañaban, como Antonio Maltiempo es buen testigo y certificador.

Que éstos no son los sucesos aborrecibles de Lampias, el bandido brasileño, conforme oí contar, ni de otros de aquí más cerca, como fue el caso de Juan Brandao o José do Telhado, gente mala o gente errada, quién sabe. No quiero decir que en el latifundio no haya habido personas de mal talante, salteadores de caminos que por un nada dejaban al viajante muerto y robado, pero, que yo haya conocido, sólo José Gato seguía ese oficio, él y sus compañeros, cuadrilla estará mejor dicho, que eran, si recuerdo bien, el Parrillas, el Venta Rachada, el Ludgero, el Castelo, y otros cuyos nombres ya se me han ido, un hombre no puede guardar todo. Que yo ni creo que fuesen salteadores. Vagabundos sí, ése será el nombre justo. Si les daba por trabajar, trabajaban como cualquier otro, tan bien y tanto, no eran tunantes, pero llegaba el día y era como si les diera el viento en la cara, dejaban el pico o el azadón, iban al capataz o al encargado a pedirle la paga de los días, que a ellos nadie se atrevía a negársela, y desaparecían. Con éstos ocurrió así, hasta un cierto día, cada uno por sí, hombres solos y callados, y entonces se juntaron y formaron cuadrilla. Cuando los conocí ya José Gato era el jefe, no creo que nadie disputara el mando estando él. Lo que más robaban eran puercos, que en eso aquella tierra era abundante. Robaban para comer, y también para vender, claro está, que un hombre no se gobierna sólo con lo que come. Tenían entonces una barca fondeada en el Sado, ése era su resguardo. Mataban los animales, y los conservaban en salmuera para los tiempos de escasez. A propósito de esta salazón, hay un caso que voy a contar, les faltó una vez la sal, estaban en eso, qué vamos a hacer, qué no vamos a hacer, y José Gato, que era hombre sólo hablador cuando se precisaba, le dijo al Parrillas que fuera a buscar sal a la marina. En general, bastaba que José Gato dijera, haz eso, y eran palabras de Nuestro Señor, la cosa aparecía hecha, pero aquella vez no sé qué mosca le picó al Parrillas que dijo que no iba. Bien que se arrepintió. José Gato le agarró el sombrero, lo tiró al aire y mientras la copa iba y venía agarró la escopeta y destrozó el sombrero en dos disparos, y luego le dijo al Parrillas, con voz muy sosegada, Vas a ir por la sal, y Parrillas albardó el burro y fue a la sal. José Gato era así.

Para quien anduviera trabajando por allí cerca y tuviese atrevimiento, el proveedor de carne de cerdo era José Gato. Una vez apareció el Venta Rachada en la cuadrilla en la que yo segaba, venía clandestino, para saber si alguien quería carne. Quise yo, quisieron dos camaradas más, y se acordó que nos encontraríamos en un sitio que era la Silla de los Pinos. Allá fuimos al encuentro, cada uno con su saqueta, dinero poco, por si acaso, algo que teníamos ahorrado se quedó escondido en el rancho, por si íbamos a por lana y volvíamos trasquilados. Yo lleve cincuenta mil reis y los otros poco más o menos. Noche cerrada, y el sitio era feo, el Venta Rachada estaba ya a la espera, retirado, y hasta nos gastó una broma, íbamos a pasar y nos salió al encuentro, Ahora si me diera la gana, y apuntaba la escopeta, nos reímos todos, pero haciendo de tripas corazón, y yo dije, Mucho no ibas a llevarte, y entonces quien se echó a reír fue el Venta Rachada, que remató, Bueno, no tengáis miedo, vamos allá.

Cuando ocurrió esto, la carnicería de José Gato estaba en la sierra de Loureiro, en tierras de Palma, seguro que las conocen. Había madroños más altos que una casa, nadie se aventuraba por allí. En un barracón de braceros de otros tiempos, abandonado, estaba la carnicería. Vivían en el barracón todos juntos, sólo cuando notaban algún movimiento, gente por la vecindad o noticias de la guardia, se trasladaban a otro escondrijo. Seguimos andando, andando, y cuando llegamos a la vista del barracón nos encontramos dos artistas, cada uno con su escopeta, guardando. El Parrillas se dio a conocer, y entramos, dentro estaba José Gato con los otros tocando el acordeón y bailando fandangos, yo no entiendo mucho, pero creo que bailaban bien, todo el mundo tiene derecho a divertirse. Había unos alambres sujetos a una viga del barracón, con una caldera colgando, y una hoguera, estaban cociendo las asaduras de los puercos. Dice José Gato, Así que éstos son los compradores. Dice el Venta Rachada, Éstos son, no han venido más. Dice José Gato, Tranquilos, muchachos, antes de tratar el negocio, vamos a comer de esta calderada, fueron buenas palabras, sí señor, que ya se me hacía la boca agua sólo del olor. Tenían vino, tenían de todo. Para hacer boca fuimos picando unos tacos de jamón y un vaso de vino, José Gato tocaba el acordeón y cuidaba del fuego, llevaba unos zahones de piel de cordero, con grandes botones, como se usaba, y chaleco, parecía un labrador, el bribón. En un rincón del barracón se veían unas escopetas, era su arsenal, una hasta era de cinco tiros, que había sido de Marcelino, ahora lo diré. Estábamos en estos preparativos cuando oímos un chiflo. He de confesar que me estremecí, a ver si esto acaba de mala manera. Dijo José Gato, que se apercibió de mi temor, Tranquilos, que es gente conocida, vienen al mercado. Era Manuel da Revolta, tenía ese nombre a causa de una tienda que regía en el Monte da Revolta, y circulaban unas historias sobre él que ya contaré a su tiempo. Llega entonces el amigo Manuel da Revolta, pone seis puercos sobre el carro y se los lleva, al día siguiente, sabido era, haría la ronda por las cuadrillas vendiendo carne, decía que era suya, que los mataba él, pasaba por la guardia, sí señor, y hasta a la guardia le vendía, todavía hoy sigo sin saber si la guardia sospechaba algo o si le convenía el negocio. Llegó luego un sardinero a quien conocíamos todos, era él quien nos abastecía de pescado y también de tabaco y de otras cosas que José Gato precisase. El sardinero se llevó un cerdo en la bicicleta, lo que no se llevó fue la cabeza, no le interesaba. Luego llegó otro, venía sin chiflo, soltó unos silbidos y le respondieron los que estaban de vigía, era así lo combinado, trabajaban seguros. Se llevó dos puercos, uno a cada lado de la mula, también sin cabeza, el puerco, claro, que la mula precisaba la cabeza para ver por dónde iba poniendo los pies. Fueron desapareciendo los cerdos, y al final quedaron sólo dos, encima de unos sacos viejos. Acabó de hacerse la calderada, frieron unos torreznos, echaron todo el aliño, cebolla y demás, y embutimos toda aquella gloria dentro de la barriga, estaba buena la calderada, y el vino fue más de un jarro. Dijo entonces José Gato, Vamos a ver, cuánto traes, eso iba conmigo, Antonio Maltiempo, y respondí, Traigo cincuenta escudos, es todo lo que tengo. Dice José Gato, No es mucho, pero no te preocupes que de aquí no sales sin el avío, y cortó un puerco por la mitad, tendría cuatro y media, o cinco arrobas, Abre el saco, pero primero cuidó muy bien de coger el billete y metérselo en el bolsillo. Con los demás fue igual, y nos avisó a todos, Ahora boca cerrada si no queréis arrepentiros, y cargamos con la carne, bueno fue que nos avisara, como luego se vio, porque los cerdos habían sido robados en la hacienda donde andábamos trabajando y el capataz no nos dejaba en paz con preguntas. Pero nos portamos bien, los tres. Yo, para mi carne, hice un hoyo en el suelo con corcho, una plancha por debajo y un trapo tapándola, la salé toda, cortada en pedazos, y no se estropeó, ya ven, tuve allí comida para un montón de tiempo.

Ésta fue una historia. Si estuviera Juan Brandao por allí sería diferente, o quizá no, el caso es que con quien traté fue con José Gato, con el otro no estoy seguro. Más tarde la cuadrilla se mudó a la zona de Vale de Reis, quien sea de ciudad no puede imaginar los desiertos que hay por allí. Eran unas grutas, unas cuevas en unos zarzales malignos que a ver quién se atrevía a acercarse por aquellos andurriales, ni la guardia, la guardia no se atrevía. Allí estaban ocultos, y en el Monte da Revolta había siempre un centinela, cuando la guardia aparecía la madre de Manuel da Revolta ponía una vara dentro de la chimenea con un trapo atado en la punta, en poniendo ella la vara fuera de la chimenea, ya se sabía. Había siempre uno de la cuadrilla con el ojo puesto en la chimenea, y en cuanto aparecía el trapo en la punta de la vara, avisaba a los

otros y entonces se escondían todos, desaparecían, no dejaban ni rastro. Nunca llegó la guardia a atrapar a nadie. Hasta nosotros, que conocíamos el truco, cuando andábamos trabajando y veíamos la señal decíamos, Hay moros en la costa.

Bueno, entonces ocurrió lo de Marcelino, que voy a contar ahora. Marcelino era el capataz de Vale de Reis, y tenía una escopeta famosa que el

patrón le compró para que, si encontraba a alguien de José Gato robando, le pegara un tiro. Pero antes de este caso quiero contar otro, también de escopetas, iba el Marcelino en la yegua, cuando le sale al paso José Gato apuntándole con el arma y le dice, en burlas, que era mucho su manera de hablar, No tienes más que alzar los brazos, ya la cogeré yo, y Marcelino no tuvo otro remedio, bien que le costó. José Gato era un tipo pequeño, pero con un corazón así, enorme. Después fue lo de la escopeta de cinco tiros, uno empieza a contar una historia, y salen un montón de ellas enredadas. Venía el Marcelino monte abajo, entre matojos, aquello no lo limpiaba nadie, sólo sacaban la corteza, la partían en trozos pequeños, en fin que el matorral era de respeto. Venía el Marcelino muy ancho con su escopeta de cinco tiros, y con cinco cartuchos dentro, pensando, Ahora que aparezca quien quiera, y dicho y hecho, pegado a un chaparro delgadito estaba José Gato con el ojo en la puntería, Suéltala que la necesito, y se la llevó. Decía más tarde el patrón a Marcelino, Te compro una carabina, no te dejo quedar en ridículo, y Marcelino, furioso, Patrón, no quiero, no quiero ninguna carabina, y se acabó, ahora vigilo solo montado en la yegua, con mi garrota, que es como mejor vigilo.

Que el Marcelino era hombre de poca suerte en lo tocante a escopetas, quedaba claro. Una que tenía, suya, no del patrón, hasta teniéndola guardada en casa, se quedó sin ella. Una vez los perros del porquero se pusieron a ladrar, adivinaban algo fuera de lo común, se olían algo raro, y va el porquero y le dice a Marcelino, Ladran los perros, anda alguien por ahí queriéndose llevar una marrana. Marcelino, que tal oye, agarra la escopeta, la cartuchera y se pone de guardia. De vez en cuando tiraba tiros, y los compañeros de José Gato, desde los breznos, comprendieron que la cosa iba por ellos y respondieron, pero sin gastar mucha munición. Y dónde estaba José Gato, encima del tejado, había subido sin que lo viera nadie, y se quedó toda la noche pegado a las tejas como un lagarto para que no lo descubrieran, era un hombre atrevido. Llega la mañana, al romper el alba, o quizá un poco después, estaba aclarando, y dice Marcelino, Se han callado ya los tiros por esa parte, seguro que se largaron, me voy un ratito, a tomar un café, vuelvo en seguida. Y el porquero, a quien la charla había abierto el apetito, pensó, También voy yo a tomar algo, no era menos que los otros. Libre el campo de enemigos, salta José Gato del tejado, se me olvidaba decir que Marcelino había dejado la escopeta en el chamizo, salta del tejado, toma la escopeta y con ella una botas nuevas del porquero, y una manta, a lo mejor también tenían pocas mantas, y mientras hacía esto, los cinco compañeros, que eran cinco en aquel tiempo, agarran a cinco marranas y las mudan de allí hasta unos zarzales. Las marranas son como los hombres, tienen aquí una doblez que, cortándola, se quedan quietas, fue lo que ocurrió con éstas, junto a la majada, a cien o ciento cincuenta metros, o ni tanto. Siempre con alguien de guardia. Se dan cuenta los otros de la falta de las marranas, se van a buscarlas muy lejos, por el camino, y a nadie se le ocurre ir a ese sitio. Por la noche fue José Gato a buscarlas. Y así perdió una escopeta más.

Otra historia, aún más importante, andaba Marcelino de guardia sin escopeta, habían desaparecido todas, y José Gato pensó en entrarle a las habas, estaban las habas cortadas, en una era. La cosa fue cerca del resguardo de la cuadrilla, pero nadie sospechaba, los trabajadores sólo se enteraron cuando hubo que hacer una limpieza entre los árboles de aquel sitio, y ellos ya habían desaparecido de esos lugares. Encontramos su escondite, en unas covachas muy bien hechas, muy hondas. Eran unos cerros altos, y encima muchos sauces, ellos abrían una vereda, casi como las mangostas, hacían aberturas en los laterales, allá tenían las camas, hechas de junco y ramas, una maravilla, bueno el caso es que José Gato fue a las habas, y Marcelino encontraba movidas las habas, había habas machacadas, estaba la paja. Decía Marcelino, Hijos de puta, me andan en las habas, y qué es lo que se le ocurrió, Voy para allá, mete la yegua en un covacho, se lleva un saco, que en verano no se precisan mantas, y la garrota. A las tantas, oye ruido, era José Gato, en un saco cargaba tres o cuatro brazadas de habas, las aplastaba con los pies, aquello estaba todo reseco del calor, las aventaba y venía luego un compañero para ayudarle a acarrear la carga, a la hora acordada se llevaban entre los dos unos cien litros de habas. Quizá se las entregaban a Manuel da Revolta a cambio de pan o de otras cosas necesarias, qué sé yo. El caso es que estaba José Gato muy distraído pisando aquello, y Marcelino se fue acercando, acercando, descalzo, cuando contaba esto tenía mucha gracia Marcelino, decía así, Fui descalzo, paso a paso, y llegué a unos seis o siete metros del tipo, que si me deja llegar tres o cuatro metros más le doy un garrotazo, pero también él me presintió, fino que era, parecía que iba a darle, pues no, ya no lo encontré, aquello no era gato, era liebre, fue eso, estoy en un lo tengo no lo tengo, y va y da dos saltos, yo tampoco estaba quieto, pero me da dos saltos y se me queda de frente con una escopeta. José Gato va y le dice a Marcelino, eso dice Marcelino, Tu suerte es que te hayas portado bien con un amigo, fue una vez en que los de la guardia, la verdad, se pasaron de brutos, Marcelino recogió en su casa a uno de la cuadrilla y hasta le dio de comer, Esa es tu suerte, si no te deslomaba aquí mismo, venga, largo. Pero Marcelino fue también valiente, Un momento, que en todos los trabajos se echa un pito, sacó la petaca, lió un pito, se lo puso en la boca, lo encendió, Ahora sí me voy.

Más tarde detuvieron a toda la banda. La cosa empezó en las Pizarras, entre Munhola y Landeira, en una zona más escondida. Hubo un encuentro con la guardia, tiros, parecía una guerra. Los capturaban, pero luego a todos los iban empleando los labradores, Venta Radiada acabó guardando la viña de Zambujal, y otros igual. Si algo me hubiera gustado oír sería la charla entre los guardias y los terratenientes, Tenemos ahí un hombre preso, Me quedo con él, no sé quiénes eran más sinvergüenzas, si unos u otros. A José Gato lo apresaron tiempo después, en Vendas Novas. Estaba amancebado con una mujer que vendía verduras, y andaba siempre disfrazado, por eso nunca lo encontraban, hay quien dice que fue ella quien lo denunció, yo qué sé. Lo agarraron en casa de la mujer, en un desván, durmiendo, y dijo, Si no me pilláis durmiendo, podéis estar seguros que no era de ésta. Luego se dijo que lo llevaron a Lisboa y, del mismo modo que a los otros los emplearon por cuenta de los hacendados, de José Gato se hablaba que lo mandaron a las colonias como agente de la policía de vigilancia y defensa del estado. No sé si aceptaría, me cuesta creerlo, o si lo mataron y dieron esa disculpa, otros casos se han visto, no sé.

Tenía cosas buenas José Gato, eso hay que reconocerlo. Nunca robó nada a los pobres, sólo robaba donde había, a los ricos, como dicen que hacía José do Telhado. Pero una vez el Parrillas encontró una mujer que iba a comprar para la familia, y el Parrillas sí que se lo quitó, diablo de hombre. Pero tuvo la mala suerte de que José Gato se encontró a la mujer llorando, la pobre. Le preguntó por qué lloraba, y por las señas entendió que había sido el Parrillas el de la afrenta. La mujer recibió allí mismo una cantidad de dinero que daba para la compra de tres días y el Parrillas se llevó la mayor paliza de su vida. Y muy bien hecho.

Este José Gato era un hombre desengañado, pequeño de estatura pero valiente. Ésta ocurrió en el Monte da Revolta, que era un sitio muy internacional, pasaba gente de todas partes, basta decir que uno del Algarve, que trabajaba en las rozas, se hizo allá una barraquita e iba tirando, y como él muchos, que ni casa tenían. Fue allí donde un tipo quiso armarle una trampa a José Gato, liando la cosa con Manuel da Revolta, diciéndole a Manuel da Revolta que Gato había dicho que se iba a acostar con su mujer. Pero Manuel da Revolta que tenía mucha confianza en José Gato, se lo dijo por las claras, Mira, Fulano me ha dicho esto. Dijo José Gato, Hijo de puta, vamos a su casa a ver si es capaz de decirlo delante de mí, y entonces fueron, llegaron allí, Eh, tú, Fulano, conque le has dicho aquí a Manuel esto y lo otro y lo de más allá, pues haber si lo dices ahora, que quiero oírlo yo. Dijo el otro, Hombre, es que llevaba unas copas de más, pero la verdad es que tú no me dijiste nada de eso. Y José Gato, muy sereno, Vete andando cien pasos, así que vio que ya no lo podía matar, tras, tras, le suelta dos perdigonadas en el espinazo, sólo para que se le quedaran en la piel algunos perdigones y los otros ni lo rozaran, no era para matarlo, y le dio dos zurriagazos que lo tumbó, Eso para que aprendas a portarte como un hombre, que aquí no queremos chiquilladas. A José Gato lo vi siempre como a alguien que se metió en esa vida porque no ganaba para comer.

Anduvo un tiempo por aquí, yo era un chaval. Fue capataz de estos desmontes, de Monte Lavre hasta Coruche. La carretera la hicieron muchos ambulantes, entonces había mucha gente así, trabajaban tres, cuatro semanas y cuando tenían algo de dinero, se largaban y venían otros. José Gato apareció, se vio que era un tipo que sabía, de forma que le hicieron capataz, pero nunca andaba por las partes bajas. Yo estaba entonces guardando puercos, fue antes de lo de Manuel Espada, y lo vi todo. La gente decía que ya había tenido problemas con la guardia, y entonces la guardia lo descubrió, o alguien fue a decirle que él estaba por esta zona, se pusieron a buscarlo y lo cazaron. Pero entonces todavía no sabían bien quién era José Gato. Venía él delante de la patrulla, muy manso, y los guardias muy contentos de la caza que habían hecho, cuando va y da un salto, tira un puñado de tierra a los ojos de uno, salto aquí, salto allá, y pies para qué os quiero. Hasta que lo capturaron definitivamente nunca volvieron a ponerle los ojos encima. José Gato era un errabundo, un tipo duro y serio. Para mí que fue un hombre siempre muy solo. Eso digo yo, quién sabe.


El mundo, con todo su peso, esta bola sin principio ni fin, cubierta de mares y de tierras, toda acuchillada por ríos, arroyos y torrenteras por las que corre el agua clara que va y vuelve y siempre es la misma, suspendida en las nubes o escondida en los hontanares bajo las grandes losas subterráneas, el mundo que parece una mole dando tumbos por los cielos, o peonza silenciosa como un día lo verán los astronautas y ya podemos ir anticipando, el mundo es, visto desde Monte Lavre, una cosa delicada, un relojito que sólo puede aguantar un tanto de cuerda y ni una vuelta más, y se pone a temblar, a palpitar, si un dedo grueso se aproxima a la corona, si va a rozar, aunque sea levemente, el muelle finísimo, ansioso como un corazón. Un reloj es algo sólido dentro de su caja pulida, inoxidable, a prueba de choques hasta el límite que le es soportable, a prueba de agua para quien tuviera el refinado gusto de bañarse con él, garantizado por tantos años, que podrían ser muchos si no vinieran las modas a reírse de lo que ayer compramos, son maneras de mantener la fábrica en su flujo de mercado v su aflujo de dividendos. Pero, si le quitan el caparazón, si el viento, el sol y la humedad empiezan a girar y a batirle por dentro, entre los rubíes y los engranajes, cualquiera puede apostar, con certeza de ganar, que se acabaron los días venturosos. Visto desde Monte Lavre, el mundo es un reloj abierto, con las tripas al sol, a la espera de que le llegue la hora.

Puesto en su debido tiempo en la tierra, el trigo nació, creció y ahora está maduro. En la orla de la cosecha arrancamos una espiga, la frotamos entre las palmas de las manos, que es gesto antiguo. Se deshace la paja seca y cálida, reunimos en el hueco de la mano las dieciocho o veinte semillas de aquella planta, y decimos, Es tiempo de segar. Éstas son las mágicas palabras que pondrán en movimiento máquinas y hombres, éste es el momento en el que la serpiente de la tierra, para no seguir llamándole reloj, pierde la piel y queda sin defensa. Hay que agarrarla antes de que se oculte si queremos que algo cambie. Desde Monte Lavre, alto lugar, miran los dueños de los latifundios las grandes olas amarillas que se inclinan bajo la mansa mano del viento, y dicen a los capataces, Es tiempo de segar, y, dicho esto, o advertidos en sus casas de Lisboa, indolentemente lo afirmarán, si no se limitan a decir, Pues sí, confiando en que el mundo dé otra vuelta por el mismo lugar, que los latifundios repitan la regularidad de los usos y de las estaciones, y también en cierto modo descansando en la urgencia que la tierra tiene de estos partos. La guerra ha acabado y va a comenzar el tiempo de la fraternidad universal. Ya se dice que pronto retirarán las cartillas de racionamiento, esos papelillos coloreados que dan derecho a comer, si hay con qué pagarlo y si hay lo que sólo por dinero se cambia. En el fondo, esta gente apenas se sorprende. A lo largo de su vida siempre ha comido escaso y mal, ha padecido carencias continuas, y las huelgas de hambre aquí practicadas vienen de tan lejos como las tradiciones y las historias de aojamiento. No obstante siempre los tiempos acaban por cumplirse. Este trigo, cualquiera puede verlo, está maduro, los hombres también.

Son dos las consignas, no aceptar el jornal de veinticinco escudos, no trabajar por menos de treinta y tres escudos por día, de sol a sol, porque así tiene que ser todavía, los frutos no maduran todos al mismo tiempo. Dirían las mieses, si hablaran, con seguridad pasmadas, Qué pasa que no nos vienen a segar, alguien está faltando a su obligación. Son imaginaciones. Las mieses están maduras, y esperan, ya se va haciendo tarde. O entran los hombres en ellas o, pasada la sazón, el tallo empezará a quebrarse, la espiga a deshacerse, y todo el grano, caído, alimentará a los pájaros, a algunos insectos, y, al fin, para que no se pierda todo, entrará el ganado en los sembrados como si viviéramos en Jauja. También esto son imaginaciones. Unos u otros tendrán que ceder, no hay recuerdo, hasta donde la memoria alcanza, de que haya quedado la siega sin hacer, o, si esto ocurrió alguna vez, fue golondrina que no hizo verano. Los latifundistas ordenan a capataces y administradores que se mantengan firmes, es lenguaje de guerra, Ni un paso atrás, la guardia imperial muere pero no se rinde, lo que faltaba es que éstos murieran, pero se oyen por aquí resonancias de clarines, si no son sólo nostalgias de batallas que ahora mismo se han perdido. Empiezan a abrirse los cuarteles de esta guardia, vienen los cabos y los sargentos hasta la ventana del puesto a ventear qué pasa, y en algún lugar empiezan a limpiarse las carabinas y se da ración doble a los caballos con cargo al presupuesto extraordinario. En las villas se reúnen los hombres, hombro con hombro, murmuran. Vienen otra vez los capataces a parlamentar, Bueno habéis decidido, y ellos responden, Está decidido, no salimos por menos. De lejos, en este cálido atardecer, llega una vaharada ardiente que sube del suelo, las colinas siguen sosteniendo por las raíces los tallos duros. Escondidas en la espesura de las mieses, las perdices apuran el oído sutil. No se oye paso de hombre ni tronar de motor, no oscilan las espigas, trémulas, ante la proximidad de la hoz o del molino de la segadora. Extraño mundo éste.

Así llega al fin el sábado. Se reunieron los capataces y dijeron, No ceden, son tozudos, y los amos del latifundio, Norberto, Alberto, Dagoberto, respondieron a coro, cada uno en su lugar del paisaje, Déjalos, ya aprenderán. En sus casas, los hombres han acabado de cenar, lo poco o casi nada de todos los días, las mujeres los miran calladas, y algunas preguntan, Cómo va, y hay hombres que se encogen de hombros desalentados, otros dicen, Mañana seguro que se avienen a razones, tampoco faltan los que han resuelto aceptar lo que ofrecen, el mismo jornal del año pasado. Verdad es que de todos lados llegan noticias de que los hombres, muchos de ellos, se niegan a trabajar por una miseria semejante, pero qué puede hacer un hombre si tiene mujer e hijos, unos renacuajos que se empinan sobre los pies, apoyan la barbilla en la mesa escasa y, con el dedo mojado en saliva, van atrapando las migajas como si cazaran hormigas. Algunos, con más suerte, aunque pudiera no parecerlo a quien sabe poco de estas cosas, se arreglaron con un pequeño patrón, un labrador de pocas tierras que no puede arriesgarse a perder la cosecha, y va ya por los treinta y tres. La noche será larga, como si estuviéramos en invierno. Sobre los tejados, lo habitual, estrellas, un desperdicio, aunque se pudieran comer, están lejos, la serenidad ostentosa del cielo del que se aprovecha el cura Agamedes para insistir una y otra vez, este hombre no sabe otro discurso, que allá arriba, sí, se acabarán todas las luchas de este valle de lágrimas, y todos serán iguales ante el Señor. Las tripas vacías protestan, trabajan en falso, manifiestan esta desigualdad. La mujer, al lado, no duerme, pero ni apetece ponerse encima. Quizá mañana los amos se avengan a trato y acuerdo, quizá se descubra una cazuela llena de onzas bajo la chimenea, tal vez ponga la gallina huevos de oro, de plata también servirían, si es posible que los pobres despierten ricos y los ricos pobres. Pero ni en sueños estos gozos se alcanzan.

Amados hijos míos, dice el padre Agamedes en la misa, porque es ya domingo, Amados hijos, y hace como si no se diera cuenta de la escasez y antigüedad del auditorio, sólo viejas y los monaguillos, Amados hijos, y es posible que las viejas estén pensando que no son hijos, sino hijas, pero qué le vamos a hacer, si el mundo es de los hombres, Amados hijos, cuidado, soplan vientos de rebelión en estas tierras tan felices, y de nuevo os digo que no les prestéis oído, no vale la pena escribir el resto, todos conocemos el sermón del padre Agamedes. Acaba el sermón, se quita el padre sus litúrgicos paramentos, es domingo, día santificado por excelencia, y el almuerzo, bendito sea, se servirá en el fresco gratísimo del comedor de Clariberto, que a misa sólo va cuando realmente le apetece, y raro es, y las señoras igual, ahora son perezosas, pero el padre Agamedes no se lo toma a mal, si la devoción aprieta y los temores del más allá les atemorizan, ahí está la capilla de la casona, con santos nuevos y barnizados, el mártir san Sebastián regaladamente acribillado a saetazos, Dios me perdone si no parece que el santo goza con esto más de lo que la honestidad permitiría, y por la puerta por donde entra el padre Agamedes sale el administrador Pompeyo llevando en sus orejas el recado consolador, Ni un céntimo más, para un hombre no hay como tener autoridad, tanto en la tierra como en el cielo.

Andan por ahí unos hombres, pocos, y aunque la plaza sea para más tarde, hay quien se acerca al administrador y le pregunta, Qué ha decidido el amo, y él responde, Ni un céntimo más, que las buenas y pertinentes fórmulas nunca se deben perder y sobran variaciones, y dicen los hombres, Pero hay aparceros que pagan ya treinta y tres, y dice Pompeyo, Allá ellos, si quieren arruinarse, que les aproveche. Entonces Juan Maltiempo abre la boca, y las palabras salen, tan naturales como si fueran agua corriendo de buena fuente, Pues quedará la mies en pie, que nosotros no vamos por menos. No respondió el administrador, que tenía también el almuerzo a su espera y no estaba para charlas de poco seso. Y el sol caía a plomo y brillaba como un sable de guardia.

Quien pudo comer comió, quien no pudo royó cuernos. Y ahora, sí, es la hora de la plaza, están los rurales todos de Monte Lavre, hasta los que ya tienen contrata, pero sólo los que van por treinta y tres, los otros, los que han aceptado el jornal antiguo, roen su vergüenza en casa, mal dispuestos con los hijos que no pueden estarse quietos, les cae una bofetada, nadie sabe por qué, y la mujer, que es siempre la mano de la justicia en el castigo, Los hemos parido nosotras, protesta, No se golpea así a un inocente, pero inocentes son también los hombres de la plaza, no piden imposibles, sólo treinta y tres escudos por día, de sol a sol, no es ninguna explotación, quieren decir que el amo no va a salir perdiendo. No es eso lo que responde el administrador, Pompeyo y los otros, pero tal vez éste grite más por lo del nombre romano, Lo que estáis pidiendo es una explotación, es que queréis llevar la agricultura a la ruina. Dicen voces, Hay ya quien paga eso, y dice el coro de los administradores, Pues nosotros, no. Y están así, en ese regateo de mercado, una y otra vez, a ver quién se cansa primero, no es diálogo que valga la pena registrar, pero no hay otro, ésa es la cuestión.

Da el mar un topetazo en la costa, es una manera de decir y no todos van a ser capaces de entenderlo, porque por estos lados abundan los que jamás han ido tan lejos, da el mar un topetazo, y si acierta con castillo de arena o palenque mal armado, si no a primeras sí a segundas queda el castillo arrasado, y el palenque son sólo unos palitroques que la ola lleva y trae, eso como mínimo. Sería mejor decir que muchos hombres aceptaron los veinticinco escudos, y sólo unos pocos permanecieron firmes y resistieron. Y ahora se ven solos en alta mar, se preguntan si valió la pena, y dice Sigismundo Canastro, que anduvo también en estos tratos, No nos desanimemos, esto no pasa sólo en Monte Lavre, vamos a ganar, y entonces el beneficio será para todos. Qué razones tiene para tanto confiar cuando quedan sólo dos decenas de hombres que los amos no necesitan, Si al menos fuésemos más, dice Juan Maltiempo desalentado. Y estos veinte parecen dividirse, sin más paso que dar que el de volverse a casa, mal sitio hoy para ir. Dice Sigismundo Canastro continuando con su idea, Mañana vamos todos juntos a las tierras, les diremos a los compañeros que no trabajen, que en todas partes se está luchando por los treinta y tres escudos, no podemos los de Monte Lavre quedar mal, no somos menos que los otros, y si se hace así en todo el distrito, venceremos a los amos. Hay en el grupo quien pregunta, Qué pasa en los otros sitios, hay quien responda, es Sigismundo Canastro o Manuel Espada u otro cualquiera, tanto da, Es lo mismo, en Beja, en Santarem, en Portalegre, en Setúbal, esto no es idea de una cabeza sola, o arrancamos juntos la raíz o estamos perdidos. Juan Maltiempo, que allí es de los más viejos y tiene por ello obligaciones dobladas, mira a lo lejos como si se mirase a sí mismo, valorándose, y dice, Hay que hacer lo que propone Sigismundo, eso es lo que hay que hacer. Desde allí donde están se ve el puesto de la guardia. El cabo Tacabo apareció en la puerta, a tomar el fresco de la tarde, y seguro que por casualidad, cortando dulcemente el aire, salió el primer murciélago del crepúsculo. Es un animal raro éste, casi ciego, parece un ratón con alas, vuela como un relámpago y nunca tropieza con nada. Ni con nadie.

Mañana de junio ardiente. Son veintidós los hombres que han salido de Monte Lavre, no juntos, para no atraer la atención de la guardia, sino con cita en las márgenes del río, un poco más abajo de Ponte Cava, entre los juncos. Deliberaron si partirían de allí en grupo o separados, y, ponderando todo, decidieron que, siendo pocos, mejor sería no dividirse. Tendrían que andar más y más de prisa, pero, si todo iba bien, pronto estarían acompañados. Marcaron el itinerario, primero Pedra Grande, luego el Pendón de las Mujeres, y después Casalinho, Carriza, Monte da Fogueira, el Cabezo del Desgarro. El resto vendría luego, habiendo tiempo y gente para mandar a otros lugares. Salieron de allí cruzando el río por el vado, llevaba poca agua en aquel sitio, era como un puerto natural, y fue una fiesta de chiquillos, pero tan serias las risas, o juego de reclutas, pero tan pocas las armas, aquel calzar y descalzar, y el decir uno, de broma bien se ve, que iba a pegarse un baño, de allí nadie lo sacaba. Son tres leguas hasta Pedra Grande, mal camino, y luego cuatro más para llegar al Pendón de las Mujeres, otras tres hasta Casalinho, y de allí en adelante mejor no contarlas, no vaya la gente a desistir de sus propósitos. Ahí van los apóstoles, que no nos vendría mal ahora un milagro de los peces, asados en las brasas, con un saludo de aceite y unos granos de sal, aquí mismo bajo esta encina, si no fuera porque el deber nos llama con voz tan suave que no se sabe si está dentro o fuera de nosotros, si nos empuja por la espalda o si está ahí enfrente abriéndonos los brazos, como Cristo, qué cosa, es el primer camarada que abandonó las tierras por su libre y sola voluntad, sin esperar a que le explicaran las razones, ahora son veintitrés, una multitud. Está a la vista Pedra Grande, y los campos ante nosotros, buen desbaste les dieron, trabajando con rabia, quién es el que habla con ellos, habla Sigismundo Canastro, que sabe más, Camaradas, no os dejéis engañar, tiene que haber unión entre los jornaleros, no queremos ser explotados, lo que pedimos no son ni migajas para el patrón. Y se adelanta Manuel Espada, No podemos ser menos que los camaradas de otras tierras que están ahora reclamando un salario mejor. Y hay también un Carlos, un Manuel, un Alfonso, un Damián, un Custodio y un Diego, y también un Felipe, todos diciendo lo mismo, repitiendo las palabras que acaban de oír, sólo repitiéndolas porque aún no han tenido tiempo de inventar otras palabras propias, y ahora se adelanta Juan Maltiempo, Mi pena es que mi hijo Antonio no esté aquí, pero tengo la esperanza de que, dondequiera que esté, dirá lo mismo que su padre dice, unámonos todos para exigir nuestro salario, porque ya va siendo hora de que tengamos voz para decir cuál es el valor de nuestro trabajo, no pueden ser siempre los amos los que decidan lo que nos van a pagar. Comiendo vienen las ganas de comer, y hablando se aprende a hablar. Se acercan los capataces, braceando, parecen espantajos ahuyentando a los pardales, largo de aquí ahora mismo, dejad trabajar a los que quieren trabajar, unos gandules es lo que sois, una buena carga es lo que estáis necesitando. Pero la gente se ha parado, las gavillas están en el suelo, los hombres y las mujeres se aproximan, oscuros de polvo, cocidos por el calor, ni sudar pueden. Se ha acabado el trabajo, se unen los dos grupos, Dile al amo que, si nos quiere, estaremos mañana aquí, las cuentas son fáciles, treinta y tres escudos por día. La edad de Cristo, dice un gracioso entendido en cosas de religión. No ha habido multiplicación de los peces, pero sí multiplicación de los hombres. Allí se formaron dos grupos, se dividió el itinerario, unos hacia el Pendón de las Mujeres, otros a Casalinho, y en este monte volverían a juntarse para distribuirse otra vez.

En los altos cielos, los ángeles están asomados a las ventanas o a aquella baranda corrida, con balaustrada de plata, que da una vuelta entera al horizonte, se ve bien en los días claros, y señalan con el dedo, se llaman unos a otros, traviesos, les va en la edad, y uno de ellos, de más alto grado, corre a llamar a los dos o tres santos ligados de antiguo a cosas de agricultura y pecuaria, para que vengan a ver lo que ocurre en los latifundios, una inquietud, un desasosiego, pelotones de gente por los caminos, por las carreteras, donde las hay, o por las casi invisibles sendas montañeras, atajando, o en línea, por los bordes de los trigales, como una hilera de hormigas negras. Hace mucho tiempo que los ángeles no se divertían tanto, los santos dan explicaciones superficiales sobre plantas y animales, ya les falla un tanto la memoria, pero explican aún cómo crece el trigo y se cuece el pan, y que del cerdo todo se aprovecha, y que si quieres conocer tu cuerpo abre tu puerco, porque iguales son. La afirmación es osada y herética, pone en cuestión los escrúpulos del creador, que, no sabiendo inventar más, teniendo que hacer al hombre repitió al cerdo, pero si tantos lo dicen, verdad será.

Tan alto y tan lejos, tan olvidados ya del mundo en que vivieron, lo que los santos no saben explicar son las razones del hormiguero de gente que va de Casalinho a la Carriza, del Monte da Fogueira al Cabezo del Desgarro, y ahora, mientras unos van por un lado, otros avanzan hacia más lejos, hacia la Heredad de las Mantas, hacia el Monte de la Arena, todos nombres de lugares donde el Señor nunca anduvo, y aunque hubiera andado de qué le iba a servir, a él y a nosotros. Son herejes, gritará todos los días el padre Agamedes, y ya está gritando así desde la ventana de su casa, pues a Monte Lavre empiezan a llegar los peregrinos, esto va a ser la nueva Jerusalén, es como la feria del jueves en Espiga, y ahora mismo cruza la calle a la carrera el cabo de la guardia, quién sabe adonde irá, alguien lo habrá llamado, El amo dice que vaya a verle, se pone el gorro, sale ciñéndose el cinturón, rigores de la disciplina militar, que a la guardia poco le falta para ser tropa y por ese poco que le falta se siente tan desgraciada, entra en el remanso perfumado de la bodega donde Humberto está, Bueno, ya sabe, y el cabo Tacabo lo sabe, tiene la obligación de saberlo, para eso le pagan, Sí señor, anduvieron los huelguistas de cuadrilla en cuadrilla, y están todos ahí, Y qué vamos a hacer, Ya he pedido instrucciones a Montemor, vamos a ver quiénes son los cabecillas, No se preocupe, que ya tengo aquí la lista, veintidós, los vieron conchabándose en Ponte Cava antes de ir a las cuadrillas, mientras estas frases se dicen, el cabo Tacabo se sirve un vaso, Norberto pasea de un lado a otro, batiendo duro con el tacón en las losetas del suelo, Unos golfos, unos gandules, eso es lo que son, no quieren trabajar, si esta guerra la hubiera ganado quien yo sé, ni se atreverían a mover un dedo, estarían ahí callados como ratas, trabajando por lo que quisiésemos pagarles, esto dice Alberto, y el cabo confuso no sabe qué responder, no le gustan los alemanes, pero mucho menos los rusos, su debilidad son los ingleses, y pensando en esto y en aquello acaba sin saber muy bien quién ha ganado la guerra, recibe la lista, va a tener una buena anotación en su hoja de servicios, veintidós huelguistas probados no es moco de pavo, aunque a los ángeles todo esto les parezca muy divertido, son chiquillos, no hay que tomárselo a mal, un día aprenderán las realidades brutales de la vida, si empiezan a hacerse hijos entre sí, eso suponiendo que haya ángeles hembra, como sería de justicia y de moralidad, y luego hay que alimentarlos, y si el cielo es un latifundio van a ver lo que es bueno.

No obstante, ganaron las hormigas. Al atardecer se juntan los hombres en la plaza y vienen los administradores, secos y de pocas palabras, pero vencidas, mañana podéis ir a trabajar por los treinta y tres escudos, y se retiran humillados, pensando venganzas. Aquella noche hay alegría general en las tabernas, hasta Juan Maltiempo decidió tomar un segundo vaso, gran novedad, los tenderos empiezan a pensar en amortizaciones de fiados y a calcular aumentos de precios, los chiquillos que han oído hablar de dinero ni saben lo que pueden desear, y como el cuerpo es sensible a las alegrías del alma, se acercan los hombres a las mujeres, y ellas a ellos, tan felices todos, que si el cielo entendiera algo de la vida de los humanos, se oiría allí hosannas y un clamor de trompetas, qué hermosa noche de luna, bella como suelen serlo las de junio.

Y ahora es otra vez de mañana. Cada día de trabajo pasó a valer ocho escudos más, mucho menos de diez céntimos por hora, un nada por minuto, tan poco que no existe moneda que lo represente, y cada vez que la hoz entra en el trigo, cada vez que la mano izquierda sostiene los tallos y la mano derecha da el golpe brusco con la hoz que corta casi a ras del suelo, sólo las altas matemáticas podían decir cuánto vale este gesto, cuántos ceros se han de escribir a la derecha de la coma, qué milésimas miden el sudor, la tensión de la muñeca, el músculo del brazo, los riñones derrengados, la mirada turbia de fatiga, el sol que cae a plomo. Tanto pesar para ganancia tan pequeña. Pero no falta quien cante en las cuadrillas, aunque por poco tiempo, porque pronto llega la noticia de que el día antes la guardia llenó de braceros la plaza de Montemor, amontonados allí como ganado, todos presos. Los de buena memoria se acordaron de Badajoz, de aquella matanza también en la plaza de toros, parece una obsesión, muertos todos a ráfagas de ametralladoras pero no será así en nuestra tierra, no somos tan crueles. Corren presentimientos negros por los campos, la línea de los segadores avanza indecisa, sin ritmo, y los capataces están llenos de razón, gritan, se desgañitan, es como si el dinero fuese suyo, A ver qué hacéis ahora que ganáis más, que están estas tierras llenas de gandules. La línea, briosa, no quiere quedar debiéndole nada al patrón, se mueve más de prisa, pero pronto vuelven las imaginaciones, la plaza de Montemor llena de gente nuestra, de todos los lugares de estos latifundios, y hay quien de miedo le crece la sed y pide a gritos el botijo al aguador, Quién sabe lo que nos va a pasar a nosotros. Lo saben los guardias que vienen ahí, pisando los terrones, unos cuantos en cada extremo de la fila, con la carabina en la posición y el dedo en el gatillo, Si alguien intenta escaparse, el primer disparo será al aire, el segundo a las piernas, y si es preciso un tercero que se quede ahí el gasto de munición, que esta gente no vale tanto. Los segadores se yerguen y empiezan a oír sus nombres, Custodio Calzón, Sigismundo Canastro, Manuel Espada, Damián Canelas, Juan Maltiempo. En la cuadrilla en que estamos, son éstos los amotinadores, los otros son detenidos también a esta hora, o lo fueron ya, o no tardarán en serlo, si creían que no iban a pagar su insubordinación, bien engañados estaban, no saben en qué latifundio viven. Los que quedaron en la cuadrilla bajaron la cabeza, los brazos, el tronco entero con su corazón y sus pulmones, quebraron los riñones para sujetar el cuerpo, y volvió la hoz a entrar en el trigo, cortando qué, los tallos secos, claro está, qué iba a ser si no. Y el capataz rezongaba como un lobo a la fila de los mandados, Ha sido mucha suerte que no os hayan llevado a todos, que era lo que merecíais, sí por mí fuera daba aquí un escarmiento que no se os iba a olvidar nunca.

Van los cinco conspiradores en medio de los guardias que los provocan, Creíais que os íbamos a dejar andar por ahí armando huelgas, vais a ver ahora lo que os espera. Nadie de los cinco responde, van todos con la cabeza alta, aunque el estómago tenga espasmos que no son de hambre y los pies tropiecen más de lo normal, que los nervios son así, se apoderan de nosotros, y tanto da hablar como estar callado, pero esto ha de pasar, un hombre es un hombre y aún no se sabe bien si un gato es una bestia. Juan Maltiempo quiere decirle algo a Sigismundo Canastro, no se llega a saber qué es porque la guardia, como un solo hombre, como un solo jefe, una sola voluntad, Ojo con abrir la boca, os damos un culetazo que claváis los dientes en el camino, nadie más se atreve a decir nada y así, callados, llegan a Monte Lavre, suben la cuesta hasta el cuartel donde ya están todos los demás, son veintidós, ya está, algún judas nos denunció. Los metieron en una barraca del patio de atrás, todos en montón, sin tener dónde sentarse a no ser en el suelo, qué importa, ya están acostumbrados, a la mala hierba no la mata la helada, la piel de esta gente es más de burro que de persona, y menos mal, porque así tienen menos infecciones, si esto nos ocurre a nosotros, con las delicadezas de los de ciudad, creo que no aguantaríamos. La puerta está abierta, pero enfrente, instalados bajo un cobertizo de lata, hay tres guardias con la carabina apuntada, uno de ellos no parece muy satisfecho con su cuarto de centinela, desvía la mirada y el cañón del arma apunta al suelo, se ve que no tiene el dedo en el gatillo, parece triste, quién había de decirlo. No dicen esto, no dicen nada, sólo piensan, pues las órdenes son formales, pero Sigismundo Canastro murmura, Valor, camaradas, y Manuel Espada, Si nos interrogan, la respuesta siempre la misma, sólo queríamos ganar lo que creemos que es justo, y Juan Maltiempo, No os asustéis, que éste no es caso de fusilamiento y no nos van a llevar tampoco a África.

De la calle llega algo así como un rumor de olas batiendo en la playa desierta. Son los parientes y los vecinos pidiendo noticias, rogando la imposible libertad, y se oye la voz del cabo Tacabo, un grito, Fuera todos o cargamos, son exageraciones de maniobra táctica, cargar cómo, si no hay caballos, ni se imagina uno a la guardia avanzando bayoneta en ristre para clavarla en la barriga de los chiquillos, de las mujeres, que alguna valía la pena, mi teniente, y de los abuelos que apenas se aguantan sobre las piernas, buenos para la sepultura. Pero la muchedumbre se acomoda en los lados y hacia el fondo, sólo se oye el llanto manso de unas mujerucas que no quieren llorar demasiado alto por miedo de que sufran los maridos, los hijos, los hermanos, los padres, pero sufren ellas tanto, qué va a ser de nosotras si él va preso.

A la caída de la tarde llega una furgoneta de Montemor con fortísima escolta de guardias, éstos son extraños, a los de la tierra estamos ya habituados, qué remedio, no es que los perdonemos, cómo vamos a hacerlo, si salen también de vientre sufridor y popular y se vuelven así contra el pueblo que nunca les quiso mal. Va la camioneta cuesta arriba, hasta la bifurcación de la calle, donde se abre una rama que lleva a Montinho, allá vivió Juan Maltiempo, y también su difunta madre Sara de la Concepción, y sus hermanos, unos por aquí, otros por allá, en Monte Lavre ninguno, que la historia es de quien aquí se quedó y no de los que se fueron, y, antes de que se me olvide, la otra rama de la calle es por donde más pasan los dueños locales del latifundio, ahora ya la camioneta ha dado la vuelta y baja a trompicones, echando humo y levantando polvo de la calzada reseca, y las mujeres y los chiquillos, también los viejos, se ven empujados por aquel cacharro bamboleante, pero cuando se para, pegada al muro que aguanta el desnivel en que está construido el cuartel, se agarran las mujeres desesperadas a los adrales, pero esta vez la patrulla que va dentro golpea con las culatas los dedos oscuros y sucios, esta gente no se lava, padre Agamedes, es verdad, doña Clemencia, qué se va a hacer, son peores que animales, y el sargento Armamento de Montemor grita, Si alguien se acerca, le pego un tiro, en seguida se ve quién tiene allí autoridad. Se calla el gentío, refluye hacia el medio de la calle, entre el cuartel y la escuela, Oh, escuelas, sembrad, y es entonces cuando se inicia la llamada de los presos con la patrulla formada en dos filas desde la puerta hasta la camioneta y dentro de ella como una sebe, así una especie de nansa hacia donde van a dar los peces, o los hombres, que a la hora de engancharlos las diferencias son pocas. Salieron todos, los veintidós, y cada vez que aparecía uno en el umbral del puesto, había en la multitud un llanto y un grito irreprimibles, o gritos, porque a partir del segundo o tercero todo fueron clamores, Ay, mi marido, Ay, mi padre, y las carabinas apuntando a los malhechores, la guarnición local con los ojos clavados en la multitud, que no se levantara en revuelta. Cierto es que son centenares de personas y están desesperadas, pero allí están también los cañones de las carabinas diciendo, Acercaos, acercaos, y veréis lo que os pasa. Van saliendo los presos del puesto de la guardia, buscan algunos con los ojos, pero no tienen tiempo, avanzan y, llegando al escalón del muro, tienen que saltar dentro de la camioneta, es un espectáculo, parece adrede para aterrorizar al buen pueblo, y entretanto se va despidiendo la tarde, donde la sombra da ni las caras se reconocen, apenas salió el primero y ya están todos y la camioneta arranca, hace una maniobra brutal como si fuera a guadañar la multitud, hay quien cae, por suerte sin más daño que unos arañazos. Cuesta abajo es fácil, los hombres sentados en el estrado de la caja de la camioneta son lanzados como sacos, y los guardias agarrados a los adrales, sin cuidarse de la puntería, sólo el sargento Armamento, de espaldas a la cabina, firme en sus piernas, se enfrenta a la multitud que corre tras la camioneta, los pobres se van quedando atrás, ganan terreno al fondo, cuando hay que maniobrar hacia la izquierda, pero ahí no pueden hacer más, pues la camioneta arranca veloz en dirección a Montemor, la pobre gente jadeante acaba cansándose en gestos y gritos que la distancia apaga, ya no los oyen, unos de mejor pierna intentan aún una carrera, para qué, en la primera curva desaparece la camioneta, aún la veremos un poco más allá al pasar el puente, ahora, ahora, qué justicia es ésta y qué tierra, por qué tan grande nuestra parte de sufrir, más valía que nos matasen a todos de una vez, que se acabe el mal sino.

Lleva cada uno sus pensamientos. Por palabras oídas mientras esperaban la salida del cuartel, Sigismundo Canastro, Juan Maltiempo y Manuel Espada saben que los toman por cabecillas principales de la huelga. De los tres es Sigismundo Canastro el más tranquilo. Sentado en el suelo, como todos los otros, empezó apoyando la cabeza en los brazos cruzados, asentados a su vez en las rodillas. Quiere pensar mejor, pero de repente se le ocurrió la idea de que los compañeros podrían creer, por su posición rendida, que iba desalentado, era lo que faltaba, enderezó el tronco, aquí estoy yo. Manuel Espada va recordando y comparando. Recuerda que hace ocho años hizo aquel mismo camino en carro con sus compañeros, muchachos como él, allí sólo va Augusto Patracao, Palminha ha sentado la cabeza, tiene otros proyectos, y Felisberto Lampas anda por ahí, emigrante, nadie sabe de él. Manuel Espada dice para sí que el caso ahora es serio, no hay comparación con el otro, lo primero fue cosa de chiquillos, ahora son hombres todos, y es otra la responsabilidad, apuesto a que nadie lo niega. De estos tres, que de todos no se puede hablar, sería un nunca acabar de pensamientos, un tanto de brío, un tanto de flaqueza, un tanto de valor, un tanto de temblor en las manos y en las piernas, a esto nadie escapa, Juan Maltiempo va en una especie de sueño, ha caído ya la noche, y si vienen lágrimas a los ojos, paciencia, un hombre no es de piedra, pero es necesario que los otros no se den cuenta, para que no flaqueen también. A un lado y otro de la carretera es el desierto, pasado Foros son todo sembrados rasos, de aquí a poco nace la luna, que es junio y viene pronto, y allá delante hay unas piedras grandes, qué gigantes las habrán hecho rodar, buen sitio para una emboscada, imagina que estaba allí José Gato, y con él su cuadrilla, Venta Rachada, el Parrillas, Ludgero, Castelo, todos saltando a la calzada en un repente, tienen práctica, tras el tronco atravesado en el camino, Alto ahí, y la camioneta que frena a fondo, resbala en la tierra, mil rayos se me van los neumáticos, y luego, A quien se mueva le pego un tiro, todos con la carabina alzada, y no va en bromas, se les ve en la cara, aquí está la carabina de cinco tiros de José Gato, la que le quitó a Marcelino, el sargento Armamento hace un gesto, es lo que sus superiores esperan de él, pero cae de lo alto con un tiro en el corazón, y José Gato carga el segundo cartucho y dice, Los presos, afuera. Los guardias están todos con los brazos en alto, como en las películas del Oeste, y Venta Rachada y Castelo empiezan a recoger las cartucheras, ahí tras las piedras hay dos mulos habituados a llevar puercos, también pueden llevarse esta porquería. Juan Maltiempo vacila y piensa si le conviene regresar a Monte Lavre o quedarse escondido mientras los aires no se calmen, pero tendrá que mandar un recado a la familia, estén tranquilos afortunadamente todo ha acabado bien.

Salta toda la gente, rápido, rápido, dice el sargento Armamento, resucitado, sin ningún agujero en el corazón. Están a la puerta del cuartel de la guardia en Montemor, no hay noticias de José Gato, ni sombra. Los guardias forman la fila, menos tensos ahora porque ya están en casa, no hay peligro de sublevación ni de asalto a mano armada, y la peripecia de José Gato, todos lo habrán adivinado, que no era difícil, era sólo imaginación de Juan Maltiempo. Las piedras quedan allí, al borde de la carretera, están así desde hace sabe Dios cuántos siglos, pero nadie ha saltado al camino, la camioneta pasó con su mecánico sosiego, los ha dejado aquí y se va, cumplida ya su obligación. Los veintidós son empujados por un corredor, atraviesan en grupo un patio, hay dos guardias en una puerta, la abre uno de ellos y allá dentro está un montón de gente, unos de pie, otros sentados en el suelo, sobre la paja de dos fardos rotos, tirados allí para que les sirvan de cama. El suelo es de cemento, el caserón está frío, caso raro visto el calor de la estación y el amontonamiento de la gente, tal vez sea porque la pared del fondo está incrustada en la cuesta del castillo. Con los que ya había, son ahora cerca de setenta hombres, sería una buena cuadrilla de segadores. Se cierra la puerta con un ruido enorme, parece adrede, y el rechinar de la cerradura raspa los nervios como una de esas puntas de vidrio que los amos ponen en los muros de sus quintas, cuando el sol les da de cierto modo se alegran los ojos, todo brillante, del otro lado no faltan naranjas, la hermosa fruta en las ramas, y quien dice naranjas dice peras, que es también fruta fina, y rosales dispuestos en arcos en los caminos del vergel, pasa un hombre por allí en su trabajo y le da en las narices el perfume, que no sé si tendrán alma para apreciar esta belleza, señor cura Agamedes. El techo del caserón es bajo, casi rozando el techo hay una bombilla, sólo una, de veinticinco, no más, aún no hemos abandonado el hábito de ahorrar, y luego el calor se hace insoportable, quién dijo lo contrario. Los hombres se reconocen o se dan a conocer, hay gente de Escoural, de la Torre de Gadanha, dicen que los de Cabrela fueron a parar a Vendas Novas, pero no es seguro, y ahora, qué harán con nosotros. Sea lo que sea, esto lo dice uno de Escoural, los treinta y tres escudos ya no nos los quita nadie, ahora lo que hay que hacer es sólo aguantar.

Aguantan, pasan las horas. De vez en cuando se abre la puerta, entran otros grupos, el caserón empieza a ser pequeño para tanta gente. Casi todos están sin comer nada desde la mañana, y no se ve señal de que la guardia tenga en mente alimentar a sus presos. Hay quien se tumba en la paja, los más confiados o de más recios nervios se quedan dormidos. Suenan las campanadas de medianoche en el reloj del ayuntamiento, hoy ya no ocurrirá nada más, no son horas de que ocurran cosas, lo mejor es dormir, las tripas protestan pero no mucho, y cuando los presos van a abandonarse a la modorra, atontados por el hedor y el calor de los cuerpos amontonados, se abre la puerta bruscamente y aparece el cabo Tacabo con seis guardias, papel en mano, el cabo, que los guardias andan con las carabinas como si hubieran salido de las barrigas de sus madres al mismo tiempo que ellos, y grita, Juan Maltiempo, de Monte Lavre, Agostinho Direito, de Safira, Carolino Dias, de Torre da Gadanha, Juan Catarino, de Santiago do Escoural. Se levantan los cuatro hombres, son cuatro sombras, y salen. Los compañeros sienten que el corazón quiere escapárseles por la garganta, cómo irán los pobres. Y entonces se oye la voz de alguien que no consigue mantener por más tiempo el secreto, Parece que ayer mataron aquí a un hombre. Esta vez no atraviesan el patio. Siguen a lo largo de la pared, entre los guardias, que los empujan contra una puerta. La luz de la lámpara es allí mucho más fuerte, los ojos de los presos pestañean para defenderse de la súbita agresión, la primera. Los guardias han salido, quedó sólo el cabo, que puso el papel sobre una mesa a la que estaban sentados dos hombres, uno de uniforme, que era el teniente Contento, y el otro de paisano. Juan Maltiempo, Agostinho Direito, Carolino Dias y Juan Catarino reciben orden de ponerse en fila, uno al lado del otro, Alcen el hocico, a ver si se parecen a la puta que los parió, dice el de paisano. Juan Maltiempo no pudo contenerse, Mi madre hace tiempo que murió, y el otro, Quieres que te parta la cara, aquí sólo se habla cuando lo ordeno, ya verás como se te pasan las ganas en seguida, pero va a ser entonces cuando tendrás que hablar. El teniente Contento empezó a dar órdenes, Poneos derechos, coño, que esto no es una taberna, en fin, lenguaje militar, y atención a lo que os diga el señor comisario. El de paisano se levantó, empezó a pasar revista a aquella tropa de braceros, clava los ojos en ellos, uno a uno, maldita sea que hasta parece que me está poniendo nervioso, y para intimidarlos, se queda mucho tiempo mirándolos, uno tras otro, Cómo te llamas tú, y el interpelado respondía, Juan Catarino, y tú, Carolino Dias, y tú, Agostinho Direito, y tú eres ese a quien se le ha muerto la mamá, pobrecito, cómo te llamas, Juan Maltiempo. El comisario sonrió divertido, Buen nombre, para que no haya dudas, y muy acorde con la situación. Dio de pronto tres pasos en dirección a la mesa, sacó el arma de la pistolera, la posó violentamente en la mesa y se volvió hacia los desgraciados, Pues a ver si os enteráis de que aquí nadie sale vivo si no vomita todo cuanto sabe sobre esta huelga, la organización, quién os daba órdenes, la propaganda, todo, lo quiero todo, y pronto, y ay de vosotros si no largáis. El teniente Contento cogió cuatro libretas escolares que estaban encima de la mesa, apartadas, Os voy a encerrar a cada uno en un despacho, con esta libreta, ahí va un lápiz, y tenéis que escribir todo lo que sepáis, nombres y fechas, los sitios donde os encontrabais y las casas, las entregas de los materiales, y no salís de ahí mientras no esté todo muy bien explicadito. El comisario volvió a la mesa, guardó la pistola en la funda, había terminado la demostración de fuerza, Me hacéis perder la cabeza, está uno aquí rendido, sin dormir, por culpa de esta maldita huelga, lo mejor es que tengáis juicio y escribáis todo lo que sepáis sin esconder nada, que luego yo me entero de todo y es peor. Dice Juan Catarino, Yo apenas sé escribir, dice Agostinho Direito, Yo sólo el nombre, dice Juan Maltiempo, Yo sé poco, dice Carolino Dias, Yo lo mismo. Sabéis lo suficiente para lo que nos interesa, dice el comisario, os hemos elegido porque sabéis leer y escribir, si no os gusta, peor para vosotros, no haber aprendido, ahora sí que vais a arrepentiros de no haber seguido siendo los animales que sois. Rió el comisario su gracia, se rió el cabo y también el número, se rió el teniente tan contento. El teniente da orden al cabo, el cabo al número, el número abre la puerta, salen los cuatro bandidos, fuera están los otros números, y como quien mete puercos en la pocilga, van andando por el corredor, abriendo puertas y empujándolos dentro, cada cual con su cuaderno, Dias, Direito, Catarino, Maltiempo, esa escoria, señor cura Agamedes, Dios me perdone.

Hay un gran silencio, rumoroso como lo son todos, en el cuartel de guardia. Los hombres encerrados en el caserón gimen y suspiran mientras no duermen, e incluso durmiendo, pero eso es costumbre de cuerpos fatigados, es la punzada de cuando andaba carboneando y quise levantar un tronco pesado como un rayo, en seguida lo iba a hacer hoy, les daba un corte de mangas, qué les estarán haciendo a nuestros camaradas, no se oye nada, sólo los pasos de los centinelas ahí fuera, y las horas de la torre, ojalá se callara de una vez ese condenado mochuelo, hasta hace pensar en cosas malas. Encerrados, los cuatro hicieron los mismos gestos, miraron alrededor, allá estaba la mesa y el lápiz, parecía un juego, como estar otra vez en la escuela y tener que hacer un dictado, lo que no había allí era maestro para tomarles la lección, el maestro era la propia conciencia, ella era la que iba a decidir las cosas que escribirían con su letra torcida y sufridora, y todos ellos, más tarde o más temprano, pusieron sobre la primera página en la primera línea, lo más arriba posible, como si quisieran ahorrar papel para lo mucho que iban a escribir, pusieron el nombre, me llamo Agostinho Direito, me llamo Juan Maltiempo, me llamo Juan Catarino, me llamo Carolino Dias, y luego se quedaron mirando, tantas líneas hasta el final de la página, y más adelante, hasta la última, parece un sembrado, pero esta hoz que es la pluma no anda hacia delante, se emperra en esta raíz, en esta piedra, señores, qué voy a escribir, esperan que diga lo que sé, aquí en estas rayas torcidas, o es del sueño que tengo, Juan Catarino es el primero en dejar el cuaderno a un lado, escribió el nombre, no escribirá más, queda el nombre para que se sepa que el dueño de ese nombre no escribió más que el nombre, ni una palabra más, y luego, a diferentes horas, cada uno de los otros, con el mismo gesto de la mano gruesa y oscura, apartó el cuaderno y hubo unos que lo cerraron, otros no, lo dejaron abierto para que el nombre fuera lo primero que vieran cuando los vinieran a buscar, y nada más.

Lucía el agujero, que es manera muy rural y pintoresca de decir, nació con la tejavana, la de cañón, que con los estragos del tiempo y el mal oficio del tejador abre las fauces hacia fuera, un agujero para ser exactos, y es por ahí por donde luce cuando empieza a amanecer, aunque el simple lucir pueda haber ocurrido también antes, si alguna estrella en su viajar quedó allí presa por los ojos de quien no consigue dormir. Probablemente esta historia de los cuadernos fue artificio del comisario y del teniente para dormir en su sosiego merecido mientras se confesaban los facinerosos, o modo sutil de ahorrarse escribiente y tenerlo gratuito. No se sabrá la entera verdad hasta que quede confirmado el hecho en esta historia de prisión e interrogatorio. Lucía el agujero, hay que volver a él porque el período quedó incompleto y el sentido desamparado, cuando las puertas se abrieron y el comisario apareció arreglado y fresco como si realmente hubiera dormido fuera y en buena cama, y de despacho en despacho le fue creciendo la furia porque en cada cuaderno podía leer sólo lo que ya sabía, que este individuo se llama Juan Catarino, que este cabrón se llama Agostinho Direito, que este bastardo se llama Carolino Dias, que este hijo de puta, sí hijo de puta, se llama Juan Maltiempo. Parece que se hayan puesto de acuerdo, pandilla de golfos, Venid aquí todos, se acabaron las contemplaciones, quiero saber quién organizó la huelga, quiénes son los contactos, si no queréis que os pase lo que al otro. No saben quién es ese otro, no saben nada, mueven la cabeza, firmes y mal dormidos, valerosos y hambrientos, hasta tengo una nube ante los ojos. Y el teniente Contento que también ha venido dice, Si no queréis ir todos a Lisboa, mejor será que confeséis aquí, en vuestra tierra, ante conocidos. Pero el comisario cedió un poco, no se sabe por qué, Mándalos junto a los otros, ya veremos luego qué hacemos con ellos. Los llevaron casi a rastras por el corredor, hasta el patio, y el cielo, mira arriba, amigo, ya está todo claro aunque no haya nacido el sol, y entraron luego, tropezando con los cuerpos tumbados, en medio de la oscuridad de la cárcel donde estaban los compañeros Quien dormía tuvo que despertarse, o se volvió rezongando hacia otro lado, tranquilos todos al fin porque los cuatro, antes de tenderse y quedarse dormidos, que ese justo derecho tenían, pudieron decir, con la mano en el corazón, que nada habían podido sacarles, ni una palabra siquiera. No fue prolongado el sueño general, esta es gente acostumbrada a dormir poco, a enrollar la manta en cuanto el sol apunta por los montes de España, y, además, tenemos aquí la vecina inquietud que se insinúa en los repliegues de la inconsciencia, los agita y distiende, es una crueldad, y así se quiebra el capullo, añadiendo para remate este hueco dolorido en el estómago, en el que no cae alimento desde sabe Dios cuántas horas, los animales no reciben un trato así.

Estaba ya mediada la mañana, se abre de nuevo la puerta y llama el cabo Tacabo, Juan Maltiempo, tienes visita, y Juan Maltiempo, que estaba hablando con Manuel Espada v Sigismundo Canastro sobre el destino que iban a darles, se levanta sorprendido entre el asombro de los otros, no es para menos, pues todos saben que en estas situaciones no hay visitas, nunca tal bondad se vio, y hay incluso quien mira desconfiado, dudando si será cierto que el camarada no hablo, por eso sale Juan Maltiempo entre dos filas calladas y serias y arrastra los pies como si cargara ya con todas las culpas del mundo. Parece una peonza, ahora va, ahora viene, el cielo todo lleno de sol, quién habrá venido a verme, seguro que son Faustina y las hijas, no puede ser, el teniente no lo permitiría, y el comisario de paisano, ese perro de boca sucia, ni pensarlo.

El pasillo le parece mucho más corto, detrás de esta puerta donde pasó la noche mirando un cuaderno escolar, mucho cuestan esos aprendizajes, me llamo Juan Maltiempo, y ahora, mientras el guardia llama a la puerta y espera a que le manden entrar, será Faustina, o me dicen eso para engañarme y volver a las preguntas, a lo mejor van a pegarme, qué querría decir el comisario cuando nos amenazó con que si no hablábamos nos pasaría lo que al otro, qué otro. Es rápido el pensamiento, y por eso puede Juan Maltiempo pensar mientras espera, pero cuando se abrió la puerta se quedó con el cerebro vacío, con todo el negror de la noche dentro de su cabeza, y luego sintió un alivio muy grande, porque entre el comisario y el teniente estaba el cura Agamedes, seguro que no me pegan delante del cura, qué habrá venido a hacer aquí.

Así estaremos en el cielo, y yo en el centro como conviene al oficio espiritual que ejerzo desde que me conozco y me conocéis, usted, teniente, a mi diestra, por ser protector de las leyes y de quien las hace, usted, comisario, a mi siniestra, por hacer el resto del trabajo del cual no quiero saber ni aunque me obliguen. Se abre la puerta de esta casa de disciplina, qué veo, oh tristes ojos que para tal cosa habéis nacido, ojalá fuerais ciegos, decidme si estoy engañado, si éste es Juan Maltiempo, de Monte Lavre, lugar donde vive mi rebaño, trabajoso es él, Hombre, estás loco, ya aquí el señor teniente y el señor comisario o el señor comisario y el señor teniente me han dicho que no has querido decir todo lo que sabes, pues mejor sería que lo hicieras, para descanso tuyo y de tu familia, pobrecilla, que no tienen culpa de los yerros y desvaríos del padre, que no tienes vergüenza, Juan Maltiempo, un hombre barbado ya, un hombre de respeto metido en estas chiquilladas, dónde se ha visto una insurrección así, cuántas veces os he dicho a todos en la iglesia que, Amados hermanos, reparad en que al final de este camino que lleváis está la perdición y el infierno, donde todo es llanto y rechinar de dientes, tantas veces os lo dije, tanto me cansé de decíroslo, y de nada sirvió, Juan Maltiempo, no es que no me cuide de los otros, pero el señor comisario y el señor teniente me han dicho que de todos los de Monte Lavre fue a ti sólo a quien pidieron que escribieras en ese cuaderno, a los otros no los conozco, y no escribiste nada, no les ayudaste, parece que te estás burlando, están estos señores con tanta paciencia, pierden la noche, pobrecillos, no duermen, y ellos también tienen sus familias, qué te crees, esperándolos, en vela, y por culpa de tu cabezonería tienen que decir, Hoy llegaré tarde, o bien, Tengo servicio, un trabajo que acabar, cenad sin mí y acostaros que yo sólo apareceré en casa por la mañana, y ya se ve que ni eso, que es casi la hora de comer y el señor comisario y el señor teniente están aquí, parece imposible, Juan Maltiempo, es necesario no tener consideración con las autoridades para portarse de ese modo, qué te cuesta decir quién preparó la huelga, y eso de los papeles, quién los recibe y distribuye, y de dónde vienen y cuántos son, sí, qué te costaba, hombre de Dios, que casi suelto una blasfemia, tan fácil es, los nombres, y el señor comisario y el señor teniente se cuidarán de lo demás, tú te vuelves a casa, con los tuyos, no hay nada más bonito, un hombre con su familia, a ver, dime, que yo no lo sé, mi posición no me permite revelar secretos de confesionario fuera de él, pero no fueron Fulano o Mengano, no fueron ellos, responde, di que sí con la cabeza si no quieres responder en voz alta, todo va a quedar entre los cuatro, fueron o no fueron Fulano, sí, y Mengano, es esto lo que me consta, pero no tengo certeza ni estoy diciendo que sean ellos, pregunto sólo, qué desgracia esa actitud tuya, Juan Maltiempo, dime si no estás arrepentido, hacer sufrir de esta manera a tu familia, responde, hombre.

Hombre, responde, aquí está ante ti el padre Agamedes, están el teniente y el comisario, y tú, no hay más testigos, bien podías decir cuanto sabes, que es poco, pero quien da lo que tiene no está obligado a más, Señor cura Agamedes, yo no sé nada, no me puedo arrepentir de lo que no he hecho, lo daría todo por poder estar ahora con mi mujer y con mis hijas, pero eso que me pide no se lo puedo dar, no puedo decir nada porque nada sé, y aunque lo supiese no sé si se lo diría, Ah, cabrón, dice el comisario, ahora sí que te he comprometido, Déjelo, dice el cura Agamedes en voz baja, son unos pobres brutos, es lo que me canso de decir, aún el otro día lo dije en casa de doña Clemencia, lo más seguro es que no sepa nada, se ha dejado arrastrar por los demás, Pero aquí consta como cabecilla de la huelga, dice el teniente Contento, Bien, dice el comisario, llévelo otra vez adentro.

Sale Juan Maltiempo y cuando recorre el pasillo por centésima vez, aparecen por una puerta, entre fuerte escolta de la guardia, Fulano y Mengano, se reconocen y se miran, van magullados los dos, pobrecillos, y Juan Maltiempo, al atravesar el patio, siente que se le llenan los ojos de lágrimas, no es del sol, al sol está habituado, es de una absurda alegría, porque al fin Fulano y Mengano están presos y no fue él quien los denunció, no fui yo quien los denunció, qué bien que estén presos, qué mal, ni sé lo que estoy diciendo, y lloró dos veces, una de alegría y otra de pena, ambas por haberlos visto aquí, y ya los han apaleado, esto es tan cierto como que me llamo Juan Maltiempo, bien ha dicho el comisario que tengo el nombre que corresponde a días como éstos.

Entró en la cárcel y contó lo que le había ocurrido. Le vieron los ojos llorosos y le preguntaron si le habían pegado. Respondió que no, y siguió llorando, tan afligido de alma, deshecha la alegría, y ahora sólo triste, mortalmente triste. La gente de Monte Lavre se une a él, a su alrededor, los de la misma edad, que los más jóvenes se alejan con discreción, parecería inconveniente estar cerca cuando un hombre ya con canas llora como un chiquillo, qué destino nos toca. Son escrúpulos que haremos bien en aceptar sin mayor análisis o discusión.

Había pasado medio día cuando el caso acabó bien. Los llevaron al patio y allí estaban reunidas las familias que de lejos habían venido, vino quien pudo, y sólo ahora las admitieron en las antecámaras de la autoridad, que antes habían esperado frente al cuartel, bajo la vigilancia de un piquete, y allí redoblaron suspiros y quejidos, pero cuando vino el cabo Tacabo a autorizar la entrada se encendieron las esperanzas todas, y ya iba Faustina y sus dos hijas Gracinda y Amelia, venidas a pie desde Monte Lavre, cuatro leguas, oh vida de tantas fatigas, y las demás, casi todo mujeres, Ahí vienen, y entonces los guardias deshicieron el dispositivo de seguridad, oh qué hambrientos besos en el bosque, qué bosque ni qué mierda, se abrazaron los desgraciados entre sí, y lloraron, parecía la resurrección de las almas, y si se besaron, para esto tienen poca arte, pero Manuel Espada, que no tenía a nadie allí, se quedó mirando a Gracinda, estaba ella abrazada al padre, más alta ya que él, y ella lo miró por encima del hombro, claro que se conocían, no fue un flechazo, pero luego ella dijo, Qué hay, Manuel, y él, Qué hay, Gracinda, y quien crea que es preciso más, se engaña.

Estaban los parientes en la fiesta de los abrazos cuando asoma el teniente Contento y el comisario en la puerta del patio, y de las dos bocas al mismo tiempo salió el discurso, inútil era saber quién imitaba a quién, o quizá había un mecanismo cualquiera, posiblemente enchufado por hilos eléctricos a Lisboa, que los hacía hablar así como dos fonógrafos, Muchachos, atención, y a ver si hay más cuidado en el futuro, por esta vez vais libres, pero estáis advertidos, si volvéis a meteros en terrorismo, pagaréis el doble, y no os dejéis engañar con falsas doctrinas, no seáis burros, no admitáis las ideas de los enemigos de la patria, y si encontráis panfletos en las calles del pueblo, o en las carreteras, no los leáis, y si los leéis, quemadlos en seguida, no se los deis a nadie ni repitáis lo que habéis leído, porque eso es un delito, y luego lo pagáis vosotros y vuestras familias inocentes, y si tenéis un problema por resolver, no os metáis en huelgas, id a las autoridades y exponédselo, que las autoridades están para informar y ayudar, y así os darán lo que es justo según ley, sin alborotos ni disgustos, para eso estamos aquí nosotros, y ahora a trabajar todos en paz, y que Dios os ayude, pero antes de iros tenéis que pagar el flete de la camioneta que os trajo de Monte Lavre a Montemor, vosotros fuisteis los que os portasteis mal, y tenéis que pagarlo, el Estado no puede hacerse cargo de este gasto.

Se juntaron allí los dineros requeridos, revolvieron bolsos y bolsillos, desataron pañuelos, ahí está el dinero, señor teniente Contento, así al menos no quedamos en deuda con el Estado, seguro que a él le hace mucha falta, lo que sentimos es que el paseo no haya sido mayor, que el camino de Monte Lavre hasta aquí ya lo conocemos todos. No dijeron estas palabras, son libertades del narrador, pero estas otras sí que las dijo el comisario, sólo una voz, Ahora que habéis liquidado cuentas, volveos a casa y que Dios os acompañe, y dad las gracias aquí al señor cura que tan amigo se ha mostrado de todos. El cura Agamedes alza los brazos como si estuviera en el altar, y la gente no sabe qué hacer, unos le van a dar las gracias, otros hacen como si no hubieran oído y alzan la mirada al aire o se distraen con la mujer y los hijos, y Manuel Espada, que sabe Dios por qué casualidad estaba allí junto a Gracinda Maltiempo, dice entre dientes, como si las palabras le estuvieran picando el corazón, Uno hasta siente vergüenza, y creía que iban a quedar ahí las cosas, pero el cura Agamedes, con aire alegre, dice, Una buena noticia, venid conmigo todos, que allá abajo en la calle hay transporte gratis, ofrecido por los amos, todos podéis ir en los coches y en los carros de los amos, y aún habrá quien les quiera mal. Y allá va el cura Agamedes al frente, con la sotana al viento, todo él de negro y cera, llevando en el bendito rastro el rebaño de los pobres aturdidos comiendo de los fardeles llegados de casa, parco alimento, y Manuel Espada, que sabe Dios por qué casualidad estaba allí junto a Gracinda Maltiempo, le dijo, Y aún quieren que les estemos agradecidos, mucho desprecio es éste. No respondió Gracinda Maltiempo y volvió Manuel Espada a su querencia, A mí no me llevan, me voy a pie. Aquí, sí, se movió ansiosa la moza y dijo, tímida y osada, Tan lejos, pero se corrigió luego, no sabiendo bien a quién alabar o censurar, si a los conformados o a este revoltoso, Tú sabrás. Respondió Manuel Espada que sí, que sabía, y dio tres pasos para alejarse, pero, dados los tres, volvió sobre ellos para decir, Me gustaría que fueras mi novia, y ella respondió sólo con la mirada, fue cuanto bastó, y cuando Manuel Espada había doblado la primera esquina encontrada, Gracinda Maltiempo dio el sí en su corazón.

En los días siguientes el padre Agamedes abasteció su nada vacía despensa con la gratitud de sus feligreses, perdone que sea tan poco, pero se lo damos de buena gana por todo cuanto hizo por nosotros, una medida de habichuelas, una saqueta de maíz, esta gallina ponedora, una botella de aceite, tres gotas de sangre.


Olé. Bajó el alguacilillo a la plaza por orden de la presidencia, inspeccionó los cierres de los corrales, cuenta los cabestros y considera que son suficientes, da una vuelta a la plaza para tener una buena vista de conjunto, los tendidos, las barreras, el lugar de la banda de música, la sombra y el sol, le da en la nariz el olor de boñigas frescas, y dice, Pueden venir. Se abren entonces las puertas y entra la manada, la que será toreada hoy de acuerdo con las reglas del arte, a capa, banderillas, castigada con varas y coronado al final el morrillo con el puño de la espada, que punta y hoja las tengo aquí atravesadas en el corazón. Olé. Vienen traídos por la guardia republicana, de cerca y de lejos vienen, de lugares que en este relato ya fueron mencionados, pero no de Monte Lavre, por una de esas casualidades, y poco a poco se va llenando la plaza, no los tendidos, qué idea, el público es otro, es la guardia la que se va disponiendo alrededor, buscando la sombra si es posible, pero rodeándolo todo con la carabina en posición, que sin ella no saben sentirse hombres. Se va llenando la plaza de ganado oscuro, arrebañado en leguas y leguas de heroicos combates de la guardia, al asalto, a la carga, y ahí van ellos, cargando sobre los animales de la huelga, los leones de la hoz, los hombres del padecer, Éstos son los cautivos tras la dura batalla, a vuestros pies, señor, deponemos las banderas y los cañones tomados al enemigo, ved como son rojas, menos de lo que fueron al iniciarse la guerra, porque entretanto las rebozamos en polvo, escupimos sobre ellas, podéis colgarlas en el museo o en la capilla del regimiento, ahí donde van los reclutas a pedir de rodillas que le sea revelada esta nuestra mística ventura de ser guardias, o tal vez fuera preferible, señor, quemarlas, porque la vista de ellas ofende los sentimientos que nos enseñaste a sentir, y no queremos otros. El alguacilillo, por benigna autorización del que presidía, había mandado echar en la arena unos haces de paja donde los deshechos hombres, porque son hombres, eso es lo que son, no leones y la hoz no la han traído, se van sentando o tumbando, más o menos reunidos por su lugar de origen, no se puede evitar este gregarismo, pero tampoco faltan otros hombres, pocos, que se van desplazando de grupo en grupo, poniendo aquí una palabra y la mano en el hombro, poniendo allá una mirada y un gesto contenido, hasta que todo, en la medida de lo posible, quede seguro y claro, y ahora a esperar.

Los guardias miran desde su mirador, y uno le dice a otro con saludable risa militar, Parece la aldea de los monos, si tuviera aquí unos cacahuetes, se los tiraba, tendría gracia, todos rebuscando. Quiere esto decir que la guardia es viajada, conoce el zoo, practica las reglas de la observación sumaria y de la clasificación expeditiva, y si dice que son monos los hombres del padecer amontonados en la plaza de toros de Montemor, quiénes somos nosotros para contradecirles, sobre todo estando ellos apuntándonos con la carabina, podría decir yo carabinola, para que rimase con pistola, que no tendría gracia ninguna decir pistarda, aunque ésta fuera una buena rima para guarda, a no ser que en vez de decir guarda o guardia dijese guardola o guardiola, que también hay. Uno habla por pasar el tiempo, o para no dejar que pase, es un modo de ponerle la mano en el pecho y decir, o suplicar, No andes, no te muevas, si das un paso, me pisas, qué mal te he hecho yo. Es también como inclinarme, poner la mano en la tierra y decirle, Para, no gires, todavía quiero ver el sol. En esto están, en este jugar con las palabras poniéndolas unas encima de otras, a ver si nacen diferentes, y nadie se ha dado cuenta de que el alguacilillo ha bajado a la plaza y busca a un hombre, uno sólo en este momento, que no es siquiera león de hoz ni vino de lejos, y ese hombre, si le dieran un cuaderno para escribir lo que sabe, y, como harán al día siguiente los cuatro de Monte Lavre, Escoural, Safira y Torre da Gadanha, pusiese en la primera línea de él, o en todas, para que no haya dudas y no cambiar una persona de ideas, de página en página, si pusiera su nombre digo, escribiría, Germano Santos Vidigal.

Ya han dado con él. Lo llevan dos guardias, dondequiera que nos volvamos no se ve otra cosa, se lo llevan de la plaza, a la salida de la puerta del sector seis se le unen otros dos, y ahora parece hecho adrede, todo es subir, como si estuviéramos viendo una película sobre la vida de Cristo, allí encima es el calvario, éstos son los centuriones de bota recia y guerrero sudor, llevan engatilladas las lanzas, hace un calor que ahoga, alto. Vienen bajando la calle unos hombres aislados y por eso el cabo Tacabo, temiendo una vez más que sean José Gato y su cuadrilla, dice, Pasen de largo, este hombre va preso. Pasan los aislados tan rápido como pueden, pegándose a la pared, en éstos no hay peligro, incluso parece que les ha gustado la orden y la información, y el cortejo tiene ahora cien metros para andar, allá en lo alto, la vemos por encima del muro, tiende una mujer en la cuerda una sábana, tendría gracia que esta mujer se llamara Verónica, pero no, se llama Cesaltina y no es mujer de misa. Ve pasar un hombre entre los guardias, lo sigue con los ojos, no lo conoce, pero tiene un presentimiento, junta el rostro a la sábana húmeda como un sudario, y le dice al hijo que se empeña en seguir jugando al sol, Vamos adentro.

Los guardias cruzan la carretera que sube hacia el castillo y allí el camino se ensancha por la parte de abajo por eso parece una plazuela, son tantos pasos los que hay que dar aún y tan poca la ganancia de vida en ellos, si creen que esto es lo que el preso va pensando están muy engañados, no sabemos qué pensamientos son y serán los suyos, ahora bien, lo que sí es necesario es que nos pongamos a pensar nosotros. Si permanecemos de este lado de aquí, si fuésemos tras la mujer Cesaltina y empezáramos, por ejemplo, a jugar con el chiquillo, a quién no le gustan los niños, nos quedaríamos sin saber qué va a pasar, y eso es precisamente lo que por nada haríamos. Hay dos centinelas a la puerta, la guardia está toda en pie de guerra, alzad de nuevo hoy el esplendor de Portugal, cierto es que desde aquí se ve algún paisaje, la Señora de la Visitación, milagrosa donde las haya, pero no queremos aquí peregrinaciones nacionales, y unas huertas, pocas, que el espacio no da para más en este lugar angosto. Vamos adentro, dijo Cesaltina al hijo. Vamos también nosotros para dentro, por aquí, pasemos entre los centinelas, no nos ven, éste es nuestro privilegio, atravesamos el patio, por ahí no, es un caserón, una especie de almacén de delitos al por mayor, mañana vendrán a dar aquí los hombres de Monte Lavre y de otros lugares, casos sin importancia, la puerta es ésta, pero no es ese el corredor, viremos en este recodo, diez pasos más, cuidado no tropieces en el banco, es aquí, no necesitamos avanzar más, hemos llegado, basta abrir la puerta.

No hemos llegado a tiempo para asistir a los preliminares. Nos entretuvimos mirando el paisaje, jugando con el chiquillo a quien tanto le gusta jugar al sol, por más que los padres le digan, haciéndole preguntas a Cesaltina, que por casualidad no está el marido metido en estos líos, es empleado del ayuntamiento y se llama Ourique, y todo esto que decimos no fueron más que pretextos, dilaciones, maneras de desviar los ojos, pero ahora, entre estas cuatro paredes encaladas, sobre este piso de losetas, reparemos en los cantos partidos, cuántos pasos por aquí pasaron, y las redondeces del desgaste, y lo interesante que resulta este reguerillo de hormigas que va por las junturas ensanchadas como si fueran valles, mientras arriba, proyectadas contra el cielo blanco que es el techo y contra el sol que es la lámpara encendida, se mueven unas altas torres, son hombres, lo saben bien las hormigas que de generación en generación les han sentido el peso de los pies y el largo chorro cálido que cae de una especie de tripa que cuelga fuera del cuerpo, así han muerto hormigas ahogadas o machacadas en todos los lugares de la tierra, pero ahora se supone que de éstas se van a librar, en otras cosas se hallan ocupados los hombres. Tienen las hormigas un aparato auditivo y una educación musical que no les permite entender lo que dicen y cantan los hombres, por eso no es fácil que perciban por entero el interrogatorio, pero las diferencias no son muchas, mañana, en este mismo puesto de guardia, pero en lugar menos retirado, serán interrogados los hombres de Monte Lavre, Torre da Gadanha, Safira y Escoural, y entonces sabremos, y también los insultos, hijo de puta, cabrón, hijo de puta, cornudo, hijo de puta, maricón, eso es lo trivial, la gente no se ofende por tan poco, son historias ridículas como las de las comadres, tía tal, tía cual, nadie se ofende, en tres días están hechas las paces, pero en este caso no.

Tomemos esta hormiga, mejor, no la tomemos, que sería matarla, mirémosla sólo porque es una de las mayores y porque levanta la cabeza como los perros, ahora va pegada a la pared en recua con sus hermanas, tendrá tiempo de hacer tres veces su largo viaje entre el hormiguero y no sabemos qué de interesante, curioso o simplemente alimenticio habrá en este cuarto retirado, antes de que se complete el episodio mortal. Ahora mismo acaba de caer uno de los hombres, queda al nivel de las hormigas, no sabemos si las ve, pero ellas sí lo ven, y serán tantas las veces que caiga que al fin aprenderán su rostro de memoria, el color del pelo y de los ojos, el dibujo de la oreja, el arco oscuro de la ceja, la sombra tan blanda de la comisura de la boca, y con todo esto más tarde se harán grandes conversaciones en el hormiguero para ilustración de las generaciones futuras, que es útil a los jóvenes saber qué pasa por el mundo. Cayó el hombre y luego los otros lo levantaron de una patada, le gritan cada uno por su lado, dos preguntas diferentes, cómo sería posible dar respuestas aunque quiera darlas, y no es éste el caso, porque el hombre que cayó y fue levantado morirá sin decir una palabra. Sólo gemidos le saldrán de la boca, y en silencio de alma profundos ayes, pero incluso cuando los dientes estén partidos y sea necesario escupir sus pedazos, lo que dará mayores razones a los otros dos para volverle a pegar, no se ensucia la propiedad del Estado, incluso entonces el ruido será el de escupir y otro no, esa mecánica inconsciente de los labios, y luego queda dispersa la saliva en el suelo, adensada de sangre para estímulo gustativo de las hormigas que se van telegrafiando una a otra esta lluvia del nuevo maná, rojo singular caído de tan blanco cielo.

Ha caído el hombre otra vez. Es el mismo, dijeron las hormigas, tiene el diseño de la oreja, el arco de la ceja, la sombra de la boca, no hay confusión posible, por qué será siempre el mismo hombre el que cae, será que no se defiende, que no lucha. Son criterios de hormiga y de su civilización, no saben que la lucha de Germano Santos Vidigal no es contra sus agresores, Gargajo y Gargajillo, sino con su propio cuerpo, ahora el fulminante dolor entre las piernas, testículos en lenguaje de manual de fisiología, cojones en este grosero hablar que más fácilmente se aprende, frágiles bolas llenas de imponderable éter que en trance justamente nos elevan, de hombres hablo, son ellos los que nos levantan en viaje entre el cielo y la tierra, pero no estos desgraciados que las manos ansiosamente amparan y ahora sueltan porque un estruendo y la brutal patada de tacón cae sobre los riñones. Se quedan asombradas las hormigas, pero sólo de pasada. Ellas tienen sus obligaciones, horarios que cumplir, ya hacen demasiado cuando alzan la cabeza como los perros y afirman su flaca visión para comprobar que el hombre caído es el mismo o si se ha introducido alguna variante en la historia. La hormiga mayor ha dado la vuelta a lo que faltaba de pared, pasó por debajo de la puerta, va a transcurrir un tiempo antes de que regrese, y entonces lo encontrará todo cambiado, es una manera de decir, tres siguen siendo los hombres, pero los dos que no caen nunca se entretienen, seguro que es un juego, no se le ve otra explicación, qué raro que no juegue así el hijo de Cesaltina, se entretienen empujando al otro contra la pared, lo agarran por los hombros y lo estrellan de sopetón y entonces, depende, o cae de espaldas y da de lleno con la cabeza, o va de frente y el pobre rostro ya pisoteado se estampa en la cal y deja en ella, no mucha, algo de sangre, de la que le corre de la boca y de la ceja derecha. Y si lo dejan ahí, resbala sin sentido, la sangre no, el hombre, pared abajo, hasta quedarse retorcido en el suelo, al lado de la hilera de hormigas, asustadas de pronto al sentir caer aquella enorme masa desde lo alto, aunque finalmente ni las roza. Y durante el tiempo que lo dejaron allí, una hormiga se le agarró a la ropa, quiso verlo más de cerca, la muy tonta, va a ser la primera en morir, porque en el lugar exacto en que ahora está cae el primer porrazo, el segundo no lo siente, pero lo siente el hombre que, del dolor, no él sino el estómago da un salto, y otra vez se derrumba, con arcadas, es el estómago, la coz violenta de lleno o la patada, y luego otra más en sus partes, palabra tan común que no ofende los oídos.

Uno de los hombres salió, fue a descansar del esfuerzo. Es Gargajillo, nacido de madre y padre, casado y con hijos, y esto es poco decir porque el otro, el que se ha quedado dentro guardando al preso, el que se llama Gargajo también nació de padre y madre, también está casado y tiene hijos, cómo vamos a distinguirlos de no ser por las facciones, y aun así, y por los nombres, uno es Gargajo y el otro Gargajillo, no son parientes aunque pertenezcan a la misma familia. Se pasea por el corredor, va tan cansado que se da un golpe contra el banco, Esto acaba con uno, esos tipos que no hablan, pero se va a joder o no me llamo Gargajillo. Se bebe toda una jarra de agua, es una fiebre ardiente, y entonces le entra un telele nervioso y vuelve a entrar en el cuarto, ya descansado y con fuerzas, es un tifón, se lanza como un perro contra Germano Santos Vidigal, es un perro y se llama Gargajillo, y es como si Gargajo le estuviera haciendo Chis, chis, sólo le falta morder, quizá incluso muerde, más tarde se verá que esto son señales de dientes, de hombre, o de perro, eso es lo que resulta dudoso, que a veces a algunos hombres les salen dientes de perro, todo el mundo lo sabe. Pobres perros, enseñados a morder a quien deberían respetar y donde no deberían, aquí, en este lugar mío en que soy hombre, no más de lo que en el brazo o en la barbilla, o en este otro lugar que es el corazón, modo diferente de ser ojos, o en el cerebro, ojos verdaderos. Pero ya de pequeño me decían que esta máquina inquieta es lo que tengo más de hombre, y aunque no lo creyera demasiado, le tengo aprecio, y no es justo que muerdan ahí los perros.

La hormiga grande va ya en su quinto viaje y el juego continúa. Esta vez salió Gargajo a descansar, fue hasta el patio a desahogarse fumando un cigarrillo, pasó por el despacho del teniente Contento para informarse de cómo iban las operaciones de campo, las grandes maniobras, y el teniente dijo que estaban haciendo una rebatiña general de huelguistas por el concejo, con todos los efectivos en acción, la cosa iría mejor si nos hubieran mandado más refuerzos, aunque contaba con reunir a otros tantos como los que había en la plaza de toros, Y ese Germano Vidigal, ha hablado ya, esto pregunta el teniente Contento, discreto, porque en fin, no es cosa suya y Gargajo no tenía ninguna obligación de responderle si no quería, pero respondió, Aún no, el tipo es duro, y el teniente, solícito y servicial, Habrá que usar los grandes medios. Este pequeño Torquemada de Montemor es un buen ayudante, da techo y protección, y a esto añade el consejo, y tras encender un pitillo, oye la respuesta de Gargajo, que la da de mala manera, Sabemos muy bien lo que hacemos, y salió dando un portazo, Vaya con el majadero éste, y es posible que por eso, por culpa de esta contrariedad, entró en el cuarto por donde andaban las hormigas y sacó del cajón un vergajo trabado de acero, arma mortal, pasó la correa por la muñeca para mayor seguridad, y cuando este hombre de padecer intentaba, aturdido, esquivar las arremetidas de Gargajillo, cayó el sibilante azote sobre los hombros, y luego espalda abajo, centímetro a centímetro, como si majase centeno verde, hasta los ríñones, ahí se demoró, ciego y con los ojos abiertos, que no hay peor ciego que éste, ritmando los golpes sobre el hombre caído ahora en el suelo, metódicamente, para no fatigarse en exceso, todo se paga menos la fatiga, pero poco a poco va perdiendo el dominio de sí mismo y todo él se transforma en una máquina de golpear presa de un delirio, en un autómata borracho, hasta el punto de que Gargajillo lo agarra del brazo, Espera, hombre, no exageres, que la va a palmar. Saben mucho de esto las hormigas, que están muy habituadas a ver a sus muertos y a hacer diagnósticos a la primera, a veces van en fila arrastrando una barba de espiga y tropiezan con una cosilla rugosa, abarquillada, casi indescifrable, pero no vacilan, mueven las antenas hacia un lado y hacia otro, embarazadas con la carga pero muy habladoras en su morse, Aquí hay una hormiga muerta, y luego se distraen mirando en otra dirección y cuando uno vuelve a aquel lugar ya el cadáver desapareció, las hormigas son así, no dejan a la vista a sus muertos caídos en el cumplimiento del deber, y por todo cuanto queda dicho la hormiga grande, que iba ya en su séptimo viaje y va ahora a pasar, levanta la cabeza y mira la gran nube que tiene ante los ojos, pero luego hace un esfuerzo, ajusta su mecanismo de visión y piensa, Qué pálido está este hombre, no parece el mismo, la cara hinchada, los labios partidos, y los ojos, pobrecillos los ojos, ni se ven entre las mataduras, tan diferentes de cuando llegó, pero lo conozco por el olor, que es el mejor sentido de las hormigas. Está en este pensamiento cuando de pronto escapa el rostro de su alcance porque los otros dos hombres tiran de éste y lo ponen de espaldas, le echan agua en la cara, un jarro lleno de agua que por casualidad viene fresca, sacada del hondo y negro pozo, con la bomba, no sabía esta agua para qué estaba guardada, venida de las entrañas de la tierra, viajante subterránea durante mucho tiempo, después de haber conocido otros lugares, los escalones pedregosos de una fuente, la aspereza luminosa de la arena, la blandura tibia del lodo, la calma pútrida del cenagal y el fuego del sol que lentamente la borró de la tierra, adonde fue que nadie la vio, y finalmente está en aquella nube que pasa, cuánto tiempo después, de repente cayó sobre la tierra, vino desamparada de lo alto, bella es la tierra que el agua ve, y si el agua puede elegir el lugar donde ha de caer, si pudiese, no habría tanta sed o tanta abundancia tiempo después, de repente cayó sobre la tierra, fue viajando, decantándose, agua pura, purísima, hasta encontrar la vena, el caudal secreto, el cauce perforado ahora por una bomba aspirante, pozo sereno y oscuro, y súbitamente un jarro, prendida en la trampa brillante el agua, ahora qué destino, matar una sed, o no, la derraman desde lo alto sobre un rostro, caída brusca pero amortiguada pronto en este fluir lento por los labios, por los ojos, por la nariz y la barbilla, por las mejillas chupadas, por la frente mojada de otra agua que es el sudor, y así conoce la máscara aún viva de este hombre. Pero el agua cae al suelo, lo ha salpicado todo alrededor, y las baldosas quedan rojas, sin contar las hormigas que han muerto ahogadas, se salvó la grande porque va en su octavo viaje y no se cansa.

Gargajo y Gargajillo levantan a Germano Santos Vidigal por las axilas, lo alzan a peso, no querría que se molestaran, y lo sientan en una silla. Gargajo tiene aún el látigo en la mano, pasada la correa por la muñeca, ya se le ha ido la furia de golpear así, pero da un grito, Cabrón, y escupe en la cara del hombre derrumbado en la silla como una chaqueta que alguien se quitó y está vacía. Abre los ojos Germano Santos Vidigal y, por increíble que parezca, lo que ve es la hilera de hormigas, quizá por ser más espesa en el lugar que los ojos ven al abrirse, al azar, no es extraño, la sangre humana es un manjar para las hormigas, y ellas, pensándolo bien, no viven de otra cosa, allí cayeron juntas tres gotas de sangre, padre Agamedes, y tres gotas de sangre forman un charco, un lago, un mar océano. Abrió los ojos, si esto es abrir, unas hendiduras estrechísimas por donde la luz apenas puede penetrar, y la que entra es excesiva, tan vivo el dolor en las pupilas, sentido sólo por ser dolor nuevo, cuchillo que viene a clavarse donde otros cien están clavados y en la carne se revuelven, y habiendo gemido balbuceó algunas palabras ante las que Gargajo y Gargajillo ansiosamente se inclinan, arrepentidos ya de tan gran castigo, a ver si ahora no es capaz de hablar, pero lo que Germano Santos Vidigal quiere, pobre hombre sujeto aún a las necesidades del cuerpo, es ir ahí dentro, a aliviar la vejiga que sabe Dios por qué ha dado ahora señal de urgencia, o allí mismo se derramará. No quieren Gargajo y Gargajillo ensuciar el suelo más de lo que se vio, y también con la esperanza de que al fin se haya quebrado la resistencia del obstinado y que de ello sea esta petición una primera señal, va uno a la puerta a ver si el corredor está libre, hace un gesto y vuelve adentro y entre los dos amparan a Germano Santos Vidigal en los cinco metros que lo separan de la letrina, lo sientan en los travesaños del urinario, y es el pobre quien tiene que desabrocharse con dedos torpes, buscando y extrayendo fuera de la bragueta el torturado instrumento, sin atreverse a tocar los hinchados testículos, el escroto desgarrado, y luego se concentra, llama a todos los músculos en su ayuda, les pide que primero se contraigan y luego de una sola vez se relajen para que los esfínteres se ablanden, alivien la terrible tensión, lo intenta una, dos, tres veces, y de pronto sale el chorro, de sangre, tal vez también de orina, quién va ahora a distinguirla en este único chorro rojo, como si se hubieran roto todas las venas del cuerpo y encontraran salida por este lado. Se retiene, pero el chorro no cesa. Es la vida que se le va por allí. Aún está saliendo cuando al fin se resguarda, logra contenerlo, sin fuerzas para abotonarse. Gargajo y Gargajillo lo llevan, arrastrando los pies, hacia el cuarto de las hormigas, y vuelven a sentarlo en la silla, y es Gargajillo quien pregunta, con voz llena de esperanza, Quieres hablar ahora, es una idea que tiene, si lo dejaron ir a la letrina, tiene que hablar, un gesto ha de pagarse con otro, pero Germano Santos Vidigal deja caer los brazos, la cabeza se inclina sobre el pecho, la luz se apaga dentro de su cerebro. La hormiga mayor desaparece bajo la puerta tras haber completado su décimo viaje.

Cuando vuelva del hormiguero, verá el cuarto lleno de hombres. Estarán allí Gargajo y Gargajillo, el teniente Contento, el sargento Armamento, el cabo Tacabo, dos números anónimos y tres presos elegidos a dedo para testimoniar que, habiéndose vuelto de espaldas los policías un minuto, no más, para tratar de asuntos urgentes, cuando volvieron vieron al preso ahorcado de un alambre, tal como ahora está, la punta enrollada en aquel clavo, el otro cabo con dos vueltas en el cuello de Germano Santos Vidigal, sí, se llama Germano Santos Vidigal, es importante para el certificado de defunción, hay que llamar al delegado de salud, y está de rodillas, como ven, sí, de rodillas, no es nada extraño, cuando alguien quiere ahorcarse, hasta en los barrotes de la cama, la cuestión es querer, alguien tiene dudas, Yo no, dice el teniente, y el sargento, y el cabo, y los dos números, y los tres presos, a quienes con esto les ha tocado la lotería y quizá los dejen hoy mismo en libertad. Hay gran indignación entre las hormigas, que habían asistido a todo, ahora unas, ahora otras, pero entretanto se juntan y juntan lo que vieron, tienen la verdad entera, hasta la hormiga mayor, que fue la última en verle el rostro, en primer plano, enorme, como un gigantesco paisaje, y es sabido que los paisajes mueren porque los matan, no porque se suiciden. Ya se han llevado el cuerpo. Gargajo y Gargajillo guardan las herramientas del oficio, el vergajo, la fusta, se frotan los nudillos, inspeccionan punteras y tacones, no sea que haya quedado agarrado hilo de ropa o mancha de sangre que denuncie a los ojos agudísimos del detective Sherlock Holmes la debilidad de la coartada y el desacuerdo de las horas, pero no hay peligro, Holmes está muerto y enterrado, tan muerto como Germano Santos Vidigal, tan enterrado como sin tardanza va a estarlo éste, y sobre estos casos pasarán los años y pasará el silencio hasta que las hormigas tomen el don de la palabra y digan la verdad, toda la verdad, y sólo la verdad. Entretanto, si nos apresuramos, aún veremos al doctor Romano, va ahí delante, con la cabeza baja, el maletín negro en la mano izquierda, por eso podemos pedirle que levante la derecha, Jura decir la verdad, toda la verdad y sólo la verdad, con los doctores ha de ser así, están habituados a hacer las cosas con toda solemnidad, Dígame, doctor Romano, médico delegado de salud, jure por la memoria de Hipócrates y sus actualizaciones en forma y sentido, dígame, doctor Romano, aquí bajo este sol que nos alumbra, si es realmente verdad que este hombre se ha ahorcado. Alza el doctor delegado de salud su mano diestra, posa sobre nosotros sus ojos cándidos, es hombre muy estimado en la ciudad, puntual en la iglesia y meticuloso en el trato social, y habiéndonos mostrado su alma pura, dice, Si alguien tiene un alambre enrollado dos vueltas en su propio cuello, con una punta sujeta a un clavo encima de la cabeza, y si el alambre está tenso por causa del peso aunque parcial del cuerpo, se trata sin duda, técnicamente, de ahorcamiento, y, habiendo dicho esto, baja la mano y se va a sus ocupaciones, Pero mire, doctor Romano delegado de salud, no vaya tan de prisa que todavía no es hora de cenar, si es que le queda apetito después de aquello a lo que asistió, hasta me da envidia un estómago así, dígame si no vio el cuerpo del hombre, si no vio las mataduras, los verdugones, las llagas, los cardenales negros, el aparato genital reventado, la sangre, Eso no lo vi, me dijeron que el preso se había ahorcado y ahorcado estaba, no había más que ver, Será mentiroso, Romano doctor y delegado de salud, cuándo, cómo y por qué se ha aficionado a ese feo hábito de mentir, No soy mentiroso, pero la verdad no la puedo decir, Por qué, Por miedo, Pues vaya en paz, doctor Pilatos, duerma en paz con su conciencia forníquela bien, que ella bien los merece, a usted y a la fornicación, Adiós, señor autor, Adiós, señor doctor, pero acepte el consejo que le doy, evite las hormigas, sobre todo esas que levantan la cabeza como los perros, son bichos de mucha observación, ni usted, doctor Pilatos, puede imaginar de cuánta, queda bajo la mirada de todas las hormigas de todos los hormigueros, no tenga miedo que no le van a hacer daño, es sólo para ver si un día su conciencia le pone cuernos, sería su salvación.

Esta calle en que estamos se llama de la Parra, no se sabe por qué, tal vez en tiempos idos la sombreara una de uvas señaladas y, no habiendo nombre de santo, de político, bienhechor o mártir para ponerlo en la esquina, quedará de la Parra hasta un día. Qué haremos ahora si los hombres de Monte Lavre, Escoural, Safira y Torre da Gadanha no llegan hasta mañana, si la plaza de toros está cerrada y nadie entra, qué haremos, pues vamos al cementerio, quién sabe si Germano Santos Vidigal ya ha llegado, los muertos, cuando les da por ahí, andan de prisa, y no está muy lejos, seguimos esta calle, va refrescando la tarde, doblamos luego a la derecha, como si fuésemos a Évora, es fácil, después se vuelve a la izquierda, no hay pérdida, se ven ya los muros blancos y los cipreses, como en todas partes. El depósito está allí, pero está cerrado, ellos lo cierran todo, y se han llevado la llave, no podemos entrar, Buenas tardes, señor Ourique, todavía trabajando, Es verdad, qué se le va a hacer, no todos los días muere gente, pero todos los días hay que cuidarles las camas, barrer las calles, en fin, Vi arriba a su mujer, Cesaltina, y a su hijo, un muchacho majo, Es verdad, Buena palabra ésa, señor Ourique, Es verdad, Dígame entonces si es verdad que el cuerpo que está en el depósito murió de malos tratos, o sólo porque su antiguo amo decidió ahorcarlo, Es verdad que mi hijo es un chiquillo muy majo, con esa costumbre suya de querer estar siempre jugando al sol, es verdad que el cuerpo que está ahí fue ahorcado, es verdad que en el estado en que se hallaba ni fuerzas tendría para ahorcarse, es verdad que tiene sus partes todas reventadas, es verdad que todo él es un amasijo de sangre, es verdad que ni después de muerto se le redujeron los verdugones, cardenales como huevos de perdiz, y es verdad que con mucho menos habría muerto yo, pese a que estoy habituado a la muerte, Gracias, señor Ourique, usted es enterrador y hombre serio, quizá por querer tanto a su hijo, dígame de quién es esa calavera que tiene en las manos, será del hijo del rey, Eso no lo sé, que ya no es de mi tiempo, Buenas tardes, señor Ourique, va siendo hora de cerrar el portón, déle recuerdos a Cesaltina y un beso al hijo por gustarle tanto jugar al sol.

Se dicen estas cosas como despedida, desde aquí abajo se ve el castillo, quién pudiera contar todas sus historias, las pasadas y las venideras, error grave sería juzgar que hoy se hacen las guerras del lado de fuera de los castillos, se acabaron las acciones en que son parte, hasta las mezquinas, hasta las menos gloriosas, como decía el marqués de Marialva, Ya he dado cuenta a vuestra majestad de cómo Manuel Ruiz Adibe, que gobierna Montemor, no está capacitado para el gobierno de esta plaza, porque, aparte de su insuficiencia para todo, excusa a los jornaleros de venir a trabajar en la fortificación por el dinero que dan, y por esa razón está tan atrasada la obra como se puede ver, y así ruego a vuestra majestad se sirva permitir que yo informe de las personas que más convienen para este puesto, siendo que en la del teniente-general de artillería Manuel da Rocha Pereira concurre toda suficiencia, actividad y celo, y buena disposición para ocupar este puesto, haciéndole vuestra majestad merced de mandar pasar patente de él, con título de maestre de campo general, y Manuel Ruiz Adibe puede gozar su sueldo por entretenimiento como gozan los demás capitanes de caballos que vuestra majestad reformó, no está tan falto de bienes ni tiene tantas obligaciones que no tenga un pasar de toda comodidad, aunque el sueldo no le sea puntualmente pagado. Diablo del Adibe aquel, que tan mal cuidaba del servicio de su majestad y tan bien del propio, están los tiempos mudados, hay ahora funcionarios celosos que matan dentro del cuartel de la guardia en Montemor y salen luego a echar un pitillo, saludan con un gesto, hasta mañana, al centinela que observa valerosamente la línea del horizonte no vayan a asomar por allí los españoles, y luego bajan la calle serenamente conversando, con paso firme, echan cuentas del trabajo del día, tantas bofetadas, tantos puntapiés, tantos vergajazos, y lo encuentran bien hecho, ninguno de ellos se llama Adibe, se llaman Gargajo y Gargajillo, parecen gemelos, y se paran entonces ante el cine donde se anuncia la película del domingo, mañana ya, inicio de la temporada de verano con la interesante comedieta El Magnífico Perezoso, Buena idea la de traer a las mujeres, a ellas esto les gusta, pobrecillas, seguro que la película vale la pena, pero para buena, buena, la del jueves, con Estrellita Castro, la diosa de la canción y del baile, y Antonio Vico, Ricardo Merino y Rafaela Satorres, en el maravilloso film Mariquilla Terremoto, ole.


Entre muertos y heridos escaparon éstos. No diremos nombre a nombre, basta saber que unos fueron a vivir a Lisboa, en prisiones y calabozos, y los más regresaron al tajo, ahora con el nuevo salario mientras dure la siega. El padre Agamedes amonesta paternalmente a los descarriados, les recuerda por vía indirecta, cuando no por directa vía, cuánto le deben y que ahora están aún más obligados a cumplir los deberes cristianos, ya que la santa madre es capaz de mostrar con tanta claridad su poder e influencia, que fue tocar los eslabones de la cadena y deshacerse ésta, y abrirse las rejas, aleluya. Proclama estas grandezas en una iglesia despoblada, sólo las viejas, que los demás andan rumiando cuánto les costó la gratitud y no les salen las cuentas. En Monte Lavre poco se sabe de detenciones, todo es vago, hasta protestando Sigismundo Canastro que muchas fueron, y de la muerte habida sólo mañana empezará a saberse, en el hablar de las cuadrillas con el vecino de fila, pero la fatiga de los vivos parece más pesada que la irremediable agonía, Tengo malo a mi padre, no sé qué le vamos a hacer, éstos son cuidados particulares, de la casa de cada uno, por no hablar de la siega que está llegando a su fin y después qué hacemos. Será lo mismo de los otros años, pero ahora Norberto, Alberto, Dagoberto maldicen por boca de los capataces y juran que esa cuadrilla de gandules se va a arrepentir de lo de la huelga y que caro les va a costar lo que llevan de más en sus jornales. Adalberto ya escribió desde Lisboa diciendo que, acabada la siega y la trilla, queden sólo los hombres de los puercos y de las ovejas, y el guarda, no quiere ver sus tierras pisadas por huelguistas y parásitos, luego dirá lo que hay que hacer además, todo depende de la aceituna. El capataz responderá, pero eso es correspondencia corriente que nadie guarda, se recibe la carta, se hace lo que dice o se da respuesta a lo que preguntó, y luego dónde la he metido, tendría gracia poner estos escritos en orden y contar a través de ellos la historia, que sería otra manera de contar, lo malo es que creemos que sólo las grandes cosas son importantes, nos ponemos a hablar de ellas y luego cuando queremos saber cómo eran, quién estaba, qué fue lo que dijeron, todo son dificultades.

Se llama Gracinda Maltiempo y tiene diecisiete años. Se va a casar con Manuel Espada, pero no será tan pronto, La chica es joven, no puede casarse así como así, sin ajuar que se vea, tened paciencia los dos. Son imposiciones evidentes, aparte de que ni casas hay donde vivir, Ya ves, tener que irse uno a trabajar a otras tierras, No hagas como tu hermano, siempre lejos, ya sé que no es lo mismo, eres una chica, pero ya es suficiente tener un hijo fuera del alcance de mis ojos, ay Dios mío, el hijo ese. Dice esto Faustina, y Juan Maltiempo asiente con la cabeza, tiene siempre un dolor en el pecho cuando se habla del hijo, diablo de mozo, sólo con dieciocho años y ese instinto de vagabundo, como el abuelo a quien Dios tenga. Gracinda Maltiempo le contará después a Manuel Espada la sustancia de estas conversaciones, y él responderá, No me importa esperar, me quiero casar contigo, y esto lo dice gravemente, como es costumbre suya en todas las ocasiones, es un modo de ser que le hace aparentar más edad, y la diferencia ya no es pequeña conforme le dijo Faustina a la hija cuando ésta vino a contarle que Manuel Espada la había pedido de novia, Pero si él es mucho mayor que tú, Pues sí, y eso qué importa, fue lo que respondió Gracinda, molesta y con razón, porque la cuestión no era ésa, la cuestión es que le había gustado Manuel Espada desde aquel día de junio en Montemor, sólo faltaba que tuvieran que pensar en eso de las edades, aunque Manuel Espada, cuando le habló, no hubiera olvidado el detalle, Tengo siete años más que tú, y ella, medio sonriendo, pero confusa en sus pensamientos, Y qué importa eso, el marido ha de ser mayor, y cuando acabó de decirlo se puso roja porque había dicho sí sin decir sí, cosa que entendió muy bien Manuel Espada, y pasó a la pregunta siguiente, Entonces aceptas, y ella respondió, Acepto, y quedaron novios a partir de este momento para las reglas del cortejar, en el umbral, que para dentro aún era pronto, pero en lo que no se siguieron las reglas fue en el hecho de que Manuel Espada habló de inmediato con los padres, en vez de esperar un tiempo de confirmación de sentimientos y de secreto mal escondido. Fue entonces cuando Juan Maltiempo y Faustina dieron sus razones, sin novedad alguna, que no había medios para el casamiento y en consecuencia tendrían que esperar, Esperaré todo el tiempo que sea necesario, dijo Manuel Espada, y salió de allí dispuesto a trabajar y ahorrar, aunque tenía que ayudar en casa de sus padres, con quienes vivía. Son detalles menores de la vida pequeña, invariables, o tan poco variables que en dos generaciones no se notan las diferencias, y Gracinda Maltiempo también sabe que a partir de ahora tendrá que discutir, regateando con su madre, qué parte de su salario podrá guardar para el ajuar, como es su deber. Mucho de hombres se ha hablado, algo de mujeres, pero cuando así fue, como de pasajeras sombras o a veces indispensables interlocutoras, coro femenino, de costumbre calladas por ser grande el peso de la carga o de la barriga, o madres dolorosas por varias razones, un hijo muerto, otro trotamundos, o hija deshonrada, eso es lo que no falta. De hombres se seguirá hablando, pero también cada vez más de mujeres, y no por este noviazgo y futuro casamiento, pues noviazgo también tuvieron Sara de la Concepción y Faustina, abuela ya muerta y madre aún felizmente viva de Gracinda Maltiempo, y de eso pocas fueron las cosas dichas, las razones son otras, quizá todavía imprecisas, y es que los tiempos van cambiando. Esto de haber declarado sus sentimientos a la puerta de una prisión, o cuartel y lugar de muerte, que para el caso lo mismo es todo, va contra las tradiciones y las conveniencias en una hora de tanta aflicción, cierto es que compensada por la alegría de la libertad aún temerosa, que diga un chico a una chica, Me gustaría que fueras mi novia, esta juventud no se parece en nada a la de mi tiempo.

Nació Gracinda dos años antes que su hermana Amelia, que, por haber echado cuerpo antes de tiempo, apagaba la diferencia de edad ante ojos que no tuvieran previa información. No había mucho parecido entre ellas, tal vez por andar tan mezcladas estas sangres y tan dispuestas a manifestarse singulares. Pensamos en aquel antepasado llegado del norte frío y que en la fuente forzó a la doncella, sin castigo de su señor Lamberto Horques, ocupado en otras ascendencias y cabalgadas. No obstante, para que en nosotros se confirme la modestia y pequeñez de este mundo, aquí tenemos a Manuel Espada pidiéndole noviazgo a Gracinda Maltiempo al pie de aquella misma fuente, junto a un regazo de helechos que esta vez no serán derrumbados y quebrados como aconteció entonces mientras el cuerpo de la forzada no se rindió, vencido. Si pudiéramos atar los hilos sueltos, el mundo sería la más fuerte y justificada de todas las cosas. Y si la fuente pudiera hablar, es un decir, merecido y justo sería, tan constante en agua cantarina viene siendo, y ya van quinientos años, muchos más si es obra mora, si pudiera hablar seguro que diría, Esta muchacha ha estado aquí, confusión que se disculpa, con el tiempo hasta las fuentes confunden las memorias, esto sin hablar de la gran diferencia que hay con respecto a Manuel Espada, que apenas roza la mano de Gracinda Maltiempo, Aceptas, y vuelven a subir dejando los helechos para otra ocasión.

Estos chiquillos saben mucho y muy variado. Entre Antonio Maltiempo, que es el mayor, y Amelia Maltiempo, que es la más joven, hay cuatro años, no más. Hubo una época en que fueron tres puñados de carne mal nutrida y mal abrigada, como lo siguen siendo hoy, adolescentes, si es que la palabra no resulta demasiado fina para estos paisajes y estos latifundios. Anduvieron a cuestas del padre y de la madre, en cestas en la cabeza cuando aún no podían andar o las piernas se fatigaban pronto, a caballo del padre o en brazos de la madre, por su pie, y viajaron más, atendiendo a la proporción de la edad, que el judío errante. Tuvieron grandes guerras con mosquitos en tierras de arroz, pobres inocentes indefensos que ni tino tenían para ahuyentar del rostro al escuadrón de lanceros voladores que zumbaban de puro y aguzado gozo. Pero, por ser la vida de los mosquitos más corta y no habiendo muerto los niños, es de estos de quienes hablamos, no de otros a los que no faltaron muertes de tercianas, si hubo vencedores en la guerra fueron los de la resistencia pasiva. No es frecuente, pero ocurre a veces.

Ved ahora a estos chiquillos, o a ésta, o a cualquiera de ellos, el chico mayor, o la del medio, o esta más pequeña, tendida aquí en un cajón a la sombra de una encina mientras la madre anda trabajando por ahí cerca, pero no tan cerca que la vea con claridad, y sabiendo nosotros que son niños, y más aún si no saben hablar, viene el dolorcillo de barriga, o ni siquiera eso, sólo el derramar oportuno de las heces, menos mal que esta vez no se trata de disentería, y cuando Faustina va a buscarla es ya la hora de la comida y está Gracinda hecha un asco, cubierta de moscas como el estercolero que, con perdón, es. Mientras lava y no lava, y no sólo el cuerpo sucio hasta las espaldas, sino también los trapos que la envolvían, y espera a que se sequen tendidos en este montón de leña, ha pasado el tiempo y con él el apetito. Y en este momento ni sabemos a quién atender, si a Gracinda ahora limpia y refrescada, pero tan sola la pobre, si a Faustina que vuelve al trabajo royendo un mendrugo. Quedémonos aquí, bajo la encina, abanicando la carita de la pequeña que quiere dormir, con esta rama, porque vuelven las moscas y también para evitarles un disgusto a los padres, no vaya a pasar por aquí un cortejo de reyes y caballeros, vea el aya de la reina estéril a este angelito acostado y se lleve a Gracinda a palacio, qué feo sería que entonces la niña encontrada no reconociera a sus verdaderos padres, sólo porque viste ahora terciopelos y brocados y toca el laúd en su cámara alta vuelta al latifundio. Historias como ésta contará Sara de la Concepción más tarde a sus nietos, y Gracinda ni lo creería si le dijéramos el peligro que corrió de no estar nosotros presentes, sentados en esta piedra y abanicándola con esta rama.

Pero los niños, si pueden, crecen. Mientras no les llega la edad de trabajar quedan entregados a los abuelos, o con las madres si para las madres no hay trabajo, o con las madres y los padres si tampoco para los padres hay trabajo, y si es más tarde, si de niños ya poco tienen y de jornaleros todo, si resulta que no hay trabajo para padres, madres, hijos y abuelos, aquí está, señoras y señores, la familia portuguesa como os gusta imaginarla, reunida en la misma hambre, y entonces todo depende del tiempo. Si es el de caer las bellotas, va el padre por ellas mientras Norberto, Adalberto o Sigisberto no mandan a la guardia a patrullar de noche, que también para eso la formó la república inmediatamente después de su nacimiento. Cuentos largos y amplísimos son éstos. Pero la naturaleza es pródiga, teta abundante que en cada seto se derrama, Vamos nosotros a los cardos, a los espárragos trigueros, a los berros, y dígannos después si hay vida más regalada. Y quien dice trigueros dice espinacas, que todo es uno para el caso, sólo en el paladar se nota, pero cocido, rehogado con una cebolleta que aún queda, se me hace la boca agua. Y están los cardos. Límpiame esos cardos, échales diez granos de arroz, es un banquete, qué aproveche, señor cura Agamedes, quien se llevó la carne bien puede roer los huesos. Todo cristiano, y también quien no lo sea, ha de tener sus tres comidas por día, el desayuno, el almuerzo y la cena, con estos u otros nombres, lo que es preciso es que no esté el plato vacío, o la sartén, o, siendo de pan y compango, sirva éste más que para añadirle olor. Es una regla tan de oro como cualquier otra de particular nobleza, un derecho humano, tanto de padres como de hijos, para que no ocurra que coma yo una vez para que puedan ellos comer tres veces, cierto es que más hechas estas tres para engañar el hambre que para llenar la barriga. La gente habla y habla, pero no sabe qué es la escasez, darle la vuelta al arca y saber que el último mendrugo lo comimos ayer, e incluso así levantan la tapa una vez más, a ver si ha ocurrido un milagro como el de las rosas, pero hasta éste es imposible, porque ni tú ni yo recordamos haber puesto rosas en el arca, para eso es preciso recogerlas, no crean que nacen las rosas en los alcornoques, bonito sí sería, pero desvariar así es sólo efecto del hambre, Hoy es miércoles, ve a la casona, Gracinda, vas con tu hermana, Amelia, llévala de la mano, Gracinda, esta vez Antonio no va. Son incitaciones a la mendicidad, es ésta la educación que dan los padres a sus hijos, hasta mentira parece que no se me haga un nudo en la lengua cuando esto digo, que no me caiga en el suelo dando saltos como el rabo de un lagarto, así aprendería a andar con tiento con las palabras y a no hablar de barriga llena, que es conversación poco educada.

Miércoles y sábado son los días en que Dios Nuestro Señor baja a esta tierra consustanciado en tocino y habichuelas. Si estuviera aquí el cura Agamedes clamaría herejía, apelaría a la santa inquisición contra nosotros que dijimos que el Señor es una habichuela y un torrezno, pero el mal del cura Agamedes está en su escasa imaginación, se ha acostumbrado a ver a Dios en el redondel de harina candeal y nunca fue capaz de inventarlo de otra manera, quitando lo de la barba grande y el ojo oscuro del Padre, y la barba pequeña y el ojo claro del Hijo, con esta diferencia de colores, qué suceso de fuente y de helechos habrá habido en la sacra historia. Más sabe de estas transfiguraciones doña Clemencia, esposa y arca de virtudes desde Lamberto al último Berto, que miércoles y sábados preside la ceremonia de la limosna, guiando y vigilando el espesor de la tajada de tocino, elegido entre el menos hebrado de carne, mejor aun si es pura grasa, que alimenta más, pasando con escrúpulos de pura justicia el rasero por la medida de habichuelas, todo por la caridad de evitar las guerras de la envidia infantil, Tu te llevas mas que yo, Tengo menos que tú. Es una hermosa ceremonia, se derriten los corazones de santa compasión, no hay ojo que quede enjuto, ni nariz, que es invierno ahora, y sobre todo ahí fuera, arrimados a la tapia están los chiquillos de Monte Lavre que han venido a la limosna, ved cómo padecen, y descalzos, doloridos, mirad como las niñas levantan un piececillo y luego el otro para huir del suelo helado, que pondrían los dos en el aire si les crecieran en vida las alas que se dice tendrán después de muertas si tuvieran la sensatez de morir pronto, y como tiran del vestidito para abajo, no por pudor ofendido, que por ahora los chiquillos no reparan en esas cosas, sino de ansia friolera. Es una fila a la espera, cada uno con su latita en la mano, todos alzando la nariz al aire, resoplando, a ver cuándo por fin se abre la ventana del piso alto y baja la cesta del cielo atada a un cordel, lentamente, la magnanimidad nunca tiene prisa, eso es lo que faltaba, la prisa es plebeya y codiciosa, sólo no engullen las habichuelas así porque están crudas. Pone el primero de la fila su latita en el cesto, viene ahora la gran ascensión, vete y no tardes, el trío pasa a lo largo de la tapia como una navaja de afeitar, a ver quién puede soportar esto, pues lo soportan todos en nombre de lo que ha de venir, y surge entonces la cabeza de la criada, ahí va el cesto con la lata llena o mediada, para enseñar a los expertos y a los novatos que el tamaño de la lata no influye en la dadora de esta catedral de beneficencias Se creería que quien vio esto lo ha visto todo, pues no es verdad. Nadie se aleja de allí hasta que el último recibe su ración y se recoja el cesto hasta el sábado. Hay que esperar a que asome doña Clemencia a la ventana, muy recatada en agasajos, con su gesto de adiós y bendición, mientras el fresco y amoroso coro infantil agradece en diversas lenguas, salvo los disimulados, que mueven los labios y basta, Ay señor cura Agamedes, qué bien me hace al alma, y si alguien jura que es de la hipocresía de lo que habla doña Clemencia, muy engañado está, que ella es quien siente la diferencia que en el alma le va los miércoles y los sábados en comparación con otros días. Y ahora reconozcamos y alabemos la cristiana mortificación de doña Clemencia, que teniendo a su alcance, en tiempo y medio de fortuna, el conforto permanente y asegurado de su alma inmortal, a el renuncia no dando tocino y habichuelas todos los días de la semana, y es ese su cilicio. Aparte de eso, señora doña Clemencia, estos chiquillos no pueden ir mal acostumbrados por la vida, adonde van a llegar si no sus exigencias cuando crezcan.

Cuando creció, Gracinda Maltiempo no fue a la escuela. Ni tampoco iría Amelia. Ni Antonio había ido. En tiempos muy antiguos, era niño el padre de estos tres, anduvieron los propagandistas de la república clamando por las aldeas, Mandad a vuestros hijos a la escuela, eran como apóstoles de perilla y bigote y sombrero blando anunciando la buena nueva, la luz de la instrucción, llamando a la cruzada, con la extrema diferencia de que entonces no se trataba de expulsar al turco de Jerusalén y del sepulcro del Señor, no eran cosas de huesos ausentes, sino de vidas presentes, éstas que luego irían con el saco de los libros en bandolera, colgando de un bramante, y dentro la cartilla ofrecida por la misma república que mandaba cargar a la guardia contra sus progenitores cuando éstos reclamaban salario mayor. Recibió por eso Juan Maltiempo sus letras, las suficientes para haber escrito en el cuaderno de Montemor su nombre errado Juan Maltiempo, aunque, inseguro, a veces escribía Juan Maltiempo, ya bastante mejor, si no exacto, que Mal-tiempo es alarde evidente de presunción gramática. Avanza el mundo de conformidad con lo que puede ser. Pero en Monte Lavre no ha avanzado lo suficiente para que vayan los tres hermanos a la escuela, y ahora, cómo va a escribir Gracinda Maltiempo al novio cuando él esté lejos, buena pregunta ésta, y cómo iba Antonio Maltiempo a dar más noticias de su vida, si el pobre no aprendió y anda de temporero con distintas cuadrillas, Dios quiera que no se le pegue ningún veneno, y no se le pegó, dice Faustina al marido, De ti sólo tuvo buenos ejemplos.

Juan Maltiempo dice que sí con la cabeza, pero, en su corazón, duda. Le duele no tener al hijo al lado, mirar a su alrededor y ver sólo mujeres. Faustina, tan distinta de como fue de joven, y ya entonces no era bonita, y las hijas cuya lozanía resiste aún al trabajo de arrancar matojos, la pena es que Amelia tenga tan estragados los dientes. Pero de buenos ejemplos no tiene Juan Maltiempo la certeza. Durante toda su vida no hizo más que ganarse el pan, y no todos los días, y esto le arma un nudo ciego en la cabeza, que venga un hombre al mundo sin haberlo pedido, que pase frío y hambre infantil más de la cuenta, si cuenta puede haber, que, llegado a crecido, tenga hambre redoblada como castigo de haber tenido cuerpo para aguantar tanto, y luego de maltratado por amos y capataces, por guardias y guardas, llega a los cuarenta años, dice lo que piensa, y es llevado preso como ganado a la feria o al matadero, y en la prisión todo es humillarlo a uno, hasta la libertad es una bofetada, un mendrugo tirado al suelo, a ver si lo coges. Esto hacemos al pan cuando cae, lo ponemos en la mano, soplamos levemente como devolviéndole el espíritu, y luego le damos un beso, pero no lo comeré aún, lo parto en cuatro partes, dos mayores, dos más pequeños, toma tú, Amelia, toma, Gracinda, éste para ti, y éste para mí, y si alguien pregunta para quién fueron los dos pedazos mayores, es menos que un animal, porque hasta un animal lo sabría.

Los padres no pueden hacerlo todo. Los padres ponen a los hijos en el mundo, hacen por ellos lo poco que saben, y quedan a la espera de que lo mejor ocurra, pareciéndoles que si prestan mucha atención, o incluso no tanta, con cualquier cosa un padre se engaña, cree que está atento y no lo está, pero, en fin, es imposible que mi hijo sea un trotamundos, mi hija deshonrada, mi sangre envenenada. Cuando Antonio Maltiempo pasa épocas en Monte Lavre, Juan Maltiempo se olvida de que es padre y más viejo y se pone a dar vueltas alrededor del hijo, como si quisiera compensar aquellas ausencias, por lugares tan lejanos como Coruche, Sado, Samora Correia, Infantado e incluso del otro lado del Tajo, y los casos verídicos que por la boca del hijo vienen a confirmar o confundir la leyenda de José Gato, leyenda decimos, aunque hay que ponerlo todo en su debida proporción, José Gato es un desgraciado sin gloria, que dejó ir a los de Monte Lavre a la cárcel, esos casos valen más porque en ellos aparece Antonio Maltiempo, por haber estado allí u oírlo decir, que como información pintoresca para la historia de la pequeña y campestre delincuencia. Y Juan Maltiempo tiene a veces un pensamiento que no conseguiría poner en palabras por extenso, pero que, entrevisto, parece decir que si es de buenos ejemplos de lo que se trata, tal vez esos de José Gato no sean tan malos como dicen, aunque robe o no aparezca en las horas más necesarias. Un día Antonio Maltiempo dirá, En mi vida sólo tuve un maestro y un explicador, y ahora, a mi edad, he vuelto al principio para volver a aprenderlo todo. Si es necesario empezar a esclarecer ya ciertas cosas, digamos que el maestro fue su padre, y José Gato el explicador, y lo que está aprendiendo Antonio Maltiempo no lo está aprendiendo solo.

Estos Maltiempo memorizan bien las lecciones. Cuando Gracinda Maltiempo se case, ya sabrá leer. Parte del noviazgo fue eso, una cartilla de Joâo de Deus, la letra negra y la otra de rayitas, de color gris, para que se distingan las sílabas, pero no es natural que estas finuras se graben en memorias nacidas entre otros decires, basta con que vacilante vaya leyendo y haciendo pausas entre las palabras a la espera de que en el cerebro se enciendan las luces del entendimiento, no es acega, Gracinda, es acelga, a ver si te enteras Manuel Espada entra ya en casa, si no fuera por la cartilla aún estaría en el umbral algún tiempo mas, pero, en fin, parecería mal estar tomando la lección mientras otros pasaban, y el noviazgo además era firme, Manuel Espada es buen muchacho, decía Faustina, y Juan Maltiempo miraba al futuro yerno y lo veía andando de Montemor a Monte Lavre, a pie, despreciando carros y carretas, sólo para sostener su opinión, para no quedar debiéndole favores a la gente que le había negado el pan de la boca. Era también una lección, por tal la tomaba, aunque Sigismundo Canastro hubiera dicho, Manuel Espada hizo bien, pero nosotros no hicimos mal tampoco, ni él ganó nada viniendo a pie ni nosotros nos bajamos los calzones viniendo a caballo, todo está en la conciencia de las personas. Y Sigismundo Canastro, que tiene una risa maliciosa, aunque de pocos dientes, dijo luego, Sin contar con que él es joven y a nosotros nos pesan ya las piernas. Pues sí, pero si hubo treinta y tres razones para la buena acogida que tuvo la declaración de Manuel Espada en el ánimo de los padres de Gracinda, la primera de todas, si alguna vez Juan Maltiempo se la confesó a sí mismo, fueron aquellos veinte kilómetros andados a pie, la reacción arrebatada del mozo, eso de afirmarse como hombre durante casi cuatro horas con su constancia bajo el sol, batiendo con las botas la tierra y el polvo como si llevara una gran bandera que no podría ir en los carros del latifundio. Así, y como ha ocurrido siempre desde que el mundo es mundo, aprendió el viejo del joven.


Mayo es el mes de las flores. Va el poeta caminando en busca de las margaritas de que oyó hablar, y si no le sale oda o soneto le saldrá al menos pareado, que es saber más común. El sol no está aún en la locura de julio o de agosto, corre incluso una fresca brisa, y dondequiera que uno pose los ojos, desde aquí, desde esta altura que en otros tiempos habrá servido de atalaya, todos son campos verdes, no hay espectáculo más capaz de desahogar las almas, sólo por dureza de corazón quedaría uno sin sentir la caricia de la felicidad. Mirando hacia este lado, los matorrales son un jardín sin riego ni jardinero, plantas todas que tuvieron que aprender por sí mismas los modos de conciliarse con la naturaleza, con esta piedra recia que resiste a la penetración de las raíces, y tal vez por eso, por esta energía obstinada en lugares de los que se apartan los hombres, aquí donde la lucha es entre lo vegetal y lo mineral, son las esencias tan penetrantes, y cuando el sol abrasa la colina, todos los perfumes se abren y aquí infinitamente dormiríamos, tal vez muertos con el rostro pegado a la tierra, mientras las hormigas, alzando la cabeza como perros, avanzan protegidas por máscaras de gas, pues ésta es también su residencia.

Son poesías fáciles. Lo extraño es que no se vean hombres Crecen las mieses, verdísimas, la dehesa está en su sosiego y aroma, y volviendo a mirar, ya ha perdido el trigo su tierno frescor, una minúscula gota de amarillo en tan gran espacio casi no se nota, y los hombres, dónde están los hombres que no los vemos por este paisaje tan feliz, a ver si no es verdad que sean como los siervos de la gleba, atados como cabras a una estaca para sólo comer allí de lo que haya. Grandes son estos ocios mientras el trigo crece, echó un hombre la semilla al suelo y, si el año es favorable, venga a dormir, ya nos llamaran cuando llegue la hora de la siega. No se nota pues que este mayo de flores sea mes de cara hosca, y no hablamos del tiempo, que está bonito y prometedor, sino de estas caras y ojos, boca y mueca, No hay trabajo, dicen, y si la naturaleza canta, buen provecho le haga, que no estamos nosotros para cantares.

Demos un paseo por el campo, subamos al monte, y de camino, dio el sol en esta piedra, refulgió ella, y nosotros que fácilmente creemos en la felicidad decimos, Es oro, como si oro fuera todo lo que reluce. No vemos a los hombres trabajando y decimos en seguida, Buena vida se dan, ahí está el trigo creciendo y la gente a la bartola. Pero conviene que nos entendamos Pasa el invierno, como queda dicho, en grandes banquetes y comilonas de cardos, berros y trigueros, con una cebollita por añadidura, unos granitos de arroz y un cachito de pan, sacándolo de la boca para que no les falte todo a los hijos, no debía esto precisar repetición, van a pensar que estamos envaneciéndonos de los sacrificios que hacemos, vaya idea, hicieron nuestros padres lo mismo y los suyos a su vez, y los padres de los padres hasta los tiempos del señor Lamberto, y más atrás, hasta donde ya nadie tiene memoria, siempre se pasó el invierno así, y si alguien murió de hambre no faltan nombres para causas de muerte menos ofensivas al pudor y a la decencia. Mediado va enero, ya hay quien manda podar los árboles, tanto da Norberto como Dagoberto, se empieza a ganar algo, pero no dará para todos, Elígeme buena gente, que no nos busque problemas, y luego, limpios ya los árboles, está la leña en el suelo, vienen los carboneros, compra aquí, compra allá, y entonces se trabaja en estas artes del fuego, y las palabras correspondientes de acopiar leña, rehenchir y ahornar, terrear y ventear, mientras las vamos aquí saboreando, van ellos haciendo lo que ellas dicen, quiénes somos nosotros, nosotros sólo sabemos las palabras, y aún así no las sabíamos antes, las aprendimos a toda prisa por necesidad y, si está todo listo, vamos a ensacar y cargar, adiós hasta el año que viene, me llamo Peres, tengo en Lisboa veinticinco carbonerías, y otras tantas en los alrededores, dígale a la señora que este carbón es de lo mejor, es de alcornoque, arde lentamente, por eso es más caro, tiene que ser así. Ardemos, amigo mío, en esta sequedad, en este polvo, en este humo, a ver qué hay ahí que pueda beberse, pongo la cántara en la boca, echo la cabeza atrás, gorgotea el agua, bien podría estar más fresca, se escurre por los lados de la boca y traza ríos de piel clara entre márgenes de carbón. Todos deberíamos haber pasado por estas cosas y otras, por todas, que la vida, siendo corta, da para tanto y para mucho más, hubo quien vivió poco y todo su tiempo lo consumió en este quehacer.

Se han ido los carboneros, y ahora. Es mayo de las flores, quien sepa hacer versos que intente comer de ellos. Hay unas ovejas para trasquilar, quien sepa de esta arte, Yo sé, yo sé, saben pocos, y los otros van a seguir con la buena vida, unas semanas de vida mala, salir de casa, entrar en casa, hasta que las mieses estén a punto de siega, aquí un poco antes, allí más tarde, ahora venid vosotros, los demás que esperen, está la cabra atada a la estaca y ya no tiene qué comer. Hace tiempo que no tiene. Entonces, qué jornal pagan, dicen los trabadores en la plaza, y los capataces pasean a lo largo de los batallones desarmados, está la hoz en casa y el martillo no es cosa de nuestra arte, y paseando dicen, o se paran jugando con los dedos en el bolsillo del chaleco, El jornal es como los demás, lo que paguen los otros, paga la casa. Esto es conversación antiquísima, ya en tiempos de los señores reyes se decía así, y la república no ha cambiado nada, no son cosas que se cambien por derribar un rey y poner un presidente, el mal está en otras monarquías, de Lamberto nació Dagoberto, de Dagoberto nació Alberto, de Alberto nació Floriberto, y después vinieron Norberto, Berto, Sigisberto, y Adalberto, y Angilberto, Gilberto, Ansberto, Contraberto, que cosa rara es que tengan nombres tan parecidos, es lo mismo que decir latifundio y su dueño, los otros bautismos poco cuentan, por eso el capataz no dice nombres, dice los demás, y nadie pregunta quiénes son los demás, sólo la gente de ciudad caería en esa inocencia.

Se está en eso, Cuánto vamos a ganar, y el capataz sigue en sus trece, Lo que los otros paguen, y cerrado así el círculo, a ciegas, pregunté yo y no respondiste tú, Vayan a trabajar y ya veremos luego. Con otras palabras, o poco diferentes, lo mismo dice el hombre a la mujer, Voy a trabajar y luego veremos, y ella piensa, o dice en voz alta, y quizá no debiera decirlo porque estas cosas duelen, Al menos tienes trabajo, el lunes ya están los braceros en el campo, cumpliendo su obligación, y se dicen los unos a los otros, Cuánto será, cuánto no será, y no lo saben, Y aquellos de allí, los del otro lado, Ya les he preguntado, y no lo saben tampoco, y así se llega al sábado, y entonces sí viene el encargado a decir, El jornal es tanto, toda la semana trabajando sin saber cuánto valía el trabajo y por la noche preguntaba la mujer, Lo sabes ya, y el hombre respondía con malos modos y peor gana, Yo qué sé, déjame en paz, y decía ella, No es por mí, pero el panadero me lo preguntó, por lo que nos lleva fiado, ay esos míseros diálogos. Que siguen, Tan poco, No sé, no sé, si los otros pagan más yo pago más también. Fingimientos, todos sabemos lo que son, pero estos fingimientos fueron tramados entre Ansberto y Angilberto, entre Floriberto y Norberto, entre Berto y Latifundio, es la otra manera de decir todo.


Todos los años, en fechas fijas, la patria llama a sus hijos. Es un modo exagerado de decir, copia habilidosa de algunas proclamas usadas en momento de aprieto en la nación, o de quien en su nombre habla, cuando interesa, para fines confesos o inconfesos, que aparezcamos como una inmensa familia toda hecha de hermanos, sin distinción entre Caín y Abel. La patria llama a sus hijos, se oye la voz de la patria llamándolos, llamándolos, y tú, que hasta hoy nada has merecido, ni el pan para el hambre que tienes, ni el remedio para la enfermedad que te tiene, ni el saber para la ignorancia, tú, hijo de esta madre que te ha estado esperando desde que naciste, tú ves tu nombre en un papel a la puerta del ayuntamiento, no sabes leer, pero algún letrado te indica la línea donde se enrolla y desenrolla una lombriz negra, eres tú, y quedas enterado de que esa lombriz es tu nombre, escrito por el amanuense de la caja de reclutas, y un oficial que no te conoce y que de ti sólo quiere saber para esto, pone su nombre debajo, es una lombriz aun más enredada y confusa, ni siquiera llegas a enterarte de cómo se llama el oficial, y a partir de ahora ya no puedes escapar, la patria te está mirando fijamente, te hipnotiza, sólo faltaba que fueras a ofender la memoria de nuestros abuelos y de los descubrimientos, Te llamas Antonio Maltiempo, y desde que viniste a este mundo te estaba esperando, hijo mío, para que sepas que madre extremosa soy, y si durante todos estos años no te di mucha atención, tendrás que perdonarme porque sois muchos y no puedo mirar por todos, anduve preparando a los oficiales que mandarán en ti, no se puede vivir sin oficiales, cómo ibas a aprender los movimientos de marcha, uno dos izquierda derecha, media vuelta, alto, o el manejo del arma, cuidado cuando alzas la culata, quinto, que no se te vaya el dedo atrás, y me dicen que no sabes leer y quedo asombrado, acaso no puse escuelas primarias en los lugares estratégicos, institutos no, no los necesitas, tu vida es diferente, y vienes a decirme que no sabes leer, ni escribir, ni contar, qué trabajos me das Antonio Maltiempo, vas a tener que aprender en el cuartel, no quiero hijos analfabetos bajo mis banderas, y si luego olvidas lo que te han enseñado, paciencia, la culpa no será mía, el burro eres tú, un patán y un cateto, en verdad te digo, están mis ejércitos llenos de campesinos, menos mal que es por poco tiempo, y acabado el servicio militar volverás a tu ocupación, pero si quieres otra tan pesada como ésa, también puede arreglarse.

Si dijeran las patrias la verdad, oiríamos este discurso, punto más, coma menos, pero entonces tendríamos que sufrir el disgusto de dejar de creer en las admirables historias para niños, las de ayer y las de hoy, unas veces de armadura y guantelete, otras de dragona y greba, por ejemplo aquella del soldadito que vivía en la trinchera nostálgico de su madre carnal, que la celeste ya murió, mirando el retrato de aquella que le dio el ser, hasta que cierto día una bala perdida, o por el contrario muy bien disparada por tirador especial del enemigo, hizo el retrato astillas, mando la esfinge de la dulce anciana y señora madre al quinto infierno, y entonces el soldado, loco de dolor, saltó el parapeto y corrió empuñando el arma contra las trincheras adversarias, pero no fue lejos, le cayó encima una ráfaga que lo segó, así dicen los relatos de guerra, y esa ráfaga fue disparada por un soldado alemán que también llevaba en el bolsillo el retrato de su madre y suave anciana, esto se añade para que queden más completas las historias de madres y patrias y de quien muere o mata por historias de éstas

Antonio Maltiempo dejó el trabajo donde lo tenía, bajó a Monte Lavre, salió del tren en Vendas Novas, miró desde fuera el cuartel donde tendría que estar dentro de tres días, y se puso en camino, tres leguas son, y como el tiempo estaba hermoso fue con su paso seguro pero sin prisa, dejando a mano izquierda el polígono de tiro, hay tierras que nacen con mala estrella, castigada es esta por estériles explosiones, es como algunos hombres, y finalmente la pierde de vista o, con mas exactitud, de saber que está allí hasta no viéndola, y se estremece sólo de pensar que durante año y medio tendrá perdida su libertad. Se acuerda de José Gato, se pregunta si él habría hecho el servicio, y siente en su corazón un desahogo grande, como si el destino le estuviera abriendo una puerta a los caminos diciéndole, Déjalo todo, para qué vas a meterte en un cuartel, entre cuatro paredes, y luego volver a arrancar corcho, a cavar, a segar, eres tonto, vete a buscar a José Gato, aquélla sí que es vida, quién se atreve a ponerle la mano encima, tiene los de la cuadrilla, él es el jefe, lo que él dice se hace, y por qué no vas a acabar tú de jefe también, tienes que aprender, eres joven, para empezar no estaría mal. Tentaciones, cada uno tiene las que puede y aprendió. Parecerá esto desatinado en muchacho que viene de familia honrada, sólo aquella mancha de la vida y muerte del abuelo Domingo Maltiempo, uno no puede pasarse la vida entera dándole vueltas a esto, pero que tire la primera piedra quien nunca haya pensado en acciones así o peores, sobre todo cuando Antonio Maltiempo todavía no conoce toda la historia de José Gato, falta lo que está por ocurrir, y sólo le encuentra el buen sabor de la carne de cerdo que compró clandestina con su dinero ganado honradamente.

Con quince kilómetros por delante, un hombre tiene tiempo suficiente para ir pensando, hacer balance de su vida, todavía ayer era un niño y dentro de poco recluta, pero quien está en la carretera, con pie firme, es el mejor desollador de alcornoques de los nueve mozos que con él aprendieron, a lo mejor encuentra a alguno de ellos en la tropa. Hace ya más calor, el morral no pesa mucho, pero se bambolea y resbala hombro abajo, aquí me siento a descansar, unos metros fuera de la carretera, no muy lejos, pero a cubierto, tiendo doblada la manta por la humedad del suelo, poso la cabeza en el morral y me quedo dormido, aún tengo tiempo de llegar a Monte Lavre. Se me ha sentado ahora al lado una vieja muy vieja, poca suerte para mí y mucha para ella, poca para mí, pienso, qué fuerza tiene, será una bruja, me toma la mano, me abre los dedos cerrados, y dice, Veo en tu mano, Antonio Maltiempo, que no vas a casarte nunca ni a tener hijos, que harás cinco largos viajes a tierras lejanas v que arruinarás tu salud, no tendrás tierra tuya a no ser la de la sepultura, no eres más que los otros, e incluso ésa sólo será tuya mientras seas polvo y nada, luego los huesos que queden, iguales a los de todos, irán a parar a cualquier lado, hasta ahí no llega mi adivinación, pero mientras estés vivo no harás nada mal hecho, aunque te digan lo contrario, y ahora levántate que ya es hora. Pero Antonio Maltiempo, que sabía que estaba soñando, hizo como si no oyera la orden y siguió durmiendo, e hizo mal porque así no llegó a saber que sentada a su lado estuvo una princesa llorando y que tomó su mano áspera y callosa, pese a tan joven, tan joven era, y luego, habiendo esperado tanto, se fue la princesa arrastrando por las aliagas y los rastrojos la seda de su vestido, por eso cuando despertó Antonio Maltiempo estaba el campo cubierto de flores blancas que antes no había visto.

En la vida del latifundio se dan muchos casos que parecen imposibles y son verdad verdadera No obstante desde allí a Monte Lavre fue Antonio Maltiempo pensativo porque se había encontrado dos gotas de agua en la palma de la mano y no atinaba a saber de dónde procedían, además no se mezclaban la una con la otra, rodaban como perlas, son prodigios también habituales en el latifundio, sólo los sabihondos tienen dudas. Estamos en que Antonio Maltiempo aún hoy tendría las gotas de agua, si al llegar a casa, con el gesto de abrazar a la madre, no se le hubiesen escapado de la mano y volado hacia la puerta tremolando unas alas blancas, Qué pájaros son ésos, No lo sé, madre.


Hay quien tiene el sueño pesado, hay quien lo tiene leve, hay quien al dormir se despega del mundo, hay quien no sabe estar sino de este lado y por eso sueña. Diremos que Joana Canastra es de éstos. Que la dejen dormir en paz, es lo que ocurre cuando está enferma, si los dolores no duelen demasiado, y ahí se queda en la postura que aprendió en la cuna, diría quien desde entonces la conozca, el rostro sobre la mano abierta, morenísima y cansada, en el más profundo y prolongado sueño. Pero si tiene algunos cuidados, y los cuidados hora cierta, quince minutos antes de la hora abre los ojos bruscamente, como obedeciendo a un mecanismo interior de relojería y dice, Sigismundo, arriba. Si fuese este relato contado por quien lo ha vivido en seguida se vería que ya comenzaron las variantes, involuntarias unas, premeditadas otras, y obedientes a reglas, porque lo que Joana Canastra dijo fue realmente, Sismundo, arriba, y aquí se comprueba hasta qué punto es pequeño el margen para el error cuando ambos saben de qué se trata, la prueba es que Sigismundo Canastro, a quien a su vez no faltan dudas ortográficas, echa la manta hacia atrás, salta de la cama en calzoncillos y cruza la casa para abrir el postigo y mirar fuera, Aún es noche oscura, sólo un ojo agudísimo, que Sigismundo Canastro ya no tiene, o una experiencia de milenios, que le sobra, permitirían distinguir la imponderable mudanza que hay por la banda de levante, tal vez, entienda quien pueda estos misterios de la naturaleza, el brillo mayor de las estrellas, cuando es precisamente lo contrario lo que debiera parecer cierto. Está fría la noche, no es extraño, estamos en noviembre, que es buen mes para eso, pero el cielo aparece descubierto y así seguirá, como también en noviembre suele acontecer. Joana Canastra se ha levantado ya, enciende el fuego, empuja la tiznada cafetera para calentar el café, que es el nombre que se sigue dando a esta mixtura de cebada, o achicoria, o altramuces quemados y molidos, que ni saben ya lo que beben, y va a buscar al arca medio pan y tres sardinas fritas, no queda mucho más en el arca si es que queda algo, lo pone todo en la mesa y dice, Tienes el café caliente, ven a desayunar. Estas palabras parecerán triviales, pobre hablar de gente poco imaginativa que nunca aprendió a adornar los pequeños actos de la existencia con palabras superlativas, no hay comparación posible entre la despedida de Romeo y Julieta en el balcón del cuarto donde la doncella dejó de serlo y las palabras dichas por el alemán de ojos azules a la no menos doncella, pero plebeya, que sobre los helechos fue forzada. Y lo que ella le dijo. Si se mantuvieran estos diálogos en la elevación de sus circunstancias, sabríamos que, aunque no primera, esta salida de Sigismundo Canastro tiene quien la cuente, y por eso vamos a contarla. Comió Sigismundo Canastro media sardina y un pedazo de pan, sin plato ni tenedor, cortando pedacitos de ella y trozos de él con la minuciosa punta de su navaja, asentó sobre esta papilla, ya en el estómago, el bienestar cálido del falso café, hay quien jura a pies juntillas que la existencia de Dios se demuestra por la existencia y la concordancia del café con la sardina frita, pero eso son cuestiones de teología, no de viajes matinales, se caló el sombrero, se calzó las botas, enfiló las mangas de una pelliza vieja y dijo, Hasta luego, mujer, si preguntan por mí di que no sabes adonde he ido. No valía la pena hacer esta recomendación, es siempre la misma, y además tampoco Joana Canastra podría decir mucho, pues sabiendo a lo que va el marido, y eso no lo diría aunque la mataran, no sabe adonde va, y en consecuencia no podría decirlo aunque la matasen. Sigismundo Canastro pasará todo el día fuera, volverá cuando sea noche cerrada, más por razones de camino y distancia que por el tiempo realmente ocupado, aunque nunca se sabe. La mujer le dice, Hasta luego, Sismundo, ella insiste en decir el nombre así, no nos riamos, ni sonriamos siquiera, qué es un nombre, y después de que él saliera por la puerta de la cerca, ella se sentó junto al fuego y allí permaneció hasta el amanecer, con las manos juntas, pero no consta que rezase.

Faustina Maltiempo, en el otro extremo de Monte Lavre, no está acostumbrada, es la primera vez. Por eso, aunque sepa que el marido sólo deberá salir de casa cuando el sol haya nacido, no consigue dormir en toda la noche, asombrada de que siendo Juan Maltiempo tan inquieto siempre, esté durmiendo sosegado, como quien nada teme aunque algo deba. Son compensaciones del cuerpo para el alma alterada. Cuando Juan Maltiempo se despierta, día claro aunque el sol no esté fuera, el recuerdo de lo que va a hacer le entra súbitamente por los ojos, hasta el punto de que los cierra en seguida, y no es por miedo por lo que siente un golpe en el estómago, sino por una especie de respeto de iglesia, de cementerio o de nacimiento de niño. Está solo en el cuarto, oye los ruidos de la casa y los del exterior, un cantar friolero de pájaro olvidado, las voces de las hijas y el crepitar de la leña ardiendo. Se levanta. Ya quedó dicho que es un hombre pequeño y seco, tiene ojos azules luminosos y antiguos, y en esta edad de los cuarenta y dos años en que está empiezan a escasearle los cabellos y los que tiene encanecen, pero antes de ponerse en pie tiene que hacer una pausa, acomodar el cuerpo a la punzada que la posición tumbada resucita todas las noches, y no debería ser así, debería ser lo contrario, si el cuerpo ha descansado. Se vistió y entró en la cocina, se acerca al fuego como si aún quisiera conservar el calor de la cama, no parece que esté habituado a grandes fríos, dice, Buenos días, y las hijas van a besarle la mano, es una alegría ver a la familia reunida, todos en paro, en algo se han de entretener a lo largo del día, remendar unas ropas, Gracinda trabaja en su ajuar, va lentamente, conforme puede, la boda no será hasta el año que viene, por la tarde irá con la hermana a lavar al río una carga de ropa que fueron a buscar a la casona, siempre son veinte escudos. Faustina, que se va quedando sorda, no ha oído al marido, pero lo sintió, fue tal vez la vibración sísmica de la tierra pisada o el desplazamiento del aire que sólo su cuerpo puede causar, cada uno tiene el suyo, es verdad, pero éstos viven juntos desde hace veinte años, sólo un ciego se engañaría, y ella de los ojos no tiene motivo de queja, el oído es lo que le va faltando, aunque le parezca, y ésa es su disculpa de todos los días, que la gente habla ahora de una manera embarullada, como si lo hicieran adrede. Parecen cosas de viejos pero son sólo cosas de gente cansada antes de tiempo. Juan Maltiempo va alimentado para la jornada, tomó café, tan ruin como el de Sigismundo Canastro, comió pan de mezcla, qué parte de trigo tendrá, y embuchó un huevo crudo, agujero a un lado, agujero al otro, es uno de los grandes placeres de la vida, ojalá pudiera tenerlo siempre. Ya se le ha pasado el nudo del estómago y ahora que el sol va asomando siente una gran prisa, dice, Hasta luego, si alguien pregunta por mí, no sabéis adonde he ido, y no son consignas acordadas, es lo natural en quien tiene las palabras en la punta de la lengua y no se va a poner a rebuscar otras razones. Ni Gracinda ni Amelia saben adonde va el padre, lo preguntan después de que haya salido, pero la madre es sorda, como sabemos, y finge no haber oído. No se lo tomemos a mal, que las mozas son jóvenes y habladoras, sólo por la escasa edad, no por aturdimiento, imputación que ofendería al menos a Gracinda, sabedora de las aventuras de Manuel Espada, primer huelguista conocido en Monte Lavre, más los compañeros, cuando aún era un chiquillo.

El encuentro es en Terra Fria. Son nombres puestos a los sitios, sin duda por algún motivo que se entendería, pero este de tierra fría en latifundio tan caliente en verano y en invierno tan frío por igual sólo se entiende volviendo a los orígenes, y ésos se han perdido, como suelen decir los dormilones, en la noche de los tiempos. Pero antes de llegar se juntarán Sigismundo Canastro y Juan Maltiempo en el Cabezo de la Atalaya, no en lo alto claro está, que no van a ponerse estos hombres la vista de quien pase, aunque aquella tierra, y más en este preciso lugar, no sea tan concurrida como la plaza do Giraldo, si entienden lo que queremos decir. Se encontrarán al pie del cabezo, donde hay una espesa arboleda, Sigismundo Canastro conoce bien el sitio, Juan Maltiempo no tanto, pero todos los caminos llevan a Roma. Y desde allí hasta Terra Fria seguirán juntos, por sendas que Dios nunca anduvo y el Diablo sólo obligado.

No hay nadie en el mirador circular del cielo, aquel que, por encima del horizonte, es palco habitual de los ángeles cuando en la arena del latifundio hay movimiento grande. Ése es el máximo y fatal error de los ejércitos celestiales, juzgarlo todo por la vitola de la cruzada. Desprecian las pequeñas patrullas, los destacamentos aventureros, los voluntarios para esta misión, los minúsculos puntitos que son dos hombres aquí, otro allá, otro más adelantado, otro aún lejos y retrasado, todos convergiendo, hasta cuando parecen desviarse del camino hacia un lugar que en el cielo no tiene nombre, pero que aquí abajo se llama Terra Fria. Quizá piensen en el remansado empíreo que aquellos humanos van trivialmente hacia su trabajo, pese a la falta de él, como hasta en el cielo deberían saber por ocasionales avisos del padre Agamedes, y es verdad que de trabajo se trata. Es una sementera diferente, responsabilidad tan grande que Juan Maltiempo le preguntará a Sigismundo Canastro cuando se encuentre con él, y después de dar los primeros pasos, no inmediatamente sino cuando haya logrado vencer su timidez, Crees que me van a aceptar, y Sigismundo Canastro responderá, con la seguridad de ser más viejo en esto y en la edad, Ya has sido aceptado, no tengas miedo, no vendrías hoy conmigo si hubiera alguna duda.

Hay quien llega en bicicleta, la deja oculta en los matorrales, en lugar de algún modo fácilmente identificable, no vaya a perder después el norte. Esta vez no habrá temor por la placa de matrícula, todo pasa dentro del ayuntamiento, sólo por mala fe o súbita desconfianza lo mandaría detenerse el guardia, Adonde va, y a que, de dónde viene, enséñeme la licencia, y eso no sería bueno, este hombre se llama por casualidad Silva, pero también se llama Manuel Días da Costa, es un suponer, Silva para aquellos con quienes va a hablar en Terra Fría, para la guardia es Manuel Dias da Costa, para el registro civil un nombre diferente, y también para el cura Agamedes que lo bautizó muy lejos de estos lugares. Hay quien dice que sin el nombre que tenemos no sabríamos quiénes somos, es un dicho que parece perspicaz y filosófico, pero este Silva o Manuel Dias da Costa que pedalea por un camino carretero enfangado ha dejado ya felizmente la carretera por donde pasa de improviso la guardia o está días enteros sin aparecer, pero nunca se sabe, que no se trata de andar jugando a las adivinanzas, este ciclista avanza tan en paz con su alma que bien se ve que no le afectan estas sutiles cuestiones de identidad, tanto de sí mismo como de los papeles. Pero, observándolo mejor, no es así, aunque más seguro está él de quién es que los documentos que le dan nombre. Y como es un hombre dado a pensamientos, piensa que es singular que la guardia comprenda menos aquello que ve, un hombre y su bicicleta, que un papel escrito y sellado, cansado ya de que lo abran y lo cierren, Puede seguir, pero cuando pone el pie en el pedal y da el impulso, piensa que será mejor no volver a pasar demasiado pronto por esta carretera, por eso vino por primera vez hacia esta parte y tuvo suerte, que nadie lo mandó parar.

Hay quien viaja en tren, y se apea en Sâo Torcato, en la línea de Setil, o en Vendas Novas, o incluso en Montemor, más allá si el encuentro es en Terra da Torre, en estas estaciones de por aquí si es en Terra Fría. Bien está en este caso para quien venga de Sâo Geraldo, que es la carrerilla de un perro, pero si este día de hoy alguien salió de Sâo Geraldo para iguales cometidos, siguió hacia más lejos, quizá no casualidad, regla será y seguro con suficiente fundamento. A esta hora, mediada la mañana, ya no se ve la bicicleta, los trenes andan muy lejos, ahí va él silbando, y sobre Terra Fria pasa un milano cazador, es bonito de ver, pero mucho más bonito es estar viéndolo y de repente oírlo gritar, aquel pío largo que nadie puede expresar con palabras, pero cuando lo oímos queremos decir cómo fue, y no salimos de esto, animales de pío y canto es lo que menos falta, entre pájaros de toda especie es la voz común, pero este grito es diferente, tan de naturaleza brava, da como un escalofrío, no me sorprendería que de tanto oírlo me nacieran alas, cosas más raras se han visto. Planeando alto, el milano deja colgar un poco la cabeza, es sólo un gesto, pues la vista no precisaría de tan mínima aproximación, somos nosotros los que tenemos esas taras de miopía, astigmatismo, palabras que, conviene aclararlo, debemos evitar por estas tierras, no sea que los ángeles las confundan con estigmatismo, asomarse al mirador en busca de san Francisco de Asís y dar con un simple milano pegando gritos y cinco hombres que se aproximan, unos cerca, otros lejos de Terra Fria. Quien los ve a todos desde allá arriba es el milano, pero ésa no es ave chivata.

Los primeros en llegar fueron Sigismundo Canastro y Juan Maltiempo, se esmeraron en la puntualidad por ser novato uno de ellos. Mientras esperaban, sentados al sol para no enfriarse demasiado de prisa, Sigismundo Canastro dijo, Si te quitas el sombrero ponlo con la copa para arriba, Por qué, preguntó Juan Maltiempo, y Sigismundo Canastro respondió, Por lo del nombre, no debemos saber unos los nombres de los otros, pero yo sé el tuyo, Lo sabes, pero no lo dirás, los camaradas harán lo mismo, esto es por si nos detienen, no sabiendo los nombres estamos a salvo. Aún dijeron otras cosas, hablar suelto, divagante, pero Juan Maltiempo se quedó pensando en esto, tantas precauciones, y cuando llegó el de la bicicleta supo que de éste no iba a saber nunca el nombre verdadero, quizá por el respeto que mostraba Sigismundo Canastro, aunque lo tratara de tú, a no ser que justamente el tuteo fuese un respeto mayor. Éste es el nuevo camarada, dijo Sigismundo Canastro, y el de la bicicleta tendió la mano, no era mano gruesa de jornalero, pero fuerte sí, y sólida en el apretón, Camarada, la palabra no es nueva, también la usan los compañeros de trabajo, pero es como decir tú, es igual y al mismo tiempo tan diferente que las rodillas se doblan y la garganta se contrae, caso extraño en hombre que pasa de los cuarenta y ha visto mucho del mundo y de la vida. Están los tres en esto haciendo tiempo mientras los otros no llegan, Esperaremos media hora, si no vienen empezamos nosotros, entonces se quitó Juan Maltiempo el sombrero y antes de dejarlo en el suelo de copa para arriba como Sigismundo Canastro le había recomendado, miró adentro, disimuladamente, y vio escrito Juan Maltiempo en la cinta, en letras de sombrerero, era ésa una costumbre provinciana de aquellas épocas en las que ya en la ciudad se cultivaba el anonimato. El de la bicicleta, eso lo sabemos nosotros, porque Juan Maltiempo creía que vino todo el camino a pie, el de la bicicleta, digo, lleva boina, no es seguro que lleve el nombre en ella, y si lo llevara cuál sería, las boinas se compran en las ferias, en tenderetes que no tienen prosapia de comercio letrado ni instrumentos de pirograbación o dorado y al que vende tanto le da que el parroquiano pierda el gorro o no.

Con pequeños intervalos, cada uno por su lado, llegan los dos que faltaban. Se conocían de haberse visto y encontrado otras veces, era sólo Juan Maltiempo quien estaba allí como pañuelo de muestra, con perdón, a quien los otros miraban fijamente para aprenderle el rostro de memoria, cosa fácil, con unos ojos como aquéllos no había error posible. El de la bicicleta con voz grave y sencilla pidió mayor puntualidad en el futuro, aún reconociendo que es difícil calcular el tiempo en tan grandes distancias, Yo mismo he llegado después de estos camaradas, y debería ser el primero. Hubo luego pagos generales en dinero menudo, sólo monedas, y cada uno recibió octavillas contadas y envueltas, y si allí fuese permitido decir nombres, o el milano oyéndolos los repitiera, o los sombreros boca abajo se miraran los unos a los otros oiríamos, Éstos son para ti, Sigismundo Canastro, éstos son para ti, Francisco Petinga, éstos son para ti, Joâo dos Santos, tú, Maltiempo, no llevas esta vez, tendrás que ayudar a Sigismundo Canastro, y ahora decidme cómo va todo, empieza tú. Le tocó a Francisco Petinga y dijo, Los amos han descubierto ahora una moda nueva, una manera de ahorrarse un día cuando tienen que recibirnos por orden de la casa del pueblo, cuando llega el sábado nos despiden, no queda nadie, y entonces nos dicen, El lunes vais a la casa del pueblo, decís que yo digo que quiero los mismos trabajadores, esto dice el amo, no sé si entiendes, y el resultado es que perdemos el lunes yendo a la casa del pueblo, y el amo sólo empieza a pagarnos el martes, qué es lo que debemos hacer. Dijo luego Joâo dos Santos, En mi tierra, la casa del pueblo está de acuerdo con los amos, si no no haría lo que hace, nos distribuye y nosotros salimos de allí para los campos y los patronos no nos aceptan, volvemos entonces a la casa del pueblo, Ellos no nos aceptan, y nos vuelven a decir que vayamos, y con esto ni los amos nos quieren aceptar ni la casa del pueblo tiene fuerza para obligarlos o anda jugando con los trabajadores, qué es lo que debemos hacer. Dijo Sigismundo Canastro, Los trabajadores distribuidos están ganando dieciséis escudos de sol a sol, pero hay muchos que no consiguen ser colocados, el hambre está siendo igual para todos, los, dieciséis escudos no llegan para nada, los amos se ríen de nosotros, tienen trabajo por hacer y dejan las tierras sin labrar, no hacen nada, lo que tendríamos que hacer era ocupar esas tierras, y si muriéramos, moriríamos de una vez, ya lo sé, el camarada ya lo ha dicho, sería un suicidio, pero suicidio es también lo que está pasando, apuesto a que ninguno de nosotros puede alabarse de haber cenado algo que se vea, esto no es estar desalentado, qué es lo que vamos a hacer. Asintieron los demás, sintieron roer el estómago, había pasado ya el mediodía y creyeron que podrían comer allí mismo el trozo de pan y compango que habían traído de casa, pero al mismo tiempo se avergonzaban de tener que mostrar tan poco, aunque todos supieran lo que son miserias. El de la bicicleta, mal abrigado, que no se le veía en los bolsillos bulto que pudiera ser almuerzo, y también, diremos nosotros, que los otros en esta circunstancia no lo saben, en vano van las hormigas bicicleta arriba bicicleta abajo, allí no encontrarán ni migaja, el de la bicicleta se dirigió a Juan Maltiempo y preguntó, Y tú, quieres decir algo, pregunta inesperada, interpelación que sobresaltó al novato, No sé, no tengo nada que decir, y se quedó callado, pero estaban ya todos ellos callados, mirando, y así no podía ser, cinco hombres sentados bajo un chaparro, filosofando, y como no tenía nada que decir, dijo, Nos cansamos de trabajar noche y día cuando hay trabajo, y no aliviamos nuestro castigo de vida hambrienta, cavo un pedazo de tierra cuando me lo dejan cultivar, y hasta altas horas, y ahora estamos todos en paro, lo que quisiera saber es por qué las cosas son así y si van a seguir siendo así hasta que nos muramos todos, no hay justicia si unos lo tienen todo y otros nada, y sólo quería decir que los camaradas pueden contar conmigo, sólo esto y nada más.

Dijo cada uno sus razones, son como estatuas a distancia, tan quietos los veríamos, y ahora esperan lo que el de la bicicleta dirá, va a decir, está diciendo. Por el mismo orden sigue, primero habla para todos, luego para Francisco Petinga, después para Joâo dos Santos, más brevemente con Sigismundo Canastro, pero con Juan Maltiempo es un largo hablar, algo así como juntar piedras de calzada o puente, mejor será de puente, pues sobre él pasarán los años, los pasos, las cargas, y debajo hay un abismo. A esta distancia es una escena muda, vemos sólo los gestos, y son pocos, todo depende de la palabra y del énfasis de ella, y también de la mirada, que desde aquí ni la tan azul de Juan Maltiempo distinguimos. No tenemos ojos de milano, aquel que va volando y planeando muy alto sobre el chaparral, en círculo, bajando a veces por debilidad de sustentación del aire y luego con un batir de alas lento y elástico, sube nuevamente para alcanzar lo próximo y lo distante, esto y aquello, el latifundio excesivo y la paciencia en su justa medida.

Se ha acabado el encuentro. El primero en alejarse es el de la bicicleta, y luego, en un mismo movimiento de expansión, como un sol que explotara, siguen los hombres hacia sus destinos, primero aún a la vista unos de otros, si se volvieran hacia atrás, y no lo hacen, es también una regla, y luego se ocultan, no se ocultan sino que los oculta el desnivel de una vaguada o la silueta se les va apagando en la distancia tras el lomo de una colina, o simplemente la distancia y la dureza del frío, sentido al fin, que obliga a entornar los ojos, aparte de que es preciso que vaya uno mirando dónde pone los pies, no se puede andar por ahí a ciegas. Entonces el milano lanza un grito que resuena por toda la bóveda celeste, y se aleja hacia el norte, mientras los ángeles sobresaltados corren a la ventana atropellándose, y ya no ven a nadie.


Los hombres crecen, crecen las mujeres, crece todo en ellos, el cuerpo y el espacio de la necesidad, crece el estómago para quedarse a la medida del hambre, el sexo a la medida del deseo, y los senos de Gracinda Maltiempo son dos ondas del mar y dos remansos, pero esto es sólo el lirismo de costumbre, el cantar de amor y de amigo, que la fuerza de los brazos de ella y las fuerzas de los brazos de él, hablamos de Manuel Espada, no hubo aquí inconstancia de sentimientos, sino más bien mucha firmeza, y pasaron ya tres años, la fuerza de los brazos de ambos es con poca diferencia requerida o despreciada por el latifundio, en definitiva no resulta tan grande la diferencia entre hombre y mujer, a no ser en el jornal. Madre, me quiero casar, dijo Gracinda Maltiempo, aquí está mi ajuar, es cosa pobre, pero será suficiente para que nos acostemos Manuel Espada y yo en una cama suya y mía y en ella seamos mujer y marido, y él entre en mí y yo sea en él, y estemos ambos como desde siempre, que yo no sé mucho de lo que pasó antes de que hubiera nacido, pero toda mi sangre recuerda a una muchacha que en la fuente del Amieiro fue de un hombre que tenía los ojos azules como nuestro padre y sé que habrá de nacer de esta mi barriga un hijo o hija que tendrá los mismos ojos, para qué, eso no lo sé.

Era lo que faltaba, que Gracinda Maltiempo dijera estas palabras, sería una revolución en el latifundio, pero es deber nuestro entender lo que las verdaderas palabras dijeron, digan ahora o vengan a decir, que bien sabemos cuánto cuesta este hablar tan poco que es el de todos los días, unas veces por no saber qué palabra corresponde mejor a este sentido, o de dos que tenemos cuál es la exacta, muchas veces porque ninguna palabra sirve, y esperamos entonces que este gesto explique, esta mirada confirme, este sonido confiese. Madre mía, dijo Gracinda Maltiempo, lo poco que tengo alcanza para hacer nuestra casa, Madre mía, Manuel Espada dice que ya es hora, o quizá nada de esto sino el gran grito de milana solitaria, Madre mía, si no me caso iré y me acostaré sobre los helechos de la fuente del Aliso o en medio de un trigal y esperaré allí a Manuel Espada para que él venga a romper este mi cuerpo, y luego me levantaré el vestido y en el arroyo me lavaré, sangre mía que corriendo irá hasta que no se sepa dónde está, pero sabiendo yo quién soy. Y tal vez no haya sido así, tal vez una noche cualquiera Faustina le dijo a Juan Maltiempo, interrumpiendo quizá sus pensamientos de poner mañana los papeles en el hueco del árbol acordado, Lo mejor sería casar a la muchacha, ya tiene sus cosas dispuestas, y Juan Maltiempo habría respondido, Tendrá que ser una boda modesta, bien me gustaría que fuese mejor, pero no es posible, ni Antonio puede ayudarnos, estando en la tropa, dile a Gracinda que arreglen los papeles y que ya haremos lo que podamos. Todavía son los padres los que dicen la última palabra.

Casa tiene, la que cabe en el bolsillo que la había de pagar, tan pequeño el bolsillo, tan pequeña la casa, alquilada, para que no se crea que Gracinda Maltiempo y Manuel Espada iban a ponerse a decir, Esta casa es nuestra, hasta ganas de ocultarla tienen, Vivo por ahí, en cualquier lado, y jugar a las cuatro esquinas o al trapo quemado, si éstos no son sólo juegos de escuela y de ciudad, para que no sepa nadie dónde vivo, en esta casa que es sólo pared y puerta, una división abajo y otra arriba, una escalerilla que tiembla cuando le pongo el pie encima, y el fuego apagado cuando estamos ausentes. Vamos a vivir en esta ladera de Monte Lavre, dentro de este bancal, ni hay espacio para levantar la azada si quisiéramos cultivar un repollo, verdad es que le da el sol todo el día, no sé si vale la pena, no estamos más gordos por eso. Dormiremos abajo, en la cocina, que no lo será cuando, por estar acostados, sea dormitorio, que tampoco será tal cuando estemos levantados, qué nombre tendrá entonces, cocina si estamos cocinando, cuarto de costura si Gracinda está remendando ropa, y yo mirando las colinas de enfrente, con las manos caídas entre las rodillas, sala de espera, luego sabremos de qué, parece esto un juego de palabras y si no se entiende es porque son formas de ansiedad que se atropellan, cada una queriendo hablar primero.

Si empezamos a anticipar de ese modo, no tardaremos en hablar de hijos y de cuidados. Hoy es día de fiesta, se va a casar Gracinda Maltiempo con Manuel Espada, hace muchos años que no se ve una boda así en Monte Lavre, tanta diferencia de edad, él con veintisiete, ella con veinte, pero hacen buena pareja, más alto él como debe ser, y ella tampoco es pequeña, no salió al padre. Los tengo ante los ojos, ella con un vestido rosa que le llega a media pierna, cerrado en el cuello, de manga larga, abotonada en el puño, si hace calor no lo siente, o lo siente de tal manera que tanto da que sea invierno, y él de oscuro, chaquetón, que es más chaqueta que paleto, pantalón ajustado y zapatos que no hay quien los haga brillar, camisa blanca y corbata de rameado indescifrable como la copa de los árboles que nadie poda, es preciso que no haya confusiones, lo de los árboles es una comparación y nada más, que la corbata es nueva y probablemente nunca más será usada, o en otro casamiento si es que a él somos invitados. No es tan grande el cortejo de los novios, pero no faltan amigos y conocidos, y chiquillos al acecho de los confites, y viejas a la puerta diciendo sabe Dios qué, nunca se sabe lo que dicen las viejas, reniegos o bendiciones, pobrecillas, de qué les sirve la vida.

La boda fue después de la misa, como es costumbre, menos mal que estamos en tiempo de no faltar trabajo, siempre pueden las caras estar más alegres. Y, como hace buen día, Va bonita la novia, y los mozos no se atreven a decir las chirigotas habituales en los casamientos, porque, al fin y al cabo, Manuel Espada es mayor, tiene casi treinta años, exageración como hemos visto, pero no creación nuestra, situación interesante ésta, que hasta los hombres casados se retraen de hacer bromas, el novio, en definitiva, no es ningún muchacho, y tiene ese aire serio, ya era así de pequeño, nunca se sabe qué está pensando, sale a la madre, que murió el año pasado. Mucho se equivoca quien así habla. Verdad es que Manuel Espada va con rostro grave, eso es el semblante, como antiguamente se decía, pero por dentro, ni él sabría explicarlo aunque quisiera, es como un cantar de agua entre las piedras, más allá en Ponte Cava, sitio severo que por la noche asusta un poco, pero en cuanto amanece se ve que no había ninguna razón de miedos, y el agua canta entre las piedras

Se cometen grandes injusticias por culpa de las apariencias, y una fue el caso de la madre de Manuel Espada, mujer que parecía de granito y que por la noche se derramaba dulce en la cama, por eso quizá va llorando silencioso el padre de Manuel Espada, hay quien dirá, Es de alegría, y sólo él sabe que no. Están aquí, cuántas, veinte personas, y cada una de ellas sería una historia, no puede uno ni imaginárselo, años y años viviendo es mucho tiempo y muchos casos, si cada uno escribiera su vida qué gran biblioteca, tendríamos que llevar los libros a la luna, y cuando quisiéramos saber quién o qué fue Fulano, viajaríamos por el espacio para descubrir aquel mundo, no la luna, sino la vida. Dan ganas de volver atrás y contar con detalle la vida y el amor de Tomás Espada y Flor Martinha, si no fuera por las urgencias de estos acontecimientos y la nueva vida y amor del hijo y de Gracinda Maltiempo, que han entrado ya en la iglesia, también lo han hecho los más jóvenes y excitados, atropelladamente, no se debe hacer eso, son chiquilladas, y los más viejos, expertos y sabedores de los ritos y de las prédicas, entran muy compuestos, embutidos en ropa vieja de un tiempo más esbelto. Sólo este entrar en la iglesia y estar en ella, sólo estas caras, rasgo por rasgo y, lentamente, cada arruga, serían capítulos extensísimos como el latifundio que alrededor de Monte Lavre parece un mar.

Está el padre Agamedes en el altar, no sé qué le dio hoy, qué buen viento le sopló en la cara al levantarse, tal vez fuese el Espíritu Santo, y no es que el padre Agamedes pueda envanecerse de relaciones particulares con la tercera persona de la Santísima Trinidad, él mismo dudoso de la simplicidad de los enunciados teológicos, pero sea por la razón que sea, el caso es que está bien dispuesto el diablo del cura, está, sí, muy circunspecto, pero le brillan los ojos, y no será por las perspectivas de gula satisfecha, porque el almuerzo no va a ser de una abundancia sobrecogedora. Diremos que puede ser por el simple gusto de bendecir, que al fin el padre Agamedes es un humanísimo cura, como en todos los tiempos y lugares de esta historia se ha visto, y pensará, incluso sin tener en cuenta las necesidades de mano de obra del latifundio, siempre variables, pensará, digo, que este hombre se juntará a esta mujer y harán hijos que luego habrá que criar, y algún beneficio traerá a la iglesia en nacimiento, casamiento y muerte, beneficio que ya produjeron y aún han de producir los asistentes. Este es el rebaño, y más vale que sea de poca lana que de ninguna, que de estas migajas se hace la tarta, Cómase una porción más, padre Agamedes, y beba esta copita de vino de Oporto, y luego otra porción, Estoy como un justo, doña Clemencia, como un justo, Pero haga un sacrificio, señor cura es lo que él hace con más descanso, el sacrificio de la santa misa, y ahora acercaos que os voy a casar.

Hay cierta confusión entre los padrinos, nunca recuerda nadie de qué lado se tiene que poner, y el padre Agamedes dice las palabritas, enrolla la estola y la desenrolla, le lanza una mirada reprensiva al sacristán que se ha retrasado, qué ocurrencia, éste no es Domingo Maltiempo, cuántos años hace de eso, ni el cura es el mismo, las personas no son eternas. Nadie se dio cuenta, la luz no se alteró, no se llenó la iglesia de tronos y serafines, y una tórtola que arrullaba en el huerto, arrullando está, ocupada tal vez con otros matrimonios, y Gracinda Maltiempo mira a Manuel Espada y puede decir, Éste es mi marido, y Manuel Espada puede mirar a Gracinda Maltiempo y decir, Ésta es mi mujer, y sólo a partir de ahora será verdad, pues los helechos de la fuente no llegaron a recibir a estos dos, aunque pareciera que esto era lo que tenía que ocurrir.

Recorren ya los novios la brevísima nave cuando en la puerta de la iglesia aparece en su militar uniforme Antonio Maltiempo, que no llega a tiempo a la boda de la hermana, cosa de atrasos de trenes, pérdida de enlaces ferroviarios, y él furioso contando los kilómetros que faltaban, pero después de maldiciones capaces de derretir la veleta de la torre y de carreras alternadas con zancadas por el arcén de la carretera, afortunadamente, no siempre está el diablo tras la puerta, cedió al prestigio del uniforme una camioneta de reparto de pescado que pasaba por allí, Adonde va, Voy a Monte Lavre, a la boda de una hermana, lo dejó al principio de la cuesta, Enhorabuena a los novios, y él trepó hacia arriba como un cabritillo, pasó sin mirar la casona y ante el puesto de la guardia, a la mierda todos, y de repente recuerda que tal vez la boda se haya celebrado ya, pero no, hay gente en la plaza, otra carrera dos saltos para vencer los escalones del atrio, y ésta es mi hermana, éste es mi cuñado, Menos mal que has llegado, hermano, Vendría aunque tuviera que prender fuego al cuartel. Durante un minuto, ahora ya en la calle, no se trata del casamiento sino de Antonio Maltiempo que vino con permiso a la boda de su hermana, y como es necesario abrazar a toda la gente, entre padre y madre, parientes y amigos, el cortejo se dispersa un poco, hay que ser benevolente, ni Gracinda Maltiempo tiene celos, tiene a Manuel Espada a su lado, es su hombre magnífico, va del brazo como en las bodas finas y tan colorada, Dios del cielo, cómo puedes no ver estas cosas, a estos hombres y mujeres que habiendo inventado un dios se olvidaron de darle ojos, o lo hicieron adrede, porque ningún dios es digno de su creador y por tanto no deberá verlo.

Vuelven Manuel Espada y Gracinda Maltiempo a ser los reyes de la fiesta, duró poco la confusión, ya Antonio Maltiempo se ha quedado atrás, con los amigos de su edad, que cada vez tiene que reforzar esas dispersas amistades, tan largas han sido sus ausencias por Salvaterra, Sado y Lezírias, más para el norte, por la zona de Leiría, y ahora la tropa. Se hace la boda en casa prestada. Hay vino, caldereta de cordero, pastelitos de novia, dos botellas de aguardiente, y también chicharrones, nada que harte, ésta es una boda de gente pobre, tan pobre que veríamos a Juan Maltiempo llevarse las manos a la cabeza, afligido, si quisiéramos recordarle, pero sería crueldad, el gasto hecho y la deuda cuadruplicada en la tienda y en el quincallero, los consabidos perros que luego ladrarán tras los zancajos del deudor, pero ahora, pérfidos, se callan, De verdad no quiere llevarse algo más, mire que la hija no se casa todos los días.

Hasta que el cura Agamedes llega, nadie empieza a comer, rayo de cura, si tuviera el hambre que yo tengo, con este olorcillo a caldereta hirviéndome en el estómago, no sé cómo he conseguido llegar hasta aquí, que anoche no cené para tener más apetito hoy. No se confiesan estas cosas, faltaría más, mezquindades como esa de no cenar para poder comer más a cuenta de los otros, pero todos conocemos bien las flaquezas humanas, y también lógicamente las nuestras, para perdonar las ajenas. Sobre todo cuando el cura Agamedes ha llegado, dice dos palabras a Tomás Espada y al matrimonio Maltiempo, no oye Faustina muy bien lo que él dice, pero asiente con la cabeza, tenaz, y da al rostro una expresión en la que se mezclan la unción más refinada y el respeto filial, no es que sea hipócrita, pobre mujer, es que el timbre de voz del padre Agamedes le causa un zumbido raro en los oídos, si no fuera por esto, oiría perfectamente. Paternal está el cura Agamedes con los novios, con la mano derecha bendice a diestro y siniestro, se distrajo así el hambre por un momento, pero ahora aprieta de nuevo, en fin, vamos a empezar. Vinieron las fuentes y las bandejas, prestadas todas, es un modo de hablar, dos no lo eran, y en cuanto a la poca loza de Gracinda Maltiempo la madre fue tajante, Para la boda no va, ya nos arreglaremos, era lo que faltaba, que empezaras tu vida de casada con los platos rotos, hasta daría mala suerte. Por fin se comió, primero con avidez, luego pausadamente, pues todos sabían que no habría mucha más comida, y mejor juicio mostrarían haciendo rendir la caldereta y los chicharrones, el vino sí abundaba, menos mal.

Al cabo de un tiempo se levantó el padre Agamedes, hizo un gesto pidiendo silencio, un gesto solo, ni siquiera lo pedía, lo imponía sólo con levantarse, alto y flaquísimo, era grande la perplejidad de la parroquia cuando se discutía dónde metería el padre Agamedes lo que comía, que no era poco, conforme se iba demostrando en bodas y bautizos, se levantó, miró al gentío que rodeaba la mesa, frunció la nariz sensible ante el desaliño de platos y cubiertos, no tienen educación, doña Clemencia, pero después se sintió lleno de caridad, probablemente cristiana, y dijo unas palabras, Queridos hijos, me dirijo a todos y especialmente a los novios, en este feliz día en el que tuve la dicha de unir con los sagrados vínculos del matrimonio a Gracinda Maltiempo y a Manuel Espada, hija ella de Juan Maltiempo y de Faustina Gonçalves, hijo él de Tomás Espada y de Flor Martinha, ya fallecida. Habéis hecho votos de fidelidad y asistencia mutua, votos que la santa madre iglesia reclama a quien a ella viene para santificar la unión de hombre y mujer hasta que la muerte los separe. Mal hizo el padre Agamedes al hablar aquí de muerte, pues Tomás Espada cerró los ojos para que no se le saltaran las lágrimas, pero no hay manera de contenerlas, son como agua que rezuma en la grieta martirizada de un muro, todos fingen no darse cuenta, es lo mejor que pueden hacer, y el padre Agamedes habla y sigue hablando, sabe ya Dios por dónde va, Esta tierra nuestra es pequeña, pero afortunadamente hay entre nosotros una amistad profunda, no se ven aquí desavenencias y zarandajas como en otros sitios por donde pasé, y si bien es verdad que no os acercáis mucho a la iglesia, madre amantísima que a todas horas espera a sus hijos, también es cierto que casi nadie falta a los sacramentos, y los que faltan son ovejas descarriadas hace ya mucho tiempo, a las que desgraciadamente ya no tengo esperanza de salvar, Dios me perdone, que un ministro del Señor nunca debe perder la esperanza de llevar completo su rebaño hasta el regazo del Altísimo. Estaba presente uno de los relapsos, más la mujer, que no desmerecía del marido, y eran ellos Sigismundo Canastro y Joana Canastra, risueños ambos como si las palabras del padre Agamedes fueran canastillos de rosas, Sin vanagloria, creo que he dado pruebas de mis constantes cuidados de buen pastor, como hace tres años, espero que esté en el recuerdo de todos, cuando lo de aquellas huelgas, están aquí algunos de los que entonces liberé de la cárcel, no me dejarán mentir, y es posible que, de no ser por la buena fama de Monte Lavre, hubieran metido en la plaza de toros a los veintidós, como les ocurrió a hombres de otras tierras menos estimadas de Nuestro Señor y de la Virgen, aunque yo bien sé que tal crédito no se debe a merecimientos míos, pues pecador soy, aunque arrepentido.

En este punto se puso Juan Maltiempo muy colorado y, teniendo que mirar a alguien, miró a Sigismundo Canastro que miraba a su vez al cura fijamente con ojos serios y ya no sonreía, y entonces se oyó la voz de Antonio Maltiempo diciendo, Estamos en la boda de mi hermana, señor cura, y no es hora de hablar de huelgas ni de merecimientos, y la voz fue tan serena que no parecía de ira, pero lo era, se quedaron todos muy callados a la espera de lo que iba a ocurrir, y el cura dijo que brindaba por los novios y luego se sentó. No fue una buena idea, señor cura Agamedes, dijo más tarde Norberto, recordar allí esas cosas, lo que hizo es como mencionar la soga en casa del ahorcado, Tiene razón, respondió el padre Agamedes, no sé qué tentación me dio, quizá mostrarles que si no fuera por nosotros, iglesia y latifundio, dos personas de la santísima trinidad, siendo la tercera el Estado, alba paloma donde las haya, si no fuera por nosotros, cómo iban a sustentar ellos el alma y el cuerpo, y a quién darían o para quién tomarían los votos en las próximas elecciones, pero confieso que erré, mi culpa, mi grandísima culpa, por eso, con el pretexto de mis deberes pastorales, me fui de allí en seguida, cierto es que un poco aturdido, aunque la verdad es que apenas bebí de aquella zurrapa, temiendo que me diera acidez de estómago, para vino bueno el de su bodega, don Lamberto.

Entonces dijo Antonio Maltiempo, Ya se ha ido el padre Agamedes, ahora estamos en familia, diga cada cual lo que quiera de acuerdo con sus inclinaciones y para el lado que le lleve el corazón, y así hablará Manuel Espada con Gracinda su mujer y mi hermana, y la otra hermana mía Amelia tendrá a alguien a quien mirar, aunque hablar no pueda, y si él no estuviera, piense, y todos lo entenderemos, a veces no se puede hacer otra cosa, y recuerden mis padres sus vidas y las nuestras, y lo que hicieron cuando eran jóvenes, y así perdonarán nuestros errores, y los demás todos meditarán sobre sí y sobre sus allegados, algunos han muerto ya, lo sé, pero si los llaman, volverán, los muertos no desean otra cosa, y aquí ya siento la presencia de Flor Martinha, alguien la llamó, pero como soy yo quien está hablando, continuaré en el uso de la palabra, y no se admiren de estos torneos de fineza, que en la tropa no se aprende sólo a matar, quien lo desee aprenderá también a leer, a escribir y a contar, con esto ya se puede empezar a entender el mundo y un algo de la vida, que no sólo es nacer, trabajar y morir, a veces tenemos también que rebelarnos, y es de eso de lo que os voy a hablar.

Acabaron allí las conversaciones que iban mediadas, se desligaron los ojos pero no las manos de Gracinda Maltiempo y Manuel Espada, se despidió Flor Martinha, hasta pronto, Tomás, y en torno de la mesa se dispusieron los codos, esta gente no sabe comportarse, y si alguien se metió un dedo en la boca para sacar de una caries una hebra mascada de cordero, no se lo tomemos a mal, vivimos en una tierra donde la comida no se puede desperdiciar, sobre todo cuando Antonio Maltiempo, en su uniforme de dril, habla de eso mismo, de comida, Es verdad que en estas tierras se pasa mucha hambre, nos vemos obligados a comer hierbas y andamos por ahí con la barriga tensa como la piel de un tambor, y quizá por eso el coronel piensa que burro con hambre cardos come, y siendo nosotros los burros, en el cuartel no se oye otra palabra, oye tú, burro, la verdad es que se oyen otras, pero peores, entonces comamos cardos, pues yo os digo que más vale comer cardos que el rancho del cuartel, sólo los cerdos no lo rechazarían, y así así. Hizo Antonio Maltiempo una pausa, bebe un traguito de vino, para hablar mejor, se limpia la boca con el dorso de la mano, no hay servilleta más natural, y sigue diciendo, Creen que si pasamos hambre en nuestras tierras tendríamos que aguantarlo todo, pero ahí se equivocan, porque nuestra hambre es un hambre limpia, y los cardos que tenemos que arrancar los arrancan muestras manos, que incluso estando sucias limpias son, no hay manos más limpias que las nuestras, es lo primero que aprendemos cuando entramos en el cuartel, no forma parte de la instrucción de armas, pero se adivina, y un hombre puede elegir entre el hambre entera y la vergüenza de comer lo que nos dan, cuando también es cierto que a mí vinieron a buscarme a Monte Lavre para servir a la patria, dicen ellos, pero yo no sé qué es eso de servir a la patria, si la patria es mi madre y mi padre, como dicen también, de mis verdaderos padres sé yo, y cada uno sabe de los suyos, que se sacaban el pan de la boca para que no faltara en la nuestra, así que la patria se debe sacar el pan de su propia boca para que no le falte a la mía, y si yo tengo que comer cardos, que los coma la patria conmigo, a no ser que haya unos que son hijos de la patria y otros que son hijos de puta.

Se escandalizaron algunas mujeres, fruncieron algunos hombres el entrecejo, pero a Antonio Maltiempo, que tiene algo de rebelde, pese al uniforme, todo se le perdona desde que supo poner en su sitio al padre Agamedes, y sigue diciendo estas frases que son como el vino de la bodega de don Lamberto, es un imaginar, porque allí el labio nunca lo pusimos, Entonces en el cuartel decidimos hacer una protesta contra el rancho, no comer ni tanto así de lo que nos ponían delante, como si fuésemos cerdos que rechazasen la artesa donde se echan más porquerías de las que el cerdo admite, no nos importa comer medio celemín de tierra al año, que la tierra es tan limpia como nosotros, pero esto que nos dan, no, y yo, Antonio Maltiempo que os hablo, fui el de la idea y eso lo tengo a mucha honra, uno sólo sabe la diferencia después de haber hecho cosas así, hablé con los compañeros y todos estuvieron de acuerdo, que aquello era como si nos escupieran encima, y entonces llegó el día, nos sirven el rancho y nosotros nos sentamos como si fuésemos a comerlo, pero la comida así como vino así se fue, por más que gritaban los sargentos no hubo uno que cogiera la cuchara, era la revolución de los cerdos, y vino luego el oficial de día y echó un discurso como los del cura Agamedes, pero nosotros era como si no entendiéramos ni la misa ni el latín, primero quiso convencernos por las buenas, con palabras dulces, pero pronto se le acabó la mansedumbre y empezó a gritar, nos mandó formar a todos, y esto sí lo entendimos porque lo que queríamos era salir del comedor, al salir nos íbamos diciendo unos a otros con la boca pequeña, aguantar, fuerza, valor, aquí no se raja nadie, y entonces formamos, nos dejaron allí media hora, y cuando creíamos que eso era el castigo vimos que estaban encarando tres metralletas contra nosotros, todo de acuerdo con el reglamento, tiradores y sirvientes, y cajas de cintas, y entonces va el oficial y dice que o vamos a comer o da orden de disparar contra nosotros, ésa fue la voz de la patria, era como si mi madre me dijera o comes o te corto el cuello, ninguno se lo creyó, pero el caso es que entonces arman las ametralladoras y a partir de ahí ya no sabíamos qué podía ocurrir, hablo por mí que sentí que se me estremecía el espinazo, y si es verdad, y si disparan, y si esto es una matanza por culpa de un plato de sopa, valdrá la pena, no es que flaqueáramos, pero en situaciones como ésta no se controla el pensamiento, y entonces en la formación, no sé dónde, ni los compañeros que estaban allí cerca lo supieron, se oyó una voz, muy tranquila, como si sólo estuviera preguntándonos cómo íbamos de salud, Camaradas, aquí no se mueve nadie, y otra voz, del lado opuesto, Pueden disparar, y entonces no sé qué pasó, aún hoy me dan ganas de llorar, toda la formación gritó, como un desafío, Pueden disparar, estoy convencido de que no iban a disparar contra nosotros, pero si lo hubieran hecho, sé que nos quedábamos todos allí, y ésa fue nuestra victoria, no el haber mejorado el rancho, que a veces la gente empieza a luchar por una cosa y acaba ganando otra, y ésta era la mejor de las dos. Hizo Antonio Maltiempo una pausa y después añadió, mucho más sabio de lo que por su edad podría pensarse, Pero para ganar la segunda hay que empezar luchando por la primera.

Aquí veremos cómo lloran las mujeres y lagrimean los hombres, es la boda más bonita que se pueda imaginar, nunca se vio tal en Monte Lavre, y entonces Manuel Espada se levanta y abraza a Antonio Maltiempo, pensando qué diferente es esta tropa de ahora, él que hizo el servicio en las Azores y oyó decir a aquel compañero, amenazando a no se sabe quién, Cuando me licencie, me meto en la policía de vigilancia y defensa del estado, si un tipo te cae mal, lo detienes, y si te da la gana lo matas, le pegas un tiro y luego dices que intentó escapar, no hay nada más fácil.

Ahora se levantó Sigismundo Canastro, alto y delgado como una vara seca, brindó por los novios, y cuando todos hubieron saboreado regaladamente aquel vinillo dulce, dijo que iba a contar una historia que no es que sea semejante a la de Antonio Maltiempo, aunque tal vez sea igual, que en eso de historias y casos, buscando bien, acabamos siempre por encontrarles una semejanza, aunque parezca imposible, Hace muchos años, y en este punto primero hace una pausa para asegurarse de que todos están atentos, y lo están, miran muy pendientes, algunos un poco adormilados pero aguantando, y entonces puede continuar, Hace muchos años, andaba yo de caza y sucedió una historia, vaya hombre ya estamos con cuentos de perdices, tanto mientes cuanto dices, pero Sigismundo Canastro no está bromeando, ni responde a la interrupción, mira sólo a su alrededor como condoliéndose de tanta inconsciencia, y ya sea por la mirada o por la curiosidad de conocer el tamaño de la mentira, el caso es que se hizo el silencio, y Juan Maltiempo, que conoce muy bien a Sigismundo Canastro, sabe a ciencia cierta que aquello tendrá su intríngulis, la cuestión será entenderlo, Por aquel entonces aún no tenía yo escopeta, la pedía prestada, unas veces a uno, otras a otro, según, y no me faltaba la habilidad, que lo digan por ahí los de mi tiempo, y había entonces un perrillo al que anduve enseñando una temporada, me salió una maravilla, fino de nariz, hasta que un día fui con unos compañeros, cada uno con su perro, éramos un bonito grupo, dimos una vuelta enorme, y ya veníamos todos bien aviados, esto ocurrió allá en las cercanías de Guarita de Godeal, se levanta de repente una perdiz silvestre, y ahí va como un rayo, me echo la escopeta a la cara, ella achanta el vuelo en el momento en que iba a disparar, lo cierto es que ni la rocé con el perdigón, menos mal que no estaba por allí cerca ningún compañero, fue mejor para mi vergüenza, pero Constante, ése era el nombre del animal, corre en dirección a la perdiz, pensó quizá que habría sido herida y que andaría entre las aliagas, que allí formaban un matorral cerrado como pocas veces he visto, y había unas piedras grandes que tapaban la vista, el caso es que perdí al perro, y por más que llamaba Constante, Constante, y silbaba, no apareció, que aún fue vergüenza mayor volver a casa sin el animal, eso por no mentar el disgusto, que a aquel perro sólo le faltaba hablar. El auditorio estaba muy atento, oyendo y digiriendo, no es preciso mucho para hacer la felicidad de un hombre y contentar a una mujer, y aunque la historia era una trola como la rueda de un molino, era una buena historia, y bien explicada, como ya Sigismundo de nuevo iba contando, Pasados dos años tuve que ir otra vez por aquellas tierras y vi un gran espacio de matorral limpio, habían andado por allí haciendo desmonte, pero luego, no sé por qué, lo dejaron, y entonces me acordé de lo sucedido, me metí entre las piedras, fue un trabajo de miedo, no sé qué idea era la que me llevaba, parecía como si alguien me estuviera diciendo, sigue, sigue, no desistas Sigismundo Canastro, y qué veo, el esqueleto de mi perro allí de pie mirando el esqueleto de la perdiz, y llevaban dos años así, aguantando firmes los dos, parece que lo estoy viendo, a mi fiel Constante, con el hocico estirado, la pata levantada, no hubo viento que le tumbase ni lluvia que le descoyuntase los huesos.

No dijo más Sigismundo Canastro y se sentó. Quedaron todos callados, no se rió nadie, ni siquiera los más jóvenes, que son gente menos crédula, y entonces Antonio Maltiempo dijo, Es verdad lo de esos dos, el perro y la perdiz, soñé una vez con ellos, no hay mejor prueba, y habiéndolo dicho, exclamó el auditorio a coro, Todavía están allí, todavía están allí, claro que están, y soltaron una gigantesca carcajada. Y habiendo reído continuaron charlando, pasaron así la tarde entera, ahora cuento yo una historia, ahora tú, bebemos los dos, a esta hora está desierto el patio de parada del cuartel mientras las órbitas vacías del perro Constante miran las órbitas vacías de la perdiz, cada cual en su firmeza. Y cuando llegó la noche se despidieron todos, algunos acompañaron a Gracinda Maltiempo y a Manuel Espada hasta la puerta de la casa, mañana es día de trabajo, la suerte es tenerlo, No tardes, Gracinda, Ya voy, Manuel. En el corral de al lado, un perro extraña la vecindad y ladra.


José Calmedo es un guardia entre los demás guardias. Si está en la formación, nadie repara en él, ni tiene más relieve que el vulgar en la corporación, y cuando está fuera de ella, en obligaciones de patrulla o diligencia, es hombre discreto, de buena conformidad, como si todo eso lo hiciera distraído, pensando un poco en las musarañas. Un día, cuando menos lo esperaba nadie, quizá ni él mismo, entregará al comandante de puesto de Monte Lavre, para que siga las diligencias oportunas, su solicitud de baja en el cuerpo, y se irá con su mujer y sus dos hijos lejos de allí, aprenderá a asentar el pie en el suelo como un civil y pasará el resto de su vida olvidando que fue guardia. Es un hombre con historia, que desgraciadamente no puede relatarse aquí, salvo lo concerniente a su apellido, por ser relato breve y gracioso, e ilustrativo de la hermosura de los nombres y de la singularidad de su nacimiento, lo malo es nuestra mala memoria o nuestra escasa curiosidad que hace que no sepamos o hayamos olvidado que el apellido Sousa quiere decir paloma torcaz, fíjense qué hermosura y no esa trivialidad puesta en la partida de nacimiento, a la que pronto cortan las alas, es un peligro esto de escribir y hablar. Pero lo bueno es cuando la hermosura de los nombres viene de forzar otros anteriores o de palabras dichas sin intención de nombre, como transformar Pantaleón en Espantaleón, dichosa familia la que tal nombre tiene y se pasea por el mundo con esa obligación nueva de ahuyentar a los leones en la selva y en la ciudad. Pero de quien estamos hablando es del guardia José Calmedo y de la breve y gentil historia de su nombre, nacido, y ésa es la historia, de la bravata involuntaria de un antepasado, que sin duda muerto de miedo, por desatención al peligro no lo tuvo, y en consecuencia respondió a quien de su no acontecido miedo quiso saber razones, Cuál miedo, y la sinceridad de la pregunta fue tal y tan natural que maravilló a todos, y así Calmedo se quedó el valeroso involuntario y luego sus descendientes, hasta este guardia, y ya también sus hijos, aunque más tarde nació otra versión que dice que Calmedo viene de gran calma, calor grande, como el que hace ahora, cuando sale del puesto en misión, lleva sus órdenes sigilosas.

Tiene que andar tres kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, tarea de pedestre, que así es la vida del guardia, otro gallo les canta a los de caballería, y aquí va José Calmedo, baja de Monte Lavre al valle, ladea el pueblo por poniente y luego tira al norte, aprovechando la carretera, quedan a su mano izquierda los arrozales, hace una herniosa mañana de julio, cálida como quedó dicho, de calmedo, como algunos dicen, son versiones, pero por la tarde será peor. Hay un reguerillo abajo, mucha sed, poca agua, la bota pisa firme el arcén de la carretera, se siente un hombre fuerte pisando el arcén de la carretera, mientras la cabeza va pensando nubes sueltas, palabras que tuvieron sentido y lo perdieron, íbamos por el asfalto y ya descendemos el talud hacia la derecha, fresca sombra debajo del viaducto, y ahora al cobijo de las ramas frondosas de los fresnos, está esto como un desierto, quién te ha visto y quién te ve, la alberca seca, las ruinas de la aceña y encima el horno con las tejas destrozadas, parece que el latifundio destruye todo lo que se le enfrenta. José Calmedo descansa la carabina, se quita la gorra y se seca con el pañuelo la frente donde en oscuro y claro la piel muestra el efecto del sol y de su falta, incluso parece que la parte de arriba de la cabeza no le pertenece, pertenece a la gorra, éstas son suposiciones de quien busca la realidad.

Ya no está lejos, va al Cabezo del Desgarro, por las cuentas llegará a la hora del almuerzo. Traerá consigo de regreso a Juan Mal tiempo, con un pretexto cualquiera como cebo, un caso insignificante que nada tiene que ver con él, la historia no necesita ser complicada, cuanto más sencilla mejor, más creíble. Entre los árboles ve el campamento, los hombres de pie ante la hoguera, sacando el caldero antes de que hierva o escalde, va a ser rápido, es llegar allí y decir, Ven conmigo al puesto, pero José Calmedo no da los dos pasos que lo colocarían a la vista de todos, si mirasen. Retrocede tras unas dunas muy altas y se queda allí, calculando el tiempo que tardará Juan Maltiempo en comer el almuerzo escaso, mientras por el cielo siguen pasando nubes altas, tan pocas que ni sombra dan. José Calmedo fuma un pitillo, está sentado en el suelo, arrimó la carabina al tronco de un árbol, se desarmó a sí mismo. Es buena vida esta de guardia, con pocas obligaciones, ver pasar los días, sólo muy de tarde en tarde hay casos más serios, aunque otros se adivinen, aparte de eso, entran los meses salen los meses, calma y sosiego en el latifundio, sosiego y calma en el cuartel y en la zona, entre los partes y las rondas, entre los autos y las quejas que los malos vecinos siempre tienen. Uno va viviendo así, y sin darse cuenta está en la edad de jubilarse. Son pensamientos de hombre pacífico, ni parece que haya allí carabina y cartuchera, bota pesada de siete leguas recorridas, sobre la cabeza de José Calmedo canta un pájaro cualquiera, no trae el nombre en el collar, salta de rama en rama, se le ve desde aquí, es un abanico de cola y alas. Si mirásemos al suelo, veríamos a la tribu rastrera de los insectos, la hormiga que alza la cabeza como los perros, la otra que siempre la lleva abatida, una araña minúscula, dónde meterá lo que come, pero no nos distraigamos, tenemos que ir a detener a un hombre, sólo estamos esperando a que acabe de almorzar, guardia somos pero tenemos corazón, a ver qué se creen.

No hay grandes comilonas en el latifundio. José Calmedo mira entre los arbustos, ya todos han acabado. Entonces se levanta, suspira tal vez con el esfuerzo que hace o va a hacer, se cuelga la carabina al hombro, con gestos medidos, no porque estos gestos sean importantes, sino porque son puntos de apoyo, maneras de agarrarse un hombre, de no perderse en la sinrazón de sus actos, y empiezan a bajar hacia la vaguada donde los hombres están. Lo ven de lejos, sabe Dios qué corazones estarán latiendo precipitados, las leyes del latifundio son estrictas, tanto da que regulen la propiedad de la bellota como la recogida de la leña, cuando no peores atentados. Se acerca al fin José Calmedo y, a unos pasos de distancia, llama al capataz, no quiere acercarse a donde están todos de charla, un hombre no es una mozuela pero tiene sus pudores, Dígale a Juan Maltiempo que quiero hablar unas palabras con él.

El corazón de Juan Maltiempo late agitado como el de un pajarillo. No es que se reconozca reo de culpas extraordinarias, culpas de esas que no suelen ser perdonadas con multa y porrazo. Presiente que es el buscado y, a partir del momento en que el capataz diga, Juan Maltiempo, vete a hablar con el guardia, todo será como estar arrancando una corteza de alcornoque, oírla rechinar y saber que el esfuerzo llegará hasta el final, mi esfuerzo, el esfuerzo del árbol, falta aquí la interjección del hombre, aaaaah, y el rumor de la corteza al desprenderse, crrra, Bien señor Calmedo, qué me quiere, esto pregunta Juan Maltiempo intentando parecer sereno, como si estuviera felicitando al guardia por su excelente aspecto, es una suerte que los corazones estén ocultos, de no ser por eso todos los hombres serían condenados antes o después por su inocencia, cuando no por su crimen, que es el corazón un arrebatado incapaz de comedimiento e impaciente, poco sabía del oficio quien hizo los corazones, pero la astucia se aprende, menos mal, si no cómo iba a decir José Calmedo, sin que nadie le hubiera dado el recado, No es nada importante, sólo se trata de aclarar el caso de dos individuos que robaron unas gavillas, y el dueño dice que fueron ellos, pero ellos dicen que Juan Maltiempo es testigo de que ellos no fueron, ya ves, un lío que ni yo mismo entiendo. Siempre es así, por muy buenas que sean las intenciones, un hombre se embrolla cuando menos debía y lo que dice se convierte en la capa del diablo, que tanto tapa como destapa, es corta la capa del diablo, aun cuando Juan Maltiempo dice, ahora sí, inocentísimo en la materia, Yo no tengo nada que ver con el caso, por qué me meten en el lío, a lo que la autoridad responde con el decisivo argumento de mayor confianza, No tengas miedo, vas, dices lo que tengas que decir y vuelves en seguida.

Así sea. Se dispone Juan Maltiempo a recoger los pertrechos y las sobras del fardel, pero José Calmedo continúa hablando embalado en la onda de su invención y dice, No vale la pena, volverás inmediatamente, no será cosa de mucho tiempo. Y colmada su medida de mentiras, se aleja llevándose al pobre Juan Maltiempo, algo más sereno ya, chacoloteándole los zuecos que calzaba en el trabajo. De allí a Monte Lavre fue José Calmedo con cara ceñuda, como conviene a guardia que ha hecho un prisionero y lo lleva escoltado, pero la razón no era ésa sino la tristeza de tan pobre victoria, nacieron dos hombres para esto. Y Juan Maltiempo, hundido en sus pensamientos y en no poca aflicción, intentaba convencerse de que había realmente un robo de gavillas y dos inocentes a quienes su testimonio iba a salvar.

Vuelve Juan Maltiempo a entrar en el puesto de la guardia donde ya estuvo detenido durante unas horas cuatro años atrás. Todo está igual, el tiempo no ha pasado. El guardia José Calmedo va a comunicar al cabo que el detenido ya está allí, sin novedad, misión cumplida, pero por favor guárdense las medallas para otra ocasión, déjenme aquí con mi vida, con estas nubes de pensamiento, un día extenderé ante mí una hoja de papel sellado, excelentísimo señor comandante general de la guardia nacional republicana, excelencia, y el cabo Tacabo manda entrar y dice, Siéntese, señor Maltiempo, no hay nada extraño en este trato de señor, no siempre van a estar en plan de verdugo, Sabe para qué ha sido llamado al puesto de guardia. Va Maltiempo a decir que si es por lo de unas gavillas, nada sabe, pero no consigue abrir la boca, y menos mal, porque quedaría con mancha de mentiroso José Calmedo, afortunadamente el cabo Tacabo añadió de inmediato, porque cuanto más rápidamente se despache esto, mejor, Entonces no sabes qué es lo que estuviste haciendo por Vendas Novas, Eso debe de ser un error, yo no hice nada, Pues mira tengo aquí una orden del puesto de Vendas Novas para detenerte por comunista.

He aquí un ejemplo de diálogo simple, directo, sin ninguna armonización o arpegios en las cuerdas, sin acompañamiento o taracea de pensamientos o sutilezas, que no parece que se estén tratando cosas serias, es como si dijeran, Qué, cómo va eso, Bien, gracias y usted, Le manda saludos uno de Vendas Novas, amigo suyo, Déle recuerdos de mi parte si lo ve. Dentro de la cabeza de Juan Maltiempo golpeó de repente el badajo de una campana, hay un gran sonido como si estuviesen cerrándose con estruendo las puertas de un castillo, aquí nadie entra. Pero el castellano tiembla, le tiemblan las manos y la voz, Defiéndete, alma mía, y esto fue sólo un segundo, el tiempo de simular el asombro, la sorpresa, la inocencia ofendida y ultrajada, Señor, no me diga tal cosa, hace cuatro años que no me meto en líos, desde que me llevaron preso a Montemor, será un error, y dice el cabo Tacabo, Mejor para ti si no eres cómplice, la autoridad te mandará en seguida a casa. Tal vez el asunto no vaya a peores, tal vez sea una falsa alarma, un toque de rebato sin motivo, tal vez no esté nadie ahogándose, tal vez el incendio se apague por sí solo, sin que nadie se queme las manos, Entonces, señor cabo, le ruego que avise a mi mujer y le diga que venga a hablar conmigo. Nada más natural que decir esto, pero el comandante, el comandante aquí es el cabo porque Monte Lavre no es una villa importante, es sólo una aldehuela en un latifundio, no necesita más que un cabo de la guardia, el cual responde tan firme como el comandante general que en Lisboa manda, No señor, tu mujer no puede hablar contigo, ni ella ni nadie, estás considerado peligroso, pide lo que quieras, que un número irá a buscar lo que necesites a tu casa.

Considerado peligroso, Juan Maltiempo. Lo llevaron a la habitación que servía de cárcel, fue otra vez José Calmedo quien lo llevó, parecía como si no hubiera nadie más en el puesto, y Juan Maltiempo, antes de dejarse encerrar, dijo, Así que me engañó, y José Calmedo primero no respondió, se sentía ofendido, había querido hacer bien y éste era el pago, pero no podía quedarse mudo como si hubiera cometido algún delito, No quise que vinieras preocupado, este José Calmedo no merece realmente el uniforme que viste, por eso se lo quitará un día de éstos e iniciará una nueva vida en tierras donde no sepan que fue guardia, y eso es todo lo que de su vida sabremos.

Faustina Maltiempo y las dos hijas rondan el puesto. Están en lágrimas ansiosas, no saben de qué lo acusan, sólo que su marido y padre será conducido a Vendas Novas, y como hay coincidencias desgraciadas, así suele decirse, es en un instante en que las tres, por esto o por aquello, están ausentes cuando llega de Vendas Novas el jeep con una patrulla de fusil y bayoneta a buscar al criminal. A la vuelta sabrán que allí no está ya aquel a quien buscan, son tres mujeres en el camino, a la puerta del puesto de la guardia, tienen cerrada la entrada, Aquí ya no está, fueron órdenes que recibimos, vuélvanse a casa, que en su tiempo lo sabrán todo, dicen esto a las pobres infelices, será por escarnio, como escarnio fue que los guardias que vinieron de Vendas Novas le dijeran a Juan Maltiempo, con risa burlona, Venga, métete ahí, en el coche, que vas a dar un paseo. A este hombre no lo llama la guardia para ir a dar paseos por otros lugares, con transporte por cuenta de la patria, que es quien estas cosas paga del bolsillo de todos nosotros, y bien le gustaría a Juan Maltiempo viajar, salir de aquella tierra de latifundios y ver otras, pero estando calificado de peligroso no se mira la incomodidad de la guardia, que aprecia su descanso, ni el precio de la gasolina, ni la depreciación del material circulante, y así se dispone de inmediato un jeep y una patrulla de fusil y bayoneta para ir a Monte Lavre a buscar al malhechor y llevarlo con toda seguridad a Vendas Novas, Métete ahí, en el coche, que vas a dar un paseo, si esto no es escarnio, no sé lo que es escarnio.

El viaje es corto y callado, agotaron de prisa los guardias el manantial de gracias, siempre las mismas, y Juan Maltiempo, después de pensar y repensar, se dice a sí mismo que si está perdido por cien, lo mismo da estarlo por mil, que nadie sabrá de su boca información que a otros comprometa, mejor será que se partan en todo el mundo los espejos y cierre los ojos quien a mí venga, para que no vea mi propia cara si hablo. Esta carretera tiene grandes memorias, fue por aquí donde murió Augusto Pintéu al atravesar esa torrentera con un carro de mulas, y más allá, tras aquella loma, me acosté por primera vez con Faustina, era invierno y las hierbas estaban húmedas, cómo pudimos hacerlo, lo que es la juventud. Y le viene a la boca el gusto del pan con chorizo que después comieron y era su primera refección de hombre y mujer casados según la ley de la naturaleza. Se lleva Juan Maltiempo la mano a los ojos como si le ardieran, admitamos que son lágrimas, y un guardia le dice, No llores, hombre, y otro insiste en la humillación, Éstos siempre se acuerdan de llorar cuando los pillan, y eso no es verdad, No estoy llorando, responde Juan Maltiempo, y tiene razón, aunque lleve los ojos llenos de lágrimas, qué culpa tiene él de que los guardias no entiendan de hombres.

Ahora está Juan Maltiempo dentro del puesto de la guardia en Vendas Novas, el viaje fue un sueño, y en este civil nada hay que llame a engaño, visto uno vistos todos, experiencia la tiene Juan Maltiempo de sobra, dice el de civil, mientras el comandante del puesto se hurga los dientes con un palillo, Sí señor, aquí tenemos al caballero que va a darse un paseo conmigo hasta Lisboa, qué idea fija la de esta gente, sólo hablan de pasear, vamos a dar un paseo, y a veces son paseos de los que no se vuelve, es lo que se oye decir, pero mientras tanto el civil se vuelve a un guardia y le da la orden, el comandante del puesto está aquí para obedecer, es un mandado, un don nadie, Llévese a éste al balneario, que descanse allí hasta mañana. Y Juan Maltiempo siente que lo agarran del brazo de un modo brutal y que lo llevan a la parte de atrás del puesto, es un jardín, ese gusto floral que tiene la guardia republicana, quizá por él le sean perdonados muchos pecados, a los pobres guardias les gustan las flores. Y eso es porque no todo está perdido en sus endurecidas almas, un momento de belleza y gracia rescata a los ojos del supremo juez el peor de los crímenes, este de sacar a Juan Maltiempo de Monte Lavre y meterlo en calabozos de paso y en otros más demorados, sin contar lo que sólo más tarde sabremos. Es ahora una celda de un puesto de provincias, y esto es una tarima con una estera y un lío de mantas que dan asco, y también un grifo de agua, tanta sed, arrimo la boca y está caliente, pero eso sólo lo hice después de haber salido el guardia, y ahora sí puedo llorar, no se rían de mí, tengo cuarenta y cuatro años, pero hombre, a los cuarenta y cuatro años uno es un crío, está en la fuerza de la vida, mal hablar es ése aquí en el latifundio y a mi cara, cuando tan cansado me siento, esta punzada que no me deja nunca, y estas arrugas, que todavía el espejo puede mostrarme, si ésta es la fuerza de la vida, entonces déjenme llorar en paz.

Pasemos sobre la noche que Juan Maltiempo no durmió, cuatro pasos de ida, cuatro pasos de vuelta, que en el camastro no quiso descansar el cuerpo. Clareó el día, este hombre está cansado e inquieto, qué rumbo será el mío, y cuando dieron las nueve se abrió la puerta y un guardia dijo, Sal de ahí delante de mí, ésta es su manera de hablar, no les han dado otra enseñanza, y ahora es el civil quien dice, Vamos al tren, que ya es hora, vamos a nuestro paseo. Y salen acompañados hasta la puerta por el comandante del puesto, que en esto es hombre de mucho escrúpulo y buena educación, Hasta luego, dice, y si Juan Maltiempo es hombre inocente, no lo es tanto que piense que va por él esta despedida, pero de camino hacia la estación, en aquella plaza desierta, jura desesperado, Señor, soy inocente. Si el tren no estuviera a punto de salir, podríamos sentarnos aquí a discutir hasta aclarar de verdad qué es esto de inocencia y de ser inocente, y si Juan Maltiempo cree de hecho en el juramento que hizo y cómo es un creer tal que parece perjurio, y veríamos, si para tanto diese el tiempo y la argucia, la diferencia que hay entre ser inocente de culpa y de culpa inocente, aunque estas sutilezas no se avengan con el acompañante de Juan Maltiempo que responde tempestuoso, Deja ya de lamentarte, en Lisboa te harán la cama.

Pasemos ahora sobre el viaje, visto que no es capítulo admitido en la historia de los ferrocarriles de Portugal. Es el cuerpo tan soberano señor que Juan Maltiempo llegó a dormitar, vigorosamente mecido por el vagón y por el golpeteo de las ruedas en las junturas de los raíles, trastras, pero luego abría los ojos angustiado para descubrir cada vez que no iba soñando. Después fue el barco para Terreiro do Paço, si me tirara al agua, son pensamientos negros, acabo conmigo, y no es acción heroica, que tiene Juan Maltiempo esto de singular, no haber ido nunca al cine y no saber lo fácil y aplaudido que es el salto sin manos sobre la amurada, la inmersión impecable y aquel nadar americano que lleva al fugitivo hasta el misterioso barco fletado que alejado espera con la embozada condesa que para realizar esta acción quebrantó los sagrados vínculos familiares y los dictámenes del patrimonio condal. Pero Juan Maltiempo, sólo más tarde se sabrá, es hijo de rey y único heredero del trono, real, real por Juan Maltiempo rey de Portugal, ahí se va acercando el barco al embarcadero, quien iba adormilado se despertó, y cuando el preso se da cuenta hay dos hombres ante él, Sólo éste, preguntan, y el que vino de acompañante responde, Esta vez no hay más.

Pasemos también sin observación particular el recorrido urbano, los tranvías, los coches que por aquí abundan, la gente que pasa, cuál es la mano derecha del caballo de Don José, atraviesan en diagonal, Juan Maltiempo reconoce los sitios, plaza tan grande no se puede olvidar, y los arcos, mayores que los del Giraldo, pero de pronto todo es nuevo para él, este acortar por travesías, todas en cuesta, y ya le va pareciendo larga la caminata cuando de repente se vuelve corta, esta media puerta que de soslayo se abre, la mosca está ya atrapada en la telaraña, no son precisas comparaciones más finas y originales.

Y ahora a subir escaleras. Juan Maltiempo continúa en medio de los dos, nunca son demasiadas las cautelas, alta seguridad, está considerado peligroso. De abajo arriba es un hormiguero, de termitas, un barullo, un trabajo de zánganos con sus zumbidos, se oyen los timbres de los teléfonos, pero a medida que se va subiendo, primer piso, segundo piso, altas estancias, decrece el ruido y la agitación, se hacen escasas las personas, y en el tercer piso el silencio es casi total, sólo de la calle llegan desmayados unos motores de automóvil y el murmullo informe de la ciudad bajo el calor de la tarde. Allí están las buhardillas y este corredor que lleva a una división ancha, baja, con el techo casi encima de la cabeza, y en estos bancos corridos hay algunos hombres sentados, al lado de quienes me voy a sentar también yo, Juan Maltiempo, natural y vecino de Monte Lavre, de cuarenta y cuatro años de edad, hijo de Domingo Maltiempo, zapatero, y de Sara de la Concepción, loca, calificado de peligroso, según me hizo el favor de informarme el cabo Tacabo, del puesto de mi pueblo. Los hombres que están sentados miran a Juan Maltiempo, pero nadie dice palabra. Aquélla es la casa de la paciencia, allí se espera el inmediato destino. El tejado está justo encima de nuestras cabezas, rechina con el calor, si le echaran agua herviría, y Juan Maltiempo lleva veinticuatro horas sin comer, y para él no hay calor, éste es día de invierno, tiembla como si estuviera expuesto al viento de diciembre en el latifundio, sin más cobertura que la desabrigada piel. Así es por comparación, tan fina como las otras, y verdad pura, éste es el banco de los desnudos, cada uno por sí, y allí no se ampararán unos a los otros, tápate con esta fuerza y esta firmeza, soledad de erial, alto vuelo de milano que finalmente desciende a ras de tierra para contar a los suyos y valorar el coraje de cada uno. Pero hay que alimentar a las víctimas, sólo faltaría que las perdiéramos antes del tiempo conveniente. Pasó media hora y otra media, y entró al fin un número que traía para cada preso un plato de caldo carcelario y dos decilitros de vino, era un recuerdo de la patria para estos sus hijastros, pueden agradecérselo. Y cuando Juan Maltiempo rapaba con la cuchara el fondo del plato, oyó que un policía le decía a otro, estaban los dos a la puerta guardando la majada y juntando papeles, Aquel tipo de ahí va para el inspector Paveia, y el otro respondió, Pues buena recomendación lleva, y Juan Maltiempo se dijo, Eso va por mí, e iba, como luego supo, mejor que se hubiese quedado ignorante. Se llevaron los platos y los vasos adentro, y la espera continuó, qué va a ser de nosotros, casi de noche llegó por fin la orden de marcha, unos cuantos para ahí, unos para allí, Caxias o Aljube, arreglo provisional para todos, que no tardarían otras mudanzas, todas para peor, cuanto más el nombre se fuera volviendo rostro, cuando más el rostro se fuera volviendo blanco. Y era sin duda la voz de la patria esta de doña Patrocinio, funcionaría de este servicio de utilidad pública, fulano para ahí, zutano para allá, no podía tener mejor nombre en su oficio patrocinador, lo mismo que acontece con doña Clemencia, ahora sin duda charlando con el padre Agamedes, Parece que han detenido a Juan Maltiempo, Así es, señora mía, hizo tantas que las pagó todas juntas, y yo que llegué a tomarme tantas molestias por él y por los otros, Parecía tan buen hombre, Son los peores, doña Clemencia, son los peores, Ni amigo de tabernas era, Ojalá lo fuese, al menos no tiraría hacia las maldades que practicó, Y qué hizo, Ah, eso no sé decírselo, pero si fuera inocente no habrían venido a detenerlo, Convendría en el futuro ayudar a la mujer con alguna cosilla, Doña Clemencia, es usted una santa, si no fuese por su bondadoso patrocinio no sé qué sería de estos pobres miserables, pero deje que pase un tiempo, a ver si aprenden a no ser orgullosos, ése es el peor defecto que tienen, el orgullo, Tiene razón, padre Agamedes, y el orgullo es pecado mortal, El peor de todos, doña Clemencia, porque es él quien levanta al hombre contra su amo y contra su dios.

En el camino de salida pasó la furgoneta por la Boa-Hora para recoger a unos presos que estaban siendo juzgados. Todo esto va muy calculado y medido, consúltese la orden de servicio, hay que aprovechar todo el coche celular hasta el límite de su cabida, que es como quien dice, quien cargue con la hojarasca, cargue también con las cortezas, y siendo tan pobre la patria, los presos serían los primeros en asentir, y quién sabe si incluso no sugerirían, Pasemos por la Boa-Hora, hay quien piensa, Maldito nombre, y llevemos a los que están siendo juzgados por los meritísimos jueces, y así vamos todos juntos, siempre es mejor algo de compañía, la pena es no tener un acordeón para acompañar estas tristezas. Nunca Juan Maltiempo viajó tanto en su vida Como cualquier otro del latifundio, aunque no tanto como su hijo Antonio, ahora militar, anduvo, por obligaciones de la vida y necesidades de boca, con la alforja a cuestas, y la azada, la hoz, el hacha y la azuela, pero la tierra del latifundio es toda igual, con más alcornoques que encinas, con más trigo que arroz, con más guarda o capataz, administrador o encargado, es igual, sin embargo éstas son otras aventuras, buena carretera alquitranada, si fuera de día se vería mejor. Muy bien cuida la patria a sus hijos desobedientes, como se ve por la seguridad de estos altos muros y estos cuidados de la guardia, oh señores, será esto una plaga, en todas partes están, o les habrán echado una maldición al nacer y éste es su destino, estar donde estén los sufridores, no para cuidar las conocidas desgracias, para eso no tienen ni ojos ni manos, sino para decir, Sube al jeep que vamos a dar un paseo, o Pasa de largo, o Vamos, tira adelante, vamos al puesto, o Te ha tocado la papeleta, qué le vamos a hacer, a pagar la multa y aguantar la paliza, debe de ser de los estudios que tienen, de no ser por eso no serían guardias, pues guardia no se nace.

Distíngase lo que es la reflexión del narrador y lo que es pensamiento de Juan Maltiempo, pero nótese que todo es una misma certeza, y si hubiera errores, compartidos sean. Esta burocracia de registro, expediente y ficha es igual desde que se nace, no nos detengamos en ella, a no ser que un día sea posible que vengamos aquí y sepamos con detalle qué gestos y tratos eran éstos, contando desde la línea de puntos, donde el nombre se escribe, Juan Maltiempo, de cuarenta y cuatro años, casado, natural y vecino de Monte Lavre, dónde queda eso, ayuntamiento de Montemor o Novo, debes de ser buena pieza. Llevan a Juan Maltiempo a una sala donde hay otros presos, que duerma si puede, en cuanto al hambre, que la aguante, porque la hora de la cena ha pasado ya. Se cierra la puerta, el mundo ha acabado. Monte Lavre es un sueño, Faustina sorda, pobrecilla, pero no digamos, por absurdas comparaciones supersticiosas, que ésta es la hora de los murciélagos, de las lechuzas y de los mochuelos, pobres animales que ninguna culpa tienen de ser feos, puede que usted esté convencido de que es guapo, mira el tonto.

Juan Maltiempo estará aquí veinticuatro horas. No tendrá ocasión de hablar mucho, aunque al día siguiente se le acercará un preso y comenzará a decirle, Oye, amigo, no sabemos por qué has venido a parar aquí, pero para tu buen gobierno, toma nota de estos consejos.


Treinta días de aislamiento es un mes que no puede caber en ningún calendario. Por más que se calcule y haga la prueba del nueve, siempre sobran días, es una aritmética inventada por locos, se pone uno a contar, uno, dos, tres, veintisiete, noventa y cuatro, y al final el error es nuestro, sólo han pasado seis días. Nadie le preguntó nada, lo trajeron de la cárcel de Caxias, esta vez un día claro para que pudiera ver el paisaje, por las rendijas, que es como querer ver el mundo por el ojo de una aguja, y tras mandarle que se desnudara, esto son cosas de la patria, ya una vez me pusieron así los doctores en la revisión militar, sirve, no sirve, pero para esto sí que sirvo, seguro que no me mandan fuera, me revuelven los bolsillos, los ponen del revés, los sacuden, me arrancan las plantillas de los zapatos, oh gente experta que sabe dónde se guardan las clandestinidades, pero no encuentran nada, de dos pañuelos que traje se llevan uno, de los dos paquetes de cigarrillos uno se llevan, adiós navaja, también a veces estos policías se distraen, sólo ahora me retiran la navaja compañera, imagínense si me hubiera querido matar. Me rezan el responso, Mientras esté incomunicado no puede recibir visitas ni escribir a la familia, en caso contrario, será castigado. Pero un día, mucho más tarde, me permitieron escribir y recibí ropa limpia, por manos de Faustina lavada y planchada, y humedecida con alguna lágrima, pueblo sentimental a quien aún no se le han secado estas fuentes.

Al vigésimo quinto día, eran las tres de la madrugada, estaba Juan Maltiempo en su mal dormir, tanto así que despertó en seguida, se abrió la puerta de la celda y dijo el guardia, Juan Maltiempo, levántate y vístete, tienes que dejar la celda. Santo Dios, será verdad que me dejan marchar libre, no tiene freno la imaginación de los desgraciados, se lo toman todo por lo mejor o por lo peor, conforme les da, y éste siente la atracción de los extremos, ojalá no lo derrumben. Lo llevan al entresuelo y hay gente esperándolo, es un podenco mal encarado, y el guardia dice con su habitual humor, Aquí tiene al patán para dar el tal paseo, sin duda decir esto es una manía, ya se sabe lo que son los paseos, no engañan a nadie, pero vuelven y repiten, como si no supieran decir otra cosa, sólo que con leves variantes, Venga, andando delante de mí, que te voy a enseñar el camino de la brigada, eso dijo el podenco ladrando a Juan Maltiempo, y el guardia de Aljube es un gracioso, diablo de hombre que a estas horas de la mañana y en estas aflicciones es aún capaz de decir, Buen viaje. La palabra no le fue dada al hombre, era lo que le faltaba, todo son conquistas y a veces mal empleadas, y hay palabras que deberían venderse bien caras teniendo en cuenta quién las dice y para qué, como en este caso, Buen viaje, cuando se sabe que el viaje no va a ser bueno, los animales son más caritativos entre sí, al menos no hablan. Pero este podenco me lleva por calles desiertas, qué linda está la noche, aunque sólo vea este corredor de cielo por encima de las casas, a la izquierda la catedral, y a la derecha la iglesia de San Antonio, más pequeña, y luego, abajo, otra, ni pequeña ni grande, la de la Magdalena, es un camino de iglesias, voy bajo la protección de la corte celestial, este podenco tiene una conversación mansa, debe de ser por eso, No digas que te lo he dicho yo, pero tu caso está muy mal, me consta que un camarada de tu tierra dio tu nombre, lo mejor es que confieses lo que sabes, ésa es la manera de volver pronto con la familia, no se gana siendo tozudo. Esta calle lleva el nombre de San Nicolás y la de allí el de San Francisco, si entre una y otra ha quedado algún santo por el camino, aprovéchenlo, Yo no sé de qué me habla, señor policía, no he hecho nada, mi vida ha sido sólo trabajar desde que nací, no sé nada de esas cosas, un día me detuvieron, hace ya sabe Dios cuánto, y nunca más me volví a meter en políticas, esas palabras las dice Juan Maltiempo, unas verdaderas, otras mentirosas, y no saldrá de ellas, eso es lo que tienen de bueno las palabras, es como cruzar un río por encima de las piedras, siempre igual, cuidado con no tropezar, que el agua corre tan de prisa que nubla los ojos, atención. Ahora el podenco ladra, el sitio ya Juan Maltiempo lo conoce, aquella rampa con los carriles de los tranvías brillando. Ah, conque sí, pues vas a ver la que te cae encima, y la blanda madrugada soporta los insultos que va soltando, tío tal, tío cual, cosas que en el latifundio apenas se conocen. Y ahora es cuando Juan Maltiempo siente como si se le fueran las fuerzas, lleva veinticinco días metido en una celda, casi sin moverse, de la celda al retrete, del retrete a la celda, con su pobre cabeza pensando, atando hilos pronto rotos en un meditar lleno de aflicción, y las noches sin dormir, y ahora esta caminata que tan larga le parece y no es nada comparada con las distancias del latifundio que sus piernas conocen, y de repente tiene miedo de no aguantar, de cantar lo que sabe y lo que nunca podría saber, pero vuelve a oír al preso de Caxias, Oye, amigo, no sabemos por qué has venido a parar aquí, pero para tu buen gobierno toma nota de estos consejos, y ha llegado a tiempo este recuerdo, los últimos metros es como si los soñase, ha pasado ya la puerta, va subiendo la escalera, otra vez el primer piso, no se ve a nadie, es un silencio que atemoriza, segundo piso, tercer piso, hemos llegado, el destino de Juan Maltiempo ha estado aquí esperándolo con las piernas cruzadas, éste es el gran defecto de los destinos, no hacen nada, se ponen a la espera, a ver, y somos nosotros quienes tenemos que hacerlo todo, por ejemplo aprender a hablar y aprender a callar.

Pasados unos minutos desde que llegó Juan Maltiempo al despacho adonde lo empujó el podenco, que quedó allí de guardia, se abrió la puerta de golpe y entró un bien compuesto caballero recién afeitado y oloroso de loción matinal y brillantina, indicó con un gesto al otro que se fuera y empezó a pegar gritos, Por culpa de este cabrón, de este comunista de mierda, voy a perder hoy la misa, uno cuenta estas cosas verdaderas y es posible que no las crea nadie, pero es verdad, probablemente en estas buenas costumbres tiene influencia la vecindad eclesiástica ya mencionada cuando veníamos de Aljube, y los Mártires y la plaza de las Dos Iglesias, la de la Encarnación y la otra, cómo diablos se llama, a quien le gustaría vivir en este barrio es al padre Agamedes, oiría en confesión a este inspector Paveia que está furioso porque perderá la misa, pero qué pasa, es que no tiene capellán propio esta policía, y ahora, para que la edificación sea completa, imaginemos que Juan Maltiempo dijera, Señor, no pierda la misa por mi culpa, si quiere le acompaño. Nadie lo cree, ni siquiera Juan Maltiempo sabrá por qué lo dijo, pero ahora ya no tenemos tiempo para examinar estos rasgos de valor o de inconsciencia, porque el inspector Paveia no nos deja ni siquiera reflexionar, Canalla, cabrón, maricón, perdone señor cura Agamedes, fue eso exactamente lo que dijo, no es mía la culpa, y Cállate ya o te llevo al trapecio, qué artes de circo serán ésas no lo sabe Juan Maltiempo, pero ve que el inspector Paveia se dirige hacia una mesa, mal empleado el nombre que tiene, si pensamos que Paveia es gavilla, ese haz de trigo que aprieto contra el pecho, y saca del cajón una pistola, una porra y una regla gorda, Me va a matar, pensó Juan Maltiempo, y el otro, Ves esto, es para ti si no cuentas toda la historia, y toma nota porque de aquí no sales hasta que lo vomites todo, pero todo, que te vas a quedar ahí de pie, sin mover ni un dedo, si te mueves vas a beber por la medida grande.

De tres en tres horas sale uno y entra otro. La víctima es siempre la misma, Qué estabas haciendo en tu tierra, Trabajaba para mantener a la familia, primera pregunta y primera respuesta, tan de esperar una como verdadera la otra, y este hombre debería irse porque ha dicho la verdad, Trabajando, o repartiendo Avantes, crees que somos tontos, Señor yo no andaba metido en nada de eso, O sea que no eras tú el que repartía las Avantes, muy bien, andabas poniendo el culo, tú y tus compañeros poníais el culo al jefe de la cédula para que os enseñara la doctrina moscovita, pues mira, hombre, si quieres volver a Monte Lavre y ver a tus hijos otra vez vas a tener que contar la historia entera, no encubras a esa gentuza con la que te reunías, acuérdate de tu familia y de la libertad. Juan Maltiempo se acuerda de la familia y de la libertad, se acuerda de la historia del perro y de la perdiz, contada por Sigismundo Canastro, y no responde, Vamos, cuenta la historia, como decís vosotros, aquellos canallas, aquellos ladrones del gobierno no nos dan lo que queremos, pero nosotros vamos a acabar con su existencia, organizaremos tantos disturbios contra ellos y contra las leyes de Salazar, es así como os habláis unos a otros, así pensabais actuar, di la verdad, comunista, no encubras a nadie, si cuentas todo lo que sabes mañana mismo sales libre para tu pueblo, verás a tus hijos, y Juan Maltiempo, esqueleto de perro mirando al esqueleto de la perdiz, repite, Señor, mi historia está contada, fui detenido en mil novecientos cuarenta y cinco, pero desde esa fecha nunca más tuve actividades, si alguien ha dicho lo contrario, ha mentido. Lo empujan contra la pared, lo apalean, le llaman todo lo que en portugués puede ser insulto, y esto fue hecho y repetido, con igual constancia de un lado y del otro, pero la víctima era siempre la misma.

Juan Maltiempo va a cumplir setenta y dos horas de estatua. Se le hincharán las piernas, sentirá vértigos, lo golpearán con la regla y con la porra, sin mucha fuerza, la suficiente para herirlo cada vez que las piernas se le doblan. No lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos, los ojos arrasados en lágrimas, hasta una piedra sentiría piedad. Al cabo de unas horas se deshinchó, pero bajo la piel empezaron a aparecer las venas alteradas, casi del grosor de dedos. El corazón cambió de lugar, es un martillo que golpea y aturde, que resuena dentro de la cabeza, y entonces, por fin, lo abandonan del todo las fuerzas, no consigue ya mantenerse en pie, se fue inclinando, ni se daba cuenta, y ahora está en cuclillas, es un pobre vagabundo del latifundio exprimiendo la mierda de su última debilidad, Levántate, bestia, pero Juan Maltiempo no conseguía levantarse, no era fingimiento, era otra de sus verdades. La última noche oyó gritar y gemir en el cuarto de al lado, y luego entró el inspector Paveia con gran acompañamiento de policías, y mientras resonaban de nuevo los gritos, cada vez más agudos, se acercó Paveia con calculada lentitud y dijo con voz que quería ser terrorífica, Bien, Maltiempo, ya has ido a Monte Lavre y has vuelto, puedes contar la historia. Del fondo de su desgracia, casi rozando las tablas del suelo, con los riñones partidos y los ojos cubiertos de nubes, Juan Maltiempo respondió, No tengo nada que contar, ya dije todo lo que tenía que decir. Es una frase modesta, es el esqueleto del perro al cabo de dos años, casi no merece registro particular, cuando otras se han proferido, Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan, Antes reina una hora que duquesa toda una vida, Amaos los unos a los otros, pero hierve la sangre del inspector Paveia, Ah, sí, entonces las veinticinco hojas que repartías en tu tierra qué, si me lo niegas, acabo contigo. Y Juan Maltiempo pensó, O la muerte, o la vida, y se quedó callado. Estaría otra vez el inspector Paveia perdiendo su misa, o bien consideró que setenta y dos horas de estatua eran suficientes para la primera arremetida, lo cierto es que dijo, Llevaos a este hijo de puta a Aljube, que descanse, después vuelve aquí a contarme la historia o va al cementerio.

Avanzan entonces dos dragones, agarran a Juan Maltiempo por los brazos y se lo llevan a rastras escaleras abajo, desde el tercero hasta el entresuelo, y mientras lo arrastran van diciendo, Maltiempo, cuéntalo todo, que es mejor para ti y para los tuyos, si no cantas, el inspector te va a mandar al campo de concentración de Tarrafal, mira que él lo sabe ya todo, que un amigo tuyo de Vendas Novas habló de ti, no tienes más que confirmar lo que él dijo. Y Juan Maltiempo, que no puede tenerse en sus piernas, que siente que los pies van cayendo de escalón en escalón como si no le pertenecieran, responde, Si quieren matarme, mátenme, pero no tengo nada que contar. Lo tiraron dentro del coche celular, fue corto el viaje, terremoto no hubiera, todas las iglesias estaban en pie y triunfantes, y cuando entraron en Aljube y abrieron la puerta del coche, Venga, salta afuera, cayó el pobre por no pisar el estribo y otra vez a rastras le llevaron, ya más firme el pie ahora, pero no lo bastante, y lo empujaron hacia dentro de la celda, que, por casualidad o determinación, era la misma. Fue Juan Maltiempo de bruces contra el jergón, a punto de desfallecer, pero, pareciéndole que soñaba, tuvo fuerzas para abrirlo y dejarse caer y permanecer allí, como muerto, durante cuarenta y ocho horas. Está vestido y calzado. Es una estatua despedazada, sostenida sólo por los alambres interiores, fantoche del latifundio que asoma la cabeza por encima del telón y hace muecas mientras sueña, le va creciendo la barba y por la comisura de la boca le cae un hilillo de saliva que se abre vagarosamente camino entre los pelos y el sudor. Durante estos días aparecerá el guardia a comprobar si el ocupante de la celda está vivo o muerto, y la segunda vez respira aliviado porque el dormido cambió de posición, esto son cosas conocidas, cuando vienen de hacer la estatua duermen así, ni comer necesitan, pero ahora ya no le basta dormir, el sueño es menos profundo, Despierta, hombre, ahí tienes el almuerzo en la balda, y Juan Maltiempo se sienta en el jergón, no sabe si ha soñado, en la celda no hay nadie más pero huele a comida, siente un hambre devoradora y urgente, y a la primera tentativa que hace para ponerse en pie se le doblan las piernas y se le enturbian los ojos, es la debilidad, vuelve a intentarlo, no son más que dos pasos hasta la balda, lo malo es que no podrá sentarse, que allí se come de pie para que baje más de prisa, y Juan Maltiempo es un hombre corto de estatura, no llega a la tabla, y para comer tiene que ponerse de puntillas, un martirio para quien está tan débil, y si deja caer en el suelo aunque sea una mancha, ya sabe que no escapa sin castigo, quien da el pan, manda.

Pasaron cinco días, que tendrían tanto para contar como cualesquiera otros, pero éstas son las debilidades del relato, a veces hay que saltar por encima del tiempo, porque de pronto el narrador tiene prisa, y no de acabar, que aún no es tiempo de eso, sino de llegar a un lance importante, a un cambio de plano, que el corazón de Juan Maltiempo dé un salto porque el guardia acaba de entrar en la celda y dice, Maltiempo, prepara tus cosas para salir de esta prisión, tienes que dejar las mantas en el depósito, y el jarro y la cuchara, quiero verlo todo arreglado inmediatamente, vuelvo en seguida. Lo malo de estos hombres del latifundio es que, y más si son inocentes, lo aceptan todo en su sentido literal, el pan, pan, y el vino, vino, por eso está Juan Maltiempo tan contento, soñando romerías, A ver si es verdad que me sueltan, está loco este hombre, como se ve de inmediato cuando vuelve el policía para acompañarlo hasta la intendencia, donde deja mantas, cuchara y jarro, y donde recibe los escasos objetos de uso personal que conservaban guardados, y ahora, Vas a la sala mixta, te han levantado la incomunicación, puedes escribir a la familia y encargarles lo que necesites, y abrió la puerta y dentro era un mundo de gente de todas las nacionalidades, es una forma de hablar, se quiere decir que eran muchas personas, aunque también habría extranjeros, pero la timidez de Juan Maltiempo y el que sólo tenga su habla nacional del Alentejo no le permitían llegar a confianzas, y apenas se cerró la puerta, los portugueses lo rodearon queriendo saber las razones de su prisión y noticias de fuera, si es posible. Juan Maltiempo no tiene nada que ocultar, cuenta todo lo que le ha sucedido, y de tal manera se mantiene firme en su palabra de que desde mil novecientos cuarenta y cinco no ha tenido actividades políticas, que incluso lo repite allí, y no era preciso, porque nadie se lo preguntaba.

Tan popular se encontró allí Juan Maltiempo que, viendo fumar a un compañero de prisión, le pidió un pitillo, fue un atrevimiento, que no lo conocía de nada, y entonces varios le ofrecieron tabaco, pero lo mejor de todo fue que otro, que estaba al lado observando la charla, se acercó con una onza de tabaco superior, un librillo de papel y una caja de cerillas, Camarada, cuando necesites alguna cosa, dilo, aquí, mientras haya para uno, hay para todos, imagínense cómo se quedaría Juan Maltiempo, con los primeros humos creció un palmo, con los que siguieron volvió a su tamaño natural pero mucho más confortado, él pequeño en medio de los otros que lo veían fumar y sonreían. Y como hasta en las vidas de los presos hay concordancias felices y coincidencias, de ahí a dos días Juan Maltiempo fue llamado a un despacho fuera de la sala mixta y un guardia le dijo con buena cara, como si el regalo fuera suyo, los guardias tienen esas incongruencias, Maltiempo, ahí tienes esta ropa y cuatro onzas de tabaco y veinte escudos que trajo un señor de tu tierra. Se conmovió Juan Maltiempo, más con la alusión a Monte Lavre que con el inesperado recuerdo, y preguntó, Quién era ese señor, y el guardia respondió, Eso es igual, para un guardia un portador es un portador, y nada más, Juan Maltiempo no lo sabía. Volvió a la sala mixta con su tesoro y apenas entró dio un grito que se debió oír de parte a parte del latifundio, Ahora, camaradas, quien quiera fumar, aquí tiene tabaco, y otra voz, también clamando, le respondió, son dichos importantes que precisan altas voces, Así se hace, camaradas, mientras haya para uno habrá para todos, aquí todos somos hermanos, con los mismos derechos. En general, se suelen escoger para demostraciones de solidaridad tan manifiesta casos de diferente sustancia, pero cada uno tome lo que necesite y dé lo que tenga, cigarrillos, hilachas de tabaco envueltas en su mortaja blanca, y ahora pasa la punta trémula de la lengua a lo largo de la goma, es el remate, la obra acabada, muy mal andará de humanidad quien no entienda estas grandezas. Unos salen, otros no, entran caras nuevas, pero en general no desconocidas, hay siempre alguien que dice, Vaya también tú viniste a dar aquí, y pasados unos días aparece en la puerta de la sala mixta un policía y dice, Maltiempo, prepárate, ponte la chaqueta que vas a dar un paseo, pero estarás de vuelta en seguida, no te lleves nada. Parece que no, que son todo maneras de decir, pero ahí está Juan Maltiempo para afirmar que el corazón se le cayó a los pies, y eso es mucho más verdad que no haber tenido actividades políticas en los últimos cuatro años. Repite el camino con el podenco al lado, esta vez es un muchachito imberbe, que parece nervioso, tal vez no esté habituado, se lleva constantemente la mano al bolsillo de atrás y no dice palabra, al menos Juan Maltiempo puede mirar a los que pasan, sabrán que voy preso, mirar los tranvías, echar un vistazo a los escaparates, es casi un paseo, se iba olvidando de sentir miedo, y ahora el miedo viene todo junto, desordena sus pensamientos, le desbarata la sangre y tiene nostalgia de la sala mixta, del pitillo fumado entre los camaradas y de las conversaciones que allí oye. Le entran en el cuerpo los terrores de la estatua, la gente no se da cuenta, pero quién sabrá lo que les cuesta a estos bronces y a estos mármoles mantenerse en pie, cómo no tendrán calambres, estos hombres de brazos extendidos, estos animales parados en pleno esfuerzo, ni cediendo ni arrancando, cuando a todos les falta la voluntad que el hombre de carne tiene y pese a ello flaquea, está en cuclillas, ni los puntapiés le hacen levantarse, y se acoge a la última flaqueza, puede incluso ensuciarse, basta que la lengua no hable a no ser para repetir siempre la misma mentira. Pero adivinar que el tormento irá a renovarse, reencontrar el dolor conocido, o imaginar otro aún peor, es esto lo que Juan Maltiempo piensa y de repente una gran oscuridad cayó sobre la ciudad y no obstante es día claro, y cálido como suelen los de agosto, tan poco grato éste, qué va a ser de mí, qué martirio me espera.

Se abrió otra vez la media puerta, subió Juan Maltiempo las escaleras, acosado por el podenco de rigor, entraron en este despacho, mira quién viene ahí, el de Vendas Novas, el que vino de paseo y de viaje hasta el Terreiro do Paço con Juan Maltiempo, se llama Leandro Leandres y dice ahora con tono de desprecio, Sabes a lo que vienes a la brigada, y Juan Maltiempo, siempre educado y respetuoso, No señor, no lo sé, y Leandro Leandres, Vienes a contarnos el resto de la historia, y de ahora en adelante nada de repetir, que es llover sobre mojado, todo la misma charla, cuántos periódicos eran distribuidos, y por qué vuelve el comité local, y por qué deja de reunirse, y cuántos eran, y quiénes eran, aquí tenemos uno que dijo tu nombre, y si lo dijo, es verdad, si no confiesas no sales vivo, es mejor que hables, lo digo por tu bien, pero de eso es de lo que Juan Maltiempo no está seguro, y aunque lo estuviera, Hace cuatro años que no tengo nada que ver con papeles, fueron sólo aquellos que encontré por calles y caminos, la verdad es que no recuerdo quién me los dio, han pasado años, y en lo único que pienso es en mi trabajo, se lo juro. Pero aunque todo era la misma charla, el mismo preguntar y responder, el mismo forzar y el mismo mentir, esta vez no había golpes, y la estatua de Juan Maltiempo estaba en su ser natural, sentada en una silla, parecía dispuesto allí para un retrato, aunque el alma le saltara dentro del corazón como una pobre y asustada loca, y la voluntad pálida pero constante dijera, No puedes hablar, miente lo que quieras, pero no hables. Y había otra diferencia, y era que estaba allí un podenco de menor grado escribiendo a máquina preguntas y respuestas, y al cabo de hojas tantas nada encontró que mereciera ser escrito porque aquella charla era como echar agua a la noria con cangilones sin fondo, siempre en círculo, ya la mula pisaba su propio estiércol y el sol iba bajando, y entonces allí terminaban las declaraciones y el de la máquina preguntó, Dónde dejo la declaración de este tío, y Leandro Leandres respondió, Déjala ahí junto a la de Alburquerque, y ni se dio cuenta de lo que decía, mucho había atormentado a Juan Maltiempo el querer adivinar quién había dado su nombre, y ahora lo sabía, era Alburquerque, cómo duele este dolor, y la pena, qué le harían para que hablara, o lo habrá hecho por su voluntad, o algo le pasó por la cabeza, a veces uno, y Juan Maltiempo no adivina que años después verá un día a Alburquerque, de paso por Monte Lavre, el muy cobarde, y ése era el que antes decía si vienen les doy así, y les pego un tiro, y hago y deshago, y al final se rajó, y cuando salió de la cárcel se hizo pastor de los protestantes, no es que uno quiera mal a las religiones, pero cómo va este hombre predicando por ahí la salvación de los hombres todos cuando no supo salvar a sus camaradas pocos, quién sabe lo que se habrá dicho a sí mismo en la hora de la muerte, pero hoy lo que Juan Maltiempo siente es una gran pena y alivio por no haber hablado, ahora quizá no me vuelvan a pegar ni me obliguen a hacer la estatua, no sé si aguantaría.

Volvió Juan Maltiempo a Aljube, pasados unos días lo llevaron de allí a Caxias, y estas noticias se sabrán también en Monte Lavre. Habrá cartas de ida y vuelta, todo minuciosamente combinado entre Faustina y Juan Maltiempo, que estas cosas no son ninguna broma, es preciso que todo vaya muy exacto, sí alguien viene de lejos para estar en un determinado sitio a una hora determinada, aunque el encuentro no sea clandestino, hasta siendo la misma policía la que abra la puerta y diga, Entra, es cosa de mucha complejidad, hay que ir de Monte Lavre a Vendas Novas en carro, luego de Vendas Novas a Barreiro en tren, quién sabe si en el mismo vagón que llevó a Juan Maltiempo y a Leandro Leandres, y después en barco, es la segunda vez que Faustina Maltiempo ve el mar, esta boca de río de tamaño descomunal, y luego otra vez en tren hasta Caxias, el mar es súbitamente mucho mayor, Ay, comadre, o sea que esto es el mar, y la compañera que fue a esperarla al Terreiro do Paço y vive en la ciudad, sonríe comprensiva y benevolente ante el poco saber y dice que sí, que aquello es el mar, pero calla su propia ignorancia de lo que el mar realmente es, no es este parco abrirse de brazos entre dos torres, sino un ansia líquida infinita, un remover continuo de masas de cristal y espuma, una dureza mineral que se ablanda y congela, el lugar de los grandes peces y de los luctuosos naufragios, poesías. Es bien verdad que quien mucho sabe no lo sabe todo, y la compañera de Faustina Maltiempo supo bajar del tren en Caxias, pero dónde está la cárcel, no quiere dejar en evidencia su ignorancia y se mete por una carretera, por aquí será, estamos en agosto, el calor aprieta en esta hora que se va acercando a aquella que laboriosamente fue comunicada y aprendida de memoria, la hora de la visita, y entonces tuvieron que preguntar a quien pasaba y supieron que iban engañadas en su camino y volvieron atrás, enfadadas por el paseo inútil, y Faustina Maltiempo se descalzó, que no estaban sus pies habituados a apreturas de zapatos, y se quedó con las medias remendadas, pero esto es un dolor del alma, no tendríamos corazón si nos riéramos, son humillaciones que luego nos queman la memoria durante el resto la vida, estaba el alquitrán ablandado de tanto calor y a los primeros pasos las medias se le quedaron agarradas, y cuanto más tiraba Faustina más se estiraban las medias, esto es un número de circo, el mejor de la temporada, basta, basta, acaba de morir la madre del payaso, y toda la gente llora, el payaso no hace reír, está asombrado, así estamos nosotros junto a Faustina Maltiempo y hacemos un biombo para que su compañera la ayude a quitarse las medias, con recato, que este pudor de las mujeres de un solo hombre es intocable, y ahora va descalza y nosotros nos volvemos a casa, y si alguno de nosotros sonríe es de ternura. Pero cuando Faustina Maltiempo llega al fuerte llevará los pies heridos, y más aún los castigará calzando los zapatos sin medias, una lástima, negros del alquitrán y sangrando por las desolladuras, qué dura es la vida del pobre.

Salieron las visitas, pasó la hora, y nadie vino a ver a Juan Maltiempo, se burlan de él los compañeros, son maneras de virilidad estúpida, Ella no quiere saber nada de ti, Esto sí que no lo esperabas, mientras a la puerta la pobre Faustina pugnaba por entrar, Está aquí mi marido, preguntaba ella, se llama Juan Maltiempo, y el de la puerta, jocoso, respondía, No está aquí esa persona que buscas, y otro remachó, Conque tu marido ha venido a la cárcel, son maneras de entretenerse, esta gente lleva una vida monótona, ni siquiera pegan a los presos, otros lo hacen, pero Faustina Maltiempo no distingue, Sí señor, está aquí, ustedes lo trajeron, pues aquí tiene que estar, y era una furia de gorrión, una ira de gallina, una embestida de borrego, nada de importancia, pero al fin el hombre empezó a hojear el libro y dijo, Tienes razón, está ahí en la sala seis, pero ya no puedes verlo, pasó la hora de visitas. Tiene Faustina Maltiempo derecho a este ataque de llanto. Es una columna que se desmorona, vemos cómo se abren las grietas y caen los pedazos, y tiene los pies heridos esta columna del latifundio, ahora también puede llorar por eso, por todo cuanto ha sufrido en su vida y por lo que le queda aún por sufrir, es tiempo de llorar todas las lágrimas, exagera si puedes, Faustina Maltiempo, deshazte en lágrimas, tal vez consigas conmover el corazón de estos dragones de hierro, o si no tienen corazón, es posible que no quieran que se les moleste, y siendo tú una pobre mujer no van a echarte a patadas, llora pues, exige ver a tu marido, Cállate de una vez, mujer, a ver si es posible hacer una excepción, éste es un lenguaje que Faustina Maltiempo no entiende, a ver si esta cárcel se llama excepción, por eso van a abrir para que pueda ver a mi marido. También por caminos errados se acierta, todo esto no valdrá más que cinco minutos, pero es suficiente para tanta nostalgia, ahí viene Juan Maltiempo y trae esperanzas, que los camaradas le han dicho, Seguro que es tu mujer, y lo es, Faustina, Juan, y se abrazan los dos, tanto llora uno como el otro, y él quiere saber de los hijos, y ella quiere saber de él, han pasado ya tres minutos, y si estás bien de salud, y tú, cómo vas, has tenido trabajo, y Gracinda, y Amelia, y Antonio, todos están bien, tú estás más delgado, cuidado no enfermes, cinco minutos, adiós, adiós, da allí recuerdos, tantos, después arreglaremos todo bien para que puedas volver, ahora ya sé dónde es, no me perderé, yo no me perdí, adiós.

Otras visitas habrá, diferentes éstas, más tranquilas, vendrán las hijas, vendrá su hermano Anselmo, vendrá Antonio Maltiempo y saldrá furioso, nadie lo hizo enfurecer pero saldrá furioso, se quedará mucho tiempo viendo el fuerte con expresión airada, ni siquiera parece Antonio Maltiempo, vendrá Manuel Espada, entrará grave y saldrá con una luz serena en el rostro, y también aparecerán unos primos y unos tíos, algunos viven en Lisboa, pero la visita de éstos será en los pasillos, tras una tela metálica tan menuda que cuesta ver a las personas del otro lado, y un policía siempre pasando, a la escucha de las quejas. Y transcurrirán los meses, los largos días y las noches larguísimas de la prisión, acabará el verano, se fue el otoño y se acerca el invierno, Juan Maltiempo está allí, no lo llaman para nuevos interrogatorios, se han olvidado de que existe, quién sabe si se quedará preso para siempre, hasta que un día, inesperadamente, vio a Alburquerque y a Sigismundo Canastro, también Sigismundo estaba preso y él no lo sabía, fue Alburquerque, esto lo sabrá Juan Maltiempo más tarde, cuando esté ya de vuelta en Monte Lavre y oiga decir que han soltado a Sigismundo Canastro y regresa, y ambos se abrazarán con el corazón liberado, No hablé, Tampoco yo he hablado, Fue Alburquerque, y Sigismundo Canastro todavía sufrió más, pero se ríe, mientras que Juan Maltiempo no puede evitar cierta melancolía, es de la injusticia que le hicieron. Se habla mucho en la sala seis, se discuten asuntos de política y otras materias, hay quien estudia o enseña, se dan clases de lectura, de aritmética, otros dibujan, es una universidad popular, son casos conocidos, no hay nada que contar, o la eternidad no bastaría.

Hoy es el día de la liberación. Han pasado seis meses, es enero. Aún la semana pasada Juan Maltiempo estuvo trabajando en la carretera de acceso con otros compañeros de sala, bajo la lluvia, y qué fría estaba, era como nieve derretida, y ahora está sentado pensando qué vida le estará destinada, ya muchos fueron a juicio y él aún no, pero hubo quien le aseguró que era buena señal, cuando se abre la puerta y aparece un guardia llamando, con la voz arrogante de costumbre, Juan Maltiempo, y Juan Maltiempo se pone firme, como es de reglamento en la prisión, y el guardia dice, Prepara tus cosas para dejar la cárcel, y rápido. Cuánta alegría en los que se quedan, cómo pueden sentirla, es como si fueran ellos los liberados, y uno dice, Cuanto más rápido vacíen las mazmorras, mejor, aquí no se hace nada, es una declaración tan lógica como decir, Cuanto más rápidamente me den la herramienta, más pronto empiezo a trabajar, y entonces estalla el alboroto, parecen madres vistiendo al hijo, hay quien le calza los zapatos o le ayuda a ponerse la camisa, le sacuden la chaqueta, es como si llevaran a Juan Maltiempo a presencia del papa, dónde se ha visto cosa semejante, son como chiquillos, están todos a punto de romper a llorar, ellos aún no, pero sí Juan Maltiempo cuando le preguntan, Bueno, Maltiempo, seguro que no tienes dinero para volver a casa, y él responde, Camaradas, tengo poco, pero ya me arreglaré, y ellos empiezan a reunir dinero, uno cinco escudos, otro da diez, y entre todos alcanzan una cantidad que cubre el viaje y aún sobra algo, y entonces sí, al ver cómo el dinero pobre puede ser amor grande Juan Maltiempo no puede contener las lágrimas y dirá, Gracias, camaradas, y adiós, buena suerte a todos, y gracias también por todo lo que habéis hecho por mí. Cada vez que sale uno, hay una fiesta igual, son las alegrías de la prisión.

Era ya de noche cuando la furgoneta dejó a Juan Maltiempo a la puerta de Aljube, parece que el diablo de esta viuda alegre no conoce otros caminos, y cuando Juan Maltiempo se apeó, pie ahora libre, le dice el policía, Desaparece de aquí, parece que tenga pena al verlo marchar, estos policías son así, le cogen cariño a un preso y luego les cuesta trabajo separarse de él. Juan Maltiempo se lanza a la carrera calle abajo, como si llevara aún el diablo tras él, tanto es así que mira por encima del hombro a ver si alguien lo persigue, quién me dice a mí que esto no es un juego de los policías, ponen un preso en libertad y luego organizan la gran cacería, y por más que el pobre huya, le cae la red al paso, y ahí lo tienes otra vez atrapado, metido en el coche celular, con todos riéndose a carcajadas, los policías se agarran la barriga, ay qué gracia, que no puedo más, en mi vida me he divertido tanto, ni en el circo. Son capaces de estos refinamientos.

La calle está desierta, desierta de verdad, ha caído la noche del todo, afortunadamente no llueve, pero el viento entre estos altos edificios es una navaja roma de barbero con prisa, pasa y repasa las pobres ropas de Juan Maltiempo, tan desnudo está el viento como él, así parece. Ya no corre, tiene las piernas desacostumbradas, y anda corto de huelgos, ni sabe andar, se arrima a una esquina con su saco y la maleta atada con cuerdas, y aunque todo esto pese poco, los brazos casi no pueden sostener la carga, y por eso la posa en el suelo, quién ha visto a este hombre y quién lo ve, las cargas que ha soportado, y ahora ni una gata por el rabo, si no fuera tanto el frío allí se dejaría caer también, tiene demasiado sufrimiento encima para mantenerse de pie pero se mantiene. Pasan algunas personas, siempre acaban apareciendo, y ni lo miran, cada uno va pensando en su propia vida, bastante trabajo me da, no imaginan que aquel hombre de la esquina acaba de salir de la prisión de Caxias donde ha estado seis meses, e hizo la estatua setenta y dos horas y fue apaleado, no se cree que tales cosas ocurran en nuestro hermoso país, quien las cuenta seguro que exagera. Qué hará Juan Maltiempo en una ciudad que no conoce, no hay puerta alguna donde pueda llamar, Camaradas, dadme albergue por esta noche, acabo de salir, esto sería una conversación distinta, cómo sabe él cuáles son esas casas, él fue detenido en Monte Lavre por el guardia José Calmedo, y allí tiene que volver, hoy no, que es de noche, pero mañana, con este dinero que me dieron unos hombres que también lo necesitaban, de ésos sí sabe que son camaradas, pero tendría gracia que volviera ahora a Caxias llamando a la puerta de la sala seis, suponiendo que pudiera entrar tranquilamente, y cuando le abrieran diría, Camaradas, dadme albergue por esta noche, acabo de entrar, sin duda está loco, o se quedó dormido pese al frío, debe de haberse quedado dormido, tanto es así que ya no está de pie como creía, sino sentado en la maleta, y se acuerda, ya se acordó antes, pero ahora se acuerda otra vez, que puede llamar a la puerta de la casa donde su hermana está sirviendo y decir, María de la Concepción, crees que tus señores me permitirían dormir aquí esta noche, pero no irá, en otras condiciones quizá no les importara, mandarían a María de la Concepción echar un colchón en la cocina, no se puede dejar a un cristiano dormir en la calle como los perros sin amo, pero así, saliendo de la cárcel, de aquella cárcel, y por estos motivos, aunque lo permitieran luego pondrían mala cara a la hermana, pobrecilla, ni siquiera se ha casado, siempre sirviendo a los mismos señores, es como si hubiera nacido para eso, quién sabe lo que le habrán dicho ya, no es difícil imaginarlo, Son unos ingratos, y si no fuera por nosotros se morirían de hambre, esas malas ideas de tu hermano le van a costar caro, van contra nosotros, a ver si lo entiendes, van contra nosotros, menos mal que somos tus amigos, no te vamos a hacer pagar la mala cabeza de tu hermano, pero, a partir de ahora, será mejor que no entre en esta casa, y tú ten cuidado, quedas avisada.

Éstas son sólo las letanías domésticas del ama y señora, que el señor es categórico y menos palabrero, Aquí no pone un pie en su vida, y voy a avisar para que en nuestras tierras de Monte Lavre no trabaje más, que se vaya a Moscú. Parece que Juan Maltiempo ha vuelto a quedarse dormido, muy cansado estará cuando duerme con este frío, y ha escarchado, golpea con los pies el suelo y resuena el ruido multiplicado en ecos por el espacio helado, a ver si viene ahora un policía a detenerme otra vez por turbar el descanso de los vecinos, entonces Juan Maltiempo coge el saco y la maleta y desanda el camino, calle abajo, apenas puede con los pies, cojea, recuerda vagamente que la estación queda a la izquierda, pero teme perderse y por eso pregunta a un hombre que pasa, y éste le dice, Va bien, y añade unas explicaciones, menos mal, Juan Maltiempo coge la maleta y el atadijo con las manos entumecidas y se dispone a seguir, pero el otro le pregunta, Quiere que le ayude, aquí podríamos temblar ante la aventura, sabe Dios si será un ladrón este viandante y trama ya robarle al labriego sus bienes, no sería difícil, hasta de noche se ve que apenas puede con su cuerpo, No señor, gracias, dice Juan Maltiempo educadamente, y el otro no insistió, resulta que no es un maleante, y se limita a preguntar, Ha estado en la cárcel, tiene todo el aire de acabar de salir, y nosotros que conocemos a Juan Maltiempo y sabemos qué sensible es a las buenas palabras, ya estamos oyéndole contar todo, que estuvo seis meses en Caxias y de allí viene, lo han dejado aquí y tiene que volver a su aldea, a Monte Lavre, en el concejo de Montemor, soy alentejano, sí señor, no sabe si hay barco a esta hora, ni tren, Voy a ver a la estación, no, no tiene dónde dormir, una hermana está sirviendo, Pero no quiero molestar, los señores podrían enfadarse, y el otro pregunta, es un hombre curioso, Y si no hay barco ni tren, dónde va a dormir, y Juan Maltiempo responde sencillamente, Pasaré la noche en la estación, habrá algún banco, lo malo es el frío, pero ya estoy acostumbrado, gracias por su atención, y dicho esto se aleja, pero el otro dice, Voy hasta allí con usted, déjeme el saco, se lo llevo yo, y Juan Maltiempo que duda, pues si viene de estar seis meses con hombres de humanidad, que cuidaron de él, le enseñaron cosas, le dieron tabaco y dinero para el viaje, parecería mal que ahora desconfiase, dejó el saco en manos del otro, a veces la ciudad tiene espectáculos así, allá van los dos, bajan lo que falta de calle, y luego la gran plaza, a lo largo de las arcadas, y después la estación, Juan Maltiempo tiene dificultades para entender los horarios, aquellos números minúsculos, y el hombre le ayuda, recorre con el dedo las columnas, no, no hay tren hasta mañana por la mañana, y al oír esto ya está Juan Maltiempo buscando un lugar donde enroscarse, pero el hombre le dice, Está usted cansado y se ve que tiene hambre, venga a dormir a mi casa, allí come un plato de sopa y descansa, si se queda aquí va a morirse de frío, estas palabras fueron dichas, nadie cree que cosas como éstas puedan ocurrir, y es verdad verdadera, Juan Maltiempo sólo supo responder, Muy agradecido, es una obra de misericordia, aquí cantaría hosanna el padre Agamedes, daría vivas a la bondad de los hombres, tiene toda la razón el cura, este hombre que lleva el saco a cuestas merece todas las loanzas, aunque no sea un hombre de misa, no es que él lo haya dicho, son cosas que el narrador sabe, aparte de otras que no vienen al caso, pues esta historia es del latifundio y no de la ciudad. El hombre es mayor que Juan Maltiempo, pero más fuerte y más ligero de piernas, por eso tiene que moderar su marcha para acompañar el paso doloroso del resucitado, y para animarlo dice, Vivo aquí cerca, en Alfama, y vuelve hacia la calle de la Alfándega, cobró ánimo Juan Maltiempo, luego se metieron por callejuelas húmedas y escarpadas, húmedas, con este tiempo no es sorprendente, una puerta, una escalera estrechísima, una buhardilla, Buenas noches, Ermelinda, este señor duerme en casa esta noche, mañana se irá a su tierra y no tiene dónde quedarse, y Ermelinda es una mujer gorda que abre la puerta como si estuviera abriendo los brazos, Entre, y Juan Maltiempo, perdonen los exquisitos y los que sólo cuidan y estiman los grandes lances dramáticos, la primera sensación que tiene es el olor a comida, una sopa de verdura y habichuelas que ha estado hirviendo, y el hombre le dice, Póngase a gusto, y luego, Cómo se llama, Juan Maltiempo ya está sentado y le entra en el cuerpo una fatiga repentina, pero dice el nombre y el otro responde, Yo me llamo Ricardo Reis, y mi mujer Ermelinda, son nombres de personas, es lo que sabemos de ellas, poco más, y también estos platos de sopa sobre la mesa de la cocina, Coma lo que quiera, ya ha ido disminuyendo el frío, finalmente Lisboa es tierra suave, esta ventana mira al río, hay unas lucecitas de barcos, en la otra orilla son más escasas, quién diría que un día, vistas desde aquí, serán una fiesta, Beba un vaso más, y quizá también por esto, por el nuevo vaso de vino espeso que ha bebido, sonríe tanto Juan Maltiempo, hasta cuando cuenta lo que le ha pasado en la cárcel, y es ya tarde cuando acaba, se cae de sueño, está Ricardo Reis muy serio y Ermelinda Reis se enjuga los ojos, y entonces le dicen, Ahora váyase a dormir, que ya es hora, tiene que descansar, y Juan Maltiempo ni se da cuenta de que la cama es de matrimonio, oye pasos en el corredor, pero no son los de la guardia, no son los de la guardia, no son los de la guardia, y, libre, se queda dormido.


Son seis meses de cambios, unas veces parecen pocos, otras demasiados. En el paisaje apenas se nota, salvo las variaciones de la estación, pero es asombroso ver cómo envejecieron las personas, qué viejos están estos que vienen de la prisión, qué viejos están estos que no han salido de Monte Lavre, y los chiquillos, cómo han crecido, sólo se ven con los mismos ojos Juan Maltiempo y Sigismundo Canastro, que llegó ayer y ya dice que tenemos que encontrarnos para charlar, son obstinaciones y porfías, no se le puede llevar a mal. Hay gente a la que da gusto ver, y éste es el caso de Gracinda Maltiempo, que está hecha una belleza, le sienta bien el matrimonio, es lo que dicen las comadres del bien querer y los gerifaltes del mucho codiciar, pero ahí se quedan éstos, y otras mudanzas habrá, por ejemplo, el padre Agamedes, que en el entretanto ha pasado de ser alto y flaco a ser bajo y gordo, y la lista del fiado en la tienda ha crecido enormemente, es natural cuando falta el marido. Por esa razón, llegado el momento, se fue Juan Maltiempo con la hija Amelia a los arrozales del término de Elvas, y véase cómo anda la geografía de estos labriegos, en Monte Lavre se decía que más allá era la Extremadura de España, quién sabe adonde fueron a buscar este saber universalista que no ve fronteras, y si quisiéramos razones para la excursión, son las de costumbre, mas una principal, que era la suspicacia del latifundio sobre las artes y mañas de Juan Maltiempo, preso político, Cierto es que ha salido sin juicio, pero de eso es la policía quien tiene la culpa, que no es tan buena como debería. Pasados los meses, volverá la rueda a la rodada, pero de momento es mejor que se vaya lejos, que no contamine nuestra querida tierra, y a Sigismundo Canastro díganle que no hay trabajo, que se las arregle donde quiera.

Se fue Juan Maltiempo hacia la zona de Elvas y llevó consigo a su hija Amelia, la de los malos dientes, que si los tuviera bonitos en nada desmerecía de la hermana. Dígase ahora que el infierno no está lejos. Son ciento cincuenta hombres y mujeres divididos en cinco cuadrillas, y esta condena durará dieciséis semanas, es una zafra de sarna y fiebres, un destajo de sufrimiento, mondar y plantar desde el sol que no ha nacido todavía hasta el sol que ya se ha puesto, y cuando llega la noche son ciento cincuenta fantasmas que se arrastran hasta el monte donde tienen sus barracones, hombres para aquí, mujeres para allá, pero todos por igual rascándose la sarna de los planteles anegados, todos curtiendo las fiebres del arrozal, Con azúcar, leche y arroz, más unos huevos, se hace esta delicia, el arroz dulce, María, cuántas veces tengo que decírtelo, lo quiero sueltecito, no estas gachas, se tiene que poder comer grano a grano, a ver si aprendes. Por la noche, en los aposentos, se oye el suspirar y el gemir de estos afligidos, el rascar ansioso de uñas negras y duras en la piel que sangra, mientras a otros les castañetean los dientes y miran el techo con los ojos vidriosos por la fiebre. No hay mucha diferencia entre esto y los campos de concentración, quizá se revienta menos, probablemente debido a la mucha caridad cristiana y correlativo interés que hace que los amos, casi todos los días, carguen de miseria sarnosa y febril las camionetas y la transporten al hospital de Elvas, hoy unos, mañana otros, es una noria que va y viene, y los pobres van como muertos, menos mal que está la milagrosa medicina que en tres o cuatro días los deja como nuevos, flaquísimos y con las piernas trémulas, pero qué importan esas insignificancias, tú tienes el alta, tú también, y tú, y tú, así nos tratan los médicos, y vuelve la camioneta a dejar su carga en el monte, con la salud a media asta, es una contrata, no se puede perder tiempo, Está mejor, padre, preguntó Amelia, y él respondió, Estoy, sí, hija, como se ve, no hay nada más sencillo.

En definitiva, no son tantos los cambios. La monda y plantación del arroz se hacen como las hizo mi abuelo, las sabandijas del arrozal no han cambiado de aguijón y baba desde que Nuestro Señor las crió, y si un cristal invisible te corta un dedo, la sangre tiene el mismo color. Se necesitaría mucha imaginación para inventar sucesos extraordinarios. Este vivir está hecho de palabras repetidas y de repetidos gestos, el arco que la hoz dibuja está milimétricamente ajustado a la longitud del brazo y el serrar del filo en la paja seca del trigo produce el mismo sonido, siempre el mismo sonido, cómo no se cansan los oídos de estos hombres y de estas mujeres, es el caso también de aquel pájaro ronco que vive en los alcornoques entre la corteza y el tronco, y que grita cuando le arrancan la piel, o tal vez sean las plumas, y lo que queda a la vista es la carne erizada y sufrida, pero esto son flaquezas del narrador, imaginar que los árboles se desesperan y gritan. Mejor haríamos si reparáramos en Manuel Espada encaramado en lo alto de este alcornoque, descalzo, él sí que es un pájaro serio y descalzo, salta de rama en rama, y no canta, no le apetece cantar, quien manda en este trabajo es el hacha, traca, traca, la línea que contornea las ramas gruesas, o que en el tronco se traza en vertical, y después el mango del hacha ha de servir de palanca, fuerza, y ahora sí, luego es verdad, aquí está el pájaro ronco que vive dentro del alcornoque, es un grito, pero dolor nadie siente. Llueven de lo alto los cilindros, caen sobre las planchas arrancadas de los troncos, en esto no hay ninguna poesía, nos gustaría ver quién saca de aquí un soneto cuando a uno de estos hombres se le resbala el hacha y cae ramas abajo, haciendo saltar lascas de la corteza, y acaba dando en el pie desnudo, sucio y grosero, pero tan frágil, que en esto de pieles y filo de hacha, poca diferencia hay entre el piececillo rosado de la doncella urbana y el cuero curtido del descascador, por lo menos la sangre tarda el mismo tiempo en saltar.

Íbamos hablando de los trabajos y los días, y estuvimos a punto de olvidarnos de aquella noche de la llegada de Juan Maltiempo a Monte Lavre, cuando en su casa se reunieron, y apenas cabían, los amigos más próximos con sus mujeres, los que la tenían aún, un rebaño de chiquillos, algunos intrusos, por falta de parentesco con cualquiera de los presentes, pero quién hacía caso de eso, y Antonio Maltiempo, que ya había vuelto del servicio y trabajaba en la descasca del corcho, más las hermanas Gracinda y Amelia, y el cuñado Manuel Espada, en fin, un atropello de gente. Faustina estuvo llorando todo el tiempo, de contento y también de dolor, le bastó recordar el día en que el marido fue detenido, sin razón y sin porqué, llevado de Vendas Novas a Lisboa, Dios sabe cuándo volverá si es que vuelve. No habló del triste caso de las medias estragadas en el asfalto, ni una palabra, sería para siempre secreto de este matrimonio, ambos con cierta vergüenza, incluso en Monte Lavre no faltaría quien se burlase de lo acontecido, la pobre mujer con las medias agarradas al alquitrán, habría que verlo, cualquiera de nosotros se defendería de tanta crueldad. Juan Maltiempo contó sus desventuras y no ahorró ninguna, así se enteraron todos de cuánto se padece en manos de los dragones de la policía y de la guardia. Todo esto sería más tarde confirmado y repetido por Sigismundo Canastro, pero éste, si bien no tomaba el caso a broma, que no era ningún inconsciente, sí contaba aquellos horrores como si fuesen cosa natural, le daba a todo un aire de tan perfecta simplicidad que ni las mujeres lagrimeaban de piedad, y los muchachos se apartaban desencantados, era como si la charla fuese sobre el estado de los sembrados, y quizá era así, quién sabe. Tal vez por ello Manuel Espada, un día, se acercó a Sigismundo Canastro para decirle dos palabras, con el respeto que la diferencia de edad exigía, Sigismundo, si me aceptan, algo podré ayudar. Mucho nos equivocábamos cuando supusimos que esta decisión venía del relato sereno de Sigismundo Canastro, que, en fin, en temperamentos como el de Manuel Espada podría provocar una decisión de tanto porte, la prueba de nuestra equivocación es que Manuel Espada dijera, No se trata a un hombre como trataron a mi suegro, y Sigismundo Canastro respondió, No se trata a los hombres como nos trataron a nosotros, más tarde hablaremos, los aires se enturbian después de estas prisiones, deja pasar el tiempo hasta que se recomponga todo, esto es como una red de pesca, tarda uno más tiempo en coserla que en romperse, y Manuel Espada terminó así, Esperaré el tiempo que sea necesario.

A veces, una persona se pone a leer la historia de esta tierra portuguesa y hay despropósitos que nos hacen sonreír, esto es lo menos que se puede decir, mejor estaría aquí la risa declarada, y no es para ofender, cada uno hace lo que puede o le ordena la jerarquía, y si mucho de bueno y digno de alabanza hubo en que doña Filipa de Vilhena armara a sus hijos caballeros para ir a combatir por la restauración de la patria, qué diremos de Manuel Espada, que sin caballería alguna dice, Aquí estoy, y no lo mandó su madre, que está muerta, sino su propia voluntad de hombre. No faltó a aquella doña Filipa quien le cantara y contase los aplausos, él fue Joâo Pinto Ribeiro, él fue el conde de Ericeira, él fue Vicente Gusmâo Soares, él fue Garrett, y hasta Vieira Portuguense hizo su pinturilla de la dama, pero Manuel Espada y Sigismundo Canastro no tienen quien los cante y apadrine, es una conversación entre dos hombres, ya han dicho lo que tenían que decir y ahora cada cual va a su vida, sólo faltaría que tuvieran beneficio de cháchara y cincel, para este caso, este narrador es suficiente.

Sobre todo cuando mucho conviene a la inteligencia de estos casos dar otra vuelta pausada por el latifundio, sin objeto especial y preconcebido, coger una piedrecilla y una rama y darles el nombre que tienen, y lo mismo a los animales y por qué, y, como de este lado se oyen tiros, qué será, empecemos por aquí mismo, véase la coincidencia, es el camino que llevó José Calmedo cuando detuvo a Juan Maltiempo, parece como si el latifundio fuese minifundio, tan fácil es que las personas encuentren donde antes estuvieron. Es verdad que por aquí pasamos en ocasión menos ruidosa, allí están las ruinas de la aceña, y allá arriba, invisible, el horno del tejar, pero no hay que temer nada de los tiros, son tiros de puntería alta, qué será, qué no será, es tiro de bala, obra fina, nada de esas perdigonadas que sólo dan para caza de cinturón, éstos son otros cantares.

Paró ahora el fuego, podemos pasar sin temor, pero del sitio donde disparaban baja un hombre que por el trato y modo es del pueblo común y atraviesa el valle, esta lisura oscurísima de tierra, pasa por un puentecillo de antepecho bajo, el río es tan sólo un arroyuelo de tres pasos, y empieza a subir por este lado, mato espinoso donde sólo un mal carril serpentea, hasta perderse, Qué irá a hacer allí aquel hombre, sin azada ni azadón, sin hacha ni podadera, sentémonos aquí a descansar mientras él sube, forzosamente ha de bajar y entonces lo sabremos, Esto está muy abandonado, fue lo que dijo, Sí que está, y no se crea que el caminillo que va entre los zarzales servirá de mucho al lacayo que ha pasado, Es un lacayo, Sí señor, es un lacayo, Pero no lleva librea, Eso de la librea eran costumbres antiguas, del tiempo de la condesa que armó a sus hijos caballeros, no sé si la conoce, estos lacayos de ahora visten como cualquiera de nosotros, no como el señor, que es de la ciudad, aquí la gente sólo los distingue por los actos, Pero por qué dice que no va a servirle de mucho el caminillo, Porque lo que él va a buscar está fuera del sendero, y no puede dar la vuelta, todavía sería peor, tiene que ir derecho, ésas son las órdenes que tiene, lleva un cayado para abrirse paso en los zarzales, es como si no llevara nada, Y por qué hace eso, Porque es lacayo, y será tanto más estimado cuanto más arañado vuelva dentro de poco, También aquí se usa eso, También, pero volviendo a lo que hablábamos, le decía yo que esto está hecho un abandono, mire que no fue siempre así, puede creerlo, hubo un tiempo en que las huertas se extendían hasta allá al fondo, la tierra es buena, y no faltan fuentes por aquí, sin hablar ya del río, Entonces, cómo se ha llegado a este desierto, Bueno, sucedió que el padre de los amos de esto, aquellos que estaban dando tiros, tanto anduvo que acabó por tomar posesión de este sitio todo, lo de siempre, había aquí unos pequeños agricultores, tenían sus dificultades de dinero, y entonces él, ni me acuerdo ya de cómo se llamaba, era Gilberto, o Adalberto, o Norberto, o algo así, les prestaba dinero, luego no le podían pagar, fueron malos años, y él se iba quedando con todo, Parece imposible, No parece nada imposible, siempre se ha hecho así en el latifundio, el latifundio es como las mulas que tienen querencia por morder a las que van al lado, Mucho me cuenta, No crea, si le contara mucho, nos quedaríamos el resto de la vida charlando, y la historia debería continuar hasta nuestros nietos, no sé si usted los tiene, pero atención que ahí viene el lacayo, vamos tras él.

El ruido era de algo pesado, con arrastrar de pies y grandes resbalones por la cuesta, una vez cayó y fue rodando hasta allí abajo, con riesgo de matarse, Qué lleva a cuestas, Es un bidón, el bidón es el blanco de que se sirven los dueños de esto y del lacayo, Pero la esclavitud se ha acabado ya, Eso es lo que usted cree, Pero cómo una persona se presta a esto, Pregúnteselo a él, Claro que se lo pregunto, oiga, amigo, qué es lo que lleva a cuestas, Es un bidón, Pero está lleno de agujeros, no sirve para agua o cualquier líquido, acaso lo quiere llenar de piedras, Es el blanco de mis amos Alberto y Angilberto, ellos disparan, yo voy a buscar el bidón para contar si han acertado o no, y luego vuelvo a ponerlo en el mismo sitio, y cuando el bidón está ya hecho una criba, llevo otro, y así, Y usted acepta esto. El mundo está de tal forma que ni se puede conversar, aparecen del otro lado Alberto y Angilberto gritando impacientes por el exagerado retraso, dentro de poco llegará la tarde y todavía tenemos dos cajas de balas, van a echarle una bronca al lacayo, y el pobre hombre atraviesa la vaguada a trote corto, pasa el puente, el bidón es una enorme corcova herrumbrosa, y ahora, al subir la cuesta de enfrente lo que se ve desde aquí no es un hombre, es un escarabajo, Bueno, sigue usted pensando que la esclavitud se ha acabado, Parece imposible, Qué manía, qué sabe usted de las imposibilidades, Estoy tratando de aprender, Pues oiga sólo ésta, a la orilla derecha del río, pasado el viaducto, hay unas terrazas que van hasta los cabezos, lo ve, pues bien, los tiradores que usted ha visto vendieron esas tierras a unos pequeños agricultores, y si fueran hombres puros, como deberían, habrían vendido hasta la orilla del río, pero no señor, se quedaron con diez, veinte metros, y entonces los campesinos que quisieron tener agua tuvieron que cavar pozos, qué le parece, Me parece imposible, Realmente, parece imposible, es lo mismo que si usted tuviera sed y yo tuviera un vaso de agua y se lo negara, y si quiere usted agua, cave el suelo con las uñas mientras yo vacío mi vaso y me entretengo viendo correr el agua, Hasta un perro puede acerarse a beber a la orilla, y los campesinos no, En fin veo que ha empezado a entender algo, mire, ya viene otra vez el lacayo con un bidón nuevo, Se ve que sus amos han tenido buena puntería, Sí señor, pero me han preguntado que quiénes son ustedes, y les dije que no lo sabía, y ellos dicen que si no se largan en seguida llaman a la guardia. Se fueron los dos paseantes, la amenaza tiene su peso y el argumento su autoridad, invasión de la propiedad ajena, aunque no esté vallada, será un delito serio si el guardia está de malas, de nada les va a servir argumentar que no conocen los linderos, aquí, por ejemplo, no habiendo servidumbre de paso, pueden decir que han tenido suerte de no llevarse un tiro, Con decir que era una bala perdida, se acaba la historia, eso es lo que estaban pidiendo esos dos, hermano Alberto.

Pero hay ocasiones en las que sería justo que sobre el latifundio resonara una gran carcajada si tuviéramos ganas de diversión, aunque no sé si nos valdría la pena, tan habitual es que la gente se ría y a continuación sienta ganas de llorar o dar un grito de rabia que se oiga hasta en el cielo, qué cielo ni qué mierda, más cerca está el cura Agamedes y no oye, o se hace el sordo, un grito que se oyera en toda la tierra, a ver si nos escuchaban hombres y venían hasta nosotros, pero quizá no nos oigan porque también ellos están gritando. Relátese el caso entretanto y ría quien pueda, sobre todo teniendo en cuenta que para esto nos sirve la guardia, no para que nos riamos de ella, Dios Nuestro Señor nos libre de la tentación, sino para ser llamada y mandada, y si bien es verdad que la mayor parte de las veces quien la manda y llama es el gobernador civil u otras oficiales entidades, también el latifundio tiene sobre ella gran poder y autoridad, como se verá por el excelente relato en el que intervienen Adalberto, un pastor, dos ayudantes, tres perros, seiscientas ovejas, un jeep, una patrulla de guardias republicanos, por no exagerar diciendo que era un destacamento, con las carabinas de reglamento, paso ordinario, marchen.

Son rebaños de mal andar. Están en tierras de Berto, van a tierras de Berto, es una suposición generalizadora y un modo inadecuado de contar, pues de Adalberto se trata y no de otro, y en ese tránsito pasan por tierras de Norberto, y mientras pasan comen, que esto de ovejas no es jauría de perros a la que se pueda poner bozales, y si fuese práctica y lo admitieran las ovejas, no los pondría el pastor, o no valdría la pena la correría, aunque quizá deba añadirse otra hipótesis, que es que el pastor finja, en casos en que no tiene la disculpa de ir de una tierra a otra, haberse perdido y pasar los linderos cuando el buen arte está en aprovechar los límites y dar a estas incursiones un aire de acabada naturalidad, de inocencia evidentemente ofendida por injustas sospechas, ni me di cuenta, venía andando con el ganado, estaré ciego, corté derecho, creía que estaba todavía en las tierras de mi amo, fue eso y nada más. Estará el pastor en connivencia, proponen los más apresurados, y no les falta razón, no señores, pero son estos casos de mayor sutileza, y lo primero que habría que averiguar es si en el acto irregularísimo no estará el pastor pensando más en la barriga de sus ovejas que en los intereses del patrón Berto o encubierto. Y apuntado esto para que no quede fuera cualquier eventualidad, volvamos a la historia, a las seiscientas ovejas que retozando vienen, amparadas por pastor, ayudadores y canes, y nosotros que somos de ciudad a esta sombra nos acogemos, admirable es ver el ganado derramándose por la costanera, o en suelo llano, qué serenidad, lejos de las malsanas aglomeraciones urbanas, del tumulto desenfrenado de las metrópolis, Empezad, musas mías, empezad el canto bucólico, y tenemos la suerte de que el rebaño venga hacia acá, así podremos saborear el episodio desde el inicio, ojalá no nos muerdan los perros.

Quiso el destino en este día que saliera Adalberto de paseo en su automóvil a dar una vuelta campestre y propietaria por las heredades, es sabido que el amor a la naturaleza necesita a veces estas expansiones, y si el vehículo no puede meterse entre matojos, por trochas y vericuetos, en todo caso tiene suficiente libertad de andar porque, con maña de volante y paciencia de muelles, bastan los caminos carreteros, lo que hay que hacer es no andar con prisas. Va solo Adalberto para mejor estimar la soledad rural, el canto de los pajarillos, aunque el motor del vehículo turbe la calma, pero todo es cuestión de saber integrar lo antiguo y lo moderno, no quedarse prendido de placeres pasados, el trotecillo suelto del caballo tirando del tílburi, y, de perfil, el sombrero campero bajo el ondular elástico del látigo que de vez en cuando acaricia la grupa del trotador, no es preciso más, él entiende. Son bellezas del latifundio que apenas se ven ya, porque un caballo cuesta una fortuna, come incluso cuando no trabaja, bien sabemos que el caballo es más distinguido, tiene reminiscencias feudales, pero los tiempos cambian, qué le vamos a hacer, y verdaderamente con el coche hay otra limpieza, deja a la gente boquiabierta y ahorra familiaridades, venga que se hace tarde.

Hoy, sin embargo, va Adalberto remansado, dibujando vagorosas curvas, displicente el codo en la ventanilla abierta, toda esta tierra es mía desde Lamberto, aunque no toda la que de Lamberto fue, sería otra buena historia la del partir, repartir, juntar y añadir, pero ya nos falta tiempo, ojalá hubiéramos empezado antes, ahora asoma Adalberto entre los árboles, brillan los pulimentos y cromados al sol, y de repente se detiene, Nos habrá visto, mejor es que empecemos a bajar por este lado, así evitaremos preguntas, soy hombre pacífico y respetuoso con la propiedad, y cuando nos volvemos para ver si nos sigue y viene cerca el furibundo Adalberto, vemos con asombro que sale del coche mira con airado semblante el cachazudo rebaño que ni caso le hace, como tampoco lo hizo de nosotros, ni siquiera los perros, que andan olfateando conejos, y luego, con un gesto de amenaza vuelve al automóvil, da media vuelta, a sacudidas, por malicia del terreno, y desaparece entre una nube de polvo, como dicen que es costumbre en las novelas. De aquí ya no nos movemos porque algo va a ocurrir, por qué se habrá marchado el hombre, esto es un rebaño de ovejas no una tropa de leones, pero los motivos quien los conoce es Adalberto, ahora en magnífica carrera directo a Monte Lavre, a buscar refuerzos, cuyos son la guardia que en esta misma hora se muere de tedio en el puesto, tiene esto el latifundio, alterna grandes agitaciones y grandes pausas adormecidas, al fin y al cabo así es el destino de quien militarmente vive, para eso se hacen maniobras y ejercicios, pero, nuestro cabo, ni tanto ni tan poco.

Ya se apea Adalberto a la puerta del puesto de la guardia, es una nube de polvo, y aunque el cuerpo le pese por la edad y otros excesos, entra ligero, el espacio no es holgado pero aun así permitió sin demasiado embarazo el paso y la consignada operación de entrar y salir en el tiempo de los treinta y tres escudos, han de acordarse, y cuando sale lleva compañía, es el cabo Tacabo y un número, se meten en el coche, Dios santo, doña María, adonde irá la guardia con esas prisas, no lo saben las viejas del poyo de la puerta, pero sí lo sabemos nosotros, vienen aquí al rebaño que paciendo está, mientras el mayoral descansa bajo una encina y los ayudantes dan la vuelta para amparar a los ovinos, con refuerzo de los perros, es maniobra de baja estrategia, pero tiene su aquel, mantener un rebaño tan grande pastando junto, sin excesos de apertura, hasta a una oveja le gusta respirar con amplitud, Y ahora, mientras Adalberto llega, una cosa me preocupa, ese entendimiento perfecto entre el latifundio y la guardia, por qué será, Simplicidad suya, o distracción, estar en este punto del relato y tener dudas todavía, o será quizá astucia o artificio de retórica, efecto de repetición, pero, sea lo que fuere, hasta un chiquillo sabe que la guardia está aquí para guardar el latifundio, Guardarlo de qué, si él no huye, De los peligros de robo, saqueo y perversidades varias, que esta gente de la que venimos hablando es de mala casta, imagine, unos miserables que en toda su vida y en la vida de sus padres y de los abuelos y de los padres de los abuelos no han hecho más que pasar hambre, cómo no han de codiciar los bienes ajenos, Y eso es malo, la codicia, Es lo peor que hay, Se está burlando de mí, Sí, lo estoy, pero hay por ahí quien tome muy en serio que esta caterva de rústicos quiere robar las tierras, las santísimas propiedades que de lejos vienen, y entonces se puso aquí a la guardia para mantenerlos en orden, aquí nadie mueve un dedo, Y a la guardia le gusta esto, A la guardia le gusta, la guardia tiene sus compensaciones, uniforme, bota, carabina, autoridad para usar y abusar, y la gratitud de los latifundistas, voy a darle un ejemplo, por esta operación militar extraordinaria, el cabo Tacabo recibirá unas decenas de litros de aceite, unos carros de leña, y el guardia, si el otro recibe setenta, recibirá un poco menos, por cuestión de jerarquía, pero se llevará sus treinta o cuarenta, en eso el latifundio es muy cumplidor, nunca queda a deber lo que le hacen, y la guardia, además, es fácil de contentar, imagino lo que pasará en Lisboa a puerta cerrada, Son casos tristes, No se ponga a llorar, entonces qué haría si viniera de lejos con un saco de astillas a cuestas, tras el desmate, cargado y jadeando como un animal de carga, y le sale un guardia al camino, apuntándole con el arma, manos arriba, qué es lo que llevas ahí, y responder, vengo de tal sitio y tal otro, y ellos van a ver si es verdad, y si no lo es, que Dios le ayude, Mejor José Gato, al menos ése, Mejor José Gato, pero lo malo es encontrarse un poco más adelante con una carrada de seis o setecientos o mil kilos de leña bien serrada e igualada para los guardias, oferta del latifundio en paga de sus buenos y leales servicios, Hay gente que se vende por muy poco, Venderse por poco o por mucho no es diferente, lo malo no está en que sea por un céntimo o por un millón.

No siguió la charla, no interesaba ya, pero pudo el narrador decir lo que quería, éste es su privilegio, y ahora sí, ahí está Adalberto y su ejército, se paró el coche, se abren las puertas, es una invasión, un desembarco, y desde lo alto hacen grandes gestos al mayoral, pero este mayoral es un vago, un animal curtido en estas soledades, sentado estaba, sentado se queda, y por fin, mostrando ostentosamente el trabajo que esto le cuesta, se pone en pie y pega un grito, Qué pasa, y el cabo Tacabo manda tocar a la carga, al ataque, apretar el botón de las bombas, mejor es no hacer caso de estas exageraciones bélicas, qué le vamos a hacer, tienen tan pocas oportunidades, ahora ya el pastor se ha dado cuenta de todo, lo mismo le ocurrió una vez a su padre, todo en su interior es una alborada de risa, se le nota en las arruguillas de los ojos, está a punto de revolcarse en el suelo, Crees tú que se puede andar así, sin pedir permiso, la pregunta es del cabo Tacabo, que fulmina, señor de la ley y de la carabina, Multa de cinco escudos por cada oveja, hagamos cuentas, seiscientas ovejas a cinco escudos, seis veces cinco treinta, vamos a ponerle los ceros, qué broma, tres mil escudos de multa, muy caros están los pastos, y entonces dice el pastor, Hay aquí un error, las ovejas son del patrón que me está oyendo, y yo estoy en tierras que son suyas, Oh, qué has dicho, se indignó Tacabo, el número miró a las nubes, y Adalberto, mosqueado, Entonces esto es mío, Sí señor, y yo soy el mayoral de estas ovejas, estas ovejas son suyas, Musas queridas id, se ha acabado la canción.

Se retiró la fuerza a sus cuarteles, callados los tres expedicionarios, y Adalberto, llegando a casa, dio órdenes para lo del aceite, mientras el cabo Tacabo y el número guardaban las armas en el armero echando cuentas del beneficio y rezaban al arcángel San Miguel la gracia de otras aventuras de igual riesgo y provecho. Son pequeños episodios del latifundio, pero también con piedra menuda se hace un muro y con espigas sueltas la cosecha, Y este piar, qué es, Un mochuelo, en seguida empezará otro a responderle, Domingo, es el que está cerca del nido.


Porque hubiera contado Sigismundo Canastro, en su tiempo cabal, la historia del perro Constante y de la perdiz, no vayamos a creer que es el único sabedor de raros casos de caza. También Antonio Maltiempo los vivió, aparte de los que conoce de oídas, y en tal cantidad y variedad que bien podría haber sido él quien narrara el episodio señalado, cabiéndole entonces a Sigismundo Canastro la función de confirmar la veracidad de lo acontecido mediante la prueba irrefutable del sueño. Aquellos a quienes esta libertad de poner, cambiar y sacar asombre no tienen más que recordar la amplitud del latifundio, la pérdida de palabras y su hallazgo, tanto da días después como siglos, por ejemplo, estar sentado bajo un alcornoque y oír la gran conversación del tronco con su vecino, historias muy antiguas, y en verdad confusas, con la edad los alcornoques desvarían un poco, pero de eso nadie tiene la culpa, o quizá la tengamos nosotros, que no quisimos aprender estos lenguajes. Quien por tales lugares se pierde acaba por distinguir entre el paisaje y las palabras que allí están, por eso a veces tropezamos con un hombre parado en medio del campo, como si, yendo a su paso y paseo, de repente lo hubiera retenido alguien, mire, escuche esto, es cierto y seguro que está oyendo palabras, casos, sucedidos, y por pasar en el momento justo y ser él la persona esperada, se suelta el flujo aéreo y tanto puede venir el suceso magnífico del perro Constante como la verdadera demostración de la curiosidad de las liebres, explicada por Antonio Maltiempo y comprobada por todos los sueños de Sigismundo Canastro, a falta de alguien más que de sus sueños quisiera hablarnos.

Primero hay que encontrar una buena piedra plana, de un palmo de altura y lo bastante ancha para media hoja de periódico. El día no será de viento, para que no se disperse el montoncito de pimienta que, en la confusión de los títulos y de la letrilla menuda itálica y redonda, va a ser el gatillo de esta escopeta. Como todo el mundo sabe, la liebre es curiosa, Más que el gato, No hay comparación, basta decir que el gato no quiere saber nada de lo que pasa en el mundo, a él tanto le importa, mientras que la liebre no puede ver un periódico caído en una carretera sin acercarse en seguida a ver lo que pasa, y tanto es así que hay cazadores que han descubierto un sistema, se ponen acechantes tras un vallado, y cuando la liebre se acerca para enterarse de las noticias, pum, fuego sobre ella, lo malo es que el diario queda hecho trizas por el plomo y hay que ir a buscar otro, ya se ha visto algún cazador con la cartuchera llena de periódicos, hasta feo se veía, Y la pimienta, para qué es, En la pimienta, sí señor, está el secreto del arte, es necesario que no haga viento, pero esa condición vale también para cuando está el diario en la carretera, que si le da el viento y sale volando, la liebre se va, que le gusta leer las noticias con el sosiego adecuado, Muy raro me parece eso, Más raras le parecerán otras cosas que le contaré si tenemos ocasión, y entonces, armado de todo ese aparato, piedra, pimienta, periódico, es sólo esperar, y si hay que esperar mucho es que el sitio es malo para liebres, ocurre a veces, después no se vaya quejando de que no había caza, la culpa era sólo suya, pero cuando se conoce el terreno, nunca falla, en seguida aparece la primera liebre, a saltos, muerde aquí trinca allá, y de repente se queda con las orejas alzadas, ha visto el periódico, Qué hace entonces, Pobrecilla, ni desconfía, va con aquella ansia suya de saber noticias, corre hacia el periódico y empieza a leer, es una liebre feliz y contenta, no se le escapa una línea, pero acerca entonces la nariz al montoncito de pimienta y aspira, Y qué pasa entonces, Lo mismo que le ocurriría a usted si estuviese allí, estornuda, se golpea la cabeza contra la piedra y muere, Y después. Después, lo único que hay que hacer es ir a buscarla, pero, si lo prefiere, puede pasar unas horas más tarde y encontrará allí un corro de liebres, detrás de una viene otra, es lo que tienen, son muy curiosas, no pueden ver un periódico, Oiga, es verdad todo eso, pregúnteselo a quien quiera, hasta un niño de pecho sabe estas cosas.

Antonio Maltiempo no tenía escopeta, menos mal. Si la tuviera sería un vulgarísimo cazador armado en vez de ser el inventor de la pimienta de San Humberto, pero esto no significa que desdeñase el arte de la puntería, la prueba está en aquel trabuco de carga por la boca que compró un día por veinte escudos a un campesino manirroto y con el que hizo maravillas. Quien vive en la ciudad se ha criado en la desconfianza, por cualquier cosa exige pruebas y juramentos, muy mal hecho, porque debemos creer las cosas tal como nos son dichas, así fue cuando Antonio Maltiempo, ya entonces propietario del trabuco susodicho, tenía pólvora para cargarlo, pero le faltaba plomo. Era entonces la época de los conejos, conviene aclararlo para que no aparezca por ahí alguien preguntando por qué no empleaba Antonio Maltiempo el sistema de la piedra, la pimienta y el periódico, como hacía con las liebres. Sólo quienes ignoran hasta los rudimentos de las artes venatorias no saben que los conejos son animales desprovistos de la menor curiosidad, ver un diario en el suelo o una nube en lo alto, para ellos es igual, salvo que de la nube llueve y del diario no, por eso no se puede prescindir de la escopeta o del lazo o del garrote, pero ahora estamos hablando de trabucos.

No hay mayor desventura que esta de tener el cazador una buena arma, aunque sea de pedernal, pólvora en cantidad, y le falte el plomo, Y por qué no lo compró, No tenía dinero, ahí está lo malo, Y qué hizo entonces, Primero, no hice nada, luego me puse a pensar, Y descubrió algo, Descubrí, sí señor, porque pensando siempre se acaba por descubrir algo, Y cómo resolvió la dificultad, Tenía una caja de tachuelas para las botas y cargué el trabuco con ellas, Qué me dice, cargó el trabuco con tachuelas, Sí señor, acaso no me cree, Le creo, pero nunca he oído una cosa semejante, Alguna vez tendrá que empezar a creer en aquello que nunca ha oído, Cuénteme el resto, Iba ya por el campo cuando se me ocurrió una idea que casi estuvo a punto de hacerme volver atrás, Qué me dice, Es verdad, me di cuenta de que un conejo atrapado con una carga de tachuelas se convertiría en un amasijo de carne y sangre, ni se podría comer, Y entonces, Me puse a pensar de nuevo, Y se le ocurrió algo, Se me ocurrió, pensando siempre se le ocurre algo a uno, me coloqué frente a un árbol de tronco grueso que había allí y esperé, Esperó mucho, Esperé lo necesario, nunca se espera ni más ni menos, Hasta que vino el conejo, Sí señor, y así que me vio salió corriendo hacia el árbol, yo ya tenía estudiado el terreno, y cuando pasó pegado al árbol voy y disparo, Entonces no quedó hecho trizas, Hombre, para qué cree usted que había estado yo pensando tanto, las tachuelas le alcanzaron en las orejas y lo clavaron al tronco de la encina, que para más detalle era una encina, Esa sí que es buena, Es buena, sí, no tuve nada más que darle un golpe en la cerviz y sacarle las tachuelas, fíjese cómo sería que cuando me comí el conejo ya estaban las botas tachueladas.

Los hombres están hechos de tal modo que incluso cuando mienten dicen otra verdad, y si por el contrario es la verdad lo que quieren lanzar de dientes para fuera, siempre va con ella una forma de mentir, aunque no sea con intención. Por eso nunca llegaríamos al final si nos pusiéramos a discutir lo que hay de verdad y de mentira en las historias venatorias de Antonio Maltiempo, basta que sepamos y tengamos la hombría de reconocer que cuanto en ellas se dice puede tocarse con los dedos, sea la liebre o el conejo después de cazados, el trabuco, que los hay aún, la pólvora, que es barata, las tachuelas con que se hierra la pobreza de los malcalzados, la bota que es testigo, la pimienta que es milagrosa desde la India, la piedra que es lo que no falta, el periódico que mejor lo saben leer las liebres que los hombres, y Antonio Maltiempo que está aquí, contador de historias, no existirían las historias si no existiese quien las cuenta.

Ya he contado una, ya he contado dos, vamos ahora por la tercera, tres fue la cuenta que Dios hizo, el padre, el hijo y el espíritu santo de la oreja por donde quedó atrapado el conejo en este caso excelente que voy a contar, Así no tiene gracia, si sabemos ya el final de la historia, Y qué importancia tiene eso, también el fin de los hombres es morir y lo mejor de ellos es la vida contada y por contar, Vamos, y cuente lo del conejo, Tenía yo el mismo trabuco, tanto me habitué a él que me daban ganas de reír esas escopetas de dos cañones, o de cuatro, armas de guerra que debían estar prohibidas, Por qué, No le parece que es mucho más bonito que cargue uno el arma por la boca, echándole la pólvora y midiendo el plomo, cuando lo hay, tranquilamente, y ver pasar la caza y decirse uno para sus entretelas, bueno, por esta vez escapaste, se siente uno lleno de amistad hacia el animal de pluma o pelo que se aleja, es cuestión de creer en el destino, aún no le había llegado la hora, Es una manera particular de ver las cosas, y luego, Luego, no, antes, ocurrió que tampoco en esta ocasión tenía dinero para los perdigones, Hombre, usted no tenía dinero nunca, De qué se asombra, acaso a usted no le ha faltado nunca, Bueno, no nos salgamos del tema, de mis necesidades sé muy bien, siga usted, Pues estaba sin dinero para plomo pero tenía una bola de acero, de esas que vienen en los cojinetes, la encontré en los desechos de un taller, y entonces apliqué la misma receta, pero esta vez sin árbol, el árbol era sólo para las tachuelas, A ver, explíquemelo mejor, Pensé que una bola de acero bien apuntada sería como una bala, ni destruía la carne del animal ni le estragaba la piel, es sólo cuestión de puntería, y de eso, no es por alabarme, tenía yo de sobra, Y luego, Luego fui al campo, a un sitio que ya conocía, un terreno arenoso por donde solía andar un conejo del tamaño de un cabrito, era el padre de los conejos, de verdad, a la que nunca vi fue a la madre, nunca sale del cubil, que es tan hondo como la sima de Ponte Cava, se mete tierra adentro y nadie sabe dónde acaba, Está bien, pero eso es otra historia, Está equivocado, es todo la misma historia, lo que pasa es que no tengo tiempo para contarla, Y luego, Luego, el conejo ya me había hecho otras veces alguna mala jugada, que tenía un arte especial para ocultarse apenas levantaba yo el trabuco, las veces que iba cargado con plomo, Entonces no le importaba estropearle la piel, A un conejo de ese tamaño, igual da, Pero acaba de decirme usted, Mire, así no puedo seguir contando, Está bien, continúe, Esperé, esperé, pasó una hora, pasaron dos, y a las tantas aparece el animal a saltitos, es un decir porque los saltos eran como de un cabrito, como ya he dicho, y en un momento en que iba por el aire me imaginé que era una perdiz, y pum, fuego, Y lo mató, No señor, el conejo sacudió las orejas antes de caer al suelo, acabó el salto, dio otro, otro más, y yo desarmado, y echó a correr todo recto contra un cercado, volvió a dar un salto, de esos largos, parecía que iba a volar sobre el cercado, esto lejos como de aquí a ahí, y qué veo, Qué fue, El conejo preso, perneando, parecía como si alguien lo estuviera agarrando por una oreja, y entonces me acerqué y lo vi todo, Hombre, no se quede usted tanto tiempo callado, que me pica la curiosidad, Usted es también como las liebres, Déjese de bromas y cuente el resto, Ocurrió que habían estado por allí arreglando el cercado y pusieron alambre con unas púas de hierro del tamaño de este dedo, y como la bola había perforado la oreja del conejo, se quedó el animal enganchado por la oreja agujereada en una púa, imagínese, Entonces lo soltó, le dio un golpe detrás de las orejas, No señor, lo saqué de allí y dejé que se fuera, No me diga, Digo, acertarle en la oreja no fue puntería, fue casualidad, y suerte, y el padre de los conejos no podía morir por una casualidad, Gran historia es ésta, Son todo verdades, como verdad fue que anduvieran aquella noche los conejos danzando hasta la madrugada, era luna llena, Y por qué, Estaban contentos porque el padre de los conejos había escapado, Los vio usted, No los vi, pero los soñé.

Así es. El pez muere por la boca cuando, de tan pequeño en el anzuelo y triste en la sartén, no lo devuelve el hombre al agua, acto que no se sabe si es de compasión por la infancia o de proyección del interés futuro, crece y aparece, pero al padre de los conejos, que seguro que ya no iba a crecer más, lo salvó la honradez de Antonio Maltiempo que, muy capaz de inventar buenas historias, no inventó otra mejor, teniendo en cuenta que más difícil era acertar en la oreja que en el resto del cuerpo, cuando muy bien sabe, y en el silencio del latifundio pronto confesó, ya los ecos de los disparos se habían apagado en los rastrojos, que no tendría paz de conciencia para pasarse el resto de su vida recordando el ojo colérico y dilatado del conejo al verlo aproximarse al cercado.

El latifundio es un campo cercado de púas, y en cada una de ellas hay un conejo perneando, con la oreja perforada, no por obra de un tiro, sino de nacimiento, y se quedan allí toda la vida, labran el suelo con las uñas, lo estercolan con sus propios excrementos, y si alguna hierba hay la comen hasta donde el diente puede llegar, con el hocico bien rastrero pegado al suelo, mientras a su alrededor andan pasos de cazadores, muero, no muero. Un día, Antonio Maltiempo se soltó de la alambrada y atravesó la frontera, lo hizo durante cinco años, una vez en cada uno, fue por tierras de Francia, norte de Francia, Normandía, pero iba llevado por la oreja, enhebrado al agujero de la necesidad, cierto es que no se había casado ni tenía hijos pidiéndole pan, pero el padre no estaba bien de salud, consecuencias de la cárcel, no lo mataron, pero lo molieron bien molido, y en Monte Lavre lo que mandaba era el paro, al menos en Francia el trabajo estaba garantizado y era bueno el pago en comparación con la medida del latifundio, en un mes, o poco más, se sacaban quince o dieciséis mil, una fortuna. Lo era, pero en llegando a Monte Lavre se le iba la mayor parte en pagar atrasos y la menor en guardar para el futuro.

Y Francia, qué es. Francia es un campo infinito de remolachas en el que se trabaja en binar dieciséis horas al día, o diecisiete, es un decir, porque siendo tantas son todas las del día y no pocas de la noche. Francia es una familia de normandos que ve que le entran por la puerta tres animales ibéricos, dos portugueses y un español de Andalucía, para más detalle, Antonio Maltiempo y Carolino da Avó, de Monte Lavre, y Miguel Hernández, de Fuente Palmera, éste sabe unas cuantas palabras de francés, ciencia de emigrante, y con ellas dice que están allí los tres contratados. Francia es un pajar de poco resguardo para el poco dormir y un plato de patatas, es una tierra donde misteriosamente no hay domingos ni días santos. Francia es un derrengarse los riñones, dos cuchillos clavados aquí y aquí, una aflicción de cruces martirizadas, una crucifixión en un pedazo de tierra. Francia es para verla con los ojos a cuatro palmos del tallo de remolacha, son de remolacha los bosques y los horizontes de Francia, no tiene nada más salvo eso. Francia es este desprecio, este mirar y hablar a modo de burla. Francia es el gendarme que viene a comprobar los papeles, línea a línea, comparando e interrogando, alejado tres pasos por causa del hedor. Francia es una desconfianza que está siempre de centinela, es un vigilar incansable, es un normando que va a inspeccionar el trabajo hecho y asienta el pie como si nos pisara las manos adrede. Francia es ser maltratado en alimento y aseo, nada que se pueda comparar con los caballos de la ferme, que son gordos, culones y soberbios. Francia es un cercado de alambre de espino con conejos ensartados por las orejas como peces en un junco, ya hasta el aire falta, y Carolino da Avó es el que menos aguanta, doblado por la cintura y flojo como una navaja a la que de pronto se le ha roto el muelle, y tiene el filo romo, la punta partida, para el próximo año no vuelve. Francia son largos viajes en tren, una gran tristeza, un montón de billetes atados con un cordel y los celos estúpidos de quien se quedó y murmura ahora de quien fue, Está rico, son las envidias del pobre, lo mal que se quieren unos a otros por motivo de intereses.

De esto saben mucho Antonio Maltiempo y Miguel Hernández, que en el intervalo se escriben, Maltiempo desde su Monte Lavre, y Hernández desde su Fuente Palmera, son cartas sencillas, con faltas de ortografía casi en cada palabra, de modo que lo que lee Hernández no es buen portugués, ni es buen español lo que Maltiempo lee, es una lengua común a ambos, la lengua del poco saber y mucho decir, y se entiende, es como si los dos estuvieran haciendo señas de un lado y otro de la frontera, por ejemplo, abrir y cerrar los brazos, que es señal inconfundible de abrazar, o llevarse la mano al corazón, que es señal de bienquerer, o sólo mirar, que es señal de descubrir, y ambos firman las cartas con la misma dificultad, la misma mano grotesca que hace de la pluma un mango de azadón, por eso les salen las letras en arranques, este que lo es, Miguel Hernández o Antonio Maltiempo. Un día, Miguel Hernández dejará de escribir, dos cartas de Antonio Maltiempo quedarán sin respuesta, a un hombre, hasta no queriéndolo, le hiere el disgusto, no es exactamente como una desgracia, no me va a quitar el apetito, éstas son cosas que se dicen para aliviar, sabe Dios si Miguel Hernández habrá muerto, o si lo habrán llevado preso como al padre de Antonio Maltiempo, quién pudiera ir a Fuente Palmera a enterarse. Durante muchos años recordará Antonio Maltiempo a Miguel Hernández, y al hablar de sus tiempos de Francia dirá, Mi amigo Miguel, y se le pone una niebla ante los ojos, se ríe para que no se note, cuenta una historia de conejos o perdices, sólo para divertir a los demás, nada de imaginación, historias ciertas, hasta que la onda de la memoria se disuelve y acomoda. Sólo en esas ocasiones tiene añoranza de Francia, de las noches de charla en el pajar, historias de andaluces y transtajanos, de Jaén y de Évora, de José Gato y Pablo el de la Carretera, y esas furiosas noches, al final del contrato, cuando iban al burdel, el robo del placer vendido, alê, alê, todavía la sangre protestaba insatisfecha, cuanto más cansados más apetecía. Salían a la calle, corridos por una algarabía extraña en una lengua que no conocían, alê négres, es lo que les pasa a estas razas morenas, todos son negros para quien ha nacido en Normandía y presume de raza pura, aunque sea una puta.

Entonces llegó un año en que Antonio Maltiempo decidió no volver más a Francia, también se le había roto la salud. A partir de ahora es otra vez conejo de latifundio, en este espino me prendo, con las uñas raspo, vuelve el buey al surco, el agua al canalón conocido, al lado de Manuel Espada y de los otros, a arrancar corcho, a segar, a podar, a cavar, a limpiar, cómo no se cansarán las personas de esta monotonía, todos los días iguales unos a otros, por lo menos en la poca comida, y el ansia de ganar algo de dinero para el día de mañana, que es la gran amenaza de estos lugares, el día de mañana, mañana también es día, como lo fue ayer, en vez de ser de alguna esperanza, aunque sólo fuese una leve brisa, si vivir es esto.

Francia está en todas partes. La heredad de Carriça está situada en Francia, no lo dice el mapa pero es verdad, y si no es Normandía es Provenza, para el caso es igual, pero no anda Miguel Hernández al lado de Antonio Maltiempo y sí Manuel Espada, su cuñado y también su amigo, aunque sean de carácter muy distinto, están los dos segando, a destajo, ya veremos cómo. Para aquí vino también Gracinda Maltiempo, grávida al fin cuando ya se creía que no iban a tener hijos, y viven los tres, durante el tiempo de la siega, en una cabaña abandonada de cultivadores, antes se acercó a limpiarla Manuel Espada para bienestar de la mujer, hacía cinco o seis años que allí no vivía nadie, estaba llena de basura, de culebras y lagartos, de todo tipo de sabandijas, y cuando lo tuvo todo a punto fue Manuel Espada a buscar una brazada de juncos que tendió en el piso para descansar, y aquello era un frescor, que ya había regado el suelo, y estuvo a punto de quedarse dormido, era una pared de adobe con cubierta de aliaga y paja que servía de tejado, y de repente le pasa una culebra por encima, tan gruesa como esta muñeca, que no es de las más delgadas. No lo llegó a saber Gracinda Maltiempo, quién sabe qué haría si lo supiera, a lo mejor no le importaba, porque las mujeres de estas tierras no se desmayan por tan poco, y cuando llegó a la cabaña la vio toda ordenada, con un camastro para el matrimonio y otro que Manuel Espada preparó para el cuñado, un saco de tabique, son las promiscuidades de estas tierras de latifundio, No proteste, padre Agamedes, por dónde ha andado usted, estos hombres no van a dormir aquí, si alguna vez se tumbaran en la cama es para no morir, y ahora sí que podemos hablar de las condiciones, son un tanto por día durante una semana, más quinientos escudos por el resto de la siega, el sábado tiene que estar todo acabado. Parece muy complicado pero es la cosa más simple que hay. Durante una semana entera Manuel Espada y Antonio Maltiempo segarán día y noche, bueno es que se entienda qué quiere decir esto, cuando estén reventados de un día entero de trabajo irán al barracón a comer y luego volverán a la tierra y trabajarán en ella, segando, no recogiendo amapolas, segando toda la noche, y cuando salga el sol irán al barracón a comer cualquier cosa, y si descansan, serán sólo diez minutos, cada uno en su camastro, roncando como fuelles, y luego se levantarán y trabajarán todo el día, y volverán para comer, no importa qué, y trabajarán toda la noche, ya sabemos que no lo van a creer, éstos no son hombres, son hombres sí señor, si fueran animales ya habrían caído rendidos, muertos, han pasado sólo tres días, son dos fantasmas que avanzan bajo la luz de la luna entre el trigal a medio segar, Crees que lo lograremos, Claro que sí, tenemos que lograrlo, y entretanto fue Gracinda Maltiempo a mondar arroz, va preñada, y cuando no pueda mondar irá al agua, y cuando no pueda ir al agua hará la comida de la cuadrilla, y cuando no pueda hacer la comida de la cuadrilla, volverá a la monda, va la barriga a flor de agua, en vez de un hijo le saldrá una rana.

Por fin acaba la siega, y acabó en el tiempo acordado, vino Gilberto y pagó, ante él estaban dos fantasmas, pero de éstos ya ha visto Gilberto muchos, y Antonio Maltiempo fue a trabajar a otro lado de esta Francia y de esta Matanza. En la cabaña de los labriegos seguirán viviendo aún Manuel Espada y su mujer Gracinda Maltiempo, hasta que le llegó el tiempo de parir. Manuel Espada fue a Monte Lavre a dejar a la mujer y volvió a la heredad de Carriça, por suerte había trabajo. Quien en todo esto no encuentre novedades necesita que le arranquen las escamas de los ojos o que le abran un agujero en la oreja, si es que no lo tiene ya y sólo los ve en las orejas de los otros.


Gracinda Maltiempo parió con dolor. Vinieron a ayudarla en el trance su madre Faustina y una Belisaria vieja, partera de oficio antiguo, responsable de algunas muertes de parto, tanto de madre como de hijo, y, para compensar, artífice de los hermosos ombligos de Monte Lavre, historia que parece de risa y no lo es, más bien debiera ser tema de investigación obstétrica, averiguar por qué artes Belisaria corta y sutura cordones umbilicales de modo que quedan luego como copas de las mil y una noches, cosa que, habiendo oportunidad y audacia, se podría comprobar comparando con los vientres descubiertos de las danzarinas moras que en noches enigmáticas van a soltarse el velo en la fuente del Amieiro. En cuanto a los dolores de Gracinda Maltiempo no fueron ni más ni menos que los comunes femeninos desde el bienaventurado pecado de Eva, bienaventurado, decimos, por el gusto anterior, parecer del que discorda, por deber de oficio y quizá también por convicción, este padre Agamedes, mantenedor del más antiguo castigo de la historia humana, conforme Jehová determinó, Parirás con dolor, y así viene ocurriendo todos los días a todas las mujeres incluso a aquellas que del dicho Jehová no conocen ni el nombre. En fin, más duraderos son los rencores de los dioses que los de los hombres. Los hombres son estos pobres diablos, capaces sí de terribles venganzas, pero a quienes una cosita de nada conmueve, y si es la hora exacta y la luz propicia, caen en brazos del enemigo llorando esa extrañísima condición de ser hombre, de ser mujer, de ser humanos. Dios, tanto da este Jehová como otro cualquiera, es quien jamás se olvida de nada, quien las hace las paga, y de ahí esa infinita exposición de sexos abiertos, dilatados, volcánicos, por donde irrumpen sucios de sangre y moco los nuevos hombres y las nuevas mujeres, tan igualitos en su miseria, tan diferentes luego de ese minuto, conforme a los brazos que los reciben, los alientos que los confortan, las ropas que los envuelven, mientras la madre recoge hacia el interior de su cuerpo esa marea de sufrimiento, mientras de su carne desgarrada dulcemente gotea la última flor de sangre, mientras la piel floja del vientre despejado se mueve lentamente y cuelga en pliegues, por este lado mío empieza a morir la juventud.

Entretanto, allá en lo alto, los miradores del cielo están desiertos, los ángeles duermen la siesta, de Jehová y de sus iras restantes no quedaron noticias que en el entendimiento humano se hayan manifestado, y no consta que los pirotécnicos celestiales hayan sido llamados para concebir, componer y lanzar cualquier nueva estrella que brille, durante tres días y tres noches, sobre la casa arruinada donde viven Gracinda Maltiempo y su marido Manuel Espada, y ahora, además, la primera hija de ambos, María Adelaida, que éste es el nombre que tendrá. Y, con todo, estamos en una tierra en la que no faltan pastores, unos que lo fueron en sus tiempos de puericia, otros que lo siguen siendo y no serán ya otra cosa hasta que mueran. Y son grandes estos rebaños, uno vimos que tenía seiscientas ovejas, y están también las piaras de cerdos, pero este animal no es propio para belenes navideños, le falta esa apariencia airosa que el borrego tiene, la piel felpuda, la caricia de la lana, mi amor, dónde has puesto el ovillo, con animales así se pueden componer adoraciones, pero con el puerco, perdida la gracia de cuando nace, aquel aire suyo de caramelo color rosa, pronto se torna trompudo y hediondo, amador de la pocilga, sólo sublime en la carne que dará. En cuanto a los bueyes, andan trabajando, no son tantos en el latifundio que sobren para adoraciones tardías, y los burros, bajo las albardas no hay más que mataduras, los moscardones zumban excitados por la sangre, mientras en casa de Manuel Espada, sobre Gracinda Maltiempo con su olor de mujer recién parida, revolotean febriles las moscas, Écheme fuera ese mosquerío, dice la vieja Belisaria, o ni eso, tan habituada está a esta corona de ángeles alados y zumbadores cada vez que es verano y va a un parto.

No obstante, hay milagros. La recién nacida está tendida sobre la sábana, la golpearon en cuanto vino al mundo y ni de tanto precisaba porque en su garganta voluntariamente se estaba ya formando el primer grito de su vida, y ha de gritar otros que hoy ni se imaginarán posibles, y llora, sin lágrimas, es un fruncir de párpados, una carantoña que podría asustar a un habitante de Marte y, sin embargo, nos debería hacer llorar a nosotros sin parar, y como es día de cálida y clara luz y la puerta está abierta, cae sobre este lado de la sábana una luminosidad reflejada, no nos cuidemos de saber de dónde, y Faustina Maltiempo, tan sorda que ya ni oye llorar a la nieta, es la primera que le ve los ojos, y son azules, azules como los de Juan Maltiempo, dos gotas de agua bañadas de cielo, dos pétalos redondos de hortensia, pero ninguna de estas vulgares comparaciones sirve, son decir de quien no sabe inventar nada mejor, ninguna comparación podría servir, aunque en el ejercicio de ellas se esfuercen los enamorados de la dama de estos ojos, que son azules, no aguados ni celestes, ni de capricho botánico, ni de forja subterránea, azules intensos y brillantes, como los de Juan Maltiempo cuando él llegue haremos la comparación entonces podremos saber al fin de qué azul se trata. En este momento sólo Faustina Maltiempo lo sabe, y por eso puede proclamar, Tiene los ojos del abuelo, y entonces las otras dos mujeres, Belisaria ofendida en sus primeros derechos de partera Gracinda Maltiempo celosa loba de su lobezna, una y otra quieren ver, pero Belisaria abusa y mira con toda calma, por eso Gracinda Maltiempo es la última, no importa, tiene tiempo de quedar atada por la punta de los senos a aquella boca chupadora, tiene tiempo de olvidarse de contemplar aquellos ojos azulísimos mientras la leche le va manando del pecho, aquí bajo estas tejas mal unidas, en medio del campo, debajo de una encina, de pie cuando no pueda ya permanecer sentada, de prisa cuando no pueda lentamente, lo poco y lo mucho de este pecho, de esta vida, de esta blanca sangre que de la otra, roja, se va formando.

Entonces vinieron los tres reyes magos. El primero fue Juan Maltiempo, vino por su pie, había aún luz del día, para él no sería precisa ninguna estrella, y si no llegó antes fue sólo por cuestiones de pudor masculino, bien podría haber asistido al parto si tales cosas se usaran en aquel tiempo y en este lugar, qué mal sería el ver parir a su propia hija, pero no puede ser, no faltarían murmuraciones, queden estas ideas para el futuro. Llegó temprano porque está en paro, anduvo cavando un pedazo de tierra que le dieron para arreglar, y cuando entró en casa no vio a la mujer, pero la vecina le dijo que era abuelo de una niña, y él quedó satisfecho, pero no tanto como sería de esperar, prefería un hombre, en general se prefieren hombres, y entonces volvió a salir de casa, va con su paso balanceado entre dos dolores, uno para aquí, otro para allá, la antigua punzada de las grandes cargas carboneando y el quebranto sordo de la estatua, parece un marinero de altura que acaba de desembarcar y se asombra ante la inmovilidad del suelo que pisa, o es como si viajara en la corcova de un camello, navío del desierto, y esta comparación dibuja exactamente el cuadro porque, siendo Juan Maltiempo el primer rey mago, justo es que viaje conforme condición y tradición, los otros que vengan como puedan, y de ofrendas no hablemos, a no ser que sea recibida como ofrenda esta arca de sufrimiento que Juan Maltiempo lleva en su corazón, cincuenta años de padecer, oro ninguno, incienso es humo de iglesia, padre Agamedes, y si de mirra vamos a hablar, no faltan muertos por el camino. Es poco, y malo, para llevar a quien acaba de nacer, pero estos braceros sólo pueden elegir entre lo que les fue permitido, sudor cuanto sea preciso, alegría no más que esta sonrisa de pocos dientes, y tierra, la necesaria para comerles los huesos, que la otra hace falta a otras agriculturas.

Va pues Juan Maltiempo con las manos vacías, pero de camino recuerda que ha nacido su primer nieto, y de un seto florido arranca un geranio, un tallo lleno de nudos, este olor de casa pobre, y es bonito ver al rey mago en lo alto de su camello con gualdrapa de oro y carmesí, inclinarse Juan Maltiempo a la humildad de coger una flor de jardinera ni siquiera mandó a un esclavo de los muchos que le acompañan y sirven, véanse estos grandes ejemplos. Y cuando llega Juan Maltiempo a la puerta de la casa de su hija, parece como si el camello conociera sus obligaciones, dobladas las rodillas el animal facilita el descenso de este señor de los latifundios, mientras toda la guarnición del puesto de la guardia republicana presenta armas, aunque el cabo Tacabo tenga sus dudas sobre el derecho a que anden animales de tal porte y complexión por la vía pública. Son fantasías nacidas del sol violento, ya quebrado en el cielo pero que recuece aún todas las piedras del camino, calientes como si hubiesen sido acabadas de parir por la tierra, Mi querida hija, y es entonces cuando Juan Maltiempo ve que sus ojos son inmortales, están allí después de una larga peregrinación, ni él conoce lo más distante de ella, de dónde vienen, cómo fue, le basta que en Monte Lavre no haya otros así, tanto en su familia como fuera de ella, los hijos de mi hija mis nietos son, los de mi hijo lo serán o no, nadie se libra de las malicias populares, pero de éstos nadie puede dudar, mírenme bien, miren estos ojos azules, y vean ahora los de mi nieta, que va a llamarse María Adelaida y es el vivo retrato de aquella abuela suya de hace más de quinientos años, más estos ojos que le vienen de su abuelo, el extranjero violador de doncellas. Todas estas familias tienen sus fábulas, algunas ni lo saben, como esta de los Maltiempo, que bien la pueden agradecer al narrador.

El segundo rey mago llegó ya con noche cerrada. Venía del trabajo, no había luz en la casa, el fuego apagado, de puchero lleno ni rastro, entonces le dio el corazón un salto y luego otro cuando le dijo la misma vecina, Tu hermana acaba de tener una niña, tu padre y tu madre están en su casa, ahora ya se sabe que el niño nacido es niña y tiene los ojos azules, saberlo es una distracción para Monte Lavre, pero la vecina nada le dice sobre el último punto, es una buena mujer que cree que las sorpresas tienen su lugar y su momento, qué gracia tendría decirle a Antonio Maltiempo, Tu sobrina tiene los ojos azules, así él con sus propios ojos castaños verá y hará la fiesta de haber visto. Ya está la guardia recogida en el puesto, nadie espera para presentar armas a Antonio Maltiempo, era lo que faltaba, loco es quien lo haya creído, pero es en carne y hueso un rey mago quien baja la calle, sucio como debe estar quien de trabajar viene. No se ha lavado, no ha tenido tiempo, pero no olvida sus obligaciones y de una lata encalada que está junto a una puerta coge una margarita, y para que no se marchite entre los dedos la sostiene con los labios, la alimenta de saliva y cuando al fin entra dice, Hermana, y le da el me-quiere, es lo más natural, que muden las flores de nombre, como se vio con el geranio y la jardinera y un día se verá con el clavel.

Menos mal que Antonio no se empeñó en ver aquellos ojos azules. La chiquilla duerme en buena paz, tiene los ojos cerrados, fue decisión de ella, sólo los abrirá para el tercer rey mago, pero éste llegará mucho más tarde, en plena noche, porque viene de lejos y todo el camino lo hizo a pie, repite este viaje desde hace tres días, o tres noches, para quien guste de informaciones rigurosas, sépase pues que Manuel Espada va en su tercera noche de poco dormir, ya está habituado, es lo que salva a esta gente, y para que se entienda mejor, mejor conviene explicarlo, así que oigan, Como Manuel Espada trabaja muy lejos de casa, ha dormido por allí, en barracón de pastores o majada de monte, no importa al caso, pero como se estaba aproximando la hora del parto, qué es lo que hace Manuel Espada, pues deja el trabajo al ponerse el sol, llega a casa pasada la medianoche, del hijo sólo ve el volumen de la barriga, descansa una hora al lado de Gracinda Maltiempo y luego se levanta y vuelve al trabajo, entre la noche y la madrugada, y ésta es la tercera, pero como a la tercera va la vencida, cuando llegue verá a su mujer parida y a su hija nacida, ya ven cómo son las cosas.

Cenaron Faustina, Juan y Antonio Maltiempo de la gallina muerta para la parturienta, Gracinda Espada bebió un caldo, salutífero para mujer que acaba de tener un hijo, y entretanto vinieron otros tíos y parientes, entraron y volvieron a salir, Gracinda necesitaba descansar, al menos hoy, adiós, hasta mañana, es una linda niña y el retrato de su abuelo. El reloj de la torre ha dado ya la medianoche, y si la mala suerte no se ha entrometido en la vida del viajero, si no hubo resbalón en ribazo o vallado, si ningún vagabundo insolente quebró la regla de no asaltar a otro tan pobre como él, no tardará en llegar el tercer rey mago, qué presentes traerá consigo, qué comitiva, tal vez venga en un caballo árabe con herraduras de oro y freno de plata coralina, bien podía ocurrir, y que en vez de vagabundo barbado y maleante le salga al camino un hada madrina y diga, Ha nacido tu hija, y como tiene los ojos azules te doy este caballo para que los puedas ver cuanto antes, no sea que con la vida se decoloren, pero aunque esto aconteciera, es un suponer de la imaginación, estos caminos son difíciles, de noche peor aún, el caballo se ha cansado ya o se partió una pierna, de modo que Manuel Espada hará el viaje a pie, oh gran noche estrellada e inmensa, noche de terrores y de indescifrables murmullos, pero, aun así, tienen los reyes magos sus poderes de Ur y Babilonia, de otro modo no se explicaría que vuelen ante Manuel Espada dos luciérnagas, no puede haber error, basta con ir tras ellas como si fueran los dos lados de un camino, quién había de decir que sean posibles tales sortilegios, que unos bichos sean capaces de encaminar a un hombre, y así suben colinas y descienden valles, bordean arrozales y atraviesan llanuras, ahí están las primeras casas de Monte Lavre, y ahora las luciérnagas se han posado en las jambas de la puerta, a la altura de la cabeza, brillando, gloria al hombre en la tierra, y Manuel Espada pasa entre ellas, que al menos no falte luz a estas horas a quien de un pesado trabajo viene y a él tendrá que regresar antes de que salga el sol.

Manuel Espada no trae presentes, ni de aquí ni de más allá. Tiende las manos y cada una de ellas es una gran flor, dice, Gracinda, no sabe otra palabra, y le da un beso en la mejilla, uno solo, pero este único beso no sabemos qué tiene para hacernos un nudo en la garganta, aunque fuésemos de la familia, aunque tuviésemos algo que decir aquí, no podríamos, en el momento de tales gestos y murmullos particulares es cuando María Adelaida abre los ojos, parecía incluso que estaba a la espera, es su primera habilidad de niña, y ve un bulto grande y aquellas grandes manos abiertas, es su padre, aún no sabe qué significa eso, lo sabe Manuel Espada, hasta tal punto que el corazón es como si se le despegara del pecho, le tiemblan las manos inermes, cómo va a levantar a aquella niña que es su hija, los hombres son muy torpes, y entonces Gracinda Espada dice, Se parece a ti, pues será, que a esta edad, con tan pocas horas, nunca se sabe, pero quien tiene toda la razón es Juan Maltiempo cuando proclama, Pero esos ojos son los míos, mientras Antonio Maltiempo escucha callado porque es sólo tío, y Faustina, tan sorda, lo adivina todo y dice, Mi amor, ni sabe por qué lo dice, son palabras que no se usan en estos latifundios en casos tales, cuestión de recato o de circunspección.

Dos horas después, aunque hubiera más tiempo todo parecería corto, Manuel Espada salió de casa, va a tener que forzar el paso para llegar al trabajo antes de que salga el sol. Las dos luciérnagas, que habían estado a la espera, se ponen de nuevo a volar, pegadas al suelo, con tal claridad que los centinelas de los hormigueros gritaron adentro que estaba saliendo el sol.


La historia de las cosechas se repite con notable constancia pero tiene sus variantes. No es que esté el trigo pronto para la siega más tarde o más temprano, eso son dependencias de la lluvia que faltó o sobró, del sol que tuvo sus desmanes de calor o se olvidó, ni de haber sido sembrados los trigos en cabezo o en tierra fondera, en suelo de barro o de más arena. A las perversidades de la naturaleza y a los errores propios están habituados los hombres del latifundio, por unas cosas así, inevitables, no van a perder el norte y el sur. Y si es verdad que las variantes señaladas, cada una por sí y por los efectos de conjunto, merecerían un hablar más extenso, un decir sin prisas, un volver atrás por causa de un terrón olvidado, sin tener que sufrir recelos de las impaciencias de quien escucha, también es desgraciadamente verdad que tales contemplaciones no son admitidas en usos de relato, aunque de latifundio como éste. Quedémonos entonces con esta pena de ver las diferencias y no poderlas contar, unamos a defectos menores este gravísimo de simular que todo es igual en la recolección un año y otro, y preguntemos sólo qué demora es ésta, por qué no entran los segadores y las máquinas en el campo, cuando hasta hombres ignorantes de la ciudad ven claramente que el tiempo ha llegado y que está ya pasando, que el susurro seco de las espigas cuando pasa el viento es áspero como un roce de alas de libélula, en fin, qué daño se está aquí preparando y contra quién.

La historia de las siegas se repite con variantes. En este caso de ahora no es una variante el que los hombres anden en ese obstinado alborozo de pedir salario mayor. A decir verdad, es la misma letanía de todos los años, en todas las estaciones y propuestas de trabajo, Parece que no hayan aprendido a decir otra cosa, padre Agamedes, en lugar de preocuparse de la salvación de su alma inmortal, si es que la tienen, sólo se preocupan del bienestar del cuerpo, no han aprendido la lección de los ascetas, sólo piensan en el dinero, ni preguntan si lo hay y si a mí me conviene pagarlo. Es la iglesia gran consoladora en estas situaciones, bebe discreta el licor del cáliz, por favor, una gota más, no lo alejéis de mí, y compungida levanta los ojos al cielo donde esperan los premios para el latifundio, llegada nuestra hora, y que sea cuanto más tarde mejor, Señor padre Agamedes, qué me dice de estos holgazanes que andan por ahí dando vivas al general, ya no se puede confiar en nadie, un militar que parecía tan seguro, bienquisto del régimen que lo hizo, y ahora ya lo ve, anda por ahí desorientando a las multitudes, cómo habrá permitido el gobierno que las cosas hayan llegado al punto a que han llegado. No obstante, a esto no sabe responder el padre Agamedes, su reino no siempre es de este mundo, sin embargo fue testigo y principal víctima del gran susto nacional, que aparezca un exaltado a gritos, frenético, que dimita, que dimita, quién, quién, el señor profesor Salazar, no parecían siquiera maneras de candidato, un candidato ha de ser bien educado, pero le salió el tiro por la culata, y dicen que anda huido, vivíamos todos tranquilos y ahora nos vienen con estos arrebatos, Pero entre nosotros, padre Agamedes, ahora que nadie nos oye, las cosas podían haber acabado mal, fue precisa mucha habilidad para que no se escapara la situación, ahora hay que estar vigilantes, y lo primero es darles un escarmiento a esos vagabundos, ni un tallo de trigo se segará este año, Para que aprendan, señor Norberto, Para que aprendan, señor cura Agamedes.

No se supo dónde nació esta didáctica consigna. Si vino de Lisboa, si nació en Évora, Beja, Portalegre, o si fue dicha de modo jocoso en el gremio de Montemor o por osadías de coñac, o si la trajo Leandro Leandres de la casa de los dragones, sea como fuere el hecho es que en pocos días se difundió por todo el latifundio, corrió de Norberto a Gilberto, de Berto a Lamberto, de Alberto a Angilberto, y habiendo hallado general aceptación, fueron llamados los capataces y se dieron las órdenes oportunas, Siega que esté haciéndose, se interrumpe, las otras no se comienzan. Será esto por alguna plaga, tal vez las mieses estén leprosas y el latifundio se haya apiadado de sus hijos segadores y no los quiera ver desfigurados, con los dedos convertidos en muñones, las piernas descepadas, las narices ausentes, para desgracia ya basta. Este pan está envenenado, póngase en los límites de los sembrados espantajos con calaveras mostrando los dientes para infundir miedo hasta en las almas más resueltas, y si aun así se empeñan en entrar, se llama a la guardia para que los meta en cintura. Y dice el capataz, No será preciso, nadie es tan tonto que se ponga a segar sin tener la paga asegurada y expuesto además a llevarse un tiro en el lomo, lo malo es el perjuicio. Y dice Alberto, Piérdanse los anillos pero queden los dedos, si dejamos este año el trigo en los campos, no por eso vamos a arruinarnos. Y dice el capataz, Quieren aumento de salario, dicen que la vida está cada vez más cara y que pasan hambre. Y dice Sigisberto, Yo no tengo nada que ver con eso, salario es lo que queramos pagar, la vida también está cara para nosotros. Y dice el capataz, Dicen que se van a juntar para hablar con el amo. Y dice Norberto, No quiero perros ladrando detrás de mí.

En todo el latifundio sólo se oye el ladrido de los perros. Ladraron cuando entre el Minho y el Algarve, entre la costa del mar y la frontera de levante se agitaron los pueblos ante el nombre y verbo del general, y ladraron un ladrar nuevo que en lenguaje humano significaba claramente, Si quieres que te aumenten lo pagado, vota a Delgado, este gusto por la rima viene de lejos, qué le vamos a hacer, somos un país de poetas, y de tanto ladrar juntos vinieron a ladrarnos a las puertas, Señor cura Agamedes, no tardarán mucho en empezar a profanar iglesias, es lo primero que hacen, ofender a la santa madre iglesia, No me hable de eso, no me hable de eso, doña Clemencia, aunque yo no rechazo las palmas del martirio, pero Nuestro Señor no permitirá que en estas tierras se repitan atentados como el de Santiago do Escoural, donde convirtieron la iglesia en escuela, imagínese, que no lo vi ni estaba allí, no fue en mi tiempo, pero así me lo contaron, Verdad fue, padre Agamedes, verdad fue, tan verdad como que estamos aquí, desvaríos de la república que no se repetirán, si Dios quiere, y cuidado al salir, no le muerdan los perros. Cuando el padre Agamedes se asoma a la puerta de la casa, suelta trémula su voz aguda y pregunta, Están atados los perros, y hay quien le responde indiferente, Éstos lo están, y quedamos sin saber qué perros están presos y qué perros están sueltos, pero el padre Agamedes confía en que la información le defienda los intereses de la pantorrilla, y sale al patio, es verdad que los perros están presos, pero cuando atraviesa el portalón y sale a la calle, hay un ajuntamiento de personas, no es que ladren, era lo que faltaba, hombres ladrando, pero si este murmullo no es como el gruñir de un perro, pierda yo el nombre que tengo, y no ve el padre Agamedes las hormigas que van a lo largo de la casa alzando como canes las cabezas y, aunque por ahora calladas, qué será de nosotros si un día se une toda esta jauría.

Dicho está que por castigo de la impertinencia habitual de pedir mejores salarios y del crimen excepcional de apoyar a Delgado y por él jurar en todo cuanto fue lugar habitado o ayuntamiento, no habrá este año siega en los latifundios. A mí, tanto me importa, dice Adalberto, lo que sí quiero es que me garanticen que el gobierno de la nación está de acuerdo, Está el gobierno de acuerdo y nosotros también, que nos parece magnífica la idea, dijo Leandro Leandres. Y los perjuicios, señor gobernador civil, va a haber perjuicios, con nuestra buena voluntad puede contar, pero sólo donde todos paguen, y éste es un reparo justificado, hecho en un lugar cualquiera del latifundio no identificado, sería ciudad, qué iba el gobernador civil a hacer en aldea pequeña no habiendo inauguración, pero dondequiera que haya sido, fue, quién sabe si en mirador abierto al paisaje, No se preocupe, Don Berto, ya se están estudiando los medios de apoyo a la agricultura, el gobierno de la nación conoce los anhelos de los labradores y no olvidará servicios patrióticos como este de ahora. Poco faltó para que izaran banderas, pero no vale la pena, ya ha pasado el día de las elecciones, el presidente es Tomás, que más da, si los otros riman por qué no voy yo a rimar, no soy menos que ellos y puedo hacer otras rimas muy hermosas, qué les parece por ejemplo ésta, Ya pasé hambre bastante, entre invierno y primavera, dice la muerte en el infierno, tienes la hoz a la espera, y tras esta canción cantada a coro se hace un profundo silencio en el latifundio, qué va a pasar, y cuando estamos ansiosos, con los ojos en el suelo, rápida una sombra pasa y al levantar la cabeza vemos al gran milano, ahora planeando, y fue el grito del milano este gemido que me salió del pecho.

Aquella noche acudió Sigismundo Canastro a casa de Juan Maltiempo, habló con él y con Antonio Maltiempo, y de allí salió para casa de Manuel Espada, donde se entretuvo más. Visitó otras tres casas, dos de ellas aisladas en el campo, hablando de esta o de aquella manera, con unas palabras o con otras, que no con todos el habla puede ser la misma, o, siéndolo, es el entender distinto, y el recado, en lo fundamental, es que vayan dentro dos días a Montemor para manifestarse ante el ayuntamiento, el máximo de personas del concejo que se puedan juntar, para pedir el trabajo que, habiéndolo, no nos es dado. De camino se dirá lo que los hombres del latifundio piensan de la fantochada que puso en la presidencia de la mísera república al imbécil pastoso y sí-sí nombrado, una vez basta, cuántas más serán. Este amargor de boca no es del mucho haber bebido o hartura de masticar, son exageraciones en general no practicadas en el latifundio, aunque no falte quien empine demasiado el codo, pero hasta eso tiene disculpa, la de verse un hombre durante toda su vida preso a una estaca, fumar y beber son maneras diferentes de huir, pero bebiendo se huye más, aunque sea una muerte lenta. Si estas bocas tanto amargan, fue por haber hablado y esperado hablar todavía mejor, si viniese la libertad, y al final la libertad no vino, alguien ha visto la libertad, tanto se habla de ella, pero la libertad no es mujer que ande por los caminos, no se sienta en una piedra esperando que la inviten a cenar o a dormir en nuestra cama el resto de la vida. Anduvieron por ahí en ayuntamientos los hombres y algunas mujeres, dieron vivas, y ahora notamos la boca amarga como si hubiéramos bebido, los ojos ven cenizas y poco más, campos por segar, Qué haremos, Sigismundo Canastro, tú que eres más viejo y con más experiencia, Iremos a Montemor el lunes, a reclamar el pan de los hijos y de los padres que los han de criar, Pero eso es lo que hemos hecho siempre, y los resultados, Lo hicimos, lo hacemos y lo haremos, mientras no pueda ser de otro modo, Es un cansancio que nunca acaba, Un día acabará, Cuando estemos ya muertos todos y aparezcan nuestros huesos si hubiera perros que los desentierren, Vivos habrá bastantes cuando llegue el día, tu hija está cada vez más guapa, Son los ojos de mi padre, eso dijo Gracinda Maltiempo, que toda la conversación había sido hasta entonces con el marido Manuel Espada, y es él quien dice, Doy mi alma al diablo a cambio de ese día, y que no sea mañana, sino hoy, y Gracinda Maltiempo levanta del suelo a la hija que tiene tres años, y regaña, Dios mío, Manuel, esas cosas no se dicen, y Sigismundo Canastro, mayor de vida y de experiencia, sonríe, El diablo no existe, no hace tratos, eso de jurar y prometer es hablar en vano, lo que no consigue el trabajo no lo consigue nada, y ahora, el trabajo es ir a Montemor el lunes, irá gente de todas partes.

Son hermosas estas noches de junio. Si hay luna, desde este alto de Monte Lavre se ve el mundo todo, como si fuera así, no somos tan ignorantes que no sepamos que el mundo es mucho mayor que esto, En Francia estuve yo, dirá Antonio Maltiempo, y es lejos, pero, en este silencio, cualquiera creería, hasta yo, si le dijeran, No hay más mundo, a no ser Montemor, adonde iremos el lunes a pedir trabajo. Y si no hubiera luna, entonces el mundo que hay es sólo este lugar donde pongo los pies, el resto son estrellas, quién sabe si en ellas existe también el latifundio y por eso va de presidente un almirante fluvial que jugó con los cuatro ases de la baraja y cuatro comodines, no hay nada como ser venerable y tramposo. Pensase Sigismundo Canastro estas malicias y agudezas, y nos retiraríamos a la orilla del camino, sombrero en mano, pasmados ante la ilustración del latifundio, pero lo que él viene pensando es que ya ha hablado con todos los que tenía que hablar, que mejor fue hacerlo hoy que dejarlo para mañana, y por eso no sabemos lo que hemos de hacer con el sombrero, ni siquiera si lo debíamos tener en la mano, Sigismundo Canastro acaba de cumplir con su obligación, sólo eso y nada más. Y como, pese a la gravedad de las decisiones adoptadas, tiene su parte de malicioso y alegre, conforme quedó demostrado ya en este relato más de una vez, pasó ante la puerta del puesto de la guardia, y viéndola cerrada y con las luces apagadas, se acercó al muro y meó a su placer y regalo como si le meara encima a toda la corporación. Son chiquilladas de viejo, ya no le sirve el badajo para mucho más, pero para esto todavía, este hermoso reguero que busca su camino entre las piedras, me gustaría tener litros de orina para quedarme aquí meando toda la noche, hasta formar una presa como la de Ponte Cava, lo que tendríamos que hacer es mear todos al mismo tiempo, inundaríamos el latifundio, a ver quién se salvaba. La noche es una belleza, con tanta estrella en el cielo. Sigismundo Canastro se abotona la bragueta, se acabó la comedia, va camino de su casa, a veces la sangre despierta, quién sabe.

En tiempo de peregrinaciones se decía que todos los caminos iban a Roma, bastaba con ir andando y preguntando, de este modo se componen dichos que luego quedan y se repiten distraídamente, es como aquel otro, Quien tiene boca va a Roma, no es verdad, aquí todos los caminos llevan a Montemor, todos estos hombres llevan la boca cerrada pero sólo un sordo no oiría el alto discurso que resuena en todo latifundio. Vienen unos a pie, los de más cerca y otros de lejos, si mejor transporte no encontraron, hay quien pedalea viejas bicicletas que rechinan como carros de mulas y se bambolean, hubo quien vino en coche de línea, y así se van acercando, llegados de todas las direcciones de la rosa de los vientos, es un gran viento el que los trae. Las atalayas del castillo ven que se acercan las huestes moras, traen la bandera del profeta doblada sobre el corazón, Santa Madre de Dios, los infieles, poned señores a recato a vuestras hijas y a vuestras esposas, cerrad las puertas y alzad el puente levadizo, que en verdad os digo que hoy es el día del juicio final. Son exageraciones del narrador, efectos de su educación medieval, imaginar ejércitos de gente armada y flámulas de caballería cuando sólo se trata de una dispersa tropa de rústicos, y todos contados tal vez no lleguen al millar, y aun así, para ese tiempo, muchos son. No obstante, cada cosa en su lugar, todavía faltan dos horas, en estos momentos Montemor es sólo una tierra con más gente en la calle que de costumbre, anda por ahí dispersa en la plaza de la feria, los de más posibles beben un vaso, y hablan unos con otros en voz baja, Han llegado ya los del Escoural, No lo sé, nosotros venimos de Monte Lavre, es verdad, no son muchos, pero han llegado, y traen una mujer, Gracinda Maltiempo también ha querido venir, ya no hay quien retenga a las mujeres, eso piensan los más viejos y antiguos, pero no dicen nada, qué harían si hubiesen oído la conversación, Manuel, voy contigo, y Manuel Espada, pese a ser quien es, creyó que su mujer estaba bromeando y respondió, respondieron por su boca sabe Dios cuántas voces de manueles, Esto no es cosa de mujeres, ay Dios qué dijiste, un hombre ha de tener cuidado cuando habla, no es sólo echar palabras fuera de la boca, luego queda uno en ridículo y pierde autoridad, menos mal que se quieren tanto Gracinda y Manuel, pero incluso así. Hablaron del caso todo el resto de la tarde, hablaron ya en la cama, La niña se queda con mi madre y nosotros vamos los dos, que no va a ser sólo dormir en la misma cama, al fin se rindió Manuel Espada y contento quedó de haberse rendido, pasó el brazo por encima de su mujer y la atrajo hacia él, son gestos de hombre y abandonos de mujer, la niña está durmiendo y no oye nada, duerme también Sigismundo Canastro en su cama, quiso y lo consiguió, quizá la próxima vez sea aún mejor, un hombre no acaba así, carajo.

Son cuestiones de las que no se habla en Montemor, qué hicieron con sus mujeres o maridos esta noche o la pasada, y lo que harán la venidera cuando este día acabe, cómo será. Del puesto de la guardia sale la caballería, como es costumbre, y dentro están de charla el teniente Contento y Leandro Leandres, han dado ya órdenes de movilización, ahora es esperar los acontecimientos, pero hay quien ha decidido esperar en otro lado, son los dueños de los latifundios que en Montemor viven, y no son pocos, finalmente parece que es verdad, hablábamos de atalayas en fingimiento narrativo y aquello es un palenque en las murallas del castillo, sentados los más valerosos infantes en las almenas reconstruidas, es un rosario de padres y madres, vestidos ellos de caballeros y ellas de claros colores. Dirán los cronistas de más maliciosa lengua que allí se fueron éstos y éstas por miedo a la invasión de los labriegos, es una hipótesis que pudiera tener algo de cierto, pero tampoco debemos olvidar que en esta tierra, quitando las corridas y el cine, las distracciones no son muchas, esta vez es como si fueran de excursión al campo, no faltan los alivios de la sombra y, si son necesarios, los consuelos del convento de Nuestra Señora la Anunciada, orad por nosotros. Queda, no obstante, claro y comprobado que dejaron sus casas por miedo hasta entonces no sentido, se quedaron los criados guardándolas, que por llevar muchos años en la casa mantienen la fidelidad, como estará Amelia Maltiempo, también criada en Montemor, son contradicciones y necesidades, aunque los tiempos están de un modo que no se puede confiar en nadie, no es porque se junten allí los pedigüeños del latifundio, no van hoy de mano tendida, queremos trabajo, sino porque fácilmente se ve cómo pueden cerrarse esas manos, hay ahí mucha rabia, y conspiración, tía, conspiración. Aquí desde lo alto se ve cómo por las callejuelas van confluyendo hacia la plaza del concejo. Parecen hormigas, dice un pequeño heredero imaginativo, y el padre rectifica, Parecen hormigas, pero son perros, ya ven cómo todo se compone y explica con esta corta y clara frase, y entonces hay un silencio, no se puede ahora perder nada de lo que ocurra, mira cómo se forma ante el ayuntamiento un pelotón de la guardia, viva la guardia, y aquél es el sargento, qué lleva en la mano, es una ametralladora, pensó también Gracinda Maltiempo, y levantando los ojos vio el castillo lleno de gente, quiénes serán.

Se llenó la plaza. Los de Monte Lavre están juntos. Gracinda es la única mujer, con ella su marido Manuel Espada, su hermano y su padre Antonio y Juan Maltiempo, y Sigismundo Canastro que dice, No nos separemos, y también hay dos que se llaman José, uno que es Picanço y bisnieto de los Picanços molineros de Ponte Cava, y otro Medronho, de quien nunca hasta ahora ha sido preciso hablar. Están en un mar de gente, da el sol en este mar y arde como una cataplasma de ortigas, en el castillo se abren sombrillas, es una fiesta. Aquellas carabinas están cargadas, se ve por las caras de los guardias, un hombre con un arma cargada tiene de inmediato otro aire, se endurece, queda frío, se le crispan los labios, y nos mira con rencor. También hay a quien le gustan los caballos, a veces les ponen nombre de persona, como aquel potro que se llamó Buentiempo, lo que no sé es si tienen también nombre esos caballos de ahí, los de la embocadura de la calle, tal vez les den números, en la guardia todo son números, se grita veintisiete y avanzan el caballo y el hombre que lo monta, es una confusión.

Ya han empezado los gritos, Queremos trabajo, queremos trabajo, queremos trabajo, no dicen mucho más que esto, sólo aquí y allá un insulto, Ladrones, y tan bajo como si el que lo suelta se avergonzara de que los haya, y hay quien grite, Elecciones libres, de qué sirve eso ahora, pero el gran clamor asciende y sofoca lo demás, Queremos trabajo, queremos trabajo, qué mundo es este en el que hay quien de descansar hace oficio y quien no tiene trabajo ni pidiéndolo. Alguien ha dado la señal, o estaría combinado que al cabo de tantos minutos de reunión, o será que telefoneó Leandro Leandres, o el teniente Contento, o el alcalde lo ordenó por la ventana, Ahí están los perros, fuese como fuese, el caso es que la guardia montada desenvainó los sables, ay madre, qué miedo, todos horrorizados ante este valor, ante esta carga de héroes, ya me iba olvidando del sol, dio en las hojas pulidas de los sables y fue una luz divina, queda uno estremecido de emoción patriótica, a ver quién no.

Rompen los caballos al trote, que el espacio no da para caballerías más arrebatadas, y caen y se revuelcan en el suelo los que intentan escapar entre las patas y los sablazos. Puede un hombre admitir este vejamen, pero a veces no quiere, o se ciega de pronto, y entonces el mar se levanta, se levantan los brazos, las manos agarran las riendas o tiran piedras cogidas del suelo, o que en los bolsillos venían, es el derecho de quien otras armas no tiene, y desde allí atrás volarán, lo más seguro es que no hayan alcanzado a nadie, caballo o caballero, una piedra así, al azar, si es que realmente hubo piedras, cuando cae va muerta. Era una escena de batalla digna de figurar en la sala de mando o en la república de los oficiales, los caballos encabritados, la guardia imperial con los sables desenvainados, sacudiendo de plano o de filo, depende, el peonaje insurrecto retrocediendo como una marea que en seguida volvía, malditos. Ésta fue la carga del veintitrés de junio, fijaos bien en la fecha, grabadla en la memoria, niños, aunque muchas otras adornen la historia del latifundio, tan gloriosas por iguales o semejantes razones. También aquí brilló la infantería, y en especial el sargento Armamento, hombre de fe ciega y ley errada, allá va la primera ráfaga de metralleta, y otra, ambas al aire, de aviso, y cuando en el castillo se oyen los tiros, hay una alegría de palmas y vivas, aplauden todos, las suaves mozuelas del latifundio coloradas por el calor y la emoción sanguinaria, y los padres, las madres, y el ala de los enamorados estremecidos por las ganas de hacer una surtida, salir por la puerta de la Ciudad, lanza en ristre, y acabar la obra iniciada, Matadlos a todos. La tercera ráfaga es de puntería baja, ahora se ven las ventajas de haberse entrenado en tiro al blanco, deja que se levante el humo, no estuvo mal, aunque podía haber sido mejor, hay tres en el suelo, y ahora hay uno que se levanta agarrándose el brazo, tuvo suerte, el otro se arrastra y arrastra una pierna, y aquel de allá no se mueve, Es José Adelino dos Santos, es José Adelino, dice uno que es de Montemor y lo conoce. Está muerto José Adelino dos Santos, ha recibido un balazo en la cabeza y al principio ni se lo creía, sacudió la cabeza como si le hubiera picado un bicho, pero luego comprendió, Ah, malditos, me habéis matado, y cayó de espaldas, desamparado, no tenía allí a su mujer para ayudarle, le formó la sangre una almohada bajo la cabeza, una almohada roja, gracias. Vuelven a aplaudir en el castillo, adivinan que esta vez ha ido en serio, y carga la caballería, dispersa al pobre pueblo, hay que recoger el cuerpo, que nadie se acerque.

Los de Monte Lavre oyeron silbar las balas, y José Medronho sangra por la cara, tuvo suerte, fue un rasguño, pero va a quedarle la cicatriz, para el resto de su vida. Gracinda Maltiempo llora agarrada a su marido, va rondando con otra gente por las callejuelas de alrededor, oh miseria, se oye el alarido triunfante de la guardia que anda deteniendo a la gente, y de pronto apareció Leandro Leandres con otros dragones de la pide, media docena, los vio Juan Maltiempo y se puso pálido, y entonces hizo una locura, se puso en el camino del enemigo, temblando, mas no de miedo, señores, hay que saber comprender estas acciones, pero no lo vio el otro, o no lo reconoció, aunque estos ojos no sean de los que se olvidan, y cuando pasaron los dragones Juan Maltiempo no pudo contener las lágrimas, de rabia eran, y de una gran tristeza también, cuándo acabará nuestro martirio. La herida de José Medronho ya no sangra, nadie diría que por un centímetro se ha librado de que le reventaran los huesos todos de la cara, cómo estaría ahora. Sigismundo Canastro jadea, los otros están bien y Gracinda Maltiempo es una chiquilla que no puede parar de llorar, Lo vi, quedó tendido en el suelo, estaba muerto, esto es lo que ella dice, pero hay quien jura que no, que lo han llevado al hospital, no se sabe cómo, si en camilla o en brazos, a rastras no se atreverían, aunque no les faltaran ganas, Matadlos a todos, se oye gritar desde el castillo, pero hay que respetar cierta formalidades, un hombre no está muerto mientras no lo diga el médico, e incluso así. Viene ya el doctor Cordo, trae puesta su bata blanca, ojalá tenga el alma del mismo color, y cuando va a acercarse al cuerpo le sale al camino Leandro Leandres y dice con voz de urgente autoridad, Señor doctor, este hombre está herido, tiene que salir inmediatamente para Lisboa, y conviene que lo lleve usted, para mejor seguridad de su vida. Asombrémonos todos en este corro en el que estamos escuchando los relatos del latifundio al ver que el dragón Leandro Leandres se compadece de la víctima y quiere salvarla, Lléveselo, doctor, ahí viene una ambulancia, un coche, de prisa, no hay tiempo que perder, cuanto antes se lo lleven de aquí, mejor, oyéndole hablar así, tan instante, tan presuroso, cómo vamos a creer lo acontecido a Juan Maltiempo, o lo que él dice que le aconteció, cuando hace ocho años estuvo preso, en resumidas cuentas por ahí anda, no lo tratarían tan mal como dice, sólo aquel quebranto de la estatua, y la prueba es que vino de Monte Lavre a la manifestación, no ha escarmentado, suerte tuvo de que no le alcanzara la bala aquella.

Se acerca el doctor Cordo a José Adelino dos Santos y dice, Este hombre está muerto, son palabras que no deberían tener réplica, al fin y al cabo un médico se pasa tantos años estudiando que habrá aprendido al menos a distinguir a un muerto de un vivo, pero Leandro Leandres no se guía por esa cartilla, él es de otra manera sabedor de vivos y de muertos, y por vía de esa ciencia y conveniencia insiste, Doctor, mírelo bien, este hombre está herido, tiene que llevarlo a Lisboa, y hasta un niño vería que estas palabras son dichas con amenaza, pero como el médico responde, que al fin tiene el alma tan blanca como la bata que viste, y si en ella hay sangre, quién se sorprende, sangre tiene también en el alma, Yo llevo heridos, no acompaño a muertos, y Leandro Leandres pierde la serenidad, lo arrastra hacia un despacho donde no hay nadie más, Vea lo que hace si no lo lleva, será peor para usted, y el médico responde, Haga lo que quiera, yo no llevo a un hombre muerto, y dicho esto, se retiró, fue a tratar heridos que heridos eran, y no faltaban, algunos ya habían ido desde allí a la cárcel, entre ellos y los sanos pasaban de un centenar, y si José Adelino dos Santos acabó siendo llevado a Lisboa, fue comedia de la policía política, fingimiento para aparentar que se había hecho lo posible para salvarlo, todo esto son maneras de burlarse de la gente, si a José Adelino dos Santos se lo llevaron, también se llevaron a otros que fueron detenidos, y sufrieron, como sufrió Juan Maltiempo y fue contado.

Escaparon los de Monte Lavre a las patrullas que recorrían y rodeaban la ciudad, y de los que habían regresado falta uno, Antonio Maltiempo, que le dice a su padre, Me quedo en Montemor, volveré mañana, y tanto si le rogaban como si no, a todos respondía, No hay peligro, marchad tranquilos, ni él sabía qué idea tenía, era sólo la necesidad de no alejarse, y entonces por trochas viejas siguieron los demás campo a través, van a llegar cansados, tal vez más allá, si salen a la carretera, hallen quien los lleve a Monte Lavre, donde ya tienen noticia de los tiros, y véase lo que son las cosas de la naturaleza, Faustina Maltiempo oyó en cuanto llamaron a la puerta y lo entendió todo como si tuviera el oído más agudo del mundo, ella tan sorda, luego dirán que se hace la sorda adrede.

En aquella noche, que fue también de estrellas y no de luna, mientras muchas mujeres lloraban en Montemor y una más que todas, hubo gran alboroto en el puesto de guardia. Una vez más salieron las patrullas a buscar por los alrededores, entraron en casas, despertaron a la gente, anduvieron investigando el misterio de las piedras que caían sobre el tejado, ya había tejas partidas y algunos cristales, un daño para la hacienda nacional, eran guijarros de tamaño medio, quién sabe si sería venganza de los ángeles o simple travesura por aburrimiento en los miradores del cielo, que los milagros no deberían ser sólo dar vista a los ciegos y pierna a los cojos, también unas pedradas pueden tener su lugar entre los secretos del mundo y de la religión, al menos eso podría pensar Antonio Maltiempo, que para eso se quedó, para hacer el milagro, con su fuerte brazo lanza las piedras, está escondido en la parte más alta de la cuesta, en la negrísima sombra que el castillo hace, y cuando por allí avanza una patrulla, se mete en una cueva donde inmediatamente resucita, nadie lo vio, al menos en eso hemos tenido suerte. Hacia la una de la madrugada tiró la última piedra, ya tenía el brazo cansado, y se sentía tan triste como si estuviera a punto de morir. Rodeó el castillo por el sur, bajó del monte, es un hombre cansado y hambriento, y durante todo el resto de la noche, caminando junto a la carretera pero apartado de ella como vagabundo que desconfía de su propia conciencia, anduvo las cuatro leguas que lo separaban de Monte Lavre, dando a veces rodeos cuando trigales intactos le cortaban el paso, no los podía pisar, y tenía que permanecer escondido de los guardias del latifundio que andaban a la caza, y de los otros guardias, los de carabina y uniforme.

Estaba el cielo aclarándose, una lucecilla que sólo ojos expertos distinguían, cuando llegó a Monte Lavre. Atravesó el río por el vado, para que no lo viera nadie en el puente, y siguió luego el curso de agua, pegado a los sauces, hasta que empezó a subir, siempre rodeando, podía andar también la guardia por allí curándose el insomnio. Y cuando llegó junto a su casa, vio lo que ya esperaba, una luz, estaba el candil encendido, era como farolillo de pesca de bajura, el lugar donde velaba la madre del chiquillo de treinta y un años que había ido a tirar unas pedradas y volvía tarde a casa. Antonio Maltiempo saltó la cerca del huerto, a salvo ya, esta vez Faustina Maltiempo no lo oyó, estaba ocupada en lágrimas y malos pensamientos, pero oyó el ruido de la tranca de la puerta o quizá fue una vibración que le llegó al alma, Hijo mío, y se abrazaron los dos como si él regresara de grandes hechos de guerra, y sabiéndose ella dura de oído, no esperó por las preguntas y dijo, todo como quien reza una letanía, Tu padre llegó bien, Gracinda igual, y tu cuñado, y los demás, sólo tú me hiciste pasar este mal rato, y Antonio Maltiempo vuelve a abrazar a su madre, es la mejor respuesta y la mejor entendida. Entonces, desde el cuarto de al lado, a oscuras, Juan Maltiempo pregunta, y no es voz de quien acaba de despertarse, Has llegado bien, y Antonio Maltiempo responde, Bien, sí, padre. Y como ya va siendo hora de comer algo, Faustina Maltiempo enciende el fuego y pone la cafetera sobre las trébedes.


El latifundio es un mar interior. Tiene sus cardúmenes de pez menudo y comestible, sus barracudas y pirañas de mala muerte, sus animales pelágicos, leviatanes y mantas gelatinosas, animales ciegos que arrastran la barriga por el cieno y mueren en él, y también grandes anillos serpentinos de estrangulación. Es mediterránico mar, pero tiene mareas y resacas, corrientes blandas que tardan en dar la vuelta entera, y a veces rápidos que agitan la superficie, son ráfagas de viento que vienen de fuera, o desagües de inesperados flujos, mientras en la oscura profundidad se enrollan lentamente las olas arrastrando el torbellino de nutriente limo, desde cuándo dura esto. Son comparaciones que tanto sirven para mucho como para poco, decir que el latifundio es un mar, pero tendrá sus razones de fácil entendimiento, si esta agua agitamos, toda la que hay alrededor se mueve, a veces tan lejos que los ojos lo niegan, por eso sería un error llamar pantano a este mar, y aunque lo fuera, muy errado vive quien de apariencias se fía, aunque sean éstas de muerte.

Todos los días los hombres se levantan de sus camas, todas las noches se acuestan en ellas, y decir cama es decir lo que de cama hace las veces, todos los días se sientan ante el alimento o la voluntad de tenerlo suficiente, todos los días encienden y apagan una luz, bajo la rosa del sol no hay nada nuevo. Éste es el gran mar del latifundio, con sus nubes de peces de rebaño y animales de devoración, y si esto fue siempre así, no se ven razones para que deje de serlo, hasta teniendo que soportar algún cambio, basta con que la vigilancia no se distraiga, todos los días van al agua las barcazas armadas y las redes que han de pescar al pescador, Dónde has robado ese saco de bellotas, o A ver, ese haz de leña, o Qué haces aquí a estas horas, de dónde vienes y adonde vas, no es un hombre señor de poner el pie fuera del acostumbrado carril, salvo si va contratado, y en consecuencia vigilado. No obstante, cada día trae con su pena su esperanza, o será esto debilidad del narrador, que seguro que ha leído esta frase o la ha oído decir y le ha gustado, porque viniendo con la pena la esperanza, ni la pena se acaba ni la esperanza es más que eso, no usaría otras palabras el cura Agamedes, que justamente de pena y esperanza hace su modo de vida, quien crea lo contrario o es tonto o desvaría. Pero acertado será entonces decir que cada día es el día que es, más el día que fue, y que los dos juntos son el de mañana, hasta un niño debería saber estas cosas sencillas, pero hay quien cree que se pueden partir los días como se cortan cáscaras de sandía para los cerdos, cuantos más pequeños los trozos mayor la ilusión de eternidad, por eso los puercos dicen, Oh Dios de los puercos, cuándo será que matemos de una vez el hambre.

A este mar del latifundio llegan resacas, pancadas, golpes de agua, y cuanto a veces basta para derribar un muro, o simplemente saltarlo, como en Peniche supimos que ha ocurrido, que aquí se ve cómo tiene sentido el que hayamos estado hablando del mar, que Peniche es puerto de pescadores, y fuerte carcelario, pero huyeron, y de esta huida mucho se hablará en el latifundio, qué mar, qué nada, qué es esto, es tierra la mayoría de las veces seca, por eso los hombres dicen, Cuándo podremos matar la sed que tenemos, y la otra que tuvieron nuestros padres, y la que bajo esta piedra se prepara para los hijos que tendremos, si los tenemos. Llegó la noticia que no fue posible ocultar, y no faltó quien contara lo que no contaron los periódicos, sentémonos bajo este alcornoque, ésta es la información que tengo. Es la ocasión para que los milanos levanten su más alto vuelo, para que griten sobre esta inmensa tierra, quien los entendiera mucho tendría que contar, bástenos por ahora este lenguaje de los hombres. Por eso doña Clemencia puede decir al cura Agamedes, Se acabó el sosiego que jamás hubo, parece una contradicción, y pese a ello nunca esta señora habló con tanta exactitud, son los tiempos nuevos que están llegando muy de prisa, Esto parece una piedra rodando por el declive de un monte, así le respondió el cura Agamedes, porque no le gusta emplear frases propias, le ha quedado el hábito del altar, pero, en fin, tengamos nosotros la evangélica caridad de entenderlo, lo que él quiere decir en la suya es que si no se apartan del camino de la piedra sabe Dios lo que va a pasar, perdonémosle esta nueva añagaza, bien se ve que no es preciso esperar a Dios para saber lo que le ocurre a quien se queda en el camino de la piedra que rueda, ni cría musgo ni salva Lamberto.

Apenas habíamos acabado de decir esto, es un decir porque aún pasaron varios meses de malos presentimientos, cuando se une el sacrilegio a la confusión, que confusión fue el que se descuidaran las precauciones de calabozo, y es sacrilegio ver ahora navegando por los mares, con el nombre de Santa Libertad, un barco que llevaba antes el religioso nombre de Santa María, cómo no ha de estar doña Clemencia en la capilla de su casa orando fervorosa y apasionada por la salvación de iglesia y patria, sin olvidarse de exigir el castigo de los revoltosos, por no darles un escarmiento a tiempo hemos llegado a esta desgracia, con la vida de los otros no se juega y mucho menos con mis bienes. Pero esto son sólo desahogos de señora de su casa, entre cuatro paredes, y aun así es preciso que Norberto esté de humor para oírlos, si no fuera por el padre Agamedes quién iba a escuchar a esta señora, que casi no sale, sólo muy de tiempo en tiempo hasta Lisboa para saber de modas, o a Figueira por tradición familiar de baños, y hasta parece ya que desvaría, será por la edad, decir mis bienes cuando se trata de un barco que por el mar navega, no en este interior mar del latifundio, estará la señora mal de sus cabales, mucho se engaña quien así piense, pues de la compañía colonial de navegación tiene ella acciones heredadas de Alberto, su padre, que gloria haya, y es ahí donde le duele.

Este gran frío del latifundio no es sólo por ser enero. Todas las ventanas de la casa están cerradas, y si esto fuera castillo de Lamberto y no casa grande de Norberto, veríamos de hombres de armas guarnecidas las almenas, como aún no hace mucho vimos gente medrosa y sanguinaria poblando las ruinas de Montemor, es la diferencia de los tiempos, ahora circulan las mesnadas de la guardia por el latifundio, en pie de bota y pie de guerra, mientras Norberto lee los periódicos y oye la radio, grita a las criadas, los hombres cuando se ponen furiosos son así. Y lo más indignante es el aire de socarrona alegría del pueblo bajo, parece como si para ellos hubiera llegado la primavera más temprano, ni sienten el frío, la suerte fue que les duró poco el disfrute, al cabo de dos días tuvieron que achantarse, Dios no duerme y sin duda vendrá pronto el castigo, ya Santa María está resucitada, orad por nosotros, y no deseemos mucho mal al padre Agamedes, que vino al fin a tener su pecado de envidia, ya tardaba en tan santa criatura, no poder celebrar un solemne Te Deum Laudamus en acción de gracias, pero en esta mezquina tierra de Monte Lavre, con tan impía gente, mal empleado sería.

Es un año negro para el latifundio. Va la doncella paseando en su hacanea, ondula la falda y la gualdrapa, suelto como es uso el velo al viento, no hay más compuesto figurín, cuando de repente tropieza el animal, éstos son caminos medievales, señor mío, se va de manos, Jesús María, y ya está la doncella en el suelo mostrando sus íntimas penumbras, parece que no hubiera mayor mal, lo malo fue el ímpetu del animal al levantarse, con el susto se desmandó y coceó, pobre pequeña. Así nació un refrán que promete, sobre caída, coz, modo hípico de declarar más melancólico, Una desgracia nunca viene sola. Aún ayer huyeron los presos de Peniche, los terribles comunistas, los comeniños, ay vecina, ha visto por ahí a mis hijos, aún ayer se agitaron las almas y los océanos con aquella nueva historia de corsarios, quién los fusilase a todos, un barco tan bonito, todo de blanco vestido, Santa María caminando sobre las aguas como su divino hijo, y ahora llegan noticias de África, son los negros, Siempre dije, hermana, que los tratábamos demasiado bien, lo advertí, pero no quisieron oírme, quien ha vivido allí sabe cómo tratarlos, no quieren trabajar, son unos mantas, si no es por las malas, por las buenas no van, y ahí está el resultado, los tratamos con muchas contemplaciones, como a cristianos, pero, en fin, el caso aún no está perdido, no se perderá África, si mandamos el ejército, una guerra en serio, recordemos lo de Gugunhana, buenas palabras fueron las del señor presidente del consejo, rápido y con fuerza, qué jefe de guerra sería si tuviera estudios militares, pero al menos habló. En poco tiempo se desvaneció el sueño imperial, vamos ahora a correr, mal puesto el remiendo, mal cosido el pespunte, el negro es ciudadano portugués, viva el negro que no va arma en mano, pero ojo con él, y el otro muera pronto, un día de éstos, despertándonos bien dispuestos, diremos que las provincias ultramarinas que fueron colonias pasan a ser estados, en cuestión de nombres da lo mismo, lo que es preciso es que la mierda no varíe y sigan comiéndola aquellos a quienes sólo de mierda hemos alimentado, negros o blancos, un premio a quien note la diferencia.

Pero parece, señor cura Agamedes, que Dios y la Virgen han desviado sus benignos ojos de la tierra portuguesa, mirad qué descontentas andan las almas, e inquietas, seguro que el maligno se apoderó de los mansos corazones de los lusitanos, quizá no hayamos rezado lo bastante el rosario, ya nos avisaron los pastorcillos, por mi parte, yo he hecho lo que he podido y no soy parco en buenos consejos, tanto en el púlpito como en el confesionario, es una charla muy mezclada, ahora habla uno, ahora habla otro, pero lo que el padre Agamedes va pensando cuando a su residencia se recoge es otra cosa, mucho más de hombre de este tiempo o de aquel otro en el que las almas se conquistaban a sangre y fuego, Lo que necesitaban es una valiente carga de porrazos, así se habla.

Ni se sabe adonde acudir. Ahora son las fortalezas de la India, llorad, manes de Gama, Alburquerque y Almeida y otros Noronhas, era lo que faltaba, ponerse a llorar corazones viriles, sea la orden de resistir hasta el último hombre, daremos al mundo ejemplo de lo que vale el portugués, traiciona a la patria quien retroceda un paso, en fin, si se van los dedos, queden los anillos, el gobierno confía y emplaza a todos a cumplir con el deber que nos conviene. Es una triste navidad en casa de Alberto, no es que falten las golosinas y las bendiciones del Señor, el corcho ha tenido un buen año, menos mal, lo malo es esta negrura de nubes que sobre el país y el latifundio planean con tormentas en la barriga, qué va a ser de Portugal y de nosotros, cierto es que tenemos quien nos proteja, ahí está la guardia, a cada uno su regalo, capitán, teniente, sargento y cabo, pobrecillos, que es de justicia, ganan tan poco, siempre defendiéndonos las propiedades, imaginen si tuviéramos que hacerlo por nuestra cuenta, nos saldría mucho más caro. Se hace de tripas corazón, al recordar que nunca se prestó mucha atención a Goa, Damao y Diu, y ahora nos arrebatan así los últimos hitos de la presencia portuguesa en oriente, soldados y marineros, presente, qué idea, el presente no es ése, de capitán, teniente, sargento y cabo hemos hablado ya, cada cual vino a buscar lo suyo o por discreción y ánimo de evitar las malas lenguas les fue llevado, este regalo es otro, es el de los soldados y marineros que a punto de morir se alzan aún sobre el codo y exangües gritan, responden a la llamada, ausentes, es una práctica antigua, cuando es preciso hasta los muertos votan. Menos mal que estas cosas pasan lejos, en la India, y tampoco África queda cerca, se expanden los incendios lejos de mis linderos, entre ellos y nosotros está el mar, tanto mar, aquí no llegan ellos y a Portugal no le faltarán hijos que defiendan allí el latifundio de aquí, con tu amo no partas peras, que él se queda con las maduras y te da las verdes, no crean en refranes y quéjense luego.

Mañana, dice doña Clemencia a hijos y sobrinos, es día de Año Nuevo, esto creía por informaciones de calendario, pone sus esperanzas en el año que despunta y formula los mejores votos por el bienestar de todos los portugueses, no son palabras suyas, doña Clemencia ha empleado siempre otro lenguaje, pero anda ahora aprendiendo éste, cada uno elige sus maestros, y aún está la palabra en el aire cuando llega la noticia de que en Beja ha sido asaltado el cuartel del regimiento de infantería número tres, Beja no es India ni Angola ni Guinea, está aquí al lado de nuestra puerta, es latifundio, y ahí está la jauría ladrando, aunque la intentona haya sido dominada no se va a hablar de otra cosa en las próximas semanas, y meses, resulta que es posible tomar al asalto un cuartel, sólo faltó suerte, el caso es que siempre falta algo a última hora, o ya faltaba en la primera y nadie se dio cuenta, es nuestro sino, se le cae una herradura al caballo que llevaba al mensajero, que llevaba la orden de batalla, que habría de cambiar la marcha de la historia, y así favoreció a nuestros enemigos, que por una herradura que se cayó van a salir victoriosos, mala suerte la nuestra. Y con esto no estamos faltándole al respeto a quien salió del sosiego de su casa para intentar echar abajo las columnas del latifundio, muera Sansón y quienes con él son, y cuando uno va a ver qué ha pasado, tras disiparse la polvareda, resulta que quien murió fue Sansón y las columnas no, tal vez si nos sentásemos bajo esta encina y a unos y a otros dijésemos qué cosas tenemos en la cabeza y en el corazón, lo malo es la desconfianza, cada uno por su lado, bien estuvo lo de tomar el Santa María, y bien está que se intentara lo de Beja, pero a nosotros, perros y hormigas del latifundio, nadie nos preguntó si aquéllas eran nuestras navegaciones y éstos nuestros asaltos, Podéis estar seguros de que valoramos lo que hacéis, aun sin conoceros, pero por ser los perros y hormigas que somos, qué diremos mañana cuando ladremos juntos y tan mal nos oigáis como nos oyeron en este latifundio aquellos a los que queréis cercar, hundir y derribar. Es tiempo de ladrar juntos y morder seguro, mi capitán general, y entretanto ved si no os falta una herradura o si sólo lleváis tres balas cuando van a ser necesarias cuatro.


Estos hombres y estas mujeres nacieron para trabajar, son ganado entero o ganado rajado, salen o los sacan de las barrigas de sus madres, los ponen a crecer de cualquier manera, es igual, lo necesario es que acaben teniendo fuerza y destreza de manos, aunque sea para un gesto solo, qué importancia tiene si al cabo de pocos años están pesados y yertos, son troncos ambulantes que cuando llegan al trabajo se sacuden a sí mismos y de la rigidez del cuerpo hacen salir dos brazos y dos piernas que van y vienen, aquí se ve hasta qué punto llegaron las bondades y la competencia del Creador, obrando tan perfectos instrumentos de cava y siega, de monda y serventía general.

Habiendo nacido para trabajar, sería un contratiempo que abusaran del descanso. La mejor máquina es siempre la más capaz de trabajo continuo, con la lubrificación mínima y suficiente para no quedar trabada, alimentada sin excesos, si es posible en el límite económico de la simple subsistencia, pero sobre todo de sustitución fácil si se avería o envejece, los depósitos de esta chatarra se llaman cementerios, o bien se sienta la máquina en el portal, toda ella herrumbrosa y gimiente, a ver pasar, qué, nada, mirando sólo sus manos tristísimas, quién me vio y quién me ve. Generalmente, en el latifundio hombres y mujeres tienen regateado su tiempo de vida, nos asombra que alguno llegue a viejo, y mucho más cuando, pasando, encontramos a uno que a la vista parece un anciano y oímos decir que tiene cuarenta años, o esta mujer marchita y con la piel cuarteada que aún no ha cumplido los treinta, al final vivir en el campo no acrecienta la vida, son invenciones de la ciudad, como aquel repetidísimo refrán, Acostarse pronto y levantarse pronto da salud y hace crecer, tendría gracia verlos aquí agarrados al mango del azadón y los ojos en el horizonte a la espera del sol, o derrengados ansiando un anochecer que no acaba de llegar, el sol es un desgraciado, lleno de prisa por salir y tan poca por apagarse. Como los hombres. Pero se van acabando los tiempos de la resignación. Anda una voz por los caminos del latifundio, entra en villas y aldeas, conversa en los montes y en los encinares, una voz con dos palabras esenciales y otras muchas que explican estas dos, ocho horas, decir esto así parece decir poco, pero si dijéramos ocho horas de trabajo ya se empieza a entender mejor, y no faltará quien proteste escandalizado, qué quieren éstos, dormir ocho horas y trabajar otras ocho, y qué van a hacer con las ocho que sobran, yo sé muy bien qué es todo esto, es una invitación a la vagancia, no quieren trabajar, son las ideas modernas, la culpa es de la guerra, se pervirtieron las costumbres, quién lo iba a pensar, nos robaron la India, quieren ahora echarnos de África, y encima lo de ese barco que anduvo ahí por los mares dando un escándalo internacional, un general que se alza contra quien le dio las estrellas, en quién vamos a confiar, dígame, y ahora lo de las ocho horas, esa calamidad, el mal está en no haber seguido la ley de Dios, hora más hora menos son doce para el día y doce para la noche, contando con el amanecer y el anochecer, y si no es ley de Dios que sea ley natural y en consecuencia obedecida.

La voz que anda en el latifundio tal vez no oiga estos decires, y si los oye, es como si no, esto son conversaciones históricas que vienen del tiempo de Lamberto, Verdaderamente, su distracción es el trabajo, si no trabajan se meten en la taberna y luego, venga, a sacudirle a la mujer, pobrecillas. Pero no crean que son fáciles los caminos. Hace un año que anda esta voz por calles y carreteras, ocho horas, ocho horas de trabajo, y hay quien no se lo cree, quien cree que eso ocurriría sólo si el mundo se estuviera acabando y el latifundio quisiera salvar su alma, presentarse al juicio final diciendo a ángeles y arcángeles, Tuve piedad de mis siervos, que trabajaban en exceso, y por amor de Dios les pedí que trabajaran sólo ocho horas por día, con descanso el domingo, y como hice esto espero un lugar en el paraíso, a la diestra del Señor, no quiero otra. Así piensan algunos, incrédulos y temerosos de que el cambio sea para peor. Pero los portadores de la voz no han descansado en todo el año, por todo el latifundio anduvieron proclamando las consignas, mientras la guardia y la pide erguían como abanicos las orejas inquietas igual que los burros cuando las moscas los acosan. Entonces se derraman las patrullas furibundas y marciales, sólo les falta llevar delante un trío de cornetín y cajas, y no es que no les hubiera gustado, pero no lo consentía el plan de batalla, faltaría más, que estuvieran los conspiradores reunidos en un monte abandonado o tras los matojos, y oyeran a lo lejos las trompetas, tatará-tatá, así nunca cogeríamos a nadie. Se reforzó la guardia, se reforzó la policía, cualquier aldea sin médico tiene ahora la medicina de veinte o treinta guardias y el armamento correspondiente, sin olvidar el enlace constante con los dragones que defienden al Estado y me persiguen a mí, pobrecillos los verdaderos dragones, feos como sapos y sabandijas, pero que no hacen mal que pese en las balanzas, la prueba es que el paraíso está lleno de dragones que echan fuego por la boca, es lo que más abunda. Y como de astuto y farsante cualquier guardia tiene bastante, se inventó el arte sutilísimo de poner debajo de una piedra, pero tan a la vista que los vería un ciego, debajo de una piedra papeles aprehendidos a esa gente comunista que anda por el latifundio diciendo consignas subversivas, como estas de ahora, ocho horas de trabajo, quieren entregar el país a Moscú. Y cometida la habilidad, se esconden tras un vallado o elevación del terreno o árbol ingenuo o piedra mayor, y cuando pasa inadvertido el inocente, es posible que coja los papeles y los meta en el bolsillo, o en el forro del sombrero, o entre la piel y la camisa, esos blancos papeles de letra negra y menuda, no es sólo que apenas se sepa leer es que tampoco ayuda la vista, y aún no ha dado diez pasos cuando le salta el guardia al camino, Alto, a ver lo que llevas en los bolsillos, si esto no es astucia de gran calibre, tendremos que concluir que existe mucha mala voluntad contra la guardia, la cual sólo loores debería merecer por aplicar tan bien los principios de la hipocresía y de la falsedad mezquina, embutidos al mismo tiempo que la instrucción de armas y las técnicas de asalto.

Está el pobre hombre expuesto en medio de un círculo de carabinas, y no tiene más remedio que despejar los bolsillos, una navajilla gitana, media onza de picadura, el librillo del papel de fumar, un cabo de cuerda, un cacho de pan mordisqueado, una perragorda, pero esto no satisface al guardia que tiene otras ambiciones, Mira mejor, piensa que es por tu bien, si rebuscamos nosotros, podemos dejarte lisiado para toda la vida, y entonces de entre la piel y la camisa salen los papeles ya húmedos de sudor, no es que el calor sea tanto, pero un hombre no es de hierro, en medio de estos guardias que se ríen, ahora va en serio, interviene el cabo Tacabo o el mandamás de la expedición, sabe muy bien qué papeles son ésos pero se hace el ignorante, los examina y luego dice, astuto, Pues estás apañado, te hemos atrapado con propaganda comunista, tienes que venir con nosotros al puesto, vas a acabar en Montemor o en Lisboa, no quisiera estar yo en tu pellejo. Y cuando el pobre hombre quiere explicar que acaba de encontrar esos papeles, que ni los ha leído, que ni siquiera sabe leer, que iba por ahí y los vio, los cogió, curiosidad natural, es un gesto que uno, no puede acabar porque le sueltan un palo en el pecho o en espalda, eso si no ha sido un puntapié, andando para delante o te pego un tiro aquí mismo, las armas y los barones señalados.

Este hablar es como las cerezas, se tira de una frase y salen otras prendidas, o quizá como las garrapatas cuando están enganchadas, que lo que más cuesta es soltarlas una de otra, lo mismo sucede con las palabras, una palabra nunca viene sola, incluso la palabra soledad precisa de quien la sufra, y menos mal. Esta guardia es de tan firme constancia que va a donde el latifundio la llama, ni pregunta, ni discute, son sólo unos mandados, véase lo del uno de mayo, hicieron hombres y mujeres su feriado de trabajadores y, cuando al día siguiente volvieron al tajo, estaba la guardia de guardia, Aquí sólo trabaja quien trabajó ayer, son órdenes, y decir esto era sólo una manera de no quedar callado, porque faltar habían faltado todos. Y ahora qué va a pasar, los trabajadores se hicieron a un lado, mirando, cómo van a resolver esto, y porque la guardia había ocupado el terreno y el capataz estaba oculto entre ella, sin aparecer en el trato como profesional que era, decidió la cuadrilla retirarse a sus casas, esto ocurrió por la mañana temprano, un día más de fiesta, y la guardia se quedó guardando las hormigas que andaban a lo suyo y admiradas levantaban la cabeza como perros. Pero todavía antes el graduado, junto al administrador o encargado o manijero, son nombres diferentes, tanto da, había hecho aplicación de sus métodos de interrogatorio inteligente, Vamos a ver, por qué no habéis venido a trabajar ayer, ya está la pregunta inteligente, vaya hombre, Pues no vinimos porque era el primero de mayo, y el primero de mayo es el día de los trabajadores, y como los trabajadores somos nosotros. Es una respuesta inocente, allí están ellos, ante mí, cabo de la guardia, si creen que me engañan, como si yo les creyera, todos muy serios mirándome, es lo que tienen estos cabrones, se ponen muy serios mirándole a uno y a ver quién adivina lo que piensan, pero yo ya les digo, con ellos puedo yo bien, lo mejor es que confeséis la verdad, faltasteis al trabajo por política, creéis que me engañáis y ellos insisten, No señor, no fue por política, es que el primero de mayo es el día de los trabajadores, y cuando responden esto, respondo con una carcajada de burla, Qué coño sabéis vosotros de eso, y uno de allá atrás responde, qué pena no haberle visto la cara, Es así en todo el mundo, y yo me irrito con toda la razón, Pues esto no es el mundo, es Portugal, y es el Alentejo, tenemos nuestras propias leyes, y se me acerca entonces el capataz a decirme algún secreto, pero no es un secreto porque lo teníamos ya combinado, y yo decido, con la autoridad de que estoy investido, Aquí sólo trabaja quien no faltó ayer, y apenas dije esto ellos se apartaron, todos juntos, es su costumbre, hacen lo mismo cuando cantan, y pasados unos minutos se fueron con las azadas al hombro, el trabajo era de azada, se vuelven a casa, todos juntos, da cierto respeto, no sé por qué. Las palabras son como las garrapatas, se empieza con una cereza, en mayo pintan, y si respeto no es la última es por lo menos la necesaria.

En abril, hablas mil. En los campos hay grandes reuniones nocturnas, apenas se ven los hombres unos a otros las caras, pero se oyen las voces, sofocadas si el lugar no es de suficiente seguridad, o más sueltas y claras en descampado, en todo caso con protección de vigías, dispuestos según el arte estratégico de prevención, como quien defiende un campamento. Por esta parte es una guerra pacífica. Si en la oscuridad de la noche la guardia se aproxima, y no es ahora la simple pareja de los tiempos corrientes, vienen a docenas y a medias docenas, y hasta donde los caminos lo permiten llegan en jeeps y en furgonetas, si viniendo así se aproximan, dispuestos en línea, como quien alza la caza, retroceden los centinelas a avisar, y entonces una de dos, según, o la guardia pasa de largo, y el silencio es la mejor defensa, todos los hombres sentados o en pie, conteniendo la respiración y los pensamientos, son piedras erguidas, menhires de otros tiempos, o viene directamente la guardia hacia la reunión y entonces la consigna es dispersarse por caminos de mal piso, por ahora la guardia no tiene perros, menos mal.

A la noche siguiente continuará la conversación en el punto en que quedó, en aquel lugar o en otro, que esta paciencia es infinita. Y cuando es posible se encuentran de día, en grupos más pequeños, o van por las casas, charlan junto a la lumbre, mientras las mujeres lavan la loza calladas y los chiquillos duermen por los rincones. Y estando en la fila un hombre junto a otro hombre, la consigna dicha y oída es como el batir de un mazo en la estaca, más honda cada vez, y a la hora de comer, con la fiambrera o la marmita posada en el suelo, entre las piernas, mientras la cuchara sube y baja y la brisa va enfriando el cuerpo, vuelven las palabras a lo mismo, es un hablar pausado que dice, Hay que conseguir las ocho horas, basta ya de trabajar de sol a sol, y entonces los prudentes temen por el futuro, Qué será de nosotros si los amos no quieren darnos trabajo, pero las mujeres, que están lavando los platos de la cena mientras el fuego arde, se avergüenzan de que aquél tan prudente sea su marido y se muestran de acuerdo con el amigo que llamó a su puerta para decir, Vamos a las ocho horas, basta ya de trabajar de sol a sol, porque también ellas trabajan así, y aún más, doloridas, menstruadas, con la barriga a punto de explotar, o cuando ya alumbraron, con los senos derramando la leche que debería ser mamada, es una suerte, no se les secó, mucho se equivoca quien crea que basta alzar una bandera y decir, Vamos. Es preciso que abril sea un mes de consignas mil, porque hasta los seguros y convencidos tienen sus momentos de duda, sus agonías y desalientos, allí está la guardia, allí están los dragones de la policía política, y la negra sombra que se arrastra por el latifundio, que nunca lo abandona, no hay trabajo, y vamos nosotros, con nuestras propias manos, a despertar a la bestia que duerme, a sacudirla diciendo, Mañana sólo trabajaré ocho horas, esto no es primero de mayo, el primero de mayo es lo de menos, nadie puede obligarme a trabajar, pero si digo, Ocho horas, sólo esto y nada más, es como azuzar a un perro rabioso. Y el amigo dice, aquí sentado en el corcho, o a mi lado en la fila, o en medio de una noche tan oscura que ni puedo verle la cara, No se trata sólo de las ocho horas, vamos también a reclamar cuarenta escudos de salario, si es que no queremos morir de fatiga y de hambre, son buenas cosas para pedir y hacer, lo difícil es conseguirlas. Menos mal que siendo muchas las hablas son muchas también las voces, y de la reunión se levanta una, no es simple modo de decir, es verdad, hay voces que se ponen de pie, Qué vida es esta que llevamos, en dos años se me han muerto dos hijos de la enfermedad del hambre, y al que me queda no quiero criarlo para bestia de carga, respondedme, si yo tampoco quiero seguir siendo la bestia de carga que soy, son palabras que hieren los oídos delicados, pero aquí no los hay, aunque nadie en esta reunión quiera mirarse en ese espejo y verse metido en varales de carro con albarda y yugo, Es así desde que nacemos.

Entonces otra voz, viene de allí, sobre la sombra de la noche cae una sombra que no se sabe de dónde viene, qué idea se le ocurre, no habla de las ocho horas ni del jornal de cuarenta escudos, éstos son los asuntos para los que fue convocada la reunión, sin embargo nadie tiene valor para interrumpir, Lo que siempre han querido ellos es rebajar nuestra dignidad, y, oyéndolo, todos entienden lo que dice, ellos son la guardia, la pide, es el latifundio y su dueño Alberto o Dagoberto, el dragón y el capitán, el hambre y el hueso roto, el ansia y la quebradura, han querido humillar nuestra dignidad, pero esto no ha de seguir así, tiene que acabarse, oíd todos lo que me ocurrió a mí y a mi padre, muerto ya, fue un secreto entre los dos, pero hoy no puedo quedarme callado, si los camaradas no se convencen con este caso, ya no hay nada que hacer, estamos perdidos, una vez hace muchos años, era una noche oscura como ésta, mi padre fue conmigo, o yo fui con él, a recoger bellotas para comer, no había nada en casa, yo era ya hombre y quería casarme, llevábamos una saqueta, no gran cosa, un taleguillo, y fuimos juntos por compañía, no por la carga, y cuando ya teníamos el talego casi lleno apareció la guardia, lo mismo les ha ocurrido a otros que aquí están, no es ninguna vergüenza, recoger bellotas del suelo no es robar, y aunque lo fuese, el hambre es razón suficiente para robar, quien roba por precisión tiene cien años de perdón, bien sé que el refrán no es así, pero debía serlo, si yo soy ladrón por ir a robar unas bellotas ladrón es también el dueño de ellas, que ni ha fabricado la tierra ni plantado los árboles ni podó ni limpió, y entonces llega la guardia y dice, pero no vale la pena decir lo que dijeron porque ya ni me acuerdo, nos insultaron, parece mentira que hayamos aguantado tantas malas palabras, y cuando mi padre les pidió por amor de Dios que nos dejaran llevar unas bellotas que habíamos cogido del suelo, se echaron a reír y dijeron que estaba bien, nos podíamos quedar con las bellotas, pero con una condición, oíd todos la condición, pelearnos mi padre y yo para que ellos lo vieran, pero mi padre dijo que no iba a pegarse con su propio hijo, y yo con mi propio padre, entonces dijeron que si era así íbamos al cuartelillo, pagábamos la multa y quizá cargábamos con unos palos en las costillas, para que aprendiéramos a vivir como las personas decentes, y entonces mi padre respondió que bien, que nos pegábamos, y os pido por lo que más queráis, camaradas, que no penséis mal del pobre viejo que está muerto, Dios me perdone si estoy poniéndole una falta, pero el hambre era mucha, y entonces mi padre, fingiendo, me dio un empujón, y yo, fingiendo, me dejé caer, todo a ver si los engañábamos, creíamos nosotros, pero ellos dijeron que, o nos atizábamos de verdad, hasta hacernos daño, o íbamos presos, no sé cómo contaros el resto, mi padre estaba desesperado, se le pasó algo por la vista y me golpeó, me dolió tanto, no fue la fuerza del puñetazo, y se lo devolví de la misma manera, al cabo de un minuto estábamos los dos rodando por el suelo, los guardias se partían de risa, y una vez que puse la mano en la cara de mi padre la noté mojada, no era sudor, me dio una furia, lo agarré por los hombros y lo sacudí como si fuera mi peor enemigo, y él, desde abajo, me pegaba puñetazos en el pecho, hasta dónde llegamos, y los guardias seguían riéndose, era una noche oscura como ésta y el frío cortaba los huesos dentro de la carne, estábamos en medio del campo, no se alzaban las piedras, es posible que los hombres nazcan para esto, cuando nos dimos cuenta estábamos solos, los guardias se habían marchado, creo que por desprecio, era lo que merecíamos, y entonces mi padre se echó a llorar y yo lo calmé como si fuera un niño, y juré que nunca iba a contárselo a nadie, pero hoy no podría quedarme callado, yo no vengo por lo de las ocho horas y los cuarenta escudos, vengo porque hay que hacer algo para que no sigamos viviendo así, humillados, porque una vida así no es justa, luchar dos hombres uno contra otro, padre e hijo, y aunque no lo fueran, para diversión de la guardia, no les basta tener las armas y nosotros no, no somos hombres si esta vez no nos levantamos del suelo, y si no es por mí, sea por mi padre que está muerto y no volverá para tener otra vida, pobre viejo, y recordar que yo le pegué, y los guardias riéndose, parecían borrachos, si hubiera Dios se hubiera aparecido en aquel momento. Cuando calló esta voz se levantaron los hombres todos, no fue preciso hablar más, cada uno siguió su destino, firmes para el primero de mayo, para las ocho horas y para el jornal de cuarenta escudos, y aún hoy, pasados tantos años, no se sabe quién de ellos fue el que se peleó con su padre, cuando los dolores son muy grandes, los ojos no soportan verlos.

De monte en montanera, estas y otras palabras van dando la vuelta al latifundio, pero no la historia de la pelea, que ésa nadie la creería, pese a que fue verdad verdadera, y en Monte Lavre también hubo reuniones de acuerdo y combinación, si había gente con miedo, otros no lo tenían, de modo que al llegar el primero de mayo estaban los ánimos decididos, los más temerosos se juntaban a los que mostraban más valor, hasta en las guerras ocurre así, como explica quien en ellas estuvo, valiente o timorato. Fue día de mucho gasto de gasolina y gasóleo, andaban los aires de la primavera cargados de tanta humareda, pasaban por los caminos uno tras otro los jeeps y las furgonetas cargados con las carabinas y caretas de la guardia, y ponemos caretas para no avergonzarles la cara, y cuando llegaban a un lugar habitado, si había en él puesto local, entraban para la conferencia del estado mayor, intercambiaban órdenes y hacían balance de la situación, cómo van las cosas por la parte de Setúbal, y en el Bajo Alentejo, y en el Alto, y en Ribatejo, que también es latifundio, no lo olvidemos. Patrullas armadas recorrían las calles y callejas, al olor de la subversión, y desde los altos lanzaban miradas de águila pescadora sobre el mar interior, a ver si vislumbraban bandera negra de piratas o roja, quién iba ahora a meterse en una cosa así, pero es la obsesión de la guardia, no saben pensar en otra cosa, y lo más que conseguían descubrir no era nada que se escondiera, hombres en su pausado pasar o conversando en las plazas, vestidos con sus ropas mejores, con sus remiendos muy compuestos, que de eso saben mucho estas mujeres del latifundio, echar fondillos o rodilleras, y las ve uno rebuscando en el cesto de los trapos procurando un retal de dril, luego lo asientan sobre la pernera ofendida, y tras meter la tijera cautelosa se oye el repasar del hilo, es un trabajo de gran precisión, sentada estoy en el umbral de mi puerta, remendando estos pantalones de mi marido, no va a andar desnudo en el trabajo, que basta que así lo sienta yo entre las sábanas.

Parece que nada tenga que ver esto con el primero de mayo y las ocho horas, y los cuarenta escudos, no faltará quien lo crea, gente distraída que no repara en el mundo, cree que el mundo es sólo esa esfera que por el espacio rueda, astronomías, más le valdría estar ciega, que nada hay más ligado al primero de mayo que esta aguja y este hilo en la mano de esta mujer que se llama Gracinda Maltiempo, para que su hombre Manuel Espada vaya remendado al primero de mayo, día de los trabajadores. La guardia pasa por allí mismo ante la puerta, un jeep de mucha guerra, y Gracinda Maltiempo llama a su única hija, María Adelaida, y la chiquilla, que tiene siete años y los ojos más azules del mundo, mira el desfile, parece imposible que no se animen estos chiquillos ante el prestigio del uniforme, allí está María Adelaida con su mirada severa, ya ha visto de la vida bastante para saber qué guardias son ésos y qué uniforme.

Por la noche vuelven los hombres a casa. Será un desasosegado dormir, como los soldados en víspera de batalla, quién sabe si volveré vivo, una cosa son huelgas y manifestaciones, es hábito antiguo, ya se sabe cómo suelen responder los amos y la guardia, mientras que esto es desafío mayor, rechazar al latifundio un poder que le viene de los abuelos de los abuelos, Trabajarás para mí de sol a sol todos los días de tu vida mientras me plazca y convenga, en los demás harás lo que quieras. Ahora no precisa Sigismundo Canastro levantarse tan temprano, ni Juan Maltiempo, ni Antonio Maltiempo, ni Manuel Espada, ni ninguno de los otros hombres y mujeres, a esta hora todavía despiertos, pensando en lo que será el día de mañana, es una revolución, ocho horas de trabajo en el latifundio, Será un desafío, o se gana o se pierde, en Montargil avanzaron y ganaron, y no vamos a ser nosotros menos que ellos, en plena noche se oye el jeep de la guardia rondando por las calles de Monte Lavre, nos quieren asustar, pues van a ver.

Son palabras también de otras bocas, las dijeron Gilberto y Alberto, Van a ver, y fue un gran momento en la historia del latifundio, hasta los amos se levantaron temprano para estar presentes al nacer del día, que quien no ve lo suyo, el diablo se lo lleva, ya el sol está fuera y no se ve un alma que se acerque al trabajo, están nerviosos administrador, capataz y manijero, el campo es un consuelo para los ojos, mayo, florido mayo, y Norberto consulta su reloj, las siete y media, y nadie, Esto me huele a huelga, dice un lacayo, pero Adalberto responde airado, Cállate, está furioso, tiene ya un objetivo determinado, todos lo tienen, basta con esperar. Y entonces empiezan a llegar los jornaleros, juntos en la hora que eligieron, dan benignamente los buenos días, para qué rencores, y cuando son las ocho empiezan a trabajar, así se había decidido por esos campos, pero Dagoberto pega un grito, Alto, y todos se paran con mirada inocente. Qué pasa, amo, tanta serenidad puede enloquecer a un hombre, Quién os ha dado orden para venir a trabajar a esta hora, quiere saber Norberto, y en esta cuadrilla es Manuel Espada quien tiene incumbencia para responder, Lo hemos decidido nosotros, ya hay sitios donde trabajan las ocho horas, no somos menos que los camaradas de otras tierras, y Berto se va hacia él, parece como si fuera a pegarle, pero no, a tanto no se atreve, En mis tierras el horario de trabajo es el que siempre fue, el que quiera trabajar ya sabe, de sol a sol, y ahora decidid, o bien os quedáis y mañana compensáis el tiempo que habéis perdido hoy, o bien os largáis, que aquí no quiero a nadie, Así se habla, dirá doña Clemencia cuando el marido se jacte de sus hazañas, y después, Después, ese Manuel Espada, que está casado con la hija de Maltiempo, y él era el cabecilla del grupo, respondió sí señor, nos vamos, y se fueron todos, y cuando volvían a Monte Lavre preguntó Antonio Maltiempo, Y ahora, qué haremos, no porque estuviera inquieto o temeroso, pues ayudaba al cuñado con la pregunta, y él respondió, Ahora hacemos lo acordado, nos reunimos en la plaza, si aparece la guardia y quiere armar follón, se va cada uno a su casa y mañana volvemos al trabajo, a las ocho empezamos a segar, como hoy, éstas fueron más o menos las palabras que Juan Maltiempo dijo en otra cuadrilla, y Sigismundo Canastro en la suya, y así se encontraron todos en la plaza y vieron pasar a la guardia, y vino el cabo Tacabo, O sea que no queréis trabajar, Sí señor, queremos, pero sólo las ocho horas, y el amo no quiere admitirlo, no hay verdad más verdadera que ésta, pero el cabo sigue con sus averiguaciones, Entonces esto no es una huelga, No señor, nosotros queremos trabajar, fue el amo quien nos mandó para casa, dice que no da las ocho horas, y por esta clara respuesta el cabo Tacabo dirá más tarde, No sé qué hacer, señor Dagoberto, ellos dicen que quieren trabajar, que es usted el que, y no llega a acabar la frase, salta Dagoberto, Unos gandules son, o trabajan de sol a sol, o se van a morir de hambre, en mis tierras no hay trabajo para ellos, que yo sepa el gobierno no ha dado orden de que se trabaje sólo ocho horas, y aunque la diera, en mis tierras mando yo, que soy el amo, y con esto se acabó la charla con el cabo Tacabo y el día terminó así, cada uno en su casa, las mujeres queriendo saber lo sucedido, como ya vimos con doña Clemencia, cosa que es también derecho de las otras.

Echan cuentas, en este día no hay salario, cuántos vendrán así, depende de los lugares, en algún sitio se rindió el latifundio al cabo de dos días, en otros sitios tres, en otros cuatro, y hubo lugares donde pasaron semanas en este juego de comprobar quién tiene más fuerza y más paciencia, al final los hombres no iban ya al trabajo a ver si los aceptaban con estas condiciones, se quedaban en los pueblos, ahora sí es huelga, y cuando esto se hizo hábito, ya no fue preciso más, volvió la guardia a su costumbre de apalear, y de un extremo a otro del latifundio anduvieron las máquinas de guerra, no vale la pena repetirlo, no hay ya quien no lo sepa. En sus castillos resistieron Dagoberto y Alberto, Humberto y otro Berto, pero poco a poco se fue disolviendo la santa alianza y de otros lugares llegaban noticias de rendición, qué vamos a hacer, pero dejémoslos andar que no perderán con el retraso, Yo bien sé, padre Agamedes, que pensamientos de venganza no son cristianos, más tarde haré una penitencia, No es exactamente así, señor Alberto, está escrito en el Deuteronomio, Mía es la venganza, y yo se lo haré pagar, este nuestro padre Agamedes es una lumbrera de sabiduría, cómo es posible que de un libro tan grande como la Biblia se aprendiese de memoria un pasaje tan precioso, no necesitamos más justificación.

Aquí en Monte Lavre les salvó que los tenderos les fiaran, y también en otros lugares, pero esto tiene sus detalles en este relato, por las calles anduvo Juan Maltiempo aguantando la vergüenza de deber y no poder pagar, con su mujer Faustina llorando de miseria y de tristeza desgarrada, y ahora es él quien va de tienda en tienda dando el recado, y cuando es mal recibido, hace como que no lo nota, el padecer curtió su piel, la necesidad que allí lo lleva no es sólo la suya, Señora Graniza, el personal está luchando por las ocho horas de trabajo y los amos no quieren ceder, por eso estamos en huelga, vengo a pedirle que espere tres o cuatro semanas, que en cuanto volvamos al trabajo empezaremos a pagarle, nadie va a quedar a deberle nada, es un favor que le pedimos, y la dueña de aquella tienda, alta mujer de ojos claros y mirada oscura, pone las manos sobre el mostrador y responde, con el respeto del joven, Señor Juan Maltiempo, tan cierto como esperar yo que se acuerden de mí un día, tiene mi casa abierta, y estas palabras sibilinas son muy del gusto de la mujer, que tiene grandes parrafadas místicas y políticas con sus parroquianos y cuenta historias y casos de curas milagrosas e intercesiones, que de todo hay en el latifundio, no va a ser sólo en las ciudades. Juan Maltiempo se fue con la buena noticia y María Graniza preparó una nueva cartilla de fiados, ojalá le paguen todos, como es dos veces debido.

Despiertan las aves de madrugada y no ven a nadie trabajando. Muy cambiado veo el mundo, dice la calandria, pero el milano, que vuela alto y lentamente, grita que el mundo está mucho más cambiado de lo que cree la calandria, y no es sólo porque trabajen los hombres ocho horas justas, saber cierto es el de las hormigas, que han visto mucho y tienen buena memoria, no debe eso sorprendernos, andan siempre juntas. Qué me dice a esto, señor cura Agamedes, No sé qué decirle, señora Clemencia, adiós mundo, que va cada vez peor.


Juan Maltiempo está acostado. Hoy será el día de su muerte. Estas enfermedades de gente pobre son casi siempre indefinibles, los médicos tienen dificultades para redactar el certificado de defunción, y simplifican, en general se muere de un dolor, de un tumor, cómo se podrá traducir esto en claras nociones de clasificación nosológica, no les valió la pena pasar tantos años en la facultad. Dos meses estuvo Juan Maltiempo en el hospital de Montemor, no le sirvió de mucho, aunque no le faltaron los cuidados, hay salvaciones imposibles, lo trajeron a morir a casa, no es que sea un morir diferente, pero sin duda se va uno con otra serenidad, este olor de su propia cama, las voces de quien por la calle pasa, y el rumor del gallinero cuando por las noches se acomodan las gallinas en las varas y el gallo agita violentamente las alas, puede haber nostalgia de esto en el otro mundo.

Mientras Juan Maltiempo estuvo sufriente en el hospital, pasó las noches en claro, oía los suspiros, los gemidos, todas las aflicciones de la enfermería, sólo se quedaba dormido al llegar la madrugada. No es que ahora duerma mejor, sin embargo tiene sólo su propio dolor para atender, es una cuestión que será resuelta en la confidencia del cuerpo y del espíritu que aún aguanta, sin más testigos que la familia, e incluso éstos nada podrán entender, ya les llegará la hora, no van a quedarse en el mundo para simiente, de saber lo que es estar un hombre a solas con su muerte, sabiendo, sin que nadie se lo haya dicho, que hoy es el día. Son certezas que vienen al pensamiento cuando uno despierta de mañana muy temprano y se oye caer la lluvia, correr por los bordillos como los hilos de una fuente, de pequeños nos subíamos al travesaño interior de la puerta y, asomados al postigo, alargábamos la mano al agua que corría, así hizo Juan y otros que no lo son. Faustina duerme sobre el arca, se empeñó en hacerlo para que estuviera el marido a gusto en la cama de matrimonio, y no hay peligro de que esta mujer olvide sus obligaciones, toda la noche, dándole en ellos la luz del hogar mortecino o la lamparilla de aceite, se le ven brillar los ojos, tal vez por ser tan sorda le brillan los ojos tanto, son compensaciones. Pero si se queda dormida y Juan Maltiempo no puede soportar solo su dolor, ahí está el cordel que ata la muñeca derecha del hombre a la muñeca izquierda de la mujer, no iban a estar separados ahora, tan viejos los dos, y a la menor sacudida sale Faustina de su levísimo sueño, se levanta vestida y acude a la cama, en el silencio inmenso de su sordera agarra la mano del marido, y como nada más puede hacer le habla cariñosa, no todo el mundo puede presumir de tanto.

Hoy no es domingo, pero con esta lluvia, los campos inundados, nadie puede ir a trabajar. Juan Maltiempo va a tener a toda la familia junto a él, no son muchos, no se puede contar con aquellos que están lejos y no pueden venir, su hermana María de la Concepción, que todavía sirve en Lisboa, siempre con los mismos amos, hay fidelidades así, se les entrega oro en polvo y lo hallarán todo y tal vez acrecentado, y su hermano Anselmo, desde que se fue a vivir al norte nunca más dio noticias, quizá haya muerto, si fue delante, como Domingo en uno de aquellos años, quién lo recuerda, quién lo echó de menos. Ciertas vidas son más apagadas que otras, pero es sólo porque tenemos tantas cosas en que pensar, acabamos por no reparar en ellas y llega un día en que nos arrepentimos, Hice mal, debía haberle hecho más caso, pues sí, si se te hubiera ocurrido antes, son pequeños remordimientos que vienen y se olvidan de inmediato, menos mal. Tampoco vendrá su hija Amelia, todos sabemos que sirve desde pequeña en una casa de Montemor, mucha suerte tuvo con haberlo podido visitar en el hospital, así le hizo compañía, y menos mal que Amelia consiguió ahorrar para ponerse una dentadura postiza, es su lujo, pero la sonrisa no la salvó ya. Faltarán amigos, el compadre Tomás Espada, mucho aguantó este hombre la ausencia de su mujer Flor Martinha, nunca nadie los vio con un cordel atándoles las muñecas, hay cosas que no se ven pero existen, quizá ni ellos mismos las sepan explicar, y vendrá Sigismundo Canastro, el más viejo de todos, y Joana Canastra ayudará en lo que sea preciso, le echará una mano a Faustina, se conocen desde hace tanto tiempo que ya no precisan hablar, se quedarán mirándose una a la otra, sin llorar, Faustina no podrá y Joana nunca lo hizo, son misterios de la naturaleza, quién podrá decirnos la razón de una no poder y otra no saber. Estará también Antonio Maltiempo, mi hijo, que ahora se levanta y viene descalzo. Cómo se encuentra, padre, y yo, que sé que es hoy el día de mi muerte, respondo, Estoy bien, quién sabe si me creerá, tiene los codos apoyados en la barra de la cama, a los pies, me mira, no me ha creído, nadie convence a nadie si no está convencido, quién ha visto a este muchacho y lo ve ahora, aún está lejos de los cincuenta años y pese a eso, Francia acabó con él, todo acaba con nosotros, este dolor, esta punzada, o quizá no sea la punzada, es un dolor que está muy por debajo de ella, no sé explicarlo. Y vendrá mi yerno Manuel Espada, vendrá mi hija Gracinda, estarán aquí los dos al lado de la cama, de esta cama mía de donde alguien me sacará hoy, serán los dos hombres, tienen más fuerza, pero me lavarán las mujeres, suele ser trabajo de mujeres lavar al muerto, cuántas cosas tienen que hacer las mujeres, lo que me consuela es que no las voy a oír llorar. Y también vendrá mi nieta María Adelaida, la que tiene los ojos azules como yo, no son realmente así, para qué voy a presumir, mis ojos son como dos cenizas comparados con los de ella, quizá cuando era joven, cuando andaba por los bailes y enamoré a Faustina, cuando la robé de casa de sus padres, entonces mis ojos debían de ser tan azules como estos que acaban de entrar, La bendición, abuelo, cómo se encuentra, está mejor, y yo hago un gesto con la mano, es lo que resta de las bendiciones, ya nadie cree en ellas, pero es una costumbre, y respondo que me encuentro bien, vuelvo la cabeza hacia ella, quiero verla mejor, ay, María Adelaida, mi nieta, no es que diga estas palabras pero las pienso, me gusta verla, lleva un pañuelo en la cabeza y una chaquetita de punto, la falda está mojada, de poco le ha servido el paraguas, y de repente siento unas ganas grandes de llorar, fue María Adelaida que me cogió la mano, era como si hubiéramos cambiado los ojos, qué idea tan loca, pero un hombre que se está muriendo puede tener todas las ideas, está en su derecho, no va a tener más días para fabricar otras o repetir las antiguas, a qué hora moriré. Y ahora se acerca Faustina con el vaso de leche, va a dármela a cucharadas, hoy me era igual quedarme con hambre, iría más ligero, la leche alguien la bebería, me gustaría que me la diera mi nieta, pero no puedo pedírselo, se molestaría Faustina y no quiero darle esa tristeza en mi último día, quién la iba a consolar después, cuando ella dijera, Ay, mi pobre marido, que ni le di la leche a beber el día que murió, hasta podría guardar la abuela rencor a la nieta para el resto de su vida, quizá pueda darme la medicina dentro de un rato, como ha dicho el médico, media hora después de comer, son deseos imposibles, María Adelaida va a salir, vino sólo a saber cómo estoy, y yo estoy bien, ya vendrán la madre y el padre, y ahora salió, es aún muy niña para estos espectáculos, tiene sólo diecisiete años y unos ojos azules como los míos, creo que ya lo he dicho antes.

Juan Maltiempo despierta del amodorramiento en que se hundió tras haber tomado la medicina, fue una suerte para él, estaba en una pausa prolongada de dolor y el remedio hizo efecto como si fuera sueño natural, pero ahora le vuelve a doler, despierta gimiendo, es una estaca clavada allí, cuando recobra la lucidez entera ve que está rodeado de gente, no cabe nadie más en el cuarto, Faustina y Gracinda se inclinan hacia él, y también Amelia, al fin vino, fue el gemido lo que las llamó, y Joana Canastra está más atrás, por no ser de la familia, los hombres se quedan apartados porque aún no es su momento, están junto a la puerta que da al corral, tapan la luz, son Sigismundo Canastro, y Manuel Espada, y Antonio Maltiempo.

Si hubiera tenido dudas Juan Maltiempo, aquí se acabarían, todos saben que hoy es el día de su muerte, alguno lo debió de adivinar, después se lo fueron diciendo, pero si es así no van a oírme gemir, esto fue lo que pensó Juan Maltiempo, y apretó los dientes, es un decir, dónde estarán ya los dientes, unos pocos arriba, unos pocos abajo, es lo que queda, y desencontrados, no se pueden cerrar, dan en las encías, ah vejez, y sin embargo este hombre tiene sólo sesenta y siete años, no es ningún muchacho, ese tiempo pasó, pero otros andan por ahí más viejos y compuestos, son los que viven lejos del latifundio. En fin, la cuestión no es tener dientes o no tenerlos, no es eso lo importante, lo importante es cortar el gemido cuando aún está naciendo, dejar que el dolor crezca, ya no se puede evitar, pero quitarle la voz, enmudecerlo, como hace más de veinte años, cuando lo llevaron a la cárcel y le obligaron a hacer la estatua, este dolor de riñones, cuando le golpearon sin mirar dónde, queda la frente cubierta de sudor, se crispan todos los miembros, los brazos sí, pero las piernas, Juan Maltiempo no las siente, primero cree que aún no ha despertado del todo, pero luego sabe que está consciente, quiere mover los pies, al menos los pies, y los pies no se mueven, quiere doblar las rodillas y no vale la pena, nadie adivina lo que está pasando bajo esta sábana y esta manta, es la muerte, se acostó conmigo y no hubo quien la viese, se cree que entra por la puerta o por la ventana y resulta que está en mi cama, desde cuándo, Qué hora es, es una pregunta que siempre se hace y siempre tiene respuesta, saber la hora, la gente se distrae pensando en el tiempo que aún falta o que ya pasó, y cuando han dicho que hora es, nadie más piensa en eso, fue la necesidad de interrumpir cualquier cosa o de poner en movimiento lo que estaba parado, no hay ahora tiempo para saberlo, ya ha llegado aquella a quien estaba esperando. Juan Maltiempo mira vagamente, están allí sus más allegados parientes y amigos, son tres hombres y cuatro mujeres, Faustina con el cordel atado a la muñeca, Gracinda que vio morir en Montemor, Amelia la siempre sumisa, Joana la dura, Sigismundo camarada, Manuel de cara seria, Antonio mi hijo, ay hijo mío, y son éstos los que voy a dejar, Dónde está mi nieta, Gracinda responde, tiene voz de lágrimas, es verdad que Juan Maltiempo va a morir, Fue a casa a buscar unas ropas, alguien ha tenido la idea de alejarla, tan joven todavía, y Juan Maltiempo siente un gran alivio, así no habrá peligro, lo malo sería que estuvieran allí todos, si falta la nieta no puede morir, no morirá hasta que estén todos allí, ojalá lo supieran ellos, se quedaría siempre uno fuera, todo es tan sencillo.

Juan Maltiempo clava los codos en el jergón, arrastra el cuerpo hacia arriba, le ayudan, sólo él sabe que si no lo hicieran no se moverían sus piernas, tiene la seguridad de que recostado se sentirá mejor, aliviará la opresión que súbitamente le ha llegado al pecho, no es que se haya asustado, sabe que nada sucederá mientras su nieta no llegue y tal vez a uno de los que allí están se le ocurra salir, a ver si el cielo escampa, hace tanto calor en este cuarto, Abrid esa puerta, es la que da al corral, está lloviendo aún, sólo en las novelas se abre el cielo en ocasiones como ésta, es una luz blanca la que entra, y de repente Juan Maltiempo deja de verla, ni él supo cómo fue.


María Adelaida trabaja lejos, hacia Pegôes. No es trabajo para ir y volver, la distancia es mucha, más de treinta kilómetros, basta mirar el mapa, y el trabajo es duro, díganlo si no los que por una sola vez hayan puesto el pie en una viña y la mano en la azada, ahora es cavar. Y este trabajo no se acaba en media docena de días, María Adelaida lleva aquí más de tres meses, en casos como éste el color de los ojos no establece ninguna diferencia. A casa sólo va cada quince días o tres semanas, el domingo, y entonces descansa en ella como en el latifundio descansan las mujeres, trabajando en otra cosa, luego regresa a la viña y a la azada, bajo los ojos de unos vecinos que están en el mismo trabajo, siempre es un descanso para los padres, cómo no iba a ser desconfiado Manuel Espada con los bríos de su única hija, y más viviendo en Monte Lavre, tierra de mucha desconfianza en cuestión de noviazgos, no se puede ver a un chico hablando con una chica, y si esta María o esta Aurora no son esquivas como bichos salvajes y hablan naturalmente con los muchachos, riendo cuando hay que reír, madre mía, ya son una locas y unas desvergonzadas. Lo único que han hecho, bajo la luz del sol y en medio de la calle, es conversar dos minutos una y otro. Quién sabe lo que estarán tramando, murmuran de inmediato las viejas y las menos viejas, y llegado el dicho a oídos paternos y maternos empieza la bronca, quién era ése, qué os decíais, estás avisada, aunque también hayan sido hermosas sus propias historias de amor, como fue la de Manuel Espada y Gracinda Maltiempo, aunque no tan explicada como merecía, los padres tienen ese defecto, lo olvidan todo muy de prisa, y las costumbres cambian despacio. María Adelaida tiene apenas diecinueve años y hasta ahora no ha dado trabajos, a ella sí se los han dado, estos trabajos pesados de azada y viña, no hay otro remedio, las mujeres no han sido criadas para princesas, como queda abundantemente demostrado en este relato.

Todos los días son iguales y ninguno se parece. Mediada la tarde llegan a la viña noticias que desasosiegan al personal, nadie tiene certeza de lo ocurrido, Dicen que algo pasa con los militares en Lisboa, lo oí en la radio, si así fuese sería saberlo todo, es un error creer que en una selva de cepas apartada del infierno siete palmos puedan los hechos tener fácil explicación, allí la gente no anda cavando con la radio al cuello como si fuera cascabel o cencerro, o metida en el bolsillo, cuerpo hablante y cantante, son devaneos no autorizados, fue alguien que viniendo de alguna parte al pasar le dijo al capataz lo que había oído en la radio, de ahí viene la confusión. En un abrir y cerrar de ojos se rompió el ritmo de trabajo, la cadencia de la azada pasó a ser vergonzosa distracción, y María Adelaida no es menos que los otros, está con la nariz alzada, curiosa, parece una liebre que ha visto un periódico, diría su tío Antonio Maltiempo, qué ha pasado, qué ha pasado, pero el capataz no está allí para representar papel de heraldo, no le pagan para eso, y sí para vigilar al personal y poner orden en la cuadrilla. Eh, vosotros, a ver si os ponéis a trabajar, y como no hay más noticias, vuelven las azadas a cavar, quien a estas cosas presta atención recuerda para sus adentros que hace un mes salieron a la calle las tropas de Caldas da Rainha, y al final no pasó nada. La tarde continúa y se acaba, y si otras noticias llegaron no se les dio más crédito. En este lugar del latifundio, tan lejos del Carmo de Lisboa, no se ha oído un tiro ni anda la gente gritando por los descampados, no era fácil entender qué es una revolución y cómo se hace, y si empezáramos con explicaciones de palabra lo más seguro es que alguien preguntara, con el aire de quien no cree, Ah, eso es una revolución.

Y, pese a todo, aquel gobierno fue derribado. Cuando la cuadrilla se reúne en el cuartel, su cuartel de abrigo y morada civil, no de gente militar, ya todos saben mucho más de lo que habían imaginado, al menos tienen ahora una radio pequeña, de esas de pilas que hablan con voz de caña rota, son todo chirridos, a dos palmos del oído nadie entiende nada, pero es igual, de una cosa se va sacando la otra, y entonces la fiebre se hizo general, andan por ahí todos nerviosos, hablando mucho, Y qué hacemos ahora, son las grandes vacilaciones y anhelos de quien entre bastidores se prepara para entrar en escena, y si es verdad que los hay allí contentos, otros, que tristes no están, no saben qué pensar, si esto le parece raro a alguien, imagínese en el latifundio sin voces ni certidumbres y luego me cuenta. Anduvo la noche unas horas más, y al fin se explicaron las cosas, siempre es precisa una explicación, es un decir también, se sabía lo que había acabado, no se sabía lo que había comenzado, ahí está todo. Entonces aquellos vecinos con quienes María Adelaida estaba, marido, mujer e hija, la muchacha mayor que ella, se llamaban los Geraldos, decidieron volver al día siguiente a Monte Lavre, digámosle capricho si no aceptamos las buenas razones que tenían, querían estar en casa, perdían los jornales de dos o tres días, pero se enterarían mejor de las noticias, allí era como si estuvieran en un destierro, le preguntaron los Geraldos si quería acompañarlos, en fin, estaba bajo su responsabilidad, A tu padre le gustará, y esto fue dicho sin intención de querer decir otra cosa, de Manuel Espada lo único que sabían a ciencia cierta es que era buen hombre y trabajador, y en cuanto a otras desconfianzas, sólo las naturales en lugares pequeños, donde siempre se adivina lo que no se sabe. Hubo otros que decidieron regresar a sus tierras, sería ir y volver, y tantos fueron que el capataz tuvo que acceder, qué remedio. Lo malo fue que en medio de las noticias que parecían justamente las mejores, enronqueció repentinamente la radio, un carraspeo terrible que no dejaba entender las palabras, precisamente hoy tenía que estropearse. Durante toda aquella noche el cuartel hizo figura de isla perdida en este mar latifundio, con un país alrededor que no quería irse a la cama, acumulando noticias y rumores, rumores y noticias, como es habitual en semejantes casos, y no habiendo más que esperar de la mecánica desastrada, cada uno se fue a su estera y, si pudo, durmió.

Por la mañana temprano salieron los viajeros a la carretera, a una buena legua de allí, rogando a las potencias celestiales que de estos particulares deciden que trajera el autobús de línea sitios vacíos, y cuando el autobús asomó se vio que sí, quien está habituado lo ve en seguida por la densidad de las cabezas y por una cierta aunque indefinible complacencia del conductor. Ésta es la línea que va a Vendas Novas, entran sólo los Geraldos y María Adelaida, dos o tres que son también de Monte Lavre no quisieron subir, será porque no tiran cohetes o porque no quieren comprometerse o por dinero, les hará aún más falta que a los otros. Quedaron en la carretera los que tienen destinos diferentes, de lo que les haya ocurrido, del bien que esperaban y obtuvieron, no llegó a saberse nada. Circulan pocos coches, se hace el viaje de prisa, y se reducen allí mismo las ansiedades más urgentes, hay unanimidad entre cobrador, conductor y pasajeros, ha caído el gobierno, se acabó Tomás y se acabó Marcelo, y ahora, quién manda, en este punto se inicia el desacuerdo general, no se sabe bien, hay quien habla de una junta, pero los otros dudan, junta no es un nombre de gobierno, junta es de la parroquia o para los productos pecuarios, para el trigo, aquí debe de haber algún error. Entra el autobús en Vendas Novas, parece día de fiesta por la concurrencia de gente, tiene que desgañitarse la bocina para abrirse paso en la calle estrecha, y por fin cuando entramos en la plaza, no se sabe por qué será, pero la tropa, verla con su aire marcial, asusta a cualquiera, y a María Adelaida, que es joven y en cuestión de sueños tiene los de su edad y condición, es como si le hubieran cortado las piernas, mira por la ventanilla del autobús a los soldados que están frente al cuartel, los cañones cubiertos con ramas de eucalipto, y los Geraldos le dicen, Qué, no vienes, es como si hubiese vivido siempre con los ojos cerrados y ahora, al fin, los abriera, primero tiene que saber qué es la luz, son cosas que siempre es más difícil explicarlas que sentirlas, la prueba es que cuando llega a Monte Lavre y se abraza a su padre descubrirá que lo sabía todo sobre su vida, aunque en casa no se hablase si no por medias y veladas palabras, Dónde está padre, Tuvo que ir lejos a tratar unos asuntos, esta noche no viene a casa, y así que regresaba no valía la pena preguntar por los tales asuntos, primero porque no interrogan las hijas a los padres, segundo porque cuando los misterios son de puerta de casa afuera es mejor que se queden por ahí. Quiere el narrador contar los hechos a medida que van aconteciendo y no puede, por ejemplo, ahora mismo estaba María Adelaida clavada en su asiento, parecía mareada, y de repente la encontramos en la plaza, fue la primera en salir, lo que es la juventud. Y aunque vaya con los Geraldos no vive bajo el ala de ellos, es dueña de su libertad para atravesar la calle e ir a mirar más de cerca a los soldados, hacerles gestos, y la tropa repara, corrige el nerviosismo de quien responde con las armas y puede tener que acabar respondiendo por ellas, y estando ya la batalla ganada y la disciplina suelta, corresponde el ejército a los gestos, sobre todo cuando no todos los días se ven unos ojos de ese azul.

Entretanto fue Geraldo padre a contratar transporte para Monte Lavre, empresa que otro día tendría sus dificultades, pero hoy, quién nos diera que siempre fuera así, estamos en tierra de amigos encontrados, hay ahí una furgoneta pequeña, van apretados, pero a quién le importan incomodidades tan ligeras, éste es un pueblo habituado a dormir sobre una estaca y con una esteva por almohada, el precio será el del gasóleo, o ni eso, Acepte para un vaso, Acepto para no despreciar, después si María Adelaida empieza a llorar no se asombren, llorará esta misma noche cuando oiga decir en la radio, Viva Portugal, será en ese instante, o habrá sido antes con las primeras noticias de ayer, o cuando atravesó la calle para ver más de cerca los soldados, o cuando respondieron a sus saludos, o cuando se abrazó a su padre, ni ella lo sabe, se da cuenta de que la vida ha cambiado y será ella quien diga, Me gustaría tanto que el abuelo, no puede añadir otra palabra, es la desesperación de lo que no tiene remedio.

Pero no pensemos que todo el latifundio está cantando loores a la revolución. Recordemos lo que dijo el narrador sobre este mediterráneo con sus barracudas y otros peligros, y también sus habituales unciones de pejefraile. Toda la dinastía de Lamberto Horques está reunida en cortes, o sentada alrededor de sus tablas redondas, cargado el ceño, torvo el mirar, los menos agresivos lanzan frases dubitativas y cautelosas, sí, no obstante, todavía, con todo, tal vez, ésta es la gran unanimidad del latifundio, Cuál es su opinión, padre Agamedes, he aquí una pregunta que generalmente jamás quedaba sin respuesta, y siempre a conveniencia de todos, pero la prudencia de la iglesia es infinita, el padre Agamedes, siendo incluso un humilde servidor de Dios enviado al latifundio para evangelizar las almas, de prudencia e iglesia sabe bastante, Nuestro reino no es de este mundo, Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, Salió el sembrador al campo, no hagan caso, cuando la cuestión es dudosa el padre Agamedes se sale un poco por la tangente, habla con parábolas, es sólo para ganar tiempo mientras no vienen órdenes de su obispo, pero se puede contar con él. Con quien ya no se puede contar infelizmente es con Leandro Leandres, muerto hace un año, en su cama fallecido y antes sacramentado, como merecía, y de sus muchos sucesores, compinches, hermanos o superiores se sabe que por todo el país fueron presos los que no huyeron, y que en Lisboa llegó a haber tiros antes de que se entregaran, murió gente, vamos a ver lo que les hacen ahora a éstos. De la guardia también poco consta, si no que se mantiene discreta, de buenos modos y a la espera de órdenes, fue el cabo Tacabo a casa de Norberto a decir eso mismo, avergonzado, retorciéndose como si estuviera desnudo, y cuando salió, lo hizo igual que había entrado, los ojos clavados en el suelo, buscando la cara que iba a componer cuando atravesara Monte Lavre, estos hombres que lo miran y lo siguen de lejos, no es que tenga miedo, un cabo de la guardia republicana nunca tiene miedo, pero es que el aire del latifundio se ha vuelto de repente irrespirable, parece que va a haber tormenta.

Y entonces se empieza a hablar del primero de mayo, es conversación que todos los años se repite, pero ahora es un alborozo público, la gente se acuerda de que aún el año pasado andaba escondiéndose por ahí para combinar, organizar, era preciso volver constantemente al principio, ponerse en contacto con los de confianza, animar a los indecisos, tranquilizar a los temerosos, e incluso ahora hay quien no cree que la fiesta del primero

de mayo pueda hacerse a las claras como dicen los periódicos, cuando es grande la limosna hasta el pobre desconfía. No es ninguna limosna, dicen Sigismundo Canastro y Manuel Espada, se desdobla un diario de Lisboa, Aquí está escrito, el primero de mayo podrá ser celebrado libremente, es día

festivo en todo el país, Y los de la guardia, insisten los de buena memoria, La guardia esta vez se quedará viéndonos pasar, quién iba a decir que esto

iba a ocurrir un día, la guardia quieta y callada mientras tú gritas viva el primero de mayo.

Y como sobre lo que nos permiten tenemos que poner siempre lo que imaginamos, o no somos hombres merecedores del pan comido, empezaron a decir que todos debían extender colchas en la ventana, y poner flores, como si fuera el día de salir el Señor de los Pasos a la plaza, un poco más y se barrían las calles y se encalaban las fachadas, tan fáciles son de subir las escaleras de la alegría. Sin embargo, así son los dramas humanos, exageración es llamarles dramas, porque son sin duda perplejidades, ahora qué voy a hacer yo si en mi casa no hay colchas ni tengo jardines de claveles y rosas, de quién habrá sido la idea. Tiene María Adelaida parte en esta ansiedad, pero siendo joven y llena de esperanza le dice a su madre que algo tendrán que hacer, que no habiendo colcha hará un mantel sus veces, blanquísimo paño suspendido del postigo de la puerta, bandera de paz en el latifundio, hombre civil que por allí pasase habría de descubrirse con respeto, y siendo guardia o militar firmes y en saludo marcial prestarán homenaje ante la puerta de Manuel Espada, trabajador y buen hombre. Y no sean las flores vuestra preocupación, señora madre, que a la fuente del Amieiro iré a buscar de las silvestres que en este mes de mayo cubren valles y colinas, y estando los naranjos floridos, ramos de azahar traeré y así nuestra puerta será ventana adornada como mirador de un alcázar, menos que los otros no seremos, porque somos tanto.

Bajó entonces María Adelaida a la fuente, ni siquiera sabe por qué ha elegido este lugar, si como ella misma dijo están cubiertos de flores valles y colinas, va por el camino entre cercados, y hasta allí mismo le bastaría con tender la mano, pero no lo hace, son determinaciones antiguas que están en la sangre, flores sólo las recogidas en este fresco lugar, helechos abundantes, y más allá en un espacio de suelo liso donde da el sol de pleno, no-me-quie-res silvestres, flores que tienen el nombre cambiado desde que Antonio Maltiempo llevó un ramo a su sobrina María Adelaida el día de su nacimiento. Ya tiene una brazada de verdor, una constelación de soles de corazón amarillo, ahora volverá a subir el camino, irá cortando por encima del muro ramas floridas de naranjo, pero de repente le da un extraño quebranto, no sé qué siento, no es que esté enferma, nunca me he sentido tan bien, tan feliz, será del olor de este ramo apretado contra mi pecho, apretado, dulce violencia le hago, y él a mí. María Adelaida se sentó en el murete de la fuente, como si estuviera a la espera de alguien. Tenía el regazo lleno de flores, pero nadie apareció.

Son bonitas estas historias de fuentes encantadas, con moras danzando a la luz de la luna y cristianas asaltadas gimiendo sobre los helechos, quien no las aprecie es que ha perdido la llave de su propio corazón, es lo menos que se puede decir. Pero, pasado muy poco tiempo después de abril y mayo, vuelven al latifundio los rigores conocidos, no los de la guardia y la policía política, que ésta se acabó y aquélla vive dentro del puesto, mirando la calle por la ventana cerrada, o, cuando tiene que salir, y esto sólo por máxima obligación, va pegada a las casas, ni te vi ni te conozco. Rigores son los otros acostumbrados, dan ganas de volver atrás en este relato y repetir lo ya dicho, Estaba el trigo en la tierra y no lo segaron, no lo dejan segar, cosechas abandonadas, y cuando los hombres van a pedir trabajo, No hay trabajo, qué es esto, qué liberación fue ésta, se va a acabar la guerra de África y no se acaba esta del latifundio. Tanto se habló de mudanzas y esperanzas, salió la tropa de los cuarteles, se coronaron los cañones de rama de eucalipto y claveles encarnados, diga rojos, señora mía, diga rojos, que ahora ya se puede, andan ahí la radio y la televisión predicando democracias y otras igualdades, y yo quiero trabajar y no tengo dónde, quién me explica qué revolución es ésta. La guardia ya se despereza al sol, son como los gatos cuando afilan las uñas, al fin, la ley del latifundio siguen haciéndola los mismos para que sigan cumpliéndola los mismos, yo Manuel Espada, yo Antonio Maltiempo, yo Sigismundo Canastro, yo José Medronho el de la cicatriz en la cara, yo Gracinda Espada y mi hija María Adelaida que lloró cuando oyó gritar Viva Portugal, yo hombre o mujer del latifundio, heredero sólo de pertrechos de trabajo, si antes no se han gastado o partido, como partido y gastado me voy quedando yo, volvió la desolación a los campos del Alentejo, volverá a correr la sangre.

Al fin se está viendo quién tiene más fuerza, dice Norberto a Clariberto, si no les damos trabajo bastará con dejar pasar el tiempo lentamente y volverán a comer en nuestras manos, son palabras de desprecio y rencor de quien ha pasado por gran susto y durante un tiempo se mantuvo cerrado y manso en su concha doméstica, importunando a la mujer y a los parientes con las pavorosas noticias de revolución que llegaban de Lisboa, todo el gentío en las calles, manifestaciones por todo y nada, banderas, y la policía obligada a entregar las armas, pobrecillos, tan grande ofensa a los bríos de una corporación que tantos servicios había prestado y podría aún prestar, pero esto es como las olas del mar, no te enfrentes a ellas con el cuerpo rígido, parecería valor y es estupidez, encógete lo más que puedas y la ola pasará sin reparar en ti, se deslizó, no halló donde golpear, y ahora sí, has rebasado el punto de empuje, la espuma y la corriente, son términos de pescador, pero cuántas veces será necesario decir que el latifundio es un mar interior, con sus barracudas, pirañas, gigantescos pulpos, y si tienes trabajadores despídelos, quédate sólo con el hombre que anda con los puercos y las ovejas, y el guarda de la heredad, para que no pierdan el respeto.

Ya se sabe el destino de las mieses, está todo en el suelo, y se acerca el tiempo de sementera, qué hará Gilberto, vamos a preguntárselo a su casa, vivimos en un país libre y todos tenemos que presentar cuentas, Dígale a su amo que hay aquí unas personas que quieren saber lo que va a hacer, ya han caído las primeras aguas, es tiempo de sembrar, y habiendo ido la criada a saber la respuesta nos quedamos en la puerta, que no nos han mandado entrar, y vuelve la criada con malos modos, ojalá no sea ésta la Amelia Maltiempo de que en este relato ya se ha hablado, y dice, El señor me manda decir que eso no les importa, la tierra es suya, y que si vuelven a aparecer manda llamar a la guardia, y apenas acaba de decirlo nos da con la puerta en las narices, ni a un vagabundo se le trataría así, porque de vagabundos con navaja escondida tienen éstos un miedo que se pelan. No vale la pena preguntar más, Gilberto no siembra, Norberto no siembra, y si alguno de otro nombre siembra es por temor de que venga por ahí la tropa preguntando, A ver qué pasa, pero hay otras maneras de matar estas moscas, decir que bueno, mostrar sonrisas y apariencia de buena voluntad, vaya, claro que sí, no faltaba más, y hacer lo contrario, afilar la intriga, se saca el dinero del banco y se manda al extranjero, que sobran los que de eso se encarguen con el pago de una comisión razonable, o se disponen unos escondrijos en el coche, la frontera cierra los ojos, pobrecillos, no van a perder tiempo rastreando bajo el coche, no son unos chiquillos, o desmontando los guardabarros, son funcionarios meritorios, tienen que mantener limpio el uniforme, y así van cinco millones, o diez, o veinte, o las joyas de la familia, las platas y los oros, lo que quiera, sin ceremonia. Brutos sin remedio fueron aquellos jornaleros que viendo el olivar cargado de aceituna, negra y madurita, brillante, como si ya el aceite estuviera rezumando, fueron a recogerla tras mucho pensar y decidir, cómo es, qué vamos a hacer, apartaron el jornal que les correspondía según los salarios de la época y fueron a entregar el resto al amo, Quién les ha dado permiso, qué pena que no pasara por allí la guardia, se llevarían un tiro para que aprendieran a no meterse donde no los llaman, Patrón, estaba el olivar a punto para la recogida, esperar más tiempo era perderlo todo, ahí está la aceituna que sobró de nuestro jornal, es más que la que apartamos para nosotros, es fácil hacer las cuentas, Pero yo no he dado autorización, ni la daría aunque me la pidieran, Lo decidimos nosotros. Fue éste un caso, señal de las mudanzas de los tiempos, pero cómo se iba a salvar el fruto de la tierra si Adalberto mandó que pasaran las máquinas por encima de la mies, si Angilberto metió el ganado en los sembrados, si Ansberto prendió fuego al trigo, tanto pan perdido, tanta hambre agravada.

Desde lo alto de la torre de homenaje, apoyando en las almenas sus manos de guerrero y conquistador, manos encallecidas por la empuñadura de la espada, Norberto contempló su obra y encontró que estaba bien, y como se perdió en la cuenta de los días, no descansó, Pueden los demonios de Lisboa devastar la herencia que nuestros abuelos nos dejaron, aquí en el latifundio tenemos otro respeto por la patria sacrosanta y la sacrosanta fe, manda entrar al sargento Armamento, Las cosas van mejor, manda entrar al padre Agamedes, Padre Agamedes, tiene usted muy buen aspecto, parece rejuvenecido, Será por lo mucho que he rezado por la salud de su excelencia y por la conservación de nuestra tierra, De mi tierra, padre Agamedes, Sí señor, de la tierra de su excelencia, es lo que dice también aquí el señor sargento de la guardia, Así es, fueron las órdenes que recibí de donjuán el Primero, e intactas las he ido transmitiendo a todas las generaciones de sargentos, y mientras en la casa grande hablan así, ha llegado el invierno y ha mordido a los jornaleros, y no por estar habituados van a sentirlo menos, Qué vamos a hacer, es la misma miseria de antes, Los señores son los amos de la tierra y de quien en ella trabaja, Somos menos que los perros de la casa grande y las casas grandes, ésos comen todos los días, les llevan el cazuelo lleno, nadie dejaría que un animal pasara hambre, Quien no sabe tratar a los animales, mejor que no los tenga, Pero con los hombres es distinto, perro no soy y hace dos días que no como, y esta cuadrilla de hombres que ha venido aquí a hablar es una jauría, hace tanto tiempo que ladramos, un día de éstos nos callamos y mordemos, como hacen las hormigas rojas, aprendemos de ellas, son estas las que levantan la cabeza como perros, repara en sus pinzas, si no tuviera yo la piel tan dura, encallecida del mango de la hoz, ya estaría sangrando.

Es un decir de dientes para fuera, que si bien alivia no remedia, ahora ya tanto me da estar parado como no, por ejemplo, éstos andan trabajando y de qué les sirve, llega el capataz, con el aire cínico de alguien a quien no le importa mostrar su cinismo y dice, Esta semana no hay dinero, paciencia, paciencia, vamos a ver si la otra, pero en su bolsillo hacen dueto doña María la primera y don Juan el segundo, y una semana después, lo mismo, y quien dice una semana dice dos y tres y cuatro y seis, de dinero ni la sombra de su olor, El amo no tiene liquidez, el gobierno no autoriza a sacar del banco, nadie puede creer lo que dice este capataz, son siglos de mentira que ni siquiera precisa ser imaginativa, pero el gobierno debería venir aquí a explicarlo, no vale la pena ponerlo en los periódicos que la gente no entiende, en la televisión pasa todo tan de prisa, todavía no percibimos una palabra y ya vinieron otras cien, qué decían, y en la radio no vemos las caras de la gente que habla, no puedo creer nada de lo que dices si no te veo la cara.

Y entonces en un sitio cualquiera del latifundio, la historia se acordará de decir cuál, los trabajadores ocuparon una finca. Para tener trabajo, nada más, que se cubra de lepra mi mano derecha si no es verdad. Y luego en otra heredad los jornaleros entraron y dijeron, Venimos a trabajar. Y lo que ocurrió aquí, ocurrió allá, es como en la primavera, se abre una margarita en el campo, y si no va en seguida María Adelaida a cortarla, millares de margaritas iguales nacen en un solo día, cuál ha sido la primera, todas blancas y mirando al sol, es como las nupcias de esta tierra. Sin embargo, estas blancuras no son, es gente oscura, hormiguero que se disemina por el latifundio, la tierra está llena de azúcar, nunca se vio tanta hormiga con la cabeza levantada, Malas noticias me llegan de mis primos y otros parientes, padre Agamedes, por lo visto Dios no ha oído sus oraciones, haber llegado uno a esta edad para asistir a tan gran desgracia, me estaba reservada esta prueba, ver la tierra de mis abuelos en manos de estos ladrones, es el fin del mundo cuando se ataca la propiedad, fundamento divino y profano de nuestra civilización material y espiritual, Laico querrá decir su excelencia, es más riguroso que profano, y perdone su excelencia si le corrijo, No, sea entonces profano, que profanando andan ellos, ya verá como ocurre lo mismo que en Santiago do Escoural, crimen que un día tendrán que pagar, Aún hablamos de eso el otro día, qué va a ser de nosotros, Hay que tener paciencia, doña Clemencia, una infinita paciencia, quién somos nosotros para penetrar en los designios del Señor y en sus desviados caminos, sólo El sabe escribir derecho con renglones torcidos, quién sabe si no nos está rebajando ahora para mañana exaltarnos más, quién sabe si después de esta punición no llegará el premio terrestre y celestial, cada uno en su tiempo y lugar, Amén.

Con diferentes palabras pero igual sentido se explicaba Lamberto al cabo Tacabo, sombra de la marcial figura conocida, Parece imposible, la guardia asistiendo a estos acontecimientos apocalípticos, dejando invadir las propiedades que es su deber defender para mí, y no mueve un dedo, ni dispara un tiro, un puntapié, un puñetazo, un culetazo, ni azuza a un perro contra los calzones de estos golfos, para qué les sirven unos perros tan caros, importados, acaso pagamos para eso nuestras contribuciones, que por mi parte he dejado de pagar, se va a ir todo a la ruina, yo me voy al extranjero, a Brasil, o a España, o a Suiza, que tiene una neutralidad agradable, o donde sea, pero lejos de este país que me avergüenza, Tiene usted toda la razón, señor Lamberto, pero la guardia de que soy cabo tiene las manos atadas, qué vamos a hacer nosotros sin órdenes, fuimos acostumbrados a las órdenes y ahora no vienen aquellas a las que estábamos habituados, y a usted puedo decírselo, que es de confianza, el comandante general de la guardia está de acuerdo con los enemigos, bien sé que quebranto la disciplina al hablar así, pero quizá un día me asciendan a sargento, y entonces van a pagarlas todas juntas y con los réditos, se lo juro, señor Lamberto. Son amenazas de dientes para fuera, no son un remedio, pero alivian, y entretanto no olvidemos la gimnasia matinal, la instrucción de armas, Cómo encuentra mi corazón, doctor, Defectuoso, Menos mal.


En el mar interior del latifundio no cesa el ir y venir de las olas. Manuel Espada fue un día a hablar con Sigismundo Canastro, los dos buscaron a Antonio Maltiempo, los tres a Justo Canelas, tenemos que hablar, y después fue la vez de José Medronho, y cuando estuvieron seis estaba Pedro Calçâo, y éste fue el primero en hablar de todos. En la segunda reunión había cuatro voces más, dos de hombre, Joaquim Caroço y Manuel Martelo, y dos de mujer, Emilia Profeta y María Adelaida Espada, que es el nombre de su preferencia, y todos en secreto hablaron, y siendo preciso que alguien respondiera por el grupo, eligieron a Manuel Espada. En las dos semanas siguientes dieron los hombres, como quien no quiere la cosa, las vueltas precisas por las heredades y, de acuerdo con los ya conocidos métodos, dejaban caer aquí una consigna, allí otra, discutieron y sentaron el plan, tiene cada cual sus guerras, no llevemos a mal su vocabulario, y decidieron luego pasar a la segunda fase, que fue convocar a los capataces de las fincas donde aún se trabajaba y decir, noche era de aquel ardiente verano, Mañana, a las ocho, todos los jornaleros, estén donde estén, se montan en los carros y se dirigen a la finca de Mantas, vamos a ocuparla, y de acuerdo con los capataces, con quienes ya hemos hablado uno a uno, y avisados muchos de los que irían como soldados principales de esta batalla, fue cada uno a dormir su último sueño de prisión.

Este sol de justicia. Quema e inflama la gran sequedad de los rastrojos, este amarillo de hueso lavado o curtido de sementera vieja y requemada de calores excesivos y aguas destempladas. De todos los lugares de trabajo confluyen las máquinas, es el avance de los blindados, ay este lenguaje guerrero, quién lo puede olvidar, son tractores que avanzan, van lentamente, hay que establecer contacto con los que vienen de otros sitios, éstos ya han llegado, gritan de un lado y otro, y la columna se va engrosando, se hace más fuerte allí delante, van cargados los tractores, hay quien camina a pie, son los más jóvenes, para ellos es una fiesta, y llegan a la heredad de Mantas, hay aquí ciento cincuenta hombres arrancando corcho, se unen a los demás, y en cada finca que ocupan se queda un grupo de responsables, la columna la forman ya más de quinientos hombres y mujeres, seiscientos, no tardan en ser mil, es una romería, una peregrinación que rehace las vías del martirio, los pasos de este vía crucis.

Después de Mantas van al Vale da Canseira, a Reivas, al Monte da Areia, a Fonte Pouca, a Serralha, a Pedra Grande, en todos los montes y heredades se toman las llaves y levantan inventarios, somos trabajadores, no hemos venido a robar, no hay nadie aquí que diga lo contrario, porque de todos estos lugares recorridos y ocupados, montes, casas, bodegas, establos, caballerizas, pajares, majadas, bordas, corralas, pocilgas y gallineros, cisternas y albercas, tanques de riego, ni hablando ni cantando, ni callando ni llorando, están Norbertos y Gilbertos ausentes, adonde han ido, lo sabe Dios. La guardia no sale de su puesto, los ángeles barren el cielo, es día de revolución, cuántos son.

Va el milano pasando y contando, un millar, sin hablar de los invisibles, que es el sino de los hombres vivos la ceguera, no entender cuántos hicieron lo hecho, mil vivos y cien mil muertos, o dos millones de suspiros que se levantan del suelo, cualquier número servirá, y todos serán pequeños si de lejos sumamos, asomados a los adrales van los muertos, miran al interior buscando algún conocido, de los más allegados de cuerpo y corazón, y si no encuentran a quien buscan, se unen a los que van a pie, mi hermano, mi madre, mi mujer y mi marido, por eso es natural que reconozcamos a Sara de la Concepción, allí va, con una botella de vino y un paño, y Domingo Maltiempo, con el cabo de su soga al cuello, y ahora pasa Joaquim Carranca, que murió sentado a la puerta de su casa, y Tomás Espada, al fin cogido de la mano de su mujer Flor Martinha, cuánto has tardado, cómo no se darán cuenta estos vivos, creen que están solos, andan en sus trabajos de gente viva, cuando uno muere lo entierran, eso es lo que creen, pero los muertos vienen muchas veces, ahora unos, luego otros, pero hay días, muy raros desde luego, en los que salen todos, y quién sería capaz de mantenerlos en sus sepulcros conformes cuando los tractores atruenan el latifundio y las consignas no cesan, Mantas, Pedra Grande, Vale da Canseira, Monte da Areia, Fonte Pouca, hambre mucha, Serralha, no hay quien vaya, por pobre colina y valle, y aquí en esta revuelta del camino está Juan Maltiempo sonriendo, estará esperando a alguien, o quizá es que no se puede mover, murió con las piernas paralizadas, será por eso, llevamos a nuestra muerte todos los males y también los últimos, pero fue un error pensar esto, le vuelven a Juan Maltiempo sus piernas de muchacho y ahora salta, es un bailarín volando, y se va a sentar al lado de una vieja sorda muy vieja, Faustina mi mujer que conmigo comiste pan con chorizo una noche de invierno y te quedaste con la falda mojada, tantas nostalgias.

Posa Juan Maltiempo su brazo de invisible humo en el hombro de Faustina, que no oye nada, ni siente, pero empieza a cantar, vacilante, un son de baile antiguo, es su parte en el coro, se acuerda del tiempo en que bailaba con su marido Juan, fallecido hace tres años, que en gloria esté, y éste es el errado voto de Faustina, que no puede saberlo. Y mirando desde más lejos, desde la altura del milano, podemos ver a Augusto Pintéu, el que murió con las mulas en una noche de temporal, y tras él, casi agarrándolo, su mujer Cipriana, y también el guardia José Calmedo, venido de otras tierras y vestido de paisano, y otros de quienes no sabemos los nombres, pero conocemos las vidas. Van todos, los vivos y los muertos. Y delante, dando los saltos y las carreras de su condición, va el perro Constante, cómo iba a faltar en este día levantado y principal.


* Ratinhos: temporeros del norte y centro de Portugal que iban a trabajar al Alentejo. (N. del E.)


* El 28 de mayo de 1926 se levantó en Braga el general Gomes da Costa y marchó sobre Lisboa. Fue el preludio de la dictadura. (N. del T.)